/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Por arte de magia

Jennifer Greene

No era la gripe. Nicole estaba embarazada. Y no recordaba haberse acostado con ningún hombre en los últimos cuatro años. ¿Era posible que hubiese tenido relaciones con Mitch, su empleado… en unas circunstancias poco claras? En efecto, ella no se acordaba, pero así había sido. Y su caballero andante acabó rindiéndose a sus pies. La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?

Jennifer Greene

Por arte de magia

Título original: Prince Charming's child (1999)

Capítulo Uno

Como no había compartido la cama con ningún hombre en cuatro años, Nicole se rió al oír el resultado del test de embarazo.

– Seguro que otra se alegraría con la noticia, pero no puedo ser yo. Créame… o ha consultado el historial de otra paciente, o el resultado de la prueba es erróneo.

Obviamente, la enfermera había oído con anterioridad esa clase de negativa, pues su pronta respuesta pareció preparada de antemano.

– No hay duda. Está usted embarazada de dos meses y medio, señorita Stewart, aunque veo que no esperaba este embarazo. Si necesita hablar con alguien acerca de sus opciones…

La sonrisa de Nicole se esfumó ante el tono serio de la enfermera.

– Tengo treinta y dos años. No soy una quinceañera irresponsable. Sé cuáles son mis opciones… y mis responsabilidades. Usted no lo comprende. No puedo estar embarazada porque no me he acostado con ningún hombre.

– Bueno, los milagros existen, pero no conozco ninguno de este tipo. Se necesitan dos personas para engendrar un hijo.

Nicole sabía que el tono burlón de la enfermera pretendía relajarla, pero la situación no tenía nada de humorística.

– Quizá piense que bromeo, pero le juro que no es así. ¡No he tenido relaciones con nadie! La prueba debe de haber salido mal. Por el amor de Dios, si sólo vine creyendo que tenía la gripe.

La enfermera pasó otros quince minutos charlando pacientemente con ella. No sirvió de nada. Nicole salió de la clínica conmocionada, con un montón de recetas y la mente saturada de información sobre los síntomas que podía experimentar durante los siguientes seis meses y medio.

Embarazada. La palabra no dejó de resonar en su mente mientras abría la puerta. Una vez fuera, un viento húmedo traspasó la seda marfil de su blusa y le azotó el cabello castaño rojizo. No debió dejarse la chaqueta del traje en la oficina. Dos horas antes, el día había sido agradablemente cálido, pero el clima de la costa de Oregón solía ser caprichoso a primeros de marzo.

Nicole se subió en su Taurus blanco, pero los dedos le temblaban tanto que apenas pudo girar la llave de contacto, y mucho menos accionar los botones de la calefacción.

¡Era de locos! Si estaba embarazada de unos tres meses, el niño tenía que haber sido concebido más o menos durante las vacaciones de Navidad.

Y eso era imposible. Totalmente imposible.

Giró hacia la autopista de la costa y pisó el acelerador. Su negocio estaba a unos quince minutos de la clínica, tiempo más que suficiente para que los últimos años de su vida relampaguearan ante el ojo de su mente.

Hacía mucho que había descubierto su talento innato para el diseño, pero existía mucha competencia en el campo de la decoración de interiores. A despecho de los problemas y dificultades iniciales, Nicole había logrado montar una empresa de decoración que no sólo iba viento en popa, sino que auguraba un futuro aún más prometedor.

Durante aquellos años, sin embargo, no había tenido tiempo para pensar en tener hijos o una vida familiar. Quién sabía, tal vez si el hombre adecuado hubiera aparecido en su vida, se habría replanteado la idea de tener hijos. Pero ahí estaba precisamente el problema. No había habido ningún hombre.

Nicole jamás se propuso convertirse en una santa célibe, pero había tenido buenos motivos para elegir la vida de eremita adicta al trabajo.

El estómago se le tensó de pronto a causa de los nervios. Los viejos nervios. Los aterradores y fantasmales nervios que llevaban años sin asomar su fea cabeza. Siempre había tomado las decisiones erróneas. Había llegado, incluso, a sentirse avergonzada de cómo era. Pero todo aquello quedó atrás. Había iniciado una nueva vida y empezaba a sentirse orgullosa de sí misma. No volvería a cometer errores irresponsables e impulsivos. Ni uno sólo. Aunque fuera nimio. Se había convertido en una clase de mujer distinta de la muchachita rebelde de sus años de juventud.

O eso había creído. Hasta que el test de embarazo había dado positivo.

Al cabo de unos minutos, Nicole aparcó enfrente del edificio de oficinas de ladrillo y cristal y entró presurosa, huyendo del implacable viento.

Su despacho estaba situado al fondo de la planta. Era una suerte de santuario de paredes enmoquetadas de azul y ventanas con vistas a un acantilado del Pacífico. Las olas azotaban furiosamente las rocas, que formaban un conjunto salvaje y solitario,

Exactamente como se sentía Nicole.

Con el pulso disparado, se derrumbó en la silla situada tras la impecable mesa de pacana y cerró los ojos.

Los rostros de sus empleados desfilaron por su mente. John, Mitch, Wilma, Rafe. Y sí, recordaba haber dado una fiesta para el personal de la empresa dos días antes de Navidad. El único acontecimiento social en el que había participado desde hacía una eternidad.

Ya antes se había dado cuenta de que algunos momentos de dicha fiesta aparecían confusos y nebulosos en su recuerdo. Pero no le había parecido extraño, pues aquella noche recordaba haberse sentido mortalmente cansada. Había celebrado la fiesta en su casa, e incluso había despejado algunas habitaciones para que los invitados pudieran dormir allí sin tener que preocuparse de conducir con una copa de más.

Nicole se frotó las sienes con los dedos. Sus empleados se lo habían pasado estupendamente, como ella deseaba… Algunos momentos de la fiesta acudían a su memoria nítidos como el cristal. Pero, hasta ahora, no había recordado cómo bromearon con ella acerca de su negativa a beber alcohol. Siempre le reprochaban su excesiva formalidad, el hecho de que nunca se soltara el pelo y se dejara llevar.

Lo de soltarse el pelo nunca había sido una buena idea. Nunca. Nicole tenía tras de sí una larga historia que deseaba ver muerta y bien enterrada. Sus empleados la respetaban, y ella había hecho lo posible para ganarse ese respeto. Aparte de eso, no toleraba bien el alcohol… como había aprendido por las malas años antes.

Pero, de repente, Nicole recordó que alguien le puso una copa de champán en la mano aquella noche. Una como mínimo. Posiblemente dos.

Cielo santo, ¿habría tomado tres?

De pronto, comprendió que aquella parte de la velada era la que aparecía oscura como una gruta en su memoria. El detalle no le hubiera importado en otras circunstancias. Pero, tras la noticia de su embarazo, todo adquiría una importancia fundamental.

Inquieta, se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta abierta. Cada empleado disponía de un despacho individual, pero el área central estaba equipada de mesas, tableros de dibujo y un aparato de vídeo. Diseñar modelos y bosquejos requería espacio, y a menudo todo el personal colaboraba en la concepción de algún que otro proyecto.

John estaba arrellanado, con los pies encima de la mesa, trabajando en un bloc de notas colocado en el regazo. Desde la puerta, Nicole alcanzó a ver la lisa superficie de su cabeza, su corbata de Mickey Mouse, las arrugas de concentración que fruncían su entrecejo. John se encargaba de la publicidad y el marketing. Tenía cuarenta y dos años, barriga incipiente, y era magnífico en su trabajo. Nicole temió que jamás superase la depresión cuando su mujer lo dejó hacía un año. Lo estimaba muchísimo, y sabía que haría cualquier cosa por él si fuese necesario. Era como un hermano para ella. De modo que no se imaginaba a sí misma acostada con John, aunque se hubiera tomado una bodega entera de champán.

Rafe pasó andando con una taza de café recién hecho y tomó asiento frente a un tablero de dibujo. Tenía treinta y cuatro años, estaba soltero, y en un principio Nicole había estado a punto de no contratarlo. Tenía los conocimientos de ingeniería que ella buscaba, pero su cabello y ojos negros y su constitución musculosa lo hacían atractivo en demasía. Nicole había temido que aquella apostura física acarrease problemas, pero se había equivocado. Rafe podía ser impaciente y temperamental con los demás empleados, pero era inteligente, ambicioso e innegablemente bueno en su oficio.

La mirada de Nicole se clavó en su espalda durante varios segundos más. Sí, era muy atractivo. Y las hormonas de cualquiera podían verse agitadas por el alcohol. Pero, a diferencia de sus compañeros, Rafe nunca hablaba de su vida privada. Reconocía abiertamente haber perdido un trabajo anterior por mezclar los negocios con el placer, y se negaba a cometer de nuevo semejante error. Jamás le había contado un chiste salido de tono, ni la había mirado de forma inconveniente. Aunque se sintiera atraído por ella, Nicole no imaginaba que pudiera cortejarla. Era sencillamente imposible. No podía haber ocurrido.

Wilma pasó como un rayo con un montón de folios en las manos, deteniéndose brevemente para posarle a John un beso en la coronilla. Tenía veintiocho años, castaña, con una figura impresionante una naturaleza incurable de coqueta. Se mostraba cariñosa con sus compañeros y les hablaba de su exuberante vida amorosa cada mañana, mientras tomaban café, como si de un ritual se tratara. Ellos absorbían cada delirante detalle. Nicole jamás había intentado pararle los pies. Wilma se encargaba de la oficina y de la contabilidad.

Ya sólo quedaba Mitch… el único miembro del personal al que Nicole no podía ver desde la puerta, aunque sí oía cómo le gritaba a Rafe con su inconfundible voz de barítono. Mitch tenía treinta y dos años, igual que ella. Los muchachos le llamaban «Largo», porque medía casi un metro noventa. Tenía el cabello rubio como la arena y los ojos de un azul más intenso que el del cielo.

Mitch era el fichaje más reciente de la empresa. Nicole lo había contratado hacía tan sólo seis meses. Originalmente, Janice había sido el arquitecto de la casa, y había realizado tan buen trabajo que su marcha a Nueva York dejó un hueco difícil de llenar. El historial de Mitch, sin embargo, era superior incluso al de su antecesora.

Tenía la virtud especial de llevarse bien con todo el mundo. Jamás perdía la paciencia y había sabido resolver más de una situación difícil que había amilanado a los demás. Toda la plantilla lo adoraba. Igual que la propia Nicole. Además, Mitch era prácticamente irreemplazable. Por ese motivo, Nicole jamás se arriesgaría a tocarle un solo pelo de la cabeza. Además, lo había oído hablar de cierta amiga íntima. Muy íntima. Nicole no recordaba su nombre… ¿Susan, quizá? Fuera como fuese, Mitch ya tenía una relación, y a Nicole ni se le ocurriría invadir el terreno de otra mujer… Lo cual significaba que las posibilidades de que se hubiera acostado con Mitch eran nulas.

Bruscamente, se llevó una mano protectora al vientre. Tenía el estómago muy revuelto y el corazón empezaba a latirle con ansiedad. Debía hacer un esfuerzo por calmarse. Dándoles vueltas a aquellos pensamientos no llegaría a ninguna parte.

Cada camino mental desembocaba en el mismo sitio. Los únicos hombres de su vida eran los muchachos de la oficina. Sólo podía haber sucedido la noche de la fiesta. Pero una mujer no olvidaba fácilmente una sesión de amor con un hombre. Además, al día siguiente había amanecido en su cama, sola.

Nicole siguió intentando sumar dos y dos, pero el resultado se negaba a ser cuatro.

No podía estar embarazada.

Pero lo estaba.

– ¿Nicole? ¿Tienes un momento?

Mitch Landers llevaba toda la tarde esperando la oportunidad de hablar con su jefa a solas. El sobre que llevaba en la mano contenía una carta de renuncia. No esperaba que aquélla fuese una conversación fácil, por eso la había pospuesto durante días.

Encontró a Nicole de pie ante la ventana. Ella se giró rápidamente al oír el sonido de su voz. Y Mitch pudo verle la cara.

– Claro, adelante. ¿Cuál es el problema? ¿La cuenta de Llewellyn?

– No, nada de eso. Necesito hablar contigo, pero… Oye, ¿te encuentras bien?

Ella esbozó una sonrisa momentánea, tan falsa como las promesas de un político.

– A decir verdad, he tenido días mejores, pero estoy bien. De veras. Siéntate y dime cuál es el problema.

Mitch tomó asiento en una de las sillas azules del despacho y estiró sus largas piernas. Inquieto, se dio unos golpecitos en la rodilla con el sobre, y luego se lo guardó en el bolsillo.

No sabía si su jefa estaba enferma o asustada. Pero algo iba decididamente mal. Era tan impropio de Nicole Stewart parecer frágil, que tenía que tratarse de algo grave.

Mitch sólo tardó unos segundos en catalogar sus rasgos de pies a cabeza… aunque esta vez tenía motivos altruistas para hacerlo. El pulso se le aceleraba cada vez que Nicole lo miraba. Del uno al diez, sus piernas merecían un diez alto, pero el resto de su cuerpo se quedaba en un tres escaso. En realidad, su figura no era nada del otro mundo. Senos pequeños. Caderas estrechas. Aunque su forma de moverlas solía volverlo loco.

En realidad, su cara era su mayor atractivo. Cabello castaño rojizo que enmarcaba un rostro oval de líneas interesantes. Nariz pequeña y respingona. Mentón con carácter. Pómulos delicados y una boca de labios carnosos que dejaban ver unos preciosos dientes blancos cuando se reía. La forma de aquellos labios harían preguntarse a cualquier hombre cómo besaba su dueña.

Normalmente, cuando Mitch contemplaba su rostro y su forma de moverse, veía majestuosidad.

Carácter. Era dura y reservada, cualidades que siempre había admirado en una mujer. Su lealtad hacia la plantilla era legendaria. Siempre daba la cara por sus empleados cuando surgía alguna situación difícil. Tenía agallas, voluntad, fortaleza.

Que Mitch supiera, su jefa no temía a nada. Algo que siempre lo había preocupado y fascinado al mismo tiempo. No conocía su pasado, pues Nicole jamás hablaba de ello, al menos con la plantilla. No, nada de asuntos personales.

Sin embargo, su entereza parecía haberse esfumado. Parecía trastornada por algo. La única ráfaga de color que se apreciaba en su rostro era el de sus ojos. Eran azules, almendrados, casi demasiado grandes para una cara tan pequeña. Por lo general, los ojos de las mujeres delataban sus sentimientos más íntimos, pero no los de Nicole. Su expresión solía ser igualmente neutra cuando ocultaba algo. Así pues, que aquellos ojos revelaran pánico y vulnerabilidad alarmó a Mitch sobremanera.

– Has dicho que querías hablar conmigo -volvió a instarle Nicole.

– Sí, pero esperaré. Estás muy pálida. ¿Seguro que te encuentras bien? ¿Te ha ocurrido algo esta tarde?

– Sí. No. Yo… Oh, Dios mío -Nicole se hundió en la silla y esbozó otra sonrisa, como si quisiera tranquilizarlo-. Estoy bien. No es problema tuyo, Mitch. Pero probablemente no es un buen momento para hablar de trabajo, siempre y cuando se trate de algo que pueda esperar a mañana.

Mitch oyó voces en el exterior del despacho. La plantilla se disponía a dar por concluida la jornada. También él tendría que marcharse. Obviamente, Nicole le estaba pidiendo que la dejara sola.

– Supongo que lo que te ocurre será algo personal.

– Exacto. No tienes por qué preocuparte.

– Esta tarde te ausentaste un par de horas. ¿Tenías cita con el dentista o con un médico? ¿Alguna mala noticia referente a tu salud?

– Sí, tenía una cita con el médico. Y te repito que estoy bien. O lo estaré mañana.

Mitch captó claramente el mensaje. Pero vio que las manos le temblaban, su voz era trémula y tenía la preciosa piel blanca como la cal.

– ¿Te ha dicho el médico algo que te ha disgustado?

– Mitch. Esta conversación es improcedente. No hay absolutamente nada que deba preocuparte. Ni a ti ni a ningún miembro de la plantilla. Simplemente, estoy embarazada.

Mitch se quedó mudo al oír la palabra. El corazón empezó a latirle desbocadamente. No estaba seguro de poder levantarse de la silla aunque se declarara un incendio en el edificio.

– Maldita sea, Landers. No he debido decírtelo -Nicole jamás lo llamaba por su apellido a menos que estuviera molesta con él. Lo cual, pensándolo bien, sucedía un par de veces a la semana. Pero nunca hasta tal punto. Se mesó el cabello en un gesto de impaciencia-. Dado que ya he abierto mi bocaza, me temo que debo decirte un par de cosas más. Primero, te agradeceré que no les digas nada a los miembros de la plantilla. No se trata de mantenerlo en secreto, pues el embarazo se me notará a la larga. Pero acabo de enterarme, y quiero tener algo de tiempo para decidir lo que quiero hacer y cómo voy a decírselo a los demás.

– Me llevaré la confidencia a la tumba -Mitch quiso decir algo más, pero se le formó un nudo en la garganta. Por no mencionar que el corazón le latía tan fuertemente en los oídos que apenas podía pensar.

Nicole volvió a levantarse. Se acercó a la ventana y contempló el malecón. Luego echó las cortinas para tapar el panorama.

– Me temo que eso no es todo. Hoy en día, no hay nada raro en que una mujer de treinta y dos años elija ser madre soltera. Ése no es el problema…

– ¿Insinúas… que no deseas ese hijo?

– Oh, sí que lo deseo -instintivamente, Nicole se acercó una mano al pecho-. No ha sido algo planeado, pero ya buscaré la forma de salir adelante. Cueste lo que cueste. En realidad, no creo que me haya trastornado la noticia de estar embarazada, sino la sensación de… vergüenza.

– ¿De vergüenza?

Ella volvió a suspirar. Volvió a mesarse el cabello. Se retiró de la ventana y se apoyó en la mesa de pacana.

– Mitch, no debería contarte nada de esto.

– Ya que has llegado hasta aquí, cuéntame el resto. Te sentirás más aliviada.

– No sé quién es el padre -susurró Nicole-. ¿Puede existir una vergüenza mayor? Y eso no es lo más grave.

– De acuerdo, oigamos lo más grave -dijo Mitch con la boca totalmente seca.

Ella empezó a gesticular frenéticamente con ambas manos.

– No recuerdo haberme acostado con nadie. Hace años que tuve mi última relación. Apenas he salido o he hecho vida social… En definitiva, sólo pudo ocurrir en la fiesta que celebramos en Navidades. No ha habido otra ocasión posible.

– En la fiesta -repitió él.

Nicole pareció asumir algo por su cambio de expresión, pues asintió rápidamente.

– Estoy segura. Y eso significa que fue con alguien de la plantilla. Lo que de veras resulta imperdonable es que no recuerde nada. Fue por el champán… aunque no creas que lo utilizo como excusa. Es inexcusable beber si sabes que se te sube a la cabeza. Al parecer, el champán nubló mi memoria -Nicole puso los ojos en blanco-. Mira, tú y yo hemos tenido nuestros roces. Quizá por eso te estoy contando todo esto. No creas que intento acusarte, Mitch… Sé que jamás te interesarías por mí en ese sentido. Y ésa es una de las cosas que más me desconciertan. ¿Por qué el hombre en cuestión no ha dicho nada? Seguramente se arrepentirá de lo que sucedió aquella noche…

– Eh, no creo que debas llegar a esa conclusión con tanta ligereza. Quizá ha tenido otros motivos para no decirte nada.

– Independientemente de sus motivos, debo descubrir quién es -Nicole volvió a pasearse, meneando las caderas, moviendo las manos incansablemente-. Primero pensé en John. Aún lo está pasando mal por lo del divorcio. ¿Quizá acudió a mí y yo fui incapaz de darle una negativa? Pero cuanto más lo pienso, menos me imagino besándolo, y no digamos ya…

Mitch notó que desaparecía el nudo de su garganta. Por fin recuperó la voz.

– Eh, no tienes por qué pensar así de John. Olvídate de él. Mira, Nicole…

– Sí, puedo olvidarme de John, pero aún queda Rafe. Lo malo es que se niega a hablar de su vida privada. Ya sabes cómo Wilma coquetea con él, en vano. Pero es un hombre muy atractivo, y…

– Olvídate también de Rafe. Nicole…

– No tiene sentido que incluya a Wilma, porque ella no ha podido dejarme embarazada -siguió diciendo Nicole en un baldío intento de bromear-. Debo saber quién es. Me resulta tan frustrante no recordar nada. Estoy tan asqueada y avergonzada de mí misma…

– Nicole -dijo Mitch por tercera vez, lo bastante alto como para llamar su atención.

– ¿Qué?

– Puedes dejar de pensar en los demás muchachos. No fue ninguno de ellos. Fui yo. Yo soy el padre de tu hijo.

Capítulo Dos

– ¡Oh, no! ¡Tú no puedes ser el padre, Mitch! ¡No es posible!

Mitch ni se inmutó, aunque no fue por falta de ganas. Nik no se daba cuenta, pero estaba tan trastornado como ella. Obviamente, era consciente del riesgo que habían corrido al hacer el amor aquella noche, pero la experiencia no parecía haber tenido repercusión alguna hasta ahora. Que Nicole se mostrara incrédula ante su confesión ya era bastante malo; para colmo, permaneció hundida en la silla del despacho como si careciera de la fuerza necesaria para digerir semejante noticia.

Mitch jamás había sentido tan vulnerado su ego masculino.

Recordaba un tiempo ya lejano en que parecía caerles en gracia a las mujeres. Una incluso llegó a decirle que era un amante creativamente inspirado. Varias lo habían perseguido sin piedad. Por sorprendente que le pareciera ahora, jamás había recibido una queja sobre su pericia o su talento bajo las sábanas. Nik había sido la primera mujer en bloquear el recuerdo de haberse acostado con él. La primera que parecía horrorizada por el hecho de haberlo tenido en su cama.

La carta de renuncia que aún tenía en el bolsillo carecía ya de sentido, pues la presencia de un futuro hijo cambiaba por completo la situación. Había decidido alejarse para siempre de Nicole, distanciarse de la tentación a la que lo sometía su proximidad.

Pero las cosas no habían salido como él había planeado.

– No… No puede ser tuyo, Mitch. Nunca nos hemos acostado. En primer lugar, sé que hay una mujer en tu vida, una tal Susan, o Suzanne, o como sea…

El asombro arrugó la frente de Mitch. Por un momento, no se explicó cómo el nombre de Suz podía haber surgido en la conversación. Pero dicho desconcierto no le impidió corregir inmediatamente el malentendido.

– Espera un momento… En mi vida no hay ninguna mujer. Ni habría sucedido nada entre nosotros si yo hubiera tenido pareja. Creo firmemente en la fidelidad. Sin excepciones. ¿Quién te ha hablado de Suz?

– Wilma. Estoy segura de que me dijo que…

Ah, diablos. Por fin comprendía cómo había hecho Nicole aquella asociación.

– Sí, bueno… Antes de trasladarme aquí y aceptar el puesto, hubo una tal Suz. No sabía que Wilma era coqueta por naturaleza. Se me insinuó y no quise herir sus sentimientos, así que le hablé de Suz. Dios santo, ni siquiera he vuelto a acordarme de eso. No se me ocurrió que Wilma lo fuera contando por ahí.

– Pero, Mitch, tú no puedes ser el padre -insistió Nicole a pesar de la explicación.

Había millones de mujeres en el planeta, y él tenía que haberse enamorado de una que utilizaba su ego como saco de boxeo.

– Créeme. Lo soy.

– Pero creí que yo ni siquiera te gustaba…

– Mmm, Nik, eso no es ni remotamente cierto.

En lugar de tranquilizarla, aquel comentario pareció sumirla aún más en un estado de confusión. Una ráfaga de culpa sonrojó sus mejillas.

– Dios. Mira, tengo que asimilar todo esto, así que sé sincero conmigo. ¿Qué hice? ¿Te salté encima en la fiesta? ¿Fuiste incapaz de negarte porque yo era la jefa?

– Eso no fue en absoluto lo que pasó, Nicole.

– Entonces, ¿cómo fue? ¿Y por qué no has vuelto a decirme nada después?

Mitch se frotó la nuca en un gesto de exasperación. Durante casi tres meses, habría dado lo que fuera por que Nicole le hiciese aquellas preguntas. Había tenido que hacer acopio de toda su voluntad para mantenerse callado, cuando su tendencia natural era encarar los problemas de frente. Sólo por el bien de Nicole había guardado silencio.

Se levantó despaciosamente.

– No voy a rehuir tus preguntas, Nik… Es más, deseo responderlas. Pero ya ha terminado el horario de oficina. Pareces agotada. Y no creo que el despacho sea el sitio adecuado para hablar de esto. ¿Qué te parece si encargamos algo de cenar y seguimos charlando en tu casa?

– No sé… -ella empezó a menear la cabeza.

– Te comprendo. Ha sido un día cargado de acontecimientos. Y no quiero presionarte. Pero antes de que empieces a hacer planes sobre el niño, creo que necesitas saber lo que sucedió aquella noche. Yo también soy parte de todo esto… y no me importa dónde hablemos. Sencillamente, supuse que en tu casa te sentirías más cómoda.

Nicole accedió… no porque deseara pasar más tiempo con él, sospechó Mitch, sino porque verdaderamente quería saber lo que ocurrió aquella noche.

Ambos se pusieron en marcha sin que mediaran más palabras. Ella cerró el despacho mientras él llamaba a un restaurante chino para pedir la cena. Luego, se separaron en los aparcamientos. Al cabo de media hora, Mitch recogió la comida china y se dirigió a casa de Nicole en su Miata rojo.

Al llegar, se apeó del coche, cerró la portezuela con la cadera y fijó la vista en la casa. Sólo la había visto una vez… la noche de la fiesta. Y una mirada le bastó para recordar aquella noche con todo lujo de detalles. No obstante, evocar el cuerpo cálido y dispuesto de Nicole, desnuda en la cama, y sus ojos hermosos y vulnerables, sólo entrañaba problemas. En aquella ocasión, Mitch pensó que estaba despertando a la Bella Durmiente. De hecho, podría jurar que eso fue exactamente lo que ocurrió… Pero el detalle de que la princesa no recordara absolutamente nada destrozaba, por desgracia, el final del cuento de hadas.

Permaneció inmóvil unos segundos más, observando la casa. El edificio constaba de dos plantas, con artesonado de madera que acusaba las inclemencias del tiempo. Un porche techado circundaba la planta baja, y el jardín aparecía salpicado de arbustos ornamentales a la sombra de un viejo y nudoso ciprés. Las escaleras que descendían hasta la playa estaban construidas con tablones ya desvencijados.

Quizá un artista había diseñado todo el conjunto, pues poseía un toque indudablemente bohemio. Y Mitch se había enamorado de él nada más verlo. Parecía hecho a la medida de Nik. La casa contenía el espíritu romántico, libre y salvaje que Mitch siempre había intuido en ella.

La puerta principal se abrió de golpe.

– ¿Mitch? Me pareció oír el coche. Pasa, por favor.

Mitch no quería entrar. Lo que deseaba hacer, de serle posible, era soltar la bolsa de comida, abrazar a Nicole y besarla hasta robarle el sentido. El simple hecho de mirarla hacía que sus hormonas se alborotaran y aullaran como un lobo solitario en celo.

El viento había esparcido las nubes de la tarde, y el cielo se veía claro como el cristal. El cabello de Nicole reflejaba la flama del ocaso, y su piel emitía una suerte de luminiscencia suave y sensual.

Pese a todo, Mitch luchó por serenarse. Besarla hasta robarle el sentido era una idea muy sugestiva, pero podía llevar fácilmente a un desenlace desastroso. Mientras se acercaba a la casa, descubrió que tenían un nuevo e interesante problema.

– Más vale que tengas hambre. Traigo suficiente comida china para alimentar a un ejército.

– Ya lo veo -repuso ella con desenfado. Rápidamente tomó la bolsa de comida cuando Mitch llegó a las escaleras. Lo miró a los ojos y luego apartó con presteza la mirada. Nicole no era de las que temían mirar a una persona a los ojos. Sería capaz de enfrentarse a un tigre sin titubear.

De modo que había estado reflexionando, se dijo Mitch. Quizá siguiera sin recordar nada de aquella noche, pero ahora parecía verlo desde una perspectiva muy diferente. A sus ojos, había pasado de ser un empleado amable, capaz y solícito a convertirse en un enigmático amante.

A Mitch le gustaba aquel cambio. El estado nervioso de Nicole contribuía a equilibrar la balanza. Él había sufrido a solas una tensión sexual casi insoportable durante meses, cuando Dios sabía que estaba más que dispuesto a compartirla.

– Si me dices dónde están los platos, te ayudaré a servir la cena -propuso.

– No hace falta que me ayudes. Sólo tardaré un minuto. ¿Te apetece una copa antes?

– Sí, un vaso de agua. Yo mismo me lo serviré. No sugerí que cenáramos juntos para que fueras mi camarera, Nik. Se supone que debía servir para relajarte.

Se sentaron a comer en la cocina, alicatada de azul. Él la observó mientras probaba el rollito de primavera y la salsa agridulce. Ella bebió agua más que comió, mientras llevaba el cauce de la conversación por derroteros relacionados con la política y la religión… temas interesantes, pero que nada tenían que ver con lo que en realidad ocupaba el pensamiento de ambos. A Mitch no le importó que Nicole divagara. Sabía que necesitaba tiempo para relajarse. De repente, ella soltó el tenedor.

– Así no hacemos nada -dijo con impaciencia.

– ¿A qué te refieres?

– Estamos evitando el tema de los hijos como si fuera algo prohibido. Y yo tengo la culpa. No es que no quiera hablar de ello. Todo lo contrario. Pero no sé qué decir, cómo empezar…

– No debes culparte de nada. Te sientes incómoda conmigo…

– No, en absoluto. Llevamos meses trabajando juntos, por el amor de Dios. Hasta hemos discutido como viejos amigos. Jamás hemos tenido dificultades para entendernos.

Pero ahora existía una diferencia, pensó Mitch, y era que Nicole lo veía como un amante y no como un empleado.

Retiró la silla y sugirió:

– ¿Qué tal si intentamos charlar dando un paseo por la playa?

Los ojos de Nicole se iluminaron de inmediato.

– Sí. Me sentará bien el aire fresco -no obstante, bajó la mirada y echó un vistazo a su traje de calle.

– Yo fregaré los platos. Así tendrás tiempo para ponerte algo más cómodo y abrigado -dijo él.

– No tienes por qué fregar…

– No es nada, Nik. Adelante, ve a cambiarte.

Ella titubeó, pero luego accedió y desapareció escaleras arriba. Mitch acabó de fregar en un par de minutos y a continuación se paseó por la sala de estar. La noche de la fiesta, el interior de la casa lo había fascinado tanto como el exterior… pero por motivos completamente distintos.

La escalera conducía a los tres dormitorios y los dos aseos del piso superior. En la planta baja, la puerta principal daba directamente a un enorme salón con grandes ventanales con vistas al mar. Además de la cocina, había una sala de estar y un solario orientados hacia el este.

El trazado de la casa era excelente… pero era la decoración lo que desconcertaba a Mitch. Nicole tenía un talento innegable para el diseño de interiores, pero la decoración de su propio hogar era increíblemente horrible. Sin duda había invertido tiempo y dinero en ella, pero el estilo era austeramente minimalista… tonos neutros; alfombra, tapicerías y moquetas marrones; muebles funcionales; en definitiva, una ausencia absoluta de color y de creatividad. Algo que no iba con el carácter de Nik. La sala de estar le hizo pensar en un alma atrapada. Inquieto, Mitch revolvió las monedas que llevaba en el bolsillo, pensando en que, de no haber visto el otro lado de Nicole, no tendría el problema de estar enamorado como un tonto de ella.

Pero lo había visto. Volvieron los recuerdos de otra habitación de la casa… la única habitación donde Nik no había anulado cada ápice de su personalidad. Su dormitorio. Lo recordaba perfectamente. La gruesa moqueta rosada. La cama de estilo antiguo. La lámpara con perlas de cristal. Todo a base de ricas texturas y colores sensuales. Pero no fue la decoración del dormitorio lo que le robó el corazón la noche de la fiesta. Fue la Bella Durmiente que se despertó entre sus brazos, cobrando vida de repente…

Mitch oyó un ruido de pisadas. Se dio media vuelta y vio a Nicole bajando las escaleras, vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey negro muy ancho y suelto.

– Que me aspen -murmuró-. ¿Quién hubiera imaginado que tienes prendas sin cuello? Estoy impresionado.

– Nada de bromas. Es un jersey sagrado para mí -dijo ella con desenfado.

– Comprendo. Yo tengo una camiseta sagrada de cuando jugaba al baloncesto en la universidad. Cuando mi padre enfermó, hace unos años, me presenté en el hospital con la camiseta. Mi madre se enfadó mucho, pero a mí no me importó. Deseaba darle suerte a mi padre.

Una sonrisa asomó a los ojos de Nicole, pero enseguida ladeó la cabeza.

– ¿Cómo está tu padre ahora?

– Sano como un caballo. ¿Preparada para salir?

– Sí, pero… no estoy segura de que sea una buena idea. Aún llevas los zapatos del trabajo. Temo que se estropeen en la playa. Y hace fresco… Podría dejarte una chaqueta, pero no creo que ninguna de las mías te quede bien.

Mitch pensó que sería una tarea ardua enseñarle a ser un poco egoísta. Como de costumbre, y a pesar de las circunstancias, Nicole sólo se preocupaba por él, y no por sí misma.

– Estos zapatos ya han visto arena otras veces. Y tengo una chaqueta de lana en el coche. La recogeré cuando salgamos.

– Muy bien. Entonces, vamos.

Fuera, el cielo se había oscurecido hasta adquirir un aterciopelado tono azul oscuro. La emergente luna les iluminó los pasos. Mitch recogió la chaqueta de lana y se la abrochó hasta el cuello, sintiendo en los pulmones el vigorizante aire salado. La espuma de las olas lamía la arena, dejando tras de sí una estela como de nieve. En la oscuridad, entre las escarpadas rocas y los grandes riscos que sobresalían del agua, ambos parecían los juguetes de un gigante.

Mitch se ajustó al paso de Nicole, ligero por naturaleza. Pasearon en silencio durante un rato, saboreando la magia del mar, de la noche, del aire fresco. Mientras caminaba al lado de Nicole, Mitch apreció su pequeña estatura, consciente de cómo los ceñidos vaqueros mostraban la forma de sus esbeltas piernas; consciente de las miradas furtivas que ella le lanzaba de tanto en tanto.

– Antes vivía en Seattle -dijo al fin.

– Lo sé. Recuerdo el dato de tu currículo. Trabajabas como arquitecto en una firma llamada Strickland's.

– Sí, trabajaba allí como arquitecto. Lo que no mencioné en mi currículo es que la empresa era mía.

Nicole ladeó el rostro y enarcó las cejas inquisitivamente.

– ¿Por qué no lo dijiste?

– Cuando empecé a buscar trabajo, recibí una serie de negativas. Sobre el papel, estaba sobrevalorado y cualificado en exceso. No conseguía que nadie creyera que realmente me interesara en el trabajo que se ofrecía.

– Debe de haber algo más en toda esa historia -instó ella.

– Sí, lo hay -Mitch agarró una piedra lisa y la lanzó al agua. Dio tres saltos antes de hundirse. Había perdido práctica-. Provengo de una larga familia de triunfadores. Mi padre, mi madre y mis dos hermanos lograron abrirse un exitoso hueco en el mundo de los negocios. Mi padre solía decir que yo tenía un talento especial para convertir un centavo en un dólar… y que por eso estaba orgulloso de mí. Empecé a invertir en acciones cuando tenía catorce años, y a los veinticuatro ya poseía la mayor parte de Strickland's. Naturalmente, la empresa pasaba por un momento más bien bajo, y cualquiera podría haberla adquirido con facilidad. Era tan joven y tan tonto que no sabía en lo que me estaba metiendo. En fin, cuando la vendí, hace dos años, Strickland's había pasado de ser una empresa con unos cuantos empleados a una compañía fuerte con una plantilla de más de sesenta miembros. Y ganábamos dinero a manos llenas.

– ¿Y ése era el problema? -inquirió ella irónicamente.

– Para mí, sí. No podía soportar la tensión. El estrés. Dormía cuatro horas cada noche. Tenía una úlcera que se negaba a sanar. Perdí a una mujer que realmente me interesaba porque descuidé nuestra relación de pareja. Y lo peor era que, siendo arquitecto, sólo me dedicaba a la gestión del negocio. Quizá tenía talento para las finanzas, sí, pero ésa no era la cuestión. Lo odiaba. Estudié arquitectura porque mi sueño era construir, crear. No me gusta el papeleo. Sin embargo, el negocio iba tan bien que me resultaba difícil cortar con todo. Estaba dejando que las expectativas de mi familia gobernaran mi vida, fingiendo ser algo que no era.

Por un instante, los ojos de ella emitieron un brillo de curiosidad.

– Sí, sé lo que es eso… tratar de satisfacer las expectativas de la familia. En fin, dices que vendiste el negocio…

– Sí. Y, por un tiempo, nada pareció salirme bien. Compré una casa aquí, adquirí un barco, practiqué la pesca y el montañismo. No puedo decir que necesitara ese descanso. Pero sí necesitaba tiempo para estar seguro de mí mismo, para pensar en lo que quería hacer. Y cuando creí tener ordenadas mis ideas, envié unos cuantos currículos… y entré a trabajar contigo.

Nicole titubeó.

– Es increíble que no intuyera algo de tu pasado antes. Tú y yo hemos chocado en el trabajo a menudo. Ahora todo tiene sentido. Estás acostumbrado a mandar. A tomar decisiones rápidas para solventar los problemas. Y siempre que lo haces mejor que yo, mi orgullo se resiente.

– Si crees que nuestros choques han formado parte de una lucha por el poder, olvídalo. No quiero tu puesto, Nik. Nunca lo he querido. Personalmente, opino que la tensión que existe entre nosotros tiene un origen muy distinto.

– ¿Cuál?

Mitch pensaba que la química existente entre ambos causaba una fricción sexual suficiente como para arrasar un bosque entero. Pero, de momento, no creía que Nicole estuviese preparada para oír aquello.

– Podemos hablar sobre ello en otra ocasión. Sólo te he hablado de mi pasado para estimular tu memoria. Porque no te he dicho nada de mí que no sepas ya.

Ella se detuvo en seco, con expresión confusa.

– No, no sabía…

– Sí que lo sabías. Hablamos sobre ello la noche de la fiesta -tal vez, hasta ese momento, Mitch no había creído realmente que no recordara nada. Pero vio cómo tragaba saliva, cómo sus ojos le penetraban ansiosamente el rostro. Lentamente, siguió diciendo-: Los demás se fueron poco después de media noche. Tú y yo nos quedamos un rato charlando. Me contaste muchos detalles personales de tu vida…

– Oh, Dios mío. ¿Qué te dije?

– Nada que deba preocuparte. Sólo intento explicar cómo transcurrió la noche. Bebí mucho champán. Igual que tú. No planeé acabar metido en tu cama, Nik… Diablos, hubiera llevado preservativos de haber atisbado la menor posibilidad de que eso sucediera. Simplemente, empezamos a hablar. Y tú nunca habías hablado realmente conmigo hasta entonces. Sí, estábamos bebidos, pero creo, sinceramente, que no hasta ese punto. Tal como yo lo interpreté, ambos tomamos la decisión en nuestro sano juicio.

Nicole agarró nerviosamente una piedra lisa y la lanzó al agua, como él hizo minutos antes. La suya rebotó seis veces, aunque ella no se detuvo a contemplarla. Volvía a mirar a Mitch a la cara.

– Mitch, jamás se me ha pasado por la cabeza culparte de nada. Ya suponía que todo fue culpa mía.

Un hondo sentimiento de frustración clavó sus garras en Mitch. Deseaba hacerla comprender que no había intentado aprovecharse de una mujer vulnerable con dos copas de más. Pero no había sido su intención hacerla cargar con la culpa de lo ocurrido.

– Nicole, escúchame. Quítate esa idea de la cabeza. Nadie tuvo la culpa de nada. Fue una noche inolvidable. Estuviste… increíble. Cálida, generosa, desinhibida. Salvaje. Me volviste loco. El champán no tuvo nada que ver.

Capítulo Tres

Por suerte, en la oscuridad Mitch no veía el rubor que inflamaba sus mejillas, pero en aquel instante Nicole no podía haber respondido aunque su vida hubiese dependido de ello. ¿Salvaje? Seguramente la habría confundido con otra mujer. ¿Cálida, desinhibida, increíble? Ignoraba a quién estaba describiendo, pero no podía tratarse de ella.

Se abrazó a sí misma con fuerza. Durante años, su vida había transcurrido por un sendero firme e inequívoco. Incluso había decorado su casa para expresar la clase de mujer que era… correcta, austera, formal. A pesar del champán, no podía imaginar que hubiese tirado por la borda su autocontrol para convertirse en la gatita apasionada que describía Mitch.

Ella no era apasionada.

Ni siquiera emocional. En ocasiones, había llegado a creer que se estaba convirtiendo en una aburrida mojigata… pero eso era preferible a ir por la vida cometiendo los desastrosos errores de antaño.

La marea fue subiendo y la espuma de las olas le acarició los pies, calándole las zapatillas. El agua estaba helada, pero Nicole no se movió, deseosa de que el frío penetrante aclarase su mente y le ayudara a recordar lo sucedido, aquella noche. Pero no fue así. La fiesta era una tabla rasa en su memoria… excepción hecha de las partes relatadas por Mitch.

Lo miró furtivamente y enseguida retiró la mirada. Era horrible. De repente, no podía mirarlo sin pensar en el sexo. Jamás había pensado en Mitch de ese modo, no porque fuese empleado suyo, sino porque no era su tipo. Solían gustarle los hombres morenos y corpulentos. Mitch era rubio, altísimo y delgado.

Ahora, sin embargo, empezaba a darse cuenta de la auténtica envergadura de sus hombros. Y su estatura de jugador de baloncesto le evocaba la energía y el ritmo de un atleta. Bien pensado, nunca la había mirado con aquellos ojos azules como el cielo de forma inocua o amistosa. Aquella expresión sensualmente tensa siempre había estado ahí. Cerca de Mitch, Nicole jamás había olvidado ni por un instante que era una mujer. De pronto, lo hubiera dado todo por recordar aunque fueran fragmentos de la noche de la fiesta.

– Mitch -dijo al fin-, si todo ocurrió tal como lo cuentas, ¿por qué no me has dicho nada hasta ahora?

– Quise hacerlo, créeme. Pero todo se complicó. Para empezar, me fui de la casa por la mañana, mientras aún dormías. No deseaba dejarte, pero me habías dicho que a primera hora llegaba el servicio de limpieza. Y pensé que no te gustaría tener a un hombre en la casa mientras las limpiadoras entraban y salían.

– No me hubiera gustado -reconoció ella.

– Te llamé más tarde, ese mismo día. Pero empezaste a hablarme de negocios… como si deliberadamente hubieras querido obviar lo sucedido unas horas antes.

– No quise obviar nada. ¡Te lo juro! Simplemente, no me acordaba.

Mitch asintió.

– Ahora lo sé. Pero, en aquel entonces, esa posibilidad ni siquiera se me ocurrió. Supuse que preferías darlo todo por olvidado. Te cerraste a mí por completo, y traté de explicarme por qué. Sabía perfectamente que no deseabas involucrarte con las personas que trabajaban para ti… Al final, llegué a la conclusión de que lo sucedido aquella noche te había disgustado tanto, que necesitabas tiempo para reflexionar sobre ello. Así que yo también guardé silencio. Y esperé… No quería presionarte o empujarte a hacer algo para lo que no estuvieras preparada. Pero…

– ¿Pero? -repitió Nicole al ver que él no concluía la frase.

Mitch se detuvo. El resplandor de la luna teñía su cabello de plata. Las angulosas facciones de su rostro parecían talladas en piedra. Sólo sus ojos parecían líquidos, y miraban a Nicole con la intensidad de una caricia.

– Pero creí que tú también lo sabías, Nik. Lo increíblemente maravillosa que fue aquella noche. La química que surgió entre ambos. Para serte sincero, ni siquiera pensé en el riesgo de que quedaras embarazada. Nunca esperé que una pasión semejante pudiera estallar entre nosotros.

Nicole se notó la garganta seca. Otra vez volvía a surgir el asunto del sexo. Y no de un sexo normal, sino de un sexo increíble. Creía firmemente en las palabras de Mitch. Confiaba en su integridad. Y, a decir verdad, podía imaginarlo generando un estallido de pasión como amante. Pero nunca le había ocurrido algo ni remotamente parecido a lo que él describía.

Quizá hubiera escogido el celibato en los últimos años, pero no era virgen. Sus primeros escarceos sexuales, sin embargo, databan de su época de adolescente temeraria y rebelde. Siempre quiso explorar los placeres del sexo con el hombre adecuado, pero tenía muchos errores que expiar y enmendar, de modo que se concentró en otros aspectos de su nueva vida. Había encerrado su libido en una suerte de trastero mental.

O eso había creído.

– ¿Te sientes incómoda hablando de esto? -inquirió Mitch.

– Que me sienta incómoda o no es lo de menos. Necesitaba saber la verdad -pero ahora apenas podía mirarlo sin sentirse invadida por un calor casi sofocante.

– Sí, estoy de acuerdo. Conocer lo sucedido es indispensable para que decidas lo que deseas hacer. Y hemos venido a hablar de eso, ¿verdad?

– ¿De sexo? -maldición. La palabra escapó de sus labios porque, sin duda, ocupaba un lugar destacado en su mente.

Pero Mitch se limitó a responder con una sonrisa lenta y provocativa.

– Eh, siempre estoy dispuesto a hablar de sexo… pero creía que deseabas hablar de los hijos.

– Naturalmente que deseo hablar de los hijos -se apresuró a asegurar Nicole-. El niño es lo único que ocupa mi mente.

– Vamos; no empieces a ponerte nerviosa…

– No estoy nerviosa -negó ella de inmediato…

Pero, en realidad, lo estaba. No dejaba de pensar en las sensuales imágenes que aquel maldito hombre había impreso en su cerebro.

– De acuerdo, no estás nerviosa -dijo él cortésmente-. Pero antes de que recorras otro kilómetro de playa a ese ritmo… ¿no crees que nos hemos alejado ya bastante? Y has tenido un día agotador. ¿Volvemos?

Nicole se giró rápidamente. De no habérselo sugerido con semejante caballerosidad, le habría propinado una bofetada. No había ni un ápice de sarcasmo en el tono de Mitch, pero por eso exactamente se sentía tentada de golpearle. Podía mostrarse cínico y corrosivo con otra gente. Con ella, sin embargo, utilizaba aquel tono de voz bajo, ronco, sensual. La ponía furiosa.

– Iba a sugerir que diésemos media vuelta.

– Seguro que sí -convino él-. Aunque no hemos hablado de lo que deseamos hacer. Tengo unas ideas con respecto a los hijos que deberías conocer.

– ¿Qué ideas?

– En primer lugar, la más tradicional que toda pareja ha puesto siempre en práctica cuando surge un embarazo inesperado. El matrimonio.

Por primera vez en lo que iba de día, Nicole se relajó. Una risita ascendió por su garganta y escapó en forma de carcajada. La situación no tenía nada de divertida. Pero se había mantenido en un estado de nervios tan tenso, que el chiste le produjo un gran alivio emocional.

– Gracias, Sir Galahad. Es usted muy dulce.

– ¿Nik? No pretendía ser «dulce». Era una sugerencia seria.

Las carcajadas de Nicole se extinguieron, pero no su sonrisa.

– Vamos, sé que no puedes hablar en serio. No vivimos en la Edad Media. Ya nadie tiene que casarse por obligación. Las mujeres pueden criar solas a sus hijos.

– Así que… ¿estás completamente decidida a tenerlo? -inquirió Mitch rápidamente-. Sí, ya sé lo que dijiste antes. Pero fue a los pocos minutos de descubrir que estabas en estado.

Nicole se puso seria al instante.

– ¿Me preguntas si he cambiado de opinión? ¿Si estoy pensando en abortar?

– Eso exactamente.

Ella se guardó las manos en los bolsillos traseros de los téjanos.

– Si tuviera dieciséis años, o estuviera enferma, o supiera que el niño tiene problemas… no sé qué haría-dijo con total sinceridad-. Pero mis circunstancias no son ésas. Quizá no esperase un embarazo en estos momentos, pero siempre he querido tener hijos. Estoy sana y tengo una edad ideal para ser madre. Puedo criarlo sin problemas. Y sí… lo deseo. Aunque aún no he tenido tiempo para pensar cómo voy a arreglármelas.

– De acuerdo -Mitch exhaló un suspiro de alivio-. Pero tendrás que simultanear el trabajo y el embarazo. Y, más tarde, el trabajo y la crianza de un hijo.

– Lo sé…

– Y yo ocupo un lugar en todo esto, Nik. No sólo porque desee ser padre, sino también porque conozco el negocio. No hay nadie más capacitado que yo para ayudarte.

Nicole permaneció callada. Aquello era innegablemente cierto.

– También me preocupa cómo puede afectar todo esto a tu empresa y tu trabajo -prosiguió él-. Como bien has dicho, una mujer puede criar sola a su hijo en la actualidad. Pero eso es en teoría, y la vida no suele ser tan bonita en la práctica. La gente rumoreará acerca de cómo te quedaste embarazada si no tienes a un hombre a tu lado. A la mayoría no le importará. Pero tienes algunos clientes muy conservadores. Y has trabajado mucho para labrarte una reputación intachable.

– Te comprendo. Pero no temo que hablen de mí…

– Seguro que no, Nik. A mí tampoco me importa lo que digan los demás. Pero con un anillo de matrimonio te evitarías todos esos escollos.

Nicole se pasó una mano por el cabello. Así exactamente era Mitch en el trabajo. Cuando la plantilla empezaba a discutir, él rara vez alzaba la voz. Siempre tranquilo, práctico, sensato. Podía hacer creer a una mujer que un matrimonio entre desconocidos era perfectamente lógico.

– Y el niño tendría apellido. Gracias a Dios, la gente ya no suele ponerle a nadie la etiqueta de «bastardo», pero sigo creyendo que el apellido sí importa.

Ella tragó saliva.

– Todos los problemas que citas son reales, pero no puedo creer que hables en serio. ¡No podemos casarnos, Landers! Es una locura. ¡Si ni siquiera nos conocemos!

– Me conoces desde hace meses.

– No verdaderamente. Por el amor de Dios, ni siquiera podemos asistir a una reunión de la plantilla sin discutir la mayoría de las veces.

– ¿No se te ha ocurrido que quizá la fricción que hay entre nosotros tiene una causa… interesante?

Nicole se detuvo en seco.

– ¿Qué insinúas? ¿Que la causa de esa fricción es la química sexual?

– Eso mismo. En principio, pensé que se debía a un simple choque de personalidades… Pero la noche de la fiesta vi indicios que apuntaban en otra dirección.

– Con química o sin ella, no puedes hablar en serio, Mitch. No estoy en apuros. Ni tú. Aparte de que no tengamos la obligación de casarnos, no me hago ni de lejos a la idea de que quieras dejarte atrapar por mí.

– ¿No?

– No -espetó Nicole-. Somos muy distintos. ¿Crees que no sé que toda la plantilla me considera una remilgada? No es posible que quieras casarte conmigo. Nos volveríamos locos mutuamente en un par de días… si duráramos juntos tanto tiempo.

– Coincido en que no tenemos la obligación de casarnos. Y tienes razón, Nik, quizá nuestra vida en común fuese una pesadilla -dijo Mitch irónicamente-. Pero eso no lo sabemos… porque nunca hemos intentado pasar tiempo juntos. En privado.

– Es cierto, pero…

Mitch no la dejó terminar.

– Mira, no pretendo convencerte de nada. Pero creo que tenemos poderosas razones para intentarlo. Ese niño es una realidad y forma parte de nuestras vidas. No deseo echar la vista atrás en el futuro y lamentarme de no haber hecho al menos la prueba.

Llegaron a las escaleras de la casa. La luna era un globo de blancura fantasmagórica que se reflejaba en las olas del mar. Su luz plateada iluminaba todo lo que Nicole necesitaba ver… salvo a Mitch.

Cuando se giró para mirarlo, estaba de espaldas al mar, con el rostro oculto por las sombras. En ese instante, le pareció muy cercano. Podía sentir la intensidad de su mirada y, aunque no distinguiera su expresión, el pulso se le aceleró repentinamente.

– No sé, Mitch. Necesito tiempo para pensarlo. No me opongo a que pasemos tiempo juntos. De hecho, es conveniente y necesario. Me gustaría pensar que podemos hablarnos con absoluta franqueza, llegar a entendernos. Pero la idea del matrimonio…

– ¿Te parece exagerada?

Ella asintió.

– Sí.

Él se rascó el mentón.

– ¿Demasiado anticuada? ¿Demasiado inviable? ¿Demasiado… cursi?

– Sí.

– De modo que quieres olvidar el asunto del matrimonio. Al menos, por ahora.

– Sí.

– De acuerdo. Pero que sepas que eres libre de sacarlo de nuevo a colación si cambias de parecer.

– Muy bien. No lo haré, pero gracias -dado que la conversación parecía zanjada, Nicole dio un paso hacia las escaleras… pero Mitch le agarró de repente la muñeca.

Ella ladeó la cabeza, suponiendo que quería decirle algo más. Con suavidad, él le soltó la mano. Tierna, cuidadosamente, alzó las suyas para enmarcar el rostro de Nicole, cuyo cerebro la previno de que deseaba besarla. No podía creerlo. Pero no se resistió.

Notó cómo los dedos de Mitch se introducían entre las hebras de su cabello con la suavidad de una pluma. Su boca sabía cálida, dulce, evocadoramente sugestiva. Su piel tenía la fragancia del aire salado, mezclada con un aroma limpio y masculino.

Nicole notó un agradable hormigueo, una sensación cada vez más intensa… Mitch la afectaba de un modo extraño. No había otra explicación. Pero cuando alzó las manos para alejarlo de sí, sus dedos acabaron deslizándose por su cintura. Abrió la boca para anunciar que estaban cometiendo una tontería, y de pronto sintió la lengua de él entre sus labios, avanzando, moviéndose, enredándose con la suya.

Las estrellas empezaron a dar vueltas. Como si de pronto se hubieran introducido en un sueño, Nicole empezó a devolverle el beso, a besarlo como jamás pensó que pudiera besar a nadie, como si necesitara besar para seguir viviendo. Nada de aquello tenía sentido. Nada. Llevaba asustada todo el día. Cualquiera podía vivir un momento de locura cuando su mundo se había visto vuelto del revés. Lo único que debía hacer era dominarse.

Salvo que ya no se sentía asustada, ni deseaba dominarle. Ningún hombre le había hecho sentir aquella magia. Pero el calor que ascendía por sus senos y por su vientre la hacía sentirse viva, como si llevara dormida toda la vida hasta entonces. Como si los besos de aquel hombre la hubieran despertado.

Era perfectamente consciente de que había perdido el juicio. Pero saberlo no impidió que la sangre se le subiera a la cabeza.

Era demasiado grande. Demasiado alto. Tenía que agacharse incómodamente para besarla, pero ella no parecía ser receptiva a los problemas de Mitch. Bastante tenía con los suyos propios. Los muslos de él la rodearon, amándola, excitándola. Sus manos grandes y suaves le acariciaban el cabello, mimándola, venerándola. Los besos se sucedieron uno tras otro, cada cual más estremecedor y placentero que el anterior, transmitiéndole la sensación de que, por primera vez en su vida, estaba a salvo. Y, al mismo tiempo, expuesta a un exquisito y delicioso peligro.

Súbitamente, la luna se tornó tan cálida y brillante que Nicole tuvo que cerrar los ojos. El océano azotaba la playa. Sentía cómo la tensión iba creciendo en el cuerpo de Mitch, cómo sus músculos ardían allí donde ella lo acariciaba, y siguió correspondiendo a sus besos.

Pasó un minuto.

Y luego otro.

Lentamente, él levantó la cabeza, interrumpiendo el beso. Tenía la boca tan húmeda como la de Nicole, el aliento ronco y entrecortado. El deseo oscurecía sus ojos, y en su rostro aparecía esculpida una expresión tan dura y osada, que Nicole tuvo la impresión de haber visto al verdadero Mitch por primera vez. La yema de su dedo le recorrió suavemente la línea de la mandíbula.

– Sí -murmuró él-. Es tal como lo recordaba.

Nicole cerró de golpe el cajón del escritorio. Un cliente debía reunirse con ella a las nueve… y ya llevaba un retraso de cinco minutos. El señor Shaw deseaba construir un nuevo edificio de oficinas para albergar su próspera compañía de seguros. Nicole y la plantilla se habían pasado días enteros concibiendo ideas y propuestas atractivas.

Pero, en los últimos tres minutos, parecía haber perdido toda la concentración. Para colmo, tenía el estómago revuelto desde que se levantó aquella mañana. Era culpa de Mitch. La había trastornado tanto la noche anterior, que no había podido pegar ojo.

Wilma apareció por la puerta con una ceñida falda color púrpura.

– El señor Shaw acaba de llegar. Mitch y Rafe lo están atendiendo, así que no hay prisa. ¿Te ayudo en algo?

– No es necesario -repuso Nicole.

– ¿Quieres un café?

Nicole notó que el estómago se le subía a la garganta y se negaba a bajar.

– No, gracias. ¿Hay galletas de soda por ahí?

– No, pero queda pizza de ayer…

– Cielos, no.

Wilma se acercó a ella.

– ¿Te encuentras mal? Si quieres, le digo a Mitch que se ocupe del señor Shaw…

– No le digas nada a Mitch. Me encuentro perfectamente -Nicole esbozó una sonrisa convincente para demostrarlo. En cuanto Wilma se hubo perdido de vista, se puso en el suelo a cuatro patas para buscar un bolígrafo que se le había caído.

– ¿Nicole?

Al oír la voz de Rafe, Nicole levantó bruscamente la cabeza… y se dio un golpe con el filo de la mesa. Una explosión de dolor le recorrió el cráneo.

– Estoy aquí. Se me ha caído un bolígrafo -canturreó en tono alegre. Y se incorporó-. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Ha llegado el señor Shaw. No hace falta que te des prisa. Le hemos ofrecido un café. Pero quería asegurarme de que tienes el bosquejo que te pasé ayer.

– Claro que sí -Nicole intentó dar un paso, lo que fue un craso error. La cabeza le dio una punzada, el estómago un vuelco, y las rodillas amenazaron con fallarle-. Me reuniré con vosotros dentro un par de minutos, ¿de acuerdo?

– Muy bien -Rafe titubeó-. Eh, Nicole, ¿te encuentras bien?

– Pues claro que sí. Mejor que nunca -esbozó la misma sonrisa radiante que había exhibido ante Wilma. Al salir Rafe, se hundió de nuevo en la silla.

De acuerdo, la mañana no había empezado bien. Sólo necesitaba hacer acopio de su fuerza de voluntad. No iba a vomitar. El dolor palpitante que le taladraba las sienes cesaría. Todo saldría a la perfección. Era cuestión de imponer la mente sobre la materia. En pocos minutos vería a Mitch cara a cara. Y zanjaría el acuerdo con el señor Shaw. Y saldría airosa de ambas situaciones.

Alzando el mentón deliberadamente, caminó a grandes zanjadas hasta la sala donde se celebraba la reunión, con su sonrisa más confiada y radiante en el rostro. Le bastó una sola mirada para comprobar que el equipo estaba haciendo un buen trabajo. El sol entraba por las ventanas, iluminando las tazas de café recién hecho, la maqueta del edificio del señor Shaw situada sobre la mesa, y al propio señor Shaw riéndose entre Rafe y Mitch. Aquellos dos tenían un talento innato para lograr que un cliente se sintiera cómodo.

Naturalmente, Nicole se centró en el señor Shaw. Hubiera sido inapropiado que mirase a Mitch… aunque, de algún modo, absorbió su imagen con todo detalle de un solo vistazo. Sus largas piernas estaban hechas para llevar téjanos, no pantalones formales, pero aquel traje le confería un atractivo aspecto de autoridad. La corbata era atroz, pero tenía el cabello rubio peinado hacia atrás. Sus anchos hombros tapaban el sol, y sus ojos… Sus ojos evocaban el insondable cielo de la medianoche. Y su boca le hacía pensar en las estrellas…

Nicole titubeó por un instante. La molesta sensación de mareo se negaba a remitir. Pero todos los presentes se pusieron en pie en cuanto la vieron entrar. Luciendo una sonrisa de determinación, extendió automáticamente una mano para saludar al señor Shaw.

– Celebro mucho verle, señor Shaw. Todos esperábamos con ansiedad esta reunión…

De repente, todos los miembros de la plantilla se quedaron petrificados, sin ningún motivo aparente. Mitch rodeó la mesa y se acercó rápidamente a ella.

Dios santo, se dijo Nicole, no era posible que fuera a besarla.

Y semejante ráfaga de locura dio paso a una segunda. No podía asegurar que no deseara un beso de Mitch, pese a las circunstancias…

Capítulo Cuatro

– Nicole, cariño… estás sangrando -Mitch podía haberse propinado a sí mismo un puntapié por utilizar la palabra «cariño», pues sabía que aquel trato cariñoso irritaría a Nicole. Pero, al menos, pudo mantener un tono de voz calmado. Cuando la vio entrar, casi le dio un infarto al darse cuenta de que el extraño líquido que impregnaba su cabello era sangre.

– ¿Cómo? No estoy…

Mitch comprendió que lo mirara con rabia. Nik detestaba ser el foco de atención, sobre todo en una reunión de negocios. No obstante, se llevó la mano a la cabeza y se sobresaltó al ver el líquido rojo que le goteaba de los dedos.

Mitch le echó el brazo por los hombros con firmeza, pero tardó unos segundos en sacarla de la habitación. Shaw había saltado de la silla igual que Rafe y Johnny, percatándose de que Nicole tenía una especie de herida. Mitch llevaba años tratando de reprimir la molesta capacidad de liderazgo que latía en sus genes, pero, qué demonios, había circunstancias en las que uno no tenía más remedio que tomar el mando.

– Estoy seguro de que no es grave. Pero más vale que la lleve a su despacho para echarle un vistazo en profundidad. Rafe, encárgate de la exposición, ¿quieres? Señor Shaw, le aseguro que queda en buenas manos con John y Rafe…

Mientras recorrían el pasillo, Nicole se acurrucó en su costado, lo cual le pareció preocupante.

– ¿Estás muy mareada? ¿Crees que vas a desmayarte? -inquirió él bruscamente.

– Nunca me he desmayado y no voy a empezar ahora. Es sólo que…

– ¿Qué?

El tono de Nicole era apagado, confundido.

– Lo veo todo verde.

– Aja -Mitch trató de sentarla en la silla, pero ella lo apartó de sí rápidamente.

– No quiero manchar de sangre la tapicería.

Mujeres.

Mitch retiró de golpe la silla de la mesa y sentó en ella a Nicole con un suave empujón. Luego, con mucho cuidado, le colocó la cabeza entre las rodillas.

– ¿Son muy fuertes las náuseas?

– No voy a vomitar. Se me pasará. No quiero perderme la reunión. Sólo preciso un minuto para… ¡ay!

Mitch ni siquiera había llegado a tocarle el chichón que tenía en la cabeza. Tan sólo intentaba apartarle el cabello para ver mejor la herida.

– ¿Cómo demonios te lo has hecho?

– Me golpeé con el filo de la mesa. Me agaché para recoger un bolígrafo. No fue nada. Estoy bien.

Hacía años que Mitch asistió a un cursillo de primeros auxilios, pero aún recordaba lo básico. Las heridas en la cabeza solían sangrar abundantemente. Enseguida detectó el corte y la hinchazón.

– Muy bien, traeré una toalla húmeda del cuarto de baño… Quédate aquí. No te muevas ni levantes la cabeza.

Wilma entró de repente.

– ¿Qué le pasa? ¿Se pondrá bien?

– No tienes por qué hablar como si yo estuviera ausente -protestó Nicole irritada-. Estoy bi…

Mitch la interrumpió.

– ¿Puedes preparar algo de té, Wilma? Con una cucharada de azúcar. Y mira por ahí a ver si encuentras una manta.

– Enseguida, Largo -respondió Wilma con prontitud-. Y la reunión va muy bien, así que dile que no se preocupe.

– ¡Eh, que estoy aquí! No necesito tantos cuidados…

– Cállate, Nik -en el cuarto de baño, Mitch abrió los grifos, dejó el agua fluir hasta que se hubo refrescado, empapó una toalla azul y, por último, la torció-. No quiero hacerte daño, pero habrá que limpiar la herida. Es un buen corte, aunque no sé si tendrán que darte puntos.

– ¡Pues claro que no tendrán que darme puntos! -protestó Nicole. De pronto, guardó silencio-. Landers, ¿acabas de decirme que me calle?

– Aja. Y parece que, durante unos segundos, ha funcionado. Dentro de un minuto, te pediré que cuentes el número de dedos que ves en mi mano. ¿Entendido?

Más silencio. Cuando Nicole volvió a hablar, su voz había perdido todo rastro de testarudez, y era increíblemente tenue.

– Mitch… No quiero ser un incordio, de veras. Sólo me avergüenzo de estar causando tantas molestias.

– Vamos, vamos, no tienes por qué avergonzarte. Aquí sólo estamos tú y yo -a medida que limpiaba la herida, Mitch fue comprobando que el corte no era tan grave. No obstante, verla en un estado tan frágil lo abatía sobremanera.

Nik siempre se había negado a pedir ayuda a los demás. Nunca se quejaba de nada y solía mostrarse comprensiva con cualquier miembro de la plantilla que cometiese un error… salvo consigo misma. Mitch adoraba su indómita fortaleza de espíritu. Y realmente detestaba oír aquella nota frágil y suave en su tono de voz.

Una vez que hubo terminado de limpiar la herida, rodeó la silla y se acuclilló delante de Nicole. Sólo deseaba echar un vistazo a su semblante. Pero ella lo miró directamente a los ojos, y el beso que compartieron la noche anterior se materializó entre ambos con la fuerza de una descarga eléctrica.

– Me temo que te he deshecho por completo el peinado -dijo él con desenfado-. Y quedará aún peor cuando te aplique el antiséptico. Pero, al menos, creo que sobrevivirás.

En ese momento entró Wilma con una taza de té caliente.

– Le he puesto mucha azúcar. ¿Se encuentra mejor, Largo?

– Eh -terció Nicole.

Mitch siguió mirándole la cara, los ojos, la boca. Pero, al mismo tiempo, se las arregló para responder a Wilma.

– Imagino que se siente hecha polvo, por mucho que lo niegue. ¿Qué tiene en la agenda para el resto de la jornada?

– Basta ya, los dos. Y lo digo en serio -protestó nuevamente Nicole.

– Nada. La reunión con el señor Shaw era el plato fuerte del día, así que todo lo demás se aparcó. ¿Estás pensando en llevarla a casa?

– No, no está pensando en llevarme a casa -le informó Nicole.

Los ojos de Mitch seguían sin abandonar su rostro.

– Sí. En realidad, Wilma, estaba pensando en llevarla a mi casa. Se pondrá hecha una fiera cuando se lo proponga, pero está muy mareada. No conviene dejarla sola. En mi casa no podrá trabajar, así que quizá la convenza para que descanse un rato echada en un sofá.

Wilma sonrió y de inmediato adoptó un tono de complicidad.

– Me parece una idea magnífica, Largo. Todo irá bien, Nicole. Y acabo de echarles una ojeada a los muchachos. El señor Shaw se estaba riendo, de modo que las cosas no podrían ir mejor.

Cuando Wilma se hubo marchado para unirse a la tropa, Mitch colocó la taza de té delante de Nicole. Ella la aferró con ambas manos, pero sus ojos semejaban oscuras saetas.

– Me estoy planteando con mucho entusiasmo la posibilidad de despedirte -dijo en tono sombrío.

– Bah. Podrías despedirme por muchas cosas, pero no por esto. Por si aún no te has dado cuenta, Nik, la plantilla se preocupa por ti. Si te vas sola a casa, ¿no crees que la preocupación les impedirá trabajar?

– Ésa no es la cuestión. Me has manipulado para salirte con la tuya.

– Aja. Pégame un tiro, si quieres. Pero, sinceramente, ¿crees que tomarte el día libre va a matarte? Te encuentras mal. Te duele la cabeza. Tienes el traje manchado de sangre, una carrera en la media y el cabello hecho unos zorros. Y ni siquiera son las diez. Si tengo que sobornarte, de acuerdo. Te alquilaré una película picante.

Nicole no quería sonreír, pero las comisuras de sus labios se arquearon sin poder evitarlo. Empezaba a debilitarse. Al cabo de quince minutos, Mitch le había aplicado un poco de antiséptico, había recogido sus papeles en un maletín e instalado a Nik en el asiento del pasajero de su Miata. Ella seguía protestando obstinadamente, sobre todo por el hecho de que se dirigieran a casa de Mitch en vez de a la suya, pero parecía consciente de sentirse más débil que un gatito. Casi antes de que se pusieran en marcha, sus párpados se cerraron repentinamente.

Durmió durante los veinte minutos del trayecto. Mitch, por su parte, se sentía preocupado. Preocupado por la cuestión del sexo.

Algunas de las cosas que le había contado a Nicole sobre la noche de la fiesta eran ciertas. Habían hablado, sí. Y habían hecho el amor. Hacer el amor con ella había sido una experiencia increíble e imborrable.

Sólo había un pequeño detalle que Mitch se había inventado: en realidad, Nicole no se mostró tan «salvaje» y «desinhibida» como él había afirmado. Alguna experiencia dolorosa le había dejado profundas cicatrices. Mitch siempre lo había presentido. Nik era demasiado hermosa, demasiado vibrante, para negarse a sí misma una vida afectiva a menos que el miedo constituyera un factor predominante. El embarazo le había dado la oportunidad de demostrarle que siempre estaría a su lado, junto a ella. ¿Acaso no era lógico? El futuro de ambos estaba en juego. Al igual que el futuro del niño.

Pero el asunto del sexo seguía inquietándolo. Quizá el hecho de que Nicole hubiera olvidado lo ocurrido aquella noche significaba que él carecía de la habilidad o la pericia necesarias para complacerla sexualmente…

Nicole se removió en el asiento mientras Mitch detenía el coche. Sus somnolientos ojos se entornaron para contemplar el panorama.

– Ésta no es mi casa -protestó.

– Te llevaré a tu casa. Prometido. Pero tendrás que echarte en mi sofá hasta que me convenza de que te encuentras bien.

– En este país hay leyes que condenan el secuestro.

– Aja. Aprovecha y obtén un almuerzo gratis antes de que me detengan. ¿Tienes hambre? ¿Te apetece algo de sopa? ¿Pan tostado?

– Cangrejo.

– Cangrejo -repitió él en tono neutro.

Ella soltó una risita.

– Sólo estaba bromeando, Mitch… No quiero nada, de verdad. Ojalá me hubiera dado cuenta antes de que éstos eran los síntomas de un embarazo. A veces, tengo el estómago tan revuelto que apenas puedo pensar. Y a los pocos minutos me pongo a soñar despierta con patas de cangrejo untadas con mantequilla.

– ¿Eso significa que empiezas a sentirte mejor?

– Lo bastante como para permitirme fisgonear un poco. Diablos, nunca imaginé cómo sería tu casa. ¿La diseñaste tú?

Mitch observó cómo se apeaba del automóvil. Sus movimientos no eran tan firmes como deseaba aparentar, pero, al menos, su curiosidad femenina venció momentáneamente su reluctancia a estar allí.

– Sí, hasta cierto punto. Por suerte, descubrí a tiempo que para un arquitecto es un error ponerse a discutir con una montaña. El contorno de ese risco condicionó en gran medida el diseño. ¿Te gusta?

– ¿Qué es eso? ¿Falsa modestia? Estoy impresionada.

– Es pequeña. Y no tiene vistas al océano, como la tuya -Mitch se sintió bien al sentir a Nicole a su lado. La brisa mecía su falda y le imprimía algo de color en las mejillas. Más abajo, cubriendo la escarpada ladera, había un denso bosque de abetos. Era tan raro encontrar un conjunto virgen de aquellos magníficos gigantes, que Mitch se había enamorado del terreno nada más verlo.

Nicole se dio media vuelta y, protegiéndose los ojos del sol, estudió la casa. Mitch no estaba seguro de que le gustara su diseño futurista. Dos plantas con fachadas de cristal dominaban el panorama, y la estructura sobresalía del precipicio rocoso apoyada en vigas de acero. A excepción del acero y el cristal, Mitch no había utilizado otros materiales que la roca nativa y madera, de tal modo que la casa parecía casi formar parte de la montaña.

Nik bajó la mano.

– No me explicó cómo pudiste construirla.

– No fue sencillo. Pero no habría sido tan divertido de no haber constituido un desafío -Mitch vio que Nicole tiritaba a causa de la fría brisa-. Entremos. Tienes algo de sangre en el traje, Nik, e imagino que querrás cambiarte de ropa. Te dejaré algún jersey…

– No hace falta que… -empezó a decir ella, pero entonces se fijó en la carrera que tenía en la media y en las manchas de sangre, y titubeó-. Está bien. Tengo una pinta desastrosa. Pero no hace falta que me quede tanto tiempo, Mitch…

– Sólo un rato -convino él.

Una vez dentro, Nicole estudió los detalles de la casa con atención. Una chimenea de piedra, en el centro de la estancia, separaba el salón de la cocina. Unas puertas de cristal se abrían a un espacioso balcón con una bañera jacuzzi, cuyo diseño y construcción habían sido, a todas luces, muy complicados.

Nicole la rodeó, con las manos en las caderas.

– Menuda guarida -comentó en tono provocativo.

– Lo hice lo mejor que pude.

Ella continuó paseándose, estudiando las fotografías, acariciando los marcos de rico cuero.

– Tu familia y tú parecéis muy unidos -recorrió con la yema del dedo el marco de una foto donde la madre aparecía flanqueada por sus dos hijos con uniformes de baloncesto.

– Sí, son muy buenas personas. Algo exigentes… y, bien lo sabe Dios, algo cabezotas. Pero siempre nos hemos querido -Mitch casi añadió «y te querrán a ti», pero prefirió callarse-. ¿Te apetece beber algo? ¿Una taza de té?

– Un poco de té me sentará bien, si tienes.

Educada como una duquesa. Muy bien, se dijo Mitch. Tendría que seguir tratándola con sutileza hasta que dejara de sentirse incómoda.

– Siéntete libre de echar un vistazo a la planta de arriba. Y si quieres ese jersey, busca en el segundo cajón de la coqueta de mi cuarto.

En cuanto Nicole hubo desaparecido escaleras arriba, Mitch llamó a varios restaurantes. No tenía en la nevera patas de cangrejo con mantequilla, pero seguramente encontraría alguna marisquería que pudiera servírselas a domicilio.

Al cabo de diez minutos, volvió a oír las suaves pisadas de Nicole, y se giró rápidamente. Era inútil intentar reprimir la sonrisa. Nik estaba deliciosa. Llevaba puesto uno de sus jerseys negros, y unos pantalones enrollados a la altura de los tobillos. De no haberse propuesto portarse bien, hubiera emitido un aullido de lobo. Al menos, ella también sonreía mientras bajaba las escaleras.

– No quería ponérmelos, Mitch, pero me miré en el espejo. Me temo que sigo pareciendo una bruja con ese antiséptico morado en el pelo.

Jamás podría parecer una bruja. Su cabello revuelto y sus pies descalzos, sin embargo, despertaron en Mitch pensamientos supuestamente indebidos.

– El té casi está listo. ¿Qué tal la cabeza?

– Aún me duele un poco, debo reconocerlo.

– ¿Quieres una aspirina?

– Me encantaría tomar una… pero será mejor que lo deje. No le he preguntado al médico qué medicinas pueden sentarle mal al niño. Tienes un estupendo despacho arriba.

En efecto. El despacho contaba con un balcón y una claraboya, y daba cabida tanto al ordenador de Mitch como a sus tableros de dibujo. No obstante, supuso que el comentario sobre el despacho había sido una forma políticamente correcta de no hablar sobre habitaciones más privadas. El aseo de la planta superior estaba alicatado de negro y rojo, y tenía una gruesa moqueta. Y el dormitorio se componía, entre otras cosas, de una enorme cama de matrimonio con dosel, vestida con un mullido cobertor de un rojo sibarita, y una chimenea emplazada en un rincón.

– Has hecho un increíble trabajo de decoración en la casa. Cada habitación tiene algo especial. Y encaja tan bien con la montaña y los árboles que la rodean. Eres realmente bueno, Landers.

– Me gusta que hables así. Continúa.

Ella emitió una risita, y luego ladeó la cabeza.

– ¿Por qué tienes las persianas echadas, habiendo unas vistas tan magníficas?

– Los secuestradores tenemos nuestras propias reglas. En este caso, no quiero que entre el sol. Voy a darte una almohada para que te tumbes en el sofá y luego encenderé el televisor… -Mitch pulsó varios botones del mando a distancia hasta que encontró un programa de entrevistas-. Vaya, creo que ya oigo el silbido de la tetera…

– No serás capaz de dejarme aquí sola viendo ese programa tan horroroso -protestó ella con voz incrédula.

– Tranquila. Enseguida volveré con el té. Por cierto, hay una manta bajo los cojines del sofá. Si te encuentras otra cosa, cierra los ojos y ya está.

– ¿Crees que voy a criticar tu inventiva labor de amo de casa?

– Has dado en el clavo al decir lo de «inventiva» -una vez en la cocina, Mitch sumergió la bolsita de té en el agua hirviendo una docena de veces antes de que ésta se colorase un poco. Y, por supuesto, derramó parte de la taza. Estaba nervioso. No obstante, cuando regresó al salón, vio que Nik se había portado bien y se había acurrucado en el espacioso sofá de piel.

Al verlo entrar, levantó la cabeza rápidamente.

– Mitch, me siento incómoda causándote todas estas molestias…

– ¿Crees que lo hago desinteresadamente? La próxima vez, cuando yo me quede embarazado y me dé un golpe en la cabeza, te exigiré que hagas lo mismo por mí. Así que aprovéchate mientras puedas.

El comentario le arrancó a Nicole una sonrisa.

– Si de verdad quisieras ser amable conmigo, me darías el mando a distancia.

– Buen intento. Pero no hay trato -Mitch acercó una silla y se sentó a su lado. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

– No recuerdo cuándo fue la última vez que me senté a estas horas sin hacer nada.

– Bueno, las persianas están echadas. No creo que el dios de los adictos al trabajo pueda fulminarte con un rayo si no te puede localizar.

– ¿Mitch?

– ¿Si?

– Todos aceptan tus órdenes sin rechistar.

El súbito cambio de tema lo hubiera sorprendido de no estar acostumbrado a Nik.

– Te refieres a la plantilla. A lo de esta mañana.

– Sí -ella giró la cabeza, descansando la mejilla en la almohada. Sus ojos, serios y, suaves, sondeaban los de Mitch-. A los dos segundos de comprender que había un problema, todos contaron con que tomaras el mando. Ya te ven como un jefe.

Él se inclinó hacia delante, con la excusa de colocarle bien la manta.

– Nik, te lo dije ayer y te lo repito ahora. Sólo hay una jefa en la empresa, y ésa eres tú. No quiero tu puesto. Me encanta lo que hago actualmente. No ambiciono nada más. Y sólo tomé el mando esta mañana porque tú no estabas en condiciones.

– No, Mitch, no te estoy criticando. Simplemente, he pensado en lo que me dijiste. Sobre el embarazo y el niño. Y tenías razón. Eres la persona más adecuada para sustituirme cuando sea necesario.

Aquello constituía un inmenso paso adelante, se dijo Mitch.

– Nik… ¿sabes qué?

– ¿Qué?

– Creo que no tienes por qué tomar ninguna decisión en estos momentos. El niño no nacerá mañana. Estás preocupada y deseas hacer lo correcto, lo sé. A mí me ocurre igual. Pero… recuerdo cuando me gradué y empecé a vivir por mi cuenta. Una de las cosas que no sabía hacer era cocinar. Compré estofado precocinado e intenté calentarlo en la barbacoa.

– Vaya por Dios -exclamó ella con humor.

– Sí. La carne se puso tan dura que no la quiso ni el perro de la vecina. Lo que quiero decir es que, en la vida, algunas cosas son como la carne… No tienen por qué ponerse duras si las tratas correctamente. No todos los ratos que pasamos juntos han de constituir una prueba. Creo que podríamos compartir cosas sencillas… dar un paseo en barco, cocinar en la playa, etc. Y las respuestas llegarán solas si colaboramos y mantenemos un talante abierto el uno hacia el otro.

– Pero no creo que sea una buena idea que me quede a dormir aquí, Mitch.

Resultaba difícil estar de acuerdo, pero Mitch no tenía ninguna prisa por ser puesto a prueba en la cama. Sobre él pesaba un auténtico terror a no superar las posibles expectativas de Nik en ese aspecto.

– Muy bien. Nos lo tomaremos todo con mucha calma -convino al fin-. Pero trataremos de pasar más tiempo juntos.

– De acuerdo.

¿De acuerdo? La frente de Mitch se arrugó formando un ceño de alarma. Nicole había permitido que la cuidase. Se había relajado lo bastante como para echar una cabezada en su casa. Y no había discutido acerca de la sugerencia de pasar más tiempo juntos. Mitch casi se planteó llevarla a urgencias. Pero, en vez de eso, la dejó dormir.

Y, cuando se despertara, la sorprendería con un festín de patas de cangrejo.

Capítulo Cinco

El sonido del teléfono sacó a Nicole de un profundo sueño. Sólo sonó una vez antes de que se oyera el ruido amortiguado de fuertes pisadas, y a continuación la voz de Mitch en algún punto de la planta superior.

Nicole colocó los pies en el suelo con movimientos aturdidos y trató de despertarse del todo. Había tenido un sueño muy intenso. Las imágenes aún se cernían en la periferia de su mente. En ellas, Mitch trataba de abrirse camino a través de espinosos arbustos, y por fin la encontraba a ella, la besaba, le susurraba palabras dulces al oído con su voz ronca y profunda.

En fin, hacía tiempo que no fantaseaba en sueños. Y el hecho de que hubiera dormido tan poco en las noches anteriores explicaba que se hubiera quedado tan profundamente dormida. La realidad, sin embargo, le resultaba un poco sorprendente. Por algún motivo, estaba descalza y llevaba un jersey demasiado grande. Además, se hallaba en un espacioso salón con sofás tapizados en piel y una enorme chimenea de piedra.

Por fin recordó. Estaba en casa de Mitch, por supuesto. Con cautela, se palpó la hinchazón de la cabeza. El dolor seguía ahí, pero ya no tenía nada que ver con los tambores que habían resonado en su cráneo horas antes.

En la escalera se oyeron pasos, que enseguida se tornaron una humorística versión masculina del andar de puntillas. Mitch se asomó por la esquina de la chimenea.

– Maldición, ya temía que el sonido del teléfono te despertara. Y la llamada es para ti. De Wilma. Pero si prefieres seguir durmiendo…

– Tranquilo, estoy totalmente despierta -Nicole no podía creer que el reloj de la mesa de caoba diera la hora exacta. ¿Cómo era posible que ya fueran las tres de la tarde? Rápidamente, cruzó la habitación para arrebatarle a Mitch el teléfono de la mano y adoptó de inmediato su acostumbrado aire formal-. No, no, Wilma, ya te dije que llamaras si surgía algo. Desde luego… Está bien…

Dedujo que Mitch había estado trabajando. Conocía los signos reveladores. Si le dabas un cartabón y un tablero de dibujo, al cabo de una hora tendría, indefectiblemente, las mangas enrolladas hasta los codos, el cabello revuelto y los ojos distraídos. Mientras seguía charlando con Wilma, Nicole lo sorprendió observándola, con una expresión cálida, intensa e íntima como la de un amante. Un estremecimiento le recorrió la columna, pero enseguida puso coto a tan absurda sensación. Había imaginado a Mitch en un contexto sexual desde que le contó lo sucedido la noche de la fiesta. Y quizá no pudiera controlar sus sueños, pero fantasear con el hecho de que la estuviera mirando era de locos. Cielo santo. Entre los pies descalzos, el jersey arrugado y el antiséptico que embadurnaba su pelo, Nicole sabía perfectamente que debía de parecer un adefesio.

– Lo has hecho estupendamente, Wilma… Las recogeré dentro de unos minutos. Cierra el despacho. No hace falta que me esperes. Y gracias por defender el fuerte. Os veré a todos mañana -pulsó el botón de apagado y devolvió el teléfono a Mitch con una amplia sonrisa. Las noticias eran magníficas-. ¡Shaw ha aceptado el proyecto! Solamente exige unas cuantas reformas menores. Ha dejado la lista en mi despacho. Iré a echarles un vistazo y lo llamaré esta noche. Lamento pedirte que me lleves al despacho, pero como no he traído mi coche…

– En, eh, vas muy rápido para haberte despertado hace un par de minutos. Además, debes de estar hambrienta. Yo acabo de almorzar…

– No tengo hambre, de verdad. Ya comeré algo cuando llegue a casa. Y, por Dios bendito, no deseo pasarme aquí todo el día, molestándote de esta manera…

– Basta ya, Nik. No me molestas en absoluto. ¿Qué tal la cabeza?

– Muchísimo mejor. Maldición, dejé mi ropa arriba, ¿verdad? -Nicole subió las escaleras, buscó su traje en el cuarto de baño y soltó un alarido al verse en el espejo-. Menos mal que no habrá nadie en la oficina cuando llegue. ¿Me pusiste un bote entero de antiséptico en el pelo, canalla? Asustaré a todos los niños pequeños que me cruce por la calle.

– Qué va. Supondrán que estás en una banda de rock -contestó Mitch sardónicamente, pero su sonrisa no duró-. No hace falta que te des tanta prisa. Unos cuantos minutos no supondrán ninguna diferencia, y aún tienes que almorzar. Seguro que tienes hambre…

– No, de veras. Estoy bien.

– ¿Ni siquiera un poquito de hambre?

Nicole había recogido su ropa, los zapatos y el bolso, pero repentinamente titubeó mientras se dirigía hacia la puerta. En realidad, no se daba tanta prisa por motivos estrictamente laborales. Los mortificantes nervios que sentía en presencia de Mitch la trastornaban…

– Diablos, Mitch, me estoy portando como una estúpida desconsiderada. Estoy tan entusiasmada con el contrato de Shaw que no he tenido en cuenta que quizá no te vaya bien llevarme en estos momentos. Seguramente, te habías puesto a trabajar, y…

– Sí, estaba trabajando en lo de Schleishinger, pero me sentará bien un respiro. No tendré problema en llevarte. Aunque… detesto que vayas a ponerte a trabajar sin nada en el estómago.

Ella escrutó su rostro, tratando de desentrañar aquella repentina obsesión sobre su estómago vacío.

– Si crees que sería capaz de saltarme una comida… Bueno, te diré que llevo dos meses teniendo un apetito de lobo. Aunque no me preocupara la nutrición del niño, no podría saltarme una comida aunque quisiera. Pero acabo de despertarme y tengo el estómago un poco revuelto.

Aquella afirmación pareció disparar todas las alarmas internas de Mitch.

– Pues olvida que te he hablado de comida. Piensa en el clima. En el trabajo. En política. No, olvida esto último. Los políticos también pueden provocar náuseas. Piensa en…

Consiguió hacerla reír mientras se subían en el Miata rojo. Había empezado a caer una fina e insistente llovizna. El cielo semejaba una inmensa sábana gris perla. La conversación fue derivando hacia el clima… y los barcos.

– ¿Vives en la costa de Oregón y nunca has montado en barco? -inquirió él en tono incrédulo.

– ¿Qué quieres que te diga? Soy poco aventurera.

– Más bien trabajas como una mula. Se me acaba de ocurrir que… Bueno, según las previsiones, vienen tres días de lluvia, pero afirman que el cielo se habrá aclarado por completo el domingo. Si tienes un par de horas libres, te llevaré a dar un paseo en mi barco -como si anticipara el rechazo de Nicole, Mitch agregó rápidamente-: Así podríamos seguir hablando del niño… lejos del despacho y el estrés. Podemos tomar el sol y disfrutar del agua. ¿Qué te parece?

– Me parece estupendo.

Él la miró rápidamente.

– Si accedes con tanta facilidad, empezaré a preocuparme de nuevo por la posibilidad de que sufras una conmoción.

– Eh, yo juego limpio. Eres tú el que siempre le pones las cosas difíciles a tu jefa.

– Sólo porque es necesario. El resto de la plantilla te considera una santa. Piensa en cómo te aburrirías en tu pedestal si yo no te desafiara de vez en cuando.

– No soy ni de lejos una santa, Landers.

– Ya. Claro. ¿Cuándo fue la última vez que te divertiste un sábado por la noche, en lugar de irte a la cama con un contrato de trabajo?

Dado que él no se había percatado de su tono serio, Nicole estimó conveniente seguirle la broma.

– Quizá haya probado lo otro, y me resulte mucho más excitante y satisfactorio irme a la cama con un contrato.

– Caramba. Una respuesta muy difícil de rebatir.

Seguían bromeando cuando Mitch se detuvo en los aparcamientos de la empresa, minutos más tarde. Como cabía esperar, el resto de la plantilla se había marchado ya un rato antes, y los aparcamientos estaban vacíos.

– Si quieres, entraré contigo -sugirió él.

– No hace falta. Sólo voy a recoger la lista de reformas y luego me iré a casa -Nicole empezó a recoger el bolso y todo lo demás, pero de pronto titubeó. Mitch había hecho mucho por ella aquel día.

– ¿Mitch?

Él se había girado para recoger el bolso del asiento trasero, pero alzó la cabeza al oír cómo pronunciaba su nombre.

– Te has… portado estupendamente conmigo… -con un movimiento rápido y casual, le colocó una mano en el hombro y le posó un beso en la mejilla.

Él soltó una risita, presumiblemente por lo incómodo de la postura, y dicha risita sobresaltó a Nicole. A continuación Mitch dejó de reírse o de sonreír siquiera. Su mirada recorrió el rostro de ella como si sondease su estado de ánimo. Y, de pronto, con la presteza del rayo, retiró el brazo del asiento trasero y rodeó con él los hombros de Nicole, atrayéndola hacia sí.

Reclamó su boca, murmurando quedas palabras de aprobación, como si los labios de ninguna otra mujer le hubieran sabido nunca tan dulces, tan apetitosos; como si durante los siguientes minutos no tuviera nada mejor que hacer que seguir saboreándolos a placer.

Estaba lloviendo, pues la triste llovizna se había intensificado hasta convertirse en tormenta.

No obstante, ninguno de los dos reparó en el detalle. Nicole había retirado la mano del bolso para aferrar el cuello de la camisa de Mitch. Él no sabía dulce. No sabía apetitoso. El sabor de sus labios era semejante al de una droga irresistible.

Sus lenguas fueron profundizando el beso. Produciendo húmedos chasquidos. Mitch recorrió la mejilla de Nicole con la yema de los dedos, que a continuación descendieron por su cuello, mientras sus senos se hinchaban y se tensaban, conscientes de la cercanía de su mano. Un intenso calor invadió su bajo vientre. El calor de la necesidad. Del deseo. Jamás había deseado con tanta intensidad. No recordaba que nadie hubiera acelerado hasta tal punto los latidos de su corazón.

La niebla cubrió las ventanillas del coche. La lluvia tamborileaba con fuerza sobre el techo y el parabrisas. Los asientos tapizados en piel chirriaban y crujían. Y un beso siguió dando paso a otro. Unos eran suaves, otros tan profundos y ansiosos que Nicole sentía el cuello dolorido por la tensión. Se trataba, sin embargo, de un dolor agradable, motivado por el deseo.

Y entonces, de repente, el corazón empezó a martillarle en el pecho. Se echó hacia atrás, con la boca aún cálida y húmeda de los besos de Mitch. Su visión parecía tan empañada como las ventanillas… pero podía distinguir el rostro de él, sentir sus dedos aferrándole los hombros en un gesto cariñoso y tranquilizador.

– Todo va bien -murmuró Mitch-. No ha pasado nada. No quiero que te asustes de mí.

– No estoy asustada -pero, en realidad, lo estaba. No de él, sino de sí misma, de hasta qué punto se había visto sacudida por sentimientos inesperados hasta entonces.

– Ya traté de describirte cómo fue. Me sentí abrumado aquella primera noche, Nicole. No somos un par de quinceañeros. Soy un hombre adulto y creo poder dominarme. Pero no resulta fácil cuando se experimenta algo tan poderoso.

– Al principio, no te creí -Nicole tragó saliva-. Pero ahora sí. No estoy segura de que esto sea justo. Para ti, o para el niño. Tengo miedo de confiar en la química, de zambullirme de cabeza en una relación cuando las decisiones que tomemos pueden afectar el futuro del pequeño.

– Entonces, tranquilízate. Porque a mí me preocupan las mismas cosas. Y nada ocurrirá hasta que te sientas segura. Pero la química es parte de la ecuación, Nik. Creo que ambos nos volveríamos locos si intentáramos fingir que no está ahí.

Ella lo escuchó. Pero, una vez que hubo recogido sus cosas, se apeó del coche, caminó bajo la lluvia hasta la silenciosa oficina… y observó cómo el automóvil se alejaba. Luego se abrazó a sí misma. Con fuerza.

No se había sentido tan perdida y confusa desde que era una adolescente. El niño debería ser lo único que ocupara su mente, y no el sexo. Pero las cosas no eran tan simples. Nicole no pensaba en una aventura irresponsable. Ni tampoco Mitch. Probablemente, le había propuesto matrimonio porque había percibido los poderosos vínculos existentes entre ambos. El niño era uno, evidentemente. Pero Mitch también consideraba la química y la atracción mutua como nexos naturales y poderosos que los unían sin remedio.

Ella distinguía dichos nexos. Los sentía. Pero si Mitch pensaba que los tres podían formar una familia, era porque, además, la respetaba y confiaba en ella. La consideraba una mujer adecuada que podía encajar en su vida.

Salvo que, en realidad, Mitch no la conocía. No sabía que sus padres se habían lavado las manos y estaban avergonzados de su hija. Y Nicole no creía que Mitch pudiera amar a una mujer de la que no se sintiera orgulloso.

Se pasó una mano por el cabello y, al tocarse la hinchazón, hizo una mueca.

Mitch empezaba a sentir algo muy fuerte por ella. Y sus sentimientos hacia él también aumentaban a pasos agigantados. Pero lo cierto era que Nicole no sabía qué hacer.

Mitch tenía derecho a formar parte de la vida de su hijo. Otra cuestión era si realmente deseaba atarse a ella para siempre.

Nicole sólo estaba segura de una cosa. Debía obrar correctamente. No podía arriesgarse a cometer más errores que lastimasen a otras personas.

De acuerdo, de acuerdo, había tenido que tirar un kilo de patas de cangrejo al cubo de la basura.

Cuando uno cortejaba a una mujer, debía contar con sufrir un revés de vez en cuando… No obstante, el paseo en barco de aquel domingo sería otro cantar. Mitch se apeó del coche en la casa de Nik, silbando un tema de rock and roll.

Había previsto cada detalle, por supuesto. Un beatífico sol lucía en el cielo, junto a unas cuantas nubes que bastaban para generar una refrescante brisa. Había limpiado el yate y llenado la nevera de camarones frescos, pan de molde, queso cremoso y refrescos de cola. Incluso se había cortado el cabello aquella misma mañana, lo cual le supuso un auténtico sacrificio. Apenas había subido tres escalones del porche cuando la puerta principal se abrió y Nicole salió rápidamente.

– Te he advertido que soy novata en cuestión de barcos, ¿verdad? Pero hemos trabajado tanto esta semana, que esperaba esta excursión con verdaderas ganas. Estoy deseando zarpar. ¿Necesitas algo antes de que eche la llave?

– Nada -Mitch dejó de silbar, pues resultaba difícil silbar y sonreír al mismo tiempo. La ropa informal confería a Nik una dimensión completamente nueva. Iba toda de blanco… téjanos blancos, zapatillas de deporte blancas, jersey blanco. De no ser por sus intensos ojos azules, hubiera aparentado diez años de edad-. Sé que debemos dedicar tiempo a resolver la situación, pero no veo por qué no podemos divertirnos mientras lo hacemos.

– Me parece estar haciendo algo salvaje. Imagínate. Divertirnos un domingo en lugar de trabajar -Nicole se sentó en el asiento del pasajero y se ajustó el cinturón de seguridad. Sus ojos sólo se encontraron con los de Mitch durante un fugaz segundo-. Y todo saldrá bien, Mitch, No hay de qué preocuparse.

El puerto estaba atestado de embarcaciones. El Pacífico era más frío que un iceberg recién derretido, pero eso no impedía que los habitantes de Oregón disfrutasen del agua. Nik ya se estaba riendo antes de que Mitch señalara su yate, el Mai Tai, y mientras la instalaba en el barco, ella emitió los «oohs» y «aahs» de admiración pertinentes.

– Déjalo ya. Sé que no es nada del otro mundo, sobre todo comparado con los yates que se ven por aquí. El único inconveniente es su tamaño. Un yate pequeño no puede adentrarse mucho en el océano. Pero no quería uno tan grande que no pudiera manejarlo yo solo.

– Seguro que esos tan grandes son muy difíciles de mantener. El tuyo no sólo es un encanto, sino que tiene mucha más personalidad.

La muy condenada estaba obligándolo a darle un beso. Para desterrar de su mente esos pensamientos, Mitch la llevó a la cabina, y luego le mostró los aseos y la despensa. De nuevo en cubierta, la convenció para que se colocara un chaleco salvavidas y por fin puso el motor en marcha. Al cabo de pocos minutos, habían abandonado el puerto y navegaban por mar abierto. El viento alborotaba el cabello de Nicole y ponía en sus mejillas una nota de color.

– ¿Te da miedo dejar que una mujer conduzca esta preciosidad?

Estaban hablando de una verdadera prueba de amor, pero Mitch la llamó con el dedo.

– En absoluto. Ven, ponte aquí -se colocó tras ella para guiarla, tan cerca que Nicole se rozó con su cuerpo más de una vez, lo cual intensificó el color de sus mejillas.

Mitch hizo un esfuerzo por expulsar de su mente las evocaciones sexuales de la situación. Nunca había visto a Nicole tan relajada, tan desinhibida. Adoraba el timón y la velocidad, y llevaba el barco como una marinera nata. Así se lo dijo cuando detuvieron el motor y soltaron el ancla. A renglón seguido Mitch sacó una bandeja con camarones y refrescos, y desplegó una sombrilla. No había olvidado que Nicole era muy blanca de piel, y el sol calentaba con fuerza.

Ambos se sentaron en la cubierta, hombro con hombro, a un palmo de la bandeja de comida.

– Te has tomado muchas molestias, Mitch.

En efecto, así había sido. Pero ver cómo Nicole se abalanzaba ansiosamente sobre los camarones hacía que dichas molestias hubiesen valido la pena.

– No sé por qué, el agua siempre me da hambre. Suelo traer mucha comida cuando navego.

– Comida y algo más. ¿Eso que he visto ahí detrás es un equipo de pesca submarina?

– Sí. Llevo poco tiempo practicando el submarinismo, pero he tomado algunos cursillos. Hay muchos barcos hundidos a lo largo de la costa que me gustaría explorar. Pero sólo un estúpido se sumerge solo. Hacen falta dos para bucear con seguridad… y encontrar a otra persona cuyo tiempo libre coincida con el de uno no es fácil.

Un barco pasó, levantando una ola, y Nicole emitió una risita. Estaba disfrutando de la excursión. Parecía feliz… inocentemente feliz y vulnerable como la Bella Durmiente al despertar. Sería tan fácil besar aquellos labios risueños…

– ¿Has pensado en lo del niño, Mitch? -inquirió Nicole mientras alargaba la mano para tomar otro camarón.

– Sí. ¿Tienes alguna teoría propia sobre la educación de los hijos?

La pregunta pareció sorprenderla.

– Sí, más o menos. ¿Y tú?

– Bueno… no me gusta la idea de obligar a un niño a crecer según un molde establecido. Yo tuve que soportar las expectativas de mis padres desde que apenas levantaba dos palmos del suelo. Creo que a un niño hay que enseñarle de todo… juegos, deportes, arte. Y luego orientarlo hacia aquello que lo motive más.

– Estoy completamente de acuerdo. Me horrorizaría hacer infeliz a un hijo por error. Como madre, quisiera… escuchar. Los adultos siempre estamos hablando, no escuchando.

– Coincido contigo. Ahora pasemos a temas más espinosos. ¿Qué opinas de la disciplina?

– ¿Qué clase de disciplina? ¿Te refieres al castigo físico? -Nicole había alargado el brazo para tomar otro camarón, pero de repente lo dejó caer. Un enorme barco pasó armando gran estruendo y levantado una ola que estremeció el yate.

– ¿Te encuentras bien?

– Claro que sí. Con lo de la disciplina, ¿te referías a dar un azote de vez en cuando? -cuando vio que Mitch asentía, Nicole siguió diciendo-: Bueno… creo que los niños malcriados y consentidos suelen ser conflictivos a la larga. Así que, para mí, la disciplina es importante. Pero eso de los azotes…

– Esa parte la dejaré para ti -declaró Mitch.

– Vaya, ¿ya estás eludiendo los deberes paternales más duros? ¡Qué frescura!

– Eh, eh, un momento. ¿Tienes sobrinos?

Ella negó con la cabeza.

– Bien, pues yo sí. Una vez, mientras cuidaba de mi sobrino Tony, se me escapó y salió corriendo hacia la carretera. Por poco me da un infarto. De modo que le di un azote en el trasero. Me sentí culpable durante los tres meses siguientes.

Nicole se echó a reír y alargó la mano hacia él. Quizá pretendía darle un apretón afectuoso en el hombro, pero los dedos de Mitch se encontraron con los suyos a medio camino. Y de nuevo sucedió. Una ráfaga de electricidad los recorrió a ambos.

Él frotó la palma contra la de ella, y Nicole lo miró a los ojos con una expresión de frágil vulnerabilidad. Mitch notó que su corazón se elevaba hasta la estratosfera. Ella jamás lo había mirado así anteriormente, con aquella cálida y suave luz en los ojos. Lo supiera o no, estaba pidiendo a gritos que la besara.

No obstante, la expresión de sus ojos cambió de súbito. Retiró rápidamente la mano y su risa cesó como si alguien la hubiera cortado con una espada afilada.

– Eh, que sólo estaba bromeando -dijo Mitch-. Me encargaré de administrar disciplina si es necesario.

– No se trata de eso -respondió Nik.

– Además, me ocuparé de los pañales. Y le daré de comer por las noches.

– Te repito que no se trata de eso.

– ¿Qué sucede?

– Vuelve la cabeza, Landers.

Él no lo hizo, por supuesto. Por un segundo, permaneció petrificado, porque no entendía lo que Nicole estaba haciendo. Se había levantado y caminaba hacia un costado del yate como si pensara zambullirse. De repente, Mitch comprendió que no estaba disgustada con él ni con sus teorías acerca de la crianza de los hijos. Y siguió observándola mientras vomitaba en el océano los camarones que se había comido.

Capítulo Seis

El lunes por la mañana, Nik permanecía asomada a la ventana del despacho. En el exterior, una tormenta arreciaba, descargando un fuerte aguacero. El mar se había embravecido, y sus olas azotaban furiosamente las rocas de la orilla. Cuando los relámpagos rasgaban el cielo, la fantasmal luz plateada confería al acantilado el aspecto de un castillo, con torreones que sobresalían cual la torre de la princesa en un cuento de hadas.

Nicole pensó que se volvería loca. Tenía cientos de cosas que hacer, y allí estaba, soñando despierta con princesas y cuentos de hadas. No le gustaba descargar la culpa en terceros, pero en realidad el culpable de aquella locura era Mitch.

Vomitar delante de él debió haber sido una experiencia mortificante. Sin embargo, Mitch hizo que se sintiera querida, mimada, protegida. ¿Era eso lógico? Desde luego que no. Obviamente, había perdido el juicio.

Sin embargo, Nicole siguió mirando la hipnotizadora lluvia, pensando que su verdadera locura había comenzado con un beso que no conseguía recordar. Como la Bella Durmiente, había emergido de un profundo sueño la noche de la fiesta. Mitch había despertado en ella la consciencia de todo aquello que se estaba perdiendo en la vida.

Nicole temía terriblemente haberse enamorado de él. No era el mismo hombre con el que había colaborado durante tantos meses. Era otra persona. Un amante misterioso e irresistible capaz de transmitirle sentimientos increíblemente extraños y poderosos cada vez que la besaba. La hacía sentirse segura y aterrada al mismo tiempo.

De repente, Wilma llamó repetidamente a la puerta.

– ¿Estás ocupada, Nicole? Traigo unos documentos para que los firmes.

– Pasa. Es un buen momento -Nicole se deslizó tras la mesa, meneando mentalmente la cabeza ante la vestimenta de su empleada. Llevaba una falda verde chillón y un corpiño ceñido. Los documentos estaban ordenados impecablemente. Nóminas, informes de final de mes, balances-. ¿Te he dicho recientemente que eres una maravilla, Wilma?

– Sí, bueno… -Wilma fue colocando los papeles en las carpetas correspondientes conforme Nicole los firmaba-. A veces no hago tan bien las cosas. ¿Puedo hablar contigo unos minutos?

– Claro, cómo no -Nicole deseó abofetearse a sí misma por estar tan distraída. De haberse fijado antes, hubiese notado por la expresión de Wilma que algo no iba bien.

Wilma tragó saliva, titubeó, y luego fue a cerrar la puerta.

– Nicole… he hecho algo muy grave. Lo bastante grave como para que me despidas. Mitch dijo que no lo harías, pero…

– Aguarda un momento. ¿Has hablado con Mitch?

Wilma asintió vigorosamente.

– Largo me ha aconsejado que venga y hable contigo. Para serte sincera, tenía mis dudas. Pero, al final, acabarías descubriéndolo, y la situación sería aún más horrible que ahora…

– Cielo santo, ven y siéntate. Ya veo que estás muy disgustada. No puedo creer que la cosa sea tan grave, Wilma. Realizas un trabajo magnífico en el despacho. No debes temer que te despida por un error…

– Sí que me despedirás. No se trata de un error sin importancia. Tiene que ver con Bernie.

Al principio, aquel nombre no le dijo nada a Nicole, aunque supuso que se trataría de un hombre. De pronto, cayó en la cuenta de que el único Bernie al que conocía era Bernard Shaw. El señor Shaw. El nuevo cliente de la compañía de seguros.

– Te juro que jamás había tenido nada con un cliente. Ocurrió por puro accidente, el día en que tú te pusiste enferma y él había acudido a la reunión. Había reservado una habitación de hotel para pasar la noche. Y comentó que detestaba cenar solo. Sólo intenté ser amable. Únicamente tenía pensado cenar con él…

Nicole había oído más que suficiente como para saltar de la silla y subirse por las paredes.

– ¡No puedo creer que hayas hecho algo semejante! Fuera del trabajo, no es asunto mío lo que hagas con tu vida personal. Pero, por Dios santo, deberías tener más cerebro. ¿Y si Shaw se echa atrás del proyecto por haberse liado afectivamente contigo?

– Lo sé.

– ¿Y ni siquiera se te ha ocurrido pensar en el sida? ¿O en si está casado? -Nicole echó un nuevo vistazo al rostro de su ayudante-. Y seguro que tiene que haber algo más. Vamos, cuéntamelo. Necesito saber la magnitud del desastre que has provocado.

Una hora más tarde, Nicole se hallaba sentada a la mesa del despacho cuando Mitch llamó a la puerta. Llevaba en la mano una taza de té caliente.

– Que conste que ahora sí has alcanzado realmente la condición divina a ojos de Wilma.

– Pues no sé por qué. Le he gritado en todos los registros posibles. Lo que debería haber hecho es despedirla. Y afirmó que había hablado contigo. ¿Por qué no me dijiste nada?

– Lo habría hecho si Wilma no hubiese hablado contigo -Mitch dejó la taza y rodeó la mesa. Con sus enormes y fuertes manos empezó a masajearle despacio el cuello y los hombros-. Nadie podía haberlo solventado mejor que tú.

– No lo he solventado bien en absoluto. Dios mío, qué desastre. No se me ocurre otra pareja más improbable desde el Gordo y el Flaco. Al parecer, Shaw está loco por ella… La llama todas las noches desde hace una semana. He decidido que las próximas reuniones con Shaw se celebren en Portland, y no aquí, lo cual supondrá un verdadero engorro y gastos adicionales de viaje para todo el mundo. Al fin y al cabo, es casi seguro que lo perderemos como cliente. Aún me dan ganas de darle un tiro a Wilma.

– Pero, en vez de eso, la has apoyado.

– Porque soy una estúpida. Cualquier jefe con dos dedos de frente la hubiera despedido en el acto – Nicole no deseaba cerrar los ojos, pero los dedos de Mitch parecían localizar mágicamente cada músculo tenso de su cuello y sus hombros.

– Sabes que en ningún momento te planteaste despedirla, Nik -dijo él serenamente-. Siempre has brindado tu apoyo a los miembros de la plantilla, incluso cuando han hecho algo mal. Siempre les has dado otra oportunidad. Aún no te he visto crucificar a nadie por un error. Con una notable excepción.

– ¿A qué excepción te refieres?

– Tú misma eres esa excepción. Eres comprensiva con todos los demás. Pero te torturas a ti misma sin piedad cuando cometes algún error -Mitch bajó las manos-. Y no creo que lo hayas cometido ahora, Nik. Esa chica necesita el trabajo… Mantiene a su padre alcohólico, ¿lo sabías?

– No.

– Su situación es delicada en todos los frentes. Quizá esto la anime a replantearse cómo está encauzando su vida y a tomar decisiones al respecto. Bueno, ¿qué tal si te tomas el té? Has tenido una mañana muy dura.

De nuevo la estaba cuidando, comprendió Nicole de repente. Había entrado en la oficina sólo para llevarle un té y darle un masaje porque sabía lo difícil que se le había presentado la mañana.

– Vuelve aquí -le pidió.

Mitch ya había recorrido medio trecho hasta la puerta.

– No puedo. Mi jefa es una negrera y tengo toneladas de trabajo que hacer.

– Déjate de excusas, Landers. Sólo será un minuto -Nicole le dirigió una sonrisa, pero aquella locura que la embargaba volvía a inquietarla.

Mitch le sonrió.

Ella notó que el pulso se le aceleraba, y se quedó mirándolo como una niñita que aún creyera en los cuentos de hadas. Con impaciencia, se levantó de la silla y se acercó a la ventana, donde lo más peligroso que podía contemplar era la atronadora tormenta.

– Nik, sobre lo que ocurrió el otro día… No quiero que te sientas obligada a nada.

– No me siento obligada -se apresuró a contestar ella, y luego puso los ojos en blanco y alzó las manos-. De acuerdo, está bien. Me siento confusa. Quisiera saber qué es lo que más le conviene al niño. A nosotros -titubeó-. Pero creo que el tiempo que pasamos juntos nos está ayudando, Mitch.

– ¿Lo dices en serio?

– Sí. Y había pensado que… Bueno, quizá el sábado por la noche podamos relajarnos un poco y olvidarnos del trabajo. No sé… quizá ir a la playa y hacer una barbacoa, o algo por el estilo. ¿Qué contestas?

Mitch abrió el maletero del Miata y extrajo las dos bolsas llenas con lo necesario para la barbacoa. Miró nerviosamente el paquete que contenía los filetes de ternera. El carnicero había afirmado que era la carne más tierna que tenía en la tienda, pero ésa no era la cuestión.

Mitch había aceptado que cortejar a una mujer embarazada conllevaba ciertos desafíos poco usuales. Y, de momento, parecía no dar en el clavo con la comida. Las patas de cangrejo y los camarones habían sido un desastre, y ya sólo faltaban unos seis meses para que naciera el niño. Aquella fecha resonaba en su mente como un detonador. No podía permitir que nada saliera mal, aunque nada parecía haber salido bien hasta entonces.

Nik salió al oír el coche, y de inmediato sonrió cuando lo vio cargado con las dos bolsas… a juego con las que llevaba ella.

– Parece que los dos nos hemos pasado con los preparativos. Y se suponía que lo único que debías traer era la carne.

– Y la traigo. Unos filetes estupendos.

– Ternera, ¿eh?

– Dijiste que te encargarías de los platos y los cubiertos. También he traído algo de leña, un asador, una manta, y demás. Parece que será una noche perfecta.

– Insuperable -convino Nicole. Conforme bajaban las escaleras y se preparaban para salir, saboreó la noche con la misma intensidad que Mitch. Apenas corría un soplo de brisa sobre el Pacífico. El anochecer era idóneo para los amantes, con un cielo salpicado de tonos amatista y zafiro. Las olas acariciaban la arena de la orilla.

Nik ya había formado un círculo de piedras para encender la hoguera bajo el repecho de un acantilado. Luego extendió la manta y sacó las bebidas mientras Mitch encendía el fuego.

– Se ve que ya lo has hecho antes. Ese fuego es una obra maestra -bromeó.

– Tardará un poco en encenderse del todo. Espero que no tengas demasiada hambre.

– La tengo… pero puedo esperar. Se está muy a gusto aquí, disfrutando del anochecer.

Mitch se sentó en la manta, junto a ella, a un brazo de distancia del fuego… temiendo en todo momento que los filetes se estropearan. No obstante, tal preocupación no le impidió fijarse con detalle en Nicole. Llevaba tejanos, un jersey blanco de estilo marinero y sandalias. Él también se había puesto tejanos y, por pura casualidad, un jersey marinero. Parecía una indicación de que estaban muy compenetrados, aunque Mitch no se engañaba a sí mismo. Podía perder a Nicole antes incluso de haberla conquistado. Se sentía presionada. De modo que tenía que obrar con mucha cautela.

Sin embargo, en aquel momento, ella parecía haberse olvidado de sus problemas personales. Tenía el rostro alzado hacia el cielo, la piel teñida con el resplandor del anochecer y el cabello iluminado por el resplandor del fuego. Mitch sintió una punzada en las entrañas al mirarla. Su aspecto era tan vivo, tan sensual, cuando se soltaba el cabello…

Nik se quitó las sandalias y enterró los pies en la fría arena.

– ¿Has construido alguna vez castillos de arena a la luz de la luna?

Él esbozó una sonrisa burlona.

– Estás hablando con un arquitecto, cariño. He construido castillos de arena de noche, de día, con la marea baja y la marea alta. Lo malo de la maldita arena es que, al final, se deshace.

– Pero sigues construyéndolos, ¿no?

– Sí. A pesar de todo, merece la pena. Lo divertido es crearlos. Ver cómo un sueño se hace realidad. El factor de la duración no me importaba tanto cuando tenía ocho años -estaba oscureciendo rápidamente. Mitch comprobó el fuego, entonó una oración y por fin trinchó los filetes-. ¿Qué me dices de ti? ¿Has hecho muchos castillos de arena?

– No. Ni uno siquiera. Aprendí a nadar de pequeña, pero fue en una piscina. Sin embargo, me encantaría probar cuando nuestro pequeño sea lo suficientemente mayor para jugar en la arena.

A Mitch le gustaba oírla hablar del niño. Quizá el embarazo le hubiese llegado como una problemática sorpresa, pero era evidente que Nicole veía a su futuro hijo como una fuente de gozo y de alegría.

– Eso es mucho tiempo de espera. Tendrías que practicar antes. De hecho, te reto a un concurso de castillos de arena después de la cena.

Ella giró la cabeza con un repentino brillo juguetón en los ojos.

– ¿Me darás ventaja por ser novata?

– Por supuesto. ¿Qué te parece si sólo utilizo una mano para construir el mío?

– Uf, no hace falta ir tan lejos. Me parece excesivo. Prefiero que me des unos minutos de ventaja.

– ¿Quince minutos?

– Trato hecho -Nicole pareció titubear-. Mitch, nunca has vuelto a mencionar el tema del matrimonio.

Las alarmas internas de Mitch se dispararon como si acabara de declararse un incendio.

– No pensé que quisieras hablar de ello tan pronto.

– Sí, quizá sea demasiado pronto, pero… -de repente, Nicole parecía muy ocupada mirándose los dedos de los pies-. He estado pensando que quizá me lo propusiste porque te sentías responsable. Como si te preocupase que no pueda arreglármelas por mí misma.

– Me siento responsable, sí. Pero no porque dude que seas perfectamente capaz de arreglártelas por ti misma. Me siento responsable porque ese hijo es tan mío como tuyo, Nik.

– Hay muchas formas de asumir esa responsabilidad. Y el matrimonio no tiene por qué ser una de ellas. ¿Crees que el amor es fundamental cuando una pareja se casa?

Él respondió cuidadosamente.

– Sí, lo creo. El amor importa. Igual que el sexo. Pero también el respeto, los valores compartidos… Hablar y comunicarse, reírse juntos… Y quizá el amor que se va forjando lentamente sea el que de verdad perdura. La pasión a primera vista suele desvanecerse.

Nicole permaneció callada. Tan callada, que Mitch sintió un escalofrío. Ella lo miró un momento, y luego retiró la mirada.

– ¿Qué? -inquirió él-. Di lo que piensas. ¿No estás de acuerdo con lo que he dicho?

– Cuando una pareja se casa por el bien de un hijo, ¿crees que suele funcionar? Yo creo que no, porque ambos se sienten atrapados. Pero, tal como tú lo expones, todo parece distinto, Mitch.

– En ese caso, ¿por qué pareces de repente tan incómoda?

Nicole lo miró directamente a los ojos.

– No concibo el matrimonio sin sexo. Resulta poco realista e incluso poco sano.

Él no lo habría expresado en esos términos, pero estaba de acuerdo.

– ¿Y?

– Y tú me llevas ventaja en ese aspecto, Landers. Recuerdas cómo fue nuestra primera noche. No es que quiera hacerte una prueba, pero… -la voz se le quebró de repente-. Diablos, estoy haciendo lo que puedo para ser honesta.

– Ya lo veo.

– Creo que necesito decirte algo… pero no quiero que creas que estoy sugiriendo que volvamos a acostarnos.

– De acuerdo -quizá Mitch no la entendiera en absoluto, pero, ¿qué más daba? Nicole estaba dispuesta a hablar del sexo y del matrimonio.

– Lo cierto es que… temo que esa vez todo saliera tan bien por pura chiripa. No niego la química que existe entre nosotros. Pero tengo miedo de haberte dado una impresión equivocada.

Él arrugó la frente.

– ¿Una impresión equivocada? ¿En qué sentido?

– Mitch… soy una mujer fría. No suelo excitarme fácilmente ni lanzar por la borda la precaución para desnudarme delante de un hombre. Quizá lo de aquella noche fue una excepción provocada por el champán. Yo no soy así. Y si llegaste a la conclusión de que somos compatibles en ese terreno a raíz de aquella experiencia… En fin, no sé…

Mitch se giró hacia ella. Al sentir su súbita proximidad, Nicole tragó saliva como si tuviera la garganta obstruida.

Él le cubrió los labios con los suyos e impidió que siguiera hablando. Ella alzó las manos, como si quisiera alejarlo de sí, pero sus dedos se cerraron en torno a sus brazos.

No se habían acostado juntos desde la noche de la fiesta. Pero, esta vez, no se interponía ningún champán entre ambos. Los únicos sonidos que se apreciaban eran el chisporroteo del fuego y el rumor de las olas. Las llamas emitían un resplandor más que suficiente para iluminar el increíble semblante de Nicole, en una noche que poco a poco iba tornándose azul.

Y, de repente, en la mente de Mitch no hubo nada más que ella, la suave y cálida textura de sus labios ajustándose a los suyos.

Necesitaba ser amada. Eso era lo que ocurría cuando uno intentaba reprimir tales necesidades. Cuando escapaban, era imposible volver a sepultarlas. Deseaban salir. Ser libres. El deseo podía tener un poder increíble.

Pero también podía tenerlo la ternura. Mitch había cometido un error al hacerle el amor demasiado pronto la primera vez. Un error que no estaba dispuesto a repetir.

Con los ojos cerrados, le habló de lo hermosa que era, al tiempo que le daba besos dulces y prolongados. Le explicó que, si alguien le hacía daño alguna vez, lo mataría. Y siguió besándola. Le susurró que a su lado jamás tendría frío, aunque estuvieran sentados en la cumbre de un iceberg.

Mitch olía el humo, el aroma salado del aire y la fragancia dulce, íntima y femenina de Nicole. Podía saborear dicha fragancia en su garganta, donde se habían posado sus labios. Ella emitió un suspiro y le clavó las uñas en los brazos. Luego lo apremió para que volviera a besarla en la boca.

Las alarmas sonaron en la mente de Mitch. «No vayas demasiado lejos. Ve despacio. No la presiones.»

Pero dichas alarmas mentales se diluyeron como la tinta en el agua. El esbelto cuerpo de Nicole estaba tan cálido debajo del suyo… Con una mano, Mitch le retiró la molesta tela del jersey, prometiéndose que se detendría cuando acariciara un solo centímetro de su piel desnuda. Pero al acariciarle el vientre y notar la calidez de su piel, comprendió que no sería suficiente. Su miembro se había puesto más rígido que un cartucho de dinamita, lo cual siempre le sucedía cerca de Nicole, pero nunca con tal intensidad. Le levantó más el jersey y hundió la cabeza. Recordaba que sus senos eran exquisitamente sensibles y pequeños… Ahora, no obstante, a causa del embarazo, se le habían hinchado y parecían desbordar el tejido blanco del sujetador. Al sentir la lengua de él, Nicole arqueó de inmediato la espalda sobre la manta. Ya no era simplemente sensible, sino inflamable. Para no hacerle daño, él fue bajando lenta, muy lentamente… Una caricia infinitamente cuidadosa de su lengua hizo que ella arqueara de nuevo la espalda, lo que lo animó a seguir. Los senos de Nik estaban iluminados por el resplandor del fuego, los pezones oscuros y tensos…

– Mitch -la voz de ella era entrecortada y ronca.

– Chist -susurró él-. No vamos a llegar muy lejos -aunque tampoco consiguió prometerlo. Posiblemente, su integridad pendía de un hilo, pero seguía decidido a no hacerle a Nik ninguna promesa que no pudiera cumplir.

– Mitch…

Él juró que, si seguía pronunciando su nombre con aquella voz ronca, no sería responsable de las consecuencias. Entonces, Nik se retorció inquietamente y se colocó encima de Mitch, lo cual significaba que su peso ejercía una peligrosa presión sobre su erección. Mientras apretaba los senos contra su pecho, lo besó. Un beso voluntario. Nadie la había obligado a devorar sus labios como una tigresa. El ego de Mitch se elevó hasta el cielo. Salvo que, en ese momento, ella alzó la cabeza. Y enmarcó su rostro con ambas manos como si quisiera reclamar su atención.

– Mitch… tenemos que parar.

El cerebro de él registró la negativa. Y, quizá por primera vez en diez años, su cuerpo intentaría aceptar el mensaje.

– Tenemos un problema -prosiguió Nicole-. La cena. No sé si podremos salvar algo de los filetes, pero si esperamos un minuto más será demasiado tarde.

Mitch miró rápidamente hacia el fuego. La madera de la leña se había desplomado, sólo Dios sabía cuándo. Los filetes de cincuenta dólares no eran más que bultos chamuscados.

Capítulo Siete

Cuando Nicole detuvo el coche en los aparcamientos el lunes siguiente, apenas eran las siete de la mañana. El sol ya estaba alto en el cielo y una fresca brisa procedente del mar soplaba mientras ella se apeaba del vehículo totalmente cargada. Aparte del bolso y el maletín, llevaba cajas de donuts y paquetes de café para la plantilla. Cinco minutos más tarde, ya había encendido las luces del despacho, puesto el café y servido los donuts en una bandeja.

Luego esperó a que la serenidad llegara.

Había madrugado no para trabajar, sino porque debía tomar una decisión con respecto a Mitch. El despacho era el santuario donde mejor reflexionaba, el único lugar del mundo donde se sentía segura de sí misma. Había trabajado mucho para levantar el negocio. Durante varios años, llegó incluso a pensar que era una inútil sin remedio.

Durante los minutos previos a que llegase la plantilla, solía encantarle pasearse por el despacho poniendo en orden hasta el último detalle, recreándose en la contemplación de sus logros.

Pero no aquella mañana.

Soltó una taza de té de camomila en la mesa, se sentó, luego volvió a levantarse y se paseó hasta la ventana.

El océano parecía salpicado de diamantes por efecto de los rayos del sol. El panorama sólo consiguió desasosegar a Nicole. Había dedicado el día anterior a ir de compras… en parte para evitar cualquier encuentro con Mitch, y en parte porque ya no tenía prendas que se ajustasen a la prominencia de su vientre.

Si cerraba los ojos siquiera durante un segundo, la noche del sábado volvía a desplegarse en su mente una y otra vez, seguida de un aterrador sentimiento de confusión.

El tiempo se les agotaba. Ambos necesitaban tomar una decisión y hacer planes para el niño… pero no les sería posible hasta dejar zanjado el asunto del matrimonio. Nicole había iniciado la conversación el sábado anterior segura de que, en realidad, Mitch jamás había deseado casarse con ella. Simplemente, se sentía obligado a hacerlo. Por lo tanto, le correspondía a ella disipar aquel sentimiento de obligación. Y, aunque la cuestión del sexo también era importante, había decidido ser totalmente franca con él en ese aspecto. Posiblemente, durante la noche de la fiesta, Mitch había llegado a la conclusión de que era una mujer ardiente en la cama. Y sus pocos encuentros le habían llevado a creer en una química incombustible entre ambos. Era un hombre. Jamás habría pensado en la opción del matrimonio si pensara que no funcionarían en el ámbito sexual.

De modo que Nicole creyó que si aclaraba con Mitch ambas cuestiones, lo disuadiría de la idea del matrimonio y podrían buscar otros caminos.

Pero nada había salido como ella esperaba. Podía culpar a los filetes quemados de haber interrumpido la conversación… sólo que habían interrumpido algo bien distinto. A ella. Se había lanzado sobre Mitch como una ansiosa gata en celo. Como una mujer que hubiese perdido todo vestigio de locura y sentido común.

Nicole cerró los ojos con fuerza a causa de la frustración. Ya sabía que estaba enamorada de él. Pero, maldita fuera, el hecho de que lo amara no le daba derecho a estropearlo todo.

No podía evitarlo. El cálido hormigueo que sentía cada vez que Mitch entraba en una habitación. El deseo, la sensación de maravilla, el modo en que el pulso se le disparaba cada vez que él la tocaba.

Se había mostrado adorable cuando se quemaron los filetes. La había hecho reír, convirtiendo el fiasco en una aventura al saquear su cocina para una segunda barbacoa. Nicole no recordaba haberse divertido nunca tanto como con Mitch. Desde el principio, se había mostrado sensible y receptivo a sus sentimientos. La había apoyado sin reservas. Y existía otro detalle maravilloso por el cual lo amaba sin poder evitarlo… no dudaba que sería un padre magnífico.

«Dios santo, qué lío», se dijo sombriamente. Amarlo debería facilitar las cosas. Sin embargo, Nicole sentía como si le hubieran hecho astillas el corazón.

Mitch parecía desear sinceramente aquel matrimonio. Y Nicole no dudaba que sentía algo por ella. Pero aún no le había hablado de su pasado. Ni deseaba hacerlo. Y el silencio sobre la montaña de errores de otros tiempos pesaba en su conciencia como una losa. Tal como estaban las cosas, Mitch la respetaba. Confiaba en ella. Y Nicole no quería arriesgarse a perder todo eso. A perderlo a él.

Amarlo significaba no desear hacerle daño. Significaba hacer desesperadamente aquello que fuese mejor para él. Y ahí estaba el problema. Ya había hecho daño a otras personas con anterioridad…

De repente, Nicole oyó el ruido de puertas abriéndose y voces en el vestíbulo. La plantilla empezaba a llegar. Rápidamente, cruzó el despacho y se puso a hurgar en los papeles que había sobre la mesa… justo cuando Rafe entró.

– Detesto empezar el lunes comunicándote un problema, pero, ¿tienes un minuto?

– Claro, adelante -respondió Nicole con entusiasmo. Sólo en los asuntos del corazón parecía ser una inútil. En lo tocante a los problemas laborales, sabía perfectamente cómo manejarse-. ¿Qué sucede?

– La cuenta de Grosbeck. Martha nos está volviendo locos a Mitch y a mí -Rafe se acercó y desplegó un anteproyecto sobre la mesa-. Echa un vistazo a esto.

Ella se inclinó sobre el esquema, concentrada por completo, pero accidentalmente su cadera se rozó con la de Rafe. Nicole se retiró un par de centímetros. No fue nada, pero aquel contacto espoleó su sentido del humor. Tener a Rafe en la oficina era casi tan divertido como tener a Mel Gibson. Aun con su sencilla camisa marrón caqui, era un hombre muy atractivo. Pero las hormonas de Nicole no reaccionaban ante su presencia. En absoluto. Nada comparable a lo que experimentaban cerca de cierto tipo larguirucho y sin apenas trasero.

– Bueno, aquí está el problema. Ésta es la puerta principal -Rafe señaló un punto del esquema-. Al otro lado de la carretera, hay una iglesia con un tejado de estilo gótico. Ella lo odia, y no quiere que la puerta de a la iglesia. Por desgracia, quiere que la pongamos aquí -señaló otro punto.

– Y supongo que no es posible -dijo Nicole.

– En ese punto hay una viga que sostiene la estructura. Martha no parece entenderlo.

– Mmm -Nicole estudió el plano-. Bueno, quizá la solución esté en cambiarlo todo. Poned la puerta principal orientada hacia el este, y rehaced el sendero de entrada y la plaza de aparcamiento.

Rafe enarcó las cejas.

– Por mí no hay problema, pero se trata de una renovación radical. Le costará una fortuna.

– Cierto. Lo ideal es no cargarles gastos innecesarios a los clientes, pero no veo nada malo en presentarle la alternativa, Rafe. A ella le toca decidir. Además, creo que queda una opción más… -Nicole se llevó la mano al abdomen repentinamente. Por un segundo, experimentó una sensación extraña. ¿Sería el bebé? ¿O simplemente lo había imaginado?

Rafe reparó en el movimiento.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí. Como te decía… -Nicole volvió a inclinarse sobre el plano, pero Rafe no se dejó distraer.

– ¿Quieres que avise a Mitch?

Ella se enderezó sorprendida.

– ¿Cómo has dicho?

Rafe hizo una pausa, y luego fue directo al grano.

– Vamos, Nicole. Todos sospechábamos lo que te pasaba. Llevas semanas sin probar una taza de café. Tus almuerzos parecen sacados de los anuncios de una herboristería. Pero supusimos que nos contarías lo del embarazo cuando te sintieras preparada.

– Así que sospechasteis que estoy embarazada.

– Sí, todos. Y nos alegramos por ti. Pero si quieres seguir manteniéndolo en secreto por ahora, no hay problema. Lo único que me gustaría decirte es que… bueno, nunca has comentado nada sobre tu familia, así que parece obvio que no tienes parientes cercanos. Si necesitas ayuda, todos te la brindaremos en cuanto la pidas.

Cuando Rafe se hubo marchado, Nicole se derrumbó en la silla del despacho, atónita. Que la plantilla hubiera deducido ya que estaba embarazada era una sorpresa. Pero Rafe se había referido concretamente a Mitch al preguntarle si debía avisar a alguien. Sumando dos y dos, llegó a la conclusión de que sus colaboradores también sabían que Mitch era el padre.

Así pues, debía tomar una decisión rápidamente.

Nicole se frotó el vientre con la mano, sabiendo que sólo había una solución posible. Antiguamente, un hombre se sentía obligado por el honor a casarse con una mujer en apuros. Pero corrían otros tiempos. Y, en realidad, aquel embarazo podría acarrearle a Mitch unos problemas que sólo se solucionarían de una forma. Ella no iba a permitir que la gente pensara que era un hombre frío o irresponsable por abandonar a una mujer embarazada.

Por añadidura, el niño necesitaba el cariño de un padre, y negarle a Mitch esa posibilidad se le antojaba injusto y erróneo.

Nicole se levantó presurosa de la silla, notando que la ansiedad y la determinación aceleraban su pulso. No estaba segura de que Mitch pudiera amarla. No estaba segura de qué hacer con las emociones poderosas y turbulentas que él despertaba en ella. Pero debía hacer lo que consideraba más honorable y darle a Mitch una oportunidad.

Mitch tenía los pies colocados encima de la mesa, unos prismáticos en el regazo y el teléfono en una mano. Los prismáticos eran para contemplar a las ballenas, lo cual era una suerte de religión en la costa de Oregón, y generalmente sentaba bien a los nervios. Sin embargo, había atisbado a un par de ballenas grises hacía media hora, y luego había tenido que dejarlo por la conversación telefónica. El cliente potencial que se hallaba al otro lado de la línea era una peluquera.

Personalmente, Mitch no tenía nada contra el gremio de la peluquería. Además, la señora Burkett era una persona de trato fácil. Aunque hablaba como una cotorra. Necesitó más de media hora de agotadora charla para expresar exactamente lo que deseaba. Poseía un próspero salón de peluquería y tenía la intención de reformarlo por completo para hacerlo más moderno y confortable.

– Sí, ya le comprendo… y, sí, a eso exactamente nos dedicamos, señora Burkett. Debo reconocer que no estoy muy familiarizado con la decoración de los salones de peluquería, pero seguro que Nicole sí. Podríamos ir a echarle un vistazo al suyo y luego elaborar un diseño…

Al ver que Nicole irrumpía bruscamente por la puerta, el corazón le dio un vuelco. De repente, su despacho de tonos grises se iluminó con un destello de color. El vestido verde que llevaba era nuevo, se dijo Mitch, y contrastaba con el castaño rojizo de su cabello. Pero fue su rostro congestionado lo que le llamó la atención.

Había tratado de llamarla una docena de veces, pero nunca estaba en casa. Lo sucedido la noche del sábado preocupaba a Mitch sobremanera. No en vano, los filetes de ternera habían fracasado tan miserablemente como las patas de cangrejo y los camarones. Pero el asunto de la comida era, simplemente, un detalle secundario. En realidad, Mitch tenía la impresión de estar fracasando en lo que era la prueba más importante de su vida. Cada vez que había intentado demostrarle a Nicole que era un hombre capaz y responsable, había metido la pata hasta el fondo.

– Sí, señora Burkett… De acuerdo, de acuerdo, podemos fijar una fecha desde ahora mismo. Tendré que consultarlo con los demás, pero… -Mitch hojeó el calendario, en busca de un hueco, pero su mirada no dejaba de desviarse hacia Nik. El vestido suelto realzaba sus senos, cada vez más generosos. Y a Mitch su cuerpo ya le provocaba ataques de lujuria cuando estaba prácticamente liso como una tabla. Sobrevivir a aquel embarazo no sería tarea fácil. Además, sus ojos parecían más oscuros y enormes que nunca-. De acuerdo, muy bien -dijo bruscamente-. El próximo jueves a las tres de la tarde -colgó sin despedirse, algo que jamás había hecho con ningún cliente. Y el rostro de Nicole pareció sonrojarse todavía más.

– ¿Un nuevo cliente? -inquirió.

– Sí. Cuando le diga a Rafe que es una peluquera, le dará un ataque. Pero, bueno, eso puede esperar. Es obvio que deseas hablarme de algo.

– En efecto. Mitch… -Nicole respiró muy hondo-. Sé que no es el lugar ni el momento adecuado, pero, al fin y al cabo, siempre sufrimos alguna interrupción cuando intentamos hablarlo. Te lo diré sin ambages. Si de veras quieres casarte… estoy de acuerdo.

Mitch bajó los pies al suelo. Ella siguió hablando atropelladamente.

– No pasará nada si dices que no. No quiero que te sientas obligado. Y estaría más que dispuesta a establecer un horario de visitas para que vieras al niño, si lo prefirieras así. Pero creo que lo del matrimonio tiene muchas ventajas. Por un lado, el niño tendría un apellido. Y tú podrías ser su padre a todas horas. La verdad es que parecemos llevarnos bien, Mitch. Compartimos muchos valores e ideas…

Por suerte, Nicole no se detenía ni a cobrar aliento, pues Mitch no se veía capaz de decir nada aunque la vida le fuera en ello.

– … Me doy cuenta de que no me amas. Pero tú mismo dijiste que el amor puede cultivarse poco a poco. Naturalmente, si crees que nunca podrías llegar a quererme…

– Sí -balbució él.

– ¿Sí?

Mitch trató de despegar la lengua del paladar y explicó:

– Sí, creo que casarnos es una buena idea. Por los motivos que has expuesto.

Nicole volvió a tomar aliento, expiró, y luego dijo:

– Muy bien -después de lo cual, salió de nuevo por la puerta como una exhalación.

A Mitch se le descolgó la mandíbula. Diablos, ¿era posible que hubiese soñado despierto que Nicole entraba por la puerta y le proponía matrimonio? Era lunes por la mañana, y llevaba varias noches sin dormir bien.

Pero Nicole volvió a asomarse por la puerta, real y radiante como un rayo de sol.

– Ya que debemos hacerlo, Mitch, hagámoslo cuanto antes. No suelo actuar impulsivamente. Pero si nos casamos, nuestros familiares, amigos y conocidos creerán que hemos tenido este hijo porque lo deseábamos.

– Creo que es una idea maravillosa -respondió él con calma.

– No espero nada… romántico. O sea, sólo necesitamos un certificado y un juez de paz. Con la agenda tan apretada que tenemos ambos, no creo que encontremos un solo momento para irnos de luna de miel. Pero podemos dejarlo para más adelante, si quieres.

– Bien -Mitch se habría mostrado de acuerdo aunque Nicole le hubiera sugerido ir de viaje de novios a Siberia.

– Oh, Dios. Se me había olvidado -Nicole se pasó una mano por el cabello-. Tu familia. Tendrás qué decirme lo que deseas hacer, cómo vas a comunicárselo. Me atendré a tu decisión.

– Bueno, mis padres están en Europa, pasando dos meses de vacaciones… que se tenían merecidas desde hace tiempo -se apresuró a añadir Mitch-. Pero no tenemos por qué posponer la boda. Si quieres que nos casemos ya, nos casaremos. Mis padres sabrán comprenderlo… sobre todo, si viajamos más adelante a Seattle para que te conozcan.

– Pero también tienes hermanos…

– Nik, mi familia querrá conocerte, y te conocerá. Olvídate de eso y fija una fecha. La que quieras.

– No me importa si necesitas más tiempo para pensártelo…

– No necesito más tiempo. Te he dicho que sí. Y hablo en serio.

– ¿Estás seguro? -Nicole volvió a mesarse el cabello-. Qué pregunta tan tonta, ¿verdad? Naturalmente que no puedes estar seguro. Yo tampoco lo estoy. Pero no se me ocurre una solución más adecuada. Es decir, si los dos nos sentimos comprometidos a brindarle al niño una vida en familia, lo demás es secundario…

– Todo saldrá perfectamente -convino Mitch.

– De acuerdo, pues -Nicole se dirigió otra vez hacía la puerta. Pero, antes de salir, se giró rápidamente con el ceño fuertemente fruncido. De pronto, su voz parecía vacilante-. Hay algo más.

– No me importa. Confía en mí. Sea lo que sea, lo solucionaremos…

– Me temo que no es algo que pueda solucionarse. Dios santo, qué mal lo estoy haciendo. He empezado la casa por el tejado. Jamás debí hablarte de matrimonio sin habértelo dicho antes.

– Nik, te repito que no importa. Dilo, sin más.

Mitch pretendía tranquilizarla, pero Nicole siguió allí de pie, tragando saliva, mirándolo con ojos temerosos y apesadumbrados.

– Hay cosas de mi pasado que nunca te he contado. Y lo cierto, Mitch, es que hubiera preferido no decírtelas. Hubiera preferido que nunca te enteraras. Pero un matrimonio lo cambia todo. Sería injusto… que no fuese honesta contigo. Hay ciertas cosas que debes saber… Como, por ejemplo, que estoy enemistada con mis padres. Son cosas que sólo entenderás si me dejas explicarte los motivos por los que…

Mitch nunca la había visto en un estado de ansiedad semejante. Farfullaba atropelladamente las palabras. Lo miraba como si fuera un juez dispuesto a emitir una dura sentencia contra ella.

Naturalmente, él ya había sospechado que había algo problemático en su pasado. Tenía que existir una razón de peso para que una mujer brillante y atractiva se negase a sí misma una vida privada, para que siempre fuera tan dura consigo misma cuando cometía el más ligero error.

Mitch deseaba conocer los detalles. La historia. No podía ayudarla sin saber hasta qué punto aquel pasado pesaba en su corazón. Pero no quería que se lo dijera de ese modo. No si el hecho de sincerarse la hacía sufrir hasta tal punto.

– Nicole -dijo con mucha calma-. Si crees que me importan un comino tus pecados de juventud, es que has perdido el juicio. Yo también tengo los míos. No conozco a un solo adulto que no los tenga.

Ella meneó la cabeza.

– Quizá eso sea cierto… pero, aun así, tienes derecho a saberlo. A cambiar de opinión acerca de casarte conmigo…

– Eso no va a suceder -empezó a decir Mitch, pero en ese momento un teléfono sonó al otro lado del pasillo. El teléfono de Nicole. Sólo sonó un par de veces antes de que Wilma contestara y se pusiera a llamar a Nicole a voces. Luego, para colmo, empezó a sonar el teléfono de Mitch.

Ella suspiró y alzó las manos.

– Lo hemos intentado en una playa privada. En tu yate. Y sabíamos que intentar hablar en el despacho era una locura, pero la vida parece conspirar para que nunca acabemos esta conversación.

– Eso es facilísimo de resolver. A las cinco en punto. En mi coche. Hablaremos con tranquilidad -prometió Mitch.

En ese momento, Wilma apareció por la puerta para pasarle a Nicole un mensaje de suma urgencia. Nicole dirigió a Mitch una mirada de frustración, y luego salió de la oficina.

Una vez a solas, Mitch tuvo problemas para hacer bajar su ánimo de las eufóricas alturas de la estratosfera. Dios bendito, Nicole había accedido a casarse con él. Sí, quizá no había sido como él lo había imaginado. No había habido anillo. Ni champán. Ni flores. Ni besos que hubieran desembocado en una frenética sesión de amor para sellar una promesa de futuro.

Pero había que dar tiempo al tiempo.

Nik había aceptado.

Por un instante, Mitch rememoró el terror y la vulnerabilidad que se habían reflejado en el semblante de Nicole cuando empezó a hablar de su pasado. Era una de las personas más íntegras que había tenido ocasión de conocer. No podía imaginar qué habría hecho en su juventud que pudiera preocuparle. Su pasado importaba porque la preocupaba a ella, no a él. Pero Nicole se había mostrado dispuesta a sincerarse, lo cual era una prueba de que confiaba en él. Fuera cual fuese el hombre del saco que se ocultaba en su armario emocional, Mitch estaba seguro de que podrían hacerle frente.

Pero eso podía esperar. Indefinidamente. Todo podía esperar hasta que Nicole luciera en su mano el anillo de casada.

Mitch no estaba dispuesto a permitir que ningún obstáculo se interpusiera entre ellos.

Capítulo Ocho

Mucho antes de la hora de cerrar, Nicole se sorprendió a sí misma hojeando papeles, sin rumbo ni concierto, y escuchando las voces de los despachos exteriores. Rafe se marchó a las cinco en punto, pero John se demoró unos minutos más atendiendo una llamada telefónica. Cuando por fin terminó, Nicole oyó cómo charlaba con Wilma durante otros cinco. Ninguno de los dos parecía tener prisa por marcharse a casa. Finalmente, cuando la puerta principal se cerró y el edificio quedó sumido en el silencio, Nicole se asomó por la puerta de su despacho al mismo tiempo que Mitch salía del suyo.

– ¿Por fin está la costa despejada? ¿Es seguro que nos vean juntos? -inquirió él con voz queda.

Nik notó que los nervios que había acumulado durante todo el día por fin se relajaban. No pudo sino soltar una risita.

– Tú también te sientes como un quinceañero en medio de una aventura, ¿eh? Qué tontería, Mitch. He salido contigo del despacho miles de veces. Nadie tiene por qué pensar nada si nos ven irnos en tu coche.

– Sí, pero eso era ayer. Hoy sabemos que estamos planeando hacer una escapada para casarnos -Mitch la ayudó a cerrar las oficinas, y a renglón seguido la acompañó al exterior y, la instaló en el asiento del pasajero de su coche-. Francamente, me resulta muy divertido. No deberíamos comportarnos como adultos todo el tiempo… Aunque, eso sí, me temo que la aventura será efímera. ¿Qué te parece el sábado?

– ¿El sábado? -Nicole sintió el estómago atenazado por el pánico-. ¿Te refieres al próximo sábado? ¿Para casarnos?

– Aja.

– ¿Dentro de… cinco días?

– Da un poco de impresión, ¿verdad? -dijo Mitch con desenfado, poniéndose las gafas de sol mientras arrancaba el coche y enfilaba la carretera-. Pero le pedí el calendario a Wilma para echar un vistazo a nuestras respectivas agendas. La tuya está atestada. La mía casi igual. Es el único día que ambos tenemos libre.

– Pero el sábado… -en realidad, Rafe la había espoleado aquella mañana al decirle que toda la plantilla sabía de su embarazo. Así, se había dirigido como un rayo al despacho de Mitch para plantearle una opción, no exactamente la del matrimonio.

Las preocupaciones se agolparon de pronto en su mente. Pero no se arrepintió de la decisión tomada. La calma de Mitch, y el hecho de que aceptara con entusiasmo la propuesta, indicaban que deseaba aquel matrimonio. Además, el amor que ella sentía por él justificaba doblemente el enlace. Aún no le había hablado de su pasado. Y tenían un millón de cosas que resolver. Pero aquellos riesgos y temores palidecían comparados con el problema inmediato que Mitch acababa de poner sobre el tapete… cómo podrían tener reorganizadas sus vidas por completo para el siguiente sábado.

– Mitch, no sé si podremos tenerlo todo preparado para el sábado. Análisis de sangre. Un certificado. La ceremonia civil. Ni siquiera he pensado aún en el papeleo necesario. ¿Y no deberíamos hablar del dinero? Los seguros, las cuentas corrientes…

– Eh, eh, antes de que esa cabecita práctica tuya empiece a girar como un trompo, reduzcamos el problema. ¿Te ves capaz de decidir qué querrás llevar puesto dentro de cinco días?

– Claro que sí. Pero no estaba pensando en mí…

– Naturalmente que no. Nunca piensas en ti. Tendremos que hacer algo drástico con respecto al desinterés crónico que padece usted, señorita Stewart. Te juro que te apuntaría a un cursillo sobre cómo ser egoísta, pero seguro que suspenderías.

– ¡Landers! ¡Yo soy una persona terriblemente egoísta!

– Sí, claro. Y a los gatos les encanta nadar. Pero volviendo a lo de antes… Te preocupas por solucionar todo lo referente a mí o al niño. Pero la boda sigue siendo la principal prioridad. Sí, hay muchas cuestiones que necesitamos solventar… y el dinero es una de ellas. Pero puede esperar. ¿Entendido?

– Más o menos -Nicole se tiró nerviosamente del zarcillo-. Tomas decisiones a la velocidad de la luz, Landers. ¿Cómo no me di cuenta antes de cuánto te gusta mandar? -añadió con ironía.

– Creo que sí te diste, y por eso solíamos chocar tanto. Desde luego, no tendrás que preocuparte de aburrirte conmigo…

– Nunca me has aburrido, Landers.

– Bien. Pero aún debemos preocuparnos por una cosa. De hecho, se trata de algo muy serio, y debemos hacerlo enseguida.

– ¿Qué?

– Tenemos que comprar tu anillo. Un anillo.

¿Solventaba de un plumazo asuntos realmente serios en la vida de una pareja, y lo único que le preocupaba era un anillo? Nicole no conseguía mantener un estado mental serio y responsable cuando su futuro marido se mostraba de semejante humor.

En cuanto se apearon del coche, un furioso viento les azotó el cabello y la ropa. Mitch se limitó a soltar una risita, y luego la agarró de la mano. Dado que las tiendas abrían hasta las nueve, y Mitch caminaba a velocidad de bólido, tendrían tiempo de sobra para encontrar algo en alguna joyería. Sin embargo, entraron en cuatro establecimientos diferentes, sin encontrar nada que lo satisficiera.

Nicole no sabía de dónde había sacado aquella sonrisa irresistible y descarada, pero no parecía perderla por nada.

– ¿No crees que tengo derecho a dar mi opinión en esto del anillo? -inquirió sardónicamente.

– No, ningún derecho. Te habría dejado que eligieras de no haber demostrado un gusto tan pésimo.

– Te repito que una sencilla sortija de oro liso está bien. Soy una persona más bien sencilla.

– Sí, ya me conozco la decoración de tu casa. Minimalista. Políticamente correcta. Fría.

– Eh, ¿no te gusta mi casa?

– Sí me gusta. Pero un anillo es algo más personal que un sofá. Debe de ser adecuado para ti. Y no se hable más.

– ¿Y no se te ha ocurrido que ese infame anillo puede no existir? ¿No tienes hambre?

Detenerse a cenar no parecía una sugerencia precisamente excitante. Al principio, Nicole no había comprendido que aquello iba a convertirse en una expedición épica por las tiendas de los alrededores. Demonios, Lewis y Clark habían explorado el Noroeste con mucha más rapidez. No obstante, Mitch siempre parecía muy susceptible con la idea de mantenerle el estómago lleno. La sola mención del hambre, y sus ojos se llenaron de un extraño brillo… casi de aterrorizada alarma.

– Sólo tardaremos un poco más -respondió él evasivamente, y a continuación la condujo al interior de otra joyería.

Aquélla le hizo contener la respiración. No era una joyería corriente, sino más bien una mágica tienda de tesoros. En lugar de mostradores de cristal, vio lámparas de estilo Victoriano que iluminaban las joyas expuestas en terciopelo. Y una mullida alfombra oriental amortiguaba sus pisadas. No parecía haber nadie… hasta que un anciano con cara de sabueso y una coleta canosa asomó la cabeza por una puerta.

– Miren todo lo que quieran -dijo-. Si me necesitan, estoy en la trastienda.

Aquel lugar resultaba romántico y mágico, se dijo Nicole, pero Mitch prestaba aún más atención que ella a los surtidos de anillos. Decidió que tendrían que manejar la situación con más seriedad. No podía comprender cómo Mitch aceptaba la idea de casarse así, sin más, como si todo estuviera bien para él.

– ¿No crees que, al menos, deberíamos hablar de dónde vamos a vivir? ¿En tu casa o en la mía?

– En la tuya -respondió él tranquilamente. Examinó un anillo a la luz de una lamparita y luego lo soltó-. Tienes un cuarto de sobra para el niño, y el doble de espacio. Además, es una casa magnífica.

– Pero la tuya es fantástica. Y no quiero que te sientas en la obligación de mudarte.

Mitch ni siquiera alzó la mirada.

– Mi casa es fantástica para un soltero. Y sí, me gusta, Nik… Pero diseñar casas es mi trabajo. Si, al final, la tuya no nos satisface, diseñaré una que nos convenga a los tres. O a los cuatro, si para entonces tenemos otro conejito en el horno.

Nicole lo miró directamente a la cara. El viento le había revuelto el cabello y había teñido de color sus angulosas mejillas. De pronto, Nik pensó que era el hombre más sexy que había conocido nunca. Su complexión delgada era muy engañosa. Su forma de caminar, de moverse, siempre tenía una cualidad poderosamente viril. A Mitch le gustaba ser hombre y lo demostraba en cada uno de sus actos.

Había mencionado tan casualmente la posibilidad de tener otro hijo, que ella sintió ganas de sentarse y respirar hondo varias veces hasta que las rodillas dejaran de temblarle.

Se dijo que Mitch sentía algo por ella. Que el honor y la responsabilidad, por sí solos, no podían haberlo motivado a desear aquel matrimonio. Y el hecho de que pensara en tener otro hijo sugería que Mitch creía que sería un matrimonio duradero.

Nicole deseaba disponer de un par de segundos para saborear aquel comentario… pero él seguía moviéndose a velocidad vertiginosa. Parecía capaz de resolver cualquier cuestión personal o laboral con absoluta presteza. Salvo la cuestión del anillo.

No vio ninguno que le gustara lo suficiente, así que, tomándola de la mano, se dirigió al joyero.

– Estamos buscando un anillo de boda, pero no hemos visto ninguno que nos convenza. ¿Tiene algo más?

El joyero miró a Nicole entornando los ojos por encima de su arrugada nariz, y la observó de pies a cabeza.

– Dígame lo que desean exactamente.

– Nada demasiado grande ni demasiado llamativo -contestó Mitch-. Pero tampoco demasiado simple. Algo que vaya con su estilo.

El joyero asintió, sin dejar de estudiar a Nicole.

– Algo romántico -dijo-. Delicado. Más para una princesa que para una reina.

– Disculpe -repuso ella en tono incrédulo-. No sé a quién está describiendo, pero no a mí, desde luego…

– Eso exactamente -dijo Mitch. El joyero soltó su herramienta de trabajo y les indicó con un gesto que lo siguieran, aunque solamente le hablaba a Mitch.

– Hace unas semanas, adquirí ciertas joyas en una subasta. A decir verdad, me quedé con todo el lote sólo para conseguir esta sortija. La montura estaba muy estropeada. Aún no he acabado de repararla. Pero el diamante en sí… Nunca había visto una piedra con un aura tan poderosa.

– ¿Aura? Vamos, muchachos…

– Véamoslo -dijo Mitch al joyero.

El anciano los condujo a la trastienda, una estancia entrelarga atestada de herramientas y bancos de joyería. Empezó a rebuscar en los cajones y finalmente extrajo un estuche de terciopelo. Luego encendió una lámpara e iluminó con ella el anillo.

– Como le he dicho, la montura no es la original, pero intenté reproducir el concepto del artista… salvo que él trabajó con platino, y la piedra… bueno, pensé que necesitaba una montura de oro para sostenerse adecuadamente. Aún no lo he terminado, pero puede probárselo.

– Sí, pruébatelo -la animó Mitch.

Ella apenas había mirado aún el anillo. Pero cuando Mitch le tomó la mano y se lo puso en el dedo… algo ocurrió.

Nicole habría jurado que no había ni un ápice de romanticismo en su alma. Años atrás, había suprimido de su carácter esas zarandajas sentimentales. Se había quemado demasiadas veces con los fuegos emocionales que había encendido de adolescente. Pero el anillo tenía algo…

No era grande. El suave oro alojaba al diamante de modo que éste parecía tener forma de corazón. Forma de amor. Y no era posible que transmitiera calor a su dedo. Nicole sabía perfectamente que no podía haber un cálido genio de amor atrapado en la piedra, pero… La tocó. Y, de pronto, unas susurrantes imágenes danzaron en su mente; imágenes de castillos, y princesas, y un caballero que la protegería en la más oscura de las noches. Se había sentido bien durante todo el día, pero, ¿quizá sufría un principio de gripe? Una súbita fiebre era la única excusa que se le podía ocurrir para semejante delirio.

– Le encanta -dijo Mitch al joyero-. ¿Cree que podrá tenerlo terminado dentro de cinco días?

– ¡Mitch! -Nicole alzó rápidamente la cabeza-. ¡Ni siquiera has preguntado cuánto vale! Por lo que sabemos, puede costar una fortuna…

– El gasto no tiene ninguna importancia, Nik.

Nicole sabía que él estaba situado tras ella, más cerca que su propia sombra, porque sus nervios siempre parecían cargarse de electricidad cuando tenía a Mitch cerca. Se volvió para mirarlo.

Ni en cientos de años hubiese esperado que, de repente, le rodease el cuello con los brazos. Ni en miles de años hubiese esperado que la besara en aquella polvorienta trastienda, delante del joyero. Pero eso hizo. Ni siquiera le permitió tomar aire. Reclamó su boca con un cálido y ardiente beso que la privó de la vista y el oído e hizo que las rodillas se le doblaran.

Magia. Nicole siempre había creído en su existencia. Pero no confiaba en ella. No obstante, en aquel momento preciso, fue como si el resto del universo estuviese dormido, y sólo Mitch y ella estuviesen despiertos. El salvaje beso de Mitch le habló de su temor y de su vulnerabilidad. Su boca sabía a soledad y a deseo. A todo aquello que ella siempre había temido. Y él era el único que la había comprendido.

Finalmente, Mitch alzó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Nicole durante un largo momento, como si sólo la estuviera mirando a ella, como si nada más que ella existiera. Y quizá percibió la endeblez de sus piernas, porque le apretó la mejilla contra su hombro rodeándola con un brazo seguro y protector.

– Cueste lo que cueste, necesito ese anillo para el sábado por la mañana. No me importa el precio. Ponga el que quiera -dijo Mitch al joyero, y a continuación se sacó el talonario del bolsillo.

Casi eran las nueve cuando Mitch la dejó en su casa. Nicole se quedó observando hasta que las luces del coche desaparecieron. Luego soltó el bolso y la chaqueta, y se dirigió hacia la cocina. Se había dicho que tenía hambre. Por algún extraño motivo, Mitch rechazó una y otra vez la sugerencia de pararse a cenar en algún sitio. Sin embargo, Nicole no pudo terminar el plato de comida.

Quizá no tuviera el estómago lleno, pero sentía que su corazón iba a rebosar. Mientras llevaba el plato al fregadero, no consiguió dejar de pensar en Mitch. En cómo había sido con ella esa tarde. En el anillo. En el beso.

La sensación de gozo no dejaba de bullir en su corazón. Mitch aún no había hablado de amor, pero sus actos demostraban que sentía algo muy fuerte y poderoso por ella.

Parecía un cuento de hadas. Nicole nunca había esperado sentir amor. El hechizo malo de la bruja pesaba en su vida como una losa insoportable. Pero tampoco había esperado nunca que Mitch apareciese en su camino. Confiaba en él como jamás había confiado en nadie. Mitch provocaba en ella una pasión como Nicole jamás había soñado que pudiera sentir con el hombre perfecto. Era imposible no amarlo… Divertido, cálido, bueno por dentro y por fuera. Y quizá todo aquello hubiera comenzado con un error, pero si existía la posibilidad de que él también la amase a ella, nada impediría que fueran felices como en el final de los cuentos.

Salvo que la mujer que intentaba protagonizar aquel cuento de hadas no se parecía ni remotamente a la inocente princesita. De hecho, dicha mujer tenía tras de sí un amplio historial de errores antes de conocer a Mitch.

Nicole acabó de fregar los platos y echó un vistazo al teléfono. Un nudo se le formó en la garganta. Resueltamente, se secó las manos, descolgó el auricular y marcó el número de Sam y Leila. La pareja había acogido a otros chicos después que a ella, pero nunca habían perdido el contacto.

Incluso antes de oír la voz de Sammy, Nicole revivió mentalmente el día en que la encontró en la calle y, con su dura voz de policía, la obligó a que lo acompañara a su casa a ver a Leila. Y, tal como ella esperaba, su familiar voz la llenó de un agradable calor.

– Vaya, si es mi chica favorita.

– Tu chica favorita va a casarse, Sammy.

– ¿Estás asustada?

Nicole sintió ganas de poner los ojos en blanco. Sammy siempre daba en el clavo.

– Sí.

– Eso es bueno, cariño. Nadie que no tenga miedo de un compromiso como el que supone el matrimonio está en sus cabales. ¿Y él es lo bastante bueno para ti?

– Demasiado bueno -respondió ella con sinceridad.

Como era previsible, Sammy intentó rebatir aquel punto. Charlaron sobre los niños acogidos, sobre el trabajo y la vida. Hablar con Sam o Leila siempre fortalecía su confianza en sí misma. Pero, después de colgar, comprendió que tenía que hacer otra llamada. Una llamada mucho más dura y difícil. El nudo que le obstruía la garganta creció hasta adquirir el tamaño de un peñasco.

Antes de que pudiera cambiar de opinión, Nicole descolgó de nuevo el teléfono y marcó el número de sus padres. Llevaba dos años llamándolos sin falta cada dos semanas. Que quisieran o no saber de ella era irrelevante.

Sin embargo, no había sabido cómo comunicarles la noticia del embarazo. Ni siquiera sabía si les interesaba en absoluto. Por eso, desde hacía algún tiempo, había faltado a la costumbre de telefonearles.

Su madre respondió después del tercer tono.

– Hola, mamá. Soy yo, Nicole.

Al oír la voz de su madre, volvieron a ella los sentimientos infantiles de ansiedad y de miedo.

– Hacía tiempo que no llamabas.

– Sí. ¿Cómo estás? ¿Y cómo le va a papá con la artritis? ¿Sigues yendo al coro?

– Sí. Tenemos a una nueva soprano. Tu padre se lastimó la espalda hace dos semanas, levantando unos sacos… Ya sabes lo terco que es. Podíamos haberle pagado al chico que vive más abajo para que lo ayudase, pero no, Joe tenía que hacerlo solo…

– ¿Y está bien? ¿Ha ido al médico?

– ¿Tu padre? No me hagas reír. Ya sabes que piensa que los médicos son todos unos charlatanes…

Nicole notó que las palmas de las manos se le humedecían a causa de los nervios. El pulso le latía con fuerza. Siempre era lo mismo. Les preguntaba sobre ellos, pero no hablaba de sí misma… ni ellos le preguntaban.

Cuando su madre se disponía a colgar, Nicole dijo rápidamente:

– Mamá, hoy quiero comunicaros una noticia. Voy a casarme. Se llama Mitch Landers. Llevamos algo de tiempo trabajando juntos, y no puede ser un hombre más maravilloso.

Hubo silencio durante unos segundos.

– Pues sí que es una noticia. Ni tu padre ni yo creíamos que pudieras sentar la cabeza alguna vez -otra pausa-. Lo primero que preguntará tu padre es si estás embarazada.

Nicole cerró los ojos con fuerza, sintiendo una punzada de culpa.

– Sí, lo estoy -dijo con calma-. Ambos deseamos de veras este hijo. Y espero que queráis conocer a vuestro nieto.

Otra larga pausa.

– No sé, Nicole. Hablaré con tu padre.

Después de unas cuantas frases más, Nicole colgó el auricular con los nervios hechos trizas. No había habido felicitaciones, ni entusiasmo, ni alegría por la noticia del futuro nieto. Se dijo que había estado loca por esperar lo contrario.

Sus padres eran duros, exigentes, inflexibles. Aunque, como padres, lo habían hecho lo mejor que habían podido, y lo único que les importaba realmente era su reputación de parroquianos respetables. Nicole no había podido elegir una forma más dolorosa de humillarlos que escapándose de casa.

Durante un tiempo, se habían desentendido por completo de ella. El hecho de que acabaran aceptando sus llamadas constituyó un primer paso adelante. Sammy siempre le dijo que los olvidara.

Pero, a pesar de todo, seguían siendo sus padres.

Nicole tragó saliva y luego respiró hondo varias veces. A continuación fue apagando las luces de la casa. Mientras subía las escaleras para dirigirse hacia su cuarto, volvió a pensar en Mitch. Aún no le había dicho nada de su pasado. Tenía miedo de que el concepto que tenía de ella se rebajase. Miedo de que descubriera que la mujer a la que quizá creía amar era otra persona… una persona que antaño había actuado de forma egoísta e insensible.

Pero Mitch debía saberlo. Por su bien y por el de ella.

«Mañana mismo», se dijo. Sin esperar ni un día más. Lo primero que haría en cuanto lo viera al día siguiente sería contárselo todo.

Capítulo Nueve

Mitch acababa de soltar su taza de café en la mesa cuando Nicole apareció por la puerta. Con un solo vistazo, comprobó que su rostro estaba aún más pálido que la blusa marfil que llevaba puesta.

– Mitch, sé que tienes cientos de cosas que hacer. Igual que yo. Pero hay algo que debo decirte sin falta antes de que demos un solo paso más…

Él cruzó como un rayo el despacho en cuanto vio su semblante compungido. La compra del anillo había sido memorable… como el prometedor beso que selló su compromiso. Mitch no se explicaba qué podía disgustarla tanto. Antes de que Nicole terminase de hablar, se inclinó para besarla. Ella ladeó instintivamente la cabeza para recibir el beso, en el que Mitch puso todo su corazón. No estaba seguro de si Nik lo deseaba ni siquiera la mitad de lo que él la deseaba a ella, aunque sospechó que sí. Su reacción era demasiado honesta, demasiado sincera.

Para cuando Mitch se detuvo a tomar aire, las mejillas de Nicole habían adquirido un saludable y gratificante color sonrosado, y sus manos se agitaban de un lado para otro, en pequeños gestos de aturdimiento.

– Yo… esto… ¿había algún motivo especial para eso?

– Aja. Quería darte los buenos días. ¿Sabes dónde está tu partida de nacimiento?

– ¿Mi partida de nacimiento? -Nicole aún estaba recuperando el resuello.

– Sí. La necesito para obtener la licencia. Y hoy a las dos nos haremos los análisis de sangre. Lo he consultado con Wilma. Dice que a esa hora tendrás un rato libre.

– Muy bien. A las dos. Pero… -Nicole frunció el ceño repentinamente, como si tratara de concentrarse. Pero antes de que pudiera decir algo, se produjo una interrupción.

John entró en el despacho mordiendo una manzana que sostenía con una mano, mientras que en la otra llevaba una carpeta archivadora.

– Bien, os he encontrado a los dos en el mismo sitio. Tengo una pregunta acerca del diseño de Shaw -de repente, pareció darse cuenta de que estaban a escasos centímetros el uno del otro-. Mmm, quizá deba dejarlo para otro momento…

– No te vayas -dijo Mitch de buen humor-. Podemos hablar del asunto dentro de unos minutos. Pero, antes, Nicole y yo tenemos una noticia que daros.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Nik y yo nos casamos. El sábado que viene.

Nicole giró la cabeza hacia él con tanta velocidad, que se arriesgó a sufrir un calambre. John echó hacia atrás su coronilla calva y prorrumpió en carcajadas.

– Ya me pareció que pasaba algo cuando dejasteis de discutir continuamente hace unas semanas. ¡Caray, es maravilloso! Enhorabuena. ¡Eh, Wilma! ¡Rafe! ¡Venid enseguida!

Como era de esperar, toda la plantilla acudió al instante. Durante media hora, Mitch hubo de observar cómo Nik era felicitada, besada, abrazada y luego interrogada sobre los planes de boda. Brindaron con tazas de café recién hecho… salvo Nicole, que tomó leche. Nadie se mostró sorprendido ante la noticia, pero la plantilla protestó vociferantemente al oír los planes de boda. ¿Sólo faltaban cuatro días? No habría tiempo para organizar un banquete. Ni podrían irse de luna de miel.

Nicole no dejaba de lanzarles frenéticas miradas, aunque fue Mitch quien contestó a las preguntas que, evidentemente, a ella le resultaban incómodas.

– ¿Qué queréis que os diga? Nik tenía prisa por convertirme en un hombre honesto. Y tenemos una agenda tan apretada, que hemos pensado en irnos de luna de miel durante las vacaciones de verano. Pero no queríamos esperar tanto tiempo para legalizar nuestra situación.

Finalmente, las insistentes llamadas de teléfono recordaron a todo el mundo que era un día laborable. Cuando todos se hubieron marchado, Nicole se apoyó en la mesa como si se recuperara de una maratón.

– Debiste avisarme de que ibas a anunciarlo tan pronto -dijo en tono derrotado.

– No creí que te importase. Falta muy poco para la boda. ¿Acaso querías esperar más tiempo para anunciarlo?

– No, claro que no. Simplemente, me ha pillado por sorpresa.

Ésa era precisamente la estrategia de Mitch para los siguientes cuatro días. Sorprenderla continuamente para que no pudiera pensar en cosas que la preocupasen…

El modo en que Nicole lo había mirado cuando le puso el anillo, el modo en que lo había besado, convenció irrevocablemente a Mitch de la validez de aquel matrimonio. Si Nik no lo amaba, le faltaba muy poco. Era imposible que reaccionase con semejante pasión si no sintiera realmente algo por él.

Y sí, aún les quedaban unos cuantos problemas menores pendientes de solución. Durante los días siguientes, Mitch se dio cuenta de que Nicole intentaba continuamente confesarle algo que consideraba grave, pero él no le dio oportunidad. No pretendía ser un patán insensible e ignorar algo que la trastornaba. Sencillamente, pensaba que el asunto podía esperar.

Por fin, el sábado a mediodía, cuando detuvo el coche junto a la casa de Nicole, Mitch se sentía eufórico, a pesar de que los ojos le escocían a causa de las noches que llevaba sin dormir. Conforme se apeaba del recién encerado Miata, las nubes se acumulaban en el oeste, y un viento cortante llegaba del océano.

A Mitch no le importaba sentirse agotado, ni tampoco la tormenta. Sin embargo, de pronto reparó en que las rodillas le temblaban ligeramente.

No comprendía la causa de aquellos nervios repentinos. No sólo deseaba aquella boda, sino que se sentía completamente feliz.

El furioso viento hizo que la corbata se le pegara al rostro. Mitch la puso en su lugar, enderezó los hombros, esbozó una sonrisa… y las rodillas siguieron temblándole. Durante aquella semana frenética, había olvidado que después de una boda llegaba la noche de bodas. Nunca había tenido problemas de impotencia, pero se sentía exhausto después de tantos días de ajetreo. ¿Y si fallaba en el terreno sexual, después de haber hecho creer a Nik que era un amante ardiente y capaz…?

La puerta trasera de la casa se abrió de repente, y Mitch vio a Nicole.

Desde luego, no tendría problemas de impotencia.

Siguió avanzando a paso rápido, con la mirada fija en ella. Se había puesto… Demonios, no sabía cómo llamarlo. Un traje de chaqueta, se dijo. No blanco, sino más bien marfil. Llevaba un peinado de peluquería… tan horrible que Mitch no pudo sino sonreírse. Pero su rostro… no era la primera vez que la había visto tan inocente y vulnerable como una princesita. Y la sonrisa se desvaneció de sus labios. Sus ojos parecían más azules que nunca, su piel suave y translúcida, con un suave toque de color sonrosado en las mejillas.

Mitch deseó protegerla de los dragones. Salvarla de peligros inimaginables. Despertarla durante todos los días del resto de su vida.

Maldición, tenía en la garganta un nudo tan grande que apenas podía hablar.

– Nunca había visto a una novia tan hermosa.

Nik, que afrontaba cada crisis con la seguridad de una leona, pareció de repente tan insegura como una niñita.

– No sé si estoy hermosa, pero quería lucir lo mejor posible para la ceremonia. Para ti. ¿Crees que se me nota la barriga? Tardé mucho en elegir un traje que se ajustara a mi figura.

– Me encanta tu figura. Quita el aliento -diablos, ¿dónde tenía la cabeza?-. Pero no se te nota la barriga. Para nada.

– Estás mintiendo. Me gustan los hombres que saben mentir -una sonrisa afloró al rostro de Nicole. A continuación, lo observó de arriba abajo entornando los ojos-. Estás… espléndido. Demonios, Landers. ¿Cómo es que nunca te he visto antes con ese traje? Pero, Mitch… va a llover. Es más, me temo que va a caer un aguacero de un momento a otro.

Las primeras gotas empezaron a caer del cielo, y los dos se dirigieron apresuradamente hacia el coche. Mitch le dio a Nicole el ramo de gardenias, que por suerte hacían juego con el vestido.

Cuando entraron en el juzgado, Mitch empezó a sentir de repente que todo era inadecuado. Para entonces, llovía a mares. Y el ambiente del juzgado era demasiado frío e impersonal. Sólo había desconocidos.

No obstante, mientras esperaban al juez, Nik le puso una mano en el hombro.

– Mitch -dijo con voz suave, mirándolo a la cara-. Aún puedes echarte atrás si quieres. Puedo ver que estás tenso. Si no es esto lo que en realidad deseas, podemos dejarlo ahora mismo. Jamás he querido que te sientas obligado.

La tensión que sentía Mitch se desvaneció con la rapidez del relámpago.

– Esto es exactamente lo que deseo. Que seas parte de mi vida. Y también el niño -respiró hondo-. Lograremos hacer que funcione, Nik. No tienes por qué tener ningún miedo.

– ¿Tú no sientes miedo?

En aquel instante, Mitch no sentía ninguno.

La ceremonia duró doce minutos. Y el beso que selló sus votos duró tres más. Cuando salieron al exterior, la lluvia se había convertido en una furiosa tormenta. A pesar del paraguas, y de que Mitch trató de protegerla echándole un brazo por los hombros, Nicole tenía el cabello totalmente empapado cuando llegaron al coche.

– ¿Te estás riendo? -preguntó él incrédulo-. Se te ha estropeado el peinado…

– Sí, bueno, ahora parezco otra vez yo misma. El peinado era horrible, ¿verdad? No, no contestes, porque entonces tendría que asesinarte. Pero debí pensármelo mejor antes de elegir un corte de pelo tan falsamente sofisticado.

Mitch le pasó un pañuelo para que se secara.

– Menos mal que nos dirigimos a casa en lugar de al banquete de boda, ¿verdad? -Mitch arrancó el motor y activó el limpiaparabrisas a toda potencia.

Ella meneó la cabeza.

– Ya tendremos tiempo de organizar alguna fiesta. Después de esta semana tan frenética, sólo me apetece disfrutar de algo de tranquilidad. Aunque reconozco que siento curiosidad por saber por qué insististe en volver a mi casa, en vez de ir a la tuya.

– Bueno… hay un par de razones. Una es que, casualmente, tengo un regalo para ti. Y sólo puedo dártelo en tu casa.

– ¿Un regalo? Mitch, yo no te he comprado nada…

– No lo esperaba… Pero no se trata de esa clase de regalo. Y como no te guste, me veré en un verdadero aprieto. En un aprieto con mayúscula.

– Me gustará, te lo prometo.

– Ya veremos.

Él estaba más nervioso que ella, se dijo Nicole.

– Me estás asustando con esa sonrisa -dijo Mitch.

– ¿De verdad?

– Sí. En lugar de un espléndido día de sol, tenemos un diluvio. Tienes el cabello empapado y el vestido probablemente estropeado. Y sonríes. ¿Ese efecto ha tenido en ti el matrimonio? ¿En tan sólo quince minutos?

– Qué quiere que le diga, señor Landers. De momento, me gusta estar casada.

– Lo mismo digo, señora Landers. Siempre y cuando te guste mi regalo y no te enfades conmigo. No son diamantes -advirtió Mitch.

– Al diablo los diamantes.

– No se trata de joyas ni de pieles. Demonios, hace un par de días me pareció una idea estupenda, pero ahora creo que debí consultártelo antes. En ocasiones, cuando se me mete algo en la cabeza, lo hago sin pensármelo dos veces.

– ¿No crees que ya había reparado en ese rasgo de tu carácter? Eres más tozudo que una mula.

– Pero vuelves a sonreír.

– Aja -Nicole se apeó del coche en cuanto Mitch se detuvo junto a su casa. El aguacero había disminuido sólo ligeramente… pero la temperatura era agradable, y la lluvia había limpiado las flores y las hojas, haciendo que todo pareciera radiante. Nik sacó la lengua para saborear el agua.

Mitch exhaló un suspiro al verla dar vueltas mientras saboreaba las gotas de lluvia. Respiró hondo y la agarró del brazo.

– La mujer con la que me he casado ha perdido la chaveta. Como te resfríes, te juro que me suicido. Así que entremos de una vez…

– Vaya. Se supone que yo soy la mitad seria y responsable de esta pareja… -los ojos de Nicole se abrieron como platos cuando Mitch hizo girar la llave en la cerradura. Incluso antes de que abriera la puerta, oyó un extraño sonido procedente del interior-. ¿Qué es eso?

– Tu regalo. Dios, no me mates, ¿de acuerdo?

– Parece que esté… vivo.

– Le dejé a John una llave para que viniera a dejarlo mientras nosotros estábamos fuera. Pero puede esperar. Si antes prefieres darte una ducha caliente…

Pero Nicole entró rápidamente, dirigiéndose hacia la fuente del sonido que salía de la cocina. Abrió la puerta de un empujón y emitió un jadeo ahogado.

– ¡Oh, Mitch!

El suelo estaba alfombrado de papeles de periódico, que se extendían hasta una cestita rosa de perro. El cachorro parecía una inquieta bola blanca de pelo… deseosa de compañía. Olvidándose del vestido y de las medias, Nicole se arrodilló en el suelo y lo tomó en brazos.

– Mmm… reconozco que la brillante idea fue mía, pero tuve algo de ayuda. John y Wilma ya se han ofrecido como canguros cuando tengamos que salir. Y todos estuvieron de acuerdo en que necesitábamos un perro guardián…

– Un perro guardián -repitió ella mientras el cachorro le lamía la cara con su lengua rosa.

– Así se llama la raza. Y, según se dice, son insuperables con los niños. Listos y obedientes. Para cuando nazca el bebé, ya habrá pasado la fase de cachorro tontorrón, y podrán crecer juntos sin problemas…

– Mitch, no vuelvas a llamar tontorrón a mi perrito si quieres vivir.

– Mmm… ¿así que no estás enfadada?

Nicole se incorporó y se lanzó a sus brazos.

– Nunca he tenido un perro. Es el mejor regalo que podías haberme hecho -de nuevo vio en los ojos de Mitch aquella mirada oscura. Salvaje. Intensa.

– Nunca me habías abrazado por tu propia iniciativa, ¿lo sabías? -comentó él suavemente.

– Quizá no estaba segura de que fuese lo correcto.

– Pues lo es. Creo que deberíamos repetir lo de casarnos todos los días -Mitch carraspeó-. Le pedí a John que trajera más cosas. Como, por ejemplo, la cena.

– Si abrazarte es lo correcto, ¿crees que estaría bien que besara al novio?

– No.

– ¿No? -por la expresión de sus ojos, Nik habría jurado que le gustaba la idea. Estaba convencida de que Mitch sólo pensaba en una cosa… y no era el cachorro.

– No -repitió él firmemente-. A decir verdad, me preocupa que estando así de empapada puedas pillar un catarro. ¿Qué tal si tomas un baño caliente y te pones ropa más cómoda? Yo me ocuparé de nuestro nuevo monstruito y luego me cambiaré -al ver que ella asentía y se dirigía hacia las escaleras, agregó-: Mmm, Nik, no te olvides de lo del beso.

Nicole no pensó en otra cosa mientras se daba una ducha caliente, y cuando salió de la bañera para secarse, en medio de una nube de vapor, experimentó unos repentinos temblores. El empañado espejo revelaba que algo estaba mal en su cuerpo. Demasiados ángulos, un vientre demasiado abultado. ¿Y si Mitch la encontraba poco atractiva?

No obstante, para cuando se vistió con un jersey grueso y unos pantalones sueltos, los temblores ya habían empezado a remitir. Después de cepillarse el cabello, salió del cuarto de baño… y chocó con Mitch, que en ese momento había salido del aseo opuesto.

Tenía el cabello húmedo y llevaba puestos unos téjanos, sin camisa.

El pasillo estaba a oscuras. Nicole oyó el crujido de un trueno… O quizá era su corazón martillándole en el pecho. Mitch se había parado en seco. Igual que ella. Los ojos de ambos se encontraron. Nik sólo podía pensar en lo cerca que estaba el dormitorio…

– ¿Has dejado el cachorro, eh, en la cesta?

– Sí, estuve jugando con él hasta que se durmió.

Nicole no podía retirar la mirada de la mágica atracción magnética de sus ojos.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó.

– No de comida.

Ella tomó aliento.

– Yo tampoco -tomó aire por segunda vez, comprendiendo que Mitch estaba tan nervioso como ella. Los dos deseaban exactamente lo mismo.

Él dio un paso hacia ella.

– Nik -murmuró con voz ronca al tiempo que alzaba una mano.

En el instante en que la tocó, se produjo una explosión de fuegos artificiales. Nicole jamás había soñado que pudiera ocurrir algo así… al menos, desde que era una niña y fantaseaba con castillos, hechizos mágicos y un caballero que pudiera robarle el corazón.

De repente, con total brusquedad, se dio cuenta de que aquellos fuegos artificiales eran reales. Mitch abrió la boca, sorprendido, y el cachorro empezó a aullar en la cocina.

– ¿Qué demonios pasa? -preguntó Mitch-. Quédate aquí mientras yo averiguo qué es lo que ocurre.

La cacofonía de estrepitosos estallidos parecía rodear la casa entera. Mitch se lanzó escaleras abajo, seguido de cerca por Nicole. Los repentinos golpes en la puerta principal hicieron que el corazón se le subiera a la garganta. Sabía que la puerta no estaba cerrada y, al ver que se abría de golpe, Mitch colocó instintivamente a Nicole detrás de sí… al menos, por un segundo.

John, Rafe y Wilma permanecían en el marco de la puerta, sonriendo como hienas… y calados hasta los huesos.

– ¿No estaríais planeando hacer algo interesante los dos solos, verdad? -dijo John socarronamente.

– ¿Pero qué diablos…? -Mitch se echó el cabello para atrás.

– Se trata de una fiesta sorpresa para los recién casados -anunció Wilma-. Traemos toneladas de comida…

– Y bebidas -añadió Rafe tras ella-. Y regalos.

La plantilla siempre la había tratado con mucho cariño y respeto, pero Nicole jamás se había esperado algo así.

Al cabo de varias horas de fiesta, que tanto a Mitch como a ella se le antojaron interminables, Rafe se acercó a la ventana y dijo:

– Por fin ha escampado. Quizá no hayáis tenido sol el día de vuestra boda, pero parece que disfrutaréis de un anochecer de primera. ¿Qué tal si bajamos todos a la playa? -tras echar un vistazo a la expresión de Mitch, Rafe se rió-. Eh, que era broma. Nos vamos ya, ¿verdad, pandilla?

Se marcharon tan «silenciosamente» como habían llegado. Cuando, por fin, Mitch y Nicole cerraron la puerta, todo volvió a sumirse en la calma.

– Estoy totalmente agotada. Aunque han hecho algo maravilloso, ¿verdad? -dijo ella.

– Sí. Debí sospechar que cometerían alguna diablura. Nos consideran familia suya, ¿sabes? -Mitch titubeó-. No sabías que te tuvieran tanto cariño, ¿verdad? -no lo planteó como una pregunta.

Nicole negó con la cabeza.

– No. Es decir, siempre he sabido que todos nos llevamos muy bien, pero…

– Eso es gracias a ti.

– Trabajamos en equipo…

– Gracias a ti -repitió él-. ¿Crees que es accidental que todos congeniemos tan bien? ¿Que es algo normal en todos los trabajos? Me parece, señora Landers, que no sabe usted cuánto la quieren los demás -al verla bostezar, Mitch sonrió-. La verdad es que te encanta hablar de ti misma, ¿verdad?

– Mmm, no.

– Ya hemos tenido bastantes emociones por hoy. ¿Cansada?

– Odio admitirlo, pero sí.

– En ese caso… ¿qué te parece si nos acostamos temprano?

De nuevo, una poderosa descarga eléctrica pareció chisporrotear entre ambos, con la intensidad del relámpago. Y, de repente, Nicole se cansó de esperar. Deseaba hacer el amor con él, como si hubiera estado esperando a Mitch durante toda su vida.

– Subiré ahora mismo -dijo.

Él le acarició la mejilla.

– Tardaré un par de minutos en acostar al cachorro y cerrar la casa. Luego me reuniré contigo.

Capítulo Diez

Conforme subía las escaleras, Mitch vio que Nicole había apagado la luz del dormitorio. De modo que había sufrido una especie de ataque de pudor, se dijo. En fin, podría amoldarse a su deseo. A él le resultaría difícil mostrarse pudoroso, pues había olvidado llevarse un pijama. Pero sabiendo que por fin podría hacerle el amor a la mujer a la que amaba, podría amoldarse a cualquier cosa.

Al llegar a lo alto de las escaleras, dudó entre dejar encendida o no la luz del pasillo. Nik deseaba el cobijo de la oscuridad, pero Mitch temía iniciar la noche de bodas tropezando con las cosas como un inútil patoso. Resolvió el problema dejando la lámpara encendida y cerrando la puerta del dormitorio, de modo que sólo un fino haz de luz se colaba por debajo. A pesar de dicha luz, sus pupilas se dilataron instantáneamente y, al principio, no pudo distinguir nada… salvo a ella. Su forma acurrucada en la cama lo incitó inmediatamente a quitarse el jersey.

– ¿Has acostado a nuestro pequeño?

Tanto su voz susurrante como el comentario hicieron sonreír a Mitch. Le gustaba que se refiriera al cachorro como «nuestro pequeño». Le hacía pensar en cómo hablarían sobre el auténtico bebé cuando naciera.

– Sí, y he colocado junto a él un despertador envuelto en una toalla. Si llora de noche, yo lo atenderé, Nik. De modo que no te preocupes -Mitch soltó el jersey, y a continuación se bajó los pantalones y los calzoncillos… moviéndose con total lentitud.

Las sombras fueron cobrando forma paulatinamente, de modo que pudo distinguir la mitad de la cama que Nicole había dejado vacía para él. Retiró la sábana y se introdujo en ella.

Topó con algo. Su codo, se dijo. Simplemente lo rozó, pero Nicole dio un salto.

– Hace frío -comentó Mitch-. Una temperatura ideal para un abrazo.

Ella reaccionó acurrucándose entre sus brazos… lo cual era una buena señal, pensó él. Y parecía llevar puesta una prenda de satén, lo cual no era tan perfecto como la desnudez total, pero constituía otra buena señal. Mitch podía notar la atrayente curva de sus senos, la suave prominencia de su vientre… y los desbocados latidos de su corazón. Unos latidos rápidos, ansiosos.

Con cuidadosa ternura, le acarició el hombro. Posiblemente para demostrar que estaba dispuesta, Nicole reaccionó al instante frotándole el cuello con la mejilla.

– ¿Estás nerviosa? -murmuró Mitch.

– Oh, no.

Era difícil rebatir una mentira susurrada con tanta suavidad.

– ¿Ni siquiera un poquito nerviosa?

– Bueno… quizá un poco, sí.

Él siguió acariciándola, confortándola, pero no conseguía disipar la tensión que percibía en sus músculos. Poco a poco, Mitch empezó a sentirse tenso también. Había pensado que llevándola a su casa, a su cama, se sentiría cómoda y relajada, pues fue allí donde hicieron el amor por primera vez. Pero, en el fondo, ella no lo recordaba.

– ¿Sabes una cosa? -murmuró él finalmente.

– ¿Qué?

Mitch alargó la mano libre y tomó la de ella.

– Aquí sólo estamos tú y yo. Y eso significa que podemos esperar hasta mañana, Nik. Hasta cuando sea. Nos queda toda una vida por delante. No tenemos por qué seguir más reglas que las nuestras.

Nicole no dijo nada, pero la tensión que la atenazaba se esfumó al instante. Sin embargo, su mano siguió aferrada a la de él, comunicándole un mensaje de amor, de miedo, de soledad. Y cuando por fin se quedó dormida, sus dedos no lo soltaron… como si no pudiera dormir sin temer que la abandonase.

Como si él fuera capaz de abandonarla.

Mitch clavó la mirada en el techo, despierto como un búho, tratando de determinar exactamente por qué, de pronto, Nicole había sentido miedo de hacer el amor con él.

Cuando Nicole se despertó, el sol iluminaba el cobertor color rosa. Antes incluso de abrir los ojos, supo que estaba sola en la cama… y dónde estaba Mitch. Oyó el ruido del agua de la ducha, y luego sólo silencio durante algunos minutos. Por fin, el pomo de la puerta del cuarto se giró y Nik oyó el ruido de las pisadas de Mitch antes de verlo entrar de puntillas, con el sigilo de un ladrón y una toalla alrededor de la cintura. Se agachó para recoger la ropa que había dejado en el suelo por la noche.

– Buenos días -susurró ella.

Él se incorporó dando un respingo. El agua aún goteaba de su pelo revuelto y del vello rubio de su pecho. La toalla blanca dejaba al descubierto sus musculosas piernas de corredor y su estómago liso. Tenía la piel bronceada. Se notaba que había tomado el sol en su yate, desnudo.

– Demonios, no quería despertarte -se apresuró a decir Mitch.

– No me has despertado.

– He llevado al cachorro a dar un paseo y después he tomado una ducha. Aún no he hecho café, pero pensaba traértelo a la cama. Este cuarto… -Mitch meneó la cabeza-. En cuanto lo vi, me di cuenta de que iba con tu personalidad. La decoración del resto de la casa es muy distinta. Pero este cuarto tiene tu esencia.

El comentario sirvió de acicate emocional en la consciencia de Nicole. Por eso se había quedado paralizada la noche anterior. Por eso había tenido sueños de culpabilidad que habían turbado su descanso. Temía que Mitch tuviera un concepto idealizado y falso de ella.

– Este cuarto no tiene mi esencia, Mitch -dijo lentamente-. Ven, ¿puedes sentarte conmigo un momento?

– ¿Seguro que antes no quieres una taza de café…?

– Será sólo un momento.

Con una mirada de cautela, Mitch se tumbó en la cama y utilizó una almohada para mantenerse incorporado.

– Anoche deseaba más que nada en el mundo hacer el amor contigo -dijo Nicole suavemente-. Pero tengo un problema del que debería haberte hablado. Y, para mí, mi silencio equivalía a mentir. Traté de decírtelo antes, de veras, pero siempre nos interrumpía algo, o… quizá me lo impedía mi cobardía. Pero necesito decírtelo, o el sentimiento de culpa acabará volviéndome loca.

– Vamos, Nik. Ya te lo dije antes. Sea lo que sea, no puede ser tan grave. ¿Crees que soy dado a condenar a los demás?

– No. Pero te considero una persona sumamente íntegra. Y mi pasado no es algo de lo que me sienta orgullosa. Sé cómo me ven los demás. Bromean acerca de mi carácter. Dicen que soy mojigata, que soy una santa. Pero eso no es en absoluto cierto. Nunca he sido tan «buena». Ya te dije que estoy enemistada con mis padres, pero no te hablé de la gravedad de los hechos. Llevan un par de años aceptando mis llamadas, pero nada más. No sé si querrán conocerte. Hace muchos años que se desentendieron de mí. Y les di motivos para ello.

– ¿Cometiste un asesinato, Nik? ¿Atracaste un banco?

Ella exhaló un suspiro.

– Piensas que lo que voy a decirte no es serio, pero te equivocas. Creo que empecé a mostrarme rebelde desde muy pequeña. Los profesores me tachaban de «incorregible» antes incluso del instituto. Ni siquiera sé por qué me portaba así. Siempre estaba enojada con todo. Nada de lo que hacía era lo bastante bueno para mis padres, de modo que simplemente trataba de demostrarles que el mal concepto que tenían de mí era acertado. Me metía en líos continuamente. Y me escapé de casa. Viví en las calles de Seattle a los quince años.

Mitch se había girado para mirarla. Al principio, parecía que iba a bromear acerca de su confesión, pero su sonrisa acabó extinguiéndose y su expresión se tornó grave.

– Gracias a Dios -dijo-, sobreviviste.

Aquella aprobación sin reservas la confundió.

– Mitch. Estuve en las calles. Seguramente te preguntarás si caí en la droga o en la prostitución…

Él la interrumpió.

– Estás muy cerca de conseguir que me enfade. Aún sigues esperando que me comporte como un juez. Eras una niña de quince años en una situación que la desbordaba por completo. Lo único que importa es que sobreviviste.

– Bueno, te confieso que estuve a punto de no hacerlo. Por fortuna, cuando todo parecía perdido, un policía me sorprendió robando comida y me acogió en su casa. Espero que algún día conozcas a Sammy y a Leila, su esposa. Ellos consiguieron que volviera al colegio y, más tarde, que fuera a la universidad. Gracias a ellos, sé cómo quiero educar a mis hijos… Pero empiezo a divagar -Nik se frotó las sienes-. La cuestión, Mitch, es que necesitaba que supieras toda la historia. No soy ninguna santa. Por feo que sea mi pasado, no puedo fingir que no forma parte de mi vida.

– Trataste de contármelo antes -dijo él.

– Sí. De verdad. Al principio, no… pero sí después de que surgiera el tema del matrimonio.

Por un momento, Mitch no dijo nada, como si estuviera asimilando toda la historia. Luego cambió de postura y se estiró en la cama cuan largo era.

– No eres la única que ha cargado con un pecado de omisión en la conciencia, Nik.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Cómo? ¿Tú también?

Mitch se frotó la mejilla con la mano.

– Te conté lo sucedido la noche de la fiesta.

– Sí.

– Te dije que fue increíble. Y sí, lo fue -Mitch hizo una pausa-. Pero posiblemente no fue tan increíble como te he hecho creer.

– ¿Por qué dices eso?

– Mmm… todo lo que te conté es cierto. Desde mi punto de vista. Pero no puedo jurar que fuese algo del otro mundo. Desde tu punto de vista. Sobre todo, porque lo olvidaste.

Nicole no comprendía nada.

– Ya te dije cómo me afecta el champán…

– Sí, me lo dijiste. Pero me resulta difícil creerlo, porque ninguno de los dos había bebido tanto. Lo cierto es que… cuando descubrí que no recordabas nada, quise que pensaras que la experiencia había sido maravillosa. Que pensaras en mí como en un amante fabuloso. Que creyeras que el padre de tu hijo era un hombre excepcional. Pero…

Mitch se interrumpió, y Nicole no tenía idea de a dónde quería ir a parar.

– ¿Pero qué? -lo animó a continuar.

– No sé si estoy en realidad a la altura de las expectativas que he creado en ti. Mira, Nik, nunca pretendí mentirte. Y no fue exactamente una mentira. Es sólo que…

Dios santo, los remordimientos lo estaban matando.

Nicole se olvidó de sus propios problemas al comprender que Mitch estaba sufriendo. Sentía como si un puño le atenazara el corazón.

– Esto no puede seguir así, Mitch -dijo gravemente.

Él pareció sentirse todavía más culpable, y desvió la mirada.

– Sí, lo comprendo. Sé que lo que hice no estuvo bien…

– Lo que quiero decir es que… anoche ni siquiera me besaste.

– Creí que no estabas de humor para ello. Te quedaste petrificada, como si tuvieras miedo.

– Y lo tenía -admitió Nicole-. Pero, ahora que lo pienso, tú también estabas asustado.

Mitch respondió rápidamente.

– No lo estaba.

Ella se inclinó sobre él.

– Ahora no tengo ningún miedo. Y quiero mi noche de bodas. Cierra los ojos e imagina que aún es de noche… Y concéntrate en que esto salga muy mal.

– ¿Muy mal?

– Aja. Si sale realmente mal, te advierto que seguiremos practicando con ahínco durante los próximos meses.

– Eh, Nik…

Nicole casi esbozó una sonrisa, pero se dijo que ya habían hablado lo suficiente. Callar a Mitch siempre le resultaba facilísimo. Para ello, sólo tenía que besarlo.

Por un instante, no comprendió lo que había desatado… en él y en sí misma. Los besos no eran algo nuevo entre ellos. Nicole ya conocía el sabor de su boca, la forma de sus labios. Pero, en aquellos momentos, todo resultó distinto.

Por la ventana penetraba la cálida luz del sol y el aroma del aire salado procedente del mar. Desde el exterior les llegaban los trinos de los pájaros. El mundo parecía haber despertado… y, por primera vez en su vida, Nicole se sintió también despierta.

Mitch olía a jabón y a espuma de afeitar, y seguía teniendo la piel fría de la ducha… aunque no por mucho tiempo. Nicole introdujo una pierna desnuda entre las suyas y se arrimó más a él. Pudo notar el gran bulto que se había formado en la toalla. Pudo notar el contacto de su liso vientre. Cómo los senos se le hinchaban al rozarse con el pecho de Mitch a través del fino satén.

– Mmm, Nik…

– Chist. Si hablas, es porque no te estás concentrando. ¿Recuerdas? Tienes trabajo que hacer. Procurar que esto sea lo peor posible para los dos.

Ella también tenía un trabajo pendiente. Hacer que Mitch olvidara su obsesión con mostrarse a la altura. Ansiosamente, empezó a devorar toda la superficie de su esbelto cuerpo. Trazó un sendero de besos desde su cuello hasta las franjas de vello de su pecho. Probó a lamerle un pezón y notó el súbito cambio de ritmo en su respiración. Al llegar al ombligo obtuvo resultados aún más gratificantes, lo cual sugirió a Nicole nuevas ideas.

Definitivamente, la toalla tenía que desaparecer.

Igual que su camisón de satén. Se lo sacó por la cabeza, lo lanzó al suelo, y a continuación desató con un sencillo tirón el nudo de la toalla. Se sintió tentada de recrearse en el nuevo terreno de juego que hasta entonces había ocultado la toalla.

Era fascinante.

A Nicole le costaba creer que el miembro de Mitch pudiera endurecerse aún más, pero su curioso escrutinio pareció provocar un efecto palpitante y endurecedor, y ni siquiera lo había tocado aún.

Decidió, sin embargo, dejarlo para más tarde.

Todavía no había terminado de explorar el cuerpo de Mitch. Pensó que le gustaría que le acariciase la cara interior de los muslos. Y deseaba posar un beso en cada una de sus duras rodillas. Luego se concentró en los pies, descubriendo que eran uno de sus puntos débiles. Mitch empezaba a evidenciar fuertes síntomas de inquietud y agitación. Igual que ella. Sus manos volvieron a retroceder, en busca de un territorio más interesante. Con la punta de los dedos acarició el duro miembro… logrando resultados espectaculares. A continuación lo abarcó con toda la palma de la mano, lo cual arrancó a Mitch un jadeo digno de ser premiado.

Nicole siguió tocando, explorando, palpando. Y entonces agachó la cabeza para probar su sabor… pero se vio interrumpida a mitad de camino. Con una velocidad que apenas le permitió respirar, se encontró a sí misma tumbada boca arriba en el colchón, con Mitch encima. Nicole ya había visto aquel brillo perverso en sus ojos con anterioridad, pero jamás le había parecido tan peligroso como ahora.

– Eh, se supone que debes concentrarte en que esto salga mal -le reprendió.

– ¿Crees que vas a divertirte tú sola?

– Pues… sí. Es mi noche de bodas. Y estoy embarazada. Se supone que debes dejarme hacer lo que yo quiera.

– Buen intento, pero no ha habido suerte. Te he dejado empezar para darte ventaja, porque soy un caballero. Pero no sabía que ibas a encenderme de esa manera. Ahora, me toca a mí.

– Eh, ¿quién es la jefa aquí?

– Tú, Nik -Mitch no pensaba seguir bromeando. Selló los labios de Nicole con un beso que la hizo estremecerse de pies a cabeza-. Sólo tú -sus manos emprendieron un deliberado viaje desde la garganta de ella hasta la prominencia de sus senos-. Te he dicho cientos de veces que no quiero ser el jefe. Sólo puede haber uno en la familia. Y serás siempre tú.

Le dio la vuelta como si no pesara nada y le besó los glúteos, dándole cariñosos mordiscos a lo largo de la espalda. A continuación volvió a colocarla boca arriba y le lamió suavemente los senos, jugueteando con los pezones.

Nicole pronunció repetidamente su nombre, cada vez con mayor intensidad, mientras Mitch se aprendía de memoria cada rincón de su cuerpo utilizando las manos, los ojos, la boca. Acarició la prominencia de su vientre con besos cariñosos y reverentes. Luego mordisqueó la curva de sus caderas con una sonrisa casi diabólica.

Finalmente, volvió a besarla en la boca profundamente, mientras con la mano descendía más y más, hasta que introdujo un dedo en el punto más cálido y húmedo del cuerpo de Nicole. La invadió, enviándole hondas de puro placer sin dejar de besarla en ningún momento.

Nicole sentía como si sus pulmones estuvieran privados de aire. Tenía todos los músculos del cuerpo tensos a causa del deseo. El corazón parecía querer salírsele del pecho.

Le agarró la mano y la atrajo aún más profundamente hacia su interior. Sabía que Mitch sentía la misma impaciencia arrolladora. Su piel era tan suave como la de ella, su mirada igual de intensa.

Él sólo se detuvo un momento más para poner un exquisito cuidado antes de penetrarla por fin.

Nicole contempló los ojos de Mitch mientras la poseía, sintió cómo su cuerpo ansiaba aquella invasión y, de repente, algo en su interior pareció convertirse en oro líquido.

Mitch la amaba.

Quizá no lo hubiese comprendido antes, pero ahora estaba segura. El ansia sexual, por sí sola, no podía hacer que la amase de aquella manera.

Mitch susurró su nombre, pero ella ya estaba tan cerca del éxtasis como él. Las emociones la impulsaron aún más alto. No sólo las suyas propias, sino las que percibía en los ojos de Mitch. Pasión, deseo, ternura, honestidad. Amor. Todo estaba allí. En sus ojos. En sus caricias. Y ambos alcanzaron el éxtasis al mismo tiempo, con idénticos jadeos roncos y entrecortados.

Más tarde, él la abrazó y la sostuvo un buen rato entre sus brazos. Con los ojos cerrados, Nicole oyó cómo los desbocados latidos de su corazón se calmaban poco a poco. Pasó mucho tiempo antes de que ambos pudieran volver a respirar con normalidad.

De pronto, los sobresaltó un suave golpe en el pie de la cama. Nicole miró… y vio al cachorro, que saltaba por encima de las sábanas revueltas para unirse a ellos.

– ¿Te hemos descuidado, cariño? -le dijo Nicole con una risita.

– Veo que la gatera de la puerta de la cocina te va de perlas -bromeó Mitch.

Ambos se echaron a reír, pero por un instante los ojos de él se encontraron con los de ella. Rápidamente, ambos saltaron de la cama para comenzar el día, con sus corazones rebosantes de esperanza.

A pesar de los problemas que aún pudieran surgir, Nicole no podía imaginar a una pareja más feliz.

Capítulo Once

Dos semanas más tarde, Mitch se levantó de la mesa con una sonrisa artificial cuando hubo terminado de cenar.

– Acabaré de fregar los platos en un santiamén. ¿Sigues pensando en ir a comprar la cuna?

– Cuando quieras.

– ¿No estás demasiado cansada? -preguntó él.

– ¿Y tú, lo estás?

– No. Siempre y cuando no lo estés tú… -Mitch se interrumpió. Diablos, llevaban ya dos semanas manteniendo aquella clase de conversaciones ridículamente educadas.

Nik se levantó con una sonrisa tan artificial como la de él.

– Bueno, vámonos. Millicent puede venir con nosotros, ¿verdad? Lo sacaré antes a dar un paseo, pero ya sabes cuánto le gusta viajar en coche.

– Naturalmente que puede venir.

Mitch acabó de fregar los platos, observando desde la ventana de la cocina cómo Nicole jugueteaba con la pequeña bola de pelo blanco en el jardín.

Estaba loca por el cachorro. Ésa era una de las cosas que Mitch había hecho bien… aunque ahí estaba precisamente el maldito problema. Cómo todo podía haberse deteriorado tan rápido cuando, en la superficie, la vida de ambos era perfecta.

Con gesto grave, se secó las manos con una toalla de papel, recogió las chaquetas de los dos y luego salió por la puerta. Inmediatamente, vio cómo la amplia sonrisa de Nicole menguaba y perdía toda su exuberancia.

– Gracias por traerme la chaqueta -dijo ella-. De repente, ha empezado a hacer frío.

– Tranquila. ¿Estáis listos para dar un paseo en coche e ir de compras?

Por supuesto que estaban listos. Nik siempre lo estaba. Decía que sí a absolutamente todo.

Conforme enfilaban la autopista, en dirección a los grandes almacenes, Mitch revivió mentalmente las anteriores semanas. Él había insistido en ocuparse de gran parte del trabajo de Nicole. Ella había accedido sin rechistar.

Había llevado a casa de Nicole todas sus cosas, objetos de decoración incluidos. Ella afirmaba que le encantaban. Y quizá hasta fuese cierto. La casa empezaba a parecer un hogar, en lugar de un manual de decoración. Pero, ¿quién sabía si Nik estaba realmente a gusto con los cambios? No expresaba más que aprobación hacia todo lo que Mitch hacía.

Deberían y podían haber tenido una discusión decente sobre el nombre del niño. Pero también eso se resolvió pacíficamente. La abuela de Mitch se llamaba Erin. Él sugirió dicho nombre, y ella aceptó en el acto. Nicole había sugerido con cierta inseguridad el nombre de Matthew si era niño. Y él, naturalmente, había aceptado de inmediato.

Teniendo en cuenta lo educados que eran el uno con el otro, sólo les faltaba estrecharse cordialmente la mano al final de cada velada. Al menos, llegarían a tocarse.

Una vez en los grandes almacenes, Mitch aparcó, dejó la ventanilla un poco abierta y le prometió a Millicent que no tardarían más de veinte minutos. Como cabía esperar, Nik se apeó del coche al mismo tiempo que él, sonrió al mismo tiempo que él y se internó en la sección de artículos de bebé al mismo paso que él.

Teniendo en cuenta cómo su mundo se había estremecido cuando hicieron el amor, Mitch lo hubiera dado todo por volver a tomar a Nicole de la mano. Por besarla, simplemente.

Pero la iniciativa debía partir de ella, se dijo con firmeza.

El hecho de que Nicole confesara la historia de su pasado lo había cambiado todo. Dicha historia no había sorprendido a Mitch. Él ya había adivinado que algún secreto la torturaba. Sabía que Nik no podía haber hecho nada que anulara sus sentimientos por ella. Y sufría al pensar en la soledad y el terrible dolor que había tenido que soportar.

Lo malo, según Mitch, era que Nicole le habría confesado todo aquello mucho antes si hubiera confiado en él. Aquel pensamiento no dejaba de relampaguear en su mente. Indudablemente, la había presionado. El embarazo había pillado a Nik por sorpresa, y él simplemente se había aprovechado de su desconcierto, manipulándola para que aceptara ser su esposa. Un hombre adulto sabía perfectamente que la confianza había que ganarla poco a poco. Había invertido mucho y llegado demasiado lejos como para arriesgarse a cometer más errores con ella ahora.

Cuando Nicole lo deseara, que se lo hiciera saber.

No volvería a presionarla ni a meterle prisas. Aunque aquella espera lo matase.

Mitch siguió la mirada de Nik mientras inspeccionaban las cunas. Su expresión era más suave que el resplandor de la luna. Y él se dijo que ya le faltaba muy poco para morirse de deseo.

– ¿Mitch? -Nicole se acercó a él-. No esperaba que hubiese tantas. Y quizá sea una tontería comprarla tan pronto. Ni siquiera hemos pintado aún el cuarto del niño.

– Pero ésa era la idea, ¿no? Querías ver las cunas antes de decidir el color de la pintura y la moqueta.

– Me temo que nos va a costar una fortuna. Necesitamos muchas cosas.

– Está bien. No hay ningún problema.

– Podríamos elegir colores individuales. Salmón, lima, frambuesa. Ya sabes a qué me refiero. No los tonos pastel que suelen escogerse para los bebés.

Mitch no tenía ni idea de cuáles eran dichos tonos, pero contestó:

– De acuerdo.

– Creo que nos hará falta una mecedora. Con brazos.

– De acuerdo.

– Y necesitamos una cuna para el cuarto, desde luego. Pero no estaría de más un cochecito de ruedas para la planta baja. Uno plegable para poder llevarlo también al despacho…

– De acuerdo.

Dos días más tarde, Nicole abrió de golpe la puerta principal, pensando que si Mitch volvía a decirle una sola vez más «de acuerdo», lo estrangularía. No deseaba asesinarlo. Pero un buen estrangulamiento le resultaba muy tentador.

Él la siguió, cargado con los maletines de ambos.

– Mira, sé que has tenido un día muy duro. Habíamos planeado empezar a pintar el cuarto del niño hoy, pero puede esperar. ¿Por qué no pones los pies en alto y te relajas…?

– No estoy cansada. Y no dejaré la pintura para más adelante -dijo ella alegremente, sin levantar un ápice la voz. Pero Mitch le dirigió aquella mirada paciente que la hacía desear darle un golpe en la cabeza.

– De acuerdo, de acuerdo -dijo él condescendientemente-. Pero tengo algo en mente para la cena de hoy, así que cocinaré yo. Luego nos pondremos a pintar, si quieres.

Nicole sospechaba que, en realidad, no tenía nada en mente para la cena… ¿Qué hombre lo tenía? Pero respondió «bien», lo cual, al menos, era mejor que gruñirle. Y antes de que Mitch le sugiriese «amablemente» una vez más que pusiera los pies en alto, se quitó los zapatos y la chaqueta y se dirigió hacia el cuarto de lavado para llenar la lavadora.

Había sido un día espantoso. El éxito era maravilloso, pero necesitaban más ayuda, y entrevistar a posibles nuevos fichajes para la plantilla llevaba su tiempo.

Nicole activó la lavadora y se agachó. De acuerdo, debía admitir que su estado de ánimo no se debía por completo al exceso de trabajo. Sino a Mitch. Al hecho de que no la tocara. La noche, o la mañana, de bodas más maravillosamente espléndida que hubiera podido esperar una recién casada… y, luego, nada. Cero.

El corazón se le encogió al oír a Mitch jugando con Millicent en la cocina. Pasándoselo en grande. Con el perro. Apretando firmemente los labios, Nik restregó con jabón el cuello de un par de camisas.

Diablos, era algo que no acertaba a comprender. Mitch le había confesado sus temores acerca de no satisfacerla como amante. Pero Nicole creyó haberle demostrado íntimamente lo deseable, atractivo e increíble amante que era.

Quizá era ella la que le había fallado a él.

Era evidente, puesto que no había vuelto a tocarla desde entonces, y eso que daba muestras de desear hacerlo. Se despertaba cada mañana con una erección. Nicole lo había visto… y no sólo entonces, sino cada vez que se rozaba con ella por accidente. De modo que, si Mitch se estaba reprimiendo sexualmente, quizá era porque no se encontraba cómodo con ella en la intimidad.

Abatida, Nicole cerró la lavadora, sin estar segura de haber añadido el detergente. Sin importarle.

Eso era precisamente lo más doloroso. Mitch jamás habría creído necesario mentirle… si confiara en ella. Y Nicole entendía perfectamente su falta de confianza. Diablos, no había confiado en sí misma durante gran parte de su vida. Pero, maldición, adoraba a aquel hombre, y ninguna relación podía llegar a ninguna parte si no existía confianza entre la pareja. Después de haberle confesado su pasado, Nicole creyó haberse ganado un mínimo de confianza por parte de Mitch, y se sentía desconcertada acerca de cómo lograrlo.

Abordarlo con agresividad no era el mejor camino, se reprendió a sí misma. Pero ya habían pasado semanas. Y él no le había dado ninguna oportunidad. Diablos, ya no podía seguir soportándolo.

– ¡La cena está lista, Nik!

Ella dio un salto. Luego se dirigió hacia la cocina. Mitch había aliñado boquerones, el pescado favorito de ambos, y había quemado un revuelto de verduras. Deberían haberse reído con lo de la verdura y haberse abalanzado como lobos sobre los boquerones. En vez de eso, intercambiaron una sonrisa artificial y se pusieron a hablar del tiempo.

Después de cenar, Mitch sacó al monstruo a dar un paseo por el césped. Nicole observó cómo ambos se revolcaban sobre la hierba, preguntándose si él se portaría así con el bebé.

Finalmente, Mitch volvió a entrar, cubierto de hierba fresca, su exuberante rictus convirtiéndose en la cautelosa sonrisa que reservaba para ella.

– ¿Sigues pensando en empezar a pintar?

– Desde luego -respondió Nicole. Pero empezó a cambiar de opinión en cuanto se quitó la ropa de trabajo y se puso una camiseta vieja y unos pantalones cortos. Estaba contenta con su nueva barriga, pero sus posibilidades de atraer sexualmente a un hombre menguaban de forma drástica conforme pasaban los días.

Para cuando salió al pasillo, Mitch ya estaba agachado, inspeccionando la lata de pintura… e irresistiblemente atractivo con aquel jersey viejo y aquellos vaqueros cortos desgastados. Nicole paseó la mirada por el cuarto, tratando de distraerse.

– Va a quedar precioso -murmuró-. Será un nidito muy acogedor.

– Un cuarto ideal para que un niño crezca en él -convino Mitch.

Por un instante, sus ojos se encontraron. Fue una milésima de segundo, pero Nik contuvo el aliento. Lo percibía allí, en sus ojos, con absoluta claridad. El gozo de estar haciendo aquello juntos, construyendo una dulce parte de su vida en común. Pero, naturalmente, la milésima de segundo pasó. Mitch desvió la mirada. Y luego la desvió ella.

Aquella exasperante muralla de cortesía se interponía entre ambos, tan impenetrable como el acero.

Nicole se agachó junto a Mitch.

– Yo removeré la pintura -sugirió.

Él se incorporó de inmediato y se retiró de ella.

– Bien. Yo me encargaré de darle al rodillo.

Como siempre, se ofrecía voluntario para hacer el trabajo más pesado. Nik sumergió la brocha en la lata y empezó a darle vueltas.

– No quiero que te subas en una escalera, Nik.

Ella empezó a remover la pintura más deprisa.

– Ni que te esfuerces con el rodillo.

Nicole removió la pintura con tal velocidad que se salió un poco por el borde de la lata.

– Y estoy pensando que la lata de pintura pesa demasiado para que la lleves de un lado para otro.

Nicole alzó la brocha. Embadurnada de pintura. Jamás solía ceder a un impulso, pero Mitch estaba medio vuelto hacia ella. Con un leve movimiento de muñeca, adelantó la brocha, y varios goterones de pintura salmón aterrizaron en el pecho de Mitch. Él se miró el jersey salpicado de salmón con gran sorpresa.

– Menudo accidente -comentó con ironía-. Aunque esperaba mancharme de pintura antes de acabar.

El diablo la impulsó a hacerlo. Volvió a salpicarlo con la brocha.

– Eh, Nik…

– Mitch, como me digas una sola palabra educada más con esa voz amable y sobreprotectora, volveré a embadurnar la brocha.

– Has tenido un día muy duro -empezó a decir él con cautela.

Fue la gota que colmó el vaso. Nicole hundió la brocha hasta el fondo de la lata y luego se puso en pie.

– Eh, un momento, un momento… -durante varios segundos, Mitch permaneció inmóvil, mirando la brocha goteante que ella sostenía en la mano-. No te atreverás.

Aquello era un desafío. Así que Nicole sacudió la brocha, salpicándole el mentón de pintura. Y sintió una enorme satisfacción.

Ahora Mitch parecía estupefacto. No había creído ni por un momento que fuese capaz de hacerlo.

De repente, sus ojos emitieron un brillo de especulación y, en un santiamén, le quitó a Nicole la brocha de la mano.

– Veamos qué aspecto tienes con la nariz teñida de salmón -dijo pensativamente.

Ella miró la brocha y luego sus ojos. Y en aquellos ojos vio al hombre al que amaba. Al hombre en el que confiaba.

– No te atreverás -lo desafió.

Sin pérdida de tiempo, Mitch alargó la mano y le soltó un goterón de pintura en la punta de la nariz. Y, para colmo, tuvo el descaro de echarse a reír.

– Serás… serás… -a Nik no se le ocurría ningún insulto lo bastante fuerte, pero volvió a quitarle la brocha.

Las sonoras risotadas de Mitch dejaron paso rápidamente a un tono conciliador.

– Vamos, vamos, Nik…

Utilizando la brocha como una espada, Nicole le dio una estocada en el ombligo. Y luego retrocedió velozmente, antes de que Mitch pudiera arrebatarle la brocha. Por desgracia, el espacio reducido del cuarto limitaba sus maniobras. Mitch empezó a avanzar hacia ella.

– Cuando agarre esa brocha, veremos lo guapa que estás con el pelo salmón -prometió amenazadoramente.

Parecía muy peligroso con el mentón pintado. Imprevisible. Amenazador.

– No pienso soltar la brocha -le informó Nicole.

– Oh, y tanto que la soltarás.

– ¿Piensas aprovecharte de una embarazada? ¿De una mujer indefensa, vulnerable y más pequeña que tú?

– Sí. Y disfrutaré haciéndolo.

– ¡En el pelo no, por el amor de Dios!

– Sí. En el pelo.

Nicole volvió a atacarle con la brocha y manchó de pintura su brazo desnudo.

Eso no le impidió seguir avanzando.

– Te la estás buscando. Y me alegrará darte tu merecido -Mitch alargó los brazos y la agarró por la cintura. Luego la atrajo de un tirón hacia sí. Nicole no tuvo ni la más mínima oportunidad de defenderse.

Con una rapidez que le impidió tomar aliento, Mitch la sujetó contra la pared, agarrándole en el aire la mano con la que sostenía la brocha, y la besó.

Nik dejó caer la brocha.

En el momento en que le rodeó el cuello con los brazos, ya era demasiado tarde para volverse atrás. Nicole le devolvió el beso. Con ansia. Con furia. Puso en ello la lengua, los dientes, el corazón y el alma, porque aquel maldito marido suyo se lo estaba exigiendo.

Mitch se echó hacia atrás de repente. Toda la soledad de las anteriores semanas se reflejaba en sus ojos, todos los miedos que no había permitido que Nicole viese con anterioridad.

– Me amas -susurró ella maravillada.

– Más que eso. Eres el centro de mi corazón.

– Maldición, Mitch… Entonces, ¿por qué no has hecho esto antes?

Él enarcó las cejas.

– ¿Te refieres a la lucha de pintura? -inquirió.

– No, tonto. ¿Por qué no me besaste antes? ¿Por qué no te enfadaste conmigo? Sí que estabas enfadado, ¿verdad? -intuyó Nicole de pronto.

– Furioso -reconoció Mitch, con la voz ronca y entrecortada por la emoción. Separó a Nik de la pared, pegando la frente a la suya-. Furioso porque hayas pensado que te he juzgado alguna vez. Pasaste por una experiencia horrible y peligrosa cuando eras una niña. ¿Cómo pudiste pensar que no te había comprendido? Me duele que no confiaras en mí.

Nik sintió un súbito dolor en el corazón al ver en los ojos de Mitch el sufrimiento que ella misma había provocado.

– No es que no confiara en ti, Mitch. Simplemente… temía que no pudieras amarme si lo sabías todo de mí. Cuanto más te amaba, más miedo tenía de decepcionarte, de fallarte. Sentía que no te merecía.

– Por el amor de Dios, Nik. ¿Crees que no sé a qué te refieres? Por eso exactamente exageré lo sucedido la noche de la fiesta. Llevaba enamorado de ti desde el principio. Y quería que me dieras una oportunidad. Pero empecé a tener miedo de no estar a la altura. De no merecerte.

Ella le acarició las costillas. El pecho. Parecía incapaz de dejar de tocarlo.

– No podría haber encontrado a un padre mejor para mi hijo, Mitch Landers. Ni a un compañero mejor -contuvo el aliento-. Ni a un amante que me haga sentir más.

Los labios de Mitch reclamaron los suyos en cuanto ella ladeó la cabeza. Con aquel beso, Nicole trató de comunicarle la felicidad que desbordaba su corazón… hasta que, de repente, él echó hacia atrás la cabeza.

– Señora Landers…

– ¿Lo has notado? ¿Cómo se ha movido nuestro hijo? -Nik le dirigió una sonrisa íntima, y luego volvió a tirarle de la cabeza para acercarlo a su boca. Ahora que lo tenía abrazado, no pensaba soltarlo.

– Señora Landers…

– ¿Mmm?

– ¿Se da usted cuenta de que estamos los dos embadurnados de pintura?

– ¿Mmm? -lo amaría para siempre, se dijo Nicole. Estaría junto a él cuando las cosas salieran mal. Protegería eternamente su corazón inmenso y maravilloso.

– Estoy tratando desesperadamente de llamar tu atención -murmuró Mitch-. Creo que quizá debamos continuar esto en otra habitación. Y lo primero que se me ha ocurrido es el dormitorio. Pero tal vez debamos ducharnos primero.

– Si insinúas que nos turnemos para utilizar la ducha, olvídalo. O juntos o nada, marido mío.

– O juntos o nada, esposa mía -prometió él-. ¿No te lo llevo diciendo desde el principio? Tú eres la jefa.

Jennifer Greene

***