/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Ola de Calor

Jennifer Greene

Para Mick, era perfecta: inteligente, atractiva, apasionada. Desde el momento en que entró en su vida, sólo tuvo ojos para ella. Kat era un mujer preparada para el amor, pero había una parte de ella que no podía alcanzar… El conocer a Mick era lo más maravillosos que le hubiera sucedido. Pero comprendía que las mujeres como ella no podían pensar en el matrimonio. Y a pesar de que lo amaba, Kat sabía que cuando le dijera la verdad, lo perdería para siempre.

Jennifer Greene

Ola de Calor

Ola de calor (1991)

Título Original: Heat wave

Capítulo 1

Kat Bryant dio la vuelta rápidamente para entrar en el camino privado de entrada. Frenó y tomó la llave del coche. Al haber conducido tan rápido con la ventanilla abierta se estropeó su peinado estilo Pompadour. Avanzó con sus zapatos estilo siglo diecinueve y cuando se bajó del automóvil su falda ribeteada de encaje se le subió hasta media pantorrilla. Los clientes solían comentarle que le favorecía ir vestida de dama victoriana.

Pero en ese momento no estaba con ningún cliente y lo único que quería era desnudarse… y pronto.

Hacía un calor agobiante. Siempre hacía mucho calor en Charleston en julio, pero la ola de calor de ese verano era ya infernal. El sol quemaba y hacía tiempo que todas las hojas verdes se habían vuelto de color amarillento. Los pájaros estaban demasiado abrasados por el calor para cantar; todo el mundo estaba irritable por el bochorno que hacía y no había manera de escapar al ruido de los aparatos de aire acondicionado. Incluso a las cinco de la tarde la temperatura alcanzaba treinta y siete grados.

Kat buscó la sombra que proyectaban las casas de tres pisos. La de ella, como todas las demás, era de estilo francés con balcones de hierro forjado.

En cuanto estuviera dentro de su casa, decidió, echaría el pestillo, se desnudaría y se serviría un vaso de limonada fría. Se lo bebería completamente desnuda y lo saborearía. También se daría un baño de agua helada en una bañera perfumada. Descolgaría el teléfono y quizá hasta cenaría en el cuarto de baño. ¿Quién lo sabría? ¿A quién le importaría?

A nadie y eso era una suerte. Buscó en su enorme bolso la llave de su casa. Después de ese día agotador, todo lo que anhelaba era pasar una noche tranquila y sola, en silencio, sin tensiones…

– ¡Hola, Kat!

– ¡Hola, Kat! ¡Llegas tarde a casa!

Su sueño, en especial la parte de la desnudez y la soledad, se desvaneció en el momento en el que vio a esas dos quinceañeras subiendo alegremente los escalones de su portal. Era evidente que las hijas de Mick Larson habían estado esperando a que llegara a casa… y no era la primera vez.

Kat se sintió frustrada, pero no por mucho tiempo. Las dos chicas que andaban con garbo hacia ella y sonreían siempre le daban pena. Angie, a sus trece años, era la típica niña desvalida. Llevaba el pelo rubio rizado a lo Shirley Temple y su cuerpo delgado estaba oculto bajo una de las camisas de su padre; Kat supuso que había elegido esa prenda, para ocultar sus senos que comenzaban a crecer.

La hija mayor de Mick, Noel, carecía por completo de la timidez y recato de su hermana. Tenía quince años y parecía estar dispuesta a conseguir algún cliente en la esquina más cercana. Su color favorito era el negro. Llevaba puestos unos pantalones cortos negros muy estrechos y una blusa del mismo color. Tenía tres pendientes en cada oreja y el pelo engominado. Si Kat la miraba con atención, podría ver un par de preciosos ojos ocultos por capas y capas de rimel.

– Hola, preciosas -Kat metió la llave en la cerradura, le dio la vuelta y se apartó. Las dos muchachas entraron en su casa a toda velocidad-. ¿Su padre ha tenido que trabajar hasta tarde otra vez?

– Papá tiene un trabajo muy importante -contestó Angie.

– No lo dudo -no había acritud en la voz de Kat, pero la expresión de las chicas la llenó de indignación. Le agradaban las jovencitas. El que se merecía una reprimenda era su padre.

Mick Larson se había volcado de lleno en "trabajos muy importantes" desde que murió su esposa dos años antes. Todo el mundo quería a June. Era una mujer de gran corazón y cuando murió, todo el vecindario intentó consolar a Mick.

Kat no lo conocía entonces lo suficiente para brindarle consuelo. No es que él no fuera amable, sino que el noruego nunca parecía sentirse tranquilo cerca de la joven y a ella le ocurría lo mismo. Kat había tratado de ayudar dedicándoles algo de tiempo a las hijas de su vecino, pero eso no bastaba para aliviar el dolor de Mick.

Algún día Mick Larson tendría que darse cuenta: sus hijas se habían descarriado porque él no se ocupaba de ellas. Angie necesitaba un sostén. Noel se pintaba como Madonna. Las dos se fueron del colegio en invierno y en verano iban a su casa con chicos poco recomendables. Noel andaba con un bobo que tenía una moto tipo Angeles del Infierno y Angie…

– ¿Puedo comer algo, Kat? No tenemos nada en la nevera. No hay nada que comer en toda la casa.

– No necesitas pedirlo. Sírvete lo que quieras, cariño. Ya sabes dónde está todo -todavía en el vestíbulo, Kat se quitó el broche de sus zapatos estilo antiguo.

Tardó casi dos minutos en quitarse esos complicados zapatos. Eso debería haber conseguido que se pusiera de mejor humor. Pero no fue así. La situación parecía deteriorarse cada vez más en la casa de al lado. Mick ya ni siquiera tenía comida para las chicas.

Noel regresó con un vaso de limonada en la mano.

– Llevas un vestido precioso -comentó la chica con admiración-. Te sienta fenomenal.

– Gracias, bonita -dijo Kat con cierta ironía. Era evidente que el piropo de la muchacha no era más que un gesto de diplomacia.

– Kat, me gustaría saber… si te estorbamos, podemos irnos a casa.

A pesar de todo el maquillaje que llevaba. Noel parecía tan insegura, tan inocente y vulnerable que Kat sintió que se conmovía. Maldijo al padre de las chicas en silencio.

– No me estorbarían nunca -se apresuró a decir-. Si no hubieran venido me habría pasado una larga noche aburrida sin nadie con quien charlar.

– ¿De verdad?

– Sí-Kat preparó un plato con quesos y frutas. Las chicas lo devoraron ávidamente como dos muertas de hambre.

– ¿De verdad no tienes nada que hacer? -preguntó Angie.

– Esta noche no -cuando llevó la bandeja a la cocina, Kat se dirigió a las escaleras, seguida por las dos adolescentes.

– Deberías salir más -le aconsejó Noel.

– No sé.

– Estoy segura de que hay muchos hombres guapos que te invitan a salir con ellos.

– Bueno, no sé -como la vida de Noel giraba alrededor de los chicos, Kat no se atrevería a confesarle que hacía años que no salía con ningún hombre… ni guapo ni feo. Cinco años, para ser exacta.

En lugar de deprimirse ya que estaba sola, decidió tomarlo con filosofía. Se dijo que si permanecía soltera les ahorraría a muchos hombres sufrimiento.

Pero su sentido del humor no siempre la ayudaba a sobrellevar la soledad, aunque ella estaba decidida a no permitir que ningún hombre se le volviera a acercar. Su actitud no se debía a que hubiera sufrido ningún desengaño amoroso o algún trauma en su infancia. Tenía un problema, eso era verdad. Un problema íntimo, para el cual no había solución. Pero sus problemas no importaban en ese momento.

En el piso de arriba. Noel se desplomó en la cama con tal abandono que Kat tuvo que sonreír.

– Me encanta este cuarto. Creo que es el cuarto más romántico de todo el mundo.

– ¿Eso crees? -Kat miró alrededor de su cuarto con cierta extrañeza.

Una puerta doble de estilo francés conducía al balcón. Dos angostas ventanas enmarcaban la pequeña chimenea de mármol. La luz se filtraba a través de los cristales, reflejando prismas rosas y azules en la alfombra.

Había una cama antigua y una colección de cajas de sombreros del siglo diecinueve en un rincón. Daba la impresión de ser una habitación muy femenina y antigua.

Pero otras cosas en la vida de Kat, como su coche deportivo y sus zapatos rojos de tacón alto, denotaban que también sabía ser moderna. Al morir June, las chicas se habían quedado sin un ejemplo de mujer a seguir. Kat hizo lo que pudo, pero la tarea era difícil. No sabía nada sobre educar a adolescentes y las dos muchachas eran unas curiosas insaciables.

Eran demasiado curiosas. Kat se colocó intencionadamente detrás de la puerta del armario antes de quitarse la blusa de manga larga pero de nada le sirvió su estrategia. Noel y Angie se cambiaron de sitio para poder seguir mirándola.

No tenía nada de malo desnudarse delante de las chicas. Pero se dijo que unos hombres en un bar no mirarían a una mujer con mayor descaro que unas adolescentes.

Las pecas de sus hombros fueron juzgadas con la misma gravedad que las huellas de sus medias alrededor de la cintura. Kat se puso unos pantalones cortos blancos porque Noel observaba extrañada sus bragas de encaje. Escogió una blusa ligera ya que hacía mucho calor, y se puso un sostén al ver que Angie estudiaba atentamente sus senos.

– Cuando tenga tu edad me gustaría tener una figura como la tuya -comentó la chica.

– Gracias.

– Apuesto a que los hombres se te quedan mirando. Yo me moriría si un chico me mirara. Sobre todo ahí arriba.

Kat sólo tuvo que mirar a Angie para recordar lo doloroso que era tener trece años.

– Por suerte los chicos no están interesados en una vieja de treinta y tres años -murmuró.

– En realidad no eres tan mayor, ¿verdad, Kat?

Kat se rió.

– Me temo que sí.

– No te preocupes. Sigues siendo muy guapa -la tranquilizó Noel con aire condescendiente-. Tengo los muslos muy gordos; ¿crees que debería ponerme a régimen? ¡Oh! ¡Esto es maravilloso! ¿De verdad te lo pones?

Kat tomó con delicadeza el camisón de seda negra de manos de Noel y lo dejó en el armario detrás de sus zapatos rojos.

– A veces. Y no, no creo que debas ponerte a régimen. Creo que estás bien así.

– Estas son unas bragas francesas, ¿verdad? ¿Piensas que soy demasiado joven para llevar ropa como esta?

Kat notó que empezaba a dolerle la cabeza y a ponerse tensa. Tenía una opinión muy clara sobre lo que Noel debía o no llevar, pero había una gran diferencia entre servir en ocasiones de figura materna y en entrometerse en la vida de la chica. La forma en la que Mick educaba a sus hijas era problema de él, no de Kat. No quería tener que vérselas con su vecino…¿pero cuánto tiempo más toleraría ver que las chicas tenían que soportar la indiferencia y el descuido de Mick?

Trató de borrar a ese hombre de su mente, pero no le resultó fácil. Las dos chicas la siguieron al cuarto de baño. Mientras se lavaba la cara, se interrumpían la una a la otra al hablar sin parar. ¿Cuál era el mejor remedio para el acné, qué edad tenía Kat cuando se depiló las piernas por primera vez, a qué hora la dejaban llegar sus padres cuando tenia quince años? Cada pregunta denotaba que necesitaban a alguien que las guiara. Se preguntó cómo su padre podía estar tan ciego.

El cuarto de baño ejercía una especial fascinación en las chicas. La bañera de mármol negro y los azulejos color limón eran de otro siglo. A Angie le encantaba la antigua cadena del water. A Noel le gustaba tocar los cepillos de plata y el jabón de limón. Pero en ese momento estaban más interesadas en charlar y en contemplar a Kat mientras convertía su elegante peinado en un moño descuidado. Cuando el tiempo era agradable, su largo pelo rojizo era el orgullo y la alegría de Kat, pero con ese calor a veces sentía la tentación de raparse…

– Hoy lavé toda la ropa -anunció Angie.

– ¿Y que? Yo aspiré toda la casa y fregué el suelo de la cocina. Papá lo deja todo peor cuando intenta ayudar -confió Noel-. Los hombres son unos inútiles. Yo iba a ir de compras, pero se le olvidó dejar el dinero.

Kat dejó el cepillo del pelo con fuerza en el tocador. Una semana antes, Angie le había explicado cómo había preparado una cena lamentable y escasa. Eso era bastante indignante, pero cuanto más oía acerca de las tareas domésticas que pesaban sobre los hombros de las pobres criaturas, más ganas tenía de estrangular a su vecino. Lo que la exasperaba más era que las muchachas no se quejaban. Pensaban que su padre era una combinación de galán de la pantalla y caballero andante.

– ¿Crees que este perfume es demasiado fuerte para mí? -preguntó Noel.

– ¿Cuál, querida? -como la chica se había probado de casi todos los frascos, el cuarto de baño empezó a oler como un burdel de lujo.

– Este. ¿Crees que le parecerá sexy a Johnny?

– Pues… -Kat se dirigió a la puerta con decisión. En el piso de abajo podría poner la televisión para que se entretuvieran las chicas.

– ¿Qué es una ducha vaginal, Kat?

Kat se detuvo en seco en el primer escalón.

Angie, encogiéndose hacia adelante para ocultar sus senos incipientes, repitió con paciencia:

– ¿Qué es una ducha vaginal?

– Ya te he dicho lo que es -intervino su hermana irritada-. Se lo dije hace mucho tiempo-agregó, dirigiéndose a Kat.

– Sí… y también me dijiste que si besaba a un chico adquiriría el Sida. Yo te vi besando a Johnny y no tienes Sida. Además, no me agrada en absoluto besar a ningún chico. Sólo quiero saber lo que es una ducha vaginal.

– Pues, es… -Kat se aclaró la garganta.

¿Bien? "¿Cómo vas a contestar a esta pregunta?", se burló de ella una vocecilla interior. La cuestión era que no sabía cómo explicar lo que era una ducha vaginal… y sólo Dios sabía qué clase de educación sexual les había dado Mick Larson a sus hijas. Maldición…

– Te contestaré en cuanto haya servido la limonada abajo. ¿De acuerdo? Me muero de sed.

– No te preocupes, Kat -dijo Noel y se volvió hacia su hermana menor-. Te he dicho un millón de veces que no molestes a Kathryn haciéndole ese tipo de preguntas. Todo lo que tienes que hacer es consultarme a mí.

– Pues te consulté y todavía no estoy segura de lo que es.

– Cuando una mujer llega a cierta edad, sabe estas cosas de manera automática, ¿verdad, Kat? -luego se dirigió otra vez a Angie-: Ya te lo dije. Una ducha vaginal es una especie de tampón -vaciló-. Creo.

El dolor de cabeza que tenía Kat se estaba haciendo cada vez más intenso.

– Ya hablaremos de ello, ¿de acuerdo! En cuanto sirva la limonada -indicó Kat, procurando parecer despreocupada.

Alrededor de medianoche, Kat renunció a intentar dormir y fue hacia el porche de su casa con una copa de jerez. Todavía hacía calor. La luz de la luna se filtraba entre las ramas de los cipreses al otro lado del patio. Las luciérnagas dibujaban sus trazos luminosos en las rosas silvestres. Del jardín se desprendía un aroma denso y cálido.

Apoyada en la barandilla del porche, Kat le dio un sorbo a su jerez e hizo una mueca. Se dijo que no había nada más dulce y empalagoso que el jerez. A veces le gustaba tomarse un vaso de buen vino. Pero siempre se le olvidaba comprarlo.

Como una niña que debe tomarse su medicina, le dio otro trago al licor. Esperaba que el vino la adormilara. Pero no daba resultado. Contaba con que el aire fresco la relajara. Pero tampoco funcionó. Scarlett OHara, la de Lo que el Viento se llevó, hubiera disfrutado de una noche como esa con la luna creciente, los aromas de la madreselva y las rosas silvestres. Pero el amor era algo prohibido para Kat. Normalmente tenía la suficiente fuerza de voluntad para escapar de las ataduras y las complicaciones sentimentales.

Pero su fuerza de voluntad no le bastaba para dejar de preocuparse por sus vecinitas.

Le dio otro sorbo a la "medicina", pero de repente no la pudo tragar. En el patio de al lado, oyó cómo se cerraba una puerta. Hacía varias horas que las luces estaban apagadas en la casa de los Larson. Pero alguien estaba levantado.

Mick. La luz de la luna brilló en su cabeza rubia unos segundos antes que él se perdiera en las sombras del porche. Luego Kat oyó el crujido de la mecedora, y después el ruido seco de una lata al abrirse.

Ella todavía no se había tragado el sorbo de jerez. Cuando lo hizo, le quemó como fuego líquido. Toda la noche se había dicho que hablaría con su vecino en cuanto se le presentara la ocasión. Por desgracia en ese momento se le presentaba la oportunidad perfecta. Estaba solo, las chicas estarían dormidas y nadie los podría interrumpir.

Nerviosa, se tomó el resto de su jerez y dejó la copa en la barandilla. Nunca se había entrometido en asuntos ajenos. Le costaba mucho romper esos inquebrantables principios, pero, si ella no hablaba con Larson, ¿quién lo haría? Sin duda él se molestaría. ¿Y qué? Además Kat no carecía de tacto, no iba a ir a decirle que era una rata egoísta e insensible.

Sólo iría a saludarlo amablemente. Y luego lo regañaría por su actitud.

El rocío le mojó los pies descalzos antes que llegara a la valla de al lado. El césped le picaba los pies, pero no era nada comparado con la inquietud que sentía.

Kate se tuvo que recordar cómo las chicas habían devorado todo lo que sacaron de su nevera, cómo le habían descrito las tareas domésticas que tenían que realizar, su ansia de atención y, claro, la ducha vaginal. Llegó hasta la valla, animada por el jerez y una gran resolución.

– Buenas noches -dijo y avanzó con determinación.

Mick estaba recostado en la sombra, pero ella notó que volvía la cara.

– Buenas noches, vecina.

– Por fin hace un poco de fresco.

– No tanto.

– Dicen que habrá otra ola de calor mañana.

– Así es.

Kat se apoyó en la valla de madera y recordó, demasiado tarde, que nunca había intercambiado con su vecino más que algunos monosílabos y frases de cortesía.

Durante cinco años, siempre se había sentido extrañamente inquieta e incómoda cada vez que estaba cerca de él. Nunca lo había entendido. No era tímida con los hombres. Le agradaban, los conocía, trabajaba con ellos. Y Mick nunca había sido grosero o poco amable con ella. Más bien al contrario. En las raras ocasiones en las que se cruzaban, él siempre la trataba con comedimiento, como si le temiera un poco.

Kat se había acercado con la intención de hacerle recapacitar sobre su comportamiento, pero, pensándolo bien, ya no le parecía tan buena idea.

Ella sabía lo que las chicas le habían contado, pero el hombre que estaba apoyado en la barandilla de su porche no parecía en absoluto una rata egoísta. Más bien parecía un hombre cansado.

En realidad parecía agotado. ¿Hacía cuántas semanas que ella ni siquiera lo miraba con atención? La luz de la luna delineaba los firmes contornos de su cara. Ella podía ver claramente las ojeras violáceas que tenía.

June le había dicho una vez cuántos años tenía su esposo, pero Kat se había olvidado. ¿Tendría treinta y siete, treinta y ocho? No parecía tener treinta y ocho. Llevaba el torso desnudo y su musculatura era la de un hombre mucho más joven. Su pelo abundante y ensortijado tenía el color del trigo. El sol lo había aclarado y hacía que contrastara con el bronceado de su piel.

No era guapo, pero tenía un atractivo varonil indiscutible. Era evidente que se trataba de un hombre que trabajaba duro y se divertía lo suficiente; tenía la mandíbula cuadrada y el ceño de un hombre acostumbrado a vivir de acuerdo con sus propios valores. Era un hombre vital y sin complicaciones.

Era corpulento y andaba con la gracia de un tigre en la selva, con una mezcla de poderío y discreción. Mick era fuerte, pero nunca parecía amenazante.

Sin embargo, a esa distancia, a Kat sí le pareció intimidante. Sintió un nudo en el estómago. A la luz del día, los ojos de su vecino eran azul claro. En ese momento eran muy oscuros, tan oscuros como la noche y se clavaban de manera tan intensa en la joven que su nerviosismo se hizo casi insoportable.

– No tienes por qué sentirte incómoda -dijo él con suavidad-. Somos vecinos y tú vives sola. Ya te he dicho antes que me puedes venir a ver cuando quieras.

– Yo.

– ¿Está goteando algún refrigerador? ¿Se te ha estropeado algún aparato en la cocina?

– Pues… no.

Mick levantó una ceja.

– No vienes con mucha frecuencia a charlar conmigo. Supuse que tendrías algún problema.

– Hay algo…

Pero Kat volvió a guardar silencio. Mick sonrió y dijo:

– Eres muy buena con mis hijas. Hablan de ti todo el tiempo. Hace mucho que tengo que darte las gracias.

– ¿Sí? Bien -Kat aspiró a fondo, sonrió y dijo insegura-: Es sobre ellas sobre lo que quisiera hablar contigo, si me lo permites.

– ¿Sobre mis hijas? Por supuesto, cuando quieras.

Una vez más, la joven volvió a respirar profundamente y se lanzó con determinación:

– Diantres, Mick, Angie necesita un sostén.

Mick la miró azorado.

– ¿Qué?

– Y sé que no es asunto mío -ya nada podía detener a Kat-, pero si fuera mi hija, iría a hacerle una visita a ese tal Johnny con un rifle cargado. Mick, Noel no es mi hija pero me preocupa tanto como si lo fuera. Y me parece magnífico que los chicos aprendan a tener responsabilidades, pero es demasiado para tus hijas limpiar toda la casa, lavar la ropa y preparar las comidas. Y aparte está la cuestión del sexo. Si te cuesta trabajo hablar con ellas de esos asuntos, podrías comprarles algunos libros bien documentados y serios o, al menos, decirles dónde pueden conseguir información fiable. No es que yo no quiera hablar de ello con ellas, pero no me parece correcto hacerlo sin tu consentimiento. ¿Cómo puedo saber cuánto quieres que ellas sepan? Y además está la comida. Ya sé que a nadie le gusta cocinar. Menos a un hombre. Pero lo menos que podrías hacer sería tener llena la nevera de cosas saludables, nutritivas. No sólo porquerías. Y Noel habla de hacerse otro agujero en la oreja…

– ¿Podrías darme un respiro? -la interrumpió Mick en tono apacible.

Pero en ese momento Kat no podía. Le había costado demasiado comenzar y ya no podía detenerse.

– Sé que no es asunto mío. Es posible que pienses que soy una entrometida, un fastidio. Tienes todo el derecho del mundo a educar a tus hijas como quieras, pero, Mick, necesitan atención, interés. Y deben tener una guía. Al menos deberías acordarte de darle dinero a Noel para comprar comida…

– Kathryn…

– Noel le dijo a Angie que una chica no puede quedarse embarazada la primera vez. ¡Es increíble! No saben nada de la vida y se están dando información equivocada.

– Kathryn…

– Comprendo que tengas que hacer barcos para ganarte la vida, pero ¿sería tan desastroso para la industria naviera si dejaras de construir algunos para dedicarles ese tiempo a tus hijas? Sé que el dolor por la pérdida de un ser amado no es fácil de sobrellevar; sé que June fue maravillosa, pero tus hijas están vivas. Angie sólo se pone tus camisas…

– ¡Kat!

– ¡Son demasiado jóvenes para cargar con la responsabilidad de toda la casa! Por favor, no te enfades, pero…

– No estoy enfadado…

Hubo un momento de silencio, luego Kat dijo:

– Por supuesto que lo estás. Y no te culpo.

– No.

Siguió otro momento de silencio.

– Deberías estarlo.

– No lo estoy. Por un lado me siento como un muchacho al que se reprende con severidad, pero por otro creo que me lo merezco. En parte me parece también divertido.

– ¿Divertido?

Mick asintió.

– Mis hijas, esos angelitos, esos seres a los que quiero más que a nada en este mundo te han… tomado el pelo.

– ¿Qué dices?

– Es evidente que te has formado de mí una opinión deplorable como padre. Pero, ¿podrías esperar hasta que hayas entrado en mi casa para juzgarme? Sólo unos minutos. No tardaré mucho en demostrarte que, quizá, hay otra versión de las cosas.

Capítulo 2

Mick tuvo que convencerla para que entrara en su casa. Sabía que Kat no quería entrar. Tampoco tenía por costumbre dar explicaciones o defenderse delante de nadie, pero eso era diferente. La idea de que alguien pudiera creer que él descuidaba a sus hijas era un golpe bajo. Tenía que desmentirlo.

La cocina estaba en penumbra. Mick encendió la luz y de inmediato se dirigió a la nevera.

– No quisiera ensuciarte el suelo, Mick. Tengo los pies llenos de barro.

– No será la primera vez que el suelo se ensucia un poco. Además, tenemos un ama de llaves que se encarga de limpiar.

Oír eso desconcertó a Kat.

– ¿Un ama de llaves? Pero las chicas dijeron que…

– Quizá ama de llaves no sea la palabra adecuada. Hay una mujer que viene aquí tres veces a la semana para encargarse de limpiar la casa y lavar la ropa.

– Pero Angie dijo…

– Sí, ya sé lo que Angie te dijo. ¿Te gustaría echar un vistazo aquí dentro?

Ella avanzó de puntillas para ver lo que había en la nevera. Los estantes estaban llenos de comida: fruta fresca, leche, mantequilla, carne, quesos, verduras…

– Yo… -Kat se rascó la nuca y luego se incorporó. Se había ruborizado-. Parece que… las chicas no se están muriendo de hambre, después de todo.

– Espero que no. No te imaginas el dinero que me gasto en comida.

– No me lo digas -dijo Kat con voz débil-. Noel no tiene que hacer todas las compras de la familia.

– Es la que compra mejor en casa, claro, siempre que se trate de ropa y la pague con mi tarjeta de crédito.

Kat tragó saliva.

– Mick, lo siento, pensé que…

– ¿Puedes venir aquí, por favor? -cerró la nevera, abrió la puerta del cuarto donde guardaba los trastos de la limpieza y se volvió hacia su visitante-. ¿Quieres echar un vistazo aquí dentro?

Con la paciencia de alguien que le sigue la corriente a un loco, Kat se asomó para mirar el cuarto. Por un instante, estuvo tan cerca de Mick que él pudo oler su perfume y el aroma de su pelo. El pulso se le aceleró, lo que lo desconcertó.

Mick bajó del estante superior una caja de cartón de la cual sacó una bolsa grande de papas fritas, varias barras de chocolate y otras golosinas.

– Angie la cambia de sitio todas las semanas -dijo Mick con naturalidad-. Desde que prohibí que se comieran porquerías en esta casa, se dedica a esconderlas. No te puedes ni imaginar lo que encontré el otoño pasado en mi sombrero de pesca en el armario del vestíbulo.

– Dímelo.

– Caramelos, bombones y chocolates que debían de llevar allí unos seis meses. ¿Tienes idea del efecto del calor en el chocolate?

Kat no se rió abiertamente, pero él la oyó reírse por lo bajo… y luego vio que sonreía de forma suave, tímida y muy femenina. Otra vez sintió que se le aceleraban los latidos de su corazón.

Mick la invitó a sentarse en una silla de la cocina y luego sacó una cerveza de la nevera. Le preguntó si ella quería una. Ella negó con la cabeza, pero al final accedió.

Antes que pudiera volver a cambiar de idea, Mick le puso delante una botella de cerveza, luego sacó otra para él, aunque tenía tan pocas ganas de beber como la joven. Quitarle la tapa le daba algo que hacer y al mismo tiempo le permitía controlar el extraño nerviosismo que había hecho presa de él de repente.

Kathryn lo desconcertaba, siempre lo había desconcertado. Con excepción de June, Mick nunca había sabido cómo comportarse con las mujeres. Pero Kat en particular lo hacía sentirse confuso, torpe y amedrentado.

Nunca sabía qué pensar de ella. Llevaba ropa de encaje y sombreros anticuados, pero también andaba por la calle en un auto deportivo. Llevaba un bolso tan grande como para meter dentro una ametralladora, y sin embargo sus hijas le habían contado que tenía en el salón un caballito de tiovivo. Parecía una camelia frágil, delicada, aunque tres años antes él la había visto arreglar su tejado sola, teja por teja. Y de forma eficiente.

No sólo era eficiente, sino una mujer de negocios competente. Había dedicado los últimos cinco años a levantar un negocio de restauración. Mick sentía respeto y admiración por lo que su vecina había logrado, pero nunca había podido decírselo. Para ser sincero, ella lo intimidaba.

Su pelo, por ejemplo. Era de color rojo canela. Cuando se lo soltaba, le llegaba hasta la espalda. Además cambiaba de peinado con frecuencia. ¿Cómo podía un hombre saber cómo era ella en realidad? Un día parecía una solterona, y al día siguiente una vampiresa.

Pero todo el tiempo era una mujer muy atractiva y deseable, lo cual, confundía todavía más a Mick.

Kat era baja, pero incluso con unos vaqueros viejos y una blusa holgada, resultaba explosiva. Sus ojos color castaño claro estaban llenos de vida y humor, inteligencia y pasión. Siempre se movía con ligereza, y con gracia. Quizá no era una belleza clásica, pero su abundante pelo rojizo, sus delicadas facciones y su precioso cutis de marfil llamarían la atención de cualquier hombre.

Pero era esa misma femineidad lo que desconcertaba a Mick, porque nunca la había visto con nadie. Sus hijas decían que la llamaban muchos hombres, pero nunca aparecía el coche de ningún pretendiente por los alrededores los fines de semana. Ella estaba en su casa todas las noches. Mick había sido su vecino cinco años. Lo sabía. Cinco años era mucho tiempo para que una mujer tan atractiva estuviera completamente sola.

Por supuesto, era también mucho tiempo para que Mick descubriera por fin que no era tan intimidante. En realidad, estaba resultando bastante fácil hablar con ella.

– No voy a regañar a tus hijas delante de ti -dijo la joven-. Pero quiere que me des permiso para estrangularlas mañana, ¿de acuerdo?

– Tú estrangulas a una y yo a la otra -accedió él.

Kat siguió con el dedo una gota de agua que descendía por su botella de cerveza. Todavía no la había abierto.

– Ahora que lo pienso, no puedo entender cómo pude creerlas. Debí suponer que mentían al quejarse tanto. Siempre se les ilumina la cara cuando se menciona tu nombre, y no sería así si no te ocuparas de ellas. Todo lo que puedo decir es que quiero a tus hijas y tiendo a protegerlas, mientras que a ti no te conocía en realidad; aún no te conozco. De cualquier manera, creo que te debo una disculpa.

– No me debes nada -por fin se le ocurrió a Mick que debía darle un vaso a su visitante. Se puso de pie, tomó un vaso, abrió la botella y vertió el contenido en el vaso-. Si mis hijas querían que te compadecieras de ellas, quizá era porque necesitan compasión -admitió a regañadientes-. Me acuso de no pasar suficiente tiempo con ellas. Quizá soy culpable de mucho más que eso. Ya sabes que soy ingeniero naval…

– Sí.

– Y hay muchos ingenieros en el negocio, pero pocos que trabajan sólo con madera, lo cual significa que tengo una demanda ilimitada si así lo deseo. Hace dos años, quería trabajar sin descanso. Quería tener tanto trabajo que no pudiera respirar, dormir, comer o pensar. De modo que lo busqué y lo conseguí.

Hizo con la mano un gesto de impotencia y desazón.

– No era que no pensara en Angie y Noel, pero me parecía que ellas estaban bien. Los tres tuvimos dos años para prepararnos para la muerte de June; el fin fue más un alivio que un golpe duro. Y ellas parecían aceptarlo mejor que yo, con más madurez. Pero no eran, ni son maduras. Sin embargo, cuando me di cuenta ya estaba hasta el cuello de contratos de construcción.

– No necesitas explicarme todo esto -murmuró Kat.

Pero él lo hizo. Necesitaba explicárselo a alguien. Y la mujer que estaba sentada enfrente de él, con la cara apoyada en las manos y expresión tierna en los ojos, lo escuchaba. Mick podía recordar a otras personas que habían querido escucharlo, pero que jamás habían demostrado un afán sincero por compartir su pena con él y comprenderlo.

– Hace algunos meses, comencé a tener menos trabajo. Contraté algunos ayudantes y dejé de aceptar nuevos contratos, aunque no podía reducir mi volumen de trabajo de la noche a la mañana. Tú tienes un negocio propio.

– Sé lo que quieres decir.

Mick sabía que ella lo entendía.

– De cualquier manera, he hecho lo posible para tener menos trabajo, pero he visto que trabajar las horas normales no resuelve nada. Kat. -le dio un trago a su cerveza-… estoy asustado.

– ¿Asustado?

– Asustado -corroboró Mick.

– Me parece difícil creer que un hombrón como tú pueda estar asustado.

– Hablo en serio, Kat… Tengo miedo por mis hijas.

– ¿Por qué? Ellas te adoran.

– Eso es precisamente lo que quiero decir. El papel de padre es muy difícil. No hablo sólo de miedo, sino de pavor. Me siento perdido y confuso cuando tengo que hablar de compresas, pantalones apretados, maquillaje y chicos -vaciló al ver que el rubor teñía las mejillas de su interlocutora-. ¿Te he ofendido? Sé que Noel se cohíbe cada vez que menciono algún producto femenino, pero me parece tonto fingir que no sé…

– Soy un poco mayor que Noel. Confía en mí, puedo soportar esta conversación sin que me vaya a desmayar.

De cualquier manera, el rubor que cubrió la cara de la joven fascinó a Mick. La pelirroja tenía algo de anticuada y púdica. Mick no sabía que hubiese todavía alguna mujer que fuera recatada. ¡Y con esos ojos tan vivarachos!

– A mí me educaron para llamar al pan, pan y al vino, vino. Nunca me enseñaron a valerme de eufemismos. Toda mi familia estaba formada por hombres, aparte de mamá, y quizá por eso siempre acabo en un aprieto.

– ¿En un aprieto? -repitió ella.

– Con mis hijas. Pensé que podía guiarlas en su etapa adolescente. Craso error -lanzó un suspiro desalentado, y vio que su interlocutora sonreía-. Por ejemplo, hace algunos meses, le compré a Noel unos calmantes especiales para la regla. Bueno, era evidente que ella… Cada mes ella está.

– ¿Un poco susceptible?

– ¿Un poco? Si la miras se pone a llorar. Le hablas y llora. Le preguntas si quiere un vaso de leche y sale del cuarto dando un portazo. Después de unos días vuelve a ser la misma de siempre, pero mientras tanto…

– Lo comprendo.

– ¿En verdad? Porque Dios sabe que lo he intentado, pero no lo entiendo. Pero si puedes entender eso, quizá podrás explicarme lo del teléfono.

– ¿El teléfono?

– Sí. El teléfono. Si hubiera un incendio, no habría manera de llamar a esta casa. Las chicas se pasan la vida colgadas del teléfono. Se peinan, friegan los platos, hacen los deberes e incluso se pintan las uñas mientras hablan por teléfono. ¿Crees que es normal en las mujeres? ¿Por qué les gusta tanto hablar por teléfono? ¿No hay ningún remedio contra eso? Y… ¡diantres! ¿Quieres dejar de reírte?

– No me estoy riendo.

– Estabas a punto -gruñó Mick, pero el brillo que vio en los ojos de su vecina fe encantó.

Igual que ella. Estaba lo bastante cerca para oler su perfume. No era francés ni exótico como él había pensado. Era un aroma fresco, ligero e inocente. A Mick le intrigaba cada vez más esa mujer tan contradictoria. ¿Cómo podía haber vivido cinco años en la casa de al lado sin haberla oído reírse nunca?

De modo que siguió con su retahíla de lamentaciones de padre.

– Esto de ser padre antes era muy divertido. Cuando mis hijas eran más pequeñas, solíamos ir a Hunting Island para pescar y recoger conchas en la playa. Todo lo que necesitábamos era una mochila cada uno y una cesta con comida. Ahora Noel necesita cuarenta y siete maletas, la más grande llena de aparatos eléctricos, antes de que… ¿no te estarás riendo de mí otra vez?

– No. Te lo juro. No.

– Y las dos se han vuelto solapadas. Nunca lo habían sido. Eran unas niñas abiertas, francas y alegres. Noel me preguntó si podía ponerse pendientes y yo le dije que sí. Ahora sus orejas parecen un árbol de navidad. ¿Debería haberle dicho que no?

– Bueno, está de moda llevar varios pendientes a la vez.

– ¿Y enseñar el trasero está de moda también? Porque ella dice que sí. ¿Cómo puedo saber esas cosas? Todas las amigas que invita a casa son iguales… horribles. Hace años que no le veo los ojos. Los esconde detrás de toneladas de rimel. Siempre trae a casa buenas notas, eso sí. Sus profesores y profesoras la adoran. Yo confío en ella y le concedo suficiente libertad, pero… a veces me pregunto si no le estoy dando demasiada…

La mano delicada dé Kat se cerró en la encallecida mano de él un instante. Ella intentaba decirle así que lo comprendía.

– Sé que no es fácil y menos aún porque no tienes a una mujer que te apoye, pero, ¿no se te ha ocurrido que quizá lo estás haciendo todo mejor de lo que piensas?

– Si fuera así, dudo de que trataran de ganarse tu compasión, Kat.

– He estado pensando en eso -los ojos de Kat reflejaban seriedad-. No creo que lo que Angie y Noel han hecho sea tan terrible, tan poco corriente. Quizá tú hayas sido un adolescente sin problemas. Yo fui una calamidad y me pasaba la mitad del tiempo hablando con los demás de lo mal que me trataban en casa. Sin embargo, me la pasaba de maravilla en casa, mis padres eran comprensivos y cariñosos, pero era más divertido inventarme historias y hacerme la víctima. A los adolescentes les gusta lamentarse, eso los divierte.

– Quizá mis hijas tenían razones para quejarse.

– Y quizá tú eres demasiado duro contigo mismo.

– No lo creo. Antes salíamos hablar mucho. De repente ya no sé nada de ellas y mis opiniones son tontas…

Kat volvió a sonreír.

– Mick, las chicas te quieren. Ya se les pasará.

– Nunca -gruñó Mick con un dejo de humor-. Jamás podré hacer una llamada de negocios desde casa los próximos seis años, porque debes creerme, jamás se irán de casa. Nunca se casarán. Cualquier muchacho en su sano juicio que eche una mirada al cuarto de baño de las chicas en el primer piso… -Mick se puso rígido de repente-. ¿Y quién es ese tal Johnny que mencionaste?

Kat iba a contestar, pero se contuvo.

– Pregúntale a Noel.

– En otras palabras: no me lo dirás -murmuró él-. Mataré a ese mequetrefe. Tengo entendido que es un malandrín, ¿verdad?

– Pregúntaselo a tu hija -porfió Kat con una risilla.

– Te lo pregunto a ti. Por favor, ayúdame -Mick no supo por qué había dicho eso, pero ya era tarde para rectificar-. No te estoy pidiendo que resuelvas mis problemas, pero hay veces en las que agradecería poder hablar con algún, recibir consejos. Consejos de una mujer.

Kat negó con la cabeza con rapidez, con demasiada rapidez.

– Soy la última persona que te podría aconsejar. No sólo no tengo hijas, sino que nunca he tratado a ninguna niña. Mis opiniones no cuentan.

– Pero eres mujer. Y mis hijas te admiran. Se pasan la vida repitiendo lo que les dices. Tú debes saber más que yo sobre cuestiones de tu propio sexo.

Kat lo miró de una manera que él no supo interpretar. Apareció en sus ojos una calidez, un brillo que aceleraría el pulso de cualquier hombre, pero en seguida se desvaneció. Kat miró el reloj de pared y se puso de pie de un salto.

– ¡Caramba! ¿Te das cuenta de cuánto tiempo hemos estado hablando? Es más de la una. Mañana tengo que trabajar y tú también.

Mick se puso de pie también, pero ella fue hacia la puerta antes que él. Era como si quisiera escaparse. Sin embargo, titubeó un momento en la puerta.

– Mick, de verdad creo que si necesitas ayuda se la estás pidiendo a la persona equivocada, pero si me necesitas… ya sabes dónde vivo. Creo que no te sentirías muy cómodo comprando sostenes con Angie. Ese tipo de cosas las podría hacer yo y con gusto.

– Bien -dijo Mick. Le abrió la puerta a su vecina y ella murmuró algunas frases de cortesía.

Había vuelto a convertirse en una extraña. En cierto sentido nunca habían sido más que extraños, pero él había sentido algo más esa noche, algo especial, algo real… algo muy importante para él.

Quería decirla que ella había sido muy amable al ir a verlo y hablar con él… pero no sabía cómo hacerlo.

Y como no conocía otra forma de dar las gracias, se inclinó hacia ella con lentitud. Kat no se apartó al sentir el roce de sus labios. Se quedó paralizada, lo cual desconcertó a Mick. No era posible que estuviera asustada; Mick nunca asustaba a las mujeres. Sólo le había dado un beso de buenas noches, de agradecimiento. No podía interpretarlo mal.

Cuando Mick apartó los labios, Kat lo siguió mirando fijamente hasta que el ambiente se puso tenso. Mick tardó un momento en comprender.

Kathryn, su vecina,, tenía tal confianza en sí misma que podía intimidar a un hombre con su sola presencia.

Pero Kat, esa Kat que lo miraba tiernamente, casi asustada, no.

Kathryn tenía un control casi total sobre sus sentimientos.

Kat no siempre podía controlarlos.

Todavía estaban de pie en el umbral de la puerta abierta. El aire acondicionado los abanicaba por un lado. El calor de la noche les llegaba por el otro lado. Mick sintió como si estuvieran atrapados entre el frío de la soledad y el calor del amor.

Mick atravesó el umbral. Tomándole la barbilla con una mano, le sostuvo la cara. El pulso de la joven se aceleró al sentir esa caricia. Ella trató de mover la cabeza, y Mick pensó que la piel de su vecina era demasiado suave para soportar el roce de sus manos callosas, que ya habían perdido la costumbre de acariciar.

Sedosas madejas rojas brillaron entre los dedos de él cuando ella bajó la cabeza. Mick descubrió de repente que besar a Kat sería muy diferente que besar a cualquier otra.

Ella se quedó quieta. Mick sólo le rozó los labios con suavidad. Y otra vez tuvo la extraña sensación de que no había echado de menos a una mujer todo ese tiempo. Había echado de menos a Kat.

Y los suaves labios de ella, tan inmóviles, de repente cobraron vida bajo los de él. Las manos de Kat subieron por los brazos de Mick, muy lentamente y entonces él la abrazó con más fuerza.

Kat se estremeció cuando sus pequeños senos tocaron el pecho desnudo de su vecino. Rodeó con los brazos el cuello de él.

Mick había pensado, desde que murió su mujer, que un hombre podía vivir sin pasión. Podía endurecerse; podría vivir solo si fuese necesario; podía controlar sus deseos, negarlos. Pero sólo durante cierto tiempo. No para siempre.

Eso era lo que él había pensado, pero no sabía qué sentía una mujer al respecto. La pasión de Kat era salvaje… como la inocencia misma.

Kat lo había desconcertado durante mucho tiempo. Pero ya no. Podía sentir que estaba tan sola como él mismo; podía percibir su recelo, su temor, a pesar de que su boca se movía bajo la de él, anhelante, ávida. No era una mera atracción sexual. Era algo más profundo y peligroso que el sexo. Era la búsqueda de la comunicación absoluta, del entendimiento y la pasión que iba más allá de los sentidos.

La sangre le ardía en las venas a Mick, pero sintió que su vecina se estremecía y se ponía rígida de repente. Ella se apartó primero. O lo intentó.

Mick se dio cuenta de que ella quería separarse y pensó que estaba bien. Pero no así. No como unos adolescentes asustados que huían de su propio deseo.

La estrechó con más fuerza, sólo un momento más, hasta que la respiración de los dos volviera a su ritmo normal. Mick olió a rosas, escuchó el susurro del viento y deslizó los dedos por el sedoso pelo de la joven. La besó en la frente con ternura.

– Está bien -dijo con suavidad.

Ninguno de los dos había buscado esa pasión, ni la había esperado. Pero él no la forzaría a seguir, ella no tenía nada que temer. No de él.

Pero para ella no estaba bien. Sonrojada, con la boca temblorosa, apartó la cara.

– No quería…

– Vamos, Kat. Tómalo con calma, yo tampoco quería que sucediera esto.

– No sé qué…

– Yo tampoco.

– Sólo ha sido un error. La gente comete errores a veces. Pero puedes confiar en mí, Mick. No volverá a suceder.

Y se fue. Se fundió con las sombras de la noche antes que él pudiera contestar. No sabía lo que habría dicho. El comentario de Kat fue como una disculpa. No tenía mucho sentido, ya que él fue quien la besó.

Pero la reacción de ella no lo asombró. Nunca había comprendido a Kat.

Esperó hasta verla subir los escalones de su porche, oyó el ruido de la puerta de su casa al cenarse y vio apagarse la luz del porche. Luego volvió a entrar en su casa.

Quizá era más de la una, pero ya no tenía sueño. Vació las botellas de cerveza en el fregadero, apagó las luces de la sala y subió a ver cómo estaban sus hijas. Estaban dormidas. Noel tenía encendida la radio. Angie abrazaba un oso de peluche. Mick apagó la radio y subió al tercer piso de la casa, para asomarse por la ventana.

La casa de Kat era idéntica a la de él, pero ella usaba los cuartos de manera diferente. Mick dormía en el tercer piso. Kat en el segundo. La luz de la habitación de Kat estuvo encendida otra media hora. Un buen rato después de que ella la apagó, Mick se quedó de pie delante de la ventana, viendo cómo la luz de la luna iluminaba el encaje de las cortinas del cuarto de su vecina.

Las cortinas del cuarto de Mick no tenían encaje. Eran de tela sintética. El mobiliario y la decoración de su casa eran sencillos. A June nunca le había interesado la decoración de interiores.

Era una mujer con la que era fácil convivir. No había en ella nada de frágil. Era sencilla, vital, entusiasta.

Mick nunca había modificado su estilo de vida por su mujer, no porque no lo hubiera querido, sino porque June se habría enfadado si lo hacía. June era una mujer independiente y respetaba la independencia de los demás.

Había estado enferma dos años; fue una enfermedad lenta y dolorosa. La gente pensaba que Mick había lamentado su muerte. No era cierto. Había lamentado esos dos largos y penosos años. Había sufrido intensamente por no poder ayudarla, por no poder aliviar su dolor.

Mick la había querido, de eso no cabía duda. Pero siempre había faltado algo; no para ella, para él. June nunca lo había necesitado. Como hombre, como esposo, como otro ser humano. Mick hubiera querido que lo necesitara, en especial esos últimos y espantosos meses. Ella nunca le había dado esa oportunidad.

Cuando ella murió, la gente pensó que la repentina obsesión que Mick mostraba por su trabajo se debía al dolor de su pérdida. Pero la verdadera razón por la que se había volcado en su trabajo fue porque se sentía culpable. El agotamiento físico y mental era más fácil de soportar que los malos recuerdos. June nunca había sido verdaderamente feliz en su matrimonio. Dios sabía que él tenía razones poderosas para sentir lo mismo. Pero sabía que no podría haberse casado con una mujer más buena. June era buena, noble.

La falla estaba en él. Había estado casado catorce años con una mujer excelente… y siempre se había sentido más solo que un ermitaño.

Se apartó de la ventana. Se desnudó y se metió en la cama después de apagar la luz.

Kat no era June.

En nada se parecía a June.

Quizá era independiente y orgullosa, pero también era extravagante. Llevaba ropa del siglo diecinueve y llamaba la atención por la calle con su pelo rojo. Y Además era apasionada.

Mick siempre había deseado encontrar una mujer a la que él le importara. Quizá había dejado de creerlo posible a causa de June, y con Kat… bien, quizá no era sensato enamorarse de una mujer a la que no entendía. Sería peor aún arriesgarse a lastimar a alguien que ya había sufrido una decepción.

Aunque en realidad no sabía si Kat había sufrido una decepción. Lo único que sabía con certeza era que ella lo atraía y lo intrigaba sobremanera. Se acordaba de su perfume, de su cuerpo pequeño acoplado al de él, de sus pequeños senos puntiagudos, de su suave piel…

¿Sabes cuánto trabajo tienes mañana? No podrás dormir si no dejas de pensar en ella, Mick Larson, se reprochó a sí mismo.

Pero por primera vez en meses, quizá en años, Mick no quería dormir.

Capítulo 3

– Así que quiere usted una repisa. ¿Pero de qué estilo la quiere, barroca, gótica…? -sosteniendo el teléfono entre la oreja y el hombro, Kat escribía el pedido. Cuando se abrió la puerta de su minúscula oficina, todavía estaba hablando.

Georgia, vestida al estilo siglo diecinueve modernizado igual que su jefa, sólo balbuceó una palabra:

– Auxilio.

Kat sonrió, terminó de hablar por teléfono lo antes que pudo y luego fue a la tienda. El local estaba atestado de clientes. La ayudante de Kat, Georgia, tenía treinta y nueve años y el pelo rizado color castaño. Le encantaban las galletas de mermelada.

Dos de los clientes eran coleccionistas de muñecas de porcelana. Kat los atendió primero, luego fue hacia las tres señoras de pelo cano que estaban delante del mostrador de joyas.

– ¡Señorita Bryan! -exclamó una de las damas-. La semana pasada tenía usted una sortija de granate en este escaparate, una piedra rodeada por perlas pequeñas. Tenía una inscripción.

– Lo recuerdo. ¿Quiere verla otra vez?

La señora de mejillas sonrosadas quería verla, pero no comprarla, y Kat no puso ninguna objeción. Mientras hablaba con ella sobre joyas antiguas, Kat recorrió la tienda con mirada posesiva.

Todo el lugar estaba lleno de aromas y preciosos objetos cuyo objetivo era cautivar a los amantes de las antigüedades. Kat era inteligente y sabía disponerlo todo de manera estratégica: a los clientes les gustaba explorar, sentir que descubrían "un hallazgo". Las repisas, los cajones abiertos e incluso el suelo estaban astutamente sembrados de "hallazgos": un arpa del siglo diecinueve, un caballo mecedora, lámparas de cristal, botas altas estilo fin de siglo para dama, mantillas de encaje, cucharas de plata estilo "art nouveau" y muñecas victorianas.

Para los clientes que no sucumbían al ver esos objetos, Kat procuraba atraerlos por el olfato. Vendía sacos perfumados y jabón. Los aromas de naranja y canela, rosas y limón habían invadido desde hacía mucho tiempo la tienda. Si al oler esas delicias los clientes no compraban, Kat apelaba a un tercer sentido: el gusto.

Algunas tiendas servían café para los clientes. Kat ofrecía ponche o té. Cuando algún comprador se acomodaba en los sillones mullidos para descansar un poco mientras buscaba preciosos objetos, se le ofrecía un merengue, galletas de mermelada o, cuando Georgia tenía tiempo, un trozo de alguna deliciosa tarta. Por supuesto, al lado de la caja registradora había a la venta galletas y pastelillos estilo siglo diecinueve.

Las tres señoras de pelo cano recorrían la tienda. Entraron otras dos clientas. Kat supo con sólo mirarlas que ninguna de las dos era una derrochadora. Kat adoraba su tienda, pero antes de llevar ni un mes en el negocio fue consciente de que las ganancias que tendría no le permitirían nadar en la abundancia.

Georgia le ofreció una taza de té y un panecillo. Kat se los tomó y habría vuelto a trabajar si la campanilla no hubiera sonado de nuevo.

Mick entró en la tienda con toda rapidez, pero en seguida se detuvo con una cómica expresión de susto en la cara. Todas las mujeres que había allí se volvieron para mirarlo. Kat supuso que se sentía abochornado. Pocos hombres entraban en la tienda con pantalones vaqueros viejos, botas de trabajo llenas de polvo y un casco en la cabeza. La camiseta blanca que llevaba estaba impecable, pero sus hombros eran demasiado anchos para la mayor parte de los pasillos y, a menos que respirara con mucho cuidado, en ese momento estaba a punto de tirar al suelo un montón de mantillas. Georgia, experta en evitar desastres, dejó la caja registradora y corrió hacia él. Se detuvo, pensativa, cuando se dio cuenta de que el desconocido había visto y reconocido a Kat.

Los ojos de Mick se posaron en ella con avidez. Era la misma mirada que le había dirigido tres noches antes, poco antes que ella recobrara la cordura y se apartara de él después de que la besara.

Había algo peligroso en Mick y no era que estuviera a punto de tirar los estantes de las mantillas. Su peligro residía en su sonrisa tierna, en su forma de ladear los hombros para no causar destrozos, en sus ojos azules como el mar que no se despegaban de Kat mientras iba hacia él.

– No respires, no parpadees, no te muevas -ordenó Kat.

– No lo haré, créeme.

Kat llegó a tiempo de evitar que se cayeran las mantillas y le sonrió abiertamente.

– Si te reduces unos treinta centímetros y aprietas los codos contra el cuerpo, podríamos lograr que atravesaras la tienda. Mi oficina está en la parte de atrás -su sonrisa se desvaneció al ver la expresión del recién llegado-. Debe ser muy serio lo que vienes a decirme para haber dejado tu trabajo. ¿Qué pasa?

– ¿Cómo?

– ¿Vienes a contarme algún problema de Angie y Noel?

Mick titubeó.

– Pues… sí.

Así que no iba a verla para hablar de las chicas, pensó Kat. Mick podía construir grandes barcos, pero le costaba mucho trabajo idear pequeñas mentiras. Era sincero y honrado, algo que Kat había descubierto tres noches antes. Quizás esas cualidades explicaban que ella hubiera perdido la cabeza por un momento.

La mirada de Mick se posó en el pelo de la joven. Se lo había rizado a la antigua; llevaba una blusa de cuello alto con un broche y tenía la nariz empolvada. En los labios de él se dibujó una sonrisa.

– Siempre me ha intimidado -murmuró.

– ¿El qué?

– Tu expresión de doncella inaccesible, virginal. Y sospecho que no te vistes así por tus clientes, sino porque te encanta hacerlo.

En ese momento Georgia se acercó a Mick con una bandeja llena de galletas. Georgia veía un hombre y le daba de comer, era algo instintivo y automático en ella, como un reflejo. Mick, totalmente fascinado en esa tienda, se detenía a cada dos pasos para examinar algo en los estantes o el suelo. Cuando por fin dejó de husmear, Ed, un ayudante de Kat de pelo ensortijado, apareció por la puerta de atrás con una caja que la dueña debía revisar.

– No tardaré ni un minuto, Mick.

– Aquí te espero. Me entretendré mirando; no te preocupes por mí.

Pero ella se preocupaba. Quería saber por qué estaba él allí, qué era lo que quería decirle. Por desgracia no había tiempo. En cuanto Kat revisó la entrega de Ed, el teléfono sonó y llegó un camión lleno de mercancías.

Kat vio a Mick deambular por la tienda. Cada vez que volvía la cabeza veía los ojos de Mick fijos en ella como los de un hombre que trataba de encajar las piezas de un rompecabezas con formas de mujer. Kat se mostró algo impaciente con una clienta, algo que nunca hacía, y luego perdió de vista a Mick.

Cuando se vio libre de sus ocupaciones, Kat estaba agotada, acalorada y sudorosa, y sorprendió a Mick observando con atención una caja de medallones.

El podía haberse sentido torpe y temeroso en la tienda, pero el almacén era otra cosa. Kat dudaba de que él tuviera por costumbre holgazanear un día laborable, pero en ese momento no parecía tener ninguna prisa. Su mirada estaba llena de curiosidad e interés, un interés masculino, y no precisamente por los medallones. Sus ojos no se despegaron de la joven mientras se incorporaba con lentitud.

– ¿Siempre estás tan ocupada?

– Ojalá fuera así -suspiró Kat-. Este verano ha sido el mejor que he tenido. Todo el mundo está interesado en decorar su casa este año y, gracias a Dios, está de moda lo antiguo.

– ¿Te va bien en el negocio?

– He logrado convencer a mi banco de que así es. Durante los últimos tres años han aceptado, con cierta renuencia, que soy una persona solvente.

Mick sonrió.

– Es mucha responsabilidad para una sola persona.

Kat movió la cabeza de un lado a otro.

– En realidad no. Tengo suficientes ayudantes. Georgia es mi brazo derecho y tengo dos personas que trabajan media jornada. Ed trabaja en el almacén y cuento con él para todo. La mayor parte del tiempo no tengo otra cosa que hacer más que holgazanear en mi oficina.

– Kat.

– ¿Sí?

Los ojos de Mick se posaron en los de ella mientras se tomaba un vaso de limonada.

– ¿Podrías tranquilizarte un poco? No voy a morderte.

Kat no recordaba con exactitud en qué momento habían entrado en su oficina o cuándo se había servido él la limonada. El caso era que antes estaban hablando de trabajo y de repente él estaba instalado y cómodo, con un vaso de limonada en la mano, en la única silla libre de su oficina.

Era evidente que Georgia había desconectado el teléfono de Kat; sólo su ayudante habría tenido agallas para hacerlo. No era la primera vez que Georgia intentaba hacer las veces de cupido.

Kat estaba sofocada. El aire acondicionado de su oficina nunca funcionaba bien, sobre todo cuando más falta hacía. En el cuarto hacía demasiado calor y Mick se encontraba demasiado cerca. Estaba segura de que él no había ido allí para hablar de antigüedades.

– Mick… -Kat envolvió el vaso de limonada con una servilleta y lo dejó en su escritorio-. Si estás aquí para hablar de lo de la otra noche…

Mick cruzó con desenfado las piernas.

– No recuerdo nada sobre la otra noche que pueda hacer que estemos nerviosos… o inquietos. ¿Tú sí?

– No. No, en absoluto. Bien, ¿entonces de verdad has venido a hablar de tus hijas?

Mick esperó un momento, y miró a su interlocutora después de darle otro sorbo a su limonada. Por fin, dijo:

– Conocí a ese tal Johnny hace dos días; creo que lo he espantado con mi falta de delicadeza. Desde entonces Noel me ha dicho varias veces que no me volverá a hablar el resto de su vida.

– Pobre Mick -sonrió Kat.

– Una de las veces en las que "no me hablaba", nos pusimos a discutir sobre el amor en los años noventa -Mick se rascó la barbilla-. Algo de lo que yo no sé absolutamente nada, según ella. Parece que los chicos ya no tienen por costumbre cortejar a las jóvenes, ¿verdad?

– Si me lo estás preguntando, me temo que hace mucho que dejé de ser experta en la materia.

– Pensé que serías la persona indicada para hablar del asunto.

– No estoy diciendo que no podamos hablar de ello.

– Bien -Mick vio cómo movía nerviosamente el cordón del teléfono-. ¿Necesitas ayuda con eso?

– No, no -soltó el cordón como si le quemara los dedos, tomó su limonada y sonrió-. Sigue hablándome sobre Noel.

– Mi problema es complicado. Verás… cuando comencé a cortejar a las chicas en los años setenta, estaba de moda la libertad sexual -Mick se aclaró la garganta-. Ahora es evidente que ha dejado de estarlo. Noel tiene decidido permanecer virgen hasta que se case. La he interpretado mal y sin duda estará ofendida toda su vida. Yo creí que estaba siendo realista y comprensivo. No tenía ni idea de que las muchachas estaban dispuestas hoy día a renunciar a su deseo sexual.

Miró a Kat con sus preciosos ojos azules. Kat tenía ganas de pegarle. Tres noches antes, Mick había dejado bien claro que el sexo era un tema que podía tratar con toda naturalidad. Ella no podía objetar nada al respecto. En teoría, dos adultos maduros podían hablar de cualquier cosa, pero no era así en el caso de Kat. El estaba tocando un tema muy íntimo, que no tenía nada que ver con la hija de su vecino. Y ella tenía la sensación de que él lo sabía.

– Mi hija me dio una conferencia sobre Sida… y condones -otra vez Mick se aclaró la garganta-. Tengo que admitir que no estaba preparado para tener una charla con mi hija de quince años sobre anticonceptivos y todo eso.

– Mick…

– Ella sabe más que yo. Tengo treinta y siete años. ¿No te parece humillante?

Kat no pudo contener la risa. El sonido pareció cautivar a su interlocutor, ya que clavó su mirada en los labios de la joven un instante que pareció interminable. Cuando sus miradas se encontraron, Kat sintió que el pulso se le aceleraba y luego Mick prosiguió, con voz lenta, suave.

– Llevo años sin salir con una mujer, Kat… algo que no tardó en recordarme mi hija. ¿Cómo puedo fijar las reglas para ella cuando ignoro la menor idea de cómo cortejar, seducir o siquiera hablar con una mujer según las normas de los noventa? Noel piensa que necesito que me enseñen.

– Mick…

– Creo que necesito mucho más que eso. Incluso hace años, cuando era joven, nunca fui muy hábil en el amor, nunca sabía decir lo apropiado en el momento justo. Hubo una época en la que me las arreglaba para darle a entender a una mujer que estaba interesado en ella, pero con el tiempo se atrofian todas las facultades que no se practican -le dirigió una sonrisa candida a su interlocutora-. Por supuesto, si encontrara a una mujer comprensiva con mucha paciencia dispuesta a aconsejarme…

Kat sintió que tenía un nudo en la garganta.

– Por supuesto, estamos hablando de aconsejarte sobre Noel.

Mick levantó las cejas.

– ¿De qué otra cosa podíamos haber estado hablando? -agarró su casco y se puso de pie-. Y sólo tener la oportunidad de comentarlo… me ha ayudado. Más de lo que puedes suponer.

Ella no había hecho nada para ayudarlo y él lo sabía, y ella sabía que él lo sabía. Queriendo deshacerse de ese complicado razonamiento, Kat se puso de pie.

– ¿Tienes que volver al trabajo?

– Sí, y además, ya te he quitado mucho tiempo.

Mick sonrió. Luego inclinó la cabeza y Kat no tuvo tiempo de apartarse; simplemente no se le ocurrió que iba a besarla hasta que lo hizo. Los labios de Mick apenas rozaron los de ella.

Luego Mick puso la mano en el picaporte de la puerta.

– Pensé que los dos estaríamos más tranquilos sabiendo que lo de la otra noche no tuvo importancia -murmuró-. No tenemos por qué estar nerviosos o inquietos, ¿verdad, Kat?

– No.

– Bien -Mick sonrió, se puso el casco y cerró la puerta al salir.

Kat se dejó caer en su silla y se pasó las manos por el pelo, sin importarle que se estuviera despeinando. ¡Ese hombre! O su imaginación le estaba jugando una mala pasada o Mick Larson era uno de los hombres más perspicaces que ella había conocido.

Se abrió la puerta de la oficina. Kat levantó la cabeza. Era Georgia, que iba a recoger la bandeja con la limonada y los vasos.

– Hay ciento setenta y cinco dólares en la caja; he vendido la lámpara de cristal. ¿Qué te parece?

– Magnífico.

– Ya no hay ningún cliente. Mandaré a Marie temprano a casa.

– Bien -Kat esperó, segura de que Georgia comentaría algo sobre Mick.

Pero su ayudante y amiga no comentó nada sobre el milagro de que Kat recibiera la visita de un hombre. Sólo sonrió y levantó la bandeja.

– Ahora puedes estar segura de que puedo atender la tienda muy bien si algún día quieres irte más temprano.

– No quiero irme temprano.

– Vaya. Pareces irritable. Por lo visto el calor nos está afectando a todos -observó su ayudante con voz apacible, y se fue.

Kat volvió a conectar el teléfono y se pasó la siguiente hora revisando el montón de recibos y pedidos. Se dijo que Georgia tenía razón. La ola de calor era el problema. No había llovido en varias semanas. Una persona no podía pensar con claridad con ese calor. No podía uno evadirlo, ignorarlo, apartarlo de su mente.

"Es un buen hombre, Kathryn. Un hombre especial. Y te gusta", se dijo.

Cuando el lápiz se rompió entre sus dedos, tomo otro. Sí, le gustaba. Era muy amable. Tenía sentido del humor, era natural y espontáneo y además un buen padre. Exudaba cariño cada vez que hablaba de sus hijas. Trataba con mucho afán de ser un buen padre. Era lo bastante humano para reconocer sus errores.

Y hacía palpitar el corazón de Kat como ningún otro hombre lo había conseguido antes.

El papel que tenía delante de los ojos le pareció borroso. Renunció a tratar de concentrarse y se apretó con fuerza las sienes. La palabra frígida acudió a su mente. Una mujer podía ser frígida de diversas maneras. Podía no sentir deseo. Podía estar tan llena de inhibiciones que no alcanzara el clímax. O, por cualquier otra razón, podía tener miedo de entregarse al placer.

Aunque la etiqueta de frígida no se aplicaba con exactitud a Kat. Nunca había temido a los hombres, ni al sexo. Cuando estaba con el hombre adecuado se excitaba con facilidad. Deseaba y necesitaba ser querida, no sólo físicamente, y sabía que su cuerpo era capaz de llegar al orgasmo.

Pero el caso era que esa experiencia con un hombre le causaba dolor. Dolor físico. Y no quería someter nunca más a un hombre al engorro de romper el encanto de su relación con sus gemidos de dolor.

El teléfono sonó. Lo dejó sonar.

Kat no era ninguna ingenua. Mick no habría ido allí si no estuviera interesado… y ella también lo estaba. Mick se había volcado demasiado tiempo en su trabajo. Por más que hubiera querido a June, debía comprender que todavía estaba vivo, que tenía sentimientos y necesidades que debía satisfacer.

Pero no era ella la mujer que lo haría feliz, se dijo Kat con resignación. No tenía más alternativa que evitar enamorarse de él.

El sábado a las dos. Kat cerró la puerta y bajó los escalones con su enorme bolso en una mano y una lista en la otra. Se dirigió a la casa de Mick en el momento en el que Angie cerraba la puerta de atrás.

– ¿Has traído las llaves del coche de tu padre, querida? -preguntó Kat con alegría.

– Las tiene Noel.

Kat levantó la vista de la lista que llevaba en la mano, un poco desconcertada por el tono abatido de la chica al principio, y después por la expresión desolada que vio en sus ojos.

– ¿Qué pasa? ¿Pasa algo malo?

– Todo. Este será sin duda el peor día de mi vida.

– Creí que tenías muchas ganas de ir de compras conmigo. No tenemos que hacerlo si no quieres.

– Sí, sí quiero. Pero yo deseaba ir sólo contigo. Ahora no podremos ir a comprar lo-que-tú-ya-sabes. Por favor, ni lo vayas a mencionar.

– Angie…

Noel las interrumpió cuando bajaba los escalones del porche. Estaba vestida como siempre, de forma estrafalaria y llamativa y llevaba toneladas de rimel. Tenía las llaves del coche de Mick en la mano. Le bastó con mirarla a la cara para ver que estaba tan irritada como su hermana.

– El va a venir. Tenemos que esperarlo -dijo Noel con resignación.

– ¿Quién? -Kat estaba desconcertada.

– Papá.

– ¿Pero, por qué va a venir con nosotros tu padre?

– Porque dice que se siente culpable si no nos acompaña -Noel hizo una mueca graciosa, luego suspiró-. Eso es lo que piensa. Cree que tiene que ir con nosotras. Dice que ya es hora de que aprenda algo sobre ropa y cosas de chicas. Dice que no nos preocupemos porque no dirá una palabra. Sólo nos seguirá en silencio.

Angie lanzó un bufido.

– Kat, ¿no puedes hablar con él? No queremos herir sus sentimientos, pero… ¿no podrías convencerlo de que no venga?

Kat quiso que se la tragara la tierra. Se habría vestido y peinado de otra forma de haber sabido que Mick iría con ellas. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos y una blusa muy ligera; llevaba una coleta y no se había pintado casi. O más bien, si hubiera sabido que Mick iría, ella se habría quedado en casa.

Mick la había estado llamando cada noche, sólo para pedirle consejo sobre sus hijas. Esas llamadas nocturnas y su voz baja, gutural y aterciopelada hacían que se le acelerara el pulso. No había logrado poner fin a esas llamadas, pero eso no significaba que quisiera verlo.

– Creo que soy la menos indicada para decirle a su padre lo que debe hacer -murmuró-. De cualquier manera, creo que estamos exagerando. No será tan terrible.

– Oh, claro que lo será -aseguró Noel-. No has visto a papá en una tienda. No compra nada. Odia ir de compras. Y lo peor de todo es que cree que hace esto para ayudarnos.

– ¿Sabes lo que dijo? -gimió Angie-. Todo el mundo usa ropa interior. Chicos y chicas. Todo el mundo. No hay por qué sentirse avergonzado por ello. ¡Oh, voy a morirme!

La puerta se oyó una tercera vez. Por un momento Mick no pareció ver a sus hijas. Sólo tenía ojos para Kat. Sus ojos azules lo miraron todo: su cola de caballo, el sol que quemaba las piernas desnudas de Kat, su falta de maquillaje, sus pantalones cortos y blancos como la inocencia. La miró de tal forma que ella se sintió muy deseable. Y su sonrisa empeoró las cosas.

Por fin él se puso unas gafas de sol y miró a sus hijas. Con lentitud fue hacia el coche. Llevaba puestos unos pantalones de algodón, y una camisa recién lavada y planchada. Y Kat estaba segura de que hacía un sacrificio al ir con ellas. Sin embargo, exclamó:

– ¡Caramba, toda una tarde de compras! ¡Cómo vamos a divertirnos!

Capítulo 4

A las diez de la noche de ese día, Kat se encontraba en su patio, recostada en una mecedora. Tenía los ojos cerrados, estaba agotada y con los nervios de punta. Se tapaba con un brazo los ojos para protegerse de la luz de la luna. Hacía un calor infernal, pero a ella no le importaba.

Oyó cómo se abría la puerta de atrás de la casa de al lado. No se movió. Ni siquiera al oír el crujido de la madera y cuando un hombre muy fuerte se paró en la valla abrió los ojos.

– Me parece que ha salido bastante bien, ¿verdad?

La voz de su vecino era baja, varonil, muy sensual y tan anhelante como la de un niño ansioso. Kat tardó un momento en reunir fuerzas para hablar.

– Ven aquí, Larson.

Oyó cómo él cerraba la valla.

– Claro que tardé cierto tiempo en entender lo de las tallas, los estilos y todo eso. ¿Por qué tiene que ser tan complicada la ropa femenina? Pero después de eso…

– Siéntate -ella señaló el suelo.

Mick obedeció y se sentó a los pies de su vecina. Iba sin camisa. Suspiró largo tiempo cuando sintió la hierba fresca por el rocío nocturno.

– Tú y yo tenemos que tener una pequeña charla sobre las diferencias entre chicos y chicas -declaró Kat.

– Me parece bien, pero no creo que tardemos mucho. Ya sé que yo tengo una cosilla que tú no tienes.

– Hay diferencias más importantes.

– ¿De verdad?

Kat se inclinó para arrancar hierba y tirársela. Mick no la esquivó y sonrió abiertamente.

– Trata de prestarme atención -dijo Kat-. La verdadera diferencia entre los chicos y las chicas empieza en la puerta de un centro comercial. Cualquier centro comercial.

– Vamos, admítelo. Hice bastante bien las cosas en la tienda, ¿no?

Kat abrió la boca, pero no dijo nada. Mick se había portado terriblemente. No había palabras para expresarlo. No llevaban ni veinte minutos en la tienda cuando empezó a preguntar:

– ¿Ya hemos terminado?

Y no era que no hubiera intentado ser comprensivo, pero él iba de compras como un cazador buscaba una presa. Noel quería una blusa de lentejuelas. Y eso era todo, Mick se dedicó entonces a buscar por toda la tienda lo que tuviera lentejuelas, sin que le importara la talla.

– ¿Qué te parece ésta? -había preguntado.

Por error, entró en un probador. Por error, le permitieron entrar en la sección de pendientes. Se quedó quieto con las manos en la cintura y el ceño arrugado.

– Bien… estamos buscando algo rosa, ¿verdad?

Las chicas miraban a Kat como diciéndole: "haz algo". Ella lo intentó. Le dijo con firmeza que no entrara con ellas en la sección de ropa interior, también que no hiciera ningún comentario ni mirara siquiera a Angie cuando salieran. Mick había obedecido al pie de la letra a Kat. No miró ni una sola vez a su hija. De hecho, casi la aplastó al salir por mantener la mirada fija en el frente.

En ese momento Kat se sintió inclinada a poner la cabeza en los hombros de ese hombre torpe y conmovedor. Estaba decidido a ser un buen padre, contra viento y marea.

Kat estaba agotada. No estaba hecha para ser el árbitro entre un padre y sus hijas, y mucho menos para hacer el papel de madre sólo porque era mujer.

Se dijo que Mick no era peligroso. Toda la tarde lo había demostrado. ¿Cómo podía ser peligroso un hombre que podía hacerla reír tanto y que tanto la exasperaba? Era simplemente de carne y hueso, humano. Era extraño cómo podía hacerla derretirse de esa manera.

Mick se incorporó y se apoyó en un codo. El olor a tierra y a brisa marina se adhería a su cuerpo; su ensortijado pelo parecía casi blanco a la luz de la luna. Cuando Kat notó que su mirada tenía una expresión seria, sintió algo extraño en el corazón.

– Está bien. Dímelo claramente: ¿he estropeado algo al acompañarlas?

Kat consideró decirle la verdad, pero volvió a mirarlo a los ojos y cambió de idea.

– Lo has hecho bastante bien -optó por decirle.

– ¿Lo bastante bien para ganarme una recompensa?

– ¿Qué clase de recompensa? -preguntó ella con suspicacia.

– Las chicas me contaron que tienes un caballito de tiovivo en tu salón. Supongo que me estaban tomando el pelo, pero admito que siento curiosidad.

Mick sabía que ella desearía no haber estado en la cocina de él esa primera noche, que no quería verlo en su oficina, y ciertamente no había querido que fuera con ellas de compras esa tarde. Tampoco tenía que arreglárselas para entrar en su salón, aunque no era propio de él recurrir a subterfugios.

Sin embargo, con Kat no había manera de ser directo.

– ¿Quieres tomar rápidamente una limonada o té helado? -lo invitó Kat con renuencia.

– Sí, lo que sea -a Mick no se le escapó el "rápidamente". Si Kat lograba su objetivo él no estaría mucho tiempo en su casa.

Mientras Kat estaba en la cocina, Mick merodeó por el salón para satisfacer su curiosidad.

Pensó que era muy del estilo de Kat. Había escogido el azul oscuro con toques de color melocotón. Las paredes, el sofá, el sillón y la alfombra eran todos azul marino. Incluso la lámpara del rincón tenía un pie de cristal azul oscuro, pero había algunos objetos de color melocotón: flores de seda, cojines, un grabado encima de la repisa. Todo el mobiliario era antiguo, caro, y atrevido, desafiantemente femenino; a excepción del caballito.

El unicornio de madera era extravagante. Su crin era dorada, su silla escarlata y esmeralda. Además era de tamaño natural. Sólo una mujer romántica podía tener algo así en su salón. Mick pensaba que el unicornio lo ayudaba a entender a Kat. Era como encontrar una pieza roja en un rompecabezas completamente azul.

De pronto se preguntó por qué una mujer cálida, amable, atractiva y romántica dormía sola.

– El caballito no pega en la sala, ¿verdad?

Mick se dio la vuelta y vio a Kat con una bandeja, en la que llevaba dos vasos de limonada helada y un pequeño plato con galletas. Cuando la dejó en una mesita inclinándose, sus pantalones cortos se subieron un poco y dejaron al descubierto una generosa porción de su muslo. De repente se le secó la garganta a Mick.

– No tenías por qué tomarte tantas molestias.

– No es molestia, en absoluto -aseguró Kat y luego señaló el unicornio-. Lo encontré cuando iban a deshacerse de él en una feria y me enamoré de él.

Kat le ofreció a su visitante una galleta.

– Está muy rica -comentó él después de probarla.

– Espera a que pruebes las otras.

– ¿Tienes familia aquí?

Kat negó con la cabeza.

– Mis padres y mi abuela viven en Louisiana. En Shreveport. Y tengo un hermano mayor que emigró a Atlanta hace unos diez años. Aparece de vez en cuando, por lo general con su ropa sucia para que se la lave y sin previo aviso. Siempre le digo que lo voy a estrangular.

Era posible, pero Mick notó que había calidez y amor en la voz de su anfitriona al hablar de su hermano.

– Parece que se llevan bien -comentó él.

– Sí, por suerte. Tengo una familia maravillosa. Toma otra galleta -dijo Kat.

– Entonces tienes una familia con la que te llevas muy bien, pero a nadie en Charleston. Sin embargo hace cinco años agarraste tus bártulos y te mudaste aquí, ¿no?

– Tus hijas deben de estar preguntándose dónde estás -dijo Kat con firmeza.

– Saben dónde estoy. Ellas me dijeron que viniera, para que viera tu caballito y de paso me dieras una conferencia sobre cómo los padres no deben poner en ridículo a sus hijas cuando éstas van de compras -sonrió cuando Kat lo miró con azoro-. ¿Cómo se llama el tipo de Shreveport? -inquirió Mick.

– ¡Cielos! ¿Acaso me he perdido una parte de esta conversación?

– No te has perdido de nada, pero te lo diré en caso de que así sea. Me iré pronto, pero no ahora mismo. De modo que puedes quitarte los zapatos y ponerte cómoda.

– Estaba esperando a que me dieras permiso.

– Caramba, qué descarada. ¿Cómo puedes tomártelo tan a la ligera?

– ¿El qué?

Mick movió la cabeza de un lado a otro.

– Estabas tan enfadada conmigo en la sección de pendientes que apenas podías hablar, luego mi mano te rozó el hombro y dejaste de estar irritada. No podías dejar de reírte cuando yo sostenía las cajas de medias, hasta que trataste de sacarme de la tienda casi a rastras. En el momento en que me tomaste del brazo, te sonrojaste y te pusiste tensa.

– ¡Estaba pensando en tus hijas!

– También yo. Me pasé toda la tarde tratando de hacer lo más indicado. Lo que pasa es que cada vez que estoy cerca de ti me siento como si me hubiera tomado un whisky doble con el estómago vacío. Y tú… -le tomó un mechón de pelo y se lo acomodó detrás de la oreja-… devuelves los besos con entusiasmo y eso es peligroso. Todos estos años viviendo juntos, Kat, y estoy seguro de que ninguno de los dos sabía que existía esta atracción. ¿Te preocupa?

– Yo… -Kat oyó su propia voz, que era más un susurro que un sonido.

Los dedos de Mick sólo habían tocado su pelo un segundo; sin embargo la calidez de su tacto persistía mientras sus ojos no dejaban de mirarla con intensidad y ternura. Sería más inteligente negar que existía esa atracción, sugerir de manera diplomática que él estaba interpretando mal su reacción cuando la besaba. Pero el caso era que Kat no sabía mentir. Al menos no a Mick.

– Sí, me preocupa -admitió finalmente.

– A mí también me preocupa. De hecho, creo que estoy más asustado que tú. Me asusta iniciar algo -Kat tenía una migaja de galleta en la comisura del labio inferior. Mick se la quitó con el pulgar y observó cómo su vecina se estremecía-. Puesto que los dos sentimos lo mismo, no hay razón para que no seamos sinceros. Ha pasado demasiado tiempo para mí y no tengo prisa por comprometerme en algo de lo que no esté seguro. ¿Piensas lo mismo, más o menos?

– Pues… sí.

– Yo no sabría cómo cortejar a una mujer llevándole flores y esas cosas -Mick clavó la mirada en la garganta de su interlocutora-. Y tengo la impresión de que no es eso lo que esperas. Al menos por ahora. ¿Verdad?

– Así es, Mick, y…

– La atracción que sentimos es especial, pero cualquier atracción es peligrosa si las dos personas no se sienten tranquilas con sus efectos. Los dos podemos tomar la decisión de ignorar esta atracción, ¿no te parece?

La tocó en el hombro con la yema de los dedos y Kat sintió un ligero estremeciendo.

– ¿Kat?

– Claro que podemos ignorarla -convino ella con voz aguda-. ¿Y qué es eso de la atracción, después de todo? Somos ya maduros, ¿no?

– Exacto y además somos vecinos. Eres importante para mis hijas. No quiero hacer nada que altere eso y por eso he sacado esto a colación. Lo último que quisiera es que te sintieras incómoda o nerviosa cuando estés conmigo y pensé que si hablábamos con franqueza…

Kat asintió. Estaba de acuerdo. Bueno, más o menos. Esa conversación debería aliviarla. Mick no iba a presionarla. Quería una amiga para sus hijas y quizá una mujer con la que hablar de manera tranquila y sin complicaciones.

Estaba segura. No había peligro ni corría el riesgo de acabar teniendo una relación íntima con él.

Mick sonrió y se puso de pie. Ella también se levantó, pero de repente sintió que le temblaban las rodillas. Se dijo que después de todo no estaba tranquila.

Con un guiño y una amplia sonrisa, Mick le ofreció la mano.

– ¿Amigos?

Amigos, un cuerno. En el pasado, cada vez que Mick había mencionado la palabra "amigos", ella había terminado metida en un lío. La próxima vez que él empleara esa palabra, ella iba a darle un bofetón. Iba a estrangularlo. Iba a…

– Ya no hay nada más que guardar, Kat. Noel ya está en la playa. Yo voy para allí también -la voz de Angie interrumpió su reflexión.

– Está bien, querida -dijo Kat en tono alegre.

– ¿Estás segura de que no me necesitas para nada más?

– No, preciosa. Gracias.

Cuando Angie se fue, Kat sacó diez barras de pan y las puso en la mesa de la cocina. Sólo Dios sabía para qué había comprado Mick diez barras de pan…, pero, en último caso, sólo Dios sabía qué estaba haciendo Kat en esa cabaña de Hunting Island.

No podía ver el mar desde la ventana de la cocina, pero estaba tan cerca que podía oír las olas y sentir la brisa salada. La cabaña de Mick estaba detrás de una duna en un bosque de palmeras y enormes pinos.

Dentro, el sol entraba por una ventana y se proyectaba sobre las paredes y el suelo. La cabaña sólo tenía cuatro habitaciones. Dos eran dormitorios, cada uno con dos literas. La chimenea era bastante grande como para asar un elefante y el armario estaba lleno de artículos de deporte y de pesca.

Kat sacó los trozos de carne de otra bolsa y se maldijo por permitir que Mick la hubiera convencido para ir con ellos allí ese fin de semana. Para persuadirla le había dicho que necesitaba su ayuda para encargarse de las chicas.

Kat ya se había dejado convencer antes con ese pretexto. Diez días antes, la había engatusado para que fuera con ellos a un picnic al anochecer. Otra tarde calurosa, la había persuadido para ir a dar una vuelta en barca por la bahía de Charleston. Pocas noches antes, Mick se había presentado en la puerta de Kat con una botella de vino, alegando que estaba buscando desesperadamente un lugar donde refugiarse porque Noel había llevado á su casa una nueva cinta de rock.

Todas esas veces había acudido a ella como a una amiga, y ella siempre se había dejado engatusar. Y siempre ese hombre sin escrúpulos había logrado abrazarla con algún pretexto. Nada muy intenso ni acalorado. Siempre empezaba con un pequeño apretón, un beso que era amistoso al principio y luego se volvía más apasionado. Mick siempre se detenía a tiempo, pero de cualquier manera ella siempre se estremecía.

Kat puso un cartón de leche en la mesa. Mick la provocaba a propósito. Estaba consiguiendo que fuera una parte de su vida, de su familia. Kat sabía que no podía serlo, aunque también sabía por qué había dejado que la convenciera para ir con ellos ese fin de semana.

Ese hombre estaba cambiando gracias a ella. Hablaba con sus hijas como no había hablado con ellas desde hacía muchos años. Se tomaba su tiempo para divertirse en lugar de matarse trabajando. Y se reía… después de tantos años de luto.

Kat sacó las papas de la última bolsa. Ella lo había ayudado. De eso estaba segura. No era un delito quererlo. Pero por otra parte sabía que podía resultar herida y sufrir una decepción.

Cada vez que él la abrazaba, ella se olvidaba de su "pequeño problema". Se acordó de su pasado. Había querido a su antiguo prometido, pero nunca se había reído con él como se reía con Mick. Había deseado a Todd, pero nunca con la intensidad con la que deseaba a Mick. Si Mick la llevaba a la cama… ¿no podría ser diferente? ¿No había una posibilidad?

Su corazón le decía: "inténtalo". Su cabeza le gritaba rotundamente: "no seas estúpida, Kathryn". Aunque sólo había conocido a un hombre, lo había conocido muy bien. Todd y ella se querían, él era considerado, tierno, comprensivo, cuidadoso. No lo habían intentando una vez; sino una docena de veces. Y sus intentos siempre acababan con la humillación y el bochorno de los dos al ver que ella sentía dolor.

– ¿Todo va bien?

– Sí, Mick -contestó ella.

Guardó una docena de latas de refrescos en la nevera, se incorporó y miró la última bolsa. No había nada más que guardar, estaba vacía. Igual que su cabeza.

Un húmedo mechón de pelo le hizo cosquillas en la mejilla. Se lo apartó. Tenía que endurecerse. Ayudar a Mick era una cosa, pero propiciar una relación con él era otra. "Es muy fácil, Kathryn. La próxima vez que él trate de besarte piensa en tu problema", se advirtió con vehemencia.

– ¿Qué pasa, holgazana? ¿Cuándo te vas a quitar la ropa?

Vaya una pregunta engorrosa. Kat se dio la vuelta para mirar al hombre que estaba en el umbral. El susodicho tenía los pies llenos de arena, el traje mojado y demasiada musculatura al descubierto. Kat trató de pensar en otra cosa, pero su pulso siguió acelerándose.

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad. Kat se puso las manos en la cintura y miró a la cara al hombre de ceño adusto.

– ¿Qué ha sido del ingeniero obsesionado con su trabajo que conocí en Charleston? -Mick la asió del brazo y la llevó con suavidad hacia el cuarto de las chicas.

– Lo mismo que va a sucederte a ti: vas a tomar un poco de sol, y a disfrutar del mar y la brisa. En cuanto te quites toda esa ropa y te pongas un traje de baño.

Toda esa ropa consistía en una blusa y unos pantalones cortos.

– No te hagas ilusiones, Larson; siempre llevo trajes de baño conservadores.

– ¿Qué? ¿No llevas bikini?

– No.

– Es una pena.

– Y no hace falta que entres conmigo. Hace años que me pongo el traje de baño sola.

Cuando salió del cuarto, y a pesar de lo recatado de su traje de baño de una pieza, Kat se sentía… como si estuviera desnuda.

Mick podía haber sido discreto, sensible y gentil y no hacer caso del rubor de ella. Pero no.

– ¡Caramba! -Mick la rodeó con rapidez, le palmeó el trasero, tiró del tirante del hombro y luego lanzó un silbido de admiración. Kat no pudo contener la risa.

– Caramba -repitió Mick-. Una mujer que lleva un traje de baño para nadar. Pensé que la única razón por la que una mujer iba a la playa era para untarse de crema y para pintarse las uñas de los pies -bajó la mirada a los pies de Kat y se llevó una mano al pecho con aire melodramático-. ¡No están pintadas! ¿Qué dirá Noel?

– En cuanto encuentre a mis aliadas, tus hijas, vas a lamentar hasta haber nacido -dijo Kat.

– ¿Ah, sí?

– Te voy a ahogar cuando estemos en el agua. Si yo fuera tú empezaría a rezar.

– Estoy rezando -antes de que ella pudiera parpadear, Mick le echó las toallas al brazo-. Tú lleva las toallas. No se puede esperar que un hombre rece y lleve las toallas al mismo tiempo.

Kat lo siguió fuera de la cabaña, como si… como si se estuviera divirtiendo. Casi como si fuera tan natural jugar con Mick como lo era hablar con él y estar con él y sentir esa loca oleada de regocijo y amor que la inundaba cada vez que estaban juntos.

Hasta podría decirse que se estaba enamorando de él.

Por suerte era lo bastante sensata como para no permitir que eso sucediera.

Capítulo 5

Conforme se hacía más tarde, la marea comenzaba a subir. Las gaviotas volaban sobre las aguas buscando su cena. El cielo estaba despejado todavía, pero el calor ya no era tan intenso. Mick se incorporó para quitarle a Kat su camisa de los hombros, con la que la había protegido antes de los abrasadores rayos del sol.

Ella se movió cuando la tocó, pero no se despertó, lo cual le concedió a Mick algunos momentos más para mirarla a gusto. Hasta que ella no se despertara, él podría contemplarla todo lo que quisiera.

Uno de los tirantes se le había deslizado por el hombro y ella estaba acostada sobre su estómago con una pierna levantada. Tenía el pelo mojado por el agua de mar, era como una maraña de seda roja.

Mick vio que tenía pecas cerca de la clavícula y otras más abajo. Su trasero, que había estado mirando la última hora, era pequeño, firme, redondo, exquisito e incitante.

Kat era la mujer más sensual que él había conocido, le agradaba tanto su aspecto como su temperamento, y la forma en la que reaccionaba cuando la acariciaba. Casi lo volvía loco, pero ella siempre se detenía, temerosa, antes que sus caricias o sus besos se hicieran más intensos. Mick llegó a la conclusión de que tenía miedo. Tenía un miedo, profundo, irracional.

Mick no comprendía la razón. No entendía a Kat y había tardado varias semanas en aceptar que no necesitaba entenderla. Ninguna otra mujer le había hecho sentir esa atracción tan intensa, esa sensación de plenitud.

Ningún otro hombre yacería al lado de Kat… en la arena o en la cama.

Eso lo sabía Mick muy bien.

Kat se estiró a su lado, como una gatita y entreabrió los ojos somnolienta. Por un momento se desconcertó, sin percatarse de que la sombra de Mick la cubría de manera tan posesiva como su mirada. Por un momento los ojos de Kat se encontraron con los de él y el deseo se reflejó en ellos. Por un instante ella le dijo lo que él anhelaba saber, que lo deseaba; que estaba interesada. Y, lo más importante de todo: que lo necesitaba.

Kat se despertó por completo de repente y se incorporó con movimientos bruscos. Miró hacia la playa con expresión algo ansiosa.

– ¿En dónde están Noel y Angie?

Pobrecita. No quería decirle que sus "damas de compañía" habían desertado.

– Hay una tienda en el parque municipal y es el sitio favorito de Angie. Siempre se encuentra a chicos de su edad allí con los que pasarla bien. Y Noel ha encontrado a algunos adolescentes jugando pelota en la playa. Le ha echado el ojo a un muchacho pecoso. Dudo de que las veamos hasta que se estén muriendo de hambre.

– ¿Cuándo ha ocurrido todo eso?

– Mientras dormías.

– No estaba dormida -le aseguró Kat-. No es posible. Nunca duermo de día.

– Bien. Mientras no dormías, entonces -dijo Mick en tono apacible-. Te tapé para que no te quemaras. Excepto la nariz -le tocó la enrojecida nariz.

– Mick…

– ¿Sí? -Mick no podía esperar más para sacudirle la arena de la nuca.

Mientras estaban todavía cerca, dejó que sus dedos se le hundieran en el pelo. La arena estaba mezclada con las sedosas hebras.

– Si no recuerdo mal, me habías dicho que a tus hijas ya no les entusiasmaba pasar un día en la playa. Que no querían venir porque aquí no había nada que hacer. Y la razón por la que he venido contigo este fin de semana es para ayudarte a entretenerlas.

– ¿Yo te dije eso?

– Sí.

– Ah, caray. Bueno, pues te mentí -declaró Mick y le colocó con cuidado el tirante del traje de baño.

Ella no parecía percatarse de que estaba incorporada sobre un codo, de tal forma que su acompañante podía ver un pequeño y redondeado seno. Al ponerle el tirante pudo mirarla con discreción.

– ¿Mick? -había tal paciencia en su expresión que él tuvo que sonreír.

– ¿Sí?

– Voy a hablar contigo sobre tu costumbre de mentir. Mira, parece que hay un pájaro revoloteando por aquí -dijo olvidándose de su propósito de regañarlo al ver el ave.

– ¿No te has preguntado para qué hemos comprado diez barras de pan para sólo un fin de semana? Incorpórate muy lentamente y con todo sigilo. El pájaro comerá de tu mano si quieres, pero prepárate.

– ¿Para qué?

En el momento en el que Mick se estiró hacia atrás y le dio una hogaza de pan a Kat, otra gaviota se unió al banquete. Kat no había terminado de desenvolver el pan cuando una docena de gaviotas se arremolinó sobre su cabeza.

Kat comenzó a reírse y no pudo contenerse.

– ¡Por Dios, ayúdame!

– Lo estás haciendo muy bien -Mick observó cómo desmigajaba el pan a la velocidad del rayo.

Ella se dio la vuelta, parecía una ninfa rodeada de gaviotas hambrientas.

– ¡La barra se acabará en cuestión de segundos… basta, ladrona!-una audaz gaviota fue directamente por el pan. Otra la apartó sin miramientos y una tercera se cernía en el aire, esperando atrapar al vuelo su ración-. Yo pensaba que las criaturas de esta isla eran salvajes.

– ¿Te parecen muy civilizadas las gaviotas?

– Me parecen maravillosas -Kat se enterneció cuando un ave tomó de su mano un pedazo de pan.

– No te entusiasmes con esas voraces ingratas. Cuando se acabe el pan, ni siquiera se acordarán de tu nombre.

– Eres muy escéptico, Mick.

– Es la pura verdad.

– No me importa. ¿No te parecen preciosas?

Quien le parecía preciosa a Mick era Kat. La siesta le había sentado bien; él sabía que su vecina trabajaba demasiado. También sabía que era lista. Lo suficiente para haber encontrado una buena excusa para no ir con él y sus hijas ese fin de semana si no hubiera querido, lo suficiente para evitar que la besara si no lo deseaba. Y bastante lista para saber que él no era un hombre a quien le gustara jugar, ni con los sentimientos de una mujer ni con los de él.

El pensaba que su relación acabaría siendo íntima. Ella tenía que darse cuenta. Era posible que Kat no supiera que cuando estaban juntos él se sentía vivo como nunca se había sentido. Le bastaba con tocar a Kat para que surgiera en su interior lo que era posible, lo que nunca había tenido, todo lo que podía y debía haber entre un hombre y una mujer.

Algún hombre le había hecho daño. No hacía falta ser psicólogo para darse cuenta. Era evidente cada vez que él intentaba besarla o acariciarla con pasión.

Kat tenía sus razones para estar inquieta, pero sólo porque él intentaba proporcionarle más satisfacción de la que ella podía tolerar.

Pronto. Por el momento, se contentaba con observar cómo el sol, el viento y el mar ejercían una magia especial en Kat. La isla siempre había sido para él una fuente de renovación. Y su hechizo comenzaba a ejercer su influjo también en Kat. Movió la cabeza, mientras veía cómo correteaba por la playa tirándoles al aire migas de pan a las gaviotas y riéndose como una niña. Y él que nunca la había creído capaz de disfrutar de los placeres sencillos de la vida.

Incluso cuando se acabó el pan, Kat no quiso dejar a las aves. Mick tuvo que llamarla y tentarla hablando de filetes, papas asadas y otras delicias.

– Pero no podemos empezar a cenar sin las chicas, Mick.

– Créeme: llegarán a tiempo -de regreso en la cabaña, Mick preparó la parrilla mientras Kat se daba una ducha. Cuando Kat reapareció, se había hecho una trenza y llevaba puesto un mono corto que se cerraba hasta la garganta con una cremallera. Mick le bajó con torpeza la cremallera hasta que quedó muy cerca de los senos de Kat, ella lo dejó hacerlo. Cuando Mick salió de la ducha sólo con unos pantalones cortos, Kat clavó la mirada en la de él, haciendo que se riera.

– Sospecho que a pesar de tu aspecto recatado, pelirroja, hay en ti cierta impudicia.

– No -ella se sonrojó-. Me has interpretado mal.

– No. Durante casi una tarde entera, te has olvidado de estar alerta -la voz de Mick se suavizó-. Me gusta que te comportes con espontaneidad y tranquilamente conmigo. No luches contra tus propios impulsos.

Fue justo lo que él no debió haber dicho. Kat se puso tensa, como si se avergonzara de haber flirteado con él. Siguieron charlando, pero ella volvía a cada momento la cabeza hacia el bosque.

– ¿Estás seguro de que no deberíamos ir a buscar a tus hijas?

– Ya llegarán -repitió él.

Cuando el sol se puso en el horizonte, el cielo pasó del color oro al escarlata y luego a un violeta profundo. Para entonces las papas envueltas en papel de estaño ya se asaban en la parrilla. Mick colocó la rejilla para poner a asar la carne.

Dos minutos antes de la hora a la que oficialmente cenaban, aparecieron las dos "acompañantas" de Kat… con refuerzos. Un chico pecoso trataba de esconderse detrás de Noel. Angie traía un compinche flacucho que sonreía despreocupadamente.

Kat se tranquilizó de inmediato.

– Por eso pusiste tanta carne a asar -murmuró.

– Las viejas costumbres son difíciles de desarraigar. Mis hijas no son tímidas.

Tampoco lo era Kat… con las chicas. Los invitados de las jóvenes se fueron después de cenar, pero Mick y las tres mujeres permanecieron un rato junto al fuego. Para entonces la oscuridad era total y los carbones brillaban en la parrilla. Kat se colocó entre Noel y Angie y comió más que todos juntos.

Mick se encargaba de repartir la comida. Una profunda satisfacción y alborozo lo embargaba. Debido a su obsesión por el trabajo los últimos dos años, se había perdido esos momentos con sus hijas, su capacidad para disfrutar juntos, esa convivencia familiar. Mick había reconocido sus errores antes de hablar con Kat, pero fue su furioso sermón de aquella primera noche lo que le hizo actuar.

Kat ejercía también una gran influencia sobre sus hijas. Mick, conmovido, oía cómo las tres charlaban sin parar. June había sido una madre típica para sus hijas. Kat preguntaba y discutía. Tenía autoridad sobre ellas al ser mayor, pero también las respetaba como seres humanos interesantes. Mick ni siquiera sabía que Noel tenía sus propias opiniones respecto a los pobres, ni que Angie se preocupaba por el medio ambiente. Tampoco sabía un ápice sobre maquillaje, pero estaba aprendiendo.

Por fin se acabó la comida y los bostezos hicieron más apacible la conversación. Eran más de las diez. Mick comenzó a apagar el fuego.

– Noel y yo dormiremos en la playa en nuestros sacos de dormir, ¿te parece bien? -Angie se levantó para echar los brazos al cuello de su padre y darle un beso de buenas noches-. Gracias, papá.

– Un momento, bribona. No recuerdo haber dicho que sí.

– No importa, ya sabes que nos dejarás hacerlo. Ya conocemos todas las reglas: nada de meterse en el agua, acampar lejos y volver aquí corriendo en cuanto alguien aparezca por la playa -Angie concluyó con una amplia y encantadora sonrisa. Sabía cómo complacer a su padre.

Noel también le dio un beso de buenas noches. Entonces agitó un dedo delante de su padre con gesto autoritario.

– No te preocupes por Angie, ya sabes que la cuidaré. Ustedes pórtense bien, tú cuida a Kat y no se acuesten muy tarde.

Cuando las dos se perdieron de vista, Mick se rascó el cuello y le dirigió a Kat una mirada entre pesarosa e irónica.

– Dímelo sin rodeos; ¿crees que he perdido por completo mi autoridad de padre?

Kat se echó a reír, pero en seguida se puso seria al darse cuenta de que estaban solos. En la oscuridad. Y sus jóvenes compañeras la habían abandonado.

– Creo que es porque has permitido que se hagan demasiado independientes.

– ¿Demasiado independientes?

– Tú mismo lo dijiste, Mick. ¿Cómo puede uno permitir que un hijo no se haga independiente? -inquirió Kat con suavidad-. ¿Cómo puede desarrollar alguien su carácter si no se le concede libertad para cometer errores, para probarse a sí mismo y saber lo que desea?

– Sí, esa es la teoría -extendió una mano para tomar la de ella. La ayudó a levantarse y la mantuvo junto a él, pero sólo un instante-. La realidad es un poco diferente. Siempre que veo a Noel con algún chico, me dan ganas de mandarla a algún internado de monjas.

– Está probando sus poderes de seducción -señaló Kat sonriendo-. Está tratando de cautivar a toda la población masculina. Cuando le interese un solo chico es cuando vas a tener que tomar tranquilizantes.

– ¿Tú lo hacías?

– ¿El qué?

Kat estaba siendo víctima otra vez de su hechizo. Se suponía que debía ser cautelosa cuando estaba con Mick. Se suponía que debía recordar que no era como otras mujeres y no debía propiciar ninguna relación seria entre ellos.

– ¿Probabas tus poderes de seducción cuando tenías la edad de Noel?

– Sí, era terrible -admitió ella en tono divertido. Quizá era por el susurro de la brisa y el olor del mar y los árboles, pero las puertas personales que tanto trabajo le costaba mantener cerradas para todos los demás, le resultaba imposible no abrirlas con Mick-. Salía con los chicos menos recomendables del colegio y rompía todas las reglas que mis padres me imponían. ¡Mi pobre madre! Sé muy bien que empezaron a salirle canas cuando yo estaba en el último curso… y todo para nada.

Mick se volvió para mirarla extrañado.

– ¿Para nada?

Kat emitió una risilla nerviosa.

– Me gustaba que me miraran, pero no que me tocaran, en realidad. Nunca me perdía una fiesta ni una reunión, pero sólo para dejarme ver. Me rellenaba mi sostén con algodón. ¿Crees que iba a dejar que algún chico lo descubriera?

Hubo un momento de silencio, los ojos de Mick se clavaron en ella.

– ¿Es verdad que hacías eso?

– ¿El qué?

– Llevar relleno en el sostén.

– Claro que lo hacía. Y puedes dejar de contener la risa, Larson. No hacía nada que no fuera normal entonces. Y creo que en todas las épocas; desde siempre las mujeres han tratado de acentuar sus atributos femeninos. Y no creo que las chicas de hoy en día hayan cambiado mucho… ¿no has notado que Noel está un poco… cambiada de repente?

– ¿Pretendes decirme que mi hija…?

– No podría estar por sí misma tan desarrollada -Kat hizo que su interlocutor se riera.

Luego él le deslizó una mano por la espalda. Mick la llevaba hacia la playa. Cuando llegaron a una duna, Kat sintió la arena bajo sus pies y contempló el mar, oscuro, infinito, imponente.

Kat adoraba el mar, pero no por la noche, no cuando estaba sola. Mick estaba entre ella y ese abismo oscuro e insondable. Ella pensó que Mick siempre haría eso con la mujer que quisiera; ponerse entre ella y los oscuros abismos de la vida.

Se controló de inmediato cuando comprendió dónde la estaba llevando ese pensamiento.

– Te he contado cómo era de adolescente para ser sincera contigo, Mick. En realidad creo que soy la última persona que podría aconsejarte sobre tus hijas… es muy probable que echen de menos a June -agregó.

Mick no replicó. Kat podría tener ganas de hablar de June, pero él no.

– ¿Mick?

Era evidente que ella iba a insistir en el tema. Mick suspiró. Se dijo que quizá había llegado la hora de hablar de su mujer.

– Sé que las chicas echan de menos a su madre -dijo-. Trato de convencerme de que estoy haciendo un buen papel como padre. Pero no me hago ilusiones respecto a ocupar el lugar de su madre. Es duro para ellas.

– También para ti. Estoy segura de que la echas de menos. June jamás ocultó lo feliz que era -la sonrisa de Kat fue gentil-. Muchas veces me dijo que eras el único hombre en la tierra con quien pudo haber convivido.

Hizo ese comentario para hacerle sonreír, pero a la luz de la luna vio el semblante austero de su acompañante y cómo en sus ojos se reflejaba algo que no podía definir a ciencia cierta. ¿Acaso era dolor?

– Sí; creo que era feliz con lo que había entre nosotros.

– ¿Es que lo dudas? Todo el vecindario sabía que eran una pareja perfecta -Kate se sintió incómoda de repente-. ¿No eran… felices?

La voz de Mick fue seca, apacible, tajante.

– Estábamos casados. Y si no hubiera muerto, sin duda seguiríamos juntos.

– Lo cual me indica lo que opinas de la lealtad y la fidelidad en el matrimonio, pero no es eso lo que te he preguntado. ¿Eran felices?

– June lo era. Tengo que creerlo, o catorce años de mi vida carecerían de sentido. Ven aquí, pelirroja -cuando ella no me movió de inmediato, el extendió un brazo y le puso la enorme mano detrás de la nuca. La estrechó hasta que sus caderas chocaron mientras andaban-. Te estás volviendo muy descarada últimamente, me haces preguntas personales, actúas como si tuvieras derecho a saberlo todo sobre mí.

– Tengo derecho a saber…

– Por supuesto. Si quieres saber si he olvidado a June, la respuesta es no. No he olvidado ni espero olvidar a una persona que formó parte de mi vida tantos años.

– Por supuesto que no.

– Pero lo que realmente quieres saber, lo que estoy seguro que esperas oír, es que aún no me he recuperado de la pérdida de mi esposa. Guardo muy buenos recuerdos de June, pero nada que pueda constituir una amenaza para ti. No la veo cuando te estoy mirando. No la deseo a ella cuando te toco. No pienso en lo que tuve. Cuando estoy contigo pienso en lo que puedo tener -recorrió la cara de Kat con la mirada lenta e intensamente y el corazón de ella latió alocado.

– Yo… -Kat se dijo que Mick había interpretado mal por completo la razón por la que ella había mencionado a su esposa.

Pero él le sostenía la mirada. Ella temía que Mick la comprendiera demasiado. Temía que pudiera darse cuenta de cómo una mujer podía mentirse a sí misma, por ejemplo.

– ¿Ibas a decir algo?

– No me acuerdo -murmuró ella.

– Bien, porque ya basta de temas serios. Hace una noche agradable y el cielo está cubierto de estrellas. Te apuesto cinco dólares a que llego primero a ese tronco que está allí, en la playa. Te daré ventaja hasta contar cinco.

– Mick…

– Uno… ¿todavía no has salido, pelirroja? Creí que nunca rechazarías un desafío. Dos…

Miró a su acompañante con una sonrisa retadora. Quizá él estaba de humor para hacer una absurda carrera por la playa, pero Kat estaba estupefacta. Nunca se le había ocurrido que Mick hubiera sido infeliz con June. Más aún, Kat tenía la impresión de haber tocado un tema que él prefería no tratar.

– Tres…

Kat echó a correr, aceptando el desafío automáticamente.

Mick la alcanzó de pronto, luego aflojó el paso, arrogante y confiado. Kat le devolvió la sonrisa desafiante. La adrenalina corrió por sus venas y las piernas le comenzaron a doler. La euforia se apoderó de ella.

Kat jadeaba y se reía con la misma libertad que Mick cuando llegó al tronco. El había ganado la carrera y esperaba su premio.

– Olvídalo, tonto. Nunca acepté esa apuesta.

Mick jadeaba igual que ella. Sus ojos se entrecerraron peligrosamente.

– Has perdido. Me debes un premio.

– Eres un bribón -Kat se esforzó por contener la risa.

– Tienes dos bolsillos. Estoy seguro de que tienes dinero en uno de ellos.

– No tengo nada. Por Dios, déjalo ya, Larson -ella retrocedió, acercándose al mar. Mick avanzó. Ella volvió a retroceder. Mick sonreía y de repente el corazón de Kat comenzó a latir desbocadamente-. Te juro que no tengo dinero en los bolsillos.

– ¿Crees que podría confiar en la palabra de una mujer que se niega a reconocer que ha perdido una apuesta?

– Compórtate -Kat colocó una mano abierta delante de ella, como quien trata de detener a un toro que quiere embestir.

– Sólo quiero ver qué tienes en los bolsillos.

– No me toques, Mick Larson. Si te acercas un paso más lo vas a lamentar. Te…

Kat se dio la vuelta para echar a correr cuando él se abalanzó, pero Mick ya la había sujetado por la cintura con un brazo y con la otra mano le hurgaba en el bolsillo. Estaba todavía conteniendo la risa cuando los latidos de su corazón alcanzaron una velocidad vertiginosa.

– Diantres. No hay en este bolsillo -dijo Mick con aire inocente y la hizo volverse hacia él.

– Bribón…

El la besó evitando que continuara insultándolo. Kat pensó que iba a desmayarse.

Cada vez que sentía los brazos de Mick alrededor de ella, sabía que no debía, que no podía arriesgarse. No tenía excusa para haber ido allí con él ese fin de semana; no tenía excusa para permitir que la besara. Sabía lo que Mick quería, y nada tenía que ver con su amistad o con ayudar a sus hijas, y al responder a su beso, le había dado razones para que creyera que ella buscaba lo mismo.

Y ahí estaba el meollo de la cuestión, porque en realidad ella quería lo mismo que él. Nunca había sentido nada más agradable que las enormes y cálidas manos de él deslizándose por su piel. Quería probar su boca; quería acariciarlo y entregarse a él.

Se dijo que no había aprendido la lección. Respondía con ardor a las caricias de Mick, porque la atracción era muy poderosa. Comenzaba a creer que nada podía salir mal si hacía el amor con Mick.

El quería besarla. Y no sólo eso, pero ya sabía hasta dónde llegaba Kat antes de retroceder asustada y también lo que él sentía cuando ella respondía con vehemencia. Había un punto en el que el escarceo dejaba de ser divertido, donde el deseo podía convertirse en una torturante necesidad física. Pero no quería presionarla. Quería que Kat lo deseara y se entregara libremente y de buen agrado, sin miedo. Libre, no insegura. Y Mick no dudaba que podía controlarse cuando fuera necesario.

Pero no había tenido en cuenta las reacciones de Kat. Siempre, sus besos habían sido agradables, dulces y sensuales; incluso apasionados. Pero nunca desesperados. Siempre, ella le había hecho saber, de manera sutil, cuándo quería que se contuviera.

Le ciñó la estrecha cintura, acercándose a ella de manera deliberada, sensual.

Kat no se apartó. Se apretó contra él con igual sensualidad.

Se pusieron de rodillas en la arena, sin apartar sus bocas. Sus primeros besos eran apasionados y ella parecía que quería más que eso.

Pero él se dio cuenta de que estaba asustada aunque lo deseara tanto como él a ella. Los dedos de Kat subieron por los brazos de Mick, se deslizaron por sus hombros y se enredaron en el escaso vello de su pecho. Sus bocas estaban fundidas en un beso profundo, intenso.

Mick trató de mantener el control, aunque había deseado, ansiado, soñado con que Kat lo tocara así. Con libertad. Con espontaneidad. Con pasión.

Estaba segura de que ella lo detendría en ese momento.

Pero no lo hizo. Sus delicadas manos se posaron en la cremallera de los pantalones de él. Su boca no se desprendió de la de él; su beso era ardiente, fervoroso, ávido.

Mick frotó un muslo entre los de Kat y ella le bajó lentamente la cremallera. Mick le soltó el broche del sostén. Contempló sus senos a la luz de la luna. Eran pequeños, perfectos. Los acarició con la boca. Kat se arqueó para recibir esas suaves, lentas, húmedas caricias.

– Si quieres que me detenga, dímelo ahora, cariño -Mick supo que su voz era ronca, incluso áspera-. Amor mío, hazlo, porque si no…

Kat volvió a besarlo en los labios.

– ¡Por todos los santos, Kat…!

La besó con vehemencia. La besó en los labios. La besó en la garganta. Le terminó de abrir el mono, diciéndose que quizá Kat había perdido el control, pero él era más fuerte. De ninguna manera le haría el amor por primera vez en una playa con la arena metiéndose en los sitios más incómodos y el océano rugiendo en el fondo.

Cuidadosa, tímida, tentativamente los dedos de Kat se deslizaron por los pantalones de él.

De repente a Mick no le importó un comino donde hacían el amor.

– Por favor, Mick…

Su susurro era suave, bajo, desesperado. Mick seguía controlándose, se lo había prometido a sí mismo.

– Por favor…

Ya no pudo contenerse más. Kat estaba desnuda por completo cuando terminó de besarla. Contempló su piel aterciopelada, sus ojos llenos de pasión…

Mick se quitó al instante sus pantalones. Por la forma en la que ella lo miró, supo que no sólo lo deseaba, también lo necesitaba.

Se rodeó con los muslos de la joven. Ella podría haberse asustado entonces. Podría haber cambiado de idea. Pero, en lugar de ello, rodeó el cuello de él con los brazos y susurró:

– Date prisa, Mick. Nada será tan perfecto como hacer el amor… contigo. Por favor…

Mick tenía que hacerla suya. Quería hacerla suya, estaba seguro de que se moriría si no lo hacía. Mick saboreó el amor como jamás había soñado. Saboreó el encanto de una mujer que lo deseaba, como sólo Kat lo había deseado. Saboreó la necesidad, el deseo, la pasión que nunca había conocido antes. Ella estaba preparada para recibirlo.

Y en el primer intento ella gimió. Pero se suponía que el gemido debía ser de placer, no de dolor.

Capítulo 6

Kat tenía los ojos cerrados, para contener las lágrimas que amenazaban con brotar. No era un dolor insoportable. Podía controlarlo, estaba segura. Después de todo, se dijo, el dolor es sólo… dolor.

Quería que Mick la hiciera suya. Momentos antes había deseado que le hiciera el amor y ese deseo se apoderó de su cuerpo, su mente y su alma. Eso no había cambiado. Lo que pasaba era que el dolor que sentía tenía el poder de apagar hasta el deseo sexual más intenso. Todos los músculos de su cuerpo se habían agarrotado. Le dolía en su parte más íntima. Por desgracia era un sitio demasiado sensible para tener que soportar el dolor.

Y luego ella ya no tuvo que aguantar más. Oyó que Mick emitía un resuello profundo, se apartó de ella. Se volvió de espaldas, rodeó a la joven con un brazo y la estrechó contra su pecho, no con mucha delicadeza. El corazón de Mick latía aceleradamente. Kat trató de levantar la cabeza. Mick la estrechó con más fuerza.

– Quizá será más fácil si hacemos esto juntos. Aspira hondo, suelta el aire, poco a poco, profundamente. Deja la mente en blanco y… -le dio un beso con ternura en la frente-… y si quieres darme un bofetón hazlo.

– ¿Por qué?

– Por todos los santos, hacerlo en la arena… y al aire libre. Te abalanzaste sobre mí. Hasta cuando era adolescente y sólo pensaba en chicas podía controlarme más. Me vuelves loco, Kat… aunque eso no disculpa lo que hice…

– Por Dios, Mick, ha sido sólo culpa mía…

– ¿Por no decirme que te estaba haciendo daño? Pues sí, tienes tú la culpa. ¿Hasta cuándo ibas a ocultarme que tenías problemas? -los labios de ella se movieron, pero no emitió ningún sonido. En realidad no hacía falta. La expresión de sus ojos lo decía todo-. No me lo ibas a decir, ¿verdad? Ibas a dejar que siguiera adelante, ¿no?

El labio inferior de Kat comenzó a temblar.

– No… esperaba que te detuvieras. No creí que pudieras hacerlo y no te lo habría pedido. No… entonces. Y pensé que podría soportar el dolor sin que te dieras cuenta.

Mick no quiso oír más.

– ¿Con qué clase de cretinos te has acostado, Kat? -le pasó los dedos por el pelo-.Te lo diré por si no lo sabías: un hombre siempre puede controlarse. Claro, puede ser un poco frustrante o muy frustrante por un momento. Pero cuando en una pareja uno tiene un problema, el problema es de los dos. ¿Entiendes? Siempre que algo no ande bien, debes decirlo. Para que sepa que me has entendido, dime "sí, Mick" -su tono no era autoritario.

– Sí, Mick.

La mirada preocupada, posesiva, intensa de él recorrió la cara de su compañera.

– Sé que te he hecho daño, de modo que ahora no te vuelvas reservada conmigo. ¿Estás bien? ¿Te he desgarrado algo? ¿Te sigue doliendo?

– Estoy bien -murmuró ella. Sintió que el rubor le cubría las mejillas-. Es probable que me sienta mejor que tú ahora.

– ¿Sí? -Mick entendió a lo que ella se refería-. Pero no te preocupes, después de que nade un poco se me pasará. Además, ahora ya lo sabemos a ciencia cierta.

– ¿Qué es lo que sabemos?

– Que uno no se muere de frustración -dijo él. Cuando Kat alargó el brazo para alcanzar su ropa, Mick se la arrebató, se incorporó y luego la tomó de las dos manos.

Kat no dijo nada cuando él le volvió a subir las bragas. No dijo nada cuando le empezó a poner el mono y luego le subió la cremallera. No la vestía como habría vestido a un niño, la vestía con la absoluta concentración de un amante. Sus palmas se detuvieron en las caderas de ella. Luego subieron y los pulgares le rozaron los pezones que se endurecieron.

Mick le dijo de mil maneras que nada había cambiado. La deseaba. Y ella a él. Un pequeño contratiempo no lo desanimaba, al contrario, acrecentaba los sentimientos que por ella abrigaba. La quería.

Tanto que ella de repente se estrechó contra él, profundamente conmovida.

– Mick -susurró, con lágrimas en los ojos-. No me estabas escuchando antes, pero ahora me tendrás que escuchar. En realidad no fue culpa tuya. En absoluto. Fue culpa mía.

– Entiendo. Tienes la culpa de que no haya tenido ninguna delicadeza.

– Ese no es el problema -murmuró ella-. Soy frígida.

– Querida, no te oigo bien si hablas tan bajo y pegado a mi pecho.

Ella no pudo evitarlo. No podía mirarlo a la cara para hablar de un tema tan doloroso y mortificante.

– Soy frígida -repitió-. Al menos no sé de qué otra forma decirlo. Pero…

Kat oyó cómo el pecho de él se movía y retumbaba. Azorada, levantó la cabeza. Mick ni siquiera intentó contener la risa y sus ojos brillaban con malicioso humor.

– Querida, créeme. Eres todo menos frígida. De eso estoy más que convencido.

El lo tomaba a broma. Le parecía graciosa la idea de que ella se pudiera considerar frígida. Kat conducía hacia Calhoun. Casi todos los que la conocían pensaban que era anticuada, conservadora. Nunca salía con hombres y sólo hablaba con aquellos con los que tema alguna relación de trabajo. Sin embargo sabía que era afectuosa y cálida con las personas a las que quería. Era desconcertante saber que Mick la podía considerar una mujer apasionada. Tanto que la idea de que pudiera considerarse frígida le hacía reír.

Miró por el espejo retrovisor. "No se ha sacado esa impresión de la manga, Kathryn Bryant. Con ningún otro hombre te habías comportado como lo has hecho con él", se dijo para consolarse.

Lo sabía, y por ello había procurado evitarlo los últimos tres días. Impaciente, metió tercera. El tráfico en Charleston era muy lento a la hora de comer a principios de agosto. El calor y la humedad eran abrumadores.

Había dos papeles en el asiento de cuero del pasajero. Uno lo habían puesto en la puerta de atrás de su casa, el otro en la puerta principal esa mañana. Las notas contenían idéntica información: cena esa noche, a las cinco, ropa informal.

Podría haber ignorado una nota. Dos era más difícil. Larson volvía a asediarla. Como una cobarde, ella se había estado ocultando tres días, no contestaba el teléfono, inventaba excusas para estar fuera de casa y para ver los proyectos de renovación de la tienda. Sabía que no estaba actuando con madurez y aun así estuvo pensando toda la mañana cómo rechazar esa invitación a cenar.

Dio la vuelta hacia el callejón que estaba detrás de la bodega, apagó el motor y sacó la llave. Las nubes se agolpaban al oeste, como anunciando que iba a llover. La ola de calor no había cedido en un mes. Quizá era el bochorno del ambiente el causante del estado de ánimo de Kat. Se sentía profundamente deprimida.

Si no había resultado con Mick, jamás resultaría. Si una quería a un hombre, si confiaba en él y lo respetaba, y aun así no resultaba, la situación era irremediable.

Sabía cómo rechazar el ofrecimiento de Mick de esa noche. Podría volver a su casa y colocar las notas en las puertas como si nunca las hubiera visto. Había muchos lugares donde podría esconderse hasta que pasaran las cinco. Y lo cierto era que tenía mucho trabajo.

"Vamos, Kat. Vives en la casa de al lado. Vas a tener que encontrarte con él en cualquier momento", se regañó.

Lo sabía. Lo único que quería era que ese momento se retrasara. Quizá en 1995 ó 1996. Todavía no.

La campanita sonó cuando ella entró en la tienda. Georgia levantó la vista de la caja registradora.

– ¿Has comido bien?

– Sí, gracias. Yo me ocuparé de la caja. Puedes ir a comer. Hace demasiado calor para hacer nada rápido hoy.

– Ya comí -Georgia sacó de debajo del mostrador una botella de Coca-Cola dietética y Kat hizo una mueca-. Te llamó Mick. Quería recordarte que pasaría a buscarte a las cinco.

– Gracias -respondió con ironía-. ¿Algo más? ¿Un huracán? ¿Una llamada de Hacienda? ¿Un robo?

– Nada tan desastroso.

– Asombroso.

– Pero tienes dos visitantes esperándote en tu oficina.

– ¿Visitantes?

Las visitantes estaban tomando un vaso de limonada y una tarta de frambuesa. La rubia bajita movía nerviosa las piernas y la morena, vestida de rojo y blanco, ocupaba la silla de Kat.

– ¡Estás… impresionante! -elogió Kat a Noel y le dio un abrazo cariñoso a Angie-. ¿Pero qué hacen aquí?

Las dos comenzaron a hablar al mismo tiempo.

– Tomamos un taxi y…

– Siempre hemos querido conocer tu oficina, Kat, pero más que nada queríamos hablar contigo.

– Tenemos que hablar contigo -corrigió Angie-. Esto es importante y no podíamos hablar en ninguna parte donde papá nos pudiera oír.

– Parece seria la cuestión -murmuró Kat-. Bien, escúchenme. Si se trata de algo sólo para mujeres, está bien. Pero si es algo que su padre debería saber…

– No tenemos ningún problema, Kat. Ni siquiera estamos aquí para hablar de nosotras -se apresuró a decir Noel-. En realidad hemos venido a hablar de ti -al ver la mirada de desconcierto de Kat, explicó-: Ya sabes. Sobre lo de papá y tú. No hay problema. Estamos de acuerdo.

Kat se desplomó en la silla más cercana.

– Al principio no estaba segura -dijo Angie-. Es decir, ahora tú y nosotras somos amigas. Así que pensé: ¿para qué complicar las cosas convirtiéndote en nuestra madrastra? Y también sentía lealtad hacia mi madre. Pero como dice Noel, mamá te apreciaba mucho y además, aunque te conviertas en nuestra madrastra no vas a portarte como la madrastra de Cenicienta, ¿verdad?

Kat no tuvo tiempo de replicar antes que Noel interviniera.

– Y papá está muy distinto desde que andas con nosotros. Sonríe todo el tiempo. Ya no está tan serio como antes. Es como si volviera a ser nuestro padre de antes, ¿comprendes?

– Habla, se ríe con nosotras y pasa mucho tiempo en casa -recalcó Angie.

Kat trató de interrumpirlas de nuevo, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.

– Y sabemos por qué -Noel se apartó un rizo-. No estamos ciegas; las dos podemos ver lo que está pasando. Y sólo queremos que sepas que con nosotras no hay problema, estamos aquí para ayudarte. Estamos de tu parte. Papá es demasiado… cómo te diría… -intercambió miradas con su hermana-. No estamos seguras de que papá sepa lo que está haciendo.

Angie, demasiado ingenua para ser discreta, apuntó:

– Tampoco nos parece que tú lo sepas muy bien. Quizá piensas que sólo soy una niña, pero he aprendido muchas cosas en la televisión.

– Nos parece que podrías pintarte un poco mejor, Kat -dijo Noel con absoluta seriedad.

– Y papá no sabe lo que tiene que hacer… como invitarte a bailar, comprarte flores y bombones y esas cosas. Noel dice que quizá tú tengas que darle un empujoncito.

– Hace mucho que él no tiene nada que ver con mujeres -dijo Noel.

– ¡Vaya! -pudo decir Kat al fin.

– Nos pareció que podríamos darte algunas ideas, ayudarte a arreglar algunas cosas. Yo podría cocinar, Angie ha encontrado unas velas.

– Vaya -replicó Kat. Miró largamente a las dos chiquillas entusiastas e hizo lo que pudo para hacerse a la idea de lo que estaba oyendo. Si tuviera tiempo iría a la biblioteca a buscar un libro sobre adolescentes precoces y la manera de tratar con ellas. Por desgracia no había tiempo-. Antes que nada, señoritinas, están equivocadas. Soy amiga suya, y espero que también de su padre.

– Sí, Kat.

– Sí, Kat.

– Segundo: No tengo nada que ver con cualquier cambio que hayan visto en su padre. Nada.

– Sí, Kat -las dos hermanas se miraron.

– Tercero: Puedo quererlas muchísimo, pero eso no significa que ciertos temas no dejen de ser muy personales. Lo que sucede entre un hombre y una mujer, es algo entre él y ella. Eso se aplica a mí, a su padre, y a cualquiera con quien se relacione su padre ahora, mañana o dentro de diez años. No deben meterse en lo que no es asunto de ustedes. ¿Lo entienden?

– Sí, Kat -contestaron al unísono.

– Cuarto… -Kat movió la cabeza molesta-. No han entendido nada. No me casaré con su padre. No seré su madrastra. Su padre y yo sólo somos amigos. Eso es todo. ¿Entendieron?

– Sí, Kat.

– Sí, Kat.

Las chicas dieron una vuelta por la tienda, tomaron galletitas, se probaron sombreros del siglo pasado y jugaron con las miniaturas en la casa de muñecas. Por fin Kat llamó a un taxi y pagó por adelantado para que las llevara a su casa. Pensaba que lo había dejado todo claro, hasta que Noel le dio un pellizco pícaro en la mano cuando se iban.

– Si papá no llega a casa esta noche, yo prepararé el desayuno de Angie -murmuró-. No te preocupes por nada. Tengo suficiente edad para comprender ciertas cosas.

Georgia la encontró en su oficina media hora después, quitándose las horquillas que sostenían su peinado estilo pompadour y tirándolas a la pared como si fueran dardos. Georgia extendió la mano y le enseñó a su jefa un par de aspirinas. En la otra mano llevaba un vaso de agua.

Kat se tragó las dos aspirinas.

– Ya está -dijo y luego se tomó el agua-. Me mudaré. No puedo con ellas, ni con él. Punto y final.

– ¿Quieres que te dé un consejo?

– No. Los consejos no me ayudarán. Que me diera gripe de repente antes de las cinco, eso sí que me ayudaría.

– Kat, detesto ser yo quien te diga esto, pero…

– Entonces no me lo digas.

– Si no quieres salir con él esta noche, no necesitas ninguna excusa. Simplemente puedes ser sincera y decir "no". Y como ni siquiera han considerado una opción tan simple, podría significar que en realidad quieres estar con él.

– Por Dios, Georgia, si no puedes decirme nada más consolador o convincente, más vale que te vayas a trabajar.

A Georgia eso le pareció muy gracioso, pero Kat se hundió en la silla de su escritorio cuando por fin la oficina quedó vacía. Sin siquiera hacer una pregunta, Georgia había comprendido la situación, aunque no del todo.

Kat no había cancelado la cita con Mick porque su intención era salir con él, y lo había sabido todo el día. La única forma de aclarar el lío en el que se había metido era enfrentarse a Mick cara a cara.

Le había dicho a Mick que era frígida, pero no le había dicho lo más importante: que su relación era imposible. Que ella no servía como mujer, como pareja y amante.

Se quitó la última horquilla y la tiró a la pared. Después de lo de Todd, había sufrido. Pero no como en ese momento. Todd no tenía dos arrogantes, exasperantes hijas a las que Kat quería enormemente. Y Todd no era Mick, a quien ella quería con toda su alma.

Si no le doliera tanto, de manera tan terrible, sin duda lloraría. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida como para dejar que Mick llegara a serlo todo para ella?

Mick no había comprado condones desde que era un adolescente. Entonces, los paquetes estaban escondidos debajo del mostrador. El farmacéutico siempre estaba ocupado, así que para comprarlos había que pedírselos a una mujer… siempre una mujer… y ella siempre repetía el encargo de forma que todos en la farmacia podían oírlo. Todavía recordaba haberse sentido como un pervertido. Se alegró de ser ya adulto y de que los tiempos hubieran cambiado.

Con un tubo de pasta de dientes en una mano y un frasco de enjuague para la boca en la otra, estaba de pie cerca de las toallas de papel. En la casa ya no había toallas de papel, de modo que tenía una buena excusa para estar allí. Era un mero accidente que fuera lo bastante alto para ver lo que había en el estante de los condones.

Los tiempos habían cambiado definitivamente.

¡Cielos, había millones de marcas! Todo lo que él recordaba eran dos marcas diferentes. Esas compañías todavía existían pero ofrecían una gama más variada. Uno podía comprar los condones en paquetes, o en caja. Se podían comprar lubricados, sin lubricar, acanalados o lisos. Se podían comprar perfumados, de distintos colores.

Mick siguió mirando. Por ninguna parte podía ver un simple modelo como los de antes y de ninguna manera se imaginaba poniéndose un protector amarillo fluorescente que olía a plátano.

– ¡Vaya, señor Larson! Siempre me encuentro con sus hijas, pero rara vez con usted.

Rápidamente, tomó un paquete de toallas de papel antes de volverse a mirar a su vecina. La última vez que había visto a la señora Pincher, fue cuando ella acompañó a sus dos hijas y a los tres de ella para ir a una función de teatro en el colegio. La mujer tenía el pelo castaño, rizado, con algunas canas, ojos cansados y sonrisa maternal. No había manera de escapar de su bien intencionada charla, la cual no comenzó a decaer hasta que la mujer no habló de la espantosa ola de calor, del nuevo ascenso de Harv, su esposo, y de lo rápido que estaban creciendo las hijas de su interlocutor.

– ¿De modo que ha tenido que encargarse de las compras?

– Nos quedamos sin toallas de papel en casa y…

– Bien, bien… no deje usted ir a vernos de vez en cuando, ¿eh? ¿Por qué no viene una de estas noches a tomarse una cerveza con Harvy?

– Lo haré -prometió Mick.

La mujer sonrió. Mick la habría olvidado por completo si ella no hubiese dado la vuelta hasta llegar al estante de los condones. Mick la miró con azoro cuando ella, con toda naturalidad, afianzo un paquete y lo dejó en su carrito.

Vaya, conque así era como se hacía. Los hombres les encargaban a sus mujeres que compraran los útiles dispositivos.

Adoptando la misma actitud despreocupada de la señora Pincher, fue hasta allí y tomó uno de los paquetes que le parecieron más tradicionales.

En la caja, dejó sus compras enfrente de la empleada y buscó su cartera. Miró a la cajera, con la mente absorta en Kat y su inminente encuentro.

Toda la semana ella había procurado evitarlo. El lo comprendía: ella estaba consternada por lo que había ocurrido en la playa. También él. No había nada de malo en una playa desierta y la luna como escenario romántico, pero la áspera arena no era lo ideal para la primera vez. No con Kat, en todo caso.

Kat era muy recatada en lo que se refería al sexo. A Mick le gustaba eso, en realidad, porque significaba que no se tomaba su relación a la ligera. Pero sin duda también tenía algo que ver con esa actitud el tipo que la había lastimado. Lo que importaba, sin embargo, era que desde mucho tiempo antes de su aventura en la playa, Mick sabía que hacían falta ciertos elementos para la primera vez que tuvieran una relación íntima. Un lugar cómodo, agradable sin posibilidad de interrupciones. Y un hombre que mantuviera por completo el control.

Mick tenía una buena opinión de sí mismo como amante. Sabía casi con certeza que una vez que ella venciera sus recelos, todo saldría bien. No era egoísta en la cama y conocía las necesidades de una mujer. Un hombre no podía estar casado catorce años sin llegar a ser consciente de lo que esperaba una mujer de una relación, a menos que fuera un verdadero imbécil. Por ejemplo, sabía que la mujer necesita más tiempo para excitarse.

Sin embargo, con Kat él no se había percatado a tiempo del cambio que se operó en el estado de ánimo de su acompañante. El había estado seguro de que ella estaba deseando que la hiciera suya. Lo había sentido en sus manos trémulas al ayudarlo a bajarse los pantalones, lo había visto en sus ojos, lo había notado en su voz susurrante, implorante, hasta que llegó el momento de alcanzar la cima del placer.

¡Diantres! ¿Qué había hecho mal él?

Una oleada de calor abrasador lo recibió cuando salió de la droguería. Su camioneta era como un horno. Dejó los paquetes en el asiento subió. Metió la llave y puso en marcha el vehículo.

Mientras conducía sus pensamientos seguían el mismo curso: Kat. Con ella, y sólo con ella, había saboreado la promesa de una plena satisfacción. En cierto modo, Mick siempre había vivido, solo. Kat había cometido la imprudencia de demostrarle que eso no tenía por qué ser así.

Esa noche. Eran las únicas palabras que ocupaban su mente. Adivinaba que Kat ya debía estar hecha un manojo de nervios al pensar en su encuentro inminente. Tenía razones para estar nerviosa. Pero no las que ella creía.

Capítulo 7

Kat oyó que llamaban a la puerta a las cinco menos diez, y se miró en el espejo por última vez. Como en la invitación decía "ropa informal", se había puesto algo realmente informal. Sus pantalones de algodón blanco eran muy holgados, su blusa marinera enorme y los tenis que llevaba estaban bastante gastados. Se había puesto una pañoleta en la cabeza, no se había arreglado el pelo y no llevaba maquillaje. Ni perfume, ni adornos.

No era que quisiera estar poco atractiva, pero sabía a lo que se enfrentaba esa noche. Tenía que decirle a Mick que ella no servía como amante. El no parecía desalentado por lo sucedido aquella noche en la playa. Kat temía que tuviera planeado algo romántico y seductor para la cena. Vino, música y esas cosas. Quería que su aspecto poco arreglado lo desanimara y se olvidara de sus intenciones.

Abrió la puerta del frente cuando Mick estaba a punto de llamar por segunda vez. Entonces, algo cambió las ideas preconcebidas que Kat tenía sobre esa velada.

Mick no estaba vestido precisamente como un seductor. Llevaba puestos unos vaqueros gastados y una camiseta de manga corta. Su pelo rubio estaba enmarañado y no se había afeitado desde por la mañana. Miró a su invitada y silbó con suavidad.

– Vaya, estás muy sexy -Kat no tenía que preocuparse por él. Era evidente que no estaba en sus cabales-. Gracias a Dios no rechazaste mi invitación, pelirroja -le dio un beso en la boca que la dejó sin respiración, luego levantó la cabeza y sonrió de oreja a oreja-. Pero basta ya de ternezas; ésta es una cena de trabajo y no tenemos tiempo para escarceos amorosos.

Su caballero andante bajó los escalones y la llevó, no a su elegante coche deportivo, sino a su camioneta, que estaba cubierta de polvo.

– ¡Arriba! -exclamó sin abrirle la puerta y por fortuna ella subió con rapidez, porque estuvieron en la carretera antes que se pudiera abrochar el cinturón de seguridad.

Era evidente que Mick no tenía la intención de seducirla esa noche. ¿Por qué entonces no se podía tranquilizar ella?

– ¿Qué es eso de una cena de trabajo, Mick?

– No es sólo trabajo, sólo un poco. Vamos a un bautizo. El bebé mide nueve metros; un yate de quilla pequeña, más para diversión que para participar en carreras. Lo puse en el agua esta tarde por primera vez, pero todavía no ha salido al mar. Su propietario está en Maine; espera saber mañana qué tal ha funcionado en este recorrido de pruebas. Tú y yo lo averiguaremos, pero me temo que tendré que pasar antes por el taller.

– ¿El taller? -repitió Kat-. ¿Quieres decir donde haces los barcos?

– Espero que no te importe. Sólo tardaré unos segundos.

Tardó más de una hora, durante la cual Kat se sintió abandonada e ignorada. Otra mujer se habría enfadado. Kat estaba encantada. Ya se había olvidado de su idea de la tensa y traumática noche que había previsto. Claro, tarde o temprano tendría que hablar con él, pero no era culpa de Mick que estuviera ocupado en ese momento. Tampoco era culpa de ella que sintiera una insaciable curiosidad. ¿Qué mejor manera de entender a un hombre que a través de su trabajo?

Con las manos en los bolsillos del pantalón, Kat recorría el taller, curioseando.

El taller tenía tres edificios, todos enormes. En uno almacenaba madera. En el segundo, tres hombres y Mick rodeaban un enorme barco a medio construir; hablaban en una jerga incomprensible para Kat.

Luego deambuló por el tercer edificio, sola y feliz. Ese era el mundo de Mick. Arrugó la nariz al oler a acetona, disolventes y barniz, algo a lo que no estaba acostumbrada. Había dos ventiladores gigantescos en el centro del taller. Kat reconoció algunas herramientas. Otras le eran desconocidas.

Donde quiera que miraba, Kat veía organización, orden y control. En los tres edificios casi podía palpar el amor que ese hombre sentía por su trabajo.

Mick la encontró explorando el patio.

– Se suponía que no iba a tardar tanto -se disculpó él. Fue hacia Kat con un ceño fruncido y una mancha de polvo en la barbilla-. Vámonos de aquí.

– ¿Estás seguro de que ya has terminado? No tienes que preocuparte por mí; estoy muy a gusto.

– Por supuesto que nos iremos; si nos escabullimos antes que Josh me encuentre y me diga que hay otro problema. Cuando demos la vuelta a la esquina del taller, corre como alma que lleva el diablo y no mires atrás aunque alguien grite "fuego".

Kat se rió divertida.

– ¿Cuál de ellos es Josh?

– El de la barba que pone ojos de cordero degollado cuando te mira de arriba abajo -Mick la ayudó a subir a la camioneta-. Igual que los otros muchachos -una vez instalado al lado de su invitada, tuvo que levantarse para sacar la llave del vehículo de su bolsillo. Al hacerlo el pantalón se estrechó sobre su varonil cuerpo. La sonrisa que le dirigió a Kat fue igualmente varonil.

– Menos mal que saliste del taller a tiempo, si no los muchachos te habrían empezado a explicar cómo se hace un barco… cualquier cosa con tal de llamar tu atención.

– Todo me llamaba la atención. ¿Cuántos barcos construyes al año? ¿Qué tipo de barcos son? ¿Y todos los haces en esos edificios?

– Calma, pelirroja… no me preguntes tantas cosas a la vez.

Mick no condujo hacia la bahía de Charleston, sino al río Ashley. Fue por la Avenida Principal como si supiera que Kat adoraba las antiguas mansiones elegantes. Así era, pero la atención de Kat no se apartaba ni un momento de su acompañante.

Corría una brisa cálida que acarició el pelo de Mick. El sol entraba por la ventana y acentuaba los rasgos de su cara, firmes y varoniles, aunque su voz parecía tan tímida y emocionada como la de un muchacho. Fue la timidez lo que conmovió a Kat. ¿Hacía cuánto que él no compartía con alguien el amor que sentía por su trabajo?

Construía yates, corbetas, barcos de pesca, cruceros.

– Construir barcos es lo que quise hacer desde que era pequeño y nunca me importó qué tipo de barcos -los yates de recreo, que eran su especialidad, tardaban en construirse todo un año. Los clientes lo asediaban-. Se corre la voz por razones evidentes. No hay muchos ingenieros que usen sólo madera.

Nunca creyó que su empresa se expandiera tanto, pero cuando June murió duplicó su volumen de trabajo.

– Pensé que podría hacerlo, hasta que me di cuenta de lo que estaba sucediendo con mis hijas. De modo que hace como cuatro meses contraté a Josh, que es de Boston, y a Walker, de Savannah. Un par de aprendices forman el resto del equipo -le dirigió una mirada de soslayo a Kat-. A cada rato todos amenazan con irse. Dicen que soy un perfeccionista obsesivo imposible de complacer.

– Te conocen muy bien, ¿verdad?

– ¡Hey! ¿De parte de quién estás?

De él, pensó Kat. Un mes antes, sus hijas lo habían descrito como un tipo austero y estirado. En ese momento la alegría de vivir se reflejaba en su cara. "No debes enamorarte de él", se dijo Kat con firmeza. Pero esa voz interior se iba debilitando.

– ¿Y tus clientes qué opinan de que seas un perfeccionista?

– Mis clientes tienen suficiente dinero para pagar mi trabajo, que por lógica es muy caro.

Hubo un breve momento de silencio.

– Tengo barcos en el agua desde Maine hasta Florida.

– ¿Sólo trabajas con madera? -quiso saber Kat.

– Sí.

– ¿Cuál es la mejor madera para barcos?

Mick se rió, complacido.

– Esa es una pregunta que casi no tiene respuesta. Los antiguos romanos te habrían dicho que el abeto; los vikingos preferían el roble; los antiguos egipcios el cedro. Los chinos siempre han sentido predilección por un pino llamado sha-mu.

– ¿Nadie está de acuerdo sobre cuál es la mejor?

– Cualquier ingeniero sensato te diría que las maderas duras tropicales. Pero todavía hay puristas que insisten en usar sólo teca, roble y caoba.

– ¿Tú de qué los construyes?

– De teca, roble y caoba.

Cuando llegaron a los muelles, el sol se reflejaba en el agua y le daba una brillantez inusitada a las velas y los cascos de los barcos. Kat no sabía nada sobre corbetas, pero de inmediato supo cuál era la de Mick; le bastó con ver la belleza incomparable de su pintura blanca, el brillo de su cubierta barnizada, sus líneas elegantes.

Fueron andando por el muelle hasta el sitio donde estaba anclado el recién construido barco. Mick se puso enfrente de él, con las manos en la cintura y una sonrisa de satisfacción en los labios.

Kat lo maldijo en silencio. Se había prometido que se mantendría a una distancia prudente de él, pero Mick no le estaba facilitando las cosas. Deslizó un brazo alrededor de la cintura de él y lo estrechó con fuerza.

– ¿Quieres a ese barco?

Mick le devolvió el abrazo.

– Sí.

– Entonces quédatelo, Mick. ¿No puedes?

– Claro que podría. Podría devolverle al tipo que me lo encargó su dinero o hacerle otro. El problema es que me enamoro de cada barco que hago -deslizó una mano por la espalda de ella y le dio una palmadita en el trasero-. Bueno, por el momento vamos a averiguar si no se hunde cuando salga a alta mar. Vas a tener que trabajar para ganarte la cena. Tu primera tarea es soltar amarras.

– A la orden, señor -Kat corrió al instante a cumplir con su cometido.

– Ah… Kat.

– ¿Dime?

– No debes soltar la última amarra hasta que estemos a bordo -se colocó las gafas de sol en la cabeza y sonrió-. Así que eres una marinera curtida, ¿eh?

– ¿Vamos a izar velas?

Mick saltó a cubierta antes, luego le ofreció una mano.

– No en este viaje de prueba. Quiero probar los motores, ver cómo responde en el agua. Tú vas a estar muy ocupada también. Necesito que revises todo bajo cubierta y no como lo haría un ingeniero sino como una mujer.

– Si lo que tratas de decirme, Larson, es que mi lugar está en la cocina.

– No, ahora eres mi grumete -colocó una gorra marinera en la cabeza de Kat y sonrió-. Tendrás que aprender la jerga. Al cuarto de baño se le llama letrina; las camas son literas. Luego están la proa -le tocó la punta de los senos con el dedo índice-… la popa -le palmeó el trasero-. Y mientras estemos a bordo deberás llamarme "capitán".

– A sus órdenes, mi capitán.

Mick intentó besarla, pero ella se escabulló.

Por lo que él pudo comprobar, Kat mostraba hacia el viaje en velero el mismo entusiasmo con que hacía todo lo demás. A los quince minutos Mick dirigía el barco por el río Ashley hacia la bahía de Charleston. El viento había arreciado e intensificado los olores marinos y la corriente era impetuosa. Kat andaba por todas partes: inclinada en la barandilla para mirar las imponentes mansiones blancas de la costa de Charleston, luego exploraba la cubierta de proa, donde las olas se estrellaban en el casco salpicándola y haciendo que se riera regocijada. Le pidió al "capitán" que le explicara para qué servían todos los aparatos en la sala de comunicaciones, luego bajó para explorar el camarote. Pasó un cuarto de hora allí antes que Mick viera aparecer su cabeza asomando por la escotilla abierta.

– Más vale que lo sepas, Mick… capitán. Tendrás que quedarte con tu bebé. Tendrás que decirle al tipo ese de Maine que ha tenido mala suerte.

– Te gusta, ¿verdad?

– ¿Que si me gusta? ¿Qué clase de palabra es esa? Estoy hablando de amor; de una gran pasión. Este yate es una belleza.

Todavía hablaba con entusiasmo cuando desapareció tras la escotilla.

Mick la llamó para que viera algunos delfines. El viento agitó el pelo de la joven. Los rizos se arremolinaban por su nuca y frente. Mick le daba alguna que otra orden sólo para ver aparecer una sonrisa en la cara de su "grumete".

Eso era lo que había deseado para Kat, lo que había planeado. Cuando había ido a buscarla, Kat estaba muy nerviosa, completamente segura de que la esperaba una noche de seducción. Tenía razones para estar inquieta… pero estaba equivocada.

El quería que se diera cuenta de que formaban una pareja perfecta. Ella estaba contenta con él. Las diferencias entre ellos eran superficiales. El no tenía que entender de encajes y lámparas del siglo diecinueve para admirarla por la forma en la que dirigía su negocio. Ella no tenía que dominar los tecnicismos de la construcción naviera para compartir su amor por su trabajo.

Era cierto que quería seducir a Kat, engatusarla… pero mostrándole la clase de vida de la que disfrutarían juntos.

Más allá de la bahía, en una ensenada donde las olas se movían con suavidad y el sol comenzaba a ponerse en el horizonte, Mick paró los motores y echó el ancla. Su "bebé" había demostrado en su primer viaje por mar que funcionaba a la perfección. Cualquier marinero sabía que la paciencia y la experiencia tenían su recompensa en el timón.

Como hombre se había olvidado del barco al pensar en Kat. Estaba preparado para cuando llegara el momento de la relación íntima. Esa noche, sin embargo, deseaba amarla de manera total, pero no física. De muchas formas ella le había indicado que tenía miedo de la relación sexual. Necesitaba tiempo y Mick era paciente, podía controlarse y quería demostrarlo a toda costa.

Pensó en la boca de Kat, en el brillo de sus ojos y gruñó para sí antes de bajar al camarote.

Kat tenía problemas y Mick lo supo cuando sirvió la cena. Desde el momento en que fue a buscarla a su casa, Mick había saboteado su ánimo cauteloso, inquieto. Kat procuraba mantenerse nerviosa, pero no podía. Mick hacía imposible, con su actitud, que su invitada permaneciera tensa. De cualquier manera, Kat parecía estar algo ansiosa aún cuando llegó el momento de cenar.

Pero su ansiedad se desvaneció en el momento, en el que Mick colocó delante de ella un plato con un langostino y luego un delicioso guiso de judías con arroz.

– ¿Qué quieres para beber? ¿Té helado? ¿Cerveza?

– Cerveza, por favor. Iré a buscarla yo -abrió las botellas de cerveza y las llevó a la mesa.

Sus temores de tener que soportar cenar con velas y vivir escenas de seducción le parecían más tontos cada vez, así que se sentó cómodamente y empezó a comer con avidez.

– Hace años que no comía langostino. Me encanta la cocina de Carolina del Sur.

– Creo que estás equivocada. Este plato es originario de Louisiana Bayou, no de Carolina del Sur.

– ¿Para qué tanta precisión? El sur es el sur. ¿Cuánta pimienta roja les pusiste a las judías.

Mick no respondió, se limitó a llevar la pimienta a la mesa con una amplia sonrisa en los labios.

– Cuando te quemes la lengua, tendré otra cerveza a mano. Apenas puedo esperar a ver cómo te las arreglas para comer las patas de langostino.

– La única regla de etiqueta que se aplica en este caso es el entusiasmo, los modales no importaban.

Kat arrancó una cola, rompió la concha con los pulgares y con los dedos sacó la suculenta carne blanca del interior. El primer bocado fue maravilloso. El segundo todavía mejor.

Mick dijo, arrastrando las palabras:

– ¿Por casualidad hace varias semanas que no comes?

– Mira quién habla. Estás acabando con tu langostino tan rápido como yo.

– Iba a preguntarte cómo iba la lista de comprobación de los objetos que has visto en la sala de comunicaciones, pero es evidente que te sería muy difícil comer y hablar al mismo tiempo.

Kat ignoró su broma.

– He comprobado todos los aparatos que aparecían en tu lista, lo cual fue una completa pérdida de tiempo. Tú deberías saber que todo está perfecto. Más que perfecto.

– ¿Lo crees de verdad?

Mientras seguían comiendo, Kat miró el camarote. Todo era orden y pulcritud, elegancia y comodidad.

Los barcos eran el mundo de Mick, no el de ella. Sin embargo, le resultó fácil imaginarse una luna de miel en un yate como ese. Haciendo el amor, surcando las aguas, despertando al ritmo del oleaje y haciendo otra vez el amor. Kat cerró de repente los ojos con fuerza.

– ¿No te estarás rindiendo tan pronto? -la hostigó Mick.

Ella se forzó a sonreír y apartó su plato.

– Estoy que reviento.

– Pero si sólo has comido como tres hombres. Estaba seguro de que tendrías más apetito.

Kat le tiró la servilleta. No dio en el blanco y los dos se rieron.

– Está bien, Larson, estás muy cansado de tanto dar órdenes. Cierra los ojos y relájate. Yo me encargaré de fregar los platos.

– Los dos lo haremos.

– No hay suficiente espacio para los dos. Además, puedo hacer las cosas más rápido si estoy sola.

Mick no le hizo caso. Cada vez que Kat se daba la vuelta, se topaba con él. Su muslo rozó el de él cuando se inclinó para dejar algunos platos en el armario. Cuando Mick alargó el brazo para guardar un vaso, le rozó el hombro. El deseo crepitaba entre los dos tan indefinible como la luz de la luna, tan familiar y poderoso como el creciente amor que Kat sentía por él.

Fuera, la luz de las estrellas se filtraba por las ventanas abiertas. Cuando la luna salió, cesó el viento. El Atlántico estaba allí fuera, la quietud del mar era embriagadora y Kat se decía una y otra vez que debía ser realista, resistirse al embrujo marino y decidirse a decir lo que tenía que decir. El que quisiera a Mick no cambiaba las cosas. Ella no era normal. No podía tener ninguna relación con él.

Pero no podía creer eso cuando estaba con él. Se sentía como cualquier mujer enamorada. No pedía demasiado. Sólo tener derecho a otras noches como esa, noches en las que se tropezara con él en la estrecha cocina de un yate, noches en las que cenaran descalzos, en las que ella soportara encantada las bromas de él y se olvidara de que su pelo estaba hecho una maraña.

A Mick nunca parecía importarle qué especto tenía el pelo de una mujer. Todo lo que parecía desear en la vida era alguien con quien compartir sus dichas, sus inquietudes, su intenso amor por la vida. Aunque nunca había criticado a June, Kat sospechaba que había faltado algo en su relación, algo que lo hacía sentirse culpable por haberlo deseado, por necesitarlo.

Pero en la necesidad no había culpa, ni en la debilidad. Mick era más débil en las parcelas de su vida que más quería: sus hijas, su trabajo. No parecía entender que eso lo enaltecía como hombre.

Kat intentó, escuchándolo y estando allí con él, sacarle de su cascarón. Sabía que lo había ayudado, aunque de repente se le ocurrió que nunca encontraría la manera de decirle lo mucho que lo admiraba como hombre y eso la hacía sufrir.

Cuando ella dobló el trapo con el que estaba secando los platos, Mick se dio la vuelta desde el armario donde acababa de guardar una bandeja.

– ¿Hay todavía cosas que necesitas hacer en el barco? -preguntó Kat.

– En realidad no. Tengo una lista que debo llevar al taller mañana por la mañana, pero se trata sólo de algunos detalles finales. Nada que tenga que arreglar ahora -Mick se llevó una mano al cuello para rascarse cuando su corazón dejó de latir. Kat dio un paso hacia él, con la intención de salir de la cocina. Pero había algo en sus ojos-. Cuando volvamos, tengo algunas cosas que hacer. El barco está bien equipado para la navegación nocturna, pero metí otro paquete de seguridad que me gustaría…

Su corazón volvió a latir, pero con una fuerza inusitada. Kat no iba a pasar a su lado, iba hacia él. Cuando sus brazos le rodearon el cuello, la sangre corrió por las venas del naviero con la turbulencia de una avalancha. Y cuando los labios de la joven se posaron en su boca, casi perdió el equilibrio.

Mick sabía bien. Un poco a especias, un poco a cerveza, otro tanto a Mick. Era muy alto para besarlo cuando ella no llevaba zapatos de tacón alto. Sólo podía alcanzarlo si se ponía de puntillas. Pero eso no la preocupaba. Su boca saboreaba la de él; la exploraba.

Ya sabía que al capitán Larson le gustaba que lo besara. Todo lo que Kat podía oír era el distante rumor de las olas y una especie de gruñido cuando volvió a besar a Mick.

– Ah… Kat.

– ¿Sí? -la sonrisa de ella era descarada, calmada, serena.

Jamás había estado más asustada, sin embargo. Soltó los brazos del cuello de Mick y deslizó las manos hasta su camiseta. Luego las metió por debajo de la tela y las subió hasta el pecho de él. La piel de Mick era firme y tibia. Más bien caliente. Demasiado caliente para que necesitara llevar una camiseta.

– ¿Todo esto es para decirme que te ha gustado el langostino?

– No, Mick. Esto es porque me gustas tú – fue todo lo que tuvo que decir ella para que él dejara de sonreír divertido.

Kat sabía lo que Mick quería. Lo que había deseado toda la noche, lo único que ella no podía ofrecerle, pero esa necesidad se reflejaba en los ojos de él y también un desafío… "Si lo quieres, nada, vas a tener que pedírmelo. No voy a presionarte".

Kat le levantó la camiseta y cuando la dejó en el suelo, ella le enmarcó la cara con las manos y volvió a ponerse de puntillas. Su lengua se movió por el labio inferior de Mick, con suavidad y, lentitud. Luego le dio un mordisco.

Después lo besó con avidez y vehemencia.

A Mick le gustó ese beso. Mucho. Le gustó la sensación de las palmas de Kat subiendo por su espalda; le gustó la forma en la que la suave pelvis de ella se frotaba contra él… Kat se decía a sí misma que estaba loca.

Pero no se sentía así. Sentía una profunda necesidad en su interior. Había sido culpa de ella que Mick se sintiera mal la noche que habían pasado en la playa. Era un amante maravilloso, fuerte, varonil. Pero ella no tenía más opción que poner un alto a su relación. Sin embargo, de repente le interesaba mucho demostrarle lo que sentía por él, cómo lo veía, lo mucho que significaba para ella.

Y sólo había una forma de hacerlo.

– Podemos hacer el amor, Mick -susurró-. Pero no… de la manera… habitual.

– ¿Cómo?

Mick no parecía muy atento a lo que ella decía, de modo que Kat insistió.

– Tengo que ser sincera contigo, ¿de acuerdo?

– Amor mío, no hace falta que digas nada…

– Por favor, tienes que escucharme.

Mick la besó en la garganta. Esos besos estaban acabando con la concentración de Kat, pero quizá más valía así. De haber sido otro hombre y no Mick, nunca habría logrado hacer ni decir nada;

– Tendré que complacerte sólo a ti… yo… -no sabía cómo decirlo, pero estaba segura de que él lo entendía. Había muchas formas de complacer a un hombre aparte de la penetración tradicional, después de todo-. Conozco dos maneras de lograrlo, Mick. Sólo que una nunca la he practicado y… la otra… necesitaré un poco de ayuda, ¿de acuerdo?

Entre besos y susurros sofocados, por fin pareció captar la atención de Mick. El levantó la cabeza. La miró intensamente y luego sonrió con aire pícaro.

Kat sintió que las rodillas le temblaban. Mick la volvió a besar en la boca mientras sus manos bajaban por su espalda hasta aferrarse a su trasero. La levantó, rodeándose la cintura con las piernas de ella sin despegar los labios y la llevó así a la parte de atrás del camarote.

La dejó en la cama. Se colocó encima de ella, no con todo su peso, sólo lo suficiente para que ella se diera cuenta de que estaba excitado.

Esa parte del camarote estaba en penumbra. Ella hizo acopio de todo su valor con determinación; la fuerza de sus sentimientos le infundía ánimos. Sabía con exactitud lo que quería hacer: procurar que él se sintiera amado, deseado y atractivo como hombre. Audaz como nunca lo había sido, lo besó en la boca, la garganta, los hombros, el pecho. Osada como nunca le deslizó las manos por los costados, recorrió la cremallera de sus pantalones, extendió los dedos por sus caderas.

A Mick le gustó lo que ella estaba haciendo, su reacción no dejó lugar a dudas, aunque dejó de cooperar. Ella había hecho lo posible para explicarle que ése sería su juego, pero Mick no la ayudaba en absoluto. Kat tenía la blusa abierta, permitiendo así que él deslizara por debajo su mano llena de callos. La punta de su pulgar recorrió el borde del sostén. Kat sintió que le faltaba el aliento.

– Mick…

– Calla -él la levantó con suma delicadeza… pero le arrancó la blusa azul marino y la tiró al suelo sin consideraciones.

Luego el sostén siguió el mismo camino. Los pezones de Kat se endurecieron aun antes que los acariciara la lengua ansiosa de Mick.

Kat arqueó la espalda para recibir mejor esa caricia y luego sintió los dientes de Mick. El le tomó los dos pechos con las manos muy abiertas mientras sus dientes y su lengua los probaban. Kat apenas podía respirar. Su corazón latía aceleradamente.

Colocándose encima de él, con el pelo cayéndole por la cara, lo besó. Era un beso audaz, desvergonzado.

– Mick…

– Eres increíblemente atractiva, cariño.

Mick estaba fuera de sí.

– Me gustaría que no hicieras eso…

– Te encanta.

– Pero se supone que soy yo quien debe complacerte -ella encontró el botón de sus pantalones, y le bajó la cremallera-. Creí que habías comprendido que quiero… -sus dedos se metieron por debajo de la tela y descendieron-. Necesito… quiero… Mick, yo…

– No creo que sea tan difícil decirme que quieres que me quite los pantalones -se los quitó y luego la besó, sonriendo.

– No me entiendes.

– Créeme, te entiendo.

– Mick, quiero complacerte.

– Lo haces con sólo existir, cielo.

– Quiero decir… satisfacerte sólo a ti -maldición. La lengua de él estaba en su cuello, haciendo que se estremeciera, mientras sus manos se esforzaban por bajarle la cremallera de los vaqueros-. No funcionará de ninguna otra manera. Y no me importa. No necesito nada para mí. Sólo quiero que tú…

Mick tuvo que levantarla para quitarle los pantalones, luego le quitó las bragas de encaje. Sólo la miraba a los ojos.

– Esta vez, sólo esta vez -murmuró él-, quiero que me digas lo que deseas. Deja de preocuparte, Kat. Te quiero. ¿No te has dado cuenta?

– Pero.

– Juré que no dejaría que esto sucediera. No esta noche. Juré que te daría todo el tiempo que necesitaras, pero la expresión que vi en tus ojos, querida… no era tiempo lo que me estaba pidiendo.

Ella trató de decir algo más.

– Calla -Mick volvió a colocarse encima de ella, y le dio una serie de besos, ávidos, ansiosos, anhelantes.

Si ella pensaba que él iba a aceptar la absurda idea de complacerlo a él sin que ella recibiera satisfacción, estaba muy equivocada.

En ese momento sólo había una cosa en la mente de Mick. Kat estaba asustada, pero no tanto como ella misma suponía. Sus ojos estaban llenos de pasión, sus piernas lo ceñían, sus pequeños pechos estaban tan hinchados que debían dolerle. Esta vez Mick estaba convencido.

Se dijo que Kat deseaba que le hiciera el amor.

La boca de él reclamó la de ella mientras la palma de Mick le recorría el interior de su muslo y luego se posaba con suavidad en su parte más íntima. Ella trataba de estrecharlo con más fuerza mientras le mordía con suavidad el labio inferior. Mick la besó y la acarició hasta que ella le clavó las uñas en la espalda, pero él continuó acariciándola con lentitud sin dejarse llevar por la pasión desenfrenada.

A ella le encantó. Le gustó tanto que casi perdió la cabeza… casi. Nada estaba saliendo mal esta vez, porque él no lo permitiría. El pensó que ella era una belleza, toda suavidad, dulzura, perfume y deseo.

– Mick…

El la besaba mientras trataba de ponerse el preservativo. Pero ella no habría notado si era fluorescente o liso. No le importaba. Sus ojos echaban chispas de pasión. Estaba anhelante y sus besos febriles así lo denotaban: torpes, aunque dulces, audaces y luego impacientes. Era como si hubiera acumulado todo su deseo los últimos diez años, almacenando amor para verterlo sobre Mick y él no la decepcionaría, estaba convencido.

Mick volvió a poner sus muslos encima de los de ella, animado por los suaves gemidos de Kat, por el brillo de sus ojos, por la vehemencia impaciente de sus manos. El retrasó el momento culminante. No por mucho tiempo. No era de piedra. Lo suficiente para hacer más intenso el momento.

– Por favor, Mick.

Mick la hizo suya y sintió que su corazón iba a salírsele del pecho. La oyó murmurar su nombre una y otra vez.

Y luego otra vez, pero ahora de manera diferente.

Ella estaba dispuesta. El lo sabía. Lo había sentido. Pero de repente, vio que en los ojos de ella se reflejaba un profundo dolor. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Capítulo 8

Mick se apartó, apretó la mandíbula y luchó para controlarse. Un whisky triple lo habría ayudado. Se sentía frustrado. El deseo se negaba a morir. La seguía deseando. Kat no mejoró la situación cuando intentó incorporarse.

– ¿Adonde crees que vas?

– Quiero…

– No.

– Necesito…

– No -ella estaba temblando, lo cual lo exasperó aún más. La volvió a acostar en la cama. Ella estaba pálida como la cera y tenía los ojos apretados-. Mírame.

Kat no quería mirarlo. Quería que se la tragara la tierra.

Movió los labios para pronunciar palabras de disculpa, pero sintió como si tuviera un nudo en la garganta que se lo impidiera. Se sentía culpable. Ninguna disculpa sería suficiente después de haberlo sometido a esa tortura por segunda vez. De nada servía decirse que su única intención había sido satisfacerlo y no había esperado que las cosas terminaran así. Aunque eso era cierto, ella podía haberlo frenado. Había dejado que todo sucediera porque hacer el amor con Mick le parecía la cosa más natural del mundo.

Una vez, más se dejó engañar al haber pensando erróneamente que con él sería diferente.

Una vez más lo había desilusionado. Sintió deseos de morirse. Cualquier cosa era mejor que abrir los ojos y mirarlo a la cara.

– Explota si quieres, Mick -dijo Kat en voz baja-. Si yo fuera tú, estaría más que furiosa.

– Me parece qué los dos estamos pasando por el mismo tormento -murmuró Mick con voz apacible, aunque enronquecida. Kat abrió los ojos y lo miró asombrada-. Tú estás tan frustrada como yo.

– Es diferente porque es culpa mía. Sólo mía -Kat se incorporó-. Debí habértelo dicho antes y me avergüenza no haberlo hecho. No debió suceder lo que sucedió porque yo ya lo sabía. Hace cinco años iba a casarme con un hombre llamado Todd; rompimos a causa de esto, así que ya lo sabía. Sabía que no tenía derecho a tener una relación con nadie. Por favor, créeme si te digo que nunca quise hacerte daño…

– Ven aquí, amor mío -dijo él con calma.

Ella estaba aturdida. Estaba muy oscuro y tenía la vista empañada por las lágrimas. Se dijo que si el barco no se moviera tanto, podría encontrar su blusa en el suelo. Sintió la repentina necesidad de cubrirse.

– Hay millones de mujeres normales en el mundo. No te sería difícil encontrar una. Lo único que puedo decir en mi favor es que soy un ejemplo de sexo sin riesgo. Durante mucho tiempo he tratado de ver el lado gracioso de esto. Creo que soy la pareja más segura del pueblo. ¿No te parece gracioso? Maldición, no puedo hablar de esto. Nunca pude, nunca podré y no me asombraría si me tiraras al agua en el viaje de regreso. Yo sólo… -dijo ella.

Todavía estaba buscando su blusa cuando Mick la asió por la cintura. La dejó otra vez en la cama sin esfuerzo aparente. Después la arrinconó contra la pared del camarote. Ella no iría a ninguna parte. La expresión de los ojos de él era paciente pero inflexible.

– Nadie se está riendo, Kat, ni piensa que haya nada de gracioso en esta situación. Nadie va a tirarte al agua y si quieres que de verdad me enfade, vuelve a salirme con esa tontería de que "no eres normal".

Le apartó con gentileza algunos mechones de la frente.

– Vamos a hablar.

– Acabamos de hacerlo -Kat no lo comprendía-. Te he dicho la verdad. No hay nada más que decir.

– Quizás tú no tengas más que decir; yo no he empezado siquiera -le limpió con el dedo el resto de humedad de las mejillas-. Me imaginé que habrías tenido una relación con alguien; un mentecato. Es él quien te dijo que eras frígida", ¿verdad? No hay mujeres frígidas, amor mío, sino amantes torpes e insensibles. No sé si te hizo daño cuando hacían el amor o sólo era un vulgar egoísta.

Kat movió la cabeza, pero él no apartó la mano.

– Todd no era un mentecato y las cosas no fueron así. Fui yo. Es culpa mía. Sé que debí ser sincera contigo desde el principio.

– Lo eres, cada vez que te toco, cada vez que respondes a mis caricias. Nunca he conocido a una mujer más sincera que tú, así que sigamos hablando del asunto -colocó una almohada detrás de sus cabezas-. Ya me has hablado de tu prometido, ¿quién más hubo antes? ¿Quizás alguien de quien te enamoraste locamente? ¿Alguien que te hizo sufrir? ¿Algo peor?

– No, por supuesto.

– Me dijiste que eras bastante ardiente de jovencita.

Kat levantó los ojos al cielo e hizo una mueca.

– También te dije que todo era una farsa. Un compañero trató de arrinconarme en el pasillo del colegio y lo tumbé de un bofetón. Ese es el único susto que me han dado en mi vida.

– Estamos hablando de sinceridad -había una advertencia en la voz de Mick.

– No puedo hablar. No sobre estas cosas -ella levantó la cabeza-. ¿No crees que deberíamos vestirnos? ¿Quieres una cerveza? ¿Qué te parece si hablamos de barcos?

Mick alzó una ceja.

– No estarás intentando volverte a levantar de esta cama, ¿verdad?

– Creo que sería sensato que habláramos de pie.

– Creo que ciertas conversaciones sólo pueden tener lugar si se está acostado.

– No hago nada bien estando acostada. Es lo que he estado tratando de decirte. No hay nada más que decir, aparte de que si yo fuera tú, me echaría por la borda. Piénsalo, Mick. Es un buen consejo.

Mick la rodeó con los brazos para impedirle que se moviera.

– Kat, si tú tienes un problema, es evidente que tenemos un problema los dos.

– No. El problema es sólo mío.

– Te equivocas. Tú no tienes un problema; lo tenemos los dos. Porque así son las cosas cuando dos personas se quieren. ¿O no lo sabías acaso? ¿Es que no me quieres?

Kat tragó saliva. No podía mentirle.

– Sí, con toda mi alma.

– Y parece que tratas de darme a entender que no existe ningún trauma emocional que haya causado nuestro problema. Pero a menos que no haya interpretado bien cómo respondes a mis caricias, no falta el deseo en nuestra relación. Para decirlo con toda delicadeza de que soy capaz… -se aclaró la garganta-… me has dado suficientes razones para creer que te excito.

– Por Dios, Mick, ¿crees que habría llegado a esto si no fuera así? Ya sé que no es una excusa, pero cada vez que nos… -tragó saliva-. ¿Crees que no es engorroso que me excite sobremanera cada vez que tú…? -volvió a faltarle el aliento-. Por Dios, tengo treinta y tres años y hace cinco que no tengo ninguna relación sentimental con nadie. ¿Crees que no sé lo que es controlarse? Tan sólo contigo… -extendió un brazo para tratar de expresar lo que no podía con palabras-. Ese es el problema, dejé que las cosas siguieran su curso sin decirte nada; me parecía difícil aceptar que las cosas saldrían mal estando contigo.

– Ya veo -Mick le rozó la sien con los labios-. Creo que acabas de halagarme, aunque no estoy muy seguro -sonreía pero había una expresión de seriedad en sus ojos cuando le volvió la cara para mirarla-. Yo también te deseo -dijo con suavidad-. De manera tan incontrolada, tan absoluta que me da miedo. Y como siento algo tan intenso, no me voy a dejar amedrentar por un simple problemilla.

Conmovida por la vehemencia de él, Kat dijo con voz constreñida:

– Pero esto no es un simple problemilla, es mucho más serio…

– Bien, bien, a eso vamos -suspiró Mick, no sin humor-. Creo que ya le hemos dado demasiados rodeos al asunto. ¿Alguna vez te han dado un sencillo curso de anatomía?

A Kat no pareció divertirle la actitud de él.

– Vamos, Mick. Hace años que estudié todo eso de la reproducción de las abejas y las flores.

– Me parece perfecto, pero ahora tengo en mente una lección un poco más avanzada. Pero te lo advierto, Kat, nada de eufemismos ni rodeos. Llamaremos pan al pan y vino al vino. ¿De acuerdo?

– No.

– Claro que estás de acuerdo. Pensé que querías ser sincera conmigo, ¿no? -hizo una breve pausa-. Bien, tienes algo entre los muslos. ¿Por casualidad conoces el nombre de ese "algo"?

– ¡Mick! -maldición, la estaba haciendo reír.

– ¿Es una pregunta demasiado atrevida? No sufras. Este profesor está dispuesto a complacer a la clase -con el ceño arrugado como si estuviera muy concentrado, le trazó la forma del seno con el pulgar-. Ahora, esto. ¿Cómo se llama, Kat?

No había manera de controlar a ese descarado. Cuanto más desvergonzada era la pregunta, más implacable era la provocación. Si ella se atrevía a ruborizarse, recibía una fuerte reprimenda por su mojigatería anticuada… y otra pregunta.

No era el uso de las palabras apropiadas lo que la abochornaba. Kat podía hablar de anatomía, pero había ciertas cosas que no podía comentar con un hombre. ¿Cómo podía hablar de lo que la excitaba, en qué partes del cuerpo era más sensible, qué le sucedía físicamente cuando tenía una relación íntima?

Mick sostenía que ningún tema era tabú entre amantes. Un cierto rubor estaba bien. Respuestas evasivas, no. Por desgracia él esperaba que su alumna supiera más sobre su cuerpo de lo que ella sabía en realidad. Por Dios, una mujer tenía cosas más importantes que hacer que analizar sus funciones corporales; ¿cómo podía saber ella si el tiempo o la música o ciertos perfumes influían en su respuesta sexual?

Era la conversación más incómoda y extraña que había tenido en su vida.

Eso pensó al principio. Pero luego comprendió con exactitud la razón por la que no pudo dejar de enamorarse de él. Lo que con nadie hubiera podido compartir, con Mick resultaba perfectamente natural. La parte vulnerable de su alma que con tanto cuidado había resguardado estaba a salvo con él.

Mick Larson era un hombre tierno, comprensivo, respetuoso, inteligente. Cuando él hizo una pausa, Kat levantó los ojos y lo miró; su pelo rubio estaba ensortijado. Todavía estaba desnudo y su semblante tenía una expresión grave.

Ella alargó una mano para acariciarle la frente.

– ¿Ha terminado ya el interrogatorio?

– No.

Pero Kat supo que por fin él ya no tenía más preguntas que hacer. Por eso parecía tan pensativo. Mick había pensado que sus preguntas le darían claves para resolver el problema.

– Tengo que decirte algo que no hemos comentado -dijo Kat con suavidad-. Algo… terriblemente personal, muy íntimo.

Captó la atención de su interlocutor, de lo cual se aprovechó.

– Eres el amante más exquisito que he podido jamás imaginar -dijo en tono sensual e íntimo-. No debes temer que me hayas fallado como amante, porque no es así. Parece que conoces más de la anatomía femenina que yo. No hay nada que hayas hecho que haya provocado mi reacción anormal.

Le puso un dedo en los labios cuando él intentó hablar.

– Cada vez que me tocas, me excitas. Me encanta lo que me haces, todo. El problema es mío y sólo mío y también la solución. Tengo que dejar de verte.

– Tonterías.

Pero ella cerró los ojos y suspiró profundamente.

– Es necesario.

La hirsuta cabeza blanca de Ed asomó por la puerta.

– Rithwald está al teléfono. Quiere saber cuando terminarás el presupuesto sobre la restauración Bickford.

– En mil novecientos noventa y nueve.

– Ah -Ed se aclaró la garganta-. Creo que contaba con que lo tendrías dentro de una semana.

– Dile lo que quieras -Ed desapareció.

Kat siguió leyendo la receta del Pastel Princesa que intentaba hacer. Echó un huevo, tres yemas y tres cuartas partes de una taza de azúcar en la batidora. Georgia tarareaba una melodía muy triste. La batidora dio vueltas ruidosamente tres minutos. Cuando Kat la desenchufó, Georgia seguía tarareando.

– ¿Quieres dejar eso?

– ¿Dejar qué?

– ¡Dejar de canturrear esa malhadada canción!

– Pensé que iba de acuerdo con tu estado de ánimo -dijo Georgia con voz mansa. Miró la masa que Kat estaba batiendo-. Se supone que debes batirla simplemente, querida. No golpearla así… ¿crees que es la ola de calor lo que está afectando a tu humor últimamente?

– Si estás insinuando que es difícil trabajar conmigo…

– Creo que el calor te está afectando.

Kat levantó la cabeza y miró a su amiga.

– Lo siento -se disculpó con sinceridad-. Lo siento de verdad.

– Olvídalo. Tú has aguantado mis depresiones los últimos cinco años; ya era hora de que te devolviera el favor.

– No estoy deprimida.

– No, por supuesto; no lo estás.

Exasperada, Kat volvió a enchufar la batidora para batir las claras de los huevos. Ed asomó de nuevo la cabeza por la puerta, miró a Kat con cautela y desapareció otra vez. La chica que atendía la tienda entró en la cocina y, cuando Georgia movió la cabeza, salió de inmediato.

Los miércoles por la tarde se cocinaba en la tienda. La tradición se había hecho posible porque el edificio tenía un restaurante. Las instalaciones de cocina eran antiguas pero funcionaban bien. Los clientes adoraban los bocadillos Victorianos y la cocina era una de las aficiones favoritas de Georgia… pero no de Kat. Georgia no podía recordar un solo miércoles en el que Kat hubiera hecho algo más que probar los bollos.

Cuando Kat desenchufó de nuevo la batidora, Georgia inquirió:

– ¿Entonces irás este fin de semana con Mick a Nueva Orleáns?

Kat soltó la cuchara.

– ¿Ya no es sagrada la vida privada de nadie en este lugar? ¿Cómo te enteraste de que me invitó?

– Sus hijas no son muy discretas que digamos, ¿sabes? -explicó Georgia-. Al parecer tiene un tío llamado Bill, que cuidaría de las chicas, pero no sé qué vas a hacer tú con la tienda si te vas. Tendrás que dejarme a mí a cargo.

– No tengo por qué preocuparme porque no iré. Eso ya lo sabe Mick -Kat siguió preparando la masa de la tarta y luego la metió en el horno. Tardaría media hora en hacerse. Si estaba treinta minutos sin nada que hacer, se volvería loca.

– Creo que él piensa que sí irás.

– Eso es sólo porque no me escucha -Kat podría preparar el merengue en esa media hora. Eso le daría algo que hacer para calmar su nerviosismo-. Mick no me escucha. Es incapaz de entender la palabra no. Es taimado y no tiene escrúpulos. Además, es un mentiroso.

– ¿De verdad? -preguntó Georgia con fingido azoro-. Una diría al verlo que es la honradez personificada.

– Basta de bromas, Georgia. Hablo en serio -Kat comenzó a buscar en el armario de la cocina los ingredientes para hacer el merengue-. Me llamó el jueves por la mañana, consternado porque había sorprendido a Noel besándose con un chico. Sólo quería comer conmigo y charlar, o al menos eso dijo -se volvió para mirar a Georgia, llena de indignación-. ¿Qué podía hacer? ¿Ignorarlo? Estaba preocupado. No, podía dejarle…

– Por supuesto que no.

– Todo era una estratagema. Había alquilado una carroza tirada por caballos para dar un paseo alrededor de la bahía, decidió que comeríamos en la hierba cerca del agua y, para colmo, me llevó rosas.

– E1 muy perverso -murmuró Georgia con ironía.

– Me mintió, Georgia. No me invitó para hablar sobre su hija.

– Ni hablar, hay que lincharlo -concluyó su amiga.

– Puedes tomarlo a broma, pero no conoces toda la verdad -dijo Kat irritada. Comenzó a preparar el merengue-. Angie me llamó el sábado pasado por la noche. Había preparado su primera cena ella sola y estaba tan orgullosa que quería compartirla conmigo. Yo no podía herir sus sentimientos.

– Por supuesto que no.

– De modo que fui a su casa, esperando que fuéramos cuatro a la mesa. El menú fue pollo al vino, champaña y brócoli. La mesa estaba adornada con velas y los cubiertos eran de plata. Las chicas comenzaron a reírse como dos bobas en cuanto llegué.

– ¿Y te dejaron sola con Mick?

– El estaba al tanto -Kat agitó una cuchara delante de su amiga-. Dejó que sus hijas idearan ese plan. Sabe muy bien que las chicas se están encariñando mucho conmigo y se pasa la vida diciendo que tengo una influencia positiva en ellas y cuánto me necesitan. Está incitando deliberadamente a sus hijas a creer que puedo formar parte de sus vidas.

– Ese tipo es un villano. Un hombre que utiliza a sus propias hijas…

Kat ya no oía las bromas de Georgia. Su tono se volvió nostálgico, sus ojos se perdieron en la distancia.

– Y nunca, nunca le perdonaré lo de las camelias.

– ¿Camelias?

– ¿Recuerdas lo ocupadas que estuvimos el lunes? No llegué a casa hasta tarde. Estaba tan cansada que apenas podía andar. Lo único que deseaba era meterme en una bañera llena de agua caliente y perfumada, de modo que subí por la escalera y… allí estaban. Un enorme ramo de camelias blancas, delicadas, preciosas – miró a Georgia con desesperación-. Adoro las camelias.

Georgia asintió.

– Ese hombre es un auténtico rufián. No podía haber hecho nada más ruin que mandarte camelias.

– No puedo ir con él a Nueva Orleáns. Le dije que no iría a Nueva Orleáns, que no quiero tener con él una relación, que no quiero nada. Le dije que no y no hay vuelta de hoja, Georgia. Simplemente tengo que alejarme de él.

Georgia se dio cuenta de la espantosa mezcla que su amiga estaba haciendo en lugar de merengue y se apresuró a quitarle la cuchara y el tazón.

– Deja que sea yo quien haga el merengue, querida.

– No. Puedo hacerlo yo. Sé perfectamente bien lo que tengo que hacer… -las palabras se le atragantaron en la garganta.

Kat siempre había sabido lo que tenía que hacer y siempre lo había hecho bien. Hasta hacía poco. Ya no se podía concentrar en su trabajo, en su vida, en nada. Nada tenía sentido ya.

El simple, práctico, natural Mick había iniciado ese absurdo cortejo romántico cuando sabía que ella tenía un problema.

Camelias.

Para una mujer que no podía tener relaciones íntimas.

Iba a comprarle a ese hombre una camisa de fuerza. En cuanto dejara de sentirse tan triste.

Georgia dijo con naturalidad:

– Se llamaba Wynn.

– ¿Quién?

– El hombre de quien me enamoré. ¿Alguna vez te he hablado de él?

Kat volvió rápidamente la cabeza. Georgia sabía muy bien que jamás había mencionado su pasado.

– Era alto y atractivo. Era más bien esbelto, tenía algo de Paul Newman en los ojos. Tú sabes que estoy un poco acomplejada por mi peso, ¿verdad?

Kat asintió, y se compadeció de su amiga. Lo sabía.

– Sin embargo, a Wynn le gustaban las rollizas. También le gustaban las zarzamoras, los caramelos de menta y los libros. Tenía demasiado dinero. Tendía a preocuparse, todo el tiempo estaba tenso, no sabía relajarse. Yo lo calmaba, según decía. El no me calmaba a mí. Cuando estaba con él, me sentía muy inquieta y agitada -Georgia sonrió-. Lo dejé.

– Oh, querida… ¿por qué?

– Yo no podía tener hijos y él deseaba tenerlos. El conocía mi problema y me dijo que no importaba, que podíamos adoptarlos, pero yo temía que él llegara a odiarme por ser estéril. De modo que decidí facilitarle las cosas y me fui -Georgia metió un dedo en la mezcla, probó el merengue y quedó satisfecha con el resultado-. Eso pasó hace ya siete años. Creí haber hecho lo mejor para Wynn.

No le parecía así a Kat. Georgia se movió con rapidez y decisión hacia la mesa con su tazón de merengue, pero en sus ojos había una gran tristeza.

– ¿Sabes lo que ha sido de él? -preguntó Kat con suavidad.

– Sí. Se casó, tiene un heredero y su mujer va a darle otro hijo pronto -Georgia guardó el merengue en uno de los estantes y añadió en tono despreocupado-: A veces me pregunto si no cometí la mayor equivocación de mi vida al no aceptar la proposición de matrimonio de Wynn ni su idea de adoptar niños. No debí tomar decisiones que a él le correspondían… no lo hagas, Kat.

– ¿El qué?

– Suponer que puedes tomar decisiones que le corresponden al hombre que quieres. ¿Tienes un problema? No me sorprende. Hace mucho tiempo que sospechaba algo así. La mayoría de nosotros tenemos problemas, sólo somos humanos al fin y al cabo. No decidas que él no puede aceptarlo o solucionarlo. Wynn se casó con otra. Yo nunca me casaré. Siempre me acuerdo de él cuando miro a otro hombre; está siempre presente y siempre lo estará… y tú irás con Mick a Nueva Orleáns.

– Georgia…

– A veces una sólo tiene una oportunidad para ser feliz. Yo desperdicié la mía. Maldición, Kathryn. Mick te mira igual que Rhett Butler a Scarlett OHara en Lo que el Viento se Llevó y si te pidiera que pasaras la noche en una pocilga, deberías complacerlo. ¿Qué más puedo decir? ¡Irás a Nueva Orleáns con él y punto!

Kat vio las lágrimas asomar a los ojos de su amiga y avanzó hacia ella con los brazos abiertos. Georgia se merecía que la abrazaran… por Wynn, por compartir con ella secretos tan personales, por ser una amiga irremplazable.

Pero Georgia no entendía lo que pasaba en realidad. Tampoco sabía por qué le había pedido que pasaran el fin de semana en Nueva Orleáns… y sí, iría con él.

Mick esperaba que ocurriera un milagro en Nueva Orleáns.

Kat consideraba ese viaje como la única manera posible de cortar de una vez por todas su relación. Irrevocablemente. Tenía que resultar. Hacía mucho tiempo que no creía en milagros. Y ni siquiera un milagro serviría para que ella dejara de quererlo.

Pero por primera vez en su vida Kat necesitaba ayuda para ser fuerte. Y esperaba encontrar esa ayuda en Nueva Orleáns.

Capítulo 9

A lo largo de la historia, los hombres han hecho muchas cosas para demostrar su amor: escalar montañas, participar en cruzadas, batirse en duelos, competir.

Mick dudaba de que alguien hubiera llegado a ese extremo. Con la cabeza inclinada, hojeaba una revista en la sala de espera de la ginecóloga. Era un ejemplar de Woman’s World. Por más que buscó no encontró un solo Sports Illustrated ni nada parecido.

Las sillas de color rosa estaban alineadas contra una pared. Mick estaba apretado entre una mujer de negocios que movía la pierna que tenía cruzada y un ama de casa sonrojada. Era el único hombre que había en la atestada sala de espera. Se sentía más fuera de lugar que un payaso en un velatorio.

Kat había tratado de convencerlo de que no fuera con ella.

– ¿Acaso no he accedido a ver a la doctora? Pero no hay ninguna razón para que me acompañes a la consulta.

Ella tenía razón. Podía haber consultado a un ginecólogo en Charleston, pero allí todos la conocían. Nadie adivinaría que habían ido a Nueva Orleáns a pasar algo que no fuera un romántico fin de semana. Pero lo más importante era el médico. Después de llevar a cabo una investigación minuciosa, Mick había descubierto a la persona adecuada: una mujer especializada en problemas sexuales y con diplomas que llenaban toda una pared.

– No irás sola -había insistido él.

– No entiendo por qué.

Le había acariciado la mejilla.

– No lo entiendes porque todavía piensas que es tu problema. Es nuestro, Kat y tenemos que resolverlo juntos.

Mick supuso que sabía mantener la calma. Kat, por suerte, no tenía suficiente experiencia con los hombres para reconocer a uno que estaba desesperado.

Dos veces había conseguido que estuviera a punto de alcanzar el clímax. Dos veces había fallado. Algo debía ser culpa de él. Lo sabía. Tanto era así que había concertado una cita con su propio médico, quien se mostró divertido.

– ¿Después de todos esos años de matrimonio? -murmuró Samuel-. Enséñale a relajarse, Mick eso es todo y, de paso, trata de relajarte tú también.

¿Relajarse? El médico no había estado con ella todas esas horas en el yate, viéndola desnuda, con la luz de la luna brillando en el cobre rojizo de su pelo y reflejándose en sus ojos acuosos, vulnerables.

Kat había tardado mucho en bajar la guardia y sincerarse con él. Mick la había llamado en broma puritana, pero pronto se dio cuenta de que había sido injusto. Kat no era una mojigata. Era orgullosa, incapaz de incomodar a nadie con sus propios problemas. Tenía la absurda idea de que su carencia física era sólo culpa suya; como si la culpa tuviera algo que ver con los defectos del cuerpo. Si él no intervenía, estaba seguro de que ella nunca volvería a meterse en la cama de un hombre. Mucho menos en la de él.

Y él quería que formara parte de su vida, no sólo en su cama, aunque las preguntas que se hacía eran algo intrincadas. ¿Hasta dónde llegaban los derechos de un amante? En especial cuando el amante en cuestión no lo era en el sentido estricto de la palabra; cuando la dama se aterraba cuando se mencionaba el término futuro.

Mick empezaba a darse cuenta de que se encontraba delante del reto más importante y trascendental de su vida.

Kat lo necesitaba. No para que la mantuviera o para sentirse segura, ni siquiera para hacer el amor. Mick comprendía su tipo especial de soledad porque la había vivido él mismo. Kat necesitaba a un hombre con quien pudiera ser sincera, que la ayudara a superar sus problemas y que estuviera con ella cuando se despertara de una pesadilla a media noche.

Mick también necesitaba esas cosas, pero no se dio cuenta de ello hasta que conoció de verdad a Kat. Ella era como la luz que lo guiaba en medio de las tinieblas y le alegraba la vida. Ella era su complemento, la mitad que le faltaba.

Pero Mick necesitaba saber que él era el hombre con el que Kat siempre podría contar.

No se preocuparía si tuviera que hacer frente a un huracán, un tornado o una avalancha. Pero la situación en la que se encontraba era más complicada.

Quizá había empezado un poco tarde a cortejarla pero le resultaba muy difícil ponerse al día, pues hacía mucho que no salía con una mujer. Se acordó de la cara de Kat cuando le mandó las camelias.

Quizá era romántico mandarle camelias a una dama, pero en una escala de diez a uno, Mick estaba dispuesto a apostar que ninguna mujer consideraría romántico que la convencieran para que fuera a la consulta de un ginecólogo. "¿Y qué harás si la doctora no encuentra ningún defecto físico, Larson?", se preguntó.

No lo sabía. Por el momento, lo único que sabía era que en el consultorio hacía calor, que le sudaban las manos y que sentía una punzada en el estómago cada vez que se imaginaba lo que estaría ocurriendo dentro, en la sala de exploración. Antes de concertar la cita, había interrogado a fondo a la doctora Krantz durante más de una hora. Ella lo tranquilizó diciéndole una y otra vez que el examen médico no dolía.

Sin embargo la ginecóloga no conocía a Kat, y quizá era irracional, pero Mick no confiaba en nadie que tocara a Kat excepto él. Era fácil infligirle dolor, lo sabía. Era muy sensible y estaba asustada.

Miró su reloj por octava vez. Kat ya llevaba dentro diez minutos. Diez minutos.

Por una parte, quería que el tiempo volara. Por otra, preferiría que esa tortura sucediera a cámara lenta porque sabía que lo peor no había llegado aún. Cada vez se daba más cuenta de que los minutos que Kat pasara en el consultorio afectarían al resto de su vida. Pero era la forma en la que él se enfrentaría a la situación cuando Kat saliera de allí lo que influiría en la de él, cualquiera que fuese el diagnóstico.

O sería el hombre que Kat necesitaba, o le fallaría. Una cosa era cómo quería comportarse con ella y otra cómo debía hacerlo.

Kat se sentía muy incómoda en la sala de exploración de la ginecóloga. Tenía frío. Los azulejos del techo parecían estar sucios. Y la colección de guantes e instrumentos que vio en una vitrina parecían destinados a aterrorizar a una mujer.

La puerta se abrió y Kat sintió que se le secaba la boca. La mujer que entró tenía los ojos azules, el pelo castaño y una sonrisa espontánea en los labios.

– ¿Kathryn? Soy Maggie Krantz -extendió una mano-. Espero que te sientas tan a gusto como yo si nos tuteamos. No me gustan las formalidades.

– Me parece bien -dijo Kat y durante los siguientes minutos sintió que su tensión decrecía. Había planeado lo que iba a decir y no importaba quién cruzara esa puerta. Pero la ayudó mucho que la doctora fuera amable y accesible-. Tengo entendido que Mick te ha dado algunos datos de mi historial clínico por teléfono, Maggie, pero debo confesar que estoy aquí por otros motivos.

– ¿Sí? Yo creí que tenías problemas de dispaurenia -la doctora sonrió al llevarse los audífonos del estetoscopio a las orejas. Cuando terminaron los preliminares del examen, continuó-: Sé que es penoso hablar de coito doloroso, pero debo decirte. Kathryn, que no eres un caso raro. Pocas mujeres no sufren alguna vez ese problema en su vida sexual adulta. Muchas veces, hay una solución fácil.

Kat negó con la cabeza.

– Debo ser sincera contigo…

– Por supuesto -Maggie comenzó a hacer preguntas, cada cual más personal e íntima que la anterior.

Kat se asombró al descubrir que no estaba abochornada y sin duda respondió más exhaustivamente de lo que la doctora esperaba. No tenía la cabeza en las preguntas sino en el asunto que importaba. Y en cuanto Maggie hizo una pausa, volvió a ofrecerle su punto de vista.

– Desde antes de venir aquí, era consciente de que no tengo ningún problema físico. Mick sabe que me cuesta mucho trabajo hablar de esto y, por eso, supone que no le he prestado suficiente atención a este problema. No es así. Tengo un médico de cabecera en Charleston que me hace un chequeo todos los años. Hace cinco años solicité una segunda opinión. No tengo ningún detecto físico.

– ¿No? Recuéstate un poco, Kathryn.

Kat lo hizo, cerró los ojos y siguió hablando.

– Puesto que no había ningún problema desde el punto de vista médico, la siguiente opción que se me ocurrió fue buscar motivación psicológica. Hace tiempo fui a consultar a un psicólogo… fue una gran farsa. Se pasó todo el rato analizando mis sueños y tratando de sacar de mi subconsciente algún trauma escondido, pero fue en vano. Nunca intentaron violarme, nadie trató de abusar de mí. Mis padres son unas personas extraordinarias. No le tengo miedo a los hombres. El psicólogo sugirió que podía hipnotizarme para hurgar mejor en mi subconsciente y descubrir mis temores más ocultos. Lo hicimos.

– ¿Y?

– Descubrí mi temor más recóndito: me dan pánico las arañas.

– ¿Las arañas? -Maggie levantó la cabeza y miró a su paciente-. A mí también -y agregó, en tono más apacible-: Estás menos tensa que antes. Esto terminará antes que te des cuenta. Sigue hablando.

Kat aspiró hondo y prosiguió:

– Lo que estoy tratando de decir es que he venido aquí para complacer a Mick, no por voluntad propia. Sé que no tengo ningún problema físico, pero él necesita pensar que sí. Y quizá no esté bien desde el punto de vista de la ética profesional, Maggie, pero quiero pedirte que inventes algo. Cualquier cosa. Se culpa por algo que es problema mío y se niega a escucharme. Si tú inventas algún diagnóstico convincente, te creería y dejaría de sentirse responsable y yo…

Su voz se desvaneció.

Mick pensó que la había convencido para que acudiera a esa cita médica. Eso no era cierto. La verdad era que ella no podía romper con él sin más y él lo sabía. Mick se daba cuenta de que ella estaba enamorada de él como una colegiala.

Kat habría hecho cualquier cosa por ese hombre. Cualquier cosa, porque lo quería. ¿Cómo podía no quererlo? Mick le había robado el corazón. Era gentil, tierno, gracioso, generoso y responsable.

También era atractivo. Muy atractivo.

Y sólo un eunuco podría haber soportado los problemas que ella tenía.

– Ya casi hemos terminado, Kathryn.

– Bien -murmuró ella. Se aclaró la garganta-. Maggie, te pagaré. El doble de tu tarifa o lo que me pidas. No me importa si es ético o no. Tienes que decirle que soy yo, que él no es en absoluto responsable.

– No hay inconveniente -Maggie se incorporó y comenzó a quitarse los guantes que había estado utilizando para examinarla.

Kat sintió un profundo alivio.

– Gracias.

La sonrisa de Maggie fue seca.

– No me des las gracias por mentir, porque no lo haré.

– ¿Cómo?

– No mentiré porque el problema está en ti.

Kat se incorporó en la camilla.

– ¿Con cuánta frecuencia has tenido que tomar antibióticos? -preguntó Maggie con calma.

– No sé. Quizás una vez al año. Pero no entiendo…

– ¿Por qué no te pones la ropa mientras llevo esta muestra al laboratorio? Luego hablaremos en mi oficina.

Mick la vio en el momento en que salió. Ella no fue directamente a la sala de espera sino que se detuvo delante del mostrador de recepción y él notó que su grácil y elegante Kat parecía muy torpe en ese momento. Las manos le temblaban mientras buscaba su libro de cheques y su bolígrafo dentro del bolso, al tiempo que intentaba sostener entre los dedos una hoja de papel que cualquiera reconocería como una receta médica.

Al ver esa receta Mick supo en parte lo que necesitaba saber: la médico había encontrado algo, una respuesta. Pero la expresión de Kat le dijo algo más. La recepcionista estaba tratando de decirle a cuánto ascendía la cuenta. Kat no escuchaba. Recorría con la mirada la sala de espera buscando a Mick.

No fue difícil localizarlo. Era el hombre que tenía el semblante ansioso, pálido y las manos sudorosas.

Sus ojos se encontraron y Kat creyó que iba a desmayarse. Parecía un poco aturdida, desorientada… como alguien a quien acaba de tocarle la lotería y no lo puede creer. El rubor tiñó sus mejillas al ver que Mick la miraba intensamente. Lo que él veía en su cara era inconfundible, tenía una expresión que sólo podía significar una cosa: "Mick, puedo quererte".

Pero Mick también vio lo que esperaba; lo que temía que vería. Había algo más que esperanza reflejada en los ojos de Kat. Había timidez, una abrumadora vulnerabilidad e incertidumbre y Mick pensó: "Cuidado, mucho cuidado, Mick Larson".

A Kat podía haberle tocado la lotería, pero todavía no había recibido el dinero del premio. Era evidente que eso se le estaba ocurriendo a ella en ese momento.

Ya se le había ocurrido a Mick, que avanzó hacia ella. Alguien tenía que ayudar a la recepcionista que había dejado de hablar y movía una mano delante de la cara de Kat, tratando de llamar su atención. Kat había soltado el bolígrafo, tenía el libro de cheques al revés y la receta estaba a punto de caerse al suelo.

Mick tomó la receta y a los tres minutos, llevó a Kat a la soleada ciudad de Nueva Orleáns.

Afínales de agosto, en Nueva Orleáns hacía un calor tan abrasador como en Charleston, pero dentro de Galatoire’s hacía fresco. El bar estaba en Bourbon Street y, como el avión de Mick y Kat no saldría hasta la mañana siguiente, tenían el resto del día y la noche para visitar el Barrio Francés. No podían haber encontrado un lugar mejor para comenzar que el Galatoire’s. Tenía mucho ambiente. Mick ya había pedido las especialidades de la casa: pámpano, berenjena rellena de carne y verduras. Todo acompañado de champaña. La primera copa ya se le había subido a Kat a la cabeza.

Mick, sentado enfrente de ella, se había quitado la chaqueta. Su blanca camisa contrastaba con su tez bronceada y acentuaba la amplitud de sus hombros. Había otros dos hombres guapos en el salón. Pero ninguno tenía el aura de magnética virilidad de Mick; nadie tenía esa sonrisa seductora. Mick trató de servirle otra copa de champaña.

– Si me tomo otra, saldré de aquí haciendo eses -le advirtió ella.

– ¿Después de comerte todo eso?

– No podría comerme todo esto. Has pedido comida suficiente para un batallón.

– Sé que tienes buen apetito, pelirroja. Dejarás limpio el plato antes que yo me acabe el entremés.

"Ya ves", se dijo Kat. "No hay ningún problema". Mick bromeaba con ella igual que siempre. Le sonreía igual que siempre y parecía muy tranquilo y contento. Ni siquiera había mencionado la visita a la ginecóloga.

Por alguna razón Kat estaba segura de que lo primero que hubiera querido saber era el diagnóstico.

Mientras iban en taxi por la ciudad, Kat no había sabido qué decir ni cómo decirlo. En ese momento, sin embargo, se sentía impaciente. Si había un ser humano con quien podía hablar de cualquier cosa era Mick; él le había enseñado eso y quizá ya era hora de demostrarle que había aprendido muy bien la lección.

– El problema se llama Candida Albicans -anunció con toda naturalidad y de improviso.

Mick la miró fijamente un momento. Luego sonrió con desparpajo.

– Parece una variedad exótica de alguna planta.

Kat inclinó la cabeza para comer.

– En realidad no es más que una infección causada por unos hongos. Nada serio. Nada terrible. No hay razones para suponer que siete días de medicación no acaben con ella; aunque Maggie sugirió que consultara a su médico de cabecera sobre el tratamiento que debo seguir después, según mi historial clínico -todavía le costaba trabajo creerlo.

Siete días para solucionar un problema que con el paso de los años había llegado a convertirse para ella en un trauma emocional, le parecía demasiado poco tiempo. No era posible que la solución fuera tan sencilla, que la curación durara tan poco tiempo. Y le costaba trabajo creer también que no era un fracaso como amante. Que no era mujer a medias.

El hombre que se había encargado de empujarla a descubrir eso, partió en dos un trozo de pan y se lo ofreció.

– Si es tan común…

– Lo es, pero Maggie dijo que puede ser difícil de detectar. Muchas mujeres tienen síntomas muy precisos. Yo nunca los tuve. Al menos nada que pudiera interpretar como un síntoma -se movió con inquietud en su asiento.

Mick la escuchaba, pero no hacía preguntas, no la presionaba. Podría haber dejado el asiento así y él no habría insistido.

– Nunca le mentí a mi médico de cabecera, Mick. Simplemente no se me ocurrió que había cosas que debí decirle. No sabía que podía haber relación entre unos antibióticos fuertes y una infección provocada por unos hongos. No sabía que una infección podía hacer que una mujer sintiera dolor al practicar el coito. Y el único síntoma físico que tenía… -Kat titubeó. No porque no quisiera decírselo, sino porque la palabra "comezón" no le parecía adecuada para la hora de la comida-. Nunca pensé que fuera un síntoma; sólo supuse que le pasaba a todas las mujeres.

Mick levantó un pedazo de berenjena, preguntándole en silencio si quería probarla. Kat negó con la cabeza. Se sentía cada vez más confusa. Mick estaba tan tranquilo como si estuviera hablando del tiempo.

– Maggie dijo que sucede con frecuencia. Las mujeres suelen ignorar los síntomas físicos, en especial cuando piensan que su problema es de tipo sexual.

Cuando Mick supuso que ella había terminado, llamó al camarero.

– No son sólo las mujeres las que tienen esos recelos respecto a las cuestiones sexuales. Muchos hombres viven atormentados por temores que se disiparían con sólo ir a ver a un especialista.

– Sí -asintió Kat con aire distraído.

Cuando Mick dejó su servilleta en la mesa, sus dedos rozaron los de ella y se apartaron de inmediato, como si hubiera tocado una papa caliente.

Mick le sonrió cuando se levantaron de la mesa y la acompañó hasta la salida del restaurante poniéndose una mano en la parte baja de la espalda. Sin embargo, su mano no la llegó a tocar del todo.

Esa noche oyeron una música magnífica durante horas. EI jazz vigoroso y vibrante por el que Nueva Orleáns es famoso, rock que salía de clubs nocturnos con luces de neón, las antiguas y entrañables canciones románticas en un lugar con velas y rincones oscuros; Bourbon Street tenía de todo. A las dos de la mañana seguían deambulando por las calles, aturdidos por la música y las luces de una ciudad hecha a la medida de los amantes. Y ebrios de sonrisas, de tiernas miradas, de todo lo que murmuraban. Mick la hacía sentirse la mujer más deseada del mundo.

Pero cuando llegaron al hotel, él metió la llave en la cerradura del cuarto de al lado. Le acarició la mejilla con los nudillos, pero no la besó.

– Que duermas bien, amor mío.

Sola en su habitación del hotel, Kat comenzó a desnudarse. Se dijo que era lo más natural del mundo que mantuvieran una distancia prudente. Por una parte, ella estaba fuera de servicio, por decirlo así, al menos los siguientes siete días. Y por otra parte, había sometido a Mick a una constante provocación y tortura desde que comenzaron su relación. Sin duda él no quería iniciar algo que no podrían terminar y ella se haría el harakiri antes de volver a someterlo a eso.

Pero no era normal en Mick no besarla ni tocarla. Era un hombre apasionado, siempre lo había sido. Le gustaba sentir, tocar y acariciaba con la misma naturalidad que respiraba. La había besado cientos de veces cuando no era sensato. Kat no recordaba un solo momento en el que hubieran estado solos y él mantuviera la distancia con prudencia.

"Kat, ese hombre la ha pasado fatal por ti. Difícilmente iba a enfriarse ahora que hay una posibilidad de futuro entre ustedes", se dijo.

A menos que esa misma posibilidad le pareciera de repente un compromiso agobiante a él. A menos que… "Bien, déjate ya de ser pesimista, Kathryn Bryant, y trata de dormir", se reprendió.

– Por supuesto que nos la hemos pasado bien con el tío Bill. Siempre nos divertimos con él -Noel, sentada en el asiento de atrás con Angie, no había conseguido atraer la atención de su padre desde que él fue a buscarlas-. Al contrario que tú, papá, nos deja quedarnos despiertas hasta tarde y que comamos lo que se nos antoje.

– Umm.

La chica lo intentó otra vez.

– También hemos visto una película pornográfica.

– Umm.

Noel miró a su hermana. Angie se encogió de hombros.

– ¿La pasaron bien ustedes dos en Nueva Orleáns?

– Mucho -murmuró Kat.

– Enormemente -aportó Mick.

La radio estaba encendida. Un tenor estaba cantando con voz empalagosa y desgarrada.

Noel se inclinó hacia adelante para cambiar de emisora.

– Papá…

– ¿Um?

– Esa canción parece como de velatorio, ¿puedo buscar algo más alegre?

La canción fue pronto reemplazada por los desaforados alaridos de alguien al que parecía que estaban matando. Mick se apresuró a apagar la radio.

– ¿Saben que mañana es uno de septiembre? Eso significa que hay que volver al colegio -gruñó Angie-. No es junto. Todavía hace demasiado calor para ir allí y, además, es mi cumpleaños la semana que viene. Nadie debería ir al colegio el día de su cumpleaños, ¿verdad, Kat?

– De ninguna manera -estuvo de acuerdo Kat.

Dos días antes Mick la habría tachado de traidora por aliarse con sus hijas. En ese momento le dirigió una sonrisa vaga, como la que ofrecería a una hermana descarriada.

De vuelta en su casa, Kat se preocupó sobre qué pensarían las chicas de su fin de semana con Mick. Mick arguyó que era bueno que cualquier chico o chica entendiera que los adultos necesitan a veces tiempo para ellos mismos y que nada más debía decirse al respecto. Kat pudo ver que él tenía razón. Quizá las chicas sentían curiosidad, pero no parecían molestas por ello. Se dijo que el que se acercara a sus hijas no explicaba por qué se estaba distanciando de ella.

– He invitado a algunos amigos a pasar la noche conmigo el próximo viernes en lugar de hacer una fiesta de cumpleaños este año ¿Estás de acuerdo, papá?

Mick miró a su hija menor por el espejo retrovisor.

– ¿Cuántos son algunos?

Noel, sospechosamente melosa, intervino antes que Angie pudiera responder.

– Creo que voy a morirme si no como pronto. ¿Cuánto falta para que lleguemos a casa?

– Otro cuarto de hora.

– ¿Qué vamos a cenar?

– Lo primero que encuentre en el congelador.

Las dos chicas gruñeron, Kat notó el cansancio en la voz de Mick. Una vez más, fue consciente de la frecuencia con la que las necesidades de ella habían dominado su relación y reaccionó de manera automática.

– Su padre está cansado. ¿Por qué no vienen todos a mi casa? Tengo papas y no tardaré mucho en preparar una ensalada y freír algunos filetes.

– ¡Qué gran idea, Kat! Luego me podrás ayudar a decidir qué ponerme para ir al colegio mañana,

– Y yo quiero hablar contigo sobre mi fiesta de pijamas.

Mick intervino.

– Kat tiene que deshacer las maletas y está tan cansada como yo. Lo último que necesita es que la molestemos con una cena para cuatro.

– No es molestia, de verdad. Ya tengo todo lo necesario -juró Kat.

– ¡Sí, papá! Vamos a casa de Kat.

Al parar en un semáforo en rojo, Mick volvió la cabeza para mirar a Kat. En sus ojos había amor y pasión. La avidez de su expresión era casi palpable. Pero de repente desapareció. Con precaución, dijo con voz calmada:

– Iremos, pero sólo si me aseguras que es lo que tú quieres, Kat.

Mick nunca había sido con ella tan cortés y frío desde que estaba casado y eran simples vecinos.

Kat tuvo ganas de sacudirlo con fuerza por los hombros. Lo habría hecho si no se sintiera cada vez más consternada. Mick se estaba alejando de ella y no tenía idea del porqué.

Capítulo 10

El siguiente jueves por la noche, Kat entró en su casa a las nueve después de haber jugado un partido de tenis con sus tres vecinos, los Larson. Fue divertidísimo. Mick era el único que sabía jugar; las tres mujeres no habían hecho más que correr detrás de las pelotas. Todos se rieron de lo lindo, pero Kat no se reía mientras iba a la ducha.

Si Mick estaba intentando volverla loca, lo estaba logrando.

Esa noche jugaron tenis. La noche anterior Kat había tenido que trabajar hasta tarde y toda la familia había aparecido con comida que habían comprado en un restaurante para que ella no tuviera que cocinar. El martes Mick le había pedido que lo acompañara a comprar el regalo de cumpleaños de Angie y el lunes todos se habían subido al coche para ir de compras al supermercado.

Ninguna de esas salidas tenía nada de malo. Sin embargo, todas le recordaron a Kat lo inexorablemente que las dos casas se estaban uniendo. Las chicas tenían desde hacía algún tiempo llave de la casa de Kat. La marca favorita de té de Kat estaba en el armario de la cocina de Mick; la llave inglesa de él estaba en la caja de herramientas de Kat y su casa estaba llena de zapatos, suéteres y cintas de música de las chicas.

Se dijo que semejante estado de cosas era muy natural cuando los dos adultos en cuestión estaban a punto de formar una alianza permanente. Esa semana apenas había tenido un minuto libre para ella misma, no podía dudar que él estuviera pensando en casarse. Una docena de veces ella se había dicho que no había cambiado nada, pero sí había cambiado. ¡Oh, Dios, había cambiado!

De repente Mick se comportaba como todo un caballero y como el mejor amigo de una mujer a la que cuidaba y de la que se sentía responsable.

Y, sin embargo, se había mantenido física y emocionalmente tan apartado como si ella tuviera una enfermedad contagiosa.

Hacia medianoche, Kat seguía sin poder conciliar el sueño. Fue a servirse una copa de jerez, abrió la puerta de su balcón y se sentó a contemplar la noche estrellada. La casa de sus vecinos estaba a oscuras. Se dijo que el ambiente la invitaba a meditar y soñar. El aire era caluroso y húmedo y olía a rosas. Nadie podría evitar sentirse romántico en una noche así.

Melancólica, Kat le dio un trago a su jerez.

– Hola, preciosa.

Sobresaltada, Kat miró al tercer piso de la casa de al lado. Sólo pudo ver la silueta recortada de su vecino en su propio balcón. No sabía cuánto tiempo llevaría allí.

– ¿No podías dormir?

– No -murmuró ella.

En ese momento se dio cuenta de que desde su balcón él podía ver claramente la habitación de ella y se preguntó cuántas veces se habría desnudado con la luz encendida pensando que nadie la veía.

– Con frecuencia, querida -dijo como leyéndole el pensamiento.

– ¿Qué?

Mick charló un rato. ¿Sobre qué? Kat no tenía la menor idea. Lo que importaba era que él quería charlar. Ella notó que su voz contenía una nota de ansiedad. Kat sólo llevaba puesto un camisón. No le había parecido necesario ponerse una bata. Hacía calor, estaba oscuro, era más de medianoche. El no podía verla, nadie podía verla, pero sintió como si los ojos de él se clavaran en ella. Cuando hablaba era como si la acariciara. Lo sentía muy cerca. Solitario en su cuarto del tercer piso.

– Mick -dijo ella de repente, con suavidad-. Si hay algo que te preocupe, dímelo.

– ¿Algo que me preocupe?

Kat aspiró a fondo.

– Algo de lo que quieras hablar…

Mick vaciló.

– Hay algo.

Kat se dio ánimos para aguantar el golpe. Estaba dispuesta a mostrarse comprensiva y tolerante cuando él le dijera la verdadera razón por la que se estaba volviendo frío y distante con ella.

– Estoy bastante confuso sobre las retenciones de este mes. Tú llenas las mismas hojas de impuestos para empresarios autónomos, ¿verdad?

Las cuerdas vocales de Kat tardaron un momento en funcionar.

– ¿Impuestos? ¿Quieres hablar de impuestos?

Así era y él habló del asunto hasta casi las dos de la madrugada. Kat abrió la boca dos veces para intentar cambiar de tema, pero no lo consiguió. ¿Cómo podía una mujer, después de todo, preguntarle a un hombre cuál era la razón por la que había perdido interés en mandarle camelias?

El agotamiento hizo presa de ella el viernes. Se había quedado dormida en el sofá cuando el teléfono, inclemente, sonó a las once.

– Tengo problemas, preciosa.

Si hubiera hablado en serio, ella habría acudido a toda prisa a ayudarle. Si la hubiera necesitado, acudiría a él, pero la forma en la que pronunció la palabra "preciosa" carecía por completo de seriedad. Kat no podía aguantar más, no esa noche.

– Mick -dijo con suavidad-. No.

– ¿No qué?

– No juegues conmigo. Si tu manera de apartarte de mí sin lastimarme es comportarte como un mero amigo, preferiría…

– No entiendo de qué estás hablando, pero no es hora de discutir. Tengo un problema de verdad.

– Sí, claro -repuso ella con ironía.

– Hay unas trece chicas abajo. Me echaron al tercer piso en cuanto se pusieron los pijamas.

– No iré -declaró Kat con firmeza.

– Pensé que se dormirían. Pero nunca se dormirán. No sabes lo que parece mi cuarto de estar. Oh, cielos, acabo de oír que se cayó una lámpara.

– Mick.

– Están armando un alboroto increíble. Por el amor de Dios, preciosa, no puedo hacer frente a esto solo.

A Kat le pareció tan convincente como la estrategia de ventas de un vendedor de coches usados, pero cabía, después de todo, la posibilidad de que Mick necesitara ayuda de verdad. Ella se puso unos vaqueros y una blusa y llamó a la puerta de su vecino unos minutos después. Cuando Mick abrió vio que el revuelo que había descrito se quedaba corto. Kat permaneció abajo el tiempo suficiente para comer papas fritas, tomarse un refresco y conocer a las amigas de Angie. Luego, con renuencia, fue a reunirse con Mick.

Lo encontró apoyado en la barandilla de la escalera en el tercer piso, con los hombros encogidos. De repente toda la situación le pareció menos clara a la recién llegada. Quizás él había encontrado una excusa para hacerla ir allí, pero sus ojeras y la tensión que se reflejaban en su cara eran reales.

– ¿No podrías hacerlas entrar en razón?

– Mick, no se hace entrar en razón a unas chicas que están celebrando una fiesta de pijamas.

– Chillan como monos histéricos cada vez que bajo por la escalera. Incluso mi propia hija.

– Es lo normal gritar en esa clase de fiestas. Lo mismo que alquilar películas de miedo y quedarse despierta toda la noche.

– ¿Has visto sus caras?

– Han estado haciendo experimentos con pinturas. Eso también es una tradición.

– No para Angie. A ella no le gusta pintarse y no soporta a los chicos, ¿pero sabes de qué han estado hablando sin parar las últimas tres horas?

– De chicos.

– ¿Sabes cuántos refrescos pueden beber trece chicas?

– Muchísimos.

– Y se han comido diez pizzas. Trece chicas. Más que chicas parecen marranos.

– Sí -convino Kat con calma.

– Tienen encendidos todos los aparatos de la casa: televisión radio, tocadiscos. No me digas que eso es normal también.

– Mick, se están divirtiendo de lo lindo.

– Sí, lo sé.

La voz de Mick fue apenas un murmullo. Kat sintió la presión de sus dedos en el hombro izquierdo. Recordaba haberse sentado junto a él en el último escalón, pero no el momento exacto en el que él la colocó en sus rodillas.

– Estás muy tensa, muy cansada, amor mío. ¿Y crees que me gusta verte esas ojeras?

El descansillo de la escalera estaba en semipenumbra y Mick no podía verla bien. ¿De dónde había sacado que tenía ojeras?

Pero a Kat no le importó. Mick le empujó con suavidad la cabeza hacia abajo y comenzó a darle un masaje en el cuero cabelludo. Ella cerró los ojos y sintió que todos sus músculos se relajaban. Los pulgares y las palmas de Mick frotaban y acariciaban, no como un amante, pero sí con ternura suficiente para que fuera algo más que un simple masaje. El conocía su cuerpo. Conocía dónde estaba tenso cada nervio, dónde estaba contraído cada músculo.

– Hablando hipotéticamente creo que vas a ser una madrastra terrible, Kathryn -murmuró él en tono distraído.

– ¿Qué?

– No es lo que creen ellas, sino yo. Tienes una idea bastante flexible de lo que es la disciplina y nunca me vas a apoyar -parecía divertido-. Las secundas en todo lo que hacen. Entiendes todo lo que hacen. Y te lo digo desde ahora, preciosa, no quiero que cambies. Es probable que alguna vez riñamos por ello, pero no importa. Sigue siendo como eres y… ¿Adonde vas?

Haciendo un gran esfuerzo ella logró ponerse de pie.

– A casa -no sabía si era el masaje o la charla hipotética sobre madrastra lo que había hecho que se sintiera melancólica.

– Cariño, mírame.

Ella no se dio la vuelta. La voz de Mick era muy suave y, Kat sintió que se le humedecían los ojos. Se encaminó a toda prisa escalera abajo.

– No es lo que piensas, Kat. Trata de recordar que éramos amigos mucho antes que intentáramos ser amantes.

Kat recordó eso la siguiente semana. No sirvió de nada. Mick podría querer que su relación volviera a ser de amistad, pero eso no era lo que sentía por él y nunca lo sería.

Sola en su casa el miércoles por la noche, se dio un baño caliente para serenarse. En vano. Después, recorrió la casa envuelta en una toalla. Dio vueltas al caballito del tiovivo, recorrió el vestíbulo y luego subió por la escalera. Se detuvo delante de la ventana de su habitación y vio un relámpago dibujar un zigzag de plata en el cielo. Vio… pero no en realidad.

Hasta el día anterior al mediodía, ella se había aferrado a la esperanza de que hubiera una razón evidente que explicara el cambio de conducta de Mick. Aunque había concluido el tratamiento prescrito por el ginecólogo, no pudo concertar una cita con su médico para decidir el tratamiento a seguir después hasta el día anterior. Lo lógico era que Mick hubiera evitado todo contacto físico hasta que ella recibiera la autorización del médico. Sin embargo, la noche anterior Kat había logrado dejar caer un "ya estoy bien" mientras cenaba con Mick y las chicas y él ni siquiera había parpadeado. Más importante aún, muchísimas horas habían pasado desde la noche anterior y esa noche.

Comenzaba a desesperarse.

Mick le tenía cariño. De eso estaba segura. Procuraba estar con ella la mayor parte de su tiempo libre. Kat sabía que no recibiría un premio como la madrastra perfecta, pero quería de verdad a Angie y Noel. Y Mick fue quien la animó a que estableciera una relación cada vez más estrecha con las chicas.

Lo que más le importaba, era que Mick había cambiado. ¿No se daba cuenta él? El trabajo ya no era toda su vida. Todavía se preocupaba cuando sus hijas hacían algo que no le gustaba, pero eso no tenía importancia; era un padre maravilloso, al menos convivía más con ellas. Sólo necesitaba alguien que le dijera que todo estaba bien. Alguien que le hiciera reír, alguien con quien se sintiera a gusto, que lo aceptara tal como era… y como quería ser.

Kat estaba convencida de que tenía algo que ver con que él hubiera cambiado. Había pensado que él estaba cambiando en aspectos que le hacían ser mejor, que enriquecían su personalidad, que afinaban su sensibilidad. Había pensado que, quizá… quizá él había encontrado en ella algo que realmente le importaba.

Había pensado que la quería.

Kat se peinó el pelo mojado. El dolor que sentía la desgarraría si no tenía cuidado. Era más fácil soportar la ira y, ciertamente, también sentía eso.

¿No tenía acaso una razón? Mick la había hecho conocer el amor y el deseo y luego se había olvidado de ello. La había hecho desear con vehemencia y luego la había obligado a enfrentarse a cosas terribles, a hablar de cosas bochornosas, mortificantes, la había llevado a ver a una ginecóloga y todo como si fuera la cosa más natural entre un hombre y una mujer que se quieren. Y luego adoptaba otra vez la actitud de un buen amigo… y nada más.

Kat aceptaría eso si tuviera sentido, pero era absurdo. Mick no la lastimaría deliberadamente, de eso estaba segura. Tenía una faceta maliciosa, pero era honrado y sincero. Si hubiera dejado de quererla, habría cortado su relación sin recovecos.

Y la única explicación que Kat podía encontrar era que Mick pudo haber hallado algo sobre lo que no podía ser sincero… que no podía afrontar… no por sí solo, al menos.

Dios sabía que Kat entendía muy bien las dimensiones de ese tipo de problemas y estaba a punto de llegar a su habitación cuando se le ocurrió algo. Maldición, pensó.

De repente soltó la toalla, se puso una bata, fue al estudio y llamó a su vecino. El teléfono sonó una vez. Luego otra vez y otra. Mick levantó el auricular cuando iba a sonar una cuarta vez. Era evidente que había estado dormido, porque su voz era adormilada y ronca.

La de Kat era beligerante.

– Necesito tu ayuda, Larson. Un grifo está goteando.

Hubo una breve pausa.

– ¿Ahora?

– Ahora.

– Querida, es casi medianoche.

– El ruido no me deja dormir.

– ¿De verdad?

– Y tengo miedo de que haya una inundación.

– Está bien, preciosa. Estaré allí dentro de un momento.

Colgó. Kat tembló de pies a cabeza. Mick podía haberle enseñado que la sinceridad es muy importante en las relaciones… pero también le había enseñado que una estratagema funcionaba mejor cuando el asunto era espinoso.

Y ningún problema podía ser más espinoso que el suyo. Kat miró el reloj. Mick tardaría tres minutos en ponerse los pantalones. Eso le dejaba a ella apenas el tiempo suficiente para ajustarse la bata, peinarse y bajar a abrir la puerta.

Un trueno se oyó muy cerca, cuando ella abrió la puerta de atrás. Mick entró en la cocina con una caja de herramientas en la mano. Miró a su vecina y sonrió.

– Bien. ¿En dónde está el problema?

– En el cuarto de baño de arriba.

– Ah.

Kat subió por la escalera delante de él. Mick dejó la caja de herramientas en el suelo del cuarto de baño y revisó el impecable lavabo de mármol negro con expresión ceñuda.

– Parece muy serio.

– Lo sé.

– Soy bastante hábil, pero me temo que esto es tan grave que necesitarás un fontanero profesional.

– Ya me lo temía.

– ¿Sabes dónde van las tuberías del lavabo?

– Allí.

– ¿Adonde?

Kat hizo un movimiento vago con la mano.

– Allí.

Mick no llevó las herramientas a la habitación, simplemente entró antes que Kat y se detuvo. Observó la cama con dosel, la decoración del siglo diecinueve, los frascos de perfumes en el tocador, la chimenea y los cristales de la ventana.

– No veo una sola tubería -observó él.

– ¿Estás seguro?

– Estoy seguro. Quizá si apagaras la luz del techo podría ver mejor.

Ella apagó la luz del techo, lo cual dejó sólo la tenue luz de la lámpara de cristal de la mesilla de noche.

– ¿Ves mejor ahora?

Mick no respondió. Su mirada estaba fija en la bata de seda, en el pelo enmarañado y en la boca de su vecina. Especialmente en su boca. Cielos, ¿por qué se le habrían secado los labios de repente?

– Veamos, preciosa… ¿cuáles son tus pérfidas intenciones?

– Sólo Dios sabe por qué he tardado tanto en decidirme, pero sí, tengo unas intenciones muy pérfidas.

– No quiero que estés asustada.

– ¿Y es por eso por lo que estás dos últimas semanas has estado tan distante? -Kat fue a cerrar la puerta de la habitación-. Por primera vez en mi vida podía hacer el amor… y eso era maravilloso, Mick, pero tú comprendiste que de repente me daría cuenta de que sería la primera vez. La primera vez que importa -se desató el cinturón de la bata-. De ninguna manera me casaría con un hombre al que no pudiera satisfacer en la cama. No le haría algo así y jamás, jamás, te lo haría a ti.

– Amor mío.

Mick se calló cuando ella se deslizó la bata hasta que la prenda de seda se cayó al suelo. Mick no estaba viendo nada que no hubiera visto antes pero la expresión de los ojos de él era, en cambio, nueva. Avidez, ansia, deseo, necesidad… Kat había visto todo eso en él antes, pero no ansiedad. Nunca ansiedad.

– Dado el tiempo que tuve para preocuparme por ello-dijo ella con suavidad-, pensaste que habría convertido esa "primera vez" en una prueba… una prueba tan crucial que estaría tensa; esa era una garantía segura de que todo saldría mal. Eso es lo que creías, ¿verdad? De modo que procuraste que no tuviera tiempo de preocuparme. Me dijiste de mil maneras diferentes estas últimas dos semanas que el sexo no es lo más importante para ti.

Su voz se enronqueció, se hizo más profunda, cuando lo vio avanzar hacia ella.

– El sexo no es lo más importante. El amor sí, y lo digo con el corazón en la mano, Kat. No tenemos que hacer esto esta noche, si tú no…

Ella le rodeó el cuello con los brazos y le hizo callar dándole un beso. Mick era sensible, perceptivo y maravilloso, pero esta vez estaba completamente equivocado. Tenían que hacer el amor y no se trataba de una terrible prueba crítica. Kat siempre había sabido cuáles podían ser los riesgos que correrían la primera vez que consumaran su amor; podía perderlo.

Era física y emocionalmente incapaz de no tener miedo esa noche… pero en ese preciso momento sentía menos temor de lo que hubiera pensado. Mick había entrado en su casa con una sonrisa perspicaz en los labios, pero ella también percibió que en sus ojos se reflejaba ansiedad.

Mick era el único hombre que Kat conocía que entendía los terribles temores internos de una mujer. ¿Cómo pudo ella no darse cuenta de que él ocultaba sus propios miedos? En pocos minutos recordaría sin duda sus inquietudes personales, pero por el momento tenía un hombre de quien preocuparse. Con seductora suavidad, lo besó hasta que él la rodeó con los brazos y luego le acarició el pelo tiernamente.

Mick apartó la boca un momento, para susurrar:

– Amor mío, si no estás completamente segura…

Ella lo empujó. El se cayó. La caída fue amortiguada por media docena de mullidas almohadas. Tendido allí, Mick parecía fuera de lugar. La luz de la lámpara de la mesilla se reflejaba en su semblante varonil. El sonrió.

– Tu cuarto es muy femenino. Y no me asombra -con el pulgar le trazó la línea de la mandíbula, sin apartar un instante la mirada de su cara-. Empiezo a tener la sensación de que estás dispuesta, cariño. De modo que al cuerno con las pruebas.

– Larson, he esperado treinta y tres años. No esto, sino a ti. Me estoy muriendo… ¿y tú quieres hablar?

– Sólo intento comprender. ¿Qué ha sido de tus inquietudes? ¿En dónde está mi dama anticuada? ¿En dónde están todas esas inhibiciones que conozco tan bien?

Kat sonrió, pero no por mucho tiempo. El pulso de Mick era errático, los latidos de su corazón tumultuosos y en sus ojos brillaba el deseo, pero la ansiedad seguía reflejada allí. Mick no quería que ella supiera que también él se estaba sometiendo a prueba esa noche. Tenía tanto miedo como ella. Adivinó que él temía hacerle daño y, aún más, fallarle como amante y como hombre.

Kat se puso en cuclillas a su lado. El único hombre a quien ella podría querer jamás tenía un problema: un problema tan privado, tan íntimo, que suponía que no podía compartirlo con nadie.

Esos eran los problemas que los amantes compartían mejor. Mick le había enseñado eso, pero si Mick no sabía que también podía aplicarse a su caso, lo sabría. Pronto. Con una lentitud infinita ella le levantó la camiseta y le pasó las palmas con sensualidad por su tibia piel desnuda. Mick se incorporó lo suficiente para quitarse la prenda, pero cuando trató de abrazar a Kat, ella movió la cabeza.

– Me he preocupado tanto por esto -susurró-. Y todo por razones equivocadas -sus dedos se deslizaron por las costillas de él hasta llegar a la cremallera de sus pantalones. Miró a Mick a los ojos y luego le bajó la cremallera-. Tenía pánico y, ¿para que? Nunca hemos fallado en nada que importe realmente, porque nunca nos hemos fallado el uno al otro. El amor siguió creciendo; no a pesar de, sino debido a lo que tuvimos que compartir, así que, ¿cómo podía tener miedo de quererte? No lo tengo. Ni siquiera temo decirte lo mucho que te deseo…

Sus palmas se deslizaron debajo del pantalón de Mick. El llevaba los vaqueros muy ajustados. Tiró con fuerza del pantalón, muy consciente de que Mick la había oído porque se suavizó la expresión de sus ojos. El no respiraba con regularidad. Empezaba a tener calor y ya no era ansiedad lo que tensaba sus músculos.

Pero Kat no había terminado aún.

– He soñado contigo -susurró-. Durante toda esta ola de calor, he soñado una y otra vez contigo… y el calor…en una tormenta -tuvo que incorporarse para quitarle los pantalones.

Al volverse a recostar, sus dedos le rozaron las rodillas y los muslos. Cuando llegaron a los calzoncillos, lo miró de forma sensual y desinhibida. A Mick le gustó esa mirada. Se excitó y ella tuvo que proseguir:

– No eran sueños agradables, Mick. Eran oscuros, eróticos, salvajes. Soñaba con que hacía el amor contigo en medio de una tormenta, con la lluvia cayendo en una noche cálida y tú estabas desnudo. Tan desnudo como lo estás ahora y yo sufría en ese sueño. Sufría de deseo. Entonces me hacías tuya hasta volverme loca. La lluvia seguía cayendo y tu cuerpo estaba caliente, mojado y resbaladizo…

– Espero que ya hayas terminado de hablar, amor mío, porque si no serás testigo de una de esas reacciones incontroladas tan comunes en los adolescentes ansiosos.

Kat notó un asomo de exasperación en su voz. Sonrió y tiró el calzoncillo al otro lado de la cama.

Mick susurró algo y luego alargó los brazos hacia ella. A lo lejos, se oyó un trueno. Las cortinas se agitaron cuando entró una brusca corriente de aire fresco, pero Kat apenas lo notó. De improviso se encontró entre sábanas perfumadas con Mick.

Se dio cuenta de que él ya no sentía ansiedad. Mick también había perdido todo interés en charlar. Besó a Kat en el estómago… y más abajo, luego su lengua reclamó la de ella, para probar su dulzura. Se apoyó en un codo y le tomó con la mano un seno, le frotó la punta hasta que se hinchó.

Kat había querido que él se sintiera tan deseado que se olvidara de temer que algo saliera mal. La luz de la lámpara bañaba de oro sus facciones firmes. Mick la besaba por todas partes, hasta que la joven gritó de placer. Las manos del naviero eran mágicas, su boca peligrosa.

¡Oh, Dios, cuánto lo quería!

Fuera, un relámpago iluminó el cielo. Un gigantesco retumbo hizo parpadear la luz de la lámpara, antes de apagarse para sumergirlos en una oscuridad aterciopelada. Con la oscuridad llegó la lluvia, pero a Mick no le importó. Kat se estaba entregando a él. Había mostrado pasión por él antes, pero nunca esa necesidad en la que resultaban inseparables el amor y el deseo.

El le acarició con infinita suavidad el centró mismo de su femineidad. Cuanto más profunda era la caricia, más apasionados se volvían los besos… Mick movió una mano buscando su pantalón.

– No -dijo Kat con vehemencia-. No lo necesitamos.

Le mordió el hombro con suavidad y luego le deslizó las manos a lo largo de las caderas.

– ¿No te gustaría tener un hijo, Mick?

El la miró enternecido.

– Te quiero -susurró Kat.

Mick lo sabía.

Y luego Kat musitó:

– Ven aquí.

Abrió los brazos, para acogerlo. Lo besó en la cara, la garganta, la boca. Le dio docenas de besos impacientes, mientras él se colocaba encima de ella. Mick le levantó las caderas y la hizo suya. Kat experimentó la maravillosa sensación de recibir en su propia carne una parte del hombre al que quería. Mick no se movió entonces, no se atrevía ni a respirar.

En la oscuridad vio cómo se elevaban las pestañas de Kat. Sus ojos brillantes se encontraron con los de él. Al mismo tiempo apretó los brazos y las piernas.

– No te atrevas a preguntarme si estoy disfrutando -murmuró.

Mick no tuvo que preguntarlo. Podía verlo. Podía sentirlo. La llevó en un viaje fantástico en el que hacían el amor arrastrados por el viento tempestuoso mientras la lluvia caía a raudales. Alcanzaron el éxtasis juntos. Mick le proporcionó un placer que ella sólo había soñado… y ella hizo el amor con espontaneidad y naturalidad.

– ¡Ya he vuelto!

– Ya lo veo -murmuró Mick con humor.

Kat había estado acurrucada en sus brazos durante media hora. Conociendo a Kat como la conocía, Mick debió saber que esa placidez no duraría mucho. Ella se había levantado de un salto con energía. La tormenta no había cesado. Kat había saltado de la cama para ir a cerrar las ventanas y luego había bajado para buscar unas velas en la cocina.

Por fin volvió a estar donde él quería, tendida a su lado, con las piernas alrededor de él. Las velas parpadeantes iluminaban los ojos de la dichosa joven. Sus hombros eran provocativos. Su boca una curva atrevida. Eran los gestos, la actitud de una mujer que acaba de descubrir la plenitud del amor en todas sus facetas.

Mick nunca le había visto tan feliz y exaltada. Tenía muchos planes para ella los siguientes sesenta años.

– ¿Te estoy cortando la circulación?

– Sólo cuando te retuerces -cosa que, se daba perfecta cuenta él, hacía Kat con deliberación. Mick no podía dejar de sonreír. Apartó de la sien de su amante un mechón de pelo.

– Mick…

– ¿Um?

– Soy increíblemente feliz.

– Sólo crees serlo. No eres ni la mitad de feliz de lo que soy yo -le pareció que la frente de Kat necesitaba un beso-. Las chicas van a pensar que me casaré contigo. En especial si las llamo a las seis de la mañana para decírselo.

– Dios santo. ¿Es esa una proposición?

Mick negó con la cabeza.

– De ninguna manera. Esta noche quizá aparecerá un duendecillo con camelias. Cenaremos, beberemos champaña. Entonces, quizá, te pediré que te cases conmigo. No lo prometo. Tendrás que preocuparte hasta entonces sobre si mis intenciones son honorables.

Kat movió las piernas de una manera que le hizo gruñir de satisfacción, y a ella sonreír. Ella tenía aviesas intenciones.

– Te gustó la idea de tener un hijo.

– ¿Nuestro hijo? Sí, amor mío.

– Sin duda será una niña.

– Estoy preparado para eso. Las probabilidades ya están en mi contra. Una hembra más no podría hacer mi vida más difícil.

– Mick… -Kat le alisó las cejas con los pulgares, pero de repente se puso seria-. Desde el momento en que entré en tu patio, has hecho mi vida terriblemente difícil. Tanto que no sé lo que me habría sucedido… si no hubieras sido tú. Sólo tú. ¿Has estado alguna vez desesperado?

Mick murmuró con suavidad:

– Oh, querida, sé que tú lo estabas.

– Pensé que tenías un problema y que era irremediable. Me había rendido.

Mick le pasó las dos manos por el pelo y le sostuvo la cabeza. Sus miradas se encontraron. Ninguno trató de mirar a otra parte.

– Te rendiste, cariño, porque nunca habías querido a nadie antes. No como es debido. Cuando se quiere de verdad la sinceridad se vuelve algo natural, y si uno se siente vulnerable no debe asustarse porque las dos personas están dispuestas a ayudarse mutuamente. Además…

– ¿Además?

– Tú no eras la única que necesitaba ayuda -dijo él con suavidad-. Yo necesitaba saber, tanto como tú, que podía confiarte mis temores. Mis temores de hombre. Mis temores de amante.

Ella lo besó. Su beso era una recompensa por reconocer que había tenido miedo. Quería convencerlo de que siempre que él la necesitara ella estaría a su lado. Lo sabía en ese momento, pero lo sabría mejor después de que llevaran cincuenta o sesenta años juntos. Lo volvió a besar. Con vehemencia.

– Caramba, otra vez tienes ganas -comentó él.

– Sí.

– ¿Cuánto puede esperarse que aguante un hombre?

– No sé la mayoría de los hombres -lo besó una vez más-. Sólo sé lo que puedes aguantar tú. No hay límite para ti, Mick. Y no te falta nada. ¡No por lo que a mí respecta!

– Son más de las dos…

– Pobrecito mío -murmuró ella.

– Te estás volviendo cada vez más audaz, más atrevida y descarada.

– Sí.

– No me va a quedar más remedio que acceder a tus deseos.

– Eso es.

¿Qué podía hacer él? La abrazó y la volvió de espaldas con lentitud y, antes que su espina dorsal tocara las sábanas, ella lo abrazó estrechamente.

Jennifer Greene

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