/ Language: Español / Genre:thriller

El Violín Del Diablo

Joseph Gelinek

La concertista española de violín Ane Larrazábal aparece estrangulada en el Auditorio Nacional de Madrid después de haber interpretado el Capriccio nº 24 de Paganini, la que se dice es la obra más difícil jamás compuesta para violín. El asesino ha dejado escrita en su pecho, con sangre de la propia víctima, la palabra iblis, que signifca diablo en árabe. Su valioso instrumento, un Stradivarius que tiene tallada en la voluta la cabeza de un demonio, ha desaparecido. El jefe superior de Policía asigna el caso a Raúl Perdomo, uno de los investigadores más hábiles del cuerpo. Perdomo es muy crítico con los fenómenos paranormales, pero cuando empieza a sufrir extrañas y estremecedoras visiones que no logra explicarse, decide recurrir a los servicios de una parapsicóloga. Su intervención será clave para descubrir la identidad del asesino. Una novela basada en hechos reales. Una trama policíaca repleta de tensión y mucha información interesante sobre Paganini, Stradivarius, los Luthiers y el Diablo. Una reflexión acerca de la figura del demonio y del pacto satánico, que ha inspirado obras literarias de la talla del Fausto de Goethe o del Dr. Faustus de Thomas Mann. Un thriller policíaco que plantea la existencia de los objetos malditos, capaces de atraer las desgracias más funestas hacia sus propietarios.

Joseph Gelinek

El Violín Del Diablo

© 2009, Joseph Gelinek

A Marcela

No soy bien parecido, pero cuando las mujeres me escuchan tocar, se arrastran a mis pies.

Niccolò Paganini

En los ojos del espantoso intérprete brillaba un ansia de destrucción tan burlona, y sus delgados labios se movían de modo tan lúgubremente agitado, que parecía como si murmurara antiquísimas y malvadas palabras mágicas para conjurar la tempestad y desencadenar los espíritus malignos que yacen atrapados en las profundidades abismales del mar.

Heinrich Heine

Para triunfar en cualquiera de las artes hay que estar poseído por el diablo.

Voltaire

Serás para el olfato de los otros como un espejo para los vampiros.

Leopoldo Alas

Nota del autor

En esta novela se mezclan indistintamente personajes históricos con otros de ficción, por lo que me parece oportuno facilitar al lector las siguientes aclaraciones:

La violinista Ginette Neveu (1919-1949) existió realmente y falleció en un accidente aéreo en las islas Azores, junto al campeón de boxeo Marcel Cerdan, que se encontraba por entonces en el apogeo de su relación amorosa con Edith Piaf. Su violín Stradivarius nunca fue encontrado.

Niccolò Paganini (1782-1840) fue un virtuoso genovés del violín que está considerado todavía el más grande intérprete de este instrumento que ha habido nunca. Su técnica era tan deslumbrante que la mayoría de sus contemporáneos creían que había establecido un pacto con el diablo. Los rumores sobre este pacto satánico arraigaron tanto en la sociedad de la época, que la Iglesia se negó a que Paganini fuera enterrado en sagrado.

Las historias sobre maldiciones y en concreto sobre objetos malditos se pierden en la noche de los tiempos, y han inspirado un gran número de narraciones, desde La pata de mono de W. W. Jacobs hasta Las siete bolas de cristal de Hergé, por citar dos de las más populares. La creencia más extendida es que el objeto maldito resulta nefasto por haber sido robado a su legítimo propietario.

Jacqueline du Pré (1945-1987) fue una violonchelista británica, reconocida en el mundo entero como una de las más grandes virtuosas de este instrumento que hayan existido. Su carrera fue interrumpida a edad muy temprana por una enfermedad incurable, llamada esclerosis múltiple, que acabó ocasionándole la muerte después de una larga agonía.

1

Claudio Agostini, el célebre director de orquesta milanés, llamó con dos ligeros golpes a la puerta del camerino de Ane Larrazábal, la primera solista de violín del país y una de las más renombradas en el mundo entero.

Faltaba una hora aún para el comienzo del concierto que ambos iban a ofrecer al público en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid. El programa iba a consistir en la obertura de Las bodas de Fígaro,seguida del Concierto para violín en si menor de Paganini, y en la segunda parte, el Concierto para orquesta de Bartok. Agostini iba a actuar, al frente de la Orquesta Nacional de España, en calidad de director invitado; era la primera vez que director y solista coincidían en una sala de conciertos.

Al otro lado de la puerta, Agostini, que ya se había embutido en su frac, pudo escuchar claramente cómo Larrazábal practicaba una y otra vez los pasajes más difíciles del Concierto de Paganini, apodado La Campanella porque en el rondó final interviene una campanita coincidiendo con cada nueva entrada del violín.

Al no escuchar respuesta alguna, el director volvió a llamar a la puerta del camerino y, esta vez sí, cesó por completo el sonido del instrumento.

Tras un silencio bastante prolongado, se escuchó la voz de la solista, en un tono que a Agostini le hizo desear no haberla interrumpido:

– ¿Ocurre algo? Estoy ensayando.

El director estuvo tentado de marcharse a su camerino sin identificarse, pero no tuvo tiempo: Larrazábal abrió la puerta sin esperar respuesta. Al verle, cambió su expresión malhumorada por una de abierta sonrisa.

– Ah, maestro, es usted. Pensé que era ese crítico, Vela de Arteaga. Siempre que toco aquí en el Auditorio, viene a mi camerino con el pretexto de darme ánimos, cuando en realidad lo único que pretende es colgar su abrigo en mi perchero.

Agostini era un hombre de setenta y dos años, con una hermosa cabellera blanca que conservaba casi intacta a pesar de la edad. Era de gran estatura y, en el podio, sus maneras eran tan refinadas que algunos críticos musicales se referían a él como «el Dandy». En el proceloso mundo de la música clásica, donde reina la puñalada trapera y la zancadilla anónima, Agostini era una rara avis:nadie lo cuestionaba ni lo detestaba. Tenía fama de hombre humilde, comprensivo y generoso, que jamás había hablado mal de ningún colega ni de otros músicos. Tras devolver la sonrisa a la violinista, dijo en un castellano más que aceptable:

– Venía sólo a desearle «in bocca al lupo».

– En España decimos algo más ordinario: «Mucha mierda».

– ¿Mierda para el artista? Non capisco.

– Parece ser que, como antiguamente sólo podían permitirse ir a los conciertos las personas de la clase pudiente, que acudían en coche de caballos, si en la puerta del auditorio había gran cantidad de excrementos, significaba que el teatro estaría lleno. Aunque si uno tiene una mala noche, no hay nada peor que un teatro abarrotado, ¿no cree, maestro?

– Desde luego. Permítame decirle que está usted affascinante.

No era un simple cumplido. La violinista ya había acabado de maquillarse y sus ojos azules,realzados por una generosa y rizada melena pelirroja, parecían tan enormes que Agostini tuvo la sensación de que si se acercaba demasiado, podía llegar a caerse dentro de ellos. Pero lo más notable era el vestido de terciopelo negro que había elegido para salir al escenario, que tenía un vertiginoso escote en V e iba sujeto al cuello, dejando al descubierto la espalda.

Ane Larrazábal estaba considerada una violinista prodigiosa desde que debutó a los trece años en Alemania, con el Concierto para violín de Beethoven, dirigido por Lorin Maazel; pero ahora, a los veintiséis años, era además una mujer sumamente deseable, que había sido portada de varias revistas internacionales.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, signorina Larrazábal? ¿Por qué ha elegido el Concierto de Paganini para abrir el Festival Hispamúsica del Auditorio?

Larrazábal, que sostenía el violín en su mano izquierda y el arco en la derecha, hizo sonar algunas notas en pizzicato antes de responder. Agostini tuvo la impresión de que la solista había iniciado con él una especie de coqueteo musical.

– ¿No le gusta Paganini, maestro?

– Por supuesto que me gusta. Pero me parece que no digo nada ofensivo si afirmo que nunca fue un primera fila.

– ¿La parece música de segunda? ¿Por qué ha aceptado entonces dirigir este concierto?

– Porque me lo ha pedido Antonio Arjona, el director de Hispamúsica, que es amigo mío desde hace treinta años. Y porque tocar junto a usted es para mí un inmenso privilegio, signorina.

– Ese cumplido merece una respuesta sincera por mi parte -afirmó la violinista con una media sonrisa que a Agostini le pareció de lo más sugerente-. ¿Le importaría cerrar la puerta, por favor?

El director de orquesta obedeció al ruego de Larrazábal y ésta se tomó unos segundos antes de responder, como si estuviera poniendo en orden sus ideas. Por fin dijo:

– Siempre he suscrito las palabras de mi admirado Ivry Gitlis: en la historia del violín, Paganini no es una simple evolución. Quiero decir que no es que primero existieran Corelli, Tartini o Locateili, después llegara Paganini, hiciera sus aportaciones, y luego continuara el proceso hasta nuestros días. Paganini es un corte, un abismo, un salto en el vacío. Es lo más importante que le ha ocurrido al violín en toda su larga historia. No es una evolución, es una revolución. De la misma forma que el mundo no volvió a ser el mismo después de Cristóbal Colón, tras Paganini todo cambió para nuestro instrumento. Los dos, por cierto, eran genoveses.

– Pero musicalmente sus conciertos no se pueden comparar a los monstruos sagrados del repertorio, como Mendelssohn o Beethoven.

– Mucha gente opina que hay más música en el rondó del Concierto de Beethoven que en los seis conciertos de Paganini. Sin embargo…

Larrazábal hizo una pausa, como si no estuviera aún decidida a compartir sus pensamientos con Agostini.

– Puede hablar con franqueza -dijo éste al verla vacilar-. Le prometo que nada de lo que me diga aquí esta noche saldrá de esta habitación.

– Debo confesarle que mi elección del Concierto de Paganini -dijo ella al fin- tiene bastante que ver con el fiasco de Suntori, el mes pasado en el Carnegie Hall.

Larrazábal acababa de hacer alusión a Suntori Goto, una violinista japonesa nacida en Osaka, un año después que ella, que estaba considerada, por su deslumbrante técnica y su cálido sonido, la gran rival de la española.

– Algo he oído. ¿Qué pasó exactamente?

– Puede leer la demoledora crítica en la página web del New York Times. Suntori tocó La Campanella hace unas semanas en el Carnegie y, ya en la cadenza del alegro inicial, dio varias notas falsas. El público se lo perdonó, porque -ignoro la razón- es incondicional de la japonesa. Pero cuando llegó el final, le pidieron una propina, y la Suntori, en vez de reconocer que no estaba en su mejor forma y escoger una pieza de nivel medio, se intentó quitar la espina de los fallos que había tenido lanzándose a interpretar el Capricho n.° 24 de Paganini, tal vez la obra más difícil que se haya compuesto jamás para violín.

– Sí que es una temeridad -dijo Agostini con semblante grave-. Sobre todo teniendo en cuenta que Suntori acaba de recuperarse de una lesión de muñeca muy importante, ¿no es así?

Larrazábal no pudo reprimir una clara mueca de desdén al oír estas palabras.

– ¿Lesión de muñeca? No haga caso de todo lo que se publica, maestro. Mis informadores me cuentan que Suntori está desarrollando un miedo al público que puede acabar con su carrera. Para ponerse delante de un auditorio hay que estar hecha de una pasta -polenta,creo que se dice en italiano- de la que, evidentemente, ella carece.

– ¿Qué ocurrió durante el Capricho?

– Según el Times, fue la debacle. Tocó las octavas paralelas de manera que parecían en realidad intervalos de séptima, los glissandi los transformó en saltos y los saltos en glissandi,las notas en pizzicato de la mano izquierda apenas eran audibles desde la primera fila y había diferencias de afinación de un cuarto de tono. Tras la novena variación, ella misma decidió interrumpir su patética exhibición y se retiró al camerino envuelta en un silencio glacial por parte del público. Nadie se atrevió a abuchearla ni a silbarla, porque allí es intocable, pero sus seguidores sufrieron una de las mayores decepciones artísticas de los últimos años.

– No sabía que había sido para tanto.

– En América, maestro, Suntori está acabada, por lo que es probable que ahora intente remontar su carrera en Europa. Pues bien, yo he decidido esta noche interpretar, como propina, el Capricho n.° 24 de Paganini. Quiero que llegue a oídos de la japonesa que si intenta robarme mercado, aquí en mi propio feudo, lo va a tener francamente difícil.

Agostini sonrió al darse cuenta de que bajo la apariencia frágil de aquella mujer encantadora se ocultaba una de las personalidades más ferozmente competitivas y ambiciosas que él hubiera encontrado a lo largo de sus ya cincuenta años de carrera.

– No tengo ninguna duda -dijo Agostini, muy satisfecho de no tener a Larrazábal en su contra- de que la Suntori quedará trastornada cuando lea las críticas a este concierto, que promete ser deslumbrante, signorina. Estos días atrás, en los ensayos había veces que a la orquesta le costaba seguirla. ¿Cómo se las arregla para ejecutar pasajes tan vertiginosos sin errar ni una sola nota?

– Ah, eso es porque, como puede ver -dijo acercando la cabeza del violín a la cara de Agostini-, yo también he hecho mi pequeño pacto a la Paganini.

Durante unos segundos, los ojos del italiano se desviaron del escote de la solista, del que resultaba difícil apartar la mirada, para ir a reparar en la llamativa voluta del violín, que remataba el clavijero del instrumento. Aquel violín era único, el maestro Agostini no había visto jamás nada parecido. La voluta, habitualmente con forma de pergamino enrollado, estaba rematada por una inquietante cabeza.

Era la efigie del diablo.

2

A menos de un kilómetro de allí, el inspector de Homicidios Raúl Perdomo, adscrito a la Brigada Provincial de la Policía Judicial de Madrid, intentaba desesperadamente encontrar un lugar para aparcar el vehículo en el que él y su hijo Gregorio, de trece años de edad, estudiante, en sus ratos libres, de cuarto año de violín en el Conservatorio Superior de Música, se dirigían al Auditorio Nacional para asistir al concierto de Larrazábal.

Juana, la madre de Gregorio y esposa de Perdomo, había fallecido hacía año y medio en un accidente de submarinismo en el mar Rojo, y aunque lo más devastador para el niño había pasado ya, el inspector había comprobado que éste procuraba evitar hablar de su madre cuando su nombre salía a relucir accidentalmente en alguna conversación, e incluso le había pedido que cambiase el papel tapiz de su ordenador, que era una fotografía en la que aparecía ella sonriendo. Era la primera vez que padre e hijo asistían juntos a un concierto y también la primera vez que Perdomo se enfrentaba al solemne y reglamentado mundo de la música clásica. La madre de Gregorio, que descendía de aquel legendario Pablo Sarasate que encandiló con su violín a los melómanos de medio mundo a mediados del siglo xix, había inculcado en su hijo el amor por este tipo de música, pero siempre habían sido la propia Juana o, en su delecto, los padres de ella, quienes habían acompañado a Gregorio al Auditorio. Tras el fallecimiento de ésta, el niño no había vuelto a expresar deseos de escuchar música en vivo, pero hacía diez días -y para Perdomo era un signo de clara mejoría en la elaboración del duelo del chico- Gregorio había pedido a su padre que le consiguiera entradas para escuchar a la diva del momento, la gran Ane Larrazábal, por quien el niño sentía verdadera debilidad. La broma le había costado al inspector doscientos euros por butaca en la reventa.

A punto ya de entrar en el Auditorio, al inspector se le veía preocupado por la posibilidad de no estar a la altura de las circunstancias durante el concierto, ya que el rígido protocolo de las veladas sinfónicas le era totalmente desconocido.

– Esta noche estoy en tus manos, Gregorio. Me tienes que decir hasta cuándo hay que aplaudir.

– No te preocupes, papá: no pienso dejar que hagas el ridículo.

– Muchas gracias, hijo.

– No, si no es por ti, es por mí. No sabes la vergüenza que se pasa cuando alguien aplaude a destiempo y le mira todo el público.

– Eso es lo que hay que tratar de evitar.

– Lo primero que tienes que saber es que, al principio, antes siquiera de que empiece la música, se aplaude dos veces: la primera cuando entra el concertino.

– ¿Qué es eso? -dijo Perdomo antes de soltar una blasfemia contra una cincuentona que le acababa de quitar una plaza de aparcamiento. Amenazaba lluvia y todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para sacar el coche aquella tarde.

– El concertino es el primer violín -le aclaró Gregorio, un tanto avergonzado por lo maleducado que podía llegar a ponerse su padre cuando estaba al volante-. En España se le llama «concertino», no me preguntes por qué. Es una especie de ayudante del director de orquesta. Una vez que han entrado todos los músicos, llega él o ella, porque muchas veces es una chica, y le dedicamos un aplauso.

– ¿Y después?

– El concertino ordena al oboe que toque el la con el que afina toda la orquesta. Es una nota muy alargada que suena así: laaaaaaaaaaa.

– Aplauso entonces también para el oboe, ¿no?

– No, papá. Al oboe no se le aplaude.

– ¿Al concertino, que no toca, se le aplaude, y al oboe, que toca, no? ¿Estás seguro?

– ¡Papá, por favor! -dijo el niño para poner fin a las apostillas del padre-. La segunda vez que se aplaude antes de que empiece la música es cuando entra el director de la orquesta. Esta noche entrará solo, porque la orquesta tiene que tocar primero la obertura de Mozart. Ordenará a toda la orquesta que se ponga en pie, para que los músicos compartan con él la ovación; luego nos dará la espalda y empezará la música.

– ¿Cuánto dura la obertura esa? -dijo Perdomo, aterrorizado ante la posibilidad de empezar a aburrirse desde el primer minuto.

– No te preocupes, te gustará. Es música divertida, como de comedia. Cuando termine la obertura, aplaudimos y el director abandonará el escenario un instante. Pero volverá a entrar enseguida con Ane Larrazábal, para el Concierto de Paganini. Ahí, aplauso atronador, porque Ane se lo merece todo, es una megacrack.

– Debe de serlo, a juzgar por lo que me han costado las entradas.

– Es una caña, papá, tu dinero está bien invertido. Mi profe dice que aquí en España no la valoramos lo suficiente, pero que si estuviéramos en Francia o en Alemania ya habrían puesto su nombre a una calle.

– ¿Qué más cosas tengo que saber para no meter la pata? ¿Voy bien vestido?

– No vas mal. ¿Has dejado la pipa en casa?

– Claro. ¿Quién te crees que es tu padre, Billy el Niño?

– Por supuesto, el móvil apagado.

– Eso no hacía falta que me lo dijeras.

– Durante la música no se aplaude. Aunque te guste mucho un pasaje y ya verás qué pasada de cadenza se va a marcar Ane esta noche, no se te ocurra ni respirar. Nada de mecheritos, ni de saltos, ni de llevar el ritmo con los pies.

– ¿Qué es la cadenza,hijo? No me asustes.

– Es la parte en que la orquesta deja solo al violinista para que se luzca con pasajes dificilísimos. No se te ocurra aplaudir al final de la cadenza,aunque hayas flipado en colores.

Perdomo permaneció un momento en silencio, tratando de asimilar las instrucciones de Gregorio, y luego dijo:

– No entiendo cómo a un hijo mío le puede gustar tanto este mundo. Eso de saber siempre lo que va a pasar no me convence. En un concierto de rock, no sabes ni qué van a tocar los músicos; todo te sorprende desde el primer minuto.

– Papá, en muchos conciertos de rock, no sabes qué están tocando ni siquiera cuando ha empezado la música.

Padre e hijo callaron de nuevo, quizá porque veían cada vez más lejana la posibilidad de encontrar un sitio para aparcar, hasta que Gregorio dio un respingo y dijo:

– ¡Déjalo detrás de ese contenedor de vidrio!

– Ahí está prohibido. Es mejor ir al aparcamiento.

– El aparcamiento está lejísimos y va a empezar a llover. Déjalo ahí.

– No puedo, Gregorio. Seguro que ahí me ponen un multazo.

– No papá, ahí nunca ponen multa.

– ¿Cómo lo sabes?

Al ver que su hijo tardaba en contestar, Perdomo apartó la vista de la calle para mirarle y comprobó que le había cambiado la expresión y tenía los ojos humedecidos.

– ¿Cómo sabes que ahí no ponen multa? -volvió a preguntarle su padre.

– Porque era el sitio donde aparcaba siempre mamá. Lo llamaba «mi escondrijo».

3

El maestro Agostini permaneció largo rato escrutando la cabeza infernal que remataba el violín de Ane Larrazábal. Lo que le llamó la atención no fue tanto el hecho de que la voluta estuviera tallada -algunos violinistas preferían un motivo personalizado para coronar el clavijero de su instrumento-, sino la ferocidad de la expresión del diablo, que le recordó a una de esas divinidades asirias, insaciables en su venganza una vez que los hombres han desatado su cólera.

– Si yo tuviera un demonio semejante en la empuñadura de mi batuta, signorina,no creo que pudiera siquiera dormir por las noches. ¿Cómo se le ha ocurrido tallarse en la voluta semejante angelito?

– Este «angelito», como usted le llama, es Baal, un dios de la antigua Asia Menor que se incorporó posteriormente al judaísmo y al cristianismo como rey de los infiernos. Dicen que tiene a su servicio sesenta y seis legiones de demonios, que es capaz de hacer invisibles a quienes le convocan y que puede convertir a los hombres en sabios.

Hay personas a las que la sola mención del Príncipe de las Tinieblas les hace sentir incómodas. Agostini era una de ellas, pero trató de disimularlo, quizá por estar delante de una mujer atractiva.

– Debo reconocer -dijo el director afectando naturalidad en la voz- que la talla es excelente. ¿Es original?

– ¿Quiere decir si este Stradivarius fue construido originalmente así? No, es un ornamento añadido posteriormente por mí.

– ¿Quién le hizo el trabajo?

– Arsène Lupot, mi luthier.

A Agostini le costaba trabajo incluso sostener la mirada de aquel pequeño demonio de madera y se alejó un par de pasos de la violinista.

– He oído hablar de él. Algunos músicos de la orquesta de la Scala le confían sus instrumentos.

– En ese caso no creo que traten con Lupot en persona, sino con alguno de sus ayudantes. Arsène sólo se ocupa de violines de primerísima fila: Guarneri del Gesú y Stradivarius.

Larrazábal acababa de mencionar a los más grandes constructores de violines de todos los tiempos. Los precios de sus instrumentos podían rondar los dos millones de dólares, aunque los empleados por los grandes solistas, como Yehudi Menuhin o Jascha Heifetz, tenían un valor incalculable. Los expertos del mundo entero habían derramado ríos de tinta para tratar de explicar por qué los artesanos de hoy en día, con toda la tecnología del siglo xxi a su alcance, eran incapaces de igualar la sonoridad y el timbre de estas máquinas acústicas tan perfectas. Unos decían que el secreto estaba en el barniz, otros que en la densidad de la madera, aunque la teoría más plausible era que el empleo de sales metálicas en el tratamiento de la caja armónica era lo que de verdad había conferido a estos instrumentos la fuerza y la riqueza de su sonido.

– Me ha extrañado que toque con un Stradivarius -dijo el maestro-. Lo digo porque tengo entendido que Paganini, por el que siente tanta veneración, tocaba con un Guarneri.

– Llamado Il cannone,«El cañón», por la potencia de su sonido. Pero maestro, Paganini era propietario de muchos violines. Cuando murió, en 1840, legó a su hijo Aquiles una colección asombrosa, que incluía siete Stradivarius. A mí me gusta creer que éste es uno de ellos.

– ¿Cómo llegó a sus manos?

– Está en la familia desde la época de mi abuelo materno, que fue el que se hizo con él, al parecer en una subasta que tuvo lugar en Lisboa en 1950. Créame, maestro, yo he oído sonar el Guarneri de Paganini, que aunque está conservado en el Palazzo Municipale de Génova se usa periódicamente, y este «Strad» tiene un sonido muy similar.

– ¿Espionaje industrial entre los dos grandes artesanos de Cremona? -preguntó el italiano.

– Es posible. Aunque estoy convencida de que la sonoridad de un violín la da la personalidad del violinista, no la del luthier que lo construyó. David Oistrach, por ejemplo, que fue uno de los más grandes, tocaba con un instrumento medianejo.

– ¿Esa efigie tallada en su violín -dijo Agostini tratando de no mirarla, pues aquel perverso rostro le empezaba a producir malestar físico- significa que cree usted que para tocar como Paganini es necesario vender el alma al diablo, como dicen que hizo el genovés?

Durante un instante, pareció que la joven violinista iba a abordar la cuestión, pero sorprendió al italiano respondiendo con otra pregunta.

– ¿Sabe, maestro, cómo se originó la creencia de que Paganini tenía un pacto con el demonio?

– He oído que sus contemporáneos no podían explicarse cómo un ser humano podía llegar a alcanzar tal nivel de virtuosismo y que trataron de buscar la explicación en causas sobrenaturales.

– Eso es cierto, pero lo que más contribuyó a forjar el mito fue su aspecto físico. Era de piel macilenta, extraordinariamente anguloso y demacrado de cara, y sus labios, muy finos, parecían estar siempre curvados en una especie de sonrisa sardónica. Pero lo más aterrador, según descripciones de la época, era su mirada incandescente, como si en las cuencas de los ojos hubiera tenido brasas, en lugar de ojos.

– Un poco como la talla de su violín -dijo el director, que seguía sin animarse a mirar de frente aquel rostro de pesadilla.

– O como el actor Klaus Kinski, que fue quien le dio vida en el cine.

Agostini consultó su reloj y comprobó que apenas quedaban treinta minutos para salir a escena. Tenía todavía que hablar con su concertino para hacerle llegar unas indicaciones musicales de última hora, pero estaba tan atrapado por la personalidad de Larrazábal y por su intrigante conversación que se vio incapaz de abandonar el camerino. Al mismo tiempo, y como se sentía culpable por estar robando a la violinista el tiempo del que ésta disponía para llevar a cabo sus ejercicios de calentamiento -un virtuoso no es, en el aspecto físico, muy diferente de un deportista de élite- se creyó en la obligación de decir:

– No quiero entretenerla, signorina. Continúe con sus escalas.

– Al diablo las escalas -respondió Larrazábal-. Y nunca mejor dicho. No se preocupe, maestro, el violín no se toca con las manos, se toca con esto. -La diva del violín se dio dos golpecitos en la cabeza con la punta del arco de su violín y luego apostilló-: Hablar con usted me estimula, y eso es lo que de verdad necesito para salir al escenario. Además, tengo toda la obertura de Mozart para un calentamiento de última hora.

– En ese caso, le ruego que termine lo que me estaba relatando.

– Paganini no murió en Italia, sino en Niza. Había perdido la voz por completo, debido a una afección de laringe causada por la sífilis, que había contraído hacía veinte años. La leyenda dice que la madrugada del 27 de mayo, cuando el canónigo Caffarelli intentó confesarle, Paganini se negó a emplear la pizarra que utilizaba para comunicarse, porque el mero hecho de escribir le provocaba grandes dolores. Por gestos, trató de hacer llegar hasta el clérigo sus últimos pensamientos, pero éste los malinterpretó y entregó al obispo de Niza, monseñor Galvani, un informe demoledor. El obispo decretó entonces que Paganini había muerto en pecado mortal y prohibió que se le enterrara en sagrado. Ésa es, al menos, la versión oficial.

– ¿Usted no cree en ella?

– Desconfío de la Iglesia y de sus ministros.

– ¿Y tampoco es supersticiosa? Se lo pregunto porque hoy es 27 de mayo.

– ¿Cree que no había reparado en ello? Le rogué a Arjona que el concierto fuera hoy, precisamente porque es el aniversario de la muerte de Paganini.

– ¿Dónde fue enterrado, entonces? -dijo Agostini cada vez más ansioso por conocer el final de la historia.

– Su cadáver fue embalsamado y permaneció en su casa de Niza durante dos meses. Las autoridades sanitarias ordenaron por fin que los despojos salieran del edificio y el cadáver fue trasladado a una pequeña villa de su propiedad cerca de Génova. Allí permaneció durante más de treinta años, hasta que por fin, en 1876, la Iglesia permitió que fuera enterrado en el cementerio de Parma.

Agostini se dio cuenta en ese momento de que, coincidiendo con el final del relato, se había creado un silencio casi irreal. Al otro lado de la puerta no se escuchaban ni pasos, ni voces, ni instrumentistas haciendo escalas de precalentamiento. Era como si el edificio entero hubiera sido abandonado. Al cabo de varios segundos, una voz masculina que provenía del otro lado de la puerta le sacó de sus reflexiones.

– ¿Ane? ¿Puedo pasar?

Resultó ser Andrea Rescaglio, chelo solista de la Orquesta Nacional de España. Rescaglio tenía bajo su mando a los once instrumentistas que integraban la sección de chelo de la orquesta, y se había mostrado sumamente colaborador con Agostini durante los ensayos. Al entrar, besó en los labios a Ane Larrazábal y el director, que era bastante despistado, comprendió al fin -aunque había resultado bastante evidente durante los días anteriores- que su compatriota era el afortunado compañero sentimental de la concertista.

– Andrea, ya conoces al maestro Claudio Agostini. Maestro, le presento al mio fidanzato,como dicen ustedes, Andrea Rescaglio.

El joven, que debía de rondar la treintena, era de estatura generosa, y si bien no se podía decir que fuese de complexión fuerte, tenía un cuerpo fibroso y bien proporcionado. Llevaba el pelo largo aunque recogido en la parte de atrás en una especie de moño samurai. Se había dejado crecer una barbita muy pulcra que descendía, como si fuera un fino reguero de pólvora, a lo largo de la mandíbula, para rematar en el mentón con una pequeña punta.

Había entrado en el camerino a medio vestir, luciendo sólo la camisa y los pantalones del frac, y nada más ver al director, se inclinó hacia delante en señal de respeto hacia el maestro, como si fuera un guerrero japonés.

Los dos hombres se dieron luego un caluroso apretón de manos e intercambiaron información sobre sus respectivas ciudades de nacimiento. Rescaglio dejó claro enseguida que no quería interrumpir y que había entrado solamente a desear buena suerte a su prometida.

– Uno de los contrabajos -explicó a su novia antes de irse- quiere que le firmes un autógrafo. ¿Qué te parece si te dejo aquí el papel y te digo cómo se llama?

La violinista interrumpió, con cara de fastidio.

– ¿Tiene que ser ahora?

– No, por supuesto -respondió el italiano muy dulcemente-. Puede ser cuando tú quieras.

Después se pasó una mano por la frente, como para secarse el sudor, y preguntó:

– ¿No hace un calor del demonio aquí?

Antes de obtener respuesta, se volvió hacia una mesita que había en el camerino, sobre la que reposaban varios objetos, entre ellos dos vasos y una botella de agua mineral, y sació su sed, momento que aprovechó Agostini para felicitarle por el buen rendimiento de la sección de chelo durante los ensayos.

– Ah, pero es que Andrea es un superdotado -comentó Larrazábal. Y como viera que la frase se prestaba a equívoco, se apresuró a aclarar-: Quiero decir, musicalmente.

El comentario provocó una risita nerviosa en el director e hizo que Rescaglio se sonrojara y agachara la cabeza, en un gesto de timidez. El chelista tenía la tez tan blanca y delicada como el papel de arroz, y eso hizo que su rubor se notara más de la cuenta.

El italiano tenía una gran sensibilidad musical y una técnica muy depurada, pero no se sentía digno de recibir elogios cuando estaba en presencia del inconcebible prodigio que era Ane Larrazábal. Ella en cambio no dudaba nunca en regalarle el oído delante de terceras personas, siempre que se le presentaba la ocasión.

– Hacemos música de cámara regularmente -dijo muy animosa la violinista-. Debería venir a escucharnos alguna vez.

– Me encantaría -respondió Agostini-. Pero como ya se ha corrido la voz de que estoy a punto de retirarme, últimamente tengo la agenda más ocupada que la Filarmónica de Berlín. ¡Me llaman de todas partes y, para mi desgracia, sólo tengo tiempo para hacer música, no para escucharla!

Rescaglio comprendió que Agostini quizá no tendría oportunidad de volver a conversar con su novia en mucho tiempo y decidió ausentarse del camerino, para que diva y maestro pudieran estar un rato más a solas durante los minutos previos al concierto.

Cuando Ane dirigió la última sonrisa a su prometido, ocurrió algo fuera de lo normal. El ojo derecho de la violinista empezó a moverse de manera involuntaria e incontrolable; Rescaglio entonces se acercó a ella y, en vez de abandonar el camerino como tenía pensado, la abrazó con ternura durante largo rato. La emotividad de aquel gesto hizo que Agostini llegara a sentirse francamente violento, pues el modo en que el italiano había rodeado a Ane con sus brazos transmitía, incluso para un observador tan poco perspicaz como él, un sinfín de emociones simultáneas, que iban desde el deseo sexual hasta el instinto de protección. Justo cuando el anciano maestro iniciaba su retirada hacia la puerta, Rescaglio soltó a su novia, la besó en la frente y abandonó el camerino sin decir palabra.

4

El inspector Perdomo y su hijo Gregorio acababan de instalarse en sus céntricas localidades del Auditorio Nacional cuando oyeron por megafonía el anuncio de que quedaban cinco minutos para el inicio del concierto y de que la gente desconectara sus teléfonos móviles. El policía, por un temor irracional a que le sonara durante la actuación, llegó a comprobar el suyo hasta tres veces.

Al abrir el programa, que incluía, además de sesudos comentarios sobre las obras que se iban a interpretar, las biografías de Agostini y Larrazábal, con sus respectivas fotografías, Perdomo se quedó sin habla al contemplar la belleza deslumbrante de la solista, pero decidió no hacer el más mínimo comentario a su hijo, con el objeto de no incomodarle. Éste parecía haberse recuperado ya del ataque de nostalgia materna del que había sido presa hacía unos minutos y se lanzó a explicar a su padre cómo se sentaban los instrumentistas.

– A nuestra izquierda, los primeros violines; a la derecha los chelos. Enfrente, los segundos violines y las violas; y detrás de los chelos, los contrabajos.

– ¿Por qué hay una barandilla en el podio del director? ¿Es que se ha caído alguna vez un director al patio de butacas?

– Papá, ¿vas a empezar a preguntarme tonterías?

– Es para que nos riamos un poco. Es mi primera vez y estoy algo nervioso. ¿Sabías que…? -¡Cof, cof, cof!

Perdomo no fue capaz de terminar la frase, porque un súbito ataque de tos seca hizo que se convulsionara en su butaca durante varios segundos, ante la mirada horrorizada de su hijo.

– Si toses así durante el concierto, es el final. Tendremos que levantarnos y marcharnos.

– No es culpa mía, Gregorio. Sabes cómo se me irritan los bronquios por la alergia, ahora en primavera. Muestra un poco de compasión hacia tu pobre padre, ¿quieres?

El niño se metió la mano en el bolsillo y extrajo un paquete de caramelos para la garganta.

– Anda, coge uno de éstos.

Perdomo quitó el envoltorio de una de las pastillas y se la introdujo en la boca. Luego, al ver que su hijo volvía a meterse el paquete de caramelos en el bolsillo, dijo:

– Dame alguno más, por si tengo otro ataque.

El niño obedeció, pero advirtió a su padre:

– Quita el envoltorio ahora. La segunda cosa más molesta en un concierto después de un ataque de tos es un señor haciendo ruidito al arrugar un papel.

Un tipo que estaba sentado en la fila de atrás dio a Perdomo dos golpecitos en el hombro para llamar su atención. Cuando el inspector se volvió, reconoció a un periodista de El País que había cubierto para el diario un crimen que había mantenido en jaque a la policía durante años y que Perdomo había ayudado a resolver con éxito.

– No sabía que era usted melómano -le dijo el reportero.

– Ni yo. He venido para acompañar a mi hijo.

– Enhorabuena por lo de El Boalo. Da gusto cuando casos tan difíciles se resuelven de una vez por todas.

– Si quiere que le sea sincero, fue un golpe de suerte.

– De todos modos, mi más sincera felicitación.

El periodista le dio un caluroso apretón de manos y cuando Perdomo se volvió otra vez hacia el escenario, Gregorio, que parecía exultante por la admiración que había despertado su padre en aquel periodista, le preguntó:

– ¿Qué es lo de El Boalo?

– Hace poco ayudé a la Guardia Civil a resolver un caso. Detuvimos al asesino en un pueblo de Madrid llamado El Boalo.

– ¿Y no me lo vas contar?

– No, demasiado truculento. Disfrutemos de la música.

– Vamos, papá. Si en cuanto llegue a casa puedo buscar en Google «crimen de El Boalo» y me voy a enterar. Prefiero que me lo cuentes tú.

Perdomo dio un suspiro de resignación, maldijo internet para sus adentros y relató a su hijo, de la manera más sucinta posible, en qué había consistido su aportación en el caso del llamado «Asesino del Unicornio», un psicópata que durante los últimos años había acabado con la vida de trece mujeres, empleando como arma homicida el cuerno de un narval.

– ¿O sea que en España también hay asesinos en serie, como en las películas? -preguntó Gregorio cuando su padre terminó de hablar-. ¡Perfecto para el crucigrama!

Y sacando una pequeña libreta del bolsillo del pantalón, anotó algo en ella con un lápiz medio despuntado.

– ¿Qué es eso? -preguntó el padre.

– Mi cuaderno de ideas. Ya te dije que este año soy el encargado de los pasatiempos de la revista del colegio, y lo que me acabas de contar me vale para el crucigrama. Mató a trece mujeres: U-N-I-C-O-R-N-I-O.

– Pasatiempos, ¿eh? ¿Y te los tienes que inventar?

– Claro. Por eso llevo la libreta; cada idea que se me ocurre, la apunto enseguida, para que no se me olvide.

El inspector aprovechó los instantes previos a la entrada de director y solista para evaluar, en un barrido panorámico, el tipo de público que había acudido a ver a la gran diva del violín. Había gente de todo tipo, desde adolescentes con vaqueros hasta señoronas emperifolladas que habían tenido que dejar el abrigo de visón en el guardarropa. La Sala Sinfónica del Auditorio, que podía albergar a casi 2.500 personas, estaba llena hasta la bandera. La mayoría de los espectadores se hallaban, como él, situados frente a la orquesta, pero también las localidades que franqueaban el escenario se habían agotado, e incluso las que estaban detrás, a ambos lados del órgano. La gigantesca sala, que rebosaba esa noche de expectación, se había construido de forma que todos los elementos contribuyeran a su acústica: desde sutecho de madera de nogal hasta las paredes inclinadas que servían para impedir un exceso de reverberación.

Y por fin, llegó el momento mágico.

Antes siquiera de que Perdomo se hubiera percatado de su entrada en el escenario, el público prorrumpió en una cálida ovación de bienvenida al veterano -y queridísimo en España- maestro Claudio Agostini. Tal como le había anunciado su hijo, el director hizo ponerse en pie con un enérgico gesto del brazo a toda la orquesta, y una vez en el podio, se inclinó hacia su auditorio para agradecerle el aplauso. Luego se volvió, levantó la batuta y empezó a dirigir la obertura de Las bodas de Fígaro:primero un susurro de rápidas y juguetonas semicorcheas, confiadas a la cuerda y a los fagots, a continuación, un poco más fuerte, la respuesta de los oboes y de las trompas, y a modo de conclusión, un gran tutti orquestal con timbales y trompetas incluidas. Perdomo pensó que aquélla era una música de un optimismo tan desbordante que daban ganas de saltar de la butaca o al menos de llevar el ritmo con el pie. De hecho, un discapacitado al que habían situado en el pasillo central, en su silla de ruedas, y que se había traído su partitura de bolsillo, estaba dirigiendo el concierto con su brazo derecho mientras con el izquierdo sostenía el pentagrama. Menos mal -se dijo el policía- que el director de verdad está de espaldas a él, porque de haberlo tenido enfrente, los aspavientos de aquel exaltado hubieran constituido una fuente de distracción extraordinaria. Con un pequeño codazo, Perdomo llamó la atención de su hijo hacia el improvisado director y el muchacho cerró los ojos en un gesto de condescendencia, que era el equivalente a la frase evangélica «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen».

A Perdomo, que era aficionado a la música, aunque de otra clase -se había quedado en Los Beatles, a los que consideraba, no sin razón, los más grandes compositores de canciones de todos los tiempos-, los cuatro minutos y medio que duró la obertura le supieron a poco, y cuando el público, entusiasmado por el talento con el que Agostini había sabido graduar el emocionante crescendo mozartiano del último minuto, rompió a aplaudir, él se dejó contagiar por la euforia, poniéndose en pie y jaleando al maestro con gritos de «¡Bravo, bravo!» que le valieron una mirada de censura de su hijo.

– ¿He hecho algo mal? -dijo el inspector a su hijo tras recuperar la cordura y volver a sentarse en su butaca.

– No te emociones tanto con el director. Ya te dije que había que guardar los aplausos de verdad para Ane.

Una vez recibida su merecida ovación, Agostini desapareció entre cajas y volvió a emerger de nuevo, al cabo de treinta segundos, precedido por una fascinante Ane Larrazábal. El público los aclamó durante largo rato, como si ya hubieran dado el concierto, y todo el mundo intercambiaba comentarios -la mayoría de ellos elogiosos- sobre el atrevido escote de la solista. Parecía que el Concierto de Paganini no iba a llegar nunca.

Pero de repente comenzó la música.

Perdomo pudo comprobar ya desde el alegro inicial que el violín de Larrazábal tenía un efecto hipnótico sobre su auditorio, que seguía sus virtuosistas piruetas con el corazón en un puño, como si estuviera contemplando a una de esas trapecistas inverosímiles de Le Cirque du Soleil. Una de las razones por las que la española obtenía un sonido tan personal de su violín era que tocaba a la Paganini,es decir, sin almohadilla para el hombro ni para la barbilla. Cómo se las arreglaba Larrazábal para obtener esos delicadísimos vibrati,con los que estremecía de emoción a su auditorio, era un secreto que no había sido aún descifrado. La almohadilla para la barbilla -hecha de ébano, la mayor parte de las veces- había sido inventada en 1820 por el virtuoso Louis Spohr, el gran rival de Paganini, y estaba considerada como un accesorio fundamental, pues liberaba a la mano izquierda de la ingrata tarea de sostener el instrumento, que a partir de entonces se pudo mantener en vilo por la simple presión del mentón contra la clavícula. Gracias a Spohr, la mano del violinista pudo corretear libremente por el diapasón y concentrarse en dar expresividad a las notas mediante una rápida oscilación del dedo sobre la cuerda del violín: el vibrato. Las lenguas de doble filo -que infestan la música clásica- aseguraban que la razón por la que Larrazábal había renunciado a la almohadilla había sido la coquetería. El roce de la almohadilla contra la piel acaba provocando una desagradable mancha de color oscuro bajo la barbilla conocida popularmente como «callo del violinista». Para evitar las lesiones bacterianas producidas por el roce y el sudor, la solución más común era interponer un pañuelo entre la almohadilla y el mentón, pero incluso así había instrumentistas que llegaban a sufrir cuadros alérgicos de bastante gravedad. Muchos se tenían que tratar periódicamente la zona con paños calientes combinados con aloe vera.

Los maledicentes sostenían, pues, la tesis de que Ane Larrazábal estaba sacrificando expresividad en el vibrato por el capricho de mantener su esbelto cuello inmaculado, cuando en realidad también había razones musicales para prescindir de la almohadilla, que iban más allá de una simple imitación mecánica de Paganini: el contacto directo entre la caja armónica del violín y el cuerpo del instrumentista hacía que éste sintiera más intensamente las vibraciones. Y, como tanto la almohadilla del hombro como la del mentón van pinzadas a la caja con dos pequeñas barritas de metal, muchos opinaban que esto afecta negativamente a la respuesta tímbrica del instrumento, además de que acaba dañando la madera.

A Perdomo no le hacía falta saber mucho de música para darse cuenta de que Larrazábal estaba interpretando con una pasmosa facilidad los pasajes más intrincados del Concierto de Paganini y que para ella tocar el violín era tan natural como respirar. Cuando sus ojos se encontraban con los de Agostini, en los pasajes en los que éste tenía que facilitarle alguna entrada, su expresión reconcentrada pero serena se transformaba en una deliciosa sonrisa que transmitía a todo el auditorio el profundo goce artístico que estaba experimentando con aquella música. De los seis conciertos para violín y orquesta de Paganini, La Campanella eratal vez el más inspirado, aquel en el que el genovés se había preocupado más por el desarrollo imaginativo de sus ideas que por el aspecto meramente espectacular de la obra. De los tres movimientos, el que más convenció al policía fue, lógicamente, el tercero, en forma de rondó. Hasta músicos de la talla de Franz Liszt, que había transcrito la pieza para piano, habían caído rendidos ante la encantadora melodía del estribillo. Perdomo se quedó maravillado ante los agudísimos, casi inaudibles sonidos que lograba extraer a veces la diva de su instrumento y no resistió la tentación de preguntar a su hijo al oído:

– ¿Cómo hace eso?

– Se llaman «armónicos» -le respondió éste en un susurro-. Se consiguen rozando la cuerda con la yema de los dedos.

En un momento dado, el inspector estuvo a punto de meter estrepitosamente la pata, pues un contundente «CHIMPÓN» de la orquesta le hizo creer que el rondó había terminado y casi se lanzó a aplaudir como un descosido. Sin embargo, la música continuó aún durante varios minutos y le deparó muchas y muy agradables sorpresas, como un episodio en el que orquesta y solista imitaron el sonido de una cajita de música, que al inspector le pareció delicioso. Los dos últimos compases del rondó no llegaron a oírse, porque el público, absolutamente electrizado, rompió a aplaudir antes de que terminara el concierto.

Director y solista correspondieron a la formidable ovación con las reverencias de rigor, y Agostini, visiblemente emocionado, besó a Larrazábal y le hizo entrega de un gigantesco ramo de flores que la solista apenas podía sostener en la mano que tenía libre, ocupada como estaba la otra en sujetar arco y violín.

El maestro hizo ponerse en pie a todos los músicos para hacerles partícipes de aquella fiesta y luego se ausentó del escenario en compañía de la violinista, aunque los aplausos, lejos de ir a menos, se hicieron más intensos si cabe: los espectadores estaban reclamando la presencia en el escenario de la verdadera estrella de la velada, Ane Larrazábal, que no tardó en reaparecer, esta vez sin Agostini. La diva no se hizo mucho de rogar y tras pedir silencio al auditorio anunció cuál iba a ser la propina:

– Capricho n.° 24 para violín solo, de Paganini.

Hubo una corta pero intensa ovación, en la que el público mostró su euforia por la obra elegida, y cuando ésta se extinguió totalmente, Ane Larrazábal comenzó a interpretar, arropada por un silencio reverencial, la terrorífica pieza del genovés.

El Capricho n.° 24 no era sólo el más célebre de toda la colección, sino que había pasado a convertirse en leyenda, por la cantidad de compositores célebres que habían creado nuevas obras a partir de su tema principal: desde Johannes Brahms hasta Andrew Lloyd Webber, pasando por Witold Lutowslasky o Sergei Rachmaninoff, la lista de músicos que habían rendido homenaje a esta endiablada composición era interminable. Consistía en un tema seguido de nueve variaciones, en cada una de las cuales Paganini había explotado una técnica violinística diferente.

Larrazábal fue sorteando con gracia y musicalidad los aparentemente insalvables escollos de las ocho primeras variaciones. Cuando llegó la novena, en la que el instrumentista tiene que tocar la melodía en pizzicato con la mano izquierda, ocurrió algo extraordinario, que algunos después quisieron atribuir a la peculiar forma de sujetar el violín que tenía Larrazábal: en mitad de la interpretación, el instrumento se le escapó de las manos y salió despedido por encima de la cabeza de su propietaria. Durante unos segundos, en los que el tiempo pareció transcurrir a cámara lenta, el preciado Stradivarius flotó como ingrávido en el aire para ser atrapado, un instante antes de que se hiciera añicos contra el suelo, por la mano ágil de Andrea Rescaglio, el primer chelo de la orquesta, que se sentaba a la derecha del podio del director.

El público, incapaz al principio de entender siquiera lo que había ocurrido, permaneció en un silencio atónito, hasta que Rescaglio entregó en mano a Larrazábal, tras una galante reverencia, el preciado instrumento. En ese momento el auditorio estalló en un aplauso espontáneo.

Perdomo se volvió a su hijo y le dijo:

– Conque no se podía aplaudir hasta el final de la obra, ¿eh?

Gregorio se limitó a sonreír y la violinista, visiblemente turbada pero dispuesta a mantener el tipo hasta el final, retomó desde el principio la novena variación.

El Capricho discurrió ya sin incidencias hasta el brillante finale,y aunque el auditorio aplaudió a rabiar tras el último acorde, nadie se atrevió a solicitar una segunda propina, después de aquel singular incidente.

Durante el intermedio, Perdomo y su hijo tomaron un refresco en el bar del Auditorio y se dedicaron a escuchar en silencio los comentarios de los asistentes al concierto sobre el episodio del «violín volador».

– Ruggiero Ricci -dijo un caballero con aspecto de magistrado del Supremo- tampoco utilizaba almohadillas, pero claro, un hombre tiene más fuerza en las manos. A él no se le hubiera escapado el violín.

– ¿Te imaginas lo que hubiera ocurrido si el chelista no llega a atrapar el instrumento in extremis? -comentó una enjoyada joven que tenía toda la pinta de ser la amante del primero-. El Stradivarius se hubiera hecho añicos contra el suelo. ¡Y dicen que es uno de los más valiosos que existen!

A cinco minutos de que se reanudara el concierto, Perdomo preguntó a su hijo sobre la obra que se iba a interpretar en la segunda parte: el Concierto para orquesta de Bartok.

– Te confieso, papá, que a mí Bartok no me entusiasma. Si quieres que volvamos ya a casa, no me importa.

– ¿Después del dineral que he tenido que soltar por las butacas? ¡Nos vamos a quedar aquí hasta que se haya marchado el último instrumentista! -le dijo su padre haciéndole un cariñoso arrumaco en la cabeza.

Los espectadores más rezagados fueron ocupando sus localidades y Perdomo se dio cuenta de que el patio de butacas tenía ahora algunos claros, aunque en la sala seguía reinando un gran ambiente. Pero el público se quedó de una pieza cuando en vez de aparecer por el lateral del escenario el maestro Agostini, lo hizo Alfonso Arjona, el director de Hispamúsica, que organizaba el concierto, quien con el rostro descompuesto exigió por gestos que cesara inmediatamente la ovación y anunció con voz temblorosa:

– Por causas de fuerza mayor, la segunda parte del concierto no se va a poder celebrar. Si hay algún miembro de las fuerzas del orden entre ustedes, le rogaría que se dirigiera inmediatamente a los camerinos. Muchas gracias.

5

París, a la hora del concierto

No había sido un buen día para Arsène Lupot, propietario del atelier-lutherie La Muse, uno de los más antiguos talleres de instrumentos de la ciudad.

Lupot, un hombre de sesenta y cinco años con el pelo rizado y canoso que gastaba todavía aquellas obsoletas gafas de pasta negra que estuvieron de moda en los años sesenta, empleaba siempre las mejores maderas para dar vida a los excelentes instrumentos que salían de su taller: abeto de los Alpes italianos de la val di Fiemme para las tapas de la caja armónica -la misma que utilizaba Stradivarius para sus violines- y arce de los Balcanes para las fajas y el fondo. Pero un par de clientes se habían quejado últimamente de la sonoridad de los instrumentos que Lupot les había entregado, y tras casi seis meses de pesquisas, el renombrado luthier había averiguado por fin que, aunque la madera que le estaba llegando de Italia provenía del sitio correcto, las Dolomitas, la empresa Ciabattoni, que le hacía los envíos, no estaba abatiendo los árboles en el momento preciso: para que una madera pueda ser empleada como tapa armónica, el abeto correspondiente sólo puede ser talado si la luna está en cuarto menguante, que es cuando la linfa del árbol ha bajado a las raíces y la madera no tiene tensiones. El gerente de Ciabattoni le había reconocido por teléfono que la empresa tenía tal cantidad de pedidos que se habían visto obligados a talar los abetos en todas las fases de la luna, e intentó restablecer a continuación la confianza con su cliente, prometiéndole que le reintegraría el importe completo de los envíos defectuosos. Pero Lupot estaba tan indignado con la mala fe de los italianos que aquella misma tarde había decidido cortar con ellos para siempre:

– Si tu padre estuviera aún vivo -le dijo Lupot al gerente, aludiendo al venerable Giuseppe, que había fundado en los años setenta la «Ditta Ciabattoni»- esto jamás hubiera ocurrido. Él se movía por amor a la música y a los instrumentos, no por codicia. -Y para desahogarse por completo, antes de colgarle el teléfono, había gritado al italiano-: Vaffanculo, stronzo!

Encontrar un nuevo proveedor no iba a resultarle tarea fácil. Implicaba, por lo pronto, viajar a Italia, entrevistarse personalmente con los responsables de las distintas serrerías para comprobar in situ si eran de confianza y, a ser posible, inspeccionar personalmente los bosques concretos de los que se obtenía la madera.

En 1975, cuando cerró el trato con Ciabattoni, había asistido a la tala de los primeros árboles y había sido testigo del celo exquisito con el que el viejo Giuseppe, ayudado por un guarda forestal, discernía los abetos aptos de los que no servían. Se arrodillaba delante de cada tronco cortado y pegaba la oreja a la madera fresca, mientras el guardia forestal golpeaba el abeto desde el otro extremo con un pequeño martillo. El árbol sólo pasaba la criba si, a juicio de Ciabattoni, la madera «cantaba».

A pesar de que los encargos de nuevos instrumentos se le amontonaban sobre la mesa, Lupot se sintió tan agotado e irascible aquella tarde que decidió tomarse unos días de vacaciones.

El atelier La Muse no solamente se dedicaba a fabricar codiciados instrumentos de cuerda frotada, sino que además organizaba exposiciones de violines y violonchelos antiguos y conferencias sobre el arte de fabricarlos. Hacía meses que el Círculo de Bellas Artes de Madrid le venía insistiendo para que fuera a dar una charla sobre la materia y Lupot decidió no seguir dando largas a los españoles y tomarse unos días de asueto en la capital de España.

Descolgó el teléfono y, aunque era un poco tarde, llamó a sus viejos amigos Roberto Clemente y Natalia de Francisco, un matrimonio que regentaba un taller de violines llamado El Obrador, cerca del Mercado Puerta de Toledo. Los dos eran, como él, unos apasionados de su trabajo y estaba seguro de encontrarlos todavía al pie del cañón, pese a lo avanzado de la hora. Para su sorpresa, le atendió el teléfono el hijo de ambos, Carlos, un joven de unos veinticinco años que echaba una mano a sus padres, de vez en cuando, en la reparación de instrumentos, por más que Dios no le hubiera dado la habilidad manual necesaria para llegar a ser un digno sucesor de su progenitor.

– Hola, Arsène, mis padres han ido a un concierto. ¿Hasta qué hora pueden devolverte la llamada?

– Hasta la hora que quieran; yo sólo duermo tres horas al día. ¿Quién tocaba?

– Ane Larrazábal.

– Fantastique! -exclamó el francés-. Y clienta mía, como sabes.

– Sé que le tallaste un demonio en la voluta porque me lo contó mamá. ¡Dicen que esa chica tiene un pacto con el Maligno, como Paganini!

– ¿Ah, sí? -exclamó Lupot con un deje de socarronería en la voz, pues estaba harto de oír siempre la misma cantilena sobre la violinista.

– ¡Eres un descreído! Pero ¿sabes lo que dice mi padre, Arsène? Que el mayor favor que le ha podido hacer el hombre al demonio es convencerse de que no existe.

– No digas tonterías. ¿Quieres saber de dónde le venía a Paganini su habilidad sobrehumana?

– ¿No fue Satanás?

– Paganini padecía una extraña enfermedad llamada «síndrome de Marfan». Ni siquiera hoy, con todo lo que ha progresado la medicina, existe una cura posible para esta dolencia. Era capaz de tocar tres octavas sin mover la mano, pero el precio que tuvo que pagar no fue al diablo, sino a su propia salud.

– ¿Síndrome de Marfan? Jamás lo había oído nombrar.

– Claro, porque no es una enfermedad de transmisión sexual, que es de lo único que habláis ahora. También pudo tratarse de una enfermedad similar, e igualmente rara, el síndrome de Ehlers Danlos. Sea como fuere, Paganini tenía los dedos anormalmente largos, las articulaciones patológicamente flexibles y los ligamentos tan elásticos que debía tener una extrema precaución con las luxaciones y las dislocaciones. Dicen que Houdini también padeció el síndrome y que por eso era capaz de librarse de las camisas de fuerza con tanta facilidad.

– Con lo literario y lo hermoso que es el pacto satánico y tenéis que venir siempre los enciclopedistas franceses a echar por tierra la magia y el hechizo.

– Pero ¿qué hechizo? Paganini era un miserable. ¿Sabes que cuando estuvo en Londres practicaba con la sordina puesta? Pero no era para no dar la lata a los vecinos, sino para que nadie que no hubiera pasado por taquilla pudiera disfrutar de su arte.

– ¡Qué ruindad!

– Pues déjame que te cuente lo que le hizo a su asistenta inglesa. La pobre mujer le preguntó en cierta ocasión si era posible asistir a uno de sus conciertos en el King's Theatre. Paganini le envió dos entradas, pero a final de mes, cuando le abonó su salario, la criada se encontró con que Paganini le había deducido de su sueldo el precio de las dos localidades.

– Ahora entiendo por qué quieres desmontar lo de su pacto satánico: porque en cierta forma su relación con el Príncipe de las Tinieblas ¡le dignifica!

– ¡Y tanto! En París se puso a toda la prensa en contra por negarse a dar un concierto benéfico. En Londres también le pusieron a caldo por sacar las entradas a la venta a un precio astronómico. Acabaron colocándole el mote de Signor Paganiente.

– Es curioso, ¿sabías que aquí en España se utiliza coloquialmente lo de «paganini» al revés, para designar al primo que corre con todos los gastos?

– Paganiente no sólo era rácano con el dinero, también con su técnica -prosiguió Lupot, ya completamente entregado a la desacreditación del legendario violinista-. Nunca afinaba su instrumento en público, para que no pudieran copiarle la afinación, porque utilizaba diversos tipos de scordature,y tardó decenios en publicar sus obras, para que nadie, salvo él, pudiera tocarlas.

– ¿Hubo alguien que le quisiera?

– Los alemanes y los austríacos le adoraban.

– Me refiero a si tuvo algún amigo.

– Rossini, porque era como él: jugador, mujeriego y bebedor. Y por supuesto, Antonia Bianchi, la mujer con la que tuvo a su único hijo, Aquiles.

– ¿Es cierto que mató a una de sus amantes?

– Es la única historia sobre Paganini que me parece dudosa, quizá porque para matar a un rival hace falta un valor que no creo que él tuviera. Se dice que paseando un día por el Boulevard des Italiens, en París, Paganini vio una litografía en un escaparate titulada Paganini en prisión. Eso le llevó a coger la pluma y a escribir una carta a su amigo Fetis para desmentir la historia. El rumor que corría por la capital francesa era que el violinista había asesinado o bien a su rival amoroso, o bien a su amante y se había tirado ocho años en la cárcel. Él argumentó para defenderse que llevaba dando conciertos de manera ininterrumpida desde los catorce años y que durante dieciséis había sido director musical de la corte de Lucca. Si hubiera sido verdad que había tenido que cumplir una condena de ocho años por asesinato, los hechos hubiesen tenido que ocurrir forzosamente antes de ser conocido por el gran público. Es decir, que Paganini tendría que haber acabado con la vida de su rival o de su amante ¡cuando tenía seis años!

Lupot notó un extraño silencio al otro lado de la línea y pensó que su interlocutor había colgado, pero al cabo de unos segundos escuchó la voz de Carlos que decía:

– Perdona, Arsène. Acabo de oír ruido abajo. Alguien ha entrado en la casa.

– ¿No serán tus padres, que han regresado del concierto?

– Imposible, la primera sesión en el Auditorio Nacional empieza siempre a las siete y media. Es demasiado pronto.

– Si quieres bajar a ver quién es, yo te espero al teléfono.

– ¿Papá? ¿Mamá? ¿Sois vosotros? -preguntó Carlos, apartando la voz del aparato. Luego, en un tono de voz que hizo que a Lupot se le helara la sangre, exclamó-: Dios mío, papá, ¿por qué me miras así? ¿Qué ha pasado?

– Acaban de asesinar a Ane Larrazábal en el Auditorio Nacional. Eso es lo que ha pasado.

6

Cuando Perdomo oyó que Alfonso Arjona reclamaba la presencia de las fuerzas del orden desde el escenario, lo primero que pensó era que el violín de Larrazábal había sido sustraído. El inspector desconocía por completo si se trataba de un Stradivarius o de un Guarneri, pero estaba al tanto, por razones profesionales -se habían producido varios robos muy sonados en los últimos años- del extraordinario valor que podían alcanzar en el mercado los legendarios violines fabricados en Cremona en los siglos xvii y xviii, que eran los que utilizaban los solistas de primera fila.

– Voy a ver qué ha ocurrido, y como no quiero dejarte aquí solo, vas a venir conmigo -le dijo a Gregorio-. Pero no hagas ni digas nada sin mi permiso, ¿entendido?

– Puedes confiar en mí, papá -respondió el chico, en cuyos ojos era evidente la excitación que le producía acompañar a su padre en la investigación del misterio que se acababa de plantear.

Perdomo cogió de la mano a su hijo y, caminando a contra corriente -puesto que el público, malhumorado por la falta de información, estaba abandonando la sala en la dirección contraria-, se dirigió hasta el escenario, situado a más de metro y medio del suelo. Vio que se podía acceder por cualquiera de los dos tramos de escalera que había a los lados y eligió el de la izquierda. Luego, empujando una de las puertas laterales que comunicaban con los camerinos, se lanzó a averiguar qué había ocurrido.

La Sala Sinfónica del Auditorio disponía de dos camerinos para directores de orquesta, cuatro para solistas y dos vestuarios, masculino y femenino, para los miembros de la orquesta. El largo y amplio pasillo por el que se accedía a estas estancias estaba decorado con fotografías -la mayoría en blanco y negro- de grandes artistas que habían actuado allí desde la inauguración del centro, en octubre de 1988. Aunque la mayoría de los rostros eran muy populares, Perdomo sólo logró reconocer al del tenor Alfredo Kraus.

El pasillo era un hervidero de músicos que iban y venían en todas direcciones, la mayoría hablando con sus teléfonos móviles. Perdomo no tardó en enterarse, a través de retazos sueltos de conversación, de la verdadera razón por la que el concierto había sido suspendido: Ane Larrazábal acababa de ser asesinada hacía pocos minutos, entre aquellas mismas paredes. El policía sacó su placa y la mostró a la primera persona que se le cruzó en ese momento, que resultó ser una de las trombonistas de la orquesta, Elena Calderón. Era una mujer alta y atlética, con el cabello muy negro y muy corto, peinado con flequillo. Tenía una mirada luminosa que a Perdomo le recordó inmediatamente a la Liza Minnelli de los mejores tiempos.

Una Liza de casi un metro setenta y cinco de altura.

– Soy inspector de policía -informó a la chica-. Tengo entendido que ha habido un homicidio. ¿Puede conducirme hasta el lugar donde está la víctima?

La mujer estudió la placa de identificación, luego se quedó mirando a Gregorio, que estaba ligeramente rezagado respecto a su padre, y preguntó:

– ¿Quién es el niño?

– Es mi hijo. Habíamos venido juntos al concierto.

– El cuerpo ha aparecido en la Sala del Coro, si quiere puedo llevarle hasta allí, pero el niño…

– El niño se quedará aquí, como es natural -puntualizó Perdomo, algo molesto por el hecho de que alguien pudiera creerle capaz de llevar a un menor de edad hasta la escena de un crimen-. ¿Hay algún camerino donde pueda esperarme?

– A mí no me importaría quedarme con él, pero entonces no puedo llevarle hasta el cuerpo.

La trombonista levantó la vista y divisó, entre el maremágnum de músicos que pululaban por el pasillo, a un colega que pareció inspirarle especial confianza.

– Georgy, hijo, llevo media hora buscándote, ¿de dónde vienes con la tuba en brazos? Suelta ya ese muerto y lleva a este crío… ¿Cómo te llamas, por cierto?

– Gregorio -respondió el niño.

– Ah, entonces parecido a yo -comentó el ruso con marcado acento y gramática eslava.

Era un tipo corpulento, de pelo lacio y media melena, con bigote y una poblada sotabarba que se curvaba al final como el extremo de una babucha. Resultaba evidente que aquel gigantón desconocido intimidaba al niño, porque éste no se mostró al principio dispuesto a quedarse con él. Reclamando la atención de su padre por el procedimiento de tirarle de la manga, le dijo en voz baja:

– ¿No puedo ir contigo?

Perdomo adoptó el semblante más grave del que fue capaz, y mirando fijamente a los ojos de su hijo, dijo:

– Ni lo sueñes. ¿Me oyes? Esto no es ningún juego.

– Papá, por favor, te juro que me voy a portar bien.

– No intentes negociar conmigo, Gregorio, he dicho que no puedes venir y punto.

– Georgy se puede quedar con él. No hace falta decir que es el tuba de la orquesta, ¿verdad? Georgy Roskopf.

– Ven con mí, Gregorio -indicó el tuba al niño, desplegando una mueca que intentaba ser una sonrisa-. A ver si sabes quién es éste -añadió, señalando una de las fotografías del pasillo.

– Yehudi Menuhin -respondió Gregorio inmediatamente.

– Muy bien, eres uno a cero para ti. ¿Y este otro?

Perdomo vio que el tuba, que sostenía su pesado instrumento con una sola mano como si se tratara de una trompeta, tenía habilidad con el niño y se despreocupó inmediatamente de él:

– Lléveme hasta el cuerpo -rogó a la trombonista, en cuanto Gregorio y el músico se alejaron un poco, entregados al juego de reconocer a qué celebridad correspondía cada fotografía.

– Venga por aquí, es en otra zona del Auditorio -respondió la mujer. Y ambos se pusieron en marcha hasta el lugar donde se había encontrado el cadáver de Ane Larrazábal.

Durante el breve trayecto, Elena Calderón aprovechó para presentarse y fue explicando al policía qué era la Sala del Coro:

– El Auditorio tiene, además de las Sala Sinfónica y la de Cámara, una especie de sala alternativa para pequeños conjuntos, ensayos, conferencias y proyecciones. Es pequeña, como para doscientas personas, y hoy no se estaba utilizando.

– ¿Han llamado ustedes a la policía? -preguntó Perdomo.

– Sí, claro, en cuanto descubrimos el cuerpo.

– Entonces no tardarán en llegar; pero ya que me encuentro aquí, y aunque no estoy de servicio, es mejor que eche un vistazo. Espero que no hayan tocado nada.

– No lo sé; yo ni siquiera he entrado en la sala, no he visto el cadáver. Creo que fue el maestro Agostini quien descubrió el cuerpo.

Perdomo y la trombonista llegaron por fin hasta la puerta de la Sala del Coro y el policía vio que ésta estaba cerrada.

Sentado en el suelo, junto a la entrada y vestido de frac, se hallaba el primer chelo de la orquesta, Andrea Rescaglio. Tenía la cabeza entre las manos y lloraba amargamente, por lo que ni siquiera vio llegar al policía. A su lado, de pie, estaban el maestro Agostini, que parecía haber envejecido diez años de golpe, y otro individuo, que debía de rondar los cuarenta y cinco años, de ojos pequeños y labios muy finos, con americana y camisa negra, que resultó ser el director titular de la Orquesta Nacional de España, Joan Lledó. Tenía barriguita y un rictus crónico de desdén en la boca que a Perdomo le provocó una desconfianza inmediata.

– Andrea -dijo Elena Calderón inclinándose un poco para tocar al chelista en el hombro-, está aquí la policía.

Rescaglio se sobresaltó, como si le acabaran de despertar de un mal sueño. Levantó la cabeza y cuando vio a Perdomo se incorporó inmediatamente. Mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo que sostenía en la mano izquierda, estrechó la derecha de Perdomo sin decir palabra.

El policía volvió a mostrar la placa mientras la trombonista le presentaba a los dos directores.

– ¡Pues sí que se han dado prisa! -exclamó Lledó-. No hará ni tres minutos que hemos telefoneado para denunciar el crimen.

– Es que yo ya estaba en el patio de butacas, viendo el concierto -le explicó cortésmente Perdomo-. ¿Hay alguien dentro? -preguntó luego el policía, señalando la puerta.

– Sólo el cadáver.

– ¿Quién lo encontró?

– Yo -afirmó Agostini, dando un paso al frente-. Me había alejado de la zona de camerinos porque me apetecía fumarme un purito sin molestar a nadie y tras dar bastantes vueltas me di cuenta de que me había perdido. Abrí varias puertas, para ver si alguna me conducía otra vez hasta los camerinos y de repente aparecí sin querer en esta sala y vi el cuerpo sobre el piano.

– ¿Ha tocado algo?

– Sólo la puerta. Estaba cerrada cuando llegué y la volví a cerrar tras de mí cuando salí de la sala para pedir ayuda.

– ¿Es usted la única persona que ha entrado ahí desde que descubrió el cuerpo?

– Sí, que yo sepa -contestó el director.

– Cuénteme qué hizo exactamente cuando penetró en el interior de la sala y se encontró con el cadáver.

– Abrí la puerta y, como la luz estaba encendida, vi el cuerpo en el acto, tendido sobre el piano. Me acerqué y comprobé que no respiraba.

– ¿Tocó el cuerpo? -interrumpió nervioso el policía.

– No señor, pero era evidente que no respiraba: el pecho no se movía. Me di cuenta enseguida de que la habían asesinado.

– ¿Cómo sabe que ha sido asesinada? -inquirió el policía-. Puede haber muerto de forma accidental.

– Cuando entre y vea el cuerpo, lo sabrá -dijo el veterano director con un hilo de voz.

Perdomo abrió la puerta de la sala, que estaba en un lateral de la misma, y accedió al interior.

Nada más entrar, a su izquierda, vio seis hileras de sillas montadas sobre una grada, reservadas a los cantantes. En el extremo opuesto estaban las butacas para el público, y en el centro, sobre una gran tarima de madera, había un piano de cola, con la tapa bajada; junto a él, una plataforma más pequeña con un atril y una silla alta para el director del coro.

Ane Larrazábal yacía inerte sobre su espalda encima del piano, con los brazos en cruz, y con los pies en dirección al teclado.

Había perdido uno de los zapatos, que yacía junto a una de las patas de la banqueta del piano. La cara, como suele ser habitual en los estrangulados, tenía un color azulado y los ojos, abiertos de par en par, se hallaban medio salidos de sus órbitas, lo que confería al rostro de la violinista una expresión pavorosa. Los labios estaban enrojecidos y apergaminados y en el inferior, próxima a la comisura labial, podía observarse una excoriación, en la que se marcaba la impronta de dos piezas dentales.

En el pecho, del cual era visible una buena porción, gracias al amplio escote del vestido, le habían dibujado con sangre la siguiente inscripción en caracteres árabes:

A pesar de que era evidente que Larrazábal no podía ser ya reanimada, el inspector quiso cerciorarse de que la violinista estaba muerta. Como no disponía de guantes de látex y no deseaba tocar el cuerpo, sacó el programa del concierto que aún tenía en el bolsillo de la americana e hizo un cilindro con él. Colocó un extremo en el pecho de la víctima y auscultó el corazón desde el otro lado, comprobando que, efectivamente, éste había dejado de latir. Tras comprobar que estaba muerta, Perdomo extrajo un bolígrafo del bolsillo interior de su chaqueta y lo utilizó para examinar la mano derecha de la víctima, en cuyo dedo pulgar el asesino había hecho un profundo corte, al objeto de obtener la sangre que había empleado como tinta.

La trombonista y los dos directores de orquesta habían acompañado al inspector hasta el borde mismo del piano y observaban ahora cada movimiento del policía en medio de un silencio reverente, como si fueran alumnos de primero de medicina asistiendo a una clase de anatomía. Perdomo se dio cuenta de que Elena Calderón se había llevado la mano a la boca y la mantenía en esa posición, tratando de reprimir el horror que le estaba causando aquella estremecedora visión. Rescaglio, en cambio, permanecía fuera, en el pasillo, cosa que Perdomo entendió perfectamente cuando le informaron de que era el novio de la víctima.

Además de sangre, en la mano derecha había restos de una sustancia rojiza que Perdomo identificó en el acto como polvo de resina. Gregorio le había contado en innumerables ocasiones que el arco de todo violinista debe estar siempre impregnado de este material para que las cerdas no resbalen contra las cuerdas sin producir sonido alguno.

Perdomo reparó en que en la sala no había ni rastro del valiosísimo violín de Larrazábal, y al comentar este hecho con los presentes, Elena Calderón, que estaba deseando alejarse cuanto antes de la escena del crimen, manifestó:

– Debe de estar en su camerino. ¿Quiere que vaya a comprobarlo?

– Sí, por favor -contestó Perdomo-. Y asegúrese también de que mi hijo Gregorio está bajo control.

Mientras la trombonista se alejaba, Perdomo se agachó para examinar de cerca el cuello de la víctima y permaneció en esa posición durante cerca de medio minuto. Luego se incorporó y comento con los directores:

– No hay ningún surco en el cuello, eso ya nos dice algo del modus operandi del asesino.

– ¿Surco? -preguntó Lledó extrañado.

– En los estrangulamientos con cuerda o lazo constrictor, siempre se aprecia un surco alrededor del cuello, pero aquí sólo he podido localizar un hematoma, en la parte lateral izquierda.

– O sea, que la estrangularon con las manos.

– El forense nos lo podrá decir mejor cuando haga la autopsia -le explicó Perdomo-, pero como no hay marcas de delito en cuello, ni huellas de uñas, más bien me inclino a pensar que la estrangularon con el antebrazo.

– ¿Y lo que le han dejado escrito en el pecho?, ¿sabe lo que significa? -preguntó el maestro Agostini.

– Hace un par de años le hubiera tenido que decir que no. Pero como cada vez hay más delitos cometidos por islamistas fanáticos en nuestro país, algunos agentes del Grupo de Homicidios estamos más que familiarizados con el Corán.

– Pues díganos de una vez lo que hay ahí escrito -exclamó Lledó impaciente.

– Es un nombre propio: Iblis, una de las denominaciones que los musulmanes dan al diablo.

Agostini recordó inmediatamente la inquietante conversación que había mantenido antes del concierto con Ane Larrazábal y se la resumió al inspector.

– Existen multitud de nombres para el demonio -dijo-. Baal, que es la talla que vio usted en el violín, es de origen cananeo. Los griegos utilizaron la palabra diabolos,de donde viene «diablo», los árabes emplean iblis a partir del vocablo balasa,«el desesperado». Según el Corán, cuando Alá creó a Adán, ordenó a todos los ángeles que se postrasen ante su nueva criatura. Iblis se negó, porque al estar hecho de fuego y no de arcilla, como el hombre, se creía superior a él. Entonces Alá lo expulsó de su lado, y por eso Iblis es el Desesperado, porque está alejado de Dios, y culpa al hombre de su desgracia.

– Ignoraba que el diablo de los musulmanes fuera tan similar al nuestro -dijo Agostini.

– Similar, usted lo ha dicho. Pero no igual. Iblis no es un ángel, como Lucifer, sino un yinn,un genio maligno, hecho de fuego. Y no se está consumiendo en el infierno, como nuestro Satanás, porque Alá le ha puesto a prueba y ha permitido que circule libremente entre los hombres. Iblis aprovecha la magnanimidad de Alá para tentar a los hombres con ideas pecaminosas y fantasmagóricas quimeras. Aunque los musulmanes están convencidos de que al final acabará en el infierno, claro.

– ¿Cree que el crimen puede tener conexión con el fundamentalismo islámico? -preguntó horrorizado Agostini.

– Es aún muy pronto para emitir juicio alguno -dijo el policía.

– Pero ¿no es posible que este asesinato sea el comienzo de un cambio de estrategia? -insistió el italiano-. Hasta ahora, los terroristas islámicos han buscado matar a la mayor cantidad de gente posible. Pero como las medidas de seguridad internacionales les ponen las cosas cada vez más difíciles, quizá ahora estén tratando de llamar la atención mediante el asesinato selectivo. Ane Larrazábal es famosa en todo el mundo: de su muerte se van a hacer eco los diarios y las televisiones de todos los países.

– Le aseguro que en cuanto lleguen mis colegas del Grupo de Homicidios comentaré con ellos esta posibilidad -respondió el inspector.

– El violín siempre ha estado ligado al demonio -señaló de repente Lledó, que llevaba un buen rato en silencio-. Ya los antiguos griegos creían que cada divinidad estaba asociada a un instrumento. Los aulos, por ejemplo, que eran las flautas primitivas, estaban asociadas a Dionisio (Baco en la mitología latina) y por eso Aristóteles dijo que eran inmorales, porque eran demasiado excitantes. La lira y la cítara estaban ligadas a Apolo, el dios del sol, por eso se creía que tenían propiedades curativas.

– ¿Y el violín?

– El violín, inspector, no se inventó hasta el siglo xvi. Pero se origina a partir de un instrumento de cuerda frotada mucho más antiguo que inventaron los árabes, llamado rabalo,antepasado de nuestro rabel.

– Parece saberlo todo acerca del instrumento -dijo Perdomo con genuina admiración.

– Aunque soy director de orquesta, tengo la carrera de violín -le aclaró Lledó sacando pecho delante de su colega-. En el siglo xvi, los campesinos empezaron a servirse del violín para sus bailes, que los agentes de la Contrarreforma consideraban inmorales y obscenos; de ahí que se lo vincule con el diablo. Y ya mucho antes de Paganini empezaron a circular inquietantes historias sobre los extraños poderes de algunos violinistas.

– ¿Por ejemplo?

– Thomas Baltzar, un virtuoso alemán del siglo xvii. Se cuenta que, después de una exhibición particularmente vistosa con su instrumento, un profesor de música que se hallaba entre el público se agachó para tocarle los pies y cerciorarse de que no tenía pezuñas de carnero, como el Maligno, pues le resultaba imposible aceptar que un ser humano fuera capaz de extraer tales sonidos del instrumento.

El maestro Agostini se sintió en ese momento en la obligación de aportar algún dato al inspector y citó algunas leyendas sobre su compatriota Giuseppe Tartini:

– Fue un violinista del siglo xviii que tiene una sonata llamada El trino del diablo. La obra es tan endemoniadamente difícil que algunos sugieren que la única razón por la que Tartini podía tocarla era porque tenía seis dedos en la mano izquierda.

Fueron interrumpidos en ese momento por los agentes del Grupo de Homicidios de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta), una brigada de élite de la Policía Judicial que se ocupaba de resolver los casos más complicados o aquellos que se presuponía que podían tener mayor relevancia social. Los detectives, que habían llegado prácticamente al mismo tiempo que el coche zeta de la Policía Nacional, estaban dirigidos por el inspector Manuel Salvador, que acababa de desembarcar en Homicidios, proveniente de la Brigada de Estupefacientes, y que ya había tenido algún roce con Perdomo, a causa de su estilo un tanto chulesco y de sus modales prepotentes.

Sus hombres empezaron a establecer inmediatamente un cordón policial en la zona y avisaron a la comisión judicial formada por el juez instructor, el secretario judicial y el médico forense. Salvador, que llevaba, como era habitual en él, la chaqueta colgada sobre los hombros, se acercó a Perdomo y, actuando como si los dos directores de orquesta no estuvieran presentes, le dijo:

– ¿Qué pinta esta gente aquí?

Perdomo le explicó quiénes eran los músicos y cómo su presencia en el concierto le había permitido a él llegar antes que nadie a la escena del crimen, a lo que su colega respondió:

– ¿Cómo coño permites que haya personas contaminando la escena del crimen? ¡En un caso que ni siquiera es tuyo!

– Nadie ha tocado nada, puedo asegurártelo -le aclaró Perdomo.

El inspector Salvador se dignó mirar por vez primera a los dos directores, y en un tono de voz seco y cortante, manifestó:

– Señores, debo pedirles que se marchen de aquí en el acto. Subinspector, acompáñeles fuera de la sala y tómeles los datos por si yo o Su Señoría necesitáramos hablar con ellos más tarde.

Luego, volviéndose hacia su colega de Homicidios, dijo:

– Yo estoy a cargo de la investigación, Perdomo, así que, si no tienes nada más que decirme, ¿por qué no coges la puerta, te marchas con la música a otra parte y me dejas trabajar?

Perdomo decidió no dejarse provocar por el tono zahiriente de su compañero y comenzó a caminar hacia la salida. Pero antes de abandonar la sala, se volvió hacia Salvador y le preguntó:

– ¿No quieres saber qué significa el nombre que le han escrito en el pecho?

Salvador, que a diferencia de Perdomo no estaba familiarizado con la cultura árabe, se descolgó la chaqueta de los hombros para buscar algo en uno de los bolsillos, extrajo un paquete de chicles de menta, se metió uno en la boca y lo masticó un par de veces antes de responderle:

– Sé lo que significa, Perdomo: la puta madre que parió a los moros, ¿no?

7

Cuando el inspector Perdomo llegó hasta la zona de los camerinos, se encontró con que el de Ane Larrazábal ya había sido precintado y un agente de uniforme custodiaba la puerta para que nadie pudiera acceder al interior. En uno de los otros tres camerinos reservados para los solistas, Perdomo encontró a Georgy Roskopf, el tuba, a Elena Calderón, la trombonista, y a su hijo Gregorio, que estaba llorando.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó su padre mientras dirigía una mirada inquisitiva al ruso, del que pensaba que podía ser el responsable del llanto del muchacho.

El niño intentó responder a su padre, pero su llanto era tan inconsolable que no le salían las palabras. Elena le abrazó y respondió por él:

– Se ha enterado de que Ane ha muerto y está desolado.

– Entiendo -respondió Perdomo, que empezó a sentirse inmediatamente culpable por haber llevado a su hijo al concierto y por haberle implicado en aquella primerísima fase de la investigación.

– Lo mejor -sugirió Elena- es que nos marchemos de aquí cuanto antes. Esto está lleno de policías y Gregorio está muy afectado.

– Gregorio, ven aquí -le dijo con dulzura el inspector.

Su hijo, que tenía los ojos enrojecidos y ahora era víctima de un ataque de hipo, miró a su padre pero no se movió de donde estaba, como si le costara demasiado todavía abandonar el abrazo maternal de la trombonista.

– Lo que ha ocurrido, Gregorio, es terrible. Pero quien quiera que lo haya hecho, lo va a pagar, ¿me oyes? Un amigo mío -mintió el policía-, el inspector Salvador, está a cargo de la investigación y es uno de los mejores investigadores del Cuerpo Superior de Policía.

A Perdomo no le costaba reconocer que su colega, pese a tener un carácter difícil, era un policía competente, que se había apuntado varios tantos durante los años que había permanecido en Estupefacientes.

El niño preguntó:

– ¿Por qué, papá? ¿Por qué la han matado?

– Eso es lo que vamos a averiguar, tienes mi palabra.

Perdomo se acordó del violín y de que Elena había ido a indagar sobre él:

– Sólo estaba la funda y el arco -le informó la trombonista-. El violín ha desaparecido.

– Es lo que me imaginaba. ¿Alguno de ustedes sabe qué instrumento tocaba Larrazábal?

– Stradivarius -dijo Roskopf, acompañándose con un gesto con la mano que significaba «mucho dinero».

– No habrán tocado la caja del violín con las manos, ¿verdad?

– El estuche estaba abierto -dijo Elena, así que no tuve necesidad de tocar nada. Sólo pude echar un vistazo fugaz porque en ese momento llegó la policía y me sacaron al pasillo. Pero el camerino parecía un cuadro de Matisse.

– ¿Matisse? -preguntó Perdomo.

– Interior con caja de violín -respondió Elena-. Colecciono reproducciones de cuadros en los que aparecen instrumentos o referencias musicales y me he acordado de uno de Matisse, creo que está en el MOMA de Nueva York, en el que se ve una habitación desierta con una caja de violín vacía, abierta de par en par, reposando sobre una butaca que hay a la izquierda.

Un policía de uniforme se acercó a ellos y les anunció:

– Esta zona está dentro del cordón de seguridad. Voy a tener que pedirles que se marchen.

– No se preocupe, agente -dijo Perdomo-. Ya nos vamos. -Luego, volviéndose hacia Elena, preguntó-: ¿Hay algún lugar por aquí en el que podamos hablar un momento, antes de volver a casa?

Elena citó un par de cafeterías y después dijo:

– Pero deme un minuto, que tengo que ir a buscar el trombón. Ya verás qué pedazo de caja, Gregorio -le dijo al niño. Y luego, al tuba-: Georgy, ¿nos acompañas?

El ruso asintió y se marchó también en busca del estuche de su instrumento, aún más voluminoso que el de su colega.

Cuando los cuatro intentaron salir por fin a la plaza frente a la puerta del Auditorio, se encontraron con un par de agentes de uniforme que les cortaron el paso. Perdomo mostró la placa identificativa al policía, pensando que en cuanto la viera éste se haría a un lado de inmediato. En lugar de eso, el agente dijo:

– Lo siento, inspector, pero se ha producido el robo de un instrumento valiosísimo y tenemos órdenes de registrar a todo el mundo.

Perdomo levantó los brazos con expresión guasona para dejarse cachear, pero el policía hizo caso omiso de él.

– ¿Pueden abrir los estuches de sus instrumentos, por favor?

Tanto la trombonista como el tuba dejaron las fundas en el suelo y se pusieron en cuclillas para liberar los cierres de las fundas, que empezaron a cantar como si fueran grillos mecánicos: ¡click, click, click!

Al abrir las tapas de los estuches, los policías quedaron deslumbrados con el reflejo dorado de los instrumentos, refulgiendo como la armadura de un coracero a pleno sol.

– El violín no está aquí -señaló con cierta irritación Elena Calderón-. ¿Podemos marcharnos ya?

Los dos funcionarios les miraban impasibles. Parecían androides programados únicamente para el registro.

– Saquen los instrumentos -ordenó uno de ellos.

– Esto es ridículo -protestó el tuba.

Pero su queja no sirvió de nada, porque los dos músicos se vieron obligados a obedecer y los policías comenzaron a fisgar en todos y cada uno de los compartimientos, golpeando con los nudillos las paredes de los estuches para asegurarse de que no había dobles fondos. Una vez que se quedaron satisfechos, el policía que llevaba la voz cantante le dijo al ruso, que aún no había guardado la tuba:

– Menudo armatoste. ¿Hay que soplar mucho para sacarle algún sonido?

– Hazles una demostración, Georgy -dijo Elena.

Pero el ruso se limitó a emitir un gruñido de oso y a devolver la gigantesca tuba a su funda.

– Pueden continuar -dijeron los policías-. Y perdonen las molestias; sólo cumplimos con lo que nos han ordenado.

Los cuatro procuraron alejarse a buen paso de los agentes, como si temieran que les pudieran seguir importunando con nuevos controles, y se dieron cuenta de que había caído un copioso aguacero: resultaba delicioso llenarse los pulmones con el aire cargado de ozono que había traído la lluvia.

Perdomo se volvió para echar un último vistazo al lugar del crimen y vio que en el primer piso de la fachada norte del Auditorio había unos amplios ventanales protegidos con unos visillos de color blanco. Uno de ellos estaba descorrido y dejaba ver la figura un poco rechoncha de Joan Lledó, que les estaba observando impasible mientras se alejaban del edificio.

8

Mientras tanto, en París…

Tras enterarse por su amigo, el luthier Roberto Clemente, de que alguien acababa de poner fin a la vida de Ane Larrazábal, Arsène Lupot decidió encender el televisor para ver si la noticia había saltado ya a los medios de comunicación; no escuchó aún ninguna referencia en los informativos.

Se sirvió una copa de Armagnac, encendió uno de los Cohiba mini que solía fumarse a la caída de la tarde y, tras reflexionar durante unos minutos sobre la noticia que le acababan de dar sus amigos españoles, decidió volver a telefonearles. Esta vez respondió el propio Roberto:

– Hola, Arsène. Acabo de decirle a Natalia que al final no nos has contado para qué habías telefoneado.

– Es posible que dentro de unos días vaya a Madrid y quería saber…

– ¿Si puedes alojarte en casa? -interrumpió Clemente-. No tienes ni que preguntarlo, Arsène, ya sabes que aquí siempre hay sitio. ¿Cuándo llegas?

– Aún no lo sé. Mañana quiero hablar con el Círculo de Bellas Artes; me han pedido una charla y desconozco con cuanta anticipación trabajan. ¿Han dicho algo en la radio de Larrazábal?

– Sí -dijo Clemente-. En Radio Nacional, que estaba retransmitiendo el concierto, acaban de decir que ha fallecido.

– ¿Pero no han dicho de qué manera?

– No.

– ¿Cómo sabéis Natalia y tú que no ha sido un accidente y que ha sido asesinada?

– Tras el intermedio, han desalojado a todo el público y al salir nos hemos encontrado con un viola de la orquesta cliente nuestro, que ha oído en el vestuario de los músicos que la habían estrangulado.

– ¡Estrangulada! ¡Dios mío! Sólo tenía veintiséis años.

– ¿Habías tenido mucho trato con ella?

– En realidad, no. Larrazábal era una de mis clientes más recientes aunque, como le encantaba practicar su francés, en las dos ocasiones en que vino a La Muse estuvimos largo rato charlando. La primera vez que me trajo el violín fue hace un año y medio, para que le hiciera una revisión general. Le reajusté las clavijas, que estaban demasiado rígidas, rectifiqué la posición del alma y le limpié el violín por dentro. La segunda vez fue, como sabes, para tallarle la voluta en forma de diablo.

– Arsène, si se demuestra, como me temo, que la han asesinado por culpa de ese violín…

– ¿Han dicho algo del instrumento?

– Todavía no, pero ¿te cabe alguna duda de que lo han robado?

– La verdad es que no.

– ¿No crees que deberías ponerte en contacto con la policía y contarles de dónde viene ese instrumento?

Arsène Lupot dio una larga calada a su Cohiba antes de responder y luego dijo:

– Es una historia de hace sesenta años, Roberto. Y además se trata sólo de una conjetura.

– Pero ¿y si tiene algo que ver con lo de esta noche?

– No creo ni que la policía quiera escucharme. Estarán muy ocupados, y yo sólo soy un pobre viejo que se dedica a construir unos instrumentos que ya ni siquiera están de moda.

El español acababa de hacer referencia a una conversación que había mantenido con Lupot al día siguiente de que Larrazábal fuera a verle por vez primera, hacía dieciocho meses. El francés le había expresado su convencimiento de que el Stradivarius de Larrazábal era en realidad el mismo instrumento que había pertenecido a la legendaria violinista francesa Ginette Neveu, fallecida en accidente aéreo cuando contaba sólo treinta años de edad.

Neveu estuvo considerada en su día como una de las más grandes intérpretes de su tiempo. Sus partidarios no se cansaban de recordar que en 1934, cuando tenía quince años, había ganado el Concurso Internacional Henryk Wieniawski, en el que participaban 180 violinistas, incluido el ruso David Oistrakh, que quedó en segundo lugar. Dado que Oistrakh había pasado a la historia como uno de los tres violinistas más grandes, era fácil imaginar, incluso para los no entendidos, el inconmensurable talento que debía de atesorar la francesa para haber podido derrotar al ruso.

La Neveu tenía un sonido inconfundible, cristalino y al mismo tiempo vigoroso, con el que hechizó a los auditorios de medio mundo hasta que, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que suspender temporalmente las giras para concentrarse en las grabaciones de discos. El 20 de octubre de 1949, tras algún tiempo refugiada en Sudamérica, había decidido reanudar su carrera de concertista internacional con un recital en la parisina Sala Pleyel; un recital de nombre premonitorio: Concierto de los adioses. Ocho días después se embarcó en el aeropuerto de Orly en un vuelo transoceánico que debía llevarla hasta Nueva York.

En el avión, un Lockheed Constellation de Air France, viajaban 48 personas, entre pasaje y tripulación. Uno de los pasajeros era Jean Paul Neveu, hermano de Ginette y pianista de talento que solía acompañarla en los recitales. También se encontraba a bordo Marcel Cerdan, ex campeón del mundo de los pesos medios, que viajaba a Estados Unidos para tratar de recuperar un título que acababa de arrebatarle Jake LaMotta. Cerdan se había hecho famoso en aquella época por estar manteniendo, a pesar de estar casado y con tres hijos, un sonado romance con la cantante Edith Piaf. El avión había despegado de París a las 20.05 del 27 de octubre de 1949. Estaba previsto que realizara una pequeña escala técnica en las islas Azores. A la 01.41 de la madrugada, el Constellation comunicó a la torre de control de Vila do Porto, en la isla de Santa María, que la hora estimada de llegada eran las 02.45. En una comunicación posterior, esta hora fue modificada a las 02.55. A las 02.51 el avión informó a la torre que se encontraba a tres mil pies de altura y que había establecido contacto visual con la pista de aterrizaje. Tras recibir las pertinentes instrucciones para tomar tierra, no se volvió a saber nada del aparato.

Minutos más tarde, llegó la noticia de que el Constellation se había estrellado contra el monte Redondo, un pico de novecientos metros de altura situado en isla de San Miguel, otra de las Azores.

El accidente fue atribuido a un error humano y no hubo supervivientes.

En su día, la muerte de Cerdan -en pleno romance con Edith Piaf y a punto de recuperar el título de campeón del mundo- fue la que acaparó el interés del público y las principales portadas de los periódicos, pero lo cierto es que Ginette Neveu ya se había convertido, en el momento de su fallecimiento, y con sólo treinta años, en una de las intérpretes más importantes del siglo xx.

Pronto empezó a extenderse el rumor de que, cuando fueron hallados sus restos, la violinista aún estaba abrazada a su valioso Stradivarius, pero lo cierto es que el instrumento no fue hallado jamás.

Lupot sabía por qué el famoso violín había desaparecido del lugar del accidente, ya que había escuchado la historia de labios del mismísimo luthier de Neveu, Étienne Bernardel.

Bernardel, que vivía aún y gozaba de excelente salud, era, en realidad, bastante más que un luthier:se trataba de una figura de importancia capital en la historia de la fabricación de instrumentos, no sólo en Francia, sino en el mundo entero. Los más renombrados solistas confiaban en él, desde Anne Sophie Mutter hasta Yo-Yo Ma; ya anteriormente, Pablo Casals o Yehudi Menuhin le habían elegido también para que se ocupara de sus valiosísimas herramientas de trabajo.

Lupot solía visitarle con cierta frecuencia en su taller de la rue Portalis, donde había comenzado su padre. Nacido en 1925 en Mirencourt, «la ciudad de los violines», como solían llamarla los franceses, Bernardel estaba ya demasiado mayor para abordar trabajos de precisión, pero acudía al taller con regularidad para coordinar a un equipo de cuatro expertos, que era el que sacaba los encargos adelante.

Oír al veterano luthier relatar historias de violines y violinistas era como escuchar al venerable Homero recitar las peripecias de la guerra de Troya. «En mi pueblo, Mirencourt -solía decir Bernardel-, había seis mil habitantes, de los cuales, mil eran luthiers

Bernardel estaba convencido de que cualquier violín, por muy bueno que fuera, se tenía que adaptar a la personalidad del intérprete, y por eso, antes de manipular cualquier instrumento, iba a la sala de conciertos para escuchar a su cliente en diercto. Si eso no era posible, pedía al violinista que tocara en su taller, para establecer qué ajustes se adecuarían mejor a su manera particular de tocar.

Una de las historias más repetidas por Bernardel era la referente al violín de Ginette Neveu. Por expreso deseo de la concertista, el luthier le había construido, al parecer, en los años treinta, el mejor y más seguro estuche de violín de la época, por el que había facturado más de trece mil dólares de los de entonces. El exterior estaba revestido de material ignífugo y la caja podía soportar una presión de cientos de kilos de fuerza. El interior, forrado de seda italiana aterciopelada, era tan lujoso como la suite francesa del hotel Four Seasons-Georges V de París e incluía dos termómetros diferentes, uno con la escala Celsius y otro con la Farenheit, además de higrómetro, humidificador, e iluminación individual para cada uno de los compartimientos. Como al examinar los restos del avión en que Neveu había perdido la vida no fue posible hallar ni siquiera el estuche del violín, Bernardel estaba persuadido de que éste había sido sustraído durante las tareas de rescate.

Pero esto no era todo. Hacía unos meses, Bernardel había contado a Lupot algo todavía más sorprendente: durante un concierto de Ane Larrazábal, retransmitido por televisión desde la Sala Gaveau en París, una de las cámaras había ofrecido un plano detalle de la cabeza del Stradivarius y Bernardel había reconocido -o creído reconocer- el violín.

– Yo conocía ese instrumento mejor que nadie, y supe en cuanto lo vi que era el de Neveu -sentenció el viejo artesano.

Lupot escuchó el relato con interés, pero le pareció probable que Bernardel hubiera inventado, o redondeado al menos, para hacerla más atractiva, parte de la historia. El venerable anciano había conocido días de gloria en otros tiempos hasta el punto de llegar a ser el luthier más importante del mundo, y quizá buscaba ahora una forma de volver a ser el centro de atención, inventando anécdotas de difícil confirmación. O tal vez no era la vanidad lo que le había llevado a construir esa historia, sino que, dada su avanzada edad, estaba siendo víctima de alguna variedad de demencia senil que le llevaba a relatar hechos inciertos, salidos de su gran imaginación.

Pero ¿y si la historia de Bernardel no era inventada y el Stradivarius de Larrazábal era en verdad el de Neveu? ¿Y si otra persona, que se considerase el legítimo heredero del violín, hubiera visto también la retransmisión del concierto en la Sala Gaveau, hubiera reconocido el instrumento y se hubiese decidido a recuperarlo a cualquier precio?

Si el Stradivarius de Larrazábal era en verdad el de Neveu, tenía más sentido que la española hubiera querido cambiarle la voluta, para que fuera más difícil reconocerlo. Sin ser consciente de ello -pensó Lupot- él habría actuado como uno de esos cirujanos plásticos de dudosa reputación que se dedican a cambiar el aspecto físico de los delincuentes más buscados por la policía. Lupot recordó que, cuando Ane fue a verle para que le tallara la cabeza del diablo, le explicó que su propósito era doble: por un lado, quería alimentar -como en su día lo había hecho su admirado Paganini- la leyenda de que su electrizante manera de tocar obedecía a un pacto sobrenatural; y por otro, quería infundir -y así se lo confesó sin ambages en su atelier- una especie de pánico cerval en sus rivales, pues consideraba legítimo cualquier ardid que le permitiera sobrevivir en un mundo tan extraordinariamente competitivo como el de la sala de conciertos. Larrazábal le dijo textualmente, cuando acudió a su taller, que dado que no podía salir al escenario con pintura de guerra en la cara, como si fuera un luchador maorí, quería que aquella terrible cabeza cumpliera la función de amedrentar a sus adversarias, empezando, como es lógico, por la más temible de todas ellas, la japonesa Suntori Goto.

– ¿Sigues ahí? -le preguntó Roberto, que no sabía a qué se debía el prolongado silencio que mantenía Lupot al otro lado de la línea.

– Sí, me he quedado pensando en tu idea de acudir a la policía. No lo descarto, pero prefiero decidirlo cuando llegue a España, tomando con vosotros un buen vaso de Ribera del Duero.

– Me parece buena idea. Primero hay que ver cómo evoluciona la investigación. Igual agarran mañana mismo al culpable y resulta que tiene el violín en el maletero del coche.

– ¿Sabes una cosa? Cuando pregunté a Ane en qué se había inspirado para la talla, dónde había obtenido la fotografía, se mostró muy reservada, no quiso aportarme información.

– ¿Estás pensando en lo mismo que yo?

– No creo en lo paranormal, ya me conoces.

– No te pongas racionalista y cartesiano. Acepta por lo menos que hay objetos que traen, como se dice aquí en España, mal fario. Y si se confirma que es el instrumento de Ginette Neveu, no hay más remedio que llegar a la conclusión de que ese violín no es normal.

– Me niego a aceptarlo.

– Arsène, ese Stradivarius sólo habría tenido, hasta la fecha, dos propietarias conocidas: Neveu y Larrazábal. Las dos mujeres, las dos han muerto de muerte violenta. Eso no puede ser casualidad.

– Una de las muertes fue accidental, ¿por qué han de estar relacionadas?

– ¿Y quién te ha dicho a ti que lo de Azores fue un accidente?

– ¿Adónde quieres ir a parar? Me estás poniendo nervioso.

Lupot se dio cuenta de que estaba tiritando. Pero no porque la conversación le infundiera temor, sino porque la temperatura en la habitación desde la que hablaba había bajado tres o cuatro grados en la última media hora. Dio un sorbo a su copa de Armagnac para entrar en calor y dijo:

– Tengo que dejarte; aquí en el taller empieza a hacer un frío de bigote.

– Espera. ¿Sabes que hay algunos especialistas que afirman que el Triángulo de las Bermudas incluye las Azores?

– Detesto este tipo de supersticiones y te advierto que voy a colgar.

– Mándame a paseo si quieres, pero antes escucha bien lo que te voy a decir. Yo no soy ni un tarado ni un enfermo. Nunca he creído en el ocultismo ni en la nigromancia. Sin embargo, conozco que hay fenómenos que no admiten una explicación científica o racionalista: como la maldición de los Kennedy, por ejemplo; o como los extraños accidentes que ocurrieron durante y después del rodaje de la película El exorcista. Ese violín está maldito, Arsène. Puedes creerme.

9

Madrid, una hora después del crimen

El lugar elegido por Elena Calderón para tomar un bocado, antes de retirarse a casa después de aquel fatídico concierto, fue la cafetería Intermezzo, que estaba detrás del Auditorio Nacional y servía buenas tapas y a buen precio. Georgy, el tuba, pidió sólo una cerveza y se marchó a los cinco minutos, tras protagonizar un curioso incidente con un perro que estaba esperando a su dueño en la calle, ya que no se permitía la entrada de animales a aquel local. Como si se tratara de un vehículo mal aparcado, el ruso preguntó en voz alta de quién era el perro, y cuando la propietaria se identificó, el ruso le rogó que lo apartara de la puerta, a cuyo pomo exterior estaba atada la correa.

– Tiene una fobia enfermiza a los perros -explicó Elena a Perdomo, mientras los ánimos se empezaban a caldear en la cafetería, al negarse la señora a desatar al animal. El ruso acabó saliéndose con la suya, pero sólo después de que el resto de los clientes convencieran a la mujer de que era el único modo de librarse de aquel pelmazo.

A Perdomo le había dado la impresión, durante los minutos que habían permanecido juntos en la escena del crimen, de que las relaciones entre el director titular de la orquesta, Joan Lledó, y Elena Calderón eran sumamente tirantes. Apenas se habían mirado, y aunque se habían dirigido la palabra una vez, lo habían hecho con monosílabos. Lo primero que se le pasó por la cabeza era que Calderón y Lledó habían tenido una relación sentimental en el pasado y que ésta había terminado de mala manera. Tras ordenar las consumiciones en la barra, el inspector decidió empezar a indagar en la cuestión con una pregunta genérica. Aunque antes de hacerlo, tuvo buen cuidado de dar unas monedas a su hijo Gregorio, para que fuera a jugar al pinball y les dejara conversar con más libertad. Por fin, preguntó:

– ¿Cuánto tiempo lleva de titular el señor Lledó en la orquesta?

– Unos tres años. Yo entré muy poco después.

– Hay algo que no entiendo. Si Lledó dirige la Orquesta Nacional, ¿qué hacía Agostini el otro día en el podio?

– Lledó es el titular de la orquesta y el director artístico, pero Arjona prefirió montar el concierto de Hispamúsica con un director invitado.

– ¿Y Lledó no tiene derecho de veto?

– En teoría sí, porque es el director artístico. Pero los músicos de la Nacional tenemos muchísimo poder, le hubiéramos montado una buena si llega a decir que no a dos megaestrellas como Larrazábal y Agostini.

– ¿Qué tipo de relación mantenía Lledó con la víctima?

– Dicen que se moría por tocar con ella. Pero ya nunca podrá ser.

– ¿Le considera un buen director?

Elena Calderón tardó unos segundos en responder, pero al final lo hizo sin rodeos, entrando directamente en materia:

– Arrastro un contencioso profesional con el señor Lledó desde hace muchos meses y no sería imparcial a la hora de valorarle como director. Sé que graba discos (en sellos medianejos, todo hay que decirlo), que le llaman como director invitado con cierta frecuencia; si me apura, le diría que técnicamente es bastante competente pero le falta flexibilidad, y lo que es absolutamente fundamental en un verdadero músico: imaginación.

– ¿Imaginación? ¿Cómo se aplica la imaginación a la música?

– Todas las piezas de música cuentan una historia. Si uno tiene en la cabeza una historia mientras está tocando, eso influye en la manera de tocarla. En cambio, para Lledó, las notas son simplemente eso: notas. Aunque es muy exhibicionista cuando está en el podio, en el fondo dirige de forma encorsetada y triste.

– ¿Puedo preguntarle en qué términos está planteado su conflicto laboral con Lledó? -prosiguió Perdomo, que por el momento no tenía pensado apear el tratamiento de usted a la atractiva trombonista.

– Sí que puede. No sé si sabrá que las plazas en la orquesta se ganan sobre todo gracias a las audiciones. El currículo cuenta, desde luego, y hay que superar las pruebas físicas, pero lo más importante es seducir al tribunal que te juzga en la prueba de ingreso.

– ¿Y el señor Lledó no se dejó seducir por usted? -preguntó Perdomo antes de darle un bocado monumental a su montado de lomo.

– Cuando se convocó la plaza nos presentamos quince trombonistas. Yo era la única mujer. Desde hace ya muchos años, para evitar discriminación por razones de sexo, las audiciones se llevan a cabo detrás de una cortina, y todos los aspirantes tienen nombre masculino, así que yo me examiné con el nombre de señor Calderón.

– ¿Tuvo que vestirse de hombre?

Elena sonrió ante la ocurrencia y durante unos segundos pareció haber perdido el hilo del discurso. Luego comentó:

– Sólo me hubiera faltado eso: tener que tocar con una barba postiza.

– ¿Se puso nerviosa?

– Yo nunca me pongo nerviosa -afirmó, muy segura de sí misma-. No estoy pavoneándome de nada, le estoy contando las cosas como son. Muchos de mis compañeros en la orquesta se ven obligados a tomar Sumial para no descomponerse de nervios durante los solos. Yo, desde pequeñita, he tenido la rara capacidad de mantenerme serena en los momentos de mayor presión y eso hace que disfrute mucho en los conciertos.

– Esa sangre fría también la convertiría en una eficaz asesina -apuntó el policía, bromeando.

– Supongo que sí.

– ¿Qué ocurrió durante la prueba?

– La audición se dividía en tres partes. En la primera te hacen tocar una obra obligada. A mí me tocó el Concierto de Henri Tomasi.

– No lo he oído nombrar en mi vida. Claro que mi conocimiento de la música clásica se reduce a la Quinta Sinfonía de Beethoven y a lo que meten en las películas: ya sabe, Apocalypse Now…

– Eso es la «Cabalgata de las Walkirias» de Wagner.

– Excalibur…

– Carmina Burana de Cari Orff.

– Y el anuncio de la miel de la Granja San Francisco.

– El Minueto de Boccherini -dijo Elena triunfante, como si fuera una concursante de televisión que hubiera acertado todas las preguntas-. No se preocupe, aunque fuera usted un buen aficionado a la música clásica no sabría quién es Tomasi, porque sus obras no se interpretan con mucha frecuencia. Y es una pena, porque tiene música excelente. Es muy lírico, muy melódico, y mezcla muchos estilos; yo lo calificaría de música mestiza.

– ¿De dónde es?

– Era. Murió en 1971. Nacido en Marsella, pero de padres corsos. Toqué el concierto estupendamente porque me encanta; creo que es una de las mejores piezas del repertorio.

– Me da pena no haber estado allí para escucharla.

– Me hicieron tocar lo más difícil: el primer movimiento, andante y scherzo,que empieza con una parte de mucho virtuosismo, en clave de jazz, en la que hay hasta citas de una canción de Tommy Dorsey. Ésa fue la pieza obligada. Luego tuve que tocar un repertorio orquestal: la Tercera de Mahler, el «Tuba Mirum» del Requiem de Mozart, Till Eulenspiegel de Strauss… así hasta ocho fragmentos. Y al final, dos piezas de libre elección. Ahí me salí -dijo la trombonista estallando en una carcajada que a Perdomo le pareció encantadora-. Llevé el Konzertino de Ferdinand David y la Cavatina de Saint-Saëns. Toqué el Konzertino con tanta garra que Lledó, al otro lado de la cortina, no quiso escuchar más y dio por concluida la audición exclamando:

– ¡Ése es mi chico!

– ¿Eso dijo? ¿Ése es mi chico?

– Tal cual se lo estoy contando. Imaginará el chasco que se llevó cuando descorrieron la cortina y se dio cuenta de que su chico era yo.

– Pero tuvo que aceptarla, ¿no?

– Naturalmente, yo era la mejor trombonista de los quince candidatos; hubo unanimidad entre los cinco miembros del jurado. Pero todavía recuerdo la cara de mortificación de Lledó cuando tuvo que firmar el acta de la sesión. Se le hinchó una vena aquí en la sien y le temblaba la mano de rabia.

– Pero ¿por qué? ¿Solamente por haberse equivocado?

– Porque es un machista y un homófobo. El trombón es un instrumento tradicionalmente asociado a los hombres. Es viril, es guerrero, hace falta muchísimo fuelle para tocarlo, hasta el punto de que a los trombones antiguos los llamaban «sacabuches». Que una mujer «usurpe» un puesto tradicionalmente reservado a los varones, algunas personas no lo pueden soportar. De hecho, de la única manera que Lledó pudo aceptarlo al principio fue pensando que yo era lesbiana.

– ¿En serio? Pues lo último que pensaría yo de usted es que es lesbiana.

– Eso es porque aún no me ha oído tocar -dijo riendo Elena-. Tocar, toco como un hombre. En los demás aspectos de mi vida, tiene razón, no lo soy. Pero a él le aliviaba esa idea.

– ¿Se lo dijo directamente a la cara?

– No tiene lo que hay que tener, pero me llegaban sus comentarios por terceras personas. Pero como además de machista es homófobo, el hecho de que él pensara que había una lesbiana en su orquesta, y encima con un puesto de responsabilidad, acabó por descomponerle todavía más.

– Debo confesarle que el señor Lledó, del que había oído hablar, pero al que no tenía el placer de conocer, no me ha transmitido, como se dice coloquialmente, buenas vibraciones.

– Es un tipo de cuidado -prosiguió la trombonista-. Gané la plaza de primer trombón, y él, como llevaba muy poco tiempo en la orquesta y además estaba todavía negociando algunos flecos que habían quedado pendientes de su contrato, no dijo nada. Pero en cuanto se sintió afianzado en su posición, sobre todo desde una Quinta de Mahler que le elogió mucho la prensa -y que estuvo muy bien, no me duelen prendas en reconocerlo-, decidió ir a por mí.

– ¿Trató de despedirla?

– Fue más complicado. Durante el primer año estuve -y así lo decía mi contrato- a prueba. Si Lledó hubiera querido echare durante ese período, lo habría tenido muy fácil, ya que, por ley, lo único que necesitaba aportar eran dos informes negativos por escrito. Pero como se sentía aún inseguro en la orquesta, no dijo nada y perdió su oportunidad. Al finalizar mi año de prueba, como mi plaza era de trombón solista, la orquesta tenía que votar en pleno si yo me quedaba o no, y fui admitida. Entonces el señor Lledó decidió ir en contra del voto de la orquesta y me degradó a segundo trombón. Después de eso…

La trombonista detuvo su narración porque acababa de ver a Andrea Rescaglio, el novio de Ane, que había entrado en el bar a comprar tabaco. Llevaba colgado del hombro su voluminoso instrumento y tenía los ojos rojos, de haber llorado profusamente. Nada más ver a la pareja, se acercó a saludarles.

– Estamos todos horrorizados, Andrea -dijo Elena-. Si podemos hacer algo por ti.

– Muchas gracias -respondió el italiano-. Hay personas todavía más tocadas que yo. Me voy ahora mismo a casa de los padres de Ane. Quiero estar junto a ellos en estos momentos terribles.

– ¿Es que no van a venir?

– Mañana, seguramente. Pero quiero ir yo a Vitoria a buscarles. Tengo un amigo que me lleva.

El chelista se marchó tras comprar los cigarrillos y dejó sumidos durante un rato en un silencio dramático al policía y la trombonista. Un silencio que fue interrumpido por la voz, mitad de niño, mitad de adolescente, de Gregorio, que dijo:

– Papá, ¿cuándo nos vamos?

– Enseguida -respondió el policía, que sacó su teléfono móvil del bolsillo y se lo entregó al niño-: Toma, para que te eches un Tetris mientras tanto.

– ¿Puedo llamar a mi amigo Nacho? -preguntó el niño.

– Esta noche puedes hacer lo que quieras -dijo el padre.

Gregorio salió a la calle para charlar con su amigo más tranquilamente y Elena le dirigió una mirada de gran ternura.

– Pobrecillo. ¡Me ha dado una pena cuando ha roto a llorar en el camerino…!

– Perdió a su madre hace año y medio. Está muy en carne viva todavía.

Elena Calderón bajó la mirada, casi avergonzada por haber sacado a colación un tema tan doloroso.

– Lo siento, no lo sabía.

– No se preocupe. Es un muchacho muy fuerte y lo superará. Ambos lo superaremos.

Elena Calderón miró nerviosa el reloj.

– Es tarde. Tengo el coche aquí cerca. Si quiere, puedo acerarles a donde me digan.

– Gracias, pero también nosotros hemos venido en automóvil. Ya nos vamos, pero antes termine de contarme la historia con Lledó.

– No sé ni dónde me había quedado.

– La degradó a segundo trombón.

– Ah, sí. Yo le ofrecí estar un año más a prueba como primer trombón, para que tuviera la oportunidad de decirme sobre la marcha qué aspectos de mi forma de tocar no le agradaban.

– ¿Y aceptó?

– A regañadientes. No me degradó oficialmente pero únicamente me permitió interpretar un solo en toda la temporada. Y curiosamente, no me hizo crítica alguna. A comienzos de este año, que es mi tercero en la orquesta, le ofrecí un pacto. Tocaría el segundo trombón cuando él dirigiera, pero sería primer trombón con los directores invitados. Se me acercó muy chulito y me dijo:

– ¿Sabes cuál es el problema, Elena? Que el trombón solista sólo lo puede tocar un hombre. -Y me degradó oficialmente a segundo trombón.

– ¡Qué cabrito!

– He interpuesto una demanda judicial por violación del Artículo 14 de la Constitución: «Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».

– Ya veo que se lo sabe de carrerilla.

– Sí, últimamente paso más horas con mi abogada que con la orquesta.

Elena Calderón se llevó la mano al estómago, como presa de un repentino dolor.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó el inspector alarmado.

– Sí -dijo Elena tratando de recuperarse de su malestar-. Es sólo que de repente he sentido como una náusea muy fuerte. No tenía que haber comido nada.

– Es normal que se encuentre alterada, después de lo que hemos visto esta noche -comentó Perdomo.

– Ya le dije antes que yo nunca me pongo nerviosa. Pero soy fuerte sólo en el momento, claro, porque ahora me están viniendo las imágenes de esa pobre chica estrangulada y…

Elena Calderón no pudo terminar la frase. Allí mismo, delante de más de una veintena de clientes, sufrió un brusco desvanecimiento y sólo la rápida reacción de Perdomo, que pudo agarrarla en el último momento, evitó que se golpeara contra el mugriento suelo del local.

10

Cuando el inspector Perdomo y su hijo llegaron a casa aquella noche, el chico estaba tan alterado por los acontecimientos que acababan de vivir, que su padre le dijo que, si lo deseaba, podía dormir con él, oferta que Gregorio aceptó de buen grado.

Tras enfundarse en sus respectivos pijamas, ambos se metieron en la cama, pero el policía no quiso dormirse inmediatamente, sino que intentó terminar, a la luz de una pequeña lámpara que reposaba sobre su mesita de noche, una novela histórica de la que ya le quedaban pocas páginas.

Aunque acostumbrado a tratar a diario con la muerte, a Perdomo también le había impresionado el asesinato de la violinista y no hacía más que dar vueltas a lo que había presenciado aquella tarde. Tuvo que reconocer que lo que más le preocupaba era la posibilidad -sugerida por el maestro Agostini- de que los islamistas radicales hubieran cambiado ahora su modus operandi para atentar contra personajes célebres, que les aseguraran la cobertura mediática de sus acciones criminales a escala mundial. Del islamismo radical su mente -incapaz de concentrarse en el libro que tenía entre manos- viajó, por asociación de ideas, al mar Rojo, lugar en el que su esposa Juana había perdido la vida hacía año y medio y en el que en julio de 2005 terroristas de Al-Qaeda habían asesinado a 83 personas, tras colocar una potente bomba en un hotel de cuatro estrellas en la ciudad egipcia de Sharm el-Sheik. La localidad en la que su esposa había fallecido, Dahab, se encontraba también en la península del Sinaí, pero un poco más al norte, en la margen izquierda del golfo de Aqaba, y estaba considerada como el paraíso de los submarinistas.

Cuando Perdomo conoció a Juana hacía ya más de veinte años, ella ya era una buceadora experta y él siempre había querido acompañarla a alguna de sus expediciones, aunque nunca había logrado superar las pruebas médicas. Su tendencia a las reacciones alérgicas, con las repercusiones que éstas tenían en su sistema respiratorio, hacían que para él fuera sumamente desaconsejable el submarinismo con bombonas, pues a grandes profundidades, el mero roce con un alga, con un trozo de coral o con algún pez urticante le podrían colocar en tan serios aprietos que el riesgo no merecía la pena. Por todo ello, el policía no se sentía culpable por no haber acompañado a su mujer al viaje que le costó la vida, pero llevaba en cambio muchos meses cuestionándose si estaba haciendo lo adecuado para que su hijo elaborase, de la manera menos dolorosa posible, la pérdida devastadora de su madre. Perdomo se preguntaba, por ejemplo, si debía mudarse de casa, pues aquélla estaba tan asociada a la vida en trío que era difícil dar un solo paso sin que ninguno de los muebles u objetos les recordase a Juana. Otra de las dudas enormes del inspector era si debía dejarse ver por su hijo en compañía de otras mujeres, aunque sólo fueran amigas, o si era aconsejable aportar al chico algún tipo de consuelo religioso, por más que no fuera creyente. Él, de pequeño, sí lo había sido, y tenía que admitir que la idea de que a los seres queridos les queda una segunda vida después de la muerte resultaba de lo más reconfortante.

La voz de Gregorio le sacó de estas cavilaciones. Era evidente, por el tono de voz, que su hijo no había llegado a dormirse, sino que había caído presa de un estado de excitación parecido al suyo:

– Papá, ¿cómo murió mamá? -le preguntó a bocajarro.

Era la segunda vez aquel día que su hijo había sacado a colación, de manera espontánea, la figura materna, pero la primera vez, desde que habían repatriado el cuerpo de Juana desde Egipto para incinerarlo en un tanatorio madrileño, que Gregorio preguntaba por detalles específicos del accidente.

– ¿No es un poco tarde para hablar de eso, Gregorio? -dijo Perdomo con la absurda esperanza de que esa frase sirviera para zanjar el tema, al menos por esa noche. Pero Gregorio estaba dispuesto a llegar hasta el final.

– Sé que murió haciendo submarinismo, pero ¿cómo pudo ocurrirle? El abuelo dice que era una de las mejores buceadoras que había en España.

Durante una fracción de segundo, Perdomo estuvo tentado de soslayar definitivamente la cuestión con un autoritario «haz el favor de dormirte», pero algo en su interior le dijo que, siempre que fuese a petición de su hijo, lo más saludable para ambos era hablar abiertamente de Juana y de las circunstancias de su terrible accidente.

– Tu madre era, efectivamente, una gran buceadora. Por eso, siempre que podía, se escapaba unos días con alguna amiga para sumergirse en aguas del mar Rojo, y concretamente en el Blue Hole, una de las grutas marinas más fascinantes del planeta.

– ¿Es ahí donde ocurrió, en el Blue Hole?

– Sí. El Blue Hole es una laguna de coral por la que se puede pasar a mar abierto a través de un arco situado a sesenta metros de profundidad. El lugar es precioso, pero también peligrosísimo; de hecho todos los años muere algún submarinista. El cónsul español en Alejandría, que me ayudó a traer a mamá a casa, me contó que al Blue Hole lo llaman «el cementerio de los buceadores», porque en el fondo del abismo, que está a más de cien metros de profundidad, yacen los restos de los más de cien infelices que jamás lograron atravesar el arco.

– ¿Mamá lo atravesó? -preguntó el niño, mitad fascinado, mitad horrorizado por lo que le estaba contando su padre.

– Muchas veces. Y la última vez que lo intentó, no le hubiera ocurrido nada de no ser porque intentó salvar la vida a otro buceador en apuros.

– ¿Cómo pueden dejar que la gente se siga sumergiendo en ese sitio con lo peligroso que es?

– Creo que es por codicia, Gregorio. De hecho, el cónsul me contó que las autoridades egipcias, para no desanimar a los turistas, que se dejan su buen dinerito en esas aguas, maquillan la cifra de muertos para no asustar al personal. Dicen que sólo han perdido la vida cuarenta personas, cuando han sido más del doble.

– ¿Logró mamá por lo menos salvar a la persona que estaba en apuros?

– Sí -mintió Perdomo. Le pareció que era demasiado cruel para el muchacho hacerle ver que la muerte de su madre había sido totalmente estéril y gratuita, pues lo cierto es que la mujer a la que intentó rescatar acabó también en el fondo del abismo.

– ¿Por qué estaba en apuros esa persona?

– Como te he dicho, el arco para pasar a mar abierto desde la laguna está a muchísima profundidad. A partir de los cuarenta metros hay peligro, para cualquier buceador, de padece narcosis por nitrógeno.

– ¿Qué es eso?

– Las bombonas de buceo llevan una mezcla de oxígeno y nitrógeno. Si uno desciende a mucha profundidad, hay peligro de que demasiado nitrógeno se filtre a través de los pulmones al torrente sanguíneo y eso provoca un efecto parecido al del alcohol. Por eso lo llaman la «borrachera de las profundidades». Eso es lo que le había pasado a la chica que salvó mamá, que había bajado demasiado, quizá presa de los primeros síntomas de la borrachera. De todas maneras, el arco es muy engañoso, parece que sólo tiene diez metros de largo, cuando en realidad tiene veintiséis. Además hay una corriente muy fuerte que va hacia el interior, por lo que se tarda más en cruzarlo de lo que uno imagina. Pero lo peor de todo no es eso. Lo terrible es que, debido a la escasa luz que empieza a haber a esas profundidades, es fácil pasar de largo la entrada y seguir descendiendo hacia el abismo. Eso fue lo que le pasó a aquella chica; pero afortunadamente tu madre la vio, le dio alcance y pudo mostrarle la puerta del arco.

– Y entonces ¿por qué no se salvó mamá también?

– Porque la otra buceadora entró en pánico y sin querer, durante el forcejeo inicial, golpeó a mamá en la cabeza con el pie. Eso lo vieron otros buceadores que estaban más arriba. Mamá quedó inconsciente y no pudo salvarse.

– ¿Quién es esa mujer? -dijo el niño con desesperación.

– ¿Y eso que más da?

– Quiero saber quién es. Cuando sea mayor la buscaré y la mataré por haber golpeado a mamá.

– Gregorio, esa mujer no mató a mamá. Fue un accidente.

– Me acabas de decir que la golpeó en la cabeza.

– Y es cierto, pero no sabía lo que hacía, estaba como drogada por el nitrógeno. Además, ¿no te das cuenta, Gregorio? Si tú cumplieras tu amenaza y mataras algún día a esa mujer, el sacrificio de tu madre habría sido totalmente baldío.

Gregorio tuvo que reconocer que a su padre no le faltaba razón y sus ansias de venganza empezaron a desvanecerse. Pero volvió a poner en apuros a su padre al preguntarle:

– ¿Dónde crees que está mamá ahora?

Perdomo estuvo a punto de responder «En el cielo», pero se lo pensó mejor y respondió, quizá influido por sus ancestros gallegos, con otra pregunta:

– ¿Dónde te gustaría a ti que estuviera?

– Me gustaría que Dios existiera y que mamá estuviera ahí arriba, con él, y que nos pudiera ver y supiera que hablamos y nos acordamos de ella todos los días. Pero el abuelo me ha di cho que Dios no existe.

– No seré yo quien lleve la contraria a tu abuelo, Gregorio. Pero eso no quiere decir que tu madre nos haya dejado para siempre. Cada vez que la recordamos, vuelve a estar entre nosotros.

– Pero yo quiero volver a hablar con ella algún día, papá. No puedo soportar la idea no volver a ver a mamá nunca más.

Gregorio rompió a llorar, un llanto devastador e inconsolable que ninguna palabra de su padre podía ya mitigar. Éste se limitó a abrazar a su hijo y así permanecieron los dos durante mucho rato, hasta que, vencido por el cansancio y las emociones de aquel día, el niño se quedó completamente dormido.

A Perdomo le pareció que Gregorio había dado el primer gran paso, un año y medio después del accidente, para poder asimilar completamente la muerte de su madre.

Y entonces se acordó del teléfono móvil de Juana.

Las autoridades egipcias le habían hecho entrega en su día de todas sus pertenencias personales, teléfono incluido, y Perdomo había olvidado darlo de baja en su momento. El aparato estaba en algún rincón de la casa, sin batería, por supuesto, pero Juana seguía siendo cliente del operador y Perdomo sintió en ese momento la imperiosa necesidad de llamarla, para poder escuchar su voz en el mensaje saliente del contestador. Marcó el número y, como el aparato estaba desconectado, el buzón saltó automáticamente: «Hola, soy Juana. No seas tímido y deja un mensaje. Si no dejas nada no sabré quién eres y no podré devolverte la llamada. ¿Hace falta recordarlo? ¡No puedes empezar a hablar hasta que no suene el PIP! Adiós».

11

Madrid, al día siguiente del crimen

El inspector Manuel Salvador decidió comenzar la investigación del asesinato de Ane Larrazábal interrogando al novio de la violinista, Andrea Rescaglio.

El músico y el policía habían quedado citados en el Auditorio Nacional, que iba a permanecer cerrado al público hasta que la Policía Científica no hubiera terminado de realizar todas las pruebas pertinentes en un caso de homicidio.

El agente de uniforme que estaba en la puerta reconoció al inspector en cuanto le vio acercarse y le franqueó la entrada tras haberse cuadrado ante él, saludo militar incluido.

– ¿Dónde está? -preguntó Salvador.

– En una sala de estudio, bajando por esa escalera -respondió el policía.

El Auditorio Nacional tiene catorce salas individuales para preparación de los músicos de la orquesta; Salvador tuvo que ir mirando una por una a través de un ventanuco redondo de cristal insonorizado; encontró al italiano en la número nueve.

Al estrechar una mano cuyos dedos le parecieron tan largos y retorcidos como las ramas de un arbusto, Salvador se dio cuenta de que, aunque en el atril había una partitura, Rescaglio no había sacado aún el chelo del estuche.

– ¿Ha terminado ya su ensayo? -preguntó el policía.

– Ni siquiera he comenzado, me siento demasiado abatido. Lo cierto es que el sábado tenemos un concierto dificilísimo y debería estudiar por lo menos cuatro horas al día, pero nada más llegar aquí me he dado cuenta de que no tenía fuerzas para sacar el instrumento. Y eso que estoy convencido de que la música es lo único que me puede aliviar en estos momentos.

Al italiano se le veía tan genuinamente abatido por la pérdida de su novia que Salvador le indicó:

– ¿No puede hacer que le sustituyan en el próximo concierto? Después de todo, era usted el novio de la víctima; cualquier director de orquesta lo entendería.

– En teoría, el otro chelo solista puede hacerse cargo de mi parte, e incluso si éste cayera enfermo, tenemos otros dos ayudas de solista en la sección de chelo. Pero la obra que tocamos el sábado es mi concierto favorito para chelo de todo el repertorio, y no quisiera perdérmelo. ¿Quién sabe cuándo volveremos a interpretarlo?

– ¿De qué obra se trata? -preguntó el inspector simulando interés, cuando lo cierto era que lo que de verdad había despertado su curiosidad eran los extraños zapatos que llevaba el italiano.

Rescaglio se dio cuenta de que el policía no podía despegar la mirada de aquellos zuecos tan peculiares y preguntó:

– ¿No los conoce? ¡Los famosos Crocs! Son americanos, y aunque se han puesto de moda en el mundo entero, donde de verdad están haciendo furor es en Japón.

– Crocs, sí, algo he leído -dijo Salvador en tono receloso-. Entre otras cosas, que no son seguros.

– Eso son bobadas, campañas de prensa alentadas por la competencia. Lo único cierto es que son tan cómodos que yo no me los quito ni para acostarme.

Tras un breve silencio, fue Rescaglio quien retomó la conversación que habían dejado abandonada.

– Me había preguntado qué obra tocaremos el sábado. Es el Concierto para chelo de Elgar. ¿Lo conoce?

– No, lo siento. No es que me disguste la música clásica, pero…

El italiano no le dejó concluir la frase, sino que se fue directo a por su instrumento y lo extrajo de un estuche muy aparatoso, amarillo y poliédrico. A Salvador, más que la funda de un chelo, aquello le pareció la maleta de viaje de un alienígena. Tras tensar con dos golpes de muñeca las crines del arco, Rescaglio se sentó con el chelo entre las piernas, miró al inspector y afirmó muy convencido:

– Es imposible que no le suene esto.

Y atacó el dramático recitativo con el que comienza uno de los conciertos más famosos de la historia. Desde la primera nota, Salvador supo que jamás había escuchado esa música sombría y llena de presagios ominosos. Algún crítico había llegado a escribir que el comienzo de Elgar dejaba tan estupefacto al oyente como si Shakespeare hubiera comenzado Hamlet directamente con el monólogo atormentado del príncipe: «Ser o no ser, he aquí el dilema», sin explicaciones ni ambientación previa de ningún tipo.

– Sí, ya me va sonando -mintió el policía para no parecer un completo zote, mientras el italiano desgranaba los sonidos lacerantes que preceden a la cadenza inicial del concierto de Elgar.

El policía distaba mucho de poseer la cualificación necesaria para establecer si Rescaglio era o no un buen intérprete, pero al menos, se dijo a sí mismo, el italiano parecía responder a la idea preconcebida que las personas no muy duchas en música suelen tener de los grandes virtuosos. Al llegar al expresivo glissando que señala la entrada de los vientos, Rescaglio dio por terminada la demostración y volvió a guardar el chelo en la funda, aunque no llegó a cerrar la tapa. En el interior del estuche -que Salvador espió con disimulo, pues resultaba evidente que aquél era un rincón privado, como la capilla de un torero- había una foto de Ane Larrazábal, pero también de otra joven pelirroja que no supo identificar. Sin embargo, se abstuvo de preguntar, ya que tenía la misma sensación que si hubiera efectuado un registro ocular sin mandato judicial. En vez de eso, le preguntó por el concierto, que parecía ser de una importancia capital para él.

– ¿Y usted actuará de solista, sin la orquesta?

Por el comentario, Rescaglio supo que el inspector no sabía una sola palabra de música, y aunque es cierto que no había estado a la defensiva en ningún momento, aquello acabó de relajarle.

– Me he explicado mal -inspector-. Cuando hablo de que soy chelo solista, me refiero a que lo soy dentro de la orquesta. Los jefes de sección tocamos a veces pequeños solos en la parte orquestal, pero nunca se nos confía todo un concierto. La persona que se enfrentará a nosotros el sábado será un virtuoso británico llamado Stephen Isserlis.

– ¿Que se «enfrentará» a ustedes? Utiliza un lenguaje casi bélico.

– Con Lledó, ésa es la mentalidad que tenemos que adoptar. Para él cualquier concierto es una especie de batalla campal, aunque sea de carácter artístico. Yo tengo una visión de la música bastante menos bélica, pero he de reconocer que, por lo menos desde el punto de vista etimológico, a Lledó no le falta razón, ya que la palabra «concierto» viene del verbo latino concertare,que quiere decir batallar.

Salvador estuvo tentado en ese momento de dejar a un lado la charla musical y dar comienzo al interrogatorio, pero años de experiencia le habían enseñado que a veces las informaciones más decisivas se obtenían por el procedimiento de relajar al interrogado, dejando que la conversación fluyese de forma natural. Así que siguió dando hilo a la cometa.

– Le confieso que no puedo imaginar en qué consiste la guerra. ¿No se limitan ustedes a ofrecer al público bonitas melodías?

– Ésa es la percepción que tiene el no iniciado, pero por debajo de las apariencias, hay un mar de fondo de proporciones inimaginables. El primer elemento de fricción es la elección del tempo, que es la velocidad a la que se toca la pieza. El concertista puede plantear un tempo que al director de la orquesta no le parezca oportuno, y entonces, ¿quién cede? Teóricamente, tanto el solista como el director tienen el mismo rango musical. Incluso aunque se pacte un tempo durante los ensayos, puede ocurrir que durante el concierto uno de los dos contendientes trate de incumplir el acuerdo, y empiece a ir más deprisa, para obligar al otro a seguirle, o viceversa.

– ¿Y cree que el sábado habrá gresca? -dijo Salvador, que ya estaba empezando a imaginar el concierto que se avecinaba como un partido de fútbol de la Copa de Europa.

– No lo creo, porque dirige Lledó, y tiene demasiado respeto a Isserlis como para ponerse en plan divo con él. Y eso que algunos miembros de la orquesta apodan Chulini a nuestro director.

– ¿Chulini? ¿Es algún juego de palabras?

– Uno de los grandes directores de orquesta de todos los tiempos, ya fallecido, se llamaba Carlo María Giulini. El mote Chulini implica que los músicos piensan que él se cree un gran director cuando en realidad no es más que un chulo de pacotilla.

– ¿Usted tiene ese concepto de él?

– Más que chulo, Lledó es un gran vanidoso, pero no es mal director. E Isserlis es un soberbio chelista, aunque nadie podrá superar nunca la versión del concierto de Elgar de la mujer que lo hizo famoso, Jacqueline du Pré. Murió también muy joven, como Ane, aunque su final fue muchísimo más terrorífico, porque fue víctima de una enfermedad lenta, humillante y dolorosa, para la que no hay cura: la esclerosis múltiple.

Rescaglio se inclinó sobre el estuche y sacó de él la foto de la mujer pelirroja que estaba junto a Ane.

– Ésta es Jackie du Pré.

Salvador hizo ademán de ir a coger la fotografía para examinarla con más detenimiento, pero el músico retiró la mano lo suficiente para darle a entender que sólo debía mirarla.

– Disculpe, es una foto que me costó mucho conseguir.

Al comprobar que el policía no se había molestado, le aproximó la foto a pocos centímetros de la cara y Salvador pudo examinar la imagen con todo detalle. Lo que más llamó su atención fue la enorme carga de sexualidad que desprendía aquella figura. Jackie du Pré estaba sentada, con el chelo colocado entre unas piernas que mantenía abiertas de par en par, como si estuviera entregándose en cuerpo y alma a un amante joven, fogoso e insaciable; y como llevaba además una minifalda floreada que evocaba la estética hippy de los años sesenta, se podía disfrutar de una visión más que generosa de sus prietos y bien torneados muslos. El fotógrafo la había sorprendido en el acto de inclinar la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la expresión ausente, mientras sacudía al viento su tupida cabellera pelirroja, tal como suelen hacer las modelos en los anuncios de suavizante. Ese gesto reforzaba aún más la sensación de estar asistiendo a un momento absolutamente privado, a un auténtico orgasmo musical.

Salvador quiso decir algo, pero se lo impidió un gesto involuntario de su glotis al tragar saliva. Rescaglio sonrió complacido al comprobar el impacto que había causado la foto en el policía y la devolvió al estuche, colocándola junto a la de Ane, para luego comentar:

– Zubin Mehta, el gran director de orquesta, la comparó con una yegua salvaje que corre por las colinas del sur de Inglaterra. Ane tenía ahora la misma edad que Jackie cuando empezó a sentir los primeros síntomas de la enfermedad.

Apodada Smiling por sus incondicionales, y también El Ángel de la Eterna Sonrisa, Du Pré, que con sólo veintiséis años había alcanzado ya, como Ane Larrazábal, la cúspide de su carrera, empezó a sentir a esa edad los primeros síntomas de una dolencia que afecta al sistema nervioso central y que está catalogada dentro de las enfermedades autoinmunes, en las que es el propio sistema defensivo del organismo el que enloquece y arremete -por considerarlas una fuente de peligro- contra determinadas zonas del mismo. En el caso de Du Pré, la parte del cuerpo atacada por su sistema inmunológico habían sido las neuronas, que además del pensamiento hacen posible el control muscular del organismo.

Ane y Jackie eran almas gemelas, inspector -dijo Rescaglio visiblemente emocionado-. Esa actitud rebelde, carente de prejuicios a la hora de abordar no sólo la música, sino también las relaciones humanas, ese sentido del fraseo que sólo podría calificar de… -Rescaglio se detuvo un instante para buscar la palabra adecuada- innato. Innato, libre y personal. A muchos músicos, grandes intérpretes incluso, los traía locos Ane, no eran capaces de acoplarse a ella; su profunda musicalidad al margen de convencionalismos y de interpretaciones demasiado literales de la partitura los desbordaba por completo. Es cierto que, a ambas, este magma incandescente que brotaba de sus volcánicas personalidades a veces se les iba de las manos y para alcanzar lo sublime llegaban a coquetear con el ridículo. Pero, como decía sir John Barbirolli, el mítico director británico, si no eres excesivo de joven, ¿qué va a ser de ti cuando seas viejo? Nunca lo sabremos, porque desgraciadamente Ane…

Rescaglio no llegó a terminar la frase porque la evocación de su novia recién fallecida le hizo prorrumpir en sollozos. Intentó reprimir las lágrimas, pero al ver que el policía le tendía un pañuelo para que se las enjugara, decidió abandonarse durante unos momentos a su involuntario desahogo.

Una vez que hubo recuperado un poco el ánimo, Rescaglio dirigió una amarga sonrisa al hombre que acababa de ser testigo de su repentino desmoronamiento y preguntó:

– ¿Tienen ya alguna sospecha de quién pudo hacerlo? ¿Hay algún rastro del violín?

– La investigación no ha hecho más que comenzar, pero le aseguro que el culpable será puesto a disposición de la justicia y el violín de su novia, recuperado.

El policía hizo una pausa para aclararse la garganta, como para indicar a su interlocutor que, muy a su pesar, en aquel momento comenzaba la parte peliaguda de su declaración.

12

– Señor Rescaglio -comenzó el inspector Salvador, procurando dar un aire más solemne a sus palabras-, no tengo ni que explicarle lo valioso que puede ser su testimonio para el esclarecimiento de los hechos que tuvieron lugar la otra noche en el Auditorio. Usted no sólo estuvo entre las últimas personas que vieron con vida a la víctima, sino que además fue de las primeras en descubrir su cadáver. Le tengo que formular un sinfín de preguntas que…

– No se preocupe -interrumpió el italiano-. Va a tener en mí a su más firme colaborador, porque aunque es cierto que ya nada puede devolver la vida a Ane, voy a hacer lo imposible para que la persona que la asesinó se pudra en la cárcel el resto de su vida.

Salvador sonrió complacido ante la actitud del italiano y preguntó:

– ¿Dónde estaba cuando le dieron la noticia de que su novia había sido estrangulada?

– En el vestuario masculino, junto al resto de los músicos. Allí permanecí desde que terminó la primera parte hasta el fatal desenlace.

– ¿Cuántos son ustedes?

– Casi ciento veinte. Hay aproximadamente el mismo número de hombres que de mujeres.

– Sí, ahora se ha puesto de moda eso de la paridad -comentó Salvador-. Y a usted no le viene mal, pues tiene cerca de sesenta testigos que pueden confirmar su versión.

Esta acotación, que tenía por objeto tranquilizar al italiano, fue formulada por Salvador de manera tan torpe que logró en el acto el efecto contrario de poner a la defensiva a su interlocutor.

– ¿Es que soy sospechoso? -saltó Rescaglio como un resorte-. Inspector, ¿qué móvil tendría yo para acabar con la vida de la mujer con la que iba a casarme el otoño que viene?

– Perdóneme -dijo Salvador-, ni por un momento quería insinuar lo que ha entendido. Usted es testigo, no sospechoso, y mucho menos imputado. Lo que trataba de decirle es que tiene a un verdadero ejército de personas que pueden corroborar que no abandonó el vestuario en ningún momento, desde que salió del escenario hasta que le fue comunicada la muerte de su novia. No sabe la cantidad de molestias que esto le puede ahorrar durante la investigación. No solamente no tenía, como dice usted, ningún móvil para matarla, sino que, al menos que demostremos que es capaz de estar en dos lugares al mismo tiempo, ni siquiera habría podido cometer el crimen, de haber tenido un móvil.

– Me ratifico en lo que le acabo de decir y mis compañeros músicos podrán confirmárselo -afirmó muy solemne Rescaglio-. Lo que, a pesar de mi absoluta disposición de ánimo, me lleva a preguntarme: ¿en qué puede ayudar mi testimonio a la policía, si estuve todo en el tiempo en el vestuario y no vi ni escuché nada?

– Eso nunca se sabe. A veces un detalle que parece nimio es vital para la investigación. Por ejemplo, hay algo que me llama poderosamente la atención -continuó diciendo Salvador-. El forense me ha dicho que su novia no tenía marcas en el cuerpo, aparte de las del estrangulamiento. Falta por hacer la autopsia, por supuesto, pero si a simple vista no se detectan magulladuras, ni moratones, ni arañazos, ni rozaduras, es altamente probable que su novia no fuera llevada a la fuerza a la Sala del Coro, sino que acudiera allí voluntariamente. ¿Por qué acudiría a esa apartada sala motu proprio?

– No tengo la más remota idea. Quizá buscaba la cafetería y se perdió, como Agostini.

– Suena poco verosímil. Al fin y al cabo, Agostini es un director invitado que no tenía por qué conocer el Auditorio. Pero su novia había tocado ya aquí unas cuantas veces, ¿no?

– Sí, así es.

– Luego, es difícil que pudiera perderse.

– Tiene razón. ¿No la pudieron asesinar en otro lugar y luego llevar su cadáver hasta la Sala del Coro?

Salvador torció el gesto, como dando a entender que esa posibilidad no le cuadraba demasiado.

– ¿Con qué objeto? Si hizo eso, el asesino se arriesgaba a ser sorprendido durante el traslado por un conserje o por cualquier músico que anduviera deambulando por allí.

– Tal vez se aburrió de esperar en el camerino y decidió dar un paseo. O quizá se dirigió a la Sala del Coro porque sabía que allí había un piano.

– ¿No hay uno en todos los camerinos? -objetó el inspector.

– Son pianos de estudio, verticales. Suenan a plástico coreano. El de la Sala del Coro es uno de cola, un Yamaha de los buenos.

– ¿Su novia tocaba también el piano?

– No como para dar conciertos, desde luego, pero se defendía bastante bien. Tenga en cuenta que, musicalmente hablando, siempre fue una superdotada.

– ¿Para qué querría tocar el piano después del concierto?

– No lo sé. Para relajarse, quizá. No es lo mismo tocar ante el público que para uno mismo.

Salvador no pudo disimular un gesto de incredulidad ante la conjetura del italiano.

– Vamos a ser racionales: su novia ya había terminado de tocar, puesto que no estaba prevista su intervención en la segunda parte. ¿Cuál habría sido la conducta más lógica?

– Suponiendo que al comportamiento de las mujeres se le pueda encontrar alguna lógica -dijo Rescaglio buscando en su interlocutor una complicidad que halló inmediatamente-, lo que solía hacer a veces Ane era irse a la cafetería del Auditorio a tomar un refresco. Generalmente una cerveza, porque le encantaba.

– ¿Eso es todo?

– Después regresaba al camerino, para esperar allí a sus fans, que no podían ir a visitarla hasta el final de concierto.

– ¿Siempre se quedaba hasta que terminaba el programa?

– No siempre. Cuando sabía que en el Auditorio no había amigos, familiares o personas a las que le interesaba ver, a veces se marchaba de la Sala de Conciertos nada más terminar la primera parte. Y en muchas ocasiones, lo que hacía era entrar en ella como una espectadora más, para disfrutar de la segunda mitad desde el patio de butacas. En el caso concreto del concierto de Bartok, que es lo que se habría interpretado esa noche, es lo que pensaba hacer, ya que a ella le encantaba este músico. Uno de los mayores éxitos de su carrera lo obtuvo precisamente con la grabación de su Concierto n.° 2, que se llevó el Grand Prix du Disque hace dos años.

– ¿Habían quedado ustedes en verse después del concierto?

– Sí, pensábamos ir a cenar.

– ¿Los dos solos?

– Sí.

– ¿Puedo saber dónde?

– Ni yo mismo lo sabía. Fue la asistente personal de Ane la que hizo la reserva.

– ¿Cuál es el nombre de esa persona?

– Carmen Garralde. También es de Vitoria, como Ane, y ejerce de road manager,de agente artístico y de no sé cuántas cosas más. Tiene…, quiero decir, tenía mucho poder.

– Poder ¿en qué sentido?

– Si Carmen decía a Ane que no se tocaba en tal lugar o con tal director, ella la obedecía siempre.

– ¿Por qué no estaba en el Auditorio la noche del concierto?

– Supongo que porque sabía que iría yo a buscarla luego al camerino, y a mí prefería evitarme. Debió de quedarse en casa esa noche.

– Pero no tiene confirmación de que así fuera, ¿no es cierto?

– No, no la tengo.

– ¿Cuál era el motivo del distanciamiento entre ustedes dos?

Rescaglio guardó silencio durante un instante y luego dijo:

– Yo era de la opinión que Ane tenía que tener en su mano las riendas de su carrera y no delegar tanto en Carmen. Ésta, lógicamente, me percibía como una amenaza en su relación con Ane. Y además…

El italiano dejó la frase a medias, pero Salvador pudo apreciar claramente un mohín de disgusto en su expresión. El policía le invitó a que rematara la frase.

– ¿Y además…?

– Carmen es homosexual. Y siempre se ha sentido fuertemente atraída por mi novia.

– Entiendo. ¿Y su novia era consciente de que ejercía esa atracción sobre ella?

– Ane siempre me decía que no dijera tonterías, que Carmen era como su madre. Pero yo percibía que había algo enfermizo en esa relación. Algo perverso.

Salvador había extraído hacía rato de la americana una pequeña libreta en la que iba anotando los puntos más importantes de la declaración del italiano. Hubo un largo silencio, durante el cual Salvador estuvo escribiendo bajo la mirada atenta de Rescaglio. Luego, saliendo de su ensimismamiento, el inspector le preguntó dónde podía localizar a Carmen Garralde y el violonchelista le explicó que la mujer se alojaba en el ático que Ane había comprado en Madrid, en la zona conocida como Las Vistillas.

– Es un piso maravilloso, desde el que se ve media ciudad -apostilló Rescaglio.

Salvador se impacientó al ver que el bolígrafo con el que estaba tomando notas escribía con dificultad y comenzó a sacudirlo como si fuera un termómetro; incluso llegó a echarle vaho en la punta antes de hacer su siguiente pregunta.

– Señor Rescaglio, usted no quiso ver anoche -me parece que con buen criterio- el cadáver de su novia. He de informarle que en el pecho tenía, escrita con sangre, una palabra en árabe.

– ¡Dios mío! -dijo el violonchelista, llevándose las manos a la cara en señal de horror-. Entonces, ¿la han torturado?

– No lo creo; el forense opina que primero la estrangularon y luego escribieron en su cuerpo, en caracteres árabes, la palabra Iblis. ¿Sabe lo que significa?

– No tengo ni la menor idea.

– Iblis es el demonio de los mahometanos. Tenemos razones para sospechar que una célula fundamentalista islámica, o quizá un asesino aislado, pudo acabar con la vida de su novia. Como sabe, la inquina de los terroristas de Al-Qaeda contra los españoles, especialmente tras el juicio del 11-M, es creciente. ¿Sabe si Ane había recibido algún tipo de amenaza en los últimos meses?

– No, me lo hubiese comentado.

– ¿No conoce a nadie que tuviera razones para matarla?

– Suntori Goto era su gran rival en el escenario. Pero ¿tanto como para matarla?

– ¡Una japonesa! Esto se está poniendo cada vez más internacional. Pero de momento, no nos apartemos de la pista más evidente, que es la islámica. ¿Pudo hacer su novia algo que despertara la ira de los musulmanes más fanáticos? No es necesario que quemara en público una foto de Bin Laden, basta con unas declaraciones poco oportunas o incluso un titular de prensa tergiversado.

– No tengo constancia de nada de eso. Sin embargo, ahora que saca el tema… No, olvídelo, es demasiado anecdótico.

– Por favor, señor Rescaglio, cualquier detalle puede ser importante para la investigación. ¿Qué iba a decirme?

– Uno de los cuatro trombonistas de la ONE, el sueco Ove Larsson, es bastante amigo mío. Le encanta el chelo y le he dado alguna clase. Pues bien, hace cosa de un par de meses me contó que había visto en la televisión sueca a un grupo de jóvenes fundamentalistas islámicos que en Goteborg (la segunda ciudad más importante del país) había tratado de impedir a musulmanes suecos, casi todos de origen somalí, que asistieran a un concierto. Ove también me dijo que hay una presión cada vez mayor sobre las mujeres árabes en toda Escandinavia para que se abstengan de tocar y de bailar, porque está prohibido.

– ¿Cómo dice? ¿La música también está prohibida por el islam? Creí que limitaban su fanatismo a no reproducir la figura humana (ya sabe, las famosas caricaturas que se publicaron en la prensa) y a no mencionar en vano el nombre de su profeta.

– Eso mismo pensaba yo, pero Ove me explicó que hay un movimiento muy conservador dentro de los musulmanes suníes, los salafistas, que han decretado que la música está prohibida por el Corán.

– Entiendo, pero ¿qué relación puede tener todo eso con su novia? Me está hablando de Escandinavia.

– Ane ha dado varios conciertos en los últimos meses en Suecia: Estocolmo, Malmö, Goteborg. Y su próximo disco lo iba a grabar con una orquesta muy particular. ¿Ha oído hablar de la Orquesta West-Eastern Divan?

A Rescaglio le bastó con ver la expresión de desconcierto del policía para comprender que aquella famosa orquesta, fundada por Daniel Barenboim en el 2002 para promover la concordia entre israelíes y palestinos y formada por músicos de ambas etnias, le era total mente desconocida.

– La orquesta mantiene una especie de escuela de verano en Sevilla, que se reúne todos los años. Ane estuvo allí la temporada pasada, dando unas clases magistrales de violín, y Barenboim la invitó a grabar con ellos una transcripción para violín y orquesta de Schelomo,que es una rapsodia hebrea de un compositor de origen judío llamado Ernest Bloch.

– ¿Dónde se iba a grabar ese disco?

– En Barcelona.

Salvador empezó a tamborilear con el bolígrafo sobre el canto de la libreta. No era el gesto de una persona ansiosa, sino un golpeteo rítmico, casi musical, lo que llevó al italiano a concluir que el inspector empezaba a animarse.

– Lo que me está contando tiene sentido -concedió por fin el policía tras haber evaluado en su cabeza durante unos segundos la declaración del italiano-. No soy experto en terrorismo islámico, pero es público y notorio que el más famoso triángulo de reclutamiento yihadista de Europa está ahora mismo en las afueras de Barcelona: Badalona, Santa Coloma y Sant Adrià. Cada mes, entre tres y cinco musulmanes residentes en esa zona viajan a Irak o Afganistán para recibir allí entrenamiento terrorista.

– Es posible que la decisión de Ane de grabar allí con músicos musulmanes desatara la ira de los salafistas, ¿no?

– Sí, es muy probable. Su amigo el sueco ¿llegó a explicarle por qué está prohibida la música para estos fanáticos?

– Según ellos, la música es haram,que es la palabra que utilizan los musulmanes para designar todo lo prohibido. De hecho, parece que la palabra «harén» viene de ahí, porque es la zona prohibida donde vive la señora de la casa.

– Sigo sin entenderlo. ¿Por qué la música es haram?

– La prohibición no está en el Corán. Ove Larsson me aseguró que no hay ni un solo versículo del Libro Sagrado en el que se prohíba expresamente la música. El problema es la sunna, es decir, toda la tradición oral referida a los dichos y hechos del profeta. Precisamente porque se trata de un corpus de reglas no escritas, ni los propios musulmanes se ponen de acuerdo sobre el papel que debe tener la música en su cultura. Pero parece que los que se muestran contrarios a ella son tan intransigentes que prohíben hasta los politonos en los móviles. El argumento es que los cánticos, y sobre todo la música instrumental, desde el momento en que distraen a la gente e impiden concentrarse en la adoración de Alá, invitan a la desobediencia y por lo tanto deben ser desterrados. Es todo lo contrario de lo que opina Daniel Barenboim, con quien Ane iba a colaborar en breve. Para este director, la música es un importantísimo catalizador de la convivencia, porque al tiempo que nos permite apresarnos a nosotros mismos, nos obliga a escuchar al otro.

El policía trató de anotar las últimas palabras del violonchelista pero el bolígrafo se había vuelto ya tan rebelde que lo único que consiguió fue perforar el papel de la página en la que estaba escribiendo. Esto, unido al hecho de que consideraba que la información aportada por el italiano era suficiente para avanzar en la investigación, le decidió a poner fin al interrogatorio.

– Señor Rescaglio, me ha sido de inestimable ayuda, pero me temo que tendré que volver a molestarle para aclarar cualquiera puntos de la investigación que vayan surgiendo a medida que ésta avance.

El policía y el músico se estrecharon la mano, pero, antes de que éste cerrara la puerta de la sala para comenzar su ensayo, preguntó:

– Señor Salvador, ya me ha dicho que Ane no fue torturada. Pero no me ha aclarado si sufrió.

– El forense me asegura que no. Su novia debió de perder el conocimiento en cuanto su verdugo empezó a presionarle el cuello, con lo cual nos demuestra que el asesino sabía lo que hacía.

– ¿A qué se refiere?

– Shime waza. Es una expresión japonesa que se emplea en judo para designar diversas formas de estrangulación con el antebrazo. Es muy probable que el asesino haya practicado artes marciales, lo cual abunda aún más en la tesis de un terrorista islámico entrenado a conciencia en los campos de Al-Qaeda o alguna organización afín. A su novia no la asesinaron oprimiéndole la tráquea con las manos, entre otras cosas porque matar de esa manera es dificilísimo, por mucha fuerza que tenga el asesino en las manos. Existe el peligro para el agresor de que la víctima se defienda como gato panza arriba y le deje arañazos y contusiones en el cuerpo. Y aún más peligroso para el verdugo es que, como consecuencia de esa resistencia, queden restos de piel, de saliva, o de pelos entre las uñas de su víctima, que posibiliten a la Policía Científica determinar de inmediato tanto el grupo sanguíneo como el ADN del culpable.

– Si no fue por falta de aire, ¿cómo murió entonces?

Con un movimiento sorpresa, el inspector Manuel Salvador agarró al italiano del cuello con el antebrazo, con la firmeza suficiente para que no escapara, pero sin llegar a apretar tanto como para poner en peligro su integridad física. Aunque a Rescaglio aquella demostración in situ le pareció fuera de lugar, decidió que lo mejor era no moverse ni protestar, y esperar a que el policía terminara su explicación.

– Tengo el pliegue del codo situado frente a su laringe. Ni siquiera apretando con todas mis fuerzas lograría interrumpir así el flujo de aire a sus pulmones. Sin embargo, mi antebrazo comprime la arteria del cuello, de modo que con esta presa podría provocarle anoxia cefálica por compresión vascular e inhibición vagal. En otras palabras, usted perdería el conocimiento en segundos porque no le llegaría sangre al cerebro y moriría poco después por la misma causa si yo continuara presionando, una vez que lo tuviera inconsciente. La clave para estrangular a alguien rápidamente no es la laringe ni la tráquea, sino la carótida, y el asesino de su novia estaba ai tanto de ello. Cualquier policía sabe también cómo dejar fuera de combate a un alborotador que no se deja llamar al orden por métodos, digamos, menos expeditivos.

Rescaglio sintió una náusea muy fuerte en el estómago, pero no fue debida a la presión del brazo del policía, que no era nada del otro mundo, sino, por una parte, al repugnante olor a colonia barata que éste le estaba restregando contra la piel, pues tenía la nariz pegada a la parte posterior de su mejilla, y por otra a la desagradable peste a nicotina que desprendía la manga de su gabardina.

Visiblemente decepcionado por la falta de entusiasmo con la que el chelista había recibido su demostración forense, Salvador soltó el cuello de su interlocutor y se disculpó diciendo:

– Espero no haberle lastimado. Tan sólo quería dejarle claro por qué estamos convencidos de que los últimos instantes de su novia no fueron lo terribles que podrían haber sido de haberse topado con un asesino más inexperto. Casi todo lo demás en relación con este caso es aún una nebulosa de interrogantes. Empezando por una pregunta cuya respuesta vale dos millones de euros:

»¿Dónde está el violín?

13

París, al día siguiente del crimen

Arsène Lupot salió a dar un paseo por el Boulevard Saint-Germain para celebrar la buena noticia de que iba a poder viajar a Madrid a dar su charla esa misma semana: debido a una repentina indisposición, uno de los conferenciantes del Círculo de Bellas Artes había cancelado su intervención a última hora y él estaba preparado para impartir su charla, que tenía montada desde un par de años atrás, el día que le indicaran. La conferencia de Lupot, apoyada con música y diapositivas en Power Point, se titulaba «El violín, príncipe y mendigo» y siempre era un éxito allí donde la daba, pues no se trataba de una árida exposición de fechas y datos sobre la historia del instrumento, sino de un repaso muy ameno a su evolución. Lupot contaba a su auditorio que el violín, como ocurrió en España con la guitarra española, estuvo en su día muy mal considerado, cual si de un instrumento tabernario se tratara; que hasta que Monteverdi no lo eligió para complementar las partes vocales de su ópera Orfeo,fue marginado y menospreciado por los grandes compositores de la época, que preferían el laúd o la viola da gamba a la hora de expresar su pensamiento musical. En su charla, Lupot también tenía tiempo para dedicar un recuerde entrañable a grandes violinistas no profesionales, ya fueran de carne y hueso, como Albert Einstein -el luthier sostenía que de no haber tocado el violín, el físico quizá nunca hubiera descubierto la teoría de la relatividad-, o surgidos de la imaginación de un autor, como Sherlock Holmes, que buscaba la inspiración para resolver sus intrincados casos en el atormentado sonido de su instrumento.

Después de degustar un desayuno en el mítico Café de Flore, por el que tuvo que desembolsar casi treinta euros, Lupot entró en una tienda de discos. A Natalia, la mujer de Roberto, le encantaba la chanson française y al luthier le pareció buena idea comprar algunos discos para llevárselos como obsequio a su anfitriona. Tras hacerse con media docena de cedés que era difícil que hubieran llegado a España, Lupot decidió curiosear, por deformación profesional, en el apartado de música clásica y no pudo evitar un sobresalto cuando vio el álbum que Ane Larrazábal acababa de sacar al mercado. Al preguntar a uno de los dependientes la fecha de su lanzamiento, éste le dijo que los primeros ejemplares le acababan de llegar esa misma mañana, por lo que aún no había dado tiempo a ponerlos en el escaparate, como la gran novedad del mes.

El título del disco era L'instrument du diable y, en la portada, sobre un fondo rojo infernal, aparecía la famosa violinista, mirando a cámara, con una expresión engañosa y turbadora. De un lado, los ojos, enormes y azules, irradiaban una bondad seráfica y la mostraban al público como una criatura encantadora y confiable; de otro, la boca, inclinada hacia un lado, en una semisonrisa cruel y desalmada, parecía desmentir lo que expresaba la mirada y confería a toda la figura el aire amenazador de un lobo disfrazado de cordero. Ane Larrazábal había querido hacer hincapié en lo diabólico, vistiendo para la foto un extraño hábito negro con capucha, que le daba el aspecto de gran sacerdotisa de las tinieblas. En las manos sostenía, o más cabría decir que hacía levitar ligeramente, su famoso Stradivarius, con la voluta que Lupot había tallado, que parecía consumirse en un pequeño infierno de lenguas de fuego. Dio la vuelta al cedé para ver qué piezas se habían incluido en el mismo y comprobó que figuraban las más célebres obras de música clásica relacionadas con el diablo. Abría el álbum la Danza macabra,de Camille Saint-Saëns, basada en un poema del poeta decimonónico francés Henri Cazalis. En esta célebre obra, la música intenta describir a la muerte, rodeada de esqueletos bailando frenéticamente hasta el amanecer al son de su violín. Lupot recordó el comienzo de la pieza, en la que se podía escuchar el inquietante «Intervalo del diablo», un acorde de dos notas que estuvo prohibido en la Edad Media por la Iglesia porque se decía que tenía el poder de convocar al Maligno. Cuando se estrenó la Danza macabra, en 1875, el público francés no acogió de manera muy entusiasta los inquietantes e innovadores sonidos concebidos por Saint-Saëns para el xilofón, evocando el castañeteo de los huesos de los muertos.

En la selección llevada a cabo por Larrazábal no podía faltar la más célebre pieza de Paganini asociada con Satanás, Las brujas,una serie de variaciones para violín y piano basadas en un ballet del siglo xix en el que se describía la llegada de unas brujas a un bosque encantado. La obra estaba tan erizada de dificultades técnicas y sus melodías eran a veces tan ominosas que, cuando Paganini la estrenó en Viena, un espectador se mostró dispuesto a jurar que había visto al diablo en el escenario, junto al genovés, moviendo su brazo y guiando su arco. En algún momento de su carrera, al violinista le debió de parecer contraproducente esta obsesiva asociación de su figura con Lucifer y decidió hacer pública una emotiva carta, que le había escrito su madre desde Praga, llena de alusiones a Dios, como el mejor sistema para desmentir los rumores de que él era hijo de Satanás. Esta estratagema no le dio resultado alguno, sobre todo a raíz de que, debido a una terrible infección, al italiano le tuvieron que arrancar todos los dientes de la boca, lo que confirió a su ya torva expresión una apariencia aún más escalofriante.

Lupot comprobó que Larrazábal rendía homenaje en el disco a dos compositores españoles con connotaciones mefistofélicas. Uno, el gran Pablo Sarasate, que había llegado a ser considerado, junto a Paganini, el mayor virtuoso de violín de la historia y que era autor de una Sinfonía Fausto para violín y orquesta. El otro, Manuel de Falla, había compuesto para el ballet El amor brujo una «Danza del terror», que, por más que la hubiera escuchado en incontables ocasiones, al francés le seguía produciendo un profundo impacto.

Ahora Ane Larrazábal estaba muerta. Pero el instrumento con el que había sido grabada toda aquella música -quizá el violín más excepcional que Lupot hubiera tenido nunca entre sus manos- había sobrevivido a la violinista y estaba en poder le su asesino. Si su amigo Clemente estaba en lo cierto y aquél era un objeto portador de mala suerte, por nada del mundo le habría gustado estar en los zapatos del sujeto que lo había sustraído.

14

Madrid, 48 horas después del crimen

Manuel Salvador recogió su coche del taller -un BMW coupé de color titanio- a las nueve y media de la mañana, tras haber recibido por parte del dueño del establecimiento una farragosa explicación acerca de su retraso en la entrega del vehículo: había tenido mucho trabajo y, además, el mecánico que iba a encargarse de su coche se puso repentinamente enfermo, por lo que había tenido que recurrir a otro.

Salvador se puso furioso cuando comprobó que el sustituto no había empleado los habituales plásticos protectores para no manchar de grasa el interior del habitáculo y que el volante estaba cochambroso. El policía observó también con enorme fastidio que el cierre del cinturón de seguridad no funcionaba correctamente y que el depósito de gasolina estaba a la mitad; aunque cuando el encargado del taller se ofreció a subsanar las deficiencias, Salvador le contestó que ya había esperado demasiado y que pasaría a abonar la factura una vez que hubiera comprobado que sus hombres no habían perpetrado en su vehículo ningún otro desaguisado.

El siguiente testigo al que quería entrevistar el inspector era la mano derecha de Ane Larrazábal, la, en apariencia, todopoderosa Carmen Garralde, con quien había quedado citado a mediodía en su piso de Las Vistillas. Salvador se dijo que disponía de tiempo para su visita semanal a la Fundación Síndrome de West, una asociación privada creada por los padres de los niños que padecían esta terrible enfermedad. Manuel Salvador se había convertido hacía pocos meses en uno de esos padres. En su quinto mes de vida, el segundo hijo de Salvador, el pequeño Nicolás, había empezado a manifestar los síntomas dramáticos de este proceso degenerativo que afecta a uno de cada seis mil niños. El bebé había ido perdiendo paulatinamente la sonrisa, abandonado la prensión de los objetos y el seguimiento ocular, había comenzado a llorar sin motivo y a volverse irritable. La enfermedad fue diagnosticada al pequeño en un tiempo récord, que fue también el que tardó el inspector en enterarse de que el síndrome de West lleva apareadas secuelas neurológicas y psicomotrices irreversibles y severas. El mazazo para él y su mujer había resultado devastador, pero por fortuna, la ayuda y el apoyo emocional que les estaban dispensando desde la Fundación les estaba posibilitando, a él y a su esposa, sobreponerse poco a poco a aquel cruel zarpazo del destino.

Al llegar a Villanueva del Pardillo, sede de la Fundación, se vio obligado a detenerse en un semáforo y un par de gitanillas le abordaron para tratar de limpiarle el parabrisas. A pesar de que Salvador les hizo gestos con las manos y con la cabeza de que no se acercaran, éstas hicieron caso omiso y, tras echar un chorro de detergente barato sobre el cristal, comenzaron a pasarle una mopa mugrienta. Salvador, encolerizado, abrió la puerta del BMV para enfrentarse a las limpiadoras, pero al tratar de levantarse de su asiento, el cinturón de seguridad tiró de él con contundencia en la dirección opuesta. El policía intentó accionar al mecanismo de apertura del cinturón para liberarse y comprobó que había vuelto a atascarse, una situación que provocó la hilaridad de las dos mocosas. Esto enfureció tanto a Salvador que, sin pensárselo dos veces, echó mano a la pistola Astra que guardaba en la sobaquera y apuntó con ella a las dos gitanas creyendo que este abusivo gesto iba a provocarles un susto de muerte. Lejos de amedrentarse al verse encañonadas, las dos limpiadoras -que parecían tomárselo todo como un juego callejero -empezaron a burlarse de él con más saña todavía, lo que provocó que el nivel de blasfemias y amenazas que estaba profiriendo el policía llegara al paroxismo.

Y entonces ocurrió algo que le dejó sin habla. Una de las dos gitanas, curiosamente la que parecía al principio menos descarada, agarró la pistola por el cañón, y aprovechando el factor sorpresa, consiguió arrebatársela de un tirón. El movimiento fue tan brusco que el arma también se le escapó a la muchacha de las manos, y cayó al suelo rebotando un par de veces sobre el asfalto, hasta quedar a metro y medio de la puerta del conductor. Quizá conscientes de que habían llevado su burla demasiado lejos, las dos pedigüeñas salieron corriendo a toda velocidad, antes de que el policía pudiera insertar, en el cargador de su inagotable repertorio, una nueva andanada de gritos e improperios, dejando el parabrisas del BMV embadurnado de un líquido inmundo y pringoso.

En el momento exacto en que el policía accionó la palanca del limpiaparabrisas para tratar de barrer del cristal aquella pasta repugnante, el automóvil hizo explosión.

Por desgracia para él, el hecho de estar firmemente anclado al asiento por el cinturón de seguridad hizo que la onda expansiva no pudiera arrojarle al exterior del vehículo. Eso seguramente le hubiera ocasionado contusiones de gravedad, o tal vez un traumatismo craneoencefálico del que no hubiera salido con vida, pero lo más seguro es que habría perdido el conocimiento y no habría tenido que asistir impotente a su propio final, lento y doloroso como el de un hereje abrasado en la hoguera por la Santa Inquisición. Antes de empezar a notar los rápidos y devastadores efectos que tienen siempre las llamas sobre la piel humana, y coincidiendo con el final de la detonación, Salvador sintió como si dos diminutos taladros de acero incandescente penetrasen por sus conductos auditivos hasta horadarle los lóbulos temporales del cerebro. Era el dolor causado por el desgarro de las membranas timpánicas, que, con el fragor de la explosión, no sólo reventaron como si fueran frágiles parches de papel de arroz, sino que comenzaron a sangrarle profusamente.

Quizá por efecto de la adrenalina, se produjo una extraña alteración en el orden en que sus sentidos le transmitían la información de lo que ocurría en el interior del vehículo; el olor de su propia carne abrasada le llegó a la nariz antes incluso de que empezaran a torturarle las quemaduras de segundo y tercer grado que las llamas empezaban a ocasionarle en la parte baja del cuerpo, pues el fuego parecía provenir de las mismas entrañas del vehículo. El fuerte olor a piel achicharrada se mezcló de inmediato con el humo pestilente de la gasolina en combustión, y Salvador, con los ojos inyectados en sangre por la irritación de los gases, notó cómo los alveolos pulmonares se le llenaban de una sustancia negra y viscosa que le provocó una profunda náusea. Aunque las quemaduras más graves afectaban a las piernas, Salvador contempló sus manos y pudo ver cómo su dorso empezaba a enrojecer y a llenarse de ampollas de color blancuzco, a medida que los vasos linfáticos iban quedando al descubierto por efecto de aquel calor infernal.

Viéndose impotente para salir de aquella trampa mortal, Salvador empezó a gritar «¡Socorro!», pero los gases que estaba inhalando convirtieron su llamada de auxilio en un incontrolable ataque de tos.

Salvador no tenía manera de saber cuántos segundos de aquel espantoso martirio le quedaban por vivir aún, pero cuando se dio cuenta por fin de que no iba a ser capaz de zafarse del abrazo mortal del cinturón de seguridad, con el que seguía forcejeando con desesperación, se acordó de la pistola, que descansaba sobre el asfalto a poca distancia de su asiento, y en un esfuerzo sobrehumano consiguió estirar el brazo y hacerse con ella.

No llegó a poder dispararse un tiro en la boca como había planeado, porque las llamas habían alcanzado por fin las parte más vitales de su organismo, y el policía sufrió una parada cardíaca que le ocasionó la pérdida del conocimiento, en el mismo instante en que se le escapaba la vida.

15

El comisario jefe de la UDEV, la unidad de élite de la Policía Judicial a la que había pertenecido Salvador, se llamaba Ángel Luis Galdón. El comisario sabía que Perdomo -que dependía de la Brigada Provincial de Madrid- había sido la primera persona en entrar en contacto con el cadáver de Ane Larrazábal porque así se lo había dicho el propio Salvador, al día siguiente del crimen; de manera que cuando se confirmó la noticia de que éste había sido víctima de un atentado mortal, Galdón llevo a cabo las gestiones oportunas para que fuera Perdomo quien se hiciera cargo del caso de la violinista estrangulada.

El inspector se presentó a primera hora de la mañana en el despacho del comisario Galdón; los dos policías abordaron, antes que nada, la muerte del agente achicharrado en su propio vehículo. Galdón tenía una boca larga y aburrida como una dieta vegetariana, y se expresaba en tono monocorde.

– La Policía Científica todavía no tiene un informe definitivo, pero ya me han dado un anticipo por teléfono -le explicó el comisario-. Quienquiera que perpetrara el crimen no utilizó un dispositivo lapa, ni una bomba convencional de tiempo colocada debajo del asiento, sino un explosivo mucho más temible.

– Bomba de solidox, ¿no?

El comisario jefe había llegado a ocupar ese puesto más por su tupida red de contactos profesionales que por sus méritos detectivescos, así que siempre se quedaba atónito cuando un investigador le sorprendía con una intuición correcta o con una deducción arriesgada, que luego se demostraba acertada.

– ¿Cómo lo sabes?

– Las instrucciones para construir una bomba de solidox figuran en un manual, que se puede conseguir en internet con cierta facilidad. Es un explosivo que se está poniendo de moda.

– Pues yo debo de pasar demasiadas horas dedicado a firmar papeles; hasta ahora no lo había oído mencionar. Me dicen que es oxígeno sólido, de ahí el nombre, y que viene en una lata de aluminio que contiene seis barritas de color gris que se pueden comprar en la ferretería.

– Eso es porque se emplea en soldaduras como agente oxidante. Su componente más activo es el clorato potásico.

– La Policía Científica dice que lo más fácil y más rápido es machacar las seis unidades de solidox en un mortero, hasta lograr un polvo muy fino, mezclarlo con una cantidad equivalente de azúcar y luego colocarle un pequeño temporizador del tipo 555 y un detonante.

»No es necesario ni siquiera un detonador convencional. Basta con una bombilla de un voltio activada a través de una pila de trece watios. Después, lo único que hace falta es encontrar la manera de introducir el artilugio en el depósito de gasolina del vehículo.

»Aparentemente, lo metieron en el taller, aprovechando que lo había llevado a revisión. Un empleado se puso enfermo y fue sustituido a toda prisa por otro mecánico, que fue el que hizo el trabajito.

– ¿Han conseguido detenerle?

– No, pero tenemos la descripción física. Tiene rasgos norteafricanos. Quizá esté conectado con lo de la violinista que investigaba Salvador porque… ¿no me dijiste que tenía unos caracteres árabes escritos en el pecho?

– En este país hay más de medio millón de ellos, así que también puede tratarse de una coincidencia. Es mejor no llegar a conclusiones precipitadas, antes de tener datos suficientes.

– El auténtico drama es que el coche de Salvador tenía poca gasolina, y el estallido de la bomba no produjo una gran detonación. Pudo haber muerto sin enterarse y en cambio tuvo un fin espeluznante, porque se le trabó el cierre del cinturón de seguridad y las llamas se lo comieron vivo.

Perdomo bajó la vista y guardó silencio al enterarse de la espantosa muerte de su adversario.

– Tú no te llevabas muy bien con Salvador, ¿no es cierto? -dijo el comisario.

– No mucho.

– ¿Puedo saber por qué?

– ¿Te parece el momento adecuado para tener esta conversación?

– ¿Es que te crees todo lo que se dijo de él cuando estuvo en Estupefacientes?

A pesar de que se encontraban en un edificio público y de que, por lo tanto, estaba prohibido fumar, el comisario extrajo un cigarrillo de una pitillera de plata y ofreció otro a Perdomo.

– Gracias, no fumo.

– Tú te lo pierdes. Te vas a morir de todas maneras y estás renunciando a un maravilloso vicio.

Perdomo contempló con desagrado los dedos amarillos de tabaco del comisario y luego respondió a la pregunta:

– No tengo constancia de que Salvador fuera deshonesto, y entre nosotros no había nada personal. Quiero decir que, aparte de dirigirse a mí en las raras veces que coincidíamos en alguna investigación como si él fuera Sherlock Holmes en persona y yo un policía recién salido de la academia, nunca tuvimos ningún encontronazo serio. Otra cosa es que maltratara a diario a algún subinspector y que éste fuera íntimo amigo mío. Al pobre Vilches lo traía por la calle de la amargura y eso me sentaba como un tiro. Salvador se enteró de que el mote por el que le conocía todo el mundo en jefatura se lo había puesto yo y por eso nuestras relaciones eran particularmente tensas.

– ¿Inspector Gafet? ¿Es tuyo?

– Sí. Salvador era un cenizo.

– De modo que ¿crees en esas cosas? Me refiero al mal fario.

Perdomo se limitó a encogerse de hombros y no respondió a la pregunta.

– Pero era un buen policía, ¿no crees? -preguntó el comisario.

– Dicen que, rumores a un lado, en Estupefacientes no lo hizo del todo mal. Pero no sabes cómo se puso la otra noche cuando vio que yo había inspeccionado antes que él la escena del crimen. Pensó que quería robarle el caso.

– Y la ironía es que al final sí que te has quedado con él. Pobre Salvador -concluyó el comisario-, lo estaba pasando últimamente muy mal con lo de su chaval. Te enteraste, ¿no?

Perdomo afirmó con la cabeza.

Galdón esperó unos segundos en silencio, para ver si Perdomo hacía alguna acotación más sobre su relación con Salvador, pero al ver que la conversación se había agotado, decidió entrar en materia.

– ¿Sabes por qué se ha hecho cargo la UDEV del caso Larrazábal?

Perdomo entendió al instante a qué se estaba refiriendo el comisario. La UDEV era una unidad central radicada en Madrid, compuesta por policías de élite que daban apoyo a las jefaturas provinciales. En ciudades con grupos de homicidio, fuertes y bien estructurados, como Barcelona, Sevilla, Málaga, Valencia y, por supuesto, Madrid, esos inspectores eran siempre los encargados de resolver los crímenes. Incluso en localidades con menos infraestructura policial, los hombres de la UDEV sólo entraban en acción cuando la investigación se estancaba o cuando jefaturas con pocos medios lo solicitaban. Que hubiera asumido, desde el principio y sin ser requerida para ello, una investigación que podían llevar a cabo perfectamente los grupos adscritos a la Jefatura Provincial de Madrid era un gesto de prepotencia.

Perdomo estaba ansioso por conocer los detalles de aquella decisión, que Galdón le resumió en dos minutos:

– Fue una orden expresa de arriba. Y cuando digo «arriba», quiero decir «arriba del todo». Ya sabes que la mujer del presidente no solamente es aficionada a la música, sino que canta esporádicamente de forma profesional. Por la identidad de la víctima, éste es un crimen muy sonado, que va a tener un amplio seguimiento mediático, incluso internacional. No podemos cagarla; por eso el caso nos lo asignaron a nosotros desde el principio. Pero muerto Salvador, te considero la persona más capacitada para llevar la investigación, no solamente por el conocimiento directo que tienes del caso, sino porque eres un detective de tres pares de narices. ¿O es que te crees que no nos pusiste a todos los dientes largos cuando atrapaste al Asesino del Unicornio en El Boalo?

– Un golpe de suerte. El tipo estaba repostando gasolina delante de mí y al abrir el maletero me llamó la atención una caña de pescar muy rara, que llevaba medio escondida. Cuando le pregunté dónde la había comprado, me dijo que se la había hecho él mismo, pero enseguida vi que aquello no era una caña de pescar, sino un cuerno de narval. Mi mujer era muy aficiona al mar y alguna vez había contado a Gregorio historias acerca del unicornio marino, entre otras cosas que el cuerno puede llegar a medir lo que aquel trozo de marfil: casi dos metros.

– Tu poder de observación ha salvado la vida de muchas mujeres, Perdomo. El psicópata ese se había cepillado ya a trece mujeres ypodría haber seguido así durante años, porque un asesino en serie no se detiene jamás. Y ya sabes que, según la Guardia Civil, su siguiente víctima iba a ser la mujer del alcalde. Fue un gran acto de servicio.

– Gracias por el cumplido, pero volviendo al caso que no ocupa, aquí hay algo que no entiendo. ¿La UDEV se inhibe de la investigación para que la lleve un humilde inspector de homicidios de la Brigada Provincial?

– No me he explicado con claridad. Mientras dure la investigación, quedas adscrito a mi unidad. Ya he hablado con tu comisario para que redacte el papeleo. Te hemos habilitado un despacho en la Sección de Homicidios y Desaparecidos. Cuando resuelvas el caso -y no me cabe duda de que lo vas a resolver- será la UDEV la que se lleve la gloria.

– Muy astuto. Pero ¿con quién voy a investigar? Estoy acostumbrado a trabajar con Vilches.

– De la Brigada Provincial sólo me interesas tú. Vilches se queda donde está y tú vas a trabajar con el subinspector Villanueva, que era el compañero de Salvador.

Galdón intentó hacer un aro con el humo del cigarrillo, pero no lo consiguió. Luego, al ver que Perdomo se había quedado taciturno, dijo:

– ¿En qué estás pensando? Vas a llevar el homicidio más importante del año y no veo que estés tirando cohetes. Cualquier inspector de homicidios del mundo mataría por estar al frente de una investigación así.

– Ése es el problema. ¿Cuántos hombres tienes en la Sección de Homicidios?

– Dieciséis.

– ¿Y qué van a decir cuando se enteren de que le encargas la investigación a uno de la Brigada Provincial y no cuentas con ellos?

– Villanueva es de la UDEV y va a estar contigo en la investigación.

– Pero va a estar a mis órdenes. Créeme, esto va a traer problemas.

– Para eso estoy yo, para resolverlos. Si uno de mis hombres se atreve a ponerte las cosas difíciles, no tienes más que decírmelo y lo crujo en el acto. Empezando por el propio Villanueva. ¿Le conoces?

– Nos hemos visto un par de veces.

– Está jodido, porque se llevaba muy bien con Salvador y lo que quiere es que le ponga a trabajar en el caso de su compañero, no en el del Auditorio. Pero estaría demasiado implicado emocionalmente y no lo haría bien. Además, te tiene que poner al día de lo que llevamos hecho hasta ahora. En cuanto al caso de Salvador, he puesto a trabajar a cuatro hombres, el doble de lo normal. Vamos a pillar al hijo de puta que lo hizo antes de lo que te imaginas.

El comisario Galdón apuró tanto el cigarrillo que se quemó los dedos con la brasa. Luego añadió:

– Pobre Salvador, descanse en paz. Te digo yo que era un buen policía. Con sus cosas, como todo el mundo, pero que se le perdonan, ¿no? ¿Vas a ir al funeral? Es mañana.

Perdomo hizo un gesto de duda, que provocó una reacción inmediata en Galdón.

– Sí, hombre, sí; debes ir, no me jodas. Cualquier cosa que hubiera entre vosotros, ya es hora de dejarla atrás.

Galdón apagó por fin el cigarrillo y luego cambió de tercio:

– ¿Y tú qué tal estás?

– No me quejo. Por lo menos me seguís felicitando todos por lo de El Boalo.

– Me refiero a si sales con alguien.

– Malditas las ganas.

– Tenías un chaval, ¿no?

– Gregorio. Está muy crecido. Y estoy contento, porque empieza a querer hablar de su madre. No sé si sabes que mi mujer…

– Lo sé, lo sé. Pero tú eres muy joven. Volverás a rehacer tu vida muy pronto, ya verás.

El inspector Perdomo recordó por un instante a la trombonista que había conocido la noche del crimen, pero la ahuyentó enseguida de su cabeza, como si la mera evocación de su imagen fuera un acto de deslealtad hacia su esposa. Como siempre, utilizó el trabajo para evadirse de su dolorida vida personal.

– ¿Dónde están los resultados de la autopsia de la violinista?

– Los tiene el forense, porque aún falta el análisis toxicológico. Pero la chica murió estrangulada, eso ya te lo puedo confirmar. Así que, hala, a trabajar.

El comisario jefe se puso en pie y, componiendo lo que el creía que era una sonrisa amigable, que a Perdomo le pareció una mueca forzada de presentador malo de concurso de televisión, le estrechó la mano y le deseó buena suerte.

Al salir, Perdomo se hizo la siguiente reflexión: cuando una investigación se estanca, un inspector provincial puede pedir ayuda a la UDEV. Pero ahora que él trabajaba para la UDEV, ¿a quién demonios podría recurrir cuando las cosas empezaran a ponerse difíciles?

16

Roberto y Natalia decidieron festejar la llegada a Madrid de su amigo Lupot con una cena en un conocido restaurante especializado en carnes, situado junto al edificio del Senado. Antes de que empezaran a llegar los platos, y mientras degustaban un delicioso Ribera del Duero del 2002, el francés hizo entrega a su anfitriona de los discos de chanson française que había comprado para ella.

– Hay uno muy especial que acaba de salir. Lo acaba de grabar un dúo formado por un chico y una chica que se hacen llamar Malin Plaisir. On peut traduire par «placer malévolo», ¿no es cierto, Roberto?

El interpelado no contestó, absorto como estaba en contemplar a Natalia mientras ésta intentaba, inútilmente, desprecintar el celofán que envolvía el disco.

– Aunque sólo fuera por el trabajo que cuesta abrir los compactos -dijo la mujer-, debería promulgarse una ley que obligara a volver al disco de vinilo.

Tras forcejear durante un minuto con el cedé, en una operación en la que hubo que emplear un tenedor y un cuchillo de cortar carne, Natalia logró retirar por fin el envoltorio y empezó a hacer preguntas sobre el disco:

– ¿Moi pour toi es el título del disco?

– Del disco y de este libro que también te he comprado, porque es en el que está basado el disco -le explicó Lupot.

Extrajo de la bolsa en la que había llevado los discos un libro de bolsillo en cuya cubierta aparecían las fotos de la cantante Edith Piaf y del boxeador Marcel Cerdan. Debajo del título, que era igual al del cedé, el subtítulo aclaratorio decía: «Lettres d'amour».

– Moi pour toi no se puede traducir literalmente «yo para ti» -explicó Roberto-. Yo me inclinaría por «el uno para el otro».

– Exactement -apostilló el francés-. El título de esta antología de cartas de amor alude a unos versos de la canción más famosa de Piaf, «La vie en rose». En un momento dado la letra dice:

C'est lui pour moi,

Moi pour lui dans la vie

Il me l'a dit, l'a juré

Pour la vie

o sea, «él para mí y y yo para él en la vida, me lo ha dicho, me lo ha jurado para toda la vida».

– Pero ¿qué tiene que ver el disco con las cartas? -preguntó Natalia mientras empezaba a curiosear las fotos que venían en el disco.

– Malin Plaisir ha cogido frases de las cartas de amor y las ha convertido en canciones. No he podido escuchar el disco aún, pero he leído varias reseñas en la página web de la Fnac todas son excelentes.

Natalia estaba radiante de felicidad; era evidente que el disco y el libro le habían hecho una ilusión inusitada. Tras estampar un par de besos a Lupot, tan efusivos que le obligaron a recolocarse las gafas, empezó a interesarse por la historia de amor entre la cantante y el boxeador, que conocía sólo superficialmente.

– Siempre me ha fascinado la Piaf, que te lo diga Roberto. Pero así como los discos los tengo casi todos, no es fácil conseguir libros sobre ella. Éste me servirá para mejorar mi francés, que, por cierto, es deplorable.

– No sabía que te gustara tanto Edith Piaf -dijo Lupot-. A mí se me ocurrió traerte el disco sólo porque lo relacioné con el violín del diablo y el asesinato de Ane Larrazábal.

– ¿A qué te refieres?

– No sé si estás al tanto de la historia de amor prohibido catre Cerdan y Piaf. Se conocieron en 1946; él tenía ya cuatro hijos, pero el chispazo no se produjo hasta dos años después, en Nueva York. En el 49, cuando el romance estaba en pleno apogeo, se desencadenó la tragedia: Cerdan murió a bordo del mismo avión en que iba el violín del diablo y su propietaria, Ginette Neveu. Lo más inquietante de todo es que Cerdan, que tenía que viajar a Nueva York para el combate de desquite con LaMotta, tenía pensado hacer el viaje en barco, pero Piaf, que ya estaba allí, estaba tan ansiosa por verle que le suplicó que tomara un avión.

– ¡Lo mataron las prisas! -dijo Roberto.

– Lo mató la Piaf -apostilló Lupot-. ¡Esa mujer debía de ser como una mantis!

En ese momento fueron interrumpidos por el camarero, que colocó tres platos de barro incandescentes delante de cada comensal. Aunque el comentario era superfluo, porque los platos parecían fragmentos de magma volcánico, el camarero se sintió obligado de igual modo a advertir:

– Cuidado con el plato, que está muy caliente.

– No nos habíamos dado cuenta -bromeó Roberto, mientras se servía un par de deliciosos filetitos de buey, que empezaron a churruscarse sobre el barro a toda velocidad. El luthier les dio la vuelta casi instantáneamente, para evitar que la carne se recociera sobre el plato, y luego engulló uno de ellos sin trocarlo siquiera con el cuchillo.

– Parece que había hambre -dijo Natalia, un poco avergonzada por la voracidad excesiva de su marido, que durante unos instantes se había transformado en una especie de hombre de Cromagnon devorando un trozo de mamut.

– También os he traído -continuó Lupot- el disco póstumo de Ane Larrazábal. No sé si lo han editado ya en España.

El luthier enseñó el cedé a sus amigos y éstos se mostraron muy impresionados tanto con el contenido como con la portada del mismo. Al contemplar de cerca el violín en aquella fotografía, Roberto volvió a insistir en su teoría de que el instrumento debía de emitir algún tipo de energía negativa y esto provocó una inquietante reflexión por parte del francés:

– Lo cierto es que un violín es un objeto muy especial, y eso lo saben los músicos mejor que nadie, ¿no es cierto? Cuando un violín deja de tocarse durante un tiempo, se produce un fenómeno muy misterioso; el instrumento pierde sonoridad. Luego cuesta meses que vuelva a ser el de antes. A veces han venido clientes míos a quejarse, después de algún arreglo, porque el violín ya no les sonaba como cuando lo compraron. Y yo siempre les digo: lo que tiene que hacer usted es tocarlo, porque el instrumento percibe que no lo están tocando y empieza poco a poco a languidecer. A pesar del tiempo que llevo en esta profesión, nunca he sabido explicarme este fenómeno. Es como si el violín estuviera… vivo.

– No solamente eso -añadió Roberto-. Un violín percibe qué tipo de músico es su propietario. Si un violinista ofrece un sonido potente y extrovertido, el instrumento se adapta a él y proyecta un sonido recio y vigoroso. En cambio, si está en manos de un pusilánime, el violín también se acobarda y se pone mohíno.

Siguió una discusión interminable sobre qué clase de energía absorbían y emitían los objetos y hablaron largo y tendido del feng shui, una forma de geomancia china que se remontaba al año 3000 antes de Cristo y que cada vez tenía más aceptación en Occidente.

– El feng shui -dijo Roberto- se basa en armonizar la energía que desprenden los objetos y las personas. Por lo tanto, si aceptamos el feng shui, y media Europa lo acepta en estos tiempos, tenemos que admitir también que haya objetos que desprenden energía negativa. Yo creo que el violín es uno de ellos.

– La sola idea de que pueda haber cosas que atraen la mala suerte resulta en extremo desasosegante -afirmó Lupot-. Tal vez por eso me niego a aceptarla.

– Pues haces mal -exclamó contrariada Natalia-. Podría citarte de memoria media docena de objetos malditos, desde coches hasta cuadros, incluidos diamantes o jarrones, que conforme iban pasando de mano en mano iban dejando tras de sí una siniestra colección de infortunios y un lúgubre reguero de cadáveres.

– Yo también -dijo Roberto-. Está el diamante Hope, el coche de James Dean, el personaje de Superman…

– Ése no lo conocía -admitió su esposa.

– Pues George Reeves, que interpretó el personaje en los años cincuenta, apareció un buen día muerto en su casa de Beverly Hills con un disparo del calibre 30 en la cabeza. Y años más tarde, todos sabemos lo que le ocurrió a Christopher Reeve.

Los tres comensales guardaron silencio durante cerca de un minuto, estremecidos por el recuerdo del agónico final que había tenido el mencionado actor. Por fin, Lupot comentó:

– Aún más inquietante que el hecho de que existan objetos capaces de atraer la mala suerte, es imaginar el tipo de acontecimiento que puede provocar que una cosa inanimada se cargue de repente de esa clase de energía.

– ¿En qué estás pensando exactamente? -preguntó Natalia con la voz algo turbada, como si presintiera que la respuesta no le iba a gustar.

Lupot les contó que Ane Larrazábal presumía de que su Stradivarius había pertenecido a Paganini y que éste había fallecido en su mansión de Niza sin haber recibido la confesión.

– No tengo idea de qué ocurrió en aquella casa, la noche del 27 de mayo de 1840, pero os aseguro que no me hubiera gustado estar allí.

– A mí sí -saltó Roberto-. Siempre me han gustado las emociones fuertes.

– Si alguien robó el violín de la casa de Paganini -terció Natalia-, ésa podría ser la manera en que comenzó la maldición.

– O tal vez ese Stradivarius sea el que dicen que Paganini encordó con los intestinos de una mujer a la que él mismo había asesinado -añadió Roberto-. Sea como fuere, no es normal que, por su causa, hayan muerto ya dos violinistas. Ane te dijo que su abuelo había adquirido el violín en Lisboa en 1949, que es el año en que se estrelló en las Azores el avión de Neveu. Tiene que ser el mismo violín.

– Es posible -concedió Lupot-. Pero yo lo tuve un par de semanas en el taller y no me pasó nada. ¡Espera un momento! ¡No es cierto! La persona que, después de mí, más en contacto estuvo con el violín fue Étienne, mi ayudante; se fracturó una pierna en esos días. Y además fue una caída inexplicable dentro del taller.

– ¿Lo ves? Dos semanas y el violín empezó a ocasionar problemas -acotó Roberto.

– ¿Y a ti, Arsène? ¿No te ha ocurrido nada? -dijo Natalia.

Al luthier no le gustó la pregunta:

– ¿A mí? ¿Qué habría de ocurrirme? Yo creo que este tipo de maldiciones sólo te afectan si de verdad crees en ellas. Ya sabéis el viejo adagio: si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales. Pero yo soy un escéptico.

El tema sobrenatural parecía haberse agotado, así que el francés se interesó por la investigación criminal del caso Larrazábal.

– El juez ha decretado secreto del sumario y aún no ha filtrado nada a la prensa -le informó su amigo-. Respecto a la noche del concierto, he de decirte, querido Arsène, que Natalia y yo estábamos en la primera fila de un entresuelo lateral, justo encima del escenario, y que a unas cinco butacas de distancia, un poco más alejada de la orquesta, había una japonesa que Natalia sostiene que era Suntori.

– No estoy segura del todo, porque iba muy tapada -aclaró su esposa-, pero tenía que ser ella por fuerza; su actitud no era normal. Se pasó todo el concierto con los codos apoyados sobre la barandilla del entresuelo, escrutando a Ane Larrazábal a través de unos prismáticos.

– Probablemente estaría estudiando la digitación, para copiar su técnica -le explicó Lupot-. Y apuesto lo que queráis a que Ane se dio cuenta de que estaba siendo espiada por la japonesa.

– ¿Por qué dices eso? -preguntó el matrimonio a dúo.

– ¿No me contasteis que a Ane se le escapó el violín en el Caprichon.° 24? Eso no es fácil que ocurra, a menos que cometas la insensatez, como hice yo una vez, de tocar con el metrónomo en la mano, o de que algo te sobresalte de tal manera que te haga perder el control durante un instante. No es descabellado aventurar que, si Ane Larrazábal se dio cuenta durante el pasaje más difícil del Capricho de que su más temida rival estaba escudriñando hasta el más pequeño de sus movimientos para tratar de apoderarse de los secretos de su técnica, el susto fuera mayúsculo. Suntori vive en San Francisco, y encontrártela de pronto en Madrid, revoloteando por encima de tu cabeza, con unos prismáticos clavados en tu persona, podría provocar una crisis nerviosa hasta en la mujer más equilibrada. Ya sabéis lo «paganiniana» que era Larrazábal, y Paganini era enfermizamente celoso de su técnica. No afinaba en público y cuando ensayaba con la orquesta no tocaba su parte entera, para evitar que le plagiaran. Sus conciertos para violín llegaron a publicarse ¡sin la parte de violín!, para fastidiar a sus rivales.

– ¿Y si vino para algo más que para echarle el mal de ojo? -dijo Natalia-. Suntori no está contenta con su Guarneri y lleva años intentando hacerse con un Stradivarius, pero no sale ninguno a la venta.

– ¿Crees que la mató para robarle el violín? -preguntó Roberto.

– Para eso, o simplemente porque estaba harta de que Ane le hiciera sombra.

– Lo cierto es que, técnicamente, Suntori pudo hacerlo -admitió Roberto-. Según la prensa, el estrangulamiento se produjo durante el intermedio. ¿Tuvimos localizada en todo momento a la japonesa durante el descanso?

– No -dijo Natalia con preocupación, como si se estuviera sintiendo culpable por no haber ejercido una labor de vigilancia que podría haber evitado la consumación del delito-. Y lo que resulta aún más sospechoso es que, cuando regresamos a nuestras localidades para escuchar la segunda parte del concierto, Suntori ya no estaba.

Los tres amigos habían dado buena cuenta ya de la carne y de las patatas que les habían servido como guarnición y en aquel momento, a instancias del camarero, se debatían sobre si procedía tomar postre y, en tal caso, cuál pedir. Natalia decidió compartir unos profiteroles al oporto con Arsène, y Roberto, al que hubo que frenar para que no pidiese otro plato de carne como postre, prefirió conformarse con un café solo.

Terminados los postres, el camarero se acercó a recoger los platos y les ofreció un licor de hierbas, que los tres aceptaron de buen grado. Cuando Natalia advirtió que pretendía retirar una botellita de aceite que había estado en la mesa desde el principio, le rogó que no se la llevara.

– Luego os contaré para qué la necesito -les dijo con aire misterioso a sus amigos.

– Estamos ya en la sobremesa -dijo Roberto dirigiéndose al francés- y todavía no hemos decidido si vamos a acudir a la policía para contarle lo que sabemos.

Lupot apuró el vaso de licor y emitió un ligero chasquido de satisfacción con los labios antes de hablar.

– ¿Ir a la policía? Yo al menos, lo tengo que pensar. No quiero hacer el ridículo, ni que me tomen por un loco. Porque, ¿qué podría contarles?

– Hechos, Arsène, hechos -exclamó Roberto-. En primer lugar, que sospechamos que el violín de Ane es robado, porque tu amigo Bernardel lo reconoció por televisión y dijo que era el violín de Neveu. En segundo lugar, que Ane te encargó modificar el aspecto del violín con esa talla, tal vez porque se había enterado de que el instrumento había sido localizado. Y Natalia y yo, que por supuesto iremos contigo, informaremos a la policía de que la más directa rival de Ane, Suntori Goto, estaba entre el público. A lo mejor no sirve para nada, pero ¿no dicen siempre eso de que el detalle más nimio puede ser decisivo en una investigación?

– ¡Vengo a dar una conferencia y acabo complicado en una investigación criminal! -exclamó Lupot-. ¿Ir a la policía? ¿Y cómo se hace eso? Yo no tengo ni idea. Me figuro que si nos presentamos en la comisaría diciendo: «Tenemos información sobre un crimen», hay tantas posibilidades de que nos hagan caso como de que nos manden a paseo.

– No podemos correr ese riesgo -afirmó Roberto-. Tengo un amigo que es periodista en El País y mañana me puedo enterrar, con una sola llamada, de quién es el inspector de homicidios que está llevando las investigaciones, para que nos atienda personalmente.

Lupot levantó un brazo para llamar la atención del camarero y dibujó una pequeña firma en el aire para que le trajera la cuenta.

– No vas a pagar la cena -puntualizó Roberto con una sonrisa traviesa.

– ¿Y quién me lo va a impedir? -replicó desafiante Lupot-. Lleváis invitándome a todo desde hace diez años; esto, más que hospitalidad, empieza a ser un insulto.

– Quiero decir que no vas a pagar la cena todavía -aclaró su amigo-. Te recuerdo que Natalia nos ha prometido que nos iba a explicar no sé qué con el aceite. ¿De qué se trata?

– Mientras hablábamos de Suntori y de cómo estuvo espiando a Ane, me he acordado de que Adile, nuestra asistenta turca, me contó que existe un método infalible para averiguar si alguien está padeciendo mal de ojo. Hay que echar dos gotitas de aceite en un vaso de agua. Si las dos gotas permanecen sobre la superficie sin llegar a juntarse, estamos a salvo. Pero si se funden para formar una sola gota, habrá que ir pensando en un conjuro que nos libre del hechizo.

– Prefiero que no lo hagas -dijo Lupot.

– Creí que no eras supersticioso -dijo burlona Natalia.

– Pero vosotros sí lo sois y yo he estado en contacto con ese violín. Imagínate que se juntan las dos gotas. Vamos a estar angustiados durante mi estancia, y todo por una estupidez.

– Creo que por una vez Arsène tiene razón -dijo Roberto-. Lo mejor es no tentar a la suerte.

– Como queráis -dijo Natalia dejando la botellita de aceite de oliva otra vez sobre la mesa.

El francés pagó la cena y los tres amigos se encontraron, nada más salir a la calle, con que, a pesar de la época del año, la temperatura había descendido notablemente, hasta el punto de que el aliento que salía de sus bocas se empezó a condensar en vaho a los pocos segundos.

– Tenemos el coche en el aparcamiento de Gran Vía -dijo Roberto-. Podemos volver a casa inmediatamente o buscar un sitio para tomar la última copa.

– Yo voto por tomar algo -dijo Natalia.

– ¿No estás fatigado del viaje, Arsène?

– En absoluto. Todo lo que pido es que el lugar no sea demasiado ruidoso. Lo único que no me gusta de España es esa costumbre que tiene la gente de reunirse para charlar en lugares en los que es físicamente imposible oírse unos a otros.

– Muy bien -dijo Roberto-, pues entonces dirijámonos hacia la calle Reina. Es un pequeño paseo, pero hay allí dos lugares de copas en los que, además de que la música no está demasiado alta, el barman prepara unos combinados que tumban de espaldas.

El trío de amigos inició la subida hacia la plaza del Callao, y cuando estaban a medio camino, Natalia dijo:

– ¡Maldita sea! Me he dejado la bolsita con los discos de Arsène en el restaurante.

– Pues corre a por ellos, mujer -dijo Roberto-. Te esperamos en esa esquina.

– No, hace mucho frío para que estéis parados como dos pasmarotes. Id hacia Reina y yo os alcanzo en un par de minutos.

Natalia se dio una carrerita hasta el restaurante y fue abordada por un camarero, que le entregó la bolsa con los discos nada más verla entrar por la puerta.

– Iba a salir yo a buscarla en este momento -dijo el empleado.

La mujer oteó por encima del hombro del camarero y se percató de que estaban empezando a recoger la mesa en la que habían cenado, así que le dijo:

– ¿Le importa que eche un vistazo, a ver si me he olvidado algo más?

– Está usted en su casa -dijo su interlocutor, haciéndose a un lado para franquearle el paso.

Natalia se acercó a la mesa y le dijo al camarero:

– Disculpe, no voy a tardar más de treinta segundos.

El hombre se alejó y Natalia, tras simular que inspeccionaba los asientos, se sentó a la mesa, destapó la botellita de aceite y vertió dos gotas en el único vaso de agua que aún estaba medio lleno.

Las dos gotas no sólo se fusionaron al instante en una sola, sino que ésta adoptó la forma de un inquietante ojo verdoso-amarillento al que le hubieran extirpado la pupila.

Era el vaso de Arsène Lupot.

17

A esa misma hora, y a no mucha distancia de allí, el inspector Perdomo consultaba los principales diarios digitales en el ordenador de su despacho para comprobar si se había filtrado ya a la prensa algún dato importante de la investigación. Para su asombro, la prensa estaba ya al tanto de todos los detalles:

TERRORISTAS ISLÁMICOS PODRÍAN ESTAR

DETRÁS DEL ASESINATO DE ANE LARRAZÁBAL

decían la mayoría de los titulares; y también figuraba ya su incorporación a la UDEV central, que había ocurrido sólo hacía unas horas, y un breve perfil profesional con una elogiosa alusión final al caso El Boalo.

«Por lo menos esta vez no han publicado mentiras», se dijo mientras buscaba ansiosamente la otra noticia que le interesaba del día, que era la investigación del asesinato de Manuel Salvador.

La habitación estaba en penumbra y la única fuente de luz era la pantalla del ordenador, pero a pesar de ello, Perdomo se dio cuenta de repente de una presencia a su espalda que le sobresaltó. Era su hijo Gregorio, que había entrado en el despacho sigilosamente y ahora le espiaba desde atrás, medio oculto entre las cortinas de la ventana.

– ¡Gregorio! ¡Vaya susto me has dado! ¿Cuánto tiempo llevas ahí? ¿Por qué no me has dicho nada?

– Quería saber cuánto podía acercarme a ti sin que te dieras cuenta -le respondió su hijo, muy satisfecho de haber sorprendido a su padre.

Perdomo le pidió que se acercara y le abrazó cariñosamente.

– ¿Te diviertes tocando? Últimamente te escucho practicar poco.

– La verdad es que a veces echo de menos tocar con otra persona.

– ¿Y no hay ningún compañero con el que puedas hacerlo? Invítalo un día a casa y hacéis un dueto.

– A veces toco con Nacho, pero me aburro un poco, porque toca peor que yo.

– Necesitas a alguien que te estimule, ¿no? Como cuando quieres progresar al tenis y te buscas a una persona que juegue mejor, aunque te haga morder el polvo en todas las partidas.

– Eso es.

– ¿Y tu profe? ¿No puedes hacer dúos con él?

– Sí, claro, pero él toca también el violín, y siempre se pide la parte difícil, que es la que quiero tocar yo.

– ¿Y qué te gustaría tocar a dúo?

– ¿Has visto la película Master and Commander?

– No. ¿De qué va?

– Es de un barco de la Armada británica que persigue a un corsario francés en la época de Napoleón. El capitán del buque, que es Russell Crowe, toca el violín, y como el médico de a bordo es amigo suyo y es chelista, se divierten juntos tocando un quinteto de Boccherini.

– ¿Un quinteto entre dos? ¿Y eso cómo puede ser?

– No lo sé, pero eso es lo que me gustaría tocar: el Quintettino de Boccherini de Master and Commander.

Perdomo se quedó pensativo y tras dudar de la idea que le rondaba la cabeza se lanzó por fin a expresarla:

– Tu padre va a encargarse de atrapar a la persona que mató a Ane.

– ¡Bien! -dijo el muchacho como si le hubieran anunciado que su equipo favorito acababa de fichar al futbolista del momento.

– Eso significa que voy a tener que hablar con muchos músicos, así que les puedo preguntar quién podría acompañarle en tu «quinteto a dos».

– Pero antes tienes que ver una cosa, papá. Y prométeme que no te vas a enfadar.

El rostro grave de Gregorio semejaba ahora el de un adulto. A Perdomo le pareció el de un director de un banco a punto de anunciar a su cliente que no le va a conceder el crédito.

– No te puedo prometer nada. Excepto que sea lo que sea lo que me vas a enseñar, me enfadaré mucho menos de lo que lo haces tú conmigo cuando no te quiero comprar tu último antojo.

Gregorio condujo a su padre hasta su dormitorio y, tras extraer el violín de su estuche, le mostró cómo el mango del instrumento se había desencolado del cuerpo debido a un formidable golpe, cuyo impacto se apreciaba perfectamente en el clavijero.

Perdomo se quedó unos instantes con la boca abierta, sin poder articular palabra.

– Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Has utilizado el violín como un martillo olímpico? ¡Con razón no te oía practicar estos días!

– Entonces ¿no te enfadas porque se me haya caído al suelo?

– Le puede ocurrir a cualquiera. Además, me imagino que tendrá arreglo, ¿no?

– Sí, claro -dijo el chaval poco convencido-. Pero te aseguro, papá, que no va a ser barato.

– Por eso no te preocupes.

Al ver que el chico se guardaba algo que no quería o no se animaba a decir, Perdomo dijo:

– Oye, no será esto un truco para que te compre un violín nuevo, ¿no?

– No, papá.

– Entonces ¿por qué tengo la extraña sensación de que no me estás contando todo acerca de esta rotura?

– Fue en el metro.

– Ya te he dicho que no tengo inconveniente en que vayas en metro, siempre que no lo hagas solo. ¿Con quién ibas?

– No me entiendes, papá. No viajaba. Estuve tocando en el metro.

Perdomo tardó varios segundos en reaccionar, porque dudaba de que hubiera escuchado bien la frase, así que se la hizo repetir.

– A ver, a ver: ¿mi hijo de trece años ejerce la mendicidad en el metro de Madrid? Pero ¿cuándo ha sido eso?

– No fue para sacar dinero, fue por una apuesta. ¿Te acuerdas de cuando Joshua Bell…

– ¿Quién?

– Un virtuoso estadounidense. Tiene un Stradivarius. Y se puso a tocar en el metro de Washington para comprobar a cuánta gente era capaz de parar. Acababa de llenar tres días un auditorio de Boston a pesar de que las entradas estaban a cien euros. Pues en el metro no se paró casi nadie.

– ¿Y cuál era la apuesta? ¿Con quién la hiciste?

– Con dos amigos del cole. Yo les dije que la razón por la que la gente no se paraba no es porque a la gente no le guste el violín. No se paraban porque Joshua Bell eligió una pieza de Bach que no tiene ni ritmo ni melodía: la Chacona. Si hubiera tocado la Meditación de Thais o cualquier otra pieza más conocida, se hubiera formado un corro como el mío.

– ¡No lo puedo creer! ¿Tú triunfaste donde fracasó un virtuoso del violín? ¿Y en España, donde la música más clásica que hemos oído es «Paquito el chocolatero»?

– Si no te lo crees, mira la foto que me sacó Dani con mi móvil.

Gregorio extrajo el teléfono del bolsillo y le mostró una instantánea en la que se veía a un niño rodeado de no menos de treinta personas.

– Espera un momento. ¿Tu móvil? ¿Desde cuándo tienes tú móvil?

– Es que el primer día conseguimos reunir 67 euros. Y volvimos otra vez, que es cuando se me cayó el violín.

Perdomo estaba a punto de estallar en una carcajada, pero en vez de eso adoptó un semblante muy serio, para poder tomar el pelo a su hijo.

– Yo todo lo que veo aquí es un niño, pero está muy lejos. ¿Cómo sé que eres tú?

A Gregorio se le veía ahora desesperado por el hecho de que su padre no le creyese capaz de la hazaña que había logrado.

– ¡Papá, mira la ropa! ¡Esa cazadora blanca y roja me la has visto cien veces!

La reacción del niño, que era la esperada por el padre, hizo que éste pudiera ya dar rienda suelta a su hilaridad.

– Y dime: ¿qué pieza elegiste tú para superar a ese violinista?

– Recordé que tú siempre dices que los Beatles fueron los Shubert del siglo xx. Y como en el salón tienes todos sus discos, los estuve oyendo para encontrar una melodía pegadiza.

– ¡Sólo por haber elegido a los Beatles ya mereces una recompensa!

– Toqué una canción muy marchosilla llamada «Eight Days a Week».

Por toda reacción, Perdomo empezó a tararear el tema al ritmo de sus propias palmas: Ain't got nothin' but love, babe, eight days a weck.

Gregorio sintió un poco de vergüenza ajena por el poco garbo que mostraba su padre al moverse y le paró en seco:

– Es suficiente, papá. No te «motives».

Perdomo aseguró a su hijo que esa misma semana solucionarían lo de su violín, pero antes le hizo prometer que no volvería a desplegar sus habilidades musicales en el metro.

– Hace unos meses un grupo neonazi asesinó a un chico en Legazpi. Y se producen robos y agresiones todos los días.

– Pero cada vez hay más cámaras, papá -le replicó su hijo-. Y hace poco han empezado a funcionar hasta patrullas con perros. Yo creo que estoy más seguro en el metro que en la calle.

– Tienes trece años, Gregorio. Un chico de trece años, hoy en día, no está seguro en ninguna parte. Y menos con un violín como el que quizá tenga que comprarte.

El chico se entusiasmó ante la idea de llegar a ser por fin propietario de un buen instrumento. Perdomo se guardó muy bien de comentar a Gregorio que ya tenía la excusa perfecta para llamar por teléfono a Elena Calderón.

18

Los resultados de la autopsia de Ane Larrazábal confirmaron las primeras sospechas de Perdomo la noche misma en que examinó el cuerpo todavía caliente de la violinista. La causa de la muerte había sido la anoxia cerebral por estrangulamiento antebraquial y los análisis toxicológicos no habían arrojado ningún resultado significativo. Sin embargo, el examen al microscopio de los caracteres árabes que el asesino había escrito con sangre en el pecho de la víctima sí aportaba un dato de interés, y la Policía Científica pidió al inspector que se acercara hasta sus dependencias para comentárselo en persona.

– Como todo el mundo sabe -comenzó a explicar el agente mientras colocaba unas diapositivas tamaño folio sobre un negatoscopio-, los árabes no sólo tienen un alfabeto completamente distinto al nuestro, sino que escriben de derecha a izquierda. Esto afecta al sentido general de la escritura y a la manera misma de escribir cada letra. En total hay 18 formas de letras, que varían ligeramente en función de que estén conectadas a la letra que le sigue o a la anterior. Ellos crean las 28 letras del alfabeto combinando estas formas básicas con uno, dos y hasta tres puntos colocados encima o debajo de cada signo, pero lo importante es cómo mueven la pluma sobre el papel.

Las diapositivas ya estaban pinzadas verticalmente sobre la superficie blanca y opaca del largo visor del laboratorio, y el agente accionó el interruptor de la lámpara fluorescente par visualizar las imágenes.

– Para componer la palabra Iblis, que es el demonio de los árabes, el asesino tuvo que emplear cinco signos. Aquí está la palabra entera

»Formada por las letras

»En esta diapositiva podemos ver ampliado el primero de ellos, SIN

»Un árabe lo trazaría de la siguiente manera: comenzar por el extremo superior derecho de la uve doble y luego completaría el signo sin levantar la pluma, añadiéndole la U grande, todo en un mismo movimiento.

El agente reforzó su explicación dibujando en el aire, con el dedo índice, la letra «sin» a medida que la iba describiendo. Perdomo observó, en mitad de aquel ambiente irreal, creado por la luz blanquecina del visor, que el policía científico oscilaba lentamente la cabeza hacia arriba y hacia abajo al hablar, como si fuera la aleta de un delfín. Esto, unido al hecho de que el agente parpadeaba tan pocas veces por minuto que sus ojos parecían los de un pez, contribuyó a reforzar la impresión de estar contemplando a una criatura en un acuario.

– Lo que ha revelado el microscopio es que estos signos fueron escritos de izquierda a derecha, como lo haría un occidental -concluyó el policía.

La luz fosforescente del negatoscopio empezó a parpadear, seguramente a causa de un falso contacto, y el tipo lo soluciono con un contundente golpe en la parte superior.

– ¿Puedo ver las imágenes que obtuvisteis a partir del examen microscópico? -preguntó Perdomo, tras comprobar que el porrazo había sido tan efectivo como los que su padre propinaba a su viejo televisor en blanco y negro cuando éste perdía la sintonía. El policía le entregó varias fotografías de tamaño folio, en las que se apreciaba al detalle la textura de la sangre.

– ¿Lo ves? -le explicó el policía-. La densidad de la tinta (que en este caso fue la propia sangre de la víctima) va decreciendo de izquierda a derecha y no al revés. A medida que va arrastrando el dedo humedecido en sangre por la piel de esta pobre desgraciada, éste mancha menos porque se le va acabando la tinta.

– O sea, que el asesino no es un árabe -exclamó estupefacto el inspector.

– Mi opinión personal es que alguien está intentando darnos gato por liebre, para hacernos creer que el asesinato es obra de un fanático islamista.

– Lo cual lleva aparejado el hecho de que el asesinato no fue improvisado, sino calculado fríamente por una astuta mente criminal.

– No tan astuta. El asesino se equivocó al escribir el nombre de izquierda a derecha.

– Es el único error que ha cometido, porque vosotros no habéis encontrado ni una sola prueba más: ni pelos, ni huellas dactilares, ni fibras de ropa.

– Te equivocas, inspector, sí que ha dejado una pista que le delata, y es el modus operandi. Hay muy pocas personas capaces de matar estrangulando limpiamente con el antebrazo -dijo el agente mientras encendía otra vez la luz de la sala y apagaba la del visor-. Estuve hablando con el forense (eso fue antes de que te incorporaras a la investigación) y me comentó que un estrangulador inexperto probablemente hubiera intentado la estrangulación manual comprimiendo frontalmente la tráquea. Esto, además de que provoca un dolor escalofriante en la víctima, lleva aparejado siempre una violenta resistencia por parte de ésta, que suele acabar con rotura de laringe y del hueso hioides. Ahora tendríamos restos de piel e incluso de sangre del asesino en las uñas de la violinista. En lugar de eso, el verdugo opta por emplear el antebrazo para presionar la arteria carótida y la vena yugular sin interrumpir el flujo de aire, provocando primero isquemia cerebral y luego la muerte.

– Dime, según el forense ¿se puede determinar tras el examen del cuerpo si el asesino era zurdo o diestro?

– No, y tampoco si era hombre o mujer, ya que para estrangular interrumpiendo el flujo sanguíneo hace falta relativamente poca fuerza. Para que te hagas una idea, en un estrangulamiento por aire, la fuerza que hay que aplicar sobre la laringe es de más de quince kilos, mientras que basta una presión de dos kilos para ocluir la yugular y de cinco para hacerlo con la carótida. Pero de lo que no cabe duda es que la persona que buscas había estudiando artes marciales y puede que ya haya matado por el mismo procedimiento en otra ocasión.

19

Cuando Perdomo llegó a su despacho, después de visitar la sede de la Policía Científica, le estaba esperando el subinspector Villanueva. Los dos hombres habían tenido una breve pero tensa conversación nada más producirse la incorporación del policía a la UDEV y desde entonces no habían vuelto a cruzar palabra. Villanueva era de mediana estatura, unos cuarenta y cinco años de edad y pelo abundante y completamente plateado. Llevaba siempre unas corbatas muy chillonas, con las que trataba de compensar su falta de personalidad. Perdomo le consideraba un perfecto oportunista, de manera que tenía el convencimiento de que, mientras él gozara del respaldo directo del comisario Galdón, no sólo no se atrevería a colocarle ninguna china en el zapato durante la investigación, sino que trataría de mostrarse de lo más colaborador.

Al menos, de puertas para afuera.

El antiguo hombre de confianza de Salvador sujetaba una carpeta en la mano, en la que figuraban las diligencias policiales y las pruebas que el equipo del inspector asesinado había logrado recopilar hasta la trágica muerte de éste.

– El otro día te prometí que iba a colaborar, Perdomo. No hacía falta que me llamara Galdón para darme un toque -le dijo con su voz aflautada y sumisa.

– Yo no he pedido a Galdón que te apretara las clavijas, Villanueva. Me basto y me sobro para conseguir que no me toquéis los huevos ni tú ni ninguno de los hombres de Salvador.

El subinspector inició un movimiento hacia la puerta para marcharse pero le detuvo la voz de Perdomo, que sonó tan rotunda como el martillazo de un juez al dictar sentencia.

– Un momento. ¿Qué demonios hay en esta lista?

El inspector había extraído de la carpeta un folio escrito a máquina, en el que figuraban más de una docena de nombres, el último de los cuales era el de una mujer y no estaba mecanografiado como los otros.

– Son las personas que han intervenido en el caso hasta ahora. Están desde el juez instructor hasta el forense y sus ayudantes, pasando por los hombres de mi grupo.

– Querrás decir el de Salvador. ¿O es que ya te ves como su sucesor in péctore?

– Perdomo, joder, vamos a tener la fiesta en paz, que nos quedan por delante muchas horas de estar juntos.

– Eso ya lo veremos. ¿Quién es esa mujer que figura al final? Sólo habéis puesto el teléfono, pero no viene a qué departamento pertenece.

– Milagros Ordóñez es una vidente -respondió Villanueva, atusándose una corbata verde pistacho que habría llamado la atención hasta en la selva amazónica.

– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Salvador utilizaba médiums para sus investigaciones?

– Para que veas que juego limpio contigo. No tenía por qué habértelo dicho, porque no lo sabe ni Galdón.

Perdomo sacudió la cabeza con incredulidad, mientras contemplaba aquel nombre escrito a mano.

– ¡Es lo que nos faltaba! Estos frikis,no contentos con infestar los medios de comunicación como una plaga, ahora se nos cuelan en la policía.

– Ordóñez no es ninguna friki -puntualizó Villanueva-. No siempre es capaz de proporcionarnos la información que necesitamos, pero las veces en que nos ha asegurado que tenía datos, siempre ha resultado fidedigna.

– ¡No me tomes el pelo, Villanueva, que tengo los cojones negros del humo de cien batallas!

– No la tomes conmigo. Era Salvador en persona el que la consultaba siempre que se quedaba atascado en un caso.

– ¿Quieres decir que esa señora ha estado implicada en más investigaciones criminales? ¿En qué casos?

– No te puedo decir en cuántos; Salvador llevaba muy discretamente sus relaciones con ella. Jamás dejó que nadie de la UDEV estuviera presente en las entrevistas que mantenía con esa señora.

– ¿Y cómo sabes entonces que recurrió a ella en el caso Larrazábal?

– Porque hace tres días se le averió su coche y me pidió que le llevara yo en el mío hasta la casa de la médium. No me dejó ni verla. Me hizo esperar fuera todo el rato, y eso que estuvo con ella cerca de una hora.

– ¿No tendría un lío?

– No lo creo. A Salvador le gustaba acicalarse cuando salía de conquista, y a esta entrevista fue sin afeitar y con una camisa que daba pena verla.

Perdomo rebuscó en la carpeta que le había entregado Villanueva y extrajo otro documento: una partitura, rota en dos pedazos y vuelta a unir con papel celo, metida en una bolsa de plástico para guardar pruebas. En ella estaban escritas a mano las siguientes notas:

– Y esto ¿qué es?

– Estaba en el camerino de la violinista cuando llegamos nosotros.

– ¿Dónde?

– En la papelera.

– ¿Lo ha examinado la Policía Científica?

– Sí. No hay más huellas que las de la víctima, la tinta es de un bolígrafo BIC y el papel es corriente.

– ¿Y las notas? ¿A qué obra pertenecen?

– ¿Y cómo quieres que lo sepa? Nadie me lo ha dicho a mí tampoco. ¿Me puedo marchar ya?

– No. ¿Qué habéis averiguado de la muerte de Salvador?

– De momento no hay un sospechoso claro, aunque la cosa parece evidente: si a la violinista se la carga una célula islamista y el tío que le pone la bomba a Salvador en el taller es un moro, resulta obvio que se lo han cepillado para que no siga investigando.

– Los dos asesinatos no están relacionados. Vengo de hablar con la Policía Científica y me ha dicho que la pista islámica que seguimos en el caso Larrazábal es una pista falsa. Tampoco tenía por qué habértelo dicho.

– Gracias por la información, estamos en paz. ¿Puedo irme ya?

– Sí, pero me preocupa la médium. Normalmente las charlatanas estas piden a la policía que les proporcione algún objeto de la víctima. Si Salvador la consultó en el caso Larrazábal, me da miedo que se haya quedado con alguna prueba.

– Hay un medio muy simple para salir de dudas. ¿Por qué no la llamas?

20

Un minuto después de que el subinspector Villanueva hubiera salido de su despacho, Perdomo marcó el número de la parapsicóloga. Saltó un contestador y Perdomo dejó un breve mensaje con su nombre, empleo y número de teléfono. Media hora después, la parapsicóloga le devolvió la llamada y quedaron en verse en su casa al cabo de dos horas.

Milagros Ordóñez vivía en un chalet en Pozuelo de Alarcón, donde tenía la consulta. Cuando le abrió la puerta, no se encontró con el tipo de mujer que esperaba, quizá por estar condicionado por las echadoras de cartas del tarot que salen habitualmente en televisión: ni labios pintarrajeados, ni pendientes de gitana, ni chal de colorines por encima del vestido. Era una mujer pequeña, que acababa de entrar en la cincuentena, con el pelo corto y canoso: un corte redondo con las puntas desfiladas y pegadas al rostro, que resaltaba la dulzura de sus facciones. Las patillas, casi de adolescente, le encuadraban la mirada y le afinaban la barbilla. Tenía los ojos de color miel y se había puesto el maquillaje justo para que realzaran su mirada. Perdomo la clasificó inmediatamente dentro del grupo «maduritas atractivas».

– Buenas tardes, inspector -le dijo con una tenue sonrisa que ya no se le fue de los labios en ningún momento de la conversación-. Si me da la gabardina, se la cuelgo aquí en el recibidor y así no nos incordia.

Perdomo se quitó la prenda y la mujer, al ver que el policía miraba en todas direcciones para tratar de averiguar en qué tipo de casa estaba, dijo:

– Si está mirando dónde tengo la ouija,pierde el tiempo.

Hablaba con una voz muy suave, pero al mismo tiempo muy firme, lo que a Perdomo le desconcertaba por completo.

– Lo cierto es que no tiene el aspecto de una parapsicóloga al uso -reconoció el policía.

– Soy psicóloga clínica, especializada en niños. Sólo ocasionalmente, y a petición de la policía, he intentado aplicar mis limitados poderes extrasensoriales a la investigación criminal. Siempre desinteresadamente, porque lo cierto es que yo me gano la vida interpretando el inconsciente a niños con problemas.

– ¿Qué tipo de niños? -quiso saber el inspector-. ¿Como el de El sexto sentido?

Milagros Ordóñez pareció encajar bien el chiste del inspector y respondió:

– Y aún más raritos. Pase a mi consulta; en el salón no podemos hablar porque está mi madre viendo el culebrón de después de comer. ¿Quiere un café?

– Sí, gracias. Solo y con azúcar. Y poco café.

– Un ristretto, entonces -puntualizó Ordóñez.

La psicóloga le hizo pasar a su consulta, en la que había muy pocos objetos: una mesa grande y barnizada que parecía un mueble antiguo reciclado a escritorio de oficina, un flexo, un sillón de orejas, un diván de psicoanálisis, algunos juguetes en el suelo y una fotografía enmarcada en la pared, de mediano tamaño, en la que Perdomo creyó reconocer inmediatamente a la gran novelista Agatha Christie.

– Es Melanie Klein -le corrigió la psicóloga-. Fundó la Escuela Inglesa de Psicoanálisis y es una de las pioneras de la terapia con niños.

La mujer desapareció para prepararle el café y Perdomo se sentó a esperarla en el diván del psicoanalista. Como la puerta había quedado abierta, el policía pudo escuchar, aunque débilmente, algunos diálogos del culebrón que se estaba emitiendo en la televisión pública. Se le quedó grabado uno particularmente inverosímil: «Soy una mujer y he luchado por ti como una mujer». Perdomo sintió una mezcla de vergüenza e indignación por el hecho de que se estuviera emitiendo semejante bazofia con el dinero de sus impuestos.

Al cabo de unos minutos, entró Ordóñez con una pequeña bandeja de café, en la que solamente había una taza.

– Yo no tomo. Bastante nerviosa me ponen ya los niños para encima meterme cafeína en el cuerpo.

– ¿Para qué son todos esos juguetes? -preguntó Perdomo señalando al suelo, donde había piezas de Lego, trenes, pelotas y otros objetos que no supo reconocer.

La psicóloga se sentó en el sillón de analista, como si fuera a dar comienzo una sesión, y se lo explicó:

– A los niños no se les puede tumbar en ese diván en el que está usted ahora. La técnica, en la que Melanie Klein fue pionera, es interpretarles mientras juegan.

– Entiendo. Pero entonces ¿para qué tiene el diván?

– De vez en cuando, malgré moi,me ocupo de algún adulto. Pero no me gusta, no se me dan bien los adultos; lo hago sólo por razones alimenticias, cuando escasea el trabajo con niños.

Mientras Perdomo daba el primer sorbo a su taza de café, notó que Ordóñez le estaba escrutando con la mirada, como si estuviera haciendo de él una evaluación psicológica completa, y eso le hizo sentirse violento. La psicóloga comentó:

– Si estuviéramos en sesión, no tendría más remedio que interpretarle el hecho de que se ha sentado espontáneamente en el diván del paciente.

– ¿Prefiere que me siente en otro lado? -respondió Perdomo, que a veces era de una candidez rayana en la estulticia.

– No, quédese donde está. Sólo trataba de hacerle ver que, al sentarse en el diván, ha hecho sin querer una elección inconsciente.

Perdomo tardó aún un par de segundos en procesar las palabras de la psicóloga, y cuando por fin se le hizo la luz, dijo preocupado:

– ¿Cree que necesito terapia y que ésta es mi forma no verbal de manifestarlo?

– No estaba hablando en serio. Lo cierto es que estos lapsus inconscientes, si no es en el contexto psicoanalítico de transferencia y contratransferencia, no son interpretables. ¿Está bien de azúcar el café?

– Está perfecto, gracias.

– Tengo un paciente dentro de media hora; es mejor que vayamos al grano -le indicó la psicóloga.

Aunque le estaba apremiando, sus modales no resultaron descorteses ni se le avinagró el gesto. Antes por el contrario, dijo la frase en un tono de voz que el subtexto de la misma parecía ser más bien: «Tengo muchas ganas de hablar con usted y quiero aprovechar hasta el último minuto del que dispongo».

A Ordóñez le quedaba bien el traje sastre oscuro a rayas que solía ponerse para causar una buena impresión a los padres de los niños que analizaba. Los primeros no estaban presentes durante las sesiones, pero solían intercambiar alguna palabra con ella cuando los llevaban a la consulta o volvían luego a recogerlos.

Perdomo se sorprendió a sí mismo preguntándose si Ordóñez era viuda, como él, o si, simplemente, no había llegado a casarse o estaba divorciada, pero se vio forzado a apartar esos y otros pensamientos de su mente para concentrarse en la cuestión que había ido a tratar.

– Como ya le he comentado por teléfono, me he hecho cargo de la investigación del homicidio de Ane Larrazábal, a causa del fallecimiento de mi compañero, el inspector Manuel Salvador.

Como los buenos jugadores de ajedrez, la psicóloga parecía ir varias jugadas por delante, porque dijo:

– Y desea saber hasta qué punto estoy, como se dice coloquialmente, metida en el ajo, ¿no?

– Voy a ser muy sincero, señora Ordóñez. Respeto los métodos de todos mis colegas mientras no se vulnere la legalidad, claro, pero yo no tengo intención de seguir contando con sus servicios, ni en la presente investigación ni en ninguna otra.

– Lo entiendo perfectamente, inspector. Pero entonces ¿a qué debo el placer de su visita?

«¿El placer de su visita?» Perdomo no lograba establecer si la mujer estaba hablando irónicamente, y eso le desconcertaba profundamente.

– Necesito que me diga si dispone de información confidencial acerca de este caso, o si, como me temo, mis compañeros le han facilitado alguna prueba relacionada con el homicidio, al objeto de que pueda analizarla cómodamente en la tranquilidad de su domicilio. He oído que algunos videntes necesitan tener entre las manos objetos relacionados con el caso, para que se ponga en marcha eso que ustedes llaman percepción extrasensorial.

– ¿Y si así fuera?

El tono de la psicóloga seguía sin ser desafiante. La mujer lograba, a través de sus gestos y de su inflexión de voz, que el diálogo no desembocara en un enfrentamiento. Se había dado cuenta de que el policía había llegado muy tenso a la reunión y no tenía intención de echar más leña al fuego. Perdomo respondió con la expresión más severa de su repertorio:

– Sería gravísimo. Estaríamos ante una prueba contaminada que no podríamos utilizar en el juicio.

Ordóñez observó que el policía había terminado ya de beberse el café y le pidió la taza para dejarla sobre la mesa del escritorio. Luego comenzó a explicarle:

– Le voy a contar, para que se quede tranquilo, cómo he llegado yo a colaborar con la policía y mi grado de implicación en esta investigación en concreto. Vaya por delante que no dispongo en este momento de pruebas físicas relacionadas con el homicidio, ni las he tenido entre manos con anterioridad.

Perdomo, que no se había permitido ni un solo gesto de relax hasta ese momento, sonrió aliviado.

– Eso son buenas noticias.

– Hasta ahora, sólo he intervenido en media docena de casos, y únicamente he colaborado con el inspector Salvador, siempre a petición de él mismo.

– ¿Cómo entró él en contacto con usted?

– Nos conocimos porque un hijo de su hermana tenía problemas, y yo le analicé durante un tiempo. En la entrevista inicial que tengo siempre con los padres, antes de empezar la terapia con el niño, adiviné un par de detalles que ni yo misma sé si son atribuibles a la PES, percepción extrasensorial.

– ¿Puedo saber en qué consistieron sus adivinaciones?-interrumpió el inspector.

– Eso no me está permitido. Debo respetar la confidencialidad del paciente.

– Pero su paciente era el niño, no los padres.

– En ambos casos, lo que vi estaba relacionado con el crío, y se trataba de información muy, muy sensible.

– Me hago cargo. Continúe, por favor.

– La madre de Tomás, que así se llama el niño, debió de hablar al inspector Salvador de mí, y éste vino a verme un día para pedirme ayuda en la solución de un caso aparentemente irresoluble.

– ¿Recuerda de qué se trataba?

– Lo recuerdo perfectamente, pero insisto en que debo respetar el sigilo profesional.

Perdomo la miró un poco confuso y protestó:

– ¿Sigilo profesional? ¿Pero no me acaba de decir que no se gana la vida como parapsicóloga? Esto no forma parte de su profesión.

– El hecho de que yo no haya facturado nunca por mis servicios no significa que no aplique mi código deontológico también en estas consultas, vamos a llamarlas… extraordinarias.

– ¿Puede decirme al menos si usted resultó decisiva en la investigación?

– Ni decisiva ni accesoria: le confieso que en el primer caso que me confió el inspector Salvador no pude aportar ni un solo dato. Fui un fiasco absoluto.

Parecía que iba a rematar su relato con una carcajada, pero ésta se quedó en sonrisa.

– ¿A qué lo atribuye usted?

– Quizá la información preliminar que me aportó la policía fue insuficiente o errónea por completo, o tal vez mis facultades tengan altibajos, en función de los ciclos menstruales o lunares, vaya usted a saber. Ya sabe lo raras que podemos ser a veces las mujeres.

A Perdomo le hizo gracia el comentario de Ordóñez sobre el género femenino, pero decidió no exteriorizar ni una sonrisa. En lugar de eso continuó indagando:

– Si se estrenó con un fracaso rotundo, ¿cómo es que fue consultada en más ocasiones?

– Me temo que la segunda oportunidad -que yo no solicité en modo alguno- me fue dada por la enorme tozudez de la hermana de Salvador, que tenía fe ciega en mis capacidades. Era un caso de homicidio y me complace decir que proporcioné a la policía un par de indicios que permitieron localizar al narcotraficante, pues se trataba de una vendetta por drogas.

El inspector Perdomo permaneció en silencio sin saber cómo reaccionar. La psicóloga le sorprendió con el siguiente comentario:

– Es evidente que usted no cree en la percepción extrasensorial.

Perdomo no quería ser maleducado con Ordóñez, así que tardó en reaccionar, buscando como estaba una manera no agresiva de mostrar su escepticismo. La psicóloga pareció darse cuenta de lo que pasaba por la mente del policía, porque añadió:

– No hace falta que se justifique; hay tal cantidad de farsantes en este campo que el escepticismo no es sólo comprensible, sino hasta recomendable. Los parapsicólogos policiales no abundan en España, pero no se puede imaginar la cantidad de ellos que hay en otros países; suelen acertar a posteriori. Uno le puede decir por ejemplo: «Veo agua y el número 13». Cuando concluye la investigación -en el caso de un secuestro, pongamos por caso- la policía descubre que había un depósito de agua por la zona y que la calle estaba en el distrito 28013. Los datos aportados no han servido en realidad para llegar hasta la casa del secuestrador, pero nadie puede negar que el vidente tenía razón en lo que dijo.

– Pero si el agua hubiera pertenecido a una piscina municipal y el 13 al número de la casa, el parapsicólogo lo hubiera computado también como acierto, ¿no es eso?

– Exacto. El secreto de esta gente está en proporcionar información ambigua o polivalente.

– Pero si la policía conoce estos trucos, ¿por qué siguen recurriendo a los videntes?

– Porque sus técnicas para obtener credibilidad son muy variadas, no se reducen simplemente al método de la apuesta segura. A veces, los supuestos médiums obtienen información muy sólida por medios convencionales y se la entregan a la policía como si la hubieran logrado a través de percepción extrasensorial. Hay casos de videntes que se han hecho pasar por inspectores de homicidios o que han sobornado a algún agente de policía para que les suministrara información sobre las pesquisas realizadas.

– No sabía que llegaran a tal grado de desfachatez.

– Esto son casos extremos. Lo normal es que el parapsicólogo obtenga la información a través de la técnica del echador de cartas, que consiste en ir consiguiendo datos a través de las reacciones de la otra persona. Por ejemplo: «Veo trabajo». «Eso es imposible, estoy en el paro.» «Lo sé. Pero veo que vas a conseguir uno muy pronto.»

– Debo reconocer que tiene el fenómeno bien estudiado -admitió el policía, admirado con la escenificación del diálogo que acababa de llevar a cabo su interlocutora.

– Cuando me di cuenta de que había adquirido ciertas facultades (eso fue después de que me operaran de un tumor cerebral hace tres años), me dediqué a documentarme a fondo sobre la cuestión. Lo cierto es que hay personas extraordinariamente hábiles a la hora de sugestionar a los incrédulos. ¿Ha oído hablar, por ejemplo, del experimento de Forer?

– Le confieso que no.

– En 1948, un psicólogo llamado Bertram Forer sometió a sus alumnos a un test de personalidad y luego les entregó un análisis sobre su propio carácter que cada uno tenía que puntuar de 0 a 5. La media fue de 4,26. Después reveló a sus alumnos les había entregado el mismo análisis a todos, y cada uno pensaba que era el apropiado para él. Ya se imagina qué tipo de lugares comunes había vertido en el informe, todos sacados del horóscopo: «Necesitas que la gente te quiera y te admire y sin embargo eres muy crítico contigo mismo». Cosas así.

Fueron interrumpidos por la voz de una anciana, que llamaba a voces a la psicóloga:

– ¡Milaaaa, Milaaaa!

Milagros Ordóñez se puso en pie, como impulsada por un resorte, y dijo:

– Es mi madre. Vuelvo en un segundo.

Cuando la psicóloga abrió la puerta, Perdomo se percató de que el televisor seguía encendido, pero no estaba sintonizado en ningún canal. Lo único que llegaba hasta sus oídos era el sonido inconfundible del ruido blanco, lo cual le produjo un desasosiego difícil de definir. Siguió un breve diálogo entre madre e hija, que Perdomo no alcanzó a descifrar, yluego, el silencio absoluto.

El policía se levantó, inquieto, con la sensación de que estaba molestando. Cuando volvió Ordóñez, se extrañó al verle de pie.

– ¿Ya se marcha?

– Sí. Me ha dicho lo que quería saber, que es que no tiene ninguna prueba relacionada con el crimen, cosa que me tranquiliza. También le ruego máxima confidencialidad sobre cualquier información que le pudiera haber hecho llegar Salvador en su día acerca del caso.

La psicóloga sonrió al darse cuenta de que Perdomo seguía preocupado por una hipotética indiscreción por su parte.

– Inspector, lo único que sé del crimen es lo que ha publicado la prensa. El inspector Salvador y yo no llegamos a tener una entrevista sobre el caso Larrazábal porque no dio tiempo, ya que él falleció un día antes de nuestra primera cita.

La psicóloga y el policía pasaron al recibidor, donde la mujer le entregó la gabardina. Perdomo le preguntó:

– ¿Por qué hace esto?

– ¿Se refiere a ayudar a la policía? Ya le he dicho que no es por dinero, ni por la publicidad que me pudiera reportar. De hecho, debo tener mucho cuidado de que no se sepa que tengo percepción extrasensorial. Si los padres de los niños a los que trato se enterasen de que soy una especie de… bruja, me podría quedar sin clientela de la noche a la mañana.

– Entonces ¿por qué es?

– Porque cuando veo que alguien está sufriendo, necesita mi ayuda y yo puedo dársela, me parece cruel e inhumano no hacerlo.

El policía calló durante unos segundos y luego hizo una especie de resumen emocional de la entrevista:

– Parece usted buena persona y me encantaría poder creerla. La resolución de un homicidio es a veces un proceso tan complicado y laborioso que uno agradecería cualquier tipo de ayuda. Sin embargo…

– No tiene que darme explicaciones, inspector. Aunque he de decirle que, si cambia de opinión, estaré encantada de recibirle de nuevo.

Tras estrechar la mano del policía, la psicóloga abrió la puerta de la calle y Perdomo salió de la casa. Como no oyó la puerta cerrarse tras de sí, giró la cabeza y comprobó que Ordóñez había preferido quedarse a observar cómo se subía al coche.

– Supongamos -dijo Perdomo desde la puerta del vehículo-, y sólo es una suposición, que tuviera de verdad ese raro poder, que hubiera desarrollado cierto nivel de percepción extrasensorial. ¿A qué lo atribuiría usted?

Milagros Ordóñez tardó menos de un minuto en explicar al policía cómo creía ella que había adquirido sus extraordinarias dotes y el policía no pudo evitar un estremecimiento: sus profundos recelos hacia el mundo de los médiums y los fenómenos paranormales habían empezado a resquebrajarse.

21

El funeral de Ane Larrazábal tuvo lugar en la catedral de la Almudena y a él asistieron los más altos representantes del mundo de la política y de la cultura, encabezados por la reina doña Sofía, que era una gran admiradora de la violinista. Arsène Lupot acudió con sus amigos Roberto y Natalia, y pudo constatar lo enormemente respetada y querida que era la artista en su propio país. Arropando a los padres de Ane -dos maduritos pequeños y encantadores que al luthier le recordaron a una pareja de hobbits- había, entre admiradores y familiares, cerca de mil personas, más las casi trescientas que no habían podido entrar en el templo y que aguardaban ansiosas a la salida del mismo, quizá para poder dar el pésame a los progenitores. Lupot reconoció a muchos músicos: desde la violinista estadounidense Hilary Hahn hasta el violonchelista británico Stephen Isserlis, pasando por el director Zubin Mehta o el tenor Plácido Domingo. El bullicio en la catedral era tal que en un par de ocasiones se rogó silencio. Miembros de la organización de la Almudena tuvieron que recordar a los asistentes la sacralidad del templo, aunque, cuando los ánimos se templaron un poco, toda la energía que flotaba en el ambiente ayudó a gestar una de las más emotivas ceremonias a las que el luthier hubiera asistido jamás.

Los oficios corrieron a cuenta del deán de la catedral y concelebraron la misa otros dos sacerdotes, que los padres de Ane habían hecho ir expresamente desde Vitoria.

La primera lectura fue la carta a los tesalonicenses seguida del evangelio de san Juan. En la homilía, el deán no se refirió ni una sola vez al hecho de que Larrazábal hubiera fallecido de muerte violenta o a que el asesino estuviera aún campando a sus anchas por el mundo, por no hablar de la siniestra posibilidad de que pudiera incluso hallarse allí mismo, entre los presentes, regodeándose íntimamente con el dolor que había causado. En su lugar, dijo que, para gente creyente como Ane, la muerte era dolor pero también era vida, y que morir era vivir para siempre. La parte más emotiva de su intervención se produjo cuando se refirió a Larrazábal como una persona enormemente influyente, porque con su música había podido cambiar la vida de miles personas en el mundo, hombres y mujeres a los que había conmovido y transportado a un mundo mejor con el prodigioso sonido de su violín. Al recordar el poder de la música para cambiar a las personas por dentro, se refirió a Felipe V, que había ordenado construir el muy cercano Palacio Real de Madrid:

– Si se ganó el sobrenombre de el Animoso, con el que ha pasado a la historia, fue porque la música lo sacó de una profunda depresión. El rey no quería salir de su alcoba ni participar en los asuntos de gobierno, y ni siquiera las súplicas de la reina o de los más altos dignatarios del Estado lograban convencerle de que tenía que volver a asumir sus responsabilidades como monarca. Pero, queridos hermanos, en ese tiempo visitó Madrid el gran cantante italiano Farinelli. La reina, Isabel de Farnesio, al escuchar su hermosísima voz y conocer su fascinante personalidad, tuvo una idea que resultó providencial para el futuro de España. El cantante fue llevado a palacio y, desde una habitación contigua a la de Felipe V, comenzó a cantar. El rey se emocionó en el acto con las maravillosas arias de Farinelli y ordenó que fuera llevado a su presencia. Poco a poco, la música fue ejerciendo su poder curativo sobre el melancólico soberano, que con el transcurso de los meses encontró en la voz de aquel castrato legendario el vigor necesario para asumir de nuevo las tareas de gobierno. Me consta -concluyó el deán- que Ane Larrazábal ha desempeñado con miles de personas el mismo papel de Farinelli con Felipe V, y por eso su ausencia será llorada por mucho tiempo, no solamente por sus amigos y familiares, sino también por toda la gente a la que el violín de esta magnífica artista aportó, en algún momento de su vida, algún consuelo espiritual.

Lupot no pudo evitar pensar, al escuchar las palabras del padre, en la ambivalencia del instrumento, pues aunque el violín estaba asociado con el diablo, también simbolizaba la ternura y el amor romántico. «En las películas, cuando dos personas se enamoran, siempre suenan violines de fondo.»

Las palabras del deán también tuvieron un impacto notable en el inspector Perdomo, que había decidido acudir al funeral para observar in situ qué personas constituían el círculo íntimo de la víctima.

Por mucho que las palabras del deán hubieran logrado conmover al público asistente, nada pudo compararse con el gran momento musical de la noche, que fue cuando el padre de Ane, que era catedrático de violín en el Conservatorio Jesús Guridi de Vitoria, interpretó el aria de Bach «Erbarme dich», una de las músicas más desoladoras y a la vez más reconfortantes de La Pasión según san Mateo. La tristeza de la melodía es tan profunda que, cada vez que uno la escucha, no se puede dejar de pensar en la pérdida más dramática de todas, que es la muerte de un hijo. Y Bach sabía de ese dolor más que nadie, porque casi la mitad de sus veinte vástagos fallecieron a temprana edad. Pero era una música que, al mismo tiempo, tenía un gran poder curativo, porque estaba diciendo a quien la escuchaba que hasta la aflicción más grande puede ser expresada y compartida. El «Erbarme dich, mein Gott», que significa «Ten piedad de mí, Dios mío» es un aria para violín y contralto de unos cinco minutos de duración, que tiene una larga introducción de violín.

Sobre una rítmica pulsación de los bajos, don Íñigo Larrazábal, el padre de Ane, fue desgranando lentamente la desgarradora melodía introductoria con una elegancia y sobriedad extremas. Cuando se exponen melodías tan emotivas, pensó Lupot, es fácil dejarse arrastrar por el sentimentalismo barato, abusando del vibrato,ese movimiento ondulante que realiza el instrumentista con el dedo sobre ciertas notas para dotarlas de expresividad.

Pero don Íñigo no cayó en ese error de interpretación, a pesar de que estaba viviendo uno de los momentos cruciales de su vida, pues se estaba despidiendo en público y para siempre de su única y amadísima hija, a la que había dado él mismo clases de violín hasta los diez años. Tampoco cayó el padre de Ane en el extremo opuesto, es decir, en la costumbre de algunos músicos de eliminar por completo el vibrato con el argumento de que así la interpretación se acerca más a los criterios de la época. Con su contenida manera de ejecutar, Íñigo Larrazábal se metió al público en el bolsillo hasta la entrada de la voz de contralto, que no interpretó una mujer, como se suele hacer en muchas ocasiones, sino un contratenor. ¡Y vaya contratenor! El alemán Andreas Scholl se había hecho íntimo amigo de Ane durante la grabación de un maravilloso disco que Lupot escuchaba con frecuencia titulado Salve Regina,en el que el cantante de voz fina y sutilmente afalsetada interpretaba música sacra de Monteverdi y otros compositores venecianos de la época. Ane, que no era aún la estrella mundial en la que se convertiría más tarde, accedió a acompañar a Scholl en varias de las piezas, y aunque después no habían vuelto a grabar juntos ningún disco, sí habían participado en varios conciertos benéficos y se había fraguado entre ellos una imborrable amistad. Scholl hizo llegar la música a los asistentes al funeral con tal sensibilidad y pureza que no era necesario saber alemán para adivinar el sentido de aquellas sencillas palabras.

Erbarme dich, mein Gott,

um meiner Zähren willen!

Perdomo se enteró, sin embargo, de su significado gracias a que una señora que estaba sentada justo delante de él le fue traduciendo la letra a su marido a medida que el contratenor la iba cantando.

Ten piedad de mí, Señor.

Hazlo por mis lágrimas.

Mira cómo ante ti

el corazón y los ojos lloran amargamente.

Ten piedad de mí, Señor.

Cuando concluyó el aria, el público permaneció en un silencio contenido, mientras que el padre de Ane se tuvo que retirar a la sacristía porque la emoción le desbordó por completo. Perdomo reconoció en una de la personas que acompañaron a don Íñigo a la parte trasera del altar al novio de la violinista, Andrea Rescaglio, al que había visto muy afligido la noche del crimen y a quien deseaba interrogar de nuevo, pese a que ya había testificado ante Salvador. Al mirar hacia atrás para comprobar si los asistentes estaban ya desalojando la Almudena, por ser la pieza de Bach el último acto previsto en la ceremonia, el policía se percató de que en los últimos bancos del ala izquierda había varios músicos de rock y de pop cuya presencia le había pasado inadvertida hasta ese momento. Perdomo, que no era ningún experto en música, se enteró al día siguiente, por la prensa, de que un tipo de melena rubia y barbilla huidiza, ataviado con chaleco y un sombrero blanco que no se había retirado de la cabeza por respeto a la difunta, era Beck, un músico californiano autor de una canción llamada «The Devil's Haircut», «El corte de pelo del diablo», de la que se había hecho incluso un videoclip; era evidente, dirían los periódicos al día siguiente, que la conexión entre la violinista y el rockero era la evidente simpatía que ambos parecían mostrar por el diablo. Perdomo buscó también en vano, con la mirada, para ver si había rastro alguno de Mick Jagger o alguno de los Stones, ya que suya era la canción satánica más conocida: «Sympathy For the Devil». Estaba considerada una de las quinientas canciones más influyentes de la historia y, por si fuera poco, el año anterior, en 1967, los Stones habían sacado a la venta A petición de sus Satánicas Majestades. Las raíces satánicas del rock se remontaban a los años sesenta, y habían salpicado incluso a los Beatles, a pesar de que éstos, gracias al gran trabajo de imagen de su mánager Brian Epstein, que los había uniformado y peinado como si fueran colegiales, ofrecían un aspecto de inocencia y de formalidad que distaba mucho de la realidad.

Al salir de la iglesia, Perdomo divisó a lo lejos a Elena Calderón, la atractiva trombonista que había despertado su interés desde que le había acompañado hasta el lugar del crimen, aquella fatídica noche en el Auditorio. Iba acompañada por el tuba ruso, Georgy Roskopf, y otros dos individuos con aspecto de músicos de jazz, que se montaron con ella en un taxi y se perdieron en la noche. El policía recordó su intención de telefonear a la mujer con el pretexto de pedirle asesoría sobre el nuevo violín de Gregorio, pero al verla tan bien acompañada, decidió posponer su llamada. En cambio, se dijo, no iba a retrasar más tiempo la entrevista con la asistente personal de la víctima, la todopoderosa Carmen Garralde, la mujer que, según Andrea Rescaglio, estaba secretamente enamorada de Ane Larrazábal.

22

El ático que había comprado Ane Larrazábal en Madrid estaba situado en la calle de la Morería y Perdomo pensó que aquel nombre era casi un augurio funesto, pues la violinista había sido encontrada con una inscripción en árabe en el pecho y «moro» era precisamente la palabra que se había empleado históricamente en España para designar a las personas de origen magrebí.

Perdomo había quedado citado con Carmen Garralde, la asistente personal y agente artística de la víctima, a la caída de la tarde en el ático de Larrazábal de la calle Morería. Como hacía buen tiempo, las cercanas terrazas de Las Vistillas ya estaban abarrotadas de gente que acudía a la zona, tanto para asistir a las espectaculares puestas de sol que se disfrutaban desde aquel altozano como para gozar de la deliciosa brisa que solía soplar por allí y que invitaba a la charla y al esparcimiento. El policía recordó las incontables ocasiones en las que él y su mujer se habían tomado en Las Vistillas la copa previa a la cena en cualquiera de los restaurantes mexicanos que abundan en el barrio y a los que tan aficionados eran ambos, y casi pudo oler la fragancia, mezcla de cítricos y flores frescas de Cristalle, el perfume de Chanel que solía emplear su esposa. Se dio cuenta, sin embargo, de que era la primera vez que la evocación siempre triste de Juana no iba acompañada de cierto sentimiento de rabia hacia ella por haberlos abandonado a él y a Gregorio, por no haber cuidado de sí misma como hubiera debido. En esta ocasión, el recuerdo se mezcló con la idea reconfortante de que cada vez que él pensaba en ella y podía sentirla con tanta fuerza dentro de sí, le estaba devolviendo en cierta forma la vida.

Carmen Garralde le había advertido de que el portero automático estaba roto y que debía llamarla al móvil cuando estuviera frente al portal para que ella supiera que tenía que bajar a abrirle.

– Hágame una perdida -le había recomendado la mujer.

Pero Perdomo no quiso correr riegos y siguió llamando al teléfono hasta que se lo cogieron.

– Inspector Perdomo -dijo lacónicamente cuando oyó la voz aguardentosa de Garralde.

– Mire, padezco artritis reumatoide desde hace años y me cuesta un montón bajar y subir escaleras. Es que el ascensor se quedó fuera de combate el mismo día que el portero automático y… ¡y ya va para tres semanas! ¿Le importa que le tire las llaves desde la terraza?

Perdomo se situó en el punto en que le explicó la mujer y aguardó allí a que le lanzara las llaves durante un tiempo que le pareció interminable. Se entretuvo estudiando a la gente que tomaba copas en una terraza cercana y no pudo evitar pensaren cuánto había cambiado Madrid en los últimos años: la expresión un poco manida de «somos un crisol de culturas», que tanto les gustaba emplear a los políticos locales en sus discursos, era hoy más cierta que nunca, pues en aquella terraza se mezclaban los latinoamericanos con los subsaharianos, los eslavos con los estadounidenses y, cómo no, también con los magrebíes, que Perdomo pudo identificar con facilidad porque eran los únicos en cuya mesa no había consumiciones alcohólicas. Luego reparó en la cantidad de ruidos distintos que había en el ambiente, y cerró los ojos para individualizarlos. Además de voces humanas, hablando varios decibelios por encima de lo necesario -España, recordó, era el segundo país más ruidoso del mundo después de Japón-, se escuchaban perros ladrando, pájaros piando, motos a escape libre, una flauta dulce dando la murga desde una ventana de un primer piso, televisores a todo meter, y hasta el ruido de un taconeo flamenco que provenía de un semisótano.

Le sacó de su ensimismamiento el ruido metálico de las llaves contra el suelo, a escasos centímetros de donde él se encontraba. «Un poco más y me abre la cabeza», pensó el policía, que cuando quiso mirar hacia arriba no pudo ya localizar a Carmen Garralde, pues la mujer se había desvanecido como un fantasma.

23

Perdomo subió sin problemas los cinco tramos de escalera que conducían hasta el ático, aunque comprendió la tortura que podían llegar a suponer aquellos peldaños para una persona aquejada de problemas articulares. Al llegar al último descansillo vio que la mujer no le estaba esperando en la puerta, como hubiera sido lo correcto, sino que había dejado ésta entornada. El policía empujó despacio la hoja hacia dentro y antes siquiera de que pudiera dar un paso hacia el interior notó que una criatura pequeña y peluda le olfateaba los pies: era una perrita teckel, que estaba supervisando al inspector para establecer si, como visitante, era digno de confianza. El policía se dejó hacer, pues sintió una simpatía instintiva hacia el animal, y entonces oyó la voz ronca de su propietaria que la llamaba desde dentro.

– ¡Koxka! ¡Koxka, ven aquí!

La perrita desapareció en el acto hacia el interior de la casa y Perdomo decidió seguir su rastro.

El piso, no demasiado grande, estaba decorado sin embargo con un gusto exquisito y era muy luminoso. Las baldosas eran de terracota clara -resultaba evidente que a la violinista le gustaban los colores tranquilos: blancos, cremas y neutros- y abundaban en él los muebles rústicos, como de caserío, combinados con piezas clásicas, como un par de butacas estilo imperio que llamaron la atención de Perdomo por estar recién tapizadas. Mención especial merecía la amplia terraza, desde la que se dominaban los jardines de Las Vistillas, el Campo del Moro, la catedral de la Almudena y la Casa de Campo. En cuanto llegó al salón pudo escuchar a su anfitriona desde una habitación contigua, dirigiéndose directamente a él.

– Me calzo y enseguida estoy con usted.

A los pocos segundos se abrió una puerta corredera de madera y apareció, enfundada en un traje azul oscuro de chaqueta y pantalón y calzada con unas originales zapatillas deportivas marrones y negras, la mujer a la que había ido a interrogar. Garralde estaba a punto de cumplir sesenta años y no era lo que se dice bien parecida. No eran solamente sus ojos saltones y su boca desproporcionada lo que convertía su rostro en poco agraciado; se trataba sobre todo de aquel mentón prognático, que sobresalía de la cara como un mascarón de proa. A su favor tenía una estatura envidiable -casi 1,75- y una sonrisa franca, aunque algo inquietante y burlona. El pelo, que Perdomo no supo precisar si era teñido o natural, era de color rojo oscuro, muy lacio, y lo llevaba peinado con raya a un lado, por detrás de las orejas. El inspector y la mujer intercambiaron un recio apretón de manos y Garralde le ofreció asiento en un sofá de color blanco que dominaba el salón.

– Yo prefiero permanecer de pie, porque en cuanto doblo la rodilla siento molestias y tengo que ir a ponerme hielo. ¿Quiere agua o un refresco?

– No quiero nada, muchas gracias.

La perrita fue a acomodarse inmediatamente sobre el sofá, al lado de Perdomo, e incluso llegó a meter el hocico por debajo de la mano del policía, como pidiendo que le acariciase.

– Si le molesta la perra, me la llevo a la terraza.

– No, en absoluto. ¿Es suya?

– Todo cuanto ve en esta casa pertenecía a Ane, incluida la perra. Pero ella sólo utilizaba el apartamento de Madrid cuando venía a España, pues como sin duda debe de saber ya, su residencia habitual era Londres.

– ¿La suya también?

– No, yo vivo en Madrid, en este piso. Pagaba un alquiler a Ane que, aunque era alto, porque estos pisos se cotizan mucho, estaba por debajo del precio de mercado. Ane decía que así jamás se me ocurriría moverme de aquí y siempre tendría el piso en perfecto estado de revista.

– ¿Y cómo se las arreglaban para…?

– ¿Llevar las cosas de Ane a tanta distancia? Ahora, con internet y las videoconferencias es muy fácil. Aunque ella venía a España con frecuencia, a ver a sus padres y a su prometido, Andrea Rescaglio. Pero el grueso del trabajo podía ejercerlo desde aquí. Sobre todo porque Ane confiaba ciegamente en mí y no ponía casi nunca pegas a los calendarios artísticos que yo le diseñaba, casi siempre a final de año.

Perdomo se había distraído con un monitor de televisión que estaba encendido y que mostraba valores bursátiles que cambiaban cada pocos segundos.

– ¿Juega a la bolsa?

– Desde hace treinta años. También en este aspecto, internet me ha facilitado enormemente las cosas, pues antes tenía que invertir a través de terceras personas y ahora puedo hacerlo yo misma con sólo pulsar una tecla de mi ordenador. A lo largo de todo este tiempo, he ganado millones y he perdido millones, pero el balance es positivo. De hecho, es posible que pueda comprar este apartamento si los padres de Ane le ponen un precio razonable. Bueno, el apartamento y todo lo que contiene, que es muy valioso. ¿Ve ese piano?

El policía, que se encontraba algo incómodo por el hecho de tener que mirar de abajo arriba a su interlocutora, aprovechó la ocasión que se le estaba brindando y se puso en pie como un resorte para acercarse al instrumento. La perra debía de tener muy visto el piano, porque ni siquiera consideró la posibilidad de bajar del sofá, en el que se había apoltronado, para ir a husmear.

– Ane -comenzó a explicar Carmen Garralde- tenía verdadera pasión por los instrumentos y objetos originales relacionados con la música. Este piano es la joya de la corona: data de 1876, en él llegó a tocar Brahms y lo utilizó también la BBC Symphony Orchestra en sus primeras grabaciones.

Habían terminado ambos acodados sobre la tapa del piano, que estaba bajada, y Perdomo extrajo del bolsillo bolígrafo y libreta para indicar a su interlocutora que ahora ya daba comienzo el verdadero interrogatorio.

– ¿Cuál era la naturaleza de su relación con Ane? -dijo en el mismo tono de voz que podría haber empleado para que le indicara el camino hasta el aseo.

La pregunta, por la ambigüedad con que había sido formulada, incomodó a Garralde.

– ¿Qué quiere decir?

– Profesionalmente -continuó Perdomo, que parecía no haberse dado cuenta de la reacción de su interlocutora-, ¿qué tipo de servicios le prestaba usted? ¿Podemos llamarla una agente, una secretaria personal?

– Yo era bastante más que su agente artístico, inspector. No estoy hablando sólo de los profundos lazos emocionales que había entre ambas, que eran innegables, porque conozco a Ane desde que era una cría. Se trata de que la inmensa mayoría de los artistas no trabajan con un solo agente.

– ¿Ah, no? ¿Y cómo es el sistema entonces?

Carmen Garralde había adoptado una posición muy inclinada sobre el piano, de modo que, a ojos de Perdomo, todo el instrumento parecía haberse convertido en un galeón del siglo xvii, con aquella mujer de facciones tan singulares como mascarón de proa. Ante la pregunta del policía, el mascarón sonrió, pero no era una sonrisa cálida, porque rebosaba suficiencia.

– Lo va a entender mejor si echa un vistazo a esta página.

Garralde colocó sobre el piano un pequeño portátil de avanzado diseño y abrió en el navegador de internet una página titulada «Artistas de música clásica: quién representa a quién». A la izquierda, en una columna, estaban ordenados los intérpretes por categorías: compositores, teclistas, cuerda frotada, cuerda pulsada, viento metal, viento madera, etc. Perdomo llegó a contar más de veinte categorías diferentes. Cada especialidad era un hipervínculo que conducía a otra lista mucho más extensa donde figuraban los artistas con nombres y apellidos.

A la derecha, una ventana que cambiaba de imagen cada pocos segundos, ofrecía al visitante una galería interminable de retratos, en la que se alternaban los rostros de absolutos desconocidos con los de auténticas estrellas de la especialidad. En el apartado de violín un buen aficionado hubiera identificado sin problema las caras de Hilary Hahn, Pinchas Zukerman, Midori, y otras muchas vacas sagradas del instrumento, que desfilaban sin cesar por aquella pasarela electrónica.

El mascarón de proa continuó:

– Si pinchamos por ejemplo en Suntori Goto, verá que, según el país de que se trate, el representante cambia: en España es la agencia Ibermelody, en Italia es Gesia, en el resto de Europa, Intermúsica. Si una sala de conciertos quisiera, Dios no lo permita, traer a Suntori a España, no tendría más que pinchar en Ibermelody y entrar en contacto con ellos vía e-mail para solicitar disponibilidad y condiciones económicas de la japonesa. A su vez, los agentes artísticos están organizados en una asociación internacional llamada IAMA. Pues bien, prácticamente la única artista del mundo al margen de todo este tinglado era Ane Larrazábal: yo la representaba a nivel mundial y nunca me di de alta en IAMA, por la sencilla razón de que ninguna de las dos lo necesitábamos.

Carmen Garralde cerró el portátil con un enérgico gesto de la mano y lo hizo desaparecer de la superficie de! piano a la misma velocidad con que antes lo había exhibido. Luego, se volvió a colocar el pelo detrás de las orejas, en un gesto que quería ser coqueto, y siguió hablando:

– Además de llevar su agenda de conciertos, yo me ocupaba también de los contratos discográficos y de la publicidad.

Perdomo recordó al instante un anuncio de relojes de lujo que había visto insertado en el programa de mano el día del concierto, en el que bajo una fotografía de Ane Larrazábal tocando el violín había un eslogan que rezaba: «El tempo de los grandes artistas lo marca Clockers».

– Señora Garralde…

– Señorita -le corrigió ella con una sonrisa que tenía mucho de autoirónica-. Soy vieja, pero no he dejado nunca de ser una señorita.

– Pues señorita, entonces -concedió el inspector-. Como no se encontraba en el Auditorio cuando se cometió el crimen, poco es lo que puede aportarme sobre la noche de autos. ¿Por qué no acudió al concierto?

– Me dolían las piernas una barbaridad y le pedí a Ane que me disculpara.

Perdomo guardó silencio. La mujer, dando muestras de una gran agudeza psicológica, se dio cuenta de que la pregunta tenía que ver con su coartada, así que sorprendió al policía anticipándose a él:

– Y naturalmente, querrá saber dónde estuve la noche del crimen y si, como suelen decir ustedes, los policías, puedo probarlo.

– Usted forma parte del círculo íntimo de la víctima. Mis superiores me abrirían un expediente si en el informe no consta la localización exacta de los familiares y allegados durante el intermedio del concierto, que es cuando se cometió el asesinato.

– Quiere que no me sienta ofendida -continuó Garralde-, que comprenda que son cuestiones rutinarias y patatín patatán, ¿no es eso? Dios mío, ¡es ridículo lo mucho que puede llegar a parecerse un verdadero interrogatorio a los episodios de McMillan que veía yo por la tele cuando era joven!

El policía sonrió ante el desparpajo que mostraba su interlocutora y sintió curiosidad por averiguar quién era el tal McMillan, de cuyas andanzas no había oído ni siquiera hablar. También se preguntó si aquel manto de cinismo no estaría ocultando en realidad sentimientos más profundos, pues ella misma acababa de revelar que mantenía un gran vínculo afectivo con la víctima.

– Estuve en casa toda la noche -afirmó Garralde- y no puedo probarlo. ¿Sabe por qué? Porque no tenía ni la más remota idea de que mi niña iba a ser asesinada. La próxima vez que maten a alguien de mi…, ¿cómo lo ha llamado, inspector?, ¿círculo íntimo?, procuraré enterarme del crimen con antelación para poder suministrar a la policía una coartada tan firme como este piano.

Garralde golpeó dos veces la tapa del instrumento con los nudillos para acompañar su afirmación y éste le contestó con una nota tan grave que recordó el balido de un macho cabrío.

– Es uno de los apagadores -aclaró, como disculpándose por la intromisión del instrumento en aquel diálogo-. No baja del todo y las cuerdas están tan libres como si hubiera pulsado el pedal de resonancia. -Luego clavó sus inquisitivos ojos en el policía y añadió-: Es curioso, inspector, pero vengo observándole desde que entró por esa puerta y tengo la extraña sensación de haberle visto con anterioridad.

– Asistí al funeral de Ane y nuestras miradas se cruzaron allí durante un instante, aunque puede que ya no lo recuerde. Fue una ceremonia muy emotiva, ¿no le parece?

– Sí, fue entrañable.

– Acláreme una cuestión. Aunque no presenciara el concierto, supongo que estará al corriente del extraño incidente que protagonizó Ane cuando estaba interpretando la propina. ¿Sabe que a Ane se le escapó el violín durante el concierto?

– Sí, lo sé porque incluso lo reflejó la prensa al día siguiente.

– ¿Le había ocurrido en alguna otra ocasión?

– No, que yo recuerde. Lo que sí le pasó una vez es que se le soltaron todas las cerdas del arco al mismo tiempo. Resultó tan cómico como si a un hombre le hubiera despegado el viento su peluquín, porque las cerdas acabaron enredadas con sus propios cabellos y llegó un momento en que el público no sabía qué era pelo de Ane y qué era pelo del arco. La cosa, por más chusca que fuese, no tuvo ninguna trascendencia; Ane cambió el arco y empezó la pieza da capo.

– ¿Por qué se le pudo escapar el instrumento?

– Fue en la novena variación, ¿no? La mano izquierda, que es la que sujeta el violín, tiene que hacer una serie de pizzicati rapidísimos, que implican tirar de la cuerda hacia fuera con fuerza. Dado que Ane no podía sostener el instrumento tan firmemente como si empleara mentonera, es posible que se excediera con el pizzicato y el violín saliera despedido por eso.

– ¿No estaría nerviosa por algo?

– ¿Nerviosa? No lo creo. Ane tenía un dominio del escenario que algún crítico ha llegado a calificar de insultante.

– ¿No había discutido con nadie ese día?

– Si lo hizo, no tengo constancia de ello. Pero me extrañaría mucho porque yo hablé con ella un par de horas antes del concierto y la encontré en plena forma.

– ¿Para qué habló con ella?

– Para comunicarle en qué restaurante tenía la reserva. Pensaba salir a cenar con su novio y me encargó que les buscara un buen local. Tras algunas llamadas logré reservar en un italiano llamado Tartini.

Perdomo hizo un ligero movimiento con la cabeza para señalar que conocía el restaurante.

– ¿Sabe lo que creo, inspector? Cuando se nos caen las cosas de las manos no es porque estemos nerviosos, es más bien por un exceso de confianza. Ane conocía tan bien lo que estaba tocando, ¡su Paganini!, que tal vez se relajó demasiado.

– ¿Con un violín que vale tres millones de euros? Me cuesta creerlo.

– Una cosa es que le cueste, y otra que no pueda pasar. ¿Sabe lo que le ocurrió a un violinista llamado David Garret el año pasado?

Garralde acababa de mencionar al llamado «David Beckham de la música clásica», un joven prodigio alemán de físico tan envidiable que se había podido costear sus estudios en la Juilliard School de Nueva York posando para Vogue con trajes de Armani.

– David se cayó a la salida del Barbican Hall de Londres por bajar unas escaleras que estaban demasiado resbaladizas sin prestar atención al hecho de que llevaba puestos sus zapatos de concierto, de suela muy deslizante. Cayó de espaldas sobre la caja de su violín, lo que probablemente le salvó la vida, pero su Guadagnini de un millón de dólares quedó para los restos. ¡Iba distraído!

– Vale, pero…

– ¿Y el chelista Yo-Yo Ma? -prosiguió Garralde, que no estaba dispuesta a ceder la palabra tan fácilmente-. Su exceso de confianza le llevó a dejarse en un taxi de Nueva York un chelo Stradivarius tan valioso como el violín de Ane.

Perdomo se dio por satisfecho con aquellos dos ejemplos y decidió cambiar de asunto. Recordó que, según las notas de Salvador, Rescaglio había declarado que la relación entre Garralde y él no era buena.

– El señor Rescaglio, en la primera entrevista que tuvo con mi compañero asesinado, dijo… -Perdomo se entretuvo unos segundos buscando la declaración delitaliano en otra libreta- que ustedes dos procuraban evitarse deliberadamente: cuando estaba uno no podía estar el otro, como en aquella película de Michelle Pfeiffer.

– ¿Lo dijo así? -preguntó intrigada Garralde-. ¿Mencionó Lady Halcón?

– No, eso ha sido un añadido mío. Soy bastante aficionado al cine.

– Ah, porque decir eso resulta una exageración. No solíamos coincidir, es cierto, pero era porque… -El mascarón de proa se despegó súbitamente del piano, e irguiéndose cuan largo era, dijo sin disimular su irritación-: ¿Y por qué tengo que andar contándole si el señor Rescaglio me caía bien o mal? ¿Qué tiene que ver todo esto con el asesinato de Ane? ¡Es ella la que ha perdido la vida, no su prometido!

– Le ruego que se calme -le aconsejó el policía-. No tiene obligación de responder a ninguna pregunta, si no quiere, pero de cuanta más información dispongamos, mucho mejor lo tendremos para atrapar al culpable, ¿no cree?

Carmen Garralde fue a buscar un cigarrillo y ya desde la primera calada se vio que el tabaco ejercía un efecto balsámico sobre su vehemente temperamento, porque recuperó al instante el tono anterior.

– Por supuesto que Andrea no me tenía gran simpatía, pero nunca me lo tomé como algo personal.

– Eso me lo tiene que explicar.

– Quiero decir que cualquiera hubiera sentido celos de cualquier persona que hubiera estado en mi lugar y hubiera ejercido el tremendo control que yo ejercía sobre la carrera de Ane. A todos nos gusta influir sobre las personas a las que queremos, y el señor Rescaglio sabía que en el aspecto profesional la única opinión que Ane tenía en cuenta era la mía.

– ¿Por qué se fiaba tanto ella de usted? ¿Ha estudiado música?

– No, pero he estudiado a la gente, inspector. Sabe más el diablo por viejo que por diablo. Andrea es un muchacho agradable y un músico excelente…

Se detuvo un instante y lo remachó otra vez, para que Perdomo comprendiera que su admiración era genuina:

– Ex-ce-len-te. Podría haber sido un reputado solista si hubiera querido. Sólo le faltaba ambición. Pero desde el punto de vista humano era un ingenuo. No hubiera sobrevivido ni un segundo en la jungla de la música clásica. No puede imaginar la cantidad de puñaladas traperas que una se ve obligada a esquivar al cabo del día en esta profesión.

– ¿Quién se beneficia de la muerte de Ane Larrazábal, señorita Garralde? -preguntó el inspector a bocajarro.

– Yo, desde luego no -replicó la mujer con una amarga sonrisa. Parecía llevar esperando la pregunta desde hacía rato, porque la respuesta llegó a Perdomo como catapultada por un resorte-. Si los artistas tienen varios agentes, también es cierto que los agentes no viven de un solo cliente. Excepto en mi caso: mi única fuente de ingresos era Ane. Muerta ella, muerta la gallina de los huevos de oro, como suele decirse.

«Pero está el violín», estuvo a punto de recordarle el inspector. Sin embargo se abstuvo de hacerlo, porque era como colocar a la mujer, que hasta ahora estaba demostrando ser una valiosa fuente de información, en el papel de sospechosa.

En lugar de eso, prefirió seguir tirando del sedal que ya había lanzado.

– Naturalmente, no me refería a usted, señorita Garralde. Pero si supiese de alguien que…

– ¿Quién se beneficia? -interrumpió la mujer, que no había olvidado el tipo de ayuda que se esperaba de ella-. Desde luego la persona que en estos momentos tiene el violín. ¿Tienen alguna pista sobre dónde puede estar el Stradivarius?

– Ninguna en absoluto -confesó Perdomo-. El mundo de los instrumentos musicales me es totalmente ajeno y no sé ni siquiera por dónde empezar a investigar. Suponga que yo hubiera robado el violín, ¿qué podría hacer con él?

Garralde aspiró el humo del cigarrillo y a Perdomo le dio la impresión de que la mujer se lo había tragado para siempre, porque tardó una eternidad en expulsarlo al exterior. Parecía que en su intento de dar forma a la respuesta que estaba preparando se hubiera olvidado hasta de respirar. Por fin, tras tener buen cuidado de no sumergir al policía en una nube de humo apestoso, comenzó a hablar:

– Hay tan pocos Strads en el mercado que sería complicado venderlo sin despertar sospechas, ya que los que han sobrevivido están perfectamente identificados. Muchos hasta tienen nombre, como si se tratara de cuadros famosos.

– Ese dato puede venir bien. ¿Cómo era conocido el de su representada?

– El de Ane no tenía un nombre concreto, porque nunca se ha podido establecer a quién perteneció, antes de que su abuelo lo adquiriera en Lisboa. Lo usual es que el nombre del Stradivarius tenga que ver con su historia. Le pongo un ejemplo: El Viotti, que es uno de los más famosos, salió del taller de Stradivari en 1709. Se llama así porque su propietario más famoso fue el virtuoso Giovanni Battista Viotti, de quien se dice que lo recibió como obsequio de manos de su amante, Catalina la Grande. En 2005 fue adquirido por más de cinco millones de euros por la Royal Academy of Music londinense.

– ¿Ha dicho cinco millones? Tenía entendido que los precios de estos instrumentos rondaban el millón y medio.

– Pero es que el Viotti es un instrumento excepcional, no solamente porque está en un estado perfecto, sino por haber sido propiedad de la emperatriz de Rusia. Además, no todos los Stradivarius tienen la misma calidad. Algunos, como un chelo llamado Duport,tienen hasta cicatrices en la madera; se dice que de un espuelazo que le propinó el mismísimo Napoleón Bonaparte cuando estaba intentando tocarlo.

– ¿Cuántos Stradivarius quedan en total?

– Seiscientos cincuenta, pero tenga en cuenta que esta cifra incluye también sesenta chelos y catorce violas. Violines propiamente dichos quedan menos de seiscientos.

– ¿Y Ane no se planteó nunca que pudiera tratarse de una falsificación?

– En absoluto. Según me contó ella misma, su abuelo hizo examinar el violín por un experto en los años sesenta y éste llegó a la conclusión de que se trataba de un instrumento original.

– ¿Recuerda el nombre de ese experto?

– No, sólo sé que sometió el violín a todo tipo de pruebas. Uno de las más fiables es el análisis de la madera, efectuado por un dendrocronólogo. Si el número de anillos de la madera no concuerda con la época en la que vivió Stradivarius, el violín no puede ser auténtico. Pero esos análisis lo único que permiten es descartar los instrumentos falsos, no confirmar los auténticos. El hecho de que se puede certificar que una madera es de 1710 no significa que el violín fuera construido por Stradivarius.

– ¿Y entonces? ¿Cómo pueden estar tan seguros de que es un Stradivarius?

– Porque luego está lo que los luthiers llaman «la mano del maestro». Hay golpes de gubia, en las escotaduras de la caja, o en la voluta, que llevan la firma inconfundible de Antonio Stradivari. Un artesano de ese calibre aplica el formón o la gubia con el mismo arte que Leonardo da Vinci aplicaría el pincel sobre el lienzo.

Garralde hizo una pausa durante la cual extrajo una pequeña pastilla de una cajita de plata que guardaba en el bolsillo del pantalón y la tragó sin ayuda de líquido. Perdomo observó que la mujer tenía una nuez muy marcada, como los hombres, y pudo ver con aprensión como ésta se movía de arriba abajo al deglutir la pastilla.

– Los análisis nunca están de más -continuó ella-, pero a un músico de la talla de Ane no le hacía falta que nadie le dijera que su violín era extraordinario.

– ¿Quiere decir que se puede saber si un violín es un Strad sin ayuda de un experto? ¿De qué manera?

– Ah, inspector -exclamó Garralde como si la supina ignorancia del policía en estos temas no le inspirara desprecio sino lástima-. Para eso hay que ser músico y haber tocado antes un Stradivarius, para comparar. Un Strad es una auténtica alhaja musical para un virtuoso, responde como un purasangre a la más mínima presión del arco, con el añadido de que uno siente en todo momento que el animal es dócil y nunca le va a tirar a uno al suelo como haría un caballo salvaje. Ane siempre decía que jamás tenía que forzar el sonido de su Strad por grande que fuera el auditorio y que siempre disponía de una reserva inextinguible de potencia cuando necesitaba echar mano de ella. No sé si la metáfora del purasangre es la más acertada, o cabría mejor hablar de un superdeportivo, capaz de responder en fracciones de segundo a la menor presión del pie del conductor.

– ¿De modo que el tiempo de respuesta del instrumento es lo más característico? ¿Lo que podríamos llamar, para seguir con su ejemplo automovilístico, la aceleración de cero a cien?

– No es tan simple. El sonido de un Stradivarius es inimitable. Ane no pensaba que pudiera falsificarse, por eso nunca le preocupó lo que pudieran decir los expertos. Su violín tenía un sonido muy rico y refinado, tanto en el registro más agudo como en el más grave, y además era increíblemente versátil, porque podía producir desde sonidos profundos, oscuros y aterciopelados como los de un chelo, hasta notas tan brillantes que parecían producidas por una trompeta. Y siempre eran sonidos muy vigorosos, porque una de las características más sorprendentes de un buen Strad es que sus sonidos parecen expandirse por el auditorio, como si florecieran en el aire, desde el pequeño capullo que son cuando parten del instrumento hasta la rosa espectacular en que se convierten cuando alcanzan el oído del público.

– Entiendo -dijo el policía, abrumado por la metáfora floral.

– La única incógnita que plantea el violín de Ane no es si se trata o no de un Stradivarius sino de qué Stradivarius se trata. Ane quería creer que el suyo era uno de los Stradivarius de Paganini. No sé si sabe que este virtuoso italiano había conseguido reunir al final de su vida una colección de instrumentos verdaderamente notable.

Perdomo se entretuvo un momento anotando en su libreta los datos que le acababa de facilitar Carmen Garralde y luego preguntó:

– ¿Sabe si alguien hizo alguna vez una oferta a Ane por el violín, aunque fuera rechazada?

– Nadie se hubiera atrevido, inspector. Una cosa es comprar un instrumento a un coleccionista o a un luthier y otra muy distinta es hacer una oferta a un intérprete, y más de la talla de Ane Larrazábal. Sería como ofrecerle dinero a cambio de su garganta o de sus cuerdas vocales, porque el Stradivarius de Ane era su voz. Otra cosa es que hubiera gente que lo codiciara en secreto.

– ¿Quién, por ejemplo? -Perdomo estaba ansioso por poder incorporar algún nombre a la libreta, al objeto de avanzar en la investigación.

– Por ejemplo, la japonesa, Suntori Goto, la gran rival de Ane. Sabemos por terceras personas, como agentes o gerentes de auditorios, que ella atribuía el éxito de Ane en un cincuenta por ciento a su violín, y hubiera dado cualquier cosa por conseguirlo. ¡Todo con tal de no reconocer que Ane es, o era, mejor músico que ella!

– Pero me acaba de decir que el Strad es extraordinario.

– Lo es, en manos del artista apropiado. Lo que no sabe Suntori es que para igualar a Ane ella hubiera necesitado ¡dos Stradivarius!

– ¿Por qué dice eso?

– Por el sudor.

– ¿El sudor?

– Suntori Goto transpira en el escenario como si estuviera en una sauna, inspector. ¿Nunca la ha visto? Hay gente que lo encuentra tan repulsivo que ha dejado de ir a verla, a pesar de que, ¡no me importa admitirlo!, la japonesa es una mujer atractiva. Pero cuando está tocando (debe de ser cosa del miedo escénico) la condenada suda como si estuviera levantando pesas, en vez de tocando música.

– ¿Y eso qué tiene que ver con…?

– Déjeme terminar, por favor -le rogó con su voz aguardentosa la agente-. La humedad tiene consecuencias catastróficas para la sonoridad de cualquier instrumento, porque la madera, cuando se empapa de agua, pierde su capacidad de resonancia. Ésa es la razón por la que los estuches buenos de violín incorporan un higrómetro, que es un aparatito para medir la humedad. Si un instrumentista transpira como Suntori, en diez o quince minutos puede dejar el violín tan inservible como una bayeta de cocina. La única solución es tener dos instrumentos a mano: mientras se seca uno, y con el calor del escenario también puede ser cosa de minutos, se toca con el otro, y viceversa. Por eso le digo que, a Suntori, un solo Stradivarius no le resultaría suficiente.

– Al ser la gran competidora de Ane, ella es ahora la nueva estrella femenina del violín, ¿no es así?

– Sí, inspector, así es -admitió con un suspiro de resignación la mujer-. Podemos decir que Suntori Goto es ahora la nueva reina del mambo.

– Si recuperamos el violín -dijo Perdomo cambiando el tercio-, los legítimos propietarios…

– Los padres de Ane -cortó Garralde, como si el solo hecho de que se pusiera en duda esa cuestión le resultara intolerable.

– ¿Los padres de Ane? ¿Cómo puede estar tan segura?

– Ane no hizo testamento. ¿O me va a decir que han encontrado uno?

– No, no se ha hallado ninguno.

– Porque no lo hay. Entonces, si no ha cambiado la ley, todo va a los ascendientes, incluido este piso y naturalmente el violín, si llega a recuperarse algún día. Esto hubiera sido así incluso después de la boda. Al no haber testamento, el señor Rescaglio sólo hubiera podido heredar a la muerte de los dos padres de Ane.

La perra de Carmen Garralde comenzó a ladrar en ese instante, exigiendo su comida, y la mujer pidió al policía que la acompañara a la cocina mientras abría la lata que le iba a servir al animal. Fue durante ese corto trayecto cuando Perdomo reparó en un pequeño violín que había colgado en la pared de uno de los dormitorios.

24

– ¿Y ese violín? -preguntó el policía, tratando de hacerse oír sobre el festival de ladridos que había organizado la perrita.

– Es un octavo. El primer violín que tuvo Ane, con cuatro años. Cuando los niños son de esa edad, tienen que emplear instrumentos de reducidas dimensiones, y aún los hay más pequeños, porque hay criaturas que empiezan con un año.

– ¿Puedo verlo?

Carmen Garralde cruzó el dormitorio y tras descolgar el violín, se lo entregó al policía.

Perdomo sonrió al tenerlo en las manos. Era evidente que aquel pequeño instrumento le inspiraba ternura. Uno no podía por menos que imaginar las manos diminutas que lo habían hecho sonar en otra época. De inmediato se le vino a la mente el recuerdo de su hijo Gregorio, cuando empezaba a dar sus primeras clases, y también el de Juana, que lo acompañaba siempre al conservatorio, y los ojos se le humedecieron con la nostalgia de una época feliz que jamás regresaría.

– Tengo que dar de comer a Kotxa o subirá el vecino de abajo a montarme la bronca -dijo Garralde, sacándole de su añoranza-. Tráigase el violín a la cocina, si desea examinarlo.

A la luz del neón, y mientras su interlocutora preparaba el plato para la perra, Perdomo observó, a través de las reducidas escotaduras del violín, que pegada al fondo de la caja había una etiqueta, pero como las letras eran tan pequeñas, no consiguió leer con claridad, ni siquiera achinando los ojos, la inscripción que en ella figuraba. Por fin se rindió a la evidencia y tras sacar las gafas de vista cansada, que por coquetería no empleaba casi nunca, pudo ya descifrar la etiqueta sin dificultades.

Antonius Stradivarius Cremonensis

faciebat anno 1708

Perdomo se quedó de una pieza y preguntó:

– ¿Esto también es un Stradivarius?

Garralde estaba en cuclillas, vaciando el contenido de la lata en el platillo de la perra, y le contestó desde esa posición:

– ¡Sólo faltaría! No haga caso, a los luthiers les gusta añadir una etiqueta en el fondo del instrumento, para que éste se parezca más al original. Ni siquiera podemos hablar de una falsificación, porque no está hecho con intención de engañar. Es sólo una especie de homenaje al más grande constructor de instrumentos de la historia.

Perdomo se fijó en que todos los caracteres estaban impresos en tinta, excepto las dos últimas cifras de la inscripción.

– Pues oiga, esto da el pego.

– Será a alguien como usted, que no tiene ni idea de música. Muchos ejemplares modernos (estoy hablando ya de violines cuatro cuartos, de adulto) llevan la etiqueta y sin embargo son más falsos que una moneda de tres euros. Y por supuesto, hay también algún Stradivarius auténtico que carece de etiqueta y en realidad es original. Y como sé que me lo va a preguntar, me anticipo a su respuesta: el Stradivarius de Ane carecía de etiqueta.

Aunque Perdomo no podía ver a la perra, llegaba hasta él el sonido inconfundible de los lametones del animal, mientras devoraba con fruición quién sabe qué inmunda pasta húmeda para canes.

– Antes quería preguntarle: si los padres de Ane, que son ahora los legítimos propietarios del violín, desearan establecer de qué Stradivarius se trata, porque les interesase para revalorizarlo, ¿qué pasos tendrían que dar?

– Lo tendrían difícil. La mayoría de los Strads están fuera de toda sospecha porque sus propietarios conocen el pedigrí del instrumento. Los Strads del Palacio Real, por ejemplo: está documentado cuándo salieron de Cremona y cuándo llegaron a España. El problema con el de Ane es que el primer propietario conocido fue su abuelo paterno, que pujó por él en una subasta en Lisboa.

– ¿Era también violinista?

– No, diplomático. Pero un buen diletante, según dicen.

Perdomo estuvo a punto de comentar con orgullo que su esposa -y por lo tanto también su hijo Gregorio- descendían del gran Pablo Sarasate, pero consideró que no era el momento de exhibir antepasados ilustres.

– El abuelo de Ane, ¿vive aún?

Garralde se incorporó bruscamente al oír la pregunta y Perdomo advirtió que tenía la cara crispada por el dolor.

– Hay veces -explicó mientras se daba una friega con la mano en el muslo derecho- que no puedo estar ni un minuto agachada; mis piernas se han convertido en un calvario. Venga, no quiero que Kotxa nos tenga aquí dos horas, dejémosla que coma y vayamos a la terraza. Siempre que puedo, me gusta ver la puesta de sol. Allí -dijo cogiendo el pequeño violín que Perdomo había dejado sobre la mesa- le contaré el espeluznante final que tuvo el abuelo de Ane.

25

Al salir a la terraza, Perdomo se percató de lo claro que estaba aún el cielo, a pesar de que el sol había desaparecido ya tras la línea del horizonte.

– ¡Vaya, nos lo hemos perdido! -exclamó mortificada Garralde-. Llegar o no llegar, a veces es cuestión de segundos, ¿qué le vamos a hacer?

El policía observó con estupor que en las casas circundantes reinaba la penumbra, y como si le hubiera adivinado el pensamiento, su anfitriona comentó:

– ¡Me encanta este contraste! Yo lo llamo «mi efecto Magritte».

El silencio sobrecogedor que se formó tras el comentario de Garralde fue desgarrado por el maullido angustioso de un gato callejero. A Perdomo, esos alaridos gatunos siempre le habían parecido más propios de una mujer enloquecida que de un felino en celo, y tenían la invariable virtud de producirle escalofríos. Al estudiar a Garralde a la luz del farolillo que ésta había encendido en la terraza, descubrió que sólo tenía iluminada la parte superior de la cabeza, por lo que le resultaba imposible verle los ojos ni determinar siquiera si los tenía abiertos o cerrados.

– El abuelo de Ane se suicidó en 1966 – dijo la mujer rompiendo aquel silencio opresivo. Se subió a lo alto del puente 25 de Abril, que entonces se llamaba puente Salazar, en Lisboa, y se arrojó al agua la noche del 27 de mayo. Tal vez habría podido sobrevivir si no hubiera sido arrollado por un gigantesco remolcador que lo pasó por la quilla y lo despedazó con sus hélices cuando el cuerpo acabó emergiendo en la zona de popa.

– Una muerte espantosa -admitió el policía.

– En una fecha fatídica -añadió la mujer-. Paganini también murió un día 27 de mayo, lo mismo que Ane.

Perdomo calló durante un instante. La verdad era que si se trataba de una mera coincidencia, ésta resultaba estremecedora. Pero Perdomo no estaba dispuesto a establecer ninguna conexión sobrenatural entre aquellos hechos y así se lo hizo saber a Garralde.

– No hay razón alguna para pensar que las tres muertes puedan estar relacionadas, ¿no cree?

Garralde no respondió. Las cuencas de sus ojos eran ahora dos agujeros negros impenetrables, densos y misteriosos.

– Cuando el abuelo de Ane murió, ¿qué pasó con el violín?

– Su hijo, el padre de Ane, nunca quiso tocarlo. Decía que había algo en su sonido que no le resultaba agradable, que el violín no le quería,y siguió empleando el suyo, un Montagnana de 1721. Es también un excelente instrumento, pero no se puede comparar con el Strad, claro. Así que en cuanto tuvo edad suficiente para poder manejarlo, el violín pasó directamente a Ane.

– ¿Podría ver una fotografía del violín?

– Por supuesto. Espéreme aquí y disfrute del famoso cielo velazqueño de Madrid.

Carmen Garralde salió de la terraza y regresó al cabo de un minuto con un portafolio de cuero negro en el que había numerosas fotografías del violín robado. Lo colocó sobre la ancha barandilla de la terraza y empezó a enseñar el contenido de la carpeta al policía. Algunas fotos mostraban el violín de frente, otras de costado, y había media docena que se concentraban en detalles específicos, como el clavijero, la voluta o el puente.

– Ése es el aspecto que presentaba el violín antes de que Lupot le cambiara la voluta -le informó Garralde señalándole una de las imágenes-. La foto siguiente es el violín en su estado actual, con la cabeza que Lupot talló en la voluta a petición de Ane.

La mirada perversa del demonio era de tal ferocidad que Perdomo tuvo que apartar la vista un instante, como para retomar el aliento.

– ¿Por qué hizo tallar esta cabeza?

– Era una costumbre relativamente frecuente en otras épocas que los instrumentos de cuerda estuvieran rematados por una cabeza, casi siempre de animal. Como ya le he dicho, Ane estaba convencida de que su Stradivarius había pertenecido a Paganini, y como el genovés siempre ha estado asociado con el diablo, a ella le pareció que este demonio era la manera de proclamar a los cuatro vientos el origen del instrumento.

– Es una cabeza muy inquietante. ¿En qué se inspiró Ane para encargar el diseño?

– Ella me contó que es una cabeza de Baal que fotografió en Jerusalén, después de un concierto en el Henry Crown Symphony Hall. Si conoce la ciudad, sabrá que en la parte sur, cerca de la puerta de Jaffa, hay una zona conocida como valle de Hinnon. En este valle, los primitivos israelitas adoraban a dioses paganos, como Moloch o Baal, y llevaban a cabo sacrificios humanos, incluida la quema de niños vivos. Después de volver de Babilonia, los israelitas convirtieron este valle en objeto de abominación y toda la zona fue transformada en un vertedero humano: los cuerpos de los ajusticiados, por ejemplo, se arrojaban allí, y el hedor de la carne putrefacta de hombres y animales era tal que había que estar quemando continuamente los desperdicios. A cualquier hora del día o de la noche podían verse hogueras titilando en el valle de Hinnon. Se dice incluso que Judas se ahorcó de un árbol en ese lugar.

– Curiosa leyenda -dijo Perdomo, procurando disimular su escepticismo.

– Esto no es ninguna leyenda, inspector. El valle de Hinnon existió de verdad, con todos los horrores que allí ocurrieron. Traducido al griego, Hinnon se transforma luego en Gehenna, que es el infierno judío.

– ¿Me está tratando de decir que la cabeza que Ane mandó tallar en el violín viene directamente del infierno? -preguntó el policía, visiblemente inquieto tras escuchar toda la información que le acababa de suministrar su interlocutora.

Ésta no respondió, sino que permaneció cabizbaja y ausente durante un buen rato hasta que el policía le preguntó si había algo que le preocupaba.

– Sólo estaba pensando en la persona o personas que están ahora mismo en posesión del violín. Usted parece muy escéptico en lo relativo a la existencia de fuerzas sobrenaturales, pero yo estoy hecha de una pasta distinta. Me pregunto si el ladrón y asesino de Ane es consciente de que al haber entrado en contacto con ese violín está, sin él saberlo, coqueteando con la muerte.

26

La declaración de Carmen Garralde le había dejado el ánimo tan revuelto que a la mañana siguiente Perdomo acudió a la cita con el director titular de la Orquesta Nacional, Joan Lledó, después de haber dormido sólo una hora escasa. De haber tenido a Vilches de pareja, se lo hubiera llevado consigo, porque cuatro ojos siempre ven más que dos, pero como la relación con Villanueva era tan tirante, prefirió acudir solo a la cita. Además de las preguntas de rigor sobre la noche del asesinato -Lledó había sido una de las tres primeras personas en aparecer junto a la escena del crimen-, el inspector tenía pensado consultarle acerca de la extraña partitura que había sido hallada en el camerino de la violinista y observar su reacción.

Confiaba también en volver a ver a Elena Calderón, la trombonista que tan buena impresión le había causado la noche misma del asesinato, pero para su decepción no la vio entre los músicos de la orquesta, a pesar de que, cuando llegó, éstos estaban en pleno ensayo general.

La razón de que no estuviera era que la obra que se estaba ensayando en ese momento, La danza de las brujas,de Paganini, consistía en unas variaciones para violín y orquesta de cuerda que el italiano había compuesto en 1813. La melodía principal pertenecía a un ballet compuesto por Süssmayr, un músico de tercera fila que había pasado a la historia por haber logrado completar, a la muerte de Mozart, el célebre Requiem. Sobre un tema desenfadado y banal, Paganini había tejido un complejísimo entramado de variaciones, erizadas de dificultades técnicas: armónicos inverosímiles, pizzicati diabólicos, triples y hasta cuádruples acordes y vertiginosos cambios de cuerda ponían en tales aprietos al ejecutante que se decía que esta obra, junto al famoso Capricho n.° 24,era la que había dado pie a la leyenda del pacto satánico del mítico violinista.

El policía decidió sentarse en una de las butacas situadas hacia la mitad de la platea, y se dispuso a asistir desde allí al ensayo, hasta que llegara el momento adecuado de abordar a Lledó sin tener que interrumpirle.

El director había ordenado detener la música y trataba de comunicar a los instrumentistas, por todos los medios a su alcance, incluido el canoro, de qué forma entendía él que tenía que sonar el comienzo del concierto.

– Señores -empezó a decir desde el podio-, tenemos una introducción orquestal de cerca de un minuto que estaba sonando aceptablemente, pero cuando entra el solista no nos podemos venir abajo. Tenemos que hacernos oír durante todo el tiempo. ¿De acuerdo?

Lledó marcó un compás en silencio con la batuta y la orquesta empezó a desgranar el solemne preámbulo de la obra. Unos tremolandi de la cuerda baja, que ejercían la función de oscuros nubarrones sonoros, llenaron el auditorio de presagios siniestros. Cuando a Perdomo le pareció que iba a estallar la tormenta musical, la orquesta inició un rallentando y se detuvo ingrávida sobre el acorde de séptima dominante. Y entonces hizo su entrada el violín. El solista, un tipo pequeño y con bigote, que parecía acobardado por la personalidad avasalladora del director, no llegó a poder exponer más que el comienzo del tema, porque Lledó detuvo la orquesta enseguida.

– Bien, bien, bien -sentenció irónicamente, segundos antes de torcer el gesto y exclamar-: ¿Bien? ¡Maaaal!

La batuta de Lledó voló por encima de las cabezas de los chelos y fue a colarse, como el dardo de una cerbatana, por una de las escotaduras del primer contrabajo.

– ¡El pizzicato de acompañamiento suena pusilánime, encogido, ñoño!

Para hacerse entender más claramente, el director se puso a canturrear la figura del acompañamiento:

Pom, pam, pam, pam,

Pom, pam pam, pam,

pero lo hizo de una manera afectada y grandilocuente, que resultó, a juicio de la mayoría de los músicos, ridícula. Se hacía evidente que aquel hombre padecía algún tipo de trastorno histriónico de la personalidad, pues sus gestos en el podio eran exagerados y teatrales, como si más que la comunicación con los músicos lo que buscara fuera convertirse a cualquier precio en el centro de su atención. Una de las primeras violinistas no pudo aguantar una pequeña carcajada, que no pasó inadvertida al director.

– Si he dicho algo gracioso, por favor, coméntelo en voz alta, para que nos podamos reír todos.

La instrumentista agachó la cabeza, avergonzada, y procuró ocultar su gesto jocoso con las manos. Mientras Lledó la fulminaba con la mirada, se dirigió al resto de la orquesta:

– Señores, estamos tocando a Paganini, no a Boccherini. Siglo xix, no siglo xviii. No quiero que esto parezca un minueto, no puede sonar a música galante, ceremoniosa y cortés. Pizzicato no quiere decir «pellizquito», sino «pellizcazo». Quiero que las notas suenen rotundas, desafiantes. ¡Que los contrabajos rujan como galernas!

El primer violín solicitó permiso para hablar y Lledó se lo concedió desde el podio.

– Maestro, ¿no ha pensado que si sonamos en forte durante el acompañamiento, la entrada del solista va a ser mucho menos efectiva? Además de que dudo mucho que se le escuche.

El director esbozó una sonrisa displicente antes de responder:

– ¡El solista ya tendrá oportunidad de lucirse cuando empiecen los efectitos -dijo, como si éste no se encontrara presente en la sala-. Aunque se llamen «Variaciones para violín y orquesta», Las brujas es un concierto. Y «concierto» viene de concertare,que es batallar. Esto es una guerra y en una guerra gana el más fuerte.

Un ayudante se acercó al podio para informarle de que había llegado la policía y, sin descender siquiera del podio, el director se volvió para decirle a Perdomo:

– Tengo todavía para un rato, inspector. ¿Por qué no se da una vuelta por ahí y luego nos vemos directamente en mi despacho? Mis músicos se distraen una barbaridad cuando hay gente ajena al ensayo merodeando por el patio de butacas.

Perdomo le hizo un gesto afirmativo con el pulgar y abandonó la Sala Sinfónica sintiendo que decenas de inquisitivas miradas le taladraban la nuca mientras se alejaba.

27

Nada más abandonar la Sala Sinfónica, el inspector Perdomo decidió aprovechar la visita al Auditorio y volver a visitar la escena del crimen. Tenía más que comprobado que regresar al lugar de los hechos tenía muchas veces el poder de provocar alguna reflexión interesante o de hacer emerger del inconsciente alguna idea latente que podía transformarse rápidamente en una nueva línea de investigación.

Una de las cuestiones que más le intrigaban era la manera en la que el o los asesinos habían podido sacar el violín del recinto a pesar del estricto cordón policial. Si el criminal era verdaderamente astuto, ¿no habría intentado ocultar el valioso instrumento dentro de la propia Sala del Coro, para retirarlo luego cómodamente, una vez que fuera eliminado el precinto policial? Al fin y al cabo, un violín era un objeto de reducidas dimensiones, que podía camuflarse en casi cualquier rincón. Perdomo no sabía exactamente cómo llegar a la Sala del Coro, así que se acercó a uno de los vigilantes de seguridad que se ofreció a acompañarle en cuanto terminara de solucionar un problema que había surgido con una de las cámaras.

Mientras tanto, le dijo, ¿por qué no se sentaba a esperar en uno de aquellos cómodos butacones? Sería cosa de tan sólo cinco minutos.

El inspector decidió aceptar la sugerencia del vigilante y se apoltronó en un sillón.

Al mirar a su derecha, divisó un largo pasillo en penumbra, del que apenas se lograba distinguir el final. El policía notó cómo llegaba hasta él una desagradable corriente de aire frío, por lo que dedujo que alguien, en algún lugar no lejano, debía de haber dejado abierta una de las puertas que daban a la calle. Como obedeciendo a un extraño impulso, Perdomo echó a andar en esa dirección y a los pocos segundos escuchó un ruido metálico y desagradable, como si alguien arrastrara un objeto pesado por el suelo. Acto seguido logró vislumbrar, saliendo de una de las puertas que daban a aquel interminable pasillo, una figura inquietante, como de mujer menuda y nerviosa, en la que creyó reconocer la persona de la médium Milagros Ordóñez. Antes incluso de que pudiera llamarla, Perdomo se dio cuenta de que la figura había advertido su presencia, porque giró la cara en su dirección, y durante el tiempo suficiente para que el policía deseara que no le hubiera mirado.

La apariencia física y la ropa se correspondían con la de Milagros, pero los ojos eran claramente los de su esposa fallecida: unos ojos que habían perdido su color natural y resaltaban, con un amarillo espeluznante, en medio de un rostro cadavérico y arrugado, como el de una persona que hubiera permanecido mucho tiempo en el agua.

El policía recordó que cuando fue a recoger el cuerpo de su mujer sin vida al mar Rojo, el forense local le había informado de que el rostro de la víctima no resultaba agradable de ver, por lo que rogó a la amiga que había realizado el viaje con ella que llevara a cabo la identificación del cadáver. Perdomo trató de gritar un nombre -ni siquiera supo si el que le vino a la cabeza era el de la médium o el de su esposa ahogada-, pero se dio cuenta de que el impacto de aquella visión aterradora le había dejado literalmente sin aliento, que no podía articular palabra aunque lo intentara. Estaba a punto de retroceder, de alejarse rápidamente de aquella criatura pavorosa que le miraba implacablemente desde la mitad del pasillo, pero tuvo miedo; temía que aquel ser pudiera percatarse del pánico que estaba sintiendo en ese momento e hiciera lo que más habría atemorizado a Perdomo en una situación semejante: acercarse a él. En cuanto la criatura comprobó que el policía le guardaba la cara y no retrocedía ni un centímetro, comenzó a alejarse con un movimiento que a Perdomo volvió a helarle la sangre, pues parecía deslizarse sobre el suelo, más que caminar con ayuda de sus piernas. El inspector seguía aún clavado en su sitio cuando oyó cerrarse una puerta, y enseguida sintió que la corriente de aire gélido del principio había desaparecido por completo.

– Cuando quiera, inspector. -La voz del vigilante le despertó de su pesadilla, aunque Perdomo tardó unos segundos en incorporarse del sillón, narcotizado como estaba por los vapores de aquel sueño aterrador.

Mientras caminaba con el vigilante a un metro por delante de él, ejerciendo de lazarillo, el inspector iba mirando a izquierda y derecha, como si temiera que en cualquier momento pudiera aparecer realmente la criatura de su sueño. Una vez que llegaron a la Sala del Coro, el guardia de seguridad se fue a atender sus quehaceres. Perdomo rompió entonces el precinto policial con su cortaplumas y entró en el lugar en el que Ane Larrazábal había sido asesinada.

La sala, que no tenía ventanas a la calle, estaba completamente a oscuras y a Perdomo le costó cerca de diez segundos encontrar a tientas el interruptor de la luz. Tuvo miedo de que, durante esos larguísimos instantes, aquellos terribles ojos amarillentos de su pesadilla le estuviesen observando desde algún rincón de la habitación, pero no ocurrió nada. Cuando la sala se iluminó, todo estaba exactamente igual que la noche en que había encontrado el cuerpo.

Perdomo hizo un barrido visual por la habitación para asegurarse de que estaba vacía y luego se acercó despacio al piano. Tras ponerse un par de guantes de látex que siempre llevaba consigo cuando estaba de servicio, levantó la tapa que protegía las teclas del instrumento. Aunque no tenía noción alguna de música, tocó algunas notas al azar, que llenaron de misterio la amplia estancia en la que se hallaba. Llevó la mano izquierda hasta el extremo grave del teclado y pulsó una de las teclas sin llegar a soltarla. El sonido ominoso e inquietante que produjeron las cuerdas más graves del piano tardó casi un minuto en extinguirse.

El inspector estaba convencido de que la Policía Científica habría examinado toda la sala a conciencia, pero de repente se acordó de la película Casablanca,en la que Bogart esconde los salvoconductos en el interior del piano de Sam, así que decidió levantar la tapa del instrumento para cerciorarse de que no ocultaba nada en su interior. Mientras estaba inspeccionándolo, la puerta de la sala, que Perdomo había dejado entornada, comenzó a abrirse despacio, empujada por una mano de mujer.

La figura femenina avanzó despacio hacia el inspector y cuando estuvo justo a su espalda pronunció su nombre en voz alta:

– ¡Inspector Perdomo!

El policía, que aún estaba bajo los efectos del sueño que había tenido, se sobresaltó de tal manera que se golpeó la cabeza contra la tapa abierta del piano. Al darse la vuelta, reconoció detrás de él a la trombonista Elena Calderón.

– ¡Lo siento! -dijo la mujer al comprobar que había dado un susto de muerte al policía-. He oído el piano y no he resistido la tentación de entrar.

Al ver que Perdomo se frotaba insistentemente la cabeza con la mano, para aliviar el dolor del golpe que se acababa de dar, Elena dejó en el suelo la pesada funda del trombón y se acercó a examinar la cabeza del policía.

A Perdomo le gustó sentir el contacto de las manos de Elena. No estaba tan arreglada como el primer día, pero le sedujo inmediatamente el discreto olor a Cristalle de Chanel que emanaba de ella: el mismo que solía emplear su esposa.

– Se ha hecho un buen chichón, y aún le va a crecer más; mire, toque.

Elena cogió una de las manos al policía y se la acercó a su propia cabeza para que palpara el huevo que se le acababa de formar en el cráneo. Las dos manos estuvieron entrelazadas un par de segundos más de lo necesario.

Tras un diálogo intrascendente, en el que Elena presumió de tener también la cabeza muy dura, Perdomo le explicó cómo había llegado hasta él la responsabilidad de resolver el caso. Luego dijo:

– No la he visto en los ensayos.

– Porque no he sido convocada. Lledó parece decidido a programar obras en las que no hay trombones, seguramente para fastidiarme.

– Si no toca hoy, ¿qué hace con el trombón a cuestas?

– Estoy en un grupo de jazz, con Georgy, el tuba, al que conoció el primer día, y otros músicos. Ensayamos en un local que está muy cerca, y como tenía tiempo de sobra he entrado a curiosear un poco en los ensayos. Lo hago para poner nervioso a Lledó.

Luego, mirando el piano dijo:

– ¿Qué estaba buscando dentro del piano?

– Ni yo mismo lo sé -mintió el inspector.

– Dios mío -exclamó Elena Calderón recorriendo la sala con la mirada-. Es horrible pensar que hace tan sólo unos pocos días, en esta misma habitación, fue asesinada la pobre Ane.

– Sí, lo queramos o no, los lugares en los que han ocurrido hechos como el de la semana pasada quedan marcados parasiempre por el crimen que se ha perpetrado en ellos.

Elena Calderón, que había apoyado el estuche del trombón en el suelo, lo levantó para proseguir su camino.

– Le dejo trabajar, señor Perdomo.

El inspector la retuvo, pues intuía que nunca se le iba a presentar una oportunidad más clara para dar el ansiado paso adelante.

– Puedes llamarme Raúl. El caso es que necesitaba hablar con un músico profesional para hacerle una consulta sobre el violín de mi hijo.

– Yo elegí el violín como segundo instrumento en el conservatorio, así que puedo ayudarte. ¿De qué se trata?

El policía le resumió el accidente de Gregorio en el metro, y tras intercambiar sus respectivos teléfonos, la trombonista quedó en pasar un día por su casa para examinar el violín del chico y dictaminar si tenía sentido tratar de arreglarlo o era mejor comprar uno nuevo.

28

El despacho de Joan Lledó, situado en el último piso del Auditorio era un lugar agradable, bien iluminado, con una confortable moqueta de color marrón claro sobre la que reposaba un piano de media cola, con la tapa bajada y atestada de partituras. La mesa de trabajo, colocada al fondo, se había quedado pequeña en relación con el número de libros y papeles que tenía que soportar, apilados a tantas alturas que Perdomo sintió que incluso un ligero estornudo podía hacer que varias de las torres de papel se precipitaran al suelo. En una de las esquinas había una especie de bloc gigantesco de trabajo, pinzado sobre un atril, en el que figuraba el calendario de ensayos y conciertos de los días siguientes. Además de la luz, que entraba a raudales por los amplios ventanales cubiertos por unos delgadísimos estores, a Perdomo le gustó el ambiente de trabajo que se respiraba allí dentro, muy alejado de esos despachos de notario, de mesa impoluta y perfectamente ordenada, que sus propietarios sólo utilizaban de Pascuas a Ramos para estampar una ampulosa firma por la que cobraban, además, un potosí. Lledó le informó de que tenía que hacer una llamada telefónica y Perdomo aprovechó el minuto y medio que su interlocutor permaneció ocupado, en curiosear por las fotos y diplomas que había colgados de una de las paredes.

La mayoría eran retratos del propio director en compañía de otros músicos, principalmente solistas, a los que Perdomo no conocía. No faltaba tampoco la manida fotografía con el rey, que el policía había contemplado ya en tantos despachos de trabajo que empezaba a preguntarse si no habría que considerar un signo de distinción el hecho de no tener expuesta la efigie del monarca español, quien, por otro lado, no se distinguía precisamente por su afición a la música.

El policía pensaba que había agotado ya el recorrido visual por aquel variopinto muestrario de imágenes, cuando dos pequeñas fotografías en blanco y negro captaron de repente su atención e hicieron que el bienestar que había sentido hasta entonces se transformara en una más que justificada inquietud.

Eran dos fotografías de Adolf Hitler.

En la primera de ellas no se veía muy bien el rostro del siniestro dictador, que estaba de espaldas junto a toda la plana mayor del Tercer Reich, asistiendo a un concierto en un auditorio faraónico, presidido por el tétrico pendón de la esvástica; pero en la segunda foto era claramente identificable su figura, en el momento de saludar a un director de orquesta que se agachaba desde lo alto del escenario para darle la mano.

Perdomo no se había dado cuenta de que Lledó había terminado de hablar por teléfono y se sobresaltó cuando oyó su voz detrás de él, a pocos centímetros de distancia. Olía a colonia dulzona, aunque no supo establecer la marca.

– Es Wilhelm Furtwängler -explicó-, uno de los más grandes directores de orquesta de todos los tiempos. Con la llegada de los nazis al poder, muchos de sus colegas optaron por el exilio. Él en cambio decidió quedarse, y luego tuvo que dar infinidad de cuentas a los aliados, durante el proceso de desnazificación, que comenzó al terminar la guerra. Observe atentamente las dos fotos: en esta de aquí, le vemos tocando el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el cumpleaños de Hitler. En esta otra, el dictador le felicita con el saludo nazi al terminar un concierto y Furtwängler no le corresponde, sino que le tiende la mano, evitando el saludo oficial. ¿Cuál de las dos diría que es anterior a la otra? -preguntó Lledó con la expresión malévola de un profesor decidido a cazar a un alumno díscolo a cualquier precio.

– No tengo la menor idea. Yo diría que ésta -se aventuró Perdomo señalando la foto del cumpleaños de Hitler.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Simplemente me ha parecido más antigua.

– La mayoría de las personas a las que he planteado esta pregunta elige la misma que usted, porque prefiere pensar que el músico hacía el juego a los nazis al principio, pero que luego, cuando empezaron a hacerse públicos los horrores de los campos de concentración y del genocidio judío, se distanció de ellos y se negaba incluso a emplear el Hail Hitler.

– ¿Y no fue eso lo que ocurrió?

– Lo que ocurrió no lo sabremos nunca con certeza. Si hemos de hacer caso de estas fotos, más bien parece que sucedió lo contrario. La fotografía en la que Furtwängler se niega a levantar el brazo es anterior a la otra, en la que, como un corderito obediente, el director accede a tocar el cumpleaños feliz a un monstruo con millones de víctimas a sus espaldas. Tal vez pensó que iba a poder resistir las presiones políticas, que iba a ser capaz de combatir al régimen desde dentro. Si le interesa el tema -dijo Lledó cogiendo un libro de la mesa, en un gesto que provocó un derrumbe masivo de papeles- le recomiendo esta reciente biografía de Furtwängler titulada The Devil's Music Master, es decir «el maestro del diablo».

Perdomo no trató de disimular la sorpresa que le acababa de provocar el título del libro.

– ¿El… diablo?

– Hitler. Como sin duda sabrá, no hay personaje en la historia que haya sido más asociado a Satanás que el dictador alemán.

– ¿Cree de verdad que Hitler era la encarnación del diablo?

– Lo creen los que saben de esto más que nosotros, inspector, los exorcistas del Vaticano. El más famoso de todos ellos, el padre Gabriele Amorth, dijo hace poco que el demonio no sólo existe, sino que es capaz de poseer a pueblos enteros. Él sostiene que los nazis actuaron de manera tan salvaje e inhumana porque estaban poseídos por el diablo. Obviamente, el Führer, Adolf Hitler, era el primero de la lista.

Perdomo hizo un par de preguntas a Lledó sobre los nazis y el holocausto judío, para ver por dónde iban sus simpatías políticas, pero el director se zafó con evasivas. Luego añadió:

– Es muy fácil decir ahora, en plena democracia: yo jamás sería cómplice de una dictadura, nunca colaboraría con ellos. Pero imagínese que en España volviésemos a caer en un régimen totalitario. ¿Abandonaría la policía, inspector? Sé que tiene un hijo, que estaba el otro día en el concierto. ¿Pondría en peligro su bienestar, su educación, incluso su vida, para evitar que le acusaran de colaboracionismo? ¿O procuraría seguir ejerciendo su trabajo de la manera más digna y más profesional posible?

– Lo cierto es que…

– Lo cierto es que no hay manera de saberlo, hasta que no llega el momento -zanjó el músico-. Todos los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor, de lo más abyecto y de lo más sublime. La propia esvástica -dijo dando un par de golpecitos sobre el cristal que protegía la fotografía- se ha convertido en uno de los símbolos más abominables de la historia, y sin embargo, la palabra swastika,que es de origen sánscrito, quiere decir «buena suerte», y ha llegado a representar, a lo largo de la historia, conceptos muy elevados, que nada tienen que ver con la ideología nazi. Lo mismo podría decirse del violín: puede ser el instrumento más romántico del mundo, pero en manos de un compositor como Bernard Herrmann, por ejemplo, ya sabe, el que escribió la banda sonora de Psicosis,se transforma en un instrumento de muerte y destrucción.

Lledó acercó la boca a la fotografía en la que se veía a Hitler más claramente y humedeció al Führer con su aliento. Luego, pasó la manga por el cristal para quitar una hipotética mancha del mismo y dijo:

– ¿Sabía que el Vaticano estaba tan convencido, incluso en los años cuarenta, de que Hitler estaba poseído por el diablo, que Pío XII intentó un exorcismo a larga distancia? No dio resultado, como es obvio, aunque nunca sabremos si fue porque el demonio de Hitler era demasiado enemigo para el pobre Pío XII o porque los exorcismos hay que llevarlos a cabo con el endemoniado de cuerpo presente. Pero supongo que no ha venido hasta aquí para que le hable de posesiones diabólicas, sino para saber si soy su hombre, ¿no es así?

– Yo no lo plantearía de forma tan tajante -contestó Perdomo.

– He leído en la prensa que la persona que mató a Ane Larrazábal conocía bien las artes marciales. ¿Puedo preguntarle cómo han llegado a esa interesante conclusión?

– Está en el informe forense, pero no me parece que debamos comentar ahora esos detalles.

El director invitó a Perdomo a sentarse en un tresillo para visitas que había en un rincón del despacho y, tras coger un mando a distancia que reposaba sobre la mesita baja de cristal que tenía delante, lo apuntó hacia un equipo estéreo. El concierto La Campanella,de Paganini, en versión de Ane Larrazábal con la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, empezó a sonar a un volumen excesivo, que Lledó se apresuró a bajar al mínimo.

– ¿Sabe cuál es mi lema en la vida? Odia el deporte y compadece al deportista.

– Eso tiene gracia -concedió Perdomo.

– No he pisado jamás un gimnasio, y mucho menos una escuela de karate. No soy su hombre, inspector, le invito a comprobarlo.

– Me alegra oírlo. ¿Asistió a la primera parte del Concierto de Paganini?

– Por supuesto. Estaba en el entresuelo, me gusta más ver los conciertos desde ahí.

– ¿Recuerda lo que hizo después, durante el descanso?

– Fui derecho al camerino de Ane Larrazábal para felicitarla por su actuación. Pero no estaba allí.

– ¿Cómo lo sabe? ¿Estaba abierta la puerta?

– Estaba cerrada, pero no con llave. Tras golpear un par de veces con los nudillos y no obtener respuesta, pasé sin llamar y vi que no había nadie, así que pensé que ya se había marchado.

– ¿No trató de preguntar a un conserje?

– Sí, pero ninguno supo darme explicaciones sobre su paradero.

– Cuando yo llegué a la Sala del Coro, usted ya estaba en la puerta. ¿Quién le informó de que se había producido el crimen?

– El maestro Agostini, que fue el que descubrió el cuerpo. Inspector, no sé muy bien qué idea tiene en la cabeza, pero déjeme que le aclare algo: ignoro a qué extremos podría llegar en un momento dado para conseguir un Stradivarius como el de Ane Larrazábal. Pero créame si le digo que jamás, ¿me oye?, jamás me atrevería a segar la vida de una artista de su calibre. Escuche -dijo volviendo a subir el volumen del equipo estéreo-, fíjese ¡qué fuego en la cadenza!

Tras escuchar durante cerca de un minuto la fantástica grabación del Concierto de Paganini, Perdomo extrajo del bolsillo de la americana una fotocopia de la partitura que se había encontrado en el camerino de la violinista y se la mostró a Lledó, que encendió una lámpara que tenía junto a él, se colocó sus gafas para vista cansada y la estudió con detenimiento.

– Es música para piano. ¿De dónde ha salido?

Perdomo le puso al corriente y añadió:

– Disculpe, no sé leer música. ¿Por qué dice que es para piano?

– Dos pentagramas, ¿lo ve? El de arriba en clave de sol, para la mano derecha; el de abajo en clave de fa, para la izquierda. Parece estar o en la menor o en do mayor, porque no tiene alteraciones en la armadura.

– ¿Le suena de algo esta música?

– No la había oído en mi vida. ¿Por qué piensa que puede ser una pista? A mí me parece un fragmento musical sin el menor interés.

– Un colega mío, el inspector Mateos, resolvió recientemente un caso en el que la clave era un mensaje alfanumérico encriptado en una partitura.

– Ah, sí, el caso de la Décima Sinfonía de Beethoven. Fue muy comentado el año pasado. ¿Y piensa usted que esto puede consistir también en un acertijo musical como el que resolvió el musicólogo Daniel Paniagua?

– Estamos trabajando sobre esa hipótesis. Quiero que la estudie con calma en su casa y me diga si esas notas pueden tener sentido como mensaje extramusical.

Lledó dobló cuidadosamente la partitura y la guardó en su bolsillo.

– Si saco algo en limpio, ¿cómo me puedo poner en contacto con usted?

El policía le dio una tarjeta de visita y Lledó la guardó en el bolsillo de la americana, mientras se pasaba la lengua un par de veces por las encías superiores, provocando un sonido húmedo y viscoso, que al policía le pareció intolerablemente obsceno.

29

El inspector Perdomo llegó tan acalorado a la UDEV que ni siquiera se tomó la molestia de cruzar la barrera de seguridad con su vehículo: lo dejó al otro lado de la misma con las llaves puestas -a pesar de las protestas de los agentes de uniforme, que custodiaban la garita de entrada- y entró hecho una hidra al edificio, dispuesto a tener otra seria conversación con Villanueva. La razón de su enojo era que al salir de la entrevista con Lledó, en el Auditorio Nacional, había visto que la prensa del día publicaba en portada el siguiente titular:

El asesino de Ane Larrazábal intenta burlar a la policía

La pista árabe resulta ser un señuelo

BONIFACIO YOLDI, Madrid

La investigación sobre el asesinato de la violinista Ane Larrazábal, que fue estrangulada la semana pasada en el Auditorio Nacional, ha dado un salto cualitativo después de que la Policía Científica haya logrado establecer que la palabra que el asesino dejó escrita en caracteres árabes en el pecho de la víctima es un montaje para dificultar la investigación. Tras un minucioso análisis al microscopio de la inscripción, que fue realizada empleando como tinta la propia sangre de la víctima, los expertos han logrado determinar que el asesino trazó las letras de izquierda a derecha, y no en el sentido opuesto, como habría procedido un árabe auténtico (página 14).

Perdomo no daba crédito a lo que había leído: alguien había filtrado a la prensa un dato importante de la investigación, que debía permanecer en secreto para no alertar al asesino. A Perdomo le parecía de vital importancia que el criminal siguiera creyendo, durante el mayor tiempo posible, que había logrado engañar a la policía y que ésta estaba siguiendo de verdad la pista islamista. La persona que había filtrado a la prensa esa información sólo podía ser el subinspector Villanueva, a quien Perdomo había revelado hacía pocas horas que el asesino no era musulmán.

En la UDEV, uno de los inspectores le informó de que Villanueva había tenido que ausentarse pero que en la sala de espera había dos personas que le estaban aguardando desde hacía tres cuartos de hora para comunicarle información sobre el caso Ane Larrazábal.

Perdomo saludó a Arsène Lupot y a Natalia de Francisco, que había decidido acompañarle, y los hizo pasar a su despacho, dispuesto a escuchar la declaración de aquellos dos colaboradores espontáneos.

– La información que queremos aportar no es en realidad sobre el asesinato, sino sobre el violín -se apresuró a aclarar Natalia.

– ¿Cómo me han localizado? -preguntó Perdomo-. Casi nadie sabe que acabo de ser asignado a este caso y que no estoy en la Brigada Provincial.

– Mi marido es amigo de un periodista de El País que le conoce.

– Ah, ya sé a quién se refiere -respondió el policía-. Precisamente tuve ocasión de saludarle en el Auditorio, la noche del crimen. Antes de que compartan conmigo la información que les ha traído hasta aquí, ¿no creen que deberían decirme exactamente quiénes son ustedes?

Lupot complació al inspector y luego señaló:

– Hemos querido ponernos en contacto con usted porque tenemos fundadas sospechas de que el violín de Ane Larrazábal ya había sido robado con anterioridad.

Natalia se puso nerviosa por la lentitud del francés a la hora de relatar los hechos y le interrumpió enseguida. Lupot, que se palpaba el ojo derecho incesantemente, se disculpó diciendo que tenía una migraña tremenda aquella mañana y que se veía incapaz de hilar dos frases seguidas. La mujer le arrebató entonces la palabra y en menos de un minuto resumió a Perdomo la historia del trágico accidente de Ginette Neveu.

Mientras escuchaba a Natalia, el policía introdujo en Google el nombre de Ginette Neveu y fue leyendo algunas de las entradas.

– Aquí dice que Neveu fue encontrada abrazada a su Stradivarius después del accidente.

– Eso no son más que leyendas. Lo único que se encontró fue la caja del violín, en perfecto estado, pero ni rastro del instrumento -respondió el francés, que seguía manoseándose el ojo una y otra vez.

Perdomo se levantó de la silla y se acercó a la ventana, desde la que se divisaban los árboles plantados en el gigantesco patio del Complejo Policial de Canillas. No era lo mismo que contemplar los jardines de Francos Rodríguez, próximos a su despacho en la Brigada Provincial, pero le sirvió de sucedáneo. Mirar los árboles producía en él un efecto relajante, similar al que en otras personas causa contemplar el fuego en una chimenea. Perdomo observó que empezaba a chispear y que los árboles se balanceaban a uno y otro lado, debido a una especie de galerna primaveral que estaba empezando a desatarse.

– Sólo queríamos poner en conocimiento de las autoridades el probable origen del violín; no hemos venido aquí a señalar a nadie con el dedo -aclaró Natalia.

– No tienen nada que temer. Todo lo que me digan en la sede policial será objeto de la máxima confidencialidad. Por ello les pido a ambos que se expresen con total libertad, y que no dejen de manifestar ninguna idea, por más ridícula o temeraria que les parezca. En una investigación tan compleja como un asesinato, a veces surgen líneas de investigación de los detalles más nimios, así que ayúdenme a recapitular: el avión de Neveu se estrella en las Azores y alguien, probablemente del equipo de rescate, ve que el violín está intacto y decide quedarse con él.

– Lo más seguro es que esa persona conociera la lista de pasajeros y que, al ver el violín, dedujera que se trataba de un instrumento muy valioso -señaló Lupot.

– Y de ahí, ¿cómo cree que llega a manos de Larrazábal?

– La segunda vez que Ane vino a mi taller, a recoger el violín, me contó que su abuelo lo había comprado en Lisboa en 1950. Ella mencionó una subasta, pero yo no lo creo: las casas de subastas, al menos las importantes, disponen de listas actualizadas de objetos robados, y siempre que llega hasta sus manos una pieza de procedencia dudosa, las comprueban para no buscarse problemas. El abuelo de Ane Larrazábal debió de comprarlo directamente al ladrón, y a muy buen precio, porque el violín estaba todavía caliente y el Strad no era fácil de vender. Ese señor sabía, muy probablemente, que estaba comprando mercancía robada y contó en la familia la historia de la subasta para no despertar inquietud entre los suyos. Pero como no pudo conseguir la documentación que acreditaba la procedencia del violín, jamás pudo asegurarlo.

– ¿Está completamente seguro de que el Stradivarius no estaba asegurado?

– Eso es lo que me contó Ane en París.

En ese momento llamaron a la puerta, y sin esperar respuesta alguna del otro lado, asomó la cabeza un subinspector de Homicidios del que Perdomo no sabía ni el nombre.

– Perdomo, el comisario Galdón quiere verte.

– Dile que ahora mismo voy. ¿Ha regresado Villanueva?

La pregunta se estrelló contra el cristal esmerilado de la puerta, porque el subinspector se esfumó a la misma velocidad con la que había irrumpido en el despacho.

Lupot, al ver que Perdomo era reclamado en otro lugar, se puso en pie para dar por terminada la entrevista, pero Natalia le agarró de la ropa y tiró de él hacia abajo, para volver a sentarle.

– Hay dos cosas que no le hemos dicho aún, inspector -añadió la mujer-. La primera es que la noche del crimen en el Auditorio estaba la mayor rival artística que tenía Ane Larrazábal: la japonesa Suntori Goto.

El inspector anotó el nombre de la nipona en una libreta y se hizo resumir la historia de feroz competencia entre las dos artistas.

– ¿Y dice que la japonesa buscaba un Stradivarius desesperadamente?

– Así consta en varias entrevistas que ha concedido ella a medios de comunicación. No sé si sabe que hay muchos violinistas que tocan Stradivarius que no son suyos. Esto es debido al precio astronómico de los instrumentos, pero también al hecho de que es muy raro que salga alguno a la venta, ya que sus propietarios están encantados con ellos. Varias fundaciones y sociedades filantrópicas se pusieron en contacto con Suntori ruando ésta manifestó que no estaba contenta con su Del Gesú y que quería tocar un Strad. La oferta más importante vino de la Stradivarius Society de Chicago, que apadrina a violinistas de la talla de Joshua Bell o Sarah Chang. Pero Suntori no quiso saber nada de ellos.

– ¿Puedo saber por qué?

– Le resumo cómo funcionan estas sociedades. La de Chicago, que es la más poderosa, la integran unas dos docenas de mecenas. Ellos son en realidad los propietarios de los instrumentos y emplean la sociedad para ponerlos en circulación, por un deseo genuino de ayudar a los artistas que no pueden pagárselos.

– ¿Y prestan los Stradivarius así, sin más?

– El préstamo dura tres años. El músico se obliga a pagar el seguro, que puede pasar de los cien mil dólares al año y tres veces al año tiene que llevar el instrumento a Chicago para una especie de puesta a punto. Solamente el luthier de la Sociedad está autorizado a poner sus manos sobre los Strads o los Guarneris, porque también gestionan instrumentos de otros constructores famosos. Y el virtuoso se compromete también a ofrecer tres conciertos anuales a su benefactor.

– No parecen unas condiciones excesivamente duras, si tenemos en cuenta lo que se obtiene a cambio.

– De hecho, Suntori llegó a probar un Stradivarius llamado De Salvo,cuyo sonido le fascinó, y parece que estuvo a punto de cerrar el trato, pero dos hechos frustraron la operación: en primer lugar, el propietario actual había dicho en una entrevista que para él Ane Larrazábal era la mejor violinista viva. Suntori no estaba dispuesta a tocar tres veces al año delante de un filántropo que consideraba artísticamente superior a su más directa rival. En segundo lugar, el Stradivarius De Salvo había pertenecido anteriormente a una rama de la familia del hoy tristemente célebre Albert de Salvo.

Perdomo se estremeció ante la sola mención de uno de los asesinos en serie más famosos de la historia.

– ¿«El Estrangulador de Boston»?

– En efecto. Suntori es muy supersticiosa, y no quiso saber nada de un Strad vinculado a este apellido siniestro. Sumemos a todo esto, que la japonesa sí podía permitirse el lujo de comprar un Strad, porque su familia es propietaria de la empresa de videojuegos más famosa de Japón, y comprenderá por qué su objetivo era tener uno de estos instrumentos en propiedad.

Perdomo iba anotando nombres y cifras en su libreta de trabajo, a medida que Lupot avanzaba en su relato, y cuando tuvo claro que éste había terminado preguntó:

– No puedo discutir con ustedes ningún detalle de la investigación, pero quiero manifestarles mi agradecimiento por haberse acercado hasta aquí para aportar información. Entiendo, señor Lupot, que las dos veces que estuvo con la víctima no le comentó nada acerca de si se sentía amenazada o inquieta por algo.

– Nada en absoluto. Nuestra relación fue estrictamente profesional.

Perdomo se quedó con la tarjeta de visita que le facilitó Natalia y se dirigió al despacho del comisario Galdón. Por el pasillo iba pensando en la siniestra casualidad de que tres de los propietarios del Stradivarius robado hubieran fallecido de muerte violenta: Neveu, el abuelo de Ane y la propia violinista.

Pero por encima de todo, le inquietaba el recuerdo, aún espantosamente reciente, de la temible criatura que se le había aparecido en sueños en el Auditorio.

30

El comisario Galdón estaba de pie y tenía la gabardina puesta cuando Perdomo entró a hablar con él en su despacho.

– ¿Te vas? -le preguntó extrañado el inspector-. Me habían dicho que querías verme.

Detrás, sentado en una de las dos sillas de cortesía que había junto al escritorio del jefe de la UDEV, el subinspector Villanueva permanecía a la escucha, inmóvil como un reptil agazapado.

– ¿Por qué no has hablado aún con los padres de Ane? -le recriminó Galdón.

A Perdomo le pareció que el tono de dureza con el que se había dirigido a él el comisario había provocado una sutil sonrisa de complacencia en Villanueva, pero tal vez eran sólo imaginaciones suyas.

– Me personé en el funeral para ver si había ocasión, pero con el hombre sollozando al final del concierto, me pareció más oportuno esperar al menos veinticuatro horas -se justificó Perdomo.

– Mal hecho; la familia es clave para conocer el entorno de la víctima y saber si tenía enemigos o si había algo que la preocupara. Esta misma tarde te vas a Vitoria a hablar con ellos. Ya he telefoneado al padre para ponerle sobre aviso. Toma, éste es el número de su móvil.

– ¿Esta tarde? No tengo a nadie con quien dejar a mi hijo Gregorio.

– No digas tonterías, ya encontrarás a alguien. Poneos en marcha. ¡Ya!

Perdomo vaciló ante el plural que había usado el comisario.

– Trabajo mejor solo. Mientras yo hablo con los padres, Villanueva puede comprobar en las principales casas de subastas si ha habido algún intento de hacerles llegar el violín.

Galdón hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No sé cómo os lo montáis en la Brigada Provincial, pero aquí en la UDEV mis hombres trabajan en pareja. Yo me voy corriendo para Burgos. ¿Te acuerdas del triple crimen que hubo allí hace unos años? Pues el director del colegio donde estudiaba el muchacho que detuvimos acaba de ser asesinado.

El comisario hizo un gesto a Perdomo para que le franqueara el paso, pero éste no se movió.

– Espera -le dijo señalando el montón de periódicos que había sobre la mesa-. ¿Has visto los titulares?

– ¿Qué pasa con ellos?

El inspector clavó los ojos en Villanueva, que no se había dignado dirigirle la mirada desde que había entrado en el despacho.

– Me parece una cagada tremenda -exclamó Perdomo-. Alguien está tratando de boicotear la investigación.

El comisario jefe soltó una pequeña carcajada.

– No seas ingenuo, Perdomo. ¿Quién crees que ha filtrado la noticia a la prensa?

Los ojos del subinspector Villanueva chispearon con un destello de burla al ver el estado de confusión absoluta de Perdomo.

– ¿La filtración es nuestra? Pero ¿qué te propones?

– Quiero poner nervioso al asesino -le reveló Galdón-. Si sabe que no nos hemos tragado el anzuelo de la pista islámica, tratará de confundir a la policía por otro sistema. Intentamos crear las condiciones para que cometa un error fatal. Y esto otro también puede darnos resultados.

Galdón extrajo del bolsillo una providencia judicial en la que el magistrado que instruía el caso Larrazábal autorizaba la intervención de los teléfonos de Lledó, Rescaglio y Garralde, y se la pasó a Perdomo, que le echó un rápido vistazo.

– ¿Cómo la hemos conseguido?

– Su Señoría me debe un favor.

– Pues debe de ser de los gordos, porque ya me dirás tú cómo se puede autorizar la intervención de estos teléfonos. No tenemos nada contra Lledó, Rescaglio o Garralde.

– Tampoco tenemos nada a favor -gruñó Galdón-. Eso es lo malo, Perdomo, que pasan los días y no me traes nada. Esto es la UDEV, aquí estamos acostumbrados a obtener resultados desde el minuto uno. Y más con la presión mediática que estamos soportando. No es sólo la prensa nacional. Hoy nos han llamado del Frankfurter Allgemeine y ayer del New York Times. Estamos en una olla a presión.

Perdomo volvió a echar un vistazo a la providencia del juez y comprobó que aquello era una chapuza. Los tribunales superiores de justicia habían dejado ya muy claro, en multitud de sentencias, que cuando se trataba de intervenciones judiciales era imprescindible una resolución motivada, es decir, un auto, y no una simple providencia. Mientras que éstas servían sólo para decidir sobre cuestiones de trámite y peticiones secundarias o accidentales, era en los autos donde los jueces dictaminaban si procedía o no adoptar medidas restrictivas de un derecho fundamental, como el secreto de las comunicaciones.

Aquel documento no sólo no estaba fundamentado jurídicamente, sino que incluso contenía errores de ortografía, señal inequívoca del apresuramiento con el que había sido redactado.

– No me gusta -protestó Perdomo-. No me gusta ni un pelo. Imagínate que de las escuchas sacamos algo. Como no hay un auto motivado, todo lo que obtengamos a partir de estas intervenciones telefónicas lo pueden declarar nulo posteriormente.

– Que no te preocupe tanto el futuro -le tranquilizó Galdón-. Lo que hacemos, lo hacemos con permiso judicial, y en todo caso será Su Señoría, y no nosotros, quien tenga que dar explicaciones en su día, si alguien se las pide más adelante. Ahora lo que cuenta es el presente. El sumario está bajo secreto, nadie se va a enterar de las escuchas, excepto Su Señoría y la fiscal, que está igual que nosotros: desesperada por tener, al menos, un sospechoso. Te aseguro que ella no va a decir ni pío.

Perdomo volvió a interponerse entre el comisario y la puerta de salida.

– Pero ¿qué esperas obtener de estas escuchas? El novio tiene coartada. ¿No leíste el informe de Salvador? Y además yo le vi el día del crimen: estaba destrozado.

– Puro teatro -afirmó Galdón-. Esto apesta a crimen pasional.

– Garralde no ha podido ser. Muerta Ane, muerta la gallina de los huevos de oro.

– Es bollera, ¿no? Igual lo hizo por despecho, para impedir que se casara con el italiano.

– Pero ¿y Lledó? -se quejó Perdomo-. Teóricamente pudo hacerlo, porque se hallaba en el Auditorio y nadie le vio durante el intermedio, pero no podría estrangular con esa pericia ni aunque quisiera: no ha pisado en su vida una escuela de artes marciales.

– ¿Lo has comprobado?

– No he tenido tiempo aún porque le he interrogado esta misma mañana. Pero no es ningún tonto, no se atrevería a mentir a la policía con tanto desparpajo en algo tan fácilmente comprobable.

– Te asombraría la cantidad de estupideces que pueden hacer las personas cuando están bajo presión. Joder, Perdomo, me vas a hacer perder el tren, pero quiero que escuches esto. Villanueva, ponle la grabación.

El subinspector accionó un pequeño aparato de grabación digital que había sobre la mesa y Perdomo reconoció de inmediato la voz de Joan Lledó, a quien acababa de interrogar en su despacho esa misma mañana. Villanueva le informó de que el interlocutor de Lledó era Alfonso Arjona, el director de la agencia Hispamúsica. Perdomo recordó que Arjona era la persona que había salido a comunicar al público la suspensión del concierto, la noche en que asesinaron a Ane Larrazábal. Era el programador de más prestigio del país y presumía de tener lazos de amistad con prácticamente todas las vacas sagradas de la música clásica, desde Claudio Abbado hasta Daniel Barenboim.

– «¡Estoy hasta las narices de este ninguneo!»

– «No es ninguneo, Joan, es simplemente que algunos artistas no quieren tocar contigo, ¿vale? Tienes que entender que si un Mischa Maisky, una Martha Argerich, o más recientemente una Ane Larrazábal, que en paz descanse, nos dicen que quieren venir al Auditorio, pero que prefieren a otro director, no podemos decirles que no.»

– «Claro que podéis, otra cosa es que no queráis.»

– «Te juro que yo te defiendo siempre a capa y espada. Se lo puedes preguntar a Manzano.»

– «¿Qué Manzano?»

– «El director del Teatro Real. ¿No es amigo tuyo?»

– «Sí, pero ¿él qué pinta?»

– «Como sois amigos, él puede confirmarte que yo llevaba meses intentando que el concierto de Larrazábal lo dirigieras tú.»

– «¿Y Ane Larrazábal dijo que prefería a esa momia de Agostini? ¡No me lo creo!»

– «Mira, ya que insistes tanto, tengo delante de mí el último e-mail que me envió Carmen Garralde, la representante de Ane. ¿Quieres que te lo lea?»

– «Quiero que me lo mandes.»

– «Eso no puedo hacerlo, que te conozco y me buscas un lío.»

– «Pero ¿qué lío? Si Ane está muerta.»

– «Escucha, dice así: "Estimado Alfonso: Lamento tener que comunicarte que, a pesar de tus comprensibles deseos de que el concierto de Paganini lo dirija el titular de la Orquesta Nacional de España, Ane considera que el señor Lledó no es el director adecuado para ocupar el podio en su reaparición en Madrid. Aunque no hemos tenido ocasión de escucharle en directo desde hace años, el disco que grabó para EMI en las pasadas Navidades haría enrojecer de vergüenza ajena al mismísimo Walter Legge: sopranos aniñadas berreando salmodias empalagosas, fragmentos de bandas sonoras no aptas para diabéticos, violinistas pseudoeróticas rascando arreglos bachianos que harían bueno a Luis Cobos, Plácido Domingo en la peor adaptación posible de 'O solée mio', himnos y más himnos supuestamente religiosos en expiación de no se sabe qué pecado; todo está tan lejos del nivel de excelencia artística al que aspira Larrazábal que reunir a estos dos músicos para el Concierto de Paganini no sólo resultaría en extremo desaconsejable, sino, muy probablemente, letal. Por no hablar de la inveterada costumbre del señor Lledó, de la que han sido víctimas varias sinfónicas europeas, de maltratar a los profesores de la orquesta como si fueran adolescentes díscolos de un reformatorio".»

– «Qué encanto de mujer. Pero mira cómo ha acabado. Es lo que digo yo siempre: a cada cerdo le llega su San Martín.»

– «¡Por dios, Joan! ¡No digas eso ni en broma!»

Villanueva detuvo la grabación y tanto él como el comisario Galdón posaron la mirada en el inspector Perdomo para observar su reacción. Éste se limitó a sacudir la cabeza con incredulidad.

– ¿Qué taaaal? -exclamó Galdón exultante, prologando la a para expresar su regodeo.

Perdomo no podía disimular su indignación.

– ¡Qué farsante! No hace ni dos horas que me ha estado contando maravillas de Ane Larrazábal. Si te parece, voy a pedir a Lledó que vuelva a declarar, pero esta vez aquí en la UDEV.

– No -le detuvo Galdón-. Eso le daría la impresión de que vamos tras él. Dejemos que respire, a ver si se pone nervioso al saber que no nos hemos tragado lo de su demonio árabe. Tenemos su teléfono intervenido, así que si se va de la lengua, lo tenemos controlado.

Un relámpago que iluminó en ese momento el despacho del comisario dejó claro que la galerna se había transformado en tormenta. El trueno subsiguiente no tardó en hacerse oír, y sonó tan fuerte que los tres policías se asomaron instintivamente a la ventana para cerciorarse de que el rayo no había caído en el gran patio de manzana del complejo policial en el que se encontraban.

31

A menos de un kilómetro de distancia, Arsène Lupot y Natalia de Francisco se habían guarecido bajo una marquesina de autobús, a la espera de que amainara la espesa lluvia que el viento huracanado convertía en una auténtica arma arrojadiza. Los dos luthiers habían encendido sendos cigarrillos para entretener la espera y parecían satisfechos tras la entrevista que habían mantenido con el inspector Perdomo.

– Todo ha ido muy bien -exclamó Lupot exultante- excepto por el dolor en este ojo, que me lleva mortificando desde que me levanté esta mañana.

La mujer le examinó de cerca y concluyó:

– A simple vista no se aprecia nada, Arsène. Pero ¿quién sabe? Puede ser hasta un problema de sinusitis. Cuando llegues a París debes hacértelo mirar por un oftalmólogo.

La mujer estuvo a punto de revelar al francés el resultado de su experimento en el restaurante con las dos gotas de aceite, que había concluido con un mal augurio, pero cambió de opinión al acordarse de que su amigo sólo iba a permanecer veinticuatro horas más en Madrid. Como buena anfitriona, debía procurar que la estancia de su invitado fuera lo más agradable posible.

– Mira, ya está escampando -dijo Natalia, saliendo de la marquesina. Pero una súbita ráfaga de viento mezclada con punzantes gotas de lluvia le azotó el rostro sin miramiento alguno, y le hizo comprender que había cantado victoria demasiado pronto.

Lupot rió ante la cara de estupefacción de su amiga, al verse sorprendida por aquel bofetón de agua huracanada, pero, por solidaridad, decidió abandonar también él la protección que ofrecía la marquesina y, cogiéndose del brazo de su amiga, echó a andar calle arriba en dirección al coche.

La mayor parte de las personas con las que se iban cruzando en su trayecto se debatían en la duda de cerrar los paraguas de una vez o seguir caminando con ellos por precaución, porque aunque la tromba de agua casi había amainado por completo, el viento seguía castigando la zona con furia inusitada.

A unos cincuenta metros de distancia, Natalia observó que un fraile agustino, vestido con el característico hábito negro de la orden, se había detenido en mitad de la acera y forcejeaba con un gigantesco paraguas de color ala de cuervo, cuyas varillas se habían invertido a causa de una traicionera ráfaga de aire. La escena era tan pintoresca que los dos luthiers,que estaban a punto de cruzar, decidieron permanecer unos segundos más en ese lado de la calle, para asistir al desenlace de la escaramuza entre el religioso y el paraguas. Justo en el momento en que el agustino lograba enderezar las varillas, una ráfaga de viento especialmente violenta le arrancó el paraguas de las manos y lo empezó a arrastrar por la acera. Instantes después, una andanada lateral de aire lo lanzó contra la pared de ladrillo de un colegio, de tal manera que la punta de acero, que debía de medir más de quince centímetros y refulgía como la hoja de un machete, empezó a despedir centellas al rozar con furia contra el muro.

En cuestión de pocos segundos, el paraguas parecía haber cobrado vida propia. De pronto, se alejó de la pared; Natalia se percató de que venía directamente hacia ellos, y comoquiera que el agustino empezara a indicarle por señas que lo atrapara, la mujer empezó a desafiar al viento, caminando hacia el huidizo objeto para intentar agarrarlo al encuentro, como si se tratara de un perro díscolo, renuente a que su amo le pusiera la correa. El paraguas se detuvo en seco, y justo en el momento en que Natalia comenzaba a agacharse, para asirlo por el mango, volvió a emprender el vuelo. Saltando por encima del cuerpo de la mujer, fue a golpear, con velocidad endiablada, contra el rostro de Lupot, con tal mala fortuna que la punta de acero le atravesó el ojo derecho.

32

Antes de salir para Vitoria, Perdomo tuvo que pasar por el colegio de Gregorio para explicarle que tenía un viaje inaplazable y debía apañárselas solo en casa durante aquella noche. Como el chico salía a las cinco de la tarde y el colegio estaba tan cerca que podía realizar a pie el trayecto de vuelta andando, el único problema por resolver era el de la cena.

– Aquí tienes veinte euros para que te pongas hasta arriba de Telepizza -le explicó su padre-. Si te apetece llevar a casa a algún amigo para que se quede a dormir y sentirte menos solo, tienes mi permiso, aunque yo voy a estar localizable en el móvil en todo momento. Si no te gusta el plan, puedo hacer que vengan a buscarte los abuelos, aunque es más lío mañana para ir al colegio, porque viven donde Cristo dio las tres voces.

El muchacho no quiso ni oír hablar del plan B. Era la primera vez que se quedaba solo en casa durante una noche y aquella experiencia le hacía sentirse adulto de repente.

Al cabo de tres horas y media los dos policías estaban en la capital alavesa.

La ciudad bullía de gente y estaba repleta de carteles anunciando que al día siguiente daba comienzo el renombrado Festival de Jazz. Perdomo y Villanueva tenían una habitación reservada en el hotel Canciller Ayala, que, por hallarse situado muy cerca del Polideportivo Mendizorrotza, era el establecimiento donde estaban alojadas la mayoría de las estrellas que acudían ese año al festival. El hotel también se encontraba a veinte minutos caminando de la plaza de la Constitución, en la que estaba el Conservatorio Jesús Guridi, en el que el padre de Ane era profesor de violín.

Ya en recepción, Perdomo y Villanueva experimentaron su primer contacto con la gloria al darse cuenta de que la mujer que estaba charlando en el lobby del hotel con un venerable anciano de color, de barba blanca, no era otra que Norah Jones, la hija del mítico rey del sitar Ravi Shankar, que con sólo tres álbumes y un puñado de buenas canciones, en las que se mezclaban el pop acústico con el soul y el jazz, había logrado igualar al menos, por no decir eclipsar, la popularidad de su padre. A sus veintinueve años, Norah Jones no solamente era una de las artistas que más discos vendían en el mundo, sino una mujer extremadamente atractiva, a la que sus rasgos hindúes conferían un aire de exotismo irresistible. Perdomo casi se sintió defraudado cuando Villanueva no profirió ningún comentario obsceno al contemplar a aquella hembra tan apetecible, y se indignó consigo mismo al darse cuenta de lo mucho que había tardado en reconocer que el anciano que coqueteaba con Norah, a poca distancia del mostrador de recepción, era la otra gran estrella de esa edición del festival: Sonny Rollins, el coloso del saxo tenor.

Los policías dejaron los bártulos en la habitación y Perdomo soltó un comentario hiriente hacia el Ministerio del Interior porque dos hombres hechos y derechos se vieran obligados a compartir habitación, como si fueran dos alumnos de internado. Villanueva, que era quien se había encargado de hacer la reserva, le explicó que la habitación doble no tenía nada que ver con las restricciones presupuestarias, sino con el hecho de que, al estar la ciudad en pleno Festival Internacional, los hoteles estaban desbordados.

– Puedes dar gracias a que tengamos una cama para cada uno y no nos hayan hecho compartir una de matrimonio -bromeó el subinspector.

Perdomo estaba deseando perder de vista a Villanueva cuanto antes, así que le dijo:

– Tenemos la cita con el padre mañana a las diez en el Conservatorio. Está en la plaza de la Constitución, a quince minutos caminando desde aquí. Voy a telefonear a mi hijo a ver si está todo en regla y luego he quedado con unos amigos para cenar. ¿Tú qué vas a hacer?

– También tengo amigos en la ciudad, a los que quiero ver.

– Si vuelves al hotel después de mí, no se te ocurra encender la luz. Me cuesta mucho coger el sueño una vez que me despierto en mitad de la noche.

Villanueva abandonó la habitación de inmediato y Perdomo, tras hablar con Gregorio desde el teléfono que tenía junto a la cama y comprobar que todo estaba en orden, pidió al conserje del hotel que le reservara mesa para uno en El Portalón, tal vez el restaurante más emblemático de Vitoria. Había mentido a su compañero para no tener que pasar junto a él más horas de las estrictamente necesarias, porque lo cierto era que no conocía absolutamente a nadie en la ciudad.

El restaurante El Portalón está en una antigua posada de mercaderes de finales del siglo xv, en el corazón de la Vitoria gótica, al final de la calle Correría. Debía su nombre a las extraordinarias dimensiones de la puerta de entrada, por la que un día habían entrado y salido carruajes y caballerizas. Daban tan bien de comer que se decía que las estrellas mundiales del jazz que acudían desde hace más de treinta años al festival, lo hacían más movidas por la oportunidad de degustar los suculentos platos a base de habas, setas y caracoles, maridados con los selectos vinos de la Rioja alavesa de la bodega, que por inquietudes artísticas.

Nada más entrar, y antes siquiera de que le abordara el maître para comprobar su reserva, Perdomo se dio cuenta de que el restaurante estaba, efectivamente, abarrotado de músicos de jazz, por la cantidad de clientes de color que se sentaban a las mesas. Cuando fue conducido hasta la suya, el inspector vio que la de al lado, que era también individual, estaba ocupada por el subinspector Villanueva. Ambos policías sonrieron al darse cuenta de que se habían mentido mutuamente y, para no sentirse completamente ridículos durante la cena, Perdomo le pidió al encargado que les sentaran juntos.

Los dos hombres decidieron no complicarse la existencia y ordenaron el menú degustación, al razonable precio de cincuenta euros por persona. Inmediatamente Villanueva, que era bastante más parlanchín que su jefe, preguntó a éste qué le parecía la noticia del día: el súbdito francés que esa misma mañana le había ido a ver a la UDEV en compañía de una mujer, había fallecido poco después en un extraño accidente con un paraguas.

Perdomo, que ese día había estado más preocupado de que su hijo estuviera perfectamente atendido que en ponerse al día sobre la actualidad, se quedó blanco y sin palabras cuando se enteró de la muerte de Lupot. De alguna manera que no alcanzaba a entender, todas las personas que entraban en convicto con el violín acababan falleciendo de muerte violenta. Todas menos el asesino de Ane Larrazábal, sobre el que por el momento no tenían la menor pista, aunque Lledó empezaba a perfilarse como uno de los posibles sospechosos. Su mente saltó luego al otro crimen no resuelto de aquellos días y preguntó a su compañero.

– ¿Qué habéis averiguado del atentado contra Salvador?

Villanueva le informó de que se trataba de un ajuste de cuentas. Durante la época en que había estado en Estupefacientes, Salvador había logrado desmantelar una importante banda de narcotraficantes, comandada por un egipcio, que ahora, desde la cárcel, había ordenado atentar contra el policía.

– Mañana, cuando hablemos con los padres -señaló Perdomo cambiando otra vez de tema-, debemos ser muy cautos. Es normal que la familia esté ansiosa por que el asesino sea detenido, pero nada de darles falsas esperanzas. Podemos hacerles ver que la investigación avanza, que se ha dado ya un paso importante al desmontar la pista árabe, pero al mismo tiempo, tratar de que acepten que el esclarecimiento de un homicidio es algo muy complejo. Fíjate si tendré razón, que el caso que mencionó esta mañana Galdón en su despacho, el crimen de Burgos, os llevó tres años.

– Estás mal informado -le replicó Villanueva en tono altanero-. La investigación se demoró tanto porque al principio eran inspectores de la Policía Judicial de Burgos los que se ocupaban del caso, y se estancaron. En cuanto entró la UDEV central, las cosas empezaron a avanzar. Nunca has trabajado con Galdón, pero te aseguro que es una máquina. No descansa nunca; corre la leyenda de que nunca va a casa a dormir, sino que lo hace en el despacho, colgado del techo, como los murciélagos. A nosotros no nos va a dejar vivir hasta que encontremos al culpable.

Se produjo una pausa, en la que ninguno de los dos dijo nada, pero no porque estuvieran pensando, sino porque ambos tenían la boca llena. Al fin, Villanueva, con la comisura izquierda de los labios manchada de salsa, exclamó:

– ¿Soy yo, que tenía mucha hambre, o estas cocochas de merluza están de campeonato?

Perdomo no respondió, pues su atención se había concentrado en un fabuloso plato de chipirones en su tinta que acababa de aterrizar en la mesa de los músicos de color. El negro, que a juzgar por el tamaño de las manos era contrabajista, ni siquiera debía de haber oído hablar, en su ya dilatada existencia, de un plato en el que la salsa era aún más oscura que su piel, y al principio pensó que se trataba de una broma. Pero como el camarero insistió, acabó probándolos y nada más hacerlo cayó en una especie de trance místico-gastronómico del que no se recuperó hasta que dejó el plato tan limpio como una patena.

– Ya que hemos llegado en pleno Festival -comentó Villanueva al cabo de un rato-, podríamos aprovechar para asistir a algún concierto.

– Los conciertos son por la tarde -le aclaró Perdomo- y nosotros, mañana, en cuanto hablemos con los padres, nos volvemos a Madrid. No puedo dejar tanto tiempo a mi crío solo.

– Pues yo esta noche me voy a quedar a la jam session del Canciller Ayala. Dicen que va a estar Tomatito.

– Haz lo que quieras -le contestó el inspector, en un tono que dejaba entrever claramente que ya había superado con creces el cupo de palabras que tenía pensado intercambiar con Villanueva aquel día-. Mañana te quiero al cien por cien, y como me despiertes esta noche a las tres de la mañana, vamos a tener más que palabras.

Los dos policías permanecieron en silencio hasta que llegó la cuenta, que pagaron a escote.

33

Madrid, la tarde del mismo día

Andrea Rescaglio siempre tenía dificultades para entrar y salir de las estaciones de metro de Madrid cuando llevaba el chelo consigo, a causa de los tornos de acceso, y por eso solía optar por cubrir las distancias en taxi o en autobús. Pero la tarde era lluviosa, el tráfico se había espesado y el italiano no tenía intención de perder dos horas de su vida atrapado en un absurdo atasco sólo porque se le hubiera terminado la resina para el arco.

La única tienda de la ciudad donde siempre tenían en stock su marca preferida, Pirastro -para los buenos chelistas existía un abismo entre emplear uno u otro producto-, estaba a dos pasos de la estación de metro de Ópera, de manera que, aunque sabía lo engorrosa que iba a ser la entrada y la salida al suburbano, no se lo pensó dos veces y se zambulló en el subsuelo madrileño.

Nada más entrar, comprobó con desagrado el estado lamentable en que la huelga de empleados de limpieza del metro estaba dejando tanto los pasillos como los andenes de la terminal, por no hablar de las papeleras, que parecían estar a punto de desfondarse y caer al suelo estrepitosamente por el peso de las inmundicias apiladas sobre ellas. Si no dio media vuelta en el acto fue porque la posibilidad de llegar a la tienda de instrumentos cuando ésta estuviera ya cerrada, después de haber sufrido el martirio del tráfago madrileño, se le hacía aún más insoportable que tener que caminar a través de aquel vertedero.

Tal como había temido, la funda del chelo se le enganchó al salir de la estación en una de las barras del torno y Rescaglio tuvo que forcejear con el artilugio mientras blasfemaba en voz baja y en italiano, para no herir los oídos de los pasajeros que hacían cola impacientes detrás de él, esperando a que solucionase su pequeño contratiempo.

Nada más encaminarse a la puerta que le convenía, comenzó a escuchar música de violín, proveniente de uno de los pasillos de salida. Sonrió al recordar los tiempos en que él también había probado fortuna como músico callejero, cuando aún era un aprendiz del instrumento. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al acceder al pasillo, en vez de tropezarse con un grupo de músicos de Europa del Este -checos, húngaros y rumanos parecían haber logrado una clara preeminencia en el difícil repertorio de la música callejera para cuerda- se encontró con un par de muchachos que no tendrían más de trece años y que habían logrado llenar de monedas y billetes la caja del violín, que descansaba sobre el suelo con la boca abierta, como si fuera un sapo hambriento. La pieza, «Eight Days a Week», de los Beatles, sonaba bien afinada y a un tempo y con un swing que a Rescaglio le parecieron muy musicales. Uno de los dos chicos tocaba la melodía con el arco y el otro se había colocado el violín sobre el pecho, como si fuera una mandolina, y rasgueaba con la mano derecha los acordes de acompañamiento.

La canción estaba a punto de concluir y el italiano se detuvo un momento, intrigado por averiguar la reacción de los viandantes una vez que la pieza hubiera terminado. ¿Recibirían aquellos jovencísimos intérpretes la ovación que se merecían?

Pasados unos segundos, comprobó que no solamente eran festejados con aplausos, sino con gritos de «¡Bravo!» y «¡Otra!», a los que los dos chicos correspondieron con solemnes reverencias, como si fueran dos profesionales saludando al respetable desde el proscenio del Carnegie Hall.

Los improvisados espectadores permanecieron luego unos momentos a la espera, para ver si continuaba el espectáculo, pero al ver que los chicos destensaban los arcos y guardaban los instrumentos, continuaron su camino después de haberse aligerado los bolsillos de monedas, que depositaron en el interior de la caja.

Fue entonces cuando Rescaglio se dio cuenta de que el violinista que había llevado la voz cantante era Gregorio Perdomo, el hijo del inspector que estaba tratando de resolver el asesinato de su prometida.

– Hola, ¿te acuerdas de mí? -le dijo el italiano.

Habían tenido la ocasión de conocerse en la cafetería Intermezzo, junto al Auditorio Nacional, el día en que Ane Larrazábal había sido asesinada.

Por la sonrisa que le devolvió el muchacho, era evidente que sí.

– ¡Claro, tú eres el novio de Ane! Pero no me acuerdo de tu nombre.

– Andrea. Aquí en España se ha puesto de moda bautizar así a las chicas, porque como acaba en a,la gente se piensa que es un nombre de mujer. Pero en Italia, si te diera por llamar Andrea a una niña, el cura se troncharía de risa; es como si aquí le pusieras Isabel a un varón solo porque el nombre acaba en el, como Miguel o Gabriel.

– No lo sabía -respondió divertido Gregorio-. Bueno, él es Nacho -añadió, volviéndose en dirección a su acompañante-. Está en el mismo curso de violín que yo.

El chelista le tendió la mano y se la sacudió efusivamente.

– Mucho gusto, Nacho. Me ha encantado lo poco que he podido oír. ¿De dónde habéis sacado los arreglos?

– ¿Qué arreglos? Esto lo estábamos tocando de oído -respondió orgulloso Gregorio.

– ¿En serio? -Rescaglio no podía disimular su asombro y admiración por aquellos dos mocosos-. ¡Pues entonces tiene todavía más mérito!

Los dos muchachos se inflaron como globos al escuchar semejantes halagos en boca de un músico profesional y bajaron un poco la mirada, como si tuvieran dificultades para digerir un elogio tan rotundo. Luego, Nacho miró el reloj y dijo a su compañero.

– Bueno, tú, yo me tengo que ir, que tengo tres mensajes de mi vieja en el móvil, y como no aparezca pronto, me va a matar.

El chico empezó a alejarse hacia el interior del metro cuando oyó que Gregorio le llamaba:

– ¡Espera! ¿Qué hacemos con la pasta?

El otro titubeó, pero como quedarse a hacer el reparto suponía demorarse aún un rato, prefirió seguir su camino.

– ¡Me lo das el próximo día! ¡Pero ojo, que sé cuánto hay!

Rescaglio se puso en cuclillas para ayudar al chico a guardar rápidamente la recaudación del día en uno de los compartimientos de la funda del violín y luego le preguntó:

– ¿Tú también tienes prisa?

– No, mi padre está de viaje, así que puedo hacer lo que me dé la gana.

– Entonces, te invito a algo. Así charlamos un poco de música. ¿Me acompañas antes a comprar resina? Te va a gustar la tienda de música que hay al lado de esta estación de metro. ¡Tienen de todo!

– ¿Scherzando? La conozco de sobra, ¿no ves que vivo aquí cerca?

– ¡Qué suerte! Este es un barrio muy musical, ¿sabes? No solamente vives junto al Teatro Real y a la mayor tienda de partituras e instrumentos musicales de la ciudad, sino que en el Palacio Real se custodia una colección fabulosa de Stradivarius. La joya de los Stradivarius del Real -explicó en voz baja Rescaglio al chico, como si le estuviera suministrando información confidencial- no es uno de los cuatro instrumentos ornamentados del cuarteto, sino un violonchelo de 1700 que compró Carlos III. No tiene grecas ni grifos que lo adornen, y aun así está considerado uno de los Stradivarius más importantes del mundo.

»¿Y sabes qué? En más de una ocasión he soñado que entraba en el Palacio Real y robaba el violonchelo.

34

La pareja entró en la gigantesca tienda de instrumentos y, como solía ocurrirle siempre que ponía un pie en aquel lugar, Gregorio fue presa de una especie de trance, originado por la fascinante y variadísima oferta de productos musicales que Scherzando ponía al alcance de aficionados y profesionales. Daban ganas de volver allí con un gigantesco saco de Papá Noel para empezar a llenarlo con partituras, libros e instrumentos, hasta hacerlo reventar. El hechizo que los innumerables escaparates y expositores de la tienda ejercían sobre los compradores no se debía solamente a la abundancia de material -en Scherzando podías adquirir desde una simple púa de plástico para guitarra hasta un clave del siglo xvii-, sino al gusto exquisito con el que todo estaba dispuesto, de tal manera que, aunque por dimensiones y oferta aquella tienda podía muy bien compararse con un hipermercado, la palabra boutique era la más acertada para describir el selecto ambiente que allí se respiraba. Por la megafonía del local estaba sonando música de Boccherini, y Rescaglio se lo hizo notar a Gregorio, comentándole lo mucho que le debía el chelo al músico italiano, que acabó afincado en Madrid.

Cuando Rescaglio fue a abonar su resina, Gregorio comprobó con sorpresa que el italiano le había comprado un juego de cuerdas nuevo para su violín.

– No tengo dinero para pagarlas -dijo cohibido el muchacho.

– ¿No te había dicho que te iba a invitar a algo? Pensaste que era a una Coca-Cola, ¿no? Estas cuerdas son un obsequio de la casa -respondió con su melancólica sonrisa el italiano-. Lo suyo es que te hubiera comprado también cerdas nuevas para el arco, porque he visto que las tienes muy gastadas, pero eso es algo que escapa ya a mi limitado presupuesto.

El muchacho asintió con la cabeza y recordó que cada vez que había que comprar cerdas nuevas para el arco del violín -hay que renovarlas periódicamente porque acaban soltándose de los extremos- su padre bufaba como una plancha de vapor, lamentándose del elevado precio que tenían, y le preguntaba si no las había más baratas.

«Las de nailon o el pelo sintético sólo se emplean en los arcos baratos, papá. A un arco como dios manda hay que ponerle crines de cola de caballo, y sólo de caballo, porque como las yeguas orinan hacia atrás, el ácido úrico debilita los pelos de sus colas y las hace inservibles.»

«Pero no deja de ser pelo de caballo. ¿Por qué es tan caro?»

«Porque tienen que ser caballos criados en zonas frías, para que el pelo sea más resistente. Las que me compra mi profe son de caballos de Mongolia.»

Salieron de la tienda y comprobaron con alivio que ya había dejado de llover. Gregorio, quizá todavía ebrio de los efluvios musicales que había aspirado en la tienda, se sorprendió a sí mismo diciendo al italiano:

– ¿Hace un dueto?

– ¿Ahora?

– ¿Por qué no?

– ¿En la calle?

– O en mi casa. Vivo a dos pasos.

Rescaglio miró el reloj para darse importancia ante el muchacho. Pretendía darle a entender que su agenda, aquella tarde, era complicada, cuando lo cierto es que no tenía absolutamente nada que hacer hasta las diez. Aun así, se hizo de rogar un poco.

– ¿No es un poco tarde?

– No son ni las ocho. Verás, es que mi padre dice siempre que la música es como el tenis: para progresar hay que procurar tocar con gente que es mejor que tú. Y yo siempre toco con Nacho, que (él mismo lo reconoce) es bastante peor que yo. Por eso siempre me encargo de la melodía y él del acompañamiento. Aunque, y no sé cómo se las arregla, a la hora de repartir el dinero siempre se lleva lo mismo que yo.

– ¿No le molestará a tu padre que te presentes de sopetón con una visita? -objetó el italiano, que también sostenía que la música de cámara era esencial para el progreso de un instrumentista.

– Ya te lo he dicho antes. Mi padre está fuera de Madrid, hoy estoy solo en casa, como el niño aquel de la película. Pero si piensas que soy tan malo que te vas a aburrir…

– No se hable más -exclamó Rescaglio-. Y además te aseguro que cuando lleguemos a tu casa te vas a llevar una sorpresa.

35

Aunque situada cerca del Madrid de los Austrias, la vivienda de Perdomo no era un magnífico ático como el de Ane Larrazábal, también situado por aquella zona, sino un bajo pequeño, modesto y oscuro.

Si Rescaglio no hubiera sabido que el padre de Gregorio era inspector de policía, hubiera llegado a la conclusión de que aquélla era la vivienda del portero del edificio.

El piso por dentro estaba manga por hombro, porque la asistenta sólo iba un día a la semana y la capacidad de general desorden y suciedad de los dos ocupantes de la casa muy bien podía calificarse de olímpica.

El niño condujo a Rescaglio hasta su alcoba, en una de cuyas paredes había, sujeto con chinchetas como suelen hacer los adolescentes, un póster de Ane Larrazábal tocando el violín.

El italiano no hizo alusión ninguna a su novia fallecida, pero al comprobar la estrechez del espacio protestó:

– Aquí no podemos tocar. ¡Pero si no se puede ni pisar! ¿Qué son todos esos papeles que tienes esparcidos por el suelo?

– Ejemplares de la revista del colegio; los estoy ordenando. La hacemos los alumnos, y yo este año me ocupo de la mejor parte: los pasatiempos.

Ambos desenfundaron los instrumentos en la alcoba del muchacho y dejaron allí los estuches, pero fue en el salón de la casa donde decidieron comenzar su improvisado concierto.

– ¿Quieres que te ayude a colocar las cuerdas nuevas en el violín? -le preguntó Rescaglio.

El chico torció el gesto.

– Es que este violín es prestado. El mío se hizo añicos el otro día. La semana que viene tendré que devolver éste a mi profesor y no quiero que se quede él las cuerdas nuevas.

– Tanto mejor -afirmó el italiano-. Las cuerdas nuevas necesitan por lo menos un par de días para acostumbrarse a la tensión. Si las pusiéramos ahora, íbamos a tener que parar para afinar cada dos por tres. Lo que sí podemos hacer es podar el sobrante de cuerda que le cuelga a este violín del clavijero. ¿Para qué queremos todas estas antenitas, bailando de un lado para otro? En un descuido, hasta me puedes sacar un ojo. Anda, tráeme unos alicates.

– No están. Se los ha debido de dejar mi padre a algún vecino.

– En ese caso, tendré que ir yo a por mi propio instrumental.

El italiano desapareció y regresó al poco con unas enormes tijeras de acero inoxidable.

– Son japonesas; te las recomiendo. Las llevo siempre en la funda del chelo porque las uso para todo: desde para recortarme el moño y la barbita hasta para seccionar las cuerdas del chelo.

Rescaglio cercenó con cuatro tajos certeros los sobrantes de las cuerdas del violín de Gregorio que ahora parecía un bonsái recién podado.

– ¡Parece un violín nuevo! -exclamó satisfecho el chelista-. Y además te invito a que pruebes en tu arco la resina que yo uso, ¡verás qué diferencia!

Mientras Gregorio frotaba el arco con la pastilla de resina que le había ofrecido el italiano, éste se entretuvo tocando una sencilla melodía en el chelo, que llamó la atención del muchacho.

– ¿Qué es eso? Es música china, ¿verdad?

El italiano tardó en responder, como si tratara de agudizar la curiosidad del muchacho hacia aquella curiosa melodía, y siguió deslizando sus dedos sobre el mástil sin soltar palabra. Por fin, le aclaró:

– Japonesa. La pieza se llama Sakura. Es una melodía muy antigua que aprendí de pequeño en Osaka. ¿Te gusta?

– Sí. Aunque es un poco triste.

– Pues no debería serlo, porque es una canción sobre la primavera y el florecimiento de los cerezos.

– Pues es triste.

– Eso es porque la escala pentatónica japonesa es distinta a la china. ¿No te has fijado en que toda la música china suena alegre y en cambio la japonesa no?

El chelista improvisó una melodía china basada sobre la escala pentatónica mayor, que, efectivamente, sonó bienhumorada y casi cómica. A continuación, volvió a tocar Sakura,que, sobre todo en comparación con la melodía anterior, parecía una marcha fúnebre.

– ¿Eres japonés? -preguntó de repente Gregorio, lo que provocó una carcajada a Rescaglio. Éste se llevo los dedos a los ojos para estirárselos, como si fuera un oriental.

– Sí, mira. Mira lo japonés que soy.

– No me parece una pregunta tan extraña -replicó el chico, un poco mortificado por la burla-. Podrías haber nacido allí de padres occidentales y serías japonés por nacimiento.

– Tienes razón, Gregorio, perdona que me haya burlado de ti. Podría haber sido así, pero no lo es. Nací en Lucca, como Boccherini, pero a mi padre, que era un alto capo de Alitalia, le destinaron a Japón cuando yo era muy pequeño y pasé allí toda mi infancia. Todavía tengo muy buenos amigos allí, incluso italianos, y vuelvo casi todos los años.

– ¿Qué vamos a tocar? -El chico ya había terminado deuntar el arco con la resina y se agitaba inquieto en la silla, como un caballo de carreras a punto de ser liberado del cajón de salida-. ¡Me dijiste que tenías una sorpresa para mí!

– ¡Maldición! -exclamó contrariado el violonchelista, después de levantarse a rebuscar en la caja del chelo-. Pensé que tenía la partitura en la funda pero no está. Debí de sacarla el otro día para que me cupiera el concierto de Elgar. ¡Pero no importa! Tienes un oído excelente y lo vas a pillar enseguida.

El muchacho estaba a punto de estallar de curiosidad, pero eso no le impidió hincharse como un pavo real ante el piropo que le acababa de lanzar su interlocutor.

– A ver si conoces esto -dijo por fin.

El italiano comenzó a tocar en pizzicato un insistente y rítmico motivo en tres por cuatro, en el registro agudo del chelo,

Papa PAM PAM / papa PAM PAM / papa PAM PAM

y al segundo compás se dio cuenta de que el chico conocía la tonada.

– ¡Master and Commander!-exclamó éste entusiasmado.

El pasacalle de la banda sonora de Master and Commander era el cuarto y penúltimo movimiento de un célebre quinteto de Boccherini apodado el Quintettino. Ahora se había convertido en mundialmente famosa gracias a la adaptación cinematográfica de la novela The Far Side of the World.

– Entonces, ¿has visto la película?

– Por supuesto. Pero si es un quinteto, ¿cómo es que la pueden tocar solos el capitán y el médico?

– ¿No acabas de tocar tú una canción de los Beatles, que son un cuarteto?

– No se puede comparar, eso es música pop.

– ¿Música pop? ¿Y qué es la música pop? -preguntó divertido Rescaglio.

El niño fue a responder a la pregunta, pero el italiano no le dio opción.

– ¡La música pop no existe, Gregorio! ¡Ni la clásica tampoco! La música es sólo buena o mala, eso es todo. Tanto una como otra están hechas con los mismos ladrillos, y es la manera en que se construye la música, y no los instrumentos que se emplean para interpretarla, lo que debería servirnos para calificarla. ¿Si tocamos a Bach con sintetizador es música pop y si arreglamos una canción de los Beatles para cuarteto de cuerda es música clásica? ¡Vamos a dejar de decir tonterías, por favor!

Hablaba con una mezcla de enfado y hastío, como si ya hubiera tenido que defender aquella postura en multitud de ocasiones y estuviera harto de predicar en el desierto. Gregorio le escuchaba embelesado.

– Cojamos, por ejemplo, este pasacalle de Boccherini: ¿sabes qué es?

– Un ostinato.

– Muy bien, un ostinato. Veo que no pierdes el tiempo en el conservatorio. La pieza de Boccherini es, efectivamente, un ostinato:un bajo que se repite una y otra vez, en ciclos de cuatro compases, a lo largo de no sé cuántos minutos. Y las armonías son tan básicas como las de la más banal de las canciones pop: tónica, subdominante, dominante, tónica. ¿Estás de acuerdo?

El muchacho asintió con la cabeza, aunque con cierta reserva, porque no sabía muy bien adónde quería llevarle el italiano.

– Hay decenas de temas de pop y de rock que están hechos de la misma manera. ¿Conoces «Smoke on the Water»?

Rescaglio agarró el chelo como si fuera una guitarra y empezó a desgranar el inconfundible bajo del tema de Deep Purple. Pero esta vez era evidente por la expresión del chico que éste no conocía la canción, lo que hizo que su interlocutor se llevara las manos a la cabeza.

– ¿No conoces «Smoke on the Water»? ¡Quizá el tema heavy más famoso de todos los tiempos! Está construido exactamente igual que el pasacalle de Boccherini: un ostinato,que es el bajo que te acabo de tocar, alternándose con una melodía que es la que lleva el cantante. Lo que pasa es que los roqueros, al ostinato lo llaman riff,pero es exactamente lo mismo. Un bajo y una melodía, Gregorio, ¿para qué hacen falta cuatro o cinco músicos para tocar dos voces? El capitán y el médico se bastan y se sobran. Anda, vamos a ensayarlo. Esto es lo que tienes que hacer tú.

Gregorio tardó menos de treinta segundos en aprenderse el ciclo de acordes con los que tenía que acompañar a Rescaglio, y una vez que ambos hubieron rasgueado el ostinato tres veces, el italiano expuso con gracia y energía la melodía del Quintettino. Al volver al ostinato,y sin dejar de rasguear, Rescaglio dijo, elevando un poco la voz para que fuera audible sobre la música:

– ¿Te atreves a coger tú ahora la melodía?

Para su sorpresa, el muchacho se lanzó, sin pensárselo dos veces, a tocar la compleja melodía de Boccherini, plagada de síncopas, tresillos y apoyaturas, y aunque es cierto que no la interpretó al pie de la letra, salió del paso como si estuviera leyendo la partitura por primera vez, en lugar de estar tocando de memoria. Rescaglio no podía dar crédito a la habilidad del chico:

– ¡Qué buen oído tienes, mascalzone!

Niño y adulto estuvieron intercambiándose la melodía durante varios minutos, y a cada compás el grado de compenetración entre ellos iba creciendo. Una vez que se aproximaron al final, el italiano advirtió:

– ¡Ojo, ritardando!

Y los dos músicos cayeron al unísono sobre el acorde de tónica con la precisión del bisturí de un neurocirujano.

– Tenemos buena química -admitió Rescaglio mientras comenzaba a destensar el arco-. A ver si tenemos oportunidad de volver sobre esta pieza en otra ocasión, pero ya con partitura.

– ¿Ya te tienes que ir?

– Sí, he quedado con unos amigos -respondió el italiano, y esta vez le estaba diciendo la verdad-. A ver si encuentro unos arreglos para cuerda de canciones de los Beatles que compré hace años en Tokio, porque es mejor que te acostumbres a aprenderte las piezas con el pentagrama delante.

– ¿Sabes que a mi padre también le encantan los Beatles?

– Entonces tu padre es un sabio -manifestó Rescaglio-. Los Beatles son músicos clásicos. ¡Músicos clásicos que tocan con instrumentos eléctricos!

El italiano levantó el chelo y aflojó la rosca que bloquea la espiga del instrumento, para introducirla dentro de la caja armónica. Una vez que la pica desapareció en las entrañas del violonchelo, Rescaglio volvió a apretar la rosca, pero no lo suficiente, porque la espiga se deslizó bruscamente hacia fuera, como la hoja de una navaja automática, y a punto estuvo de entrar en contacto con el párpado derecho de Gregorio, que echó bruscamente la cabeza hacia atrás para evitar el impacto.

– ¡Lo siento! ¡Por poco te dejo tuerto! -se lamentó Rescaglio.

Visiblemente turbado, el chelista volvió a meter la pica dentro del chelo y esta vez la aseguró con fuerza con la rosca correspondiente, para evitar que se repitiera el accidente.

– Esta punta metálica es un peligro -se recriminó a sí mismo el italiano-. Tengo que ponerle ya el taco de goma. Lo llevo en la funda, pero se lo quito siempre, porque en mi casa la espiga resbala contra el parquet y así es incomodísimo tocar.

Rescaglio guardó por fin el chelo en su estuche y tras despedirse del muchacho se perdió en la noche madrileña.

36

Vitoria, al día siguiente

El Conservatorio de Música Jesús Guridi era un moderno edificio de ladrillo gris, de mediados de los ochenta, construido a tres alturas de manera que cada una fuera más extensa que la inferior y volase por encima de ésta cerca de un par de metros. El tercer piso estaba sustentado sobre pilares de color claro que llegaban hasta el suelo y conferían a toda la estructura un aire primitivo, como de palafito.

Perdomo y Villanueva llegaron con diez minutos de retraso debido a la costumbre del segundo de acicalarse antes de salir, casi como si fuera una mujer. Se identificaron ante el conserje de la entrada como inspectores de Homicidios y éste les hizo pasar al Aula Magna del Conservatorio, en la que algunos alumnos de los grados superiores estaban ensayando lo que parecía un concierto barroco. Se trataba en realidad de una versión para orquesta de cámara de la famosísima sonata para violín y bajo continuo El trino del diablo, del compositor italiano Giuseppe Tartini. En un escrito de puño y letra del músico que fue encontrado en Asís, Tartini decía:

Una noche soñé que cerraba un pacto con el diablo. A cambio de mi alma, el diablo me juraba estar siempre a mi lado cuando lo necesitase. Como ocurrencia, le entregué en mi sueño mi violín, para ver si el diablo era músico, y para mi asombro, la música que empezó a tocar fue tan exquisita, tan inconmensurablemente inspirada y hermosa, que no pude ni moverme durante la ejecución. Se me detuvo el pulso, y me quedé sin aliento hasta que, por fin, desperté. Inmediatamente, cogí mi violín y empecé a tocar, tratando de recordar lo que había escuchado en el sueño. En un estado casi febril, decidí pasar las notas a papel pautado, y aunque la sonata resultante ha sido lo mejor que he compuesto en mi vida, no se puede ni comparar con lo que tocó el demonio en mi sueño.

El Aula Magna del Conservatorio de Vitoria es un gran auditorio, con capacidad para seiscientas cincuenta personas y espacio para cerca de doscientos músicos sobre el escenario, por lo que el reducido conjunto de cámara con el que se encontraron los dos policías al descender por la platea, y que se había colocado en semicírculo, les pareció aún más pequeño de lo que era. Don Íñigo Larrazábal no sólo era profesor de violín, sino que dirigía todo el departamento de cuerda del Conservatorio. Los detectives lo encontraron sentado en la primera fila, desde donde impartía indicaciones al concertino, que estaba sentado el primero por la izquierda en el escenario.

Si Perdomo hubiera tenido ocasión de contemplar alguna fotografía de Jesús Guridi, el compositor que daba nombre al Conservatorio, autor de las famosas Diez melodías vascas,se habría tenido que rendir a la evidencia de que don Íñigo era su vivo retrato: bajito, medio calvo, un bigote canoso en forma de triangulo isósceles, grandes orejas, nariz prominente y, por en cima de todo, una anticuada pajarita que le confería cierto aire decimonónico, aunque francamente distinguido.

Nada más ver a los policías, se puso en pie y ordenó a los músicos un descanso de media hora, no sin antes decirle al primer violín:

– Acuérdate: crescendo no es accellerando. Es un error que cometen hasta los grandes directores. Tenéis que conseguir que aumente poco a poco el volumen sin que varíe el tempo que habéis elegido. Ya sabes, como si fuera el Bolero de Ravel.

El interpelado hizo una anotación en la partitura y luego desapareció entre cajas junto a los otros músicos, de modo que los policías pudieron mantener en mitad del aula, con total discreción, la charla con don Íñigo.

– ¿Cómo es que no le veo hoy con el violín en la mano? -dijo Perdomo para romper el hielo-. Estuve en el funeral de su hija y nos conmovió a todos hasta el tuétano con la pieza de Bach.

Don Íñigo cerró por un momento los ojos, como si quisiera revivir aquel instante tan emotivo y luego dijo:

– Muchas gracias. El aria de la Pasión según San Mateo iba a un tempo que todavía puedo abordar, a pesar de mi provecta edad. El trino del diablo,para un parkinsoniano en ciernes como yo, es harina de otro costal. Afortunadamente, tengo alumnos que pueden abordar la pieza con absoluta solvencia, así que me limito a darles alguna orientación desde aquí abajo. Y ahora, denme alguna buena noticia con la que pueda alegrar el día a la madre de Ane, en cuanto llegue a casa.

– La investigación no ha hecho más que comenzar y ya hemos dado un paso de gigante -dijo Perdomo. Villanueva permanecía en un discreto segundo plano, tal como le había solicitado su jefe al salir del hotel.

– La inscripción en árabe, lo he visto en la prensa. Pensar que ese canalla le sacó sangre a mi hija después de haberla estrangulado ¡me revuelve las tripas!

El inspector pensó lo espantoso que hubiera sido de haber ocurrido al revés, pero no era aquél, obviamente, el momento para expresar una ocurrencia semejante.

– Señor Larrazábal, hay una hipótesis que no hemos manejado hasta ahora, pero que no debemos descartar. Me refiero a la posibilidad de que el asesino encubriera el homicidio con el robo.

– ¿A qué se refiere?

– La persona que acabó con la vida de su hija pudo cometer el crimen exclusivamente para llevarse el violín, porque se trataba de un instrumento muy valioso. Pero ¿y si ese desalmado acudió al Auditorio con el único propósito de asesinar a su hija, y lo hubiera hecho aunque no hubiera habido violín de por medio?

– Pero eso es ridículo, ¿quién podría querer matar a mi niña, que lo único que hizo en la vida fue llevar la música a todos los rincones del mundo?

– Para tratar de dilucidar esta cuestión es para lo que estamos hoy aquí. Me gustaría que habláramos del círculo más íntimo de Ane, empezando por su prometido, el señor Rescaglio.

– Un chaval majísimo, y muy buen chelista. Por cierto, que viene a Vitoria hoy por la tarde, porque la última vez que estuvo con mi hija se dejó olvidadas algunas cosas, creyendo que no tardaría en regresar.

– ¿Algunas cosas? ¿Puede ser más específico?

– Partituras y libros. A veces él y Ane se traían los instrumentos e improvisaban duetos en casa.

Perdomo recordó las palabras de Galdón del día anterior, insistiendo en la teoría del crimen pasional, y se lanzó a degüello a por el italiano.

– Señor Larrazábal, ¿está seguro de que la relación entre su hija y el señor Rescaglio no tenía ninguna arista, ningún doblez misterioso?

– Les he visto discutir, como hacen todas las parejas, pero también yo me peleo con mi mujer después de más de cuarenta años de matrimonio, porque no hay mujer que no saque a su hombre de quicio de vez en cuando.

– Y estas riñas que asegura que se producían a veces, ¿notó si habían ido a más en los últimos meses?

– Si he de serle sincero, más bien tendría que decirle que al revés, y lo comenté con mi mujer: nunca había visto a Andrea tan atento y tan pendiente de mi hija como en los últimos tiempos.

– Eso es interesante. ¿Se le ocurre alguna razón que lo explique?

– Probablemente se debía a que por fin habían conseguido fijar la fecha de la boda. Pensaban casarse a finales de septiembre.

Villanueva hizo un gesto a Perdomo para indicarle que quería apartarse momentáneamente de la conversación para hacer una llamada telefónica. Había decidido comunicar a Galdón de inmediato la presencia de Rescaglio en Vitoria. El inspector movió de forma casi imperceptible la cabeza para concederle el permiso y luego continuó con el interrogatorio:

– ¿En qué circunstancias se conocieron su hija y Rescaglio y desde cuándo eran novios?

– ¡Uuuh! Yo creo que llevaban juntos desde los catorce años. Mi mujer se lo podría contar mejor, pero yo creo que se conocieron en la consulta de un médico de aquí, de Vitoria, porque los dos padecían mononucleosis. Es una enfermedad muy desagradable y los dos empezaron a intercambiar información sobre cómo sobrellevarla.

Perdomo había sacado una libreta en la que solía apuntar cosas con tanto apresuramiento que luego él mismo no entendía su propia letra. Pero el simple hecho de hacer garabatos en ella de vez en cuando le ayudaba a concentrarse más en la conversación.

– El señor Rescaglio vivió en Japón muchos años, ¿no es cierto?

El padre de Ane asintió con la cabeza.

– ¿Y eso fue antes o después de conocer a su hija?

– Antes. Andrea llegó a Japón con tres años, porque a su padre, que era directivo de Alitalia, lo destinaron a Osaka. Se matriculó en el conservatorio y en pocos años hizo unos progresos increíbles con el chelo. ¿Sabe por qué tuvo que regresar a Europa? Es una triste historia. Entre los chicos que hacían música de cámara con Andrea estaba Kitajima Masaharu, hijo del consejero delegado de la famosa empresa de coches todoterreno del mismo nombre. Tocaba el violín y era el amigo íntimo de Rescaglio en Japón. Una noche en la que el novio de mi hija se había quedado a dormir en casa de Kitajima, los dos chicos oyeron ruido en el piso de abajo a altas horas de la madrugada y se asustaron. Despertaron a la madre, bajaron a ver qué ocurría y al descorrer la delicada puerta shoji que separaba el salón del recibidor, encontraron el cuerpo decapitado del señor Masaharu. Se había practicado el seppuku.

– ¿Qué es el seppuku?

– Aquí lo lo conocemos como harakiri,pero es una expresión vulgar para muchos japoneses, que prefieren no emplearla. El término correcto es seppuku.

– Hay algo que no entiendo -objetó Rescaglio-. Si el señor Masaharu se hizo el seppuku,¿por qué apareció decapitado? ¿El suicidio japonés no consiste en…?

Perdomo completó la frase con el gesto de clavarse un imaginario cuchillo en el abdomen.

– El seppuku es un rito muy elaborado, inspector. Para evitar que el sufrimiento sea atroz, la persona que va a morir solicita la asistencia de una persona de su confianza, que tiene la misión de ayudarle a morir, cortándole la cabeza con una katana. En el caso de Masaharu, la policía de Osaka nunca llegó a averiguar la identidad de esa persona, aunque fue, probablemente, algún amigo íntimo de la familia. El caso es que después de aquella experiencia, devastadora para ambos niños, el padre de Andrea decidió, con buen criterio, abandonar Japón lo antes posible. Así fue como Andrea llegó a España.

Perdomo anotó hechos y nombre en la libreta y luego preguntó:

– ¿Su esposa también tiene el mismo buen concepto de Rescaglio que usted?

Don Íñigo, que tenía la cabeza gacha, ocupado como estaba en subirse un calcetín que había dejado al descubierto una pierna lechosa y con tan poco vello que parecía de mujer, pareció sobresaltarse ante la pregunta y miró al inspector con desconfianza.

– ¿Qué sabe usted exactamente?

– Le aseguro que nada en absoluto.

– Es que mi mujer, al principio de la relación, sentía muchísimos recelos hacia Andrea. Hizo lo imposible por boicotear la relación, cosas que a mí jamás se me habría ocurrido hacer, como borrarle mensajes del contestador u ocultarle la correspondencia. Se lo hizo pasar muy mal a ambos, y por supuesto también a mí, que veía cómo el enfrentamiento de mi esposa con Andrea estaba causando que mi hija se distanciara cada vez más de nosotros.

– ¿Cuál era el motivo de esa animadversión tan radical de su mujer hacia el novio de Ane?

– Mi esposa había tenido, antes de empezar a salir conmigo, un novio italiano. Era un fascista, en el sentido literal de la expresión, que se había refugiado en España después de la caída de Mussolini. A mi Esther la engatusó enseguida, con las malas artes de los italianos, ya sabe: invierten en ropa cara y en zapatos bonitos, y eso casi nunca falla con las chicas. Mozart también los detestaba, ¿sabe? Decía que eran todos un hatajo de charlatanes. Éste la dejó preñada a los tres meses de noviazgo. En cuanto el fascista se enteró de que estaba embarazada se borró del mapa y nunca más se supo. Desde entonces, mi esposa siempre ha profesado a los spaghetti,como ella los llama, una animadversión profunda. Dice que todo lo que tienen de guapos lo tienen también de oportunistas y manipuladores, pero evidentemente, en el caso de Andrea, se equivocó, porque no he visto jamás a nadie que trate a una mujer con la ternura y la delicadeza con la que lo hacía él.

– ¿Su esposa sigue teniendo tirria al italiano?

– No. El hacha de guerra quedó enterrada hace mucho tiempo. De hecho, esta noche Andrea duerme en casa.

Perdomo extrajo del bolsillo de la americana una copia de papel pautado encontrado en el camerino de la víctima y se lo mostró a don Íñigo:

– Parece la caligrafía de mi hija -dijo el violinista nada más echar el primer vistazo.

– ¿Está seguro?

– No al ciento por ciento, porque la caligrafía musical no es tan reconocible como la alfabética, pero si no es la suya, solamente puede ser de otra persona: Andrea. Él y mi hija habían acabado por tener una caligrafía muy parecida.

– La Policía Científica ha examinado el documento original y sólo ha encontrado huellas de su hija, así que es muy posible que sea su letra, pero ¿sabe lo que me llama la atención? En Madrid, me dijo un músico que la partitura era «un garabato musical, sin el menor interés». ¿Usted qué opina?

A don Íñigo debió de parecerle curiosa la afirmación del policía, porque respondió:

– Habría mucho que hablar sobre qué es el sentido musical, inspector. Hoy en día se componen cosas muchísimo más raras que ésta. He visto partituras que son auténticas tomaduras de pelo, y eso que yo, aquí donde me ve, no soy demasiado tradicional en ese aspecto. De hecho, en el Conservatorio tenemos un laboratorio de música electroacústica, y siempre que los alumnos me han llamado para colaborar en algún concierto, jamás les he puesto ninguna pega. ¿No ha oído hablar de una pieza de John Cage llamada 4 minutos y 33 segundos? También es para piano, como ésta, sólo que lo único que pone en la partitura es tacet,la palabra que se usa en música para indicar que hay que permanecer callado. El pianista llega con un cronómetro, cierra, en vez de abrir, la tapa del piano, coloca la partitura en el atril, pone en marcha el crono, y durante cuatro minutos y treinta y tres segundos no toca absolutamente nada.

– Menos mal que son cuatro minutos y no cuatro horas -acotó Villanueva desde el segundo plano al que le había relegado Perdomo.

– ¿Puede ser música del mismo autor?

– Desde luego, la pieza rarita sí que es. Lo primero que me extraña es que no hay indicación de tempo. No sabemos a qué velocidad hay que tocar esto, si es un alegro o un adagio. También me llama poderosamente la atención una cosa: en todos los compases, las notas tienen un valor decreciente, y no se repite ninguna nota que tenga el mismo valor. ¿Lo ve? Primer compás: hay un do,que es una blanca, otro do a la octava más alta, que es una negra, luego un mi, corchea, y la nota más aguda es otro mi,con valor de semicorchea. Este patrón se repite a lo largo de los once compases. ¿Quiere que se la toque al piano, para que se haga una idea de cómo suena?

– Sería de una inestimable ayuda, señor Larrazábal -afirmó Perdomo.

Don Íñigo intentó trepar al auditorio desde la platea, pero se dio cuenta de que estaba muy mayor para el esfuerzo y decidió utilizar una de las dos escaleras laterales. Los dos policías le siguieron hasta el piano, que habían relegado a un rincón del escenario para hacer más cómodo el ensayo.

Don Íñigo colocó la misteriosa partitura en el atril del piano y antes de empezar a tocar aclaró:

– Voy a interpretarla a un tempo lento, no porque crea que es el adecuado, sino porque yo no soy pianista y no pueden esperar de mí grandes alardes de virtuosismo. ¿Quiere cronometrarla? Como la pieza no tiene título, le podemos poner el nombre de la duración, como a la de John Cage.

El inspector esperó hasta que el segundero del reloj llegara a las 12 y dijo:

– ¡Ya!

Siguieron treinta segundos de música un tanto monocorde, en la que la línea melódica parecía estar en el bajo y que don Íñigo interpretó sin un solo error ni titubeo. Cuando llegó a la doble barra final, el músico exclamó:

– Ya tenemos nombre para la pieza: Treinta segundos. Pero más que un fragmento musical, esto parece una progresión de acordes de librería, de las tantas que hay en música.

Don Íñigo explicó a los policías que, igual que en ajedrez hay secuencias de movimientos iniciales que se llaman aperturas y que están perfectamente tipificadas -P4R-P4R-, en música existían decenas de progresiones preestablecidas de acordes, que en ocasiones recibían hasta nombre, como las aperturas ajedrecísticas.

– Si en ajedrez tenemos, por ejemplo, la apertura Ruy López, en música existe, entre otras muchas, el Passamezzo Antico,una progresión sobre la que se compusieron centenares de obras durante el Renacimiento -entre ellas Greensleeves- y que consiste en la menor, sol mayor, la menor, mi mayor. Si me deja una copia de esta partitura, puedo consultar en la biblioteca del Conservatorio, a ver si la progresión que me ha traído se corresponde con alguna fórmula famosa.

Perdomo agradeció enormemente la colaboración al padre de Ane y antes de marcharse le confesó:

– Señor Larrazábal, estamos trabajando con la hipótesis de que la partitura es un mensaje. Tal vez esta música nos diga por qué acudió su hija a la Sala del Coro la noche en que fue asesinada.

Cuando Perdomo estrechó la mano a don Íñigo para despedirse de él, ocurrió algo que hizo que se le helara la sangre en las venas. Por el rabillo del ojo izquierdo, tuvo la sensación de estar viéndose a sí mismo, en una postura idéntica a la suya, es decir, con el brazo extendido en la posición de dar la mano a otra persona. Durante una décima de segundo pensó que, a través de su visión periférica, estaba captando su propia imagen reflejada en un espejo o un cristal, pero incluso antes de girar la cabeza para enfrentarse a aquella inquietante visión, supo que no se trataba de un reflejo, ya que en la imagen estaba él solo, sin el violinista cuya mano estaba apretando.

«Esta vez no estaba soñando -pensó-. Esta vez he visto un auténtico fantasma estando completamente despierto.»

37

Perdomo volvió a sufrir pesadillas las dos noches siguientes a su regreso de Vitoria, y como en todas surgían de manera recurrente tanto su esposa fallecida como Milagros Ordóñez, al inspector le pareció sensato recabar la opinión de su amigo José Carlos Albert, uno de los psiquiatras forenses de mayor prestigio del país y amigo personal suyo desde el bachillerato, que ambos habían cursado en el mismo colegio. Se veían de Pascuas a Ramos, pero cada vez que quedaban para tomar un café sus conversaciones, aunque breves, resultaban sumamente enriquecedoras para ambos.

Albert había sido adscrito recientemente a los Juzgados de Instrucción de Barcelona, pero viajaba a menudo a Madrid, invitado por distintas cadenas de televisión, que habían decidido explotar su indiscutible talento mediático y sus profundos conocimientos sobre criminología y medicina forense. Era un tipo de mediana estatura y pelo canoso, de ojos oscuros, muy penetrantes, que empleaba para hipnotizar a la cámara. A Perdomo los ojos de Albert siempre le habían recordado los del pintor Pablo Picasso.

Quedaron citados en una de las cafeterías de la estación del AVE en Atocha, ya que el forense disponía de muy pocos minutos libres, antes de acudir a la televisión, y Perdomo tampoco deseaba abusar de su escaso tiempo.

– ¿Cómo llevas el duelo? -preguntó Albert tras darle un abrazo.

– Depende mucho de los días. Ahora estoy más animado, porque veo que Gregorio empieza a poder hablar de su madre, aunque la otra noche fue espantoso, hice algo que a mí mismo me asustó. Llamé a mi mujer al móvil, para oír su voz en el buzón.

– No todas las personas necesitan el mismo tiempo para elaborar una pérdida, Raúl. No te presiones. Y ahora dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Perdomo le narró muy sucintamente las pesadillas que estaba padeciendo y terminó haciendo referencia al fantasma que había visto en Vitoria. Albert le escuchó sin interrumpirle, con gran concentración, y finalmente emitió su diagnóstico:

– Los primeros que bautizaron lo que tú has visto o creído ver en Vitoria fueron los alemanes, que lo llamaron doppelgänger,literalmente, «el que camina al lado». Lamento decirte que en las leyendas nórdicas esta aparición es un augurio de muerte. Aquí en España nos solemos referir a ello como bilocación, es decir, que tienes la sensación de estar en dos lugares al mismo tiempo.

– ¿La sensación? -protestó Perdomo. Yo sé lo que vi en Vitoria, y no es ningún cuento de parapsicólogo barato. Me vi a mí mismo ahí, a mi izquierda, justo en el momento de estrechar la mano al músico. ¿Cómo es posible?

– Estrés -respondió escuetamente el psiquiatra forense-. Cuando estamos muy alterados, se producen fenómenos mentales muy curiosos, y como la gente no sabe explicárselos, los atribuye a la existencia de espectros.

– Pero yo estoy perfectamente -protestó el policía.

– Te han confiado el caso del año y te encuentras bajo una presión mediática y profesional muy fuerte. Y me has dicho hace un momento que llamas a tu esposa fallecida al móvil, de tanto que la echas de menos. Estás todavía en carne viva, Raúl.

Perdomo agachó la cabeza durante unos segundos, abrumado por las sensatas palabras de su amigo. Luego preguntó:

– ¿He visto un fantasma? Necesito saberlo.

– La verdad es que si fuera un fantasma estarías apañado. Lo cierto es que ni yo ni nadie te puede decir exactamente por qué se producen estas apariciones, pero me temo que pertenecen a la misma familia que las alucinaciones hipnagógicas.

– ¿Hipnaqué? -dijo confundido el policía.

– Las alucinaciones que se producen entre el sueño y la vigilia, generalmente cuando todavía no nos hemos quedado dormidos, se llaman hipnagógicas. A veces pueden ser aterradoras. ¿Nunca has sentido esa sensación de estar despierto y no poder moverte?

– Sí, claro, alguna vez.

– Lo que yo te recomiendo es que tomes un buen ansiolítico durante una temporada. Si al cabo de unas semanas sigues con pesadillas o se te repitieran las alucinaciones, me vuelves a llamar y te busco un especialista.

El psiquiatra miró el reloj, y como Perdomo hizo ademán de levantarse de la silla, el otro le tranquilizó con una sonrisa.

– Tengo todavía cinco minutos. ¿Quién es esa mujer de tus pesadillas?

– Milagros Ordóñez, una psicoanalista de niños que afirma que ha colaborado con éxito con la policía en media docena de casos. Dice que tiene percepción extrasensorial.

– ¿Y quieres saber si te puedes fiar de ella? La respuesta es no. No conozco a esa señora personalmente, pero créeme, son todos unos mangantes.

– Esa mujer me dijo que la habían operado hace poco de un tumor cerebral y que a raíz de la operación algo había cambiado en su cabeza. Desde ese momento, había comenzado a tener percepciones extrasensoriales. ¿No es posible que, al manipular su cerebro, el cirujano haya activado alguna zona de su cerebro que normalmente está dormida?

– No soy especialista en el cerebro, pero el mito mayor de nuestra época es esa teoría de que sólo usamos el diez por ciento de nuestra mente. Es un reclamo publicitario que emplean constantemente los charlatanes que venden cursos para desarrollar la memoria o para mejorar la concentración. Lo cierto es que la mayor parte del tiempo empleamos solamente un diez por ciento del cerebro en un determinado momento,pero eso no quiere decir que al cabo del día no lo hayamos empleado casi en su totalidad.

El forense llamó al camarero para abonar la consumición y luego volvió a dirigirse a su amigo, al que notó bastante decepcionado.

– ¿He dicho algo que no querías oír?

– No, es solamente que esa mujer, Milagros, parecía sincera. Si lo que me contó es mentira, no alcanzo a imaginar qué interés podría tener en engañarme.

– ¿A qué te refieres?

– La gente siempre cuenta mentiras para obtener algún tipo de ventaja: para sacar dinero, para evitar ser castigado. ¿Cuál podría ser el móvil de esa señora?

– A lo mejor no te estaba mintiendo. Quiero decir, que es posible que ella sufra algún tipo de delirio o alucinación psicótica, y cuando te dice que tiene poderes paranormales es porque de verdad está convencida de que los tiene.

– No parecía una psicótica.

– A lo mejor solamente quería ligar contigo, hombre. Tú estás todavía de buen ver.

Perdomo sonrió tras el comentario.

– ¿Crees que trataba de impresionarme?

– Todo puede ser. ¿Es atractiva?

– Es mayor que yo.

– No te salgas por la tangente. Te pregunto si es sexy.

– Es resultona. ¿Y qué?

– Quizá lo único que estés buscando es una buena excusa para volver a verla.

– ¿Una excusa? ¿Y para qué necesito una excusa?

– Tal vez el hecho de llamarla solamente porque te apetece te haga sentir aún demasiado culpable y estés buscando un motivo menos egoísta y más profesional para encontrarte de nuevo con ella.

– Y tú me habrías fastidiado el plan al decirme que es una farsante, ¿no es eso?

– No te fíes de mí. La única manera de comprobarlo es que la pongas a prueba.

– ¿Es ése tu consejo? ¿Que la ponga a prueba?

– Sí, yo soy tu excusa. Llámala y pregúntale qué cree ella que puede hacer por ti.

– Te conozco. Tú estás convencido de que no es posible que tenga poderes.

– Te lo repito, Raúl: eso de que empleamos sólo el diez por ciento de nuestro cerebro es falso. Lo utilizamos casi todo. Casi todo. Pero no he dicho todo. ¿Cómo dices que se llama esa médium?

– Milagros.

– Un nombre muy apropiado. Debes volver a encontrarte con ella para tratar de averiguar si es o no una impostora. Aunque no te ayude con el caso, estoy convencido de que, al menos, lograrás sacarla de tus pesadillas.

38

Perdomo no aguardó ni siquiera veinticuatro horas para telefonear a Milagros Ordóñez. Le confesó que, aunque había varias líneas de investigación abiertas, el asesinato de Ane Larrazábal era tan prioritario para la UDEV que sus superiores le habían ordenado «que no desdeñase ningún tipo de ayuda». La frase -que nunca había sido pronunciada por Galdón- era lo suficientemente ambigua para dar a entender a la médium que él actuaba por mandato ajeno, lo cual le permitía salvar la cara y seguir aparentando escepticismo; pero al mismo tiempo no dejaba claro si el comisario Galdón había dado instrucciones específicas sobre su incorporación al caso. El inspector le preguntó, tal como le había recomendado su amigo Albert, de qué manera concreta creía ella que podía contribuir a arrojar alguna luz sobre la investigación, y Milagros le explicó que, por sus experiencias anteriores, lo que podía proporcionarles más dividendos sería la visita al lugar del crimen.

Perdomo no mencionó sus pesadillas, ni se permitió coquetear con ella en ningún momento, porque quería dar a aquella llamada un carácter estrictamente profesional. Antes de quedar citado con ella para aquella misma noche en el Auditorio, Perdomo hizo hincapié en lo importante que era mantener discreción absoluta; pero la mujer volvió a recordarle que la primera interesada en que su faceta paranormal no saliera a la luz era ella misma.

Perdomo y Milagros Ordóñez llegaron al Auditorio Nacional a las once de la noche, ya que la parapsicóloga había hecho saber al policía que, por alguna razón que no alcanzaba a entender, su receptividad a los estímulos extrasensoriales solía ser mayor después del crepúsculo.

– Tal vez es porque mi madre me trajo al mundo a medianoche -se limitó a comentar por teléfono, a modo de única explicación.

Aunque el inspector había advertido al jefe de seguridad del Auditorio que se iba a personar en el edificio a una hora muy avanzada, lo cierto es que el gerente ya le había informado días atrás de que entre semana siempre había actividad, por más que a veces fuera meramente administrativa, entre las ocho de la mañana y la una de la madrugada. Tal despliegue de personal era lógico, teniendo en cuenta que la sala de conciertos madrileña era una triple sede que daba cobijo a las infraestructuras de la Orquesta Nacional de España, de la JONDE (la versión juvenil de la orquesta) y del propio Auditorio.

Sin embargo, al llegar a la puerta principal, que miraba a la plaza Halffter, el edificio les dio la impresión de haber sido abandonado, ya que no se filtraba luz alguna del interior. La propia plaza ofrecía un aspecto sombrío y mortecino, debido al hecho de que las farolas no estaban encendidas. Perdomo nunca había llegado a explicarse la razón por la que, en pleno siglo xxi, y en la capital de la octava potencia del mundo, había veces en que la iluminación de una calle entera desaparecía por completo durante toda una noche y sin que mediara una causa de fuerza mayor, como un atentado. ¿Era concebible que a algún funcionario municipal se le olvidara, de cuando en cuando, accionar el interruptor que activaba el alumbrado público de determinadas zonas de Madrid? El inspector pensó que España -y tal vez Italia- eran los únicos países de la Unión Europea en los que algo tan chusco podía llegar a suceder.

– Parece que estemos en Europa del Este, antes de la caída del Muro -señaló Milagros Ordóñez. Y el comentario, por lo certero, hizo sonreír a Perdomo.

Cuando estaban a unos tres metros escasos de la puerta, la psicóloga dio un grito seco, pero muy agudo, que sobresaltó también a Perdomo. Un perro, al parecer abandonado, se les había acercado por detrás, amparado por la oscuridad, y en su afán por olisquear a los dos intrusos, que se habían colado en su feudo sin permiso, había rozado con la punta del hocico la pierna de la mujer. En ese momento les miraba jadeando y con una expresión que parecía de fatiga, como si les hubiera estado siguiendo durante un buen tramo y el esfuerzo le hubiera dejado desfondado.

La impresión resultó ser del todo inexacta, porque en el momento en que Milagros dio un par de palmadas para intentar alejarlo, la mirada extenuada del perro cambió de repente a una de ferocidad extrema y el animal, que era de notables dimensiones, empezó a emitir desde lo más profundo del tórax un gruñido inquietante, en tono bajo. Ordóñez pensó simplemente que el perro se había asustado con las palmas, y tras exclamar «¡Ni caso!» y cogerse despreocupadamente del brazo del policía, se dio la vuelta y animó a su compañero a seguir caminando.

El perro entonces hizo algo totalmente inesperado, que fue adelantarse unos metros e interponerse entre la pareja y la puerta, sin dejar de emitir ese gruñido sordo, que anunciaba un ataque inminente. Milagros Ordóñez se quedó paralizada, sin poder desclavar la mirada del perro, aunque con el rabillo del ojo pudo advertir cómo la mano del policía comenzaba a moverse lentamente hacia la sobaquera en la que llevaba el arma.

– ¿Qué va a hacer? -intentó decir Milagros Ordóñez. Pero el miedo atenazaba también su garganta y la frase sonó más bien como un ininteligible susurro.

Perdomo respondió también con un hilo de voz, como si temiera que aquella bestia pudiera entenderle.

– El perro no quiere que entremos en el Auditorio. No me pregunte por qué, pero es así. Si seguimos caminando en dirección a la puerta, nos atacará, estoy seguro. No intente moverse.

Cuando Perdomo extrajo de la funda su arma de fuego, el perro saltó sobre él utilizando sus patas traseras como una catapulta. El peso del animal se multiplicó por cinco, gracias al formidable impulso que se había proporcionado a sí mismo, y tumbó de espaldas al policía, que tuvo que soltar el revólver para intentar protegerse con las manos durante la caída. Perdomo sintió un intenso dolor en la cadera derecha, que fue la que absorbió la mayor parte del impacto, aunque comprobó con alivio que su agresor iba tan sobrado de inercia que le fue imposible mantener el equilibrio en el aterrizaje. En lugar de eso, el perro salió rodando por encima de su cabeza y fue a parar varios metros más allá, rezongando de rabia por haber calculado mal la fuerza. Perdomo pudo escuchar a su espalda cómo las uñas del animal arañaban enloquecidamente el suelo, en un intento desesperado por incorporarse cuanto antes para volver a cargar contra su víctima. Pero casi de forma simultánea, también le llegó el sonido de un objeto metálico deslizándose sobre el pavimento, hasta detenerse a escasos centímetros de su cuerpo. Era su propio revólver que, después de haber salido despedido a varios metros de distancia, Milagros le acababa de acercar de una patada. Perdomo lo amartilló cuando el perroya había iniciado la carrera y el ligero chasquido metálico queemitió el arma al realizar esa acción tuvo la virtud de poner inmediatamente en fuga al animal. En vez de saltar de nuevo sobre él, el perro pasó de largo como alma que lleva el diablo y se perdió en la noche. Perdomo se incorporó como pudo, retorciéndose de dolor, levantó el arma hasta encañonar al animal, que ya era sólo un punto negro en la oscuridad, y permaneció en esa postura hasta que la bestia hubo desaparecido por completo.

– ¡Qué horror! -exclamó Milagros cuando pudo recuperar el habla.

La mujer estaba tan alterada que las manos le temblaban visiblemente.

– Desde luego es un mal bicho -admitió Perdomo-. Pero lo que resulta más inquietante es que haya reconocido el ruido del percutor al amartillar yo el arma. ¡A saber de dónde habrá salido un animal tan astuto! Hay que advertírselo sin falta a los de seguridad del Auditorio, para que avisen a los municipales. Y por cierto, Milagros: gracias. Si no llega a ser por su providencial gesto de acercarme el revólver, ahora podría estar desangrándome sobre este mismo suelo, con la yugular desgarrada.

– Yo no he cogido un arma en mi vida, así que tenía que ser usted quien lo ahuyentase -respondió la otra con un gesto que pretendía ser una sonrisa, pero que quedó en una mueca extraña. La mujer estaba aún demasiado asustada para permitirse una alegría. Luego, al mismo tiempo que seguía controlando con el rabillo del ojo cuanto ocurría a su espalda, no fuera que al perro le diera por volver a la carga, preguntó-: ¿Se encuentra bien?

El policía se aflojó el pantalón para comprobar la gravedad del golpe que había recibido en la cadera y vio que tenía un gran hematoma, que había empezado ya a ponerse azulado y comenzaba a inflamarse a ojos vistas. Cuando se lo palpó con el dedo para tratar de establecer si había algún hueso roto, creyó que podía llegar a desmayarse.

– ¡Qué barbaridad! -exclamó Milagros al ver el moratón-. ¡Hay que ir a urgencias ahora mismo!

– No, de ninguna manera -decretó el policía-. No hay rotura, no hay hemorragia, puedo aguant… ¡uf! ¡La contusión es de campeonato! Tendremos que caminar despacito.

Milagros se ofreció como muleta para recorrer los escasos metros que aún les quedaban hasta la puerta de entrada, pero Perdomo rechazó la ayuda en un gesto de orgullo masculino.

– Puedo yo solo, gracias.

Y cubrió la distancia renqueando lastimosamente.

Se dio cuenta de que él también estaba lanzando miradas furtivas hacia la retaguardia, con el fin de asegurarse de que aquel perro infernal no volvía sobre sus pasos para atacarles. ¿Cómo era posible que el animal se hubiera dado a la fuga antes siquiera de que Perdomo le hubiera encañonado con el arma? ¿Acaso había tenido ya algún encontronazo anterior con algún arma de fuego? Perdomo decidió no compartir esos pensamientos con su acompañante y llamó por fin con los nudillos sobre la puerta de vidrio que daba acceso al edificio. Los golpes sonaron tan amortiguados, debido al grosor del cristal, que tuvo que sacar una moneda del bolsillo para golpear con ella de manera más eficaz. Al cabo de pocos segundos les abrió la puerta un agente de la compañía de seguridad que vigilaba el Auditorio, quien tras examinar la placa de Perdomo les franqueó la entrada.

Nada más acceder al vestíbulo, el policía intentó ponerles al corriente de lo que acababa de ocurrirle.

– Hay un perro ahí fuera que…

– Ah, sí -interrumpió el de seguridad-. Pero no hace nada.

Milagros sintió una oleada de indignación por todo el cuerpo ante semejante respuesta y saltó como un resorte:

– ¿Que no hace nada? ¡Si casi se come a este señor!

El agente que hacía pareja con el anterior emergió por vez primera desde las sombras.

– ¿A ver si no va ser el mismo perro?

– Es un callejero grande, oscuro, con las orejas dobladas hacia delante, mucho más alto de los cuartos delanteros que de los traseros; parecía una mezcla de mastín y rottweiler -aclaró Perdomo, mientras trataba de disimular el dolor que le estaba taladrando el costado derecho.

– Sí, es ése -admitió el agente-. Lleva varias noches rondando por aquí; lo han debido de dejar abandonado, pero como no había dado problemas…

– ¿Varias noches? -inquirió el policía-. ¿Desde cuándo exactamente?

– Yo creo que desde que mataron a la violinista -respondió el otro.

– Pues hagan el favor de tomar nota y de avisar a la perrera municipal. Ese animal tiene que ser sacrificado. ¡No hace ni un minuto que me ha derribado ahí fuera y por poco me secciona la yugular!

Cuando el agente que parecía estar al mando le aseguró que a primera hora de la mañana daría parte del animal, Ordóñez y Perdomo intercambiaron una mirada de preocupación. Evidentemente, ambos estaban pensando en lo mismo, y es que a la salida del Auditorio podrían volver a ser sorprendidos por aquel peligroso perro.

– Intente llamar ahora. Cuanto antes lo quiten de la circulación, mucho mejor.

El agente hizo un gesto con la cabeza a su compañero para que hiciera la llamada y luego preguntó al inspector en qué podía ayudarle.

Éste le explicó que necesitaba llevar a cabo unas comprobaciones en la Sala del Coro y le rogó que los acompañara hasta allí.

– ¿No tendrá un poco de hielo, verdad? -añadió antes de que el otro se pusiera en marcha-. Es para bajar la inflamación.

– Sí que hay hielo -dijo el vigilante muy ufano-. Aquí tenemos de todo.

El tipo les condujo hasta el chiscón donde habían instalado la tele con la que se distraían durante la noche y Perdomo vio que en uno de los rincones había una pequeña nevera, parecida al minibar que suelen tener en los hoteles. El vigilante extrajo una bandeja de hielo del congelador, volcó el contenido sobre un trapo de color azul cuya proveniencia Perdomo prefirió no saber y se lo pasó después de haber envuelto en él los cubitos.

El policía comenzó a sentir un alivio inmediato nada más aplicarse el frío contra la cadera, y por primera vez desde quele atacara el perro, se permitió una sonrisa.

– Mucho mejor -dijo, y permaneció un buen rato inmóvil, sujetando la improvisada bolsa de hielo contra la contusión y aprovechando para estudiar a los dos agentes de seguridad que custodiaban el Auditorio.

El que parecía llevar la voz cantante era grande, fuerte y gordo y llevaba la camisa desabotonada casi hasta el ombligo, como si fuera un cantaor flamenco. Sobre el pecho, que era enorme y peludo como el de un chimpancé, colgaban un sinfín de medallas y cadenitas doradas con santos, vírgenes y cristos que a Perdomo le dio demasiada pereza identificar. Hablaba arrastrando la primera sílaba de cada palabra, como si padeciera cansancio crónico: «Aquí tieeeeene el hieeeeelo».

Su compañero era un alfeñique con gafas y mentón huidizo y la boca sempiternamente abierta, lo que hizo sospechar a Perdomo que nunca llegaría a ganar el premio Nobel.

En cuanto empezó a sentirse algo mejor, el inspector devolvió al más tonto la bolsa de hielo e hizo saber al cantaor flamenco que estaba listo para la expedición.

Mientras recorrían los pasillos que conducían a la Saladel Coro, con el gordo al frente de la comitiva linterna en mano, el inspector quiso saber qué personas permanecían todavía en el edificio a hora tan tardía y el agente de seguridad no supo precisarle:

– Ahora mismo calculo que quedarán dos o tres personas en el piso de arriba. Puede que el director de la JONDE, que suele quedarse hasta tarde, y la subdirectora del Auditorio, que le echa más horas que nadie.

No volvieron a cruzar palabra en todo el trayecto, durante el cual fueron mecidos por el rítmico tintineo del manojo de llaves que el vigilante llevaba colgando de un mosquetón sujeto al cinturón.

Cuando llegaron a la Sala del Coro y el gordo les abrió la puerta, surgió un problema inesperado: el tipo no sabía dónde estaba el cuadro de luces de la sala.

– Es la primera vez que bajo aquí a estas horas, y como durante el día hay un encargado… -se justificó el agente.

– ¿No hacen una ronda por la noche? -preguntó el policía.

– Sí, pero no damos las luces. Llevamos linternas. Y eso ahora; los de antes ni siquiera se tomaban la molestia de bajar.

– ¿Los de antes?

– Hasta que llegamos nosotros había otra empresa encardada de la seguridad del Auditorio. Pero algo pasó que no les renovaron el contrato.

Perdomo estuvo a punto de seguir indagando en el tema, ya que tenía el pálpito de que el falso cantaor flamenco le estaba ocultando algo. Pero era primordial solucionar cuanto antes el problema de la luz, así que instó al vigilante a que resolviera el asunto lo más rápido posible. El guarda se desplazó hasta un cuartito cercano, situado en el pasillo, donde estaban todos los interruptores diferenciales de la planta, y por el sistema de ensayo y error, fue accionando cada uno de ellos hasta que Perdomo le avisó de que por fin se había hecho la luz en la Sala del Coro.

– ¿Necesitan que me quede aquí? Se lo digo porque dentro de diez minutos escasos mi compañero y yo tenemos que hacer la ronda.

El inspector comunicó al guarda que no era necesario que permaneciese con ellos, siempre que dejara las luces del pasillo encendidas. El guarda se despidió y comenzó a alejarse, momento en el cual Perdomo se acordó del interrogante que le había surgido hacía unos minutos:

– La compañía de seguridad que había antes ¿por qué no renovó?

La pregunta tuvo la virtud de dejar clavado en el sitio al vigilante. Tras unos segundos de vacilación, el hombre se volvió y sin moverse de donde estaba, como si temiera que al acercarse demasiado a Perdomo éste pudiera sonsacarle más de la cuenta, decidió responder:

– Yo no estoy informado directamente, porque cuando nosotros llegamos, ellos ya se habían ido. Pero el personal del Auditorio me ha dicho que los vigilantes tenían miedo.

– ¿Miedo? ¿De qué?

– Decían que aquí abajo había… algo.

– ¿Puede ser más concreto, por favor?

– Hablaban de una especie de espíritu. Un fantasma, un espectro, como lo quiera usted llamar. Una presencia sobrenatural que hacía que tuvieran miedo de salir a patrullar.

– ¿Qué aspecto tenía esa especie de espíritu?

– Nadie lo vio nunca, pero decían que movía los objetos y los cambiaba de sitio. La cosa llegó a oídos de la dirección del Auditorio, y la empresa de seguridad, antes que provocar un escándalo, prefirió rescindir el contrato de forma amistosa.

Hace unas semanas, Perdomo hubiera estallado en una carcajada al escuchar semejante historia. Se habría imaginado tal vez a dos hombres hechos y derechos, uniformados y armados hasta los dientes, perseguidos por una maceta que se deslizaba por el suelo. Pero no hacía ni dos días que él mismo había tenido una escalofriante visión de sí mismo contemplándose a un metro escaso de distancia, de manera que las palabras del vigilante tuvieron el efecto de provocarle un estremecimiento profundo.

– ¿Y ustedes no han advertido nada hasta la fecha?

– Nada en absoluto. Sólo sé que los compañeros que estaban antes lo relacionaron con el lugar sobre el que está levantado el Auditorio. Este barrio se llama Cruz del Rayo porque al parecer, hace muchos años, un rayo dio en una gran cruz que había en la zona.

– ¿Y eso qué tiene que ver con un fantasma?

– ¿No lo entiende? Si aquí había antiguamente una gran cruz es porque esto fue en otros tiempos un camposanto. Ahora mismo estamos sobre un antiguo cementerio.

Perdomo volvió a sobresaltarse, pero esta vez no fue sólo debido a las palabras del vigilante, sino al hecho de que Milagros Ordóñez se había aproximado sigilosamente por detrás. Era evidente que había escuchado cuando menos el último tramo de las palabras del policía.

– ¿Hay algún problema? -preguntó la psicóloga, en un tono de voz que tuvo un efecto sedante para Perdomo. El policía se alegró de que Milagros hubiera escuchado el relato porque así no tendría que resumírselo y además podría evaluar mejor la autenticidad de la historia. El guarda miró el reloj y se despidió de ambos diciendo:

– Voy a ver si mi compañero ha resuelto lo de la perrera. Cualquier cosa que necesiten, ya saben dónde estamos. Les dejo las luces de los pasillos encendidas, para que no tengan ningún problema en localizar la entrada.

Cuando tuvieron la certeza de que el hombre ya no podía oírles, Perdomo se volvió a la mujer.

– ¿Qué opina de la historia del fantasma y del cementerio?

– Tengo mis reservas. Es un testimonio de alguien al que no sé quién le ha contado algo que dicen que le ha sucedido a fulanito. Y además, ya sabe lo aficionados que somos en este país a «enriquecer» las historias: nos gusta aportar de nuestra cosecha, para que el relato quede más redondo. Igual lo único cierto es que un vigilante una vez vio una maceta cambiada de sitio, tal vez por una señora de la limpieza, y a partir de ese grano de arena empezó a formarse una montaña que les ha llevado a creer a todos que el Auditorio es la casa de Poltergeist. Por otro lado, y aunque yo no tengo constancia de ello, es perfectamente posible que bajo este suelo haya un antiguo camposanto, porque Madrid tiene una historia muy antigua. Solamente hoy en día, en la ciudad hay más de veinte cementerios, aunque el que salga siempre en las noticias sea el de la Almudena.

– Para ser una médium, es usted muy escéptica ¿no cree? No me parece justo: usted misma afirma tener percepciones extrasensoriales y pone en duda que un fenómeno parecido pueda ocurrirnos a los demás.

Ordóñez se dio cuenta de que había logrado irritar a Perdomo, y tras acariciarle el antebrazo con la mano, como para aplacarle, le aclaró:

– Si esta noche percibo algo en relación al asesinato de Ane Larrazábal, se dará cuenta de que lo extrasensorial no funciona como usted se imagina, que es, en el fondo, el cliché que ha creado el cine.

El policía y la médium entraron por fin en la Sala del Coro y ésta le pidió que cerrara la puerta.

– Por si vuelve el vigilante. Tenía «caaaara de metomentoooodo» -dijo parodiando su forma de hablar.

Milagros Ordóñez dedicó los siguientes minutos a vagar por la sala, que era de notables dimensiones, pues más que un local de ensayo, aquélla era una auténtica sala de concierto en miniatura, con capacidad para cerca de doscientas personas. Nunca se utilizaba de cara al público, pero era perfectamente apta para recitales de pequeños conjuntos, solistas, ensayos, conferencias y proyecciones. La grada para los espectadores tenía una pendiente pronunciada, y Perdomo, que había decidido sentarse en una de las butacas del centro, a contemplar en silencio todo lo que fuera a hacer Milagros, estuvo a punto de rodar escaleras abajo por confiarse demasiado en uno de los peldaños.

El inspector advirtió que Ordóñez no se movía por la sala de forma metódica, barriendo zonas del pequeño auditorio como haría cualquier persona que buscara allí algo concreto, sino que deambulaba de un lado para otro, de manera errática, deteniéndose a veces en lugares de la gigantesca estancia en los que ya se había demorado. En ocasiones cerraba los ojos y permanecía así cerca de un minuto, pero en ningún momento se agachó, por ejemplo, para estudiar el piano, a pesar de que él le había informado de que el asesino había dejado el cadáver tendido sobre la tapa del instrumento.

Perdomo estaba inquieto. De un lado, le asustaba la posibilidad de que, tal como le había advertido la parapsicóloga, su percepción extrasensorial no funcionara en aquella ocasión. En su cabeza resonaron las palabras que Milagros le dijo cuando se conocieron: «La primera vez que intenté colaborar con la policía fui un fiasco absoluto»; de otro, el policía estaba preocupado por la posibilidad de que la experiencia paranormal que estaban a punto de vivir fuera de naturaleza traumática. ¿Y si la mujer era presa de un ataque de pánico o perdía el conocimiento durante la sesión? ¿Y si sufría un infarto de miocardio debido al estrés? El policía se arrepintió de no haber pedido detalles a Milagros de cómo funcionaban exactamente sus poderes, pero ya era demasiado tarde para preguntar. Era evidente, por la expresión de profunda concentración que se reflejaba en su rostro, que distraerla con una pregunta equivalía a sabotear su trabajo. Tan absorto estaba en sus cavilaciones que no se dio cuenta de que Milagros había dejado ya de vagabundear por la sala y le miraba con una expresión de impotencia que tuvo la virtud de convertir sus temores en realidad. No hacían falta palabras entre ellos; era evidente que Ordóñez se acababa de dar por vencida.

– ¿Y si hacemos un descanso y lo intenta dentro de un rato? -preguntó Perdomo, que parecía tan desalentado como ella.

– Es inútil. Cuando no funciona, no funciona.

– ¿Ni siquiera va a examinar el piano?

Ordóñez hizo un gesto de resignación y Perdomo bajó hasta el lugar en el que estaba el gran Yamaha de cola, para ayudarla en la inspección. Levantó la tapa, que era muy pesada, y la dejó apuntalada con el listón de madera. Tenía la esperanza de que la solución pudiera hallarse en las entrañas de instrumento, y con un gesto de la mano, invitó a Milagros a concentrarse en él. Ordóñez llegó incluso a introducir la mano en la caja armónica y a acariciar algunas cuerdas del arpa, pero el policía, que no apartó ni un solo momento la vista de ella, se dio cuenta de que la mujer seguía sin percibir nada.

– ¿La asesinó sobre el piano? -preguntó de pronto.

– No, no habría podido estrangularla con el antebrazo. La mató de pie, y luego la tumbó sobre el instrumento, para pode escribir la palabra Iblis sobre el pecho.

Milagros levantó la vista y se fijó en las cuatro puertas de acceso que tenía la sala: dos situadas en la parte alta, donde terminaban los tramos laterales de escaleras, y dos en la parte baja, a ambos lados de la hilera de sillas destinada a los cantantes.

– ¿Se sabe por dónde entró?

– La víctima, por la puerta inferior izquierda; es la más cercana a los camerinos. Pero es imposible saber por dónde lo hizo el asesino.

Milagros se acercó a una de las puertas de la zona baja y comprobó que se abrían hacia dentro. Luego pareció sentirse intrigada por las puertas superiores y comenzó una lenta ascensión hacia ellas. Tropezó en el tercer peldaño y quedó tendida entre la tercera y la cuarta fila y en estado de aparente inconsciencia, pues permaneció allí inmóvil hasta que Perdomo se acercó corriendo para ayudarla a incorporarse.

Cuando pudo verle la cara, el policía comprobó que Milagros Ordóñez estaba sangrando por la nariz.

No era una gran hemorragia, sino un delgadísimo hilo de sangre, tan oscura que parecía negra, y tan densa que daba la impresión de deslizarse a cámara lenta hacia su boca, como si fuera un perezoso río de tinta.

Pero eso fue sólo el comienzo.

En cuestión de segundos, la tez de la médium adquirió un tono tan blanco que su cara parecía la de un cadáver. Comenzó a entrecerrar los ojos y sus globos oculares empezaron a temblar a gran velocidad bajo los párpados, como ocurre a veces durante la fase REM del sueño. El policía notó que las cuatro extremidades de la mujer se ponían rígidas y que su espalda empezaba a arquearse; al ir a sujetarla, para evitar que pudiera lastimarse, la mujer abrió los ojos de par en par, dejando al descubierto unas pupilas totalmente fijas, dilatadas e inexpresivas, como de muñeca, y profirió un alarido estremecedor; inaudible al principio, porque partía de un infrasonido, en el registro más grave de la voz humana, pero que poco a poco fue haciéndose más y más agudo, hasta alcanzar la frecuencia más alta que es capaz de percibir nuestro oído, en torno a las veinte mil vibraciones por segundo.

Tras ese aullido espantoso, que al policía le pareció de todo menos humano, se produjo un episodio de bruscas convulsiones, durante las cuales trató de sujetarla como pudo, aunque la fuerza de los espasmos era tal que apenas si podía controlarlos. Las sacudidas fueron espaciándose poco a poco y perdiendo intensidad hasta que, al cabo de medio minuto, la mujer entró en una quietud total y pareció perder el conocimiento.

Perdomo estaba aterrorizado. La posibilidad de que por culpa suya Milagros Ordóñez pudiera haber fallecido allí mismo o haber quedado tocada para siempre a nivel cerebral o cardiovascular se le hacía insoportable. Le tomó el pulso en la carótida y comprobó que el corazón seguía latiendo. Pensó en los vigilantes, y en si habrían oído el grito de la mujer. Podía ir él a buscarlos, pero no quería dejar a la mujer sola ni un solo segundo. Cuando ya había sacado su móvil para llamar al 112, la mujer dejó de sangrar por la nariz, recuperó la consciencia y sonrió débilmente, como si fuera un paciente de quirófano que estuviera despertando lentamente de una anestesia.

– Parece que he montado un buen numerito -dijo al fin, algo avergonzada.

– ¿Se encuentra bien? -El policía le facilitó un pañuelo para que se limpiara los restos de sangre que tenía en la nariz.

– Sí. Débil y confusa, pero bien -le tranquilizó Milagros-. ¡Vaya nochecita llevamos los dos! Primero a usted le intenta devorar un perro, ahora a mí me da una especie de ataque. ¡Uf! -se quejó palpándose brazos y piernas-. Me duelen todos los músculos del cuerpo. ¿Qué ha pasado exactamente?

El policía le resumió como pudo su crisis nerviosa y luego le preguntó preocupado:

– ¿Padece algún tipo de epilepsia?

– No, que yo sepa. Tenga la certeza de que esto no ha sido una crisis epiléptica, inspector.

– ¿Ah, no? -respondió el otro con incredulidad-. ¿Y qué ha sido entonces?

Milagros hizo ademán de ir a incorporarse, pero al ver que se encontraba aún mareada, prefirió continuar recostada sobre el suelo.

– Ya le dije que, en la vida real, las percepciones extrasensoriales son ligeramente distintas al tópico que nos ha legado Hollywood. Ya sabe a lo que me refiero, ¿no?: «¡Espíritu, manifiéstate! ¡Hazte presente!».

El policía, que ya había tenido ocasión de apreciar las dotes paródicas de la médium cuando imitó al vigilante, volvió a sonreír ante aquella nueva exhibición de vis cómica.

– Yo misma estaba tan condicionada por las películas que, cuando tuve la primera experiencia, me negué a reconocer que era de naturaleza extrasensorial. Pero lo era.

– ¿Qué ha visto exactamente? -preguntó intrigado Perdomo.

– ¿Ver? Nada, en absoluto. Cada vez que tengo una percepción, sólo uno de los cinco sentidos resulta afectado. En este caso, ya lo está viendo, ha sido el olfato.

– ¿Me está diciendo que ha olido al asesino?

– Eso parece. Cuando he caído ahí, entre esas dos filas de butacas, he recibido una especie de… fogonazo. Sólo que en vez de ser visual, ha sido olfativo. Y ha sido de tal intensidad que, además de provocarme una hemorragia, ha puesto patas arriba todo mi sistema nervioso.

Perdomo tragó saliva y luego examinó el hueco que había entre la tercera y la cuarta fila de butacas centrales, donde había aterrizado la psicóloga. Como los asientos eran abatibles, había sitio de sobra para que cualquier persona, por corpulenta que fuera, pudiese ocultarse allí en posición tumbada.

– ¿Cree que el asesino se ocultó ahí?

– No lo creo: estoy segura de ello.

Perdomo estaba excitadísimo ante la posibilidad de disponer por fin de una pista, por remota que fuera, para atrapar al asesino de Ane Larrazábal, pero al mismo tiempo se cuestionaba todas y cada una de las afirmaciones de la médium. ¿Para qué querría el asesino esconderse de su víctima en un lugar tan alejado de la puerta? De haber estado acechando, lo lógico sería haberlo hecho detrás de la puerta, ya que el verdugo sabía con certeza por cuál de las cuatro haría su entrada la violinista.

– Dice que ha percibido un olor. ¿Puede identificarlo?

– Ahora mismo soy incapaz de nada -respondió Milagros, tratando de secarse una mancha de orina que había impregnado su pantalón.

La tormenta eléctrica que se había desencadenado dentro de su cuerpo había sido de tal magnitud que la mujer había perdido, durante el momento de mayor intensidad, el control de sus esfínteres.

– Ya le he dicho que la percepción ha sido como un fogonazo, por eso mismo ahora es como si estuviera ciega, olfativamente hablando. Sé que he olido algo, sé que es el olor del asesino, pero ignoro si se trata de su after shave, de su colonia o, lisa y llanamente, de su olor corporal.

– Espere, espere. ¿Me está diciendo que todo este numerito no ha servido para nada?

El policía se arrepintió de haber empleado la palabra «numerito» un segundo después de que saliera por su boca, pero la médium no pareció ofendida.

– No tenemos nada… todavía -respondió-. Pero lo tendremos.

Volvió a tratar de incorporarse, y como Perdomo vio que iba recuperando el color rápidamente, la ayudó a ponerse de pie. El caballeroso gesto le costó otra punzada horrible en la cadera, allí donde se había propinado el golpe.

– ¿Cuándo lo tendremos?

– Suele tardar entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas -dijo la otra con total naturalidad.

Parecía que estaba hablando del plazo en que iba a estar operativa su tarjeta SIM y no de un fenómeno paranormal. Al ver tan desorientado al inspector, trató de aclararle las cosas.

– Estamos hablando todo el rato de percepción extrasensorial, pero en realidad sería más preciso decir que acabo de tener una sensación extrasensorial. Parece un galimatías, lo sé, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo. La sensación se refiere a experiencias inmediatas básicas, generadas por estímulos aislados simples. La percepción implica la interpretación de las sensaciones, para darles significado y organización.

– No veo adónde nos lleva todo esto.

– A que dentro de unas horas, cuando mi sistema nervioso, que ahora está manga por hombro, procese el estímulo olfativo que acabo de tener, seré capaz de decirle de qué clase de olor se trata. Ahora mismo estoy aturdida y sólo sabría hablar de generalidades.

– Prefiero salir de aquí con generalidades que con nada en absoluto. Dígame lo que tenemos hasta ahora.

– Sólo sé que es un olor dulzón, como de flores.

– ¿Eso es todo?

– De momento, es lo que único que le puedo decir.

Milagros reaccionó ante la cara de fastidio que puso el policía tratando de animarle.

– Hay que tener paciencia. Los estímulos extrasensoriales tardan un tiempo en definirse. Es como antiguamente, con el papel fotográfico. ¿Nunca ha visto cómo se va formando la imagen poco a poco después de proyectar el negativo sobre el papel con la ampliadora? Pues esto es lo mismo. Gradualmente, se irá fijando en mi cabeza el olor del asesino.

Perdomo estuvo a punto de replicar que, en el caso de la imagen fotográfica, uno sólo tiene que esperar unos segundos a que aparezca el positivo, mientras que ella estaba hablando de una espera de varios días, que se le antojaba interminable. Algo en su interior le dijo sin embargo que no era prudente presionar a Milagros para forzar el proceso de identificación de aquella fragancia primaria. En lugar de eso, preguntó:

– ¿Y siempre…? Quiero decir, las otras veces que ha tenido percepciones extrasensoriales ¿también ha sido así? ¿Le ha llegado un olor?

No, fueron casi siempre estímulos visuales. Ésta es la primera vez que resulta afectado mi olfato.

– ¡Maldita sea mi estampa! -exclamó Perdomo-. ¡Si hubiera visto algo, en vez de olerlo, en cuarenta y ocho horas tendríamos la descripción física del asesino!

Milagros suspiró con resignación.

– Ya, pero una no elige lo que quiere percibir, es más bien la percepción la que la elige a una. Recuerdo que, en una ocasión, pude «escuchar» la voz del criminal. No lo que decía, sólo el timbre de su voz. Otra vez pude «tocar» su chaqueta, que era de pana. Ese simple dato permitió a la policía identificar a la persona que andábamos buscando.

Perdomo se agachó entre las butacas de la tercera y cuarta fila y comenzó a olfatear asientos y respaldos, e incluso el propio pavimento de madera, como si fuera un perro de caza, lo que hizo sonreír a Milagros.

– No se moleste, no se trata de un olor real, no está aquí ahora: ni el perro más entrenado sería capaz de detectarlo. Lo que yo he percibido a través de mi olfato, y ya le he dicho que otras veces me ha ocurrido a través de otros sentidos, es la presencia aquí, hace unos días, de la persona que estranguló a Ane Larrazábal.

El policía no sabía qué pensar. Por un lado quería creer a Milagros Ordóñez y no imaginaba ningún motivo por el que la mujer tuviera interés en inventar una historia semejante. Pero no pudo evitar imaginarse por un momento ridiculizado, de manera sangrante, en la portada de todos los periódicos como el inspector al que una vidente aficionada tomó el pelo de forma miserable. Al verle tan taciturno, fue Milagros la que preguntó:

– ¿Cree que estoy loca?

– No lo sé. Estoy tratando de procesar, de una manera aceptable para mí, todo lo que me está contando. Y tengo una duda importante.

– Veamos si puedo resolvérsela.

– ¿No puede ser que la percepción que acaba de tener se refiera a otra persona? Un espectador que haya estado sentado aquí, o uno de los guardias de seguridad que haya pasado entre estas dos filas al hacer la ronda.

– Eso es absolutamente imposible. La persona que se escondió entre las butacas estaba en un estado de shock emocional, su nivel de estrés era altísimo; por eso se produce la percepción extrasensorial, porque hay alguien que desprende algún tipo de radiación o energía psíquica tan intensa que puede ser captada incluso años después de que haya sido liberada.

El policía decidió conformarse por el momento con aquella explicación y acompañó a Ordóñez hasta la salida, prestándole de cuando en cuando su brazo para evitar que pudiera desvanecerse de nuevo por el camino. Debido a lo maltrechos que estaban ambos, emplearon casi diez minutos de reloj en llegar hasta el chiscón, donde los dos vigilantes jurado, una vez completada la ronda, se entretenían contemplando un infecto programa de televisión de los de «llama y gana». El gordo, que fue el que se levantó para abrirles la puerta, les dio las buenas noches como si nada -señal de que no había escuchado el alarido espeluznante de la médium-, y salieron al aire fresco de la noche madrileña.

Perdomo pudo divisar a lo lejos, retroiluminada por la luz de una farola, la silueta odiosa del perro que había querido degollarle. Jadeaba despacio, como si llevara un buen rato aguardando a que saliera.

El policía sospechaba que, al saberle armado, el animal no se atrevería a atacarle, pero amartilló el arma por si acaso y la ocultó en el bolsillo de la gabardina.

39

Raúl Perdomo se había hecho el firme propósito de no volver a ponerse en contacto con Milagros hasta que ésta no hubiera procesado lo que ella misma había bautizado como «fogonazo olfativo», pero lo cierto es que la urgencia por resolver un caso sobre el que no disponía aún de ninguna pista firme hacía que ardiera en deseos de telefonearla a la mañana siguiente.

Sin embargo, la posibilidad de identificar al asesino por el olor le parecía de ciencia ficción. Un compañero de la Unidad Central de Análisis de la Policía Científica le informó al día siguiente de su visita al Auditorio que en España no había ningún precedente en ese campo, pero que los británicos llevaban tiempo desarrollando un sistema para convertir el olor corporal de una persona en un método fiable de identificación. La empresa Profiler, que trabajaba casi en exclusiva para el Ministerio de Defensa del Reino Unido, se había dedicado de un tiempo a esta parte a investigar métodos de reconocimiento no convencionales, como la resonancia craneal, en la que se hacen pasar ondas sonoras a través de la cabeza de una persona, para producir resultados similares a los del sonar, o la «dinámica del teclado», un método que permite analizar la velocidad a la que teclea un individuo y el número de errores que comete durante el proceso. Pero de todos estos sistemas, por el que Profiler estaba apostando con más fuerza era el de la identificación por el olor corporal. Según sus expertos, cada persona produce un olor que responde a una fórmula química diferente, y además todo el mundo huele a algo, por más que ese olor no pueda ser detectado por una nariz no entrenada. El olor de cada persona depende de dos factores: las bacterias de nuestra piel y las feromonas, es decir, las sustancias químicas secretadas por cualquier ser vivo con el fin de provocar un comportamiento determinado en otro de la misma especie. El inspector de la Policía Científica explicó a Perdomo que las feromonas eran un medio de comunicación muy potente entre los humanos. La gran ventaja del olor -siguió informándole su contacto- era que, así como un individuo puede llegar a eliminar con ácido o cirugía sus huellas dactilares, a nadie le era posible acabar por completo con sus secreciones corporales, por mucho que se frotara con la esponja o se embadurnara con desodorante. Profiler estaba poniendo a punto, por tanto, un sistema por el que, apoyando la palma de la mano en un sensor, éste podía llegar a identificar el olor mediante un complejísimo sistema de algoritmos. En el futuro, este código podría ser incorporado a un carnet de identidad o, ¿por qué no?, a una tarjeta de crédito.

– ¿Qué te traes entre manos, Perdomo? -le preguntó el de la Policía Científica antes de colgar.

– Lo sabrás sólo si da resultado -le había respondido prudentemente el inspector.

Perdomo se marchó a rumiar sobre el informe que le había facilitado su compañero a un restaurante japonés que había cerca de la UDEV. Se llamaba Bushido y era un kaiten sushi,es decir, un local en el que los distintos platos de sushi desfilan a lo largo de la barra mediante una cinta transportadora. A Perdomo le gustaba casi tanto la comida como el hecho de poder observar desde su taburete al chef, Masaharu Takamoto, mientras preparaba las delicias japonesas que, algunos minutos después, iban a acabar en su estómago.

Ocho platillos de sushi y tres jarritas de sake más tarde, el inspector había decidido que no podía refrenar por más tiempo su impaciencia y telefoneó a Milagros Ordóñez. Sin que lo hubieran pactado previamente, médium y policía comenzaron a tutearse por teléfono.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó tratando de no parecer demasiado ansioso.

– Me encantaría poder decirte lo contrario pero estoy hecha un trapo -respondió la mujer.

Hablaba muy despacio, como si le costara hilar dos palabras seguidas, cosa que llenó de angustia al inspector.

– He dormido muy mal, me siento debilísima, me duele cada músculo del cuerpo, y acabo de vomitar el desayuno. Y por si fuera poco, he tenido un lapsus de memoria con un paciente que me ha telefoneado hace cinco minutos para cambia de día la sesión. Le he dicho que se había confundido de número ¡cuando en realidad llevo tratándole desde hace dos años!

– Todo lo que pueda hacer por ti es poco, Milagros. Me siento culpable.

– No digas estupideces. -La médium pareció recobrar un poco el ánimo tras las palabras de Perdomo-. Me he sometido a esto voluntariamente, porque creo que te puedo ayudar a atrapar a ese sujeto. Sabía a lo que me exponía, porque cada vez que he tenido percepciones extrasensoriales los síntomas han sido muy similares. Claro que nunca me había dado tan fuerte. ¿Y tú? ¿Cómo va esa cadera?

– Me he tomado ya cuatro Neobrufén porque si no veo las estrellas. Escucha, no quiero presionarte, pero ¿has llegado a alguna conclusión?

– ¿Dónde estás? -interrumpió Milagros-. Oigo música japonesa. -La médium no esperó a que respondiera el policía, seguramente porque ya había adivinado la respuesta-. No dispongo aún de nada definitivo -confesó-, pero tal como te anticipé, la fotografía se está revelando. Tengo ya un olor muy fuerte en la memoria. Como ésta ha sido la primera vez que la percepción es olfativa, he llamado a un botánico amigo mío, que sabe mucho de esto, y me ha explicado cómo funciona la cosa.

– Un helado de té verde, por favor.

– ¿Cómo dices?

– No era a ti, era al camarero. ¿Qué te ha dicho el botánico?

– Dice que igual que hay colores primarios y complementarios, en el olfato también existen siete olores básicos o primarios: alcanfor, almizcle, flores, éter, menta, acre y podrido.

– ¿Podrido es un olor?

– No me interrumpas. Estos olores primarios corresponden a siete tipos de receptores existentes en las células de la mucosa olfativa. Lo que yo tengo en la cabeza es un primario, concretamente el olor a flores. Confío en que en las próximas horas ese primario se defina completamente, como me ha ocurrido las otras veces con la vista, el oído o el tacto. ¿Estás ahí? -preguntó Milagros al no escuchar ningún «sí» ni «aja» por parte del policía, a medida que iba exponiéndole los hechos.

– Aquí sigo, sólo que según vas hablando me surgen un montón de preguntas en la cabeza, porque intento entender todo lo que estás contando. La vez que reconociste la voz del asesino ¿también fue un proceso escalonado?

– Sí. Primero sólo tenía un sonido, luego ese sonido se definió mejor y resultó ser una voz, al cabo de unas horas la voz fue masculina y finalmente empezaron a aflorar los detalles concretos de la misma. Lo curioso es que podía escuchar la voz de la persona -que luego fue imputada por el juez- en mi cabeza, pero no entendía lo que decía. Ya sabes, como en las pruebas de tipografía, en las que para que te fijes sólo en el aspecto visual del texto y no en su contenido, se inventan las palabras.

– Lorem ipsum dolor -precisó el policía-. Pero no es lenguaje ficticio, es latín; creo que de Cicerón.

– Eso es. Cuando tuve la voz perfectamente definida en mi cabeza, Salvador me hizo escuchar algunas grabaciones y yo pude decirle sin problemas: «Ésa es».

– De acuerdo, Milagros, no te quiero importunar más. En cuanto tengas resultados definitivos, ponte en contacto conmigo, a cualquier hora del día o de la noche. En un caso de homicidio, cada segundo cuenta.

– Debes de estar soportando mucha presión para que resuelvas el caso, ¿no?

– No te lo puedes ni imaginar. ¿Viste la manifestación del otro día?

– No, yo casi no veo la televisión.

– Eso que tienes ganado. ¡Seguimos en contacto!

Perdomo colgó el teléfono, se terminó el helado y salió del restaurante. Tan absorto se encontraba en sus cavilaciones que no se había dado cuenta de que se había marchado sin pagar, lo que obligó a una camarera japonesa a darle alcance cuando ya había cruzado la calle. Pagó la factura un tanto abochornado y decidió regresar a la UDEV en un taxi, porque, a pesar de que se encontraba a dos pasos, la cadera le estaba torturando. Por su mente volvieron a desfilar las imágenes de la concentración del sábado anterior en Vitoria, que había convocado a veinte mil personas -casi el diez por ciento de la población- para solicitar la colaboración ciudadana en la resolución del crimen, pero también para exigir a la policía un mayor esfuerzo en la identificación y puesta a disposición judicial del asesino de Ane Larrazábal. Al igual que había sucedido en el funeral de Madrid, también en esta ocasión se vivieron momentos de gran emoción, sobre todo cuando habló doña Esther, la madre de la víctima, que demostró tener una gran facilidad para expresarse en público, a pesar de que al final de su alocución se le saltaron las lágrimas y tuvo que ser apartada del micrófono. El introductor del acto había sido el alcalde de Vitoria, que realizó la petición de colaboración ciudadana para ampliar -dijo-, en la medida de lo posible, las líneas de investigación ya establecidas, mediante la aportación de cualquier dato que pudiera ser de utilidad para la policía. Tras anunciar que se había dispuesto un teléfono para comunicar cualquier información que pudiera ayudar a esclarecer el crimen, habló el abogado de la familia, que hizo extensiva su petición de ayuda a los jueces, a los políticos y a los medios de comunicación; remató el acto la madre de Ane, con la lectura de un comunicado que resultó tierno y duro a la vez: pues si de un lado recalcó lo joven y llena de ilusiones que estaba su hija hasta la noche misma en que fue asesinada, también afirmó que no existía justificación posible a un crimen tan horrendo y esperaba que el asesino se pudriera en la cárcel para siempre.

«¿Qué diría toda esta gente -pensó Perdomo- si supieran que el inspector encargado de atrapar al asesino de Ane ha agotado las líneas de investigación convencionales y ahora dedica su tiempo y su energía a seguir una pista suministrada por una chalada?» Inmediatamente se censuró a sí mismo por haber tildado de chalada, por más que sólo fuera en su cabeza, a la pobre Milagros. Aunque no podía decir por qué, había algo confiable en la voz y en la actitud de aquella mujer. Tal vez el rastro que ella estaba a punto de aportarle no condujera al final a nada, pero tenía la certeza de que Mila -que era como empezaba a llamarla en su cabeza tras haber pasado al tuteo- estaba actuando de buena fe. Además, ¿qué podía perder? De lo único que tenía que preocuparse era de que la prensa no se enterara, bajo ningún concepto, de que la policía estaba empleando los servicios de una médium, y por supuesto, de que el hecho de seguir la pista extrasensorial no le hiciera desistir de seguir interrogando a posibles testigos o de escuchar cuantas llamadas empezaran a llegar al teléfono de colaboración recién habilitado.

Perdomo había dado ya muchas vueltas a los pasos que debía seguir una vez que Mila le comunicara que ya había aislado el olor. Como le había dicho que el primario era «flores», el inspector intuía que no podía tratarse del olor corporal del asesino, mezcla de bacterias y feromonas, sino que tenía que tratarse de un producto comercial, seguramente un after shave o una colonia. Por lo tanto, había que buscar la manera de que Mila pudiera identificar ese olor con un producto concreto. Corroído por la impaciencia, le dijo al taxista que no le dejara en la UDEV, sino en unos grandes almacenes cercanos, en los que, nada más desembarcar, se dirigió a la sección de cosmética y perfumería.

Le fue difícil conseguir la atención de una dependienta, porque los clientes, en su mayoría mujeres, abarrotaban los mostradores atraídas por las ofertas de temporada: desde cursillos de tratamiento y maquillaje a bajo costo hasta revolucionarios sistemas antiarrugas basados en haces de luz pulsada.

– ¿En qué puedo ayudarle? -le dijo al fin un tipo con pinta de jefe de sección que respondía al nombre de señor Corrales. ¿Eran imaginaciones suyas o todos los empleados de aquellos grandes almacenes tenían el mismo apellido?

– El otro día, en un ascensor, olí una colonia que me sedujo -mintió el inspector- y quisiera tratar de localizarla.

El empleado se encogió de hombros.

– Eso es como buscar una aguja en un pajar, caballero. ¿Sabe la cantidad de marcas que hay en el mercado? ¿Y la variedad de productos que ofrece cada una de esas marcas? Debería haberle preguntado al que la llevaba puesta.

Perdomo corroboró las palabras del dependiente observando un cartel promocional situado en el mostrador, en el que figuraban las marcas que lanzaban un nuevo producto ese año. Sólo en la a había por lo menos diez nombres: Adolfo Domínguez, Alessandro Dell’Acqua, Alyssa Ashley, Angel Schlesser…

– Ése es mi drama -respondió el inspector-, que cuando entré en el ascensor, la cabina estaba vacía. Sólo quedaban los efluvios.

– Al menos, podrá decirme si era de hombre o de mujer -dijo el otro, algo irritado por la inconcreción del policía.

Cuando Perdomo le explicó que sólo sabía que olía a flores, el otro se echó las manos a la cabeza.

– A flores huelen todas, caballero. La que llevo yo, por ejemplo: la base es jazmín. Si desea probar alguna, tenemos muchos envases que…

– Éste no es el lugar -se excusó el policía-. Quiero decir que toda la sección de perfumería está tan cargada de aromas y esencias que me confundiría. Hagamos una cosa: dígame cuales son las diez marcas más vendidas y me llevo un envase de cada una.

– ¿Las va a querer en perfume, colonia o agua de colonia?

– No tengo ni idea. Envuélvame los diez productos estrella de esta sección ¡y a ver si tengo suerte!

De regreso en la UDEV, Perdomo abrió el paquete con las colonias y dispuso los diez envases en una hilera sobre su mesa de trabajo. Para no dejarse vencer por el desánimo, se ilusionó imaginando que Mila no solamente iba a ser capaz de aislar el olor en su cabeza, sino de decirle además de qué producto se trataba. Pero cuando a las tres de la mañana le despertó el teléfono de su casa y la médium le comunicó que ya tenía perfectamente aislado el olor en su cabeza, pero que no lo relacionaba con ninguna marca en concreto, el policía comprendió que iban a tener un duro trabajo por delante.

40

Perdomo se presentó en casa de Milagros a la mañana siguiente con el set de colonias y apreció que la mujer tenía casi peor aspecto que la noche en que sufrió la crisis en el Auditorio. Estaba pálida y ojerosa, e incluso parecía haber perdido pelo, como les ocurre a los pacientes cancerosos que se someten a quimioterapia.

– ¿Qué ha ocurrido? -dijo Perdomo sin poder ocultar su desasosiego.

– He sufrido unas pesadillas espantosas durante toda la noche. Me he despertado cuatro veces y cada vez que volvía a dormirme se repetía el mismo sueño.

– ¿Quieres contármelo o prefieres no volver sobre ello?

– Soñaba que me hallaba durmiendo plácidamente en mi cama y de repente me daba cuenta de que había alguien más en la habitación. Al abrir los ojos, pensaba que me había despertado, pero era parte de la pesadilla. Una criatura espantosa, mezcla de duende y demonio, se sentaba sobre mi pecho y no me dejaba respirar. Pesaba cada vez más, hasta que terminaba por aplastarme completamente.

– ¿Has dicho un… demonio?

– Una especie de diablo, sí.

– ¿Sabes que el violín de Ane tenía tatuada la cabeza de undemonio?

– No, no lo sabía.

Perdomo sacó del bolsillo de la americana su cuaderno de notas, en el que llevaba, sujetos con un clip, algunos documentos relacionados con el caso, como la misteriosa partitura hallada en el camerino de Ane, y una foto del violín que le había facilitado Carmen Garralde.

– ¿Quieres decirme si es ésta la criatura que se te apareció en tu pesadilla?

Milagros echó un vistazo a la fotografía y apartó la vista a los dos segundos, visiblemente perturbada.

– Perdona el trago, pero quería estar seguro -se disculpó el inspector tras comprobar, por la reacción de la mujer, que se trataba del mismo personaje.

– ¡No había visto ese violín en mi vida! -aseguró la médium-. En cambio, sí sé por qué mi pesadilla de esta noche tenía que ver con la asfixia. No hace falta haber leído a Proust para saber que los olores están muy relacionados con la memoria. Pues bien, hay una nota en el olor que percibí en el auditorio, como de lavanda, que me retrotrajo desde el principio a uno de los episodios más traumáticos de mi infancia. Mis padres tenían unos amigos catalanes, bastante adinerados, que solían alquilar una casa en la Costa Azul, y un año nos invitaron a pasar el verano con ellos. La villa era preciosa y tenía un jardín en el que habían plantado lavanda. Una tarde, después de comer, el hijo mayor de estos amigos, Xavier, harto quizá de que yo no le hiciera demasiado caso, empezó a torturarme por el procedimiento de colocarme en la cabeza una de esas fundas de plástico con las que se protegían antiguamente los discos de larga duración. Creyendo que estaba haciendo una gracieta, me colocó la funda en la cabeza durante la siesta, y cuando fui a quitármela, él no me dejaba. Estuvimos forcejeando durante un minuto, y estuve a punto de perder la consciencia. Creo que ha sido la vez que más cerca me he sentido de la muerte, ¡y tenía sólo catorce años!

– Suena terrorífico.

– Lo fue. ¿Y no te parece siniestro que el olor a lavanda, que la mayoría de las personas tienen asociado con apacibles paseos por la campiña francesa, a mí me traiga siempre a la memoria aquella estremecedora vivencia?

Tras este breve relato, la médium dejó solo a Perdomo durante unos minutos para ir a atender a su madre, que acababa de despertarse y exigía a grito pelado el desayuno. Durante la espera, el policía se entretuvo curioseando los libros que había en la estantería del salón y vio que Milagros había empezado a acumular una pequeña bibliografía sobre crimen y parapsicología, aunque todos los títulos estaban en inglés, desde Psychic Murder Hunters hasta Real-life Stories of Paranormal Detection. Cuando regresó, Milagros le sorprendió hojeando uno de ellos.

– Casi todo es basura, puedes creerme. Menos un británico que trabaja para Scotland Yard, que me dio buen pálpito, y una rumana de la época de Ceaucescu, que llegó a estar tan cerca del asesino que éste la estranguló.

– Te alegrará saber que no estás sola en el mundo -dijo Perdomo devolviendo el libro a la estantería.

– Sí que lo estoy. Sola, y no alegre. Ya te dije que yo no puedo salir del armario, si me permites la expresión. Soy psicóloga de niños, y sería muy negativo para mi profesión que se supiera que de vez cuando entre en contacto con… lo que sea que hay al otro lado y sufro crisis como la de la pasada noche.

– Eso me tranquiliza, porque yo tampoco saldría muy bien parado si Galdón se enterara de que estoy recurriendo a la parapsicología para tratar de atrapar al asesino -pensó en voz alta el inspector.

Perdomo, que empezaba a sentirse cada vez más cómodo junto a Mila, se percató de que la obligación de mantener su relación en secreto les aportaba un grado de complicidad tan fuerte como el firme propósito de ambos de atrapar al culpable. La mujer se reprochó a sí misma su descortesía al ver que el policía ni siquiera se había quitado la gabardina, y tras colgársela en el guardarropa, preparó un café que ambos degustaron sentados a la mesa de la cocina. Cuando el policía empezó a desplegar su colección de frascos, Milagros preguntó:

– Ahí hay colonias muy caras. ¿Cuánto te ha costado todo el lote?

– Para el sueldo de un policía, es una fortuna, pero estoy jugando con el cálculo de probabilidades. Con que haya un veinte por ciento de margen de que el olor del asesino esté entre éstos, la inversión está más que justificada.

Bajo la atenta mirada del inspector, Milagros empezó a rociarse la muñeca con cada uno de los productos y tras cada vaporización le iba haciendo un gesto negativo con la cabeza. En cinco minutos llegaron a la conclusión de que el que buscaban no estaba entre ellos. Perdomo se levantó mortificado de la silla y exclamó:

– ¡Me está bien empleado! Ha sido como comprar un décimo de lotería y que no te toque. Pero la resolución de un asesinato no puede estar en manos del azar; hay que hacer las cosas bien. ¿Tienes posibilidad de dejar la consulta durante un par de días?

– ¿Cuándo?

– Mañana.

– Imposible. Al margen de consideraciones económicas, a los padres de los críos les contraría mucho cuando empiezo a cambiarles de día las sesiones; son ellos los que tienen que traerlos y recogerlos en mi consulta. Y además, ahora estoy tratando a una niña con ansiedad de abandono permanente a la que no puedo dejar tirada.

– ¿Y el fin de semana?

– Podría ser, siempre que consiga a alguien para que cuide de mi madre. ¿Adónde me quieres llevar?

– ¿Has oído hablar de Rafael Orozco, apodado «El Alquimista»?

– ¿El perfumista? Claro. ¿Dónde vive?

– En la Costa Azul. Estás en tu derecho de negarte: te estoy pidiendo que regreses al lugar donde viviste la más horrible pesadilla de tu vida.

41

Rafael Orozco era natural de Priego, en la provincia de Córdoba, pero de niño sus padres se habían visto forzados al exilio y él se había educado en un colegio en Niza. Cuando terminó el bachillerato anunció a su familia que quería ser o arquitecto o compositor. Las malas notas le impidieron ser lo primero y el deseo de ganar dinero, para poder emanciparse del hogar paterno cuanto antes, lo segundo. El padre de un amigo le ofreció su primer empleo en la cercana ciudad de Grasse, el centro mundial de la industria de perfumes y fragancias, y escenario de gran parte de la novela El perfume,de Patrick Süskind. Ni los años ni la distancia le habían hecho olvidar sus raíces, y Orozco se había hecho traer de su ciudad natal un olivo centenario que había arraigado con fuerza en su fabuloso jardín, gracias al buen clima de la zona.

Durante la extensa conversación telefónica que Perdomo había mantenido con él, para averiguar si estaba dispuesto a colaborar en una investigación policial, el perfumista se reveló como un hombre excepcionalmente dotado para las relaciones sociales y acreditó su fama de irresistible mujeriego. Orozco le informó de que en Grasse, una ciudad de menos de cincuenta mil habitantes, existían nada menos que tres museos dedicados a la perfumería: el Molinard, el Fragonard y el Museo Internacional de la Perfumería, que fue donde él empezó a trabajar como guía.

– Ahora sólo soy un madurito con pegada -explicó a Perdomo-, pero con dieciocho o diecinueve años no había mujer que se me resistiera. Así que durante aquellos primeros años en Grasse me llevaba una turista a la cama casi todos los días. ¡Algunas hasta me dejaban propina debajo de la almohada!

Al poco de ingresar en el museo, Orozco había experimentado una epifanía. Se dio cuenta de que todos aquellos perfumes que él mostraba cada día en el museo no habían sido caprichosamente mezclados por la Madre Naturaleza, sino que detrás de cada uno de ellos había un larguísimo proceso de elaboración por parte del hombre. Esto le llevó a solicitar un puesto de aprendiz en la firma Moulinsart, donde gracias a su talento y perseverancia logró ascender en cuatro años al puesto de ayudante de perfumista. Orozco disfrutó de la suerte del principiante, porque su primera creación, un perfume de mujer llamado Eurídice, resultó un éxito mundial.

– De joven soñaba con llegar a componer una ópera algún día y Eurídice me permitió rendir mi particular homenaje a la mujer de Orfeo, protagonista de la primera ópera de la Historia.

Cuando Orozco se enteró de que su intervención podía ser crucial en la identificación de un peligroso criminal se mostró entusiasmado -«¡me siento como si estuviera en una novela de Agatha Christie!»- e insistió en que tanto el policía como la médium se hospedaran en su casa.

– El taller lo tengo en Grasse, que está en el interior -le explicó el perfumista-, pero vivo en Niza, lo cual me obliga a recorrerme todos los días sesenta kilómetros. Es que no puedo estar un solo día sin ver el mar.

Perdomo, sin embargo, declinó el ofrecimiento y prefirió reservar un par de habitaciones en un modesto hotel de Grasse de tres estrellas llamado, muy apropiadamente, Les Parfums. Estaba en la parte alta y las vistas a la ciudad medieval eran deliciosas.

Mila y Perdomo se embarcaron en un vuelo barato para Niza el sábado por la mañana, después de que la médium lograra convencer a su madre para que se quedara al cuidado de su hijo. El plan era coger luego un autobús hasta Grasse y, tras tomar posesión de las habitaciones, telefonear a Orozco para quedar con él en su estudio.

Durante el vuelo, Mila quiso saber en qué iba a consistir exactamente la intervención de El Alquimista, pero el policía le confesó que ni él mismo lo sabía.

– Le expliqué que tenía que ayudarnos a identificar una colonia y me aseguró que él era la persona indicada. Pero no llegó a decirme cómo pensaba hacerlo ni (lo que supongo que más te debe preocupar, dado que tienes que estar en Madrid el lunes sin falta) cuánto tiempo nos va a llevar todo el proceso.

Comoquiera que el policía no volvió a abrir la boca en todo el trayecto, Mila le preguntó al bajar del avión si le ocurría algo.

– ¿Y a ti? -replicó el inspector-. Te he notado más circunspecta que de costumbre; ¿es a causa de esa paciente de la que me has hablado?

Mila le dedicó una sonrisa que quería decir «cómo me gusta que seas capaz de percibir mis estados de ánimo» y le aclaró que su mente no estaba en ese momento en la consulta, sino en la misión que tenían por delante.

– No hago más que dar vueltas a lo que le voy a contar al perfumista, pero más allá de la nota de lavanda, de la que ya te he hablado, ¿qué más le puedo decir? Describir una fragancia no es lo mismo que describir una cara. Me faltan las palabras, ¿sabes? Como si tuviera que describir el color rosa a una persona ciega.

– O el sonido del violín a una persona sorda -remató el policía-. No pienses en eso ahora -continuó-. Él es el experto y encontrará algún camino para que puedas «verbalizar el olor». Mucho más grave es la cuestión de qué hacía el asesino oculto tras la tercera hilera de butacas.

– ¿A qué te refieres?

Perdomo extrajo su libreta de interrogatorios, en la que durante el vuelo había dibujado un esquema del lugar del crimen.

– Esto es un croquis de la Sala del Coro donde asesinaron a Ane. Perdóname, nunca he sabido dibujar.

– Tú detectaste el olor entre la tercera y la cuarta hilera de las butacas destinadas a los espectadores, que es donde se ocultó el asesino, ¿no es así?

– Sí, en efecto.

– El criminal sabía por cuál de las cuatro puertas entraría su víctima, porque era la más cercana al camerino de Ane. Si quería sorprenderla para saltar sobre ella en cuanto entrase, ¿por qué se ocultó ahí? ¿No hubiera sido más lógico esconderse detrás de la puerta o tras la grada de los cantantes? Para llegar hasta ella desde el lugar que había elegido como escondite tenía que descender un tramo de empinada escalera (te recuerdo que ambos estuvimos a punto de tropezar aquella noche en el Auditorio) y rodear la tarima en la que estaba el piano. ¿Para qué molestarse tanto?

– Ya veo lo que quieres decir.

– Por otro lado, estoy convencido de que si el asesino…

– O asesina -apostilló Milagros.

– O asesina. Si logró que Ane acudiera a la Sala del Coro es porque la conocía. Pero entonces ¿por qué esconderse de ella?

– No entiendo. ¿Adónde quieres ir a parar?

Durante unos momentos, Perdomo dudó de si debía compartir tanta información con aquella mujer. Pero ya era demasiado tarde para retroceder, así que le confesó su más íntima sospecha.

– ¿Y si el asesino no se ocultó de su víctima?

– ¿Pues de quién si no?

– De la persona que estuvo a punto de sorprenderle en el acto mismo de estrangular a Ane: Claudio Agostini. Fue él quien descubrió el cuerpo, ¡y lo hizo tan pronto que el asesino o asesina estaba todavía dentro de la sala!

– ¡Pero eso que dices es aterrador!

– Y que lo digas. Si Agostini no lo hizo, cosa de la que únicamente podremos estar seguros cuando identifiques la colonia, sólo puede haber otra explicación, y es la siguiente: el criminal mató a Ane, la dejó sobre el piano, escribió con sangre la palabra Iblis sobre su pecho y comenzó a subir la escalera para huir por una de las puertas superiores. En ese momento escuchó a alguien entrar en la sala y lo único que alcanzó a hacer es ponerse cuerpo a tierra entre las butacas, para ocultarse.

– Si esa teoría es cierta, Agostini pudo estar a un tris de morir también asesinado aquella noche. Y también explicaría el altísimo nivel de estrés del criminal, que ha hecho que yo pueda haber captado su presencia días más tarde.

Pero Perdomo ya no le estaba prestando atención, porque había visto, a través del cristal que separaba el control de policía de la salida, que Rafael Orozco en persona había ido a recogerles.

42

El perfumista conducía un Rover P6 3500 de cambio automático, el mismo modelo en el que había perdido la vida la princesa Grace de Mónaco, en 1982. Orozco les explicó que era bastante supersticioso, y que había removido Roma con Santiago hasta encontrar ese vehículo -que había pintado incluso del mismo color dorado- en el convencimiento de que, por cálculo de probabilidades, era imposible que el mismo coche sufriera un accidente en el mismo tramo de carretera en el que había tenido el accidente la famosa actriz.

– El lugar por el que despeñó está sólo a veinte kilómetros. Si quieren, puedo mostrárselo -dijo Orozco como si estuviera hablando de ir a visitar un belvedere.

Tanto la médium como el policía hicieron saber al perfumista que iban justos de tiempo. Se podían quedar en Grasse tan sólo veinticuatro horas y debían aprovechar al máximo el poco tiempo del que disponían.

– Hoy almuerzan en mi casa Villa Eurídice, y a primera hora de la tarde les llevo a visitar el Museo Internacional de la Perfumería, donde fui guía. Después de la puesta de sol, que es cuando se despierta mi sentido del olfato, nos encargaremos de identificar esa misteriosa fragancia.

Por la manera que conducía el cordobés, sus dos invitados llegaron a la conclusión de que su más íntimo deseo era repetir, y no evitar, el accidente de la célebre princesa. Pero como el hombre no paraba de hablar, no resultaba fácil implorarle que moderara su velocidad.

– Llevo treinta y cinco años siendo el número uno de la perfumería mundial, por eso me llaman «El Alquimista». Nadie me cuestiona ni puede ya hacerme sombra. Hay gente muy buena, entiéndame, pero son de otra generación. Yo aprendí por las malas (la letra con sangre entra) y en mi juventud tuve que memorizar más de tres mil olores, sin saber siquiera si de verdad podía llegar a triunfar en este oficio.

Orozco les insistió para que se quedaran hasta el lunes, pues quería presentarles a George Clooney, con el que estaba empezando a diseñar una fragancia.

Cuando ya pensaban que iba a ser inevitable que tuvieran un accidente, Orozco dio un brusco frenazo y se detuvo frente a la verja de su suntuosa villa, en cuyo jardín reinaba majestuoso un olivo de más de quince metros de altura.

La pareja de investigadores se extrañó de no detectar apenas servidumbre pululando por la villa, a pesar de que era de notables dimensiones. Los aperitivos, por ejemplo, les fueron servidos por Orozco en persona, que preparó con mano magistral los gimlet y dry martini que le solicitaron sus invitados y se encargó de llevárselos hasta el posavasos; el jardín era, según palabras de su propietario, «para vagos», de esos en los que las plantas tienen que hacer la mayor parte del trabajo por sí mismas, incluido defenderse de plagas y enfermedades: un patio con jardineras y macetas, una pradera de césped con arbustos y flores de temporada y poco más.

– Me gusta la soledad -les explicó-. No tengo apenas criados, ni perro, ni hijos. Amigos, los cuatro imprescindibles, y después de mi último divorcio, he renunciado a volver a casarme.

Orozco les habló con pelos y señales del conflicto que había servido de detonante a su última crisis conyugal, pues ya se había divorciado en dos ocasiones. Lily, su mujer, había descubierto en Villefranche, en las afueras de Niza, la casa de sus sueños. Había pertenecido al rey de Bélgica, y llegó a ser un hospital para víctimas de la Primera Guerra Mundial. Pedían por ella trescientos millones de euros.

Perdomo y Ordóñez se miraron estupefactos al escuchar la cantidad.

– Mi esposa era hija de un magnate libanés, todo el dinero que tenía le venía por herencia. Al día siguiente de entregar ella la paga y señal, la acompañé a ver la casa y ¿quieren creer que no pude pasar de la puerta de entrada? A causa del olor, naturalmente, que me resultaba insoportable. Supe en el acto que jamás seríamos capaces de ventilar la mansión en grado suficiente para hacerlo desaparecer. Era un pestazo a ambientador eléctrico con perfume de mandarina que me resultaba vomitivo. Entre una casa de trescientos millones y un marido con problemas de erección, Lily escogió la casa, como haría cualquier mujer sensata.

Tras una deliciosa comida en el porche, en la que degustaron, entre otras exquisiteces, los afamados buñuelos de flor de calabacín, Orozco quiso llevarlos a dar un paseo por los alrededores, para mostrarles los highlights de la zona, incluida la casa en la que había fallecido la cantante Edith Piaf.

Aunque Perdomo renunció al tour nicense, no pudo por menos que recordar que el amante de Piaf había perdido la vida en el mismo avión que Ginette Neveu, la última propietaria, según Lupot, del violín del diablo.

El viaje hasta Grasse, situada a sólo treinta kilómetros de distancia, fue bastante más apacible que el trayecto hasta la casa de Orozco. Probablemente aletargado por el proceso digestivo, el perfumista condujo a una velocidad sensata y los acercó hasta la puerta misma de su hotel, para que pudieran registrarse y dejar los equipajes.

Tras ese breve trámite, que no les ocupó más de diez minutos, el cordobés los llevó al Museo Internacional de la Perfumería, para una visita guiada que hizo comprender a Perdomo lo difícil que le iba a resultar, incluso a un experto como Orozco, identificar el aroma del asesino.

El museo constaba de tres plantas. En la primera pudieron contemplar los diversos utensilios empleados para la creación y conservación de un perfume, desde la época de los faraones. Ordóñez encontró especialmente inquietantes unos braseros de bronce empleados por los chinos de la dinastía Shang para quemar sustancias aromáticas durante los sacrificios humanos en honor a sus dioses. Cuando Orozco les informó de que las víctimas en aquellas ceremonias solían ser bebés, Perdomo se estremeció al recordar el siniestro valle de Hinnon en el que Ane Larrazábal había encontrado la cabeza del diablo.

En el segundo piso, El Alquimista se recreó explicándoles las distintas fases de la creación de un perfume, desde la elección de las materias primas hasta la campaña de marketing, con la que cada firma hace su apuesta de comercialización. Allí expuestos estaban los aromas más célebres de la historia: el agua de colonia alemana 4711; el perfume Shalimar, creado por Guerlain en 1925 inspirándose en la historia de amor entre el emperador Sha Jahan de la dinastía mogol y su esposa Mumtaz Mahal, en cuya memoria hizo levantar el emperador el Taj Mahal; y por supuesto el legendario Chanel n.° 5, que desde su creación en 1921 había cambiado de envase en no menos de seis ocasiones. Aunque Orozco les aseguró que uno de los envases era el que se encontró en la alcoba de Marilyn Monroe el día de su suicidio, Perdomo se mostró escéptico y lo consideró un simple reclamo publicitario.

– Y ahora -dijo muy ufano Orozco- les mostraré el jardín-invernadero de la tercera planta, que es donde yo, a mis dieciocho años, robaba las sustancias con las que empecé a hacer mis primeros experimentos de perfumería.

Perdomo consultó el reloj, vio que eran casi las ocho de la tarde y recordó al cordobés que su avión despegaba a la mañana siguiente. Un poco contrariado por no poder rematar la visita, su guía les ahorró la media hora que pensaba dedicar a la planta superior y los condujo hasta su estudio taller, situado a pocos metros de la place du Cours, donde se hallaba el museo.

43

Nada más salir a la calle, el policía notó que Orozco, que se había mantenido en un estado de gran jovialidad a lo largo del día, adoptaba un semblante más sombrío y taciturno.

– ¿Hay algún problema? -le preguntó Perdomo cuando entraron en el estudio.

Antes de responder, el cordobés encendió un cigarrillo y comentó, a modo de justificación, que casi todos los perfumistas fumaban. Les explicó que después de llevar mucho rato oliendo, como había ocurrido en el museo, su olfato se saturaba y necesitaba volver a lo que él llamaba el «olor cero». Eso se podía conseguir con el tabaco, y luego bastaba con lavarse la nariz con agua mineral.

– Hay un problema, en efecto -dijo por fin dirigiéndose al policía-. Usted me dijo cuando hablamos por teléfono que está investigando un homicidio y que la identificación del olor puede ser crucial para la detención del asesino.

– Eso es.

– Pero no me ha querido revelar ni quién es el sospechoso ni quién es la víctima.

– ¿Y eso qué puede importarle? Sólo le he pedido que nos ayude a identificar una colonia.

– Pues sí que me importa. Imagínese que tengo éxito y que identifico esa fragancia. Usted atrapa a su criminal y éste llega a enterarse de que la prueba para atraparle se la suministré yo.

– Señor Orozco, yo le garantizo que…

– Tal vez usted sí pueda -interrumpió el otro con vehemencia- porque es un servidor público y está obligado por un código deontológico y un juramento. Pero ¿y ella? ¿Qué sé yo de esta mujer? ¿Quién me garantiza a mí que, por afán de protagonismo, o de lucro, o de ambas cosas a la vez, no vaya dentro de unos meses con el cuento a la prensa o a la televisión, y yo me encuentre, sin comerlo ni beberlo, en el punto de mira de un peligroso asesino?

Perdomo y Ordóñez intercambiaron una mirada de impotencia, pues se dieron cuenta de que el razonamiento del perfumista era difícil de rebatir. El hombre parecía muy asustado, y se había convertido en otra persona, muy lejos del cordobés franco y lenguaraz con el que habían almorzado al mediodía.

– Si no está dispuesto a colaborar con la policía, ¿por qué no me lo dijo la primera vez que hablamos? Y nos hubiéramos ahorrado el viaje.

– Yo no me he negado a colaborar… aún. Le estoy diciendo, simplemente, que dado que mi vida podría estar en juego, me gustaría disponer de más información.

El policía guardó silencio. Por un lado, estaba convencido de que, si alguien podía identificar el olor que Mila había percibido, era el hombre que tenía enfrente; pero por otro, temía que si contaba los detalles del caso a Orozco, fuera él quien cometiera una indiscreción, cuyas consecuencias podrían ser nefastas para la investigación del crimen y para su hasta entonces brillante historial en la policía. Perdomo sabía lo mucho que podía llegar a ensañarse la prensa amarilla con un caso como aquel e incluso imaginó los titulares del día: LA POLICÍA ESPAÑOLA RECURRE A UNA VIDENTE AFICIONADA PARA IDENTIFICAR AL ESTRANGULADOR DEL AUDITORIO.

Por ello, Perdomo trató de resistirse como gato panza arriba a las pretensiones del perfumista.

– Señor Orozco, si atrapamos al asesino gracias a usted, le caerán no menos de veinte años. ¿De qué se preocupa?

– ¿Veinte años? En el supuesto de que los cumpliera íntegramente, pienso estar aún vivo dentro de veinte años. ¿Qué edad se figuran ustedes que tengo? ¡Aún estoy en la cincuentena! Pero es que además -siguió argumentando- ningún criminal cumple ahora su condena íntegramente ¡y mucho menos en España! Alcanzar el tercer grado penitenciario por buena conducta cada vez es más frecuente. ¿O es que se creen que no leo la prensa de mi país?

– Eso es cierto -concedió el policía, que había visto cómo en los últimos años habían salido con facilidad a la calle algunos delincuentes a los que había tardado años en atrapar. Perdomo estaba a punto de ceder, pero se apuntó a un asalto más.

– Parece estar muy seguro de poder identificar el olor. ¿Y si le proporciono los detalles del caso y luego no logra ayudarnos?

– Le propongo un pacto, inspector. Si doy con la fragancia, usted se compromete a suministrarme todos los detalles del crimen. Es la única manera de que yo sepa de quién me tengo que defender.

Perdomo simuló que evaluaba la propuesta durante unos segundos, pero en realidad ya había tomado la decisión hacía rato.

– Trato hecho -dijo tendiéndole la mano-. Pero me tiene que dar su palabra de que no divulgará, ni en público ni en privado, la información que yo pueda suministrarle.

Orozco se obligó a mantener el sigilo y luego condujo a la pareja al sanctasanctórum de cualquier perfumista, una mesa o pupitre denominado órgano -por analogía con el instrumento musical- donde se hallaban ordenados y escalonados cientos de pequeños frascos con diferentes esencias o «notas olfativas».

Como si se dispusiera a crear un nuevo perfume, Orozco se proveyó de un bloc de notas, un lápiz y unas mouilletes o tornasoles para impregnarlos en las distintas sustancias que tenía ante sí: productos florales, animales y sintéticos, unos líquidos y otros en polvo, algunos con varios años de antigüedad, otros recién adquiridos. En el centro de la mesa había una balanza de precisión para establecer las dosis exactas de cada materia prima.

Instalado en su sillón de trabajo, frente al órgano, Orozco transmitía un aire de seguridad y confianza en sí mismo comparable al de un comandante de aviación sentado a los mandos de un Jumbo 747.

– Descríbame cómo es ese olor -le dijo a Mila, sin siquiera dirigirle la mirada.

– Huele a lavanda -respondió ésta con un temblor en la voz, como si fuera una opositora frente a un tribunal de cinco catedráticos.

– Ésa debe de ser sin duda la nota de salida del perfume -afirmó El Alquimista-. Por eso es lo que a usted más le ha llamado la atención. Verán, una colonia o un perfume está formado por varias sustancias o notas que nosotros subdividimos en tres grandes grupos, en función de la volatilidad de las materias primas que lo componen. Las de salida tienen un tiempo de evaporación muy corto, son poco tenaces, pero son las que te golpean nada más abrir el frasco.

Mila recordó cómo le había comenzado a brotar sangre de la nariz en cuanto percibió extrasensorialmente el olor, pero no interrumpió al experto.

– La lavanda es una de esas notas de salida, pero hay más: limón, naranja, bergamota, etc. Luego están las notas de cuerpo, que son un poco más estables, y finalmente las de fondo, que podríamos comparar al «post gusto» de un buen vino. Permanecen en la piel durante horas, o incluso días enteros, y proporcionan al perfume su redondez, su armonía de conjunto. ¿Qué más me puede decir de esa fragancia?

La médium miró a Perdomo como pidiendo ayuda y Orozco captó cuál era el problema.

– Tiene el olor en la cabeza pero no es capaz de desestructurarlo en sus componentes esenciales, ¿no es eso? Pas de problème, madame Ordóñez,para eso estoy yo aquí. Sabiendo que la nota principal de salida es lavanda, hemos eliminado cientos de posibilidades. Ahora vamos a tratar de establecer las notas de cuerpo y de fondo. Dígame si esta sustancia está en el perfume.

Mila extendió la muñeca para que el perfumista vaporizara el producto sobre ella, pero el hombre negó con la cabeza:

– Lo tiene que oler directamente del tornasol, si no, los elementos químicos que hay en su piel interactúan con las sustancias y la modifican.

Durante horas, y por el procedimiento de ensayo y error, el perfumista y la médium fueron eliminando familias enteras de olores y sus correspondientes subespecies, mientras Perdomo entraba y salía cada cierto tiempo del estudio para despejarse la cabeza. Si le maravillaba la destreza de Orozco manejando los tubos de su órgano, también le pareció asombrosa la rotundidad con la que Mila negaba o asentía con la cabeza, en función de la tirilla de papel que el otro le acercaba a la nariz. La mujer no le había mentido cuando afirmó que tenía el olor firmemente arraigado en la memoria.

Sobre las tres de la mañana, Perdomo empezó a sentir que se le cerraban los párpados, y a las cinco y cuarto, cuando estaba comenzando a amanecer, le despertó la médium con una ligera sacudida para anunciarle que el perfumista había identificado la colonia.

– Es una colonia alemana que fabrican en Wiesbaden -afirmó muy orgulloso El Alquimista-. Notas de salida: lavanda de los Alpes, limón, mandarina, bergamota de Messina y albahaca de los Comores. Notas de cuerpo: geranio y lirios del valle. Notas de fondo: vetiver de Haití, sándalo de la India, ámbar, almizcle y musgo de roble. Su nombre es Hartmann. ¿Quiere saber cómo huele?

Orozco tenía en una mano un vial con una pequeña concentración del producto, que había logrado elaborar en su órgano, y en la otra una tirilla de papel tornasol, cuya punta humedeció en el frasquito y acercó a la nariz del inspector. Éste se estremeció al aspirar la fragancia, que olía, tal como había adelantado Mila, a lavanda, y no pudo evitar pensar que aquella colonia era lo último que había respirado Ane antes de morir.

A preguntas del policía, el perfumista le aclaró que se trataba de una colonia muy poco conocida y difícil de conseguir, por lo que se podía convertir en un elemento fundamental para identificar al sospechoso.

– Yo he cumplido mi parte del trato, inspector Perdomo -señaló Orozco-. Ahora dígame a quién estamos buscando.

El policía le puso en antecedentes, le informó de que varias personas tenían motivos para matar a Ane Larrazábal pero que aún no había nadie imputado, y obvió lo más importante: cómo había llegado el olor a la memoria de Mila. Pero el cordobés no estaba dispuesto a aceptar una versión descafeinada de los hechos y asaeteó a preguntas al policía hasta arrancarle la verdad. Al mencionar que Ordóñez había detectado el olor del presunto asesino por medios extrasensoriales, la reacción de Orozco no fue de burla, ni siquiera de velado escepticismo; por el contrario, se mostró enormemente interesado por el relato de la médium y aportó su propia experiencia:

– De puertas afuera, todo el mundo niega que existan este tipo de percepciones, porque lo más normal es que si hablas de ellas en público te tomen por un enajenado mental y te conviertas en objeto de mofa. Pero ¿saben qué les digo? Las personas que hemos vivido experiencias extrasensoriales no necesitamos que nadie venga a demostrarnos nada. Cuando falleció mi hermano pequeño en accidente de automóvil, de esto hace justo seis años, él se hallaba de vacaciones en México y yo me encontraba en mi casa de Niza. Pues bien, a la misma hora en que ocurrió el accidente, las cinco de la tarde, hora de allí y medianoche en Europa, yo me desperté gritando de pánico y tuve que acudir a urgencias porque me encontraba en estado de shock. ¿Qué otra explicación puede haber a este fenómeno si no es la de que, por algún medio que se nos escapa, yo percibí la muerte de mi único hermano en el instante mismo en que se estaba produciendo?

Mila y Perdomo se alegraron de haber encontrado a una persona tan competente y confiable como Orozco y lamentaron no poder quedarse en Niza al menos otras veinticuatro horas para poder celebrar con él la identificación de la colonia. El cordobés insistió en acompañarles hasta el hotel y les prometió que iría a recogerles por la tarde para llevarles hasta el aeropuerto.

– Les llevaré un regalo sorpresa, como despedida -dijo guiñándoles un ojo.

Después de comer, Orozco cumplió su palabra y los montó en su Rover para llevarlos hasta el aeropuerto de Niza. La sorpresa era, como no podía ser de otra manera, un frasco de colonia Hartmann de 150 mililitros que el perfumista había comprado en el establecimiento más renombrado de Grasse. Al policía le impresionó que el envase fuera de color rojo oscuro, como la sangre que había empleado como tinta el asesino. Perdomo hizo un simulacro de querer abonarle el envase, pero, tal como había temido, Orozco no quiso ni oír hablar del asunto.

Como iban sobrados de tiempo, el perfumista, que no podía olvidar que había sido guía en su juventud, insistió en mostrarles -«no tienen ni que bajarse del coche»- algunos edificios célebres de la ciudad. Tras enseñarles el hotel Negresco y el Museo Matisse, su anfitrión les señaló la casa donde había fallecido -«al parecer endemoniado y sin haber recibido la extremaunción»- el gran violinista Niccolò Paganini.

– ¡Pare! ¡Pare aquí mismo! -se oyó gritar a Mila desde el asiento posterior del Rover.

Perdomo la miró: estaba lívida. La mujer salió atropelladamente del vehículo y sólo acertó a decir:

– ¡La casa! ¡Ésta es la casa donde, cuando era pequeña, estuve a punto de morir!

44

La tarde del miércoles 27 de mayo de 1840, el hijo de Niccolò Paganini, Achille Ciro, se presentó en el palacio episcopal de Niza para solicitar de monseñor Galvani que acudiera a su casa para confesar a su padre y suministrarle la extremaunción, ya que, según el médico que le atendía, la muerte podría sobrevenirle en cuestión de horas. Galvani, que sentía verdadera aversión por el músico, tanto moral como puramente física, se las arregló para no descomponer el gesto durante la breve entrevista con Achille y con una sonrisa beatífica le prometió que acudiría lo antes posible.

– ¿Ha solicitado tu padre la confesión o vienes en nombre propio, hijo mío? -preguntó el obispo justo en el momento en que el hijo de Paganini se había arrodillado para besarle el anillo.

– Aunque está muy débil y ha perdido la facultad de hablar, se las arregla para comunicarse con nosotros mediante un pizarrín, ilustrísima -le explicó Achille-. Mediante este sistema me ha solicitado que vayáis a visitarle y le permitáis morir en paz.

La vida en Niza, que por entonces formaba parte del reino de Cerdeña, había sido, durante años, apacible y tranquila para monseñor Galvani y su mano derecha en el obispado, el canónigo Caffarelli, hasta la llegada, en noviembre de 1839, del internacionalmente famoso Paganini. El artista se había instalado en la ciudad en parte por la errónea creencia de que el maravilloso clima de la Costa Azul podía proporcionar algún alivio a sus numerosas dolencias y en parte porque las cosas en Francia se habían puesto extraordinariamente difíciles para él, tras el fracaso del llamado Casino Paganini, un garito parisiense, a medio camino entre una sala de conciertos y un local de apuestas, que había quebrado meses atrás.

Paganini, que ya se encontraba extraordinariamente débil a su llegada a Niza, no había ocasionado problema alguno a la autoridades -entre otras cosas porque incluso hablar le costaba un esfuerzo considerable-, pero su fama de mujeriego, jugador y pendenciero le precedía, y por eso Galvani y su ayudante habían vivido, desde su llegada a Niza, en un perpetuo estado de tensión, como si temieran que de un momento a otro aquel ser mefistofélico pudiera recobrar sus energías de antaño y sumir a la pacífica localidad en una especie de caos demoníaco.

Se rumoreaba, no sin fundamento, que Paganini, ya totalmente incapacitado para subirse a un escenario, se había convertido en una especie de traficante de instrumentos musicales, aunque nadie había podido establecer con certeza hasta qué punto lo hacía con mercancía adulterada -las falsificaciones de Stradivarius y Guarneri eran muy frecuentes y rentables e aquella época- o con instrumentos auténticos, perteneciente a su fabulosa colección.

En cuanto Achille abandonó el despacho del obispo, éste hizosonar la campanilla con la que solía llamar a Caffarelli, parahumillarle como si se tratase de un vulgar criado; el canónigo hizo acto de presencia como si fuera un genio saliendo de la lámpara.

– Prepárate -le ordenó el obispo- porque tienes una extremaunción en la ciudad esta misma tarde. Llévate a Paolo, para que te ayude con todo lo necesario.

Paolo no era otro que el sobrino de Galvani y seguía ejerciendo de monaguillo en la diócesis de Niza a una edad a la que muchos jóvenes abandonaban el seminario, convertidos ya en sacerdotes. Era un muchacho de mirada torva y algo estrábica, con un inquietante bozo en el labio superior, tan corpulento y atlético como mal estudiante, al que se permitía ejercer de monaguillo en razón de su parentesco con el obispo y también porque, debido a su formidable estatura, ejercía funciones de guardaespaldas cuando al señor obispo se le requería en barrios poco recomendables de la ciudad.

La casa de Paganini estaba en un alto, que dominaba el Paseo de los Ingleses, así llamado desde que, allá por 1763, un puñado de acaudalados ciudadanos británicos, encabezados por el escritor escocés Tobias Smollett, se alejó de las brumas y los inviernos londinenses para instalarse en la siempre soleada bahía des Anges.

La zona era particularmente peligrosa, el sol se estaba poniendo ya en la ciudad y la luna se encontraba en cuarto menguante, por lo que el siempre prudente Caffarelli consideró imprescindible la compañía del talludo monaguillo. Aun así, la sola idea de tener que atender a un hombre aquejado de sífilis y del que se rumoreaba que tenía un pacto con el demonio se le hacía tan cuesta arriba que el canónigo trató de resistirse como gato panza arriba al encargo del obispo.

– Ilustrísima, il signor Paganini está en posesión de la Espuela de Oro, que le fue concedida por Su Santidad en 1827. ¿No debería tener la deferencia de ir usted mismo a suministrarle los santos óleos?

Caffarelli estaba jugando con ventaja, pues había escuchado, oculto tras una puerta, la conversación entre Achille Paganini y Galvani, y sabía por tanto que el violinista había solicitado expresamente ser confesado por el obispo. Pero como no podía revelar que había estado espiando, decidió insistir con la Espuela de Oro, la segunda condecoración más importante que podía conceder el Papa, tras la Orden de Cristo, y que se otorgaba a aquellas personas que se hubiesen distinguido en la labor de difundir la fe católica o de ensalzar a la Iglesia, tanto por medio de la espada como de las artes. Nadie se explicaba cómo un hombre que había engendrado a su hijo fuera del matrimonio -a Achille, fruto de sus amoríos con la cantante Antonia Bianchi, no lo había reconocido hasta muchos años después- podía haberse hecho digno de la Espuela de Oro, aunque era cierto que en su juventud Paganini había ofrecido centenares de conciertos en iglesias de toda Italia.

Galvani, que era un verdadero maestro en el arte de la simulación, decidió no exteriorizar la irritación que le habían producido las palabras de Caffarelli:

– Hijo mío, Paganini sólo puede expresarse ya mediante garabatos en una pizarra y de sobra sabes que mi vista se ha deteriorado mucho últimamente. No puedo correr el riesgo de presentarme ante un moribundo y no poder llegar a leer su confesión. Por eso te honro con este encargo, del que deberías sentirte orgulloso, pues como has dicho, vas a confesar a un caballero condecorado por nuestro Santo Padre.

Caffarelli comprendió que estaba vencido; no pudo evitar un gesto de estremecimiento al recordar las espeluznantes manos de Paganini, que estiradas llegaban a medir cuarenta y cinco centímetros y se asemejaban tanto a gigantescas arañas blancuzcas que la enfermedad que lo cansaba había sido bautizada como aracnodactilia. Se horrorizó al pensar que en breve tendría que entrar en contacto con aquellas manos, deformadas por las llagas causadas por la sífilis, haciéndole tres veces la señal de la cruz en la frente y en cada una de las manos del enfermo, mientras repetía la fórmula que se ha venido empleando durante siglos: «Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén».

Pero comoquiera que el canónigo comenzaba ya a sentir la mirada imperativa del obispo taladrando la suya, conminándole de forma silenciosa a cumplir cuanto antes aquel terrible encargo, Caffarelli decidió ponerse en marcha de inmediato, acompañado por el tenebroso Paolo.

Nada más dejar tras de sí la imponente puerta del palacio episcopal, que se cerró de forma estrepitosa a sus espaldas, el canónigo empezó a rogar a Dios que al llegar a casa del músico, éste hubiera pasado ya a mejor vida.

45

Las sombras habían descendido ya sobre la bahía de Niza, llamada «des Anges» no por los ángeles celestiales, sino porque sus aguas estaban infestadas de peces ángel, anges en el idioma de Niza, una curiosa variedad de escualo más parecida a la raya que a los tradicionales tiburones. La luna menguante apenas permitía a Caffarelli atisbar a lo lejos las velas de los barcos amarrados en el puerto de Niza, que parecían inquietantes fantasmas marinos suspendidos sobre las cálidas aguas de la Riviera.

El canónigo y su ayudante no intercambiaron palabra alguna durante el trayecto, aunque Paolo recibió una severa mirada de reprobación cuando se detuvo, durante breves segundos, para admirar los turgentes senos de una ramera que le había lanzado un par de requiebros al pasar ante ella.

La casa de Paganini no era ostentosa y la puerta no tenía siquiera llamador, lo que recordó a Caffarelli que el músico no estaba atravesando su mejor momento económico. Si de verdad el violinista se había embarcado en la compraventa de instrumentos musicales, el negocio no le estaba reportando aún los dividendos esperados.

Tras dos vigorosos golpes en la puerta, propinados por el fornido monaguillo, fueron invitados a pasar al interior de la casa por una mujer ya entrada en años, que debía de ser el ama de llaves, por más que Caffarelli no entendió una sola palabra de las que empleó para darles la bienvenida, ya que la anciana hablaba el nizardo más cerrado que el canónigo hubiera escuchado en su vida.

– Caga acelgas -susurró el ceñudo Paolo al oído de Caffarelli, cuando oyó expresarse a la buena mujer.

Al oír este insulto, con el que los no nativos suelen denigrar a los nizardos, ya que el plato más famoso de su cocina es la tortilla de acelga, Caffarelli se llevó un dedo a la boca para ordenar al monaguillo que permaneciese callado.

Cuando iniciaron la penosa ascensión de la escalera que conducía al piso superior, en el que yacía el moribundo Paganini -penosa por la lentitud exasperante con la que el ama de llaves se iba encaramando a cada escalón-, Caffarelli sintió una náusea repentina, provocada por la atmósfera hedionda que se respiraba en la casa. No era ni siquiera el olor de la muerte, que el canónigo conocía de sobra, sino algo aún más terrorífico para aquellos susceptibles de contagiarse, que es el hedor de la enfermedad. El malestar le hizo llevarse un pañuelo a la cara para tratar de filtrar aquel aire emponzoñado y aún hubiera sido mayor de haber conocido entonces algunos detalles de la vida de Paganini de los que tuvo noticia.

Tras casi un minuto de cachazuda ascensión hasta el piso superior, Caffarelli y el monaguillo llegaron por fin a un largo pasillo, al fondo del cual divisaron la habitación del desahuciado, cuya puerta se encontraba entreabierta. Antes de que pudieran acceder a ella, apareció la figura nerviosa, casi eléctrica, de Achille, que sin duda había podido escuchar cómo se acercaba la comitiva, pues aquel suelo de madera crujía como el casco de un viejo galeón.

– Pax huic domui. Et omnibus habitantibus in ea -le saludó el eclesiástico.

Pero el hijo de Paganini, al no ver al obispo, ni siquiera respondió al saludo y se puso inmediatamente de mal humor.

– Su Ilustrísima está casi ciego -se disculpó el canónigo-, y como antes de suministrar la extremaunción al enfermo hay que confesarle por escrito…

Siguió una tirante conversación, en el umbral mismo de la alcoba del moribundo, durante la cual Achille llegó a exigir que el monaguillo regresara de inmediato al palacio episcopal para decir a Galvani que su padre solamente se confesaría con él.

– Si el obispo no puede leer, ya se las arreglará mi padre para hacerse escuchar en confesión. ¡Pero un caballero de la Espuela de Oro no puede morir ungido por un simple canónigo!

«¿Un simple canónigo? -pensó Caffarelli-. ¿Acaso este exaltado ignora que soy doctor en derecho canónico y que, a todos los efectos, se me considera la mano derecha del obispo y su asesor jurídico?» Pero no dijo nada para no empeorar las cosas.

En tono desabrido, aunque algo más contenido, Achille les explicó que la afección de garganta de su padre -un cáncer de laringe- no le había impedido en otra ocasión decisiva comunicarse, a través de él, con el gran Hector Berlioz, al que había ido a ver dirigir en París la obra Harold en Italia.

Caffarelli escuchó con atención el relato de aquel histórico encuentro entre los dos genios, y luego, empleando el tono más diplomático posible, para no enojar aún más a su interlocutor, le aclaró que una confesión no podía llevarse a cabo de esa manera, pues se trataba de un diálogo privado entre el creyente y el sacerdote.

De mala gana, el hijo de Paganini se dio por vencido y permitió al eclesiástico y a su ayudante que se adentraran a la alcoba, donde yacía el legendario violinista.

Los aposentos de Paganini eran gigantescos; Caffarelli calculó que debían de ocupar al menos media planta de la vivienda. Las paredes estaban llenas de carteles de los conciertos más importantes que había dado el virtuoso hasta su retirada forzosa por enfermedad: Viena, Londres, París, Manheim, Leipzig, Berlín, Moscú. Prácticamente no había habido rincón de la vieja Europa en el que el músico no hubiera deslumbrado a los creyentes con sus composiciones endemoniadas y su dramática puesta en escena, que incluía el seccionamiento de tres de las cuatro cuerdas de su violín, para mostrar a un auditorio, ya entregado en cuerpo y alma, lo que podía hacerse con una sola.

Caffarelli era un discreto ejecutante de órgano y sintió de súbito un respeto reverente -y también una profunda envidia- al ver plasmada en imágenes la deslumbrante carrera artística de aquel genio. Además de carteles, el canónigo advirtió que en las paredes había también cuadros y numerosas caricaturas del violinista, pues sus gestos desmesurados, sus facciones acentuadas y grotescas y su figura a la par desgarbada y elegante, constituían una auténtica golosina para los artistas gráficos.

Pero en medio de todo aquel despliegue destacaba, como una piedra preciosa entre bisutería, el magnífico retrato que le había hecho el pintor Eugène Delacroix en los años treinta.

A pesar de ser un óleo relativamente pequeño para una efigie de cuerpo entero -el cuadro medía 45 por 30 centímetros-, poseía un magnetismo indiscutible, en el que la figura febril y demoníaca del virtuoso tocando su instrumento destacaba sobre un fondo neutro: como si un cañón de escenario estuviera resaltando su figura macilenta en plena actuación. Caffarelli se percató de que en el cuadro de Delacroix, a diferencia de lo que ocurría con otros retratos de Paganini, el músico no miraba al espectador con ojos demacrados y calenturientos, sino que mantenía la miraba baja, con los ojos entrecerrados, para transmitir una sensación de concentración absoluta en la música que estaba tocando en ese momento.

Con un ligero codazo, el monaguillo llamó su atención hacia otro rincón de la estancia, en el que había colgados varios instrumentos musicales, entre ellos el fantástico Stradivarius que le había regalado Pasini, un pintor de paisajes de Parma, tras una célebre apuesta. A Caffarelli no le gustó la mirada embrutecida y codiciosa con la que el monaguillo contemplaba aquellas auténticas joyas musicales, y con un enérgico gesto le ordenó que fuera desplegando toda la parafernalia de objetos religiosos que intervienen en el sacramento de la extremaunción.

La cama en la que se suponía que yacía postrado Paganini estaba vacía, o al menos eso fue lo que les pareció al canónigo y a su ayudante en un primer momento: a causa de la deshidratación y de la dificultad para ingerir alimentos, Paganini había menguado hasta el punto de que apenas hacía bulto entre las sábanas. Hasta tal extremo era indistinguible su figura en medio de aquel espacioso lecho que el canónigo llegó a preguntar a Achille:

– Hijo, ¿dónde está tu padre?

Por toda respuesta, el joven se acercó al lecho del enfermo y, retirando las sábanas hasta media cama, dejó al descubierto, enfundado en un camisón blanco en el que eran visibles pequeñas manchas de sangre reseca, un cuerpecillo exangüe que movía a compasión. Tal como había imaginado Caffarelli, la sífilis había hecho mella en el rostro y las manos del músico, que presentaba numerosas llagas en su piel, completamente ajada por la edad y los padecimientos de los últimos años.

– Ha estado tomando mercurio desde hace tiempo -les informó Achille-. Se lo recetaron para combatir la sífilis, pero es evidente que ha sido peor el remedio que la enfermedad. Mírenlo, pobre padre mío: ha perdido todos los dientes, y es a causa de ese metal maldito.

Achille fue interrumpido por un brusco acceso de tos del moribundo, que duró casi medio minuto. Después pudo continuar:

– La tos ha sido otra de las constantes en los últimos años. Para contrarrestarla le aconsejaron opio, aunque aún peor ha sido el abuso continuo de laxantes de todo tipo, a los que se hizo adicto. Decía que le servían para expulsar los venenos ocultos que tenía en el cuerpo.

– ¿Dónde está el médico? -preguntó extrañado Caffarelli, al ver a aquel pobre diablo abandonado por completo a su suerte.

– Supongo que pasándoselo en grande, en algún burdel de la ciudad -respondió el hijo consternado-. Vino a visitar a mi padre esta mañana y al no poderle sangrar porque ya no le queda ni una gota en las venas, afirmó que él ya no podía hacer nada y que llamara al obispo para ungirle con los santos óleos.

Mientras hablaban, el monaguillo había acercado a la cama de Paganini una pequeña mesa que le facilitó el ama de llaves y que cubrió con un lienzo blanco inmaculado. Sobre la mesita colocó un crucifijo, flanqueado por dos velas de cera, un platillo con agua bendita y un ramito de palma que iba a hacer las veces de hisopo. Tras encender las velas, Paolo pidió al ama de llaves que dejara también sobre la mesa un vaso con agua corriente, una cuchara y una servilleta limpia.

Caffarelli se arrodilló entonces frente a la mesita y, tras colocar sobre ella la bolsa que contenía la Sagrada Forma, se incorporó y comenzó a rociar la habitación con agua bendita. Tras la aspersión, el canónigo pronunció una breve oración, durante la cual tanto Achille como el ama de llaves fueron invitados a arrodillarse:

– Domine Deus, qui per apostolum tuum Iacobum…

El monaguillo colocó entonces sobre la mesa, además de la botellita con el santo óleo de la unción, un platillo con seis bolas de algodón absorbente con las que enjugar el aceite sagrado, y otro con una rebanada de pan cortada en cuadradillos y una rajita de limón, para que el sacerdote pudiera limpiarse los dedos tras haber administrado el sacramento.

Concluido este ceremonial, el eclesiástico hizo saber al hijo de Paganini que todo el mundo debía abandonar ya la estancia, pues había llegado el momento de oír en confesión al moribundo. Achille se acercó a su padre y, tras susurrarle algunas palabras al oído, le puso en las manos una pequeña pizarra y una tiza para que pudiera comunicarse con el sacerdote.

La puerta de la habitación se cerró a espaldas de Caffarelli con un chirrido siniestro, y el eclesiástico se quedó a solas por fin con el moribundo.

46

Al acercarse a Paganini, Caffarelli se dio cuenta de que el simple hecho de estar a una distancia en que el enfermo pudiera tocarle le causaba un profundo desasosiego, pero aún hubo otro detalle que le perturbó más y que sólo podía apreciarse a muy corta distancia: la piel de Paganini era de una textura extraordinariamente fina y parecía que tuviera abiertos todos y cada uno de los poros. Sudaba abundantemente y en cada inspiración y espiración esos poros parecían abrirse y cerrarse de una manera que Caffarelli encontró repulsiva, como millones de bocas microscópicas, ávidas de quién sabe qué mórbidas sustancias.

A pesar de que se encontraba a escasos centímetros, el músico parecía no haberse percatado aún de su presencia. Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado, el rostro vuelto hacia el lado opuesto de la cama, que era el que estaba en penumbra; las manos cruzadas sobre el pecho, como si fuera ya un difunto, sostenían la pizarra que le había entregado Achille para la confesión. Caffarelli decidió cerciorarse de que el músico estaba aún con vida por el procedimiento de zarandear ligeramente la pizarra, lo que provocó el extraordinario efecto de poner sus delgadísimas y kilométricas manos en movimiento. Era como si una araña gigantesca hubiera advertido la llegada de una presa, gracias al temblor que produce ésta en la tela, cuando forcejea para tratar de liberarse. En medio del silencio sepulcral que reinaba en la habitación, Caffarelli podía escuchar perfectamente el turbador tableteo de aquellas patas humanas moviéndose arriba y abajo por la pizarra. Aquello era más de lo que el canónigo podía soportar y decidió romper el silencio dirigiéndose a él de palabra:

– Hijo mío, tenemos que comenzar. ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste?

Las palabras del canónigo tuvieron el efecto de congelar al instante el movimiento de los dedos de Paganini que, ahora sí, daba muestras de una quietud tan absoluta que parecía haber pasado por fin a mejor vida.

Y entonces sobrevino el horror.

El músico volvió lentamente el rostro hacia Caffarelli y clavando en él la mirada, que era de una intensidad escalofriante, le dirigió una sonrisa pérfida, cruel, inaudita, transformado ahora en la encarnación misma del Mal. En décimas de segundo, su mano izquierda, huesuda pero gigantesca, se había cerrado sobre su muñeca como un grillete y el canónigo se retorció en un gesto de dolor, pues Paganini estaba triturándole literalmente los huesos, con una fuerza sobrehumana, impensable para una criatura que había parecido hasta entonces tan desvalida. Su boca, enferma y llena de llagas, empezó a proferir un sonido áspero y gutural, que a Caffarelli le pareció al principio el gruñido de una bestia, pero que luego acertó a identificar como una horrenda blasfemia en hebreo:

– Zayin al hakuss hamasrihah shel haima hamehoeretl shelha!

Al darse cuenta de que aquel desdichado estaba completamente poseído, Caffarelli, que tenía ya la muñeca rota y doblada en un ángulo inverosímil, por efecto de la tenaza que sobre él estaba ejerciendo Paganini, empezó a gritar a voz en cuello pidiendo ayuda.

En medio de aquellos alaridos, que fueron atendidos de inmediato por las personas que había en la casa, Caffarelli se dio cuenta de que su llamada de auxilio no era sólo por la agresión física, sino que se había convertido en la súplica desesperada de un hombre que está siendo arrastrado en vida al otro lado.

Paganini, en un último y sobrehumano esfuerzo, antes de expirar definitivamente, parecía estar llevándoselo con él a lo más hondo del precipicio del infierno, y él se dio cuenta de que en realidad no estaba luchando sólo por librarse de una presa corporal, sino para evitar ser arrastrado a aquella sima pavorosa.

¿Era éste el famoso pacto diabólico del que tanto se había hablado en vida del músico? ¿Había concedido Satanás a Paganini aquel extraordinario talento musical a cambio de que, además de su propia alma, el músico le entregase la de otro infeliz más? Caffarelli no recordaba la última vez que se había confesado él mismo, porque lo cierto era que detestaba el sacramento. A pesar de tener que administrarlo a los demás casi a diario, el canónigo había llegado al secreto convencimiento de que la confesión era un invento de la propia Iglesia para tener a la gente en un puño. «En la intimidad de mi alma, le diré a Dios que me arrepiento y Dios me perdonará», solía decirse a sí mismo últimamente el eclesiástico. Comprendía, por supuesto, que su resistencia a confesarse era una absoluta herejía: hasta el Santo Padre estaba obligado a pasar por semejante trance. Su insatisfacción a raíz de sus últimas confesiones se debía también al hecho indiscutible de que éstas no le habían proporcionado el alivio espiritual esperado. La paz y el gozo interiores que trae consigo la certeza absoluta de que todos los pecados han sido perdonados habían desaparecido hacía años, para dar paso a un sentimiento perpetuo de culpa por el hecho de estar llevando a cabo malas confesiones, es decir, confesiones en las que siempre omitía o maquillaba algún pecado. Tenía claro que lo que le había llevado a iniciar esa infausta cadena de confesiones tramposas era su repugnancia creciente a admitir conductas vergonzosas ante personas que, por muy facultadas que estuvieran por la Iglesia para escucharle e imponerle la penitencia correspondiente, no le merecían el menor respeto intelectual. Caffarelli sabía pues, desde hace tiempo, que estaba en pecado mortal, pero mientras su resistencia a confesarse fuera mayor que la culpa por no hacerlo, estaba dispuesto a aplazar sine díe el momento de volver, como un hijo pródigo, a abrazar el sacramento.

Ahora sin embargo estaba en brazos de un agente del demonio, que tiraba de él con una fuerza sobrehumana, para tratar de llevarlo ante el mismísimo Lucifer; y en un trance semejante, la diferencia entre encontrarse en pecado mortal o con el alma limpia como una patena era la misma que había entre la salvación o la condenación eternas.

Todos estos pensamientos cruzaron por su mente a la misma velocidad con que Paolo, Achille y el ama de llaves irrumpieron alarmados en la estancia. El monaguillo fue el primero en reaccionar, y de manera instintiva, agarró el primer objeto que encontró a mano, que fue el crucifijo de plata que había sobre la mesita, para golpear a Paganini en la cabeza y forzarlo a soltar su presa. Al ver sus intenciones, Achille lanzó el alarido más penetrante que Caffarelli hubiera escuchado jamás -al clérigo le sonó como el grito de un torturado por la Inquisición- y, cargando contra Paolo con todo su peso, logró desplazarlo lo justo para que el golpe no alcanzara su objetivo. El vigor físico de Paolo era de tal magnitud que el crucifijo quedó clavado y vibrando como un Tomahawk en una de las columnas del baldaquino que sostenía el dosel de la cama del músico. La visión de su hijo tuvo el efecto de aplacar la furia de Paganini lo suficiente para que Caffarelli pudiera soltarse de su tenaza implacable y alejarse gateando hasta una distancia en la que su agresor no pudiera volver a agarrarle.

Notó que, por efecto del dolor intensísimo que sufría en el brazo destrozado, empezaba a perder el conocimiento y que Paolo trataba de ayudarle a incorporarse. Al no conseguirlo, el fornido mozo se lo cargó sobre el hombro izquierdo, como si fuera un fardo, y salió de la habitación a toda prisa. Lo último que alcanzó a entrever Caffarelli en medio de toda aquella barahúnda, antes de perder definitivamente la consciencia, fue que el monaguillo se acercaba a la pared en la que colgaban las violas y violines de la fabulosa colección de Paganini y se apoderaba del fabuloso Stradivarius que minutos antes había estado codiciando con la mirada.

Cuando Caffarelli volvió en sí, se encontraba ya a salvo en el palacio episcopal, tendido en su propio lecho y con el antebrazo izquierdo completamente entablillado. Al no sentir dolor alguno y sí cierta sensación de euforia, dedujo que le habían administrado láudano o alguna sustancia similar, hecho que agradeció sobremanera. Frente a él estaban el doctor Guarinelli, médico personal del obispo, y Su Ilustrísima, monseñor Galvani, que le miraban con una extraña mezcla de alivio, preocupación y curiosidad.

– ¿Qué demonios ha ocurrido? -preguntó el obispo en un tono de voz que no disimulaba cierta irritación.

«Te confío una sencilla extremaunción y me organizas un escándalo público», parecía ser el subtexto de la frase de Su Ilustrísima, que no conocía otra manera de relacionarse con sus congéneres que el reproche sistemático del comportamiento ajeno.

– ¿Dónde está Paolo? -contraatacó a su vez el canónigo, que en su condición de víctima se sentía con más derecho que nadie a formular las preguntas.

Caffarelli observó inmediatamente en la cara del obispo que éste consideraba un acto de insubordinación el no haber respondido inmediatamente a su pregunta y vio que no pensaba dirigirle la palabra. Fue el médico el que, al ver que Galvani guardaba silencio, le aclaró:

– Paolo sólo nos ha dicho que hubo una violenta pelea y que tuvo que sacar a su señoría de la casa medio inconsciente. Pero lo cierto es que después de dejar a su señoría a buen recaudo, aquí en sus aposentos, y de enviar recado para que yo acudiera lo antes posible, no le hemos vuelto a ver el pelo.

Caffarelli calibró si era oportuno mencionar en ese momento la sustracción del valiosísimo violín, de la que había sido testigo justo antes de perder el conocimiento, pero algo en su interior le aconsejó no hacerlo. Primero porque, al haber tenido sólo una visión fugaz del hecho y en un estado más próximo al síncope que a la plena vigilia, le asaltaron de repente dudas de que todo hubieran sido imaginaciones suyas. Pero incluso en la eventualidad de que Paolo hubiera robado realmente el Stradivarius, tal y como él había creído ver, mencionar esta acción ante el obispo se le antojaba peligroso. «Sólo faltaría -pensó- que, después de lo que he tenido que padecer, Galvani me acuse ahora de imputar a su sobrino un delito inexistente o que me considere a mí cómplice o inductor del robo.» Así que prefirió centrar su relato en lo que había sido la salvaje agresión del aparentemente moribundo Paganini, obviando naturalmente el hecho de que había llegado a temer no sólo por su vida sino por la salvación de su alma, por no haberse confesado desde hacía mucho tiempo.

– Ese hombre está realmente poseído por el Maligno, Ilustrísima. Cuando me quedé a solas con él era poco más que un despojo humano y segundos más tarde se abalanzaba sobre mí con la fuerza de un coloso.

– ¿Pudiste administrarle la extremaunción o al menos leer su confesión?

Al informarle de que no había sido posible ni una cosa ni otra, el obispo sentenció:

– Peor para él, porque nos acaban de comunicar que el desdichado ha fallecido hace escasos minutos. El pobre diablo ha muerto en pecado mortal y no podrá ser enterrado en sagrado.

Años más tarde, a través del pintor Eugène Delacroix, con el que coincidió en Toulon, Caffarelli conoció algunos detalles de la vida de Paganini que le aliviaron su desazón ante el recuerdo del violinista.

El artista había pintado un originalísimo retrato de Paganini y le había relatado que éste no sólo era propenso a todo tipo de enfermedades sino que a veces daba la impresión de ser adicto al sufrimiento ajeno.

Delacroix había retratado al violinista en 1832, durante la terrible epidemia de cólera que había asolado París y Francia entera y que se había saldado con más de cien mil muertos. Por aquella época Caffarelli se encontraba destinado en el Piamonte, por lo que no vivió en carne propia la agonía de constatar cómo la epidemia -el primer brote surgió en la India en 1817- se iba aproximando a los franceses, lenta pero inexorablemente, año tras año. En 1830 ya había llegado a Moscú, al año siguiente asolaba Viena y Berlín, y en Londres los primeros casos surgieron a comienzos de 1832.

– En París -le había explicado el pintor- llevábamos preparándonos para la terrible plaga desde 1830: se dotó de más medios a los hospitales, se enviaron comisiones médicas a los países infectados para estudiar de cerca la enfermedad y se adoptaron estrictas medidas sanitarias en las fronteras para tratar de cerrar el paso al cólera, pero fue en vano. Pues bien, ¿quiere usted creer que en este ambiente de terror, con las calles de París infestadas de cadáveres envueltos en sacos, empapados en jugo de lima para mitigar el contagio, Paganini tuvo el cuajo de presentarse a curiosear en el hospital Pamatone llevando de la mano a su hijo Achille, que por entonces contaba con tan sólo diez años de edad?

Caffarelli siempre iba a recordar el estremecimiento que sintió al escuchar este y otros relatos de Delacroix relativos a Paganini, que revelaban una personalidad morbosa y macabra, capaz de recrearse con la contemplación de operaciones quirúrgicas -durante su estancia en Londres, había asistido a varias en el hospital St. Bartholomew- o de confiar en los charlatanes médicos de peor reputación de la época, que le recetaban pociones inverosímiles y secretas para paliar sus múltiples dolencias.

Paolo el monaguillo no volvió a ser visto con vida después de aquella noche fatídica. Su cuerpo, en avanzado estado de descomposición, fue encontrado al cabo de un par de semanas -el tiempo que habían empleado las bacterias de su organismo en producir suficientes gases como para sacarlo a flote- en las cálidas aguas de la bahía des Anges. Aunque la autopsia del cadáver fue dificultosa, debido a la putrefacción de los tejidos, el doctor Guarinelli estableció que no había indicios claros de que hubiera sido asesinado, y que la causa de la muerte no había sido el ahogamiento, sino, casi con toda certeza, una parada cardíaca. Qué podía haber provocado que el corazón de un joven tan saludable se detuviese de repente era algo que ni el médico ni el propio Caffarelli alcanzaban a imaginar. Lo único cierto era que el clérigo no volvió a tener noticia del fabuloso violín, ni éste fue reclamado nunca por Achille Paganini, su legítimo propietario. ¿Tal vez el joven prefirió silenciar el robo para no enfrentarse a un obispo cuya ayuda necesitaba desesperadamente para proporcionar a su padre cristiana sepultura?

Caffarelli no tuvo valor para contemplar el cuerpo de Paolo, el monaguillo, cuando éste fue encontrado por un pescador de la bahía, aunque el doctor Guarinelli le informó de que los peces ángel se habían cebado con el cuerpo.

Nunca podremos establecer si a Paolo lo mató el demonio -concluyó el buen doctor-, pero ¿no le parece una cruel burla del destino que el sobrino del obispo haya acabado devorado por los ángeles?

47

Perdomo tenía el convencimiento de que el olor era la clave, si no para identificar al asesino, sí al menos para descartar a posibles sospechosos. La colonia Hartmann tenía a su favor, desde un punto de vista meramente policial, que era, tal como le había revelado Orozco, una rara avis en el mundo de la perfumería. «En otras palabras -pensaba Perdomo-, si descubro, entre los posibles sospechosos, que alguno usa Hartmann, hallaré, casi con toda seguridad, a la persona que estranguló a Ane.» En contra, la colonia delatora tenía la característica de ser un producto unisex. El propio Orozco le informó de esta circunstancia antes de salir de Niza, así como de que él mismo había diseñado varios productos similares, pues tenían cada vez mayor aceptación en el mercado.

Carmen Garralde, que no disponía de coartada y que según Andrea Rescaglio había estado secretamente enamorada de Ane, no podía ser en absoluto descartada, pero tampoco Lledó, que era otra de las personas a las que Perdomo creía que podía imputárseles el crimen.

Pero ¿cómo se las iba a arreglar el policía para conseguir una orden judicial de entrada y registro a cualquiera de estos domicilios, sobre la base de un dato proporcionado por una vidente aficionada? El juez no tardaría ni cinco segundos en denegársela y además so le pondría en contra para futuras peticiones.

Otra de las preguntas que le rondaba la cabeza era: ¿debía limitarse la investigación sobre la colonia a los dos principales sospechosos o había que averiguar si, de todas las personas presentes la noche de autos en el auditorio, alguna usaba habitualmente aquel producto alemán?

Lo primero que hizo Perdomo el lunes siguiente a su encuentro con Orozco fue asegurarse de que el agua de colonia Hartmann, que ya no podía borrar de su memoria olfativa desde que el perfumista se la hizo oler en su estudio, era tan difícil de obtener en España como le había asegurado el cordobés. Para ello, se hizo elaborar en la UDEV una lista con los diez establecimientos de perfumería más importantes del país y telefoneó a todos ellos preguntando si disponían del producto. La respuesta fue la misma por parte de todos los consultados: no solamente no disponían del producto, sino que ni siquiera habían oído hablar de él.

La excitación por haber dado un paso que él creía importante en la investigación del crimen le ayudó a encontrar el valor para hacer algo que tenía pensado desde hacía tiempo: telefonear a Elena Calderón e invitarla a cenar a su casa, recordándole que se había ofrecido a echar un vistazo al violín roto de Gregorio. La instrumentista aceptó encantada y aseguró que ella se encargaría de llevar el vino. La cena no iba a servir, desde luego, para que Perdomo pudiera impresionar a la mujer con sus habilidades culinarias, que eran nulas, pero sí para comprobar cómo reaccionaba Gregorio ante la presencia en casa de una mujer que no era su madre.

– Esta noche viene Elena a cenar -le dijo a Gregorio sin darle importancia, al cruzarse con él en un pasillo-. Te acuerdas de ella, ¿verdad?

El chico se le quedó mirando con expresión zumbona y luego contestó:

– Si me das cincuenta euros, desaparezco ahora mismo de casa y no me ves el pelo hasta mañana.

– No te he pedido que te esfumes, Gregorio. Por el contrario, en la cena de esta noche quiero que estemos los tres. Bueno, los cuatro, porque Elena se ha ofrecido a echar un vistazo a tu violín. Si decide que no merece la pena repararlo, compraremos uno nuevo, y ella nos puede asesorar, porque estudió violín en el Conservatorio.

– Gracias, papá, pero en lo referente al violín, me fío más de mi profesor. Y, si no te importa, quisiera dormir esta noche en casa de los abuelos.

Gregorio hizo ademán de meterse en su cuarto para dar por terminada la conversación, pero su padre le detuvo.

– ¿Adónde vas?

– A estudiar. Tengo muchos deberes.

– Pues que esperen. Esto es más importante.

– ¿Ah, sí? Eso díselo tú mañana a la Peñalver, que nos ha puesto un examen sorpresa de literatura en el que entra desde el Arcipreste de Hita hasta Rafael Sánchez Ferlosio. ¿Has leído las Industrias y andanzas de Alfanhuí?

– Un gran libro, pero no me cambies de conversación. Vamos -le ordenó su padre, señalando con la cabeza en dirección a la salita de estar-. Sólo quiero hablar contigo cinco minutos.

El chico obedeció, pero su cara de contrariedad era un poema de tal envergadura que el padre se vio obligado a llamarle la atención.

– Quita esa expresión de carnero degollado, si quieres hablar con tu padre.

– Papá, no te rayes, que eres tú el que quieres hablar conmigo.

– Pero tú no me contestas. Y yo te he preguntado hace un momento si te acuerdas de Elena.

– Sííííí -respondió Gregorio alargando la vocal, para enfatizar cuánto le incomodaba aquella conversación.

– ¿Y qué te parece?

El chico permaneció en silencio, evitando que su mirada se encontrara con la de su padre. Su pierna derecha, que se agitaba como un perro sacudiéndose el agua al salir del baño, denotaba la tensión que sentía por dentro.

– ¿No me vas responder? -insistió su padre, insensible a la irritación que su empecinamiento estaba provocando en el muchacho.

– Papá, ¿qué quieres que te diga? Si te la quieres tirar, hazlo, pero a mí déjame en paz, ¿vale?

El chico comprendió que había ido demasiado lejos y se levantó del tresillo para regresar a su alcoba, pero Perdomo le agarró del brazo.

– ¿Qué lenguaje es ése, macho? -le preguntó en un tono más divertido que severo.

– El mío -respondió el chaval, sin atreverse a mirarle a la cara.

– Si quisiera tirármela, como dices tú, haría exactamente lo contrario, ¿no crees? Te mandaría esta noche con los abuelos y asunto zanjado.

– Vale, pues no hagas nada con ella, pero ¿por qué me tienes que utilizar a mí de excusa? ¿Una trombonista hablando de violines? No cuela, papá -saltó el chico, indignado.

– ¡Te digo que estudió violín en el Conservatorio, de segundo instrumento, cabezota! Tampoco te estoy pidiendo nada del otro mundo, ¿no? La saludas, le enseñas el violín, cenas con nosotros y luego te vas a la cama, si es lo que quieres.

– Bueno -aceptó el chaval a regañadientes-. Ya veremos.

– ¿Ya veremos? No te queda otra, Gregorio. ¡Porque lo digo yo, que soy tu padre, coño!

La última parte de la frase la escuchó el chaval desde su alcoba, adonde había ido a refugiarse del acoso paterno. Perdomo le siguió hasta su habitación e intentó en vano abrir la puerta, que tenía el pestillo echado.

– Gregorio, voy a salir a la calle. ¿Quieres venir conmigo?

Silencio.

– Tengo que ir a Ikea, a comprar la cena de esta noche. ¿Por qué no me acompañas?

Silencio.

– Compraré esas albóndigas que tanto nos gustan. Y mermelada de arándanos. Y salsa de nata. Tienes un par de horas para que se te pase el mal humor, porque Elena llega a las nueve. Espero que esta noche te comportes como un caballero y no montes el numerito, ¿de acuerdo?

Era como si al muchacho se lo hubiera tragado la tierra.

Su padre decidió dejar de presionarle y salió a la calle en busca de comida, rogando al cielo que a su anfitriona le gustaran los productos de la famosa cadena sueca tanto como a Gregorio.

Elena llegó a la cita con puntualidad británica. Perdomo había estado a punto de ponerse un traje para la ocasión, pero le pareció demasiado solemne y se conformó con un pantalón decente y su camisa preferida. Desde que había regresado a casa, no había vuelto a ver a Gregorio, que parecía seguir encerrado en su alcoba.

La trombonista llegó luciendo un vestido negro con falda tubo hasta la rodilla, medias negras, zapatos de tacón y un cárdigan de color beis de talla gigante, que llevaba sujeto con un cinturón muy ancho y jaspeado. Aquello no era un traje de cóctel, ni tampoco un vestido de noche, pero el conjunto le pareció al policía de una sensualidad abrumadora y, desde luego, de una clase muy por encima de los arenques y las albóndigas con patatas que tenía pensado ofrecerle como cena.

– ¡Bienvenida! -exclamó al abrirle la puerta-. ¿O debería decir bienvenidos? -añadió al comprobar que la chica se había traído su instrumento.

Elena le entregó la botella de vino que había comprado para la cena, le besó -¿eran impresiones suyas o el segundo beso le había rozado la comisura del labio?- y luego le aclaró con expresión traviesa:

– Me he traído el trombón porque como me dijiste que iba a estar Gregorio, he pensado que le gustaría echarle un vistazo y saber cómo funciona.

– ¡Una idea magnífica! -Y sin habérselo siquiera propuesto, empezó a mentir de forma descarada-. A Gregorio le apetecía mucho que vinieras… Incluso me ha preguntado si no conocerías tú algún dueto para violín y trombón. Trae -extendió la mano para que le entregara el trombón-, voy a poner el estuche por ahí. Y no sé si te vas a quitar eso o no -añadió, refiriéndose al cárdigan.

– Ah, no -respondió ella con su sonrisa más coqueta-, esto forma parte del modelito. Espero que te guste.

– Sí, por supuesto. -Y estuvo a punto de añadir: «Con ese maquillaje, me gustaría cualquier cosa que llevaras puesta esta noche». Pero se había hecho el firme propósito de no ponerse demasiado zalamero, para no violentar a su hijo. Ese «espero que te guste», se dijo, era toda una declaración de intenciones, pues implicaba que para ella era importante parecer atractiva a sus ojos.

La trombonista le pidió un gin-tonic poco cargado y el inspector se preparó otro igual, acompañado por unas patatas fritas y unas aceitunas. Luego se dirigió al equipo de música y colocó un cedé del saxofonista Ben Webster en el reproductor. Elena reconoció en el acto al músico:

– ¡El Rana! -exclamó entusiasmada-. A mí también me encanta.

– ¿Cómo le has llamado?

– El Rana. A Ben Webster lo apodaban Frog por sus ojos saltones. Este tema que has puesto, «In a mellow tone», es uno de sus caballos de batalla; dicen que Duke Ellington lo escribió para él. Lo que me recuerda que le he traído un regalito a Gregorio.

La trombonista empezó a rebuscar en el bolso y Perdomo recordó que Gregorio seguía sin dar señales de vida.

– ¡Gregorio! ¡Ha llegado Elena! ¡Sal a saludarla!

Como el chico no respondió, su padre fue hasta la alcoba y llamó a la puerta, pensando que seguía encerrado. Tras insistir un par de veces y no obtener respuesta, giró el pomo y no encontró resistencia. La luz de la alcoba estaba apagada y allí no había ni rastro de su hijo.

– ¡Será cabezota! -refunfuñó entre dientes, dando por supuesto que Gregorio había decidido pernoctar en casa de sus abuelos sin pedirle permiso.

Volvió al salón y Elena se percató enseguida de que pasaba algo.

– Es mi hijo, ¡que se ha ido de casa!

– ¡Qué suerte! -dijo la chica intentando hacer un chiste-. Ahora el problema que tienen los padres con sus hijos es todo lo contrario, que no hay forma de echarlos.

Perdomo acogió con una sonrisa forzada el comentario de Elena y telefoneó a sus suegros, pero allí no sabían nada del chaval. A ésta siguieron media docena de llamadas más, incluidos sus propios padres y los principales amigos de Gregorio. Todos los intentos de localizar al chico resultaron infructuosos, de manera que la indignación inicial de Perdomo se transformó enseguida en honda preocupación. El policía no sabía qué hacer. Por un lado se aferraba a la idea de que Gregorio estuviera aún de camino hacia alguna de las casas a las que había telefoneado, pero por otro tenía miedo de que hubiera sufrido algún percance en la calle. Lo que era evidente es que no podía seguir ocultando por más tiempo a su invitada el motivo por el que Gregorio había decidido poner pies en polvorosa sin siquiera advertírselo a su padre.

Elena escuchó el relato con interés y al final preguntó a su anfitrión qué tenía planeado hacer para encontrar a Gregorio. ¿Quería que le acompañara a realizar una batida por algún barrio en particular o que se quedara en casa por si acaso al chico se le ocurría telefonear?

– ¡El teléfono! ¿Cómo he podido olvidarlo? Gregorio tiene un móvil desde hace pocos días y yo lo había pasado por alto por completo. ¡Ni siquiera he guardado aún su número en mi propio teléfono!

El policía buscó en una agenda de papel los nueve dígitos y los marcó en su teclado. Gregorio respondió en el acto:

– ¿Sí?

– ¿Dónde estás?

– Ábreme la puerta y lo sabrás -respondió el chico muerto de risa.

Sin colgar el teléfono, Perdomo se dirigió a la puerta de entrada y al abrirla se encontró con Gregorio sosteniendo con una mano el teléfono móvil y con la otra una bolsa blanca de plástico en la que había dos envases de helado.

– ¿Se puede saber de dónde cojones vienes? -le gritó en voz baja, para que Elena no le oyera maldecir.

– ¿Qué lenguaje es ése, macho? -le replicó Gregorio, empleando la misma frase que había usado su padre en la discusión anterior.

El desparpajo del chico siempre tenía la virtud de desarmarle. Gregorio le explicó que había bajado a la tienda de los chinos a comprar el postre, temiendo que su padre se hubiera decantado por la tarta de chocolate negro, que a él no le hacía demasiada gracia, y que se había demorado más de la cuenta porque había una cola formidable en la caja.

– Ven, Elena te ha comprado una cosita -le dijo su padre cambiando el tono a uno más paternal.

El chico guardó los helados en el congelador y luego recibió de manos de la trombonista el disco que le había llevado de regalo. En la portada había un señor mirando a cámara, sentado en un taburete de niño. Su mano izquierda sujetaba el trombón y la derecha reposaba sobre los muslos, encogidos de tal manera que las perneras de los pantalones dejaban al descubierto sus calcetines blancos y parte de las espinillas. El tipo se llamaba Christian Lindberg y Elena le explicó que se trataba del más famoso trombonista de mundo, que además era compositor y director de orquesta.

– All the lonely people -exclamó Perdomo al leer el título del disco-. ¡Eso es un verso de «Eleanor Rigby» de los Beatles!

– ¡Premio! -gritó Elena-. La pieza que cierra el disco es un concierto para trombón lleno de citas musicales a esa canción. ¿Qué te parece, Gregorio?

El chico había quedado cautivado por la simpática portada del cedé, aunque confesó a Elena que nunca había escuchado una pieza para trombón y que no podía asegurarle que le fuera a gustar.

– Elena se ha traído el trombón -dijo Perdomo, tratando de buscar más conexiones entre la chica y su hijo-. ¿Quieres verlo?

La trombonista vio, por la expresión del chico, que éste estaba francamente intrigado por el instrumento, así que fue a por el estuche y lo abrió en presencia de sus dos anfitriones.

La caja estaba forrada por dentro de terciopelo rojo y a Gregorio le pareció que las dos partes del dorado instrumento refulgían como los brazos de C3PO, el robot-mayordomo de La guerra de las galaxias. A su padre, en cambio, el conjunto le retrotrajo a la época de las justas medievales, cuando los instrumentos de viento anunciaban el comienzo del torneo. Elena encajó la vara en la parte del pabellón, extrajo la boquilla de un compartimiento interior que había en la funda y la colocó en el extremo de la vara.

– ¡Ya está listo! ¿Alguien se anima?

Tanto el padre como el hijo rehusaron con una risita nerv