/ / Language: Spanish / Genre:thriller

El Imperio De Los Lobos

JeanChristophe Grange

París, época actual. Anne Heymes, esposa de un alto funcionario francés, sufre una insólita alteración psicológica: se siente extraña a sí misma, como si su cuerpo estuviera habitado por otra persona, su marido la pone en tratamiento psicológico, que solo consigue despertar en Anne la ansiedad de reencontrar a alguien que intuye perdido en algún rincón de su mente. De forma simultánea aparecen los cadáveres terriblemente mutilados de tres inmigrantes clandestinas turcas. Todo apunta hacia crímenes de carácter ritual, por lo que el inexperto inspector encargado del caso acude a Schiffer, un veterano policía que está en el dique seco a causa de su poco limpia trayectoria moral, pero perspicaz y buen conocedor de la comunidad turca de París. Dos anécdotas, aparentemente inconexas, de las muchas que salpican el día a día de la ciudad. Pero estas estaban llamadas a encontrarse, a resolverse la una por la otra. De este modo, la explotación del trabajo clandestino, las rutas del tráfico de drogas, la manipulación de las mentes, la crispada política turca son otros tantos hilos conductores de una intriga dura, absorbente, cruelmente verosímil, que combina thriller científico, novela policíaca clásica, suspenso político e incluso terror, y que sin duda se encuentra en la cumbre de la novela negra de nuestros días. A finales de 2005 se ha estrenado una película, dirigida por Chris Nahon e interpretada por Jean Reno, basada en este libro.

Jean-Christophe Grange

El Imperio De Los Lobos

Título original: L’empire del Loups

© 2004, José Antonio Soriano por la traducción

UNO

1

– Rojo.

Anna Heymes se sentía cada vez más incómoda. El experimento no ofrecía ningún peligro, pero la idea de que pudieran leerle la mente en esos momentos la turbaba profundamente.

– Azul.

Estaba tumbada en una mesa de acero inoxidable, en el centro de una sala sumida en la penumbra, con la cabeza en el orificio central de una máquina cilíndrica de color blanco. Justo encima de la cara tenía un espejo inclinado sobre el que se proyectaban unos cuadraditos. Solo tenía que nombrar en voz alta los colores que iban tomando.

– Amarillo.

El líquido de un gotero penetraba lentamente en su brazo derecho. El doctor Eric Ackermann le había explicado brevemente que se trataba de un trazador diluido que permitiría localizar los aflujos de sangre en su cerebro.

Los colores seguían sucediéndose. Verde. Naranja. Rosa… Luego, el espejo se apagó.

Anna permaneció inmóvil, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, como en un sarcófago. A unos metros a su izquierda distinguía la tenue claridad de acuario de la cabina de cristal en la que estaban el doctor Ackermann y Laurent, su marido. Se los imaginaba ante los monitores de observación, vigilando la actividad de sus neuronas. Se sentía espiada, robada, casi violada en su intimidad más secreta.

La voz de Ackermann resonó en el auricular fijado a su oído:

– Muy bien, Anna. Ahora los cuadrados empezarán a moverse. Solo tienes que describir sus movimientos, utilizando una sola palabra: derecha, izquierda, arriba, abajo…

Los cuadraditos empezaron a desplazarse como un mosaico abigarrado, fluido y elástico o un banco de minúsculos peces de colores.

– Derecha -dijo Anna hacia el micrófono acoplado a los auriculares.

Los cuadraditos se movieron hacia el borde superior del espejo.

– Arriba.

La prueba duró varios minutos. Anna respondía con voz lenta y monótona, y sentía una modorra que la invadía poco a poco. El calor que despedía el espejo no hacía más que aumentar su somnolencia. A ese paso no tardaría en quedarse dormida.

– Perfecto -dijo Ackermann-. Ahora oirás una historia, contada de varias maneras. Tienes que escucharlas todas con mucha atención.

– ¿Qué tengo que decir?

– Ni una palabra. Limítate a escuchar.

Al cabo de unos segundos, Anna oyó una voz de mujer en el auricular. Hablaba en otro idioma; los sonidos parecían asiáticos, tal vez orientales.

Una breve pausa, y vuelta a empezar, esta vez en francés. Pero saltándose la gramática a la torera: verbos en infinitivo, artículos mal concordados, desorden sintáctico…

Anna intentó descifrar aquel galimatías, pero la siguiente versión empezó de inmediato. Ahora las frases estaban salpicadas de palabros… ¿Qué significaba todo aquello? De pronto, el silencio llenó sus oídos y la oscuridad del cilindro se hizo aún más densa.

El médico tardó unos instantes en hablar:

– Siguiente test. Ahora oirás nombres de países, y tienes que ir diciendo las capitales.

Anna iba a decir que lo había entendido, pero el primer nombre sonó de inmediato:

– Suecia.

– Estocolmo -dijo sin pensárselo dos veces.

– Venezuela.

– Caracas.

– Nueva Zelanda.

– Auckland. No, Wellington.

– Senegal.

– Dakar.

Las capitales le acudían a la mente automáticamente. Sus respuestas eran casi reflejas, pero el resultado la satisfizo. Su memoria era mejor de lo que pensaba. ¿Qué estarían viendo Ackermann y Laurent en los monitores? ¿Qué zonas de su cerebro se estarían activando?

– Ultimo test -le anunció el neurólogo-. Ahora verás unas caras. Identifícalas en voz alta tan deprisa como puedas.

Anna había leído en alguna parte que para desencadenar el mecanismo de la fobia bastaba un simple signo, una palabra, un gesto, un detalle visual; los psiquiatras lo llamaban la «señal de la angustia». Señal: el término perfecto. En su caso, la palabra «rostro» bastaba para provocarle malestar. Al instante, se ahogaba, se le hacía un nudo en el estómago, se le agarrotaban las extremidades… y era como si tuviera una especie de guijarro muy caliente en la garganta.

Una imagen en blanco y negro llenó el espejo. Melena rubia, labios fruncidos, una peca en el labio superior… Estaba chupado.

– Marilyn Monroe.

Un grabado sustituyó a la fotografía. Mirada sombría, mandíbulas apretadas, melena ondulada…

– Beethoven.

Una cara redonda, de carrillos llenos y ojos rasgados…

– Mao Tse Tung.

Anna estaba sorprendida de reconocerlos tan fácilmente. Los personajes seguían desfilando: Michael Jackson, la Gioconda, Albert Einstein… Tenía la sensación de estar viendo las brillantes proyecciones de una linterna mágica. Respondía sin vacilar. El malestar empezaba a remitir.

Pero, de pronto, un retrato la dejó en suspenso: un hombre de unos cuarenta años, de rostro juvenil y ojos saltones. El color rubio del pelo y las cejas no hacía más que reforzar su aire de adolescente indeciso.

El miedo la recorrió como una onda eléctrica. Un dolor le oprimía el pecho. Aquellas facciones le traían algún recuerdo, que sin embargo no podía relacionar con ningún nombre, con ningún hecho concreto. Su memoria era un túnel negro. ¿Dónde había visto aquella cara? ¿Era un actor? ¿Un cantante? ¿Un antiguo conocido? La imagen dio paso a un rostro alargado en el que destacaban unas gafas redondas.

– John Lennon -murmuró con la boca seca.

A continuación apareció el Che Guevara, pero Anna dijo:

– Espera, Eric…

El carrusel continuó. Un autorretrato de Van Gogh llenó el espejo de colores vivos. Anna agarró el micrófono:

– ¡Eric, por favor!

La imagen se congeló. Anna sentía los colores y el calor refractándose en su piel.

– ¿Qué? -preguntó Ackermann al fin.

– Ese que no he podido reconocer, ¿quién era?

Silencio. Dos ojos de colores diferentes la taladraban desde el espejo. David Bowie. Anna se incorporó y alzó la voz:

– Te he hecho una pregunta, Eric. ¿Quién era?

El espejo se apagó. Sus ojos se adaptaron a la oscuridad en un segundo. Anna captó su reflejo en el rectángulo de cristal: demacrado, huesudo. La cara de una muerta. El médico respondió al fin:

– Era Laurent, Anna -respondió al fin Ackermann-. Laurent Heymes, tu marido.

2

– ¿Cuánto hace que tienes estos lapsus?

Anna no respondió. Era casi mediodía. Llevaba toda la mañana haciendo pruebas. Radiografías, escáneres, resonancias magnéticas y, para acabar, los tests del dichoso cilindro. Se sentía vacía, agotada, desorientada. Y aquel despacho era lo que le faltaba… Una habitación estrecha, sin ventana, excesivamente iluminada, atestada de historiales apilados sin orden ni concierto en estanterías metálicas o en el mismo suelo. Los grabados de las paredes representaban cerebros al descubierto y cráneos rapados y surcados de líneas de puntos, como recortables. De lo más tranquilizador…

– ¿Cuánto hace, Anna? -repitió Ackermann.

– Más de un mes.

– Sé más precisa. Te acordarás de la primera vez, ¿no?

Por supuesto que se acordaba. ¿Cómo iba a olvidar algo así?

– Fue el 4 de febrero. Por la mañana. Salía del baño. Me crucé con Laurent en el pasillo. Estaba a punto de marcharse a la oficina. Me sonrió. Yo me sobresalté. No sabía quién era.

– ¿No tenías la menor idea?

– En ese momento, no. Luego todo volvió a ordenarse en mi cabeza.

– Explícame qué sentiste exactamente en ese momento.

Anna esbozó un encogimiento de hombros, un gesto de indecisión bajo el chal negro y dorado.

– Fue una sensación rara, fugaz. Como la de haber vivido algo con anterioridad. El malestar duró lo que dura un relámpago -dijo Anna chasqueando los dedos-. Luego, todo volvió a la normalidad.

– ¿Qué pensaste en ese momento?

– Lo achaqué al cansancio.

Ackermann apuntó algo en el bloc de notas que tenía delante y continuó el interrogatorio:

– ¿Se lo explicaste a Laurent esa misma mañana?

– No. No me pareció tan grave.

– Y la segunda crisis, ¿cuándo se produjo?

– Una semana después. He tenido varias, una detrás de otra.

– ¿Siempre con Laurent?

– Siempre, sí.

– ¿Y siempre acababas reconociéndolo?

– Sí. Pero conforme pasaba el tiempo el despertar parecía… no sé… parecía tardar más en producirse.

– ¿Fue entonces cuando se lo contaste?

– No.

– ¿Por qué?

Anna cruzó las piernas y posó las manos, frágiles como dos pájaros de plumaje pálido, sobre la falda de seda oscura.

– Me pareció que hablar agravaría el problema. Además…

El neurólogo alzó la vista. El rojo de sus cabellos se reflejaba en los cristales de sus gafas.

– ¿Además…?

– No es algo fácil de explicar a un marido. Laurent… -Anna sentía la presencia de su marido, que permanecía de pie detrás de ella, recostado contra una estantería metálica-. Laurent se estaba convirtiendo en un extraño.

El médico, que parecía haber percibido su apuro, optó por cambiar de tema:

– Esa dificultad para reconocer, ¿la has experimentado con relación a otras personas?

– A veces -respondió Anna tras un instante de vacilación-. Pero muy pocas.

– ¿Con quién, por ejemplo?

– Con los tenderos del barrio. Y en el trabajo. No reconozco a determinados clientes, a pesar de que son habituales.

– ¿Y con tus amigos?

Anna hizo un gesto vago.

– No tengo amigos.

– ¿Familiares?

– Mis padres murieron. Solo tengo unos tíos y unos primos en el suroeste. Pero nunca voy a verlos.

Ackermann volvió a tomar nota, pero sus facciones no dejaron traslucir ninguna reacción. Parecían congeladas en ámbar.

Anna detestaba a aquel hombre, amigo de la familia de Laurent. Había cenado en casa en varias ocasiones, pero no abandonaba su frialdad de témpano bajo ninguna circunstancia. A no ser, claro está, que alguien mencionara sus campos de investigación: el cerebro, la geografía cerebral, el sistema cognitivo humano… Entonces todo cambiaba: se entusiasmaba, se exaltaba, manoteaba como un poseso…

– Así que el mayor problema lo tienes con el rostro de Laurent… -le preguntó el neurólogo.

– Sí. Pero también es el más cercano. El que veo más a menudo.

– ¿Tienes otros problemas de memoria?

Anna se mordió el labio inferior. Una vez más, dudó:

– No.

– ¿Problemas de orientación?

– No.

– ¿Problemas de habla?

– No.

– ¿Te cuesta realizar determinados movimientos?

Anna no respondió; al cabo de unos instantes, esbozó una débil sonrisa.

– Estás pensando en el Alzheimer, ¿verdad?

– Verifico, eso es todo. -Era la primera enfermedad en la que había pensado Anna. Se había informado y había consultado diccionarios de medicina: la incapacidad de reconocer rostros es uno de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer-. No tienes la edad, en absoluto -añadió Ackermann en el tono que se utiliza para razonar con un niño-. Además, lo habría visto desde los primeros exámenes. Los cerebros afectados por una enfermedad neurodegenerativa poseen una morfología muy específica. Pero tengo que hacerte todas estas preguntas para efectuar un diagnóstico completo, ¿comprendes? -Y, sin esperar respuesta, repitió-: ¿Te cuesta hacer algunos movimientos o no?

– No.

– ¿Trastornos del sueño?

– No.

– ¿Entorpecimiento inexplicable?

– No.

– ¿Jaquecas?

– Ninguna.

El médico cerró el bloc y se levantó. Siempre era la misma sorpresa. Rondaba el metro noventa, pero no debía de pesar más de sesenta kilos. Un espantajo que llevaba la bata blanca como si se la hubieran puesto encima para que se secara.

Era de un pelirrojo subido, ígneo; tenía la pelambrera, crespa y mal cortada, del color de la miel ardiente, y la piel, salpicada de pecas de color ocre hasta en los párpados. Las gafas de montura metálica, finas como láminas, hacían que su anguloso rostro pareciera aún más alargado.

Su peculiar fisonomía parecía preservarlo del paso del tiempo. Era mayor que Laurent, pero a sus cincuenta y tantos años seguía pareciendo un hombre joven. Las arrugas se habían dibujado sobre su rostro sin llegar a afectar a lo esencial: aquellos rasgos de águila, acerados, indescifrables. Las cacarañas de acné que salpicaban sus mejillas eran lo único que le daba una carne, un pasado.

Ackermann dio unos pasos en el exiguo espacio libre del despacho, en silencio. Los segundos se alargaban. Anna no podía más.

– Por amor de Dios, ¿se puede saber qué tengo?

El neurólogo agitó un objeto metálico en el interior de un bolsillo. Llaves, sin duda; pero su sonido fue como una campanilla que le desató la lengua:

– Primero, deja que te explique las pruebas que acabamos de hacerte.

– Ya iba siendo hora, sí.

– La máquina que hemos utilizado es una cámara de positrones. Lo que los especialistas llaman un «Petscan». Es un aparato basado en la tecnología de la tomografía por emisión de positrones, la TEP, que permite observar las zonas de actividad del cerebro en tiempo real localizando las concentraciones sanguíneas de dicho órgano. Contigo he querido hacer lo que podríamos llamar una revisión general. Verificar el funcionamiento de varias grandes zonas cerebrales cuya localización conocemos bien. La vista. El lenguaje. La memoria. -Anna pensó en los diferentes tests. Los cuadrados de color; la historia contada de distintas formas; los nombres de capitales. No tuvo ninguna dificultad para situar cada prueba en aquel contexto, pero Ackermann estaba lanzado-. El lenguaje, por ejemplo. Toda la actividad relacionada con él se produce en el lóbulo frontal, en una región subdividida a su vez en subsistemas, responsables respectivamente de la audición, el léxico, la sintaxis, la.semántica, la prosodia… -El neurólogo iba señalándose el cráneo con el dedo-. La asociación de esas zonas es lo que nos permite comprender y utilizar las palabras. Mediante las diferentes versiones de mi pequeño relato, he puesto en funcionamiento cada uno de esos sistemas en el interior de tu cabeza.

Ackermann no paraba de dar vueltas por el minúsculo despacho. Los grabados de las paredes aparecían y desaparecían al ritmo de sus idas y venidas. Anna se fijó en un extraño dibujo que representaba a un simio de colores vivos, enorme boca y manos descomunales. A pesar del calor que desprendían los fluorescentes, tenía los riñones helados.

– ¿Y bien? -preguntó con un hilo de voz.

El neurólogo abrió las manos en un gesto que pretendía ser tranquilizados.

– Todo está en orden. Lenguaje. Vista. Memoria. Todas las áreas se han activado normalmente.

– Salvo cuando me has puesto el retrato de Laurent.

Ackermann se inclinó sobre el escritorio e hizo girar la pantalla del ordenador. Anna vio la imagen digitalizada de un cerebro. Un corte transversal, verde fosforescente; el interior era completamente negro.

– Tu cerebro en el momento en que mirabas la fotografía de Laurent. No hay reacción. Ninguna conexión. Una imagen plana.

– ¿Qué significa eso?

El neurólogo se irguió, volvió a hundir las manos en los bolsillos e hinchó el pecho de forma teatral: había llegado el momento del veredicto.

– Creo que tienes una lesión.

– ¿Una lesión?

– Que afecta exclusivamente a la zona responsable del reconocimiento de los rostros.

Anna estaba estupefacta.

– ¿Hay una zona… para las caras?

– Sí. Un dispositivo neuronal especializado en esa función, situado en el hemisferio derecho, en la zona ventral del temporal, en la parte posterior del cerebro. Este sistema fue descubierto en los años cincuenta. Las personas que habían sido víctimas de un accidente vascular en esa zona ya no eran capaces de reconocer los rostros. Luego, gracias al Petscan, se localizó de forma aún más precisa. Ahora sabemos, por ejemplo, que esta área está especialmente desarrollada en los «fisonomistas», los individuos que vigilan la entrada de las discotecas, los casinos…

– Pero yo reconozco la mayoría de las caras -objetó Anna-. Durante la prueba, he identificado todos los retratos…

– Todos menos el de tu marido. Y eso es una indicación seria. -Ackermann juntó los dos índices sobre los labios, en un exagerado gesto de reflexión. Cuando no era un témpano, se volvía teatral-. Poseemos dos tipos de memoria. Por un lado está lo que aprendemos en el colegio, y por otro, lo que aprendemos en nuestra vida personal. Estas dos memorias no siguen el mismo camino dentro de nuestro cerebro. Creo que padeces un defecto de conexión entre el análisis instantáneo de los rostros y su comparación con tus recuerdos personales. Una lesión que bloquea ese mecanismo. Puedes reconocer a Einstein, pero no a Laurent, que pertenece a tus archivos privados.

– Y eso… ¿se cura?

– Por supuesto. Vamos a trasladar esa función a una parte sana de tu cerebro. Es una de las ventajas de este órgano: su plasticidad. Para eso, tendrás que someterte a una reeducación, una especie de entrenamiento mental, de ejercicios regulares, con la ayuda de los medicamentos apropiados.

El tono grave del neurólogo parecía desmentir su optimismo.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó Anna.

– El origen de la lesión. Tengo que confesar que ahí me pierdo. No hay ningún signo de tumor, ninguna anomalía neurológica… No has sufrido ningún traumatismo craneal ni ningún accidente vascular que hubiera podido privar de irrigación a esa parte del cerebro. -Ackermann chasqueó la lengua-. Tendremos que hacerte otros análisis más profundos, con el fin de afinar el diagnóstico.

– ¿Qué tipo de análisis?

El médico se sentó al escritorio y posó su indescifrable mirada en Arma.

– Una biopsia. Una pequeñísima extracción de tejido cortical.

Anna tardó varios segundos en comprender; luego, una bocanada de terror le subió al rostro. Se volvió hacia Laurent, pero lo vio lanzar una mirada de complicidad a Ackermann. Su suerte estaba decidida, sin duda desde primera hora de la mañana.

Las palabras temblaron entre sus labios:

– De ninguna manera.

El neurólogo sonrió por primera vez. El gesto pretendía ser tranquilizador, pero resultaba totalmente artificial.

– No tienes por qué preocuparte. Practicaremos una biopsia estereotáxica. Se trata de una simple sonda que…

– Nadie va a hurgarme en el cerebro.

Anna se levantó y se arrebujó en el chal. Alas de cuervo adornadas de oro. Laurent tomó la palabra:

– No te lo tomes así. Eric me ha asegurado que…

– ¿Estás de su lado?

– Todos estamos de tu lado -aseguró Ackermann.

Anna retrocedió para abarcar mejor a aquellos dos hipócritas.

– Nadie hurgará en mi cerebro -repitió en tono aún más firme-. Prefiero perder la memoria del todo o seguir como estoy hasta reventar. No volveré a poner los pies aquí jamás. -Y de pronto, presa del pánico, gritó-: ¡Jamás! ¿Lo entendéis?

3

Echó a correr por el pasillo desierto y bajó las escaleras tan deprisa como pudo, pero al llegar a la puerta del edificio se detuvo en seco. Sintió que el frío viento llamaba a su sangre bajo su carne. El patio estaba inundado de sol. Era una claridad estival, sin calor ni hojas en los árboles, como si los hubieran congelado para conservarlos mejor.

Al otro lado del patio, Nicolás, el chofer, la vio y bajó de la berlina para abrirle la puerta. Anna negó con la cabeza. Con mano temblorosa, buscó un cigarrillo en el bolso, lo encendió y saboreó la acritud del humo que le llenaba la garganta.

El instituto Henri-Becquerel agrupaba varios inmuebles de cuatro pisos que encuadraban un patio salpicado de árboles y apretados arbustos. Las anodinas fachadas, grises o rosa, ostentaban letreros admonitorios PROHIBIDO ENTRAR SIN AUTORIZACIÓN, ESTRICTAMENTE RESERVADO AL PERSONAL MÉDICO; ATENCIÓN, PELIGRO. En aquel maldito hospital, hasta el menor detalle parecía hostil.

Aspiró otra bocanada de humo con ansia; el sabor del tabaco quemado la apaciguó, como si hubiera arrojado su cólera a aquel minúsculo fuego. Cerró los ojos y se sumergió en el embriagador aroma Oyó pasos a sus espaldas.

Laurent pasó junto a ella sin mirarla, atravesó el patio y abrió la puerta posterior del coche. La esperó con rostro tenso, golpeando el asfalto con sus lustrosos mocasines. Anna tiró el Marlboro, se acercó y se deslizó en el asiento de cuero. Laurent rodeó el vehículo y se sentó a su lado. Tras la silenciosa escaramuza, el chofer arrancó y bajó la pendiente del aparcamiento con una lentitud de nave espacial.

Varios soldados montaban guardia ante la barrera blanca y roja de la entrada.

– Voy a recoger mi pase -dijo Laurent.

Anna se miró las manos. Seguían temblándole. Sacó del bolso una polvera y se miró en el espejo oval. Casi esperaba descubrir que tenía el rostro señalado, como si su agitación interior hubiera tenido la violencia de un puñetazo. Pero no, seguía teniendo el mismo rostro liso y regular, la misma blancura de nieve enmarcada en cabellos negros cortados a la Cleopatra, los mismos ojos azul oscuro y rasgados hacia las sienes, que bajaban los párpados lentamente, con la pereza de un gato.

Vio a Laurent volviendo al coche con el cuello del abrigo subido y el cuerpo inclinado hacia delante para resistir el viento, y sintió una repentina ola de calor. El deseo. Siguió contemplándolo: sus rizos rubios, sus ojos saltones, el tormento que le arrugaba la frente… Se agarraba los faldones del abrigo con mano insegura. Un gesto de niño medroso, precavido, que no cuadraba con su posición de alto funcionario. Como cuando pedía un cóctel y describía las dosis que deseaba juntando el pulgar y el índice. O cuando se encogía y deslizaba las dos manos entre sus muslos para manifestar frío o apuro. Era esa fragilidad suya lo que la había seducido; aquellos defectos, aquellas debilidades que contrastaban con su poder real. Pero ¿qué seguía gustándole de él? ¿Qué recordaba?

Laurent volvió a sentarse a su lado. Levantaron la barrera. Al pasar, Laurent saludó a los hombres armados. Aquel gesto respetuoso volvió a irritarla. El deseo se desvaneció.

– ¿Por qué hay tantos policías?

– Militares -la corrigió su marido-. Son militares.

El coche se unió a la circulación. La place du Général-Leclerc, en Orsay, era minúscula y estaba cuidadosamente ordenada. Una iglesia, el ayuntamiento, una floristería… Todo claramente separado.

– ¿Por qué hay tanto militar? -insistió Anna.

– Es por el Oxígeno-15 -respondió Laurent distraídamente.

– ¿Por qué?

Laurent no la miró. Hacía tamborilear los dedos en el cristal.

– El Oxígeno-15. El trazador que te han inyectado para las pruebas. Es un producto radiactivo.

– Encantador.

Laurent se volvió hacia ella. Su expresión quería ser tranquilizadora, pero sus pupilas delataban su irritación.

– No es peligroso.

– ¿Por eso hay tanto guardia, porque no es peligroso?

– No te hagas la idiota. En Francia, toda operación que implica utilizar material radiactivo es supervisada por la CEA. El Comisariado para la Energía Atómica. Y quien dice la CEA dice los militares, eso es todo. Eric no tiene más remedio que trabajar con el ejército.

Anna dejó escapar una risita burlona. Laurent se puso tenso.

– ¿Qué pasa?

– Nada. Pero tenías que traerme al único hospital de la Île-deFrance donde hay más uniformes que batas blancas.

Laurent se encogió de hombros y se concentró en el paisaje. El coche circulaba ya por la autopista, que descendía hacia el fondo del valle del Biévre. Densos bosques marrones y rojos; bajadas y subidas hasta donde alcanzaba la vista…

Las nubes estaban de vuelta. A lo lejos, una luz blanca se esforzaba en abrirse camino entre los bajos cendales del cielo. Sin embargo, parecía que la pendiente del sol acabaría llevándose el gato al agua e inflamaría el paisaje en cualquier momento.

Pasó más de un cuarto de hora antes de que Laurent volviera a hablar:

– Tienes que confiar en Eric.

– Nadie me hurgará en el cerebro.

– Eric sabe lo que hace. Es uno de los mejores neurólogos de Europa…

– Y un amigo de la infancia. Me lo has repetido mil veces.

– Es una suerte que te lleve él. Tú…

– No seré su cobaya.

– ¿Su cobaya? ¿Su co-ba-ya?-repitió Laurent separando las sílabas enfáticamente-. Pero ¿de qué hablas?

– Ackermann me estudia. Le interesa mi enfermedad, eso es todo Ese individuo es un investigador, no un médico.

Laurent soltó un suspiro.

– Estás desbarrando. Desde luego, estás…

– ¿Loca? -Anna soltó una risa sin alegría que se abatió como una persiana metálica-. Eso no es ninguna novedad.

Aquella explosión de siniestro regocijo no hizo más que aumentar la cólera de su marido.

– Entonces, ¿qué? ¿Te vas a quedar de brazos cruzados viendo progresar la enfermedad?

– Nadie ha dicho que mi enfermedad vaya a progresar.

Laurent se agitó en su asiento.

– Es verdad. Perdona. Lo he dicho sin pensar.

El silencio volvió a llenar el habitáculo.

El paisaje se parecía cada vez más a una hoguera de hierba mojada. Rojizo, hosco, envuelto en bruma gris. Los bosques ocultaban el horizonte, indistintos al principio; luego, a medida que el coche se acercaba, en forma de garras sangrientas, de fina orfebrería, de negros arabescos…

De vez en cuando aparecía un pueblo lanzando al cielo un campanario aldeano. Luego, un depósito de agua, blanco, inmaculado, vibraba en la temblorosa luz. Parecía increíble que estuvieran a unos kilómetros de París.

Laurent lanzó su último cohete de angustia:

– Al menos, prométeme que te harás los demás análisis. Y, por supuesto, la biopsia. No serán más que unos días.

– Ya veremos.

– Yo te acompañaré. Le dedicaré el tiempo que haga falta. Estamos contigo, ¿lo entiendes?

El plural la irritó. Laurent seguía asociando su bienestar con Ackermann. Ahora era más una paciente que una esposa.

De pronto, en la cima de la colina de Meudon, París apareció ante sus ojos en forma de estallido de luz. Toda la ciudad, desplegando sus blancos e infinitos tejados, brillaba como un lago helado, erizado de cristales, de témpanos de hielo, de copos de nieve, en el que los edificios de la Défense semejaban altos icebergs. Toda la ciudad resplandecía a la luz del sol y chorreaba claridad.

Aquel deslumbramiento los sumió en un mudo estupor. Cruzaron el puente de Sévres y atravesaron Boulogne-Billancourt sin decir palabra.

Cerca de la Porte de Saint-Cloud, Laurent preguntó:

– ¿Te dejo en casa?

– No. En la tienda.

– Me habías dicho que te tomarías el día libre… -murmuró Laurent en tono de reproche

– Creía que estaría más cansada -mintió Anna-. Y no quiero dejar sola a Clothilde. Los sábados toman la tienda al asalto.

– Clothilde, la tienda…-rezongó Laurent.

– ¿Qué?

– Ese trabajo… La verdad, no es digno de ti.

– De ti, querrás decir.

Laurent no respondió. Puede que ni siquiera hubiera oído la última frase. Se había inclinado hacia delante para averiguar por qué se habían detenido. La circulación estaba estancada en el bulevar periférico.

En tono impaciente, Laurent ordenó al chofer que «los sacara de allí». Nicolás comprendió el mensaje. Sacó un girofaro magnético de la guantera y lo colocó en el techo del Peugeot 607. El automóvil se separó del tráfico con un aullido de sirena y empezó a adquirir velocidad.

Nicolás ya no levantó el pie del acelerador. Con los dedos crispados sobre el respaldo del asiento delantero, Laurent seguía cada zig zag, cada volantazo. Parecía un niño absorto en un videojuego. Anna nunca dejaba de sorprenderse de que, a pesar de su cargo de director del Centro de Estudios y Sondeos del Ministerio del Interior, Laurent no hubiera olvidado la emoción del trabajo sobre el terreno, la atracción de la calle. «Pobre poli», pensó.

En la Porte Maillot, abandonaron el bulevar periférico y tornaron la avenue des Ternes. El chofer apagó al fin la sirena. Anna entraba en su universo cotidiano. La rue du Faubourg-Saint-Honoré y el espejeo de sus escaparates; la sala Pleyel y los grandes ventanales del primer piso, en los que se agitaban rectilíneas bailarinas; las arcadas de caoba de Mariage Fréres, donde compraban sus tés exóticos…

Antes de abrir la puerta del coche, reanudando la conversación donde la había interrumpido la sirena, Anna dijo:

– No es un simple trabajo, lo sabes perfectamente. Es mi manera de mantener el contacto con el mundo exterior. De no volverme completamente loca en casa. -Salió del coche y volvió a inclinarse hacia él-. Es eso o el manicomio, ¿comprendes?

Intercambiaron una última mirada y, por un instante, volvieron a ser aliados. Anna jamás habría utilizado la palabra «amor» para referirse a su relación. Era una complicidad, un compartir que estaba más acá del deseo, de las pasiones, de las fluctuaciones impuestas por los días y los humores. Dos corrientes tranquilas, sí, subterráneas, que se mezclaban en las profundidades. Cuando eso ocurría, se entendían entre las palabras, entre los labios…

De pronto, Anna recobró la esperanza. Laurent la ayudaría, la amaría, la apoyaría… La sombra se convertiría en hombre.

– ¿Paso a buscarte esta tarde? -le preguntó Laurent.

Anna asintió, le lanzó un beso y se dirigió hacia la Casa del Chocolate.

4

El carillón de la puerta la anunció como a un cliente más. Sus familiares notas bastaron para reconfortarla. Se había presentado como candidata para aquel trabajo hacía un mes, tras leer el anuncio del escaparate. Entonces solo buscaba una distracción para sus obsesiones. Pero había encontrado algo mucho mejor.

Un refugio.

Un círculo que conjuraba sus angustias.

Las dos. La tienda estaba desierta. Clothilde debía de haber aprovechado la calma para ir a la trastienda o al almacén.

Anna atravesó la sala. La tienda entera parecía una caja de bombones que combinaba el marrón y el oro. En el centro, el mostrador principal destacaba como una orquesta alineada, con sus clásicos negros o crema: cuadrados, palets, bocaditos… A la izquierda, el bloque de mármol de la caja exhibía los «extras», los pequeños caprichos que los clientes cogían en el último instante, en el momento de pagar. A la derecha estaban los productos derivados: frutas escarchadas, caramelos, almendrados, como otras tantas variaciones sobre el mismo tema. Detrás, en las estanterías, había otros dulces envueltos en bolsitas de celofán cuyos irisados reflejos atraían la mirada y atizaban la glotonería.

Anna advirtió que Clothilde había terminado el escaparate de Pascua. Las bandejas de mimbre sostenían huevos y gallinas de todos los tamaños; cerditos de mazapán vigilaban las casitas de chocolate con tejados de caramelo; los pollitos jugaban al columpio sobre un cielo de junquillos de papel.

– ¿Ya estás aquí? Estupendo. Acaban de llegar los pedidos.

Al fondo de la sala, Clothilde salió del montacargas, accionado por una rueda y un torno de mano, como los antiguos, que permitía subir las cajas directamente desde el aparcamiento de la place del Roule. Salió de la plataforma, pasó por encima de las cajas apiladas y se detuvo ante Anna, radiante y sin aliento.

En cuestión de semanas, Clothilde se había convertido en una de sus referencias protectoras. Veintiocho años, naricilla rosa, mechones castaño claro caídos sobre los ojos… Tenía dos hijos, un marido que trabajaba «en la banca», una casa hipotecada y un destino trazado a escuadra. Se movía envuelta en una certeza de felicidad que desconcertaba a Anna. Convivir con aquella chica resultaba tranquilizador e irritante al mismo tiempo. Anna no creía ni por un segundo en aquel cuadro sin fisuras ni sorpresas. En aquel credo había una especie de obstinación, de mentira asumida. En cualquier caso, ella estaba a salvo de semejante espejismo: a sus treinta y un años, Anna no tenía hijos y siempre había vivido en el malestar, la incertidumbre y el miedo al futuro.

– ¡Qué infierno de día! No paran…

Clothilde cogió una caja y se dirigió hacia la trastienda de la parte posterior. Anna se arrebujó en el chal y la imitó. El sábado había tanta afluencia que tenían que aprovechar el menor respiro para preparar más bandejas.

Entraron en la despensa, un cuarto sin ventanas de diez metros cuadrados. Las cajas y las pilas de papel de pruebas ocupaban ya la mayor parte del espacio.

Clothilde dejó la caja, adelantó el labio inferior y sopló para apartarse los mechones de los ojos.

– Ni siquiera te he preguntado… ¿Cómo ha ido?

– Me he pasado la mañana haciendo pruebas. El médico dice que tengo una lesión.

– ¿Una lesión?

– Una zona muerta en el cerebro. La región donde reconocemos las caras.

– Qué cosas… ¿Y eso se cura?

Anna dejó su carga en el suelo y repitió maquinalmente las palabras de Ackermann:

– Sí, voy a seguir un tratamiento. Ejercicios de memoria, medicamentos para trasladar esa función a otra parte del cerebro… A una parte sana.

– ¡Genial!

Clothilde sonreía alborozada, como si Anna acabara de anunciarle que estaba totalmente curada. Sus expresiones rara vez se adaptaban a las situaciones y traicionaban una profunda indiferencia. En realidad, Clothilde era impermeable a la desgracia ajena. El dolor, la angustia, la zozobra, resbalaban sobre ella como gotas de aceite sobre un hule. Pero esta vez parecía haber comprendido que había metido la pata.

El timbre de la puerta acudió en su ayuda.

– Ya voy yo -dijo dando media vuelta-. Ponte cómoda, enseguida vuelvo.

Anna apartó unas cajas, se sentó en un taburete y empezó a colocar romeos -cuadrados de crema de café fresca- en una bandeja. El cuarto ya estaba saturado del mareante olor a chocolate. Al acabar la jornada, su ropa e incluso su sudor exhalaban aquel olor, y su saliva estaba cargada de azúcar. Se dice que los camareros de los bares se emborrachan a fuerza de respirar vapores etílicos. Las dependientas de las pastelerías, ¿engordarían por pasarse el día rodeadas de dulces?

Anna no había cogido un gramo. En realidad, nunca cogía un gramo. Comía como quien toma un purgante, y los mismos alimentos parecían desconfiar de ella. Los glúcidos, lípidos y demás fibras pasaban de largo por su cuerpo.

Mientras distribuía los bombones, las palabras de Ackermann volvieron a acudirle a la mente. Una lesión. Una enfermedad. Una biopsia. No, jamás se dejaría operar. Y menos por aquel sujeto, con sus gestos fríos y su mirada de insecto.

Además, no se creía su diagnóstico.

No podía creérselo.

Por la sencilla razón de que no le había explicado la tercera parte de un cuarto de la verdad.

Desde el mes de febrero, las crisis eran mucho más frecuentes de lo que le había confesado. Ahora los lapsus la sorprendían a todas horas, en cualquier situación. Durante una cena en casa de unos amigos; en la peluquería; mientras compraba en una tienda. De pronto, en medio de su entorno más habitual, Anna se veía rodeada de desconocidos, de rostros sin nombre.

La naturaleza misma de las alteraciones también había evolucionado.

Ya no se trataba solamente de agujeros en la memoria, de lapsos opacos, sino también de alucinaciones terroríficas. Los rostros se difuminaban, temblaban, se deformaban ante sus ojos. Las expresiones y las miradas empezaban a oscilar, a flotar, como en el fondo del agua.

En ocasiones, habría podido creer en figuras de cera ardiente que se derretían y se deformaban en muecas demoníacas. Otras veces, los rasgos vibraban y se agitaban hasta superponerse en varias expresiones simultáneas. Un grito. Una risa. Un beso. Todo eso aglutinado en una misma fisonomía. Una pesadilla.

En la calle, Anna caminaba con los ojos clavados en el suelo. En las reuniones sociales, hablaba sin mirar a su interlocutor. Se estaba convirtiendo en un ser huidizo, tembloroso, asustado. Los «otros» ya solo le devolvían la imagen de su propia locura. Un espejo de terror.

En lo tocante a Laurent, Anna tampoco había descrito sus sensaciones con exactitud. En realidad, su turbación no cesaba, no quedaba resuelta del todo después de una crisis. Siempre le dejaba una huella, una estela de miedo. Como si no acabara de reconocer totalmente a su marido, como si una voz le murmurara: «Es él, pero no es él».

Su impresión más profunda era que las facciones de Laurent habían cambiado, que habían sufrido una operación de cirugía estética.

Absurdo.

El delirio tenía un contrapunto aún más absurdo. Si por una parte su marido le parecía un extraño, por otra había un cliente de la tienda que despertaba en ella una lancinante reminiscencia familiar. Estaba segura de haberlo visto en alguna parte con anterioridad… No habría sabido decir dónde ni cuándo, pero en presencia de aquel hombre su memoria se iluminaba; experimentaba una auténtica descarga electrostática. Pero la chispa nunca hacía surgir un recuerdo concreto.

El cliente en cuestión se presentaba una o dos veces por semana y siempre compraba lo mismo: bombones Jikola. Piezas cuadradas de chocolate relleno de mazapán, similares a las pastas orientales. Por otra parte, hablaba con un ligero acento, tal vez árabe. Tendría unos cuarenta años y siempre vestía lo mismo, vaqueros y chaqueta de terciopelo ajado abotonada hasta el cuello, al estilo del eterno estudiante. Clothilde y ella lo llamaban «don Terciopelo».

Esperaban su visita todos los días. Era su suspense cotidiano, el enigma que aligeraba el paso de las horas en la tienda. A veces se ponían a hacer cábalas. Cuando no era un amigo de la infancia de Anna, era un antiguo novio o, por el contrario, un admirador secreto que había intercambiado unas cuantas miradas con ella en algún cóctel.

Ahora Anna sabía que la verdad era mucho más simple. Aquella reminiscencia era otra de las formas que adquirían las alucinaciones que la lesión le provocaba. No merecía la pena darle más vueltas a lo que veía, a lo que sentía ante los rostros, puesto que ya no tenía un sistema de referencias coherente.

La puerta de la trastienda se abrió y Anna, sobresaltada, advirtió que los bombones empezaban a derretirse entre sus dedos. Clothilde se detuvo en el umbral y sopló entre sus mechones:

– Ha venido.

Don Terciopelo ya estaba ante los Jikola.

– Buenos días -se apresuró a decir Anna-. ¿Qué desea?

– Doscientos gramos, como de costumbre.

Anna se colocó detrás del mostrador central, cogió unas pinzas y una bolsita de papel de celofán y empezó a llenarla de bombones mientras lanzaba una mirada furtiva al hombre entre las pestañas entornadas. Primero vio sus gruesos zapatos de cuero vuelto, luego los vaqueros, demasiado largos y con las perneras plegadas como un acordeón, y por último la chaqueta de terciopelo de color azafrán, a la que el uso había dado zonas de un naranja brillante.

Al fin, se arriesgó a escrutar su rostro.

Era una cara basta y cuadrada, enmarcada de cabellos castaños y crespos, una fisonomía de campesino más que de estudiante. Tenía las cejas fruncidas en una expresión de contrariedad o cólera contenida.

Sin embargo, como Anna ya había tenido oportunidad de advertir, al abrirse, sus párpados revelaban largas pestañas de chica e iris de color malva con contornos de un negro dorado: un abejorro sobrevolando un campo de oscuras violetas. ¿Dónde había visto aquella mirada?

Anna dejó la bolsita en el plato de la balanza.

– Once euros, por favor.

El hombre pagó, cogió sus bombones y dio media vuelta. Un segundo después estaba en la calle.

Anna no pudo evitar seguirlo hasta la puerta. Clothilde la imitó. Las dos mujeres observaron la silueta del hombre, que cruzó la rue du Faubourg-Saint-Honoré y desapareció en el interior de una limusina negra con cristales ahumados y matrícula extranjera.

Se quedaron plantadas en el umbral, como dos saltamontes a la luz del sol.

– ¿Entonces? -preguntó Clothilde al fin-. ¿Quién es? ¿Sigues sin saberlo?

El automóvil desapareció entre el tráfico.

– ¿Tienes un cigarrillo? -preguntó Anna por toda respuesta.

Clothilde se sacó un arrugado paquete de Marlboro Light de un bolsillo del pantalón. Anna le dio la primera calada y volvió a sentir el mismo alivio que esa mañana en el patio del hospital.

– En tu historia hay algo que no encaja -dijo Clothilde en tono escéptico.

Anna se volvió con el codo en alto y el cigarrillo en ristre, como un arma.

– ¿El qué?

– Pongamos que hayas conocido a ese hombre y que haya cambiado. ¿De acuerdo?

– ¿Y?

Clothilde frunció los labios y produjo el mismo ruido que una botella al abrirse.

– ¿Por qué no te reconoce él?

Anna se quedó mirando a los coches que desfilaban ante sus ojos bajo el cielo gris con las carrocerías cubiertas de manchas de luz. Al otro lado, se veía la entrada de madera de Mariage Fréres, las frías lunas del restaurante La Maree y su risueño portero, que no dejaba de observarla.

Sus palabras se fundieron con el azulado humo del cigarrillo:

– Loca. Me estoy volviendo loca.

5

Una vez por semana, Laurent se reunía con sus «camaradas» para cenar. Era un ritual infalible, una especie de ceremonial. Aquellos hombres no eran amigos de la infancia ni miembros de un círculo privado. No compartían ninguna pasión. Simplemente, pertenecían al mismo cuerpo: la policía. Se habían conocido en diversos peldaños de la escala y ahora estaban, cada uno en su terreno, en la cima de la pirámide.

Anna, como el resto de las esposas, estaba rigurosamente excluida de las reuniones y, cuando se celebraban en su piso de la avenue Hoche, no tenía más remedio que ir al cine.

Sin embargo, hacía tres semanas, Laurent le había propuesto asistir a la próxima cena. En un primer momento, Anna había rechazado la invitación, tanto más cuanto que su marido, con tono de enfermero, había añadido: «Ya verás como te distraes». Pero luego lo pensó mejor; en el fondo sentía bastante curiosidad por los amigos de Laurent y tenía ganas de conocer otros perfiles de alto funcionario. Después de todo, solo conocía un modelo: el suyo.

No lamentó su decisión. Durante la velada, descubrió a hombres duros pero apasionantes que hablaban entre sí sin tabúes ni reservas. Única mujer del grupo, se había sentido como una reina, ante la que los policías rivalizaban contando anécdotas, hechos de armas, revelaciones…

Desde entonces participaba en todas las cenas e iba conociéndolos cada vez mejor. Fijándose en sus tics, en sus virtudes y también en sus obsesiones. Aquellas cenas ofrecían una auténtica radiografía del mundo de la policía. Un mundo en blanco y negro, un universo de violencia y certezas, tan caricaturesco como fascinante.

Los participantes eran siempre los mismos, poco más o menos. por lo general, Alain Lacroux era quien llevaba las riendas de la conversación. Alto, delgado, vertical, exuberante cincuentón, puntuaba cada final de frase cabeceando repetidamente o agitando el tenedor. Hasta la inflexión de su acento meridional participaba de ese arte del acabado, de la poda. Todo en él cantaba, ondulaba, sonreía… Nada hacía sospechar que tuviera un cargo de tanta responsabilidad: la subdirección de Asuntos Criminales de París.

Pierre Caracilli era todo lo contrario. Bajo, rechoncho, sombrío, murmuraba sin descanso con una voz lenta de virtudes casi mágicas. Aquella era la voz que adormecía la desconfianza y arrancaba confesiones a los criminales más encallecidos. Caracilli era corso. Ocupaba un puesto importante en la Dirección de Vigilancia del Territorio (DST).

Jean-François Gaudemer no era ni vertical ni horizontal; era una roca compacta, maciza, testaruda. A la sombra de una frente alta y despoblada, la animada negrura de sus ojos parecía incubar una tempestad. Cuando hablaba, Anna no perdía ripio. Sus palabras eran cínicas y sus historias, escalofriantes, pero ante aquel hombre era imposible no sentir una especie de agradecimiento, la vaga sensación de que acababa de levantar un velo sobre la trama oculta del mundo. Era el jefe de la OCRTIS (Oficina Central para la Represión del Tráfico Ilegal de Estupefacientes). El hombre de la droga en Francia.

Pero el preferido de Anna era Philippe Charlier. Un coloso de un metro noventa que hacía crujir las costuras de sus elegantes trajes. El Gigante Verde, como lo apodaban sus colegas, tenía cara de boxeador, ancha y dura como una piedra, encuadrada por un bigote y una pelambrera entrecanos. Hablaba demasiado alto, reía como un motor de explosión y embarcaba a su interlocutor en sus peregrinas historias quieras que no echándole el brazo por los hombros.

Para entenderlo, hacía falta un diccionario de argot salaz. Decía «un hueso en el calzoncillo» en lugar de erección, describía sus crespos cabellos como «pelos de los cojones» y resumía sus vacaciones en Bangkok con la frase: «Ir a Tailandia con la mujer es como llevarse la cerveza a Munich».

Anna lo encontraba vulgar e inquietante, pero irresistible. Emanaba una fuerza animal, algo inequívocamente «bofia». Resultaba imposible imaginarlo en otro sitio que no fuera un despacho mal iluminado, arrancando confesiones a los sospechosos. O en la calle, dirigiendo un grupo de hombres armados con fusiles de asalto.

Laurent le había contado que Charlier había abatido a sangre fría al menos a cinco hombres a lo largo de su carrera. Su campo de acción era el terrorismo. DST, DGSE, DNAT… Fueran cuales fuesen las siglas bajo las que había luchado, siempre había hecho la misma guerra. Veinticinco años de operaciones clandestinas, de golpes de mano. Cuando Anna le pedía más detalles, Laurent eludía la respuesta con un gesto de la mano: «No sería más que una parte insignificante del iceberg».

Esa noche, la cena se celebraba precisamente en su casa, en la avenue de Breteuil. Un piso haussmannimo, con suelos de parquet barnizado y lleno de objetos coloniales. Por curiosidad, Anna había husmeado en las habitaciones accesibles: ni el menor rastro de presencia femenina. Charlier era un solterón empedernido.

Eran las once. Los invitados estaban repantigados con la indolencia propia de la sobremesa, aureolados por el humo de sus cigarros. En aquel mes de marzo de 2002, a unas semanas de las elecciones presidenciales, cada cual lanzaba sus previsiones e hipótesis y trataba de imaginar los cambios que se producirían en el Ministerio del Interior según el candidato que saliera elegido. Todos parecían preparados para una gran batalla, sin estar seguros de participar en ella. Philippe Charlier, sentado junto a Anna, le susurró al oído:

– Son un coñazo con sus historias de maderos. ¿Sabes la del suizo?

Anna sonrió.

– Me la contaste el sábado pasado.

– ¿Y la de la esquiadora?

– No.

Charlier clavó los dos codos en la mesa.

– Es una esquiadora que se prepara para bajar por una pista. Gafas caladas, rodillas flexionadas, bastones levantados… Otro esquiador llega a su altura y se para. «Qué empinada… ¿Bajas?», le pregunta. La mujer le responde: «No puedo. Tengo los labios cortados».

Anna tardó un segundo en comprender, y rompió a reír. Los chistes del policía nunca superaban la altura de la bragueta, pero tenían el mérito de ser originales. Aún seguía riendo cuando el rostro de Charlier se enturbió. De repente, sus facciones perdieron nitidez y, literalmente, empezaron a agitarse en su rostro.

Anna apartó la mirada y la dirigió a los demás comensales. Sus rasgos también temblaban y se descoyuntaban hasta formar una ola de expresiones contradictorias, monstruosas, un tiovivo de carnes, rictus, risotadas…

Un estremecimiento la sacudió de los pies a la cabeza. Anna empezó a respirar por la boca.

– ¿Te pasa algo? -le preguntó Charlier, inquieto.

– Tengo… tengo calor. Voy a refrescarme.

– ¿Quieres que te acompañe?

Anna posó la mano en el hombro del policía y se levantó.

– No te preocupes. Sabré encontrarlo.

Avanzó pegada a la pared, se agarró a la repisa de la chimenea, chocó con un carrito de servicio y provocó una ola de tintineos… Se detuvo en la puerta y echó un vistazo a sus espaldas: el mar de máscaras seguía agitándose. Un carnaval de gritos, de arrugas en fusión, de carnes temblorosas que saltaban para perseguirla. Ahogó un grito y cruzó el umbral.

El vestíbulo estaba a oscuras. En el perchero, los abrigos dibujaban formas inquietantes, y puertas entreabiertas revelaban simas de oscuridad. Anna se detuvo ante un espejo enmarcado de oro viejo y contempló su imagen: una palidez de papel vitela, una fosforescencia de espectro. Se cogió los hombros, que le temblaban bajo el jersey de lana negra.

De pronto, en el espejo, un hombre aparece tras ella.

No lo conoce; no estaba en la cena. Se vuelve para hacerle frente. ¿Quién es? ¿Por dónde ha entrado? Su expresión es amenazadora; algo retorcido, deforme, planea sobre su rostro. Sus manos brillan en la oscuridad como dos armas blancas…

Anna retrocede, se hunde entre los abrigos. El hombre avanza. Anna oye a los demás hablando en la habitación contigua; quiere gritar, pero es como si tuviera la garganta llena de algodón ardiendo. El rostro está a apenas unos centímetros. Un reflejo de la psique asoma a sus ojos, un destello dorado hace brillar sus pupilas…

– ¿Quieres que nos vayamos?

Anna ahogó un gemido: era la voz de Laurent. De inmediato, el rostro recobró su apariencia habitual. Anna sintió dos manos sujetándola y comprendió que se había desmayado.

– Por amor de Dios, ¿qué te pasa? le preguntó su marido.

– Mi abrigo. Dame el abrigo -le ordenó ella liberándose de sus brazos.

El malestar no desaparecía. Anna no acababa de reconocer a su marido. Seguía convencida: sí, sus facciones se habían transformado, el suyo era un rostro modificado, con un secreto, con una zona opaca…

Laurent le tendió la trenca. Temblaba. Sin duda, temía por ella, pero también por sí mismo. Temía que sus compañeros se dieran cuenta de su situación: uno de los más altos cargos del Ministerio del Interior estaba casado con una chiflada.

Anna se puso la trenca y disfrutó el contacto del forro. Le habría gustado hundirse en él y desaparecer para siempre…

En el salón, se reían a carcajadas.

– Voy a despedirme por los dos.

Anna oyó frases en tono de reproche y luego nuevas risas. Lanzó otra mirada de reojo al espejo. Un día, que no tardaría en llegar, se preguntaría ante aquel rostro: «¿Quién es esa?».

Laurent volvió a su lado.

– Vámonos -murmuró ella-. Quiero volver a casa. Quiero dormir.

6

Pero el mal la perseguía en sueños.

Desde la aparición de las crisis, Anna soñaba lo mismo todas las noches. Imágenes en blanco y negro que se sucedían a un ritmo vacilante, como en una película muda.

La escena era siempre la misma: unos campesinos de aspecto famélico esperaban en el andén de una estación; llegaba un tren de mercancías envuelto en nubes de vapor. Se abría un vagón, y un hombre con gorra se inclinaba para coger la bandera que alguien le tendía; el estandarte ostentaba un extraño dibujo: cuatro lunas formando una estrella cardinal.

A continuación, el hombre se erguía y enarcaba unas cejas muy negras. Arengaba a la muchedumbre mientras agitaba la bandera, pero sus palabras no se entendían. Una especie de tela sonora, un murmullo atroz hecho de gemidos y llantos infantiles, ahogaba sus palabras.

En ese momento, sus susurros se unían al desgarrador coro. Anna se dirigía a las voces infantiles: «¿Dónde estáis? ¿Por qué lloráis?».

A modo de respuesta, el viento barría el andén de la estación. Las cuatro lunas de la bandera empezaban a brillar como si fueran fosforescentes. La escena derivaba hacia la pesadilla. El abrigo del hombre se entreabría y mostraba una caja torácica monda, abierta, vacía; a continuación, una ráfaga de viento le deshacía el rostro. Empezando por las orejas, la carne se desmigajaba como la ceniza y dejaba al descubierto músculos negros y abultados…

Anna se despertó sobresaltada.

Abrió los ojos en la oscuridad, pero no reconoció nada. Ni la habitación. Ni la cama. Ni el cuerpo que dormía junto a ella. Tardó varios segundos en familiarizarse con aquellas extrañas formas. Apoyó la espalda en la pared y se secó la cara, empapada en sudor.

¿Por qué se repetía aquel sueño? ¿Qué relación tenía con su enfermedad? Anna estaba convencida de que se trataba de otra manifestación de su trastorno, un misterioso eco, un inexplicable contrapunto de su degradación mental.

– ¿Laurent? -susurró en la oscuridad. Su marido, que le daba la espalda, no se movió. Anna lo agarró del hombro-. ¿Estás dormido, Laurent? -El hombre se movió ligeramente. Anna oyó el roce de las sábanas y vio el perfil del rostro de su marido recortado en la semioscuridad-. ¿Estás dormido? -repitió bajando la voz.

– Ahora ya no.

– ¿Puedo… puedo hacerte una pregunta?

Laurent se incorporó y se recostó en la almohada.

– Te escucho.

Anna bajó la voz un tono. Los sollozos del sueño seguían resonando en su cabeza.

– ¿Por qué…? -empezó a decir, titubeante-. ¿Por qué no tenemos hijos?

Durante un segundo, nada se movió. Luego, Laurent apartó las sábanas, se sentó en el borde de la cama y volvió a darle la espalda. De pronto, el silencio parecía cargado de tensión, de hostilidad.

– Vamos a volver a ver al doctor Ackermann -le advirtió Laurent frotándose los párpados.

– ¿Qué?

– Voy a telefonearle. Le pediré cita en el hospital.

– ¿Por qué dices eso?

– Has mentido -le espetó Laurent volviendo la cabeza-. Nos dijiste que no sufrías otros trastornos de memoria. Que solo tenías ese problema con las caras.

Anna comprendió que acababa de cometer un error, su pregunta revelaba un nuevo abismo en su cabeza. No veía otra cosa que la nuca de Laurent, su pelo, levemente rizado, y sus estrechos hombros; pero adivinaba su abatimiento, y también su cólera.

– ¿Qué he dicho? -se atrevió a preguntarle.

Laurent se volvió a medias.

– Tú nunca has querido hijos. Fue tu condición para casarte conmigo -Laurent subió el tono de voz y levantó la mano izquierda- El mismo día de la boda me hiciste jurar que nunca te lo pediría. Estás perdiendo la cabeza, Anna. Tenemos que reaccionar. Tienes que hacerte esas pruebas. Averiguar qué te pasa. ¡Hay que parar esto! ¡Mierda!

Anna se acurrucó en la otra punta de la cama.

– Dame unos días más. Tiene que haber otra solución.

– ¿Qué solución?

– No lo sé. Solo unos días. Por favor…

Laurent volvió a tumbarse y se tapó la cabeza con la sábana.

– Llamaré a Ackermann el próximo miércoles.

Era inútil darle las gracias: ni siquiera sabía por qué le había pedido una prórroga. ¿Para qué negar lo evidente? Neurona a neurona, la enfermedad iba invadiendo todas las regiones de su cerebro.

Anna se deslizó entre las sábanas, pero procurando mantenerse a distancia de su marido, y reflexionó sobre aquel enigma de los hijos. ¿Por qué le había exigido semejante promesa? ¿Cuáles eran sus motivos por aquel entonces? No tenía respuestas. Su propia personalidad empezaba a resultarle extraña.

Anna se remontó a la época de su boda. Hacía ocho años. Ella tenía veintitrés. ¿Qué recordaba, exactamente?

Una casa de campo en Saint-Paul-de-Vence, palmeras, extensiones de césped agostado por el sol, risas infantiles… Cerró los ojos y trató de revivir las sensaciones. La sombra de un cenador recortada sobre una extensión de hierba. También veía trenzas de flores, manos blancas…

De pronto, un pañuelo de tul flotó en su memoria; el tejido daba vueltas ante sus ojos, le ocultaba el cenador y tamizaba el verde de la hierba atrapando la luz en sus caprichosos giros.

El pañuelo se acercó tanto que podía sentir el tejido en el rostro; luego, se pegó a sus labios. Anna abrió la boca para reír, pero el tejido se le introdujo en la garganta. Tosió, y la tela se le pegó al paladar. No era tul: era gasa.

Gasa quirúrgica, que la asfixiaba.

Anna gritó en la oscuridad, pero su boca no emitió ningún sonido. Abrió los ojos: se había dormido con la boca contra el almohadón.

¿Cuándo acabaría todo aquello? Se sentó en la cama y notó que estaba empapada en sudor. Era aquel velo viscoso, que le había provocado la sensación de asfixia.

Se levantó y fue al baño del dormitorio. A tientas, encontró la puerta y la cerró a sus espaldas antes de encender la luz. Pulsó el interruptor y se volvió hacia el espejo de encima del lavabo.

Tenía el rostro cubierto de sangre.

Las manchas rojas le recorrían la frente; las costras de sangre seca le cubrían los párpados, las fosas nasales, las comisuras de los labios… Al principio, creyó que se había herido. Luego, acercó la cara al espejo: solo había sangrado por la nariz. Al tratar de secarse el rostro en la oscuridad, había extendido la sangre. La camiseta del pijama estaba empapada.

Abrió el grifo del agua fría y extendió las manos. Un remolino rojizo inundó la pila del lavabo. Una convicción la invadió: aquella sangre encarnaba una verdad que intentaba escapar de su carne. Un secreto que su mente consciente se negaba a admitir, a formalizar, y que escapaba de su cuerpo en forma de flujos orgánicos.

Anna puso el rostro bajo el grifo y dejó que el frío chorro se llevara sus lágrimas.

– Pero ¿qué me pasa??Qué me pasa? -le susurraba al agua una y otra vez.

DOS

7

Una pequeña espada de oro.

Así era como la recordaba. En realidad, sabía que no era más que un simple abrecartas de cobre, con el pomo trabajado al estilo español. Paul, de ocho años, acababa de robarlo en el estudio de su padre y se había refugiado en su habitación. Recordaba perfectamente la atmósfera de aquel momento. Los postigos cerrados. El calor sofocante. El letargo de la siesta.

Una tarde de verano como tantas otras.

Pero aquellas pocas horas habían cambiado su vida para siempre.

– ¿Qué tienes en la mano? -Paul cerró el puño. Su madre lo observaba desde el umbral-. Enséñame lo que escondes. -La voz era suave, aunque estaba teñida de curiosidad. Paul apretó los dedos mientras su madre avanzaba en la penumbra, franqueaba las rayas de sol que filtraba la persiana y se sentaba en el borde de la cama-. ¿Por qué has cogido este abrecartas? -le preguntó su madre abriéndole la mano con suavidad.

Paul no distinguía sus facciones, sumidas en la oscuridad.

– Para defenderte.

– Para defenderme, ¿de quién? -Silencio-. ¿Para defenderme de papá? -Su madre se inclinó hacia él, y una línea de luz iluminó su rostro. Un rostro tumefacto, marcado de hematomas. Uno de sus ojos, con el blanco inyectado en sangre, lo escrutaba como un ojo de buey-. ¿Para defenderme de papá? -volvió a preguntar.

Paul asintió con la cabeza. Se produjo una pausa, una inmovilidad total, tras la cual su madre lo envolvió en sus brazos como una ola inesperada. Paul la rechazó; no quería lágrimas, no quería compasión. Solo contaba el combate que se avecinaba. La promesa que se había hecho la noche anterior, después de que su padre, completamente borracho, golpeara a su madre hasta dejarla inconsciente en el suelo de la cocina. Cuando aquel monstruo lo había descubierto cuando había visto a aquel crío tembloroso en el marco de la puerta, le había advertido: «Volveré. ¡Volveré y os mataré a los dos!».

Así que Paul había buscado un arma y ahora esperaba su regreso espada en mano.

Pero su padre no volvió. Ni al día siguiente ni al otro. Por un azar cuya clave solo conocía el destino, Jean-Pierre Nerteaux había sido asesinado la misma noche en que había pronunciado aquella amenaza. Su cuerpo había aparecido dos días más tarde en su propio taxi, cerca de los depósitos de petróleo del puerto de Gennevilliers.

Al recibir la noticia, su mujer, Françoise, reaccionó de un modo extraño. En lugar de acudir a identificar el cadáver, se personó en el lugar de autos para comprobar que el Peugeot 504 estaba intacto y que no habría ningún problema con la compañía de taxis.

Paul recordaba hasta el menor detalle: el viaje en autobús hasta Gennevilliers; el desconcierto de su madre, que no paraba de hablar entre dientes; su propia aprensión frente a un hecho que no comprendía… Sin embargo, al llegar a la zona de los depósitos, el asombro se apoderó de él. Gigantescas coronas de acero se alzaban en un gran descampado. La broza y los hierbajos crecían entre las ruinas de hormigón. Los vástagos de acero se oxidaban como cactus de metal. Un auténtico paisaje del lejano oeste, parecido a los desiertos que poblaban los tebeos de su colección.

Bajo un cielo en fusión, madre e hijo cruzaron la zona de almacenamiento. En el límite de aquel erial, descubrieron el Peugeot familiar, con las ruedas medio hundidas en las grises dunas. Desde su altura de niño de ocho años, Paul no había perdido detalle: los uniformes de los policías; las esposas, destellando al sol; las explicaciones en voz baja; los mecánicos, moviéndose alrededor del coche, manos negras en la blanca claridad…

Tardó unos instantes en comprender que habían apuñalado a su padre mientras estaba al volante. Pero tan solo un segundo en descubrir, por la puerta posterior entreabierta, los desgarrones del respaldo del asiento.

El asesino se había ensañado con su víctima a través del asiento. Esa simple imagen había fulminado al niño revelándole la secreta coherencia del hecho. Dos días antes deseaba la muerte de su padre. Se había armado y había confesado sus intenciones a su madre. Aquella confesión había adquirido el valor de una maldición: una fuerza misteriosa había cumplido su deseo. No había empuñado el cuchillo, pero había ordenado, mentalmente, la ejecución

A partir de ese instante no recordaba nada. Ni el entierro, ni las lágrimas de su madre, ni las dificultades económicas que habían marcado su vida diaria. Paul estaba concentrado sobre una sola verdad: era el único culpable.

El instigador del crimen.

Mucho después, en 1987, se matriculó en la facultad de Derecho de la Sorbona. A base de pequeños trabajos, había reunido suficiente dinero para alquilar una habitación en París y mantenerse alejado de su madre, que ya no paraba de beber. Empleada de la limpieza en una gran superficie, la idea de que su hijo se convirtiera en abogado la llenaba de orgullo. Pero Paul tenía otros planes.

En 1990, con la licenciatura en el bolsillo, ingresó en la escuela de inspectores de Cannes-Ecluse. Dos años más tarde acabó como primero de su promoción y pudo elegir uno de los puestos más codiciados por los policías bisoños: la Oficina Central para la Represión del Tráfico Ilegal de Estupefacientes (OCRTIS). El templo de los cazadores de droga.

Su camino parecía trazado. Cuatro años en una oficina central o una brigada de élite y, luego, el concurso interno para comisario. Antes de cumplir los cuarenta, Paul Nerteaux obtendría un puesto de responsabilidad en el Ministerio del Interior, en la place Beauvau, bajo los artesonados de oro de la Grand Maison. Una ascensión fulgurante para un chico salido de un «ambiente difícil», como suele decirse.

En realidad, a Paul no le interesaba el éxito en sí mismo. Su vocación de policía tenía otros fundamentos, siempre ligados a sus sentimientos de culpa. Quince años después de la visita al puerto de Gennevilliers, el remordimiento seguía torturándolo. La voluntad de lavar su falta, de recuperar la inocencia perdida, era su única guía.

Para dominar sus angustias, había tenido que inventar técnicas personales, métodos de concentración secretos. Aquella disciplina le había proporcionado los elementos necesarios para convertirse en un policía inflexible. Dentro del «cuerpo», era odiado, temido o admirado, según de quién se tratase, pero nunca querido. Porque nadie comprendía que su intransigencia y su ambición eran una tabla de salvación, un cortafuegos. El único modo de mantener a raya a sus demonios. Nadie sabía que, en un cajón de su escritorio, a mano derecha, seguía guardando un abrecartas de cobre…

Apretó las manos sobre el volante y se concentró en la cinta de asfalto.

¿Por qué removía toda aquella mierda precisamente hoy? ¿Influencia del paisaje, ensombrecido por la lluvia? ¿El hecho de que fuera domingo, día de muerte entre los vivos?

A ambos lados de la autopista no se veía otra cosa que los negruzcos surcos de los campos de cultivo. La misma línea del horizonte parecía un último surco, abierto bajo la nada del cielo. En aquella región no podía pasar nada, salvo una lenta inmersión en la desesperación. Paul echó un vistazo al mapa de carreteras extendido sobre el asiento del acompañante. Tendría que abandonar la autopista A1 y tomar la nacional en dirección a Amiens. Luego continuaría por la departamental 235. Su lugar de destino se encontraba a diez kilómetros.

Trató de apartar la mente de sus lúgubres pensamientos y concentrarla en el hombre a cuyo encuentro se dirigía, sin lugar a dudas el único policía con el que no habría querido encontrarse jamás. Había fotocopiado la totalidad de su expediente en la Inspección General de Servicios y habría podido recitar su historial de memoria… Jean-Louis Schiffer, nacido en 1943 en Aulnay-sous-Bois, SeineSaint-Denis. Apodado, según las circunstancias, «el Cifra» o «el Hierro». El Cifra, por su tendencia a cobrar porcentajes de los asuntos que llevaba; el Hierro, por su reputación de policía implacable y también por su plateada y cuidada melena.

En 1959, tras obtener su certificado de estudios, Schiffer es movilizado a Argelia, a los Aurès. En 1960, se traslada a Argel, donde se convierte en oficial de información, miembro activo de los DOP (Destacamentos Operativos de Protección).

En 1963 regresa a Francia con el grado de sargento e ingresa en la policía, primero tomo agente del orden público y luego, en 1966, como investigador de la Brigada Territorial del Distrito Sexto. Se distingue rápidamente por su sentido innato de la calle y su habilidad en infiltrarse. En mayo de 1968 se lanza a la calle y se mezcla con los estudiantes. En esa época lleva coleta, fuma hachís y toma buena nota de los nombres de los líderes políticos. Durante los enfrentamientos de la rue Gay-Lussac, salva a un miembro de las Compañías Republicanas de Seguridad bajo una lluvia de adoquines.

Primer acto de valor.

Primera distinción.

Sus hazañas ya no cesarán. Reclutado por la Brigada Criminal en 1972, asciende a inspector y prodiga los actos heroicos, impávido ante las pistolas y los puños. En 1975 recibe la Medalla al Valor. Nada parece poder frenar su ascensión. Sin embargo, en 1977, tras un breve período en la BRI (Brigada de Investigación e Intervención), la célebre «antibandas», es trasladado repentinamente. Paul había descubierto el informe de la época, firmado por el comisario Broussard en persona. El policía había anotado al margen, con bolígrafo: «Ingobernable».

Schiffer encuentra su auténtico territorio de caza en el Distrito Décimo, en la Primera División de Policía judicial. Rechazando cualquier ascenso o traslado, durante más de veinte años, se impone como el hombre del Barrio Oeste, donde hace reinar el orden y la ley dentro del perímetro circunscrito por los grandes bulevares y las estaciones del Este y del Norte, cubriendo parte del Sentier, el barrio turco y otras zonas con fuerte presencia de población inmigrante.

Durante esos años, controla una red de confidentes, bordea la ilegalidad -juego, prostitución, droga- y mantiene relaciones ambiguas pero eficaces con los jefes de cada comunidad. Y alcanza una cifra récord de éxitos en sus investigaciones.

Según una opinión sólidamente establecida en las altas esferas, a él y solo a él se debe la relativa calma de esa parte del Distrito Décimo entre 1978 y 1998. En un hecho excepcional, Jean-Louis Schiffer llega a beneficiarse de una prolongación del servicio de 1999 a 2001.

En abril de ese último año, el policía pasa oficialmente a la situación de retiro. En su activo: cinco condecoraciones, incluida la Orden del Mérito, doscientas treinta y nueve detenciones y cuatro muertos por bala. A sus cincuenta y un años, no ha pasado de simple inspector. Un trotacalles, un hombre de acción reinando sobre un solo y único territorio.

Esto en lo tocante al Hierro.

En cuanto al Cifra, sale a la luz en 1971, cuando el policía es sorprendido zurrándole la badana a una prostituta en la rue Michodiére, en el barrio de La Madelaine. La investigación de la IGS, asociada a la de la Brigada Antivicio, queda en agua de borrajas. Ninguna peripatética se aviene a testificar contra el hombre de la melena plateada. En 1979 se registra otra queja. Se rumorea que Schiffer cobra protección a las putas de las calles Jérusalem y Saint-Denis.

Nueva investigación, nuevo fracaso.

El Cifra sabe nadar y guardar la ropa.

Los asuntos serios empiezan en 1982. En la comisaría de Bonne Nouvelle, un alijo de heroína se volatiliza tras la desarticulación de una red de traficantes turcos. El nombre de Schiffer está en todas las bocas. El policía es sometido a examen. Pero al cabo de un año sale limpio como una patena. Ninguna prueba, ningún testigo.

En el curso de los años, otras sospechas planean sobre el Cifra. Porcentajes obtenidos de la extorsión; comisiones sobre actividades de juegos y apuestas; chanchullos con los propietarios de bares del barrio; proxenetismo… Es evidente que el policía se lucra de mil modos distintos, pero nunca lo cogen con las manos en la masa. Schiffer controla su sector, y lo controla férreamente. Dentro del propio cuerpo, los investigadores de la IGS topan con el mutismo de sus colegas policías.

A los ojos de todo el mundo, el Cifra es ante todo el Hierro. Un héroe, un campeón del orden público con una impresionante hoja de servicio.

No obstante, un último patinazo está a punto de hacerlo caer. Octubre de 2000. En las vías de la estación del Norte, aparece el cuerpo de Gazil Hemet, un inmigrante ilegal turco. Hemet, sospechoso de tráfico de estupefacientes, había sido detenido por Schiffer el día anterior. Acusado de «violencia voluntaria», el policía asegura haber liberado al sospechoso antes del final del período de detención, cosa insólita en él.

¿Murió Hemet a consecuencia de una paliza? La autopsia no aporta ninguna respuesta clara: el tren Thalys de las ocho y diez ha destrozado el cadáver. Pero un contraexamen médico-legal señala la existencia de misteriosas «lesiones» que hacen pensar en actos de tortura. Esta vez, Schiffer parece enfrentarse a la perspectiva de una buena temporada a la sombra.

Sin embargo, en abril de 2001 la sala de acusación renuncia una vez más a procesar al sospechoso. ¿Qué ha ocurrido? ¿Con qué apoyos cuenta Jean-Louis Schiffer? Paul se había entrevistado con los oficiales de la Inspección General de los Servicios encargados de la investigación. No habían querido responder; sencillamente, estaban asqueados. Tanto más cuanto que unas semanas después Schiffer en persona los invitó a su «fiesta de despedida».

Corrupto, violento y fanfarrón.

Esa era la basura que Paul se disponía a conocer.

La vía de salida hacia Amiens lo devolvió a la realidad. Paul abandonó la autopista y tomó la nacional. Un puñado de kilómetros más adelante vio aparecer el letrero indicador de Longéres.

Paul tomó la departamental y llegó al pueblo en cuestión de minutos. Lo atravesó sin disminuir la velocidad y vio otra carretera que descendía hacia un valle lavado por la lluvia. Contemplando la alta y lustrosa hierba, Paul tuvo una especie de iluminación: acababa de comprender por qué se había acordado de su padre mientras iba al encuentro de Jean-Louis Schiffer.

A su manera, el Cifra era el padre de todos los policías. Mitad héroe, mitad demonio, encarnaba por sí solo lo mejor y lo peor, la rectitud y la corrupción, el Bien y el Mal. Una figura fundadora, un Gran Todo al que Paul admiraba a su pesar, como había admirado, desde el fondo de su odio, a su alcohólico y violento padre.

8

Cuando Paul encontró el edificio que buscaba, le faltó poco para echarse a reír. Con su muro de circunvalación y sus dos torres en forma de mirador, la residencia para jubilados de la policía en Longéres se parecía a una cárcel como una gota de agua a otra.

Al otro lado del muro, el parecido no hacía más que aumentar. El patio estaba encuadrado por tres cuerpos de edificio dispuestos en forma de herradura, con galerías de arcadas negras. Un grupo de hombres jugaba a la petanca desafiando la lluvia; llevaban chándal y recordaban a los internos de cualquier prisión del mundo. No muy lejos, tres agentes de uniforme, que sin duda habían acudido a visitar a un pariente, podían pasar por carceleros sin dificultad.

Paul se recreó en la ironía de la situación. El asilo de Longéres, financiado por la Mutualidad Nacional de la Policía, era la residencia más importante a disposición de los agentes jubilados. Acogía a números y mandos, siempre que no sufrieran «ningún trastorno psicosomático de origen o repercusiones etílicos». Ahora resultaba que el célebre remanso de paz, con sus espacios amurallados y su población exclusivamente masculina, no era otra cosa que un centro de detención como cualquier otro. Devuélvase al remitente, se dijo Paul.

Llegó a la entrada del edificio principal y empujó la puerta acristalada. Un vestíbulo cuadrado y tenebroso daba a una escalera iluminada por una claraboya de cristal esmerilado. Reinaba allí un sofocante calor de terrario, que hedía a antibióticos y orines.

Paul se dirigió a la puerta de vaivén situada a su izquierda, de la que salía un fuerte olor a manduca. Era mediodía. Los jubilados debían de estar meneando el bigote.

Al otro lado, descubrió un refectorio de paredes amarillas y suelo de linóleo rojo sangre. Sobre las largas mesas de acero inoxidable, los platos y los cubiertos estaban cuidadosamente colocados y las cacerolas de sopa humeaban. Todo estaba dispuesto, pero no se veía un alma.

Paul oyó ruido en la habitación contigua y avanzó hacia ella con la sensación de que las suelas de los zapatos se le hundían en el suelo coagulado. En aquel sitio cada detalle contribuía al letargo general; cada paso te hacía sentir un poco más viejo.

Cruzó el umbral. Una treintena de jubilados veían la televisión de pie, dándole la espalda. «Pequeña Alegría acaba de adelantar a Bartok…» Una hilera de caballos galopaba en la pantalla.

Paul se acercó y advirtió, a su izquierda, en otra habitación, a un viejo sentado a solas. Instintivamente, se detuvo para observarlo con atención. Encorvado, tembloroso encima de su plato, el hombre hurgaba en un bistec con la punta del tenedor.

Paul tuvo que rendirse a la evidencia: aquel carcamal era su hombre.

El Cifra y el Hierro.

El policía de las doscientas treinta y nueve detenciones.

Paul entró en la sala. A sus espaldas, el comentarista se atragantaba por momentos: «Pequeña Alegría, Pequeña Alegría se mantiene en cabeza…». Comparado con las últimas fotos que Paul había podido contemplar, Jean-Louis Schiffer había envejecido veinte años.

Sus facciones, antaño regulares, habían enflaquecido y se tensaban sobre los huesos como sobre un potro de tortura; la piel, gris y agrietada, le colgaba floja, sobre todo en el cuello, y recordaba las escamas de un reptil; sus ojos, de un azul metálico, apenas se percibían bajo los párpados entrecerrados. El antiguo policía ya no lucía la célebre melena plateada; ahora llevaba el pelo muy corto, casi al cepillo. La noble cabellera de plata había cedido el sitio a un cráneo de hojalata.

Su cuerpo, aún poderoso, estaba enfundado en un chándal de color añil cuyo ancho cuello formaba un par de alas onduladas sobre sus hombros. Junto al plato, Paul vio un fajo de quinielas hípicas. Jean Louis Schiffer, la leyenda de las calles, se había convertido en el corredor de apuestas de una banda de agentes de la circulación jubilados.

¿Cómo se le había ocurrido acudir a aquel vejestorio en busca de ayuda? Pero era demasiado tarde para echarse atrás. Paul se puso el cinturón, el arma, las esposas y la cara de antaño: mirada al frente y mandíbulas apretadas. Los ojos de hielo ya se habían posado en él, Cuando lo tuvo a unos pasos, el anciano le espetó:

– Eres demasiado joven para ser de la IGS.

– Capitán Paul Nerteaux, primera DPJ, Distrito Décimo.

Lo había dicho en un tono militar que lamentó de inmediato, pero el viejo preguntó:

– ¿Rue de Nancy?

– Rue de Nancy.

La pregunta era un cumplido indirecto: aquella dirección albergaba el SARIJ, el servicio judicial de la zona. Schiffer había reconocido en Paul al investigador, al policía de calle.

Paul acercó una silla y lanzó una mirada involuntaria a los apostadores, que seguían plantados delante del televisor. Schiffer siguió su mirada y se echó a reír.

– Te pasas la vida enchironando a la chusma y, al final, ¿para qué? Para acabar también tú en el trullo.

El Hierro se llevó un trozo de filete a la boca. Sus mandíbulas se movieron bajo la piel como engranajes potentes y bien engrasados. Paul rectificó su veredicto: el Cifra no estaba tan acabado como parecía. Para quitarle el polvo a aquella momia, bastaba con soplarle encima.

– ¿Qué quieres? -le preguntó el hombre tras engullir la carne.

Paul echó mano de su tono de voz más humilde.

– He venido a pedirle consejo.

– ¿Sobre qué?

– Sobre esto.

Paul se sacó un sobre de un bolsillo del anorak y lo dejó al lado de las quinielas. Schiffer apartó el plato y abrió parsimoniosamente el sobre, del que sacó una decena de fotografías en color. Miró la primera y gruñó.

– ¿Qué es esto? -preguntó tras echar un vistazo a la primera.

– Una cara. -El viejo policía siguió pasando las fotos-. Les cortaron la nariz con un cúter. O una navaja de afeitar. Los cortes y las incisiones de las mejillas se hicieron con el mismo instrumento. Les limaron la barbilla. Para cortarles los labios, utilizaron unas tijeras. -Schiffer volvió a la primera fotografía sin decir palabra-. Antes de todo eso, vinieron los golpes -siguió explicando Paul-. Según el forense, las mutilaciones se efectuaron después de la muerte.

– ¿Identificada?

– No. Las huellas no dieron nada.

– ¿Qué edad?

– Unos veinticinco.

– ¿La causa final del fallecimiento?

– Hay donde elegir. Los golpes. Las heridas. Las quemaduras. El cuerpo está en el mismo estado que la cara. A priori, sufrió más de veinticuatro horas de torturas. Espero más detalles. La autopsia no ha acabado.

El jubilado levantó los párpados.

– ¿Por qué me enseñas esto?

– Encontraron el cadáver ayer, al amanecer, cerca del hospital de Saint-Lazare.

– ¿Y qué?

– Era su zona. Usted pasó más de veinte años en el Distrito Décimo.

– Eso no me convierte en patólogo.

– Creo que la víctima es una obrera turca.

– ¿Por qué turca?

– Primero, por el barrio. Luego, por los dientes. Las turcas llevan marcas de orificación que ya no se practican más que en Oriente próximo. ¿Quiere los nombres de las aleaciones? -añadió Paul levantando la voz.

Schiffer volvió a ponerse el plato delante y siguió comiendo.

– ¿Por qué obrera? -preguntó tras una larga masticación.

– Por los dedos -respondió Paul-. Las yemas están llenas de marcas. Típicas de algunos trabajos de costura. Lo he verificado.

– ¿La descripción física corresponde con algún aviso de desaparición?

El jubilado ponía cara de no comprender.

– Ningún PV de desaparición -suspiró Paul con paciencia-. Ningún aviso de búsqueda. Es una ilegal, Schiffer. Alguien que no tiene estado legal en Francia. Una mujer que nadie reclamará. La víctima ideal.

El Cifra se acabó el bistec lenta, reposadamente. Luego dejó los cubiertos en la mesa y volvió a coger las fotos. Esta vez se caló unas gafas. Observó cada imagen durante unos segundos, examinando las heridas con atención.

Paul bajó la vista hacia las fotos a su pesar. Vio, al revés, el orificio de la nariz, raso y negro, los tajos que surcaban las mejillas, los labios de liebre, violáceos, horribles…

Schiffer dejó el fajo de fotos y cogió un yogur. Despegó la tapa con cuidado y hundió la cucharilla en el tarro.

A Paul se le estaba agotando la paciencia.

– Empecé el recorrido -siguió diciendo-. Los talleres. Los hogares. Los bares. No descubrí nada. No había desaparecido nadie. Y es normal: allí nadie existe. Todos son ilegales. ¿Cómo identificar a una víctima en una comunidad invisible? -Silencio de Schiffer; cucharada de yogur. Paul continuó-: Ningún turco vio nada. O no quiso decirme nada. En realidad, nadie podía decirme nada. Por la sencilla razón de que nadie habla francés.

El Cifra seguía rebañando el tarro.

– Y entonces te hablaron de mí -se dignó decir al fin.

– Todo el mundo me ha hablado de usted. Beauvanier, Monestier, los tenientes, los islotes… Oyéndolos da la sensación de que es usted el único capaz de hacer avanzar esta jodida investigación.

Nuevo silencio. Schiffer se limpió los labios con la servilleta y volvió a coger el pequeño recipiente de plástico.

– Todo eso queda muy lejos. Estoy jubilado y ya no tengo la cabeza en esas cosas. Ahora tengo otras responsabilidades -añadió indicando los boletos con la cabeza.

Paul agarró el canto de la mesa con las dos manos y se inclinó hacia el viejo.

– Le machacó los pies, Schiffer. Las radiografías mostraron más de setenta astillas de hueso hundidas en la carne. Le acuchilló los Pechos de tal forma que se pueden contar las costillas a través de la carne. Le introdujo una barra erizada de cuchillas de afeitar en la vagina. -Paul dio un puñetazo en la mesa-. ¡No se repetirá!

El viejo policía arqueó una ceja.

– ¿Repetirá?

Paul se removió en el asiento; luego, con un movimiento torpe, sacó el dossier que llevaba enrollado en el bolsillo interior de la parka.

– Hay tres – murmuró de mala gana.

– ¿Tres?

– La primera apareció en noviembre del año pasado. La segunda en enero. Y ahora, esta. Todas en el barrio turco. Torturadas y desfiguradas del mismo modo. -Schiffer lo miraba en silencio con la cucharilla en el aire-. Por amor de Dios, Schiffer, ¿es que no lo comprende? -gritó de pronto Paul sobre el parloteo del comentarista hípico-. En el barrio turco hay un asesino en serie. Un tipo al que solo le interesan las ilegales. ¡Mujeres que no existen, en un sitio que ya ni siquiera es Francia!

Al fin, Jean-Louis Schiffer dejó el yogur y cogió el dossier de manos de Paul.

– Te has tomado tu tiempo antes de venir a verme…

9

Fuera había asomado el sol. Charcos de plata animaban el gran patio de gravilla. Paul iba y venía ante la puerta central esperando a que Jean-Louis Schiffer acabara de prepararse.

No había otra solución; lo sabía, siempre lo había sabido. El Cifra no podía ayudarle a distancia. No podía darle consejos desde el fondo de su asilo, ni responderle por teléfono cuando a Paul le fallara la inspiración. No. El viejo policía tenía que interrogar a los turcos con él, utilizar sus contactos, volver a aquel barrio que conocía como nadie.

Paul se estremeció pensando en las consecuencias de su iniciativa. No lo sabía nadie, ni el juez ni sus superiores jerárquicos. Y no se soltaba así como así a un cabrón conocido por la irregularidad y la brutalidad de sus métodos. Tendría que atarlo bien corto.

De un puntapié lanzó un guijarro a un charco e hizo añicos su imagen reflejada en el agua. Seguía tratando de convencerse de que su idea era buena. ¿Cómo había llegado a aquel punto? ¿Por qué se había tomado tan a pecho aquella investigación? ¿Por qué, desde el primer asesinato, actuaba como si su propia existencia dependiera de la resolución del caso?

Durante unos instantes, Paul reflexionó con la mirada puesta en su imagen deformada por el agua, luego tuvo que reconocer que su rabia tenía una única y lejana fuente.

Todo había empezado con Reyna.

25 de marzo de 1994

Paul se había encontrado a sí mismo en la Oficina de las drogas. Obtenía resultados sólidos sobre el terreno, llevaba una vida regular, repasaba sus apuntes para la convocatoria de ascenso a comisario e incluso veía retroceder los desgarrones del escay muy lejos, al fondo de su conciencia. Su caparazón de policía hacía las veces de armadura impenetrable contra sus viejas angustias.

Esa noche volvía a la jefatura de París con un traficante argelino al que había interrogado durante más de seis horas en su despacho de Nanterre. Rutina. Pero, al llegar al Quai des Orfevres, se encontró con un auténtico motín: los furgones llegaban por decenas y descargaban grupos de estudiantes vociferantes y gesticulantes; los policías corrían en todas las direcciones a lo largo de la explanada, y las sirenas de las ambulancias entraban en el patio del Hotel-Dieu mugiendo sin descanso.

Paul se informó. Una manifestación contra el contrato de inserción profesional -el «SMIC Jeunes»- había degenerado en batalla campal. En la place de la Nation se hablaba de más de cien heridos en las filas de la policía, de varias decenas entre los manifestantes y de daños materiales por valor de millones de francos.

Paul agarró al traficante y se apresuró a bajar a los subterráneos. Si no encontraba sitio en las jaulas, no tendría más remedio que llevárselo a la prisión de la Santè, o a donde fuera, esposado a la muñeca.

El depósito lo recibió con su algarabía habitual, pero elevada a la potencia mil. Insultos, gritos, escupitajos… Los manifestantes se agarraban al exterior de las celdas y vociferaban injurias, a las que los agentes respondían a porrazo limpio. Paul consiguió enjaular a su traficante y salió huyendo de la bronca y los salivazos.

La vio justo antes de salir.

Estaba sentada en el suelo con los brazos alrededor de las rodillas y parecía sentir un desdén infinito hacia el caos que la rodeaba. Paul se le acercó. Tenía el pelo negro y erizado, un cuerpo andrógino y un aspecto siniestro al estilo Joy Division, como recién salida de los ochenta. Incluso llevaba un pañuelo de cuadros azules, como solo Yasser Arafat seguía atreviéndose a usar.

Bajo el peinado punk, el rostro era de una regularidad asombrosa: una pureza de estatuilla egipcia tallada en mármol blanco. Paul recordó las esculturas que había visto en una revista. Formas pulidas naturalmente, pesadas y suaves a la vez, hechas para descansar en el hueco de la mano o mantenerse en equilibrio sobre la yema de un dedo. Guijarros mágicos, firmados por un artista llamado Brancusi.

Paul conferenció con los carceleros, comprobó que el nombre de la chica no figuraba en el registro y se la llevó al tercer piso del edificio de los estupas. Mientras subía las escaleras, hizo balance mental de sus pros y sus contras.

En cuanto a los pros, era bastante bien parecido; al menos, eso era lo que le daban a entender las prostitutas que le silbaban y lo llamaban de todo cuando recorría los barrios calientes en busca de traficantes. Cabellos de indio, lisos y negros; facciones regulares; ojos de color café. Una figura seca y nerviosa, no muy alta, pero aupada en las gruesas suelas de unas botas militares. Casi un muñeco, si no hubiera tenido buen cuidado de ostentar una mirada dura, ensayada ante el espejo, y una barba de tres días, que atenuaba su guapura.

Del lado de los contras, solo se le ocurría uno, pero gordo: era madero.

Cuando comprobó los antecedentes penales de la chica, comprendió que el obstáculo amenazaba con convertirse en insalvable. Reyna Brendosa, veinticuatro años, con domicilio en Sarcelles, rue Gabriel-Péri 32, era miembro activo de la Liga Comunista Revolucionaria, facción dura; afiliada a las Tutte Bianche, grupo antimundialista italiano que propugnaba la desobediencia civil; detenida en varias ocasiones por vandalismo, desórdenes públicos y comportamiento violento. Una auténtica bomba.

Paul dejó el ordenador y volvió a contemplar a la criatura que lo observaba desde el otro lado del escritorio. Sus iris negros, realzados con kohl, lo vapuleaban con más fuerza que los dos camellos zaireños que le habían sacudido el polvo una noche de despiste, en Château-Rouge.

Jugueteó con su documento de identidad, como hacen todos los polis, y le preguntó:

– ¿Te divierte andar por ahí rompiéndolo todo?

Silencio.

– ¿Te excita la violencia?

Silencio. Luego, de pronto, su voz, grave y lenta:

– La auténtica violencia es la propiedad privada. El expolio de las masas. La alienación de las conciencias. La peor de todas, escrita y autorizada por las leyes.

– Esas ideas están desfasadas. ¿No te habías enterado?

– Nada ni nadie impedirá la caída del capitalismo.

– Mientras tanto, vas a pasar tres meses a la sombra. Reyna Brendosa sonrió.

– Te haces el soldadito, pero no eres más que un peón. Soplo y desapareces.

Paul también sonrió. Ninguna mujer le había hecho sentir aquella mezcla de irritación y fascinación, aquel deseo violento, pero teñido de prevención.

Tras la primera noche, le pidió volver a verla; ella lo llamó «sucio madero». Un mes más tarde, cuando ya dormía en su casa todas las noches, le propuso que se instalara con él; ella lo mandó al infierno. Algún tiempo después, le pidió que se casara con él; ella soltó la carcajada.

Se casaron en Portugal, cerca de Oporto, en el pueblo natal de Reyna. Primero, en la alcaldía comunista; luego, en una pequeña iglesia. Un sincretismo de fe, socialismo y sol. Uno de los mejores recuerdos de Paul.

Los meses que siguieron fueron los más felices de su vida. Paul no dejaba de maravillarse. Reyna le parecía desencarnada, inmaterial; luego, un instante después, un gesto, una expresión, le daban una presencia, una sensualidad increíbles, casi animales. Podía pasarse horas expresando sus ideas políticas, describiendo sus utopías, citando a filósofos de los que Paul no había oído hablar jamás, y luego, con un solo beso, recordarle que era un ser rojo, orgánico, palpitante.

Su aliento olía a sangre: no paraba de mordisquearse los labios. En cualquier circunstancia parecía captar la respiración del mundo en todo momento, coincidir con los mecanismos más profundos de la naturaleza. Poseía una especie de percepción interna del universo, algo freático, subterráneo, que la ligaba a las vibraciones de la tierra y a los instintos de la vida.

Paul amaba su parsimonia, que le daba una gravedad de tañido fúnebre. Amaba su intenso sufrimiento frente a la injusticia, la miseria, la deriva de la humanidad. Amaba aquel camino de mártir que había elegido y que elevaba su vida cotidiana a la altura de una tragedia. Su vida con Reyna se parecía a una ascesis, una preparación a un oráculo. Un camino religioso, de trascendencia y exigencia.

Reyna, o la vida de ayuno… Esa sensación apuntaba lo que estaba por venir. A finales de verano de 1994, le anunció que estaba embarazada. Paul se lo tomó como una traición: le robaban su sueño. Su ideal se hundía en la banalidad de la fisiología y la familia. En el fondo, sentía que iba a quedarse sin ella. Físicamente sobre todo, pero también moralmente. Sin duda, la vocación de Reyna cambiaría; su utopía iba a encarnarse en su metamorfosis interior…

Fue exactamente lo que ocurrió. De la noche a la mañana, Reyna le dio la espalda, se negó a que la tocara. Ya no reaccionaba a su presencia más que distraídamente. Se había convertido en un templo prohibido, cerrado en torno a un solo ídolo: su hijo. Paul habría podido adaptarse a aquel estado de cosas, pero percibía algo más, una mentira más profunda que no había apreciado hasta entonces.

Tras el parto, en abril del 95, sus relaciones se estancaron definitivamente. Se mantenían como dos extraños. A pesar de la presencia de la recién nacida, en el aire había un perfume fúnebre, una vibración malsana. Paul intuía que se había convertido en un objeto de repulsión total para Reyna.

Una noche no pudo aguantar más y le preguntó:

– ¿Ya no me deseas?

– No.

– ¿No volverás a desearme nunca?

– No.

Paul dudó un instante antes de hacer la pregunta fatal:

– ¿Me has deseado alguna vez?

– No, nunca.

Para ser policía, no había tenido mucho olfato… Su encuentro, su relación, su matrimonio, no habían sido más que una impostura, un camelo.

Una maquinación cuyo único objetivo era el hijo.

El divorcio fue cosa de unos meses. Ante el juez, Paul alucino, literalmente. Oía una voz ronca resonando en el despacho, y era la suya; sentía una lija arañándole el rostro, y era su barba. Flotaba en la habitación como un fantasma, un espectro alucinado. Dijo que sí a todo, pensión y concesión de la custodia; no luchó por nada. Le daba todo absolutamente igual, prefería meditar sobre la perfidia del complot. Había sido víctima de una colectivización un tanto especial. Reyna la marxista se había apropiado de su esperma. Había practicado una fecundación in vivo, al estilo comunista.

Lo más gracioso era que no conseguía odiarla. Al contrario, seguía admirando a aquella intelectual ajena al deseo. Estaba seguro: Reyna no volvería a mantener relaciones sexuales. Ni con hombres ni con mujeres. Y la idea de aquella criatura idealista que simplemente quería dar vida, sin pasar por el placer y la convivencia, lo dejaba atónito, sin palabras y sin ideas.

A partir de ese momento, Paul empezó a derivar, al modo de un río de aguas cansadas que busca su mar de fango. En el trabajo iba de mal en peor. Ya no pisaba el despacho de Nanterre. Se pasaba la vida en los barrios más sórdidos, codeándose con chusma de la peor estofa, fumando un canuto tras otro, conviviendo con traficantes y yonquis, mezclándose con los peores desechos humanos…

Luego, en primavera de 1998, aceptó verla.

Se llamaba Céline y tenía tres años. Los primeros fines de semana fueron mortales. Parques, tiovivos, nubes de algodón dulce: el aburrimiento sin paliativos. Después, poco a poco, Paul descubrió una presencia que no esperaba. Una transparencia que circulaba a través de los gestos de la niña, de su rostro, de sus expresiones; un flujo dúctil, caprichoso y saltarín, cuyas vueltas y revueltas lo fascinaban.

Una mano vuelta hacia el exterior con los dedos juntos, para subrayar una evidencia; una manera de inclinarse hacia delante y de finalizar el movimiento con una mueca traviesa; la voz ronca, un atractivo singular que lo hacía estremecerse como el contacto de un tejido o una corteza. Bajo la niña palpitaba ya una mujer. No su madre -cualquiera menos su madre-, sino una criatura retozona, viva, única.

Sobre la tierra había algo nuevo: Céline existía.

Paul dio un giro radical y ejerció, al fin y con pasión, sus derechos de padre. Los encuentros regulares con su hija lo reconstituyeron. partió a la reconquista de su autoestima. Se imaginó convertido en héroe, en un superpolicía incorruptible, libre de tacha.

Un hombre que iluminaría el espejo con su imagen cada mañana.

Para su rehabilitación, eligió el único territorio que conocía: el mundo del crimen. Se olvidó del concurso de ascenso a comisario y solicitó el traslado a la Brigada Criminal de París. A pesar de su período flotante, obtuvo un puesto de capitán en 1999. Se convirtió en un investigador encarnizado, incansable. Y se puso a esperar el caso que lo encumbraría. El tipo de investigación que ambiciona cualquier policía motivado: una caza del monstruo, un duelo singular, un mano a mano con un enemigo digno de ese nombre.

Fue entonces cuando oyó hablar del primer cuerpo.

Una mujer pelirroja torturada y desfigurada, descubierta bajo una puerta cochera cerca del boulevard Strasbourg, el 15 de noviembre de 2001. Ni sospechoso, ni móvil, ni, en cierto modo, víctima… El cadáver no correspondía con ningún aviso de desaparición. Las huellas digitales no estaban fichadas. En la Criminal, el asunto ya estaba clasificado. Sin duda, una historia de puta y chulo; la rue Saint-Denis estaba apenas a doscientos metros. A Paul el instinto le decía otra cosa. Consiguió el dossier: atestado, informe del forense, fotografías del fiambre… Durante la Navidad, mientras todos sus compañeros estaban en familia y Céline con sus abuelos, en Portugal, estudió a fondo la documentación. No tardó en comprender que no se trataba de un asunto de proxenetismo. La diversidad de las torturas y las mutilaciones del rostro no cuadraban con la hipótesis de un rufián. Además, si la víctima hubiera sido realmente una fulana, el control de las huellas habría dado un resultado: todas las prostitutas del Distrito Décimo estaban fichadas.

Decidió permanecer atento a lo que pudiera ocurrir en el barrio de Strasbourg-Saint-Denis. No tuvo que esperar demasiado. El 10 de enero de 2002 se descubría el segundo cadáver en el patio de un taller turco de la rue du Faubourg Saint-Denis. El mismo tipo de víctima -pelirroja, sin correspondencia con ningún aviso de búsqueda-, las mismas marcas de torturas, los mismos cortes en el rostro.

Paul procuró mantener la calma, pero estaba seguro de que tenía «su» serie. Se presentó ante el juez de instrucción responsable del caso, Thierry Bomarzo, y consiguió la dirección de la investigación. Desgraciadamente, la pista ya estaba fría. Los chicos de las fuerzas del orden habían pisoteado el escenario del crimen y la policía científica no había encontrado nada.

Paul comprendió oscuramente que debía acechar al asesino en su propio terreno, introducirse en el barrio turco. Hizo que lo trasladaran a la DPJ del Distrito Décimo como simple investigador del SARIJ (Servicio de Acogida y Reconocimiento de Investigación Judicial) de la rue de Nancy. Volvió al día a día del agente de base: escuchar a viudas timadas, tenderos víctima de hurtos y vecinos protestones.

Así transcurrió todo febrero. Paul tascaba el freno. Temía y a la vez esperaba el siguiente asesinato. Alternaba los momentos de exaltación y los días de absoluta desmoralización. Cuando tocaba fondo, iba a visitar las tumbas anónimas de las dos víctimas, en la fosa común de Thiais, en el Val-de-Marne.

Allí, ante las losas de piedra sin más adorno que un número, juraba a las dos mujeres que las vengaría, que encontraría al demente que las había martirizado. Luego, en un rincón de su cabeza, le hacía otra promesa a Céline. Sí: atraparía al asesino. Por ella. Por él. Para que todo el mundo supiera que era un gran policía.

El tercer cadáver se descubrió al alba del 16 de marzo de 2002. Los azules de servicio lo llamaron a las cinco de la mañana. Un aviso de los basureros: el cuerpo se encontraba en el foso del hospital de Saint-Lazare, un edificio de ladrillos abandonado del boulevard Magenta. Paul ordenó que no fuera nadie allí hasta pasada una hora, cogió la chaqueta y salió a toda prisa hacia el escenario del crimen. Se lo encontró desierto, sin un agente ni un faro giratorio que perturbara su concentración.

Un auténtico milagro.

Podría husmear el rastro del asesino, entrar en contacto con su olor, su presencia, su locura… Pero fue una nueva decepción. Esperaba encontrar indicios materiales, una puesta en escena peculiar a modo de firma. No encontró más que un cuerpo abandonado en una zanja de hormigón. Un cadáver lívido, mutilado, coronado por un rostro desfigurado bajo un pelaje de color cera.

Paul comprendió que estaba atrapado entre dos silencios. El silencio de las muertas y el del barrio.

Se marchó derrotado, desesperado, sin esperar siquiera a que llegara el furgón del servicio urgente de policía. Luego vagó por la rue Saint-Denis y vio despertar la Pequeña Turquía. Los comerciante, que abrían sus tiendas; los obreros que apretaban el paso hacia lo, talleres; los mil y un turcos que se abandonaban a su destino… De pronto, una convicción se le impuso con fuerza: aquel barrio de inmigrantes era el bosque en el que se escondía el asesino. Una jungla impenetrable en la que se internaba en busca de refugio y seguridad.

Solo no conseguiría hacerlo salir.

Necesitaba un guía. Un batidor.

10

De paisano, Jean-Louis Schiffer parecía otra cosa.

Llevaba una chaqueta de caza Barbour verde oliva y un pantalón de terciopelo de un tono más claro, que caía pesadamente sobre unos zapatos gruesos de estilo Church, relucientes como castañas.

El atuendo le daba cierta elegancia, que no atenuaba su corpulencia. Espaldas anchas, torso fornido, piernas arqueadas… En aquel hombre todo emanaba fuerza, solidez, violencia. No cabía duda que aquel policía podía aguantar el retroceso de un Manhurin calibre 38, el revólver de reglamento, sin moverse un centímetro. Es más, su postura implicaba ya ese retroceso, lo incorporaba en su actitud.

El Cifra levantó los brazos como si le hubiera leído el pensamiento.

– Puedes cachearme, muchacho. No llevo pipa.

– Eso espero -replicó Paul-. Aquí no hay más que un policía en activo, no lo olvide. Y no soy ningún muchacho.

Schiffer dio un taconazo y se cuadró cómicamente. Paul ni siquiera esbozó una sonrisa. Le abrió la puerta del acompañante, se sentó al volante y arrancó bruscamente procurando olvidar sus aprensiones.

El Cifra no abrió la boca en todo el trayecto. Estaba absorto en las fotocopias del dossier. Paul se lo sabía de pe a pa. Sabía todo lo que cabía saber sobre los cuerpos anónimos, que él mismo había bautizado los «Corpus».

Schiffer recuperó el habla a la entrada de París:

– ¿El rastreo de los escenarios de los crímenes no ha dado nada?

– Nada.

– ¿La policía científica no ha encontrado ninguna huella, ninguna partícula?

– Ni un pelo.

– ¿En los cuerpos tampoco?

– En los cuerpos aún menos. Según el forense, el asesino los limpia con detergente industrial. Desinfecta las heridas, les lava el pelo y les cepilla las uñas.

– ¿Y la investigación en el barrio?

– Ya se lo he dicho. He interrogado a obreros, tenderos, putas Y basureros de la zona en los tres casos. He hablado hasta con los vagabundos. Nadie ha visto nada.

– ¿Tú opinión?

– Creo que el asesino se mueve en coche y abandona los cuerpos en cuanto puede, a primera hora de la mañana. Una operación relámpago.

El Cifra siguió pasando fotocopias hasta llegar a las fotografías de los cuerpos.

– ¿Alguna idea sobre los rostros?

Paul respiró hondo. Había pasado noches enteras cavilando sobre las mutilaciones.

– Hay varias posibilidades. La primera, que el asesino quiera simplemente borrar las pistas. Las mujeres lo conocen y su identificación podría llevarnos hasta él.

– Entonces, ¿por qué no les ha cortado los dedos y arrancado los dientes?

– Porque son ilegales y no están fichadas en ningún sitio.

El Cifra asintió con la cabeza.

– ¿La segunda posibilidad?

– Por un motivo más… psicológico. Me he tragado unos cuantos libracos sobre el tema. Según los psicólogos, cuando un asesino destroza los órganos de la identificación es porque conoce a sus víctimas y no soporta su mirada. Así que las despoja de su condición de seres humanos y las mantiene a distancia transformándolas en simples objetos.

Schiffer volvió a hojear las fotocopias.

– Nunca me han convencido las monsergas psicológicas. ¿La siguiente posibilidad?

– El asesino tiene un problema con las caras en general. En los rasgos de esas pelirrojas hay algo que le da miedo, que le recuerda algún trauma. No le basta con matarlas; además tiene que desfigurarlas. En mi opinión, esas mujeres se parecen. Su rostro es el desencadenaste de las crisis del asesino.

– Aún más rebuscado.

– Usted no ha visto los cadáveres -replicó Paul alzando la voz-. Estamos ante un enfermo. Un psicópata puro. Tenemos que ponernos a tono con su locura.

– Y esto, ¿qué es?

Schiffer acababa de abrir un último sobre que contenía fotografías de esculturas antiguas. Cabezas, máscaras y bustos. Paul había recortado aquellas imágenes de catálogos de museos, guías turísticas y revistas como Archeologia o Le Bulletin du Louvre.

– Una idea mía -respondió-. He observado que los cortes se parecen a fisuras y cráteres, como marcas en la piedra. Además, las narices y los labios cortados y los huesos limados recuerdan las huellas del desgaste del tiempo. Se me ocurrió que el asesino podría inspirarse en estatuas antiguas.

– No me digas.

Paul notó que se sonrojaba. Su idea estaba traída por los pelos y, a pesar de sus pesquisas, no había dado con ningún vestigio que recordara ni de lejos las heridas de los Corpus. Sin embargo, no dudó en añadir:

– Para el asesino, esas mujeres tal vez sean diosas, a las que respeta y odia a la vez. Estoy seguro de que es turco y está empapado de mitología mediterránea.

– Tienes demasiada imaginación.

– ¿Usted nunca se ha dejado llevar por una intuición?

– Nunca me he dejado llevar por otra cosa. Pero, créeme, esas monsergas psicológicas son demasiado subjetivas. Más nos valdría concentrarnos en los problemas técnicos que se le plantean. -Paul no estaba seguro de haberlo comprendido, pero dejó que el Cifra continuara-: Tenemos que pensar en su modus operandi. Si tienes razón, si realmente esas mujeres son ilegales, serán musulmanas. Y no musulmanas de Estambul, con zapatos de tacón alto. Campesinas, salvajes que andan pegadas a las paredes y no hablan una palabra de francés. Para atraérselas, hay que conocerlas. Y hablar turco. Nuestro hombre podría ser el dueño de un taller. Un comerciante. O el responsable de un hogar. Y no hay que olvidarse de los horarios. Esas mujeres viven bajo tierra, en cuevas, en talleres subterráneos. El asesino las secuestra cuando vuelven a la superficie. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué aceptan seguirlo esas chicas hurañas? Si queremos encontrar su rastro, tenemos que responder a esas preguntas. -Paul estaba de acuerdo, pero todas esas preguntas demostraban sobre todo la amplitud de lo que ignoraban. Todo era posible, literalmente. Schiffer cambió de rumbo-: Supongo que has verificado los homicidios del mismo tipo.

– He consultado el nuevo fichero Chardon. Y también el de los gendarmes, el Anacrime. He hablado con todos los chicos de la Criminal. En Francia no ha habido ningún caso que recuerde ni remotamente esta locura. También lo he comprobado en Alemania, entre la comunidad turca de allí. Nada.

– ¿Y en Turquía?

– Ídem de ídem. Cero.

Decidido a no dejar cabos sueltos, Schiffer se lanzó en otra dirección:

– ¿Has aumentado las patrullas en el barrio?

– Me he puesto de acuerdo con Monestier, el responsable de Louis-Blanc. Hemos reforzado las rondas. Pero discretamente. No es cuestión de sembrar el pánico en la zona.

Schiffer soltó la carcajada.

– ¿Qué crees? Todos los turcos están al corriente.

Paul hizo oídos sordos a la pulla.

– En todo caso, hasta ahora hemos evitado a los medios. Es mi única garantía para continuar en solitario. Si se da publicidad al asunto, Bomarzo pondrá más hombres a trabajar en el caso. De momento, es una historia turca y a nadie le importa demasiado. Tengo el campo libre.

– ¿Cómo es que un caso así no está en manos de la Criminal?

– Yo pertenezco a la Criminal. Sigo teniendo un pie allí. Bomarzo confía en mí.

– ¿Y no has pedido refuerzos?

– No.

– ¿No has formado un grupo de investigación?

– No.

El Cifra rió por lo bajo.

– Lo quieres para ti solito, ¿eh? -Paul no respondió. Schiffer se quitó la pelusa del pantalón con el dorso de la mano-. Da igual cuáles sean tus motivos. O los míos. Vamos a trincarlo, créeme.

11

Una vez en el bulevar periférico, Paul continuó hacia el oeste, en dirección a la Porte d'Auteuil.

– ¿No vamos a La Râpée? -preguntó Schiffer, sorprendido.

– El cuerpo está en Garches. En el hospital Raymond-Poincaré. El instituto anatómico forense de allí es el encargado de hacer las autopsias para los juzgados de Versalles y…

– Sí, ya lo sé. ¿Por qué allí?

– Medida de discreción. Para evitar a los periodistas y los desocupados que siempre merodean por el depósito de París.

Schiffer no parecía escuchar. Observaba el tráfico con expresión fascinada. De vez en cuando entornaba los párpados, como si tuviera que habituar los ojos a una luz nueva. Parecía un preso en libertad condicional.

Media hora después, Paul cruzaba el puente de Suresnes y ascendía el largo boulevard Sellier y a continuación el de la República. Atravesó así la ciudad de Saint-Cloud antes de llegar a las inmediaciones de Garches.

Al fin, en la cima de la colina, el hospital apareció a la vista. Seis hectáreas de edificios, de bloques de quirófanos y habitaciones blancas, una auténtica ciudad habitada por médicos, enfermeras y miles de pacientes, víctimas de accidentes de tráfico en su mayoría.

Paul se dirigió hacia el pabellón Vesalio. El sol estaba alto y bañaba las fachadas de los edificios, construidos con ladrillos sin excepción. Cada muro ofrecía un nuevo tono de rojo, rosa, crema, como si hubiera sido cuidadosamente cocido al horno.

Grupos de visitantes cargados con ramos de flores o envoltorios de pastelería aparecían al azar de los senderos avanzando con una rigidez solemne, casi de autómata, como contagiados del rigor mortis que gravitaba sobre el lugar.

Llegaron al patio interior del pabellón. El edificio, gris y rosa, con su porche sostenido por finas columnas, recordaba un sanatorio o un balneario que albergara misteriosas fuentes de curación.

Entraron en el depósito de cadáveres y siguieron un pasillo alicatado de blanco. Cuando llegaron a la sala de espera, Schiffer preguntó:

– Pero ¿qué es esto?

No era gran cosa, pero Paul se alegró de haberlo sorprendido.

Unos años antes, el instituto anatómico forense había sufrido una remodelación bastante original. La primera sala estaba totalmente pintada de azul turquesa, un color que cubría tanto las paredes como el suelo y el techo y eliminaba cualquier escala, cualquier punto de referencia. Entrar allí era como sumergirse en un mar cristalizado, de una limpidez vivificante.

– Los matasanos de Garches recurrieron a un artista contemporáneo para las reformas -explicó Paul-. Esto ya no es un hospital. Es una obra de arte.

Apareció un enfermero, que les indicó una puerta a mano derecha.

– El doctor Scarbon se reunirá con ustedes en la sala de salidas.

Lo siguieron a través de varias salas. Todas azules, todas vacías, coronadas en algunos casos por una franja de luz blanca proyectada a unos centímetros del techo. En el pasillo, los apliques de mármol desplegaban un degradado de tonos pastel: rosa, melocotón, amarillo, crudo, blanco… Una extraña voluntad de pureza parecía reinar en todas partes.

La última sala arrancó al Cifra un silbido de admiración.

Era un rectángulo de unos cien metros cuadrados, absolutamente vacío, sin más aderezo que el color azul. A la izquierda de la entrada, tres ventanales elevados recortaban la claridad del exterior. En la pared opuesta, frente a aquellas siluetas de luz, se abrían tres arcos, como bóvedas de iglesia griega. Al otro lado había una hilera de bloques de mármol, semejantes a grandes lingotes y pintados del mismo color azul, que parecía haber crecido directamente del suelo.

Sobre uno de ellos, una sábana perfilaba la forma de un cuerpo.

Schiffer se acercó a la pila de mármol blanco que ocupaba el centro de la sala. Gruesa y lisa, estaba llena de agua y parecía una antigua pila bautismal de depuradas líneas. El agua, agitada por un motor, emanaba un perfume de eucalipto destinado a atenuar el hedor a descomposición y formol.

El viejo policía sumergió los dedos.

– Esto no me rejuvenece.

En ese momento, se oyeron los pasos del doctor Claude Scarbon, Schiffer se volvió. Los dos hombres se miraron de arriba abajo. Paul comprendió al instante que se conocían. Había llamado al médico desde el asilo, pero no había mencionado a su nuevo compañero.

– Gracias por haber venido, doctor -dijo Paul a modo de saludo.

Scarbon meneó la cabeza distraídamente sin apartar los ojos del Cifra. Llevaba un abrigo oscuro de lana y aún no se había quitado los guantes de cabritilla. Era un anciano escuálido; sus ojos, que brillaban constantemente, parecían desmentir la utilidad de las gafas, que llevaba en la punta de la nariz. Sus gruesos mostachos de galo dejaban filtrar una voz cansina de película de preguerra.

Paul hizo un gesto hacia su acólito.

– Le presento a…

– Nos conocemos -lo atajó Schiffer-. ¿Qué tal, doctor?

Scarbon se quitó el abrigo sin responder, se puso la bata que colgaba de uno de los arcos y se enfundó unos guantes de látex de un verde pálido que armonizaba con el omnipresente azul.

A continuación, apartó la sábana. El olor a carne en descomposición se extendió por la sala y se impuso a cualquier otra sensación.

Paul no pudo evitar apartar la vista. Cuando tuvo el valor de mirar, vio el cuerpo lívido y abotagado, medio oculto bajo la sábana doblada.

Schiffer había retrocedido hasta los arcos y se estaba poniendo unos guantes quirúrgicos. Su rostro no mostraba la menor emoción. A sus espaldas, una cruz de madera y dos candeleros de hierro negro destacaban sobre la pared.

– Muy bien, doctor, ya puede empezar -murmuró con voz inexpresiva.

12

– La víctima es de sexo femenino y raza blanca. Su tono muscular indica que tenía entre veinte y treinta años. Más bien gruesa. Setenta kilos para un metro sesenta. Si se añade que tenía el cutis blanco característico de las pelirrojas y el mencionado color de pelo, diría que su perfil físico se corresponde con el de las dos primeras víctimas. A nuestro hombre le gustan así: treintañeras, pelirrojas y gorditas.

Scarbon hablaba en un tono monótono. Parecía leer mentalmente las líneas de su informe, unas líneas inscritas en su propia noche en blanco.

– ¿Ningún signo particular? -le preguntó Schiffer.

– ¿Como qué?

– Tatuajes. Perforaciones en las orejas. La marca de una alianza. Cosas que el asesino no habría podido borrar.

– No.

El Cifra cogió la mano izquierda del cadáver y le dio la vuelta para examinar la palma. Paul jamás se habría atrevido a hacer algo así.

– ¿Ninguna marca de henna?

– No.

– Nerteaux me ha explicado que las marcas de los dedos hacen pensar en una costurera. ¿Qué opina usted?

– Las tres habían realizado trabajos manuales durante mucho tiempo, eso es evidente.

– ¿Está de acuerdo en lo de la costura?

– Es difícil ser auténticamente preciso. Los surcos digitales están llenos de marcas de pinchazos. También hay callos en el índice y el pulgar. Puede deberse a la utilización de una máquina de coser o una plancha. -Scarbon los miró por encima de las gafas-. Las tres aparecieron cerca del barrio del Sentier, ¿no?

– ¿Y?

– Son obreras turcas.

Schiffer hizo caso omiso de la seguridad de su tono. Observaba el torso. Paul hizo un esfuerzo y se acercó. Vio los cortes negruzcos que surcaban los costados, los pechos, los hombros y los muslos. Algunas eran tan profundas que dejaban ver el blanco de los huesos.

– Háblenos de esto -ordenó el Cifra.

El forense consultó rápidamente un fajo de folios grapados.

– En esta he encontrado veintisiete cortes. Unos son superficiales y otros profundos. Cabe suponer que el asesino intensificó las torturas conforme pasaban las horas. Es más o menos lo mismo que encontramos en las otras dos. -Scarbon bajó los folios y observó a los dos hombres-. En general, todo lo que voy a describir es igualmente válido para las otras dos víctimas. Las tres mujeres fueron sometidas a las mismas torturas.

– ¿Con qué instrumento?

– Un cuchillo de combate cromado, con filo de sierra. Las marcas de los dientes se distinguen con claridad en varias heridas. Para los dos primeros cuerpos, pedí un estudio a partir del tamaño y la separación de los picos, pero no hemos descubierto nada específico. Material militar estándar, que se corresponde con decenas de modelos.

El Cifra se inclinó hacia delante para examinar otro tipo de heridas que se multiplicaban sobre los pechos, extrañas aureolas negras que sugerían mordiscos o quemaduras. Cuando las vio en el primer cadáver, Paul pensó en el diablo. Un ser de fuego que se habría ensañado con aquel cuerpo inocente.

– ¿Y esto? -preguntó Schiffer acercando el índice- ¿Qué son exactamente? ¿Mordiscos?

– A primera vista, parecen chupetones de fuego. Pero les he encontrado una explicación racional. Creo que el asesino utiliza una batería de coche para someterlas a descargas eléctricas. Para ser precisos, diría que emplea las pinzas dentadas que sirven para transmitir la corriente. Las marcas de labios no son otra cosa que las señales dejadas por esas pinzas. En mi opinión, les moja el cuerpo para potenciar las descargas. Eso explicaría los hematomas negros. Esta presenta más de veinte. -El forense agitó los folios-. Está todo en mi informe.

Paul conocía aquellos detalles. Había leído las conclusiones de las autopsias mil veces. Pero siempre sentía la misma repulsión, el mismo rechazo. Era imposible acostumbrarse a semejantes atrocidades.

Schiffer se colocó a la altura de las piernas del cadáver. Los pies, de un negro azulado, formaban un ángulo disparatado.

– ¿Y esto?

Al otro lado del cuerpo, Scarbon se acercó a su vez. Parecían dos topógrafos estudiando los relieves de un mapa.

– Las radiografías son espectaculares. Tarsos, metatarsos, falanges… Todo machacado. Hay unas setenta esquirlas de hueso clavadas en los tejidos. Ninguna caída habría causado semejantes destrozos. El asesino se ensañó con estos miembros con un objeto contundente. Una barra de hierro o un bate de béisbol. Las otras dos sufrieron el mismo tratamiento. Me he informado: es una técnica de tortura propia de Turquía. La felaka, o la felika, ya no me acuerdo.

– Al-falaqa -escupió Schiffer con voz gutural. Paul recordó que el Cifra hablaba turco y árabe con fluidez-. Puedo citarle de memoria diez países en los que se practica.

Scarbon se colocó las gafas en el caballete de la nariz.

– Sí, bien. El caso es que todo esto es de lo más exótico, francamente.

Schiffer volvió hacia el abdomen. Una vez más, cogió una de las manos del cadáver. Paul se fijó en los dedos, ennegrecidos e hinchados.

– Le arrancó las uñas con unas tenazas -comentó el experto-. Las yemas presentan quemaduras de ácido.

– ¿Qué ácido?

– Imposible decirlo.

– ¿Podría ser un intento post mortem de destruir las huellas digitales?

– En tal caso, el asesino fracasó en su propósito. Los dermatoglifos son perfectamente visibles. No, en mi opinión fue una tortura suplementaria. Nuestro hombre no es de los que cometen fallos.

El Cifra había soltado la mano del cadáver. Ahora toda su atención estaba concentrada en el sexo, que permanecía entreabierto. El forense también observaba la carnicería. Los topógrafos empezaban a parecerse a carroñeros.

– ¿La violó?

– En el sentido sexual de la palabra, no. -Por primera vez, Scarbon titubeó. Paul bajó los ojos. Vio el orificio abierto, dilatado, desgarrado. Las partes internas, labios mayores y menores y clítoris, estaban vueltas hacia el exterior en una espantosa revolución de los tejidos. El forense se aclaró la garganta y se lanzó-: Le introdujo una especie de porra provista de cuchillas de afeitar. Los cortes se distinguen perfectamente aquí, en el interior de la vulva, y a lo largo de los muslos. Una auténtica carnicería. El clítoris está seccionado. Los labios, cortados. Eso provocó una hemorragia interna. La primera víctima tenía exactamente las mismas heridas. La segunda…

Scarbon volvió a dudar. Schiffer buscó su mirada.

– ¿Qué?

– La segunda era otra cosa. Creo que utilizó algo… algo vivo.

– ¿Algo vivo?

– Un roedor, sí. Una alimaña de ese tipo. Los órganos genitales externos presentaban mordeduras y desgarros hasta el útero. Al parecer, es una técnica de tortura que se ha utilizado en América Latina…

Paul tenía un nudo en la garganta. Conocía aquellos detalles, pero cada uno de ellos bastaba para sublevarlo, cada palabra le revolvía el estómago. Retrocedió hasta la pila de mármol. Maquinalmente, sumergió los dedos en el agua perfumada; pero recordó que su auxiliar había hecho lo mismo hacía unos minutos y los sacó bruscamente.

– Continúe -ordenó Schiffer con voz ronca.

Scarbon no respondió de inmediato; el silencio invadió la sala turquesa. Los tres hombres parecían comprender que ya no podían retroceder: tendrían que enfrentarse al rostro.

– Es la parte más compleja -dijo al fin el forense encuadrando el desfigurado rostro con sus dos índices-. Las torturas tuvieron diversas etapas.

– Explíquese.

– Primero, las contusiones. El rostro no es más que un enorme hematoma. El asesino lo golpeó prolongada y salvajemente. Puede que con un puño americano. En cualquier caso, con un objeto metálico más preciso que una barra o una porra. A continuación, los cortes y las mutilaciones. Las heridas no sangraron. Fueron causadas post mortem.

Ahora estaban tan cerca de la horrible máscara como cabía estar.

Veían las profundas heridas en toda su crudeza, sin la distancia que permiten las fotografías. Los cortes que atravesaban el rostro y surcaban la frente y las sienes; las hendiduras que perforaban las mejillas; y las mutilaciones: la nariz amputada, la barbilla biselada, los labios cortados…

– Pueden ver tan bien como yo lo que cortó, limó, arrancó… Lo interesante es su aplicación. Fue el remate de su obra. Es su firma. Nerteaux piensa que intenta copiar…

– Ya sé lo que piensa Nerteaux. ¿Y usted qué piensa?

Scarbon se puso las manos a la espalda y dio un paso atrás.

– El asesino está obsesionado con esos rostros. Constituyen para él un objeto de fascinación y odio. Los esculpe, los modifica, y al mismo tiempo los despoja de su humanidad.

Schiffer se encogió de hombros con escepticismo.

– ¿Cuál fue la causa de la muerte?

– Ya se lo he dicho. Una hemorragia interna. Provocada por los destrozos en los genitales. Debió de desangrarse en el suelo.

– ¿Y en los otros casos?

– En el primero, también una hemorragia. A no ser que el corazón fallara antes. En cuanto a la segunda víctima, no puedo asegurarlo. Tal vez muriera de terror, sencillamente. Podemos resumir diciendo que estas tres mujeres murieron de sufrimiento. Los análisis de ADN y toxicológicos de esta mujer están en curso, pero no creo que den más resultados que en los otros dos casos.

Scarbon cubrió el cuerpo con la sábana con un gesto brusco, demasiado apresurado. Schiffer dio unos pasos antes de preguntar:

– ¿Ha podido deducir la cronología de los hechos?

– No me aventuraré a exponer una sucesión temporal detallada, pero podemos suponer que esta mujer fue secuestrada hace tres días, es decir, la noche del jueves. Sin duda, al salir del trabajo.

– ¿Por qué?

– Tenía el estómago vacío. Como las otras dos. Las sorprende cuando vuelven a casa.

– Evitemos las suposiciones.

El forense suspiró con exasperación.

– A continuación, sufrió entre veinte y treinta horas de torturas sin pausas.

– ¿Cómo lo ha calculado?

– La víctima se debatió. Las ligaduras le desollaron la piel y se hundieron en la carne. Las heridas supuraron. La infección permite calcular el tiempo. De veinte a treinta horas; no puedo equivocarme mucho. De todas formas, dadas las torturas, es el límite de la resistencia humana.

Schiffer seguía paseando y mirándose en el espejo azul del suelo.

– ¿Hay algún indicio que pudiera apuntar el lugar del crimen?

– Tal vez.

– ¿Cuál?-intervino Paul.

Scarbon chasqueó los labios al modo de una claqueta de rodaje.

– Ya lo había advertido en las otras dos, pero en esta es aún más claro. La sangre de las víctimas contiene burbujas de nitrógeno.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Paul sacando su libreta.

– Es bastante extraño. Podría significar que el cuerpo fue sometido, en vida, a una presión superior a la normal en la superficie de la tierra. La presión del fondo del mar, por ejemplo. -Era la primera vez que el forense mencionaba aquella circunstancia-. No soy submarinista -siguió diciendo-, pero es un fenómeno conocido. La presión aumenta a medida que nos sumergimos. El nitrógeno de la sangre se disuelve. Si volvemos a la superficie demasiado deprisa, sin respetar las etapas de descompresión, el nitrógeno vuelve a su estado gaseoso bruscamente y forma burbujas en la corriente sanguínea.

Schiffer parecía muy interesado.

– ¿Eso es lo que le ocurrió a la víctima?

– A las tres víctimas. Se formaron burbujas de nitrógeno que explotaron por todo el organismo y provocaron lesiones y, a no dudarlo, nuevos sufrimientos. No es una certeza al cien por cien, pero estas mujeres podrían haber sufrido un «accidente de descompresión».

– ¿Las sumergieron a gran profundidad? -volvió a preguntar Paul sin dejar de tomar notas.

– Yo no he dicho eso. Según uno de nuestros internos, que practica el submarinismo, sufrieron una presión de al menos cuatro pares. Lo que equivale a unos cuarenta metros de profundidad. Parece un poco complicado encontrar una masa de agua así en París. Parece más probable que las introdujeran en una campana de alta presión.

Paul escribía febrilmente.

– ¿Dónde se consiguen esos cacharros?

– Habría que investigar. Los submarinistas los utilizan para descomprimirse, pero dudo que haya alguno en la región de París. Hay otro tipo que se utiliza en los hospitales.

– ¿En los hospitales?

– Sí, para oxigenar a pacientes que sufren una mala vascularización. Diabetes, exceso de colesterol… El aumento de la presión favorece la difusión del oxígeno por el organismo. En París debe de haber cuatro o cinco de esos aparatos. Pero dudo que nuestro hombre tenga acceso a un hospital. Deberíamos orientarnos hacia la industria.

– ¿Qué sectores utilizan esa técnica?

– No tengo la menor idea. Investiguen, es su trabajo. Y, lo repito, no estoy seguro de nada. Puede que esas burbujas tengan una explicación totalmente diferente. De ser así, recuerden que se lo he advertido.

Schiffer volvió a tomar la palabra:

– ¿No hay nada en los cadáveres que pueda informarnos respecto al físico de nuestro hombre?

– Nada. Las lava con gran cuidado. De todas formas, estoy seguro de que utiliza guantes. No mantiene relaciones sexuales con ellas. No las acaricia. No las besa. No es su estilo. En absoluto. Le va más lo clínico. La robótica. Es un asesino… desencarnado.

– ¿Podría decirse que su locura aumenta con cada crimen?

– No. Las torturas se ejecutan siempre con la misma precisión. Es un obseso del mal, pero no pierde el control en ningún momento. -Scarbon esbozó una sonrisa amarga-. Un asesino metódico, como dicen los manuales de criminología.

– Según usted, ¿qué lo excita?

– El sufrimiento. El sufrimiento puro. Las tortura con aplicación, minuciosamente, hasta que mueren. Lo que provoca su excitación es ese dolor, que multiplica su placer. En el fondo de todo eso hay un odio visceral a las mujeres. A su cuerpo, a su rostro…

Schiffer se volvió hacia Paul y rezongó:

– Está claro que es mi día de psicólogos.

Scarbon se sonrojó.

– La medicina legal siempre es psicología. Las atrocidades que examinamos a diario no son más que manifestaciones de desórdenes mentales…

El viejo policía asintió sin dejar de sonreír y cogió los folios mecanografiados que el forense había dejado sobre uno de los bloques de mármol.

– Gracias, doctor.

Schiffer se dirigió hacia una puerta situada bajo los tres ventanales. Cuando la abrió, un brusco chorro de sol inundó la sala como una ola de leche arrojada desde el inmenso azul del cielo.

– ¿Puedo llevarme también este? -le preguntó Paul al forense cogiendo otro ejemplar del informe.

El médico lo miró fijamente antes de responder:

– ¿Están al corriente sus superiores de lo de Schiffer?

Paul esbozó una amplia sonrisa.

– No se preocupe. Todo está bajo control.

– Me preocupo por usted. Es un monstruo. -Paul se estremeció-. Mató a Gazil Hemet -le espetó Scarbon.

Paul lo recordaba perfectamente. Octubre de 2000: el turco atropellado por el Thalys, la acusación de homicidio voluntario contra Schiffer… Abril de 2001: la sala de acusación retira misteriosamente los cargos.

– El cuerpo estaba destrozado -respondió con frialdad-. La autopsia no pudo probar nada.

– Yo fui quien hizo el examen de comprobación. El rostro presentaba heridas atroces. Le habían arrancado un ojo. Le habían perforado las sienes con una broca de taladro. -El forense indicó la sábana con un gesto de la cabeza-. Nada que envidiarle a éste.

Paul sintió que le temblaban las piernas. No podía admitir semejante sospecha respecto al hombre con el que iba a trabajar.

– El informe solo mencionaba lesiones y…

– Eliminaron el resto de mis comentarios. Lo protegen.

– ¿Quiénes? ¿A quién se refiere?

– Tienen miedo. Todos tienen miedo.

Paul retrocedió hacia la blancura del exterior.

Claude Scarbon empezó a quitarse los guantes elásticos.

– Le ha pedido ayuda al diablo.

13

– Lo llaman la Iskele. ls-ke-le.

– ¿Cómo?

– Podría traducirse por «embarcadero» o «muelle de embarque».

– ¿De qué está hablando?

Paul se había reunido con Schiffer en el coche, pero aún no lo había puesto en marcha. Seguían en el patio del pabellón Vesalio, a la sombra de las finas columnas de la marquesina.

– De la principal organización mafiosa que controla el tráfico de inmigrantes turcos en Europa -respondió el Cifra-. También se encargan de encontrarles alojamiento y trabajo. Por lo general, procuran formar grupos del mismo origen en cada taller. En París, algunos obradores reconstituyen exactamente todo un pueblo del interior de Anatolia. -Schiffer hizo una pausa, tamborileó con los dedos sobre la guantera y prosiguió-: Las tarifas son variables. Los más ricos pueden permitirse el avión y la complicidad de los aduaneros. Desembarcan en Francia con un permiso de trabajo o un pasaporte falsos. Los más pobres se conforman con viajar en un carguero, vía Grecia, o un camión, por Bulgaria. En todos los casos, hay que pagar un mínimo de doscientos mil francos. En el pueblo, toda la familia contribuye para reunir un tercio de la cantidad. El obrero trabaja diez años para devolver el resto.

Paul observaba el perfil de Schiffer, nítidamente recortado contra el cristal de la ventanilla.

Había oído hablar de aquellas redes de traficantes cientos de veces, pero nunca con tanta precisión.

– No te imaginas hasta qué punto están organizados -siguió diciendo el policía del cráneo plateado-. Llevan un registro en el que lo apuntan todo. El nombre, la procedencia, el taller y el estado de la deuda de cada ilegal. Se comunican por correo electrónico con sus socios en Turquía, que mantienen la presión sobre las familias. En París, se encargan de todo. Organizan el envío de giros y las llamadas telefónicas a precios reducidos. Sustituyen a Correos, los bancos, las embajadas… ¿Quieres mandar un juguete a tu crío? Acudes a la Iskele. ¿Buscas ginecólogo, La Iskele te manda a un médico que no te hará preguntas sobre tu situación legal. ¿Tienes un problema con el taller? La Iskele se encarga de solucionar el conflicto. En el barrio turco no pasa nada sin que la Iskele se entere y lo registre en su archivo.

Paul comprendió al fin adónde quería ir a parar el Cifra.

– ¿Cree que pueden tener información sobre los asesinatos.

– Si esas chicas son inmigrantes ilegales, sus patronos habrán acudido en primer lugar a la Iskele. Primero, para saber qué ocurre. Y segundo, para buscarles sustitutas. La muerte de esas mujeres significa ante todo dinero que se pierde.

En la cabeza de Paul empezaba a tomar forma una idea esperanzadora.

– ¿Cree que tienen algún modo de identificara esas trabajadoras?

– Cada dossier contiene una fotografía del inmigrante, su dirección en París y el nombre y los datos de su patrono.

Paul aventuró otra pregunta, aunque ya sabía la respuesta:

– ¿Conoce a esa gente?

– El jefe de la Iskele en París se llama Marek Cesiuz. Todo el mundo lo conoce como Marius. Tiene una sala de conciertos en el boulevard Strasbourg. Asistí al nacimiento de uno de sus hijos. -Schiffer le guiñó el ojo-. ¿No piensas arrancar?

Paul siguió observando a Jean-Louis Schiffer durante unos instantes. «Le ha pedido ayuda al diablo.» Puede que Scarbon estuviera en lo cierto, pero, dada la presa que perseguía, ¿podía desear mejor compañero de caza?

TRES

14

El lunes por la mañana, Anna Heymes salió discretamente de casa y cogió un taxi hasta la orilla izquierda. Recordaba haber visto varias librerías médicas en las inmediaciones del Odéon.

En una de ellas, hojeó los libros de psiquiatría y neurología en busca de información sobre las biopsias practicadas en el cerebro. El término que había utilizado Ackermann seguía resonando en su memoria: «Biopsia estereotáxica». No tardó en encontrar unas fotografías y una descripción detalla de aquella técnica.

Vio cabezas de pacientes, rasuradas y encerradas en un armazón cuadrado, una especie de cubo de metal fijado a las sienes. El aparato estaba coronado por un trépano, una auténtica taladradora.

Las imágenes le permitieron seguir la operación etapa a etapa. La broca perforando el hueso; el escalpelo introduciéndose en el orificio y atravesando a su vez la duramadre, la membrana que envuelve el cerebro; la aguja de cabeza hueca hundiéndose en el tejido cerebral. En una de las fotografías incluso se apreciaba el color rosado del órgano, del que el cirujano estaba extrayendo la sonda.

Cualquier cosa antes que eso.

Anna había tomado una decisión: tenía que pedir una segunda opinión, consultar sin tardanza a otro especialista, que le propusiera una alternativa, un tratamiento diferente.

Entró en una cervecería del boulevard Saint-Germain, se metió en la cabina telefónica del sótano y consultó la guía. Tras varias tentativas fallidas con médicos ausentes o desbordados, dio con una tal Mathilde Wilcrau, psiquiatra y psicoanalista, que parecía menos ocupada.

La mujer tenía una voz grave, pero su tono era ligero, casi juguetón. Anna describió brevemente sus «problemas de memoria» e insistió en la urgencia del caso. La psiquiatra acepto recibirla de inmediato. Cerca del Panteón, a cinco minutos del Odéon.

Poco después, Anna hacía tiempo en una pequeña sala de espera decorada con muebles antiguos barnizados y cincelados, que parecían recién salidos del palacio de Versalles. Estaba sola, entretenida en contemplar las fotografías enmarcadas que adornaban las paredes: imágenes de hazañas deportivas llevadas a cabo en las situaciones más extremas.

En una de las fotos, una silueta alzaba el vuelo desde lo alto de un precipicio suspendida de un parapente; en la siguiente, un alpinista encapuchado trepaba por una pared de hielo; en otra, un tirador con pasamontañas y enfundado en un traje de esquí apuntaba un rifle con mira telescópica hacia un blanco invisible.

– Mis hazañas de otros tiempos.

Anna se volvió hacia la voz.

Mathilde Wilcrau era una mujer alta, de anchas espaldas y sonrisa radiante. Sus brazos salían del traje chaqueta de forma brutal, casi agresiva. Sus piernas, largas y torneadas, dibujaban poderosas curvas. Entre cuarenta y cincuenta años, se dijo Anna observando los ajados párpados y las arrugas de las comisuras de los ojos. Pero a aquella mujer atlética no cabía describirla en términos de edad, sino más bien de energía; no era cuestión de años, sino de kilojulios.

– Por aquí -dijo la psiquiatra invitándola a seguirla.

El despacho hacía juego con la sala de espera: madera. mármol, oro… Anna intuía que la verdad de Mathilde Wilcrau no habitaba en aquel decorado preciosista, sino en las fotografías de sus proezas.

Las dos mujeres se sentaron a ambos lados de un escritorio de color fuego. La médica cogió una estilográfica y escribió los datos de rigor en un bloque de hojas cuadriculadas. Nombre, edad, dirección… Anna estuvo a punto de inventarse una identidad, pero se había prometido a sí misma jugar limpio.

Mientras respondía, Anna seguía observando a su interlocutora. Le sorprendía su actitud resuelta, ostentosa, casi estadounidense. La oscura melena le caía sobre los hombros; sus amplios y regulares rasgos rodeaban unos labios muy rojos y sensuales, que atraían la mirada. La imagen que acudió a su mente fue la de un dulce de frutas, rebosante de azúcar y energía. Aquella mujer le inspiraba una confianza espontánea.

– Entonces, ¿cuál es el problema? -preguntó la psiquiatra en tono jovial.

Anna se esforzó en ser concisa.

– Tengo fallos de memoria.

– ¿Qué tipo de fallos?

– No reconozco rostros que deberían serme familiares.

– ¿Ninguno?

– Especialmente, el de mi marido.

– Sea más precisa. ¿No lo reconoce en absoluto? ¿Nunca?

– No, son lapsus muy cortos. De pronto, su rostro no me dice nada. Es un completo desconocido. Luego, se enciende la bombilla. Hasta hace poco, esos agujeros negros no duraban más que un segundo. Pero ahora me parecen cada vez más largos.

Mathilde golpeaba el bloc con el extremo de la estilográfica, una Mont-Blanc lacada de negro. Anna advirtió que se había quitado los zapatos discretamente.

– ¿Es todo?

Anna dudó.

– A veces también me ocurre lo contrario.

– ¿Lo contrario?

– Creo reconocer rostros de personas que no conozco.

– Póngame un ejemplo.

– Me ocurre sobre todo con una persona. Trabajo en la Casa del Chocolate, en la rue du Faubourg-Saint-Honoré, desde hace un mes. Hay un cliente regular. Un hombre de unos cuarenta años. Siempre que entra en la tienda siento una sensación familiar. Pero nunca consigo recordar nada concreto.

– Y él, ¿qué dice?

– Nada. Es evidente que nunca me ha visto más que detrás del mostrador.

Bajo el escritorio, la psiquiatra meneaba los dedos de los pies dentro de las medias negras. Toda su actitud tenía algo de travieso y retozón.

– Resumiendo, no reconoce usted a las personas a las que tendría que reconocer y en cambio cree reconocer a las que no conoce. ¿Es eso?

La señora Wilcrau alargaba las últimas sílabas de un modo peculiar que recordaba el vibrato de un violonchelo.

– Puede expresarse así, sí.

– ¿Ha probado con un buen par de gafas?

Súbitamente, la cólera se apoderó de Anna, que sintió un intenso calor en el rostro. ¿Cómo podía burlarse de su enfermedad? Se levantó y agarró el bolso, pero Mathilde Wilcrau se apresuró a disculparse:

– Perdóneme. Era una broma. Ha sido una idiotez. Por favor, no se vaya.

Anna se detuvo. La sonrisa roja la envolvía como un halo balsámico. Su reticencia se desvaneció, y Anna se dejó caer en el sillón.

– Sigamos, por favor -dijo la psiquiatra volviendo a sentarse a su vez-. ¿Siente usted a veces cierto malestar ante determinados rostros? Es decir, ante los rostros que ve a diario, en la calle, en los lugares públicos.

– Sí, pero es otra sensación. Sufro… una especie de alucinaciones. En el autobús, en las cenas, en cualquier situación. Las caras se desdibujan, se mezclan, forman máscaras horribles. Ya no me atrevo a mirar a nadie. Pronto no seré capaz de salir de casa…

– ¿Qué edad tiene usted?

– Treinta y un años

– ¿Cuánto hace que sufre esos trastornos?

– Un mes y medio, aproximadamente.

– ¿Van acompañados de molestias físicas?

– No… Bueno, sí. Sensación de angustia, sobre todo. Temblores. Siento el cuerpo pesado. Las extremidades, torpes. A veces, también siento ahogo. Y hace poco sangré por la nariz.

– ¿Su estado de salud es bueno, en general?

– Excelente. Nada reseñable.

La psiquiatra hizo una pausa para tomar notas en el bloc.

– ¿Padece otros trastornos de memoria, relacionados, por ejemplo, con episodios de su pasado?

Anna pensó: A cielo abierto, y respondió:

– Sí. Ciertos recuerdos pierden consistencia. Parecen alejarse, borrarse.

– ¿Cuáles? ¿Los relacionados con su marido?

Anna se irguió contra el respaldo del sillón.

– ¿Por qué me pregunta eso?

– Está claro que el rostro de su marido es el principal desencadenante de sus crisis. Es posible que el pasado que comparte con él también le plantee un problema.

Anna suspiró. Aquella mujer la interrogaba como si su enfermedad estuviera relacionada con sus sentimientos o su inconsciente, como si empujara su memoria en determinada dirección de forma voluntaria. Era un enfoque totalmente distinto al de Ackermann. No era eso lo que había ido a buscar allí?

– Es cierto -admitió al fin-. Mis recuerdos con Laurent se desintegran, desaparecen. -Tras hacer una pausa, siguió hablando en un tono más vivo-: Pero, en cierto modo, es lógico.

– ¿Por qué?

– Laurent es el centro de mi vida, de mi memoria. Forma parte de la mayoría de mis recuerdos. Antes de trabajar en la Casa del Chocolate, era una simple ama de casa. Mi pareja era mi única preocupación.

– ¿No había trabajado nunca?

– Soy licenciada en Derecho, pero nunca he pisado un bufete. No tenemos hijos. Laurent es todo mi mundo, mi único horizonte, por decirlo así.

– ¿Cuánto hace que se casaron?

– Ocho años.

– ¿Tienen relaciones sexuales normales?

– ¿A qué llama usted normal?

– Tibias. Aburridas.

Anna la miró sin comprender. La sonrisa se acentuó.

– Era otra broma. Solo quiero saber si tienen relaciones regulares.

– Por ese lado, todo va bien. Es más tengo… Quiero decir que siento un deseo muy fuerte hacia él. Cada vez más fuerte, diría yo. Es tan extraño…

– Tal vez no lo sea tanto.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿En qué trabaja su marido?

– Es policía.

– ¿Perdón?

– Funcionario del Ministerio del interior. Dirige el Centro de Estudios y Sondeos. Supervisa miles de informes y estadísticas sobre la criminalidad en Francia. Nunca he acabado de entender en qué consiste su trabajo, pero parece importante. Está muy cerca del ministro.

– ¿Por qué no han tenido hijos? -le preguntó Mathilde, como si lo anterior careciera de importancia-. ¿Algún problema por ese lado?

– Ninguno fisiológico, en todo caso.

– Entonces, ¿por qué?

Anna dudó. La noche del sábado volvió a acudirle a la mente: la pesadilla, las revelaciones de Laurent, su rostro cubierto de sangre…

– No lo sé con exactitud. Hace dos días le hice la misma pregunta a mi marido. Me respondió que nunca he querido tenerlos. Según él, le hice prometerme que no los tendríamos. Pero yo no lo recuerdo. ¿Cómo puedo haber olvidado algo así? iNo-lo-re-cuer-dol -repitió Anna acentuando cada sílaba.

La doctora escribió unas líneas y preguntó:

– ¿Y sus recuerdos de infancia? ¿También se desvanecen?

– No. Me parecen lejanos, pero nítidos.

– ¿Recuerdos de sus padres?

– No. Los perdí muy pronto. Un accidente de coche. Crecí en un internado, cerca de Burdeos, bajo la tutela de un tío. Ya no lo veo. Nunca lo vi mucho.

– Entonces, ¿de qué se acuerda?

– De los paisajes. Las grandes playas de las Landas. Los bosques de pinos. Esas imágenes se conservan intactas en mi mente. Incluso ganan presencia, en este momento. Esos paisajes me parecen más reales que todo lo demás.

Mathilde volvió a escribir. Anna se dio cuenta de que en realidad trazaba garabatos. Sin levantar los ojos, la psiquiatra volvió a la carga

– ¿Qué tal duerme? ¿Padece insomnio?

– Todo lo contrario. Me paso la vida durmiendo.

– Cuando hace un esfuerzo de memoria, ¿siente somnolencia

– Sí. Una especie de modorra.

– Hábleme de sus sueños.

– Desde el comienzo de la enfermedad, tengo un sueño… extraño

– La escucho.

Anna describió el sueño que la asaltaba todas las noches. La estación y los campesinos. El hombre del abrigo negro. La bandera de las cuatro lunas. El llanto de los niños. Luego, la tempestad de la pesadilla, la caja torácica vacía, el rostro hecho jirones…

La psiquiatra soltó un silbido admirativo. Anna no estaba muy segura de apreciar sus familiaridades, pero en presencia de aquella mujer sentía una sensación reconfortante. De pronto, Mathilde la dejó helada:

– Ha consultado a alguien más, ¿verdad? -Anna se estremeció-. ¿Un neurólogo?

– ¿Qué… qué le hace pensar tal cosa?

– Sus síntomas son más bien clínicos. Esos lapsus, esas distorsiones, hacen pensar en una enfermedad neurodegenerativa. En casos así, el paciente prefiere consultar a un neurólogo. Un médico que identifique claramente la enfermedad y la trate con medicamentos.

– Se llama Ackermann -admitió Arma. vencida-. Es un amigo de infancia de mi marido.

– ¿Eric Ackermann?

– ¿Lo conoce?

– Fuimos juntos a la facultad.

– ¿Qué opina de él? -preguntó Anna con ansiedad.

– Es un hombre muy brillante. ¿Cuál ha sido su diagnóstico?

– No ha hecho más que someterme a pruebas. Escáneres, radiografías, una resonancia magnética…

– ¿No ha utilizado el Petscan?

– Sí. Me hizo las pruebas el sábado pasado. En un hospital lleno de soldados.

– ¿El Val-de-Grâce?

– No, el Instituto Henri-Becquerel, en Orsay.

Mathilde apuntó el nombre en una esquina del bloc.

– ¿Cuáles fueron los resultados?

– No quedó nada muy claro. Según Ackermann, tengo una lesión en el hemisferio derecho, en la parte ventral del temporal…

– La zona donde reconocemos los rostros.

– Exacto. Ackermann supone que se trata de una necrosis ínfima. Pero la máquina no la localizó.

– Según él,;cuál sería la causa de esa lesión?

– No lo sabe con certeza -respondió Anna, aliviada por aquellas confesiones, con animación-. Quiere hacerme más pruebas. -Su voz se quebró-. Una biopsia, para analizar esa parte de mi cerebro. Quiere estudiar mis células nerviosas, o algo así. Yo… -Anna respiró hondo-. Dice que es lo único que le permitirá poner a punto un tratamiento.

La psiquiatra dejó la pluma sobre el bloc y cruzó los brazos. Anna tenía la sensación de que era la primera vez que la consideraba sin ironía, sin malicia.

– ¿Le habló de sus otros trastornos? ¿De los recuerdos que se borran? ¿De los rostros que se mezclan?

– No.

– ¿Por qué desconfía de él? -Ante el silencio de Arma, la psiquiatra insistió-: ¿Por qué ha venido a mi consulta? ¿Por qué me confía todo esto, a mí?

Anna hizo un gesto vago; luego, entrecerró los párpados y murmuro:

– Me niego a que me hagan esa biopsia. Quieren meterse en mi cerebro.

– ¿A quién se refiere?

– A mi marido y a Ackermann. He venido a verla con la esperanza de que me diera otra solución. ¡No quiero que me hagan un agujero en la cabeza!

– Tranquilícese.

Anna volvió a alzar los ojos. Estaba al borde de las lágrimas.

– ¿Puedo…? ¿Puedo… fumar?

La psiquiatra asintió. Anna se apresuró a encender un cigarrillo. Cuando se disipó el humo, la sonrisa había vuelto a los labios de su interlocutora.

Un recuerdo de infancia la asaltó inopinadamente. Las largas excursiones por las Landas, con la clase; el camino de vuelta al internado, con los brazos cargados de amapolas. Fue entonces cuando les explicaron que había que quemar los tallos de las flores para que conservaran el color…

La sonrisa de Mathilde Wilcrau le recordaba aquella misteriosa alianza entre el fuego y el colorido de los pétalos. En el interior de aquella mujer ardía alguna cosa que alimentaba el rojo de sus labios.

La psiquiatra hizo una nueva pausa; luego, en tono calmado, le preguntó:

– ¿Le explicó Ackermann que la amnesia puede deberse no solo a una lesión física, sino también a un shock psicológico?

Anna soltó el humo de golpe.

– ¿Quiere decir…? ¿Mis trastornos podrían deberse a un trauma… psíquico?

– Es una posibilidad. Una intensa emoción podría haber desencadenado un rechazo.

Anna sintió que una ola de alivio la envolvía por completo. Ahora sabía que había ido allí para oír aquello; había elegido una psicoanalista para obtener una versión exclusivamente psíquica de su enfermedad. Apenas podía contener su emoción.

– Pero, si hubiera sufrido ese shock -dijo entre dos caladas-, lo recordaría, ¿no?

– No necesariamente. La mayoría de las veces, la amnesia borra su propia fuente. El hecho que la desencadenó.

– Y ese trauma, ¿estaría relacionado con los rostros?

– Es probable, sí. Con los rostros y con su marido.

Anna se levantó de un salto.

– ¿Cómo que con mi marido?

– A juzgar por los síntomas que me ha descrito, son sus dos puntos de bloqueo.

– ¿Laurent podría estar en el origen de mi trauma emocional?

– Yo no he dicho eso. Pero, en mi opinión, todo está relacionado. De existir, el shock que sufrió provocó una amalgama entre su amnesia y su marido. Es todo lo que puede decirse por el momento. -Mutismo de Anna, que tenía los ojos clavados en la brasa del cigarrillo-. ¿Cree que podría ganar tiempo? -preguntó al fin la psiquiatra.

– ¿Ganar tiempo?

– Antes de la biopsia.

– ¿Acepta… ocuparse de mí?

Mathilde volvió a coger la estilográfica y la apuntó hacia Anna.

– ¿Puede ganar tiempo antes de esas pruebas, sí o no?

– Creo que sí. Unas semanas. Pero si los trastornos…

– ¿Está de acuerdo en sumergirse en su memoria mediante la palabra?

– Sí.

– ¿Está de acuerdo en venir aquí de forma intensiva?

– Sí.

– ¿En someterse a técnicas de sugestión como la hipnosis, por ejemplo?

– Sí.

– ¿A que le inyecte sedantes?

– Sí, sí, sí.

Mathilde soltó la estilográfica. La estrella blanca de la Mont-Blanc titiló.

– Descifraremos su memoria, confíe en mí.

15

Un arco iris en el corazón.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. La simple posibilidad de que la causa de sus síntomas fuera un trauma psicológico y no una lesión física le había devuelto la esperanza; en todo caso, le hacía suponer que su cerebro no estaba dañado ni sufría una necrosis que devoraba sus células nerviosas.

En el taxi de vuelta, Anna volvió a felicitarse por su decisión. Ahora podía decir adiós a las lesiones, las máquinas, las biopsias… Y abrir los brazos a la comprensión, la palabra, la suave voz de Mathilde Wilcrau, cuyo peculiar timbre de voz ya empezaba a echar de menos…

Cuando llegó a la rue du Faubourg-Saint-Honoré, cerca de la una, todo le pareció más vivo, más nítido. Saboreó hasta el último detalle de su barrio. Eran auténticos islotes archipiélagos de especialidades alineados a lo largo de la calle.

En la esquina con la avenue Hoche, la reina era la música: a las bailarinas de la Sala Pleyel respondía el laqueado de los Pianos Hamn, situados justo enfrente. Luego surgía Rusia, entre las calles del Neva y Daru, con sus restaurantes de estilo moscovita y su iglesia ortodoxa. Y, por último, aparecía el universo de las exquisiteces: los tés de Mariage Fréres y los dulces de la Casa del Chocolate, dos fachadas de oscura caoba, dos lunas resplandecientes, que parecían cuadros de un museo de los sabores.

Anna encontró a Clothilde limpiando los estantes, afanada con los tarros de cerámica, las bandejas de madera y los platos de porcelana, que no compartían con el chocolate otra cosa que una familiaridad en el tono marrón oscuro, un lustre cobrizo o, simplemente, cierta noción del bienestar, de la felicidad. Una vida de confort, que tintinea y se bebe caliente…

En lo alto del taburete, Clothilde se volvió hacia ella.

– ¿Ya estás aquí? ¿Me das una hora? Tengo que ir al Monoprix.

Era lo justo. No había aparecido en toda la mañana; lo menos que podía hacer era montar guardia durante el almuerzo. El relevo se hizo sin palabras, pero con una sonrisa. Armada de un trapo, Anna puso manos a la obra de inmediato y empezó a sacudir, frotar y lustrar con toda la energía de su recuperado buen humor.

Al cabo de unos instantes, su entusiasmo desapareció de golpe dejándole un agujero negro en la boca del estómago. Le bastaron unos segundos para calibrar la inconsistencia de su alegría. ¿Había sido positivo su encuentro de esa mañana? Lesión o trauma psicológico, ¿qué cambiaba en su estado, en sus angustias? ¿Qué milagros podía hacer Mathilde Wilcrau para curarla? ¿Y en qué la volvería menos loca todo eso?

Detrás del mostrador principal, Anna se derrumbó en el asiento. Puede que la hipótesis de la psiquiatra fuera aún peor que la de Ackermann. Ahora, la idea de que la causa de su amnesia fuera un suceso de su pasado, un shock psicológico, no hacía más que acentuar su terror. ¿Qué se ocultaba detrás de aquella zona muerta?

Ciertas frases de la psiquiatra no dejaban de darle vueltas en la cabeza, y sobre todo esta respuesta: «Los rostros y también su marido». ¿Qué relación podía tener Laurent con todo aquello?

– Buenas tardes.

La voz coincidió con el carillón de la puerta. Anna supo que era él sin necesidad de alzar la vista.

El hombre de la chaqueta gastada avanzó hacia ella con su habitual parsimonia. En ese momento, Anna supo con absoluta certeza que lo conocía. La sensación duró apenas un segundo, pero fue tan poderosa, tan hiriente como la punta de una flecha. Sin embargo, su memoria seguía sin darle la menor pista.

Don Terciopelo siguió acercándose. No manifestaba ningún apuro, ningún interés especial por ella. Su distraída mirada, malva y dorada a un tiempo, sobrevolaba las apretadas hileras de bombones. ¿Por qué no la reconocía? ¿Interpretaba un papel? Una idea absurda se apoderó de su mente: ¿y si era un amigo de Laurent, un cómplice encargado de espiarla, de ponerla a prueba? Pero ¿para qué?

Ante el silencio de Anna, el hombre sonrió y, en tono desenvuelto, declaró:

– Creo que me llevaré lo de costumbre.

– Le sirvo enseguida.

Anna se dirigió hacia el mostrador sintiendo que las manos le temblaban junto al cuerpo. Procuró serenarse y, al cabo de unos instantes, cogió una bolsita y empezó a llenarla de bombones. Luego dejó los Jikola en la balanza.

– Doscientos gramos. Diez euros cincuenta, señor.

Anna le lanzó otra rápida mirada. Ahora ya no estaba tan segura… Pero el eco de la angustia y el malestar persistían. La oscura sensación de que, como Laurent, aquel hombre había recurrido a la cirugía estética para modificarse el rostro. Era el rostro que recordaba y al mismo tiempo no lo era…

El hombre volvió a sonreír y posó en ella sus soñadores iris. Pagó y desapareció tras murmurar un «adiós» apenas audible.

Anna, petrificada por el estupor, permaneció inmóvil largo rato. Nunca había tenido una crisis tan violenta. Era como si expiara todas las esperanzas de esa mañana. Como si, después de haberse creído en vías de curación, debiera tener una recaída. Se sentía como esos presos que, tras una fuga fallida, se. ven en el fondo de un agujero, a varios metros bajo tierra.

El carillón volvió a sonar.

– ¡Hola!

Clothilde cruzó la sala chorreando agua y cargada de enormes paquetes y desapareció en la trastienda dejando tras de sí una estela de frescor.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó reapareciendo momentos después-. Cualquiera diría que has visto un fantasma…-Anna no respondió. Las ganas de vomitar y las de llorar se disputaban su garganta- ¿Te ha ocurrido algo? -insistió Clothilde.

Anna, aturdida, la miró. Al cabo de unos instantes, se levantó y murmuró:

– Necesito tomar el aire.

16

Fuera arreciaba el chaparrón. Anna se sumergió en la tormenta y se dejó llevar por las rachas de viento húmedo y las ráfagas de lluvia. A través de su desconcierto, veía naufragar París, que derivaba bajo las grises estrías. Sobre los tejados, las nubes se perseguían como olas; las fachadas de los edificios chorreaban agua; las cabezas esculpidas de los balcones y las ventanas parecían rostros de ahogados, verdosos o azulados, sepultados por la marca del cielo.

Subió la rue du Faubourg-Saint-Honoré, torció a la izquierda en la avenue Hoche y continuó hasta el parque Monceau. Avanzó a lo largo de la verja negra y dorada de los jardines y tomó la rue Murillo.

El tráfico era intenso. Los coches zumbaban chorros y relámpagos. Los motoristas encapuchados evolucionaban como pequeños Zorros de caucho. Los peatones luchaban contra el temporal, moldeados, torneados por el viento que agitaba sus prendas como sábanas húmedas sobre esculturas inacabadas.

Todo danzaba en los oscuros, los negros, en brillos de aceite oscuro, infectados de plata y luz mortecina.

Anna siguió la avenue de Messine, flanqueada de edificios claros y enormes árboles. No sabía adónde la llevaban sus pasos, pero le daba igual. Iba por la calle como por su cabeza: sonámbula.

Fue entonces cuando lo vio.

En la acera opuesta, un escaparate exhibía un retrato colorista Anna cruzó la calzada. Era la reproducción de un cuadro. Un rostro deforme, torcido, torturado, de colores violentos. Se acercó un poco más, como hipnotizada: aquella tela le recordaba sus alucinaciones punto por punto.

Buscó el nombre del pintor. Francis Bacon. Un autorretrato de 1956. El primer piso de aquella galería albergaba una exposición del artista. Anna encontró la entrada, unas cuantas puertas a la derecha, el, la rue de Téhéran, y subió la escalera.

Las salas, pintadas de blanco, estaban separadas por cortinas rojas que daban a la exposición un carácter solemne, casi religioso. Un público numeroso desfilaba ante las pinturas. Sin embargo, el silencio era total. Una especie de gélido respeto, impuesto por las mismas obras, flotaba en el ambiente.

En la primera sala, Anna encontró una serie de telas de dos metros de altura con un mismo tema: un eclesiástico sentado en un trono. Vestido con una toga púrpura, gritaba como si estuviera achicharrándose en la silla eléctrica. Aquí aparecía pintado de rojo; allí, de negro; más allá, de violeta… Pero determinados detalles eran idénticos en todos los cuadros. Las manos, crispadas sobre los brazos del sillón, ardiendo ya, como pegadas a la madera carbonizada; la boca, desencajada en un grito, abierta sobre un agujero que parecía una herida; las llamas violáceas, que se alzaban por todas partes…

Anna cruzó la primera cortina.

En la siguiente sala, hombres desnudos, encogidos sobre sí mismos, permanecían atrapados en charcos de color o jaulas primitivas. Sus cuerpos ovillados y deformes recordaban a animales salvajes. O criaturas zoomórficas, a medio camino entre varias especies. Sus rostros no eran más que rosetones escarlata, hocicos sangrantes, jetas desfiguradas… Detrás de aquellos monstruos, las manchas de pintura recordaban los azulejos de una carnicería, de un matadero. Un lugar de sacrificio en el que los cuerpos quedaban reducidos a carcasas, masas descarnadas, carroñas en carne viva. En todos los casos, los trazos eran temblorosos, agitados, como imágenes de un documental filmadas cámara al hombro, desenfocadas por la urgencia…

Anna sentía aumentar su malestar, pero no encontraba lo que habla ido a buscar allí: los rostros del sufrimiento.

La esperaban en la tercera sala.

Una docena de telas de dimensiones más modestas, protegidas por cordones de terciopelo rojo. Retratos violentos, desgarrados, golpeados; un caos de labios, narices y huesos, en el que los ojos buscaban desesperadamente su camino.

Los cuadros estaban agrupados en trípticos. El primero, titulado Tres estudios de la cabeza humana, databa de 1953. Rostros azules, lívidos, cadavéricos, que mostraban las huellas de las primeras heridas. El segundo tríptico parecía la continuación natural del primero y daba un paso adelante en la progresión de la violencia. Estudio para tres cabezas, 1962. Rostros blancos que se hurtaban a la mirada para ofrecerse con más fuerza y exhibir sus cicatrices bajo el maquillaje de payaso. Oscuramente, aquellas heridas parecían querer hacer reír, como los niños a los que se desfiguraba en la Edad Media para convertirlos en espantajos, en bufones de por vida.

Anna siguió avanzando. No reconocía sus alucinaciones. Simplemente estaba rodeada de máscaras del horror. Las bocas, los pómulos, las miradas, giraban en un torbellino desplegando sus deformidades en sobrecogedoras espirales. El pintor parecía haberse ensañado con aquellas faces. Las había atacado, acuchillado, con sus armas más afiladas. Pinceles, brocha, espátula, cuchillo: había abierto las heridas, arrancado las costras, desgarrado las mejillas…

Anna avanzaba con los hombros encogidos, encorvada por el miedo. Ya no miraba las telas más que furtivamente, con párpados temblorosos. Una serie de estudios dedicados a una tal Isabel Rawsthorne culminaba la crueldad. Los rasgos de la mujer saltaban literalmente en pedazos. Anna retrocedió buscando desesperadamente una expresión humana en aquel frenesí de la carne. Pero solo veía fragmentos inconexos, bocas como heridas, ojos desorbitados cuyas ojeras enrojecían como cortes.

De pronto, se dejó llevar por el pánico, dio media vuelta y apretó el paso hacia la salida. Iba a abandonar el vestíbulo de la galería cuando vio el catálogo de la muestra, expuesto sobre un mostrador blanco. Se detuvo en seco.

Tenía que verlo, tenía que ver su rostro.

Anna hojeó el catálogo febrilmente, pasó las fotografías del taller y las reproducciones de las obras, y encontró al fin un retrato del propio Francis Bacon. Una foto en blanco y negro, en la que la intensa mirada del artista brillaba con más fuerza que el papel cuché.

Anna apoyó las dos manos en las páginas para mirarlo cara a cara. Sus ojos eran ardientes, ávidos, en un rostro ancho, casi lunar, sostenido sobre sólidas mandíbulas. Una nariz corta, los rebeldes cabellos y una frente de acantilado completaban el rostro de aquel hombre que parecía lo bastante alto como para enfrentarse cada mañana a las descarnadas máscaras de sus cuadros.

Pero un detalle en particular captó la atención de Anna.

El artista tenía un arco ciliar más alto que otro. Un ojo de rapaz, fijo, asombrado, como clavado en un punto fijo. Anna comprendió la increíble verdad: Francis Bacon se parecía físicamente a sus cuadros. Su fisonomía compartía la locura, la distorsión de sus obras. La asimetría de aquel ojo, ¿le habría inspirado sus deformadas visiones o, por el contrario, habrían acabado los cuadros desfigurando a su autor? En ambos casos, las obras se fundían con los rasgos del artista…

Aquella simple constatación tuvo el efecto de una revelación.

Si las deformidades de los cuadros de Bacon tenían una fuente real, ¿por qué no iban a tener un fundamento de verdad sus propias alucinaciones? ¿Por qué no iban a tener origen en un signo, en un detalle existente en la realidad, sus delirios?

Una nueva sospecha la paralizó. ¿Y si, en el fondo de su locura, tenía razón, ¿Y si tanto Laurent como don Terciopelo habían cambiado realmente de rostro?

Anna apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos. Todo empezaba a encajar. Laurent, por alguna razón que no podía imaginar, había aprovechado su crisis de amnesia para modificar sus facciones. Había recurrido a la cirugía estética con la intención de esconderse detrás de su propio rostro. Don Terciopelo había hecho tres cuartos de lo mismo.

Los dos hombres eran cómplices. Habían cometido un acto atroz juntos y, por ese motivo, habían cambiado de fisonomía. Por eso sentía malestar ante sus rostros.

Con un estremecimiento, Anna rechazó todas las imposibilidades, todos los absurdos que implicaba semejante razonamiento. Sencillamente, sentía que se estaba acercando a la verdad, por descabellada que pudiera parecer.

Era su cerebro contra los demás.

Contra todos los demás.

Anna corrió hacia la puerta. En el rellano, junto a la barandilla, vio una tela que le había pasado inadvertida

Un amasijo de cicatrices que intentaba sonreírle.

17

Anna vio una cafetería cervecería en la planta baja de la avenue de Messine. Pidió una botella de Perrier en la barra y a continuación bajó al sótano en busca de una guía telefónica.

La escena se repetía. La había vivido esa misma mañana, cuando buscaba un psiquiatra en la guía de la cafetería del boulevard Saint Germain. Puede que fuera un ritual, un acto que debía repetir, como se superan círculos de iniciación, pruebas sucesivas, para acceder a la verdad…

Anna hojeó las arrugadas hojas de la guía en busca de la sección «Cirugía estética». Cuando la encontró, no se fijó en los nombres, sino en las direcciones. Tenía que encontrar un médico en los alrededores, cuanto más cerca mejor. Su dedo se detuvo en una línea: «Didier Laferriére, 12, rue Boissy-d'Anglas». Si no recordaba mal, aquella calle estaba cerca de la place de la Madeleine, es decir, a unos quinientos metros de allí.

El teléfono sonó seis veces antes de que contestara una voz de hombre.

– ¿Doctor Laferriére? -preguntó Anna.

– Sí, soy yo.

Estaba de suerte. Ni siquiera había tenido que franquear la barrera de una centralita.

– Llamaba para pedir cita.

– Hoy estoy sin secretaria. Espere… -Anna oyó teclear en un ordenador-. ¿Cuándo desearía venir?

Era una voz extraña, opaca, sin timbre.

– Ahora mismo. Es urgente.

– ¿Urgente?

– Ya le explicaré. Recíbame, por favor.

Se produjo una pausa, unos segundos de ponderación que parecían cargados de desconfianza. Luego, la voz en sordina preguntó:

– ¿Cuánto tardaría en llegar aquí?

– Una media hora.

Anna percibió una mínima sonrisa en la voz. Al final, sus prisas parecían haber conseguido divertirlo.

– La espero.

18

– No lo acabo de entender. ¿Qué desea operarse, exactamente?

Didier Laferriére era un hombrecillo de facciones neutras y crespos cabellos grises que cuadraban perfectamente con la atonía de su voz. Un personaje discreto, de gestos furtivos, inapreciables. Hablaba como a través de una pared de papel de arroz. Anna comprendió que debía perforar aquel velo si quería conseguir la información que buscaba.

– Todavía no estoy decidida -respondió-. Antes me gustaría informarme sobre las operaciones que permiten modificar un rostro.

– Modificar, ¿hasta qué punto?

– Profundamente.

El cirujano adoptó el tono del experto:

– Para realizar mejoras importantes, es necesario alterar la estructura ósea -dijo el cirujano adoptando el tono del experto-. Hay dos técnicas fundamentales. Las operaciones de moldeado, cuyo objetivo es atenuar los rasgos prominentes, y los injertos óseos, que por el contrario realzan determinadas zonas.

– ¿Cómo procede usted, exactamente?

El hombre respiró hondo y se concedió unos segundos de reflexión. Las ventanas estaban cubiertas con estores y el despacho, sumido en la penumbra, que atenuaba las aristas del mobiliario de estilo asiático. Reinaba un ambiente de confesionario.

– Con el moldeado -empezó a explicar el cirujano- reducimos los relieves óseos actuando bajo la piel. Con los injertos, primero retiramos fragmentos de hueso, casi siempre del parietal, en la parte superior del cráneo, y a continuación los integramos en las zonas por modificar. A veces, también utilizamos prótesis. -El hombre separó las manos y suavizó la voz-: Todo es posible. Lo que importa es su satisfacción.

– Esas intervenciones deben de dejar seriales, ¿no?

– En absoluto -respondió Laferriére con una breve sonrisa-. Trabajamos mediante endoscopia. Introducimos tubos ópticos y microinstrumentos bajo los tejidos. A continuación, operamos Utilizando un monitor. Las incisiones son insignificantes.

– ¿Podría ver fotografías?

– Por supuesto. Pero empecemos por el principio, ¿le parece? Me gustaría que decidiéramos juntos el tipo de operación que le interesa.

Anna comprendió que aquel hombre solo le enseriaría fotografías edulcoradas, en las que no se vería ninguna marca, y cambió de estrategia:

– ¿Y la nariz? ¿Cuáles son las posibilidades en el caso de la nariz?

El cirujano frunció el ceño con escepticismo. Anna tenía la nariz recta, fina, proporcionada. No había nada que cambiar.

– ¿Es una de las zonas que desea modificar?

– No desecho ninguna posibilidad. ¿Qué podría usted hacer en esa zona?

– En este terreno, hemos avanzado mucho. Podernos esculpir la nariz de sus sueños, literalmente. Si lo desea, dibujaremos juntos su línea. Tengo un programa informático que permite…

– Pero ¿en qué consiste la intervención?

El cirujano se agitó en la chaqueta blanca que le hacía las veces de bata.

– Tras ablandar toda esta zona…

– ¿Cómo? Rompiendo los cartílagos, ¿verdad?

La sonrisa seguía allí, pero los ojos se volvían más inquisitivos por momentos. Laferriére trataba de descubrir las intenciones de Anna.

– Ciertamente, debemos pasar por una etapa bastante… radical. Pero todo el proceso se desarrolla bajo anestesia.

– ¿Qué hacen ustedes a continuación?

– Colocamos los huesos y los cartílagos en función de la línea elegida. Y, una vez más, podemos ofrecerle una solución a su medida.

Anna no perdía de vista su objetivo:

– Una operación así tiene que dejar señales…

– Ninguna. Los instrumentos se introducen por las fosas nasales. No tocamos la piel.

– Y para los liftings, ¿qué técnica emplean? -preguntó Anna sin darle tiempo a acabar.

– También la endoscopia. Estiramos la piel y los músculos mediante unas pinzas diminutas.

– Entonces, ¿tampoco quedan marcas?

– Ni la más mínima. Pasamos por el lóbulo superior de la oreja. Es absolutamente invisible. -Laferriére agitó una mano-. Olvídese de las cicatrices: pertenecen al pasado.

– ¿Y las liposucciones?

Didier Laferriére frunció el ceño.

– Creía que hablábamos de la cara…

– También se hacen liposucciones del cuello, ¿no es cierto?

– Desde luego. Es una de las operaciones de estética más sencillas.

– ¿Deja cicatrices?

Era la gota que había hecho rebosar el vaso. El cirujano adoptó un tono hostil:

– No acabo de entenderlo. ¿Qué es lo que le interesa, las mejoras o las cicatrices?

Anna perdió el aplomo. En un segundo, sintió el mismo pánico que se había apoderado de ella en la galería. Bajo su piel, el calor iba aumentando desde el cuello hasta la frente. En esos momentos, debía de estar roja como un tomate.

– Perdone -murmuró haciendo un esfuerzo para encadenarlas frases-. Es que soy muy miedosa y me… me gustaría… en fin, antes de decidirme, me gustaría ver algunas fotografías de las intervenciones.

Laferriére dulcificó el tono: un poco de miel en el té de la penumbra.

– Es imposible. Son imágenes impresionantes. Solo debemos preocuparnos de los resultados, ¿no le parece? El resto es cosa mía.

Anna se agarró a los brazos del sillón. De un modo u otro, le arrancaría la verdad.

– No permitiré que me opere si no veo con mis propios ojos lo que va a hacerme.

El médico se levantó con expresión pesarosa.

– Lo siento. No creo que esté psicológicamente preparada para una intervención de este tipo.

Anna no se movió.

– ¿Es que tiene algo que esconder?

Laferriére se quedó paralizado.

– ¿Perdone?

– Le pregunto por las cicatrices. Me responde que no existen. Le pido que me enseñe fotografías de las operaciones. Usted se niega. ¿Tiene algo que esconder?

El cirujano se inclinó hacia delante y apoyó los dos puños en el escritorio.

– Realizo más de veinte operaciones al día, señora. Enseño cirugía plástica en el hospital de la Salpétriére. Conozco mi trabajo. Un trabajo que consiste en hacer felices a las personas mejorándoles el rostro. No en traumatizarlas hablándoles de costurones o mostrándoles fotografías de huesos machacados. No sé qué ha venido a buscar aquí, pero se ha equivocado de sitio.

– Es usted un impostor -le espetó Anna sosteniendo su mirada.

Laferriére se irguió y soltó una carcajada de incredulidad.

– ¿Qu… qué?.

– Se niega a mostrar su trabajo. Miente sobre sus resultados. Quiere hacerse pasar por un mago, pero no es más que otro charlatán. Como los cientos que hay en su profesión.

La palabra «charlatán» provocó la reacción deseada. El rostro del cirujano palideció hasta el punto de brillar en la penumbra. Laferriére giró sobre los talones y abrió un armario de láminas flexibles. Sacó un fichero y lo dejó sobre el escritorio con brusquedad.

– ¿Esto es lo que quería ver? -preguntó abriéndolo sobre la primera fotografía: un rostro vuelto como un guante, con la piel desgajada y sujeta mediante pinzas hemostáticas-. ¿O esto? -Laferriére le mostró la segunda imagen: unos labios vueltos hacia atrás, un escalpelo clavado en una encía ensangrentada-. ¿O quizá esto? -Tercera muestra: un martillo empujando un buril al interior de una fosa nasal.

Anna se esforzaba en mirar, con el corazón en un puño.

En la siguiente foto, un bisturí cortaba un párpado sobre un ojo desorbitado.

Alzó la vista. El cirujano había caído en la trampa; ahora no había más que continuar.

– Es imposible que unas operaciones como esas no dejen huella.

Laferriére soltó un suspiro. Se volvió hacia el armario, cogió otro fichero y lo dejó sobre el escritorio.

– Un moldeado de frente -murmuró con voz cansada comentando la primera imagen-. Por endoscopia. Cuatro meses después de la operación. -Anna observó con atención el rostro del paciente. En el nacimiento del pelo se distinguían tres líneas verticales de unos quince milímetros. El cirujano pasó la página-. Retirada de tejido óseo del parietal, para un injerto. Dos meses después de la intervención. -La fotografía mostraba un cráneo cubierto de pelo cortado al cepillo, bajo el que se distinguía claramente una cicatriz rosada en forma de ese-. Al crecer, los cabellos ocultan la señal, que por otra parte acaba desapareciendo -explicó Laferriére haciendo sonar la página al volverla-. Triple lifting, por endoscopia. La sutura es intradérmica y el hilo se reabsorbe. Al cabo de un mes, no se ve prácticamente nada. -Dos imágenes de una oreja, de frente y de perfil, compartían la página. Anna se fijó en el fino zigzag que recorría la cresta superior del lóbulo-. Liposucción del cuello -dijo Laferriére pasando a la siguiente imagen-. Dos meses y medio después de la operación. La línea que se ve ahí desaparecerá. Es la intervención que mejor cicatriza. -El cirujano pasó una página más e insistió en tono de provocación, casi sádico-: Y, si quiere una visión de conjunto, aquí tiene el escáner de un rostro sometido a un injerto de pómulos. Bajo la piel, las huellas de la intervención siguen…

Era la imagen más impresionante. El rostro azulado de un cadáver con fisuras y clavos en las paredes óseas.

Anna cerró el fichero.

– Gracias. Necesitaba ver todo esto.

El cirujano rodeó el escritorio y la observó con atención, tonto si siguiera intentando descubrir en sus facciones el móvil oculto de aquella visita.

– Pero… En fin, no lo entiendo… ¿Qué quiere usted?

Anna se levantó, se puso el abrigo y sonrió por primera vez

– Antes tengo que verlo con mis propios ojos.

19

Son las dos de la mañana.

La lluvia, que no cesa: un murmullo, un chisporroteo, un crepitar sostenidos. Una música con su cadencia, sus síncopas, sus diferentes resonancias sobre cristales, barandillas, cornisas…

Anna está de pie ante las ventanas del salón. En jersey y pantalón de chándal, tirita en el piso helado.

Envuelta en la oscuridad, escruta la negra silueta del plátano centenario a través de los cristales. Le parece un esqueleto de corteza flotando en el aire. Huesos calcinados, marcados por filamentos de liquen, casi plateados a la luz de las farolas. Garras desnudas que esperan su revestimiento de carne, el follaje de la primavera.

Baja la vista. En la mesa, ante ella, descansan las compras que ha hecho esa tarde, tras la visita al cirujano. Una linterna diminuta de la marca Maglite; una cámara polaroid que permite hacer fotografías de noche.

Laurent duerme en la habitación desde hace una hora. Anna se ha quedado junto a él, espiando su sueño. Observando sus ligeros estremecimientos, descargas del cuerpo reveladoras del adormecimiento. Luego ha escuchado su respiración, regular, inconsciente.

El primer sueño.

El más profundo.

Recoge sus cosas. Mentalmente, dice adiós al árbol del exterior, a la amplia sala de parquet veteado, al tresillo blanco. Y a todas las costumbres que la unen a aquel piso. Si está en lo cierto, si lo que ha imaginado es real, tendrá que huir. E intentar comprender.

Vuelve al pasillo. Avanza con tanto sigilo que puede oír la respiración de la casa: los crujidos del parquet, el zumbido de la caldera, la vibración de las ventanas, azotadas por la lluvia…

Se desliza en el dormitorio.

Una vez junto a la cama, deja la cámara fotográfica en la mesilla de noche con cuidado e inclina la linterna hacia el suelo. La tapa con la mano antes de encender la pequeña bombilla halógena, que le calienta la palma.

A continuación, se inclina sobre su marido conteniendo la respiración.

A la luz de la linterna, observa el perfil inmóvil, el cuerpo vagamente dibujado bajo la ropa de la cama. Lo contempla con un nudo en la garganta. Vacila, está a punto de desistir, pero se rehace.

Con cautela, desliza el haz de luz sobre el rostro. No hay reacción: puede empezar.

Primero, le levanta el flequillo con cuidado y observa la frente. Nada. Ni rastro de las tres cicatrices que aparecían en la fotografía de Laferriére.

Enfoca las sienes con la linterna. Ninguna señal. Recorre la parte inferior del rostro, bajo las mandíbulas, el mentón: nada anormal. Los temblores vuelven a agitarla. ¿Y si todo esto no fuera más que otro de sus delirios? ¿Y si no fuera más que el siguiente capítulo de su locura? Anna hace un esfuerzo de voluntad y continúa con el examen.

Acerca la luz primero a una oreja y luego a la otra, y coge muy suavemente los lóbulos superiores para examinar la cresta. Ni la menor señal. Levanta con sumo cuidado los párpados en busca de alguna incisión. No la hay. Inspecciona las aletas de la nariz y el interior de los tabiques nasales. Nada.

Está empapada en sudor. Intenta atenuar aún más el ruido de su respiración, pero el aliento se le escapa por los labios y las fosas nasales.

Recuerda otra posible cicatriz. La sutura en ese en la parte superior del cráneo. Se yergue, hunde la mano en el pelo de Laurent lentamente y levanta hasta el último mechón enfocando las raíces con la linterna. No hay nada. Ninguna fisura. Ningún relieve irregular. Nada. Nada. Nada.

Anna contiene los sollozos y empieza a hurgar ya sin precaución en esa cabeza que la traiciona, que le demuestra que está loca, que es…

La mano le aferra la muñeca con brutalidad.

– ¿Qué estás haciendo? -Anna retrocede de un salto. La linterna rueda por el suelo. Laurent ya se ha incorporado en la cama. Enciende la lámpara de la mesilla y repite-: ¿Qué estás haciendo? -Ve la Maglite en el suelo y la cámara en la mesilla-. ¿Qué significa todo esto? -farfulla con el rostro tenso. Arrimada a la pared, Anna no responde. Laurent retira la ropa, se levanta de la cama y recoge la linterna. Mira el objeto con irritación y enfoca el haz de luz directamente sobre el rostro de Anna-. Me observabas, ¿no es eso? ¿En plena noche? Pero ¿qué buscas, por Dios santo?

Silencio de Anna.

Laurent se pasa la mano por la frente y resopla con exasperación. Solo lleva puesto un calzoncillo. Abre la puerta de la habitación contigua, que hace las veces de vestidor, coge unos vaqueros y un jersey y se viste sin decir palabra. Acto seguido sale del dormitorio y abandona a Anna a su soledad, a su locura.

Anna se deja caer pared abajo y se encoge en el suelo de moqueta. No piensa en nada, no percibe nada. Salvo los golpes del corazón en el interior de su caja torácica, que parecen amplificarse cada vez más.

Laurent vuelve a aparecer en el umbral, con el teléfono móvil en la mano. Sonríe de. forma extraña y asiente compasivamente con la cabeza, como si en unos minutos hubiera razonado consigo mismo y conseguido tranquilizarse.

– Todo irá bien -dice con voz suave indicando el móvil-. He llamado a Eric. Mañana te llevo al instituto. -Se inclina hacia ella, la ayuda a levantarse y, lentamente, la lleva a la cama. Anna no opone ninguna resistencia, y él la sienta con precaución, como si temiera romperla. O liberar alguna peligrosa fuerza agazapada en su interior-. Ahora todo irá bien.

Anna asiente con la vista clavada en la linterna, que Laurent ha dejado en la mesilla de noche, junto a la cámara fotográfica.

– La biopsia no -balbucea-. Ni la sonda. No quiero que me operen.

– De momento, Eric solo va a someterte a más pruebas. Hará todo lo posible para evitar la extracción. Te lo prometo. -Laurent le da un beso-. Todo irá bien. -Le tiende un somnífero. Anna lo rechaza-. Por favor…-insiste Laurent.

Anna accede a tomárselo. A continuación, Laurent la desliza bajo las sábanas, se acuesta junto a ella y la abraza con ternura. No dice una sola palabra sobre su propia inquietud. No hace un solo comentario sobre su consternación ante la irreversible locura de su mujer.

¿Qué piensa realmente?

¿Le alivia deshacerse de ella?

Anna no tarda en oír su respiración, acompasada por el sueño. ¿Cómo puede volver a dormirse en un momento así? Aunque tal vez ya hayan pasado horas… Anna ha perdido la noción del tiempo. Con la mejilla apoyada en el pecho de Laurent, escucha los latidos de su corazón. El pulso tranquilo de los que no están locos, de los que no tienen miedo.

Siente que los efectos del calmante la invaden poco a poco.

Una flor de sueño abriéndose en el interior de su cuerpo…

Ahora tiene la sensación de que la cama flota y se aleja de la tierra firme. Deriva en las tinieblas, lentamente. Ya no hay que oponer la menor resistencia, ya no hay que intentar nada para luchar contra esa corriente. Basta con abandonarse a su empuje…

Se acurruca contra Laurent y piensa en el plátano, reluciente de lluvia ante las ventanas del salón. En sus desnudas ramas, que esperan cubrirse de yemas y hojas. Una primavera que ya se anuncia y que ella no verá.

Acababa de vivir su última estación entre los seres racionales.

20

– ¿Anna? ¿Qué estás haciendo? ¡Llegaremos tarde!

Bajo el chorro de agua caliente, Anna apenas oía la voz de Laurent. Simplemente miraba las gotas que explotaban a sus pies, saboreaba los hilillos que serpenteaban por su espalda y, de vez en cuando, alzaba el rostro hacia el haz líquido. Todo su cuerpo se había ablandado, relajado, contagiado de la fluidez del agua. Ahora era tan dócil como su mente.

Gracias al somnífero, había conseguido dormir unas horas. Esa mañana se sentía lisa, neutra, indiferente a lo que pudiera pasarle. Su desesperación se confundía con una extraña calma. Una especie de paz distanciada.

– ¡Anna! ¡Aligera, por favor!

– ¡Ya está! Voy enseguida.

Anna salió de la cabina de la ducha y saltó sobre la alfombrilla colocada ante el lavabo. Las ocho y media. Laurent, vestido y perfumado, iba y venía al otro lado de la puerta. Anna se puso la ropa interior a toda prisa y eligió un vestido de lana negra. Un sobrio modelo de Kenzo que evocaba un luto elegante y futurista.

Acorde con las circunstancias.

Cogió un cepillo y empezó a peinarse. A través del vapor de la ducha, el espejo solo le devolvía una imagen borrosa. Lo prefería así. En unos días, quizá en unas semanas, su realidad cotidiana sería como aquel espejo empañado. No reconocería nada, no vería nada, se volvería indiferente a todo lo que la rodeaba. Ya ni siquiera le preocuparía su propia demencia, que destruiría sus últimas parcelas Iucidez sin encontrar resistencia.

– ¡Anna!

– ¡Ya estoy!

Anna sonrió ante la premura de Laurent. ¿Miedo a llegar tarde al trabajo o prisa por librarse de la chiflada de su mujer?

El vaho se desvanecía sobre el cristal. Anna vio aparecer su rostro, enrojecido, hinchado por el agua caliente. Mentalmente, dijo adiós a Anna Heymes. Y a Clothilde, a la Casa del Chocolate, a Mathilde Wilcrau, la psiquiatra de los labios de amapola…

Ya se veía en el Instituto Henri-Becquerel. Una habitación blanca, cerrada, sin contacto con la realidad. Era lo que necesitaba. Casi estaba impaciente por ponerse en manos de extraños, por abandonarse a las enfermeras.

Incluso empezaba a aceptar la idea de la biopsia, de una sonda que penetraría lentamente en su cerebro y tal vez descubriría el origen de su trastorno. En realidad, lo daba igual curarse. Lo que quería era desaparecer, evaporarse, dejar de ser una molestia para los demás…

Anna seguía peinándose cuando todo se detuvo.

En la imagen que le devolvía el espejo, bajo el flequillo, acababa de distinguir tres cicatrices verticales. No podía dar crédito a sus ojos. Con el corazón en un puño, estiró la mano izquierda, borró los últimos restos de vaho y acercó la cara al espejo. Las marcas eran ínfimas, pero estaban ahí, alineadas sobre su frente.

Cicatrices de cirugía estética.

Las que había buscado en vano esa noche.

Anna se mordió el puño para no gritar y dobló el cuerpo con la sensación de que un chorro de lava se elevaba de su estómago.

– ¡Anna! ¿Se puede saber qué estás haciendo?

Las voces de Laurent parecían venir de otro mundo. Temblando como una hoja, Anna se irguió y volvió a examinar su imagen. Giró la cabeza y se dobló la oreja derecha con un dedo. Una línea blanquecina le recorría la cresta del lóbulo. Detrás de la oreja izquierda descubrió una cicatriz similar.

Retrocedió y, agarrada al lavabo con las dos manos, trató de dominar los temblores. Al momento, alzó la barbilla en busca de otro indicio, la minúscula señal que revelaría una operación de liposucción. La vio al instante.

En su interior se abrió un abismo, y Anna inició una caída libre al fondo de su estómago.

Bajó la cabeza, se apartó el pelo y buscó la última marca: la sutura en forma de ese, indicativa de una extracción de tejido óseo. La serpiente rosa la esperaba agazapada en el cuello cabelludo, como un reptil íntimo, inmundo.

Mientras la verdad estallaba en su mente, Anna apretó las manos sobre la pila para no desfallecer. Con la cabeza baja y el pelo chorreando, ya no apartaba la mirada del espejo; medía el abismo en el que acababa de caer.

La única persona que había cambiado de rostro era ella.

21

– ¿Anna? ¡Responde, por amor de Dios!

La voz de Laurent resonaba en el cuarto de baño, flotaba entre los restos de vapor y salía al húmedo aire del exterior por el tragaluz, abierto de par en par. Sus insistentes llamadas repercutían en los muros del patio interior y perseguían a Anna hasta la cornisa que acababa de alcanzar.

– ¡Anna! ¡Ábreme de una vez!

Con la espalda pegada a la pared, Anna avanzaba de lado haciendo equilibrios sobre el parapeto. El frío de la piedra la calaba hasta los omoplatos; la lluvia le chorreaba por la cara; el viento le arrojaba mechones empapados sobre los ojos.

Procuraba no mirar al fondo del patio, a veinte metros bajo sus pies, y mantenía la vista al frente, concentrada en la pared del edificio opuesto.

– ¡ÁBREME!

Anna oyó crujir la puerta del cuarto de baño. Un segundo después, la cabeza de Laurent apareció en el ventanuco por el que habla salido. Tenía el rostro descompuesto y los ojos desorbitados.

Un segundo después, Anna alcanzó el lateral de una terraza. Se agarró a la balaustrada de piedra, pasó la pierna por encima y cayó de rodillas al otro lado sintiendo crujir el kimono negro que se había puesto sobre el vestido.

– ¡ANNA! ¡VUELVE AQUÍ!

A través de las columnas de la balaustrada vio a su marido buscándola con la mirada. Se levantó, cruzó la terraza a la carrera, salvó el otro extremo de la balaustrada y se pegó al muro, dispuesta a seguir avanzando por la cornisa.

A partir de ese momento, todo fue una locura.

Entre las manos de Laurent, apareció una emisora VHF.

– ¡Llamada a todas las unidades! -gritó cola la voz teñida de pánico-. ¡Ha huido! ¡Repito: va a arrojarse al vacío!

Unos segundos después, dos hombres aparecieron en el patio. Vestían de paisano, pero llevaban los brazaletes rojos de la policía. Le apuntaron con sendos fusiles de asalto.

Casi de inmediato, en el tercer piso del edificio de enfrente, se abrió una puerta vidriera y apareció un hombre con los brazos extendidos hacia delante y una pistola empuñada con ambas manos. Miró en todas direcciones hasta descubrirla: un blanco perfecto en su línea de tiro.

Anna volvió a oír ruido de carreras en el patio. Tres hombres acababan de unirse a los dos primeros. Uno de ellos era Nicolas, el chofer. Todos llevaban los mismos fusiles ametralladores con cargador curvo.

Anna cerró los ojos y extendió los brazos para mantener el equilibrio. Se sentía invadida por un gran silencio que anulaba cualquier pensamiento y le proporcionaba una extraña serenidad.

Siguió avanzando con los ojos cerrados y los brazos extendidos. Volvió a oír gritar a su marido:

– ¡No disparéis, por Dios! ¡La necesitamos viva!

Anna abrió los ojos. Admiró la perfecta sincronización del ballet con asombroso desapasionamiento. A su derecha, Laurent, peinado con esmero, gritaba por la radio señalándola con el índice. Enfrente, el tirador inmóvil, con las manos apretadas sobre la pistola; Anna vio que tenía un micrófono ante los labios. Abajo, los cinco hombres en posición de tiro, con el rostro levantado y el cuerpo en tensión.

Y justo en medio de aquel ejército, ella. Una figura de tiza vestida de negro en la postura de Cristo.

Anna tocó la superficie curva de un canalón. Arqueó la espalda, pasó una mano al otro lado y se deslizó por encima del obstáculo. Avanzó unos metros y se detuvo ante una ventana. Recordó la distribución del edificio: aquella ventana daba a la escalera de servicio.

Anna levantó el codo y lo dejó caer violentamente. El cristal resistió. Volvió a alzar el brazo y descargó el codo contra la ventana con todas sus fuerzas. El cristal se hizo añicos. Anna se irguió y empujó hacia atrás.

El armazón cedió a la presión. El grito de Laurent la acompañó en su caída:

– ¡No disparéis!

Hubo un suspenso de eternidad, tras el que Anna rebotó contra una superficie dura. Una llama negra le atravesó el cuerpo. Unos choques la asaltaron. La espalda, los brazos y los talones crujieron contra aristas duras al tiempo que el dolor estallaba en mil resonancias en sus miembros. Rodó sobre sí misma. Las piernas pasaron por encima de su cabeza. La barbilla se le clavó en la caja torácica y le cortó la respiración.

Luego, se hizo la nada.

Primero, fue el sabor del polvo. Después, el de la sangre. Empezaba a volver en sí. Estaba ovillada al pie de unas escaleras. Al alzar la vista vio un cielo raso gris y un globo de luz amarilla. Estaba justo donde esperaba: en la escalera de servicio.

Se agarró a la barandilla y se puso en pie. Al parecer, no se había roto nada. Solo tenía un corte en el brazo derecho: un trozo de cristal le había arañado el tejido y se había hundido en la carne cerca del hombro. También se había herido en una encía; tenía la boca llena de sangre, pero los dientes parecían seguir en su sitio.

Anna se sacó la astilla de cristal con cuidado, desgarró la orla del kimono de un tirón y se hizo una especie de torniquete.

Las ideas empezaban a ordenarse en su mente. Había bajado un piso rodando por la escalera, de modo que estaba en el rellano del segundo. Sus perseguidores no tardarían en aparecer en la planta baja Subió los escalones de tres en tres, dejó atrás su planta y la cuarta, llegó a la quinta.

De pronto, la voz de Laurent resonó en el hueco de la escalera.

– ¡Daos prisa! ¡Va a pasar al edificio de al lado por las buhardilla!

Anna le dio las gracias mentalmente por la información y siguió subiendo a toda velocidad hasta llegar al séptimo piso.

Tomó el pasillo de las buhardillas y dejó atrás puertas, cristaleras cuartos de baño, hasta alcanzar otra escalera. Se lanzó a ella y siguió subiendo pisos; pero, de pronto, como en una iluminación, comprendió la trampa. Sus perseguidores se comunicaban por radio. La estarían esperando al pie de aquel edificio, mientras otros le cerraban la huida.

En ese momento, oyó el ruido de un aspirador, a su izquierda. Ya no sabía en qué piso estaba, pero eso carecía de importancia: aquella puerta daba a una vivienda, que a su vez estaría comunicada con otra escalera.

Anna aporreó la hoja con todas sus fuerzas.

No oía nada. Ni los golpes de sus puños ni los latidos de su corazón.

Volvió a llamar. Oía ruidos de carreras sobre su cabeza, acercándose a gran velocidad. También le parecía distinguir ruido de pasos abajo, cada vez más cerca. Volvió a abalanzarse sobre la puerta y la aporreó con los puños pidiendo socorro a gritos.

De pronto, se abrió.

Un mujer menuda en bata rosa asomó la cabeza al pasillo.

Anna empujó la pesada hoja con el hombro, entró y volvió a cerrar. Echó dos vueltas a la llave y se la guardó en el bolsillo.

Se volvió y vio una amplia cocina de un blanco inmaculado. Agarrada a su escoba, la empleada de hogar la miraba estupefacta.

– ¡No vuelva a abrir! ¿Lo ha entendido? -le gritó Anna al rostro-. ¡Nada de abrir! ¿De acuerdo?

Al otro lado, sonaron los primeros golpes.

– ¡Policía! ¡Abran!

Anna echó a correr por el piso. Se metió por un pasillo y dejó atrás varias habitaciones. Tardó algunos segundos en comprender que aquella vivienda tenía la misma distribución que la suya. Torció a la derecha en busca del salón. Grandes cuadros, muebles de madera roja, alfombras orientales, sofás grandes como colchones. Tenía que girar a la izquierda para llegar al vestíbulo.

Dobló la esquina, tropezó con un perro y se dio de bruces con una mujer en albornoz con la cabeza envuelta en una toalla.

– ¿Quien… quién es usted? -chilló la señora de la casa sujetándose la toalla como si fuera un valioso jarrón.

Anna estuvo a punto de echarse a reír: no era el mejor día para hacerle esa pregunta. Apartó a la mujer, llegó a la entrada y abrió la puerta. Iba a salir cuando vio un manojo de llaves y un mando a distancia sobre un taquillón de caoba: el garaje. Aquellos edificios compartían aparcamiento subterráneo. Cogió el mando y corrió hacia la escalera, tapizada de terciopelo púrpura.

Podía conseguirlo, lo sentía.

Bajó directamente al aparcamiento. Le ardía el pecho. Aspiraba aire con ansia. Pero el plan iba tomando forma en su cabeza. La ratonera de los policías se cerraría en la planta baja. Mientras la esperaban, ella saldría por la rampa del garaje, que daba al otro lado de la manzana, a la rue Daru. Habría apostado lo que fuera a que aún no habían pensado en esa salida…

Una vez en el aparcamiento, echó a correr por el hangar de hormigón sin encender la luz, hacia la puerta basculante. Iba a pulsar el mando, cuando vio que empezaba a abrirse. Cuatro hombres armados aparecieron en lo alto de la pendiente. Había subestimado al enemigo. Apenas le dio tiempo a arrojarse al suelo detrás de un coche.

Los vio pasar, sintió la vibración de sus pesados pasos en la carne, y a punto estuvo de echarse a llorar. Los policías empezaron a buscar entre los coches, barriendo el suelo con los haces de las linternas.

Se apretó contra la pared y se dio cuenta de que tenía el brazo pegajoso de sangre. El torniquete se había aflojado. Volvió a apretado tirando de un extremo con los dientes, mientras su mente trabajaba buscando una inspiración.

Los hombres se alejaban lentamente registrando, inspeccionando, peinando cada palmo del aparcamiento. Pero volverían sobre sus pasos y acabarían encontrándola. Levantó la cabeza con precaución y volvió a mirar a su alrededor. A unos metros a su derecha, había una puerta gris. Si no recordaba mal, comunicaba con otro edificio que también daba a la rue Daru.

Sin pensarlo más, Anna se deslizó entre la pared y los parachoques de los vehículos, llegó a la puerta y la abrió lo justo para pasar al otro lado. Unos segundos más tarde, alcanzó un vestíbulo moderno pintado de colores claros: nadie. Bajó las escaleras de un salto y se lanzó fuera.

Empezó a cruzar la calle, sintiendo en el rostro la caricia de la lluvia, pero el chirrido de unos frenos la hizo parar en seco. Un coche acababa de detenerse a unos centímetros de ella, rozándole el kimono.

Anna retrocedió asustada, encogida. El conductor bajó la ventanilla y le gritó:

– ¡Eh, tía! ¡A ver si miras antes de cruzar!

Anna apenas lo miró. Volvió la cabeza a derecha e izquierda en busca de los policías. El aire parecía saturado de electricidad, de tensión, como cuando se avecina tormenta.

Y la tormenta era ella.

El coche pasó junto a ella a paso de hombre.

– ¡Estás para que te encierren, guapa!

– Piérdete.

El hombre frenó.

– ¿Qué?

Anna le apuntó con un dedo manchado de sangre.

– ¡Que te largues, he dicho!

El conductor dudó. Un temblor agitó sus labios. Parecía intuir que algo no encajaba, que la situación excedía el simple altercado callejero. Se encogió de hombros y apretó el acelerador.

Anna tuvo otra idea. Echó a correr hacia la iglesia ortodoxa, que estaba a unos cuantos portales de donde se encontraba. Llegó a la verja, atravesó el patio de gravilla y subió los peldaños que conducían al atrio. Empujó la vieja puerta de madera barnizada y penetró en la tiniebla del templo.

La nave parecía sumida en la oscuridad más absoluta, pero lo que en realidad le oscurecía la visión eran las palpitaciones de sus sienes. Poco a poco empezó a distinguir oros mates, iconos rosáceos, cobrizos respaldos de asiento que parecían otras tantas llamas mortecinas.

Siguió avanzando con sigilo y descubriendo tenues resplandores, que creaban una atmósfera de discreción y recogimiento. Cada objeto disputaba a los demás las escasas gotas de luz destiladas por las vidrieras, los cirios y las lámparas de hierro forjado. Hasta las figuras de los frescos parecían querer escapar de las tinieblas para beber un poco de claridad. Todo el lugar estaba nimbado de una luz plateada, un claroscuro tornasolado en el que el día y la noche libraban una guerra sorda.

Anna había recobrado el aliento, pero el pecho le seguía ardiendo y tenía el cuerpo y la ropa empapados de sudor. Se detuvo, se recostó en una columna y saboreó la frescura de la piedra. Poco a poco, su corazón recuperó el pulso normal. Cada detalle de lo que la rodeaba parecía poseer virtudes calmantes: las vacilantes llamas de los cirios, los rostros de Cristo, alargados y relucientes como cera fundida, el cobre de las lámparas, suspendidas en la penumbra como frutos lunares.

– ¿Se encuentra bien?

Anna se volvió y se encontró frente a Boris Godunov en persona. Un pope gigantesco de larga barba blanca, que le cubría la pechera del negro hábito como un plastrón. Anna no pudo evitar preguntarse de qué cuadro se habría escapado.

– ¿Está usted bien? -repitió el sacerdote con voz de barítono.

Anna lanzó una mirada a la puerta.

– ¿Tienen ustedes cripta? -preguntó a modo de respuesta.

– ¿Cómo dice?

– Una cripta -repitió Anna separando las sílabas-. Un subterráneo para ceremonias fúnebres.

Esta vez, el religioso parecía haber comprendido. Adoptó una expresión acorde con las circunstancias y ocultó las manos en las mangas del hábito.

– ¿A quién entierras, hija mía?

– A mí.

22

Cuando entró el, el servicio de urgencias del hospital de Saint-Antoine, comprendió que la esperaba una nueva prueba. Una prueba de fuerza frente a la enfermedad y la locura.

El resplandor de los fluorescentes de la sala de espera se reflejaba en el alicatado blanco de las paredes y anulaba la claridad procedente del exterior. Podrían haber sido las ocho de la mañana tanto como las once de la noche. El calor no hacía más que acentuar la sensación de encierro. Una fuerza inerte, opresiva, se abatía sobre los cuerpos como una masa plúmbea saturada de olores a antiséptico. Allí dentro se tenía la sensación de estar en una zona de tránsito situada entre la vida y la muerte, ajena a la sucesión de las horas y los días.

En los asientos sujetos a la pared se alineaba un alucinante muestrario de la humanidad enferma. Un hombre con el cráneo rapado ocultaba el rostro entre las manos y no paraba de rascarse los antebrazos, de los que caía un polvo amarillento; su vecino, un mendigo en silla de ruedas, insultaba a las enfermeras con voz ronca y suplicaba que le metieran las tripas en su sitio; un poco más allá, una vieja que permanecía de pie, murmurando frases ininteligibles, no paraba de quitarse la bata de papel y enseñar un cuerpo gris de pliegues elefantiásicos, ceñido con pañales de bebé. Únicamente había un personaje que parecía normal. Estaba sentado cerca de una ventana y solo ofrecía el perfil; pero, cuando se volvió, Anna vio que tenía la otra mitad del rostro cubierta de astillas de cristal y costras de sangre.

Aquella corte de los milagros no la asustaba; ni siquiera la impresionaba. Por el contrarío, aquel búnker parecía el lugar ideal para pasar inadvertida.

Cuatro horas antes, había arrastrado al pope al fondo de la cripta de la iglesia ortodoxa. Le había explicado que era de origen ruso y devota practicante; que padecía una enfermedad grave y quería que la inhumaran en aquel lugar sagrado. El sacerdote se había mostrado escéptico, pero la había escuchado durante más de media hora, dándole así involuntario amparo mientras los hombres de los brazaletes rojos peinaban el barrio.

Cuando volvió a salir a la luz del día, el camino estaba despejado. La sangre de la herida había coagulado. Podía recorrer las calles, con el brazo oculto en el kimono, sin llamar demasiado la atención. Mientras avanzaba al trote, bendecía a Kenzo y las fantasías de la moda, que permitían llevar un bata de estar por casa y dar la impresión de ir a la última.

Durante más de dos horas había vagado de esa guisa, bajo la lluvia, sin dirección, entre la multitud de los Campos Elíseos, esforzándose en no pensar, en no asomarse a los abismos que cercaban su mente. Estaba libre. Estaba viva.

No era poco.

A mediodía había cogido el metro en la place de la Concorde. La línea uno en dirección Château de Vincennes. Sentada en un extremo del vagón, había decidido buscar una confirmación antes de plantearse una hipotética huida. Tras enumerar mentalmente los hospitales que se encontraban a lo largo de aquella línea, se había decidido por Saint-Antoine, que estaba muy cerca de la estación de la Bastilla.

Llevaba veinte minutos en la sala de espera, cuando vio aparecer a un médico. El hombre dejó un sobre de radiografías sobre un mostrador desierto y se inclinó sobre él para abrir un cajón.

Anna lo abordó sin vacilar.

– Necesito que me vea ahora mismo.

– Espere su turno -le contestó el facultativo sin dignarse volver la cabeza-. Ya la llamará la enfermera.

– Se lo ruego -insistió Anna agarrándolo del brazo- Tengo que hacerme una radiografía.

El médico se volvió con expresión cansada, pero cambió de actitud apenas la vio.

– ¿Ha pasado por admisión?

– No.

– ¿No ha enseñado la tarjeta sanitaria?

– No tengo.

El médico la miró de los pies a la cabeza. Era un joven alto y muy moreno, enfundado en una bata blanca y calzado con zuecos con suela de corcho. Con la piel bronceada y la camisa abierta sobre un torso velludo y una cadena de oro, parecía un ligón de comedia italiana. La contemplaba sin rebozo con una sonrisa de castigador en las comisuras de los labios.

– ¿Es por el brazo? -le preguntó señalando el kimono desgarrado y la sangre coagulada.

– No. Me… me duele la cara. Tengo que hacerme una radiografía.

El médico frunció el ceño y se rascó el vello del pecho, la dura crin del semental.

– ¿Se ha caído?

– No. Debe de ser una neuralgia facial. No lo sé.

– O una simple sinusitis. -El joven le guiñó un ojo-. Ahora mismo tenemos un montón. -Lanzó una mirada a la sala y sus ocupantes: el yonqui, el borracho, la abuela… La tropa de costumbre. Suspiró. Parecía más que dispuesto a concederse una pequeña tregua en compañía de Anna. Le dedicó una prolongada sonrisa, estilo Costa Azul, y, con voz cálida, le susurro-: Vamos a pasarla por el escáner. Una panorámica. -Y, cogiéndole la manga desgarrada, añadió-: Pero antes hay que vendarla.

Una hora más tarde, Anna paseaba por el pórtico de piedra que rodea los jardines del hospital. El médico le había dado permiso para esperar allí los resultados del examen.

El tiempo había cambiado. Las flechas del sol atravesaban la llovizna y la transformaban en una bruma de una claridad plateada e irreal. Anna observaba con atención el tamborileo de las gotas sobre las hojas de los árboles, el espejeo de los charcos, los delgados riachuelos que serpenteaban por la gravilla y entre las raíces de los arbustos. Aquel pasatiempo le permitía mantener la mente en blanco y el pánico a raya. Sobre todo, nada de preguntas. Todavía no.

Anna oyó crujir unos zuecos a su derecha. El médico se acercaba por el pórtico, radiografías en mano. La sonrisa se había esfumado de su rostro.

– Debería haberme contado lo de su accidente.

Anna se puso rígida.

– ¿Mi accidente?

– ¿Qué fue? Un accidente de coche, ¿verdad? -Anna retrocedió horrorizada. El médico meneó la cabeza con incredulidad-. Es asombroso lo que puede llegar a hacer la cirugía estética. Viéndola, jamás habría adivinado…

Anna le arrancó la radiografía de las manos.

La imagen mostraba un cráneo fisurado, soldado, remendado en todas direcciones. Unas líneas negras señalaban la presencia de injertos a la altura de la frente y los pómulos; las fracturas en torno al orificio nasal evidenciaban una reconstrucción completa de la nariz; unos tornillos sujetaban sendas prótesis en las articulaciones de los maxilares y los temporales.

Anna dejó escapar una risa nerviosa, una mezcla de risa y sollozo, antes de alejarse por el pórtico.

La radiografía se agitaba en su mano como una llama azul.

CUATRO

23

Llevaban dos días pateándose el barrio turco.

Paul Nerteaux no comprendía la estrategia de Schiffer. Deberían haberse presentado en casa de Marek Cesiuz, alias Marius, responsable de la Iskele, principal red de inmigrantes ilegales turcos, el mismo domingo por la noche. Deberían haberle dado cuatro meneos y haberle sacado las fichas de las tres víctimas.

En lugar de eso, el Cifra había preferido reanudar la relación con «su» barrio. Refrescar sus marcas, decía él. Hacía dos días que husmeaba, tanteaba, observaba su antiguo territorio sin interrogar absolutamente a nadie. Por suerte, la persistente lluvia les había permitido pasar inadvertidos dentro de su cafetera, ver sin ser vistos.

Paul se moría de impaciencia, pero reconocía que en aquellos dos días había aprendido más cosas sobre la pequeña Turquía que en tres meses de investigación.

Jean-Louis Schiffer había empezado mostrándole las diásporas concomitantes. Habían ido al passage Brady, en el boulevard de Strasbourg, en el corazón del barrio indio. Bajo la larga cristalera, se alineaban tiendas minúsculas y abigarradas y restaurantes oscuros ocultos tras biombos. Los camareros arengaban a los viandantes, mientras mujeres ataviadas con saris dejaban hablar a sus ombligos, en un ambiente saturado de penetrantes olores a especias. Con aquel tiempo lluvioso v el aire de tormenta invadiéndolo todo y vivificando todos los olores, se tenía la sensación de estar en un bazar de Bombay, en pleno monzón.

Schiffer le había señalado los garitos que servían de lugar de encuentro a los indios, los bengalíes, los paquistaníes… Le había hablado de los jefes de cada confesión: hindúes, musulmanes, jaínies, sijs, budistas… En unos cuantos paseos, le había hecho una descripción pormenorizada de aquel concentrado de exotismo que, según él, no veía el momento de diluirse.

– Dentro de unos años -había rezongado- los guardias de circulación del Distrito Décimo serán sijs.

A continuación, se habían apostado frente a los comercios chinos de la roe du Faubourg-Saint-Martin. Tiendas de alimentación que parecían cuevas, saturadas de olor a ajo y jengibre; restaurantes cuyas cortinas se descorrían como estuches de terciopelo, establecimientos de comida para llevar, relucientes de vitrinas y mostradores cromados llenos de vistosas ensaladas y dorados rollitos. Desde lejos, Schiffer le había señalado a los principales responsables de la comunidad, comerciantes cuyo establecimiento no representaba ni el cinco por ciento de su auténtica actividad.

– Nunca te fíes de esos cabrones -había refunfuñado-. No hay uno sano. Su cabeza es como su comida. Llena de cosas cortadas en cuatro. Atiborradas de glutamato, para atontarte la cabeza.

Luego habían vuelto al boulevard Strasbourg, en el que los peluqueros antillanos y africanos se disputaban las aceras con los mayoristas de cosméticos y los vendedores de artículos de broma. Grupos de negros se protegían de la lluvia bajo los toldos de las tiendas y ofrecían un completo muestrario de las etnias que poblaban el bulevar. Baulés, mbochis y betés de Costa de Marfil, laris del Congo, ba congos y balubas del antiguo Zaire, bemelekés y ewondos de Camerún…

A Paul le intrigaban todos aquellos africanos siempre presentes, invariablemente ociosos. Sabía que la mayoría eran traficantes o camellos, pero no podía evitar sentir cierta simpatía hacia ellos. Su alegría de vivir, su honor y la animación tropical que eran capaces de imponer al mismo asfalto lo llenaban de asombro. Y las mujeres le fascinaban. Sus negras y vivas miradas parecían establecer una misteriosa complicidad con su lustrosa cabellera, recién alisada en Afro 2000 o Royal Coiffure. Eran hadas de madera quemada, máscaras de satén de grandes y negros ojos…

Schiffer le había hecho una descripción más realista y circunstanciada:

– Los camerunenses son los reyes de la falsificación, tanto de billetes como de tarjetas. A los congoleños les ha dado por los trapos: ropa robada, imitación de marcas, etc. A los de Costa de Marfil los llaman «los 36 15». Su especialidad son las falsas asociaciones benéficas. Siempre se les ocurre alguna forma nueva de sacarte dinero para los necesitados de Etiopía o los huérfanos de Angola. Bonito ejemplo de solidaridad. Pero los más peligrosos son los zaireños. Su imperio es la droga. Son los dueños del barrio. Los negros son los peores -había concluido el viejo policía-. Auténticos parásitos. Su única razón de ser es chuparnos la sangre.

Paul no replicaba las apreciaciones racistas del viejo policía. Había decidido hacer caso omiso a todo lo que no estuviera directamente relacionado con la investigación. Los resultados estaban por encima de cualquier otra consideración. Además, estaba haciendo progresos en los demás frentes. Había reclutado a dos investigadores del SARIJ para que siguieran la pista de las cámaras de alta presión, dos tenientes que ya habían visitado tres hospitales, donde solo habían obtenido respuestas negativas. Ahora investigaban a los obreros que excavaban el subsuelo de París, utilizando altas presiones para evitar que las capas freáticas inundaran el tajo. Al acabar la jornada, los obreros empleaban una cámara de descompresión. Las tinieblas, los subterráneos… Paul intuía que era una buena pista. Esperaba un informe de los tenientes ese mismo día.

Además, había encargado a un joven agente de la BAC, la Brigada Anticriminalidad, que le buscara más guías y catálogos arqueológicos sobre Turquía. El día anterior, el chico le había hecho la primera entrega a domicilio, en la rue du Chemin-Vert, en el Distrito Undécimo. Un paquete que aún no había podido examinar, pero que no tardaría en aliviar sus insomnios.

El segundo día habían penetrado en el territorio turco propiamente dicho. La zona estaba delimitada por los boulevards Bonne-Nouvelle y Saint-Denis al sur, por la rue du Faubourg-Poissonniére al oeste z por la rue du Faubourg-Saint-Martin al este. La punta que dibujan la rue La Fayette y el boulevard Magenta coronaba el norte del barrio. Su espina dorsal era el boulevard Strasbourg, que subía en línea recta hasta la estación del Este y lanzaba sus ramificaciones nerviosas a ambos lados: la rue des Petites-Ecuries, la del Château d'Eau… El corazón del barrio latía en el fondo de la estación de metro Strasbourg-Saint-Denis, que irrigaba aquel fragmento de Oriente

Desde el punto de vista arquitectónico, la zona no ofrecía ninguna particularidad: edificios grises, vetustos, restaurados en algún caso y decrépitos en muchos más, que parecían haber vivido mil vidas. Todos tenían idéntico aprovechamiento: la planta baja y el primer piso estaban ocupados por tiendas; el segundo y el tercero, talleres; los superiores, hasta las buhardillas, servían como viviendas: pisos superpoblados, divididos en dos, en tres, en cuatro, que desplegaban su superficie como pequeños papeles.

En las calles reinaba una atmósfera de transitoriedad, una sensación de paso. Eran muchos los comercios que parecían condenados al movimiento, al nomadismo, a una existencia precaria, siempre a salto de mata. Había puestos de bocadillos, para comer a pie de acera; agencias de viajes, para llegar o marcharse; oficinas de cambio, para comprar euros; copisterías móviles para fotocopiar los documentos de identidad… Por no hablar de las innumerables agencias inmobiliarias y sus carteles: SE TRASPASA, EN VENTA…

Paul percibía en todos aquellos indicios la pujanza de un éxodo permanente, de una riada humana con una fuente lejana que fluía sin descanso ni orden hacia aquellas calles. No obstante, aquel barrio tenía otra razón de ser: la confección de ropa. Los turcos no controlaban el sector, en manos de los judíos del Sentier, pero se habían convertido en un eslabón esencial de la cadena durante las grande, migraciones de los años cincuenta. Aprovisionaban a los mayorista gracias a sus centenares de talleres y obreros a domicilio; miles de manos trabajaban miles de horas, casi podían hacer la competencia a los chinos. En cualquier caso, los turcos tenían la ventaja de su antigüedad y de una posición social una pizca más legal.

Los dos policías se habían internado en aquellas calles atestadas, agitadas, ensordecedoras. Al ritmo que les marcaban repartidores, camiones abiertos, sacos, fardos, vestidos que pasaban de mano en mano… El Cifra siguió haciendo de cicerone. Se sabía los nombres, los propietarios, las especialidades. Recordaba a los turcos que habían sido sus informadores, los comerciantes a los que «tenía cogidos» por tal o cual motivo, los hosteleros que estaban en deuda con él. La lista parecía infinita. Al principio, Paul intentó tomar notas; pero acabó desistiendo y se limitó a escuchar las explicaciones de Schiffer mientras observaba la agitación que los rodeaba y se dejaba impregnar por los gritos, los bocinazos, los olores de la contaminación y todo lo que componía la vida del barrio.

Por fin, el martes a mediodía, cruzaron la última frontera y llegaron al centro neurálgico del barrio. El compacto bloque conocido corno «pequeña Turquía», que se extendía por la rue des las Petites-Ecuries, el patio y el pasaje del mismo nombre, la rue d'Enghien, la del Echiquier y la del Faubourg-Saint-Denis. Unas pocas hectáreas en las que la mayoría de los edificios, de las buhardillas, de las covachas estaban ocupadas exclusivamente por turcos.

En esa ocasión, Schiffer procedió a un auténtico descifrado y le proporcionó los códigos y las claves de aquella ciudad única. Le reveló la razón de ser de cada portal, de cada edificio, de cada ventana. Aquel patio trasero daba a un almacén que en realidad era una mezquita; aquel local vacío, al fondo de aquel patio, era un centro de reunión de extrema izquierda… Schiffer encendió todas las linternas de Paul y desentrañó todos los enigmas que lo paralizaban desde hacía semanas. Como el misterio de aquellos fulanos rubios vestidos de negro, permanentemente apostados en el patio de las Petites-Ecuries:

– Lazes -le explicó el Cifra-, oriundos del mar Negro, al noroeste de Turquía. Guerreros, pendencieros. Mustafá Kemal reclutaba su guardia personal entra ellos. Su leyenda viene de lejos. En la mitología griega, eran los guardianes del vellocino de oro, en Cólquida.

O el de aquel bar oscuro, en la rue des Petites-Ecuries, presidido Por la fotografía de un orondo bigotudo:

– El cuartel general de los kurdos. El de la foto es Apo. Tonton. Abdullah Oçalan, el jefe del. PKK, actualmente en prisión. -A continuación, el Cifra se había embarcado en un encendido panegírico, casi un himno nacional-: El mayor pueblo sin país. Veinticinco millones en total, doce de los cuales están en Turquía. Musulmanes, como los propios turcos. Bigotudos, como los turcos. Jefes de talleres de confección, como los turcos. El problema es que no son turcos. Y que nada ni nadie podrá asimilarlos.

Schiffer también le había mostrado a los alevis, que se reunían en la rue d'Enghien.

– Los «cabezas rojas». Musulmanes de confesión chiíta, que practican el secreto de pertenencia. Hombres coriáceos donde los haya créeme. Rebeldes, a menudo izquierdistas. Y una comunidad muy cohesionada, bajo el signo de la iniciación y la amistad. Eligen un «hermano jurado», un «compañero iniciado», y avanzan codo con codo hacia Dios. Una auténtica fuerza de resistencia frente al Islam tradicional.

Cuando hablaba de aquel modo, Schiffer parecía sentir un soterrado respeto por aquellos pueblos a los que al mismo tiempo no cesaba de fustigar. En realidad, oscilaba entre el odio y la fascinación por el mundo turco. Paul había oído rumores de que había estado punto de casarse con una anatolia. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había acabado la historia? Los momentos en que Paul imaginaba una sublime intriga romántica entre Schiffer y Oriente solían ser los elegidos por el viejo policía para embarcarse en sus peores perorata racistas.

En esos momentos, los dos hombres estaban repantigados en su cafetera camuflada, el viejo Golf que la central de policía había tenido a bien proporcionar a Paul al comienzo de la investigación. Habían aparcado en la esquina de Petites-Ecuries con Faubourg-Saint-Denis, ante la cervecería Le Château d'Eau.

La penumbra se adensaba y se mezclaba con la lluvia para transformarlo todo en un lodazal, un légamo sin color. Paul consultó el reloj. Las ocho y media.

– ¿Qué coño hacemos aquí, Schiffer? Hoy teníamos que hace, una visita a Marius y…

– Paciencia. El concierto está a punto de empezar.

– ¿Qué concierto?

Schiffer se puso cómodo en el asiento y alisó los pliegues de su Barbour.

– Ya te lo expliqué. Marius tiene una sala de conciertos en el boulevard Strasbourg. Un antiguo cine porno. Esta noche hay concierto. Sus guardaespaldas se encargan del servicio de orden. -Schiffer, guiñó un ojo-. El momento ideal para abordarlo -dijo, y movió la cabeza en dirección al parabrisas-. Arranca y toma la rue du Château-d'Eau.

Paul contuvo su irritación y obedeció. Mentalmente, había concedido una sola oportunidad al Cifra. Si fracasaba con Marius lo devolvería al asilo de Longéres ipso facto. Pero al mismo tiempo se moría de ganas por verlo en acción.

– Aparca pasado el boulevard Strasbourg -le ordenó Schiffer-. Si la cosa se tuerce, utilizaremos una salida de emergencia que conozco.

Paul cruzó la arteria perpendicular, avanzó otra manzana y aparcó en la esquina con la rue Bouchardon.

– La cosa no se torcerá, Schiffer.

– Dame las fotos. -Paul dudó un instante, pero acabó entregándole el sobre con las fotografías de los cadáveres. El policía retirado sonrió y abrió la puerta-. Si me dejas hacer, todo irá como la seda.

Paul lo siguió fuera del coche, pensando: Una oportunidad, abuelo. No habrá más.

24

En la sala, la vibración era tan fuerte que anulaba cualquier otra sensación. Las ondas sonoras se te metían en las tripas, te arañaban los nervios y te bajaban a los pies para volver a subir por las vértebras haciéndolas temblar como láminas de vibráfono.

Paul encogió el cuello y dobló el cuerpo instintivamente como para protegerse de los golpes que le llovían encima, lo alcanzaban en el estómago, el pecho y las dos mejillas, y le hacían arder los tímpanos.

Luego entrecerró los párpados y trató de orientarse en la tiniebla saturada de humo, que perforaban los proyectores del escenario. Al cabo, consiguió distinguir el decorado. Balaustradas pintadas de dorado, columnas de estuco, arañas de cristal falso, pesados cortinajes de color carmín… Según Schiffer, aquello había sido un cine, pero recordaba más el ajado kitsch de un viejo cabaret, una especie de café concierto para operetas en las que fantasmas engominados se negarían a ceder el sitio a furibundos grupos heavy metal.

En el escenario, los músicos se agitaban como endemoniados y escupían sus «fuckin'» y sus «killin'» a troche y moche. Con el torso desnudo y reluciente de sudor, manejaban guitarras, micros y platos como si fueran armas de asalto mientras los espectadores de las primeras filas brincaban como posesos.

Paul se alejó del bar y bajó al patio de butacas. Mientras se abría paso entre la gente, sintió nacer en su interior una nostalgia familiar. Los conciertos de su juventud, el furioso pogo, los brincos al rabioso ritmo de los Clash; los cuatro acordes aprendidos con su guitarra de saldo, que había revendido cuando las cuerdas empezaron a recordarle los desgarrones ensangrentados del asiento del taxi de su padre…

De pronto advirtió que había perdido de vista a Schiffer. Giró sobre los talones y miró a los espectadores que permanecían en lo alto de la escalera, a unos pasos del bar. Adoptaban una actitud condescendiente y apenas se dignaban reaccionar al chumba-chumba del escenario con imperceptibles contoneos. Paul pasó revista a aquellos rostros envueltos en sombras y aureolados de luces de colores. Ni rastro de Schiffer.

– ¿Quieres flipar? -gritó una voz junto a su oído.

Paul se volvió hacia un rostro pálido que relucía bajo la visera de una gorra.

– ¿Qué?

– Tengo unos black bombay cojonudos.

– ¿Unos qué?

El _fulano se inclinó hacia Paul y lo agarró del hombro.

– Black bombay. Bombay holandeses. ¿De dónde has salido tú, colega?

Paul se sacudió la mano del camello y sacó el carnet.

– De aquí, ¿lo ves? Ábrete antes de que me arrepienta.

El camello desapareció como quien tiene prisa. Paul se quedó mirando la cartera con el distintivo de la policía y meditando en el abismo que separaba los conciertos de antaño de su personaje actual: un policía inflexible, un representante de la ley, un sabueso que hurgaba en la basura obstinadamente. Quién iba a decírselo cuando tenía veinte años…

Sintió un golpe en la espalda.

– ¿Problemas? -le gritó Schiffer-. Guárdate eso. -Paul estaba empapado en sudor. Intentó tragar saliva, pero en vano. La sala daba vueltas a su alrededor; las luces de los reflectores desfiguraban los rostros, los contraían como si fueran hojas de papel de aluminio. El Cifra le dio otro golpe, más amistoso, en el brazo-. Ven. Marius está allí. Vamos a sorprenderlo en su agujero.

Los dos hombres empezaron a abrirse paso entre la masa de cuerpos apretados, agitados, saltarines… Un encrespado mar de hombros, codos y caderas oscilaba acompasadamente en salvaje respuesta al vendaval sonoro que soplaba desde el escenario. A base de codazos y rodillazos, Paul y Schiffer consiguieron alcanzar el pie del escenario.

Schiffer torció a la derecha bajo los agudos chirridos de las guitarras que brotaban de los altavoces. Paul lo seguía a trancas y barrancas. Lo vio hablando con un gorila, que asintió y le abrió una puerta falsa. A Paul apenas le dio tiempo a deslizarse tras él.

Aparecieron un pasillo estrecho y mal iluminado, con las paredes cubiertas de carteles de colores chillones. En casi todos, la media luna turca, asociada con el martillo comunista, formaba un elocuente símbolo político.

– Marius dirige un grupo de extrema izquierda que se reúne un local de la rue Jarry. Sus compinches fueron quienes atizaron el fuego en las prisiones turcas el año pasado.

Paul recordaba vagamente los motines en cuestión, pero no hizo preguntas. No estaba de humor geopolítico. Los dos hombres se pusieron en marcha. Los ecos sordos de la música repercutían en sus espaldas.

– Lo de los conciertos es otra -rezongó Schiffer sin detenerse-. ¡Un auténtico mercado cautivo!

– No entiendo.

– Marius también trafica. Éxtasis. Anfetas. Todo lo relacionado con el speed. -Paul chasqueó la lengua con desaprobación-. O el LSD. Los conciertos le sirven para aumentar la clientela. Gana en todos los terrenos.

– ¿Sabe usted qué es un black Bombay? -le preguntó Paul obedeciendo a un impulso.

– El cóctel de moda en los últimos años. Éxtasis mezclado con heroína.-¿Cómo era posible que un vejete de cincuenta y nueve años recién salido del asilo estuviera al tanto de las últimas tendencias en materia de éxtasis? Un misterio más-. Es ideal para hacerte bajar -añadió Schiffer-. Tras la excitación del speed, la heroína te devuelve la calma. Pasas suavemente de tener los ojos como platos a tener las pupilas como cabezas de alfiler.

– ¿Como cabezas de alfiler?

– Sí, señor. La heroína da ganas de dormir. Los yonquis siempre están cabeceando. -Schiffer se detuvo en seco-. No lo entiendo ¿Es que nunca has trabajado en ningún asunto de drogas?

– Estuve cuatro años en represión de drogas. Eso no me convierte en un yonqui.

El Cifra le regaló la mejor de sus sonrisas.

– ¿Cómo quieres combatir el mal si no lo has probado? ¿Cómo quieres comprender al enemigo si no conoces sus bazas? Hay que saber qué buscan los chavales en esa mierda. La fuerza de la droga es que esta buena. Joder, si no sabes ni eso, no tienes derecho ni a hablar de los yonquis.

Paul se reafirmó en su primera idea: Jean-Louis Schiffer era el padre de todos los policías. Mitad ángel, mitad demonio. Lo mejor y lo peor reunidos en un solo nombre.

No tuvo más remedio que tragarse la cólera. Su compañero había reanudado la marcha. Otro giro, y aparecieron dos gigantes con chaquetas de cuero a ambos lados de una puerta pintada de negro.

El policía jubilado blandió un carnet tricolor. Paul se estremeció: ¿de dónde había sacado aquella antigualla? Aquel detalle parecía confirmar el muevo estado de cosas: ahora quien llevaba la voz cantante era Schiffer. Corno para confirmarlo, el cincuentón se puso a hablar turco.

El gorila dudó, pero acabó levantando la mano para llamar a la puerta. Schiffer lo contuvo, hizo girar el pomo y, al tiempo que entraba, masculló por encima del hombro:

– Durante el interrogatorio, no quiero oírte respirar.

Paul hubiera debido bajarle los humos allí mismo, pero no era momento para discutir. Aquella entrevista sería su laboratorio.

25

– ¡Salaam aleiqum, Marius!

El hombre repantigado en el sillón estuvo a punto de caerse de espaldas.

– ¿Schiffer…? iAleiqum salaam, hermano mío!

Marek Cesiuz ya había recuperado el aplomo. Se levantó y rodeó el escritorio de hierro esbozando una amplia sonrisa. Llevaba una camiseta de fútbol rojo y oro, los colores del equipo de Galatasaray. Escuchimizado, flotaba en la tela satinada al modo de una banderola en la tribuna de un estadio. Imposible adjudicarle una edad precisa. Su pelo rojo y gris evocaba cenizas mal apagadas; sus facciones estaban crispadas en una expresión de gélida alegría que le daba un aspecto siniestro de niño viejo; su piel cobriza acentuaba su semblante de autómata y se confundía con la herrumbre de su cabellera.

Los dos hombres se abrazaron con efusividad. El despacho, sin ventana y atestado de papelajos, estaba saturado de humo. La moqueta estaba llena de quemaduras de colillas. Los objetos de decoración parecían datar de los años setenta: archivadores plateados y lucernas redondeadas, taburetes en forma de tamtan, lámparas suspendidas como móviles, con tulipas cónicas.

Paul se fijó en el material de imprenta que ocupaba un rincón: una fotocopiadora, dos encuadernadoras, una guillotina… La parafernalia del militante político.

La estentórea risa de Marius ahogaba los lejanos latidos de la música.

– ¿Cuánto hace?

– A mi edad, procuro no contar.

– Te echábamos de menos, hermano. Te echábamos de menos una barbaridad.

El turco hablaba un francés sin acento. Los dos hombres volvieron a abrazarse: la comedia entraba en su apogeo.

– ¿Y los chicos? -preguntó Schiffer en tono burlón.

– Crecen demasiado deprisa. No les quito ojo. ¡Tengo miedo de que se tuerzan!

– ¿Y mi pequeño Alí?

Marius lanzó un croché hacia el vientre de Schiffer, pero lo detuvo en seco antes de tocarlo.

– ¡Es el más rápido!

De pronto, pareció advertir la presencia de Paul. Sus labios seguían sonriendo, pero sus ojos se helaron.

– ¿Vuelves a la actividad? -le preguntó al Cifra.

– Simple consulta. Te presento a Paul Nerteaux, capitán de la DPJ.

Paul dudó y optó por tender la mano, pero nadie se la estrechó. Se miró la mano extendida en aquella habitación demasiado iluminada, llena de sonrisas hipócritas y olor a tabaco; luego, para salvar las apariencias, echó un vistazo a la pila de octavillas amontonada a su derecha.

– ¿La prosa bolchevique de costumbre? -preguntó Schiffer.

– Los ideales son lo que nos mantiene vivos.

El policía retirado cogió una octavilla y tradujo en voz alta:

– «Cuando los trabajadores controlan los medios de producción…» -Soltó la carcajada-. Estás un poco mayor para estas gilipolleces.

– Estas gilipolleces nos sobrevivirán, amigo Schiffer.

– Siempre que alguien las siga leyendo.

Marius había recuperado su sonrisa completa, labios y pupilas al unísono.

– ¿Un çay, señores?

Sin esperar respuesta, Marius cogió un termo enorme y llenó tres tazas de barro cocido. Las aclamaciones del público hicieron temblar las paredes.

– ¿No estás harto de rockeros?

Marius volvió a sentarse al otro lado del escritorio, reclinó el sillón contra la pared y se llevó la taza a los labios parsimoniosamente.

– La música amansa a las fieras, hermano. Incluso esta. En mi país, los jóvenes siguen a los mismos grupos que los chavales de aquí. El rock es lo que unirá a las generaciones futuras. Lo que acabará con nuestras últimas diferencias.

Schiffer se apoyó en la guillotina y alzó la traza.

– ¡Por el rock duro!

El cuerpo de Marius onduló bajo la camiseta del Galatasaray en un gesto que expresaba al mismo tiempo el regocijo y el cansancio,

– Schiffer, no has arrastrado el culo hasta aquí, en compañía de este chico, para hablar de música o de nuestros viejos ideales.

El Cifra se sentó en una esquina del escritorio y se quedó mirando al turco; luego sacó las macabras fotografías que contenía el sobre. Los rostros torturados se desplegaron sobre las pruebas de carteles. Marek Cesiuz retrocedió en su sillón.

– Pero ¿qué es esto, hermano?

– Tres mujeres. Tres cadáveres encontrados en tu barrio. Entre noviembre y hoy. Mi colega cree que se trata de obreras clandestinas. He pensado que tú podrías decirnos algo más.

El tono de Schiffer había cambiado. Parecía haber cosido las sílabas con alambre espinoso.

– No he oído nada al respecto -aseguró Marius.

Schiffer esbozó una sonrisa burlona.

– Desde el primer asesinato, el barrio no debe de hablar de otra cosa. Dinos lo que sepas, ganaremos tiempo.

El traficante cogió maquinalmente un paquete de Karo, los cigarrillos sin filtro locales, y sacó uno.

– Hermano, no sé de qué me hablas.

Schiffer se puso en pie y adoptó el tono de un charlatán de feria:

– Marek Cesiuz, emperador de la falsificación y la mentira, rey del tráfico y la trapisonda…

El Cifra soltó una carcajada estentórea que era también un rugido y clavó una mirada amenazante en su interlocutor:

– Desembucha, cabrón, antes de que pierda la paciencia.

El rostro del turco se endureció como si fuera de cristal. Irguió el cuerpo en el sillón y encendió el cigarrillo.

– No tienes nada, Schiffer. Ni una orden, ni un testigo, ni un indicio. Nada. Solo has venido a pedirme un consejo que no puedo darte. Te aseguro que lo siento. -Marius lanzó una larga bocanada de humo gris hacia la puerta-. Ahora, más vale que cojas a tu amigo, os marchéis y demos por zanjado este malentendido.

Schiffer se plantó en la maltratada moqueta, delante del escritorio.

– Aquí solo hay un malentendido, y eres tú. En este puto despacho todo es falso. Tus octavillas de los cojones. Te partes el pecho pensando en los últimos gilis que se pudren en las cárceles de tu país.

– ¿Cómo te…?

– Tu pasión por la música. Para un musulmán como tú, el rock es una emanación de Satán. Si pudieras prenderle fuego a tu propia sala, no te lo pensarías dos veces. -Marius fue a levantarse, pero Schiffer volvió a sentarlo de un empujón-. Tus muebles atestados de papelajos, tus aires de hombre atareado… ¡Todo eso no oculta otra cosa que tus tráficos de negrero! -El viejo policía se acercó a la guillotina y acarició la cuchilla-. Y tú y yo sabemos que este juguete no te sirve más que para separar los ácidos que recibes en forma de pañuelos impregnados de LSD.-Schiffer abrió los brazos en un gesto de comedia musical e invocó al mugriento cielo raso-: ¡Oh, hermano mío, háblame de esas tres mujeres, antes de que ponga patas arriba tu despacho y encuentre con qué mandarte a Fleury para una larga temporada! -Marek Cesiuz no paraba de lanzar miradas a la puerta. El Cifra se colocó tras él y se inclinó hacia su oído-. Tres mujeres, Marius -recalcó masajeándole los hombros-. En menos de cuatro meses. Torturadas, desfiguradas y abandonadas en plena calle. Tú las trajiste a Francia. Entrégame sus fichas y nos largaremos.

Las lejanas pulsaciones del concierto llenaban el silencio. Parecía el corazón del turco latiendo en el vacío de su caja torácica.

– Ya no las tengo -murmuró.

– Por qué?

– Las he destruido. Tras la muerte de cada chica, hice desaparecer su ficha. Nada de huellas, nada de problemas.

Paul sintió crecer el miedo en su interior, pero agradeció la revelación. Por primera vez, el objeto de su investigación adquiría corporeidad. Las tres víctimas existían en tanto que mujeres: estaban cobrando vida ante sus ojos. Los Corpus eran inmigrantes ilegales.

Schiffer volvió a situarse frente al escritorio.

– Vigila la puerta -le dijo a Paul sin apartar la vista de Marius

– ¿C… cómo?

– La puerta.

Antes de que Paul pudiera reaccionar, Schiffer saltó sobre el turco y le aplastó la cara contra la esquina del escritorio. El hueso de la nariz crujió como una nuez entre los dientes de un cascanueces. El policía retirado le levantó la cabeza y la hizo chocar contra la pared. La sangre chorreaba por el rostro del turco.

– ¡Las fichas, cabrón!

Paul se abalanzó hacia Schiffer, pero este lo rechazó de un empujón. Paul se llevó la mano a la pistolera, pero la negra boca de un Manhurin 44 Magnum lo petrificó. El Cifra había soltado a Marius y desenfundado en un visto y no visto.

– Te he dicho que vigiles la puerta.

Paul estaba estupefacto. ¿De dónde salía aquella pipa? Marius había aprovechado la confusión para deslizarse en su sillón con ruedas y abrir un cajón.

– ¡A su espalda!

Schiffer giró en redondo y lanzó el cañón del Manhurin contra el rostro del turco. Marius dio una vuelta completa sobre el asiento y cayó de bruces sobre una pila de octavillas. El Cifra lo agarró de la camiseta y le clavó el cañón del arma bajo el mentón.

– Las fichas, turco de mierda. Si no, te juro que te mato.

Marek temblaba a sacudidas; la sangre burbujeaba entre sus dientes rotos, pero la expresión de regocijo no había desaparecido de su rostro. Schiffer enfundó y lo arrastró hasta la guillotina.

A su vez, Paul sacó la pistola y gritó:

– ¡Basta!

Schiffer levantó la cuchilla y colocó la mano derecha del turco debajo.

– ¡Dame las fichas, saco de mierda!

– ¡DETÉNGASE O DISPARO!

El Cifra ni siquiera lo miró. Empujó lentamente la cuchilla. La piel de las falanges se arrugó bajo el filo y la sangre manó en forma de pequeñas burbujas negras. Marius gritó, pero no tan fuerte como Paul:

– ¡¡¡SCHIFFER!!!

Tenía el arma agarrada con las dos manos y a Schiffer en el punto de mira. Tenía que disparar. Tenía…

La puerta se abrió violentamente a sus espaldas. Paul salió despedido hacia delante, rodó sobre sí mismo y quedó tumbado boca arriba, con la espalda contra el escritorio de hierro y la cabeza hacia la puerta.

Los dos gorilas iban a desenfundar cuando la sangre los salpicó. Un silbido de hiena llenó el despacho. Paul comprendió que Schiffer había acabado el trabajo. Apoyó una rodilla en el suelo y, agitando la pistola hacia los turcos, gritó:

– ¡Atrás!

Hipnotizados por la escena que se desarrollaba antes sus ojos, los guardaespaldas no se movieron. Temblando de pies a cabeza, Paul se levantó y les apuntó a la cara con el 9 milímetros…

– ¡Atrás he dicho, coño!

Les clavó el cañón en el pecho y, poco a poco, consiguió hacerlos retroceder hasta el umbral. Luego volvió a cerrar la puerta, apoyó la espalda contra la hoja y contempló al fin la pesadilla en acción.

Marius sollozaba de rodillas con la mano atrapada en la guillotina. La hoja no le había seccionado los dedos completamente, pero las falanges estaban a la vista, con la carne abierta sobre los huesos. Schiffer seguía agarrando el mango, con el rostro desfigurado por una mueca sardónica.

Paul enfundó el arma. Tenía que calmar a aquel loco. Iba a acercarse, cuando el turco tendió la mano sana hacia uno de los archivadores plateados, situado junto a la fotocopiadora.

– ¡Las llaves! -ladró Schiffer.

Marius intentó coger el manojo que llevaba colgado al cinturón. El Cifra se lo arrancó y fue pasando llaves delante de sus narices. El turco señaló la que abría la cerradura del archivador con un movimiento de cabeza.

El viejo policía puso manos a la obra. Paul aprovechó para liberar a su víctima. Levantó con cuidado la hoja, surcada de franjas rojizas. El turco se derrumbó al pie de la guillotina y se encogió en el suelo gimoteando:

– Hospital… hospital…

Schiffer se volvió con expresión de triunfo. Sostenía una carpe de cartón atada con una cinta. La abrió a toda prisa y encontró las fichas y las polaroid de las tres víctimas.

Paul seguía en estado de shock, pero comprendió que habían ganado.

26

Tornaron la salida de emergencia y corrieron hasta el Golf. Paul arrancó sin mirar y a punto estuvo de chocar con otro coche que pasaba en ese momento.

Apretó el acelerador, torció a la derecha y entro en la rue Lucien-Samapaix. No tardó en comprender que iba en dirección prohibida y dio otro volantazo, esta vez a la izquierda, para tornar el boulevard Magenta.

La ciudad temblaba ante sus ojos. Las lagrimas se aliaban con la lluvia del parabrisas para nublarle la vista. Apenas distinguía las luces de los semáforos, que sangraban como heridas tras la cortina de agua.

Pasó el primer cruce sin detenerse y luego el segundo, en medio de un estrépito de frenazos y bocinazos. Paró ante el tercer semáforo. Durante unos segundos, un zumbido llenó su cabeza; luego, supo lo que tenía que hacer.

Verde.

Aceleró sin desembragar, caló, soltó una maldición.

Iba a accionar la llave de contacto, cuando oyó la voz de Schiffer:

– ¿Adónde vas?

– A comisaría -farfulló Paul-. Estás detenido, pedazo de salvaje.

Al otro lado de la plaza, la estación del Este brillaba como un trasatlántico. Paul acababa de arrancar cuando Schiffer estiró la pierna y apretó el pedal del acelerador.

– Maldito hijo de…

Schiffer agarró el volante y tiró de él hacia la derecha. El coche se lanzó hacia la rue Sibour, una calleja en diagonal que bordea la iglesia de Saint-Laurent. El Cifra volvió a tirar del volante con una sola mano e hizo que el Golf saltara sobre la mediana del carril para bicicletas y chocara contra el bordillo de la acera.

Paul se clavó el volante en las costillas. Resolló, tosió y se cubrió de sudor. Cerró el puño y se volvió hacia su acompañante dispuesto a destrozarle la mandíbula.

La palidez de Schiffer lo disuadió. Había vuelto a envejecer veinte años. El perfil de su rostro se fundía con la línea del flácido cuello. Sus ojos se habían vuelto tan vidriosos que parecían transparentes. Tenía el rostro de un cadáver.

– ¡Es usted un loco peligroso! -barbotó Paul-. ¡Un jodido enfermo! Me voy a encargar personalmente de que le caiga el máximo. ¡Se pudrirá en la cárcel, torturador de mierda!

Sin dignarse responder, Schiffer sacó de la guantera un viejo plano de la ciudad y arrancó varias hojas para limpiarse la sangre de la chaqueta.

– No hay otra forma de tratar con esa escoria.

– Nosotros somos policías.

– Marius es basura. Controla a sus putas de aquí haciendo que mutilen a sus hijos allí, en su país. Un brazo, una pierna… Eso calma a las mamás turcas.

– Nosotros somos la ley.

Paul empezaba a recobrar el aliento y la calma. Su campo de visión se había aclarado: el muro de la iglesia, negro y sin vanos; las gárgolas, erguidas sobre sus cabezas como sendas horcas, y la incesante lluvia que saeteaba la oscuridad.

Schiffer hizo un rebujo con las hojas manchadas de sangre, bajó la ventanilla, las tiró y escupió fuera.

– Es demasiado tarde para deshacerte de mí.

– Si cree que responder de mis actos me asusta… Usted no me conoce. Acabará en chirona, aunque tenga que compartir celda con usted.

Schiffer encendió la luz del techo, abrió la carpeta del turco, que tenía sobre las rodillas, y sacó las fichas de las tres obreras: simples hojas volantes impresas en láser y grapadas a sendas polaroid. Arrancó las fotos y las repartió sobre el salpicadero, como si fueran cartas del tarot.

Luego se aclaró la garganta y preguntó:

– ¿Qué ves?

Paul no se inmutó. El resplandor de las farolas hacía brillar las fotografías encima del volante. Llevaba dos meses buscando aquellos rostros. Los había imaginado, dibujado, borrado y recomenzado cientos de veces. Ahora que los tenía enfrente sentía un miedo de novato.

Schiffer lo agarró del cuello y lo obligó a inclinarse hacia ellos.

– ¿Qué ves? -repitió con voz ronca.

Paul abrió los ojos de par en par. Tres mujeres de rasgos suaves lo miraban directamente con expresión de sorpresa, sin duda debida al flash. Tres rostros llenos enmarcados en melenas pelirrojas.

– ¿Qué te llama la atención? -insistió el Cifra. Paul dudó:

– Se parecen, ¿no?

– ¿Cómo que se parecen? -repitió Schiffer y se echó a reír-. ¡Querrás decir que son la misma!

Paul se volvió hacia él. No estaba seguro de comprender.

– ¿Qué quiere decir?

– Que tenías razón. El asesino busca un solo y único rostro. Un rostro que ama y odia al mismo tiempo. Un rostro que lo obsesiona, que le provoca pulsiones contradictorias. Podemos hacer mil conjeturas sobre sus motivos. pero ahora sabernos que persigue un objetivo. -La cólera de Paul se transformó en sensación de triunfo. Así que sus intuiciones eran acertadas… Obreras ilegales, rasgos idénticos… ¿Habría acertado también en lo de las estatuas antiguas?-. Estas caras son un paso adelante del copón, créeme. Porque nos proporcionan una información esencial. El asesino conoce este barrio como la palma de su mano.

– Eso ya lo sabíamos.

– Suponíamos que era turco, no que conociera hasta el último taller y el último sótano. ¿Te das cuenta de la paciencia y el tesón necesarios para dar con chicas que se parecen hasta este punto? Ese cabrón tiene acceso a todas partes.

– De acuerdo -dijo Paul con voz más tranquila-. Reconozco que sin usted jamás habría conseguido estas fotos. Así que le voy a ahorrar la comisaría. Lo llevaré directamente a Longéres, sin pasar por los calabozos.

Paul hizo girar la llave de contacto, pero Schiffer le agarró el brazo

– Estás cometiendo un error, muchacho. Ahora me necesitas más que nunca.

– Por lo que a usted respecta, este asunto está cerrado.

El Cifra cogió una de las fichas y la agitó a la luz de la lámpara.

– No solo tenemos sus rostros y su identidad. También tenemos los datos de los talleres donde trabajaban. Y eso es sólido.

Paul apartó la mano de la llave.

– Sus compañeras podrían haber visto algo…

– Recuerda lo que dijo el forense. Tenían el estómago vacío. Volvían del trabajo. Hay que interrogar a las obreras que tomaban el mismo camino todas las noches. Y a los dueños de los talleres. Y para eso me necesitas a mí, muchacho.

Schiffer no tuvo que insistir: Paul llevaba tres meses chocando contra el mismo muro. No le costaba imaginarse continuando la investigación en solitario y no consiguiendo absolutamente nada.

– Le concedo otro día -dijo al fin-. Visitaremos los talleres. Interrogaremos a las compañeras, los vecinos, la pareja, si la tenían. Luego, de vuelta al asilo. Y se lo advierto: a la menor mierda, le pego un tiro. Esta vez no dudaré.

Schiffer soltó una risa forzada, pero Paul comprendió que tenía miedo. Ahora los dos estaban asustados. Iba a arrancar, pero cambió de opinión. Tenía que saberlo.

– Lo de Marius… ¿A qué ha venido esa salvajada?

Schiffer observó las esculturas de las gárgolas, que se insinuaban en la oscuridad. Diablos encaramados en sus perchas: íncubos enseñando los dientes; demonios con alas de murciélago… El viejo policía guardó silencio durante unos instantes y luego murmuró:

– No había otra solución. Han decidido no decir nacía.

– ¿Quiénes?

– Los turcos. ¡El barrio se ha vuelto mudo, joder! Habrá que arrancarles la verdad a pedazos.

– Pero ¿por qué lo hacen? -preguntó Paul con la voz rota- ¿Por qué no quieren ayudarnos?

El Cifra seguía contemplando los rostros de piedra. Su palidez competía con la de la lámpara cenital.

– ¿Todavía no lo has comprendido? Protegen al asesino.

CINCO

27

Entre sus brazos, ella había sido un río.

Una fuerza fluida, dúctil, desatada. Había pasado sobre las noches y los días como la corriente que acaricia las hierbas sumergidas, sin alterar su elasticidad y su languidez. Se había deslizado hacia sus manos atravesando el claroscuro de los bosques, los lechos de musgo, la sombra de los roquedos. Se había erguido frente a los calveros de luz que estallaban bajo sus párpados cuando sobrevenía el placer. Luego había vuelto a abandonarse con un movimiento lento, translúcida bajo sus manos…

A lo largo de los años, había habido estaciones distintas. Arrullos de agua, ligeros, cantarines. Crines de espuma agitadas por la cólera. Y vados, treguas durante las que no se tocaban. pero eran descansos deliciosos. Tenían la levedad de las cañas, la suavidad de los guijarros pulidos por el agua.

Cuando la corriente volvía a fluir y empujaba hacia las últimas riberas, sobre los suspiros y labios entreabiertos, siempre era para alcanzar mejor el placer único en el que todo era uno y el otro lo era todo.

– ¿Lo comprende, doctora?

Mathilde Wilcrau dio un respingo. Miró hacia el sofá Knoll, que estaba a dos metros y era el único mueble de la habitación que no databa del siglo XVIII Había un hombre tumbado en él. Un paciente. Perdida en sus ensoñaciones, lo había olvidado por completo y no había escuchado una sola palabra de su historia.

– No, no lo comprendo -respondió tratando de disimular su desconcierto- Su formulación no es lo bastante precisa. Intente expresarlo con otras palabras por favor…

El hombre reanudó sus explicaciones con los ojos clavados en el techo y las manos entrelazadas sobre el pecho. Mathilde cogió una crema hidratante de un cajón procurando no hacer ruido. La frescura del producto sobre sus manos la devolvió a la realidad. Sus ausencias eran cada vez más frecuentes, cada vez más profundas. Había llevado la neutralidad del psicoanalista hasta sus últimas consecuencias: ya no estaba allí, literalmente. Antes escuchaba las palabras de sus pacientes con atención. Estaba pendiente de sus lapsus, sus vacilaciones, sus divagaciones. Piedrecillas blancas que le permitían remontar el curso de la neurosis, del trauma… Pero ¿ahora?

Guardó el tubo de crema y siguió repartiéndosela por los dedos. Nutrir. Refrescar. Aliviar. La voz del hombre ya no era más que un rumor que arrullaba su propia melancolía.

Sí: entre sus brazos, ella había sido un río. Pero los vados se habían multiplicado, las treguas habían sido cada vez más largas. Al principio, se había negado a preocuparse, a identificar en aquellas pausas los primeros signos de la degradación. Había cerrado los ojos con la sola fuerza de su esperanza, de su fe en el amor. Luego, un sabor a ceniza se posó en su lengua, un doloroso encorvamiento se apoderó de su cuerpo. Pronto, hasta sus venas parecían haberse secado y convertido en galerías minerales, sin vida. Se sentía vacía. Antes de que los corazones dieran nombre a la situación, los cuerpos ya habían hablado.

Luego, la ruptura se abrió paso hasta las conciencias y las palabras consumaron el movimiento: la separación se hizo oficial. Había comenzado la era de las formalidades; Hubo que presentarse ante el juez, calcular la pensión, organizar la mudanza. Ella estuvo irreprochable. Siempre alerta. Siempre responsable. Pero su cabeza ya no estaba allí. En cuanto podía, intentaba recordar, viajar por su interior, por su propia historia, asombrada de encontrar en su memoria tan pocas huellas, tan pocos vestigios del pasado. Todo su ser parecía un desierto abrasado, un emplazamiento arqueológico en el que solo unos cuantos surcos en la superficie de piedras demasiado blancas seguían evocando el ayer.

Se tranquilizó pensando en sus hijos. Ellos eran la encarnación de su destino, ellos serían su última fuente. Se agarró a aquella idea con todas sus fuerzas. Se olvidó de sí misma, se eclipsó ante sus últimos años de formación. Pero ellos también acabaron abandonándola. Su hijo se perdió en una ciudad extraña, minúscula e inmensa á la vez, formada únicamente por microchips y microprocesadores. Su hija, en cambio, se encontró a sí misma en los viajes y la etnología. Al menos, eso decía. Lo que tenía claro era que su camino estaba lejos de sus padres.

Así que a Mathilde no le quedó más remedio que interesarse por la única persona que quedaba a bordo: ella. Se dio todos los caprichos: vestidos, muebles, amantes… Hizo cruceros y escapadas a lugares con los que siempre había soñado. Pero fue en vano. Aquellas fantasías parecían acelerar su caída, precipitar su vejez.

La desertificación seguía haciendo estragos. La arena la devoraba poco a poco. No solo física, sino también emocionalmente. Se estaba volviendo dura, áspera con los demás. Sus juicios eran inapelables: sus posturas, intransigentes, radicales. La generosidad, la comprensión, la compasión, la abandonaban. La menor muestra de indulgencia le exigía un esfuerzo sobrehumano. Padecía una auténtica parálisis de los sentimientos que la volvía hostil hacia el resto del mundo.

Acabó rompiendo con sus amigos más íntimos y se vio sola, absolutamente sola. A falta de adversarios, se aficionó al deporte, para poder enfrentarse consigo misma. El camino de la superación la llevó al alpinismo, el remo, el parapente, el tiro… El entrenamiento se convirtió en un desafío permanente, en una obsesión que aliviaba sus angustias.

Todos aquellos excesos habían quedado atrás, pero su vida seguía estando jalonada de pruebas recurrentes. Cursillos de parapente en las Cévennes; ascensión anual de las «Gargantas», cerca de Chamonix; competición de triatlón en el valle de Aosta… A sus cincuenta y dos años, estaba en una forma física que habría hecho palidecer de envidia a cualquier adolescente. Y cada día contemplaba con un punto de vanidad los trofeos que relucían sobre su cómoda autentificada de la escuela de Oppenordt.

En realidad, la victoria que la colmaba de orgullo era otra; una hazaña íntima y secreta. Durante aquellos años de soledad, no había recurrido a los medicamentos ni una sola vez. Jamás había tomado un ansiolítico o un antidepresivo.

Todas las mañanas se miraba al espejo y se recordaba su proeza. La joya de su palmarés. Un certificado personal de resistencia que le probaba que no había agotado sus reservas de coraje y voluntad.

La mayoría de la gente vive esperando algo mejor.

Mathilde Wilcrau había dejado de temer lo peor.

Por supuesto, en medio de aquel desierto, le quedaba el trabajo. Su consulta en el hospital de Sainte-Anne y las sesiones con sus pacientes particulares. El estilo duro y el estilo flexible, como se dice en las artes marciales, que también había practicado. La atención psiquiátrica y la exploración psicoanalítica. Pero, a la larga, los dos polos habían acabado confundiéndose en la misma rutina.

Ahora su vida estaba jalonada por unos cuantos rituales, estrictos y necesarios. Una vez por semana comía con sus hijos, que ya no hablaban de otra cosa que de sus éxitos y el fracaso de sus padres. Los fines de semana. entre dos sesiones de entrenamiento, hacía la ronda de los anticuarios. Y los martes por la tarde asistía a los seminarios de la Sociedad de Psicoanálisis, donde también encontraba algunos rostros familiares. En su mayoría, antiguos amantes de los que había olvidado hasta el nombre y que siempre le habían parecido insulsos. Pero tal vez fuera ella la que le había perdido el gusto al amor. Como cuando nos quemamos la lengua y ya no diferenciamos los sabores de los alimentos.

Mathilde lanzó una mirada al reloj: solo quedaban cinco minutos para el final de la sesión. El hombre seguía hablando. Mathilde se removió en el sillón. Su cuerpo le anticipaba las sensaciones que se avecinaban: la sequedad de garganta cuando pronunciara las frases de conclusión tras el largo silencio; el suave rasgueo de su estilográfica sobre la agenda cuando anotara la próxima cita; el crujido del cuero cuando se levantara…

Minutos después, en el vestíbulo, el paciente se volvió hacia ella y, con voz teñida de angustia, le preguntó:

– ¿Me he extendido demasiado, doctora?

Mathilde negó con una sonrisa y abrió la puerta. ¿Tan importante era lo que le había revelado hoy? Daba igual: la próxima vez se superaría. Salió al rellano y pulsó el interruptor.

Al verla, no pudo reprimir un grito.

La mujer, envuelta en un kimono negro, estaba acurrucada en el suelo. Mathilde la reconoció de inmediato: Anna no sé cuántos. La que necesitaba un buen par de gafas. Temblaba como una hoja. ¿Qué era aquella locura?

Mathilde empujó a su paciente hacia la escalera y se volvió irritada hacia aquella joven menuda y morena. No estaba dispuesta a tolerar que ninguno de sus pacientes se presentara de aquel modo, sin avisar, sin cita previa. La primera obligación de un buen psiquiatra era mantener limpia su puerta.

Se disponía a echarle un buen rapapolvo, cuando la mujer empezó a agitar una tomografía facial ante sus narices.

– Me han borrado la memoria. Me han borrado la cara.

28

Psicosis paranoica.

El diagnóstico era claro. Anna Heymes pretendía que su marido y Eric Ackermann, ayudados por otros hombres, pertenecientes a la policía francesa, la habían manipulado. Sin su conocimiento, le habrían practicado un lavado de cerebro que la privaba de una parte de su memoria y modificado el rostro mediante cirugía estética. No sabía cómo ni por qué, pero había sido víctima de un complot, de un experimento que había mutilado su personalidad.

Le había explicado todo aquello atropelladamente, blandiendo el cigarrillo como una batuta de director de orquesta. Mathilde la había escuchado con paciencia, tras tomar buena nota de su delgadez; la anorexia podía ser un síntoma de la paranoia.

Anna Heymes había seguido hablando hasta finalizar su absurda historia. Había descubierto la maquinación esa misma mañana, en el cuarto de baño, al descubrir las cicatrices de su rostro cuando su marido se disponía a llevarla a la clínica de Ackermann.

Había huido por la ventana y dado esquinazo a policías de civil armados hasta los dientes y provistos de radioteléfonos. Se había ocultado en una iglesia ortodoxa y, horas más tarde, se había hecho radiografiar el rostro en el hospital de Saint-Antoine para disponer de una prueba tangible de su operación. Luego, había vagado hasta la caída de la noche y acudido a la única persona en la que confiaba Mathilde Wilcrau. Y eso era todo.

Psicosis paranoica.

Mathilde había tratado cientos de casos similares en el hospital de Sainte-Anne. La prioridad era calmar la crisis. A base de palabras reconfortantes, había conseguido convencer a la joven para que se dejara inyectar cincuenta miligramos de Tranxene por vía intramuscular.

En esos momentos, Anna Heymes dormía en el sofá. Mathilde estaba sentada ante su escritorio, en su posición habitual.

No tenía más que telefonear a Laurent Heymes. Ella misma podía ocuparse del internamiento de su mujer en el hospital, o bien avisar directamente a Eric Ackermann, el médico que la trataba. En unos minutos, todo estaría resuelto. Un asunto rutinario.

Entonces, ¿por qué no llamaba? Llevaba más de una hora así, sin descolgar el teléfono, limitándose a contemplar los trozos de mueble que brillaban en la oscuridad a la luz de la ventana. Desde hacía años, vivía rodeada de aquellas antigüedades de estilo rococó, adquiridas en su mayor parte por su marido y que ella había luchado por conservar en el momento del divorcio. En primer lugar, para fastidiarlo, pero también, como había comprendido más tarde, para conservar algo de él. Nunca se había decidido a venderlas. Y ahora vivía en un santuario. Un mausoleo lleno de lustrosas antiguallas que le recordaban los únicos años que realmente contaban.

Psicosis paranoica. Un caso de manual.

Salvo por las cicatrices. Las marcas que había observado sobre la frente, las orejas y la barbilla de la joven. Incluso había podido notar los tornillos e implantes que sujetaban la estructura ósea de su rostro bajo la piel. La escalofriante tomografía le había proporcionado los detalles de las intervenciones.

A lo largo de su carrera, Mathilde había conocido a muchos paranoicos, y, rara vez se paseaban con las pruebas concretas de su delirio grabadas en la cara. Anna Heymes llevaba una auténtica máscara cosida al rostro. Una máscara de carne, moldeada y suturada, que disimulaba los huesos rotos y los músculos atrofiados.

¿Cabía la posibilidad de que sencillamente dijera la verdad? ¿De que determinados individuos -policías, por si fuera poco- le hubieran hecho semejante atrocidad? ¿De que le hubieran destrozado los huesos y el rostro? ¿De que le hubieran robado la memoria?

En aquel asunto había otro elemento que la intrigaba: la participación de Eric Ackermann. Mathilde recordaba al desgarbado pelirrojo con el rostro salpicado de pecas y acné. Uno de sus innumerables pretendientes en la universidad, pero sobre todo un individuo con una inteligencia excepcional, aunque algo propenso a la exaltación. Por aquel entonces era un apasionado del cerebro y los «viajes interiores». Había seguido las experiencias con el LSD de Timothy Leary en la Universidad de Harvard y pretendía explorar regiones desconocidas de la conciencia utilizando el mismo sistema. Tomaba todo tipo de drogas psicotrópicas y analizaba sus propios delirios. Había llegado a mezclar LSD con el café de algún compañero de estudios, solo «para ver qué pasaba». Mathilde sonrió recordando aquella locura. Toda una época: el rock psicodélico, la contestación juvenil, el movimiento hippy…

Ackermann predecía que un día habría máquinas que permitirían viajar al interior del cerebro y observar su actividad en tiempo real. Los años le habían dado la razón. El mismo se había convertido en un neurólogo pionero, gracias a tecnologías como la cámara de positrones o la magneto-encefalografía.

¿Habría utilizado a la joven como conejillo de Indias? Mathilde buscó en su agenda los datos de una estudiante que había asistido a sus clases en la facultad de Sainte-Anne en 1995. El teléfono sonó cuatro veces antes de que lo cogieran.

– ¿Valérie Rannan?

– Al habla.

– Soy Mathilde Wilcrau

– ¿La profesora Wilcrau?

Eran más de las once, pero la joven parecía estar muy despierta.

– Mi llamada va a parecerle un tanto extraña, sobre todo a este hora…

– ¿Qué desea?

– Solo quería hacerle unas preguntas sobre su tesis doctoral. Si no recuerdo mal, el tema eran las manipulaciones mentales y el aislamiento sensorial…

– Entonces, no pareció interesarla mucho…

Mathilde creyó percibir cierta hostilidad en el comentario. En su momento, había rehusado dirigir la tesis de la chica, porque no creía en aquel tema de investigación. Para ella, el lavado de cerebro tenía algo de fantasía colectiva, de leyenda urbana.

– Sí, es cierto -admitió procurando dulcificar la voz- Era bastante escéptica. Pero ahora necesito información para un artículo que debo redactar urgentemente.

– Pregunte lo que desee.

Mathilde no sabía por dónde empezar. Ni siquiera estaba segura de lo que quería averiguar. Un tanto al azar, preguntó:

– En la sinopsis de su tesis, decía usted que es posible borrar la memoria de un sujeto. Es… en fin, ¿es realmente posible?

– Las técnicas en cuestión se desarrollaron en los años cincuenta.

– Las utilizaron los soviéticos, ¿verdad?

– Los rusos, los chinos, los estadounidenses… Todo el mundo. Fue uno de los grandes retos de la guerra fría. Anular la memoria. Destruir las convicciones. Modelar la personalidad.

– ¿Qué métodos utilizaban,

– Siempre los mismos: electroshock, drogas, aislamiento sensorial…

Se produjo un silencio.

– ¿Qué drogas? -preguntó Mathilde.

– Yo estudié sobre todo el programa de la CIA: el MK-Ultra. Los estadounidenses utilizaban sedantes. Fertonacina. Sodio amital. Clorpromacina.

Mathilde conocía aquellas sustancias: la artillería pesada de la psiquiatría. En los hospitales, todos aquellos productos estaban englobados en la categoría de «camisas de fuerza químicas». Pero en realidad se trataba de auténticas trituradoras, de máquinas para pulverizar la mente.

– ¿Y el aislamiento sensorial?

Valérie Rannan soltó una risita.

– Las experiencias más avanzadas se desarrollaron en Canadá, a partir de 1954, en una clínica de Montreal. Los psiquiatras empezaban interrogando a sus pacientes, que eran mujeres depresivas. Las obligaban a confesar faltas, deseos que las avergonzaban. A continuación, las encerraban en una habitación totalmente pintada de negro, donde no podían distinguir el suelo de las paredes y el techo. Por ultimo, les ponían un casco de fútbol americano en cuyo interior emitían en bucle extractos de las entrevistas. Las pacientes oían las mismas palabras, los pasajes más dolorosos de sus confesiones, una y otra vez. Su único respiro eran las sesiones de electroshock y las curas de sueño químico. -Mathilde lanzó una breve mirada a Anna, que seguía dormida sobre el diván. Su pecho ascendía y descendía plácidamente al ritmo de la respiración-. El auténtico condicionamiento -siguió explicando la estudiante- empezaba cuando la paciente ya no recordaba ni su nombre ni su pasado y carecía de toda voluntad. Les cambiaban la cinta de los cascos: entonces recibían órdenes, oían consignas repetidas hasta la saciedad que tenían como fin modelar su nueva personalidad.

Como todos los psiquiatras, Mathilde había oído hablar de aquellas aberraciones, pero no acababa de creer en su realidad, y menos aún en su eficacia.

– ¿Cuál era el resultado? -preguntó con voz neutra.

– Los norteamericanos solo consiguieron crear zombis. Parece que los rusos y los chinos obtuvieron mejores resultados con métodos casi idénticos. Tras la guerra de Corea, más de siete mil prisioneros estadounidenses volvieron a casa absolutamente convencidos de la bondad de los valores comunistas. Habían condicionado su personalidad.

Mathilde se frotó los hombros; un frío de sepulcro se había apoderado de sus miembros.

– ¿Cree usted que existen laboratorios donde se sigue experimentado en ese campo?

– No me cabe la menor duda.

– ¿Qué tipo de laboratorios?

Valérie soltó una risita sarcástica.

– Está usted un poco desfasada. Estancos hablando de centros de estudios militares. Todas las fuerzas armadas experimentan con la manipulación del cerebro.

– ¿En Francia también?

– En Francia, en Alemania, en Japón, en Estados Unidos… En cualquier país que disponga de tecnología suficientemente avanzada Siempre hay nuevos productos. En este momento, se habla mucho de una sustancia química llamada GHB, que borra los recuerdos de lo ocurrido en las últimas doce horas. Se la conoce como la «droga del violador», porque la mujer violada no recuerda nada. Estoy convencida de que los militares están trabajando con productos similares. El cerebro sigue siendo el arma más peligrosa del mundo.

– Se lo agradezco mucho, Valérie.

– ¿No quiere que le dé fuentes más precisas? -le preguntó la joven, sorprendida-. ¿Bibliografía?

– No, gracias. En caso necesario, volveré a llamarla.

29

Mathilde se acercó a Anna, que seguía profundamente dormida. Le examinó los brazos en busca de marcas de pinchazos. Nada. Le retiró los cabellos, pensando en la inflamación electrostática del cuero cabelludo que provoca la repetida absorción de sedantes. Tampoco.

Volvió a erguirse, asombrada de dar el menor crédito a la historia de aquella mujer. No, realmente también ella estaba empezando a desvariar… En ese momento volvió a fijarse en las cicatrices de la frente: tres líneas verticales diminutas, separadas unos centímetros. A su pesar, le tocó las sienes y las mandíbulas: las prótesis se notaban bajo la piel.

¿Quién había hecho aquello? ¿Cómo era posible que Anna hubiera olvidado una operación así?

Durante su primera visita, le había hablado del instituto donde le habían hecho las tomografías. «En Orsay. En un hospital lleno de soldados.» Mathilde había escrito el nombre; estaría entre sus notas.

Hojeó el bloc rápidamente y vio una página emborronada con sus garabatos habituales. En una esquina, a la derecha, había escrito: «Henri-Becquerel».

Cogió una botella de agua en el cuarto contiguo al despacho y tras darle un largo trago, descolgó el auricular y marcó un número.

– ¿René? Soy Mathilde, Mathilde Wilcrau.

Silencio. La hora. Los años transcurridos. La sorpresa…

– ¿Cómo estás? -preguntó al fin una voz grave.

– ¿Llamo en mal momento?

– No seas tonta. Oír tu voz siempre es un placer.

René Le Garrec había sido su maestro y profesor cuando era interna en el hospital de Val-de-Grâce. Psiquiatra del ejército, especialista en traumas de guerra, había fundado las primeras unidades de urgencias medico-psicológicas para atender a las víctimas de atentados, guerras y catástrofes naturales. Un pionero que le había demostrado que era posible llevar galones sin ser un gilipollas.

– Solo quería hacerte una pregunta. ¿Conoces el Instituto Henri-Becquerel?

Mathilde creyó percibir una leve vacilación.

– Sí, lo conozco. Es un hospital militar.

– ¿En qué trabajan?

– Al principio se dedicaban a la medicina atómica.

– ¿Y ahora?

Nueva vacilación. Ya no le cabía duda: estaba metiéndose en camisa de once varas.

– No lo sé con exactitud -respondió Le Garrec-. Tratan ciertos traumas.

– ¿Traumas de guerra?

– Eso creo. Tendría que informarme.

Mathilde había trabajado tres años a sus órdenes. Le Garrec no había mencionado aquel instituto jamás. Como para disimular la torpeza de su mentira, el militar pasó al ataque:

– ¿Por qué lo quieres saber?

Mathilde no intentó eludir la pregunta.

– Tengo una paciente a la que le han hecho unas pruebas allí.

– ¿Qué tipo de pruebas?

– Tomografías.

– No sabía que tuvieran un Petscan.

– Las pruebas las realizó Ackermann.

– ¿El cartógrafo?

Eric Ackermann había escrito un libro sobre las técnicas de exploración del cerebro que sintetizaba los trabajos de diferentes equipos de todo el mundo. La obra se había convertido en referencia obligada. Desde su publicación, el neurólogo era considerado uno de los mayores topógrafos del cerebro humano. Un viajero que exploraba aquella región anatómica como si se tratara del sexto continente.

Mathilde se lo confirmó.

– Es extraño que trabaje con «nosotros» -murmuró Le Garrec.

El «nosotros» la hizo sonreír. El ejército era algo más que un cuerpo: era una familia.

– Tú lo has dicho -respondió Mathilde-. Conocí a Ackermann en la facultad. Era un auténtico rebelde. Objetor de conciencia y drogata militante. No me lo imaginaba trabajando con los militares. Creo que incluso lo condenaron por «fabricación ilegal de estupefacientes».

Le Garrec soltó la carcajada.

– Al contrario. Puede que esa sea la explicación. ¿Quieres que contacte con ellos?

– No, gracias. Solo quería saber si habías oído hablar de esos trabajos.

– ¿Cómo se llama tu paciente?

Mathilde comprendió que se había arriesgado demasiado. Puede que Le Garrec iniciara su propia investigación o, peor aún, informara a sus superiores. De pronto, el mundo de Valérie Rannan le pareció posible. Un universo de experimentos secretos, herméticos, llevados a cabo en nombre de una razón superior.

– No te preocupes -dijo en un intento de quitar importancia al asunto-. Era simple curiosidad.

– ¿Cómo se llama? -insistió el militar.

Mathilde sintió que el frío volvía a apoderarse de su cuerpo.

– Gracias -murmuró-. Llamaré… Llamaré directamente a Ackermann.

– Como quieras.

Le Garrec desistió, y ambos adoptaron sus papeles de costumbre, su tono desenfadado. Pero los dos lo sabían: durante unos instantes, durante aquel breve intercambio de frases, habían atravesado el mismo campo de minas. Mathilde colgó tras prometerle que lo llamaría para comer.

Ahora era una certeza: el Instituto Henri-Becquerel albergaba un secreto. Y la participación de Eric Ackermann en aquel asunto no hacía más que ahondar la profundidad del misterio. Los «delirios» de Anna Heymes cada vez le parecían menos psicóticos…

Mathilde pasó a la zona privada de su piso. Andaba de un modo muy particular: con los hombros levantados, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, los puños levantados y, sobre todo, con las caderas ligeramente ladeadas. De joven, había dedicado mucho tiempo a perfeccionar aquellos andares oblicuos, que en su opinión realzaban su figura. Con el tiempo, se habían convertido en su segunda naturaleza.

Una vez en el dormitorio, abrió un secreter barnizado y adornado con patinas y haces de juncos. Meissonnier, 1740. Sacó una llave diminuta, que siempre llevaba encima, y abrió un cajón.

En su interior había un cofrecillo de bambú trenzado con incrustaciones de nácar y, en el fondo del cofrecillo, una piel de gamuza, que separó con el índice y el pulgar para dejar al descubierto el objeto prohibido, reluciente sobre el forro dorado.

Una pistola automática Glock de 9 milímetros.

Un arma extremadamente ligera, de bloqueo mecánico, provista de un seguro Safe-Action. En otra época, aquella pistola había sido un instrumento de tiro deportivo, autorizado mediante licencia del Estado. Pero el arma, cargada con dieciséis balas blindadas, ya no contaba con ninguna autorización. Se había convertido en puro instrumento de muerte olvidado en los laberintos de la administración francesa.

Mathilde sopesó el arma en la palma de la mano y pensó en su propia situación. Psiquiatra divorciada, ayuna de pene y con una pistola automática escondida en el secreter. «Verde y con asas», murmuró con una sonrisa.

De vuelta en la consulta, hizo otra llamada y volvió a acercarse al sofá. Tuvo que menear a Anna unas cuantas veces antes de que diera muestras de espabilarse.

Al fin, la joven se incorporó con parsimonia y miró a su anfitriona con la cabeza ligeramente ladeada y sin el menor asombro.

– ¿Le has dicho a alguien que vendrías a verme? -le preguntó Mathilde en voz baja.

Anna negó con la cabeza.

– ¿Sabe alguien que nos conocemos?

Idéntica respuesta. Mathilde se dijo que tal vez la hubieran seguido. Era todo o nada.

Anna se frotó los ojos con las yemas de los dedos, lo que no hizo mas que acentuar su extraña mirada: aquella pereza de los párpados, aquella languidez que se prolongaba hacia las sienes, por encima de los pómulos. La manta le había dejado una marca en la mejilla. Mathilde pensó en su hija, que se había marchado de casa con un ideograma chino tatuado en el hombro: «La Verdad».

– Ven -murmuró-. Nos vamos.

30

– ¿Qué me han hecho?

El coche circulaba a toda velocidad por el boulevard Saint-Germain, en dirección al Sena. La lluvia había cesado, pero sus huellas se veían por todas partes: visos, lentejuelas, manchas azules en el vibrato de la tarde.

– Un tratamiento -afirmó Mathilde adoptando su tono de profesora para enmascarar sus dudas.

– ¿Qué tratamiento?

– Sin duda, uno totalmente nuevo, que les ha permitido manipular una parte de tu memoria.

– ¿Es eso posible?

– En principio no. Pero Ackermann debe de haber inventado algo… revolucionario. Una técnica relacionada con la tomografía y las localizaciones cerebrales. -Mientras conducía, Mathilde lanzaba constantes miradas a Anna, hundida en el asiento del acompañante, con la mirada fija en el parabrisas y las manos apretadas entre los muslos-. Un shock puede provocar una amnesia parcial -siguió diciendo la psiquiatra-. Hace algún tiempo traté a un jugador de fútbol que había sufrido una conmoción durante un partido. Recordaba una parte de su vida, pero había olvidado la otra por completo. Puede que Ackermann haya descubierto el modo de provocar el mismo fenómeno mediante una sustancia química, una irradiación o cualquier otra cosa. Una especie de pantalla colocada en tu memoria.

– Pero ¿por qué me han hecho algo así?

– En mi opinión, la clave hay que buscarla en la profesión de tu marido. Has visto algo que no debías ver, o tienes información relacionada con sus actividades, o puede que simplemente te hayan utilizado como cobaya. Todo es posible. Esto es cosa de unos locos.

Al final del boulevard Saint-Germain, a la derecha, apareció el Instituto del Mundo Árabe. Las nubes viajaban por sus paredes de cristal.

Mathilde estaba asombrada de su propia calma. Circulaba a cien kilómetros por hora, con una pistola automática en el bolso y aquella muñeca de porcelana sentada al lado; pero, lejos de tener miedo, sentía una curiosidad distanciada, mezclada con cierta excitación infantil.

– ¿Podría ser que recuperara la memoria?

La voz de Anna estaba teñida de obstinación. Mathilde conocía aquella inflexión, que había oído cientos de veces en su consulta del hospital de Sainte-Anne. Era la voz de la obsesión. La voz de la demencia. Solo que, en aquel caso, el delirio coincidía con la verdad.

– No puedo contestarte sin saber el método que han utilizado -respondió la psiquiatra eligiendo las palabras cuidadosamente-. Si se trata de sustancias químicas, puede que exista un antídoto. Si te han sometido a una intervención quirúrgica, yo sería más… pesimista.

El pequeño Mercedes pasó junto a la verja del zoo del jardín Botánico. El descanso de los animales y la quietud del parque parecían aliarse con la oscuridad para abrir abismos de silencio.

Mathilde advirtió que Anna estaba llorando; sus sollozos eran como los de una niña pequeña, agudos y sostenidos.

– Pero ¿por qué me han alterado el rostro? -preguntó al cabo de unos instantes con voz llorosa.

– Es incomprensible. Puedo entender que estuvieras en el sitio equivocado en el momento equivocado. Pero no se me ocurre ninguna razón para modificarte el rostro. O puede que la historia sea aún más retorcida: puede que te hayan modificado la identidad.

– ¿Quieres decir que podría haber sido alguien completamente distinto antes de todo esto?

– La operación de cirugía estética podría inducir a pensarlo.

– Entonces… ¿no sería la mujer de Laurent Heymes? -Mathilde no respondió. Anna explotó-. Pero… ¿y mis sentimientos? ¿Mi intimidad con él? -La cólera se apoderó de Mathilde. En medio de aquella pesadilla, Anna seguía pensando en su historia de amor. No tenían remedio: en caso de naufragio, para ellas el deseo y los sentimientos siempre eran lo primero-. Todos mis recuerdos con él… puedo habérmelos inventado!

Mathilde se encogió de hombros como para atenuar la gravedad de lo que iba a decir:

– Es muy posible que te hayan implantado esos recuerdos. Tú misma me dijiste que se estaban desintegrando, que no tenían ninguna realidad… Sobre el papel, algo así es imposible. Pero la personalidad de Ackermann se presta a todas las suposiciones. Y los policías le proporcionarían medios ilimitados…

– ¿Los policías?

– Despierta, Anna. El Instituto Henri-Becquerel. Los soldados. La profesión de Laurent. Aparte de la Casa del Chocolate, en tu mundo no había más que policías y uniformes. Ellos son quienes te han hecho esto. Y ellos son quienes te buscan.

Se acercaban a la estación de Austerlitz, en plena remodelación. Una de las fachadas se alzaba en medio del vacío, como un decorado de cine. Las ventanas, recortadas contra el cielo, hacían pensar en las ruinas de un bombardeo. A la izquierda, en segundo plano, el Sena fluía plácidamente. Una parsimoniosa corriente de oscuro légamo.

– En esta historia hay alguien que no es policía -murmuró Anna tras un largo silencio.

– ¿Quién?

– El cliente de la tienda. El hombre al que reconozco. Mi compañera y yo lo llamábamos Don Terciopelo. No sé explicártelo, pero tengo la sensación de que es ajeno a toda esta historia. De que pertenece al período de mi vida que han borrado de mi mente.

– ¿Y por qué se ha cruzado en tu camino?

– Podría ser una casualidad.

Mathilde meneó la cabeza.

– Escucha. Si de algo estoy segura, es de que en este asunto no hay casualidades que valgan. Ese individuo es uno de ellos, puedes estar segura. Y, si su rostro te dice algo, es porque lo has visto con Laurent.

– O porque le gustan los Jikola.

– ¿Los qué?

– Bombones rellenos de mazapán. Una especialidad de la tienda. -Anna rió a su pesar y se secó las lágrimas-. En cualquier caso, es lógico que no me haya reconocido, puesto que mi rostro ha cambiado -concluyó y, con tono esperanzado, añadió-: Hay que encontrarlo. ¡Tiene que saber algo sobre mi pasado! -Mathilde se abstuvo de hacer ningún comentario. Había tomado el boulevard de l’Hôpital y en esos momentos circulaban bajo los arcos de acero del metro elevado-. ¿Adónde vamos? -exclamó Anna.

Mathilde atravesó el bulevar en diagonal y aparcó en sentido contrario a la circulación ante el campus del hospital de La Pitié-Salpêtriére. Cerró el contacto, echó el freno de mano y se volvió hacia la pequeña Cleopatra.

– La única forma de comprender esta historia es descubrir quién eras «antes». A juzgar por tus cicatrices, la operación se realizó hace unos seis meses. De un modo u otro, tenemos que remontarnos a la época anterior. -Mathilde se clavó el índice en la frente-. Tienes que recordar lo que ocurrió antes de esa fecha.

Anna lanzó una mirada al letrero del hospital universitario.

– ¿Quieres…? ¿Quieres interrogarme bajo hipnosis?

– No tenemos tiempo para eso.

– Entonces, ¿qué quieres hacer?

Mathilde volvió a colocarle un mechón negro detrás de la oreja.

– Aunque tu memoria ya no pueda decirnos nada, aunque tu rostro haya dejado de existir, aún hay algo que puede recordar por ti.

– ¿Qué?

– Tu cuerpo.

31

La Unidad de Investigación Biológica de La Pitié-Salpêtriére está instalada en el edificio de la facultad de Medicina. Un largo bloque de seis pisos perforado por centenares de ventanas, que alberga un auténtico laberinto de laboratorios.

Aquel edificio, característico de los años sesenta, le recordaba a Mathilde las universidades y hospitales en los que había estudiado la carrera. Era especialmente sensible a los lugares, y en su mente aquel estilo arquitectónico estaba indisolublemente asociado al saber, la autoridad y el conocimiento.

Las dos mujeres se dirigieron hacia la entrada. Sus pasos resonaban sobre la plateada acera. Mathilde marcó el código de entrada. En el interior, la oscuridad y el frío les dieron la bienvenida. Cruzaron el enorme vestíbulo, torcieron a la izquierda y entraron en uno de los ascensores de acero, que parecía una caja fuerte.

En aquel montacargas que olía a grasa, Mathilde tuvo la sensación de subir a la misma torre del saber a través de las superestructuras de la ciencia. A pesar de su edad y su experiencia, se sentía aplastada por aquel lugar, que asimilaba a un templo. Un ámbito sagrado.

Parecía que el ascensor no iba a acabar de subir nunca. Anna encendió un cigarrillo. Mathilde tenía los sentidos tan exacerbados que creyó oír el chisporroteo del papel al quemarse. Había vestido a su protegida con ropa de su hija, que se la había dejado en casa una Nochevieja. Las dos jóvenes tenían la misma talla, y también el mismo color de pelo.

Ahora Anna llevaba un abrigo de terciopelo ajustado y con mangas estrechas y largas, un pantalón de pata de elefante de seda y zapatos de charol. Aquel atuendo de fiesta le daba aspecto de niña vestida de luto.

Las puertas se abrieron al fin en la quinta planta. Las dos mujeres avanzaron por el pasillo embaldosado de rojo y flanqueado por puertas con ventanillas redondas de cristal esmerilado. De una de las del fondo salía un resplandor tenue. Se dirigieron hacia ella.

Mathilde abrió sin llamar. El profesor Alain Veynerdi las esperaba de pie junto a una mesa de acero inoxidable.

Sesentón, menudo y vivaracho, tenía la tez oscura de un indio y la sequedad de un papiro. Bajo la inmaculada bata, se adivinaba un traje de calle aún más impecable. En sus cuidadas manos, las uñas parecían más claras que la piel, como pequeñas pastillas de nácar al final de las falanges. Llevaba el pelo, gris y lustroso, engominado y echado hacia atrás. Parecía un dibujo escapado de un tebeo de Tintín. Su pajarita brillaba como la llave de un mecanismo secreto, a la espera de una mano que le diera cuerda.

Mathilde hizo las presentaciones y retomó las grandes líneas de la mentira que había empezado a contar al biólogo durante su conversación telefónica. Anna había sufrido un accidente de coche hacía ocho meses. El vehículo se había prendido fuego, su documentación había ardido y su memoria se había quedado en blanco. Las heridas de su rostro habían hecho necesaria una importante intervención quirúrgica. De modo que su identidad era un absoluto misterio.

La historia era poco creíble, pero Veynerdi no vivía en un universo racional. Para él solo contaba el desafío científico que representaba Anna.

– Empezaremos ahora mismo -dijo el biólogo indicando la mesa de acero.

– Un momento -protestó Anna-. Me parece que ya va siendo hora de que me expliquen en qué va a consistir esto.

Mathilde se volvió hacia Veynerdi.

– Explíqueselo, profesor.

El biólogo se volvió hacia la joven.

– Me temo que antes necesitaría hacer un cursillo de anatomía…

– No sea condescendiente conmigo.

Veynerdi esbozó una breve sonrisa, ácida como unas gotas de limón.

– Los elementos que componen el cuerpo humano se regeneran según ciclos específicos. Los glóbulos rojos se reproducen en ciento veinte días. La piel muda totalmente en cinco días. La pared intestinal se renueva en tan solo cuarenta y ocho horas. No obstante, en medio de esta perpetua reconstrucción, hay células del sistema inmunitario que conservan la huella del contacto con los elementos exteriores durante mucho tiempo. Se las llama células con memoria -dijo Veynerdi. Su voz de fumador, grave y cascada, contrastaba con su cuidado aspecto-. En caso de enfermedad, esas células crean moléculas de defensa o reconocimiento que llevan la marca de la agresión. Cuando se renuevan, transmiten ese mensaje de protección. Una especie de recuerdo biológico, si usted quiere. El principio de la vacuna se basa por entero en este sistema. Basta con poner el cuerpo humano en contacto con el agente patógeno una sola vez para que las células produzcan moléculas protectoras durante años. Y lo que es válido para las enfermedades también lo es para cualquier elemento exterior. Conservamos permanentemente la huella de nuestra vida pasada, de nuestros innumerables contactos con el mundo. Y podemos estudiar esas huellas, así como su origen y su fecha. Este campo, todavía poco conocido, es mi especialidad -concluyó el biólogo esbozando una reverencia.

Mathilde recordó su primer encuentro con Veynerdi, durante un seminario sobre la memoria celebrado en Mallorca en 1997. La mayoría de los ponentes eran neurólogos, psiquiatras o psicoanalistas. Hablaron de sinapsis, de redes y del inconsciente, y todos coincidieron en subrayar la complejidad de la memoria. Pero el cuarto día, le llegó el turno a un biólogo con pajarita, y el panorama cambió por completo. Parapetado tras el atril, Alain Veynerdi no habló de la memoria del cerebro, sino de la memoria del cuerpo.

El sabio presentó un estudio que había llevado a cabo sobre los perfumes. La aplicación continuada de una sustancia alcoholizada sobre la piel acaba «marcando» ciertas células, que forman una señal identificable incluso después de que el sujeto haya dejado de utilizar el perfume. Veynerdi puso el ejemplo de una mujer que había utilizado el n° 5 de Chanel durante diez años y, pasados otros cuatro, seguía llevando la correspondiente «firma química» sobre la piel.

Ese día, los asistentes a la conferencia salieron deslumbrados. De pronto, la memoria se manifestaba físicamente y podía someterse a análisis, a la química, al microscopio… De pronto, aquella entidad abstracta, que no cesaba de sustraerse a los instrumentos de la moderna tecnología, revelaba su materialidad, su tangibilidad, su perceptibilidad. Una ciencia humana se había convertido en ciencia exacta.

La lámpara baja iluminaba el rostro de Anna. A pesar del cansancio, sus ojos tenían un brillo especial. Empezaba a comprender.

– En mi caso, ¿qué puede usted descubrir?

– Confíe en mí -respondió el biólogo-. Su cuerpo ha conservado las huellas de su pasado en la intimidad de sus células. Vamos a desenterrar los vestigios del medio físico en el que vivía antes del accidente. El aire que respiraba. Las huellas de sus hábitos alimentarios. La firma del perfume que utilizaba. En mayor o menor medida, usted sigue siendo la mujer de entonces, créame.

32

Veynerdi puso en marcha varios aparatos. La luz de los pilotos y las pantallas de los ordenadores reveló las auténticas dimensiones del laboratorio, una amplia sala compartimentada mediante paneles de cristal o tabiques forrados de corcho y atestada de instrumentos de análisis. La encimera y la mesa de acero reflejaban hasta la última fuente de luz en forma de filamentos verdes, anaranjados, rosados o rojos. El biólogo señaló una puerta situada a la izquierda.

– Desnúdese en ese cuarto, por favor.

Anna desapareció. Veynerdi se enfundó unos guantes de látex, dejó unos saquitos estériles en el alicatado del mostrador y se situó ante una hilera de tubos de ensayo. Parecía un músico preparándose para tocar un xilofón de cristal.

Cuando Anna reapareció, solo llevaba unas braguitas negras. Era de una delgadez enfermiza. Sus huesos parecían a punto de desgarrar la piel al menor movimiento.

– Túmbese aquí, por favor.

Anna se sentó en la mesa. Cuando hacía algún esfuerzo, parecía más robusta. Sus escuetos músculos hinchaban la piel y daban una extraña impresión de fuerza, de potencia. Aquella mujer abrigaba un misterio, una energía contenida. Mathilde pensó en la cáscara de un huevo a cuyo través se transparentara la silueta de un tiranosaurio,

Veynerdi sacó una jeringa y una aguja de un envase estéril.

– Empezaremos tomándole una muestra de sangre.

El biólogo hundió la aguja en el brazo izquierdo de Anna, que no mostró la menor reacción.

– ¿Le ha dado algún calmante? -le preguntó Veynerdi a Mathilde con el ceño fruncido.

– Sí, Tranxene. Por vía intramuscular. Anoche estaba muy agitada y…

– ¿Cuánto?

– Cincuenta miligramos.

El biólogo hizo una mueca. Los sedantes debían de interferir con sus análisis. Retiró la aguja, colocó una gasa en el hueco del codo y se situó detrás de la encimera.

Mathilde seguía todos sus movimientos con atención. Veynerdi mezcló la sangre recién extraída con una solución hipotónica para destruir los glóbulos rojos y obtener un concentrado de glóbulos blancos. Colocó la muestra en un cilindro negro, parecido a un pequeño infiernillo: la centrifugadora. El aparato, que giraba a mil revoluciones por segundo, servía para separar los glóbulos blancos de los últimos residuos. Pasados unos segundos, Veynerdi extrajo un sedimento translúcido.

– Sus células inmunitarias -explicó dirigiéndose a Anna-. Son las que contienen las huellas que me interesan. Vamos a observarlas de más cerca…

El biólogo diluyó el concentrado con suero fisiológico y a continuación lo vertió en un citómetro de flujo, un bloque gris que separaba los glóbulos y los sometía a la acción de un rayo láser. Mathilde conocía aquella técnica: la máquina localizaría e identificaría las moléculas de defensa utilizando un repertorio de marcas confeccionado por Veynerdi.

– Nada significativo -dijo el biólogo al cabo de unos minutos- Solo aprecio contacto con enfermedades y agentes patógenos comunes. Bacterias, virus… En cantidad inferior a la media. Llevaba usted una existencia muy sana, señora. Tampoco veo rastro de agentes exógenos. Ni perfumes ni ninguna otra impregnación de relieve. Un terreno prácticamente neutro.

Anna permanecía inmóvil sobre la mesa, con las rodillas entre los brazos. Su diáfana piel reflejaba los colores de los indicadores luminosos como un trozo de hielo, casi azul de puro blanco.

Veynerdi se le acercó blandiendo una jeringa con una aguja mucho más larga.

– Vamos a realizar una biopsia. -Anna se puso rígida-. No se asuste -dijo Veynerdi-, es indoloro. Solo voy a sacarle un poco de linfa de un ganglio de la axila. Levante el brazo derecho, por favor. -Anna alzó el codo por encima de la cabeza, y el biólogo introdujo la aguja con cuidado murmurando con su voz de fumador-: Estos ganglios están en contacto con la región pulmonar. Si ha respirado algún polvo especial, algún gas, polen o cualquier otra sustancia significativa, estos glóbulos blancos lo recordarán.

Anna, que seguía bajo los efectos del ansiolítico, no esbozó el menor movimiento. El biólogo volvió a situarse ante el mostrador y procedió a nuevos análisis.

Al cabo de unos minutos, dijo:

– Veo nicotina y también alquitrán. Usted fumaba.

– Y sigue haciéndolo -terció Mathilde.

El biólogo agradeció la información con un movimiento de cabeza y añadió:

– Por lo demás, no hay ninguna huella significativa de un medio, de una atmósfera particulares. -Cogió un botecito de plástico y volvió a acercarse a Anna-. Sus glóbulos no han conservado los recuerdos que esperaba, señora. Vamos a pasar a otro tipo de análisis. Determinadas regiones del cuerpo conservan, no ya la huella, sino auténticos fragmentos de agentes exteriores -explicó, y agitó el bote en el aire-. Voy a pedirle que orine en este recipiente.

Anna se levantó lentamente y volvió al cuarto. Una auténtica sonámbula.

– No entiendo qué espera encontrar en la orina -confesó Mathilde apenas estuvieron solos-. Buscamos huellas de hace cerca de un año y…

El sabio la interrumpió con una sonrisa:

– La orina es producida por los riñones, que actúan como filtros. En su interior se acumulan cristales. Puedo interpretar las huellas de esos sedimentos. Se remontan a varios años y pueden informarnos de, por ejemplo, los hábitos alimentarios del sujeto.

Anna volvió junto a la mesa de acero con el botecito en la mano. parecía aún más ausente que hacía unos minutos, ajena a las pruebas a las que estaba siendo sometida.

Veynerdi volvió a utilizar la centrifugadora para separar los elementos y a continuación se acercó a otra máquina aún más impresionante: un espectrómetro de masas. Depositó el líquido dorado en la tina e inició el proceso de análisis.

La pantalla de un ordenador se llenó de oscilaciones verdosas. El científico chasqueó la lengua con desaprobación.

– Nada. Está visto que esta jovencita no es nada fácil de descifrar.

Veynerdi cambió de actitud. Redoblando la concentración, multiplicó la toma de muestras y los análisis, sumergiéndose literalmente en el cuerpo de Anna.

Mathilde observaba sus movimientos y escuchaba sus comentarios con idéntica atención.

El biólogo empezó recogiendo muestras de dentina, tejido vivo del interior de los dientes, que acumula determinados productos transportados por la sangre, como los antibióticos. A continuación, analizó la melatonina, producida por el cerebro. Según explicó, la tasa de dicha hormona, segregada principalmente durante la noche, podía revelar los antiguos hábitos de sueño de Anna.

Después, con sumo cuidado, recogió unas gotas de humor ocular, en el que pueden acumularse ínfimos residuos de alimentos. Por último, cortó a Anna unos cuantos cabellos, que conservan restos de sustancias exógenas hasta el punto de segregarlas a su vez. Es un fenómeno conocido: una persona muerta por envenenamiento con arsénico continúa exudando dicha sustancia por las raíces del pelo después del fallecimiento.

Tras tres horas de análisis, el científico se dio por vencido: no había descubierto nada, o casi nada. El retrato de la antigua Anna que podía hacer era insignificante. Una mujer que fumaba, pero por lo demás llevaba una vida muy sana; que debía de padecer insomnio, a juzgar por los altibajos de su tasa de melatonina; que había consumido aceite de oliva desde la infancia, dada la presencia de ácidos grasos en el humor ocular. También había averiguado que se teñía el pelo de negro; el color original de su pelo era más bien castaño, tirando a pelirrojo.

Alain Veynerdi se quitó los guantes y se lavó las manos en la pila de la encimera. Tenía la frente perlada de minúsculas gotas de sudor. Parecía agotado y decepcionado.

Por enésima vez volvió a acercarse a Anna, que había vuelto a adormilarse, y empezó a dar vueltas a su alrededor como si siguiera buscando, acechando una huella, un signo, cualquier fruslería que le permitiera descifrar aquel cuerpo diáfano.

De pronto, se inclinó sobre las manos. Le cogió los dedos y los observó con atención. La sacudió hasta conseguir despertarla. En cuanto Anna abrió los ojos, le preguntó, con excitación apenas contenida:

– He visto que tiene una mancha oscura en una uña. ¿Sabe a qué se debe?

Desconcertada, Anna miró a su alrededor. Luego se miró la mano y enarcó las cejas.

– No lo sé -murmuró-. De la nicotina, ¿no?

Mathilde se acercó. En efecto, las puntas de las uñas presentaban unas manchitas ocres apenas visibles.

– ¿Con qué frecuencia se corta las uñas?-le preguntó Veynerdi a Anna.

– No sé… Cada tres semanas, más o menos.

– ¿Tiene la sensación de que le crecen deprisa? -Por toda respuesta, Anna bostezó. El biólogo regresó junto a la encimera murmurando para sí mismo-: ¿Cómo no lo has visto antes? -Cogió unas tijeras minúsculas y una cajita de plástico transparente, volvió al lado de Anna y le cortó el trozo de uña que había despertado su interés-. Si crecen normalmente -comentó en voz baja-, estas extremidades córneas datan de la época anterior al accidente. Esta mancha pertenece a su vida pasada.

El biólogo volvió a encender las máquinas. Mientras los motores se ponían en marcha con un zumbido, diluyó la muestra en un tubo de ensayo lleno de disolvente.

– Nos ha ido de poco -rezongó Veynerdi-. Dentro de unos días se habría cortado las uñas y nos habríamos quedado sin este precioso vestigio.

Introdujo el tubo de ensayo en la centrifugadora y la puso en marcha.

– Si es nicotina -aventuró Mathilde-, no veo lo que…

Veynerdi colocó el tubo en el espectrómetro.

– Tal vez consiga descubrir la marca de cigarrillos que esta joven fumaba antes del accidente.

Mathilde no comprendía su entusiasmo; un detalle como aquel no aportaría nada del otro jueves. Inclinado sobre la pantalla, Veynerdi observaba los diagramas luminiscentes. Los minutos pasaban…

– Profesor -dijo Mathilde, que empezaba a impacientarse-, no entiendo adónde quiere ir a parar. La cosa no me parece para tanto, la verdad. En mi op…

– Es extraordinario. -La luz del monitor fijaba una expresión fascinada en el rostro del biólogo-. No es nicotina. -Mathilde se acercó al espectrómetro. Anna se inclinó hacia delante sobre la mesa de acero inoxidable. Veynerdi hizo girar el asiento hacia las dos mujeres-. Es henna.

El silencio inundó el enorme laboratorio.

El biólogo arrancó la hoja milimetrada que acababa de imprimir el aparato y tecleó unos datos en el teclado del ordenador. La pantalla le devolvió una lista de componentes químicos.

– Según mi catálogo de sustancias, esta mancha se corresponde con un compuesto vegetal especifico. Una henna muy especial, que se cultiva en las llanuras de Anatolia. -Alain Veynerdi posó una mirada de triunfo en Anna, como si hubiera hecho el descubrimiento de su vida-. Señora, en su vida anterior usted era turca.

SEIS

33

Una máscara de madera de pesadilla.

Paul Nerteaux se había pasado la noche soñando con un monstruo de piedra, un titán maléfico que recorría el Distrito Décimo, un Moloch que tenía bajo su férula al barrio turco y exigía sacrificios humanos

En su sueño, el monstruo llevaba una máscara mitad humana, mitad animal, de origen a la vez griego y persa. Sus labios minerales estaban al rojo blanco, y su sexo, erizado de cuchillas. Sus pasos hacían temblar la tierra, levantaban nubes de polvo y resquebrajaban los edificios.

Había acabado despertándose a las tres de la mañana, empapado en sudor. Tiritando en el pisito de tres habitaciones, se había preparado café y se había sumido en los nuevos documentos arqueológicos que la tarde anterior los chicos de la BAC habían dejado ante la puerta.

Hasta el alba, había hojeado catálogos de museos, folletos turísticos y libros científicos observando, estudiando cada escultura, y comparándola con las fotografías de las autopsias (y también, inconscientemente, con la máscara de la pesadilla). Sarcófagos de Antalya. Frescos de Cilicia. Bajorrelieves de Karatepe. Bustos de Éfeso…

Había atravesado edades y civilizaciones sin obtener el menor resultado.

Paul Nerteaux entró en la cervecería Los Tres Obuses, en la Porte de Saint-Cloud, y se enfrentó al olor a café y tabaco esforzándose en cerrar sus sentidos y reprimir las náuseas. Su pésimo humor no se debía tan solo a la pesadilla. Era miércoles y, como todos los miércoles, había tenido que llamar a Reyna con las primeras luces pata anunciarle que no podía ocuparse de Céline.

Jean-Louis Schiffer lo esperaba al final de la barra mojando con parsimonia un cruasán en el café. Recién afeitado, envuelto en un impermeable Burberry's, parecía haber recuperado la forma.

Al ver a Paul, sonrió de oreja a oreja.

– ¿Has dormido bien?

– De coña.

Schiffer se quedó mirando su rostro, pero se abstuvo de hacer comentarios.

– ¿Un café?

Paul asintió. En un abrir y cerrar de ojos, una taza de líquido negro con bordes de espuma marrón se materializó sobre el cinc de la barra. El Cifra la cogió e indicó una mesa libre junto a la luna.

– Ven a sentarte. Tienes peor cara que un fiambre.

Una vez acomodados, el viejo policía le ofreció la canastilla de los cruasanes. Paul rehusó. La idea de tragar cualquier cosa le revolvía el estómago. Pero había que reconocer que esa mañana Schiffer estaba de lo más simpático, de modo que le preguntó a su vez:

– Y usted, ¿ha dormido bien?

– Como un tronco.

Paul volvió a ver los dedos seccionados, la guillotina ensangrentada… Tras aquella carnicería, había acompañado al Cifra hasta la Porte de Saint-Cloud, donde este tenía un piso, en la rue Gudin. Desde entonces, no dejaba de hacerse una pregunta.

– Teniendo ese piso -dijo señalando hacia la plaza gris a través de los cristales-, ¿qué coño hace en Longéres?

– El instinto gregario. La morriña de la bofia. Estando solo le daba demasiadas vueltas a la cabeza.

La explicación sonaba poco convincente. Paul recordó que Schiffer se había inscrito en la residencia utilizando un seudónimo, el apellido de soltera de su madre. Un tipo de la IGS le había dado el soplo. Un enigma más. ¿Se escondía? ¿De quién?

– Saca las fichas -ordenó el Cifra.

Paul abrió la carpeta y dejó los documentos sobre la mesa. No eran los originales. Había pasado por la oficina a primera hora para hacer fotocopias. Había estudiado cada una de las fichas armado de su diccionario de turco y conseguido descifrar, los nombres de las víctimas y la información esencial sobre ellas.

La primera se llamaba Zeynep Tütengil. Trabajaba en un taller anexo a los baños turcos La Puerta Azul, propiedad de un tal Talat Gurdilek. Veintisiete años. Casada con Burba Tütengil. Sin hijos. Domiciliada en la rue de la Fidélité, número 34. Originaria de un pueblo de nombre impronunciable, cercano a la ciudad de Gaziantep, al sudeste de Turquía. Llegada a París en septiembre de 2001.

La segunda respondía al nombre de Ruya Berkes. Veintiséis años. Soltera. Trabajaba en su domicilio, situado en el 58 de la rue d'Enghien, para Gozar Halman, un nombre que Paul había encontrado varias veces en el atestado: un negrero especializado en el cuero y las pieles. Ruya Berkes procedía de una gran ciudad, Adana, situada en el sur de Turquía. Solo llevaba ocho meses en París.

La tercera era Roukiyé Tanyol. Treinta años. Soltera. Obrera de la confección en la sociedad Sürelik, con sede en el passage de la Industrie. Llegada a París el pasado mes de agosto. Sin familia en la ciudad. Vivía de incógnito en un hogar para mujeres, en el 22 de la rue des Petites-Ecuries. Nacida, como la primera víctima, en la provincia de Gaziantep.

Aquellos datos no ofrecían ninguna posibilidad de acotar el perfil de las víctimas. No añadían el menor punto en común que permitiera deducir, por ejemplo, cómo las localizaba o abordaba el asesino. Pero, sobre todo, no daban mayor corporeidad ni presencia a aquellas mujeres. Por el contrario, los nombres turcos contribuían a aumentar su misterio. Para convencerse de su realidad, Paul tuvo que volver a contemplar las polaroid. Facciones anchas, de contornos suaves, que sugerían cuerpos de generosas redondeces. Había leído en alguna parte que el canon de belleza turco se correspondía con esas formas, con aquellas caras de luna llena…

Schiffer seguía estudiando los datos con las gafas caladas. Paul dudaba si tornarse el café, por miedo a vomitarlo. El ruido de voces, el tintineo de los vasos y el entrechocar de cubiertos resonaban en su cabeza. Los vozarrones de los borrachos derrengados sobre la barra le taladraban los tímpanos. No soportaba a aquellos tipos a la deriva que morían a pie firme a base de copas…

¿Cuántas veces había ido a buscar a sus padres, juntos o por separado, a la sombra de otras barras de cinc? ¿Cuántas veces los había recogido entre el serrín y las colillas, luchando contra las ganas de vomitar sobre sus progenitores?

– Empezaremos por el tercer taller -decidió el Cifra quitándose las gafas-. La víctima más reciente. Es el mejor modo de recoger recuerdos frescos. A continuación nos remontaremos a la primera. Luego, nos ocuparemos de los domicilios, los vecinos, los itinerarios… En algún sitio las habrá abordado, y nadie es invisible.

Paul se bebió el café de un trago y, sintiendo la quemazón de la bilis, insistió:

– Se lo repito, Schiffer: a la menor mierda…

– No seas pesado. Lo he entendido. Pero hoy vamos a cambiar de método. -El viejo policía movió los dedos como si manejara los hilos de una marioneta-. Trabajaremos con soltura.

Tomaron la vía rápida, girofaro en acción. El gris del Sena, añadido al granito del cielo y las orillas, tejía un universo neutro y átono. A Paul le gustaba aquel tiempo, aplastante de aburrimiento y tristeza. Un obstáculo más que superar mediante su voluntad de policía enérgico.

Por el camino, escuchó los mensajes de su teléfono móvil. El juez Bomarzo pedía noticias. Su voz era tensa. Le daba dos días antes de reunir a la Brigada Criminal y escoger dos nuevos investigadores. Naubrel y Matkowska continuaban con sus pesquisas. Habían pasado el día anterior entre los «tubistas», los obreros que excavaban el subsuelo parisino y se descomprimían todas las tardes en cámaras especiales. Habían interrogado a los responsables de ocho empresas diferentes, sin resultados. También habían visitado al principal constructor de las cámaras de marras, en Arcueil. Según el director, la idea de una cámara de presurización manejada por alguien sin formación de ingeniero era un puro disparate. ¿Había que deducir que el asesino poseía tales conocimientos o, por el contrario, que estaban siguiendo una pista equivocada? Los OPJ proseguían sus indagaciones en otras áreas de la industria.

Al llegar a la place du Châtelet, Paul vio un coche patrulla que tomaba el boulevard Sébastopol. Lo alcanzó a la altura de la rue des Lombards e hizo señas al conductor para que se detuviera.

– Solo será un minuto le dijo a Schiffer abriendo la guantera y cogiendo los Kinder Sorpresa y los Carambar que había comprado una hora antes.

En su precipitación, la bolsa de papel se abrió y su contenido se desparramó por el suelo. Paul recogió los dulces y salió del Golf, rojo como un tomate.

Los policías de uniforme se habían detenido y esperaban fuera del coche, con los pulgares bajo el cinturón. Paul les explicó en pocas palabras lo que deseaba de ellos y dio media vuelta. Cuando volvió a sentarse ante el volante, el Cifra agitaba un Carambar en el aire.

– Miércoles, el día de los niños. -Paul arrancó sin responder-. Yo también utilizaba a los machacas como correos. Para mandar regalos a mis amigas…

– A sus empleadas, querrá decir.

– Exacto, muchacho. Exacto. -Schiffer desenvolvió la pastilla de café con leche y se la echó a la boca-. ¿Cuántos hijos tienes?

– Una niña.

– ¿De cuánto?

– De siete.

– ¿Cómo se llama?

– Céline.

– Un poco cursi, para la hija de un madero. -Paul estaba de acuerdo. Nunca había entendido por qué una marxista en busca del absoluto como Reyna le había puesto a su hija aquel nombre de niña pija. Schiffer masticaba ruidosamente-. ¿Y la madre?

– Estamos divorciados.

Paul se saltó el semáforo y cruzó la rue Réaummur.

Su fracaso conyugal era el último tema que deseaba comentar con Schiffer. Vio con alivio el anagrama rojo y amarillo del McDonald's que señalaba el comienzo del boulevard Strasbourg y aceleró aún más, para no dar tiempo a que su acompañante le hiciera más preguntas.

Su territorio de caza estaba a la vista.

34

A las diez de la mañana, la rue du Faubourg-Saint-Denis parecía un campo de batalla en el apogeo del encarnizamiento. Calzada y aceras se confundían en un solo torrente frenético de viandantes que hormigueaban por el laberinto de vehículos atascados y ruidosos. Todo ello bajo un cielo sin color, tenso como una lona llena de agua a punto de reventar.

Paul optó por aparcar en la esquina de la rue Petites-Ecuries y siguió a Schiffer, que empezaba a abrirse paso entre los embalajes transportados a la espalda, las brazadas de vestidos y los cargamentos que oscilaban sobre carros. Entraron en el passage de la Industrie y llegaron a una bóveda de piedra que daba a una calleja.

El taller Sürelik era un bloque de ladrillo sostenido por un armazón de metal remachado. La fachada ostentaba un aguilón en arco mitral, tímpanos acristalados y frisos labrados de tierra cocida. El edificio, de un rojo vivo, exhalaba una especie de entusiasmo, una fe alegre en el porvenir industrial, como si tras sus muros acabara de inventarse el motor de explosión.

A unos metros de la puerta, Paul agarró a Schiffer del cuello del impermeable, lo arrastró hasta un portal y lo sometió a un cacheo en toda regla en busca de un arma.

El viejo policía chasqueó la lengua con desaprobación.

– Pierdes el tiempo, muchacho. Con diplomacia, ya te lo he dicho.

Paul se irguió sin decir palabra y se dirigió hacia el taller.

Los dos hombres empujaron juntos la puerta de hierro y entraron en un gran espacio cuadrado de paredes blancas y suelo de cemento pintado. Todo estaba limpio, impecable, reluciente. Las estructuras de metal verde pálido puntuadas de abombados remaches reforzaban la sensación de solidez que emanaba el lugar. Los amplios ventanales dejaban entrar rayos de luz oblicua, y los muros estaban surcados por crujías que recordaban los puentes de un crucero.

Paul esperaba una covacha y se había encontrado con un loft de artista. Unos cuarenta obreros, hombres en su totalidad, trabajaban a buena distancia unos de otros ante máquinas de coser, rodeados de telas y cajas de cartón abiertas. Vestidos con bata, parecían agentes de transmisiones confeccionando mensajes en código durante la guerra. Un radiocasete difundía música turca y una cafetera borboteaba sobre un infiernillo. El paraíso del artesanado.

Schiffer dio una patada en el suelo.

– Lo que te imaginas está aquí debajo -dijo-. En el sótano. Cientos de obreros, apretados como sardinas en lata. Todos ilegales. Nosotros estamos en el interior. Esto es el escaparate.

El viejo policía arrastró a Paul hacia las hileras de máquinas y pasaron entre los trabajadores, que se esforzaban en no mirarlos.

– Qué modositos, ¿verdad? Obreros modelo, muchacho. Trabajadores. Obedientes. Disciplinados.

– ¿A qué viene ese tono irónico?

– Los turcos no son trabajadores, son ventajistas. No son obedientes, son indiferentes. No son disciplinados, siguen sus propias reglas. Jodidos vampiros, créeme. Mangantes que ni siquiera se toman la molestia de aprender nuestra lengua… ¿Para qué? Están aquí para ganar todo lo que puedan y abrirse cuanto antes. Su lema es: «Coge lo que puedas y arreando».-Schiffer agarró a Paul del brazo-. Son una plaga, hijo mío.

Paul lo rechazó con brusquedad.

– No vuelva a llamarme así.

El Cifra levantó las manos como si acabara de amenazarlo con un arma, pero lo miraba con sorna. A Paul le habría gustado borrarle aquella expresión del rostro, pero a su espalda resonó una voz:

– ¿Puedo ayudarlos en algo, caballeros?

Un individuo rechoncho enfundado en una inmaculada bata azul avanzaba hacia ellos con una sonrisa untuosa bajo el poblado bigote.

– ¡Señor inspector! -exclamó sorprendido-. Hace tiempo que no teníamos el placer de verlo por aquí…

Schiffer soltó una carcajada. La música había parado. La actividad de las máquinas se había interrumpido. En torno a ellos reinaba un silencio sepulcral.

– ¿Ya no me llamas Schiffer? ¿Ni me tuteas? -A modo de respuesta, el capataz lanzó una mirada de desconfianza a Paul-, Paul Nerteaux -añadió el viejo policía-. Capitán de la primera DJP. Mi superior jerárquico, pero ante todo mi amigo. -El Cifra le dio una palmada en la espalda a Paul sonriendo con socarronería-. Hablar ante él es como hablar ante mí. -El Cifra se acercó al turco y le rodeó los hombros con el brazo. Era un ballet estudiado hasta el último detalle-. Ahmid Zoltanoi -dijo volviéndose hacia Paul-, el mejor jefe de taller de la Pequeña Turquía. Tieso como su bata, pero con buen fondo, cuando llega la ocasión. Aquí todos lo llaman Tanoi.

El turco esbozó una reverencia. Bajo el carbón de sus cejas, juzgaba al recién llegado con ojos de águila. ¿Amigo o enemigo?

– Tenía entendido que se había retirado -dijo volviéndose hacia Schiffer en el mismo tono untuoso.

– Caso de fuerza mayor. Cuando hay una urgencia, ¿a quién se llama? Al tío Schiffer.

– ¿Qué urgencia, señor inspector?

De un revés, el Cifra barrió unas fibras de tela de una mesa de corte y sacó la fotografía de Roukiyé Tanyol.

– ¿La conoces?

El hombre se inclinó hacia delante con las manos metidas en los bolsillos y los pulgares tiesos. Parecía mantener el equilibrio sobre los pliegues almidonados de su bata.

– Nunca la he visto.

Schiffer le dio la vuelta a la polaroid. En el dorso, escrito con rotulador, podía leerse el nombre de la víctima y la dirección de los talleres Sürelik.

– Marius ha cantado. Y los demás vais a hacer lo mismo, créeme.

El turco se descompuso. Cogió la fotografía con reticencia, se caló las gafas y se concentró.

– Su cara me dice algo, sí.

– Te dice mucho más que eso. Trabajaba aquí desde agosto de 2001. ¿Correcto?

– Sí.

– ¿Qué hacía?

– Era mecánica de confección.

– ¿La tenías ahí abajo?

El capataz alzó las cejas para colocarse bien las gafas. Tras él, los obreros habían vuelto al trabajo. Parecían haber comprendido que los policías no estaban allí por ellos, que quien estaba en dificultades era su jefe.

– ¿Abajo? -repitió el turco.

– En tu sótano -masculló Schiffer con irritación-. Despierta, Tanoi. Si no, me voy a enfadar de verdad.

El turco se balanceaba ligeramente sobre las piernas. A pesar de su edad, parecía un colegial cogido en falta.

– Trabajaba en el taller de abajo, sí.

– Era de Gaziantep, ¿no?

– No del mismo Gaziantep, de un pueblo cercano. Hablaba un dialecto del sur.

– ¿Quién tiene su pasaporte?

– No tenía pasaporte.

Schiffer suspiró, como si se resignara a aquella nueva mentira.

– Háblame de su desaparición.

– No hay nada que contar. La chica salió del taller el jueves por la mañana. Nunca llegó a casa.

– ¿El jueves por la mañana?

– Sí, a las seis. Hacía el turno de noche.

Los dos policías intercambiaron una mirada. Cuando el asesino la sorprendió, la mujer volvía de trabajar, pero todo había ocurrido al amanecer. Habían acertado en todo, salvo en el horario, que habían invertido.

– Has dicho que nunca llegó a casa -le recordó el Cifra-. ¿Quién te lo ha contado?

– Su novio.

– No volvían juntos.

– Él trabajaba de día.

– ¿Dónde podemos encontrarlo?

– En ningún sitio. Se ha vuelto a Turquía.

Las respuestas de Tanoi eran tan rígidas como las costuras de su bata.

– ¿No intentó recuperar el cuerpo?

– No tenía papeles. No hablaba francés. Huyó llevándose su dolor. Un destino de turco. Un destino de exilio.

– Déjate de gaitas. ¿Dónde están sus compañeras?

– ¿Qué compañeras?

– Las que volvían a casa con ella. Quiero interrogarlas.

– Imposible. Se han ido. Se han evaporado.

– ¿Por qué?

– Tienen miedo.

– ¿Del asesino?

– De ustedes. De la policía. Nadie quiere verse mezclado en este asunto.

El Cifra se plantó delante del turco con las manos entrelazadas a la espalda.

– Creo que sabes mucho más de lo que dices, amiguito. Así que ahora vamos a bajar juntos al sótano. Puede que eso te desate la lengua.

El capataz no se movió. Las máquinas de coser zumbaban. La música serpenteaba por las vigas de acero. El hombre dudó unos segundos más, pero acabó volviéndose y echando a andar hacia una escalera de hierro situada bajo una de las crujías.

Los policías lo siguieron. Al final de las escaleras había un pasillo oscuro, una puerta metálica y, tras ella, otro pasillo de tierra batida, que tuvieron que recorrer con la cabeza agachada. Una sucesión de bombillas desnudas, suspendidas entre las conducciones del techo, iluminaba el camino. Dos hileras de puertas, simples paneles numerados con tiza, flanqueaban el pasadizo. Un rumor sordo vibraba en el aire.

Al llegar a un recodo, su guía se detuvo y cogió una barra de hierro oculta tras un viejo somier con los muelles al aire. Luego siguió avanzando con cautela al tiempo que golpeaba los tubos del techo.

De pronto, asustados del ruido, los enemigos invisibles hicieron su aparición: ratas, apelotonadas sobre un arco de fundición, encima de sus cabezas. Paul recordó las palabras del forense: «La segunda era otra cosa. Creo que utilizó algo… vivo».

El capataz juró en turco y empezó a lanzar golpes en dirección a los roedores, que huyeron despavoridos. Ahora el pasadizo vibraba de punta a punta. Las puertas temblaban sobre sus goznes. Tanoi se detuvo al fin frente a la treinta y cuatro.

A fuerza de empujones, consiguió abrir la puerta. El zumbido se multiplicó por mil y, a la intensa luz de los fluorescentes, apareció un taller en miniatura. Unas treinta mujeres sentadas ante máquinas de coser trabajaban a pleno rendimiento, como borrachas de velocidad. Encorvadas bajo los fluorescentes, hacían pasar las piezas de tela bajo las agujas sin prestar la menor atención a los recién llegados.

El cubículo no tendría más de veinte metros cuadrados y carecía de ventilación. El aire era tan espeso -olor a tinte, partículas de tela, tufo a disolventes- que apenas se podía respirar. Algunas mujeres llevaban la boca tapada con un pañuelo anudado al cuello. Otras tenían a niños de pecho envueltos en un chal sobre el regazo. También había niños trabajando, sentados sobre montañas de retales, que doblaban y guardaban en cajas. Paul se ahogaba. Se sentía como uno de esos personajes de película que despiertan en plena noche y descubren que su pesadilla es real.

– ¡El auténtico rostro de las empresas Sürelik! -exclamó Schiffer adoptando su tono justiciero-. De doce a quince horas de trabajo y varios miles de piezas por día y por obrera. Las «tres-ocho» en versión turca, con solo dos equipos, cuando no es uno. Y en todos los sótanos, el mismo panorama, muchacho.-El Cifra parecía disfrutar con la crueldad del espectáculo-. Pero, ¡ojo!: todo esto se hace con la bendición del Estado. Todo el mundo cierra los ojos. El negocio de la confección se basa en la esclavitud.

El turco ponía cara de circunstancias, pero en el fondo de sus pupilas brillaba una chispa de orgullo. Paul observó a las obreras. Como en respuesta, algunos ojos se alzaron y miraron en su dirección, pero las manos siguieron trabajando, como si nada ni nadie pudiera detener sus movimientos.

Paul superpuso los rostros mates y los largos cortes, las ensangrentadas resquebrajaduras de las víctimas. ¿Cómo accedía el asesino a aquellas mujeres subterráneas? ¿Cómo había descubierto su parecido?

El Cifra reanudó el interrogatorio a voz en cuello:

– Los repartidores recogen el trabajo acabado durante el cambio de turno, ¿no?

– Exacto.

– Si añadimos las obreras que salen del taller, a las seis de la mañana la calle debe de estar la mar de animada. ¿Nadie vio nada?

– Se lo juro.

El viejo policía se recostó en la pared de piedra.

– No jures. Tu dios es menos clemente que el mío. ¿Has hablado con los jefes de las otras víctimas?

– No.

– Mientes, pero no importa. ¿Qué sabes sobre la serie de asesinatos?

– Dicen que torturaron a las mujeres, que les destrozaron la cara. No sé nada más.

– ¿No ha venido a verte ningún policía?

– No

– Y vuestra milicia, ¿qué coño hace?

Paul se estremeció. Era la primera vez que oía hablar de aquello. Así que el barrio tenía su propia policía… Tanoi gritaba para hacerse oír sobre el chiquichaque de las máquinas.

– No sé. No han descubierto nada.

Schiffer indicó a las obreras con un gesto de la cabeza.

– Y ellas, ¿qué dicen?

– Ya no se atreven a salir. Tienen miedo. Alá no puede permitir algo así. ¡El barrio está maldito! ¡Azrael, el ángel de la muerte, está aquí!

El Cifra sonrió, le dio una palmada amistosa en el hombro e indicó la puerta.

– ¡Así me gusta! Por fin un poco de sentido común…

Volvieron al pasillo. Paul salió el último y cerró la endeble puerta sobre el infierno de las máquinas. No había acabado de encajarla, cuando oyó un estertor ahogado. Schiffer acababa de lanzar a Tanoi contra las conducciones.

– ¿Quién mata a las chicas?

– No… no lo sé.

– ¿A quién protegéis, cerdos?

Paul se abstuvo de intervenir. Intuía que Schiffer no iría más lejos. Era un último arranque de cólera, un gesto para la galería. Tanoi lo miraba con ojos desorbitados, pero no respondía.

El Cifra soltó a su presa. Bajo la bombilla desnuda, que oscilaba como el péndulo de un hipnotizador, el capataz trataba de recuperar el aliento.

– La boquita bien cerrada, ¿eh, Tanoi? Ni una palabra de nuestra visita a nadie.

El turco alzó los ojos hacia él y volvió a adoptar la expresión servil de costumbre.

– La boca la tengo cerrada desde siempre, señor inspector.

35

La segunda víctima, Ruya Berkes, no trabajaba en un taller, sino en casa, en el 58 de la rue d'Enghien. Cosía a mano forros de abrigo que a continuación entregaba en el almacén del peletero Gozar Halman, en el 77 de la rue Sainte-Cécile, perpendicular al eje del Faubourg-Poissoinniére. Habría podido empezar por la vivienda de la obrera, pero Schiffer prefirió interrogar antes a su jefe, al que al parecer conocía desde hacía mucho tiempo.

Paul conducía en silencio disfrutando el regreso al aire libre. Pero ya empezaba a temer los nuevos placeres. Veía los escaparates ensombrecerse, llenarse de prendas oscuras de lánguidos pliegues, a medida que se alejaban de las rues del Faubourg-Saint-Denis y del Faubourg-Saint-Martin. En todas las tiendas, las telas y los tejidos habían cedido el sitio al cuero y las pieles.

Torció a la derecha y tomó la rue Sainte-Cécile.

Schiffer lo detuvo: habían llegado al 77.

Esta vez Paul se esperaba una cloaca llena de pieles recién despellejadas, de cajas manchadas de sangre, de olor a carne muerta. Se encontró con un pequeño patio iluminado y adornado con flores, cuyo empedrado parecía haber sido encerado por el rocío matutino. Los dos policías lo cruzaron hasta llegar al edificio del fondo, perforado por ventanas enrejadas, el único que parecía un almacén comercial.

– No lo olvides -dijo Schiffer cruzando el umbral-. Gozar Halman es un fanático de Tansu Çiller.

– ¿Quién es ese? ¿Un futbolista?

El Cifra rió por lo bajo mientras empezaba a subir una amplia escalera de madera gris.

– Tansu Çiller es la antigua primera ministra de Turquía. Estudios en Harvard, diplomacia internacional, Ministerio de Asuntos Exteriores y, luego, la jefatura del gobierno. Un modelo de éxito.

– El currículum clásico del político -repuso Paul con desdén.

– Solo que Tansu Çiller es una mujer.

Dejaron atrás el segundo piso. Todos los rellanos tan amplios y oscuros como capillas.

– No debe de ser muy frecuente en Turquía que un hombre tenga como modelo a una mujer -señaló Paul.

El Cifra se echó a reír.

– Chico, si no existieras, no estoy seguro de que hiciera falta inventarte. ¡Entérate, Gozar también es una mujer! Es una teyze. Una «tía», una madrina en sentido amplio. Vela por sus hermanos, sus sobrinos, sus primos y todos los obreros que trabajan para ella. Se encarga de regularizar su situación. Les envía albañiles para que renueven sus cuchitriles. Se ocupa de mandar sus paquetes y sus giros. Y, en caso necesario, unta a los polis para que los dejen en paz. Es una negrera, pero una negrera benévola.

Tercer piso. El almacén de Halman era una gran sala con suelo de parquet gris, cubierto de trozos de poliestireno y arrugadas hojas de papel de seda. En el centro, tableros de melamina colocados sobre caballetes hacían las veces de mostradores. Sobre ellos, había cajas de cartón, bandejas de plástico, bolsas de tela rosa con el anagrama TATI, fundas para vestidos…

Los hombres extraían de ellos abrigos, cazadoras, estolas… los palpaban, los alisaban, comprobaban los forros y, a continuación, colocaban las prendas en colgadores suspendidos de barras. Frente a ellos, las mujeres, con pañoletas en la cabeza, largas faldas y rostros de corteza oscura, parecían esperar su veredicto con aspecto de cansancio.

Una galería elevada y acristalada, oculta tras una cortina blanca, dominaba la sala: el mirador ideal para vigilar aquel pequeño y laborioso mundo. Sin dudarlo ni saludar a nadie, Schiffer se agarró a la barandilla y empezó a subir los empinados peldaños que llevaban a la plataforma.

Una vez arriba, tuvieron que atravesar una muralla de plantas verdes para entrar en una habitación abuhardillada, casi tan grande como la sala de abajo. Las ventanas, flanqueadas de visillos, se abrían sobre un paisaje de pizarra y cinc: los tejados de París.

A pesar de sus dimensiones, el taller recordaba un tocador de los años 1900 por su recargada decoración. Los modernos aparatos -ordenador, cadena musical, televisor…-estaban cubiertos con tapetes, colocados igualmente al pie de fotografías enmarcadas, figuritas de cristal y grandes muñecas vestidas con trajecitos llenos de encajes. Las paredes estaban cubiertas de carteles turísticos que en su mayoría cantaban las alabanzas de Estambul, y de los tabiques pendían pequeños kilims de colores vivos a modo de estores. Las omnipresentes banderas turcas de papel hacían juego con los racimos de postales clavadas con chinchetas en los pilares de madera que sostenían el techo.

Un escritorio de roble macizo, cubierto con una carpeta de cuero, ocupaba el extremo derecho del despacho y dejaba el lugar central a un diván de terciopelo verde que descansaba sobre una gran alfombra. No había nadie a la vista.

Schiffer se dirigió hacia un vano disimulado tras una cortinilla de sartas de perlas y canturreó:

– ¡Princesa! ¡Soy yo, Schiffer! No hace falta que te acicales.

Solo le respondió el silencio. Paul dio unos pasos y observó de cerca varias fotografías. En todas ellas, una pelirroja con el pelo corto y bastante atractiva sonreía en compañía de ilustres presidentes: Bill Clinton, Boris Yeltsin, François Mitterrand… Sin duda, la famosa Tansu Çiller…

Un tintineó le hizo volverse. La cortina de perlas se abrió para dar paso a la mujer de las fotografías en carne y hueso, aunque en versión maciza.

Gozar Halman había acentuado su parecido con la ministra, sin duda para conseguir una autoridad suplementaria. Su atuendo, túnica y pantalón negros, apenas realzado por unas joyas, era un modelo de sobriedad. Sus gestos y sus andares reafirmaban el efecto, al tiempo que traicionaban una altiva distancia de empresaria. Su aspecto parecía trazar una línea invisible a su alrededor. El mensaje era claro: todo intento de seducción estaba condenado al fracaso.

El rostro, en cambio, decía casi lo contrario. Era una gran cara blanca de Pierrot lunar, enmarcada en cabellos rojizos, en la que los ojos relucían con pasión. Los párpados de Gozar estaban pintados de naranja y salpicados de lentejuelas.

– Sé por qué has venido, Schiffer dijo con voz ronca.

– ¡Por fin una mente despierta!

La empresaria ordenó unos papeles sobre el escritorio con aire distraído.

– Sabía que acabarían sacándote del trastero.

Más que tener auténtico acento, hablaba con un tonillo ondulante que culminaba al final de las frases y que parecía cultivar con coquetería.

Schiffer hizo las presentaciones abandonando de paso su tono áspero. Paul intuyó que las fuerzas estaban equilibradas.

– ¿Qué sabes? -preguntó el viejo policía sin más preámbulos.

– Nada. Menos que nada. -Durante unos segundos, la mujer siguió removiendo papeles sobre el escritorio. Luego se sentó en el diván y cruzó lentamente las piernas-. El barrio tiene miedo -murmuro-. La gente cuenta de todo.

– ¿Por ejemplo?

– Rumores, versiones contradictorias. Incluso he oído decir que el asesino es uno de los vuestros.

– ¿De los nuestros?

– Sí, sí, un policía.

Schiffer desechó la idea con un gesto de la mano.

– Háblame de Ruya Berkes.

Gozar acarició el tapete que cubría el brazo del diván.

– Traía los trabajos cada dos días. Vino el 6 de enero de 2002. Pero el 8 no volvió. Es todo lo que puedo decir.

Schiffer se sacó una libreta de un bolsillo e hizo como que leía. Paul adivinó que era un gesto para ganar tiempo. Decididamente, la teyze le imponía respeto.

– Ruya es la última víctima del asesino -dijo sin levantar la vista de la libreta-. El cuerpo que encontramos el 10 de enero.

– Que Dios la tenga en su seno -repuso la mujer sin dejar de juguetear con el encaje-. Pero el asunto no me concierne.

– Os concierne a todos. Y yo necesito información.

La conversación empezaba a subir de tono, pero Paul creía percibir en ella una extraña familiaridad. Una complicidad entre el fuego y el hielo, que no tenía ninguna relación con la investigación.

– No tengo nada que decir -repitió la mujer-. El barrio se cerrará en banda respecto a esta historia. Como respecto a todas.

Las palabras, la voz, el tono, incitaron a Paul a observar a la turca con más atención. La mujer encañonaba a Schiffer con sus negros ojos nimbados de oro rojo. Paul los comparó con láminas de chocolate cubiertas de cáscara de naranja escarchada. Pero, sobre todo, comprendió súbitamente que Gozar Halman era la mujer otomana con la que el Cifra había estado a punto de casarse. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no había prosperado el asunto?

La peletera encendió un cigarrillo. Larga bocanada de azulado hastío.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Cuándo entregaba los abrigos?

– Al final del día.

– ¿Sola?

– Sola. Siempre sola.

– ¿Sabes qué camino tomaba?

– La rue du Faubourg-Poissonniére. A esa hora está abarrotada, si es lo que quieres saber.

Schiffer pasó a las generalidades:

– ¿Cuándo llegó a París?

– En mayo de 2001. ¿No has ido a ver a Marius?

– ¿Qué clase de mujer era? -inquirió el Cifra haciendo caso omiso a la pregunta.

– Una campesina, pero había vivido en la ciudad.

– ¿En Adana?

– Primero en Gaziantep, luego en Adana.

Schiffer se inclinó hacia delante. El detalle parecía interesarle.

– ¿Era originaria de Gaziantep?

– Eso creo, sí.

– ¿Alfabetizada? -preguntó Schiffer paseando por el despacho y acariciando las chucherías.

– No. Pero moderna. No era una esclava de las tradiciones.

– ¿Se movía por París, ¿Salía? ¿Iba a la discoteca?

– He dicho moderna, no una perdida. Era musulmana. Sabes tan bien como yo lo que eso significa. Además, no hablaba una palabra de francés.

– ¿Cómo vestía?

– A la occidental. ¿Qué quieres, Schiffer? -preguntó Gozar alzando levemente la voz.

– Quiero averiguar cómo pudo sorprenderla el asesino. Una chica que no sale de casa, no habla con nadie y no tiene ninguna distracción no es fácil de abordar.

El interrogatorio daba vueltas sobre sí mismo. Las mismas preguntas de hacía una hora, las mismas respuestas previsibles. Paul se acercó a los cristales del lado del taller y apartó la cortina. Los turcos seguían en sus puestos; el dinero cambiaba de manos por encima de las pieles, apelotonadas como animales adormilados.

La voz de Schiffer volvió a sonar a sus espaldas:

– ¿Cuál era su estado de ánimo?

– El mismo que el de las otras. El cuerpo aquí y la cabeza allí. No pensaba más que en volver a su tierra, casarse y tener hijos. Aquí estaba de paso. Vivía como una hormiguita, clavada a su máquina de coser en un piso de dos habitaciones que compartía con otras dos mujeres.

– Quiero verlas.

Paul había dejado de escuchar. Observaba las idas y venidas de mozos y costureras, que a sus ojos tenían algo de trueque, de rito ancestral. Las palabras del Cifra volvieron a captar su atención:

– ¿Y tú? ¿Qué piensas tú del asesino?

Se produjo un silencio. Lo bastante prolongado como para que Paul se volviera hacia la pareja.

Gozar se había levantado y contemplaba los tejados a través de la ventana.

– Pienso que es algo más bien… político -murmuró sin volverse.

Schiffer se le acercó.

– ¿Qué quieres decir?

La mujer volvió la cabeza.

– El asunto podría ir más allá de los intereses de un solo asesino.

– ¡Explícate, Gozar, por amor de Dios!

– No tengo nada que explicar. El barrio tiene miedo y yo no soy la excepción. No encontrarás a nadie dispuesto a ayudarte.

Paul se estremeció. El Moloch que tenía bajo su férula al barrio turco en su pesadilla le pareció más real que nunca. Un dios de piedra que buscaba a sus presas en los sótanos y los cuchitriles de la pequeña Turquía.

– La entrevista ha terminado, Schiffer -dictaminó la teyze.

El viejo policía se guardó la libreta en el bolsillo y retrocedió sin rechistar. Paul echó un último vistazo al cambalacheo del piso inferior.

De pronto, lo vio.

Un repartidor -mostacho negro y chándal azul Adidas- acababa de entrar al almacén con una caja de cartón entre los brazos. Su mirada se alzó distraídamente hacia la galería. Al ver a Paul, su expresión se congeló.

Dejó la caja, le dijo algo a un mozo que estaba colgando prendas retrocedió hacia la puerta. Un último vistazo hacia la plataforma confirmó la intuición de Paul: el miedo.

Los dos policías volvieron a la sala inferior.

– Esta cabezona, con sus malditos rodeos, ya me estaba hartando -masculló Schiffer-. ¡Jodidos turcos! Todos igual de retorcidos, igual de…

Paul apretó el paso y saltó al rellano. Se asomó al hueco de la escalera: una mano atezada se deslizaba por la barandilla. El fulano bajaba como quien tiene prisa.

Paul se volvió y apremió a Schiffer, que acababa de cruzar la puerta:

– Vamos. Rápido.

36

Paul corrió hasta el coche. Se sentó al volante y accionó la llave de contacto con un solo movimiento. A Schiffer apenas le dio tiempo a montar.

– ¿Qué coño pasa? -refunfuñó el viejo policía.

Paul arrancó sin responder. El repartidor acababa de torcer a la derecha, al final de la rue Sainte-Cécile. Paul aceleró, giró en la rue du Faubourg-Poissonnière y volvió a enfrentarse al tráfico y la muchedumbre.

El sujeto caminaba a buen paso sorteando repartidores, viandantes y puestos de crepes y pitas, y lanzando rápidas miradas a su espalda. Seguía la calle en dirección al boulevard Bonne-Nouvelle.

– ¿Vas a explicármelo o qué? -insistió Schiffer de mal humor.

– En la peletería. Un hombre -masculló Paul cambiando a tercera-. Ha huido al vernos.

– ¿Y qué?

– Se ha olido que somos policías. Temía que lo interrogáramos. Puede que sepa algo sobre el caso.

El «cliente» torció a la izquierda y continuó por la rue d'Enghien. Por suerte iba en la misma dirección que el tráfico.

– O que no tenga permiso de residencia -rezongó Schiffer.

– ¿En el almacén de Gozar? ¿Y quién lo tiene? Ese fulano tiene algún motivo especial para estar asustado. Lo presiento.

El Cifra se repantigó en el asiento.

– ¿Dónde está? -preguntó con desgana.

– En la acera de la derecha. El del chándal Adidas.

El turco seguía avanzando en línea recta. Paul procuraba mantener la distancia. Un semáforo en rojo. La mancha azul empezó a alejarse. Paul adivinó que, como él, Schiffer lo seguía con la mirada. Dentro del coche, el silencio adquirió una densidad especial: se habían entendido, compartían la misma calma, la misma atención, concentrada sobre su presa.

Verde.

Paul arrancó accionando los pedales con suavidad, sintiendo un intenso calor que le subía por las piernas. Aceleró justo a tiempo para ver al turco doblando la esquina de la rue du Faubourg-Saint Denis, de nuevo en la dirección del tráfico.

Paul giró, pero la calle estaba colapsada, embotellada, taponada por la multitud, que lanzaba al aire grisáceo su rumor de gritos y bocinazos.

Estiró el cuello y entrecerró los ojos. Los letreros -al por mayor, al por menor, mayor y detalle- se superponían por encima de las carrocerías y las cabezas. El chándal azul había desaparecido. Miró aún más lejos. Las fachadas de los edificios se fundían con la neblina de la contaminación. Al fondo, el arco de la Porte Saint-Denis flotaba tras los gases de combustión.

– Ya no lo veo.

Schiffer abrió su ventanilla. La algarabía del exterior inundó el habitáculo. Sacó medio cuerpo fuera.

– ¡Allá delante! -advirtió-. A la derecha.

Los vehículos reanudaron la marcha. El punto azul destacaba contra un grupo de peatones. Nueva detención. Paul trató de convencerse de que el embotellamiento jugaba a su favor, de que los obligaba a circular al paso para que mantuvieran la distancia.

El turco volvió a desaparecer, pero reapareció entre dos camionetas de reparto, delante de la cafetería Le Sully. Seguía mirando hacia atrás cada dos por tres. Sabría que lo seguían?

– Está muerto de miedo -dijo Paul-. Sabe algo.

– Eso no quiere decir nada. Hay una posibilidad entre mil de que…

– Confíe en mí. Solo por esta vez.

Paul cambió a segunda. Tenía la nuca ardiendo, y el cuello de la parka, húmedo de sudor. Apretó el acelerador y llegó a la altura del turco al final de la rue du Faubourg-Saint-Denis.

De pronto, al pie del arco, el hombre cruzó la calzada prácticamente rozando el guardabarros del coche, aunque sin verlos, y tomó el boulevard Saint-Denis a paso ligero.

– ¡Mierda! -exclamó Paul-. Es dirección única.

– Aparca -dijo Schiffer incorporándose en el asiento-. Lo seguiremos a… ¡Coño! Va a coger el metro.

El individuo había cruzado el bulevar y acababa de desaparecer en la boca de metro Strasbourg-Saint-Denis. Paul frenó en seco y estacionó frente al bar de l'Arcade, en la franja que rodea el Arco de Triunfo. Schiffer ya se había apeado.

Paul bajó la visera con la leyenda «Policía» y saltó fuera del Golf. El impermeable del Cifra revoloteaba ente los coches como una oriflama. Paul estaba electrizado. En un segundo, lo captó todo, la vibración del aire, la rapidez de Schiffer, la determinación que los unía en aquellos momentos…

Corrió en zigzag entre el tráfico del bulevar y alcanzó a su compañero en lo alto de las escaleras.

Los dos policías irrumpieron en el vestíbulo de la estación. Una muchedumbre presurosa hormigueaba bajo la bóveda anaranjada. Paul barrió el vestíbulo con la mirada: a la izquierda, las cabinas acristaladas de la RATP; a la derecha, los carteles azules de las líneas de metro; enfrente, las puertas automáticas.

Ni rastro del turco.

Schiffer se lanzó de cabeza sobre la muchedumbre en un eslalon suicida en dirección a las puertas neumáticas. Paul se puso de puntillas y descubrió a su hombre, que en ese momento torcía a la derecha.

– ¡Línea cuatro! -gritó en dirección al Cifra, invisible entre el gentío.

Al fondo del túnel alicatado, resonaron los suspiros de apertura de las puertas de un convoy. Una ola de agitación recorrió a la muchedumbre. ¿Qué pasaba? ¿Quién gritaba? ¿Quién empujaba? De pronto, un rugido resonó sobre el vocerío.

– ¡La puertas, cojones! Era la voz de Schiffer.

Paul se abalanzó hacia las taquillas, que estaban justo a su izquierda. Con la nariz pegada al cristal, gritó:

– ¡Abran las puertas!

El empleado del metro lo miró boquiabierto.

– ¿Eh?

A sus espaldas, la sirena anunció la salida del convoy. Paul aplastó el carnet de policía contra el cristal.

– ¡Cagüen la leche! ¿Vas a abrir las puertas o qué?

Las barreras se apartaron.

Paul se abrió paso a codazos, tropezó y consiguió pasar al otro lado… Schiffer corría bajo la bóveda roja, que ahora parecía palpitar como el interior de una garganta.

Lo alcanzó en la escalera. El viejo policía la bajaba de cuatro en cuatro. No habían recorrido la mitad de la distancia, cuando oyeron el entrechocar de las puertas.

Schiffer vociferó sin dejar de correr. Estaba a punto de llegar al andén, cuando Paul lo agarró del cuello y lo obligó a detenerse. El Cifra se quedó mudo de estupor. Las luces de los vagones se deslizaban sobre su arrugado rostro. Lo miraba con ojos de loco.

– ¡No debe vernos! -le gritó Paul a la cara. Schiffer seguía mirándolo asombrado, incapaz de recuperar el aliento-. Tenemos cuarenta segundos para llegar a la siguiente estación -dijo Paul bajando la voz, mientras el traqueteo del metro se convertía en un rumor-. Lo cogeremos en Château-d'Eau.

Les bastó una mirada para ponerse de acuerdo. Volvieron a subir las escaleras, cruzaron el bulevar a la carrera y se lanzaron de cabeza al interior del Golf.

Habían pasado veinte segundos.

Paul rodeó el Arco de Triunfo y torció a la derecha al tiempo que bajaba la ventanilla. Colocó el faro magnético en el techo del Golf y enfiló el boulevard Strasbourg con la sirena en marcha.

Recorrieron los quinientos metros en siete segundos. Al llegar al cruce con la rue du Château-d'Eau, Schiffer hizo amago de apearse. Paul volvió a retenerlo.

– Lo esperaremos fuera. No hay más que esas dos salidas. Números pares e impares del bulevar.

– ¿Quién nos dice que va a bajar aquí?

– Esperaremos veinte segundos. Si se ha quedado en el tren, aún tendremos veinte segundos para llegar a la estación del Este.

– ¿Y si tampoco baja allí?

– No saldrá del barrio turco. O va a esconderse o va a avisar a alguien. En ambos casos, lo hará aquí, en nuestro territorio. Tenemos que seguirlo hasta su destino. Ver adónde va.

El Cifra miró su reloj.

– Arranca.

Paul dio otra vuelta, de derecha a izquierda, de pares a impares, y apretó el acelerador. Podía sentir en sus venas la vibración del metro, que circulaba bajo las ruedas del Golf.

Diecisiete segundos después, frenaba ante la verja de la estación del Este y apagaba la sirena y el faro giratorio. Una vez más, Schiffer fue a saltar del coche y, una vez más, Paul se lo impidió.

– Nos quedamos aquí. Controlamos casi todas las salidas. La del centro. en la explanada de la estación. La de la rue du Faubourg-Saint-Martin, a la derecha. Y la de la rue 8 de Mai de 1945, a la izquierda. Son tres posibilidades de cinco.

– ¿Dónde están las otras dos?

– A ambos lados de la estación. En la rue du Faubourg-Saint-Martin y en la de Alsace.

– ¿Y si sale por una de las dos?

– Son las más alejadas del andén. Tardaría más de un minuto. Esperaremos treinta segundos. Si no aparece, usted se va a la rue d'Alsace, y yo, a la del Faubourg-Saint-Martin. Utilizaremos los móviles para mantenernos informados. No puede escapársenos.

Schiffer guardó silencio. Las arrugas que surcaban su frente traicionaban su desconcierto.

– ¿Cómo es posible que te sepas las salidas?

Paul sonrió sin apartar la vista del parabrisas.

– Me las he aprendido de memoria. Por si teníamos que perseguir a alguien.

El arrugado rostro de Schiffer le devolvió la sonrisa.

– Si ese tío no aparece, te parto la cabeza.

Diez, doce, quince segundos.

Los más largos de su vida. Paul observaba las figuras que emergían de las bocas del metro, zarandeadas por el viento. Ningún chándal Adidas.

El río de viajeros vibraba ante sus ojos, se agitaba al ritmo de sus latidos.

Treinta segundos.

Paul puso la primera y masculló:

– Lo dejo en la rue d'Alsace.

Arrancó con un chirrido de neumáticos, tomó la rue 8 de Mai, a su izquierda, y soltó al Cifra al comienzo de la rue d'Alsace, sin darle tiempo a abrir la boca. Giró en redondo, pisó a fondo el acelerador y no levantó el pie hasta llegar a la rue du Faubourg-Saint-Martin.

Habían transcurrido otros diez segundos.

A esa altura, la rue du Faubourg-Saint-Denis es muy distinta de su tramo inferior, la parte turca: aceras desiertas, almacenes y edificios de oficinas. Una vía de salida ideal.

Paul miró el segundero: cada salto de la aguja le encogía el corazón un poco más. La muchedumbre anónima se dispersaba, se perdía en aquella calle demasiado amplia. Miró de reojo hacia el interior de la estación. Vio la gran cristalera y pensó en un enorme invernadero lleno de gérmenes venenosos y plantas carnívoras.

Diez segundos.

Las posibilidades de ver aparecer el chándal Adidas se reducían casi a cero. Paul pensó en los convoyes que corrían bajo tierra, en las salidas de las grandes líneas y de los trenes de cercanías, que se dispersaban a cielo abierto; en los millares de rostros y conciencias que se apretujaban bajo los grises armazones.

No podía haberse equivocado. Sencillamente, no era posible. Treinta segundos.

Nada.

Oyó el timbre del portátil.

– Pedazo de idiota… -masculló la voz gutural de Schiffer.

Paul lo recogió al pie del paso elevado que comunica las dos mitades de la rue d'Alsace por encima del inmenso haz de vías de la estación del Este.

– Idiota -repitió el viejo policía subiendo al coche.

– Probaremos en la estación del Norte. Nunca se sabe…

– Y una mierda. Se acabó. Lo hemos perdido. -Aun así, Paul aceleró y se dirigió hacia el norte-. No debería haberte hecho caso -insistió Schiffer-. No tienes ninguna experiencia. No sabes nada de nada. No…

– Está ahí

Paul acababa de distinguir el chándal azul al final de la rue des Deux-Gares, en la acera de la derecha. El turco caminaba por la parte superior de la rue d'Alsace, justo encima de las vías.

– Será cabrón… -masculló el Cifra-. Ha utilizado la escalera exterior de la SCNF. Ha salido por los andenes. -Señaló el parabrisas con el índice-. Sigue todo recto. Nada de sirena. Nada de prisas. Lo cogeremos en la próxima calle. Discretamente.

Paul bajó a segunda con mano temblorosa y se mantuvo a veinte kilómetros por hora. Cuando cruzaron la rue La Fayette, el turco apareció cien metros más arriba. Miró a su alrededor y se quedó petrificado.

– ¡Mierda! -exclamó Paul recordando que había olvidado retirar el faro giratorio del techo del Golf.

El hombre echó a correr como alma que lleva el diablo. Paul pisó a fondo. El gigantesco puente que se abría ante ellos se le antojó un símbolo. Un gigante de piedra que extendía sus negros brazos bajo el cielo de tormenta.

Siguió acelerando y pasó al turco en mitad del puente. Schiffer saltó fuera sin esperar a que el coche se detuviera. Paul frenó, miró por el retrovisor y vio a Schiffer placando al turco como un medio de rugby.

Soltó una maldición, paró el motor y se apeó. El Cifra tenía al fulano cogido del pelo y le golpeaba la cabeza contra los barrotes de la verja. Como en un flashback, Paul volvió a ver la mano de Marius bajo la guillotina. Otra vez no.

Desenfundó la Glock y echó a correr hacia los dos hombres.

– ¡Basta!

En esos momentos, Schiffer estaba pasando a su víctima por encima de la verja. Su fuerza y su rapidez eran pasmosas. El del chándal agitaba las piernas en el aire, encajado entre dos remates puntiagudos.

Paul estaba convencido de que el Cifra iba a arrojarlo al vacío. Pero el viejo policía se encaramó a lo alto de la verja, se agarró a un pilar de piedra y, de un solo tirón, arrastró al turco junto a él.

La operación solo había durado unos segundos, y la proeza física que requería no hacía más que aumentar la leyenda negra que envolvía a Schiffer. Cuando Paul llegó a su altura, los dos hombres ya estaban fuera de su alcance, en el estrecho borde de la plataforma de hormigón. El sospechoso berreaba mientras su torturador lo arrinconaba contra el vacío lanzándole golpes y frases en turco alternativamente.

Paul empezó a trepar por la verja, pero se quedó inmóvil a medio camino.

– ¡BOZKURT! ¡BOZKURT! ¡BOZKURT!

Los gritos del turco resonaban en el aire húmedo cae la mañana. Paul pensó que pedía auxilio, pero vio que Schiffer lo soltaba y lo empujaba hacia la verja, como si hubiera obtenido lo que quería,

Paul iba a sacar las esposas, pero el hombre echó a correr cojeando

– ¡Deja que se vaya!

– ¿Qué?

Schiffer se derrumbó sobre la acera. Se inclinó Hacia un lado, hizo una mueca y se levantó sobre una rodilla.

– Ha dicho lo que tenía que decir -murmuró entre dos toses.

– ¿Qué? ¿Qué ha dicho?

El Cifra se levantó. Estaba sin aliento y se agarraba la ingle izquierda. Su tez había adquirido un tono violáceo, salpicada de puntos blancos.

– Vive en el mismo edificio que Ruya. Los vio llevarse a la chica por el hueco de la escalera. El 8 de enero a las ocho de la tarde.

– ¿«Los»?

– A los Bozkurt.

Paul no entendía nada. Se concentró en los ojos azul cromado del Cifra y pensó en su otro apodo: el Hierro.

– Los Lobos Grises.

– ¿Los qué?

– Los Lobos Grises. Un grupo de extrema derecha. Los sicarios de la mafia turca. Estábamos equivocados desde un principio. Los que matan a las chicas son ellos.

37

Las vías térreas se desplegaban hasta donde alcanzaba la vista, que no encontraba descanso en el horizonte. Era una maraña inmóvil y dura, que aprisionaba la mente y los sentidos. Líneas de acero que se clavaban en las pupilas como alambres de espino; cambios de agujas que trazaban nuevas direcciones, sin conseguir liberarse de sus tirantes y traviesas; ramales que se perdían en la distancia, pero evocaban en todo momento la misma sensación de irremediable enraizamiento. Y los puentes, fueran de sucia piedra o negro metal, con sus escalas, sus balaustres, sus lucernas, contribuían a encorsetarlo todo.

Schiffer había bajado a las vías por una escalera reservada al personal ferroviario. Paul le había dado alcance trompicando por el balasto y las traviesas.

– ¿Quiénes son los Lobos Grises?

Schiffer siguió andando en silencio y respirando a grandes bocanadas. Las piedras negras rodaban bajo sus pies.

– Sería muy largo de explicar -dijo al fin-. Todo eso pertenece a la historia de Turquía.

– ¡Hable, por Dios santo! Me debe una explicación.

El Cifra siguió avanzando, manteniéndose en todo momento en la vía de la izquierda.

– En la Turquía de los años setenta -murmuró con voz cansada al cabo de unos instantes- reinaba la misma atmósfera sobrecargada que en Europa. Las ideas de izquierda tenían todas las simpatías. Se preparaba una especie de Mayo del 68… Pero allí la tradición siempre es la más fuerte. Se creó un grupo de reacción. Militantes de extrema derecha dirigidos por un tal Alpaslan Türkes, un auténtico nazi. Al principio, formaban pequeñas células en las universidades, luego empezaron a captar a jóvenes del medio rural. Se hacían llamar los Bozkurt, los Lobos Grises. Y también Ülkü Ocaklari, Jóvenes Idealistas. En muy poco tiempo, la violencia se convirtió en su principal argumento. -Aunque estaba sofocado, a Paul le castañeteaban los dientes hasta el punto de oírlos entrechocar-. A finales de los setenta -siguió contando Schiffer-, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda tomaron las armas. Atentados, atracos, asesinatos… En aquella época, se contabilizaban más de treinta muertos diarios. Era una auténtica guerra civil. Los Lobos Grises se adiestraban en campos de entrenamiento. Los captaban cada vez más jóvenes. Los adoctrinaban. Los convertían en máquinas de matar. -Schiffer seguía pisoteando el balasto, su respiración había recuperado el ritmo normal y sus ojos estaban fijos en los relucientes raíles, como si buscaran en ellos la dirección de sus ideas-. En 1980 el ejército turco tomó el poder. El país volvió al orden. Los combatientes de ambos bandos acabaron en la cárcel. Pero los Lobos Grises salieron enseguida: sus ideas eran las mismas que las de los militares. Solo que entonces estaban en el paro. Y aquellos chavales, que habían crecido en los campos de entrenamiento, solo sabían hacer una cosa: matar. Como era de esperar, acabaron vendiendo sus servicios a cualquiera que necesitara sicarios. Primero, el gobierno, siempre dispuesto a emplear esbirros para eliminar discretamente a jefes armenios o terroristas kurdos. Luego, la mafia turca, que intentaba controlar el tráfico de opio en el Cuerno de Oro. Para los mafiosos, los Lobos Grises eran un regalo del cielo, una fuerza viva, armada, experimentada y, sobre todo, aliada del régimen.

»De entonces acá, los Lobos Grises ejecutan contratos. Ali Agça, el individuo que disparó contra el Papa en 1981, era un Bozkurt. Hoy, la mayoría son mercenarios que han guardado sus opiniones políticas en un cajón. Pero los más peligrosos siguen siendo fanáticos, terroristas capaces de lo peor. Iluminados que creen en la supremacía de la raza turca, en la reinstauración de un imperio turcófono.

Paul escuchaba desconcertado. No veía la menor relación entre aquellas historias del año de la polca y el caso que tenían entre manos.

– ¿Y se supone que esos tíos se han cargado a las chicas?

– El del chándal Adidas los vio llevarse a Ruya Berkes.

– ¿Les vio la cara?

– Llevaban pasamontañas, como los comandos.

– ¿Como los comandos?

– Son guerreros, muchacho -rezongó Schiffer-. Soldados. Se dieron a la fuga en un coche negro. El del chándal no se acuerda ni de la matrícula ni de la marca. O no quiere acordarse.

– ¿Por qué está tan seguro de que eran Lobos Grises?

– Gritaron consignas. Llevan signos distintivos. No hay ninguna duda. Además, concuerda con el resto. El mutismo de la comunidad. El comentario de Gozar sobre un «asunto político». Los Lobos Grises están en París. Y el barrio, muerto de miedo.

Paul no podía aceptar un cambio de orientación tan radical, tan inesperado, en total contradicción con sus propias presunciones. Llevaba demasiado tiempo trabajando sobre la hipótesis de un único asesino.

– Pero ¿por qué tanto ensañamiento?

Schiffer seguía avanzando entre los raíles, perlados de llovizna.

– Proceden de tierras muy lejanas. De llanuras, desiertos y montañas donde ese tipo de torturas es la regla. Tú has partido de la hipótesis de un asesino en serie. Como Scarbon, te has empeñado en interpretar las mutilaciones de las víctimas como el resultado de una búsqueda del sufrimiento, la prueba de un trauma o yo qué sé… Pero os habéis olvidado de la solución más sencilla: esas mujeres fueron torturadas por profesionales. Expertos adiestrados en los campos de Anatolia.

– ¿Y las mutilaciones post mortem? ¿Las hendiduras en la cara?

El Cifra esbozó un gesto desdeñoso que presagiaba alguna de sus salidas de tono.

– Puede que uno de esos fulanos esté más loco que los demás. O quizá sencillamente quieren que las víctimas sean inidentificables, que no podamos reconocer el rostro que buscan.

– ¿El rostro que buscan?

El viejo policía se detuvo y se volvió hacia Paul.

– ¿Todavía no lo has comprendido, muchacho? Los Lobos Grises tienen un contrato. Buscan a una mujer. -Schiffer se metió la mano en el impermeable manchado de sangre y le tendió las polaroid-. Una mujer que tiene este rostro y responde a esta descripción: pelirroja, costurera, ilegal y originaria de Gaziantep. -Paul observaba en silencio las fotos sobre la arrugada mano de Schiffer. Todo cobraba cuerpo. Todo encajaba-. Una mujer que sabe alguna cosa y a la que tienen que arrancar una confesión. Han creído que la habían encontrado en tres ocasiones. Y se han equivocado en las tres.

– ¿Cómo puede estar tan seguro? ¿Cómo sabe que no la han encontrado?

– Porque si una de ellas hubiera sido la que buscaban, habría hablado, créeme. Y ellos habrían desaparecido.

– ¿Cree… cree usted que la caza continúa?

– No te quepa la menor duda. -Los iris de Schiffer brillaban bajo sus entrecerrados párpados. Paul pensó en dos balas de plata, el único medio de acabar con un hombre lobo, según la leyenda-. Te has equivocado de medio a medio, muchacho. Buscabas un asesino. Llorabas a tres muertas. Pero lo que debes encontrar es una mujer viva. Bien viva. La mujer a la que persiguen los Lobos Grises. -El Cifra abarcó con un amplio ademán los edificios que rodeaban las vías-. Está ahí, en algún lugar de este barrio. En el fondo de una casa ocupada o de un hogar de acogida. La persiguen los peores asesinos que puedas imaginar, y tú eres el único que puede salvarla. Pero tendrás que ser rápido. Muy, muy rápido. Porque los cabrones que tienes enfrente están bien entrenados y se mueven a sus anchas por el barrio. -El viejo policía agarró a Paul de los hombros y lo miró a los ojos con intensidad-. Y, como las malas noticias nunca llegan solas, voy a anunciarte otra desgracia: soy tu única oportunidad de conseguirlo.

SIETE

38

El timbre del teléfono le estalló en los tímpanos.

– ¿Sí?

No hubo respuesta. Eric Ackermann colgó lentamente y consultó su reloj: las 15 horas. La duodécima llamada anónima en dos días. La última vez que había oído una voz humana había sido el día anterior por la mañana, cuando Laurent Heymes lo había llamado para informarle de la huida de Anna. A mediodía, cuando había intentado volver a hablar con él, ninguno de sus números respondía. ¿Demasiado tarde para Laurent?

Había intentado otros contactos. En vano.

Había recibido la primera llamada anónima esa misma noche. Al instante, se había acercado a la ventana para asegurarse: dos policías montaban guardia ante su domicilio, en la avenue Trudaine. Así pues, la situación era clara: ya no era el hombre al que se llama, el compañero al que se informa. Ahora era alguien a quien habría que vigilar, un enemigo que controlar. En cuestión de horas, la frontera se había desplazado bajo sus pies. Ahora estaba en el lado equivocado de la barrera, en el lado de los responsables del desastre.

Se levantó y se acercó a la ventana del dormitorio. Los dos agentes seguían de plantón ante el instituto de enseñanza media Jacques-Decourt. Contempló los parterres de césped que flanqueaban la avenida en toda su longitud; los plátanos, que tendían sus desnudas ramas hacia el azul del cielo; la gris estructura del quiosco de la place d'Anvers… No pasaba ni un coche y, como siempre, la avenida parecía un desierto.

Le acudió a la mente una cita: «La angustia es física si el peligro es concreto; psicológica, si es instintivo». ¿Quién lo había escrito? ¿Freud? ¿Jung? En su caso, ¿cómo se manifestaría el peligro? ¿Lo eliminarían en la calle? ¿Lo sorprenderían mientras dormía? ¿O, simplemente, lo encerrarían en una prisión militar? ¿Lo torturarían para obtener todos los documentos relacionados con el programa?

Esperar. Tenía que esperar hasta la noche para poner en práctica su plan.

De pie ante la ventana, remontó mentalmente el camino que lo había conducido a donde estaba, la antecámara de la muerte.

Todo había empezado con el miedo.

Todo acabaría con él.

Su odisea había empezado en junio de 1985, cuando entró a formar parte del equipo del profesor Wayne C. Drevets, de la Universidad Washington de Saint Louis, estado de Missouri. Aquel grupo de científicos se había fijado una meta muy ambiciosa: localizar la zona del cerebro que desencadena el miedo utilizando la tomografía por emisión de positrones. Para alcanzar su objetivo habían diseñado un minucioso protocolo de experimentos destinados a provocar el terror en sujetos voluntarios. Aparición de serpientes, perspectiva de descargas eléctricas y amenazas similares, tanto más angustiosas cuanto que se harían esperar…

Tras varias series de pruebas, consiguieron delimitar la misteriosa zona. Estaba situada en el lóbulo temporal, en un extremo del circuito límbico, en una pequeña región llamada amígdala, una especie de nicho que constituye nuestro «arqueocerebro». La parte más antigua de nuestro órgano, que compartimos con los reptiles y que aloja igualmente el instinto sexual y la agresividad.

Ackermann recordaba la exaltación de aquellos momentos. Por primera vez contemplaba la actividad de las zonas cerebrales en la pantalla de un ordenador. Por primera vez observaba la mente en acción, sorprendía sus engranajes secretos. Lo sabía: había encontrado su camino y su transporte. La cámara de positrones sería el vehículo de su viaje al interior del córtex humano.

Se convertiría en un pionero, en un cartógrafo del cerebro.

A su regreso a Francia, redactó una petición de fondos a la atención del INSERM, el CNRS y la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, así como de varias universidades y hospitales de París, con vistas a aumentar sus posibilidades de obtener financiación.

Transcurrido un año sin obtener respuesta, se marchó a Inglaterra y se unió al equipo del profesor Anthony Jones, de la Universidad de Manchester. Con aquel nuevo grupo, se lanzaba a la exploración de otra región neuronal: la del dolor.

Por segunda vez, participó en series de análisis sobre sujetos que habían aceptado someterse a estímulos, en esta ocasión dolorosos. por segunda vez, vio iluminarse una región incógnita en los monitores: el país del sufrimiento. No era un territorio concentrado, sino un conjunto de puntos que se activaban simultáneamente, una especie de tela de araña desplegada por todo el córtex.

Un año después, el profesor Jones escribía en la revista Science: «Una vez registrada por el tálamo, el cíngulum y el córtex central interpretan la sensación de dolor de forma más o menos negativa. Ese es el momento en el que la sensación se convierte en sufrimiento».

Era un hecho de capital importancia. Confirmaba el papel fundamental del pensamiento en la percepción del dolor. Dado que el cíngulum funciona como un selector de asociaciones, se abría la posibilidad de atenuar la sensación de dolor mediante una serie de ejercicios puramente psicológicos, de disminuir su «resonancia» en el interior del cerebro y reorientarla. En el caso de una quemadura, por ejemplo, bastaba con pensar en el sol en vez de en la carne achicharrada para que la quemazón remitiera… El dolor podía combatirse con la mente: la misma topografía del cerebro lo demostraba.

Ackermann volvió a Francia lleno de proyectos. Ya se veía al mando de un grupo multidisciplinario de investigación, una entente de cartógrafos, neurólogos, psiquiatras, psicólogos… Ahora que el cerebro empezaba a desvelar sus claves fisiológicas, la colaboración entre todas las disciplinas era no solo posible, sino obligada. El tiempo de las rivalidades había acabado: bastaba con mirar el mapa y unir esfuerzos.

Pero, una vez más, sus peticiones de fondos toparon con el silencio. Desanimado, desesperado, se enterró en un laboratorio minúsculo en Maisons-Alfort, donde recurrió a las anfetaminas en un intento de recobrar la moral. Estimulado por los comprimidos de Benzedrina, no tardó en convencerse de que sus peticiones habían caído en saco roto por simple ignorancia, y no por indiferencia: las posibilidades del Petscan aún eran muy poco conocidas.

Ackermann decidió reunir todos los estudios internacionales sobre la cartografía del cerebro en un solo libro de carácter exhaustivo. Reanudó sus viajes. Tokio, Copenhague, Boston… Se entrevistó con neurólogos, biólogos, radiólogos… Desmenuzó sus artículos y redactó síntesis. En 1992 publicó una obra de seiscientas páginas titulada Diagnóstico funcional por imágenes y geografía cerebral, un auténtico atlas que mostraba un mundo nuevo, una geografía insólita, con sus propios continentes, mares, archipiélagos…

Pese al éxito del libro entre la comunidad científica internacional, las instituciones francesas persistieron en su silencio. Peor aún: en Orsay y Lyon se habían instalado dos cámaras de positrones sin que su nombre hubiera sido mencionado una sola vez. Ni siquiera le habían consultado. Explorador sin barco, Ackermann se sumergió aún más profundamente en su universo de síntesis. Si por un lado recordaba ciertas experiencias con el éxtasis que en esa época lo habían llevado más allá de sí mismo, por otro no olvidaba los malos viajes y los abismos a que habían abocado su mente.

Estaba en el fondo de una de esas simas cuando recibió la carta del Comisariado de la Energía Atómica.

En un primer momento creyó que seguía delirando. Luego se rindió a la evidencia: era una respuesta afirmativa. Dado que la utilización de una cámara de positrones lleva aparejada la inyección de un trazador radiactivo, el CEA se interesaba por su trabajo. Una comisión específica deseaba entrevistarlo para determinar la medida en que el CEA podría implicarse en la financiación de su programa.

A la semana siguiente, Eric Ackermann se presentó en la sede de Fontenay-aux-Roses. Sorpresa: el comité de recepción estaba mayoritariamente compuesto por militares. El neurólogo sonrió. Aquellos uniformes le recordaban su buena época, el 68, cuando era maoísta y se zurraba con los CRS en las barricadas de la rue Gay Lussac. El recuerdo acabó de enardecerlo. Tanto más cuanto que se había echado al coleto un puñado de Benzedrinas para darse ánimos. Si no conseguía convencer a aquellos espadones, se despacharía a gusto.

Su exposición duró varias horas. Comenzó por explicar que en 1985 la utilización del Petscan había permitido identificar la zona del miedo y que, una vez descubierta, se podía definir una farmacopea específica para atenuar su influencia sobre la mente del hombre. Se lo contó a los militares.

A continuación, describió los trabajos del profesor Jones, que lo habían llevado a localizar el circuito neuronal del dolor, y añadió que era posible limitar el sufrimiento asociando esas localizaciones a un condicionamiento psicológico.

Lo dijo ante un comité de generales y psiquiatras del ejército. Luego pasó revista a otras investigaciones sobre la esquizofrenia, la memoria, la imaginación…

Con gran alarde de gestos, estadísticas y bibliografía, les dejó entrever posibilidades fabulosas: en adelante, gracias a la cartografía cerebral, sería posible observar, controlar, modelar el cerebro humano.

Un mes más tarde volvieron a convocarlo. Estaban dispuestos a financiar su proyecto, con la condición expresa de que se instalara en el Instituto Henri-Becquerel, un hospital militar situado en Orsay. Además, tendría que colaborar con sus colegas del ejército con absoluta transparencia.

Era para troncharse: ¡iba a trabajar para el Ministerio de Defensa!. Él, un típico producto de la contracultura de los setenta, un psiquiatra chiflado que funcionaba a base de anfetas… Se dijo que sabría ser más astuto que sus socios, que sabría manipularlos sin dejarse manipular.

Se equivocaba de medio a medio.

Volvió a sonar el teléfono.

Ni se molestó en contestar. Descorrió los visillos y miró por la ventana sin, disimulo. Los centinelas seguían en su puesto.

La avenue Trudaine ofrecía una delicada policromía de marrones: barro seco, oro sucio, metal viejo… Por algún extraño motivo, contemplarla siempre le hacía pensar en un templo chino o tibetano cuya pintura, desconchada, amarilla o herrumbrosa, revelaba la corteza de otra realidad.

Eran las cuatro y el sol aún estaba alto.

De repente, decidió no esperar hasta la noche.

Estaba demasiado impaciente por huir.

Cruzó el salón, cogió el bolso de viaje y abrió la puerta.

Todo había empezado con el miedo.

Todo acabaría con él.

39

Bajó al aparcamiento del edificio por la escalera de emergencia. Se detuvo en el umbral y escudriñó la penumbra: nadie. Cruzó el garaje y descorrió el cerrojo de una puerta metálica disimulada detrás de una columna. Recorrió el pasillo y llegó a la estación de metro Anvers. Miró a sus espaldas: no lo seguía nadie.

En el vestíbulo de la estación, la muchedumbre de los viajeros le produjo pánico, pero le bastaron unos segundos de reflexión para tranquilizarse: la multitud favorecería su fuga. Se abrió camino entre la gente sin acortar el paso, con la mirada clavada en la siguiente puerta, al otro lado del vestíbulo.

Cuando llegó ante el fotomatón, hizo como quien espera a que salga su tira de fotos y utilizó el manojo de llaves que se había agenciado. Tras algunas vacilaciones, dio con la buena y abrió discretamente la puerta con la leyenda: RESERVADO PERSONAL.

De nuevo solo, respiró aliviado. En el pasillo flotaba un olor penetrante, un tufo agrio, pegajoso, que no conseguía identificar pero parecía envolverlo por entero. Avanzó por el pasadizo chocando con cajas de cartón mojado, trozos de cable, envases metálicos… No intentó localizar un interruptor. Abrió varias cerraduras, candados, verjas y puertas precintadas. No se molestó en volver a cerrarlos con llave, pero sentía que se acumulaban a sus espaldas como otras tantas barreras protectoras.

Al fin, penetró en las entrabas del segundo aparcamiento, situado bajo la place d'Anvers. Era una réplica exacta del primero, aunque las paredes y el suelo de aquel estaban pintados de verde claro. No se veía a nadie. Reanudó la marcha. Estaba empapado en sudor, temblaba inconteniblemente y tan pronto tenía frío como calor. Más allá de la angustia, los síntomas eran claros: la abstinencia.

Por fin, en el número 2033, vio el Volvo Break. Su imponente aspecto, su carrocería gris metalizada, su placa de matrícula del departamento de Haut-Rhin, le comunicaron una sensación de seguridad. Todo su organismo parecía estabilizarse, encontrar su punto de equilibrio.

Desde el comienzo de los trastornos de Anna, había comprendido que la situación iba a agravarse. Sabía mejor que nadie que sus lapsus se multiplicarían y que, tarde o temprano, el proyecto acabaría en desastre. De modo que había pensado en una vía de escape. Primero, volvería a su región natal, Alsacia. Ya que no podía cambiar de nombre, se mezclaría con los demás Ackermann del planeta: más de trescientos solo en los departamentos de Bas y Haut-Rhin. Después, prepararía la auténtica fuga: a Brasil, Nueva Zelanda, Malaisia…

Se sacó el mando a distancia del bolsillo. Iba a accionarlo, cuando una voz lo apuñaló por la espalda:

– ¿Estás seguro de que no olvidas nada?

Se volvió y, apenas a unos pasos, vio una figura negra y blanca, envuelta en un abrigo de terciopelo.

Anna Heymes.

Su primera reacción fue la cólera. Aquella mujer era un pájaro de mal agüero, una maldición que no se despegaba de sus talones. Pero recapacitó. «Entrégala -se dijo-. Entrégala, es tu única salvación.»

Dejó el bolso en el suelo y adoptó un tono mezcla de sorpresa y alivio.

– Anna… Por amor de Dios, ¿dónde te habías metido? Todo el mundo te busca -dijo avanzando hacia la mujer con los brazos abiertos-. Has hecho bien viniéndome a buscar. Has…

– No te muevas.

Eric Ackermann se detuvo en seco y lenta, muy lentamente, se volvió hacia la nueva voz. A su derecha, otra figura asomó detrás de una columna. Se quedó tan asombrado que se le nubló la vista Los recuerdos emergieron, confusos, a la superficie de su conciencia. Conocía a aquella mujer.

– ¿Mathilde? -La interpelada se acercó sin responder- ¿Mathilde Wilcrau? -especificó Ackermann con la misma estupefacción. La mujer se plantó ante él y lo encañonó con la pistola automática que empuñaba con la mano enguantada-. ¿Os… os conocéis? -balbuceó mirándolas alternativamente.

– Cuando una ya no se fía de su neurólogo, ¿a quién acude? A la psiquiatra.

Mathilde Wilcrau seguía alargando las sílabas y hablando con ondulaciones graves, como antaño. ¿Cómo olvidar aquella voz? La boca de Eric Ackermann se llenó de saliva. Un sabor a limón que le recordaba el extraño olor de hacía un rato. Esta vez supo identificarlo: el sabor del miedo, agrio, espeso, envenenado. Él era su única fuente. Lo exudaba por todos los poros de la piel.

– ¿Me habéis seguido? ¿Qué pretendéis?

Anna se le acercó. Sus ojos índigo brillaban a la verdosa luz del aparcamiento. Ojos de océano sombrío, alargados, casi asiáticos.

– ¿Tú qué crees? -dijo sonriendo.

40

Soy el mejor, o al menos uno de los mejores, en el área de las neurociencias, la neuropsicología y la psicología cognitiva, y no hablo solo de Francia. No es vanidad, sino un simple hecho reconocido por la comunidad científica internacional. A los cincuenta y dos años, soy lo que suele llamarse un valor seguro, una referencia.

Sin embargo, no empecé a ser realmente importante en dichos campos hasta que me alejé del mundo científico, hasta que abandoné los caminos trillados y tomé un sendero prohibido. Un sendero que nadie había tomado antes que yo. Fue entonces cuando me convertí en un investigador excepcional, en un pionero que marcará su tiempo. Solo que ya es demasiado tarde para mí…

Marzo de 1994

Tras dieciséis meses de experimentos tomográficos sobre la memoria -tercera etapa del programa «Memoria personal y memoria cultural»-, la repetición de ciertas anomalías me impulsa a contactar con los laboratorios que utilizan para sus investigaciones el mismo trazador radiactivo que mi equipo: el Oxígeno-15.

Respuesta unánime: no han advertido nada.

Eso no significa que me equivoque. Significa que inyecto dosis superiores a los sujetos de mis experimentos y que la singularidad de mis resultados se debe precisamente a esa dosificación. Presiento esta verdad: he cruzado un umbral, y ese umbral ha revelado el poder de la sustancia.

Es demasiado pronto para publicar nada. Me contento con redactar un informe dirigido a mi mecenas, el Comisariado para la Energía Atómica, en el que hago balance de la etapa que termina. En una nota adjunta, en la última página, menciono la repetición de los hechos originales observados durante las pruebas; hechos relacionados con la influencia directa del 0-15 sobre el cerebro humano, que merecerían, sin lugar a dudas, un programa específico.

La reacción es inmediata. Durante el mes de mayo me convocan a la sede del CEA. Me espera una decena de especialistas en una gran sala de conferencias. Pelo cortado al cepillo, cortesía envarada… Los reconozco al primer vistazo. Son los militares que me recibieron dos años antes, cuando presenté por primera vez mi programa de investigación.

Comienzo mi exposición por el principio:

– El principio de la TEP (Tomografía por Emisión de Positrones) consiste en inyectar un trazador radiactivo en la sangre del sujeto. Una vez radiactivado, dicho sujeto emite positrones que la cámara capta en tiempo real, lo que permite localizar la actividad cerebral. Por mi parte, he elegido un isótopo radiactivo clásico, el Oxígeno-15, y…

Me interrumpe una voz:

– En su nota, menciona usted unas anomalías. Vayamos a los hechos: ¿qué ha ocurrido?

– He advertido que, tras las pruebas, los sujetos confundían sus recuerdos con anécdotas que se les habían relatado durante la sesión.

– Sea más preciso.

– Varias experiencias de mi programa consisten en la audición de historias imaginarias, breves relatos que el sujeto debe resumir oralmente. Tras las pruebas, los sujetos relataban dichas ficciones como si fueran hechos verídicos. Todos estaban convencidos de haber vivido esas historias en la realidad.

– ¿Cree usted que la causa de ese fenómeno es el empleo del O-15

– Lo supongo. La cámara de positrones no puede tener ningún efecto sobre la conciencia: es una técnica no invasiva. El único producto que administramos a los sujetos es el O-15.

– ¿Cómo explica usted esa influencia?

– No puedo explicarla. Tal vez se deba al impacto de la radiactividad sobre las neuronas. O a un efecto de la molécula misma sobre los neurotransmisores. Es como si la experiencia exaltara el sistema cognitivo, lo volviera permeable a las informaciones recibidas durante la prueba. El cerebro ya no sabe diferenciar entre los datos imaginarios y la realidad vivida.

– ¿Cree usted que, gracias a esa sustancia, sería posible implantar recuerdos… digamos artificiales en a mente de un sujeto?

– Se trata de algo mucho más complejo. En mi…

– ¿Cree usted que sería posible, sí o no?

– Sería factible trabajar en ese sentido, sí.

Silencio. Otra voz:

– Durante su carrera, ha trabajado usted sobre la técnicas de lavado de cerebro, ¿no?

Me echo a reír, en un vano intento de neutralizar la atmósfera inquisitorial que reina en la sala de conferencias.

– Hace más de veinte años. ¡Fue para mi tesis de doctorado!

– ¿Está usted al corriente de los progresos realizados en ese terreno?

– Sí, más o menos. Pero, en ese sector, hay muchas investigaciones que no se han publicado. Trabajos clasificados como Alto Secreto. No se si…

– ¿Podrían utilizarse eficazmente determinadas sustancias como pantalla química para ocultar la memoria de un sujeto?

– Existen varios productos, sí.

– ¿Cuáles?

– Está usted hablando de manipulaciones que…

– ¿Cuáles?

– Actualmente -respondo a mi pesar- se habla mucho de sustancias como el GHB, el gammahidroxibutirato. Pero, para obtener los resultados a los que se ha referido, sería mucho mejor utilizar un producto más corriente. El Valium, por ejemplo.

– ¿Por qué?

– Porque, en dosis infraanestésicas, el Valium provoca no solo una amnesia parcial, sino determinados automatismos. El paciente se vuelve permeable a la sugestión. Además, tenemos un antídoto el sujeto puede recuperar la memoria de inmediato.

Silencio. La primera voz:

– Suponiendo que un sujeto haya sufrido ese tratamiento, ¿sería posible a continuación inyectarle nuevos recuerdos mediante el Oxígeno-15?

– Si cuentan conmigo para…

– ¿Sí o no?

– Sí.

Nuevo silencio. Todos los ojos están clavados en mí.

– ¿El sujeto no se acordaría de nada?

– No.

– ¿Ni del primer tratamiento con Valium ni del segundo con Oxígeno-15?

– No. Pero es demasiado pronto para…

– Aparte de usted, ¿quién conoce esos efectos?

– Nadie. Me puse en contacto con los laboratorios que utilizan un isótopo, pero no habían notado nada y…

– Sabemos con quién contactó.

– ¿Qué saben…? ¿Me tienen vigilado?

– ¿Habló personalmente con los responsables de esos laboratorios?

– No. Nos comunicamos por correo electrónico y…

– Gracias, profesor.

A finales de 1994, se aprobó un nuevo presupuesto. Un programa exclusivamente dedicado a los efectos del Oxígeno-15. Y ahí está la ironía de la historia: después de tantas dificultades para obtener los fondos de un programa que había elaborado, presentado y defendido personalmente, consigo financiación para un proyecto en el que ni siquiera había pensado.

Abril de 1995

La pesadilla ha empezado. Recibo la visita de un policía escoltado por dos esbirros vestidos de negro. Un gigante de bigote gris y trinchera de lana. Se presenta: Philippe Charlier, comisario. Parece jovial, risueño, campechano, pero el instinto de viejo hippy me dice que es peligroso. Reconozco al energúmeno, al infiltrado, al cabrón convencido de su derecho.

– He venido a contarte una historia -me dice-. Un recuerdo personal. Relacionado con la ola de atentados que sembró el pánico en Francia de diciembre de 1985 a septiembre de 1986. La calle de Rennes y todo aquello, ¿lo recuerdas? En total, trece muertos y doscientos cincuenta heridos.

»Por aquel entonces, yo trabajaba para la DST (Dirección de Vigilancia del Territorio). Nos proporcionaron todos los medios habidos y por haber. Miles de hombres, sistemas de escucha y medidas de excepción. Pasamos por la criba a los grupos islamistas, las ramificaciones palestinas, las redes libanesas, las comunidades iraníes… París estaba bajo nuestro absoluto control. Incluso se ofreció una recompensa de un millón de francos a quien nos proporcionara información. No sirvió de nada. No conseguimos ni una pista, ni una información. Cero. Y los atentados continuaban matando, hiriendo y destrozando, sin que consiguiéramos detener la matanza.

»Un día de marzo de 1986 se produjo un pequeño cambio y detuvimos de un solo golpe a todo el comando: Fouad Ali Salah y sus cómplices. Guardaban las armas y los explosivos en un piso de la rue de la Voûte, en el Distrito Duodécimo. Su punto de encuentro era un restaurante tunecino de la rue Chartres, en el barrio de la Goutte d'Or. Yo mismo dirigí la operación. Los cogimos a todos en cuestión de horas. Un trabajo limpio, exquisito, sin cabos sueltos. Los atentados cesaron de la noche a la mañana y la ciudad recobró la calma.

»¿Sabes qué permitió ese milagro? ¿Cuál fue el "pequeño cambio" que lo decidió todo? Uno de los miembros del grupo, Lofti ben Kallak, decidió cambiar de chaqueta, sencillamente. Se puso en contacto con nosotros y delató a sus cómplices a cambio de la recompensa. Incluso aceptó organizar la trampa desde el interior.

»Lofti estaba loco. Nadie renuncia a la vida por unos cientos de miles de francos. Nadie acepta vivir como un animal acosado, esconderse en el culo del mundo sabiendo que tarde o temprano recibirá su castigo. Pero la trascendencia de su traición fue enorme. Por primera vez estábamos en el interior del grupo. En el corazón de la trama, ¿comprendes? Desde ese instante, todo fue claro, fácil, rápido. Esa es la moraleja de mi historia. Los terroristas solo tienen un arma: el secreto. Golpean donde y cuando les viene en gana. Solo hay un medio de pararlos: penetrar en su red. Penetrar en su cerebro. A partir de ahí, todo es posible. Como con Lofti. Y, gracias a ti, vamos a conseguirlo con todos los demás.

El proyecto de Charlier es diáfano: utilizar el Oxígeno-15 con sujetos próximos a las redes terroristas, implantarles recuerdos artificiales -por ejemplo, un motivo de venganza- para convencerlos de que cooperen y traicionen a sus correligionarios.

– El programa se llamará Morfo -me explica-. Porque modificaremos la morfología psíquica de los moros. Les cambiaremos la personalidad, la geografía cerebral. Y, a continuación, volveremos a soltarlos en su hábitat natural. Como a putos perros contaminados en mitad de la jauría. Tu elección es sencilla -concluye en un tono de voz que me hiela la sangre-. De un lado, medios ilimitados, sujetos en abundancia, la ocasión de encabezar una revolución científica con total confidencialidad. Del otro, la vuelta a la aperreada vida del investigador, el zascandileo en busca de pasta, los laboratorios de tercera, las publicaciones en revistas que no lee ni Dios… Y, por descontado, desarrollaremos el programa igualmente; con otros, a los que entregaremos tus trabajos, tus notas, todo. Puedes estar seguro de que esos científicos profundizarán en los efectos del Oxígeno-15 y se atribuirán la paternidad del descubrimiento.

En los días inmediatamente posteriores, procuro informarme. Philippe Charlier es uno de los cinco comisarios de la sexta división de la Dirección Central de la Policía Judicial (DCPJ). Una de las principales figuras de la lucha antiterrorista internacional, a las órdenes de Jean-Paul Magnard, el director de la «Sexta Oficina».

Apodado en el servicio «el Gigante Verde», es famoso por su obsesión por la infiltración y también por la brutalidad de sus métodos. Hasta el punto de ser regularmente apartado por Magnard, conocido a su vez por su intransigencia, pero fiel a los métodos tradicionales y alérgico a los experimentos.

Pero estamos en la primavera de 1995, y las ideas de Charlier adquieren una resonancia particular. Sobre Francia pesa la amenaza de una red terrorista. El 25 de julio, una bomba estalla en la estación de metro de Saint-Michel y acaba con la vida de diez personas. Se sospecha de los GIA, pero no hay la menor pista para atajar la ola de atentados.

El Ministerio de Defensa, en colaboración con el del Interior, decide financiar el proyecto Morfo. Si bien no permitirá solucionar este asunto concreto -«demasiado inmediato»-, se considera que ha llegado el. momento de utilizar armas nuevas contra el terrorismo, A finales del verano de 1995, Philippe Charlier me hace otra visita y habla ya de la selección de un cobaya entre los centenares de islamistas detenidos en el marco del plan Vigipirate.

En ese preciso momento, Magnard obtiene una victoria decisiva. La policía de Lyon ha encontrado una bombona de gas en la línea del TGV y se dispone a destruirla, cuando Magnard ordena su análisis. Se descubren las huellas de un sospechoso, Jaled Kelkal, que resulta ser uno de los autores de los atentados. El resto pertenece a la historia y las hemerotecas: perseguido como un animal por los bosques de la región lionesa, Kelkal es abatido el 29 de septiembre, y la red, desmantelada.

Triunfo de Magnard y los viejos métodos.

Fin del programa Morfo.

Mutis de Philippe Charlier.

Pero el presupuesto está aprobado. Los ministerios responsables de la seguridad del país me proporcionan importantes medios para proseguir mis trabajos. Los resultados obtenidos durante el primer año demuestran que estaba en lo cierto. El Oxígeno-15, inyectado en dosis significativas, convierte a las neuronas en permeables a los recuerdos artificiales. Bajo su influencia, la memoria se vuelve porosa, deja pasar elementos de ficción y los asimila a realidades.

Mi protocolo se afina. Trabajo sobre varias decenas de pacientes que me proporciona el ejército: soldados voluntarios. Se trata de condicionamientos de muy poca envergadura. Un solo recuerdo artificial por sesión. Luego, espero varios días para asegurarme de que el «injerto» ha arraigado.

Queda intentar el experimento definitivo: ocultar la memoria de un sujeto para, acto seguido, implantarle recuerdos completamente nuevos. No tengo ninguna prisa por realizar semejante tentativa. Por suerte, la policía y el ejército parecen haberse olvidado de mí. Durante estos años, Charlier, alejado de las esferas del poder, se ha visto reducido a la investigación sobre el terreno. Magnard y sus principios tradicionales reinan sin oposición. Tengo la esperanza de que me suelten las riendas definitivamente. Sueño con volver a la vida civil, publicar mis resultados oficialmente, dar una aplicación sana a mis descubrimientos…

Todo eso habría sido posible sin el 11 de septiembre de 2001.

Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Su onda expansiva pulveriza todas las certezas policiales, todas las técnicas de investigación y de espionaje, a escala mundial. Los servicios secretos, las agencias de información, las policías y los ejércitos de los países amenazados por al-Queda andan de cabeza. Los responsables políticos están asustados. Una vez más, el peligro terrorista ha demostrado cuál es su principal arma: el secreto.

Se habla de guerra santa, de amenaza química, de alerta atómica…

Philippe Charlier vuelve al primer plano. Es el hombre de la rabia, de la obsesión. Un personaje fuerte, de métodos turbios, violentos… y eficaces. El programa Morfo renace de sus cenizas. Palabras proscritas hasta hacía poco regresan a todos los labios: condicionamiento, lavado de cerebro, infiltración…

A mediados de noviembre, Charlier se presenta en el Instituto Henri-Becquerel y, sonriendo de oreja a oreja, dice:

– Los moros han vuelto.

Me invita a comer. En un antro lionés: salchichón caliente y borgoña. La pesadilla se reanuda en medio del olor a grasa y fritanga.

– ¿Sabes cuál es el presupuesto anual de la CIA y el FBI? -me pregunta. Respondo que no-. Treinta mil millones de dólares. Las dos agencias disponen de satélites, submarinos espía, aparatos automáticos de reconocimiento, centros de escucha móviles… La tecnología más avanzada en el campo de la vigilancia electrónica. Por no hablar de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, y sus habilidades. Los yanquis pueden oírlo todo, percibirlo todo. Ya no hay secretos sobre la faz de la tierra. Se ha repetido hasta la saciedad. El mundo entero estaba preocupado. Incluso se hablaba del Gran Hermano… Pero llegó el 11 de septiembre. Unos tíos armados con cuchillos de plástico consiguieron destruir el World Trade Center y un buen trozo del Pentágono, con un balance de cerca de tres mil muertes. Los yanquis lo escuchan todo, lo captan todo, menos a los hombres realmente peligrosos. -El Gigante Verde ya no se ríe. Vuelve lentamente las palmas de las manos hacia el techo, por encima del plato-. ¿Te imaginas los dos platillos de la balanza? De un lado, treinta mil millones de dólares. Del otro, cuchillos de plástico. En tu opinión, ¿qué marcó la diferencia? -Pega un puñetazo en la mesa-. La voluntad. La fe. La locura. Frente a la armada de la tecnología, frente a los miles de agentes de Estados Unidos, un puñado de hombres resueltos consiguió eludir todos los sistemas de vigilancia. Porque nunca habrá ninguna máquina tan poderosa como el cerebro humano. Porque ningún funcionario, con una vida normal, con ambiciones normales, podrá detener a un fanático que no da un bledo por su vida y se identifica en cuerpo y alma con una causa superior. -Hace una pausa, respira y continúa-: Los pilotos kamikazes del 11 de septiembre se habían depilado el cuerpo. ¿Sabes por qué? Para ser totalmente puros cuando entraran en el paraíso. Contra semejantes tarados, no se puede hacer nada. Ni espiarlos, ni comprarlos, ni comprenderlos. -Sus ojos tienen un brillo ambiguo, como si llevara años pronosticando la catástrofe-. Te lo repito: solo hay un modo de atrapar a esos fanáticos. Lavarle el cerebro a uno de ellos. Entrar en su cabeza para leer el envés de su locura. Solo entonces podremos combatirlos. -El Gigante Verde clava los codos en el mantel, se lleva la copa de tinto a los labios y vuelve a alzar el bigote con una sonrisa-: Tengo una buena noticia para ti. A partir de hoy, el proyecto Morfo vuelve a ponerse en marcha. Incluso te he encontrado un candidato. -La mueca sardónica se acentúa-. Mejor dicho, una candidata.

41

– Yo.

La voz de Anna rebotó contra el hormigón como una pelota de ping-pong. Eric Ackermann le dedicó una débil sonrisa, una sonrisa casi de disculpa. Llevaba más de una hora hablando sin parar, sentado en el Volvo Break con la puerta abierta y las piernas extendidas fuera. Tenía la garganta seca y habría dado cualquier cosa por un vaso de agua.

Recostada en la columna, Anna Heymes permanecía inmóvil, tan delicada como un graffiti pintado con tinta china. Mathilde Wilcrau no paraba de ir y venir, y accionaba el interruptor de la luz cada vez que actuaba el temporizador de los fluorescentes.

Mientras hablaba, el neurólogo no había dejado de observar a las dos mujeres. La menuda, pálida y morena, parecía investida de una rigidez muy antigua, casi mineral. La alta, en cambio, era vegetal, de una frescura vibrante e intacta. La misma boca demasiado roja, los mismos cabellos demasiado negros… Un choque de colores crudos, como en un puesto de mercado.

¿Cómo podía pensar en esas cosas en esos momentos? Los hombres de Charlier debían de estar peinando el barrio, ayudados por los policías del distrito, todos en su busca. Batallones de maderos armados que querían su pellejo. Y la necesidad de droga, que aumentaba por momentos y se confabulaba con la sed para crisparle hasta la última molécula del cuerpo…

– Yo… -repitió Anna bajando la voz y sacando un paquete de cigarrillos de un bolsillo.

– ¿Puedes…? ¿Puedes darme uno? -se atrevió a preguntar Ackermann.

Anna encendió el Marlboro y luego, tras un momento de vacilación, le tendió el paquete. Las luces se apagaron cuando iba a darle fuego. La llama perforó la oscuridad e imprimió la escena en negativo.

Mathilde volvió a accionar el interruptor.

– Continúe, Ackermann. Falta lo principal: ¿quién es Anna?

El tono seguía siendo amenazante, pero estaba desprovisto de cólera u odio. Ahora sabía que aquellas mujeres no lo matarían. Un asesino no se improvisa. Su confesión era voluntaria, y le quitaba un peso de encima. Esperó a que el sabor del tabaco le llenara la garganta y respondió:

– No lo sé todo. Ni mucho menos. Según lo que me dijeron, te llamas Sema Gokalp. Eres turca, trabajadora clandestina. Procedes de la región de Gaziantep, en el sur de Anatolia. Trabajabas en el Distrito Décimo. Te trajeron al Instituto Henri-Becquerel el 16 de noviembre de 2001, tras una breve estancia en el hospital de Sainte-Anne.

Anna seguía apoyada en la columna, impasible. Las palabras parecían atravesarla sin efecto aparente, como un bombardeo de partículas, invisible pero letal.

– ¿Me secuestraron ustedes?

– Más bien te encontraron. Ignoro cómo ocurrió. Un enfrentamiento entre turcos, una acción de represalia contra un taller de Strasbourg-Saint-Denis. Una oscura historia de extorsión, no sabría precisar. Cuando llegó la policía, ya no quedaba nadie en el taller. Excepto tú. Estabas escondida en un cuartucho. -El neurólogo le dio una calada al Marlboro. A pesar de la nicotina, el olor del miedo persistía-. El asunto llegó a oídos de Charlier. No tardó en comprender que tenía el sujeto ideal para iniciar el proyecto Morfo.

– ¿Por qué ideal?

– Sin papeles, sin familia, sin relaciones… Y, sobre todo, en estado de shock. -Ackermann lanzó una mirada a Mathilde; una mirada de especialista. Luego volvió a dirigirse a Anna-: No sé qué viste esa noche, pero debió de ser algo espantoso. Estabas profundamente traumatizada. Tres días después seguías teniendo las extremidades agarrotadas por la catalepsia. Te sobresaltabas al menor ruido Pero lo más interesante era que el trauma te había perturbado la memoria. Parecías incapaz de recordar tu nombre, tu identidad y el resto de los datos que figuraban en tu pasaporte. No dejabas de murmurar frases incoherentes. Tu amnesia me había preparado el terreno. Podría implantar nuevos recuerdos mucho más rápidamente. Eras la cobaya perfecta.

– ¡Hijo de puta…! -gritó Anna,

Ackermann asintió cerrando los ojos, pero se lo pensó mejor; tomando conciencia de su actitud, añadió con cinismo:

– Además, te expresabas en un francés impecable. Ese fue el detalle que le dio la idea a Charlier.

– ¿Qué idea?

– Al principio, solo pretendíamos implantar fragmentos de recuerdos artificiales en la mente de un sujeto extranjero, de una cultura distinta. Queríamos ver qué ocurría. Por ejemplo, modificar las creencias religiosas de un musulmán. Inocularle un motivo de resentimiento. Pero, contigo, se nos ofrecían otras posibilidades. Hablabas nuestra lengua perfectamente. Tu físico era el de una europea de piel clara. Charlier puso el listón más alto: un condicionamiento total. Borrar tu personalidad y tu cultura e implantarte una identidad de occidental. -Ackermann hizo una pausa. Las dos mujeres guardaban silencio. Una invitación tácita a proseguir-: Primero, reforcé tu amnesia inyectándote una sobredosis de Valium. Luego, inicié el trabajo de condicionamiento propiamente dicho. La construcción de tu nueva personalidad. Mediante el Oxígeno-15.

– Eso, ¿en qué consistía? -preguntó Mathilde, intrigada.

Ackermann le dio otra calada al cigarrillo antes de responder, sin poder apartar los ojos de Anna:

– Principalmente, en exponerte a informaciones. De todo tipo. Charlas. Imágenes filmadas. Sonidos grabados. En cada sesión, te inyectaba el isótopo radiactivo. Los resultados eran increíbles. Cada dato se transformaba en tu cerebro en un recuerdo real. Cada día te convertías en la verdadera Anna Heymes un poco más.

La joven se despegó de la columna.

– ¿Quieres decir que ella existe realmente?

En su interior, el olor, cada vez más fuerte, viraba hacia la podredumbre. Sí, se estaba pudriendo allí mismo. Entretanto, la falta de anfetaminas hacía surgir lentamente el pánico en el fondo de su cráneo.

– Había que rellenar tu memoria con un conjunto coherente de recuerdos. El mejor medio era elegir una personalidad existente, utilizar su pasado, sus fotos, sus vídeos… Por eso elegimos a Anna Heymes. Poseíamos ese material.

– ¿Quién es? ¿Dónde está la auténtica Anna Heymes?

Ackermann se colocó bien las gafas antes de responder

– A varios metros bajo tierra. Está muerta. La mujer de Heymes se suicidó hace seis meses. La plaza estaba vacante, por así decirlo. Todos tus recuerdos pertenecen a su pasado. La muerte de tus padres. Los familiares del suroeste. La boda en Saint-Paul-de-Vence. La licenciatura en Derecho…

En ese momento, volvieron a apagarse los fluorescentes. Mathilde pulsó el interruptor. El retorno de la luz coincidió con el de su voz:

– ¿Iban a soltar a una mujer así en el barrio turco?

– No. No hubiera tenido ningún sentido. Era un simple experimento. Una tentativa de condicionamiento… total. Para ver hasta dónde podíamos llegar.

– Al final -dijo Anna-, ¿qué habrían hecho conmigo?

– Ni idea. La decisión no estaba en mis manos.

Otra mentira. Por supuesto que sabía la suerte que correría. ¿Qué hacer con una cobaya tan comprometedora? Lobotomizarla o eliminarla. Cuando Anna retomó la palabra, parecía haber intuido aquella siniestra realidad. Su voz era fría como la hoja de un cuchillo:

– ¿Quién es Laurent Heymes?

– Exactamente quien dice ser: el director de Estudios y Sondeos del Ministerio del Interior.

– ¿Por qué se prestó a esta mascarada?

– Debido a su mujer. Era depresiva, incontrolable… En los últimos tiempos, Laurent intentó hacerla trabajar. Una misión particular en el Ministerio de Defensa, relacionada con Siria. Anna robó unos documentos. Pretendía venderlos a las autoridades de Damasco para huir no se sabe adónde. Una chiflada. El asunto se descubrió. Anna se vino abajo y se suicidó.

– ¿Y ese asunto seguía siendo un medio de presión sobre Hemes, incluso después de la muerte de su mujer? -preguntó Mathilde, horrorizada.

– Temía el escándalo. Su carrera se habría ido al traste. Un alto funcionario casado con una espía… Charlier posee un expediente completo sobre el asunto. Tiene cogido a Laurent, como tiene cogido a todo el mundo.

– ¿Todo el mundo?

– Alain Lacroux. Pierre Caracilli. Jean-François Gaudemer -enumeró Ackermann volviéndose una vez más hacia Anna-. Los supuestos altos funcionarios con los que solías cenar.

– ¿Quiénes son?

– Payasos, delincuentes y policías corruptos sobre los que Charlier posee información. No tenían más remedio que prestarse a esas carnavaladas.

– ¿Qué fin tenían esas cenas?

– Fue idea mía. Quería confrontar tu mente con el mundo exterior, observar tus reacciones. Se filmaba todo. Y se grababan las conversaciones. Debes comprender que tu vida entera era falsa: el piso de la avenue Hoche, la portera, los vecinos… Todo estaba bajo nuestro control.

– Una rata de laboratorio…

Ackermann se levantó y quiso dar unos pasos, pero apenas había espacio entre la puerta del Volvo y la pared del aparcamiento, de modo que volvió a dejarse caer en el asiento.

– Este programa es una revolución científica -repuso con voz ronca-. No debía coartarnos ninguna consideración moral.

Anna le tendió otro cigarrillo por encima de la puerta. Parecía dispuesta a perdonarlo, a condición de que les proporcionara todos los detalles.

– ¿Y la Casa del Chocolate?

Al encender el Marlboro, advirtió que temblaba. Se avecinaba una crisis. El mono no tardaría en aullar bajo su piel.

– Ese fue uno de los problemas -murmuró tras una nube de humo-. Lo del trabajo nos cogió desprevenidos. Tuvimos que reforzar la vigilancia. Había policías observándote permanentemente. El aparcacoches de un restaurante, creo…

– La Marea.

– La Marea, eso es.

– Cuando trabajaba en la Casa del Chocolate, había un cliente que venía a menudo. Un hombre al que tenía la sensación de conocer. ¿Era policía?

– Es posible. No conozco todos los detalles. Todo lo que sé es que te nos escapabas de las manos. -La luz volvió a apagarse y Mathilde, a encenderla-. Pero el auténtico problema eran las crisis -siguió diciendo Ackermann-. Enseguida intuí que había algún fallo. Y que la cosa iría a peor. El problema con las caras no era más que el primer síntoma; tus verdaderos recuerdos estaban volviendo a la superficie.

– ¿Por qué las caras?

– Ni idea. Estamos en la pura experimentación. -Las manos le temblaban cada vez más. Procuró concentrarse en lo que decía-. Cuando Laurent te descubrió observándolo en plena noche, comprendimos que el problema era grave. Había que internarte.

– ¿Por qué querías hacerme una biopsia?

– Para quedarme tranquilo. Cabía la posibilidad de que las dosis masivas de Oxígeno-15 hubieran causado una lesión. ¡Necesitaba comprender lo que había ocurrido!

Ackermann calló bruscamente, arrepentido de haber gritado. Tenía la sensación de que un encadenamiento de cortocircuitos hacía crepitar su piel. Tiró el cigarrillo y se agarró los muslos. ¿Cuánto tiempo podría aguantar así?

Mathilde Wilcrau pasó a la pregunta crucial:

– Los hombres de Charlier, ¿dónde buscan? ¿Cuántos son?

– No lo sé. Estoy fuera de juego. Para Charlier, el programa está cerrado. No tiene más que una prioridad: encontrar a Anna y retirarla de la circulación. Leéis los periódicos. Sabéis lo que pasa con los medios, con la opinión pública, cuando se descubre una simple escucha telefónica no autorizada. Imaginad lo que ocurriría si el proyecto saliera a la luz.

– Así que soy la pieza que hay que abatir… -murmuró Anna.

– La paciente que hay que tratar, más bien. No sabes lo que tienes en la cabeza. Debes entregarte, ponerte en manos de Charlier. En nuestras manos. Es la única manera de que te cures… ¡Y de que todos nos salvemos! -Las miró por encima de las gafas. Las veía borrosas. Mejor así-. ¡Dios santo, no conocéis a Charlier! insistió-. Estoy seguro de que ha actuado con total ilegalidad. Y ahora está haciendo limpieza. A estas horas, ni siquiera sé si Laurent seguirá vivo. La cosa está jodida, a menos que aún podamos tratarte…

La voz se ahogó en su garganta. ¿Para qué continuar? Él tampoco creía en esa posibilidad.

– Todo eso no explica por qué le cambió el rostro -dijo Mathilde con su flema habitual.

Ackermann sintió que sus labios esbozaban una sonrisa: esperaba aquella pregunta desde el principio.

– Nosotros no te cambiamos el rostro.

– ¿Cómo?

El neurólogo volvió a mirarlas a través de los cristales de las gafas. La estupefacción había petrificado sus facciones. Clavó los ojos en las pupilas de Anna.

– Cuando te encontramos, ya tenías ese aspecto. Al hacerte las primeras tomografías, descubrí las cicatrices, los implantes, los clavos… Era increíble. Una operación de estética completa. Una intervención que debió de costar una fortuna. Desde luego, nada que pueda pagarse una obrera ilegal.

– ¿Qué quieres decir?

– Que no eres una obrera. Charlier y los demás se equivocaron. Creían que habían secuestrado a una turca anónima. Pero eres mucho más que eso. Por disparatado que pueda parecer, creo que ya te escondías en el barrio turco cuando la policía te encontró.

Anna rompió a llorar.

– No es posible… No es posible… ¿Cuándo acabará todo esto?

– En cierto sentido -siguió diciendo Ackermann con extraño encarnizamiento-, eso explica el éxito de la manipulación. Yo no soy un mago. Jamás habría podido transformar hasta ese punto a una obrera recién llegada de Anatolia. Sobre todo, en unas semanas. El único que se lo traga es Charlier.

Mathilde se detuvo sobre aquel último punto:

– ¿Qué dijo cuándo le explicaste que Anna se había operado la cara?

– No se lo dije. Era algo delirante; se lo oculté a todo el mundo. -Ackermann miró a Anna-. Incluso cambié las radiografías el pasado sábado, cuando viniste a Becquerel. Las cicatrices aparecían en todas las placas.

– ¿Por qué lo hacías? -preguntó la joven secándose las lágrimas.

– Quería completar el experimento. Era una ocasión demasiado buena… Tu estado físico era ideal para intentarlo. Solo importaba el programa…

Anna y Mathilde se quedaron mudas.

Cuando la pequeña Cleopatra recobró el habla, su voz era tan seca como una hoja de incienso.

– Si no soy Anna Heymes ni Sema Gokalp, ¿quién soy?

– No tengo ni la menor idea. Una intelectual, una refugiada política… O una terrorista. Yo…

Los fluorescentes se apagaron por enésima vez. Mathilde no se movió. La oscuridad parecía espesa como el alquitrán. Me he equivocado, pensó por un breve instante. Van a matarme. Pero la voz de Anna resonó en la tiniebla:

– Solo hay un medio de saberlo. -Nadie encendía la luz. Eric Ackermann adivinaba el resto. De pronto, muy cerca de él, Anna murmuró-:Vas a devolverme lo que me robaste. Mi memoria.

OCHO

42

Se había librado del chico, y eso ya era algo.

Tras la persecución del hombre del chándal y sus revelaciones, Jean-Louis Schiffer había llevado a Paul Nerteaux a una cervecería de enfrente de la estación del Este, La Strasbourgeoise, y había vuelto a explicarle cuáles eran los auténticos retos de la investigación, que podían resumirse en «cherchez la femme». Por el momento, no importaba nada más, ni las víctimas ni los asesinos. Tenían que descubrir quién era el objetivo de los Lobos Grises, la mujer que buscaban en el barrio turco desde hacía cinco meses y que aún no habían encontrado.

Por fin, al cabo de una hora de discusiones, Paul Nerteaux había capitulado y dado un giro de ciento ochenta grados. Su inteligencia y su capacidad de adaptación no dejaban de asombrar a Schiffer. Luego, el propio Nerteaux había definido la nueva estrategia.

Primer punto: elaborar un retrato robot de la Presa basado en las fotografías de las tres muertas y, acto seguido, lanzar un aviso de búsqueda en el barrio turco.

Segundo: multiplicar las patrullas, los controles de identidad y los registros a lo largo y ancho de la Pequeña Turquía. Según Nerteaux, por inútil que pudiera parecer, un peinado de esas características podía ponerles en las manos a la mujer por puro azar. No sería la primera vez: tras veinticinco años de fugas, Toto Riina, el jefe supremo de la Cosa Nostra, había sido detenido en pleno Palermo gracias a un control de identidad rutinario.

Tercero: volver a visitar a Marius, el jefe de la Iskele, y examinar sus archivos para comprobar si había otras trabajadoras con el perfil de las víctimas. A Schiffer le encantaba la idea, aunque no podía volver allí tras el tratamiento al que había sometido al negrero.

En compensación, se reservaba el cuarto punto: hacer una visita a Talat Gurdilek, el patrón de la primera víctima. Había que completar el trabajo de interrogatorio de los dueños de los talleres en los que trabajaban las mujeres, y faltaba Gurdilek

Y quinto punto, y único orientado a los asesinos propiamente dichos: lanzar una orden de búsqueda por el lado de lnmigración y los visados, para comprobar si, desde noviembre de 2001, habían llegado a Francia súbditos turcos conocidos por sus relaciones con la extrema derecha o la mafia. Lo que suponía revisar todas las llegadas procedentes de Anatolia de los últimos cinco meses, así como contrastarlas con la policía turca.

Schiffer, buen conocedor de los estrechos vínculos que unían a sus colegas turcos con los Lobos Grises, tenía escasa fe en aquella pista, pero había dejado hablar a su joven compañero, cegado por el entusiasmo.

En el fondo, no creía en ninguna de sus tácticas. pero se había mostrado paciente, porque tenía otra idea en la cabeza…

Había probado suerte de camino a la Île de la Cité, donde Nerteaux pretendía presentar su nuevo plan al juez Bomarzo. Schiffer le había explicado que el mejor modo de avanzar en esos momentos era trabajar por separado. Mientras Paul difundía el retrato robot y ponía en antecedentes a la tropa de las comisarías del Distrito Décimo, él podía ir a ver a Gurdilek y…

El joven capitán se había reservado la respuesta para después de la entrevista con el juez y, no contento con hacerlo esperar en un bar de enfrente del palacio de Justicia, lo había puesto bajo la vigilancia de un plantón. No había aparecido hasta más de dos horas después, hinchado como un pavo: Bomarzo le dejaba las manos libres para su pequeño plan Vigipirate. Era evidente que la perspectiva lo ponía de buen humor, porque ahora estaba de acuerdo en todo.

A las seis de la tarde, Nerteaux lo había dejado en el boulevard Magenta, cerca de la estación del Este, y le había dado cita para dos horas más tarde en el café Sancak, de la rue du Faubourg-Saint-Denis, donde se informarían mutuamente.

Ahora Schiffer caminaba por la rue de Paradis, ¡al fin solo! Libre, al fin… Aspirando el acre olor del barrio, sintiendo el magnetismo de «su» territorio. El final de jornada parecía un enfermo febril, demacrado y torpón. El sol depositaba en los escaparates partículas de luz, una especie de talco dorado, de una delicadeza siniestra, como el maquillaje de un embalsamador.

Avanzaba a buen paso, mentalizándose para enfrentarse con uno de los peces gordos del barrio: Talat Gurdilek. Un hombre que había desembarcado en París en los años sesenta, cuando solo tenía diecisiete, sin blanca, sin contactos, y ahora era dueño de una veintena de talleres y fábricas de confección en Francia y Alemania, además de una docena larga de tintorerías y lavanderías automáticas. Un reyezuelo con intereses en todos los estratos del barrio, oficiales y no oficiales, legales e ilegales. Cuando Gurdilek estornudaba, todo el barrio turco se acatarraba.

Schiffer llegó al 58 y empujó la puerta cochera. Avanzó por un lóbrego callejón partido en dos por un canalillo y flanqueado por talleres e imprentas ruidosos por igual, y desembocó en un patio rectangular con embaldosado de rombos. A la derecha, una escalerilla descendía a un largo foso que bordeaba una sucesión de semipelados jardincillos situados a media altura.

Schiffer adoraba aquel rincón del barrio oculto a las miradas, desconocido incluso para la mayoría de los vecinos del bloque; un corazón dentro del corazón, una trinchera que desbarataba todos los puntos de referencia, verticales y horizontales.

El pasillo acababa en una puerta de metal roñoso. Schiffer apoyó la mano: estaba caliente. Sonrió y golpeó con fuerza

Al cabo de un buen rato, un hombre abrió la puerta, que dejó escapar una nube de vapor. Schiffer se explicó someramente en turco. El portero se hizo a un lado y lo dejó pasar. El viejo policía advirtió que iba descalzo. Nueva sonrisa; allí no había cambiado nada, se dijo penetrando en la sauna.

La luz blanca le reveló el cuadro de costumbre: el pasillo alicatado de blanco, los gruesos tubos calorífugos suspendidos del techo, revestidos de una tela quirúrgica verde pálido; los regueros de lágrimas sobre los azulejos; las abombadas puertas de hierro que jalonaban los tramos, como puertas de caldera blanqueadas con cal viva…

Siguieron avanzando durante varios minutos. Schiffer, que ya tenía todo el cuerpo empapado en sudor, notaba que sus pies chapoteaban en los charcos. Tomaron otro pasadizo transversal con paredes de azulejos blancos y saturado de vapor. A la derecha, el hueco de una puerta dejaba ver un taller del que salía un formidable ruido de respiración.

Schiffer se tomó unos instantes para contemplar el espectáculo. Bajo un techo lleno de conducciones y respiraderos salpicados de luz, una treintena de obreras, con los pies descalzos y la boca protegida con mascarillas blancas, se afanaban sobre tinas o tablas de planchar. Los chorros de vapor silbaban con una cadencia regular y el aire estaba saturado de olor a detergente y alcohol.

Schiffer sabía que muy cerca, en algún punto bajo sus pies, la sala de bombeo del baño turco extraía el agua a más de ochocientos metros de profundidad, la hacía circular por las tuberías, desferruginada, clorada y caliente, antes de canalizarla hacia el baño propiamente dicho o hacia aquella tintorería clandestina. Gurdilek había tenido la buena idea de montar un taller lavandería pegado a su baño turco, de modo que se pudiera utilizar un solo sistema de canalización para dos actividades distintas. Una jugada de buen economista: allí no se malgastaba una gota de agua.

De paso, el viejo policía se regaló la vista observando a las mujeres, que tenían el rostro semioculto tras la mascarilla de algodón y la frente perlada de sudor. Las empapadas batas les moldeaban los pechos y las nalgas, grandes y temblonas, como a él le gustaban. Se dio cuenta de que tenía una erección. Lo tomó como un buen presagio y reanudó la marcha.

El calor y la humedad aumentaban a cada paso. Schiffer percibió un aroma particular, que se desvaneció tan deprisa como si lo hubiera soñado. Pero, unos metros más adelante, reapareció y se intensificó.

Esta vez estaba seguro.

Empezó a respirar a pequeñas bocanadas. Un intenso picor le atacó las fosas nasales y la garganta. Sensaciones contradictorias asaltaban su sistema respiratorio. Tenía la sensación de estar chupando un cubito de hielo y al mismo tiempo le ardía la boca. Aquel olor refrescaba y quemaba a la vez, atacaba y purificaba en la misma inspiración.

La menta.

Siguieron avanzando. El olor se convirtió en un río, un mar en el que nadaba Schiffer. Era peor aún de como lo recordaba. A cada paso se transformaba un poco más en saquito de infusión en el fondo de una taza. Un frío de iceberg paralizaba sus pulmones, mientras la cara le parecía una máscara de cera candente.

Cuando llegaron al final del pasadizo, estaba al borde de la asfixia. Ya solo respiraba mediante pequeñas bocanadas. Tenía la sensación de avanzar por el interior de un inhalador gigante. Consciente de que no estaba muy lejos de la realidad, penetró en la sala del trono.

Era una piscina vacía y poco profunda, rodeada de finas columnas blancas que se recortaban contra un borroso fondo de vapor; los bordes eran de azulejos de color azul Prusia, como en las viejas estaciones de metro. La pared del fondo permanecía oculta tras biombos de madera adornados con símbolos otomanos: lunas, cruces, estrellas…

En el centro de la piscina había un hombre sentado sobre un bloque de cerámica.

Grueso, pesado, con una toalla anudada a la cintura. Su rostro permanecía envuelto en la penumbra.

Su risa resonó sobre el silbido de las fumarolas.

La risa de Talat Gurdilek, el hombre de la menta, el hombre de la voz abrasada.

43

En el barrio turco, todo el mundo conocía su historia.

Llegó a Europa en 1961, en el doble fondo de un camión cisterna, según el método clásico. En Anatolia, a él y sus compañeros les habían colocado encima una chapa de hierro, que a continuación habían fijado con pernos. Los pasajeros clandestinos debían permanecer tumbados, sin aire ni luz, durante todo el viaje, que duraba unas cuarenta y ocho horas.

El calor y la falta de aire no tardaron en agobiarlos. Luego, durante el paso de los puertos montañosos de Bulgaria, el frío, transmitido por el metal, les caló hasta los huesos. Pero el auténtico calvario empezó en las cercanías de Yugoslavia, cuando la cisterna, llena de ácido cádmico, empezó a rezumar.

Poco a poco, el ataúd de metal iba llenándose de vapores tóxicos procedentes del tanque. Los turcos gritaron, aporrearon y patearon la chapa que los aprisionaba, pero el camión continuó su ruta. Talat comprendió que no acudirían a liberarlos hasta que llegaran a destino, y que gritar y agitarse solo servía para aumentar los estragos del ácido.

Procuró no moverse y respirar lo más débilmente posible.

En la frontera italiana, los clandestinos se cogieron de la mano y rezaron. En la alemana, la mayoría estaban muertos. En Nancy, donde estaba prevista la primera descarga, el conductor descubrió treinta cadáveres empapados de orina y excrementos, con la boca abierta en el ansia de la muerte.

Solo había sobrevivido un adolescente. Pero tenía destrozado el sistema respiratorio. La tráquea, la laringe y las fosas nasales estaban irremediablemente quemadas: el chico no volvería a oler. Las cuerdas vocales estaban abrasadas: su voz ya no sería más que un débil carraspeo. En cuanto a la respiración, una inflamación crónica lo obligaría a respirar vahos húmedos y calientes de por vida.

En el hospital, el médico recurrió a un intérprete para comunicar el triste balance al joven inmigrante y anunciarle que lo repatriarían diez días más tarde en un vuelo chárter con destino a Estambul. Tres días después, Talat Gurdilek, con el rostro vendado como una momia, huía del hospital y viajaba hasta la capital a pie.

Schiffer siempre lo había visto con el inhalador. Cuando solo era un joven jefe de taller, jamás se separaba de él y hablaba entre vaporización y vaporización. Más tarde, empezó a usar una mascarilla translúcida que ahogaba aún más su cascada voz. Con el tiempo, su mal se agravó, pero sus posibilidades económicas mejoraron. A finales de los años ochenta, Gurdilek se compró los baños La Puerta Azul, en la rue du Faubourg-Saint-Denis, y acondicionó una sala para su uso personal. Una especie de pulmón gigante, un refugio de azulejos saturado de vapores de Balsofumina mentolada.

– Salaam aleiqum, Talat. Perdóname por interrumpir tus abluciones.

El hombretón dejó escapar otra carcajada, envuelta en volutas de vapor.

– Aleiqum Salaam, Schiffer. ¿Has vuelto de entre los muertos?

La voz del turco recordaba el crepitar de un fuego de sarmientos.

– Podríamos decir que me envían ellos, sí.

– Esperaba tu visita.

Schiffer se quitó el impermeable (estaba calado hasta los huesos) y bajó los escalones de la piscina.

– Parece que todo el mundo me está esperando. ¿Qué puedes contarme sobre los asesinatos?

El turco soltó un profundo suspiro. Un chacoloteo de chatarra.

– Cuando dejé mi país, mi madre vertió agua sobre mis pasos y dibujó la ruta de mi destino, que debía hacerme regresar. Nunca he vuelto, hermano. Me he quedado en París y he visto empeorar las cosas día tras día. Aquí ya no funciona nada. -El viejo policía estaba a solo dos metros del bajá, pero seguía sin distinguir sus facciones-. «El exilio es un duro oficio», dijo el poeta. Y yo añado que cada vez lo es más. Antes nos trataban como a perros. Nos explotaban, nos robaban, nos detenían… Ahora matan a nuestras mujeres. ¿Cómo acabará todo esto?

Schiffer no estaba de humor para filosofías de baratillo.

– Tú eres quien fija los límites -replicó-. Tres obreras asesinadas en tu territorio, una de ellas en tu propio taller. No es poco.

Gurdilek esbozó un gesto indolente. Sus oscuros hombros parecían colinas carbonizadas.

– Estamos en territorio francés. Es obligación de vuestra policía protegernos.

– No me hagas reír… Los Lobos están aquí y tú lo sabes. ¿A quién buscan? ¿Por qué?

– No lo sé.

– No quieres saberlo.

Se produjo un silencio. Solo se oía la grave y laboriosa respiración del turco.

– Soy el dueño de este barrio -dijo al fin Gurdilek-. No de mi país. Este asunto tiene sus raíces en Turquía.

– ¿Quién los ha enviado? -preguntó Schiffer alzando la voz-. ¿Los clanes de Estambul? ¿Las familias de Antep? ¿Los lazes? ¿Quién?

– No lo sé, Schiffer. Lo juro.

El Cifra avanzó un paso. Al instante, la niebla se agitó al borde de la piscina. Los guardaespaldas. El viejo policía se detuvo en seco y, una vez más, intentó escrutar las facciones de Gurdilek. Solo distinguió fragmentos de hombro, de mano, de torso… Una piel negra, mate, arrugada como una pasa por el agua.

– Entonces, ¿no piensas hacer nada para detener esta carnicería?

– Se detendrá cuando hayan arreglado el asunto, cuando hayan encontrado a la chica.

– O cuando la encuentre yo.

Los negros hombros se agitaron en la niebla.

– Ahora el que se ríe soy yo. Tú no estás a la altura, amigo mío.

– ¿Quién puede ayudarme en esto?

– Nadie. Si alguien supiera algo, ya habría hablado. Pero no contigo. Con ellos. El barrio solo quiere paz.

Schiffer reflexionó. Gurdilek tenía razón. Ese era uno de los misterios de aquel asunto. ¿Cómo había conseguido sobrevivir aquella mujer, enfrentada a toda una comunidad? ¿Y por qué seguían los Lobos buscándola en el barrio? ¿Por qué estaban tan seguros de que aún se escondía allí?

El viejo policía decidió cambiar de tema.

– Lo de tu taller, ¿cómo ocurrió?

– Esos días, yo estaba en Munich…

– Déjate de juegos, Talat. Quiero todos los detalles.

El turco dejó escapar un suspiro de resignación.

– Se presentaron en el taller en plena noche. El 13 de noviembre.

– ¿A qué hora?

– A las dos de la mañana.

– ¿Cuántos eran?

– Cuatro.

– ¿Alguien les vio la cara?

– Llevaban pasamontañas. E iban armados hasta los dientes, según las chicas. Fusiles. Armas de mano. De todo.

El hombre del chándal Adidas había descrito el mismo cuadro. Guerreros con uniforme de comando, actuando en pleno París. En cuarenta años de servicio, no había oído hablar de algo tan disparatado. ¿Quién era aquella mujer para merecer semejante ejército?

– Sigue -urgió el Cifra.

– Agarraron a la chica y se largaron. Eso es todo. La cosa no duró más de tres minutos.

– Una vez en el taller, ¿cómo la identificaron?

– Tenían una foto.

Schiffer retrocedió y, alzando la voz hacia la nube de vapor, recitó:

– Se llamaba Zeynep Tütengil. Tenía veintisiete años. Casada con Burba Tütengil. Sin hijos. Vivía en el 34 de la rue Fidélité. Originaria de la región de Gaziantep. Llegó aquí en septiembre de 2001.

– Buen trabajo, hermano. Pero esta vez no te llevará a ninguna parte.

– ¿Dónde está el marido?

– Se volvió a Turquía.

– ¿Y sus compañeras de turno?

– Olvida este asunto. Tienes la cabeza demasiado cuadriculada para semejante intríngulis.

– Habla en cristiano, Talat.

– En nuestra época, las cosas eran simples y claras. Los bandos estaban bien delimitados. Esas fronteras han dejado de existir.

– ¡Explícate de una vez, cojones!

Talat Gurdilek hizo una pausa. El vapor se adensaba por momentos en torno a su silueta.

– Si quieres saber más, pregúntale a la policía -le espetó al fin.

Schiffer se estremeció.

– ¿A la policía? ¿A qué policía?

– Ya se lo conté todo a los chicos de la Louis-Blanc.

La quemazón de la menta le pareció más aguda de golpe.

– ¿Cuándo?

Gurdilek se inclinó hacia delante sobre su asiento de azulejos.

– Escúchame con atención, Schiffer. No lo repetiré. Esa noche, cuando los Lobos salieron de aquí, se cruzaron con un coche patrulla. Hubo una persecución. Los asesinos se zafaron de los vuestros. Pero a continuación los policías vinieron a echar un vistazo. -Schiffer escuchaba la revelación y no sabía a qué carta quedarse. Por un instante, se dijo que Nerteaux le había ocultado aquel hecho. Pero no tenía motivos para suponer algo así. El chico no debía de estar al tanto, sencillamente-. En el ínterin, mis chicas habían cogido el portante -siguió diciendo la rasposa voz del bajá-. Los agentes solo pudieron constatar la intrusión y los destrozos. Mi jefe de taller no habló de secuestro, ni de tipos en uniforme de comando. En realidad, ni siquiera habría abierto la boca si no hubieran encontrado a la otra chica.

Schiffer dio un respingo.

– ¿La otra chica?

– Los polis encontraron a una obrera aquí, en los baños, escondida en el cuarto de máquinas.

Schiffer no daba crédito a sus oídos. Después de iniciada la investigación de los asesinatos, una mujer había visto a los Lobos Grises. ¡Y esa misma mujer había sido interrogada por los del Distrito Décimo! ¿Cómo era posible que Nerteaux no se hubiera enterado de algo así? Ya no cabía duda: los de la Louis-Blanc habían echado tierra al asunto. La leche que les dieron…

– ¿Cómo se llamaba esa mujer?

– Sema Gokalp.

– ¿Edad?

– Unos treinta.

– ¿Casada?

– Soltera. Una chica rara. Solitaria.

– ¿De dónde procedía?

– De Gaziantep.

– ¿Como Zeynep Tütengil?

– Como todas las chicas del taller. Llevaba unas semanas trabajando aquí. Empezó en octubre.

– ¿Presenció el secuestro?

– Desde primera fila. Ella y la otra estaban regulando la temperatura en el cuarto de las canalizaciones. Los Lobos cogieron a Zeynep. Sema se escondió. Cuando la encontraron los policías, estaba en estado de shock. Muerta de miedo.

– ¿Y después?

– No he vuelto a saber de ella.

– ¿La devolvieron a Turquía?

– Ni idea.

– Responde, Talat. Seguro que te has informado.

– Sema Gokalp ha desaparecido. Al día siguiente, ya no estaba en comisaría. Se había evaporado. Yemim ederim. ¡Lo juro!

Schiffer sudaba la gota gorda, pero procuró controlar la voz:

– ¿Quién estaba al mando de la patrulla?

– Beauvanier.

Christophe Beauvanier era uno de los oficiales de la Louis-Blanc. Un culturista que se pasaba las horas muertas en las salas de musculación. Desde luego, no era la clase de policía que haría algo así por su cuenta y riesgo. Había que remontarse más arriba… El Cifra temblaba de excitación bajo la empapada ropa.

– Protegen a los Lobos, Schiffer -murmuró Gurdilek como si le hubiera leído el pensamiento.

– No digas gilipolleces.

– Digo la verdad, y lo sabes. Han eliminado a una testigo. Una mujer que lo había visto todo. Tal vez el rostro de uno de los asesinos. Tal vez algún detalle que habría permitido identificarlos. Protegen a los Lobos, tal como suena. Los otros asesinatos se cometieron con su bendición. Así que guárdate tus aires de gran justiciero. No son mejores que nosotros.

Schiffer evitó tragar saliva para no agravar el picor de garganta, Gurdilek se equivocaba: la influencia de los turcos no podía llegar a esas alturas del sistema policial francés. Lo sabía mejor que nadie; durante veinte años, había sido el intermediario entre ambos mundos. Tenía que haber otra explicación.

No obstante, había un detalle que no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Un detalle que podía corroborar la teoría de una maquinación en las altas esferas. El hecho de que se hubiera encargado la investigación de tres homicidios a Paul Nerteaux, capitán sin experiencia, recién caído de la higuera. El único capaz de tragarse que confiaban en él hasta ese punto era el chico. Todo aquello se parecía demasiado a un carpetazo tácito.

Las ideas se atropellaban entre sus chorreantes sienes. Si todo era un enjuague, si el asunto se basaba en una alianza franco-turca, si realmente los poderes políticos de ambos países habían colaborado en pro de sus intereses y a costa de las vidas de aquellas pobres chicas y de las esperanzas de un joven policía, estaba dispuesto a ayudar al chico hasta el final.

Dos contra todos: un lenguaje que entendía perfectamente.

El Cifra retrocedió en la niebla, se despidió del bajá con la mano y salió de la piscina sin decir palabra.

Gurdilek quemó la última carcajada.

– Ha llegado el momento de hacer limpieza en casa, hermano.

44

Schiffer abrió la puerta de un empujón.

Todos los ojos de la comisaría se clavaron en él. Calado hasta los huesos, los abarcó a su vez con una mirada desafiante, disfrutando con la inquietud de sus expresiones. Dos grupos de agentes de uniforme se disponían a salir. Varios tenientes enfundados en cazadoras de cuero se ponían los brazaletes rojos. El baile ya había empezado.

Schiffer vio una pila de retratos robot sobre el mostrador y pensó en Paul Nerteaux, que distribuía sus carteles por todas las comisarías del Distrito Décimo como si repartiera octavillas, sin sospechar ni por un instante que podía ser el primo de aquel asunto. La rabia le provocó otro ataque de calor.

Subió al primer piso sin decir palabra. Se metió en un pasillo jalonado de puertas de contrachapado y fue derecho a la tercera.

Beauvanier no había cambiado. Cuerpo fibroso, chaqueta de cuero y botas deportivas Nike. Padecía un extraño mal, cada vez más extendido entre los maderos: complejo de joven. Rondaba los cincuenta, pero se empeñaba en seguir jugando al rapero canalla.

Se estaba poniendo la pistolera, con vistas a la expedición nocturna.

– ¿Schiffer? -exclamó medio atragantándose-. ¿Qué coño haces tú aquí?

– ¿Qué tal, chaval?

Antes de que pudiera responder, el Cifra lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo aplastó contra la pared. A sus compañeros les faltó tiempo para acudir al rescate. Beauvanier les dirigió un gesto de apaciguamiento por encima de su agresor.

– ¡Tranquilos, muchachos! ¡Es un amigo!

– Sema Gokalp -murmuró Schiffer muy cerca de su rostro-. El pasado 13 de noviembre. Los baños de Gurdilek.

Las pupilas se dilataron. La boca tembló. Schiffer le golpeó la frente contra la pared. Los otros se le echaron encima. Ya sentía sus manos aferrándole los hombros, pero Beauvanier volvió a agitar la mano esforzándose en reír.

– Os he dicho que es un amigo. ¡No pasa nada!

Las manos se apartaron. Los pies retrocedieron. Por fin, la puerta volvió a cerrarse lentamente, como a su pesar. A su vez, Schiffer soltó a su presa y, en tono más calmado, le preguntó:

– ¿Qué ha sido de la testigo? ¿Cómo la hiciste desaparecer?

– La cosa no fue así, tronco. Yo no he hecho desaparecer nada…

Schiffer retrocedió para observarlo mejor. Su rostro tenía una extraña delicadeza. Una cabeza de chica, de ojos muy azules y pelo muy negro. Le recordaba a una novia irlandesa que había tenido de joven: una black lrish, que jugaba a los contrastes en negro y blanco en lugar del clásico «blanco y rojo».

El policía rapero llevaba una gorra de béisbol con la visera hacia atrás, sin duda para parecer más duro.

Schiffer agarró una silla y lo obligó a sentarse.

– Te escucho. Quiero todos los detalles.

Beauvanier intentó sonreír, pero fracasó.

– Esa noche, un coche patrulla se cruzó con un BMW. Unos fulanos que salían del baño turco La Puerta Azul y…

– Eso ya lo se. ¿Cuándo interviniste tú?

– Media hora después. Me llamaron los chicos. Me reuní con ellos donde Gurdilek. Con la unidad de policía técnica.

– ¿Fuiste tú quien descubrió a la chica?

– No. Ya la habían encontrado. Estaba empapada. Ya sabes cómo es el trabajo de esas chicas. Es…

– Descríbemela.

– Menuda. Morena. Delgada como un fideo. Le castañeteaban los dientes y murmuraba cosas incomprensibles. En turco.

– ¿Os contó lo que había visto?

– No nos dijo una palabra. Ni siquiera nos veía. Estaba traumatizada, la pobre.

Beauvanier no mentía: su voz sonaba sincera. Schiffer iba y venía por el despacho sin quitarle ojo.

– Según tú, ¿qué ocurrió allí?

– No lo sé. Un asunto de extorsión. Unos matones enviados para arreglar cuentas.

– ¿Extorsión, a Gurdilek? ¿Quién se iba a atrever?

El capitán se ajustó la chaqueta de cuero, como si le rozara el cuello.

– Con los turcos nunca se sabe. Tal vez hubiera un nuevo clan en el barrio. O tal vez fueran los kurdos. Es su marrón, tronco. Gurdilek ni siquiera puso denuncia. Redactamos un informe rutinario y…

Schiffer vislumbró una nueva evidencia. Los hombres de La Puerta Azul no habían hablado del secuestro de Zeynep ni de los Lobos Grises. Luego Beauvanier creía realmente en la hipótesis de la extorsión. Nadie había relacionado aquella simple «visita» al baño turco con el descubrimiento del segundo cadáver, que se había producido dos días después.

– ¿Qué hiciste con Sema Gokalp?

– La trajimos aquí y le dimos una bata y mantas. Temblaba como una hoja. Encontramos su pasaporte cosido a su falda. No tenía visado. Aquello era cosa de Inmigración, así que les envié un informe por fax. También lo mandé a la central de la place Beauvau, para cubrirme las espaldas. No quedaba más que esperar.

– ¿Y después?

Beauvanier suspiró y se pasó el índice bajo el cuello de la chaqueta.

– Seguía tiritando. Era realmente preocupante. Le castañeteaban los dientes. No podía comer ni beber nada. A las cinco de la mañana decidí llevarla al Sainte-Anne.

– ¿Por qué no mandaste a los números?

– Esos gilipollas querían ponerle el cinturón de contención. Además… No sé. Esa chica tenía algo… Rellené un «32 13» y me la llevé. -Su voz se apagó. No paraba de rascarse la nuca. Schiffer advirtió que la tenía cubierta de profundas marcas de acné. Enganchado, pensó-. Por la mañana, llamé a los de la VPE. Les dije que la tenían en Sainte-Anne. Me telefonearon a mediodía: no la habían encontrado.

– ¿Se había largado?

– No. Unos policías se presentaron a por ella a las diez de la mañana.

– ¿Qué policías?

– No vas a creerlo.

– Aun así, prueba.

– Según el médico de guardia, gente de la DNAT.

– ¿La división antiterrorista?

– Fui a verificarlo personalmente. Habían presentado una orden de traslado. Todo estaba en regla.

Schiffer no podría haber soñado mejores fuegos artificiales para su regreso al redil. Se sentó en una esquina del escritorio. Cada uno de sus movimientos seguía despidiendo tufaradas de menta.

– ¿Hablaste con ellos?

– Lo intenté, sí. Pero estuvieron muy discretos. Si no lo entendí mal, habían interceptado mi informe a place Beauvau. Luego, Charlier dio sus órdenes.

– ¿Philippe Charlier?

El capitán asintió. Todo aquel asunto parecía superarlo totalmente. Charlier era uno de los cinco comisarios de la división antiterrorista. Un policía ambicioso al que Schiffer conocía desde su llegada a la antibandas, en el 77. Un auténtico cabrón. Puede que más tramposo, y no menos brutal, que él.

– ¿Y después?

– Después, nada. No he vuelto a tener noticias.

– No me tomes por idiota.

Beauvanier dudó. Tenía la frente perlada de sudor y la cabeza gacha.

– Al día siguiente, me llamó Charlier en persona. Me hizo un montón de preguntas sobre el asunto. Dónde encontramos a la turca, en qué circunstancias… Todo eso.

– ¿Qué le contestaste?

– Lo que sabía. -Es decir, nada, capullo, pensó Schiffer- Charlier me informó de que el asunto estaba en sus manos -siguió diciendo el policía rapero-. El traslado a la Fiscalía, el Servicio de Control de Extranjeros, el procedimiento habitual… También me dio a entender que me interesaba mantener la boca cerrada.

– ¿Sigues teniendo el informe?

En el rostro del amedrentado oficial se insinuó una sonrisa.

– ¿Tú qué crees? Vinieron a buscarlo ese mismo día.

– ¿Y el registro?

La sonrisa se convirtió en carcajada.

– ¿Qué registro? Lo borraron todo, tronco. Hasta la grabación del aviso por radio. ¡Han hecho desaparecer a la testigo! Pura y simplemente.

– ¿Por qué?

– ¡Y yo qué sé! Esa chica no tenía nada que contar. Estaba totalmente ida.

– ¿Y tú? ¿Por qué has callado?

– Charlier me tiene cogido -respondió Beauvanier bajando la voz-. Un viejo asunto…

Schiffer le lanzó un directo al brazo en plan amistoso, se levantó y siguió dando vueltas por el despacho, digiriendo la información. Por increíble que pudiera parecer, el secuestro de Sema Gokalp por parte de la DNAT pertenecía a otro asunto. Un asunto que no tenía ninguna relación con los asesinatos en serie ni con los Lobos Grises. Pero eso no quitaba para que aquella mujer fuera una testigo fundamental en su investigación. Tenía que encontrar a Sema Gokalp. Porque algo había visto.

– ¿Te reincorporas al servicio? -preguntó Beauvanier tímidamente.

Schiffer se hizo el sordo y se puso el impermeable. En ese momento, vio uno de los retratos robot de Nerteaux encima del escritorio. Lo cogió, al estilo de un cazador de recompensas, y preguntó:

– ¿Recuerdas el nombre del médico que se hizo cargo de Sema en Sainte-Anne?

– Espera… Jean-François Hirsch. Le pedí unas recetas y…

Schiffer había dejado de escuchar. Su mirada volvió a posarse en el retrato. Era una hábil síntesis de los rostros de las tres víctimas. Rasgos anchos y suaves que sonreían tímidamente bajo la melena pelirroja. Le acudió a la memoria un fragmento de un poema turco: «El padishah tenía una hija semejante a la luna del decimocuarto día…».

– El asunto de La Puerta Azul, ¿tiene alguna relación con esa pobre chica? -quiso saber Beauvanier.

Schiffer se guardó el retrato. Luego cogió el gorro de Beauvanier por la visera y lo volvió hacia delante.

– Si te lo preguntan, ya nos rapearás lo que sea, «tronco».

45

Hospital de Sainte-Anne, 21 horas.

Conocía bien aquel sitio. La larga tapia de piedra; la pequeña puerta de la rue Broussais 17, tan discreta como una entrada de artistas, y el complejo hospitalario propiamente dicho, sinuoso, laberíntico, inmenso. Un conjunto de bloques y pabellones de siglos y estilos heterogéneos. Una auténtica fortaleza que albergaba un universo de demencia.

Esa noche, sin embargo, la ciudadela no parecía tan bien vigilada como de costumbre. Las pancartas anunciaban el panorama desde los primeros edificios: «SEGURIDAD EN HUELGA», «¡CONTRATO O MUERTE!». Y, un poco más allá, proclamaban. «!NO A LAS HORAS EXTRA!», «RTT: ESTAFA», «DEVOLVEDNOS LAS FIESTAS!».

La idea del mayor hospital psiquiátrico de París dejado de la mano de Dios, con los pacientes correteando en total libertad, hizo sonreír a Schiffer, que imaginó una nave de los locos, un mundo al revés en el que los pacientes sustituirían a los médicos por espacio de una noche. Pero, una vez en el interior, se encontró con una ciudad fantasma, totalmente desierta.

Siguió los letreros rojos en dirección a las urgencias neuroquirúrgicas y neurológicas, fijándose por el camino en los nombres de las calles. Acababa de dejar la Guy de Maupassant y ahora avanzaba por el sendero Edgar Allan Poe. No pudo menos de preguntarse si había que atribuir aquello a un rasgo de humor de los fundadores del hospital. Maupassant se hundió en la locura antes de morir y el alcohólico autor de El gato negro tampoco debía de haber acabado con las ideas muy claras. En las ciudades comunistas, las avenidas se llamaban Karl Marx o Pablo Neruda. En Sainte-Anne, las calles llevaban los nombres de las vedettes de la locura.

Schiffer rió por lo bajo, esforzándose en adoptar su habitual papel de policía fanfarrón, pero sentía que el miedo lo invadía poco a poco. Demasiados recuerdos, demasiadas heridas detrás de aquellas paredes…

Después de Argelia, con apenas veinte años, había ido a parar a uno de aquellos edificios. Neurosis de guerra. Permaneció internado varios meses, acosado por las alucinaciones, obsesionado por la idea del suicidio. Otros que habían trabajado a su lado en Argel, encuadrados en los Destacamentos operativos de Protección, no se lo pensaron tanto. Recordaba a un chico de Lille que se ahorcó en cuanto llegó a casa. Y de aquel bretón que se cortó la mano derecha de un hachazo en la granja familiar; la mano que conectaba los electrodos, que mantenía las cabezas sumergidas en la bañera…

El vestíbulo de urgencias estaba desierto.

Un gran cuadrado vacío embaldosado de granate. La pulpa de una naranja sanguina. Schiffer pulsó el timbre y, al cabo de unos instantes, vio venir a una enfermera a la antigua: bata ceñida a la cintura con un cordón, moño y gafas bifocales.

Ante su desaliño, la mujer arrugó la nariz, pero Schiffer se apresuró a enseñarle el carnet y explicarle el motivo de su visita. La enfermera partió en busca del doctor Jean-François Hirsch sin decir esta boca es mía.

Schiffer se acomodó en uno de los asientos fijados a la pared. Frente a él, el alicatado parecía oscurecerse por momentos. A pesar de sus esfuerzos, no conseguía atajar los recuerdos que brotaban de las profundidades de su mente.

1960

Cuando llegó a Argel, para convertirse en «agente de información», no intentó escurrir el bulto ni atenuar la atrocidad del trabajo recurriendo al alcohol o las pastillas de la enfermería. Al contrario: se mantuvo al pie del cañón, día y noche, tratando de convencerse de que seguía siendo el dueño de su destino. La guerra lo había puesto ante la gran elección, la única que contaba: la elección de campo. Ya no podía retroceder ni regresar. Y no podía equivocarse; era eso o saltarse la tapa de los sesos.

Practicó la tortura día y noche y arrancó confesiones a faccioso tras faccioso. Primero, según los métodos habituales: golpes, descargas eléctricas, bañera… Luego ejercitó sus propias técnicas. Organizó simulacros de ejecución: llevaba a prisioneros encapuchados fuera de la ciudad y los veía cagarse en los pantalones cuando les clavaba el cañón en la sien. Elaboró cócteles de ácido, que les administraba metiéndoles un embudo hasta el garganchón. Robó instrumental médico en el hospital con el fin de crear ciertas variantes, como aquella bomba estomacal que utilizaba para inyectar agua por las fosas nasales… Modelaba, esculpía, daba al miedo formas cada vez más intensas. Cuando decidió sangrar a sus prisioneros, tanto para debilitarlos como para dar la sangre a las víctimas de atentados, experimentó una extraña embriaguez. Sintió que se había convertido en un dios, poseedor del derecho de vida y muerte sobre los hombres. A veces, en la sala de interrogatorios, se reía solo, cegado por su poder, contemplando arrobado la sangre que le resbalaba por los dedos.

Un mes más tarde, lo repatriaron a Francia, presa de un mutismo absoluto. Tenía las mandíbulas paralizadas; le era imposible pronunciar una palabra. Lo internaron en Sainte-Anne, en un edificio exclusivamente ocupado por traumatizados de guerra. Uno de esos lugares donde los lamentos resuenan por los pasillos y donde es imposible acabarse el almuerzo sin que te salpique el vómito de un compañero de mesa.

Atrincherado en su silencio, Schiffer vivía en pleno terror. En los jardines, sufría desorientación, no sabía dónde estaba, se preguntaba si los demás enfermos no eran detenidos a los que había torturado. Cuando recorría la galería del pabellón, lo hacía arrimado a la pared, para que sus víctimas no lo vieran.

Por la noche, las pesadillas tomaban el relevo de las alucinaciones. Hombres desnudos derrumbados en sillas; testículos achicharrados por los electrodos; mandíbulas que golpeaban el esmalte de los lavabos; narices que sangraban, obstruidas por cánulas… En realidad, todo aquello no eran visiones, sino recuerdos. Sobre todo, veía a aquel hombre, colgado boca abajo del techo, al que le había fracturado el cráneo de una patada. Y despertaba empapado en sudor, creyéndose cubierto de partículas de cerebro una vez más. Escrutaba la habitación y veía a su alrededor las desnudas paredes de un sótano, la bañera recién instalada y, en la mesa del centro, el grupo electrógeno ANGRC 9, el famoso gégène.

Los médicos le explicaron que era imposible eliminar esos recuerdos y le aconsejaron que hiciera justo lo contrario, que se enfrentara a ellos, que les dedicara unos instantes diarios de atención voluntaria. La receta casaba con su carácter. Si no se había rajado sobre el terreno, no iba a desinflarse ahora, en aquellos jardines poblados de fantasmas.

Firmó el alta voluntaria y se reincorporó a la vida civil.

Se presentó para policía ocultando sus antecedentes psiquiátricos y haciendo valer su grado de sargento y sus distinciones militares. El contexto político jugaba a su favor. Los atentados de la OAS ensangrentaban París. Necesitaban gente para cazar a los terroristas. Gente con olfato para husmear el terreno… y eso sabía hacerlo. Su sentido de la calle obró milagros desde el principio. Lo mismo que sus métodos. Trabajaba en solitario, sin la ayuda de nadie, sin más preocupación que los resultados. Que obtenía por las bravas.

En adelante, su vida seguiría esa pauta. Apostar por sí mismo y por nadie más. Situarse por encima de las leyes y de los hombres. Ser su propia y única ley, extrayendo de su voluntad el derecho a ejercer su justicia. Era una especie de pacto cósmico: su palabra contra la cloaca del mundo.

– ¿En qué puedo ayudarlo?

La voz lo sobresaltó. Se levantó y fijó en la retina la imagen del recién llegado.

Jean-François Hirsch era alto -más de metro ochenta- y estrecho. Sus largos brazos acababan en manos macizas. Dos contrapesos, se dijo Schiffer, que equilibraban su alargada figura. También tenía una buena cabeza, nimbada de rizos negros. Otro punto de equilibrio… No llevaba bata, sino abrigo loden. Era evidente que estaba a punto de marcharse.

Schiffer se presentó, pero no sacó el carnet:

– Teniente principal Jean-Louis Schiffer. Tengo que hacerle unas preguntas. Solo serán unos minutos.

– He acabado el turno. Y ya voy con retraso. ¿No puede esperar a mañana?

La voz era otro contrapeso. Grave. Estable. Sólida.

– Lo siento -respondió el policía-. Es un asunto importante.

El médico se quedó mirando a su interlocutor. El olor a menta se alzaba entre ellos como una pantalla de frescor. Hirsch suspiró y se dejó caer en uno de los asientos atornillados a la pared.

– ¿De qué se trata?

Schiffer permaneció en pie.

– De una obrera turca a la que examinó el 14 de noviembre de 2001. La trajo el teniente Christophe Beauvanier.

– ¿Y bien?

– El asunto presenta algunas irregularidades de procedimiento.

– ¿A qué servicio pertenece usted, exactamente?

Schiffer decidió jugársela.

– Investigación interna. Inspección General de Servicios.

– Se lo advierto. No diré una palabra sobre el teniente Beauvanier. ¿Le dice algo la expresión «secreto profesional»?

El matasanos se equivocaba sobre el móvil de la investigación. Casi con seguridad, había ayudado al «tronco» a solucionar alguno de sus problemas con la droga. Schiffer adoptó su tono de gran señor:

– Mi investigación no tiene como objetivo a Christophe Beauvanier. Me es indiferente que le haya prescrito un tratamiento con metadona.

El médico arqueó una ceja -Schiffer había dado en el clavo-, pero suavizó el tono.

– ¿Qué quiere saber?

– La obrera turca. Me interesan los policías que vinieron a buscarla. Al momento.

El psiquiatra cruzó las piernas y se alisó un pliegue del pantalón.

– Llegaron unas cuatro horas después de que ingresara. Traían una orden de traslado y otra de expulsión. Todo estaba perfectamente en regla. Casi demasiado en regla, diría yo.

– ¿Demasiado?

– Los impresos estaban sellados y firmados. Emanaban directamente del Ministerio del Interior. Todo eso a las diez de la mañana. Era la primera vez que veía tanto papelajo para una simple ilegal.

– Hábleme de ella.

Hirsch se miró la punta de los zapatos. Estaba ordenando sus ideas.

– Cuando la vi, pensé que tenía hipotermia. Tiritaba. Respiraba con dificultad. Al examinarla, comprobé que tenía una temperatura normal. El sistema respiratorio tampoco presentaba alteraciones. Sus síntomas eran histéricos.

– ¿Qué quiere decir?

El matasanos esbozó una sonrisa de superioridad.

– Tenía signos físicos que no se correspondían con causas fisiológicas. Todo estaba aquí -dijo llevándose el índice a la sien-. En su cabeza. Aquella mujer había sufrido un shock psicológico. Su cuerpo reaccionaba en consecuencia.

– ¿Qué tipo de shock, en su opinión?

– Un miedo muy intenso. Presentaba los estigmas característicos de una angustia exógena. El análisis de sangre lo confirmó. Detectarnos restos de una importante descarga de hormonas. Y también una tasa de cortisol muy significativa. Pero supongo que todo esto es demasiado técnico para usted… -La sonrisa altiva se acentuó. Aquel fulano y sus aires de grandeza empezaban a ponerlo nervioso. Hirsch pareció intuirlo y prosiguió en un tono más natural-: La paciente había sufrido un intenso estrés. A ese nivel, yo hablaría incluso de un trauma. Me recordaba los casos que encontramos después de una batalla en los frentes armados. Parálisis inexplicables, asfixia súbita, tartamudeo, ese tipo de…

– Sí, ya se. Descríbamela. Físicamente, quiero decir.

– Morena. Muy pálida. Muy delgada, en el umbral de la anorexia. Peinada a lo Cleopatra. Un físico muy duro que, sin embargo, no atenuaba su belleza. Al contrario. Desde ese punto de vista, era… impresionante.

Schiffer empezaba a hacerse una idea bastante aproximada de la chica. El instinto le decía que no era una simple obrera. Ni una simple testigo.

– ¿Le administró alguna cosa?

– Primero le inyecté un ansiolítico. Los músculos se relajaron. Empezó a reírse y farfullar. Un verdadero ataque de delirio. Sus frases no tenían ningún sentido.

– De todas formas, hablaba en turco, ¿no?

– No. Hablaba en francés. Tan bien como usted y como yo.

Una idea completamente disparatada cruzó la mente de Schiffer, que optó por mantenerla apartada para conservar la sangre fría.

– ¿Le contó lo que había visto? ¿Lo que ocurrió en el baño truco?

– No. Solo decía palabras sueltas, frases incoherentes.

– ¿Por ejemplo?

– Decía que los lobos se habían equivocado. Sí, eso es… Hablaba de lobos. Repetía que se habían equivocado de chica. Absurdo.

Un fogonazo iluminó la mente de Schiffer. La idea de hacía unos instantes se le impuso con fuerza. ¿Cómo había sabido aquella obrera que los intrusos eran Lobos Grises? ¿Cómo sabía que se habían equivocado de chica? Solo había una respuesta: la auténtica Presa era ella.

Sema Gokalp era la mujer que había que abatir.

Schiffer iba recomponiendo el rompecabezas sin dificultad. Los asesinos habían recibido un soplo: su víctima hacía el turno de noche en la lavandería de Talat Gurdilek. Se habían presentado en el taller y se habían llevado a una mujer muy parecida a la de la fotografía: Zeynep Tütengil. Pero se habían equivocado: la pelirroja, la auténtica, había tomado precauciones y se había teñido de moreno. Se le ocurrió otra idea y se sacó el retrato robot del bolsillo.

– Esa chica, ¿se parecía a esta?

El psiquiatra se inclinó hacia el pasquín.

– No del todo. ¿Por qué lo pregunta?

Schiffer volvió a guardarse el retrato sin responder.

Otra intuición. Otra confirmación. Sema Gokalp -la mujer que se ocultaba tras ese nombre- había llevado la transformación mucho más lejos: había cambiado de rostro. Había recurrido a la cirugía estética, el método clásico de quienes deciden soltar amarras definitivamente. Sobre todo en el mundo del crimen. Luego había adoptado la personalidad de una obrera anónima y se había ocultado entre los vapores de La Puerta Azul. Pero ¿por qué quedarse en París?

Por unos segundos, Schiffer intentó meterse en la piel de la turca. La noche del 13 de noviembre, cuando vio irrumpir en el taller a los Lobos, pensó que había llegado su hora. Pero los asesinos se abalanzaron sobre su compañera. Una pelirroja muy parecida a ella misma tal como era hasta hacía poco. «La paciente había sufrido un intenso estrés.» Era lo menos que se podía decir.

– ¿Qué más dijo? Intente recordar.

– Creo… -El psiquiatra estiró las piernas y volvió a clavar los ojos en los cordones de sus zapatos-. Creo que habló de una extraña noche. Una noche en que habría cuatro lunas. También mencionó a un hombre con un abrigo negro.

Si hubiera necesitado una última prueba, allí la tenía. Las cuatro lunas. Los turcos que sabían el significado de ese símbolo debían de contarse con los dedos de una mano. La verdad superaba todo lo imaginable.

Porque ahora comprendía quién era aquella Presa.

Y por qué la mafia turca había lanzado a los Lobos en su persecución.

– Pasemos a los policías de la mañana siguiente -dijo Schiffer esforzándose en controlar su excitación-. ¿Qué dijeron en el momento de llevársela?

– Nada. Se limitaron a mostrar sus autorizaciones.

– ¿Qué aspecto tenían?

– De armarios roperos. Con trajes caros. Parecían gorilas.

Los esbirros de Philippe Charlier. ¿Adónde la habrían llevado? ¿A un centro de detención administrativa? ¿La habrían devuelto a su país? ¿Sabía la división antiterrorista quién era realmente Sema Gokalp? No, no había medio. Aquel secuestro y aquel misterio tenían otros motivos.

Schiffer se despidió del psiquiatra y cruzó el cuadrado rojo, pero se volvió antes de salir.

– Suponiendo que Sema Gokalp siguiera en París, ¿dónde la buscaría usted?

– En un hospital psiquiátrico.

– Ha tenido tiempo para recuperarse del susto, ¿no?

El larguirucho se puso en pie.

– Me he expresado mal. Esa mujer no pasó miedo. Se encontró con el Terror en persona. Había superado el umbral de lo que un ser humano puede soportar.

46

El despacho de Philippe Charlier estaba en el número 133 de la rue du Faubourg-Saint-Honoré, no muy lejos del Ministerio del Interior.

A unos pasos de los Campos Elíseos, determinados inmuebles de renta de aspecto tranquilo eran en realidad auténticas fortalezas fuertemente custodiadas. Anexos del poder policial en París.

Jean-Louis Schiffer cruzó el portal y entró en los jardines. El parque trazaba un gran cuadrado de grises guijarros, alisado y tan pulcro como un jardín zen; setos de alheña, recortados con primor, formaban paredes impenetrables; los árboles alzaban sus ramas, truncadas como muñones. Aquello no era un lugar de combate, se dijo Schiffer, sino de mentira.

Al fondo, el hotel particular era un edificio con tejado de pizarra y galería acristalada sostenida por estructuras de metal negro. En la parte superior, la blanca fachada exhibía sus cornisas, sus balcones y el resto de sus ornamentos de piedra. «Imperio», decidió Schiffer fijándose en los laureles cruzados sobre orondas ánforas en el interior de nichos. En realidad, calificaba así a cualquier arquitectura que hubiera superado la época de las almenas y las saeteras.

Ante la escalinata, dos policías de uniforme avanzaron a su encuentro.

Schiffer preguntó por Charlier. A las diez de la noche, estaba seguro de que el policía de cuello blanco seguía urdiendo sus tejemanejes a la luz de la lámpara de su escritorio.

Uno de los guardias pasó una llamada sin quitarle ojo. Al escuchar la respuesta, escrutó aún más intensamente al visitante. A continuación, los dos hombres lo hicieron pasar por un detector de metales y lo cachearon.

Al fin, pudo atravesar la galería y entrar en una gran sala de piedra.

– Primer piso -le dijeron.

Schiffer se dirigió hacia la escalera. Sus pasos resonaban como en el interior de una iglesia. Entre dos candeleros de hierro forjado, los escalones de gastado granito con barandilla de mármol ascendían al piso.

Schiffer sonrió: los cazadores de terroristas no escatimaban en decoración.

El primer piso cedía a criterios más modernos: paneles de madera, adornos de caoba, moqueta marrón… Al final del pasillo había un último obstáculo: la barrera de control que informaba sobre el verdadero estatuto del comisario Philippe Charlier.

Detrás de un cristal blindado montaban guardia cuatro hombres vestidos con trajes negros de Kevlar. Llevaban un chaleco de intervención con varias armas de mano, cargadores, granadas y otros juguetes por el estilo. Cada uno tenía un fusil ametrallador de cañón corto de la marca H amp;K.

Schiffer se resignó a otro cacheo. Avisaron a Charlier, esta vez por VHF. Al fin, pudo alcanzar una doble puerta de madera clara coronada por una placa de cobre. Visto el ambiente, era inútil llamar.

El Gigante Verde estaba sentado ante un escritorio de roble macizo, en mangas de camisa. Se levantó y esbozó una amplia sonrisa.

– Schiffer, mi querido Schiffer…

Hubo un apretón de manos silencioso, durante el que los dos hombres se midieron con la mirada. Charlier era el de siempre. Metro ochenta y cinco. Más de cien kilos. Una roca afable, con la nariz rota y bigote de peluche, que, a pesar del cargo, seguía llevando un arma al cinto.

Schiffer advirtió la calidad de la camisa, azul cielo con cuello blanco, el célebre modelo de Charvet. Pero, a despecho de su trabajada elegancia, el físico del policía conservaba algo terrible, un poderío que lo situaba en otra escala que el resto de los humanos. El día del Apocalipsis, cuando los hombres no tuvieran más que las manos para defenderse, Charlier sería uno de los últimos en morir.

– ¿Qué quieres? -preguntó volviendo a hundirse en el cuero de su sillón. Mirando con desdén a su desastrado visitante, agitó los dedos sobre los expedientes que atestaban el escritorio-. Estoy un poco liado.

– El 14 de noviembre de 2001 ordenaste el traslado de un testigo en un asunto de allanamiento de empresa privada. La Puerta Azul, un baño turco del Distrito Décimo. El testigo se llamaba Sema Gokalp. El responsable de la investigación era Christophe Beauvanier. El problema es que nadie sabe adónde trasladaste a esa mujer. Borraste el rastro, la hiciste desaparecer. Tus razones me traen sin cuidado. Solo quiero saber una cosa. ¿Dónde está ahora?

Por toda respuesta, Charlier bostezó. Era una buena imitación, pero Schiffer sabía leer los subtítulos: el ogro se había quedado helado. Acababan de ponerle una bomba encima del escritorio.

– No acabo de entender de qué hablas -murmuró al fin-. ¿Por qué buscas a esa mujer?

– Está relacionada con el asunto en el que trabajo.

– Schiffer: estás jubilado -repuso el comisario en un tono condescendiente.

– Me he reincorporado al servicio.

– ¿Qué asunto? ¿Qué servicio?

Schiffer sabía que tenía que soltar lastre si quería obtener la menor información.

– Investigo los tres asesinatos del Distrito Décimo.

El rostro de boxeador se tensó.

– Es la DPJ del Distrito Décimo la que se ocupa de eso. ¿Quién te ha metido en el asunto?

– El capitán Paul Nerteaux, el responsable del caso.

– ¿Qué relación tiene con esa Sema no sé qué?

– Es el mismo asunto.

Charlier se puso a jugar con un abrecartas. Una especie de puñal de aspecto oriental. Cada nuevo gesto traicionaba un poco más de nerviosismo.

– He visto pasar un informe sobre esa historia del baño turco -admitió al fin Charlier-. Un asunto de extorsión, creo…

Tras años de interrogatorios, Schiffer era capaz de reconocer el menor matiz, la menor vibración de una voz. Charlier era sincero en lo fundamental: a sus ojos, el incidente de La Puerta Azul no era nada. Un poco más de cebo para que mordiera el anzuelo.

– No era un asunto de extorsión.

– ¿No?

– Los Lobos Grises han vuelto, Charlier. Fueron ellos quienes entraron en el baño turco. Esa noche secuestraron a una obrera. La chica que apareció muerta dos días después.

Las pobladas cejas del comisario parecían dibujar dos signos de interrogación.

– ¿Por qué iban a perder el tiempo matando a una obrera?

– Los han contratado para hacer un trabajo. Buscan a una mujer. En el barrio turco. Puedes confiar en mí respecto a esas cosas. Ya es la tercera vez que se equivocan.

– Cuál es la relación con Sema Gokalp?

Era el momento de una verdad a medias.

– La noche de marras, esa chica lo vio todo. Es una testigo capital.

La inquietud enturbió la mirada de Charlier. No se esperaba aquello. En absoluto.

– En tu opinión, ¿de qué se trata? ¿Qué hay en juego?

– No lo sé -volvió a mentir Schiffer-. Pero busco a esos asesinos. Y Sema puede ponerme sobre su pista.

Charlier se hundió aún más en el sillón.

– Dame una sola razón para ayudarte.

Schiffer decidió sentarse. Empezaba la negociación.

– Estoy en plan generoso, así que voy a darte dos. La primera es que podría contar a tus superiores que escamoteas testigos en un caso de homicidio. Eso no está bien.

Charlier le devolvió la sonrisa.

– Puedo presentar todos los papeles -respondió Charlier devolviéndole la sonrisa-. La orden de expulsión, el billete de avión… Todo está en regla.

– Tu brazo es muy largo, Charlier, pero no llega a Turquía. Me basta un telefonazo para demostrar que Sema Gokalp nunca llegó allí.

Al comisario no le llegaba la camisa al cuerpo.

– ¿Quién iba a creer a un policía corrupto? Desde la antibandas, no has dejado de coleccionar asuntos comprometedores. -Charlier abarcó el despacho con un gesto de las manos-. En cambio, yo estoy en lo alto de la pirámide.

– Es la ventaja de mi posición. No tengo nada que perder.

– Será mejor que me des la segunda razón.

Schiffer apoyó los codos en el escritorio. Ya sabía que había ganado.

– El plan Vigipirate de 1995. Cuando te soltabas el pelo con los sospechosos magrebíes en la comisaría de Louis-Blanc.

– ¿Chantaje a un comisario?

– O descargo de conciencia. Estoy jubilado. Podría sentir la necesidad de sincerarme. De acordarme de Abdel Saraoui, al que mataste a golpes. Si abro la marcha, me seguirá todo Louis-Blanc. Los gritos que dio aquel chico esa noche aún les pesan en la conciencia, créeme.

Charlier seguía observando el abrecartas entre sus manazas. Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado:

– Sema Gokalp ya no puede ayudarte.

– ¿La habéis…?

– No. Pasó por un experimento.

– ¿Qué clase de experimento?

Silencio.

– ¿Qué clase de experimento?-repitió Schiffer.

– Un condicionamiento psíquico. Una técnica nueva.

Así que era eso. La manipulación psíquica siempre había sido la obsesión de Charlier. Penetrar en el cerebro de los terroristas, condicionar sus mentes y gilipolleces por el estilo. Sema Gokalp había sido una cobaya, la víctima de un delirio experimental.

Schiffer consideró la situación en todo su absurdo: Charlier no había elegido a Sema Gokalp; le había llovido del cielo. Ignoraba que se había operado la cara. Y, al parecer, también ignoraba quién era en realidad.

Se puso en pie, electrizado de los pies a la cabeza.

– ¿Por qué ella?

– Debido a su estado psíquico, Sema padecía una amnesia parcial que la hacía especialmente apta para someterla a nuestro tratamiento.

Schiffer se inclinó hacia él como si hubiera oído mal.

– ¿Me estás diciendo que le lavasteis el cerebro?

– El programa comporta un tratamiento de ese tipo, si.

El viejo policía golpeó el escritorio con los dos puños.

– ¡Maldito gilipollas! ¡Era la última memoria que tenías que borrar! ¡Esa chica tenía cosas que contarme!

Charlier frunció el ceño.

– No comprendo tanto interés. ¿Qué puede revelarte esa mujer que sea tan importante? Vio a unos turcos secuestrando a una mujer, sí, ¿y qué?

Vuelta a empezar.

– Posee información sobre los asesinos -masculló Schiffer dando zancadas por el despacho como una fiera enjaulada-. Y creo que también conoce la identidad de la Presa.

– ¿La presa?

– La mujer a la que buscan los Lobos. Y a la que todavía no han encontrado.

– ¿Es tan importante?

– Tres asesinatos, Charlier. ¿Te parece poco? Seguirán matando hasta que la cojan.

– ¿Y tú quieres salvarla? -Schiffer se limitó a sonreír. Charlier hizo un gesto con los hombros que estuvo a punto de reventar las costuras de su camisa-. De todas formas -dijo al fin-, no puedo hacer nada por ti.

– ¿Por qué?

– Se ha escapado.

– Estás de guasa.

– ¿Eso te parece?

Schiffer no sabía si echarse a reír o a gritar. Volvió a sentarse y cogió el abrecartas, que Charlier acababa de dejar.

– Siempre igual de gilipollas en la policía. Explícame eso.

– Nuestro experimento pretendía cambiarle la personalidad totalmente. Lo nunca visto. Conseguimos transformarla en una francesa de clase alta, en la mujer de un tecnócrata. A una simple turca, ¿comprendes? Ahora ya no existen límites para el condicionamiento. Íbamos a…

– Me la trae floja tu experimento -lo atajó Schiffer-. Explícame cómo escapó.

– En las últimas semanas -refunfuñó el comisario- habla empezado a manifestar alteraciones. Olvidos, alucinaciones. Su nueva personalidad, la que nosotros le habíamos implantado, se estaba resquebrajando. íbamos a hospitalizarla justo cuando desapareció.

– ¿Cuándo, exactamente?

– Ayer martes. Por la mañana.

Increíble: la presa de los Lobos Grises volvía a estar en libertad. Ni turca ni francesa, con el cerebro como un colador. En medio de aquel marasmo, se encendió una luz.

– Entonces, ¿está recuperando su auténtica memoria?

– No lo sabemos. En todo caso, desconfiaba de nosotros.

– ¿Dónde están tus hombres?

– En ningún sitio. Estarnos peinando todo París. No hay modo de encontrarla.

Era el momento de jugarse el todo por el todo. Schiffer clavó el abrecartas en el escritorio.

– Si ha recobrado la memoria, actuará como una turca. Es mi terreno. Puedo encontrarle el rastro mejor que nadie.-La expresión del comisario cambió-. Es una turca, Charlier -insistió Schiffer-. Una pieza de caza muy particular. Necesitas un policía que conozca ese mundo y actúe con total discreción. -Schiffer podía seguir el recorrido de la idea que daba vueltas en la cabeza del coloso.