/ / Language: Español / Genre:thriller

Scorpius

John Gardner

James Bond

John Gardner

Scorpius

SCORPIUS

1988

Traducido por Julio F. Yañez.

Dedico este libro a Alexis y John, Simon y Miranda.

1. La milla más larga

Eran exactamente las doce y diez minutos de la noche cuando la muchacha, tras haberse apeado del tren, se detuvo un momento para leer sorprendida el letrero que se exhibía ante un quiosco de periódicos cerrado y en el que se anunciaba: «El primer ministro convoca elecciones generales para el 11 de junio.» Ahora comprendía por qué se habían dado las órdenes y por qué habla rehusado instintivamente quedarse a obedecerlas.

No se dio cuenta de que estaba lloviendo hasta que hubo salido del gran vestíbulo de la estación de Waterloo. Era preciso que alguien la ayudara. Volvió al interior de la estación intentando utilizar tres teléfonos públicos hasta que encontró uno no desmantelado todavía por los gamberros. Marcó el número 376 de Chelsea y esperó mientras el timbre sonaba y sonaba, y ella se entretenía fijando sólo una pequeña parte de su atención en las inscripciones marcadas en la pared, números de teléfono junto a nombres de chicas que ofrecían servicios no especificados claramente y alguna que otra frase obscena. Viendo que nadie contestaba a su llamada, colgó el auricular. Tenía la sensación de estar muy lejos de Londres y creyó que iba a desmayarse o ponerse a llorar. Él nunca la habría sermoneado, sino que habría comprendido y la habría ayudado o aconsejado. Ahora sólo le quedaba una opción: irse a su casa.

Pero su casa era el último lugar al que hubiera querido dirigirse, aunque, a decir verdad, no le quedaba otra alternativa.

No había ningún taxi libre por los alrededores. Entretanto la lluvia se había ido transformando en una suave llovizna, cosa normal en mayo. Menos mal que el camino era corto. Pero aquella milla podía resultarle muy larga.

¿Qué se lo había hecho recordar? Sí. Una canción: «la milla más larga es la que falta recorrer para llegar a casa.»

Empezó a caminar alejándose de la estación para tomar la York Road y cruzar el puente de Westminster. Una vez en el lado opuesto observó que el edificio del ayuntamiento continuaba iluminado, con un aspecto más parecido al de un hotel de lujo que a un campo de batalla para los políticos de la capital. El tráfico y los peatones se habían vuelto escasos. Pasaron tres taxis con el «libre» apagado. Le pareció extraño que en Londres, en cuanto empieza a llover, los taxis parecen encaminarse todos a sus garajes o están ocupados por pasajeros que no se ven.

Cuando hubo alcanzado el extremo opuesto del puente torció a la derecha, en dirección al Victoria Embankment. Al otro lado de la calle, tras de ella, se elevaba magnífica la torre del Big Ben, mientras que a su derecha, la negra y siniestra estatua de Boadicea, en su carro de guerra, parecía una mancha oscura destacando contra el cielo.

El piso de sus padres se encontraba a menos de diez minutos de distancia caminando, y empezó a preguntarse cómo la acogerían al presentarse ante ellos de manera tan inesperada. La parte de su carácter dominada aún por la obstinación se rebelaba ante la idea de regresar. Iban a producirse las inevitables recriminaciones, pero como ellos habían hecho lo posible y lo imposible para que volviera, le demostrarían al menos cierta satisfacción o agrado. Su problema consistía en tener que admitir que sus padres siempre tuvieron razón.

Conforme entraba en el Victoria Embankment, sintió una repentina sensación de alarma. Comprendió de improviso que había bajado la guardia mientras cruzaba el puente. Porque sin duda alguien la vigilaba. Aquello era tan cierto como la luz del día. Hasta entonces había tomado sus precauciones. Como la estación de Paddington era la que normalmente hubiera utilizado para llegar a Londres y alguien estaría esperándola allí, empleó algunas horas más en el viaje, cambiando de trenes y tomando un autobús con el fin de entrar por Waterloo y no por Paddington. Pero probablemente vigilarían también la casa de sus padres. De esto no le cabía la menor duda.

Conforme todas estas ideas cruzaban por su mente dos hombres emergieron repentinamente de las sombras, quedando iluminados por el círculo de luz que los faroles formaban frente a ella.

– ¡Mira qué tenemos aquí! -exclamó uno de ellos con voz de borracho.

La muchacha se arrebujó aún más en su fino impermeable blanco, como si éste pudiera proporcionarle alguna protección adicional.

Pero conforme los dos hombres se acercaban a ella comprendió que no eran la clase de los que hubieran puesto para seguirle los pasos. Vestían pantalones vaqueros y cazadoras de piloto llenas de metales incrustados y de cadenitas, y llevaban el pelo erizado y teñido, uno de rojo y naranja, y el otro de carmín y azul.

– ¿Vas sola, cariño? -le preguntó el más corpulento.

Ella dio un paso atrás apoyando una mano en la pared que quedaba a su espalda. Estaba segura de que en algún lugar cercano habría una abertura con escalones para bajar al amarradero, donde durante el verano los turistas dejan sus botes luego de navegar de un lado a otro por el Támesis.

Aunque era una insensatez, se dijo que quizá existiera alguna posibilidad de escapar por allí.

– ¡Vamos, nena! No tienes por qué asustarte de nosotros.

Las voces de ambos sonaban igual, enronquecidas por la bebida.

– Una chica tan mona no irá a decir que no a un par de chicos guapos como nosotros, ¿verdad?

Se iban acercando lentamente. Ella creyó incluso percibir el olor del alcohol. También era desgracia ocurrirle aquello cuando ya estaba casi a salvo. Ir a tropezarse con dos atracadores o quizá algo peor.

Aquella última idea quedó confirmada bien pronto.

– Vamos a pasar un rato agradable ¿verdad? -la sonrisa de hiena del que hablaba fue claramente visible a la luz difusa de los faroles.

Su compañero exhaló una desagradable risa de borracho.

– Dirá que sí aunque tengamos que echarla por la fuerza en el suelo.

Mientras sus agresores continuaban avanzando, ella encontró de improviso el hueco en la pared. Volviéndose, empezó a bajar a trompicones en dirección al río, agarrando con una mano el bolso que llevaba colgado del hombro y sintiendo cómo el terror encendía en su cerebro una luz que parecía dificultarle la respiración y le contraía el estómago.

Los dos rufianes empezaron a bajar tras ella, haciendo resonar sus botas sobre los amplios escalones. Cuando percibió el olor del agua, su miedo se transformó en pánico. Se dijo que no tenía escapatoria porque no sabía nadar. No había allí ahora ninguna embarcación en la que poder esconderse; tan sólo la hilera de postes de metal unidos por una cadena.

Se le echaban ya literalmente encima y no tuvo más remedio que enfrentarse a ellos, decidida a luchar en la medida de sus fuerzas. Tenía que defender su pureza. La pureza era lo más importante. Todos lo afirmaban. Y también el padre Valentine. Tenía que conservarse pura costara lo que costara.

Dio un paso atrás y la cadena le rozó la parte posterior de las rodillas, haciéndole proferir un grito, tambalearse y tropezar. Perdió el equilibrio al resbalar sobre las piedras húmedas, y las piernas se le enredaron en la cadena, manteniéndola suspendida unos momentos en el aire. En seguida se hundió en el agua, notando cómo ésta la envolvía con su negrura, llenando su nariz y su boca, mientras el impermeable flotaba como un globo a su alrededor y el peso de sus ropas y su bolso la arrastraban hacia el fondo. Oyó cómo alguien gritaba y en seguida comprendió que era ella misma, tosiendo, gorgoteando y escupiendo mientras daba manotazos en el agua, con el cuerpo agarrotado por el terror.

Como si viniera de mucha distancia le pareció oír la voz de su viejo profesor de educación física, aquel sádico que intentó enseñarle a nadar echándola sin previo aviso en la piscina. «¡Vamos! No hay que bracear tanto. Pareces un pelícano borracho. ¡Domínate! ¡Venga!… ¡Qué chica tan idiota, tan idiota, tan idi…!»

La oscuridad la invadió. Sintió una terrible y al propio tiempo serena debilidad. Al pánico le sucedió una especie de calma. Cesó de luchar como atontada por un anestésico y se sumió por fin en un sueño del que jamás despertaría.

2. El cuerpo flotante

M tenía demasiados problemas pendientes de solución para perder el tiempo hablando con el agente de la Sección Especial, y su leal miss Moneypenny lo sabía perfectamente. En el edificio que albergaba la Sede Central, con vistas a Regent's Park, se estaban llevando a cabo una serie de desagradables y prolongados trabajos de limpieza y reacondicionamiento. Los auditores llevaban allí una semana, ocupando un espacio que se necesitaba para otras cosas, mientras se dedicaban a comprobar minuciosamente las cuentas de cada departamento y acaparaban la atención y el tiempo de buen número de funcionarios superiores.

Aquellas auditorías que tenían lugar cada dos o tres años representaban un muy grave trastorno para todos. Una vez terminadas, los auditores regresarían a su lugar de procedencia; es decir, a lo que M llamaba su escondrijo de piedra cercano al Long Water en los jardines de Kensington. Pero aquello no significaba que los problemas hubieran terminado.

En el plazo de tres meses los informes serían estudiados con todo detalle por un selecto grupo de personas entre las que se incluían el ministro de Hacienda y el de Asuntos Exteriores, quien luego presentaría las cifras para el voto secreto ante los miembros del gabinete y ante la tesorería.

Dicho voto secreto era un elemento vital para M, ya que de él dependía la asignación que se otorgara a su departamento y de la que dependía la vida de éste. Era el dinero con el que pagarlo todo, desde los salarios de los empleados bajo su mando a la formación de agentes, los gastos adicionales, la investigación, y un centenar de otras cosas, incluida la compra de clips sujetapapeles y de las grapas que usaban en el piso octavo, donde M tenía su suite y sus oficinas.

Una auditoría representaba sufrir días de tensión a la que ahora se añadía la producida por el anuncio de unas elecciones generales. En menos de un mes, M estaría trabajando para idénticos amos en el Ministerio de Asuntos Exteriores, porque los gobiernos se hacen y deshacen, pero los mandarines de Whitehall son siempre los mismos. Pero podía ocurrir que la actitud respecto a la tarea desempeñada por el servicio dirigido por M variase quizá drásticamente si el gobierno que ocupase el poder era de un color político distinto. Estos cambios de gobierno, o incluso sólo la posibilidad de que ocurrieran, ponían al jefe del Servicio Secreto al borde de un ataque de nervios. Aquel día su horario estaba colmado, incluyendo cinco reuniones de alto nivel y una comida en el Blades con el presidente del Comité de Inteligencia Conjunta.

El agente de la Sección Especial había dicho que lo que tenía que comunicar era urgente, sólo para conocimiento personal de M. La señorita Moneypenny consultó su reloj y pudo comprobar que el agente llevaba ya casi una hora esperando. Se había presentado, sin previo aviso, sólo diez minutos después de que M regresara de comer. Moneypenny hizo una aspiración profunda y llamó por el intercomunicador.

– Diga -gruñó M.

– No habrá olvidado usted que el superintendente jefe Bailey está esperando, ¿verdad? -repuso ella tratando de adoptar un tono desenvuelto, de persona eficiente.

– ¿Quién ha dicho usted que está esperando? -preguntó M, quien de un tiempo a esta parte había vuelto a adoptar su viejo hábito de obviar ciertos asuntos pretextando tener una memoria como un colador.

– El agente de la sección -repitió ella con tacto.

– Que yo sepa, no estábamos citados -replicó M.

– No, señor. Pero he dejado en su mesa el memorándum de su jefe, antes de que usted regresara de comer. Su petición es urgente.

Se produjo una pausa durante la cual Moneypenny pudo oír el crujir del papel conforme M leía el memo.

– ¡Ah ya! Como el jefe de la sección no puede venir personalmente, ha mandado a un lacayo -gruñó M-. Pero ¿por qué hemos de ser nosotros? Por regla general incordian a nuestros hermanitos del Cinco. Podía haber dirigido sus pasos hacia Curzon Street o a dondequiera que se haya instalado estos días dicho servicio.

Aunque la Sección Especial trabaja con el M15 (Servicio de Inteligencia Militar) siempre que éste se lo pida, no actúa como defensor sistemático del mismo, e incluso se sabe que a veces han rechazado alguna petición del Cinco porque tienden a obrar con cierta precaución. Son responsables no ante un ser sin rostro radicado en Whitehall, sino directamente ante el comisario de la Policía Metropolitana. Sólo en raras ocasiones la sección recurre al Servicio Secreto de Inteligencia, que era el feudo de M.

– No tengo la menor idea de por qué recurren a nosotros, señor. Sólo sé que el jefe de la sección quiere que reciba usted a este funcionario LAP.

M produjo un extraño sonido chasqueando la lengua.

– ¡Una expresión muy curiosa, Moneypenny…! LAP quiere decir «lo antes posible», ¿verdad? ¿Cómo ha dicho que se llama?

– Bailey, señor. El superintendente jefe Bailey.

– ¡Ah, bueno! -Otro suspiro-. Más vale que me lo pase.

Bailey resultó ser un caballero alto y bien vestido, de treinta y tantos años que llevaba un traje caro, de corte clásico.

M notó en seguida que lucía la corbata de un prestigioso colegio de Cambridge. Los modales de Bailey eran sumamente agradables. Hubiera podido pasar perfectamente por un joven médico o abogado. M se dijo que no hubiera desentonado ocupando una plaza en el Cinco.

– No nos habíamos visto hasta ahora, señor. Mi nombre es Bailey -el funcionario de policía fue directamente al grano, tendiendo su mano a M-. El HOB le pide disculpas, pero va a estar ocupado todo el día con los jefes del A11 y del C13.

Al A11 se le suele conocer como Diplomatic Protection Group, y es el que proporciona guardaespaldas a los políticos y a los miembros de la realeza, ya sean visitantes o del país. La C 13 es la Brigada Antiterrorista, que guarda estrecha relación con el MI5 y el Servicio Secreto de Inteligencia, así como con la C 7 su propia Sección de Apoyo Técnico, y la D 11 o «Boinas Azules» el departamento de armas de fuego de Scotland Yard, donde una brigada de especialistas de élite está siempre dispuesta para intervenir en caso de incidentes graves.

– Andamos un poco de coronilla desde que el primer ministro se fue al campo -explicó Bailey sonriendo.

– A los demás nos pasa igual -observó M con cara de circunstancias. Esta no es su zona de operaciones habitual, ¿verdad, superintendente jefe?

– No. No lo es, señor. Pero se trata de un caso especial. El HOB quiso que me entrevistara con usted personalmente.

M guardó silencio, mirando a su visitante sin que en su rostro se pintara la menor expresión. Finalmente hizo un ademán señalando una silla.

Bailey se sentó.

– Bueno. Vayamos al grano -empezó M con calma-. A ninguno de los dos le sobra el tiempo. ¿Cuál es el motivo de su visita?

Bailey carraspeó. Ni los más experimentados funcionarios de la policía pueden evitar dicho hábito, nacido de haber tenido que prestar declaración en tantos tribunales.

– A primeras horas de esta mañana se ha descubierto lo que en mis primeros tiempos en la policía se llamaba un «cuerpo flotante».

– Un cadáver encontrado en el agua -murmuró M.

– Exacto, señor. Lo recogió la patrulla fluvial cerca de la Aguja de Cleopatra. No se ha notificado todavía a la prensa, pero llevamos trabajando toda la mañana en el caso. Está involucrada gente importante. El propio jefe de la sección lo ha comunicado a la familia. La víctima es una joven de veintitrés años, la señorita Emma Dupré, hija del señor Peter Dupré.

– ¿El financiero? ¿El banquero? -preguntó M con la mirada brillante como si empezara a sentir verdadero interés.

Bailey hizo una señal de asentimiento.

– El mismo, señor. Director del Gomme-Keogh, un banco mercantil impecable, de reconocida solvencia. Según me han dicho, el Foreign Office solicita a veces los servicios de algunos de sus empleados de categoría para que actúen como auditores.

– Sí. Sí. En efecto -repuso M al tiempo que se preguntaba si aquel joven sabía que en aquellos precisos momentos un miembro del Gomme-Keogh, se hallaba en el mismo edificio dedicándose precisamente a tal tarea-. ¿Un suicidio? -preguntó con la cara tan impasible que ni el más experto interrogador u observador policial hubiera podido adivinar lo que estaba pensando.

– No lo creo, señor. Se ha practicado la autopsia. La muerte fue por ahogo. El cuerpo no ha estado mucho tiempo en el agua…, seis o siete horas como máximo. según el informe que he visto, parece un accidente. Pero existen algunos detalles curiosos. La muchacha había sido desenganchada recientemente de la heroína. Según algunos miembros de la familia, esto ocurrió en los últimos dos meses. Todavía no hemos hablado con sus padres.

M volvió a asentir mientras esperaba que el funcionario de policía continuara.

– ¿Ha oído hablar de una agrupación religiosa… una bastante excéntrica por cierto, que se llama Los Humildes, señor?

– Un poco nada más. Son algo así como los Moonies, ¿verdad?

– No del todo. Poseen una filosofía, pero la secta es muy distinta a los Moonies. Por ejemplo, los Humildes sacaron de la droga a esa chica…, me refiero a la difunta. No cabe duda alguna. Practican una moral muy estricta. No permiten a nadie vivir promiscuamente en su comunidad. Las parejas han de pasar primero por cierta forma de matrimonio a la que sigue su paso por el registro civil. Insisten en que se conserven los antiguos valores. Pero en cuanto se apartan de la cuestión moral, tienen unas ideas muy raras.

– Bueno, señor jefe superior, ¿me quiere decir qué tiene que ver esto conmigo y mi servicio? Los grupos religiosos raros quedan fuera de nuestra órbita.

Bailey levantó la cabeza y abrió la boca durante un segundo; la volvió a cerrar y la abrió de nuevo para decir:

– Se trata de esa joven, señor. Miss Dupré. Le hemos encontrado algunos objetos curiosos. Cuando la sacaron del Támesis oprimía en sus manos uno de esos bolsos tan de moda entre las chicas, en los que llevan de todo, desde una libreta de notas a un fregadero. El bolso era excelente…, con buen cierre de cremallera, de modo que el agua no entró.

– ¿Y es en ese bolso en el que han encontrado objetos curiosos?

El funcionario de la Sección Especial hizo una señal de asentimiento.

– Sí. La libreta de notas por ejemplo. Todas las páginas que contenían señas y números telefónicos habían sido arrancadas, excepto una en la que figura un número escrito a toda prisa en una página correspondiente a la presente semana. En mi opinión lo anotó de memoria porque un guarismo está tachado y sustituido por otro.

– ¿Y qué tiene eso de particular?

– Que el número es el de uno de sus funcionarios, señor.

– ¿De veras?

– Es el del comandante Bond, señor. Del comandante James Bond.

– ¡Ah! -exclamó M mientras su mente sopesaba todo un cúmulo de posibilidades-. Bond se encuentra ausente de Londres en estos momentos -hizo una pausa-. Pero puedo obligarle a que vuelva si es que quiere hablar con él. Es decir, si piensa que puede serle útil para la prosecución de sus pesquisas…, como se dice en la prensa.

– Sí que puede sernos útil, señor. Pero hay un par de cosas más. Según tengo entendido, lord Shrivenham, que también pertenece al Gomme-Keogh está trabajando aquí en estos momentos. Me gustaría hablar con él -observó cómo las cejas de M se contraían ligeramente-. La hija de éste, la honorable Trilby Shrivenham era íntima amiga de la señorita Dupré. Ha pasado por problemas de drogas iguales a los suyos, y también es miembro de los Humildes. Creo que lord Shrivenham está muy afectado por ello.

– ¿Quiere ver a Shrivenham? ¿Aquí? ¿En este lugar? -preguntó M mientras su ágil mente se preguntaba de qué modo podría hacer algo por Basil Shrivenham. Porque un pequeño favor ahora quizá le resultaría útil cuando llegara el momento del voto secreto.

– Primero me gustaría entrevistarme con el comandante Bond -declaró Bailey con aspecto impasible-. Según lo que me diga, existe otra cuestión que debería ser debatida…, estando presente lord Shrivenham.

M asintió al tiempo que alargaba la mano hacia el auricular del teléfono.

– Moneypenny -dijo-. Haga regresar a Bond a Londres sin pérdida de tiempo. Y hágame saber su hora de llegada prevista en cuanto la averigüe. Lo esperaré en mi despacho hasta que llegue. Aunque tenga que aguardar hasta la madrugada.

Volvió a colgar el teléfono, frunciendo el ceño ligeramente. Durante aquellos últimos meses el estilo de vida de Bond había cambiado drásticamente y cualquier variación de este tipo en 007 ponía algo nervioso a M, aunque cuando tales cambios lo fueran en un sentido favorable.

En el despacho exterior, miss Moneypenny tomó el teléfono rojo especial y marcó un número que no estaba en el listín. El código de zona era el 0432…, es decir el de Hereford.

3. Incidente en el cruce

James Bond no podía recordar cuál fue la última vez en que se sintió tan agotado. Le dolían todos los músculos y la fatiga le impregnaba los huesos como un veneno mortífero; las piernas le pesaban como si fueran de plomo, haciendo que cada paso constituyera un esfuerzo terrible; los pies le dolían dentro de aquellas botas anatómicas normalmente tan cómodas; los párpados se le caían, y le era imposible concentrarse en más de una cosa a la vez. Por fuera poco, se sentía sucio por el sudor que, luego de acumularse bajo sus ropas, se había secado y vuelto a acumular. Ver el camión Bedford RL de cuatro colores aparcado abajo, en la carretera, era como percibir un oasis, luego de haber pasado varios días en el desierto, con escaso alimento y casi nada de agua. Pero Bond no había estado en el desierto, ni mucho menos. Durante los diez últimos días había tomado parte en un ejercicio de resistencia y de supervivencia con «el Regimiento» como los relacionados con el Special Air Service lo llaman siempre, teniendo como base la del 22 Regimiento del SAS; es decir, los cuarteles Bradbury Lines en Hereford. Pero según M aquello había sido solamente «un ligero ejercicio para desentumecer los músculos».

Durante nueve de aquellos días había tenido que levantarse antes de las cuatro de la madrugada y subirse a un camión a las cinco, vestido con su equipo de combate, llevando a la espalda una enorme mochila Bergen y otros bártulos colgados del cinto y oprimiendo con la mano un fusil IW (Individual Weapon) o Arma Individual XL65E5.

Cada día acompañado por otros siete oficiales de diversos servicios de las fuerzas armadas había sido arrojado desde la trasera del camión en algún lugar solitario en los límites de la agreste campiña por la parte de Brecon Beacons, dejándole allí solo, mientras algunas referencias cartográficas le eran gritadas conforme caminaba. Cada noche él y los demás recibían instrucciones sobre la tarea a realizar al día siguiente.

A veces las referencias se reducían a tener que luchar contra el reloj para llegar a un punto determinado a una hora asimismo señalada de antemano. Otras veces debía evitar que lo localizaran los oficiales del SAS, los suboficiales y la tropa, todo ello dentro de un estricto límite de tiempo. Caso de ser hecho prisionero, se le sometería a intensos y humillantes interrogatorios.

A Bond nunca habían logrado atraparlo durante las dos veces en que tomó parte en estos ejercicios, pero en dos ocasiones llegó tarde a la meta fijada. En ambas ocurrió durante la cuarta referencia geográfica, ya que estas operaciones raras veces terminaban tras haber alcanzado el primer objetivo. El curso de supervivencia exigía mucho más: sucesivos puntos debían ser superados al tiempo que se descubrían y «eliminaban» enemigos escondidos o se recuperaba algún bulto de peso extraordinario oculto en algún lugar extraño.

Una vez de regreso por la noche a Bradbury Lines, había que limpiar el equipo y armamento antes de participar en una sesión en la que se incluía un severo examen crítico de las actividades de la jornada, recibiéndose a continuación las órdenes para el día siguiente. Durante la décima jornada Bond había tomado parte en el ejercicio más despiadado y agotador que imaginarse pueda y que figura en el programa usual para la selección y adiestramiento de los miembros del SAS: la marcha de resistencia de cuarenta millas a realizar en veinticuatro horas llevando a la espalda una mochila de veinticinco kilos, más otros seis de equipo diverso y un fusil de nueve kilos que debía sostenerse en la mano porque ninguna arma del SAS lleva correa.

La marcha sigue una ruta que discurre por Brecon Beacons, en terreno salvaje, montañoso y rocoso, y esta prueba es considerada con el mayor respeto incluso por los más aguerridos profesionales y miembros de élite del Special Air Service. Algunos hombres expertos han muerto por culpa del mal tiempo en el transcurso de la marcha, y aun cuando por aquel entonces, a fines de mayo, reinaran unas condiciones relativamente buenas, con sólo vientos racheados y una llovizna que calaba hasta los huesos, el ejercicio había constituido para muchos de cuantos participaron en él «una auténtica cabronada».

Todo cuanto Bond deseaba una vez alcanzado el último punto de referencia era que lo llevaran de nuevo a Hereford en el camión, darse una ducha, comer y dormir durante al menos veinticuatro horas antes de presentarse de nuevo en Londres. Pero no iba a tener tanta suerte. Lo presintió al ver cómo el ayudante venía hacia él desde el camión aparcado más allá.

– Ha telefoneado su jefe -le anunció el ayudante, un alto y bronceado capitán del SAS, militar muy imbuido de su importancia, quien desde mucho tiempo atrás había llegado a la conclusión de que unas breves palabras pueden comunicar una mala noticia con más fuerza que toda una explicación-. Lo quiere en Londres ahora mismo.

Bond soltó una palabrota.

– ¿Me está tomando el pelo, ayudante? -preguntó tratando de sonreír.

– Lo lamento -contestó el oficial sin devolverle la sonrisa-. Pero va muy en serio. Le ha tocado la china. Lo llevaré en mi coche hasta el cuartel.

No fue hasta entonces cuando Bond vio el coche del ayudante aparcado detrás del camión, y comprendió que esta vez no se trataba de alguna de esas casi sadísticas bromas que se suelen gastar en los cursos del SAS.

Conforme se dirigían a Bradbury Lines, el ayudante sugirió un poco bruscamente a juicio de Bond, que no era prudente para quien acababa de tomar parte en una marcha de resistencia conducir por sí mismo desde Hereford a Londres, trayecto en el que se invertían por lo menos dos horas.

– El sargento Pearlman no tiene mucho que hacer en estos momentos y es un buen conductor. Lo llevará rápidamente, evitando que se pegue usted un tortazo.

Bond estaba demasiado cansado para ponerse a discutir.

– Como quiera -concedió encogiéndose de hombros-. El sargento Pearlman puede conducir el condenado coche, pero luego tendrá que regresar aquí por sus propios medios.

– En realidad le va a hacer usted un favor. Porque esta noche tiene permiso y se muere de ganas por ir a Londres.

Una vez en el cuartel, Bond se duchó, recuperó su pistola personal, la ASP de 9 mm, sacándola del compartimento secreto de su maleta en que la había escondido. Se puso unos pantalones cómodos, unos zapatos suaves tipo mocasín, una camisa holgada y una chaqueta de seda cruda hecha a medida por su sastrería favorita en Hong Kong: la Bel Homme. Devolvió el equipo militar en el almacén de Intendencia, tomó su maleta y se dirigió hacia donde estaba el Bentley Mulsanne Turbo con su color verde impoluto de la British Racing aparcado ante el comedor de oficiales.

El sargento Pearly -Pearlman- lo esperaba también vestido de paisano. Era un sujeto de anchas espaldas, robusto y de aspecto casi brutal, con el pelo negro bastante más largo de lo que era permitido normalmente en muchos regimientos ingleses de élite.

– ¿Listo para la partida, jefe? -preguntó en tono familiar, otro de los convencionalismos que se practicaban en el SAS.

Bond hizo una señal de asentimiento.

– ¿Le importa si me tumbo en el asiento de atrás, sargento? Si quiere que le diga la verdad, estoy deslomado.

El sargento sonrió sarcásticamente.

– Esas marchas de resistencia son una cerdada. No las puedo ver ni en pintura. Duerma un rato, jefe. Ya lo despertaré cuando nos acerquemos a Londres.

Bond se acomodó en el asiento trasero de suave cuero, mientras Pearlman ponía el coche en marcha y pasaba por delante de la famosa torre del reloj del SAS junto a cuya base una gran placa conmemora los nombres de los oficiales y soldados de la agrupación que han fallado en su intento de «marchar contra el reloj»; es decir, salvar la vida en una acción o en un adiestramiento. La torre del reloj es desmontable y plegable, lo que dice mucho en favor de la actitud elástica del «Regimiento».

Conforme circulaban por Hereford para desembocar en la carretera general y tomar luego la autopista M5, que a su vez lleva a la M 4 -es decir, la que conduce a Londres-, James Bond cerró los ojos y se dejó sumir en un profundo y sosegado sueño. No tenía idea del tiempo transcurrido cuando fue despertado por Pearlman, que gritaba:

– ¡Jefe! ¡Arriba! ¡Despierte!

Bond hizo un esfuerzo para sacudirse la modorra, como quien estando medio ahogado se remonta de nuevo a la superficie. Al principio creyó que ya habían llegado a Londres.

– ¿Co… cómo? ¿Qué pasa?

– ¿Está despierto? -preguntó Pearlman.

– Sí…, sí. Casi despierto -repuso el comandante moviendo la cabeza como si quisiera aclararse el cerebro.

– ¿Se siente otra vez en el mundo de los vivos?

– ¿Qué sucede? -preguntó Bond conforme se iba ajustando gradualmente al ambiente del coche y sus alrededores.

– ¿Esperaba protección para este viaje?

– ¿Por qué iba a esperarla? -preguntó cada vez más alerta.

– ¿La esperaba o no? No sé qué se trae entre manos, jefe. No es que quiera ser alarmista, pero ¿se trata de algo que requiera protección?

– Puede que vaya a necesitarla -repuso Bond irguiéndose completamente en el amplio asiento trasero y bajando la cabeza de modo a situarla junto al oído izquierdo de Pearlman-. Pero ¿por qué me lo pregunta?

– No estoy muy seguro, pero tengo la impresión de que marchamos como dentro de un cuadro movible.

– ¿Hace mucho rato? -preguntó Bond ya despierto por completo.

– Me parece que desde que salimos de Hereford.

– ¿Dónde estamos ahora?

– Hemos dejado la M 5 y entramos en la M 4, al noroeste de Bristol.

– Deme más detalles.

– En Hereford se nos ha puesto detrás un Saab 900 turbo gris. No le hice mucho caso, pero ha continuado siguiéndonos. Luego lo ha reemplazado un BMW de color claro: creo que un 735i. Cuando rodeamos Gloucester, el Saab volvió a la carga, situándose esta vez delante de nosotros. Ahora está detrás…, a dos coches de distancia, mientras que el BMW va delante bastante separado.

– ¿No será una simple coincidencia? -sugirió Bond.

– Yo también lo he pensado, y he hecho lo usual en estos casos: marcha lenta dejando que el BMW nos pasara hasta cierta distancia, pero no han perdido el contacto. En el Empalme 19 he llegado incluso a salirme de la ruta y dar varios rodeos por las calles, pero no nos pierden de vista. En realidad nos ha formado un cuadro porque hay también un Audi azul y un maldito Lotus Esprit rojo. Son conductores de primera, se lo aseguro. Y gente de posibles porque todos los coches son de los que usan los yuppies.

– ¿Está seguro de que no se trata de una coincidencia? -repitió Bond en voz baja.

– A mí no me lo parece. He hecho todo lo que sé, pero no me los he podido quitar de encima. ¿Le dice algo todo eso?

Bond no contestó inmediatamente. Un «cuadro» móvil de vigilancia era una técnica bien probada: un coche delante, otro detrás y otros dos a los lados, siguiendo calles paralelas en las ciudades y pueblos y manteniéndose en contacto para evitar interferencias en los largos trechos de autopista. Estarían conectados por radio, simulando quizá ser taxis y utilizando frases convenidas que parecieran inocuas a la policía o a cualquiera que las captase. Pero en realidad se iban pasando instrucciones precisas respecto al «objetivo». Pero ¿cuál era su propósito? ¿Por qué lo vigilaban? ¿Y precisamente en aquella ruta? ¿No estaría probando M a algunos subalternos novatos? Pero esto último no parecía muy probable.

Pearly conducía con seguridad y confianza, rápido y muy preciso, pasando del carril central al exterior y moviéndose por entre el tráfico como un bailarín.

– Hagamos un poco el tiovivo por entre las casas. ¿Cuál es la próxima salida? -preguntó Bond.

– La diecisiete, jefe. Chippenham a la derecha y Malmesbury a la izquierda.

– ¿Conoce bien estas carreteras?

– Mejor las de Chippenham. Hay allí muchas rutas comarcales, estrechas y difíciles.

– Vamos a marearlos un poco. A obligarlos a que se paren si es preciso.

El tráfico era denso en la autopista, pero, mirando hacia atrás, Bond pudo ver con claridad la forma del Saab gris silueteada por los faros de los otros vehículos, firme en su puesto a un par de coches de distancia.

– ¿Lleva armas? -preguntó a Pearlman.

– No, ¿y usted?

– Sí. Y hay otra pistola en la guantera, una Ruger P85 sólida y eficaz. La he estado probando en el tiro al blanco. Está cargada y hay munición de repuesto. Necesitará las llaves -añadió pasándoselas.

– ¿Cómo andamos con respecto a la ley? -quiso saber Pearlman, como si aquello, aunque no lo preocupara demasiado, tampoco lo tuviera indiferente.

– La verdad es que no lo sé -respondió Bond con el cerebro un tanto confuso calculando las posibilidades. Sólo tres personas del Cuartel General de Regent's Park sabían dónde había estado: M, Bill Tanner, su jefe personal y la fiel Moneypenny. Si aquel seguimiento constituía una operación hostil, la información sólo pudo haber salido de Bradbury Lines. Pero la gente era allí era impenetrable, como un sordomudo, por estar muy imbuida de la absoluta necesidad de mantener el más absoluto secreto respecto a su trabajo. Su vida dependía muchas veces de tener la boca cerrada.

El enlace había aparecido en la distancia y Bond pudo observar, no sin cierto placer, que el BMW situado tres coches más adelante pasaba ante él. Pearlman puso el intermitente en el último momento, aceleró y tomó el acceso de salida, penetrando en el gran óvalo distribuidor luego de cortar el paso a dos coches más lentos y se metió en la carretera de Chippenham. A cosa de una milla más allá abandonó la carretera y pronto aminoró la marcha hasta adquirir la suficiente lentitud como para introducirse por los oscuros caminos comarcales, cuyos árboles y setos aparecían casi negros bajo la luz de los faros.

– ¿Los hemos perdido? -Pearlman murmuró la pregunta al tiempo que frenaba para tomar una curva cerrada.

– No lo sé -repuso Bond volviéndose para mirar hacia la oscuridad que dejaban atrás-. Desde luego, no veo ninguna luz, pero esto no significa nada.

Había participado muchas veces en tareas de vigilancia rutinaria como aquélla y sabía que si era él quien efectuaba el seguimiento, lo primero que hacía era bajar la intensidad de las luces en cuanto se metían por carreteras comarcales. A partir de entonces sólo podía fiarse de la suerte, de un sexto sentido… o del uso de gafas nocturnas para continuar su marcha tras del objetivo. No pudo percibir ninguna luz, pero aun así sintióse presa de cierta y fría inquietud.

Llevaban recorridas unas seis o siete millas por aquellos parajes. Si los vehículos de vigilancia continuaban siguiéndolos, debían dejarse ver de un modo u otro.

Bond miró hacia adelante cuando pasaban como una exhalación por las calles de un pueblo, pudiendo captar como en un destello la expresión sorprendida de algún aldeano junto a la carretera, una cara contraída por el espanto o por la cólera ante lo que consideraban una conducción temeraria. Pero en seguida las caras desaparecían. Luego vieron un pub y en seguida una iglesia. Hubo un brusco viraje hacia la derecha y salieron por el lado opuesto para lanzarse por una larga y recta pendiente.

De pronto Pearly soltó una interjección al tiempo que los frenos chirriaban al ser accionados repentinamente.

Delante tenían dos pares de luces, pero que no venían hacia ellos, sino que fluían desde los dos lados de la ruta.

No obstante lo vertiginoso de su velocidad, Bond pudo darse cuenta de varias cosas. Las luces provenían de la derecha y de la izquierda de un cruce a cosa de veinte metros de distancia. Pero apenas había tomado conciencia de ello, cuando el breve trecho quedó salvado. Dos coches aparecieron: uno a cada lado de la carretera. Pearlman accionó los faros principales y, al dar de lleno sobre aquéllos, pudieron ver que estaban parados, muy juntos, con los capós paralelos, en la clásica formación de bloqueo. Eran un Lotus Esprit rojo y un Audi azul.

Pearlman siguió apretando el freno y desplazándose a la izquierda cuando estaban ya prácticamente encima de los coches, cuyas formas se agrandaban ante el parabrisas. El Bentley tocó el borde de hierba y rebotó cuando se echaba literalmente sobre los otros dos vehículos.

Desde su asiento, Bond observó que había muy poco espacio entre el obstáculo y el giro de noventa grados a la izquierda que Pearlman hizo describir al coche. Pero el sargento manejó el volante como un corredor de rallis al tiempo que se movía en su asiento para utilizar el freno de mano, y sus pies iban de un lado para otro entre el acelerador y el freno.

Los neumáticos del Bentley protestaron chirriando conforme el vehículo patinaba, recuperaba la dirección y adquiría velocidad rozando el seto de la izquierda, pero lograba salir del apuro pasando a unos centímetros del Esprit.

La carretera en la que habían entrado estaba sombreada por una arboleda de aspecto todavía oscuro e invernal, porque ni los brotes frescos ni las hojas primaverales podían apreciarse bajo la claridad de los faros. Era lo mismo que conducir por un túnel recubierto por un andamiaje cuya anchura apenas si permitía el paso de dos coches.

Conforme miraba hacia atrás, pudiendo ver cómo tanto los pilotos del Esprit como los faros del Audi disminuían de tamaño, Bond se agachó instintivamente. En la oscuridad brillaron una serie de leves relámpagos azules y por encima del rumor del Bentley pudo sentir casi más que oír cómo las balas silbaban a su alrededor.

– ¡Caray! -exclamó Pearlman apretando el acelerador y metiendo el coche en una curva a la derecha, con lo que los otros dos vehículos se perdieron de vista-. ¿Cuál es su verdadera misión, jefe? ¿La de servir de conejillo de indias para el Servicio Nacional de Sanidad?

– El Audi vendrá tras de nosotros, Pearly. Habrá que alejarse cuanto antes.

– ¿Y qué cree que estoy haciendo?… ¿Dándome un paseo el domingo por la tarde?

Ahora estaban en terreno descubierto y Bond tenía la seguridad de que las luces del Audi aparecerían en la distancia de un momento a otro. Había sacado la ASP automática y tenía la mano sobre el botón que accionaba el cristal de la ventanilla dispuesto a repeler a sus perseguidores si éstos emergían repentinamente de las tinieblas.

– ¿Tiene idea de dónde estamos? -preguntó mirando hacia fuera, mientras lamentaba no llevar en el coche unas gafas de visión nocturna.

– Creo que llegaremos a Londres sanos y salvos, si es eso lo que le preocupa respondió Pearlman con voz tensa por la concentración-. Pero seguiré la ruta panorámica. Es mejor mantenerse alejados de las autopistas.

– Muy bien… ¡Diantre! -exclamó Bond apretando el botón que abría la ventanilla trasera.

Tras un repentino estallido de luz, el Saab que los había venido siguiendo en la autopista pareció surgir de la nada pegándose a su trasera, con los faros encendidos.

– ¡Apriete el acelerador aunque haya de atravesar el suelo del coche, Pearly! -gritó Bond agachándose junto a la portezuela al tiempo que levantaba la automática sintiendo el impacto del aire frío en su cara y su mano.

Viendo que el Saab continuaba pegado a ellos, hizo dos rápidos disparos hacia su parte inferior con la esperanza de tocar un neumático. Pearlman había lanzado el vehículo por la estrecha carretera a unos ciento veinte por hora, rozando enseguida unos pocos recomendables ciento cuarenta. En la trasera, Bond era zarandeado y agitado mientras se agarraba a la puerta intentando conseguir un disparo directo, entornando los párpados para defenderse del feroz resplandor de los faros.

Volvió a disparar, y una de las luces del Saab se apagó. En seguida el coche patinó bruscamente, como si su conductor hubiese perdido el control: resbaló primero a la derecha, y luego a la izquierda y se puso otra vez en la línea de visión de Bond. Este disparó dos veces seguidas y luego dos más, pudiendo ver cómo el parabrisas saltaba hecho añicos. Le pareció también oír un grito, pero pudo haber sido producido por el rápido paso del viento frío por los costados del Bentley.

El Saab, luego de seguir unos instantes a su trasera, se fue quedando atrás haciendo unas cuantas eses hasta desplazarse violentamente hacia la izquierda. Bond pudo ver perfectamente cómo el coche saltaba por el borde de la ruta. Luego, durante unos segundos, le pareció como si permaneciera suspendido en el aire antes de perderse definitivamente en la oscuridad. Momentos después, una llamarada se elevaba en el aire y enseguida se oyó el fragor de una explosión.

Debemos alejarnos rápidamente de ese montón de chatarra -murmuró Bond.

– ¿Qué montón de chatarra? -inquirió Pearlman.

Reflejado en el retrovisor, Bond tuvo un atisbo de la sonrisa que curvaba sus labios.

Enseguida le preguntó si había podido tomar algún dato de los otros coches. El sargento del SAS repitió con toda calma los números de matrícula de los cuatro vehículos y a continuación mencionó una vez más sus colores, todo lo cual grabó Bond en su memoria.

– ¿Por casualidad no ha visto también cómo iban vestidos los conductores? -preguntó el comandante con el rostro contraído por una burlona sonrisa.

– No he prestado atención a ese detalle -respondió Pearlman.

Bond comprendió que el otro también sonreía, pero nada de esto podía resolverles la cuestión de por qué estaban sometidos a vigilancia y quiénes eran sus perseguidores.

Bond seguía perplejo cuando el coche se detuvo en Knightsbridge y los dos cambiaron de asiento. Al recuperar sus pertenencias en el portaequipajes, Pearlman dio las gracias a Bond por lo que a su juicio había sido «un interesante viaje de regreso al hogar».

– ¿Quiere mi número de teléfono, jefe? A lo mejor lo necesita.

Bond hizo una señal afirmativa desde el asiento del conductor y el sargento le anotó las cifras.

– Será un placer serle útil siempre que me necesite.

Cerrando la ventanilla, Bond puso en marcha el vehículo y lo condujo en dirección a Regent's Park y el Cuartel General del Servicio.

4. Avante Carte

– Me alegro de que haya venido tan rápidamente -el sarcasmo de M pareció no ser notado por el superintendente jefe Bailey conforme se efectuaban las presentaciones.

– Ha sido el tráfico, señor. Algo espantoso en la autopista.

Bond se sentía más que medianamente desconcertado. Había creído que se encontraría con M a solas. Moneypenny no le había advertido de la presencia del funcionario de la policía, y ésta le resultaba decididamente perturbadora.

M gruñó algo al tiempo que hacía una señal a Bond para que se sentara.

– Creo que será mejor que Bailey le ponga a usted al corriente de los hechos -miró de frente a los dos hombres antes de añadir-: En especial teniendo en cuenta que nos vemos envueltos en este asunto por su culpa, Bond.

Bailey informó escuetamente al comandante sobre el suceso de la muchacha sacada del Támesis a primeras horas de la mañana. Pero no mencionó el nombre de la víctima hasta el final.

– La fallecida tenía veintitrés años y llevaba el número de teléfono de usted escrito en su agenda -hizo una pausa antes de añadir-: En realidad era el único que figuraba allí.

A Bond le dolía el cuerpo, tanto por la dura marcha por los Brecon Beacons como por el agitado trayecto hasta Londres. Tenía la sensación de que a menos de ser enterado rápidamente de lo más fundamental, su mente divagaría haciéndole perder la noción del caso. Además, una parte considerable de su fatigado cerebro seguía debatiendo la cuestión de por qué habían sido seguidos y atacados. Iba a necesitar algún tiempo para presentar su informe a M. Finalmente empezó a comprender la gravedad de lo que el funcionario de policía estaba explicando.

– ¿Mi número de teléfono? -preguntó-. ¿Quién es esa persona? Es decir, la víctima.

– No la hemos clasificado todavía como víctima -le respondió Bailey-. Pero el nombre de la joven es Emma Dupré -tanto el funcionario de la Sección Especial como M miraron a Bond y esperaron detectar alguna señal de alarma; pero él se limitó a mover la cabeza como si no creyera lo que estaba oyendo.

– ¿De modo que Emma? -preguntó con expresión tranquila-. ¡Emma Dupré! ¡Pobre, muchacha! Pero ¿por qué diantres…?

– Entonces, ¿usted la conocía? -quiso saber Bailey.

– Sí, pero sólo un poco -Bond permanecía tranquilo, sentado muy erecto en el sillón-. No la había visto desde hace un par de años. Aunque el pasado noviembre me hizo una extraña llamada telefónica.

– ¿Qué quiere decir con lo de conocerla sólo un poco? -preguntó Bailey, quien como muchos funcionarios de la policía empleaba un tono retorcido y suspicaz incluso al formular preguntas de aspecto inocente.

– En realidad, la conocía muy poco -respondió Bond con firmeza, dando a su voz cierta expresión acerada y cortante-. Hace dos años me invitaron a la fiesta de su vigésimo primer aniversario. Yo conocía a Peter y a Liz Dupré desde mucho tiempo antes. Y creo que me invitaron a la fiesta como una especie de relleno, ya que al parecer alguien anunció su no participación en el último instante.

– ¿Y qué tal le fue con esa chica?

Bond respiró hondamente, retuvo el aire y lo exhaló al tiempo que contestaba:

– Era un poco joven para mí. No quisiera parecer…, bueno… Creo que se encaprichó de mí. Al final la cosa se hizo molesta. La llevé a cenar un par de veces.

– ¿Y no…? -el miembro de la Sección Especial dejó el resto de la pregunta en el aire.

– No, señor Bailey. Desde luego que no. En realidad no hice tampoco nada para animarla. Realmente era una situación difícil. No hacía más que telefonear y telefonear y escribirme notas.

Se quedó en silencio unos momentos recordando a Emma, una joven morena y atractiva de ojos grises. Recordaba aquellos ojos casi demasiado bien, tan grandes y tan claros.

En su mente empezó a insinuarse el recuerdo de su última cena con ella, al principio de manera fragmentaria y luego en su totalidad. Pero en vez de guardárselo para sí, lo narró a sus interlocutores, aunque ateniéndose sólo a los puntos principales.

– La cosa se había puesto realmente difícil, así que la llevé al Caprice y, luego de haber cenado, recurrí al viejo sistema de contarle con franqueza que ya estaba finalmente comprometido con otra mujer.

– ¿Lo estaba de veras? -preguntó M con expresión suave-. Aunque pasados dos años, quizá lo haya olvidado.

– Sí. Por aquel entonces había otra mujer en mi vida -se las compuso Bond para responder sin perder la calma-. Le ofrecí ser su amigo… Me refiero a Emma. Y le dije que siempre que se encontrara en un apuro me llamase.

M exhaló un largo suspiro.

– Nunca he entendido a las mujeres, Bond; pero, a mi modo de ver, semejante propuesta debió animarla mucho.

– Todo depende de cómo se haga. Por mi parte utilicé cierta finura. Por aquel entonces tuve que salir de Londres por algún tiempo… Asuntos del Servicio, señor. El caso Rahani [1], ¿se acuerda? -inquirió, pronunciando la frase en un tono marcadamente sarcástico.

– Sí, sí, sí -M hizo un movimiento amplio con la mano derecha, como si quisiera apartar algún insecto volador inoportuno.

– ¿Y no volvió a saber de ella? -preguntó Bailey.

– Sólo la llamada telefónica del pasado noviembre.

– Dijo usted que le pareció extraña.

– Sí.

– ¿Por qué motivo?

– Porque casi me había olvidado de ella… Bueno, no olvidado del todo, pero sí la tenía apartada de mi mente. Pero aún veo a Peter y Liz Dupré de vez en cuando.

– Se mueve usted en círculos elevados -murmuró M.

– No tanto. Hace años fui a la escuela con el hermano de Peter. Luego se mató en un estúpido accidente de moto. Conocí a Peter durante el funeral y de vez en cuando me daba algún consejo…

– Ninguna indiscreción, supongo -expresó M con aspereza.

Bond frunció el ceño y repuso mirándole de frente:

– Si se refiere a «cuestiones internas» y cosas por el estilo, nada de eso, señor. Sólo consejos sensatos. Fue por entonces cuando me cayó aquel regalo [2].

– Perfecto -M pareció sumirse en un estado de semiinconsciencia.

Bond se dijo que cuando practicaba su viejo truco era cuando más peligroso se volvía.

– ¿Qué hay de la llamada telefónica? – le apremió Bailey.

– Emma estuvo divagando bastante. Me contó que se encontraba en un hospital y acabó preguntándome si me sentía salvado. Cuestiones religiosas, ¿comprenden?

– ¿Y usted qué contestó?

– ¿A qué se refiere?

– A si se sentía salvado.

– Creo que me comporté de un modo un tanto frívolo. Repuse que me consideraba salvado, pero sólo por muy poco.

– ¿Cómo se lo tomó?

– De ningún modo. No pareció ni darse cuenta. Dijo algunas otras nimiedades y, de pronto, colgó el teléfono.

– ¿Le preocupó su brusquedad?

– En efecto. Recuerdo que sí. Me pareció como si la hubieran interrumpido, como si alguien le hubiera arrebatado el teléfono de la mano.

Frunció el ceño preguntándose por qué en aquel entonces no había actuado de acuerdo con su instinto.

– Cuándo la conoció hace un par de años, ¿hubiera creído que era de las que se meten en asunto de drogas?

Bond miró fríamente al funcionario de la Sección Especial.

– ¿Por qué me dice eso? ¿Acaso estaba enganchada?

– Pues sí. Y mucho. Heroína. Sabemos todo lo que le ocurrió. La familia se ha mostrado muy cooperadora. Emma nunca quiso aceptar ayuda de sus padres. Estos sentían una preocupación terrible. Luego la pobre chica empezó a interesarse por la religión. Aunque una religión muy especial. El grupo de los Humildes. ¿Ha oído hablar de ellos?

Bond hizo una señal de asentimiento.

– ¿Y quién no? Hacen el bien, pero parecen ser muy malos. Se muestran contrarios a la promiscuidad y a las drogas, y tratan de implantar un nuevo orden. Su lema es «un mundo de igualdad», ¿no es cierto?

– Veo que está usted bien enterado -concedió el funcionario de la Sección haciendo una señal de asentimiento-. En apariencia esa gente parecen mansos corderos: pureza, santidad en el matrimonio, prohibición de todo exceso… e incluso dirigen con éxito una unidad de desintoxicación para drogadictos y alcohólicos. Magnífico, pero si se rasca un poco en la superficie, se detecta algo que adopta un aire más siniestro.

– ¿Cómo por ejemplo? -quiso saber Bond.

– Por ejemplo, basan sus prácticas en los puntos más relevantes de cierto número de religiones: creen en la Biblia, aunque sólo en el Antiguo Testamento, no en el Nuevo, y muy especialmente en la Torah. Además, también utilizan el Corán.

Bond hizo una señal de asentimiento. Sabia lo suficiente de religiones comparadas como para comprender que la Torah contiene los cinco primeros libros del Antiguo Testamento que compendian la estricta ley judía.

– Arman un gran tinglado con sus ceremonias religiosas -continuó Bailey-. Todo muy teatral y tomado de sólo Dios sabe cuántas tradiciones litúrgicas distintas, ¿va comprendiendo?

Bond volvió a asentir.

– Esto significa -comentó- que han incorporado rituales de ceremonias religiosas procedentes de diversos períodos de la historia y de numerosas creencias.

M miró a Bond con evidente aire de incredulidad. El jefe supremo siempre se quedaba sorprendido cuando su agente revelaba tener interés o poseer información sobre temas al margen de su tarea profesional o de sus excelentes conocimientos en gastronomía, vinos, mujeres o automóviles rápidos, actitud que resultaba francamente ofensiva para la capacidad intelectual de Bond.

– En efecto -aprobó Bailey, que parecía haberse relajado y que se había echado un poco hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y las manos cruzadas-. Pero todo esto combinado con la política. Porque su religión se basa realmente en un ideal revolucionario. Muy poco maduro, pero capaz de captar a mentalidades jóvenes e impresionables. Los humildes heredarán la tierra. Ya conoce la frase. Todos los hombres deben ser iguales y esa igualdad ha conseguirse aun cuando para ello sea preciso desencadenar la más sangrienta de las revoluciones. Entre sus miembros figura un numeroso grupo de jóvenes ricos que han donado sus fortunas a la organización. El título concreto de ésta es Sociedad de los Humildes.

– ¿Pretende decirme que Emma Dupré también entregaba su dinero a la misma? -preguntó Bond frunciendo el ceño.

– Exactamente. Heredó un par de millones al cumplir veintiún años. Parte de esa suma la gastó viviendo de un modo extravagante, con el pequeño vicio que había adquirido. El resto pasó a la sociedad cuando la hubieron sacado de la droga. Cuando el padre Valentine la desenganchó -intervino M bruscamente-. Intentemos ver las cosas a través de su verdadera luz, Bailey. Especialmente ahora, cuando ya sabemos que las relaciones de Bond con la muchacha muerta fueron muy superficiales y correctas. Verá usted, Bond: tenemos un pequeño problema. Esa joven, que ingresó como miembro de los Humildes, era hija de un banquero comercial, el director de la Gomme-Keogh. Ahora bien, nosotros tenemos un contacto. Se trata de Basil Shrivenham. Porque lord Shrivenham forma parte del grupo de auditores de la Sección Especial del ministro de Asuntos Exteriores, que está encargado de los libros del Servicio. Y ese señor tiene también una hija: la honorable Trilby Shrivenham, que fue una buena amiga de la fallecida, y que figura también como miembro de los Humildes. Trilby ya ha entregado a la sociedad nada menos que cinco millones de libras de su patrimonio. ¿A quién ha pasado tanta riqueza? Pues al Gran Guru de los Humildes, el que se hace llamar padre Valentine.

– Se debe parecer a esos evangelistas norteamericanos que salen en la televisión -comentó Bond, haciendo una mueca, aunque sin humor-. Comprendo que existe esa conexión con lord Shrivenham porque éste echa una mirada a nuestra contabilidad cada equis años, pero en cuanto a la investigación del caso, me parece que más bien corresponde a la policía de Impuestos.

– Sí, en circunstancias normales. Pero hay en él algunas cosas que no lo son. Nuestros colegas de la Cinco parece que también han estado sometiendo a vigilancia a los Humildes, a causa de posibles actividades revolucionarias, pero ahora hemos sido invitados a compartir el problema sobre todo por lo que respecta al padre Valentine. Hasta este momento la prensa sensacionalista popular ha tenido que limitar sus comentarios al líder de la secta, es decir, a Valentine, pero los Humildes en sí mismos parece que quedan al margen de todo reproche a causa de sus dogmas sobre moralidad, pureza y otros. Valentine disfruta de cierta reputación por ser el responsable de conseguir que un número importante de personas abandonen las drogas, como la heroína y algunos derivados, como el crack. Por los Dupré hemos sabido que sin duda alguna volvió a Emma al buen camino cuando estaba a punto de morir. Así que la prensa sólo puede atacarle en lo que se refiere a las finanzas. ¿Adónde va a parar todo ese dinero? Según un periódico, Valentine posee varios cientos de millones. Y la impresión general es la de que una gran parte de las rentas que obtienen los Humildes pasa a la cuenta personal de Valentine, permitiéndole un estilo de vida extravagante que hasta ahora ha sido cuidadosamente ocultado.

M hizo una señal a Bailey antes de continuar:

– Nuestro amigo de la Sección Especial aquí presente ha venido a verme porque el número del teléfono de usted fue encontrado en el bolso de esa pobre muchacha. También me ha dicho que la hija de Basil Shrivenham está mezclada en todo esto. Mientras esperábamos que usted llegara ha ocurrido algo poco corriente.

– ¿De veras? -preguntó Bond, cuya mente se había agudizado hasta el máximo aun cuando su cuerpo pareciera estar preparándolo para un largo período de inconsciencia.

M continuó hablando durante algún tiempo. Entre el momento de avisar a Bond y la llegada de éste habían ocurrido dos cosas: la primera fue la petición de una entrevista privada por parte de lord Shrivenham.

– Bailey tuvo la amabilidad de retirarse unos momentos. Conozco al viejo Basil desde hace años, pero aun así al pobre le hizo falta un gran acopio de valor para venir aquí y poner su alma al descubierto, por así decirlo.

Según M, lord Shrivenham se hallaba en un estado de terrible abatimiento, luego de saber por conducto de las oficinas Gomme-Keogh lo sucedido a Emma Dupré.

– Entró casi gimoteando -el rostro de granito de pareció suavizarse-. Nunca lo había visto así. Luego todo adquirió un aspecto penoso. El pobre casi nos imploró que le ayudáramos. Volvió a repetir todo lo que ya sabíamos sobre la joven Trilby… Por cierto, un nombre bien tonto. Debió ser idea de Dorothea, o sea, de lady Shrivenham. El viejo Basil se casó con ella sabiendo que era de menor rango que él. En realidad, fue una especie de trato comercial. El padre de su esposa estaba metido en un asunto de medicinas patentadas que se vendían con la marca Porter. Hizo una fortuna con las píldoras Porter; las mejores para ponerse a tono. Al parecer, daban vitalidad y le mantenían a uno en buen estado de ánimo. Cosas de ésas. Un ambiente no muy adecuado para él.

»Basil admite que Trilby pudo apartarse de su condenada adicción, pero ha entregado su herencia y hace más de un mes que no sabe nada de ella. Me preguntó, o mejor dicho, me rogó que utilizara mi influencia en el servicio para hacerla volver a casa. Sugirió incluso que puede estar como secuestrada. Todo muy emocionante, pero debo admitir que me puso nervioso por ser un buen amigo y todo lo demás.

– ¿Le prometió usted algo? -preguntó Bond.

Se produjo una larga pausa antes de que M contestara:

– Nada en particular. Sólo le dije que llevaríamos a cabo algunas investigaciones. Posiblemente de manera extraoficial.

Dirigió a Bond una mirada de soslayo.

– ¿Como cambiar impresiones con nuestros amigos del Cinco? -preguntó Bond.

– No, no eso exactamente -repuso M sin mirar a su agente a los ojos.

– ¿No es una gestión interesante?

– Bueno, lo que pasa es que pense…

– Que es uno de esos casos que dan mala fama al servicio. Una operación de las que años más tarde aparecen en las memorias de algún funcionario retirado que no se siente satisfecho con la pensión que cobra -Bond miró a su jefe con ese aire de inocencia que sólo se puede aprender en la dura escuela de la simulación y del secreto.

– Quizá sí me lo pareció, aunque sólo por un momento. A continuación sucedió la otra cosa.

Apenas se había marchado Shrivenham, David Wolkovsky se había presentado en la recepción. Wolkovsky era el oficial de enlace de la CIA en Grosvenor Square…, es decir, de la embajada norteamericana.

– Demasiado meloso para mi gusto -explicó M mordiendo las palabras como un predador arrancando la carne de la carroña. Bond sabia la existencia de un prolongado antagonismo personal entre M y Wolkovsky.

– ¿Lo recibió usted?

M hizo una señal de asentimiento.

– Sí, en seguida. Me dijo que el asunto estaba clasificado como especial y que tuvo que ser planteado la semana pasada -de pronto el aspecto de M cambió y tanto Bailey como Bond creyeron recibir el impacto de un rayo de luz que pareció partir de su rostro-. Nuestros primos de Grosvenor Square y de Langley, Virginia, están también interesados en el padre Valentine. Tan interesados que han convertido el asunto en una operación anglo-norteamericana de carácter prioritario. EL DGSS comunicó por teléfono poco después de que saliera Wolkovsky -otro rayo de luz. Para M el DGSS significaba el director general del Servicio de Seguridad o, dicho en otras palabras, el director del MI5, o Military Intelligence-. Las fichas llegarán por la mañana, pero básicamente lo que ocurre es que la Oficina de Impuestos de Estados Unidos quiere tener una conversación con Valentine, del que sospecha que es un lobo con piel de cordero -hizo una nueva pausa, esta vez buscando lograr un aspecto especial-. Un lobo 1lamado Vladimir Scorpius. ¿Qué les parece?

Bond se oyó a si mismo aspirando el aire fuertemente aunque sin abrir la boca.

– ¿El famoso Vladimir Scorpius? -preguntó.

– En efecto, Scorpius. El traficante que arma a casi todas las organizaciones terroristas conocidas y a unas cuantas que aún quedan por descubrir.

A Bond le pareció estar viendo el expediente de Scorpius. Era tan grueso como el listín telefónico de Londres, pero aun así todo el mundo sabía que quedaba incompleto.

– Sugiero -continuó M- que usted, 007, se ponga al día con respecto a los datos que tenemos de Scorpius. Esto es lo que estarán haciendo también en Grosvenor Square y en la zona donde se halle la Cinco, sin mencionar la Oficina de Impuestos en Buch House, los subordinados del superintendente jefe y la Oficina de Impuestos de Estados Unidos, que a mi modo de ver posee un poderío insuperable.

Bailey tosió.

– Unas palabras, señor, antes de que quedemos profundamente involucrados en una posible operación contra Scorpius, que ya es conocido en la Sección Especial como traficante internacional de armas, de un carácter casi único por su maldad.

– ¿Ah, sí? -preguntó M ásperamente. Estaba claro que deseaba seguir debatiendo lo que le parecía un contacto de importancia capital.

– Hay otra cosa de la que quería hablar con usted y a ser posible también con lord Shrivenham.

– Adelante.

Bailey metió la mano en su cartera.

– Miss Dupré llevaba encima muy poco dinero y, si es verdad que había entregado todo su capital a la Sociedad de los Humildes, ninguno de nosotros puede comprender por qué llevaba también tarjetas de crédito.

Hizo una pausa con la mano todavía dentro de la cartera.

– Sus padres afirman no haber pagado ni un céntimo a cuenta de dichas tarjetas. Sin embargo las hemos encontrado en su bolso.

Sacó una carterita de piel de la que extrajo una tarjeta American Express Oro, una Visa del Barclays Premier, una Master Charge y una Carte Blanche, que colocó formando una pulcra hilera sobre la mesa frente a M.

– Hay una más -anunció Bailey como un mago que se dispone a hacer un juego de prestidigitación-. ¡Esta! -exclamó poniendo otra tarjeta junto a las demás, como si estuviera colocando un as después de un rey.

La tarjeta era de la misma calidad y textura que las otras: blanca y dorada con el nombre Emma Dupré en el ángulo inferior izquierdo seguido por las fechas de inicio y de expiración. El número estaba grabado en relieve a lo largo del centro, y a la derecha se veja un cuadrito plateado con un signo en holograma representando las letras griegas Α y Ω entrelazadas.

– Alfa y omega -comentó Bailey tocando el holograma-. El principio y el fin -luego su dedo se trasladó a la parte superior. Allí, con letras repujadas en oro, se leían las palabras «Avante Carte»-. Es una tarjeta de crédito que yo no había visto nunca -declaró el agente de la Sección Especial-. La hemos pasado por los ordenadores, desde luego; pero se trata de una rareza. Pensé que lord Shrivenham podría ayudarnos a averiguar algo.

Sin apartar la vista del pequeño rectángulo de plástico, M tomó su intercomunicador y rogó a miss Moneypenny que tratara de localizar a lord Shrivenham y le pidiera que acudiese a su despacho.

– No me importa que esté cenando con el primer ministro, o incluso que se encuentre en Buch House. Se trata de un asunto urgente. Tiene que venir. Eso es todo -levantó la mirada hacia Bailey y Bond-. Ya verán cómo Basil Shrivenham tiene algo que decir a todo esto.

Sus ojos estaban tan fríos como el mar del Norte en invierno.

Mientras esperaban, Bond, decidiendo que Bailey era de confianza, contó todo lo que le había ocurrido durante su viaje desde Hereford a Londres sin dejarse ni un detalle.

Los tres parecían muy preocupados cuando llegó lord Shrivenham.

5. «Los humildes heredarán la Tierra»

El nombre y título de lord Shrivenham no estaban en consonancia con su aspecto exterior. Cuando la gente hablaba de él, quienes no lo conocían se lo imaginaban como un esbelto y distinguido par del reino. Pero en realidad era obeso, desmañado, con unas manos enormes y torpes y un tieso mechón de pelo grisáceo en la cabeza. Contaba cerca de sesenta años y tenía un aspecto preocupado y cansino, atormentado y sucio. Después de las presentaciones de rigor, M se dirigió a su viejo amigo llamándolo Shrivenham, mientras el par, meticuloso y correcto, llamaba al otro sencillamente M.

– Quiero que vea usted esto, Shrivenham -indicó M pasándole por encima del escritorio la tarjeta de plástico del Avante Carte.

Su señoría la tomó y la examinó como quien va a explotar de un momento a otro. Finalmente exclamó:

– ¡Santo cielo! -le dio varias vueltas y volvió a exclamar-: ¡Vaya, vaya! Por lo que veo, ese individuo consiguió su propósito.

– ¿A qué individuo y a qué cosa se refiere? -preguntó el superintendente jefe Bailey. Pero M levantó una mano y, volviéndose hacia Basil Shrivenham, le tomó la tarjeta.

– Quisiera que repitiese ante estos caballeros lo que me contó durante nuestra conversación de hace un rato -le instó M con expresión tranquila.

– ¿Se refiere a ese Valentine?

– Sí, y especialmente a cuando habló con usted en la Gomme-Keogh.

Shrivenham hizo una señal de asentimiento, miró la tarjeta depositada sobre la mesa escritorio de M y movió la cabeza como si todavía no creyese lo que estaba viendo.

– ¿Lo saben? preguntó.

– ¿Lo de su hija? ¿Lo de Trilby y los Humildes? Sí. Lo saben todo. Absolutamente todo. No tiene por qué preocuparse, Shrivenham. Limítese a contarles lo de sus negociaciones con el llamado padre Valentine.

– Bien -Sir Basil puso sus enormes manos sobre las rodillas y luego, creyendo quizá que aquello no era del todo correcto, se cruzó de brazos. Parecía estar incómodo-: ¿Saben que mi hija ha tenido problemas? -empezó, aunque haciendo una pausa como si realmente no deseara seguir hablando de aquello.

Bailey intervino con el fin de allanarle la dificultad que significaba enfrentarse con la verdad y revelarla a unos desconocidos.

– La honorable Trilby Shrivenham se hizo adicta a la heroína, señor. Recibió ayuda del padre Valentine, jefe de una secta religiosa conocida como la Sociedad de los Humildes. Y éste la sometió a tratamiento y logró desengancharía.

– En efecto -convino Shrivenham vacilando otra vez. Pero en seguida se lanzó a un prolongado aunque un tanto incoherente monólogo. Al parecer, Trilby se había apartado de la heroína cosa de siete meses antes. Regresó a su casa para pasar un largo fin de semana y contó a sus padres que estaba dispuesta a incorporarse a la Sociedad de los Humildes y abandonar su hogar-. Mi mujer y yo creímos que se trataba de una decisión repentina…, de una veleidad, ¿comprenden?

– Pero ¿no fue así? -preguntó Bond amablemente, apoyando a Bailey.

– Por aquel entonces no lo pudimos averiguar. Los dos nos alegrábamos de ver a nuestra hija recuperada y en buen estado. A Trilby siempre la hemos llamado Trill…, una especie de diminutivo. Trill; sí, siempre la hemos llamado Trill.

Bond suspiró interiormente. De una cosa estaba seguro. Lord Shrivenham era un pesado y un tonto.

– Por aquel entonces hubiéramos hecho cualquier cosa por Trill. Tenía tan buen aspecto… Y había dominado su vicio. No podíamos negarle ningún favor. Nos contó lo del clérigo, o lo que sea, que se hace llamar padre Valentine. Naturalmente, le estábamos muy agradecidos por lo había hecho por nuestra hija, ¿me entienden?

– Desde luego, señor – respondió Bond.

– Así que cuando ella nos indicó que ese Valentine precisaba de cierta orientación…, orientación bancaria, accedí a entrevistarme con ese hombre.

Por vez primera aquella noche Shrivenham sonrió. Y al hacerlo, le recordó a Bond esas carátulas de calabaza se preparan para el día de Todos los Santos.

– A decir verdad, pensé que me iba a pedir dinero prestado -miró a su alrededor casi agresivamente-. Pero por aquel entonces yo hubiera accedido a ello… a interés razonable, desde luego, porque, a mi modo de ver, todo cuanto hiciéramos era poco.

Guardó silencio de nuevo y todos pensaron que se le había evaporado la energía; pero sólo fue para recuperar aliento. Porque continuó tan lenta y prolijamente como antes.

Valentine había ido a verle a las oficinas de la Gomme-Keogh en la City, pero no para pedir dinero. Lo que quería era consejo sobre el aspecto financiero de montar una compañía de tarjetas de crédito. Shrivenham le hizo ver que la cosa era difícil. Las compañías importantes operaban partiendo de instituciones con gran apoyo financiero, bancos y asociaciones, incluso cadenas de almacenes concedían créditos sobre las ventas.

– Al parecer, deseaba beneficiar a los miembros de su secta religiosa con ciertas facilidades financieras. Se mostró muy estricto en lo de la santidad del matrimonio y declaró que en la sociedad había tantos ricos como pobres, pero que se insistía siempre en que todos partieran de la misma base por lo que respecta a sus vidas conyugales. Me explicó algunos…, sólo algunos, de sus arreglos bancarios en América, las islas Caimán, Hong Kong y, desde luego, en Suiza. Todo parecía muy sólido, es decir, siempre que fuese verdad. Pero aun así, le respondí claramente…, porque uno ha de ser muy claro cuando se habla como banquero comercial… Le respondí que se pondría en una situación muy difícil con respecto a la política financiera del gobierno, por no decir con la ley.

– Pero evidentemente no logró convencerle -comentó Bond con una breve risita.

Shrivenham le miró sin el menor rastro de humor.

– Desde luego que no -repuso-. Aunque la verdad es que nunca he oído decir que la tarjeta Avante Carte lograra remontar el vuelo. Debido a mi posición, me enorgullezco de conocer todo cuanto se refiere a las tarjetas de crédito en el mundo. Es un asunto preocupante. Muy preocupante.

– ¿Menciono el nombre que pensaba dar a la tarjeta? -preguntó Bailey.

– ¡0h, sí! -Shrivenham se quedó mirando al funcionario de la Sección Especial como si se tratara de un imbécil-. ¡0h, sí! -repitió-. Debo confesar que me ha sorprendido enormemente y que no pude dar crédito a mis ojos cuando vi la tarjeta con su nombre sobre ese escritorio. Sí, me dijo que la llamaría Avante Carte -al fin pareció haberse quedado definitivamente sin aliento.

– Cuénteles qué otras cosas dijo -le instó M moviéndose en su asiento.

– No es la clase de hombre que muestre resentimiento o enfado. Pero cuando se iba me advirtió que algún día su tarjeta de crédito iba a ser más poderosa que todas las demás juntas. Estas fueron sus palabras exactas: «Más poderosa».

– ¿Simpatizó usted con el padre Valentine? -preguntó Bailey.

– No puedo decir que fuera así. Había algo extraño en su persona. Algo raro. No quisiera ser demasiado categórico, pero me pareció…, bueno, que tenía algo de siniestro. Tranquilo, calmoso, modesto, pero siniestro. Aunque son cosas que no encajan.

– He conocido asesinos que eran también tranquilos, calmosos y modestos -le explicó Bailey-. Sin embargo mataban a cualquiera a sangre fría.

– Y aunque usted intentara disuadirlo, él se mostró empeñado en seguir adelante con lo de la tarjeta de crédito, ¿verdad? -preguntó Bond tanteando el terreno.

– ¡Oh, sí! Desde luego que sí. Parecía obsesionado por la idea. Quizá eso fuera lo que me pareció más siniestro de él. Aunque jamás pensé que lo lograra.

– Aparte su obcecación, ¿detectó en él alguna otra cosa anormal? -insistió Bond.

Shrivenham frunció el ceño comprimiendo la hacia arriba. Bond le recordó a un chiquillo cuando trata de encontrar respuesta a una pregunta difícil. Por fin respondió que no. Aquel hombre se había mostrado afable y racional en todo, excepto en su determinación de seguir adelante con la Avante Carte.

– Tenía unos ojos muy peculiares -prosiguió Shrivenham como si se tratara de algo completamente insólito en un ser humano-. Quiero decir que uno se sentía sorprendido al ver aquellos ojos tan penetrantes y tan claros. Unas pupilas extrañas que parecían atravesarle a uno… No sé si me comprenden.

– ¿De qué color? – preguntó M bruscamente.

– ¿Cómo dice?

– Que de qué color tenía los ojos. ¿No lo recuerda?

Esta vez no hubo pausa alguna.

– Negros. Negros como la noche -se calló de improviso, pareciendo perplejo-. No sé por qué he dicho eso -prosiguió-. Lo de negros como la noche. Porque si me algo parece muy negro, suelo decir negro como el azabache.

«Probablemente el padre Valentine ejerció algún efecto sobre usted», se dijo Bond. Además de sus ojos negros como la noche y de su voz aterciopelada, aquel hombre debía tener algo más que lo hiciera parecer siniestro. El padre Valentine debía de resultar también bastante agradable.

– ¿Sólo le vio una vez? -preguntó.

Shrivenham hizo una señal de asentimiento.

– Sí, sólo una vez. Luego Trill volvió a la sociedad. Supimos de ella dos veces. Le escribimos centenares de cartas, pero nunca respondió. Dorothea está muy preocupada. Y yo también, desde luego. ¡Qué gente más extraña esos Humildes! Son los últimos a los que yo hubiera deseado que Trill subvencionara. Pero lo ha hecho. Les ha entregado hasta su último penique.

– Bien -declaró M carraspeando-. Gracias por haber venido, Shrivenham. Quise que estos funcionarios oyeran su historia. Investigaremos lo de las tarjetas de crédito y la Brigada de Represión de Fraudes intervendrá también. Puede estar usted seguro de que todos estaremos pendientes de su amigo Valentine y de los Humildes.

– Tienen su domicilio cerca de Pangbourne, en Berkshire, en una casa que había sido propiedad de Buffy Manderson.

– Se refiere a sir Bulham Manderson -aclaró M.

– Sí. Era la residencia campestre de Buffy. Pero tuvo que venderla porque el mantener una finca como ésa se sale de las posibilidades de cualquiera hoy día. Es un lugar muy bello. Tiene cientos de habitaciones y muchos acres de tierra. Un acabado perfecto. Buffy se trasladó a un pisito diminuto en Mayfair, con siete habitaciones y una galería. Las cosas se le han puesto un poco difíciles. A veces le veo en el club y con frecuencia…

– Gracias, Shrivenham -le atajó M antes de que continuara con sus divagaciones acerca del pobre y viejo Buffy pasándolo tan mal en un piso de siete habitaciones situado en un aristocrático edificio de Mayfair-. Gracias por haber venido. Estaremos en contacto.

– ¡Ah! Ya es hora de que me vaya -Lord Shrivenham pareció como despertar de sus sueños nostálgicos.

En aquel momento el intercomunicador de M se puso a sonar. Moneypenny, que por regla general solía marcharse a cosa de las seis de la tarde, continuaba en su puesto. Y eso que pasaba ya de la medianoche.

M habló con ella en voz baja, luego de haber contestado brevemente a su llamada.

– ¿Cuándo? -preguntó-. Bien. Comprendo -su mirada se desplazó hacia Bond, quien creyó detectar en ella cierta incertidumbre o preocupación-. Sí -repitió M-. Puede confiar en nosotros. Yo mismo se lo diré. Bond y el superintendente jefe harán el resto. Muy bien -colgó el auricular y miró a Basil Shrivenham-. Tengo una noticia que le va a dejar pasmado, Basil -era la primera vez que llamaba a su viejo amigo por su nombre de pila.

– ¿A mí? -la cara de Shrivenham pareció perder algo de color al tiempo que en sus ojos se pintaba una creciente ansiedad-. ¿Se trata de algo malo?

– No, no. Probablemente es bueno. Su hija ha aparecido.

– ¿Trill? ¿Dónde? ¿Se encuentra bien?

– Está en casa. En su casa. Aunque un poco alterada al parecer. La está atendiendo un médico. Pero al menos allí se encuentra fuera del alcance de los Humildes.

Basil Shrivenham parecía a punto de sufrir un ataque. El rostro se le había puesto gris.

– Entonces más vale que regrese enseguida -se agarró al sillón como si necesitara apoyarse en algo-. Tengo que enterarme enseguida de lo que ha pasado. Además hay que hablar con el médico y todo eso. Así que permitan que me retire.

– No -le atajó M en un tono tan autoritario que ni siquiera un primer ministro se hubiera atrevido a desobedecerle-. No. Se irá con estos agentes -levantó la mirada al ver que Moneypenny entraba silenciosamente en la habitación-. Pero antes vaya con miss Moneypenny para que ésta le sirva un café, un té o algo más fuerte si lo desea. Yo hablaré con Bailey y con Bond y ellos le acompañarán a casa. Me parece lo más sensato.

– Bueno, si usted lo dice… Pero ¿no sería mejor que llamase a Dorothea?

– Váyase, Basil. Todo saldrá bien.

Con un aire más alelado todavía que antes, Shrivenham dejó que Moneypenny le precediera al salir de la habitación.

En cuanto se hubo cerrado la puerta, M empezó a explicar los hechos. Veinte minutos antes, Trilby Shrivenham había sido encontrada por un agente de la policía en la puerta de la residencia de los Shrivenham cerca de Eaton Square. Según las palabras del agente, se encontraba «en condición semiinconsciente». Pensando que se trataba de un caso de etilismo o de drogadicción, estaba a punto de llamar a su comisaría, cuando lady Shrivenham, que había oído voces a la puerta, salió a investigar e identificó a su hija.

– Lo siento, Bond. Sé que ha tenido un día difícil, pero creo que estamos sobre la pista de algo. Quiero que los dos se vayan con Shrivenham, y vean a la muchacha y a su médico. Este esperará hasta que lleguen. Vean cuál es la situación y mándenme su informe. Luego pensaremos lo que hay que hacer. Será preciso que alguien vaya lo antes posible a la sede central de los Humildes y también me gustaría que ambos leyeran el expediente sobre Scorpius-Valentine. Aparte el viejo informe, hay algunos datos actualizados que ha traído Wolkovsky.

– Tengo que dormir un poco -declaró Bond con expresión de quien realmente está agotado-. No creo encontrarme en condiciones para ir ahora mismo a Berkshire y ponerme a investigar lo que hace allí, esa gente.

M tuvo un breve gesto de contrariedad.

– Lo comprendo. No es usted un superhombre. Además probablemente lo voy a necesitar para otra cosa que tengo pensada. En estos momentos estamos desesperadamente faltos de personal. El problema es ¿a quién mando a Berkshire?

– ¿Por qué no utiliza el talento de alguna persona de confianza? -preguntó Bond.

– ¿Qué clase de persona?

– El sargento del SAS que me condujo hasta aquí. Está bien adiestrado, es observador y se conoce todos los trucos. Ya hemos utilizado a gente como él en otras ocasiones.

– En efecto -asintió M, aunque sin entusiasmo-. ¿Tiene usted su nombre, número de teléfono y todo lo demás?

– Naturalmente.

– Déjeme esos datos. Antes dijo que se llamaba Pearlman o algo por el estilo, ¿verdad?

Bond repitió el número de teléfono que Pearly le había dado cuando se separaron. M hizo una señal de asentimiento.

– Voy a hablar un momento con su superior. Cuando se encuentra uno tan falto de personal como pasa ahora en este departamento, hay que emplear cualquier recurso. Sí. Quizá sea posible -parecía disgustado al pronunciar aquellas palabras-. Permaneceré aquí toda la noche. Ahora ustedes dos se van con Shrivenham y me informan en cuanto puedan.

El superintendente jefe Bailey tosió un poco y en seguida sonrió ampliamente.

– Con todos los respetos, señor -dijo-, preferiría que la superioridad diera antes su aprobación.

M agitó una mano.

– Todo saldrá bien. Yo me encargo de hablar con su jefe. Puede estar seguro de que lo haré.

El agente Bailey no pareció quedar muy convencido pero aun así hizo una señal de asentimiento y siguió a Bond cuando éste salía del despacho. Lord Shrivenham estaba sentado en la antesala, es decir, en los dominios de Moneypenny, teniendo en la mano un generoso whisky. Moneypenny se puso en pie enseguida, solícitamente.

– ¡En marcha, señor! -exclamó Bailey dirigiéndose a la puerta.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó sir Basil-. Me refiero a Trill. ¿No ha…, bueno, quiero decir…? Ustedes ya me comprenden…

De pronto Shrivenham parecía haberse vuelto más viejo como si lo ocurrido a Trilby hubiera minado considerablemente su energía. Bond se dijo que aquello era natural considerando sobre todo que ocurría poco después del drama sufrido por Emma.

Bailey le contestó con expresión tranquila:

– La honorable señorita Trilby se encuentra bajo los efectos de algo extraño, señor. Debe usted saberlo antes de que nos vayamos. El médico la atiende. No se sabe si es que ha vuelto a su viejo hábito, es decir, la heroína, o si se trata simplemente de alcohol. Lo importante, lord Shrivenham, es que está en su casa, lo que significa hallarse lejos de la influencia del padre Valentine. Vámonos. Ya veremos qué puede hacerse por ella.

Cuando salían del edificio, Bailey dijo a Bond en voz baja que confiaba en que la chica se encontrara efectivamente fuera del alcance de Valentine. Bond hizo una señal de asentimiento, preguntándose si su cara tendría la misma expresión preocupada que la del agente de la Sección Especial.

Los Shrivenham vivían en una de esas agradables residencias blancas estilo Regency que pueblan toda la zona de Belgravia. Fuera había dos automóviles sin distintivo alguno especial y en el interior de la morada brillaban algunas luces. Un policía de uniforme estaba de guardia en la puerta principal y Bailey le enseñó su tarjeta de identificación. Dentro, una sirvienta de edad indefinida que iba de acá para allá por el vestíbulo dispuesta a ayudar a quien hiciera falta, introdujo a los visitantes en una habitación atestada de objetos de estilo victoriano y con la repisa de la chimenea cubierta de antiguas piezas de porcelana.

Sentados en un sofá Chesterfield, con tapicería de terciopelo acolchada, había una mujer muy gruesa vestida con un atuendo floreado que le daba el aspecto de un arbusto en primavera, y un hombrecillo con el típico aspecto de un doctor con pacientes de clase elevada. Llevaba el cabello alisado y lucía el atavío que cabía esperar en cualquier médico de aquella zona de Londres: pantalón a rayas, chaqueta negra, chaleco con reloj de cadena y un cuello duro complementado por una inmaculada corbata de seda gris.

Shrivenham entró en la habitación con la pesadez de un oso enorme. La figura floral se levantó y los dos se encontraron en medio de la estancia. Bond estuvo a punto de hacer una divertida mueca de susto pensando que iban a chocar, pero cuando la discordante pareja se abrazó quedóse un tanto desconcertado. Lord y lady Shrivenham se pusieron a hablar atropelladamente intercalando diminutivos cariñosos:

– ¡Oh, Batty, mi amor! -exclamó la dama a punto de llorar.

– ¡Cálmate, Flor! -la tranquilizó Basil Shrivenham-. ¿Cómo se encuentra nuestra hija?

La escena era casi ridícula. Pero entre tanto la dama informaba de que Trill seguía inconsciente y de que a juicio del doctor se trataba de drogas, aunque no de heroína, sino de alguna otra cosa.

Bailey dio con el codo a Bond y ambos, apartando su atención del melodrama que se estaba representando en el centro de la sala, se acercaron al médico.

– ¿Ha llamado usted a un especialista? -le preguntó Bond, luego de haberse efectuado las presentaciones. El nombre del doctor era Roberts, y al oír aquello pareció como si de pronto se quedara sin habla. Sólo se limitó a hacer una señal de asentimiento.

– ¿Cuál es su opinión? -quiso saber Bailey. Vale más esperar. Profesionalmente me siento limitado por ciertas…

– No es el momento de pensar en convencionalismos -le interrumpió Bond bruscamente-. Y menos con gente como nosotros. Así que comuníquenos su parecer, doctor.

– A mi modo de ver, alguien le ha administrado un cóctel de drogas. Tengo a una enfermera ahora con ella.

– ¿Vivirá?

El doctor se miró los zapatos.

– Le he puesto el gota a gota y le he administrado unos antitóxicos suaves.

– ¿Ha dicho algo?

– Sí, pero se encuentra sumida en una especie de delirio del que entra y sale sin cesar. Repite siempre una frase: «Los humildes heredarán la tierra. Los humildes heredarán la Tierra…»

– ¿Podríamos verla? -preguntó Bailey. El médico estuvo a punto de contestar de nuevo en nombre de los convencionalismos, pero luego, pensándoselo mejor, condujo a los dos a otra estancia. Enseguida se dieron cuenta de que lord y lady Shrivenham los seguían como un par de acorazados.

Aquella habitación estaba fría y silenciosa y su decorado era menos espectacular. Los muebles se distinguían gracias a la luz fluorescente de unas lámparas normales y otras puestas sobre las mesillas de noche. Una enfermera morena, vigorosa y eficiente que no dejaba entrever lo que sentía ni por su cara ni por su comportamiento, se ocupaba del gota a gota situado junto a una cama en la que estaba tendida una joven con el cuerpo cubierto una por sábana. El médico se acercó a ella y los dos empezaron una conversación sotto voce.

Bond examinó el contorno del cuerpo bajo la tela. Al contrario de su padre y de su madre, Trilby Shrivenham era alta y esbelta, tenía un rostro ovalado y fláccido como si disfrutara de un reposo normal y su cabeza sobre la almohada estaba rodeada por una masa de desordenado pelo rubio. Bond y Bailey se quedaron unos momentos mirándola. Luego el segundo observó un bolso dejado en el suelo junto a la mesilla de noche. Preguntó si pertenecía a la paciente y la enfermera hizo una escueta señal de asentimiento. Enseguida quiso impedir que Bailey lo tomara, pero el doctor se interpuso al tiempo que murmuraba algo, como venía haciendo desde que entró en la habitación.

Bailey empezó a registrar el bolso mientras Bond no podía apartar sus ojos del rostro que descansaba sobre la almohada. Al cabo de un minuto, Bailey le dio unos golpecitos en el hombro. Bond se volvió y pudo ver que el agente de la Sección Especial tenía una tarjeta Avante Carte en la mano. En la misma figuraba el nombre de Trilby P. Shrivenham.

Se miraron el uno al otro y Bond enarcó las cejas. En aquel momento la muchacha que estaba en la cama empezó a moverse y a gemir.

A Bond se le erizó el pelo de la nuca porque de la boca de aquella espléndida criatura salía una voz que parecía surgir del fondo mismo de una tumba: ronca, cascada, cínica como envuelta en un manto diabólico.

«Los humildes heredarán la tierra. Los humildes heredarán la tierra» -recitaba la joven, y Bond comprendió que no era Trilby Shrivenham la que pronunciaba aquellas palabras-. «Los humildes heredarán la tierra… Los humildes heredarán la tierra.»

De pronto profirió una carcajada que parecía como venir de muy lejos y tan horrible que tanto el doctor como la enfermera reaccionaron apartándose sobresaltados de la paciente.

«Los humildes heredarán la tierra» repitió. Y luego, por vez primera, abrió los ojos, de pupilas fijas y desorbitadas, impregnadas de una expresión de temor. Era como si estuviera mirando algo que nadie más que ella pudiera ver y que se hallaba allí en la habitación. De nuevo empezó a reír al tiempo que añadía-: «La sangre de los padres caerá sobre los hijos.»

A Bond le pareció como si aquellas palabras se arrastraran por un abismo viscoso y negro repleto de montones de cuerpos en descomposición. Más adelante recordaría aquella imagen conforme se fijó entonces en su mente.

Tras ellos, lady Shrivenham exhaló un breve sollozo y todos se estremecieron como si una maldición se hubiera patentizado como viniendo de algún lugar situado más allá de los labios y las cuerdas vocales de la joven.

6. Dos de la misma especie

Bond intentó establecer alguna relación entre el ambiente de horror que había envuelto la estancia y aquella voz descompuesta, como del otro mundo, que surgía de la joven increíblemente atractiva tendida en la cama. Mientras procedía a manipular el sistema de archivos que llevaba en el cerebro, tratando de averiguar las múltiples causas del fenómeno, la fatiga mortal que sentía pareció abandonarle.

Dio dos rápidos pasos hacia el médico y, poniéndole firmemente una mano en la espalda, le dijo:

– Quiero hablar en privado con usted.

El doctor le dirigió una rápida y perpleja mirada y, haciendo una señal de asentimiento, le siguió, saliendo ambos de la habitación hasta un pequeño rellano.

– Se trata del especialista que ha mandado a buscar -empezó Bond.

– Usted dirá.

– ¿Quién es?

– Un médico que he utilizado muchas veces -respondió el doctor Roberts, que parecía sentirse más tranquilo al hablar con Bond. Al principio había mostrado una expresión temerosa, pero ahora ésta quedaba sustituida por otra de mayor confianza-. De Harley Street, naturalmente. Se llama Baker-Smith.

– ¿Y en qué se especializa?

– En drogas y en la adicción al alcohol.

– ¿Cree usted realmente que es lo que la chica necesita?

– Señor Bond – respondió el doctor con aire de paciente cansancio-, Trilby Shrivenham tiene tras de sí todo un largo historial. Creo que puede usted dejar tranquilamente ese asunto a nosotros, los médicos.

– ¿Después de lo que hemos visto ahí? -Señaló con la cabeza en dirección al dormitorio-. ¿Cree usted realmente que lo que esa chica necesita no es más que un especialista en desintoxicación? ¿De veras lo cree?

– ¿Tiene alguna idea mejor? -preguntó a su vez Roberts, ahora en un tono de evidente condescendencia.

– Pues, la verdad, sí la tengo.

– ¿También es usted médico?

– No; pero me muevo en un mundo en el que estamos muy en contacto con los médicos. ¿No le parece que esa chica va a quedar hecha polvo mentalmente por culpa de los alucinógenos y de los hipnóticos?

– Posiblemente -respondió Roberts, aunque sin comprometerse demasiado-. Pero aun así es un problema de drogas, y hay que sacarla de ello. Y luego hacer que poco a poco recobre el equilibrio.

– ¿No se da cuenta de que se trata de algo mucho más complicado, doctor? La base mental de esa chica ha sido manipulada bajo la influencia de productos como el Sulphonal, LSD y otros parecidos. Le han quitado el alma del cuerpo. Y necesita algo más que una simple cura de desintoxicación.

– Ya veremos. Hay que esperar a que llegue el señor Baker-Smith.

– No, doctor. Lo siento, pero las autoridades para las que trabajamos el señor Bailey y yo probablemente no lo van a permitir -Bond cerró la boca convirtiéndola en una línea dura y firme-. Debo esperar las instrucciones de mis superiores, pero entretanto usted tendrá la amabilidad de dejar aquí a su paciente. No quiero que ninguna ambulancia se la lleve a la clínica del señor Baker-Smith, dondequiera que ésta se encuentre.

– Pero usted no puede… -empezó Roberts.

– ¿Que no puedo hacer esto con su paciente, doctor? Ya verá como sí.

Bond se volvió en redondo y, bajando rápidamente la escalera, abrió la puerta de entrada y dio instrucciones al Policía de uniforme para que nadie, ni siquiera un médico, entrara hasta recibir nuevas órdenes. El policía hizo una señal de asentimiento, dispuesto a cumplir la orden. Había visto llegar a Bond acompañado de lord Shrivenham y de Bailey. Había examinado también el carnet de identidad de Bailey y, en consecuencia, dedujo que aquellas instrucciones venían de elementos superiores.

Bond cerró la puerta y cruzó el vestíbulo hasta el teléfono que se encontraba sobre una pesada mesa de roble justamente debajo de la escalera. Marcó el código de la línea privada para hablar con M.

M respondió inmediatamente lanzando un gruñido al reconocer la voz de Bond.

– No tengo la total seguridad de lo que pasa, señor, pero creo que hemos de actuar rápidamente. ¿Dispone todavía el servicio de ese médico un poco ido?

M exhaló un suspiro de irritación.

– No me gusta que use esas expresiones, 007. Se trata de un eminente neurólogo y la respuesta es sí. Todavía tenemos acceso a él y a la clínica…, pero sólo en casos de extrema necesidad. El que no le hayamos mandado a usted para que le eche una mirada no indica que hayamos cesado de emplearle. Pero ¿por qué me lo pregunta?

Bond le puso al corriente de todo en siete rápidas frases. Cuando hubo terminado, M volvió a gruñir:

– Comprendo su punto de vista, 007. Pero antes tendrá que hablar con Shrivenham. En modo alguno podemos molestar al doctor que se encarga del caso. Asegúrese de que es Shrivenham quien lo echa de su casa. Ahora hablaré con nuestro hombre y luego haré que una de nuestras unidades se haga cargo de la paciente. Una operación normal. Dentro de media hora como máximo tendrá usted ahí una ambulancia. Asegúrese de que le den la consigna del día. Desde luego creo que éste es un caso para nuestro amigo, y cuanto antes lo empleemos, mejor.

Bond le dio las gracias. El servicio había utilizado con frecuencia en otros tiempos a sir James Molony. Probablemente se trataba del mejor neurólogo del mundo y había ganado el Premio Nobel con su libro Efectos secundarios psicosomáticos de la inferioridad orgánica. En varias ocasiones, años atrás, había tratado al propio Bond cuando éste padeció un grave agotamiento.

Trilby Shrivenham era precisamente un caso en el que Molony podía estar interesado. Dejando el teléfono, Bond subió rápidamente la escalera y logró apartar a Basil Shrivenham del lado de su hija. Esta estaba tranquila otra vez, como si las alucinaciones sufridas durante su sopor no hubieran tenido lugar nunca. Permanecía tendida, tranquila, plácida y silenciosa, sumida en un profundo sueño. Resultaba increíble que sólo unos minutos antes, una voz horrible y demoniaca hubiera brotado de sus labios. Bond se dijo que la joven debía causar un gran impacto cuando se encontrara en su sano juicio.

Una vez en el rellano, se encontró de nuevo con lord Shrivenham, al que dio una versión brevemente expurgada de su conversación con M.

– Me temo que tendrá usted que transmitírselo a su médico, señor – terminó-. M se muestra inflexible en que Trilby sea trasladada a esta clínica lo antes posible y puesta bajo la supervisión de sir James Molony. Todos sabemos lo que le pasó a Emma Dupré y ninguno de nosotros desea que Trilby pueda ser objeto de algún nuevo daño. Una vez bajo la custodia de sir James disfrutará del mejor cuidado médico posible…, y me parece que a usted le gustará. Debe sentirse terriblemente preocupado por su salud mental, ¿verdad?

Shrivenham asintió repetidas veces.

– Lo haré. Si el viejo M lo dice es porque hay que hacerlo. ¿Y quién soy yo para discutir con él? Lo haré ahora mismo.

Roberts salió de la casa minutos después, lanzando una mirada asesina a Bond con el rostro contraído por la cólera.

De acuerdo con lo prometido, al cabo de media hora un equipo del servicio llegaba con una ambulancia, algunos enfermeros, un coche de seguimiento y un par de hombres no identificables montados en poderosas motos. Tardaron unos quince minutos en transferir a Trilby Shrivenham a la ambulancia, pero en seguida el pequeño convoy se alejó en dirección a la clínica protegida con que contaba el servicio, cerca de Guildford, en Surrey.

A las tres de la madrugada, Bond volvía a Regent's Park, donde M le aconsejó tomar algún reposo en el camastro de campaña que normalmente usaba el funcionario de servicio y que aquella noche estaba destinado a alguna complicada tarea.

– Por la mañana -le advirtió M- quiero que lea el expediente de Scorpius y que eche una mirada a las oficinas de la Avante Carte. – Al ver la expresión de sorpresa que se pintaba en la cara de Bond, permitió que sus labios se curvaran en una breve sonrisa de placer-. ¡Oh, sí, 007! No dejamos que la hierba crezca bajo nuestros pies. Hemos localizado el centro operativo de esa tarjeta de crédito y he hablado con su amigo el sargento Pearlman. Un tipo duro. Partirá hacia Pangbourne a primera hora de la mañana y allí tendrá mucho que hacer. Hemos revelado a la prensa la muerte de la joven Dupré y también hemos dicho que era miembro de la Sociedad de los Humildes, añadiendo detalles acerca de los considerables fondos que esa joven aportó a la organización. Esto armará un revuelo considerable. -Hizo una brusca señal hacia la puerta-. Que descanse, Bond. Ordenaré que le llamen a las seis. Siempre es mejor empezar temprano. Buenas noches y procure dormir bien.

Bond soñó en un gran templo que no sabia dónde se hallaba lleno de una congregación vestida con túnicas blancas, cantando un mantra incomprensible. El se encontraba en mitad del templo y miraba hacia arriba para ver cómo una joven era transportada en dirección a un bloque de granito que servía como altar. No le era posible distinguir su cara, pero ella gritaba con voz ronca, conforme la ataban a la piedra y se hacían atrás para dejar paso a un insecto gigantesco. El animal se arrastró hacia delante y pudo observar que se trataba de un enorme escorpión. El bicho levantó la cola con un aguijón largo como un estoque, dispuesto a clavarlo sobre la muchacha tendida sobre el altar. Los cánticos se hicieron cada vez más ruidosos. Pero conforme Bond miraba, la chica se convirtió en un hombre, que volvió su rostro aterrorizado hacia la congregación. Bond pudo ver entonces que se trataba de sí mismo. La larga aguja de acero que era el aguijón de la bestia empezó a descender.

– Las seis, comandante Bond.

Harper, uno de los mensajeros veteranos, ex comando de los marines reales, lo estaba sacudiendo por el hombro.

Al despertar, Bond notó que estaba cubierto de sudor y que la pesadilla seguía fresca y real en su mente.

– Le he preparado una buena taza de café, señor. Tal como a usted le gusta.

Bond dio las gracias a Harper, que conocía perfectamente su carácter desde muchos años atrás. La caliente infusión tenía buen sabor, y a Bond le pareció como si le hiciera recuperar las fuerzas. Lentamente fue saliendo de la cama y empezó su rutina: la ducha caliente y fría, los ejercicios físicos y algunos nuevos sistemas de control de la respiración aprendidos de uno de los instructores del SAS. Acababan de dar las seis y media cuando se presentó en la antesala de M. La ayudante de Moneypenny, un marimacho autocrático e imposible de tratar, a la que todo el servicio conocía simplemente como la señora Boyd, estaba sentada a la mesa de Moneypenny, que con sus dos pantallas computadoras y su compleja unidad de teléfono intercomunicador era conocida con el nombre de «supervisora de recepción».

– ¿Le está esperando M? -preguntó la señora Boyd y con su rostro de dragón dirigió a Bond una mirada indicadora de que para ella no era más que un cualquiera.

– Desde luego -Bond raras veces se molestaba en entablar conversación con la suplente de Moneypenny y, desde luego, jamás bromeaba con ella. Sólo en muy raras ocasiones ocupaba la codiciada antesala, y se decía que Moneypenny la había tomado a su servicio a causa de su desafortunada falta de carisma. Porque Moneypenny no quería que nadie la sobrepasara en sus dominios.

La luz situada sobre la puerta de M se encendió en cuanto la señora Boyd dio el nombre de Bond por el intercomunicador.

Era evidente que M había permanecido en su despacho toda la noche porque había en él una pequeña cama de campaña recientemente hecha y puesta contra la pared. M estaba en mangas de camisa e iba sin afeitar, cosa poco normal en un viejo funcionario como él. Hizo una seña a Bond para que entrara y le indicó que esperase de pie frente a su mesa escritorio. M tardó un par de minutos en revisar sus papeles.

– Bien 007 -pronunció finalmente-. He dicho a los del registro que tengan la carpeta en la habitación 41. Como está calificada de especial, luego de intervenir ayer Wolkovsky, habrá un guardián ante la puerta. Dejará usted, a dicho guardián, todos sus materiales de escritura: pluma, libreta de notas y diario y cualquier otra cosa que lleve. Confío en usted, pero debemos ceñirnos a las reglas, ¿no le parece?

Bond hizo una señal de asentimiento y preguntó cómo le había ido a su jefe con el sargento Pearlman del Special Air Service.

– Parece una buena persona -contestó M mirando su reloj-. Ahora se encuentra en camino hacia Berkshire… y no me extrañaría que le acompañase media Fleet Street.

– ¿Y Trilby Shrivenham?

– ¿Qué quiere saber de ella?

– Sólo me preguntaba si se ha recibido alguna noticia sobre su estado. Eso es todo, señor.

– Hum. Yo diría que se encuentra muy mal. Según me aseguró sir James logrará salir del paso por lo que respecta a la droga, de la que alguien le inyectó una dosis letal. Pero lo que a él más le preocupa es el estado de su mente.

– ¿Han manipulado su mente cuando se encontraba bajo la influencia de ese mejunje infernal? -preguntó Bond ansioso por comprobar si su teoría era cierta.

– Sí, algo así. Y ahora váyase a la habitación 41 y, cuando haya terminado con ese expediente, vuelva aquí enseguida. Tenemos mucho que hacer.

Bond hizo una señal de asentimiento, al tiempo que decía:

– A la orden, señor.

Aquello provocó una nostálgica mirada de M, quien añadió:

– He hecho que las dos tarjetas de Avante Carte sean enviadas a la sección Q. La ayudanta del armero les está dando una mirada.

Se refería a la inefable señora Ann Reilly, experta tanto en armas como en electrónica y conocida por casi todos miembros del servicio como «la bella Q» a causa de su papel como ayudanta del mayor Boothroyd, armero y jefe de la sección Q.

Cuando tomaba el ascensor para bajar al segundo piso donde estaba localizada la habitación 41, Bond se preguntó qué habría inducido a M a permitir que la «bella Q» pasara sus experimentadas pupilas por el plástico de la Avante Carte.

Igual que ocurre en el famoso cuartel general de la CIA en Langley, Virginia, las puertas a derecha e izquierda del pasillo del segundo piso estaban pintadas de diferentes colores. No había nada de secreto o de especial en aquello. Lo que ocurría era que cuando se trataba de pintura, la sección de mantenimiento trabajaba de acuerdo con una estricta carta de colores. Y cuando se terminaba el rojo, pasaban al azul, etc. A los pasillos del cuartel general de servicio se le solía llamar según el color predominante.

La habitación 41 tenía una puerta rosada. Un chicarrón del servicio estaba allí de vigilancia, al parecer dispuesto a matar a alguien antes que dejarle entrar. Aunque conocía muy bien a Bond, insistió en ver su documento de identidad y le despojó luego de todo su material de escritura con un entusiasmo fuera de lo común. En la habitación había una silla y una mesa sobre la que se encontraba una voluminosa carpeta. Bond se sentó y miró el criptograma pegado con papel adhesivo a la cubierta. Se dijo que Bonk era un seudónimo muy adecuado para un hombre como Vladimir Scorpius. Abrió la carpeta y empezó a leer.

El grueso del expediente consistía en material antiguo que Bond había visto ya anteriormente muchas veces y que revelaban los detalles esenciales de una vida nebulosa. Se decía allí que Vladimir Scorpius había nacido en Chipre, siendo sus padres un rico hombre de negocios griego y una princesa rusa renegada, posiblemente Evdokia, hija del misterioso príncipe y de la princesa Talanov, quienes junto con su hija habían escapado de la revolución bolchevique en circunstancias casi increíbles.

El Servicio Secreto de Inteligencia inglés había fijado por primera vez su atención en Vladimir Scorpius a finales de la década de los cincuenta, durante la campaña de guerrillas que se llevó a cabo contra las fuerzas británicas por parte de los independentistas chipriotas y en la que tomaron parte el gobierno griego, el partido comunista y las fuerzas guerrilleras de la EOKA. Se sospechaba que Scorpius facilitaba armas a la EOKA, es decir, a los considerados como terroristas. A partir de entonces su nombre había vuelto a figurar una y otra vez siempre como proveedor de armamentos y material militar, por regla general a grupos terroristas en todo el mundo.

Pero si bien el nombre de Scorpius enlazaba como un hilo rojo en los embarques de armas y explosivos a cada lugar conflictivo del mundo, no existían indicios firmes que pudieran llegar hasta él de un modo directo. Se llenaron páginas y páginas con listas de rifles, armas cortas, munición, granadas, explosivos, plásticos, detonadores, lanzamisiles e incluso máquinas de guerra más sofisticadas, pero nunca fue posible demostrar de manera completa y convincente que todo aquello procediera de Scorpius. Sin embargo era evidente para cualquiera, incluso con escasos conocimientos de ese mundo a media 1uz en el que se desenvuelve el tráfico ilegal de armas, que Scorpius se encontrara detrás de tantos centenares de envíos ilegales. Pero la posible evidencia contra aquel hombre se convertía en una complicada tela de araña que parecía deshacerse cuando las investigaciones estaban a punto de dar un resultado positivo.

Bond se concentró en la realidad; es decir, en los hechos conocidos. En primer lugar, aquel hombre era implacable. Durante los pasados veinte años no menos de dieciséis personas conocidas por hallarse en situación de traicionarle habían muerto en circunstancias extrañas: cuatro en inverosímiles accidentes de carretera, tres abatidos a disparos; cuatro envenenados; dos apaleados hasta morir por supuestos atracadores; dos por posibles suicidios y uno extrañamente ahogado en la ducha de un motel. La relación mostraba también que otras veinte personas sospechosas de haber sido empleadas por Scorpius habían fallecido asimismo, unas veces asesinadas de manera directa y otras en forma de sospechosos suicidios. Evidentemente no resultaba saludable mantener relaciones con aquel hombre.

En segundo lugar actuaba como un perfecto hipócrita. Durante gran parte de los años sesenta y setenta había vivido con su extravagante y bella esposa Emerald en un magnífico yate, el Vladem I, de ochenta metros de eslora, impulsado por motores diesel de tres mil caballos. Bond hizo una mueca de disgusto al pensar en el nombre tan burgués de aquel barco. Scorpius se las había compuesto para librarse de la prensa y en especial de los paparazzi. Sólo concedió algunas entrevistas por teléfono tanto a periódicos como a revistas, todas las cuales figuraban en el grueso expediente y en las que se jactaba de alejarse del mundo y de optar por vivir en su barco, junto al amor de su esposa. Pero si bien resaltaba constantemente su fidelidad marital, existían copias de informes sobre amplias operaciones de vigilancia, con datos relativos a una multitud de amantes, y nauseabundos detalles sobre su insaciable apetito sexual que sólo se apaciguaba con procedimientos estrafalarios.

Así pues, había vivido como un ermitaño millonario viajando por todo el mundo en el Vladem I, donde la gente le visitaba. Había centenares de fotografías de hombres y mujeres en el momento de cruzar la pasarela del yate: políticos dudosos, embajadores, terroristas conocidos, figuras del bajo mundo fáciles de identificar y paradójicamente famosos nombres del teatro y de la ópera, así como esas inevitables sanguijuelas que son algunos intelectuales ostentosos y ricos.

Por regla general, Scorpius daba sus recepciones en el yate, y en aquellas ocasiones en que se decidía a bajar a tierra para pisar el mundo real, iba siempre acompañado por una cohorte de guardaespaldas y de matones a cuyo cargo corría el que nadie se agazapara en las sombras para vigilar o fotografiar a aquel enigma viviente. Pero si bien la prensa había fallado en sus intentos de aproximación a Scorpius, varias agencias de seguridad habían obtenido un acceso limitado a su persona. Sin embargo, aunque pudieron constatar la evidencia de sus gustos hedonistas tanto en cintas grabadas como en textos, nunca fueron capaces de obtener ni un fragmento de evidencia concerniente a sus negocios de armamento y a las organizaciones terroristas con las que evidentemente estaba relacionado.

La carpeta contenía docenas de fotografías obtenidas por medios subrepticios, todas ellas muy malas, desprovistas de detalles y de claridad, excepto una tomada por una unidad de vigilancia de la CIA que tuvo la suerte de conseguirla en 1969 mediante una cámara de rayos infrarrojos, frente a una casa de Portofino. La foto, debidamente ampliada, ocupaba toda una página y Bond la estuvo contemplando durante varios minutos.

Mostraba a Scorpius como a un hombre esbelto, ligeramente lleno, con unas mandíbulas que tendían a la robustez, lo que estropeaba sus antes bellas facciones de corte un tanto italiano, con labios gruesos, una melena de pelo grisáceo, nariz patricia y la cabeza echada hacia atrás en actitud arrogante. Iba vestido para la noche con un esmoquin blanco. En la muñeca izquierda llevaba lo que parecía un pesado y carísimo reloj y en la derecha una cadena de oro. En la rápida exposición con que se tomó la foto, los ojos de aquel hombre parecían expresar un avasallador sentido del poder, aunque Bond sabía por experiencia que las cámaras a veces pueden mentir.

Bajo la foto había una lista de pequeñas notas: el momento y el lugar exactos en que se tomó; el coste estimado de aquellas joyas; detalles de la cadena de oro o brazalete de identidad con la inscripción «Vladimir Scorpius» seguida de unos números que no había podido captar la cámara. El reloj era de oro macizo y estaba fabricado al modo artesanal, con sistema de dígitos y manecillas normales que marcaban los minutos y las horas, pasando por encima de doce purísimos diamantes. Bond se dijo que el buen gusto no era precisamente la cualidad más fuerte de Vladimir Scorpius. Sin embargo, aquel reloj de pulsera debía de costar una fortuna. Sus variadas funciones de tipo digital no sólo habían sido incorporadas mucho antes de que dicho sistema empezara a ofrecerse en el mercado internacional, sino que el objeto tenía además un valor extraordinario por haber sido realizado por un artesano japonés cuyo nombre se convertiría más tarde en una leyenda. Tratábase, pues, de una pieza única, de intrincada labor conocida como el cronómetro de Scorpius.

Bond continuó leyendo. En 1972 Emerald Scorpius había muerto trágicamente en un accidente marítimo. Casi enseguida Vladimir se apartó de su modo de vida usual. Había noticias de sus actividades, la mayor parte en conexión con suministros de armas cada vez mayores a grupos terroristas en todas las partes del mundo; pero el gran yate permanecía abandonado en un dique seco cerca de Cannes, en el sur de Francia. A veces se veía a Scorpius de un modo esporádico en actividades carentes de interés. Tan pronto parecía estar en Berlín como en Teherán, Tel Aviv, Beirut, Belfast, París o Londres. O de pronto se esfumaba como una sombra o un espectro. En 1982 desapareció por completo. Sus observadores secretos y quienes estaban en contacto con los servicios de inteligencia occidentales conocidos y con las agencias de seguridad dejaron de detectar su presencia, perdieron el rastro por completo y cesaron de tener la menor noticia de quien en otros tiempos había sido un rey indiscutible entre los comerciantes de armas.

Bond volvió la página para examinar el material aportado la noche anterior por David Wolkovsky, el agente de la CIA, en Londres. Apenas podía creer lo que estaba viendo. Había allí varias páginas mecanografiadas que aportaban datos, pero las fotografías que llenaban aquella sección eran más explícitas que cualquier palabra.

El padre Valentine, jefe de la Sociedad de los Humildes, nunca se había opuesto a que lo fotografiaran. En realidad, era muy vanidoso, y Bond comprendió inmediatamente que aquello podía significar su ruina. Los norteamericanos, con su dominio de la alta tecnología, se habían encontrado de pronto con un lingote de oro en forma de la furtiva fotografía de Scorpius y de las muchas del padre Valentine. Porque mediante pruebas efectuadas con equipos nuevos y sofisticados, habían puesto en contacto las dos imágenes y pasado muchos días examinando, midiendo y efectuando detallados análisis mediante computadoras. Como resultado de aquellos experimentos se habían descubierto varios datos concernientes a la estructura ósea facial del padre Valentine.

Incluso mirado de cerca, Valentine no se parecía en nada a Scorpius porque tenía un rostro flaco, una nariz casi respingona y el pelo escaso, negro, cuidado y peinado hacia atrás. Sin embargo, los analistas, tras haber colocado una foto al lado de otra, demostraron con toda claridad que ambos hombres podían ser el mismo, ya que la estructura ósea de los dos cráneos encajaba perfectamente. Utilizando imágenes ampliadas tomadas por ordenador se las habían compuesto incluso para demostrar hasta qué punto el rostro de Vladimir Scorpius pudo haber sido modificado hábilmente por un cirujano plástico experto.

Existían además dos detalles concluyentes que confirmaban con claridad la teoría de los expertos. La primera prueba importante, aunque no definitiva, llenaba dos páginas y consistía en fotos ampliadas de la muñeca izquierda, una procedente de la vieja instantánea de Scorpius y la otra de una de las numerosas fotos del padre Valentine. Según los expertos, no existía en el mundo entero un duplicado del fabuloso cronómetro. Con todo, allí se veía llevado por Scorpius a las siete treinta de la noche cuando subía apresuradamente a un automóvil en Portofino en el año 1969, y también en la muñeca del padre Valentine en Londres en el mes de agosto de 1986.

De todos modos, la prueba más convincente residía en los oídos. Llevado de su vanidad, Scorpius habría insistido, probablemente con gran ahínco, en que los cirujanos no le retocaran los pabellones auditivos. Estaba convencido en un noventa y nueve por ciento de que nadie tenía una foto del viejo Scorpius. Ahora bien; los oídos de Valentine y de Scorpius eran idénticos y la prueba se demostraba en ocho páginas de notas médicas con diagramas, fotografías y medidas. Era una prueba positiva.

– Vanidad de vanidades -repitió Bond en voz baja-. Y todo es vanidad.

En aquellos momentos comprendió que tenía ante su vista las imágenes del mismo hombre: del responsable de la muerte de Emma Dupré y de la voz demoniaca que había surgido de la garganta de Trilby Shrivenham. Sólo Dios sabía qué métodos de terror se fraguaban en la mente de Scorpius-Valentine.

Bond cerró la carpeta lentamente y se puso en pie. M tenía más trabajo para él. En lo más profundo de su ser confiaba en que dicha tarea no le llevara a enfrentarse con aquel hombre de doble identidad: Scorpius-Valentine o Valentine-Scorpius.

7. Mister Hathaway y compañía

– ¿Cree usted en la evidencia que aportan los norteamericanos? -preguntó Bond estudiando la cara de M como si intentara leer el futuro de aquel hombre en las líneas de su correosa piel.

– Por completo. Al ciento por ciento. A mi modo de ver, no existe duda alguna de que el padre Valentine y Vladimir Scorpius son la misma persona. Lo que hace nuestra tarea más urgente que nunca.

Bond enarcó las cejas.

– Nadie ha demostrado nada en absoluto contra Scorpius…, por lo menos nada que tenga algún valor. -M dijo aquello como si Bond fuera el culpable del fracaso-. Sin embargo sabemos que ese hombre es responsable de millares de muertes…, la mayoría víctimas inocentes. Cuando el terror hace acto de presencia…, una bomba en el Ulster…, otra en un club nocturno volado en Alemania; una terminal de aeropuerto o una estación de ferrocarril hechas pedazos; una ráfaga de ametralladora en una calle de París; un muchacho que montado en una motocicleta lanza una docena de disparos contra el coche de un político o de un jefe de policía, todo guarda alguna relación con Scorpius por ser éste quien les proporcionó el material. -Empezó a dar golpes sobre su pupitre al mismo ritmo de los latidos de un corazón-. El leopardo nunca cambia sus manchas. Scorpius sabe todo cuanto hay que saber acerca de comerciar con el terror y no dejarse atrapar. probablemente alivia su conciencia diciéndose que no es el responsable del modo en que se usen dichas armas o explosivos. Pero sí lo es. Y ahora se nos ha transformado en el padre Valentine, jefe de una secta que en su aspecto exterior aparece como defensora de la pureza y de la santidad del matrimonio, así como de la exclusión del cuerpo humano de toda sustancia nociva como la nicotina, el alcohol o cualquier otra forma de droga más siniestra aún. Pero debe existir algún punto de unión entre esto y las fuerzas terroristas y el material que utilizan. Porque ese hombre sólo conoce dos cosas: las armas y las mujeres.

– ¿No existe alguna clave relativa a la elección de objetivos específicos? -preguntó Bond-. Estoy de acuerdo en que luego de saber lo que sabemos de Scorpius, la Sociedad de los Humildes debe tener algún objetivo primordial… y no muy agradable, por cierto.

– Confío en que sea usted quien lo descubra -expresó M, mirándole sin el más leve rastro de humor ni en la boca ni en los ojos.

– ¿Quizá en las oficinas de la tarjeta de crédito?

M hizo una señal de asentimiento al tiempo que empujaba una ficha con el dedo. Con la clara letra de M y escrito en tinta verde figuraban allí las señas de uno de los muchos edificios de oficinas que se habían levantado en las calles que desembocan a Oxford Street cuando se pasa al norte de Oxford Circus. El número de teléfono ostentaba el prefijo adecuado: 437.

– ¡Todo esto es legal! -exclamó M-. ¡Garantizado por el Banco de Inglaterra! Aunque no parece hacer publicidad ni tiene todavía una lista de servicios, la Avante Carte es una compañía de crédito en pleno funcionamiento y legal al ciento por ciento, con un activo de diez millones de libras esterlinas.

– Supongo que estos datos proceden de sus contactos en la City.

– No -repuso M, permitiéndose la sombra de una leve sonrisa-. Proceden de mis contactos con la sección Q. La ayudanta del armero sigue trabajando con las dos tarjetas de plástico que le entregamos. Al parecer son tarjetas inteligentes, como las que aquí utilizamos para entrar y salir de zonas reservadas y para seguir el rastro a ciertas fichas. Incrustados en el plástico hay minúsculos cerebros electrónicos que están tratando de analizar, aunque tardarán todavía algún tiempo. De momento han revelado el número de teléfono, cosa al parecer, bastante sencilla. Yo he seguido esa pista, y ya puede ver a dónde me ha llevado.

– Supongo que esperan de mí que vaya a visitarlos y que pida que me admitan como miembro.

– En efecto. -M había adoptado un aire terriblemente serio. De nada serviría llamarlos por teléfono, Bond. No hay más remedio que entrar allí y enfrentarse a la fiera. Quizá averigüemos algo.

– A lo mejor me administra una fuerte dosis de lo que ellos llaman «veneno de plomo».

– Son gajes del oficio -manifestó M haciendo una señal hacia la puerta-. Vaya enseguida y haga lo que pueda.

– ¿No tendré protección, señor?

M sacudió la cabeza:

– Me parece que no. Acepte el juego tal como es. Entre sencillamente y diga que quiere ingresar. No puedo imaginar un sistema mejor.

Media hora después Bond se detenía en un punto situado enfrente mismo de la fachada de un enorme bloque de oficinas en el que no figuraba nombre alguno y que se proyectaba como un enorme dedo enhiesto junto a las casas con terrazas y las tiendas entre las calles Oxford y Great Malborough.

Había tomado un taxi hasta Broadcasting House y luego retrocedió, caminando hasta Oxford Circus, desde donde, dando un rodeo, llegó a donde ahora se encontraba. Durante todo el tiempo no dejó de practicar los ya conocidos aunque necesarios procedimientos rutinarios para asegurarse de que nadie «se metiera con él», como decían en el servicio.

Y, en efecto, nadie se metió con él durante el trayecto. Sin embargo, ahora que se encontraba delante del edificio, Bond notó cómo aquel sexto sentido, aquella intuición fruto de una larga experiencia, le decía que no estaba solo allí. Así que no se entretuvo demasiado. Sólo una breve pausa para dar una ojeada al edificio con su frente de cristal curvado, a través del cual podían verse un mostrador de recepción y varias sillas y sillones esparcidos por todo el recinto. Continuó su marcha tratando de encontrar alguna superficie reflectante o algún cruce de calles que le permitieran mirar hacia atrás y examinar por completo la fachada. Estaba seguro de que alguien no lo perdía de vista.

Unos treinta metros calle arriba podría cruzar y tomar otra calle curva que creyó le llevaría de nuevo a Oxford Street. Lo mejor sería regresar por allí y acercarse otra vez al objetivo.

Hizo una pausa como si estuviera pendiente del tráfico, al tiempo que su mirada se posaba, por un tiempo ligeramente prolongado, en la calle más próxima al edificio. Casi frente a éste había una pequeña furgoneta mal aparcada. No se veía a nadie en el asiento del conductor, pero aquello no significaba nada, tratándose de semejante vehículo. Lo único que le consoló fue observar que carecía de antena o al menos ésta no era visible. Las antenas son peligrosas porque pueden ocultar complicadas instalaciones, incluyendo lentes de fibra ópticas capaces de transmitir una imagen de trescientos sesenta grados a una pantalla interior.

En su rápida ojeada también pudo ver a un hombre que un poco más allá paseaba arriba y abajo mirando de vez en cuando a su reloj como si estuviera esperando a alguien que no acababa de aparecer. Desde luego, había otros automóviles y peatones, pero los afinados sentidos de Bond sólo reaccionaban ante aquellos dos pormenores. Porque, evidentemente, tanto la furgoneta como el paseante eran sospechosos en potencia.

Atravesó la calzada y se dirigió hacia la calle curvada, pero se encontró con que no tenía salida. No había más solución que simular estar buscando algunas señas. Se sacó del bolsillo interior de la chaqueta un cuaderno de notas negro, y al hacerlo notó el tranquilizador contacto de la dura culata de la ASP automática de 9 mm en que llevaba la pistolera.

Regresó lentamente a la calle principal y se detuvo para consultar las páginas de su cuadernillo. Era la imagen perfecta de un hombre que anda perdido. Incluso se dirigió a una mujer joven de aspecto apresurado que empujaba un cochecillo de bebé y le preguntó dónde se encontraba el edificio que tenía precisamente frente a él. La mujer se echó a reír al tiempo que se lo señalaba.

Consultando otra vez su cuaderno, Bond caminó con aire confiado hacia las grandes puertas de cristal. Por el rabillo del ojo pudo ver que el hombre seguía esperando a su cita y que la furgoneta permanecía en la misma posición, al parecer vacía y aparcada poco ortodoxamente.

El vestíbulo semicircular tenía un aspecto ligero y airoso, y una vez dentro, Bond pudo observar gran cantidad de plantas puestas en macetas, así como el mobiliario que ya había visto desde fuera. El lugar tenía estilo y elegancia. Había también un mostrador de recepción atendido por un viejo portero que lucía dos hileras de condecoraciones de la segunda guerra mundial en la parte izquierda de su uniforme azul marino.

– ¿En qué puedo ayudarle, señor? -preguntó el portero con una breve sonrisa de bienvenida.

– Avante Carte -repuso Bond sonriendo a su vez.

– Es en el cuarto piso, señor.

Le indicó una doble batería de ascensores situados en un breve pasillo, a la derecha del mostrador.

Bond le dio las gracias con un movimiento de cabeza y apretó el botón de llamada que se encontraba junto a los ascensores. Luego se puso a examinar el tablero en el que aparecían los nombres de numerosas empresas y negocios. «Actiondata Services Ltd., 1er piso. The Burgho Press (Editorial), 2º piso, Adams Services Ltd., 3er piso.» Había siete plantas en total. Una empresa de abogados ocupaba la totalidad de la quinta. Lo que debía ser una empresa de publicidad, la AdShout Ltd.; estaba en el sexto, mientras que en el último figuraba instalada una de esas firmas ambiguas que funcionaban con el nombre Nightout Companions. En el recuadro correspondiente al cuarto piso descubrió lo que andaba buscando: Avante Carte Inc., y debajo en letras más pequeñas, las palabras: «La Avante Carte forma parte de la Institución Benéfica de la Sociedad de los Humildes.» Las puertas del ascensor se abrieron con un leve siseo y Bond entró en la cabina y apretó el botón del cuarto piso.

Al menos allí la música era distinta, sin los usuales y enfermizos violines interpretando las tonadas románticas y populares de siempre. Aquello cuadraba mucho más con el estilo de Bond. E incluso pudo identificar la grabación: era Gertrude Ma Rainey acompañada por un grupo de jazz muy tosco y sin nombre específico interpretando en 1927 el New Bo-Weavil Blues, que ya había grabado en 1924. En la colección de Bond aquella pieza figuraba en un viejo disco de 78 revoluciones. La versión actual era bastante mejor. Ma Rainey seguía demostrando ser la primera con su humor retorcido teñido de sufrimiento. Parecía como si hubieran sabido que Bond se encontraba allí en camino hacia el piso cuarto, y desearan obsequiarle con aquella música.

No quiero que ningún hombre ponga azúcar en mi té;

tengo miedo de que pueda envenenarme.

Mientras Ma Rainey cantaba parecía como si las palabras dieran de lleno en él como un toque de atención. Recordó los coches que los habían seguido durante su regreso desde Hereford. Por unos segundos, aquella vieja y buena pieza de jazz tradicional lo había encandilado. Pero ahora estaba otra vez tan alerta como siempre. El indicador marcó la cifra 4 y conforme las puertas se deslizaban hacia los lados, el hilo musical se interrumpió. Salió al exterior para encontrarse en otra amplia y atractiva zona de recepción semicircular. Pero aquí no había nadie tras el mostrador situado ante una pared que parecía hecha de vidrio endurecido, a través del cual pudo distinguir otra estancia, desprovista de todo interés, que se extendía hacia lo que parecía el infinito, aunque estaba seguro de que todo aquello no era más que un truco a base de cristales y de espejos.

La habitación estaba provista de una larga hilera de compartimentos con computadoras, y a derecha e izquierda, tras de ellos, había otras cristaleras brillantes, dividiendo espacios en los que se veían los enormes bancos de datos de una unidad central. Nadie estaba al cuidado de aquellos aparatos. ¿Dónde se encontrarían los hombres y mujeres encargados de contestar las preguntas sobre las tarjetas de crédito, manipular la voluminosa base de datos, intercambiar información, llevar las cuentas, autorizar los créditos y realizar todo el trabajo relacionado con una empresa semejante?

Cuidadosamente se aproximó a la recepción, con los pies casi hundiéndose en la espesa alfombra de color burdeos. Una vez ante el mostrador, tosió fuertemente. Al ver un pequeño timbre incrustado en una suave superficie acrílica lo pulsó breve y enérgicamente por dos veces.

Segundos después se produjo un movimiento en el extremo más alejado de la larga estancia. Una joven avanzaba por entre las hileras de mostradores vacíos. Tardó casi un minuto en llegar a la puerta que comunicaba la zona de trabajo con la recepción, por lo que Bond tuvo tiempo para realizar un examen completo de su aspecto. Llevaba una severa falda negra y una camisa blanca con una cintita también negra en el cuello, y avanzaba con paso elegante, moviendo sus largas piernas con aire decidido. La esbelta figura era atractiva, aunque quizá sus pechos resultaran un tanto voluminosos. Su cara no era hermosa ni siquiera guapa, en el sentido que se suele dar a estas palabras; pero exhalaba humor por la expresión de su boca y de sus ojos. El pelo negro, muy corto y a la moda, no parecía muy apropiado para ella. Durante unos segundos, mientras abría la puerta para entrar en la zona de recepción, Bond se preguntó si llevaría peluca o si se habría teñido recientemente el pelo, porque lo oscuro de su color le dio la sensación de ser postizo.

– Buenos días, señor, ¿en qué puedo servirle? -preguntó con un acento norteamericano más de Boston que de dialectos más duros. Las comisuras de su boca se arrugaron y pudo ver que había estado en lo cierto al definirla como una mujer alegre, ya que aparte de la boca también mostraba unas rayitas alrededor de los ojos. Estos eran de un gris claro, lo que una vez más le obligó a pensar que el pelo no podía ser natural.

– No sé si es posible… Desearía pedir una tarjeta Avante Carte.

– ¡Ah! -exclamó ella sonriendo-. Lo siento, pero no creo que pueda complacerle.

– ¿Por qué? -preguntó Bond, mirando a través del cristal hacia la desierta zona de trabajo.

La joven siguió la dirección de su mirada.

– Sí, sí, es verdad. No tenemos personal. Yo soy la única empleada y hasta ahora no he recibido instrucciones concretas. ¿Le mandaron alguna invitación para solicitar la tarjeta?

– No. No me han mandado nada.

– Bien, pues entonces, aunque yo poseyera la autoridad necesaria no podría acceder a su demanda. Las solicitudes son por invitación y, según me han dicho, solo las personas que pertenecen a la Sociedad de los Humildes o son miembros acreditados de su institución benéfica pueden acceder a nuestro servicio…, al menos por ahora. -Había añadido estas últimas palabras rápidamente, como si deseara asegurarse de no rechazar a un futuro cliente en potencia-. ¿Dónde ha oído hablar de nuestra tarjeta, señor?

Bond se encogió de hombros.

– Una antigua amiga mía tiene una. -Se detuvo, preguntándose qué efecto podría causar aquello si la noticia había sido ya dada a la prensa-. Una tal Emma Dupré.

– Pero… -la joven lo miró fijamente y sus pupilas se ampliaron durante una fracción de segundo. Enseguida recobró la compostura-. Bueno, debe de ser una de las personas privilegiadas. ¿No podría darme sus datos de modo a estar en contacto con usted en caso de que se admitan nuevos miembros?

Bond le sonrió como si deseara besarla y le agradó comprobar que ella se sonrojaba leve y nerviosamente.

– Boldman -repuso-, James Boldman. -Y añadió unas señas que cubrirían aquella información caso de que alguien decidiera comprobarla.

– Lo único que puedo hacer es tomar nota de ello, señor Boldman. Verá… -Se detuvo una vez más como si sopesara sus palabras-. En realidad, estoy tan a oscuras como usted.

Dio un paso hacia la puerta como si esperase que él la siguiera y así fue.

Entraron en la zona de trabajo mientras ella seguía hablando:

– A decir verdad, es usted la primera persona que entra en este despacho. Sólo llevo aquí un par de semanas y, a juzgar por lo que he visto, soy la única empleada.

– ¿Está usted al cargo de todo? -preguntó Bond con aire desenvuelto.

Ella hizo una señal de asentimiento.

– ¿Es la reina del territorio completo? ¿La responsable de la organización?

Con la mano trazó un semicírculo que abarcaba los pequeños y agradables compartimentos de trabajo con sus pantallas de representación visual, los teléfonos y los bancos de datos de la unidad principal tras de los cristales.

– En efecto -dijo ella volviendo a asentir con la cabeza-. Impresionante, ¿verdad? Debe de haber aquí un millón de libras en componentes electrónicos.

– ¿No celebró una entrevista con los directivos?

– ¡0h, sí! Dos jóvenes muy simpáticos me preguntaron una serie de cosas.

– ¿Cuándo?

– Hace cosa de un mes. La reunión fue muy larga… Había varias aspirantes. Luego me escribieron para comunicarme que había obtenido el empleo y que empezaría el lunes. De esto hace dos semanas. Salario por anticipado. Un par de llamadas telefónicas para comunicarme que estuviera dispuesta para atender a otros aspirantes. Se necesitaba un buen conocimiento de lenguajes y programas de ordenador avanzados para IBM, por lo menos un año de experiencia y buenas referencias personales. Ya sabe…, todo eso.

Bond hizo una señal de asentimiento.

– ¿Dónde vio el anuncio?

Ella mencionó un par de revistas de negocios: Fortune, Business Life, y tres periódicos: The Times, The Guardian y The Financial Times.

– ¿La entrevista con usted se celebró aquí?

– Sí. -Le miró y él creyó detectar cierto aire de preocupación en sus moteadas pupilas grises. Cual si quisiera justificar la expresión de su mirada añadió-: A decir verdad me siento un poco inquieta. Todo este formidable despliegue y el dinero que representa, y no hacen nada con todo ello. Es una locura.

– ¿Cómo se llama usted?

La pregunta había sido formulada con aire distraído, pero Bond sentía deseos de comprobar los datos de aquella joven en los aparatos mágicos de que disponían en el Cuartel General de Regent's Park.

– Horner. Harriett Horner.

Parecía un nombre fingido, pero Bond tenía la experiencia necesaria como para saber que a veces los nombres verdaderos son los que menos reales parecen.

– Harriett Irene Horner, para ser más exacta -añadió ella como si leyera sus pensamientos.

– Pues bien, Harriett, yo en su lugar también estaría preocupado. Todo esto tiene un aspecto un tanto fantasmal.

– ¡Los dos tienen motivos para estar preocupados! -exclamó una voz desagradable y amenazadora procedente de la puerta.

Se volvieron hacia allá. El que había hablado era un joven musculoso que vestía un traje azul oscuro a rayas, posiblemente a prueba de agua.

Tras él se encontraban otros dos hombres, aun más altos, musculosos y corpulentos, que parecían como vestidos por cortesía de la revista Soldier of Fortune. Ambos tenían esos rostros malvados y brutales que se suelen relacionar con los torturadores de las SS que aparecen en las películas de guerra más tremebundas.

– ¡Oh! ¿Es usted, señor Hathaway? -preguntó Harriett exhalando una pequeña exclamación de sorpresa.

– ¿Le conoce? -le preguntó Bond en un susurro.

– El señor Hathaway es mi superior inmediato. Fue el que me concedió el empleo.

El elegante joven sonrió, aunque estaba bien claro que el sonreír no era una de sus costumbres habituales.

– En efecto. Yo le concedí el empleo, señorita Horner. Pues bien, el señor Hathaway se lo dio y el señor Hathaway se lo quita. Sabemos muchas cosas de usted. Y también sabemos bastante de su amigo, señor Bond aquí presente.

– No se llama Bond, sino Boldman. James Boldman. Eso es lo que me ha dicho.

– Pues he mentido -intervino Bond rápidamente-. El señor Hathaway tiene razón.

– Pero… – la joven se interrumpió, evidentemente nerviosa.

Bond captó la tensión que la estaba invadiendo a oleadas. Miró a Hathaway cara a cara.

– ¿Es que no nos va a presentar a sus amigos, señor Hathaway? ¿Quiénes son? ¿El señor Shakespeare y el señor Marlowe?

Hathaway hizo una señal a los matones parecida a la que un propietario de perros haría dirigiéndose a sus animales, y enseguida los dos empezaron a avanzar hacia Bond. Pero no habían dado tres pasos cuando éste saltó hacia la derecha a la vez que levantaba su automática con ambas manos.

No había visto el movimiento que hizo Hathaway. Aquel hombre era muy rápido y se recriminó por haberse concentrado en sus dos compinches más que en su amo. Un minuto antes, Hathaway estaba de pie en el umbral de la puerta, muy elegante, con su traje de quinientas libras y ahora permanecía agachado, con una arma que parecía haber surgido de la nada. Inmediatamente se produjo una repentina y muy fuerte explosión que hizo saltar por los aires unas diez instalaciones de computadoras IBM convertidas en un montón de chatarra de plástico, cristales y chips de silicio.

– Deje caer la catapulta al suelo, Bond, o la próxima será para usted.

El humo se aclaró y Bond pudo ver que Hathaway sostenía en sus manos un corto fusil de combate de aspecto poco tranquilizador. No se fijó en el modelo, aunque cruzó por su mente el SPAS 12, un arma de terrible potencia por ser semiautomática y poder disparar sus siete cartuchos del 12 en menos de dieciséis segundos. Según fuera la carga y se operase el selector de alcance, el impacto podía ocasionar daños considerables. Bond sólo tuvo que echar una mirada a las devastadas instalaciones para darse cuenta de lo que estaba sucediendo allí. Dejó caer su pistola con disgusto y se colocó las manos sobre la cabeza.

Uno de los matones retenía a la chica presionándole el cuello y empujándola ante él en dirección a Bond.

– Eso está mejor -declaró Hathaway, que ya no sonreía.

Hizo un gesto al otro individuo indicándole que sujetara a Bond de la misma manera. El aludido le hizo dar una vuelta igual que un instructor de combate que efectúa una prueba con un muñeco. En un segundo, su antebrazo estaba alrededor del cuello de Bond y una mano enorme se situaba en su nuca. Sabia que una rápida y vigorosa presión podía, como mínimo, romperle las cervicales y ocasionarle una muerte instantánea.

Aquel hombre olía a algo que Bond no había percibido en muchos años…, a una loción prodigada por los peluqueros de otros tiempos.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó.

Pero le era difícil hablar, ya que su captor estaba demostrando cierta tendencia a incrementar la su garganta.

– Iremos a visitar a unos amigos y lo haremos sin armar ruido y con cuidado.

Hathaway se había acercado a ellos. Bond quedaba a su izquierda y la muchacha a su derecha con los dos matones tras ellos.

– Bajaremos al foyer y saldremos caminando como si fuéramos buenos amigos. Si alguien trata de hacerse el listo… -esgrimía aquella arma letal en su mano. Tenía una empuñadura de pistola y no mediría más de setenta centímetros de longitud. Hathaway podía esconderla fácilmente bajo su bien cortada chaqueta-. Se portarán bien, ¿verdad? – preguntó mirándolos alternativamente.

Bond intentó hacer una señal de asentimiento. Finalmente consiguió murmurar:

– Sí.

Pudo oír un sonido similar exhalado por la chica.

Hathaway hizo una señal a los hombres. La presión se aflojó, pero los matones permanecieron en la misma posición tras sus cautivos.

– Ustedes saldrán primero, señorita Horner y señor Bond. Mis compañeros irán tras de mí, pero yo estaré directamente tras de ustedes. Les advierto que esto que llevo en la mano puede hacerles mucha pupa. Y ahora…

No terminó la frase porque algo muy curioso sucedió en aquel momento. Por segunda vez durante el día, Bond no apreció plenamente los movimientos, aunque supo quién los estaba haciendo.

El hombre que se hallaba tras de Harriett profirió un aullido de dolor. Bond observó como Harriett se agachaba y cómo el matón era catapultado por encima de su espalda en dirección a Hathaway.

En un acto reflejo, Hathaway disparó otro cartucho, pero en aquel preciso instante su compinche se le vino encima, recibiendo el impacto. Un reguero de sangre y de ropa destrozada pareció cruzar el aire, mientras Harriett se colocaba de un salto detrás de otro facineroso.

Bond la vio agarrar la muñeca de aquel individuo que, no obstante su corpulencia, rodó por el aire como si Harriett estuviera jugando a voltear a un niño. Finalmente le soltó y con un chillido el hombre fue a estrellarse de cabeza contra la otra batería de aparatos de IBM. Se produjo un estrépito espantoso de cristales partidos mezclados al estallar resistencias y al fulgor de los pequeños incendios provocados en los terminales. Pero para entonces Bond se lanzaba a recuperar su automática.

Hathaway estaba caído en el suelo intentando librarse del cuerpo de su compinche y de agarrar su arma.

– ¡Ni lo piense siquiera! -le advirtió Bond, que había recuperado su pistola y apuntaba al llamado Hathaway. Pero éste no hizo el menor caso y finalmente logró librarse del cuerpo y recuperar el fusil. Lo estaba levantando cuando Harriett pareció materializarse tras él. Moviendo sus manos como cortadoras de césped, descargó unos golpes secos a ambos lados del cuello de su enemigo.

Hathaway soltó un gruñido y cayó desplomado, con la cabeza pendiéndole como si fuera un muñeco de trapo.

– ¿Cuándo ha aprendido a hacer eso? -le preguntó Bond sin poder ocultar su admiración.

– En algún lugar parecido al de usted. Aunque yo disfrutaba de una posición más ventajosa.

Se estaba arreglando la falda y la blusa y comprobando que las costuras de sus medias estuvieran en el lugar adecuado.

– Harriett, creo que debería hacer una llamada telefónica antes de salir de aquí. No abrigo la menor duda de que el señor Hathaway tiene amigos.

Ella asintió con un movimiento a la vez que miraba aquella destrucción de millares de libras en equipo. Un peligroso aunque pequeño incendio se había iniciado en la alfombra.

– ¡Diantre! -exclamó Harriett-. Va a costar mucho explicar todo esto. ¿Se llama usted realmente Bond?

– Sí, Bond -afirmó él-. James Bond. ¿Y usted?

– Le dije la verdad, pero no ha servido de mucho. Si es usted lo que pienso, sus superiores se van a enfadar mucho conmigo.

– No tanto como lo que se enfadarán los superiores de Hathaway.

Ella asintió y Bond tomó el teléfono más próximo. Una rápida llamada a Regent's Park y la Unidad de Despeje se presentaría a los pocos minutos para limpiar todo aquel estropicio y llevarse a los muertos y heridos. Pero el teléfono no contestó y Bond se dijo que probablemente casi toda la instalación eléctrica del edificio se habría averiado.

– Creo que deberemos salir de aquí lo antes posible -afirmó mientras veía como ella tomaba su bolso y su chaqueta, que hacían juego con su falda negra.

– Creo que tiene razón -asintió la muchacha.

Una vez en la puerta se detuvieron y Bond miró hacia atrás.

– Es una lástima -se lamentó-. ¡Vaya montón de chatarra de ordenadores que dejamos ahí!

Se acercaron al ascensor, que milagrosamente seguía funcionando.

– Nunca me gustó ese Hathaway -comentó Harriett cuando llegaban al vestíbulo principal y salían adoptando la misma actitud de quien abandona el edificio para ir a comer.

– Tampoco sus colegas me hacían muy feliz -le respondió Bond sonriendo-. Recuerde que le dé las gracias en algún momento, señorita Horner.

– Así lo haré, no se preocupe -respondió ella, devolviéndole la sonrisa.

Los detectores de humo situados en el cuarto piso estaban activando las alarmas contra incendios en el momento en que salían del edificio. La furgoneta blanca seguía en el mismo lugar, pero el hombre que esperaba a alguien había desparecido. Bond empujó a la muchacha hacia la izquierda y luego en dirección a Oxford Street, mientras volvía la cabeza de un lado a otro buscando un taxi. Con una mano sujetaba a Harriett por el codo. No podía permitir que se apartara de él.

– James, ¿a qué se dedica usted? -preguntó Harriett mientras se acercaba un taxi con el letrero de «libre» encendido.

– Estoy como si dijéramos en el servicio civil. -Bond dio al chófer una señas en Kilburn.

– ¿Un funcionario civil armado?

– En efecto.

– ¿Servicio de seguridad?

– ¡Caliente, caliente, Harriett! Pero me gustaría saber también cuál es su profesión. Y dígame la verdad, por favor. Nada de embustes.

La joven tenía los ojos de un gris cálido, no del tipo frío de paisaje marítimo.

– Bueno -empezó. Y enseguida respiró hondamente-. La verdad es que soy investigadora secreta para el Ministerio de Hacienda de Estados Unidos.

– No me gustaría hacer trampas con mis impuestos teniendo a alguien como usted husmeando por los alrededores.

– ¿No? Verá usted, James; tengo un pequeño problema.

– ¿Qué problema?

– Estoy trabajando en Inglaterra clandestinamente, sin que nadie haya pedido permiso a sus autoridades. Me ha atrapado usted con las manos en la masa.

Bond enarcó una ceja.

– Pues maneja usted la masa con gran habilidad y talento -reconoció él con una cálida sonrisa.

8. La sangre de los padres

– ¡Desollaré vivo a Wolkovsky! -exclamó M descargando un puñetazo sobre su mesa con tal fuerza que pareció como si los retratos de sus predecesores se estremecieran en sus marcos.

Bond se dijo que raras veces había visto a su jefe tan exasperado.

– No creo que David Wolkovsky supiera nada de esto -declaró extendiendo las manos en ademán tranquilizante.

– No sea tonto, Bond. Wolkovsky sabe todo lo que se traen entre manos los norteamericanos, y por lo que a mí respecta no permitiré que esa gente fisgonee por nuestro terreno sin ni siquiera pedir permiso. -Agarró el intercomunicador y empezó a transmitir instrucciones a la infatigable señorita Moneypenny-. En primer lugar mande mis saludos al señor Wolkovsky en la embajada norteamericana. Me gustaría que viniera a verme sobre las cinco de la tarde. A continuación… -continuó enérgicamente.

La mente de Bond retrocedió para rememorar los acontecimientos de la mañana. Considerando que en situaciones como aquélla lo mejor solía ser actuar primero y pedir permiso después, había llevado a Harriett Horner al refugio secreto que el servicio tenía en Kilburn y que por regla general se utilizaba para interrogatorios después de una misión o para albergar a agentes que estuvieran de vuelta de una operación y en tránsito hacia la llamada «casa de convalecencia» de Hampshire.

A su llegada descubrió que el lugar estaba vacío, excepto por una pareja de guardianes armados hasta los dientes. La primera cosa a hacer consistía en telefonear a la «Unidad de Despeje» para ponerla al corriente del estropicio ocurrido en las oficinas de la Avante Carte, y alertados sobre la posibilidad de que los bomberos y la policía estuvieran ya allí. Una vez hecho esto, dio a los dos hombres instrucciones concernientes a Harriett.

– No la pierdan de vista. Haré venir a una funcionaria femenina en cuanto sea posible. Entretanto trátenla como una hermana en grave peligro.

– Una chica como ella correría grave peligro si yo la pudiera agarrar -comentó uno de los tipos con aire decidido.

Pero aceptaron las instrucciones de Bond, quien dijo a Harriett que volvería enseguida.

– Quédese aquí. Estará perfectamente a salvo. Entretanto avisaré a las autoridades. Lo pasará muy bien. No se preocupe.

– Según usted, todo marcha perfectamente, pero yo creo que mi presencia aquí es tan ilegal como la de un agente secreto ruso.

Desde luego, tenía razón; pero Bond pensó que podría salirse con la suya siempre que pusiera en la balanza todo su encanto y su sentido de la lógica cuando hablara con M. Durante su recorrido en el taxi él y Harriett habían mantenido una breve conversación y luego de que Bond le hubo enseñado su documento de identidad, ella hizo lo propio y le reveló con detalle la operación en la que estaba tomando parte.

– Esa llamada Institución Benéfica de los Humildes no es más que una tapadera. Su jefe, el padre Valentine, ha acumulado millones. La sociedad se originó en Estados Unidos. Tenemos un equipo de seis personas intentando investigar diversas compañías ficticias distribuidas por todo el mundo. Valentine debe al tío Sam cientos de millones de dólares y otros organismos están también dispuestos a echarle el guante. Nunca creí que se descolgara usted por allá sólo para pedir una tarjeta Avante Carte. Mencionó a Emma Dupré. Bien, su tarjeta fue anulada esta mañana. Ha sido una de las pocas cosas que he tenido que hacer.

– La señorita Dupré ha muerto -le explicó Bond con calma-. Así fue como los nuestros supieron lo de su tarjeta. Sí, ya teníamos una idea de que ese Valentine no es lo que parece. ¿Cuánto lleva usted trabajando en esto?

– He tardado dos meses en llegar donde estamos ahora, pero de pronto todo se ha puesto en claro.

– No por completo. Seguimos trabajando en ello y me ocuparé de que todo termine bien para usted. -Le dirigió una suave sonrisa-. Mi superior es muy sensible a una cara bonita y más aún a un cuerpo escultural. Déjelo de mi cuenta.

Ella parecía dudar y de pronto se inclinó hacia adelante como si fuera a decirle alguna cosa más.

– La estoy llevando a un lugar seguro donde se quedará hasta que entere a los míos de lo que pasa. -Bond le puso una mano ligeramente sobre el hombro-. Si hay alguna otra cosa…, si posee alguna información más, será preferible que me la diga. Tenemos un expediente muy completo de los Humildes y de su guru.

– Bueno, sí -admitió ella, indecisa-. Existe otra cosa. ¿Ha oído hablar alguna vez de un tal Vladimir Scorpius?

– ¿Y quién no ha oído hablar de él en mi ambiente de trabajo?

– Pues existe un hilo conductor…, un contacto aunque frágil, entre Valentine y sus Humildes y ese Vladimir Scorpius.

– ¿De veras? ¿Qué clase de contacto?

– Cartas y algunos telegramas. Un par de conversaciones telefónicas registradas por otra organización. Scorpius es un criminal, pero nunca se han podido presentar pruebas contra él. No conozco el asunto en detalle.

– Perfecto. -Bond no estaba dispuesto a desperdiciar nada-. También queremos dar con ese Scorpius.

– Si han puesto en movimiento a nuestra sección de la Oficina de Impuestos es porque con frecuencia ése es el único medio de acabar con esa clase de gente. Ya lo hicieron así en la década de los veinte con Al Capone. Ahora el objetivo es Valentine y Scorpius. ¿Sabe que lo llaman el Rey del terror?

– No lo sabía, pero me parece un nombre muy adecuado.

A menos que Harriett, igual que hacia él, estuviera ocultando también lo que sabía, era evidente para Bond que no la habían enterado sobre la posibilidad de que Scorpius y el padre Valentine fueran la misma persona. Su objetivo primordial en aquellos momentos era la Sociedad de los Humildes.

– Mi jefe se hará cargo de cualquier problema que surja relacionado con su operación -dijo Bond. Y la besó ligeramente en la mejilla, al tiempo que le daba un pellizco cual si quisiera animarla.

El estallido de cólera que ahora crispaba a M era consecuencia de las noticias que Bond acabada de comunicar sobre Harriett, aquella agente norteamericana de la Oficina de Impuestos que, tras haber entrado clandestinamente en Inglaterra, estaba actuando sin permiso del Ministerio del Interior o del de Asuntos Exteriores, y sin haber avisado previamente a M. Para éste aquello constituía una grave ofensa.

– Está trabajando en el caso de los Humildes y en el de Valentine-Scorpius, aun cuando quizá no posea todos los datos que serían necesarios. Aparte todo eso, es una chica fantástica, señor. Me ha salvado la vida -le había comunicado Bond con aire melifluo. Y allí fue donde M estuvo a punto de explotar.

Ahora Bond esperaba sentado a que su jefe completara las largas instrucciones que estaba transmitiendo a Moneypenny. Ya le había dictado un largo memorándum para la embajada norteamericana y otros para los Ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores, procurando cubrirse cuidadosamente sus espaldas, igual que hubiera hecho cualquier otro astuto funcionario del servicio civil. M estaba en mitad de una nota «de extremada urgencia y muy secreta» dirigida al jefe del Servicio de seguridad MI5 cuando Bill Tanner, jefe de su estado mayor, entró trasponiendo la puerta privada del despacho.

Bond levantó una mano para saludarle al tiempo que enarcaba las cejas con expresión interrogante, porque el recién llegado llevaba en la mano un papel y parecía preocupado. Tanner mantuvo el papel de modo que Bond pudiera leerlo. Decía así:

La Sociedad de los Humildes abandonó Manderson Hall; Pangbourne durante la noche Stop El lugar está atestado de periodistas Stop Se ha fijado una nota en la puerta principal anunciando que la sociedad se ha trasladado a algún lugar secreto a causa de las informaciones sensacionalistas difundidas por los medios de comunicación Stop Espero instrucciones. COWBOY.

– ¿Quién es Cowboy? -preguntó Bond a Tanner, pero mirando a M, que seguía abrumando a Moneypenny con sus prolongadas instrucciones.

– Pearlman, su sargento del SAS.

– No es mi sargento. Me trajo desde Hereford y eso es todo. Tuvimos algunos problemas y mostró estar a la altura de las circunstancias.

– El jefe no opina igual -murmuró Tanner-. Pearlman está temporalmente incorporado a la fuerza operativa con el nombre de usted como fiador. Si algo no marcha como es debido, será usted quien sufra las consecuencias.

Bond utilizó una interjección vulgar muy adecuada a las circunstancias.

En aquel momento M colgó el teléfono, se volvió hacia Tanner y Bond, y los miró iracundo.

– ¿Qué están ustedes murmurando?

– Hay noticias de Cowboy, señor – respondió Tanner entregándole el papel.

M lo leyó y soltó un gruñido:

– ¡Bien! Conque el pájaro ha volado, ¿eh?

– Así parece -respondió Bond, que empezaba a tener prisa por presentar a Harriett. Una vez en el despacho de M, probablemente la joven podría convencer a éste sobre la utilidad del trabajo que estaba realizando Bond. Preguntó si podía marcharse a recogerla, pero la contestación fue un rotundo:

– ¡Nada de eso!

– Señor, ella ha tenido ya contacto con algunas de esas personas, como Hathaway y otros. Creo que vale la pena recibirla.

– Todo a su tiempo, y en el momento debido, 007. Por ahora lo que quiero es que se traslade a la clínica y vea qué tal le va a sir James con esa chica, la Shrivenham. -Torció la boca en una sonrisa maliciosa-. Al menos, eso ha hecho que su padre no esté hoy revisando las cuentas. Nos ha dado un pequeño respiro con su maldita auditoría.

«Y al mismo tiempo esto le da la oportunidad para manipular a lord Shrivenham», pensó Bond, a quien no hubiera extrañado que su astuto jefe pensara en un favor o dos si es que ello tenía que ayudarle en la cuestión del voto secreto. En voz alta aceptó la orden de ir a Guildford. Y añadió:

– ¿Qué hay de Cowboy, señor?

– ¿Qué pasa con él?

– Pues que se encuentra en la antigua residencia de los Humildes. ¿Es que piensa ponerle a la caza de un tesoro?

– Lo que yo pienso es que esto es algo que a usted no le importa, Bond.

– Me han dicho que he sido nombrado su fiador. De modo que hasta cierto punto sí que me importa.

Teniendo en cuenta el estado de ánimo de M, Bond sabía que estaba arriesgándose mucho. Pero M hizo una breve señal de asentimiento.

– Probablemente le ordenaré efectuar una investigación en la casa y que me informe después.

– Esto sería un caso de allanamiento de morada, señor. Creí que ya habíamos tenido bastantes problemas por esa causa.

Esta vez M se permitió una breve sonrisa.

– Fue nuestro servicio auxiliar, 007. Ellos pueden entrar donde les parezca y como quieran, y me siento muy feliz cuando alguien averigua que no han sido autorizados. Pero lo que haga Cowboy sí será debidamente autorizado… y por las más altas esferas, se lo prometo.

La clínica era un edificio blanco y muy extenso, cerca del pueblo de Puttenham, en las proximidades de Hog's Back, la amplia extensión de tierra baja, ahora surcada por carreteras de vía doble, que corren al oeste de la agradable ciudad de Guildford.

Viajando en el Bentley, Bond tardó menos de hora y media en alcanzar la clínica que estaba rodeada por altos muros y con una entrada de seguridad donde ejercían la vigilancia suboficiales retirados de los comandos de los marinos reales, junto con antiguo personal del SAS, que actuaban como comisionados, mensajeros y guardianes en muchos de los puestos de mando del Servicio Secreto de Inteligencia y sus dependencias auxiliares.

Estaban esperando a Bond, y una vez éste hubo entrado en la clínica, que tenía el ambiente y exhalaba el olor propio de todo bien montado hospital particular, una aguerrida agente uniformada del Cuerpo Voluntario de Primeros Auxilios -extraño servicio femenino auxiliar que en el transcurso de los años había pasado a ejercer algo más que meras funciones administrativas- le hizo firmar en un libro y le condujo al segundo piso.

– Sir James está ahora con la paciente -le informó en un tono demostrativo de su desaprobación porque se hubiera permitido la entrada allí de un intruso-. Según han dicho, tiene usted permiso para hablar tanto con él como con esa joven.

Bond hizo una señal de asentimiento. Ni la amabilidad ni la sutileza hubieran logrado efecto alguno en aquel dragón que parecía como hecha de piezas de acero, con bisagras colocadas en los lugares idóneos.

– Espere aquí -le ordenó la auxiliar, indicándole una pequeña zona amueblada con el tipo de sillas y mesitas usuales, cubiertas de manoseados ejemplares del The National Geographic Magazine y del Tatler, como los que se encuentran en cualquier sala de espera de un médico de Harley Street-. Informaré a sir James de que ha llegado.

Se alejó con la espalda recta como un huso y unos modales indicadores de que Bond podía considerarse muy afortunado porque accediera a llevar su recado a sir James Molony.

Cinco minutos después, sir James apareció. Parecía tranquilo, y en sus animadas pupilas brillaba una nota de humor.

– James -le dijo, estrechándole calurosamente la mano-. ¡Cuánto me alegro de verle después de todo este tiempo! ¿Sigue bien?

Sus pupilas brillantes parecieron examinar a Bond como si por aquel simple método pudiera detectar cualquier problema nervioso o psicológico que le afectara.

Por unos momentos Bond se sintió inquieto. Probablemente sir James Molony sabia más que cualquier otra persona de su vida secreta; pero no de su vida sumida en los secretos del servicio, sino de esas zonas ocultas en las que reina el miedo; de las complejidades de la imaginación; de los impulsos que le hacían obrar, que le motivaban, y que unas veces le mantenían feliz y estable y otras surgían en plena noche de su subconsciente para perseguirle como demonios iracundos.

– ¿Cómo se encuentra esa joven? -preguntó Bond rehusando admitir la intranquilidad que le producía el encontrarse con el gran neurólogo.

– Sobrevivirá -declaró Molony, como si aquello fuera todo cuanto Trilby Shrivenham debiera hacer a partir de entonces.

– ¿Sólo vivir?

– No. Volverá otra vez al mundo normal, aunque tardará algún tiempo. Necesita tratamiento médico, descanso y grandes cantidades de cariño.

– ¿No ha dicho nada más?

– Hemos logrado situarla en un estado de equilibrio. Alguien, desde luego ella no, la ha hecho correr un grave peligro. La atiborraron de un cóctel que pudo causarle la muerte. Una mezcla de alucinógenos y de hipnóticos. Ese alguien hizo cuanto le fue posible para implantar en su mente ideas terriblemente complejas al tiempo que le administraba el tratamiento.

Según la descripción de Molony, Trilby estaba pasando por un proceso de creciente estabilidad.

– Pero todavía no está fuera de peligro -añadió, poniendo una mano sobre el hombro de Bond y guiándole por un pasadizo hacia la habitación en que la joven se encontraba-. A veces disfruta de una lucidez total. Esta mañana, por ejemplo, ha estado consciente durante casi veinte minutos. Débil, pero con la claridad mental suficiente como para recuperar la personalidad y reconocer a su padre. Este descansa ahora un poco. Ha llegado usted en el momento oportuno. -A continuación le dijo que el cerebro de la joven podía todavía ser influido-. Puedo situarla en una especie de crepúsculo, trasladarla de nuevo al mundo que conoció cuando empezaron a meterle esas ideas en la cabeza. Lo hice una vez, pero seria peligroso repetir el experimento. Cuando habla hallándose en dicha condición, es como si se escuchara lo que la Biblia llama posesión por un espíritu maligno. Un estado anímico, no desconocido para mí. Lo han sufrido pacientes cuyas mentes nunca fueron afectadas por otras personas. Incluso su voz suena rara. Asusta un poco oírla por primera vez.

– En efecto -asintió Bond-. Yo también la he oído antes de que la trajeran aquí. Me dio un escalofrío. Comprendo bien lo que dice usted sobre esos espíritus malignos.

La habitación era la típica de un hospital, con su suave olor a antisépticos, la bombona de oxígeno con sus diversos adminículos en un rincón; un lavabo, la persiana ante los cristales, y tendida en una pequeña cama la honorable Trilby Shrivenham, con su pálido rostro destacando apenas sobre la blancura de la almohada y con el gota a gota aplicado al brazo.

Una enfermera se levantó de donde estaba sentada junto a la cama. Molony hizo una señal con la cabeza y le rogó que le trajera diez centímetros cúbicos de algo que Bond no había oído nunca nombrar.

– Voy a reanimarla un poco para que pueda usted hablar con ella. Quizá responda a alguna pregunta, aunque no estoy muy seguro.

La enfermera volvió y empezó a preparar una palanganita curvada con todo lo necesario para la inyección. Al entregársela a sir James, éste le indicó que esperase fuera.

– Si lord Shrivenham regresa, no le deje entrar. El viejo tonto se metería aquí sin más ni más y empezaría a gimotear. -Miró a Bond con unas pupilas que parecían de cristal-. Es la última vez que hago esto por alguien -manifestó-. Va a ser un favor especial para M. Así que si quiere sacarle algo a esta joven aproveche la ocasión. Probablemente, cuando la devuelva al mundo real, habrá perdido todo rastro de su memoria subconsciente. -Se inclinó sobre Trilby y empezó a buscarle la vena en el antebrazo-. Vamos a ver qué ocurre -manifestó irguiéndose de nuevo luego de haberle puesto la inyección.

Bond llevaba en el bolsillo trasero del pantalón una grabadora Walkman Sony Profesional. La sacó y la puso sobre la mesilla de noche, tras de lo cual abrió la bolsita de fieltro que contenía un potente micrófono y el elevador de voltaje que enchufó en el lugar adecuado. Comprobó la cinta y puso en marcha el aparato.

– ¡Trilby! -casi gritó Molony- Despierte. ¡Trilby! Hay aquí alguien que quiere hablar con usted.

Ella se estremeció un poco, gruñó y empezó a mover la cabeza de un lado para otro sobre la almohada, como un niño inseguro de sí mismo que aún sigue bajo los efectos de un sueño, del que no acaba de despertar.

– Trilby -la llamó Bond con voz suave.

– Tendrá que mostrarse enérgico -le advirtió Molony mirándole desde el otro lado de la cama.

– ¡Trilby!

Esta vez los quejidos se hicieron más fuertes y los párpados de la joven se movieron. Enseguida aquella voz estremecedora que Bond ya conocía empezó a brotar de sus labios como si surgiera de lo más hondo del foco de maldad que le habían incrustado en el cerebro.

– «Los humildes heredarán la tierra» -pronunció. Pero no había ningún gozo en aquella promesa. Más bien sonaba como una amenaza.

– ¿Cómo va a ocurrir, Trilby? ¿Cómo será que los humildes heredarán la tierra?

– Los humildes… heredarán… heredarán… ¡heredarán! -la expresión de futuro quedaba subrayada por un gruñido sordo en un tono de voz que no era ni masculino ni femenino.

– ¿Cómo van a lograrlo, Trilby?

– Con la sangre.

– ¿La sangre?

Muy lentamente, como si las palabras le fueran extraídas una a una de la garganta, cual si lastradas por un peso enorme surgieran con dificultad del fondo de un abismo, continuó:

– «La sangre… la sangre… la sangre… de… los padres caerá… sobre los… hijos.»

– Continúe, Trilby.

Esta vez la joven empezó a hablar más vivamente, como si de pronto se hubiera librado de toda ligadura y las palabras surgieran sin reserva, a borbotones.

– «La sangre de los padres caerá sobre los hijos.» La sangre de las madres se derramará también. Y un imparable circulo de venganza empezará a girar.

– ¡Diga algo más! -le exigió Bond-. Cuéntenos más cosas. «Los humildes heredarán la tierra. La sangre padres caerá sobre los hijos…»

Ella tomó el hilo de la frase.

– También se derramará la sangre de las madres. Y un imparable círculo de venganza empezará a girar.

– Continúe.

Trilby gimió de nuevo, moviendo la cabeza de un lado para otro.

– ¡Vamos, Trilby, continúe! -le exigió a su vez sir James Molony.

– Los humildes heredarán. Los humildes irán a visitar al rey Arturo. -Al pronunciar estas últimas palabras la repugnante voz se quebró en una risa cascada-. Sí… -De nuevo aquella risa histérica sonó tenebrosa y aguda-. Sí. Los humildes irán a visitar al rey Arturo. Al rey Arturo. Al rey… Arturo -la voz continuó escuchándose mientras la respiración de Trilby se hacía cada vez más fatigosa y jadeante.

– Ya lo ha oído. -Molony se sentó junto a la joven provisto de una nueva inyección. Al cabo de unos minutos la respiración de Trilby se había vuelto normal otra vez y su agitación cesó-. ¿Ha sacado algo en limpio? -preguntó el doctor.

– Nada en absoluto -repuso Bond. Y tomando el Sony rebobinó la cinta. Hizo una breve comprobación de que la voz había quedado registrada y desconectó el aparato. No sentía deseo alguno de volver a escuchar aquellos sonidos que hubieran hecho contraerse de pavor a la persona más valerosa-. Nada en absoluto -repitió-. Lo llevaré a M y dejaremos el asunto a los expertos…, es decir, a menos de que usted opine algo en concreto.

El especialista movió la cabeza.

– Son palabras sin sentido -murmuró-. Palabras sin sentido, pero siniestras.

Bond utilizó el teléfono de uno de los pequeños despachos privados para marcar el número personal de M. No le repitió lo que habían hablado allí porque probablemente la línea no era lo suficiente segura y el enigma sobre el seguimiento de que había sido objeto entre Hereford y Londres seguía pendiente en el aire. En su camino hacia la clínica se había mostrado muy cuidadoso, pero no pudo detectar nada alarmante.

– Venga para acá enseguida -le ordenó M. Y añadió como si hubiera pensado repentinamente-: También Cowboy está de regreso. Mejor que deje su radio conectada en la frecuencia habitual por si tenemos que comunicarle algo. Quizá le digamos que haga un rodeo pasando por Berkshire. ¿Quién sabe?

Eran poco más de las cinco de la tarde cuando Bond se despidió de sir James, que fijó en él su mirada de águila, y una vez de regreso a su coche ajustó el receptor de onda corta a la frecuencia en que emitía el servicio.

Tres cuartos de hora después circulaba suavemente por las primeras calles de Londres con el M3, cuando la cháchara normal en aquella frecuencia de radio se alteró.

– Predator. Vamos, conteste. Oddball a Predator. Adelante.

Al reconocer su señal de llamada, Bond tanteó con calma bajo el tablero de mandos, buscando el micrófono pegado allí por contacto magnético. Una vez lo hubo sacado empezó a hablar tranquilamente sin poder prever lo que le esperaba.

– Predator. Aquí Predator. Adelante Oddball. Recibiendo con fuerza seis. Corto.

Estaba a punto de iniciarse en él cierto sentimiento de ansiedad.

– Predator, diríjase a Tango Seis. Urgente código uno. Magnum. Tres tablas y un atrapado. Los azules en camino.

Bond pronunció un seco «enterado» y apretó el acelerador al tiempo que escogía el camino más rápido hacia el refugio secreto de Kilburn, donde había dejado a Harriett Horner. «Tango seis» era la clave que le identificaba. «Urgente código uno» equivalía a incidente grave. «Magnum» significaba que se habían utilizado armas de fuego. «Tres tablas y un atrapado» se refería a tres muertos y un herido. «Azules en camino» era lo más explícito: la policía, probablemente miembros de la Sección Especial se encontraba ya allí.

Conforme zigzagueaba por entre el tráfico, Bond se preguntó si la bella Harriett Horner no figuraría entre los cadáveres. De algo estaba seguro: la muerte se había abatido sobre Kilburn en terrenos del Servicio de Seguridad. «La sangre de los padres», se dijo. Y añadió: «La sangre de las madres se derramará también.» En lugar se había cometido una traición. Primero, la persecución a que fue sometido al salir de Hereford; ahora el ataque a un refugio considerado hasta entonces como muy seguro.

9. El atrapado

En otros tiempos Kilburn, que ahora forma parte de la zona noroeste de Londres, era un lugar muy próspero. En la actualidad, la carretera de Kilburn tiene un aspecto bastante decadente. El priorato de Kilburn fue construido en el siglo XV, pero todo cuanto queda de él en Priory Road es una pequeña placa de cobre con el retrato de una monja. La iglesia actual se construyó a mediados del siglo XIX y ocupa una parte del espacio del antiguo priorato.

Si se tuerce hacia la derecha, saliendo de Priory Road, se alcanza Greville Mews, nombre que suena a mucho más de lo que es en realidad. El callejón no está bordeado de casas, sino de una sucesión de garajes de alquiler cerrados con llave. El ambiente del pequeño cul de sac una tarde cualquiera recuerda tiempos pasados. Algunas paredes exhiben antiguos letreros de esmalte que anuncian Castrol y Michelin y muchos de los coches conducidos ahora por satisfechos propietarios ostentan también la marca de la vejez.

Lo que ni siquiera saben los que alquilan los pequeños garajes es que cuatro de ellos son propiedad de la misma persona, pero quienes entran y salen de allí con sus vehículos y los manipulan y reparan en el mismo lugar son raras veces vistos por los habitantes del pueblo. Los cuatro garajes son contiguos y se encuentran en la parte trasera de una ruinosa villa victoriana. Están provistos de puertas que los comunican entre sí y hay dos puertecitas al fondo de los garajes del centro.

Quienes conocen bien cómo funciona todo aquello y tienen acceso a los locales, están en condiciones de operar unos pequeños paneles digitales que controlan una cerradura central situada a un lado de las dos puertas. Estas dan paso a una pequeña habitación de ladrillo. Una vez en ella y cuando se ha marcado la frecuencia correcta, otra puerta, esta de metal, se abre dejando expedita la entrada a la trasera de la villa victoriana. Tal es el acceso al refugio del Servicio Secreto. La puerta frontal de la villa está reforzada con acero por su parte interior y las personas a las que se ve salir y entrar son los cuidadores normales de la casa. Los visitantes realmente importantes entran por la parte trasera y raras veces son observados por alguien. El interior del refugio de Kilburn Priory no guarda relación alguna con los muros de piedra cuarteada y los ventanales con la madera medio podrida que se ven desde fuera. Las ventanas de la parte de atrás fueron cerradas con tablones hace ya mucho tiempo. La gente de los alrededores comenta que el propietario alquila un par de habitaciones por meses, pero que el resto de la casa se va desmoronando poco a poco.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Porque el interior ha sido reforzado, y al menos cuatro de las diez habitaciones tienen instalación a prueba de sonidos y pantallas acústicas que funcionan continuamente. Dispone de dos baños ultramodernos y de una buena cocina con nevera y frigorífico muy bien provisto, y tanto el salón como los dormitorios son muy cómodos, aunque no 1ujosos, pero tan buenos como los de un hotel de tercera.

Bond había llevado allí a Harriett bastantes horas antes aquel mismo día, pasando por los garajes. Los dos celadores le eran bien conocidos por haber participado en la declaración de un desertor celebrada allí mismo el año anterior. Sus nombres eran De Fretas y Sweeney, pero los llamaba con los nombres perrunos de Danny y Todd. Ambos figuraban como miembros perfectamente adiestrados del SAS 23 del ejército y cada año se les concedía un mes de permiso reglamentario como soldados eventuales. Habían completado también el curso para guardaespaldas especiales y, aunque muy inteligentes, poseían la necesaria dosis de suspicacia que los hacía ideales para aquel trabajo.

Inmediatamente se volcaron en su tarea de proteger a Harriett. Bond había averiguado que la joven habitaba en un bloque de pisos de Kensington, y tomó nota mental para enviar a una funcionaria femenina, en caso necesario, a recoger sus ropas o cualquier otra cosa que le fuera precisa.

Cuando Bond se hubo marchado, los celadores trataron a Harriett con una solicitud casi conmovedora, y con gran deferencia la llamaban señorita Horner, no tomándose ninguna libertad con ella, sino por el contrario asegurándose de que estuviera cómoda y de que dispusiera de cuanto necesitara.

La rutina variaba poco en el refugio. Uno de los celadores se instalaba en lo que antes había sido una amplia cuadra, ahora convertida en control de vigilancia y centro de operaciones. Se usaban seis pantallas para vigilar la calle y todo el conjunto de Greville Mews, mientras una serie de cámaras interiores podían detectar cualquier incidencia dentro mismo de la casa. Danny se hizo cargo del primer turno luego de la llegada de Harriett, mientras que Sweeney desenchufaba el monitor desde el que se tenía una perfecta visión del dormitorio que iba a usar la joven.

Horas más tarde, cuando Todd Sweeney se hizo cargo de la guardia, Danny se acercó a la tienda de periódicos paquistaní que se encontraba en la esquina para comprar un montón de revistas y algunos libros de bolsillo con los que la joven pudiera pasar el tiempo aparte de ver la televisión. Ante la divertida sorpresa de Harriett, le había llevado un libro de Judith Krantz y dos de Daniel Steel, autores que no eran precisamente muy de su agrado, porque Harriett prefería con mucho las obras de Deighton, Le Carré y otros por el estilo. Tampoco solía Leer la clase de revistas femeninas con las que la obsequiaron, aunque no lo quiso demostrar sino que, por el contrario, dio las gracias al agente y se las llevó a su habitación. A cosa de las seis menos cuarto, Danny entró para preguntarle si le gustaría tomar una taza de té en su habitación o si le haría el honor de tomarla con él. Harriett escogió esto último y los dos se instalaron en el cuartito de la planta baja contiguo a la cocina, que quedó así convertido en comedor. Fue allí donde Harriett descubrió que tomar el té significaba para Danny ingerir grandes tazas de un brebaje muy fuerte, acompañándolo con pedazos de salmón ahumado, mucha pimienta y vinagre, y pan y mantequilla con la que acompañar abundantemente el primero.

Arriba, en el centro de operaciones Sweeney pudo ver cómo un camión de Correos de color rojo se detenía frente a la casa, lo que le puso inmediatamente en situación de alerta.

Cuando se llevaba a la boca con el tenedor el primer bocado de salmón, el radio-teléfono portátil de cobró vida de pronto.

– Dan, hay un camión de Correos frente a la casa. Parece normal, pero no es ésta la hora adecuada para distribuir el correo o para que alguien traiga papeles del cuartel general.

Danny pulsó el botón de su radio para transmitir.

– Voy a echar una mirada -anunció secamente-. A lo mejor tiene algo que ver con nuestra visitante.

En aquel momento sonó el timbre en el vestíbulo y Danny, luego de haber sacado su pistola automática y mantenerla pegada a la parte posterior de su muslo derecho, se acercó a ver quién era el visitante. Sus palabras fueron:

– ¿Quién llama? ¿Eres tú, Brian?

La respuesta correcta hubiera debido ser: «Entrega especial para el señor Dombey.» A lo que hubiera replicado: «De acuerdo. Yo soy su hijo.» Porque tales eran las frases utilizadas como contraseña aquel día.

Pero en vez de ello, la voz del visitante le anunció:

– Traigo un paquete certificado. Viene a estas señas, pero no puedo leer el nombre del destinatario.

– Pues compruébelo y vuelva mañana por la mañana.

Mientras decía esto, Danny había quitado ya el seguro de la pistola y tenía levantado el cañón apuntando en dirección a la puerta. Daba tres pasos atrás cuando Sweeney gritó por el radio teléfono:

– ¡Cuidado, Dan! ¡Son cuatro! ¡Bajo en seguida!

En el momento en que Danny hacía señas a Harriett para que no saliera al vestíbulo, la primera descarga dio de lleno contra la puerta. Pero las balas rebotaron en dirección a los cuatro hombres reunidos en el pórtico, ya que la puerta estaba protegida por un fuerte blindaje.

Se escuchó un grito de dolor cuando uno de los asaltantes recibió el impacto de un proyectil en la cara. Se inició entonces una lluvia de furiosos hachazos que apenas si causaron desperfectos en la puerta.

– ¡Esto es como una caja fuerte! -gritó alguien en el exterior-. Recojan a ése. No hay modo de entrar aquí.

Sweeney, que había salido al rellano superior de la escalera, volvió a entrar como una flecha en el centro de operaciones con el fin de mirar por la pantalla desde la que se veía el pórtico, pero el visor había quedado inutilizado por la primera descarga. Golpeó el botón que ponía en marcha la alarma en la sala de operaciones de la Sección Especial de Scotland Yard y en seguida, volviendo a la escalera, gritó:

– ¡Cuidado, Dan! ¡No sé que están haciendo ahí fuera!

Pero era demasiado tarde, porque Danny, tras oír los apresurados pasos de los que se retiraban, apretó el dispositivo automático que descorría los seguros y, abriendo las puertas, salió al exterior sosteniendo la pistola con ambas manos a la manera preceptiva.

La descarga le dio de lleno en el pecho, arrojándole hacia atrás a lo largo del vestíbulo. Los dos asaltantes que se habían quedado ante la puerta se precipitaron al interior con sus mortíferas metralletas dispuestas para la acción.

Sweeney, que seguía en el rellano superior, apagó la luz de éste y mandó al otro mundo al primero de los atacantes, mediante dos disparos que le hicieron saltar la parte superior del cráneo. El segundo levantó su metralleta, pero en aquel preciso instante dos balas se incrustaron en su pecho. El arma estalló cuando su dueño incurría en una especie de cabriola macabra. Una lluvia de yeso se desprendió del techo.

No obstante las advertencias de Sweeney para que retrocediera, Harriett salió al vestíbulo y se apoderó de la automática del fallecido Danny. Los otros dos asaltantes estaban en la calle y uno de ellos, el herido por el rebote de la bala, estaba siendo ayudado por su compañero a entrar en el camión de Correos. Sweeney hizo un par de disparos hacia allá, aunque no con ánimo de dar en el blanco, ya que el hombre parecía ir desarmado, y pudo ver cómo los proyectiles traspasaban el costado del camión rojo, marcando en él profundos impactos.

El que seguía indemne soltó a su compañero, que se quedó gimiendo de dolor sobre el asfalto y saltó al vehículo, que puso en marcha atropelladamente, partiendo a gran velocidad. En la distancia se empezaban a oír las sirenas de los coches de la policía.

Para cuando Bond llegó al lugar del suceso, entrando precavidamente por la puerta trasera, los cuerpos sido retirados y el herido estaba siendo tratado en una sección protegida de la London Clinic, utilizada con frecuencia en casos de emergencia. Había aún dos coches de la policía en la calle, mientras en la sala de la mansión Bill Tanner y el superintendente jefe Bailey, que había iniciado todo aquel asunto el día anterior, repasaban las declaraciones de Todd Sweeney y de Harriett, que a Bond le pareció como sumida en un estado de inconsciencia. En el vestíbulo había un agente de la Sección Especial vestido de paisano, con un médico a su lado.

– He venido con toda la rapidez posible -explicó Bond dirigiéndose hacia Harriett y pasándole un brazo por los hombros-. ¿Está usted bien? -le preguntó.

Ella hizo una breve señal de asentimiento a la que siguió una valiente sonrisa que de pronto lo hizo cambiar todo para Bond. Pensó que si no tomaba sus precauciones podía verse demasiado atraído por aquella chica. Y semejante circunstancia no resultaba aconsejable, especialmente teniendo en cuenta que ella seguía siendo una incógnita dentro de todo aquel caso.

– Nos ha dado una descripción muy acertada de lo ocurrido -explicó Tanner en tono malhumorado-. Pero el refugio ha sido descubierto.

El de la Sección Especial tosió un poco.

– Descubierto sin remisión -añadió.

– ¿Y quién tiene la culpa? -preguntó Bond sin dirigirse a nadie en particular.

Tanner parecía seguir enfadado.

– Según M la tienes tú -respondió mirando fríamente a Bond. Los dos tenían una amistad que se remontaba a sus tiempos de la marina y no era muy propio de Tanner el mostrarse criticón-. Tú o esta joven.

– ¡No seas tonto! -profirió Bond.

– Es la opinión de M; no la mía. Aunque me da que pensar.

– No me siguió nadie cuando esta mañana traje a Harriett aquí. Nadie. Vinimos en un taxi y la hice caminar alrededor del bloque para asegurarme. -Se volvió hacia Sweeney- ¿Ha utilizado ella el teléfono?

Harriett exhaló un gritito de alarma.

– ¡James! ¿No irás a creer…?

– Lo ha hecho, ¿si o no?

– No -fue una negativa tajante-: Y aunque quisiera tampoco hubiera podido -añadió.

– Bien. -Bond se volvió hacia Tanner-. De modo que yo soy el culpable, ¿eh?

– Por el momento, sí.

– ¿Qué órdenes hay?

– Cuando hayamos terminado aquí se supone que te vendrás con el señor Bailey y conmigo. Hay que informar. Y la señorita Horner también. Los dos.

Bond frunció el ceño.

– El mensaje que recibí decía «Tres tablas». ¿Quiénes eran?

– Todd se cargó dos de los intrusos, que iban con monos negros y capuchas. Pero ellos acabaron con Danny de Fretas.

– ¡Oh, no!

– ¡Oh, sí! Esta noche vendrá un equipo. Lo estamos reseñando todo, y en la oficina se prepara un informe para la prensa.

– Me dijeron «Tres tablas y un atrapado». ¿Quién es este último? -preguntó Bond.

– Le interrogan abajo. Tiene un impacto en la cara. Dispararon a la puerta con una arma de grueso calibre. El proyectil y fragmentos de acero rebotaron, y fueron a dar a los atacantes. Uno de ellos salió malparado.

Bond estuvo pensando unos momentos en Trilby Shrivenham, recluida en la clínica.

– Bill. -Hizo seña a Tanner de que se acercara con él a un rincón-. Escucha: ¿dónde está el atrapado?

– En la London Clinic. Le tenemos allí bien vigilado.

– ¿Puedes hacerme un favor?

– Depende.

– ¿Qué tiene M contra mí? Sé sincero.

– Está convencido de que al traer aquí a la señorita Horner has puesto al descubierto este lugar. Primero obraste y luego preguntaste, James, y tú ya sabes lo que M opina de estas cosas. ¿Qué te has propuesto?

– Quiero intentar sacarle algo al atrapado. ¿Recibe visitantes?

– Le han extraído un montón de metralla y de astillas de la cara. Además, sufre una fuerte conmoción. Según los médicos mañana estará en disposición de ser interrogado.

– Pues yo quiero verle ahora.

– Me parece que no va a ser posible.

– Bill, créeme. M me envió a ver a sir James Molony y a escuchar lo que decía Trilby Shrivenham. Tengo las cintas grabadas. Pero me falta algo. Sólo necesito hablar cinco minutos con ese terrorista herido. Cinco minutos y luego volveré para enfrentarme a lo que sea. Tú puedes convencer a M, Bill.

– No lo sé. -Se encogió de hombros-. Bueno; con probarlo no se pierde nada. De acuerdo. Hablaré con él por teléfono. Pero no te puedo prometer que tenga éxito.

Todos se disponían a salir. Bond intercambió unas palabras apresuradas con Harriett conforme Bill Tanner se alejaba para hacer la llamada telefónica.

– Un pequeño consejo, Harriett. -Bond se había acercado a ella. Percibía el olor a cordita que exhalaba su pelo y notaba la enorme tensión a que estaba sometida-. Va usted interrogada por un experto del Servicio de Inteligencia muy astuto. Dígale la verdad, y todo acabará perfectamente.

Ella le miró esbozando una sonrisa.

– Haré todo lo posible. ¡Vaya día! No estoy acostumbrada a que me disparen dos veces en veinticuatro horas.

– Pocos de nosotros lo estamos. Y ahora, el consejo: ¿conoce a un hombre de la CIA llamado David Wolkovsky que trabaja en la embajada de Estados Unidos, de Grosvenor Square? Dígame la verdad.

No hubo vacilación alguna:

– Sí. Sí, lo conozco.

– Bien, ¿sabe ese hombre algo de la operación que lleva usted a cabo?

– Sabe que debía establecer un contacto. Y que tenía que protegerme en el caso de que se me presentara algún problema.

– No se engañe a sí misma, Harriett. Está metida en un buen lío. Ahora bien, cuando mi jefe la interrogue, no diga, repito, no diga que conoce a Wolkovsky. Porque cualquier amigo de éste es un enemigo de mi superior. Aparte de eso, cuéntele la verdad, como le advertí antes.

– Gracias, James. Trataré de recordarlo.

Parecía muy segura de sí misma y Bond observó que miraba algo por encima de su hombro. Al volverse vio a Bill Tanner.

– Tu deseo ha sido concedido. -Dirigió a Bond una sonrisa amistosa casi conspiratoria y añadió-: Pero dice que sólo cinco minutos y que luego te vayas directamente al cuartel general.

Bond hizo una señal de asentimiento.

– Nos veremos después.

Rozó con la mano el hombro de Harriett, ejerciendo con sus dedos una leve presión. En seguida salió a grandes pasos, encaminándose hacia la trasera de la casa y los garajes. Media hora después, tras haber estacionado el Bentley allí cerca, entró en la London Clinic.

El herido se hallaba en el tercer piso, en una zona privada y estaba vigilado por un anillo de guardaespaldas y policías. Un celador veterano llamado Orson lo controlaba todo. Reconoció a Bond inmediatamente.

– A los médicos no les gusta -empezó-. Pero M ha decretado que pase usted cinco minutos con el herido. Es todo cuanto puedo concederle.

– De acuerdo. Cinco minutos con ese hombre es todo lo que necesito.

Junto a la cama había un individuo armado que se levantó al verlos entrar.

– Quédese -le indicó Bond como al desgaire-. Sólo quiero comprobar una cosa.

Sacó su Walkman Sony Professional, cuya cinta había sido rebobinada, conectó el micrófono y lo puso al lado de la cama. El hombre tendido en ella era pequeño y delgado y tenía la cara cubierta por gasas y vendajes, excepto la boca y un ojo, cuya pupila se movía constantemente. Bond podía observar una expresión de miedo pintada en él. Por lo menos aquello era claramente visible.

Puso el Sony en situación de grabar, se hizo hacia adelante y empezó a hablar con los labios pegados a oído del otro.

– Escúcheme bien, amigo. Nada malo le va a pasar. He venido porque sé que los humildes heredarán la tierra.

El ojo se contrajo nerviosamente.

– No sé de qué me habla -susurró con un acento que parecía originario de algún lugar del Oriente Medio.

– Sí que lo sabe. Sabe que los humildes heredarán 1a tierra. Y que la sangre de los padres caerá sobre los hijos y también la de las madres. Y que de este modo se iniciará un círculo interminable de venganza.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó el herido con gran asombro-. ¿De modo que usted lo sabe?

– Claro que lo sé. Y ahora sólo quiero hacerle una pregunta.

– ¿Cuál?

– ¿Por qué los humildes visitarán al rey Arturo?

Se produjo un largo silencio y los movimientos del ojo parecieron calmarse.

– ¿Qué hora es, amigo? -preguntó el herido con voz ahora más serena.

Bond miró su reloj.

– Las nueve y media.

Los labios del hombre se curvaron en una leve sonrisa.

– Pues entonces ya es demasiado tarde para usted quienquiera que sea. Los humildes fueron a ver al rey Arturo a las nueve.

– Comprendo.

– Lo comprenderá más tarde. -La cabeza del hombre se movió unos milímetros de modo a poder fijar la mirada en Bond-. Lo verá y no lo verá. Los humildes heredarán la tierra y no sólo por ir a ver al rey Arturo.

Se volvió otra vez y cerró el ojo como un príncipe que diera por terminada su audiencia.

Bond apagó el magnetófono, hizo una seña con la cabeza a Orson y al otro individuo y salió del cuarto. A mitad del camino por el corredor oyó pasos apresurados tras él. Era Orson que le hacía señales para que se parara.

– Malas noticias, señor.

– ¿Qué hay?

– El viejo lord Mills.

– ¿Qué le pasa a lord Mills?

Todo el mundo en el país conocía y estimaba a lord Mills, fueran cuales fueran las diversas convicciones políticas. Lord Mills de Bromfield, antiguamente el señor Samuel Mills, había sido dos veces primer ministro. Era muy duro en sus críticas, incluso contra su propio partido si llegaba el caso. Su sabiduría y su carisma seguían conmoviendo a auditorios extensos aun cuando hubieran alcanzado ya la elevada edad de ochenta y siete años.

– ¿Qué pasa con lord Mills? -repitió Bond.

– Acabo de enterarme: ha sido asesinado.

– ¿Cómo?

– Y otras quince personas han muerto también. Me parece que ha sido una bomba.

– ¿Cómo? ¿Cuándo?

– Estaba en camino hacia un acto electoral en el West Country. Se paró en Glastonbury para estirar las piernas y charlar con unas cuantas personas que se habían reunido allí.

– ¿De modo que ha ocurrido en Glastonbury?

– Sí; ha sido terrible. Una verdadera carnicería.

Bond echó a correr hacia los ascensores repitiéndose el nombre de Glastonbury. Estaba claro que los Humildes habían llegado hasta el rey Arturo. La pequeña población de Glastonbury, con su gran montículo rocoso rematado por una torre, albergaba las ruinas de la abadía en la que se conservaba el arbusto espinoso que, según creencia popular, había brotado del bastón de José de Arimatea, el hombre en cuyo huerto creían los cristianos que había sido enterrado Jesucristo y desde donde resucitó. Era aquél el lugar que muchos estudiosos del tema de Arturo identificaban como la legendaria Avalón, en cuya abadía estaba enterrado el propio rey. Tuvo que ser allí precisamente donde el bienamado lord Mills muriera asesinado junto con otros varios inocentes. Conforme bajaba en el ascensor, Bond se sentía trastornado y como entumecido. ¿La sangre de los padres? ¿La inmensa rueda de la venganza? Los Humildes habían ido a donde estaba el rey Arturo para matar violenta y vengativamente.

10. En busca de los diablos

«Se hace difícil describir la carnicería que ha ocurrido aquí, en lo que antes era la plaza del mercado de esta tranquila y pacífica ciudad del West Country. La policía y los servicios de socorro están aún inspeccionando los destrozos, y en el momento actual la lista de bajas asciende a treinta heridos, diez de ellos graves, y a veinte muertos, entre los que desde luego se incluye a lord Mills. El primer ministro ha aplazado una reunión electoral que debía tener lugar esta noche con el fin de trasladarse aquí a Glastonbury y visitar después a lady Mills.

»Lord Mills inició su larga carrera política en 1920 al presentarse por vez primera al Parlamento y ser elegido miembro por…»

Bond apagó violentamente la radio del coche, poniéndola otra vez en onda corta y apretó el botón que daba paso a la frecuencia de escucha. Conducía con cuanta rapidez le era posible por entre el tráfico vespertino, mientras un centenar de preguntas se atropellaban en su mente.

Inevitablemente todo lo llevaba de nuevo a los inicios del caso. A la muerte de la joven Emma Dupré y a cuanto vino después. Enormes signos de interrogación gravitaban sobre muchas cosas, sin olvidar a los vehículos que le habían venido siguiendo cuando Pearly lo trajo desde Heresford. Alguien debió de saber exactamente dónde se encontraba, del mismo modo que alguien supo también cómo se había llevado a Harriett al refugio de Kilburn Priory, que a partir de entonces habla dejado de ser secreto.

Se preguntó si sería Pearly. Desde luego podía haber revelado a alguien el viaje a Londres, pero ¿qué habría sacado con ello? Había sido un trayecto plagado de peligros, tanto para el sargento como para él mismo. En cuanto a Harriett y el refugio secreto tendría que comprobar si Pearly encajaba en el esquema…; es decir, si conocía la existencia de la casa, la de Harriett y el hecho de que la joven se guareciera allí.

Esto último le pareció improbable. Sólo unas cuantas personas lo sabían, y si es que se habían valido de un agente infiltrado -no quería llamarle espía-, esa persona debería ser alguien muy concreto. Porque hubiera tenido que enterarse de lo del viaje desde Hereford y también dónde había sido alojada Harriett. Y a su modo de ver, los únicos que encajaban en ello eran M, Bill Tanner, la señorita Moneypenny y él mismo. ¿Y David Wolkovsky? Estuvo dudando. El agente de la CIA en Londres casi nunca se perdía nada. Podía ser posible. Pero Bond siguió dudando de ello.

Se las arregló para alejar de su mente otros pensamientos perturbadores, como el horror de Glastonbury y el hecho innegable de que por lo menos dos personas sabían que el hecho iba a suceder, aun cuando en el caso de Trilby Shrivenham la idea sólo se alojara en lo más profundo de su subconsciente. Bond no dudaba en absoluto de que el autor de aquella atrocidad era el padre Valentine Vladimir Scorpius, a través de la Sociedad de los Humildes. En cuanto al motivo, tratábase de otra cuestión.

La sede central parecía puesta en pie de guerra. M, sentado tras su mesa, tenía la cara tensa y la mirada triste y fatigada como la de un hombre a punto de sufrir un ataque de nervios. Estaban esperando que los informes más recientes llegaran desde Glastonbury en la región de suaves colinas que forma la región de Somerset.

– ¿Está usted totalmente seguro de que nadie le siguió cuando trasladó a esa chica al refugio de Kilburn? -preguntó M por enésima vez.

– Totalmente, señor. Ya se lo he dicho. Me declaro culpable de haber llevado a la señorita Horner a Kilburn sin autorización. De actuar primero y de pedir permiso después. Pero me sentía muy preocupado por su seguridad.

Estaba convencido de haber obrado bien, pero sabia que en su oficio nada es totalmente cierto y como decía aquel viejo proverbio italiano: «El que más sabe menos cree.»

– ¡Hum! -gruñó M-. Le he dicho a Wolkovsky que venga otra vez desde Grosvenor Square -anunció casi como si hablara consigo mismo-. Hasta aquí parece que su señorita Horner es lo que nos ha dicho y persona de confianza. Pero hay algunos detalles que me siguen preocupando.

– Dos de ellos me preocupan también a mí, señor.

Bond no había explicado todavía a su superior lo de Trilby y el miembro superviviente del asalto a la casa en Kilburn.

Estaba a punto de poner en marcha el magnetófono cuando entró Bill Tanner utilizando su puerta particular.

– Dentro de dos minutos darán información completa y detallada por todos los canales.

Atravesó la habitación hacia el pequeño televisor portátil que había sido instalado en el despacho. La cuestión debía ser grave para que hubiera allí un televisor porque M mostraba una gran aversión hacia dicho medio. Lo mismo le pasaba con las computadoras, pero éstas le habían sido impuestas por la fuerza, lo que no ocurría con la televisión.

Las escenas que aparecieron en la pantalla mientras iba informando detalladamente de los daños causados por la bomba eran espeluznantes. La zona alrededor del mercado de Glastonbury estaba tan destrozada como si una gigantesca máquina demoledora hubiera excavado un cráter en medio de la carretera. Veíanse por doquier grotescas piezas retorcidas de metal que antes fueron vehículos. Algunas de las viejas casas tenían sus fachadas derruidas, mientras otras habían escapado con sólo desperfectos en las ventanas. Los explosivos no conocen las leyes naturales en un espacio abierto. Una persona puede encontrarse próxima al centro del desastre y o bien resultar hecha pedazos o sobrevivir aunque quede sorda y desnuda. Una explosión puede arrancar las ventanas de una casa dejando intacto el resto, mientras la estructura vecina se desploma.

Las cámaras recorrían las calles bañadas por la luz de los enormes focos colocados por los servicios de emergencia, mostrando tan pronto una mancha de sangre como un bolso de mujer o un zapato tirado en lo que antes sido la alcantarilla. El cruce del mercado había desaparecido por completo.

El comentario hablado fluía sin interrupción. Lord Mills -Sam para sus muchos amigos- viajaba en un Rover con chófer, y en su programa figuraban tres paradas: una en Shepton Mallet, otra, dando un rodeo, en Glastonbury para dirigirse después al lugar de acto en favor del candidato del Partido Conservador en Wells. Por unos momentos Bond no pudo menos de admirarse por el hecho de que aquel anciano viajara todavía de un lado a otro y hablara en público como si fuera un joven. Shepton Mallet es conocida por su prisión militar; Glastonbury por las ruinas de su abadía y por su supuesta conexión con el legendario rey Arturo, y Wells por su hermosa catedral. Las visitas y discursos habían quedado planeados sólo cuatro días antes. Quienquiera que hubiese decidido acabar con Mills había escogido para cometer su crimen una de las ciudades más pacíficas de Inglaterra. Todo aquel asunto era una auténtica salvajada considerando la víctima elegida y el lugar del atentado, sin mencionar a las víctimas inocentes.

Una densa muchedumbre se había reunido allí para ver al famoso anciano. Un coche de la policía local había salido al encuentro del Rover a dos millas de Glastonbury, relevando al que venía de Shepton Mallet. La comitiva había entrado lentamente en la ciudad mientras los escasos agentes de servicio contenían a los curiosos que intentaban acercarse al vehículo. Todo se había desarrollado dentro de un ambiente jovial, y en modo alguno, la policía hubiese podido sospechar que Sam Mills fuera la víctima escogida por los terroristas.

Los coches se habían detenido finalmente junto al cruce del mercado, estando toda la zona acordonada por la policía, y la muchedumbre formó un circulo alrededor de los vehículos. Un agente ayudó al anciano político a salir del Rover y después de haberse cerrado la portezuela tras de él y se erguía para asumir su esbelta actitud familiar, con una mano en el bastón, la otra levantada en ademán de saludo y el rostro distendido en una sonrisa, parte de la muchedumbre saltó por los aires casi arrollando al coche, mientras una bola de fuego surgía en el centro de la explosión, desplazándose primero hacia adelante y luego hinchándose hacia fuera. Todo había sido captado por las cámaras, con lo que el público no se perdió ni un detalle.

– ¡Dios mío! -exclamó M por lo bajo-. Ha sido obra de verdaderos diablos. A veces pienso que esa gente hace estas cosas sólo por ganas de causar estragos.

Aunque con el paso de los años tanto Bond como Tanner habían visto carnicerías y destrozos de todo género, ambos se sentían trastornados.

Cuando todo hubo pasado, los tres hombres sufrían una visible alteración. M se sobresaltó al sonar el timbre del intercomunicador; pronunció unas palabras, escuchó y volvió a hablar.

– Mándele entrar enseguida -ordenó por el micrófono y, luego de haberlo colgado, miró a Tanner y a Bond-. Bailey, de la Sección Especial, está aquí. Dice que tiene información urgente para nosotros.

El superintendente jefe mostraba el mismo aire afligido que parecía afectarlos a todos. M le indicó un asiento.

– Nadie se ha responsabilizado del hecho -declaró Bailey con aire fatigado-. Todavía no sabemos cómo ha sucedido. Ninguno de los grupos terroristas ha dicho una palabra por teléfono y ni siquiera se han recibido las consabidas llamadas falsas. Por regla genera alguien comunica con nosotros en el plazo de una hora. Es preocupante. Si quieren que les diga la verdad, no creo que se trate de un acto aislado.

– Yo puedo decirles quién lo hizo -anunció Bond voz tranquila-. Lo que quisiera saber es cómo lo llevaron a cabo. Esa bomba ¿fue arrojada, disparada o colocada de antemano?

– ¿Quién lo hizo? -preguntaron a un tiempo M, Tanner y Bailey.

– Estaba a punto de pasar un par de cintas para M, cuando dieron la noticia por televisión.

M tenía un aire irritado.

– ¿Por qué no lo dijo antes, Bond? Su información es esencial para iniciar las investigaciones.

– Lo han hecho los de la Sociedad de los Humildes -declaró Bond escuetamente.

Todos escucharon mientras en el magnetófono iba sonando la infernal voz de Trilby Shrivenham al proferir su extraña y maléfica profecía. A ello siguió la conversación de tono más concreto con el herido en el asalto a la casa de Kilburn.

– Este sabia, o mejor dicho, sabe, muchos más detalles y se le debe hacer cantar -opinó luego de haber pasado las dos grabaciones-. Lo de Trilby es diferente. Porque en ella habla sólo su subconsciente.

Continuó explicándoles lo que Molony le había manifestado sobre la posibilidad de que Trilby no estuviera en condiciones de recordar nada, una vez le eliminara la sobredosis de drogas aún presente en su organismo.

– Si han sido los Humildes debemos iniciar nuestras operaciones enseguida -declaró M sin traza alguna ya de mal humor-. Lo mejor será actuar de manera combinada: la Sección Especial, la policía, nosotros y los Cinco.

– Y los norteamericanos, señor -añadió Tanner-. Porque ese Valentine está siendo buscado por nuestros queridos primos. Es, pues, razonable que también participen. Al menos así lo creo.

– Supongo que no queda más remedio. Sí. Aunque ya saben ustedes mi opinión sobre…

Todos estaban seguros de lo que iba a decir, pero el teléfono lo interrumpió. Tomó el instrumento, escuchó las palabras de Moneypenny y exclamó:

– ¡Ah, sí! Comprendo. Póngame con él, por favor.

Su tono era ahora distinto. Bond y Tanner cambiaron una mirada, y Bailey levantó las cejas. La conversación continuó durante seis o siete minutos. Nadie abrigaba duda alguna respecto a la identidad del comunicante.

– Sí, señor primer ministro, sí. Creo que sabemos algo. Pero se trata de un asunto muy complicado… Desde luego…, sí, por supuesto… La acción se iniciará en seguida e informaré a medianoche. Muy bien. Ahí estaré, señor primer ministro. -Colgó el auricular, miró a su alrededor airadamente, casi con una churchilliana expresión de beligerancia y anunció-: Era el primer ministro. – Tanner disimuló un resoplido de burla ante aquella declaración de lo que era evidente. Pero M estaba hablando otra vez sin permitir que nadie metiera baza en el tema-. Vamos a organizar una operación conjunta. Aun cuando nos encontremos en plenas elecciones generales, el primer ministro va a reunir al COBRA. Estaré allí a medianoche.

El COBRA es un comité especial que toma su nombre del Cabinet Office Briefing Room, o Departamento de Información del Consejo de Ministros y que consta normalmente del ministro del Interior como presidente, el secretario del Cabinet Office y varios miembros más, en su mayoría representando a los ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores, al M15, al Servicio de Inteligencia, a la Policía Metropolitana y al Ministerio de Defensa. Posee atribuciones para asimilar a miembros de otros departamentos o servicios, en especial cuando el comité se reúne para tratar de alguna amenaza terrorista.

– Como aquí intervienen también intereses norteamericanos -continuó M-, propongo operar en combinación con nuestro primo Wolkovsky. Así no nos causará problemas. Y como al parecer tenemos ya todas las pistas voy a pedirle, Bond, que siga la de ese peligroso y malvado Valentine o Scorpius y descubra su nido de serpientes asesinas: los miembros de la Sociedad de los Humildes. Puede pedir cuanta ayuda desee. No insistiré lo suficiente en que se trata de una designación a la desesperada.

– ¿Por dónde empiezo, señor? Ni siquiera sabemos cómo llevaron a cabo el hecho.

Miró a Bailey, quien se limitó a encogerse de hombros y a explicar que el forense y sus ayudantes estaban allí junto con el C13; o sea, el escuadrón antiterrorista. En cuanto hubiera más noticias las comunicarían.

– Ya han visto las grabaciones de la tele -añadió-. Cuentan todo lo que ya sabemos. En estos momentos están siendo sometidas a análisis.

– Mire hasta debajo de las piedras -insistió M, hablando con Bond un poco impetuosamente-. Llévese a quien quiera. Pero por el honor del servicio y también del país acabe con ellos ¿me ha entendido?

Bond se dijo que también por los millones más que representaría en el voto secreto. Pero luego se sintió avergonzado por semejante idea. Porque M era un funcionario eficiente, capaz de dejarse hacer pedazos por su país. Aquella acción terrible de matar a un anciano político, querido y respetado por todos y a un grupo de inocentes espectadores, estaba siendo interpretado como posible inicio de una serie de atrocidades aun mayores o quizá de una campaña en toda regla encaminada a perturbar las elecciones generales. Cualesquiera que fuesen los otros motivos que impulsaran a M, no cabía duda de que su preocupación principal consistía en arrancar de raíz y destruir aquella fuente de maldad que se había instalado en el país bajo el disfraz de una organización moral, religiosa y amante de la paz.

– ¿No ha vuelto todavía Pearlman, señor? -preguntó Bond.

M hizo una señal de asentimiento.

– Sí, pero aún no he escuchado su informe.

– ¿Me lo puedo llevar como ayudante?

Sabía que aquello podía comportar un peligro porque no lograba descartar por completo la idea de que Pearlman no fuera trigo limpio. Pero a su modo de ver, siempre es mejor no perder de vista a aquellas personas en las que no se confía de manera total.

– Sí, pero luego de que hayamos escuchado lo que ese hombre tenga que decirnos.

– También me gustaría contar con la señorita Horner como representante de Estados Unidos. Al parecer lleva algún tiempo metida en este asunto.

Harriett era también una incógnita. Pero se dijo que igualmente, en este caso, era mejor tenerla cerca, observarla, vigilarla y permanecer alerta. No pudo menos de recordar que, de un modo harto extraño, Harriett Horner estaba influyendo de un modo alarmante en sus emociones.

– Sí; en efecto -concedió M, distraído-. Muy bien, Bond; pero tenga cuidado. He visto los informes del interrogatorio y su expediente personal… Wolkovsky me lo ha permitido. Es muy buen agente, pero debemos contar con el permiso de sus superiores. Si éste se obtiene, no hay inconveniente en que se la lleve.

Conforme M alargaba la mano de nuevo hacia el teléfono, Bailey preguntó si se podía retirar.

– Le llamaré en cuanto tenga alguna noticia importante, señor -afirmó.

M le despidió con un ademán casi arrogante, pero luego, como si hubiera cambiado de opinión, levantó una mano y dijo:

– Todavía no sé si Pearlman tiene algo interesante para nosotros; pero a la vista de las cintas que ha traído el comandante Bond, y que constituyen suficiente evidencia con respecto a esos Humildes, creo que se debería enviar a unidades de la sección de forenses y de indagaciones al lugar del suceso a Manderson Hall. ¿Puede usted ocuparse de ello o prefiere que sea yo quien hable con el comisionado?

– Lo puedo hacer yo mismo. Déjelo de mi cuenta.

M se volvió hacia Bond en cuanto la puerta se hubo cerrado tras del hombre de la Sección Especial.

– Voy a comunicar con Wolkovsky y luego haré entrar a Pearlman.

Wolkovsky había salido ya de la embajada y estaba camino hacia Regent's Park, por lo que M dio instrucciones a Moneypenny para que le comunicara su 11egada seguida.

– Entretanto voy a hablar con el sargento Pearly. Ya lleva demasiado tiempo esperando.

Pearly Pearlman tenía un aspecto de lo más desastrado. Llevaba cuarenta y ocho horas sin afeitarse y su traje parecía más el de un vagabundo qué el de un sargento del SAS.

– ¡Diantre, amigo! ¿Suele presentarse así a informar ante su superior en Hereford? -M pronunció aquellas palabras con un toque del viejo lobo de mar que había sido en otros tiempos. Un antiguo marinero había contado cierta vez a Bond que «aquel hombre aterrorizaba a quienes se presentaban ante él». Y que solían llamarle «la pesadilla del culpable».

Pero aquella observación entró a Pearlman por un oído y le salió por otro, igual que el agua resbala por el cuerpo de un pato.

– Bueno, jefe: a veces no hay más remedio… Ya me entiende usted.

– Pues temo no entenderle.

– Escuche, jefe: me han metido en esto por la fuerza. Desde luego dije a mi superior aquí que no me importaría ayudar, pero que no esperaba tener que pasarme medio día de pie vigilando el lugar. Me he puesto así por tener que ocultarme entre los setos y confundirme con el paisaje. Luego me mandaron venir y he estado esperando en esa especie de celda acolchada durante no sé cuánto tiempo.

– Bien, bien -M frunció el ceño-. Olvídelo. En cuanto acabemos de hablar sugiero que vaya a adecentarse un poco. Y ahora diga: ¿tiene algo interesante que comunicarme?

Pearly adelantó las manos ante sí y las movió en vaivén al tiempo que decía:

– Algo; pero no mucho.

– Bueno, pues empiece.

– Investigué el lugar lo mejor que pude. Tuve que forzar una ventana en la parte trasera de modo que si alguien pregunta quién lo hizo pueden decir que fui yo. No he dejado huellas, de eso estoy seguro, ni he estropeado nada que pudiera utilizarse como evidencia. Puedo afirmar una cosa: esa gente sabía que tenía que marcharse. Lo habían planeado de antemano, a mi modo de ver, desde varios días antes. La casa estaba limpia como una patena, según decía mi madre. Todo perfectamente ordenado. Todo en su sitio. Las camas hechas, las papeleras vacías, y también los cubos de la basura. Ni un papel por los suelos. Ni unos pantalones tejanos ni una camisa, ni siquiera un par de calzoncillos viejos. Lo habían baldeado todo a conciencia y se marcharon dejando el lugar como si nunca hubiera habitado nadie allí.

Mientras Pearlman pronunciaba su pequeño discurso, Bond volvía de vez en cuando la cabeza para ocultar una sonrisa. No abrigaba duda alguna de que el sargento estaba dando una imagen muy precisa del estado en que había encontrado Manderson Hall, intercalando de vez en cuando alguna expresión de tono marinero para agradar a M.

– Comandante Bond.

– Diga, señor.

– ¿Quiere hacer alguna pregunta al sargento Pearlman?

– ¿Dejaron huellas de neumáticos? ¿Alguna señal del modo en que se fueron de allí?

Pearlman hizo una señal de asentimiento.

– Sí. Había huellas de neumáticos en la parte trasera del edificio pero los coches…, a mi modo de ver unos cuatro, así como un par de furgonetas, se marcharon vacíos. De todos modos, no había sitio en los vehículos para tanta gente.

– ¿Dice que se marcharon vacíos?

– Sí; las huellas no eran profundas, como las que dejan los vehículos cuando van cargados.

– ¿Cuánta gente cree usted que había en aquella casa?

– Entre ciento cincuenta y doscientas personas.

– ¿Cómo lo ha averiguado?

– En primer lugar conté las camas. Las había dobles y sencillas. Pero como ya he dicho, estaban perfectamente hechas y limpias. Todo ordenado como en un barco.

– Bien, bien.

Bond dirigió al hombre del SAS una mirada indicadora de que a su modo de ver estaba abusando un poco de los términos náuticos.

– Aun cuando las camas queden hechas y ordenadas, por regla general se puede saber si se ha dormido en ellas, digamos durante una semana. Es decir, a menos de se hayan cambiado todas las sábanas… Pero a veces los que llevan prisa no se detienen en ese detalle, aun cuando hayan dejado el resto bien limpio, quitado hasta la última brizna de papel y arreglado los libros, los platos y demás. Se puede hacer todo eso y no cambiar las sábanas. Así pues, examiné las camas y llegué a la conclusión de que aquellas sábanas habían sido utilizadas durante tres o cuatro días recientemente.

– Bien -aprobó Bond haciendo una señal de asentimiento-. ¿Cuánto hacía, pues, que se marcharon?

– Un par de días, a mi modo de ver. Probablemente las cosas pesadas se las llevaron antes. Y luego fueron saliendo en grupos de dos y de tres. Nada de aglomeraciones ni de prisas. Seguramente los recogieron luego en coches o en furgonetas. Estuve hablando con la gente de la taberna local…, o mejor dicho, me dediqué a escucharlos. Estoy seguro de que obraron así. Salieron por las buenas encaminándose hacia algún punto de reunión o hacia un lugar de partida para otras operaciones.

La enormidad de lo que había estado contando Pearlman afectó profundamente a Bond.

Por su parte, M dejó escapar un gruñido.

– ¡Dios nos asista! -exclamó.

– ¡Amén, jefe! -subrayó Pearlman.

El teléfono volvió a sonar y M trasmitió unas cuantas instrucciones en voz baja. Luego dirigióse a Bond:

– ¿Quiere dar sus órdenes al sargento?

– No puedo hacerlo, señor. Primero tengo que preguntarle si las va a aceptar.

– Bien…, bien, pero dese prisa porque Bailey ha regresado y nuestro amigo está esperando.

– Pearly -empezó Bond sonriendo al hombre del SAS-, ¿quiere continuar ayudándonos?

– Si me necesitan, desde luego.

– Pues entonces lo espero mañana por la mañana a las nueve en punto. -Le indicó un lugar cerca de su piso en las proximidades de King Road-. Volveremos a investigar la casa de Pangbourne.

– Allí estaré, jefe. ¿Es eso todo?

Bond hizo una señal de asentimiento mientras M levantaba una mano señalando la puerta.

– Primero que pase Bailey -dijo M una vez Pearlman se hubo marchado-. Según dice, tienen pruebas de cómo se cometió el atentado. Posee un vídeo. Parece que se lo han mandado para acá, porque él no ha salido del edificio.

Bailey parecía más afectado aún que antes. Llevaba un aparato de vídeo que colocó junto al televisor de M.

– Hemos pasado la cinta con lentitud y nuestros especialistas consiguieron ampliar la escena concentrándose en la parte principal.

– ¿Y qué más? -preguntó M, que había estado mirando la instalación del aparato con cierta suspicacia.

– Creo que debe verlo por si mismo, señor. Esta es la cinta original. -Apretó el botón de funcionamiento y la escena que tanto los había trastornado la vez anterior volvió a aparecer en la pantalla: los coches acercándose a la entusiasta multitud, el anciano político ayudado a apearse saludando con la mano y sonriendo. Luego el súbito estallido de la explosión.

– Y ahora quiero que vean esto -anunció Bailey.

Volvió a apretar el botón de funcionamiento. Ahora pareció como si hubieran tenido una cámara enfocada sobre un pequeño sector de los espectadores que se apretujaban para ver mejor. A cámara lenta, la capota del Rover apareció en la pantalla.

– Miren a ese joven que lleva un anorak verde -indicó Bailey casi en un susurro.

Le vieron perfectamente. Era un joven de cabello oscuro, que a juicio de Bond, tendría unos treinta años, pero no más. De repente, al lento movimiento de la proyección, pudieron ver cómo el joven se echaba hacia adelante, casi abalanzándose sobre la capota del coche. Al hacerlo se metió una mano bajo el anorak y al instante saltó en pedazos desapareciendo en medio de una inmensa bola de fuego, carne, huesos y sangre, desintegrándose en el aire.

– ¡Dios mío! -exclamó M, incorporándose en su asiento-. ¡Dios mío! Ese individuo se ha hecho explotar a sí mismo. ¡Es horrible, horrible!

– Horrible pero cierto, señor -expresó Bailey casi en un murmullo-. Lo ocurrido en Glastonbury no ha sido otra cosa que la explosión de una bomba humana al lado de Sam Mills.

Volvió a pasar la escena. Y esta vez Bond casi estuvo a punto de vomitar.

– ¡Hay que ir por ellos, James! -exclamó M con los dientes apretados-. Es preciso atraparlos. Matarlos, borrarlos de la faz de la tierra si es preciso. Si así sucede, negaré haberlo dicho. Pero ahora salgan y localicen a esos diablos.

11. «Llámeme Harry»

El zumbido del radiodespertador se introdujo en lo más hondo de su sueño como el cuchillo de un criminal. James Bond abrió los ojos súbitamente con todos sus sentidos aguzados al iniciarse el nuevo día. Podía oír la voz de su ama de llaves May, que se afanaba en la cocina. Sintió la tentación de permanecer tendido unos minutos más, si no por otra cosa, para compulsar datos y una vez combinados con su intuición, establecer un orden en su mente. Pero podía hacerlo igualmente mientras llevaba a cabo sus ocupaciones matinales. En aquel momento eran las siete y media.

Como siempre que se hallaba en su piso, el ritual de Bond por las mañanas no cambiaba casi nunca. Una vez hubo saltado de la cama, practicó veinte lentas flexiones de brazos y luego, rodando sobre sí mismo para ponerse de espaldas, empezó una serie de levantamientos de piernas que continuaron hasta que, como alguien anotó cierta vez en un archivo confidencial, «su estómago empezó a lanzar gritos». Una vez de nuevo en pie, se tocó las puntas de los dedos veinte veces antes de encaminarse hacia una ducha todo lo caliente que podía soportar, seguida de un giro del grifo para ponerla al máximo de frío hasta que el chorro helado le cortó la respiración.

May conocía sus costumbres y comprendió en seguida que aquél no era un día para mucha charla. Le sirvió su café De Bry y un huevo que había hervido exactamente tres minutos y un tercio, puesto en su huevera azul oscuro con el borde dorado. Junto a la tostadora se encontraban la acostumbrada mantequilla Jersey, de un amarillo oscuro, y los tarros de mermelada Tiptree Little Scarlet Cooper's Vintage Oxford, así como la miel de helecho noruego. Como de costumbre, el desayuno era su comida favorita, que convertía en un verdadero placer siempre que estaba en casa. Aparte de dar alguna que otra señal de su presencia, Bond hizo caso omiso de May, que volvió a su cocina riéndose interiormente de la mala costumbre de su pupilo de volver a altas horas de la madrugada para levantarse a la mañana siguiente con un horroroso dolor de cabeza. Porque la noche anterior Bond había llegado muy tarde. Después de haber visto el impresionante vídeo con el asesinato de lord Mills, se había trazado el primer esquema de lo que haría para localizar a los Humildes y a su guru. Luego asistió a la entrevista con Wolkovsky, ya que M había insistido en que también estuviera presente, lo que producía siempre una situación difícil. Porque Bond estaba en muy buenas relaciones con David Wolkovsky, mientras que el miembro de la CIA era insoportable para M.

La reunión fue muy fría y M presentó una queja formal concerniente a la señorita Horner, agente encubierto de la Oficina de Impuestos de Estados Unidos, al tomar parte en una operación no autorizada dentro de territorio británico. M adoptó un aire de gran rigidez, mientras Wolkovsky intentaba mostrarse relajado y natural.

– Señor, permítame decirle que nada tengo que ver con una operación montada por la Oficina en este país. Está usted dando palos de ciego. Si existe alguna queja formal, deberá presentarla a través de nuestro embajador en la Corte de St. James, y no de mí.

– Creo que vale más ahorrarse esa gestión -indicó M sin dejarse convencer.

– Magnífico, señor. Se evitará un enorme papeleo.

– ¡Al diablo con los papeles, Wolkovsky! Los conozco a ustedes bien y sé que puede contactar con la Oficina en Estados Unidos en sólo dos minutos si considera que el asunto vale la pena.

Wolkovsky extendió las manos.

– ¿Es eso lo que quiere que haga?

Luego de una larga pausa, M respondió:

– Sí. -Otro silencio-. En cuanto a ese canallesco ataque terrorista…

– ¿El asesinato de Sam Mills? He oído los comentarios. Canallesco es la expresión más acertada.

– Existen algunas pruebas de que hay un norteamericano involucrado en ello.

– ¡No es posible!

– Sí, un norteamericano. -M miró fijamente al funcionario de la CIA. Su cara estaba tan pétrea como las talladas en el monte Rushmore-. Tengo pruebas de esa conexión que pienso presentar en la reunión del COBRA convocada para esta medianoche. Y también voy a pedir que usted, como jefe de sección de la CIA en este país, colabore con el COBRA.

– Bien…

– ¿Está dispuesto a ello? Tengo que preguntárselo, porque nadie tiene derecho a obligarle. Añadiré que en nuestra opinión, el suceso de Glastonbury es sólo el comienzo de un ataque a la desesperada.

Con voz tranquila, Wolkovsky afirmó que ayudaría en cuanto le fuera posible. Le permitieron utilizar un teléfono privado y de entera confianza para que pudiese hablar largo y tendido con Washington y obtener el permiso de, primero servir en el COBRA y, segundo, de permitir que Harriett Horner formara parte en una operación secreta llevada a cabo por los ingleses. M no iba a dar detalles precisos pero Wolkovsky, no abrigaría ninguna duda de que la operación sería llevada conjuntamente por la Sección Especial, la Policía Metropolitana, el SAS, el M15, la muchacha de la Oficina de Impuestos y la propia organización de M.

Mientras el norteamericano hacía su llamada, M explicó a Bond con cierto aire satisfecho:

– Me he abstenido de decir a Wolkovsky que usted se encontrará en el punto de partida por delante de todos los demás. Como conozco el modo de trabajar del COBRA le aseguro que pasarán toda la noche en vela y que no alcanzarán ninguna decisión hasta mañana ya tarde. Para entonces espero que usted haya ya conseguido resultados positivos.

Bond no dijo que él también necesitaría dormir un poco aunque empezó a poner manos a la obra en cuanto Wolkovsky estuvo de regreso con la noticia de que todo había sido aceptado por Washington.

– Ya están enviando un télex en clave confirmando su aprobación para que la joven Horner trabaje con ustedes -anunció Wolkovsky. Y volviéndose hacia Bond añadió-: Tiene suerte: esa chica es un bombón.

– Cuando dije que usted ya sabía lo que pasaba tuve razón -manifestó M con una cara que hacia evocar la inmensidad de Siberia o, mejor aún, el campamento número diecinueve de Lesnoy en el llamado Dubrovlag.

– ¡Okey! -exclamó Wolkovsky hundiéndose en un sillón y estirando sus largas piernas. Bond se dijo que aquel hombre debía resultar muy atractivo para las mujeres, con su alta estatura, sus modales engañosamente tranquilos, su rostro bronceado, su pelo decolorado por el sol, sus asombrosos ojos azules muy parecidos a los de Bond y sus labios casi siempre entreabiertos en una permanente sonrisa. Nada parecía afectar a David Wolkovsky.

– Usted gana -reconoció levantando ambas manos-. Pero yo no tomé parte en el asunto, si bien toda esta condenada cuestión pasó por mi despacho. Si quiere que le diga la verdad, advertí a la Oficina de Impuestos que se procurase el permiso de ustedes. Pero es evidente que no lo hicieron. Vi el expediente de la Horner cuando 11egó al país. ¿Quiere que hable con el embajador?

– Dejémoslo por el momento. -M dirigió a Bond la más autoritaria de sus miradas-. Lo que importa no es que Wolkovsky esté presente, sino que el santo y seña para su operación es «Harvester», y que espero que la «cosecha» sea buena. Y ahora llévese abajo al señor Wolkovsky para que vea a la señorita Horner. -Su mirada relampagueó al fijarla en David-. En cuanto a usted, más vale que vuelva enseguida. Iremos al COBRA y esperemos que acepten sin más problemas su asimilación a nuestras tareas.

Se levantaron y Wolkovsky hizo una breve y burlona reverencia. Conforme se marchaban, M llamó de nuevo a Bond.

– No se olvide James de que tendrá todo cuanto necesite. Estoy haciendo circular la clave «Harvester» a todas las secciones. Sabrán que usted es quien manda. ¡Por el amor de Dios, póngalos en movimiento si es posible antes de que ocurra algo más!

La entrevista entre Harriett Horner y Wolkovsky fue breve. Bond se excusó a los cinco minutos diciendo que «tenía que ir a ver a alguien sobre asuntos de seguridad». Luego de haber dicho todo cuanto consideraban necesario, Harriett podía marcharse, así es que a su regreso junto a ellos Bond sugirió que Wolkovsky volviera arriba.

– La veré en su casa, Harriett -dijo a ésta-. Y ahora quiero que descanse todo lo posible. Ya he preparado una buena vigilancia para su piso. Nadie se va a acercar por allí durante la noche. Se lo aseguro.

– ¡0h! -exclamó ella haciendo un leve mohín de fingido disgusto-. Esperaba que al menos usted lo intentara, James.

Él sonrió a la vez que ponía una mano sobre su hombro izquierdo.

– Gracias por su confianza, Harriett, pero necesito descansar.

La llevó otra vez en el coche al atractivo bloque residencial cercano a Abingdon Road en Kensington y subió con ella, deseoso de asegurarse de que no había nadie rondando por el edificio o por el piso.

Todo estaba tranquilo; nadie a la vista. El piso era pequeño y agradable. Aunque lo tenía en alquiler, Harriett había logrado conferirle el sello de su propio buen gusto y personalidad. Había muchas cosas graciosas, como un juego de jarritos con el escudo de la KGB y un cartel que proclamaba: «Sea precavido. No hable con nadie de cuestiones navales, militares o aéreas.» Junto a aquellas divertidas menudencias, la mayor parte de las cuales se encontraban en la zona de la cocina, vio también dos hermosos grabados que debían de pertenecer a la joven porque ningún arrendador hubiera dejado en un piso de alquiler El sombrero de paja de Hockney o El hombre giróvago VII, de Frink.

Fue pasando de una habitación a otra -el piso tenía cuatro- con el pretexto de comprobar si había alguna señal sospechosa, pero en realidad pensando que se puede averiguar mucho acerca del carácter de una mujer por el modo en que vive. Al parecer, Harriett Horner era limpia, original, de buen gusto y, casi seguro, muy eficiente en su trabajo como agente encubierto de la Oficina de Impuestos. En el dormitorio todo expresaba femineidad, desde las sábanas bien alisadas y las almohadas rosa, al camisón de dormir de broderie anglaise, puesto a los pies de la cama, el montoncito de ropas interiores Reger recién lavadas y plegadas sobre una silla, dispuestas para ser guardadas, los productos de cosmética Clinique y varios perfumes sobre el tocador. Una de las puertas del armario estaba abierta y Bond, apartando las ropas hacia un 1ado, se aseguró de que no hubiera nadie escondido allí dentro. Se dijo que el salario de la joven, o mejor dicho, los gastos que ocasionaba su misión, debían de ser excepcionales a juzgar por la calidad y los nombres de las firmas de donde procedían aquellas ropas. Anteriormente aquel mismo día no había podido menos de admirar el severo y atractivo vestido negro que la joven llevaba, así como el reloj Kutchinsky en su muñeca izquierda.

Al salir del dormitorio percibió un ejemplar de Doctor Frigo, de Eric Ambler, puesto encima del triste y poco atractivo Spycatcher, y se dijo que Harriett los había colocado en el orden debido. Miró también el teléfono y pudo ver que su número estaba cubierto cuidadosamente con un trocito de papel engomado.

– Me parece que todo está en orden -declaró finalmente.

– ¿Le apetece una copa? ¿Un café? -preguntó ella en un tono indicador de que pensaba ponerse ropas más cómodas mientras Bond preparaba las bebidas.

Pero él movió la cabeza negativamente.

– Nos espera un día muy duro, Harriett. Y quiero que los dos estemos frescos y dispuestos para la acción.

– ¿A dónde vamos a ir, James? -Se acercó tanto a Bond que éste pudo percibir otra vez el olor de su pelo. Pero ahora toda traza de cordita había desaparecido, quedando reemplazada por algo mucho más fragante. Se preguntó en silencio de dónde habría sacado aquel perfume.

– En primer lugar, lo mejor será que el hombre que va a trabajar con nosotros nos lleve a efectuar un recorrido turístico por el último lugar que los Humildes utilizaron como domicilio. Está en Berkshire, cerca de Pangbourne.

– De acuerdo.

Su voz sonaba entrecortada y de repente la al parecer imperturbable señorita Horner apretó la cara contra el hombro de él y empezó a llorar, estrechándolo con fuerza.

Casi sin darse cuenta, Bond la atrajo hacia él y enseguida notó cómo su cuerpo reaccionaba ante la presión de aquellos senos y de aquellos muslos. Le dio unos golpecitos cariñosos en la espalda al tiempo que murmuraba en su oído:

– ¡Vamos, vamos, Harriett! ¿Qué le pasa? ¡Harriett!, ¿a qué viene todo esto?

Sin dejar de sollozar, ella lo arrastró hacia el sofá de color granate. Seguía pegada a Bond mientras él se sentía como un imbécil emitiendo susurros distantes.

Finalmente, a los diez o quince minutos, Harriett pareció recobrar la calma y, apartándose de Bond, tragó saliva varias veces al tiempo que se secaba los ojos con el dorso de la mano.

– Lo siento, James -lamentó con un hilo de voz.

Bond se dijo que aquella joven estaba profundamente trastornada o era una buena actriz. Tenía la cara enrojecida y el maquillaje de los ojos le corría por las mejillas en negros y sinuosos manchurrones. Su nariz estaba también húmeda y encarnada. Se levantó y entró en el dormitorio para volver de allí provista de una caja de pañuelos de papel con los que empezó a limpiarse la cara.

Bond se sentía perplejo. Por regla general no le gustaban las mujeres llorando, pero sin saber por qué aquel caso parecía distinto. Una vez más se preguntó el motivo.

En las mejillas de Harriett aparecieron dos círculos brillantes y sus pupilas relampaguearon coléricas a través de las lágrimas.

– ¿A qué cree que viene todo esto, James? -Sus palabras fueron acompañadas de otro sollozo-. ¿Cuál le parece el motivo?

– Ha sido un día muy duro realmente…

Ella dejó escapar una leve risita burlona que se desintegró en un sollozo.

– Lo dice usted muy finamente. En realidad soy una espía muy bien adiestrada. He tardado semanas, y aun meses, para entrar en contacto con los Humildes. Pero ahora, de pronto, por vez primera en mi vida me he enfrentado a la violencia y a la muerte… y no sólo una vez, sino dos. ¿Se da cuenta de lo que eso significa…?

– No quiero ser duro con usted, Harriett, pero se trata de algo que…

– ¡De algo con lo que tendré que aprender a vivir! Eso es lo que nos dicen durante el adiestramiento, pero honradamente no sé si lo voy a conseguir. -Aspiró el aire con fuerza, estremeciéndose-. Ese hombre…, Hathaway… ¿Lo… lo maté, James?

– La han adiestrado muy bien, Harriett. Se trataba de usted o de él…, o de mí, para el caso. E hizo exactamente lo que cualquier otra persona en su caso habría hecho.

– ¿Lo maté? -Ahora sus lágrimas quedaban reemplazadas por algo distinto: ¿Cólera? ¿Remordimiento? Bond había visto ya aquella expresión en otras ocasiones, pero siempre en hombres, no en mujeres.

– Sí -le contestó con firmeza, dando a su voz un leve tono de crueldad-. Lo mató, Harriett, igual que hubiera hecho cualquiera que se dedique a lo mismo que usted. Lo mató, y si quiere continuar viviendo en este ambiente tendrá que olvidar ese episodio; borrarlo de su mente, ya que de lo contrario la próxima vez será usted la que quede tendida en una losa del depósito de cadáveres. Olvídelo -repitió.

– ¿Cómo? -casi gritó ella.

Bond estuvo pensando unos segundos. Luego le contestó:

– Antes mencionó usted el modo en que la Oficina de Impuestos apresó cierta vez a Al Capone. Pues bien, se cuenta algo de aquella época que quizá ayude a hacerla comprender. Aquella gente, los de la vieja banda, eran unos asesinos despiadados. En nuestro asunto, esa actitud es también la que cuenta. El famoso Bugsy Malone asesino, dueño de varias casas de juego y de todo lo que usted quiera, cierta vez se volvió hacia alguien que le molestaba en público y pronunció las palabras más estremecedoras que pueda imaginar. Le dijo: «Dese por muerto.» Y en efecto, a aquel hombre no se le volvió a ver jamas. Harriett, en episodios como los de hoy tiene que mostrar esa misma frialdad. Decir a Hathaway «Dese por muerto.» Y mátelo también en su recuerdo.

Ella lo miró. Su cara estaba enrojecida y poco atractiva después de su llanto. Los minutos discurrían lentamente. De pronto volvió a aspirar el aire con fuerza.

– Tiene razón, James. Sí que la tiene. Se trata sólo…, bueno, de que al ser la primera vez me ha afectado mucho.

– Pues recupere la calma, Harriett, porque de lo contrario voy a hacer que la tengan encerrada en la oficina o que la devuelvan a Washington. Hemos de trabajar juntos y no puedo permitirme incertidumbres ni sentimentalismos.

Ella hizo una breve señal de asentimiento.

– Todo irá bien. Gracias, James.

Se aproximó a él y lo besó en plena boca pasándole la fina y húmeda lengua por los labios y las encías. Una vez más, James se hizo atrás. Pensó que sería muy fácil caer en brazos de aquella mujer, pero hasta que estuviera seguro de su comportamiento, el riesgo a correr era demasiado grande.

– Harriett, lo siento pero tengo que marcharme.

Ella hizo una señal de asentimiento mientras le dirigía una sonrisa llorosa.

– Todo irá bien -repitió-. Lo siento. ¡Ah! Mis amigos me llaman Harry.

Él la miró como si quisiera infundirle confianza, seguridad y calor.

– El sol, la luna y Harry, ¿eh? Muy tentador.

– Quédate, James, por favor.

– No; tengo trabajo. Tú necesitas descansar. Veamos lo que pasa cuando hayamos profundizado un poco más en este asunto, Harry. ¿No te parece?

Ella hizo un ligero mohín y luego le sonrió.

Convinieron en que la recogería por la mañana diez minutos después de la hora en que había quedado para encontrarse con Pearlman. Luego la tomó en sus brazos, la apretó con fuerza contra sí como para consolarla y la besó en ambas mejillas.

– ¡Okey, Harry! Buenas noches. Que duermas bien y no tengas pesadillas.

– Lo intentaré.

– Entonces, hasta mañana.

– Sí, mañana será otro día. El recorrido hasta Pangbourne nos parecerá un paseo agradable después de estas últimas veinticuatro horas. Hasta luego, James.

Al salir del edificio, Bond distinguió la furgoneta solitaria que se hallaba al final de la calle, y también pudo ver cómo uno de los miembros de la patrulla salía del portal de una casa para hacer acto de presencia. Todo el estaba en su sitio.

Cuando ponía el coche en marcha, Bond se dijo que su confianza en Harriett Horner era equivalente a la que sentía por Pearly Pearlman. Es decir: no representaba gran cosa. Sonrió al pensar que su primera visita al día siguiente no iba a ser a Manderson Hall, Pangbourne. Porque se había elaborado unos planes mucho más complejos y sería interesante averiguar si alguien soplaba la noticia de su proyectada visita a Pangbourne.

Ahora, conforme se preparaba para la jornada, seguro dentro del pequeño castillo que era su morada, empezó a ponderar los pros y los contras de la situación.

Al llegar al piso después de la una de la madrugada, se dijo que lo mejor era dejar la mente en blanco y permitir que la compleja computadora de su subconsciente actuara mientras él dormía. Con frecuencia aquello le parecía el procedimiento ideal para resolver un problema o aclarar cualquier pequeña inconsistencia que se hubiera despertado en su cerebro durante la jornada. Pero en esta ocasión el sueño no le había aportado ninguna respuesta satisfactoria.

Mientras iba completando su rutina matinal, empezó a componer las piezas de la manera más lógica posible con la esperanza de que le condujeran a la verdad y le revelaran algunas claves o respuestas.

Emma Dupré había muerto ahogada. El único número de teléfono que figuraba en su libreta de apuntes era el de él. ¿Y si hubiera alguna intención en aquello? Alguien debió haberse puesto a actuar en contra suya en el momento en que M había dado instrucciones para que regresara a Londres. Sopesó la posibilidad de que la muerte de la Dupré constituyera parte de una trama elaborada. Nunca hubiera podido saber si el número le había sido apuntado allí con alguna intención. Pero ¿y si…? Las dudas se sucedían interminables.

¿Y si hubieran soltado a Trilby Shrivenham en un estado de semiinconsciencia con la mente llena de oscuras frases proféticas? Pero ¿por qué motivo? ¿Por qué un individuo como el padre Valentine… o Vladimir Scorpius, su verdadero nombre, habría querido poner un cebo a Bond o al servicio en el que trabajaba? ¿Estaría alardeando de algo? «Le estoy dando un aviso. Mire lo que soy capaz de hacer. Matar después de haberle hablado en acertijos. Escuche bien. Escuche más enigmas.»

Podía muy bien ocurrir así, especialmente si Scorpius era el criminal complejo y desalmado que constaba en su ficha. Sin embargo, fuese como fuese, alguien debió de saber que Bond sería llamado a Londres del mismo modo que alguien había sabido que iría a visitar las oficinas de Avante Carte.

Aparte eso, se habían enterado también de que Harriett, o Harry, se encontraba en el refugio secreto de Kilburn. ¿Habían ido allí para eliminarla o para rescatarla? Después de todo, la vida no parecía ser muy sagrada para ellos. ¿Un sacrificio? Se preguntó aquello del mismo modo que había estado ponderando quién había sido el chivato. ¿Pearlman? ¿Harry? ¿Alguna otra persona? ¿Wolkovsky? La mente de Bond era un caos.

Reflexionó sobre la situación del refugio de Kilburn Priory. Todd Sweeney había insistido, con toda firmeza, en que Harry no había hecho llamadas desde allí. Pero ¿podía estar seguro de ello? En realidad había existido un breve período de tiempo en el que Danny estuvo fuera mientras Todd seguía en la sala de control. Bond sabia que era posible utilizar una línea de comunicación externa que los monitores no registraran ni fuera recogida por los detectores de sonido. Empezó entonces a pensar en Todd y tomó nota mental de revisar su expediente. De una cosa estaba seguro: no se podía fiar de nadie. Ni siquiera de sí mismo, se dijo al pensar en la noche anterior mientras sentía el perfume y el contacto del cuerpo de Harry entre sus brazos. Una mujer muy deseable. Sería fácil perder el dominio de la situación si no tomaba precauciones.

Una vez se hubo terminado el desayuno, Bond volvió a su dormitorio, se quitó el albornoz y se puso unos pantalones cómodos, una camisa y una chaqueta ligera, no sin antes haberse colocado la sobaquera para su pistola ASP 9 mm y la funda para la pequeña y eficaz porra telescópica, instrumento práctico y seguro capaz de dejar inconsciente a cualquier agresor, romperle los huesos o matarle si era usado por una mano diestra.

Antes de bajar al aparcamiento subterráneo, hizo una llamada telefónica. Estuvo hablando con Bill Tanner durante tres minutos. Sí, el terrorista herido en el atentado a la casa Kilburn había sido trasladado con todas las precauciones posibles a la clínica de Surrey, donde la tarde anterior él estuvo visitando a sir James Molony y a Trilby Shrivenham. Además, según le aseguró Tanner, un equipo vigilaba a Manderson Hall. Las palabras clave eran conocidas y estaban bien guardadas dentro de un comité secreto del servicio. Como sospechaban, M seguía en el COBRA.

– Puedes estar seguro de que no se alcanzará ningún acuerdo sobre las operaciones hasta última hora de hoy -le aseguró Bill Tanner riendo, tras de lo cual la comunicación quedó cortada.

Bond dijo a May que no sabía a qué hora iba a volver a casa, si es que volvía, a lo que la señora contestó dándole una conferencia sobre la necesidad que tiene el cuerpo de descansar y de dormir así como de hacer ejercicio.

– Sé perfectamente, señor James, la clase de ejercicio que hizo usted anoche. Tenía pintura de labios en el cuello de la camisa. No es preciso que me diga nada. Es usted un pervertido.

Bond recogió a Pearlman a la hora convenida y el sargento del SAS se acomodó a su lado. Se había afeitado e iba muy pulcro vestido con un pantalón de sarga de los que se usan en la caballería, un jersey de algodón de cuello alto y un blazer.

– ¿Le parece que le gustará al jefe, señor? -preguntó sonriendo.

– ¡Admirable! -respondió Bond sonriendo a su vez y apreciando el aspecto cuidado del sargento mientras intentaba detectar alguna señal de malicia en su expresión.

La furgoneta de seguridad seguía en el mismo sitio junto al bloque de edificios en el que habitaba Harry. Esta salió con un aspecto radiante, luciendo un atavío negro consistente en pantalones vaqueros y una chaqueta que a juicio de Bond debían ser de Calvin Klein, así como una camisa blanca de alguna otra firma lujosa.

Volvía a ser la misma de siempre y recibió a Bond con una deslumbradora sonrisa y esa clase de mirada que se suele intercambiar entre amantes. Harry y Pearlman fueron presentados, y Bond se metió por entre el tráfico, siguiendo la carretera que llevaba a la plaza circular de Hoggarth, encaminándose después hacia Guildford. Cuando pasaban por Hampton Court, cuyos muros de ladrillo albergan tantos recuerdos felices y trágicos, Pearlman se extrañó por parecerle que no seguían la dirección adecuada.

– Por regla general, siempre paso por aquí cuando tengo que ir a Surrey. Bushy Park y Hampton Court son lugares tan buenos como otro cualquiera. Un bonito trayecto.

– Yo pensé que íbamos a Pangbourne -expresó Harry desde la trasera del coche con una voz en la que se notaba cierto tono de alarma.

– Yo también creí que había dicho Pangbourne, jefe -afirmó Pearly en un tono parecido.

– Hay un pequeño cambio de planes -contestó Bond, manteniendo la mirada fija en la carretera-. No iremos a Pangbourne. Nuestros dueños y señores decidieron que era mejor proceder a un pequeño interrogatorio.

– ¿Interrogatorio? -preguntó Harry elevando un poco el tono de su voz.

– ¿Y a quién se va a interrogar, jefe? -preguntó Pearlman con acento casi amenazador.

– Al individuo que fue herido cuando intentaba matar o secuestrar a Harry en Kilburn -contestó Bond con voz tranquila. Y casi en el momento de terminar la frase la radio empezó a funcionar.

– Harvester Uno. Oddball a Harvester Uno.

Bond alargó una mano negligentemente hacia el micrófono.

– Oddball. Aquí Harvester Uno. Le oigo bien. Hable, Oddball.

– Oddball a Harvester Uno. Terremoto. Repito. Terremoto.

– Harvester Uno. Enterado Oddball. Seguiremos en contacto. Recibido y fuera.

– Gracias, Harvester Uno. Corto.

Bond lo había entendido todo perfectamente bien. «Terremoto» era la palabra clave convenida en caso de que hubiera surgido algún incidente durante la mañana, en Manderson Hall, Pangbourne, donde un equipo había estado de vigilancia desde las primeras horas del día. Era, pues, evidente que algo extraño había pasado. Lo que significaba que alguien había dado el soplo a los Humildes o a Scorpius sobre la propuesta visita de Bond y de sus acompañantes.

Dentro del Bentley reinaba ahora una repentina y desagradable tensión.

12. Nombre de muerte

– ¿Se trata de un juego privado, jefe, o podemos participar también en él? -preguntó Pearlman unos quince minutos después de haberse recibido la llamada de atención.

– Lo siento. -Bond conducía relajado, concentrándose en la carretera, pero al propio tiempo dispuesto a enfrentarse a lo que pudiera venir tanto de Pearly como de Harry Horner-. Lo siento. Debí haberles dado alguna información suplementaria. Saben que realizamos una operación secreta y los dos están de acuerdo en trabajar conmigo. El nombre de la operación es «Harvester». Y ese apelativo me corresponde a mí.

– ¿Y «Terremoto»? -preguntó Harry desde la trasera.

Por el espejo retrovisor, Bond pudo ver que la joven se había hechado hacia adelante, con lo que su cara quedaba encuadrada entre los hombros de Pearlman y los suyos.

– En principio íbamos a esa casa de Pangbourne donde los Humildes solían tener su cuartel general… Pregunte a Pearly sobre ello. Porque ya ha realizado algunas pesquisas en ese lugar. Pero mis instrucciones han sido cambiadas en el último instante. «Terremoto» suena a algo siniestro, pero no lo es. Tan sólo significa que nos esperan en la clínica que tenemos cerca de Putthenham, ¿de acuerdo?

Era lo que se dice un lioso magistral.

– ¿Es ese el lugar donde vamos a interrogar al individuo que fue herido en Kilburn?

Bond se rió brevemente.

– Bueno, en realidad se hirió a sí mismo. Es una lección para todos nosotros… No disparéis nunca una metralleta a poca distancia y en especial si el proyectil va dirigido contra una puerta o un blindaje de acero.

– No parecía de acero -comentó Harriett con expresión un tanto melancólica, como si lo sintiera por aquel hombre.

– ¿Te hubiera gustado más que hubiese sido de madera? -preguntó Bond sonriendo esta vez con naturalidad.

Tanto Pearly como Harriett estaban un poco nerviosos. Bond se preguntó si no serían un par de espías pertenecientes a la Sociedad de los Humildes. Agentes encubiertos encargados de informar sobre la actuación de las autoridades con relación a aquella sociedad seudorreligiosa. Pero ¿no estaría exagerando respecto a la tensión que podía reinar allí?

Continuaron en silencio, pasando por las afueras de Guildford y ascendiendo la larga carretera doble que llevaba a Hog's Back. A su izquierda, la catedral de Guildford destacaba contra el cielo. Un cuarto de hora después Bond tomó la curva de Hog's Back y minutos después sus documentos eran comprobados por los agentes de seguridad apostados a la puerta de la clínica. Como de costumbre, había dos hombres de servicio en la caseta mientras, según sabía muy bien Bond, otra pareja operaba la red de cámaras de circuito cerrado que asestaban sus miradas escudriñadoras por todo el ámbito de la clínica, tanto dentro como fuera.

Una ambulancia y tres o cuatro coches estaban aparcados junto a la reja, justo a la derecha del edificio principal de estructura baja y color blanco. Notó que el Lancia de sir James Molony se encontraba también allí, muy limpio y reluciente bajo el débil sol que luchaba con las nubes en un esfuerzo para crear un día de primavera aceptable.

El mostrador de recepción estaba atendido por un antiguo miembro del Comando 42 de los reales marinos; un hombre que, según sabía Bond, había sido dado de baja del servicio después de sufrir una herida en la guerra de las Malvinas. Sin haber recibido ninguna indicación, el ex marino levantó el auricular del teléfono interno y empezó a hablar con voz tranquila, comunicando que el grupo procedente de Londres acababa de hacer su entrada para ver a sir James Molony. Todos esperaron en silencio, sentados en la zona de la recepción. Bond se dio cuenta de que Harriett y Pearly parecían nerviosos, con lo que su primera intuición lo siguió atormentando tan dolorosamente como un dolor de muelas.

Pasaron diez minutos antes de que apareciera sir James, muy pulcro y sonriente como si se lavara las manos de todo aquel asunto. Por entonces Bond estaba ya extremadamente tenso y lo primero que se le ocurrió fue pensar en el significado que algunos psiquiatras dan a ciertos extraños movimientos de los dedos: síndrome de Poncio Pilato, señal de culpabilidad que atenaza el subconsciente.

Presentó a la pareja como «sus colegas», sin dar nombre alguno, y Molony estrechó la mano a los dos, llamando «querida» a Harriett y excusándose por haberles hecho esperar.

– Hemos estado con la joven Shrivenham -explicó, dirigiendo una amplia sonrisa a Bond.

– ¿Qué tal se encuentra?

– Mucho mejor de lo que esperábamos. Esta mañana estuvo despierta y perfectamente normal durante varias horas. Luego empeoró un poco y ahora se encuentra de nuevo sumida en el mundo de los sueños. Habrán de transcurrir algunos días, ¿comprenden? Afortunadamente su padre ha regresado a la ciudad. Pero hoy nos visitan dos tíos y su hermano.

Bond levantó rápidamente la mirada.

– No sabía que tuviera un hermano.

– ¡Oh, sí! Tiene un hermano y una hermana. Pero aquí, entre nosotros, ese joven no me gusta nada. Pregunta demasiado. El poseer ciertos conocimientos médicos es un peligro, James. Ese tipo ha estudiado medicina en Oxford, pero le expulsaron y lo dejó.

– Me gustaría cambiar unas palabras con él, cuando hayamos terminado -expresó Bond.

Además de su preocupación por Pearly y Harriett, cierta vaga pero molesta noción empezó a perturbar la mente de Bond, al pensar en el hijo de Shrivenham, es decir, el hermano de Trilby. ¿Quizá algo que había oído o leído acerca de él? Trató de apartar de sí aquella idea para poder concentrarse mejor en la vital operación que llevaban a cabo.

– ¿Y nuestro paciente? -preguntó a sir James Molony.

El especialista sonrió con aire conspiratorio, casi secreto.

– Dispuesto para recibirle. Me figuro que sus colegas tienen ya experiencia en estas cosas, ¿no es así?

– No estoy muy seguro -respondió Bond volviéndose hacia Pearly y Harriett, a quienes preguntó-: ¿Alguno de ustedes ha hecho algún curso sobre interrogatorios ayudándose con drogas?

– Sí -respondió Harriett.

– No -repuso Pearly.

– Bien -aprobó Molony, sonriéndoles. Y añadió dirigiéndose a Bond-: Esto es mucho más complicado que en los antiguos tiempos, cuando nos limitábamos a aplicar pentatol de sodio a los sospechosos. Ahora tenemos sistemas mejores. Hay hipnóticos que dejan despejada la mente y el subconsciente, y el cerebro lúcido. -Se volvió de nuevo hacia Bond -. Supongo que es usted quien 11evará a cabo la tarea, ¿verdad?

– Sí, siempre y cuando usted realice la suya como médico.

– Eso está hecho, muchacho. No hay problema. Se encuentra profundamente dormido. Sólo un rápido pinchazo con el «suero de la verdad», como se le llama en las novelas de espionaje, y quedará a su disposición. -Molony miró a Harriett y a Pearly alternativamente-. En realidad no es tal suero de la verdad. Pero se consiguen resultados muy buenos siempre y cuando se formulen las preguntas adecuadas. -Volvió sus pupilas hacia Bond-. Me figuro que tendrá usted preparadas sus preguntas.

– Así lo espero. ¿Alguien obtuvo de él algún detalle más a su llegada? Como, por ejemplo, su nombre y cosas por el estilo.

– Lo intentaron, pero es como si se hubiera vuelto ciego, sordo y mudo. M está de acuerdo en que éste es el único sistema. Me sentí muy contento cuando me dijo anoche que usted iba a venir.

Bond pensó que aquello lo estropeaba todo y no miró a Pearly ni a Harry, aunque la pareja no habría podido menos de escuchar el comentario. Fueran culpables o no, ahora sabían que les había mentido acerca del repentino cambio de planes. De ser culpables, se sentirían más alerta y de ser inocentes más enfadados. Se produjo una breve pausa y luego Molony indicó que bajaran con él.

Avanzaron a lo largo del pasillo, pasando por delante de la puerta metálica deslizante que daba acceso a la habitación donde se encontraban los miembros del equipo de vigilancia, quienes en aquel momento estarían operando sus cámaras y barriendo con sus objetivos los terrenos circundantes, el patio y las zonas interiores, así como los pasillos y las salidas de la clínica. Probablemente tenían ahora enfocadas sus pantallas en Molony y a sus tres visitantes, y, desde luego, debieron de haberlos seguido desde el Bentley, vigilado en la recepción, e incluso grabado todo cuanto dijeron hasta entonces.

Molony seguía hablando. Le habían impresionado las medidas de seguridad adoptadas al traer al terrorista de Kilburn desde la London Clinic. Describió la operación como «tan fácil como un trasplante de riñón». Sir James era famoso por su uso de términos médicos cuando hablaba con la gente y se decía que en cierta ocasión había escandalizado a los asistentes a una cena al comentar que el budín parecía una vesícula biliar.

Se habían quitado muchos vendajes de la cara del paciente, reemplazándolos por tiritas de esparadrapo. Las cortinas de la ventana estaban corridas y dos lámparas ajustables habían quedado colocadas de tal modo que su luz fuera a dar sobre la cabecera de la cama. Molony señaló una silla junto al paciente.

– Parece como si lo hubiera afeitado un barbero loco, ¿verdad? -preguntó sonriendo de nuevo, conforme Bond se sentaba en la silla.

– Me parece que sobramos aquí -comentó Harriett con un tono ligeramente amoscado, muy cerca de convertirse en colérico.

– Jefe, usted confía en nosotros, ¿verdad? -preguntó Pearlman.

– Desde luego -respondió Bond rápidamente-. Y no sobran aquí. Nada más lejos de la verdad. Harry, usted ha tratado ya a esa gente. En cuanto a Pearly ya se le tomó declaración. Si surge algo que consideren interesante, quiero que me lo digan. Pueden ayudar en nuestro interrogatorio. -Torció un poco el cuerpo para mirar a Harriett-. Fíjese en ese hombre. ¿Lo ha visto alguna vez con anterioridad?

Ella se acercó un poco y miró por encima del hombro de Bond. Se produjo una larga pausa antes de que contestara.

– Su cara me parece conocida. Dos hombres me interrogaron cuando aspiraba al puesto en el Avante Carte: Hathaway y otro más alto y de una complexión mucho más amplia. Cuando llegué para la entrevista no vi ninguna mujer. Había otras personas por allí. Me parecieron ejecutivos, y éste era uno de ellos. Me acuerdo que estaba muy elegante, con su traje gris a rayas y su voz suave. Parecía uno de esos hombres de negocios cuando han terminado su tarea diaria en una poderosa entidad de crédito. Y, ahora que me acuerdo, lo vi otra vez. Yo entraba en un taxi frente a las oficinas y lo distinguí cuando subía en otro coche tras de mí.

– ¿Lo vigilaste? Me refiero al coche. ¿Te siguió?

– Podría ser. Pero era una hora punta y me resultaba difícil comprobarlo.

Bond se preguntó si aquello sería cierto o si se trataba sólo de una tentativa de Harriett para reforzar su posición.

– Debía de ser una tarea de seguimiento general -dijo casi para sí mismo. Y añadió-: De acuerdo, sir James. Empecemos si es que está usted dispuesto.

La inyección tardó un par de minutos en surtir efecto. El paciente estaba tendido, inmóvil, con la cabeza sobre la almohada, cuando de pronto se observó un ligero temblor en sus párpados. Un minuto después parecía haberse despertado por completo y miraba al techo con los ojos muy abiertos, sin parpadear. Bond respiró profundamente y luego dijo:

– «Los humildes heredarán la tierra.»

– «La sangre de los padres caerá sobre los hijos. Y la sangre de las madres se derramará también.»

La voz sonaba natural y tranquila con su ligero acento extranjero que Bond ya había notado en la London Clinic.

– Dime tu nombre -le pidió.

– ¿Mi nombre en el mundo o mi nombre en la muerte?

Bond sintió cómo un leve estremecimiento le recorría el cuerpo. El horror latente que habían puesto al descubierto empezaba a insinuarse en su mente. «¡Dios mío!» -exclamó una voz en lo más profundo de su ser-. «Si esto es lo pienso, nos acercamos a tiempos de verdadera aflicción.»

– Los dos -contestó por fin-. Primero tu nombre el mundo.

– Mi verdadero nombre es Ahmed. Ahmed el Kadar.

– ¿De dónde eres?

– Mi país se llama Libia. Pero, corno es natural, he renegado de él. Soy un ciudadano del mundo de los Humildes; es decir, del mundo en su estremecimiento final.

– ¿Y tu nombre en la muerte?

– Mi nombre en la muerte es Joseph.

– ¿Tiene algún significado? -Al ver que no recibía respuesta repitió-: «Los humildes heredarán la tierra.»

– Si sabe usted eso, también sabrá que los nombres de muerte son escogidos al azar. La muerte es lo único que tiene un sentido concreto.

Pensando que todo aquello procedía quizá de alguna forma de catecismo básico, Bond preguntó:

– ¿Por qué la muerte es lo único que tiene un sentido concreto?

– La muerte en si no tiene significado alguno. Sólo lo posee el modo en que un Humilde muere; el valor que demuestra como verdadero creyente, en su camino hacia el paraíso. Los Humildes sólo heredarán si nosotros, los escogidos para marchar en cabeza, cambiamos la situación del mundo.

– Bien -aprobó Bond como si celebrara las respuestas de un estudiante aventajado-. ¿Y cómo van a cambiar el mundo los Humildes?

– Por la muerte. Provocando la revolución final que liberará a hombres, mujeres y niños de los yugos que les imponen los ideales políticos humanos. El mundo sólo florecerá cuando quienes gobiernan justa e injustamente queden eliminados y todos sigan el camino verdadero.

– ¿Sólo entonces?

– Cuando esos ideales corruptos que los hombres llaman política queden aplastados y deshechos como los huevos de una araña mortal. Sólo entonces el mundo florecerá y la gente será libre. Hasta llegar ese momento, todas las revoluciones habrán sido falsas, del mismo modo que lo son el poder y la ambición para obtenerlo, en nuestro mundo imperfecto. Los Humildes heredarán, pero sólo cuando la interminable rueda de la venganza haya completado un círculo entero.

– ¿Están dispuestos a eso los Humildes?

– Quienes han sido escogidos y han visto la verdad están dispuestos y esperan.

– ¿Dónde esperan?

– En los lugares señalados. Los solteros y los que no tienen hijos realizarán las tareas más sencillas. Los casados, con hijos que marchen tras ellos, realizarán los grandes hechos. Todos tienen sus órdenes o las recibirán cuando llegue el momento. Ahora están desparramados por los cuatro puntos cardinales. Pero serán instruidos y morirán para que sus hijos puedan morir también por la verdad hasta que la rueda haya descrito un circulo completo.

– ¿Qué órdenes tienes?

– Yo ya he realizado mi primera misión y he fracasado en ella.

– Joseph, ¿cuál era esa primera misión?

– Destruir a la serpiente hembra que vino a matar a nuestro padre. Nuestro padre Valentine está con frecuencia expuesto al ataque de sus enemigos. Pero todos serán aniquilados. Yo fracasé, pero la próxima vez no voy a fallar.

– ¿Tienes una nueva tarea asignada, Joseph?

– Sí. Me darán otra.

– ¿A la manera usual?

– Desde luego.

– Es decir, ¿por conducto de nuestro padre Valentine?

– Directamente de él y sólo de su boca o de una que pueda pronunciar su nombre de muerte.

– ¿Y cuál es el nombre de muerte del padre Valentine?

Se produjo un largo silencio.

– El padre Valentine, Joseph -insistió Bond -¿cuál es su nombre de muerte?

– El nombre de muerte de nuestro padre Valentine es el único que cambia con el sol y con la luna. Es una palabra que no podemos repetir ni siquiera entre nosotros.

– Pero ¿vendrá aquí?

El hombre tendido en la cama sonrió como sumido en un éxtasis.

– Vendrá o mandará a alguien para llevarme con él. Sé que lo hará pronto.

– ¿Y cuando venga te encargarán una tarea que le conduzca a la muerte?

– Soy padre de un hijo, de modo que figuro entre los escogidos. Se me ha confiado una tarea de muerte y la gloria será para mí, mi mujer y nuestro hijo. Sí; la próxima tarea será una misión de muerte.

– ¿Sabes dónde está ahora el padre Valentine?

– Andamos todos desparramados, pero como el Dios de los cristianos, nuestro padre Valentine sabe cuál es el paradero de cada uno en cualquier momento. Puede alargar la mano y arrancarnos de donde estemos para ordenarnos una nueva labor.

Bond notó cómo se le erizaba el pelo de la nuca y una vez más sintió una enojosa y fría sensación de horror recorriéndole la piel. Si su razonamiento era correcto, aquello era peor de lo que había imaginado.

– Dejemos que nuestro padre Valentine venga a por ti o mande a alguien para que te lleve consigo. Eso está bien, Joseph. Y ahora descansa.

Hizo una seña a sir James para que volviera al paciente aun pacífico sueño y borrase de su memoria todo rastro de la conversación que acababan de sostener.

Una vez en el pasillo, Harriett jadeó al tiempo que preguntaba:

– ¿Qué ha significado todo eso?

– Ese tipo es un chiflado, jefe -comentó Pearly riendo-. ¡Vaya cuento con eso de los nombres de muerte y las tareas de muerte y lo de nuestro padre Valentine sabiendo dónde se encuentra todo el mundo!

– Piense un poco, Pearly -le reprochó Bond con aspecto ceñudo-. Piensen los dos sobre las implicaciones de lo que ese hombre ha dicho. Piensen en lo que ocurrió en Glastonbury la tarde pasada y traten de relacionarlo. Seguro que dejan de sonreír.

Molony se unió a ellos en el corredor.

– He enviado a buscar a una enfermera, James. Me figuro que después de esto habrá que doblar la vigilancia.

Su cara tenía un aspecto tan grave como la de Bond.

– Pero ¿qué…? -empezó Harriett.

– Es posible que tengamos que mudarlo de sitio una vez más -comentó Bond interrumpiendo a la muchacha. Y luego se concentró en los dos para preguntarles-: ¿No empiezan a comprender? El hombre que acabamos de ver realmente cree que el padre Valentine es una especie de Dios omnisciente. Pero nosotros sabemos bien de quien se trata. Valentine es Vladimir Scorpius, un individuo sumamente peligroso cuando traficaba con armas para más de la mitad de las organizaciones terroristas del mundo. Ese hombre -señaló con el pulgar hacia la puerta- y cientos como él miembros de la Sociedad de los Humildes se han tragado todas las patrañas que han querido contarles. Tanto él como los otros lo creen todo a pie juntillas.

– ¿En qué creen? ¿En nombres de muerte? ¿En misiones? ¿En qué creen, jefe?

– Es raro que no lo comprenda, Pearly. ¿O es hace el tonto conmigo? -Se encogió de hombros al tiempo que exhalaba una especie de irritado suspiro-. Bueno. Tengo que volver arriba. Quiero echar una mirada al otro paciente de sir James y a sus visitantes. Espérenme en el coche. Estaré ahí en un momento.

Arrojó las llaves del vehículo a Pearly, consciente del azar que estaba corriendo, pero dispuesto a arriesgarse a que Harry o Pearly o quizá los dos a la vez decidieran darle esquinazo. Seguía pareciéndole en extremo difícil de entender que ninguno de los dos se hubiera hecho cargo de la malvada lógica de aquel hombre que se hacía 11amar Ahmed el Kadar, pero cuyo nombre de muerte era Joseph. En cambio, él había demostrado frente a Harriett y a Pearly su conocimiento absoluto de la terrible y malvada base sobre la que se asentaba la Sociedad de los Humildes.

Pearly atrapó las llaves en el aire.

– Me es imposible entenderlo, jefe -sonrió-. A menos de que, según usted, esa gente se sienta motivada por algún fervor religioso que los hace actuar como asesinos de alquiler.

– Eso es exactamente lo que digo, Pearly, y usted lo sabe bien. Lo mismo que sabe que esa gente no son sólo eso; simples asesinos a sueldo. Los Humildes anhelan morir por las creencias que Scorpius les ha inculcado. Cualquiera sabe cómo se las compuso…, pero no creo que se limitara a escoger prosélitos tontos. Estaré con ustedes en un minuto.

Harriett seguía mostrando un aire irritado, mientras que Pearly era la verdadera imagen de la incredulidad. Los dos hicieron una señal de asentimiento y siguieron pasillo adelante para subir la escalera que los llevaría a la zona de recepción de la clínica.

– Una imagen terrible -comentó sir James Molony casi en un suspiro-. Dígame si lo enfoco bien. Ese hombre es un miembro de la Sociedad de los Humildes. Cree todo cuanto le ha contado de Valentine. Está convencido de que el mundo ha de cambiar gracias a una revolución. De que aquellos que han sido elegidos para ello darán su vida alegremente por la causa porque así alcanzarán una especie de paraíso.

Bond hizo una señal de asentimiento. De pronto se sentía muy cansado.

– Sí. Así es como yo lo veo. Creen eso y mucho más. Como usted sabe bien, sir James, lo mismo ocurre en algunas religiones. Si lo miramos de un modo realista, Valentine, o mejor dicho Scorpius, ha logrado convertir a esa gente en un pequeño ejército de kamikazes. Personas dispuestas a morir con sólo que él se lo ordene. Es algo así como una máquina de matar que se autorreproduce. Al considerar la actividad anterior de ese hombre, me pregunto si todo esto no será más que una horrible extensión de la misma. Desencadenar el terror. Perpetrar asesinatos en masa. No sólo proporciona las armas, sino todo lo demás. Tanto si se desea un determinado tipo de campaña terrorista o un acto de violencia aislado, Scorpius se lo servirá completo, envuelto como para un regalo, siempre y cuando se le pague la cantidad adecuada.

Molony puso una mano sobre el hombro de Bond.

– Esa idea es horrible. Se la pasaré a M. Habrá que doblar el servicio de seguridad.

– Voy a decirle otra cosa -añadió Bond bajando la voz-. Hay algo impreciso que me ronda por el cerebro y que se refiere al hermano de Trilby Shrivenham. Me gustaría verle y también a sus tíos.

Estuvo a punto de expresar así mismo la preocupación que le originaban Harriett y Pearly; pero aquello era ya suficiente para provocar la ansiedad del especialista.

Con el fin de proporcionar el máximo de seguridad a aquel hombre que se llamaba a sí mismo Ahmed el Kadar, le habían puesto en una habitación situada en el sector más profundo de la clínica. Luego de pasar ante los ascensores, recorrieron dos tramos de escalera hasta llegar al segundo piso bajo el nivel del suelo, donde se encontraba Trilby Shrivenham.

No había nadie de servicio ante su puerta, ni guardianes en el pasillo. Bond notó cómo se le revolvía el estómago y empezó a caminar con paso más rápido, que convirtió casi en un trote, obligando al ya maduro y preocupado Molony a seguirle resoplando para no perder contacto.

Bond abrió la puerta y se detuvo unos segundos mirando ante sí horrorizado. La enfermera que había estado de guardia se hallaba tendida en el suelo con la cabeza torcida en un ángulo muy poco natural. La habitación estaba revuelta y Trilby Shrivenham permanecía medio fuera de la cama, terriblemente inmóvil, con el largo pelo colgándole como una cascada cuyo borde rozaba el suelo. Le habían arrancado el gota a gota y lo habían roto.

– ¡Maldita sea! Ha sido culpa mía -jadeó Bond al tiempo que Molony le empujaba para entrar también-. No debí permitir que nadie entrara aquí.

Se metió rápidamente la mano en la chaqueta y, empuñando su pistola, se volvió dispuesto a subir la escalera a toda prisa.

Oyó cómo Molony, que se había acercado a la chica, le decía que estaba todavía viva, al tiempo que oprimía el timbre para pedir auxilio.

– Haré que venga alguien -afirmó Bond, subiendo los escalones de dos en dos. En aquel preciso instante una enfermera uniformada apareció en el rellano superior-. ¡Baje enseguida! -le gritó Bond-. ¡Vaya al cuarto de la señorita Shrivenham! ¡Sir James la necesita!

Pero conforme la enfermera bajaba a toda prisa, Bond pudo ver que tenía la cara gris y los ojos vidriosos, como si sufriera los efectos de una impresión terrible.

– ¡Arriba!… -exclamó, deteniéndose cuando los dos se cruzaban. Y con una voz que era la imagen viva del terror añadió-: ¡Arriba! ¡Los agentes de seguridad! Creo que todos están…, que todos están muertos. Por favor, actúe con rapidez. ¡Uno de ellos es mi marido!

– Baje hasta donde está sir James -le ordenó Bond-. Yo me ocuparé de lo demás.

y se lanzó de nuevo hacia arriba.

Con la pistola dispuesta, Bond alcanzó el pasillo donde se encontraba el recinto ocupado por los agentes de seguridad. La puerta de acero deslizante había sido abierta. Se detuvo un momento para abarcar la escena de una ojeada. Los dos guardianes estaban muertos. Era una pequeña habitación y su primera idea fue la de que no había visto tanta sangre en un espacio tan reducido.

Nada podía hacer por los dos hombres, así que continuó hasta la planta baja, apoyó la espalda contra la pared y miró hacia el departamento de recepción. La carnicería era allí impresionante. Se preguntó cómo se las habrían compuesto para no hacer ruido.

Siguió hacia adelante con la pistola empuñada. De repente recordó el dato que le rondaba por el cerebro. Trilby Shrivenham tenía un hermano. O mejor dicho, lo tuvo. Porque el honorable Marcus Shrivenham había muerto cinco años atrás en un accidente de alpinismo en Suiza. En el Mont Blanc puntualizó como si aquello importara mucho.

13. Dispersión

El antiguo miembro del Comando 42 de los marinos reales parecía haber recibido en plena cara el impacto de una bala de grueso calibre. Bond sólo pudo reconocerle por su corpulencia y por el uniforme. Igual que en el pequeño recinto del Departamento de Seguridad, parecía haber sangre por todas partes. Y ésta no podía proceder solamente del agente.

Luego vio los otros horrores: las dos enfermeras, una de espaldas y la otra con las piernas y los brazos extendidos como si hubiera sido arrojada contra la pared y luego echada al suelo sin contemplaciones ni consideración alguna, porque la falda se había arremangado dejándola casi desnuda.

Las dos muchachas habían sido abatidas a tiros, lo que resultaba sorprendente porque no hubo ruido de disparos. Las balas habían seccionado varias arterias, y cuando esto ocurre, la sangre puede proyectarse hasta distancias considerables.

Lo que obsesionaba a Bond era enterarse de si Pearly y Harriett habían contribuido a todo aquello. Quienes simularon ser el hermano y los tíos de Trilby eran seguramente los asesinos. Pero ¿habría ayudado también al crimen el hombre del SAS o la muchacha norteamericana de la Oficina de Impuestos?

Luego vio el otro cadáver boca abajo en la escalera de la clínica y los rojos riachuelos de sangre que se formaban sobre la piedra de los peldaños. Se trataba de un hombre corpulento, de pelo oscuro y bien vestido con un traje convencional negro rayado. ¿Sería uno de los «tíos»? ¿O quizá el «hermano» de Trilby? Pero desde luego no era Pearly.

Desde allí podía ver la caseta de vigilancia y el puesto de comprobación, con la barrera pintada a franjas. Estaba levantada y los cristales de la caseta hechos añicos.

Con la automática aún en la diestra, Bond bajó a toda prisa los escalones que todavía quedaban y, cruzando el patio, se dirigió hacia la garita. Nada podía hacer ya por sus ocupantes. Los dos estaban muertos, uno de ellos todavía sentado detrás de los cristales de la ventanilla, con la delantera del uniforme llena de manchas oscuras. En su cara se pintaba una expresión de terrible sorpresa.

Volviéndose, Bond empezó a retroceder hacia la clínica. Eran varias las cosas que tenía que hacer sin pérdida de tiempo. Conforme caminaba, pudo ver casi sin creerlo el coche de carreras verde Mulsanne Turbo en el mismo lugar en el que lo había estacionado. Sólo la ambulancia se había ido.

Una vez dentro del edificio, limpió un poco la sangre de uno de los teléfonos de la recepción y marcó el número de emergencias. En todas las secciones del servicio había un sistema para casos de apuro, igual que el 999 que sirve para las ambulancias, la policía o los bomberos. El timbre sonaría en la oficina más próxima relacionada con el Servicio de Inteligencia Secreto. Quizá una subestación de la Sección Especial o del Servicio de Inteligencia Militar en alguna base del ejército, la marina o las fuerzas aéreas. En el caso presente fue en una de estas últimas: en las oficinas de la Inteligencia de las Fuerzas Aéreas en Farnborough, escenario de las exhibiciones con aparatos procedentes de todo el mundo y donde tenían lugar también otras actividades como la investigación de accidentes o la prueba de nuevos prototipos. La Royal Air Force está siempre presente en Farnborough y naturalmente hay allí una oficina del Servicio Secreto.

Bond se identificó dando su nombre cifrado; es decir, Predator. Y añadió la clave para la clínica, que era Hospice, y la señal «Flash Red» indicando que se trataba de una emergencia de alto nivel. De este modo se aseguraba de que al poco rato aparecerían en la clínica una unidad de ayuda y fuertes elementos de seguridad.

Aquello, libraba a Bond de toda responsabilidad. No tenía por qué permanecer más tiempo allí. En el breve espacio que tardó en ir desde el teléfono hasta la puerta principal, Londres quedaba informado. Al salir de la cabina telefónica miró los cuerpos tendidos sobre los escalones. A pocos pasos de distancia había una pistola y pudo ver sin necesidad de recogerla que se trataba de una Walther P4; o sea, una Walther Pl normal a la que se había añadido un largo silenciador, consistente en un grueso cilindro que se proyectaba desde el cañón haciendo que la pistola tuviera una longitud tres veces mayor que la normal.

Era una arma eficaz, y aquello explicaba el silencio con el que se había llevado a cabo el ataque. Pensando que lo mejor sería hablar con sir James antes de marcharse, Bond volvió a entrar rápidamente en el edificio. Como el coche seguía allí, podía irse cuando quisiera porque un juego de llaves siempre quedaba en el vehículo dentro de una caja maquética pegada a la trasera bajo el chasis. Aparte de eso, siempre podría recurrir al control remoto.

Junto a Molony y a la enfermera había ahora un enfermero, y todos atendían a Trilby. Sir James, en mangas de camisa, levantó la mirada cuando Bond apareció en el umbral de la puerta.

– Se curará -anunció en el momento de clavar la aguja en el brazo de la joven para ponerle una nueva inyección-. Me temo que nuestro Servicio de Seguridad no comprobó a fondo la identidad de los visitantes.

– Pues lo han pagado bien caro -comentó Bond mirando hacia la enfermera, cuyo marido había sido una de las víctimas. La mujer tenía el rostro nublado por el dolor, pero continuaba cumpliendo con su deber-. Yo sugeriría -añadió Bond- que se convocara a todo el personal para un interrogatorio.

– Ya se ha convocado -contestó la enfermera.

Molony añadió que dos de sus cirujanos estaban en camino hacia allá.

– Me temo que esto no va a servir de gran cosa -observó Bond dando un paso adelante-. Dentro de unos minutos llegará más gente del Servicio de Seguridad. Supongo que ninguno de ustedes habrá tomado el número de la ambulancia que estaba ahí fuera.

El enfermero lo tenía anotado y se lo leyó. Bond le dio las gracias.

– No sé por dónde se habrán ido, pero haremos circular ese número. Creo que usaron el vehículo como medio para escapar rápidamente. Ahora me voy, sir James. Le aconsejaría que vigilara a ese individuo lo más cerca posible, Todo esto puede haber sido una tentativa para liberarlo y llevarse a Trilby al mismo tiempo.

Molony hizo una señal de asentimiento.

– Al parecer los colegas de usted los sorprendieron.

«Podría ser -pensó Bond-. Pero puede ser también que hayan ayudado a esos supuestos parientes y posibles miembros de la Sociedad de los Humildes.»

Dos camiones, tres automóviles y una ambulancia penetraban en el patio conforme Bond salía del edificio. Un oficial de la RAF con el rostro encendido y una pistola en la mano le obligó a pararse y sólo le dejó partir tras haber inspeccionado su documentación y realizado una llamada al teléfono del cuartel general en Regent's Park.

La labor de limpieza había empezado cuando Bond avanzaba hacia su Bentley. Ya había dado el número de la ambulancia al policía de paisano que llegó dándose importancia, mientras el jefe del escuadrón de la RAF interrogaba a 007.

Pensando en la ambulancia, se detuvo un momento para inspeccionar el lugar ahora marcado de blanco donde estuvo estacionada. Al acercarse allí, su pie tropezó con algo… Eran las llaves del Bentley. Habían colgado algo en el llavero que las sostenía: un alfiler de corbata con un pequeño círculo negro en su parte superior. En el círculo estaban grabadas las letras IRS, anagrama de la Oficina de Impuestos, pero tan pequeñas que casi no podían verse a simple vista.

Se dijo que Harriett pudo haber intentado quizá dejar algún mensaje. No queriendo correr riesgos, abrió las puertas y puso en marcha el Bentley usando el control remoto que siempre llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Luego comprobó que no hubiera ningún objeto extraño debajo del vehículo.

Bond sólo se sentó en el asiento del conductor una vez estuvo totalmente seguro de que todo estaba en orden. Tampoco puso en marcha la radio hasta haber recorrido tres millas largas. Sólo entonces llamó al control del cuartel general de Regent's Park.

Primero pasó la información más importante dando detalles sobre la ambulancia, que estaba seguro había sido utilizada por los bandidos para escapar. Luego mencionó rápidamente el número de bajas y dio su opinión sobre las medidas a adoptar en la clínica por el Servicio Oficial de Seguridad. Pidió que le facilitaran cualquier información que pudiera llegarles respecto a la ambulancia y luego hizo una petición final.

– Con todos los respetos pido permiso para utilizar inmediatamente el Scatter.

Se produjo un largo silencio al otro extremo de la línea, y comprendió que el controlador de servicio estaba pasando un dedo por la larga línea de claves especiales. Sabía que debajo el epígrafe «Scatter» aquel hombre encontraría una frase compuesta de trece palabras: «El permiso para usar el Scatter sólo puede ser concedido por el CSS.» Lo que significaba que nadie en el recinto del radio control sabría lo que era el Scatter tanto si M daba como ni permiso en cuestión.

Sólo M, su superior en el departamento y media docena de funcionarios con facultades para ello podrían identificar al Scatter porque se trataba del lugar de refugio más secreto que el servicio tenía en Londres. Era tan recóndito que sólo se usaba para reuniones de alto nivel entre M y funcionarios que trabajaban en alguna misión reservada. Si Bond requería su uso era porque sabía que allí iba a estar a salvo de los Humildes, quienes con toda seguridad irían ahora tras él durante cierto tiempo. Sabia también que a la caída de la noche, M iría a visitarle y había mil cosas que deseaba discutir con él.

Bond siguió su ruta hasta alcanzar la autopista M4, que le daría un fácil acceso al Scatter. En algún lugar situado al este de la salida del aeropuerto de Heathrow la radio empezó a cobrar vida de nuevo.

– Oddball a Predator. Contésteme, Predator.

Bond practicó su rutina normal en las comunicaciones por radio y pronto recibió la información que esperaba.

– Predator, la ambulancia sobre la que dio detalles anteriormente ha sido encontrada abandonada cerca de Byfleet, en un remoto tramo de carretera. Las señales indican que los ocupantes del coche estaban esperando un relevo. También se observan señales de lucha. Corto.

Bond dio la señal de «Recibido». Quizá había sido demasiado duro con Harriett y Pearly… o al menos con uno de ellos. El acaloramiento que sentía al pensar en ello no le dejaba duda alguna sobre su deseo de que lo hecho por Harriett fuese justificado. Pero luego una idea escalofriante le anonadó… ¿Estaría todavía viva? Porque, según sus usos y costumbres, los Humildes no solían dejar a nadie a salvo una vez haberse declarado enemigo suyo.

Pasó ante Olympia en su ruta hacia Scatter.

En el extremo de la High Street de Kensington, que da a la Earls Court Road, existe un pequeño callejón sin salida que concluye en una pequeña y bonita plaza. En su centro se yergue un árbol y tres partes de la plaza están ocupados por hileras de estrechas casitas georgianas de tres pisos con terraza. El refugio secreto conocido como Scatter se encuentra en la última de la esquina sureste. Está pintada en color crema y tiene una puerta gris y ventanas del mismo color. Las tribunas acristaladas de las dos ventanas del segundo y del último piso se convierten en un estallido de color a mediados de verano. Sólo al acercarse se pueden observar las rejas de metal que protegen las ventanas, sin desentonar mucho de las mismas. La plaza está habitada por gente de buena posición y en todas las casas existen complicados sistemas de seguridad como grandes timbres de alarma de color rojo, visibles en la mayoría de ellas, y aparatos para detectar intentos de robo colocados en los marcos de las ventanas del piso bajo.

Bond aparcó su coche en el espacio disponible según las ordenanzas de los barrios de Kensington y Chelsea, apagó la radio, activó la alarma del coche y se apeó del mismo.

La encargada de Scatter es una tal señora Madeleine Findlay, hija de un viejo colega de M y una de las pocas mujeres atractivas que no reaccionaba ante los encantos de Bond, no obstante los repetidos intentos de éste por interesaría. Según palabras del propio M, era «más silenciosa que una tumba». Dudo que alguna vez alguien pueda grabar su nombre en una lápida.

La señora Findlay abrió y le invitó a entrar.

– Tenemos problemas -empezo.

– ¿Los ignoro yo? -preguntó Bond sentándose en un sillón y colocándose de modo a poder observar todo el perímetro de la plaza a través de las cortinas de gruesa malla.

– Dudo que lo sepa, señor -repuso ella. Llevaba puesto un ligero impermeable y se disponía a salir. Porque la señora Findlay siempre se marchaba de Scatter en cuanto alguien iba a utilizar la casa. Sólo M parecía estar enterado de a dónde iba y de cómo hacerla volver.

– ¿De veras?

– Ha dicho que le llame usted inmediatamente por teléfono. Las llaves están sobre la mesa. Las llaves han sido desconectadas, igual que los aparatos para son et lumière. -Se refería a la instalación para captar conversaciones y grabaciones de vídeo-. Ahora voy a salir. -Le dirigió un esbozo de sonrisa y se alejó, atravesando enseguida la plaza con pasos largos y elásticos: Una mujer con todas las de la ley.

Había dos teléfonos en el estante de una librería junto a la ventana. Parecían idénticos, pero las pocas personas con acceso al Scatter sabían que el de la derecha tenía línea directa hasta M. James Bond marcó un número.

El aparato situado al otro extremo sonó dos veces antes de que M contestara. Inmediatamente los dos se enzarzaron en el habitual intercambio de claves.

– Me alegro de que haya llamado – concedió M, tranquilo.

– La clínica parece un matadero.

– No ha sido el único lugar.

– ¿Ah, no?

– ¡Ah, si!

– ¿Dónde ha ocurrido?

– En Chichester. Cerca de la catedral. El candidato local del Partido Laborista recibía a un antiguo primer ministro de su mismo partido -M dio el nombre.

– ¿Muertos? -preguntó Bond notando una impresión aún mayor que la que durante las últimas horas le habías producido cuanto pudo ver y escuchar.

– Los dos y más de treinta personas entre la muchedumbre. Hay además cuarenta heridos.

– ¿El mismo procedimiento?

– Nos parece que sí. Bailey está aquí conmigo. Mire la televisión y descanse un poco. Yo voy en seguida.

La comunicación se cortó bruscamente. Bond se acercó al enorme televisor en color que estaba al otro extremo de la estancia. Los cuatro canales estaban transmitiendo en directo desde el lugar en el que se había producido el desastre. Pudo distinguir la catedral al fondo de una escena de total desolación muy similar a la producida en Glastonbury la tarde anterior. Los Humildes habían vuelto a las andadas. Si aquello continuaba, la gente acabaría por evitar las aglomeraciones. Las elecciones generales se convertirían en una farsa que era justamente lo que los Humildes estaban deseando…, o si no ellos, quienes les habían pagado para que realizaran aquella tarea demoledora.

Las cámaras se desplazaban en medio del desastre, revelando escenas demasiado frecuentes en aquellos días en que el terror acechaba de formas tan diversas. De pronto una de las cámaras enfocó a unos policías que ayudaban a despejar el tráfico en una zona atascada.

Un enorme Audi había quedado detenido mientras un camión pasaba por delante de él con los costados casi rozando los destrozos. La cámara mantuvo el enfoque durante unos minutos.

Al principio Bond no vio el coche, pero luego sus ojos captaron la cara del pasajero que iba en el asiento delantero. No había duda sobre de quién se trababa porque había estudiado algunas fotografías con sumo cuidado. Allí, sonriendo ante su propia obra, se encontraba nada menos que el propio padre Valentine, mientras que en el asiento trasero, embutida entre dos tipos enormes, pudo captar el destello de una mujer con el rostro blanco como la cera. Harriett Horner estaba prisionera dentro del coche de Scorpius.

Bond logró fijarse lo suficiente en la matrícula del automóvil para poder memorizarla, y aun cuando en el curso de los años había adquirido una práctica casi legendaria en retener números en la memoria, tuvo que repetirlo mentalmente una y otra vez mientras alargaba la mano hacia el teléfono y empezaba a marcar un número.

14. Engaños y cartas marcadas

M llegó después de oscurecer. Bond ni siquiera miró el reloj porque el tiempo había perdido todo significado para él luego de los horrores que casi constantemente aparecían en la televisión. Tuvo que repetirse que todo aquello era real y no una serie de escenas imaginadas por algún guionista loco.

M parecía viejo y cansado. Bond no podía recordar ningún instante en que su antiguo jefe actuara y hablara de un modo semejante, como un hombre desprovisto repentinamente de vigor, como si le dolieran todos los huesos y tuviera dificultad en emitir las palabras.

M manifestó no haber venido solo.

– He pensado que era mejor poner vigilancia. Hay un equipo en High Street y otro en Earls Court Road, pero ninguno de ellos sabe exactamente dónde me encuentro. Bailey está apostado en la esquina de la plaza. Me pareció una buena precaución dejarle venir.

– ¿Acaso alguien está seguro por completo? -preguntó Bond al tiempo que tomaba el abrigo de M y le servía un whisky que aquél se bebió de un trago alargando enseguida el vaso para que se lo volviera a llenar. Esta vez Bond le vertió una cantidad menor.

Cuando se hubieron acomodado, Bond empezó a hablar exponiendo la teoría que se había formado tras el extraño interrogatorio del hombre que se hacia llamar Ahmed el Kadar, pero cuyo nombre de muerte era Joseph.

M le escuchó en silencio, y cuando la explicación hubo acabado levantó la mirada hacia Bond con una expresión tan fría como las inmensidades árticas, los mares nórdicos y todos los bloques de hielo del mundo.

– ¿Usted lo cree? – preguntó.

– Parece ser la única explicación.

– ¿Es posible que un hombre pueda contar con gente dispuesta a morir por orden suya y actuar como bombas humanas?

– Pues eso me parece que es lo sucedido en Chichester y lo que ciertamente ocurrió también en Glastonbury. Todos los hemos visto.

M hizo una señal de asentimiento.

– Sí, en Chichester ha ocurrido lo mismo. Una mujer joven. Los ataques siempre se llevan a cabo en terrenos abiertos de modo que no es posible examinar con atención a los reunidos. Bailey ha estado con el jefe del departamento y con el comisionado metropolitano. Todos se muestran de acuerdo en proceder a alguna forma de control de la gente durante esos actos electorales, pero ningún procedimiento puede considerarse totalmente seguro. James, ¡en nombre del cielo!, ¿cómo vamos a terminar con esto?

– No tengo idea, señor. Scorpius o Valentine, o como quiera que le llamemos, parece haber puesto en movimiento una máquina de asesinar completa y eficaz. Leyendo entre líneas, el interrogatorio de el Kadar se ve que los Humildes viven en la pureza para la satisfacción personal de Scorpius. La base de su moral pura y sin mácula consiste en evitar la transmisión de cualquier enfermedad venérea y en formar uniones muy estrictas de un hombre y una mujer. Se ve que ése es otro de los dogmas de los Humildes: nada de divorcio. Lo cual parece tener mucho sentido. Una vez la pareja ha producido un niño, uno de los padres al menos, se pueden ofrecer para integrarse en ese ambiente revolucionario y dejarse matar por la causa, sabiendo que tras ellos dejan a otro ser humano que a su debido tiempo obrará de igual modo.

– La muerte sin fin. Amen.

– Exacto, señor. Creen morir por una causa grande y sublime. Alcanzarán el paraíso y, andando el tiempo, el mundo se convertirá también en un paraíso. Si Scorpius está dotado de ese poder de atracción, de ese carisma, de ese fervor y habilidad para conseguir que la gente lo crea, no me extraña que todo le salga bien. Porque existe una multitud de aspirantes en el mundo del terrorismo capaz de reunir fondos y de pagar cantidades enormes por un acto de terror o por una campaña entera.

– A menos de que se lo impidamos sin tardanza y de modo radical, sólo Dios sabe lo que puede ocurrir. -M tenía el aspecto de quien debe soportar un fardo demasiado pesado para él. Suspiró antes de continuar. Su expresión de cansancio era la de un hombre al cabo de sus fuerzas-. Desde luego nos veremos obligados a adoptar medidas restrictivas desagradables con el fin de limitar las campañas. Nada de reuniones públicas sin efectuar antes una inspección a fondo de cada uno de los asistentes. Hay que vigilar también los teatros, los restaurantes y los campos de fútbol. Todo un modo de vida y de libertad toca a su fin.

– ¿Opina usted, pues, que se trata de una campaña?

– ¡Oh, sí! Es una campaña sin ningún género de dudas. Están utilizando el terror y otras cosas que aún no sabemos. O los Humildes han montado su propia campaña para dar al traste con las elecciones, o su jefe está siendo pagado generosamente por hacerlo por encargo de otros.

– Nadie me ha informado todavía respecto a «Terremoto».

– ¿Terremoto? -preguntó M como si no lo entendiera.

– Fue la señal que recibí en mi camino hacia la clínica de Surrey, señor. Recuerde que puso a un grupo en Manderson Hall, Pangbourne, para que colaborara con lo que se suponía que yo estaba haciendo.

– ¡Ah, sí! Se trata de algo que usted no sabe todavía. Hemos atrapado a seis miembros de los Humildes a los que se mantiene en custodia bajo la acusación de usar drogas. Eso nos da la oportunidad de interrogarlos.

– ¿Miembros de los Humildes acusados de drogadictos?

M hizo unos breves signos afirmativos.

– Puse a un equipo de vigilancia y a un par de agentes de Bill Tanner para que vigilaran el lugar desde las cuatro de la mañana. Bailey me prestó además a una pareja de sus policías de paisano. Ellos fueron los que vieron al grupito aproximándose a Ja claridad del amanecer. Cuatro hombres y dos mujeres. Armados y dispuestos a morir. Dispararon un par de tiros cuando el grupo entró sobre las nueve. Parecían buscar a alguien, aunque luego lo negaron afirmando que habían vuelto para recoger unas cosas.

– Pero, según parece, Pearlman había realizado ya un examen minucioso del lugar.

– Pues eso no lo vio. En la parte superior de la casa hay una docena de alojamientos: antiguas viviendas de criados convertidas en dormitorios. Bajo una de las camas se encontró una trampilla que llevaba a lo que para la Sección Antidroga ha sido una verdadera cueva del tesoro: heroína, coca; en fin, de todo.

– Parte del dogma de los Humildes consiste en prescindir del alcohol y de las drogas.

– La impresión que tenemos es que aquello no iba destinado al consumo personal. Una de las chicas admite haber transportado allí cargamentos enteros. Al parecer trataban de usarlo más tarde como incentivo a distribuir gratis entre miembros de los servicios armados. Como hicieron los del Vietcong con el personal estadounidense en Vietnam.

– ¿De qué otras cosas no estoy enterado?

M permaneció silencioso unos segundos y luego, mirando su reloj de pulsera, repuso:

– Todo a su tiempo, James. Nos van a traer a alguien más. Tenemos una segunda o quizá una tercera pista.

– ¿Nada del Audi en que vi a ese hombre? ¿A Scorpius y a la chica de la Oficina de Impuestos?

– Hemos alertado a la policía. Usted tomó bien el número, y hemos estado examinando las cintas magnetofónicas. Me figuro que todos los agentes del país están pendientes de ese coche. Pero, James -M adoptó un aire más familiar al llamar a Bond por su nombre de pila, cosa que sólo solía hacer cuando iba a transmitirle alguna instrucción a la que el otro pudiera negarse. En la presente ocasión, su voz estaba desprovista de la habitual brusquedad en tales casos-, James -repitió-, aun cuando logremos atrapar a ese Scorpius, ¿cómo vamos a destruir el nido de víboras que ha creado?

– Será imposible. Al menos hasta que cada uno de ellos, cada hombre, mujer y niño, haya sido puesto en manos de la justicia. En cuanto a Scorpius, la muerte sería demasiado sencilla para él. De todos modos no creo en lo del ojo por ojo. Usted lo sabe. Llevo en este juego demasiado tiempo y hay algo especialmente vil en liquidar a alguien si es que se puede utilizar otro sistema.

– Con frecuencia no existe otro camino -M parecía más calmado como si hubiese recuperado el dominio de sí mismo-. Y más aún por lo que se refiere a Scorpius. En cuanto a sus seguidores, bueno, éstos son distintos.

– Se habrá dado cuenta, señor, de que, aunque echemos mano a Scorpius, es decir, si le agarramos vivo, no habrá modo de evitar que la presente operación siga adelante. En estos momentos la mayor parte de los actos en que han de tomar parte los políticos importantes durante la campaña electoral están ya programados. Los periódicos del país poseen las listas. Cualquiera puede averiguar los itinerarios…

– Lo tenemos previsto en parte -le interrumpió M vivamente-. Los actos públicos más esenciales han sido cambiados de fecha. Los jefes del C3, C7 y Dl1, es decir, los que manejan los fuegos artificiales, si es que me permite la broma, han sido llamados al COBRA. Se han realizado modificaciones en todo el esquema. Los dos partidos políticos más importantes están de acuerdo con ello. Diferentes lugares, diferentes fechas y horarios distintos. Pero esto es sólo un punto de partida. Me imagino que todos cuantos se han puesto ya en movimiento por orden de Scorpius seguirán adelante con sus planes. Los Humildes no son tontos, pero todos incurren en un defecto psicológico particularmente vulnerable.

– ¿Cuál es? -preguntó Bond, que ya se había planteado aquella cuestión y era un tema que le fascinaba.

– El de la gente que profesa ideas políticas o religiosas ambivalentes. El de cuantos no están satisfechos con las normas establecidas. El de quienes desean sacarle más partido a la religión. Los que no tienen nada y creen que las ideologías políticas corrientes, es decir, la izquierda y derecha, son las causantes de su desgracia. Algunos incluso se muestran irritados con la Providencia. Un nuevo ideal y un nuevo Dios les confieren renovadas esperanzas. Se trata de estar presente cuando todo se ponga en movimiento. Morir por la causa que acabará con todas las dificultades actuales. Bueno, todo esto resulta embriagador para gente con resentimientos.

A Bond le pareció muy cierto. ¿De modo que era aquello lo que el COBRA había logrado: reorganizar los programas electorales y escuchar la conferencia de algún tonto psiquiatra de Whitehall?

Los dos quedaron en silencio. Cosa de tres minutos más tarde M volvió a hablar:

– ¿Considera a Scorpius un hombre en su sano juicio?

– ¡Desde luego! -exclamó Bond-. ¿Qué pretendía en aquel momento? -se preguntó-. Es la maldad en persona. Un diestro traficante de armas. Un hombre dotado de un increíble magnetismo personal que obra impulsado por motivos financieros de altos vuelos. Sí, desde luego, hay que tener una mente muy clara.

– ¡Hum! -rezongó M haciendo una señal de asentimiento-. Bond, como hombre en su sano juicio… -añadió. Había descartado el «James» y sostenía su vaso en la mano para que se lo volviera a llenar-. Como hombre en su sano juicio, póngase en el lugar de Scorpius. Ha gustado las delicias del poder. Ha obtenido un contrato masivo que le compromete a desbaratar las elecciones inglesas y posiblemente algo más que eso, y obtenido la promesa de un encargo todavía más importante si éste termina bien, digamos, por ejemplo, un caso semejante en Estados Unidos durante la próxima elección presidencial. ¿Qué haría usted? Si el programa está en movimiento… si las instrucciones han sido cursadas, ¿cuál sería su siguiente paso?

Bond no vaciló.

– Me largaría de aquí -respondió con calma-. Me marcharía lo más lejos posible de las islas británicas. Luego me sentaría a esperar los acontecimientos.

– Exacto. Esa es la opinión también de COBRA. Hemos establecido vigilancia en todos los puertos y aeropuertos, aunque me figuro que ese señor es demasiado listo para emplear vías de transporte normales. Probablemente tiene ya convenido algún sistema para salir del país sin que nadie lo vea.

– Si; del mismo modo que también tiene a alguien situado en posición privilegiada para informarle exactamente de lo que pensamos hacer.

– ¿Sigue creyendo eso?

– Es evidente, señor. Más evidente que nunca si se considera el juego de manos que nos traemos. Mis primeros sospechosos siempre han sido el hombre del SAS, es decir, Pearlman, y la muchacha norteamericana de la Oficina de Impuestos. Pero puede haber otros. De cualquier modo que lo mire, alguien se nos adelanta siempre. -Contó los episodios ya conocidos con la punta de los dedos-. Primero: alguien sabía que me habían mandado venir desde Hereford después de que se encontró el cadáver de Emma Dupré. Segundo: Trilby Shrivenham nos sale con todo ese galimatías, pero aún no sabemos bien de qué se trata. Tercero: esa gente sabía exactamente dónde habíamos guardado a la chica de la Oficina de Impuestos. Cuarto: le digo a Pearlman y a la chica que nos vamos a Manderson Hall, último refugio de los Humildes en este país, cuando en realidad íbamos a Surrey para interrogar a su hombre atrapado en Kilburn, y estoy convencido de que aquello los puso nerviosos. ¿Qué ocurre a continuación? Un asesinato. Una tentativa frustrada para matar a la joven Shrivenham y para rescatar a su secuaz. Hasta cierto punto consiguieron ambas cosas: lo ocurrido en Manderson Hall, a donde todos creían que íbamos (el aviso de «Terremoto» y el asesinato en masa en la clínica de Surrey. Alguien debió de estar enterado. Alguien los informó sobre nosotros. Es a ese alguien a quien de deberíamos estar buscando.

– Las cazas de brujas raras veces sirven para algo. Pero puede que tenga razón… hasta cierto punto. Pearlman parece el más sospechoso. Dice usted que nadie le siguió a la casa de Kilburn y también asegura que Pearlman mostró sorpresa ante el cambio de planes. Pero ¿y si actuara sólo como pantalla? Una llamada clandestina procedente de él les hace recibir información. Pero hay un equipo realmente bueno trabajando a sus espaldas. Ustedes habrían sido seguidos hasta Surrey. O mejor dicho, el trío que visitó a la joven Shrivenham recibió un mensaje a tiempo. ¿Ha pensado en ello?

– Podríamos comprobarlo.

M alargó la mano hasta el teléfono, marcó un número y empezó una larga conversación en voz baja durante la cual Bond trató de reajustar y de ensamblar la lógica de todo el conjunto.

Finalmente M dejó el teléfono y se quedó mirando a Bond.

– Debíamos haber pensado antes en esto. El que se hizo pasar por hermano de la joven Shrivenham recibió una llamada cosa de quince minutos antes de que llegara usted. El pobre chico de la recepción la anotó, pero nadie pensó en hacer averiguaciones.

Bond estaba a punto de conseguir que sus ideas se concretaran. Abría la boca para decir algo cuando el teléfono volvió a sonar. Tres veces y se detuvo; luego dos y volvió a detenerse. A la tercera serie de llamadas, M tomó el auricular. Hubo otra conversación en voz baja. Cuando volvió a dejar el aparato, M se quedó mirando fijamente a Bond.

– Han encontrado el Audi -anunció sin excesivo entusiasmo- en una zanja, cubierto con ramas y hojas. Junto a una carretera de segundo orden en Kent. Fuera de toda ruta habitual, a cinco millas de un antiguo campo de aterrizaje.

– ¿Cuándo? -preguntó Bond deseoso de saber el momento preciso en que el coche había sido hallado.

– Lo encontraron accidentalmente hace cosa de una hora. En condiciones normales no lo hubieran localizado hasta dentro de un día o dos, porque esa carretera es poco transitada. Pero al parecer un granjero borracho que andaba por allí como si llevara el piloto automático en dirección a su casa, se desplazó un tanto hacia la izquierda y metió en una zanja a su bonito Range Rover. Nada de particular, pero lo suficiente como para que tuviera que llamar al garaje pidiendo que lo sacaran del apuro. Por casualidad el agente local estaba llenando el depósito de su Panda cuando se recibió la llamada y decidió ir a ver lo que ocurría.

– ¿Qué hay de ese aeropuerto?

M asintió tristemente:

– Ha dado en el clavo, 007. Un avión en la noche. Cosa poco usual por aquellos contornos. El aeropuerto consta de una sola pista y no tiene edificios ni hay torre de control. No se llevan a cabo vuelos nocturnos, aunque la pista está en condiciones bastante decentes. Por supuesto, la hicieron durante la guerra. Se la utilizaba como campo auxiliar de Manston. Y aun sigue siendo así hasta cierto punto. Algunas escuelas de aviación locales la usan para que sus alumnos practiquen aterrizajes difíciles.

– Se refería a los aterrizajes que en tiempo de guerra la Royal Air Force denominaba «de tumbos y sacudidas».

– ¿Y esta noche un avión partió de allí?

M hizo una señal de asentimiento.

– Acierta de nuevo. Un miembro del club local vive justamente al otro lado. A última hora de la tarde un pequeño y muy pulcro Piper Comanche de dos motores…

– ¿De los de seis pasajeros un poco apretados?

– En efecto. Sea como quiera, el caso es que empezaba a oscurecer y el aparato llegó volando con sólo un motor. Nuestro hombre del club aéreo sale corriendo a ver si puede prestar ayuda. El piloto es un chico simpático. Va en vuelo hacia Francia, pero tiene problemas con el motor. Dice que necesita alguna pieza de recambio y pide al otro que le deje telefonear. Llama a alguien diciéndole que le traiga determinada pieza y rehusa la comida y el cobijo que le ofrecen. «Tengo que quedarme en el avión», es todo lo que explica. Al llegar la noche despega. Al del club aéreo por poco le da un ataque al corazón. Porque el aparato debió de elevarse a ciegas.

– ¿De modo que se nos ha escapado?

– Así parece. ¿Usted qué cree?

– Lo mismo -repuso Bond. Tras de lo cual continuó con su anterior razonamiento. Había estado pensando en ello muy a fondo y sus conclusiones eran preocupantes. ¿Y si permitieron que Emma Dupré se les escapara? -preguntó-. ¿Y si mi número de teléfono lo escribió alguien en su agenda?

M enarcó una ceja como si se hubiera hecho la composición de lugar de que cualquier teoría procedente de Bond era una estupidez.

– ¡Adelante! -le animó, aunque tras aquella exclamación se notaba que estaba perplejo.

Para empezar, Bond no podía comprender que se hubieran fijado precisamente en él.

– Durante largo tiempo me ha intrigado la idea de por qué un grupo con intenciones agresivas me siguió durante mi viaje a Londres. Es una pregunta que no ceso de hacerme.

Añadió que si habían permitido intencionadamente que Emma se fuera llevando en su agenda el teléfono de Bond, sólo podía ser por un motivo.

– Si Scorpius y quienes trabajan para su Sociedad de los Humildes estaban a punto de empezar su horrorosa campaña, necesitaban asegurarse de que ciertas informaciones les llegaran desde dentro. Querían saber por adelantado qué acción se iba a adoptar. En consecuencia, señor, la agenda de Emma con mi número de teléfono constituía un cebo personal. Eso ha estado bien claro todo el tiempo. Incluso es posible que no quisieran que la chica muriese. Pero murió. A Scorpius le era igual una cosa que otra. Pero una vez se identificara mi número yo quedaría involucrado en el asunto. Y si me dejaba involucrar, nuestro servicio también lo estaría. Sume todos estos factores y el resultado es fácil. Tenían que disponer de un agente de penetración que pudiera informar directamente a Scorpius o a quien él designara. De alguien próximo al Servicio o capaz de acercarse a éste o a mí o a quien tome parte en la operación. ERMF. O como mi tutor solía decir: «En Realidad Muy Fácil».

– Debo admitir que tiene sentido -aprobó M frunciendo el entrecejo. Mientras Bond hablaba no había dejado de mirar su reloj de pulsera-. Scorpius tenía que atraernos a su trampa porque disponía de alguien próximo a nosotros. De alguien con el oído fino como el de usted o quizá como el mío.

– De alguien con fácil acceso a nuestro entorno.

– ¡Hum! -gruñó M, que se estaba poniendo nervioso por momentos.

Se levantó y dirigióse a la ventana, advirtiendo a Bond que apagara las dos lamparitas de estudiante que arrojaban una tenue claridad verdosa por la habitación.

M volvió cuidadosamente el borde de la cortina para echar una mirada al exterior y durante unos momentos se quedó perfectamente inmóvil. De pronto exclamó:

– ¡Ah, por fin!

Fuera se oía el sonido de un coche al aparcar. M advirtió a Bond que mantuviera las luces extintas hasta que su visitante hubiera entrado. Y enseguida se dirigió a la puerta. Se oyeron voces suaves y un rozar de pies.

– Está bien. Venga de nuevo la luz.

M estaba dando a todo aquello un tono francamente melodramático.

Bill Tanner acababa de entrar. Y cogida a su brazo iba la deliciosa Ann Reilly conocida en todo el servicio como la bella Q. Sus ojos estaban tapados por un vendaje negro.

– Se lo puede quitar, querida -le indicó M con voz meliflua-. La señorita Reilly no figura en el círculo mágico de los que conocen nuestro refugio secreto. De ahí la necesidad de esta comedia de capa y espada.

La bella Q parpadeó tratando de acostumbrar sus pupilas a la tenue claridad.

– ¡Hola, James! -saludó a Bond, muy animada. Debí haber sabido que era a usted a quien tenía que informar. ¿Porque qué otra persona estaría escondida en un lugar donde ninguna joven apasionada pueda hallarlo?

– Siéntese y vayamos al grano -le indicó M.

Se sentaron muy próximos en dos sillones de cuero de alto respaldo y en un taburete. La bella Q sacó de su bolso una de las tarjetas de plástico Avante Carte.

– No hemos hecho todavía una verificación completa -empezó-. Pero hasta el momento esa tarjetita de aspecto ingenuo parece poseer la fuerza de una hechicera.

Enseguida se lanzó a una amplia explicación sobre las tarjetas inteligentes y su modo de actuar. Poseían unas bandas magnéticas ocultas en su interior que transmitían información a una computadora de modelo especial y la acumulaban desde la pantalla de unos procesadores de datos de mayor capacidad.

Buena parte de cuanto la bella Q estaba diciendo era sumamente técnico y se refería principalmente a ese tipo de tarjeta de crédito que permiten obtener determinadas cantidades de dinero de un cajero automático, capaz también de rechazarlas si no existen fondos suficientes.

– Usted sabe muy bien -continuó- que ciertas tarjetas hacen algo más que proporcionar unas libras cuando el banco está cerrado. Informan también sobre el estado de la cuenta y en determinados casos se las puede usar para ingresar dinero en ella.

Hizo una pausa sosteniendo la Avante Carte entre el pulgar y el índice.

– Pero esta pequeña maravilla es diferente. La que aquí tengo perteneció a Trilby Shrivenham y mañana la vamos a investigar a fondo. Ya hemos despiezado la de Emma Dupré y nos ha revelado una gran cantidad de secretos. La llamada Avante Carte es probablemente la tarjeta más sofisticada de cuantas conozco.

»Verán: no sólo contiene franjas magnéticas, sino también minúsculas memorias, lo que los técnicos en computadoras llaman ROM (Read Only Memory), es decir, memoria única real, y también RAM (Random Access Memory)~ memoria de acceso al azar. Ello significa que la tarjeta es capaz de actuar como un pequeño ordenador, y puede ser programada con algún fin especifico. Pero su aspecto más siniestro consiste en incorporar una microplaqueta de información de datos de entrada y de salida.

Pudo notar cómo las pupilas de M empezaban a ponerse vidriosas, y, como éste ya había oído cuanto necesitaba, fue directamente al grano.

– Me limitaré a señalar las cosas que esta tarjeta puede hacer. Aunque todavía no hemos averiguado si es que realmente lo hicieron, en primer lugar, su simple inserción en un cajero automático electrónico y la pulsación de una secuencia de números puede ponerla en contacto con las unidades centrales de las computadoras de los bancos ingleses más importantes. Piense en lo que eso significa. Equivale a contactar con los datos de todos esos bancos.

»Y a su vez significa también que se pueden desviar dichos datos y manipularlos como se quiera. El aspecto delictivo más evidente de ello es el de que, en teoría, si la tarjeta está correctamente programada por una computadora principal y si se conocen los números de las cuentas de alguna rica institución, es posible pasar electrónicamente, a través de un cajero automático, dinero de esa espléndida cuenta a la de uno mismo o a cualquier otra que se desee. La consecuencia está clara.

– Es decir, que se puede arruinar a cualquiera o convertirle a uno en millonario por un día.

– O al menos durante el tiempo suficiente como para hacerse con el dinero. -Pasó un dedo manicurado por la tarjeta-. Este es un producto electrónico planeado con muy mala idea, James. Su potencial delictivo y su inteligencia son enormes.

– ¿Para qué lo han utilizado hasta la fecha? -preguntó Bond. La bella Q dirigió a M una mirada como si le preguntara: «¿Lo puedo decir?» M hizo una señal de asentimiento.

– Lo más interesante es que la tarjeta de Trilby Shrivenham no ha sido utilizada jamás. Pero creemos que a ella sí la utilizaron… para obtener los números de las cuentas principales de su padre.

– ¿Han estado consiguiendo dinero perteneciente a lord Shrivenham?

– No ha sido así, James -intervino Bill Tanner hablando por vez primera-, sino todo lo contrario. Por una de esas raras coincidencias que pocas veces pasan en la ficción, pero con frecuencia sí en la vida real, el viejo Basil Shrivenham quiso verificar un depósito bancario que había permanecido inactivo durante un par de años, limitándose a acumular intereses. No es muy importante, pero tampoco despreciable. En realidad se trata de una cuenta reservada en su testamento para Trilby. Esta mañana pidió el saldo que debería haber sido de unas doscientas mil libras, y cuando comprobó la cifra rogó que practicaran una comprobación. Se repasó la cuenta y era correcta. Pero el saldo que debería haber sido de un par de cientos de los grandes tenía en su haber cerca de tres millones de libras esterlinas.

– Y todo se llevó a cabo durante la semana pasada por medios electrónicos -añadió M-. ¿Se da usted cuenta, Bond?

El aludido hizo una señal de asentimiento.

– Sí, me doy cuenta. Alguien, si así lo considera necesario, puede trasladar ese dinero a una cuenta más significativa que se convertirá en una especie de fondo a utilizar de modo fraudulento por el partido político de Shrivenham.

– En efecto, 007. Ha dado usted en el clavo. Y a su debido tiempo la prensa…, o al menos la prensa sensacionalista, recibirá copias auténticas de la cuenta bancaria, así como de varias transacciones efectuadas por medios electrónicos. Y el actual gobierno, empeñado en obtener otro mandato, se verá involucrado en una versión inglesa del Watergate.

– Pero con todo lo demás en su favor… -expresó Bond con cierta brusquedad. Pero al ver la mirada de M optó por cerrar la boca.

Estuvieron hablando durante cosa de una hora, tras lo cual M dijo que la entrevista podía darse por terminada. A la bella Q le vendaron otra vez los ojos y fue conducida hasta el automóvil por Bill Tanner, mientras M se quedaba un poco más en la casa.

– Es mejor que esta noche duerma aquí -le aconsejó-. Por lo menos estará seguro. -Bajó de nuevo la voz como si temiera que alguien pudiera oírle-. Mañana será otro día. He puesto a la mayor parte de nuestros servicios en Europa…, o al menos aquellos en los que puedo confiar plenamente, en situación de alerta de cara al amigo Scorpius. Espero tener más información hacia la tarde. Llámeme dos minutos después de cada hora después de mediodía. Para entonces creo que estaré en condiciones de informarle sobre Scorpius. -Dirigió a Bond una mirada de soslayo-. Pero desde luego, si obtiene alguna noticia interesante, no vacile en seguirle la pista y trate de ponerse en contacto con nosotros. Pero recuerde, James, que quiero que este asunto se resuelva no importa lo que cueste. Y eso corre de su cuenta. Téngalo presente. El imperio de la ley y el sistema de vida inglés dependen de nuestro éxito. Y lo mismo digo respecto a un gran número de vidas inocentes.

Cuando Bond se quedó solo dirigióse a la larga y estrecha cocina y se preparó una omelette aux fines herbes, que acompañó con una botella de Chablis, aunque no sin pensar, divertido que la buena señora Findlay probablemente adquiría el vino al por mayor en un supermercado. Se dijo que no había nada que objetar, aunque hubiera resultado preferible que alguien se lo advirtiera antes, porque el constante contacto con semejante clase de bebida podría dañar el paladar.

Finalmente comprobó todas las cerraduras y las alarmas, se dio una ducha y trepó a la enorme cama de matrimonio que era la pieza más importante del dormitorio principal. Aunque estaba cansado hasta no poder tenerse en pie, Bond permaneció tumbado de espaldas un buen rato, dando un repaso a los acontecimientos del día antes de sumirse en un profundo y tranquilo sueño.

No supo lo que le despertó, pero de pronto sus ojos se abrieron y como en sueños, introdujo la mano bajo la almohada en busca de la pistola que había guardado allí antes de meterse en la cama. Podía ver el resplandor rojizo del reloj despertador mostrando que la hora era las cinco y once de la madrugada.

De pronto se quedó petrificado. La pistola no estaba en su sitio, lo que significaba que, aun cuando pareciese imposible, alguien había entrado en la habitación.

Movió lentamente las piernas de modo a poder saltar como un resorte en cuanto sus ojos se hubieran acostumbrado a la oscuridad. Pero era demasiado tarde. Sin previo aviso, una mano de hierro le tapó la boca con los dedos separados para empujarle la cabeza al tiempo que un cuerpo humano se apretaba contra sus piernas, inmovilizándole por completo. Su atacante era de una fortaleza inaudita.

Notó una respiración cálida junto al oído y luego oyó cómo le murmuraban:

– Lo siento, jefe, pero es la única manera. Puedo ahorrarle un montón de disgustos.

No había necesidad de más explicaciones. La impresión de Bond no había fallado. Notaba el frío cañón de su propia pistola en la sien. Durante un segundo se dijo que Pearlman acabaría con él a los pocos minutos.

Pearly Pearlman alargó la mano y encendió la luz, aunque sin dejar de retener a Bond contra la cama.

– Buenos días, jefe -le saludó-. Vamos a hacer un pequeño viaje. Pero no necesitará acicalarse demasiado. Le voy a contar una historia que va a ser un bálsamo para su alma.

15. Joven e insensato

Vigilado por el ojo implacable de su automática ASP, Bond se vistió, muy disgustado por no poder darse una ducha ni afeitarse. Pearlman, que iba vestido como para una operación nocturna, es decir, con pantalón negro, jersey de cuello alto, capucha y zapatillas de entrenador, dijo que disponían de poco tiempo.

– Tengo que sacarle de aquí antes de que alguno de sus amiguetes haga acto de presencia. Es usted escurridizo como una anguila, señor Bond…, si es que me perdona la comparación, y no tengo la intención de darle facilidades. Sólo Dios sabe lo que pasaría si le dejara tomar una ducha. Conozco lo suficiente este lugar, pero quizá me olvide de algo. Podría verme metido en una trampa. Seguro que comprende mi deseo de no correr ningún riesgo. Esto es algo más que un sencillo trabajo, por decirlo así.

Conforme Bond se iba poniendo las ropas que había dejado pulcramente dobladas o colgadas en el armario antes de acostarse, su mente empezó a buscar una manera de salir de aquel atolladero. Por toda la casa había timbres de alarma que, de ser oprimidos, pondrían en alerta al oficial de servicio en Regent's Park. Pero aun cuando consiguiera pulsarlos, iba a pasar bastante tiempo antes de que alguien pudiera presentarse en la casa. En el cuartel general, la señal aparecería en una pantalla de ordenador haciendo destellar la palabra «Scatter». Y el oficial de servicio tendría que contactar con una de las pocas personas conocedoras de la localización de aquel refugio secreto clasificado como de primer orden.

Pearlman se enfrentaba a aquella situación con las precauciones naturales de un hombre bien adiestrado. Luego de haber dado a Bond la orden de vestirse, se hizo atrás rápidamente, poniendo cierta distancia entre los dos. «Nunca permanezcan cercanos a una persona a la que encañonan con una arma», les habían enseñado. Y era verdad, porque existen docenas de modos para desarmar a quien esgrime una pistola si es tan tonto como para permanecer junto a la persona amenazada.

– Cruce los dedos y póngase las manos sobre la cabeza -ordenó Pearlman, que no se olvidaba ningún detalle del procedimiento-. Y ahora apriete hacia abajo y cierre los codos. Conoce bien estas medidas, jefe. Baje la escalera sin hacer ruido. Y si se cae o simula caer, es usted hombre muerto. Y no hablo porque sí. Le aseguro que no me gustaría por que es usted la mejor garantía de que dispongo en mucho tiempo. ¡Bueno, en marcha!

No había alternativa. Las palabras de Pearlman sonaban como una auténtica amenaza. Bond no abrigaba duda alguna de que un resbalón accidental o calculado significaría ir a parar al cementerio, y con mucha suerte quizá también algunas líneas en la sección necrológica de The Times.

Avanzó por el pasillo y bajó la estrecha escalera como si pisara huevos. Una vez abajo, Pearlman volvió a ordenar:

– Quédese ahí, jefe. Bien. Ahora, cuando yo diga ¡adelante!, avance usted muy lentamente hasta ese bonito saloncito. -Estaba procurando que su presa no se apartara de su línea de visión. Un par de segundos después, Bond oyó la orden.

– En marcha. Mantenga las manos sobre la cabeza con los dedos entrelazados… Ahora camine lentamente hasta el sillón que hay junto a la biblioteca… Bien… Vuélvase y siéntese. Por favor, no haga ninguna tontería. De todos modos, de poco le iba a servir porque las alarmas están desactivadas.

Permanecían sentados el uno frente al otro en lados opuestos de la habitación: Bond, inmóvil, con las manos sobre la cabeza y los dedos entrelazados; Pearlman, con la pistola firmemente sujeta y el índice sobre el gatillo.

– ¿Cómo ha podido entrar, Pearly? -preguntó Bond-. Y no hablemos de cómo ha logrado desactivar el sistema de alarma.

– ¡Preguntas, preguntas! No, jefe; no va a conseguir que me las dé de listo. ¿Cómo lo hubiera hecho usted?

– No entiendo cómo ha dado conmigo. Y me parece un milagro que haya podido entrar aquí. Porque esta casa está tan protegida como una caja fuerte.

– Todo a su tiempo. En primer lugar tengo algo que contarle. Cierta vez leí un libro en el que alguien que estaba trabajando para el Servicio de Inteligencia dijo justamente esas palabras. Y cuando hubo terminado, las vidas de quienes le escucharon cambiaron dramáticamente. Ya verá usted cómo le pasa lo mismo luego de que me haya oído.

– ¡Adelante!

– Los dos conocemos muchas cosas de La vida y también de la muerte, ¿verdad?

Bond hizo una señal de asentimiento y Pearlman continuó:

– Hemos presenciado muertes violentas, horribles. Esta es una época sangrienta. Como dice la Biblia: «…hay un tiempo para vivir y otro para morir.» Pues bien, vivimos en el tiempo de morir. De morir de repente la mayor parte de las veces por culpa de una guerra o a manos de terroristas que actúen en las calles. Es como si hubiéramos nacido para morir de ese modo.

Bond hizo una señal de asentimiento.

– Me parece espantoso, horrible. Y a usted también, ¿verdad?

Una vez más, Bond asintió.

– De acuerdo. Mi madre solía cantar una canción. Murió cuando yo tenía doce años y el viejo nunca pudo recuperarse. Compró su billete para el viaje de ida un par de años después. La canción me la enseñó mi abuela. Más tarde supe que se trataba de un poema titulado Paseando por los jardines Salley. Parte de él sirve para contar mi historia. Dice así:

Me pidió que tomara el amor sencillamente, como las hojas crecen en los árboles.

Pero como yo era joven e insensato no quise aceptar su consejo.

Mi amor y yo estábamos en un campo a las orillas del río.

Y ella puso sobre mi hombro su mano blanca como la nieve.

Me pidió que tomara la vida tal como es, igual que la hierba crece en el prado.

Pero yo era joven e insensato y ahora las lágrimas corren por mi cara.

Vaciló como si el poema de Yeats lo conmoviera.

– Sentimental, ¿verdad, jefe? Tal vez. Pero yo era joven e insensato cuando aquella chica surgió en mi vida. Siempre he sido disciplinado, jefe. Fui niño-soldado a los quince años y pasaba mis permisos con los abuelos. El ejército fue mi padre, mi madre, mis hermanos y mis hermanas. Luego conocí a aquella chica. De ello ahora veinte años. Pensábamos casarnos; pero me destinaron a un país lejano… Una de esas cosas que ocurren, ¿comprende? Llegó un telegrama en que me ordenaban que me incorporara. Fue como si la radio quedara en silencio, por así decirlo. Por aquel entonces seguíamos cediendo pedazos del imperio y había que realizar una gran labor policíaca. Ya sabe a lo que me refiero. -Dirigió una sonrisa burlona a Bond y le guiñó un ojo-. El caso es que no volví a recibir noticias de la chica. Le escribí y también a sus padres. Pero no supe nada de ella hasta volver a mi casa y enterarme de que había muerto al dar a luz a mi hija. Un episodio muy sentimental, ¿verdad, señor Bond? Parece una historia de amor para mujeres. Pero le aseguro que esas cosas duelen más que un

– Lo sé -respondió Bond sinceramente, porque conocía mejor que nadie aquellas situaciones.

– Me juré que cuidaría siempre de la pequeña. Y lo hice. Era mía. Nunca me casé, pero ella estuvo bien cuidada. Pagué sus gastos y pasé mis permisos a su lado. La pobrecita vivía con sus abuelos, con Mum y Dad. Luego aprobé el curso selectivo e ingresé en el SAS. A partir de aquel momento, cada vez que arriesgaba la vida era por ella. Por Ruth. Incluso le di mi apellido. Ruth Pearlman. Una buena muchacha judía, jefe. Y así ha continuado siendo hasta hace más de un año, cuando al regresar a casa supe que se había marchado. Sus abuelos estaban deshechos, pero lo que más les dolía era que Ruth hubiera vuelto la espalda a su fe religiosa para pasarse a otra de nuevo cuño. Lo consideraban todavía peor que si se hubiera hecho goyim o cristiana, que si se hubiera vuelto shiksa.

»Logré enterarme de dónde se encontraba y fui a verla a aquel condenado y enorme mausoleo que se llama Manderson Hall. Intenté hacerla entrar en razón, como es natural en todo padre. Pero ella no sabía hablar más que de su nueva religión. Ese Valentine o Scorpius, o como quieran llamarle, realmente se apodera de ellos por completo. Los inculca una especie de locura, un fervor especial. «Hay mucho aquí de nuestra propia fe, papá -me explicó-. Incluso recitamos el Kaddish por los muertos.» ¡Vaya! Como si el Kaddish fuera lo único que importaba. Le aseguro, señor Bond, que sé bastante sobre religiones comparadas. He leído un montón acerca de ello. Pero mi hija pensaba que todo estaba bien porque en aquel revoltijo insensato seguían recitando el Kaddish.

Guardó silencio con las pupilas brillantes. En aquellos momentos Bond no hubiera sido capaz de atacarle, aun cuando hubiera podido.

– Yisgaddal,

»Veyiskaddash,

»Shemay rabbah…

»Con aquello tenía bastante. Era una de las Humildes. ¿Cree que recitaron el Kaddish por los pobres desgraciados de Glastonbury? ¿O por los de Chichester? ¿O por los que morirán, Dios sabe dónde hoy mismo? ¿Lo harán?

– Pearly, ¿sabe usted dónde va a ocurrir algo hoy?

Pearlman se echo a reír.

– Usted siempre ha creído que soy uno de ellos, ¿verdad? Me di cuenta desde el momento en que nos vimos envueltos en aquel incidente con los coches cuando veníamos de Hereford. Sospechó de mí en seguida. Hizo bien al obrar así. Aunque sólo hasta cierto punto. Porque se equivocó. Se equivocó tanto que no quise decir nada.

– ¿Y por eso ahora en plena noche me amenaza con mi propia pistola?

– Lo hago porque es la única forma de que me escuche. De que alguien como usted me preste atención. Sí, estuve involucrado con los Humildes y con ese criminal padre Valentine, que actúa como el Hijo de Dios hecho hombre. O por lo menos eso es lo que ellos creen. El Mesías de los Humildes. Lo que dice no admite discusión. «Id para haceros matar entre una muchedumbre con el fin de que caiga un político o un personaje importante.» Y lo hacen. «No miréis hacia atrás o quedaréis convertidos en estatua de sal.» Mi pequeña Ruth, que aún no ha cumplido veinte años, es la preferida de ese bastardo. Porque ya ha tenido un hijo… aunque desde luego en estado matrimonial. La ceremonia fue seguida por una visita al registro civil para que todo quedase legalmente formalizado. Ella está puesta a ir al paraíso de los Humildes, aunque caiga hecha pedazos. Soy listo, pero, en el caso presente nada más puedo hacer. Si no te es posible derrotarlos, únete a ellos, ¿eh, jefe?

– Así suele decirse.

– Cuando fui a verla la primera vez, me presentaron a su dios, nuestro padre Valentine. Le parecí agradable y yo le hice el juego. Visité Pangbourne un par de veces. También asistí a la boda. No pude evitarlo, aunque el tonto de su marido es en el fondo un marxista acabado. Se cree todas esas burradas de los Humildes porque en su subconsciente lo considera como parte de la gran revolución mundial. De todo eso hace ya once meses, y entre tanto ella ha tenido un hijo. Soy abuelo a los treinta y siete años, jefe. Un niñito que se llama Joshua. Por lo menos Ruth tuvo la decencia de ponerle un nombre adecuado. Después de la boda Valentine me tendió su anzuelo. «No quiero que vivas con nosotros, John -me dijo-. Comprendo que te sientas reconfortado porque tu hija sea de los nuestros y veo que tú también crees.» Había jugado bien mis cartas. Logré hacerles suponer que me había convertido. «Te necesito en el mundo -continuó Valentine-. Quiero que vigiles, escuches y me informes. Serás como uno de los espías que el bendito Moisés envió para que le informaran sobre la tierra de Canaán.» Está muy enterado. Cita pasajes de la Biblia, del Corán y de cien libros más que ni siquiera conozco.

– ¿Qué más? -preguntó Bond, cuyos brazos empezaban a cansarse, aunque no se atrevía a moverlos.

La narración de Pearlman le parecía más interesante de lo que había supuesto. Había en ella puntos débiles que podía aprovechar, palancas de las que valerse en beneficio propio.

Pearlman siguió hablando:

– Valentine…, o si lo prefiere Scorpius, me contó que cuando llegara el momento, reservaría para mí misiones específicas. Deseaba obtener información. Al cabo de un mes me entregó una lista de personas. Yo no conocía a ninguna. Mi misión consistía en enterarle de si alguno de aquellos nombres era importante en Bradbury Lines. El de usted figuraba en la relación. Informé, pues, sobre ello y por poco nos matan a los dos. Se sintió complacido y yo continué mi tarea del mejor modo posible. En mi estupidez deseaba atraerle hacia una trampa. Lo mantuve bien informado hasta el suceso de Glastonbury y aún después. Sólo entonces fue cuando comprendí lo que Valentine se traía entre manos. Aquello me puso enfermo. La última vez que hablé con él, poco después de que naciera el pequeño Joshua, me contó que nos aguardaba una gran misión. Y que cuando todo hubiera terminado, Inglaterra se convertiría en una tierra de héroes. El mundo entero seria arrastrado tras lo que iba a suceder. Me dijo también que mi pequeña Ruth iba a desempeñar probablemente la parte más importante en aquella gran empresa, en el amanecer de una nueva era. Y que debería mostrarme orgulloso de ella.

Bond estaba seguro de que las palabras de Pearlman eran sinceras. Nadie hubiera sido capaz de contar semejante historia de no ser verídica.

– ¿Qué ocurrió en la clínica, Pearly?

– ¿Cuándo? ¿Ayer? Querrá decir qué diablos no ocurrió. Esa pájara norteamericana, Harriett, se tropezó con los tres hombres en el cuarto de Trilby. Había oído mucho ruido dentro, lo que no es sorprendente, ya que intentaban matarla. Abrió la puerta y ellos se quedaron como estatuas. Yo los conocía a todos. El trío forma parte de la guardia personal de Valentine. Son sus gorilas, si quiere una definición exacta. Me reconocieron y uno de ellos gritó: «¿Qué pasa aquí?» Hice como si los hubieran descubierto y empezaron a retirarse. De pronto vi cómo la joven Harriett se levantaba la falda. Llevaba un Colt de cañón corto en una estrecha pistolera. Y fue entonces cuando empezó el tiroteo. Obraron como maníacos dispuestos a matar a todo aquel que se moviera, incluyendo a uno de los suyos que se interpuso en la línea de fuego. Tuve que andar listo: Pero me excedí. Agarré a Harriett y le ordené estarse quieta. Los otros pensaron que les iba a hacer un pequeño regalo, lo que hasta cierto punto fue así. En realidad, ya habían intentado apoderarse de ella en Kilburn. Me ordenaron que saliera y se la llevaron. Supongo que tendrían el coche un poco más allá en la calle, porque se llevaron la ambulancia. Lo siento, jefe. Es una buena chica, pero se la llevaron y ha sido culpa mía.

– ¿Qué pasó después? ¿Y por qué está usted aquí, Pearly?

– Valentine me dio un número para utilizarlo si se presentaban problemas. Salí de la clínica a toda prisa y luego, ocultándome, telefoneé al número en cuestión. Me dijeron dónde estaba usted… Esto fue anoche a las diez. Sabían exactamente su paradero, lo mismo que sabían también cómo es el sistema de alarma y el de seguridad. Me aseguraron que me sería fácil porque nadie vigilaba. El lugar es tan seguro que el servicio no tiene por qué ponerle guardias. Lo han averiguado todo. Pero usted lo previó, ¿verdad? Tienen a alguien aquí, en el mismo corazón del servicio que debe llevar trabajando para ellos bastante tiempo. Quienquiera que sea es de confianza, y él o ella informan de todo cuanto se haga.

– Sí, ya había pensado en eso. Y es preocupante porque ha de ser alguien a quien yo conozco desde tiempo. Pearly, ¿qué va a hacer usted ahora?

– Mis órdenes son de llevarle a presencia de nuestro padre Valentine.

– ¿Y las va a cumplir? ¿O prefiere convertirme en su rehén por su hija Ruth?

– No, no. Yo no lo veo así. Pensé que unidos quizá tengamos más posibilidades de acabar con ese loco. Quiero formar una asociación, jefe. Hagámosles creer que he logrado su colaboración. Sospecho que el gran padre Valentine se ha trazado ya sus planes para usted y para esa chica Harriett, que continúa en su poder.

– Quizá volvamos a los tiempos de los sacrificios humanos.

– No me sorprendería. ¿Quiere actuar… sin armar escándalo, como mi colaborador y no como mi rehén? -Hizo una pausa y dejó que la pistola reposara sobre sus piernas-. Si no logro sacar a mi hija de esto y volverla a la normalidad, quizá abandone el asunto. Todo depende de usted, jefe. Lo dejo a su elección.

Asió la ASP por el cañón y la tendió hacia Bond para que la tomara. Este se quitó las manos de la cabeza y, alargando la diestra, cogió la pistola por la culata.

– ¿Dónde tenemos que ir, Pearly? ¿Dónde se oculta ese hombre?

Comprobó la pistola, notando que Pearlman le había quitado el seguro. Por lo visto estaba dispuesto a utilizarla. Lo hubiera matado en caso necesario, aunque en realidad le hubiera llevado allí otro propósito: el de rogar a Bond que le ayudase, pero no a salvar a su país sino a su hija.

– A mucha distancia de aquí. Ha preparado todos los resortes. Ha organizado su acción de terror para dejar a Inglaterra hecha pedazos, sin elecciones generales y sin gobierno. Todo está dispuesto como el detonador de una bomba de relojería o, mejor dicho, de varias. Pero él no estará por aquí cuando suceda. Hace tiempo que se ha marchado junto con los fieles que aún no han sido designados para morir por su paraíso y por sus cuentas bancarias.

– Pero ¿dónde está? -preguntó Bond. En aquel momento el teléfono empezó a sonar-. Creí que había anulado toda la instalación eléctrica -añadió mirando a Pearlman.

– Toda menos el teléfono. Si no contesta, los suyos acudirán como hurones cuando persiguen a un conejo. Así que coja el aparato.

El que llamaba era M.

– Otra vez la clínica -anunció casi enigmáticamente.

– ¿Qué pasa con la clínica?

– No hay ningún muerto hasta el momento, que sepamos. Pero se llevaron a Trilby y su hombre escapó.

– ¿El Kadar? ¿Ese que en la muerte se llama Joseph?

– El mismo. Tampoco hay rastro de Scorpius.

– Quizá yo pueda decir algo.

– ¿Cómo?

Un poco más allá Pearly murmuró que debían darse prisa.

– No se preocupe si no sabe de mí en algún tiempo.

– Le necesitamos -repuso M, que había captado la clave, y ofrecía a Bond la posibilidad de transmitirle más información.

– Ha surgido una posibilidad aprovechable. Algo que puede ayudarnos en gran manera. Existe un elemento ultrasensible.

– He comprendido. -M había captado la pala «ultra», que significaba el ruego de que un equipo le vigilara dondequiera que fuese.

– ¿Muy lejos? -preguntó M.

– Espere y verá. Volveré a llamarle. -En lenguaje corriente ello significaba: «Probablemente. Compruebe que el equipo esté preparado.»

– ¿Qué identidades? -preguntó M refiriéndose a los documentos que Bond debía tener guardados en algún lugar seguro.

– Una y seis.

– Use la número Uno.

– De acuerdo. Estaremos en contacto -afirmó Bond, cortando la comunicación, seguro de que un pequeño equipo estaría en condiciones de seguirle los pasos con tal de que lograra retener todavía un poco más a Pearlman.

Mirando a éste le pidió:

– Ayúdeme a preparar mi equipaje… Sólo pienso llevarme lo estrictamente necesario.

– Tendrá que ser así, porque suponen que voy a obligarle a seguirme con lo que lleve puesto.

– ¿Dónde está Valentine? -preguntó Bond conforme subían la escalera.

– Se encuentra fuera de aquí con unos sesenta de sus secuaces.

– Pero, ¿dónde, Pearly? Si no me lo dice, no abandono esta casa ni con usted ni sin usted.

– De acuerdo. Saldremos en un vuelo de la Piedmont Airlines hasta Charlotte, Carolina del Norte. Luego, desde allí, hasta un auténtico paraíso de millonarios, situado frente a la costa de Carolina del Sur. Un escondrijo perfecto al que ni siquiera pueden acceder los turistas de categoría. El lugar se llama la isla Hilton Head y tiene hoteles, viviendas particulares, amplias playas, aves marinas, pistas de golf a docenas, serpientes de cascabel, caimanes y mocasines venenosos. Una bonita mezcla.

– El lugar adecuado para nuestro amigo Valentine/Scorpius. Debe de encontrarse muy a gusto con esos reptiles venenosos. Son casi tan mortales como él mismo.

Como Bond sabía bien, los mocasines acuáticos son serpientes muy agresivas de mordedura letal. Y son también unas de las pocas serpientes que comen carroña.

– Tal vez piense que usted puede ser un buen manjar para ellas.

Bond se dijo que le era preciso hacerse con la identidad que tenía preparada para casos de emergencia. Siguiendo instrucciones de M, debía utilizar la número Uno. En ella figuraba con el nombre de Boldman, o sea «Atrevido». Cuando llegara el momento de encontrarse con Scorpius esperaba poder hacer honor a dicho sobrenombre.

16. Música nocturna adecuada

A las once de aquella misma noche, un pintoresco y controvertido jefe sindical y un político salían de un bonito club para trabajadores situado en uno de los barrios dominados por el Partido Laborista en New Castle-upon-Tyne. El jefe sindical había estado hablando con el candidato local del partido, al que apoyaba. Los dos se sentían felices. La entrevista se había desarrollado satisfactoriamente. Tanto el candidato laborista como su colega habían logrado acallar a quienes los interrumpían haciendo preguntas molestas, y al final se produjo una ovación clamorosa.

A causa de las recientes órdenes por causa del estado de emergencia, la policía había considerado prudente acompañar a ambos hombres hasta sus coches, que esperaban en la parte posterior del edificio. Quince robustos agentes apartaron a la muchedumbre reunida allí y formaron un pasillo hasta el primer coche, luego de que los dos oradores salieran juntos y se estrecharan la mano llenos de mutua complacencia.

Apenas se habían acercado al coche del jefe sindical cuando un fotógrafo de prensa rogó a uno de los policías:

– Denos una oportunidad, amigo. ¿Nos deja hacerles una foto?

El policía asintió con un movimiento de cabeza y desatendió la fila durante un segundo. Fue su último segundo en la tierra.

El fotógrafo, una vez traspuesto el cordón, se arrojó contra el coche. Se oyó un estampido, como el de un potente trueno y una gran llamarada surgió conforme el fotógrafo saltaba por los aires. Los quince policías, los choferes de los dos coches oficiales, el jefe sindical y su secretario, el candidato laborista y su ayudante, más doce personas situadas en las proximidades, resultaron muertas instantáneamente. Otros dieciséis curiosos sufrieron heridas graves y uno de ellos murió en el hospital al día siguiente.

Todo ello ocurría a las seis de la tarde para James Bond, que viajaba a bordo de un aparato Dash 7 STOL de las Piedmont Airlines, salido de Charlotte, Carolina del Norte, y que ahora iniciaba su descenso sobre la pista del pequeño aeropuerto de la isla Hilton Head.

Hilton Head forma el extremo más meridional de Carolina del Sur y es la más amplia de la cadena de islas que se extiende durante doscientas cincuenta millas a lo largo de la costa desde las Carolinas a Florida. Con forma de zapatilla de entrenador, se puede llegar a ella por tierra, mar y aire. Por tierra, cruzando el puente Byrnes en la carretera 278, y por aire desde Savannah, Atlanta, que está a sólo cuarenta millas al oeste, Georgia, o Charlotte, en Carolina del Norte.

La vista desde el aire hizo recordar a Bond aquellos días felices pasados en el Caribe, con su espesa hierba, los árboles tropicales y las sorprendentes playas extendiéndose cual largas franjas doradas; los amplios y lujosos hoteles y las casas particulares situadas en parajes de gran belleza. Pasaron sobre tres pistas de golf, de las que la isla poseía un total de catorce.

En Scatter habían tomado la decisión de que Bond actuara como prisionero de Pearlman, con el fin de poder realizar lo que el hombre del SAS denominaba una «operación caballo de Troya» contra Scorpius. Sin embargo aún quedaban muchas cosas por discutir. Bond no estaba dispuesto a meterse a ciegas en la boca del lobo. Así que siguió una larga sesión de preguntas y respuestas durante la cual Pearlman aportó una prolija información sobre los Humildes en general y sobre su hija Ruth en particular. Incluso mostró a Bond una fotografía de pasaporte de la chica, que era pelirroja, pecosa y reía ante la cámara.

– Siempre estaba riendo -comentó el hombre del SAS con una nota de pesar en la voz- Pero ahora tiene un aire mucho más serio.

Se prepararon café y tostadas sentados en el cuarto principal de la casita, hablando y discutiendo cuestiones de estrategia. Fuera empezó a amanecer con el cielo nublado, aunque no tormentoso y una fresca brisa. No tardó mucho en ser completamente de día.

– Tendremos que apresurarnos -indicó Pearlman, que se sentía cada vez más nervioso conforme pasaba el tiempo. Se fueron arriba y la conversación se centro en temas específicos.

– No iremos armados -advirtió Pearlman mientras Bond rebuscaba en los armarios del dormitorio principal hasta encontrar una de las magníficas carteras de viaje de las que usaba la Bella Q. En Scatter siempre había por lo menos dos de ellas dispuestas para su uso. Eran grandes carteras negras a las que se podía añadir una sección extra, sujeta a uno de sus lados y dotada de una tercera cerradura con combinación.

– De acuerdo -concedió Bond dirigiendo al hombre del SAS una mirada inexpresiva.

Las carteras de la Bella Q eran realmente muy especiales. No sólo estaban dotadas de un sistema infalible que las hacía inmunes a los aparatos de detección de los aeropuertos, sino que además contenían un compartimento oculto imposible de detectar y lo suficientemente grande como para guardar varios de los ingeniosos adminículos de la Sección Q, aparte una arma.

– Tengo que incluir mi equipo de afeitado -indicó Bond encaminándose hacia el cuarto de baño y dejando a Pearlman sentado en el dormitorio hojeando la última edición del Intelligence Quarterly. En cuanto estuvo a cubierto de la visión del sargento, Bond activó los mandos que ponían al descubierto el compartimento en forma de caja fuerte que en cierta ocasión habían intentado localizar no menos de veinte funcionarios de seguridad sin que ninguno pudiera detectar aquella zona secreta, protegida interiormente por unas capas de espuma de goma. Actuando con rapidez, comprobó que el arma estaba en su lugar: una pulcra Browning Compact perfeccionada a partir de la FN ALTA-Potencia con el fin de lograr una pistola de bolsillo capaz de disparar balas de nueve milímetros y de gran penetración. Las demás partes del equipo se encontraban también allí.

Cerró el compartimento y con todo cuidado se fue preparando una afeitadora y un estuche de viaje con crema de afeitar Dunhill Edition y colonia, otra de las previsiones habituales de la señora Findlay, quien como ama de llaves se preocupaba por tener siempre lo mejor para sus pupilos. Por desgracia, a juicio de Bond, no era tan perfecta por lo que se refería a las prendas de vestir.

La casa había soportado muchas idas y venidas, y sus paredes guardaban secretos de muchos años. Hombres y mujeres se habían alojado allí durante variados períodos de tiempo, y los armarios roperos del dormitorio estaban divididos en secciones para faldas, vestidos de varios tamaños, trajes y vaqueros todo colgado de sus perchas y distribuido en tallas grandes, medianas y pequeñas.

En cuanto a los accesorios parecían proceder de Marks and Spencer y eran también de las medidas adecuadas. En el dormitorio, Bond estuvo removiendo diversos cajones hasta que se proveyó de un par de mudas, calcetines, camisas y, con ciertas reservas, también pijamas. No le gustaban ni la textura ni los colores chillones de la ropa interior y casi se enfadó al ver los calcetines. Se había jurado que nunca llevaría nilón, pero ahora no le quedaba más remedio. Al menos un par de aquellas camisas le sentarían bien. Hizo un gesto de contrariedad y gruñó ante la falta de gusto en el vestir que demostraba el ama de llaves.

Con cierto aire ostentoso, guardó la ASP y la porra de policía junto con alguna munición, en una caja fuerte de acero, oculta y atornillada al suelo en la parte de atrás del armario guarda ropa.

– Es mejor así, jefe -comentó Pearlman levantando la mirada de lo que estaba leyendo-. No quisiera que nuestros propios colegas de la seguridad nos detuvieran al salir.

Bond estuvo de acuerdo con él, aunque pensando, no sin cierta sensación de alivio, que al menos él tendría un poco de «artillería» a su disposición. En el cuarto de baño habla adoptado además otra cautela. Entre los objetos que los de la Sección Q habían dejado en la caja fuerte se encontraban unos bolígrafos de aspecto inocente. Había tomado uno de ellos, que inmediatamente activó hasta convertirlo en un pequeño misil. Su radio de acción era de sólo quince millas y podía ser desconectado para pasar los aparatos detectores de los aeropuertos. Pensó que podría proporcionar cierto margen de seguridad durante la primera fase de la operación.

Salieron juntos de la casa. Pearlman llevaba una bolsa azul; Bond, la cartera de viaje especialidad de la sección Q.

Bond había dejado parcialmente corrida una cortina del dormitorio principal situado arriba, colocando en el alféizar de la ventana lo que le pareció un jarrón chino especialmente feo. Más tarde, aquella misma mañana, el vaso sería visto por la señora Findlay cuando 11evara a cabo su recorrido habitual, lo que la haría saber que podía dar su informe por teléfono sin problema alguno.

En la calle principal de Kensington, Bond buscó un taxi mientras Pearlman utilizaba un teléfono público, el único entre un grupo de tres que afortunadamente no había sido destrozado por los vándalos de siempre.

– Bien, todo dispuesto -dijo cuando se acomodaban en el asiento del taxi.

Bond indicó al taxista que los llevara a una sucursal del Banco Barclays en Oxford Street.

– Aun falta un poco -previno a Pearlman-. Si al llegar al banco quiere pagar el taxi y esperarme, estaré de vuelta en unos minutos.

– No me irá a dar esquinazo ¿eh, jefe? -preguntó Pearlman bajando la voz.

– No se preocupe. Usted pague el taxi, disimúlese un poco y espere.

Una vez en Oxford Street, Bond se alegró al ver como un agente del servicio que iba en un coche pasaba al taxi al detenerse éste. Dejando que Pearlman pagara, entró en el banco y puso una tarjeta sobre el mostrador de la taquilla más próxima. La empleada lo miró y dijo:

– Si quiere acompañarme hasta el extremo del mostrador, podrá pasar.

Descorrió el cerrojo de una puerta que daba paso a un corredor que discurría por delante de la oficina del director y le condujo por una escalera hacia el recinto subterráneo que contenía las cajas de los clientes. Luego de haber comprobado el número de la tarjeta, la empleada sacó una llave y los dos se dirigieron hacia la caja 700. Bond tomó asimismo su llavero, seleccionó la llave adecuada y la insertó en la cerradura de la derecha mientras que la empleada ponía la suya en la de la izquierda. Las hicieron girar y la portezuela de doce por siete pulgadas se abrió.

– Tardaré sólo un minuto -anunció Bond sacando la caja del interior, que trasladó a la habitacioncita privada que se encontraba cerca de allí.

Con sumo cuidado fue colocando todo cuanto llevaba en los bolsillos, excepto el dinero, en un sobre de papel grueso de unos cuantos que había en el fondo de la caja. Luego tomó otro sobre que estaba lleno a rebosar y lo abrió, extrayendo de él el pasaporte a nombre de Boldman, un talonario de cheques, una cartera que contenía tarjetas de crédito, una libretita con tapas de piel con su nombre, «James Boldman», impreso en la parte inferior de cada página y dos sobres arrugados, abiertos, que contenían algunas cartas. Estos sobres iban dirigidos a James Boldman Esq., y llevaban unas señas que podían ser localizadas si alguien se tomaba la molestia de buscarlas. «El señor Boldman está ausente en estos momentos», sería la respuesta que darían a quien se presentara preguntando por él.

Distribuyó los diversos objetos entre sus bolsillos y añadió un par de otras cosas: un volante de la tarjeta Visa rellenado por la casa discográfica HMV por la suma de libras 24,70, y la mitad correspondiente a la vuelta de un billete de primera hacia Wembley, que correspondía a una parte de las señas que indicaban los sobres.

La caja fue puesta de nuevo en su lugar y cerrada. Todos los agentes en activo vivían «existencias» distintas en la mayor parte de las ciudades de su territorio. Bond disponía de cajas similares en París, Roma, Viena, Madrid, Berlín y Copenhague. Y sabía además cómo hacerse con material parecido con sólo una hora de tiempo en Washington, Nueva York, Miami y Los Angeles.

A todos los efectos, era ahora el señor James Boldman. Fuera, Pearlman paseaba, confundiéndose con el ambiente del lugar. El recién creado Boldman vio cómo un chofer de taxi hablaba con su pasajero al otro lado de la calle. Los conocía a ambos y se sintió tranquilo al saber que había un equipo de vigilancia allí cerca.

– A partir de ahora todo es cosa suya, Pearly -indicó a su compañero.

– De acuerdo. Iremos al aeropuerto de Heathrow. Como tenemos tiempo suficiente, no hay por qué darse prisa.

Llamaron a un taxi.

Una vez en Heathrow, Pearlman se dirigió al mostrador del puente aéreo de helicópteros Heathrow-Gatwick.

– Salimos en el vuelo de mediodía hacia Charlotte, Carolina del Norte. – Sonrió, a juicio de Bond, con un aire demasiado satisfecho. Pearlman tenía ya 1os billetes de la Piedmont Airlines PI 161-. Disponemos de asientos en el puente aéreo. Pero podemos pasar el control aquí. Hay que hacerlo con tiempo.

Eran exactamente las once. Si Pearlman quería zafarse de la vigilancia, obraba adecuadamente, aunque Bond sabía que el equipo formularía sus preguntas. Tendrían el tiempo justo antes de que una segunda unidad fuera tras ellos. Después se hallaría «fuera de límites» y sólo personal autorizado del Servicio Secreto de Inteligencia combinado con la CIA podría encargarse de vigilarlos.

Llegaron a Gatwick con tiempo de sobra, y conforme subían al PI 161, Bond se sintió bastante alarmado al ver allí nada menos que a David Wolkovsky, el miembro de la CIA en Londres, junto con otro agente, situados tras ellos en la cola de pasajeros para subir al aparato. Si los Humildes sabían lo que, según él, debían saber, Wolkovsky carecía por completo de protección. A menos que -aquella idea le vino a la cabeza con la violencia de un dardo envenenado- Wolkovsky fuese el agente de penetración de los Humildes encargado de comunicar a Scorpius o a sus ayudantes los movimientos que observara.

Cuanto más pensaba en aquello menos le gustaba a Bond tener a Wolkovsky a su espalda. El jefe de la CIA en Londres debía tener acceso a la mayor parte de los movimientos que efectuara su propia gente, el departamento, el M15, y el propio servicio de Bond. No había pensado antes en dicha posibilidad. Pero ahora el esquema empezaba a cobrar mucho significado.

Ya en el departamento de primera clase, luego de haber despegado, se inclinó hacia adelante para advertir a Pearlman:

– Es como tener a una tortuga pisándonos los talones.

– Habrá que actuar con rapidez, una vez en Charlotte. Nada de entretenerse. Deme el número de ese hombre en cuanto pueda.

– Me alegra decir que parece viajar en tercera, pero ya veremos.

Pearlman le dirigió una rápida sonrisa.

– Hay cosas que debe usted saber. Primero, descansaremos hasta llegar a Charlotte. -Continuó explicando todo lo demás. Una vez en Charlotte conectarían con el vuelo a Hilton Head, que era donde iba a empezar la diversión-. Scorpius tendrá allí a alguien durante todo el día para vigilar a quien llega. En cuanto nos detecten llamará a la isla. Y una vez en ésta terminará la libertad de usted. Saldrán a nuestro encuentro con una limusina. Yo no he estado nunca allí, desde luego, pero creo que ese hombre es dueño de una gran extensión en el sector del noroeste. Antes era una plantación y está protegida por árboles en tres de sus lados, mientras que en el cuarto tiene el Océano Atlántico. La isla está dotada de controles de seguridad, pero los residentes con fincas como la «Ten Pines», es decir, la de Scorpius, poseen además sus propios controles, con personal de servicio las veinticuatro horas del día para evitar a los muchos turistas que van a la isla. Me han dicho que el tiempo que hace allí es impresionante, fabuloso, y que todo se paga a muy alto precio. Pero es mucha la gente que vive en la isla y también acuden los que van de vacaciones y los que asisten a los torneos de golf y las convenciones. Todos afirman que es un paraíso.

La limusina los llevaría directamente a «Ten Pines», y una vez allí contarían la historia de que Bond había accedido a acompañar a Pearly cuando éste le contó que retenían cautiva a Harriett.

– Supongo que la chica estará allí, ¿verdad?

– Eso es lo que me han asegurado. Usted adquiere ahora la reputación de un caballero vestido de brillante armadura -comentó Pearlman mirándolo de soslayo-. Se me han dado instrucciones para decirle que todo esto no sólo será bueno para usted, sino también para Harriett. A ella no se le hará ningún daño. Afirmaron que usted no lo resistiría. ¿Es así?

– Depende. Estoy haciendo esto por usted y por su hija, Pearly. Si vengo es también porque no parece existir otro medio de acercarse a ese diablo, y yo siempre he dicho que si uno se acerca al diablo tiene más posibilidades de poder vencerlo…, como es propio de mi oficio. Sigo interesado en saber por qué me eligieron a mí en particular.

– Han estado pendientes de usted, desde que salió de Hereford. -Frunció el ceño como si intentara deducir por pura lógica por qué tenía que ser precisamente Bond.

Un poco más tarde, después de haber comido, manifestó que a lo mejor Bond sería retenido como prisionero.

– Pero no se preocupe. En cuanto haya averiguado dónde se encuentra Ruth, ya encontraré la manera de soltarle… y también a esa Horner.

– No sabe cuánto se lo agradecería, Pearly. No me alegra la perspectiva de verme encarcelado por Scorpius, aunque sea por breve tiempo. Porque incluso los invitados de ese hombre pueden sufrir un lamentable accidente cuando menos lo piensen. -Luego, como si hablara consigo mismo, añadió-: Me pregunto si también tendrán ahí a la joven Shrivenham.

– No me sorprendería -respondió Pearlman acomodándose mejor para ver la película que estaban proyectando. Aunque Bond ya la conocía, la vio de nuevo de cabo a rabo. Tratábase de El Intocable [3], en el que uno de sus actores favoritos interpretaba el papel de un policía de Chicago.

Aterrizaron en Charlotte poco después de las cuatro y cuarto, hora local. Pearly se mantenía muy cerca de Bond, yendo detrás de él con su hombro izquierdo casi tocándole la espalda. Tuvieron el tiempo justo para el control del vuelo hasta Hilton Head y pasar luego brevemente por la sala de espera antes de ser trasladados al cómodo y silencioso Dash-7, que pareció remontarse por el aire casi antes de haber empezado a correr por la pista. En cuanto a Wolkovsky, no vieron ni rastro de él.

Ahora estaban aproximándose al pequeño aeropuerto, mientras el sol se transformaba lentamente en una bola roja que dentro de una hora quedaría oculta para dar paso a la noche. Abajo, el aeropuerto aparecía ordenado y limpio con sus pulcras hileras de aviones privados amarrados y protegidos para pasar la noche.

Los pasajeros que esperaban para trasladarse a Charlotte permanecían sentados en el jardín, fuera del cobertizo que servia como sala de espera para las llegadas y partidas. Conforme bajaban la escalerilla del avión, Bond distinguió enseguida al comité de recepción. Había un chófer de uniforme junto a una larga limusina que parecía capaz de albergar a todo un equipo de fútbol, y más cerca, tres jóvenes con trajes ligeros de color gris, camisa blanca y corbatas idénticas. Conforme se aproximaron a ellos, Bond pudo ver que sus corbatas eran de seda azul marino y que cada una llevaba un dibujo idéntico: La Α y la Ω entrelazadas, es decir, el mismo que figuraba en las tarjetas de crédito Avante Carte.

– ¡Hola, John! -saludó uno de los jóvenes a Pearlman.

Su aspecto hizo recordar a Bond el comentario oído con frecuencia a ciertas jóvenes, y algunas no tan jóvenes, damas norteamericanas cuando los llamaban «cachas». Es decir, un hombre de buena presencia, considerable estatura, musculoso, de pelo rubio y con unos dientes que parecían haber sido pulimentados de manera especial para emitir señales de semáforo o como para doblar barras de hierro. Los otros dos parecían sacados de idéntico molde.

– ¡Hola, Bob! -respondió Pearlman.

– Bien venidos «desde el principio hasta el fin» -declamaron los tres a coro, y Pearlman respondió con las mismas palabras. Era evidentemente una fórmula de saludo propia de los Humildes.

– Este… -el llamado Bob observó a Bond con dureza-. Este debe de ser el famoso señor Bond.

– Boldman, si no le importa -respondió el aludido, dirigiendo al joven una fría mirada como si quisiera advertirle que no iba a permitir ninguna broma-. James Boldman.

– Como prefiera -respondió Bob en el mismo tono. Su aspecto sugería ahora que en vez de carne y huesos, bajo el traje se ocultaba un armazón de acero-. Se llame como se llame, estoy seguro de que nuestro jefe, nuestro padre Valentine, estará encantado de verle. -Se volvió hacia Pearlman-: ¿Le ha dado alguna molestia?

– No; ha venido como un corderito. Se ha portado exactamente como nuestro padre Valentine previó.

– Bueno. Nos está esperando.

Los tres se situaron a su alrededor y Bond notó cómo la cartera le era arrebatada hábilmente de la mano. Quienquiera que lo hubiese hecho conocía muy a fondo aquel arte porque, si bien no le causó daño alguno, sí noto una presión muy especial en el dorso de la mano.

Rápidamente entraron en el coche. El motor se puso en marcha con toda suavidad, y la limusina se alejó como si se deslizara por el suelo.

Bond guardaba silencio. A su alrededor podía notarse hasta qué punto aquel lugar era exclusivo de unos cuantos, con sus anchas carreteras controladas y vigiladas, las espléndidas extensiones de hierba verde, palmeras, pinos y otros muchos árboles; los líquenes caían en algunos lugares hasta tocar el margen de la ruta, mientras que en otros se veían grupitos de tiendas y carreteras secundarias con barreras de protección. De vez en cuando surgía el edificio de un hotel. Había jugadores de golf terminando la partida del día en algún green distante y el tono general de la isla era el de una gran riqueza. Un lugar para gente soñadora y para fabricantes de dinero. Conforme continuaban hacia «Ten Pines», Bond observó otra faceta. Todo en aquella isla era irreal. El residente o el que pasaba sus vacaciones perdían posiblemente toda noción del tiempo y todo sentimiento de la realidad. Un lugar ideal para que el padre Valentine pudiera proseguir su labor de corromper a los Humildes.

Torcieron hacia la izquierda y luego de atravesar lo que parecía un amplio colector para aguas fluviales, llegaron al lado contrario, flanqueado por parajes cubiertos de un césped perfectamente cortado, a los que sucedieron más árboles. Por unos momentos, aunque en realidad no había similitud alguna, Bond recordó los cinturones de bien cuidados bosques que flanquean la carretera luego de haber pasado por el puesto de control de Helmstedt para continuar por la autopista de la Alemania Oriental hasta alcanzar esa isla dividida y rodeada de tierra que es Berlín. En el interior de aquellos bosques había soldados agazapados y camuflados en escondrijos o en torres de vigilancia. Le pareció como si una raza diferente de vigilantes estuviera también oculta allí entre la espesa vegetación que evidentemente rodeaba «Ten Pines».

Salieron de la arboleda para atravesar unos prados perfectos en dirección a una sólida estructura de dos pisos que parecía mas un hotel que una vivienda. Tenía la forma circular y estaba construida en piedra, y reforzada por grandes vigas. La coronaba una torre octogonal. El lugar resplandec1a bañado de luz porque el día estaba a punto de perecer y la noche se acercaba.

La limusina se detuvo ante un gran pórtico en el que se abrían un par de altas y maltrechas puertas. El grupo de los tres hombres que formaban el comité de recepción saltó del coche y se colocó en posición cubriendo todos los ángulos posibles casi antes de que el vehículo parase.

– Haga los honores, por favor, John -indicó Bob y Pearlman cacheó rápidamente a Bond.

– Está limpio.

Bob hizo una señal de asentimiento.

– Lo siento mucho, señor Bond. No podíamos hacerlo en público en el aeropuerto y, una vez en el coche, estaba perfectamente seguro. Ahora podemos entrar.

Las puertas se abrieron dando paso a un vestíbulo semicircular de techo alto, pero en el que no se veía señal alguna de escalera. Había otras muchas puertas y dos grandes candelabros colgaban uno más alto que el otro del techo de madera abovedado. A derecha e izquierda de los candelabros, enormes ventiladores giraban enviando una corriente de aire fresco. No había cuadros; todo era madera y el techo estaba asimismo cubierto de tablones barnizados y pulidos.

Pearlman volvió a situarse en su posición habitual, es decir, tras del hombro derecho de Bond. Durante unos segundos, todos permanecieron inmóviles como si esperasen alguna señal. El trío de guardianes parecía como conectado a una corriente eléctrica.

De pronto, a su izquierda se abrió una de las puertas y un hombrecillo pequeño, delgado y bronceado avanzó dos largos pasos que parecieron bastar para colocarle en medio de los otros. A juzgar por las fotografías, Bond se lo había imaginado como un tipo alto. Pero apenas si alcanzaba un metro sesenta. Sin embargo, los ojos y la voz poseían mucha fuerza. Esta última era baja y suave, sonando casi como un murmullo.

– Señor Bond, ¡qué amable ha sido usted al realizar tan largo viaje! -dirigió una fugaz mirada a Pearlman-. Bien hecho, John. Estaba seguro de que no me fallaría.

– Y dirigiéndose de nuevo a Bond añadió-: Bien venido a «Ten Pines». Como sabe, mi nombre es Valentine. Y mis fieles me llaman padre Valentine. Bien venido «desde el principio hasta el fin».

Conforme pronunciaba estas últimas palabras, un sonido terrible llenó el ámbito del vestíbulo. Procedía de algún lugar interno de aquel extraño edificio y era el grito angustioso de un ser humano sometido a gran sufrimiento. Bond se estremeció al reconocer aquel alarido que parecía elevarse y disminuir, aunque sin perder nunca su intensidad.

Era muy probable que procediese de Harriett Horner.

Valentine torció la cabeza.

– ¡Ah! -exclamó con una voz tan suave como antes, casi acariciadora-. Un poco de música nocturna para darle a usted la bienvenida.

17. El Salón de los Rezos

James Bond dio un paso hacia adelante. El grito había alcanzado ahora un tono penetrante, expresando un terror primitivo y brutal. Bond intentó dar otro paso, pero aunque nadie hizo ademán alguno para impedirlo, hubo de detenerse como si se sintiera paralizado.

Vio cómo Valentine, ahora reclinado contra la puerta, esbozaba una sonrisa. Por unos segundos, mirando su delgada cara rebosante de salud, Bond volvió a verla sobrepuesta a la fotografía de Vladimir Scorpius, igual que cuando examinaba el expediente.

Le miró las orejas… Eran las orejas de Scorpius, así como el pelo ya escaso en algunos lugares pero inmaculadamente peinado. La línea de la mandíbula en otros tiempos gruesa y ahora con la piel tirante sobre la escasa carne…, era la mandíbula de Scorpius. Los pómulos… los pómulos de Scorpius, y finalmente los ojos «negros como la noche», como había dicho el viejo Basil Shrivenham; los ojos de Scorpius, negros como la noche, ahora le mantenían inmóvil.

Las pupilas relampaguearon como si estuvieran dotadas de un fuego interior, tras de los iris, y un gusano se moviera entre aquel fuego. Luego empezaron a ensancharse como si quisieran tragarle. Bond apartó la mirada al tiempo que una imagen distinta de Scorpius se formaba en algún lugar de lo más profundo y oscuro de su subconsciente: la imagen de Scorpius empalado en una daga por su propia mano, por la mano de James Bond aferrando una empuñadura en forma de serpiente. Esgrimía la daga y, un segundo antes de hundirla en la garganta de Scorpius, le miraba de nuevo y se aproximaba a él.

– ¡Ah! -La sonrisa seguía fija en la cara de Scorpius, pero sus ojos habían perdido la brillantez, pareciendo como si en ellos se mostrase ahora una leve expresión de miedo que sólo duró unos momentos para desaparecer enseguida-. Vamos, señor James Bond. -La voz seguía sonando tranquila, suave y tranquilizante-. Vamos a ver de dónde procede realmente ese ruido. Creo que va a quedar usted bastante impresionado.

– Lo dudo.

– ¿Es ese el modo en que corresponde a mi hospitalidad? ¿Dudando? Señor Bond, creo que tiene mucho que aprender todavía. Venga conmigo. -Levantó una mano con los dedos separados… ¿Quizá el ademán de un príncipe medieval? Posiblemente. Luego hizo un leve movimiento como de invitación-. Venga. Vayamos todos al Salón de los Rezos.

«¿De modo que ésta es la auténtica maldad? -pensó Bond. Era innegable que Scorpius poseía un poder, igual al que ostentan muchas grandes figuras públicas y que con frecuencia ni ellas mismas reconocen. Scorpius tenía la propiedad maléfica de estar dotado de un temperamento muy fuerte, combinado con una fuerza hipnótica de gran intensidad. Probablemente ahora la manejaba de manera puramente refleja. Aquel poder podía ser limitado en sí mismo, pero resultaba inapreciable para dirigirse a quienes deseaban creer en él. Ahora bien, enfrentado a un hombre o una mujer dotado de suficiente inteligencia, Scorpius se veía obligado a apelar a otros métodos, como, por ejemplo, el uso de drogas hipnóticas y cosas por el estilo. Pero su voluntad y su fuerza mental combinadas le hacían un peligroso adversario.

Si Scorpius hubiera operado utilizando solamente los burdos recursos de la fuerza física o de la voluntad para provocar pánico y miedo a quienes estaban cercanos a él, no habría resultado enemigo difícil. Pero Bond reconocía que la tarea que le aguardaba era mayor de la que había imaginado. Porque no sólo se enfrentaba a la fuerza muscular, a la astucia y a la habilidad para manejar a otras personas, sino también a la fuerza mental.

Por un segundo, mientras permanecían allí de pie dispuestos a seguir la invitación de aquel hombre, le pareció hallarse en presencia de la maldad total, del enemigo por antonomasia; de alguien que, utilizando la palabra, los hechos o valiéndose de algún razonamiento retorcido, era capaz de convencer a otros mortales de que actos deshonestos y horribles se convertían en prácticas bondadosas, caritativas y justas. En el mundo dominado por Scorpius, la moralidad era vuelta del revés. El bien se transformaba en mal y lo erróneo en correcto, mientras lo bueno y lo justo quedaban convertidos en lo malvado y lo falso.

Todo ello se hacia patente por el solo hecho de seguir a aquel hombre a lo que él llamaba Salón de los Rezos. La intuición de Bond dijo a éste que el recinto en cuestión era un lugar en el que ninguna persona en sus cabales debía meterse. Sin embargo, aún así, todos obedecían la voz del jefe.

Luego de atravesar la puerta por la que Scorpius había aparecido poco antes en su condición de padre Valentine, se encontraron en una gran habitación rodeada de estanterias llenas de libros. Había un escritorio sencillo bajo una ventana en el extremo más lejano; pero no obstante las hileras de libros encuadernados en piel en las enormes librerías, el recinto estaba impregnado de cierto aire de austeridad. Tampoco allí había cuadros en las paredes ni alfombras en el suelo.

– ¡Adelante! -invitó Scorpius conforme atravesaban la estancia en dirección a una puerta entre dos librerías, a la derecha. Recorrieron luego un corredor igualmente desnudo, hasta llegar a un par de puertas dobles que hicieron recordar a Bond las entradas a palco o a anfiteatro en un teatro o cine.

No estaba equivocado porque, en efecto, las puertas daban paso a un vasto local para espectáculos, a una habitación enorme en forma de media luna, con el suelo escalonado, sobre el que había hileras de asientos. Al fondo había un estrado. No se veía ventana alguna y la velada claridad procedía de luces indirectas ocultas en el techo. Al igual que en un teatro o en un cine, las filas de asientos estaban divididas por tres pasillos que bajaban hasta el estrado. Este consistía en una plataforma sobre la que se hallaba una sencilla mesa de madera.

Había reunidos en aquel lugar unos sesenta o setenta hombres y mujeres cuya atención se centraba en el estrado, fuertemente iluminado por dos focos que acentuaban la desnudez del ambiente. Ante la mesa había una silla de madera de gran tamaño y con el respaldo muy alto. Dos jóvenes revestidos como acólitos y cuyas casulllas escarlata aportaban la única nota de color a la escena, se habían situado a ambos lados de la silla con la cara vuelta hacia su ocupante. Esta era Harriett Horner, quien en el momento de entrar Scorpius y el grupo profirió otro de sus penetrantes aullidos.

Estaba atada a la silla con correas de cuero que le sujetaban los brazos, las piernas y la cintura, y al tiempo que gritaba, hacia esfuerzos por liberarse de sus ataduras como alguien que está sufriendo una tortura horrible, sujeta a una trampa de la que no podía escapar.

Bond profirió una interjección en voz baja y Scorpius se volvió hacia él.

– Tenga cuidado Bond. Va a ver cosas que nunca habría creído posibles. La señorita Horner está siendo sometida a la prueba por la que tienen que pasar la mayoría de los neófitos antes de unirse a nuestra santa sociedad.

– ¡Querrá decir impía sociedad! -replicó Bond con acritud-. Esta joven no ha venido aquí por su voluntad.

– ¿Y qué me dice de usted mismo, James Bond? Me parece que tampoco usted ha hecho este viaje por decisión propia.

Bond evitó la mirada del otro.

– He venido a verle y a hablar con usted porque quiero poner fin al terror que inflige en los demás.

– ¿De veras? ¡Qué interesante! Ya averiguaremos por qué ha acudido usted realmente a los Humildes.

Hizo otro ademán y uno de los jóvenes que indudablemente formaba parte de su grupo de guardaespaldas se adelantó sosteniendo una larga sotana blanca similar a la que lleva el papa. Una vez se hubo puesto y abotonado por completo aquella prenda, Scorpius se ciñó a la cintura una amplia faja de seda blanca y, tomando un solideo asimismo blanco que le ofrecía otro de los guardianes, empezó a descender por el pasillo central hacia el estrado.

Conforme caminaba se empezó a escuchar un sordo murmullo, mientras los asistentes se arrodillaban ante sus asientos y el murmullo se hacía cada vez más fuerte hasta convertirse en un cántico.

– Padre Valentine, te saludamos desde el principio hasta el fin. Padre Valentine, te saludamos, te saludamos, te saludamos. Desde el principio hasta el fin alabamos a nuestro padre Valentine, que nos otorga el paraíso, posee el poder del bien y es el creador de un nuevo mundo eterno.

Y así continuaron repitiendo la cantinela incansablemente hasta que Scorpius alcanzó el estrado.

Los dos acólitos se habían arrodillado con el rostro radiante, como presas de un éxtasis que parecía derivarse de la simple presencia de Scorpius. Bond se sentía asqueado al presenciar aquella manifestación profana de pura y simple iniquidad.

Harriett había cesado de gritar y Bond pudo ver cómo Scorpius le colocaba las manos sobre la cabeza. Luego levantó su cara y empezó a hablarle:

– ¿Has mirado hacia el fondo del oscuro pozo, hermana? -le preguntó.

– He mirado al fondo del oscuro pozo -respondió Harriett con voz fuerte, aunque en un tono poco natural.

Bond se dijo que aquello no era una simple manifestación de hipnosis. Aunque Scorpius fuera autor de tal reacción, sus extraordinarios poderes no le parecieron suficientes como para convertir a Harriett en un muñeco parlante. Entre los dos empezaron ahora a entonar una especie de espeluznante letanía.

– Has mirado al fondo del oscuro pozo que es el mundo tal como ahora lo conocemos, hermana. ¿Y qué has visto en él?

– Horrores y corrupción. Hombres, mujeres y niños degradados por su propia locura y por su apego a las riquezas materiales.

– ¿No es terrible ver a la gente destruirse a sí misma, en un mundo falso y detestable que insensatamente considera como un paraíso?

– He visto a aquellos a quienes conozco afanándose dolorosamente bajo tales terribles creencias. No pueden ser perdonados. Me asustan y aterrorizan.

– ¿Te aterrorizan hasta el punto de que has gritado presa de angustia por ellos?

– Estos gritos son mis plegarias. Confío en que vean la verdad.

– ¿Verán la verdad y la aceptarán?

– No, hasta que un nuevo orden quede establecido por el fuego y por la muerte. Sólo entonces lo entenderán todo.

La voz, no obstante sonar como la de un robot, se hizo más convulsa y fue aumentando de tono de un modo irreal.

– Ten calma, hermana Harriett. Ten calma. Has visto la verdad. Y aún verás y entenderás muchas más cosas. Pero ahora ten calma. -Se volvió para enfrentarse a los reunidos-. Tengo noticias para vosotros hermanos y hermanas. Nuestro hermano cuyo nombre de muerte es Philip ha alcanzado la paz eterna y la recompensa del paraíso. Ha destruido a dos hombres importantes que caminaban por la senda oscura de sus creencias malvadas. Ha acercado el paraíso todavía más a nosotros. Su acción tuvo lugar en Inglaterra sólo hace cosa de una hora. Sin embargo nos ha hecho avanzar muchos años hacia el edén en el que todos los hombres serán iguales sobre la tierra; en el que los beneficios que ésta produce serán compartidos por todos; en la que encontraremos la paz espiritual y respiraremos un aire puro y libre de tinieblas. Alabemos a Philip, nuestro hermano, uno de los Humildes que ya ha encontrado su paraíso. Te saludamos, Philip, desde el principio hasta el fin.

Como un lamento de intensidad creciente, los reunidos empezaron a cantar:

– Te saludamos, Philip, desde el principio hasta el fin.

Y cuando se hizo de nuevo el silencio, sólo se escuchó en la sala la voz narcotizada de Harriett elevándose y descendiendo sin control alguno, lanzando al aire sus salutaciones a aquel Philip desconocido «desde el principio hasta el fin».

Scorpius dio instrucciones en voz baja a uno de sus acólitos y ambos se acercaron aún más a los lados de la silla. Harriett parecía como desplomada hacia delante, retenida sólo por las ligaduras que los dos jóvenes con las sotanas rojas empezaron ahora a soltar, tras de lo cual ayudaron a la muchacha a ponerse en pie y la condujeron hasta detrás de la mesa. Scorpius se volvió hacia los reunidos una vez más, levantando la mano derecha con los dedos índice y medio extendidos en una irreverente imitación de la bendición papal.

– Os invito a los placeres que vuestros cuerpos y vuestras almas necesiten esta noche -entonó-. Pronto llegarán noticias de otras victorias y la tarea final dará comienzo. Esperamos que otros muchos creyentes acudan a este lugar y se unan a nuestra santa sociedad. Habrá más bodas y numerosos nacimientos que ayuden a poner en acción a aquellos de vosotros que aún no pueden proseguir la ruta que lleva al paraíso. Tened paciencia porque vuestra hora llegará. Y ahora retiraos en paz.

Unos altavoces escondidos empezaron a difundir una música electrónica, lejana, pulsante y etérea, de la que aquella gente gustaba sobremanera y que estaba dotada además, de cierta cualidad hipnótica.

Conforme la música subía de tono, una leve niebla empezó a emerger ondulante de unos agujeros en la plataforma. Bond se dijo que la debía producir una máquina de fabricar hielo seco. Sin duda, el amigo Scorpius disponía de elementos muy buenos dotados de técnicas diversas, que trabajaban para él. Conforme reflexionaba sobre aquello, pudo ver cómo Scorpius iba quedando envuelto por la niebla, transmitiendo a los otros la impresión de un hombre que se eleva por los aires y que se va desintegrando lentamente ante los ojos de quienes le miraban.

La concurrencia empezó a desfilar. Muchas de aquellas personas tenían poco más de veinte años. Sólo unas cuantas parecían algo mayores, quizá alrededor de treinta, pero ninguna pareció fijarse en los tres guardaespaldas ni en Pearlman ni en Bond, quien de pronto distinguió una cara conocida entre los concurrentes. Era la misma de la fotografía que había visto con anterioridad por la mañana en Inglaterra. La cara de Ruth Pearlman. Los ojos de la joven miraban fijamente ante sí, pero, conforme se acercaba al grupo, su paso se hizo más lento como si caminara en un estado de sonambulismo y se encontrara a punto de despertar. Sus pupilas se movieron y miró de frente a su padre.

Ruth se quedó completamente inmóvil y de pronto al reconocerle su cara pecosa se iluminó en una sonrisa de felicidad.

– ¡Papá! -exclamó corriendo hacia Pearlman y echándole los brazos al cuello-. ¡Oh! ¡Qué agradable sorpresa! Nuestro padre Valentine me dijo ayer que me preparaba un regalo maravilloso, antes de que me fuera… -Se interrumpió mirando las otras caras, consciente de que estaba a punto de decir algo prohibido-. ¡Oh, cuánto me gusta verte!

Volvió a estrechar a su padre una y otra vez hasta que uno de los guardianes la apartó suavemente.

– Está programado que pases algún tiempo con tu padre -le explicó el amable y joven matón poniéndole las manos sobre los hombros-. Pero ahora, hermana, debes ir a tu cuarto a meditar y cuidar a tu hijo. La hora de tu gloria llegará pronto.

– ¿Qué hora…? -empezó Pearlman, pero, cambiando de idea, miró hacia Bond, quien pudo detectar en la cara del otro una expresión como si le pidiera ayuda.

Conforme se llevaban a Ruth, el guardaespaldas llamado Bob se situó detrás de Bond.

– El padre Valentine espera que le haga usted el honor de cenar con él esta noche en su apartamento privado. Su equipaje ha sido llevado a la habitación de los huéspedes. Uno de mis hombres le mostrará el camino. Ya le llamaré digamos dentro de media hora. Así tendrá tiempo para refrescarse y cambiar unas palabras con los demás invitados.

– ¿Qué invitados? -preguntó Bond. Pero Bob había hecho seña ya a otro de los jóvenes gigantes al que dio el nombre de Jack.

Jack colocó su mano enérgica sobre el antebrazo de Bond.

– Por aquí, señor Bond -le indicó-. No quisiera que llegase tarde a la cena con el padre Valentine.

Y empujó a su huésped fuera del anfiteatro. Pero Bond se liberó de su mano con brusquedad.

– ¡Quíteme las zarpas de encima!

– Tranquilo, señor Bond. No vamos a hacer una escena en este recinto sagrado, ¿verdad?

– Métase las manos en los bolsillos.

Jack hizo una pequeña reverencia burlona e indicó a Bond que caminara delante de ellos.

– Ya le diré cuándo tenga que torcer a izquierda o a derecha o subir una escalera. ¡Adelante, señor Bond!

Empezaron el largo recorrido por diversas escaleras y caminando a lo largo de corredores, mientras Bond intentaba retener en la memoria las direcciones que estaban adoptando. No volvieron a pasar por delante del estudio de Scorpius ni cerca del vestíbulo principal y tardaron cosa de ocho minutos en llegar a una zona que Bond dedujo se encontraba en el piso bajo, hacia la trasera del edificio.

Pasaron ante una salida para caso de incendio y, de pronto, la austera desnudez que parecía ser la nota dominante del decorado de aquella mansión dio paso a una magnificencia muy poco usual: un largo y ornamentado pasillo estaba iluminado con intrincados candelabros de colores chillones que parecían de origen mexicano. Pisaba una alfombra extraordinariamente gruesa y, aunque aquel pasillo debía de tener una extensión de por lo menos cuarenta metros, sólo pudo ver cuatro puertas, dos en la pared de la izquierda y dos en la de la derecha, decoradas con falsas columnas y cornisas doradas y ornamentadas con lazos y querubines. Para Bond todo aquello tenía un aspecto extravagante y como fuera de lugar, y comprendió que tal decoración era tan ordinaria y repulsiva como el propio Scorpius. Allí no podía sorprenderse de nada.

Jack se detuvo ante la segunda puerta, dio unos golpecitos y la abrió.

– Este es el salón, señor. Los dormitorios están a derecha e izquierda. Hay cuartos de baño y tocadores en los pasillos de intercomunicación. Espero que lo encuentre usted todo a su gusto, pero si hemos olvidado alguna cosa utilice por favor el teléfono. -Dejó escapar una risita sardónica-. Es sólo interno, ¿comprende? Me temo que no podrá establecer comunicación con el exterior. ¡Oh! Le hemos quitado la maquinilla de afeitar. Es una arma delicada. Encontrará una afeitadora eléctrica en el cuarto de bario. Bob estará aquí dentro de veinte minutos. Que lo pase usted bien.

Haciendo otra de sus burlonas reverencias, Jack se retiró y la puerta quedó cerrada. Bond pudo oír el alarmante rumor de unos cerrojos al ser corridos. Ya antes se había dado cuenta de la fina cerradura con combinación numérica incrustada en una de las columnas. Pero aquello no importaba, porque si no habían descubierto los secretos de la cartera, una cerradura electrónica no constituiría una grave dificultad.

Se volvió para echar una mirada a la habitación. Toda ella estaba muy ornamentada y recargada, con reproducciones de mobiliario Luis XV, cuadros modernos y tejidos de colores de un brillo casi histéricos. Las cortinas no habían sido todavía corridas para la noche y dejaban al descubierto, en toda la longitud de una de las paredes, un enorme ventanal a través del cual, iluminado por la luz de unos focos, se veía un espacio arenoso y más allá una tierra pantanosa cubierta de juncos que conducía hasta una hermosa y dorada playa en la que rompían las olas de un mar embravecido.

Exploró el pasadizo que salía de la izquierda de aquella estancia principal y que llevaba a dos habitaciones: un horrible cuarto de baño moderno decorado en dos tonos de verde, a la izquierda, y un tocador que parecía más bien el probador de unos almacenes a la derecha. La puerta de enfrente daba paso al dormitorio de igual tamaño y mal gusto que el salón. La cama era enorme, con cuatro columnas y al pie de la misma se encontraba su cartera. La pared de la derecha, igual que la del salón, estaba ocupada por otra ventana gigante.

Aquél podía ser el dormitorio de un hotel con más riqueza que buen gusto, y Bond pensó que quizá resultara utilizable como punto de partida para huir. Posiblemente Scorpius, el viejo traficante en armas, había desarrollado aquel estilo ornamentado y terrible conforme se convertiría en un recluso rico. Nunca habían conseguido obtener foto alguna del Vladem I; es decir, del yate. Pero probablemente su estilo debía de ser muy similar. Aquel Vladimir Scorpius, santón de pacotilla, elemento de cuidado, con su negocio de emplear terroristas, y que se valía de la credibilidad emocional de jóvenes ingenuos, tenía su talón de Aquiles, que eran la vulgaridad y las pretensiones. «Bien, Vladimir -pensó Bond-. Puedo explotar esa circunstancia de un modo que usted no puede imaginar porque probablemente cree en todo esto, es decir, en el aspecto externo de su demostración de poder.»

Se acercó a la cartera de viaje y vaciló un momento antes de colocarla sobre la cama. «Cuidado», pensó. Porque entre toda aquella aparatosidad era probable que Scorpius tuviera las habitaciones de sus huéspedes debidamente provistas de un sistema de son et lumière. Colocó la cartera sobre la cama. Se habían manipulado las cerraduras y habían descubierto la combinación, cosa bastante fácil incluso para un sistema sofisticado, pero, al comprobar el peso, notó que el compartimento secreto permanecía incólume. Desde luego, ningún aparato de rayos X era capaz de revelarlo ni tampoco ningún tipo de comprobaciones. La Bella Q había utilizado en aquella ocasión unos métodos excepcionalmente sagaces.

Luego de comprobar que sólo le habían quitado la maquinilla de afeitar y las hojas de recambio, tomó una camisa limpia, calcetines y ropa interior, tras lo cual volvió a cerrar la cartera empleando la combinación, y dejándola sobre la cama como si careciera de importancia. Más adelante podría sacar de ella las armas y otros artículos que pudiera necesitar.

Luego de desnudarse, Bond se duchó rápidamente, se restregó con una de las grandes y ásperas toallas que estaban pulcramente apiladas en un contenedor cromado, puesto sobre el baño y volvió al dormitorio. No había hecho más que quitarse la toalla para echarla otra vez en el cuarto de baño cuando oyó una tosecita divertida que procedía de la puerta del dormitorio. Miró hacia allá y pudo ver que Harriett Horner había entrado. Llevaba una bata afelpada y su cara pálida mostraba señales de fatiga, sobre todo alrededor de los ojos; pero su boca se torcía en una divertida sonrisa al ver desnudo a Bond.

– Me han dicho que habías llegado, James. ¡Gracias a Dios que estás aquí! Sí; ¡gracias a Dios! -Corrió hacia él sin preocuparle que estuviera desnudo y echándole los brazos al cuello empezó a besarle en la cara.

Luego, acercando los labios a su oído, susurró:

– Hay una instalación de audifonía, aunque no de imágenes, al menos que yo sepa. -Y añadió otra vez en voz alta-: Realmente no pude creerlo cuando nuestro padre Valentine me habló de ti.

Manteniendo de nuevo los labios junto a su oído añadió:

– Ha sido muy desagradable. Utiliza conmigo drogas y una poderosa fuerza hipnótica. Intenta hacerme creer lo de ellos y convertirme en una Humilde. Está consiguiendo atontarme, pero yo me acuerdo de todo.

Y otra vez en voz alta:

– ¿Es esta noche cuando piensa preguntárte1o?

– ¿Preguntarme qué? -Bond la miró observando que le hacía un picaresco guiño.

– ¡Oh, James! -Le volvió a besar como si aquello la encantara. Tampoco era una experiencia desagradable ni mucho menos. Una vez más sus labios le rozaron para murmurar como anteriormente-: Prepárate porque el impacto va a ser fuerte.

– Pero ¿qué va a preguntarme? -insistió Bond.

– Si quieres casarte conmigo. -Estaba excitada, pero ahora ya no sonreía-. Dice que si accedes a ser mi esposo y a vivir aquí sometido a la disciplina de los Humildes, no nos hará daño alguno. Por favor, James, por favor, dile que sí.

– Desde luego, si es que con eso salvamos la vida. Pero no creo que el siniestro Scorpius nos suelte tan fácilmente.

Miró a Harriett, pero las pupilas de la joven parecieron haber perdido todo signo de vida. Se oyeron unos suaves golpecitos en la puerta principal. Debía de ser Bob para llevarse a Bond a presencia de Scorpius.

– ¿Te casarás conmigo, James? – preguntó Harry Horner, apretándose contra él.

Bond se dijo que aquello no iba a ser un destino peor que la muerte, ni mucho menos. Aunque la amenaza fatal seguiría pendiente sobre ellos. Una tenue sonrisa le curvó los labios como en un gesto de confianza.

– Me lo pensaré, Harry -repuso-. Lo voy a reflexionar muy seriamente.

18. «Le presento a la señora Scorpius»

– ¡Qué amable ha sido usted al aceptar cenar con nosotros, señor Bond!

La voz de Scorpius parecía dotada de cierta entonación siniestra. Una voz todo dulzura pero mezclada a una evidente dosis de veneno. Iba vestido de manera informal, pero aun así daba la impresión de llevar un traje de etiqueta, con sus pantalones oscuros y la camisa blanca de cuello abierto. Bajo la camisa, Bond percibió la silueta de un medallón -naturalmente de oro- que le colgaba del cuello sujeto a una gruesa cadena. En la muñeca izquierda lucía el famoso cronómetro Scorpius, con sus doce diamantes para la minutería normal y las ventanitas para las funciones digitales.

– ¿Es que me quedaba alguna otra alternativa aparte de la de cenar con usted? -preguntó Bond.

Conforme le miraba a la cara, Bond se formó conscientemente una imagen muy viva, representándose a Scorpius atado a una mesa y por completo a su merced. Él sostenía un enorme hierro de marcar, al rojo vivo, que acercaba al pecho de su enemigo. Si era capaz de conjurar a su capricho semejantes imágenes no tenía por qué temer a aquel hombre. Sólo si permitía que el otro lo dominara con la vista, se haría vulnerable.

Vio que Scorpius ponía mala cara.

– Es usted muy listo, señor Bond -comentó. Aquello era cuanto podía permitirse, sin expresar un sentimiento de debilidad-. Ya me lo advirtieron, pero yo imaginé que sólo era un hombre fuerte, acostumbrado a la violencia, y un luchador temible. Nunca pensé que también poseía una voluntad firme, ni que fuera inteligente. Alguien le llamó en cierta ocasión una arma sin filo, pero ahora compruebo que no es usted tan tosco como una simple maza, ni mucho menos.

Cuando el guardaespaldas Bob había hecho acto de presencia en el departamento de los huéspedes, Harriett se separó rápidamente de Bond y avanzó hacia la puerta con mucha dignidad diciéndole que esperase.

– El señor Bond estará con usted en un momento -le anunció, pronunciando aquellas palabras con su marcado acento norteamericano.

Bond se vistió en unos minutos y ella le dio las buenas noches en un susurro, al tiempo que le besaba levemente en la mejilla y le advertía:

– Ojo con la comida. Así es como empezaron conmigo.

Habían conducido de nuevo a Bond por unos largos pasillos hasta entrar en el desnudo y austero estudio de Scorpius. Bob se dirigió en línea recta a la librería que se encontraba junto a la ventana, y sacó un libro colocado en el tercer estante. Se oyó un clic y una parte de la librería se abrió, revelando la existencia de una puerta. Bond no tardó en darse cuenta de que el falso libro era una gruesa imitación de Guerra y paz de Tolstói, cuyo titulo constaba en el lomo. Por lo visto había una chispa de humor en el carácter de Vladimir Scorpius.

Bond no sabía qué le esperaba al otro lado de la puerta. Pero enseguida pudo ver que el comedor al que le hicieron pasar mostraba una heterogénea mezcolanza de estilos. Era evidente que el dueño de aquella extraña mansión se había visto influido por cierto número de restaurantes que sin duda frecuentó en su vida anterior. Bond creyó detectar algunos paneles copiados del Connaught en Londres; un bar del Fouquet de París y, por lo menos, dos reproducciones de portadas de libros que había visto entre la vulgar decoración de la Langan's Brasserie. Aquel hombre parecía obsesionado por las reproducciones. Una extraña actitud por parte de quien hubiera podido hacerse con un montón de originales.

– He planeado una comida sencilla -explicó Scorpius sonriendo. Y Bond creyó detectar en aquella sonrisa el gesto astuto de un Borgia-. Muy sencilla. Especialmente para usted. Los menús de las líneas aéreas no suelen ser gran cosa, pero siempre me encuentro desganado durante las primeras veinticuatro horas después de cruzar el Atlántico.

Bond levantó una mano.

– Sólo una cosa…, padre Valentine…

– Tú dirás, hijo mío.

Cogido por sorpresa durante unos segundos, Bond levantó la mirada notando la potencia de las pupilas del otro. Y como desde muy remota distancia, oyó cómo Scorpius repetía: «Tú dirás, hijo mío.» Apartó la mirada para concentrarse en la visión imaginaria de un Scorpius acribillado a balazos.

– Dicen que cuando se cena con el diablo hay que usar una cuchara muy larga -comentó Bond-. Lamento abusar de lo que llama su hospitalidad, pero prefiero que pruebe usted cada uno de los platos antes de que me los sirvan a mí.

Scorpius se echo a reír.

– Haré otra cosa mejor. Será mi esposa la que efectúe la prueba. No tiene por qué temer nada de mí, señor Bond.

– No le temo.

– ¡Qué divertido! Yo pensaba que sí. De lo contrario, ¿por qué iba a necesitar un catador cuando está sentado a mi mesa?

– Porque es usted un experto en el uso de determinadas drogas y en manipular a la gente para hacerle creer esas zarandajas religiosas que intenta inculcarles. Es usted… (dejemos aparte las formalidades) un experto también en mandar a la muerte a jóvenes impresionables y en ocasionar víctimas inocentes. Lo hace por dinero, ¿verdad, Vladimir Scorpius?

Se produjo un silencio que no duraría ni un segundo.

– ¡Vaya! -exclamó Scorpius, aunque sin parecer haberse sorprendido demasiado. Su voz se mantuvo firme al proseguir-: Cuando me lo dijeron no pude creerlo. Pense que se trataba de una exageración. Pero debí comprender que mi informador no iba a contarme mentiras. Debí caer en la cuenta de que tarde o temprano alguien acabaría por identificarme, no obstante mis elaboradas precauciones. -Aspiró el aire con fuerza-. ¿Quién más lo sabe, señor Bond? ¿Quién más lo sabe aparte de usted, de su jefe de servicio, del MI5 y del Departamento Especial? ¿Lo saben aquí en Norteamérica?

Bond le miró fijamente y, al tiempo que hablaba, mantuvo en su mente una fantasía extraordinariamente realista.

– Ahora ya lo sabe un gran número de personas. Y me parece que el servicio norteamericano conoce bien su expediente…, a menos de que haya podido usted evitarlo.

– Quizá lo logre. Ya lo veremos. Bien, de todos modos es bueno tener la seguridad de que podré retirarme tranquilamente cuando este asunto haya acabado.

– Yo no estaría tan seguro. La gente de que hablo sabe perfectamente lo que está haciendo y cómo lo hace.

– Sin embargo no podrán detenerme. Carecen de medios para ello, a menos de que adopten medidas draconianas de seguridad, prohiban las reuniones públicas cierren los cines, las óperas, las salas de conciertos, los teatros y los restaurantes. Pero allí donde vayan mis Humildes, nunca habrá una seguridad total.

– Sus Humildes serán muy pronto obligados a rendir cuentas.

– ¿Cómo? Dígamelo. No existe modo, Bond. Están por encima de la ley y del orden. Pueden ir donde quieran sin que nadie los detecte. Y son capaces de operar, aunque yo no me encuentre entre ellos. Ahí está lo bueno. Sólo los matrimonios que han tenido por lo menos un hijo pueden llevar a cabo las misiones de muerte. Y a su vez, cuando el hijo tenga edad suficiente, o él o ella se casen, el proceso continuará. Yo puedo marcharme, desaparecer para siempre, una vez la operación actual quede completa. Mis fieles me llorarán, pero la tarea proseguirá. -Se detuvo para cobrar aliento-. Señor Bond, esos jóvenes, esa Sociedad de los Humildes, nunca cederá, aunque yo muera o desaparezca mañana mismo. La campaña actual terminará dentro de breves días y ahora no me puedo detener. Porque una vez puesta en marcha, los escogidos para las misiones de muerte las llevarán a cabo de todos modos. Yo no conservo mi contacto con ellos. Son como robots bien programados, que poseen sus mecanismos propios y reciben sus órdenes. Morirán llevándose por delante a los jefes de Inglaterra, junto con los que puedan seguirlos y al jefe de… -Sonrió-. No. Eso se lo dejo para que lo adivine. Pero lo harán. Y si gano esta mano, cuento con multitud de recursos en los que apoyarme. Una fortuna, sólo por la tarea en cuestión y millones de lugares en los que ocultarme.

»Los Humildes continuarán actuando simplemente porque creen. Porque creen realmente. Nadie tendrá que pagarles sus servicios porque lo hacen a impulso simplemente de su fe. ¡Ja, ja! -Terminó su frase con una breve risa-. ¡Y pensar que una idea tan brillante como ésta jamás volverá a utilizarse ni nadie se aprovechará de ella!

Su voz se fue haciendo más débil hasta convertirse casi en un murmullo, pero dotado todavía de un gran poder de persuasión.

– ¿Cómo puede usted hablar de eso con tanta sangre fría? -preguntó Bond, a quien le era difícil comprender que un ser humano fuera capaz de semejante depravación-. Una verdadera guerra santa, según veo. Pero una guerra santa basada en las mentiras y en el materialismo.

– Por favor, no sea hipócrita, Bond. Todas Las guerras santas han sido libradas para sacar algún provecho. Esta es su base. Durante años me he estado haciendo rico con las guerras santas. Luego pensé: ¿por qué no ganar todavía más dinero? ¿Por qué no aportar potencial humano del mismo modo que hago con las armas? ¿Qué hay de malo en ello? Hasta cierto punto estoy salvando vidas cuando sacrifico a jóvenes emotivos e ingenuos que desean sacrificarse por un ideal.

Bond sintió tal repulsión al oír aquellas exaltadas manifestaciones que retrocedió hacia la puerta.

– No se vaya, señor Bond. No se vaya. Porque si lo deseo, puede proporcionarle los medios para poner fin a la actividad de los Humildes.

Bond movió la cabeza.

– Pero no lo hará, Scorpius. Pensé haberme enfrentado a los seres más diabólicos del mundo; creí conocerlos a todos antes de venir aquí; pero ahora ya no tengo duda alguna de que estaba equivocado. Usted es la maldad personificada. Causante de muertes y creador de pesadillas. El peor que ha existido desde…

– ¿Desde Hitler? ¿Desde Stalin? ¡0h, no lo creo! Si cuando este negocio haya acabado le doy a usted una lista completa de los fieles incluyendo su localización, ¿qué me dirá? Puedo hacerlo y usted lo sabe. ¿O acaso no me cree?

– Creo que lo haría por un precio; pero no tengo dinero suficiente para pagarle.

– Puede tenerlo. Nadie sabe de lo que es capaz de conseguir. Amigo mío, he recorrido los caminos más perversos de este mundo, durante muchos más años que usted. Le puedo dar detalles a su debido tiempo, si me da algo a cambio.

Su mirada estaba ahora desprovista de toda expresión de amenaza. Era como si realmente estuviera dispuesto a hacer una oferta, aunque para Bond no existía duda de que aquellas palabras eran falsas y carentes de sentido y que cualquier promesa que se hiciera equivaldría a una impostura.

– ¿Por qué cree que ordené a John Pearlman traerle aquí? -preguntó Scorpius casi en un murmullo. Su voz baja y modulada parecía adquirir un tono cada vez más siniestro cuando se llevaba algún tiempo en su compañía.

– No lo sé. ¿Por qué tuve precisamente que ser yo? ¿Por qué me ha metido en este lío?

– La respuesta es muy simple. ¿Por qué no? Es la que da el Hado a todos cuantos formulan la misma pregunta; cuando los desastres, la muerte, la tragedia y las penalidades los abruman, se interrogan, ¿por qué yo?, ¿por qué yo? ¿por qué yo? -Se golpeó el pecho con el puño cerrado conforme iba repitiendo la frase-. Pero el Hado contesta a esos imbéciles: «¿Por qué no?» En su caso, señor Bond, ha sido porque se encontraba usted en el lugar preciso y en el momento adecuado. Yo disponía de un informador que podía situar convenientemente. Usted no era el único de quien podía servirme, pero, como estoy seguro que ya ha comprendido, su situación permitiría a mi agente transmitir una información muy valiosa. Con esta persona cercana a usted yo quedaría en situación privilegiada, como así ocurrió. Pero nunca creí que los suyos descubrieran mi verdadera identidad. Señor Bond, también ahora se encuentra en el lugar adecuado y en el momento preciso.

– ¿Por qué motivo?

– Sólo le voy a pedir un pequeño favor. Y a cambio del mismo le revelaré los nombres y las señas de todos Humildes…, incluyendo los que se han quedado aquí.

– Pero eso será después de haber ocasionado un daño horrible. -Bond se dijo que era preciso simular, actuar como si realmente creyera sus palabras. Probablemente se trataba de «un pequeño favor» que sería conveniente para Scorpius y para nadie más.

– Naturalmente, luego de que esta campaña especial haya acabado.

– ¿A qué favor se refiere? -preguntó Bond, convencido de que sólo podía tratarse de alguna garantía para conservar la vida.

– Se lo diré en su momento. Antes déjeme aportar algún aval.

Se dirigió hacia la pared más larga del aposento. El bar se encontraba precisamente frente a ella, y sobre el mismo colgaban dos horribles reproducciones encuadradas por un gran marco. Scorpius tanteó bajo el bar y segundos después el cuadro se elevó, a la vez que descendía un amplio mapa de Inglaterra cual si resbalara por la pared. Scorpius tiró de un cajón del bar y tocó un interruptor. Inmediatamente se encendió una luz parpadeante que Bond observó correspondía a la exacta posición de Glastonbury.

– ¿Lo ve? -preguntó Scorpius, que parecía haber prescindido por completo de su fuerza personal y de su mirada aniquiladora-. Puedo permitirme enseñarle esto porque usted se quedará aquí hasta que todo haya terminado, y de eso no tenga la menor duda. Nadie puede escapar de la plantación «Ten Pines». La muerte acecha tras estos muros…, una muerte terrible como sólo puede ocasionaría lo que se escurre y se desliza ahí fuera. Así pues, me puedo permitir esto. Primero fue la pequeña y, bonita población de Glastonbury… Ya sabe lo que paso allí. Luego Chichester. -Otra luz parpadeó en el mapa-. También lo conoce usted. Pero ¿sabe lo que ha ocurrido hace tan sólo unas horas en Newcastle-upon-Tyne? -Otra minúscula luz se encendió conforme Scorpius pronunciaba lentamente el nombre del jefe sindical y el del candidato laborista-. ¿Y después? ¿Qué otra cosa va a ocurrir? ¿Qué otras misiones están en marcha, que yo no puedo detener? Veamos. -Su mano tocó algo en el panel que sobresalía del bar. Se encendió una luz en Manchester, y Scorpius mencionó el nombre de un antiguo ministro del gobierno que «se había ido al campo»-. Esto será mañana. -Hablaba como quien está planeando unas vacaciones, no como quien decreta la pena de muerte de personas inocentes con el fin de quitar la vida a una sola. Otro botón… Birmingham. Un miembro del Parlamento con fama de agitador, y unos candidatos, laborista y conservador. «Dos el mismo día.» La noticia aparecerá en titulares.

Continuó citando otras operaciones. La campaña parecía carecer de un plan concreto. Figuraban en ella candidatos de todos los partidos: antiguos ministros, dos ex jefes whips, el lord canciller. Londres, Ealing, Edimburgo, Glasgow, otra vez Londres, Kensington, no muy lejos de donde Bond había permanecido la noche anterior, Cambridge, Canterbury, Leeds, York. Prácticamente todas las grandes ciudades de Inglaterra, Escocia y Gales, además de Belfast. Las fechas constaban de un modo concreto. Los objetivos habían sido bien seleccionados. Junto a cada lucecita parpadeante Bond podía leer los nombres de las víctimas, en color escarlata, y debajo otros nombres demasiado pequeños como para poderlos distinguir desde aquella distancia, pero casi con toda seguridad los de quienes deberían actuar de asesinos.

– Pero ¿y si se efectuaran cambios en los días y las horas previstos? -preguntó Bond con el estómago revuelto ante el horror que le causaba imaginar semejante carnicería.

– Ya lo han hecho -respondió Scorpius mirando a Bond a la cara. Sus pupilas perforaron de nuevo la mente de 007. Éste había bajado la guardia ladeando la cabeza, reemplazó sus ideas normales por la imagen de Scorpius cayendo víctima de una de aquellas bombas humanas-. Ya han cambiado fechas e itinerarios, pero poseo los nuevos datos.

– ¿Y cómo sabe si son correctos?

Pero en realidad la respuesta importaba poco. Aquel hombre estaba practicando un insensato despliegue de poder. Era como un niño cuando se jacta de algo, un niño loco, malvado y asesino.

– Sé que son correctas -respondió Scorpius sonriendo con una expresión que parecía aún más malvada y pérfida a causa de querer ser natural-. Porque tengo confianza en la persona que me informa.

– Pues no confió en los informes sobre usted mismo.

– ¡No! Y evidentemente he sido tonto. Porque se trata de una de las primeras reglas a seguir, ¿no cree? Usted, como agente con muchos años de experiencia, debe saberlo. Una de las primeras reglas es la de no desechar aquellos informes que no digan lo que uno desea creer. No confiar sólo en aquello que a uno le interesa. ¿Es cierto o no?

– Sí, es cierto -afirmó Bond-. Sin embargo observo la ausencia de una víctima importante.

– ¡0h! ¿Quién puede ser?

– El primer ministro. A menos de que tenga usted algún motivo para mantenerle vivo.

Scorpius se echó a reír en un tono profundo y resonante.

– ¡0h, no, James Bond! No me he olvidado del primer ministro. Desde luego que no. Pero a ese señor le reservo un tratamiento muy especial que no aparece mencionado en este mapa.

El cerebro de Bond trabajaba a plena actividad, tanteando, considerando cada posible objetivo y cada lugar, anotándolos en su memoria y reteniéndolos allí con la esperanza de salir del trance en que se hallaba y advertir del peligro.

– Usted dijo que no le era posible detener la marcha de la operación.

– Correcto.

– Sin embargo puede conseguir que quienes han de efectuar tareas mortales sepan que las fechas y los horarios han sido cambiados. ¿Cómo lo logra?

– Es relativamente fácil. Sé dónde se encuentra cada uno de ellos y puedo contactarlos y cambiar el momento y el lugar. La única cosa que no puedo variar son los objetivos. -Explicó a continuación cómo los hombres y las mujeres eran atraídos a las redes de los Humildes, cómo eran escogidos y manipulados de modo que no sintieran temor a la muerte porque, cuando les llegara, alcanzarían el paraíso-. Todo esto es relativamente fácil. -Afirmó en el mismo tono de un vetusto profesor de universidad dando su lección sobre algún aburrido episodio de la historia-. Sin embargo, la motivación final y el método utilizado para definir el objetivo deben ser exactos. Y quedar tan profundamente fijados en el subconsciente de mis misiles humanos que lleguen incluso a olvidarlo. Si por azar uno de los nuestros es detenido, no lograrán que revele cual es su misión incluso luego de largas horas de interrogatorios. Quizá los interrogadores consigan adivinar en algunos casos de quién se trata, pero nunca lo sabrán con certeza absoluta.

– ¿Y usted no puede o no quiere poner fin a esta… esta… matanza?

– Ni puedo ni quiero. No; no puedo, a no ser que le revele a usted o a alguien como usted los momentos, lugares y personas de cada operación y añada los nombres de quienes realizarán la tarea final.

– ¿Y si el objetivo no aparece en el momento previsto? ¿Qué sucede entonces?

– El misil que he enviado contra él lo buscará. A él y a ningún otro. El personaje marcado puede considerarse muerto porque hay una persona encargada de la misión de acabar con la vida de quien se le ha indicado. Del objetivo concreto. Puede pasar una semana, un mes, incluso un año. Pero al final, y sin necesidad de mi ayuda, el que tiene a su cargo una tarea mortal, encontrará su objetivo y… ¡boom! -Hizo chasquear los dedos con lo que la alusión se hizo todavía más horrible.

James Bond estuvo evocando mentalmente toda la información que había podido recoger hasta entonces. Su memoria retendría horas, lugares y muy especialmente objetivos. Su concentración era tal que durante un segundo no se dio cuenta de que Scorpius continuaba hablando.

– ¡Ahí! -exclamó señalando en el mapa el objetivo número doce, el conjunto del cual parpadeaba ahora como un árbol de Navidad-. Cuando lleguemos ahí algo completamente distinto va a suceder. Habrá un problema.

– ¿Qué clase de problema?

– ¡Oh, una pequeña cuestión financiera!

– Si se refiere a la Avante Carte y al supuesto dinero utilizado con fines deshonestos en la cuenta de lord Shrivenham… -Bond se detuvo en mitad de la frase porque la puerta se había abierto y una tercera persona acababa de entrar sin hacer ruido en la habitación.

– ¿Shrivenham? ¡Ja, ja! Tenemos algo mucho mejor que eso en reserva. Lord Shrivenham no ha sido más que un… ¿Cómo le llaman las escritoras de novelas detectivescas? Un medio para desviar la atención. La Avante Carte de la cual usted ha visto dos, lleva en su seno una bomba financiera de carácter mucho más sutil. Vamos a olvidarnos del viejo amigo Basil Shrivenham, ¿no le parece, querido? -miraba más allá de Bond en dirección a la puerta-. Me parece que ya conoce usted a mi esposa, señor Bond. Pero si no es así, le presento a la señora Scorpius.

– Sí, nos hemos conocido en circunstancias de lo más curiosas. Vladi tiene razón. Podemos olvidarnos del viejo y pobre papá -intervino Trilby Shrivenham, que parecía gozar de un perfecto estado de salud-. Y ahora ¿por qué no cenamos? Tengo entendido que Vladi quiere hacerle una propuesta.

19. «¿Por qué no esta noche?»

– ¿De modo que lo de Londres fue pura comedia? El estado de coma, las frases en clave: «La sangre de los padres caerá sobre los hijos», y todas las demás tonterías, así como la voz satánica. -Bond miró primero a Vladimir Scorpius y luego a la honorable Trilby Shrivenham, ahora supuesta esposa suya.

– No exactamente -respondió Trilby, tendiendo una mano para apretar el brazo de Scorpius-. No soy tan buena actriz como usted cree.

– Bond se dio cuenta de que la mano le temblaba un poco al tocar a su marido…, si es que en realidad lo era.

Tal como había adivinado al verla inconsciente en su casa, y luego en la clínica de Puttenham junto a Molony, Trilby era una joven alta y esbelta, de proporciones tan armoniosas como las de una modelo de las que aparecen en las revistas de modas. Vestía un atuendo deslumbrante de una seda roja espectacular. De habérselo preguntado, Bond habría dicho que, a su modo de ver, procedía de la tienda de Azzedine Alaia. Se había cortado el largo pelo y lo llevaba peinado de un modo distinto. Pero en su aspecto general se observaba una nota discordante. Se había excedido en el maquillaje.

Aquello sonaba a falso. La cara de Trilby Shrivenham, con sus pómulos salientes, su boca bien proporcionada y sus ojos de un castaño profundo, no necesitaban de lo que parecía un maquillaje de teatro. Además había que ser muy idiota para no darse cuenta de que estaba sometida a un estado de fuerte tensión. Cuando hablaba, tocaba o miraba a Scorpius como si buscase apoyo en él.

– No fue una comedia, ¿verdad, cariño mío? -preguntó al tiempo que hundía los dedos en el brazo de Scorpius hasta el punto de que éste se apartó al tiempo que le rehuía la mano como si fuera un insecto molesto.

– Ella actuó voluntariamente -explicó Scorpius en un tono de voz frío, tranquilo y estremecedor, pronunciando la frase con suma rapidez. Al aparecer Trilby de un modo tan repentino, Bond se puso más en alerta que nunca. Scorpius continuó hablando-: Necesitábamos algún apoyo para la pobre Emma Dupré… Nunca creímos que hubiese de morir, ¿comprende? Fue un golpe terrible para todos nosotros.

– ¡Oh, sí! Me figuro que debió de serlo. Es usted muy sensible por lo que a la muerte se refiere, ¿verdad?

Scorpius ignoró el irónico comentario de Bond.

– Sí, somos muy sensibles. Me puede creer, señor Bond. Emma pensó que debíamos dejarla escapar. Sentía ciertos escrúpulos acerca de lo que estamos haciendo. Pero me dije que ello podría redundar en nuestro beneficio. Que podía utilizarla de varias maneras. Me aseguré de que cuando partió llevara consigo algunas claves…, en especial el número de teléfono de usted. Cuando supe a través de nuestro contacto que había muerto ahogada, me alarmé al pensar que las claves pudieran haber desaparecido con ella.

– ¿Mi número de teléfono?

– Eso y lo que usted llama acertijo al referirse a la sangre de los padres cayendo sobre los hijos y que yo había implantado en el subconsciente de la pobre Emma. Por aquel entonces, señor Bond, yo deseaba dar una advertencia a las autoridades inglesas. Esperaba que una vez realizada la primera tarea mortífera, se dieran cuenta de que estaban combatiendo contra una fuerza invencible. Se trataba de causar pánico, o posiblemente incluso algo más: de provocar una paralización de los servicios de seguridad que hiciera imposible, por ejemplo, la celebración de elecciones generales. De todos modos eso es lo que va a suceder finalmente. -Levantó una mano con el mismo ademán principesco que Bond ya había notado en él después de su llegada, manteniéndola imperiosamente alzada, con el índice hacia arriba, mientras los demás dedos permanecían curvados y la mano entera se movía a impulsos de un temblor de la muñeca.

Bond no pudo tragarse aquella historia. Por vez primera había detectado una nota de incertidumbre en las explicaciones de Scorpius, como si todo no fuera más que un rompecabezas mal ensamblado. Hubiera sido una locura desafiarle en aquellos momentos. Scorpius había demostrado ya el gran poder que podía ejercer con simple movimiento de sus dedos. Lo había dejado bien patente en los ataques por medio de sus diabólicas bombas humanas y en el trazado de sus planes futuros. Bond se dijo una vez más que había que fingir; hacerle creer que admitía sus explicaciones sin el menor género de duda.

– Por aquel entonces yo estaba procurándome nuevos contratos para que los Humildes extendieran su palabra y su terror por todo el mundo. -Scorpius parecía hablar al aire con una nota de profundo pesar en la voz.

Bond no quiso dejar aquello sin contestación.

– Contratos que provocarían aún más catástrofes y causarían la muerte de muchos seres inocentes. Pero que le llenarían a usted los bolsillos.

– Por desgracia, ése resulta ahora un enfoque poco realista. -Los ojos de Scorpius se habían quedado sin vida y hablaba muy lentamente.

– Yo diría que afortunadamente poco realista -expresó Bond, repitiéndose que había que continuar atacándolo. «¿Quién sabe?», se dijo. «Incluso con una mente tan tortuosa y cruel quizá sea posible hacerle perder el equilibrio.»

– ¿Qué quiere decir «poco realista», querido? -preguntó Trilby con una expresión casi asustada, como si el terror empezara a hacer acto de presencia bajo su maquillaje y su elegancia externa.

– No es nada que te importe, querida -le respondió él dándole unos golpecitos en la mano que aún seguía temblando un poco.

– Yo sólo me preocupo por ti, ángel mío -afirmó la joven, mirándole, pero apartando luego los ojos bruscamente.

Bond no sólo se sentía asqueado por las expresiones amorosas que intercambiaban Scorpius y la joven, sino también desasosegado por la superficialidad de la conversación. Todo aquello olía a manipulación y a fantasía propia de un relato imaginario.

– ¿De modo que permitió a Trilby actuar como…?

– Ya le ha dicho que me ofrecí voluntaria intervino la joven, quizá con un aire demasiado impetuoso-. Debe usted comprender, señor Bond, que debo mi vida a Vladi. Él me llevó de nuevo a la luz, me sacó de la heroína cuando era ya un caso perdido. La primera vez que le dije que lo amaba se sintió preocupado; pensó que era la típica reacción de lo que los psiquiatras llaman transferencia; es decir, la de una paciente enamorándose de su médico, que ocupa así el lugar su dolencia; en mi caso la adicción a las drogas.

Era aquélla la primera vez que Scorpius la dejaba hablar durante tanto rato. Ella se había expresado como si se hubiera aprendido de memoria los puntos principales.

– Sí; sé muy bien lo que significa eso. Ha obtenido usted éxitos notables con drogadictos, Scorpius. ¿A qué lo atribuye?

– A lo mismo que muchas clínicas. No hay nada de mágico en hacer que la gente abandone las drogas si es que realmente desea vivir. -Empezó a ponerse pomposo como si se sintiera inmerso en su tópico favorito-. Inyecciones de vitaminas, disciplina, ingredientes que supriman el síndrome de abstinencia…, metadona en el caso de la heroína y una hipnosis muy profunda para paliar los efectos secundarios más desagradables.

Hizo una pausa como si esperara que Bond se pusiera a aplaudir. El silencio se prolongó unos veinte segundos antes de que volviese a tomar la palabra:

– Creo que es ahí donde doy en el clavo…, si es que me perdona la expresión. Mi uso particular de una hipnosis muy profunda es sumamente eficaz. En las clínicas la gente pasa por un verdadero infierno para desengancharse. Conmigo es más fácil. Pero hay casos en los que mi ayuda sirve de poco… Me refiero a quienes han llegado a ese punto en que no les importa vivir o morir. Es decir, los adictos que desean la muerte. A veces se recuperan durante un tiempo. Un gran número de quienes cumplen tareas mortíferas para mí son de esa clase. Pero basta: vamos a comer.

El mapa había vuelto a su lugar oculto por los mecanismos electrónicos, y los grandes cuadros enmarcados ocupaban de nuevo su espacio sobre el bar. Bond había tenido mucho cuidado en observar con toda exactitud dónde se encontraban los conmutadores. Había decidido volver allí solo y hacer una lista de los nombres relacionados con las tareas mortíferas. También estaba decidido a salir con vida y lo antes posible de la plantación «Ten Pines».

Scorpius apretó un timbre situado en un extremo del bar.

Los guardaespaldas vestidos de gris actuaban como camareros. Había seis de ellos y ni siquiera el corte estilizado de sus trajes podía ocultar los bultos indicadores de que iban armados. Los únicos detalles de verdadero gusto en la estancia consistían en una hermosa mesa de estilo carolino conservada con gran primor y acompañada de sus sillas originales. Había espacio para doce personas; pero aquella noche estaba dispuesta sólo para tres. Los cubiertos parecían ser de auténtica planta georgiana y los cristales de cristal Waterford. El guardaespaldas Bob anunció que la cena estaba servida, al tiempo que depositaba un gran cuenco de plata en el centro de la mesa. De éste Trilby sirvió la mejor sopa de verano de cuantas existen: un gazpacho frío con su acompañamiento de diversos platos conteniendo torreznos, cebolla picada, tomate y pimiento.

– Espero que le guste, señor Bond… ¿O puedo llamarle James? -preguntó Trilby.

– Desde luego, no faltaría más. ¿Por qué no? Pronto tendrá necesidad de amigos a los que tratar por su nombre de pila.

Ella levantó la mirada con expresión de alarma, casi derramando el cazo con la sopa.

– ¿Qué quiere decir con eso?

El pánico se pintaba claramente en sus pupilas y su voz se elevó hasta un registro bastante más alto que lo normal. De pronto se había vuelto muy desmañada en servir el gazpacho.

– No es nada, querida -intervino Scorpius, calmándola-. Lo que ocurre es que nuestro amigo no está de acuerdo conmigo ni con los Humildes. Y en consecuencia tampoco lo está contigo. Pero la cosa carece de importancia. No es posible hacerse amar por todo el mundo, ¿comprendes?

El plato de la bien sazonada sopa fue colocado ante Bond, pero éste volviéndose hacia Scorpius le preguntó:

– ¿Quiere ser mi catador?

– ¿Necesita un catador para algo que ha salido de la misma sopera para todos?

Bond le recordó lo de cenar con el diablo y Scorpius se encogió ligeramente de hombros, al tiempo que hundía su cuchara en el plato de Bond e ingería su contenido.

– ¿Satisfecho? -preguntó.

– Sí.

– No me ha parecido muy bonito -comentó Trilby. Pretendía mostrar enfado, pero hablaba sin convencimiento alguno-. Es usted el invitado de Vladi. No es manera de comportarse. -A juzgar por su voz, parecía al borde de la histeria.

– Mi querida Trilby, si Vladi cesa en su sangrienta campaña terrorista y me hace entrega de todos los Humildes, posiblemente me comportare de un modo más correcto, en especial cuando vaya a veros a los dos en la cárcel.

– La cárcel es un lugar que no va a ser visitado por ninguno de nosotros -se apresuró a comentar Scorpius volviendo la mirada hacia Trilby.

Al acabar su rápida frase, se echó a reír y, hasta cierto punto, Bond se vio precisado a creerlo. Aquel hombre estaba tan imbuido en su actitud hacia la muerte y el terror, que se había convertido en un psicópata posiblemente dispuesto a quitarse su propia vida y también la de Trilby antes de permitir que Le atraparan. Pero ello sólo como recurso extremo.

Estuvieron hablando de cosas sin importancia hasta que llegó el plato principal: unas suculentas y finas costillas de cordero sazonadas con romero y otras hierbas y servidas sobre una enorme bandeja rodeadas de patatas asadas y de guisantes.

– ¿Qué le parece? -preguntó Scorpius sonriendo-. ¿No cree estar en uno de esos clubs ingleses para caballeros? Pedí que esta noche el plato principal fuera muy inglés, especialmente por tenerle a usted aquí, James Bond. Sírvase, por favor. También puedo probarlo antes y no tengo inconveniente en catar su vino con antelación, no fuera que contuviese algún veneno mortal.

Se echó a reír de nuevo, esta vez en un tono desagradable y dirigióse al bar donde se había puesto a refrescar dos botellas de Chablis Grand Cru, procedentes de Les Preuses, uno de los pequeños siete viñedos que salpican las laderas meridionales del propio Chablis. Scorpius probó el contenido de ambas botellas de un modo extravagante y ostentoso.

Bond tuvo que admitir que desde hacía muchos años no había probado un cordero tan tierno y tan sabroso ni bebido un Chablis clásico de tan excelsa calidad.

Conforme comían y bebían, continuó presionando a Scorpius, recordando la vuelta de Trilby a su casa.

– Cuando la vi parecía hallarse en un estado muy vulnerable e indefenso.

– Fue un pequeño riesgo a correr -respondió Scorpius-. Un riesgo que ambos aceptamos gustosos. Lo importante era que ella conociese el significado de las palabras que yo había inculcado en su mente. Trilby ha sido siempre una fiel seguidora de los Humildes. Está unida a nuestra fe y comparte nuestros objetivos. Viajé a Londres con ella desde Pangbourne y le administré las dosis finales de LSD en el automóvil, conforme nos aproximábamos a casa de sus padres. Había sido sometida a siete… (fíjese bien), siete días de hipnosis intensiva.

Sonrió mostrando en su semblante una expresión tan malvada que hubiera complacido al propio marqués de Sade. Bond creyó casi ver la sombra de este último en la habitación donde se hallaban.

Scorpius siguió sonriendo conforme añadía con deleite:

– Me alegró poder devolver a su padre algunas de las contrariedades que me ha hecho sufrir. Nuestra vida hubiera sido mucho más favorable si su banco, el terrible Gomme-Keogh, hubiera apoyado la empresa de la Avante Carte.

– ¿Los suyos intentaban sacar a Trilby de nuestra clínica cuando fueron sorprendidos? Todos imaginamos que querían matarla.

– En efecto, la estaban rescatando. ¿Por qué los míos habían de matarla? En todo este asunto ha habido mala suerte. Pearlman estaba allí, pero esa idiota de la Horner fue la que armó todo el barullo. Lo que me lleva otra vez, señor Bond, a recordarle mi oferta anterior.

– ¿Cuál era? -preguntó Bond como si hubiese olvidado la vaga promesa de Scorpius de que a cambio de un pequeño favor le entregaría a los Humildes que quedaran, una vez la campaña en curso hubiera terminado.

Bond no creía que Scorpius fuese capaz de cumplir una promesa ni de pedir algo de poca importancia. El suyo era un mundo de concesiones muy grandes, plagado de promesas sin cumplir y de intenciones tortuosas.

Scorpius repitió las mismas palabras que ya había pronunciado antes:

– Solo le pido un pequeño favor. A cambio estoy dispuesto a darle los nombres y las señas conocidas de todos los Humildes, incluyendo los que queden aquí, una vez esta campaña tan especial toque a su fin.

Bond sonrió fijando la mirada en el plato ahora vacío que tenía frente a sí.

– ¡Oh! No hablemos de negocios durante una cena tan espléndida. Puedo esperar para saber de qué favor se trata. Pero ahora dejémoslo pendiente, Scorpius.

– Como quiera. El postre está en el bar. Y una vez mas, antes comeré también de él.

– Es una tarta de melocotón -anunció Trilby-. Espero que le guste -añadió en un tono demasiado vibrante, nervioso y rápido.

– Será deliciosa.

En realidad aquel plato de melocotones pelados y macerados durante cinco minutos en un jarabe de azúcar y agua, al que a veces se añade una bolsita de pétalos de rosa, era uno de sus postres favoritos. Por regla general Bond no tomaba semejante tipo de manjares, pero aquel Meringue Chantilly realmente bien hecho era de los que rara vez dejaban de tentarle.

– Dígame -manifestó como si empezara a acomodarse a aquella compañía infernal-. Ha afirmado usted que nunca podré escapar de este lugar.

– Señor Bond, más vale que se lo quite de la cabeza.

– ¿Por qué?

– Aunque se lo diga, será igual. No hay modo de salir de la plantación «Ten Pines», excepto con mi permiso.

– Las vidrieras del cuarto para los invitados dan a unas playas y al mar. Tienen puertas correderas y están desprovistas de cerrojos. ¿Por qué no puedo salir tranquilamente y alejarme nadando? ¿Es que mantiene guardias armados en ese lugar las veinticuatro horas del día,

– Los guardias armados se encuentran en la parte delantera de la finca -respondió Scorpius en un tono como si pretendiera enfocar el asunto bajo un prisma de humor-. Hay allí un amplio semicírculo de árboles, plagados, y uso este término de un modo muy realista, de guardianes y de perros. En cambio, el camino hacia el mar no necesita de perros ni de tiradores de élite. Porque está provisto de obstáculos naturales muy desagradables…, a los cuales he añadido algunos de mi propia invención.

– ¿Cómo, por ejemplo…?

– No hay cocodrilos en esa zona, porque verdaderamente no son amigos del mar; pero existe un pequeño tramo pantanoso plagado de juncales entre la parte trasera de la casa y la playa principal y el mar.

Hemos colocado grandes letreros para que los turistas no se aproximen. Sin embargo debo admitir que se han producido algunos accidentes lamentables. Nadie…, y cuando digo nadie es nadie, ha podido pasar desde la plantación al mar y seguir vivo para contarlo. ¿Ha oído hablar alguna vez de la serpiente acuática llamada mocasín?

Bond hizo una señal de asentimiento.

– Se la conoce también usualmente como «boca de algodón».

– ¿Y no está de acuerdo conmigo en que se trata de una serpiente sumamente peligrosa?

– Sí, en efecto, a menos de que las mordeduras se traten con suma rapidez.

– El veneno de la mocasín acuática se utiliza en medicina para curar hemorragias y afecciones parecidas. Porque destruye los glóbulos rojos de la sangre y la coagula. Una sola mordedura y el peligro es gravísimo si no se la atiende con toda rapidez. Varias mordeduras significan la muerte sin remisión.

– ¿Varias?

Scorpius hizo una señal de asentimiento.

– Esos pantanos cercanos a las playas, en la parte trasera de «Ten Pines», están cercados por planchas de metal de un metro de altura colocadas en sus extremos. Porque en esos pantanos tenemos una colonia de mocasines acuáticas que llevan allí varios años y cuya existencia conocen los habitantes de la comarca.

– ¿Y no se marchan hacia el mar?

– No; por regla general son animales nocturnos que no se sienten atraídos por el mar. Pero los pantanos son distintos. Cuando se considera que la hembra produce unas quince crías cada dos años, comprenderá por qué no necesitamos guardianes armados en ese lugar.

Trilby se estremeció y Scorpius alargó una mano para calmarla.

– A mi joven esposa todo esto le produce un nerviosismo extraordinario. Durante su primera visita aquí ocurrió un accidente. Aquel hombre al que no conocíamos fue mordido cuarenta veces. Así que ya se puede imaginar lo que ocurrió, señor Bond. Las mocasines acuáticas son objeto de atención por parte del gobierno lo mismo que las serpientes de cascabel, las arañas «viudas negras», los escorpiones y otros animales igualmente peligrosos que abundan por aquí. -Esbozó una sonrisa que sólo admitía el adjetivo de terrible-. Los pelícanos, cormoranes y motacillas son agradables de mirar. De modo que el turista normal y corriente raras veces se acerca a la zona de los reptiles. Los hoteles extreman sus precauciones, pero aún así los jugadores de golf se tropiezan a veces con algún cocodrilo. En tal caso, lo mejor es no echar a correr. Pero usted ya sabe de esas cosas.

– Sé que si se los provoca, pueden avanzar velozmente, pero sólo en línea recta. De modo que si uno zigzaguea está a salvo.

– ¿Le ha gustado la cena? -preguntó Trilby, como si quisiera cambiar de tema.

Bond respondió que sí, que mucho, y declinó el café y los licores.

– Ya se lo he advertido -continuó Scorpius-. A menos de que se crea inmortal, sepa también que he añadido algunos refinamientos entre la casa y el mar. Así que quítese de la cabeza la idea de cruzar ese tramo de arena. Le aseguro que no sería prudente.

Bond pensó que si bien existía allí mucho peligro, quizá a pesar del mismo hubiera un modo de alcanzar el mar y con él la libertad. Posiblemente el método a emplear lo aguardara en su cuarto encerrado en el compartimento secreto preparado por la Bella Q y oculto dentro de su cartera de viaje.

– La cena ha terminado -indicó Scorpius bruscamente.

– ¿De veras?

– Sí, de veras. ¿No cree que deberíamos discutir mi oferta?

– Realmente no sé qué decirle -respondió Bond.

En lo más recóndito de su mente había estado relexionando sobre las implicaciones morales que podía tener el realizar un trato con aquel malvado y terrible sujeto, porque no podía considerarle un hombre en la acepción normal de la palabra. Scorpius representaba toda la duplicidad e incluso la triplicidad que cabe en un cerebro, y todo el fanatismo, el odio, la pura y simple maldad que subyace en la parte más abyecta de todo ser humano. Para él, Scorpius era un emisario del diablo en la tierra, portador de corrupción y difusor de la muerte. Hubiera sido un miembro admirable de la Inquisición; un jefe de la insensata cruzada infantil; un comisario de Stalin en un campo de exterminio; un pervertido agente de Lavrenti Beria, el más monstruoso jefe de la policía secreta soviética, o quizá un comandante de las SS de un campo de concentración nazi, disfrutando el espectáculo de la muerte por gas o la cremación de millones de judíos. Para Bond, Scorpius englobaba todo cuanto de cruel e inhumano, repulsivo e injusto se ha producido en la Historia desde Gengis Khan y Atila, el Huno, a Himmler y Klaus Barbie.

– Vamos -le apremió Scorpius-. Este favor tendrá sus compensaciones. Una vez quede revelada mi verdadera personalidad, comprendo que los Humildes deben desaparecer. Déjeme hacer algo que a usted le parezca digno; como poner el futuro de esa gente en sus manos. ¿Por qué no? Al menos, escúcheme.

Aquello no tenía visos de verosimilitud. Scorpius era un ángel negro, se dijo Bond, el ángel caído, el propio Satán pronunciando palabras melosas impregnadas de veneno. La tentación era demasiado fuerte. Quizá pudiera detener el horror antes de que pasara adelante. Pero si esto resultaba imposible, quizá aquel demonio mantuviera al menos su promesa. «Pero no -se dijo-. Esto es lo que Scorpius quiere que crea. Repite lo de antes…, simula.» Era la única solución.

– De acuerdo, dígame: ¿de qué favor se trata?

– No le voy a abrumar con una historia larga y tortuosa. Se trata de algo que concierne a la Horner.

Bond no había creído a Harriett cuando ésta, agarrándose a él, le había dicho que si aceptaba casarse, Scorpius les permitiría vivir en paz en el seno de la sociedad de los Humildes.

Ahora creía saber lo que vendría a continuación.

– Hay que retroceder un buen trecho en el tiempo -prosiguió Scorpius con una voz sonando como papel de lija, sorda, rasposa y extrañamente incierta-. Baste decir que en cierta ocasión adquirí una deuda con el padre de Harriett Horner. Hay coincidencias que parecen imposibles. -Parecía como si su cerebro se encontrara muy lejos de allí-. Comprendo que será difícil que me crea, pero tiene que hacerlo. La Horner es mi ahijada. Debo a su padre mi libertad y mi vida. En cierta ocasión, cuando era una niña pequeña, él me rogó ocuparme de que estuviese bien cuidada y atendida. Lo ocurrido después nos situó en una posición extraña. ¿Cómo iba yo a saber que acabaría por convertirse en agente de la Oficina de Impuestos? No es ningún secreto para mí que los agentes norteamericanos me persiguen. Pero jamás podrán vencer, y yo tengo a Harriett, es decir, a mi ahijada, prisionera aquí. ¿Qué voy a hacer con ella? Bueno, también le tengo a usted, señor Bond. Mi sentido común me dice que debería haberle matado de un disparo porque es usted un hombre demasiado peligroso. Sin embargo puedo mantenerle confinado todo el tiempo que quiera. Pero cuando me vaya de este lugar, que va a ser bien pronto, quiero hacerlo con una parte de mi conciencia bien tranquila. A cambio de la información que yo le dé, y una vez la actual sucesión de tareas quede acabada, quiero que usted, James Bond, se case con Harriett Horner.

La propuesta era increíble, y Bond necesitó algún tiempo para hacerse a la idea.

– ¿Sabe Harriett todo eso?

– ¿A qué se refiere? -preguntó Scorpius encogiéndose de hombros y extendiendo las manos.

– A lo de ser su ahijada y lo de la relación de usted con su padre.

– ¡No! No lo sabe y jamás se deberá enterar de ello.

Había contestado quizá con demasiada vehemencia y en un tono teñido de ansiedad. ¿Había tocado aquella cuestión algún punto sensible de Scorpius? Desde luego, semejante reacción no encajaba con su personalidad.

– ¿Por qué no?

Scorpius vaciló.

– Por el modo en que yo debo aparecer ante el mundo.

– ¿Cuándo quisiera que tuviese lugar la ceremonia? -preguntó Bond.

– Lo antes posible. Yo la presidiré, naturalmente.

Aquello confirió a Bond cierta esperanza. Una boda realizada por Scorpius no tendría validez alguna fuera de la sociedad secreta. Necesitaba tiempo. Quizá la gente de Wolkovsky estuviera ya alerta. Pero ¿por qué Scorpius, al parecer, le estaba dando aquel margen? Todo resultaba insensato.

– Cuando dice lo antes posible ¿cuánto calcula exactamente?

– ¿Por qué no esta noche?

Bond no podía creer ni una palabra de todo aquello: ni el cuento de que Harriett era ahijada de Scorpius, ni las promesas a su padre ni la coincidencia ocurrida después, ni que Scorpius se preocupase por el futuro de la joven. Adivinó que tal vez la verdadera respuesta residiera en su intención de mantenerlos tanto a Harriett como a él felices y al margen de sus actividades mientras se llevaban a cabo las ultimas etapas del programa de terror. No sabía tampoco si Harriett era o no una espía de Scorpius, aunque tenía la impresión de que ella siempre le había dicho la verdad. No se creía la historia acerca de Trilby y del estado en que había llegado a casa de sus padres. Ni sabía si aceptar lo de que era esposa de Vladimir Scorpius. Llegó a la conclusión de que evidentemente sabía muy pocas cosas con certeza. No tenía idea de quién fiarse, de quién dudar y a quién destruir, ni siquiera por lo que al propio Scorpius respectaba.

Vladimir Scorpius volvió a repetir, esta vez con una voz aún más profunda:

– ¿Por qué no esta noche?

Sin mirarle a la cara, Bond respondió:

– En efecto, ¿por qué no?

Había que ganar tiempo. Quizá lograra todavía encontrar algún medio. Aunque al aceptar la propuesta de Scorpius supo en lo más profundo de su ser que estaba simplemente aceptando su propia sentencia de muerte. Porque ninguna otra cosa tenía sentido en el mundo de pesadilla en que vivía Scorpius.

20. El pasado es un cubo de cenizas

Todo parecía perfecto y real. En muchos aspectos, la vida había adoptado el aspecto de un sueño. Estaban ahora reunidos en el Salón de los Rezos, decorado con flores. Aretha Franklin y el coro de la iglesia baptista New Bethel de Detroit cantaban a voz en grito Camina hacia la luz por los altavoces indirectos, mientras Bond, teniendo a Pearly Pearlman como padrino, esperaba junto a las escaleras del estrado donde Vladimir Scorpius deslumbrantemente ataviado con sus ropas «papales», sonreía melifluamente.

En el instante en que Bond dio su acuerdo a que la boda se celebrara aquella misma noche, Scorpius había tendido su mano hacia el teléfono.

– ¡Espere! -profirió bruscamente Bond-. ¿Qué va hacer?

– Si la ceremonia ha de ser esta noche, hay que pensar en muchas cosas.

– De acuerdo -aprobó Bond con voz tranquila-. Pero todo a su tiempo.

– ¿No irá a desdecirse? -preguntó Scorpius, alarmado.

– No. Pero si he de casarme con Harriett, primero se lo tendré que preguntar a ella.

– No es necesario. Se casará de todos modos. Estoy seguro de que va a aceptar.

– Quiero que sea ella misma quien me lo diga.

– ¡Trilby! -llamó Scorpius con voz aguda por vez primera aquella noche-. Ve a buscar a la Horner y tráela aquí ahora mismo.

– ¡No! -exclamó Bond levantando una mano. Deseo verla en privado. En el cuarto de los invitados. Si no es así, el trato queda deshecho. Si quiere que acepte, tengo que verla a solas y preguntarle si me quiere como cualquier hombre haría con cualquier mujer. Además debe estar segura de lo que va a hacer.

Scorpius vaciló un momento, pero luego colgó el teléfono e hizo una señal de asentimiento.

– Muy bien. Pero os casaréis de todas formas.

Bond creyó oír cómo Trilby ahogaba una risita. La miró y vio que se había puesto pálida, lo que se hacia evidente incluso bajo el espeso maquillaje que llevaba. De nuevo, Bond se preguntó por qué había de casarse. ¿Por qué acceder a aquel capricho de un demente? ¿Se trataba de alguna tortura sutil? ¿Por qué estaba Scorpius tan ansioso de proseguir aquella farsa?

Unos golpecitos en la puerta anunciaron la llegada del «guardaespaldas Bob», al que se dio la orden de llevar de nuevo a Bond al cuarto de los invitados y esperar allí.

– No tiene que… -la voz de Trilby temblaba-. No debe en modo alguno…

– ¿Qué es lo que no debo hacer? -preguntó Bond.

– Eso mismo quiero saber yo -intervino Scorpius, brusco y amenazador-. Sí, Trilby ¿Qué es lo que no debe hacer el señor Bond?

– No puede verla -casi sollozó Trilby-. Trae muy mala suerte ver a la novia antes de la boda. No debe permitirse que el novio haga eso.

– ¿Hemos de preocuparnos por semejantes supersticiones? -preguntó Scorpius en un tono ahora insoportablemente protector.

– Tengo que hablar con ella, Trilby. No estaría bien que no me declarara antes.

La joven hizo una breve señal de asentimiento, con los ojos arrasados en lágrimas.

– ¿Se encuentra bien?

– Sí -contestó ella con un hilo de voz-. Sí…, sólo que…, bueno, es que las bodas me emocionan mucho.

Bond la tocó en el hombro en un ademán tranquilizador, pero ante su profunda sorpresa ella se apartó bruscamente, como si estuviera apestado.

Cuando Bond regresó al departamento de los huéspedes, Harriett estaba tendida en su cama, envuelta en un albornoz. La etiqueta cosida a uno de los bolsillos proclamaba «Hilton Hotel, Disney Village». A Bond aquello le pareció sumamente adecuado.

– ¡James! Creí que te habías ido para siempre.

Pasó las piernas por sobre el borde de la cama y dejó caer el libro que estaba leyendo. Él vio que se trataba de Lágrimas de otoño, de McCarry. Lo señaló con la mirada y dijo:

– Veo que también te gusta. Tenemos una cosa en común.

Conforme hablaba se llevó una mano al oído, miró hacia el techo e hizo un movimiento circular con el índice, dando a entender que techos, paredes, teléfonos, lámparas y cualquier otra cosa que hubiera en la habitación podía albergar un dispositivo de escucha.

Ella hizo una señal de asentimiento al comprender la indicación. Con anterioridad ya le había dicho que estaban sometidos a observación auditiva, aunque a su juicio la misma no estuviera operada por esos conocidos aparatos que existen en el sofisticado mercado de la electrónica. En casos como aquél sólo había un modo y únicamente uno para protegerse contra tal vigilancia. Bond y muchos como él lo habían usado ya con anterioridad.

– Harriett, querida. -Empezó tomándola de la mano y llevándosela al rincón más lejano del cuarto, donde había un amplio y confortable sillón-. Esto es terriblemente difícil. Sólo lo hice una vez en mi vida.

Al tiempo que hablaba había sacado del bolsillo un lápiz de plata Tiffany y una libretita con cubiertas de piel. Se acomodó en el sillón e hizo que Harriett se sentara sobre sus rodillas.

– ¿Sólo una vez, James? -preguntó ella dirigiéndole una tímida sonrisa-. ¿Un hombre tan guapo y tan apuesto como tú?

Le pasó un brazo por el cuello y apoyó la cabeza contra su pecho conforme él colocaba la libretita sobre sus muslos cubiertos por el albornoz y empezaba a escribir.

– He hablado largo y tendido con nuestro anfitrión -le explicó en voz alta-. Por razones que no voy ahora a mencionar parece que nuestro futuro inmediato sólo estará a salvo si…

– Sigue, James -le animó ella al tiempo que miraba lo que había escrito en la libreta.

«¿Cuándo se casó Trilby Shrivenham con Scorpius?»

Harriett tomó el lápiz mientras él continuaba:

– …si tú y yo nos casamos.

«¡No sabia que estuvieran casados!», escribió ella. Y al mirarla, Bond vio pintado el miedo en su cara, que se había vuelto repentinamente pálida.

Luego preguntó en voz alta:

– ¿Si nos casamos? Ya te lo dije, James. Ya te dije que esto es lo que él quiere. ¿Me crees ahora? -Movió la cabeza frunciendo el ceño, preocupada intentando añadir algo más.

– Sí… -Bond le tomó el lápiz de la mano-. Sí, pero yo soy algo anticuado en estas cosas. Naturalmente, te aprecio. Te aprecio mucho.

Su proximidad, con sólo la tela del albornoz entre él y su carne desnuda, empezaba a ponerle nervioso.

– Ya lo veo. -Ella permitió que posara una mano en su regazo. Haciéndose un poco hacia adelante vio lo que había escrito.

«Comprenderás que si nos casamos, intentaré escapar de aquí lo antes posible. Y volver por ti enseguida.»

– Lo que intento decirte, Harry, es que si yo te lo pido y tú aceptas ese matrimonio, representará nuestra salvación y nuestro bienestar común.

Y escribió en la libreta:

«Al menos de momento.»

Ella le tomó el lápiz de nuevo.

– Desde Luego, James.

Se produjo una pausa, conforme escribía:

«Si piensas escapar, quiero que me lleves contigo.»

– James, lo que pretendes decirme es que no estás enamorado de mí, ¿verdad?

– En efecto.

Y escribió en la libreta:

«Scorpius va a celebrar la ceremonia esta noche. ¿Te das cuenta de que no tendrá ningún valor legal ni nos unirá en modo alguno?»

– ¿Y qué más? -preguntó ella arrebatándole el lápiz.

– A pesar de eso, te ruego que aceptes. Que te cases conmigo.

Harriett había escrito:

«Lo sé, pero es el único modo. Ya debes saber que ese hombre quiso que fuera su esposa.»

– Pues acepto -le sonrió con el rostro radiante mientras el sol, por un segundo, asomaba por detrás de las espesas nubes.

– Gracias, entonces ¿me permites…?

Él había escrito:

«¿Y le diste calabazas?»

– ¿No puedes esperar hasta que haya terminado la ceremonia? -Harriett bajó la mirada hacia la nota e hizo con la cabeza vivas señales de asentimiento. Pero su rostro estaba grave, no obstante la brillantez de sus palabras y su voz. Tomando el lápiz de la mano de Bond, escribió:

«Sí, y los dos nos metimos en un buen lío. Ya te lo contaré después. Ahora sigamos.»

– Te iba a preguntar si puedo besarte.

Harriett apretó los labios contra los de él. O era una experta graduada en la asignatura del beso o no había besado o sido besada desde hacía mucho tiempo.

Conforme trataba de recobrar el aliento, Bond pensó que podían existir otras dos explicaciones. Scorpius pudo haberla delegado para llevar a cabo todo aquello con el fin de mantenerlo ocupado, aunque quizá demasiado pronto, o verdaderamente Harriett deseaba provocar en él una pasión explosiva.

– ¡Oh, James! -murmuró-. ¡Me alegro tanto de que sea esta noche!… Realmente no tenía otra cosa mejor en que ocuparme.

Él le dirigió una sonrisa desvaída, ligeramente teñida de crueldad, a la vez que escribía en la libreta:

«Esta noche planearemos nuestra fuga.»

Respirando agitadamente con el fin de dar a quien escuchara la idea de que estaban fundidos en un estrecho abrazo, ella escribió:

«De acuerdo; pero sólo luego de la consumación. Tenemos que sacarle algo agradable a todo esto.»

– James, no sabes hasta qué punto lo he deseado, desde la primera vez que te vi.

El se dijo que sus palabras sonaban convincentes y que quizá fuera sincera al pronunciarlas. Enseguida escribió:

«Eres una chica estupenda.»

Bond pensó que debían aceptar lo que viniera. Quizá aquella fuese la oportunidad que había estado esperando. Tal vez el que Harriett hubiera rechazado a Scorpius fuera la clave de la insistente pregunta que no cesaba de repetirse: ¿Por qué una boda? ¿Por qué todo aquello parecía ser de tanta importancia para Scorpius? Seguía sin conocer gran cosa de Harriett. Ahora, después de haberle revelado su inmediato plan de fuga, ella descubriría sin duda sus verdaderas intenciones. Si estaba actuando con duplicidad -es decir, si formaba parte del equipo de Scorpius-, lo daría a conocer a sus captores, quienes adoptarían medidas para que no incurriese en una tentativa peligrosa. Pero, por otra parte, si era sincera y estaba trabajando para el gobierno de Estados Unidos, seguiría a su lado hasta haber completado la misión que tenía encomendada. De un modo o de otro, pronto sabría si era o no de confianza.

– ¡Caray! -exclamó ella, levantándose y arrugando la frente.

Bond tuvo que admitir que era una mujer muy deseable, con el pelo oscuro cayéndole sobre los ojos y que ahora apartaba con la mano.

– ¿Qué sucede?

– Que no tengo nada que ponerme. -Levantó la mirada y volvió a sonreír, aunque aparecía algo turbada tras un fingido estado de buen humor-. No importa para después, pero ¿qué llevaré en la ceremonia?

– Estoy seguro de que Scorpius habrá pensado algo -respondió Bond.

– Sí -aprobó ella frunciendo el ceño-. Me parece que tienes razón… No olvidará ningún detalle de este condenado asunto, desde la ceremonia hasta el modo en que tengamos que morir. Porque no es posible que nos permita seguir viviendo. Tú también lo sabes, ¿verdad?

Bond volvió la cabeza, no queriéndola mirar a los ojos

– Pues habrá que hacer algo para impedirlo -replicó.

En efecto, Vladimir parecía haber pensado en todo. Tenía preparado un traje gris para Bond y otro para el padrino, junto con corbatas de seda y flores para el ojal.

Ahora, conforme estaban todos de pie en el Salón de los Rezos, Bond observó que había sido muy conservador en su estimación de los que Scorpius podía proveer.

La pieza de Aretha Franklin cesó de escucharse y un órgano lanzó al aire los toques de la Marcha nupcial. Las luces disminuyeron su intensidad y el pasillo central empezó a quedar lentamente iluminado por diversos focos.

Al ver a la novia y a su comitiva, Bond tuvo la extraña sensación de haber vivido ya aquellos momentos. Habían tardado poco más de una hora en prepararlo todo, y el sentido común le dijo que Scorpius lo tenía ya previsto con anterioridad, lo que no era un presagio alentador.

El matón de suaves modales a quien Bond había puesto el mote de Guardaespaldas Bob avanzaba por el pasillo llevando a Harriett del brazo. Ella lucía un vestido de pura seda blanca, con amplia falda fruncida a la cintura, donde se convertía en un corpiño de amplio escote decorado con bordados y con perlas. Llevaba en la cabeza un velo que le cubría la cara y le caía por los hombros flotando por la espalda hasta la mitad de su larga cola, que se recogía con espléndida elegancia. Resplandecía bajo las luces como una radiante diosa blanca que avanzara lentamente para unirse a su cónyuge. Durante un segundo, Bond no pudo contener la emoción que le turbaba al recordar la última vez en que estuvo esperando a una novia, a su querida Tracy, asesinada en circunstancias trágicas mientras realizaban su viaje de bodas. En aquellos momentos, sus evocaciones, igual que un fantasma, parecieron ocultar como una nube la figura de Harriett, que se disolvió para quedar sustituida por la de su querida esposa. Durante unos segundos Tracy estuvo allí de nuevo con él, yendo a su encuentro con el rostro sereno. Pero luego la realidad hizo otra vez acto de presencia bruscamente, obligándole a aspirar el aire con fuerza y a aclarar sus pensamientos, al tiempo que recordaba una cínica frase leída tiempos atrás: «El pasado no es más que un cubo de cenizas.»

Aquellos momentos de confusión mental y emocional confirieron a Bond el extraño sentimiento de que Harriett y él estaban cometiendo una especie de acto indigno. La comitiva de la novia formaba un espectáculo brillante, iluminado y dirigido como por un talento de la escenografía. Harriett sostenía en la mano un delicado ramillete de flores rojas y blancas. Trilby, vestida de seda color crema, llevaba una corona de flores sobre la cabeza en su calidad de dama de honor, y tres de las jóvenes miembros de los Humildes, incluyendo a Ruth, la hija de Pearlman, iban asimismo vestidas de seda color crema.

Las reflexiones de Bond se eclipsaron al pensar que mientras Harriett fuera lo que aseguraba ser, no existía desacato de ninguna clase, porque los dos estaban practicando aquella ceremonia fingida con el único objeto de salvar sus vidas y no sólo las suyas, sino la de otros que las habrían perdido también en el futuro.

A su lado, Pearly Pearlman murmuro:

– Mire a mi querida, Ruth. ¿Qué diría su abuelita si la viese? Una buena chica judía como ella tomando parte en esta comedia. No está bien. Además, fíjese en el imbécil de su marido. -Hizo una señal indicando a un joven pálido, delgado y barbudo que estaba sentado un par de filas más arriba del pasillo. Cuando Ruth pasó por su lado, el joven levantó hacia ella unas pupilas húmedas-. Hubiera podido casarse con alguien dotado de una profesión más decente. Con un hombre de futuro.

– ¿Se refiere a su yerno el astronauta? -preguntó Bond en un murmullo-. ¿O del que practica esquí acuático?

– ¡Cállese! -le ordenó Pearly con voz quizá un poco estridente.

Al llegar junto a Bond, Harriett hizo entrega de su ramillete a Trilby y sonrió a aquél tras su velo como si fuera el único hombre al que hubiera podido amar o con el que deseara casarse. Quizá fuese así en realidad; pero aquella idea no le preocupó demasiado, por ser secundaria respecto a lo que los deparaba el futuro. A partir de aquel momento debería tener siempre presente una idea fija. «Esto no es real -se dijo-. Ni legal ni nada parecido.»

Nervioso, Scorpius dio unos pasos y empezó su versión particular de lo que creía la ceremonia de una boda.

– Queridos, amados míos; quienes conservamos humildes la mente, el corazón y el cuerpo, nos hemos congregado aquí para unir en matrimonio a estas dos personas. Harriett y James, de acuerdo con nuestra fe y nuestra creencia de que sólo quienes han ingresado en la Sociedad de los Humildes alcanzarán el verdadero paraíso.

Prosiguió así durante media hora en una mezcolanza de frases cristianas, judías y de otras religiones. Los contrayentes tenían las manos unidas por un pañuelo de seda, similar a una estola; el Guardaespaldas Bob, que actuaba como padrino de Harriett, hizo circular una bolsa de terciopelo que contenía cincuenta krugerrands; se intercambiaron los anillos y los novios bebieron tres sorbos de la misma copa de plata, tras de lo cual, Bond aplastó con el pie un vaso de vino colocado debajo de un paño. Esto último, según explicó Scorpius, representaba el aplastamiento de todos quienes se interponían entre los verdaderos Humildes y el camino al paraíso. Pero Bond sabía perfectamente que aquello era un plagio de la ceremonia judía en la que se simboliza la destrucción del Templo y se recuerda a la pareja que el matrimonio debe permanecer bien guardado para evitar que se haga añicos.

Finalmente Scorpius los declaró marido y mujer. El velo de Harriett fue echado hacia atrás y se permitió a Bond besar a la novia.

A continuación tuvo lugar una pequeña fiesta en la amplia antesala donde se congregaron todos los Humildes presentes. Se brindó con champán Pol Roger 71, una de las grandes cosechas, y se intercambiaron felicitaciones seguidas de breves discursos. Harriett miraba a Bond con admiración y él se dio cuenta de que, si bien nunca podría estar realmente enamorado de aquella muchacha, sí se sentía preocupado por ella. Su sentido de la caballerosidad le decía claramente que tenía que hacer todo lo posible para que no sufriera.

Para entonces se había hecho ya tarde; eran casi las dos de la madrugada. Bond estaba convencido de que, aunque quizá pudieran producirse algunas muertes más en Inglaterra, deberían esperar hasta las primeras horas del día siguiente antes de iniciar el plan de fuga que tenía perfectamente trazado en su cerebro. Aquello le proporcionaría alguna claridad a la que poder examinar el terreno por los amplios ventanales que ocupaban casi toda la superficie de los muros exteriores del cuarto de los invitados frente al mar.

Entre una barahúnda de gritos y de bromas de mal gusto, la pareja fue conducida a las habitaciones de los invitados, que encontraron casi excesivamente acicaladas. La destinada a Bond estaba cerrada con llave y su cartera había sido trasladada al salón. Había allí flores, más champán Y bombones de chocolate. Uno de los guardianes dijo que no los despertarían temprano, y por su parte, Scorpius dejó bien claro que no esperaba verlos por lo menos durante dos o tres días.

Bond estaba empezando a sentir cierto cansancio, después de la larga jornada, acrecentado por el cambio de hora. Se excusó y se metió en el baño para lavarse y empezar su rutina nocturna. Su bolsa de aseo había sido vaciada y los diversos objetos estaban colocados sobre una estantería de cristal encima del doble lavabo. Al salir vio que Harriett se hallaba de pie junto a la cama, llevando sólo su breve ropa interior.

– Mira, James -le dijo dirigiéndole su sonrisa más pícara-. No me falta de nada. -Fue señalando cada una de las piezas-. Las hay antiguas, otras modernas, y algunas prestadas, pero todas en azul.

Se acercó a él envolviéndolo con su cuerpo semidesnudo y empujándole hacia la cama. Habría hecho falta ser un santo para resistirse, y Bond era el primero en admitir que la santidad no constituía precisamente su punto fuerte.

A primeras horas de la mañana, metidos bajo las sábanas, donde sus palabras no podían ser recogidas por ningún micrófono, él empezó a hacerle preguntas:

– ¿Dijiste que Scorpius te propuso casarse contigo?

– Me ofreció el matrimonio y una vida de lujo a cambio de que yo le entregara la mía, desde luego. Sabe que soy muy hábil en mi trato con él; pero cuando me hizo la propuesta tuve la impresión de que intentaba demostrarse algo a sí mismo; convencerse de que su poder puede salvar cualquier obstáculo que se ponga en su camino. No pude comprender por qué no me mató sencillamente.

– ¿Y tú le rechazaste?

Ella dejó escapar una breve risita.

– Le dije que se fuera… Bueno, en realidad, empleé unas expresiones bastante vulgares.

– Pero él no te mató. ¿Cómo acabó la cosa?

– Se puso rabioso, empezó a lanzar improperios y juró que me haría sufrir como una condenada. Luego se fue aplacando y añadió que si no me casaba con él procuraría que lo hiciera con cualquier otra persona… Me parece que en aquel momento pensaba en ti, James.

– ¿De veras?

– Afirmó que había decidido realizar una boda. Parecía como obsesionado por esa idea. Está completamente loco, ¿no te habías dado cuenta?

– Sí. Ahora lo veo perfectamente.

– Parecía como si la ceremonia de una boda fuera esencial para sus planes. Estaba llevando a cabo alguna de sus horribles operaciones y…

– Lo sé.

– …y en su demencia parece como si la idea de una boda formara parte de alguna superstición; como si en su paranoia creyera que el plan, o lo que sea, sólo tendría éxito si casaba a alguien. Es decir, si él mismo realizaba la ceremonia.

– Sí -murmuró Bond. Aquello parecía cobrar sentido. Scorpius, el proveedor de tantas muertes, había llegado a creerse las tonterías que predicaba, y ahora, a punto de realizar algo que internacionalmente iba a tener una repercusión horrible, pensaba que era el momento de realizar un sacrificio a su idea de la divinidad.

Como si sus pensamientos se transmitieran a Harriett, ésta comentó:

– Parecía considerar la boda como un sacrificio. Dijo que me concedería un par de días de placer, y que luego de casada, cuando su gran tarea hubiera quedado completa, presenciaría cómo la novia y el novio sufrían las penas reservadas a los condenados. Nos daríamos cuenta de hasta dónde llega su poder en el mundo… Esto es muy importante para su locura. Luego moriríamos lentamente… -Tragó saliva y se contuvo las lágrimas-. Tengo miedo, James. Estoy muy asustada. Nos tiene reservado algo realmente terrorífico. Ese hombre es el demonio en persona.

Se aferró a él como intentando encontrar en su cuerpo la paz mental que tanto necesitaba.

Estrechándola contra él, Bond trató de explicarle su plan de fuga y el modo de eludir los peligros que los amenazaban. Ahora estaba seguro de aquella mujer y decidido a hacer lo posible para salvarla…, y no sólo a ella sino quizá también a centenares de otras personas.

– Escúchame, Harry -empezó-. En mi cartera llevo algunas cosas interesantes.

– ¡Dios mío! -exclamó, atrayéndole hacia ella-. ¿No tienes bastantes conmigo?

No sería hasta la tarde siguiente cuando empezaría a explicarle lo que se había propuesto.

En aquellos momentos, extenuados por sus expansiones amorosas, los dos empezaron a hablar de su vida, de su infancia, de las cosas que les agradaban y de las que les disgustaban. Bond descubrió que Harriett era en esencia una mujer muy seria dotada de fuerte voluntad y energía. En muchos aspectos los dos poseían un sentido del humor casi idéntico y descubrieron que en su atracción mutua existía algo más que el sexo. Podían ser a la vez amantes y amigos.

A las primeras claridades perladas del alba, Harriett se sumió en un tranquilo sueño. Saltando de la cama, él se acercó sin hacer ruido a la ventana. Amanecería al cabo de una hora y notó que la luz de los focos había sido ya apagada.

Harriett se movió un poco y le llamó con voz susurrante para que volviera a la cama.

La tarde fue clara y brillante con un sol espléndido y un cielo teñido de ese azul profundo que es una de las maravillas de la vida. Sobre la playa y el mar los pelícanos volaban describiendo círculos como aviones en desordenada formación, lanzándose hacia el agua para sacar de ella su alimento. A lo lejos, junto a la orilla, Bond podía distinguir los puntitos negros de otras aves a la busca de bocados exquisitos conforme subía la marea.

Un biplano rojo, que se utilizaba para recorridos turísticos por encima de la isla, descendió bruscamente y picó como si pretendiera bombardear «Ten Pines». Pero en el último instante el piloto rectificó y el pequeño avión de juguete pareció como si se pusiera erguido sobre su cola, sostenido por el aire cálido y ascendiendo de nuevo para realizar a continuación un par de espectaculares piruetas. Bond se preguntó qué tal lo pasarían los turistas que habían pagado por participar en la diversión.

El avión volvió a pasar tres veces, y Bond empezó a tener la intuición de que allí estaba ocurriendo algo extraño. ¿Era normal que los turistas obtuvieran tres o cuatro vistas panorámicas del escondite de Scorpius? ¿No sería mejor esperar quizá otro día o incluso dos antes de intentar la fuga? Pero era demasiado arriesgado continuar aplazándola. De nuevo empezó a repasar todos los detalles comprobando la distancia desde la ventana hasta la zona pantanosa cubierta de juncos donde se encontraba el mayor de los peligros: el nido de serpientes mocasines que se ocultaba allí. Al principio del día se había dicho ya que la distancia debía ser de veinte pasos; luego habría diez pasos más por el pantano hasta alcanzar la relativa seguridad de la playa.

En la cama, metido de nuevo bajo las sábanas, explicó su estrategia a Harriett en un susurro. Scorpius y los suyos le habían estado removiendo la cartera: de ello no le quedaba la menor duda, porque conocía métodos infalibles para detectar cualquier manipulación: un pelo aquí, un fragmento de cerilla allá. Pero la tecnología de la bella Q había triunfado. La cartera guardaba celosamente todos sus secretos.

El compartimento de seguridad contenía la pistola Browming Compact de nueve milímetros, cargada junto con dos cargadores de reserva. Había también un pequeño botiquín, pero que de nada serviría contra el veneno de las mocasines acuáticas; un equipo para abrir cerraduras, unos cuantos rollos de alambre para usos varios y una robusta herramienta que lo mismo se podía usar como mortífero cuchillo de nueve pulgadas que como hacha, lima o palanqueta. Actuaba, pues, como un suplemento indispensable a su más pequeña pero versátil navaja del ejército suizo.

Por último, y pulcramente envueltas en un pedazo de papel encerado, había doce tiras de explosivo plástico, cada una de ellas del tamaño de un chicle. Colocados a prudente distancia había también detonadores y mechas electrónicas. Reveló a Harriett la existencia de los explosivos, aunque callando lo de la pistola y algunos otros objetos.

Subrayó los peligros que encerraba el pantano y calculó que sus posibilidades de salvación se elevaban a un cincuenta por ciento, especialmente luego de que ella admitiera que no nadaba muy bien. Esto significaba que él tendría que ralentizar el ritmo de sus brazadas…, si es que conseguían llegar al mar.

– Voy a preparar tres cargas muy potentes empleando el explosivo plástico. Dos barras en cada carga son capaces de producir un terrible estallido -le explicó en un murmullo mientras la iba besando. Le reveló también la existencia de tres detonadores electrónicos que podía programar para que actuaran con intervalos de dos y diez segundos-. El primero funcionará a los dos segundos; el segundo, a los cuatro, y el último a los ocho.

La operación sería sencilla y directa, pero necesitaba un cronometraje meticuloso así como frialdad y concentración.

– En cuanto hayamos salido y estemos al otro lado de la ventana nos quedaremos quietos hasta que nuestras pupilas se ajusten a la oscuridad. Cuando te empuje correremos en línea recta hacia los pantanos. -Insistió en que debía mantenerse a su nivel y contar el número de pasos-. Yo me ocuparé de las bombas de plástico -continuó-. Tendré que ir arrojándolas conforme corremos: primero la de mecha más larga; luego, la mediana, y finalmente, la corta. De este modo, y si actuamos adecuadamente, podemos conseguir una explosión simultánea. Si no me equivoco, los explosivos abrirán un camino en el pantano. Nada quedará con vida en esa zona, y cuantas serpientes se encuentren en un radio de varios metros serán puestas fuera de combate. Las que sobrevivan sufrirán una conmoción terrible. Pero ten en cuenta que son animales muy beligerantes.

«Saldremos como murciélagos de una cueva, para lanzarnos por el paso que espero abrir en el pantano. Si conservamos los ánimos y tenemos suerte, podremos llegar sanos y salvos al otro lado; es decir, a la playa, Y alcanzar el mar. Pero hay que correr en línea recta y muy deprisa. Dispondremos de menos de treinta segundos para cruzar el paso. Si me equivoco y una sola serpiente queda con vida en él o en sus inmediaciones, vamos a pasarlo muy mal.

«En el caso de que uno de los dos resulte mordido, el otro deberá continuar la marcha como sea. Una vez en el agua habrá que nadar hacia la derecha porque estamos situados más al extremo derecho que hacia el izquierdo la plantación. Tendremos que seguir mar adentro un largo trecho, porque sospecho que cuando estemos allí Scorpius habrá empezado a disparar como un loco tanto desde la derecha como desde la izquierda de la finca.

– ¿Quieres decir que si una serpiente te muerde, James, tendré que abandonarte? -preguntó Harriett con voz débil e insegura.

– Quedarse significaría la muerte.

Tras una larga pausa, ella le abrazó fuertemente.

– No sé si querría seguir viviendo en el caso de que tú me faltaras, querido James.

– ¡Vamos, Harry; nadie es tan importante como eso, y además son muchas las personas a las que debemos tomar en consideración, aparte tú y yo! Hay que detener las maldades de Scorpius. Acabar con ellas definitivamente. De modo que si yo caigo, tú continúas. ¿Entendido?

Ella volvió a preguntarle lo que opinaba realmente sobre las posibilidades de superar la prueba. De nada hubiera servido mentirle. Bond tenía que ser sincero.

– Si quieres hacerte atrás, me lo dices, Harry -le sugirió-. Calculo que nuestras posibilidades de atravesar el pantano son menos de un cincuenta por ciento. Y de un cincuenta si llegamos al agua.

Le explicó que en el caso de que ella sobreviviera, pero él no, debería dirigirse al teléfono más próximo y llamar a la policía.

– Si la palmo en el pantano tendrás que cumplir la misión tú sola.

No añadió que si era afortunado o, mejor aún, si los dos conseguían su propósito, pensaba actuar de manera distinta. No llamaría a la policía local, sino a un número cuyo receptor actuaría con gran celeridad. Volvió a acordarse del avión que había visto volar aquella tarde. La idea seguía fija en su mente. ¿Se trataba de un intento en aquellos momentos ya críticos para asaltar la residencia de Scorpius con armas y gases lacrimógenos? Si lograba hacerlos entrar rápidamente, los Humildes podían ser retenidos en el interior. Hubiera deseado, a ser posible, entrar a hurtadillas, en el comedor y mirar el mapa para hacerse cargo de todos los detalles que proporcionaban las titilantes lucecitas. Pero tendría que dejarlo para más tarde.

Harriett le obligó a repetir una y otra vez todo cuanto ya le había explicado, Y al atardecer los dos se acercaron a la ventana para examinar el terreno que debían atravesar.

Durante el día unos guardianes que apenas se hicieron visibles les habían llevado alimentos y retirado los platos sucios. Antes de cenar, Bond se metió en el cuarto de baño y dejó chorrear el agua, con el fin de disimular ruidos extraños; abrió el compartimento secreto de la maleta y empezó a preparar las tres bombas de plástico. Se tomó todo el tiempo necesario, comprobando y volviendo a comprobar las mechas electrónicas, que fue colocando en lugares separados: una en el compartimento secreto, otra en la cartera propiamente dicha, y otra en el armarito del cuarto de baño. Sabia exactamente cuál de ellas debería colocar en las correspondientes blandas bolitas de plástico. Guardó todo lo demás y procedió a realizar el siguiente preparativo, que consistía en adaptar un gorro de ducha de los que el cuarto de baño estaba bien provisto, lo mismo que de otros objetos, todos los cuales llevaban etiquetas de los mejores hoteles del mundo. Estaba bien claro que Scorpius era un ladrón muy diestro. Cuando hubo terminado, con el gorro y un trozo de alambre había fabricado una pistolera perfectamente impermeable en la que introducir la Browning antes de lanzarse al agua.

Tras haber cenado estofado de pollo, buey a la Wellington y tarta de frambuesa, pudo observar que Harriett se estaba poniendo nerviosa. El miedo a lo desconocido que en este caso podía ser la muerte, empezaba a mostrarse en su mirada y en el modo en que paseaba de un lado a otro de la habitación. La comida fue retirada y los dos se bañaron antes de meterse en la cama. Él había decidido que se levantarían a las cuatro y media de la mañana, y en el momento de acostarse pudo notar cómo Harriett temblaba de miedo y de emoción.

– Todavía puedes volverte atrás si lo deseas -le murmuró Bond-. También sería posible salir de aquí haciendo explotar la casa, pero ese sistema es muy peligroso y yo creo sinceramente que el más practicable es el que he elegido. Las serpientes que no mueran quedarán atontadas y podremos atravesar el pantano en cuestión de segundos. No creo que nos acosen. Pero si intentamos abrirnos camino por la casa, los hombres de Scorpius nos abatirán con sus armas. Poseen movilidad Y conocen el interior del edificio mucho mejor que nosotros.

– No te preocupes, James -le aseguró ella, acurrucándose contra su cuerpo-. Iré contigo y no te abandonaré. Pero ahora ámame, querido. Será el mejor reconfortante.

Antes de media noche Bond fue al cuarto de baño y sacó las tres bombas. Las llevaría puestas por orden de uso en la mano izquierda. La Browning iría en su cinto dispuesta para ser transferida cuando llegara el momento al gorro de baño que llevaba atado a la cintura. El cuchillo y otros objetos diversos quedarían distribuidos por los bolsillos.

Se volvió a la cama, pero no pudo dormir ni tampoco Harriett, de modo que hicieron el amor una vez más y luego descansaron uno en brazos de otro hasta que 1legó el momento de prepararse para actuar.

Por causa de los micrófonos habían ideado un procedimiento para vestirse casi en silencio total, y hacia las cuatro y veinticinco estaban los dos junto a la ventana. Bond pasó revista uno por uno todos los movimientos. Fuera se habían apagado los focos. A exactamente las cuatro treinta hizo una señal con la cabeza. Harriett se acercó a él y le dio un último beso y un abrazo. Bond la retuvo durante un segundo y enseguida abrió la puerta vidriera.

En la penumbra, Harriett se agarró a su cinturón. Pero apenas habían dado dos pasos hacia adelante, cuando Bond tropezó de improviso con algo que parecía tan sólido como un muro de ladrillo.

Todo a su alrededor se volvió negro, pero al instante los dos quedaron vivamente iluminados y rodeados de imágenes de ellos mismos.

En una fracción de segundo, en la que había ocurrido todo aquello, Bond comprendió cómo actuaba la trampa. Al mirar desde la ventana no se distinguía nada extraño. Pero una vez en el exterior, se quedaba atrapado en un gran compartimento tan grande como un cuarto de baño, hecho enteramente de cristal y con los bordes curvados. Una vez atrapados en aquella caja, la puerta deslizante se cerraba automáticamente, al tiempo que una potente luz se encendía en la parte superior. Las desconcertantes imágenes reflejadas provenían de que el cristal había sido tratado de tal modo que al encenderse las luces las paredes se convertían en espejos casi perfectos.

¿De modo que era aquello a lo que Scorpius había aludido cuando mencionó haber añadido algunos refinamientos producto de su imaginación?

Harriett se puso a gritar histéricamente, intentando trasponer el muro de cristal.

A nivel del suelo y junto a lo que habían imaginado que era el exterior de las habitaciones se había abierto un largo enrejado. Y de él, impulsados por algún mecanismo secreto, empezaron a surgir enormes escorpiones rampantes, aterrorizados y frenéticos al ser heridos por la cruda luz de los focos.

Surgían a montones, no en decenas, sino en lo que parecía a centenares como una marea continua. Algunos parecían caer también de la parte superior de su prisión de vidrio, mientras otros intentaban trepar por el mismo. Aunque muchos alacranes se mataban entre ellos, la catarata era implacable y Bond se quedó helado de horror, mientras Harriett chillaba y se agarraba a su cuerpo como clavada al suelo, hipnotizada por aquellos horribles insectos. La piel de Bond empezó a contraerse mientras todo cuanto podían registrar sus sentidos se concentraba en aquel vasto ejército que parecía surgir de las entrañas de la tierra y cuyas largas colas curvadas mostraban su aguijón dispuestos al ataque.

Los gritos de Harriett repercutían en el interior de Bond, mezclándose el horror con una sensación de silenciosa angustia. Más por su parte, ningún grito se desplazaría de su cerebro para surgir de sus labios. Eran los alaridos que suenan en las pesadillas, en esos sueños que horripilan la piel, en los horrores y fantasías en los que seres extraños se acercan silenciosos y amenazadores con pasos ahogados, dispuestos a clavaros su veneno en el corazón.

21. Herencia mortal

Bond alargó la mano hacia su Browning al tiempo que gritaba:

– ¡Cúbrete la cara!

Confiaba en que el vidrio no fuera a prueba de balas y apretó el gatillo tres veces: arriba, en medio y abajo. Era preciso actuar sin pensar en nada para salir de aquella caja de cristal, bajo la luz cegadora, rodeados de espejos mientras cientos de escorpiones duplicaban su número y lo triplicaban a cada segundo que iba transcurriendo.

– ¡Vamos! -gritó-. ¡Ten ánimo! ¡Sigue el plan! Cuenta los pasos y adelante.

El cristal se había roto, dejando pasar el aire frío de la madrugada por una abertura que los dos traspusieron. Bond sintió una punzada de color cuando la punta de un cristal roto le rozó el hombro rasgándole la chaqueta y la camisa. Harriett iba a su lado respirando fuertemente, aferrada todavía a su cinturón.

– ¡Adelante!

Empezaron a correr hacia el pantano: dieciocho, diecinueve, veinte pasos. La mano derecha de Bond tomó la primera bomba, levantó el brazo e impulsó el detonador, activando la mecha electrónica y arrojando la bomba frente a él. Dieron otros dos pasos antes de lanzar la segunda bomba, y otros dos al desprenderse de la tercera. Apenas había tocado el suelo cuando la primera, es decir, la más alejada estalló fuertemente, produciendo una nube de fuego.

Las otras dos estallaron casi simultáneamente, al tiempo que los fugitivos apresuraban el paso. Las pequeñas bombas habían sido lanzadas con pericia, practicando un paso a través del pantano. A la débil claridad reinante pudieron ver el espacio que se abría ante ellos por entre los abrasados y humeantes juncos.

– ¡Más deprisa, Harriett! ¡Más deprisa!

Prosiguieron corriendo desesperadamente, chapoteando, hundiéndose y resbalando en el agua pantanosa.

Cuando llegaron a la playa, Bond oyó un grito de Harry y pudo ver como algo se deslizaba con rapidez por entre los juncos a su izquierda.

Empuñó la Browning, que anteriormente se había vuelto a poner en la cintura mientras escapaban de la trampa de los escorpiones, la levantó e hizo dos disparos en dirección al lugar donde se había producido el movimiento.

Harriett volvió a gritar:

– ¡James! ¡0h Dios mío! ¡James!

Notó cómo tiraba de él frenéticamente, pero ya estaban en la playa y no podían detenerse en modo alguno. Se metió la pistola en la bolsa impermeable que le colgaba del cinto como una mochila y tiró de Harriett con ambas manos. Ella continuaba moviendo las piernas, pero cada vez de un modo más lento y pesado.

Estaban ya casi al borde del agua cuando menudos proyectiles empezaron repentinamente a percutir sobre la arena y la espuma que se formaba frente a ellos. Luego, desde lo que parecía una gran distancia por la parte de atrás, les llegó el tableteo sordo de una metralleta que intentaba levantar un cono de fuego a su alrededor; pero se hallaba demasiado lejos para resultar efectiva.

El agua envolvía los tobillos de Bond, quien de pronto se hundió hasta las rodillas en aquel mar agitado. Se lanzo hacia adelante, pero pudo observar que Harriett no le seguía y que era preciso tirar de ella.

– ¡Nada, Harriett! ¡Por lo que más quieras, hay que nadar!

Pero la joven se había convertido en un peso muerto al tiempo que emitía gemidos entrecortados que él atribuyó al considerable esfuerzo que ambos habían tenido que realizar para llegar hasta allí.

Bond siguió tirando de Harriett, agarrándola por el jersey oscuro de cuello alto que se había puesto junto con los pantalones tejanos. Igual que Bond, iba descalza. Los dos habían decidido que ello les resultaría ventajoso, durante su larga carrera hasta el mar.

Bond se volvió, asió a la fláccida joven por las axilas de modo que la nuca de ella descansara sobre su pecho, y empezó a nadar con sólo las piernas con toda la fuerza que le era posible, lanzando al aire nubecillas de espuma igual que un esquife al ser remolcado. No cesaba de hablar insistiendo en que debían realizar la hazaña juntos, sin darse cuenta de que el cuerpo de Harry le pesaba cada vez más.

El mar empezó a encresparse, por lo que conforme continuaba moviendo las piernas, de vez en cuando la cabeza le quedaba bajo el agua. En una ocasión, luego de salir de una ola soplando y escupiendo, Bond creyó oír ruido de disparos procedentes de una zona alejada de la playa y de la casa.

Cinco minutos después escuchó el ruido de un motor y se dijo: «¡Diablo! Scorpius nos hace perseguir por una embarcación.» Pateó con más energía y volvió a hundirse al tiempo que movía el cuerpo hacia la derecha. Al cabo de un minuto tendría que detenerse para comprobar su dirección.

Se hundió de nuevo, volvió a emerger y gritó a Harriett:

– ¡Animo! ¡No nos cogerán! ¡Hay que seguir adelante!

Esta vez escuchó una respuesta, pero no de la joven sino de alguien que gritaba tras su cabeza:

– ¡James! Estamos aquí. No se preocupe. Continúe nadando.

Reconoció débilmente aquella voz y se volvió al tiempo que tiraba fuertemente de Harriett, manteniéndole la cabeza fuera del agua.

Un bote hinchable de grandes dimensiones se bamboleaba cerca de ellos. En la proa pudo ver a una figura en cuclillas con una metralleta apoyada sobre la borda. Había otra figura detrás de la primera, mientras en la popa un hombre gritaba:

– ¡James, quédese donde está! Le vamos a recoger.

El bote hinchable maniobró para acercarse más y David Wolkovsky le tendió una mano.

– ¡Cielos, James! ¿Quería que nos mataran a todos?

– Pero ¿co… cómo? – balbució Bond, escupiendo más agua.

Los miembros le pesaban. Se oyó a sí mismo decir que sacaran a Harriett primero. Luego, por un instante, la fatiga le dominó y sólo tuvo la noción de una fría oscuridad.

Todo aquello quizás había durado unos segundos. Cuando se hizo de nuevo la luz para él estaba tendido en el fondo del bote, temblando, envuelto en una manta. Wolkovsky se inclinaba un poco y pudo notar el calor ardiente del áspero licor conforme el hombre de la CIA le iba vertiendo coñac en la boca.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Bond, intentando incorporarse.

Pero David Wolkovsky le empujó suavemente de nuevo hacia abajo. Por unos segundos volvió a experimentar sus antiguos temores. No había confiado en Wolkovsky, sobre todo después de haberle visto en el vuelo de la Piedmont.

– ¡Cállese, James! Procure calentarse y tranquilizarse. Si le hubieran retenido en la casa, habríamos entrado a rescatarle.

– ¿Qué dice que habían hecho?

– Ayer montamos una operación contra Scorpius.

El mar, el viento y el motor del bote producían un ruido que le impedía oír con claridad. Bond se incorporó un poco intentando sentarse con el fin de escuchar las palabras de Wolkovsky.

– ¿Cómo? -preguntó tosiendo, carraspeando y tragando el aire con fuerza.

– Cuando desapareció en el interior de «Ten Pines» con ese individuo del SAS efectuamos un reconocimiento y formulamos unas cuantas preguntas. Luego hablamos con M y con algunos de los suyos, tres de los cuales están aquí con nuestros muchachos.

«¡Oh, cielos!», pensó Bond, recordando cómo había vacilado sobre si sería prudente esperar quizás un día más.

Wolkovsky le contó que se habían cometido otros dos atentados atroces en Inglaterra.

– Decidimos no esperar más. Así que planeamos una operación conjunta entre nosotros, el FBI y los muchachos de ustedes. Al amanecer hemos entrado en la casa en el preciso instante en que ustedes rompían el cristal de esa trampa. Ahora todo está tranquilo allí, así que me parece que regresaremos. Teníamos preparada esta embarcación en caso de que alguno de esos individuos se lanzase al mar. Hay un muelle de madera que utilizan cuando sube la marea. Sale del extremo más alejado de la casa. Y allí es a donde ahora vamos.

Bond se echó a reír.

– ¡Arriesgamos nuestras vidas para nada! -exclamó-. Harry, arriesgamos nuestras vidas para salir de ahí cuando ya venían a rescatamos. ¡Eh, Harry! – Pero no hubo respuesta. Bond se apoyó sobre un codo-. ¿Dónde estás, Harry?

Wolkovsky le puso una mano sobre el hombro.

– Lo siento, James.

Se apartó y Bond pudo ver el contorno del cuerpo de Harriett tendido en el fondo del bote cubierto por una manta.

– ¡Harry! -la volvió a llamar, esta vez con voz temblorosa.

– James, ya no sirve de nada.

Wolkovsky se echó hacia atrás y apartó la manta de las piernas de Harriett. Le habían arremangado una pernera de los tejanos y podían verse cuatro marcas horribles, un cuarteto de profundas mordeduras, allí donde los mocasines de agua habían hundido sus colmillos en la blanda carne de la pantorrilla. La sangre alrededor de las heridas estaba negra y coagulada y la pierna terriblemente hinchada, con la carne en un tono azul oscuro como el de la sangre alrededor de las heridas.

– ¡No! -gritó Bond-. ¡Por Dios santo, no…! ¡No es posible…!

– James, ya estaba muerta cuando la izamos a bordo. se tendió sobre la movediza goma, quedándose mirando hacia el cielo. «Ha sido culpa mía -pensó-. Un día más y los dos estaríamos vivos.» La terrible ironía de todo aquello le turbaba la imaginación. Luego todo pareció concentrarse y penetrar aún más en su interior conforme el subconsciente empujaba la verdad hacia un rincón de su cerebro. Hizo un esfuerzo para alcanzar la bolsa que contenía la Browning Compact.

– Dejadme que me las entienda con Scorpius -pidió-. Sus pupilas parecían muertas conforme las fijaba en la cara de Wolkovsky-. Que sea yo quien acabe con él.

– Estamos intentado atraparle vivo, James. Ahora vamos al muelle.

Bond consiguió arrodillarse y avanzó a gatas arrastrando la manta, que dejó al descubierto la cara de Harriett. Tenía el pelo pegado al cráneo, pero en sus facciones había una expresión de reposo. Debió de ser imaginación suya, pero le pareció como si volviera la cabeza y por encima del murmullo de las olas le dijera: «¡Adiós, querido James! Te he amado mucho.»

Inclinándose sobre ella, la besó en la mejilla al tiempo que exclamaba en voz alta:

– ¡Maldita sea, Harry! ¿Por qué ha tenido que ocurrir así?

Le volvió a cubrir el rostro y levantó la mirada, con las pupilas ardientes.

– Que alguien se ocupe de ella -ordenó-. Dejadla como está. Cuando todo haya terminado, quiero que se le haga un funeral como es debido. Pero ahora pienso dar uno a nuestro amigo, Vladimir Scorpius, que no tendrá nada de decoroso.

El bote hinchable tropezó contra el muelle, que Bond nunca había visto y cuya existencia ni siquiera conocía. De ser así, ¿se habrían desarrollado las cosas de manera distinta? ¿Habrían esperado un poco más? ¿Habrían seguido otra ruta? ¿Quién podía imaginarlo?

Caminó dando traspiés por el muelle, con David Wolkovsky a su lado. Pearly Pearlman aguardaba de pie en la puerta que se hallaba al extremo.

– Todos se encuentran bajo control, jefe. -Miró a Bond-. ¿Está usted bien?

– Sí, perfectamente. ¿Dónde se halla Scorpius? ¿Y esa renegada que es su esposa?

Pearlman movió la cabeza.

– Nunca ha sido su esposa. En estos momentos está explicándolo todo a un par de individuos del FBI. A lo que parece, Trilby nunca fue de los suyos realmente.

– ¿Y Scorpius? -gritó Bond.

– Continuamos siguiéndole la pista, jefe. No ha salido de la finca. De ello estamos seguros. Pero nos hemos apoderado de sus compinches, de sus malditos guardaespaldas. Y los Humildes están todos encerrados en lo que llaman el Salón de los Rezos. Ahora se les está tomando declaración.

Siguieron a Pearlman por un corredor hasta salir a un vestíbulo tras del cual atravesaron el estudio de Scorpius. Varios hombres armados se encontraban en el recinto y Bond distinguió entre ellos a un colega de Londres que examinaba los libros puestos en las estanterías.

– James, me alegro de verle -le saludó-. No debe saber dónde guardaba sus datos el padre Valentine, ¿verdad?

– ¿Todavía no los han encontrado? -Levantó la voz colérico-. ¡Cielos, muchacho! El plan terrorista completo está ahí escrito con todo detalle. Mire.

Dio un paso hacia adelante y enseguida localizó el ejemplar de imitación de Guerra y Paz, del que tiró. Inmediatamente, el sector de la librería se apartó, dejando ver la puerta que llevaba al comedor.

Bond empujó la puerta y pasó junto a su colega que estaba mirándolo todo asombrado, a la vez que murmuraba:

– ¡Vaya con el viejo pillo!

Tras haber dado tres pasos, Bond se halló en la habitación. Vladimir Scorpius se encontraba enzarzado en la tarea de bajar el enorme mapa de las islas británicas. En el segundo que transcurrió antes de que alguno de los dos actuara, Bond vio que Scorpius tenía un enorme libro abierto sobre el mostrador del bar.

– Espero que no haya hecho nada que pueda dañar ese bonito mapa, Vladi -le advirtió Bond. Al pronunciar aquellas palabras apenas si había elevado la voz, pero sus ojos estaban fijos en el mapa aún intacto, que empezaba a resbalar para cubrir los pésimos grabados-. Lo necesitamos. Y ahora, Scorpius, tenga la bondad de ponerse ambas manos sobre la cabeza.

Sus procesos mentales parecieron hacerse más lentos y vinieron a enturbiar lo que vino a continuación. Casi no se dio cuenta de lo que ocurría, pero lo estaba viendo todo bajo una extraña claridad como enfocado por una lente. Scorpius empezó a moverse y de pronto se volvió. La pistola que llevaba en la mano semejaba un juguete y pareció apuntar hacia arriba muy lentamente.

El disparo fue como un misil que hubiera sido activado en la habitación, y Scorpius quedó envuelto en humo. Se oyó un estampido cuando la primera bala fue a dar contra el artesonado, copia de otro existente en el hotel London's Connaught y que estaba a la derecha de Bond. Scorpius había fallado el tiro. Bond, repentinamente libre de su extraño sentimiento de torpor, disparó manteniendo su arma contra la cadera. Vio cómo Scorpius soltaba la pistola cuando la bala le rozó la muñeca.

– ¡Déjelo! ¡Déjemelo a mí! -gritó.

Y pudo oír cómo Wolkovsky le contestaba:

– ¡James! ¡Le quiero vivo! ¡Le quiero vivo!

Entretanto Scorpius había saltado hacia la puerta, aquella misma puerta que Trilby en su papel de esposa había atravesado hacía tan poco tiempo.

Bond se lanzó hacia allá y acabó de abrir la puerta semicerrada con tanta brusquedad que las bisagras sufrieron un tirón, al tiempo que se oía el crujir de la madera. Hallábase en un largo pasadizo por el que Scorpius corría velozmente, alejándose de él, casi llegando ya al lugar donde el pasillo torcía en ángulo recto.

Bond apretó el gatillo dos veces, pero Scorpius siguió corriendo sin ni siquiera molestarse en volver la cabeza. Aspirando el aire con fuerza, Bond le acosaba levantando ecos sobre las maderas del suelo. Al volver la esquina pudo comprobar que Scorpius continuaba visible, aunque muy por delante de él.

Bajaron un pasillo y subieron unas escaleras, para introducirse en otro corredor sin alfombrar, mientras Bond ganaba terreno lentamente. Tomó la siguiente curva patinando, y casi con un estremecimiento de placer observó el lugar hacia el que Scorpius se dirigía. Volvió a disparar muy bajo, con el propósito de errar el tiro, porque reservaba algo mucho más apropiado para el guru de los Humildes, el antiguo traficante de armas convertido en contratista del terror en sus diversas formas. Scorpius moriría a la manera que dictara la ley personal de James Bond.

Bond estaba ganando terreno. Podía ya ver frente a él las puertas de la salida para casos de incendio. Dentro de unos instantes se encontrarían en el ala que albergaba las habitaciones de los invitados. Atrapó a Scorpius justamente después de atravesar la puerta, allí donde el entarimado se transformaba en una espesa alfombra.

Scorpius forcejeaba con la puerta que anteriormente conducía al dormitorio de Bond, ahora aislado de la suite que había compartido con Harriett. Echó a Scorpius al suelo y le dio un empujón de blocaje que le dejó el cuerpo magullado y un hombro dolorido. Recordó por un momento habérselo herido con una punta del cristal cuando salieron de la trampa de los escorpiones. Si Scorpius se dirigía a su antiguo dormitorio, aquello significaba que en la ventana del mismo no habría ningún recinto-trampa. El padre Valentine/Vladimir Scorpius tenía previsto sin duda algún arriesgado plan de fuga.

Bond estaba ahora sobre él, sujetándolo e inscrustándole el cañón de la Browning en un oído. Con la otra manó asió la muñeca izquierda de Scorpius y le torció el brazo, poniéndoselo a la espalda y apretándoselo fuertemente contra los omoplatos.

– ¡Arriba! -le ordenó, dando un paso hacia atrás y tirando de Scorpius para que se pusiera en pie. Había separado la pistola del oído de su prisionero y la sostenía detrás de su muslo, recordando todo cuanto había aprendido acerca de no dejar ningún arma al alcance de un preso.

– ¡Abra esa puerta!

Scorpius empezó a gemir, mientras su ánimo de luchar le iba abandonando, y la esperanza se alejaba de él como una bolsa de salvamento cuando se está a punto de alcanzarla.

– ¡Abra esa condenada puerta o le haré pedazos!

La mano de Scorpius tembló al manipular la llave. Podía percibir el olor del miedo exhalado por su sudor.

– ¡Y ahora abra!

Scorpius obedeció con lentitud y Bond le empujó hacia el interior del cuarto. Scorpius empezó entonces a proferir palabras incoherentes, tratando de aprovechar su última oportunidad.

– Voy a darle mucho dinero, James Bond. Puedo hacerle rico. ¡Déjeme escapar! ¡Véngase conmigo! Le daré la mitad de lo que tengo. La mitad, Bond. Millones. ¡Vayámonos de aquí!

– ¿Cómo vamos a salir?

– Por favor, si hemos de actuar, ha de ser enseguida. Los demás están cerca.

– Primero conteste a mi pregunta.

Scorpius sudaba copiosamente, presa de un intenso terror. El cuerpo le temblaba y las palabras se atropellaban en sus labios cuando intentaba hablar.

– Esa ventana… No hay ninguna trampa… Una vez fuera, se encuentra una plancha de metal…, como la tapa de un pozo… Conduce a un sótano y a una serie de túneles. Por ellos se sale directamente de la plantación… pasando por debajo.

– ¿No hay que arriesgar la vida atravesando los pantanos?

Scorpius hizo una enérgica señal de asentimiento, tembloroso y sin poder dominar el terror que sentía.

– Bien -concedió Bond, bajando la voz-, saltaremos por esa ventana.

Scorpius exhaló un profundo suspiro de alivio.

Véngase conmigo. Le haré entrega del dinero. Vivirá a todo lujo, Bond. Le prometo que nunca se va a arrepentir.

– Estoy seguro de ello.

Sosteniendo todavía a Scorpius por el brazo, que seguía inscrustándole entre los omoplatos, le obligó a acercarse a la ventana cuyo batiente se deslizó con facilidad.

Segundos después estaban fuera. El sol empezaba a elevarse y a calentar.

– ¡Ahí…, ahí, ahí…! exclamó Scorpius señalando con mano temblorosa una tapa cuadrada de metal.

– Bien.

Bond ejerció toda su fuerza en dar un empujón a Scorpius, al que arrojó sobre la arena. Trató de incorporarse y de retroceder hacia la entrada del pozo caminando a gatas. Pero Bond disparó frente a él y la bala levanto una nubecilla de polvo.

– ¡Pero…! ¡Pero…! -tartamudeó Scorpius.

– No hay pero que valga -se burló Bond-. La próxima bala le dará en la mano.

– Usted dijo… usted dijo…

– Lo único que he dicho ha sido: «Bien.» Ni una palabra más. ¡Y ahora muévase! ¡Póngase en pie!

Scorpius vaciló quizá más de la cuenta, y la siguiente bala le dio en la mano, tal como Bond había advertido. Miró asombrado sosteniendo su miembro herido laciamente frente a la cara sin poder creer lo que veía.

– ¡Ahora vuélvase y eche a andar!

– ¿Dónde? ¿Cómo? ¡No!

Un nuevo proyectil le dio esta vez en el brazo, magullándoselo al punzar y penetrar la carne.

– ¡Andando, Scorpius! ¡Directo hacia el mar!

– ¡No… no… no!

– ¡Sí! -replicó Bond, tajante y categórico-. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Muévase!

Volvió a disparar, sabiendo que sólo le quedaban un par de proyectiles en la recámara.

El último disparo rozó un pie de Scorpius, que empezó a gritar, mientras Bond apuntaba otra vez con cuidado, al tiempo que le ordenaba:

– ¡Corra! ¡Corra en dirección al mar! ¡Corra lo mismo que corrí yo antes! ¡Y como corrió también Harriett! ¡Deprisa!

Gimoteando de terror, Scorpius se alejó, aunque al llegar a cierta distancia se detuvo y volvió la cabeza. Su mano chorreaba sangre. Parándose otra vez, empezó a gemir como un perro.

Bond disparó una última bala que le pasó junto a la cabeza; al darse cuenta de que no le quedaba la menor esperanza, Vladimir Scorpius se lanzó al pantano.

Pero no había dado más de dos pasos cuando la primera serpiente le mordió. Bond vio cómo el reptil surgía del agua como una flecha y se aferraba a la pierna de Scorpius. Y a aquél le siguió otro, y luego otro.

Hasta Bond llegó el lamento final de Scorpius, un grito chirriante: «¡Noooooooo!» Luego levantó las manos y cayó hacia adelante. Se produjo un repentino y horrible chapoteo alrededor del cuerpo, mientras trece o catorce serpientes de gran tamaño se enroscaban y se retorcían lanzándose contra el hombre que había constituido una amenaza constante y encubierta para tantas personas.

Detrás de Bond la puerta del cuarto se abrió violentamente y Pearlman y Wolkovsky se acercaron dando traspiés.

– ¡James! ¡Caray, muchacho…!

Wolkovsky se aproximó a él y, al hacerlo, dirigió una mirada hacia la masa de reptiles que se contorsionaba en el pantano.

Bond se encogió de hombros.

– No he podido evitarlo. Intenté sólo herirle. Le alcancé en la mano, en un brazo y en un pie, pero no quiso detenerse. Me parece que ya se había hecho a la idea.

Sonrió. Por lo menos Harry quedaba vengada. Luego se volvió hacia los otros dos:

– ¿No creen que es mejor ponerse en marcha? Tenemos todavía mucho que hacer. Mucho que descubrir. Por ejemplo, el fraude de las tarjetas de crédito. Hemos de contactar con Londres para que se hagan cargo de esas bombas humanas, ahora que ya sabemos dónde están y sobre todo averiguar quién diantre actuaba en Londres como secuaz de Scorpius. ¿Era usted, Pearly?

Pero Pearlman negó con la cabeza lentamente.

– No sea tonto. Yo no he sido, jefe. Pero me parece que lo descubriremos antes de que acabe el día. Personalmente creí que ese sinvergüenza se desharía de mí, después de que le traje a usted a este lugar.

– ¿Usted entonces, David? Siempre he sospechado, pero supongo que si ha tomado parte en la invasión final de «Ten Pines»…

Wolkovsky movió la cabeza.

– Puede estar seguro de que no, James. Pero ahora tenemos una tarea más inmediata que hacer -añadió-. Están mandando informes a Londres sobre los Humildes a los que se ha encomendado tareas mortíferas. Pero hay otra cosa. Algo que requiere velocidad y tacto. Venga y véalo usted mismo. Creo que el amigo Scorpius nos ha dejado una herencia mortal. Y el tiempo se acaba.

22. «El último enemigo»

Pasaron con Bond, al interior de la casa, atravesando los diversos pasillos y se detuvieron junto a una puerta abierta que daba a lo que de manera evidente había sido el dormitorio principal de Scorpius y que, según comentó Bond, parecía decorado al estilo «prisionero de Zenda». Rebuscaron por diversos armarios llenos de ropas, muchas de las cuales estaba claro que no habían sido compradas para Scorpius, hasta que finalmente encontraron una camisa, ropa interior, calcetines, corbata y un traje gris de corte clásico que le quedaba bastante bien a Bond. Pearlman regresó a las habitaciones de los huéspedes para recoger los zapatos de piel suave.

Le concedieron tiempo para darse una rápida ducha y cambiarse antes de reanudar su actividad. De vuelta al comedor de Scorpius, de tan sorprendente mal gusto, conectaron teléfonos de campaña similares al C500s utilizado por Bond en el servicio.

Uno de los hombres de Wolkovsky estaba sosteniendo una animada conversación con alguien de Washington, y pudo oír que mencionaba varias veces el nombre del presidente. En el otro aparato, uno de los colegas de Bond hablaba también con rapidez leyendo una larga lista anotada en el libro que antes había visto puesto sobre el mostrador del bar.

Atisbando por encima de su hombro, Bond pudo ver que el agente transmitía sus datos a Londres sin perder la calma, mencionando horarios, objetivos, nombres y, cuando le era posible, las últimas señas de los Humildes involucrados en misiones mortales. Había una lista separada que contenía un centenar de nombres y que estaba encabezada bajo el titulo Avante Carte.

– Tenemos que esperar un poco hasta que Charlie haya terminado de hablar con Washington -le advirtió Wolkovsky.

– ¿Se trata del asunto del Avante Carte? -preguntó Bond-. Por lo que me dijo Scorpius, creo que era algo más que una artimaña con fines monetarios engañosos.

– Afortunadamente, los de la Sección Q ya hablan fijado su atención en ello. -Wolkovsky conocía a la Bella Q desde una perspectiva profesional, y afirmaba que había logrado averiguar los más siniestros secretos relativos a la tarjeta-. Al parecer podían operar con ella en algo mas que en circular dinero por diferentes cuentas. La tarjeta estaba dotada de un micro-chip que le daba acceso al mercado de valores. Habrían podido provocar el pánico en los mercados mundiales. La Avante Carte podía realmente comprar y vender valores. Según se ha averiguado, se trataba de causar una demanda general de libras esterlinas en medio de la campaña electoral. -Al disponer ahora de los nombres y las señas de los propietarios de las tarjetas, la policía pondría todo su esfuerzo en localizar a cuantas de ellas existieran en Inglaterra-. Me parece que lograrán evitar el desastre -afirmó Wolkovsky, encogiéndose de hombros-. Ahora tengo una preocupación más acuciante. Pero hay que esperar hasta que Charlie conozca la reacción de Washington.

Bond hizo una señal de asentimiento y empezó a pasear por el estudio vacío de muebles pero dotado de numerosas estanterías con libros. Pearly le acompañaba.

– ¿Por qué cree usted que Scorpius puso mi vida en peligro ya anteriormente, Pearly? ¿Qué piensa de aquellos coches? ¿Lo de Hereford?

– A mí me parece que fue accidental, jefe. Se mostraron muy listos al mantenerle bajo vigilancia; al asegurarse de que era usted la persona designada para la tarea. No se imaginaron que se descubriría. -Adoptó un aire un poco compungido-. Lo lamento. Debí haber sido más avispado y no dejarme meter en esto. Fue solo por causa de Ruth y no tenía idea… -Parecía no encontrar las palabras adecuadas-, no tenía idea que la cosa iba a terminar así, con la gente saltando por los aires como bombas humanas. ¡Da asco! Ya fue demasiado cuando hace un par de años ese individuo metió a su amiguita en un avión comercial cargada de explosivos hasta las orejas. Pero esa gente se ha dejado engañar hasta el punto de creer que servían a las generaciones futuras inmolándose a si mismos junto con personas inocentes.

– No fue culpa suya, Pearly. Cualquiera hubiera hecho lo mismo si un hijo o hija suyo estuvieran involucrados en semejante asunto.

Pearlman permaneció silencioso unos momentos moviendo los pies con aire inquieto.

– Creo que debí haber informado de ello a alguien. Me parece que me voy al Salón de los Rezos para ver a Ruth y decirle algunas cosas.

– Hágalo -le animó Bond.

Observó que otras dos personas se habían sentado al escritorio de Scorpius. Se trataba de un colega, John Parkinson, hombre de corta estatura, carácter bullicioso y buen interrogador «creativo». Frente a él vio a Trilby Shrivenham, muy nerviosa y con los ojos enrojecidos.

– Me amenazó con echarme viva al pantano si no me iba con él -estaba explicando-. Le aseguro que cuando me di cuenta de lo que se fraguaba…, lo de las misiones de muerte y todo lo demás, intenté apartarme lo mismo que hizo la pobre Emma Dupré. Pero no puedo recordar gran cosa de ello. Scorpius me había atiborrado ya de droga. Tenía una vaga idea de que pensaba utilizarme en una misión muy especial…, aun cuando no me había casado ni tenía ningún hijo. Porque éste era el único modo de conseguir un nombre y una misión mortales. – Levantó la mirada y al ver a Bond añadió-: Usted me cree, señor Bond, ¿verdad? Nunca pude haberme casado con ese… con ese Satanás de forma humana.

– La creo, Trilby -respondió Bond, posando en ella una mirada firme como de advertencia-. No me dejé convencer porque Vladi la hiciera participar en aquella extraña cena. Nada parecía auténtico. Pero tendrá que convencer a este caballero. -Se volvió hacia Parkinson-. Lo siento, John. Es su tarea. No quiero meterme en lo que no me importa.

– De acuerdo -convino el interrogador, apartando fríamente su atención de Bond.

– James. -Wolkovsky le hacía señas desde la puerta del comedor.

El hombre de la CIA llamado Charlie se encontraba detrás de él. Y los dos parecían como si hubieran recibido malas noticias.

– ¿Es que les ha dicho alguien que el mundo se termina hoy? -preguntó Bond tratando de aliviar un poco la tensión.

– Casi, casi -respondió Wolkovsky con los nervios tensos como cuerdas de piano-. Ahí va la primera muestra.

Entregó un ejemplar del New York Times, sosteniéndolo por la primera página. Los titulares muy destacados proclamaban: «El primer ministro inglés abandona repentinamente la campaña electoral. Se proyecta la visita de un día para conversaciones con el presidente.»

– ¡Cielos! -exclamó Bond por lo bajo. Enseguida les contó lo que Scorpius le había dicho cuando comentó que el nombre del primer ministro no estaba incluido en la lista de los condenados a muerte-. Me explicó que tenía planes especiales para él. -El estómago se le revolvió al comprender el significado verdadero de aquellas palabras-. Lo que dijo exactamente fue: «¡Oh, no, James Bond! No me he olvidado del primer ministro. Desde luego que no. Pero a ese señor le reservo un tratamiento muy especial que no aparece mencionado en este mapa.» -Bond volvió la cabeza hacia el mapa de las islas británicas que titilaban en la pared con todas sus luces encendidas. Uno de sus colegas estaba volviendo a comprobar los objetivos señalados con los puntos de luz y asegurándose de que nada quedaba al azar-. Luego -prosiguió Bond- Scorpius dejó de dar detalles. Me parece que tienen razón. Estaba pensando en el primer ministro y en el presidente…, los dos a la vez.

– Tiene mas razón que un santo -concedió Wolkovsky con los dientes apretados-. Existen indicios de que una campaña aquí, en este país se encontraba en las primeras etapas de su planteamiento.

– Entonces no existe ninguna duda de que hay un propósito letal contra el primer ministro durante su visita. ¿Cuál es el programa de la misma?

– Por el momento eso importa poco.

Charlie, el hombre de Wolkovsky, parecía tan desilusionado como un clérigo que hubiera perdido la fe.

– ¿Por qué? Claro que importa el programa. Debía estar preparado para el primer ministro y para el presidente de ustedes…, los dos a la vez. ¡Dos grandes jefes de gobierno muertos de una sola explosión!

– Eso es exactamente lo que creemos. -Wolkovsky parecía dispuesto a escupir con violencia-. Mas por desgracia nuestro Servicio Secreto, que como saben lleva a cabo la misión de proteger a los personajes importantes, opina de manera distinta. Ni tampoco es así como lo ve su primer ministro.

– ¿Cómo? -preguntó Bond con genuina expresión de incredulidad.

Wolkovsky se encogió de hombros a su manera característica.

– El Servicio Secreto asegura que posee los mejores guardaespaldas del mundo. -Levantó la mirada hacia el techo-. Sí, aunque se los puede detectar desde un kilómetro de distancia por sus insignias en la solapa, el tono oscuro de sus trajes, los walkies-talkies que parlotean desde fundas ocultas o porque muchos de ellos llevan largos impermeables, aun cuando haga treinta grados de calor a la sombra. -Hizo una mueca burlona-. «Muy bien, señor presidente. En cuanto traspongamos esa puerta seremos los amos de la calle.» O al menos eso es lo que oí decir a uno de ellos.

– Supongo que les habrá dejado bien patente cuál es el peligro real -indicó Bond, cuya voz seguía teniendo un tono perplejo e incrédulo-. Si se ha señalado una misión mortal contra el primer ministro, y posiblemente también contra el presidente, me parece que es poco lo que ambos puedan hacer para evitarlo.

– Les he indicado todos los sistemas. -Charlie imitó el encogimiento de hombros de Wolkovsky-. Al parecer, el primer ministro de ustedes también ignora el verdadero peligro. Según parece lleva tras de sí a un número extra de agentes del servicio especial, y en cuanto al Servicio Secreto advirtió que nadie se acercara a menos de quince o veinte metros de ambos personajes.

– ¡Veinte metros! -exclamó Bond, haciendo un gesto de desesperación, cerrando los puños y agitándolos a la altura de los hombros-. Lo mismo podían haber dicho veinte centímetros.

– Lo sabemos, James. Por eso he llamado al jefe de seguridad de la Casa Blanca. Es un viejo amigo Y quizá pueda conseguir que me escuche. Incluso es posible que nos deje ir a echar una mano.

Tras ellos, el teléfono empezó a sonar y uno de los hombres del FBI levantó el auricular. Enseguida dijo, dirigiéndose a Wolkovsky:

– Me parece que es él.

Casi en el mismo instante en que el hombre de la CIA se acercaba al teléfono, Pearlman reapareció por la puerta del despacho de Scorpius. Su cara mostraba la textura de un viejo pergamino Y tenía los ojos exageradamente abiertos con expresión preocupada.

– ¿Pasa algo Pearly?… -preguntó Bond.

– Ella se ha ido -repuso Pearlman agachando la cabeza y mirando a su alrededor como atontado-. Se ha ido. No está aquí. Y el imbécil de su marido permanece arrodillado como sumido en un trance.

Bond le sacudió suavemente por un hombro.

– ¿Sabe cuándo se ha ido?

– He hablado con los que se ocupan de las notas y de los informes de los discípulos de Scorpius. Esto no me gusta nada, jefe. -Hablaba como un niño que acaba de ver en la televisión algo que le ha afectado profundamente-. Me han dicho que se marchó ayer y que Rudolf, es decir, mi condenado yerno… -porque se llama así… Rudolf. ¿Me quiere decir, jefe, quién es capaz de poner Rudolf a un niño?

– Nos iba usted a enterar de lo que esa gente le ha dicho de Rudolf.

– ¡Ah, sí! Me han dicho que se comporta como el marido de alguien a quien se ha encomendado una tarea mortal. Al parecer Scorpius les ha enseñado ese tipo de autohipnosis. Se arrodillan y quedan absolutamente inmóviles hasta que todo ha pasado. Es como concentrarse para que su compañero realice la tarea con éxito.

Bond conservó la calma hasta donde le era posible.

– Pearly, quizá sea ya demasiado tarde para Ruth. Pero ¿nos quiere hacer un favor?

– Haré lo que deseen.

– Vuelva allá e intente hablar con los expertos: la gente que maneja los explosivos o las personas que han sido adiestradas para ello. Quiero detalles de cómo fabrican las bombas, quién las hace estallar y con qué factores de seguridad cuentan. Averigüe todo lo posible. ¿Me ha entendido?

– Perfecto, jefe. Ahora están separando el trigo de la paja en el Salón de los Rezos, buscando quiénes tienen asignadas tareas mortíferas para el futuro y todo lo demás.

– No se deje ni un detalle, Pearl.

Bond no se había dado cuenta de que había llamado Pearl al sargento en vez de Pearly. Acercándose a donde Wolkovsky estaba todavía hablando, tomó su libreta de notas y escribió: «Sabemos quién actuará como bomba. Una muchacha. Dígales que hay aquí alguien capaz de identificarla.»

Sin dejar de hablar, Wolkovsky tomó el papel, lo leyó e hizo una señal de asentimiento a Bond, al tiempo que decía por el teléfono:

– Escuche, Walter: disponemos de una prueba positiva. El atentado se va a producir. Lo que hacen los Humildes en Inglaterra lo van a sufrir ustedes también en Washington hoy mismo. Sabemos ya quién lo va a hacer y aquí tenemos a alguien capaz de identificar a esa persona. -Escuchó en silencio mientras iba murmurando-: Sí…, de acuerdo, Walter, ya lo sé… Sí, desde luego; es auténtico. ¿Qué se habían creído? ¿Que se trataba de un juego de video?… Sí, Walter… Bien…, bien. De acuerdo. Llámeme otra vez cuando todo esté dispuesto. -Colgó el auricular y, volviéndose a Bond, le preguntó-: ¿Quiere explicarme eso?

Bond le facilitó un breve resumen de la parte que Pearlman había desempeñado en todo el asunto y terminó con la última información sobre su hija Ruth:

– Ahora le he mandado a enterarse de cómo manipulan las bombas.

– Bien: mi colega parece haber comprendido la idea. ¿Están seguros de lo de esa muchacha?

– Seguros en un ciento cincuenta por ciento.

– Van a poner en práctica lo que ellos llaman un «reajuste manual» en el Servicio Secreto. Me 1lamará cuando todo esté preparado. Por lo que he podido entender, se nos otorgará un poco de protección armada: tres agentes como máximo. Están preparando un reactor militar para que vaya a Savannah y nos recoja allí. Luego el jet nos llevará a la base de las fuerzas aéreas de Andrews. El primer ministro de ustedes llega a mediodía.

De manera automática Bond miró su Rolex de acero inoxidable. Sólo eran las ocho y media. Preguntó si podía tomar un café. Pero esta vez no insistió en que fuera de una determinada marca. Un miembro del FBI se apresuró a ir en busca del café. Wolkovsky le siguió.

– Habrá una guardia militar de honor en Andrews y un helicóptero llevará al primer ministro y a sus acompañantes hasta el helipuerto de la Casa Blanca. -Bajó la mirada a las notas que había ido tomando-. Hasta ahí no hay problema para nosotros. La prensa no estará en Andrews, pero si los de la televisión. Habrá tres helicópteros: el número uno, o sea, el presidencial, para el primer ministro y algunos miembros de su séquito; los números dos y tres, para el Servicio Secreto y para tres de nosotros. El horario estimado de llegada a la Casa Blanca serán las doce cincuenta y cinco. El presidente saluda al primer ministro. Seis equipos de televisión como es usual. Ningún otro miembro de los servicios de información. Se espera que la comida y la reunión duren tres horas. Habrá prensa con fotógrafos durante diez minutos…, al parecer ni uno más, a las dos en el Rose Garden. Así los periódicos podrán obtener buenas fotos para sus ediciones de última hora de la noche y de mañana por la mañana.

»Se espera que el primer ministro parta del helipuerto entre las cinco y las seis de la tarde, yendo directamente a Andrews. Tiene que apresurarse para enfrentarse otra vez a los problemas de las elecciones. La prensa de ustedes clama que el primer ministro está aprovechando esta reunión para sus asuntos electorales. Pero el primer ministro ha anunciado fríamente que ya había sido planeada mucho antes de que se convocaran las elecciones, y ustedes ya le conocen. Cuando se trata de celebrar una entrevista con el presidente no permite que nada, ni unas elecciones generales, obstaculice su camino.

Bond miró por encima del hombro de Wolkovsky.

– Este será el momento más peligroso. -Indicó poniendo su índice sobre la nota relativa a la reunión de fotógrafos de prensa convocada para las dos.

Wolkovsky hizo una señal de asentimiento, al tiempo que Pearlman volvía a entrar en el recinto.

– ¿Qué hay? -le preguntó Bond.

– No gran cosa -respondió Pearlman, que parecía algo confuso-. Pero al menos he conseguido hacerme con algunos detalles.

– Explíquenoslos.

– Han venido utilizando un material muy difícil de detectar. Los perros policías no han sido todavía adiestrados para ello y pasará inadvertido en cualquier rastreo. -Hizo una pausa y se limpió la frente con la mano-. Si quiere ver cómo manipulan eso, hay abajo, en el sótano, todo un equipo de destrucción realizado manualmente junto con kilos y más kilos de explosivos. El conjunto se coloca en una especie de amplio chaleco, una capa sobre otra, aplicándose un detonador principal que está en la parte de atrás. Se activa por medio de un botón situado a la altura del pecho. Todo funciona pues, manualmente y con gran precisión. Scorpius lo ha planeado bien. Primero hay que dar un giro y luego un tirón. Se tarda menos de dos segundos y es de una seguridad total. Gracias a ese mecanismo el explosivo no se puede disparar accidentalmente, aunque la persona caiga al suelo o tropiece con alguien. La acción tiene que ser completa. Ni siquiera una bala podría hacer estallar el detonador. -Imitó los movimientos metiéndose una mano en la chaqueta, volviéndola Y haciendo como si tirase con fuerza-. Así es como hay que operar.

– ¿Y eso es lo que usted cree que Ruth lleva encima?

– Eso es lo que sé que lleva encima.

Bond le comunicó las últimas noticias y, mientras lo hacía, el teléfono volvió a sonar. Wolkovsky se apresuró a responder y volvió para enterarles de que el Servicio Secreto había dado su aprobación, aunque a regañadientes.

– Seremos tres -declaró-. Y tenemos permiso para llevar cada uno un arma. Nos identificarán en Savannah. El reactor parte dentro de media hora. Llegaremos con tiempo para esperar allí la llegada del primer ministro. ¿Quiénes iremos?

Bond miró fijamente a Pearlman.

– Usted, yo y Pearly, aquí presente. Al fin y al cabo es su hija la que lleva la carga. Si las cosas se ponen mal, tendrá que ser Pearly quien se encargue de ella.

Wolkovsky hizo una señal de asentimiento con expresión de tristeza.

– Nos han dado una calificación en clave -añadió-. La operación se llamará «El último enemigo».

– ¿El último enemigo? -preguntó Bond.

– Suena a bíblico -comentó Pearlman, resignado ante lo que se le venia encima-. Una cita del Nuevo Testamento. «El último enemigo a destruir será la muerte.»

Una vez en Savannah les tomaron las fotografías en una estancia privada para agentes oficiales. A los quince minutos cada uno de ellos lucía una tarjeta de identificación plastificada indicando que estaban adheridos al Servicio de Seguridad de la Casa Blanca y que se les podía permitir la circulación sin hacerles preguntas. Había también una provisión según la cual se les autorizaba a llevar armas. El oficial de seguridad de quien Bond sospechaba que era un hombre de la CIA había venido desde Andrews Field en un pequeño y anónimo reactor Lear. Fue éste quien les entregó unos revólveres Police Positive estandard de cañón corto que se colocaron en las sobaqueras, tras de lo cual firmaron el recibo de las armas y de la munición que las acompañaba.

Eran las doce y unos minutos cuando aterrizaron en Andrews Field, con lo que apenas si tuvieron tiempo para presentarse antes de que el VC 10 de la Royal Air Force que llevaba al primer ministro tomara tierra en la 19 Right, la pista más larga de las dos existentes.

Bond contempló la escena panorámicamente desde un jeep que avanzaba sin hacer ruido por detrás de la banda y de la guardia de honor. Se acercó una escalerilla rodante y la puerta se abrió para dejar ver la conocida figura del primer ministro, rodeado muy estrechamente por el Servicio de Protección Diplomática y por agentes del Servicio Especial. Los secretarios y consejeros se quedaron atrás conforme el primer ministro se ponía firme en la escalerilla cuando la banda empezó a tocar el himno nacional inglés seguido por el de Barras y estrellas. Una vez la ceremonia hubo terminado, los recién llegados empezaron a bajar.

– Por lo menos esta vez llevan una protección muy fuerte -murmuró Bond, agarrándose a la barra de metal conforme el equipo del primer ministro se dirigía hacia los tres helicópteros SH-3D que los estaban esperando-. Los gorilas casi no me dejan ver al primer ministro.

Los grupos se acercaron en silencio a los tres enormes helicópteros, que enseguida despegaron, lanzándose a campo través hacia la Casa Blanca para posarse, una vez allí, y desembarcar a sus pasajeros y volver a partir, en busca del resto. Los árboles ya no estaban en flor y desde el aire la ciudad tenía un aspecto espectacular con su monumento a Washington, su Reflecting Pool y el Lincoln Memorial puestos como espléndidas joyas en el ahora rosado y blanco paisaje del Mall. No por primera vez, Bond se admiró ante la semejanza que aquella ciudad ofrece con París.

Cuando el trío hubo desembarcado, el primer ministro ya se había encontrado con el presidente y ambos habían desaparecido en el interior del relativamente modesto edificio de la Pennsylvania Avenue 1600.

Wolkovsky se puso en contacto con el jefe de la seguridad de la Casa Blanca, que de manera bastante comprensible se mostraba un tanto perplejo, respecto al conjunto del programa. Había dado su aprobación al mismo, pero con cierto recelo, según manifestó:

– Por fortuna, en los momentos actuales nuestro Servicio de Seguridad es el mejor del mundo -afirmó. Y al pronunciar aquellas palabras miraba fijamente a Pearlman y a Bond.

– Sabemos muy bien lo que se está tramando -le explicó Bond tranquilamente-. A lo mejor no lo cree, pero le aseguro que se intenta un asesinato. -Hizo una pausa y enseguida pareció como si tomara el control de todo el asunto-. Dígame, ¿cuándo se va a dejar entrar a los muchachos de la prensa?

– Los de televisión están ya aquí. Los otros llegarán en cualquier momento entre ahora y alrededor de la una cuarenta y cinco.

– ¿Qué precauciones hay?

– Tendrán que enseñar sus pases especiales para la Casa Blanca.

– Esa persona tendrá también su pase, puede usted estar seguro.

– Hagan lo que crean más oportuno -les contestó el jefe de la seguridad dirigiéndoles una mirada escueta como si pensara que se estaban tomando demasiadas molestias por nada-. Entrarán por la puerta Este.

Acordaron que Wolkovsky se quedaría en el Rose Garden, donde todos estaban ahora reunidos, para echar una ojeada a la gente de la televisión, mientras que Pearlman y Bond se irían a la puerta Este, desde donde podrían ver a cada uno de los fotógrafos conforme fueran entrando.

– Si logra introducirse aquí…, si realmente intenta llevar a cabo su propósito… -empezó Bond conforme caminaban hacia la entrada dotada de su propia cabina de piedra y cristal donde se identificaba a cada visitante-. ¿Tendrá usted…?

– ¿Quiere decir si tendré el valor para matarla? -preguntó Pearlman.

– Sí; eso quiero decir.

Se produjo una larga pausa en el curso de la cual llegaron a la puerta.

– Jefe, la verdad es que no lo sé. Ya be aceptado que, a menos de que se produzca un milagro, ella tendrá que morir. Si no logro decidirme a impedirlo, usted se dará cuenta enseguida y le aseguro que nunca se lo voy a recriminar.

Permanecieron en silencio mirando a los hombres y mujeres de la prensa conforme iban trasponiendo la puerta, siendo cada uno de ellos identificado por los guardianes que conocían a la mayoría de antemano.

Los relojes continuaban su marcha. Era la una y media. No había señal de nadie que ni remotamente se pareciera a Ruth.

La una cuarenta y cinco. La primera oleada de fotógrafos había ido disminuyendo y ya sólo llegaban algunos rezagados.

A la una y cincuenta un joven vestido de oscuro y provisto de varias cámaras mostró su pase y le fue franqueada la entrada. Era más bien rollizo y llevaba tres aparatos colgados del cuello. Su pelo rubio y corto sobresalía bajo las amplias alas de un vistoso sombrero, y un bigote caído le prestaba cierto aire levemente bohemio.

– Los hay de todas clases -comentó el agente de vigilancia-. Por hoy la función se acabó, como dicen los dibujos animados. Ya no va a entrar nadie más.

– Quizá nos hayamos equivocado -comentó Bond, aunque poco convencido. Notaba la tensión proveniente de Pearlman como una carga eléctrica.

– Tal vez -convino el hombre del SAS como si estuviera a punto de derrumbarse por el agotamiento.

Cuando llegaron al Rose Garden la manada de operadores de televisión y de fotógrafos de prensa estaba preparando sus equipos y disponiéndose para el acontecimiento.

Bond y Pearlman se acercaron a Wolkovsky y movieron la cabeza con aire dubitativo. Luego Pearlman dijo:

– Ella está aquí; en algún lugar. Estoy seguro. Lo siento en mi interior.

– ¿Cancelarán el acto? -preguntó Bond.

– No, señor. En absoluto. -Wolkovsky aspiró el aire fuertemente-. Me voy a colocar en la parte de atrás. Y ustedes dos ¿quieren situarse a cada uno de los lados de esa gente? Hay que vigilar a los fotógrafos; no al presidente ni al primer ministro.

Bond hizo una señal de asentimiento y los dos se alejaron: Pearlman hacia el extremo izquierdo, mientras Bond lo hacía hacia la derecha.

Flotaba en el aire un ambiente de excitación. Y eso que los miembros de la prensa no tienen fama de impresionables.

James Bond podía sentir la tensión cada vez mayor. Los latidos de su corazón semejaban el segundero de un reloj que estuviera aproximando sus manecillas hacia la hora en que se iba a producir algún horrible desastre. Miró a los agitados fotógrafos. No había entre ellos nadie que se pareciera a Ruth, al menos tal como la había visto durante la boda. Una nube, una neblina fría, parecía trastornarle el cerebro.

Observó a Pearlman, cuya mirada se posaba inquieta en cada uno de los hombres y mujeres de la prensa. El murmullo se acalló cuando el presidente y su esposa escoltaron al primer ministro de Inglaterra hacia el jardín. Fue una llegada festiva, con el presidente bromeando con periodistas a los que conocía y haciendo comentarios espontáneos al primer ministro, quien aparecía muy compuesto, saludable y feliz, como si no estuviera sometido a presión alguna.

Bond volvió a fijarse en los fotógrafos. Tal vez se hubieran equivocado de medio a medio. Se preguntó si a lo mejor Ruth no planearía atacar al primer ministro cuando éste regresara al aeropuerto de Heathrow en un avión de la RAF. Volvió a mirar hacia el lugar de la celebración donde el presidente y el primer ministro ocupaban sus puestos y luego volvió los ojos, una vez más, a los fotógrafos, muy atareados con sus enfoques y sus emplazamientos.

De pronto se sintió totalmente seguro de que acababa de producirse una variación anormal. En los escasos segundos en que sus ojos se habían apartado del grupo algo, en éste había cambiado. Al principio no pudo saber de que se trataba. Pero luego, de pronto, lo vio todo claro, perfectamente definido en su mente. El joven de aspecto bohemio se había abierto paso a codazos hasta la primera fila. Había en él algo extraño. Pasó otro segundo antes de que Bond observara que en realidad el fotógrafo no se estaba preocupando por las cámaras que llevaba colgadas al cuello ni tomaba foto alguna. Dio un paso hacia adelante frente al grupo más nutrido de los reporteros, al tiempo que su mano derecha empezaba a desplazarse hacia arriba para alcanzar la parte interior de su chaqueta.

– ¡Pearly! -gritó Bond.

El fotógrafo del traje oscuro parecía estar a punto de saltar hacia adelante. Pearlman sacó su pistola, pero sin decidirse a disparar. El hombre del SAS permanecía indeciso.

Bond actuó casi sin pensarlo. Impulsado por un reflejo automático, levantó la pistola y disparó rápidamente dos tiros que produjeron una barahúnda de gritos, mientras una oleada de pánico conmocionaba a los reunidos.

La primera bala dio al joven en un brazo, justamente cuando su mano tocaba ya el interior de la chaqueta. La apartó bruscamente cuando la segunda bala le dio de lleno en el pecho. Levantó los pies y cayó de espaldas, mientras Pearlman se abalanzaba hacia él esgrimiendo su arma dispuesto a descargarle el tiro de gracia en el caso de que fuera necesario.

El sombrero de amplias alas había saltado de la cabeza del joven y también su pelo rubio, que no era más que una peluca. El pelo rojizo de Ruth surgió de improviso como un grotesco truco de magia. La joven se retorció una sola vez, pero Bond no la miró siquiera. Había experimentado de pronto una extraña y acuciante sensación.

Volviéndose en redondo, atravesó el grupo de grandes personajes, sumido ahora en la más completa confusión, mientras los hombres del Servicio Secreto y los guardaespaldas se adelantaban para protegerlos. Pero uno de ellos no obró del mismo modo. Un miembro del Servicio de Vigilancia del primer ministro se había separado del grupo. Horrorizado, Bond reconoció a aquel hombre y al momento todos los detalles empezaron a encajar.

El superintendente Bailey había sacado su pistola y se situaba en posición de hacer fuego. Tenía las piernas separadas en perfecto equilibrio y los ojos fijos en su objetivo. El arma, como una extensión de sus brazos, estaba encañonada hacia el primer ministro.

Bond efectuó un movimiento de giro. En aquel instante, y por un momento infinitesimal, lo vio todo claramente, lo supo todo, comprendió por qué Scorpius siempre les había tomado la delantera. Bailey era el traidor. Se encontraba allí en el lugar que normalmente hubiera ocupado el jefe de la sección. Había estado presente en toda aquella operación. Bailey era el secuaz de Vladimir Scorpius.

Mientras las ideas se agolpaban en su mente durante una fracción de segundo, Bond apretó el gatillo dos veces más. El hombre de la Sección Especial no se dio cuenta de que iba a morir y no pudo prever de dónde provenían los tiros. Su cuerpo se estremeció ligeramente y fue a caer sobre unos rosales.

«El último enemigo» quedaba abatido. Bond se guardó la pistola y se reunió con los otros funcionarios del Servicio de Seguridad que intentaban restablecer la calma. De una cosa estaba seguro y era de que los desactivadores de bombas tendrían que enfrentarse a una tarea muy distinta a la suya normal. Porque no era frecuente que tuvieran que librar a un cadáver del peligro de volar por los aires.

– Un trabajo bien hecho, 007. Triste pero…, la verdad, es que no deberíamos tener que insistir en estas cosas.

M no miraba a Bond a los ojos. Habían transcurrido dos días desde el incidente. La prensa estuvo pendiente del caso durante toda la jornada, pero el Servicio Secreto de Inteligencia no fue mencionado en ninguno de sus comentarios. En cambio el Servicio Secreto norteamericano había recibido un trato bastante duro e incluso tuvo dificultades en el Congreso.

Los acontecimientos de la isla de Hilton Head no habían merecido ni una sola línea.

– No. -M parecía inquieto-. De nada serviría seguir comentándolo.

– No, señor -respondió Bond, que parecía desprovisto de su calma habitual.

– Yo en su lugar me tomaría unas vacaciones.

– Sólo tres o cuatro días, si me lo permite.

– Tres o cuatro semanas, si así lo desea.

– Tendré que volver al trabajo lo antes posible, señor.

– Haga lo que mejor le parezca, comandante Bond. Firme la hoja y le daré curso.

– Gracias, señor.

Se levantó y empezó a caminar hacia la puerta.

– James…

– Diga, señor.

– Esa chica, la Shrivenham. La joven Trilby…

– Sí.

– La han traído aquí y Molony le está dando una ojeada. Según él, en pocos días estará fresca como una rosa.

– Me parece estupendo.

– Ha pedido verle… Es decir, si usted lo cree oportuno.

– Mejor dentro de una semana o cosa así. Primero tengo que asistir a un par de funerales en Estados Unidos. Luego, bueno, ya veremos.

– Es una chica adecuada para usted, James. Excelente familia y todo lo demás…

– Sí, sí. Ya lo veo, señor. Pero ahora si quiere perdonarme…

Cuando se marchaba ni siquiera dijo adiós a Moneypenny. Se sentiría mejor cuando hubieran terminado aquellos funerales. Quizá M tenía razón. Tal vez fuera oportuno llevar a Trilby a cenar o algo por el estilo. Estaba seguro de que Harry lo aprobaría.

John Gardner

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