/ / Language: Español / Genre:thriller

Misión De Honor

John Gardner

En su última película, James Bond renuncia a la categoría de 007, abandona el servicio y parte hacia Montecarlo, al volante de su Bentley Mulsanne Turbo, para cumplir una misión distinta a todo lo que había hecho hasta aquel momento. ¿Cómo explicar el súbito cambio de vida del hombre que venía siendo la más elogiada arma defensiva de cuantas ha tenido el Estado británico? ¿Y qué imprevisibles consecuencias tendrá esta decisión para el juego internacional de fuerzas cuyo equilibrio nos permite a los ciudadanos corrientes dormir tranquilos? Bond ha sido nombrado heredero de su tío Bruce, de Australia, con una condición de obligado cumplimiento: tiene que gastar las primeras cien mil libras del legado frívolamente, en actividades censurables cuya elección deja a su albedrío, dentro de un plazo determinado. Y Bond decide conciliar parte de ese mandato con su renovada pasión por ese príncipe de los coches que es el Bentley. Pero su abandono del Servicio exige explicaciones más consistentes. En el Parlamento, la oposición interpela al Ministerio a propósito de fallos en el sistema de seguridad británico encubiertos por el Gobierno. El que se sospeche de él no preocupa tanto a Bond como la posibilidad de que en el esclarecimiento de los hechos su honorabilidad se ponga en tela de juicio. Esta nueva y diabólica trama de John Gardner conduce a James Bond hasta un genio de los ordenadores que traiciona al Pentágono. También le enfrenta a un siniestro ejército mercenario que está fraguando una audaz operación terrorista, y le lleva a un alocado vuelo en zeppelín sobre Ginebra coincidiendo con la celebración de una conferencia en la cumbre de defensa de la paz. Y para salvar su honor, James Bond tendrá que vencer todos esos obstáculos…

John Gardner

Misión De Honor

ROLE OF HONOUR

1984

Traducido por: ANTONIO SAMOS

1. Robo con violetas

Aunque un furgón de seguridad puede sufrir un asalto en cualquier momento del día, la policía metropolitana londinense no suele enfrentarse a atracadores que elijan para sus golpes las llamadas horas punta. Ni espera dificultades en lo referente a valores que viajan en vehículos tan inviolables. En el caso de la colección Kruxator, sólo unos cuantos privilegiados conocían la hora exacta de su llegada al país, si bien era del dominio público que el Victoria and Albert Museum iba a exponer durante dos semanas aquel fabuloso conjunto de joyas y obras de arte, y una ojeada a cualquier periódico bastaba para enterarse de que la fecha prevista para la inauguración de la muestra era el 15 de marzo.

La colección Kruxator lleva el nombre de su creador, Niko Kruxator, dueño de una incalculable fortuna cuyos orígenes se desconocían, puesto que a su llegada a los Estados Unidos, poco más o menos coincidente con la caída de la Bolsa de Wall Street en octubre de 1929, aquel hombre no llevaba un céntimo en el bolsillo. Aunque a su muerte, en 1977, el conjunto de la opinión pública le relacionaba con sus empresas navieras, lo cierto es que el magnate griego seguía teniendo participaciones en los restaurantes Kruxator y en la cadena de hoteles Krux-Lux. Era además único propietario de la colección Kruxator -que había legado íntegramente a su patria de adopción-, compuesta por trescientos famosos lienzos y otras setecientas obras de arte valiosísimas, entre ellas tres iconos del siglo quince, sacados clandestinamente de Rusia durante la Revolución, y nada menos que dieciséis piezas que habían pertenecido a los Borgia. Una colección de valor inestimable, pero, pese a todo, asegurada en miles de millones de dólares.

La exhibición londinense de la colección Kruxator iba a ser la última de las ofrecidas en varias capitales europeas, antes de su regreso a Nueva York. Niko, que deseaba ser recordado, y veía la mejor forma de conseguirlo haciendo que su nombre se relacionase con los de Van Gogh, Brueghel, El Greco, Matisse, Pisasso y otros maestros, había tenido la astucia de dejar en su testamento una manda que permitiese exhibir las obras en una galería. Y pese a carecer de conocimientos artísticos, le había sobrado olfato para formar una colección a base de obras que, adquiridas como inversión y a buen precio, iban a apreciarse con el paso de los años.

Si bien la seguridad de las pinturas, dibujos y joyas de la fabulosa colección estaba encomendada a una empresa especialista, los países que pedían exponer el legado Kruxator se obligaban a reforzar su custodia. A nadie se le ocultaba que los dos furgones blindados en que viajaban aquellos tesoros estaban expuestos a riesgos constantes. Y durante las exposiciones, un complejo sistema electrónico protegía todas y cada una de las piezas.

El legado llegó al aeropuerto londinense de Heathrow a las cuatro y seis minutos de la tarde, a bordo de un Boeing 747 cuyo aterrizaje no se había anunciado. El aparato fue dirigido a una zona de descarga distante de las terminales de pasajeros, en las inmediaciones de los antiguos hangares de la Hunting Clan, que seguían ostentando en grandes letras blancas el nombre de dicha compañía.

Los furgones blindados se encontraban ya esperando. Habían llegado por vía marítima procedentes de París, tras proceder a la entrega de la carga la noche anterior, en el aeropuerto Charles de Gaulle. Dos coches policiales camuflados les daban escolta en Londres.

Los cargadores, empleados de confianza de la agencia Kruxator, conocían tan bien su trabajo que la totalidad de la expedición pasó del avión a los furgones en menos de una hora. El discreto convoy, precedido por uno de los coches de la policía y con otro en cola, rodeó el perímetro del aeropuerto antes de unirse al tráfico normal del paso subterráneo comunicante con la autopista M4. Eran poco más de las cinco y cuarto y, con la caída de la tarde, comenzaba a intensificarse el tránsito tanto de salida de la capital como de entrada a ella. Aun así, la caravana no tardaría más de media hora en alcanzar el fin de la autopista, donde esta, reducida a dos carriles, desemboca en el paso elevado de Hammersmith y allí canaliza la circulación hacia Cromwell Road.

Informes posteriores de los coches policiales -que permanecían en contacto radiofónico con los furgones blindados- dieron cuenta de que durante la primera etapa del trayecto se había producido cierta confusión. Una llamativa muchacha de raza negra, que conducía un coche deportivo de color violeta, consiguió situarse entre el automóvil de cabeza y el primer furgón en el momento en que el convoy acometía la rampa del paso elevado; a todo eso, una segunda joven no menos vistosa, ésta de raza blanca, vestida de color violeta y al volante de un automóvil deportivo de color negro, se interponía entre el otro furgón y el coche policial que marchaba al final de la caravana.

Las radios no transmitieron en un principio señal alguna de alarma, por mucho que furgones y vehículos policiales se veían cada vez más separados entre sí por las maniobras del Lancia violeta y el Ferrari negro que con tanta habilidad habían introducido las dos jóvenes en la formación. El coche policial de cola hizo dos intentos de adelantar al Ferrari negro y situarse en su anterior posición, pero ambos fracasaron, porque en la primera ocasión el intruso le cerró el paso invadiendo el carril, y en la segunda, reduciendo la marcha, permitió que se interpusieran otros vehículos. El Lancia, entretanto, maniobraba de idéntica forma en la cabecera del convoy. Al llegar a la Cromwell Road, no solamente había aumentado la separación entre los coches policiales y los furgones, sino que éstos se encontraban a su vez distanciados entre sí.

El itinerario elegido respondía a criterios de máxima seguridad. El convoy tenía que abandonar la Cromwell Road torciendo por Kensington High Street, luego doblar a la derecha antes de Knighsbridge y desde allí, siguiendo calles de sentido único, alcanzar el Victoria and Albert Museum por Exhibition Road, con lo cual se evitaría la vulnerable entrada principal del edificio.

El primer coche de la policía se encontraba a la altura del hotel Royal Garden, a un lado de los jardines de Kensington, y el otro apenas había entrado en la High Street, cuando las comunicaciones de radio se interrumpieron.

El primer automóvil quebrantó todas las normas de seguridad al poner en marcha su sirena y efectuar un giro en U, a fin de evitar un atasco y retroceder por la Kensington High Street. El de cola, un tanto alarmado también, maniobró de forma agresiva. El resultante estruendo de bocinas se vio súbitamente acallado por una espesa nube de asfixiante humo color violeta. Consumados los hechos, los conductores de ambos furgones y los centinelas armados que en ellos viajaban coincidieron en su versión de lo ocurrido: «El humo apareció sin previo aviso. No hubo explosiones ni ningún otro indicio. Sólo aquella cortina violeta, salida como de la nada. Y entonces todos los sistemas eléctricos de la cabina entraron en funcionamiento, como si se hubiese producido alguna formidable avería. Lo que uno hace en esos casos es apagar el motor, pero partían descargas por todas partes, y vimos que estabamos en peligro de electrocutamos. Abandonamos el vehículo por puro instinto de conservación…».

Ninguno de los cuatro testigos recordaba nada de lo sucedido después de evacuar los furgones. Más tarde les encontraron tendidos ordenadamente en la acera, todavía con los cascos de seguridad y los chalecos antibalas puestos. Al igual que a numerosas otras personas que se encontraban en los alrededores, hubo que administrarles cuidados médicos especiales, pues el humo les había producido trastornos respiratorios.

Los dos furgones habían desaparecido, sin más. Como tragados por la tierra.

En su aparición en el telenoticias de las diez, el jefe de policía encargado de la investigación aseguró que el asalto había sido calculado al segundo, sin duda precedido por una larga serie de ensayos. En realidad, y según el mismo representante de la policía confiara previamente a sus colegas, la sincronización había sido tan exacta, que llevaba a pensar en un robo planeado por medio de ordenadores. Las únicas pistas eran los dos coches deportivos y la descripción de sus respectivas conductoras. Sin embargo, el registro central no tardó en comunicar que ninguna de ambas matrículas -anotadas con toda exactitud por los policías- habían sido asignadas a vehículo alguno.

El robo de la colección Kruxator fue audaz, minucioso, brillante y costosísimo. El estancamiento de la investigación policiaca subsiguiente ocupó los titulares de la prensa por espacio de casi un mes. Incluso los malintencionados comentarios sobre filtraciones en los sistemas británicos de seguridad, y la súbita dimisión de un veterano agente de los Servicios Secretos -el comandante James Bond-, se vieron relegados a un rincón de la segunda página, y pronto desaparecieron enteramente de la vista del público.

2. Tinieblas exteriores

El reglamento lo establecía muy claramente en su página 12, c:

Todo oficial en activo cuya situación económica se vea alterada, tiene la obligación de informar de ello al jefe de la sección A, aportando cuantos pormenores y documentación considere oportunos o deseables.

La sección A, ni que decir tiene, era la de contabilidad; sin embargo, la información confidencial relativa a ciertos temas -por ejemplo, la herencia que le había llegado a James Bond de Australia- pasaba también automáticamente al registro y a la atención de «M» y del jefe de personal.

Si en la vida ordinaria Bond hubiese recibido calurosas felicitaciones por la fortuna que le llovía del cielo, en el servicio la actitud era otra. Los que trabajaban en el registro son, tanto por tradición como por formación, circunspectos. Ni a «M» ni a Bill Tanner se les hubiera ocurrido mencionar el asunto, pues ambos eran hombres de la vieja escuela para quienes lo referente a la economía personal era cuestión privada. El que tanto el uno como el otro estuvieran al corriente del hecho, no impedía que fingiesen ignorarlo. Así pues, cuando el propio «M» sacó el asunto a colación, fue casi una sacudida.

Los meses inmediatamente anteriores a la noticia de la herencia habían sido para Bond de monótona rutina. Si los aspectos administrativos de su trabajo le habían parecido siempre enervantes y fastidiosos, aquel verano -distante ya dieciocho meses- le resultaban todavía más antipáticos, en particular por haber tomado ya todas sus vacaciones, un error que le condenaba a pasarse los días, uno tras otro, liado con expedientes, memorandos, instrucciones e informes ajenos. Y como ocurría tan a menudo en el mundo de Bond, no se presentaba encargo alguno -ni un simple trabajo de mensajero confidencial- con que aliviar la pesadez de aquellos meses calurosos.

Hasta que por fin, ya a principios de noviembre, llegó la noticia de la herencia. Un sobre de grueso papel kraft, con matasellos de Sidney, aterrizó en su buzón con un sonoro plaf. La carta era del bufete de abogados que durante largos años había gestionado los asuntos de un tío, hermano menor de su padre, a quien Bond nunca había visto. Tío Bruce, que a su muerte era, al parecer, dueño de una considerable fortuna, nombraba heredero universal de sus bienes a James, cuyos medios económicos habían sido escasos hasta ese momento. Su suerte experimentaba así un cambio radical.

El patrimonio ascendía aproximadamente a un cuarto de millón de libras esterlinas, pero el testamento contenía una cláusula. El tío Bruce, hombre con sentido del humor, exigía que su sobrino gastase, en un plazo de cuatro meses y «de forma frívola», por lo menos cien mil libras.

A Bond no le costó el menor esfuerzo discurrir la manera de dar cumplimiento a esa extravagante condición. Antiguo apasionado de los automóviles Bentley -de cuyos primeros modelos habla sido fervoroso propietario y conductor, para luego desprenderse de ellos con el mayor pesar-, llevaba un año codiciando el llameante Bentley Mulsanne Turbo. Legalizado por fin el testamento, Bond se encaminó directamente a los locales de exposición que Jack Barclay tenía en Berkeley Square y encargó uno de aquellos coches de artesanía, en el que siempre había sido su color favorito -el verde-, con tapizados color magnolia.

Un mes más tarde visitó la división de automóviles de la Rolls-Royce de Grewe y pasó una agradable jornada con su director, a quien expuso que la única tecnología especial que deseaba instalar en el automóvil era un pequeño compartimento secreto para armas, y un teléfono de largo alcance que suministrarían los expertos en seguridad del CCS (Communications Control Systems). Bond recibió el Mulsanne Turbo a finales de la primavera, y habiendo abonado su importe total en el momento del pedido, dispuso gozosamente de las restantes treinta mil libras gastándolas con amistades -en su mayoría femeninas-, y en su propia persona, todo ello con un tren de vida como no lo había disfrutado en muchos años.

Pese a todo, no resultó fácil sacar a 007 de aquella calma chicha. Ávido de acción, trataba de remediar la ausencia de ella trasnochando demasiado y añadiendo la emoción de las mesas de juego y el soso aliciente de una aventura con una chica a la que venía tratando hacía años, y que al cabo de unos meses se acabó, como una vela, con un breve chisporroteo. Aquella temporada de soñadora indolencia no hizo sino acrecentar la turbadora sensación de que su vida estaba desprovista de sentido.

En los últimos días de la primavera pasó una semana bastante grata probando, con el comandante Boothroyd, el armero de la sección Q, y con Q'ute, su simpática ayudante, un revólver que el Servicio estaba considerando adoptar como arma reglamentaria. Bond encontró en la ASP de 9 mm, adaptación de combate de la Smith & Wesson del mismo calibre, una de las armas más satisfactorias que había empleado hasta ese momento. Era de señalar, sin embargo, que la ASP había sido construida con arreglo a instrucciones de los Servicios norteamericanos de Inteligencia y Seguridad.

A mediados de agosto, invadido Londres por los turistas y con una especie de letargo flotando sobre el cuartel general de Regent's Park, Bond recibió una convocatoria de la secretaria de «M», la fiel señorita Moneypenny, y se encontró en el despacho de su jefe, donde también le esperaba Bill Tanner. Fue allí, en el noveno piso, con vistas al parque polvoriento y caluroso, donde «M», le sorprendió sacando a relucir el tema de la herencia de Australia.

La misma Moneypenny había mostrado un talante muy distinto del habitual, propenso al flirteo, mientras aguardaba Bond en la antesala. Su actitud le dio la clara impresión de que, fuera cual fuese la causa de la convocatoria, «M» no le reservaba buenas noticias. Impresión que se hizo más viva después de que le autorizasen a entrar en el despacho. Además de «M», se encontraba en su interior Bill Tanner, el jefe de personal, ambos con un aspecto que inspiraba recelo. El primero evitó incluso mirar a Bond, y Tanner apenas se volvió para darse por enterado de su presencia.

– Tenemos en la ciudad dos cazadores de ambulancias rusos -declaró «M» escuetamente y en tono neutro en cuanto Bond se hubo acomodado frente al escritorio.

– Entiendo -dijo Bond, no hallando otra posible respuesta a esa jugada de apertura.

– Chicos nuevos en la plaza -continuó «M»-. No se escudan en cargos diplomáticos, y la documentación que usan es francesa, pero se trata sin duda alguna de cazadores de ambulancias de alta calidad.

El jefe del Servicio se refería a personal soviético especializado en el reclutamiento de posibles informadores y agentes dobles.

– ¿Quiere usted que los reexpida en el primer vuelo que salga hacia Moscú? -propuso Bond algo animado ante esa perspectiva de acción que, aunque modesta, era preferible a matar el tiempo resolviendo papeles en su despacho.

«M» hizo caso omiso de su oferta y fijó la mirada en el techo.

– Tengo entendido que le ha llegado dinero a las manos. ¿No es así, cero cero siete?

La pregunta dejó a Bond poco menos que escandalizado.

– Una pequeña herencia…

– ¿Pequeña? -replicó «M», alzando una ceja burlona.

– Esos cazadores de ambulancias son profesionales de alto voltaje -intervino Bill Tanner desde la ventana-. Los dos han cosechado ciertos éxitos en otras plazas, Washington por ejemplo, si bien eso nunca se ha podido probar de forma concluyente. Y después de Washington, en Bonn. En ambas ocasiones actuaron con mucho sigilo, y nadie se percató de nada hasta que era ya demasiado tarde. En Washington hicieron bastante daño. Y en Bonn, todavía más.

– Las órdenes de expulsión llegaron cuando los pájaros ya habían levantado el vuelo -explicó «M».

– Y ahora, sabiéndoles en el Reino Unido, quieren ustedes presentar algunas pruebas sólidas -aventuró 007, en cuyo espíritu se había insinuado un pensamiento desagradable.

Bill Tanner se acercó y, arrastrando una silla, fue a sentarse junto a Bond.

– Se da la circunstancia -dijo- de que el soplo nos ha llegado enseguida, de modo que deben pensar que no estamos en el ajo. Por una vez, nuestros hermanos del Cinco se han mostrado serviciales…

– ¿O sea que se encuentran aquí, y activos? -no siendo costumbre de «M» ni de Tanner andarse por las ramas, Bond se esforzaba en mostrarse paciente-. ¿Y quieren ustedes pruebas irrebatibles? -insistió.

Tanner inhaló con fuerza, como hace quien se dispone a decir algo que le pesa en la conciencia.

– «M» quiere utilizar un señuelo -confesó en voz baja.

– Una carnada, un cebo -subrayó con un gruñido «M».

– ¿Yo?

Hundiendo la mano en su bolsillo interior, Bond sacó su pitillera de bronce.

– Naturalmente -dijo «M», refiriéndose a que no le importaba que fumase 007, el cual encendió un H. Simmons especial de los que adquiría al por mayor en la vieja tienda de Burlington Arcade, donde aún era posible conseguirlos.

– ¿Yo? -repitió Bond-. ¿Soy yo el cebo?

– Más o menos.

– Con todos los respetos, señor, eso es como decir de una mujer que está más o menos embarazada -repuso Bond. Y agregó, con una pálida sonrisa-: ¿En qué quedamos: soy o no soy el cebo?

– Lo es -repuso «M» con un carraspeo, visiblemente molesto por lo que se disponía a comentar-. La verdad es que… nos lo sugirió ese… pequeño golpe de suerte que usted ha tenido.

Lo de «pequeño» lo dijo con retintín.

– No comprendo qué tiene eso que ver con…

– Permítame que le haga un par de preguntas -le interrumpió «M», que andaba a vueltas con su pipa-. ¿Cuántas personas saben que ha… hmmm… tocado usted dinero?

– Como es natural, las que tienen que estar al tanto de ello aquí, en el Servicio, señor. Y aparte de ellas, sólo mi abogado, el que lo fue de mi difunto tío, y yo…

– ¿No lo ha ventilado la prensa, no se ha cacareado por ahí, no es del dominio público?

– ¿Dominio público, señor? Desde luego que no.

«M» y Tanner intercambiaron una mirada.

– Ultimamente su tren de vida ha sido un tanto dispendioso, cero cero siete -apuntó «M», ceñudo.

Bond guardó silencio, en espera del resto. Como imaginara, no se trataba de buenas noticias. Fue Tanner quien planteó el asunto.

– Verá, James… Se han producido comentarios. Habladurías. Las cosas no pasan inadvertidas a la gente, y en Whitehall se rumorea en estos momentos que el comandante Bond lleva una vida un poco desordenada: juego, el nuevo Bentley, compañía… ejem… femenina, facturas crecidas…

– ¿Y bien? -Bond no estaba dispuesto a darles facilidades.

– Pues que nuestros gallardos aliados de Grosvenor Square -una alusión a la sede de la embajada norteamericana- nos han venido con preguntas…, como suelen hacer cuando uno de nuestros oficiales veteranos cambia su estilo de vida.

– ¿Los americanos me consideran un riesgo a efectos de seguridad? -se picó Bond-. ¡Qué carotas!

«M» golpeó el escritorio con los nudillos.

– Repórtese, cero cero siete. Están en su perfecto derecho de preguntar. ¿Va a discutirme que viene actuando como un play-boy? Pues bien, esa clase de cosas les despiertan recelos.

– Y si ellos se ponen susceptibles -explicó Tanner con una sonrisa forzada-, a saber qué estarán pensando los que observan desde Kensington Gardens… -alusión, esa vez, a la embajada de la Unión Soviética.

– Majaderías -replicó Bond, escupiendo casi la palabra-. Me conocen de sobra. Si lo de la herencia les interesa, lo averiguarán en un periquete.

– Oh, claro está que les interesa -le atajó Tanner-. ¿Acaso no ha notado nada?

Bond frunció el ceño mientras negaba con la cabeza.

– ¿De veras? ¿Por qué había de notarlo? En cualquier caso, se han mostrado muy discretos. Ni vigilancia permanente ni nada por el estilo… Sin embargo, la gente que tenemos en la calle nos da cuenta de que le observan a usted. En días elegidos al azar…, alguna que otra noche… Hacen sus pesquisas en lugares inverosímiles…

Bond juró para sus adentros. Le invadía una sensación de ridículo. «Incluso en su propio territorio, actúe como si estuviera en el campo de batalla», le habían enseñado. Y, sin embargo, él no se había percatado de nada.

– Así pues, ¿adónde nos conduce eso? -quiso saber, aunque temía la respuesta.

– Al señuelo -contestó Tanner con una media sonrisa-. A una pequeña pantomima de la que usted, James, será el protagonista principal.

Bond afirmó con un cabeceo.

– O sea, que me veo convertido en carnada.

– La cosa no tiene nada de descabellada -dijo «M», atento a su pipa-. Con una situación tan propicia…

Esta vez, y sin poderse contener ya, Bond expresó su parecer en términos un tanto explosivos. En su vida se había tropezado con una trama más burda. A ningún agente de reclutamiento extranjero se le ocurriría echarle los tejos a él. Y aunque eso llegara a ocurrir, su superior inmediato daría al traste con el proyecto en diez segundos cabales.

– No estarán hablando en serio, ¿verdad? -concluyó, ya sin argumentos.

– Con toda la seriedad del mundo, cero cero siete. Convengo en que normalmente habrían de evitarle. Pero rindámonos a la evidencia: les interesa usted, y no poco…

– Nunca, ni aunque pasaran mil años… -recomenzó Bond con sus objeciones.

– El proyecto ya ha sido ultimado, cero cero siete -le atajó «M», y vamos a llevarlo adelante. ¿Necesito recordarle que está a mis órdenes?

Pese a su convicción de que aquel asunto era una completa locura, a Bond no le quedaba más salida que atender al esquema que, alternándose en la explicación, «M» y Tanner le fueron exponiendo en sus rasgos más simples, como directores de teatro que se dirigiesen a un actor un poco torpe.

– En el momento indicado, le hacemos aparecer a usted -dijo «M» con una sonrisa agria.

– Encuesta a puerta cerrada -apuntó Bill Tanner.

– Cuidando nosotros de que la onda llegue a la prensa.

– Se plantean preguntas en el Parlamento.

– Veladas alusiones sobre escándalo y corrupción en el Servicio.

– Y dimite usted.

– Dando la impresión de que en realidad le hemos arrojado a las tinieblas exteriores. Y si eso no basta para atraer a los cazadores de ambulancias, tenemos otras cosas en reserva. Espere usted, cero cero siete, y haga lo que le digo.

Las cosas ocurrieron exactamente así. Pero no, como le habían dicho, por el asunto de los cazadores de ambulancias. Cundieron rumores en los pasillos del poder; comentarios en los clubes; discreteos en los lavabos de ciertos departamentos gubernamentales; e incluso preguntas en los Comunes. Y a eso siguió la dimisión del comandante James Bond.

3. Vida desenfrenada

La vida que Bond había llevado durante el mes anterior al robo de la colección Kruxator merecía el calificativo de hedonista. No abandonaba la cama antes del mediodía, ni la casa hasta después de anochecido, y eso para acudir a restaurantes, clubes y casas de juego, por lo regular en compañía de alguna chica guapa. Después de la lamentable intervención con que el pagador general del Servicio había tratado de restar importancia en los Comunes a los escándalos relacionados con uno de los agentes de operaciones del Foreign Office, y de rechazar las acusaciones de la oposición, que hablaba de maniobras de encubrimiento, la prensa, de forma quizá sorprendente, apenas volvió a ocuparse de Bond. Por su parte, él no mantuvo relación alguna con sus anteriores jefes, que en realidad hacían lo imposible por evitarle. En cierta ocasión, mientras cenaba en The Inn of the Park, se encontró a tan sólo dos mesas de Anne Reilly, ayudante del armero de la sección Q, y que aunaba en su persona talento y atractivo. Creyendo que la muchacha le miraba, Bond le sonrió, pero enseguida se dio cuenta de que los ojos de ella le pasaban por alto, como si no existiese.

Luego, ya a finales de abril, el teléfono sonó en el piso de Bond sobre el mediodía de un martes tibio y despejado. Él, que en ese momento estaba afeitándose, agarró el aparato como si quisiera estrangular el timbre. ¿Quién es? -rugió.

– Vaya… -dijo al otro extremo de la línea una voz femenina en tono de sorpresa-. ¿No es ahí el 59 de Dean Street? ¿La tienda de discos?

– Esto no es el 59 de nada -replicó Bond, sin tan siquiera una sonrisa.

– Pero si estoy segura de haber marcado el 734-8777…

– Bien, pues no es aquí.

E irritado por lo que parecía una equivocación, colgó con un golpe seco.

Entrada ya la tarde, telefoneó a la chica con quien estaba saliendo -una muy apreciada azafata rubia de la British Airways- para anular su cita de aquella noche. En lugar de cenar acompañado en el Connaught, Bond lo hizo solo en el Veeraswamy, el insuperable restaurante indio de Swallow Street, donde dio cuenta de un vindaloo de pollo con todos sus aderezos, seguido de la despaciosa degustación de un café. Pagada la cuenta, abandonó el local con la campanada de las nueve y cuarto. El portero uniformado, barbudo y de espléndida figura, la saludó solicito y, dando una imperiosa voz, llamó un taxi. Bond se lo agradeció con una propina e indicó al taxista las señas de su casa, pero al llegar al final de St. Jame's le mandó parar, pagó y siguió a pie, en apariencia al azar de las calles, atajando por travesías secundarias, cruzando inesperadamente la calzada, en ocasiones para volver sobre sus pasos o detenerse ocioso en las esquinas, mientras se cercioraba de que no le seguían.

Ateniéndose a esa estrategia, alcanzó por fin un portal cercano a St. Martin's Lane. Bond pasó allí dos minutos, atento a una ventana del otro lado de la calle. Había luz en ella. A las diez en punto el rectángulo luminoso se apagó, volvió a iluminarse, quedó otra vez a oscuras y luego se encendió de nuevo.

Bond cruzó la calzada a paso vivo y desapareció en un segundo portal. Subió un estrecho tramo de escalera y, salvando un rellano y otros cuatro peldaños, se detuvo ante una puerta con un rótulo: Fotografía de Calidad, S.L. Se facilitan modelos. Pulsó el timbre a la derecha del marco, y en el interior sonó un campanilleo que todo el mundo relaciona con cierta marca de cosméticos muy conocida. Siguió un eco de pisadas que se acercaban, y chasquearon los pestillos al ser descorridos.

Se abrió la puerta, y junto a ella apareció Bill Tanner, que con un cabeceo invitó a Bond a entrar. Siguió a Tanner por un corto pasillo de paredes desconchadas y con olor a perfume barato, y cruzó tras de él la puerta que se abría al final. El cuarto era muy pequeño y estaba abarrotado de trastos. En un rincón, había una cama disimulada en parte por una colcha de espantoso estampado. Sobre ella, un oso de raído peluche sentado en una caja en forma de corazón, forrada de falsa seda de un detonante color naranja, posible receptáculo de camisones. Frente a la cama, un armarito semiabierto ofrecía a la vista una lamentable colección de vestidos femeninos. El minúsculo tocador aparecía atestado de frascos y tarros de cosméticos. Desde lo alto de la ventruda estufa de gas, la estampa de una desconocida, enmarcada en plástico, contemplaba un par de butacones que no hubieran estado fuera de lugar en la casa del Pato Donald.

– Adelante, cero cero siete. Me alegra comprobar que se le da bien la aritmética.

El autor de esa frase, que ocupaba uno de los sillones, se dio la vuelta, con lo cual Bond se encontró frente a los fríos y ya familiares ojos grises de su superior jerárquico.

Tanner cerró la puerta y se acercó a una mesa provista de varias botellas y vasos.

– Encantado de verle, señor -dijo Bond sonriendo, al tiempo que tendía la mano-. Que siete y tres son diez es algo que hasta yo sé.

– ¿No trae cola? -preguntó inquieto el jefe de personal, al tiempo que se acercaba sigilosamente a la ventana que Bond había estado vigilando desde la calle.

– No, como no hayan puesto sobre mis pasos a medio centenar de galgos y una veintena de coches. El tráfico parece melaza, de puro espeso. Los jueves por la noche siempre se pone fatal: las compras de última hora y los que viven fuera y se quedan a esperar a la mujer o a la novia.

Sonó el teléfono, con un agradable timbrazo a la antigua, y Tanner lo alcanzó en dos zancadas.

– Sí -dijo. Y luego lo repitió-: Sí… Está bien… De acuerdo -colgó al auricular y compuso una sonrisa-. Todo en regla, señor. No le ha seguido nadie.

– Ya le dije que… -comenzó Bond, peto Tanner le cortó en seco, para invitarle a tomar un gintónic con ellos. Bond sacudió la cabeza y dijo, frunciendo el entrecejo:

– En las últimas semanas he tomado alcohol suficiente para poner a flote varias embarcaciones pequeñas…

– Sí, todos lo hemos notado -rezongó «M».

– Siguiendo sus instrucciones, señor. Podría recordarle lo que dije desde el mismo principio: que esto no iba a dar resultado. Nadie de la profesión creería ni por asomo que he abandonado el Servicio así, por las buenas. El silencio empieza a resultar ensordecedor.

– Siéntese, cero cero siete -replicó «M» con un nuevo gruñido-. Siéntese y atienda. El silencio no ha sido tan ensordecedor como dice. Antes al contrario, la isla bulle de ruidos, sólo que usted estaba en otra onda. Siento haberle tenido a oscuras, pero era indispensable…; es decir, indispensable hasta que hubiéramos patentizado a la comunidad de los Servicios Secretos que en lo referente a nosotros, era usted persona non grata. Olvide lo que le dijimos en nuestra última entrevista. Ahora conocemos ya nuestro verdadero objetivo. Mire este retrato… y este… y este otro.

Con movimientos de experimentado jugador de póquer, «M» puso en la mesa tres fotografías: de un hombre y de dos mujeres.

– Al hombre -continuó- se le da por muerto. Se llamaba Holy, profesor Jay Autem Holy -apartándolo de la foto, «M» colocó el índice sobre la siguiente-. Esta señora es su viuda, y esta otra -el dedo se desplazó a la tercera fotografía- corresponde a la misma dama. El cambio de aspecto es tan notable, que si su esposo volviese de entre los muertos, cosa que cabe en lo posible, no tendría manera de reconocerla. La viuda -concluyó «M», recogiendo el último de los retratos- le facilitará todos los detalles. Y también, a decir verdad, cierta enseñanza. Se llama Proud. Persephone Proud.

La Proud era regordeta, de pelo castaño ratonil, con gafas de gruesos lentes, labios delgados y nariz afilada y demasiado grande para el conjunto de la cara, más bien mofletuda. Ese, al menos, era el aspecto que ofrecía en la primera foto, tomada años atrás, cuando era esposa de Jay Autem Holy. «M» afirmaba que tampoco Bond la reconocería con su más reciente aspecto. Una vez examinado el tercer retrato, esa aseveración no sorprendió a 007.

– De forma que me envían a otra diligencia -reflexionó en tono ausente, fija todavía su atención en el retrato.

– Así podríamos llamarlo. La dama en cuestión le está esperando ya.

– ¿De veras?

– En Mónaco. En el hotel de París, de Montecarlo. Y ahora escúcheme atentamente, cero cero siete. Tiene mucha información que absorber. Quiero que se ponga en viaje muy a principios de la semana que viene. Como es natural, seguirá considerándose un proscrito arrojado a las tinieblas exteriores. Sentado eso, pasaré a exponerle lo que desde el mismo principio planeamos, junto con nuestros primos del otro lado del Atlántico.

«M» estuvo hablando con vehemencia por espacio de unos quince minutos, sin permitir interrupción alguna. Seguidamente, y sometiéndose a otro elaborado programa de seguridad que le permitiera abandonar el edificio con absoluto sigilo, Bond se dirigió a su casa en un taxi. Nadie le había seguido.

Una vez más, le inventaban una vida distinta, una nueva identidad. Sin embargo, de las muchas y equívocas misiones que había desempeñado en favor de su país, la que tenía por delante era la que más iba a parecer una misión deshonrosa.

4. Percy Proud

El viaje a través de Francia, camino del Sur, le resultó a Bond particularmente placentero porque era la primera vez que podía dar rienda suelta al Mulsanne Turbo. El poderoso automóvil parecía encantado de poder patentizar así la perfección de su funcionamiento. Era innegable que la Bentley había producido en sus establos otro auténtico pura sangre. Adelantado su largo, elegante morro, el Mulsanne concentraba sus fuerzas, un poco a la manera de un corredor de fondo en óptimas condiciones físicas, y lanzándose a la carrera, superaba sin esfuerzo alguno los ciento setenta kilómetros por hora, devorando distancias suave e inaudiblemente, como si un silencioso cojín de aire le hiciera flotar sobre el asfalto.

Bond había salido de Londres el lunes, a primera hora, informado de que Persephone Proud se haría presente en el Casino todas las noches, entre diez y once, a partir del martes.

El martes, algo después de las seis, el Mulsanne entraba en la Place du Casino, de Montecarlo, y se detenía ante la entrada del hotel de París. La tarde era clara y espléndida y la brisa primaveral apenas agitaba las palmeras del parque que da frente al Gran Casino. Bond paró el motor y comprobó que estuviese cerrado el pequeño compartimento para armas, oculto bajo el lustroso salpicadero de madera a la derecha del volante. También se aseguró de que el potente teléfono Super 1000 situado entre los asientos frontales tuviese puesto el cierre. Se apeó entonces y echó una ojeada alrededor de la plaza. Invadió su olfato la fragancia de las mimosas, unida a la de la suave brisa marina y a la del fuerte tabaco francés.

Al igual que el resto de las ciudades grandes y pequeñas que se suceden a lo largo de la Costa Azul, Montecarlo tenía un olor propio. Bond pensó que haría una fortuna quien encontrase la manera de embotellar aquel olor, para consumo de los que habían conocido el Principado en sus mejores días. Porque la que antaño fuera Meca de los jugadores de Europa, había dejado de ser el lugar hechizado que muchos recordaban, nostálgicos por haber ganado o perdido allí verdaderas fortunas, y algunos el corazón. Los viajes organizados, las escapadas de fin de semana y los vuelos chárter habían puesto fin a aquello. Si Mónaco lograba conservar su barniz de refinada mundanidad, era gracias únicamente a la presencia de sus príncipes y a los precios exorbitantes que especuladores, hosteleros y dueños de restaurantes imponían a sus servicios. Y ni siquiera esas últimas medidas consiguieron cerrar el paso de manera efectiva a cierto sector de la menos deseable sociedad de los años ochenta: en su última visita le habla horrorizado a Bond encontrar bandidos mancos [1] instalados en las selectas salles privées [2] del Casino. Así las cosas, ya no le hubiera sorprendido encontrarse también máquinas tragaperras de invasores galácticos [3]

Su habitación tenía vistas al mar, y antes de ducharse y vestirse para salir, pasó un rato en el balcón, contemplando el parpadeo de las luces mientras saboreaba un Martini. Y se preguntaba si volverían a oírse alguna vez los murmullos y las risas de pasados y más felices tiempos.

Despachada una cena frugal -consomé frío, lenguado a la parrilla y mousse au chocolat-, bajó a encerrar el coche en el garaje, y seguidamente se dirigió a pie al Casino, pagó la entrada que permitía el acceso a las legendarias salles privées y compró fichas por valor de cincuenta mil francos.

Sólo una de las mesas de ruleta estaba en funcionamiento. Mientras se encaminaba hacia ella, Bond avistó por primera vez a Persephone Proud. «M» se había quedado corto al decir que ni siquiera su marido habría podido reconocerla. Bond, que apenas había dado crédito a la fotografía «de después», como la llamaba su superior jerárquico, no conseguía aceptar la idea de que aquella mujer, que era innegablemente la de la foto, pudiera haber sido en otra época entrada en carnes y haber tenido aspecto de ratón.

Estaba de pie, apoyada en la barra, enfundado el cuerpo en un vestido azul que dejaba al descubierto los hombros y comprimía los senos, pequeños pero pugnaces. Alta, su figura resultaba casi juncal. La melena, rubio ceniza, le rozaba la bronceada piel de la nuca, y los ojos, de un claro gris azulado, chispeantes de malicia, observaban atentos la mesa de juego y lo que en ella ocurría. Una insinuada sonrisa le rondaba la boca, de carnosos labios en sustitución de los primitivos. La angulosa nariz de antes era ahora respingona y casi chata.

«Fascinante -dijo Bond para sus adentros-. Es fascinante ver lo que pueden conseguir una dieta estricta, unas lentillas y un aplicado tratamiento de belleza.»

Bond se dirigió sin vacilar hacia la mesa de ruleta, tomó asiento, saludó al croupier con una inclinación de cabeza y, habiendo estudiado la cadencia de los números durante tres jugadas, dejó caer veinticinco mil francos en la casilla del impair [4].

El croupier voceó su casi ritual Failes vos jeux [5], y todas las miradas se centraron en el danzar de la bola sobre la rueda en movimiento.

– Rien ne va plus! [6]

Bond miró a sus tres compañeros de mesa: un hombre de aspecto apacible, posiblemente norteamericano, cuarentón, de mejillas azuladas por la sombra de la barba y con ese aire impenetrable de los jugadores profesionales; una dama a la que dio unos setenta años bien cumplidos, vestida a la última moda de la temporada; y un chino corpulento, de rostro sin edad.

Las miradas seguían fijas en la ruleta. Bond unió a ellas la suya. Tras dos últimos saltos, la bola entró en una de las casillas.

– Dix-sept, noir, impair et manque! [7] -recitó el croupier, conforme a esa particular letanía de las mesas de juego.

El rastrillo barrió hábilmente el tapete verde, recogiendo las ganancias de la casa e impulsando fichas hacia los ganadores, incluido Bond, a quien su apuesta le reportaba la misma suma que había depositado en el impar. Correspondió a la invitación del croupier repitiendo la jugada, y de nuevo ganó al aparecer el once. Insistió en el impar, y la bola cayó en el quince. En sólo tres vueltas de la rueda, Bond había ganado setenta y cinco mil francos. Optaba por el juego sencillo: puestas al impar, a diferencia de los demás jugadores, que seguían combinaciones más complejas -el caballo, el cuadrado y la columna [8]-, de superior retribución.

Bond depositó el total de sus ganancias en el par, y salió el catorce, rojo. Setenta y cinco mil francos sobre la apuesta de igual importe. Podía dar por concluida la noche. Lanzó una ficha de cinco mil francos sobre el tapete y, musitando Pour les employés [9], echó hacia atrás la silla. La operación provocó un breve gemido a su espalda, al rozar la silla la pierna de la muchacha, con lo cual se derramó de su vaso una porción de liquido que fue a parar a la mejilla de él. El incidente era de todo punto natural, no habiéndose percatado el inglés de que la joven estaba detrás de él, pero lo cierto es que todo el asunto se había previsto meticulosamente tiempo atrás en Londres, en el piso franco de St. Martin's Lane.

– Lo siento infinitamente… Pardon, madame, je…

– Descuide, hablo inglés -la voz era modulada y clara, sin la nasalidad típica del acento norteamericano-. La culpa ha sido mía. No debí acercarme tanto. Pero como el juego estaba tan…

– Permítame por lo menos que le invite a tomar otra copa.

Y terminando de secarse la cara, la asió del codo y la llevó hacia la pequeña barra. Uno de los agentes de seguridad de la casa, de negro esmoquin, sonrió al verles alejarse. ¿Cuántas veces habría asistido a esa maniobra femenina para enganchar a un hombre? La cosa carecía de importancia, desde luego, siempre y cuando la mujer fuese respetable, y aquélla era una turista norteamericana. Les deseó, para sus adentros, buena suerte

– ¿Cómo ha dicho que se llamaba? -inquirió ella, alzando hacia la suya su copa de champán.

– James Bond. James, para los amigos.

– Los míos me llaman Percy. Lo de Persephone Proud resulta demasiado largo.

Los ojos de Bond la miraron sonrientes sobre el borde de la copa.

– ¿De veras? -dijo, enarcando una ceja-. Brindo por poderme contar entre los que usan el diminutivo…

Percy era una joven sosegada, de conversación fácil, dueña de esa doble virtud que es el sentido del humor junto al del ridículo.

– Muy bien, James… -estaban en el hotel de París, en la habitación de ella, provistos de sendos cócteles de champán-. Pasemos a los detalles. ¿Qué información te han dado?

– Muy poca.

«Los pormenores se los proporcionará ella -le había dicho «M»-. Muéstrese a la altura de las circunstancias, confíe y aprenda. Ella conoce mejor que nadie este asunto.

– ¿Conoces esta cara? -preguntó, al tiempo que sacaba de su bolso una fotografía de pequeño formato-. Tengo que destruirla en cuanto te la haya mostrado. No conviene que me la encuentren encima.

Era el mismo retrato, pero de menor tamaño, que Bond había visto en el piso de St. Martin's Lane.

– Jay Autem Holy -dijo Bond.

El hombre en cuestión parecía muy alto y era dueño de una voluminosa nariz ganchuda y de un cráneo de alta bóveda cuya calva no la conseguía disimular el escaso pelo.

– Profesor Jay Autem Holy -corrigió ella.

– Fallecido. Y eres su viuda, aunque no te hubiese reconocido… después de haber visto ciertas fotos tuyas.

Ella respondió con una risita contagiosa.

– Se han hecho algunos cambios.

– Y que lo digas. La otra no hubiese resultado atractiva, de luto. Y a ti te sentaría bien cualquier color.

– Manejas con mucha habilidad la lisonja, James Bond. Pero en verdad no creo que la anterior señora de Jay Autem Holy necesitase crespones de viuda. Porque, ¿sabes?, él no murió.

– Cuéntame eso.

Empezó por lo que «M» ya le había anticipado a Bond. Mas de diez años atrás, en la época en que el profesor Jay Autem Holy trabajaba en exclusividad para el Pentágono, un Grumman Mohawk de la Infantería de Marina de los Estados Unidos se había estrellado en el Gran Cañón. El profesor Holy y el general Joseph Zwingli, de sobrenombre «Rolling Joe» («Joe Vueltas»), eran los únicos pasajeros.

– Como ya sabes -continuó Percy-, Jay Autem se había anticipado a su época. Antes de que la mayor parte de la gente hubiera oído hablar de los ordenadores, él ya era un genio en esa materia. En el momento del accidente estaba trabajando en un avanzadísimo programa del Pentágono. El avión fue a estrellarse en un lugar por demás inaccesible. Sus restos acabaron en el fondo de una escarpada garganta. No se pudieron recuperar los cadáveres… ni el bonito montón de importantes cintas de ordenador que Jay Autem llevaba consigo. Se referían a un programa de entrenamiento para jefes militares que tenía casi ultimado y con el cual, mediante el proceso de datos, era posible anticipar los movimientos del enemigo en campaña. Un trabajo literalmente inestimable.

– ¿Y el general?

– ¿«Joe Vueltas»? Un chiflado. Condecoradísimo y más que valiente, pero un chiflado. Aseguraba que los Estados Unidos se habían ido al pote…, al pote comunista, y decía abiertamente que el país necesitaba un cambio del sistema político, con el ejército en el poder. Según él, los políticos estaban vendidos, la moral se había relajado por completo y la gente necesitaba que se le enseñara a respetar los valores.

Bond asintió.

– ¿Por qué le llamaban «Joe Vueltas»?

Percy volvió a reír.

– Porque en sus tiempos de piloto, durante la segunda guerra mundial, probaba las fortalezas volantes haciéndolas voltear en el aire, a trescientos metros del suelo.

– ¿También el profesor Holy tenía un apodo?

– Sus colegas y algunos amigos le llamaban el Santo Terror [10]. Era muy duro como jefe… -respondió Percy. Y tras una pausa, añadió: -Y como esposo.

– Difunto esposo -le recordó Bond, que se quedó mirándola fijamente, sin parpadear, mientras ella apuraba el cóctel de champán y pasaba cuidadosamente la copa en una mesita auxiliar.

– De difunto, nada -Percy sacudió la cabeza-. Jay Autem Holy no murió en aquel accidente aéreo. Un reducido número de personas lo supieron desde el principio. Pero ahora hay pruebas.

– ¿Pruebas? ¿Dónde? -indagó Bond, propiciando el momento para el cual le había preparado «M».

– Como quien dice en la puerta de vuestra casa, James. En un rincón del Oxfordshire, en el corazón de la Inglaterra rural. Pero no para ahí la cosa. ¿Te acuerdas del robo de la colección Kruxator, ocurrido en Londres?

Bond asintió.

– ¿Y del golpe de los veinte millones de libras en lingotes de oro? ¿Y de aquel caso del secuestro aéreo de los mil millones? ¿Recuerdas el avión que transportaba billetes de banco recién impresos en Inglaterra por cuenta de países extranjeros?

– Lo recuerdo muy bien.

– ¿Y cuál dirías tú, James, que fue el común denominador de esos delitos?

Bond presentó su pitillera de bronce a Percy, que declinó la invitación con un ademán casi imperceptible. A él mismo le sorprendió que la pitillera volviese a su bolsillo sin haber sido abierta. Con el ceño fruncido, respondió:

– Yo diría que… la importancia de las sumas que se barajaban…, la cuidadosa preparación… ¡Un momento…! ¿No dijo Scotland Yard que casi parecían delitos planeados con ordenadores?

– Ni más ni menos. Has dado con la respuesta exacta.

– Percy… -en la voz de Bond vibraba el desconcierto-. ¿Qué tratas de insinuar?

– Que el profesor Jay Autem Holy está vivito y coleando, e instalado en un pequeño pueblo de los alrededores de Banbury, en vuestro agradable Oxfordshire, que lleva el nombre de Nun's Cross. ¿Conoces Banbury, James? Es un lugar idílico -Percy comprimió un poco los labios-. Pues bien, allí le tienes. Planeando operaciones delictivas, y a buen seguro también terroristas, a base de simulacros obtenidos por ordenador.

– ¿Pruebas?

– Bien… -nueva pausa-. Decir que no se recuperó ningún cadáver después del accidente aéreo, no acaba de ajustarse a la verdad. Encontraron los restos del piloto. Pero sólo los suyos. Los Servicios Secretos, la policía y los cuerpos de seguridad andan desde entonces en busca de Jay Autem Holy.

– ¿Y de pronto le localizan en Oxfordshire?

– Sí, y, como quien dice, por casualidad. Uno de vuestros agentes de Servicios Especiales se encontraba en aquella zona, investigando un caso enteramente distinto. Seguía la pista de dos conocidos timadores londinenses.

– ¿Y ellos le llevaron a…?

Se detuvo al ver que Percy se levantaba y se ponía a pasear por el cuarto.

– Le llevaron -enlazó ella- a una pequeña empresa de juegos para ordenadores, llamada Gunfire Simulations, sita en el pueblo de Nun's Cross. Estando allí, reparó en una cara que recordaba haber visto en los ficheros. De regreso en Londres hizo las oportunas comprobaciones, y resultó que la cara correspondía al profesor Jay Autem Holy. Con la salvedad de que ahora se hace llamar profesor Jason St. John-Finnes. Y la casa donde vive lleva el nombre de Endor.

– ¿Cómo la famosa bruja?

– Exacto.

Percy interrumpió su paseo y se apoyó en el respaldo de la butaca que ocupaba Bond, con lo cual le rozó la oreja con el brazo. Él no quiso romper el clima volviéndose para mirarla.

– Incluso celebran entre amigos, las noches del sábado, batallitas con ordenadores -prosiguió Percy-. Aparece por allí mucha gente rara -apartándose, se dejó caer en un canapé y recogió las largas, esbeltas piernas bajo el cuerpo-. El problema es que nada de eso le resultaba nuevo al Servicio norteamericano, que venía vigilando esas actividades desde hacía algún tiempo, ¿sabes? Incluso infiltró allí a un agente, sin decírselo a nadie.

Bond sonrió.

– A los míos les encantaría enterarse de eso. Existen reglas para operar en territorio extranjero, y además…

– Tengo entendido -le interrumpió Percy con voz ronca, algo cansada- que medió lo que suele llamarse una conversación franca.

– ¡Seguro! -Bond se quedó pensativo un momento-. ¿Pretendes decirme que Jay Autem Holy, desaparecido, supuestamente muerto y persona valiosísima para el Pentágono, consiguió instalarse por las buenas en ese pueblo de Nun's Cross sin más disfraz ni tapadera que unos cuantos documentos de nueva identidad?

Percy desplegó las piernas, se tendió casi cuan larga era en el canapé y rozó lánguidamente el suelo con la mano.

– Es un hombre al que no le resulta fácil disfrazarse. Pero sí; hizo exactamente eso. La verdad es que apenas sale. Casi nunca se le ve por el pueblo. La que pasa por su esposa se encarga personalmente del negocio, y sus auténticos empleados le creen un simple excéntrico… Cosa por otra parte cierta. Para montarse su escondrijo, Jay Autem necesitó mucho ingenio y no menos dinero.

Paulatinamente, lo que «M» le había anticipado en Londres empezaba a cobrar sentido. Como viendo de pronto la luz, dijo Bond:

– ¿Y yo soy la persona elegida para incorporarse a esa feliz hermandad?

– Acierto a la primera.

– Y veamos, ¿cómo esperan que lo haga? ¿Me presento allí, como si tal cosa, y les digo: «Hola, soy James Bond, el famoso agente secreto expulsado del Servicio: ando en busca de trabajo»?

– Algo así.

Bond se puso en pie y empezó a pasear por el cuarto. Tenía tenso de cólera el semblante.

– ¡Por el amor de Dios! ¡Habráse visto insensatez…! Para empezar, ¿por qué motivo habría de contratarme Holy?

– Por ninguno -replicó Percy con un atisbo de sonrisa, mientras se incorporaba en el canapé. De pronto, adoptó una expresión seria y alerta-. Tiene personal suficiente para llevar la Gunfire Simulations, todo ello de forma muy legal, muy a la luz del día. ¡Y cómo pasa a la gente por el tamiz! Ni los Servicios de Seguridad británicos son tan rigurosos en sus investigaciones. Claro está que Holy tiene que andarse con cuidado, porque ese aspecto de sus actividades ha de ser de una claridad meridiana -se detuvo para tomar aliento, la cabeza un poco ladeada, como una cantante en una pausa de su actuación frente al micrófono-. No, James; a él no se le ocurriría contratarte, lo cual no impide que ciertas personas que trabajan para Holy puedan considerarte enormemente tentador. Con eso cuentan tus jefes.

– Una locura. ¡Una completa locura! ¿Cómo es posible…?

De nuevo estaba verdaderamente enfadado.

– James -dijo ella conciliadora, levantándose y tomando en las suyas las manos de Bond-, tienes amigos en la corte del rey St. John-Finnes. Por lo menos una conocida…: Freddie Fortune. La traviesa y encantadora Lady Freddie.

– ¡Santo Dios! -exclamó el agente especial, soltando las manos de Percy, girando en redondo y haciéndose a un lado.

Años atrás, habla cometido el error de relacionarse con la joven que Percy acababa de mencionar. En cierto modo, incluso la había cortejado, hasta descubrir que Lady Freddie Fortune, niña mimada de los que escribían para los ecos de sociedad, había recibido una educación política un tanto descuidada, que en ese campo la situaba algo a la izquierda de Fidel Castro.

– Habrás de estudiar, James. Por eso estás aquí, conmigo. Para conseguir acceso a la casa Endor, tienes que familiarizarte con el trabajo que desarrollan en la Gunfire Simulations. ¿Sabes mucho de ordenadores?

Bond compuso una sonrisa tímida.

– Dicho así… Los aspectos básicos tan sólo.

El tema de los ordenadores era el último que le hubiera apetecido tratar con la seductora e inquietante Persephone Proud, pero no se sentía libre para seguir sus impulsos.

5. Juegos bélicos

Con la lucidez que habían desarrollado en él sus años de dedicación al Servicio, Bond explicó a Percy, a grandes rasgos, el funcionamiento de un microordenador. Mientras tanto, paseaban de un lado a otro del cuarto, en lo que parecía casi una danza ritual, evitándose mutuamente.

– Un complejo instrumento electrónico -recitó con voz átona, a la manera de un colegial que desgranase declinaciones latinas frente a un profesor benévolo- concebido para ejecutar determinadas tareas en función de los datos que se introduzcan en sus memorias. Una máquina capaz de almacenar antecedentes y resolver problemas matemáticos, analizar datos a renglón seguido, y recibir y transmitir informaciones a distancias de miles de kilómetros y en cuestión de unos pocos segundos. Mediante un microordenador puede uno diseñarse una casa, elaborar complicados juegos, componer música o reflejar en una pantalla gráficos móviles. Es un prodigio de memoria en constante expansión pero cuya eficacia responde tan sólo a la del programa que se le suministre. Conozco la teoría, pero sólo por encima -concluyó el agente especial con una sonrisa-. Lo que ignoro es precisamente en qué forma interviene el programador.

– A eso obedece, según me dio a entender el magnífico anciano que es tu jefe, el que nos encontremos reunidos aquí -replicó Percy. A Bond le sorprendió un tanto, aplicado a la persona de «M», el calificativo de «magnífico anciano»-. Me han encomendado la tarea de enseñarte el lenguaje de la programación, en especial el relativo a la clase de trabajo que desarrollaba, y probablemente sigue desarrollando, ese ángel de las tinieblas que es mi ex marido. Y digo bien: ex. Porque muerto, desaparecido o lo que se quiera, yo me cuidé de legalizar la situación.

– ¿Y resulta eso difícil? -inquirió él con una sonrisa de fingida inocencia-. Lo de aprender a programar, quiero decir.

– Depende de la aptitud personal. Es como nadar o ir en bicicleta: una vez has entendido su funcionamiento, es como si no hubieras hecho otra cosa en tu vida. Ahora bien; en el caso de Jay Autem Holy, nos toca lidiar con un genio de muy singulares características. Voy a tener que contarte muchas cosas acerca de él. Pero volviendo a lo nuestro, la tarea es tan sencilla como aprender una lengua extranjera o leer música.

Acercándose a una alacena, Percy extrajo de ella dos maletas hechas a medida y embellecidas con una serie de cerraduras de combinación. Contenían un microordenador de gran tamaño, diversos aparatos para la lectura de discos y una colección de éstos, de dimensiones y materiales distintos, agrupados en tres cajas metálicas. Pidió a Bond que ladease el televisor de la habitación, a fin de conectar el microordenador. El teclado de éste doblaba en tamaño el de una máquina de escribir electrónica. Mientras instalaba el equipo, Percy continuó con sus explicaciones. Según sus cálculos, dijo, el aparato que tenían delante era el mismo que debía estar empleando Jay Autem. Bond había observado ya que no se refería al profesor Holy más que por el nombre de Jay Autem o por su apodo, el Santo Terror.

– Tras su desaparición, no pudo encontrarse su microordenador. Supongo que no lo llevaba consigo, y que lo tendría guardado en algún lugar seguro. En aquella época estábamos asistiendo al pleno desarrollo de los microordenadores…; ya sabes, los chips, esos pedacitos de silicona que en cinco milímetros cuadrados condensaban todos los circuitos que antes hubieran llenado una sala. Cuando él construyó su máquina, seguíamos sirviéndonos principalmente de cintas. Pese a lo mucho que se ha avanzado desde entonces, y a que el material se ha ido reduciendo, he tratado de mantenerme al tanto de la tecnología. Reconstruí el Terror Seis, que es como llamaba él a su máquina, partiendo del proyecto primitivo y tratando, como hubiera hecho Jay Autem, de ir siempre un paso por delante de los demás.

Bond observaba por encima del hombro de Percy las últimas operaciones de montaje.

– Esta -dijo indicando el teclado con un ademán- es mi versión de lo que hubiera sido el Terror Doce. Los compresores se han reducido desde que Jay Autem se quitó de en medio, pero el verdadero salto adelante está en la cantidad de datos que puede almacenar esta diminuta memoria. Eso y la posibilidad de incorporar el vídeo, las imágenes auténticas, a la clase de programas que a él le interesan.

– ¿Y qué programas son ésos, Percy?

– Verás -eligió un disco de los contenidos en las cajas metálicas, puso en marcha uno de los aparatos de lectura, insertó en él la placa y puso en marcha el motor-. Te voy a mostrar lo que le tenía fascinado cuando trabajaba para el Pentágono. Y de ahí podemos pasar a la fase inmediata.

La pantalla del televisor se había iluminado. El lector de discos giraba con un murmullo, y el altavoz reprodujo una serie de chasquidos sincopados, al término de los cuales apareció en la pantalla un detallado mapa de la frontera entre ambas Alemanias. Era la zona de Kessel: territorio de la OTAN.

De forma tan súbita como inexplicable, Bond se sintió acalorado y ardoroso. Levantó una mano en dirección al hombro de Percy, pero, modificando la trayectoria, se aflojó el nudo de la corbata, mientras ella, que había sacado de una de las maletas un pesado mando negro, lo conectaba al teclado, pulsando a continuación la letra S. Acto seguido, se iluminó en el mapa un rectángulo, cuyo contenido era tan detallado como un mapa impreso.

– Muy bien. Aunque es posible que esto te parezca una especie de juego disparatado, te aseguro que se trata de un ejercicio de entrenamiento de muy alto nivel.

Al accionar Percy el mando, el rectángulo luminoso cruzó la pantalla, moviendo consigo el mapa a medida que corría hacia el margen exterior, con lo cual aquél se enrollaba y desenrollaba, dejando en la base de la pantalla una franja azul. La zona reflejada abarcaba una superficie de ciento treinta kilómetros de frontera.

– Introduzco coordenadas y nos trasladamos inmediatamente a ese sector del mapa -Percy unió la acción a la palabra, y el mapa se desplazó en la pantalla, mientras el rectángulo permanecía en su lugar de antes-. De esta forma podemos ver una zona más restringida y lo que en ella está ocurriendo.

Centró el rectángulo sobre un pueblo situado a unos dos kilómetros de la frontera y apretó el gatillo del mando. Bond había cobrado repentina conciencia del perfume que usaba Percy, si bien no conseguía identificarlo. Concentró de nuevo sus sentidos en el asunto que les ocupaba.

Fue como si hubieran aplicado a la pantalla un zoom, porque de pronto la imagen se enriquecía con toda suerte de detalles: carreteras, árboles, Casas, rocas, campos. Entre los objetos reflejados distinguió Bond por lo menos cuatro carros de combate y seis transportes de tropas, amén de dos helicópteros posados en tierra, a cubierto tras un grupo de edificios, y tres aviones Harrier en pistas de aterrizaje disimuladas por árboles.

– Partimos de un supuesto bélico no nuclear -explicó Percy, y empezó a cursar instrucciones al microordenador en solicitud de información.

Apareció en primer lugar la referente a las fuerzas de la OTAN. Carros de combate, transportes de tropas, helicópteros y Harriers fueron surgiendo en sucesión, mientras que en la base de la pantalla parpadeaban sus distintivos y el número de unidades. Percy anotó los distintivos en una libreta, y a continuación tecleó para obtener los datos correspondientes a los efectivos del Pacto de Varsovia estacionados en aquella pequeña zona. Existían al parecer no menos de dos compañías de infantería con apoyo de fuerzas blindadas.

– Sólo nos facilita la información accesible, la que pueden conocer los servicios de inteligencia y reconocimiento -aclaró Percy, atenta a la pantalla, donde iban apareciendo, en la franja azul inferior, datos relativos a las posiciones enemigas.

Bond no conseguía apartar la mirada del hombro de Percy, semidesnudo, y del suave rizo que lo acariciaba mientras introducía ella las órdenes. Dos Harriers partieron de su emplazamiento, como si despegaran para atacar a las fuerzas blindadas enemigas. Simultáneamente, Percy puso en marcha los carros y los transportes de tropas de la OTAN.

Según las unidades evolucionaban al mandato de ella, en la pantalla aparecieron las respuestas de los oficiales de mando correspondientes, traducidas en destellantes estallidos de bombas y zumbidos y colisiones audibles. Como se inclinara para seguir más de cerca el ataque, Bond se sorprendió a sí mismo mirando de reojo el rostro de Percy, de perfil junto al suyo y absorto en la contemplación.

El combate, dirigido de principio a fin por ella, duró alrededor de veinte minutos, durante los cuales Percy consiguió una pequeña superioridad sobre las fuerzas enemigas, aunque perdió tres carros, un helicóptero, un Harrier y algo menos de un centenar de hombres.

Bond retrocedió un paso. Había encontrado fascinante toda la operación. Quiso saber si los militares se servían de simulacros como aquél.

– Lo que has visto es sólo un TEWT de ordenador -Percy se refería a los Ejercicios Tácticos sin Tropas, una técnica utilizada en la formación de oficiales y clases de tropa-. Como sabes, en otro tiempo esos ejercicios se hacían con pizarras, mesas, bandejas de arena y maquetas. Hoy en día basta con un microordenador, pero este TEWT es muy elemental: tendrías que ver los modelos que emplean en las academias militares.

– ¿Y era ésta la clase de programas que el profesor Holy preparaba para el Pentágono? -indagó Bond, que acababa de descubrir un lunar en el cuello de su interlocutora.

– Entre otras cosas. Cuando desapareció estaba trabajando en programas avanzadísimos no sólo de enseñanza, sino destinados a especialistas, en los cuales el ordenador recibe todas las posibles opciones y determina la que con mayor probabilidad seguirá una potencia adversaria en determinadas circunstancias.

– ¿Y ahora? Suponiendo que siga vivo…

– Oh, sí, James, él está vivo -se había ruborizado repentinamente-, no lo dudes. Le he visto. Es el hombre de quien te he hablado… Jason St. John-Finnes, de Nun's Cross, en Oxfordshire. Sé lo que me digo. Al fin y al cabo, fui su perro guardián durante tres años y medio aborrecibles.

– ¿Perro guardián?

Su color de ojos era realmente increíble: un singular matiz de gris azulado que variaba con la luz. Percy apartó la mirada y se mordió un labio con fingida vergüenza.

– ¡Vaya! ¿Acaso no te informaron? Me casé por mandato con ese malnacido. Yo soy de la Compañía…, de Langley [11]. Mi matrimonio con el profesor Holy fue una misión. ¿Cómo, si no, hubiera podido desentrañar su trabajo?

– ¿Quieres decir que desconfiaban de él?

Bond trató de no expresar sorpresa, pese al pasmo que le causaba el que una funcionaria de la CIA hubiese recibido la orden de contraer matrimonio a fin de tener vigilado a su marido.

– En aquella época, y en vista de sus relaciones (tenía muchos amigos entre la comunidad científica rusa y las de los países del bloque soviético), no podían permitirse confiar en él. Y el tiempo les ha dado la razón.

– ¿Crees que trabaja ahora para la KGB?

– ¡Ni hablar! -se dirigió al pequeño frigorífico y sacó de él una segunda botella de champán-. Jay Autem trabaja para Jay Autem y para nadie más. A esa conclusión pude llegar sin ninguna duda -dijo. Y mientras tendía a Bond otra copa, añadió-: Es casi seguro que existe cierta intervención soviética en lo que ahora está haciendo, pero por cuenta de particulares. Aunque Jay Autem conoce a fondo su oficio, lo único que verdaderamente le importa es el dinero. La política le trae sin cuidado.

– Y según tú, ¿qué tiene ahora entre manos?

Bond había captado un nuevo e intenso efluvio de aquel extraño perfume, que en lo sucesivo siempre relacionaría con Percy.

– Eso es algo que él sabe y que a ti te toca descubrir, James. Y mi cometido es prepararte para ello. Mañana empezaremos en serio las lecciones. ¿Qué tal las ocho y media?

– Casi no merece la pena que vuelva a mi habitación -repuso él mientras consultaba con fingida naturalidad su reloj.

– Lo sé, pero es lo que vas a hacer en cualquier caso. Yo tengo que enseñarte cuanto pueda sobre la forma de elaborar programas como los que crea Jay Autem, complementado por un cursillo que te permita manipular esos programas, si tuvieses la suerte de hacerte con uno de ellos.

Asiéndole de la muñeca, Percy se alzó para besarle dulcemente en la mejilla. Bond se acercó más, pero ella se hizo atrás, amonestándole con un dedo.

– Nada de eso, James. Pero soy una buena maestra, y si tú das pruebas de ser un alumno aplicado, tengo para ti recompensas que ni siquiera hubieses soñado en tus días escolares. Así pues, ¿a las ocho y media en punto?

– ¿Garantizas el éxito, Percy Proud?

– Garantizo enseñarte, James Bond -replicó ella con una sonrisa traviesa-. Por de pronto, a programar ordenadores.

A la mañana siguiente, al toque exacto de las ocho y media, Bond llamó a la puerta de Persephone Proud. Tenía oculta una mano detrás de la espalda. Al abrir ella, le presentó impetuosamente la mano escondida.

– Para la maestra -dijo, entregándole una hermosa manzana rosada.

Fue la única broma del día, pues Percy Proud reveló ser una instructora dedicada y exigente.

6. El Código del Terror

El adiestramiento de Bond, que llevó algo menos de un mes, resultó un homenaje a las dotes de Persephone Proud como docente. En cuanto a las aptitudes de su discípulo, se vieron presionadas hasta el límite. La tarea resultó equivalente al aprendizaje de un idioma nuevo, amén de varios complicados dialectos. Bond, a decir verdad, no recordaba haberse visto obligado en ningún otro momento a exigir tanto de sus reservas mentales, ni a concentrar así su mente, como si se tratara de un espejo ustorio enfocado en el tema que le ocupaba.

Establecieron inmediatamente un horario de trabajo casi inamovible. Al principio lo iniciaban a las ocho y media todos los días; pero pronto, conforme las jornadas iban prolongándose en horas nocturnas, retrasaron el comienzo hasta las diez de la mañana. Trabajaban entonces hasta la una, se interrumpían para almorzar en un bar cercano y, tonificados por el doble paseo de la ida y del regreso, reemprendían el trabajo hasta las cinco.

Todas las tardes, a las siete, bajaban a Le Bar, famoso lugar de encuentro del hotel de París, donde, al decir de la gente, las muñecas y las gargantas de las damas constituían un oprobio para los escaparates de Cartier.

Cuando habían decidido pasar la velada en Mónaco, cenaban en el hotel; pero si les apetecía visitar el casino de Cannes, podía vérseles en L'Oasis de La Napoule, degustando los últimos platos inventados por Louis Outhier, su maestro de cocineros. En ocasiones tomaban una colación más austera en el Negresco de Niza, en La Réserve de Beaulieu o incluso, llegado el caso, en el más modesto Le Galion del puerto de Garavan, en Menton. Las cenas eran siempre preludio de una noche de juego. «No desaparezca de la circulación -le había advertido «M»-. Es usted un cebo, y olvidarlo constituiría un error. Si han tendido allí sus redes, déjese atrapar en ellas.»

De modo que el Bentley Mulsanne Turbo se lanzaba silenciosamente, noche tras noche, a las carreteras de la costa, y el curtido, aplomado inglés y su elegante y grácil compañera norteamericana pasaron a convertirse en caras conocidas en el ambiente del juego.

Bond sólo se dedicaba a la ruleta y, aun así, con moderación, si bien continuaba con su táctica de doblar apuestas. Si unas noches sufrían sus ganancias mermas considerables, otras les añadía el equivalente de varios miles de libras. Solía atenerse a su sistema de las chanzas, con importantes apuestas al par, alterándolo sólo muy rara vez con los carrés [12], que reportaban premios de ocho por uno. Al término de la primera semana, sus beneficios ascendían a unos cuantos miles de libras, con lo cual no se le ocultaba que era objeto del interés de los casinos. Los establecimientos de juego, incluso cuando tienen la reputación de los de aquella costa antaño dorada, ven con buenos ojos a los asiduos que ganan sistemáticamente.

Bond y Percy regresaban al hotel casi siempre entre las tres y las cuatro de la madrugada, si bien a veces se retiraban más temprano -a la una-, lo cual les daba ocasión de conceder una hora más al trabajo, antes de irse a dormir.

De forma más esporádica, prolongaban la noche hasta el amanecer. Recorriendo las rutas costeras, bajas las ventanillas, inhalaban el aire matinal, mientras se ofrecían a los ojos el festín de la vegetación de palmeras y plátanos complementada por los cactos y las trepadoras que crecían en las mansiones de los ricos, de piscinas alimentadas por porgoteantes delfines de mármol. De esas escapadas volvían al hotel a tiempo de oler el primer café del día, para Bond uno de los más gratos aromas del mundo.

El personal del hotel veía en aquello -el acaudalado inglés y la atractiva norteamericana, afortunados en el juego y en el amor- algo muy romántico. A nadie se le hubiera ocurrido turbar la paz de los tortolitos.

La verdad de lo que ocurría en las habitaciones de Percy distaba mucho de lo que, en su fantasía, imaginaban doncellas y porteros. Al menos así fue durante las dos primeras semanas.

Empezó ella por enseñarle la forma de diseñar un programa, componiendo una especie de gráfico que especificara exactamente los objetivos apetecidos. Terminado ese aprendizaje, en el que Bond invirtió no más de cuarenta y ocho horas, atacaron la etapa inmediata, y más seria, representada por el estudio del lenguaje Basic. Se dedicaron lecciones complementarias al uso de los gráficos y del sonido. Hacia finales de la segunda semana, Bond emprendió la investigación de varios dialectos, más especializados, del Basic, como el Código de Máquina, el Pascal y el Forth, de muy alto nivel, cuyos rudimentos fue asimilando gradualmente.

Sus charlas, aun en las horas libres, apenas se referían a otra cosa que al trabajo, aunque solía derivar hacia Jay Autem Holy. Bond no tardó en comprender que Holy utilizaba su propio lenguaje de programación. Percy lo había bautizado con el nombre de Código del Terror.

– Con él consigue proteger sus programas -le explicó durante una cena-. Sigue ateniéndose a ese sistema en los juegos que produce la Gunfire Simulations, inaccesibles para otros programadores. Siempre sostuvo que en materia de seguridad (y Dios sabe cuánta importancia da él a ese asunto), las técnicas más sencillas son las más eficaces. Introduce en el comienzo de todos sus programas un pequeño código casi perfecto, que resulta de todo punto indescifrable para quien se proponga manipular sus discos. Se trata exactamente del mismo código que aplicaba a sus trabajos para el Pentágono. Cualquier intento de copiarlo o reproducirlo convierte el contenido en un ciempiés.

Interesado en acumular conocimientos sobre los puntos fuertes y las debilidades de aquel hombre antes de enfrentarse a él, Bond insistía en hablar sobre el profesor Holy siempre que se le presentaba la oportunidad. Y acerca de ese tema no podía existir instructora más competente que Percy.

– Su aspecto es el de un gran halcón airado. En fin; ya has visto las fotos -cenaban esta vez en el hotel-. Pero no hay que fiarse de las apariencias. A no ser porque tenía encomendada una misión específica, me hubiera resultado fácil enamorarme de é1, y en cierto sentido me enamoré. Con frecuencia deseé que su honradez quedase probada.

Pensativa de pronto, por un momento dio la impresión de no reparar en la presencia de Bond ni en la suntuosidad del salón en que se encontraban, cuya arquitectura se remontaba al Segundo Imperio y acogía el que sin duda era uno de los mejores restaurantes del Principado.

– Posee extraordinarios poderes de concentración. Tiene la facultad de aislarse de cuanto ocurre a su alrededor y convertir su trabajo en única realidad sensible. Ya sabes lo peligroso que puede resultar eso.

Bond evocó pasados encuentros con hombres a quienes la posesión de tales potencias convertía en auténticos diablos.

Fue concretamente después de esa cena, hacia finales de la segunda semana, cuando ocurrió algo que habría de alterar en lo sucesivo la moderación de las emociones de Bond.

– Bien -había preguntado Percy-, ¿qué toca esta noche? ¿Salle privées o paseo?

Bond optó por una excursión costera hasta el pequeño casino de Menton. Se pusieron en camino poco después.

No fue el juego en sí lo que hizo memorable la noche, por mucho que Bond la concluyera con la cartera abultada por unos cuantos miles de francos. Pero luego, y cuando el coche dejaba atrás el casino, para enfilar la carretera que les llevaría de regreso a Mónaco por la ruta de Roquebrune y Cap Martin, captó Bond en el retrovisor los faros de un coche que circulaba inmediatamente detrás del suyo. Había reparado en su presencia ya al arrancar, si bien no vio subir a nadie al vehículo. Su primera medida fue pedir a Percy que se ciñera el cinturón de seguridad.

– ¿Problemas? -preguntó ella, aunque sin revelar nerviosismo alguno.

– Es lo que trato de averiguar -respondió Bond mientras pisaba el acelerador.

El coche aumentó paulatinamente su velocidad hasta alcanzar los ciento cuarenta kilómetros por hora. Bond, que lo mantenía pegado al arcén de la estrecha carretera, rogó para sus adentros que no hubiese patrullas de la policía al acecho, aunque, según se mirase, tal vez hubiera sido lo deseable.

Los faros del otro coche no desaparecían del retrovisor. Cuando Bond se vio obligado a reducir en las cerradas curvas que formaba la carretera antes de entrar en un largo tramo con dos carriles en ambos sentidos, el vehículo perseguidor acortó más la distancia. ¿Ocurría algo anormal? No era fácil decirlo: pese a lo avanzado de la hora, y aunque no hubiese empezado aún la temporada, eran muchos los vehículos que utilizaban aquella ruta.

El coche que llevaban detrás era un Citroën blanco, caracterizado por su morro redondeado, claramente visible sobre los faros, en posición de cruce. Aunque se mantenía a discreta distancia, lo cierto era que se les había pegado como una lapa. Se preguntó Bond si se trataría de algún joven francés o italiano, buscando carrera, o deseoso de lucirse ante la novia. Algo, sin embargo -una extraña comezón en la nuca-, le decía que el desafío que le planteaban era de carácter más siniestro.

Salieron del trecho recto como centellas, Bond pisando el freno para aminorar rápidamente. A partir de aquel punto, la carretera discurría hacia Mónaco por una ruta no sólo angosta, sino además flanqueada por casas a ambos lados, con lo cual el margen de maniobra era escaso. Tomó la siguiente curva a unos cien kilómetros por hora. Percy inhaló breve pero audiblemente. Bond percibió su sobresalto y, simultáneamente, el obstáculo: un coche que circulaba en dirección contraria se había arrimado a la derecha, conectados los intermitentes de emergencia, cuyos guiños hacían pensar en los ojos de un dragón, pero aun así invadiendo el camino del Bentley. A la izquierda, y casi inmóvil, obstruyendo casi por entero el espacio restante, un viejo y destartalado camión resoplaba como en sus últimas boqueadas. Bond gritó a Percy que se afianzase, pisó impetuosamente el freno y viró, primero a la izquierda y luego a la derecha, en un intento de colarse en zigzag entre ambos vehículos. Pero culminado el primer viraje, se hizo evidente que no lo iban a conseguir. El motor del Bentley rugió al reducir Bond, pasando de embrague automático a manual, a primera velocidad.

Los dos sintieron la viva presión de los cinturones al inmovilizarse el pesado automóvil: su velocidad se redujo, en un abrir y cerrar de ojos, de noventa kilómetros a poco menos de cero. Habían quedado atravesados en la carretera, bloqueada la derecha por el coche que ocupaba la dirección contraria, y el costado izquierdo por el camión, que en ese momento retrocedía lentamente. De él saltaron dos hombres, y otros dos surgieron como por ensalmo junto al coche estacionado. A todo eso, el Citroën blanco les acorralaba netamente por detrás.

– ¡La portezuela! -exclamó Bond, al tiempo que bajaba de un manotazo el seguro de la suya, sabiendo que la advertencia no pasaba de ser una precaución, puesto que el sistema centralizado de cierre tenía que funcionar.

Por lo menos tres de los hombres que en ese momento se acercaban al Bentley iban armados con hachas. Mientras abría el compartimento secreto destinado a las armas, Bond se dio cuenta de que estaba actuando por puro reflejo, puesto que si bajaba el cristal de la ventanilla para utilizar la pistola, esa misma operación proporcionaría una vía de acceso a los agresores. En realidad, el acceso lo tenían garantizado de todas formas, pues ni siquiera un coche de la robustez del Bentley podría resistir el ataque de hachas manejadas con eficacia.

El Mulsanne Turbo tiene algo menos de dos metros de anchura. El de Bond no se encontraba enteramente en perpendicular a la carretera. Estimó que el Citroën no distaba más de treinta centímetros del parachoques trasero. El peso del Bentley, sin embargo, compensaría esa circunstancia. El coche que le cerraba el paso por delante, sus luces de emergencia todavía en parpadeo, quedaba a uno cinco centímetros de la portezuela, y el camión, a no más de medio palmo del morro. Al frente, a una distancia de unos dos metros, la cuneta terminaba en una pared de roca. Lejos de haberse calado, el motor del Bentley seguía ronroneando suavemente.

Bond pisó con fuerza el freno, enderezó el volante y, cuando uno de los agresores se situaba junto a su ventanilla con los brazos en alto, dispuesto a descargar un hachazo, metió la marcha atrás y soltó bruscamente el freno.

El Bentley retrocedió a gran velocidad y se oyó un sordo topetazo al chocar con el Citroën, acompañado del grito de dolor del que se disponía a golpear con el hacha: despedido él lateralmente, el coche le había atrapado entre su masa y la del automóvil estacionado.

Con un rápido movimiento, Bond puso la palanca de cambio en posición de avance. Disponía de quizás unos veinte centímetros de espacio para maniobrar. Pisó ligeramente el acelerador. El Bentley avanzó un poco, aplastando de nuevo al que antes había gritado. Al modificarse la dirección, el coche cobraba velocidad y partía hacia el angosto espacio libre.

La dirección del Mulsanne Turbo es tan ligera y precisa, que Bond apenas necesitaba trabajar con el volante: una pequeña maniobra bastó para introducirlo en la angosta brecha que separaba al camión del automóvil contrario. Nueva maniobra a la izquierda. Al frente. Brusco giro a la izquierda. Un pelo hacia la derecha. Pisó el acelerador y se escabulleron frente al morro del coche que invadía la calzada contraria, pero apenas a un centímetro entre el camión y la roca del lateral.

Repentinamente volvían a tener vía libre: la carretera descendía desierta ante ellos, en dirección a Mónaco.

– ¿Gente del oficio?

Aunque la voz de Percy no denotaba temor alguno, Bond se dio cuenta de que estaba temblando.

– ¿Del nuestro, quieres decir?

Asintiendo con la cabeza, Percy añadió un «Sí» casi imperceptible.

– Lo dudo. Por las trazas, buscaban robarnos y llevarse lo que pudieran. En esta costa siempre han abundado pandillas de ésas. Ya sabes: a un panal de rica miel… La miel siempre ha atraído a las moscas.

Mentía a sabiendas: no podía excluirse que los de las hachas fuesen gángsters, pero la trampa que les habían tendido era, por su precisión y refinamiento, trabajo de profesionales de más categoría. En cuanto dispusiera de una línea de comunicación segura, lo pondría en conocimiento de Londres. Así se lo dijo a Percy.

– Y yo haré lo mismo -respondió ella.

No volvieron a decir palabra hasta llegar a la habitación de ella. Su relación ya no iba a ser en adelante la misma.

– Eran profesionales -dijo Percy.

– Sí.

– No me gusta esto, James. Pese a toda mi experiencia, todavía soy sensible al miedo.

Se le acercó, y un minuto más tarde estaba en sus brazos. Se unieron las bocas como si el uno buscase nuevo aliento en la del otro. Ella le recorrió la mejilla con los labios, y luego el cuello, susurrándole su nombre al oído.

Y de esa forma, unidos en el sentimiento y en la necesidad, se convirtieron en amantes. Todos los momentos de los días sucesivos, a partir de ése, quedaron marcados por la premura de aquella nueva interdependencia, a un tiempo mental y física, y con ella llegó una nueva inquietud, a cuyo dictado se entregaron todavía con más ahínco a la tarea de preparar a Bond para su encuentro con el que había sido esposo de Percy.

Hacia principios de la tercera semana, y conforme Bond empezaba a dominar los entresijos de la programación de microordenadores, Percy decretó una inesperada pausa.

– Quiero enseñarte la clase de trabajo a que muy probablemente se dedica Jay Autem en estos momentos -anunció, en tanto desconectaba el Terror Doce y retiraba los lectores de discos que Bond había estado utilizando entretanto.

Los sustituyó por un voluminoso aparato lector de placas duras que funcionaba por láser. Conectada la instalación, introdujo un programa, a fin de que las memorias del ordenador lo «leyeran».

Si los TEWT le habían parecido fascinantes a Bond, el programa que estaba a punto de conocer los convertiría en un simple juego de niños. Lo que apareció seguidamente en la pantalla no era el habitual gráfico de ordenador a que había terminado por habituarse, sino auténticas fotografías, «vivas» y con sus colores naturales, como de una película que pudiese uno dirigir a su antojo.

– Vídeo -explicó Percy-. Una cámara que opera mediante un disco duro de lectura por láser. Fíjate.

Accionó el mando, y fue como si se encontraran en el interior de un coche, viajando por una calle de intenso tráfico. Aunque desde luego las personas que aparecían por intervención de Percy eran menos reales que el fondo sobre el cual evolucionaban, corrían y actuaban, el simulacro tenía una autenticidad nueva y casi sobrecogedora. Más que un juego, se hubiera dicho una escena de la vida cotidiana.

– Lo he titulado «Atraco al banco» -comentó.

La eficacia del simulacro resultaba indudable: combinadas hábilmente, película y gráfico permitían escenificar un auténtico asalto con todas sus posibles incidencias. Bond quedó más que impresionado.

– Una vez te haya enseñado a tratar y reproducir el trabajo de Jay Autem, tendrás a tu disposición el Terror Doce y tres cintas con que complementarlo. Que no se diga que no te he proporcionado cuanto puedas necesitar.

Bond estuvo aplicado al trabajo hasta última hora de la tarde. Permanecía, sin embargo, silencioso, divididos sus pensamientos entre la labor que tenía por delante y las terribles posibilidades que aquel instrumento ponía a disposición de Jay Autem, o de cualquier otra persona dueña del necesario conocimiento y determinada a hacer el mal.

La cosa, bien mirada, no tenía nada de sorprendente: si existían programas capaces de adiestrar a los militares en táctica y estrategia, su misma existencia ponía al alcance de los desaprensivos los medios necesarios para robar, estafar o incluso matar.

– ¿Y de veras crees -le preguntó a Percy mucho más tarde, acostados ya- que hay malhechores que se sirven de programas de adiestramiento como el que me has enseñado hoy?

– Lo contrario me sorprendería -el semblante de ella había adquirido una expresión grave-. Como me sorprendería que Jay Autem no se dedicase a adiestrar delincuentes, o incluso terroristas, en su bonita casa del Oxfordshire -lo dijo con una risita exenta de alegría-. Dudo que le pusiera Endor, el nombre de una bruja, por casualidad. El del Santo Terror es un humor negro.

Bond comprendió que ella acertaba casi sin duda alguna. Cada dos días venía recibiendo de Inglaterra, por mediación de Bill Tanner, un informe condensado de las noticias procedentes de Nun's Cross, donde se había montado un servicio de vigilancia sobremanera discreto, cuyos agentes eran relevados cada cuarenta y ocho horas.

Le preguntó a Percy qué había ocurrido realmente, según ella, la noche de la desaparición del profesor Holy.

– Bien; es casi seguro que no desapareció solo. Debía de acompañarle el bueno de Zwingli, Joe Vueltas, y ese tipo estaba como una cabra. La ficha que tiene en Langley es de un metro de largo.

– Supongo que se cargarían al pobre del piloto y luego saltarían en paracaídas, ¿no?

Bond lo dijo como hablando para sí. Percy asintió, y encogiéndose de hombros, repuso:

– Y más tarde, cuando le conviniese, se desharía de Zwingli.

Los últimos días de su formación los dedicó Bond a reproducir en todas sus modalidades los programas posibles mediante los métodos que Percy sabía al alcance del profesor Holy. Las dos jornadas finales las reservaron para sí mismos.

– Eres un prodigio -le aseguró Bond a Percy-. No conozco a nadie que hubiera sido capaz de enseñarme tanto en tan poco tiempo.

– La verdad es que tú me has facilitado las cosas -repuso ella mientras posaba de nuevo la cabeza en la almohada-. Anda, James, cariño, un último número, como dice la gente del jazz… Y luego salimos, cenamos opíparamente y me enseñas a jugar en serio en las mesas de las salles privées.

Era media tarde, y a las nueve de la noche estaban ya sentados ante la primera mesa de lo que se considera el sanctasanctórum de los casinos. Aunque a esas alturas jugaba ya con precaución, a Bond seguía viniéndole de cara la suerte. Cuidó de no arriesgar en ningún momento más de lo que llevaba ganado, y que era cuatro veces lo que tenía al entrar, ni de embarcarse por impulso en las apuestas más remunerativas, pero también comprometedoras.

Durante las tres horas que jugaron aquella noche, vio reducidos sus beneficios, en determinado momento, a cuarenta mil francos. Pero luego la rueda empezó a girar a su favor, y hacia el fin de la velada sus ganancias alcanzaban ya los trescientos mil francos. Dejó pasar dos jugadas, decidido a que la siguiente fuera la última de la noche, y en ese instante notó que a Percy se le cortaba el aliento. Vio que se había quedado lívida, y que tenía clavados los ojos en la entrada. Más que de temor, la suya era una mirada de completo asombro.

– ¿Qué ocurre?

– Marchémonos. De prisa -urgió en un susurro-. Es él. Acaba de entrar.

– ¿Quién?

Bond reparó en un hombre de elevada estatura, cabello entrecano y espalda muy derecha, cuyos ojos recorrieron la sala como quien examina un campo de batalla. La respuesta de ella, cuando llegó, era superflua:

– Ese viejo diabólico. Y yo, convencida de que Jay Autem le había quitado de en medio… Es Joe Zwingli en persona. Joe Vueltas está aquí, y por la cara que trae, viene por lo menos con dos divisiones de infantería…

Zwingli entró en la sala flanqueado por otros cuatro hombres de aspecto tan impecable como el de oficiales en un desfile, pero, al mismo tiempo, peligrosos como una brigada de asalto a punto de abatirse sobre un campamento de boy scouts.

7. Hacia el objetivo

El general Zwingli, que no era ningún pollito cuando desapareció, debía de tener ya sus buenos setenta y cinco años. Ello no obstante, y visto desde donde se encontraba Bond, parecía un sesentón bien conservado. Sus cuatro acompañantes, más jóvenes y también más corpulentos, no eran la clase de hombres que suele uno encontrar en las fiestas parroquiales.

Por un instante, y aunque tranquilo, Bond, convencido de que Zwingli y sus hombres le buscaban a él, o probablemente a Percy, se quedó esperando lo peor. Su aparición tenía que ver forzosamente con ellos: no hacía falta una bola de cristal para darse cuenta de eso. Si Zwingli le había servido de instrumento al profesor Holy cuando su fingida desaparición y el accidente aéreo, estaba claro que ambos se encontraban ya unidos de por vida mediante lazos más fuertes que los de un matrimonio. Dos conspiradores no pueden divorciarse sin infligir el uno graves daños al otro.

El agente especial compuso una sonrisa afable.

– No les mires con tanta fijeza, Percy -recomendó, sin apenas mover los labios, observando a Zwingli y a su séquito por el rabillo del ojo-. Es descortés, y además puede hacer que el bueno del general se fije en nosotros… si es a nosotros a quienes anda buscando.

Pero para alivio suyo, vio que una ancha sonrisa dilataba el duro semblante del general: no miraba en dirección a Bond y a Percy, sino que avanzaba al encuentro de un hombre moreno y musculoso, quizá de unos treinta y cinco años de edad, sentado junto a la barra. Se estrecharon efusivamente la mano, y a eso siguió una serie de presentaciones en ronda.

– Creo -susurró Bond- que la prudencia aconseja levantar el campo ahora mismo. Actúa como si nada ocurriese, con naturalidad.

Y por su parte procedió a gratificar al croupier y a recoger, al levantarse, las fichas que tenía en la mesa. Se encaminaron a la caja, donde Bond las cambió por efectivo, en lugar del cheque que podía haber solicitado. Una vez en la calle, tomó a Percy del brazo y marchó hacia el hotel.

– Podría tratarse de una coincidencia, pero aunque no creo ni por un instante que te haya reconocido, prefiero no correr riesgos. ¿Tú le hablas tratado mucho, Percy?

– Sólo en un par de cenas, en Washington, en actos oficiales. Nos conocíamos, pero siempre me dio la impresión de que no le interesaba lo más mínimo. No yo, sino todas las mujeres. Pero tengo la seguridad de no equivocarme, James: era él.

Durante sus sesiones de trabajo con «M», Bond había examinado una serie de fotografías del general Zwingli, entre ellas dos series aparecidas en la revista Time, que le habla presentado en portada.

– Para llevar muerto tantos años, se encuentra en una forma imponente -comentó Bond. Y añadió-: Sólo podría haberte reconocido de estar sobre aviso. Si supiera, quiero decir, que hablas cambiado tu… llamémosle aspecto exterior.

Percy rió por lo bajo.

– Mi aspecto era ya entonces el que ahora ves, James. Me «disfracé» de señora de Jay Autem. Gané peso, me puse gafas de gruesas lentes sin graduar y añadí a eso todos los atributos de la científica desaliñada que sólo piensa en sus ordenadores.

– ¿Y la nariz?

– Una vez desaparecido Jay Autem, me la hice arreglar. Nadie es perfecto. Pero tienes razón: a menos que me señalaran diciéndole quien era yo, Joe Vueltas seria incapaz de reconocerme.

– Siempre queda la posibilidad de que le hayan dicho quién soy yo -apuntó Bond mientras apartaba con la mano el mechón en forma de coma que le caía sobre el ojo derecho. Habían llegado a la entrada del hotel-. ¿Reconociste al hombre a quien saludó? Aquel tipo cetrino, que parecía estar esperándole.

– La cara me resulta familiar. Le he visto en alguna otra parte. Quizás en una foto de los archivos. ¿Te dice algo a ti?

– Lo mismo. Me da la impresión de conocerle. En cualquier caso, tendremos que abandonar Montecarlo. Lo mejor sería que viajásemos juntos en el Bentley. Podríamos estar en París mañana, a la hora del almuerzo.

Terminémoslo de hablar arriba -propuso ella. Y ya en la habitación, se mostró inexorable-. Las instrucciones que recibí me obligan a marcharme sola. Dispongo de un coche, y debemos viajar separadamente. Se me ordenó que por ningún motivo fuésemos juntos, y no pienso desobedecer ese mandato.

– ¿En resumen?

– En resumen, que te doy la razón, James: ha sido una simple coincidencia. Pero también es una información útil saber que Zwingli vive. Y creo que deberíamos marcharnos. Cuanto antes, mejor.

Pasó un rato aleteando alrededor de Bond, como una gallina clueca en torno a su pollito, dedicada a examinarle sobre lo que le había enseñado.

Trasladó a su habitación las cajas del Terror Doce junto con los lectores de discos y los programas grabados que habrían de permitirle copiar o reproducir los de Holy, suponiendo que lograse acceso a alguno de ellos. Luego se separaron, para preparar cada uno su equipaje personal, habiendo convenido reunirse más tarde, con vistas a una breve despedida, antes de que Percy se pusiera en camino. Ella saldría media hora antes que Bond. Ambos seguirían aproximadamente la misma ruta, puesto que Percy había de regresar a la agencia parisiense de la CIA, mientras él acometía el largo recorrido hasta Calais para tomar el transbordador de Dover.

Conforme a lo acordado, se encontraron en el garaje. Percy tenía ya cargado el equipaje en el maletero de su pequeño y deportivo Dodge 6OOES azul.

– ¿Crees que volveremos a vernos?

Bond se sentía, cosa extraña en él, sin recursos. Ella le apoyó las manos en los hombros y miró de lleno sus impresionantes ojos azules.

– Es necesario, ¿no, James?

Bond asintió, sabiendo que había reciprocidad en sus pensamientos íntimos.

– ¿Sabrás localizarme? -preguntó.

Esta vez fue ella quien cabeceó brevemente.

– También puedes llamarme tú… cuando esto haya terminado, suponiendo que termine -recitó un número telefónico de Washington-. Si no estoy allí, me pasarán el recado. ¿De acuerdo?

Y, abrazándole, le besó larga, amorosamente en la boca. Luego, cuando ponía ya en marcha el Dodge, se asomó a la ventanilla y dijo:

– Cuídate, James. Te echaré de menos.

Aceleró entonces de forma suave, medida, y partió flanqueando la hilera de coches estacionados, hacia la rampa de salida, hacia las calles de Mónaco, hacia las carreteras de Francia, sumergidas en la noche.

Media hora más tarde Bond salía del mismo garaje en el Mulsanne Turbo. En cuestión de minutos había dejado atrás el Principado y recorrido la Moyenne Corniche camino de la autopista A8, que le llevaría directamente a París.

Durante la primera etapa del viaje -alrededor de las cuatro de la madrugada-, recordó súbitamente la identidad del hombre con quien se había reunido Zwingli. Se llamaba Tamil Rahani y estaba, en efecto, fichado. Él había tenido su expediente encima del escritorio en varias ocasiones, y existían órdenes de vigilancia concernientes a su persona. Mitad norteamericano y mitad libanés, Rahani viajaba con un mínimo de dos pasaportes y tenía su domicilio habitual en Nueva York, donde era presidente y accionista mayoritario de la Rahani Electronics.

Repetidamente había intentado conseguir contratos de los Ministerios de Defensa de los Estados Unidos y de Inglaterra, por lo general referentes a electrónica aplicada a navegación aérea, y asimismo material informático.

Su primera oferta de colaboración con el Servicio, auspiciada por los norteamericanos y que databa de cinco años atrás, había sido desestimada a causa de los numerosos contactos que Rahani mantenía con ciertas agencias y gobiernos hostiles. Era un hombre rico, refinado, agudo, inteligente y… escurridizo como una anguila. Recordaba Bond que su expediente contenía dos notas destacadas: Sospechoso de actividades clandestinas y posibles operaciones subversivas.

Identificado su personaje, Bond llevó al Mulsanne al limite de sus posibilidades. Le urgía llegar a Inglaterra, informar a «M» y tratar de acercarse a Jay Autem Holy. La tarea se presentaba atractiva como nunca: conocía ya en cierta medida el trabajo del profesor, y le constaba que Zwingli vivía y que, salvo error, mantenía estrecha colaboración con un personaje internacional de lo más sospechoso.

Ya en la autopista A26, camino de Calais, Bond descubrió que estaba cantando en voz alta. ¿Sería que, después de los meses de impuesta inactividad y de falta de emociones, y tal vez de resultas de las trapisondas de «M» para convertirle en cebo, volvía a sentir en las entrañas el fuego de la acción?

De vuelta a casa, cantaba, recordando verdaderos regresos al hogar, en días ya lejanos, junto con otros oficiales, compañeros suyos:

«De vuelta a casa,

a la luz de la plateada luna,

con unas perras en el bolsillo,

para prestar, para gastar,

para enviar al hogar…

Se interrumpió en el último verso, el que hacía alusión al hogar, porque con él evocaba a Tracy, su difunta esposa, cuyo recuerdo seguía obsesionándole, por mucho que en ese momento echara de menos a Percy Proud, su mente clara y despierta y su hermoso cuerpo. «Flaquezas», se reprendió a si mismo. Le habían adiestrado para subsistir solo, sin depender de nadie, contando únicamente con su persona. Y aun así, añoraba a Percy. En determinados momentos -eso era un hecho-, le parecía oler todavía su perfume, sentir el tacto de su piel. «Serénate», dijo para sí.

Entre las facturas y circulares que le esperaban en su apartamento, encontró Bond una carta que, remitida por una sociedad de asesores financieros, atrajo su atención. Disimulados en su texto aparentemente inocuo, contenía una serie de números de teléfono -uno para cada día de la semana- donde localizar a «M» con miras a un encuentro en el piso franco de St. Martin's Lane.

La fecha establecida para la entrevista coincidió con una noche auténticamente espléndida. El verano estaba a la vuelta de la esquina, y eso se podía percibir incluso en el corazón de la capital.

– Y bien, cero cero siete, ¿le ha enseñado su maestra los trucos de la profesión?

– En buena parte, señor. Pero, en realidad, quería hablarle de un nuevo giro que ha tomado la situación.

Y pasó a informar a «M», economizando tiempo y palabras, de lo referente a sus últimas horas en Montecarlo, incluido el encuentro de Zwingli con Tamil Rahani. Apenas pronunciar él ese último nombre, «M» pidió a su jefe de personal datos sobre el caso.

– Pesa sobre ese tipo una orden de localización y vigilancia -le advirtió.

Bill Tanner compareció diez minutos más tarde.

– El último informe habla de una visita a Milán, donde fue visto por nuestro agente local, que le siguió de cerca -el jefe de personal se encogió de hombros con cierto aire de desaliento-. Al parecer, Rahani se encontraba allí en una de sus habituales giras de negocios. Por desgracia, nadie le vio abandonar la ciudad, aunque ayer tenía reservada una plaza en el vuelo de Nueva York. No tomó ese avión.

– Y supongo que desde entonces nadie, excluido cero cero siete que se lo encontró en Mónaco, ha vuelto a verle el pelo -replicó «M», cabeceando como podría haberlo hecho un buda.

– Bien -terció Bond-, en el casino le acompañaban Zwingli y otros cuatro sujetos.

«M» le observó largo rato en silencio.

– Es increíble -dijo por fin, reaccionando como si le hubieran dado un bofetón-. Es increíble que Zwingli siga vivo y, lo que es más, que esté en tratos con Rahani. Daría algo por saber qué parte tiene en todo esto. Conviene, cero cero siete, que mantenga usted abiertos los ojos respecto a una posible intervención de Rahani. Ese hombre ha sido siempre una incógnita para nosotros, de forma que informaremos a quien procede. Pero volviendo a lo nuestro, se ha decidido ya que entre usted en acción. Le voy a decir qué pretendo de usted. Empezaremos por Freddie Fortune, su antigua conocida…

James Bond profirió un audible gemido.

En los días sucesivos se dejó ver en sus antiguos lugares predilectos de Londres. Confió a una o dos personas que su desilusión iba en aumento. Acababa de regresar de Montecarlo, donde había visto confirmado el viejo refrán: afortunado en el juego, desdichado en amores. Con la particularidad de que el juego había sido el de la ruleta…

Sembró cuidadosas pistas entre personas propensas a irse de la lengua, o entre aquellas que contaban con relaciones a quienes podía interesar cierta clase de noticias. Y luego, un jueves por la noche, y como por casualidad, tropezó, en el bar de uno de los elegantes clubes de Mayfair, con la mundana, extravagante y folletinesca Lady Freddie Fortune, a quien él había llamado siempre su «comunista bañada en champán». Freddie la Roja , como algunos otros la apodaban, era una pelirroja menuda y vivaracha que, totalmente indigna de confianza, aparecía de continuo en los ecos de sociedad, o bien por sus campañas en favor de causas disparatadas, o por verse envuelta en algún escándalo sexual. Sabiendo que sólo se mostraba discreta cuando le convenía, Bond le dejó entender aquella noche que andaba en busca de trabajo en el campo de los ordenadores. Y a eso añadió todo el cúmulo de sus pesares: una aventura en Montecarlo cuyo desastroso final le había dejado sumido en el abatimiento.

Acicateada por la riqueza de emociones de que daba prueba aquel hombre, antaño modelo de sobriedad, Lady Freddie dirigió a Bond prontamente a su cama y le dejó llorar en su hombro… en sentido, claro está, figurado. En el transcurso de esa noche, y mientras fingía haber bebido demasiado, pero sin perder por eso la facultad de divertirse, Bond evocó anhelante a Percy, su peculiar perfume y las sensaciones que le despertaba.

A la mañana siguiente, simulando los efectos de la resaca, se mostró taciturno y hasta irritable. Nada de eso, sin embargo, bastó para desalentar a Freddie Fortune, quien, al despedirse Bond, dijo tener unos amigos que podían resultarle útiles en caso de que estuviera resuelto a situarse en el terreno de los ordenadores.

– Guárdate esto -dijo, deslizándole en el bolsillo superior de la chaqueta una tarjeta comercial-. Son las señas de un pequeño hotel donde, si puedes escaparte, me encontrarás el sábado. Lo único que te pido, por el amor de Dios, es que no le digas a nadie quién te ha puesto sobre esa pista. Lo demás lo dejo a tu discreción, James, pero si decides aparecer el sábado, muéstrate muy sorprendido de verme allí. ¿De acuerdo?

El sábado siguiente, por la mañana, Bond cargó en el Bentley el ordenador y todo su material complementario, amén de una maleta con lo necesario para un fin de semana, y abandonó Londres por la carretera de Oxford. Una hora más tarde, la dejaba y, siguiendo la red de carreteras comarcales, ponía rumbo al pueblo de Nun's Cross, situado cerca de Banbury.

8. El Toro

La Cruz de Banbury no es lo que podríamos llamar una antigüedad: la construyeron a finales del decenio de 1850, para conmemorar la boda de la princesa real con el príncipe heredero de la corona de Prusia. Aunque existió allí una cruz muy anterior -mejor dicho, tres-, la monstruosidad del «gótico» victoriano se eleva en su actual emplazamiento porque cierto historiador estimó que correspondía al de la antigua Alta Cruz. A cinco kilómetros de Banbury, en dirección norte, se acurruca junto a una colina boscosa el pueblo de Nun's Cross, que no exhibe cruz alguna.

Bond cruzó el pueblo por su estrecha calle principal y metió el Bentley en el patio de la posada que fuera en otro tiempo casa de postas, y que sigue ufanándose de su nombre: El Toro de la Cruz (The Bull at the Cross). Mientras sacaba del maletero su saco de viaje, llegó a la conclusión de que la posada era probablemente el único negocio próspero de la localidad. Hermoso edificio de estilo georgiano, restaurado con pulcritud y conservado amorosamente, el Toro ofrecía incluso «fines de semana gastronómicos para los exigentes».

El mozo que cargó su maleta le hizo saber que el fin de semana se presentaba muy tranquilo para el hotel, que en cambio había estado al completo el anterior.

Bond deshizo el equipaje y se cambió de ropa, sustituyendo la del viaje por unos pantalones grises, una camisa de cuello abierto y, sobre éste, un jersey azul marino, y se calzó sus mocasines más cómodos. Prescindió de las armas. Había dejado la ASP 9 mm en el compartimento oculto del Bentley, bien sujeta por las abrazaderas. Aun así, extremó la atención mientras descendía a la planta baja y, cruzando el patio que antiguamente usaran las diligencias, salía a la calle. Buscaba su mirada un Jaguar XJ6 o un gran turismo Mercedes Benz de color gris cuyas matrículas llevaba grabadas en la memoria desde la mañana, cuando aparecieron en su retrovisor apenas haberse puesto él en carretera. Turnándose con monótona regularidad, no dejaron ya de seguirlo.

No eran imaginaciones suyas: por vez primera desde que adoptara su supuesta identidad de ex agente secreto suspendido del Servicio, le pisaban los talones y de forma casi manifiesta, como si el perseguidor quisiera hacerse ver.

Era demasiado temprano para tomar el aperitivo, y James Bond decidió dar una vuelta por el pueblo, que si todos los indicios se veían confirmados, albergaba a un maleante muy fuera de lo común, el cual, además, podía ser un traidor.

El Toro de la Cruz estaba situado casi en la encrucijada que constituía el antiguo centro de la población, formado por una mezcolanza de edificios de estilo georgiano, con unas cuantas casas de época anterior, que formando hileras y apoyadas unas en otras, como prestándose auxilio, habían pasado a convertirse en los comercios del pueblo. Pequeños grupos de antiguas cabañas de braceros servían ahora de vivienda a gente que, empleada en distintas actividades en Banbury o en Oxford, abandonaba a diario la población para acudir al trabajo.

Casi delante mismo del antiguo patio de diligencias se encontraba la iglesia. Desde allí, la calle principal serpeaba hasta las afueras del pueblo, salpicadas de bosquecillos y con casas de mayor tamaño, como silos más acaudalados de la localidad hubieran querido crear con sus propiedades una zona sur de amenas vistas. Amplias cancelas y caminillos orlados de redodendros permitían divisar sosegadas mansiones victorianas o edificios de estilo georgiano, de roja piedra de Hornton.

El tercer acceso para coches que se encontraba después de la iglesia, se abría paso entre altas tapias, tras un moderno portón de doble hoja, encastrado en el marco original, de piedra del siglo dieciocho. En la columna de la derecha destacaba una pequeña placa de latón en la que podía leerse, en letras grabadas. GUNFIRE SIMULATIONS LTD. Y en piedra tallada, más nueva pero pulcramente unida a la primitiva, una única palabra: ENDOR.

El caminillo, que describiendo una cerrada curva desaparecía tras una espesura de árboles y plantas de jardín, estaba muy bien cuidado. Al fondo, a unos doscientos metros de distancia, se distinguía vagamente una franja de pizarra gris. Estimó Bond que la propiedad tendría una superficie de algo menos de dos kilómetros cuadrados. La alta tapia, que se prolongaba hacia la izquierda, iba a morir junto a un camino de tierra apisonada y con un poste indicador que señalaba, en letras muy legibles: Los Matorrales.

Recorridos unos ochocientos metros, torció por la calle del pueblo y la siguió hasta su extremo norte, donde una sucesión de viejas casas flanqueaba una elevación 1boscosa y cubierta de maleza. Obra de especuladores con olfato comercial, había surgido ya allí una moderna urbanización que casi se metía en el propio bosque.

Pasadas ya las doce, Bond regresó despacio a la posada. En el patio, no lejos del Bentley, había un Jaguar azul oscuro, pero exceptuado el personal de la hospedería, no vio a nadie por los alrededores. En el bar de la casa no encontró más que al encargado de la barra y a un único cliente.

– ¡James, cariño, qué sorpresa! ¿Qué haces tú aquí, en estas soledades?

Sentada junto a una de las ventanas descubrió a Freddie Fortune, que lucía una camisa verde esmeralda y ajustados tejanos.

– La sorpresa es mutua, Freddie. ¿Qué quieres tomar?

– Un vodka con tónica, cariño.

Preparadas las bebidas por el afable camarero, salió con ellas al encuentro de Freddie, diciendo en voz alta por el camino:

– Y a ti, ¿qué te trae por estos parajes?

– Verás, es que me encanta esto. Vengo aquí a menudo, para establecer contacto con la naturaleza… y con los amigos. A ti, en cambio, me cuesta imaginarte en un lugar como éste, James -comentó. Y en voz baja-: ¡Qué bien que hayas podido venir!

Bond repuso que también él lo celebraba.

– Estoy un poco bajo de moral. Y perdóname, Freddie, lo de la otra noche. Te debí de dar una auténtica paliza con mis lamentaciones…

– Ni mucho menos, cariño -murmuró ella-. La verdad es que quedé terriblemente conmovida. Créeme que siento horrores lo que estás pasando, mi pobre corderito.

– Estuve ridículo. Olvida las tonterías que dije, ¿quieres? -se sentía un perfecto necio, imitando el estilo de las amistades londinenses de Freddie.

– No fueron tonterías, tesoro, pero ya están olvidadas -tomó un rápido sorbo del combinado-. O sea que has querido alejarte del mundanal ruido, ¿acierto?

– Aciertas -respondió él, casi con la misma afectación de su interlocutora.

– ¿O has venido porque te lo pedí?

– Mmmm -contestó él, para no comprometerse.

– ¿Y quizá también por la posibilidad del trabajo?

– Un poco por las tres cosas, Freddie.

– Tres cosas son ya muchas cosas.

Y se apretujó contra él. Por un instante, Bond tuvo la extraña sensación de encontrarse junto a Percy.

Almorzaron juntos, a base de un menú que no habría sido motivo de vergüenza para el propio Connaught. A continuación dieron un paseo de unos ocho kilómetros por el campo y bosques, y regresaron alrededor de las tres y media.

– La hora indicada para una siestecita -comentó Freddie, dirigiéndole una mirada de clara invitación, ante la cual Bond, tonificado por el paseo, no quiso en forma alguna desilusionarla.

Previamente, sin embargo, inventó una excusa y salió a retirar del Bentley la ASP 9 mm y dos cargadores de repuesto, todo lo cual ocultó cuidadosamente antes de reunirse con Freddie en la acogedora habitación de ella.

La encontró tendida en la cama, vestida sólo con lo indispensable para no estar desnuda.

– Ven y dame ahora una de tus auténticas palizas -le dijo, sonriendo con dulzura.

– ¿Cenaremos juntos? -le preguntó Bond más tarde, mientras tomaban el té en el salón de huéspedes.

El hotel estaba repleto. Tres camareros españoles se afanaban de un lado a otro, distribuyendo teteras y pequeñas fuentes de emparedados y repostería fina. «Igual que el Brown's de Londres en una tarde de domingo -pensó Bond-, pero sin el atildamiento de allí.»

– ¡Jesús, cariño…! -exclamó Freddie con la expresión que componía cuando deseaba mostrarse «desolada»-. Tengo ya un compromiso -explicó. Y acto seguido, con una sonrisa-: Y a poco bien que juguemos nuestras cartas, la invitación te incluirá a ti. ¿Sabes?, tengo aquí unos viejos amigos -agregó. Y en tono repentinamente confidencial-: Podrían ser los que andas buscando, James. Cuando dijiste que querías entrar en el terreno de los ordenadores, ¿hablabas en serio?

– Totalmente en serio.

– Magnífico. Al bueno de Jason le encantará.

– ¿Quién es ése?

– Un amigo mío. O, mejor dicho, unos amigos míos, porque también lo es su mujer: Jason y Dazzle St. John-Finnes.

– ¿Ella se llama Dazzle?

Freddie hizo un ademán de impaciencia.

– Su verdadero nombre es Davide o algo por el estilo, pero todo el mundo la llama Dazzle. Gente estupenda. Se dedican al negocio de los juegos electrónicos, y en gran escala. Son inteligentísimos; inventan una especie de simulacros bélicos terriblemente complicados.

«M» le había dado ya referencias de los restantes miembros del equipo de Jay Autem Holy: la «esposa», Dazzle; un joven profesional llamado Peter Amadeus («austríaco, me parece») y Cindy Chalmers, todavía más joven, y graduada en Cambridge.

– Ella es una viciosa perdida -le confió Freddie-. La gente de aquí la llama Cindy la Pecadora, y es de lo más popular, sobre todo entre los hombres. Es negra, ¿sabes?

Bond dijo que no, que no lo sabía, pero que le gustaría comprobarlo. ¿Qué tal se llevaba Cindy la Pecadora con Peter Amadeus?

– Oh, cariño, el tal Amadeus es la clase de chico del que una mujer no tiene nada que temer ni esperar…, ya me entiendes. ¿Sabes qué? Voy a darle un telefonazo a Jason -como mucha gente de su mundo, Freddie utilizaba el habla particular de Londres, sobre todo cuando estaba fuera de la capital-. Más que nada, por asegurar me de que no le importa que me presente acompañada.

Se ausentó cinco minutos. Bond sabía, sin embargo, cuál iba a ser el resultado de la consulta. Freddie era -tenía que reconocerlo- tan agradable como buena actriz.

– Resultado positivo, James -anunció al volver-. Estarán absolutamente encantados de que vayas a cenar.

Como él daba por descontado, pensó Bond, y también ella.

A pesar de su afectación, de su forma de hacer, algo boba, y de su indiscutible ligereza moral, Freddie Fortune era una amiga leal y, aunque ingenua en sus juicios, se mostraba inconmovible cuando se entregaba a una causa o a una persona. Bond tenía la seguridad de que en aquella ocasión concreta la estaban utilizando, y posiblemente no sospechaba Freddie tan siquiera los peligros a que le estaba exponiendo y, posiblemente, se exponía ella misma.

Mediante un discreto interrogatorio trató de averiguar desde cuándo «el bueno de Jason» y su «esposa» eran tan amigos suyos. Si bien con algunos rodeos, acabó por reconocer que les trataba hacía exactamente dos meses.

Se trasladaron a Endor en el Bentley.

– Me entusiasma el olor del cuero en un coche. Es tan decididamente sexual… -comentó Freddie al acomodarse en el asiento del acompañante, espacioso como una butaca.

Bond tuvo buen cuidado de pedir que le indicase el camino.

– Lo más probable es que el portón esté cerrado. De todas formas, sitúate delante y espera. Jason es un maníaco en cuestiones de seguridad. Tiene montones de artilugios electrónicos, todos ellos increíbles.

– Apuesto a que sí -replicó Bond por lo bajo, pese a lo cual, y obedeciendo las instrucciones de Freddie, torció a la derecha y detuvo el auto a un par de centímetros de la alta cancela de doble hoja.

Se hubiera jugado cualquier cosa a que el hierro forjado de su exterior ornamental era en realidad acero. La barrera tenía tres macizas cerraduras, y sus goznes quedaban ocultos por los sólidos pilares de piedra. Y debía de existir en alguna parte una cámara de televisión de circuito cerrado, pues apenas llevaban unos segundos esperando, cuando sonaron audibles chasquidos en las cerraduras y las hojas de la cancela retrocedieron automáticamente.

Tal y como Bond imaginaba, Endor era una vasta mansión de quizá veinte habitaciones. De estilo georgiano clásico, había sido construida con dorada piedra de Cotswold y tenía un atrio con columnas y ventanas de guillotina distribuidas simétricamente.

El crujir de la gravilla bajo las ruedas del Bentley le devolvió a la memoria una serie de recuerdos: de los coches que había tenido anteriormente y -eso le pareció curioso- de sus días de internado, cuando devoraba las novelas de Dornford Yates, cuyos héroes partían al volante de Bentleys y Rolls-Royces en aventuras relacionadas con el rescate de damas de suprema belleza y minúsculos pies.

Jason St. John-Finnes -porque a partir de aquel momento debía darle exclusivamente ese nombre- les estaba esperando en el umbral. No había hecho nada por alterar su aspecto. Y según todos los indicios, los años que llevaba «muerto» habían sido misericordiosos con él, pues presentaba exactamente el mismo aspecto que en las numerosas fotos existentes en los archivos del cuartel general de Regent's Park. Esbelto y de elevada estatura, se encontraba a todas luces en buena forma física, pues sus movimientos tenían la gracia y seguridad de un atleta. En cuanto a sus famosos ojos verdes, eran tan impresionantes como aseguraban cuantos le conocían. Alternativamente cálidos y fríos, su efecto resultaba casi hipnótico: vivos y penetrantes, daban la impresión de calar en la propia alma de las personas. La nariz, ciertamente, voluminosa y ganchuda, era como un gran pico, de modo que, combinada con la lucidez escrutadora de los ojos, hacía pensar en un ave de presa. Bond se estremeció en su interior: había algo sobremanera siniestro en el profesor Jay Autem Holy. Y, sin embargo, esa sensación desapareció en cuanto aquel hombre abrió la boca.

– ¡Freddie! -exclamó al acercarse para besarla-. Es maravilloso verte. Y también celebro conocer a tu amigo -le tendió la mano-. Se llama usted Bond, ¿verdad?

Hablaba con voz modulada, agradable, vibrante de humor y casi sin acento, como un americano de Boston. Le estrechó la mano con firmeza y efusión, amistosamente: su contacto transmitía una oleada de buena disposición y afabilidad.

– Vaya, ahí llega Dazzle. Cariño, te presento a mister Bond.

– James -aclaró el interesado, en peligro ya de caer bajo el hipnótico encanto de su anfitrión-. James Bond.

Los latidos del corazón se le aceleraron por un instante al mirar a la mujer alta, esbelta, de melena rubio ceniza, que acababa de salir de la casa. Aunque luego comprendió que la impresión había sido un efecto de la luz, a aquella distancia, y en particular con el resplandor del crepúsculo, Dazzle podría haber pasado por Percy Proud: el mismo pelo, igual tipo y estructura ósea e incluso semejante a ella en la forma de moverse.

Dazzle se mostró tan afable y acogedora como su esposo. Juntos creaban un extraño efecto, como si, envolviéndole a uno, le arrastraran al interior de una especie de círculo mágico. Mientras se alejaban del coche, camino del espacioso recibidor, a Bond le asaltó el deseo absurdo de mandar a paseo todas las precauciones, sentarse frente a Jason y preguntarle abiertamente qué pasó en realidad la noche ya tan lejana en que partió en aquel malhadado vuelo. ¿Qué perseguía con su desaparición? ¿Cuáles eran sus propósitos actuales? ¿Y qué lugar ocupaba Zwingli en aquel esquema?

Aquella noche tuvo Bond que ejercer un firme dominio sobre sí mismo a fin de no traicionarse. Jason y la perspicaz Dazzle formaban en verdad una pareja temible. Unos minutos en su compañía bastaban para considerarles amigos de siempre. Jason era, en la versión que daba de sí mismo, canadiense de origen, mientras que Dazzle procedía de Nueva York, cosa que no resultaba evidente por su acento, más londinense que neoyorquino.

Aunque el único tema que «M» no había tratado en su informe verbal era el económico, el interior de la casa y su decoración de discreta elegancia («Es cosa de Dazzle -había comentado Jason, echándose a reír-; tiene lo que los interioristas llaman instinto») daban prueba de opulencia. En el espacioso salón, los elementos del primitivo estilo georgiano se mezclaban hábilmente con lo moderno y cómodo, realzadas las antigüedades por un empapelado a sobrias rayas, y sin chocar con los cuadros, de época más reciente, ni con los sofás y butacas, mullidos y confortables. ¿De dónde procedía, se preguntó Bond, el dinero que había hecho posible todo aquello? ¿Verdaderamente daba para tanto la Gunfire Simulations?

Mientras el criado filipino servía los aperitivos, la conversación giró de forma casi exclusiva en torno a la espléndida labor de restauración de que había sido objeto la casa, y a lo que de escandaloso y divertido se comentaba en la localidad.

– Es lo que me gusta de vivir en un pueblo -comentó Jason con una risita ahogada-. Aunque mi trabajo me impide llevar lo que llamaríamos una vida social activa, no me pierdo los chismorreos, porque van de boca en boca.

– Excluidos los que se refieren a nosotros, cariño -le recordó Dazzle con una amplia sonrisa.

Bond se dio cuenta entonces de que también su nariz era muy parecida a la de Percy antes de la operación. Le intrigaba aquello. Era, en efecto, muy semejante a la verdadera Percy Proud. ¿Lo sabría Jay Autem?, se preguntó. ¿Habría sabido siempre cómo era Percy en realidad? ¿La había visto después de su transformación?

– No creas; también me entero de lo que se dice de nosotros -replicó Jason en tono humorístico-. Cindy y yo vivimos una apasionada aventura amorosa, mientras que tú te pasas la mayor parte del tiempo en la cama, con Félix…

– ¡Apañada iba a estar! -exclamó Dazzle, llevándose burlonamente una mano a la boca-. Por cierto, ¿dónde están los chicos, querido? Me refiero a Peter y a Cindy.

– Subirán dentro de un instante. Querían jugar una última partida a la Revolución. Todavía tenemos pendiente mucho trabajo preliminar… Nos dedicamos al negocio de juegos para ordenadores… -añadió volviéndose hacia Bond.

– Eso me dijo Freddie.

Bond había conseguido romper por fin el encanto, y puso en su tono una pizca de altanera censura. Jason lo captó al vuelo.

– ¡Vaya! Pero usted también es programador de ordenadores, ¿no es así? Al menos, eso aseguró nuestra amiga.

– Conozco algo esa actividad. Pero no en el aspecto de los juegos. Eso desde luego.

Lo de «juegos» lo dijo con el énfasis necesario para dar a entender que consideraba un sacrilegio utilizar la informática con fines semejantes.

– ¡Ajá! -replicó Jason blandiendo un dedo-. Pero es que hay juegos y juegos, míster Bond. Yo le hablo de simulacros en extremo intelectuales y complejos, no de esas estrepitosas bobadas que se ven en los salones recreativos. ¿Dónde trabaja usted?

Bond reconoció que en ese momento estaba sin empleo.

– Aprendí programación cuando estuve en el Foreign Office -dijo en un tono que debía parecer apocado.

– ¿Es usted ese James Bond? -exclamó Dazzle, al parecer emocionada de veras.

Él asintió.

– Sí; el famoso James Bond. Y también el inocente James Bond.

– Es verdad… Leí el caso en los periódicos.

Por vez primera vibró cierto recelo en la voz de Jason.

– ¿Se dedicaba verdaderamente al espionaje? -indagó Dazzle, que solía quedarse poco menos que sin aliento cuando algo le interesaba profundamente.

– Bien… -balbució Bond estudiadamente, de modo que Jason acudió en su ayuda.

– No creo que esas preguntas sean apropiadas, cariño.

En ese momento entraron en la habitación Peter Amadeus y Cindy Chalmer. Jason se puso en pie.

– Vaya, el extraordinario profesor Amadeus…

– Y Cindy la Pecadora -añadió Dazzle, y se echó a reír.

– A mí me halagaría que me llamasen Freddie la Pecadora -dijo Freddie Fortune, al tiempo que saludaba a los recién llegados.

– ¡Nada menos que pecadora! -se mofó Cindy-. No sobran aquí oportunidades para eso.

No era negra, como le había dicho Freddie, sino de un suave color café con leche. «Mi padre era antillano y mi madre, judía», le confió ella más tarde a Bond, añadiendo que esa mezcla de sangres había inspirado un millar de chistes raciales a sus expensas. Vestía una sencilla falda gris, complementada por una blusa de seda blanca. Tenía la figura y las piernas de una bailarina y una cara que le recordó a Bond una jovencísima Ella Fitzgerald.

Unos pocos años mayor que Cindy, Peter rondaría los treinta. De frágil constitución, vestido con impecable pulcritud y prematuramente calvo, su amaneramiento y su ingenio vivo dejaban traslucir sus preferencias sexuales. Enlazando con la observación de Cindy, y mientras se servía una copa, comentó:

– Pues oportunidades no faltan aquí, querida. Hay en el pueblo unos cuantos mocetones de granja que te disputarían gustosos…

– ¡Basta ya, Peter!

Por vez primera en la velada, Jason mostraba su puño de hierro.

Terminadas las presentaciones (a Bond le pareció, aunque no estaba muy seguro, que Cindy Chalmer le dirigía una viva mirada de complicidad al estrecharle la mano), Dazzle propuso pasar al comedor.

– Como se le eche a perder la cena, Félix se pondrá furioso.

Se refería al callado cocinero filipino, que por deferencia de Jason St. John-Finnes, se había instruido en su arte junto a los mejores maestros de Europa.

La cena fue casi un banquete: sopa lombarda, consistente en huevos crudos, espolvoreados con queso de Parma sobre una base de pan sofrito y escaldados con un consomé en punto de ebullición; una mousse de salmón ahumado; asado de ciervo, macerado con bayas de junípero, vino, limones y picadillo de jamón; y un soufflé au Grand Marnier… en honor de Lady Freddie.

Al principio, la conversación se centró en el trabajo que Cindy y Peter acababan de interrumpir.

– Hemos descubierto dos nuevas variantes que podría usted introducir en la primera fase del juego -anunció Peter con una maliciosa sonrisa-. Haga que el general se subleve, y a continuación introduzca refuerzos de las patrullas británicas, y se encontrará con resultados muy interesantes.

– Y para compensarlo -intervino Cindy-, hemos dado con otra variante para las etapas finales. Una tarjeta opcional que proporciona a las Milicias Coloniales cañones suplementarios. Si el jugador se decanta por esa opción, los británicos no descubren la fuerza numérica del enemigo hasta emprender el asalto de la colina.

Freddie y Dazzle habían iniciado un aparte, para hablar de modas. Bond, en cambio, asistía con interés a la conversación principal, y Jason reparó en ello. Volviéndose hacia sus colaboradores, dijo:

– Nuestro invitado no aprueba que una tecnología tan avanzada se emplee en simples pasatiempos.

Para indicar que no había censura en su comentario, sonrió.

– ¿Es posible, míster Bond?

– ¡Pero si esos juegos estimulan el intelecto!

Cindy y Peter habían salido simultáneamente en defensa de Holy. El joven agregó:

– ¿Ve usted en el ajedrez un empleo frívolo de la madera y el marfil?

– En ningún momento he dicho yo eso -respondió el agente especial, echándose a reír. Se dio cuenta de que se iba aproximando el momento en que le pusieran a prueba-. Lo que ocurre es que a mí me formaron exclusivamente para la programación de Cobol, bases de datos y empleo de gráficos… con fines oficiales.

– ¿Y militares no, míster Bond?

– Las Fuerzas Armadas también utilizan esos sistemas, claro está. Pero cuando yo serví en la Marina, no disponíamos de esa tecnología -hizo una pausa-. La verdad es que me intriga el trabajo de ustedes. Esos juegos… ¿son juegos, en realidad?

– En cierto sentido lo son -repuso Peter-. Pero también podrían considerarse pedagógicos. Son muchos los militares que encargan nuestros productos.

– Enseñan, desde luego -terció Jason, inclinándose hacia Bond-. No puede uno practicar eficazmente nuestros juegos a menos que posea ciertos conocimientos de táctica, estrategia e historia militar. Además de esfuerzo, exigen inteligencia. Pero es un mercado en auge, James -se interrumpió, como si de pronto se le hubiera ocurrido una idea-. Desde su punto de vista personal, ¿cuál es el más notable avance que ha registrado la técnica de los ordenadores?

Bond respondió resueltamente:

– Sin duda alguna, los progresos que se realizan, como quien dice todos los meses, en el almacenamiento de datos cada vez más numerosos en espacios reducidos.

– Así es -asintió Jason-. Mayor memoria en menor espacio. Millones de datos acumulados por los siglos de los siglos en una superficie inferior a la de un sello de correos. Y como bien dice usted, a un ritmo de avance que se mide por meses, incluso por días. Dentro de aproximadamente un ano, los pequeños ordenadores domésticos serán capaces de almacenar casi tantos datos como las grandes instalaciones de los bancos y de los centros oficiales. A eso hay que añadir la incorporación del disco de videoláser que, mediante consignas del ordenador, proporciona movimiento, acción, escala y reacciones. En Endor tenemos equipos avanzadísimos. Quizá le apetecería verlos después de la cena.

– Preséntele la Revolución -propuso Cindy-. A ver si, como Jugador novel, se le ocurre alguna novedad.

– ¿Por qué no?

Los ojos intensamente verdes relumbraron, como si aquella perspectiva incluyese algún reto.

– ¿Un juego que se llama la Revolución? ¿Tiene algo que ver con la Revolución rusa de Octubre?

Jason se echó a reír.

– No, James, no es eso exactamente. Verá, nuestros juegos son de gran envergadura; excesiva, en cierto modo, para los ordenadores domésticos. A causa de su abundancia de detalles, exigen aparatos de memoria superior. Nos preciamos de construir juegos a un tiempo muy recreativos y de alto valor intelectual. A decir verdad, no nos gusta llamarlos juegos. La palabra «simulacros» nos parece más adecuada. Pero, volviendo a su pregunta: no, no hemos creado nada que tenga que ver con ninguna revolución histórica. De momento, sólo tenemos seis variedades en el mercado: Crécy, Blenheim, la batalla de las Pirámides (inspirada en la expedición egipcia de Napoleón), Austerlitz, Cambrai (ésta es apasionante, porque la batalla se habría podido saldar de forma muy distinta) y Stalingrado. También tenemos en avanzada fase de ejecución un simulacro inspirado en la Guerra Relámpago de 1940, y preparamos otro, muy interesante, sobre la Revolución Norteamericana; ya sabe: los sucesos de 1774 que condujeron a la Guerra de Independencia…

– Freddie y yo nos vamos a dar una vuelta por el invernadero -le interrumpió Dazzle en tono algo incisivo-. No sabéis hablar más que del trabajo, y resulta tedioso. Confío en que nos veamos luego, James. Y encantada de haberle conocido.

Lejos de pedir disculpas, Jason se limitó a encogerse de hombros y añadir una sonrisa. Mientras se retiraba con su acompañante, Freddie le hizo a Bond un significativo guiño. Al volverse de nuevo hacia la mesa, el agente especial captó también la mirada que le dirigía Cindy, casi de complicidad, como antes, pero de pronto también con un trasfondo de celos. ¿O serían otra vez imaginaciones suyas?

Apenas sin transición, le preguntó Jason:

– Supongo que estará usted al tanto del diseño de programas para ordenadores, ¿no, James?

Bond asintió. No había olvidado las horas dedicadas en Mónaco a la construcción de complicados organigramas con la exacta especificación de lo que pretendía uno de la máquina. Y con ese recuerdo le llegó de nuevo aquella curiosa sensación de que Percy estaba presente allí, en cierto modo. Se forzó para volver a la realidad, pues Jason continuaba con sus explicaciones.

– Antes de construir un diseño de programación, hay que determinar lo que deseamos incluir en él. De modo que, inicialmente, planteamos los simulacros en una mesa de grandes dimensiones. Es como una guía gráfica, en la que utilizamos fichas para indicar las unidades, los soldados, los barcos, los cañones, complementadas con cartas que representan variantes: condiciones climatológicas, epidemias, avances o retrocesos inesperados, y otros factores fortuitos que pueden intervenir en una guerra.

– Eso nos da la medida del programa que tenemos por delante -intervino Peter-. De modo que, después de haber desarrollado la batalla…

– …como un millón de veces… -completó Cindy-. O al menos acaba uno con la impresión de haberla repetido un millón de veces…

Peter asintió, para añadir enseguida:

– Estamos en condiciones de diseñar las distintas etapas. Es un trabajo que requiere dedicación.

– Venga al laboratorio -invitó Jason en tono súbitamente imperativo-. Quiero enseñarle el tablero que estamos empleando como referencia. Es posible que le interese y se decida a volver y librar la batalla conmigo. Si lo hace -añadió, mirando a Bond con fijeza-, venga sin apuros de tiempo. No se puede desarrollar una campaña en cinco minutos.

Bond percibió detrás de esas palabras, en apariencia amables, un dejo de inquietante obsesión.

Al salir de la estancia, notó que Cindy le rozaba a la altura de la cadera izquierda, donde tenía alojada la pistolera con la ASP 9 mm. ¿Había sido accidental, o estaba cacheándole discretamente? En cualquier caso, Cindy Chalmer sabía ahora que llevaba un arma.

Cruzaron el vestíbulo. Jason sacó un llavero sujeto a una gruesa cadena de oro y abrió una puerta que había sido, explicó, el antiguo acceso a las bodegas.

– Como es natural, se han hecho algunos cambios.

– Eso supongo -repuso Bond, que no podía imaginar el alcance de esas modificaciones.

Los sótanos de la casa albergaban tres amplias y bien equipadas salas de ordenadores, varios de ellos de los llamados personales, todos con sus correspondientes pantallas. Pero había una cuarta estancia, correspondiente al despacho de Jason. Bond sufrió una sacudida al descubrir allí una máquina de características casi idénticas al Terror Doce que tenía a seguro en el maletero del Bentley.

Jason le condujo a continuación a una espaciosa cámara rectangular iluminada por no menos de treinta focos. Los muros aparecían cubiertos de gráficos y mapas, y una enorme mesa ocupaba el centro de la estancia. Cubría casi toda la superficie de esa mesa un detallado mapa de la costa oriental de Norteamérica, centrado en torno al Boston del decenio de 1770. Vías de comunicación y características topográficas estaban indicadas en vivos colores. En conjunto se encontraba protegido por una plancha de plástico transparente que tenía en su centro un marco rectangular, éste de plástico negro y de la forma y dimensiones de una pantalla de televisión grande. Dos pequeños caballetes se alzaban en los extremos opuestos de la mesa, y a ambos lados de ésta se habían dispuesto otras tantas bandejas con mazos de tarjetas blancas de doce por ocho centímetros. Frente a cada bandeja, una silla destinada al jugador y, a la derecha de aquélla, un casillero bien provisto de papel, mapas y formularios impresos.

Peter y Cindy pasaron a explicar el concepto del juego y la forma en que se utilizaba para elaborar todos los detalles del simulacro antes de proceder a la programación del ordenador. El marco de plástico negro podía desplazarse vertical y horizontalmente a través del mapa.

– El recuadro -explicó Jason- corresponde a la zona que el jugador verá en su pantalla una vez hayamos ultimado el juego.

Se le notaba menos cordial, como si la afabilidad de su carácter hubiera sucumbido repentinamente a las exigencias de su profesión. Expuso entonces a Bond el método que utilizaban para ampliar en el rectángulo el perfil del terreno.

– Una vez pasado el juego al ordenador, se puede recorrer todo el mapa en la pantalla, pero sólo por zonas localizadas. Existe, sin embargo, la posibilidad de ampliarlas mediante un zoom, para lo cual se pulsa la tecla de la Z.

Refiriéndose a los pequeños caballetes, Cindy dijo que contenían un calendario y cartas correspondientes al tiempo, que se barajaban antes de iniciar el juego.

– Las condiciones meteorológicas favorecen o dificultan el movimiento.

Le hizo una demostración práctica: las mismas patrullas británicas que habían avanzado cinco espacios en días claros, no adelantaban más que tres con lluvia intensa, y sólo dos si nevaba.

Jason pasó a explicar el desarrollo del juego. Los participantes se alternaban en dictar consignas al ordenador y proceder al avance de sus efectivos. Ciertas jugadas podían ser secretas, pero tenían que anotarse. En la etapa inmediata se emprendían desafíos y, a ser posible, escaramuzas.

– Lo interesante, a mi modo de ver, es la posibilidad de alterar la historia. Eso es una idea que siempre me ha atraído -observó Jason, de nuevo en un tono que revelaba obsesión, casi de locura peligrosa-. Es posible que un día cambie yo la historia -dijo en un susurro amenazador-. ¿Un sueno? Quizá, pero los sueños pueden realizarse si su ejecución se confía a un hombre de mente genial. ¿Cree usted que lo que hay en mí de genio se aprovecha debidamente? ¡No! -exclamó sin esperar respuesta. Y el tono de sus siguientes palabras resultó apasionado en exceso, para tratar de algo tan trivial como un juego: -A lo mejor podríamos considerar todo esto con más detalle, e incluso jugar unas cuantas partidas. ¿Le va bien mañana?

Consciente de que la oferta encerraba un desafío fuera de lo común, Bond respondió que aceptaba con mucho gusto. St. John-Finnes siguió hablando de revolución y cambio, y de la complejidad de los juegos bélicos. Cindy echó mano de una excusa para retirarse, saludó a Bond con un cabeceo y expresó su esperanza de que volverían a verse.

– Estoy convencido de que así será -dijo Jason, que parecía muy seguro de sí mismo-. He invitado a James a darse otra vuelta por aquí. ¿Le parece bien a las seis de la tarde?

Bond aceptó, advirtiendo que su interlocutor no había sonreído tan siquiera.

Como Jason les precediera al abandonar la estancia, Peter aprovechó para rezagarse y susurrarle al agente especial:

– Si juega usted con él, tenga en cuenta que no sabe perder. Y que juega ateniéndose a la historia. Siempre da por supuesto que su adversario la reseguirá en todos sus acontecimientos. Es un tipo paradójico -concluyó con un guiño que patentizaba la escasa afición que sentía por su jefe.

Arriba les esperaba Dazzle, que regresaba de acompañar a Freddie al hotel en coche.

– Me pareció que estaba muy cansada. Dijo que esta tarde la hizo trotar usted todos estos campos. No debe imponerle tanto ejercicio físico, míster Bond. Ya sabe que es una criatura de ciudad.

Bond tenía opiniones propias a ese respecto. Y por más que también él necesitaba una noche de sueño reparador, aceptó la copa de despedida que le ofrecía su anfitrión. Cindy se había retirado ya a su habitación, y Peter y Dazzle pidieron que les disculparan e hicieron otro tanto, dejando a solas a los dos hombres.

Después de un corto silencio, Jason alzó su copa y dijo:

– Por nuestro reencuentro de mañana -sus verdes ojos habían cobrado el aspecto del cristal-. Quizá no juguemos a nada, James, pero de todas formas me gustaría medirme con usted. ¿En el campo de los ordenadores? Quién sabe… -de nuevo se evadía hacia un mundo propio, hacia un tiempo y un espacio distintos, regidos por otra escala de valores-. Los ordenadores son… o bien el instrumento más prodigioso que ha inventado el hombre, su más espléndida magia, capaz de inaugurar una nueva era -soltó una risa aguda-, o bien el mejor juguete que ha puesto Dios a su disposición.

Siguió otro breve silencio. Unos pocos segundos bastaron para que reapareciese el otro Jason, más benigno y accesible.

– ¿Me permite expresar una opinión que le concierne, James? -dijo. Y sin esperar ni su respuesta ni su consentimiento, añadió-: Creo que es usted un pequeño impostor. Que es muy poco lo que sabe acerca del arte de programar ordenadores. Posee, sí, algunos conocimientos, pero no tantos como pretende. ¿Me equivoco?

– Sí -respondió Bond con firmeza-. Se equivoca usted. Recibí la formación que suele impartirse en mi campo de actividades. Y la considero suficiente. Quizá no esté yo a su altura, pero ¿lo está alguien?

– Mucha gente -replicó Jason en tono reposado-. Cindy y Peter, por mencionar sólo dos nombres. La programática es una profesión de jóvenes, James; un porvenir que les pertenece a ellos. Es verdad que yo poseo amplios conocimientos y cierto instinto estratégico. Pero la juventud formada en el mundo de los ordenadores adquiere muy rápidamente ese instinto. ¿Sabe qué edad tiene el mas eminente y acaudalado magnate de la programática estadounidense?

– Veintiocho años.

– Así es. Veintiocho. Y algunos de los programadores de nivel verdaderamente superior son todavía más jóvenes. Yo lo sé todo, pero la realización de mis ideas está en manos de gente como Cindy y Peter. La genialidad, las dotes creativas, exigen alimento. Es posible que mis dos programadores no se den cuenta de que proporcionan nutrición a mis ideas. De ahí que usted, con una formación tan exigua, no pueda serme de utilidad alguna. No tiene usted nada que hacer en este campo.

Bond se encogió de hombros. Ignorando hasta qué punto esas afirmaciones entrañaban una tortuosa estratagema, una trampa psicológica, respondió:

– Frente a un adversario como usted, reconozco que es así.

Ya en la puerta, Jason dijo que esperaba con vivo interés su próximo encuentro.

– Si considera que puede competir conmigo, en un juego, se entiende, me pondré gustoso a su disposición. Aunque es posible que descubramos alternativas más interesantes, ¿no le parece? Le espero a las seis.

Bond ignoraba que el propio juego de la vida habría cambiado antes de su siguiente entrevista con Jay Autem Holy. Y también desconocía los riesgos que llevaban aparejados los juegos predilectos de aquel hombre extrañamente mudable. Le constaba, eso sí, que Holy era un poseído. Su afabilidad y su encanto eran disfraces de una mente dispuesta a jugar a Dios con el mundo, y Bond encontraba eso inquietante en extremo.

De regreso en el hotel, y habiendo recibido su llave de un adormilado conserje, subió a su habitación. Pero al introducir la llave en la cerradura, notó que la puerta cedía. «Freddie», pensó un tanto molesto, pues lo que le apetecía era estar solo y reflexionar.

Cauteloso, desenfundó la automática y, ocultándola detrás de la cadera, hizo girar el pomo y empujó suavemente la puerta con el pie.

– Buenas noches, míster Bond -dijo Cindy Chalmer con una sonrisa.

Sentada en una butaca, tenía extendidas ante sí las largas piernas en una postura como de invitación.

Bond cerró silenciosamente.

– Le traigo saludos de Percy -añadió la muchacha, confiriendo a su sonrisa una expresión hechicera.

Bond recordó entonces las miradas que le había dirigido durante la velada.

– ¿Y quién es Percy? -preguntó en tono neutro, clavados los ojos en los de ella, al acecho de sus ocultas intenciones.

9. Los secretos de Endor

– ¡Pues quién va a ser, míster Bond! Percy Proud. Persephone. Somos colegas.

– Le agradezco mucho la visita, Cindy, pero no conozco a ninguna Percy, Persephone ni Proud.

Y devolvió discretamente la pistola a su funda. Si Cindy quería que la tomase en serio, habría de mostrarse más convincente. El simple hecho de mencionar a Percy y asegurar que la conocía, no bastaba.

Sin embargo, una voz resonó en su memoria: «Nos hemos introducido en Endor».

– Es usted muy hábil -continuó ella, en tono de una colegiala descarada-. Percy me lo anticipó. También me dijo que le gustaba tentar con manzanas a las profesoras…

Ni eso logró convencerle del todo. Desde luego, sólo Percy y él conocían la humorada de la manzana y las bromas que se habían gastado en Montecarlo a propósito de las recompensas reservadas a los buenos alumnos. Pero ¿y si le habían arrancado a Percy ese secreto?

– ¿Y dice usted que es colega de una tal Percy? -replicó, sosteniéndole retadoramente la mirada.

– Colega o como usted quiera llamarlo, míster Bond: compañera de fatigas, colaboradora… -Y ladeando la cabeza, declaró-: Pertenecemos a la misma organización.

Podía ser, en efecto. Si el Servicio norteamericano había situado a un agente en Endor, lo lógico era que no lo proclamase. Y tampoco Persephone, como auténtica profesional que era, se lo habría dicho a él. El círculo de personas informadas al respecto se restringiría a lo indispensable, hasta el último momento. ¿Significaba eso que el último momento había llegado?

– Cuénteme más.

– Percy me dijo que sabría usted qué hacer con esto.

Cindy extrajo de su bolso de bandolera dos discos duros embalados en sendas cajas de plástico. Los delgados envases tendrían unos doce centímetros de lado y menos de un centímetro de espesor. A semejanza de las casetes de vídeo, presentaban en un costado una solapa articulada. Eran de color azul intenso y mostraban en una esquina una etiqueta adhesiva. Bond reprimió incluso el ademán de tocar las cajas.

– ¿Y puede saberse qué es eso, miss Chalmer?

– Dos de los programas menos convencionales elaborados por nuestro hombre. Y no puedo tenerlos en mi poder demasiado tiempo. A eso de las cuatro de la madrugada me convertiré en una calabaza.

– Entonces le conseguiré dos ratones blancos que la lleven a casa.

– Lo digo en serio. Después de las cuatro ya no podré salvar las barreras de seguridad sin que me detecten. Cambian los turnos a esa hora.

– ¿En Endor, quiere decir?

– En Endor, naturalmente. Aquello tiene una vigilancia electrónica comparable a la de Ford Knox… ¿Ha oído usted hablar de Ford Knox, el depósito de las reservas de oro norteamericanas? -ironizó con una sonrisita burlona-. Pues bien; Endor tiene cerraduras de combinación cuyo código se modifica con cada turno de guardia. Es necesario que vuelva antes del relevo. De lo contrario me veré, como suele decirse, con el agua al cuello.

Bond le preguntó si practicaba a menudo aquellas escapadas.

– Durante la época de celo si. La reputación que tengo en el pueblo me la he creado a modo de coartada, por si algún día me sorprenden. Pero como me pillen con esto debajo de la blusa…; en fin… -se pasó un dedo por la garganta-. Así pues, míster Bond, le agradecería que copiara cuanto antes estas alhajas.

– ¿Son tan poco convencionales como dice?

Tendió la mano hacia las cintas, consciente de que ese simple ademán le comprometía de forma irrevocable: si lo que Cindy buscaba era desenmascararle, el aceptar su oferta de reproducir las grabaciones suponía enfilar un camino sin retorno.

– Lo verá por sí mismo -repuso la chica-. Pero le ruego que se dé prisa. Yo no puedo reproducirlas en la casa.

– Puede escamotearías, pero no sacar copias de ellas. Eso me resulta difícil de creer, miss Chalmer. Su jefe me decía, hace no mucho, que es usted un prodigio en esta clase de cosas.

Le respondió con un bufido de impaciencia que le hizo evocar a «M» en sus momentos de enojo.

– Desde el punto de vista técnico, claro está que lo puedo hacer. Pero intentarlo en la casa sería demasiado peligroso. Nunca me dejan a solas con el equipo el tiempo suficiente. Cuando no ronda por allí el gran hombre, es la Reina de la Noche quien anda mariposeando alrededor…

– ¿ La Reina de la Noche?

– Es el apelativo afectuoso que le doy a Peter. Le considero bastante de fiar, porque desde luego aborrece al jefe, pero no hay que correr riesgos innecesarios. Percy no querría ni oír hablar de ello.

Bond sonrió para sus adentros.

– Quiero hacerle una pregunta, Cindy.

La mulata alzó la mirada, dispuesta a escucharla.

– ¿Conoce bien a esa tal Percy?

– Eres tremendamente reservado, James.

A partir de ese momento pasarían a tutearse con naturalidad.

– No: lo que soy es tremendamente cauteloso.

– La conozco pero que muy bien. Nos hemos tratado por espacio de ¡qué sé yo!… ¿Ocho años?

– Y durante todo ese tiempo ¿la han hospitalizado alguna vez? ¿Ha sufrido alguna operación?

– La de la nariz, que yo sepa. Espectacular.

– ¿Y tú?

– A mí no me han operado de nada.

– Me refiero a tus antecedentes, Cindy. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Y por qué lo eres?

– ¿Todo eso? Como gustes. Al terminar la segunda enseñanza, me pasé ocho meses en un hospital para enfermedades infecciosas. Hay un historial clínico de eso, y médicos y enfermeras que me recuerdan. Me consta que es así porque los hurones de la Vieja Águila Calva lo investigaron. Con la salvedad de que no estuve allí, sino en la Granja, recibiendo entrenamiento. Y luego, sorpresa, gano una beca para estudiar aquí, en Cambridge. Y a partir de ese momento, una ejecutoria impecable. Una joven seria y trabajadora, irreprochable en todo; como nosotros decimos, totalmente sanitizada. La Compañía me tuvo «en reserva». Primero trabajé en la IBM, luego con Apple y finalmente ofrecí mis servicios a Jay Autem Holy. Sus muchachos investigaron una y otra vez mis antecedentes y, aun con eso, Holy no confió en mí durante el primer año y medio.

Bond asintió con un enérgico cabeceo. En realidad, no tenía más alternativa que creer a la chica, pues el tiempo apremiaba. No abandonó, sin embargo, la cautela.

– Muy bien. Háblame de esos dos programas.

– ¿Por qué no les echas un vistazo tú mismo? Percy me dijo que tenias medios para hacerlo.

– Prefiero que me informes tú, Cindy, lo más concisamente posible, y luego pasaremos a la acción.

Así lo hizo la muchacha, hablando con rapidez, comprimiendo al máximo frases y datos. Los fines de semana se celebraban en Endor partidas de juegos bélicos -eso Bond lo sabía ya- a las que, junto con los asiduos, incondicionales de esa diversión, asistían personajes muy sospechosos.

– En particular, dos: Balmer y Hopcraft -precisó Cindy tras una pausa dedicada a mirar fijamente a los ojos a su interlocutor-. Mi gente los conoce por los sobrenombres de Tigerbalm y Happy. Tigerbalm es tan plácido como un huracán de fuerza diez. Tiene una mirada asesina. En cuanto a Happy, los momentos más felices de su vida tendrán que ver con la violación y el pillaje. Como saqueador vikingo, habría resultado perfecto.

Pasó a explicar que los Fines de Semana Gunfire, como los llamaban las revistas especializadas, se desarrollaban en un espíritu netamente militar: disciplina absoluta, convocatorias generales a las nueve de la mañana, retreta a las diez y media de la noche, etcétera. Lo interesante, sin embargo, era lo que sucedía después de la retreta.

– A los fanáticos de las batallitas se les asignan habitaciones contiguas, siempre cerca de Tigerbalm y Happy. Los fines de semana comprenden tres noches, pero al marchar, los fanáticos tienen aspecto de no haber visto una cama en muchos días. Y es que apenas duermen, porque todas las noches, no más allá de la una, les despiertan con instrucciones de que se presenten en la guarida de la Vieja Águila Calva, donde permanecen el resto de la noche, aplicados a solventar problemas de un determinado juego, como los dos que me gustaría devolver a los archivos antes del alba.

Bond le pidió que le esperase en la habitación y, bajando silenciosamente al patio, tomó del portamaletas del Bentley el equipo que necesitaba, tras lo cual desanduvo el camino hacia su cuarto. Alargó un tanto la operación revisando el estacionamiento, pero dio por bien empleados los minutos invertidos en eso.

– ¡Atiza! -exclamó Cindy, contemplando con manifiesta admiración el Terror Doce-. Percy ha hecho un buen trabajo. Confiemos en que los diagramas que le proporcioné de los circuitos fuesen exactos.

Bond encontró verosímil que, infiltrada en Endor, Cindy le hubiera hecho llegar a Percy toda la información tecnológica necesaria para construir un ordenador idéntico al de Holy. Era posible que la actuación personal de Bond se limitase a sacar de Endor los programas más recientes, hecho lo cual aparecerían otros, encargados de limpiar los establos de Augías con la fuerza de las pruebas acumuladas por los tres: Percy, Cindy y él mismo.

Conectado el teclado e introducidos en los lectores los discos láser, Bond procedió a examinar el primero. En cuanto apareció en la pantalla la reseña correspondiente, comprendió lo que tenía entre manos. Resiguiendo las luminosas letras verdes, leyó:

Fase Uno – Aeropuerto a Kensington High Street

A. Primera conductora.

B. Segunda conductora.

C. Coche de cabeza.

D. Coche de cola.

Pulsó el apartado A. Se vio, desde la óptica de la Primera conductora, en medio del denso tráfico que discurría en dirección a Londres desde el aeropuerto de Heathrow. Delante marchaba el pequeño convoy de los furgones de seguridad y su escolta de policía. El programa era tan evidente, que se saltó las fases inmediatas: Salida del paso elevado; Recorrido de Kensington High Street; Intercepción (sistemas eléctricos) y Humo violeta, junto con la huida y las alternativas correspondientes a Intervención equipos de seguridad. No necesitaba ver toda la grabación para darse cuenta de que se encontraba ante el programa de ensayo del robo de la colección Kruxator.

Bond introdujo un disco virgen en el equipo grabador y acometió la delicada tarea de descifrar el código protector incorporado por Holy al programa, requisito indispensable para obtener una copia perfecta del original.

Era un proceso lento, porque Holy no sólo había «garabateado» en ciertos sectores del disco, sino recurrido además a las cuñas codificadas de que le había hablado Percy, las cuales cumplían el propósito de destruir literalmente el disco si alguien intentaba copiar su contenido. Valiéndose de las instrucciones recibidas de su maestra, consiguió detectar en primer lugar esas cuñas y borrarlas luego línea por línea. A continuación adaptó el disco virgen a las dimensiones exactas del original. Aunque el trabajo le llevó más de una hora, pasado ese tiempo disponía de un auténtico calco del programa de ensayo creado por Holy para el robo de la colección Kruxator.

El segundo disco agenciado por Cindy correspondía a un programa de ensayo parecido, en ese caso correspondiente, supusieron, al secuestro de un avión. Como en efecto se había producido uno, importantísimo, de un aparato de carga fletado para el transporte de billetes recién impresos en la Real Casa de la Moneda por cuenta de diversos países, aquél podía ser muy bien el proyecto original del golpe.

De nuevo se puso en marcha el proceso de reproducción, esta vez con más premura, pues a Cindy empezaba a preocuparle mucho su retorno.

– Hay otra cosa -dijo, con aspecto fatigado e inquieto.

– Tú dirás -farfulló Bond, fijos los ojos en la pantalla.

– Algo muy gordo se está tramando allí ahora. No se trata de un robo, de eso estoy segura, sino de una operación violenta y quizá homicida. Se están recibiendo en la casa visitantes nocturnos, y he oído repetidas alusiones a un programa especial.

– ¿Qué clase de programa especial?

– Sólo conozco el nombre… Se llama el Juego del Globo, y al parecer intervienen especialistas en é1.

Bond seguía concentrado en la reproducción del simulacro del secuestro aéreo.

– Especialistas lo son todos, Cindy.

– No; he visto a algunos de esos sujetos. No se trata de maleantes y matones. Algunos se dirían… pilotos y gente de toga.

– ¿Gente de toga?

– Es una forma de hablar… Quiero decir intelectuales, personas de aspecto respetable.

– ¿Y lo llaman el Juego del Globo?

– Esa es la expresión que le oí a Tigerbalm y a otro del grupo, hablando con la Vieja Aguila Calva. ¿Querrás informar de eso? Creo que nos encontramos ante algo muy feo.

Bond respondió que como había de trasladar rápidamente a Londres los dos programas que en ese momento les ocupaban, aprovecharía para informar del Juego del Globo.

– ¿Crees que pueden estar ensayándolo ya, adiestrándose en él?

– Eso me temo.

Si pudiéramos conseguir una copia del programa…

– No hay ni que pensar en ello. Al menos, de momento.

Concentrado en ultimar su tarea, el agente especial guardó silencio. Lo rompió, por fin, para darle a Cindy una descripción de Joe Zwingli, llamado Vueltas.

– ¿Has visto por Endor a alguien que responda a esas señas?

– Recuerdo al general Zwingli, y la respuesta es negativa. Percy me cursó un enmarañado mensaje en el que decía que está vivo -hizo una pausa-. Parece increíble.

Terminado su trabajo, Bond devolvió a Cindy los originales y le preguntó acerca del régimen de vida que se observaba en Endor. ¿Salían Jason y Dazzle alguna vez? ¿Viajaban? ¿Cuántos vigilantes tenían en la casa?

Respondió la muchacha que, en efecto, él salía una o dos veces por mes. Pero siempre de noche. Jamás abandonaba la casa a la luz del día, ni se dejaba ver por el pueblo. Bond observó que Percy sólo se refería a él por los apelativos de «nuestro hombre» o la Vieja Águila Calva.

– Es muy cauteloso nuestro hombre. Ella, en cambio, sale y viaja mucho. Va al pueblo, a Oxford, a Londres, y se desplaza al extranjero. Algo me dice que es su oficial de enlace.

– ¿Qué lugares visita en el extranjero?

– Cercano Oriente, Europa… Va a todas partes. Percy tiene una lista de los destinos. Yo trato de reconstruir sus itinerarios a base de pequeños indicios: etiquetas de las compañías aéreas, carteritas de cerillas de los hoteles… Pero también ella es cautelosa. Antes de regresar lo elimina casi todo.

En cuanto al personal de la casa, estaba integrado por el cocinero filipino y cuatro agentes de seguridad.

– Nuestro hombre tiene contratados también a seis representantes comerciales auténticos, que no sospechan nada. Pero operan en el exterior. Los hombres de seguridad actúan también de representantes y administrativos. Una fachada muy convincente. Si no hubiera estado yo al tanto de lo que allí ocurre, me habrían engañado del todo. Son tipos callados, eficientes. Usan dos coches, salen mucho, atienden las llamadas telefónicas, los pedidos, el reparto de los productos Gunfire… Pero siempre hay dos de guardia en la casa. Se turnan de acuerdo con un riguroso programa de vigilancia. Y el sistema electrónico de seguridad está muy perfeccionado. Aunque se pueden descifrar, los códigos son muy inteligentes. Quiero decir que no pueden desentrañarse sin conocer bien el sistema. Además, como te dije antes, varían con cada turno de guardia. Es imposible entrar en la casa ni salir de ella a menos que conozca uno la combinación correspondiente a los distintos turnos, que son de seis horas. Y aun así, las máquinas tienen que reconocer tu patrón de voz.

– ¿Hay controles visuales?

– Un montón de ellos. En la entrada principal y en muchos tramos de la tapia, tanto en la parte delantera como atrás. El único punto vulnerable está en la parte posterior, y eso conociendo la distribución de las cámaras de circuito cerrado. Pero como también se reorientan con cada cambio de turno, no es posible entrar ni salir inadvertidamente si no posees todas las claves del correspondiente turno de seis horas. Un intruso no duraría ni tres minutos.

– ¿Se os han presentado?

– ¿Intrusos? Sólo un vagabundo. Y aparte de eso, una falsa alarma. Al menos, lo tomaron por una falsa alarma.

– ¿Tienen armamento?

– Yo estaba allí cuando lo de la falsa alarma, y sí: uno de los tipos de guardia llevaba pistola. Quiere decir que si yo vi una, debe de haber más. James…, ¿puedo marcharme ya? No quisiera que me pillasen con estos discos encima. Han quedado huecos en los archivadores y…

– Andando, Cindy. Y buena suerte. Te veré esta noche. Tengo un pequeño torneo con nuestro hombre. Por cierto que tu amigo Peter me avisó del estilo de juego que practica Jason…

– No le gusta perder -apuntó ella con una amplia sonrisa-. Es algo patológico, como en un chiquillo. Para él supone una cuestión de honor.

Bond no correspondió a la sonrisa.

– Y para mí -dijo en tono suave-. También pata mí es una cuestión de honor.

Eran más de las tres y media de la madrugada. Bond embaló el equipo, lo bajó al coche y lo guardó bajo llave en el maletero. Al volver a su habitación, metió los programas copiados en un sobre con almohadillado protector marca Bolsablanda -lo horroroso del nombre le arrancó una mueca de repugnancia- y, tras haberse dirigido el envío a sí mismo, a un apartado postal, sopesó el pequeño paquete, tratando de conjeturar su peso, y lo franqueó con sellos extraídos de un sobre que llevaba en la cartera de mano. Aunque hubiera preferido entregar personalmente el paquete, no quería correr riesgos. Por último, y sentándose ante el pequeño tocador, redactó en papel de cartas del hotel una breve nota dirigida a Freddie.

Me marcho a Oxford y pasaré allí la mañana. Como es muy temprano, no he querido despertarte, pero estaré de vuelta a la hora del almuerzo. Tenemos lo de ayer pendiente de desempate. ¿Te apetece esta tarde?

Se desnudó entonces, abrió el grifo del agua fría y se metió bajo la ducha. Superada la sacudida inicial, ofreció el rostro a los helados alfilerazos del chorro. Al cabo de aproximadamente un minuto, añadió un poco de agua caliente y se enjabonó. Concluyó la operación secándose vigorosamente el cuerpo con la toalla. Después de afeitarse, se puso la ropa interior, unos pantalones Ted Lapidus de pana negra y un jersey de cuello vuelto de algodón del mismo color. Colocada ya la ASP automática, en su pistolera, a la altura de la cadera derecha, completó su atuendo con una delgada chaqueta de ante y se calzó sus mocasines predilectos.

Ya estaba alboreando, pero la luz del amanecer tenía ese frío resplandor perlado que anuncia tiempo inestable. Metida en la cartera de mano la detestada Bolsablanda, Bond bajó al vestíbulo, dejó en la desierta recepción su llave y la nota para Freddie y salió en busca del coche.

El motor del Bentley cobró vida con un rugido a la primera vuelta de llave. Mientras lo dejaba girar en su régimen normal, de suave zumbido, se ajustó el cinturón de seguridad, atento al indicador de alarma, cuyas luces se fueron apagando una tras otra.

Liberado el freno, puso el cambio de marchas en conducción manual y dejó avanzar el coche. Si tomaba la carretera de Oxford hasta la Circular y enlazaba luego con la M 40, podía estar en Londres en noventa minutos.

Habiendo dejado atrás el largo itinerario de acceso a la carretera Circular, y cuando enfilaba ya en dirección a Londres su calzada de doble carril, empezó a llover. Llevaba recorridos algo menos de dos kilómetros de ese itinerario, cuando vio aparecer en el retrovisor el Mercedes blanco de la víspera.

Jurando por lo bajo, se ajustó más el cinturón y pisó suavemente el acelerador. El coche dio un respingo, aumentó el régimen del motor y el velocímetro subió primero a los ciento setenta y luego, progresivamente, a los ciento noventa kilómetros por hora.

El tráfico era escaso, de modo que pudo mantenerse casi todo el tiempo en el carril derecho, que abandonaba sólo para adelantar limpiamente a los contados coches y camiones que encontraba a trechos.

El Mercedes blanco le iba a la zaga, sin que Bond consiguiese, ni siquiera a tan elevada velocidad, desprenderse de él. Cuando divisó, al frente, la señal indicadora de una salida, abandonó la Circular, todavía a un ritmo de no menos de ciento setenta kilómetros, sin poner en marcha el intermitente hasta el último momento. El Bentley obedeció suavemente a la maniobra, tomando la curva con firme seguridad. El Mercedes parecía haber perdido su rastro. Supuso que su conductor no habla conseguido reducir a tiempo para abandonar la carretera principal.

La ruta se estrechaba al frente entre una doble hilera de abetos. Un pesado trailer de grandes dimensiones avanzaba rugiente a ochenta kilómetros por hora detrás de un camión cisterna. El Bentley redujo la marcha. Al salir de la siguiente curva, Bond captó un parpadeo de intermitentes en una zona de estacionamiento. Al repetir la inspección, vio que un segundo Mercedes se le ponía en cola.

Debían de comunicarse por radio, pensó, y seguramente eran cinco o seis los vehículos encargados de seguirle. En la siguiente curva descolgó el teléfono y, sin apartar la mirada del camino, pulsó los dígitos correspondientes al despacho del oficial de guardia del cuartel general de Regent's Park, que en ese momento probablemente dormiría. La línea utilizada era un canal de radio protegido por interferencias.

La carretera se estrechó todavía más. El segundo Mercedes seguía a la zaga de Bond cuando, tomando éste el próximo viraje, oyó la respuesta del oficial de guardia.

– Mensaje urgente de Jugador para Alcaide -dijo Bond muy de prisa-. Me siguen. Estoy al sur de Oxford. Tengo un importante envío para Alcaide. Trataré de depositario en un buzón. Dirigido a mí mismo. Pruebas concluyentes de la implicación de Programador en actividades ilegales. Investiguen Juego del Globo. Hablen con la Diosa…

– Comprendido -contestó el oficial de guardia, y desocupó la línea.

Al tomar la curva inmediata, vio que se acercaba a un pueblo y que el Mercedes se había rezagado. Pisó el freno y, reducida espectacularmente la marcha del Bentley, escudriñó al frente y a su izquierda. El pueblo casi había quedado atrás cuando distinguió el color rojo vivo del deseado buzón. Detuvo el Bentley y se libró simultáneamente del cinturón de seguridad.

Depositar el sobre y regresar al interior del coche, le llevó menos de veinte segundos. No volvió a abrocharse el cinturón hasta que, habiendo acelerado de nuevo, vio reaparecer al Mercedes en el retrovisor. Adelantado un furgón eléctrico de reparto de leche en su ronda matinal, volvió a salir a campo abierto. En las proximidades de un bosquecillo, avistó el poste indicador de un merendero y, seguidamente, otros dos coches que, saliendo de la espesura, se situaron en mitad de la calzada, los morros unidos en forma de V, cerrándole el camino.

«Tiran a matar», dijo entre dientes mientras pisaba el freno y casi al mismo tiempo viraba, usando sólo el brazo izquierdo.

Conforme el Bentley obedecía al giro, se dio cuenta de que volvía a llevar detrás, muy pegado a él, al Mercedes blanco.

El velocímetro rozaba los noventa kilómetros cuando el Bentley, saliéndose de la calzada, se precipitó entre los árboles. Enlazando una serie de desesperadas maniobras, Bond condujo el voluminoso automóvil entre troncos y helechos, tratando, en un loco zigzagueo, de abrirse de nuevo camino hacia la carretera.

La primera bala arrancó al techo un áspero rechino, y Bond sólo acertó a pensar en los daños de la carrocería. El segundo disparo alcanzó la rueda posterior izquierda, y con ello el automóvil de artesanía, con sus dos toneladas de peso, fue a hundirse de costado entre una maraña de arbustos.

Frenado por el cinturón de seguridad, Bond alcanzó a un tiempo la pistola automática y el pulsador del elevalunas eléctrico.

10. Erewhon

La ASP 9 mm es un arma pequeña peto letal. Versión reducida, en sus aspectos básicos, de la Smith & Wesson modelo 39, los Servicios Secretos norteamericanos vienen empleándola hace más de un decenio. Su retroceso no es mayor que el de una Walther calibre 22, y por su aspecto parece más una automática de entrenamiento que la mortífera pistola que en realidad es. La Armaments Systems and Procedures, cuyas iniciales le dan nombre, realizó por encargo la adaptación, ajustándose a requisitos muy exigentes: dimensiones que permitiesen esconderla fácilmente, un cargador capaz por lo menos para ocho proyectiles, fiabilidad, culata transparente, de tipo Lexon, de modo que resultase visible la reserva de balas, y tolerancia de todos los tipos conocidos de munición de 9 mm.

Las balas que utilizaba la ASP de Bond eran Glaser Safety Slugs, particularmente malignas. Una Glaser es una bala prefragmentada que contiene varios centenares de perdigones del número 12, suspendidos en teflón liquido. Disparados por una ASP, esos proyectiles alcanzan una velocidad de casi seiscientos metros por segundo. No estallan hasta haber penetrado en el cuerpo, y si alcanzan órganos vitales, el resultado suele ser la muerte.

Bond disparó dos veces por la abierta ventanilla antes de que el coche se hubiera parado del todo. Concentró la visión de ambos ojos en la revolucionaria mira Guttersnipe, cuyas paredes triangulares amarillas permitían localizar inmediatamente el objetivo.

Vio, por entre los árboles y los helechos, a varios hombres que se apeaban de los coches. Otros estaban ocupados en retirar los vehículos de la carretera. Bond había dirigido sus rápidos disparos al claro contorno de un hombre que, vestido con un sucio chubasquero blanco, avanzaba hacia el Bentley. Sin detenerse a determinar qué había sido de su objetivo, abrió la portezuela y se lanzó, volteando, entre los matorrales.

Indiferente a las ramas y la maleza que se le prendían en la ropa y le arañaban el rostro, continuó su avance, ansioso por alejarse cuanto fuera posible del Mulsanne Turbo. Rodando hacia la derecha, se distanció unos veinte metros del coche. Luego se dio la vuelta y, casi pegada la boca al suelo, desenfundó el arma y la amartilló, escudriñando un amplio arco de terreno abierto ante él.

Los restantes automóviles habían salido de la carretera marcha atrás. Estimó que ya sólo sus conductores los ocupaban. Aunque dos únicas siluetas eran visibles, el instinto le dijo que otros cuatro hombres, por lo menos, debían de intervenir, desplegados y agachándose, en una maniobra de cerco.

Pese a ello, permaneció inmóvil, dejando que se le normalizase la respiración. Si sus acosadores eran metódicos -y no cabía pensar en otra cosa- terminarían por dar con él. Incluso era posible que solicitasen refuerzos, pues tenían que ser más los hombres empeñados en la operación. ¿Cómo, si no, podían tener la certeza de interceptarle en la carrera? A menos que hubieran colocado en el Bentley un dispositivo detector… Pero ¿quiénes eran sus perseguidores? ¿Gente de Holy? Sin duda aquello tenía que ver con él. Y sin embargo, ¿no se le ofrecía a Holy mejor oportunidad de ajustarle las cuentas que aprovechando su cita de la tarde, en Endor? Restaba la posibilidad de que… de que Cindy le hubiera tendido una trampa o de que la hubiesen descubierto a ella. Si se trataba de lo segundo, se habían dado buena prisa en someterle a él a vigilancia. Fuera cual fuese el caso, Bond decidió retrasar en lo posible su captura. Si ganaba tiempo, podía pensar en la huida.

Había empezado a llover con fuerza: lo atestiguaba el firme goteo que producían las ramas. Intentar la escapada en ese momento sería un suicidio. Se encontraba por lo menos a ciento cincuenta metros de la carretera, y aunque consiguiera alcanzarla sin ser interceptado -cosa que dudaba-, allí seguiría estando en desventaja numérica de tres contra uno. Lo oportuno era esperar, seguir atentamente los movimientos del adversario y cuidar de que no le sorprendiesen por la espalda.

Continuamente atento a los ruidos, seguía barriendo con la mirada su campo visual, desde el extremo derecho al izquierdo, interrumpiéndose sólo para volverse y escudriñar tras de sí. Los dos hombres en un principio visibles al frente, habían desaparecido; la lluvia, por otra parte, acallaría eficazmente los movimientos.

Bond llevaba en su escondrijo no menos de quince minutos cuando detectó por primera vez, de forma inconfundible, presencias enemigas: el seco chasquido de una rama muerta y un vislumbrado movimiento le alertaron simultáneamente vista y oído. Volvió despacio la cabeza. A menos de veinte pasos de distancia, un hombre se encontraba agazapado junto a un árbol, fija la mirada en un punto situado a la derecha de Bond. Todo en él -su actitud vigilante, la elección de la base del tronco como cobijo, su forma de empuñar el pequeño revólver, a la altura del hombro izquierdo- denotaba profesionalidad, el buen entrenamiento de un soldado. Inspeccionaba el terreno sosegada, cautelosamente, sin omitir un solo palmo. Significaba aquello que sin duda existía otro oteador a su derecha o a su izquierda, o en ambas posiciones. Y lo que era más: procediendo así, descubrir el escondite de Bond sería simple cuestión de tiempo.

Vestía su acosador camisa y pantalones de sarga verde oliva y una guerrera. Bond empezó a volverse muy despacio. Deseaba poder cobrar cuando menos una pieza antes de que apareciesen nuevos adversarios en las proximidades.

Y entonces percibió otro movimiento, esta vez a su derecha. Alertado del peligro tanto por sus reflejos como por el instinto, Bond orientó la ASP en dirección a la nueva amenaza.

El triángulo amarillo de la mira Guttersnipe se centró automáticamente en el objetivo: una segunda silueta que corría agachada entre los árboles, y demasiado próxima, por cierto, para inspirar tranquilidad. Vio, por el rabillo del ojo, que el primer hombre levantaba con ambas manos su arma. A continuación sonó el inconfundible chasquido que produce el acto de amartillar un revólver. Sonó muy cerca a su espalda. E inmediatamente sintió en el cuello, candente de puro helado, el contacto de la boca de un arma.

– Suelte la pistola, míster Bond. Y, por favor, no trate de hacer ninguna tontería.

Bond, que no tenía el menor deseo de que le matasen a esas alturas de su carrera, arrojó la ASP al suelo.

– Bien hecho -aprobó la voz, que era suave, algo cantarina-. Y ahora, las manos a la cabeza, tenga la bondad.

Los dos hombres que antes detectara Bond se habían incorporado y, en ese momento, avanzaban hacia él, el de la izquierda aferrando ante sí con ambas manos un revólver de cañón corto, los brazos firmes como barras de hierro y clavados los ojos en el cautivo. Bond comprendió claramente que cualquier falso movimiento le valdría el inmediato impacto de dos balas. El otro, inclinándose con la presteza de un ave de rapiña que se abate sobre su presa, recogió la ASP de un manotazo.

– Perfectamente. Ahora levántese muy despacio -añadió la voz, al tiempo que el cañón del arma dejaba de apoyarse detrás de la oreja de Bond. Siguió un rumor de pisadas: el desconocido retrocedía-. No ha estado mal del todo nuestra maniobra, ¿verdad? Como sabíamos más o menos por dónde se había emboscado, era simple cuestión de ponerle a la vista a un hombre sigiloso y a otro rápido. Los muchachos han tenido que repetir tres veces esa pequeña farsa antes de dar con su paradero. Es la clase de estratagema de campaña que enseñamos a nuestros hombres. Dese la vuelta, tenga la bondad.

– ¿Y quiénes son ustedes, los que enseñan? -preguntó Bond mientras se volvía.

Vio ante sí a un hombre bien constituido, de unos treinta y cinco años de edad, espeso cabello negro y rizado, ojos del mismo color, rostro cuadrado, nariz grande y carnosos labios. Las mujeres debían de encontrarle atractivo, pensó el agente especial. Su piel atezada tenía además el curtido del sol. Pero lo más revelador eran los ojos: tenían esa particular mirada de quien ha pasado largos años escrutando horizontes al acecho de una columna de polvo delatora, o el cielo en busca de una mota, o un contenido movimiento entre las rocas, o el destello del cañón de un arma en portales y ventanas. Tal era la actividad a que se habían entregado aquellos ojos probablemente desde la niñez. En cuanto a la nacionalidad de su dueño, ¿quién hubiera podido determinaría? Procedía de algún país del Cercano Oriente, pero resultaba imposible precisar de cuál: Jerusalén, Beirut o El Cairo. «Seguramente hay en él una mezcla de orígenes», pensó Bond. Y de nuevo preguntó:

– ¿Quién imparte esas enseñanzas?

El joven alzó una ceja.

– Quién sabe, míster Bond. A lo mejor llega usted a descubrirlo -su sonrisa no estaba exenta de cordialidad-. Y ahora hemos de ponernos en marcha -continuó-, y no tengo la seguridad de que vaya a estarse usted quietecito -soltó una breve risa-. Como además tengo la impresión de que mis superiores le prefieren vivo que muerto, ¿quiere hacer el favor de quitarse la chaqueta y subirse una de las mangas de la camisa?

Otras dos siluetas se alzaron entre los matorrales al mismo tiempo que, enfundando la pistola, el jefe del grupo se sacaba del bolsillo una caja rectangular.

Uno de los recién llegados ayudó a quitarle a Bond la chaqueta, mientras el otro le apoyaba con firmeza las manos en los hombros. Él no opuso resistencia, y dejó que le arremangasen. El jefe del grupo, entretanto, había llenado una jeringuilla hipodérmica; le dio la vuelta, de forma que la aguja quedase hacia arriba, y de su punta surgió entonces un chorrillo de líquido incoloro que formó un breve arco en el aire. Bond sintió a continuación un aguijonazo en la parte alta del brazo.

– Descuide -dijo con una sonrisa el que comandaba el grupo-. Le aseguro que nuestro interés es conservarle vivo.

Alguien soltó una risotada, y otro hizo un comentario en una lengua que el agente especial no supo identificar. Ni siquiera percibió la inoculación del líquido.

Al principio le pareció que iba en un helicóptero, tendido boca arriba y sobre la caja de un motor que trepidaba. Oyó el voltear de las palas del rotor. Y luego, de muy lejos, le llegó un tableteo de armas automáticas. Entonces, y por cierto espacio de tiempo, volvió a distanciarse, como arrastrado por una corriente, hasta que de nuevo le invadió la sensación de estar en un helicóptero, y con ella percibió una serie de explosiones, violentas y cercanas.

Al abrir los ojos, vio un ventilador que giraba lentamente en el techo, y cobró conciencia de estar entre paredes blancas, tendido en una sencilla cama metálica y vestido por completo.

Se incorporó sobre un brazo. Su estado físico era bueno: no sentía náuseas ni dolor de cabeza, y fijaba normalmente la mirada. Extendió ante sí una mano, desplegando los dedos. El pulso era firme. La habitación, por completo vacía de muebles exceptuada la cama, tenía una sola puerta y una única ventana, ésta enrejada en el exterior y con una retícula por dentro. El sol se filtraba tímidamente por esa abertura.

En el momento en que echaba los pies al suelo, se hizo audible otra explosión lejana. Se irguió. Las piernas le aguantaban. Echó a andar hacia la puerta. Recorrida la mitad del camino, volvió a oír tableteo de ametralladoras…, de nuevo distante. La puerta estaba cerrada con llave, y la retícula de la ventana apenas permitía ver nada. Con ese fin la habían aplicado. Se trataba de una lámina de lo que parecía papel adhesivo. Pegada a los cristales, impedía también que éstos se fragmentasen por efecto de las explosiones.

De una cosa estaba seguro: no se encontraba en Inglaterra. La temperatura reinante en el cuarto, pese a la acción del ventilador, no era de las que se conocen en Inglaterra aun en los más espléndidos veranos. Los disparos de armas de pequeño calibre, puntuados a ratos por una explosión, le llevaron a pensar que estaba en alguna zona de guerra.

Tanteó de nuevo la puerta, y luego inspeccionó la cerradura. Era sólida, bien construida y más que segura. Y podía dar casi por cierto que también del otro lado existían cerrojos.

Se revisó metódicamente los bolsillos, pero nada había en ellos. Le habían dejado limpio, sin olvidar siquiera el reloj. Miró la cama. Su bastidor parecía de una sola pieza. Estaba seguro de que, disponiendo del tiempo suficiente -y de alguna suerte de palanca- podría haber desprendido un trozo de recio alambre de los muelles; pero la tarea se presentaba ardua, y no tenía forma de saber cuánto tiempo le dejarían solo.

«En la duda, abstenerse», pensó.

Regresó a la cama y, tendido en ella, pasó revista a los acontecimientos de que todavía guardaba clara memoria. La tentativa de huir con los programas del ordenador. La acción de echarlos en el buzón. Los coches lanzados tras de él. El bosque y su captura. La jeringuilla. Sólo él había disparado. Alcanzando sin duda -y quizá matando- a uno del grupo. Sin embargo, y aparte las precauciones del caso, los demás habían puesto empeño en que él no recibiera daño alguno. Podía existir una relación entre el trance en que se hallaba y su visita a Jay Autem Holy, pero no forzosamente. «No des nada por sentado. Espera a los acontecimientos. Prepárate para lo peor.»

A ese propósito dedicó los próximos minutos, quizá veinte. Por fin oyó ruido de pisadas. Poco audibles, como si las acallara un pavimento de tierra. El paso, sin embargo, era inconfundiblemente militar. Detrás de la puerta rechinaron cerrojos. Giró una llave en la cerradura. Abrieron.

Vislumbró arena, bajas edificaciones blancas y dos hombres armados, de uniformes verde oliva. Otro sujeto entró en el cuarto. Era el mismo que le había administrado la inyección en el bosquecillo del Oxfordshire. Ahora también él vestía uniforme, del mismo tono de verde, pero desprovisto de insignias y demás distintivos de rango. Calzaba botas especiales para el desierto y del lado derecho del cinto le colgaba un revólver de grueso calibre. En el lado opuesto pendía un largo cuchillo envainado. Iba tocado con un kefiyé color castaño claro, casi de factura casera, que sujetaba con un cordón rojo. Uno de los dos hombres que montaban guardia en el exterior tendió un brazo y cerró la puerta tras el recién llegado.

– ¿Ha dormido bien, míster Bond?

Lo preguntó con una sonrisa que era casi contagiosa. Al encontrar su mirada, Bond recordó las impresiones que le habían producido aquellos ojos.

– La verdad es que hubiera preferido estar despierto.

– Pero ¿se encuentra bien? ¿No nota molestias?

Bond negó con la cabeza.

– Bien. Me llamo Simon -vivaz, dinámico, le tendió una mano que Bond no tomó-. No le reprochamos lo ocurrido a nuestro compañero -continuó, tras una breve pausa-. Porque le mató usted, por si no lo sabía. Claro está que se le pagaba por arriesgar la vida -se encogió de hombros-. Temo que le hayamos subestimado a usted. Culpa mía. A nadie se le ocurrió que pudiera llevar armas. Bien mirado, ya no está en la profesión. Pensé que si iba usted armado sería por pura nostalgia, y nada tan mortífero, desde luego, como aquel artefacto. Que por cierto es nuevo para nosotros. ¿De qué se trata exactamente?

– Me llamo James Bond. Ex comandante de la Armada Real y ex funcionario de los Servicios Extranjeros. En la actualidad retirado.

Una mueca de desconcierto frunció por un instante el rostro de Simon.

– Ah, ya entiendo: nombre y rango, y ni una palabra más -soltó una risa monocorde-. Siento desilusionarle, comandante Bond; no es un prisionero de guerra. Cuando se nos escapó usted en aquel espléndido automóvil, no teníamos manera de hacerle saber que nuestro cometido era el de emisarios amistosos. En relación con un posible empleo.

– De ser así, podrían haberlo gritado. La voz se difunde con mucha claridad en los bosques.

– ¿Y nos habría creído usted?

Se produjo un silencio.

– ¿Lo ve? No; dudo que nos hubiera creído. Por eso no nos quedaba más camino que traerle aquí, sano y salvo, recurriendo a la fuerza sólo en medida indispensable.

Bond reflexionó un instante.

– Exijo saber dónde estoy y quiénes son ustedes.

– A su debido tiempo. Todo a su…

– ¿Dónde estoy? -le atajó Bond cortante.

– En Erewhon [13] -Simon rió entre dientes-. Nos gustan los nombres cifrados, ¿sabe? Cuestión de seguridad… y de paz de espíritu. Por si rechazase usted nuestra oferta o, ¿por qué no?, resultase no ser del todo la clase de hombre que necesitamos. Así pues, este lugar se llama Erewhon. Y ahora, si tiene la bondad, el oficial de mando desea hablar con usted.

Bond echó los pies al suelo lentamente, al tiempo que asía a Simon de la muñeca. La mano libre de su interlocutor voló a la culata del revólver.

– Comandante, yo no le aconsejaría…

– Descuide, no voy a atacarle. Es que no recuerdo haber solicitado ningún empleo. A nadie.

– Ah, ¿es eso? Sí, claro; no lo ha solicitado -confirmó Simon en tono ingenuamente burlón-. De todas formas, una cosa es cierta: está sin trabajo. ¿No es así, comandante Bond?

– En efecto.

– Y no es usted, por naturaleza, un hombre ocioso. Nosotros quisimos… ¿Cómo lo diría yo…? ofrecerle una oportunidad.

Bond miró de hito en hito a Simon.

– ¿Y no habría sido más civilizado hacerlo en Inglaterra, por invitación, y no secuestrándome?

– El oficial de mando de Erewhon desea hablar con usted -insistió Simon con una sonrisa cautivadora, como si eso lo explicara todo.

Bond hizo como silo meditara un momento, y luego asintió.

– Está bien. Me entrevistaré con él.

– Estupendo.

Simon tabaleó a la puerta, que uno de los que aguardaban afuera abrió. Al salir ellos del cuarto, los dos guardianes flanquearon al agente especial. Éste olisqueó el aire. Era caliente pero seco. Y pobre en oxígeno. Tenían que estar muy por encima del nivel del mar. Por lo demás, se encontraban en una pequeña hondonada entre montañas. A un lado formaban éstas dos elevaciones redondeadas, como senos femeninos, pero de seca tierra revuelta con rocas. El resto del círculo ofrecía un aspecto más áspero, con cimas y picachos que alcanzaban alturas de algunos centenares de metros, e impresionantes peñascos.

El sol estaba alto, casi en el cenit. Una serie de chatos edificios blancos ocupaban el arenoso fondo de la hondonada, en una larga hilera y dispuestos en forma de una gran E. Donde el terreno se elevaba, y recostadas en la pendiente, había otras edificaciones de parecido aspecto, aunque repartidas con un criterio menos simétrico. Simon se encaminó hacia ellas, distantes unos quinientos o seiscientos metros.

De algunos de los edificios menores emanaba humo. Bond vio a su izquierda un campo de tiro, y en él un grupo de hombres uniformados haciendo instrucción. Por el lado de las colinas onduladas, entre un grupo de desventradas casas de ladrillo que casi parecían europeas, sonaron de improviso violentas explosiones punteadas por disparos de armas ligeras. En medio de las destruidas viviendas cruzaron fugaces siluetas, como de hombres enzarzados en una batalla urbana.

Al volverse, atraído por el estruendo, Bond advirtió asimismo una especie de casamata hundida en la cima de una de las elevaciones. Un puesto defensivo, pensó, y casi inexpugnable desde el aire, aunque quizá podría accederse a él mediante helicópteros.

– ¿Qué le parece nuestro Erewhon? ¿Le gusta? -preguntó Simon animadamente.

– Depende de lo que hagan ustedes aquí. ¿Organizan visitas turísticas?

– Poco menos que eso -replicó en tono al parecer muy divertido.

Habían llegado a un edificio de las dimensiones de un modesto bungalow. A la derecha de la puerta, en una placa pulcramente rotulada en varios idiomas, entre ellos el hebreo y el árabe, se leía OFICIAL DE MANDO. Entraron en una pequeña antesala, que Simon cruzó para llamar a una puerta situada al otro extremo. No había otra en la estancia.

«Entre», dijo una voz. Con un ademán elocuente, Simon anunció en tono marcial:

– El comandante James Bond, señor.

Después de todo lo ocurrido, y ante la minada de preguntas insatisfechas que se planteaba a sí mismo, a Bond no le hubiera sorprendido encontrarse con el general Zwingli al trasponer aquella puerta. Pero viendo al hombre que se hallaba sentado a la mesa plegable que presidía el espacioso despacho, se quedó sin aliento. Y no era que aquel personaje no guardara cierta relación con Zwingli, pues la última vez que le había visto se encontraba en compañía de él, en la salle privée del casino de Montecarlo.

– Entre, comandante Bond. Entre usted. Bien venido a Erewhon -dijo Tamil Rahani-. Tenga la bondad de sentarse. Simon, acérquele una silla al comandante.

11. Terror de alquiler

La habitación estaba amueblada funcionalmente: su mesa plegable, el archivador y las cuatro sillas eran la clase de equipo que se hubiera podido encontrar en cualquier almacén de intendencia de cualquier parte del mundo.

Los muebles reflejaban, al parecer, el carácter de Tamil Rahani. Visto en Montecarlo, a cierta distancia y por breve tiempo, Bond había creído descubrir en él lo que en cualquier otro próspero hombre de negocios: cuidada indumentaria, agudeza, suavidad de modales y confianza en sí mismo. Observado de cerca, la seguridad seguía apreciándose claramente; en cuanto a los suaves modales, se quedaban en la superficie: la impresión dominante era de energía, una energía contenida y canalizada. Recordaba la especie de disciplina personal que caracteriza a todo jefe militar de talla: una especie de sosiego que esconde una decidida e inquebrantable resolución. Rahani respiraba a un tiempo autoridad y segura confianza en sus dotes.

Mientras Simon le acercaba la silla y se procuraba otra para él, Bond echó una rápida ojeada a su alrededor. Las paredes del despacho estaban cubiertas de mapas, gráficos y grandes carteles de aviones, barcos, carros de combate y otros vehículos acorazados, vistos de perfil. Había también una serie de organigramas cuyos indicadores verdes, rojos y azules eran la única nota de color apreciable en la espartana estancia.

– ¿Es posible que le haya visto en alguna otra parte? -preguntó Bond, cuidando de observar la cortesía militar, pues una aureola de peligroso poder envolvía a Rahani.

El otro rompió a reír, la cabeza echada un poco hacia atrás.

– Es posible que haya visto fotos mías en la prensa, comandante -replicó risueño-. Más tarde podemos tratar ese tema. Ahora preferiría que hablásemos de usted. Nos ha sido recomendado en términos muy elogiosos.

– ¿De veras?

Rahani se golpeó los dientes con un lápiz. Era la suya una dentadura perfecta, de piezas blancas y regulares. El bigote que le adornaba el labio estaba pulcramente recortado.

– Permítame que sea totalmente franco, comandante. Nadie sabe si es usted digno de confianza. Lo único que les consta a las principales agencias de espionaje es que, durante mucho tiempo, ha sido usted agente especial de los Servicios Secretos británicos. En fechas recientes dejó usted de pertenecer a ellos. Se rumorea que presentó su dimisión empujado por el despecho -dijo con una especie de carraspeo interrogativo-. Pero también se afirma que un agente del SIS, de la CIA, del Mossad o de la KGB jamás abandona el servicio para operar por su cuenta. ¿Es ésa la expresión correcta? ¿Operar por su cuenta?

– Es la que emplean los autores del género -respondió Bond, determinado a mantener su actitud de indiferencia.

– Bien -continuó Rahani-, hay muchísima gente interesada en averiguar la verdad. Son varios los Servicios Secretos que desearían establecer contacto con usted. Y uno de ellos estuvo a punto de hacerlo, pero luego se arredró, pensando que, a la larga, y por más contrariado que pudiera usted sentirse, una vez puesto a prueba terminaría por devolverle su lealtad a quien siempre se la había tenido.

Siguió un silencio, que Bond arrostró con expresión inmutable, hasta que el oficial de mando tomó de nuevo la palabra.

– Una de dos, comandante: o bien es usted un óptimo actor que desempeña un papel siguiendo instrucciones, o es auténtica su postura. Lo que nadie discute son sus extraordinarias dotes profesionales. Y que está usted sin trabajo. De ser ciertos los rumores relacionados con su dimisión, es una pena dejar que continúe inactivo. Mi propósito al traerle aquí es verificar esos rumores y, quizá también, ofrecerle un empleo. ¿Le gustaría trabajar? En el terreno de la información secreta, se entiende…

– Eso depende -replicó Bond con voz átona.

– ¿De qué? -le atajó Rahani en tono vivo, dejando traslucir al hombre autoritario que había en él.

– Del trabajo -el semblante del agente especial había perdido una pizca de su tensión-. Mire usted, no quisiera parecerle brusco, pero se me ha traído aquí en contra de mi voluntad. Por otra parte, mi anterior trabajo es sólo cuenta mía y, supongo, de la gente a quien presté mis servicios. Para serle sincero, estoy tan harto de la profesión, que no tengo la menor certeza de querer volver a ella.

– ¿Ni siquiera como asesor? ¿Con unos honorarios muy elevados? ¿Con escasas obligaciones y riesgo personal todavía más escaso?

– La verdad es que no lo sé.

– Pero ¿estaría dispuesto a estudiar una oferta?

– Nunca las rechazo por principio.

Rahani hizo una larga inspiración y dijo:

– Unos ingresos de más de doscientas cincuenta mil libras por año. Algún que otro viaje apresurado, para prestar asesoramiento en terceros países. Cada dos meses, una semana de conferencias aquí.

– ¿Dónde es aquí?

Por primera vez, una mueca de disgusto contrajo el semblante de Rahani. Le respondió con las mismas palabras que había empleado Simon momentos antes.

– Todo a su debido tiempo, comandante. A su debido tiempo.

– Asesoramiento ¿sobre qué? Conferencias ¿sobre qué?

– Las conferencias, sobre la estructura de los Servicios Secretos británicos y sus métodos. El asesoramiento, sobre aspectos informativos y de seguridad de ciertas operaciones.

– Operaciones desarrolladas ¿dónde y por quién?

Rahani desplegó las manos ante sí.

– Eso estará en función de las circunstancias. Y variará con las propias operaciones. Mire usted, la organización que dirijo no está casada con país, grupo humano o ideología alguna. Somos… (ya sé que se trata de una palabra muy manoseada, pero es la única posible en este caso)…somos apolíticos.

Bond permaneció a la expectativa, con el aire de quien no quiere comprometerse todavía. Fue Rahani quien tuvo que capitular finalmente.

– Soy un soldado. En mis tiempos fui mercenario. Y también me he situado, con muchísimo éxito, en el mundo de los negocios. Tenemos, creo yo, algunas cosas en común. Entre ellas, la afición por el dinero. Tiempo atrás, con unas cuantas personas de mentalidad afín a la mía, vimos la posibilidad de conseguir beneficios muy sustanciosos entrando en el negocio del mercenariado. Apolítico como soy y no teniendo deudas contraídas con ninguna ideología ni creencia, resultó fácil. Son numerosos los países y grupos revolucionarios que necesitan especialistas: un hombre o varios o, incluso, una organización de ellos, con efectivos humanos capaces de llevar a término un plan.

– ¿Terrorismo de alquiler? -preguntó Bond con una pizca de repugnancia-. Quien no se atreve a ejecutar algo, lo encarga a terceros más osados.

– Lo expresa usted muy bien, comandante Bond. Pero le sorprendería comprobar que las organizaciones terroristas no son nuestros únicos clientes. También se han dirigido a nosotros gobiernos legalmente constituidos. De todas formas, y dada su condición de antiguo agente de los Servicios Secretos, política e ideales son un lujo que no puede usted permitirse.

– Puedo permitirme el de desaprobar ciertos ideales. Y el de oponerme a ellos con profunda aversión.

– Y si nuestros informes son correctos, ese tipo de aversión es la que le inspiran los métodos de los Servicios Secretos tanto británicos como norteamericanos, ¿es así?

– Digamos, sin más, que me defrauda el que, después de tan largos años de fiel dedicación, un organismo oficial pueda ponerme en entredicho.

– ¿Y no ha pensado en ningún momento en el placer de la venganza?

– Mentiría si dijese que no me ha pasado por el pensamiento; sin embargo, nunca ha llegado a convertirse en una obsesión. No soy rencoroso.

– Nosotros necesitamos un colaborador decidido. ¿Comprende lo que quiero decir?

A modo de interrogación, produjo el carraspeo de antes. Bond asintió, y seguidamente dijo que no era un necio: una vez revelados la existencia y los propósitos de su organización, Tamil Rahani no tenía más remedio que decidirse con respecto a él. Si le ofrecía un empleo y él lo aceptaba, no surgiría problema alguno. En cambio, si resolvía que su persona representaba un riesgo, o que sus móviles no estaban claros, el desenlace podía ser sólo uno.

Oída su exposición hasta el fin, Rahani indagó:

– Siendo así, ¿le importa que le haga unas cuantas preguntas pertinentes?

– ¿Qué entiende usted por pertinentes?

– Relacionadas con el tipo de cosas que no trataría usted con la prensa. Quiero saber, comandante, el verdadero motivo de su dimisión. Creo que en su momento la atribuyó a disensiones entre departamentos. Se formularon acusaciones que, si bien acabaron siendo retiradas, usted tomó muy en serio.

– ¿Y si opto por no hablar de eso?

– No me dejará más salida, amigo mío, que considerarle indigno de confianza. Conclusión que podría tener consecuencias desagradables -añadió Rahani con una sonrisa.

Bond acometió el proceso de fingir que meditaba la situación. «M», Bill Tanner y él habían elaborado conjuntamente una versión de los hechos verosímil hasta cierto punto. Tanto confirmarla como refutarla exigiría acceder a información reservada, en poder del departamento jurídico, que contaba entre su personal con una serie de experimentados jurisconsultos. A esa información habría que añadir la de otras tres personas, empleadas en el registro, y la de una cuarta que pudiese consultar fácilmente toda la documentación archivada en el departamento 5.

– De acuerdo -dijo Bond al cabo de unos segundos, asintiendo con la cabeza-. Si quiere saber la verdad…

– En efecto, comandante Bond. Le escuchamos -repuso Rahani con voz tan suave como su actitud.

Refirió la historia tal como la habían urdido en el despacho de «M». Unos seis meses antes se había descubierto en las oficinas centrales del Servicio la desaparición, sólo durante las horas nocturnas, de una serie de delicados expedientes. El hecho no era nuevo, y técnicamente resultaba posible, pese a las rigurosas medidas de seguridad y a la necesidad de regularizar mediante firma la entrega y recepción de archivos. El sistema, con todo, estaba sometido a una segunda vigilancia electrónica, en función de contraseñas codificadas existentes en todas las carpetas, y que se registraban cuantas veces se retiraba o devolvía una de aquéllas. Los expedientes pasaban por una máquina que leía el código y lo transmitía al banco de datos del registro, el cual se examinaba todos los finales de mes. Alterar las contraseñas codificadas o sacar copia de ellas hubiera sido imposible. Lo que cualquiera podía hacer, en cambio, y puesto que las extensas cintas del ordenador no se comprobaban más que a final de mes, era devolver todas las noches un falso expediente y sustituirlo a la noche siguiente por el original. De tal forma, y alternando originales y expedientes ficticios, era posible examinar una veintena de aquéllos en un mes, antes de que se descubriese el amaño. Y era eso lo que había ocurrido, sostuvo Bond, si bien el registro empleó tanto tiempo en confrontar y verificar datos, pensando que la irregularidad tenía que ver con un error de programación, que hubo de transcurrir otra semana antes de que llegase el informe al jefe del Servicio.

En total eran sólo ocho los expedientes extraídos de forma clandestina. El hecho, sin embargo, era que en las fechas en cuestión Bond figuraba entre las personas con acceso a los archivos. Y aunque eran cinco los sospechosos, fue a él a quien interrogaron en primer lugar.

– Cuando lo normal, dados mi rango y antigüedad, habría sido concederme la cortesía de una entrevista con el jefe del Servicio -señaló en tono que orillaba la cólera-. Pero no; al parecer, carecía de importancia el hecho de que los otros cuatro fuesen agentes de experiencia relativamente escasa y sin hechos de armas en su historial. Era como si se me singularizase a mí a causa de mi grado, de mis antecedentes, de mi experiencia.

– ¿Y llegaron a acusarle formalmente? -la pregunta fue esa vez de Simon.

Bond dejó que la ira cobrase intensidad y saliera a la superficie.

– Oh, sí. ¡Sí: me vi acusado! Aun antes de haber hablado con los demás, me echaron encima a un par de habilísimos interrogadores, además de un fiscal de la Corona. «Retiró usted de las oficinas centrales esos expedientes, comandante Bond. ¿Por qué? ¿Sacó copia de ellos? ¿Quién le pidió que los extrajese de los archivos?» Y así durante dos días.

– ¿Y había usted sacado esos archivos de las oficinas, comandante?

– En absoluto -respondió Bond, gritando casi-. Les llevó otros dos días interrogar a los restantes sospechosos, y pasó un tercer día antes de que el jefe del registro recordase que uno de los funcionarios había recibido permiso especial para sacar los dichosos expedientes, que debía estudiar uno de los mandatarios del Servicio, asesor del Ministerio. Habían dejado espacios en blanco en el libro de salidas, a fin de hacer cuadrar los datos. En principio, el jefe del Servicio habría tenido que sentar ese hecho en el banco de datos, pero se encontraba de permiso y lo olvidó. Nadie arremetió contra él, ni mucho menos se pidió su cabeza.

– De manera que no había desaparecido ningún expediente… Supongo que le ofrecerían una satisfacción.

– No de inmediato -respondió Bond con furia algo pueril-. Ni a nadie pareció importarle en absoluto lo que yo sintiera. Por lo visto, el jefe del Servicio ni siquiera llegó a comprender que me considerase ofendido.

– De modo que presentó usted su dimisión. ¿Así, sin más?

– Eso podríamos decir.

– Una explicación excelente -determinó Tamil Rahani con aire satisfecho-. Pero difícil de probar, según mi experiencia de las oficinas gubernamentales.

– Muy difícil -reconoció Bond.

– Y dígame, ¿a quién se referían los protocolos en cuestión?

– ¡Vaya! -replicó el agente especial, esforzándose en resultar simpático-. Lo que ahora me pide es una traición.

– En efecto -dijo Rahani con la mayor naturalidad.

– Principalmente contenían información actualizada acerca del despliegue de efectivos tácticos del bloque soviético. Uno se refería a agentes destacados cerca de bases orientales.

Rahani frunció el entrecejo.

– Un asunto delicado, no hay duda. Bien, comandante, haré unas cuantas indagaciones. Entretanto, Simon puede enseñarle Erewhon, y luego procederemos a otras pequeñas entrevistas.

– ¿Interrogatorios, quiere decir?

– Como prefiera -Rahani se encogió de hombros-. Su porvenir depende de lo que nos diga ahora. La cosa no puede ser más sencilla.

Camino ya de la puerta, Bond se volvió.

– ¿Me permite que le haga yo una pregunta?

– No faltaría más.

– Guarda usted un extraordinario parecido con cierto señor Tamil Rahani, presidente de la Rahani Electronics. ¿Es posible que nos hayamos visto anteriormente en Montecarlo?

El otro rió con toda la cordialidad de una cobra enfurecida.

– Debiera constarle a usted, comandante. Si no recuerdo mal, en esos momentos estaba usted organizando una bonita polvareda en las mesas de juego de la Costa Azul.

– No recuerda usted mal.

Bond salió, precedido de Simon, al soleado exterior.

Primero se dirigieron al comedor, donde unas ochenta personas estaban almorzando pollo guisado con pimientos, cebolla, ajo y almendras. Todos vestían el mismo uniforme, color verde oliva. Algunos portaban armas. Había hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes y de nacionalidades muy diversas. Ocupaban mesas de dos o de cuatro. El entrenamiento así lo exigía, explicó Simon: trabajaban en pareja o por equipos. En ocasiones, si lo aconsejaba el trabajo, se reunían dos equipos. Algunos de los que ocupaban mesas de dos estaban siendo adiestrados para actuar en solitario.

– ¿En qué actividades? -quiso saber Bond.

– Oh, las habituales: voladuras, secuestros, ajustes de cuentas, represalias…; lo que usted quiera. Tenemos especialistas para todo: electricistas, mecánicos, conductores, incluidas las tareas más rutinarias.

La conversación se desarrollaba en distintas lenguas, entre las cuales Bond reconoció el alemán, el francés y el italiano. Su cicerone le aseguró que también había israelíes irlandeses e incluso ingleses. Bond reconoció de inmediato a un par de terroristas alemanes cuyas filiaciones figuraban en los archivos del Servicio, en los del MI5 y en los de Scotland Yard.

– Si quieren evitarse problemas de identificación -le dijo a Simon en voz baja-, yo no emplearía a esos dos en Europa. Son archiconocidos donde no conviene.

– Le agradezco la advertencia. Preferimos gente sin pasado, y ese par me daba mala espina. Aunque todos los que vienen aquí tienen sus antecedentes, no nos gustan las celebridades -Lo dijo con una sonrisa de connivencia-. Lo cual no impide que las necesitemos. Ya sabe: siempre se producen bajas. Y durante el entrenamiento pueden resultar muy útiles.

Pasaron el resto de la tarde recorriendo la bien equipada zona de prácticas. A Bond le embargaba la extraña sensación de haber visto todo aquello con anterioridad. Le llevó cosa de una hora determinar el porqué: a aquellos hombres y mujeres se les enseñaban técnicas que él había visto emplear al SAS, al GSG-9 alemán, al GIGN francés y a varios otros grupos de elite aplicados a la lucha antisubversiva. Con una diferencia: a los reclutas de Erewhon se les formaba en la neutralización de las medidas contraterroristas.

Aparte el adiestramiento en el manejo de armas de todo tipo, se dedicaba especial atención a las técnicas de secuestro aéreo y pilotaje de aparatos. Incluso existían en el complejo dos simuladores de vuelo. Otro edificio se consagraba en exclusividad a impartir enseñanza sobre técnicas de negociación con las autoridades durante secuestros y tomas de rehenes. Los métodos se trataban de forma exhaustiva.

Uno de los supuestos tácticos más espectaculares se practicaba en la zona de casas destruidas que anteriormente habían atraído la atención de Bond. Se instruía allí a los hombres, por equipos de cuatro, sobre la forma de contrarrestar toda clase de medidas de rescate. Resultaba turbador ver que se consideraban todas las modalidades conocidas de las técnicas antiterroristas.

Bond durmió aquella noche en el mismo desnudo cuarto en que había despertado a su llegada a Erewhon. Al día siguiente se iniciaron los interrogatorios, que habrían de desarrollarse conforme al clásico cara a cara, Rahani formulándole a Bond preguntas aparentemente inocuas que en realidad buscaban arrancarle información reservada, relativa al Servicio.

Comenzó Rahani en forma bastante inofensiva, interesándose por temas tales como la organización y los canales de mando. Pronto, sin embargo, se hizo necesario pormenorizar, y Bond tuvo que echar mano de todo su natural ingenio a fin de dar la impresión de que lo revelaba todo, aunque en realidad callase los datos verdaderamente vitales.

Rahani era como un perro de presa: convencido ya Bond de que había logrado escamotearle una información determinada, el otro volvía a la carga por tortuosos derroteros y abordaba de nuevo la cuestión planteada. Resultaba claro y manifiesto que una vez les hubiese revelado lo que les interesaba, Bond sería arrojado a los lobos.

Al sexto día, y remachando siempre el mismo clavo, Rahani se esforzaba en sonsacarle a su huésped sobre medidas de seguridad empleadas en la protección del primer ministro, la reina y otras personas de la familia real.

Aunque nada de todo ello era competencia personal de Bond ni tampoco del Servicio, su interlocutor daba por sentado que el agente especial sabría no poco al respecto. Llegó a solicitarle los nombres y las debilidades que se les sospechaban a las personas encargadas de aquella labor, juntamente con detalles de su programa de trabajo. A eso de las cinco de la tarde, entraron en el despacho con un mensaje. Rahani lo leyó y, después de doblar lentamente el papel, se volvió hacia Bond.

– Bien, comandante; parece que su estancia aquí ha tocado a su fin. Tenemos trabajo para usted en Inglaterra. Finalmente va a materializarse algo muy importante, y usted ha de intervenir en ello. Percibirá honorarios a partir de este momento.

Descolgó uno de los teléfonos y pidió a Simon que se presentara cuanto antes. Bond había reparado ya que en Erewhon a todo el mundo, excepto al oficial de mando, se le llamaba por el nombre de pila.

– El comandante Bond se incorpora a nuestras filas -le anunció a Simon-. Hay un trabajo para él, y mañana sale hacia Inglaterra. Tú le acompañarás -dijo. Y habiendo intercambiado una extraña mirada con su ayudante, agregó-: Pero ocurre, Simon, que aún no hemos visto en acción a nuestro gallardo comandante. ¿Qué te parece la idea de someterle a la prueba del osario?

– Estoy seguro de que a él le agradaría, señor.

Osario era el nombre que, en un rasgo de humor negro, aplicaban a las semiderruidas construcciones en que se adiestraban los hombres para combatir las ofensivas antiterroristas. Salvada la corta distancia que les separaba de aquel paraje, Simon se retiró a fin de organizar, dijo, los preparativos necesarios. A su regreso, diez minutos más tarde, condujo a Bond al interior de una de las casas.

Aunque del edificio no quedaban más que las paredes, y éstas mostraban la huella de numerosas batallas simuladas, la construcción era de extraordinaria solidez. Un amplio recibidor se abría tras la maciza puerta principal. Dos cortos pasillos, a derecha e izquierda, conducían a espaciosas estancias de desnudo suelo peto dotadas todavía de algunos muebles. Una bien construida escalera terminaba en un rellano con una única puerta. De ella partía un largo corredor que cruzaba de un extremo al otro la casa. En la pared del fondo, dos nuevas puertas daban acceso a habitaciones situadas exactamente encima de las que existían en la planta.

Mientras acompañaba a Bond al piso alto, Simon explicó:

– Intervendrá un grupo de cuatro hombres. Como es natural, utilizarán munición de fogueo, pero junto con ella, granadas de zapatazo auténticas -se refería a bombas de mano cuyo efecto aturdidor no era agradable de experimentar-. La información que puedo darte es que tus agresores saben que estás por el piso superior -sacó la ASP 9 mm de Bond-. Bonita arma, James. Muy bonita. ¿A quién se le ocurriría pensar que tiene la potencia de una Magnum calibre 44?

– Has estado trasteando con mis juguetes…

– La tentación era demasiado fuerte. Aquí tienes… dos cargadores de balas de fogueo. Usa tu iniciativa, James. Y buena suerte -consultó su reloj-. Dispones de tres minutos.

Tras proceder a un rápido reconocimiento del edificio, Bond se situó en el corredor de arriba, que carecía de ventanas. Permanecía cerca de la puerta que daba al rellano, aunque bien escudado por la pared del pasillo. Acababa de acuclillarse junto a ella, cuando abajo, en el recibidor, estallaron con formidable estruendo dos granadas aturdidoras. A la conmoción producida por la onda de choque siguieron varias ráfagas de armas automáticas. Los proyectiles desconcharon el enlucido e hirieron la mampostería del otro lado de la pared, al tiempo que una segunda explosión casi desgoznaba la puerta.

La munición que empleaban no era de fogueo, sino auténtica. Y Bond se dio cuenta, súbitamente sobrecogido, de que estaba ocurriendo lo que antes imaginara: le arrojaban a los lobos.

12. Devuélvase al remitente

Del piso bajo llegaron dos nuevas explosiones, seguidas por otra cerrada ráfaga de disparos. El segundo equipo de dos hombres estaba despejando la planta. Bond oyó las pisadas del primer equipo, resonando en la escalera. En cuestión de segundos se escenificaría en el rellano la danza de la muerte. Por la puerta que se abría a su derecha arrojarían un par de granadas aturdidoras o dos botes de humo, y a continuación el fuego de las armas barrería el corredor, con lo que él emprendería el corto viaje hacia la eternidad.

La voz de Simon le resonaba en el interior de la cabeza, como surgida de un disco rayado: «Usa tu iniciativa… Usa tu iniciativa…». ¿Qué era aquello? ¿Una pista, una clave? Porque estaba claro que lo había dicho con intención…

«Muévete.» Y Bond echó a correr pasillo adelante, hacia la habitación situada a su izquierda. Pensaba de forma vaga en la posibilidad de saltar la ventana. Cualquier expediente le parecía válido con tal de escapar a la mortífera granizada de balas.

Entró velozmente en el cuarto y, tratando de hacer el menor ruido posible, cerró la puerta y pasó el pequeño pestillo. Cruzaba ya la pieza, en dirección a las ventanas, cuando, al rodear una silla, los vio: dos cargadores para ASP, negros rectángulos de metal mate y cantos redondeados, abandonados en la desvencijada mesa que separaba los dos altos ventanales. Los retiró de un manotazo, y vio al momento que se trataba de sus propios repuestos, con todo su contenido de balas Glaser.

Existe un método específico para cargar una ASP, mediante un rápido movimiento que, desalojando el peine gastado, permite sustituirlo por otro nuevo. Bond realizó esa operación en no más de cinco segundos, y ese espacio de tiempo le alcanzó además para comprobar que la primera bala había entrado en la recámara.

Pero cargó el arma en movimiento, camino de la puerta, junto a la cual se apostó, pegado a la pared de la izquierda. El equipo avanzaría disparando, una vez las granadas hubieran surtido su efecto desorientador: un hombre por la derecha y el otro por la izquierda. Bond contaba, sin embargo, con que los primeros tiros se perderían en la habitación.

Pegado a la pared, empuñó con ambas manos la pequeña y poderosa arma, sujetando al mismo tiempo el cargador de reserva como si fuese una extensión de la propia culata, y tendió ante si los brazos.

Los asaltantes se encaminaban directamente hacia aquella habitación. Bond había seguido, por el estruendo y las explosiones, las etapas de su rudimentaria ofensiva a partir de la puerta del rellano. Una rociada de balas astilló a su derecha la carpintería de la puerta. Una bota destrozó la cerradura e hizo saltar el endeble pestillo. Simultáneamente arrojaron dos granadas al interior del cuarto, una de las cuales rodó por el desnudo entarimado una fracción de segundo. Y luego se produjo el estallido.

Ladeó la cabeza y cerró los ojos a fin de evitar el peor efecto de las granadas aturdidoras -la ceguera temporal que causa el fogonazo-, pero nada pudo hacer por sustraerse a la detonación que, como si ocurriese en el interior de su cráneo, le hizo retumbar la cabeza y desató en sus oídos timbrazos ensordecedores. Tanto, que no percibió ningún otro ruido: ni el de su pistola, al disparar, ni el mortífero tableteo de las metralletas que accionaron los dos hombres del primer equipo mientras avanzaban por entre la humareda.

Bond actuó por puro reflejo. Localizadas en el visor de la pistola las dos minúsculas siluetas que trasponían la puerta, oprimió dos veces el gatillo, verificó de nuevo la puntería y volvió a disparar. Cuatro balas salieron de la recámara en menos de tres segundos… y, sin embargo, fue como si el tiempo se hubiese paralizado y todo ello ocurriese por efecto de un truco cinematográfico, con una enorme lentitud, torpe y brutal.

El agresor más próximo a Bond saltó a la izquierda, sujeta la letal arma automática entre el brazo y la caja torácica, y apenas identificado su objetivo, volvió hacia él el cañón de la metralleta, que ya había empezado a vomitar fuego. El primer impacto de Bond le alcanzó en el cuello y le proyectó hacia un lado, y destrozadas carne, arterias, tendones y hueso, la cabeza se le bamboleó como a punto de separársele del tronco. El segundo proyectil le dio de pleno en ella y, haciéndola estallar, sembró el aire de una fina lluvia de partículas rosadas y grises. Las balas tercera y cuarta le dieron al otro hombre en el pecho, a unos pocos centímetros de la tráquea. Se tambaleó, primero hacia la salida y Juego hacia la derecha, rociando de balas la ventana antes de comprender, demasiado tarde ya, dónde estaba situado el blanco.

Fue tal la violencia del impacto, que al saltar hacia atrás se quedó suspendido por un momento en el aire, en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto del suelo, la metralleta todavía en acción, acribillando el cielo raso, mientras del desgarrado pecho brotaba un hongo de carne y sangre.

A causa de su sordera temporal, Bond tenía la impresión de encontrarse fuera de la escena, como si la contemplara en una película muda. Su experiencia, sin embargo, le ayudó a reaccionar: había abatido a dos, pero quedaban otros tantos. El segundo equipo, casi con toda seguridad, debía de encontrarse abajo, en el recibidor, e incluso era posible que en ese momento acudiese en ayuda de sus camaradas.

Saltó sobre el decapitado cadáver del primer intruso, y con ello estuvo a punto de resbalar en el charco de sangre. A Bond siempre le había causado pasmo comprobar en qué cantidad la poseía el cuerpo humano -un detalle que nunca mostraban las películas y ni siquiera los noticiarios-: más de cuatro litros que manaban como de una fuente al ser roto violentamente su receptáculo.

Se detuvo un instante en el umbral y tendió en vano el oído, pues el interior del cráneo seguía zumbándole como si vibrase en él un centenar de timbres.

Con una ojeada hacia su segunda víctima, advirtió que todavía llevaba en el cinto, sujetas por las palancas de seguridad, dos granadas. Desprendió una, le quitó la horquilla y, con ella en la mano izquierda, siguió el corredor hacia la puerta del rellano, calculando mientras tanto con qué fuerza habría de arrojarla en la escalera. No podía equivocarse, porque no se le ofrecería una segunda oportunidad.

A sólo un paso de la puerta del rellano, algo le hizo detenerse: aquel sexto sentido que, desarrollado a lo largo de los años, ahora le alertaba de forma sutil ante casi cualquier emergencia. Se volvió a tiempo de discernir una silueta que salía del cuarto cautelosamente, abriéndose paso entre la sangre que encharcaba el suelo y los destrozados cuerpos tendidos en el extremo opuesto al umbral. Sin duda, al oír sus disparos -reflexionó más tarde-, el segundo equipo había organizado una especie de maniobra de tenaza: uno de sus componentes acababa de escalar la fachada a fin de irrumpir por la ventana, mientras el otro atacaba desde la escalera.

Bond lanzó por la puerta del rellano, en dirección a la escalera, la granada que sostenía en la mano izquierda, y con la contraria disparó dos veces al hombre que había surgido de la habitación, el cual rodó sobre sí mismo como atrapado en un torbellino.

Del primer cargador le quedaban sólo dos proyectiles. En cinco segundos lo reemplazó por el de reserva. Se adentró entonces un par de pasos en el rellano y disparó dos veces, al azar, mientras localizaba el blanco.

El último de sus agresores, a quien la granada había pillado desprevenido, se agitaba al pie de la escalera. Al ver las chamuscaduras y los desesperados tirones que daba a sus ropas a la altura del bajo vientre, Bond comprendió que la granada le había estallado en las ingles cuando subía la escalera.

Sordo todavía, Bond le vio abrir y cerrar la boca, deformado el rostro por una mueca. Disparando desde lo alto de la escalera, le voló limpiamente la bóveda del cráneo, con lo cual el otro cayó de espaldas, desplazado un par de palmos por el impacto, y los sesos se le derramaron en el sucio suelo del zaguán.

Volviendo silenciosamente sobre sus pasos, y después de salvar la acrecentada masa de cadáveres, Bond se acercó a la ventana de la habitación. Abajo, a unos veinte metros de distancia, vio a Tamil Rahani en compañía de Simon y de media docena de los demás inquilinos permanentes de Erewhon. Todos permanecían muy quietos, en pie, inclinada la cabeza como en actitud de escuchar. No había a la vista armas desenfundadas, ni Bond divisó ninguna apuntada hacia la casa desde puntos estratégicos.

Se apartó de la ventana. No quería que le viesen, pero al mismo tiempo titubeaba en cuanto a la mejor manera de abandonar la casa. La solución se la ofreció parcialmente, cuando apenas había avanzado dos pasos, la voz de Rahani desde el exterior:

– ¿Sigue usted entre nosotros, comandante Bond?

Simon añadió sin transición:

– ¿Lo comprendiste, James?

Volvió a la ventana, pero se mantuvo a un lado, evitando asomarse en lo posible. Todos seguían donde antes. Y tampoco en ese momento había armas a la vista. Retrocediendo, gritó:

– ¡Queríais matarme, hijos de perra! Ahora vamos a lugar limpio. Os liquidaré, uno tras otro.

Se arrojó al suelo y, reptando bajo el marco, alcanzó la siguiente ventana. El grupo tenía fija la vista en la primera cuando disparó él. La bala hirió el suelo a unos diez pasos de donde estaban, levantando una gran polvareda.

– ¡Tranquilo, Bond! -voceó Tamil Rahani-. Nadie quiso hacerle el menor daño. Era una prueba, nada más que eso. Destinada a comprobar su eficacia. Salga ya. El examen ha terminado.

– Antes quiero que venga aquí uno de ustedes… Simon, si le parece. Sin armas. Inmediatamente. Y por la puerta principal. De lo contrario, empezaré a ocuparme de ustedes, y muy deprisa.

Lanzó una ojeada por la ventana. Simon se había desabrochado ya el cinturón y, arrojándolo a un lado, echaba a andar hacia la casa.

Unos segundos más tarde, Bond se encontraba en la parte superior de la escalera, y Simon abajo, en el zaguán, con las manos enlazadas sobre la cabeza y mirándole no sin admiración.

– ¿Puede saberse qué ocurre aquí? -le interpeló Bond.

– Nada. Has actuado como esperábamos. Como todo el mundo nos aseguraba que eres muy hábil, te enviamos cuatro hombres de los no imprescindibles. Dos de ellos eran los alemanes que me señalaste. Tenemos otros de ese estilo. Para ejercicios como éste, que consideramos rutinario.

– ¿Rutinario? ¿Consideráis rutinario decirle a la víctima que sólo se empleará munición de fogueo?

– Bien, no tardaste en descubrir que también tú tenías balas auténticas. A los otros se les dijo lo mismo: que los proyectiles eran simulados.

– Yo tenía munición sólo si la encontraba, cosa que hice en parte por casualidad.

– No digas bobadas, James: disponías de balas auténticas desde el mismo comienzo, y había cargadores diseminados por toda la casa. ¿Puedo subir?

Con las manos todavía sobre la cabeza, Simon inició el ascenso. Bond, entretanto, empezaba a reflexionar. «¡Imbécil! -se increpó a sí mismo-. Te dijo que eran de fogueo y tú te fiaste de su palabra… ¿Por qué?»

Cinco minutos más tarde, Simon había demostrado la veracidad de sus palabras, primero recuperando el cargador desechado inicialmente por Bond, que contenía todas sus balas Glaser, y a continuación señalándole otros peines completos, situados en el suelo del pasillo, en la segunda habitación del piso alto e incluso en el descansillo. Sin embargo, y aun disponiendo de munición auténtica, había sido aquella una empresa peligrosa en extremo: un hombre contra cuatro, armados con lo que resultaron ser metralletas MP 5K.

– Me hubieran podido borrar del mapa en cuestión de segundos.

– Pero no lo hicieron, ¿verdad, James? Según nuestros informes, tú sabes salir con bien de esta clase de situaciones. Lo cual demuestra, sencillamente, que nuestros informadores acertaban.

Bajaron la escalera y salieron al cálido exterior, que resultaba muy grato. Bond sentía, en efecto, que era mucha su suerte al estar vivo. Y al mismo tiempo se preguntó si esa suerte no sería un simple aplazamiento de su ejecución.

– ¿Y si hubiese muerto allí dentro?

Rahani no sonrió ante esa pregunta.

– En tal caso, comandante Bond, en lugar de cuatro cadáveres, sólo habríamos tenido que enterrar uno. Pero sobrevivió usted; demostró que tiene bien merecida su fama. Aquí vida y muerte valen lo mismo; sólo la supervivencia importa.

– ¿Y fue lo que dijo Simon? ¿Un reto, una prueba?

– Más bien una prueba.

Habían cenado a solas los tres, y en ese momento se encontraban en el despacho de Tamil Rahani.

– Le ruego que me crea -el oficial de mando de Erewhon desplegó las manos en amplio ademán-. Si hubiese dependido de mí, no le habría sometido a esa ordalía.

– Esta organización es suya. Y el empleo me lo ofreció usted.

– Verá -dijo en voz más baja-, quiero ser enteramente franco con usted… Es cierto, sí, que la idea de fundar una organización que ofreciese en alquiler los servicios de terroristas mercenarios fue mía, en principio. Pero, lamentablemente, y como ocurre muy a menudo en estos casos, necesitaba el asesoramiento de especialistas. Eso significó aceptar socios. De resultas de ello, y si bien obtengo cuantiosos beneficios…, tengo que acatar órdenes.

– ¿Y qué se le ordenó en esta ocasión?

– Comprobar si era usted digno de confianza y podía empleársele, o si nos encontrábamos ante un falsario. También se me encargó obtener de usted información que pudiésemos verificar fácilmente, y más tarde, suponiendo que esa prueba resultara satisfactoria, plantearle un auténtico desafío, para ver si era capaz de salir con vida de un trance potencialmente mortal.

– ¿Y he salido airoso de todas las pruebas?

– Sí. Estamos muy satisfechos. Ahora podemos devolverle a los encargados de nuestra planificación. No le mentí al decirle que teníamos un trabajo para usted. Ha estado esperándole desde el mismo principio. Por eso le enviaron aquí, donde disponemos de instalaciones. Verá, si después del traslado hubiésemos descubierto que era… ¿cómo le llaman ustedes?… ¿Un agente doble…?

Bond asintió.

– Si se hubiese probado que era usted eso, aquí disponíamos de instalaciones para retirarle de la circulación… de forma permanente.

– Y ese empleo que me ofrece, ¿en qué consiste?

– Es una operación tan vasta como compleja. Pero puedo anticiparle algo -Rahani miró a Bond con ojos tan vacíos, que se hubieran dicho de cristal-. Lo que proyectamos en este momento, será el golpe terrorista de la década, por no decir del siglo. Si todo se desarrolla conforme a lo previsto, será la chispa que haga estallar la revolución final: un cambio total y sin precedentes del mundo y sus acontecimientos. El inicio de una nueva era. Y los que intervengamos en él ocuparemos lugares de privilegio en la sociedad resultante.

– Ya vi esa película.

Simon se puso en pie y se acercó al archivador, donde se guardaban unas cuantas botellas. Después de servirse un generoso vaso de vino, desapareció de la vista.

– Mófese cuanto quiera, comandante Bond. Sin embargo, creo que incluso usted verá en esta operación algo sin paralelo en la historia.

– ¿Y para qué es necesaria mi intervención?

Bond arqueó una ceja, dando a su semblante una expresión satírica.

– Yo no he dicho que sea necesaria, pero la operación podría fracasar sin la intervención de alguien como usted.

– Muy bien -el agente especial se retrepó en la silla-. Pues hábleme de ese asunto.

– Sintiéndolo mucho, no puedo hacerlo.

Los ojos de Rahani se clavaron en él de tal forma por espacio de, quizá, dos segundos, que Bond dio en pensar que estaba ensayando alguna especie de hipnosis.

– ¿Y en resumidas cuentas?

– En resumidas cuentas, que hemos de devolverle a usted. Ha de regresar.

– ¿Regresar? ¿Adónde?

Demasiado tarde ya, Bond notó a su espalda la presencia de Simon.

– Al lugar de donde viniste.

Sintió el pequeño, incisivo pinchazo a través del tejido de la camisa, en la parte alta del brazo, a unos centímetros del hombro derecho.

Tamil Rahani siguió con su perorata.

– No estamos hablando de historias inventadas por novelistas baratos. De ninguna extorsión basada en el poder de ingenios nucleares ocultos en el corazón de las grandes metrópolis occidentales; de ninguna conjura para secuestrar al presidente, o para someter al mundo reduciendo a cero el valor de las principales divisas. No estamos hablando del empleo de amenazas ni… tampoco… hablamos…

Su voz se fue alejando lentamente, diluyéndose, y por fin se desvaneció.

13. Tráfico de números

El cielo era de un gris casi plomizo. Lo vio por la ventana. Era cuanto se ofrecía a la vista: el cielo y parte de un viejo manzano.

Bond acababa de despertar de lo que parecía un sueño natural. Una vez más, estaba vestido por completo, y en la mesilla descansaba la ASP en su funda, junto con un cargador de repuesto. La habitación era en todos sus detalles un dormitorio al gusto inglés, de carpintería esmaltada de blanco brillante, con empapelado a flores, y cortinajes haciendo contraste. Con la única salvedad de que casi todo el hueco de la ventana estaba condenado con ladrillos y de que la puerta, cuando trató de abrirla, no cedió.

Le embargó la deprimente sensación de haber vivido ya todo aquello. Conocía aquel camino, con la sola diferencia de que la anterior etapa había sido Erewhon. Según Rahani, le habían aceptado; más ¿en qué términos? ¿Y por qué?

Los interrogatorios habían resultado concienzudos, desde luego…, pero él tenía instrucciones de «M» de revelar cualquier cosa que sus interrogadores pudiesen verificar, por más delicada que fuera. Sostenía su jefe que el daño podría repararse más tarde. A él, sin embargo, le quedaba una duda: ¿en qué fase se encontraría el juego cuando pusieran manos a la obra de reparación? En Erewhon se estaba preparando algo capaz de conmover al orbe. ¿Cómo lo había expresado Rahani…? «Un cambio total y sin precedentes del mundo y sus acontecimientos.» El eterno sueño de los revolucionarios: alterar el curso de la historia, subdividir los valores, transformarlos a fin de construir una sociedad nueva. En fin -pensó Bond-, la cosa no era nueva, se había hecho ya, aunque sólo a escala de países. Rusia era el ejemplo típico. Por mucho que el ascenso de Hitler en Alemania hubiera constituido también una revolución. Lo malo de las revoluciones era que su ideal inspirador solía fracasar a causa de las fragilidades humanas. Tal era la teoría que propugnaba «M» a menudo.

Rahani había dicho también que él, u otro como él, era indispensable para la realización de lo que se planeaba. Necesitaban un hombre con la preparación, las relaciones y los conocimientos de un experimentado agente especial de los Servicios Secretos. Pero ¿qué parte de esa preparación y qué conocimientos específicos precisaban?

Enfrascado todavía en esas meditaciones, oyó que llamaban a la puerta y giraba una llave en la cerradura.

Cindy Chalmer presentaba un aspecto fresco, radiante. Vestía una bata de laboratorio sobre unos tejanos y una camisa, y cargaba una voluminosa bandeja.

– Su desayuno, mister Bond -anunció con una ancha sonrisa.

Bond vio en segundo término a un hombre alto y musculoso. Señalándole con un movimiento de cabeza, preguntó:

– ¿Mi custodio?

– Y el mío, supongo -Cindy depositó la bandeja en la cama-. Con un personaje como usted por los alrededores, todas las precauciones son pocas. Como nadie sabía qué le apetecería tomar, Dazzle le ha preparado un desayuno inglés completo: huevos con tocino, salchichas, tostadas y café.

Levantó la tapadera de plata que cubría la humeante fuente y la sostuvo de forma que Bond viese su interior, que tenía sólidamente sujeta con cinta adhesiva una nota doblada.

– Está la mar de bien -comentó él, cabeceando en señal de asentimiento-. ¿Qué hago cuando haya terminado? ¿Avisar al servicio de habitaciones?

– No nos llame -repuso ella risueña-; nosotros le llamaremos a usted, míster Bond. Tengo entendido que el profesor quiere hablar luego con usted. Me alegra ver que se siente mejor. Me dijeron que se dio un buen porrazo al salirse su coche de la carretera. Él estaba preocupado de veras; por eso insistió en el hospital para que le dejasen traerle aquí.

– Muy considerado por su parte.

Ya en la puerta, Cindy se detuvo un instante para añadir:

– Bien; es agradable saber que vamos a trabajar juntos.

– Según están los tiempos, es una gran cosa tener un puesto de trabajo -replicó Bond, inseguro acerca de lo que sabía la mulata y del crédito que pudiera dar a lo que le hubiesen contado.

¿Qué le habrían dicho? ¿Que había sufrido un accidente de circulación? ¿Y que iba a trabajar en Endor? Bueno; lo último, por lo menos, era parcialmente cierto.

Esperó hasta oír que la llave giraba en sentido inverso en la cerradura. No percibió ningún otro ruido, ni tan siquiera de pasos alejándose, pues el corredor, al igual que la habitación, tenía un grueso alfombrado.

No le costó desprender la nota del interior de la tapadera. Con prieta caligrafía cuya tinta no se había corrido a pesar del vapor, Cindy iniciaba su mensaje sin encabezamiento alguno.

"No sé nada de lo ocurrido. Dicen que sufriste un accidente de coche, pero no sé si creerles. El Bentley lo trajeron aquí, y se ha hablado mucho de que vas a incorporarte al equipo como programador. Ante la duda de si les habrías dicho que llevabas en el coche un ordenador, y pensando que en caso contrario no te gustaría que lo descubriesen, me hice con las llaves -aunque no fue nada fácil- y vacié el maletero. Todo lo que contenía está ahora en el garaje, donde, a menos que tengamos mala suerte, es poco probable que lo encuentren. Hice bien en apresurarme, porque han extremado las medidas de seguridad, con miras al fin de semana. Llegan muchos visitantes, y he oído decir que van a poner en práctica el juego de que te hablé. (¿Te acuerdas de los globos?) Es posible que pueda conseguir el programa. ¿Te interesa una copia? ¿O acaso ya no hace falta, ahora que vas a ser «de los nuestros»?"

De modo que la casa iba a llenarse de gente… y a utilizarse el juego del Globo… Él era indispensable para la operación, y si el juego del Globo representaba un simulacro de entrenamiento, quería decir que Bond y el juego estaban íntimamente relacionados. Cosa que, sin embargo, estaba por demostrar.

Redujo la nota a pequeños fragmentos que se comió junto con el tocino y parte de las tostadas. Los huevos y las salchichas no le apetecían, pero el café, negro y fuerte, estaba muy bueno. Se tomó cuatro tazas.

Había un reducido cuarto de baño anexo al dormitorio. En la repisa de cristal situada sobre el lavabo, descubrió su navaja de afeitar y su colonia predilecta. La maleta la había localizado ya junto al pequeño armario. Al examinarla observó que habían lavado y planchado con esmero toda la ropa.

«No des crédito a todo», se recomendó a sí mismo. Hacían como si confiasen en él -arma, equipo de afeitado y ropa de viaje intactos-, pero eso no impedía que la puerta estuviese cerrada con llave y que la ventana fuese impracticable. Quizá lo que buscaban era hacerle creer que había sido aceptado.

Una vez duchado y afeitado, se puso ropas que le permitiesen libertad y rapidez de movimientos. El tiempo le alcanzó incluso para fijarse la ASP a la cadera izquierda, hecho lo cual volvieron a llamar a la puerta, la llave giró otra vez en la cerradura y entraron en el cuarto dos hombres musculosos cuya fisonomía identificó Bond por la descripción de Cindy: Balmer, alias Tigerbalm, y Hopcraft, alias Happy.

– Buenos días, míster Bond -le saludó Tigerbalm con una sonrisa, pero hurtando la mirada, que escudriñó la habitación como si la tasase con miras a un robo.

– ¿Qué tal, James? Encantado de conocerle.

Happy le tendió una mano, pero Bond hizo como si no hubiese reparado en ello.

– Balmer y Hoptcraft, para servirle -dijo Tigerbalm-. El profesor quiere hablar un momento con usted.

Ni los costosos trajes de pelo de camello ni la aparente afabilidad conseguían disipar la impresión de amenaza perceptible en ambos sujetos. Bastaba mirarles para darse cuenta de que eran bien capaces de hacerse un trofeo con la cabeza disecada de uno, si así les apetecía o se lo encargaba alguien que pagase por ello lo bastante.

– Bien; si el profesor nos convoca, habrá que acudir -repuso Bond. Y fijos los ojos en la llave que empuñaba Tigerbalm, preguntó: -¿No podemos prescindir de eso?

– Órdenes son órdenes -respondió Happy.

– En tal caso, vayamos al encuentro del profesor.

Si bien no podía decirse que le condujesen sin miramientos al sector de trabajo -pues no hubo empujones ni coerción física alguna-, los dos hombres no dejaban de ejercer un efecto intimidador durante su escolta. Bond se daba cuenta de que cualquier falso movimiento, la menor intención de cambiar de rumbo, daría lugar a una rápida acción represiva.

En el sótano no había rastro de Cindy ni de Peter. St. John-Finnes, en cambio, se encontraba sentado a su mesa de despacho, frente al teclado del ordenador, cuya pantalla difundía un resplandor fosforescente.

– Es grato tenerle de vuelta, James.

Con un cabeceo, indicó a Tigerbalm y a Happy que se retiraran, y a Bond le señaló una butaca.

– Bien -continuó en tono vivo, una vez acomodados los dos-; lamento profundamente que sufriera usted algunos trastornos.

– Que muy bien pudieron costarme la vida -replicó Bond sin exaltarse, en tono apacible.

– Si, sí, y lo siento. Lo cierto, sin embargo, es que fue usted quien puso fin a la vida de otros, según tengo entendido.

– Sólo porque no me quedaba otra salida. Hay hábitos que echan hondas raíces. Y creo que mis reflejos son bastante rápidos.

La angosta cabeza de rapaz se agitó en un vaivén que implicaba comprensión.

– Sí; todos los informes coinciden en que es usted hábil. Supongo que se hará cargo de que debíamos asegurarnos. Está claro, ¿no? Un error, un solo error, y una gran cantidad de dinero y una laboriosa planificación podrían verse comprometidos.

Bond guardó silencio.

– En cualquier caso, superó usted la prueba con todos los honores. Me alegra, porque le necesitamos. ¿Comprende ahora la relación existente entre las cosas de aquí, de Endor, y el campo de entrenamiento de Erewhon?

– Comprendo que usted y su socio, el señor Tamil Rahani, dirigen una empresa algo extraña que ofrece mercenarios en alquiler a grupos terroristas y revolucionarios -repuso Bond en tono frío.

– Oh, la cosa es algo más amplia que eso -su actitud era de pronto afable, sonriente, asentidora-. Estamos en condiciones de prestar servicios completos. Un grupo acude a nosotros con una idea, y nosotros corremos con todo lo demás, desde captar fondos hasta realizar la operación. Por ejemplo, el trabajo para el cual le reclutamos a usted ha pasado una larga temporada en fase de elaboración, y con él nos proponemos ganar mucho.

Bond dijo que se daba cuenta de que le habían sometido a una prueba, y que se percataba de que tenían trabajo para él en la organización, pero concluyó:

– No tengo la menor idea acerca de los…

– ¿Detalles? No, claro que no. Ocurre con nosotros lo que con su antiguo Servicio: nuestros agentes no disponen de más información que la estrictamente necesaria. Tenemos que ser sobremanera cautelosos, y en la operación que nos ocupa, todavía más. Nadie está en posesión del esquema completo, exceptuando, naturalmente, el coronel Rahani y yo -y al aludir a su persona, ejecutó un breve movimiento de dedos y cabeza, un ademán curiosamente oriental, de expresión de modestia, como si quisiera testimoniar a su interlocutor que se consideraba indigno del honor que suponía conocer aquellos planes.

Bond también había reparado en el tratamiento de coronel que de pronto recibía Rahani, y se preguntó de dónde le vendría aquel rango.

– …Cautelosos, sobre todo, en lo que se refiere a usted, me temo -estaba diciendo St. John-Finnes-. Nuestros superiores se mostraban muy opuestos a concederle un cargo de confianza: pero después de lo de Erewhon, hemos hecho que reconsideraran su postura.

– Acaba de decir que el trabajo para el cual me han reclutado…

– …ha estado una larga temporada en fase de elaboración, sí. Se requería una gran cantidad de dinero, y nuestros superiores estaban… ¿Cómo lo diríamos…? Cortos de tesorería. Esa circunstancia adversa podíamos superarla, pues ofrecemos servicios completos. De modo que pusimos en ejecución unas cuantas operaciones con que allegar fondos para financiar el arranque de la empresa.

– Como el robo de la colección Kruxator y otros delitos perpetrados con el auxilio de una avanzada tecnología…

Jay Autem Holy, alias St. John-Finnes, conservó su gélida impavidez. Sólo en sus ojos le pareció detectar a Bond un asomo de cautela.

– Para tratarse de alguien que se confiesa tan in albis, saca usted conclusiones muy interesantes, mi querido Bond…

– Ha sido un golpe a ciegas -respondió él con semblante vacío de toda expresión-. Bien mirado, se han producido últimamente varios robos por igual imaginativos, y todos con el mismo sello. Atando cabos es fácil dar con la respuesta acertada.

Holy replicó con un rezongo evasivo.

– Yo acepto que es usted agua clara, Bond. Pero, aun así, tengo órdenes de mantenerle apartado. Posee usted conocimientos y habilidades que deseamos utilizar de inmediato.

– Usted dirá.

– Como ex oficial de los Servicios Secretos, debe saber cómo funciona, a efectos prácticos, la red de comunicaciones diplomáticas y militares.

– Así es.

– Dígame, pues, si sabe lo que es una frecuencia COPE.

– Lo sé.

Aunque conservaba Bond toda su compostura, empezaba a preocuparle el sesgo que había tomado la conversación. Su última noticia de las frecuencias COPE se remontaba a la época en que le encomendaron su vigilancia frente a posibles intrusiones enemigas, con motivo de una visita a Europa del presidente de los Estados Unidos. COPE eran las iniciales de Comunicaciones para Órdenes Presidenciales de Emergencia, es decir, una frecuencia de radio por cuyo conducto podían cursarse esas órdenes cuando el presidente se encontraba en gira oficial en el extranjero.

– ¿Y qué clase de señales se emiten por la frecuencia COPE?

Bond observó una pausa, como para meditar su respuesta.

– Sólo instrucciones militares de vital importancia. A veces, respuestas a problemas que exigen la exclusiva decisión del presidente. Y en ocasiones, iniciativas tomadas por él.

– ¿Y cómo se transmiten esas órdenes?

– Mediante los circuitos habituales de alta velocidad, pero por una línea, vía satélite, que permanece constantemente despejada.

– Yo me refería a su lenguaje, a los códigos que se emplean.

– Ah. Son simples combinaciones de cifras. Datos, supongo. Son muy limitadas las órdenes que se pueden evacuar por una frecuencia COPE. Se usa muy contadas veces, ¿sabe?

– Así es -Holy compuso lo que se habría podido llamar una sonrisa informada-. Se usa muy raras veces y para comunicaciones muy limitadas, pero de enorme alcance. ¿Lo diría usted así?

Bond se mostró de acuerdo.

– El presidente sólo utilizaría la frecuencia COPE por viva recomendación de sus asesores militares. Los mensajes suelen referirse a rápidos despliegues de fuerzas y armas convencionales.

– Pero si se produjese una alteración en la capacidad de respuestas de las defensas nucleares…

– Sí, a eso se le daría prioridad.

– Y dígame, ¿se obedecerían las instrucciones correspondientes? ¿De forma inmediata, quiero decir? Supongamos que el presidente se encuentra, por poner un ejemplo, en Venecia, y que desea a la vez poner en estado de alerta las fuerzas de la OTAN y tener en disposición de combate sus efectivos nucleares de choque. ¿Se procedería a ello? ¿Sin consultas?

– Es muy posible. A decir verdad, el código empleado para esa clase de acción es un programa de ordenador. Una vez introducido en los circuitos correspondientes, cursa las instrucciones oportunas. En el supuesto que plantea usted, el premier británico y el comandante jefe de la OTAN evacuarían consultas, pero el estado de alarma continuaría.

– ¿Y si constase que tanto el premier británico como el comandante jefe de la OTAN se encontraban junto al presidente en el momento de la transmisión?

Era aquél un terreno muy peligroso. Bond sintió un vacío en el estómago. Y entonces acudieron a su memoria la palabras de Rahani: «Ninguna extorsión…, ninguna conjura para secuestrar al presidente o para someter al mundo».

– En esas circunstancias, las instrucciones se transmitirían automáticamente a todos los comandantes locales. Serían introducidas en los ordenadores principales, y el programa global comenzaría a desarrollarse inmediatamente. De eso no hay duda -se encontraba ante algo más tortuoso y astuto que un descabellado plan revolucionario para burlar el sistema y transmitir órdenes presidenciales encaminadas a incrementar la tensión entre las superpotencias-. Pero usted debe saber ya todo eso…

– Naturalmente que lo sé -repuso Holy con una calma propia casi de un demente-. Ah, sí; conozco los pormenores. Y también quién tiene acceso a las cifras, variadas todos los días para su uso en la frecuencia COPE. E igualmente sé quién tiene acceso a esa frecuencia.

– Cuénteme -dijo Bond con todo el aire de desconocer esas particularidades.

– Vamos, mister Bond… Lo sabe usted tan bien como yo.

– Me gustaría oírlo de sus labios.

– El número de consignas que pueden ser emitidas por una COPE se limita a once. Y rara vez varían porque, como bien dice usted, se trata de programas destinados a entrar en funcionamiento de forma automática cuando el presidente se encuentra fuera del país. Por cierto que la undécima consigna es una contraorden que, anulando instrucciones precedentes, devuelve las cosas al statu quo. Pero su empleo está limitado en el tiempo. Y la propia frecuencia se altera cada cuarenta y ocho horas, a medianoche. ¿Me equivoco?

– Creo que no.

– Las consignas obran en poder de ese funcionario omnipresente y un tanto inquietante al que se conoce por el apodo del Hombre del Saco. ¿Es así?

– Se trata de un procedimiento que ha dado pruebas de ser eficaz -repuso Bond-. Y nunca se ha cambiado. En el séquito de Kennedy, en Dallas, había un Hombre del Saco, y en la actualidad acompaña al presidente en todos sus viajes, tanto por los Estados Unidos como al extranjero. Son gajes que trae aparejados el hecho de que el jefe del Estado lo sea también de las Fuerzas Armadas.

– El Hombre del Saco -prosiguió Holy- no puede confiar las cifras y la frecuencia COPE más que al presidente o, en caso de emergencia, al vicepresidente. Si el primero sufriese un accidente fatal encontrándose fuera de los Estados Unidos, las cifras quedarían de inmediato anuladas e inoperantes, a menos que el vicepresidente se encontrara en el lugar del suceso.

– Exacto.

– Así pues, si alguien, cualquier persona, estuviese en posesión de las once cifras y de la frecuencia COPE, ¿cree usted que se podría cursar una orden que entrase en vigor con carácter inmediato?

Por primera vez desde el comienzo de la conversación, Bond sonrió, y sacudiendo lentamente la cabeza, dijo:

– No. Existe una medida de seguridad. La frecuencia COPE funciona conforme a una señal de haz transmitida por medio de uno de los satélites del Sistema de Comunicaciones de Defensa. Y esos artefactos son muy astutos: el programa sólo entraría en funcionamiento en caso de que el satélite confirmase que la señal procedía de la zona precisa en que se encuentra el presidente, y que él conoce porque le ha sido confiada. Tendría uno que estar muy, pero que muy cerca del presidente para poder engañar al satélite.

– Estupendo -respondió Jay Autem Holy, que para estupor de Bond, parecía encantado-. ¿Le sorprendería saber que tenemos ya las once cifras, los programas?

– Ya nada me sorprende. Pero si lo que se proponen es manipular una de las órdenes de emergencia presidenciales, necesitan conocer además la frecuencia que ha de regir durante el período de cuarenta y ocho horas que elijan ustedes para operar. Y a continuación, han de acercarse al presidente y estar en condiciones de emplear la frecuencia indicada. Yo diría que estas dos últimas maniobras (situarse junto al presidente con el necesario equipo de transmisión y conseguir la oportuna frecuencia) son las mas complicadas.

– Muy bien. Pero ¿qué otras personas conocen en todo momento la frecuencia COPE? Yo se lo diré, míster Bond. El oficial de guardia del Servicio de Información Secreta del Cuartel General de la OTAN, el oficial de guardia del Servicio de Comunicaciones del Cuartel General de la CIA en Langley, sus homónimos de la NASA y de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y, por último, míster Bond…, el oficial de mando de la base nuclear de Cheltenham, Inglaterra, y el oficial de guardia del Servicio de Seguridad del Foreign Office. Y este último por ser, además, miembro permanente de los Servicios Secretos británicos. Una lista muy considerable, teniendo en cuenta que el propio presidente desconoce la frecuencia COPE hasta el momento en que debe utilizarla.

– Es que se utiliza en contadísimas ocasiones. Sí, sus datos son correctos, si la memoria no me engaña, a falta de una última persona.

– ¿Quién?

– El oficial de quien emanan en principio cifras y frecuencia, y que suele pertenecer al Servicio de Comunicaciones de la Agencia Nacional de Seguridad.

– Y que por lo general, míster Bond, olvida todos esos datos cinco minutos después de haberlos elaborado. Lo que necesitamos de usted es que nos consiga la frecuencia COPE correspondiente a un determinado día, y que habremos de conocer con veinticuatro horas de antelación. El resto corre de nuestra cuenta.

– ¿Y cómo espera que les consiga la frecuencia COPE?

Jay Autem Holy soltó una risa gutural.

– Usted ha sido oficial de guardia en el Servicio de Seguridad del Foreign Office: debe conocer los métodos y sistemas que rigen allí. Una persona de su experiencia y antecedentes no tiene por qué encontrar obstáculos en hacerse con lo que nos interesa. Bastará con que aplique a ello sus facultades. Por eso resultaba usted el candidato ideal, Bond. Siempre y cuando dé usted pruebas de ser todo lo cabal que nosotros le creemos. Dice un antiguo proverbio: «Cuando quieras algo de los leones, envía como emisario a un león, no a un hombre».

– Es la primera vez que lo oigo.

– ¿De veras? Bien; pues usted es el león que enviarnos como emisario a los leones. Confiamos en usted, pero si nos defraudase… En fin, que no somos gente que perdone con facilidad, me temo. Por cierto, no me sorprende que no reconociese el proverbio: acabo de inventármelo.

Jay Autem Holy echó atrás la cabeza y prorrumpió en una sonora carcajada. A Bond no le parecía que el caso fuera tan jocoso.

– Nos conseguirá esa frecuencia, ¿verdad, Bond? -lo preguntó entre jadeos, mientras contenía su hilaridad-. Considérelo su venganza. Le prometo que la información se utilizará para buenos fines, no para crear el caos y el desastre.

A Bond no le quedaba alternativa.

– Sí, lo haré. Bien mirado, no me piden más que unos cuantos números.

– Exactamente. Ahora se dedica usted al tráfico de números. Nada más que unos pocos guarismos, míster Bond -Hizo una pausa, durante la cual sus vivos ojos verdes se clavaron en el rostro de su interlocutor-. ¿Sabía usted que los soviéticos utilizan un método casi idéntico, cuando el secretario general y presidente del Comité Central se encuentra en el extranjero? Ellos la llaman la Frecuencia de Pánico, sólo que en ruso, claro está.

– ¿Y también necesitan hacerse con esa frecuencia? -preguntó Bond, crispados los nervios.

– No; ésa ya la tenemos. No es usted el único que opera en el tráfico de números, comandante. Las personas que nos han encargado esta operación andan escasas de dinero, pero en cambio poseen re1aciones. Fondos escasos, pero información abundante. Ellos no confían tanto como nosotros en el juicio de usted… ¿O acaso le había dicho ya eso?

– Sí, ya me lo había dicho -Bond torció las comisuras de la boca-. Y con todo lo vital que es mi intervención en este asunto, ¿no tengo derecho a conocer?…

– ¿El nombre de nuestros mandantes? Pensé que un hombre de sus condiciones lo habría adivinado ya… Pertenecen a una organización antaño muy rica y poderosa, pero que atraviesa ahora una mala época, más que nada porque perdió en trágicas circunstancias a sus dos últimos líderes. Un grupo que se llama a sí mismo ESPECTRO y se dedica a la extorsión, el terrorismo y la venganza. A mí lo de venganza me gusta bastante. ¿Y a usted?

14. Bunker's Hill

Tigerbalm y Happy, los dos guardaespaldas con residencia en la casa, acompañaron jovialmente a Bond de vuelta a su cuarto, sin interrumpir en ningún momento sus bromas.

Algo, sin embargo, había cambiado, y Bond era consciente de ello. Pero absorto como estaba en sus reflexiones, no conseguía determinar en qué estribaba esa diferencia.

Tendido en la cama, fija la mirada en el techo, aplicó sus facultades a la solución del problema que se le planteaba. Todo aquello resultaba tan irreal, en particular en la acogedora habitación, con sus esmaltados blancos y su empapelado a flores… No obstante, allí estaba él, sabiendo que en los sótanos de Endor un científico había llevado a término anteriormente simulacros que se materializaron en actividades delictivas, y que en ese momento estaba preparando a un grupo de colaboradores para realizar un nuevo y aún más peligroso golpe, recurriendo a las técnicas de los juegos para microordenadores, unidas a sus habilidades personales.

El caso resultaba aún más difícil de creer ante la afirmación de Jay Autem Holy de que el plan encomendado por ESPECTRO incluía la transmisión de órdenes militares por parte del presidente de los Estados Unidos. Le sorprendía menos, en cambio, el hecho de que sus inspiradores no viesen con buenos ojos el reclutamiento de Bond para la ejecución del proyecto.

Pero eso eran cavilaciones sin importancia: Holy le había explicado con claridad los motivos de su inclusión en nómina. Lo que a él le correspondía a continuación era mostrarse convincente.

«M» había dejado claro cuál debía ser su conducta en un caso semejante. «Si le aceptan en la organización -fueron sus palabras-, tendrá usted que dividirse en dos personas.» La primera de esas personas no debía considerar serio ni duradero su reclutamiento; y la segunda debía tomarlo con toda seriedad. ¡El colmo de la paradoja! «Si le confían una labor de especialista, debe tomar el encargo en lo que es y aplicarse a él como lo haría un profesional: con absoluta dedicación.»

De modo que en esos momentos, tendido en la cama, una parte del cerebro de Bond consideraba el caso con toda la aprensión que merecía, mientras que la otra se concentraba ya en el problema de conseguirle a aquella gente la frecuencia COPE.

Brillaba en todo ello un resquicio de esperanza: para hacerse con la combinación de números que le exigían, tendría que establecer contacto con el mundo exterior -y específicamente con el Servicio-, y como en un momento dado ese contacto tendría que ser físico, la idea implicaba escapar. La necesidad que se le planteaba en ese momento era encontrar la adecuada forma de comunicarse a fin de conseguir la frecuencia especial. Y al mismo tiempo, hacer esto último con el pleno conocimiento y la colaboración del Servicio.

Le llevó media hora discutir dos posibles métodos de operación, si bien ambos presuponían la necesidad de actuar con las manos libres. El primero de dichos planes exigía la ayuda encubierta de Cindy Chalmer, y con ella alguna forma de acceder al Bentley. En caso de que esto no fuera posible, tendría que contentarse con el segundo plan, que encerraba una serie de imponderables, algunos de ellos de inquietantes consecuencias.

Y se encontraba estudiando ese plan de reserva, cuando reparó en qué consistía el cambio notado al entrar en la habitación: después de retirarse Tigerbalm y Happy, no había oído sonar la cerradura.

Se levantó sin hacer ruido, fue hasta la puerta y tanteó el picaporte. Cedió sin resistencia. ¿Una omisión o un mensaje con el cual el Amo de Endor le significaba que era libre de ir a donde quisiese? De tratarse de lo último, Bond habría apostado a que eran muy cortos los vuelos que le daban. ¿Por qué no averiguarlo? Tenía motivos más que sobrados para hacer el intento. Por ejemplo, no sabía nada de lo que últimamente había ocurrido en el mundo.

Siguiendo el corredor llegó hasta un descansillo, y de ahí a la escalera principal, que a su vez le llevó al recibidor. Era más que posible que en ese punto terminase su libertad de movimientos. En efecto, sentado junto a la puerta se encontraba un joven vestido con tejanos y jersey de cuello vuelto a quien recordaba de Erewhon. Otro graduado por esa misma alma mater holgazaneaba junto a la escalera del sótano.

Habiendo dirigido sendos cabeceos de saludo a los dos guardianes, que correspondieron a ellos sin más que un atisbo de recelo en los ojos, cruzó el salón donde se había reunido con Freddie, Peter, Cindy y sus anfitriones antes de la cena de aquella noche, que de pronto le parecía de cien años atrás.

La habitación estaba vacía. Miró a su alrededor, con la esperanza de descubrir algún periódico. Nada…, ni siquiera los semanarios de la televisión. Sí había, en cambio, un televisor, y hacia él se encaminó rápidamente. Pero aunque electricidad y antena estaban debidamente conectadas, el aparato no daba señal alguna. Lo mismo ocurría con la radio y la instalación estereofónica.

En Endor no se recibía ninguna clase de comunicación por los canales ordinarios. Bond estaba seguro de que el mismo fenómeno se repetiría en cualquier otro receptor de radio o televisor que encontrase en la casa, y eso significaba que él, y posiblemente otros, tenían que permanecer aislados del mundo exterior. Incomunicados. En clausura.

Continuó en la planta baja por espacio de quizá otros cinco minutos, y luego volvió a su habitación.

Cosa de una hora más tarde, Tigerbalm se presentó con el aviso de que iban a comer en breve.

– El jefe dice que puede usted reunirse con nosotros.

Lo expresó con una total ausencia de sentimientos hacia Bond, tanto amistosos como hostiles. En algún punto del camino, Tigerbalm había perdido su expansiva afabilidad.

Los muebles de estilo habían desaparecido del comedor. En lugar de la mesa jacobina estaban dispuestas otras de aspecto militar, montadas sobre caballetes, y la comida se tomaba de un aparador lateral, cubierto por un mantel a cuadros, donde se exhibían sopas, pan, quesos y fuentes con ensaladas diversas. Todos los alimentos eran muy sencillos, y como bebida sólo se ofrecía agua mineral.

Pese a ello, la sala estaba muy concurrida, y entre los presentes Bond reconoció varias caras vistas en Erewhon. Tigerbalm y Happy, astutos, físicamente torpes, eran los únicos que parecían fuera de lugar en medio de aquellos jóvenes bronceados y marciales.

– Encantado de verte, James -dijo Simon, que había aparecido de pronto junto a Bond.

– Me preguntaba dónde te habrías metido.

Y estudió el rostro de su interlocutor. Su anterior franqueza, tan palpable en Erewhon, se había hecho artificial. Aquel cambio fue para Bond mucho más significativo que cualquier comentario intencionado que hubiese podido llegar a sus oídos. Fuera cual fuese la trama que ESPECTRO estaba urdiendo por mediación de aquella gente, se encontraba ya en fase de ejecución. Estaban, calculó, a cinco, cuatro, tres o dos fechas del día D. Se lo confirmó el hecho de ver a Tamil Rahani sentado junto a St. John-Finnes, a cuyo otro lado descubrió al general Zwingli. El trío ocupaba una mesa aparte del resto de los hombres, atendido por dos soldados jóvenes. Al igual que los demás, vestían pantalones militares color verde oliva y jerseys del mismo tono. Muy metidos en su conversación, los tres personajes mantenían gacha la cabeza.

El pensamiento de Bond derivó por un instante hacia el equipo de vigilancia que mantenía «M» en el pueblo.

¿Habrían reparado en las idas y venidas de aquella gente? ¿Se percataban del peligroso potencial que se concentraba en la casa?

– Te he preguntado que si descansaste bien -repitió Simon.

– ¿Cómo? Ah, sí, claro está que descansé -Bond compuso una sonrisa-. ¿Y qué otra cosa podía hacer, Simon? Tú te encargaste de eso.

– Ven, come algo.

Se puso a amontonarle ensaladillas y quesos en un plato, hasta que Bond tuvo que detenerle con un ademán. Se instalaron juntos en el extremo de una de las mesas largas. Simon cuidó de que Bond quedase de espaldas a los tres jefes.

– Seguridad -repuso sonriente su contertulio cuando le comentó él ese detalle-. Tú sabes cuanto haya que saber sobre medidas de seguridad, James. Seguridad que a veces supone soñar y volar luego en una alfombra mágica. Se duerme uno en un clima caluroso y polvoriento, y despierta en un apacible pueblo inglés. Ojalá todos los viajes fueran tan fáciles.

– Yo prefiero saber dónde he estado, y a dónde me dirijo. Me gusta enterarme.

– Claro -se llenó la boca de pan y queso, y se puso a mascar, a absorber las sustancias.

Simon, pensó Bond, era un soldado profesional de pies a cabeza. En su rostro se reconocía el de los millones de otros hombres que habían recorrido los caminos de la guerra desde la batalla de Kadesh hasta los horrores de los combates urbanos de nuestros días.

– Vaya; el profesor viene hacia aquí, James. Por lo que parece, con órdenes para ti.

St. John-Finnes se inclinó hacia ellos.

– James -empezó en tono tranquilo y firme, como si se dirigiera a un niño díscolo-, ¿podría concederme un par de horas?

Contenido apenas el impulso de replicarle con una inconveniencia, Bond asintió, se puso en pie, dirigió un guiño a Simon y salió detrás del Amo de Endor -que era como llamaba ya para sus adentros a Holy-, consciente, mientras abandonaban el salón, de las miradas de Rahani y de Zwingli, fijas en su espalda.

Un joven guardián custodiaba la escalera de acceso al laboratorio. Ni siquiera dio muestras de haberles visto: miraba, de forma casi ostentosa, hacia el otro lado.

– He pensado que podría darle la oportunidad de perder conmigo una partida a la Revolución Americana -declaró Jay Autem conforme iniciaban el descenso-. En su fase actual, el simulacro no presenta grandes dificultades, de modo que, si le parece, mientras jugamos podemos discutir sus planes.

– Como usted guste.

Aunque hablaba en tono de indiferencia, Bond estaba repasando mentalmente su estrategia para hacerse con la frecuencia COPE.

No vio ni a Cindy ni a Peter en el laboratorio, donde por cierto se habían producido cambios notables. Su zona más espaciosa aparecía llena de sillas plegables, de madera, dispuestas en fila, como para una asamblea de estudiantes. En la pared opuesta, de cara a las sillas, se veía una gran pantalla de televisión, y encima de una mesa portátil, el equipo del Terror Doce, en la versión de Holy.

Cerca del mismo vio Bond también dos modernas sillas giratorias y otras tantas sólidas palancas para el manejo de ordenadores. Estaba claro que se había celebrado allí una sesión de entrenamiento el mismo día. ¿Del juego del Globo? Casi con toda certeza.

Siguieron hacia la amplia estancia donde se encontraba el mapa de la costa oriental de los Estados Unidos según sus características del siglo dieciocho, con la ciudad de Boston, el Bunker's Hill y el Breed's Hill al norte, las colinas de Dorchester alrededor del puerto y las localidades de Lexington y Concord tierra adentro. El mapa tenía aplicado el rectángulo desplazable destinado a encuadrar sus distintas zonas, y en los lugares reservados a los jugadores se encontraban todos los accesorios pertinentes. Jay Autem Holy estaba mirando sonriente el tablero.

Bond reparó tanto en la sonrisa como en la mirada, y en ese instante se le ofrecieron a la vista las grietas que, pese a todo su esplendor, presentaba la fachada de Jay Autem Holy: su interés por las cuestiones de táctica y estrategia había llegado a convertirse en una obsesión…, una obsesión que se concretaba en la necesidad de ganar. Sólo ganar le interesaba. Perder hubiera sido el colmo del fracaso. Al igual que un niño malcriado, necesitaba salirse con la suya a todo trance, y sin eso no se sabría aceptar a sí mismo. Se preguntó Bond qué batalla interior habría perdido Holy en el Pentágono aquella lejana noche en que decidió desaparecer.

El fanático virtuoso de los juegos electrónicos pasó a exponer rápidamente las reglas que regían aquél. Bond se disponía a ganar la Revolución Americana y, con ello, a situar a Jay Autem Holy en un terreno de desventaja psicológica.

El reglamento era bastante sencillo. Los jugadores intervenían por turnos que constaban de cuatro operaciones: órdenes, movimiento, desafío y materialización. Parte de esas operaciones podían ser secretas, consignando la situación de tropas o de material bélico en mapas reducidos de la zona de batalla, que cada uno de los jugadores tenía en cantidad suficiente a su disposición.

– Cuando traslademos el juego al ordenador -explicó Jay Autem con el orgullo de un chiquillo que exhibe su colección de soldados de juguete-, se presentará una forma más ingeniosa de registrar las jugadas secretas.

El campo de batalla, correspondiente a la superficie del amplio mapa, se encontraba dividido en centenares de casillas hexagonales. Cada uno de los jugadores recibía fichas que representaban el número, la importancia y la clase de sus efectivos; las negras correspondían a cañones, con los caballos encargados de su transporte y los artilleros necesarios; las verdes valían cinco soldados; las azules, diez; las rojas, veinte, etcétera. Existían asimismo fichas que mostraban el perfil de un caballo y equivalían a unidades montadas, y otras fichas, especiales, que representaban depósitos de armas y a jefes militares enemigos.

En condiciones de tiempo favorables, la infantería podía avanzar cinco hexágonos, la caballería siete y los cañones sólo dos. La meteorología adversa, los bosques y las montañas limitaban esos avances.

Una vez anotadas las órdenes, el jugador avanzaba para pasar luego al desafío, ya fuese situándose a dos hexágonos de una ficha enemiga, o declarando que disponía de visión sobre cinco de ellos, con lo cual revelaba jugadas secretas anteriores. Al desafío seguía la materialización, en la que se tomaban en cuenta diversos factores, como los de tiempo, fatiga y fuerzas numéricas, anotándose el resultado del desafío, en el cual uno de ambos jugadores perdía soldados, material o bien el combate mismo.

Como en la fase inicial cada jugada representaba un día, y el conjunto del episodio se prolongaba desde septiembre de 1774 hasta junio de 1775, Bond se dio cuenta de que la partida podía llevarles muchas horas.

– Como es natural, una vez pasado el juego al ordenador, la cosa será más rápida -comentó Holy mientras atacaban la fase de las órdenes.

Bond, que defendía los colores británicos, recordó lo que le había dicho Peter: que su oponente daba casi por hecho que un británico repetiría los movimientos -y los errores- que protagonizaron sus compatriotas en aquel momento histórico.

Según recordaba Bond, el comandante de la guarnición británica se había visto paralizado por la tardanza con que le llegaron las órdenes de Inglaterra. Si hubiese emprendido una acción decisiva en las semanas y meses iniciales, aquella primera etapa podría haberse saldado de forma muy diferente. Aunque el resultado habría sido casi sin duda la Independencia, se hubieran salvado muchas vidas, y con ellas el prestigio nacional.

La jugada de apertura de Bond fue un despliegue descubierto de tropas que salían de Boston para batir los campos circundantes. Pero también destacó en secreto avanzadas con que dominar desde buen principio las elevaciones de Bunker's y Breed's Hills, así como las colinas de Dorchester.

Le sorprendió comprobar que el juego se desarrollaba mucho más de prisa de lo que había imaginado.

– Lo que me fascina de esto -observó Holy al tomarle Bond dos depósitos de armas y una veintena de revolucionarios en la carretera de Lexington es la forma en que yuxtapone realidad y ficción. De todos modos, en su anterior trabajo eso debía de ser un fenómeno cotidiano…

Bond desplazó secretamente otros tres cañones hacia Breed's Hill, y una sección de treinta hombres a las colinas de Dorchester en un movimiento final, mientras que, a juego abierto, situaba nuevas patrullas en la línea Boston-Concorde. «Sé veraz», se recomendó a sí mismo, y repuso:

– Así es: la mía ha sido una vida de ficción dentro de la realidad. En el caso de los agentes especiales, eso es el pan nuestro de cada día.

– Espero, amigo Bond, que ahora viva en la realidad. Le digo eso porque lo que se está planeando en esta casa, también puede cambiar el curso de la historia.

Holy sacó a la carretera dos numerosos cuerpos de Milicia Nacional. Su ataque a las patrullas británicas fue tan encarnizado, que Bond perdió cerca de veinte hombres y se vio en la necesidad de replegarse y concentrar fuerzas. Eso no impidió que, a escondidas, volcase tropas y armas en el terreno dominante. La batalla de Bunker's Hill -en el supuesto de que llegara a producirse- se desarrollaría totalmente a la inversa: con las tropas británicas en posición de fuerza, y no ya a la defensiva, sino al ataque, respondiendo al nutrido fuego de la Milicia atrincherada.

– Confía uno -comentó Bond después de un silencio- en que todos los cambios sean para bien, y en no poner en peligro vidas humanas.

– Las vidas humanas siempre están en peligro.

El Amo de Endor había perdido cuatro depósitos de armas y municiones, además de una granja, al otro extremo de Lexington. Cayó en la cuenta de que también Bond estaba desplazando sus fuerzas hacia Concord. Encogiéndose de hombros, añadió:

– Sin embargo, sé que en su caso no tiene sentido amenazarle con una muerte súbita. Las amenazas a su integridad física no pueden tener gran importancia.

– Yo no diría tanto -replicó Bond con una sonrisa que le sorprendió a él mismo-. A todos nos gusta la vida. El defenderla es un estímulo en sí mismo.

El calendario del juego indicaba los últimos días de diciembre, con tiempo adverso para ambos bandos. Lo único que podían hacer en tales circunstancias era consolidar las respectivas defensas, ya fuese a juego abierto o sirviéndose de la opción del secreto. Bond optó por dividir sus efectivos y rodear la carretera Lexington-Concord, mientras que con las fuerzas restantes seguía asegurando el terreno elevado y las colinas. Holy, que por lo visto prefería un juego más tortuoso, lanzaba francotiradores sobre las patrullas británicas, al tiempo que -así lo sospechaba Bond- enviaba fuerzas hacia las elevaciones ocupadas ya por los británicos.

Las jugadas se sucedían en condiciones meteorológicas crecientemente desfavorables, que limitaban de continuo el avance. A lo largo de toda esa fase, el Amo de Endor condujo la conversación por derroteros que no parecían guardar mucha relación con la partida.

– El papel de usted en nuestra misión… -le cobró cinco hombres a Bond-…es de excepcional importancia, y sin duda tendrá que emplear mucha imaginación para desempeñarlo.

– En efecto. Le he estado dando muchas vueltas.

– ¿Ha reparado en cómo desorientan los gobiernos a sus ciudadanos más crédulos?

– ¿En qué sentido?

Bond había concentrado ya efectivos muy considerables en los tres sectores con dominio sobre Boston.

– Como más evidente, yo resaltaría lo que se ha dado en llamar el equilibrio de poder. Los Estados Unidos ocultan el hecho de que los rusos tienen situados en el espacio satélites que superan numéricamente a los suyos…; eso por no hablar de cosas tales como el sistema fraccionado de bombardeo orbital, en el que los soviéticos mantienen una supremacía de diecisiete a cero.

– Hay cifras al respecto; cualquiera puede consultarlas.

A no tardar, Bond tendría que lanzar una ofensiva importante desde el terreno elevado, pues, pese a las limitaciones impuestas por el tiempo y la ascensión, las fuerzas coloniales avanzaban en número creciente.

– Sí, de acuerdo, pero esas cifras no las ventila demasiado ninguna de ambas partes -Holy escudriñó el tablero, fruncido el ceño-. Salvo cuando la Unión Soviética pone el grito en el cielo por el despliegue de los Cruise y los Pershing en Europa. Pese a que está en condiciones de igualarlos más que cumplidamente. Pero digo yo, James, ¿dónde está en todo eso la verdadera conspiración? El gobierno británico destina numerosos policías a controlar las manifestaciones antinucleares, pero nadie dice a las bienintencionadas personas que participan en ellas: «Hermanos nuestros, si ocurre una catástrofe nuclear, no la desencadenará el gran estallido en que todos pensáis. Los Cruise y los Pershing son pura intimidación. La amenaza real es mil veces peor». Eso se lo callan a los nobles manifestantes de Greenham Common y a los que participan en Londres en marchas de protesta.

– También se lo callan a los norteamericanos.

Atento al despliegue de nuevos efectivos coloniales hacia las baterías británicas que esperaban su llegada, Bond puso en marcha una pequeña escaramuza en el campo de batalla permanente de los campos comprendidos entre Boston y Concord.

– Pero si esa hora llegase, James, ¿qué ocurriría en realidad?

– Yo mismo me lo pregunto… Desde luego, no sería el gran estampido y el hongo atómico… Es más probable que viésemos un intenso resplandor, seguido de una nube química de lo más feo.

– Sin duda… Le desafío desde esta casilla -Holy señaló un hexágono situado entre Concord y Lexington, donde había menguado mucho la concentración de tropas británicas-. Está claro que serán neutrones y sustancias químicas. Mucha muerte pero poca destrucción. Y después de eso, un choque en el espacio entre americanos y soviéticos, donde el garrote gordo lo tendrán estos últimos.

– A menos que los Estados Unidos y la OTAN hayan hecho algo para igualar la situación. Que es lo que está ocurriendo, ¿no?

«¿A qué viene todo esto? -se preguntó Bond-. ¿Por qué me habla del equilibrio de poder y del lugar que las armas nucleares ocupan en ese equilibrio?»

Y entonces recordó lo que siempre se aconsejaba en las clases sobre interrogatorio: «Escuchen las palabras y pasen por alto la orquestación de que se rodean a fin de que parezcan más inteligentes; el acompañamiento de los violines que, creando un clima emocional, tratan de sustraer a su atención el verdadero alcance de las ideas».

En la partida corría ya el mes de enero, y en respuesta a un desafío, Bond tuvo que declarar los efectivos británicos que rodeaban el extremo opuesto de Concord. Holy empezó a abrirse paso entre ellos a fuerza de fusilería en medio del paisaje invernal. El agente especial se daba cuenta de lo intoxicador que podía resultar aquel ejercicio, donde llegaba uno casi a sentir el frío y la fatiga que estragaban la fuerza y la combatividad de los hombres, a oír los disparos de los mosquetes, y a ver la sangre que manchaba la nieve sucia en los campos de una granja…

El profesor Holy no hablaba en realidad del desequilibrio en la relación de fuerzas. Se refería a la necesidad de terminar con todo el sistema que regía ese equilibrio.

– ¿No sería el mundo un lugar mejor y más seguro si se suprimiese la amenaza nuclear? -preguntó mientras emprendía una nueva incursión a través de los descoloridos campos invernales de Massachusetts-. Si a las super potencias se les quitara el aguijón que llevan en la cola…

– Si eso fuera posible, sí -convino Bond-. El mundo sería mejor, aunque dudo que más seguro: siempre ha sido un lugar peligroso.

Una jugada más y se vería obligado a declarar su presencia en las elevaciones.

Holy se retrepó en la silla e interrumpió momentáneamente el juego.

– Nuestro propósito es impedir el holocausto, ya sea nuclear, neutrónico o químico. La tarea que se le ha encomendado a usted es conseguir esa frecuencia COPE. Y bien, ¿ha encontrado la manera de hacerlo?

Como si no esperase respuesta alguna, pasó a realizar su jugada: una concentración de tropas en terreno dominado por la artillería británica.

– Estoy hilvanando un plan. Para el cual necesitaré cierta información anticipada…

– ¿Qué clase de información?

– El nombre del oficial de guardia que esté de servicio nocturno en el Foreign Office la víspera del día elegido.

– Eso no plantea problema alguno. Los turnos de servicio son semanales, ¿no es así?

– Por lo regular.

– Y se confía a oficiales de grado superior, ¿verdad?

Bond desplegó los dedos de la mano derecha e hizo con ésta un movimiento de balanceo.

– Más bien a mandos medios.

– Pero lo probable es que conozca usted a la persona en cuestión…

– Por eso necesito saber su nombre. Si no pueden averiguarlo, tendré que telefonear…

– Lo averiguaremos.

– De todas formas, tendré que efectuar una llamada. Y en caso de que no le conociese, cosa poco probable, habría de discurrir otro plan.

– Pero ¿si no es así, si le conoce usted?…

– Entonces es cosa hecha. Si tengo ocasión de pasar una hora en compañía de ese hombre… -Bond confió en que la añagaza surtiese efecto: necesitaba algún medio de comunicación con el mundo exterior. Recorriendo con un dedo las inmediaciones de Breed's Hill, propuso-: Le desafío en esta zona.

– Pero… -objetó su oponente, reparando de pronto en la trampa que Bond le había tendido.

Unos minutos más tarde, diezmados ya sus hombres y perdida la mayoría de sus armas en las laderas de Bunker's Hill, en Breed's Hill y en las colinas de Dorchester, Jay Autem señaló airadamente a Bond que se le advertiría con antelación más que sobrada.

– Sabrá quién es el oficial de guardia, se lo prometo -dijo. Y al ver que Bond oponía dos nuevos cañones al contraataque emprendido por la Milicia en el lado opuesto de la elevación, añadió con rabia apenas dominada:

– ¡No es así como ocurrió! La batalla de Bunker's Hill no debiera lanzarse hasta el mes de junio. ¡Y apenas estamos en febrero!

– Pero aquí interviene la ficción -replicó el agente especial-. Porque la realidad histórica también tiene su lado de ficción.

Muy complacido con el partido que estaba sacando del simulacro, dio tienda suelta a su imaginación. En esa serie de jugadas rigieron condiciones meteorológicas de intensas lluvias y viento racheado procedente del mar. Este último soplaba sin clemencia en las agrestes elevaciones conforme cañones y hombres eran situados en sus emplazamientos, con lo que los gritos se perdían arrastrados por el frío viento mientras los rebeldes que aún permanecían en Boston quedaban a merced de las baterías británicas de Dorchester y Breed's Hill.

Y entonces, de improviso, estalló la tormenta. Como si se ahogase, Jay Autem Holy se puso rojo y después escarlata.

– Pero…, pero…, pero… -la voz se había convertido en un grito-, ¡si me ha derrotado! ¡A mí! -su manaza barrió los papeles del terreno de juego y luego se abatió en un puñetazo-. ¡Cómo se atreve! ¡Cómo se ha atrevido…!

Era un formidable ataque de ira: espurreaba, pateaba el suelo, lanzaba puntapiés a la mesa… Un estallido temible y al mismo tiempo cómico, como una rabieta infantil, por igual divertida y lamentable. Así siguió, espurreando y lanzando bravatas, hasta el punto de que Bond pensó que iba a agredirle físicamente. Como ya había supuesto, aquel hombre estaba totalmente desquiciado; era un psicótico peligroso, víctima de una perturbación profunda.

Y luego, de forma tan súbita como se había iniciado, pasó el acceso, sin transición alguna ni indicios de que fuera a operarse el cambio. Recobrada la cordura, observó por un instante la actitud del niño que ha sufrido un correctivo.

– La Milicia podría recuperarse aún -dijo con voz apagada, gutural-. Pero ya ha durado mucho la partida. Tengo otras cosas que hacer. Cosas mejores.

Se puso en pie. Daba la impresión de que perder o ganar el juego le tuviese ya sin cuidado. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz enteramente normal, como si nada extraordinario hubiese ocurrido, en tono de conversación, apacible y, por eso mismo, todavía más extraño.

– El motivo de esta partida era saber qué forma estaban cobrando sus pensamientos… en lo referente a su papel en esta operación. Dígame: si resulta que conoce al oficial de guardia, ¿cómo se propone arrancarle la frecuencia?

Al consultar su reloj, Bond comprobó con estupor que eran las ocho de la noche. Pasó a referirle a Holy el procedimiento que había discurrido. Terminado su relato, surgió un silencio…, la calma tras una batalla que se ha librado con fichas, en lugar de hombres, y con un tablero por campo de operaciones. Según transcurrían los segundos, Bond pensó que quizá presentaba su esquema algún error de cálculo. Lo repasó mentalmente. ¿Ofrecía de verdad puntos débiles, algo a lo que Jay Autem Holy pudiera aferrarse para demostrar que todo aquello era una pantomima sin fundamento?

Y entonces, interrumpiendo el silencio, brotó una risa de la garganta de su adversario, que rompió a asentir con movimientos espasmódicos, de ave de rapiña que ataca a su presa y la desmembra con el afilado pico.

– Magnífico, James. Acertaba al decirles que era usted nuestro único posible candidato. Si saca adelante ese proyecto, todos nos sentiremos muy contentos.

Y lanzando vivas miradas a su alrededor, como si hubiera estado a punto de cometer una indiscreción, contuvo la risa y se serenó por fin.

Bond percibió ruido y voces provenientes del otro extremo del laboratorio: llegaba gente.

– Nos hemos entretenido aquí demasiado tiempo -dijo Holy en tono cortante-. Le pedí a Cindy que le preparase un bocado. Encontrará una bandeja en su habitación. Yo comeré más tarde.

«El Superhombre -pensó Bond-: quiere que me percate de que puede sobrevivir largos períodos sin bebida ni alimentos.»

– En el desierto -dijo suavemente-, en compañía de Zwingli, después de saltar del avión… ¿tuvo que afrontar muchas privaciones?

Una amarga frialdad invadió los verdes ojos del Amo de Endor, que perdieron todo indicio de vida manifiesta.

– Muy inteligente, míster Bond. ¿Desde cuándo lo sabe?

Percatado de que probablemente se había excedido jugando sus cartas, y sin saber a ciencia cierta por qué lo había hecho, Bond respondió que si bien no estaba seguro, albergaba aquella sospecha desde su primer encuentro.

– Ocurre que leí tiempo atrás su antiguo expediente. Lo desentierran de vez en cuando, ¿sabe? Su cara me resultó conocida desde la primera noche, cuando Freddie nos presentó aquí. La impresión fue afirmándose durante la velada, aunque sin llegar a convertirse en certeza. ¿Cómo podía ser Jay Autem Holy, si él llevaba muerto tanto tiempo?

– ¿Y qué hubiera ocurrido de haber estado usted todavía en el Servicio, míster Bond? ¿Se habría apresurado a irles con el cuento a sus superiores? Y por cierto, ¿cuál es el motivo de que desentierren periódicamente el caso?

– Ya sabe usted cómo son los de la Milicia Colonial -Bond trató de poner una nota de humorismo en su respuesta-. Porque son los suyos quienes lo hacen. Persiguen espectros, fantasmas.

– Tamil estaba en lo cierto -dijo Holy con un rezongo-. Es una pena no haberle reclutado antes. Su gente lo intentó, desoyendo mi consejo. No me apetecía la idea de cargar con un rehén. Me refiero a la mujer. Porque le acompañaba una mujer, ¿no es así? En cualquier caso, los planes se aguaron; fue usted astuto y rápido -de nuevo la tensión del ambiente se disipó sin previo aviso, como solía ocurrir con Holy-. En fin, tengo que hacer. Manténgase alerta, James. Y celebro tenerle con nosotros.

Los visitantes se estaban congregando en la sala principal del laboratorio; todos los bronceados mercenarios de Erewhon estaban allí. Bond advirtió que Tamil y Zwingli continuaban en animada conversación, como si no la hubieran dejado desde la hora del almuerzo.

– Acompañe a mister Bond arriba -le dijo Holy a Tigerbalm, y a Bond le dio una palmadita en la espalda, como para tranquilizarle con la idea de que todo estaba en orden.

Tigerbalm sólo subió hasta el rellano, y desde allí siguió a Bond con la mirada camino de su cuarto. Bond recordaba haber oído decir que Jay Autem Holy era una especie de genio. ¿Era Percy quien había expresado esa opinión? Una cosa estaba clara: aquel hombre vivía en el curioso mundo de la irrealidad. Si él decía haber muerto, eso y nada más que eso debía creer el mundo. Descubrir que otros albergaban dudas al respecto había sido una auténtica conmoción para él. Y luego estaba lo de Percy… «Porque le acompañaba una mujer, ¿no es así?» En fin; todos aseguraban que ni siquiera Holy sería capaz de reconocer a su esposa…

Abrió la puerta. Y por segunda vez desde el comienzo de aquella intriga, encontró a Cindy Chalmer esperándole en su cuarto. Tenía en una mano un disco de ordenador, y se había llevado un dedo a los labios, en petición de silencio.

Bond cerró la puerta.

– ¿Nuevos saludos de Percy? -preguntó en voz queda.

15. El juego del Globo

– No; esta visita es por mi cuenta -respondió Cindy, y siguió la mirada de Bond que, súbitamente silencioso, escudriñaba centímetro por centímetro el contorno del cuarto-. No hay nada que temer, James -agregó por lo bajo-. Esta gente dispone de medios de vigilancia visual y de todos los dispositivos de detección militares, pero por lo visto no han descubierto todavía la temible técnica de los micrófonos escondidos.

– ¿Estás segura? -bisbiseó él.

– Inspeccioné la casa personalmente durante mi primera semana aquí. Y desde entonces he venido observando todas las medidas de seguridad que adoptaban. Si han puesto escuchas en la casa, yo vuelvo a mi estado virginal.

Por la boca amarga de la muchacha no pasó ni la sombra de una sonrisa: la situación no tenía nada de divertida. Él, por su parte, y pese a darse por satisfecho, habló en murmullos todo el tiempo que permanecieron en el cuarto. Una bobada, pensó, pues si resultaba que Cindy se había equivocado, sería como si llevasen a voz en cuello su conversación.

– El juego del Globo -dijo la muchacha, tendiéndole una caja pequeña, cuadrada y plana, que contenía un disco duro.

De modo que se había hecho con la prueba -o, mejor, con el indicio- de lo que ESPECTRO tenía encomendado a Rahani y a Holy. Aquella delgada placa magnética contenía las respuestas a todas las preguntas de Bond. Y aun así, no hizo ademán de alcanzarla.

– Bien; no te quedes ahí, parado. Dame las gracias, por lo menos.

Deseoso de hacerla hablar, Bond guardó silencio. Era una argucia tan antigua como su misma profesión, y la practicaban todos los reclutadores de agentes, al igual que los oficiales de seguimiento de datos. Guardar silencio y dejar que el informador diga cuanto tenga que decir. Y entonces, sólo entonces, aportar comentarios que puedan dar cohesión al informe.

– Tienen cuatro copias del trabajo -dijo por fin la mulata-, y pido al cielo que a la Vieja Águila Calva no se le ocurra echar mano de la cuarta… porque está aquí.

Bond ni interrumpió su silencio ni sonrió.

– Pensé que tendrían el programa bajo siete llaves, en la cámara acorazada, que aparte de arañas antropófagas, dispone de toda clase de defensas -continuó, fija la mirada en Bond, que permanecía inmóvil, y de nuevo le tendió el disco-. Pero hoy tenemos entrenamiento general, de modo que se utilizarán los cinco ejemplares continuamente. Como suele ocurrir en estos casos, a Peter y a mí nos han prohibido la entrada en el laboratorio. Menos mal que los vigilantes están acostumbrados a vernos entrar y salir. Parece que derrotaste a nuestro hombre en su propio terreno…

– Sí -respondió Bond secamente, como si la victoria no le hubiera procurado placer alguno.

– Me han llegado rumores en ese sentido. Quizá te convenzas ahora de que está loco. También tengo entendido que le dio una de sus pataletas…

– ¿Cómo hiciste para bajar?

– Aparentando que atendía a mis obligaciones. Me puse bajo el brazo una tablilla con su pinza y su papel de notas y pasé como si tal cosa frente al tipo que montaba guardia en la puerta. Están hartos de verme. Tú estabas con Holy. Como ocurre con tantos maníacos de la seguridad, nuestro hombre incurre en errores garrafales. Se había dejado abierta la caja fuerte. Aproveché para mangarle esto y escondérmelo debajo de la camisa.

Percatado de que la chica no le diría más, preguntó:

– Entonces, ¿no has visto funcionar el programa?

Ella negó con la cabeza. Bond había advertido que siempre lo hacía ladeándola un poco a la derecha: un amaneramiento como el de quien florea su firma para realzar la importancia del nombre. Pero también un hábito de los que los psiquiatras suelen detectar -y eliminar- durante el entrenamiento de los agentes, que deben evitar las reacciones estereotipadas. De nuevo se mantuvo a la expectativa.

– No hubo forma, James. Sólo los elegidos lo han visto funcionar y han jugado con él… si en este caso se puede hablar de juego.

Bond tomó por fin el disco.

– Yo diría que se han entrenado en su uso. Por lo demás, veo pocas posibilidades de echarle un vistazo. ¿Dónde quedó mi equipo?

– En un rincón del garaje, debajo de una montaña de desechos: neumáticos, latas vacías, herramientas, trastos. Tuve que improvisar. Era mejor ponerlo allí que dejarlo en el coche, donde lo habrían encontrado. Desde luego no está seguro, de modo que habrá que confiar en que nadie se ponga a revolver por allí.

Bond parecía reflexionar detenidamente sobre la situación.

– Bien; no me seduce la idea de averiguar qué contiene esto. En todo caso es importante, y sospecho que peligroso. Confiemos en que aciertes en suponer que no lo echarán en falta, y que no se pondrán a revolver en el garaje y darán con todos mis chismes electrónicos…

– Entonces, ¿de qué nos va a servir el equipo? ¿Quieres que intente sacarlo de allí?

Bond se acercó a la ventana, que tenía echadas sus cortinas de cretona. En una mesa cercana estaba la prometida bandeja de la cena. Advirtió que contenía dos servicios, y constaba de cóctel de gambas, pollo y lengua fríos, ensaladillas varías, panecillos y una botella de vino. ¿Cuándo comían caliente en Endor?, se preguntó. ¿En verano?

Todavía tenía el disco en la mano. Mejor no apartarse de él. Sin embargo, los posibles escondrijos eran pocos. Confiando en que no se producirían registros, se acercó al armario y metió la grabación entre su ropa. Con todo eso, el silencio se prolongó varios minutos mas.

– Tenemos amigos en el exterior -le confió por fin a la muchacha-. Cerca. Y debí haberlo pensado antes… No; tú no vas a ninguna parte. Nadie, excepto yo, debe tratar de salir de la casa -se dio la vuelta y, dejándose caer en un sillón, le invitó a ella, con un ademán, a tornar asiento a su vez. Indicando el armario con un movimiento de cabeza, prosiguió-: No podemos permitirnos riesgos con eso. Es como una bomba de relojería.

– Entonces, ¿qué? ¿Cruzarnos de brazos y esperar a que venga en nuestra ayuda la caballería?

Sentada en el borde de la cama, se le había subido la falda, que dejaba al descubierto una fascinante porción de suave muslo.

– Mas o menos.

Trataba Bond de calcular de cuánto tiempo disponían. Suponiendo que el equipo de vigilancia, con sus cámaras, sus aparatos de escucha y sus micrófonos direccionales, hubiera descubierto que algo importante se estaba cociendo en Endor y dado parte de ello a «M» ¿qué haría el jefe del Servicio? ¿Dejar que se las compusiera buenamente? Quizá. No era la primera vez que aquel viejo ladino, diplomático e intrigante, esperaba hasta el último momento para intervenir.

– Quiero que me des una opinión bien meditada, Cindy, teniendo en cuenta que tú estabas ya aquí cuando planearon los golpes anteriores.

Respondió la muchacha que en esas ocasiones recibían la visita de los hombres duros, que se reunían en los sótanos y pasaban allí horas adiestrándose.

– Y la reunión de ahora, ¿es la más concurrida que recuerdas?

Lo era, en efecto.

– Queda la cuestión del plazo, Cindy. ¿De cuánto tiempo crees que disponemos antes de que pongan en marcha la operación?

Lo que Bond estaba pensando realmente era: «¿Cuánto tardarán en pedirme que birle la frecuencia COPE?»

– Es sólo una conjetura, pero yo diría que no más de cuarenta y ocho horas.

– ¿Y qué ocurre con tu amiguito, el tal Peter?

Cindy salió en su defensa como la chica que, a menudo indispuesta con un hermano, no vacila en sacar la cara por él cuando la ocasión lo requiere.

– De Peter no hay nada que decir. Es brillante, trabajador, esforzado…

– Pero ¿confiarías en él, confiarías de veras en él en un momento decisivo?

Cindy se mordió el labio superior.

– Sólo en caso de verdadera emergencia. No es que tenga nada en contra de él. No puede ver ni en pintura a St. John-Finnes ni a Dazzle. Lleva tiempo buscando otro empleo. Dice que esta casa le da claustrofobia.

– Pues creo que dentro de poco se le va a agudizar esa sensación. Algo me dice que tú, Peter y yo estamos destinados al olvido…, en particular vosotros dos. Lo está cualquiera que no les inspire ciega confianza.

De nuevo guardó silencio. Repasaba mentalmente toda la información de que disponía. Según Autem Holy, la conjura de ESPECTRO tenía por objeto cambiar la historia. Conseguido su propósito, aquella gente no querría a su alrededor testigos que pudieran dar nombres o describir rostros. Y mucho menos en la etapa inmediatamente posterior a la consumación de lo que estuvieran planeando.

– ¡Mi coche! -exclamó súbitamente.

– ¿El Bentley? ¿Qué pasa con él?

– ¿Cómo conseguiste sacar mi equipo del maletero?

– Fue antes de que llegase la pandilla que tenemos ahora por aquí. Encontrándome en las cocinas advertí que estaban almacenando montañas de comida en los congeladores. También sorprendí conversaciones telefónicas del Aguila Calva. Me di cuenta de que te iban a traer de regreso… Por cierto, ¿qué te ocurrió? Dijeron que estabas en el hospital.

Impaciente, Bond le pidió que siguiese con su relato.

Sabiendo que habían depositado el coche en el garaje, Cindy se preguntó qué habría sido del microordenador y el testo del equipo que utilizara Bond en el hotel. Las llaves del Bentley se encontraban en un armario de seguridad, junto con las del testo de los coches. Como no era la primera vez que trasteaba en el armario en cuestión, se limitó a esperar el momento oportuno…

– Era peligroso, pero no retuve las llaves más de cinco minutos. Aprovechando el trajín general, vacié el portamaletas y escondí en el garaje lo que contenía. El lugar no era seguro, pero no había alternativa. Ya corrí bastante riesgo con eso; no era cuestión de tentar la suerte tratando de llevar más lejos el equipo.

– ¿Y el coche? ¿Lo han registrado? ¿Le han hecho algo?

Negó, como siempre, ladeando la cabeza.

– No han tenido tiempo. Ni gente para hacerlo. Andan locos de trabajo.

– ¿Dónde están las llaves?

– Las tendrá Jason.

– Pero el Bentley ¿sigue allí, en el garaje?

– Que yo sepa, sí. ¿Por qué?

– ¿No podríamos…?

– Ni se te ocurra, James. ¿Salir de aquí en coche y en una pieza? Imposible.

– Me propongo hacerlo con permiso oficial. Pero si no han estado husmeando en el Bentley, no me importaría pasar un cuarto de hora en su interior. ¿Se te ocurre algún medio?

– ¿De conseguir las llaves? Cielo santo, no…

– Olvida las llaves. Lo que quieto saber es si podríamos entrar en el garaje.

– Bueno, yo sí -le explicó que una de las ventanas de su cuarto daba al tejado del garaje-. No hay más que saltar. Existe allí una claraboya que se abre hacia arriba. La cosa es fácil.

– ¿Lo tienen vigilado?

– ¡Maldita sea, sí! Hay un par de tipos jóvenes de guardia en la puerta.

Pasó a explicarle la disposición del local. El garaje propiamente dicho, con capacidad para cuatro coches, era de hecho una prolongación del ala norte de la casa. La habitación de ella formaba ángulo, con una ventana por el lado del cobertizo y otras dos por el de la fachada.

– Que es donde montan guardia los vigilantes, ¿no? Su única tarea ¿consiste en vigilar el garaje?

– Tienen otras. En general, custodiar la parte norte del recinto. Podríamos… Espera. Si dejo descorridas las cortinas ven todo lo que ocurre en mi habitación. Anoche les sorprendí en eso. Se alejan un poco camino abajo y tienen vista panorámica. ¿Y si les alegrara las pajaritas…?

Bond sonrió entonces por primera vez.

– Vaya… Me harías un verdadero favor.

Cindy se dejó caer en la cama.

– Eres un cerdo machista, James. Tienes mis favores a tu disposición en cualquier momento que los desees. Y hablo en serio.

– Me encantará tomarte la palabra, Cindy. Pero ahora tenemos quehacer. Veamos lo agudos que han sido con mi equipaje.

Tomó su maleta de fin de semana y la dejó caer en la cama, junto a la chica. Arrodillándose entonces, examinó de cerca los cierres. Unos segundos más tarde movió afirmativamente la cabeza, echó mano de la estilográfica de metal pavonado que llevaba prendida detrás del jersey y, desenroscando el extremo opuesto al plumín, extrajo de él un juego de minúsculos destornilladores cuyo fileteado se adaptaba al capuchón, de esta forma convertido en mango.

– Instrumento indispensable para todo viajero -comentó, antes de elegir una de las herramientas y ajustarla debidamente.

Se aplicó a retirar cuidadosamente los tornillos del cierre derecho de la maleta. Cedieron con facilidad, y desprendida la cerradura en una sola pieza, apareció una cavidad rectangular que contenía un juego de recambio de las llaves del Mulsanne Turbo. Bond se las guardó en el bolsillo, repuso el cierre y recogió el equipo de herramientas en miniatura.

Planearon rápidamente la maniobra de divertimento de Cindy y la forma en que se deslizaría Bond por la ventana.

– Mi papel no ofrece dificultades -aseguró ella con una caída de ojos-. Tengo debajo de la falda argumentos pero que muy convincentes -dijo. Y haciendo un puchero, agregó-: Pensé que podría excitarte incluso a ti…

Habiéndole descrito la disposición del cuarto, propuso entrar ella a oscuras, abrir la ventana lateral y descorrer las cortinas antes de encender la luz.

– Desde allí puedo ver en qué lugar exacto se han situado los vigilantes. Tú no tendrás más que reptar hasta la otra ventana.

– ¿Cuánto tiempo crees que podrás tenerlos… encandilados?

Si ejecutaba el número completo, repuso Cindy con voz gutural, una media hora.

– Pero para curarnos en salud, reduzcámoslo a la mitad, con un margen de cinco minutos en más o en menos.

Bond le dedicó la clase de mirada que solía reservar a cierta descarada joven de vestido sin mangas y collar de perlas destacada en el cuartel general de Regent's Park. Comprobó que estuviese en orden la ASP y señaló la conveniencia de poner manos a la obra cuanto antes. Se percataba de que, si no lo habían hecho aún, los hombres de Holy no dejarían de ocuparse del Bentley antes de que le permitiesen a él utilizarlo…, suponiendo que se lo permitieran.

La casa parecía en calma. Cuando cruzaban de puntillas el descansillo, vieron que aún había hombres en el vestíbulo, pero por lo demás no se advertía movimiento, y el largo corredor que llevaba a la habitación de Cindy, situada al otro extremo de la casa, estaba a oscuras. La suave mano de la muchacha rozó la de él, y entrelazaron un instante los dedos mientras ella le guiaba hacia su puerta.

Cindy era joven, juncal, muy atractiva y manifiestamente accesible…, al menos para él. Se preguntó por un momento hasta qué punto era digna de confianza. Pero la oportunidad de dudar había quedado ya muy atrás. Y a nadie más podía recurrir.

La muchacha abrió la puerta y susurró:

– Listo. Al suelo, muchacho.

Bond se echó a tierra y se dispuso a cruzar el cuarto serpeando. Ella, que había empezado a canturrear una tonadilla interrumpía sus melódicos compases con sabor a blues, para insertar susurrados comentarios.

– Por este lado no hay nadie… Voy a correr las cortinas… Hecho; me dirijo a las ventanas de la fachada… Sí, allí están… Rápido, James; voy a encender la luz…

Su vivo resplandor sorprendió a Bond a mitad del recorrido, en rápido avance hacia la ventana lateral, cuyos visillos ondeaban ahuecados como velas romanas.

Al alcanzar su punto de destino, Bond vio a Cindy en pie junto a la ventana más distante, con las manos en la camisa y cimbreándose suavemente mientras cantaba en voz queda:

Me atiza el fuego, me corta el hielo,

me pinta el techo, me mulle el lecho…

¡Mi hombre es un «manitas»…!

Me hace la masa, me limpia la casa,

me pone el brasero, me toca el pandero…

¡Mi hombre es un «manitas»…!

Las últimas palabras apenas le resultaron audibles a Bond que, salvando ya el antepecho de la ventana, se había dejado caer en el tejado del garaje. Pero como tenía un disco de El manitas, grabado en 1920 por la que llamaron la Reina Victoria Spivey, sabía de qué iba la letra.

Tendido de bruces en la techumbre como para formar un solo cuerpo con ella, esperó en silencio a que los ojos se le habituasen a la oscuridad. Y entonces, al oír primero pasos en la gravilla y luego voces, se paralizó. Los guardianes eran dos, como había dicho Cindy, y hablaban con marcado acento extranjero. Uno de ellos pidió silencio con un susurro sibilante.

– ¿Qué pasa?

– ¿El tejado? ¿No has oído?

– ¿El qué?

– Un ruido, como si hubiese alguien en el techo del garaje.

Bond se apretó aún más contra la plancha de la superficie, vuelta la cabeza y sintiendo latir la sangre en los oídos.

– ¿En el techo? No.

– Desanda unos pasos y echa un vistazo. Ya sabes lo que dijo el jefe: que era nuestra última oportunidad.

Nuevo crujir de pisadas en la gravilla.

– Yo no veo nada…

– ¿No tendríamos que acercarnos y…?

Bond deslizó sigilosamente una mano hacia la pequeña pero terrible ASP.

– Ahí no hay nadie. Sería un gato… Eh, Hans, mira eso…

Audible zigzagueo de pasos en el engravillado.

Vuelta la cabeza, Bond distinguió netamente las siluetas de los dos guardias frente a la casa. Muy cerca el uno del otro, miraban hacia lo alto, como astrónomos que estudiasen un planeta nuevo, fijos los ojos en la invisible ventana de la derecha.

Emprendió un cauteloso avance hacia la parte central de la techumbre, donde sabía que se encontraba la claraboya. Y entonces, de improviso, bajó de nuevo el cuerpo, pues los vigilantes se habían movido a su vez. Su propia respiración le parecía tan estruendosa, que no podía sino alertar a los centinelas. Pero éstos se apartaban en ese momento de la casa, ladeada la cabeza a fin de ver mejor lo que ocurría en la iluminada ventana de Cindy.

El agente especial reemprendió su avance con toda la rapidez que permitía la prudencia, consciente del rápido transcurso de los minutos.

Aunque probablemente no invirtió más allá de uno en alcanzar la claraboya, le pareció que se le había ido en ello una eternidad. El batiente cedió al primer intento. Lo levantó con gran cuidado, escrutando la oscuridad que rodeaba a los guardianes.

Para simplificarle las cosas, le habían estacionado el Mercedes blanco debajo mismo de la abertura. Con un solo movimiento se situó en el techo del automóvil, la cabeza a menos de palmo y medio de la claraboya.

Agachado ya, desenfundó la ASP. Si habían puesto un tercer guardián en el interior del garaje, no habría más remedio que modificar los planes. De nuevo esperó en perfecta inmovilidad, a que la visión se le adaptase a las tinieblas del recinto. Sólo alcanzaba a oír los latidos de su corazón. Por fin distinguió la larga silueta del Mulsanne, estacionado a su derecha.

Saltó a tierra, con la ASP en una mano, y en la otra las llaves del Bentley, y rodeó la cola del Mercedes.

La portezuela del Mulsanne cedió a la presión del pulgar en la cerradura y retrocedió con la agradable sensación de seguridad que confería su peso. El interior del coche se iluminó simultáneamente, y Bond se deslizó en el asiento del conductor, dejando abierta la portezuela a fin de inspeccionar las conexiones del teléfono Super 1000 de largo alcance que la Communications Control Systems (CCS) había confiado para su instalación a los magos electrónicos de la Rolls-Royce. Cerrando por fin, descolgó el auricular. Suspiró aliviado al ver que se encendía la roja luz indicadora de que el teléfono estaba en funcionamiento. Su mayor preocupación era que los hombres de Holy hubiesen cortado los cables. Lo único que le restaba ya era confiar en que no hubiese escuchas en la banda de ondas.

Pulsó rápidamente el número, y antes de que al lejano extremo de la línea pudieran responderle «Exportaciones Intermundiales», se anunció a sí mismo con un «¡Depredador! ¡Confundan!», y apretando al mismo tiempo el botón que ponía en marcha la defensa de interferencias, contó a veinte y esperó a que la distante voz hablase de nuevo.

– ¡Confundimos! -sonó clara la voz del oficial de guardia de las oficinas centrales de Regent's Park.

– No repetiré este aviso. Depredador, emergencia…

Y Bond añadió un rápido mensaje de dos minutos de duración que esperaba fuese perfectamente inteligible en caso de que Jay Autem Holy se propusiera enviarle en los próximos días en busca de la frecuencia COPE de los norteamericanos.

Devuelto el auricular al soporte instalado entre los asientos, recuperó la ASP, que había dejado encima del salpicadero de pulida madera, al inmediato alcance de la mano, y la enfundó.

A continuación debía regresar, y cuanto antes, al cuarto de Cindy. En su estado de exaltación mental, pensar en la mulata entregada a la tarea de desnudarse lentamente mientras canturreaba en voz baja, le producía viva excitación y, con eso, le devolvía al punto el recuerdo de Percy Proud, como si ésta se encontrara muy cerca. Jugarretas del subconsciente, dijo para sí mientras cerraba la portezuela del Bentley, con toda la suavidad que permitía su peso, y echaba la llave.

La luz del interior tardó unos segundos en apagarse y devolver el garaje a su anterior oscuridad. Ya se había dado la vuelta, dispuesto a encaminarse al Mercedes, cuando un doble chasquido metálico, netamente audible, le hizo pararse en seco.

Recordaba, de sus jornadas de entrenamiento, allá por los días de la segunda guerra mundial, un ejercicio que la Academia seguía practicando. Consistía éste en escuchar en la oscuridad una serie de ruidos grabados en una cinta magnetofónica. El propósito era determinar la naturaleza de ese repertorio de sonidos, que solía incluir el inconfundible «clic» que produce un arma automática al ser amartillada y que se ofrecía mezclado con otros: de picaportes, de juguetes, incluso de cierres metálicos. El agudo chasquido que acababa de oír Bond había sonado detrás del Mercedes, y el agente especial lo hubiera reconocido entre mil: procedía de una pistola automática.

La ASP volvió a su mano con la presteza con que un maestro del ilusionismo materializa en la suya, surgida de la nada, una varita mágica. Pero apenas empuñada la pistola, brilló el haz luminoso de una linterna de bolsillo, y una voz harto conocida dijo quedamente:

– Suelte ese chisme espantoso, querido. No vale la pena, y los dos queremos salir con bien de esto, ¿no es así?

16. COPE

Bond discernía netamente su silueta, perfilada ante el fondo de la pared, más claro. Calcular la situación y determinar lo que debía hacer no le llevó más que una fracción de segundo.

En otras circunstancias, y dados su entrenamiento y la rapidez de sus reflejos, podría haberle abatido de un solo tiro disparado desde la misma cintura. Pero varios factores, considerados en un solo instante, le retuvieron la mano.

El tono de voz, que no era agresivo, dejaba lugar a la negociación, y así lo confirmaban las mismas palabras, simples y concretas: «… los dos queremos salir con bien de esto, ¿no es así?». Pero la consideración más importante era que la ASP no tenía silenciador: un disparo, partiese de ésta o del arma contraria, atraería al garaje a la gente de Holy. Y estimó Bond que Peter deseaba tanto como él mantener alejados a los lobos.

– Muy bien, Peter, ¿qué se propone?

Al acercarse Peter Amadeus, Bond percibió, más que vio, que el pequeño revólver que blandía casi junto al cuerpo, bailaba en su mano como una hoja en medio de un huracán. Saltaba a la vista que el amanerado joven estaba muy nervioso.

– Me propongo, míster Bond, largarme de aquí. Y hacerlo tan deprisa como me sea posible. Por lo que oído de su conversación, parece que también usted marcharse.

– Yo lo haré cuando reciba esa orden… de su jefe. Por cierto, ¿sabe él que está aquí?

– A poco favorables que me sean los hados, nadie reparará en mi ausencia. Y si dan la voz de alarma confío en que no vengan a buscarme aquí.

– Peter, de ningún modo saldrá usted de esta casa a menos que pueda yo volverme por donde he venido, y que lo haga rapidito ¿No sería más inteligente desistir de su propósito?

La pistola osciló en la mano de Amadeus, cuya voz derivó un poco más hacia la histeria.

– ¡No puedo, Bond! No lo soporto. Este lugar, esa gente, y Finnes en particular, me aterran. No puedo permanecer ni un día más en esta casa.

– Está bien -repuso Bond en tono apaciguador, confiando en que el joven no levantase mucho la voz-. Si discurrimos alguna manera de salir, ¿estaría dispuesto a colaborar? ¿A prestar testimonio, en caso necesario?

– Tengo el mejor testimonio que quepa imaginar -dijo el otro, en tono más sosegado-. He visto el juego del Globo. Lo he visto funcionar, sé de qué va, y lo que contiene bastaría para dejar sin pulsos a un sargento de granaderos; de modo que ya imaginará el efecto que me produce a mí.

– ¿Y qué contiene? Cuéntemelo.

– Ese es el único triunfo que tengo en la mano. Sáqueme de aquí y le prestaré cuanta ayuda pueda necesitar. ¿Trato hecho?

– No puedo prometerle nada -Bond tenía clara conciencia del paso de los minutos. Cindy no podría mantener entretenidos mucho más tiempo a los dos guardianes-. Si me dejan salir para que les haga parte del trabajo sucio que tienen pendiente, dé por seguro que antes revisarán con lupa el Bentley. Y tenga presente también que la ausencia de usted pone en peligro la vida de muchas personas.

– Lo sé, pero…

– Está bien; ya no tiene remedio. Pero ahora escúcheme, y hágalo atentamente…

Y pasó a explicarle a Amadeus, tan rápidamente como pudo, la mejor manera de ocultarse debajo de los coches estacionados en el garaje. Poniéndole en la mano las llaves del Bentley, concluyó:

– No se sirva de ellas hasta que hayan terminado de enredar con mi coche. El riesgo es grande, porque podría ocurrir cualquier cosa y porque nada me asegura que me permitirán marchar en el Bentley. Otra cosa: si le descubren aquí, no cuente con ayuda alguna. Yo desmentiré rotundamente tener ningún trato con usted. ¿Estamos?

Y habiéndole señalado que después de que revisaran el automóvil debía esconderse en el maletero, añadió:

– Todo me hace pensar que me pondrán de escolta a uno de los suyos, armado hasta los dientes.

Y después de explicarle lo que debía hacer en caso de que todo aquello fallara, o le impidiesen a él salir de la casa, le dio al delicado programador una palmadita en el hombro, le deseó buena suerte, se encaramó de nuevo en el techo del Mercedes y se izó por el hueco de la claraboya.

Pegado a la plancha de la techumbre en el frío aire de la noche, comprendió que Cindy tenía que haber agotado su repertorio. Los guardianes estaban muy cerca: al mismo pie del garaje. Distinguió sus mascullados comentarios de lo que acababan de ver; todas las típicas patochadas de la soldadesca.

Permaneció otros cinco minutos en la misma tensa posición, atento a las voces, hasta que por fin se alejaron, siguiendo su ronda habitual a fin de vigilar la fachada desde todos los ángulos.

Tardó diez minutos más en alcanzar reptando la ventana. Tras cada etapa se detenía, inmóvil, tendiendo el oído por si regresaban los guardianes, que pasaron dos veces junto al garaje en lo que duró su fatigoso culebrear por el tejado. Alcanzado por fin el alféizar, se metió de un salto en el cuarto de la mulata.

– Te lo has tomado con calma…

Estaba tendida en la cama, completamente desnuda, satinado el oscuro cuerpo, trémulas las espléndidas y largas piernas mientras frotaba uno con otro los muslos. Liberada la tensión, el agente especial fue hacia ella.

– Perdona. No quería tardar tanto…

Iba a mencionar su encuentro con Amadeus, pero cambió de propósito: el día había tenido ya bastantes emociones. Cindy le echó los brazos al cuello, y Bond no se supo resistir. Por un instante, en el momento en que la tomaba, se le representaron como en un relámpago el rostro y el cuerpo de Percy Proud, y fue tan vívida la imagen, que le pareció descubrir el perfume de ella en el cuerpo de la mulata.

Estaba a punto de amanecer cuando retornó sigiloso a su habitación. La casa continuaba en silencio, como si apurase el sueño con vistas a la acción inminente. Bond consumió parte de la comida de la bandeja, arrojó al sanitario la que quedaba y tiró tres veces de la cadena 1 fin de evacuar los restos. Concluida esa operación, se tendió por fin en el lecho, sin desvestirse, y se entregó a un sueño reparador.

Un rumor bastó para despertarle y hacer que su mano derecha volase hacia la ASP.

Era Cindy. Su aspecto autorizaba a pensar que las propias piedras se habrían disuelto al contacto de su lengua. Llevaba una bandeja con el desayuno, y la seguía Tigerbalm, que anunció, con su habitual sonrisa necia, que el profesor St. John-Finnes deseaba verle a mediodía.

– Entiéndase las doce en punto -precisó-. Vendré yo a buscarle.

– Muy amable.

Bond hizo ademán de levantarse, pero Cindy se retiraba ya hacia la puerta.

– Cindy…

– Que pase usted un buen día -le soltó ella, sin tan siquiera volver la cabeza.

Bond se encogió de hombros, algo desconcertado, pero seguidamente atacó al café y a las tostadas. Su reloj indicaba las diez y media. Al toque de las doce menos cuarto, estaba ya duchado, afeitado y vestido, en mejor forma que la víspera y pensando que, con ser «M» todo lo que era, no podía retrasar mucho más el asalto de Endor.

Tigerbalm reapareció a las doce menos tres minutos. Se dirigieron a la planta baja, a la parte trasera de la casa, donde Jay Autem Holy le esperaba en una habitación pequeña que Bond veía por primera vez.

Tenía el cuarto una mesa, dos sillas y un teléfono; ni ventanas ni cuadros ni decoración alguna. La iluminación partía de dos tubos fluorescentes, y Bond advirtió de inmediato que sillas y mesa estaban ancladas en el suelo. El ambiente le era familiar: una sala de interrogatorios.

– Adelante, amigo Bond.

Holy había alzado la cabeza con un respingo de rapaz. Sus verdes, penetrantes ojos destacaban hostiles como miras de una pistola de rayos láser. Despachó a Tigerbalm y, con una seña, invitó a Bond a sentarse. Holy no malgastaba el tiempo.

– Volviendo al proyecto que me esbozó, sobre la manera de hacerse con la frecuencia COPE…

– Usted dirá.

– Es indispensable que consigamos el código de la que regirá, a partir de la medianoche de hoy, para los próximos dos días.

– No veo inconveniente, pero…

– Si le parece, prescindamos de peros, James. ESPECTRO, que sigue contemplando con el mayor reparo su reclutamiento, me ha encomendado un mensaje que debo transmitirle a solas.

Bond permaneció expectante. Siguió un silencio de unos segundos.

– Según los portavoces de ESPECTRO, usted sabe ya que sus miembros no son gente a quien frenen los escrúpulos. Añaden que no nos molestemos en amenazarle a usted con la muerte, ni nada por el estilo, en caso de que no cumpla al pie de la letra nuestras instrucciones -compuso un vestigio de sonrisa-. Por mi parte, creo que está usted de nuestro lado, y si resultase que nos traiciona, tendría que reconocer que me ha engañado muy bien. Aun así, y para que todos sepamos qué terreno pisamos, debo indicarle qué consecuencias ha de temer.

Bond no interrumpió su silencio ni dejó que su semblante trasluciera cambio alguno.

– La operación a que nos hemos consagrado todos nosotros tiene fines pacíficos; eso es algo que quiero destacar. Bien es cierto que alterará el curso de la historia, y que con eso puede crear algún caos. Hay que dar por descontada la resistencia de los reaccionarios. Pero llegará el cambio, y de su mano la Paz.

Por el tono se notaba que concedía una mayúscula a la palabra.

– Entonces…

– Entonces la frecuencia COPE es un requisito indispensable para que ESPECTRO pueda llevar a término su solución pacífica. Si todo sale bien, el derramamiento de sangre será poco o ninguno. De las lesiones o bajas que puedan producirse tendrán la culpa quienes se obstinan en oponerse a lo inevitable.

Holy enlazó lentamente las manos y las descansó en la mesa en ademán inequívoco de consejo paternal.

– Lo que me han ordenado decirle es que si nos fallase usted, o intentara cualquier estratagema para frustrar lo que no puede ser frustrado, la operación se llevará adelante de todos modos, pero la solución pacífica tendrá que ser abandonada. A falta de la frecuencia COPE, sólo queda un camino abierto: el del terror, la atrocidad y el holocausto final.

– Mire… -quiso protestar Bond, pero Holy le atajó con una mirada fulminante.

– Me han pedido que lleve a su ánimo la certeza de que si sucumbiera usted a la tentación de sustraerse a su compromiso de entregarnos la frecuencia o, lo que es mucho peor, si se le ocurriera alterarla, sobre su conciencia y sólo sobre su conciencia pesará la muerte de millones de personas. No crea, James, que fanfarronean. Hemos trabajado antes para ellos, y esa gente me aterroriza.

– ¿Y al general Zwingli también le aterroriza?

– Zwingli es un tipo duro -repuso Holy, ya con más sosiego-, un tipo duro, viejo y desilusionado. Pero, sí; también a él le asustan -desplegó las manos sobre la mesa, cerca del teléfono, con las palmas hacia abajo-. Joe Zwingli perdió toda la fe en su país allá por la época en que también yo llegué a la conclusión de que los Estados Unidos habían pasado a convertirse en una nación degenerada y esclava de sí misma, conducida por hombres corruptos. Comprendí que Norteamérica, al igual que Inglaterra, jamás podría ser cambiada desde dentro. Tendría que hacerse desde el exterior. Juntos forjamos la idea de desaparecer, para trabajar en pro de una sociedad auténticamente democrática, de la paz mundial, desde el anónimo de… ¿cómo diría yo…?, desde el anónimo de la tumba.

– ¿Por qué no desde el anónimo de un sepulcro blanqueado?

Bond no pudo contener a tiempo el impulso de mostrarse algo menos que amable con su retorcido interlocutor. Los ojos verdes cobraron la dureza de diamantes que reflejaran la luz.

– Muy poco atinado, James. Si es usted de los nuestros.

– Pensaba en lo que podría decir el mundo…

– El mundo será muy distinto dentro de las próximas cuarenta y ocho horas. Pocos pensarán en lo que hice. Muchos contemplarán con esperanza lo que me he impuesto hacer.

Bond volvió rápidamente al asunto que tenían entre manos.

– Así pues, si considera usted que mi idea es la mejor, salgo esta noche…

– Sale usted esta noche, pero antes de hacerlo pone en marcha el proyecto. El oficial de guardia del departamento de seguridad es Denton… Anthony Denton.

– Estupendo.

– ¿Le conoce?

Bond conocía bien a Tony Denton. Habían cursado estudios juntos en su juventud, y en años aún recientes compartido una misión de rescate relacionada con un desertor que se había encerrado en la embajada británica de Helsinki. Sí; conocía al bueno de Tony Denton, aunque ese hecho en nada alteraba las cosas, siempre y cuando en las oficinas centrales del Regent's Park hubiesen dado la debida importancia a su mensaje.

– Según tengo entendido, entra de servicio a las seis de la tarde -le presionó Holy.

Bond repuso que, en efecto, ésa solía ser antes hora del cambio de guardia. El Amo de Endor propuso que hiciese su llamada telefónica alrededor de las seis y media.

– Entretanto haría bien en descansar un poco. Si desempeña debidamente su misión, como así le conviene por su paz de espíritu, para no hablar de los millones de seres humanos que sin saberlo le han confiado la vida, todos podemos contar con un porvenir risueño…, con el espectáculo de aquellas anchas, soleadas tierras altas de que habló en cierta ocasión un gran estadista.

– Iré en mi coche -no lo dijo en tono de propuesta, sino de determinación.

– Si se empeña… Tendré que hacer que le desconecten el teléfono, peto usted no pondrá reparos a eso.

– Me basta con que me deje el motor y las cuatro ruedas.

Holy se permitió un asomo de sonrisa. Luego, volvió a endurecerse su semblante.

– James…

Bond comprendió al instante que se disponía a decir algo desagradable.

– James, quiero concederle a usted el beneficio de la duda. Tengo entendido que la virginal miss Chalmer estuvo anoche en la habitación de usted. Y para decirlo todo, que visitó usted la de ella hasta el amanecer. Me veo en la necesidad de preguntarle si le dio algo Cindy Chalmer. O trató de hacerlo.

– Bien, a decir verdad… -pero decidió que no era momento de observaciones jocosas-. No. Nada. ¿Le habían pedido que lo hiciera?

Holy fijó la mirada en el escritorio.

– Ella lo ha negado. ¡Pequeña idiota! Ayer, en algún momento del día, se llevó del laboratorio lo que creía un programa de cierta importancia. Como no era la primera vez que daba muestras de rebeldía, le tendí una pequeña trampa. El disco que sustrajo carecía de todo valor; era una bobada. Ella asegura que usted no sabe nada de su iniciativa, y yo me inclino a creerla. Pero el hecho es que escondió el programa entre las ropas de usted… y allí lo han encontrado, James. Cindy nos dio toda una perorata sobre el particular. Por lo visto cree, y repetiré las palabras de ella, que no nos proponemos nada bueno. De modo que se apoderó del disco, a modo de prueba, y lo escondió en su habitación hasta que discurriese la manera de emplearlo en contra mía -su tono se hizo vacilante-. No hemos permitido que esto saliera del seno de la familia, y con eso me refiero a Dazzle y a mí. Si Rahani y Zwingli, mis socios, llegaran a saberlo, podrían alarmarse, e incluso llevarlo a conocimiento de los representantes de ESPECTRO. Creo yo que hay que evitar eso. Es una cuestión doméstica. No les concierne.

Así pues, reflexionó Bond, el robar un programa del archivo -aunque se tratase de material sin valor, probablemente el «borrador» utilizado para elaborar el juego del Globo, base de toda la operación de ESPECTRO-, una transgresión sin duda grave, se pasaba por alto y se mantenía «en el seno de la familia». Curioso fenómeno. Sólo podía indicar que Jay Autem Holy vivía aterrado por ESPECTRO. Y ésa era una información que más adelante podía resultar muy valiosa.

– ¿Eso ha hecho Cindy? -Bond se quedó pensativo-. ¿Y qué…?

– ¿Qué le pasará? La considero un miembro de mi familia. Se le impondrá un correctivo, como a una niña, y se la encerrará bajo llave. Dazzle está disponiendo lo necesario.

– Hace tiempo que no veo a su esposa.

– Es que prefiere permanecer en segundo término. Sin embargo, tiene confiadas ciertas tareas, tareas indispensables para conseguir el éxito. Lo que sí quiero pedirle, James, es que este asunto de miss Chalmer quede entre nosotros, como algo personal. Quiero decir que no se lo digamos a nadie. Entre nosotros… Personal… ¿eh?

– Personal ya lo es, y bastante.

Bond puso punto en boca. ¿Qué más podía decir?

Tigerbalm subió a buscarle poco después de las seis. No le habían encerrado, pero la comida se la subió en una bandeja un árabe joven. Tigerbalm se mostró muy cortés.

Se dirigieron a la habitación de antes, la de la mesa y las sillas atornilladas al suelo. El único cambio era la aparición de un magnetófono, provisto de auriculares independientes, que habían conectado al teléfono.

– Bien, ha llegado la hora.

Holy no se encontraba solo. A su lado, de pie, estaban Tamil Rahani, y por detrás de ambos asomaba el ancho, ajado rostro del general Zwingli.

– No puedo garantizarles que esta parte de la gestión- vaya a salir bien -dijo Bond con voz átona, serena; tan serena, que cual si hubiera disparado un resorte en el fuero íntimo del general Zwingli, éste se abrió paso entre sus socios y le tendió una curtida mano.

– No nos han presentado, comandante Bond -hablaba con un leve dejo tejano-. Soy Joe Zwingli, y sólo quería desearle suerte, hijo. Introdúzcase en ese bastión y consíganos lo que necesitamos. Es una causa magna: lograr que su país y el mío vuelvan a ser lo que fueron; dar a nuestros pueblos un orden nuevo frente al caos actual.

Aunque Bond no quiso desilusionarle, se daba cuenta de que ESPECTRO no podía tener a la vista ninguna operación que no redundase en su exclusivo beneficio. Pero desempeñó a conciencia su papel.

– Haré lo que pueda, general.

Seguidamente tomó asiento y esperó a que Holy hubiera puesto en marcha la grabadora y, calándose los auriculares, le hiciese seña de que podía proceder.

Descolgó el teléfono y marcó el número del pequeño local donde el oficial de guardia del Departamento de Seguridad del SIS atendía a su turno de doce horas en compañía de los especialistas a cargo de los teletipos, la codificación y los ordenadores. Las guardias diarias constaban de dos turnos de doce horas.

El número que Bond acababa de componer, y que sólo los agentes especiales del Servicio conocían, era el de una centralita, asimismo de guardia durante las veinticuatro horas del día, camuflada tras identidades diversas, de acuerdo con la operación de que se tratase. Aquella noche el supuesto abonado era una lavandería china domiciliada en el Soho londinense; pero otras podía ser un servicio de radiotaxis o un restaurante francés, aunque siempre, cuando el caso lo requería, en línea directa con el oficial de guardia del departamento de seguridad del Foreign Office, que en aquel caso concreto permanecía alerta desde que Bond cursara la víspera su mensaje por el tadioteléfono del Bentley. La llamada, de producirse, sería atendida por una única persona.

El teléfono sonó cuatro veces antes de que descolgaran. Por razones de seguridad, la respuesta era un simple «¿Diga?».

– Póngame con Anthony Denton, el oficial de guardia, tenga la bondad.

– ¿De parte de quién?

– Depredador.

– Un momento, por favor.

Bond reparó en la torcida sonrisa que componía Holy, a quien se había negado a facilitar, cuando le expuso a grandes rasgos su plan, el que había sido su nombre cifrado en el Servicio. Y estaba claro que Depredador le parecía apropiado por demás.

Permanecieron en espera. La llamada, entretanto, era transmitida a Bill Tanner, y fue la voz del viejo amigo de Bond la que sonó seguidamente al otro extremo de la línea.

– Denton al habla. Creía que ya no formaba usted parte del Servicio, Predador. Esto es muy irregular. Lo siento, pero voy a tener que cortar.

– ¡Espera, Tony! -Bond inclinó el cuerpo sobre el escritorio-. Se trata de algo especial. Sí, es cierto que ya no formo parte del Servicio…, pero siempre se sigue perteneciendo a él para algo de vital importancia. Y esto lo es.

– Continúa -dijo en tono suspicaz la voz de su interlocutor.

– Por teléfono, imposible. No ofrece seguridad… Necesito verte. He pensado en ti como único recurso. Es preciso que te vea, Tony. El caso es imperioso. Cónsul.

Bond había utilizado la clave reservada a las situaciones de extrema emergencia. Siguió un brevísimo silencio.

– ¿Cuándo?

– Esta noche. Antes de las doce. Creo que podré llegar hasta ahí. Por favor, Tony, dame luz verde.

Nuevo silencio, esa vez largo.

– Como esto encierre algo turbio, me encargaré de que antes de la mañana estés en la central del West End y se te procese aplicándote la ley de secretos oficiales. Ven lo antes posible. Autorizaré tu entrada. ¿De acuerdo?

– Estaré ahí antes de medianoche.

Bond lo dijo con voz que denotaba alivio. Sin embargo, mucho después de cortada la comunicación, mantenía aún el auricular junto al oído.

– Salvado el primer obstáculo -dijo Holy mientras pulsaba el botón de paro de la grabadora-. Lo que ahora conviene es que se muestre persuasivo en su visita.

– La cosa, de momento, va sobre ruedas -intervino Tamil Rahani en tono satisfecho- ¿A qué hora llega el motorista de la base nuclear de Cheltenham con los datos de la frecuencia? ¿A las doce menos cuarto?

– Cuando el presidente de los Estados Unidos viaja por el extranjero, sí.

Sostuvo la mirada de Rahani en un intento de discernir lo que ocurría en su mente. El otro se echó a reír.

– Entonces no hay cuidado, comandante. El presidente está viajando por el extranjero. Eso es un hecho.

– Si sale usted de aquí a las diez menos cuarto -terció Holy mientras se quitaba los auriculares-, llegará con tiempo sobrado. Nosotros le acompañaremos durante todo el trayecto, James. Durante todo el trayecto.

17. Operación Desescalador

El bosque metálico de antenas visibles sobre el apiñamiento de edificios oficiales que a partir de Downing Street se extienden a lo largo de Whitehall y de Parliament Street, sugieren la idea de comunicaciones en tráfico nocturno a través de las ondas; de llamadas telefónicas que, despertando a los ministros, les instan a ocuparse de graves situaciones de crisis; o de esos ya legendarios telegramas que cruzan el éter desde remotas embajadas.

En realidad, a esas oficinas gubernamentales se dirigen únicamente mensajes poco comprometidos. Los avisos de naturaleza delicada y los comunicados urgentes suelen cursarse a través del centro de transmisiones de la base de Cheltenham, o por medio de uno de sus numerosos satélites, y Cheltenham los hace llegar al misterioso edificio llamado Century House, o al cuartel general de los Servicios Secretos de Regent's Park. Sólo después de eso se dirigen al Foreign Office los despachos cifrados que le conciernen, pero no se reciben éstos ni en Whitehall ni en Parliament Street, sino en un angosto edificio de cuatro plantas y aspecto nada impresionante, situado en Northumberland Avenue. A dicho edificio llegan por métodos muy varios, que van desde el simple mensajero motorizado, hasta el teletipo ordinario, aunque en ocasiones puede emplearse un teléfono de circuito cerrado, frecuentemente en conexión directa con un ordenador programado para descifrar los mensajes.

Se equivocan quienes, impulsados por un concepto romántico de las cosas, imaginan que el oficial de guardia del departamento de seguridad del Foreign Office patrulla por los imponentes corredores del poder linterna en mano y con un séquito de celadores de uniforme. El oficial en cuestión no efectúa ronda alguna, sino que, de guardia en las instalaciones de Northumberland Avenue, cuida de que los mensajes cifrados con destino al Foreign Office lleguen con el debido sigilo a la persona indicada. Tiene confiado asimismo todo un cúmulo de informaciones secretas relativas a las comunicaciones que se reciben del extranjero, tanto de territorios británicos como de otros países. Los líderes de las naciones amigas, en particular, solicitan ayuda del Foreign Office. Y el oficial de guardia de su departamento de seguridad suele prestársela.

El punto de destino de James Bond, que iba al volante del Mulsanne Turbo, era precisamente ese disimulado edificio de Northumberland Avenue.

Poco después de las nueve y media, y tras haber puesto a su disposición dinero, tarjetas de crédito, la pistola ASP y gasolina para el viaje, le condujeron al garaje, donde Holy, Rahani y Zwingli le estrecharon la mano uno tras otro. «Es una buena cosa tenerle en el equipo», murmuró el general. A las nueve y cuarenta y cinco minutos, el Bentley giraba sobre la gravilla de la plazoleta y, habiendo lanzado, a modo de señal, una ráfaga luminosa de sus faros, ascendía majestuosamente por el paseo de coches, hacia la salida de Endor, camino de la carretera de Banbury.

Desde Banbury, y siguiendo el itinerario que le habían señalado, Bond se dirigió hacia la autopista M4, en ruta directa hacia Londres.

Aunque no descubrió ningún coche que le siguiera, estaba seguro de que los había, cosa que, sin embargo, le tenía sin cuidado. En la calle donde finalmente tenía que estacionarse, sólo se permitía el tráfico de vehículos debidamente autorizados, de modo que era muy poco probable que pudieran espiarle a partir de ese punto.

Indiferente a la indignación que pudiera producir a las patrullas de tráfico, hizo el trayecto a gran velocidad. Diversas señales delatoras, unidas a algunos sordos topetazos, le confirmaron que Peter Amadeus había conseguido introducirse en el maletero. El frágil programador debía de sentirse ya más que incómodo, después del largo recorrido. De modo que Bond hizo un alto en el surtidor de gasolina próximo al aeropuerto de Heathrow, donde tuvo ocasión de introducir un poco de aire fresco en el portaequipajes, y de cerciorarse de que su polizón se encontraba, en efecto, sano y salvo. Aprovechó para comunicarle, en un susurro, que si bien de momento era imposible su liberación, ésta se encontraba ya cercana.

Menos de cuarenta minutos después, Amadeus recuperaba la libertad, que recibió con la debida gratitud, pese a que el largo e incómodo viaje le tenía anquilosado y sin habla.

– Las gracias tendrá que darlas ahí -respondió Bond mientras le conducía, firmemente sujeto por el brazo, hacia el iluminado portal del edificio de Northumberland Avenue cruzando su explanada frontal.

Una puerta giratoria daba acceso a un vestíbulo embaldosado de mármol, desde el cual subieron en ascensor a la segunda planta, en cuyo angosto rellano un musculoso guardia de servicio se levantó a medias de su escritorio, para preguntarles qué deseaban.

– Depredador -respondió Bond, lacónico-. Anúncieles que está aquí Depredador y un amigo suyo -precisó, sin sonreír.

Apenas un minuto más tarde, el mismo guardia les mostraba el camino, a través de un pasillo, hacia una estancia más espaciosa. Las cortinas, de terciopelo rojo, estaban corridas. Un retrato de la reina colgaba sobre la chimenea Adam y otro, de Winston Churchill, adornaba la pared contraria. Una larga y reluciente mesa de juntas ocupaba buena parte del espacio disponible.

Seis rostros se volvieron en un solo movimiento hacia los recién llegados. «M» presidía la mesa. A su derecha se encontraba Bill Tanner, y al lado opuesto Bond reconoció a otro oficial del Servicio. Sentado junto a Tanner estaba el comandante Boothroyd, el armero, jefe de la sección Q, y lady Freddie Fortune ocupaba el asiento inmediato.

Bond no tuvo tiempo de asombrarse ante la presencia de Freddie, porque el sexto y último componente de la asamblea abandonó su silla casi a la carrera.

– ¡James, cariño! ¡Qué alegría verte! Indiferente a las conveniencias, Percy Proud le estrechó contra sí en un abrazo que parecía no ir a interrumpirse ya.

– ¡Comandante Bond! ¡Miss Proud! -exclamó «M» auténticamente confuso-. Creo que… Hmmm… Tenemos cosas importantes que hacer.

Desprendiéndose de Percy, Bond saludó con la cabeza al resto de los reunidos y presentó a Peter.

– Considero que el profesor Amadeus puede ayudarnos -dijo.

Lo hizo dirigiendo a Freddie Fortune miradas tan frecuentes y suspicaces, que «M» terminó por explicar:

– Lady Freddie lleva unos cuantos años en el equipo. Ha realizado excelentes trabajos de infiltración. Muy encubiertos. Es una excelente colaboradora, cero cero siete. Olvide usted por completo que la ha visto aquí.

Reparando en la fija mirada de que le hacía objeto Freddie, Bond arqueó una ceja y respondió con una sonrisa sarcástica:

– Confío, señor, en que se habrán introducido ustedes… comenzó a decir.

– Sí, cero cero siete -le atajó «M»-. Entramos en Endor cosa de una hora después de haber abandonado usted la casa en su coche. Pero los pájaros habían volado. No creo que quedasen muchos allí en el momento de marchar usted. Y han desaparecido como por arte de magia. Sin dejar rastro. Pensamos que podría usted decirnos…

– A mí me dieron instrucciones de volver a la casa por el mismo itinerario que he seguido al venir.

Recordaba la sensación de soledad que le había producido Endor aquella mañana, y el hecho de que sólo hubiera visto a Cindy y al asistente árabe a primera hora, y más tarde, únicamente a Holy, Rahani y Zwingli.

– Pero los coches seguían en el garaje -arguyó, consciente del poco peso de la excusa-. Los tres.

– Nuestra gente sólo encontró dos al llegar -intervino el hombre al que Bond había reconocido, pero cuyo nombre no conseguía recordar, y que era, sin duda, el oficial de enlace.

– ¿Y qué ha sido de mi compañera? ¿Qué se sabe de Cindy? -preguntó Percy, apoyándole una mano en la manga a Bond, que hurtó la mirada.

– No lo sé con certeza. Anoche me prestó una gran ayuda. Incluso trató de hacerse con una copia del simulacro… del programa en que se basa lo que se trae esa gente entre manos -dijo. Y volviéndose hacia «M», añadió-: ¿Sabía usted, señor, que en todo este asunto actúan por mandato de ESPECTRO?

«M» que cuando se lo proponía sabía ser glacial en sus respuestas, dijo:

– ¿De veras? ¿O sea que esa organización infame vuelve a estar en pie de guerra?

– Todavía no me has dicho qué ha sido de Cindy -terció Percy, esa vez asiéndole el brazo con fuerza.

– Realmente no lo sé, Percy. Ni idea.

Y pasó a relatarle los sucesos de la noche anterior, omitiendo cuanto había ocurrido después de su regreso al cuarto de la mulata, pero no la conversación mantenida con Holy por la mañana.

– ¿Quiere decirse que no sabemos nada acerca de ese simulacro? -preguntó «M».

– Permítanme intervenir -dijo Amadeus, con lo cual todos los presentes se volvieron hacia é1-. Yo he visto funcionar ese programa. Fue hace un par de semanas. Una noche, ya de madrugada. No podía dormir y bajé al laboratorio. Jason estaba en la sala de guerra. Míster Bond sabe a qué me refiero: una habitación situada al fondo del sótano. Le tenía aquélla tan absorto, que ni siquiera me oyó -adujo, pasándose una mano por la frente-. Eso fue mucho antes de que apareciese aquella partida de brutos cargados de armas…, antes de que empezara a angustiarme el estar en aquella casa

«M», incómodo, se había puesto a dar nerviosas chupadas a la pipa.

– De modo que me dije yo: acércate y echa una ojeada, Pete. A ese programa le llaman…

– El juego del Globo -le interrumpió Bond.

– Yo he visto cómo lo desarrollaban y usted no, míster Bond. Y además tengo el uso de la palabra -Amadeus lanzó una mirada a su alrededor, gozándose en la atención de que era objeto-. Como venía diciendo, le llaman el juego del Globo, pero tiene que ver con algo que han bautizado con el nombre de Operación Desescalador.

«M», frunció el ceño, repitió en voz baja el nombre.

– El simulacro -continuó Amadeus, más audiblemente- se desarrolla, al parecer, en un aeropuerto comercial, más bien pequeño y que no reconocí, aunque eso carece de importancia. La trama comienza en un complejo de oficinas situado inmediatamente a la izquierda del edificio de la terminal. Hay mucho movimiento de coches y de comandos que se sitúan en posiciones estratégicas. Por lo que pude ver, el propósito de todo eso es echarle el lazo a alguien.

– ¿Echarle el lazo? -preguntó «M».

– Secuestrarle, señor -explicó Bond.

Amadeus les dedicó una mirada severa y elocuente: no le gustaba que le interrumpiesen.

– Después de echarle el lazo a ese sujeto, hay mucho trajín entre coches. Ya me entienden: lo llevan a cierto lugar y allí lo sacan de un vehículo y lo meten en otro. De ahí, la acción pasa a un campo más pequeño…, un aeródromo. Todas las instalaciones, la torre de control, el edificio principal, el hangar, es de tamaño reducido. ¿Y qué dirían que hay allí, además? Un dirigible.

– ¿Un dirigible? -repitió Bond sorprendido.

– De ahí viene lo del Juego del Globo. Entran en ese campo de aviación con el secuestrado. El montaje me pareció inteligente a más no poder… Emplean tres coches, doce hombres y el rehén… Llamémosle así. ¿Resultado? El grupo domina la situación por las armas. En el desenlace, que es bastante complicado, entra en juego el dirigible, que despega con rumbo desconocido y…

– ¡Jefe de personal! -exclamó «M» casi con un grito-. Compruebe lo de esa máquina. Sabemos que existe porque figuraba en el itinerario. Lo vi personalmente. Obtuvieron la debida autorización del equipo del presidente, de nuestro primer ministro y de los rusos, so pretexto de un vuelo de exhibición previsto para el mediodía de mañana.

Bill Tanner abandonaba la estancia antes de que «M» hubiese concluido su explicación.

Bond miró a su superior jerárquico con expresión claramente interrogativa.

– Verá, señor, estos últimos días no he tenido acceso a ningún medio de comunicación. Ni siquiera pude utilizar la radio del coche. ¿Tendría usted inconveniente…?

– Ninguno -«M» se retrepó en su asiento-. Afortunadamente ahora tenemos cierta noción de lo que pueden estar maquinando. Conocemos el lugar y los medios elegidos para llevar a cabo el golpe. Ahora nos falta saber en qué ha de consistir. Y eso es harina de otro costal…

– Si quisiera usted concretar… -instó Bond.

– Esto ha sido materia reservada por espacio de unos meses… Bastantes, en realidad -empezó «M»-. Organizar cosas de esta clase requiere siempre muchísimo tiempo, y los interesados insistían en que se llevara con el mayor sigilo. Esta noche está prevista la llegada a Ginebra de los delegados que deben participar en una conferencia en la cumbre. A decir verdad, la sesión principal ha de celebrarse esta misma noche. Los participantes han reservado por tres días todo el hotel Le Richemond…

– ¿Quiénes son los participantes, señor?

– Rusia, los Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania Occidental. Con sus respectivos presidentes a la cabeza, secundados por consejeros, secretarios, asesores militares… En fin, ciento y la madre. El objetivo de las conversaciones es el control de las armas nucleares con miras a un porvenir más alentador y risueño. Como siempre, nos prometen la luna…

– ¿Y ese dirigible? -quiso saber Bond, cuyo pesimismo iba en aumento conforme avanzaba «M» en su exposición.

– ¿El Europa? Pertenece a la firma Goodyear, que actualmente lo tiene situado en Suiza. Al enterarse de la inminente conferencia, solicitaron permiso para sobrevolar el hotel Le Richemond en lo que ellos llaman una misión de buena voluntad. Tienen estacionado el Europa en un pequeño campo de aviación, accesible sólo desde el propio lago y que utilizan los equipos de rescate de montaña y algunos aviones particulares.

– ¿Pero cuándo organizó eso la Goodyear? -insistió Bond, que no tenía noticia alguna acerca de la mencionada conferencia.

– Ya sabe usted lo que son esas cosas, cero cero siete -contestó «M» con un rezongo-. Programan sus actividades con un año de antelación. En cualquier caso, el Europa estaba situado ya en Suiza, y hubiera efectuado de todos modos su vuelo de exhibición. Pero al anunciarse las conversaciones, tuvieron que pedir un permiso especial.

Percy, percatada ya del planteamiento, intervino entonces.

– Dígame, profesor Amadeus: ¿desde cuándo conoce usted la existencia del juego del Globo?

– Desde hace cosa de cuatro o cinco meses.

– ¿Y esa conferencia en la cumbre…?

– Llevan casi un año planeándola -dijo «M»-. La información se conocía sólo en medios diplomáticos. Los chicos de la prensa se mostraron considerados por una vez. Los periódicos no hablaron para nada del asunto, aunque sin duda estaban al tanto.

Bill Tanner reapareció para anunciar que había hablado con Ginebra.

– El encargado de seguridad que tiene la Goodyear en el aeródromo dice que todo está en orden. De todas formas, hemos alertado a la policía suiza. Van a cerrar el campo de aviación; sólo permitirán el acceso al personal autorizado de la Goodyear, es decir, de treinta a treinta y cinco personas, incluidos organizadores, equipo de publicidad y de relaciones públicas, los mecánicos y dos pilotos. Como nadie podrá entrar allí sin el visto bueno de los representantes de Goodyear, andamos sobre seguro.

– Perfecto. Bien, cero cero siete, nuestra misión se reduce ahora a sentarles las costuras a esa pandilla de maleantes. ¿Alguna sugerencia?

Bond tenía una, en efecto: la única posible.

– Facilíteme la frecuencia COPE, señor. La auténtica, en caso de que ya dispongan de ella, porque tratándose de ESPECTRO y de los encargados de despachar sus asuntos sucios, nada me parece imposible.

– Ah, sí…, la frecuencia COPE. Mencionaba usted eso en su mensaje. Y nos hizo cavilar. Explíqueme ese asunto, cero cero siete.

Bond sintetizó de cabo a rabo la historia, sin omitir nada.

– Aseguran estar en posesión del código ruso equivalente, y desde luego del norteamericano. Yo me inclino a creerles, señor.

– Sí -asintió «M»-. ESPECTRO nunca ha ido a la zaga en cuestiones de información. Lo de someter a vigilancia el aeródromo ha sido una buena iniciativa, jefe de personal. Tenga ahora la bondad de seguir de cerca las medidas de la policía Suiza. Y manténgase en contacto con la gente de la Goodyear.

«M» pasó a exponer su teoría personal, jugando, mientras tanto, con su pipa. Si ESPECTRO poseía los códigos de emergencia de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, junto con las frecuencias correspondientes, y si lograba situar agentes suyos en la inmediata vecindad de los dirigentes de una de ambas potencias, nada le impediría utilizar para sus fines el código del país en cuestión.

– El método indicado -apuntó Bond- sería apoderarse del dirigible y cargar en él el necesario equipo de onda corta. Hecho eso, se trata de situar el Europa sobre el mismo local en que los jefes de Estado celebren su asamblea…

– ¡Exactamente, cero cero siete! Si se sitúan encima mismo de ese punto, el satélite de comunicaciones de los Estados Unidos reconocerá el código cifrado, y lo mismo puede decirse, supongo, del satélite soviético.

A partir de ese punto, las alternativas eran dos: que una de las potencias lanzara sobre la otra un ataque nuclear pleno, o que lo hicieran ambas, aniquilándose mutuamente y convirtiendo en un erial los respectivos continentes por una larga serie de años. Una perspectiva inimaginable, según expresó «M» en voz alta. Bond aprovechó para señalar que Jay Autem Holy había hablado únicamente de paz.

– Pero me amenazaron con poner en marcha un segundo plan, en caso que no regresase con la frecuencia COPE.

– Queda otra alternativa: la opción Reja de Arado -señaló «M», como si eso entrañase la respuesta a los anhelos de todos-. Reja de Arado y su equivalente ruso.

Al preguntarle Percy en qué consistía esa opción, «M» repuso, con una sonrisa, que se trataba de un método para enviar a la chatarra todos los arsenales nucleares o, cuando menos, el grueso de ellos. Y en voz más baja dio a conocer a los reunidos el código cuya emisión por la frecuencia COPE determinaría el desmantelamiento de todos los arsenales nucleares, tanto estratégicos como tácticos.

– Se estima que en los Estados Unidos la operación llevaría alrededor de veinticuatro horas. Supongo que en el caso de la Unión Soviética el plazo será algo más largo. Al igual que siempre ha existido una Máquina del Juicio Final, desde hace tres decenios disponemos de una Reja de Arado capaz de purificar la Tierra.

«M» hizo una pausa, fruncidos los labios, en espera de que sus palabras calasen en el ánimo de los presentes, tras lo cual prosiguió:

– Se creó con miras a la eventualidad de una catástrofe, como pudiera ser la paralización, por uso de gases enervantes, de un sesenta y siete por ciento de las Fuerzas Armadas, o como resultado de una situación sin salida. Siempre se ha sobreentendido, claro está, que la opción Reja de Arado no se emplearía más que por mutuo acuerdo. Pero existe como posibilidad. Y entraña en potencia los mismos peligros que el hacer volar por los aires a dos grandes países, porque su aplicación sería la forma más directa de romper de un solo golpe el equilibrio existente entre ambas superpotencias, que descansa en sus arsenales nucleares. Hacer eso sería crear la auténtica revolución, el desastre económico y el caos.

Añadió que Bond atinaba en su propuesta, y que debían proporcionarle la frecuencia COPE. Junto con un aparato emisor de señales, que permitiese seguir a distancia sus movimientos, un par de las piezas más selectas de las incluidas en el catálogo del armero, y un buen equipo de vigilancia.

– Y a continuación puede usted volver a su punto de procedencia, 007. El equipo de seguimiento le localizará durante el trayecto, y ya no le perderemos la pista. Siempre y cuando el equipo mantenga la debida distancia, por ese lado no hay nada que temer.

A falta de otros asuntos que tratar, se dio por concluida la reunión y llevaron a Bond a una sala anexa, donde el comandante Boothroyd instaló en sus ropas tres de los mecanismos emisores, añadiendo, para que le diese suerte, un cuarto, escondido en el tacón del zapato derecho. A continuación el armero entregó al agente especial dos pequeñas armas, hecho lo cual le dejaron pasar cinco minutos a solas con Percy.

Abrazada a él, y después de besarle, ella le pidió que fuese prudente. Bond respondió que tenía la certeza de que en lo sucesivo dispondrían de tiempo en abundancia, y de que la estación del cortejo duraría ese año todo el verano. Percy correspondió a eso con la clase de sonrisa que las mujeres sagaces del mundo entero componen cuando han conseguido lo que de veras deseaban.

Al regresar Bond a la sala de conferencias, le facilitaron la frecuencia COPE que había empezado a regir a partir de la medianoche. Era ya la una de la madrugada, por lo que Bill Tanner le dio apresuradamente las últimas instrucciones.

– Dos de esos dispositivos de detección están parpadeando ya en nuestras pantallas. No se preocupe, James: tienen un alcance de por lo menos quince kilómetros. El coche que le siga se mantendrá a un par de kilómetros de distancia. El que lleva la señal fija, ya está en camino. Como conocemos el itinerario, si le desvían a usted entraremos en acción. Un equipo del SAS está al acecho. Se situará donde usted quiera en cuestión de minutos: los helicópteros pueden cubrir distancias en línea recta. Buena suerte.

El tráfico comenzaba a escasear incluso en el centro de Londres. Bond puso el Bentley en el paso elevado de Hammersmith, camino de la M 4, en menos de doce minutos. En el cuartel general habían estimado que Holy y Rahani no tomarían ninguna iniciativa hasta que Bond llevase ya un buen rato en carretera.

Ocurrió inmediatamente después del desvío del aeropuerto de Heathrow.

Primeramente dos coches que circulaban a gran velocidad obligaron al Bentley a abandonar el carril exterior. Bond maldijo a aquellos dos locos y se situó en el carril central. Antes de que pudiera percatarse de lo que estaba ocurriendo, los dos coches redujeron la marcha y se colocaron junto a él, uno a cada lado, mientras en el canal destinado a los vehículos lentos aparecían dos camiones pesados.

El agente especial trató de escapar del carril de en medio acelerando, pero los dos coches avanzaban muy bien sincronizados con los camiones y, tarde ya, Bond se dio cuenta de que un voluminoso camión frigorífico que circulaba despacio, le cerraba el paso al frente.

Frenó y, en ese momento, para estupor suyo, las puertas traseras del vehículo frigorífico se abrieron, y del interior de la caja surgió una rampa que, sustentada por ruedas amortiguadoras, fue a posarse con gran precisión en el firme.

Los automóviles por la derecha, y los camiones por el lado contrario, se apiñaron a su alrededor cual perros pastores que actuasen coordinados, reduciendo a una sola sus opciones de movimiento. Con una leve sacudida, las ruedas delanteras del Bentley tocaron la rampa tendida ante él. Bond, el volante vibrándole entre las manos, aumentó una pizca el régimen del motor y penetró suavemente en el blanco, espacioso interior de aquel garaje rodante.

Las puertas se cerraron tras de él con metálico estrépito. Se iluminó la caja del vehículo y abrióse la portezuela del Bentley. Junto a ella apareció Simon, que llevaba una Uzi sujeta bajo el brazo.

– Perfecto, James. Siento que no pudiéramos prevenirte. Disponemos de poco tiempo. Baja y quítate esa ropa. Hemos traído la que tenias de recambio. Fuera todo, incluidos los zapatos. Por si, sospechándose algo, te hubiesen instalado algún aparato de detección.

Una tras otra le fueron arrebatadas las prendas de vestir y revisadas pieza por pieza: calcetines, ropa interior, los pantalones grises, la camisa blanca, la corbata, la chaqueta cruzada, los mocasines de flexible piel…

Al darse la vuelta, vio a su espalda a Simon, inopinadamente vestido con un uniforme de chófer. El camión, a todo eso, había reducido la marcha, y en ese momento parecía enfilar una salida. Le fue devuelta la ASP… ¿En señal de buena disposición? Le habría gustado saber si estaba cargada.

Fue tal la rapidez y la eficiencia con que actuó el equipo, que Bond apenas tuvo tiempo de percatarse de nada. Al detenerse el camión con un estremecimiento, Simon abrió la portezuela trasera del Bentley y, casi de un empellón, hizo subir a Bond por aquel lado. Un segundo más tarde, y abiertas de nuevo las puertas de la caja, abandonaban el camión marcha atrás. Simon iba al volante.

– Buen trabajo, James -oyó Bond que decía Jay Autem Holy a su espalda-. Supongo que tiene la frecuencia, ¿no?

– La tengo -repuso él con voz que no le parecía la suya.

– Estaba seguro de que la conseguiría. Muy bien ¿A qué espera? Démela.

Bond recitó como un papagayo la serie de números y su punto decimal.

– ¿Adónde nos dirigimos?

Por toda respuesta, Holy repitió las cifras de la frecuencia y pidió a Bond que se la confirmase. El Bentley, entretanto, regresaba suavemente hacia la autopista.

– ¿Que adónde nos dirigimos? -dijo Holy por fin-. No se preocupe, James. Nos disponemos a protagonizar un importante momento histórico. Nuestro primer destino es el aeropuerto de Heathrow. Todas las formalidades han sido cumplimentadas ya. Como llevamos algún retraso, nos darán vía libre hacia nuestro reactor particular. Salimos hacia Suiza. Estaremos allí dentro de un par de horas. A eso seguirá otro corto viaje en coche. Y después un segundo vuelo, aunque de otra clase. Más tarde se lo explicaré todo. Pero puedo anticiparle que ayer, muy de mañana, mucho antes de que despertara usted y desayunase, nuestro equipo de Erewhon llevó a cabo con mucho éxito cierta operación. Consistía en apoderarse de una pista de aterrizaje y de un dirigible. Hoy todos nosotros viajaremos a bordo de esa máquina, a fin de cambiar el curso de la historia.

En la carretera, a un par de kilómetros de distancia, el observador que viajaba en el coche de cola asignado al seguimiento de Bond, creyó advertir que el objetivo abandonaba por unos minutos la autopista.

– Nos estamos acercando, pero no lo distingo bien -le dijo al chófer-. ¿Quieres que llame y pida instrucciones?

– Espera un par de minutos -respondió su interlocutor, cambiando de postura en el asiento.

– Ah. No -agregó el otro, fija la mirada en la señal luminosa móvil que emitía el instrumento de localización de Bond-. Parece que todo está en orden: sigue avanzando en dirección Oeste. Seguro que esa pandilla le saldrá al paso entre Oxford y Banbury.

Pero la realidad del caso era que el Bentley acababa de cruzarse con el coche de vigilancia en dirección inversa, y se encaminaba velozmente a Heathrow, donde un reactor particular permanecía en espera de los viajeros.

18. La alfombra mágica

El reactor particular exhibía repetidamente en su superficie la bota alada que la marca Goodyear usaba como distintivo comercial. Podía apreciarse también su matrícula, que era británica.

Bond contuvo el impulso de echar a correr hacia el aparato, llamar la atención o causar un alboroto. Se lo desaconsejó el darse cuenta de que, en inferioridad numérica y de armas, su situación era desventajosa en extremo. Quienquiera que hubiese organizado aquella fase de la operación -Holy, Rahani o el propio consejo interno de ESPECTRO-, lo había hecho cuidando admirablemente los detalles. No le hubiese extrañado en absoluto que todos los tripulantes del avión dispusieran de auténticas credenciales de la Goodyear. Por otra parte, ni tan siquiera le constaba que la ASP estuviese cargada. De momento, existía aún cierto grado de confianza entre él y los protagonistas de aquella aventura. «Explota a fondo esa confianza -se recomendó a sí mismo- y limítate a seguirles en el viaje.»

Terminada la operación de despegue, una agraciada azafata sirvió café y licores. Bond, que no deseaba embotarse con el alcohol, sólo tomó café. Luego, y tras pedir que le disculpasen, se dirigió al minúsculo lavabo en la parte trasera del aparato.

Siempre vigilante, Simon se instaló junto a la puerta, y aunque le dirigió una mirada de recelo, nada hizo por limitar sus movimientos.

Una vez en el interior del cubículo, Bond sacó la ASP y extrajo el cargador alojado en la culata. Como imaginara, estaba vacío. Prescindiendo de todo lo demás, le urgía hacerse con municiones o con otra arma.

De regreso a su asiento, Bond examinó la situación. La toma de la base aérea de la Goodyear y de su dirigible se había producido horas antes de que Bill Tanner efectuara su comprobación. Y aunque era cierto que la policía suiza estaba ahora sobre aviso, lo único que conseguiría manteniendo alejados a los posibles intrusos, era simplificarle a ESPECTRO el trabajo. Su sola esperanza de que el Servicio cobrara conciencia de lo ocurrido, estaba en que los coches de seguimiento descubriesen que les habían burlado; pero era imposible decir cuánto tardarían en percatarse de ello. La gente que le acompañaba no había dejado nada al azar. Obligándolo a entregarles su ropa, conjuraban toda posibilidad de ser seguidos. El equipo de vigilancia podía recorrer todo el país tras las señales acústicas de unos detectores metidos en un revoltijo de ropas en un camión o en un coche.

Aunque no era la primera vez que le ocurría a lo largo de su carrera, Bond se encontraba realmente solo y sin medio alguno de advertir a sus superiores. Así las cosas, era bien poco lo que podía hacer para impedir que el dirigible efectuase su previsto vuelo sobre Ginebra y que, durante su transcurso, se empleara el código de emergencia norteamericano o su equivalente ruso. El propio carácter extraordinariamente secreto de aquellas consignas era un nuevo factor en contra. Si «M» acertaba en su suposición de que ESPECTRO se proponía utilizar la opción Reja de Arado estadounidense o su contrapartida soviética, lo peor habría ocurrido sin que se produjese alerta mundial alguna y mientras los líderes rusos y norteamericanos seguían encerrados en su sala de conferencias, ignorantes de la crítica situación.

Instalado en su asiento, junto a Jay Autem Holy, Bond reflexionaba sobre la sutileza de aquel plan, por cuya intervención ambas superpotencias iban a verse privadas de las armas en que descansaba realmente su equilibrio de poder. El aparente resultado respondía sin duda a lo que durante años había sido el objeto de los sueños, las protestas y las discusiones de muchos. Así lo había señalado «M» durante la reunión celebrada en el edificio de Northumberland Avenue. Pero si bien el superior jerárquico de Bond estaba convencido de que un desmantelamiento escalonado de los arsenales atómicos ofrecería una solución razonable a aquel problema, también se daba cuenta de que proceder drásticamente a esa iniciativa, daría al traste con la tenue estabilidad que mantenían las dos superpotencias desde el fin de la segunda guerra mundial. El nombre de Operación Desescalador, tomado en préstamo de la idea de la «desescalada» nuclear por la cual venían abogando por igual políticos y manifestantes pacifistas, se había elegido, pensó Bond, con mucho acierto.

El agente especial, aunque evitando ceder al sueño, se entregó a un estado de duermevela que le permitiese conservar energía y facultades para cuando hubiera de recurrir a ellas. Aun así, por su mente seguían desfilando imágenes de lo que, según la descripción de «M» podían ser las consecuencias de la Operación Desescalador. Perdida toda confianza en ambas superpotencias, el mundo entraría en una crisis económica global seguida por un formidable desmoronamiento de los mercados. Cualquier economista o sociólogo podía presentar un esbozo de los acontecimientos que traería aparejados un desplome de la estabilidad financiera. Los Estados Unidos y la Unión Soviética quedarían a merced de cualquier país, por más pequeño que fuese, que dispusiera de armas nucleares propias. Conforme iba absorbiendo las imágenes expuestas por «M» más determinado se sentía Bond a frustrar la Operación Desescalador, sin importarle las consecuencias que ello pudiera tener para su persona. «Se impondrá la anarquía -había dicho «M»-. El mundo se fragmentará en dudosas alianzas, y el ciudadano común, prescindiendo de cuáles sean sus derechos de nacimiento, su nacionalidad y sus opiniones políticas, se verá sometido a condiciones de vida que le sumirán en un negro pozo de amargo infortunio. La libertad, incluso la libertad negociada de que ahora disfrutamos, desaparecerá de nuestra existencia», concluyó el jefe del Servicio, en un arranque de oratoria quasi churchilliana.

– El cinturón, James -Bond abrió los ojos. Jay Autem Holy le estaba sacudiendo por un hombro-. Vamos a aterrizar.

Bond le sonrió confuso, como si de veras se hubiese quedado profundamente dormido.

– ¿Aterrizar? ¿Dónde?

Quizás en el aeropuerto de Ginebra se le ofreciese la oportunidad de escapar y dar la alarma.

– En Berna. ¿Ha olvidado que nos dirigíamos a Suiza?

Estaba claro: de ningún modo se les habría ocurrido acercarse a Ginebra, donde las medidas de seguridad serían rigurosísimas ¡Berna! Bond sonrió para sus adentros. Aquella gente lo había previsto todo. Un aeropuerto en otro cantón, coches, un rápido desplazamiento hacia el lago Léman y, de ahí, a la pista de aterrizaje de la Goodyear. Todas las formalidades se habrían tramitado ya bajo los auspicios de la gigantesca compañía internacional que pasaban por representar.

Echó una ojeada a su reloj. Las cuatro de la madrugada. Según el aparato se ladeaba sobre un costado, para emprender la maniobra de acercamiento, Bond vio por la ventanilla el resplandor que comenzaba a colorear el cielo, convirtiéndolo en una acuarela de tonos grises oscuros moteados de luz.

No; tenía que jugar la partida hasta el final, y tratar de desbaratar el plan desde el interior, a medida que lo ponían en práctica.

– Bonito lugar, Berna -observó con naturalidad. Holy asintió, y a continuación dijo:

– Seguiremos viaje en coche. Nos llevará entre una hora y una hora y media. Tenemos tiempo sobrado. Nuestra actuación no comienza hasta las once.

El piloto redujo el régimen de los motores al acometer el aterrizaje, y tras una breve aceleración al enfilar la pista, las ruedas se posaron en ella con un choque casi imperceptible. El aparato emprendió su carrera final, rugiendo al entrar en acción los aerofrenos.

Tal como Bond había imaginado, el desembarco fue rápido, interviniendo en él, combinadas, la eficacia de la burocracia suiza y la astucia de ESPECTRO. El avión se detuvo a buena distancia de la terminal de viajeros. Dos Audi Quattro y un coche de la policía lo flanquearon.

Bond asistió por la ventanilla a los trámites de inmigración. El pequeño montón de pasaportes fue entregado, examinado y devuelto, con un saludo. Supuso que no habría inspección aduanera. El reactor de la Goodyear debía de llevar cosa de un mes aterrizando y despegando continuamente de los aeropuertos de Ginebra y Berna: a esas alturas, las formalidades se reducirían al sencillo ejercicio de la confianza mutua.

El general Zwingli fue el primero en abandonar su asiento y enfilar el pasillo. Al cruzar junto a Bond, le saludó con un cabeceo. Abandonaron el avión en fila india, Bond encajonado entre Simon y el asistente árabe. Aunque ninguno de ambos le amenazó, sus miradas daban a entender claramente que cualquier falso movimiento suyo encontraría enérgica respuesta. El coche de la policía se alejaba ya hacia la terminal con su dotación de guardias de frontera.

Los dos Audi exhibían en el parabrisas y en la luneta posterior distintivos que acreditaban a sus ocupantes como altos empleados de la Goodyear. Bond reconoció en ambos chóferes, uniformados de gris, a hombres que había visto en Erewhon.

Minutos más tarde, el agente especial se encontraba acomodado junto a Holy, en la trasera del segundo coche, y abandonaban el aeropuerto en la penumbra del amanecer. Las casas de las afueras de Berna dormían aún; sólo en unas pocas la luz de las ventanas y los verdes postigos abiertos ofrecían los primeros indicios del despertar. Pensó Bond que uno tenía conciencia de encontrarse en Suiza, en un país pequeño y rico, por el hecho de que todos los edificios, incluidos sus jardines y sus flores, daban la impresión de agruparse en un espacio esterilizado, como surgidos de una caja de construcciones de plástico.

Siguieron la ruta más directa: primero en línea recta hacia Lausana y luego por la orilla del lago, flanqueando el tendido del ferrocarril, que se hubiera dicho de juguete. Holy guardó silencio casi todo el trayecto, pero Simon, que viajaba en el asiento delantero, se volvía a trechos, para hablar de naderías.

– ¿Conocías este rincón del mundo, James? Un país de cuento de hadas, ¿verdad?

Sin saber exactamente por qué razón, Bond recordó que había visitado por primera vez el lago Léman a sus dieciséis años, en ocasión de unas vacaciones de una semana en casa de unos amigos que vivían en Montreux. Allí tuvo una aventura juvenil con la camarera de un café ribereño y se aficionó al Campari con soda.

Los coches se detuvieron, entre Lausana y Morges, ante un iluminado restaurante próximo al lago. Simon y el asistente árabe se turnaron en acercar café y panecillos a los coches. La total normalidad con que llevaron a cabo esa operación le crispaba a Bond los nervios como si le hurgasen con un torno de dentista una muela cariada. La mitad de su cerebro y de su cuerpo le instaban a actuar drásticamente en ese instante; la otra, en cambio, más profesional, le recomendaba esperar y servirse del momento más propicio, cuando se presentara.

– ¿Adónde nos dirigimos? -preguntó a Holy poco después de la pausa dedicada al desayuno.

– A un lugar situado a pocos kilómetros de aquí, en la zona de Ginebra -respondió su interlocutor, sereno y confiado-. Tomaremos por una bifurcación de la carretera del lago, hacia un pequeño valle que tiene una pista de aterrizaje. El equipo de Erewhon nos estará esperando. ¿Ha volado alguna vez en dirigible, James?

– No.

– Entonces, va a ser una novedad para ambos. Tengo entendido que es algo fantástico -oteó por las ventanillas-. Y al parecer, el tiempo nos acompaña. Con un día claro, la vista será maravillosa.

Atravesaron Nyon, cuyas casas se apoyaban unas en otras junto al lago, como para ayudarse a no caer a sus aguas. Poco más tarde avistaron, hacia el extremo occidental del Léman, los primeros borrosos edificios de Ginebra, en un panorama surcado por un vaporcito como de juguete, que dejaba tras de sí una solitaria estela de espuma en su perezosa travesía del lago. Todo tenía su apacible aspecto de siempre.

Divisaron también el primer control de policía, donde los dos coches aminoraron la marcha basta casi detenerse, momento en que los agentes uniformados, alerta la mirada, les franquearon el paso con una seña.

Encontraron un segundo puesto de vigilancia poco antes de abandonar hacia el interior la carretera ribereña. Lo atendían un coche policial y dos motoristas que les hicieron señal de parar, hasta que, reparando en los distintivos de la Goodyear, les invitaron, sonrientes, a seguir su camino. Al volverse, Bond vio a uno de los hombres hablar por un transmisor. Tal como habla supuesto, la policía secundaba, ignorante de ello, los acontecimientos que al cabo de unas pocas horas iban a tener efecto en el espacio aéreo próximo al lago.

La gran brecha abierta entre las montañas parecía ensancharse a medida que se alejaban de ella. El sol estaba alto ya y se divisaban, minúsculas, las alquerías de las laderas. Y entonces, de improviso, apareció ante ellos el fondo del valle y la pista de aterrizaje, su torre de control, el hangar y un tercer edificio, todo ello diminuto y rodeado de hierba de un verde como esmaltado, y tan pulcro e irreal como si formase parte de un plató cinematográfico. En mitad del césped descansaban, semejantes a pájaros exhaustos, dos aeroplanos del servicio de rescate montañero. Al extremo de la pista, la masa fusiforme del Europa, el dirigible de la Goodyear, se mecía perezosamente, fijada en su corto mástil de amarre.

A continuación la carretera empezó a descender, el campo de aterrizaje se perdió de vista y enfilaron la sucesión de sinuosas curvas que habían de conducirlos a su punto de destino.

Antes de alcanzar el fondo del valle y la pista de aterrizaje, los dos Audi tuvieron que cruzar dos nuevos puestos de control. Desde luego, la policía suiza había entrado rápidamente en acción. Bond reconoció que Londres se sentiría muy satisfecho, en su idea errónea de que ninguna irregularidad iba a producirse en las apacibles orillas del lago Léman.

Nada menos que tres coches policiales aguardaban en la entrada del campo, que era poco más que una verja abierta en una alambrada de dos metros y medio de altura tendida en torno al recinto. Un cuarto vehículo de la policía patrullaba a lo lejos el perímetro del campo con la minuciosidad que sólo los suizos ponen en el desempeño de sus tareas oficiales.

Conforme los Audi se acercaban a la entrada, Bond reconoció otras dos caras vistas en Erewhon. En este caso, sin embargo, los hombres vestían trajes elegantes, y al detenerse los coches recién llegados, exhibieron anchas sonrisas poco menos que obsequiosas. Cambiaron unas palabras con el más veterano de los policías de la puerta, tras lo cual los Audi recibieron señal de proseguir. Los dos hombres de paisano subieron cada uno a un coche.

El que se había introducido en el automóvil de Holy era un alemán rubio, de aspecto sospechoso y facciones que parecían talladas en un bloque de piedra por pulimentar. Aparentaba alrededor de veinticinco años, y la chaqueta del elegante traje le formaba un bulto a la altura del bolsillo superior. A Bond no le gustó aquel tipo. Y la aversión que le inspiraba se hizo mayor todavía después de oírle hablar con Jay Autem.

Holy ciñó su interrogatorio a las preguntas estrictamente del caso, y el otro respondió en conciso tono militar y en un inglés con acento americano.

Haciéndose pasar por jefe de relaciones públicas de la Goodyear, Rudi, el alemán, había atendido la llamada telefónica de Bill Tanner, que pasó a referir con detalle, precisando que su interlocutor era sin duda alguna inglés y formaba parte de uno de los principales servicios de seguridad británicos. La policía, finalizó, había empezado a aparecer una hora después de recibirse esa llamada.

Jay Autem le pidió precisiones de horario. Su expresión revelaba claramente que ya se había percatado de que las pesquisas coincidían con la visita de Bond al edificio que tenía el Foreign Office en Northumberland Avenue.

– James, ¿no cometió usted ninguna indiscreción mientras se encontraba en compañía de su amigo Anthony Denton?

Los dos vehículos se dirigían no al pequeño edificio de oficinas, sino hacia el hangar, en cuyas inmediaciones reposaban los dos aviones Pilatus de observación y rescate.

¿Yo? -replicó Bond, tan sobresaltado y confuso como si hubiera permanecido ajeno a la conversación-. ¿Qué clase de indiscreción? ¿Y por qué?

Holy le contempló con semblante ensombrecido por la inquietud.

– Verá, James, la gente de Tamil se apoderó ayer, a primera hora de la mañana, de estas instalaciones y de toda su organización. Nadie sospechó nada ni se produjo contratiempo alguno. Todo marchó bien hasta anoche, cuando se reunió usted con Denton para conseguirnos la frecuencia COPE. Y me pregunto yo: ¿por qué motivo habrían de ponerse a indagar las autoridades a semejante hora de la noche?

Bond se encogió de hombros, como para dar a entender que ni lo sabía ni, en cualquier caso, estimaba que aquello le concerniera en forma alguna.

Los coches se detuvieron.

– Confío en que me haya dado usted la frecuencia correcta, James. De no ser así… En fin, ya le advertí de las consecuencias que esto tendría… para el mundo entero, amigo mío.

– Es la frecuencia COPE vigente; no le quepa ninguna duda al respecto, profesor Holy -fue la tajante respuesta de Bond.

Holy compuso una mueca al oír su nombre verdadero; pero luego asintió, y se adelantó en el asiento, para abrir la portezuela.

Bond se quedó a solas con el asistente árabe, que le vigilaba con ojos brillantes de recelo, empuñando una pequeña Walther en la diestra. El agente especial advirtió que la pistola tenía quitado el seguro.

Rahani y el general Zwingli se reunieron con Holy, Simon y el alemán Rudi, y la pequeña procesión partió con paso vivo hacia el hangar. Los hombres de Rahani, observó Bond en ese momento, lo ocupaban todo: armados tras las defensas que ofrecía el contorno, ocupaban posiciones estratégicas. Hasta en la poterna de las grandes puertas corredizas del hangar montaban guardia dos centinelas.

Franqueado el paso, el grupo penetró en la edificación. Simon salió al cabo de dos minutos y se encaminó rápidamente al auto.

– El coronel Rahani te llama.

Lo dijo en tono frío, con la indiferencia de quien no quiere verse mezclado con persona alguna ajena al restringido círculo de sus camaradas. A Bond, que había estudiado a fondo la psicología de los terroristas, no le pasó inadvertida esa actitud. Se daba cuenta de que estaban al filo de un momento decisivo, y de que a partir de ese punto, Simon no quería ninguna clase de cuentas con él. Bien podría ser, reflexionó mientras caminaban hacia el hangar, que esto fuera verdaderamente el final. «Que estén convencidos de que hablé y, con eso, me hayan retirado toda confianza. Va a caer el telón; ficción y realidad están a punto de confluir.»

El pequeño grupo de los hombres con mando estaba congregado en la misma entrada. Fue Rahani quien se dirigió a él.

– Ah, comandante Bond… Hemos creído conveniente que viera usted eso -e indicó con un ademán el centro del hangar.

Alrededor de cuarenta hombres permanecían sentados en el suelo, aglutinados en prieto corro por la presencia de tres ametralladoras que, montadas en trípodes, apuntaban hacia ellos, cada una atendida por un grupo de cuatro mercenarios.

– Le presento a la buena gente de Goodyear, que permanecerá aquí hasta que finalice nuestra misión. Serán sumariamente ejecutados, del primero al último, si alguno de ellos intenta escapar. Ese otro equipo -indicó a cuatro hombres situados entre las ametralladoras- atiende a su alimentación y demás cuidados. Su situación es incómoda, pero si todo se desarrolla satisfactoriamente, serán puestos en libertad sanos y salvos. Observará que hay una señora entre los rehenes.

Cindy Chalmer, que se encontraba en mitad del apiñamiento, dirigió a Bond una descolorida sonrisa. En voz baja, Tamil Rahani añadió:

– Quede esto entre nosotros, comandante Bond: no creo que la encantadora miss Chalmer tenga grandes posibilidades de sobrevivir. Sin embargo, no queremos derramar sangre; ni siquiera la de usted. Verá: era propósito de ESPECTRO que, una vez desempeñada su misión, pasara usted a engrosar el grupo de los prisioneros. El representante de ESPECTRO desconfió de usted desde el mismo principio, y sigue muy descontento de su persona. Ello no obstante… -comprimió los labios en lo que no era una sonrisa, sino un tajo que le cruzaba la parte inferior de la cara-, ello no obstante, yo considero que puede sernos usted útil en el dirigible. Sabe usted pilotar, ¿verdad? ¿Posee una licencia de vuelo?

Bond asintió, pero precisando que nunca había guiado un dirigible.

– Sólo ocupará usted el puesto de copiloto. Un copiloto encargado de que el capitán de vuelo cumpla con sus instrucciones. Si por casualidad nos ha traicionado usted, la cosa no dejará de tener su lado irónico, comandante Bond. ¡Andando!

Regresaron a los coches, y cubrieron rápidamente los pocos centenares de metros que les separaban del edificio de oficinas. En su interior, unos cuarenta reclutas entrenados por Rahani en Erewhon aguardaban tomando café y fumando.

– Nuestro equipo operativo, comandante Bond. Adiestrado mediante simulacro. En Erewhon. Eso no se lo mostramos a usted durante su estancia allí; sin embargo, van a sernos muy necesarios durante la maniobra de despegue y, en cierta medida, también al regreso de nuestra excursión.

Un solo hombre permanecía apartado de los demás, sentado a una mesa junto a la misma entrada. Vestía el uniforme azul marino de los pilotos, complementado por una gorra de plato, visible sobre la mesa, frente a él. Uno de los hombres de Rahani ocupaba una silla, al otro lado del mueble, pero a cierta distancia, armado con una metralleta Uzi lista para volarle al otro las entrañas, en caso de que buscara problemas.

– Es usted nuestro piloto, según creo -le dijo Tamil con una sonrisa cortés.

El hombre respondió fríamente que era piloto, en efecto, pero que no volaría coaccionado.

– Yo opino lo contrario -respondió Rahani, seguro de si-. ¿Cómo quiere que le llamemos?

– Llámeme capitán.

– Nada de títulos. Aquí todos somos amigos -replicó, cortante, su interlocutor-. Su nombre de pila.

Percatado de que obstinarse en exceso sería una temeridad, el piloto ladeó la cabeza y respondió:

– Como quiera. Me llamo Nick.

– Muy bien, Nick…

Y Tamil Rahani procedió a explicar con detalle lo que estaba por suceder. Nick pilotaría el aparato como lo hubiera hecho en circunstancias ordinarias. Primero hasta Ginebra y luego bordeando el lago. Posteriormente, y cambiando de rumbo, iría a situarse en la misma vertical del hotel Le Richemond.

– Donde se está celebrando la conferencia en la cumbre. Permanecerá usted sobre el hotel por espacio de unos cuatro minutos -Rahani hablaba en el tono del militar habituado a que le obedezcan-. Cuatro minutos como máximo. No más. Y no tiene nada que temer. Nadie recibirá daño, siempre y cuando haga usted lo que le manden. Luego, traerá de vuelta el dirigible y quedará amarrado aquí. Entonces podrá marcharse sano y salvo.

– Que me cuelguen si voy a pasar por eso.

– Creo que le conviene hacerlo, Nick. Si se niega, otro ocupará su lugar. El caballero que ve aquí, por ejemplo -y posó una mano en el hombro de Bond-. Es piloto, aunque sin experiencia de dirigibles. Pero llevará el nuestro si le animamos a ello como es debido. En el caso de usted, el incentivo es salvar la vida, que perderá aquí y ahora si se opone a mis órdenes.

– Habla en serio, Nick -intervino Bond-. Dentro de un par de minutos será usted una masa de carne inerte y sin utilidad para nadie. Es preferible obedecer.

– Muy bien; de acuerdo. Me haré cargo del vuelo.

– Estupendo, Nick. Y muchas gracias, comandante Bond -dijo Rahani. Y prosiguió, en tono ya normal-: Pasemos ahora al papel que le reservamos al comandante Bond. Será su ayudante de vuelo. Le indicará usted en qué se diferencia el manejo de un dirigible del de un avión. Vamos a entregarle una bala para su pistola automática. Una sola. Con ella puede herir o matar únicamente a una persona, y descontados usted y él, seremos cinco los tripulantes. El amigo Bond cumplirá mis órdenes al pie de la letra. Si intenta usted pasarse de listo, le mandaré que le mate. Si él se negara a ello, otro lo hará, y muerto usted, él tomará el mando. Si persistiese en su negativa, le mataremos también a él y saldremos del paso como mejor sepamos. Según tengo entendido, este dirigible utiliza helio y, debidamente lastrado, puede permanecer cierto tiempo en el aire, sin gobierno, y es difícil que se estrelle. ¿Acierto en eso?

– Digamos que sí.

– Total, que el comandante Bond cuidará de usted y tendremos un feliz viaje. ¿Qué duración le calcula? ¿Media hora?

– Más o menos. Probablemente cuarenta y cinco minutos.

– Asesórese con el piloto, comandante Bond. Aprenda de él. Nosotros tenemos cosas que cargar en la barquilla -dijo. Y golpeándole con fuerza en el hombro, concluyó-: Instrúyase y cumpla con sus órdenes, ¿estamos?

Mientras se sentaba, Bond acercó su cabeza a la del piloto y, sin apenas mover los labios, dijo:

– También a mi me tienen coaccionado. Ayúdeme. Hay que pararles los pies -señaló. Y ya en voz alta-: Muy bien, Nick. Hábleme de ese dirigible.

El piloto le miró con cierta perplejidad por un instante; pero, como Bond le animase con un cabeceo, inició sus instrucciones.

Los hombres de Rahani se dedicaban entretanto a transportar el equipo al exterior. Entre otros aparatos, un potente transmisor de onda corta y un microordenador. Bond escuchaba atento las explicaciones de Nick, según el cual manejar un dirigible era básicamente como pilotar un avión.

– Palanca de mando, timón, pedales, idénticos instrumentos de vuelo y válvulas de admisión para los dos pequeños motores. La única diferencia está en el equilibrado -y señaló que los dos pequeños globos encerrados, a proa y popa, en la envoltura de helio, podían hincharse por medio de aire, o deshincharse soltándolo-. Responde más o menos al mismo sistema de los aerostatos, salvo que el empleo de globos de aire en el dirigible evita el desperdicio de gas valioso. Los globos regulan la presión del gas, proporcionan flotabilidad cuando se precisa, y permiten equilibrar en el ascenso y en la bajada. El quid del asunto es saber liberar presión en el momento del aterrizaje, de modo que el dirigible quede al alcance del equipo de tierra, que lo sujeta por medio de cabos.

El funcionamiento no ofrecía dificultades técnicas, y Nick complementó sus explicaciones indicándole a Bond en un gráfico la localización de las válvulas, situadas por encima del parabrisas delantero, y la alimentación de los pequeños globos, que se efectuaba mediante inyectores situados debajo de cada motor. Apenas había concluido su exposición, cuando apareció Simon, consultando su reloj. Al levantar la vista, se dieron cuenta de que el local se había quedado casi vacío.

– Os necesitan a bordo -dijo el lugarteniente de Rahani. Y mostrando en alto un proyectil de 9 mm, en el que Bond reconoció uno de sus Glaser, agregó-: Esto te lo daré cuando hayamos embarcado -no había cordialidad alguna en su mirada-. Ea, andando. Tenemos pendiente nuestra exhibición. Un vuelo de placer alrededor del lago.

En la pista, los hombres de Rahani estaban ya preparados para sujetar los cabos de proa del dirigible, que continuaba fijo en su mástil de amarre, pendientes bajo la masa en forma de salchicha de la aeronave.

Al acercarse a ésta, advirtieron que los demás habían embarcado ya en la barquilla, suspendida bajo el reluciente casco.

Nick subió el primero por la ancha escotilla que ocupaba un tercio del costado derecho de la barquilla. Bond iba detrás de él, seguido por Simon, que cerró a su espalda.

Tamil Rahani se encontraba sentado junto a Holy, a popa. Frente a ellos estaban los transmisores, conectados al ordenador. El asistente árabe se había instalado de cara a Holy, con el general Zwingli a su izquierda, en el otro asiento que daba al angosto pasillo. Bond se dirigió hacia la proa y ocupó su puesto a la derecha de Nick. Simon se quedó en pie, detrás, entre ambos.

En cuanto se hubo acomodado en su asiento, Nick, competente profesional, mostró a Bond los instrumentos de vuelo, destacando las importantísimas válvulas de los globos.

– ¡Cuando usted diga! -voceó Rahani desde su emplazamiento; pero el piloto, absorto en las comprobaciones preliminares, no le contestó.

Por fin, abierta la ventanilla corrediza, y dirigiéndose al jefe del equipo de tierra, gritó:

– ¡Listo! Diga a sus muchachos que se preparen. Voy a poner en marcha los motores. Cuando necesite que sujeten los cabos, le haré una señal con el pulgar.

Vuelto hacia Bond, explicó que primero activaría el motor de babor, tras lo cual el de estribor entraría inmediatamente en funcionamiento.

– Vamos a inflar enseguida los globos, y mientras se llenan, soltaré los amarres del mástil. El equipo de tierra, si lo han entrenado debidamente, dominará la presión de ascenso y soltará el lastre de la barquilla. A continuación, yo equilibraré, levantará el morro y -se volvió hacia Bond con una sonrisa- veremos si esos chicos tienen el buen juicio de soltar los cabos.

Nick se adelantó hacia el cuadro de mandos, encendió ambos motores en rápida sucesión y activó las válvulas de hinchado. Mientras Bond observaba la maniobra, Simon se inclinó hacia adelante, le hundió la mano bajo la chaqueta y le tomó la ASP. Un doble chasquido indicó la entrada de la bala en la recámara. Devolviéndole entonces el arma, dijo:

– Si el coronel te lo ordena, le matas. Y como intentes engañarme, te liquido yo a ti.

Bond ni siquiera dio muestras de haberle oído. Toda su atención estaba fija en las operaciones que llevaba a cabo el piloto: abrir las válvulas de admisión, soltar la palanca del mástil de amarre, vigilar la presión…

Cuando el morro del dirigible apuntó hacia arriba, Nick hizo a los de tierra la señal convenida y aceleró a tope los motores. El morro se empinó más todavía, y a eso siguió una leve sensación de flotar; luego, con mucha lentitud, se desplazaron al frente y hacia lo alto, con total firmeza, sin temblor ni vibración alguna conforme ganaban altitud y se alejaban del campo de aterrizaje. Era como viajar en una alfombra mágica.

19. Reja de arado

A lo largo de su vida, James Bond había viajado como piloto o pasajero en toda clase de aviones, desde el biplano Tiger Moth hasta los reactores Phantom. Y pese a ello, no recordaba nada comparable a volar en el Europa.

La mañana era clara y soleada. Con sus dos motores zumbando como un enjambre de avispas y sus hélices de pala única de madera en vertiginoso volteo, la gruesa y reluciente aeronave se deslizó por la amplia cortada y, sobrevolando la carretera y el tendido del ferrocarril, ascendió sobre el Léman. Para un hombre como Bond, enamorado de las máquinas, eran instantes prodigiosos. A trescientos metros de altura y sobre el espectacular panorama del lago, llegó a olvidar por unos momentos la terrible, peligrosa misión en que estaban embarcados.

Lo que más estupor le causaba era la estabilidad del dirigible. No se experimentaban en é1 las sacudidas que a semejante altura y en un terreno como aquél hubiesen estremecido un avión. Le pareció enteramente lógico el que los pasajeros de los grandes dirigibles de los años veinte y treinta se declararan apasionados de ellos.

El Europa hundió el morro y, colocándose casi en vertical sobre él, describió una circunferencia completa. Al alcanzar los quinientos metros de altitud, se dilató el panorama con la aparición de las cimas empenechadas de nieve sobre el claro azul del cielo, Montreux en la lejanía y, hacia la orilla francesa del lago, Thonon, pequeña ciudad de aspecto apacible y acogedor.

Luego, Nick estableció la inclinación a fin de que pudieran apreciar Ginebra conforme se acercaban a ella a un majestuoso régimen de ochenta kilómetros por hora.

Bond se volvió hacia la popa de la barquilla. Rahani y Jay Autem Holy permanecían ajenos a la vista, encorvados sobre el transmisor, que el agente especial divisaba sin dificultad porque habían abatido los respaldos de varios asientos.

Holy parecía mascullar para sí mientras sintonizaba la frecuencia. Rahani le observaba de cerca. «Como un celador», pensó Bond. El general Zwingli, vuelto a medias hacia ellos en su asiento, aportaba consejos. Simon y el asistente árabe montaban guardia, el joven sin apartar ni por un momento los ojos del piloto y de Bond. Simon, en pie, apoyado en la puerta, casi daba la impresión de cubrirles la retirada a sus jefes.

Aparecieron a la vista, abajo, las riberas de Ginebra. El Europa redujo la marcha, se inclinó hacia adelante y viró lentamente.

– ¡Cuidado con gastar bromas, Nick! -voceó Rahani-. Limítese a hacer lo que haría normalmente, y luego llévenos derechos hacia Le Richemond.

– Estoy haciendo lo que haría normalmente -replicó el piloto-. Ajustándome al manual. ¿No fue eso lo que pidió? Pues cumplo su encargo.

– Y por cierto -voceó Bond a su vez-, ¿qué nos disponemos a hacer exactamente? ¿De qué va ese golpe que ha de cambiar el curso de la historia?

Holy volvió la mirada hacia él.

– Vamos a poner a prueba la estabilidad de las dos naciones más poderosas de la Tierra. ¿Me creerla usted si le digo que entre los códigos que pueden transmitirse a las redes de emergencia del presidente de los Estados Unidos y el de la Unión Soviética figuran programas capaces de anular lo más importante de sus arsenales nucleares?

– Yo le creo a usted cualquier cosa.

Bond no necesitaba oír más. «M» estaba en lo cierto: aquella gente se proponía cursar a los respectivos satélites el programa Reja de Arado norteamericano y su equivalente ruso, y con eso, desencadenar una acción irreversible. En ese instante se decidió Bond a intervenir.

Toda su vida adulta la había consagrado a su patria, y sabía que ahora iba a dejar la vida en el empeño. La ASP contenía un único proyectil. Si la suerte le ayudaba, la Glaser, en el reducido espacio de la barquilla, partiría por la mitad a cualquiera de sus ocupantes. Pero sólo a uno. Así pues, ¿qué sentido tenía un blanco humano? Abatir a uno y ser abatido a su vez. Una iniciativa estéril. En cambio, si elegía el momento adecuado y lograba distraer al asistente árabe, la solitaria bala, disparada con precisión, haría pedazos la radio y probablemente también el microordenador.

Destruido el equipo, no tardaría en llegarle a él la muerte: pero comparado con la satisfacción de saber que había conseguido desbaratar una vez más los planes de ESPECTRO, aquello tenía muy poca importancia para Bond. Tal vez lo intentaran de nuevo, pero siempre habría hombres como él; y además, el Servicio estaba sobre aviso.

Ginebra, limpia, ordenada y pintoresca, apareció a la derecha de los tripulantes al iniciar Nick un suave giro con la nave. Al fondo, se alzaba el Montblanc imponente en su altura. El dirigible comenzó a descender con miras a su corto sobrevuelo de las riberas.

– ¿Cuánto falta?

Era la primera vez que Zwingli se dirigía al piloto. Nick se volvió hacia él.

– ¿Para llegar a Le Richemond? Unos cuatro minutos.

– ¿Has sintonizado esa frecuencia? -el general interpelaba esa vez a Holy.

– Estamos en ella, Joe. Acabo de introducir el disco. Lo único que resta por hacer es pulsar la tecla de entrada, y sabremos si el camarada Bond ha cumplido su palabra.

– Entonces, ¿vas a empezar por el programa de los Estados Unidos?

– Sí, Joe intervino Rahani-. Sí, los Estados Unidos recibirán las pertinentes instrucciones dentro de un par de minutos. Estiró el cuello, para observar por la ventanilla-. Ahí lo tenemos; estamos llegando.

Bond retiró lentamente el seguro de la ASP.

– Preparado, Jay. Será de un momento a otro.

Aunque no había alzado la voz, las palabras de Rahani se oyeron claramente al otro extremo de la barquilla. El lujoso hotel y su jardín de perfecta distribución se extendían abajo, ya muy cercanos. Nick imprimió al Europa un rumbo que le situaría en la misma vertical del suntuoso edificio.

– He dicho que preparado, Jay.

– Sólo un segundo… -repuso Holy-. Ya está.

En ese instante Bond se volvió ASP en mano hacia el asistente árabe y gritó:

– Tu ventanilla. ¡Mira por tu ventanilla!

Y como el muchacho ladease la cabeza, Bond, sabiendo que no se le ofrecería una segunda oportunidad, alzó el brazo y apretó el gatillo. El sonoro chasquido del percutor acalló el ronroneo de los motores.

Siguió, para Bond, un instante de incredulidad. ¿Había errado el tiro? La bala ¿era ficticia? Y entonces sonó la risa de Simon, secundada por un rezongo del árabe.

– No se te ocurra arrojarla, James. Yo te partiría en dos con una sola mano. ¿De veras pensaste que te dejaríamos acompañarnos con un arma cargada? Demasiado riesgo.

– ¡Maldito sea, Bond! -Rahani había saltado de su asiento-. No juegue aquí a pistoleros. La frecuencia que nos dio, ¿es válida? ¿O resultará tan falsa como su lealtad?

Las señales acústicas procedentes del fondo de la barquilla, indicaban que Holy había puesto en marcha el programa. Lanzó una exclamación de alborozo.

– Funciona, Tamil. Bond podrá habernos engañado en otras cosas, pero nos proporcionó la frecuencia. El satélite acaba de aceptarla.

Bond dejó caer la pistola, inútil pedazo de metal. Lo habían conseguido. En esos momentos los complejísimos procesadores del Pentágono estarían clasificando los números a la portentosa velocidad de que son capaces de hacerlo los ordenadores actuales. Los resultados afluirían a borbotones a los oportunos terminales, de un lado a otro de los Estados Unidos y también a las bases europeas de la OTAN. Se había consumado. Bond sintió únicamente una ira terrible, y una náusea en el fondo del estómago.

Tardó algún tiempo en asimilar los sucesos de los segundos inmediatos.

Holy, todavía lanzando vítores, se levantó a medias de su asiento y, chasqueando los dedos, tendió una mano hacia Rahani.

– Vamos, Tamil, el programa ruso. Lo tienes tú. Ya he sintonizado la frecuencia de ellos… -dijo. Luego subió el tono, premioso-: ¡Tamil! -y gritando ya, añadió-: Tamil, ¡el programa ruso! ¡Rápido!

Rahani prorrumpió en una sonora carcajada.

– Vamos, Jay, un poco de seriedad. ¿No pensarías, de verdad, que íbamos a infligirle a la Unión Soviética la humillación de verse despojada, ella también, de sus arsenales?

Jay Autem boqueó como un pez agónico.

– ¿Có…? ¿Có…? ¿Qué quieres decir, Tamil? ¿Qué…?

– ¡Vigiladles! -ordenó Rahani. Simon y el asistente árabe dieron la impresión de envararse al sonido de su voz-. Y usted, Nick, puede emprender el regreso.

Esto último lo dijo tan quedo, que a Bond le sorprendió que sus palabras resultasen audibles en medio del insistente zumbido de los motores.

– Lo que quiero decir, Jay, es que hace ya mucho tiempo pasé a ocupar el puesto de primer directivo de ESPECTRO. Y quiero decir que hemos llevado a término lo que nos proponíamos. Ni siquiera me equivoqué apostando a que Bond, nuestro peón en esta partida, nos conseguiría la frecuencia COPE. El objetivo de la Operación Desescalador fue siempre dar cuenta del poder imperialista de los Estados Unidos, que ahora podremos entregarles en bandeja de plata a nuestros amigos rusos. A ti te empleamos sólo para que nos proporcionaras el programa de entrenamiento. Un par de necios movidos por sueños románticos, como tú y Zwingli, nada tienen que hacer junto a nosotros. ¿Comprendes?

Jay Autem Holy profirió un angustiado lamento que no encontró más eco que el furioso rugido del general Zwingli.

– ¡Hijo de perra! -el anciano militar se adelantó-. Poniendo a los Estados Unidos y a la Unión Soviética en pie de igualdad, yo quería que mi país recuperase su antiguo poderío. ¡Nos has vendido, so… so…! -se arrojó encima de Rahani.

El muchacho árabe le abatió de un solo disparo, rápido y certero. El general cayó sin ruido. Mientras el estampido del arma del asistente seguía retumbando de uno a otro extremo del reducido espacio, Jay Autem saltó sobre Rahani, los engarfiados dedos buscándole la garganta, la voz desgarrada en un alarido lleno de odio.

Sin espacio para retroceder, Tamil le disparó dos tiros con una pequeña pistola mientras el otro estaba todavía en el aire. Pero Holy, en su furia, había dado tanto impulso al brinco, que su cuerpo inerte fue a estrellarse contra el líder de ESPECTRO, el hombre que había heredado el trono de la familia Blofeld.

– Llévenos a tierra -le espetó Bond al piloto-. ¡A tierra, pronto!

Aprovechando la confusión, se adelantó hacia su adversario más cercano, Simon, el cual, de espaldas a los mandos, avanzaba hacia el revoltijo de cuerpos caídos en montón entre los asientos. Arrojándose con fuerza sobre él, le inmovilizó el cuello con un brazo, y con el canto de la mano libre le propinó un formidable golpe junto a la oreja derecha.

Perdido el equilibrio, Simon cayó a un lado. Su mano, buscando afianzarse, desplazó el mecanismo de cierre de la escotilla, que giró sobre sus goznes, dando paso a una brusca ráfaga de aire. Al caer Simon exánime, el asistente árabe disparó hacia Bond, pero con tan mala fortuna, que la bala le acertó a su camarada en el pecho. Como vigorizado por una extraordinaria fuerza en el momento de la muerte, Simon se deshizo de la tenaza de Bond y, girando sobre sí mismo según se desplomaba, apretó el gatillo de la Uzi. Una larga ráfaga surgida de la metralleta cercenó casi la cintura del muchacho árabe.

Todavía aferrado al arma, Simon cayó de espaldas. Ni aflojó las manos ni salió de su garganta sonido alguno. Se precipitó, sin más, por la escotilla y surcó los trescientos metros de clara atmósfera en el largo y postrer viaje, que habría de llevarle a las aguas del Léman.

Bond, que se había agachado para recoger del suelo la Walther del árabe, sintió de pronto el aguijonazo de una bala que le rasgaba la carne de la cadera, mientras un segundo proyectil le pasaba silbando junto a la oreja.

Consiguió hacerse con la pistola, pero cuando se volvía, por puro reflejo, con el dedo posado en el gatillo, hacia donde hubiera debido estar Rahani, se dio cuenta de que el instigador de todo aquel drama no se encontraba allí.

– Ha saltado en paracaídas -dijo Nick en tono reposado-. El cerdo de él llevaba un paracaídas.

Bond se acercó a la escotilla y, aferrado a la barra de sujeción, se asomó.

Abajo, sobre la superficie azul-gris del lago, flotaba la blanca cúpula del paracaídas de Rahani, que una suave brisa alejaba de Ginebra, hacia el lado francés del Léman.

– Seguro que le están esperando -dijo Bond en voz alta.

– ¿Quieres cerrar la puerta, por favor? -la voz de Nick tenía toda la calma que sólo un piloto experimentado puede conseguir en un momento de apuro-. He de encontrar algún sitio donde posar el dirigible.

Conectó la radio, hizo girar el selector entre pulgar e índice y se caló los auriculares que hasta ese momento le habían impedido utilizar. Unos segundos más tarde, y ladeando la cabeza hacia Bond, que se habla desplomado en el asiento vecino, anunció:

– Podemos volver al campo de aterrizaje. Por lo visto, la milicia suiza lo tomó poco después de nuestro despegue. Se diría que teníamos ángeles guardianes velando por nosotros.

Se habían reunido los cinco «M», Bill Tanner, Cindy Chalmer, Percy y Bond- en la terraza de una habitación de hotel con vistas al lago. A é1, aunque le habían vendado la zona afectada, seguía causándole molestias el largo arañazo abierto en la cadera por la bala.

– ¿Trata de decirme -interpeló a «M» con fría Cólera- que estaban al tanto de la ocupación del aeródromo? ¿Que lo sabían ya cuando nos entrevistamos en Londres?

Su superior asintió. Acababa de revelarle que, como resultado de las medidas de seguridad adoptadas en relación con la conferencia en la cumbre, se habían asignado números de identificación a todo el personal autorizado.

A Bill Tanner no le habían contestado, la noche que telefoneó desde Londres al equipo de la Goodyear, con la secuencia de cifras correcta.

– Sabíamos que estaba sucediendo algo anómalo -dijo «M» reposadamente-. Lo comunicamos a quien correspondía, y convinimos con norteamericanos y soviéticos que se aceptaría, pero sin darle curso, cualquier mensaje transmitido por las ondas de emergencia de sus satélites. Una simple precaución. Ni que decir tiene, cero cero siete, que seguimos confiando en usted.

– Muchas gracias -repuso Bond con gélida flema.

– Pero eso, cero cero siete -continuó «M» en tono incisivo-, no significa que deba usted ir por ahí con la idea de que es insustituible.

– Y decidieron dejarme a merced de los lobos -replicó Bond, casi gritando-. No era necesario arrojarme a las tinieblas exteriores, como tan acertadamente lo expresó usted en cierta ocasión, pero aun así me dejaron marchar, a sabiendas de que…

– Vamos, vamos, ¿cómo se le ocurre hacer semejantes reproches a sus superiores? -le reprendió «M» vivamente. Y adelantándose de improviso en su asiento, posó una mano en el brazo de Bond y dijo, en tono de paternal inquietud nada propio de él-: Lo hicimos en su interés tanto como en el nuestro, James. Según se mire, podía usted encontrar la manera de entregarnos a Holy… o a Rahani. Pero lo que nos preocupaba prioritariamente no era eso, sino dar con el medio de devolverle su buen nombre. Considérelo una especie de… rehabilitación.

– ¿Rehabilitación? -Bond escupió la palabra, lleno de desdén.

– Verá usted -continuó en tono sosegado su superior jerárquico-, había que encontrarle una misión que pudiese desempeñar en beneficio de su imagen pública. A la prensa no podía pasarle por alto un jolgorio en el que iba a intervenir un dirigible situado sobre la misma vertical de la sede de la coherencia en la cumbre. Ultimamente Ginebra ha sido un hervidero de periodistas. De modo que pedimos a las autoridades suizas que dejasen trascender algunas noticias. Cosa que en cierto modo nos ahorra una serie de embarazosos desmentidos. Creo que se sentirá satisfecho con lo que van a decir mañana los periódicos. Y quizá no fuese mala idea suscitar otra interpelación en la Cámara.

Sin decir palabra, Bond miró a «M», el cual le dio dos tranquilizadoras palmadas en el brazo antes de retirar la mano.

– Supongo que, en vista de ese arañazo, querrá una baja por enfermedad -dijo en tono ausente.

Bond y Percy cruzaron una mirada.

– Si no ha de causarle trastornos al Servicio, señor…

– ¿Qué tal un mes? Dejemos que se acalle este alboroto. No podemos permitir que todo el departamento salga a la luz pública en aras de su honor, cero cero siete.

Cindy intervino entonces por primera vez:

– ¿Qué ha sido de Dazzle? ¿De la señora St. John-Finnes?

Tanner respondió que habían perdido el rastro de la dama en cuestión. Se habla esfumado, al igual que Rahani, del cual no quedaba más huella que el paracaídas recogido por una lancha en el lado francés del Léman.

– Lástima. Con lo que me hubiese gustado verme a solas con ese malnacido… -se lamentó la deliciosa Cindy Chalmer, que podía resultar mortífera cuando se excitaba.

Percy le dirigió una sonrisa maligna.

– Tú, Cindy, tienes que volver directamente a Langley. Ordenes recibidas esta mañana.

La mulata hizo un mohín. Bond trató de evitar su mirada.

– ¿Y qué hay del profesor Amadeus? -quiso saber.

– Oh, nos estamos ocupando de él -repuso Bill Tanner con cierta vehemencia-. En el Servicio no falta sitio para buenos técnicos en ordenadores. De todas formas, el profesor Amadeus dio prueba de ser un joven valeroso.

– Olvidaba una cosa -masculló «M»-. Aunque el jefe de personal no estaba al tanto de esto, al revisar los archivos después de habernos alertado James a propósito de Rahani, descubrimos cierta interesante información. ¿Recuerda usted, cero cero siete, que veníamos vigilando a ese sujeto desde hace algún tiempo?

Bond asintió, y «M» extrajo de la carpeta que tenía en las rodillas una foto en blanco y negro, mate.

– ¿Es o no es interesante?

La instantánea mostraba a Tamil Rahani abrazado a Dazzle St. John-Finnes.

– Por lo visto tenían planes para el porvenir.

Al interesarse Bond por Erewhon, le respondieron que los israelíes habían localizado su emplazamiento.

– No había nadie. Ni un alma. De todas formas, lo tienen vigilado. Yo dudo que Rahani se deje ver por allí. Pero es probable que reaparezca en alguna otra parte.

– Sí -dijo Bond con voz átona-. Así es, señor. Yo también creo que todavía recibiremos noticias de él. Bien mirado, se ufanaba de ser el heredero de los Blofeld.

– Lo cual me hace pensar -replicó «M» meditativo- que quizá debería usted aplazar lo de esa baja, cero cero siete. Podría ser importante seguir de cerca…

– Bond necesita descanso, señor. Siquiera por unos días -intervino Percy, dirigiéndose a «M» en tono casi de mandato.

El jefe del Servicio, poco acostumbrado a esa clase de tratamiento, contempló a la juncal rubia ceniza con expresión de estupor.

– Bien; de acuerdo. Si lo plantea usted en esos términos, supongo que sí…, que no hay nada que decir.

20. El fin de la aventura

Primero se dirigieron en avión a Roma, donde pasaron una semana en la Villa Medici. Era la primera visita de Percy a la Ciudad Eterna, y Bond encontró placer en mostrársela en la medida que lo permitían siete cortas jornadas.

De Roma se trasladaron a Grecia, donde emprendieron un crucero por las islas del Egeo, con una primera escala en Naxos, donde permanecieron dos noches. En Rodas limitaron a una sola noche su estancia, a causa de las hordas de turistas, y a partir de ahí invirtieron el rumbo, deteniéndose un día en un lugar y un par de ellos en otro.

En una semana posterior visitaron el mar Jónico, en cuyas orillas consiguieron encontrar algunas playas y tabernas apartadas de las rutas turísticas.

Fueron días dedicados a evocar lejanas voces del pasado. Bond y Percy intercambiaron recuerdos, largos relatos de juventud y confesiones, y se entregaron en cuerpo y alma el uno al otro. El mundo volvía a ser joven para ellos, y el tiempo se detuvo a su alrededor como sólo puede hacerlo en medio del oscuro misterio de las islas griegas.

Comían langosta recién pescada y saciaban su sed con retsina. Algunas veladas concluían con danzas interpretadas, a brazos desplegados, golpeándose las pantorrillas, por los camareros de algún mesón de carretera en patios emparrados. Descubrieron, al igual que tantas otras parejas antes que ellos, que los taberneros de las islas reconocen los indicios del amor y se encariñan con los enamorados.

Pero en medio de toda aquella alegría compartida, Bond permanecía atento a la presencia de desconocidos, seguro de que Percy, como compañera de profesión, haría otro tanto.

No vieron dos veces un mismo rostro. Ni siquiera -cosa que puede ser más importante- alhajas que ya habían llamado su atención. Los vehículos que observaron a su alrededor, incluso las motocicletas, nunca se repetían. Estaban libres.

Pero los efectivos de ESPECTRO eran numerosos y taimados. Ni Bond ni Percy hubieran podido reparar en los perseguidores que se emboscaban en las sombras.

Por lo regular integrados por cinco personas, los equipos variaban a diario; jamás utilizaban dos veces el mismo coche; y siempre había alguien pronto a seguirles hacia la isla inmediata. En un lugar sería una chica; en otro, un despreocupado muchacho griego; primero un estudiante; luego, un matrimonio inglés de edad ya avanzada; viejos Volkswagen, Hondas flamantes y discretos Peugeot. Cualquier medio les parecía válido. Las órdenes del jefe eran concretas y, llegado el momento, también él apareció en escena.

Aunque Bond y Percy hablaron mucho del porvenir, ni siquiera en la última semana, camino ya de Corfú, desde donde tenían previsto regresar a Londres en vuelo directo, habían conseguido decidir algo sobre el muy debatido tema del matrimonio.

Cuando el viaje tocaba ya a su fin, dieron con un pequeño hotel de bungalows bien retirado de las modernas y palaciegas colmenas de hormigón y cristal. Se levantaba el establecimiento junto a una escondida playita accesible sólo a través de las rocas. Su habitación daba a una ladera sembrada de polvorientos olivos y de arbustos de curioso aspecto victoriano.

A esa habitación regresaban diariamente a la caída de la tarde, y conforme avanzaba el crepúsculo e iniciaban las cigarras su canto incesante, la pareja se entregaba a la práctica del amor, larga, tiernamente, obteniendo de ella una sensación de plenitud como ninguno de ambos recordaba haberla experimentado.

La última noche, con el equipaje todavía por hacer, y habiendo encargado en la taberna una cena especial, cruzaron como solían, unidas las manos, la ladera que conducía a la playa, y penetraron en su aposento atravesando el bosquecillo de olivos. Dejaron abiertos los postigos y echaron las persianas.

Pronto se encontraron entregados el uno al otro, musitando ternezas adolescentes, y gozándose en la intimidad de su pequeño mundo de placer.

Apenas repararon en la oscuridad ni en el canto nocturno de las cigarras. Ninguno de ambos oyó el coche de Tamil Rahani, que se había detenido silenciosamente en la carretera que discurría al pie del hotel. Ni percibieron el acercamiento de su sicario que, calzado con alpargatas, ascendió con pie seguro e inaudibles pasos desde la carretera y, salvado el olivar, se apostó junto a las ventanas.

Tamil Rahani, el heredero de los Blofeld, había decretado que ambos debían morir, y que él asistiría a su muerte. Sólo lamentaba que ésta tuviera que ser rápida.

Cetrino y de corta estatura, el hombre, que era el más sigiloso y certero asesino con que contaba ESPECTRO, escudriñó el interior por el enrejillado de la persiana y, sonriente, retiró de entre sus ropas una cerbatana de marfil, de quince centímetros de longitud. Con cuidado aún mayor introdujo el minúsculo dardo de cera impregnada de letal nicotina pura, y deslizó el extremo de la boquilla a través de la celosía. Percy, tendida en el lecho y con los ojos entornados, ocupaba el lugar más próximo a la ventana.

Su reacción fue producto del largo entrenamiento que le había conferido un instinto casi animal frente al peligro. Con un súbito movimiento, se deshizo del abrazo del sobresaltado Bond y alcanzó el pequeño revólver que siempre dejaba en el suelo, junto a la cama.

Disparó dos veces, volteando desnuda sobre el suelo, según un procedimiento de manual. El hombre, cuya silueta se perfilaba claramente detrás de las persianas, saltó hacia atrás, como a cámara lenta, mientras su último aliento proyectaba el mortífero dardo al vacío.

Bond, ASP en mano, no tardó más de un segundo en situarse junto a ella. Al salir al aire de la noche, oyeron, procedente de la carretera, el rugido de un motor. Sabían, sin que nadie se lo dijera, quién era el dueño de aquel coche.

Más tarde, retirado ya el cadáver, cursadas las oportunas llamadas a Londres y a Washington, y satisfechas por fin la policía y demás autoridades, Bond y Percy se dirigieron en coche a la ciudad de Corfú, donde se alojaron por una noche en uno de sus hoteles importantes.

– Bien; por lo menos esto aclara la situación -dijo Percy-. Ahora sabemos los dos a qué atenernos.

– No te entiendo.

Habían conseguido que les sirviesen una improvisada cena en la habitación. Bond, pese a todo, no conseguía sosegarse.

– Hablo del futuro, James. Después de este desagradable incidente, sabemos lo que nos reserva.

– ¿Quieres decir que ninguno de los dos conoceremos la paz mientras siga vivo el sucesor de los Blofeld?

– Esa es una parte de la cuestión. Pero hay más -hizo una pausa y tomó un sorbo de vino-. He matado, James. He matado de forma mecánica y…

– Eficiente en extremo, cariño.

– Sí, a eso me refería. No somos como la demás gente, ¿verdad? Estamos disciplinados, reglamentados y… obedecemos órdenes. Tenemos que meternos en situaciones peligrosas como quien dice sin previo aviso…

Bond lo meditó un instante.

– Desde luego tienes razón, cariño. Comprendo lo que quieres decir: la gente de nuestra especie no puede interrumpir la marcha y entregarse a una vida normal.

– Exactamente, James. Han sido unos días maravillosos. Los mejores que recuerdo. Pero…

– Pero hemos de darlos por terminados.

Percy asintió. él se inclinó hacia ella, la mesa de por medio, y la besó.

A la mañana siguiente cambiaron sus billetes de avión. Bond fue a despedirla al aeropuerto, y siguió con la mirada el vuelo del avión que, tras recorrer la pista, se remontó en el aire describiendo un círculo en dirección a Atenas, donde Percy transbordaría rumbo a París.

Él saldría una hora más tarde rumbo a Londres, hacia una de sus otras vidas, a desempeñar alguna nueva misión por la patria.

John Gardner

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