/ / Language: Español / Genre:thriller

Los ríos de color púrpura

JeanChristophe Grangé

El comisario Niémans es un policía expeditivo, incluso violento cuando se deja llevar, aunque nadie cuestiona que sea uno de los mejores en su profesión. Tras haber perseguido a un joven que ha acabado en el hospital, la jefatura de París decide apartarlo por un tiempo a la espera de que se aclare el asunto y lo envía a Guernon, una tranquila ciudad en el centro de Francia donde se ha cometido un brutal asesinato. Al mismo tiempo, en Sarzac, a solo 250 kilómetros de Guernon, el joven teniente magrebí Karim Abdouf, otro brillante policía al que se ha enviado a provincias, ve interrumpida la monotonía diaria por la misteriosa profanación de la tumba de un niño judío, de la que los ladrones solo se han llevado su foto. Lo que parece un simple acto de vandalismo se convertirá en un desconcertante misterio cuando descubra que la fotografía del niño ha desaparecido también de los archivos del colegio e incluso de la casa de sus antiguos compañeros. Ninguno de los dos policías sospecha que ambos casos no solo están estrechamente vinculados sino que son el principio de una serie de asesinatos cuyo móvil se halla en un antiguo crimen de sombra tan alargada que amenaza tanto a quienes lo cometieron como a quienes intenten desenterrarlo.

Jean-Christophe Grangé

Los ríos de color púrpura

Título de la edición original: Les Riviéres pourpres

Traducción del francés: Pilar Giralt Gorina

A Virginia

I

1

Ga-na-mos! ¡Ga-na-mos! [1]

Pierre Niémans, con los dedos crispados en el aparato de radio, miraba más abajo hacia la multitud que descendía por las rampas de cemento del Parque de los Príncipes. Millares de cráneos enrojecidos, sombreros blancos y bufandas chillonas formaban una cinta abigarrada y delirante. Una explosión de confeti. O una legión de demonios alucinados. Y siempre las tres notas, lentas y obsesivas:

– ¡Ga-na-mos!

El policía, de pie sobre el tejado de la escuela primaria que se hallaba frente al estadio, ordenó maniobrar a las brigadas tercera y cuarta de las compañías de seguridad republicanas. Los hombres de azul oscuro corrían bajo sus cascos negros, protegidos por sus escudos de policarbonato. El método clásico. Doscientos hombres en cada zona de puertas, y comandos «pantalla» encargados de evitar que los partidarios de los dos equipos se cruzaran, se acercaran, se apercibieran siquiera…

Esta tarde, para el encuentro Zaragoza-Arsenal, final de la Recopa 96, único partido del año en que se enfrentaban en París dos equipos no franceses, habían sido movilizados más de mil cuatrocientos policías y gendarmes. Controles de identidad, cacheos y vigilancia de los cuarenta mil seguidores venidos de los dos países. El comisario principal Pierre Niémans era uno de los responsables de estas maniobras. Este tipo de operaciones no se correspondía con sus funciones habituales, pero el policía de cabellos al cepillo apreciaba estos ejercicios. Eran vigilancia y enfrentamiento puros. Sin investigación ni instrucción. En cierto modo, semejante gratuidad le descansaba. Y le encantaba el aspecto militar de ese ejército en marcha.

Los seguidores ya llegaban al primer nivel, se les podía distinguir entre la estructura de cemento, encima de las puertas H y G. Niémans miró su reloj de pulsera. Dentro de cuatro minutos estarían fuera y se desparramarían por las calles. Entonces empezarían los riesgos de enfrentamientos, destrozos, disturbios. El policía respiró hondo. Aquella noche de octubre [2] estaba cargada de tensión.

Dos minutos. Por reflejo, Niémans se volvió y vislumbró a lo lejos la plaza de la Porte-de-Saint-Cloud. Perfectamente desierta. Las tres fuentes se erguían en la noche como tótems de inquietud. A lo largo de la avenida se sucedían en fila india los coches de los CRS. Delante, los hombres enderezaban los hombros, con los cascos sujetos a la cintura y las porras golpeándoles las piernas. Las brigadas de reserva.

El alboroto se incrementó. La multitud se desplegaba entre las verjas erizadas de púas. Niémans no pudo reprimir una sonrisa. Esto era lo que había venido a buscar. Hubo una oleada. Unas trompetas rasgaron el estrépito. Un estruendo hizo vibrar hasta el menor intersticio del cemento. «¡Ga-na-mos! ¡Ga-na-mos!» Niémans apretó el botón de la radio y habló a Joachim, el jefe de la compañía este.

– Aquí Niémans. Ya salen. Encáuzalos hacia los autocares del bulevar Murat, los aparcamientos, las bocas del metro.

Desde las alturas, el policía evaluó la situación: los riesgos de aquel lado eran mínimos. Esta noche, los seguidores españoles eran los vencedores y, por lo tanto, los menos peligrosos. Los ingleses salían por la parte contraria, puertas A y K, hacia la tribuna de Boulogne: la tribuna de las fieras. Niémans iría a echar un vistazo en cuanto esa operación hubiera comenzado.

De improviso, bajo el resplandor de los faroles, por encima de la multitud, voló una botella de cristal. El policía vio abatirse una porra, retroceder hileras cerradas, caer unos hombres. Gritó al micrófono:

– ¡Joachim, capullo! ¡Contenga a sus hombres!

Niémans se precipitó hacia la escalera de servicio y bajó a pie los ocho pisos. Cuando salió a la avenida, ya acudían dos hileras de CRS dispuestos a contener a los hooligans. Niémans corrió por delante de los hombres armados y agitó los brazos con grandes movimientos circulares. Las porras estaban a varios metros de su rostro cuando Joachim surgió a su derecha con el casco colocado sobre el cráneo. Levantó la visera y le dirigió una mirada furiosa:

– Dios mío, Niémans, ¿está majareta o qué? De paisano, van a hacerle…

El policía hizo caso omiso de su comentario.

– ¿Qué significa esta mierda? ¡Domine a sus hombres, Joachim! De lo contrario, tendremos un tumulto dentro de tres minutos.

Gordo, rubicundo, el capitán jadeaba. Su pequeño bigote, modelo de principios de siglo, vibraba al ritmo de su respiración entrecortada. La radio resonó: «Lla… Llamando a todas las unidades… Llamando a todas las unidades… La curva de Boulogne… Calle del Comandante Guilbaud… ¡Tengo… tenemos un problema!». Niémans miró fijamente a Joachim como si fuera el único responsable del caos general. Sus dedos apretaron el micrófono:

– Aquí Niémans. Ya vamos. -Después, con voz mesurada, ordenó al capitán-: Ya voy. Envíe allí el máximo de hombres. Y controle la situación de aquí.

Sin esperar la respuesta del oficial, el comisario corrió en busca del subalterno que le servía de chófer. Cruzó la plaza a zancadas, vio de lejos a los camareros de la Brasserie des Princes que bajaban a toda prisa la persiana metálica. El aire estaba saturado de temor.

Descubrió por fin, cerca de una berlina negra, al pequeño moreno con cazadora de cuero que golpeaba el suelo con los pies para calentarse. Niémans chilló, aporreando el capó del coche:

– ¡Deprisa! ¡La curva de Boulogne!

Los dos hombres subieron en el mismo segundo. Las ruedas humearon al ponerse en marcha. El subalterno giró a la izquierda del estadio a fin de llegar a la puerta K lo más rápidamente posible por una ruta habilitada para seguridad. Niémans tuvo una corazonada:

– No -musitó-, da la vuelta. La riada va a subir hacia nosotros.

El coche giró en redondo, patinando en los charcos de los vehículos cisterna ya dispuestos para controlar a los alborotadores. Después atravesó la avenida del Parque de los Príncipes a lo largo de un pasillo estrecho formado por los coches grises de la guardia móvil. Los hombres con casco que corrían en el mismo sentido se apartaron sin ni siquiera mirarlos. Niémans había colocado en el techo el giróscopo magnético. El subalterno torció a la izquierda en las inmediaciones del instituto Claude-Bernard y dio la vuelta a la plaza a fin de seguir el tercer muro del estadio. Acababan de pasar de largo la tribuna de Auteuil.

Cuando Niémans vio planear en el aire las primeras capas de gas, supo que había tenido razón: el enfrentamiento ya había llegado a la plaza de Europa.

El coche atravesó la bruma blanquecina y tuvo que embestir a las primeras víctimas, que huían a todo correr. La batalla había explotado justo delante de la tribuna presidencial. Hombres encorbatados y mujeres enjoyadas corrían y tropezaban con la cara húmeda de lágrimas. Algunos buscaban un resquicio hacia las calles, otros volvían a subir los escalones hacia los pórticos del estadio.

Niémans saltó del vehículo. En la plaza, cuerpos entremezclados se zurraban de lo lindo. Se distinguían vagamente los colores chillones del equipo inglés y las siluetas oscuras de los CRS. Algunos de estos últimos se arrastraban por el suelo -como una especie de babosas ensangrentadas- mientras otros dudaban en utilizar a distancia sus fusiles antidisturbios a causa de sus colegas heridos.

El comisario se quitó las gafas y se ató un pañuelo en torno a la cara. Se acercó al CRS más cercano y le arrancó la porra, alargando con el mismo gesto su carné tricolor. El hombre estaba estupefacto; el vaho empañaba la visera traslúcida de su casco.

Pierre Niémans corrió hacia el enfrentamiento. Los seguidores del Arsenal atacaban a puñetazos, con barras, con tacones claveteados, y los CRS contestaban retrocediendo e intentando defender a los suyos, ya en el suelo. Los cuerpos gesticulaban, los rostros se lastimaban, las mandíbulas chocaban contra el asfalto. Las porras se alzaban y abatían, torciéndose bajo la violencia de los golpes.

El oficial se arrojó sobre la multitud.

Usó el puño y la porra. Derribó a un individuo corpulento y después le lanzó una serie de directos. A los costados, al bajo vientre, a la cara. De repente recibió un puntapié, surgido de la derecha, y se levantó gritando. Su porra se dobló sobre la garganta del agresor. Le hervía la sangre en la cabeza., un gusto de metal le anestesiaba la boca. Ya no pensaba en nada, no sentía nada. Estaba en la guerra y lo sabía.

De pronto vislumbró una escena extraña. A cien metros de allí, un hombre de paisano se debatía, bastante escoñado, sujetado por otros dos hooligans. Niémans escrutó los hematomas en el rostro del seguidor; los gestos mecánicos de los otros dos, sacudidos por el odio. Un segundo más y Niémans lo comprendió: el herido y los otros dos lucían en sus cazadoras insignias de clubes rivales.

Un ajuste de cuentas.

Mientras lo comprendía, la víctima ya había escapado de sus asaltantes y huía por una calle transversal: la calle Nungesser-et-Coli. Los dos pendencieros le siguieron los pasos. Niémans tiró su porra, se abrió camino y les fue a la zaga.

Comenzó la persecución.

Niémans corría con un aliento regular ganando terreno a los dos perseguidores, quienes a su vez se acercaban a su presa por la calle sumida en el silencio.

Torcieron otra vez a la derecha y pronto alcanzaron la piscina Molitor, completamente rodeada por un muro. Los gamberros acababan de atrapar a su víctima. Niémans vio la plaza de la Porte-Molitor, que domina la carretera de circunvalación, y no creyó lo que estaba viendo: uno de los asaltantes había sacado un machete.

Bajo las luces glaucas de la arteria, Niémans entrevió la hoja que cortaba sin tregua al hombre postrado de rodillas, que acusaba los golpes con pequeños estremecimientos. Los agresores levantaron el cuerpo y lo balancearon por encima de la barandilla.

– ¡No!

El policía había gritado y desenfundado su revólver en el mismo instante. Se apoyó contra un coche, apretó el puño derecho contra la palma izquierda y apuntó conteniendo el aliento. Primer disparo. Fallido. El asesino del machete se volvió, estupefacto. Segundo disparo. También fallido.

Niémans reanudó su carrera esgrimiendo el arma pegada al muslo, en posición de combate. La cólera le aceleraba el corazón: sin las gafas, había errado por dos veces el blanco. Llegó al puente. El hombre del machete ya huía por el monte bajo que bordea la carretera de circunvalación. Su cómplice permanecía inmóvil, petrificado. El oficial de policía asestó un culatazo en la garganta del hombre y lo arrastró por los cabellos hasta una señal de tráfico. Lo esposó con una mano y entonces se volvió hacia los coches.

El cuerpo de la víctima se había estrellado sobre la calzada y varios vehículos le habían pasado por encima antes de que las colisiones detuvieran totalmente el tráfico. Coches amontonados en batería caóticamente, estruendo de chapas… El atasco lanzaba ahora su canto frenético de bocinas. A la luz de los faros, Niémans divisó a uno de los conductores titubeando junto a su coche con las manos en la cara.

El comisario dirigió su mirada más allá de la circunvalación. Vio al asesino, con un brazalete colorado, que cruzaba el follaje. Niémans empezó a correr al tiempo que se enfundaba el arma.

A través de los árboles, el asesino le lanzaba ahora breves ojeadas. El policía no se ocultaba: el hombre debía saber que el comisario principal Pierre Niémans iba a cargárselo. De repente, el hooligan saltó un terraplén y desapareció. El ruido de los pasos al pisar la grava informó a Niémans de su dirección: los jardines de Auteuil.

El policía le siguió y vio reflejarse la noche en los guijarros grises de los jardines. Caminando junto a los invernaderos, percibió la silueta que escalaba un muro. Aceleró el paso y descubrió las pistas de Roland-Garros.

Las puertas de reja no tenían echado el cerrojo: el asesino pasaba sin dificultad de pista en pista. Niémans agarró una puerta, penetró en el terreno rojo y saltó una primera red. Cincuenta metros más allá, el hombre empezó a ir más despacio, dando muestras de fatiga. Todavía logró saltar una red y subir los escalones entre las graderías. En cambio Niémans los subió ágilmente, sin apenas un jadeo. Se encontraba a sólo unos metros cuando, en la parte más alta de la tribuna, la sombra saltó al vacío.

El fugitivo acababa de llegar al tejado de una vivienda particular. Desapareció de golpe, en el otro extremo. El comisario retrocedió y se lanzó a su vez. Aterrizó en la plataforma de gravilla. Abajo, césped, árboles, silencio.

Ninguna huella del asesino.

El policía se dejó caer y rodó por la hierba húmeda. Sólo había dos posibilidades: el edificio principal, desde cuyo tejado acababa de saltar, y un vasto edificio de madera en el fondo del jardín. Desenfundó su MR 73 y se lanzó contra la puerta que se levantaba detrás de él. No ofreció ninguna resistencia.

El comisario dio varios pasos y luego se detuvo, atónito. Se hallaba en un vestíbulo de mármol, dominado por una placa de piedra circular grabada con letras desconocidas. Una rampa dorada se elevaba hacia las tinieblas de los pisos superiores. Colgaduras de terciopelo, de un rojo imperial, pendían en la penumbra, brillaban ánforas hieráticas… Niémans comprendió que había penetrado en una embajada asiática.

De pronto sonó un ruido en el exterior. El homicida estaba en el otro edificio. El policía atravesó el parque por el césped y alcanzó el edificio de tablas de madera. La puerta todavía oscilaba. Entró, una sombra en la sombra. Y la magia volvió a cerrarse con sigilo. Era una cuadra, dividida en caballerizas recortadas, ocupadas por pequeños caballos de crines cortadas a cepillo.

Grupas temblorosas. Paja volátil. Pierre Niémans avanzó, empuñando el arma. Dejó atrás una caballeriza, dos, tres… Un ruido sordo a su derecha. El policía se volvió. Sólo el crujido de un casco. Un bufido a la izquierda. Otra media vuelta. Demasiado tarde. La hoja se abatió. Niémans se apartó en el último momento. El machete le rozó el hombro y se hundió en la grupa de un caballo. La coz fue fulgurante: el hierro del casco saltó al rostro del asesino. El policía aprovechó la ventaja, se abalanzó sobre el hombre, dio la vuelta a su arma y la usó como martillo.

Asestó un golpe, otro, y se detuvo de repente, mirando con fijeza los rasgos ensangrentados del hooligan. Huesos protuberantes despuntaban bajo la carne destrozada. Un globo ocular pendía del extremo de un entramado de fibras. El asesino ya no se movía, tocado aún con su gorra de los colores del Arsenal. Niémans volvió a empuñar el arma y sujetó la culata ensangrentada con las dos manos, y entonces hundió el cañón en la boca reventada del hombre. Levantó el gatillo y cerró los ojos. Iba a disparar… cuando se oyó un ruido estridente.

El teléfono móvil sonó en su bolsillo.

2

Tres horas después, a lo largo de las calles demasiado nuevas y demasiado simétricas del barrio de Nanterre-Préfecture, un pequeño resplandor brillaba en el edificio de la dirección central de la policía judicial del Ministerio del Interior. Una especie de destello de potencia difusa y concentrada que centelleaba muy bajo, casi a ras del despacho de Antoine Rheims, sentado en la sombra. Frente a él, detrás del halo, se erguía la alta silueta de Pierre Niémans. Acababa de resumir, lacónicamente, el informe que había redactado sobre la persecución de Boulogne. Rheims preguntó, escéptico:

– ¿Cómo está el hombre?

– ¿El inglés? En coma. Fracturas faciales múltiples. He llamado hace un momento al hospital: están intentando un injerto de piel para el rostro.

– ¿Y la víctima?

– Triturado por los coches en la circunvalación. En Porte Molitor.

– Dios mío. ¿Qué ha pasado?

– Un ajuste de cuentas entre hooligans. Entre los seguidores del Arsenal había hombres del Chelsea. Al amparo de la pelea, los dos hooligans con machete se han cargado a su rival.

Rheims asintió, incrédulo. Tras un silencio, prosiguió:

– ¿Y el tuyo? ¿Estás bien seguro de que es una coz lo que le ha puesto en este estado?

Niémans no respondió y se volvió hacia la ventana. Bajo la luna de yeso se discernían extraños motivos pastel que cubrían las fachadas de los barrios vecinos: nubes, arco iris que planeaban encima de las colinas verde oscuro del parque de Nanterre. Se oyó de nuevo la voz de Rheims:

– No te comprendo. Pierre. ¿Por qué enredarte en historias de este tipo? Realmente, la vigilancia del estadio…

Su voz se extinguió. Niémans guardaba silencio.

– Ya no es cosa de tu edad -continuó Rheims-. Ni de tu competencia. Nuestro contrato fue claro: basta de acción, basta de actos violentos…

Niémans dio media vuelta y caminó hacia su superior jerárquico.

– Vayamos al grano, Antoine. ¿Por qué me has llamado aquí en plena noche? Cuando me has telefoneado, no podías estar al corriente de lo del estadio. ¿Qué pasa?

La sombra de Rheims no se movió. Hombros anchos, cabello gris y un poco rizado, perfil duro. Un físico de guardián de faro. El comisario de departamento dirigía desde hacía varios años la Oficina Central para la Represión de la Trata de Seres Humanos -la OCRTEH-, un nombre complicado para designar simplemente una instancia superior de la brigada social. Niémans le conocía desde mucho antes de que reinara en este chollo administrativo, desde que ambos eran polis callejeros, empapados por la lluvia, rápidos y eficaces. El policía de cabellos a cepillo se inclinó y repitió:

– ¿Bueno, qué?

Rheims susurró:

– Se trata de un asesinato.

– ¿En París?

– No, en Guernon. Un pueblo del Isère, cerca de Grenoble, ciudad universitaria.

Niémans agarró una silla y se sentó delante del comisario de departamento.

– Te escucho.

– Encontraron el cuerpo ayer cuando anochecía. Empotrado entre unas rocas, encima de un río que bordea el campus. Todo indica que se trata del crimen de un maníaco.

– ¿Qué sabes sobre el cuerpo? ¿Es una mujer?

– No. Un hombre. Un tipo joven. El bibliotecario de la facultad, al parecer. El cuerpo estaba desnudo. Presentaba indicios de tortura: cortes, desgarros, quemaduras… También me han hablado de estrangulación.

Niémans plantó los codos sobre la mesa. Manipulaba un cenicero.

– ¿Por qué me cuentas todo esto?

– Porque pienso enviarte allí.

– ¿Qué? ¿Por ese asesinato? Pero si los tipos del SRPJ de Grenoble detendrán al asesino dentro de una semana, y entonces…

– Pierre, no te hagas el idiota. Sabes muy bien que nunca es tan sencillo. Nunca. He hablado con el juez. Quiere un especialista.

– ¿Un especialista en qué?

– En homicidios. Y en asuntos sociales. Sospecha un móvil sexual. En fin, algo de esa clase.

Niémans alargó el cuello hacia la luz y notó la quemadura acre de la bombilla halógena.

– Antoine, no me lo estás contando todo.

– El juez es Bernard Terpentes. Un viejo colega. Los dos somos oriundos de los Pirineos. Se pone muy nervioso, ¿entiendes? Y quiere arreglar esto lo antes posible. Evitar las vaguedades, los medios de comunicación, todas esas estupideces. Dentro de pocas semanas es la reapertura de la universidad: hay que solucionar el asunto antes de esa fecha. Ya te lo puedes imaginar.

El comisario principal se levantó y volvió a la ventana. Escrutó las luminosas cabezas de alfiler de los faroles, las sombrías bóvedas del parque. La violencia de las últimas horas seguía latiéndole en las sienes: los golpes de machete, la circunvalación, la carrera a través del Roland-Garros. Pensó por milésima vez que la llamada telefónica de Rheims le había sin duda impedido matar a un hombre. Pensó en aquellos accesos de violencia incontrolable que cegaban su conciencia, rasgando el tiempo y el espacio, hasta el punto de hacerle cometer lo peor.

– ¿Y bien? -preguntó Rheims.

Niémans se volvió y se apoyó en el marco de la ventana.

– Hace cuatro años que no llevo este tipo de investigación. ¿Por qué me propones este asunto?

– Necesito un hombre eficaz. Y sabes que las oficinas centrales pueden coger a uno de sus hombres para mandarle a cualquier lugar de Francia. -Sus grandes manos teclearon en la oscuridad-. Utilizo el poco poder que tengo.

El policía de gafas de acero sonrió.

– ¿Sacas al lobo de su guarida?

– Saco al lobo de su guarida. Para ti, es un soplo de aire fresco. Para mí, es un favor que devuelvo a un viejo amigo. Por lo menos, durante un tiempo no darás una tunda a nadie…

Rheims recogió las hojas de un fax que brillaban sobre su escritorio:

– Las primeras conclusiones de los gendarmes. ¿Aceptas o no?

Niémans se acercó al escritorio y arrugó el papel.

– Te llamaré. Para tener noticias del hospital.

El policía abandonó enseguida la calle Trois-Fontanot y llegó a su domicilio de la calle La-Bruyère en el distrito noveno. Un gran apartamento casi vacío, de parqués encerados a la antigua. Se duchó y curó las heridas -superficiales- y se observó en el espejo. Facciones huesudas, arrugadas. Un corte de pelo a cepillo, brillante y gris. Gafas con montura de metal. Niémans sonrió a su propia imagen. No le habría gustado cruzarse con esa jeta en una calle desierta.

Metió varias mudas en una bolsa de deporte y deslizó entre camisas y calcetines una escopeta de aire comprimido Remington, calibre 12, así como cajas de cartuchos y speedloader para su Manhurin. Por último cogió la funda para trajes y dobló en su interior dos trajes de invierno y varias corbatas con arabescos.

Por el camino hacia la puerta de La Chapelle, Niémans se detuvo en el McDonald del bulevar de Clichy, abierto toda la noche. Engulló rápidamente dos Royal Cheese sin perder de vista su coche, aparcado en doble fila. Las tres de la madrugada. Bajo los neones blanquecinos, algunos fantasmas familiares recorrían la mugrienta sala. Negros con ropa demasiado ancha. Prostitutas con largas trenzas jamaicanas. Drogados, borrachos, vagabundos, todos estos seres pertenecían a su universo de otros tiempos: el de la calle. Este universo que Niémans habría debido abandonar por un trabajo de oficina, bien pagado y respetable. Para cualquier otro policía, acceder a las oficinas centrales era un ascenso. Para él, había sido un arrinconamiento, un arrinconamiento dorado pero, aun así, una mortificación. Observó otra vez a los seres crepusculares que lo rodeaban. Esas apariciones habían sido los árboles de su bosque, el bosque por el que antes avanzaba metido en la piel del cazador.

Niémans condujo de un tirón, con los faros largos, despreciando radares y límites de velocidad. A las ocho de la mañana tomó la salida de la autopista en dirección a Grenoble. Atravesó Saint-Martin-d'Hères, Saint-Martin-d'Uriage y se dirigió hacia Guernon, al pie del Grand Pie de Belledonne. A lo largo de la sinuosa carretera se alternaban los bosques de coníferas y las zonas industriales. Allí reinaba una atmósfera ligeramente mórbida, como siempre en el campo cuando el paisaje ya no consigue disimular su profunda soledad con la mera belleza de sus parajes.

El comisario cruzó las primeras señales que indicaban la dirección de la facultad. A lo lejos, las altas cumbres se dibujaban entre la algodonosa luz de la mañana borrascosa. Después de una curva divisó la universidad en el fondo del valle: grandes edificios modernos, bloques estriados de hormigón, rodeados por todas partes de largas explanadas de césped. Niémans pensó en un sanatorio que tuviera el tamaño de una ciudad administrativa.

Salió de la nacional y se orientó hacia el valle. Divisó en el oeste los ríos verticales que se entremezclaban, ensordeciendo los flancos sombríos de las montañas con su sonoridad de plata. El policía aminoró la marcha: se estremeció al contemplar aquellas aguas heladas que caían en picado, ocultándose bajo borbotones de maleza para reaparecer enseguida, blancas y resplandecientes, y desaparecer de nuevo…

Niémans se decidió por un pequeño desvío. Tomó la bifurcación, circuló bajo una bóveda de alerces y abetos, salpicados por el rocío matinal, y descubrió luego una larga llanura, bordeada de altas murallas negras.

El oficial se detuvo. Se apeó del vehículo y cogió los gemelos. Escrutó largo rato el paisaje: había perdido de vista el río. Pronto comprendió que el torrente, una vez llegado al fondo del valle, fluía justo detrás del muro de rocas. Podía incluso divisarlo a través de algunos picos abiertos en las piedras.

De improviso se fijó en otro detalle, que situó con ayuda de los gemelos. No, no se había equivocado. Volvió al coche y lo puso rápidamente en marcha en dirección al barranco. Acababa de descubrir, en una de las fallas entre las rocas, el cordón de un amarillo fluorescente, específico de la gendarmería nacional:

Prohibido el paso.

3

Niémans descendió por la falla rocosa donde se dibujaban las curvas de un estrecho sendero. Pronto se vio obligado a detenerse, ya que el espacio no era lo bastante ancho para la berlina. Salió del vehículo, pasó por debajo del cordón plastificado y accedió al río.

Una presa natural detenía allí el curso de las aguas. El torrente, que Niémans esperaba descubrir burbujeante de espuma, se transformaba en un pequeño lago, claro y tranquilo. Como un rostro del que hubiera desaparecido súbitamente toda la cólera. Más lejos, a la derecha, volvía a fluir y sin duda atravesaba el pueblo, que aparecía, grisáceo, en el cauce del valle.

Pero Niémans se paró en seco. Un hombre ya estaba allí, a su izquierda, en cuclillas, sobre el agua. Con un gesto reflejo, Niémans levantó la cinta de velero de su cinturón. El gesto hizo entrechocar ligeramente las esposas. El hombre se volvió hacia él y sonrió.

– ¿Qué hace usted aquí? -interrogó bruscamente Niémans.

El desconocido sonrió de nuevo, sin responder y se enderezó, sacudiéndose el polvo de las manos. Era un hombre joven de rostro delgado y cabellos rubios y tiesos. Cazadora de ante y pantalón de pinzas. Replicó, con voz clara:

– ¿Y usted?

Esta señal de insolencia desarmó a Niémans, que contestó en tono desabrido:

– Policía. ¿Es que no ha visto el cordón? Espero que tenga un buen motivo para haber rebasado el límite, porque…

– Éric Joisneau, SRPJ de Grenoble. Me he adelantado. Otros tres OPJ llegarán por la tarde.

Niémans se reunió con él en la estrecha orilla.

– ¿Dónde están los agentes? -preguntó.

– Les he dado media hora libre. Para desayunar. -Se encogió de hombros, indiferente-. Yo tenía trabajo aquí. Quería estar tranquilo… comisario Niémans.

El policía de cabellos canosos puso mala cara. El joven continuó, seguro de sí mismo:

– Le he reconocido enseguida. Pierre Niémans. Ex gloria del RAID. Ex comisario de la BRB. Ex cazador de asesinos y traficantes. En resumen, ex muchas cosas…

– ¿La insolencia figura en el programa de los inspectores ahora?

Joisneau se inclinó en una postura irónica:

– Discúlpeme, comisario. Intento sencillamente desmitificar a la estrella. Sabe muy bien que es un divo, un «superpolicía» que alimenta los sueños de todos los inspectores jóvenes. ¿Ha venido por el asesinato?

– ¿Tú qué crees?

El policía se inclinó otra vez.

– Será un honor trabajar a su lado.

Niémans miraba a sus pies la superficie transparente de las aguas lisas, como vitrificadas por la luz matutina. Una luminiscencia de jade parecía elevarse del fondo.

– Cuéntame lo que sepas.

Joisneau alzó los ojos hacia la muralla de roca.

– El cuerpo estaba incrustado allí arriba.

– ¿Allí arriba? -repitió Niémans, observando la pared donde pronunciados relieves proyectaban sombras abruptas.

– Sí. A quince metros de altura. El asesino hundió el cuerpo en una de las fallas de la pared. Con una postura extraña.

– ¿Qué postura?

Joisneau flexionó las piernas, levantó las rodillas y cruzó los brazos contra el torso.

– La posición fetal.

– Curioso.

– Todo es curioso en este asunto.

– Me han hablado de heridas, quemaduras -continuó Niémans.

– Aún no he visto el cuerpo. Pero parece, en efecto, que hay numerosos indicios de tortura.

– ¿La víctima murió a causa de esas torturas?

– No hay nada seguro por el momento. La garganta muestra también unos cortes profundos. Marcas de estrangulación.

Niémans se volvió de nuevo hacia el pequeño lago. Vio su silueta -pelo al rape y abrigo azul- reflejada con claridad.

– ¿Y aquí? ¿Has encontrado algo?

– No. Hace una hora que busco un detalle, un indicio. Pero no hay nada. En mi opinión, la víctima no murió aquí. El asesino sólo la colocó allí arriba.

– ¿Has subido hasta la falla?

– Sí. Nada digno de mención. No cabe duda de que el asesino subió hasta la cima de la muralla por el otro lado y después bajó el cuerpo atado a una cuerda. Entonces bajó él con ayuda de otra cuerda e incrustó a su víctima. Debió de esforzarse mucho para darle esta postura teatral. Es incomprensible.

Niémans volvió a mirar la pared, erizada de aristas, surcada de asperezas. Desde donde se hallaba no podía evaluar claramente las distancias, pero le parecía que el nicho donde habían descubierto el cuerpo estaba a media altura de la pared, tan alejado del suelo como de la cima del acantilado. Se volvió en redondo.

– Vámonos.

– ¿Adónde?

– Al hospital. Quiero ver el cuerpo.

Destapado justo hasta los hombros, el hombre estaba desnudo y puesto de perfil sobre la mesa centelleante. Era una postura encogida, como si hubiese temido que un rayo le acertase en plena cara. Con los hombros hundidos y la nuca baja, el cuerpo conservaba los dos puños cerrados bajo el mentón, entre las rodillas dobladas. La piel blanquecina, los músculos protuberantes, la epidermis surcada de heridas proporcionaban al cadáver un aspecto, una realidad casi insoportables. El cuello presentaba largas heridas, como si hubieran intentado cortarle la garganta. Las venas difusas se desplegaban bajo las sienes como ríos hinchados.

Niémans levantó la mirada hacia los otros hombres presentes en el depósito de cadáveres. Estaba el juez de instrucción Bernard Terpentes, silueta estrecha y bigote breve; el capitán Roger Barnes, colosal, oscilante como un carguero, que dirigía la brigada de gendarmería de Guernon; y el capitán René Vermont, delegado por la sección de investigación de la gendarmería, un hombre bajo y calvo, de cara rojiza y ojos penetrantes como barrenas. Joisneau se mantenía un poco atrás y hacía gala de la expresión de un subalterno celoso.

– ¿Se conoce su identidad? -preguntó Niémans sin dirigirse a nadie en concreto.

Barnes dio un paso hacia delante, muy militar y carraspeó.

– La víctima se llama Rémy Caillois, señor comisario. Tenía veinticinco años. Desempeñó durante tres años el puesto de bibliotecario jefe en la Universidad de Guernon. El cuerpo ha sido identificado por su esposa, Sophie Caillois, esta mañana.

– ¿Había denunciado su desaparición?

– Ayer domingo al atardecer. Su marido se había ido la víspera de excursión a la montaña, hacia la punta del Muret. Solo, como hacía cada fin de semana. A veces dormía en uno de los refugios. Por eso no se había inquietado. Hasta ayer por la tarde, y…

Barnes se interrumpió. Acababan de destapar el torso del cadáver.

Reinó una especie de espanto silencioso, un grito mudo que permaneció bloqueado en las gargantas. El abdomen y el tórax de la víctima estaban acribillados de llagas negruzcas, de formas y relieves variados. Cortes con bordes violáceos, quemaduras irisadas, algo parecido a nubes de hollín. También se distinguían laceraciones, menos profundas, que se prolongaban alrededor de brazos y muñecas, como si hubieran maniatado al hombre con un trozo de cable.

– ¿Quién descubrió el cuerpo?

– Una mujer joven… -Barnes echó una ojeada a su expediente y prosiguió-: Fanny Ferreira. Una profesora de la universidad.

– ¿Cómo lo descubrió?

Barnes volvió a aclararse la voz.

– Es una deportista que practica la natación en aguas vivas. Ya sabe, se desciende por los rápidos sobre una balsa con traje de buzo y aletas. Es un deporte muy peligroso y…

– ¿Y entonces?

– Al terminar el recorrido más allá del remanso natural del río, al pie de la muralla que rodea el campus, subió al parapeto y desde allí divisó el cuerpo, embutido en la pared.

– ¿Qué le dijo?

Barnes echó una mirada insegura a su alrededor.

– Bueno, pues, yo…

El comisario descubrió totalmente el cuerpo. Dio la vuelta en torno a la criatura blanquecina, acurrucada, cuyo cráneo de cabellos muy cortos se alzaba como una flecha de piedra.

Niémans agarró las hojas del certificado de defunción que Barnes le tendía. Recorrió las líneas mecanografiadas. El documento había sido redactado por el director del hospital en persona. No se pronunciaba sobre la hora de la muerte. Se contentaba con describir las heridas visibles y concluía que se había producido por estrangulación. Para saber algo más, sería preciso enderezar el cuerpo y practicar la autopsia.

– ¿Cuándo llegará el médico forense?

– Lo esperamos de un momento a otro.

El comisario se acercó a la víctima. Se inclinó, observó sus rasgos. Un rostro más bien agraciado, joven, con los ojos cerrados, y sobre todo sin ninguna huella de golpes o malos tratos.

– ¿Nadie ha tocado la cara?

– Nadie, comisario.

– ¿Tenía los ojos cerrados?

Barnes asintió. Con el pulgar y el índice, Niémans separó ligeramente los párpados de la víctima. Entonces sucedió lo imposible: una lágrima fluyó, lenta y clara, del ojo derecho. El comisario se sobresaltó, descompuesto. El rostro lloraba.

Niémans fijó la mirada sobre los otros hombres: nadie se había percatado de este detalle asombroso. Conservó la sangre fría y repitió su gesto, de nuevo desapercibido para los demás. Lo que vio le demostró que no estaba loco y que este asesinato era sin duda lo que todo policía espera o teme a lo largo de toda su carrera, según su personalidad. Se enderezó y volvió a cubrir el cuerpo con un gesto seco. Murmuró, dirigiéndose al juez:

– Háblenos del procedimiento de la investigación.

Bernard Terpentes se puso rígido.

– Señores, comprenderán que este asunto puede ser difícil y… nada habitual. Por esta razón el procurador y yo hemos decidido requerir la ayuda del SRPJ de Grenoble y la SR de la gendarmería nacional. También he llamado al comisario principal Pierre Niémans, aquí presente, que ha venido de París. Sin duda su nombre les es conocido. El comisario pertenece hoy a una instancia superior de la BRP, la Brigada de Represión del Proxenetismo en París. De momento no sabemos nada sobre los móviles del asesinato, pero es posible que se trate de un crimen de motivación sexual. De un maníaco, en todo caso. Y la experiencia del señor Niémans nos será muy útil. Por esto les propongo que el comisario tome la dirección de las operaciones…

Barnes asintió con un leve movimiento de cabeza, Vermont le imitó, pero en una versión menos apresurada. En cuanto a Joisneau, respondió:

– Por mí, no hay ningún problema. Pero han de llegar mis colegas del SRPJ y…

– Yo se lo explicaré -cortó Terpentes, que se volvió hacia Niémans-: Comisario, le escuchamos.

Lo teatral de la escena molestaba a Niémans. Tenía prisa por estar fuera, investigando, y sobre todo, solo.

– Capitán Barnes -preguntó-, ¿cuántos hombres tiene usted?

– Ocho. No… discúlpeme, nueve.

– ¿Están acostumbrados a interrogar a testigos, tomar nota de indicios, organizar cordones de carretera?

– Pues… En realidad no es la clase de cosas que solemos hacer…

– Y usted, capitán Vermont, ¿de cuántos hombres dispone?

La voz del gendarme resonó como una salva de honor:

– De veinte. Hombres de experiencia. Dividirán en zonas los terrenos que rodean los lugares del descubrimiento y…

– Muy bien. Sugiero que interroguen además a todas las personas que residan cerca de las carreteras que llevan al río, que visiten también las gasolineras, estaciones y casas vecinas a las paradas de autobús… Durante sus caminatas, el joven Caillois dormía a veces en los refugios. Localícelos y regístrelos. Es posible que la víctima fuera sorprendida en uno de ellos.

Niémans se volvió hacia Barnes.

– Capitán, quiero que lance peticiones de información por toda la comarca. Quiero obtener antes de mediodía la lista de vagabundos, merodeadores y demás indigentes del departamento. Quiero que verifiquen las salidas recientes de prisión en un radio de trescientos kilómetros. Los robos de coches y los robos en general. Quiero que interrogue a todos los hoteles y restaurantes. Envíe cuestionarios por fax. Quiero conocer el menor hecho singular, la menor llegada sospechosa, el menor signo. También quiero la lista de hechos ocurridos aquí, en Guernon, desde hace veinte años y más que pudieran recordar, de cerca o de lejos, nuestro asunto.

Barnes tomaba nota de cada exigencia en un cuaderno. Niémans se dirigió a Joisneau:

– Contacta con el Servicio de Información General. Pídeles la lista de sectas, de magos y de todos los individuos estrafalarios censados en la región.

Joisneau asintió. Terpentes opinó lo mismo que el jefe, en señal de asentimiento superior como si le quitara las ideas de la cabeza.

– Ya tienen en qué ocuparse mientras esperamos los resultados de la autopsia -concluyó Niémans-. Huelga indicarles que debemos observar el silencio más absoluto sobre todo esto. Ni una palabra a la prensa local. Ni una palabra a nadie.

Los hombres se separaron en la escalinata del CHRU -el Centro Hospitalario Regional Universitario-, y aceleraron el paso entre la llovizna matinal. Bajo la sombra del alto edificio, que parecía datar de por lo menos dos siglos, subió cada uno a su coche con la cabeza baja y los hombros hundidos, sin una palabra ni una mirada.

La caza había comenzado.

4

Pierre Niémans y Éric Joisneau se dirigieron inmediatamente a la universidad, a la entrada del pueblo. El comisario pidió al teniente que le esperase en la biblioteca, situada en el edificio principal, mientras él visitaba al rector de la facultad, cuyas oficinas ocupaban el último piso del edificio administrativo, a cien metros de distancia.

El policía entró en una vasta construcción de los años setenta, ya renovada, de techo muy alto, donde cada pared lucía un color pastel diferente. En el último piso, en una especie de antesala ocupada por una secretaria y su pequeña oficina, Niémans se presentó y solicitó ver al señor Vincent Luyse.

Esperó varios minutos y pudo contemplar en las paredes fotografías de estudiantes destacados blandiendo copas y medallas a lo largo de pistas de esquí y de impetuosos torrentes.

Unos minutos más tarde. Pierre Niémans estaba de pie ante el rector, un hombre de cabellos crespos y nariz achatada, pero de tez muy blanca. El rostro de Vincent Luyse era una curiosa mezcla de rasgos negroides y palidez anémica. En la bochornosa penumbra se filtraban algunos rayos de sol, recortando virutas de luz. El rector ofreció asiento al policía y empezó a frotarse nerviosamente las muñecas.

– ¿Y bien? -preguntó con voz seca.

– ¿Y bien qué?

– ¿Ha descubierto algún indicio?

Niémans estiró las piernas.

– Acabo de llegar, señor rector. Deme tiempo para situarme. Será mejor que responda a mis preguntas.

Luyse se puso rígido. Todo el despacho era de madera ocre, adornado con móviles metálicos que recordaban tallos de flores en un planeta de acero.

– ¿Ha habido ya casos sospechosos en su facultad? -inquirió Niémans en tono tranquilo.

– ¿Sospechosos? En absoluto.

– ¿Ni historias de droga? ¿O de robos? ¿Ninguna pelea?

– No.

– ¿Tampoco hay bandas, clanes? ¿Jóvenes con fantasías?

– No veo adonde quiere ir.

– Pienso, por ejemplo, en los juegos de rol. Ya sabe, esos juegos llenos de ceremonias, de rituales…

– No. Aquí no hay nada de todo eso. Nuestros estudiantes son personas equilibradas.

Niémans guardó silencio. El rector le miró de arriba abajo: cabellos a cepillo, ancho de espaldas, culata del MR 73 asomando por el abrigo. Luyse se pasó la mano por la cara antes de declarar como si intentara convencerse a sí mismo:

– Me han dicho que era usted un excelente policía.

Niémans no añadió nada y miró al rector fijamente. Luyse desvió la vista y continuó:

– Yo sólo deseo una cosa, comisario, y es que descubran al asesino lo antes posible. El curso empezará pronto y…

– De momento, ¿ningún estudiante ha puesto los pies en el campus?

– Sólo algunos internos. Se instalan allí arriba, en la buhardilla del edificio principal. Hay también varios profesores, que preparan sus cursos.

– ¿Puede darme su lista?

– Pero… -vaciló- ningún problema…

– Y Rémy Caillois, ¿cómo era?

– Era un bibliotecario muy discreto. Solitario.

– ¿Le querían los estudiantes?

– Pues claro… Desde luego.

– ¿Dónde vivía? ¿En Guernon?

– Aquí mismo. En el campus. En el primer piso del edificio principal, con su esposa. El piso de los internos.

– Rémy Caillois tenía veinticinco años. En la actualidad, esto es un poco joven para casarse, ¿no?

– Rémy y Sophie Caillois son antiguos estudiantes de nuestra facultad. Creo que antes se conocieron en el colegio del campus, reservado a los hijos de nuestros profesores. Son… eran amigos de infancia.

Niémans se levantó bruscamente:

– Muy bien, señor rector. Muchas gracias.

El comisario se eclipsó enseguida, huyendo del olor a miedo que se respiraba allí.

Libros.

Por doquier, en la gran biblioteca de la universidad se extendían cientos de estantes de libros bajo la luz de los neones. Las estanterías metálicas iluminadas sostenían verdaderas murallas de papel perfectamente ordenadas. Lomos de color oscuro. Cinceladuras de oro o plata. Etiquetas con las siglas de la Universidad de Guernon. En el centro de la sala desierta, mesas plastificadas, separadas en pequeños compartimientos acristalados. Cuando Niémans había entrado en la sala había pensado inmediatamente en un locutorio de prisión.

El ambiente era a la vez luminoso y recogido, espacioso y recoleto.

– Los mejores profesores enseñan en esta universidad -explicó Éric Joisneau-. La flor y nata del sudeste de Francia. Derecho, Economía, Letras, Psicología, Sociología, Física… Y sobre todo Medicina; todas las lumbreras de Isère enseñan aquí y tienen consultorio en el hospital: el CHRU. De hecho, son los edificios antiguos de la facultad. Los locales han sido enteramente renovados. La mitad del departamento viene a curarse aquí y todos los habitantes de las montañas han nacido en esta maternidad.

Niémans le escuchaba con los brazos cruzados, apoyado en una de las mesas de lectura.

– Hablas como un entendido.

Joisneau cogió un libro al azar.

– He seguido mis estudios en esta facultad. Había empezado Derecho… Quería ser abogado.

– ¿Y te has convertido en policía?

El teniente miró a Niémans. Sus ojos brillaban bajo las luces blancas.

– Cuando me licencié, me entró un miedo repentino de aburrirme. Entonces me matriculé en la escuela de inspectores de Toulouse. Me dije que el de poli era un oficio de acción, de riesgo. Un oficio que me reservaría algunas sorpresas…

– ¿Y te ha defraudado?

El teniente devolvió el libro al estante. Su leve sonrisa desapareció.

– Hoy no, en absoluto. Sobre todo, hoy no. -Miró a Niémans de hito en hito-. Ese cuerpo… ¿Cómo se puede hacer una cosa así?

Niémans eludió la pregunta.

– ¿Cómo era el ambiente de la universidad? ¿Algo de particular?

– No. Muchos burguesitos, con la cabeza llena de clisés sobre la vida, sobre la época, sobre las ideas que se debían tener… También hijos de campesinos, de obreros. Aún más idealistas. Y más agresivos. En cualquier caso, entonces todos estábamos citados con el paro.

– ¿No había historias extrañas? ¿Grupúsculos?

– No. Nada. Bueno, sí. Recuerdo que existía una especie de élite en la facultad. Un microcosmos compuesto de los hijos de los profesores de la propia universidad. Algunos eran superdotados. Cada año arramblaban con todos los puestos de honor. Incluso en el terreno deportivo. No nos hacía ninguna gracia.

Niémans recordó los retratos de campeones en la antesala de la oficina de Luyse. Preguntó:

– ¿Forman esos alumnos un clan aparte? ¿Podrían haberse unido en torno a un proyecto absurdo?

Joisneau soltó una carcajada.

– ¿En qué piensa? ¿En una especie de… conspiración?

Esta vez le tocó el turno a Niémans de levantarse y recorrer las estanterías.

– En una facultad, el bibliotecario está en el centro de todas las miradas. Es un blanco ideal. Imagínate a un grupo de estudiantes entregados a no sé qué delirio. Un sacrificio, un ritual… En el momento de elegir a su víctima, podrían haber pensado, con toda naturalidad, en Caillois.

– Olvídese entonces de los superdotados de que le he hablado. Están demasiado ocupados en superar a todo el mundo en los exámenes para mezclarse con cualquier otra cosa.

Niémans se deslizó entre las estanterías de libros, marrones y dorados. Joisneau le pisó los talones.

– Un bibliotecario -prosiguió- es también el que presta los libros… El que sabe qué lee cada uno, qué estudia… Tal vez sabía algo que no debía saber.

– No se mata a alguien de esta manera sólo por… ¿Y qué secreto quiere que escondan los estudiantes tras sus lecturas?

Niémans se volvió bruscamente,

– No lo sé. Desconfío de los intelectuales.

– ¿Tiene ya una idea? ¿Una sospecha?

– Al contrario. De momento, todo es posible. Una riña. Una venganza. Una historia de intelectuales. O de homosexuales. O, sencillamente, un vagabundo, un maníaco que encontró a Caillois por azar en la montaña.

El comisario propinó un manotazo al lomo de las obras.

– Mira, no soy un sectario. Pero vamos a empezar por aquí. Pasando por el tamiz los viejos libracos que puedan tener una relación con el asesinato.

– ¿Qué tipo de relación?

Niémans atravesó de nuevo el pasillo de libros y salió a la gran sala. Se encaminó hacia la oficina del bibliotecario, situada en el otro extremo, sobre un estrado que dominaba las mesas de lectura. Un ordenador ocupaba el centro del pupitre, cuadernos de espiral estaban colocados en los cajones. Niémans dio unos golpecitos contra la pantalla negra.

– Aquí dentro debe de haber la lista de todos los libros consultados, prestados cada día. Quiero que pongas a trabajar a unos cuantos OPJ. Los más literarios que puedas encontrar, si existen. Pide también ayuda a los internos. Quiero que incluyan todos los libros que hablan del mal, de la violencia, de la tortura y también de sacrificios e inmolaciones religiosas. Que busquen, por ejemplo, en los libros de etnología. También quiero que anoten los nombres de los estudiantes que han consultado a menudo esta clase de obras. Y que encuentren la tesis de Caillois.

– ¿Y… yo?

– Tú interroga a los internos. De uno en uno. Viven aquí noche y día, deben conocer a fondo la universidad. Las costumbres, el estado de ánimo, los chicos originales… Quiero saber cómo consideraban los demás a Caillois. También quiero que me informes sobre sus paseos por la montaña. Encuentra a sus compañeros de excursión. Descubre quién conocía sus excursiones. Quién habría podido encontrarse con él allí arriba…

Joisneau lanzó una mirada escéptica al comisario. Niémans se acercó a él y ahora le habló en voz baja:

– Voy a decirte qué tenemos. Tenemos un asesinato extravagante, un cadáver pálido, liso, acurrucado, que exhibe las señales de un sufrimiento sin límites. Una historia que apesta a locura a cien kilómetros de distancia. De momento, es nuestro secreto. Disponemos de algunas horas, espero que un poco más, para resolver el asunto. Después, los medios de comunicación se entrometerán, las presiones comenzarán y se desencadenarán las pasiones. Concéntrate. Sumérgete en la pesadilla. Da lo mejor de ti mismo. Así es como descubriremos el rostro del mal.

El teniente parecía asustado.

– ¿Cree usted de verdad que en unas pocas horas podremos…?

– ¿Quieres trabajar conmigo, sí o no? -le cortó Niémans-. Entonces voy a explicarte mi manera de ver las cosas. Cuando se ha cometido un asesinato, hay que considerar cada elemento relativo al mismo como un espejo. El cuerpo de la víctima, la gente que la conoce, el lugar del crimen… Todo esto refleja una verdad, un aspecto particular del delito, ¿comprendes? -Golpeó la pantalla del ordenador-. Esta pantalla, por ejemplo. Cuando esté encendida, se convertirá en el espejo de la vida cotidiana de Rémy Caillois. El espejo de su actividad diaria, de sus propios pensamientos. Aquí dentro hay detalles, reflejos que pueden interesarnos. Es preciso sumergirnos en su interior. Pasar al otro lado.

Se irguió y abrió los brazos.

– ¡Estamos en un palacio de espejos, Joisneau, en un laberinto de reflejos! Por tanto, mira bien. Míralo todo. Porque en alguna parte, a lo largo de estos espejos, en un ángulo muerto, está el asesino.

Joisneau se quedó con la boca abierta.

– Para ser un hombre de acción, le encuentro más bien cerebral…

El comisario le golpeó el tórax con el dorso de la mano.

– Esto no es filosofía, Joisneau. Es la práctica.

– ¿Y usted? ¿A quién… a quién va a interrogar?

– ¿Yo? Voy a interrogar a nuestra testigo, Fanny Ferreira. Y también a Sophie Caillois, la mujer de la víctima.

Niémans guiñó el ojo.

– Las chicas, Joisneau. La práctica.

5

Bajo el cielo sombrío, la carretera asfaltada culebreaba a través del campus y comunicaba entre sí a todos los edificios grisáceos, de ventanas azules y herrumbrosas. Niémans circulaba al paso -se había procurado un plano de la universidad- y seguía el camino de un gimnasio aislado. Llegó a un nuevo edificio de hormigón estriado que se parecía más a un bunker que a un pabellón deportivo. Se apeó del coche y respiró a fondo. Caía una lluvia fina y grácil.

Escrutó el campus y los edificios desperdigados en varios centenares de metros. Sus padres también habían sido profesores, pero en pequeños colegios de las afueras de Lyon. No se acordaba de nada, o de casi nada. El abrigo familiar le había parecido muy pronto una debilidad, una mentira. Había presentido muy pronto que debería luchar en solitario y que, por consiguiente, cuanto antes empezara, mejor. A la edad de trece años pidió estudiar interno. No se atrevieron a negarle ese destierro voluntario, pero aún se acordaba de los sollozos de su madre detrás del tabique de su habitación: era un sonido en su cabeza, y al mismo tiempo una sensación física, algo húmedo y caliente sobre su piel. Había huido a escape.

Cuatro años de internado. Cuatro años de soledad y de entrenamiento físico, paralelamente a los cursos. Todas sus esperanzas se centraban entonces en un solo objetivo, una sola fecha: el ejército. A los diecisiete años, Pierre Niémans, brillante bachiller, esperó los tres días reglamentarios y solicitó el ingreso en la escuela de oficiales. Cuando el médico militar le anunció que había sido rechazado y le explicó la razón del veredicto, el joven Niémans lo comprendió. Sus angustias eran tan manifiestas que le habían traicionado hasta lo más profundo de su ambición. Supo que su destino sería siempre ese largo corredor monótono, tapizado de sangre, con unos perros, al fondo, aullando en las tinieblas…

Otros adolescentes habrían abandonado, escuchado dócilmente el juicio de los psiquiatras. Pero no Pierre Niémans. Se obstinó, reanudó sus actividades físicas, redobló la rabia y la voluntad. El joven Pierre no sería nunca militar. Escogería, pues, otro combate: el de las calles, la lucha anónima contra el mal cotidiano. Emplearía sus fuerzas, su alma, en una guerra sin gloria ni bandera, pero que asumiría hasta el final. Niémans sería policía. Con ese propósito se entrenó durante largos meses para superar las pruebas psíquicas. Después ingresó en la escuela de policía de Cannes-Écluse. Inició entonces la era de la violencia: entrenamiento de tiro, resultados de excepción. Niémans no dejaba de mejorar, de fortalecerse. Se convirtió en un policía fuera de serie. Tenaz, violento, resabiado.

Fue destinado al principio a comisarías de barrio y después fue tirador de élite en la brigada que se convertiría en la BRI (Brigada de Investigación e Intervención). Pasó a operaciones especiales. Mató a su primer hombre. En ese instante hizo un pacto consigo mismo y consideró por última vez su propia maldición. No, no sería nunca un soldado ambicioso, un oficial valiente. Pero sería un combatiente de las ciudades, inquieto, obstinado, que ahogaría sus propios temores en la violencia y la rabia del asfalto.

Niémans respiró a fondo el oxígeno de la montaña. Pensó en su madre, muerta hacía años. Pensó en el tiempo pasado, que había adquirido el aspecto de un escarpado acantilado, y en los recuerdos, que se habían agrietado y desvanecido después, batiéndose en retirada frente al olvido.

Bruscamente, Niémans percibió un pequeño trote, como en un sueño. El perro era todo músculos, su corto pelaje brillaba bajo la llovizna. Sus ojos, dos bolas de laca oscura, miraban fijamente al policía. Se acercaba, meneando las ancas. El oficial se inmovilizó. El perro siguió aproximándose. Su hocico húmedo temblaba. De repente, se puso a gruñir. Sus ojos centellearon. Había sentido miedo. El miedo que emanaba del hombre.

Niémans estaba petrificado.

Una fuerza incontenible parecía golpearle los miembros. La sangre se le escapaba por un sifón invisible en alguna parte de su vientre. El perro ladró, y levantó el hocico. Niémans conocía el proceso. El miedo producía moléculas olfativas que el perro sentía y que desencadenaban en él temor y hostilidad. El miedo engendraba miedo. El perro ladró y después carraspeó e hizo crujir los dientes. El policía desenfundó el arma.

– ¡Clarisse! ¡Clarisse! ¡Vuelve, Clarisse!

Niémans salió del paréntesis de inmovilidad. Divisó, tras un velo rojo, a un hombre gris con jersey de camionero. Se acercó a pasos rápidos.

– ¿Está loco o qué?

Niémans masculló:

– Policía. Lárguese y llévese a su fiera.

El hombre estaba atónito.

– Vaya, esto es increíble. Ven, Clarisse, ven, bonita…

El amo y su chucho se eclipsaron. Niémans intentó tragar saliva. Notó las asperezas de su garganta, seca como un horno. Sacudió la cabeza, enfundó su arma y rodeó el edificio. Al torcer hacia la izquierda, hizo un esfuerzo de memoria: ¿cuánto tiempo hacía que no había visto a su psiquiatra?

En el segundo ángulo del gimnasio, el comisario descubrió a la mujer.

Fanny Ferreira estaba de pie, cerca de un pórtico abierto, y pulimentaba con papel de lija una tabla de gomaespuma de color rojo. El poli supuso que sería la canoa sobre la que la mujer descendía por los torrentes.

– Buenos días -dijo inclinándose.

Había vuelto a encontrar calor y seguridad.

Fanny levantó la vista. Debía de tener apenas veinte años. Su piel era mate y sus cabellos ondulados se enroscaban en finos rizos sobre las sienes y en pesadas cascadas sobre los hombros. Su rostro era oscuro, aterciopelado, pero sus ojos tenían una claridad deslumbrante, casi indecente.

– Soy Pierre Niémans, comisario de policía. Investigo el asesinato de Rémy Caillois.

– ¿Pierre Niémans? -repitió ella, incrédula-. Mierda, entonces. Es increíble.

– ¿Qué?

Ella señaló con la cabeza una pequeña radio colocada en el suelo.

– Acaban de hablar de usted en los informativos. Dicen que esta noche ha detenido a dos asesinos cerca del Parque de los Príncipes, lo cual está bien. También dicen que ha desfigurado a uno de ellos, lo cual está bastante mal. ¿Posee el don de la ubicuidad o qué?

– Sencillamente, he conducido toda la noche.

– ¿Qué hace entre nosotros? ¿Es que los polis de aquí no son suficientes?

– Digamos que soy un refuerzo.

Fanny prosiguió su trabajo: estaba humedeciendo la superficie oblonga de la tabla y apoyando las dos palmas para aplastar el papel de lija doblado. Su cuerpo parecía robusto, sólido. Vestía sin elegancia: un traje de inmersión, de neopreno, con capucha, botas altas de cuero claro, bien atadas, con cordones. La luz velada proyectaba iridiscencias sobre toda la escena.

– Parece haber encajado bien el impacto -continuó Niémans.

– ¿Qué impacto?

– Bueno, pues… el hallazgo del…

– Evito pensar en ello.

– ¿Y no le molesta mencionarlo de nuevo?

– Está aquí para eso, ¿no?

No miraba al policía. Sus manos no dejaban de subir y bajar por la canoa. Sus gestos eran secos, brutales.

– ¿En qué circunstancias descubrió el cuerpo?

– Cada fin de semana desciendo por los rápidos… -señaló su embarcación invertida- en esta especie de cascara de nuez. Acababa de terminar uno de mis paseos. En los alrededores del campus hay un muro de rocas, un embalse natural que detiene la corriente del río y permite acercarse a la orilla sin problemas. Subía mi canoa cuando distinguí…

– ¿En las rocas?

– Sí, en las rocas.

– Mentira. Yo fui hasta allí y me di cuenta de que no se podía retroceder. Es imposible ver algo, a lo largo de toda la pared, a quince metros de altura…

Fanny tiró en el cubilete la hoja de papel de lija, se limpió las manos y encendió un cigarrillo. Estos simples gestos suscitaron de repente en Niémans un deseo violento.

La joven echó una larga bocanada de humo azulado.

– El cuerpo estaba en la muralla. Pero yo no lo vi en la muralla.

– ¿Dónde?

– Lo vi en las aguas del río. Reflejado. Una mancha blanca en la superficie del lago.

Las facciones de Niémans se distendieron.

– Es exactamente lo que yo pensaba.

– ¿Es importante para su investigación?

– No. Pero me gustan las cosas claras.

Niémans hizo una pausa y luego añadió:

– ¿Practica el alpinismo?

– ¿Cómo lo sabe?

– No sé… La región. Y además, me ha parecido muy… deportiva.

Ella se volvió y abrió los brazos hacia las montañas que dominaban el valle. Era la primera vez que sonreía.

– ¡He aquí mi feudo, comisario! Desde el Grand Pic de Belledonne a las Grandes Rousses, conozco de memoria todas estas montañas. Cuando no bajo por los riachuelos, escalo las cumbres.

– A su juicio, ¿para colocar el cuerpo a lo largo de la muralla hacía falta ser alpinista?

Fanny recobró la seriedad y observó el extremo incandescente de su cigarrillo.

– No necesariamente. Las rocas forman prácticamente escalones naturales. Pero es preciso tener mucha fuerza para llevar semejante peso sin perder el equilibrio.

– Uno de mis inspectores cree que el asesino saltó desde el otro lado, donde la pendiente es menos abrupta, y después bajó el cuerpo colgado de una cuerda.

– Esto requeriría un buen rodeo. -La mujer titubeó, y añadió-: De hecho, hay una tercera solución, muy sencilla, siempre que se conozcan un poco las técnicas del salto.

– La escucho.

Fanny Ferreira apagó el cigarrillo bajo la bota y lo lanzó con un giro de muñeca.

– Venga conmigo -ordenó.

Penetraron en el interior del gimnasio. En la penumbra, Niémans distinguió pequeñas colchonetas amontonadas, las sombras rectilíneas de barras paralelas, pértigas y cuerdas de nudos. Fanny comentó, dirigiéndose hacia el muro de la izquierda:

– Es mi guarida. Durante el verano, nadie pone los pies aquí. Puedo guardar mi equipo.

Encendió un quinqué, colgado sobre una especie de mesa sobre la cual había muchas piezas metálicas en punta y en forma de eslabones de diferentes tamaños, que proyectaban reflejos plateados y de tonos vivos. Fanny encendió otro cigarrillo. Niémans preguntó:

– ¿Qué es todo esto?

– Clavos para hielo, ganchos de resorte, triángulos, palancas: material de alpinismo.

– ¿Y qué?

Fanny expelió humo una vez más, pero simulando un hipo repetido.

– Pues que entonces, señor comisario, un asesino que tuviera estos instrumentos y supiera utilizarlos habría podido subir el cuerpo sin problemas desde la orilla del río.

Niémans cruzó los brazos y se apoyó contra la pared. Fanny retuvo el cigarrillo en los labios y manipuló los utensilios. Ese gesto anodino incrementó el deseo del policía. La muchacha le gustaba muchísimo.

– Ya se lo he dicho -continuó-. En este lugar la pared forma escalones naturales. Para una persona que sepa de alpinismo o que esté acostumbrada a las caminatas, subir primero sin el cuerpo sería un juego de niños.

– ¿Y después?

Fanny cogió una polea verde y fluorescente, constelada de pequeños orificios.

– Después fija esto en la roca, encima del nicho.

– ¡En la roca! ¿Cómo? ¿Con un martillo? Esto debe requerir una eternidad, ¿no?

La mujer declaró a través de las volutas de su cigarrillo:

– Sus conocimientos de alpinismo se aproximan al grado cero, comisario. -Cogió unos cáncamos de rosca del mostrador-. Esto son spits, pitones para las rocas. Con un perforador como éste -señaló una especie de taladro, negro y grasiento-, se pueden clavar varios spits en cualquier roca en pocos segundos. Fija sus poleas y ya sólo le falta izar el cuerpo. Es la técnica que se utiliza para hacer subir los sacos hasta lugares estrechos o difíciles.

Niémans hizo una mueca escéptica.

– No he subido hasta allí arriba pero, en mi opinión, el nicho es muy estrecho. No veo cómo el asesino habría podido, afianzado en esta falla, tirar del cuerpo con la simple fuerza de sus brazos. O bien hemos de remitirnos al mismo perfil del sospechoso: un gigante.

– ¿Quién ha hablado de tirar de él hasta allí arriba? Para izar a su víctima, el alpinista sólo tenía que hacer una cosa: dejarse caer por el otro lado de las poleas, para hacer contrapeso. El cuerpo subiría por sí solo.

El policía comprendió enseguida la técnica y sonrió ante la evidencia.

– Pero sería preciso que el homicida fuese más pesado que el muerto, ¿no?

– O de un peso igual: al lanzarse al vacío, su peso se incrementa. Una vez izado el cuerpo, su asesino podría haber subido rápidamente, por las peñas, y empotrar a su víctima en esa falla espectacular.

El comisario miró otra vez todos los pitones, tornillos y aros que descansaban sobre la mesa. Pensó en el material para un robo con escalo, pero era un delito particular: un escalador conocedor de elevadas altitudes y gravedades.

– Según usted, ¿cuánto tiempo requeriría semejante operación?

– Para alguien como yo, menos de diez minutos.

Niémans asintió: se dibujaba un perfil de asesino. Los dos interlocutores salieron. El sol se filtraba a través de las nubes, iluminando las cimas con una claridad cristalina. El policía preguntó:

– ¿Es usted profesora de esta facultad?

– De Geología.

– ¿Y de qué más?

– Enseño varias disciplinas: la taxonomía de las piedras, las dislocaciones tectónicas, también la glaciología, la evolución de los glaciares.

– Parece muy joven.

– Aprobé el doctorado con veinte años. Y ya era profesora adjunta. Soy la diplomada más joven de Francia. Ahora tengo veinticinco años y soy profesora titular.

– Una verdadera empollona de facultad.

– Exacto. Una empollona de facultad. Hija y nieta de profesores eméritos, aquí, en Guernon.

– ¿De modo que pertenece a la cofradía?

– ¿Qué cofradía?

– Uno de mis tenientes hizo sus estudios en Guernon. Me ha explicado que en la universidad había una élite aparte, compuesta por los hijos de los profesores de la facultad…

Fanny meneó la cabeza con gesto malicioso.

– Yo diría más bien una gran familia. Los hijos de los que usted habla crecen en la facultad, en la enseñanza, en la cultura. Después alcanzan excelentes resultados. Parece natural, ¿no?

– ¿Incluso en el terreno deportivo?

Ella arqueó las cejas.

– Eso se debe al aire de la montaña.

Niémans continuó:

– Usted conocía sin duda a Rémy Caillois. ¿Cómo era?

Fanny contestó sin vacilar:

– Solitario. Introvertido. Arisco, incluso. Pero muy brillante. Cultivado hasta el vértigo. Un rumor corría por aquí… Se decía que había leído todos los libros de la biblioteca.

– ¿Cree que ese rumor era fundado?

– Lo ignoro. Pero conocía a fondo la biblioteca. Era su antro, su refugio, su madriguera.

– El también era muy joven, ¿verdad?

– Había crecido en esta biblioteca. Su padre ya era el jefe de bibliotecarios de la facultad.

Niémans dio algunos pasos.

– No lo sabía. ¿Pertenecían también los Caillois a su «gran familia»?

– Desde luego que no. Al contrario, Rémy era hostil. A pesar de su cultura, nunca había obtenido los resultados que esperaba. Creo… en fin, supongo que tenía celos de nosotros.

– ¿Cuál era su especialidad?

– Filosofía, me parece. Estaba terminando su tesis.

– ¿Sobre qué tema?

– No tengo ni idea.

El comisario se calló. Escrutó las montañas, cada vez más soleadas. Parecían gigantes deslumbrados.

– Su padre -continuó-, ¿vive todavía?

– No. Desapareció hace varios años. Un accidente de alpinismo.

– ¿Nada sospechoso por ese lado?

– ¿Qué busca? Murió bajo una avalancha. La de la Grande Lance d'Allemond, en el 93. Es usted un poli, no cabe duda.

– Tenemos dos bibliotecarios alpinistas. Un padre y un hijo. Muertos ambos en las montañas. La coincidencia merece ser señalada, ¿no?

– Nada dice que Rémy haya sido asesinado en las montañas.

– Es cierto. Pero salió para una larga caminata la mañana del sábado. El asesino debió de sorprenderle en las alturas. Tal vez conocía su itinerario y…

– Rémy no era de los que siguen un itinerario clásico. Ni de los que lo revelan a otros. Era un hombre muy… secreto.

Niémans se inclinó.

– Muchas gracias, señorita. Ya conoce la fórmula: si recuerda un detalle… puede ponerse en contacto conmigo en uno de estos números.

Niémans anotó los números de su móvil y de una sala que el rector le había asignado en la universidad; el policía prefería instalarse en la facultad que en la gendarmería.

Murmuró:

– Hasta pronto.

La joven no levantó los ojos. El policía ya se iba cuando ella dijo:

– ¿Puedo hacerle una pregunta?

Le miraba fijamente con sus pupilas cristalinas. Niémans sintió una especie de malestar. Esos iris eran demasiado claros. Eran de cristal, de agua viva, cortantes como la escarcha.

– La escucho -respondió.

– Han dicho por la radio… En fin, ¿es cierto que era usted del equipo que mató a Jacques Mesrine?

– Era joven. Pero es cierto, sí.

– Me preguntaba… ¿Qué se siente después?

– ¿Después de qué?

– Después de una historia semejante.

Niémans dio varios pasos hacia la muchacha. Ésta retrocedió instintivamente. Pero levantó la mirada con valentía, con arrogancia.

– Siempre me complacerá conversar con usted, Fanny. Pero nunca me oirá hablar de eso. Ni de lo que perdí aquel día.

Su interlocutora bajó los ojos. Dijo con voz sorda:

– Ya veo.

– No, no ve nada. Y es una gran suerte para usted.

6

Los gorgoteos del agua restallaban en su espalda. Niémans había pedido prestados unos zapatos de marcha a la gendarmería y subía ahora los escalones naturales de la pared, relativamente fáciles de escalar. Una vez llegado a la altura de la falla, el policía observó el estrecho orificio donde había sido descubierto el cuerpo. Escrutó con atención todos los lados de la pared rocosa. Con las manos protegidas por guantes de látex, buscaba huellas de pitones en la muralla.

Agujeros en la piedra.

El viento cargado de gotas de agua helada le azotaba el rostro y a Niémans le encantaba esa sensación. Pese a las circunstancias, al llegar al pequeño lago había experimentado una inmensa impresión de plenitud. Quizás el asesino había elegido el lugar por esa razón: era un sitio de calma, de serenidad, sin contaminación, sin estridencias. Un lugar donde las aguas de jade aportaban la paz a los espíritus violentos.

El comisario no encontró nada. Prosiguió la búsqueda alrededor del nicho: ninguna huella de clavos de roca. Apoyó una rodilla en el reborde y palpó las paredes interiores de la cavidad. De pronto sus dedos descubrieron un orificio, neto, preciso, justo en el centro del techo de la gruta. El policía pensó brevemente en Fanny Ferreira. Había acertado en su previsión: el asesino, provisto de clavos de roca y poleas, había izado el cuerpo valiéndose sin duda de su propio peso.

Introdujo el brazo, palpó un poco más y descubrió un total de tres cavidades, con marcas de rosca, de una profundidad de veinte centímetros, dispuestas en triángulo, las tres huellas de los pitones que habían sostenido las poleas. Las circunstancias del crimen empezaban a concretarse. Rémy Caillois había sido sorprendido durante su caminata. El asesino lo había maniatado, torturado, mutilado y matado en las alturas solitarias y después había bajado al valle con el cuerpo de la víctima. ¿Cómo? Niémans echó una mirada hacia unos quince metros más abajo, allí donde las aguas se paralizaban en un espejo de laca. Por el torrente. Sin duda el asesino había surcado el río a bordo de una canoa o de una embarcación de ese tipo.

Pero, ¿por qué tanto esfuerzo? ¿Por qué no abandonó el cadáver en el lugar del crimen?

El policía descendió con precaución. Una vez abajo, se quitó los guantes, dio la espalda a las rocas y escrutó esta vez la sombra de la falla en las aguas perfectamente lisas. El reflejo estaba tan quieto como un cuadro. Tuvo una convicción: aquel lugar era un santuario. Tranquilidad y pureza. Y tal vez el homicida lo había elegido por ese motivo. En cualquier caso, el investigador ya contaba con una certidumbre.

Su asesino era un alpinista consumado.

La berlina de Niémans estaba equipada con un transmisor VHF pero el policía no lo utilizaba nunca. Como tampoco utilizaba, para las comunicaciones confidenciales, su teléfono móvil, que todavía era menos discreto. Usaba más bien, desde hacía varios años, un pager o receptor de radiomensajes cuyas marcas y modelos variaba de vez en cuando. Nadie podía captar este tipo de sistema que sólo funcionaba con ayuda de un código. Conocía esta astucia por los traficantes parisienses que habían apreciado enseguida la extrema discreción de los radiomensajes. El comisario había dado el número y el nombre del código a Joisneau, Barnes y Vermont. Al subir a su coche, se sacó el estuche del bolsillo y pulsó el teclado. Ningún mensaje.

Puso el coche en marcha y volvió a la universidad.

Eran las once de la mañana; pocas siluetas atravesaban la explanada de un verde incipiente. Algunos estudiantes corrían por la pista del estadio, ligeramente excéntrico respecto del grupo de los bloques de hormigón.

El policía cogió una carretera transversal y se dirigió de nuevo al edificio principal. El inmenso bunker tenía ocho pisos y seiscientos metros de longitud. Aparcó y consultó su plano. Exceptuando la biblioteca, este edificio inmenso agrupaba las facultades de Medicina y de Ciencias Físicas. En los pisos se hallaban las salas de prácticas. En el último nivel se encontraban las habitaciones de los internos. El guardián del campus había marcado con rotulador rojo el número del apartamento ocupado por Rémy Caillois y su joven esposa.

Pierre Niémans pasó de largo las puertas de la biblioteca, que lindaban con la puerta principal, y entró en el vestíbulo del edificio: un espacio de una sola pieza, iluminado por anchos ventanales. Las paredes exhibían frescos naif, qué brillaban bajo la claridad matinal, y el fondo del vestíbulo se perdía, a varios centenares de metros más allá, en una especie de pulverulencia mineral. Las dimensiones del lugar eran más bien estalinistas; no tenían nada que ver con la atmósfera de mármol claro y madera oscura de las universidades parisienses. Esto era por lo menos lo que suponía Niémans: nunca había puesto los pies en ninguna facultad. Ni en París ni en ninguna otra parte.

Utilizó una escalera de peldaños de granito suspendidos, cada tramo de los cuales empezaba en forma de horquilla y estaban separados por hojas verticales. Una fantasía del arquitecto, en el mismo estilo abrumador que el resto. Uno de cada dos tubos de neón no funcionaba y Niémans atravesaba zonas de sombra total para reaparecer bajo una luz demasiado fuerte.

Al final accedió a un pasillo estrecho, punteado por pequeñas puertas. Enfiló el oscuro corredor -allí todos los tubos se habían fundido- en busca del número 34, el apartamento de los Caillois.

La puerta estaba entornada.

Con dos dedos, el policía empujó la fina puerta de contrachapado.

Le acogieron el silencio y la penumbra. Niémans se encontraba en un pequeño vestíbulo. Al fondo, una franja luminosa atravesaba el angosto pasillo. La débil claridad permitió al policía observar los cuadros colgados de las paredes. Eran fotografías en blanco y negro que parecían datar de los años treinta o cuarenta. Atletas olímpicos en pleno esfuerzo se retorcían en el cielo o surcaban la tierra en un orgulloso hieratismo. Los rostros, las siluetas, las posturas destilaban una especie de perfección inquietante, una pureza de estatuas, inhumana. Niémans pensó en la arquitectura de la universidad: todo ello formaba un conjunto coherente, y no precisamente alegre.

Bajo estos cuadros, descubrió un retrato de Rémy Caillois. Lo descolgó para verlo mejor. La víctima había sido un hombre apuesto, sonriente, con cabellos cortos y facciones crispadas. La mirada brillaba con un fulgor especialmente alerta.

– ¿Quién es usted?

Niémans volvió la cabeza. Una silueta femenina, envuelta en un impermeable, se perfilaba en el fondo del pasillo. El comisario se acercó. Otra mujer joven. También ella debía de tener menos de veinticinco años. Sus cabellos claros, de longitud mediana, encuadraban un rostro estrecho, arrugado, cuya palidez acentuaba sus ojeras. Sus facciones eran huesudas, pero delicadas. La belleza de esta mujer sólo aparecía a destiempo, como el eco de una primera impresión de malestar.

– Soy Pierre Niémans -declaró-. Comisario principal.

– ¿Y entra en mi casa sin llamar?

– Discúlpeme. La puerta estaba abierta. ¿Es usted la esposa de Rémy Caillois?

A guisa de respuesta, la mujer arrebató el cuadro de manos de Niémans y lo colocó de nuevo contra la pared. Después se quitó el impermeable y entró en la habitación contigua. Niémans entrevió subrepticiamente un pecho pálido y descarnado por el escote de un viejo jersey.

– Entre -dijo la mujer de mala gana.

Niémans descubrió un salón exiguo, decorado con esmero y austeridad. Pinturas modernas colgaban de las paredes. Líneas simétricas, colores angustiosos, temas incomprensibles. El policía no se fijó en ellas. En cambio, un detalle atrajo su atención: en la habitación dominaba un fuerte olor. A cola. Hacía muy poco que los Caillois habían tapizado las paredes con papel pintado nuevo. Este detalle le oprimió el corazón. Por primera vez se estremeció al pensar en el destino truncado de la pareja, en las cenizas de felicidad que debían de chisporrotear en el fondo del dolor de esta mujer. Comenzó en tono grave:

– Señora, vengo de París. He sido llamado por el juez de instrucción para colaborar en la investigación sobre la desaparición de su marido. Yo…

– ¿Tiene ya una pista?

El comisario la observó y tuvo de improviso ganas de romper un objeto, un cristal, cualquier cosa. Aquella mujer estaba transida de dolor pero todavía más de odio contra la policía.

– No tenemos nada por el momento -confesó-, pero espero que la investigación…

– Formule sus preguntas.

Niémans se sentó en el sofá cama, frente a la mujer que acababa de elegir una silla pequeña a bastante distancia de él. Para hacer algo, cogió un almohadón y lo manoseó unos segundos.

– He leído su declaración -contestó-. Ahora sólo quería obtener algunas informaciones complementarias. Mucha gente se dedica a dar grandes caminatas en esta región, ¿verdad?

– ¿Cree que hay tantas distracciones en Guernon? Todo el mundo practica el senderismo o el alpinismo.

– ¿Los otros excursionistas conocían los itinerarios de Rémy?

– No. No hablaba nunca de ello. Y se iba en las direcciones que más le gustaban…

– ¿Eran simples paseos o carreras?

– Eso dependía. El sábado, Rémy había salido a pie, a menos de dos mil metros de altitud. No se había llevado material.

Niémans hizo una pausa y luego fue al fondo de su interrogatorio:

– ¿Su marido tenía enemigos?

– No.

El tono equívoco de esta respuesta le incitó a formular otra pregunta que le sorprendió a él mismo:

– ¿Tenía amigos?

– Tampoco. Rémy era un hombre solitario.

– ¿Qué tipo de relaciones mantenía con los estudiantes, con los que frecuentaban la biblioteca?

– Su contacto con ellos se limitaba a las fichas de salida de los libros.

– ¿Nada extraño, estos últimos tiempos?

La mujer no respondió y Niémans insistió:

– ¿Su marido no estaba especialmente nervioso, tenso?

– No.

– Hábleme de la desaparición de su padre.

Sophie Caillois alzó la mirada. El color de las pupilas era apagado, pero el dibujo de las pestañas y las cejas, espléndido. Esbozó un encogimiento de hombros.

– Murió bajo una avalancha en el 93. Aún no nos habíamos casado. No sé nada concreto sobre ese punto. Rémy no lo mencionaba nunca. ¿Adónde quiere ir a parar?

El policía guardó silencio y examinó la exigua habitación, con los muebles colocados en línea recta. Conocía de memoria esa clase de lugar. Sabía que no estaba allí solo con Sophie Caillois. El recuerdo del muerto aún seguía flotando, como si su alma estuviera haciendo el equipaje en alguna parte de la habitación contigua. El comisario indicó los cuadros de las paredes.

– ¿Su marido no guardaba ningún libro aquí?

– ¿Por qué hacerlo? Trabajaba todo el día en la biblioteca.

– ¿Era allí donde preparaba su tesis?

La mujer asintió con un breve movimiento de cabeza. Niémans no dejaba de observar aquel rostro bello y duro. Le sorprendía haber conocido en menos de una hora a dos mujeres tan atractivas.

– ¿Sobre qué versaba su tesis?

– Sobre los Juegos Olímpicos.

– No es muy intelectual.

Sophie Caillois adoptó una expresión desdeñosa.

– Su tesis trataba de las relaciones entre la prueba y lo sagrado. El cuerpo y el pensamiento. Estudiaba el mito del athlon, el hombre original que aseguraba la fecundidad de la Tierra con su propia fuerza, con los límites transgredidos por su propio cuerpo.

– Discúlpeme -dijo Niémans-, conozco poco las cuestiones filosóficas… ¿Tiene esto relación con las fotografías del pasillo?

– Sí y no. Son clisés extraídos de una película de Leni Riefenstahl sobre los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín.

– Estas imágenes son impresionantes.

– Rémy decía que esos juegos habían recuperado el vínculo profundo de Olimpia, aunar el cuerpo y el pensamiento, el esfuerzo físico y la expresión filosófica.

– En ese caso concreto se trataba de la ideología nazi, ¿no es así?

– Mi marido se burlaba de la naturaleza del pensamiento expresado. Le fascinaba esa única fusión: la idea y la fuerza, el espíritu y el cuerpo.

Niémans no entendía nada de esta especie de galimatías. La mujer se inclinó y dijo de repente, con violencia:

– ¿Por qué le han enviado aquí? ¿Por qué a un hombre como usted?

Hizo caso omiso de la agresividad de la observación. Durante sus interrogatorios usaba siempre la misma técnica, inhumana y fría, basada en la intimidación. Era inútil, cuando uno era policía -y sobre todo, cuando se tenía su facha-, jugar con los sentimientos o con la psicología de bazar. Preguntó con voz autoritaria:

– A su juicio, ¿existía una razón para estar resentido con su marido?

– ¿Usted delira o qué? -exclamó ella-. ¿No ha visto el cuerpo? ¿No comprende que el asesino de mi marido es un maníaco? ¿Que Rémy fue sorprendido por un loco? ¿Un maníaco que se cebó en él, que le golpeó, torturó y mutiló hasta el fin?

El policía respiró profundamente. De hecho, pensaba en aquel bibliotecario silencioso, descarnado, y en esta mujer agresiva. Una pareja como para helar la sangre a cualquiera. Inquirió:

– ¿Cómo era su convivencia?

– ¿Qué coño le importa eso?

– Se lo ruego, contésteme.

– ¿Soy sospechosa?

– Sabe bien que no. Por favor, respóndame.

La joven le lanzó una mirada lapidaria.

– ¿Quiere saber cuántas veces follábamos por semana?

Niémans sintió que se le ponía carne de gallina.

– Coopere, señora. Yo hago mi trabajo.

– Largo de aquí, policía de mierda.

Sus dientes no eran blancos y, sin embargo, el contorno de los labios era delicioso, conmovedor. Niémans miró fijamente aquella boca, los perfiles agudos de los pómulos, de las cejas, que resplandecían a través de la palidez apagada del rostro. Poco importaba el resplandor de la tez, el color de los ojos, todas esas ilusiones de luces y de tonos. La belleza era una cuestión de línea, de esbozo. De pureza incorruptible. El policía no se movió.

– ¡Largo de aquí! -gritó la mujer.

– Una última pregunta. Rémy vivió siempre en la universidad. ¿Cuándo hizo el servicio militar?

Sophie Caillois se quedó rígida, desconcertada por la pregunta. Cruzó los brazos, como bruscamente asaltada por un frío interior.

– No lo hizo.

– ¿Le declararon inútil?

Ella asintió, bajando la cabeza.

– ¿Por qué motivo?

Los ojos de la mujer se clavaron de nuevo en el comisario.

– ¿Qué busca?

– ¿Por qué motivo?

– Algo psiquiátrico, creo.

– ¿Sufría trastornos mentales?

– Pero, ¿de dónde sale usted? Todo el mundo intenta que lo declaren inútil por motivos psiquiátricos. Eso no quiere decir nada. Uno finge, dice cualquier cosa y le declaran inútil.

Niémans no añadió nada, pero todo su ser debía expresar una sorda desaprobación. La mujer miró de repente su corte a cepillo, su sobria elegancia, y sus labios se arquearon en una mueca de disgusto.

– Cabrón de mierda, lárguese.

El se levantó, murmurando:

– Me voy ahora mismo. Pero quiero que sepa una cosa.

– ¿Qué? -escupió ella.

– Le guste o no, son personas como yo los que atrapan a los asesinos. Son personas como yo las que pueden vengar a su marido.

Durante unos segundos, los rasgos de la mujer se petrificaron, después le tembló la barbilla y prorrumpió en sollozos. Niémans dio media vuelta.

– Yo lo atraparé -dijo.

En el umbral, dio un puñetazo a la pared y lanzó por encima del hombro:

– Se lo juro por Dios: yo atraparé al hijo de puta que ha matado a su marido.

Fuera, una claridad argéntea le golpeó el rostro. Manchas negras bailaron bajo sus párpados. Niémans dudó un momento. Se esforzó por andar tranquilamente hasta su coche mientras los halos oscuros se transformaban poco a poco en rostros de mujer. Fanny Ferreira, la morena. Sophie Caillois, la rubia. Dos mujeres fuertes, inteligentes y agresivas. Unas mujeres que, sin duda, el policía no tendría nunca en sus brazos.

Propinó un violento puntapié a una papelera metálica rebosante, fijada a un poste, y después miró su receptor de radiomensajes, como por reflejo.

La pantalla pestañeaba: el médico forense acababa de terminar la autopsia.

II

7

Al amanecer del mismo día, a doscientos cincuenta kilómetros de allí, en pleno oeste, el teniente de policía Karim Abdouf terminaba la lectura de una tesis de criminología sobre la utilización de las huellas genéticas en los casos de violación y asesinato. El tocho de seiscientas páginas le había mantenido despierto prácticamente toda la noche. Ahora tenía la vista fija en las cifras del despertador de cuarzo que sonaba. Las 07.00.

Karim suspiró, cargó con la tesis hasta el otro extremo de la habitación y se fue a la cocina a prepararse un té negro. Volvió al salón -que era también su comedor y su dormitorio- y escrutó las tinieblas a través del ventanal. Con la frente contra el vaso, calculó sus posibilidades de realizar un día una investigación genética en el poblacho infame adonde había sido trasladado. Eran nulas.

El joven beur [3] observaba los faroles que clavaban todavía las alas pardas de la noche. Un nudo de amargura le bloqueaba la garganta. Incluso en el punto culminante de sus actividades criminales, siempre había sabido evitar la prisión. Y ahora, con veintinueve años, convertido en poli, le encerraban en una prisión aún más abominable: un pequeño pueblo de provincias, sumido en el tedio, en el corazón de un lecho de rocalla. Una prisión sin muros ni barrotes. Una prisión psicológica que le consumía a fuego lento.

Karim se puso a soñar. Se vio metiendo en chirona a asesinos en serie gracias a los análisis del ADN y a programas especializados, como en las películas norteamericanas. Se imaginó a la cabeza de un equipo de científicos, estudiando la cartografía genética de los criminales. A fuerza de investigaciones, de estadísticas, los especialistas aislaban una especie de falla en alguna parte de la cadena cromosómica e identificaban esa fisura como la clave misma del impulso criminal. En una determinada época ya se había hablado de un doble cromosoma Y que caracterizaría a los homicidas, pero esta pista había resultado ser falsa. Sin embargo, en el sueño de Karim se había puesto en evidencia una nueva «falta de ortografía» en el conjunto de letras del ciclo genético. Y era el propio Karim quien permitía este descubrimiento, gracias a sus incesantes arrestos. De pronto, el joven poli no pudo reprimir un escalofrío.

Sabía que si existía esta «falla», corría igualmente por sus venas.

Para Karim, la palabra «huérfano» no había significado nunca nada. Sólo podía echarse de menos lo que se había conocido y el magrebí no había vivido nunca nada que se pareciera, de cerca o de lejos, a una vida de familia. Sus primeros recuerdos consistían en un rincón de linóleo y una televisión en blanco y negro en el hogar de la calle Maurice-Thorez, en Nanterre. Karim había crecido en el centro de un barrio sin gracia ni color. Unos pabellones lindantes con torres, terrenos vagos que se convertían progresivamente en barrios. Y también recordaba el juego del escondite en las obras, que poco a poco iban ganando terreno a la grama de su infancia.

Karim era un chico olvidado. O encontrado. Todo dependía del punto de vista. En cualquier caso, no había conocido nunca a sus padres y nada en la educación que le habían dispensado después venía a recordarle sus orígenes. No hablaba muy bien el árabe y sólo poseía vagas nociones del islam. El adolescente se había librado con rapidez de sus tutores, los educadores del hogar cuya buena voluntad y sencillez le daban ganas de vomitar… y se entregó a la ciudad.

Entonces descubrió Nanterre, un territorio sin límites, estriado de amplias avenidas puntuadas de barrios colosales, de fábricas, de edificios administrativos, donde caminaban transeúntes inquietos, andrajosos, vestidos con pingos mugrientos y familiares de mañanas sombrías. Pero la miseria sólo escandalizaba a los ricos. Y Karim no se percataba de la pobreza que lo ensuciaba todo en esa ciudad, desde el material más ínfimo hasta los profundos surcos de los rostros.

Guardaba, por el contrario, recuerdos emocionados de su adolescencia. El tiempo de lo punk, del No Future. Trece años. Los primeros colegas. Las primeras chavalas. Paradójicamente, Karim encontró, en la soledad y el tormento de la pubertad, razones para amar y compartir. Después de su infancia huérfana, el período de malestar adolescente fue para él como una segunda oportunidad de reencontrarse con el mundo exterior donde pudo abrirse a los demás. Hoy Karim recordaba todavía aquella época con una nitidez cristalina. Las largas horas en las cervecerías, abriéndose paso a codazos hasta las máquinas pinball, riendo con los colegas. Las ensoñaciones infinitas, pensando con un nudo en la garganta en alguna preciosidad entrevista en los escalones del instituto.

Pero los extrarradios también ocultaban su juego. Abdouf había sabido siempre que Nanterre era triste, sin horizonte. Descubrió que la ciudad era además violenta y mortal.

Un viernes por la noche apareció una pandilla en la cafetería de la piscina, que entonces hacía horario nocturno. Sin una palabra, rompieron la cara del patrón a puntapiés y botellazos. Una vieja historia de acceso denegado, de cervezas no pagadas, ya no se sabía. Nadie se había movido. Pero los gritos ahogados del hombre bajo el mostrador se inscribieron con líneas de resonancia en los nervios de Karim. Aquella noche se lo explicaron. Nombres, lugares, rumores. El árabe entrevió entonces otro mundo cuya existencia no sospechaba. Un mundo poblado de seres violentos, de barrios inaccesibles, de tipos asesinos. En otra ocasión, justo antes de un concierto en la calle de la Ancienne-Mairie, una pelea se convirtió en una matanza. Los clanes se habían desenfrenado una vez más. Karim vio tipos con la cara destrozada rodando por el asfalto, muchachas con los cabellos empapados de sangre protegiéndose bajo los coches.

El inmigrante crecía y ya no reconocía su ciudad. Se levantaba un mar de fondo. Se hablaba con admiración de Víctor, un camerunés que se chutaba en los tejados de los barrios. De Marcel, un granuja sifilítico, con una peca azul tatuada en la frente, a lo indio, condenado varias veces por violencia contra los polis. De Jamel, de Saïd, que habían atracado la caja de ahorros. A veces Karim los veía a la salida de la escuela. Le impresionaba su altivez, su nobleza. No eran seres vulgares, incultos y groseros, sino individuos con clase, elegantes, de mirada inquieta y gestos estudiados.

Escogió su bando. Empezó por robar radios de coche, después automóviles, y consiguió una independencia financiera. Frecuentó al Negro opiómano, a los «hermanos» ladrones, y sobre todo a Marcel. Un individuo errante, terrible, brutal, que se drogaba de la mañana a la noche pero que también poseía una mirada, una distancia frente al arrabal que fascinaba a Karim. Marcel, con el pelo al rape y oxigenado, llevaba chalecos de piel y escuchaba las Rapsodias húngaras de Liszt. Vivía en casas «okupas» y leía a Blaise Cendrars. Llamaba a Nanterre «el pulpo» y se inventaba, Karim lo sabía, toda una red de coartadas y análisis para explicar su decadencia futura, ineluctable. Paradójicamente, este ser de los arrabales demostraba a Karim que existía otra vida más allá de la periferia.

Entonces el inmigrante se juró acceder a ella.

Sin abandonar sus robos, trabajó como un forzado en el instituto, cosa que nadie comprendió. Se matriculó en el curso de boxeo tailandés, para protegerse de sí mismo y de los demás, porque a veces le asaltaban accesos de furor incontrolables. A partir de entonces su destino fue una cuerda tensa sobre la cual caminaba en equilibrio. A su alrededor los fangos negros de la delincuencia y de la droga lo absorbían todo. Karim tenía diecisiete años. De nuevo, la soledad. El silencio a su alrededor cuando cruzaba la sala de la asociación o cuando tomaba café en el bar del instituto junto a las máquinas pinball. Nadie osaba meterse con él. En esa época ya había sido seleccionado para los campeonatos regionales de boxeo tailandés. Todos sabían que Karim Abdouf era capaz de romperles la nariz de un golpe de talón sin apartar las manos del mostrador de cinc. También se murmuraban otras historias: reyertas, trapicheos, movidas increíbles.

La mayoría de estos rumores eran falsos, pero aseguraban una relativa tranquilidad a Karim. El joven alumno de instituto aprobó el bachillerato con una nota de «bien». Recibió las felicitaciones del director y comprendió, con sorpresa, que el hombre autoritario también tenía miedo de él. El árabe se matriculó en la Facultad de Derecho. Siempre en Nanterre. En ese momento robaba dos coches por mes. Conocía varios talleres, y los alternaba. Era sin duda el único inmigrante de la ciudad que no había sido nunca arrestado, ni siquiera molestado por la poli. Y aún no había probado ni una sola dosis de droga, de ningún tipo.

A los veintiún años, Karim obtuvo su título de Derecho. ¿Qué hacer ahora? Ningún abogado aceptaría como pasante a un joven moro de un metro ochenta y cinco, delgado como un huso y que llevaba perilla, trenzas de rasta y una fila de pendientes. De una u otra forma, Karim acabaría en el paro y volvería al punto de partida. Antes morir. ¿Seguir robando coches? Lo que más le gustaba a Karim eran las horas secretas de la noche, el silencio de los aparcamientos, las llamaradas de adrenalina que le asaltaban cuando inutilizaba los sistemas de seguridad de los BMW. Sabía que nunca podría renunciar a esta existencia oculta, aguda, tejida de riesgos y de misterio. Sabía también que un día u otro la suerte acabaría por cambiar.

Entonces tuvo una revelación: se convertiría en poli. Evolucionaría en el mismo universo oculto, pero al abrigo de leyes que despreciaba, a la sombra de un país sobre el que escupía con todas sus fuerzas. Desde sus años más jóvenes, Karim había retenido la lección: no tenía origen, ni patria, ni familia. Sus leyes eran sus propias leyes, su país era su propio espacio vital.

A su regreso del ejército, se matriculó en la escuela superior de inspectores de la policía nacional de Cannes-Écluse, cerca de Montereau, en régimen de interno. Por primera vez abandonaba su feudo de Nanterre. Sus resultados fueron inmediatamente excepcionales. Karim poseía aptitudes intelectuales superiores a la media y, sobre todo, conocía como nadie el comportamiento de los delincuentes, las leyes de las bandas, de la zona. Se convirtió asimismo en tirador de primera clase y su dominio del combate sin armas se incrementó. Era maestro en el arte del boxeo tailandés, quintaesencia del combate cuerpo a cuerpo que incluía lo más peligroso de las artes marciales y de los deportes de lucha de toda índole. En las filas de los aprendices de poli se le detestaba por instinto. Era árabe. Era orgulloso. Sabía luchar y se expresaba mejor que la mayoría de sus colegas, perdedores indecisos inscritos en las filas de la policía para escapar del paro.

Al cabo de un año, Karim terminó su formación con cursillos en el seno de varias comisarías parisienses. Siempre la misma zona, la misma miseria, pero esta vez en París. El joven aprendiz se instaló en un cuarto del barrio de las Abadesas. Confusamente, comprendió que estaba salvado.

Sin embargo, no había quemado los puentes con sus orígenes. Volvía a Nanterre con regularidad y pedía noticias. El desastre estaba en marcha. Habían encontrado a Víctor sobre el tejado de un inmueble de dieciocho pisos, acurrucado como un fetiche de marabú, con una jeringa plantada en el escroto. Sobredosis. Hassan, un batería cabila, rubio e inmenso, se había saltado los sesos con un fusil de caza. Los «hermanos ladrones» estaban encarcelados en Fleury-Mérogis. Y Marcel había caído definitivamente en la heroína.

Karim veía ir a la deriva a sus amigos y veía surgir con terror el último mar de fondo. El sida aceleraba ahora el proceso de destrucción. Los hospitales, antes llenos de obreros agotados, de viejos enfermos, se poblaban ahora de muchachos condenados de encías negras, piel manchada, órganos roídos. Así vio desaparecer a la mayor parte de sus colegas. Vio el mal ganar en potencia, en extensión, y aliarse después con la hepatitis C para diezmar las filas de su generación. Karim retrocedió, con el miedo en las tripas.

Su ciudad se moría.

En junio de 1992 obtuvo su título. Con las felicitaciones del jurado, unos horteras con anillos de sello que sólo le inspiraban piedad y condescendencia. Pero había que celebrarlo. El magrebí compró champán y se dirigió a Fontenelles, el barrio de Marcel. Aún hoy recordaba el menor detalle de aquella tarde. Llamó a su puerta. Nadie. Interrogó a los chiquillos de abajo y después recorrió los rellanos del inmueble, los terrenos de footing, los vertederos de papeles viejos… Nadie. Corrió así hasta la noche. En vano. A las diez Karim fue al hospital de la Maison de Nanterre, servicio de serología… Hacía dos años que Marcel era seropositivo. Atravesó las tempestades de éter, afrontó los rostros enfermos, interrogó a los médicos. Vio la muerte en activo, contempló los progresos atroces de la infección.

Pero no encontró a Marcel.

Cinco días después se enteró de que habían encontrado el cuerpo de su amigo en el fondo de un sótano, con las manos quemadas, la cara llena de cortes, las uñas retorcidas con un taladro. Marcel había sido torturado hasta la muerte, antes de ser rematado con un tiro de escopeta en la garganta. Karim no se extrañó de la noticia. Su amigo consumía demasiado y adulteraba las dosis que vendía. Su comercio se había convertido en una carrera contra la muerte. Por casualidad, el policía recibió el mismo día su placa de inspector, tricolor y resplandeciente. Vio una señal en esta coincidencia. Se retiró a la sombra y sonrió al pensar en los asesinos de Marcel. Aquellos cerdos no podían prever que Marcel tenía un amigo policía. Tampoco podían prever que ese poli no vacilaría en matarlos en nombre de un pasado superado y de la convicción profunda de que, mierda, no, la vida no podía ser tan asquerosa.

Karim inició la búsqueda.

En pocos días obtuvo el nombre de los matones. Los habían visto con Marcel poco antes del presunto momento del asesinato. Thierry Kalder, Éric Masuro, Antonio Donato. El joven magrebí sufrió un desengaño: se trataba de tres drogadictos de poca monta que sin duda habían querido arrancar a Marcel el lugar donde escondía su droga. Karim se informó con más precisión: ni Kalder ni Masuro habían podido torturar a Marcel. No eran lo bastante drogatas. Donato era el culpable. Extorsiones y violencias a muchachos. Proxenetismo de menores alrededor de los astilleros. Drogado hasta la médula.

Karim decidió que su sacrificio bastaría como venganza.

Tenía que actuar aprisa: los polis de Nanterre que le habían facilitado estos datos buscaban también a los hijos de puta. Karim se lanzó a las calles. Era de Nanterre, conocía los barrios, hablaba la lengua de los chicos. En un solo día localizó a los tres drogadictos. Estaban instalados en un inmueble ruinoso, cerca de uno de los puentes de autopista de la Universidad de Nanterre. Un lugar que esperaba su destrucción vibrando bajo el fragor de los coches que pasaban a varios metros de las ventanas.

Se dirigió a mediodía al inmueble en ruinas, haciendo caso omiso del estruendo de la autopista y el sol abrasador de junio. Unos niños jugaban en el polvo. Miraron fijamente al individuo alto con aires de rasta que entraba en el edificio devastado.

Karim cruzó el vestíbulo de buzones destrozados, subió la escalera de cuatro en cuatro y percibió, a través del ruido de los coches, el ritmo significativo de la música rap. Sonrió al reconocer A Tribe Called Quest, un álbum que él ya escuchaba hacía varios meses. Hundió la puerta de un puntapié y dijo simplemente: «Policía». Una descarga de adrenalina afluyó a sus venas. Era la primera vez que ejercía de poli sin miedo.

Los tres individuos se quedaron estupefactos. El apartamento estaba lleno de escombros, los tabiques habían sido arrancados, las tuberías sobresalían por todas partes, un televisor ocupaba el centro de un colchón reventado. Un modelo Sony último grito, sin duda robado la noche anterior. En la pantalla, una película porno desplegaba sus carnes macilentas. El ventilador zumbaba en un rincón, agitando el polvo del yeso.

Karim sintió su cuerpo desdoblarse y flotar en la habitación. Vio por el rabillo del ojo radios de coche amontonados al fondo. Vio los saquitos de polvo rotos sobre una caja de cartón puesta boca abajo. Vio una escopeta de aire comprimido entre las cajas de cartuchos. Reconoció enseguida a Donato gracias a la foto antropométrica que llevaba en el bolsillo, una figura pálida de ojos claros, huesos prominentes y cicatrices. Después los otros dos, acurrucados en su esfuerzo por salir de sus sueños químicos. Karim aún no había desenfundado el arma.

– Kalder, Masuro, desapareced.

Los dos hombres se estremecieron al oír su nombre. Titubearon, se lanzaron una mirada prolongada y se escurrieron hacia la puerta. Quedaba Donato, temblando como un ala de insecto. De repente se arrojó sobre el fusil. Karim le aplastó la mano en el momento en que aferraba la culata y le propinó un puntapié en la cara -llevaba zapatos con puntas de hierro- sin soltar su otro talón. La articulación del brazo crujió. Donato profirió un grito ronco. El poli agarró al hombre y lo acorraló contra un colchón viejo. El ritmo sordo de A Tribe Called Quest continuaba.

Karim desenfundó su automática, que llevaba en una funda con cierre de velero, a la izquierda, y metió su mano armada en una bolsa de plástico transparente, un polímero ignífugo, que había llevado consigo. Apretó los dedos sobre la culata cuadriculada. El individuo levantó la vista.

– ¿Qué… qué haces, cabrón?

Karim hizo subir una bala al cañón y sonrió.

– Los casquillos, tío. ¿No lo has visto nunca en los telefilmes? Es esencial no dejar los casquillos…

– Pero, ¿qué quieres? ¿Eres un poli? ¿Estás seguro de ser un poli?

Karim marcó la cadencia con la cabeza y por fin dijo:

– Vengo de parte de Marcel.

– ¿Quién?

El poli leyó incomprensión en la mirada del individuo. Vio que el espagueti no recordaba al hombre que había torturado hasta la muerte. Vio que en la memoria del drogadicto, Marcel no existía ni había existido nunca.

– Pídele perdón.

– ¿Qué… qué?

La luz del sol goteaba por la cara reluciente de Donato. Karim apuntó el arma envuelta en plástico.

– ¡Pide perdón a Marcel!

El hombre supo que iba a morir y chilló:

– ¡Perdón! ¡Perdón, Marcel! ¡Mierda! ¡Te pido perdón, Marcel! Yo…

Karim le disparó dos veces a la cara.

Recuperó las balas en las fibras calcinadas del colchón, se metió los casquillos ardientes en el bolsillo y salió sin volverse.

Presentía que los otros dos tipos iban a presentarse con refuerzos. Esperó unos minutos en el vestíbulo de entrada y entonces vio a Kalder y Masuro llegar a paso de carga, acompañados de otros tres zombis. Entraron en el edificio por las puertas bamboleantes. Antes de que pudieran reaccionar Karim apareció frente a ellos y acorraló a Kalder contra los buzones. Blandió su arma y gritó:

– Si hablas, estás muerto. Si me buscas, estás muerto. Si me matas, es cadena perpetua. ¡Soy poli, cabrón de mierda! Poli, ¿has comprendido?

Tiró al hombre al suelo de un empujón y salió al sol, aplastando cascos de cristal bajo sus pasos.

Fue así como Karim dijo adiós a Nanterre, la ciudad que se lo había enseñado todo.

Unas semanas más tarde el joven inmigrante telefoneó a la comisaría de la plaza de la Boule a propósito de la investigación. Le explicaron lo que ya sabía. Habían matado a Donato, a priori con dos balas de calibre 9 mm parabellum, pero no se habían encontrado ni las balas ni los casquillos. En cuanto a los dos comparsas, habían desaparecido. Caso archivado. Para los polis. Para Karim.

El árabe había pedido entrar en la BRI, Quai des Orfévres, especializada en vigilancia, delitos flagrantes y asaltos. Pero sus resultados actuaron contra él. Le propusieron a cambio la Sexta División -la brigada antiterrorista-, a fin de infiltrarse en los integristas islámicos de los barrios calientes. Los polis árabes eran demasiado raros para no aprovecharse de uno. Se negó. No era cuestión de jugar a los polis, ni siquiera con asesinos fanáticos. Karim quería recorrer el reino de la noche, perseguir a los asesinos, enfrentarse a ellos en su propio terreno y surcar ese mundo paralelo al cual pertenecía. No apreciaron su negativa. Unos meses después, Karim Abdouf, número uno de su promoción en la escuela de policía de Cannes-Écluse, homicida desconocido de un drogadicto psicópata, fue trasladado a Sarzac, en el departamento del Lot.

El Lot. Una región donde los trenes ya no se detenían. Una región donde los pueblos fantasma surgían tras un recodo de la carretera, como flores de piedra. Un país de cavernas donde incluso el turismo estaba destinado a los trogloditas: gargantas, precipicios, pinturas rupestres… La región era un insulto a la identidad de Karim. Él era un árabe, un hombre de las calles, y nada podía estar más lejos de él que este maldito pueblo provinciano.

A partir de entonces dio comienzo una cotidianidad lastimosa. Karim tuvo que afrontar jornadas mortales, marcadas por misiones irrisorias. Hacer el parte de un accidente de carretera, detener a un ladrón en un centro comercial, pillar a un carterista en los lugares turísticos…

El joven inmigrante empezó entonces a vivir sus sueños. Se procuró las biografías de los grandes polis. Iba siempre que podía a las bibliotecas de Figeac o de Cahors para coleccionar artículos de prensa sobre investigaciones, sucesos, cualquier cosa que le recordara su verdadera profesión de policía. Se procuró asimismo viejos best-séllers, memorias de gángsters… Se suscribió a las revistas de profesionales de la policía, a revistas especializadas en armas, en balística, en nuevas tecnologías. Todo un mundo de papel en el cual Karim se sumergió poco a poco.

Vivía solo, dormía solo, trabajaba solo. En la comisaría, sin duda una de las más pequeñas de Francia, era temido y detestado a la vez. Sus colegas le llamaban Cleopatra a causa de sus trenzas. Le creían integrista porque no bebía alcohol. Le atribuían costumbres extrañas porque siempre rechazaba, durante las patrullas nocturnas, el desvío obligado a casa de Sylvie.

Aislado en su soledad, Karim contaba los días, las horas, los segundos, y podía pasar fines de semana enteros sin abrir la boca.

Esta mañana de lunes salía de una de estas curas de silencio vividas casi totalmente en su estudio, con excepción del entrenamiento en el bosque, donde repetía incansablemente los gestos y los movimientos asesinos del boxeo tailandés antes de quemar algunos cargadores contra los árboles centenarios.

Llamaron a la puerta. Por reflejo, Karim miró su reloj de pulsera. 07.45. Fue a abrir.

Era Sélier, uno de los polis de guardia. Tenía una expresión glauca, entre la inquietud y el sueño. Karim no le invitó a una taza de té. Ni siquiera a tomar asiento. Preguntó:

– ¿Qué pasa?

El hombre abrió la boca pero no dijo nada. Un sudor graso le pegaba los cabellos bajo la gorra. Al final balbució:

– Es… la escuela. La escuela pequeña.

– ¿Qué?

– La escuela Jean-Jaurès. Han entrado en ella… esta noche.

Karim sonrió. La semana empezaba a toda velocidad. Jóvenes gamberros del pueblo vecino habían destrozado la escuela primaria por el mero placer de arrasar el mundo.

– ¿Han armado mucho escándalo? -preguntó Karim mientras se vestía.

El policía de uniforme hizo una mueca al ver la ropa que se ponía Karim. Camiseta, vaqueros, sudadera con capucha y cazadora de cuero marrón, un modelo de los años cincuenta. Balbució:

– No, de eso se trata. Es una buena faena.

Karim se anudó los cordones de las botas montantes.

– ¿Una buena faena? ¿Qué quieres decir?

– No es obra de los jóvenes… Han entrado en la escuela con ganzúas. Y han tomado muchísimas precauciones. Ha sido precisamente la directora quien ha observado algunos detalles extraños, si no…

El moro se levantó.

– ¿Qué han robado?

Sélier silbó y se pasó el índice por debajo del cuello:

– Esto es todavía más extraño. No han robado nada.

– ¿En serio?

– En serio. Sólo han entrado en una sala y después… parece ser que se han marchado…

Durante un breve instante, Karim se observó reflejado en los cristales. Las trenzas le caían al sesgo a ambos lados de las sienes, el rostro estrecho y oscuro se alargaba en una barba de chivo. Se ajustó el bonete tejido con los colores jamaicanos y sonrió a su imagen. Un Diablo. Un Diablo surgido del Caribe. Se volvió hacia Sélier.

– ¿Y por qué vienes a buscarme a mí?

– Crozier aún no ha vuelto del fin de semana. Entonces Dussard y yo hemos pensado que… en fin, que tú… Es preciso que lo veas, Karim, yo…

– Está bien. Vamos.

8

El sol salía sobre Sarzac. Un sol de octubre, tibio y pálido como una mala convalecencia. Karim seguía al coche patrulla en su viejo Peugeot. Atravesaron el pueblo muerto que aún exhibía a esa hora los fulgores blanquecinos de los fuegos fatuos.

Sarzac no era un pueblo antiguo ni una ciudad moderna. Se extendía por una larga planicie donde desperdigaba sus inmuebles o caserones entre dos edades, sin ningún signo particular. Sólo el centro de la localidad presentaba un ligero carácter propio: un pequeño tranvía lo atravesaba de parte a parte, a lo largo de viejas calles empedradas. Cada vez que pasaba por allí, Karim pensaba en Suiza o Italia, sin saber demasiado por qué. No conocía ninguno de los dos países.

La escuela Jean-Jaurés estaba situada en el extremo este, en el núcleo de los barrios pobres, cerca de la zona industrial de la ciudad. Karim llegó a un conjunto de edificios azules y marrones, todos de aspecto miserable, que le recordaban los barrios de su infancia. La escuela se levantaba al final de una rampa de hormigón que dominaba una carretera de asfalto llena de fisuras.

En la escalinata les esperaba una mujer, oculta bajo un cárdigan oscuro. La directora. Karim la saludó y se presentó. La mujer le saludó con una sonrisa sincera y eso le sorprendió. En general solía despertar desconfianza. Karim agradeció mentalmente a la mujer su espontaneidad y la examinó en pocos segundos. Su rostro era liso como un estanque, con grandes ojos verdes flotando encima como dos nenúfares.

Sin comentarios, la directora le pidió que la siguiera. El edificio seudomoderno parecía no haber sido terminado nunca. O bien hallarse en un estado de restauración indefinida. Los pasillos, muy bajos de techo, estaban hechos con paneles de poliestireno, algunos de ellos mal ajustados. La mayoría habían sido recubiertos de dibujos infantiles, esbozados sobre papel o pintados directamente sobre la pared. Pequeñas perchas se alineaban a la altura de los alumnos. Todo estaba desordenado. Karim tenía la sensación de moverse en una caja de zapatos que hubieran aplastado con el pie.

La directora se detuvo ante una puerta entornada. Murmuró con voz misteriosa:

– Es la única sala donde han entrado.

Empujó la puerta con precaución. Entraron en una oficina que se parecía más a una sala de espera. Armarios de vitrina albergaban numerosos registros y libros escolares. Una cafetera remataba un pequeño frigorífico. Un escritorio de madera de roble de imitación estaba sepultado bajo plantas verdes que se bañaban en platos llenos de agua. Toda la habitación olía a tierra empapada.

– Como ve -dijo la mujer señalando una de las vitrinas-, han abierto este armario. Son nuestros archivos. Pero a primera vista no han robado nada. Ni siquiera han tocado nada.

Karim se arrodilló y observó la cerradura de la vitrina. Diez años de robos con violencia y robos de coches le habían forjado una sólida experiencia en estos delitos. No cabía duda de que el intruso que había manipulado esta cerradura era un experto. Karim estaba estupefacto: ¿por qué un profesional habría ido a robar a una escuela primaria de Sarzac? Cogió uno de los registros y lo hojeó brevemente. Listas de nombres, comentarios de profesores, cartas administrativas… Cada volumen correspondía a un año distinto. El teniente se irguió.

– ¿Nadie ha oído nada?

– Verá, la escuela no está realmente vigilada -respondió la mujer-. Hay una portera pero, francamente…

Karim seguía observando el armario acristalado, forzado con suavidad.

– ¿Cree que el robo se ha producido en la noche del sábado o del domingo?

– Vaya usted a saber. Durante el fin de semana nuestra pequeña escuela es un auténtico cementerio. No hay nada que robar aquí.

– Muy bien -concluyó-. Será preciso que pase por la comisaría central para prestar declaración.

– Es usted un infiltrado, ¿verdad?

– ¿Cómo dice?

La directora observaba a Karim con atención. Explicó:

– Quiero decir: su vestimenta, su aspecto… Se mezcla con las bandas de las ciudades y…

Karim se echó a reír.

– Las bandas no vienen por aquí.

La directora hizo caso omiso de la observación y continuó, en un tono de experta:

– Sé cómo funciona lo suyo. He visto un documental sobre el tema. Los tipos como usted llevan chaquetas reversibles, marcadas con las siglas de la policía nacional y…

– Señora… -interrumpió Karim-. Verdaderamente, usted sobrestima su pequeña ciudad.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta. La directora le alcanzó:

– ¿No busca indicios? ¿Huellas?

Karim replicó:

– Creo que, habida cuenta de la gravedad del asunto, nos contentaremos con tomar su declaración y dar una pequeña vuelta por el barrio.

La mujer pareció decepcionada. Miró de nuevo con atención a Karim.

– No es usted de la región, ¿verdad?

– No.

– ¿Qué ha hecho para estar aquí?

– Es una larga historia. Uno de estos días, es posible que vuelva para contársela.

Fuera, Karim se reunió con los policías de uniforme, que fumaban con el puño cerrado con miradas de colegiales cogidos in fraganti. Sélier salió del furgón.

– Teniente, caramba, hay una nueva historia.

– ¿Qué?

– Otro robo. Desde que estoy aquí, nunca…

– ¿Dónde?

Sélier vaciló y miró a sus colegas. Su aliento raspaba bajo su bigote.

– Yo… En el cementerio. Han entrado en un panteón.

Las tumbas y las cruces diseminadas por una ligera pendiente variaban entre los tonos grises y verdes como brillantes cinceladuras de liquen bajo el sol. Detrás de la verja, el joven árabe respiró el perfume del rocío y de las flores mustias.

– Esperadme aquí -masculló a sus colegas.

Karim se puso unos guantes de látex diciéndose que Sarzac se acordaría mucho tiempo de semejante lunes.

Esta vez pasó por su estudio para recoger su equipo «científico»: una caja que contenía polvos de aluminio y granito, adhesivos y ninhidrina para descubrir las huellas digitales, así como elastómero para sacar un molde de posibles huellas de pasos… Había decidido descubrir el menor indicio con precaución.

Siguió las avenidas de grava que conducían al panteón profanado, cuyo emplazamiento le habían descrito. Por un breve instante había temido una verdadera profanación, del estilo de las que ocurrían en Francia desde hacía varios años, según una moda macabra. Cráneos de muertos y fiambres mutilados. Pero no: allí estaba todo en perfecto orden. Los profanadores no habían tocado nada, excepto el panteón. Karim se acercó al bloque de granito: un monumento en forma de capilla.

La puerta sólo estaba entornada. Se arrodilló y observó la cerradura. Como en la pequeña escuela, los ladrones habían hecho gala de un esmero particular. El policía acarició la arista de la pared y decidió que también se trataba de profesionales. ¿Los mismos?

Abrió más la puerta e intentó imaginar la escena. ¿Por qué los intrusos habían tomado tantas precauciones para abrir una sepultura y se habían ido sin volverla a cerrar? El teniente accionó varias veces el panel de piedra y comprendió: bajo la arista se había deslizado un poco de grava, haciendo mover el marco. Imposible ahora echar el cerrojo al panteón. Estos pequeños fragmentos minerales eran lo que revelaba el paso de los profanadores.

El poli escrutó después el sistema de clavijas de piedra que componía la cerradura. Una estructura sin duda habitual en esta clase de construcción, pero que sólo los especialistas podían conocer. El policía reprimió un escalofrío: ¿especialistas? Karim se preguntó otra vez si era realmente el mismo equipo el que había entrado en la escuela primaria y el cementerio. ¿Cuál podía ser la relación entre los dos hechos?

La estela le facilitó un principio de respuesta. La inscripción funeraria indicaba: «Jude Itero. 23 mayo 1972-14 agosto 1982». Karim reflexionó. Tal vez aquel niño había cursado sus estudios en la escuela Jean-Jaurès. Miró de nuevo la placa funeraria: ningún epitafio, ninguna oración. Sólo un pequeño marco ovalado, en plata vieja, clavado sobre el mármol. Pero en el interior no había ningún retrato.

– Es un nombre de niña, ¿no?

Karim se volvió: Sélier estaba allí de pie, con sus zapatones y su aire pasmado. El teniente contestó con desdén:

– No, es masculino.

– ¿Pero es inglés?

– No, judío.

Sélier se secó la frente.

– Vaya, ¿es una profanación como la de Carpentras? ¿Una historia de la extrema derecha?

Karim se enderezó y se frotó las manos enguantadas.

– No, no lo creo. Anda, ve a esperarme en el portal, con los otros.

Sélier se fue refunfuñando, con la gorra levantada. Karim le miró alejarse y luego observó otra vez la puerta entreabierta.

Se decidió por una pequeña zambullida bajo tierra. Avanzó, encorvado bajo el nicho, encendiendo la linterna. Bajó los escalones mientras el polvo crujía bajo sus pasos. Tenía la sensación de violar un tabú ancestral. Pensó que carecía de toda convicción religiosa y al instante se felicitó por ello. El haz halógeno ya cortaba la oscuridad. Karim avanzó un poco más y después se paró en seco. El pequeño ataúd de madera clara, colocado sobre dos caballetes, se recortaba en el rayo de la linterna.

Con la garganta seca, Karim se acercó y examinó el ataúd. Medía alrededor de un metro sesenta. Sus esquinas estaban coronadas por entorchados y arabescos de plata. El conjunto parecía en buen estado, pese a las humedades. Palpó las junturas, pensando que sin guantes nunca se habría atrevido a tocar el féretro. Se reprochó sentir semejante temor. A primera vista, la tapa no había sido abierta. Sostuvo la linterna entre los dientes para realizar un examen más profundo de los tornillos. Pero una voz resonó más arriba:

– ¿Qué diablos hace aquí?

Karim se sobresaltó. Abrió la boca y se le cayó la linterna, que rodó bajo la madera del ataúd. Las tinieblas se abatieron sobre él cuando se volvió. Un hombre se asomaba -hombros bajos y gorra plana- por la abertura. El moro buscó a tientas la linterna por el suelo. Murmuró:

– Policía. Soy teniente de policía.

El hombre de arriba no dijo nada, pero luego gruñó de repente:

– No tiene derecho a estar aquí.

El policía alumbró el suelo y volvió hacia los escalones. Miró con fijeza al tipo gordo y ceñudo, encuadrado por la cortina de claridad. Sin duda el guarda del cementerio. Karim sabía que estaba cometiendo una infracción. Incluso en un caso semejante, hacía falta una autorización escrita, firmada por la familia, o una orden específica para penetrar en una sepultura. Subió los peldaños y dijo:

– Apártese. Ya subo.

El hombre se hizo a un lado. Karim bebió la luz como un elixir de vida. Presentó su carné tricolor y declaró:

– Karim Abdouf. Comisaría de Sarzac. ¿Es usted quien ha descubierto la profanación?

El hombre guardó silencio. Escrutaba al árabe con sus pupilas incoloras: burbujas de aire en agua gris.

– No tiene derecho a estar aquí.

Karim asintió distraídamente. El aire matinal barrió su malestar.

– Vamos, amigo. No discuta. Los polis siempre tienen razón.

El anciano frunció los labios erizados de pelos de barba. Apestaba a alcohol y a barro húmedo. Karim continuó:

– Está bien. Dígame lo que sepa. ¿A qué hora ha descubierto esto?

El viejo suspiró.

– He venido a las seis. Tenemos un entierro esta mañana.

– ¿Cuándo fue la última vez que pasó por aquí?

– El viernes.

– ¿De manera que han podido abrir el panteón en cualquier momento durante este fin de semana?

– Sí. Aunque me inclino a creer que ha sido esta misma noche.

– ¿Por qué?

– Porque llovió el domingo por la tarde y no hay restos de humedad en el panteón… De modo que la puerta aún debía de estar cerrada.

Karim interrogó:

– ¿Vive usted cerca de aquí?

– Nadie vive cerca de aquí.

El árabe lanzó una mirada en derredor del pequeño cementerio, que respiraba calma y serenidad.

– ¿Han venido alguna vez vagabundos por estos parajes? -inquirió.

– No.

– ¿Nunca se ven visitantes sospechosos? ¿Vandalismo? ¿Ceremonias ocultas?

– No.

– Hábleme de esta tumba.

El guardián escupió a la grava.

– No hay nada que decir.

– Un panteón para un niño solo. Es extraño, ¿no?

– Sí, es extraño.

– ¿Conoce a los padres?

– No. No los he visto nunca.

– ¿No estaba usted aquí en 1982?

– No. Y el tipo que me precedió está muerto -dijo el hombre con una sonrisita sarcástica-. Es natural que también nos ocurra a nosotros…

– El panteón parece cuidado.

– No he dicho que no venga nadie. He dicho que no los conozco. Tengo experiencia. Sé con qué rapidez se gastan las piedras. Sé cuánto duran las flores, aunque sean de plástico. Sé cómo vienen las zarzas, las malas hierbas, todas esas porquerías. Puedo decir que vienen a menudo a cuidar este panteón. Pero nunca he visto a nadie.

Karim volvió a reflexionar. Se arrodilló de nuevo y observó el pequeño marco en forma de camafeo. Entonces se dirigió al guarda sin levantar la vista:

– Tengo la impresión de que los saqueadores han robado el retrato del muchacho.

– ¡Ah! Puede ser, sí.

– ¿Recuerda su cara? ¿La cara del niño?

– No.

Karim se enderezó y concluyó, quitándose los guantes:

– Un equipo científico vendrá más tarde para tomar las huellas y los posibles indicios. Anule la ceremonia de esta mañana. Diga que están de obras, que ha habido un escape de agua o algo parecido. No quiero que nadie se persone aquí el día de hoy, ¿entendido? Y sobre todo, ningún periodista.

El viejo asintió mientras Karim ya caminaba hacia el portal.

A lo lejos, una campana desgarradora daba las nueve.

9

Antes de ir a la comisaría a redactar su informe, Karim optó por un nuevo desvío hacia la institución escolar. El sol proyectaba ahora rayos de cobre contra las aristas de las casas. El poli se dijo una vez más que el día iba a ser espléndido y ese pensamiento banal le provocó una náusea.

Cuando llegó a la escuela, interrogó a la directora:

– ¿Estudió aquí en los años ochenta un niño llamado Jude Itero?

La mujer se mostró melindrosa, jugando con las mangas anchas de su cárdigan:

– ¿Ya tiene una pista, inspector?

– Por favor, respóndame.

– Bueno… habría que buscarlo en nuestros archivos.

– Pues, vamos. Enseguida.

La directora llevó de nuevo a Karim a la pequeña oficina de plantas verdes.

– ¿Los años ochenta, ha dicho? -preguntó, pasando un dedo por los registros amontonados detrás del cristal.

– 1982, 1981 y así sucesivamente -respondió Karim.

De pronto percibió un titubeo en la mujer.

– ¿Qué pasa?

– Es extraño. No me he percatado esta mañana…I

– ¿Qué?

– Los registros… Los del 81 y 82… Han desaparecido.

Karim apartó a la mujer y examinó el canto de los libros marrones, colocados en vertical. Cada libro llevaba la mención de un año. 1979, 1980… En efecto, faltaban los dos siguientes.

– ¿Qué hay exactamente en estos libracos? -preguntó Karim, hojeando uno de los ejemplares.

– La composición de las clases. Las observaciones de los maestros. Son los diarios de la escuela…

Cogió el registro de 1980 y consultó la composición de las clases.

– Si el niño tenía ocho años en 1980, ¿en qué clase debía estar?

– En el curso elemental 2. O incluso en el curso mediano I.

Karim leyó las listas correspondientes: no había ningún Jude Itero.

– ¿Hay otros documentos en la escuela relativos a las clases de los años 81 y 82?

La directora reflexionó.

– Bueno… Habría que ver arriba… Los registros del refectorio, por ejemplo. O los informes de las visitas médicas. Todo está guardado en el desván, sígame. Nadie va nunca allí arriba.

Subieron de cuatro en cuatro la escalera cubierta de linóleo. La mujer parecía muy alterada. Enfilaron un pasillo estrecho y llegaron a una puerta de hierro ante la cual la directora se quedó sobrecogida.

– Es… es increíble -dijo-. Esta puerta también ha sido forzada…

Karim observó la cerradura. Abierta, pero siempre con precaución. El policía dio unos pasos hacia el interior. Era una espaciosa buhardilla sin ventana, con excepción de un tragaluz enrejado. Sobre unas estructuras de hierro descansaban montones de papeles e historiales. El olor de papel seco y polvoriento impresionó a Karim.

– ¿Dónde están los expedientes del 81 y 82? -preguntó.

Sin contestar, la directora se dirigió hacia una arcada y se atareó con los gruesos fajos de papel y los registros apretados. La operación sólo duró unos minutos, pero la mujer fue categórica.

– También han desaparecido.

Karim sintió hormiguear sus miembros. La escuela. El cementerio. Los años 81-82. El nombre de un muchachito: Jude Itero. Esos elementos formaban un conjunto.

– ¿Estaba ya en esta escuela en 1981?

La mujer hizo un mohín de coquetería.

– Vamos, inspector -murmuró-, yo aún era estudiante…

– ¿No pasó nada de particular en esta escuela en aquella época? ¿Algo grave de lo cual habría oído hablar?

– No. ¿Qué quiere decir?

– La muerte de un alumno.

– No. Nunca he oído hablar de una historia así. Pero podría informarme.

– ¿Dónde?

– En la delegación de nuestra región. Podría…

– ¿Le sería posible averiguar además si un niño llamado Jude Itero estudiaba en su escuela durante esos dos años?

La respiración de la directora era entrecortada.

– Pues, claro… No hay problema, inspector. Voy a…

– Dese prisa. Pasaré de nuevo dentro de un rato.

Karim bajó apresuradamente la escalera, pero se detuvo a medio camino y se volvió.

– Sólo una cosa para su cultura policial. Hoy en día los polis ya no decimos «inspector», sino «teniente». Como los americanos.

La directora abrió sus grandes ojos a la sombra que desaparecía.

Entre todos los polis del puesto, el jefe Crozier era el que Karim menos detestaba. No porque fuera su superior jerárquico, sino porque poseía una vasta experiencia y daba a menudo pruebas de una auténtica intuición policial.

Oriundo del Lot, antiguo militar, Henri Crozier, cincuenta y cuatro años, pertenecía a la policía francesa desde hacía una veintena de años. De nariz aplastada, mechones engominados, como peinados con rastrillo, reflejaba rigor y dureza, pero su humor podía también aflorar con una bondad desconcertante. Crozier era un individuo solitario. No tenía esposa ni hijos e imaginarlo en el centro de un hogar era una idea de ciencia ficción. Esa soledad le acercaba a Karim, pero era su único punto en común. Aparte de esto, el jefe tenía todos los rasgos del poli de pocas entendederas. La clase de sabueso que habría querido reencarnarse en un pastor alemán.

Karim llamó y entró en la oficina. Archivos metálicos. Olor de tabaco perfumado. Pósters a la gloria de la policía francesa, siluetas inmóviles y mal fotografiadas. El árabe sufrió otra náusea.

– ¿Qué es este follón? -preguntó Crozier sentado detrás de su mesa.

– Un robo y una profanación. Hechos con discreción, con esmero. Y muy extraños.

Crozier hizo una mueca:

– ¿Qué han robado?

– En la escuela, unos registros. En el cementerio, no lo sé. Habría que practicar un registro minucioso en el interior del panteón donde…

– ¿Crees que hay relación entre los dos golpes?

– ¿Cómo no creerlo? Dos robos en el mismo fin de semana en Sarzac. Para disparar las estadísticas.

– ¿Pero has descubierto alguna relación entre los dos casos?

Crozier rascó el fondo de una pipa negruzca. Karim sonrió para sí: la caricatura del comisario en las series negras de los años cincuenta.

– Es posible que tengan una relación, sí -murmuró-. Una relación tenue, pero…

– Te escucho.

– El panteón profanado es el de un niño de nombre original, Jude Itero. Desaparecido a la edad de diez años, en 1982. ¿Tal vez usted lo recordará?

– No. Continúa.

– Pues bien, los registros que han birlado los ladrones son de los años 81 y 82. He pensado que tal vez el pequeño Jude había estudiado en esa escuela y que se trataba precisamente de los años que…

– ¿Tienes elementos en que apoyar esta hipótesis?

– No.

– ¿Y has indagado en las otras escuelas?

– Todavía no.

Crozier sopló su pipa a la manera de Popeye. Karim se le acercó y le habló en su tono más suave:

– Déjeme llevar esta investigación, comisario. Presiento algo oscuro en ese asunto. Una relación entre estos elementos. Parece increíble, pero tengo la impresión de que el golpe es obra de profesionales. Buscaban algo. Encontremos primero a los padres del muchacho y después llevaré a cabo un registro minucioso del panteón. ¿De acuerdo?

El comisario, con los ojos bajos, llenaba ahora con aplicación su pipa oscura. Masculló:

– Es un golpe de los skins.

– ¿Cómo?

Crozier levantó los ojos hacia Karim.

– Te lo digo yo: lo del cementerio es un golpe de los cabezas rapadas.

– ¿Qué cabezas rapadas?

El comisario soltó una carcajada y se cruzó de brazos.

– Como ves, aún te falta aprender mucho sobre nuestra pequeña región. Son una treintena. Viven en un almacén abandonado, cerca de Caylus. Un antiguo almacén de agua mineral. A veinte kilómetros de aquí.

Abdouf reflexionó mientras observaba a Crozier. El sol brillaba sobre sus cabellos engrasados.

– Creo que se equivoca.

– Sélier me ha dicho que la tumba era judía.

– ¡En absoluto! Le he dicho simplemente que Jude era un nombre de origen judío. Esto no significa nada. El panteón no tiene ningún símbolo hebreo y los judíos prefieren ser inhumados allí donde está enterrada su familia. Comisario, este niño murió a la edad de diez años. En las tumbas hebreas hay siempre en estos casos un dibujo, un motivo que ilustra este destino interrumpido. Como un pilar incompleto o un árbol derribado. Esa sepultura es una sepultura cristiana.

– Un verdadero especialista. ¿Cómo sabes todo esto?

– Lo he leído.

Crozier repitió, imperturbable:

– Es un golpe de los skins.

– Es absurdo. No se trata de un acto racista. Ni siquiera es vandalismo. Los ladrones buscaban otra cosa…

– Karim -interrumpió Crozier en un tono amistoso en el que flotaba una ligera tensión-, siempre aprecio tus juicios y tus consejos. Pero aún soy yo quien manda. Confía en el viejo zorro. Hay que ahondar en la pista de los cabezas rapadas. Creo que una pequeña visita por tu parte nos permitiría saber a qué atenernos.

Karim se puso rígido y tragó saliva.

– ¿Solo?

– No me digas que temes a un par de jóvenes con el pelo muy corto.

Karim no respondió. A Crozier le gustaba este tipo de pruebas. A su juicio, eran a la vez una cabronada y una muestra de afecto. El teniente agarró los bordes de la mesa escritorio. Si Crozier quería jugar le haría jugar a fondo:

– Le propongo un trato, comisario.

– Adelante.

– Yo interrogo a los skins en solitario. Les sacudo un poco y redacto un informe antes de la una. A cambio, usted me obtiene la autorización de entrar en el panteón y de practicar un registro en toda regla. También quiero interrogar a los padres del pequeño. Hoy.

– ¿Y si son los skins los que han dado el golpe?

– No son los skins.

Crozier encendió la pipa. Su tabaco chisporroteó como un manojo de alfalfa.

– De acuerdo -murmuró Crozier.

– Después de lo de Caylus, ¿llevaré yo la investigación?

– Sólo si tengo tu informe antes de la una del mediodía. De todos modos, los del SRPJ se nos echarán encima muy pronto.

El joven policía se dirigió hacia la puerta. Tenía ya los dedos en la manilla cuando el comisario le recordó:

– Ya verás, estoy seguro de que a los skins les encantará tu estilo.

Karim dio un portazo bajo la risa del viejo veterano.

10

Un buen poli estaba obligado a conocer a fondo al enemigo. Todas sus caras, todos sus aspectos. Y Karim era insuperable en el tema de los skins. Desde la época de Nanterre se había enfrentado a ellos varias veces en luchas sin cuartel. En la escuela de inspectores les había dedicado un informe exhaustivo. Mientras conducía a toda velocidad en dirección a Caylus, el árabe pasó revista a sus conocimientos. Para él, un modo de evaluar sus posibilidades frente a los cerdos.

Rememoró sobre todo los uniformes de las dos tendencias. No todos los skins eran de extrema derecha. También estaban los Red Skins, de extrema izquierda. Multirraciales, superentrenados, con un código de honor, eran tan peligrosos como los neonazis, si no más. Pero frente a ellos, Karim tenía alguna posibilidad de salir indemne. Recapituló brevemente los atributos de cada uno. Los fachas llevaban su bomber, la cazadora del ejército del aire inglés, del derecho: del lado verde brillante. Los Reds, por el contrario, la llevaban del revés, del lado naranja refulgente. Los fachas ataban sus zapatos de descargador de muelle con cordones blancos o rojos. Los rojos, con amarillos.

Alrededor de las once, Karim se detuvo ante el edificio abandonado «Las aguas del valle». El almacén, con sus altas paredes de plástico ondulado, se confundía con el puro azul del cielo. Un DS negro estaba aparcado ante la puerta. Tras realizar algunos preparativos, Karim se apeó de un salto. La escoria debía de estar en el interior durmiendo la curda de cerveza.

Caminó hasta el almacén, esforzándose en respirar con lentitud, midiendo su realidad inmediata. Cazadoras verdes y cordones blancos o rojos: los fachas. Cazadora anaranjada y cordones amarillos: los rojos.

Sólo tenía una posibilidad de salir indemne.

Inspiró hondo e hizo deslizar la puerta por su raíl. No tuvo necesidad de mirar los cordones para saber dónde acababa de entrar. En las paredes había cruces gamadas, pintadas a pistola de color rojo. Siglas nazis bordeaban imágenes de campos de concentración y ampliaciones de argelinos torturados. Debajo, una horda de cabezas rapadas con cazadoras verdes le observaba. Las chapas de hierro de sus Doc Martins relucían en la sombra. Extrema derecha, tendencia dura. Karim sabía que todos esos individuos llevaban tatuadas dentro del labio inferior las letras SKIN.

Karim se concentró, adoptó la posición de lince y buscó sus armas con la mirada. Conocía el arsenal de esta clase de tarados: puños americanos, bates de béisbol y pistolas de balines. Los cerdos debían ocultar además en alguna parte escopetas de aire comprimido, cargadas de balas de caucho.

Lo que divisó le pareció mucho peor.

Unas birds, skins femeninas, exhibiendo cabezas rapadas o bien trencillas que les caían sobre la frente y largas mechas que se derramaban por las mejillas. Aves bien gordas, saturadas de alcohol, sin duda más violentas que sus parejas. Karim tragó saliva. Comprendió que no tenía que vérselas con un grupo de parados ociosos sino con una verdadera banda, sin duda escondidos allí en espera de un encargo violento. Vio disminuir a gran velocidad sus posibilidades de salir airoso del trance.

Una de las mujeres bebió un trago y abrió mucho la boca para eructar. A la salud de Karim. Las otras explotaron de risa. Todos eran de la talla del policía.

El árabe se concentró para hablar con voz alta y firme:

– Vale, tíos. Soy policía. He venido a haceros algunas preguntas.

Los tipos se acercaron. Poli o no poli, Karim era ante todo un moraco. ¿Y qué valía el pellejo de un moraco en un almacén repleto de semejantes fantoches? ¿Incluso a los ojos de un Crozier y de los otros policías? El joven teniente se estremeció. Durante una décima de segundo sintió que el universo se desplomaba bajo sus pies. Le dominó la sensación de tener contra él a toda una ciudad, a todo el país, a todo el mundo, quizás.

Karim desenfundó y blandió su automática hacia el techo. El gesto inmovilizó a los asaltantes.

– Repito: soy un poli y quiero jugar limpio.

Lentamente, depositó su arma sobre un barril oxidado. Los cabezas rapadas le observaban.

– Dejo la pistola aquí. Que nadie la toque mientras hablamos.

La automática de Karim era una Glock 21, uno de esos nuevos modelos de polímero ultraligero en un 70%. Quince balas en la culata y una en el cañón y visor fosforescente. Sabía que aquellos tipos no habían visto nunca una igual. Ya los tenía.

– ¿Quién es el jefe?

El silencio fue la única respuesta. Karim dio unos pasos y repitió:

– El jefe, amigo. No perdamos más tiempo.

El más alto se acercó, con todo el cuerpo dispuesto a saltar en una explosión de violencia. Tenía el acento áspero de la región.

– ¿Qué quieres de nosotros, rata?

– Olvidaré que me has llamado así, tío. Y hablaremos un momento.

El skin se acercaba, meneando la cabeza. Era más alto y más ancho que Karim. Pensó en sus trenzas y en el inconveniente que representaban: su peinado de rasta ofrecía un asidero ideal en caso de enfrentamiento. El skin seguía avanzando y meneando la cabeza. Con las manos abiertas como pulpos de metal. Karim no cedió ni un milímetro. Echó una ojeada a la derecha: los otros ya se aproximaban a su arma.

– Vamos a ver, moro de mierda, ¿qué vas a…?

El cabezazo salió como un obús. La nariz del skin se empotró en su rostro. El hombre se dobló, Karim giró sobre sí mismo y le soltó un golpe de talón en la glotis. El gamberro voló del suelo y cayó dos metros más allá, arqueado por el dolor.

Uno de los skins se abalanzó sobre la pistola y aplastó el gatillo. Sólo un clic. Intentó armar la culata pero el cargador estaba vacío. Karim desenfundó una segunda pistola automática, una Beretta que llevaba en la espalda. Apuntó a los cabezas rapadas con las dos manos, inmovilizando a su víctima bajo el tacón, y gritó:

– ¿Creíais de verdad que iba a dejar una pistola cargada a tarados de vuestra especie?

Los skins estaban petrificados. El hombre gemía en el suelo, asfixiado:

– Maricón… «limpio», ¿eh?…

Karim le asestó un puntapié en la entrepierna. El tipo dio un alarido. El poli se arrodilló y le torció la oreja. Los cartílagos crujieron bajo sus dedos.

– ¿Limpio? ¿Con mierda como vosotros? -Karim prorrumpió en una risa nerviosa-. No me jodas… ¡Poneos de espaldas! ¡Las manos contra la pared, cabrones! ¡Vosotras también, zorras!

El poli disparó contra los tubos de neón. Surgió un fulgor azulado, la rampa de chapa rebotó contra el techo antes de desprenderse y aplastarse contra el suelo en una explosión de pavesas. Los camorristas corrieron en todas direcciones. Daban pena. Karim chilló hasta cascarse las cuerdas vocales:

– ¡Vaciaros los bolsillos! ¡Un gesto y os hago saltar las rótulas!

Los latidos del corazón de Karim parecían nublarle la vista. Plantó el cañón contra las costillas del jefe y preguntó en voz más baja:

– ¿Con qué os drogáis?

El hombre escupía sangre.

– ¿Qué tomáis para destrozaros?

– ¿Qu… qué?

Karim hundió más el cañón.

– Anfetas… speed… cola…

– ¿Qué cola?

– La di… la disoplastina…

– ¿La cola del caucho?

El cabeza rapada asintió sin comprender.

– ¿Dónde está? -continuó Karim.

El cabeza rapada miró con sus ojos inyectados hacia el techo.

– En el cubo de la basura, al lado del frigorífico…

– Si te mueves, te mato. -Karim caminó hacia atrás, barriendo el local con la mirada y apuntando a la vez con su arma al skin herido y a las siluetas inmóviles que le daban la espalda. Dio media vuelta a la bolsa: miles de píldoras se diseminaron por el suelo, así como los tubos de cola. Recogió los tubos, los abrió y cruzó la sala. Dibujó serpentinas viscosas por el suelo, justo detrás de los skins arrinconados. A su paso les fue asestando puntapiés a las piernas y a los riñones, mientras mandaba a buena distancia sus cuchillos y otros utensilios.

– Volveos.

Los cabezas rapadas arrastraron las Doc Martins.

– Vais a arrodillaros, tíos. Vosotras también, pavas. Y poned las manos sobre la cola.

Todas las manos se apretaron contra la disoplastina, que se coló entre los dedos cerrados. A la tercera tracción, las palmas quedaron pegadas definitivamente. Los skins se dejaron caer de bruces contra el suelo, torciéndose las muñecas al aplastarlas sobre el asfalto.

Karim se reunió con su primer adversario. Se sentó con las piernas cruzadas, en posición de loto, e inspiró profundamente para calmarse. Su voz se sosegó:

– ¿Dónde estabais ayer por la noche?

– No… no fuimos nosotros.

Karim aguzó el oído. Había humillado a los skins a fuerza de bravatas y ahora los interrogaba por guardar las formas. Estaba seguro de que esos descerebrados no tenían nada que ver con la profanación del cementerio. Sin embargo, este skin parecía saber algo. El moro se inclinó:

– ¿De qué hablas?

El cabeza rapada se apoyó sobre un codo.

– El cementerio… No hemos sido nosotros.

– ¿Cómo es que estás al corriente?

– Hemos… hemos pasado por allí…

En la mente de Karim surgió una idea. Crozier tenía un testigo. Alguien le había prevenido esta mañana: los skins habían sido vistos rondando el cementerio. Y el comisario le había mandado allí sin decirle nada. Karim le ajustaría las cuentas más tarde.

– Cuéntamelo.

– Pasábamos por allí…

– ¿A qué hora?

– No sé… A eso de las dos…

– ¿Por qué?

– No lo sé… Queríamos armar jaleo… íbamos a las casas de los obreros para darle una lección a algún moreno…

Karim se estremeció.

– ¿Y qué más?

– Pasamos cerca del cementerio… La verja estaba abierta… vimos unas sombras… unos gamberros que salían del panteón…

– ¿Cuántos eran?

– D… dos, creo…

– ¿Podrías describirlos?

El herido rió con sarcasmo.

– Tío, estábamos ciegos…

Karim le dio un manotazo en la oreja triturada. El skin ahogó un grito que acabó en un silbido de serpiente.

– ¿Podrías dar sus señas?

– ¡No! Estaba muy oscuro…

Karim reflexionó. Le volvió a la cabeza una certidumbre a propósito de los ladrones: eran profesionales.

– ¿Y después?

– Joder… Eso nos acobardó… pusimos pies en polvorosa… Pensamos que iban a echarnos la culpa… por lo de Carpentras…

– ¿Esto es todo? ¿No visteis nada más? ¿Ningún detalle?

– No… nada… A las dos de la madrugada, en ese poblacho… no se ve nada…

Karim se imaginó la soledad de la carretera estrecha, con un único farol como una zarpa blanca encima de la noche, rodeado por luciérnagas. Y la banda de cabezas rapadas dándose codazos, drogados hasta las orejas, gritando himnos nazis. Repitió:

– Reflexiona un poco más.

– Un… un poco más tarde… Creo que vimos un cacharro del Este, un Lada o algo parecido, que venía a toda velocidad en dirección contraria… Venía del cementerio… Por la D143…

– ¿De qué color?

– Bl… Blanco…

– ¿Nada de particular?

– Es… estaba cubierto de barro…

– ¿Has tomado nota de la matrícula?

– Capullo… No somos polis, cara culo…

Karim le propinó un golpe de tacón en el bazo. El hombre se retorció, emitiendo un gorgoteo sanguinolento. El teniente se enderezó y se sacudió el polvo de los vaqueros. Ya no había nada más que sonsacar. Oyó gemir a los otros a sus espaldas. Sin duda tenían quemaduras de tercer o cuarto grado en las manos. Karim concluyó:

– Irás amablemente a la comisaría de Sarzac. Hoy. A firmar tu declaración. Di que vas de mi parte, así recibirás un trato de favor.

El skin asintió con la cabeza palpitante y después alzó unos ojos de animal abatido.

– ¿Por qué… por qué… haces esto, tío?

– Para que te acuerdes -murmuró Karim-. Un poli siempre es un problema. Pero un poli moro es un maldito problema. Intenta darle una lección a un moreno y tendrás un problema.

Karim le asestó un último puntapié. A fondo.

El árabe salió andando hacia atrás y recuperó su Glock 21 al pasar.

Karim arrancó en tromba y se detuvo varios kilómetros más allá, en la linde de un bosque, para dejar que la tranquilidad volviera a sus venas y reflexionar. Así pues, la profanación había tenido lugar antes de las dos de la madrugada. Los saqueadores eran dos y conducían -tal vez- un cacharro del Este. Echó una mirada al reloj: tenía el tiempo justo de consignarlo todo por escrito. La investigación podía empezar en serio. Había que dar una orden de búsqueda, solicitar la documentación del automóvil, interrogar a la gente que vivía a lo largo de la D143…

Pero ya tenía la cabeza en otro sitio. Se había librado de su misión. Ahora Crozier le iba a dar carta blanca. Ahora podría llevar la investigación a su manera: huronear por ejemplo, acerca de un niño desaparecido en 1982.

III

11

El examen de la parte anterior del tórax revela largos cortes longitudinales realizados, sin duda, con un instrumento cortante. Encontramos igualmente otras laceraciones, efectuadas con el mismo instrumento, en los hombros, los brazos…

El médico forense llevaba una bata arrugada de tela gruesa y gafas pequeñas. Se llamaba Marc Costes. Era un hombre joven de facciones afiladas y mirada perdida. Al primer golpe de vista le había caído bien a Niémans, que había reconocido en él a un apasionado, un verdadero investigador falto, sin duda, de experiencia pero en absoluto de vocación. Leía su informe con una voz metódica:

… Quemaduras múltiples: en el torso, los hombros, las caderas, los brazos. Hemos contado aproximadamente veinticinco huellas de este tipo, muchas de las cuales se confunden con los cortes antes descritos…

Niémans interrumpió:

– ¿Qué quiere decir eso?

El médico alzó una mirada tímida por encima de sus gafas.

– Creo que el asesino cauterizó las heridas con fuego. Al parecer las salpicó de pequeñas cantidades de gasolina para luego encenderlas. Yo diría que utilizó un aerosol comercial, tal vez un Kärcher.

Niémans echó de nuevo una mirada a la sala de prácticas donde había instalado su cuartel general, en el primer piso del edificio Psicología/Sociología. Era en esta sala discreta donde había deseado hablar con el médico forense. El capitán Barnes y el teniente Joisneau estaban también presentes, muy atentos en sus sillas de estudiantes.

– Continúe -ordenó.

… Constatamos igualmente numerosos hematomas, edemas, fracturas. Sólo en el torso hemos encontrado dieciocho hematomas. Tiene cuatro costillas rotas. Las dos clavículas están deshechas. Tres dedos de la mano izquierda y dos de la derecha están aplastados. Los genitales están amoratados a fuerza de golpes.

El arma utilizada es sin duda una barra de hierro o de plomo de un espesor de unos siete centímetros. Por supuesto hay que distinguir las heridas causadas más tarde por el transporte del cuerpo y su «incrustamiento» en la roca, pero los edemas no evolucionan de la misma manera, post mortem…

Niémans echó una breve ojeada al auditorio: miradas huidizas y sienes relucientes.

… En cuanto a la parte superior del cuerpo. Rostro intacto. Ningún signo visible de equimosis en la nuca…

El policía preguntó:

– ¿Ningún corte en la cara?

– No. Parece incluso que el asesino haya evitado tocarla.

Costes bajó los ojos hacia su informe y continuó la lectura, pero Niémans volvió a interrumpirle:

– Espere. Supongo que esto se prolongará durante mucho rato.

El médico parpadeó nerviosamente, hojeando su informe.

– Varias páginas…

– De acuerdo. Leeremos todo esto cada uno por nuestro lado. Será mejor que nos diga la causa de la defunción. ¿Esas heridas fueron las que provocaron la muerte de la víctima?

– No. El hombre murió por estrangulación. No cabe la menor duda. Con un hilo metálico de unos dos milímetros de diámetro. Yo diría que un cable de freno de bicicleta, una cuerda de piano, un hilo de esa clase. El cable cortó la carne en una longitud de quince centímetros, destrozó la glotis, partió los músculos de la laringe y cortó la aorta, lo que provocó la hemorragia.

– ¿Hora del homicidio?

– Difícil de decir. A causa de la posición acurrucada del cuerpo. El proceso de rigidez cadavérica fue alterado por la postura y…

– Denos una hora aproximada.

– Diría que… a la puesta de sol, la tarde del sábado, entre las veinte y las veinticuatro horas.

– ¿Sorprendieron tal vez a Caillois cuando volvía de su excursión?

– No necesariamente. En mi opinión, las torturas duraron un buen rato. Creo que Caillois fue más bien atacado de madrugada. Y que su calvario se prolongó durante todo el día.

– ¿Le parece que la víctima se defendió?

– Imposible decirlo, habida cuenta de las múltiples heridas. Una cosa es segura: la víctima no murió de un golpe. Y estaba maniatado y consciente durante la sesión de tortura: las marcas de ataduras en los brazos y las muñecas son evidentes. Por otra parte, como la víctima no muestra ninguna señal de mordaza, es de suponer que el verdugo no temía que se oyeran sus gritos.

Niémans se sentó en el alféizar de una ventana.

– ¿Qué diría usted de las torturas? ¿Son profesionales?

– ¿Profesionales?

– ¿Se trata de técnicas de guerra? ¿De métodos conocidos?

– No soy especialista pero no, no lo creo. Diría más bien que son las maneras de… de un maníaco. De un enloquecido que quisiera obtener las respuestas a sus preguntas.

– ¿Por qué dice eso?

– El asesino quería hacer hablar a Caillois. Y Caillois habló.

– ¿Cómo lo sabe?

Costes se inclinó con humildad. A pesar del calor de la sala, no se había quitado la parka.

– Si el asesino hubiese querido hacer sufrir a Rémy Caillois solamente por placer, lo habría torturado hasta el fin. Y, como ya he dicho, acabó por matarlo de otra manera. Con un hilo metálico.

– ¿No hay huellas de agresiones sexuales?

– No. Nada al respecto. No van por ahí los tiros. En absoluto.

Niémans dio todavía unos pasos a lo largo de la tarima. Hizo un esfuerzo para imaginarse a un monstruo capaz de infligir tales malos tratos. Imaginó la escena. No vio nada. Ni rostro ni silueta. Pensó entonces en el martirizado, en lo que podía ver de él cuando estaba luchando con la muerte y el sufrimiento. Vio gestos salvajes, colores marrones, ocres, rojos. Un vendaval insoportable de golpes, de fuego, de sangre. ¿Cuáles habrían sido los últimos pensamientos de Caillois? Articuló claramente:

– Háblenos de los ojos.

– ¿De los ojos?

Fue Barnes quien formuló la pregunta. Bajo el golpe de la sorpresa, su voz había subido de volumen. Niémans se dignó responderle:

– Sí, los ojos. Me he percatado de ello hace un momento, en el hospital. El asesino extrajo los ojos de su víctima. Las órbitas parecían incluso llenas de agua…

– Exacto -dijo Costes.

– Empiece por el principio -ordenó Niémans.

Costes se ensimismó en sus notas.

– El asesino trabajó bajo los párpados. Deslizó un instrumento cortante, seccionó los músculos oculomotores y el nervio óptico y después extirpó los globos oculares. Luego raspó y limpió cuidadosamente el interior de las cavidades óseas.

– ¿Estaba ya muerta la víctima durante esa operación?

– No se puede saber. Pero he detectado signos de hemorragia en esta zona que podrían demostrar que Caillois aún vivía.

Reinó el silencio tras sus palabras. Barnes estaba lívido, Joisneau como petrificado por el terror.

– ¿Y después? -preguntó Niémans para borrar esta angustia que se intensificaba por segundos.

– Más tarde, cuando la víctima hubo muerto, el asesino llenó las órbitas de agua. De agua del río, supongo. A continuación volvió a cerrar delicadamente los párpados. Por eso los ojos estaban cerrados, e hinchados, como si no hubieran sufrido ninguna mutilación.

– Volvamos a la ablación. ¿Posee el asesino, según usted, nociones de cirugía?

– No. O si acaso nociones muy vagas. Yo diría que, al igual que con las torturas, se aplica.

– ¿Qué instrumental utilizó? ¿El mismo que para los cortes?

– De la misma familia, en todo caso.

– ¿Qué familia?

– Instrumentos industriales. Cutters.

Niémans se plantó delante del médico.

– ¿Es todo lo que puede decirnos? ¿Ningún indicio? ¿No se deduce ninguna orientación, después de su informe?

– Ninguna, por desgracia. El cuerpo fue lavado completamente antes de ser incrustado en la roca. Este cadáver no puede decirnos nada sobre el lugar del crimen y aún menos sobre la identidad del asesino. Sólo podemos suponer que se trata de un hombre fuerte y hábil. Esto es todo.

– Muy poco -gruñó Niémans.

Costes hizo una pausa y volvió a su informe:

– Hay solamente un detalle sobre el cual no hemos hablado… Un detalle que no tiene nada que ver con el asesinato.

El comisario se puso rígido.

– ¿Qué?

– Rémy Caillois no tenía huellas dactilares.

– ¿Cómo es eso?

– Tenía las manos corroídas, gastadas hasta el punto de no aparecer en sus dedos ningún surco, ninguna huella. Tal vez se quemó en un accidente. Pero es un accidente que se remonta a mucho tiempo atrás.

Niémans interrogó con la mirada a Barnes, quien arqueó las cejas en señal de ignorancia.

– Ya lo investigaremos -masculló el comisario.

Se acercó al médico hasta rozar su parka.

– ¿Qué piensa usted de este asesinato? ¿Qué presiente? ¿Cuál es su intuición de matasanos?

Costes se quitó las gafas y se restregó los párpados. Cuando volvió a ponerse las gafas, su mirada parecía más clara, más brillante. Y su voz más firme:

– El asesino sigue un rito oscuro. Un rito que debía acabarse en esa posición de feto, en el hueco de la roca. Todo esto parece muy preciso, muy madurado. Es decir, que la mutilación de los ojos debía de ser esencial. También está el agua. Esa agua bajo los párpados, en lugar de los ojos. Como si el asesino hubiese querido limpiar las órbitas, purificarlas. Estamos analizando esa agua. Nunca se sabe. Quizá contenga un indicio… Un indicio químico.

Niémans desestimó estas últimas palabras con un gesto vago. Costes hablaba de un papel purificador. El comisario, después de su visita al pequeño lago, también pensaba en una operación de catarsis, de apaciguamiento. Los dos hombres coincidían en este terreno. Más arriba del lago, el asesino había querido lavar la suciedad… ¿quizá simplemente purificar su propio crimen?

Pasaron los minutos. Ya nadie osaba moverse. Niémans murmuró al fin, abriendo la puerta de la sala:

– Volvamos al trabajo. El tiempo apremia. No sé qué tenía que confesar Rémy Caillois. Pero espero que esto no provoque más asesinatos.

12

Niémans y Joisneau se reunieron de nuevo en la biblioteca. Antes de entrar, el comisario echó una breve ojeada al teniente: sus rasgos estaban descompuestos. El policía le dio una palmada en la espalda, resoplando como un atleta. El joven Éric respondió con una sonrisa sin convicción.

Los dos hombres entraron en la gran sala de los libros. Les esperaba un espectáculo sorprendente. Dos oficiales de la policía judicial, con cara preocupada, así como un grupo de guardias del orden público en mangas de camisa, habían invadido la biblioteca y se entregaban a un registro minucioso. Centenares de libros estaban abiertos ante ellos, en montones, en columnas. Desconcertado, Joisneau preguntó:

– ¿Qué significa esto?

Uno de los oficiales contestó:

– Bueno, hacemos lo que nos han mandado… Buscamos libros que hablen del mal, de ritos religiosos y…

Joisneau lanzó una ojeada a Niémans. Parecía ofendido por los procedimientos de la operación. Gritó contra la OPJ:

– ¡Pero yo les había dicho que consultaran el ordenador! ¡No que fueran a buscar libros en las estanterías!

– Hemos iniciado una búsqueda informática, por título y por tema. Ahora recorremos los libros en busca de indicios relativos al asesinato…

Niémans interrumpió:

– ¿Han pedido consejo a los internos?

El oficial adoptó una expresión de despecho:

– Son filósofos. Nos han soltado discursos. El primero nos ha respondido que la noción del mal era un valor burgués, que era preciso revisar todo esto desde un ángulo social y más bien marxista. Lo hemos dejado allí plantado con su idea. El segundo nos ha hablado de «frontera» y de «transgresión». Pero ha añadido que la frontera estaba en nosotros… que nuestra conciencia no cesaba de negociar con un censor superior y… en fin, no hemos entendido nada. El tercero nos ha conectado con lo absoluto y la búsqueda de lo imposible… nos ha hablado de experiencia mística, que podía realizarse tanto en el bien como en el mal en su calidad de aspiración. Entonces… yo… en fin, la verdad es que no conseguimos gran cosa, teniente…

Niémans se echó a reír.

– Ya te lo había dicho -murmuró a Joisneau-, hay que desconfiar de los intelectuales.

Se dirigió directamente al policía pasmado:

– Continúe sus investigaciones. A las palabras «mal», «violencia», «torturas» y «ritos» añada «agua», «ojos» y «pureza». Consulte el ordenador. Busque sobre todo los nombres de los estudiantes que han consultado esos libros, que trabajaban sobre esos temas, por ejemplo en sus tesis doctorales. ¿Quién se ocupa del ordenador central?

Un muchacho bajo y corpulento que tenía buenos hombros bajo la bata, respondió:

– Yo, comisario.

– ¿Qué más ha encontrado en los ficheros de Caillois?

– Hay las listas de libros dañados, encargados, etc. Las listas de los estudiantes que vienen a consultar libracos y su lugar en la sala.

– ¿Su lugar?

– Sí. El trabajo de Caillois consistía en colocarlos… -con un movimiento de cabeza, designó los compartimientos acristalados-… en aquellas pequeñas cabinas. Memorizaba cada lugar en su programa.

– ¿No ha encontrado los trabajos de su tesis?

– Sí. Un documento de mil páginas sobre la antigüedad y… -miró una hoja de papel en la que había garabateado algo- Olimpia. Versa sobre los primeros Juegos Olímpicos y los ritos sagrados organizados en torno a ellos… Una cosa fastuosa, por cierto.

– Imprima una copia por ordenador y léalo.

– ¿Cómo?

Niémans añadió, en tono irónico:

– En diagonal, claro.

El hombre parecía desconcertado. El comisario agregó enseguida:

– ¿Nada más en el ordenador? ¿Ningún juego de vídeo? ¿Ningún buzón de correo?

El OPJ negó con la cabeza. La noticia no sorprendió a Niémans. Presentía que Caillois sólo había vivido en los libros. Un bibliotecario estricto que únicamente admitía una distracción de sus funciones profesionales: la redacción de su propia tesis. ¿Qué se podía hacer confesar a semejante asceta?

Pierre Niémans se dirigió a Joisneau:

– Ven por aquí. Quiero saber en qué estado se halla tu investigación.

Se aislaron en uno de los pasillos tapizados de libros. Al final del pasillo, un agente con gorra cotejaba un libro. Al comisario le resultó difícil permanecer serio ante tal escena. El teniente abrió su agenda.

– He interrogado a varios internos y a los dos colegas de Caillois en la biblioteca. Rémy no era muy apreciado pero sí respetado.

– ¿Qué le reprochaban?

– Nada de particular. Tengo la impresión de que provocaba malestar. Era un tipo reservado, retraído. No hacía ningún esfuerzo para comunicarse con los demás. En cierto sentido, esto concordaba con su trabajo. -Joisneau echó una ojeada a su alrededor, casi asustado-. Imagínese… en esta biblioteca, todo el día guardando silencio…

– ¿Te han hablado de su padre?

– ¿Sabía que él también había sido bibliotecario? Sí, me lo han dicho. El mismo tipo de individuo. Silencioso, impenetrable. A la larga, este ambiente de confesionario debe de modelar el carácter.

Niémans se acercó más a los libros.

– ¿Te han dicho que murió en la montaña?

– Por supuesto. Pero no hay nada sospechoso en ello. El pobre hombre fue sorprendido por una avalancha y…

– Ya lo sé. Según tú, nadie podía tener nada en contra de los Caillois, ni padre ni hijo, ¿verdad?

– Comisario, la víctima iba a buscar los libros al depósito, llenaba las fichas y daba a los estudiantes un número de pupitre. ¿Qué venganza quiere que atraiga? ¿Un estudiante a quien no ha dado la buena edición?

– De acuerdo. ¿Y respecto al alpinismo?

Joisneau volvió a hojear su agenda.

– Caillois era a la vez un alpinista y un deportista fuera de serie. El sábado pasado, según los testigos que le vieron partir, realizó una excursión a pie hasta una altitud de unos dos mil metros. Sin material.

– ¿Compañeros de marcha?

– Jamás. Ni siquiera le acompañaba su mujer. Caillois era un solitario. En el límite del autismo.

Niémans soltó su información:

– He vuelto a los alrededores del río. He descubierto huellas de clavos en la roca. Creo que el asesino utilizó una técnica de escalada para izar el cuerpo.

Las facciones de Joisneau se crisparon.

– Mierda, yo también subí y…

– Las cavidades están en el interior de la falla. El asesino fijó poleas en el nicho y después se deslizó para hacer contrapeso con su víctima.

– Mierda.

Su rostro expresaba una mezcla de despecho y admiración. Niémans sonrió.

– No tengo ningún mérito: me ha guiado mi testigo, Fanny Ferreira. Una verdadera profesional. -Guiñó un ojo-. Y una verdadera belleza… Quiero que sonsaques algo más en esa dirección. Haz una lista exhaustiva de los alpinistas federados y de todos aquellos que tienen acceso a esta clase de material.

– ¡Pero serán miles de personas!

– Pregunta a tus colegas. Pregunta a Barnes. Nunca se sabe. De esas pesquisas puede salir algo. También quiero que te ocupes de los ojos.

– ¿De los ojos?

– Has oído al forense, ¿no? El asesino los extrajo con un cuidado especial. No tengo la menor idea de qué puede significar eso. Puede ser fetichismo. Puede ser una voluntad de purificación particular. Es posible que estos ojos recuerden al asesino una escena que hubiera visto la víctima. O el peso de una mirada que el asesino hubiera vivido siempre como una obsesión. No lo sé. Es más bien oscuro y no me gusta esta clase de cháchara psicológica. Pero quiero que te recorras todo el pueblo y recojas todo lo que pueda relacionarse con los ojos.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, buscar si ha habido alguna vez en esta facultad o en el pueblo accidentes que conciernan a esa parte del cuerpo. Indaga también acerca de los procesos verbales de los últimos años en la brigada y hechos diversos en los periódicos de la zona. Riñas en las que pudiera haberse herido alguien. O mutilaciones de animales. No lo sé: tú busca. Indaga asimismo si hay problemas de ceguera, afecciones oculares en la región.

– ¿Piensa realmente que puedo encontrar…?

– No pienso nada -replicó Niémans-. Hazlo.

Al extremo del pasillo, el policía de uniforme seguía lanzando miradas de soslayo. Al final dejó caer sus libros y desapareció. Niémans continuó en voz baja:

– También quiero saber exactamente qué hizo las últimas semanas Caillois. Quiero saber a quién vio, con quién habló. Quiero la lista de sus llamadas telefónicas y sus faxes. Quiero la lista de las cartas que recibió, todo. Caillois conocía tal vez a su asesino. Podría ser incluso que se hubiera citado con él allí arriba.

– ¿Y su mujer no ha dicho nada útil?

Niémans no contestó. Joisneau añadió enseguida:

– Al parecer se siente incómoda.

Joisneau se guardó la agenda. Había recuperado el color.

– No sé si debería decirle esto… con este cuerpo mutilado… y este asesino desequilibrado merodeando por ahí…

– ¿Qué?

– Pues que, en fin, tengo la impresión de aprender muchas cosas con usted.

Niémans hojeaba un libro de la estantería: Topografía y relieve del departamento del Isère. Lanzó el libro a las manos del teniente y concluyó:

– Bueno, pues reza para que aprendamos lo mismo sobre el asesino.

13

El perfil de la víctima acurrucada. Músculos torcidos bajo la piel como cuerdas. Llagas negras, violáceas, que rasgan en algunos puntos la carne pálida y azulada.

De vuelta a la sala donde trabajaba, Niémans observó las fotos Polaroid del cuerpo de Rémy Caillois.

El rostro de frente. Párpados entreabiertos sobre los agujeros negros de las órbitas.

Todavía con el abrigo puesto, pensó en los sufrimientos del hombre. En la violencia del terror que acababa de surgir en esta región inocente. Sin confesárselo, el policía temía lo peor. Otro asesinato, tal vez. O un crimen impune, barrido por los días y el miedo, que ayudarían a todos a olvidar. Mucho más que a recordar.

Las manos de la víctima. Fotografiadas desde arriba y desde abajo. Unas manos finas y bellas, entreabiertas sobre sus extremidades anónimas. Ni la sombra de una huella. Restos de metal en las muñecas. Granulosos. Oscuros. Minerales.

Niémans empujó su silla hacia atrás y se apoyó contra la pared. Cruzó las manos detrás de la nuca y meditó en sus propias frases: «Cada elemento de una investigación es un espejo. Y el asesino se oculta en uno de sus ángulos muertos». No conseguía alejar de su mente esta certidumbre: Caillois no había sido elegido al azar. Su muerte estaba relacionada con su pasado. A una persona que había conocido. A un acto que había cometido. O a un secreto que había desvelado.

¿Cuál?

Desde su infancia, Caillois pasaba su existencia en la biblioteca de la universidad. Y desaparecía cada fin de semana en las soledades etéreas que dominaban el valle. ¿Qué había podido hacer o descubrir para merecer su ejecución?

Niémans optó por una breve investigación sobre el pasado de la víctima. Por reflejo, o por obsesión personal, empezó por un detalle que le había llamado la atención cuando conoció a Sophie Caillois.

Después de varias comunicaciones telefónicas, contactó por fin con el 14 Regimiento de Infantería, situado en las afueras de Lyon, donde todos los jóvenes llamados a filas de la región del Isère pasaban la revisión médica. Después de haber facilitado su identidad y explicado la razón de sus llamadas, dio con el servicio de archivos e hizo exhumar el expediente informático del joven Rémy Caillois, que había sido dado de baja en los años ochenta.

Niémans percibió el sonido furtivo de las teclas de una máquina de escribir, los pasos lejanos en la sala y después el crujido de las hojas de papel. Pidió al archivero:

– Léame las conclusiones del expediente.

– No sé si… ¿Quién me demuestra que es usted comisario?

Niémans suspiró:

– Llame a la brigada de la gendarmería de Guernon. Pregunte por el capitán Barnes y…

– De acuerdo. Esto basta. Se lo leo. -Hojeó las páginas-. Paso de largo los detalles, las respuestas a las pruebas y todo eso. La conclusión es que su individuo fue dado de baja P4 por «esquizofrenia aguda». El psiquiatra añadió una nota manuscrita al margen… Escribió: «Imperativo tratamiento terapéutico», y subrayó estas palabras. Después anotó: «Contactar con el CHRU de Guernon». A mi juicio, su hombre debía de estar fatal, porque normalmente…

– ¿Sabe usted el nombre del médico?

– Claro, es el comandante doctor Yvens.

– ¿Sigue trabajando en su guarnición?

– Sí. Está arriba.

– Pásemelo.

– Yo… Está bien. No cuelgue.

Una música de fanfarria digital surgió del microteléfono y después sonó una voz muy grave, como en clave de fa. Niémans se presentó y repitió sus explicaciones. El doctor Yvens parecía escéptico. Al final preguntó:

– ¿Cómo se llama el sujeto?

– Caillois, Rémy. Le dieron la baja P4 hace cinco años. Esquizofrenia aguda. ¿Existe una posibilidad de que usted lo recuerde? De ser así, querría saber si, en su opinión, fingía o no su locura.

La voz objetó:

– Esos documentos son confidenciales.

– Acaban de encontrar su cuerpo incrustado en una roca. Con la garganta abierta. Globos oculares extraídos. Torturas múltiples. El juez de instrucción Bernard Terpentes me ha hecho venir de París para investigar este asesinato. Podría ponerse en contacto con usted él mismo, pero así ganaremos tiempo. ¿Se acuerda de…?

– Me acuerdo -cortó Yvens-. Un enfermo. Un demente. No cabe la menor duda.

Sin confesárselo, era lo que Niémans esperaba, pero la respuesta le sorprendió. Repitió:

– ¿No fingía?

– No. Veo farsantes todos los años. Los sanos de espíritu tienen mucha más imaginación que los verdaderos dementes. Dicen cualquier cosa, inventan delirios increíbles. Los verdaderos enfermos se reconocen con facilidad. Están presos en su locura. Obsesionados, carcomidos por ella. Incluso la demencia tiene su lógica… racional. Rémy Caillois era un enfermo. Un caso clínico.

– ¿Cuáles eran los signos de su locura?

– Ambivalencia de pensamientos. Pérdida de contacto con el mundo exterior. Mutismo. Los síntomas clásicos de la esquizofrenia.

– Doctor, este hombre era bibliotecario en la Universidad de Guernon. Cada día tenía contactos con centenares de estudiantes y…

El médico sonrió con sarcasmo.

– La locura es astuta, comisario. Sabe ocultarse a menudo a los ojos de los demás, deslizarse bajo una apariencia anodina. Usted debe saberlo mejor que yo.

– Pero usted acaba de decirme que esta demencia era evidente.

– Tengo experiencia. Y Caillois debió de aprender a controlarse con el tiempo.

– ¿Por qué anotó usted: «Imperativo tratamiento terapéutico»?

– Le aconsejé que se cuidara, eso es todo.

– ¿Se puso en contacto con el CHRU de Guernon?

– Francamente, ya no lo recuerdo. El caso era interesante, pero no creo haber prevenido al hospital. Ya sabe, si el sujeto…

– «Interesante», ¿he oído bien?

El médico murmuró:

– Ese tipo vivía en un mundo cerrado, un mundo de extremo rigor en que su propia personalidad se multiplicaba. Fingía sin duda cierta soltura ante los demás, pero estaba literalmente obsesionado por el orden, por la precisión. Cada uno de sus pensamientos se cristalizaba en una figura concreta, una personalidad aparte. Era por sí solo un ejército. Un caso… fascinante.

– ¿También peligroso?

– Sin ninguna duda.

– ¿Y usted le dejó marchar?

Hubo un silencio y después:

– Ya sabe, hay más fuera que dentro…

– Doctor -continuó por fin Niémans en un tono más bajo-, ese hombre estaba casado.

– Pues… compadezco a su esposa.

El policía colgó. Estas revelaciones le abrían nuevos horizontes. Y aumentaban su desconcierto.

Niémans se decidió por una nueva visita.

– ¡Me mintió!

Sophie Caillois intentó cerrar la puerta, pero el comisario metió el codo en el marco.

– ¿Por qué no me dijo que su marido estaba enfermo?

– ¿Enfermo?

– Esquizofrénico. Según los especialistas, lo bastante para encerrarlo.

– Cerdo.

Con los labios muy apretados, la joven trató una vez más de cerrar la puerta, pero Niémans aguantó firme. A pesar de los cabellos aplastados, a pesar del jersey de punto ancho, la mujer le parecía más bella que antes.

– ¿Es que no lo comprende? -gritó-. Buscamos a un homicida. Buscamos un móvil. Es posible que Rémy Caillois hubiese cometido un acto, hecho un gesto que pudiera explicar la atrocidad de su muerte. Un gesto del que ni siquiera se acordaba. Se lo ruego… ¡sólo usted puede ayudarme!

Sophie Caillois tenía los ojos desorbitados. Toda la belleza de su rostro se contraía en sutiles redes cuando se le alteraban los nervios. Sobre todo las cejas, de trazado perfecto, se habían inmovilizado en un acento espléndido, patético.

– Está loco.

– Debo conocer su pasado…

– Está loco.

La mujer temblaba. A su pesar, Niémans bajó los ojos. Escrutó el relieve de sus clavículas, que tensaban las mallas del jersey. Vio a través de la lana el tirante del sujetador, retorcido, como acartonado. De repente, en un impulso, le agarró la muñeca y le subió la manga. Unas vetas azuladas estriaban su antebrazo. Niémans rugió:

– ¡Le pegaba!

El comisario arrancó la mirada de las marcas oscuras y miró fijamente a los ojos de Sophie Caillois.

– ¡Le pegaba! Su marido era un enfermo. Le gustaba hacer daño. Estoy seguro de ello. Cometió un acto culpable. Estoy seguro de que usted abriga sospechas. ¡No dice ni la décima parte de lo que sabe!

La mujer le escupió a la cara. Niémans retrocedió, tambaleándose.

Ella aprovechó para dar un portazo. Los cerrojos se cerraron en una cascada de clics cuando Niémans se lanzó de nuevo contra la puerta. En el pasillo, los internos dirigían miradas inquietas desde las puertas entornadas. El policía asestó una patada al marco.

– ¡Volveré! -bramó.

Se hizo el silencio.

Niémans dio un puñetazo al marco, provocando un eco grave, y permaneció inmóvil unos segundos.

La voz de la mujer, entrecortada por los sollozos, resonó detrás de la puerta como en la más sombría de las cavernas.

– Está loco.

14

– Quiero a un poli de paisano pegado a su falda. Llame a más OPJ de Grenoble.

– ¿Sophie Caillois? Pero… ¿por qué?

Niémans miró a Barnes. Se hallaban los dos en la sala principal de la gendarmería de Guernon. El capitán llevaba el jersey reglamentario: azul marino, cruzado por una raya lateral blanca. Parecía un marinero.

– Esta mujer nos oculta algo -explicó Niémans.

– Sin embargo, no pensará que ha sido ella quien…

– No. Pero no nos dice todo lo que sabe.

Barnes asintió sin convicción y entonces puso en los brazos de Niémans una gran carpeta de cartón llena de faxes, papeles administrativos y ruidosos fajos de papel carbón.

– Los primeros resultados de la investigación -declaró-. De momento, nada del otro mundo.

Indiferente al bullicio del lugar, donde los gendarmes se abrían paso a codazos, Niémans dio enseguida un vistazo a la carpeta mientras se dirigía lentamente hacia un despacho apartado. Pasó revista a los fajos de copias que resumían las investigaciones llevadas por Barnes y Vermont. Pese al número de informes y declaraciones, no había nada que aportara la menor pista. Los controles, los interrogatorios, las indagaciones, las investigaciones de campo… nada de ello había dado ningún resultado. Niémans gruñó al entrar en el despacho de paredes de cristal. En un pueblo tan pequeño, un crimen tan espectacular: el comisario no podía creer que aún no hubieran encontrado ningún indicio, nada.

Se sentó en una silla detrás de una mesa de hierro y esta vez leyó con atención.

La vía de los delincuentes había resultado nula. Las solicitudes a prisiones, prefecturas y tribunales habían conducido a otros tantos callejones sin salida. En cuanto a los robos de coches cometidos en las últimas cuarenta y ocho horas, ninguno podía relacionarse con el homicidio. Las indagaciones sobre los crímenes, los sucesos de los últimos veinte años habían sido igualmente estériles. Nadie recordaba un crimen tan atroz, tan extraño, ni ningún acto que pudiera compararse. En la misma ciudad, la lista de procesos verbales redactados en veinte años se reducía a varios salvamentos en la montaña, a hurtos ínfimos, accidentes, incendios…

Niémans hojeó la carpeta siguiente. Los faxes a los hoteles tampoco habían facilitado la menor información útil.

Pasó a los expedientes de Vermont. Sus hombres continuaban peinando los terrenos lindantes con el río. De momento sólo habían visitado cinco refugios y el mapa de la región señalaba diecisiete, varios de los cuales encaramados en la montaña a más de tres mil metros de altitud. ¿Tenía sentido un asesinato cometido a semejantes alturas? Los hombres también habían interrogado a los campesinos de los alrededores. Ciertos interrogatorios ya habían sido escritos a máquina en la jerga habitual de los gendarmes. Niémans sonrió al hojearlos: si bien las faltas de ortografía y los giros eran comparables a los de los policías, otros términos olían a lenguaje militar. Algunos hombres habían visitado las gasolineras, las estaciones de tren, las terminales de autocares. Nada que señalar. Pero ya se empezaba a cotillear por las calles, por las casas. ¿Por qué todas estas preguntas? ¿Por qué tantos gendarmes?

Niémans puso la carpeta sobre la mesa. Divisó por el cristal una patrulla que acababa de llegar, con las mejillas coloradas y los ojos brillantes por el frío. Interrogó con la cabeza al capitán Vermont, que le contestó con un signo sin ambigüedad: nada.

El comisario miró fijamente los uniformes durante unos segundos, pero sus pensamientos ya se desviaban hacia otro lugar. Pensó en las dos mujeres. Una era fuerte y oscura como la corteza de un árbol. Debía de tener los músculos amplios, la piel mate, aterciopelada. Un gusto de resina y hierbas aplastadas. La otra era frágil y agria. Respiraba un malestar, una agresividad mezclada con temor que fascinaba igualmente a Niémans. ¿Qué ocultaba ese rostro huesudo, de belleza tan perturbadora? ¿La golpeaba realmente su marido? ¿Cuál era su secreto? ¿Y cuál podía ser la medida de su aflicción ante un marido enucleado cuyo cuerpo describía tantos sufrimientos?

Niémans se levantó y fue hacia una de las ventanas. Detrás de las nubes, más arriba de las montañas, el sol proyectaba líneas de claridad que parecían largas heridas abiertas en la carne negra e hinchada de la tormenta. Debajo, el policía percibió las casas grises y semejantes de Guernon. Los tejados poligonales que impedían que se amontonara la nieve. Las ventanas oscuras, pequeñas y cuadradas como cuadros anegados de penumbra. El río que cruzaba el pueblo y fluía a lo largo de la comisaría.

La imagen de las dos mujeres volvió a imponerse. A cada pesquisa, la misma sensación le atenazaba. La presión de la investigación despertaba sus sentidos, le intimaba a una especie de caza amorosa, ardiente, febril. Sólo se enamoraba durante esta urgencia criminal: testigos, sospechosos, putas, camareras…

¿La rubia o la morena?

Su teléfono móvil sonó. Era Antoine Rheims.

– Ahora llego del hospital.

Niémans había dejado pasar la mañana sin llamar siquiera a París. El caso del Parque de los Príncipes volvería ahora hacia él como un bumerán explosivo. El director continuó:

– Los matasanos están intentando un quinto injerto para salvarle la cara. A fuerza de extirparle muestras, el tipo no tiene prácticamente piel en los muslos. Y eso no es todo. Tres traumatismos craneales. Un ojo perdido. Siete fracturas en la cara. Siete, Niémans. La mandíbula inferior está profundamente hundida en los tejidos de la laringe. Esquirlas de hueso han roto las cuerdas vocales. El hombre está en coma, pero ocurra lo que ocurra, ya no hablará más. Según los matasanos, ni siquiera un accidente de coche podría haber causado tantos daños. ¿Tienes idea de lo que puedo contarles? ¿Así como a la embajada del Reino Unido? ¿O a los medios de comunicación? Tú y yo nos conocemos hace mucho tiempo. Y creo que somos amigos. Pero también creo que eres un bruto chalado.

Las manos de Niémans temblaban con intermitencias.

– Ese tipo era un asesino -replicó.

– Diablos, ¿y tú te consideras otra cosa?

El poli no respondió. Se pasó el teléfono, brillante de sudor a la mano izquierda. Rheims continuó:

– ¿Cómo progresa tu investigación?

– Lentamente. No hay indicios. No hay testigos. Esto resulta mucho más complicado de lo previsto.

– ¡Ya te lo dije! Cuando los medios de comunicación sepan que estás en Guernon, se te echarán encima como la sarna sobre un perro calvo. ¡Qué idea mandarte ahí!

Rheims colgó bruscamente. Niémans se quedó varios minutos con los ojos fijos y la boca seca. Volvió a ver, en flashes cegadores, la violencia de la noche anterior. Sus nervios cedieron. Había golpeado al asesino en un exceso de rabia que lo había invadido y anulado toda voluntad que no fuera la de destruir lo que tenía entre las manos en esos segundos.

Pierre Niémans había vivido siempre en un mundo de violencia, un universo de depravación, en las fronteras crueles y salvajes, y no temía la inminencia del peligro. Por el contrario, siempre lo había buscado, adulado, para afrontarlo mejor, controlarlo mejor. Pero ahora ya no era capaz de asegurar ese control. La violencia había acabado por dominarlo, investirlo en profundidad. Ya era sólo debilidad, crepúsculo. Y no había vencido a sus propios miedos. Los perros seguían ladrando en alguna parte, en un rincón de su cabeza.

De pronto, tuvo un sobresalto: su móvil volvía a sonar. Era Marc Costes, el médico forense, con una voz triunfante.

– Hay novedades, comisario. Tenemos un indicio. Sólido. Es en relación al agua bajo los párpados. Acabo de recibir los resultados de los análisis.

– ¿Y bien?

– No es agua del río. Es increíble pero es así. Trabajo en ello con un químico de la policía científica de Grenoble, Patrick Astier. Un crack. Según él, los restos de contaminación en el agua de las órbitas no son las mismas que las del torrente. En absoluto.

– Sé más preciso.

– El agua de las cavidades oculares contiene H2SO4 y HNO3, es decir ácido sulfúrico y ácido nítrico. El pH es de 3, es decir, una acidez muy elevada. Casi vinagre. Una cifra semejante constituye una información preciosa.

– No entiendo nada. ¿Qué significa esto?

– No quiero hablarle con tecnicismos, pero el ácido sulfúrico y el ácido nítrico son derivados del SO2, dióxido de azufre, y del NO2, dióxido de nitrógeno. Según Astier, un solo tipo de industria produce una mezcla semejante de dióxidos: las centrales térmicas que queman lignito. Centrales de un tipo muy antiguo. La conclusión de Astier es que la víctima murió o fue transportada cerca de un lugar de esa índole. Encuentre una central de lignito en la región y habrá descubierto el lugar del crimen.

Niémans miraba fijamente el cielo, cuyas escamas oscuras brillaban bajo el sol persistente, como un inmenso salmón de plata. Por fin tenía tal vez una pista. Ordenó:

– Envíame un fax con la composición de esa agua.

El comisario abría la puerta de la oficina cuando apareció Éric Joisneau.

– Le he buscado por todas partes. Tengo una información que puede ser importante.

¿Era posible que la investigación empezara a encarrilarse? Los dos policías retrocedieron y Niémans volvió a cerrar la puerta. Joisneau hojeaba nerviosamente su libreta.

– He descubierto que cerca de Sept-Laux hay un instituto para jóvenes ciegos. Al parecer muchos de sus pensionistas proceden de Guernon. Esos niños sufren problemas diversos. Cataratas. Retinitis pigmentarias. Ceguera daltoniana. El número de estas afecciones está en Guernon muy por encima de la media.

– Continúa. ¿Cuál es el origen de estos problemas?

Joisneau juntó las dos manos y las ahuecó.

– El valle. El aislamiento del valle. El matasanos me ha explicado que son enfermedades genéticas. Se transmiten de generación en generación a causa de cierta consanguinidad. Parece ser que sucede a menudo en los lugares aislados. Una especie de contaminación, pero por vía genética.

El teniente arrancó una página de su bloc.

– Tenga, son las señas del instituto. Su director, el doctor Champelaz, ha estudiado con precisión este fenómeno. He pensado que…

Niémans apuntó a Joisneau con el índice.

– Eres tú quien irá.

El rostro del joven policía se iluminó.

– ¿Confía en mí?

– Confío en ti. Ponte en marcha.

Joisneau dio media vuelta pero cambió de opinión y frunció el ceño.

– Comisario… discúlpeme, pero… ¿por qué no va usted mismo a interrogar a ese director? Podría ser una pista interesante. ¿Ha encontrado algo mejor por su lado? ¿Cree que mis preguntas serán mejores porque soy de la región? No lo entiendo.

Niémans se apoyó en el marco de la puerta.

– Es verdad, sigo otra pista. Pero te daré además una pequeña lección complementaria, Joisneau. A veces hay motivaciones exteriores a la investigación.

– ¿Qué motivaciones?

– Motivaciones personales. No iré a ese instituto porque sufro una fobia.

– ¿A qué? ¿A los ciegos?

– No. A los perros.

Las facciones del teniente expresaron incredulidad.

– No lo comprendo.

– Reflexiona. Quien dice ciegos, dice perros. -Niémans imitó la silueta encorvada de un ciego, guiado por un can imaginario-. Perros para invidentes, ¿entiendes? De modo que no pienso poner los pies allí.

El comisario plantó sin más al teniente estupefacto.

Llamó a la puerta de la oficina del capitán Barnes y la abrió en el acto. El coloso ordenaba montones diferentes de faxes: respuestas de hoteles, de restaurantes, de garajes, que aún seguían cayendo. Parecía un tendero distribuyendo sus existencias.

– Oh, comisario. -Barnes arqueó una ceja-. Tome. Acabo de recibir…

– Ya lo sé.

Niémans cogió el fax de Costes y lo hojeó brevemente. Era una lista de cifras y nombres complejos, la composición química del agua de las órbitas.

– Capitán -preguntó el policía-, ¿conoce una central térmica en la región? Una central que queme lignito.

Barnes esbozó una mueca de incertidumbre.

– No, no me dice nada. Quizá más al oeste. Las zonas industriales se multiplican en dirección a Grenoble…

– ¿Dónde podría informarme?

– Está la Federación de Actividades Industriales de Isère -contestó Barnes-, pero… aguarde. Hay algo mucho mejor. Esa central que busca debe de contaminar al máximo, ¿no?

Niémans sonrió y levantó el fax constelado de cifras.

– Acidez en cantidad.

Barnes ya tomaba notas.

– Entonces vaya a hablar con este tipo. Alain Derteaux. Un horticultor que posee invernaderos tropicales a la salida de Guernon. Es nuestro especialista en contaminaciones. Un ecologista militante. No hay en la región un gas o una emanación cuyo origen, composición y consecuencias para el medio ambiente le sean desconocidos.

Niémans ya se iba cuando el gendarme le llamó. Levantó las dos manos, con las palmas tendidas hacia el comisario. Manazas enormes, de hombre del saco.

– De hecho, me he informado sobre el problema de las huellas… Ya sabe, las manos de Caillois. Fue un accidente ocurrido cuando era un niño. Ayudaba a su padre a apañar el pequeño velero familiar, en el lago de Annecy. Se quemó las dos manos con una cubeta de detergente muy corrosivo. Me he puesto en contacto con capitanía y se acordaban del accidente. Urgencias, hospital y todo el jaleo… Se puede verificar pero, en mi opinión, no hay nada más que averiguar al respecto.

Niémans dio media vuelta y le estrechó la mano.

– Gracias, capitán. -Señaló los faxes-. ¡Ánimo!

– Ánimo a usted -replicó Barnes-. Ese ecologista, Derteaux, es un puñetero.

15

– ¡Toda nuestra región está moribunda, envenenada, condenada! Las zonas industriales han aparecido en todos los valles, en las faldas de las montañas, en los bosques, contaminando las capas freáticas, infectando las tierras, intoxicando el aire que respiramos… El Isère: ¡gas y veneno por todas partes!

Alain Derteaux era un hombre seco, de rostro enjuto y surcado de arrugas. Llevaba un collar de barba y unas gafas metálicas que le prestaban un aire de mormón fugitivo. Encerrado en uno de sus invernaderos, manipulaba pequeños tarros que contenían algodón y tierra blanda. Niémans interrumpió el discurso del hombre, iniciado en cuanto terminaron las presentaciones.

– Discúlpeme. Necesito una información… urgente.

– ¿Cómo? Ah, sí, claro. -Adoptó un tono condescendiente-. Usted es de la policía…

– ¿Conoce en la región una central térmica que consuma lignito?

– ¿Lignito? Un carbón natural… Un veneno en estado puro…

– ¿Conoce una central de esa clase?

Derteaux negó con la cabeza mientras introducía ramas minúsculas en uno de los tarros.

– No. No hay lignito en la región, a Dios gracias. Desde los años setenta, estas industrias sufren un claro retroceso en Francia y en los países limítrofes. Demasiado contaminantes. Emanaciones acidas que suben directamente al cielo, transformando cada nube en una bomba química…

Niémans rebuscó en su bolsillo y alargó el fax de Marc Costes.

– ¿Podría usted echar una ojeada a estos componentes químicos? Es el análisis de una muestra de agua descubierta muy cerca de aquí.

Derteaux leyó con atención la hoja de papel mientras el policía miraba distraídamente el lugar donde se hallaban: un gran invernadero cuyas superficies acristaladas estaban empañadas, rayadas y manchadas por largos regueros negruzcos. Hojas grandes como ventanas, brotes balbucientes, minúsculos como jeroglíficos, lánguidas lianas, enlazadas y retorcidas, todo parecía una lucha para ganar la menor parcela de terreno. Derteaux levantó la cabeza, perplejo.

– ¿Y dice que esta muestra procede de la región?

– Con toda seguridad.

Derteaux se ajustó las gafas.

– ¿Puedo preguntarle de dónde? Quiero decir, exactamente.

– La hemos encontrado en un cadáver. Un hombre asesinado.

– Oh, claro… Tendría que haberlo pensado… puesto que es usted de la policía. -Reflexionó de nuevo, cada vez más dudoso-. ¿Un cadáver aquí, en Guernon?

El comisario hizo caso omiso de la pregunta.

– ¿Confirma usted que esta composición tiene que ver con una contaminación relacionada con la combustión del lignito?

– En cualquier caso, una contaminación sumamente ácida, sí. He seguido seminarios sobre este tema. -Volvió a leer el informe-. Los porcentajes de H2SO4 y de HNO3 son… excepcionales. Pero se lo repito: ya no existe una central de este tipo en la región. Ni aquí, ni en Europa occidental.

– ¿Podría este envenenamiento provenir de otra actividad industrial?

– No, no lo creo.

– ¿Dónde podríamos encontrar entonces una actividad industrial que genere una contaminación semejante?

– A más de ochocientos kilómetros de aquí, en los países del Este.

Niémans apretó las mandíbulas: no podía admitir que su primera pista se desvaneciera tan rápidamente.

– Hay tal vez otra solución… -murmuró Derteaux.

– ¿Cuál?

– Quizás esta agua provenga en efecto de otra parte. Habría viajado hasta aquí desde la República Checa, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria… -y susurró en tono confidencial-: Auténticos bárbaros en cuestiones medioambientales.

– ¿Quiere decir en contenedores? ¿En un camión cisterna…?

Derteaux se echó a reír sin la menor chispa de alegría.

– Pienso en un transporte mucho más sencillo. Esta agua ha podido llegar hasta nosotros por las nubes.

– Por favor -instó Niémans-, explíquese.

Alain Derteaux abrió los brazos y los levantó despacio hacia el techo.

– Imagínese una central térmica situada en alguna parte de Europa del Este. Imagínese grandes chimeneas que escupen dióxido de azufre y dióxido de nitrógeno durante todo el santo día… Esas chimeneas se elevan a veces hasta trescientos metros de altura. Los espesos vapores de humo van subiendo, subiendo y luego se mezclan con las nubes…

»Si no sopla el viento, los venenos permanecen sobre el territorio. Pero si hay viento, y sopla, por ejemplo, hacia el oeste, entonces los dióxidos viajan, impulsados por las nubes que pronto vienen a desgarrarse sobre nuestras montañas y se transforman en lluvias. Es lo que llamamos las lluvias ácidas, que destruyen nuestros bosques. ¡Como si no produjéramos ya suficientes venenos, nuestros árboles revientan también con los venenos ajenos! Pero le aseguro que nosotros mismos producimos bastantes productos tóxicos a través de nuestras propias nubes…

Una escena, neta y precisa, se grabó en la mente de Niémans como con un bisturí. El asesino sacrificaba a su víctima a cielo abierto en alguna parte de las montañas. Torturaba, mataba, mutilaba mientras un chaparrón se abatía sobre el campo de la matanza. Las órbitas vacías, abiertas al cielo, se llenaban entonces de agua de lluvia. De esta lluvia envenenada. El asesino volvía a cerrar los párpados ocultando su macabra operación bajo estos pequeños depósitos de agua acida. Era la única explicación.

Llovía mientras el monstruo perpetraba su horrendo crimen.

– ¿Qué tiempo hacía aquí el sábado? -preguntó de improviso Niémans.

– ¿Cómo dice?

– ¿Recuerda si llovió en la región el sábado por la tarde o por la noche?

– No lo creo, no. Hacía un tiempo radiante. Un verdadero sol de mes de agosto y…

Una posibilidad entre mil. Si el cielo había permanecido seco durante el supuesto período del crimen, tal vez Niémans podría descubrir una zona -una sola- donde hubiera caído un chaparrón. Un chaparrón ácido que delimitaría con precisión la zona del asesinato, con tanta claridad como un círculo de tiza. El policía comprendió esta verdad singular: para encontrar el lugar del crimen, sólo había que seguir el curso de las nubes.

– ¿Dónde está la estación meteorológica más próxima? -inquirió con voz apremiante.

Derteaux reflexionó y luego dijo:

– A treinta kilómetros de aquí, cerca del puerto de la Mine-de-Fer. ¿Quiere comprobar si ha llovido? Es una idea interesante. A mí también me gustaría saber si esos bárbaros siguen enviándonos esas bombas tóxicas. ¡Es una verdadera guerra química, señor comisario, que se prolonga ante la indiferencia general!

Derteaux se interrumpió. Niémans le alargaba un papel.

– El número de mi móvil. Si se le ocurre una idea, sea la que sea sobre el tema, llámeme.

Niémans giró en redondo y atravesó el invernadero, con el rostro azotado por las hojas de ébano.

16

El comisario conducía a toda velocidad. A pesar del cielo encapotado, el buen tiempo parecía a punto de hacer su aparición. Una luz argéntea no dejaba de asomar a través de las nubes. Entre negras y verdes, las frondas de los abetos se difuminaban en extremidades fugaces, brillantes, sacudidas por un viento pertinaz. Al filo de las curvas, Niémans gozaba de esa alegría secreta y profunda del bosque, como propulsada, transportada, iluminada por el viento henchido de sol.

El comisario pensaba en las nubes como vehículo de un veneno encontrado en el fondo de las órbitas huérfanas. Cuando había salido de París aquella noche, no imaginaba semejante investigación.

Cuarenta minutos después, el policía llegó al puerto de la Mine-de-Fer. No le costó nada reparar en la estación meteorológica, que elevaba su cúpula en la ladera de la montaña. Niémans siguió el camino que llevaba al edificio científico, descubriendo poco a poco un espectáculo sorprendente. A cien metros del laboratorio, unos hombres se esforzaban en hinchar un globo colosal de plástico transparente. Aparcó y bajó la pendiente, se acercó a los hombres de caras rubicundas que llevaban parka y les mostró su carné oficial. Los meteorólogos le miraron sin comprender. Los largos paneles arrugados del globo parecían un río de plata. Debajo, una llama azulada hinchaba lentamente las lonas. La escena entera tenía un carácter de encantamiento, de sortilegio.

– Comisario Niémans -gritó el policía para cubrir el fragor de la llama. Señaló la cúpula de cemento-. Necesito que uno de ustedes me acompañe a la estación.

Se enderezó un hombre, que por lo visto era el responsable.

– ¿Cómo?

– Necesito saber dónde llovió el sábado pasado. Para una investigación criminal.

El meteorólogo estaba de pie, estirando la cabeza hacia fuera. La capucha del chubasquero le azotaba la cara. Indicó la inmensa campana que se hinchaba progresivamente. Niémans se inclinó e hizo un gesto.

– El globo esperará.

El científico tomó la dirección del laboratorio, refunfuñando:

– El sábado no llovió.

– Vamos a verlo.

El hombre tenía razón. Cuando consultaron, en una de las oficinas, el puesto central meteorológico, no encontraron ni la sombra de una turbulencia, de una precipitación o de una tormenta encima de Guernon durante aquellas horas de octubre. Los mapas del satélite que se dibujaban en la pantalla eran inequívocos: ni durante el día ni durante la noche del sábado al domingo había caído una gota de lluvia en la región. Otros elementos aparecían en una esquina de la pantalla: el porcentaje de humedad del aire, la presión atmosférica, la temperatura… El científico se dignó ofrecer algunas explicaciones con una sonrisa forzada: un anticiclón había impuesto cierta estabilidad a los movimientos del cielo durante cerca de cuarenta y ocho horas.

Niémans pidió al ingeniero que ampliara la búsqueda a la mañana y después a la tarde del domingo. Ninguna tormenta, ningún chubasco. Hizo ensanchar la investigación hasta un radio de cien kilómetros. Nada. Doscientos kilómetros. Tampoco. El comisario golpeó la mesa.

– No es posible -murmuró-. Ha llovido en alguna parte. Tengo la prueba. En el fondo de un valle. En la cumbre de una colina. En algún lugar de los alrededores ha habido una tormenta.

El meteorólogo se encogió de hombros, pulsando su ratón, mientras sombras irisadas, dibujos ondulados, ligeras espirales viajaban por la pantalla encima de un mapa de montañas, remontando así la génesis de un día puro y sin nubes en el corazón del Isère.

– Tiene que haber una explicación -masculló Niémans-. ¡Juraría que…!

Su teléfono móvil sonó.

– ¿Señor comisario? Alain Derteaux al aparato. He reflexionado sobre su historia del lignito. También yo he realizado mi pequeña investigación. Lo lamento mucho, pero he cometido un error.

– ¿Un error?

– Sí. Es imposible que una lluvia de tanta acidez haya caído aquí durante el fin de semana. Ni tampoco en cualquier otro momento.

– ¿Por qué?

– Me he informado sobre las industrias de lignito. Incluso en los países del Este, las chimeneas que queman este combustible llevan hoy en día filtros especiales. O bien los minerales están desazufrados. En resumen, esta contaminación ha bajado mucho desde los años sesenta. Lluvias tan contaminantes ya no caen en ninguna parte desde hace treinta y cinco años. ¡Por suerte! Le he inducido a un error: discúlpeme.

Niémans guardó silencio. El ecologista continuó en un tono incrédulo:

– ¿Está seguro de que su cuerpo tiene esos restos?

– Segurísimo -replicó Niémans.

– Entonces es increíble, pero su cadáver proviene del pasado. Ha recogido una lluvia caída hace más de treinta años y…

El policía colgó murmurando un vago «hasta la vista». Con los hombros cansados, volvió a su coche. Por un breve instante había creído tener una pista. Pero se había diluido entre sus manos, como esa agua cargada de acidez que conducía a un absurdo total.

Niémans alzó por última vez los ojos hacia el horizonte.

El sol lanzaba ahora sus rayos transversales, aureolando los arabescos enguatados de las nubes. El resplandor de la luz rebotaba contra las cumbres del Grand Pie de Belledonne, refractándose sobre las nieves eternas. ¿Cómo había podido él, un policía de profesión, un hombre racional, creer por un solo instante que unas cuantas nubes iban a indicarle la dirección del lugar del crimen?

¿Cómo había podido…?

Abrió súbitamente los brazos hacia el paisaje resplandeciente, imitando el gesto de Fanny Ferreira, la joven alpinista. Acababa de comprender dónde había sido asesinado Rémy Caillois. Acababa de ocurrírsele dónde se podía encontrar el agua que databa de hacía más de treinta y cinco años.

No era en la tierra.

No era en el cielo.

Era en los hielos.

Rémy Caillois había sido asesinado por encima de los tres mil metros de altitud. Allí donde las lluvias de cada año se cristalizan y permanecen en la eternidad transparente del hielo.

Tal era el lugar del crimen. Y eso era algo concreto.

IV

17

La una. Karim Abdouf entró en la oficina de Henri Crozier y puso su informe delante de él. El hombre, concentrado en una carta que estaba escribiendo, no echó ni una mirada al fajo de papeles y preguntó:

– ¿Qué hay?

– Los skins no han dado el golpe, pero han visto dos siluetas saliendo del panteón. Esta misma noche.

– ¿Te han dado su descripción?

– No. Estaba demasiado oscuro.

Crozier se dignó levantar la vista.

– Puede que mientan.

– No mienten. Y no son ellos quienes han profanado la tumba.

Karim se calló. El silencio se prolongó entre los dos hombres. El teniente prosiguió:

– Usted tenía un testigo, comisario. -Señaló con el índice al hombre sentado-. Tenía un testigo y no me lo dijo. Le advirtieron que los skins merodeaban cerca del cementerio aquella noche y usted concluyó que eran ellos los culpables. Pero la realidad es más compleja. Y si usted me hubiera dejado interrogar a su testigo, yo…

Crozier levantó la mano con lentitud, en señal de apaciguamiento.

– Cálmate, pequeño. La gente de aquí se confía a los antiguos. A los de su pueblo. A ti nunca te habrían dicho ni la décima parte de lo que han venido a contarme a mí de forma espontánea. ¿Es esto todo lo que te han dicho los rapados?

Karim contempló los carteles a la mayor gloria de los «agentes de la paz». Sobre uno de los muebles de hierro brillaban las copas ganadas por Crozier en diversos campeonatos de tiro.

– Los skins también han visto un cacharro blanco salir de aquella esquina alrededor de las dos de la madrugada. Circulaba por la D143.

– ¿Qué clase de cacharro?

– Un Lada. U otra marca del Este. Hay que poner a alguien sobre esa pista. Los cacharros de este tipo no deben de abundar en la región y…

– ¿Por qué no tú?

– Comisario, sabe lo que quiero. He interrogado a los skins. Ahora quiero registrar el panteón en profundidad.

– El guarda me ha dicho que ya habías entrado en el interior.

Karim pasó por alto la observación.

– ¿Cómo va la investigación en el cementerio?

– Estamos a cero. Ninguna huella digital. Ningún indicio. Vamos a peinar los alrededores. Si se trata de vándalos, han tomado muchas precauciones.

– No son vándalos. Son profesionales. En cualquier caso, individuos que sabían lo que buscaban. Ese panteón alberga un secreto y ellos han venido a descubrirlo. ¿Ha prevenido a la familia? ¿Qué dicen los padres? ¿Aprobarían que nosotros…?

Karim se interrumpió. La expresión iluminada de Crozier expresaba inquietud. El teniente puso las dos manos sobre la mesa y esperó la respuesta del comisario. Este murmuró:

– No hemos encontrado a la familia. No hay nadie con ese nombre en el pueblo. Ni en los municipios del departamento.

– Las exequias datan de 1982, tiene que haber documentos, papeles.

– De momento, no tenemos nada.

– ¿El certificado de defunción?

– Tampoco hay certificado de defunción. En Sarzac no.

El rostro de Karim se animó. Dio media vuelta y caminó dos pasos.

– Hay un problema con esa sepultura, con ese niño. Estoy seguro. Y este problema está relacionado con el robo de la escuela primaria.

– Karim, tienes demasiada imaginación. Existen mil maneras de explicar este misterio. El pequeño Jude pudo morir en un accidente de coche. Quizá fue hospitalizado en una ciudad próxima y enterrado aquí porque era la solución más práctica. Quizá su madre aún vive aquí, pero no tiene el mismo nombre. Quizás…

– He hablado con el guarda del cementerio. El panteón está perfectamente cuidado pero no ha visto nunca a nadie que vaya a visitarlo.

Crozier no respondió. Abrió un cajón de hierro y sacó una botella de alcohol que despedía reflejos dorados. De un solo gesto, se sirvió un vasito, no más alto que un pulgar.

– Si no encontramos a esa familia -continuó Karim-, ¿podemos conseguir autorización para entrar en el panteón?

– No.

– Entonces, permítame buscar a sus padres.

– ¿Y el coche blanco? ¿La búsqueda de indicios en torno al cementerio?

– Pronto llegarán refuerzos. La gente del SRPJ lo hará muy bien. Deme unas horas, comisario. Para llevar a cabo esta parte de la investigación. A solas.

Crozier alzó el vaso delante de Karim.

– ¿Quieres uno?

Karim negó con la cabeza. Crozier apuró el vaso y se relamió.

– Tienes hasta las seis de la tarde, incluyendo la redacción del informe.

El joven magrebí salió, muy ofendido.

18

Karim telefoneó de nuevo a la directora de la escuela Jean-Jaurès, para saber si había averiguado algo sobre Jude Itero en la delegación. La mujer había realizado la gestión pero sin ningún resultado: ni una mención, ni una ficha. Ni la sombra de una presencia en los archivos de todo el departamento.

– Quizá sea una pista falsa -aventuró-. El niño que busca tal vez no ha vivido nunca en nuestra región.

Karim colgó y consultó el reloj. Las dos. Se dio dos horas para visitar los archivos de las otras escuelas y verificar la composición de las clases que correspondían a la edad del niño.

En menos de una hora y quince minutos terminó el recorrido de los grupos escolares sin haber encontrado la pista de Jude Itero. Volvió otra vez a la escuela Jean-Jaurès. Mientras hojeaba todos estos archivos había tenido una idea. La mujer de ojos grandes le recibió con inquietud.

– He seguido trabajando para usted, teniente.

– La escucho.

– He buscado los nombres y señas de los maestros que ejercían aquí en la época que le interesa.

– ¿Y bien?

– Nos persigue la mala suerte. La antigua directora se ha jubilado.

– El pequeño Jude tenía nueve y diez años en los cursos del 81 y 82. ¿Podemos encontrar a las maestras de esas clases?

La mujer consultó sus notas.

– En efecto. Con tanta mayor facilidad cuanto que el CM1 del 81 y el CM2 del 82 fueron tutelados por la misma maestra. Es muy frecuente que una profesora «salte» durante algunos años de una clase a otra…

– ¿Dónde está ahora?

– Lo ignoro. Dejó la escuela al término del año escolar 81-82.

Karim gruñó. La directora le respondió adoptando una expresión grave.

– Yo también he reflexionado. Hay una cosa que no hemos tenido en cuenta.

– ¿Qué?

– Las fotografías escolares. Guardamos un ejemplar de cada foto, ¿sabe usted? Para todas las clases.

El teniente se mordió el labio: ¿cómo no lo había pensado? La directora continuó:

– He ido a consultar nuestros archivos fotográficos. Los negativos del CM1 y del CM2 que le interesan también han sido robados. Es increíble…

La revelación se diluyó en la conciencia del policía como una capa de luz. Pensó en el cuadro oval clavado en la estela del panteón. Comprendió que habían «borrado» al muchachito, quitando su nombre, robando su cara. La mujer intervino:

– ¿Por qué sonríe?

Karim replicó:

– Discúlpeme. Estaba esperando esto hace demasiado tiempo. Tengo un caso, ¿comprende? -El teniente hizo una pausa y se concentró-. A mí también se me ha ocurrido una idea. ¿Guardan los cuadernos de texto de los años precedentes?

– ¿Los cuadernos de texto?

– En mi época, cada clase poseía una especie de registro cotidiano en el que se consignaban a la vez los ausentes y los deberes para el día siguiente…

– Aquí hacemos lo mismo.

– ¿Los guardan?

– Sí. Pero estos cuadernos no contienen las listas de los alumnos.

– Ya lo sé, sólo el nombre de los ausentes.

El rostro de la mujer se iluminó. Sus ojos brillaron como espejos.

– ¿Y usted espera que el pequeño Jude haya estado ausente algún día?

– Espero sobre todo que los intrusos no hayan tenido la misma idea que yo.

La directora abrió de nuevo la vitrina que contenía los archivos. Karim pasó el dedo por los lomos verde oscuro y sacó los cuadernos correspondientes a los años cruciales. Fue una decepción: el nombre de Jude Itero no apareció ni una sola vez.

Decididamente, seguía una pista falsa: pese a su convicción, nada indicaba que el niño hubiera estudiado aquí. No obstante, Karim pasó y repasó las páginas, en busca de un detalle que le confirmara que iba por el buen camino, a pesar de todo.

El signo le saltó a la cara a través de la escritura redonda e infantil que había numerado las páginas del cuaderno, a la derecha de la parte superior. Faltaban páginas. El poli abrió del todo el cuaderno y descubrió junto a los hilos de la encuadernación una significativa pelusa de papel. Habían arrancado las páginas del 8 al 15 de junio de 1982 del álbum del CM2. Estas fechas parecían tenazas que apretasen un jirón de la nada. Karim tuvo la impresión de que «veía» el nombre del pequeño, escrito con la misma caligrafía redonda, en esas páginas arrancadas…

El teniente murmuró a la mujer:

– Encuéntreme una guía telefónica.

Unos minutos más tarde, Karim llamaba a todos los médicos de Sarzac, con esta certidumbre latiéndole en la sangre: Jude Itero se había ausentado del 8 al 15 de junio de 1982. Seguramente enfermo.

Interrogó a cada doctor, les pidió que consultaran su fichero, deletreando, cada vez, el nombre del niño. Ninguno de ellos recordaba ese nombre. El poli renegó. Probó en los municipios vecinos: Cailhac, Thiermons, Valúe. Fue en Cambuse, una ciudad situada a treinta kilómetros de allí, donde un médico respondió en tono neutro:

– Jude Itero. Sí, claro. Me acuerdo muy bien.

Karim no daba crédito a sus oídos.

– Catorce años después, ¿le recuerda bien?

– Pase por mi consulta. Se lo explicaré.

19

El doctor Stéphane Macé era una versión actualizada y elegante del médico de pueblo. De facciones anchas y largas manos pálidas, vestía un traje caro: era un ejemplo perfecto de médico alerta y comprensivo, burgués y refinado. De entrada, Karim detestó a ese matasanos de maneras afables. A veces le asustaban estos bloques de furor que se desprendían de él como icebergs en un mar de Bering personal.

Se sentó en un lado del sillón sin quitarse la cazadora de cuero. Una mesa de madera barnizada se extendía entre ellos. Objetos artísticos, vagamente preciosos, un ordenador, un vademécum… La consulta del médico era sobria, estricta, de calidad.

– Cuénteme, doctor -ordenó Karim sin preámbulos.

– Tal vez usted podría decirme dónde se encuadra su investigación…

– No. -Karim atenuó su brutalidad con una sonrisa-. Lo lamento. Pero no.

El médico golpeteó con los dedos el reborde de su mesa y después se levantó. Era evidente que ese árabe de casquete colorado le sorprendía. Por teléfono no lo había imaginado así.

– Fue en junio del 82. Una llamada como otra cualquiera. Para un niño… una fiebre alta. Era mi primera ronda. Tenía veintiocho años.

– ¿Por eso recuerda tan bien esa visita?

El médico sonrió. Una sonrisa grande como una hamaca que acabó de exasperar a Karim.

– No. Ya verá… Había recibido la llamada desde una centralita telefónica y anotado las señas sin saber adónde iba. De hecho se trataba de una casa pequeña, perdida en una llanura pedregosa, a quince kilómetros de aquí… Tengo la dirección… Ya se la daré.

El teniente asintió en silencio.

– En suma -prosiguió el médico-, descubrí una choza de piedra completamente aislada. El calor era terrible, los insectos chirriaban en los arbustos áridos… Cuando la mujer me abrió, noté enseguida una impresión curiosa. Como si la mujer no estuviera en su lugar en este decorado de campesinos…

– ¿Porqué?

– Lo ignoro. Un piano brillaba en la habitación principal y

– ¿Es que los campesinos no pueden amar la música?

– No he dicho eso…

El médico se interrumpió.

– Se diría que no le resulto muy simpático…

Karim levantó la mirada.

– ¿Qué importancia tiene?

El médico asintió con aire de entendido, afable como antes. La sonrisa no abandonó sus labios, pero ahora sus ojos expresaban temor. Acababa de fijarse en la culata cuadriculada de la Glock 21, embutida en la funda de velero. Y tal vez restos de sangre seca en la manga de cuero de Karim. Volvió a pasear arriba y abajo, cada vez más incómodo.

– Entré en el dormitorio del niño y las cosas empezaron a ser francamente extrañas.

– ¿Por qué?

El médico se encogió de hombros.

– El dormitorio estaba vacío. Ni un juguete, ni un dibujo, nada.

– ¿Cómo era el pequeño? ¿Qué cara tenía?

– No lo sé.

– ¿No lo sabe?

– No. Esto era lo más extraño. La mujer me había acogido en la oscuridad. Todos los postigos estaban cerrados. No había ni un solo rastro de luz en toda la casa. Al entrar, pensé que la mujer buscaba simplemente la sombra, la frescura, pero unas sábanas recubrían también todos los muebles. Era… muy misterioso.

– ¿Qué le dijo ella?

– Que su hijo estaba enfermo. Que la luz le hería los ojos.

– ¿Y pudo usted auscultarle… normalmente?

– Sí. En la penumbra.

– ¿Qué tenía?

– Unas simples anginas. Por otra parte, recuerdo…

El médico se inclinó y se llevó el índice a los labios, un gesto seco, doctoral, acompasado, concebido sin duda para impresionar a la clientela. Pero a Karim no le impresionó.

– En aquel instante preciso lo comprendí… Cuando saqué el lápiz-linterna para iluminar la garganta del pequeño, la mujer me agarró la muñeca… El gesto fue muy violento… No quería que viera la cara de su hijo.

Karim reflexionó. Le temblaba una pierna. Volvió a pensar en el cuadro vacío, clavado sobre la tumba. En el robo de las fotos.

– Al hablar de violencia, ¿qué quiere decir?

– Debería más bien hablar de fuerza. La mujer tenía una fuerza… anormal. Hay que añadir que debía medir más de un metro ochenta. Una verdadera giganta.

– ¿Le vio la cara?

– No. Le repito que todo sucedió en una semioscuridad.

– ¿Y después?

– Escribí la receta y me fui.

– ¿Cómo se comportaba la mujer? Con su hijo, quiero decir.

– Parecía a la vez muy atenta y distante. Cuanto más lo pienso… nada cuadraba en esa visita…

– ¿No los volvió a ver nunca más?

El médico seguía paseando por la habitación. Lanzó una ojeada grave a Karim. Toda la jovialidad había desaparecido de su rostro. El policía comprendió de repente por qué Macé se acordaba tan bien de esa visita. Dos meses más tarde, el pequeño Jude había muerto. Y el médico debía saberlo.

– Hubo vacaciones -continuó- y… al final… volví a la casa a principios de septiembre. La familia ya no estaba allí. Me enteré de su marcha por un vecino.

– ¿Marcha? ¿Nadie le dijo que el niño había muerto?

El médico negó con la cabeza.

– No. Los vecinos no sabían nada. Lo supe más tarde, por casualidad.

– ¿Cómo?

– En el cementerio de Sarzac, al asistir a unas exequias.

– ¿Otro de sus pacientes?

– Se está poniendo desagradable, inspector, yo…

Karim se levantó. El médico retrocedió un paso.

– Desde aquella época -dijo el poli-, se pregunta si aquel día no se le escaparon los signos de una afección, de una enfermedad más grave. Desde entonces vive con este remordimiento latente. Debe de haber llevado su propia investigación. ¿Sabe cómo murió el chico?

El médico deslizó un índice dentro del cuello de su camisa y lo abrió. El sudor perlaba sus sienes.

– No. Es cierto, yo… yo realicé una investigación, pero no encontré nada. Me puse en contacto con colegas, hospitales… Nada. Esta historia me obsesionaba, ¿comprende?

Karim dio media vuelta.

– Y aún le obsesiona.

– ¿Qué?

El médico estaba blanco como una venda.

– Lo sabrá muy pronto -replicó Karim.

– Por Dios, pero ¿qué le he hecho yo?

– Nada. Pero he pasado mi juventud robando coches de los individuos de su clase…

– Pero, ¿de dónde sale usted? ¿Quién es? Ni siquiera me ha enseñado documentos oficiales, yo…

Karim esbozó una sonrisa.

– Tranquilícese, estaba bromeando.

Se deslizó hacia el pasillo. La sala de espera estaba llena a rebosar. El médico le alcanzó.

– Espere -jadeó-. ¿Hay un elemento que conozca y que yo ignoro? Quiero decir, sobre la causa de la muerte…

– Por desgracia, no.

El poli giró la manilla. El médico aplastó la mano contra la puerta. Su traje temblaba como un velamen.

– ¿Qué sucede? ¿Por qué esta investigación, tanto tiempo después?

– Esta noche han visitado el panteón del chiquillo. Y han robado en su escuela.

– ¿Quién… quién lo ha hecho, en su opinión?

El teniente declaró:

– No lo sé. Pero hay algo seguro: los delitos de esta noche son los árboles que esconden el bosque.

20

Circuló mucho rato por carreteras absolutamente desiertas. En esta región, las nacionales se parecían a las regionales, y las regionales a caminos vecinales. Bajo el cielo azul y lanudo se extendían campos sin cultivos ni ganado. A veces, picos rocosos se levantaban en el paisaje y miraban de arriba abajo pequeños valles plateados, tan acogedores como trampas para lobos. Atravesar este departamento significaba retroceder en el tiempo. Un tiempo en que la agricultura aún no existía.

Karim había salido en principio a visitar la pequeña casa de la familia de Jude, de la cual Macé le había facilitado las señas. La choza ya no existía. En su lugar, un montón de ruinas y rocas sobresalía un poco en un lecho de hierbas grises. El poli podría haberse dirigido entonces al catastro para buscar el nombre del propietario, pero había preferido ir hasta Cahors, con la intención de interrogar a Jean-Pierre Cau, el fotógrafo titular de la escuela Jean-Jaurès, el que había hecho las fotos escolares desaparecidas.

Esperaba examinar en casa de Cau los negativos de las fotos de clase que le interesaban. Entre las caras anónimas estaría por fuerza la del niño, y Karim sentía ahora una necesidad acuciante de ver esa cara, aunque no hubiese ninguna razón para que la reconociera. Esperaba en secreto captar un estremecimiento, un signo, por leve que fuera, en el instante de descubrir los clisés.

Alrededor de las tres de la tarde aparcó el coche a la entrada del barrio peatonal de Cahors. Soportales de piedra, balcones de hierro forjado y gárgolas. Toda la belleza altiva de un núcleo histórico, algo para asquear a Karim, el niño de los suburbios.

Caminó a lo largo de los muros y encontró al fin la tienducha de Jean-Pierre Cau, especialista en bodas y bautizos.

El fotógrafo estaba en el primer piso, en su estudio. Karim subió un tramo de escalera. La habitación estaba vacía y sumida en la penumbra. El policía sólo pudo entrever grandes cuadros colgados en la pared donde sonreían parejas endomingadas. La felicidad reglamentaria en papel brillante.

Karim lamentó enseguida la oleada de desprecio que le invadía. ¿Quién era él para juzgar a esa gente? ¿Qué podía ofrecer él al lugar, el poli exiliado que nunca había sabido leer bajo las pestañas de las muchachas y había transformado todo el amor que llevaba dentro en un núcleo fosilizado, al abrigo de las miradas y de cualquier calor? Para él, los sentimientos implicaban una humildad, una vulnerabilidad que siempre había rechazado, como un lagarto orgulloso. Pero, sobre el terreno, siempre había pecado de una altivez excesiva, y ahora, en su caracola de soledad, se resecaba a ojos vistas.

– ¿Va a casarse?

Karim se volvió hacia la voz.

Jean-Pierre Cau era gris y estaba picado de viruelas como una piedra pómez. Llevaba largas patillas desgreñadas que parecían agitarse de impaciencia, en contraste con sus ojos velados y fatigados. El hombre encendió la luz.

– No, no va a casarse -agregó, mirando con desprecio a Karim.

La voz era gutural, como la de un fumador empedernido. Cau se acercó. Detrás de las gafas, bajo los párpados marchitos, la mirada oscilaba entre el cansancio y la desconfianza. Karim sonrió. No tenía orden ni ninguna autoridad en este municipio. Debía ser amable.

– Me llamo Karim Abdouf -declaró-. Soy teniente de policía. Necesito algunas informaciones para una investigación…

– ¿Es usted de Cahors? -preguntó el fotógrafo, más intrigado que inquieto.

– De Sarzac.

– ¿Tiene un carné o algo parecido?

Karim metió la mano bajo su chaqueta y le alargó el carné oficial. El fotógrafo lo observó durante varios segundos. El magrebí suspiró. Sabía que el hombre no había visto nunca tan de cerca un carné de policía pero esto no le impidió jugar a los detectives. Cau se lo devolvió con una sonrisa forzada. Unos pliegues le cruzaban la frente.

– ¿Qué quiere de mí?

– Busco unas fotos de clase.

– ¿De qué escuela?

– Jean-Jaurès, de Sarzac. Busco los retratos de las clases de CM1 de 1981 y de CM2 de 1982, así como las listas de los nombres de los alumnos, si figuran, por casualidad, junto con las fotos. ¿Guarda usted este tipo de documentos?

El hombre sonrió de nuevo.

– Lo guardo todo.

– ¿Puedo echar una ojeada? -preguntó el policía en el tono más dulce que pudo sacar del fondo de su garganta.

Cau señaló la habitación contigua: un rayo de luz se recortó en la penumbra.

– Ningún problema. Sígame.

La segunda sala era aún más vasta que el estudio. Un aparato negro y alambicado, un lío de ópticas y estructuras graduables, estaba fijo sobre un largo mostrador. En las paredes se extendían grandes clisés de bautizos. Todo en blanco. Sonrisas, recién nacidos.

Karim siguió al fotógrafo hasta los archivadores. El hombre se inclinó para leer las etiquetas de encima de los tiradores metálicos, y después abrió un pesado cajón. Cotejó unos fajos de sobres hechos con resistente papel de embalaje.

– Jean-Jaurès. Aquí están.

Cau sacó un sobre que contenía varias carpetas de clisés, semitransparentes. Les pasó revista y volvió a hojearlos. Los pliegues de su frente se multiplicaron.

– ¿Ha dicho CM1 del 81 y CM2 del 82?

– Exacto.

Los párpados fatigados se levantaron de nuevo.

– Es extraño… No están.

Karim se estremeció. ¿Podía ser que los ladrones hubieran tenido la misma idea que él?

– Al llegar esta mañana… ¿no ha notado nada?

– ¿Qué quiere decir?

– Algo como un robo con escalo.

Cau se echó a reír indicando los sensores infrarrojos de las cuatro esquinas del estudio.

– Quienes penetren aquí, lo tienen crudo, créame. He invertido en seguridad…

Karim esbozó una ligera sonrisa y declaró:

– Comprobémoslo, de todos modos. Conozco a unos cuantos individuos para quienes su sistema no sería más molesto que un felpudo. Conserva los negativos, ¿no?

Cau cambió de expresión.

– ¿Mis negativos? ¿Por qué?

– Quizás ha conservado los que me interesan…

– No. Lo siento, es confidencial…

El poli observaba una vena que latía en la garganta del fotógrafo. Era el momento de cambiar de tono.

– Tus negativos, abuelo. O me pondré nervioso.

El hombre clavó la mirada en la de Karim, vaciló y después asintió, y caminó hacia atrás. Llegaron a otro mueble de hierro, cerrado esta vez por una cerradura de muelle. Cau lo abrió y luego tiró de uno de los cajones. Le temblaban las manos. El teniente apoyó un codo y se quedó frente al fotógrafo. A medida que pasaban los minutos, sentía crecer cada vez más en este hombre una inquietud y una angustia inexplicables. Como si Cau, mientras buscaba, se fuese acordando de un hecho en particular, de un detalle que ahora le envenenaba el ánimo.

El fotógrafo metió de nuevo la mano entre los sobres. Pasaron unos segundos. Por fin levantó la vista. Los tics le contraían el rostro.

– Yo… No, de verdad. Ya no los tengo.

Karim tiró violentamente del cajón hacía él. El fotógrafo gritó, con las dos manos aprisionadas en la trampa de chatarra. Otro día ya sería amable. Agarró al hombre por la garganta y lo levantó del suelo. Su voz conservaba la calma:

– Sé razonable, Cau. ¿Han entrado para robarte o no?

– N… No… Lo juro…

– Entonces, ¿qué has hecho con esas jodidas imágenes?

Cau balbució:

– Las… las vendí…

Lleno de estupor, Karim le soltó. El hombre gemía, frotándose las muñecas. El poli murmuró guturalmente:

– ¿Vendidas? Pero… ¿cuándo?

El hombre contestó:

– Dios mío… Es una vieja historia. Tengo derecho a hacer lo que quiera con mis…

– ¿Cuándo las vendiste?

– Ya no me acuerdo… Hace unos quince años…

La mente de Karim iba de estupor en estupor. Empujó más al fotógrafo contra el mueble. Carpetas de papel transparente volaron a su alrededor.

– Empieza por el principio, abuelo. Porque todo esto no está demasiado claro.

Cau gesticuló:

– Fue un atardecer de verano… Vino una mujer… Quería las fotos… Las mismas que usted… Ahora me acuerdo…

Estos nuevos datos trastornaron totalmente las convicciones de Karim. Desde 1982, «alguien» buscaba las fotografías del pequeño Jude.

– ¿Te habló de Jude? ¿Jude Itero? ¿Te dio este nombre?

– No. Sólo me cogió las fotos y los negativos.

– ¿Te entregó dinero?

El hombre asintió.

– ¿Cuánto?

– Veinte mil francos… Una fortuna para la época… por unos negativos de niños…

– ¿Por qué quería esas fotos?

– No lo sé. No discutí.

– Debiste mirarlas… ¿Había en ellas un niño con algo particular en la cara? ¿Algo que hubiesen querido ocultar?

– No. No vi nada… No lo sé… No lo recuerdo.

– ¿Y la mujer? ¿Cómo era? ¿Era una mujer alta y bien plantada? ¿Era su madre?

De pronto el viejo se inmovilizó y después prorrumpió en una carcajada. Una gran carcajada grave que rascó las miasmas del fondo. Hizo rechinar los dientes:

– Imposible.

Karim agarró al hombre con los dos puños, propulsándolo por encima del mueble.

– ¿Por qué?

Cau puso los ojos en blanco bajo los párpados arrugados.

– Era una monja. ¡Una jodida monja!

21

Había tres iglesias en Sarzac. Una estaba en obras, otra bajo la tutela de un viejo sacerdote moribundo, y la tercera al cuidado de un cura joven sobre el cual corrían los rumores más oscuros. Se murmuraba que bebía en compañía de su madre, en el secreto de la rectoría. El teniente, que detestaba en general a todos los habitantes de Sarzac y más aún su pasión por los chismes, debía admitir, sin embargo, que esta vez tenían razón; él mismo había sido requerido un día como refuerzo para separar a la madre y el hijo al final de una pelea apocalíptica.

Karim había elegido a este sacerdote para obtener sus informaciones.

Se detuvo en seco ante la rectoría. Una casa de cemento sin gracia, de un solo piso, lindaba con una iglesia moderna de vitrales asimétricos. La pequeña placa decía: «Mi parroquia». Espinos y ortigas se disputaban el paso de la puerta. Tocó el timbre. Pasaron dos minutos. Karim oyó gritos ahogados. Juró en su interior; no tenía necesidad de cosas así.

Por fin abrieron.

Karim tuvo la impresión de contemplar un naufragio. A mediodía, el sacerdote ya apestaba a alcohol. Su rostro de vaca flaca estaba devorado por una barba irregular y unos cabellos hirsutos, como velados de cenizas. Sus ojos tenían el color de la nicotina. El cuello de la chaqueta estaba apolillado. Relucían manchas en la pechera. Como sacerdote, este hombre estaba acabado, quemado. Su destino religioso no duraría más de lo que duran las hojas de incienso mientras queman su obsesivo perfume.

– ¿Qué quiere, hijo mío?

La voz era rasposa, pero firme.

– Soy Karim Abdouf, teniente de policía. Ya nos conocemos.

El hombre se ajustó el cuello grisáceo.

– Ah, sí. Me parece… -Lanzó miradas temerosas de derecha a izquierda-. ¿Le han llamado los vecinos?

Karim sonrió.

– No. Necesito su ayuda. Para una investigación.

– ¡Ah! Está bien. Entre.

El poli entró en la casa y sintió enseguida que las suelas le resbalaban. Bajó los ojos: unos regueros brillantes manchaban el linóleo.

– Es mi madre -murmuró el sacerdote-. Ya no hace nada. Lo ensucia todo con sus mermeladas. -Se frotó los cabellos, descompuesto-. Es una locura, no come nada más.

La decoración era caótica. Jirones de papel adhesivo, pegados de través, imitaban la madera, la cerámica, la tela. El policía vislumbró por el resquicio de una puerta rectángulos de espuma amarilla, cortados con un instrumento afilado, almohadones sueltos, que esbozaban la caricatura de un salón. Un fárrago de utensilios de jardinería estaban dispersos por el suelo. Enfrente, otra habitación contenía una mesa de fórmica, llena de platos sucios, y una cama sin hacer.

El sacerdote torció hacia el salón. Tropezó y se enderezó. Karim dijo:

– Sírvase un trago. Ganaremos tiempo.

El sacerdote se volvió con una mirada hostil.

– Usted no se ha mirado, hijo mío. Tiembla de pies a cabeza.

Karim tragó saliva. Continuaba en estado de shock. Desde la violenta sesión en casa del fotógrafo, no había reflexionado ni visto las cosas con perspectiva. Sólo notaba un zumbido en la cabeza y sentía martillazos en el pecho. Maquinalmente, se pasó por la cara la manga de la chaqueta, como un niño mocoso.

El sacerdote se llenó un vaso de alcohol.

– ¿Le sirvo algo? -inquirió con una sonrisa desagradable.

– No bebo.

El hombre de negro bebió un sorbo. La sangre afluyó a su rostro descarnado. Sus ojos febriles llamearon como el azufre. Esbozó una sonrisa burlona.

– El islam, ¿eh?

– No. Mantengo la mente clara, para mi trabajo. Eso es todo.

El religioso blandió su vaso.

– Por su trabajo, entonces.

Karim vislumbró en el pasillo a la madre, que iba y venía. Andaba encorvada, casi doblada, y apretaba contra sí un tarro de mermelada. Pensó en el panteón abierto, en los skins, en la hermana que compraba fotografías escolares, y ahora estos dos monigotes de feria. Había abierto una caja de Pandora que parecía guardar en su interior pesadillas sin fin.

El sacerdote sorprendió su mirada:

– No haga caso, hijo mío, no es nada. -Se sentó sobre uno de los colchones de espuma-. Le escucho.

Karim levantó una mano con suavidad.

– Sólo una cosa. Le ruego que no vuelva a llamarme «hijo mío».

– Tiene razón -replicó el hombre en tono de burla-. Deformación profesional.

El sacerdote bebió un trago con gesto irónico. Había recuperado la actitud desilusionada.

– ¿En qué clase de investigación trabaja?

Karim comprendió con satisfacción que el párroco aún no había sido informado de la profanación en el cementerio. Por lo visto Crozier había conseguido evitar la menor filtración.

– Lo lamento, pero no puedo decirle nada. Sepa solamente que busco un convento. En los alrededores de Sarzac y Cahors. O incluso en otra parte de la región. Cuento con usted para ayudarme a encontrarlo.

– ¿Conoce la congregación?

– No.

El hombre se sirvió un segundo vaso. Reflejos espesos daban vueltas en su interior.

– Hay varios por aquí. -Rió de nuevo con sarcasmo-. La región debe de prestarse al recogimiento…

– ¿Cuántos hay?

– Sólo en el departamento, por lo menos una docena.

Karim hizo un breve cálculo mental. Visitar esos conventos, sin duda dispersos por toda la región, le costaría un día entero, como mínimo. Y ya eran más de las cuatro. Sólo disponía de dos horas. Una situación sin salida.

El sacerdote se había levantado y buscaba algo en un armario empotrado. «Ah, aquí está.» Hojeó una especie de anuario con hojas de papel biblia. La madre entró en la habitación y fue dando saltitos hasta la botella. Se sirvió un vaso sin mirar ni una sola vez a Karim. Sólo tenía ojos para su hijo. Ojos penetrantes, ojos de pájaro, surcados por el odio. El sacerdote ordenó, sin dejar de leer el anuario:

– Déjanos, mamá.

La mujer no contestó. Sostenía el vaso con las dos manos. Los nudillos eran como huesecillos. Miró fijamente a Karim. Elevó la voz, un poco agria.

– ¿Quién es usted?

– Déjanos. -El sacerdote se volvió hacia Karim-. Ya está. He marcado las páginas de diez conventos, si desea anotárselas… Pero están muy alejados unos de otros…

Karim escrutó las páginas. Conocía vagamente los nombres de los pueblos indicados. Sacó su cuaderno y los anotó con precisión.

– ¿Quién es usted? -prosiguió la madre.

– ¡Vuelve a tu habitación, mamá! -gritó el sacerdote.

Se acercó a Karim.

– ¿Qué busca, exactamente? Quizá podría ayudarle…

Karim enderezó su sombrero de fieltro y miró con fijeza al religioso.

– Busco a una hermana. Una hermana que se interesa por las fotografías.

– ¿Qué clase de fotografías?

Fue fulgurante, pero Karim captó un destello en la mirada del sacerdote.

– ¿Ha oído hablar ya de una historia de este tipo?

El hombre se rascó la cabeza:

– Yo… no.

Karim preguntó:

– ¿Qué edad tiene?

– ¿Yo? Pues… veinticinco años.

La madre se sirvió otro vaso y aguzó los oídos. Karim continuó:

– ¿Ha nacido en Sarzac?

– Sí.

– ¿Y ha ido a la escuela aquí?

El sacerdote levantó un hombro.

– Sí, hasta el segundo ciclo. Después, fui al…

– ¿A qué escuela? ¿Jean-Jaurès?

– Sí, pero…

La relación se le ocurrió enseguida.

– Vino aquí.

– ¿Cómo?

– La hermana. La hermana que busco… Vino a comprarle sus fotos de clase. Increíble. Ha recuperado todos los retratos escolares que aún podían quedar en los hogares. ¿Iba usted a la misma clase que Jude Itero? ¿Le dice algo este nombre?

El sacerdote había palidecido mucho.

– Yo… no comprendo nada de lo que me cuenta.

La voz de la madre volvió a oírse:

– ¿Qué es esta historia?

Karim se pasó las manos por la cara, como si volviera una página sobre sus propias facciones.

– Empiezo por el principio. Si siguió normalmente los estudios, debía de estar en la CM2 del 82, ¿no?

– ¡Pero de esto hace casi quince años!

– Y en la CM1 de 1981.

El sacerdote se puso rígido y bajó los hombros. Sus dedos se crisparon sobre el respaldo de una silla. A pesar de su juventud, sus manos se parecían a las de su madre. Ya viejas y nudosas, con venas azuladas.

– Sí, las… las fechas podrían coincidir…

– De modo que usted estaba en la clase de un muchachito llamado Itero. Jude Itero. No es un nombre corriente. Reflexione. Es muy importante para mí.

– No, francamente, yo…

Karim avanzó un paso.

– En cambio se acuerda de una monja que buscaba fotos escolares, ¿verdad?

– Yo…

La madre no se perdía una palabra.

– Pequeño canalla, ¿es cierto lo que cuenta este moraco? -preguntó.

Dio media vuelta y fue dando saltitos hasta la puerta. Karim aprovechó para agarrar los hombros del sacerdote y musitarle al oído:

– Dígamelo. Maldita sea, ¡acláremelo!

El sacerdote se desplomó en una esquina del colchón de espuma.

– Nunca he comprendido lo que ocurrió aquella tarde…

Karim se arrodilló. El sacerdote articuló con voz sorda:

– Vino… una tarde de verano.

– ¿En julio de 1982?

Asintió con la cabeza.

– Llamó a nuestra puerta… Hacía un calor… terrible… Como si las últimas horas del día cocieran las piedras… Ya no sé por qué, pero estaba solo… Le abrí… Señor… ¿Se da cuenta? Tenía apenas diez años y esa monja se me apareció en la penumbra, con su velo blanco y negro…

– ¿Qué le dijo?

– Al principio me habló de la escuela, de mis notas en clase, de mis asignaturas preferidas. Tenía una voz muy dulce… Después me pidió ver a mis camaradas… -El sacerdote se enjugó el rostro, surcado de sudor-. Yo… yo le traje mi foto de clase… aquella en que aparecíamos todos… Estaba muy orgulloso de presentarle a mis compañeros, ¿sabe? Entonces comprendí que buscaba algo. Observó largo rato la imagen y me preguntó si podía quedársela. Como recuerdo, dijo…

– ¿Le pidió otras fotos?

El sacerdote meneó la cabeza y entonces su voz se amortiguó:

– También quería el retrato de la CM1 del año anterior.

Karim lo sabía: aunque interrogara a cada padre y madre de un alumno de esas dos clases, ninguno de ellos poseería ya la fotografía de esos grupos. Pero, ¿por qué una religiosa intentaba hacerse con esas fotos? Karim tuvo la impresión de que una muralla de piedra se levantaba a su alrededor, circundada de oscuridad.

La madre reapareció en el marco de la puerta. Apretaba contra su pecho una caja de zapatos.

– Pequeño canalla. Diste nuestras fotografías. Tus fotos de clase. Cuando eras tan mono, tan encantador…

– ¡Cállate, mamá! -El sacerdote clavó su mirada en la de Karim-. Ya tenía la vocación, ¿comprende? Me sentí como hipnotizado por aquella mujer de gran estatura…

– ¿Alta? ¿Era alta?

– No… No lo sé… Yo tenía diez años… Pero me parece verla aún, con su capa negra… Hablaba con una voz tan sosegada… Quería esas fotos. Se las di sin vacilar. Ella me bendijo y desapareció. Creí que era un signo…

– ¡Cerdo!

Karim lanzó una mirada a la anciana madre, que gritaba amenazas. Se volvió hacia el hijo y comprendió que el sacerdote iba a encerrarse en sus recuerdos. Adoptó un tono más conciliador:

– ¿Le dijo por qué quería aquella imagen?

– No.

– ¿Le habló de Jude?

– No.

– ¿Le dio dinero?

El sacerdote hizo una mueca.

– ¡Claro que no! Me pidió las dos fotos, ¡eso es todo! Señor… Yo… yo creía que esa visita era un signo, ¿comprende? ¡Un reconocimiento divino!

Sollozaba.

– Aún no sabía que era un inútil. Un alcohólico. Un tarado. Impregnado de alcohol. El hijo de esta… ¿Cómo dar lo que uno mismo ignora? -Ahora imploraba a Karim, agarrado a su chaqueta de cuero-. ¿Cómo aportar la luz cuando se está sumergido en tinieblas? ¿Cómo? ¿Cómo?

Su madre soltó la caja y unas fotos se dispersaron por el suelo. Se abalanzó sobre él, con las zarpas por delante. Le acribilló a golpes la espalda, los hombros.

– ¡Cerdo, cerdo, cerdo!

Karim retrocedió, aterrado. Toda la habitación palpitaba. Comprendió que debía marcharse. De lo contrario, él mismo saldría mal parado. Pero aún no poseía todas las respuestas. Rechazó a la mujer y se inclinó a la altura del sacerdote.

– Dentro de pocos segundos habré salido. Todo habrá terminado. Ha vuelto a ver a la hermana, ¿verdad?

El hombre asintió, sacudido por los sollozos.

– ¿Cómo se llama?

El sacerdote aspiró por la nariz. Su madre iba arriba y abajo, gruñendo palabras ininteligibles.

– ¿Cómo se llama?

– Hermana Andrée.

– ¿Qué convento?

– Saint-Jean-de-la-Croix. Las carmelitas.

– ¿Dónde está?

El hombre hundió la cabeza entre los brazos. Karim le levantó por los hombros.

– ¿Dónde está?

– Entre… entre Sète y el cabo de Agde, muy cerca del mar. Voy a verla a veces, cuando me asalta la duda. Para mí es un recuerdo, ¿comprende? Una ayuda… Yo…

La puerta ya batía al viento. El poli corría hacia su coche.

V

22

El cielo se había oscurecido de nuevo. Bajo las nubes se elevaba el Grand Pie de Belledonne como una ola negra y monstruosa, petrificada en sus laderas de piedra. Sus vertientes, erizadas de árboles minúsculos, parecían desmaterializarse en las alturas en una blancura enturbiada por las brumas. Los cables de los teleféricos se extendían en vertical como cabos diminutos tendidos sobre la nieve.

– Yo creo que el homicida subió allí arriba con Rémy Caillois cuando éste aún estaba vivo. -Sonrió Niémans-. Creo que tomaron uno de esos teleféricos. Un alpinista experimentado puede poner en marcha con facilidad el mecanismo a cualquier hora del día o de la noche.

– ¿Por qué está tan seguro de que subieron allí arriba?

Fanny Ferreira, la joven profesora de geología, estaba magnífica: enmarcado por la gran capucha, su rostro vibraba con una frescura y una juventud estridentes. Como un grito del tiempo. Sus cabellos se ensortijaban en torno a sus sienes, sus ojos brillaban en la penumbra de la piel. Niémans sentía un deseo furioso de morder aquella carne entretejida de vida. Respondió:

– Tenemos la prueba de que el cuerpo ha viajado a los glaciares de esas montañas. Mi instinto me dice que esa montaña es el Grand Pie y que el glaciar es el del circo de Vallernes. Porque es esa cima la que domina la facultad y el pueblo. Porque de ese glaciar fluye el río que llega hasta el campus. Creo que el asesino descendió luego al valle por el torrente, en una balsa o una embarcación de ese tipo, con el cuerpo de la víctima a bordo. Y sólo entonces lo incrustó en la roca, para exponerlo a los reflejos del río…

Fanny lanzaba miradas nerviosas a su alrededor. Los gendarmes iban y venían en torno a las cabinas de los teleféricos. Había armas, uniformes y tensión. Declaró, con un aire obtuso:

– Esto aún no me explica qué diablos hago aquí.

El comisario sonrió. Las nubes se deslizaban lentamente por el cielo, como un cortejo fúnebre salido para enterrar al sol. El policía también iba vestido con una chaqueta de goretex y polainas estancas de kevlar-tec, sujetas a los tobillos por las botas de alpinismo.

– Es muy sencillo: pienso subir allí arriba, en busca de indicios. Y necesito un guía.

– ¿Qué?

– Voy a sobrevolar el glaciar de Vallernes hasta que encuentre una señal. Y necesito un experto que me guíe: y lo más natural es que haya pensado en usted. -Niémans sonrió otra vez-. Fue usted misma quien me dijo que conoce de memoria esa montaña.

– Me niego.

– Sea razonable. Puedo convertirla en testigo presencial. Puedo sencillamente reclutarla en calidad de guía. Me han dicho que posee su título nacional. No se haga rogar. Sólo vamos a sobrevolar esta vertiente y atravesar el circo en helicóptero. Será cuestión de pocas horas.

Niémans hizo una seña a los gendarmes, que esperaban cerca de un buzón. Depositaron grandes sacas de tela impermeable sobre el talud, a varios metros.

– He hecho subir material. Para la expedición. Si quiere comprobar que…

– ¿Por qué me ha llamado a mí? -replicó ella, terca como una muía-. Cualquier gendarme haría el trabajo… -Indicó a los hombres atareados a sus espaldas-. Los equipos de socorro en la montaña son ellos, ¿no lo sabía?

El policía se inclinó hacia ella.

– Bueno, pues digamos que la rapto.

Fanny lo fulminó con la mirada.

– Comisario, hace menos de veinticuatro horas que he descubierto un cadáver incrustado en un precipicio. He sufrido varios interrogatorios y pasado un buen rato en comisaría. Si estuviera en su lugar ¡tendría mucho cuidado con las bromas machistas!

Niémans observó a su interlocutora. A pesar del homicidio, a pesar de esta atmósfera funesta, experimentaba de pleno el hechizo de esa mujer musculosa y salvaje. Fanny repitió, cruzando los brazos:

– Entonces, una vez más, ¿por qué a mí?

El oficial de policía recogió del suelo una rama muerta, rodeada de liquen, y comprobó la flexibilidad con un gesto nervioso.

– Porque usted es geóloga.

Fanny frunció el ceño. La expresión de su rostro había cambiado. Niémans explicó:

– AI analizarlos, resulta que los restos de agua que hemos encontrado en el cuerpo de la víctima datan de un período que se remonta a antes de los años sesenta. Esta agua contiene residuos de una contaminación que ya no existe. Residuos de una precipitación caída en la región hace más de treinta y cinco años. Comprende lo que eso significa, ¿verdad?

La joven parecía intrigada, pero no respondió. Niémans se arrodilló y dibujó en el suelo, con ayuda de su trozo de madera, unos trazos superpuestos.

– Me he informado. Las precipitaciones de cada año se comprimen en un estrato de veinte centímetros de espesor sobre el casquete de los glaciares más altos, allí donde ya no hay fusión. -Señalaba las diferentes capas de su dibujo-. Estos estratos se conservan para siempre allí arriba, como archivos de cristal. Así pues, fue a uno de estos glaciares adonde viajó el cuerpo y retuvo esa agua surgida del pasado.

Miró a Fanny.

– Quiero sumergirme en esos hielos, Fanny. Quiero bajar hacia esas aguas antiguas. Porque es allí donde el asesino eliminó a su víctima. O la transportó, no lo sé. Y necesito a un científico que sepa exactamente dónde encontrar las grietas desde las que se puede llegar a esos hielos profundos.

Con una rodilla en el suelo, Fanny Ferreira observaba ahora el dibujo sobre la hierba. La luz era gris, mineral, diluida en los reflejos. Los ojos de la joven centelleaban como estrellas de nieve. Era imposible decir qué pensaba. Murmuró:

– ¿Y si fuese una trampa? ¿Y si el asesino hubiese recuperado esos cristales sólo para atraerle a usted a la cima? Los estratos de que habla están situados a más de tres mil quinientos metros de altitud. No es un paseíto. Allí arriba, usted será vulnerable y…

– Ya lo he pensado -admitió Niémans-. Pero en tal caso esto significaría que se trata de un mensaje. Que el homicida quiere que subamos. Y vamos a subir. ¿Conoce las grietas del circo de Vallernes que podrían llevarnos a los hielos del pasado?

Fanny asintió con un breve movimiento de cabeza.

– ¿Cuántas hay? -inquirió Niémans.

– En este glaciar, creo que sólo hay una, especialmente profunda.

– Perfecto. ¿Existe una posibilidad de que usted y yo bajemos a ese abismo?

Un fragor de helicóptero perforó súbitamente el cielo. El estruendo de las palas se acercó, las hierbas onduladas se hincharon, la superficie del torrente se estremeció a pocos metros de allí. El oficial repitió:

– ¿Hay una posibilidad, Fanny?

Ella echó una ojeada al artefacto ensordecedor y se pasó la mano por los cabellos ensortijados. Su perfil, ligeramente inclinado, hizo temblar a Niémans. Sonrió:

– Tendrá que engancharse, señor policía.

23

Vistos desde el cielo, la tierra, las rocas y los árboles se repartían el territorio en una sucesión de cumbres y valles, de oquedades y de luces. A medida que el helicóptero sobrevolaba el paisaje, Niémans observaba esta alternancia con el asombro de una primera vez. Admiraba aquellos lagos con el centro oscuro, las lenguas de los glaciares, aquellos vértigos de piedras. Tenía la impresión de atrapar, a través de estos horizontes solitarios, una verdad profunda de nuestro planeta. Una verdad desvelada de repente, violenta, incorruptible, que se resistiría siempre a las voluntades del hombre.

El helicóptero se desplazaba a la perfección a través de los dédalos de los relieves, remontando imperturbablemente el curso del río, la totalidad de cuyos afluentes convergían ahora, contracorriente, en un solo flujo esplendoroso. Al lado del piloto, Fanny escrutaba con la cabeza baja las olas, que lanzaban aquí y allí reflejos furtivos. A partir de ahora sería la joven quien dirigiría las operaciones.

El verdor de los bosques se dividió. Los árboles retrocedieron, se deslizaron en sus propias sombras, como renunciando a medirse con el cielo. Era el turno de las tierras negras, un enrejado estéril que debía de permanecer casi helado todo el año. Musgos negruzcos, líquenes sombríos, ciénagas fijas que provocaban un intenso sentimiento de desolación. Pronto aparecieron grandes cumbres grises. Aristas rocosas surgidas allí bajo la potencia de los suspiros de la tierra. Después nuevas oquedades, como las zanjas negras de una fortaleza prohibida. La montaña estaba allí. Se perfilaba, se estiraba, se desnudaba, desplegando sus estribaciones abismales.

Al final, fue el deslumbramiento. El blanco inmaculado. Las bóvedas cubiertas de nieve. Las fisuras de hielo, cuyos labios empezaban a cerrarse con el otoño. Niémans vislumbró el curso de las aguas que se petrificaban en el centro de su tramo. Pese a la grisalla del cielo, la superficie de esta serpiente luminosa era resplandeciente, como flambeada al rojo vivo. Se bajó las gafas de policarbonato, sujetó las protecciones a los lados y escrutó el río menguado. Pudo distinguir en el fondo de su lecho inmaculado huellas azules aprisionadas aquí como recuerdos del cielo. El estrépito de las palas ya había sido absorbido por la nieve.

En la parte delantera, Fanny no dejaba de examinar su GPS (Global Positioning System), un receptor en una pequeña esfera de cuarzo que le permitía situarse en relación con datos recibidos por satélite. Cogió el micrófono conectado a su casco y se dirigió al piloto:

– Abajo, al nordeste, el circo.

El piloto asintió y viró, con una movilidad de juguete, hacia un gran cráter de por lo menos trescientos metros de longitud, en forma de bumerán, que parecía languidecer en la vertiente extrema del pico. En el interior de esta cuenca se desplegaba una monstruosa lengua de hielo que proyectaba brillantes destellos hacia sus alturas y reflejos más oscuros a la base de la pendiente, allí donde los hielos se acumulaban, se comprimían y se rompían hasta el punto de formar hojas petrificadas. Fanny gritó al piloto:

– Aquí. Justo debajo. La gran hendidura.

El helicóptero se dirigió a los confines del glaciar donde las aristas traslúcidas, acumuladas en escalera, se abrían en una larga falla, una grieta tenebrosa que parecía sonreír en un rostro maquillado de nieves. El aparato se posó en un torbellino de polvo. La ventolera de las palas dibujó grandes surcos sobre la nieve.

– Dos horas -vociferó el piloto-. Volveré dentro de dos horas. Después anochecerá.

Fanny graduó el GPS y después lo tendió al hombre, indicando así el punto donde deseaba que volviera a buscarlos. El hombre asintió. Niémans y Fanny saltaron al suelo, sosteniendo cada uno un enorme saco estanco.

El aparato se alejó inmediatamente, como tragado por el cielo, abandonando a las dos siluetas al silencio de las nieves eternas.

Hubo un breve momento de recogimiento. Niémans alzó la mirada y exploró el precipicio de hielo, al borde del cual se encontraban como dos partículas humanas en un desierto blanco. El policía estaba deslumbrado, con todos los sentidos en alerta. Tenía la impresión de percibir, en contraste con la desmesura del paisaje, el murmullo de la nieve, cuyos cristales crujían en una frigidez secreta, íntima.

Echó una ojeada a la joven. Con el busto inclinado hacia atrás y los hombros tensos, respiraba a fondo, como saciándose de frío y pureza. La montaña parecía haberle devuelto el buen humor. El policía supuso que la mujer sólo era feliz en estos reflejos tornasolados, esta presión más ligera. Pensó en un hada. Una criatura de las montañas. Señaló la grieta y preguntó:

– ¿Por qué ésta y no otra?

– Porque es la única lo bastante profunda para llegar a los estratos que le interesan. Se abre hasta cien metros de profundidad.

Niémans se acercó.

– ¿Cien metros? Pero no tenemos necesidad de bajar más de unos pocos metros para llegar a las capas que corresponden a los años sesenta. He hecho mis cálculos: a razón de veinte centímetros por año…

Fanny sonrió.

– Esto es la teoría. Pero este glaciar no responde a esta media. Los hielos de la depresión están machacados, en sentido oblicuo. Dicho de otro modo, se ensanchan ligeramente, se alargan. De hecho, cada año está representado en esta sima por una capa de un metro de espesor, aproximadamente. Revise sus cálculos, señor policía. Para remontarnos a treinta y cinco años atrás. Deberemos descender…

– ¿… a más de treinta y cinco metros?

La joven asintió. En alguna parte, en un nicho azulado, fluía un leve goteo. La pequeña risa de un crisol de agua viva.

Fanny señaló la sima a sus espaldas.

– También he elegido esta falla por otra razón. La última estación del teleférico sólo está a ochocientos metros. Si usted lo ha adivinado, si el homicida atrajo realmente a su víctima a una grieta, existen muchas posibilidades de que lo hiciera aquí. Es la sima más accesible yendo a pie.

Fanny se dejó caer en el suelo al tiempo que abría su saco. Extrajo dos pares de crampones de acero laminado. Lanzó uno a Niémans.

– Fíjese esto bajo los pies.

Niémans obedeció. Colocó las dos suelas de ganchos metálicos ajustándolos a los bordes de sus botas. Cerró después las correas de neopreno como si fueran estribos. Se acordó de las fijaciones de los patines de ruedas de su infancia.

Fanny ya sacaba del petate cuñas aterrajadas y huecas que terminaban en un rizo oblongo. «Clavos para hielo», comentó lacónicamente. Su aliento cristalizaba en un vaho brillante. Cogió a continuación un martillo de montañero de mango hinchado cada uno de cuyos elementos parecía poderse separar, y después alargó un casco a Niémans, que miraba esos objetos con curiosidad. Aquellos instrumentos se le antojaban a la vez muy sofisticados y de una sencillez evidente. Parecían fabricados con materiales revolucionarios, desconocidos, y tenían colores de caramelos ingleses.

– Acérquese.

Fanny ajustó en torno a su cintura y sus caderas un cinturón acolchado que semejaba un laberinto de hebillas y correas. No obstante, la joven lo cerró en pocos segundos. Retrocedió, como una creadora que contemplara su modelo.

– Está estupendo -sonrió.

Después sacó una lámpara compleja, compuesta a la vez de correas cruzadas, un sistema eléctrico y una mecha plana, colocada ante un reflector. Niémans tuvo tiempo de echarse un vistazo en aquel espejo: con capucha, casco, talabarte y clavos de acero: parecía un yeti futurista. Fanny fijó la lámpara sobre el casco del policía y después hizo pasar un tubo por detrás del hombro. Fijó el depósito que estaba atado a la cintura de Niémans y murmuró:

– Es una lámpara de acetileno. Funciona con carburo. Se lo enseñaré cuando llegue el momento. -Luego levantó los ojos y se dirigió a Niémans en un tono grave-: El hielo es un mundo aparte, comisario. Olvide sus reflejos, sus costumbres, sus modos de deducción. No se fíe de nada: ni de los destellos, ni de la dureza, ni del aspecto de las paredes -Señaló la sima, mientras se ajustaba su propio cinturón-. En ese vientre, allí, todo se convertirá en asombroso, extraordinario, pero todo será una trampa. Es un hielo como no ha conocido nunca. Un hielo supercomprimido, más duro que el hormigón, pero que también puede ocultar un pozo bajo una placa de pocos milímetros. Yo le indicaré lo que debe hacer.

Fanny se detuvo, dejando transcurrir el tiempo suficiente para que sus palabras adquirieran todo su peso. La condensación dibujaba en torno a su rostro un halo encantado. Recogió sus cabellos en un moño y se puso la capucha.

– Vamos a penetrar en la chimenea por aquí -prosiguió-. Hay un desnivel, será más fácil. Yo pasaré primero y plantaré los clavos. El gas aprisionado que liberaré al partir el hielo trazará una grieta gigante, de varias decenas de metros. Esta falla puede abrirse en línea vertical u horizontal. Usted deberá apartarse de la pared. Esto provocará un ruido atronador. No es nada por sí mismo, pero puede liberar bloques de hielo, estalactitas. Abra bien los ojos, comisario. Esté siempre al acecho y no toque nada.

Niémans asimilaba las órdenes terminantes de la joven. Era la primera vez que recibía órdenes de una niña de cabellos rizados. Fanny pareció captar este estremecimiento de orgullo y continuó en un tono divertido y autoritario a la vez:

– Vamos a perder la noción del tiempo y las distancias. Nuestro único punto de referencia será la soga. Dispongo de varios sacos de soga de cien metros cada uno y sólo yo puedo medir la distancia recorrida. Usted seguirá mis huellas y obedecerá mis órdenes. Nada de iniciativas personales. Nada de gestos espontáneos. ¿Entendido?

– De acuerdo -murmuró Niémans-. ¿Esto es todo?

– No.

Fanny examinó otra vez el cielo, saturado de nubes.

– Sólo he aceptado venir por la tormenta. Si vuelve el sol, deberemos subir inmediatamente.

– ¿Por qué?

– Porque el hielo se fundirá. Los torrentes se despertarán y nos caerán encima, a lo largo de las paredes. Aguas cuya temperatura no rebasará los dos grados. Ahora bien, nuestros cuerpos estarán muy calientes, a causa de los esfuerzos realizados. El primer choque puede hacernos saltar el corazón. Si sobrevivimos a esto, la hidrocución acabará con nosotros enseguida. Miembros entumecidos, movimientos lentos… No se lo describiré. Quedaremos petrificados en pocos minutos, como estatuas, suspendidos de nuestra cuerda. Así pues, ocurra lo que ocurra, encontremos lo que encontremos, a los primeros signos de sol hemos de subir.

Niémans se detuvo ante este último fenómeno.

– ¿Esto significa que el asesino también necesitaba una tormenta para bajar a la falla?

– Sí, una tormenta. O la noche.

El comisario reflexionó: cuando había investigado sobre las nubes, se había enterado de que el sol había brillado todo el día del sábado en la región. Si el homicida había descendido realmente con su víctima a través de los hielos, significaba que había esperado a la noche. ¿Por qué acumular tantas dificultades? ¿Y por qué volver después al valle con el cuerpo?

Niémans caminó torpemente, a causa de sus crampones, hasta el borde de la falla. Se aventuró a echar una mirada: el cañón no producía vértigo. Cinco metros más abajo, las paredes se abombaban una contra otra, casi hasta el punto de tocarse. Entonces el abismo se reducía a una zanja estrecha, que se parecía a los labios de una concha infinita.

Fanny se reunió con él y comentó, mientras se colgaba de la cintura una gran cantidad de ganchos y clavos:

– El torrente se desliza en la grieta y se ensancha unos metros más abajo. Por esto el abismo es mucho mayor después de esta primera falla. Debajo, las aguas salpican las paredes y las horadan. Debemos deslizarnos en el interior, pasar entre estas mandíbulas.

Niémans contemplaba los dos bordes de hielo que parecían entreabrirse de mala gana sobre la sima.

– Si descendiéramos más abajo del glaciar, ¿podríamos encontrar las aguas de los siglos pasados?

– Desde luego. En la zona ártica se puede bajar así hasta épocas muy antiguas. A varios miles de metros de profundidad permanecen, intactas, las aguas que empujaron a Noé a construir su arca. Y también el aire que respiraba.

– ¿El aire?

– Burbujas de oxígeno, aprisionadas en los hielos.

Niémans estaba estupefacto. Fanny se cargó la mochila a la espalda y se arrodilló al borde de la grieta. Atornilló el primer clavo y colgó el primer gancho de resorte por el cual pasó una cuerda. Miró una vez más el cielo de tormenta y entonces comentó en tono travieso:

– Bienvenido a la máquina del tiempo, comisario.

24

Descendieron con ayuda de una soga doble.

El policía iba suspendido de una cuerda que se deslizaba por un asa autobloqueante. Para descender, sólo había que presionar el asa, que liberaba enseguida y lentamente la cuerda. En cuanto aflojaba la presión, el mecanismo se bloqueaba de nuevo. Entonces se quedaba quieto en el vacío, como sentado sobre su talabarte.

Concentrado en este sencillo gesto, Niémans escuchaba las órdenes de Fanny que, unos metros más abajo, le indicaba el momento en que podía dejarse resbalar. Una vez llegado al clavo siguiente, el policía cambiaba de cuerda, cuidando antes de asegurarse con una correa, una soga corta fijada al talabarte. Con todas estas ramificaciones, Niémans se imaginaba una especie de pulpo cuyos tentáculos tintinearan como un trineo de Navidad.

Mientras descendían, el comisario estaba suspendido encima de la mujer sin verla, pero sentía una confianza espontánea en su experiencia. A medida que bajaba frente a la pared, la oía atarearse a varios metros por debajo de él. En este instante no pensaba en nada. A través de su propia concentración, experimentaba simplemente sensaciones mezcladas, vivas, inéditas. El aliento frío de la muralla. El sostén del talabarte, que mantenía su cuerpo en suspenso sobre el vacío. La belleza del hielo que brillaba en un tono azul oscuro, como un bloque de noche arrancado al firmamento.

Pronto abandonaron la luz del cielo. Pasaron bajo los bordes hinchados de la falla, penetrando en el corazón mismo de la sima. Niémans tenía la sensación de zambullirse en la panza cristalizada de un animal monstruoso. Bajo esta campana de hielo, constituida por el cien por cien de humedad, sus sensaciones se agudizaban, se intensificaban todavía más. Admiraba, subrepticiamente, las paredes oscuras y traslúcidas que lanzaban ásperos fulgores, como ecos de luz. En la oscuridad, cada uno de sus gestos provocaba una resonancia de caverna.

Fanny posó por fin el pie sobre una especie de crujía, casi horizontal, que se extendía por todo lo largo de la pared. Niémans llegó a su vez a este escalón natural. Las dos paredes de la grieta habían vuelto a juntarse y sólo los separaba una distancia de varios metros.

– Acérquese -ordenó ella.

El policía obedeció. Fanny le apretó un botón que tenía en la coronilla del casco -Niémans habría jurado que había encendido un mechero- y surgió un fuerte resplandor. En el reflector del casco de la mujer, el policía vislumbró una vez más su silueta. Vislumbró sobre todo la llama de acetileno, una especie de cono invertido que difundía por refracción esa potente luz. Fanny encendió a tientas su propia linterna y musitó:

– Si su asesino vino a esta sima, tuvo que pasar por aquí.

Niémans la miró sin comprender. El fulgor amarillento de su lámpara, al caer en línea horizontal, deformaba el rostro de la mujer transformándola en sombras acentuadas, inquietantes.

– Estamos a la profundidad justa -continuó ella, indicando la superficie lisa de la muralla-. A menos de treinta metros bajo la bóveda, o sea, en las nieves cristalizadas de los años sesenta y más allá…

Fanny cogió otro saco de cuerdas y fijó un gancho en la pared. Después de haberlo clavado con varios golpes de martillo, lo aseguró deslizando por la curva un gancho de resorte y retorciendo el tubo aterrajado como lo habría hecho con un sacacorchos. La fuerza de la mujer dejó estupefacto a Niémans. Miraba el hielo extirpado, que salía salpicando del clavo por un orificio lateral, y pensaba que conocía a pocos hombres capaces de semejante esfuerzo.

Salieron de nuevo para una nueva cordada, pero esta vez en sentido horizontal, a lo largo del pasillo centelleante. Caminaban al borde del precipicio, atados el uno al otro. Sus reflejos se dibujaban con vaguedad en la pared de enfrente. Cada veinte metros, Fanny fraccionaba la soga, es decir, plantaba un nuevo clavo en la muralla y aislaba el tramo siguiente. Repitió varias veces la maniobra y así cubrieron cien metros.

– ¿Continuamos? -preguntó ella.

El policía la miró. Su rostro, endurecido por la luz abrupta de la lámpara, revestía ahora un carácter maléfico. Asintió, señalando el pasillo de hielos que se perdía en la infinitud de los reflejos. La mujer extrajo un nuevo saco y repitió su trabajo. Clavo, cuerda, veinte metros y después, otra vez, clavo, cuerda, veinte metros…

Recorrieron así cuatrocientos metros. Ni un signo, ni una marca indicaba que el asesino hubiera pasado por allí antes que ellos. Pronto Niémans tuvo la impresión de que las paredes vacilaban ante sus ojos. Oía también tintineos ligeros, risas lejanas y sarcásticas. Todo se volvía luminoso, resonante, incierto. ¿Existía un vértigo de los hielos? Lanzó una ojeada a Fanny, que extraía otro saco de cuerdas. Parecía no haber notado nada.

Una angustia le oprimió. Tal vez había empezado a delirar. Bajo el golpe de la fatiga, su cuerpo, su cerebro manifestaban quizá señales de abandono. Niémans se puso a temblar. El frío sacudía sus huesos. Cerró las manos sobre la última escarpia. Sus pies avanzaban con torpeza. Con lágrimas en los ojos, intentó acercarse a Fanny. Sintió de improviso que estaba a punto de caer, que las piernas ya no le sostenían. Y su delirio se intensificó. Las paredes azuladas le dieron otra vez la sensación de ondularse y, al hilo de su lámpara, las risitas rebotar en ecos. Iba a caer. En el vacío. En su propia locura. Sofocado, consiguió llamar:

– Fanny…

La joven se volvió, y Niémans comprendió de repente que no deliraba.

La cara de la alpinista ya no estaba marcada por las sombras de la lámpara. Un brillante resplandor, tan intenso que su origen no podía definirse, inundaba sus facciones. Fanny había recuperado su belleza radiante y soberana. Niémans lanzó una mirada en derredor. La muralla resplandecía ahora con todos sus fuegos. Y los arroyos verticales corrían a lo largo de la pared, en una precipitación fantástica.

No, no deliraba. Al contrario: había captado un fenómeno que Fanny, demasiado ocupada en fijar sus cuerdas, había pasado por alto. El sol. En la superficie, las nubes de tormenta se habían disipado, sin duda, y el sol había reaparecido. De ahí la luz difusa, insinuada en los intersticios del hielo. De ahí los reflejos incesantes y la risa burlona de los nichos.

Subía la temperatura. El glaciar se fundía.

– Mierda -murmuró Fanny, que acababa de comprenderlo a su vez.

Observó enseguida la escarpia más próxima. Las tuercas brillaban fuera de la muralla, que se fundía rezumando largas lágrimas. Los dos compañeros iban a soltarse de los clavos. Bajar en caída libre hasta el fondo del abismo. Fanny ordenó:

– Apártese.

Niémans inició un paso hacia atrás, intentó desviarse a la izquierda. Resbaló, se enderezó con la espalda en el vacío, tiró violentamente de la cuerda para recobrar el equilibrio. Lo oyó todo a la vez: el ruido del clavo que se arrancaba, sus crampones que rascaban la pared, el impacto del puño de Fanny, que le atrapaba por la nuca en el último segundo y lo aplastaba contra la pared.

El agua helada le mordió el rostro. Fanny le susurró al oído:

– No se mueva más.

Niémans se inmovilizó, encorvado, jadeante. Fanny le rodeó y él olió su aliento, su sudor, la dulzura de sus bucles. La mujer volvió a encordarle y hundió otros dos ganchos a una velocidad increíble.

Mientras realizaba esta maniobra, los crujidos del precipicio se habían convertido en fragor y el gorgoteo en cascadas. Los saltos de agua azotaban por doquier las paredes, retumbaban, golpeaban. Se desprendían bloques enteros de hielo, rompiéndose después contra el escollo de la crujía. Niémans cerró los ojos. Se sintió desvanecer, resbalar, desmayarse, en este palacio reflectante en que los ángulos, las distancias, las perspectivas desaparecían.

El grito de Fanny lo devolvió a la realidad. Movió la cabeza y vio a la joven a su izquierda, agachada sobre su cuerda, intentando alejarse de la pared. Niémans hizo un esfuerzo sobrehumano para erguirse y acercarse bajo los chorros de agua que caían con una fuerza de catarata. Con los dedos agarrados a la cuerda, se dejó oscilar como un ahorcado y atravesó un verdadero torrente vertical. ¿Por qué se empeñaba en alejarse de la muralla cuando la grieta estaba a punto de atraparlos? Fanny alargó el índice hacia el hielo:

– Aquí. Está aquí -musitó.

Niémans se colocó en el eje visual de la joven alpinista.

Entonces comprendió lo imposible.

En la muralla transparente, verdadero espejo de aguas vivas, acababa de surgir la silueta de un cuerpo prisionero del hielo. En posición fetal. Con la boca abierta en un grito silencioso. Las finas e incesantes capas de agua pasaban sobre esta imagen y retorcían la visión del cuerpo azulado y cuajado de heridas.

A pesar de su estupor, a pesar del frío que los estaba matando a ambos, el comisario comprendió enseguida que lo que contemplaban era sólo el reflejo de la verdad. Aseguró su equilibrio sobre la crujía y luego se volvió en redondo, realizando un arco de círculo perfecto para descubrir la otra pared, justo enfrente. Murmuró:

– No. Allí.

Sus ojos ya no podían desviarse del verdadero cuerpo, incrustado en la muralla opuesta, y cuyos contornos ensangrentados se mezclaban con su propio reflejo.

25

Niémans colocó el expediente sobre la mesa y se dirigió al capitán Barnés:

– ¿Cómo puede estar seguro de que ese hombre es nuestra víctima?

El gendarme, de pie, confirmó la evidencia con un gesto.

– Su madre ha venido hace un momento. Dice que su hijo ha desaparecido esta noche…

El comisario se encontraba de nuevo en una oficina de la gendarmería, en el primer piso. Hasta ahora no había empezado a calentarse, vestido con un jersey de lana gruesa con cuello de cisne. Una hora antes, Fanny Ferreira había conseguido sacarlos a ambos del abismo, casi intactos. En ese aspecto la suerte había jugado en su favor: el helicóptero, de regreso, sobrevolaba el lugar en aquel mismo instante.

Desde entonces, equipos de socorro de montaña luchaban para extraer el cuerpo de su santuario de hielo, mientras el comisario Niémans y Fanny Ferreira regresaban a la ciudad y se sometían a una visita médica en toda regla.

En la brigada, Barnes había mencionado enseguida a un nuevo desaparecido cuya identidad podía coincidir con el cuerpo descubierto: Philippe Sertys, veintiséis años, soltero, auxiliar de enfermería en el hospital de Guernon. Niémans repitió su pregunta mientras bebía un café hirviendo:

– Puesto que no se ha verificado la identidad exacta de la víctima, ¿cómo puede tener la seguridad de que se trata de este hombre?

Barnes rebuscó en una camisa acartonada y balbució:

– Es… a causa del parecido.

– ¿El parecido?

El capitán puso delante de Niémans la fotografía de un hombre joven de facciones enjutas, peinado a cepillo. El rostro sonreía animadamente y la mirada oscura estaba impregnada de dulzura. Emanaba de esa cara una expresión juvenil, casi infantil, pero también nerviosa. El comisario comprendió lo que Barnes quería expresar: este hombre se parecía a Rémy Caillois, la primera víctima. La misma edad. El mismo rostro alargado. El mismo corte a cepillo. Dos hombres jóvenes, apuestos y delgados, pero cuya expresión parecía ocultar una agitación interior.

– Es una serie, comisario.

Pierre Niémans bebió un pequeño sorbo de café. Tenía la sensación de que su garganta todavía helada podía estallar al contacto con un calor tan violento. Alzó la mirada.

– ¿Cómo?

Barnes se apoyaba ya en un pie ya en el otro. Se podía oír crujir sus zapatos, como el puente de un navío.

– Carezco de su experiencia, claro, pero… En fin, si la segunda víctima es Philippe Sertys, resulta evidente que se trata de una serie. De un asesino en serie, quiero decir. Elige sus víctimas en función de su físico. Este… este rostro le debe de recordar algo traumático y…

El capitán se detuvo en seco ante la mirada furibunda de Niémans. El comisario intentó disimular su vehemencia manteniendo una sonrisa.

– Capitán, no saquemos de quicio este parecido. Y menos ahora, cuando ni siquiera estamos seguros de la identidad de la víctima.

– Yo… Tiene razón, comisario.

El gendarme manipulaba nerviosamente su carpeta, que parecía contener toda la vida del pueblo. Parecía confuso y exasperado al mismo tiempo. Niémans podía leer sus pensamientos, en letras parpadeantes: «Un asesino en serie en Guernon». El gendarme seguiría traumatizado hasta su retiro, e incluso más allá. El policía continuó:

– ¿Qué hace ahora el equipo de rescate?

– Están a punto de sacar a la víctima. El… En fin, el hielo se ha cerrado sobre el cuerpo. Según los colegas, el hombre fue colocado allí la noche anterior. Tenía que haber una temperatura muy baja para que el hielo se petrificara de ese modo.

– ¿Cuándo podemos esperar recuperar el cuerpo?

– Hay que contar con una hora más como mínimo, comisario. Lo siento.

Niémans se levantó y abrió la ventana. El frío invadió la habitación.

Las seis de la tarde.

La noche caía ya sobre el pueblo. Una sombra intensa que bebía lentamente los tejados de pizarra y las paredes de madera. El río se deslizaba en las tinieblas como una serpiente entre dos piedras.

El comisario se estremeció bajo el jersey. La provincia no era decididamente su universo. Y ésta todavía menos: confinada al pie de las montañas, azotada por el frío y las tormentas, repartida entre el lodo negruzco de la nieve y el tintineo incesante de las estalactitas. Todo un mundo ceñudo, secreto, hostil, que cristalizaba en su silencio como el hueso de una fruta escarchada.

– Después de doce horas de investigación, ¿dónde estamos? -preguntó, encarándose con Barnes.

– En ninguna parte. Las verificaciones no han revelado nada. Ningún detenido en libertad cuyo perfil pueda corresponder al del homicida. Nada tampoco en relación a los hoteles, estaciones de tren o autobuses. Los controles tampoco han obtenido ningún resultado.

– ¿Y la biblioteca?

– ¿La biblioteca?

Con la aparición del segundo cuerpo, la pista de los libros se antojaba ya secundaria, pero el policía quería llegar al final de cada vía de investigación. Explicó:

– Los del SRPJ están investigando los libros consultados por los estudiantes.

El capitán se encogió de hombros.

– Oh, eso… No nos compete a nosotros. Habrá que ver a Joisneau para…

– ¿Dónde está?

– Ni idea…

Niémans intentó al momento ponerse en contacto con el teléfono móvil del joven teniente. No hubo respuesta. Desconectado. Prosiguió con humor:

– ¿Y Vermont?

– Siempre en las alturas, con su escuadra. Registran los refugios, las laderas de la montaña. Más que nunca…

Niémans suspiró.

– Pida nuevos efectivos a Grenoble. Quiero cincuenta hombres más. Como mínimo. Quiero que las indagaciones se orienten hacia el glaciar de Vallernes y el teleférico que conduce hasta allí. Quiero que toda la montaña se peine hasta la cumbre.

– Me ocuparé enseguida.

– ¿Cuántos puestos de vigilancia en carretera?

– Ocho. El peaje de la autopista. Dos nacionales. Cinco departamentales. Guernon está bajo estricta vigilancia, comisario. Pero, como ya le he dicho…

El policía clavó la mirada en los ojos de Barnes.

– Capitán, ahora sólo tenemos una sola certeza: el asesino es un alpinista experimentado. Interrogue a todos los tipos capaces de moverse por un glaciar, en Guernon y alrededores.

– Eso no es moco de pavo. El alpinismo es el deporte local y…

– Le hablo de un experto, Barnes. De un hombre capaz de descender a treinta metros de profundidad bajo las capas de hielo, transportando un cuerpo. Ya se lo he pedido a Joisneau. Encuéntrele y averigüe qué progresos ha hecho.

Barnes se inclinó.

– Muy bien. Pero vuelvo a insistir: somos una raza de montañeros. Encontrará alpinistas con experiencia en cada pueblo, en cada choza, en las laderas de todos los macizos. Es una tradición entre nosotros: algunos hombres de la región son además cristaleros, ganaderos… Y todos han heredado la pasión por las cumbres. De hecho, estas prácticas sólo se han abandonado en la ciudad universitaria de Guernon.

– ¿Adonde quiere ir a parar?

– Quiero decir sencillamente que será necesario extender todavía más las indagaciones. Hasta los pueblos de las alturas. Y que eso requerirá días.

– Pida más refuerzos. Instale cuarteles generales en cada caserío. Compruebe lo que han hecho, los equipamientos, las distancias. ¡Y, por Dios, encuéntreme algún sospechoso!

El comisario abrió la puerta y concluyó:

– Haga venir a la madre.

– ¿La madre?

– La madre de Philippe Sertys, quiero hablar con ella.

26

Niémans se dirigió a la planta baja. La brigada de gendarmería se parecía a cualquier otro puesto de policía en Francia, y sin duda en el mundo. Por las paredes rematadas con cristal, Niémans podía divisar los casilleros metálicos, las mesas plastificadas, desparejadas, el linóleo mugriento, surcado de quemaduras de cigarrillo. Le gustaban estos lugares monocromos, salpicados de neones. Porque recordaban la verdadera naturaleza del oficio de policía, de las calles, del exterior. Estos locales sombríos sólo constituían la antesala de la vocación policial, su negro antro, de donde surgían estridentes sirenas.

Entonces la vio, sentada en el pasillo, envuelta en una manta de fibra polar y vestida con un jersey azul marino de gendarme. Con un escalofrío, se encontró de nuevo prisionero de los hielos, cerca de ella, oliendo su aliento tibio en la nuca. Se ajustó las gafas, entre ansioso y presumido.

– ¿No ha vuelto a su casa?

Fanny Ferreira levantó sus ojos claros.

– Tengo que firmar mi declaración. Esto ya se convierte en un hábito. No cuente conmigo para descubrir el tercero.

– ¿El tercero?

– El tercer cuerpo.

– ¿Piensa que los asesinatos van a continuar?

– ¿Usted no?

La joven debió de percibir una expresión dolorosa en el rostro de Niémans. Murmuró:

– Discúlpeme. La ironía es mi pequeña autodefensa.

Al decir esto, dio unos golpecitos al lugar de su lado en el banco, como hubiera hecho para invitar a un niño a sentarse junto a ella. Niémans obedeció. Con la cabeza baja y las manos juntas, daba golpecitos en el suelo con los tacones.

– Quería darle las gracias -murmuró entre dientes-. Sin usted, en los hielos…

– Cumplía con mi deber de guía.

– Es cierto. No sólo me ha salvado la vida sino que me ha llevado exactamente a donde quería ir…

La expresión de Fanny se volvió grave. Unos gendarmes recorrían el pasillo. Zapatos ruidosos e impermeables crujientes. Ella preguntó:

– ¿Adonde ha llegado? Quiero decir, en su investigación. ¿Por qué esta horrible violencia? ¿Por qué actos tan… retorcidos?

Niémans intentó sonreír, pero se quedó corto:

– No avanzamos. Todo lo que sé es lo que presiento.

– ¿Y qué es?

– Presiento que nos las tenemos con un asesino en serie. Pero no en el sentido corriente. No es un homicida que mate al azar de sus obsesiones. Esta serie responde a un móvil. Preciso. Profundo. Racional.

– ¿Qué clase de móvil?

El policía observó a Fanny. Las sombras de los centinelas le rozaban la cara como alas de pájaro.

– No lo sé. Aún no.

Se impuso el silencio. Fanny encendió un cigarrillo y preguntó de repente:

– ¿Cuánto tiempo hace que está en la policía?

– Unos veinte años.

– ¿Qué le llevó a ello? ¿Arrestar a los malos?

Niémans sonrió, esta vez con franqueza. Por el rabillo del ojo contempló la llegada de una nueva escuadra, con caparazones perlados de lluvia. Supo sólo por su expresión que no habían descubierto nada. Volvió los ojos hacia Fanny, que inhalaba una larga bocanada.

– Verá, este tipo de objetivo se pierde muy pronto en la naturaleza. Además, la justicia y todo el bla-bla que la rodea no me ha atraído nunca.

– Entonces, ¿qué? ¿El afán de lucro? ¿La seguridad del empleo?

Niémans se asombró:

– Tiene usted unas ideas muy extrañas. No, creo que opté por esta elección a causa de las sensaciones.

– ¿Las sensaciones? ¿Como las que acabamos de vivir?

– Por ejemplo.

– En usted veo -asintió ella con ironía, exhalando un humo rubio- al hombre que vive al límite. El que pone un precio a su existencia, arriesgándola todos los días…

– ¿Y por qué no?

Fanny imitó la posición de Niémans: hombros encorvados y manos juntas, como si rezara. Ya no reía. Parecía adivinar que Niémans, detrás de estas generalidades, entregaba en aquel instante una parte de sí mismo. Musitó, con el cigarrillo en los labios:

– Por qué no, en efecto…

El policía bajó los ojos y examinó, a través de la curvatura de las gafas, las manos de la joven. Sin alianza. Sólo tiritas, marcas, grietas. Como si la alpinista estuviera casada con los elementos, la naturaleza, las emociones violentas.

– Nadie puede comprender a un policía -continuó gravemente-. Y aún menos juzgarlo. Evolucionamos en un mundo brutal, incoherente, cerrado. Un mundo peligroso, de fronteras bien establecidas. Usted está fuera y tampoco puede comprenderlo. Y quien está dentro, pierde toda objetividad. El mundo policíaco es esto: un universo sellado. Un cráter de alambradas. Incomprensible. Es su misma naturaleza. Pero hay algo seguro: no queremos recibir lecciones de los burócratas que ni siquiera se arriesgarían a pillarse los dedos con la puerta de su automóvil.

Fanny arqueó el busto hacia atrás, hundió ambas manos entre sus bucles y los apartó de su rostro. Niémans pensó en raíces mezcladas con tierra. Las raíces de un vértigo llamado «sensualidad». El policía se estremeció. Picores helados libraban una batalla con el calor de su sangre.

La joven preguntó en voz baja:

– ¿Qué va a hacer? ¿Cuál es su próxima etapa?

– Seguir buscando. Y esperar.

– ¿Esperar qué? -repitió, otra vez agresiva-. ¿A la siguiente víctima?

Niémans se levantó, haciendo caso omiso de esta provocación.

– Espero que el cuerpo descienda de la montaña. El asesino nos había dado una cita. Puso en el primer cadáver un indicio que me ha permitido subir hasta el glaciar. Creo que ha deslizado un segundo indicio en el nuevo cuerpo, que nos llevará al tercero… Y así sucesivamente. Es una especie de juego, en el cual debemos perder cada vez.

Fanny también se levantó y cogió la parka que se secaba en el extremo del banco.

– Será preciso que me conceda una entrevista.

– ¿De qué habla?

– Soy la redactora jefe de la revista de la facultad, Tempo.

Niémans sintió que se le tensaban los nervios bajo la piel.

– No me diga que…

– No tema nada, me importa un bledo la revista. Y sin querer asustarle, con el cariz que han tomado los acontecimientos, todos los medios nacionales estarán pronto aquí. Entonces se le echarán encima periodistas mucho más tenaces que yo.

El comisario desestimó con un gesto tal eventualidad.

– ¿Dónde reside? -inquirió de improviso.

– En la facultad.

– ¿Dónde, exactamente?

– Bajo el tejado del edificio central. Tengo un apartamento, cerca de los cuartos de los internos.

– ¿Donde viven los Caillois?

– Exacto.

– ¿Qué piensa de Sophie Caillois?

Fanny adoptó una expresión admirativa.

– Es una mujer rara. Silenciosa. Y de una gran belleza. Los dos formaban una extraña piña. No sabría decirle… Era como si tuvieran un secreto.

Niémans asintió.

– Pienso exactamente igual que usted. El móvil de los asesinatos está quizás en este secreto. Si no le molesta, pasaré a verla más tarde, al anochecer.

– ¿Sigue queriendo ligar conmigo?

El comisario aprobó:

– Más que nunca. Y le reservo la primicia de mis informaciones para su periodicucho.

– Le repito que la revista me importa un bledo. Soy incorruptible.

– Hasta luego -dijo él por encima del hombro, echando a andar.

27

Una hora después, el cuerpo de la segunda víctima aún no había sido liberado del hielo.

Niémans estaba furioso. Acababa de escuchar la lacónica declaración de la madre de Philippe Sertys, una anciana de voz meliflua. La víspera, su hijo se había marchado como cada día a las nueve de la noche con su automóvil, un Lada de ocasión comprado hacía muy poco. Philippe trabajaba de noche en el CHRU de Guernon e iniciaba su servicio a las diez. La mujer no empezó a inquietarse hasta la mañana siguiente, cuando descubrió el coche en el garaje pero no a Philippe en su habitación. Eso significaba que había vuelto y salido otra vez. La madre aún recibiría más sorpresas: al ponerse en contacto con el hospital, se enteró de que Sertys había avisado de que no podía cumplir su turno de guardia aquella noche. De modo que había ido a otro lugar y luego regresado y salido de nuevo, esta vez a pie. ¿Qué significaba eso? La mujer, alarmada, sacudía la manga de Niémans. ¿Dónde estaba su pequeño? Según ella, se trataba de un hecho muy inquietante: su hijo no tenía ninguna amiguita, no salía nunca y dormía cada noche «en casa».

El comisario había escuchado todas estas precisiones sin entusiasmo. Y no obstante, si Sertys era en realidad el prisionero de los hielos, esas indicaciones permitirían determinar el momento del crimen. El asesino había sorprendido al joven a última hora de la noche, lo había matado, mutilado, sin duda, y después transportado al circo de Vallernes. Y el frío del amanecer había cerrado las paredes de hielo alrededor de la víctima. Pero todo esto sólo eran hipótesis.

El comisario acompañó a la mujer a presencia de un gendarme a fin de que hiciera una declaración detallada. En cuanto a él, decidió, con la carpeta bajo el brazo, volver a su antro, la pequeña sala de TP de la facultad.

Allí se cambió, se puso un traje y después, solo en su despacho, extendió sobre una mesa los diferentes documentos que poseía. Se absorbió enseguida en un estudio comparado de Rémy Caillois y Philippe Sertys, en un intento de establecer un vínculo entre estas dos víctimas potenciales.

En el capítulo de puntos en común descubrió muy pocos elementos. Los dos hombres tenían más o menos veinticinco años. Ambos eran altos, delgados y compartían un rostro de facciones regulares y atormentadas a la vez, coronadas por una mata de cabellos cortados a cepillo. Los dos eran huérfanos de padre: Philippe Sertys había visto morir a su padre hacía dos años, de un cáncer de hígado. Rémy Caillois había perdido también a su madre cuando tenía ocho años. Ultimo punto en común: los dos jóvenes ejercían la profesión paterna: bibliotecario Caillois y enfermero auxiliar Sertys.

En el capítulo de las diferencias, por el contrario, los hechos abundaban. Caillois y Sertys no habían estudiado en los mismos institutos. No habían crecido en los mismos barrios y no pertenecían a la misma clase social. Nacido en un ambiente modesto, Rémy Caillois se había educado en el seno de una familia de intelectuales y crecido en el ámbito de la universidad. Philippe Sertys, hijo de un humilde celador, se había puesto a trabajar a la edad de quince años tras los pasos de su padre, en el hospital. Era casi analfabeto y aún vivía en la casucha familiar en los confines de Guernon.

Rémy Caillois pasaba la vida entre libros, Philippe Sertys, las noches en el hospital. Este último no parecía tener ninguna afición, aparte de permanecer escondido en aquellos pasillos que apestaban a asepsia o de los videojuegos al anochecer en la cervecería situada enfrente del CHRU. Caillois había sido declarado inútil. Sertys había hecho su servicio militar en la infantería. Uno se había casado, el otro era soltero. Uno era un apasionado de la marcha y la montaña. El otro parecía no haber salido nunca de su aldea. Uno era esquizofrénico y sin duda violento. El otro, en opinión de todos, era «dulce como un ángel».

Había que rendirse a la evidencia: el único rasgo común a los dos hombres era su físico. Este parecido que compartían, la cara larga y afilada, los cabellos a cepillo y la silueta filiforme. Como había declarado Barnes, era evidente que el asesino había elegido a sus dos presas por su aspecto exterior.

Niémans consideró, un instante, el crimen sexual: el homicida sería un homosexual reprimido, atraído por este tipo de jóvenes. El comisario no lo creía y el médico forense había sido categórico: «No van por ahí los tiros. En absoluto». El médico había percibido, a través de las heridas y mutilaciones del primer cuerpo, una frialdad, una crueldad, una aplicación que no tenían nada que ver con la locura de un deseo perverso. Por otra parte, no se había constatado en el cadáver la menor huella de abusos sexuales.

Entonces, ¿qué?

Tal vez la locura del asesino era de otra clase. En cualquier caso, este parecido entre las presuntas víctimas y el comienzo de una serie -dos asesinatos en dos días- apoyaba la tesis del maníaco que se disponía a matar otra vez, poseído por una demencia violenta. Había además otros argumentos en favor de esta sospecha: el indicio depositado en el primer cuerpo, que había conducido al segundo, la posición fetal, la mutilación de los ojos y la voluntad de colocar los cadáveres en lugares salvajes y espectaculares: el abismo sobre el río, la prisión transparente de los hielos…

Y no obstante, Niémans aún no era partidario de esta tesis.

En primer lugar, por su experiencia cotidiana de policía: si bien los serial killers, importados de Estados Unidos, se habían adueñado de la literatura y el cine universales, esta tendencia atroz no se había afirmado nunca en Francia. En veinte años de carrera, Niémans había perseguido a pedófilos que durante una crisis habían caído en el asesinato, a violadores convertidos en homicidas por exceso de brutalidad, a sadomasoquistas que se habían excedido en sus juegos crueles, pero nunca, en el sentido estricto del término, a un asesino en serie, exceptuando una terrible lista de asesinatos sin móvil ni indicios. No era una especialidad francesa. AI comisario le traía sin cuidado analizar semejante fenómeno, pero los hechos estaban a la vista: los últimos asesinos en serie franceses se llamaban Landru o el doctor Petiot y olían bastante al buen pequeñoburgués corriendo tras hurtos insignificantes y mediocres herencias. Nada en común con el desenfreno norteamericano, con los monstruos sanguinarios que atormentaban a Estados Unidos.

El comisario observó una vez más las fotografías del joven Philippe Sertys y después las de Rémy Caillois, esparcidas sobre la mesa de estudiante. De la camisa acartonada le cayeron también los negativos del primer cadáver. El terror le quemó la conciencia como un hierro candente: no podía permanecer así, de brazos cruzados. En el mismo instante en que miraba esas fotos Polaroid, un tercer hombre podía estar sufriendo las peores torturas. Tal vez sus órbitas estaban siendo trituradas con un cutter o sus ojos arrancados por unas manos enguantadas en plástico.

Eran las siete de la tarde. Anochecía. Niémans se levantó y apagó el neón de la salita. El policía se decidió por una zambullida profunda en la existencia de Philippe Sertys. Quizás encontrara algo. Un indicio, un signo.

O simplemente, otro punto en común entre las dos víctimas.

28

Philippe Sertys y su madre vivían en una pequeña casa en las afueras del pueblo, no lejos de un barrio de edificios decrépitos en una calle desierta. Un tejado marrón, una fachada blanca y sucia, visillos de encaje amarillento que enmarcaban la oscuridad interior como una sonrisa cariada. Niémans sabía que la anciana estaba detallando todavía su declaración en la comisaría y en la casa no brillaba ninguna luz. Sin embargo, llamó, para no correr riesgos.

No hubo respuesta.

Niémans rodeó la barraca. El viento soplaba con violencia. Un viento helado, portador de las primicias del invierno. Un pequeño garaje lindaba con la vivienda en el lado izquierdo. Echó una mirada y vio un Lada fangoso que ya acusaba los signos de la edad. Continuó su camino. Varios metros cuadrados de césped cortado se extendían detrás del edificio: el jardín.

El policía volvió a mirar a su alrededor en busca de testigos indiscretos. Nadie. Subió los tres escalones y miró la cerradura. Un modelo clásico, barato. El comisario forzó la puerta sin dificultad, se limpió las suelas sobre el felpudo y penetró en la casa de la presunta víctima.

Después de un vestíbulo, accedió a un salón estrecho y encendió su linterna de bolsillo. En el haz blanco aparecieron una moqueta verdosa, recubierta de pequeñas alfombras oscuras, un sofá cama arrinconado bajo escopetas de caza colgadas, muebles mal ajustados, fruslerías rústicas y feas. El policía experimentó una sensación de confort rancio, de celosa cotidianidad.

Se calzó los guantes de látex y registró con precaución los cajones. No encontró nada de particular. Cubiertos con chapado de plata, pañuelos bordados, papeles personales: hojas de impuestos, formularios de la Seguridad Social… Hojeó rápidamente los documentos y después hizo otra inspección rápida de otros detalles. En vano. Era el salón de una familia sin historia.

Niémans subió al piso superior.

Localizó sin dificultad el dormitorio de Philippe Sertys. Carteles de animales, revistas ilustradas amontonadas en un arcón, programas de televisión; todo respiraba allí la miseria intelectual, en el límite de la subnormalidad. Niémans emprendió un registro más minucioso. No encontró nada, exceptuando algunos detalles que revelaban la vida totalmente nocturna de Sertys. Bombillas de todas clases, de todas las potencias, estaban en hilera en un estante, como si el hombre hubiese querido recrear luces diferentes para cada estación. Observó también postigos reforzados, compactos y sin abertura, para protegerse de la luz diurna o para no revelar sus propios momentos de vela. Niémans descubrió finalmente máscaras, como las que se utilizan en los aviones, a fin de protegerse de la menor claridad. De modo que Sertys tenía el sueño difícil. O bien poseía una naturaleza de vampiro.

Niémans levantó las mantas, las sábanas, el somier. Deslizó los dedos bajo la alfombra, palpó el papel pintado. No descubrió nada. Y sobre todo, ni la menor huella de una relación femenina.

El policía dio un vistazo al dormitorio de la madre, sin entretenerse demasiado. El ambiente de esta casa empezaba a inspirarle una pesadumbre sin remisión. Volvió abajo e inspeccionó rápidamente la cocina, el cuarto de baño, el sótano. Sin resultado.

Fuera, el viento seguía soplando, azotando levemente los cristales.

Apagó su linterna y sintió un escalofrío agradable, inesperado. Un sentimiento de intrusión frustrada, de refugio secreto.

Niémans reflexionó. No podía engañarse. No hasta este punto. Tenía que descubrir un elemento, un signo, cualquier cosa. Cuanto más le parecía equivocarse, tanto más se persuadía de lo contrario, de que tenía razón, de que existía una verdad por sorprender, un vínculo entre Caillois y Sertys.

Entonces el comisario tuvo otra idea.

El vestidor del hospital se diluía en colores plomizos. Las hileras de casilleros se sucedían, en posición de firmes, precarias y chirriantes. Todo estaba desierto. Niémans avanzó sin ruido. Leyó los nombres en las pequeñas etiquetas metálicas y encontró la de Philippe Sertys.

Se puso de nuevo los guantes y manipuló el candado. Unos recuerdos cruzaron por su mente: el tiempo de las expediciones nocturnas, redadas con pasamontañas, con los equipos de la brigada criminal. No sentía ninguna nostalgia de aquella época. Lo que más gustaba a Niémans era penetrar en los espacios, dominar las horas cruciales de la noche, pero como un verdadero intruso: en solitario, en silencio y de forma clandestina.

Varios clics y la puerta se abrió. Algunas batas. Golosinas. Viejas revistas. Y más linternas y máscaras. Niémans palpó las paredes, observó los rincones, procurando que no resonara el hierro. Nada. Verificó que el casillero no contuviera un techo falso, una trampilla.

Niémans se arrodilló y juró. Por lo visto, no salía de las pistas falsas. No había nada que descubrir en la vida de ese joven. Y además, ni siquiera estaba seguro de que el cadáver congelado de las alturas de la montaña fuese realmente el del hombre soltero. Philippe Sertys reaparecería probablemente dentro de unos días, después de su primera fuga, del brazo de una soberbia enfermera.

El policía se vio obligado a sonreír ante su propia testarudez. Decidió eclipsarse antes de ser sorprendido en esta posición. Pero cuando se levantó vio, bajo el armario, una baldosa de linóleo ligeramente despegada. Deslizó la mano y palpó el trozo de material sintético. Con dos dedos, levantó la baldosa. Notó la grava del cemento, el tacto de un objeto. Percibió un tintineo, adelantó más los dedos y cerró el puño con fuerza. Cuando volvió a abrirlo, tenía en la mano una llave y su anilla, que habían sido cuidadosamente escondidas bajo el casillero.

A lo largo del borde, Niémans reconoció las escotaduras características destinadas a abrir una cerradura blindada.

Si Sertys poseía un secreto, se hallaba situado detrás de la puerta que abría esta llave.

En el ayuntamiento encontró por los pelos al empleado del catastro que se disponía a salir. Al oír el nombre de «Sertys», el rostro del hombre no pestañeó. Nadie estaba, pues, al corriente del asunto, ni de la presunta identidad de la nueva víctima. El funcionario, vestido ya con el abrigo, realizó de mala gana la búsqueda solicitada por el oficial de policía.

Mientras esperaba, Niémans se repitió una vez más la hipótesis que le había conducido hasta aquí, para incrementar las posibilidades de éxito. Philippe Sertys había disimulado una llave de cerradura blindada bajo el armario de los vestuarios. Ahora bien, la puerta de su casa no disponía de ningún refuerzo. Esta llave podía abrir una infinidad de puertas, de armarios empotrados, roperos, sobre todo en el hospital. Pero, ¿por qué esconderla? Una intuición había inducido a Niémans a ir allí, al catastro, a fin de comprobar si Philippe Sertys poseía otra vivienda, una cabaña, una granja, cualquier cosa, pero cuyas estructuras protegidas estuvieran cerradas sobre otra vida.

Todavía refunfuñando, el empleado deslizó bajo la tapa del mostrador una caja de cartón apergaminado. En la parte anterior un pequeño ribete de cobre encuadraba una etiqueta marcada con tinta: «Sertys». Dominando su excitación, Niémans abrió la caja y hojeó los documentos oficiales, las actas del notario, los planos del terreno. Auscultó los documentos, observó los números de las parcelas, las situó sobre el plano de la región adjunto al legajo. Leyó y releyó las señas de la propiedad.

De modo que era así de sencillo.

Philippe Sertys y su madre tenían alquilada una casa, pero el joven poseía a su nombre, heredada de su padre, René Sertys, otra.

29

En realidad, la casa era un almacén solitario, situado al pie del Grand Doménon y rodeado de coníferas secas. En las paredes del edificio, una pintura pálida, escamosa como la piel de una iguana, parecía haber aguantado una cadena interminable de estaciones.

Con prudencia, Niémans se acercó. Ventanas enrejadas con barras de metal, cegadas por sacos de cemento. Un portal macizo y, a la derecha, una puerta blindada. Este local podía haber albergado toneles, cilindros metálicos, sacos de materiales. Cualquier cosa industrial. Pero este almacén pertenecía a un auxiliar de enfermería silencioso que sin duda acababa de ser asesinado en un glaciar etéreo.

El policía dio primero la vuelta al edificio y luego volvió ante la puerta reforzada. Deslizó la llave en la cerradura. Percibió el ligero clic de las bisagras, y después el ruido del pestillo que salía del cuadro de metal.

La puerta giró sobre sí misma y Niémans respiró a fondo antes de entrar. En el interior, el fulgor azulado de la noche se diluía como contra su voluntad, a través de los pequeños huecos conformados por los sacos embutidos contra los barrotes de las ventanas. Era un espacio de varios centenares de metros cuadrados, sombrío, vetusto, estriado por las sombras transversales de las estructuras metálicas del tejado. Unas columnas altas se elevaban hacia los nimbos de la cumbre.

Niémans avanzó, con la linterna encendida. La habitación estaba absolutamente vacía. O más bien se había vaciado en fecha muy reciente. Unas partículas manchaban todavía el suelo, había múltiples surcos en el cemento, sin duda huellas de muebles pesados que habían sido arrastrados hasta la puerta. Flotaba allí una atmósfera singular, como un eco de pánico, de precipitación.

El comisario observó, husmeó, palpó. Era un local industrial, desde luego, pero de una gran limpieza. Efluvios asépticos asediaban el espacio. Se respiraba también un olor de fiera, un aliento animal.

Niémans continuó avanzando. Ahora caminaba sobre polvo blancuzco, astillas de yeso. Se arrodilló y descubrió diminutas mallas metálicas. El policía pensó en trocitos de cerca o en restos de filtros de ventilación. Deslizó varios de estos restos en sobres de plástico, y después recogió el polvo y las astillas, sin reconocer su olor apagado, neutro. Levadura. O yeso. En ningún caso droga.

Al margen de este último descubrimiento, se fijó en algunos signos que demostraban que se había mantenido allí un gran calor durante años. Tomas de tierra instaladas en las cuatro esquinas del espacio podían haber alimentado radiadores eléctricos, cuyos emplazamientos estaban marcados por aureolas negras en las paredes.

Al final, Niémans concluyó varias hipótesis contradictorias. Pensó en una cría de animales que hubiera necesitado una temperatura alta. Supuso también que habrían podido efectuarse aquí experimentos de laboratorio en condiciones estériles, inducidas por el fuerte olor clínico. No sabía nada, pero sentía un temor profundo. Más sordo y más violento que el que había experimentado en el glaciar.

Ahora poseía dos certidumbres. La primera era que Philippe Sertys, un hombre oscuro, se entregaba allí a una actividad oculta. La segunda era que el joven individuo había sido obligado, justo antes de morir, a vaciar el lugar con urgencia.

El oficial de policía se levantó y escrutó con atención las paredes, explorándolas con la linterna. Tal vez hubiera nichos, escondites que contuvieran algún objeto olvidado por Sertys. El intruso buscó a tientas, golpeó los tabiques, escuchó las resonancias, tanteó diferencias de materiales. Las paredes estaban revestidas de hojas de papel de embalaje, bajo las cuales había fibra de vidrio comprimida. Siempre la búsqueda del calor.

Niémans palpó así paredes enteras, hasta que notó, a un metro ochenta de altura, un refuerzo rectangular que no cuadraba con la superficie abombada del conjunto. Plantó el índice a lo largo del tramo y se dio cuenta de que habían rellenado la ranura. Rasgó más el papel y descubrió unas bisagras. Deslizando las uñas por el intersticio central, consiguió entreabrir el reducto. Estantes. Polvo. Moho.

El comisario palpó los estantes y notó sobre uno de ellos algo plano, cubierto por una película polvorienta. Cogió el objeto: era un pequeño cuaderno de espiral.

Una llamarada bajo su carne. Lo hojeó inmediatamente. Todas las páginas estaban cubiertas de cifras minúsculas, incomprensibles. Pero una de las páginas tenía, encima de las cifras, una gran inscripción oblicua. Aquellas letras parecían escritas con sangre. El trazo era de tal violencia que las palabras habían perforado el papel en algunos lugares. Niémans pensó en una cólera frenética, en un geiser rojizo. Como si el autor de estas líneas no hubiera podido abstenerse de escupir su locura en letras escarlata. Niémans leyó:

Somos los amos, somos los esclavos.

Estamos por doquier, no estamos

en ninguna parte.

Somos los agrimensores.

Dominamos los ríos de color púrpura.

El policía se apoyó en la pared, contra los jirones de papel marrón y los filamentos de fibra de vidrio. Apagó su linterna pero una luz deslumbraba su conciencia. No había encontrado un vínculo entre Rémy Caillois y Philippe Sertys. Había descubierto algo mejor: una sombra, un secreto en el corazón de la existencia discreta del joven auxiliar de enfermería. ¿Qué significaban las cifras y las frases ocultas del pequeño cuaderno? ¿A qué jugaba Sertys en su almacén clandestino?

Niémans hizo un breve balance de su investigación, como se reúnen las primeras pajas chispeantes de un fuego bajo un viento helado. Rémy Caillois era un esquizofrénico agudo, un ser violento que en el pasado había cometido -tal vez- un acto culpable. En cuanto a Philippe Sertys, realizaba actividades clandestinas en este taller siniestro, actividades que había intentado borrar unos días antes de su muerte.

El comisario no tenía aún ninguna prueba tangible, ninguna precisión, pero cada vez era más evidente que ni Caillois ni Sertys eran tan diáfanos como hacía suponer su existencia oficial.

Ni el bibliotecario ni el auxiliar de enfermería eran víctimas inocentes.

VI

30

Desde hacía casi dos horas, Karim circulaba con un nudo en la garganta.

Pensaba en el rostro. El rostro del niño. A veces lo imaginaba como una especie de monstruo. Una cara perfectamente lisa, sin nariz ni pómulos, horadada por dos globos blancos y brillantes. Otras veces lo consideraba, por el contrario, un chiquillo corriente, de facciones suaves, apagadas, anodinas. Un niño tan corriente que se perdía en todas las memorias. En otras ocasiones, Karim veía rasgos imposibles. Rasgos ondulantes, inestables, que reflejaban el rostro de quien los miraba. Facciones centelleantes que devolvían la imagen de cada rostro, traicionando el secreto de las almas bajo la hipocresía de las sonrisas. El poli se estremeció. Estaba definitivamente torturado por esa certidumbre: la clave de la verdad era ese rostro. Exclusivamente. Irreversiblemente.

Había escogido la autopista de Agen, en dirección a Toulouse. Después había bordeado el Canal du Midi y pasado Carcassone y Narbonne. Su coche era un desastre. Una especie de tos de cilindros y piezas restallantes montados todos juntos. El poli no rebasaba jamás los ciento treinta kilómetros por hora, incluso con el viento a favor. No dejaba de meditar. Ahora circulaba en dirección a Sète por la orilla del mar y se acercaba al convento de Saint Jean-de-la-Croix. El paisaje grisáceo y borroso del litoral le prestaba una calma difusa. Pisando a fondo el freno, consideró los elementos racionales de que disponía.

Las visitas al fotógrafo y al sacerdote habían alterado la perspectiva de su investigación. Karim comprendió de repente que los documentos desaparecidos de la escuela Jean-Jaurès podían haber sido robados mucho antes del atraco de la noche anterior. Por la carretera volvió a llamar a la directora. A la pregunta: «¿Es posible que todos estos documentos desaparecieran en 1982 y que nadie se haya dado cuenta durante todos estos años?», la directora contestó: «Sí». A la pregunta: «Es posible que esta desaparición no se haya descubierto hasta hoy a causa del robo con escalo?», respondió: «Sí». A la pregunta: «¿Ha oído hablar de una religiosa que intentó conseguir las fotografías escolares de aquella época?», contestó: «No».

Y no obstante… Antes de marcharse, Karim había hecho una última comprobación en Sarzac. Gracias a los registros civiles -fechas de nacimiento y señas de residencias-, había contactado por teléfono con varios antiguos alumnos de las dos clases fatídicas: CM1 y CM2, 1981 y 1982. Ninguno de ellos poseía ya los retratos escolares. A veces se había declarado un incendio en la habitación que contenía los negativos. Otras, había tenido lugar un hurto: los ladrones no habían robado nada, sólo algunas fotografías. En otras ocasiones, pero más raramente, se recordaba a la hermana: había ido a buscar las fotos. Era de noche y nadie habría podido reconocerla. Todos estos sucesos databan del mismo y breve período: julio de 1982. Un mes antes de la muerte del pequeño Jude.

Alrededor de las cinco y media de la tarde, cuando bordeaba la cuenca del Thau, Karim vio una cabina telefónica y marcó el número de Crozier. Ahora avanzaba al margen de las normas. Oscuramente, esta sensación le gustaba. Largaba las amarras. El comisario gritó:

– Espero que estés de camino, Karim. Dijimos a las seis.

– Comisario, sigo una pista.

– ¿Qué pista?

– Déjeme avanzar. Cada paso confirma mi intuición. ¿Tiene elementos nuevos relativos al cementerio?

– ¿Te lo montas solito y encima quieres que yo…?

– Respóndame. ¿Han encontrado el coche?

Crozier suspiró.

– Hemos identificado a los propietarios de siete Lada, dos Trabant y un Skoda en los departamentos de Lot, Lotet-Garonne, Dordogne, Aveyron y Vaucluse. Ninguno de ellos es nuestro coche.

– ¿Ha comprobado ya qué hicieron los conductores a esa hora?

– No, pero hemos encontrado partículas de neumáticos cerca del cementerio. Se trata de neumáticos de carbono, de muy mala calidad. El propietario de nuestro cacharro circula con los neumáticos de origen. Todos los coches que hemos visto llevan Michelin o Goodyear. Es lo primero que cambian los compradores de este tipo de vehículos. Seguimos buscando. En otros departamentos.

– ¿Eso es todo?

– Todo por el momento. Es tu turno. Te escucho.

– Yo avanzo al revés.

– ¿Cómo, al revés?

– Cuanto menos encuentro, más seguro estoy de que sigo el buen camino. Los robos de esta noche disimulan un asunto mucho más grave, comisario.

– ¿De qué índole?

– No lo sé. Algo que concierne a un niño. Su secuestro o su asesinato. No lo sé. Volveré a llamarle.

Karim colgó sin dar tiempo al comisario de formular otra pregunta.

En las inmediaciones de Sète, cruzó un pequeño pueblo frente al mar. Las aguas del golfo de León se mezclaban allí con la tierra en una inmensa marisma indistinta, bordeada de cañas. El policía aminoró la marcha al enfilar un puerto extraño donde no se veía ningún barco y sólo largas redes de pesca negruzcas se elevaban entre las casas de postigos cerrados.

Todo estaba desierto.

Un olor denso llenaba la atmósfera, pero no un olor marítimo, sino más bien de un abono cargado de ácidos y excrementos.

Karim Abdouf se acercaba a su destino. Unos carteles indicaban la dirección del convento. El sol poniente alumbraba charcos salinos, afilados como cuchillos, en la superficie de las ciénagas. Al cabo de cinco kilómetros, el poli se fijó en otro panel que anunciaba un camino asfaltado que subía hacia la derecha. Siguió conduciendo y tomó otras curvas, otros virajes, bordeados de cañas y juncos despeinados.

Por fin aparecieron los edificios del claustro. Karim se quedó estupefacto. Entre las dunas oscuras y las malas hierbas se elevaban dos iglesias, ambas monumentales. Una de ellas mostraba torres finamente cinceladas que se terminaban en cúpulas estriadas parecidas a pasteles colosales. La otra era roja y maciza, tejida con pequeñas piedras y coronada por una gran torre de tejado plano como una rueda. Dos verdaderas basílicas que hacían pensar bajo el aire marino en ruinas olvidadas. El policía no podía explicarse su presencia en un lugar tan desierto, tan desolado.

Al acercarse, descubrió un tercer edificio que conectaba las iglesias. Una construcción de un solo piso y ventanas en hilera, estrechas y frías. El propio monasterio, sin duda, que parecía abrazar sus piedras como para evitar todo contacto con los edificios sagrados.

Karim aparcó. Pensó que nunca se había visto tan de cerca con la religión, ni con tanta frecuencia en tan poco tiempo. Esta reflexión suscitó en él un razonamiento que ya había oído. Cuando estaba en la escuela de inspectores, en Cannes-Écluse, a veces iban comisarios a contar sus experiencias. Uno de ellos había marcado profundamente a Karim. Un individuo alto, peinado a cepillo, que llevaba pequeñas gafas de montura metálica. Sus charlas le habían fascinado. El hombre explicaba que el crimen se reflejaba siempre en los espíritus de los testigos y familiares. Que había que considerarlos como espejos, que el asesino se ocultaba en uno de sus ángulos muertos.

El hombre tenía aires de loco, pero subyugó a los asistentes. También habló de estructuras atómicas. Según él, cuando ciertos elementos y detalles, incluso anodinos, reaparecían con regularidad en una investigación, era preciso retenerlos siempre porque era seguro que disimulaban un significado profundo. Cada crimen era un núcleo atómico y los elementos recurrentes eran sus electrones, que oscilaban en torno a él y dibujaban una verdad subliminal. Karim sonrió. El inspector con gafas de metal tenía razón. Esta observación podía aplicarse a su propia investigación. La religión se había convertido en un elemento recurrente. Desde aquella mañana se dibujaba allí, sin duda, una verdad que necesitaba descubrir.

Se encaminó hacia un pequeño porche de piedra y llamó al timbre. Al cabo de unos segundos, en el umbral apareció una sonrisa. Era una sonrisa antigua, bordeada de blanco y negro. Antes de que Karim pudiese abrir los labios, la hermana se apartó y le ordenó:

– Entre, hijo mío.

El poli entró en un vestíbulo muy sobrio. Sólo una cruz de madera se perfiló en una de las paredes blancas, encima de un cuadro de reflejos oscuros. A la derecha, en un pasillo, Abdouf distinguió la claridad gris de algunas puertas abiertas. Por un hueco más cercano vio hileras de sillas barnizadas y un suelo revestido de linóleo claro. El aspecto desnudo e impecable de un lugar de oración.

– Sígame -dijo la religiosa-. Íbamos a comer.

– ¿A estas horas? -se asombró Karim.

La hermana ahogó una breve risa. Tenía la malicia de una adolescente.

– ¿No conoce usted el horario de las carmelitas? Cada día debemos volver a nuestras oraciones a las seis de la tarde.

Karim siguió a la silueta. Sus sombras se reflejaban en el linóleo como sobre las aguas de un lago. Accedieron a una gran sala donde una treintena de hermanas cenaba, conversando bajo una luz cruda. Los rostros y los velos tenían una sequedad ligeramente acartonada, una sequedad de hostia. Dirigieron al policía algunas miradas, algunas sonrisas, pero no se interrumpió ninguna conversación. Karim captó varias lenguas diferentes: francés, inglés y también una lengua eslava, quizá polaco. Por consejo de la hermana, se sentó en el extremo de la mesa, ante un plato hondo lleno de una sopa con grumos ocres.

– Coma, hijo mío. Un muchacho tan alto como usted…

Otra vez «hijo mío»… Pero Karim no tenía valor para reprender a la hermana. Bajó los ojos hacia su plato y se dijo que no había comido desde la víspera. Consumió la sopa en pocas cucharadas y luego devoró varias rebanadas de pan con queso. Cada alimento tenía el gusto íntimo y singular de los platos confeccionados en casa con los medios disponibles. Se sirvió agua de una jarra de acero inoxidable y luego alzó la mirada: la hermana le observaba, cambiando algunos comentarios con sus compañeras.

Murmuró:

– Hablábamos de su peinado…

– ¿Sí?

La hermana emitió una risita.

– ¿Cómo se hace esas trenzas?

– Es natural -respondió-. Los cabellos rizados se disponen naturalmente en trenzas si se dejan crecer. En Jamaica las llaman dreadlocks. Los hombres no se cortan nunca el pelo y tampoco se afeitan. Es contrario a su religión, como los rabinos. Cuando los dreadlocks son lo bastante largos, los llenan de tierra para que sean más pesados y…

Aquí Karim se interrumpió. El objeto de su visita acababa de volver con fuerza a su memoria. Entreabrió los labios para explicar su investigación, pero fue la hermana quien preguntó en un tono grave:

– ¿Qué quiere, hijo mío? ¿Por qué lleva una pistola bajo la chaqueta?

– Soy de la policía. Tengo que ver a la hermana Andrée. Es urgente.

Las religiosas seguían conversando, pero el teniente comprendió que habían oído su solicitud. La monja dijo:

– Vamos a llamarla. -Hizo un discreto signo a una de sus vecinas y luego se dirigió a Karim-. Venga conmigo.

El poli se inclinó frente a las mesas, en señal de despedida y de gratitud. Un salteador de caminos saludando a quienes le habían ofrecido su hospitalidad. Enfilaron de nuevo el brillante pasillo. Sus pasos no hacían el menor ruido. De repente, la religiosa se volvió.

– Le han prevenido, ¿verdad?

– ¿De qué?

– Usted podrá hablarle, pero no podrá verla. Podrá escucharla, pero no acercarse a ella.

Karim examinó los bordes del velo, arqueados como una bóveda de sombra. Pensó en una nave, en una cúpula iluminada de azul, en campanas rasgando el cielo de Roma, esa clase de clisés que cruzan la mente cuando se quiere dar un rostro al Dios de los católicos.

– Las tinieblas -murmuró la mujer-. La hermana Andrée ha hecho voto de tinieblas. Hace catorce años que no la hemos visto. A estas alturas, ya debe de ser ciega.

Fuera, los últimos rayos del sol desaparecían tras los macizos edificios. Fríos colores se abatían sobre el patio desierto. Se encaminaron hacia la iglesia de altas torres. En el flanco derecho del edificio descubrieron otra pequeña puerta de madera. La religiosa rebuscó entre los pliegues de su hábito. Karim oyó un tintineo de llaves, raspaduras contra la piedra.

La hermana le abandonó ante la puerta entornada.

La oscuridad parecía habitada, poblada de olores húmedos, de cirios vacilantes, de piedras usadas. Karim dio algunos pasos y levantó la mirada. No distinguía las alturas de la bóveda. Los raros reflejos de los vitrales ya estaban roídos por el crepúsculo, las llamas de los cirios parecían prisioneras del frío, de la aplastante inmensidad de la iglesia.

Pasó junto a una pila de agua bendita en forma de concha, junto a los confesonarios y anduvo a lo largo de las alcobas que parecían ocultar objetos secretos del culto. Se fijó en otro candelabro negruzco con una gran cantidad de cirios que ardían en charcos de cera.

Estos lugares despertaban en él sordas reminiscencias. A pesar de sus orígenes, a pesar del color de su piel, su subconsciente estaba impregnado del credo católico. Recordaba fríos miércoles en el hogar donde las sesiones de tarde de la tele eran siempre precedidas por los cursos de catecismo. El martirio del Camino de la Cruz. La benevolencia de Cristo. La multiplicación de los panes. Todas aquellas tonterías… Karim sintió surgir en su interior una oleada de nostalgia y una extraña ternura hacia sus educadores; se reprochó tener aquellos sentimientos. El beur no quería tener recuerdos ni debilidades respecto a su pasado. Era un hijo del presente. Un ser del instante. Era así, al menos, como le gustaba considerarse.

Pasó de largo más bóvedas. Detrás de los entramados de madera, en el fondo de los nichos, discernía tapices oscuros, grabados blancuzcos, cuadros tejidos con oro. Un olor a polvo envolvía cada uno de sus pasos. De repente, un ruido grave le hizo volver la cabeza. Necesitó varios segundos para distinguir una sombra en la sombra… y soltar la culata de su Glock, que había agarrado instintivamente.

En el hueco de una alcoba, la hermana Andrée permanecía completamente inmóvil.

31

Inclinaba el rostro y su velo disimulaba por completo sus rasgos. Karim comprendió que no vería esa cara y tuvo una iluminación. La hermana y el muchachito compartían tal vez un signo, una marca en su rostro, que revelaría un vínculo de parentesco. La hermana y el niño quizá fueran madre e hijo. Este pensamiento le atenazó el espíritu como un torno, hasta el punto de no oír las primeras palabras de la mujer.

– ¿Qué ha dicho? -susurró.

– Le he preguntado qué quería.

La voz era grave, pero dulce. Las cuerdas de un arco velando el timbre de un violín.

– Hermana, pertenezco a la policía. He venido a hablar de Jude.

El velo oscuro no se movió.

– Hace catorce años -prosiguió Karim-, en un pueblo llamado Sarzac, usted robó o destruyó todas las fotografías de un niño, Jude Itero. En Cahors, sobornó a un fotógrafo. Engañó a unos niños. Provocó incendios, cometió robos. Todo esto para borrar un rostro de varias fotos. ¿Por qué?

La hermana permaneció inmóvil. Su velo formaba un arco sobre la nada.

– Obedecía órdenes -pronunció ella por fin.

– ¿Órdenes? ¿De quién?

– De la madre del niño.

Karim sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Sabía que la mujer decía la verdad. En un segundo, el poli renunció a su hipótesis hermana/madre/hijo.

La religiosa abrió la barrera de madera que la separaba de Karim. Pasó por delante de él y fue con paso firme hacia las sillas de enea. Se arrodilló al lado de una columna, en un reclinatorio, e inclinó la nuca. Karim fue a la hilera superior y se sentó frente a ella. Le asaltaron olores de paja trenzada, ceniza e incienso.

– La escucho -dijo, escrutando la mancha de sombra en el lugar del rostro.

– Vino a verme una tarde de domingo, en el mes de junio del 82.

– ¿Usted la conocía?

– No. Nos conocimos aquí mismo. No vi sus facciones. No me dio su nombre ni ningún otro dato. Sólo me dijo que me necesitaba. Para una misión particular… Quería que destruyera las fotografías escolares de su hijo. Quería borrar toda huella de su rostro.

– ¿Por qué quería anularlo?

– Estaba loca.

– Se lo ruego. Encuentre otra explicación.

– Decía que a su hijo lo perseguían los diablos.

– ¿Diablos?

– Así fue como se expresó. Dijo que buscaban su cara…

– ¿No le dio otra explicación?

– No. Dijo que su hijo estaba maldito. Que su cara era una prueba, un cuerpo del delito, que reflejaba el maleficio de los diablos. Dijo también que ella y su hijo habían ganado dos años a la maldición, pero que la desgracia acababa de atraparlos, que los diablos merodeaban de nuevo. Sus palabras no tenían ningún sentido. Una loca. Era una loca.

Karim captaba cada palabra de la hermana Andrée. No comprendía el significado de esta historia, pero estaba clara una verdad: los dos años de tregua eran los pasados en Sarzac, en el más estricto anonimato. ¿De dónde venían, pues, esta madre y su hijo?

– Si seres amenazadores perseguían realmente al pequeño Jude, ¿por qué confiar una misión secreta a una religiosa de la cual se acordaría todo el mundo?

La mujer no contestó.

– Se lo ruego, hermana -murmuró Karim.

– Dijo que lo había intentado todo para esconder a su hijo, pero que los diablos eran mucho más fuertes. Dijo que sólo le quedaba el remedio de exorcizar el rostro.

– ¿Qué?

– Según ella, tenía que ser yo quien obtuviera esas fotos y después las quemara. Esta misión tendría valor de exorcismo. De este modo yo liberaría el rostro de su hijo.

– Hermana, no comprendo nada.

– Ya le he dicho que esa mujer estaba loca.

– Pero, ¿por qué usted? ¡Es increíble, su convento está a más de doscientos kilómetros de Sarzac!

La hermana guardó silencio y después:

– Me había buscado. Me escogió.

– ¿Qué quiere decir?

– No siempre he sido carmelita. Antes de que la vocación naciera en mí, era una madre de familia. Tuve que abandonar a mi marido y a mi hijo. La mujer pensaba que, por este motivo, yo sería sensible a su petición. Y estaba en lo cierto.

Karim seguía escudriñando el refugio de sombra. Insistió:

– No me lo dice todo. Si pensaba que esa mujer estaba loca, ¿por qué obedecerla? ¿Por qué recorrer centenares de kilómetros por unas fotografías? ¿Por qué mentir, robar, destruir?

– Por el niño. Pese a la demencia de esa mujer, pese a sus palabras absurdas, yo… yo sentía que el niño estaba en peligro. Y que la única manera de ayudarle era obedecer las órdenes de su madre. Aunque sólo fuera para calmar su furia.

Abdouf tragó saliva. El hormigueo le volvió con fuerza. Se acercó y habló con la voz más calmada:

– Hábleme de la madre. ¿Qué aspecto tenía, físicamente?

– Era muy alta, muy robusta. Medía por lo menos un metro ochenta. Tenía los hombros anchos. No llegué a verle la cara pero recuerdo que lucía una cabellera negra y ondulada que la rodeaba como una aureola. Llevaba gafas, con grandes monturas. Iba siempre vestida de negro. Una especie de jerséis de algodón o de lana…

– ¿Y el padre de Jude? ¿No le habló nunca de él?

– No, nunca.

Karim agarró la madera del reclinatorio y se inclinó aún más hacia delante. Instintivamente, la mujer retrocedió:

– ¿Cuántas veces vino? -continuó.

– Cuatro o cinco. Siempre en domingo. Por la mañana. Me dio una lista de nombres y direcciones, el fotógrafo, las familias que podían poseer las fotos. Durante la semana, me las arreglaba para recuperar las imágenes. Visité a las familias. Mentí. Robé. Soborné al fotógrafo con el dinero que ella me había dado…

– ¿Se quedaba después con las fotos?

– No. Ya se lo he dicho: quería que fuese yo quien las quemara… Cuando venía, tachaba sencillamente los nombres de la lista… Cuando todos estuvieron tachados, sen… sentí que se había serenado. Desapareció para siempre. Por mi parte, me sumergí en las tinieblas. Elegí la oscuridad, el aislamiento. Sólo la mirada de Dios me resulta tolerable. Desde aquella época, no pasa un día sin que ruegue por el muchachito. Yo…

Se detuvo en seco, como comprendiendo de repente una verdad implícita.

– ¿Por qué ha venido aquí? ¿Por qué esta investigación? Señor, Jude no estará…

Karim se levantó. Los olores del incienso le quemaban la garganta. Se dio cuenta de que respiraba sonoramente, con la boca abierta. Tragó saliva y lanzó una mirada de soslayo a la hermana Andrée.

– Hizo lo que debía -le dijo con voz sorda-, pero no sirvió de nada. Un mes después, el niño estaba muerto. No sé cómo murió. No sé por qué. Pero la mujer estaba menos loca de lo que usted cree. Y anoche profanaron la tumba de Jude, en Sarzac. Ahora estoy casi seguro de que los culpables de este acto son los diablos a quienes temía entonces. Esa mujer vivía una pesadilla, hermana. Y esa pesadilla acaba de despertarse.

La hermana gimió, con la cabeza baja. Su velo dibujaba vertientes de seda blanca y negra. Karim continuó con voz cada vez más fuerte. Su timbre ronco se elevaba en la iglesia y ya no sabía a quién hablaba: a ella, a sí mismo o a Jude.

– Soy un poli sin experiencia, hermana. Soy un granuja y camino en solitario. Pero en cierto sentido, los cerdos de anoche no podían haber dado con nadie más adecuado. -Agarró de nuevo el reclinatorio-. Porque he hecho una promesa al niño, ¿entiende? Porque vengo de ninguna parte y nada ni nadie podrá detenerme. Tengo mi propia bandera, ¿entiende? ¡Mi propia bandera!

El policía se inclinó. Oyó crujir las articulaciones de sus dedos.

– Ahora es el momento de cavilar, hermana. Encuentre algo, lo que sea, para ponerme sobre la pista. Debo seguir las huellas de la madre de Jude.

Siempre inclinada, la religiosa negaba con la cabeza.

– Yo no sé nada.

– ¡Reflexione! ¿Dónde podría encontrar a esa mujer? Después de Sarzac, ¿adonde fue? Y antes de eso, ¿de dónde vino? ¡Deme un detalle, un indicio que me permita continuar la investigación!

La hermana Andrée reprimió los sollozos.

– Yo… yo creo que venía con él.

– ¿Con él?

– Con el niño.

– ¿Lo vio usted?

– No. Le dejaba en el pueblo, cerca de la estación, en un parque de atracciones. La feria todavía existe, pero nunca he tenido el valor de ir a ver a los feriantes, yo… Es posible que alguno de ellos se acuerde del pequeño… Es todo lo que sé…

– Gracias, hermana.

Karim se fue a paso de carrera. En la vasta explanada, su calzado guarnecido de hierro rechinó como sobre pedernal. Se paró en seco bajo el aire gélido, tieso como un pararrayos, y escrutó el cielo. Sus labios murmuraron en un ataque de angustia:

– ¡Joder!, pero ¿dónde estoy ahora…? ¿Dónde?

32

El parque de atracciones se extendía en el crepúsculo a lo largo de una vía férrea a la salida del pueblo desierto. Las barracas escupían sus fulgores y su música al vacío. No había un solo curioso ni una sola familia que fueran allí a pasar el rato una tarde de lunes. A lo lejos, el mar oscuro entreabría sus mandíbulas blanquecinas a golpes de agitadas olas.

Karim se aproximó. Una gran noria giraba lenta. Sus radios estaban adornados de pequeños farolillos, la mitad de los cuales se encendía alternativamente, como tremolando bajo el efecto de un cortocircuito. Unos coches de choque caracoleaban a ciegas, y las atracciones funcionaban bajo toldos azotados por el viento: tómbolas, puestos ambulantes, espectáculos penosos… Entre la iglesia y esta feria, Abdouf no habría sabido decir qué le deprimía más.

Sin convicción, empezó a interrogar a los feriantes. Evocó a un muchachito llamado Jude Itero, murmuró la fecha: julio del 82. La mayor parte del tiempo, las caras no parpadearon más que unas momias arrugadas. A veces sólo obtenía gruñidos negativos. Otras, observaciones incrédulas: «¿Hace catorce años? ¿Y qué más?». Karim sentía un creciente desánimo. ¿Quién habría podido acordarse? ¿Cuántos domingos habría venido Jude aquí? ¿Tres, cuatro, cinco como máximo?

Por pura perseverancia, el inmigrante magrebí dio la vuelta completa al parque, convenciéndose de que el chico se habría apasionado tal vez por una u otra atracción, o simpatizado con un feriante…

No obstante, terminó la vuelta a la pista sin ningún resultado. Escrutó la orilla del mar. Las olas seguían enroscando sus lenguas de espuma en torno a los pilotes del malecón. El poli pensó en un mar de alquitrán. Le parecía haber llegado a una tierra de nadie donde ya no quedaba nada por encontrar. Le vino a la mente un recuerdo de infancia: la isla mágica de Pinocho, donde los niños vagos caían en la trampa, captados por atracciones fabulosas, antes de ser transformados en asnos.

¿En qué se habría transformado Jude?

El poli ya se disponía a volver al coche cuando se fijó en un pequeño circo, al borde de un terreno difuso.

Se dijo que no debía dejar ningún cabo suelto en su investigación. Se puso de nuevo en marcha, con los hombros cansados, y llegó a la carpa de lona. No se trataba realmente de un circo, más bien de una tienda precaria que debía albergar un puñado de atracciones de feria. Encima del destartalado pórtico, una banderola de plástico anunciaba con letras entorchadas «Los Braseros». Todo un programa. Con dos dedos, el poli levantó la lona que hacía las veces de puerta.

Se inmovilizó ante el espectáculo cegador que le esperaba en el interior. Llamas. Unos rugidos sordos. Olores de gasolina, traídos por las corrientes de aire. Por un breve instante, el teniente pensó en una máquina acelerada, hecha de fuego y de músculos, de llamaradas y de bustos humanos. Después comprendió que contemplaba, simplemente, bajo lámparas anémicas, una especie de ballet de comefuegos. Hombres con el torso desnudo, brillantes de sudor y gasolina, expectoraban su saliva inflamable sobre antorchas irascibles. Los hombres se desplazaban en círculo, formando una ronda maléfica. Nuevo trago de gasolina. Más llamas. Algunos de los hombres se agachaban y otros saltaban por encima de su espinazo, vomitando todavía su sortilegio deslumbrante.

El policía pensó en los diablos que perseguían a la madre de Jude. Todo, en esta larga pesadilla, mantenía una paridad de atmósferas, una misma inquietud venenosa. «Cada crimen es un núcleo atómico», decía el poli de cabellos a cepillo.

Karim se sentó en las graderías de madera y observó unos instantes a los aprendices de dragones. Sintió que debía quedarse allí, interrogar a esos hombres. ¿Por qué?, no lo sabía. Al final, uno de los Braseros se dignó fijarse en él. Dejó de trabajar y se le acercó, sosteniendo todavía su espetón negruzco que aún vomitaba algunas pavesas. No debía de llegar a los treinta años, pero sus facciones parecían haber sido surcadas por años de doble longitud. Años de cárcel, sin duda alguna. Greñas morenas, piel morena, pupilas oscuras. Y el aire lancinante del individuo siempre anticipado a un mal golpe.

– ¿Eres de los nuestros? -preguntó.

– ¿De los vuestros?

– Sí. ¿Eres extranjero? ¿Buscas trabajo?

Karim juntó las manos, palma contra palma.

– No, soy poli.

– ¿Poli?

El comefuegos se acercó y plantó un tacón en la grada inferior justo debajo de Karim.

– Tío, no tienes cara de poli.

El poli árabe podía oler el torso candente del hombre. Dijo:

– Todo depende de la idea que uno tenga de ser poli.

– ¿Qué quieres? Al menos no eres de la territorial, ¿verdad?

Karim no contestó. Echó una mirada a la carpa de lona remendada, a los saltimbanquis en el centro de la pista, y luego se hizo la reflexión de que en 1982 ese tipo debía de tener unos quince años. ¿Habría una mínima posibilidad de que se hubiese cruzado con Jude? Ninguna. Pero un impulso le empujó.

– ¿Hace catorce años estabas ya en este rincón?

– Es posible, sí. El circo es de mis viejos.

Karim pronunció de un tirón:

– Sigo la pista de un niño pequeño que quizá vino por aquí en aquella época. En julio del 82, para ser exactos. Varios domingos seguidos. Busco a gente que se acuerde de él.

El comefuegos escudriñó la verdad en los ojos de Karim.

– Tío, no hablarás en serio, ¿verdad?

– ¿No lo parece?

– ¿Cómo se llamaba tu niño?

– Jude. Jude Itero.

– ¿Crees de veras que alguien puede acordarse de un chaval que tal vez estuvo en nuestro circo hace catorce años?

Karim se levantó y se fue de las gradas.

– Olvídalo.

El hombre le tiró bruscamente de la chaqueta.

– Jude vino varias veces. Se quedaba plantado delante de nosotros mientras ensayábamos. Estaba como hipnotizado. Un verdadero chaval de piedra.

– ¿Qué?

El hombre subió una grada y se colocó al nivel de Karim. El poli olió su aliento cargado de gasolina. El comefuegos continuó:

– Tío, era un verano tórrido. Como para fundir los raíles. Jude apareció cuatro domingos seguidos. Teníamos casi la misma edad. Jugábamos juntos. Le enseñé a vomitar el fuego. Historias de críos. Sin más.

Karim miró fijamente al joven Brasero.

– ¿Y te acuerdas de ese chico, catorce años después?

– Es justo lo que esperabas, ¿no?

El poli levantó el tono:

– Te pregunto cómo puedes acordarte de eso.

El tipo saltó al suelo de tierra batida, juntó los tacones y luego se llevó el espetón muy cerca de los labios. Salpicó la antorcha con unas gotas de saliva mezclada con fuel. Brotó una lluvia de chispas.

– Tío, es que Jude tenía algo especial.

Karim se estremeció:

– ¿En la cara? ¿Tenía algo en la cara?

– No, en la cara no.

– Entonces, ¿qué?

El joven escupió otra vez unas pavesas y se echó a reír:

– Tío, Jude era una niña.

33

Lentamente, la verdad adquiría consistencia.

Según el comefuegos, el niño que había visto varias veces era una niña disfrazada con todo cuidado de chico. Los cabellos muy cortos, la ropa apropiada, los modales de un muchachito. El hombre fue categórico: «No me dijo nunca que era una niña… Era su secreto, ¿entiendes? Sinceramente, yo pensé enseguida que había gato encerrado. En primer lugar era muy bonita. Una preciosidad. Y lo mismo podía decirse de la voz. Y de las formas. Debía de tener diez o doce años. Eso ya empezaba a verse. Y había más. Llevaba algo en los ojos que le cambiaba el color del iris. Tenía los ojos negros, pero era un negro de tinta, un negro artificial. Aun siendo un niño, me di cuenta. Y siempre se quejaba de que le dolían los ojos. Unos dolores, decía, que le llegaban hasta el fondo de la cabeza…».

Karim iba juntando los elementos. La madre de Jude temía más que a nada a los diablos que querían destruir a su hija. Sin duda por esa razón abandonó un primer pueblo para ir a Sarzac. Allí (y Karim habría debido pensarlo), había adoptado una nueva identidad, cambiado el nombre e incluso transformado a la niña, cambiando su sexo. De este modo no habría ninguna posibilidad de que alguien la encontrara o la reconociera. Sin embargo, dos años después, los diablos habían reaparecido en el segundo pueblo, en Sarzac. Todavía buscaban a la niña y estaban a punto de descubrirla.

De descubrirla.

El pánico dominó a la madre. Destruyó todos los documentos, todos los registros, todas las fichas que llevaban el nombre, incluso falso, de su hija. Y sobre todo las fotos, porque una cosa era segura: los diablos, aunque no poseyeran su nuevo nombre, conocían su rostro. Era precisamente ese rostro lo que buscaban: la prueba, el cuerpo del delito. Por esa razón se concentrarían, en primer lugar, en las fotos de la clase, a fin de descubrir este rostro acosado. Pero, ¿de dónde venían esos perseguidores? ¿Y quiénes eran?

Karim interrogó al joven Brasero:

– ¿La niña no te habló nunca de diablos?

El joven feriante seguía manipulando su antorcha.

– ¿De diablos? No. Los diablos… -señaló a sus colegas con una risa burlona-… éramos más bien nosotros. Y Jude no hablaba mucho. Ya lo he dicho: éramos unos críos. Sólo le enseñé a vomitar fuego…

– ¿Esto le interesaba?

– Más aún: la fascinaba. Decía que quería aprender… para defenderse. Y también defender a su mamá… Era una niña… realmente extraña.

– ¿No dijo nada acerca de su madre?

– No. Ni siquiera llegué a verla nunca… Jude se quedaba una o dos horas conmigo y más de una vez desapareció… a lo Cenicienta. Se eclipsó así, varias veces, y un día no volvió más…

– ¿No recuerdas nada? ¿Un detalle que pudiera ayudarme, un hecho singular?

– No.

– Su nombre de pila, por ejemplo… ¿Nunca te dijo cómo se llamaba… de verdad?

– No. Pero ahora que lo pienso, había una cosa que la fastidiaba…

– ¿Qué?

– Al principio yo la llamé «Jioude», con acento inglés, como en la canción de los Beatles. Pero eso la enfurecía. Quería que la llamara Ju-de, con acento francés. Aún me parece estar viendo su boquita: «Ju-de».

El feriante esbozó una sonrisa que venía de lejos; algo pareció cristalizar en sus pupilas. Karim presintió que el dragón debió de querer locamente a la niña. El hombre preguntó a su vez:

– ¿Llevas una investigación? ¿Por qué? ¿Qué pasa con ella? No sé qué edad debe de tener ahora…

Karim ya no escuchaba. Pensaba en la pequeña Jude, que había seguido dos años de escolaridad bajo una identidad falsa. ¿Cómo pudo la madre falsificar los documentos de identidad de su hija cuando la matriculó en la escuela? ¿Cómo pudo haberla hecho pasar por un muchachito a la vista de todos, en especial de una profesora que trataba a la niña todos los días?

De pronto, el poli tuvo una idea: Alzó los ojos y preguntó al hombre antorcha:

– ¿Hay un teléfono aquí?

– ¿Por quién nos tomas? ¿Por mendigos? Sígueme.

Abdouf fue tras él.

El feriante abandonó a Karim en una pequeña chabola de madera pintada, al final de la pista de arena. Había un teléfono sobre una mesita. El poli marcó el número de la directora de la escuela Jean-Jaurès. El viento soplaba con furia bajo la carpa. Veía a los comefuegos a lo lejos. Sonaron tres timbrazos y entonces contestó una voz masculina.

– Querría hablar con la señora directora -explicó Karim, dominando su excitación.

– ¿De parte de quién?

– Del teniente Karim Abdouf.

Unos segundos después, la voz sin aliento de la mujer resonó en el auricular. El policía empezó sin preámbulo:

– ¿Se acuerda de la profesora de quien me habló usted, que abandonó Sarzac a fines del año 82?

– Claro que sí.

– Me dijo que ella tuteló la CM1 en el 81 y la CM2 en el 82.

– Exactamente.

– De hecho, siguió a Jude Itero de una clase a otra, ¿no?

– Sí. Podría ser así, pero ya se lo dije: es frecuente que una profesora…

– ¿Cómo se llamaba?

– Espere, consultaré mis notas…

La directora revolvió sus papeles.

– Fabienne Pascaud.

Evidentemente, este nombre no dijo nada a Karim. Y no tenía ningún punto en común, ninguna resonancia con el seudónimo de la niña. El poli se rompía la cabeza con cada información. Preguntó:

– ¿Tiene usted su nombre de soltera?

– Ése es su nombre de soltera.

– ¿No estaba casada?

– Era viuda. En todo caso, es lo que veo en su ficha. Es extraño. Al parecer recuperó su primer apellido.

– ¿Cuál era su nombre de casada?

– Espere… Aquí está: Hérault. H.é.r.a.u.l.t.

Otro callejón sin salida. Karim se equivocaba de pista.

– Bueno. Muchas gracias…

Fue un relámpago. Un fulgor. Si estaba en lo cierto, si esa mujer era realmente la madre de Jude, el apellido de la niña debía de ser inicialmente Hérault. Y su nombre de pila…

Karim oyó de nuevo la observación del feriante acerca de la pronunciación del nombre de pila de la niña. Ésta tenía un gran empeño en que se pronunciara tal como se escribía, a la francesa. ¿Por qué? ¿No sería porque le recordaba su verdadero nombre de pila? ¿Su nombre de niña?

Karim susurró al auricular:

– Espere un minuto.

Se arrodilló y escribió en la arena, con mano nerviosa, los dos nombres en letras mayúsculas, uno debajo del otro:

Fabienne Hérault

Jude Itero

Había la misma consonancia, la misma tonalidad en las dos últimas sílabas. Reflexionó unos instantes y luego borró con la mano lo que acababa de escribir en el polvo. Entonces escribió, separando las sílabas:

Ju-dI-te-ro

Y después:

Judith Hérault

Le faltó poco para exhalar un rugido de triunfo. Jude Itero se llamaba en realidad Judith Hérault. El muchachito era una niña. Y la madre era sin duda la profesora. Había recuperado su nombre de soltera para confundir mejor las pistas, y adaptado el nombre de pila de su hija al género masculino, sin duda para no desorientar más a la niña o evitar que cometiera errores con su nueva identidad.

Karim cerró los puños. Estaba seguro de que las cosas eran así. La mujer había podido trapichear con la identidad de su hija en la escuela porque ella estaba en el mismo lugar. Esta hipótesis lo explicaba todo: la facilidad con que la mujer había engañado a todo el mundo en Sarzac, la discreción con que había manipulado los documentos oficiales. Con voz temblorosa, preguntó a la directora:

– ¿Me podría conseguir en la delegación informaciones más precisas sobre esta profesora?

– ¿Esta tarde?

– Esta tarde, sí.

– Bueno… Sí, conozco a algunas personas. Es posible. ¿Qué quiere saber?

– Quiero saber dónde se instaló Fabienne Hérault después de su marcha de Sarzac. También quiero saber dónde enseñó antes de su llegada a su pueblo. Procure encontrar asimismo a personas que la hayan conocido. ¿Tiene usted un teléfono móvil?

La mujer asintió y dio su número. Parecía ligeramente extrañada. Karim inquirió:

– ¿Cuánto tiempo necesita para ir usted misma a la delegación y obtener la información?

– Alrededor de dos horas.

– Llévese su móvil. La llamaré dentro de dos horas.

Karim salió de la chabola y saludó con la mano a los Braseros, que habían reanudado su danza del fuego.

34

Tenía que matar dos horas.

Karim se ajustó la gorra y se dirigió a su break. Barría la sombra un viento cargado de miasmas marinos que parecían agrietar la tierra y el asfalto. Tenía que matar dos horas. Se dijo que tal vez esta región no se lo había dado todo.

Intentó imaginar a Fabienne y Judith Hérault, los dos seres solitarios que iban allí cada domingo de verano. Imaginó la escena con precisión, repasando cada aspecto, cada detalle que tal vez pudiera indicarle un camino. Distinguía a la madre y su hija, a la luz de la mañana, caminando con toda discreción en una región donde nadie las conocía. La mujer, decidida, obsesionada por el rostro de la hija. Y ella, la niña andrógina, encerrada con doble llave dentro de su miedo.

Abdouf no habría sabido decir por qué, pero imaginaba a esa extraña pareja sumida en la misma angustia. Las veía cogidas de la mano, andando en silencio… ¿Cómo venían aquí? ¿En tren? ¿Por carretera?

El teniente decidió visitar todas las estaciones ferroviarias de los alrededores, las gasolineras de la autopista, las gendarmerías, en busca de una huella, un indicio, un recuerdo…

Tenía que matar dos horas: eso o nada.

Arrancó bajo el cielo que ya enrojecía con las últimas brasas del sol poniente. Las noches de octubre ya se acurrucaban en su oscuridad precoz.

Karim encontró una cabina telefónica y llamó primero al SRPJ de Rodez, en busca de un coche matriculado a nombre de Fabienne Pascaud o de Fabienne Hérault en el departamento de Lot en 1982. En vano. No había matrícula con ese nombre. Subió de nuevo al coche y dirigió sus indagaciones hacia las estaciones cercanas, sin abandonar totalmente la posibilidad de que tuviera un coche.

Visitó cuatro estaciones de tren. Para obtener cuatro resultados nulos. Abdouf tragaba kilómetros, en círculos concéntricos, en torno al convento y el parque de atracciones. En el halo de sus faros sólo percibía altas figuras fantasmagóricas: árboles, rocas, túneles… Se sentía bien. La adrenalina le calentaba los miembros y la excitación mantenía despiertas todas sus facultades. El beur reconocía las sensaciones que amaba, las de la noche, del miedo. Estas sensaciones descubiertas en el centro de los aparcamientos, cuando limaba sus primeras llaves detrás de los postes. Karim no temía las tinieblas: eran su mundo, su abrigo, sus aguas profundas. En ellas se sentía sereno, tenso como un arma, poderoso como un depredador.

En la quinta estación, el poli sólo encontró una zona de carga, atestada de viejos vagones y turbinas azuladas. Se marchó al instante, pero se detuvo en seco casi enseguida. Se hallaba en un puente, encima de la autopista, la salida de Sète-Oeste. Escrutó la pequeña zona de peaje, a trescientos metros de allí. Su instinto le ordenó hacer una verificación.

No dejar ningún cabo suelto, nunca.

Tomó la vía de acceso y torció enseguida hacia la derecha para franquear una hilera de alheñas. Allí había varios edificios prefabricados: las oficinas de la estación de servicio de la autopista. Ninguna luz. No obstante, cerca de los garajes contiguos a la edificación, el teniente vio a un hombre. Se detuvo otra vez, aparcó el coche y fue directamente hacia la silueta, atareada al pie de un camión muy alto.

El viento acre arreciaba. Todo estaba seco, mate, polvoriento, envuelto en un aliento salino. El poli caminó junto a unas señales de carreteras, excavadoras, toldos de plástico. Golpeó el volquete del camión -un convoy de sal- y produjo un ruido metálico.

El hombre se sobresaltó; su pasamontañas sólo abría un espacio para los ojos. Frunció las cejas grisáceas.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es usted?

– El Diablo.

– ¿Cómo?

Karim sonrió, apoyándose en el volquete.

– Bromeo. Es la policía, abuelo. Necesito información.

– ¿Información? No habrá nadie hasta mañana por la mañana. Yo…

– Las áreas de servicio de las autopistas funcionan veinticuatro horas al día.

– El cobrador está en la cabina y yo trabajo aquí…

– Es lo que he dicho. Tú y yo vamos a entrar en la oficina. Tú beberás un café negro mientras yo echo una ojeada al PCI

– ¿El… PCI? Pero… ¿qué busca?

– Ya te lo explicaré todo cuando entremos en calor.

Las oficinas eran a semejanza del conjunto: demasiado exiguas y provisionales. Paredes estrechas, puertas huecas, mesas de formica. Todo estaba apagado, todo estaba muerto, salvo un ordenador que vibraba en la penumbra. El PCI, la central de información que funcionaba a lo largo de todo el año y aseguraba cualquier información sobre la red de carreteras de la región. Cada accidente, cada avería, cada desplazamiento de los agentes de carretera estaban consignados en esta memoria.

El viejo quiso manipular él mismo el ordenador. Se levantó el pasamontañas. Karim murmuró a su oído:

– Julio del 82. Te toca jugar a ti. Quiero saberlo todo. Los accidentes, las reparaciones, el número de usuarios. La menor anécdota. Todo.

El viejo se quitó los guantes y se sopló los dedos para calentarlos. Tecleó unos segundos. Apareció una lista correspondiente al mes de julio del 82. Cifras, datos, reparaciones. Nada que revelara algún detalle.

– ¿Puedes realizar una búsqueda por nombre? -preguntó Karim, inclinado sobre el hombre.

– Deletrea.

– Tengo varios: Jude Itero, Judith Hérault, Fabienne Pascaud, Fabienne Hérault.

– ¿Todos son tan raros? -refunfuñó el operario, introduciendo los nombres.

Pero al cabo de unos segundos parpadeó una respuesta. Karim se acercó.

– ¿Qué pasa?

– El PCI tiene algo, tiene uno de los nombres. Pero no en julio del 82.

– Continúa la búsqueda.

El hombre tecleó unas órdenes. Las informaciones aparecieron en la pantalla oscura en letras fluorescentes. El poli sintió que su cuerpo se petrificaba. La fecha le saltó a los ojos: 14 de agosto de 1982. El día inscrito sobre la tumba de Jude. Y era ese nombre el que abría el expediente: Jude Itero.

– No recordaba el nombre -murmuró el anciano-, pero sí el accidente. Una desgracia atroz, cerca de Héron-Cendré. El coche derrapó. Cruzó el seto central y se estrelló contra la esquina de un muro antirruidos, justo enfrente. Encontraron a la madre y el hijo atrapados entre la chatarra. Pero sólo el muchacho murió. Iba delante. La madre se salvó, simples contusiones. Había un chorro de sangre que atravesaba las dos direcciones. Dos veces tres carriles, ¿te imaginas?

Karim no lograba dominar sus temblores. Así había acabado la huida de Fabienne y Judith Hérault. A ciento treinta kilómetros por hora contra un muro antirruido. Así de absurdo. Y así de sencillo. El poli reprimió un grito de cólera. No podía convencerse de que toda la aventura, todas las precauciones de la mujer se hubieran malogrado en un simple patinazo.

Y no obstante, lo sabía desde el principio: Judith había muerto en agosto de 1982, como lo atestiguaba su tumba. Ahora no hacía más que descubrir las circunstancias de aquella desaparición. Las lágrimas le quemaron los párpados como si acabara de conocer la muerte de un ser querido. De un ser a quien quería, desde hacía sólo unas horas, pero con el furor de un torrente. Más allá de las palabras y de los años. Más allá del espacio y del tiempo.

– Continúa -ordenó-. ¿Cómo estaba el cuerpo del niño?

– Se… se hallaba totalmente incrustado en la rejilla del radiador. Un conglomerado de carne y de chapa. Maldita sea. Tardaron más de seis horas en… En fin… Jamás lo olvidaré… Su rostro estaba… en fin, ya no había rostro, ni cabeza, ni nada.

– ¿Y la madre?

– ¿La madre? Yo no sé si era la madre. En cualquier caso, no tenía el mismo nombre que…

– Ya lo sé. ¿Estaba herida?

– No. Salió bien parada. Hematomas, arañazos… Poca cosa. Y es porque el coche dio una vuelta de campana, ¿comprendes? Y el muro dio de lleno contra el lado del pasajero. Es el choque clásico…

– Descríbemela.

– ¿A quién?

– A la mujer.

– No podría olvidarla. Una giganta. Una morena de cara ancha. Y gafas grandes. Toda de negro y pliegues vaporosos. Realmente extraña. No lloraba. Parecía muy fría. Tal vez fuera el estado de shock, no sé…

– ¿Cómo era la cara?

– Bonita.

– Pero, ¿cómo?

– Mofletuda, ya no la recuerdo bien… Un cutis muy claro, casi transparente…

Abdouf cambió de dirección.

– Para cada accidente, ustedes conservan un informe, ¿no? Una descripción, con el certificado de defunción y todo lo demás, ¿verdad?

El viejo hirsuto miró a Karim. Sus pupilas brillaban como granos de café.

– ¿Qué buscas exactamente, jefe?

– Enséñame el expediente.

El hombre se secó las manos con el anorak y abrió un armario cuyas puertas eran una especie de persianas. Karim le vio leer los nombres de los accidentados, murmurando las sílabas.

– Jude Itero. Aquí está, es éste. Te prevengo, es…

Karim se lo cogió de las manos y hojeó las diferentes páginas. Testimonios, certificados, atestados, actas de seguros. Todas las circunstancias. Fabienne Pascaud conducía un coche de alquiler que había contratado en Sarzac. Las señas de residencia eran las mismas que le había dado el doctor Macé: las ruinas aisladas en el valle de rocalla. Nada nuevo por ese lado. Lo asombroso era que la madre había declarado la muerte de su hijo bajo el nombre de Jude Itero, de sexo masculino.

– No comprendo -dijo el policía-. ¿El hijo era un varón?

– Pues claro… -El viejo miró el expediente por encima del brazo de Karim-. Es lo que ella dijo, en todo caso…

– ¿No recuerdas si hubo un problema en este aspecto?

– ¿Un problema? ¿Qué quieres decir?

El poli se esforzó en dominar la voz:

– Escucha, te pregunto simplemente si era posible identificar el sexo del niño.

– ¡Yo no soy médico! Pero, francamente, creo que no. Más que un cuerpo eran fragmentos… Carne en el parachoques… -Se pasó la mano por la cara-. No se puede describir, jefe… En los veinticinco años que vivo aquí, he visto muchos accidentes… Siempre es algo espantoso… -Agitó las manos levantadas, imitando capas de bruma-. ¡Como una especie de guerra subterránea, sabes, que surgiera de vez en cuando con una violencia terrible!

Karim comprendió que el estado del cuerpo había permitido a la mujer llevar su mentira hasta más allá de la tumba. Pero, ¿por qué? ¿Seguía temiendo una amenaza? ¿Incluso ahora que su hija estaba muerta?

El teniente hojeó de nuevo el expediente y descubrió fotografías del siniestro. Sangre. Chapa retorcida. Trozos de carne, miembros diseminados, desprendidos de la carrocería. Pasó rápidamente. No tenía ánimos para aquello. Después llegó al certificado de defunción, la descripción del médico, y obtuvo confirmación de que las características del cuerpo pertenecían al orden de lo abstracto.

Karim se apoyó en la pared, presa de vértigo. Después examinó el reloj. Había matado dos horas.

Pero esas horas le habían matado a él.

Con un esfuerzo, echó una última mirada a las páginas. Unas huellas digitales estaban impresas con tinta azul en una ficha de cartón. Las observó unos segundos y preguntó:

– ¿Estas son sus huellas?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Estas huellas son las del niño?

– No entiendo tus preguntas. Pues claro que lo son… Fui yo quien aguantó el entintador. Los restos del cuerpo estaban en la funda. El médico apoyó la pequeña mano. Una mano ensangrentada. Joder. Todos tenían prisa por acabar. Escucha, todavía hoy viene a atormentarme por las noches, así que…

Karim se guardó el expediente bajo la chaqueta de cuero.

– De acuerdo. Me quedo con los documentos.

– Eso, quédatelos. Y vete con viento fresco.

El teniente salió con esfuerzo de la oficina. Estaba estupefacto. Bajo sus párpados bailaban unas estrellas. El viejo le gritó desde los escalones de la construcción.

– Cuídate.

Karim se volvió. El hombre le observaba bajo el viento salino, reteniendo con el hombro la puerta acristalada. El cristal doblaba su silueta con un reflejo dorado.

– ¿Qué? -repitió el poli.

– He dicho: cuídate. Y ve siempre solo.

Karim intentó sonreír.

– ¿Por qué?

El hombre se bajó el pasamontañas.

– Porque lo sé, lo huelo: caminas entre los muertos.

35

– La de cosas que me hace usted hacer, teniente… Me he reunido con una colega de la delegación…

La voz de la mujer vibraba de alegre excitación. Karim se había detenido en otra cabina para llamar al teléfono móvil de la directora. Ésta continuó:

– El guardián ha sido muy amable…

– ¿Qué han encontrado?

– El expediente completo de Fabienne Hérault, nacida Pascaud. Pero es otro callejón sin salida. Después de sus dos años en Sarzac, la mujer desapareció. Parece ser que dejó la enseñanza.

– ¿No hay ninguna manera de saber dónde se instaló después?

– Ninguna, no. Por lo visto ya había terminado aquel año su contrato con la Educación Nacional y no renovó sus compromisos. Eso es todo. La delegación no ha tenido nunca más contacto con ella.

Karim se hallaba al pie de un barrio residencial en las afueras de Sète. A través del cristal de la cabina observaba los coches estacionados, cuyas carrocerías rutilantes brillaban bajo los faroles. La información de la mujer no le sorprendía. Fabienne Pascaud había cerrado la puerta a sus espaldas. A su misterio. A su tragedia. A sus diablos.

– ¿Y de dónde venía esta mujer, antes de Sarzac?

– De Guernon, una ciudad universitaria en el Isère, encima de Grenoble. En esta ciudad enseñó sólo unos pocos meses. Antes de eso era responsable de una pequeña escuela primaria en Taverlay, un pueblo situado en las alturas del Pelvoux, una montaña de ese lugar.

– ¿Ha obtenido informaciones personales?

Ella contestó en un tono mecánico:

– Fabienne Pascaud nace en 1945 en Corivier, en un valle del Isère. Se casa con Sylvain Hérault en 1970 y obtiene el mismo año un primer premio del conservatorio de piano de Grenoble. Pudo llegar a profesora y…

– Continúe, por favor.

– En 1972 entra en la escuela normal. Dos años más tarde se integra en la escuela primaria de Taverlay, siempre en el Isère. Allí enseña durante seis años. En 1980, la escuela de Taverlay cierra sus puertas: una carretera nueva permite a los niños asistir a una escuela más grande en un pueblo vecino, incluso en invierno. Entonces Fabienne es trasladada a Guernon. Un golpe de suerte: está a cincuenta kilómetros de Taverlay. Y es una pequeña ciudad famosa en el mundo de la enseñanza. Una ciudad universitaria, muy agradable, muy intelectual.

– Usted me dijo que era viuda: ¿sabe cuándo murió su marido?

– ¡A eso voy, joven, a eso voy! En 1980, cuando llega a Guernon, Fabienne da el apellido de su esposo: no parece haber ningún problema a este respecto. En cambio, seis meses después, en Sarzac, se presenta como viuda. Así pues, el hombre ha desaparecido durante el período de Guernon.

– ¿Hay algo sobre él en su expediente? ¿Su edad? ¿Su profesión?

– Es una delegación de la Educación Nacional. No una agencia de detectives.

Karim suspiró.

– Continúe.

– Poco tiempo después de su llegada a Guernon, pide un traslado. No importa adónde, siempre que sea lejos de este pueblo. Extraño, ¿no? Obtiene enseguida un puesto en Sarzac. Nada sorprendente: nadie quiere venir a nuestra bella región… Allí vuelve a adoptar su nombre de soltera. Se diría que quiso hacer borrón y cuenta nueva.

– No me habla de su hijo.

– En efecto, tenía un hijo, nacido en 1972. Una niña.

– ¿Está escrito así?

– Pues, sí…

– ¿Qué nombre figura?

– Judith Hérault. Pero ya no se hace ninguna mención de ella en Sarzac.

Cada información confirmaba con exactitud la historia que sospechaba Karim. Éste prosiguió:

– ¿Ha podido ponerse en contacto con gente que la haya conocido en Sarzac?

– Sí, he hablado con la directora de la época: Mathilde Sarman. Se acuerda muy bien de Fabienne. Una mujer extraña, al parecer. Misteriosa. Reservada. Muy bella. Y muy fuerte. Un metro ochenta. Unos hombros así de anchos… Tocaba a menudo el piano. Una virtuosa. Le repito lo que me han dicho…

– ¿Fabienne Pascaud vivía sola en Sarzac?

– Según Mathilde, sí, vivía sola. En un valle aislado, a diez kilómetros del pueblo.

– ¿Y nadie sabe por qué se marchó bruscamente de Sarzac?

– No, nadie.

– ¿Ni de Guernon, dos años antes?

– No. Tal vez habría que remontarse a entonces… -La mujer titubeó, y luego se atrevió a preguntar-: Sin embargo, teniente… podría por lo menos explicarme la relación entre esta investigación y el robo en mi escuela, yo…

– Más tarde. ¿Vuelve ahora a su casa?

– Bueno… sí, claro…

– Traiga consigo todo lo que concierne a Fabienne Pascaud y espere mi llamada.

– Yo… Está bien. De acuerdo. ¿Cuándo piensa llamarme?

– No lo sé. Pronto. Entonces se lo explicaré todo.

Karim colgó y examinó de nuevo los coches del aparcamiento. Había Audis, BMW, Mercedes, brillantes, rápidos… y rebosantes de alarmas. Miró el reloj: eran más de las ocho, hora ya de afrontar a la vieja fiera. El teniente marcó el número directo de Henri Crozier. Al instante se oyó vociferar:

– Cabronazo de mierda, ¿Dónde estás?

– Prosigo mi investigación.

– Espero que ya estés en camino de la comisaría.

– No. Tengo que hacer un último rodeo. A la montaña.

– ¿A la montaña?

– Sí, a una pequeña ciudad universitaria, cerca de Grenoble. A Guernon.

Hubo un silencio y luego Crozier continuó:

– Espero que tengas una buena razón para…

– La mejor, comisario. Mi pista se remonta a esa ciudad. En ella pienso descubrir las huellas de los profanadores.

Crozier no añadió nada. El aplomo de Karim parecía dejarle sin aliento. Aprovechando la ventaja, el teniente atacó:

– ¿Hay novedades sobre el vehículo?

El comisario vaciló. Karim elevó el tono:

– ¿Tenéis novedades, sí o no?

– Hemos localizado el vehículo y a su propietario.

– ¿Cómo?

– Un testigo, en la D143. Un campesino que iba a su casa con el tractor. Ha visto pasar un Lada blanco hacia las dos de la madrugada. Ha tenido el tiempo justo de aprender de memoria el número del departamento. Lo hemos verificado: un Lada acaba de matricularse allí. En el control técnico, aún llevaba sus neumáticos eslavos. Es nuestro automóvil. Una certidumbre digamos del ochenta por ciento.

Karim reflexionó. Esta información le parecía sospechosa, aparecía en un momento demasiado preciso.

– ¿Por qué ha hablado el testigo?

Crozier soltó una risa burlona.

– Porque Sarzac está que arde. Los muchachos del SRPJ han llegado con su discreción habitual. Actúan estilo Carpentras, como si se tratase de una profanación en toda regla. -Crozier echó pestes de ellos-. Los medios de comunicación también están allí. Es una mierda.

Karim apretó las mandíbulas.

– Deme el nombre del pueblo, rápido.

– A mí no se me habla de este modo, Karim. Yo…

– El nombre, comisario. ¿No comprende que es mi investigación? ¿Que soy el único que conoce las raíces de este follón?

Crozier trató de guardar silencio, sin duda para recuperar el dominio de sí mismo. Cuando habló, su voz era impasible:

– Karim, nadie me ha hablado así durante toda mi carrera. O sea que quiero aclarar esto de «tu» investigación. Y ahora mismo. Si no, te pego al culo un aviso de búsqueda.

El timbre de la voz indicaba que ya no se podía negociar. Karim resumió en pocas palabras los resultados de sus indagaciones. Contó la historia de Fabienne y de Judith Hérault, las simuladoras fugitivas. Describió su absurda carrera, su cambio de identidad, el accidente de coche que había costado la vida de la niña. Crozier concluyó, perplejo:

– Tu caso es una novela.

– La muerte es una novela, comisario.

– Sí… Con todo, no veo la relación entre tu historia y nuestro asunto…

– Le diré lo que pienso, comisario. Fabienne Hérault no estaba loca. Unos hombres la perseguían realmente. Y creo que son los mismos hombres que han vuelto esta noche a Sarzac.

– ¿Cómo?

Karim inspiró en profundidad.

– Creo que han vuelto a comprobar algo. Algo que ya sabían, pero que un suceso repentino ha puesto de nuevo sobre el tapete, en otra parte.

– ¿Dónde vas a buscar todo esto? Y en primer lugar, ¿quiénes serían estos hombres?

– Ni idea. Pero en mi opinión, los diablos han vuelto, comisario.

– Esto es pura conjetura.

– Tal vez, pero los hechos están aquí: hay un robo con escalo en la escuela Jean-Jaurès y violan la sepultura de Jude Itero. Así que, por favor, deme el nombre del profanador y de su pueblo, comisario. Quiero saber si se trata de Guernon. Para mí, la clave de la pesadilla esta allí y…

– Toma nota. El nombre es: Philippe Sertys, calle Maurice-Blasch, 7.

La voz de Karim vibró:

– ¿Qué pueblo, comisario? ¿Guernon?

Crozier hizo una pausa.

– Guernon, sí. No sé por qué milagro has llegado hasta allí, pero, es increíble, eres tú quien tiene la pista más caliente.

VII

36

Las imágenes de la fotógrafa alemana habían tomado cuerpo.

Los atletas de sienes afeitadas corrían en el estadio del Berlín de la preguerra. Ligeros. Poderosos. Hieráticos. Su carrera había adoptado la cadencia de una vieja película parpadeante, de grano mineral, pigmentada como la superficie de una tumba. Veía correr a los hombres. Oía sus talones sobre la pista. Presentía su aliento, ronco, latiendo a destiempo de cada uno de sus pasos.

Sin embargo, unos detalles turbios se inmiscuían. Los rostros eran demasiado sombríos, demasiado cerrados. Las mandíbulas demasiado fuertes, demasiado prominentes. ¿Qué escondían esas miradas? Cuando un clamor grave e histérico se elevaba desde las graderías, los atletas exhibían de improviso sus órbitas arrancadas, sus ojos sin globos, que no les impedían ver, ni siquiera correr. Al revés, en el fondo de aquellas llagas vivas parecía agitarse un nuevo hormigueo… chasquidos de lengua… fulgores animales…

Niémans se despertó, cubierto de un sudor helado. La luz blanca del ordenador le deslumbró enseguida, como en un simulacro de interrogatorio. Se rehízo discretamente y escondió la cabeza entre los hombros. Echó una mirada circular a su alrededor: nadie le había visto adormilarse ni cómo el terror le había robado en un momento sus sueños, tomando la forma de las fotografías vistas en casa de Sophie Caillois. Las imágenes de aquella realizadora nazi cuyo nombre había olvidado.

Las nueve de la noche.

Sólo había dormido cuarenta y cinco minutos. Después de su visita al almacén, Niémans había enviado enseguida sus hallazgos (el pequeño cuaderno, el entramado de metal y las partículas de polvo blanquecino) al ingeniero de Grenoble Patrick Astier, a través de Marc Costes, que seguía esperando la llegada al hospital del cadáver de los hielos.

Después, Niémans había ido allí, a la biblioteca de la universidad, para iniciar, por si acaso, una indagación sobre los vocablos «ríos» y «púrpura». Primero observó los mapas, en busca de una red hidrográfica que llevara este nombre. Después consultó el índice informático, buscando un libro, un catálogo, un documento que pudiera contener estos términos. Pero no encontró nada y, durante la lectura, se durmió. Tras casi cuarenta horas sin dormir, los nervios le habían fallado, como a un títere al que hubiesen cortado los hilos.

El comisario lanzó otra ojeada hacia la gran sala de lectura. Ante las mesas y en los compartimientos acristalados, una decena de policías de paisano llevaba a cabo sus indagaciones, descifrando los libros que trataban del mal, la pureza o los ojos… Dos de ellos elaboraban la lista de los estudiantes que habían consultado con frecuencia algunos de estos libros supuestamente sospechosos. Otro seguía leyendo la tesis de Rémy Caillois.

Pero Niémans ya no creía en la pista literaria, como tampoco esos policías que ahora esperaban el relevo. Desde hacía dos horas, todo el mundo sabía que el SRPJ de Grenoble había vuelto a tomar las riendas de la investigación, habida cuenta de los pobres resultados de la asociación Niémans/Barnes/Vermont.

En efecto, la investigación no había progresado ni un ápice, pese a la multiplicación de las fuerzas en activo. Para ayudar a los equipos del capitán Vermont a dividir en zonas los terrenos de la punta del Muret y después el flanco oeste de la montaña de Belledonne, habían sido requeridos trescientos militares acantonados en la base de Romans. Habían llegado en camiones alrededor de las siete de la tarde e iniciado enseguida el trabajo de rastrillado nocturno, bajo las órdenes de Vermont. Aparte de estos soldados, el capitán había movilizado asimismo a dos compañías de CRS con base en Valence.

Ya habían sido exploradas más de trescientas hectáreas. De momento, ese registro sistemático no había dado ningún resultado… ni lo daría, Niémans estaba seguro. Si el asesino hubiera dejado otros indicios, ya habrían sido descubiertos. No obstante, el comisario permanecía en contacto radiado con Vermont y él mismo había trazado sobre un mapa del IGN los puntos cruciales de la investigación: los lugares donde descubrieron el primero y segundo cuerpo, el emplazamiento de la facultad, del almacén de Sertys, la situación de cada refugio…

La vigilancia de la red de carreteras también se había intensificado. De ocho controles había pasado a veinticuatro. Ahora cubría una superficie muy amplia alrededor de Guernon. Todos los pueblos grandes y pequeños, las entradas y salidas de la autopista, las carreteras nacionales y departamentales estaban vigiladas.

En cuanto al papeleo, la actividad también se incrementaba, bajo la responsabilidad del capitán Barnes. Las opciones de búsqueda se prolongaban. Los faxes no cesaban de caer: testimonios, respuestas a los cuestionarios, comentarios… Otros formularios partían en dirección a las estaciones de esquí de los alrededores. Se cruzaban mensajes y circulares, y la centralita de la brigada había sido equipada con varios faxes nuevos.

Se dedicaban asimismo, desde primeras horas de la tarde, a interrogar a todos aquellos que durante las últimas semanas habían estado en contacto con la primera víctima. Otro equipo seguía interrogando a los mejores alpinistas de la región, sobre todo a los que ya habían recorrido el glaciar de Vallernes. Hombres salvajes que no vivían en Guernon, sino en los pueblos de las alturas, encaramados al flanco rocoso suspendido sobre la ciudad universitaria. La brigada ya no daba más de sí.

Otro equipo, perteneciente esta vez a las filas de Vermont, reconstruía minuciosamente el eventual itinerario de Rémy Caillois en su última expedición, mientras otros ya se dedicaban al itinerario de la segunda víctima, así como al del homicida, hasta la cumbre del glaciar. Los trazados se numeraban, memorizaban y comparaban por ordenador.

En el centro de esta fiebre, de este rumor de guerra, Niémans se obstinaba en el aspecto íntimo. Estaba más persuadido que nunca de que encontraría al asesino al descubrir su móvil. Y su móvil era, tal vez, la venganza. Pero debía tomar precauciones extremas con esta hipótesis. Ni las autoridades ni el gran público apreciaban la paradoja en materia criminal. Oficialmente, un asesino mataba a personas inocentes. Ahora bien, Niémans intentaba demostrar ahora que estas víctimas eran también culpables.

¿Cómo avanzar por este terreno? Caillois y Sertys habían echado el cerrojo de su existencia sobre sus secretos. Sophie Caillois no diría una palabra, y seguirle los pasos no había dado hasta ahora ningún resultado. En cuanto a la madre de Sertys o a los colegas del auxiliar de enfermería, ya interrogados, sólo conocían la imagen convencional de Philippe Sertys. Su madre no estaba siquiera al corriente de la existencia del almacén, que no obstante había pertenecido a su marido, René Sertys.

¿Entonces?

Entonces Niémans sólo pensaba, en aquel instante, en otro misterio, que empezaba a desbancar a todos los demás en su conciencia. Conectó su teléfono y volvió a llamar a Barnes:

– ¿Algo nuevo sobre Joisneau?

El joven teniente, el policía impecable que ardía en deseos de adquirir la sabiduría del «maestro», aún no había reaparecido.

– No -dijo guturalmente Barnes-. He enviado a uno de mis chicos al instituto de los ciegos, para saber adónde puede haber ido después.

– ¿Y qué?

El capitán articuló en voz baja:

– Joisneau ha abandonado el instituto más o menos a las cinco. Al parecer ha salido hacia Annecy, para visitar a un oftalmólogo. Un profesor de la Facultad de Guernon que se ocupa de los pacientes del instituto.

– ¿Le ha llamado?

– Desde luego. Hemos intentado llamar a sus números profesionales y personales. Ninguno responde.

– ¿Tiene las señas?

Barnes dictó a Niémans un solo nombre de calle: el médico vivía en una casa donde también tenía su consulta.

– Iré y volveré enseguida -decidió Niémans.

– Pero… ¿por qué? Joisneau acabará por…

– Me siento responsable.

– ¿Responsable?

– Si el chico ha hecho una tontería, si ha corrido un riesgo inútil, estoy seguro de que ha sido para deslumbrarme, para farolear, ¿me comprende?

El gendarme replicó, en tono tranquilizador:

– Joisneau reaparecerá. Es joven. Ha debido de montarse una película con una pista engañosa.

– Estoy de acuerdo. Pero quizás esté en peligro. Sin saberlo.

– ¿En… peligro?

Niémans no respondió. Reinó el silencio durante unos segundos. Barnes no parecía comprender el sentido de las palabras del comisario. Añadió de repente:

– Ah, sí, lo olvidaba: Joisneau también ha llamado al hospital. Quería pasar por los archivos.

– ¿Los archivos?

– Inmensas galerías subterráneas bajo el CHRU, que contienen toda la historia de la región a través de sus nacimientos, sus enfermedades y sus defunciones.

El policía sintió que la angustia hacía presa en él: el pequeño rubiales seguía, pues, una pista en solitario. Una pista que tenía su origen en el instituto, que le había conducido hasta el oftalmólogo y después a los archivos del centro hospitalario. Terminó:

– ¿Pero no le ha visto nadie en el hospital?

Barnes respondió con una negativa. Niémans colgó. Enseguida sonó otra llamada. Ya no era cuestión de mensajes radiados, de nombre en código, de precauciones. Todos los investigadores trabajaban ahora con urgencia. La voz de Costes vibró:

– Acaban de entregarme el cuerpo.

– ¿Es Sertys?

– Es él, sin duda.

El comisario respiró. Todos los elementos cosechados desde hacía tres horas sobre Philippe Sertys encajaban bien en el marco de la investigación. Y ya podía lanzar a un equipo oficial a un registro minucioso del almacén. Costes prosiguió:

– Hay una jodida diferencia con las primeras mutilaciones.

– ¿Cuál?

– El asesino le ha extirpado los ojos, pero también las manos. Y ha seccionado las dos muñecas. Usted no lo vio a causa de la posición fetal del cuerpo: los muñones estaban metidos entre las rodillas.

Los ojos. Las manos. Niémans discernía un vínculo oculto entre esos elementos anatómicos. Pero no habría sabido decir en qué lógica infernal se integraban esas dos mutilaciones.

– ¿Esto es todo?

– De momento, sí. Ahora empiezo la autopsia.

– ¿Cuánto tiempo emplearás?

– Dos horas, como mínimo.

– Empieza por las órbitas y llámame en cuanto obtengas algo. Estoy seguro de que hay un indicio para nosotros.

– Tengo la impresión de ser un mensajero del infierno, comisario.

Niémans atravesó la sala de la biblioteca. Cerca de la puerta se fijó en el fornido policía inclinado sobre la tesis de Rémy Caillois. Se permitió un pequeño rodeo y se sentó frente a él, en uno de los compartimientos acristalados de lectura.

– ¿Cómo va eso?

El OPJ levantó la vista.

– Apechugando.

El comisario sonrió, indicando el grueso documento.

– ¿Nada nuevo?

El policía se encogió de hombros.

– Todo sobre Grecia, las Olimpíadas, las pruebas deportivas y esa clase de cosas: carrera, jabalina, pancracio… Caillois habla del carácter sagrado de la prueba física, del récord, ¿sabe? -El oficial frunció los labios en señal de incredulidad-. Una especie de… de comunión con fuerzas superiores. Según él, un récord físico estaba considerado en aquella época como una auténtica pasarela para comunicar con los dioses… Por ejemplo, el athlon, el atleta original, al rebasar sus propios límites podía desencadenar las fuerzas de la tierra… la fertilidad, la fecundidad. Fíjese, cuando vemos el frenesí de ciertos partidos de fútbol, cómo el deporte desencadena fuerzas sorprendentes y…

– ¿Qué más has observado?

– Según Caillois, los atletas de la antigüedad eran también poetas, músicos, filósofos. El bibliotecario insistía muchísimo sobre esto. Da la sensación de añorar el tiempo en que el espíritu y el cuerpo estaban unidos, soldados en el interior del mismo ser humano. Es el sentido de su título: La nostalgia de Olimpia. La nostalgia de la época de los hombres superiores, a la vez cerebrales y poderosos, espirituales y deportivos. Caillois compara aquella época exigente con nuestro siglo actual, en que los intelectuales no levantan pesos y los atletas no tienen nada en la cabeza. Ve en ello el signo de una decadencia, de una división entre el espíritu y el cuerpo.

Niémans volvió a ver de repente a los atletas de su pesadilla. Los ciegos de la realidad mineral. Sophie Caillois le había explicado que, según su marido, los deportistas de Berlín habían renovado esta comunión profunda entre el físico y el pensamiento.

El policía pensó también en los campeones de la universidad: estos hijos de profesores de quienes le había hablado Joisneau, que obtenían los mejores resultados en todas las disciplinas, incluso deportivas. A su manera, estos superdotados se acercaban a la idea del atleta perfecto. Cuando Niémans había contemplado las fotografías de las medallas de la facultad en la antesala del despacho del rector, había sorprendido en esos rostros una inquietante fuerza juvenil. Como la encarnación de una fuerza, pero también de un espíritu aparte. ¿De una filosofía? Sonrió al joven policía que le observaba con aire de preocupación.

– Me parece que no lo has entendido nada mal -concluyó.

– Navego a tientas. Comprendo más o menos una frase de cada dos. -El hombre se dio dos golpecitos en la punta de la nariz-. Pero me fío de mi olfato. Reconozco de lejos a los fachas.

– ¿Tú crees que Caillois era un fascista?

– No sabría decirlo exactamente… Esto se me antoja más complejo… No obstante, su mito del superhombre, del atleta de espíritu puro, me recuerda los eternos delirios de raza superior y ese rollo…

Niémans vio otra vez las imágenes de las Olimpíadas de Berlín en el pasillo del apartamento de los Caillois. Existía un secreto detrás de esas imágenes y detrás de los recuerdos deportivos de Guernon. Tal vez todo ello formaba parte de un conjunto, pero ¿cuál?

– ¿No hay alusiones a unos ríos? -preguntó por fin-. ¿Ríos de color púrpura?

– ¿Qué?

Pierre Niémans se levantó.

– Olvídalo.

El OPJ siguió con la mirada al hombre alto con abrigo azul y dijo:

– Francamente, comisario, podría haber preguntado a un estudiante, a un tipo más cualificado que yo para…

– Quiero la mirada de un profesional. Quiero una lectura que entre en el marco de la investigación.

El oficial hizo una nueva mueca circunspecta.

– ¿Cree de verdad que todo este bla-bla puede tener algo que ver con el asunto?

Niémans se agarró al borde del cristal y se inclinó por encima.

– En un caso, cada elemento desempeña un papel. No hay casualidades ni detalles inútiles. Todo funciona como una estructura atómica, ¿comprendes? Continúa tu lectura.

Niémans abandonó al hombre con una expresión de intensa duda.

Fuera, en el campus, vislumbró los relampagueos lejanos de los proyectores de equipos de televisión. Entrecerró los ojos y distinguió la delgada silueta de Vincent Luyse, el rector, que de pie en los escalones del edificio, balbucía una declaración de circunstancias. Se fijó también en los logos característicos de las cadenas de televisión regionales, nacionales e incluso de la Suiza de lengua francesa… Los periodistas se abrían paso a codazos, las preguntas llovían. El proceso había comenzado: los focos de los medios de comunicación convergían en Guernon. La noticia de los asesinatos iba a propagarse por toda Francia y el pánico iba a concentrarse en la pequeña localidad.

Y sólo era el principio.

37

Ya en ruta, Niémans llamó a Antoine Rheims.

– ¿Hay novedades del inglés?

– Estoy en el hospital. Aún no ha recobrado el conocimiento. Los médicos son muy pesimistas. La embajada del Reino Unido ha enviado una escuadra de abogados. Vienen directamente de Londres. Los periodistas también están aquí. Imagínate lo peor y te quedarás corto.

La conexión por satélite era perfecta. La voz de Rheims, cristalina.

Niémans imaginó al director en la Ìle de la Cité y volvió a verse a sí mismo en los hospitales, interrogando a prostitutas víctimas de sus chulos, con facciones tumefactas, cejas desgarradas a golpes de sortija. Vio también las caras ensangrentadas de los sospechosos a quienes él mismo había sacudido. Vio las manos atadas a la cama mientras un montón de burdeles luminiscentes parpadeaban y oscilaban en la palidez sepulcral de la habitación.

Vio el atrio de Notre-Dame, cuando salía del hospital, agotado, a las tres de la madrugada, en el claro vacío de la noche. Pierre Niémans era un guerrero. Y sus recuerdos brillaban con un resplandor metálico, de tahalí, de los fuegos del campo de batalla. Experimentó un brutal ataque de melancolía por aquella existencia singular, que muy pocos hombres habrían querido pero que para él constituía su única razón de ser sobre la Tierra.

– ¿Y tu investigación? -inquirió Rheims.

El tono era menos agresivo que el de la primera andanada: la solidaridad entre colegas, los años compartidos, el buen fluido del ayer recobraba la ventaja.

– Ahora tenemos dos asesinatos. Y ni la sombra de un indicio. Pero yo sigo mi camino. Y sé que es el acertado.

Rheims no añadió nada, sólo silencio. Niémans lo sintió como un voto de confianza. El policía de gafas metálicas preguntó:

– ¿Y para mí?

– ¿Cómo que para ti?

– Quiero decir, ¿en el cuartel no hay un procedimiento abierto en relación al hooligan?

Rheims soltó una risa lúgubre.

– ¿Te refieres al IGS? Hace demasiado tiempo que lo esperan. Pueden esperar un poco más.

– ¿Esperar a qué?

– A que muera el rosbif. Para inculparte de homicidio.

Niémans llegó a Annecy alrededor de las once de la noche. Eligió arterias largas y claras, bajo las frondas de los árboles. El follaje, embellecido por las luces de los faroles, proyectaba reflejos tornasolados. Al fondo de cada avenida, Niémans distinguía pequeños monumentos, como surgidos de pozos de luz: quioscos, fuentes, estatuas. Minúsculas, a varios centenares de metros, estas construcciones parecían figurillas de cajas de música, estatuillas de radiador de coche. Como si la ciudad, al filo de sus plazas y plazoletas, albergara sus tesoros en joyeros de piedra, de mármol y de hojas.

Pasó a lo largo de los canales de Annecy, que exhibían falsos aires de Ámsterdam abriéndose a lo lejos sobre el lago. Al policía le costaba convencerse de que sólo estaba a varias decenas de kilómetros de Guernon, de sus cuerpos, de su salvaje asesino. Llegó al barrio residencial de la ciudad. Avenida Ormes. Bulevar Vauvert. Callejón Hautes-Brises. Nombres que debían resonar para los habitantes de Annecy como sueños de piedra blanca, signos de poderío.

Estacionó la berlina a la entrada del callejón que hacía bajada. Las altas viviendas estaban apretadas unas contra otras, preciosas y abrumadoras a la vez, entrecortadas por jardines disimulados tras las tapias cubiertas de cardenillo. El número que buscaba correspondía a un hotelito de piedra tallada que ostentaba una marquesina oblonga. El policía pulsó dos veces un timbre en forma de rombo cuyo botón imitaba una pupila. Debajo, la placa de mármol negro indicaba: «Dr. Edmond Chernecé. Oftalmología. Cirugía ocular».

No hubo respuesta. Niémans bajó los ojos. La cerradura no era un problema, ya metidos en harina. Manipuló con destreza el pestillo y los pasadores y penetró en un pasillo embaldosado de mármol. Unos paneles con flechas indicaban la dirección de la sala de espera, a lo largo del pasillo y a la izquierda, pero el policía se fijó en una puerta tapizada de cuero a su derecha.

La consulta. Hizo girar el pomo y descubrió una habitación larga, de hecho una vasta galería cuyo tejado y paredes estaban enteramente hechos con ladrillos de cristal. Un gorgoteo de agua resonaba en alguna parte de la oscuridad.

Niémans necesitó pocos segundos para distinguir, en el fondo de la sala, una silueta que estaba de pie frente a un fregadero.

– ¿Doctor Chernecé?

El hombre le miró. Niémans se acercó a él. El primer detalle que percibió con precisión fueron las manos, bronceadas y brillantes bajo el chorro de agua. Viejas raíces, salpicadas de manchas marrones, con venas que subían como redes hacia unas muñecas poderosas.

– ¿Quién es usted?

La voz era grave, serena. De baja estatura, pero corpulento, el hombre aparentaba más de sesenta años. Los cabellos blancos brotaban en vigorosos mechones de la frente alta y morena, marcada a su vez por manchas oscuras. Un perfil de acantilado, un torso de dolmen: el hombre parecía un monolito. Una roca misteriosa, tanto más extraña cuanto que el médico vestía solamente una camiseta y un calzoncillo blancos.

– Pierre Niémans, comisario de policía. He llamado pero nadie me ha abierto.

– ¿Cómo ha entrado?

Niémans movió los dedos como un mago de circo.

– Con los medios de que dispongo.

El hombre sonrió con elegancia, sin molestarse por los modales poco delicados del policía. Cerró el largo grifo con el codo y cruzó la sala transparente con los antebrazos levantados, en busca de una toalla. Instrumentos binoculares, microscopios, ilustraciones anatómicas que exhibían globos oculares, ojos desollados, aparecieron en la sombra. En un tono neutro, Chernecé dijo:

– Esta tarde ya ha venido un policía. ¿Qué quiere usted?

Niémans se hallaba a pocos metros de distancia del médico. Comprendió que ahora sólo contemplaba el rasgo fundamental del hombre, el que le habría caracterizado entre miles de otros: los ojos. Chernecé poseía una mirada incolora: iris grises que le prestaban una vigilancia de serpiente. Pupilas parecidas a acuarios minúsculos por donde podían pasar criaturas asesinas, con un caparazón de escamas de hierro. Niémans contestó:

– He venido a formularle algunas preguntas respecto a él.

El hombre sonrió con indulgencia.

– Qué original. ¿Es que ahora los policías investigan a los otros policías?

– ¿A qué hora ha venido?

– Yo diría que hacia las seis de la tarde.

– ¿Tan tarde? ¿Se acuerda de sus preguntas?

– Por supuesto. Me ha interrogado sobre los internos de un instituto situado cerca de Guernon. Un instituto que acoge a niños que sufren problemas oculares, a los que asisto con regularidad.

– ¿Qué le ha preguntado?

Chernecé abrió un armario de paredes de caoba. Cogió una camisa clara, de pliegues amplios, y se deslizó en su interior con algunos gestos ligeros.

– Quería conocer el origen de las afecciones infantiles. Le he explicado que se trataba de enfermedades hereditarias. También deseaba saber si era posible imaginar una causa ajena a estas dolencias, como un envenenamiento o un error de prescripción.

– ¿Qué le ha contestado usted?

– Que era absurdo. Las afecciones genéticas están relacionadas con el aislamiento de esta ciudad, con cierta consanguinidad en las uniones. Los cónyuges están demasiado emparentados, las enfermedades se repiten, las transmite la sangre. Este tipo de fenómeno es conocido en las comunidades aisladas. La región del lago Saint-Jean, en Quebec, por ejemplo, o las comunidades amish en Estados Unidos. También es el caso de Guernon. La gente de este valle no tiene tendencia a emigrar… ¿Por qué buscar otra explicación a tales fenómenos?

Sin la menor incomodidad por la presencia de Niémans, el médico se ponía ahora unos pantalones azul marino. Una tela ligeramente tornasolada. Chernecé era de una elegancia, de un refinamiento raros. El policía continuó:

– ¿Le ha formulado otras preguntas?

– También me ha hablado de trasplantes.

– ¿De trasplantes?

El hombre se abrochaba la camisa.

– Trasplantes oculares, sí. No he comprendido nada de estas preguntas.

– ¿No le ha explicado el contexto del interrogatorio?

– No, Pero le he contestado de buena gana. Quería saber si puede existir un interés en extraer los ojos con vistas a un trasplante de córnea, por ejemplo.

Así pues, Joisneau había pensado en la pista quirúrgica.

– ¿Y qué?

Chernecé se detuvo y se pasó el dorso de la mano por el mentón, para comprobar la dureza de su barba incipiente. Las sombras de los árboles bailaban a través de las paredes de cristal.

– Le he explicado que semejantes operaciones no tienen razón de ser. Hoy en día es muy fácil encontrar córneas de otras personas. Y con los materiales artificiales se han realizado grandes progresos. En cuanto a las retinas, no siempre se sabe conservarlas: en fin, que nada de trasplantes… -El médico emitió una leve sonrisa sarcástica-. Verá, esas historias de tráfico de órganos son más bien fantasías populares.

– ¿ Le ha hecho más preguntas?

– No. Parecía decepcionado.

– ¿Le ha aconsejado acudir a otra parte? ¿Le ha dado otra dirección?

Chernecé emitió una risa afable.

– Vaya, se diría que ha perdido usted a su colega.

– Respóndame. ¿Puede deducir el lugar adonde se ha dirigido después de su visita? ¿Le ha dicho adonde pensaba ir después?

– No. En absoluto. -Su rostro se cerró-. No obstante, me gustaría saber por qué ha venido.

Niémans se sacó del abrigo las fotografías del cadáver de Caillois y las colocó sobre la mesa.

– Se trata de esto.

Chernecé se caló las gafas, encendió una pequeña lámpara sobre un trípode y observó las fotografías. Los párpados abiertos. Las órbitas mutiladas.

– Señor… -murmuró.

Parecía horrorizado, y al mismo tiempo fascinado por lo que veía. Niémans descubrió una colección de estiletes cromados, agrupados en un portaplumas chino, en un extremo de la mesa. Decidió pasar a una nueva serie de preguntas: puesto a interrogar a un especialista, valía más hacerle preguntas de especialista.

– Tengo dos víctimas en este estado. ¿Cree que semejante mutilación puede haber sido realizada por un profesional?

Chernecé alzó la cara. Tenía las facciones moteadas de gotitas de sudor. Guardó silencio durante largos segundos y después inquirió:

– Dios mío, ¿qué quiere decir?

– Hablo de la extirpación de los ojos. Tengo planos de detalle. -Niémans le tendió los negativos ampliados de las llagas oculares-. ¿Reconoce usted aquí los cortes que podría haber hecho un hombre de la profesión? ¿Cortes específicos? El asesino extrajo los ojos protegiendo esmeradamente los párpados: ¿es una práctica corriente? ¿Exige conocimientos anatómicos especializados?

Chernecé escrutó de nuevo las imágenes.

– ¿Quién ha podido cometer un acto así? ¿Qué clase de… monstruo puede ser? ¿Dónde ha ocurrido esto?

– En los alrededores de Guernon. Doctor, responda a mi pregunta: en su opinión, ¿ha sido un profesional quien ha practicado esta operación?

El oftalmólogo se enderezó.

– Lo siento. No… no puedo decirle nada.

– ¿Qué técnica ha utilizado, a su juicio?

El médico se aproximó a los negativos.

– Creo que deslizó una hoja por debajo de los ojos… cortando los nervios ópticos y los músculos oculomotores, aprovechando la flexibilidad del párpado. Creo que después dio la vuelta al ojo, haciendo palanca con la superficie plana de la hoja. Como con una moneda, ¿comprende?

Niémans se guardó en el bolsillo las fotografías. El médico de cutis bronceado seguía sus menores gestos con la mirada, como si viera todavía las imágenes a través de los tejidos del abrigo. Tenía manchas de sudor en la camisa y en los pliegues del torso.

– Me gustaría formularle una pregunta de orden general -murmuró Niémans-. Tómese tiempo para reflexionar antes de contestarme.

El médico retrocedió. La galería parecía habitada por los reflejos danzantes de los árboles. Indicó al policía que prosiguiera.

– ¿Qué punto en común ve usted entre los ojos y las manos de un hombre? ¿Qué vínculo puede imaginar entre estas dos partes del cuerpo humano?

El oftalmólogo esbozó unos pasos. Recuperaba la calma, su dominio de hombre de ciencia.

– El punto en común es evidente -dijo al fin-. El ojo y la mano constituyen las partes únicas de nuestro cuerpo.

Niémans se estremeció. Desde la revelación de Costes, «sentía» esto, sin poder precisarlo con claridad en su mente. Ahora le tocó el turno de transpirar.

– ¿Qué quiere decir?

– Nuestros iris son únicos. Los millares de fibrillas que los componen constituyen un dibujo que nos es propio. Una marca biológica, cincelada por nuestros genes. El iris constituye una marca tan significativa como las huellas digitales.

»Tal es el punto en común entre los ojos y las manos: son las únicas partes de nuestro cuerpo que llevan una firma biológica. Una firma biométrica, dicen los especialistas. Prive a un cuerpo de sus ojos y de sus manos, y destruirá sus firmas externas. ¿Y quién es un hombre que muere sin estos signos? Nadie. Un muerto anónimo, que ha perdido su identidad profunda. Su alma, tal vez. ¿Quién sabe? En cierto sentido, no se puede imaginar un fin más terrible. Una fosa común de la carne.

Los mosaicos de cristal lanzaban destellos a las pupilas incoloras de Chernecé, reforzando aún más su aspecto traslúcido. La sala entera parecía ahora un iris de cristal. Las ilustraciones anatómicas, la silueta al trasluz, las zarpas de los árboles: cada elemento bailaba como en el fondo de un espejo.

El comisario tuvo una iluminación: pensó en las manos de Caillois, cuyos dedos no llevaban huellas dactilares y que el asesino no había cortado. Sin duda alguna, el asesino se había desinteresado de esas manos precisamente porque eran anónimas.

El asesino robaba las firmas biológicas de sus víctimas.

– Por mi parte -continuó el médico-, pienso incluso que los ojos permiten una identificación todavía más precisa que las huellas digitales. Sus especialistas de la policía deberían tenerlo en cuenta.

– ¿Por qué lo dice?

Chernecé sonrió en la oscuridad. Había recuperado su maestría de profesor.

– Algunos científicos piensan que se puede leer en el fondo del iris no sólo el estado de salud de un hombre sino también toda su historia. Esas pequeñas lentejuelas que brillan en torno a nuestra pupila llevan su propia génesis… ¿No ha oído hablar nunca de los iridólogos?

De una forma inexplicable, Niémans sintió la convicción de que esas palabras aportaban una iluminación transversal a toda la investigación. Aún no veía adónde llevaban, pero presentía que el asesino compartía las convicciones del oftalmólogo. Chernecé prosiguió:

– Es una disciplina que nació a finales del siglo pasado. Un domador de águilas alemán constató un fenómeno singular. Una de sus rapaces se había roto la pata. Entonces el hombre se dio cuenta de que su iris llevaba una marca nueva. Una señal dorada. Como si el accidente hubiese repercutido en el ojo del ave. Estos ecos físicos existen, señor. Estoy seguro. ¿Quién sabe? ¿Y si su asesino hubiera querido borrar, al extraer los ojos de su víctima, la huella de un suceso que se podía leer en el fondo de sus iris?

Niémans retrocedió, haciendo que la sombra del médico se alargase a medida que él se alejaba. Formuló su última pregunta:

– ¿Por qué no contestó al teléfono esta tarde?

– Porque he desconectado la línea -sonrió el médico-. No visito los lunes. Quería consagrar la tarde y la velada a ordenar mi consulta…

Chernecé volvió al armario y sacó una chaqueta. Se la puso con un solo gesto, amplio, preciso. El conjunto era azul oscuro, aéreo y rectilíneo. Agregó, como comprendiendo al final la razón de la visita de Niémans:

– ¿Ha intentado ponerse en contacto conmigo? Lo lamento. Habría podido decirle todo esto por teléfono. Siento mucho haberle hecho perder el tiempo.

El hombre no pensaba ni una palabra de lo que decía. Respiraba egoísmo e indiferencia por todos los poros de su frente bronceada. Incluso ya debía de haber olvidado las órbitas vacías de Rémy Caillois.

Niémans miró los grabados de globos desollados, de vasos sanguíneos que bailaban en el blanco de los ojos, como turnándose con las sombras de los árboles a través de los gruesos cristales del techo y las paredes.

– No he perdido el tiempo -murmuró.

Fuera, una nueva sorpresa esperaba al comisario Niémans. Un hombre parecía aguardar armado de paciencia y apoyado en su berlina, a contraluz de un farol. Era tan alto como él, de tipo magrebí, y llevaba largas trenzas de rasta, un casquete colorado y una perilla de Lucifer.

Un policía con experiencia sabe reconocer a un hombre peligroso cuando se cruza con él. Y este tipo alto y flaco, pese a su postura flemática, pertenecía a esa categoría. Le recordaba a los traficantes que había perseguido tan a menudo bajo el tejido de las noches parisinas. Niémans habría incluso jurado que llevaba un arma de fuego en alguna parte. Se acercó, con la mano cerrada sobre su MR 73, y no creyó lo que estaba viendo: el árabe le sonreía.

– ¿Comisario Niémans? -preguntó cuando el policía estuvo sólo a unos metros.

El beur deslizó la mano bajo la chaqueta. Niémans desenfundó al instante y apuntó.

– ¡No te muevas!

El hombre con cara de esfinge sonrió -mezcla de seguridad e ironía-, henchido de un poderío que Niémans había visto raramente, incluso en los sospechosos más ladinos.

El magrebí dijo con voz tranquila:

– Calma, comisario. Me llamo Karim Abdouf. Soy teniente de policía. El capitán Barnes me ha dicho que le encontraría aquí.

En un segundo, el árabe completó su ademán e hizo aletear a la luz su carné tricolor. Niémans enfundó de nuevo el arma con vacilación, examinando la facha sorprendente del joven inmigrante. Ahora distinguió el centelleo de varios pendientes bajo las trenzas.

– ¿No eres de la brigada de Annecy? -preguntó, incrédulo.

– No. Vengo de Sarzac. En el Lot.

– No lo conozco.

Karim se guardó la tarjeta.

– Estamos muy pocos en el secreto.

Niémans sonrió y escrutó de nuevo al larguirucho.

– ¿Qué clase de poli eres, pues?

La esfinge asestó un papirotazo a la antena de la berlina.

– Soy el poli que le hace falta, comisario.

38

Los dos policías tomaron un café en un pequeño bar de carretera en la N56, ya en el camino de regreso. A lo lejos se distinguían las luces de un control de gendarmes y los reflejos de los automóviles que aminoraban la marcha ante los cordones y balizas giroscópicas.

Niémans escuchaba con atención las explicaciones precipitadas de Abdouf, el poli surgido de la nada y cuya improbable investigación parecía directamente relacionada con los asesinatos de Guernon. Sin embargo, la historia del árabe era incomprensible. Hablaba de una madre misteriosa y de su huida, de una niña transformada en niño, de diablos que intentaban destruir el rostro del muchachito, considerándolo un peligroso cuerpo del delito… Todo esto semejaba un largo delirio, salvo que, en este caos de informaciones, el teniente de Sarzac le aportaba la prueba material de que Philippe Sertys había profanado, en la noche del domingo al lunes, el cementerio de un pueblo del departamento del Lot.

Y esa información era crucial.

Philippe Sertys era, sin duda, un profanador de tumbas. Naturalmente, había que comparar las partículas descubiertas cerca del cementerio de Sarzac con los neumáticos del Lada. Pero si estas huellas confirmaban la sospecha del inmigrante, entonces, por primera vez, Niémans tendría una prueba concreta de la culpabilidad de su víctima.

En cambio, el comisario no veía cómo encuadrar en su propia investigación los otros elementos suministrados por Karim Abdouf: ese cuento de hadas sobre una niña y su madre perseguidas por «diablos». Niémans preguntó a Karim:

– ¿Cuál es tu conclusión?

El joven árabe manoseaba nerviosamente un terrón de azúcar.

– Creo que los diablos se despertaron la otra noche, por una razón que ignoro, y que Sertys ha vuelto para verificar, en la escuela y en el cementerio de mi pueblo, un elemento que tiene relación con la huida de 1982.

– ¿Sertys sería uno de tus diablos?

– Exactamente.

– Es absurdo -replicó Niémans-. En 1982, Philippe Sertys tenía doce años. ¿De verdad ves a un niño aterrorizando a una madre de familia y persiguiéndola a través de toda Francia?

Karim Abdouf frunció el ceño.

– Ya lo sé. Aún no encaja todo.

Niémans sonrió y pidió otro café. Todavía ignoraba si debía creer todas las palabras de Karim Abdouf. También ignoraba si podía confiar en un rasta de un metro ochenta y cinco que llevaba una mata de pelo rizado y una pistola automática no reglamentaria y conducía, por lo visto, un Audi robado. Pero su historia no era menos loca que su propia hipótesis: la culpabilidad de las víctimas. Y este joven moro tenía una rabia, un entusiasmo jodidamente contagiosos.

Al final optó por la confianza. Le dio la llave de su despacho en la universidad, donde Karim podría consultar el expediente, y luego le explicó la fase secreta de su investigación.

Con voz suave, el comisario expresó sus convicciones: las víctimas eran culpables, el asesino llevaba a cabo una o varias venganzas. Resumió los tenues indicios que corroboraban esta hipótesis. La esquizofrenia y la brutalidad de Rémy Caillois. El almacén aislado y el cuaderno de Philippe Sertys. Niémans habló también de los «ríos de color púrpura», sin poder explicar esos extraños términos, y después resumió la situación presente: la espera de los resultados de la segunda autopsia, el cuerpo que tal vez contuviera un nuevo mensaje.

Y también la vaga esperanza de que todos los sedales lanzados en la región facilitaran una indicación decisiva. Y al final, en un tono más bajo, habló de Éric Joisneau y de sus inquietudes.

Abdouf formuló preguntas precisas sobre la desaparición del teniente, que parecía interesarle en sumo grado. Niémans preguntó a su vez:

– ¿Tienes una idea sobre este punto?

El joven policía sonrió con gesto de cansancio.

– La misma que usted, comisario. Creo que su muchacho ha tenido un problema. Ha puesto las manos en algo importante y ha querido dar el golpe en solitario para darse importancia delante de usted. Supongo que ha descubierto algo capital, que al final le ha explotado en la cara. Espero equivocarme, pero su Joisneau ha descubierto, quizá, la identidad del asesino y esto, quizá, le ha costado la vida.

Hizo una pausa. Niémans observaba los resplandores del lejano control de carretera. Sin confesárselo, compartía esa certidumbre desde su despertar en la biblioteca. Karim continuó:

– No me considere un cínico, comisario. Desde esta mañana voy de pesadilla en pesadilla. Ahora me encuentro aquí, en Guernon, ante un asesino que arranca los ojos de sus víctimas. Ante usted. Pierre Niémans, a la cabeza del reparto, uno de los grandes nombres de la policía francesa, que está tan perdido como yo en este pueblo… Y entonces decido ya no asombrarme de nada. Para mí, estos asesinatos están en relación directa con mi propia investigación y, créame, estoy dispuesto a ir hasta el final.

Los dos policías salieron.

Eran las once de la noche. Una lluvia fina llenaba la atmósfera. A lo lejos, los controles de los gendarmes seguían afrontando la llovizna. Unos automovilistas esperaban pacientemente para pasar. Algunos se asomaban a las ventanillas entreabiertas y observaban con mirada circunspecta los fusiles ametralladores que relucían bajo el chubasco.

Por reflejo, el comisario echó una ojeada al receptor de radiomensajes. Había recibido una llamada de Costes. El policía telefoneó enseguida al médico.

– ¿Qué hay? ¿Has terminado la autopsia?

– No del todo, pero me gustaría enseñarle algo. Aquí, en el hospital.

– ¿No puedes decírmelo por teléfono?

– No. Y espero de un momento a otro los resultados de otros análisis. Venga. Cuando llegue, ya estaré listo.

Niémans colgó.

– ¿Alguna novedad? -preguntó Karim.

– Tal vez. Tengo que ir a ver al forense. ¿Y tú?

– He venido aquí para interrogar a Philippe Sertys. Sertys ha muerto. Paso a la etapa siguiente.

– ¿Que es…?

– Descubrir las circunstancias de la muerte del padre de Judith. Desapareció aquí, en Guernon, y estoy casi seguro de que mis diablos tuvieron algo que ver en el asunto.

– ¿En qué piensas? ¿En un asesinato?

– ¿Por qué no?

Niémans, dubitativo, movió la cabeza.

– He peinado los archivos de las gendarmerías y comisarías de toda la región en un período de veinticinco años. No hay ni la sombra de un hecho de esa índole. Y lo repito una vez más: Sertys era un niño cuando…

– Ya lo veré. De todos modos, estoy seguro de encontrar un vínculo entre esta muerte y el nombre de una u otra de sus víctimas.

– ¿Por dónde empezarás?

– Por el cementerio. -Karim sonrió-. Se ha convertido en mi especialidad. Una verdadera segunda naturaleza. Quiero cerciorarme de que Sylvain Hérault está bien enterrado en Guernon. Ya me he puesto en contacto con Taverlay y he encontrado la pista del nacimiento de Judith Hérault, hija única de Fabienne y Sylvain Hérault, en 1972, nacida aquí mismo, en el CHRU de Guernon. Ya tenemos la partida de nacimiento. Falta la partida de defunción.

Niémans le dio los números de su teléfono móvil y de su servicio de radiomensajes.

– Para las informaciones confidenciales, utiliza el pager.

Karim Abdouf se guardó el papelito en el bolsillo y declaró, en un tono entre doctoral e irónico:

– «En una investigación, cada hecho, cada testigo es un espejo en el que se refleja una de las verdades del crimen…»

– ¿Qué?

– Asistí a una de sus conferencias, comisario, cuando estaba en la escuela de inspectores.

– ¿Y qué?

Karim se subió el cuello de la chaqueta.

– Pues que, en materia de espejos, nuestras dos investigaciones están así.

Levantó las dos palmas y las orientó lentamente una enfrente de la otra.

– Se reflejan mutuamente, ¿entiende? Y estoy seguro de que en uno de sus jodidos ángulos muertos nos espera el asesino.

– Y yo, ¿cómo podré reunirme contigo?

– Seré yo quien se ponga en contacto con usted. Había pedido un teléfono móvil, pero el presupuesto de Sarzac para el 97 no lo permite.

El joven policía se inclinó en un saludo al estilo árabe y desapareció, furtivo como una hoja afilada.

Niémans se dirigió a su coche. Lanzó una última mirada al Audi rutilante que arrancaba bajo una niebla de agua. Se sintió de repente más viejo, más gastado, como embotado por la noche, los años, la incertidumbre. Un regusto de vacuidad le rondaba la garganta. Pero también se sentía más fuerte: ahora tenía un aliado.

Y un aliado de excepción.

39

Los cristales lanzaban destellos irisados de color rosa azul, verde, amarillo. Prismas multicolores. Luces quebradas, en forma de caleidoscopio, bajo la transparencia de las laminillas. Niémans levantó la vista del microscopio e interrogó a Costes:

– ¿Qué es esto?

El médico respondió en tono incrédulo:

– Cristal, comisario. Esta vez el asesino ha colocado partículas de cristal.

– ¿En qué parte del cuerpo?

– También en el fondo de las órbitas. En el interior de los párpados. Como pequeñas lágrimas petrificadas, adheridas a los tejidos.

Los dos hombres se hallaban en el depósito de cadáveres del hospital. El joven médico llevaba la bata ensangrentada. Era la primera vez que Niémans le veía vestido así, de pie en su pedestal de baldosas blancas. La vestimenta y el lugar le prestaban una especie de autoridad glacial. El médico forense sonrió detrás de sus gafas.

– El agua, el hielo, el cristal. El parentesco de los materiales es evidente.

– Aún sé observar las evidencias -gruñó Niémans al acercarse al cuerpo que presidía el centro de la sala bajo una sábana-. ¿Qué significa esto? Quiero decir, ¿hacia qué tipo de lugar nos conduce? ¿Tienen estos residuos de cristal alguna particularidad?

– Estoy esperando los resultados de Astier. Ha ido al laboratorio para realizar un estudio detenido y determinar el origen exacto de este cristal. También volverá con los análisis del polvo y las astillas descubiertos por usted en el almacén. Ya tiene la respuesta para la tinta del cuaderno, y es más bien decepcionante. Se trata ni más ni menos que de tinta corriente. Nada más. En cuanto a las páginas de números, mientras carezcamos de otros elementos… Sólo hemos comprobado la escritura de las cifras: es sin duda de Sertys.

Niémans se pasó la mano a contrapelo de su mata cortada a cepillo; casi había olvidado los indicios del almacén. Se hizo el silencio. El policía alzó la mirada y percibió en el rostro de Costes un fulgor de inteligencia, como si brillara en sus pupilas una ecuación matemática resuelta. El comisario preguntó, irritado:

– ¿Qué hay?

– Nada. Solamente… agua, hielo y cristal. Siempre cristales.

– Te he dicho que sabía constatar las…

– … pero que corresponden a temperaturas diferentes.

– No lo entiendo.

Costes juntó las manos.

– Las estructuras de estos materiales se sitúan a grados diferentes en una escala de temperatura, comisario. El frío del hielo. La temperatura ambiente del agua. El estado candente de la arena para que se convierta en vidrio.

Niémans desestimó esta constatación con un gesto de cólera.

– ¿Y qué? ¿Qué nos aporta esto sobre los asesinatos?

Costes hundió los hombros, como si se retirase de nuevo a su concha de timidez.

– Nada. Sólo era una observación…

– Mejor será que me hables de las mutilaciones del cuerpo.

– Aparte de la mutilación de las manos, el cuerpo es idéntico al de Caillois. Descontando las marcas de tortura.

– ¿Sertys no ha sido torturado?

– No. Por lo visto, el asesino ya sabía lo que quería saber. Ha ido directamente al grano. Mutilación de los ojos y de las manos. Estrangulación. Pero los sufrimientos han debido de ser increíbles. Porque el asesino ha empezado probablemente por las mutilaciones. Ha seccionado las manos, extirpado los ojos y sólo entonces rematado a su presa.

– ¿Y la técnica de la estrangulación?

– La misma, comisario. Ha utilizado un hilo metálico. Con el que antes ha maniatado a su víctima. Como la primera vez. Los cortes en los miembros son idénticos.

– ¿Y las manos? ¿Cómo ha cortado las muñecas?

– Difícil de decir. Tengo la impresión de que ha utilizado otra vez el cable. Como un hilo de alambre para cortar la mantequilla, ¿sabe?, con el cual habría rodeado las muñecas y apretado con una fuerza prodigiosa. Buscamos a un coloso, comisario. Una fuerza de la naturaleza.

Niémans reflexionó. A pesar de que estos elementos aportaban una precisión relativa, no lograba visualizar al asesino. Ni siquiera una silueta. Algo se lo impedía. Pensaba más bien en el homicida en términos de entidad, de fuerza, de energía global.

– ¿La hora del crimen? -interrogó.

– Olvídelo. Con el frío de los hielos, no hay modo de sacar la menor conclusión a ese respecto.

La puerta del depósito se abrió de repente. Apareció un hombre alto y flaco de rostro anémico, nariz chata y mirada muy clara. Tenía los ojos desorbitados, inmensos como unos arco iris. Costes hizo las presentaciones. Se trataba de Patrick Astier. El químico habló inmediatamente, depositando sobre la colchoneta una pequeña bolsa de plástico:

– Tengo la composición del vidrio. Arena de Fontainebleau, sosa, plomo, potasa, bórax. Según el reparto de estos componentes, se puede deducir su origen. Es el que se emplea para hacer pavimentos. Ya sabe, como los de las piscinas. O de las casetas de los años treinta. El homicida nos guía hacia un lugar de esta índole, tapizado con baldosas y…

Niémans se había dado la vuelta. Como ante un relámpago cegador acababa de recordar el techo y las paredes del gabinete del oftalmólogo. Juró mentalmente. No podía ser una coincidencia: Edmond Chernecé era la tercera víctima.

Marc Costes interpeló al policía cuando éste ya abría la puerta:

– Pero, ¿adónde va?

Niémans contestó por encima del hombro:

– Es posible que sepa dónde va a atacar el asesino. Si ya no es demasiado tarde.

El policía ya salía cuando Astier lo alcanzó en el pasillo. Lo cogió por la manga.

– Comisario, también tengo la composición del polvo del almacén…

Pierre Niémans escrutó al químico a través de sus gafas perladas por la condensación.

– ¿Qué?

– Ya sabe, los restos que ha recogido en el almacén.

– ¿Y bien?

– Se trata de huesos, comisario. Huesos de animales.

– ¿Qué animales?

– Ratas, a priori. Parece una tontería, pero creo que su víctima, Sertys, criaba simplemente roedores y…

Otro estremecimiento. Una fiebre nueva.

– Más tarde -murmuró Niémans-. Más tarde. Volveré.

Niémans conducía a manotazos mientras circulaba por la nacional a más de ciento cincuenta kilómetros por hora.

Si el doctor Edmond Chernecé era la siguiente víctima, significaba que era el tercer culpable.

Después de Rémy Caillois. Después de Philippe Sertys.

Y si Chernecé era culpable, significaba que el asesino del joven Éric Joisneau era él.

Maldito hijo de puta. El comisario se mordió los labios para no gritar. Rumió sobre sus propios errores desde el principio. Hizo balance de su propia incompetencia. No había querido ir al instituto de los ciegos a causa de aquella estupidez de los perros. Y allí había perdido su primera pista de verdad.

Y a partir de allí había ido a la deriva.

Mientras él avanzaba como un cangrejo en su investigación y jugaba a ser aprendiz de alpinista en los glaciares o interrogaba a la madre de Sertys, Éric Joisneau se había precipitado al instituto y descubierto un hecho importante. Un hecho que lo había llevado directamente a casa de Chernecé. Pero el joven teniente progresaba ahora a una velocidad que le superaba. El muchacho no había sabido evaluar las implicaciones de sus descubrimientos. Había confiado demasiado en el médico y le había interrogado sobre un aspecto crucial de la investigación, sobre una verdad peligrosa para el oftalmólogo. Por eso, sin duda, Chernecé lo había eliminado.

En el cerebro de Niémans se insinuaba, se forjaba una nueva certeza, clamorosa y terrorífica, de la cual no poseía ni una prueba, sólo su propio instinto: Caillois, Sertys y Chernecé habían tramado algo juntos. Compartían una culpa común.

Y mortal.

Nosotros somos los amos, nosotros

somos los esclavos, estamos por

doquier, no estamos en ninguna parte.

Somos los agrimensores.

Dominamos los ríos de color púrpura.

¿Era posible que ese nosotros se refiriese a estos tres hombres? ¿Era posible que Caillois, Sertys y Chernecé fueran los amos de los «ríos de color púrpura»? ¿Que hubieran dirigido una conspiración contra todo el pueblo y que ese complot fuera el móvil de los asesinatos?

40

Esta vez la puerta estaba entornada. Niémans torció enseguida hacia la derecha y entró en la galería de cristal. La penumbra. El silencio. Los instrumentos de óptica, parecidos a siluetas arrogantes. El policía desenfundó y dio la vuelta a la habitación con el arma en la mano. Nadie. Sólo las líneas de los árboles seguían bailando por el suelo, filtrándose a través de los ladrillos traslúcidos.

Volvió a la vivienda propiamente dicha. Echó una ojeada a la sala de espera sumida en la sombra y entonces cruzó un vestíbulo de mármol donde había un paragüero con bastones de pomo de asta o de marfil. Descubrió un salón atestado de muebles macizos y pesados cortinajes y luego antiguos dormitorios presididos por camas de madera barnizada. Nadie. Ningún indicio de lucha. Ningún indicio de huida.

Niémans, sin soltar su MR 73, fue hacia la escalera y subió al piso superior. Entró en un pequeño despacho que olía a cera y a puros. Descubrió maletas de cuero blando y candados dorados colocadas sobre un gastado kilim.

El policía siguió avanzando. El lugar apestaba a amenaza y muerte. Por una ventana ovalada divisó las altas copas de los árboles, todavía sacudidas por el viento furioso. Reflexionó y comprendió que ese tragaluz daba al tejado de la galería, el tejado de cuadrados de cristal. Abrió brutalmente la ventana y fijó la mirada en la techumbre transparente.

La sangre se le heló en las venas. A lo largo de los cuadrados pigmentados de lluvia destacaba el reflejo del cuerpo de Chernecé, como arrugado por los relieves del cristal. Con los brazos abiertos y los pies juntos, en una postura de crucifixión. Un mártir se reflejaba en un lago de aguada verdosa.

Niémans, con un grito ahogado en la garganta, observó de nuevo esa imagen y dedujo el lugar exacto donde se hallaba el cuerpo. Captó súbitamente el juego de óptica y asomó la cabeza por la ventana. Se volvió hacia lo alto de la fachada. El cuerpo estaba suspendido justo encima del tragaluz.

Bajo el viento húmedo, Edmond Chernecé estaba fijo contra la pared, como un frontispicio del terror.

El oficial de policía volvió al interior, salió del pequeño despacho, enfiló una segunda escalera de estrechos peldaños de madera, tropezó y accedió a la buhardilla. Otra ventana, otro marco, y el policía llegó al canalón del tejado, donde contempló lo más cerca posible el cadáver del difunto Edmond Chernecé.

El cadáver ya no tenía ojos. Las órbitas desgarradas estaban abiertas al viento lluvioso. Los dos brazos estaban muy abiertos y ya no exhibían más que muñones ensangrentados. El cadáver mantenía esta postura mediante un apretado dédalo de cables brillantes y retorcidos que cortaban las carnes espesas y bronceadas. Niémans, con las sienes azotadas por el chubasco, hizo la cuenta.

Rémy Caillois.

Philippe Sertys.

Edmond Chernecé.

Sus certidumbres volvían a raudales. No, los asesinatos no habían sido perpetrados por un homosexual perturbado en busca de un físico o de un rostro. No, no se trataba de un asesino en serie que sacrificaba a víctimas inocentes al azar de sus furores. Se trataba de un asesino racional, de un ladrón de identidad profunda, de marcas biológicas, que actuaba bajo la influencia de un móvil preciso: la venganza.

Dejándose resbalar, Niémans se deslizó de nuevo hacia la buhardilla. Sólo el latido de su sangre resonaba en la casa del muerto. Sabía que no había terminado su búsqueda. Conocía la última conclusión de esa pesadilla: el cuerpo de Joisneau estaba allí, en alguna parte de la casa.

Unas horas antes de que lo mataran, el propio Chernecé había matado.

Niémans inspeccionó cada habitación, cada mueble, cada hueco. Volvió a la cocina, al salón, a los dormitorios. Cavó en el jardín, vació una cabaña bajo los árboles. Después descubrió en la planta baja, en el hueco de la escalera, una puerta tapizada de papel pintado. Arrancó bruscamente la chapa de sus goznes. El sótano.

Bajó corriendo la escalera mientras reconstruía con precisión los sucesos: si él había sorprendido al médico en camiseta y calzoncillos a las once de la noche, era porque el doctor salía de su sangrienta operación: el asesinato de Joisneau. Por ese motivo había desconectado el teléfono. Por ese motivo ordenaba cuidadosamente su gabinete, donde debía de haber apuñalado al joven teniente con uno de los estiletes cromados que el comisario había visto en el portaplumas chino. Por ese mismo motivo se ponía otro traje y preparaba sus maletas.

Estúpido y ciego, Niémans había interrogado a un verdugo al final de su macabra tarea.

En el sótano, el policía descubrió unos arcos y entramados de metal cubiertos por un tejido de telarañas que sostenían centenares de botellas de vino. Culos oscuros, cera roja, etiquetas ocres. El poli registró cada recoveco del sótano, desplazó toneles, tiró de las mallas de hierro, provocando el desmoronamiento de las botellas. Los charcos de vino exhalaban efluvios embriagadores.

Bañado en sudor, gritando y escupiendo, Niémans descubrió por fin una fosa, tapada con dos chapas de hierro inclinadas. Hizo saltar el candado y abrió las puertas.

En el fondo de la trampa yacía el cuerpo de Joisneau, medio sumergido en líquidos negros y corrosivos. Las botellas de plástico verde de salfumán flotaban a su alrededor. Las miasmas químicas habían iniciado su aterradora destrucción, absorbiendo el gas del cuerpo, mordiendo su carne y metamorfoseándola en lentas fumarolas, aniquilando progresivamente la entidad física que había sido Éric Joisneau, teniente del SRPJ de Grenoble. Los ojos abiertos del muchacho, que parecían fijos en el comisario, brillaban en el fondo de esa tumba atroz.

Niémans retrocedió y profirió un grito frenético. Sintió que las costillas se le levantaban y separaban como las varillas de un paraguas. Vomitó sus tripas, su rabia, sus remordimientos, agarrándose a los portabotellas entre una cascada de tintineos y chorros de vino.

No supo con exactitud cuánto tiempo pasó así. En los efluvios del alcohol. En las lentas volutas de los ácidos. Pero pronto se elevó en el fondo de su espíritu, lentamente, como una marea negra y venenosa, una verdad última que no tenía nada que ver con la ejecución de Joisneau, pero que proyectaba una luz nueva sobre la serie de asesinatos de Guernon.

Marc Costes había puesto en evidencia el parentesco entre los tres materiales que marcaban cada uno de los tres crímenes: el agua, el hielo, el cristal. Niémans comprendió ahora que no era esto lo importante. Lo importante era el contexto del descubrimiento de los cuerpos.

Rémy Caillois había sido descubierto a través de su reflejo en el río.

Philippe Sertys a través de su reflejo en el glaciar.

Edmond Chernecé a través de su reflejo sobre el tejado de cristal.

El asesino ponía en escena sus asesinatos de modo que se descubriera antes el reflejo del cuerpo que el cuerpo real.

¿Qué significaba eso?

¿Por qué el asesino se tomaba tantas molestias para organizar esa multiplicación de las apariencias?

Niémans no habría sabido explicar las motivaciones de esta estrategia, pero presentía un vínculo entre estos dobles, estos reflejos, y el robo de las manos y los ojos, que privaba al cuerpo de toda identidad profunda, de todo carácter único. Presentía en ello los dos movimientos convergentes de una misma sentencia, proclamada sin apelación por un tribunal: la destrucción total del SER de los condenados.

¿Qué habían hecho, pues, estos hombres para ser reducidos al estado de reflejos, para que su carne fuese privada de toda marca distintiva?

VIII

41

El cementerio de Guernon no se parecía al de Sarzac. Las estelas de mármol blanco se elevaban como pequeños témpanos simétricos sobre el césped oscuro. Las cruces se ponían de puntillas, como siluetas curiosas. Sólo las hojas muertas dejaban allí algunas notas irregulares, toques amarillos sobre la esmeralda de la hierba. Karim Abdouf recorría cada hilera, metódica y pacientemente, leyendo los nombres, los epitafios grabados en el mármol, la piedra o el hierro.

De momento, aún no había descubierto la tumba de Sylvain Hérault.

Mientras caminaba, reflexionaba sobre su investigación y el giro brutal de estas últimas horas. Había venido a este pueblo lo más aprisa posible, sin vacilar en «secuestrar» por ello un soberbio Audi. Pensaba entonces detener a un profanador de sepulturas y se había encontrado metido de lleno en un caso de asesinatos en serie. Ahora que había leído y aprendido de memoria el expediente completo de la investigación de Niémans, se esforzaba en convencerse del carácter encadenado de su propia investigación. El robo con escalo en la escuela y la violación del panteón de Sarzac habían revelado el destino trágico de una familia. Y ese destino se abría ahora sobre una serie de crímenes en Guernon. El personaje de Sertys interpretaba el papel de eje entre los dos casos y Karim estaba decidido a seguir su propio camino hasta descubrir otros puntos de contacto, otros vínculos.

Pero aquella espiral vertiginosa no era lo que más le fascinaba, sino el hecho de encontrarse ahora al lado de Pierre Niémans, el comisario que tanto le había marcado en los seminarios de Cannes-Écluse. El poli de los reflejos de espejos y las teorías atómicas. Un hombre de acción, violento, colérico, consagrado a su trabajo. Un investigador brillante que se había reservado el papel de fiera en el mundo de los inspectores, pero que al final había sido arrinconado a causa de su carácter incontrolable y de sus accesos de violencia psicótica. Karim no dejaba de pensar en esta nueva asociación. Estaba orgulloso, desde luego. Y excitado. Pero también le turbaba haber pensado en ese individuo precisamente aquel mismo día, unas horas antes de conocerle.

Karim recorrió la última avenida del cementerio. Nada sobre Sylvain Hérault. Sólo le faltaba visitar un edificio con aires de capilla, sostenido por dos columnas ruinosas: el crematorio. Tras varios pasos rápidos, el teniente llegó al edificio. No dejar ningún cabo suelto, nunca. Un pasillo de luz tamizada se abrió ante él, perforado por pequeños nichos con nombres y fechas grabados. Se encaminó hacia la sala de las cenizas, lanzando breves miradas a izquierda y derecha. Pequeñas puertas parecidas a buzones estaban escalonadas, con diferentes escrituras y motivos. A veces, un ramillete marchito dibujaba una nota de color en el hueco de un nicho. Después continuaba la monocorde letanía. En el fondo, un muro de mármol tallado exhibía el texto de una plegaria.

Karim se acercó más. Un viento húmedo, incierto, como distraído, silbaba entre las paredes. Finas columnas de yeso se entrelazaban con las piernas del poli, mezclándose con los pétalos secos.

Fue entonces cuando la percibió.

La placa funeraria. Se aproximó y leyó: Sylvain Hérault. Nacido en febrero de 1951. Muerto en agosto de 1980. Karim no se esperaba que el padre de Judith hubiera sido incinerado. Esta técnica no cuadraba con las convicciones religiosas de Fabienne.

Pero no fue esto lo que le dejó más estupefacto. Fueron las flores, rojas, vivas, hinchadas de savia y de rocío, colocadas en el fondo del tragaluz. Karim palpó los pétalos: el ramillete era muy fresco; había sido depositado aquel mismo día. El policía dio media vuelta, detuvo su gesto y chasqueó los dedos.

Las pistas se encadenaban.

Abdouf salió del cementerio y dio la vuelta al muro del recinto en busca de una casa, de una barraca ocupada por algún guarda. Descubrió un pequeño pabellón destartalado, contiguo al santuario por el lado izquierdo. Una ventana brillaba con luz débil.

Abrió el portal sin el menor ruido y penetró en un jardín cuyas alturas estaban coronadas por una reja, como una jaula gigante. En alguna parte resonaban unos arrullos. ¿A qué se debería ahora este capricho?

Karim dio varios pasos; los arrullos se acentuaron, unos aleteos rompieron el silencio como ligeros cortapapeles. El poli entornó los ojos hacia un muro de nichos que le recordó el crematorio. Palomas. Centenares de palomas grises que dormitaban en pequeñas arcadas verdeoscuras. El policía subió los tres escalones y llamó al timbre de la puerta, que se abrió enseguida.

– ¿Qué quieres, cerdo?

El hombre sostenía una escopeta de aire comprimido y le apuntaba.

– Soy de la policía -dijo Karim con voz tranquila-. Permítame enseñarle el carné y…

– ¿Y qué más, moraco? Y yo el Espíritu Santo. ¡No te muevas!

El poli bajó de espaldas los escalones. El insulto le había electrizado. Con algo menos podía sentir ganas de matar.

– ¡No te muevas, he dicho! -gritó el sepulturero, apuntando con la escopeta a la cara del poli.

De las comisuras de los labios le brotaba una saliva espumosa.

Karim volvió a retroceder, lentamente. El hombre temblaba. Bajó a su vez un peldaño. Blandía su arma como un campesino bravucón amenazando a un vampiro en una película de serie B. Unas palomas aleteaban detrás de ellos como si hubieran percibido la tensión en el aire.

– Voy a destrozarte la cara, voy a…

– Eso me sorprendería, abuelo. Tu arma está descargada.

El baboso rió con sarcasmo.

– ¿Ah, sí? Esta noche está cargada, cara culo.

– Puede ser, pero no has corrido el cerrojo.

El hombre lanzó una breve mirada a su fusil. Karim aprovechó para saltar los dos escalones y apartar el cañón engrasado con la mano izquierda mientras desenfundaba su Glock con la derecha. Empujó al hombre contra el marco de la puerta y le aplastó la muñeca contra un mueble.

El sepulturero chilló y soltó la escopeta. Cuando levantó la vista, fue para descubrir el orificio negro de la automática apuntando a pocos centímetros de su frente.

– Escúchame, idiota -murmuró Karim-. Necesito información. Tú respondes a mis preguntas, yo me largo, y lo dejamos estar. Si haces el tonto, la cosa se complicará. Se complicará mucho. Sobre todo para ti. ¿Vale?

El guarda asintió, con los ojos fuera de las órbitas. Toda la agresividad había desaparecido de su rostro, para dar paso a un rojo subido. Era el «rojo del pánico» que Karim conocía muy bien. Apretó aún más la garganta arrugada.

– Sylvain Hérault. Agosto de 1980. Incinerado. Habla.

– ¿Hérault? -balbució el sepulturero-. No lo conozco.

Karim lo atrajo hacia sí y le empujó de nuevo contra la arista de la pared. El guarda hizo una mueca. La sangre salpicó la piedra. El pánico había contagiado a los nichos. Las palomas volaban ahora en todas direcciones, prisioneras de las rejas. El poli susurró:

– Sylvain Hérault. Su mujer era muy alta. Morena. De pelo rizado. Con gafas. Y muy guapa. Como su hijita. Reflexiona.

El baboso meneó la cabeza con pequeños movimientos nerviosos.

– Está bien, me acuerdo… fue un entierro muy extraño… No había nadie.

– ¿Cómo es eso: nadie?

– Tal como te digo: ni siquiera vino la buena mujer. Me pagó por anticipado, por la incineración, y después no la he visto más. Quemé el cuerpo. Estaba… Estaba yo solo.

– ¿De qué murió el hombre?

– Un… un accidente… un accidente de coche.

El beur recordó la autopista y las atroces fotografías del cuerpo del niño. La violencia de la carretera: un nuevo leitmotiv, un nuevo elemento recurrente. Abdouf soltó a su presa. Las palomas se arremolinaban, rasgándose contra las mallas del tejado.

– Quiero detalles. ¿Qué sabes al respecto?

– Lo… lo atropelló un mal conductor, en la departamental que conduce al Belledonne. Iba en bicicleta… Se dirigía al trabajo… El conductor debía de llevar una buena cogorza… Yo…

– ¿No hubo una investigación?

– No lo sé… En cualquier caso, nunca se supo quién fue… Encontraron el cuerpo en la carretera, despachurrado.

El desconcierto dominaba a Karim.

– Dices que iba al trabajo; ¿qué clase de trabajo?

– Trabajaba en los pueblos de las alturas. Era cristalero…

– ¿Qué es eso?

– Los tipos que van a buscar cristales preciosos en las cumbres… Parece ser que era el mejor, pero corría muchos riesgos…

Karim cambió de tema:

– ¿Por qué no fue nadie de Guernon al entierro?

El hombre se frotó el cuello, quemado como el de un ahorcado. Lanzaba miradas de pasmo hacia sus palomas heridas.

– Eran nuevos… Venían de otro pueblo… Taverlay… En las montañas… A nadie se le habría ocurrido ir a ese entierro. ¡No había nadie, ya te lo he dicho!

Karim formuló la última pregunta:

– Hay un ramillete de flores ante la urna: ¿quién viene a traerlas?

El guarda miró al techo con ojos acosados. Un ave moribunda cayó sobre sus hombros. Contuvo un grito y después balbució:

– Siempre hay flores…

– ¿Quién viene a ponerlas? -repitió Karim-. ¿Es una mujer muy alta? ¿Una mujer con una melena negra? ¿Es la propia Fabienne Hérault?

El viejo negó enérgicamente.

– Entonces, ¿quién?

El baboso vaciló, como si temiera pronunciar las palabras que temblaban en sus labios con un hilo de saliva. Las plumas flotaban como una nieve gris. Murmuró al final:

– Es Sophie… Sophie Caillois.

El poli se quedó anonadado. De improviso, un nuevo vínculo se tendía ante él entre los dos casos. Un maldito torniquete que le apretaba hasta hacerle estallar su excitado corazón. Preguntó, a pocos milímetros del hombre:

– ¿Quién?

– Sí… -hipó-. La… la mujer de Rémy Caillois. Viene cada semana. En ocasiones, incluso varias veces. Cuando me enteré del asesinato por la radio, quise ir a comunicarlo a los gendarmes… Se lo juro… Quería informarles… Es posible que esto tenga alguna relación con el crimen… Yo…

Karim dejó al viejo con sus rejas y sus aves. Empujó el portal de hierro y corrió hacia su coche. El corazón le latía como un gong.

42

Karim condujo hasta el edificio central de la universidad. Vio enseguida al policía que vigilaba la entrada principal. Sin duda el oficial encargado de vigilar a Sophie Caillois. Prosiguió su ruta, impasible, dio la vuelta al edificio y descubrió una entrada lateral: dos puertas de cristal oscuro bajo un tejadillo de cemento agrietado, más o menos adornado con un toldo de plástico. El poli detuvo el coche a cien metros de allí y consultó el plano de la universidad que había ido a buscar al CG de Niémans, un plano rotulado que indicaba el apartamento de los Caillois: el número 34.

Salió bajo la lluvia y caminó hacia las puertas. Se puso las manos en las sienes y se aplastó contra el cristal para mirar el interior. Las puertas estaban cerradas y unidas con un antirrobo de moto, un viejo modelo en forma de arco. La lluvia arreciaba y golpeaba el toldo con un ritmo atronador. Un ruido semejante hacía olvidar todo miramiento relativo a la entrada ilegal. Karim retrocedió y rompió el cristal de un patadón.

Se precipitó hacia un pasillo estrecho y luego descubrió un vestíbulo inmenso y sombrío. Echó una ojeada a través de los cristales y vio todavía al vigilante, que tiritaba fuera. Se deslizó por el hueco de la escalera, a la derecha, y subió los peldaños de cuatro en cuatro. Las luces de emergencia le permitían orientarse sin encender las luces de neón. Karim se esforzaba en no hacer resonar ni los peldaños suspendidos ni las láminas de metal verticales que se levantaban en el hueco de la escalera.

En el octavo piso, ocupado por los cuartos de los internos, reinaba el silencio. Karim enfiló el pasillo, siempre guiado por el plano anotado de Niémans. Siguió avanzando mientras intentaba distinguir los nombres garabateados encima de los timbres. Percibía bajo sus pasos la insensibilidad de las planchas de linóleo.

Incluso a esa hora de la mañana habría sido de esperar oír música, una radio, cualquier cosa que evocara las soledades confinadas de los internos. Pero no, nada. Quizá los estudiantes se encerraban en sus cuartos aterrados ante la idea de que el asesino fuera a arrancarles los ojos. Karim siguió caminando y por fin encontró la puerta que buscaba. Dudó en llamar al timbre y finalmente llamó a la puerta de madera con un golpe ligero.

Ninguna respuesta.

Llamó de nuevo, siempre con suavidad. Nadie contestó. Ningún ruido en el interior. Ninguna agitación. Era extraño: la presencia del vigilante, abajo, inducía a pensar que Sophie Caillois estaba en su casa.

Movido por un reflejo, Karim desenfundó su Glock y escudriñó las cerraduras. El cerrojo no estaba echado. El poli se puso los guantes de látex y sacó un abanico de varillas de polímero. Deslizó una de ellas bajo el pestillo de la cerradura principal, ejerciendo al mismo tiempo presión contra la puerta mientras la empujaba hacia arriba. Se abrió a los pocos segundos. Karim entró, sin hacer más ruido que un soplo.

Inspeccionó cada habitación del apartamento. Nadie. Un sexto sentido le decía que la mujer se había largado. Sin retorno. Prosiguió el registro de una forma más meticulosa. Se fijó en las imágenes extrañas de las paredes: atletas con cabezas rapadas, en blanco y negro, suspendidos de anillas o corriendo en un estadio. Buscó en los muebles, en los cajones. Nada. Sophie Caillois no había dejado ningún mensaje, ningún detalle que revelara su marcha, pero Karim intuía que había hecho las maletas. Y él no podía abandonar aquel apartamento. Un detalle, cuya naturaleza aún no percibía, le impedía irse. El policía se volvió, dio vueltas y más vueltas para descubrir el pequeño grano de arena que obstaculizaba la lógica del instante.

Por fin lo encontró.

Flotaba un fuerte olor a cola. Cola de empapelado, apenas seca. Karim se precipitó a lo largo de las paredes a fin de observarlas una por una. ¿Habrían cambiado los Caillois simplemente de decoración unos días antes de que irrumpiera en sus vidas la violencia? ¿Sería una simple casualidad? Karim rechazó la idea: en este caso no había casualidades ni el menor elemento que no perteneciera a la pesadilla general.

Por un impulso, apartó algunos muebles y despegó un primer panel. Nada. Karim se detuvo: estaba fuera de su jurisdicción, no tenía ninguna orden y causaba daños en el apartamento de una mujer que iba a convertirse en sospechosa principal. Dudó un segundo, tragó saliva y luego despegó otra tira de papel. Nada. Karim dio media vuelta y deslizó los dedos bajo otra zona de papel pintado. Tiró de él y descubrió una gran superficie de la capa precedente.

Escrito en la pared, pudo leer el final de una inscripción de color pardo. La única palabra que descifró fue: púrpura. Arrancó enseguida el papel contiguo a la palabra en la parte izquierda. El mensaje apareció entero, bajo los regueros de cola.

Subiré a la fuente

de los ríos de color púrpura

Judith

La caligrafía era la de un niño y la tinta utilizada era sangre. La inscripción estaba grabada en el yeso, como tallada con un cuchillo. El asesinato de Rémy Caillois. Los «ríos de púrpura». Judith. Ya no se trataba de vínculos, de relaciones, de ecos. A partir de ahora, los dos casos eran uno solo.

De improviso, un ligero temblor resonó a sus espaldas. Con un gesto reflejo, Karim se volvió. Ya agarraba su Glock con los dos puños. Sólo tuvo tiempo de percibir una sombra que desaparecía por la puerta entornada. Gritó y se precipitó afuera.

La silueta acababa de desvanecerse en el recodo del pasillo. Los ruidos de pasos apresurados ya habían hecho cundir el pánico en el largo corredor que parecía al acecho de la menor señal de peligro para animarse. Las puertas se abrían subrepticiamente para dar paso a miradas de pasmo.

El poli alcanzó corriendo el primer recodo y rebotó con un golpe de hombros. Enfiló la nueva línea recta. Ya oía las resonancias graves de la escalera suspendida.

Saltó el hueco. Las láminas de metal vibraban en toda su longitud a medida que la sombra bajaba los peldaños de granito. Karim le seguía los talones. Sus suelas de crampones sólo se posaban una vez por tramo.

Los pisos se sucedían. Karim ganaba terreno. Se hallaba ya a sólo un suspiro de su presa. Ahora descendían el mismo piso, por los dos lados de la pared de lamas verticales. El poli divisó al trasluz a su izquierda la espalda negra y brillante de un impermeable. Alargó la mano a través de la simetría metálica y agarró la manga de la sombra por el hombro. Pero no lo bastante fuerte. El brazo se dobló en ángulo recto, pillado por el torno de láminas. La silueta se escapó. Karim reanudó la carrera. Había perdido unos segundos.

Llegó al inmenso vestíbulo. Totalmente desierto. Totalmente silencioso. Karim vio fuera al vigilante, que no se había movido. Se abalanzó hacia la puerta lateral por la cual había entrado. Nadie. Una cortina de lluvia le bloqueaba todo el horizonte hacia el exterior.

Karim profirió un juramento. Pasó por delante del cristal roto y escrutó el campus, enturbiado por el gris tornasolado de la llovizna. Ni una presencia, ni un coche. Sólo el ruido del toldo, que chapoteaba con furor. Karim bajó el arma y giró los talones, crispado en una última esperanza: tal vez la sombra estaba aún en el interior.

De repente, una fuerte oleada le catapultó contra los batientes acristalados. Por un breve instante, no supo qué le ocurría y soltó el arma. Un flujo helado lo sumergió. Acurrucado en el suelo, Karim proyectó una mirada hacia arriba y comprendió que el toldo del tejadillo acababa de ceder, sobrecargado por el peso del temporal.

Creyó que era un accidente.

No obstante, detrás de la tela de plástico, todavía suspendida del tejado por dos hilos delgados, apareció la sombra, negra y reflectante. Impermeable negro, piernas enfundadas en unos leotardos, el rostro tapado por un pasamontañas y cubierto éste por un casco de ciclista, reluciente como la cabeza de un abejorro vitrificado, sostenía con ambas manos la Glock de Karim, apuntando directamente a su rostro.

El poli, ante la amenaza, abrió la boca pero no emitió ninguna palabra.

De improviso, la sombra apretó el gatillo y vació el cargador con un multiplicado estruendo de cristales. Karim se encogió, protegiéndose la cara con las manos. Gritó con voz crispada mientras el estrépito de las detonaciones se mezclaba al del cristal hecho añicos y de la lluvia circundante.

Maquinalmente, Karim contó las dieciséis balas y encontró la fuerza suficiente para levantar los ojos cuando los últimos casquillos rebotaban contra el suelo. Tuvo el tiempo justo de ver una mano desnuda soltar el arma y desaparecer tras la cortina de lluvia. Era una mano mate, nudosa como una liana, con arañazos, tiritas y uñas muy cortas.

Una mano de mujer.

El poli miró unos instantes su Glock que humeaba todavía por la cámara de la culata. Después fijó la vista en la culata cuadriculada por rombos minúsculos. Aún le resonaba la cabeza por las múltiples detonaciones. Las ventanas de su nariz respiraban el olor violento de la cordita. Unos segundos más tarde, el policía que vigilaba la entrada principal llegó por fin, con el arma en la mano.

Pero Karim no oyó sus requerimientos ni sus gritos de pánico. En aquel apocalipsis asimilaba ahora dos verdades.

Una: la asesina le había dejado con vida.

Dos: él tenía sus huellas dactilares.

43

– ¿Qué hacía en casa de Sophie Caillois? Está usted fuera de su jurisdicción, ha infringido las leyes más elementales, podríamos…

Karim observaba al capitán Vermont iracundo: el cráneo desnudo y el rostro escarlata. Asintió lentamente y se esforzó en mostrar una expresión contrita.

– Ya se lo he explicado todo al capitán Barnes. Los asesinatos de Guernon conciernen a un caso que estoy investigando… Un caso ocurrido en mi municipio, Sarzac, departamento del Lot.

– Primera noticia. Pero eso no explica su presencia en casa de un testigo importante ni el allanamiento de domicilio. -Había convenido con el comisario Niémans que…

– Olvídese de Niémans. Ha sido apartado del caso. -Vermont lanzó un exhorto por encima de la mesa-. Los muchachos del SRPJ acaban de llegar.

– ¿De veras?

– El comisario Niémans está bajo vigilancia. La noche pasada golpeó a un hooligan inglés a la salida de un partido en el Parque de los Príncipes. El asunto se ha complicado. Ha sido llamado a París.

Karim comprendió ahora por qué Niémans investigaba en este pueblo. Sin duda el poli de hierro había querido poner tierra de por medio después de ese enésimo tropezón, tan propio de su estilo. Pero él no le veía volviendo a París aquella noche. No le veía abandonando el caso… y menos aún para rendir cuentas al IGS o al Palais-Bourbon. Pierre Niémans desenmascararía primero al asesino y su móvil. Y Karim estaría a su lado. No obstante, simuló seguir al gendarme en su terreno:

– ¿Los muchachos del SRPJ ya han tomado las riendas de la investigación?

– Todavía no -respondió Vermont-. Debemos ponerles al corriente.

– Se diría que no van a echar de menos a Niémans.

– Se equivoca. Es un enfermo, pero al menos conoce el mundo del crimen. Lo transpira, incluso. Con los polis de Grenoble, tendremos que empezar de cero. ¿Y para llegar adónde, le pregunto?

Karim plantó los dos puños sobre la mesa y se inclinó hacia el capitán.

– Llame al comisario Henri Crozier, del puesto de policía de Sarzac. Verifique mis informaciones. Con o sin jurisdicción, mi investigación está vinculada a los crímenes de Guernon. Una de las víctimas, Philippe Sertys, profanó el cementerio de mi pueblo anoche, justo antes de morir.

Vermont hizo una mueca de escepticismo.

– Redacte un informe. Víctimas que profanan un cementerio. Polis que vienen de todas partes. Si cree que esta historia no es ya bastante complicada…

– Yo…

– El asesino ha atacado otra vez.

Karim dio media vuelta: Niémans estaba en el umbral. Tenía la cara lívida y las facciones tensas. El árabe pensó en las esculturas de los mausoleos que había cruzado estas últimas horas.

– Edmond Chernecé -continuó Niémans-, oftalmólogo de Annecy. -Se acercó a la mesa y miró fijamente a Karim y después a Vermont-. Estrangulación por cable. Sin ojos. Sin manos. La serie no se detiene.

Vermont empujó el asiento contra el muro. Al cabo de varios segundos, masculló en tono plañidero:

– Se le había dicho. Todo el mundo se lo había dicho…

– ¿Qué? ¿Qué me habían dicho? -gritó Niémans.

– Es un asesino en serie. Un criminal psicópata. ¡A la americana! Hay que emplear los métodos de allí. Llamar a especialistas. Trazar un perfil psicológico… No sé… Incluso yo, un gendarme de provincias…

Niémans vociferó:

– ¡Es una serie, pero no un asesino en serie! No es un demente. Lleva a cabo una venganza. Tiene un móvil racional que concierne a sus víctimas. ¡Existe un vínculo entre esos tres hombres que hoy explica su desaparición! Joder. Es eso lo que debemos descubrir.

Vermont calló y esbozó un gesto de cansancio. Karim aprovechó el silencio:

– Comisario, déjeme…

– No es el momento.

Niémans se enderezó y alisó con un ademán nervioso los faldones de su abrigo. Esta coquetería no cuadraba con su cabeza de poli cuadriculado. Karim insistió:

– Sophie Caillois ha hecho el equipaje.

Los ojos enmarcados por los círculos de cristal se volvieron hacia él.

– ¿Cómo? Habíamos apostado un hombre…