/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Fuerte como el amor

Jennifer Greene

Él era el tipo de hombre con el que sueñan todas las mujeres, pero al que Lexie nunca habría pensado conocer. Y, sin embargo, allí estaba Cash McKay, el hombre más atractivo del mundo… y que sería la sombra de Lexie Woolf durante cuatro semanas. Lexie se había retirado a la montaña para relajarse durante un mes, pero sabía que no podría hacerlo mientras Cash estuviera cerca. Un guiño, una sonrisa, y se tropezaba con cualquier cosa. Aunque eso servía para que él la tomara en sus brazos y la hiciera sentir la mujer más atractiva de la tierra. ¿Podría aquella relación temporal convertirse en una auténtica historia de amor?

Jennifer Greene

Fuerte como el amor

Fuerte como el amor (14.02.2001)

Título Original: Rock Solid (2000)

Serie Multiautor 3º Cuerpo y alma

Capítulo 1

El cielo de Idaho era de un azul resplandeciente; el paisaje montañoso, una belleza; la tarde primaveral tan seductora como el beso de un amante… y el corazón de Lexie latía, aterrorizado.

Siempre le había gustado volar y la avioneta era más emocionante que una montaña rusa. Volar no era el problema. Sus recientes ataques de ansiedad lo eran.

Llevaba varios meses soportándolos. Su corazón empezaba a dar saltos en cualquier momento, le sudaban las manos, no podía dormir y se le hacía un nudo en el estómago. Su médico le había dicho que era estrés, pero ella sabía que no era cierto.

A los veintiocho años, su vida era un sueño. Ganaba dinero a sacos y, además de tener éxito, su trabajo era una alegría y un reto para ella. No había ninguna excusa para esos repentinos ataques de pánico… pero Lexie podía sentir que empezaba de nuevo: el nerviosismo, el nudo en la garganta, el miedo absurdo…

– ¿Se encuentra bien, señorita Woolf? -preguntó el piloto, un personaje con camisa de flores y un gran bigote.

– Estupendamente -contestó ella. O debería estarlo, pensó. Había decidido retirarse a la montaña precisamente para resolver ese estúpido problema suyo.

– Estamos a punto de aterrizar. La montaña Silver es uno de los lugares más bellos del mundo. Le va a encantar.

– Ya -murmuró ella. Montañas, árboles, aire fresco. Estaba empezando a sentir náuseas. Lexie recordó su despacho en Chicago, con el escritorio de caoba, la alfombra persa y… la pantalla gigante de televisión, conectada permanentemente al servicio de noticias financieras de la NBC.

Quizás aquel ataque de ansiedad era justificado, pensó entonces. Además de su constante preocupación por el índice de bolsa Dow Jones, para ella una estancia en el campo era peor que tomar jarabe de ricino.

La avioneta rodó sobre la hierba, dio un par de botes y volvió a rodar hasta quedar parada. Frente a ella no había nada, excepto pinos y montañas. Ni edificios, ni teléfonos, ni asfalto… nada familiar.

El piloto, Jed Harper, apagó el motor y abrió la puerta de la avioneta con una sonrisa en los labios.

– Usted no se preocupe de nada, señorita Woolf. Será una persona nueva dentro de un mes, se lo garantizo. Y… ah, mire, ahí llega Cash. Le va a encantar. Como a todas las mujeres.

Lexie salió de la avioneta. No había ido allí para conocer a nadie. Solo había ido para librarse de sus ataques de ansiedad. Sin embargo, el aire tan puro, el aroma a… naturaleza, hacían que su estómago se encogiera. A aquella altura, el aire era tan limpio que le dolían los pulmones. ¿Cómo iba a respirar sin polución? No estaba acostumbrada. ¿Dónde estaba el reconfortante monóxido de carbono, el olor a gasolina? ¿Dónde estaban los grandes almacenes?

– Hola, Jed. La estábamos esperando, Alexandra. Bienvenida a la montaña Silver.

Lexie estaba tan distraída con el paisaje, que no le prestó atención al hombre con voz de tenor. Había pagado una pequeña fortuna por pasar allí un mes, de modo que sería culpa suya si se ahogaba con tanto oxígeno.

– Gracias, señor McKay… Cash. Y no me llames Alexandra, llámame Lexie…

Lexie no pudo terminar la frase. Sabía que el hombre con el que estaba hablando era Cash McKay, el propietario del refugio. Había reconocido su voz por las conversaciones telefónicas, pero pensó que sería un tipo feo y viejo.

El sol le impedía ver su cara, pero cuando se acercó, se dio cuenta de dos cosas: la primera, que estaba frente al hombre Marlboro en carne y hueso… sin cigarrillo. Aquel tipo era guapísimo; alto, musculoso, con los ojos azules y… «estaba para comérselo». Y la segunda, que estaba colocada en una pendiente y la mano que había alargado para estrechar la del hombre estaba peligrosamente cerca de la entrepierna del «bombón».

Lexie levantó la mano hasta una altura apropiada y Cash la estrechó, sonriendo. Ella se había resignado a un mes de tortura, pero ver a Cash McKay de vez en cuando iba a aliviar gratamente sus sufrimientos.

– Lexie… -repitió él, con una sonrisa. Pero ella se dio cuenta de que no le había causado demasiado efecto. Quizá no le gustaban las morenas de pelo corto y piel pálida-. Me alegro de conocerte en persona. Espero que te guste la montaña. Jed, ¿quieres subir a tomar un té?

– Claro. ¿Dónde está mi mocoso favorito?

– Sammy está en el colegio, pero llegará a casa dentro de una hora -sonrió Cash.

– ¿Sammy? -repitió Lexie.

– Mi hijo. En realidad, es mi sobrino, pero yo lo considero mi hijo. Lo conocerás durante la cena, si no antes… aunque es un poco vergonzoso con las mujeres -explicó Cash, sonriendo. Lexie se quedó alelada mirando aquella sonrisa de cine. Jed sacó dos de sus maletas de la avioneta y él sacó otras tres. Ninguno de los dos hombres hizo comentario alguno sobre la enorme cantidad de equipaje-. ¿Alguna cosa más, Lexie?

– Eso es todo -contestó ella, pensando en eso del sobrino-hijo. Pero, mientras lo pensaba, se tropezó con una raíz. No tenía mucha importancia porque Lexie estaba acostumbrada a tropezarse continuamente, pero debía cambiar sus sandalias italianas por algo más cómodo. Cuando llevaban caminando unos metros, empezó a faltarle la respiración-. No estoy acostumbrada a hacer ejercicio.

– Nadie lo está la primera vez que llega aquí. Para eso vienen. Para olvidarse del estrés de la gran ciudad, ¿no es así?

– Sí -contestó ella. Aunque nadie le había advertido que tendría que respirar un aire tan exageradamente limpio.

– Aunque no estés acostumbrada al campo, esto te gustará. Aquí no hay reuniones, ni presión…

Lexie conocía las razones por las que había ido allí, de modo que no tenía por qué escucharlo. Además, podría haber estado mirando su espalda durante todo el día.

Durante años, había elegido a sus novios con el mismo cuidado con el que elegía sus acciones, estudiando los pros y los contras, la posible duración, el valor a largo plazo. Su método de análisis funcionaba estupendamente en la bolsa, pero con los hombres… Lexie había renunciado temporalmente a jugar con algo tan arriesgado.

Como le había dicho a su amiga Blair, los vibradores eran mucho menos exigentes.

Pero eso no significaba que no le gustase mirar. En una escala de 0 a 10, Cash McKay era un diez en lo que se refería a traseros. Y a Lexie siempre le habían gustado mucho los traseros masculinos. Los vaqueros le quedaban como si se los hubiera hecho a medida. Tenía el pelo corto, de un color entre castaño y caramelo, y su piel bronceada contrastaba con sus brillantes ojos azules. Era un hombre, hombre, con mandíbula cuadrada, nariz recta y… aquel trasero del que Lexie no podía apartar la mirada.

– Estamos llegando. La casa está a unos metros.

– Muy bien -suspiró Lexie, sin dejar de mirar el objeto de sus simpatías. Unos segundos después, una cabaña de madera apareció ante sus ojos. Una cabaña enorme de tres pisos, con un porche que la rodeaba completamente. Lexie subió los escalones, tropezándose en uno de ellos, y entró en la casa.

Aquel sitio parecía el decorado de una película del oeste. En el vestíbulo había una escalera estilo Lo que el viento se llevó y a la derecha, un enorme salón, con una chimenea de piedra y sillones de cuero. Las ventanas eran muy altas y el suelo de madera estaba cubierto de alfombras. En una esquina, una mesa de billar y un piano.

Un sitio muy acogedor.

– Aquí es donde solemos pasar las tardes -explicó Cash, indicándole que lo siguiera-. Por la noche encendemos la chimenea porque casi siempre hace fresco. Aquí está el comedor… -Lexie asomó la cabeza y vio una enorme mesa de pino y una lámpara hecha con una antigua rueda de carromato-. Encontrarás las horas de las comidas en tu habitación, pero si tienes hambre, puedes bajar a la cocina cuando quieras. Queremos que te sientas como en casa… con una sola excepción. Antes de seguir, tenemos que parar un momento -siguió diciendo Cash, mientras abría la puerta de una oficina-. Me temo que tienes que desnudarte.

Lexie se quedó boquiabierta.

– ¿Has dicho desnudarme?

– Sí -contestó él, muy serio-. Vamos, ve soltando todos tus valores o tendré que registrarte yo mismo -siguió diciendo Cash, con una sonrisa malévola-. El ordenador, el móvil, la calculadora…

Lexie sonrió.

– ¿Todo?

– Bueno, si necesitas un chupete puedes quedarte con el móvil. Aquí no hay cobertura, así que da igual. Lo demás, a la caja. Si no lo puedes soportar, pídeme la llave y te dejaré jugar un rato con tu ordenador.

Lexie lo miró, un poco asustada. Aquella era la razón por la que había ido a la montaña Silver; para no trabajar, ni hablar por teléfono, ni ver las noticias económicas. Le había pagado una fortuna al señor Cashner McKay para que la mangonease a su antojo, de modo que no tenía sentido protestar.

– Pero tendrás una televisión, ¿no?

– Sí. En mi dormitorio. Ninguna en las habitaciones de invitados.

Lexie tragó saliva.

– Yo… no me he separado del índice Dow Jones desde hace nueve años.

– Te entiendo -dijo él, con paciencia-. Uno de mis clientes es un médico que suele sufrir un ataque de asma durante los primeros días porque no puede usar el busca. Los primeros días son lo peor, pero luego se pasa. Tienes que darte una oportunidad a ti misma.

– Claro que sí. De hecho, estoy deseando empezar con el programa -dijo ella, muy decidida. Pero Cash tuvo que luchar un poco para quitarle el ordenador. Para Lexie era como si le arrancaran el cordón umbilical-. ¿Hay algún teléfono?

– Claro. No estamos en la luna. Jed viene con la avioneta un par de veces por semana y en mi cuarto hay radio, teléfono y ordenador. ¿Quieres ver tu habitación? -preguntó Cash, antes de quitarle todos sus juguetes. Incluso le quitó el reproductor de discos compactos. De un tirón-. La cocina está por aquí -siguió diciendo Cash, mientras la acompañaba por el pasillo-. También hay un gimnasio, una sala de masajes y un jacuzzi. Bubba es el masajista. Lo conocerás mañana. Esta noche conocerás a Keegan, el cocinero, y a George, que se encarga de la limpieza. Si sales de la casa, díselo a alguien. O deja una nota en la cocina. No queremos que te pierdas…

Cuantas más cosas le contaba sobre aquel sitio, más asustada estaba Lexie. Quizá aquello había sido un error, aunque en Chicago, le había parecido una idea estupenda. Ella era una trabajadora compulsiva y había tenido que elegir un sitio en el que, sencillamente, no podría trabajar. Pero no había imaginado que fuera un sitio en el que podría haber osos. Y en el que no había grandes almacenes.

– Hemos llegado -dijo Cash entrando en una habitación-. El cuarto de baño es esa puerta. La cena se sirve a las siete, de modo que tienes tiempo de descansar y dar una vuelta. Si quieres algo antes de…

– No, estoy bien.

– ¿Ninguna pregunta? ¿Te gusta la habitación?

– Me encanta -sonrió ella, mirando la cama con dosel, la cómoda de cerezo y el edredón de colores. En aquella cama podrían dormir tres personas.

Las ventanas en su apartamento de Chicago, su apartamento de dos mil dólares al mes, daban a otro edificio. Pero allí solo había montañas y montañas. Y montañas. En realidad, era tan precioso como una postal. Pero Lexie se preguntaba si podría estar allí más de veinticuatro horas.

– ¿Lexie?

Cuando Cash puso la mano en su hombro, ella se volvió con el instinto de una mujer de ciudad que desconfía de los extraños. Cash apartó la mano, pero la calidez de sus ojos azules la sorprendió.

– Perdona, estaba distraída.

– Te sientes como un pez fuera del agua, ¿verdad?

– Sí -contestó ella, sinceramente.

– Esta montaña es mágica, te lo juro. No tiene que gustarte el paisaje inmediatamente, va lo irás descubriendo -dijo Cash-. Los dos tenemos el mismo objetivo. Que no te vayas de aquí hasta que estés completamente relajada. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -murmuró Lexie. Y, en ese mismo instante, decidió que estaba enamorada de Cash McKay.

Solo había estado con él media hora y no era el tipo de amor de casarse y tener hijos, pero tampoco estaba buscando eso. Había ido allí esperando que aquel mes fuera una penitencia, pero empezaba a pensar que no iba a pasarlo mal del todo.

Cuando Cash salió de la habitación, Lexie abrió las maletas y empezó a colocar sus cosas en el armario. Poco después, escuchó los gritos de un niño y se asomó a la ventana para investigar.

El chico que corría por la montaña era fácil de identificar como un McKay. Tenía el mismo pelo y los mismos ojos azules que Cash. Debía tener siete u ocho años y llevaba los pantalones llenos de barro.

Lexie lo vio lanzarse hacia adelante, absolutamente convencido de que alguien iba a sujetarlo. Y entonces apareció Cash, levantando al niño en el aire como si no pesara nada.

– ¿A que no sabes una cosa, Cash?

Lexie escuchó la risa ronca del hombre y después los vio desaparecer.

Durante unos segundos, Lexie no pudo apartarse de la ventana. Tenía un extraño nudo en la garganta. Como cuando uno escucha una canción de amor y los recuerdos lo envuelven. Había visto tanto amor en el gesto de Cash y tanta confianza en el niño…

Con un suspiro, Lexie se apartó de la ventana y siguió colocando sus cosas.

No había excusa para sentir nostalgia. Ella era una persona muy afortunada. Sin embargo, a veces, aunque Lexie adoraba a sus padres adoptivos, recordaba a sus verdaderos padres. Una vez había sido una niña alegre, sin miedo… Seguía sin tener miedo y seguía siendo alegre, pero nunca desde que perdió a sus padres había conseguido recuperar la sensación de estar en un sitio que era suyo.

La habitación espaciosa y bonita, pero aquel no era su sitio como no lo era su apartamento en Chicago. Y, a los veintiocho años, a veces el sentimiento de soledad parecía abrumarla.

Lexie se dirigió a la puerta haciendo lo que solía hacer cuando aquellos nubarrones oscuros empezaban a entristecerla. Pensó en dinero. Era el único tema en el que era fabulosa. Ganar dinero se le daba bien. Otras mujeres soñaban con flores. Lexie soñaba con bañarse en monedas de plata.

El amor era bonito, pero cuando se perdía a alguien era como si te arrancaran el alma. El dinero era mucho más seguro. Si se perdía, siempre podía volver a ganarse.

Por supuesto, durante las siguientes semanas, estaba atrapada en aquel refugio y no podría ganar un céntimo. Pero mientras bajaba la escalera, pensó que allí no había ningún peligro para ella… a menos que uno pudiera ahogarse con tanto aire puro.

Y los dos McKay parecían tipos agradables y divertidos.

No tenía ninguna preocupación.

Capítulo 2

Durante toda la cena, Cash no había podido apartar los ojos de la señorita Alexandra Jeannine Woolf. Cuando habló con ella por teléfono, se la imaginó tan grande como su nombre, pero se había equivocado. Lexie no debía pesar más de cincuenta kilos. Pero era una mujer preocupante. Labios como fresas, ojos como chocolate líquido. Su pelo era corto y rizado y tan negro como ala de cuervo, en contraste con su pálida piel.

Cash llevaba una década dando alojamiento a hombres de negocios y podía reconocer las etiquetas de su ropa. La mayoría de sus clientes eran hombres, pero las mujeres que acudían allí eran muy parecidas. Elegantes, sofisticadas… y, por supuesto, ninguna llevaba ropa apropiada para vivir en la montaña. Cash miró alrededor. Media hora antes, los platos estaban llenos y la charla había sido agradable, pero a medida que terminaban de cenar, el silencio caía sobre la mesa. Cash eligió a la persona más tímida para iniciar una conversación, el señor Farraday, un banquero mentado a su izquierda. Después, habló con Stuart Rennbaker, presidente de varios consejos de administración, que comía lasaña como si no pudiera hartarse.

Aún así, parte de su atención estaba centrada en Lexie.

Por tercera vez desde que empezó la cena, ella dejó caer el tenedor. Llevaba un jersey de angora blanca que se ajustaba a sus pechos más de lo que hubiera sido deseable… pero ningún jersey, por caro que fuera, podía hacer que dejara de ser torpe.

En ese momento, ella se estaba riendo de algo que su hijo había dicho y Cash sintió que se le encogía el estómago. No de nervios, él nunca se ponía nervioso, sino de preocupación.

Lexie Woolf llevaba unos pantalones de quinientos dólares, pero en su risa no había nada falso. Era delgada, bajita y sin muchas curvas… precisamente, su tipo favorito de mujer. Y lo peor era que se reía de verdad. De hecho, cuando lo hacía arrugaba toda la cara y mostraba una dentadura perfecta, excepto por un diente un poco roto, que le daba un aspecto adorable. Esa risa podría hacer que le diera vueltas la cabeza, aunque no hubiera tenido también aquellos pechos y los ojos color chocolate y una boca tan sexy… Lexie se reía de corazón. Se reía como si le gustara la vida. Se reía como el tipo de mujer que se deja ir cuando se apaga la luz.

Tenía que controlarse, pensó Cash. Y lo intentó. Siguió charlando con sus invitados, pero no podía dejar de mirarla. En ese momento, Lexie estaba intentando pinchar unos guisantes con el tenedor, pero la mitad cayó al suelo porque estaba muy concentrada hablando con su hijo. Normalmente, sus clientes charlaban con Sammy, pero no le prestaban demasiada atención. Hablaban con él, distraídos. Pero ella, no. A ella le gustaban los niños. Cash maldijo en silencio. Lexie Woolf no solo era un problema. Era un serio problema. Cash era reacio a las mujeres, porque habían sido una plaga en su vida. Sobre todo, las mujeres con cerebro. Pero tenía treinta y cuatro años y sabía suficiente como para reconocer a una que pudiera romperle el corazón.

Su debilidad era Sammy. Y Lexie lo trataba como si fuera el niño más fascinante del mundo. Lo que ella no sabía era que Sammy nunca, jamás, hablaba con mujeres extrañas.

Sammy, a los ocho años, era tan reacio a las mujeres como él mismo.

Cash pudo seguir observándola a placer durante el postre. Y la preocupación aumentó. Sammy parecía encantado con ella.

Cash intentó escuchar lo que decían.

– Pues sí, tengo una fotografía de mi familia… espera un momento -estaba diciendo Lexie. Cuando intentó sacar algo del monedero, su servilleta cayó al suelo. Y después la cucharilla.

Sammy miró la fotografía.

– ¿Estos son tus padres? No te pareces nada.

Cash miró la fotografía y se quedó sorprendido. Normalmente, no había nada sorprendente en los retratos familiares, pero sí en aquel. Todos eran altos y muy rubios, tipo nórdico. Y luego estaba Lexie, pequeñita y morena, con aquellos ojos exóticos…

– Es que, en realidad, soy adoptada. Perdí a mis verdaderos padres cuando tenía tres años.

– ¿Eres adoptada? -repitió el niño. Cash se puso tenso. Lexie no sabía que aquel era un tema delicado.

– Sí.

– ¿Y qué pasó con tus padres? ¿Se murieron?

– Sammy -lo interrumpió Cash-. Ya sé que sientes curiosidad, pero es posible que a la señorita Woolf no le apetezca contarte cosas tan personales. Puedes preguntarle dónde vive, dónde trabaja y cosas así.

– Pero, Cash, yo solo quería saber cómo la adoptaron…

– No pasa nada -dijo Lexie-. Aunque tu padre tiene razón. A algunas personas podría no gustarles contar estas cosas. Pero a mí no me importa. Mis padres murieron durante un robo. Fue horrible, pero entonces los Woolf me adoptaron y me quisieron tanto como mis propios padres.

– Vaya… -murmuró Sammy, metiéndose un enorme pedazo de tarta de chocolate en la boca, pensativo-. No te he preguntado solo por curiosidad. Estaba interesado porque yo también soy casi un huérfano, aunque no del todo. Nunca tuve padre, pero tampoco me ha hecho falta.

– ¿No?

– No. Porque tengo a Cash. Ningún padre podría ser mejor que Cash. Nosotros dos nos ayudamos en todo.

– Eso suena muy bien -sonrió Lexie.

– Sí. Está muy bien. Pero yo no puedo ser huérfano como tú, porque tengo madre. Aunque es un poco igual, porque tú perdiste a tu madre y la mía no me quiere. A veces llama y pregunta por mí, pero le doy igual. Creo que soy un problema para ella y…

Cash se levantó de la silla bruscamente.

– Pues yo sí te quiero, chico. De hecho, no podría llevar este sitio sin ti. ¿Te importa ayudarme en la oficina?

El niño se levantó como por un resorte. Siempre estaban un rato juntos antes de que Sammy se fuera a dormir, y Cash pensó que era el momento de dar por terminada una conversación tan… íntima. En realidad, habría matado a cualquiera que pudiera hacerle daño al crío. Y no se lo pensaría dos veces.

Pasó un rato haciendo los deberes con él, estudió el menú de la semana con Keegan y después, se encargó de la factura de Whitt, que se marchaba aquella noche.

Pero Lexie Woolf seguía en su cabeza. No se sentía especialmente atraído hacia ella. En absoluto. Pero Sammy sí parecía estarlo y él nunca hablaba con una mujer a la que no conocía. El niño estaba en la cama y, como era el primer día, era natural que fuera a comprobar si su cliente se encontraba a gusto. Pero Lexie no estaba en su habitación. Cash bajó al salón, donde los chicos estaban jugando al póker, pero ella tampoco estaba allí. Ni en el gimnasio, ni en el porche.

La encontró en la biblioteca, una de las habitaciones favoritas de sus clientes. Con claraboyas en el techo y gruesas alfombras en el suelo de madera, era un lugar muy acogedor. Normalmente, los clientes se sentaban en los sofás de cuero. Pero Lexie, no.

Lo primero que vio fueron sus pies. Estaban desnudos y eran claramente pies de mujer, con las uñas pintadas de rojo caramelo; un rojo tan sexy que Cash tuvo que sonreír. Desde luego, aquella chica nunca querría saber nada de un tipo con camisa de franela.

Lexie estaba tumbada sobre la alfombra, con una manta bajo la cabeza. El jersey y los caros pantalones que llevaba parecían tan fuera de lugar allí como un jarrón de porcelana en un rodeo.

– ¿Te gusta tumbarte en el suelo? -preguntó Cash.

– Siempre me ha gustado leer en el suelo -sonrió ella-. ¿Me buscabas?

– Solo quería comprobar que estabas a gusto -contestó Cash. Su pulso se había acelerado solo con mirarla. Sus pequeños pechos desaparecían completamente en aquella postura, pero había algo en ella que despertaba sus hormonas. Cash no era ningún adolescente, pero había algo en Lexie Woolf que lo turbaba de una forma increíble.

– Estoy bien. Aunque me alegro de que hayas venido. Estaba preocupada por ti.

– ¿Por mí? -repitió Cash, dejándose caer en un sillón. La idea de que aquella ejecutiva diminuta se preocupase por él lo sorprendía.

– Sí -dijo Lexie, incorporándose un poco-. Elegí este sitio porque todo el mundo habla muy bien de él. Por lo que sé, hasta los ejecutivos más endurecidos salen de aquí sintiéndose como si fueran diez años más jóvenes.

– Una exageración -sonrió Cash-. Pero aquí tendrás experiencias que no puedes tener en una oficina, te lo aseguro.

Lexie asintió.

– He visto el programa y me gusta. Pero me temo que conmigo no va a funcionar. Y no quiero que te sientas culpable.

Cash levantó una ceja.

– ¿Y por qué crees que no va a funcionar contigo? Ni siquiera hemos empezado.

– Yo lo voy a intentar, te lo aseguro. Pero es que nunca he sido capaz de hacer ejercicio… Si fallo, no será culpa tuya, sino mía.

Era una conversación extraña, pero Lexie había despertado su espíritu competitivo. Cash no había fallado con ninguno de sus clientes y no pensaba hacerlo con aquella morenita.

– ¿Por qué no dejas de preocuparte? Iremos despacio y ya veremos cómo va la cosa.

– Muy bien. Pero no creo que sea capaz de escalar la montaña, te lo advierto.

Cash sonrió.

– Hace unos meses leí un artículo sobre ti. Te llamaban algo así como «el duende que todo lo convierte en oro».

– No soporto ese calificativo. Además, el periodista me hizo parecer mucho más fría y rígida de lo que soy en realidad -dijo ella, dejando el libro en el suelo-. Empecé a invertir en bolsa cuando tenía catorce años. Nada importante. El dinero que me regalaban por mi cumpleaños. Pero no sé por qué, mis inversiones siempre se duplicaban hasta que empezaron a llamarme así… -Lexie hizo un gesto con la mano, como si no quisiera seguir hablando de sí misma-. Tienes una casa preciosa. ¿La heredaste de tus padres?

Cash no solía hablar de su vida con los clientes, pero no le importaba hacerlo con ella.

– Era de mis abuelos. Sigue habiendo una mina de plata en las tierras, pero nunca fue muy fructífera.

– ¿Creciste aquí?

– Sí. A mí me hubiera gustado vivir en la ciudad, pero mis padres murieron en un accidente y yo era el único chico. Mi abuela me enseñó lo que es el sentido del deber. La familia era lo primero, según ella. Por eso no he vendido esta casa.

– Entonces, no hay ninguna razón para que sigas aquí, excepto el sentido del deber.

– Eso es. Sammy es hijo de mi hermana pequeña, Hannah. Lo dejó conmigo cuando acababa de nacer porque… bueno, lo de la maternidad no es lo suyo -explicó Cash.

Los ojos de Lexie se llenaron de compasión.

– Está claro que os lleváis muy bien.

– Es mi sobrino, pero lo quiero como si fuera mi hijo. Lo he criado yo, en realidad -dijo él. Después, se quedó unos segundos pensativo-. Este sitio se ha convertido en una casa de hombres. Yo contrataría mujeres, pero no parece haber ninguna que quiera trabajar en medio de la montaña. Y tampoco suelen venir mujeres como clientes. Por eso quería hablar contigo. Sammy no está acostumbrado a tratar con chicas.

– Pues conmigo ha sido un cielo.

– Sí, ya lo he visto. Pero él no confía mucho en las mujeres a causa de su madre y cuando lo vi hablando contigo durante la cena…

– ¿Te preocupaste?

– No es que me preocupase, pero me pareció raro. Solo te estoy pidiendo que tengas cuidado. Sammy se porta como si fuera un tipo duro, pero solo es un niño.

– Me alegro de que me lo digas. Aunque yo jamás le haría daño a un niño -murmuró Lexie, apartando la mirada.

– Perdona. No quería herir tus sentimientos. Keegan dice que a veces soy tan sutil como un martillo pilón.

– No te preocupes. Yo habría hecho lo mismo que tú -dijo ella entonces, mirando su reloj-. Vaya, son casi las doce.

Lexie se levantó y se agachó de repente, Cash suponía que para buscar sus zapatos. Pero cuando se levantó del sillón la había perdido de vista. No tenía ni idea de cómo el libro había salido volando por los aires, ni cómo, de repente, ella lo golpeó en el pecho con la cabeza, haciendo que los dos perdieran el equilibrio.

La sujetó instintivamente y cuando Lexie levantó la cara, estaba muerta de risa.

– Lo siento. ¿Te había dicho que soy muy torpe?

– No te preocupes… -empezó a decir él. Lexie había vuelto a inclinarse para tomar el libro y estuvo a punto de golpearlo con el codo en la entrepierna. Sorprendido, Cash sujetó su brazo y lo apartó unos centímetros-. ¿Por qué no dejas que lo haga yo? No te muevas.

– ¿Te doy miedo?

– Me parece que tienes un potencial increíble como arma letal.

Lexie soltó una carcajada. Pero cuando dejó de reírse, Cash se percató del silencio que había en la habitación, de que estaban solos, de su perfume… Era un aroma suave, exótico, un aroma que no conocía.

Ella lo miraba con la cabeza inclinada a un lado, los labios entreabiertos y aquellos ojos color chocolate fijos en los suyos.

Cash tuvo la idea loca de que ella quería besarlo. O ser besada. Por él.

Aquella sensación lunática fue seguida de otra. Él también deseaba besarla. Quería besarla como no había querido besar nunca a una mujer.

Quería besarla como para decirle que la había estado esperando siempre, que no sabía si iba a encontrarla, que no sabía si existía.

No recordaba haber tenido una sensación así con otra mujer. Naturalmente, se recuperó pronto. Y se movió. Tenía que moverse.

– Puedes encontrar el camino a tu habitación, ¿verdad?

– Aún no he memorizado toda la casa, pero creo que sí.

– Nos veremos por la mañana.

– Encenderé las luces y…

De nuevo, ella se volvió, tan rápido que sus letales codos estuvieron a punto de clavarse en sus costillas.

– Yo lo haré. No te preocupes.

– ¿Te he…?

– No, no me has hecho daño. Es que no quiero que camines a oscuras.

Pero estaba mintiendo. Lexie Woolf podría hacerle mucho daño. Cash no sabría explicarse a sí mismo qué lo había hecho experimentar aquella sensación de ternura un minuto antes, pero él no solía responder de esa forma ante una mujer. Algo en Lexie Woolf era diferente.

Y muy preocupante.

Capítulo 3

A las 6:29, Lexie sacó la mano de entre las mantas y esperó. Cuando el despertador empezó a sonar a las 6:30, lo aplastó con furia. Estaba acostumbrada al insomnio, acostumbrada a dormir apenas un par de horas. Y también estaba acostumbrada a levantarse a las cuatro de la madrugada. Pero no estaba acostumbrada a soñar con extraños.

Lexie sacó las piernas de la cama, encendió la luz y se tapó los ojos. Le dolía un poco la cabeza y los músculos de su cuello estaban tensos de dar vueltas en la cama. En resumen, debería estar hecha un desastre.

Pero la imagen de Cash McKay hacía que se sintiera fresca y llena de energía. Al pensar en él, olvidó todos sus dolores. O estos se curaron milagrosamente. Estaba deseando levantarse y ver qué le ofrecía aquel nuevo día.

Pero mientras se ponía unos vaqueros, una camisa de color pastel y botas de montaña recién compradas, empezó a ser ella misma de nuevo.

¿Cómo podía estar deseando que empezara el día? Si estuviera en su casa, ya habría hecho un par de llamadas, comprobado el fax y visto la CNN antes de lavarse los dientes. Aquella mañana no sabía cómo iba el índice Dow Jones y solo escuchaba el sonido de los pájaros.

No iba a durar allí cuatro semanas. Ni cuatro días, seguramente.

Y cuando bajó la escalera, allí estaba él. Cash. Y su cachorro. En realidad, en el comedor había varios hombres tomando el desayuno, pero ella solo se fijó en los McKay. El mayor le estaba tomando la lección al pequeño y Lexie solo pudo pensar en lo adorables que eran los dos, con sus vaqueros gastados, las camisas de franela y las botas. Aquella pareja podría llevar un letrero en la frente: Cash e hijo. No se aceptan mujeres.

Eran tan… encantadores. Tan orgullosos. El amor que sentían el uno por el otro era como un escudo que los protegía del mundo. Pero entonces, el más sexy de los dos miró hacia la puerta.

– Buenos días, Lexie -la saludó. Ella saludó a todo el mundo con una sonrisa. A Keegan, a George, a Slim Farraday, el diminuto banquero y a Stuart Rennbaker, un alto ejecutivo de los que suelen sufrir un infarto antes de los cincuenta años. Los dos hombres fueron amables con ella, pero Lexie no podía serlo hasta que tomara una taza de café.

– Lo siento, no hay café.

– ¿Cómo que no hay café?

Keegan señaló la bandeja.

– He preparado una bebida energética para todos. Te despertará como el café, pero sin los efectos negativos. Confía en mí, te va a encantar.

La bebida energética de Keegan sabía a aceite de ricino. Y no tenía cafeína. La mesa del desayuno estaba llena de bandejas, pero en ellas solo había cereales y frutas. Ni huevos, ni bacón, ni tostadas con mantequilla, nada que tuviera colesterol. Diez minutos después, todos salían por la puerta y a Lexie le sonaban las tripas.

No le gustaba la naturaleza, pero incluso una chica de ciudad como ella tenía que disfrutar de aquella hermosa mañana. El lago brillaba como la plata bajo el sol, una ligera bruma bailaba entre los árboles y el aroma a pinos era tan fuerte que parecía un perfume. Las ardillas correteaban por el camino y un ciervo pasó tan cerca que estuvo a punto de chocarse contra un árbol por mirarlo. Y el cielo era de un azul tan bello que Lexie no podía creerlo.

Y lo mejor era observar a Cash. Estaban subiendo una pendiente que casi la dejó sin oxígeno, pero seguía sintiendo la conexión que había nacido entre ellos la noche anterior.

No la había besado… pero había querido hacerlo. Ella no lo había besado, pero también había querido hacerlo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que sintió algo así por un extraño… especialmente, por un extraño como Cash McKay.

En aquel momento, él estaba colocando al grupo en círculo.

– Muy bien… Lexie, tú eres nueva, pero debes saber que empezamos de la misma forma todas las mañanas. Tenemos que emparejarnos y resolver un problema. Yo me quedo con Stuart y tú, con Slim -explicó Cash. Lexie sonrió. Cualquier cosa que el pequeño Slim pudiera hacer, también podría hacerla ella-. Muy bien. ¿Veis el arroyo más allá de esos pinos? Tenéis media hora para llegar a la otra orilla.

– Un momento, Jerónimo -protestó Lexie-. No hay ningún puente.

– Eso es. Tendréis que usar lo que encontréis en la naturaleza para llegar al otro lado.

Slim y ella se dirigieron al arroyo. El agua era tan cristalina que podían ver el fondo, y de una orilla a otra no podía haber más de tres metros, pero era imposible saltar. Y cruzar a nado estaba fuera de la cuestión.

El señor Farraday se colocó a su lado.

– Cash siempre nos pone frente a problemas que parecen insolubles, pero cada mañana encontramos la manera de resolverlos.

– Y este también lo vamos a resolver -dijo Lexie, segura de sí misma. Había ganado su primer millón antes de cumplir veintidós años, ¿no? Eso era mucho más difícil que cruzar un arroyuelo de nada.

– Sé que podemos hacerlo, pero ¿cómo?

– Pues… -Lexie se subió las mangas de la camisa, emocionada. Los retos siempre le habían gustado. Inexplicablemente, se sentía segura cuando aceptaba algo que parecía imposible-. Tengo una idea. ¿Por qué no buscamos ramas grandes? Las colocaremos sobre el arroyo y pasaremos por encima. ¿Qué te parece?

– Muy bien, compañera -sonrió el hombre.

Cash escuchó un grito y echó a correr, sabiendo muy bien quién lo había emitido.

Después de atravesar los árboles a la carrera, se encontró con Lexie sentada de culo en el arroyo, empapada hasta el cuello.

Había creído que no fallaría con un ejercicio tan fácil. La única forma de cruzarlo era construir un puente con ramas y lo habían hecho. Y Slim Farraday, incluso con su artrosis, había conseguido llegar al otro lado.

Pero la torpe de Lexie estaba en el agua.

– ¡Ayúdame! ¡Me voy a morir de frío! ¡No puedo moverme…!

– No te vas a morir y el agua no está tan fría -la interrumpió Cash, tomándola del brazo. Para ser una rata mojada, una rata diminuta, pesaba una tonelada. Y, cuando ella se agarró a su cuello, estuvieron a punto de caer al agua los dos.

Cash no era capaz de entender por qué sentía aquel deseo de besarla. No debía quedarle una hormona viva bajo aquella temperatura y no estaba pensando en sexo precisamente. El primer ejercicio que ponía a sus clientes estaba destinado a hacer que sintieran confianza en sí mismos y nadie había tenido problemas con ese ejercicio antes. Nadie. Nunca.

– Me estoy helando…

Cash lo sabía. Podía sentir los pezones endurecidos de Lexie clavándose en su camisa.

– Sé que tienes frío, pero estarás de vuelta en la casa en menos de diez minutos. Y después de eso, te emparejaré conmigo -murmuró él, irritado.

– Contigo?

– Sí. Conmigo.

– Ha sido culpa mía, Cash. Ya te dije que a mí esto no se me da bien.

Pero Cash no dejaba que sus clientes fracasasen. El programa estaba creado para que los acotados ejecutivos aprendieran algo sobre sí mismos y se olvidaran de todo, y no pensaba fallar con ella. No, precisamente, con ella.

Una hora más tarde, Cash se había puesto ropa seca y la esperaba paseando por el pasillo. Lexie bajó la escalera con otro par de vaqueros de diseño y una camisa de seda.

– Ya estoy calentita y preparada para la siguiente tortura.

– Estupendo -murmuró él. No le contó cuál era el plan hasta que llegaron a una cabaña en medio del bosque. Cash abrió la puerta y Lexie comprobó que era una especie de gimnasio al aire libre.

– ¿Para qué son todas esas cuerdas y arneses? -preguntó.

– Es un lugar de entrenamiento donde enseño lo básico para aprender a escalar. Aquí puedes hacer hasta treinta ejercicios diferentes. La pared de escalada es para que te acostumbres; incluso puedes usar crampones y piolet…

– ¿Qué? De verdad, yo quiero intentarlo todo, pero escalar…

– Ya sé que te da miedo -la interrumpió él, colocando un casco sobre su cabeza.

– Me da pánico la altura.

– Te entiendo -dijo Cash. Los ojos color chocolate lo miraban con terror-. Por eso quiero que lo hagas, Lexie. Cuando viniste aquí, aceptaste que yo era el jefe, ¿verdad? No te estoy pidiendo que lo hagas para hacerte sufrir, te lo pido por lo que ha pasado esta mañana.

– ¿Lo de caerme en al arroyo?

– Sí. Te puse el ejercicio más fácil y fracasaste. Ahora vamos a intentar justo lo opuesto, el ejercicio más difícil. Y no vas a fallar.

– Cash, estoy sudando y me duele el estómago. La cosa es…

Lexie no terminó la frase. Dejó de hablar cuando Cash empezó a colocarle un arnés. No había nada sugerente en ponerle un casco en la cabeza, pero el arnés era mucho más íntimo. Tenía que ponérselo en las piernas y ajustado en las caderas y la cintura.

Cash lo había hecho con decenas de mujeres, era parte de su trabajo. Lo hacía para asegurarse de que a sus clientes no les pasaba nada. Pero nunca antes había pensado en muslos y culetes. Nunca se había fijado en eso. Nunca se había percatado de que su mano rozaba la pelvis de nadie. Ni se había fijado en cómo tenía que ajustar el arnés en el trasero de una chica, por muy guapa que fuera.

– Escalar es una cuestión de confianza en uno mismo. Hay muchas formas de hacerlo, Lexie. Lo que vamos a hacer se llama «escalada libre» -explicó, aclarándose la garganta. Lexie no respondió. Y, cuando miró hacia abajo, le pareció ver que la bragueta de los vaqueros de Cash se echaba hacia adelante, como si alguien hubiera metido una piedra larga y dura dentro de sus pantalones. Pero era una respuesta fisiológica normal. Un hombre no podía evitar esas cosas-. Voy a estar pegado a ti todo el tiempo. Tienes miedo de caerte, ¿verdad?

– Sí -murmuró Lexie.

– Pues vamos a subir y después vas a dejarte caer para perder el miedo. Pero no va a pasarte nada, te lo prometo. Nunca dejaría que te pasara nada. Cuando caigas, yo estaré aquí, esperándote.

Sin saber cómo, todo lo que decía sonaba como si estuviera hablando de amor, pensó Cash, aturdido.

– No es que no confíe en ti, Cash. Pero es que prefiero comer babosas antes que estar colgada en ninguna parte. Mira, a lo mejor este programa no es para mí. No te lo tomes como algo personal. No es culpa tuya. A mí se me da muy bien el dinero, pero lo del ejercicio físico…

Cash no había querido besarla. Ni siquiera sabía que iba a hacerlo. Quizá se sentía mal porque ella se había caído en el arroyo, o porque había hablado con Sammy la noche anterior o… porque estaba tan mona con aquel casco o quizá porque se había excitado al colocarle el arnés y…

No tenía ni idea de cuál era la razón.

Pero la besó.

Lexie sabía a algo caro y prohibido. Y a deseo. Sus labios… nunca habían rozado algo tan suave. Nunca en su vida.

Cash sabía que todas las mujeres le habían causado problemas, pero en aquel momento no le importaba.

Sentía el deseo de hacer algo completamente estúpido, como enamorarse de Lexie Woolf. Pero aquel deseo lo golpeaba en las tripas y hacía que olvidase el sentido común.

Cash le quitó el casco y enredó los dedos en su pelo, asombrado de haber podido soportar tanto tiempo sin tocarla. La textura de sus rizos, el calor de sus mejillas, el suspiro de ella… no podía seguir analizando sus sentimientos.

Cash tomó su boca de nuevo y la abrazó con fuerza, casi levantándola del suelo, deseando sentir sus pechos y su pelvis pegados a él.

Porque si no era así, no podría sobrevivir otro segundo.

Unas manos pequeñitas se enredaron alrededor de su cuello y Lexie volvió a suspirar; un suspiro atrapado entre besos. En aquel momento a Cash todo le daba igual. El resto de los clientes, el trabajo, su hermana Hannah… no le importaba nada. Cuando por fin se apartó, no sabía muy bien donde estaba… pero no podía ser su refugio en la montaña Silver de Idaho.

Iba a preocuparse mucho por aquel beso. Mucho.

Cuando miró aquellos ojos brillantes y los labios húmedos, se sintió más alto que una cometa y tan caliente como un semental en época de celo.

– Vale -murmuró.

Ella seguía respirando con dificultad.

– ¿Cómo que vale?

Cash no sabía qué decir. Solo se le había ocurrido eso.

– Vale -repitió, con voz ronca-. Vamos a hacer que esto funcione. Escalar es una cuestión de confianza, así que confía en mí. Te juro que no va a pasarte nada. Deja que te lo pruebe.

– Sí, Cash.

Quizá debería haberla besado antes, pensó.

Lexie parecía haber perdido el miedo y no puso más objeciones. Ni siquiera los hombres de la Edad Media conseguían una obediencia tan ciega de sus mujeres.

Solo que Cash estaba tan agitado que tenía suerte de no chocarse con los árboles mientras volvían al refugio.

Capítulo 4

Considerando que le dolían todos los músculos del cuerpo, Lexie esperaba dormir como un tronco.

Pero a las doce seguía dando vueltas en la cama. En lugar de contar ovejas, estaba contando besos, los besos de Cash.

Le pareció escuchar un ruido al otro lado de la puerta, pero como no se repitió, pensó que lo habría imaginado. Mientras miraba las sombras en el techo, se preguntaba cómo había terminado en los brazos de Cash McKay.

Le había dicho que tenía miedo de las alturas y, sin embargo, había conseguido escalar casi dos metros.

Y sabía cómo había ocurrido. Cash la había besado. Pero no habían sido besos normales. Lexie nunca se había visto disparada a las alturas solo por un beso.

Cash era adorable, pero esa no era razón para deshacerse entre sus brazos como una colegiala.

Y ella se había enamorado nada más verlo, pero tampoco esa era motivación suficiente. Él era un hombre encantador, muy cariñoso con su hijo y amable con todo el mundo. Naturalmente, se había enamorado de él. De la misma forma que amaba los bollos de chocolate.

Pero eso no significaba que se volviera completamente loca cuando veía uno. Era horrible. Incluso se habría desnudado allí mismo si él se lo hubiera pedido. Incluso habría hecho el amor con él. En medio del campo. Con todo aquel aire puro sofocándola.

Quizá el aire de Idaho tenía alguna droga, pensó. Una droga invisible y muy potente. Una droga adictiva que afectaba al cerebro. Había muchas excusas para haberse comportado como una retrasada mental. El problema era encontrar una que fuera creíble…

En ese momento, volvió a escuchar el ruido. Como si alguien estuviera rascando la puerta.

Exasperada, se levantó y caminó descalza por el suelo de madera para poner la oreja. Allí estaba el ruido de nuevo. Lexie abrió la puerta un poco y una nariz mojada se frotó contra sus piernas. Un segundo después, un perro rubio saltaba alegremente sobre su cama.

Cuando encendió la luz, descubrió que era una hembra de raza golden retrievery preñada.

– ¿De dónde sales tú? ¿Y quién te ha dicho que puedes dormir en mi cama? -sonrió Lexie. La perrita empezó a mover la cola a cien por hora-. Si ni siquiera nos conocemos. Mira, yo no duermo con hombres desconocidos y mucho menos con perros que no me han presentado -siguió diciendo, mientras acariciaba al animal-. Me pregunto por qué me has elegido precisamente a mí… ah, ya lo entiendo. Somos las únicas chicas en esta casa. Bueno, puedo dejarte un trocito de cama, pero no te enfades si me doy la vuelta de golpe. Además, ¿y si te buscan y no te encuentran?

En ese momento, escuchó unos pasos y otra nariz asomó en su habitación.

– Perdona, Lexie… ah, ahí estás Martha. Llevo media hora buscándote.

– ¿Es tuya?

– Sí -contestó Sammy, saltando sobre la cama-. Cash me la regaló porque iba a tener cachorros y no la quería nadie. Y le dijo a Keegan que sería una buena oportunidad de que yo viera una mamá que quiere a sus niños. No todas las madres abandonan a sus hijos, ¿sabes?

– Lo sé -murmuró Lexie, con un nudo en la garganta-. ¿Siempre te acuestas tan tarde?

– Me metí en la cama a las ocho y media. Es demasiado pronto para un chico tan mayor como yo, pero Cash dice que tengo que hacerlo y que así es la vida -explicó el niño con toda naturalidad.

Lexie sentía una afinidad tremenda con aquel crío, una especie de sexto sentido que la unía al pequeño huérfano.

– ¿No podías dormir?

– No es eso -contestó Sammy, sin dejar de acariciar a Martha-. Es que no me gusta dormir.

– ¿Por qué? ¿Te preocupa algo?

– Pues sí -murmuró el niño, apartando la mirada-. No me gusta dormir porque a veces me pasa una cosa. Y no lo puedo evitar. Así que estoy despierto todo lo posible.

Lexie entendió inmediatamente y su corazón se llenó de simpatía.

– De pequeña, yo me hacía pipí en la cama a veces -le dijo-. Pero no se lo cuentes a nadie, ¿vale? Me daba mucha vergüenza. Solo me pasó durante un año, después de perder a mis padres. Pensé que mis padres adoptivos iban a devolverme por eso, pero a ellos no les importaba. Y, entonces, el problema desapareció.

– ¿Eso es verdad o te lo estás inventando?

– Es verdad.

Sammy acarició el vientre de la perrita durante unos segundos, pensativo.

– Cash me llevó al médico. No de esos que te ponen inyecciones, sino de los que hablas con ellos. Dijo que yo estaba triste porque mi madre no me quería, pero no es verdad.

– ¿No?

– Me da igual que no me quiera. Y Cash dice que no le importa. Las sábanas se lavan y ya está. Pero a mí no me gusta -explicó el niño-. Ya no me pasa tanto, pero de todas formas… no le digas a Cash que estoy levantado tan tarde, ¿vale?

– ¿Tengo pinta de soplona?

– No tienes pinta de soplona, pero eres una chica.

– ¿Eso es un insulto o un cumplido?

Sammy no parecía inclinado a contestar esa pregunta.

– Has durado un día entero. Pensé que no ibas a aguantar.

Lexie tampoco lo había creído. Pero después de acompañar al niño y la perrita a su habitación, volvió a quedarse mirando el techo, más agitada que nunca. Ella no solía tratar con niños… y mucho menos con niños que capturasen su corazón.

Pero lo que sentía por Sammy no era ni la mitad de peligroso que lo que sentía por Cash. No había nada malo en que le gustasen los dos McKay, pero no estaba acostumbrada a acercarse tanto a nadie. Era simpática con todo el mundo, pero siempre protegía su corazón. Aunque, en aquel caso, no debía tener miedo. Ella no tenía sitio en la vida de los McKay, de modo que no eran una amenaza. Mientras no se enamorase de ellos.

Habían pasado siete días y Cash no podía apartar los ojos de ella.

Había algo en Lexie. Algo que lo desarmaba y lo confundía. Algo que lo preocupaba. Y no era el único.

Lexie y Sammy se reían como dos compinches mientras desayunaban. El niño la trataba como si fuera una amiga, lo cual era estupendo, se decía Cash a sí mismo.

Pero no debía acercarse demasiado a alguien que pronto desaparecería de su vida. Y él tampoco. Pensar que Lexie podría elegir una vida en las montañas en lugar de su vida en Chicago era inimaginable.

No iba a ocurrir.

– Te estás poniendo muy gorda, Martha -dijo Cash, cuando vio que Sammy le daba un trozo de pan a la perrita por debajo de la mesa-. ¿Cuándo vas a tener esos cachorros?

– Yo creo que lo más importante es dónde va a tenerlos -intervino Lexie.

Ella estaba sonriendo y, durante un segundo, eso era lo único que Cash podía ver.

No la había tocado desde el día de la escalada, pero el deseo seguía allí. Y el recuerdo de los besos.

Como se había destrozado dos pares de zapatos italianos en los últimos días, Lexie llevaba unas zapatillas de deporte de Sammy, que hacían un gracioso contraste con el jersey rojo y los pantalones de seda azul. Y su pelo se volvía más salvaje cada día. Podía imaginarla despertando a su lado con aquellos rizos sobre la almohada. Y esa boca suave. Y esa sonrisa, solo para él.

De repente, Cash se dio cuenta de que Sammy lo miraba con expresión de curiosidad. Y Keegan también. Aparentemente, había dejado una conversación a medias.

– ¿Tú sabes dónde va a tener a los cachorros? -preguntó, confuso.

– No estoy segura del todo, pero Martha parece muy apegada a mi habitación. Puede que sea porque soy la única mujer que hay aquí o porque quiere tener a sus cachorros en una habitación tranquila y alejada de las demás.

Cash frunció el ceño.

– Deberías habérmelo dicho antes. Lo siento, Lexie. No quería que la perra te molestase.

– No me molesta, me encanta -sonrió ella-. Pero cualquier día de estos me despierto en una cama llena de cachorros.

Cuando terminaron de desayunar, Sammy se levantó y Cash lo siguió a su habitación. En general, el niño preparaba todas sus cosas, pero Cash solía comprobar que se ataba bien los cordones de las zapatillas y cosas así.

– Una semana más de colegio y, después, podré ayudarte todo el día, ¿verdad, Cash?

– Claro -sonrió él-. ¿Hoy tienes algún examen?

– Nada importante. Uno de matemáticas.

– Esta chupado, ¿no? Oye, Sammy, veo que te gusta mucho Lexie.

– Sí, es muy graciosa -rió el niño-. Está intentando chantajearme.

– ¿Cómo?

– Cada día me ofrece dinero para que ponga la tele y le diga cómo va el índice Dow jon.

– Dow Jones -corrigió Cash.

– Eso. Hoy me ha ofrecido quince dólares, pero creo que mañana conseguiré que llegue a veinte.

– ¿Estás sacando dinero a mis clientes?

– No voy a aceptar el dinero, Cash -protestó acaloradamente el niño-. Es que me hace mucha gracia. ¿Has visto cómo le quedan mis zapatillas?

– Sí.

– Le gustan mucho.

– Ya -murmuró Cash. Estaba empezando a preocuparse por la relación que Sammy había establecido con Lexie-. Hablas de ella como si le tuvieras cariño.

– Es que me gusta mucho. ¿A ti no? Es muy guapa y me río mucho con ella.

– Claro que me gusta -dijo Cash. Más de lo que esperaba; más de lo que quería-. Pero solo va a estar aquí unas semanas.

– Lo sé. Pero es que es tan torpe. Ni siquiera sabe cuál es el norte y cuál el sur. Creo que nos necesita, Cash. Es huérfana, como yo. Pero ella no tiene a nadie que la cuide.

Cuando Sammy se fue al colegio, Cash se encontró paseando por su oficina. La intuición del niño lo había afectado, porque él había sentido lo mismo, que Lexie no tenía a nadie. Una familia adoptiva, una vida social y profesional interesante, pero nadie especial. Y lo había besado como si no hubiera habido muchos besos en su vida.

Pero estaba pensando demasiado en ella. Como si le importase de verdad, cuando lo único que tenía que hacer era darse cuenta de que Lexie Woolf no tenía sitio en sus vidas.

No había nada malo en la vida que le había dado a Sammy; una vida natural, sana y hermosa. Y tampoco había nada malo en su vida, pero, de repente, Cash sentía que le faltaba algo. Algo como…

Ella.

Y lo ayudaría mucho si todo el mundo dejara de hablar de Lexie. Cuando decidió ponerse a trabajar, se reunió con Keegan para hacer la lista de la compra y, de repente, su cocinero decidió comprar bollos de chocolate y papel higiénico de color rosa porque pensaba que a Lexie le gustaría. Entonces Bubba llamó a la puerta. Quería saber por qué la única mujer que había en la casa no había querido darse un masaje.

Y después, llegó la conversación con George, el encargado de la limpieza. George era una especie de ogro con todo el mundo, excepto con Sammy.

– Solo te estoy diciendo que hay que limpiar los cristales -estaba diciéndole Cash-. No veríamos un oso en la puerta de casa con esas manchas.

– Vale -ladró George, a la defensiva-. No te lo discuto. Pero puedo hacerlo yo mismo, no tienes que contratar a nadie.

– Son demasiadas ventanas, George -suspiró Cash-. Si tú no quieres contratar a nadie, lo haré yo.

– De eso nada. Si hay que limpiarlas, yo las limpiaré.

– George, te recuerdo que soy el jefe.

– Me da igual. Yo haré las ventanas y no hay más que hablar. Y hablando de la chica…

– ¿Qué chica?

George levantó los ojos al cielo.

– Que yo sepa, aquí solo hay una chica. Quería decirte que me cae bien.

Después de eso, George encendió la aspiradora. No se le daba muy bien limpiar el polvo, pero con la aspiradora era un genio.

Cash salió de allí disparado. Era la hora de empezar con los ejercicios y quizá el aire fresco lo relajaría un poco. El refugio estaba lleno de clientes, con un nuevo grupo de ejecutivos de Cleveland, pero la espina que llevaba clavada en el corazón apareció ante su vista en cuanto salió de la casa.

Y era como ser golpeado por un rayo. Era pura, cruda y deliciosa testosterona cada vez que la miraba.

Naturalmente, ella se había cambiado de ropa. Llevaba vaqueros, un jersey azul marino y una pulserita con cristales azules que brillaban bajo el sol. Lexie se estaba riendo de algo que uno de los hombres le había dicho, con esa risa suya, auténtica y profunda. Casi podía oler su perfume. Sabía que era imposible, porque estaban a más de quince metros, pero daba igual. Los pechos pequeños, las caderas delgadas, los gestos femeninos…

Cash se acercó al grupo, maldiciendo en silencio. Eran las nueve de la mañana y tenía trabajo que hacer; un trabajo que le gustaba, en una mañana brumosa con un olor a naturaleza que era como para morirse e ir al cielo. Y allí estaba él, duro como una piedra. Por un perfume que no podía oler.

Algo en aquella mujer lo estaba volviendo loco. Era espantoso.

– ¿Todo el mundo preparado para el primer ejercicio? Os prometo que lo vais a pasar bien.

– ¿Bien? ¿Quieres decir que tendremos que comer bichos, sudar y morirnos de agotamiento? -preguntó Lexie.

– Mejor que eso -contestó Cash, dándole un golpe en la cabeza. Se lo merecía-. No me gusta decir esto, listilla, pero este ejercicio es tan bueno que incluso va a gustarte a ti.

– A mí me gustan todos -aseguró ella-. Pero es que nunca estoy segura de si voy a sobrevivir.

El grupo soltó una carcajada y Cash rió también.

– Vale, quiero que os dividáis en parejas. John, tú con Gary. Mel y Steve, Tim y Skully. Lexie, tú conmigo.

– Creí que no te gustaba como pareja.

Cash lo había intentando, pero la verdad era que aquella maldita mujer no parecía capaz de andar sin tropezarse con las ramas. Y nadie salía herido de la montaña Silver. Nadie. Él nunca preparaba ejercicios peligrosos. Sus clientes debían volver a casa con energías renovadas y felices, no llenos de cardenales.

Por eso tenía que ir con Lexie.

– ¿Qué vamos a hacer esta mañana? -preguntó Gary, uno de los corredores de bolsa de Cleveland.

Cash sacó un montón de pañuelos de la mochila y empezó a distribuirlos.

– Uno de cada pareja tiene que vendarse los ojos. Pero no penséis que vais a «meteros mano». Este es un desafío mental, no físico.

Cash había dicho aquello muchas veces y siempre conseguía una carcajada. Aquella vez también. Todos rieron, excepto él. En cuanto se imaginó a sí mismo poniéndole la venda a Lexie, sufrió una erección inmediata… y no había nada mental en ella.

Capítulo 5

Lexie empezó a mover los pies, inquieta. Quizá Cash pensaba que ponerle una venda a alguien era un ejercicio mental, pero para eso de las vendas tenía un potencial erótico muy peligroso.

– Habréis oído la palabra «delegar» un millón de veces en vuestros trabajos. Y todos sabéis que no es fácil confiar en alguien. Sin embargo, eso es exactamente lo que quiero que hagáis. Quiero que caminéis durante media hora por el bosque con los ojos cerrados. De esa forma, podréis utilizar sentidos que no se utilizan normalmente, como el tacto, el oído y el olfato. Y, además, aprenderéis a confiar en otra persona. Nos encontraremos aquí en media hora, ¿de acuerdo?

Lexie lo entendía, como entendía el resto de los ejercicios. No eran solo para que una panda de ejecutivos agresivos disfrutaran de la naturaleza sino una forma de hacer que vieran la vida de otra manera.

Y, la verdad, estaba funcionando. Lexie no había vuelto a tener ataques de ansiedad en toda la semana. Estaba empezando a disfrutar de la comida e incluso a veces pasaban más de quince minutos sin que se preocupara del índice Dow Jones. Aquello tenía que ser un progreso.

Pero estar vendada, junto a un hombre que la atraía como Cash, no le parecía tan buena idea.

Él la relajaba tanto como un semental al lado de una yegua en celo.

Cuando las voces de los demás se perdieron entre los árboles, Cash le puso la venda y Lexie sintió un escalofrío.

– ¿Está muy apretada? -preguntó él. Lexie negó con la cabeza-. No te preocupes, no va a pasarte nada. Solo vamos a dar un paseo. Respira y disfruta -sugirió, pasándole un brazo por los hombros. Ella le pasó el suyo por la cintura, encantada. Como había dicho Cash, estaba disfrutando con todos sus sentidos-. Ahora quiero que te sientes. Estamos sobre una roca plana, al lado de un riachuelo. Siéntate y escucha.

– Vale -murmuró Lexie. Por supuesto, cuando iba a sentarse estuvo a punto de caer de cabeza, pero Cash lo impidió. Por fin, se sentó sobre algo duro y plano, y él se sentó a su lado.

Y aunque Lexie había pensado que el ejercicio iba razonablemente bien, de repente, todo se fue al infierno.

No veía nada. Pero había dejado de oler los pinos, el musgo y el barro. Lo que olía era una noche oscura, una pesadilla. Ella tenía tres años y estaba escondida en un armario, asustada. Había alguien en su casa. No sabía quién era. Solo sabía que se había metido en el armario porque pasaba algo horrible. Su madre lloraba en alguna parte y oía la voz de su padre, suplicando. Y luego, una explosión.

– ¿Puedes oír el agua, Lexie? Hay una ardilla muy cerca de nosotros. Sé que no puedes verla, pero si te concentras podrás escuchar el ruido que hace. Está comiendo una nuez y…

Lexie escuchaba la voz de Cash, pero… Un hombre con uniforme de policía abría la puerta del armario y la tomaba en sus brazos. Pero Lexie supo que algo horrible les había ocurrido a sus padres. Lo supo. Y solo podía experimentar en su corazón un sentimiento de pérdida, de soledad… Ya no tenía tres años, tenía veintiocho. Aquello había ocurrido mucho tiempo atrás, pero la venda en los ojos había despertado los recuerdos. El miedo, la pérdida, la angustia…

– ¿Qué te pasa, Lexie? -escuchó la voz de Cash. La expresión de ella debió asustarlo-. ¿Qué ocurre? No pasa nada, Lexie, no pasa nada…

Cash le quitó la venda inmediatamente.

Los síntomas eran familiares. Su corazón latía acelerado, tenía las manos sudorosas y no podía respirar, no podía pensar…

Estaba sufriendo un ataque de ansiedad.

– Estoy bien -consiguió decir.

– No hables. Cálmate.

– Vete. Estoy bien.

– No voy a irme a ningún lado. Relájate. Cálmate o tendré que sentarme encima de ti.

En cualquier otro momento, Lexie se habría reído. No solo la estaba gritando, sino que la había colocado sobre sus rodillas y le daba golpecitos en la espalda, como si fuera una niña. Pero Cash estaba tan agitado como ella. Los latidos de su corazón atronaban como los suyos.

Lexie respiró profundamente y la bola de terror que parecía tener en el estómago empezó a desaparecer poco a poco.

Frente a ella, una garganta cristalina, rodeada de musgo. Una ardilla corriendo de un lado a otro. Lo veía todo, pero solo podía sentir su mejilla contra el pecho del hombre, el calor de su cuerpo, la barbilla de él sobre su cabeza y… aquella parte tan interesante de su cuerpo, y tan dura, creciendo justo bajo sus piernas.

– No me había pasado en mucho tiempo -pudo decir al fin.

– Cuéntame.

– Mis padres eran ricos. Desgraciadamente, tan ricos como para despertar la atención de los ladrones. Yo tenía tres años, casi cuatro, cuando dos hombres entraron a robar en nuestra casa y mataron a mis padres. Yo me escondí en un armario y los policías me encontraron horas después.

– Es terrible, Lexie.

– Sí. No es algo que se pueda olvidar. Pero la verdad es que he sido muy afortunada. No tenía parientes, pero los Woolf me adoptaron y me trataron desde el primer día como si fuera su hija. Los quiero mucho y ellos a mí.

– ¿Y por qué has recordado todo eso cuando te he puesto la venda?

– No estoy segura. Lo cierto es que, a pesar de que mi familia adoptiva es maravillosa, yo siempre me sentí como una extraña. Todos son tan altos, tan rubios, tan esculturales… Ellos siempre estaban haciendo ejercicio, mientras yo hundía la nariz en los libros. Por eso gané tanto dinero. Desde que era pequeña he intentado hacer algo en lo que fuera realmente buena. Y ganar dinero es mi identidad, me dio confianza. Por primera vez desde que perdí a mis padres, empecé a sentirme segura. Pero eso terminó hace un año.

– ¿Qué terminó? ¿Perdiste dinero?

– No, no. Nunca he dejado de ganar dinero. Pero hace un año empecé a tener estos ataques de ansiedad. Y no podía dormir -explicó ella-. Hasta ahora, ganar dinero me había hecho sentir segura, pero ya no. Por eso vine aquí. Mi familia insistió en que lo hiciera. Yo no creía en ello, pero pensé que debía probar. Y está funcionando, Cash.

– ¿Casi me muero del susto, porque pensaba que estabas sufriendo un infarto y tú me dices que está funcionando?

Lexie no quería que se preocupase por ella. Aquella historia era problema suyo, pero él parecía tan enfadado que no pudo replicar. Lo único que no se le ocurrió, ni por un segundo, fue besarlo.

Pero, sin saber por qué, acarició su mejilla y, de repente, la boca del hombre estaba a un centímetro de la suya.

Y, un segundo después, se estaban besando. Los labios de él sabían dulces y cálidos. Él la besaba con fuerza, jugando con su lengua, bailando con ella.

En ese momento, una gota de agua decidió caer sobre su frente.

La sorpresa hizo que Lexie abriera los ojos. Vio el arroyo, la ardilla, los árboles, la montaña, pero todo eso no era más que un decorado para Cash. Él era lo único que importaba. Su pelo revuelto, los ojos cerrados… y entonces, tuvo que volver a cerrar los suyos porque Cash siguió besándola. Unos minutos antes, su corazón latía acelerado, pero por una razón muy diferente. En aquel momento era un sonido emocionante, como lo era el calor que sentía entre las piernas. Y el deseo, crudo, fuerte, vibrante, increíblemente enloquecedor.

Lo deseaba.

A los veintiocho años, Lexie había experimentado antes el efecto de las hormonas, pero aquello no parecía tener nada que ver con las hormonas. Más bien con los volcanes.

Le daban igual las consecuencias. No quería que parase. Quería pertenecerle a Cash. Quería estar con él.

Una mano grande y masculina empezó a desabrochar los botones de su camisa. Lexie llevaba sujetador. Con relleno.

Cash sonrió mientras lo desabrochaba. Lexie debería haberle dicho que no se molestase. Bajo aquel relleno, prácticamente no había más que dos bultitos.

Pero él encontró aquellos dos bultitos. Y, en lugar de parecer decepcionado, actuaba como si una mujer con pechos diminutos fuera lo único que hubiera buscado en toda su vida.

Otra gota de agua cayó sobre su frente, pero le daba igual. Pronto, el grupo buscaría a su líder. Pronto sería la hora de comer. Pronto Sammy volvería del colegio. Y pronto, uno de los dos tendría que levantar la mano y decir que estaban locos.

Pero no quería ser ella quien lo hiciera.

Nunca se había sentido segura desde que perdió a sus padres. Estar solo no era lo peor que podía pasarle a un ser humano, pero a veces Lexie se sentía como una niña buscando en la oscuridad a alguien que fuera como ella. Y no pensaba que Cash pudiera ser esa persona… pero en aquel momento, en aquel preciso momento, se sentía unida a él como solo se había sentido unida a alguien en sus sueños.

– Lexie…

– ¿Qué?

– Está lloviendo a mares.

– ¿Y? -preguntó ella, acariciando su mejilla. Fuera locura o no, sentía que Cash y ella estaban descubriendo algo que poca gente había descubierto. Se sentía inmersa en las emociones que él provocaba, como si estuviera al borde de algo enorme, un precipicio mágico, un cambio que afectaría toda su vida.

– Lexie… -Cash tenía los ojos cerrados-. Hay truenos.

– ¿Crees que deberíamos marcharnos?

– ¿Preferirías hacer el amor sobre esta roca, con una tormenta de rayos y centellas?

Lexie tuvo que sonreír. La lluvia los estaba empapando a los dos. Sin embargo, él volvió a besarla una vez más, un beso largo y lento, y húmedo. Muy húmedo.

– McKay…

– ¿Sí?

– Está diluviando.

– Eso es lo que llevo media hora intentando decirte.

– Es que estoy empapada.

– Lo sé.

– McKay, no me refiero a esa clase de humedad. ¿Podrías dejar de pensar en el sexo y pensar en algo más constructivo? ¿Como rescatarme a mí y al resto del grupo?

– ¿Yo pensando en sexo?

– Por supuesto -sonrió ella, abrochándose la camisa y levantándose como la señorita que era-. Y la próxima vez que empieces algo, por favor, que sea bajo cubierto.

Riendo, Cash tiró de su mano para buscar al resto del grupo.

Lexie no sabía qué había ocurrido entre ellos, pero ningún otro hombre la había hecho sentir de esa forma.

Cash había dejado claro que Sammy era su prioridad en la vida y eso significaba que no había sitio para una mujer. Y menos para una mujer de Chicago que pronto volvería a sus asuntos.

Había bromeado porque sabía que era lo que tenía que hacer. No quería que Cash pensara algo tan absurdo como que estaba enamorándose de él.

El día se volvió cada vez más desagradable. Lexie salió de la ducha y se dirigió a la sala de masajes, con una toalla firmemente sujeta sobre sus pechos. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales y el cielo estaba negro como la noche.

Unos minutos antes, darse un masaje le había parecido buena idea. Después del episodio del ataque y los besos sobre la roca, Cash había insistido en que todo el grupo fuera de excursión para disfrutar de los olores y sonidos de la tormenta.

Y ella no había perdido un paso. Pero en aquel momento estaba exhausta, helada, magullada e irritadísima.

Había pensado que darse un masaje era la solución, pero cuando puso la mano en el picaporte, recordó la vergüenza que le daba que la vieran desnuda. Otras mujeres se sentían cómodas con su cuerpo, pero para Lexie enseñar un muslo era un atrevimiento.

Por supuesto, había expuesto más que eso delante de Cash aquella mañana. Y recordarlo hizo que empujara la puerta, nerviosa.

En la sala de masajes hacía calor. Olía a jabón y aceite de niños. Nada parecía amenazador… excepto el gigante que apareció entonces con una toalla en la mano.

– Supongo que eres Lexie. Yo soy Bubba, encantado de conocerte.

– Bubba -repitió ella, aunque ya sabía su nombre.

– En realidad, me llamo Murphy, pero nadie lo sabe. Parece que hoy todo el mundo quiere un masaje. Debe ser el día.

– Yo no sé si…

– No tengas miedo. Soy gay. Y no tienes que descubrir nada que no quieras descubrir -sonrió el hombre-. Vamos, túmbate en la camilla y dime dónde te duele.

Gay, pensó Lexie. Qué bien.

– Pues… es que nunca me he dado un masaje.

– Llevas más de una semana haciendo excursiones, aguantando la comida de Keegan y el mal humor de George, ¿no? Pues te mereces un masaje. Te sentirás mucho mejor, te lo prometo.

– De acuerdo -sonrió ella, tumbándose en la camilla y casi tirando el carrito de los aceites en el proceso.

Su torpeza no pareció molestar a Bubba que, con unas manos tan grandes como palas, empezó a masajear su espalda.

– Estás como un tronco, nena.

– Muchas gracias.

– No te preocupes, yo lo arreglaré -sonrió el hombre.

En ese momento, una corriente de aire le dijo que alguien había abierto la puerta.

– ¿Qué tal, Lexie? -escuchó una voz familiar.

Sammy. Un humano con el que poder hablar.

– Estupendamente.

– Menuda tormenta, ¿eh? -rió el niño-. Bubba también me da masajes a mí a veces.

– ¿En serio?

– Sí. ¿Te duele la espalda?

– Un poco.

– La mayoría de la gente que viene por aquí tiene problemas de espalda -dijo el niño muy serio-. Por eso Cash hizo esta sala de masajes. Tanto paseo por el campo te deja hecho polvo, cuando no estás acostumbrado. Además, tú eres una chica.

– ¿Quieres que te pegue una paliza, jovencito? -rió Lexie-. No he visto a Martha en todo el día. ¿Cómo está?

– Preñada -suspiró el niño-. No sé cuándo va a decidirse a tener los cachorros. Bueno, tengo que irme -dijo Sammy entonces-. Voy a ver el Dow jon ese…

– Dow Jones -corrigió Lexie-. ¡Sammy, un momento!

El niño cerró la puerta tras él, riendo. Lexie había cerrado los ojos cuando la puerta volvió a abrirse por segunda vez.

– Hola, Bubba, ¿cómo están Trixie y los niños?

Cuando Lexie escuchó la voz de Cash, intentó cubrirse la espalda desnuda con la toalla, pero Bubba no se lo permitió.

«¿Trixie y los niños?», pensó entonces.

– Estupendamente -contestó el hombre.

– ¿No eras gay?

Bubba empujó su cabeza hacia abajo sin miramientos.

– No. Te lo dije para que no te pusieras nerviosa. Y deja de hablar. Estás tensa como un palo. Relájate.

¿Relajarse? ¿Cómo iba a relajarse con Cash mirándola?

Seguía teniendo el pelo un poco mojado y la miraba con… energía. Una energía vital, viril y muy sexy.

¿Nadie había oído hablar de la privacidad en aquel sitio? ¿De la paz, de la intimidad?

– Solo quería comprobar que estabas bien.

Lexie no sabía si se refería al ataque de ansiedad o a sus besos, pero daba igual.

– Sí y no.

– Voy a tener que darle un buen masaje -dijo Bubba-. No la fuerces mucho mañana. Es un poco floja.

– ¿Floja? -repitió ella, irritada-. Soy más dura que un peñasco.

– Sammy acaba de venir y me ha dicho al oído que la cuide. Parece su guardaespaldas -rió el masajista.

– Voy a charlar un rato con él -murmuró Cash, pasando un dedo por los hombros de Lexie. No había sido un roce sensual, ni atrevido. Pero a ella se le puso la carne de gallina-. Lexie, cuando Sammy esté en la cama, me gustaría hablar contigo.

– Claro -murmuró ella, con un nudo en la garganta. ¿Qué podría querer decirle que no le hubiera dicho por la mañana?

Capítulo 6

En cuanto Cash metió a Sammy en la cama, fue a colocar un poco el salón. Puso la NBC, colocó el Wall Street Journal sobre la mesa, encendió el ordenador y dejó un móvil a mano. Después, se apoyó en el respaldo del sillón, comprobando que había sacado todo el arsenal.

Cuando escuchó el golpecito en la puerta, se levantó de un salto, diciéndose a sí mismo que estaba preparado y… riéndose después por las mentiras que se contaba.

Nunca estaba preparado para Lexie.

Por supuesto, ella había vuelto a cambiarse de ropa. Su atuendo consistía en una blusa de seda y pantalones de un tono entre coral, salmón y melocotón. Y unas sandalias a juego. Además de unos pendientes con brillantes diminutos.

Pero había descubierto que la ropa era para ella una forma de defensa. Estaba claro que le gustaba vestir bien, pero había notado que cuando más se arreglaba era cuando estaba preocupada por algo.

Cash veía la ropa… pero en lo que realmente se fijaba era en la curva de su trasero y en que se había colocado el pelo detrás de las orejas aquella noche. En su mente, la veía sobre la camilla de masaje, con el trasero destacándose bajo la toalla. Tenía aceite en la espalda. Un aceite suave, fragante, que lo hacía imaginar cuál sería su aspecto cuando estuviera en la cama… con él. Porque Cash quería sudar, específicamente con ella.

Aquella pequeña reunión no -iba a funcionar, pensó.

– ¿Sammy está dormido?

– Afortunadamente. No suele quedarse dormido tan pronto, pero hoy he tenido suerte -dijo él-. ¿Te apetece una copa de vino? Di que sí.

– ¿Por qué? -sonrió ella.

– Porque Keegan me ha dicho que te ofrezca vino en lugar de cerveza y no quiero hacer el ridículo.

– En ese caso, quiero una copa de vino.

– Gracias a Dios -murmuró Cash, abriendo la pequeña nevera. Cuando terminó de quitar el corcho y servir las copas, esperaba encontrarla al borde del orgasmo frente al índice Dow Jones, pero ella ni siquiera estaba mirando la televisión. Seguía de pie, esperándolo.

Lexie parpadeó al ver la cantidad de vino que le había servido y después señaló alrededor.

– ¿Esta es vuestra zona privada?

– ¿Te gusta?

– Mucho -sonrió ella, observando un calcetín que asomaba por debajo del sofá.

– Estamos intentando ser civilizados -dijo Cash-. Siéntate.

– Lo que me sorprende es que me hayas dejado entrar en tu sancta sanctorum, Y que tengas encendida la televisión.

– La he encendido para ti. Quería que echaras un vistazo a ese índice Dow Jones que tanto te preocupa. El ataque de esta mañana me ha asustado, Lexie. Esto no es un campamento del ejército. Se supone que no debes seguir trabajando mientras estás aquí, pero si eso va a ser un problema, puedes entrar cuando quieras.

– ¿Por eso querías hablar conmigo?

– Sí. Por eso y porque hay un pequeño cambio en el programa. Nadie se va de esta montaña sin encontrarse mejor. Eso es muy importante para mí.

– Es una cuestión de orgullo -murmuró ella.

– Eso es -asintió Cash. Le parecía que aquello iba bien. Lexie no parecía darse cuenta de que él no quería hablar de sexo. Ni de besos. Ni de ellos-. Mi orgullo está directamente conectado con este negocio. De ello depende mi reputación. No es tanto por mí como por el futuro de Sammy. Y eso significa que no puedes volver a tener un ataque de ansiedad. Quiero que lo pases bien y he pensado que mañana podríamos ir a navegar.

Lexie levantó una ceja.

– Me parece que entiendo. Si no soy feliz, pongo en peligro el futuro de tu hijo, ¿ese es el mensaje?

– Sí.

– Vale. Pues ya soy feliz. Y mañana será aún más feliz. No vamos a poner el futuro de Sammy en peligro por una tontería. Lo que no entiendo es lo de navegar. Eso ya estaba en el programa, ¿no?

– Sí. Hay un lago al sur de aquí, un sitio muy bonito. Pero el asunto es que mañana vamos a navegar, pero yo haré todo el trabajo. Tú solo tendrás que relajarte y…

– Cash -lo interrumpió ella, muy seria.

– ¿Qué?

– ¿Crees que me falta un tornillo o algo así?

– No. Todo el mundo tiene algún problema. Y tú sufriste una experiencia muy traumática de pequeña.

– Ya -murmuró ella. Cash estaba nervioso y no podía disimularlo-. ¿Crees que te abracé esta mañana porque estaba sufriendo un ataque? ¿Crees que no pensaba con claridad?

Cash había planeado aquella conversación específicamente para no hablar de eso.

– Si la NBC no es tu canal favorito, podemos buscar otro. Tómate el vino, pon los pies en la mesa… mira, aquí hay noticias económicas.

– ¿Te interesan las noticias económicas, Cash?

– No demasiado -contestó él.

Lexie apagó el televisor.

– Sabía muy bien lo que estaba haciendo cuando te besé, Cash. No quiero que pienses que se me había ido la cabeza o algo así. Me encantó besarte.

– Ah, muy bien. De acuerdo -dijo Cash, aclarándose la garganta-. ¿Ahora quieres ver la tele?

– No -contestó ella, tomando su mano. Cash se puso rígido-. No sé por qué nos está pasando esto, pero sé que no tengo sitio en tu vida. Y también sé que a tu hijo le rompería el corazón que otra mujer lo abandonase. Así que deja de preocuparte. Pase lo que pase entre tú y yo, habrá que tomárselo con sentido del humor. Y ahora, ¿por qué no me hablas de la madre de Sammy?

– ¿Quieres que te hable de Hannah? -preguntó Cash, sorprendido por su sinceridad. Y también molesto por esa seguridad suya de que allí no había sitio para ella. Aunque debería sentirse aliviado, porque tenía razón.

– Sí, quiero que me hables de Hannah.

– Muy bien -murmuró Cash, intentando concentrarse. No le gustaba hablar de su hermana.

– Deja de mirar hacia la puerta. Yo te diré si Sammy asoma la cabeza. Solo quiero que me digas cuál es la situación, porque es posible que pueda ayudarlo. Me encanta ese crío.

– No me importa que lo sepas -empezó a decir él-. Pero es que no sé qué decir. Nunca sé qué decir cuando me preguntan por mi hermana. Mi madre la crió como si fuera una princesa y creo que ella sigue buscando a su Príncipe Azul. Cree que cuando un hombre se enamora de una mujer la cuida día y noche como si fuera de cristal.

– ¿Y por qué piensa eso?

– Pues… quizá por culpa de los hombres de la familia. A nosotros nos educaron bajo un antiguo código de honor. Los hombres protegen a las mujeres, las mujeres necesitan que las mimen, ese tipo de cosas. Cuando era niño, pensé que mi padre quería de verdad a las mujeres, pero después me di cuenta de que era un hombre autoritario. Mi madre y mi hermana no trabajaron nunca y él las llenaba de regalos, pero nunca pudieron expresar su opinión sobre nada.

– ¿Y eso es lo que tu hermana está buscando?

– Es más complicado -suspiró Cash-. Si la conocieras, te encantaría. Es divertida, graciosa y muy dulce. Pero cuando se quedó embarazada… no sé qué le pasó, perdió la cabeza. Su novio la abandonó y después de tener a Sammy, se dio cuenta de que no podía con la responsabilidad. Sencillamente, desapareció.

– ¿Dejó a Sammy cuando era un recién nacido? -preguntó Lexie. Cash asintió con la cabeza-. Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces. ¿Por qué no ha vuelto?

– No lo sé. Creo que, al principio, se sentía avergonzada y después, no sabía cómo hacerlo -suspiró Cash, pasándose la mano por el pelo-. Yo le eché un par de broncas y eso no ayudó nada, por supuesto. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿No decirle nada? Sammy ha crecido muy bien, pero cualquier podría darse cuenta que tiene algunos problemas que vienen de…

– Me dijo que se hacía pipí en la cama. Cash la miró, sorprendido.

– ¿Lo dices en serio? Nunca se lo ha contado a nadie. En fin, Sammy cree que hay algo malo en él. No lo dice, pero piensa que si su madre se marchó es porque había algo en él que la impedía quererlo.

– Oh, Cash. Lo sé.

– No lo sabes… Bueno, quizá sí.

– Hay algo en común en todos los niños huérfanos. Se sienten desplazados, como una pieza que no encaja en un rompecabezas. No tienen la misma seguridad que un niño que vive con sus padres -empezó a decir ella-. Nada funcionaba bien en mi vida hasta que empecé a ganar dinero. Ya sé que te lo he contado antes, pero no es el dinero, es saber que tienes talento para algo. La razón por la que vuelvo a mencionarlo es para que sepas que Sammy y yo hablamos de esas cosas. De lo que a él le gusta hacer. De las cosas que hacen que se sienta bien. He estado intentando ayudarlo para que se sienta seguro, para que sepa que ser feliz consiste en mirar hacia dentro. ¿Entiendes?

– Claro -dijo Cash. Su compasión por Sammy hacía que se sintiera afectado. Y él no era un hombre que se dejase afectar por muchas cosas. Pero era mirarla lo que le hacía perder la cabeza. Había tantas cosas hermosas en ella.

– ¿Sabes cuál es tu toque de oro, McKay? Tienes un toque de oro con la gente.

– ¿Yo? No puedo sujetar el dinero en mi cartera a menos que lo pegue con pegamento.

– No estoy hablando de dinero. Estoy hablando de corazón. A este refugio vienen un montón de extraños, con un montón de problemas que a ti te son ajenos y, sin embargo, tú sabes encontrar la forma de hacerles entender que hay otra forma de ver la vida. El ejercicio de la venda esta mañana, por ejemplo. La gente que viene aquí son ejecutivos con problemas de confianza en los demás, gente que no puede delegar y por eso acaban muriendo de un infarto antes de los cincuenta. Pero tú les enseñas a confiar, a dejarse llevar…

– No funcionó contigo -la interrumpió Cash.

– No, pero porque yo tengo una vieja pesadilla -sonrió ella-. Bueno, será mejor que me vaya a dormir. Al jefe le gusta que nos levantemos muy temprano.

– Muy bien.

– Hasta mañana, entonces -dijo Lexie, levantándose. Sin querer, golpeó la copa con la rodilla y, al intentar colocarla, se le cayó el vino sobre unas revistas. Cash ni siquiera se molestó en limpiarlo. Lo haría más tarde. Ella hizo una mueca de disculpa-. No seguirás preocupado por los besos de esta mañana, ¿verdad?

– Pues, yo… -Cash no había esperado que volviera a sacar la conversación y se sentía como un tonto.

– Por eso me invitaste a charlar contigo esta noche. Para estar seguro de que no iba a ponerme muy pesada, creyendo que un par de besos significan una relación.

Cash buscó una respuesta. Pero no la tenía.

– ¿Creías que estaba preocupado?

– Sería comprensible. Supongo que por aquí vienen algunas mujeres muy ricas y… muy caprichosas. Sería normal que alguna se quedase prendada de ti y quisiera no solo disfrutar de este refugio, sino del dueño del refugio. Pero no tienes que preocuparte por mí. No pienso hacer nada que pueda herir a Sammy. Sé que dentro de un par de semanas estaré de vuelta en Chicago.

Cuando se dio la vuelta, Cash la siguió prácticamente corriendo. Para darle las buenas noches. O para librarse de ella. Cuanto más hablaba Lexie con aquel tono pausado, más nervioso se ponía él.

No tenía ni idea de por qué quería darle un puñetazo a la pared, ni por qué su presión sanguínea estaba por las nubes. Lexie era un sueño de mujer. No le pedía explicaciones y no se portaba como una víctima.

Pero cuando abrió la puerta, accidentalmente la cerró. Y, accidentalmente, la miró como un ogro. Y solo accidentalmente, la besó.

Y aquella maldita mujer a la que había puesto contra la pared y que estaba sonriendo, en lugar de darle una bofetada que era lo que debería hacer, enredó los brazos alrededor de su cuello.

El beso se volvió «brumoso». Maníaco.

A Cash se le doblaban las rodillas y le faltaba el aire. Cuando debería ser al revés, cuando debería ser ella la que estuviera sorprendida por su sabiduría erótica.

Pero Lexie sabía besar. Lexie podría hacerle creer a un hombre que era lo más caliente que había salido de un cromosoma Y el único nombre en el universo. El único hombre que necesitaba. El único hombre…

Fuera lo que fuera lo que ella hacía, era mejor de lo que Cash nunca había experimentado. Si Lexie era una droga, él quería hacerse adicto.

Los diminutos pechos se apretaban contra su torso, su pelvis se rozaba de forma sugerente contra él, encendiéndolo. El deseo llevaba su nombre, su aroma, su forma. La quería desnuda, debajo de él. En aquel mismo instante. Estaba perdiendo la cabeza por ella. Y ni siquiera le había quitado la blusa.

En aquel preciso instante, Cash tuvo que apartarse para buscar aire. Aunque era un incordio, sus pulmones parecían pensar que el oxígeno era una necesidad. Pero no quería soltarla. Cuando la miró, ella tenía los ojos abiertos. Unos ojos enormes, vulnerables. Y los labios húmedos e hinchados.

– No seguirás enfadado conmigo, ¿verdad?

– Nunca he estado enfadado contigo.

– Ya -sonrió ella, con una de esas sonrisas-. Pero la próxima vez que te enfades, avísame. ¿De acuerdo?

– No estaba enfadado.

– Vale -volvió a sonreír Lexie-. Buenas noches, cielo.

¿Cielo? ¿Él? Ninguna mujer lo había llamado «cielo». Cuando desapareció, Cash dejó escapar un suspiro. No estaba enamorado de ella. Aunque quisiera estarlo, no podría enamorarse de una mujer que iba a marcharse un par de semanas después. Por Sammy. Sencillamente.

Pero no había nada malo en tener una aventura. Nada malo en que dos adultos disfrutaran el uno del otro. Pero Cash sabía que nada sería tan sencillo con Lexie Woolf.

Ella no besaba de forma sencilla. Besaba para siempre.

Y Cash no sabía qué hacer. Pero para el día siguiente, cuando fueran a navegar, tendría que haber encontrado una solución.

Capítulo 7

Lexie se metió las manos en los bolsillos del pantalón, mirando el lago mientras esperaba a Cash. Él le había advertido que no llegaría antes de las diez, porque tenía que hacer los ejercicios matutinos con el grupo. Y no llegaba tarde, era ella la que había llegado pronto.

No estaba deseando ir a navegar porque sabía que causaría algún desastre, pero se había levantando a las seis de la mañana y se había arreglado con más cuidado que nunca. Pantalón blanco, jersey de cuello alto blanco y… las «extrañas» zapatillas de Sammy. Aquellas zapatillas no pegaban con nada, pero le daba igual. Se habían convertido en un amuleto. A Lexie no le importaba demasiado su ropa, pero sabía que si se ponía algo inadecuado, lo estropearía todo. Los hombres no entendían eso, pero cualquier mujer en cualquier sitio del planeta le daría la razón.

La noche anterior, Cash le había ofrecido la oportunidad de leer el periódico, hacer una llamada y ver las noticias financieras, pero nada de eso la había interesado.

Algo le estaba ocurriendo. Algo malo. Pensar en dinero, ganar dinero siempre la había hecho sentir estupendamente. Era lo único que se le daba bien, lo único que la hacía sentirse segura de sí misma.

Pero en aquel momento, todo le daba igual. El dinero, la ropa. Todo su mundo parecía estar concentrado en aquel hombre que se dirigía hacia ella entre los árboles.

Parecía Indiana Jones. Ojos azules, sonrisa irónica. Ningún hombre debería estar tan guapo con unos simples vaqueros y un jersey viejo.

Su atractivo se estaba volviendo irritante.

El lago debía brillar como un diamante en los días de sol. Pero aquella mañana unas nubes grises cubrían el cielo y hacían que el agua pareciera de color marrón.

Las hojas de los árboles se movían con el viento y lo que había en el agua parecía más un barquito de juguete que un barco de verdad. Era precioso, con una vela de colores, pero tan pequeño que si dos personas entraban en él, debían estar pegadas la una a la otra.

Aunque a ella no le importaba. Soñaba con Cash, desnudo, riendo. Enfadado y desnudo. Invariablemente, en sus sueños, él no llevaba nada de ropa y la llamaba hacia una cama. Había velas, el sonido del agua, pero eso no era importante. Lo único importante era Cash. Desnudo y llamándola.

Para acostarse con ella, claro.

Y Lexie estaba empezando a pensar que acostarse con él no sería tan mala idea. Enamorarse de él era lógico. Era un hombre fuerte, honrado y sincero. El problema era el asunto del sexo.

Estaba cansada de desear a Cash. Cansada de desearlo cada vez que lo veía y después irse sola a la cama. Acostarse con él quizá la curaría, pensó. Si lo hacían, podría volver a su vida normal. El sexo no era para tanto. El problema era pensar en sexo todo el tiempo y… no tenerlo.

Cash no quería que ella se quedara. Lo había sabido desde el principio. Y era lógico. Pero no había nada malo en amarlo si no le hacía daño a Sammy.

El demonio que se llamaba Cash estaba casi a su lado entonces.

– Hola, pequeñaja -la saludó con un brillo absolutamente demoníaco en sus ojos azules.

– A mí no me llames pequeñaja, vaquero.

– Es difícil llamarte otra cosa. Sammy casi mide lo mismo que tú. Pero debería haber recordado que no te gusta que te tomen el pelo por las mañanas.

Ante el insulto, la respuesta de Lexie fue apartar una pelusilla inexistente de sus pantalones.

– En cualquier lugar civilizado, te estrangularían por ese sentido del humor.

– ¿Chicago y Nueva York te parecen sitios civilizados? -rió él.

– El problema es esa simpatía tuya por las mañanas.

– Vale, de acuerdo. No seré simpático. ¿Has visto el barco? ¿A que es precioso?

– Mira, McKay, antes de que nos metamos en ese juguete, quiero hacerte una pregunta. ¿Tú crees que puedo volcarlo?

– No.

– Ya sabes lo torpe que soy y…

Cash se inclinó para abrir su mochila. Las mujeres siempre llevaban bolso y Cash siempre llevaba una mochila llena de cosas tan raras que nadie en Chicago podría identificarlas aunque les fuera la vida en ello.

– Da igual porque no vas a moverte. Cierra los ojos y respira hondo. Tú no tienes que hacer nada. Relájate y disfruta. Sé que parece pequeño, pero es tan sólido como una roca.

– Si es tan seguro, ¿por qué me estás poniendo un chaleco salvavidas?

– Podría decirte que siempre que navego con alguien le pongo un chaleco salvavidas. Pero la verdad es que lo hago para poder tocarte. ¿No te habías dado cuenta?

– Debes de ser el único hombre en el mundo que tiene ganas de tocar una talla 60. ¿Es que no sabes que a los hombres les gustan los pechos grandes?

– A cada uno, lo suyo. Y compórtate.

– ¿Yo?

– Sí, tú. La que acaba de ponerme las manos en el trasero.

Lexie miró por encima de su hombro y allí estaban. Sus manos. En su trasero.

– Solo estaba… intentando sujetarme.

– Ya -murmuró él. Después, se puso repentinamente serio-. No dejo de decirme que tenemos que parar esto, Lexie.

– Yo también.

– Los dos somos adultos y sabemos que no va a durar.

– Sí.

– A ti no te gusta este tipo de vida y yo no voy a moverme de aquí, así que no sé en qué estamos pensando.

Lexie lo sabía muy bien. Pero eso no le impedía disfrutar de cada segundo.

– Yo tampoco lo sé -dijo, apretando su trasero-. Eres tan atractivo…

Cash suspiró. Pesadamente. Después, apartó las manos de sus pechos y terminó de abrochar el chaleco.

– Vale. Entonces vamos a seguir siendo inmaduros.

– Eso parece.

– Me gusta tocarte -murmuró él, mordiéndola en el cuello.

– A mí también. ¿Crees que deberíamos acostarnos juntos?

– Creo que sería una estupidez -contestó Cash, tomándola de la mano para llevarla hasta el barco-. ¡Maldita sea, Lexie! Si solo fueras una mujer, ya me habría acostado contigo.

– ¿Y qué significa eso?

– Que conozco muchas mujeres. No me acuesto con muchas, pero cuando lo hago me siento bien. No me siento culpable.

– Insisto, ¿qué significa eso?

– Que tú no eres como las demás. Y tengo la impresión de que, cualquiera de estas noches, vamos a terminar juntos. Pero voy a enfadarme mucho conmigo mismo si te hago daño. Lo digo en serio.

– Yo tampoco quiero hacerte daño -dijo ella entonces. Sabía que Cash no estaba tan seguro de sí mismo como quería aparentar. Y también sabía que se sentía solo-. Quizá si seguimos siendo tan sinceros el uno con el otro, esto podría funcionar.

En aquel momento, Cash tenía un problema más acuciante que el amor y el sexo. Y era cómo sobrevivir a una lección de navegación con Lexie Woolf en el barco.

– Lo primero que hay que hacer es doblar la vela, después, virarlo a babor y…

– ¿Te va a molestar si me olvido de todo eso?

– ¿Molestarme yo contigo? Nunca -dijo Cash, galante. Pero entonces, Lexie decidió meterse en el barco ella sólita-. Toca esa soga y te mato. ¡Espera un momento! ¿Qué quieres, que volquemos? -Lexie soltó una de sus carcajadas.

– Si no empezamos a navegar, voy a cumplir los noventa y no seré capaz de subirme al bote.

– Barco, no bote. Y estoy seguro de que, a los noventa, también serías capaz de volcarlo.

Sin saber por qué, Lexie empezó a imaginarse a sí misma como una anciana, al lado de Cash. Y le gustaba la idea. Sin dejar de bromear, Cash y ella subieron al barco y después de advertirle que no tocara nada, empezaron a navegar, dejándose llevar por el viento. Deslizarse por el agua era más hermoso de lo que Lexie hubiera podido imaginar.

El viento golpeaba su cara. Cash movía la vela, haciendo que el barco tomara la dirección que quería y Lexie sonrió al verlo feliz. Feliz con el barco, con el momento, pero también feliz con ella. Y, de repente, era fácil imaginarlo haciendo aquello mismo cuarenta años después; él con el pelo blanco y arrugas alrededor de los ojos y ella con tripita y la piel cuarteada. Él, dándole órdenes y ella, sin hacerle ni caso. Él querría estar todo el día al aire libre, mientras ella necesitaría su móvil y su ordenador. Pero era tan divertido estar con Cash que no le importaría ahogarse en aquel aire tan puro.

Él no la estaba tocando.

Ella no lo estaba tocando a él.

Pero Lexie se dio cuenta de que estaba realmente enamorada de aquel hombre. Y aterrorizada de no volver a sentir aquella emoción por nadie más. Era para él y solo para él.

– Lexie… -murmuró Cash entonces. Lexie se asustó. Quizá a él le pasaba lo mismo. Quizá había encontrado al hombre de su vida. Quizá aquel loco y maravilloso sentimiento era compartido.

– ¿Qué?

– He dicho que mires detrás de ti. Pero vuelve la cabeza muy despacio.

Naturalmente, Lexie volvió la cabeza a la velocidad del rayo. A unos metros de ellos, en la orilla, había un reno. Y, aparentemente, el animal había decidido tomar un baño.

– ¡Mira, qué bonito! -exclamó ella, asombrada. Nunca había estado tan cerca de un animal salvaje.

– Lexie, ten cuidado. No te muevas…

– Es increíble. Mira como nada…

– ¡Lexie, no puedes levantarte!

Lexie no estaba exactamente levantada. Solo se había puesto de rodillas. Pero se le escurrió un pie y tuvo que sujetarse a algo. Un segundo después, el agua se la tragaba, ahogando el sonido de la voz de Cash, que la gritaba y se reía a la vez.

– ¿Y entonces qué pasó, Cash? ¿Después de que os cayerais los dos al agua?

– Ya te lo he contado tres veces, renacuajo.

– Sí, pero es que me hace mucha gracia -sonrió Sammy, mientras Cash lo arropaba.

– Pues estábamos al sur del lago y ya sabes que allí no cubre nada. Lexie podría haberse puesto de pie, pero lo que hizo fue ponerse a gritar como una loca: «¡que me ahogo, que me ahogo!».

– Ya me la imagino -sonrió Sammy, encantado.

– Y ya conoces el barco. Una vez que se vuelca, es muy difícil volverlo a colocar en posición. Yo intentaba hacerlo, mientras le gritaba a Lexie que podía ponerse de pie y…

Los dos escucharon el sonido del teléfono en la otra habitación.

– Ve a contestar, Cash. Pero luego vuelves y me cuentas el resto -dijo el niño.

– De acuerdo.

– Date prisa.

Cuando Cash levantó el auricular y escuchó la voz al otro lado del hilo deseó no haber contestado.

– Hannah, hace meses que no llamabas -dijo, paseando por la habitación, como hacía cada vez que llamaba su hermana-. ¿Cómo estás?

– Bien. Habría llamado antes, pero he estado enferma.

– Ya -Cash había escuchado aquella excusa un millón de veces-. ¿Dónde estás?

– En Houston.

– ¿En Houston? Cada vez, te vas más al sur.

– Hace más calor. ¿Cómo está?

Cash no perdió el tiempo preguntando a quién se refería.

– A punto de dormirse. ¿No irás a decirme que quieres hablar con él?

– Si vas a ponerte…

– No, no, perdona. Solo quería hacerte saber que Sammy está en la otra habitación, por si querías hablar con él.

– Luego, quizá. Solo quería saber cómo estaba. ¿Me echa de menos? No creo que se acuerde de mí.

– Se acuerda de ti, Hannah -suspiró Cash-. ¿Y tú cómo estás?

– Bien. Tengo trabajo en Houston y parece que este va a durar. Es posible que vuelva a la universidad.

– Eso sería estupendo -dijo él. Había oído eso demasiadas veces.

– No me crees, ¿verdad?

– Claro que sí.

– Y no estoy saliendo con ningún hombre. Estoy trabajando para poner mi vida en orden.

– No te estaba criticando, Hannah. Pero si quieres hablar con Sammy…

– Quizá no es buena idea.

– ¿Necesitas dinero?

– Pues… las cosas me van bien, pero como te he dicho, quiero volver a la universidad y necesito pagar la matrícula. Ya sabes.

– Ya. Bueno, voy a llevar el teléfono a la habitación para que hables con el niño un momento -dijo Cash. Era un chantaje puro y simple, pero sabía que, de ese modo, su hermana tendría que hablar con Sammy. Tendría que ser muy amable con él si quería que le diera un céntimo. Cuando entró en la habitación, Sammy lo estaba esperando con los ojos muy abiertos-. Tienes una llamada -sonrió, cubriendo el auricular con la mano-. Es tu madre. No tienes que hablar con ella si no quieres, pero…

Sammy saltó de la cama con la velocidad de un meteoro. El chico vivía esperando las pocas veces al año que su madre se dignaba llamar por teléfono.

– ¿Cuándo vas a venir a verme, mamá? -Cash no pudo oír la contestación de su hermana, pero la expresión de Sammy se volvió tan triste que la imaginó-. Bueno, no importa -dijo el niño valientemente-. Cash y yo estamos muy bien. Sí, el colegio es muy aburrido.

Cuando terminó la conversación y Hannah recibió la promesa de un cheque al día siguiente, Sammy quería volver a oír la historia del barco. Y volvió a reír cuando Cash se la contó. Obviamente, estaba deseando ver a Lexie por la mañana para tomarle el pelo.

Pero como Cash había esperado y temido, la llamada de Hannah había dejado al niño destrozado. Sammy lloró durante mucho rato, aunque aparentó estar dormido cuando entró en su habitación para consolarlo. Cash lo escuchó moverse por la habitación antes de amanecer. Y supo que Sammy se había hecho pipí en la cama de nuevo.

Capítulo 8

La rutina le resultaba tan familiar que Cash podría haberla hecho dormido. Metió a Sammy en la ducha, quitó las sábanas mojadas y puso sábanas nuevas. Después, volvió al cuarto de baño y le dio una toalla al pequeño.

– No tenías que esperarme despierto, Cash. Puedo ducharme yo solo.

– Ya lo sé, renacuajo. Solo quería esperarte para que nos fuéramos a la cama a la vez -dijo Cash. El niño tenía el pelo mojado, la piel mojada, los ojos… húmedos. Sammy tomó la toalla y empezó a secar su delgado cuerpecillo, Cash le puso otra toalla sobre la cabeza.

– No pasa nada.

– Yo no he dicho que pasara -replicó el niño, a la defensiva.

– Pero te molesta.

– Creí que no iba a pasarme más.

– Ya lo sé.

– Lexie me ha dicho que ella también se hacía pis en la cama de pequeña.

Cash friccionó al niño con fuerza, sin abrazarlo. Sabía que no era el momento, porque se sentiría herido en su orgullo. Aunque hubiera deseado hacerlo con todas sus fuerzas.

– Si Lexie te ha contado eso… ya sabes que hay otra gente con el mismo problema, ¿no? No eres el único.

– Sí -suspiró Sammy-. Es muy maja.

– Y seguro que te ha dicho que no es un problema de la edad. Como te he dicho yo.

– Sí, ya lo sé.

Quizá Sammy lo había oído antes, pero Cash tenía que intentarlo de nuevo.

– Hay muchas causas que pueden provocarlo, pero no tiene nada que ver con ser un crío.

– Ya -dijo el mocoso, dejando la toalla y dirigiéndose a su habitación en cueros-. Al menos, no lo sabe nadie -murmuró, con la cabeza baja.

– ¿Qué?

– Que nadie lo sabe más que tú y yo. Nosotros no tenemos mujeres. Y si no hay mujeres, da menos vergüenza, ¿no?

Por fin, Cash consiguió meter al niño en la cama, pero cuando se tumbó en la suya estaba completamente despierto. No dejaba de pensar en Lexie.

Cerró los ojos, intentando dormir, pero era imposible descansar con el pulso acelerado. Sammy mojaba la cama cada vez con menor frecuencia, pero quizá la llamada de Hannah había sido un aviso, para recordarle lo frágil que era el crío.

Daba igual lo atraído que se sintiera por Lexie. Sammy era su responsabilidad y encariñarse con una mujer que no iba a quedarse con ellos era un error. Quizá debería olvidarse de Lexie completamente. Dejar de pensar en ella, de preocuparse por ella. Dejar de disfrutar de sus torpezas y de aquellos enormes ojos de huérfana… y de su pecho plano y su boca… y de la cara que había puesto cuando se cayó al agua…

Cash no pudo evitar una sonrisa. Y después, una mueca. Ese era exactamente el problema. Lexie lo emocionaba. Tanto que estaba seguro de que no se aburriría con ella aunque vivieran cien años juntos. Y tenía que reconocer que lo que sentía por Lexie no lo había sentido por ninguna otra mujer.

Pero las palabras de Sammy sobre la «vergüenza» volvieron a su cabeza. Era cierto. Un hombre no se arriesgaba a sentirse avergonzado si evitaba la intimidad con una mujer. Sammy no se arriesgaría a ser amado. Y él, tampoco.

Los dos salían corriendo despavoridos cada vez que veían a una mujer.

Pero, en su caso, no era cualquier mujer. Era Lexie.

Estaba pensando en ello cuando oyó que alguien llamaba a la puerta del salón.

Cash miró el despertador. Eran las 3:30. Nadie llamaría a su puerta a aquella hora a menos que fuera una emergencia.

Se puso unos vaqueros a toda prisa y, cuando abrió la puerta, estaba preparado para cualquier cosa excepto para encontrarse con Lexie. Vestida para volverlo loco.

Llevaba un pijama de seda y tenía el pelo revuelto. Por un segundo, se la imaginó dando vueltas en la cama. Y al segundo siguiente, se imaginó lo que podían estar haciendo los dos en aquella cama.

– ¿Puedo hablar con Sammy?

– ¿Sammy? -repitió Cash, perplejo. ¿No estaba buscándolo a él? Aunque, por supuesto, eso no hería sus sentimientos. En absoluto-. Lexie, ¿no estarás teniendo un ataque de ansiedad? ¿Tú sabes qué hora es?

– Casi las cuatro -contestó ella-. Pero es que Martha se ha metido en mi habitación y cuando he querido darme cuenta ha empezado a tener a los cachorros. Y he pensado que a Sammy le encantaría…

Cash no la dejó terminar.

– Voy a despertarlo.

Una hora más tarde, Cash se sentía como un gato callejero bajo una tormenta. Todo el mundo parecía estar pasándolo estupendamente, menos él.

La debacle de los cachorros iba a costarle un colchón nuevo; un objeto que no era precisamente fácil de llevar a las montañas de Idaho. Y, como todo el mundo parecía tan entusiasmado y no quería salir de la habitación, le tocaba a él ir a la cocina por agua, por un vaso de leche, un saco de dormir, etc…

La verdad era que nada de eso lo molestaba. Era el arreglo de dormitorios lo que lo estaba volviendo loco.

Él quería dormir con Lexie. Tenía que admitirlo. Había soñado con ello a menudo. En estéreo y con sonido digital. Sueños eróticos y exóticos. Pero ni en sus peores pesadillas habría podido imaginar que la noche que durmiera en su habitación, sería el mocoso de Sammy quien se acurrucara a su lado mientras él tenía que conformarse con un sillón.

– ¿Crees que tendrá más? -susurró el niño.

Los dos estaban metidos dentro de un saco de dormir, frente a la cama donde la reina de Saba estaba teniendo cachorro tras cachorro.

– No lo sé -contestó Lexie-. Yo creo que cuatro es una buena carnada.

– Yo no quiero que tenga más. Pero no quiero dormirme, por si acaso tiene otro -murmuró el niño, medio dormido.

Cash la observó acariciar su pelo y subirle el saco hasta el cuello y sintió una presión en el estómago. Y no era deseo, sino un sentimiento tonto y absurdo de ternura.

Lexie y Sammy habían disfrutado de los cachorros como si fueran lo más importante del mundo para ellos. Y todo sería estupendo si aquellos dos no lo estuvieran pasando tan bien sin él.

– A Martha no parece haberle dolido nada. Es como si hubiera sabido lo que tenía que hacer.

– Sí. Yo creí que iba a ponerse a llorar o que se moriría. O que cuando viera al primer cachorro, se marcharía.

Cash contuvo el aliento.

– Martha se ha portado muy bien, ¿verdad? Yo creo que quiere a sus cachorros. Los ha limpiado con la lengua y no creo que quiera abandonarlos por nada -dijo Lexie, con voz suave.

– Es que aún no le han dado problemas. Si se los dan, nosotras la ayudaremos, ¿verdad, Lexie? Para que no se queden solos.

– Claro. Y si Martha necesita algo, también la ayudaremos -dijo ella-. ¿Sabes una cosa, Sammy? No sabía si llamarte. No quería que sufrieras si Martha lo pasaba muy mal.

– Te habría matado si no hubieras ido a buscarme -dijo el niño, muy serio-. Además, es mi perra y ella quería que yo estuviera a su lado.

– Claro -murmuró ella, bostezando-. ¿Te queda algún caramelo?

– ¡Eh! -intervino Cash. -Ay, es verdad. ¿En qué estaría yo pensando? Caramelos a las cinco de la mañana, ¡qué asco! -exclamó Lexie, escondiendo la cara en el cuello del niño. Los dos rieron. Y después, los vio masticando. Y después, los dos se volvieron con la boca llena de caramelos hacia él.

– Si existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que dejéis de hacer el tonto, os sugeriría que durmierais un poco.

– Tu padre tiene razón -dijo Lexie-. Es hora de dormir un poco.

– No pienso abandonar a Martha -protestó Sammy.

– No tienes que hacerlo. Puedes quedarte en el saco. Y seguro que a Cash le apetece dormir contigo. Yo me llevaré algunas mantas y dormiré en el sofá del salón.

– Pero entonces no verás si Martha tiene otro cachorro.

– Si empieza a tener otro, Cash irá a buscarme.

– De eso nada -dijo él.

– ¿No?

– No. Ya que estáis ahí los dos tan calentitos, no tenéis que moveros.

– Pero debes estar quedándote helado en ese sillón. Es tu turno de dormir aquí. Yo no soy parte…

– Sí eres parte -la interrumpió Cash-. Eres parte de todo este lío, así que dormiremos los tres juntos.

– Tengo insomnio, lo siento. No podría dormir en un saco…

– Ya.

En cuanto Cash se tumbó a su lado, Lexie y Sammy se quedaron dormidos como dos benditos. Él suspiró, colocando una manta sobre ellos y una almohada bajo su cara. Estaban como sardinas en lata; el brazo de Lexie sobre la cintura del niño, el suyo sobre la cintura de Lexie.

Pero Cash no podía dormir. Tenía que obligarse a sí mismo a mantener los ojos bien abiertos.

Alguien tenía que vigilar.

Martha, en la cama, sostuvo su mirada. Hasta entonces, no le había prestado demasiada atención. Parecía mucho más a gusto con el ser humano pequeño y el ser humano más pequeño aún. A él, ni caso.

Pero en la oscuridad de la habitación, los ojos de Martha se clavaron en los suyos, como advirtiéndolo de que ni se le ocurriera dormir cuando ella tenía lo que tenía encima. Los cachorros, Cash tenía que admitir, eran una preciosidad.

Casi tan preciosos como lo que él tenía al lado. Cash sentía una extraña emoción dentro de él. Quizá la misma emoción que sentía Martha. O algo peor. Amor. Amor por Lexie. Por cómo era con Sammy, con él, por lo que estaba representando en sus vidas.

Por primera vez, Cash admitió que quizá se estaba escondiendo detrás del niño.

Durante todos aquellos años, había sido fácil ser un cobarde y evitar ser herido usando a Sammy como escudo contra las mujeres. Al niño se le rompería el corazón, si se acercaba mucho a Lexie y ella desaparecía. Pero le dolería aún más, si no tuviera la oportunidad de acercarse.

El frío de la madrugada lo helaba hasta los huesos, pero Cash no quería moverse para no despertar a sus «cachorros». Cuando empezó a amanecer, se encontró a sí mismo mirando el rostro de Lexie como si estuviera hipnotizado.

No importaba que se hubieran conocido un par de semanas atrás. No importaban los riesgos.

Cash tenía la terrible impresión de que se había enamorado de ella. Y Sammy también.

No podía imaginar que Lexie quisiera quedarse, pero aquello había ido demasiado lejos. No tenía prisa en usar esa vieja palabra, «amor», pero un hombre no podía ganar a una mujer sin cortejarla.

O se arriesgaba a hacerlo o la perdería.

Lexie abrió los ojos de golpe, con el corazón acelerado, como si presintiera un peligro.

Naturalmente, no había ninguno. La lluvia de la noche se había convertido en un sol radiante y los pájaros cantaban como si fueran una banda de rock.

Entonces, recordó que estaba durmiendo con dos hombres. Uno grande, y el otro pequeño. Como todo el mundo parecía estar vestido, tampoco era como para echarse las manos a la cabeza. El problema era que solo veía por un ojo. El izquierdo. El derecho estaba aplastado bajo la cara de Cash. Y su pierna parecía estar enterrada entre las del hombre. Además, el culete de Sammy estaba pegado a su espalda.

Sobre ellos, la cabeza de Martha, que parecía vigilarlos. Fuera, escuchó risas. Todo el mundo estaba despierto, menos ellos.

Respirando profundamente, Lexie intentó incorporarse, pero Cash la sujetó con fuerza. Ella esperó, con el pulso acelerado, y volvió a intentarlo, pero Cash no la permitía moverse un centímetro.

– Buenos días, amor.

Lexie se quedó helada. «¿Amor?». Cuando Cash abrió aquellos ojos azul cielo y la miró como se mira a una amante, su corazón estuvo a punto de pararse.

– Buenos días -susurró ella, intentando levantarse de nuevo.

– Menuda noche, ¿eh? -sonrió Cash-. Daría a luz contigo en cualquier momento.

Martha empezó a mover la cola, como si estuviera dirigiéndose a ella. Y Lexie no tenía ni idea de qué estaba hablando.

– Gracias. Supongo.

– La mejor experiencia que Sammy ha tenido nunca.

Lexie se relajó un poco. Y se relajaría aún más si él la soltara. No le gustaba mucho lo de estar entre dos hombres, particularmente cuando uno de ellos era menor de edad.

Pero su corazón seguía latiendo a toda velocidad. Aunque sus hormonas llamaban a Cash, también sentía un abrumador instinto maternal por el crío que estaba a su lado. Después de todo, había dormido con sus dos chicos favoritos.

– Voy a levantarme -dijo con firmeza. Pero no se movió. Cash no dijo nada. Ni hizo nada. Simplemente, se quedó mirándola. Nadie la había mirado así. Nunca. Como si fuera más preciosa que un diamante. Como si la estuviera reclamando. En cuerpo y alma-. Cash, tengo que levantarme.

– Vale.

– Tú nunca llegas tarde. Todo el mundo estará preocupado.

– Probablemente -asintió él, sin moverse.

– ¿Qué te pasa, McKay?

– Nada, cariño.

«¿Amor, cariño?»

– ¿No te encuentras bien?

– No recuerdo haberme sentido mejor -sonrió Cash-. Aunque la próxima vez que me despierte a tu lado, espero que estemos rodeados de menos gente.

Como un rayo, Lexie se levantó y corrió hacia el cuarto de baño. No sabía qué le estaba pasando a aquel hombre, pero esperaba que pronto recuperase la cabeza y se portara de forma normal.

Capítulo 9

Cuando llegó la hora de la cena, Lexie estaba volviéndose loca. Había pensado que el comportamiento de Cash volvería a la normalidad a lo largo del día, pero se había equivocado. Quizá habría pillado la gripe o… quizá sufría un ataque agudo de demencia. En cualquier caso, había intentado ser amable con él. El pobre no tenía la culpa.

Pero Lexie estaba empezando a perder la paciencia. O aquel hombre se comportaba de forma normal o…

– Lexie, ¿me estás oyendo?

– Claro que sí, cielo -sonrió ella, aunque no era cierto. El niño estaba contándole a todo el mundo lo del accidente en el barco, pero cuando les estaba diciendo lo del reno, Cash había acariciado sus hombros. Así, como si nada.

Era la misma clase de extravagancia que llevaba haciendo todo el día. No había nada raro en que le tocara los hombros. No era un crimen. Pero era su manera de hacerlo, como si fueran amantes, como si no pudiera apartar sus manos de ella.

– Los renos son peligrosos. En serio, Lexie -estaba diciendo el niño-. No lo parece porque son muy graciosos, pero lo son. Pregúntale a Cash. Si una mamá reno cree que te estás acercando a sus cachorros, intenta clavarte los cuernos. ¿A que sí, Cash?

– Te creo, te creo -dijo Lexie-. Y te prometo no volver a acercarme a un reno. O a una rena. ¿Se dice rena?

– ¿O será «renoa»? -sugirió Jed, el piloto de la avioneta, que había ido aquella noche para llevarse a Bob y Winn, dos de los ejecutivos de Cleveland.

– Qué tonto eres, Jed -rió Sammy-. No se dice renoa.

– Menos mal que vas al colegio -dijo el hombre-. Lexie… -ella volvió la cabeza al oír su nombre, pero tampoco registró lo que Jed decía. Y por la misma razón. Al volver de la cocina, Cash se había acercado a su silla y, sin venir a cuento, le había dado un beso en la nuca. Delante de todo el mundo. Delante de Sammy-. Lexie, ¿me has oído?

– Lo siento, perdona.

– Estaba diciendo que pareces otra persona. Solo llevas aquí dos semanas, pero has cambiado por completo. Estoy intentando averiguar cuál es la diferencia…

Quizá Jed no podía, pero ella la conocía perfectamente. Frente a Lexie había un antiguo espejo en el que se miraba de vez en cuando. Y tenía razón. En menos de tres semanas, su aspecto había cambiado por completo.

Aquella noche llevaba un jersey azul con cuello de pico y pantalones del mismo color. Pero también llevaba las zapatillas de Sammy, y Cash le había colocado una camisa de cuadros sobre el jersey al ver que tenía frío.

En poco más de dos semanas, aquel sitio había aniquilado a la antigua Alexandra Jeannine Woolf y la había convertido en una extraña. Lexie tenía tantas cosas que hacer que ni siquiera encontraba tiempo para arreglarse el pelo. Siempre lo había tenido rizado, pero en aquel momento los rizos iban por donde querían. Ni siquiera se ponía maquillaje. Pero el pelo y la falta de maquillaje no era el cambio. Era otra cosa.

La luz.

Aquella luz que parecía tener su rostro.

Tenía más color en las mejillas que si se hubiera puesto colorete. Y Lexie sabía qué causaba aquel color.

Lo más curioso de todo era que nadie parecía encontrarla rara. Nadie parecía notar que tenía un aspecto curioso. Se pusiera lo que se pusiera.

Aquello tenía que terminar.

– Seguramente será falta de sueño -le dijo a Jed-. Anoche tuve que dormir con siete más. Y en el suelo.

Sammy soltó una carcajada.

– ¿Perdón? -dijo Jed, sorprendido.

– Es la verdad. Y no tengo ni idea de dónde o cómo voy a acabar esta noche.

– Me parece que podremos encontrar algún arreglo, cariño.

Lexie miró a Cash. Lo de «cariño» no había pasado desapercibido para nadie.

– Voy a echar un vistazo a los cachorros -dijo, levantándose-. Sammy, ¿quieres venir conmigo?

– Claro.

– ¿Podría hablar contigo más tarde, Cash? -preguntó, como quien no quiere la cosa-. Solo para intercambiar unas palabras.

– Claro que sí -aseguró él, con aquel tono sexy y sugerente.

Después de jugar con Martha y sus cachorros, Sammy se fue a su habitación, aunque Lexie sabía que tardaría casi una hora en quedarse dormido. Mientras, tanto, se preparó para su encuentro con Cash subiéndose las mangas del jersey.

Cuando llamó a la puerta, estaba dispuesta a darle un puñetazo en la nariz, pero no estaba preparada para verlo con una tienda de campaña en las manos. Ni para el guiño de conspiración.

– Sé que estás molesta conmigo, pero dame una oportunidad para arreglarlo, Lexie. Sígueme -dijo él, con toda tranquilidad.

Ella lo siguió, primero porque no estaba dispuesta a discutir con él… delante de los cachorros, ni en el pasillo donde alguien pudiera oírlos. Cash salió del refugio y ella lo siguió, como hipnotizada.

– Sujeta la linterna.

– ¿Para qué?

– Ya sé que hemos tenido algunos problemas para encontrarte alojamiento esta noche, pero se me ha ocurrido que podríamos matar dos pájaros de un tiro. Tendrás un sitio para reposar y, a la vez, vivirás una nueva experiencia.

– Por favor, más deportes no.

– Esto es diferente -aseguró él-. Es una acampada.

– ¿Quieres decir que voy a dormir aquí fuera?

– Eso es lo que suele ser una acampada, cariño. Pero me parece que este deporte te va a gustar. Confía en mí. Estarás cerca de la naturaleza y podrás saborear la magia de la noche.

– Prefiero estar cerca de un radiador.

– Si sujetas la linterna, tardaré un minuto en montar la tienda. Además, he traído un colchón de goma para que estés cómoda y almohadas y mantas…

– McKay -lo interrumpió ella-. ¿Creías que estaba molesta porque no me gusta hacer deporte? Ya te dije que el deporte no es lo mío. Soy más torpe que una rana.

– Pero este deporte te va a gustar, ya lo verás. No tienes que hacer nada. Ya sé que es una pesadez que Martha haya tenido a los cachorros en tu cama, pero mañana mudaremos tus cosas a una de las habitaciones del piso de abajo. Y esta noche…

Cash siguió hablando, pero Lexie no oyó lo que decía, porque se puso a golpear los palos que sujetaban la tienda.

– McKay, no estaba enfadada por el programa, ni por no tener disponible mi habitación. Estoy enfadada por esos «cariño» y «amor» que sueltas cada dos por tres. No sé qué estás haciendo -dijo por fin.

– ¿Qué estoy haciendo? Ahora mismo, abrir la puerta de la tienda para ti, renacuaja. Tú primero.

– ¿Yo… primero?

– No pensarías que iba a dejarte dormir sola, ¿no? -sonrió él-. Sé que te da miedo la oscuridad y no pienso dejar que nada te estropee esta noche -añadió, empujándola hacia dentro. Después, metió el colchón, el saco, las mantas y… pasó él mismo.

Dentro de la tienda estaba oscuro. Tan oscuro que no podía ver su cara, pero podía oírlo inflando el colchón. Tenía que decir algo, pero su lengua parecía pegada al paladar.

Durante todo el día, comunicarse con Cash había sido como comunicarse con un demente. Decía cosas que parecían lógicas, pero no lo eran.

– Mira, Cash… -empezó a decir, con tono pausado.

– Espera un momento. Voy a quitarme las botas -la interrumpió él-. ¿No quieres descalzarte?

– No… ¡McKay! -Lexie cayó al suelo cuando Cash levantó uno de sus pies para quitarle las zapatillas de Sammy.

– Si estuviéramos hablando del mercado de valores, te escucharía. Pero como resulta que estamos hablando de una tienda de campaña, el experto soy yo.

Lexie no se movía, no respiraba, solo intentaba ver la cara de Cash en la oscuridad, mientras cerraba la cremallera de la tienda.

De repente, estaban solos. Y, por fin, Lexie se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Cash quería dormir allí. Con ella. En aquella tienda diminuta. Y no tenía nada que ver con un ejercicio de acampada sino con un hombre que no sabía muy bien cómo seducir a una mujer. Llevaba todo el día intentando avisarla, pero ella, con un coeficiente intelectual muy por encima de 100, no se había dado ni cuenta.

Lexie sabía la atracción que sentían el uno por el otro, pero también sabía que Cash no quería mantener relaciones con una mujer para no herir a Sammy.

– Cash… -empezó a decir-. Yo soy una de esas personas a las que hay que dejar las cosas muy claras. ¿Te importaría decirme si esto significa que quieres dormir conmigo?

Lexie vio la sonrisa del hombre en la oscuridad.

– Creí que estaba claro.

– Para mí, no. Ya estoy acostumbrada a que quieras ahogarme, tirarme por un precipicio y cosas así, pero no sé si esto significa… algo más que dormir juntos en el bosque.

Cash suspiró. De una forma muy masculina.

– A mí las palabras no se me dan bien, Alexandra. Pero haré lo posible para aclarártelo. Sé muy bien que a las mujeres les gustan las cosas románticas. Llevo todo el día intentando darte una oportunidad para que me dijeras que no, o para que me dieras un puñetazo en la nariz, si esa era tu elección. Pero tienes que saber que si te he traído a esta tienda no es precisamente para… dormir.

Después de eso, el silencio. Y, en el silencio, Lexie podía oler a musgo, a tierra húmeda. Fuera de la tienda, escuchaba el rumor de las hojas movidas por el viento, como si murmurasen secretos.

Dentro de la tienda, estaba completamente a oscuras, pero cuanto más tiempo pasaba, más se acostumbraban sus ojos a la oscuridad. Empezaba a vislumbrar el perfil de Cash y casi podía ver el brillo de sus ojos. Buscándola. Esperando.

Quizá ella misma había estado esperando ese momento. Deseándolo. Pero hubiera querido que Cash la sedujera, no que le diera opción a retirarse. Quería que la abrumase, no que le pidiera permiso. Pero McKay estaba esperando su respuesta, con paciencia infinita.

Y como él estaba siendo tan irritante, hizo lo único que podía hacer. Echarse en sus brazos.

Cash cayó de espaldas con un gruñido, o un suspiro. O quizá había sido ella.

Lexie no entendía lo que sentía por aquel hombre. Quizá no lo entendería nunca.

Pero sabía que sentía por él un millón de emociones diferentes. Algo en Cash la despertaba a la vida como nadie había conseguido despertarla jamás.

Y, en su corazón, sabía que nunca volvería a sentir aquello por nadie. La vida no terminaría cuando dejase a Cash, pero no sería lo mismo. Tenía que elegir: vivir y saborear aquel momento o habría desaparecido para siempre.

Atacarlo había sido buena idea. La mejor.

Solo con besarlo se encendían sus fantasías más prohibidas. Cash sabía a deseo, a hombre. Siempre la había puesto nerviosa su olor. Las mujeres tenían un sexto sentido con los hombres. Y Cash era un problema; lo había sabido desde el primer día.

Podría romperle el corazón.

Lexie nunca sería la misma si hacían el amor.

Pero entonces Cash la miró, con los ojos azules oscurecidos de pasión. Lexie acarició su pelo. El pelo de Cash, suyo, para ella… al menos, en aquel momento. Y ese momento era lo único que importaba.

Él se dejaba besar. Asombroso, pensó ella. No era tan macho, su Cash. No estaba tan seguro de sí mismo. Parecía tan sólido como una roca, pero cuando rozó su cara con la mano, Lexie sintió que estaba temblando.

En ese momento, supo que él tenía tanto miedo como ella. Y que se encontraba igual de solo. Tenía familia y amigos, pero como ella, no tenía a esa persona especial que hacía desaparecer la negrura de la noche.

Cash no era un huérfano, pero Lexie reconocía un huérfano de corazón. Lo besó entonces sintiendo un placer inesperado, una ternura sobrecogedora. El resto, no importaba.

No había nada ni nadie entre los dos.

Lo besaba sin vergüenza alguna. No era ella la que desabrochaba los botones de su camisa. No era ella quien exploraba con las manos el torso desnudo del hombre, los músculos tensos, la piel ardiente.

Lexie levantó la mano de Cash para ponerla sobre sus pechos, un movimiento muy atrevido ya que ella no tenía grandes pechos, pero le gustaba tanto sentir su mano que se sentía como si los tuviera. Y más cuando Cash, lanzando un gemido ronco, la colocó debajo de él.

Y más aún cuando levantó su jersey de un tirón y empezó a acariciar sus pezones con la lengua, dejando un rastro húmedo sobre su pecho. Unos segundos después, Cash le había quitado toda la ropa.

Lexie sintió frío, un frío que era como una violación, hasta que él se apretó contra su cuerpo. Cash se había quitado la camisa, pero seguía llevando los pantalones.

Seguía besándola, acariciando su pelo, como hipnotizado. Incluso en la oscuridad, podía ver su sonrisa y el brillo de sus ojos, buscando los suyos. La deseaba. Estaba intentando ir despacio, ser paciente. Querva darle placer, quería controlarse y ella lo sabía porque notaba el temblor de sus manos.

Lexie empezó a bajarle los pantalones con dedos temblorosos, mientras él la acariciaba por todas partes. Sus besos eran entonces besos destinados a encenderla. Y el deseo se convertía en una necesidad.

– Date prisa -susurró.

Cash se paró un momento.

– Quizá vamos demasiado deprisa.

– ¿Tú crees? Yo pensé que aún estábamos en primera -bromeó ella, tocándolo por todas partes-. Podríamos hacer una apuesta.

– ¿Qué clase de apuesta?

– A que puedo desabrochar la cremallera de tus vaqueros con los dientes.

– Si estás buscando problemas, acabas de encontrarlos.

Eso esperaba Lexie. Había deseado aquel momento desde la primera vez que lo vio y no pensaba seguir negándoselo a sí misma. No era una ingenua, pero ningún hombre había podido cambiarla. Y sabía que Cash podría.

Sus manos la acariciaban, la tocaban, la volvían loca. En su cabeza, Lexie vio un millón de estrellas, experimentó un millar de colores. La noche se convirtió en una cascada de sensaciones. Él acariciaba sus pechos, sus costados, sus muslos, haciendo que levantara las piernas, deseándolo más cerca. Deseándolo desnudo, dentro de ella.

No podía esperar más.

– No quiero seguir jugando -gimió.

– Aún no hemos empezado.

– Te deseo.

– Yo también. Más de lo que nunca he deseado a una mujer. Solo a ti, Lexie. Nunca he sentido este fuego por nadie.

– Entonces… tómame.

– Nos tomaremos el uno al otro, te lo prometo. Pero quiero darte placer. Deja que lo haga…

Cash empezó a acariciar su cuello, dejando un collar de besos en su garganta. Nunca nadie la había besado con tal reverencia. Nadie nunca había compartido de tal modo su desnudez, su soledad. Lexie no sabía que podía compartir tantas cosas con otro ser humano. Él le hacía regalos, el mareante regalo de la belleza, el exuberante de la lujuria… dando, dando y dando hasta que no pudo soportarlo más.

Lexie levantó las piernas y las enredó alrededor de la cintura del hombre. La mirada de Cash era salvaje mientras entraba en ella, con fuerza. Un grito escapó de sus labios, el sonido tan pagano como la noche. Le hizo daño, pero un daño delicioso. Un beso se volvió un mordisco. Olía a sudor, a sexo.

¿Cuándo se había vuelto tan cálida la noche?

¿Cuándo se había roto la oscuridad con la luz de sus ojos?

– Cash, Cash…

– Lo sé -murmuró él. De nuevo, volvió a arquearse y, de nuevo, se hundió en ella, con un ritmo tan antiguo como el tiempo. Lexie conocía a aquel hombre. Lo había conocido desde siempre. Era la única persona en el mundo que podía atravesar la oscuridad por ella-. Conmigo, Lexie. Conmigo.

Lexie no estaba segura de si era una exigencia o una promesa, pero daba igual. Estaba con él, colgada del mismo precipicio, volando a una altura que solo les pertenecía a los dos. Ella gritó, él gritó también.

Pasó una eternidad. Los temblores se consumieron y poco a poco recuperaron el aliento.

Cuando Cash encontró fuerzas para levantar la cabeza, contempló sus ojos, brillantes de sorpresa y felicidad.

Lexie pensó que le daba igual lo que pasara después de aquello. Sabía que no podía esperar un futuro. Nada había cambiado en sus vidas, pero ella había cambiado. Se sentía más rica, más completa. Amarlo merecía la pena, a pesar del dolor que llegaría después.

Capítulo 10

Por fin, Cash empezó a respirar. Quizá había pasado mucho tiempo desde la última vez que hizo el amor de aquella forma. Quizá no lo había hecho nunca.

Unos segundos después, sintió la brisa acariciando su piel ardiente, y escuchó el sonido de las hojas. Por fin podía pensar.

Cuando Lexie puso la cabeza sobre su hombro, Cash cerró los ojos.

Había sabido desde el primer día que Lexie era un problema. Pero nunca habría podido imaginar que sería un problema tan tremendo, tan hermoso.

Aquello era lo que había estado buscando, pero que nunca había creído poder encontrar. Hacer el amor con Lexie le había confirmado lo que ya sabía. No podía dejarla marchar. Los obstáculos seguían allí, pero tenían que encontrar una forma de estar juntos porque ella era parte de su corazón. Y del de Sammy.

Cuando ella suspiró, Cash la apretó contra su corazón.

– ¿Tienes frío?

– Ni siquiera sé en qué día estamos, McKay, así que deja de hacerme preguntas tan difíciles.

– Parece que estamos un poco cansados -rió él.

– No pienso volver a moverme en toda mi vida.

– No iba a sugerir un gran movimiento, pero si te mueves un poquito, podría abrir el saco de dormir y…

– De eso nada. No te muevas ni un milímetro de donde estás. Y no intentes convencerme.

– Muy bien. Llevas semanas diciendo que no te gustan los deportes, pero me parece que hemos encontrado el tuyo. De hecho, creo que en este deporte tienes calidad olímpica.

– ¿Yo?

– Tú eres la que me ha puesto en estado de coma, de modo que eres la amante más hermosa y más increíble del universo.

Lexie levantó un poco la cabeza. Él no había usado la palabra «amor», pero podía sentirla en el aire.

– Siempre creo lo que dices, McKay, pero… -Ya sabía yo que había un «pero».

– Pero eso del coma me parece un poco exagerado. Considerando que puedo sentir enormes signos vitales creciendo sobre mi muslo.

– ¿Enormes?

– Debería haber sabido que cualquier cumplido se te subiría a la cabeza. ¿No estarás otra vez…?

No lo había estado hasta que ella empezó a moverse.

– ¿Yo? Pensaba ser un caballero y ponerme a roncar como cualquier ser humano decente. Pero has empezado a ponerte atrevida y…

– ¿Yo? ¿Atrevida? Eres… eres… -cuando Lexie no encontró un insulto suficientemente fuerte, decidió besarlo. O fue él quien la besó. Daba igual.

Los dos empezaron a reírse, pero la risa pronto se convirtió en deseo. Si un oso hubiera aparecido entonces en la tienda, ninguno de los dos lo habría notado.

Cuando un hombre tenía una misión, necesitaba concentrarse. Cash quería que cada centímetro del cuerpo de Lexie llevara su impronta. Sin embargo, se daba cuenta de la ironía. Después de evitar el compromiso con muchas mujeres, había acabado enamorándose de la única mujer querrá imposible para él.

Lexie se marcharía en menos de dos semanas y que el reloj marcase las horas añadía pasión a cada beso, urgencia a cada caricia y esperanza a cada suspiro que arrancaba de ella. No podía obligarla a quedarse. Cash podría llegar a un compromiso. Podría marcharse de allí, pero era una decisión muy difícil. Aquel había sido un buen sitio para criar a Sammy y también lo sería para Lexie. Ella también necesitaba curar sus heridas. Necesitaba un sitio al que pertenecer.

Pero Cash sabía que no sería fácil. Ella era huérfana, pero no era su huérfana. Iba a marcharse en dos semanas, a menos que algo drástico la hiciera replantearse su vida.

Quizá amarla como si le fuera la vida en ello no era lo más honrado en aquel momento, pero Cash estaba luchando no solo por él, sino por Sammy. El fin tendría que justificar los medios.

– Espera un momento, Cash. Sigo sin entender cómo os habéis quedado Lexie y tú encerrados en la biblioteca.

– Pues no estoy seguro, Sammy. Quizá puse el cerrojo sin darme cuenta -intentó explicar él. Habían terminado de cenar y estaban charlando, como cada noche. Cash, con los pies sobre la mesa y Sammy, tumbado en el sofá y con los pies en la pared.

– Pero no hay forma de cerrar el cerrojo desde fuera -insistió el niño-. Aquí hay algún misterio.

– No creo que debas preocuparte.

– No estoy preocupado. Es que no entiendo qué pasa con los cerrojos últimamente. Hace dos días, Lexie y tú os quedasteis encerrados en la sala de masajes…

Cash se apartó el cuello de la camisa, como si necesitase aire. Tener una historia de amor con tanta gente alrededor no era fácil. Tener una historia de amor con Sammy cerca, era imposible.

– No me has dicho cómo están Martha y los cachorros.

– Creo que deberíamos seguir hablando sobre el problema de Lexie con los cerrojos. ¿Sabes una cosa, Cash? Creo que debería quedarse con nosotros un poco más. Otro mes, por ejemplo. No creo que deba volver a la ciudad tan pronto. Aún tiene mucho que aprender.

Cash pensaba lo mismo, pero el cariño que Sammy sentía por Lexie le rompía el corazón. Y cuando ella se marchase…

– Tiene un trabajo, Sammy. Pero eso no significa que no vuelva alguna vez -dijo Cash, con tacto. Pero era él mismo quien no quería hablar del asunto. Era él a quien dolía tocar ese tema.

Habían pasado cinco días desde la noche de la tienda y habían sido cinco días maravillosos. Se habían reído, habían hablado, se habían acercado aún más. Mucho. Lexie era una mujer muy generosa y no tenía miedo de amar.

Pero tenía miedo de algo.

Nunca le había dicho que la montaña Silver fuera algo importante para ella. Nunca había sugerido que podría considerar quedarse allí.

– ¿Cuántos cachorros crees que deberíamos quedarnos? -preguntó Sammy, bajando los pies de la pared.

– Buen intento, pequeño. Pero habíamos acordado darlos todos cuando tuvieran seis semanas.

– Venga, Cash -protestó el niño-. Los cachorros me echarían de menos. ¿Y si Martha se marcha? Yo sería su único pariente.

Otro tema delicado, pensó Cash. Pero esa era la razón por la que Cash había comprado a Martha. Para que Sammy viera que no todas las madres dejan a sus hijos.

– ¿Te gusta ver a Martha cuidar de sus cachorros?

– Me encanta. Pero no sé por qué los esconde.

– Porque no quiere que les ocurra nada malo.

– Sí claro. Y los limpia con la lengua… y se pone a gruñir cuando alguien se acerca a ellos. Qué raro, ¿verdad?

– ¿Qué es raro?

– Que Martha se enfade tanto cuando alguien quiere mirar a los cachorros. Mi madre era todo lo contrario. Me dejó sin importarle quién iba a cuidar de mí.

– Eso no es así, Sammy. Sí le importaba. Sabía que te quedabas conmigo y que yo te quería como un padre desde el primer día.

– Yo estaba hablando de las mujeres. Como Martha y mamá. Martha protege a sus cachorros, pero mi madre no quiere protegerme a mí. Será que las madres humanas no son como las madres animales, ¿no?

– Yo creo que todo el mundo intenta hacerlo lo mejor posible y, a veces, se equivocan. Pero no es que no lo intenten.

Sus esfuerzos por filosofar eran demasiado complicados para Sammy.

– Pues yo creo que Lexie mataría a alguien que se acercara a sus niños.

– Matar es una palabra muy fuerte, renacuajo.

– Sí, bueno. Y, además, ella es muy pequeña. Y patosa. Pero cuando estamos dando un paseo y oye un ruido, se coloca delante de mí. Como si pudiera protegerme de un oso -rió el niño-. Yo creo que necesita un cachorro.

– Esta noche tienes unas ideas muy interesantes -sonrió Cash. En ese momento sonó el teléfono.

– ¡Yo contesto! -gritó el niño, saltando por encima del sofá-. Refugio McKay, dígame.

Cash volvió a sonreír, mientras se levantaba para quitar vasos y papeles de la mesa.

– Sí, está aquí. No se preocupe, voy a llamarla. No cuelgue, ¿eh? No cuelgue, vuelvo enseguida -estaba diciendo Sammy. El tono del niño era tan raro que Cash levantó la mirada-. Tengo que encontrar a Lexie ahora mismo. Es una chica y está llorando. Dice que es hermana de Lexie.

– Ve a buscarla, hijo. Corre.

Unos minutos antes, Lexie estaba en su habitación quitándose las zapatillas. No había nada raro en eso. Pero no podía precisar el momento exacto en el que se había tumbado sobre la cama y se había puesto a cantar a voz en grito una vieja canción.

La emoción que la recorría era muy antigua. Felicidad. Estaba viviendo un sueño. Tenía que admitirlo. No había pensado que durase, pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba a Cash corriendo tras ella en la biblioteca y seduciéndola entre las estanterías. O ella, acorralándolo en el salón de masajes y seduciéndolo sobre la camilla. El día anterior, jugando al escondite en el bosque y volviendo al refugio cubiertos de hojas.

Y no era solo sexo. Hacer el amor con Cash era algo mágico. Jugar con Sammy y Cash en el bosque, tumbarse sobre la hierba con los cachorros de Martha…

Lexie abrió los ojos de golpe. Nunca se había sentido tan amada y nunca había amado a nadie como lo amaba a él.

Aquello no podía durar.

Sabía que no podía quedarse allí y sabía que se le rompería el corazón en pedazos. Pero no le importaba.

Cada minuto que pasaba con ellos valía la pena. No cambiaría un segundo de los que había pasado con Cash por todo el oro…

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

– ¡Voy! -gritó, saltando de la cama.

– ¡Lexie, soy yo! ¡Te necesito! -escuchó la voz de Sammy.

Lexie abrió la puerta, asustada.

– ¿Qué pasa, Sammy?

– Tu hermana está al teléfono. Está llorando y le he prometido venir a buscarte y…

– ¿Ha dicho su nombre? Tengo dos hermanas -dijo Lexie, tomando al niño de la mano antes de salir corriendo por el pasillo. Estaba preocupada por lo que pudiera pasarle a su familia, pero Sammy parecía tan afectado y tan orgulloso de haber sido él quien fuera a buscarla…-. No sé cómo darte las gracias por venir a buscarme.

– Cash y yo hubiéramos puesto patas arriba el refugio para encontrarte -dijo el niño-. ¡Cash! ¡La he encontrado!

– Sea lo que sea, no te preocupes. Yo estoy aquí -dijo Cash entonces, dándole el teléfono.

– ¿Freda? Sí, soy yo. Cálmate. Sí, claro que recuerdo… pero, ¿cómo has hecho eso…? No entiendo cómo te has arriesgado de esa forma sin consultarme. Deja de llorar, Freda. Yo lo arreglaré, te lo prometo. No pasa nada -Lexie tenía un nudo en el estómago. Su peor pesadilla era que alguien de su familia tuviera problemas y ella no pudiera ayudarlo-. No seas tonta. Yo arreglaré lo de esas acciones… Pero no vuelvas a comprar nada sin consultarme. No, en serio. No sigas preocupándote. Ni siquiera sigas pensando en ello. Muy bien, deja de llorar. Te quiero mucho, Freda. Te llamaré mañana.

La tranquilizaba saber que podía ayudar a su hermana. Pero Lexie sentía que se le encogía el corazón. Cuando miró a Cash, sus ojos se llenaron de lágrimas y tuvo que sentarse.

– ¿Qué te pasa, Lexie? -escuchó la voz del niño-. ¿Qué te pasa?

– Respira profundamente, mi amor. No pienses, no hables -dijo Cash, tomando su mano-. Sammy, está bien, no te preocupes.

– Estoy bien -intentó decir ella.

– Keegan va a preparar galletas y pasteles esta noche. ¿Quieres ayudarlo, hijo?

No iba a engañar a Sammy con eso y Cash lo sabía.

– No quiero dejar a Lexie.

– Yo la cuidaré.

– Estoy bien. ¿Lo ves? Solo tengo que sentarme un ratito.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó el niño, sentándose a su lado en el sofá-. Sé que es algo de tu hermana.

– Es un poco difícil de explicar y te aburriría -dijo Lexie, intentando calmarse.

– No me voy a aburrir. Cuéntamelo.

Le seguían sudando las manos y le dolía la cabeza, pero hablar de aquello la tranquilizaría.

– Mi hermana ha comprado unas acciones sin consultarme y ha perdido mucho dinero. Es un juego del mercado. Son acciones a la baja, que se compran un año y se venden por un poco más al año siguiente, pero esta vez no ha funcionado. ¿Me entiendes?

– Creo que sí -contestó el niño.

– Mi hermana Freda no entiende nada sobre el mercado de valores y ha creído que podía invertir sin consultarme -siguió diciendo Lexie-. No había razón para estar tan asustada, pero pensaba que lo había perdido todo…

– Ya entiendo.

– Yo compraré esas acciones y problema solucionado.

– Pero si es tan fácil, ¿por qué te has puesto a llorar? -preguntó el niño.

Porque el sueño había terminado.

El hechizo se había roto.

La llamada de su hermana había hecho que Lexie volviera a la realidad. Y dolía.

No había nada que ella pudiera hacer allí. No podía ayudar a Cash o Sammy y no había sitio para ella en sus vidas. Escalar montañas no se le daba bien.

Solo podía culpar a una persona por haberse dejado involucrar de tal forma. A ella misma. Había querido importarle a alguien.

Había esperado cambiar la vida de alguien. Pero era una estupidez por su parte pensar que tenía un sitio en la vida de Sammy y menos en la vida de Cash.

Era el momento de volver a casa. De alejarse. Antes de que él se diera cuenta de cómo lo amaba.

Capítulo 11

Cash se inclinó para arropar a Sammy.

– Ya sé que eres muy mayor y no necesitas que te dé un abrazo, pero hoy es una de esas noches en las que yo necesito uno… si no te importa.

– Si es por ti… -sonrió el niño, enredando los bracitos alrededor de su cuello-. Vas a hablar con Lexie, ¿verdad?

– Sí. Voy a ver si se ha tranquilizado.

– ¿Vas a enterarte de por qué ha llorado?

– Lo intentaré.

– No era por su hermana.

– Ya lo sé.

– Cash, tengo que decirte otra cosa.

– Dime.

Sammy se quedó pensando un momento.

– Yo creo que Lexie es la chica para nosotros -dijo por fin-. Mi madre no va a volver a buscarme, ¿sabes?

Uno de aquellos días, aquel niño iba a romperle el corazón.

– Me temo que no -asintió Cash.

– Bueno, ya lo sabía. Pero nunca me ha hecho falta que volviera, ¿eh, Cash? Yo estoy muy bien contigo. Pero es que ahora, con Lexie…

– ¿Qué, hijo?

– Quiero que se quede -susurró el crío-. Por ti. Pero también un poco por mí. Sé que no se quedaría por un niño como yo, pero a lo mejor si tú se lo pides…

– Samuel McKay, tú eres muy importante -lo interrumpió Cash. Tan importante que a veces había deseado estrangular a su hermana. Tan importante que sus palabras le partían el corazón-. Voy a contarte un secreto. De hombre a hombre.

– ¿Cuál?

– A mí me gusta mucho Lexie. Muchísimo. Pero cada uno busca en la vida lo que necesita y yo no sé qué necesita ella. Aunque nos quiera, es posible que no pueda quedarse. Y yo no puedo prometerte que vaya a convencerla.

– No hace falta, Cash -murmuró Sammy-. Es como mi madre. Necesita algo, pero no a mí. No te creas que ahora me gustan las mujeres, pero Lexie es diferente. Y también es diferente para ti, así que no me importa que estés con ella…

– Vale -dijo Cash-. Me alegro de que hayamos hablado.

– Yo también. Vete con Lexie para que no llore, ¿vale?

Ella seguía en el salón. Pero estaba frene a la ventana, mirando el cielo lleno de estrellas. Una ola de amor lo recorrió entonces. Eran sus rizos. Y aquel trasero respingón. Y la orgullosa posición de sus hombros. Cuando lo oyó entrar, Lexie se dio la vuelta con fuego en los ojos. Un fuego que intentó disimular.

– Iba a marcharme, pero no quería hacerlo sin darte las buenas noches.

– Te acompañaré a tu habitación.

Caminaron por el pasillo sin decir nada, sin encender las luces. Cuando llegaron a la habitación, Lexie entró dejando la puerta abierta y Cash la siguió.

– Lexie, ¿qué ha pasado? ¿Por qué te has puesto tan nerviosa?

– No lo sé. Ya te he dicho que los ataques me dan de repente -contestó ella, sin mirarlo.

– Pero sé que no habías vuelto a tener ninguno.

– Sí. Tenías razón sobre estas montañas. Son mágicas.

– Quiero ayudarte mi amor. Pero tienes que decirme cómo.

– Compartir tu vida durante estas semanas ha sido increíble para mí, Cash. Me has ayudado más de lo que lo ha hecho nadie.

Aquellas eran hermosas palabras, pero parecían el preludio de una despedida.

– Lexie, te quiero.

– Yo también te quiero. Eres más parte de mi vida que los latidos de mi corazón -murmuró ella-. Lo siento. No quería asustar a Sammy actuando como una histérica.

– No eres una histérica.

– Quería decir…

– ¿Lexie?

– ¿Qué?

– ¿Qué dirías si… si te pido que te cases conmigo? -preguntó Cash con voz ronca. Jamás había hecho esa pregunta. Jamás había pensado hacerla-. Ya sé que acabamos de conocernos, pero hemos pasado mucho tiempo juntos. Sé que tienes que volver a Chicago -siguió diciendo él, con el corazón en la garganta-. Pero también sé que ahora hay cosas como el fax y el ordenador y los móviles y… ¿no podrías trabajar en lo tuyo donde quisieras? No estoy diciendo que tenga que ser aquí al menos no todo el tiempo. Pero, para lo que tú haces, ¿no es posible tener una oficina en una casa, en lugar de en un rascacielos?

– Cash… -murmuró Lexie, levantando la cara.

– No te estoy pidiendo que abandones nada. No quiero que dejes tu trabajo, sólo te estoy pidiendo que lo pienses. Estoy preguntando si hay alguna posibilidad por remota que sea que quieras a un hombre y a un niño que viven perdidos en Idaho.

Cash dio un paso adelante y la besó, con un beso que parecía tener grabado el nombre de ella. Se decía a sí mismo que debía ir despacio, que tenía que darle un poco de tiempo para pensar, pero no podía hacerlo. Cerró la puerta de la habitación con el pie y, un segundo después, la tenía tumbada sobre la cama.

Nada iba a funcionar en su vida si ella se marchaba, de eso estaba seguro. Nada sería divertido. Nada sería mágico.

Le gustaba todo de Lexie, hasta sus ataques de ansiedad. Le gustaba cómo hablaba con Sammy, cómo jugaba con los cachorros o bromeaba con Keegan; le gustaba cómo gritaba cuando veía una araña. Y le gustaba porque estaba sola. Como él. Y le gustaba mucho cómo besaba.

Ninguna mujer podía besar como Alexandra. Quizá se había pasado tumbándola en la cama, pero era ella entonces quien enredaba los brazos alrededor de su cuello.

Y ella la que abría la boca para acariciarlo con sus labios y levantaba una pierna para enredarla en su cintura. Había tanto amor en sus besos…

Cash le quitó la camisa sin problemas. Y más fácil le resultó quitarle los pantalones y las braguitas al mismo tiempo. Cuando estaba quitándole los calcetines, ella tomó su cara entre las manos para robarle un beso húmedo y cálido.

Lexie encontró la cremallera de sus vaqueros y metió la mano dentro, acariciándolo con su mano de chica de ciudad, acariciándolo arriba y abajo.

– Lexie…

– No hables. No tenemos que hablar.

– Sí tenemos que hablar -dijo Cash. Pero tenía miedo de hacerlo. No sabía qué decir para ganarla. No sabía qué palabras usar para convencerla de su amor.

De modo que volvió a besarla. En la cara, en el cuello, dejando un reguero húmedo en su pecho, en su vientre. Sabía que eran dos personas diferentes, con diferentes compromisos. Entendía que ella no quisiera atarse a alguien como él, pero también sabía que todo era perfecto con ella. Comer, reír, leer. Las diferencias no importaban porque cada segundo de su vida sería perfecto si Lexie estaba con él.

Había escondido aquellos sentimientos, pero no pensaba seguir haciéndolo.

Intentó decírselo. Todo. Besándola, acariciando sus piernas, acariciando su vientre. En la oscuridad, podía ver el brillo pagano de sus ojos, sentir los fuertes latidos de su corazón mientras ella clavaba las uñas en su espalda, impaciente.

Pero Cash no quería que aquello terminase. Nunca, si era posible. La tomó con la lengua, llevándola muy alto, tan alto que se quedó sin aire.

Y después, la tomó para llevarla con él de nuevo a la cumbre. Esa era su forma de decirle que estaba dispuesto a arriesgarse a todo por ella.

La alegría en los ojos de Lexie iluminaba la oscuridad. Era amor lo que compartían. Amor lo que se daban.

Momentos después, estaba exhausto y lleno de esperanzas. No había tiempo para hablar. Lexie estaba tan debilitada como él, pero Cash sabía que iba a funcionar. Lo sabía. Y besó su sonrisa justo antes de que los dos se quedaran dormidos.

Un ruido extraño despertó a Cash al amanecer. Lexie seguía dormida a su lado. Ella había robado noventa por ciento de la almohada y setenta por ciento de la manta durante la noche, pero no lo había despertado el frío.

De nuevo, Cash escuchó aquel ruido. Era como un jadeo. Lexie y él habían jadeado durante mucho rato, pero no era lo mismo.

Cuando asomó la cabeza por debajo de la cama, vio dos cachorros. Y después, una cabezota rubia. Martha, con otro cachorro en la boca.

– ¿Cómo has entrado aquí? -murmuró, medio dormido.

Lexie se despertó, pero no abrió los ojos.

– Martha y yo tenemos un acuerdo. Ella va donde voy yo -dijo, sonriendo-. Y se trae a sus cachorros.

– La puerta estaba abierta cuando entramos, ¿verdad?

– Sí. Vuelve a dormirte, McKay. Y tápame, me estoy quedando helada.

– No voy a dejar que te hieles. Nunca.

– Es demasiado temprano para eso -rió ella-. Pero vuelve aquí y dame calor antes de que te pegue una paliza.

– Me encantaría, pero tengo que volver a mi habitación antes de que Sammy se despierte. Además, en esta habitación hay demasiada gente para mí.

– ¿Estás diciendo que tendrías un problema si Elle MacPherson se metiera en la cama?

– No me agrada decirte esto, cariño, pero tú me gustas más que cien Elle MacPherson -contestó él, dándole una palmadita en el trasero-. Vuelve a dormirte. Pero te lo advierto, en cuanto estemos solos, vamos a tener una larga charla sobre anillos de compromiso. Y niños. Y esa palabra tan aterradora… matrim…

Lexie volvió la cabeza tan rápido que casi lo golpeó en la barbilla. Y, a pesar de la oscuridad, Cash vio miedo en sus ojos. Y vio que se había quedado pálida.

Vio el «no» en su expresión antes de que ella lo dijera.

El miedo lo paralizó. No podía ser. Ninguna mujer lo había amado como ella. Lexie desnudaba su alma cuando estaban juntos y confiaba en él completamente.

Pero una parte de ella seguía escondida, asustada. Cash no sabía qué era, pero sabía que estaba a punto de perderla, completamente y para siempre, a menos que pudiera descubrir cuál era el problema.

Y pronto.

Capítulo 12

A la hora de la cena, Cash había soportado todo lo que podía soportar. Había intentado hablar con Lexie después de los ejercicios matutinos, pero no fue posible. Se la había encontrado dirigiéndose al cuarto de masajes con Bubba; después, en la cocina con Keegan; y más tarde, jugando con Martha y Sammy en el jardín. No había estado sola ni un segundo. Cuando vio que ella no bajaba a cenar, se le hizo un nudo en el estómago. Era la primera vez que no cenaba con ellos y Cash se dio cuenta de lo obvio: Lexie no quería estar a solas con él.

Debería haber esperado un poco antes de pedirle que se casara con él. Y debería haberle dicho algo romántico, en lugar de ser tan sincero. Además, era demasiado pronto. Lexie escondía algo que le hacía daño, ese mismo «algo» que la había llevado a la montaña Silver y que causaba los ataques de ansiedad.

Cash estaba bastante seguro de saber lo que era, pero Lexie estaba a punto de marcharse. Y aunque había hecho la pregunta demasiado pronto, sabía que ella lo amaba y, sobre todo, que él la adoraba. No tenía verdadero miedo de no poder resolver lo demás, que era poco importante, mientras el asunto del amor estuviera claro. Solo que Lexie no estaba en el mismo tren que él. Por el momento, ella iba a cien kilómetros por hora… pero en distinta dirección.

Después de la cena, Sammy y Keegan jugaron una partida de cartas y Cash aprovechó para salir a tomar el aire.

Estaba anocheciendo y todo estaba tranquilo. Caminaba como un autómata, poniendo un pie después de otro, con la cara de Lexie en su cabeza. Se decía a sí mismo que aún no había perdido la batalla. Ella tenía que volver a la ciudad, de acuerdo. Pero eso no significaba que todas las puertas estuvieran cerradas.

Había anochecido, pero Cash no quería volver a casa. Aún no. No, hasta que tuviera algún plan. Conocía aquella tierra como la palma de su mano y sabía que no tropezaría aunque la noche fuera negra como boca de lobo. Y siguió caminando.

Estaba intentando no desesperarse, pero no lo conseguía.

Un animalillo, un topo seguramente, se cruzó en su camino entonces y Cash dio un salto para no pisarlo. Pero resbaló en el barro y se golpeó la rodilla contra una piedra.

Y cayó al suelo, de culo.

No era la primera vez que se caía. No había nada raro en caerse en el bosque. Pero cuando intentó levantarse, Cash se dio cuenta de que no podía.

Había anochecido y Lexie, en la biblioteca, estaba recordando su primera conversación con Cash.

Debería haber sabido entonces qué clase de hombre era; un hombre con el que ella podría vivir para siempre. Un hombre con el que compartiría…

– ¿Lexie?

Ella se dio la vuelta. Cuando vio la visera mal colocada y los vaqueros sucios de Sammy estuvo a punto de sonreír. Hasta que vio su expresión.

– ¿Qué pasa, cielo?

– No encuentro a Cash. Me había ido a la habitación a esperarlo, porque pensé que estaba hablando contigo, como siempre. Pero es muy tarde…

– No lo he visto -dijo Lexie, mirando su reloj-. Y es verdad, es un poco tarde.

– Casi las diez. Y, normalmente, me mete en la cama a las ocho y media -dijo Sammy-. No puedo irme a la cama solo, ¿sabes? Pero Cash dice que no puede dormir hasta que me da un abrazo y… no sé dónde está.

– Me parece que hoy vas a acostarte tarde.

– Qué bien, ¿no? -dijo el niño. Pero no parecía nada alegre.

– ¿Le has preguntado a Keegan o a George? O quizá está con el grupo de Omaha. Ya sabes que pasa mucho tiempo con los clientes nuevos para que se vayan acostumbrando.

– No está con ellos. Cash siempre me mete en la cama a las ocho y media, aunque tenga un millón de cosas que hacer. Todos los días. No es que tenga miedo…

– Sammy, no te preocupes -lo interrumpió Lexie, tomando la cara del niño entre las manos-. No le ha pasado nada. Seguro.

– No estoy preocupado.

– ¿Te apetece que veamos la tele hasta que vuelva? Podríamos hacer palomitas.

– Vale.

Mientras Sammy estaba frente al televisor, Lexie fue al teléfono interior y habló con Keegan y George. Los dos se ofrecieron a quedarse con Sammy, pero ninguno parecía preocupado por Cash. Quizá estaba dando un paseo u ocupado haciendo algo, le habían dicho. Era raro que no hubiera metido a Sammy en la cama, pero no tanto como para asustarse, según ellos.

Lexie preparó galletas y leche para el crío, pero Sammy no las tocó.

– Has llamado a Keegan, ¿verdad?

– Sí -contestó ella-. Y a George. Ninguno de ellos está preocupado, Sammy. Todos saben que tu padre está muy ocupado y a veces se le olvida mirar el reloj.

– Cash siempre me dice si va a estar en alguna parte cuando tengo que irme a dormir -insistió el niño.

– Ya entiendo. Pero de verdad creo que no debes preocuparte. Y cuando llegue, le echaremos una bronca.

Por fin, los ojos azules de Sammy se iluminaron.

– ¡Eso! ¡Le echaremos una bronca!

– Se va a enterar.

– ¡Sí! ¡Ya verá!

– Le daremos una paliza por preocuparnos.

– ¡Sí, sí! -exclamó el crío. Pero unos segundos después, cerró los ojos-. Lexie, me parece que me va a dar un ataque, como a ti. No estoy seguro, pero me late muy fuerte el corazón y me sudan las manos. Y quiero devolver. ¿Era así como te sentías cuando estabas en ese armario y tenías miedo?

Lexie le pasó un brazo por los hombros y besó la pecosa mejilla.

– Sí, cariño. Así era exactamente como me sentía.

De repente, Lexie cerró los ojos. Tenía la extraña sensación de que le habían dado una bofetada. Estaba intentando ayudar a Sammy y, sin embargo, el niño había evocado un recuerdo que siempre intentaba ahuyentar.

Sammy no podía soportar la idea de perder a Cash. Como ella, años atrás, había estado aterrorizada de perder a sus padres. Y lo que estaba provocando en Sammy un ataque de ansiedad no era la pérdida, sino el miedo de perder a alguien y la terrible sensación de no poder hacer nada. Lexie conocía aquella sensación demasiado bien.

Nada podía igualar la angustia de perder a sus padres. Nada, ni siquiera el amor, parecía tan importante como no tener que volver a pasar por aquel miedo.

Su amor por Cash era tan fuerte que esos miedos se habían despertado otra vez.

Lexie acarició la cabeza de Sammy, sabiendo que estaba intentando ser valiente y controlar las lágrimas. En su mente, los recuerdos se agolpaban. Nunca había encontrado su sitio, pero no porque no la hubieran querido de pequeña, sino porque ella nunca lo había permitido. Y la secreta razón estaba allí. En el recuerdo de aquel armario. La desesperación, el terror de que la gente a la que más quería en el mundo resultara herida. Y que ella no pudiera hacer nada.

La sensación era insoportable.

– Sammy, te prometo que encontraremos a tu padre. Y que estará perfectamente.

– Tenía miedo de que dijeras que tenía que irme a la cama.

– No, cariño. Si tú estás preocupado, yo también. Y si pasa algo, estaremos juntos. ¿De acuerdo?

– ¿Tú crees que le ha pasado algo? -preguntó Sammy, sin poder contener las lágrimas.

– No voy a mentirte. Creo que le ha ocurrido algo porque si no, habría llamado -contestó sinceramente Lexie-. Pero tú sabes que tu padre es un tipo listo. Aunque le hubiera pasado algo, no creo que sea nada grave.

Sammy lo pensó un momento.

– No recuerdo cuándo se fue mi madre -le confesó-. Yo era demasiado pequeño. Pero a veces me despierto por la noche y me parece recordarla. La veo en mi cabeza, pero no estoy muy seguro. Creo que… si yo hubiera hecho algo de otra manera, quizá ella se habría quedado.

– ¿Sabes una cosa, Sammy? Yo también pensaba lo mismo. Si yo hubiera podido hacer algo, quizá mis padres seguirían vivos.

– Eso es lo que me molesta. Que a lo mejor mi madre se fue porque yo no era bueno.

– No digas bobadas -sonrió Lexie, apretando sus hombros-. Tú eres un niño con el que soñaría cualquier madre. Eres especial. No quiero que te mueras de vergüenza, pero a mí me pareces un chico maravilloso y te quiero mucho. Ojalá fueras mi hijo.

– Venga, Lexie…

– Perdón.

– Cash también se pone así de tonto a veces.

– Te entiendo -murmuró ella, limpiando las lágrimas del niño. Y después, las suyas-. No volveré a decir algo tan horrible.

– Yo también te quiero, Lexie, pero no tenemos que estar diciéndolo todo el rato.

– Muy bien. ¿Puedo decirte una cosa más?

– Si no es una cosa de chicas…

– No. Es sobre Cash. Sé que va a entrar por la puerta en cualquier momento, pero… ¿sabes lo que me has dicho, lo de no poder controlar que tu madre se haya ido?

– Sí.

– Pues es lo que yo siento. Que no pude controlar que mis padres desaparecieran de mi vida. Es una cosa que tenemos los huérfanos y no creo que nadie más que nosotros pueda entenderlo. Pero la cuestión es que Cash no ha llegado todavía y… esa es la razón por la que nosotros estamos más preocupados que los demás. Keegan y los demás no están preocupados en absoluto. ¿Entiendes?

– Sí.

– Nosotros nos asustamos enseguida.

– A, mí me gustaría darle un puñetazo a la pared.

El niño pareció calmarse durante un rato, pero cuando dieron las once, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

Lexie volvió a llamar a Keegan, pero seguía sin saber nada. Según él, estaba demasiado oscuro como para ir a buscarlo y tendrían que esperar hasta el amanecer.

– Vete a dormir, Lexie. Seguro que estará preparando algún ejercicio en el bosque.

A las once y media, Martha empezó a arañar la puerta. Era como si la perrita hubiera ido a llorar con ellos.

– Nadie cree que pase nada, pero ¿sabes una cosa?

– ¿Qué?

– No podemos ir a buscarlo ahora porque está muy oscuro, pero podríamos dormir los dos en el sofá. De ese modo, saldremos a buscar a Cash antes de que amanezca. ¿Qué te parece?

– Bien.

Sammy se quedó dormido unos minutos después. Lexie lo cubrió con una manta y empezó a pasear por la habitación.

Estaba preocupada por Cash… pero no demasiado preocupada. Con lógica o sin lógica, estaba segura de que ella lo sabría si Cash estuviera en un serio aprieto. Lo que realmente la preocupaba era la cuestión del matrimonio.

No podía haberlo dicho de verdad.

Sabía que ella no tenía sitio en su vida.

A las dos de la madrugada, las estrellas eran tan brillantes que el bosque parecía de plata. Poco a poco, la bruma cubrió los árboles y el rocío empezó a empapar las hojas. Antes de amanecer, Lexie escuchó los primeros trinos.

Minutos después, cargados con una mochila, Sammy y ella salían a buscar a Cash.

Algo había cambiado aquella noche para los dos. Quizá habían dejado de culparse a sí mismos por perder a su familia.

Lexie amaba a Cash. Esa era la diferencia. Amarlo y ser amada por él lo cambiaba todo.

Cash no podría decir que era el paseo más divertido de su vida, pero cuando encontró una rama lo suficientemente fuerte como para sujetar su peso, decidió ponerse en marcha. Le dolía mucho la rodilla, pero sabía que no era nada grave. Quizá un esguince o algo parecido.

No habría podido llegar a casa en la oscuridad sin arriesgarse a rompérsela de verdad. Darle un descanso al hueso, manteniendo la pierna hacia arriba había hecho que bajara la hinchazón.

Cuando el sol asomó por el horizonte, Cash tenía hambre, frío y sed. Y lo que más lo preocupaba era Sammy. El niño tenía pánico a ser abandonado.

Y Lexie. Ella también tenía ese miedo.

Solo que su miedo era un miedo de adulto, sus pesadillas, más espantosas. Durante la noche, Cash había tenido mucho tiempo para pensar y había descubierto qué era ese «algo» que tanto la aterrorizaba, lo que hacía que tuviera miedo de amar y ser amada.

Era la pérdida de sus padres. El miedo de perder de nuevo a las personas que quería.

Pero Cash se había hartado de ese miedo.

Iban a hablar largo y tendido cuando volviera a casa. No pensaba dejar que se marchase. Tendría que convencerla como fuera. Lexie iba a casarse con él y con Sammy o tendría que darle una muy buena razón para no hacerlo.

Cuando empezó a bajar una pendiente, su corazón dio un vuelco. Allí estaban, subiendo la cuesta, uno al lado del otro. Cuando lo vieron, salieron corriendo hacia él.

Cash estuvo a punto de salir corriendo también. Pero, en lugar de hacerlo, se apoyó en la rama y puso cara de dolor.

Sammy tenía lágrimas en los ojos cuando se echó en sus brazos. Pero Lexie… Lexie lo miró con aquellos ojos color chocolate llenos definía.

– ¡Maldito seas, McKay! ¡No vuelvas a darnos un susto como este!

– Me hice daño y…

– Ya sabemos que te has hecho daño. Vamos a casa. Sammy, tú agárralo por la izquierda, yo lo haré por la derecha.

No era precisamente buena idea porque los dos eran demasiado pequeños, pero Cash sabía que tenían que ayudarlo. Y aunque hubiera intentado negarse, Lexie no se lo habría permitido.

– Tengo que volver a Chicago durante tres semanas. Y no es solo por mi trabajo. Tenías razón, puedo hacerlo desde donde quiera. Pero tengo muchas cosas que solucionar y me gustaría mantener mi oficina y… ¡no discutas conmigo!

– Vale -murmuró él.

– Tendré que volver a Chicago dé vez en cuando, una vez al mes o algo así. ¡Y no me lo discutas!

– Vale.

– Además, Sammy necesita un poco de sofisticación. De vez en cuando.

– ¿Qué? Eso sí que no -intervino el niño.

– Tienes que ir a conciertos, al teatro, ampliar tu educación -insistió Lexie-. Es obvio que la montaña será nuestra base de operaciones, pero habrá que ir a Chicago de cuando en cuando para no convertirnos en una familia de osos.

– Vale, Lexie -dijo Cash, guiñándole un ojo a Sammy.

– ¡Vale! -asintió el crío.

– Y los dos llevaréis traje el día de la boda.

– ¿Boda? -repitió Sammy, mirando a su padre. Cash asintió.

– Tengo una familia muy grande y les vais a encantar. A ellos les gusta el deporte, el aire libre y todas esas cosas. Y Sammy, tendrás que aguantar que te besen y te achuchen. Así es la vida.

Sammy suspiró pesadamente.

– Vale.

– Y otra cosa…

Lexie tenía alrededor de cincuenta ideas más y los dos las soportaron con paciencia. Cuando estaban a unos metros de la casa, Lexie le pidió a Sammy que fuera corriendo a llamar a Keegan y que volvieran con el jeep. Cash suspiró cuando pudo pararse un rato. Un segundo antes, los pájaros cantaban como maníacos y, de repente, el paisaje parecía haber quedado en silencio. Lo único que Cash podía oír eran los latidos de su corazón y lo único que podía ver eran aquellos ojos de color chocolate, enormes y vulnerables.

– Cuando estemos solos, McKay, ¿sabes lo que voy a hacerte?

– Espero que sea lo que estoy pensando -dijo él.

Lexie sonrió. Un segundo antes de que Cash abriera los brazos para ella.

– No voy a perderte nunca, Cash.

– Lo sé.

– Te quiero -la voz de Lexie era un suspiro-. Te quiero con todo mi corazón.

– Lexie, yo te quiero con toda mi alma. Y prometo darte lo mejor de mí durante toda nuestra vida.

Se separaron al escuchar el ruido del jeep. Aún así, se besaron, un beso que sellaba todas las promesas del futuro que iban a compartir. Y después, sonrieron, se tomaron de la mano y esperaron que Sammy saltara del jeep y se reuniera con ellos.

Jennifer Greene

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