/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Toda una dama

Jennifer Greene

El hogar está donde está el corazón, y Liz Brady había vuelto finalmente a Favensport, Wisconsin, a sus raíces… y a Clay Stewart, a quien amaba desde hacía años. En esta ocasión estaba totalmente decidida a demostrarle que no era la niña inocente a la que él solía proteger. Pero Clay ya había notado que liz había madurado. Ahora era una dama, y las damas deben estar en pedestales. No se relacionan con tipos de dudosa reputación, sobre todo con los que dirigen un motel, con no muy buena fama, en las afueras del pueblo. Pero Clay no había contado con la determinación de Liz… ni con el poder de su amor por ella…

Jennifer Greene

Toda una dama

@ 1987 Jennifer Greene

Título original: Lady Be Good

Capítulo Uno

– Acuéstate conmigo, Clay.

Clay estaba metiendo el brazo derecho en la manga de su chaqueta vaquera cuando oyó el femenino susurro procedente del sofá. La suave y soñolienta voz de contralto vibraba atolondradamente.

Liz Brady siempre había tenido una voz capaz de volver del revés a un hombre. Si existiera justicia en esta vida, la dama ya debería estar completamente borracha. Años atrás, Liz apenas soportaba un vaso de vino y en las últimas cuatro horas él había añadido a sus limonadas vodka suficiente para dejar fuera de combate a un borracho empedernido.

– ¿Clay?

– Te he oído, encanto.

Metió el brazo izquierdo y se puso la chaqueta. El músculo de su mejilla se tensó cuando una esbelta y descalza pierna apareció por encima del respaldo del sofá. Clay había participado en más de una pelea en un callejón oscuro. Ahora amplió mentalmente la definición de problemas a los tobillos delicados y las pantorrillas perfectamente torneadas.

La pierna desapareció, afortunadamente, pero la cabeza de ella surgió gradualmente desde el extremo opuesto del sofá. Su cara era ovalada, de frágiles y hermosos huesos. El elegante pelo rubio ceniza le rozaba los hombros. A Clay le parecía de seda. Sus ojos eran más oscuros que el café y más suaves que la lluvia. Liz tenía el don de parecer la eficiente bibliotecaria de veintisiete años que era, pero esa noche no. Ninguna mujer tenía derecho a parecer tan descaradamente… apetecible.

La sensación de déjà vu le golpeó como un torpedo. Hay cosas por las que un hombre debe pasar dos veces en la vida. La última vez que Liz había intentado seducirle, ella tenía diecisiete años y se disponía a sacrificar su virginidad porque él «necesitaba una buena mujer». Él supuso que debió tardar meses en reunir el valor necesario para comprar los preservativos. Ya a los diecisiete años, Liz pensaba que había que ir preparada por la vida. En ese momento, no parecía preparada para nada, salvo para provocarle un inminente ataque cardíaco.

– Clay…

El que contrató a las sirenas para seducir a los marinos debía haber oído antes la voz de Liz.

– Ya voy, encanto.

Apagó la lámpara del sofá y avanzó hacia ella.

A los diecisiete años ella había sido una cosita vulnerable, insolente, vivaz y dulce. Entonces él la adoraba y nunca había sido tan feliz como cuando ella se fue a la universidad. En las raras ocasiones en las que ella, volvió a Ravensport durante los pasados diez años, él se había mantenido cuidadosamente lejos. No la había tocado cuando ella tenía diecisiete años, pero cómo había deseado hacerlo.

El tiempo no había modificado las reglas. Los perdedores no tocan a las damas, por muy seductoras que fueran aquella lánguida sonrisa y aquellas piernas. Liz había sido y sería siempre una dama. Aunque en ese momento no fuera consciente de serlo.

Ella se tambaleó hacia él. Su ceño fruncido parecía indicar que una enorme y monumental batalla filosófica estaba teniendo lugar en su mente, pero cuando llegó hasta él, ella sólo murmuró:

– Hola.

Él estuvo a punto de sonreír. En cambio, le pasó un brazo por los hombros antes de que volviera a derrumbarse.

– Hola.

– La cuestión es… -ella calló para bostezar-. Siempre te he amado, Clay.

– Seguro -dijo él, empujándola hacia la puerta.

Ella se detuvo a mitad de camino. Arqueó una fina ceja rubia.

– Me parece recordar… haber hecho esto antes.

– Mmmm.

– Estuve casada, ¿lo sabías?

– Sí.

Ella hablaba de un modo tan confuso que apenas podía entenderla. Además, estaba concentrado en dirigir 55 kilos hacia la puerta.

– Ya no estoy casada.

– Lo sé.

– El matrimonio es… un infierno.

– Eso he oído.

Ella seguía hablando con las manos. En medio del pasillo hizo algo más que hablar con ellas. Se volvió y le pasó los brazos por el cuello. Alzó hacia él sus luminosos ojos grises y sus caderas iniciaron un giro que elevó la temperatura del cuerpo de Clay.

Él le retiró los sedosos mechones de la frente e intentó imaginar a una colegiala de diecisiete años con trenzas. No funcionó. Aquella niña-mujer había estado llena de orgullo e inocencia y había despertado los instintos de protección de un hombre. En diez años todo había cambiado. La niña-mujer se había transformado en toda una mujer. Pero él seguía aferrándose al mismo instinto. No había esperado encontrarse con Liz aquella noche. Hablaba frecuentemente con el hermano de ella, Andy, pero Andy nunca le había comentado que Liz había conseguido el divorcio ni que había vuelto a casa. Su visita a casa de Andy había sido improvisada y, si hubiera sido más sensato, habría dejado solos a los hermanos.

Clay nunca había sido muy sensato. Acarició con la palma la pálida mejilla de Liz. Estaba tan condenadamente delgada que un soplo de viento podría haberla arrastrado. Nada más verla, había comprendido que estaba agotada y peligrosamente al borde del colapso. Ella no había dejado de sonreír falsamente, hablar y mover las manos. Sus ojos tenían una expresión dolida y su piel estaba más blanca que el papel. Andy le había dirigido a Clay una mirada de desánimo. No sabía que hacer con una mujer que se estaba viniendo abajo.

Clay sí, pero el alcohol debería haber hecho efecto ya. Lo había añadido a la limonada porque recordaba que a ella antiguamente le gustaba mucho. Pero había olvidado que Liz era lo bastante cabezota como para desafiar la gravedad… y al alcohol.

– Bésame, Clay

Sus labios rozaron obedientemente los de ella. Liz tenía una boca pequeña con el labio superior nítidamente dibujado y el inferior más generoso. Su frágil cuello se arqueó hacia atrás invitando a la presión de un beso de amante. El áspero pulgar de Clay acarició la suave piel. Ella sabía a limón y olía a primavera. El hombre que había provocado la desesperación de su mirada tenía mucha suerte de estar a más de cien kilómetros.

– A la cama -murmuró Clay.

– Sí. ¡Oh, Clay! Necesito…

– Sé exactamente lo que necesitas, encanto.

La sujetó por la espalda para poder controlar la marcha de ambos. Con tacones, ella tenía una estatura decente, principalmente porque siempre usaba unos zancos criminales. Descalza era un renacuajo. Llevaba un conjunto de rayitas grises y coral con una blusa de seda y pendientes de coral en las orejas. El conjunto era recatado, femenino y elegante. Un ángel no habría parecido más casto.

Él guió al ángel hasta su dormitorio. Sabía dónde estaba; prácticamente había crecido en aquella casa. Andy tenía su habitación en el piso superior. Liz ocupaba la habitación de la parte posterior que antes había sido un porche.

No tuvo tiempo de encender la luz. Ella se volvió y le sonrió con una seguridad total. Sus caderas describieron otro de aquellos movimientos circulares que harían que un monje renunciara a los hábitos. Clay no había sido un monje nunca.

– Me deseas, ¿verdad, Clay? -susurró ella.

– Sí.

Jamás le mentía a una mujer en el dormitorio. Además, Liz no iba a recordar nada de aquello.

– Siempre me has deseado.

– Sí.

Consiguió quitarle la chaqueta, pero contuvo la respiración cuando ella se frotó contra él como un gatito desperezándose al sol. Le sujetó las manos antes de que creara más problemas de los que él podía controlar.

– No te preocupes si me porto tímidamente -susurró ella.

No era aquello lo que le preocupaba a Claro

– He intentado ser buena -confesó ella-. He intentado hacerlo todo bien. No importa. No me importa. Esta vez soy libre. Voy a ser mala y alocada. Vaya bailar a la luz del sol. Y esta vez voy a seducirte, Clay Esta vez no te vas a escurrir. ¿Crees que no puedo?

– Sé que puedes -murmuró él. Había desabrochado muchas blusas, pero aquellos botones estaban forrados de seda y eran resbaladizos. Además, estaban a oscuras.

– No tengo el cuerpo de Mae West -susurró ella.

– No me ha importado nunca, créeme.

Tuvo que desabrochar los botones de los puños para poder quitarle la blusa por fin. -Qué vergüenza. Llevo un sujetador con relleno.

– Lo veo.

– No estoy lisa. Es que no me gusta que los pezones se noten a través de la tela.

A él no le importaba, pero en ese momento no estaba prestando mucha atención a la conversación de ella. Su piel era tan blanca como la luz lunar y maravillosamente suave. Seguía teniendo figura de jovencita más que de mujer, con una cintura pequeñísima y caderas de chico. Necesitaba desesperadamente buenos filetes y tartas de limón y merengue para ganar unos kilos.

Intentó pensar en las tartas de limón y merengue. Pero sólo podía pensar en el sexo. El cuerpo de ella era cálido y el calor realzaba el perfume que ella llevaba. Clay pensó que habría resultado útil que ella hubiera cambiado de perfume, pero comprendió que no era cierto. Adoraba su perfume y adoraba su delgadez. Adoraba sus pechos pequeños y su barbilla. Adoraba su boca.

Miró fijamente aquella boca. Ella no sabía lo que estaba haciendo. Él no debía estar allí, y mucho menos desnudándola. No se sentía culpable, pero tampoco le sorprendía no hacerlo.

Recorrió la cinturilla de la falda con dedos expertos hasta descubrir el botón y la cremallera en la espalda. Apoyó la mejilla de ella en su pecho y consiguió abrir ambas cosas de manera que la falda cayera al suelo.

La presión de los pequeños pechos y las esbeltas caderas provocó en él una inmediata reacción física. Había imaginado aquel momento muchas veces. Apretó los dientes.

Ella se echó hacia atrás. Él tardó un momento en comprender que pretendía desabrocharle la camisa. No pudo. Él dudaba que pudiera ver los botones siquiera. Se le doblaban las piernas y no conseguía mantener los ojos abiertos.

Él le permitió juguetear con los botones de su camisa mientras se inclinaba para apartar la colcha blanca. La almohada estaba metida en una especie de saco con volantes. No podía sacarla y sujetarla a ella al tiempo.

– Clay… -susurró ella roncamente.

Dejó de entretenerse con los botones y deslizó las manos camisa arriba hasta el cuello de Clay. A él se le aceleró el pulso y le sudaban las manos como a un adolescente. Soltó el saco con volantes. Al demonio con él.

– Acuéstate -murmuró.

– No. Quiero…

– Sé lo que quieres, encanto. Dame un segundo para quitarme la ropa.

– No… No tienes que tener cuidado, Clay. No tienes que ser amable. Yo…

– Sí. Quieres que te haga el amor, pero no como a una dama. Sin «por favor›› ni «gracias››. Quieres que te posean hasta que no puedas pensar, ni respirar y todo el maldito mundo se aleje. Créeme, encanto, me gustaría muchísimo darte exactamente lo que quieres.

Con alcohol o sin él, la antigua Liz se habría sentido ofendida ante semejante rudeza. Él había contado con ello y no estaba preparado para su febril susurro:

– Sí. Dame lo que quiero, Clay.

¡Maldición! Puso su boca sobre la de ella con un beso que la obligó a apoyar la cabeza en la almohada. Ella murmuró algo que estuvo a punto de destrozar la salud mental de Clay La metió entre las sabanas mientras ella seguía rodeándole el cuello. Luego, le soltó los brazos lentamente.

– Clay…

– Estoy aquí. Me estoy desnudando. Cierra los ojos un momento.

– No. Yo…

– Cierra los ojos, Liz.

Clay permaneció en silencio en la oscuridad, esperando.

No pasaron muchos minutos antes de que su voluptuosa seductora permaneciera inmóvil. Clay cruzó la puerta trasera. Sus pulmones inhalaron el aire de la noche otoñal. Desde las sombras del porche trasero podía ver una bandada de luciérnagas danzando en el patio. En treinta y un años nunca había conocido a una mujer tan peligrosa para su equilibrio como Liz.

Si ella recordaba algo de lo ocurrido esa noche, él dudaba que volviera a hablarle, lo que le parecía perfecto.

A las cuatro de la tarde siguiente, Liz estaba en el cuarto de baño del piso superior dando golpecitos a un bote de aspirinas en la palma de la mano. Tenía la cabeza llena de cascabeles, la garganta seca y en los ojos castaños que la miraban desde el espejo del botiquín había unas venillas rojas.

Si no supiera que no podía ser, habría pensado que tenía resaca. Lógicamente, no era posible tener resaca sin haber bebido alcohol. ¿Cómo podía tener un dolor de cabeza tan peculiar?

Tragó dos tabletas y se estremeció. Muchos de sus recuerdos de la noche anterior eran difíciles de explicar. Por su mente pasaban frases relacionadas con Clay Stewart, ninguna de las cuales podían haber salido de los labios de una sensata y seria bibliotecaria de veintisiete años. No obstante, Liz había dejado su profesión en Milwaukee. También tenía un hermano en la planta baja que se estaría preguntando si estaba viva o muerta.

Bajó la escalera de puntillas con la cabeza latiéndole dolorosamente para buscar a Andy. Lo encontró, como era de esperar, repantigado en una silla de la cocina con un montón de exámenes de matemáticas ante él. Andy no había cambiado.

Seguía pareciendo como si midiera tres metros y tenía la constitución delgaducha de un jugador de baloncesto. Incluso en una tranquila tarde de sábado, parecía el profesor de matemáticas que era: superserio, un poquito pedante y vestido con un suéter de cuello alto azul que era su favorito desde hacía diez años.

La miró de reojo cuando entró.

– ¡Vaya! Parece que la momia se ha decidido a resucitar.

– A todos los relojes de esta casa les debe pasar algo -le informó ella -No pueden ser las cuatro de la tarde.

– Pues lo son. Algunas personas duermen como marmotas.

Ella le acarició el pelo rubio de camino al congelador.

– A pesar de tus insultos, hermano, podrías persuadirme de que te prepare la cena. Suponiendo que…

Echó un vistazo dentro y luego miró a Andy con desesperación.

– ¿Tuviste miedo de que hubiera escasez de helado de pistacho? Aquí dentro hay tres kilos.

– No supe que venías hasta hace dos días -se defendió Andy.

– No me vengas con tonterías. No habrías hecho la compra aunque te hubiera avisado con cuatro años de antelación.

Milagrosamente encontró dos paquetes de filetes detrás del helado y los platos precocinados.

Las sonrisas de Andy eran tan indolentes como él.

– No he dicho que habría hecho la compra. He dicho que no he tenido tiempo.

Añadió en tono indiferente:

– Casi vuelves a parecer humana.

– Gracias.

El tono de Liz fue irónico y aliviado a la vez. Discutir con Andy era tan reconfortante como un buen fuego en una fría noche de invierno.

– Cuando entraste por esa puerta anoche…

– Lo sé. Parecía la novia de Frankestein. No me lo restriegues. Cuarenta y ocho horas sin dormir y un viaje de cuatro bajo la lluvia.

Giró el mando del microondas a «descongelado» y le dirigió a Andy una sonrisa tranquilizadora. No había tenido intención de preocuparle la noche anterior. Sabía que él la apoyaría en cualquier crisis, pero también era un hombre al que le daba pánico hablar de emociones.

– ¿Estás segura de que ahora te encuentras bien? Porque Clay pensaba que…

– Desde luego que estoy bien, aparte de sentirme como una niña malcriada por haber dormido todo el día. Y en cuanto a Clay…

Ella no había empezado a beber aquellas letales limonadas hasta que Andy se fue a la cama, convencido de que Clay y ella querían hablar de los viejos tiempos. Entonces…

– Qué más da lo que piense Clay.

El microondas emitió un zumbido. Los dos filetes estaban pidiendo a gritos un buen aderezo.

– Escucha, hermano, como te dije por teléfono, estoy considerando la posibilidad de mudarme aquí. Pero no significa que tenga que ser exactamente a esta casa. Quiero que seas sincero conmigo porque si me interpongo en tus planes…

– No seas más idiota de lo que ya eres, ¿quieres? Que yo sepa, esta casa es tan tuya como mía.

– Tienes treinta y un años y llevas mucho tiempo viviendo solo. Quizás haya alguien en tu vida.

– Miles de mujeres aporrean mi puerta todas las noches -admitió Andy irónicamente-Pero aun así, creo que podemos llegar a un acuerdo. A ver si te metes en la cabeza que eres bienvenida, ¿quieres, hermanita? Aunque si eso te preocupa, podrías encargarte de la cocina y de la lavandería y de…

– ¿Has dicho que querías tu filete carbonizado?

– ¡Eh! Estaba bromeando. ¿Estás mal de dinero?

– No. ¿Y tú?

– Siempre -empujó los papeles a un lado de la mesa-. Ese asunto del divorcio, ¿está acabando ya?

– Firmado y sellado. Hace dos días.

El tono alegre de Liz habría ganado un premio de interpretación.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué pasa?

– Me había olvidado que Michigan juega con Notre Dame esta tarde. Me he perdido los dos primeros cuartos.

– ¡Oh, no! -Liz se dio una palmada en la frente-. El mundo ha llegado a su fin. La vida ha terminado. El día está echado a perder. ¿Cómo sobreviviremos?

– Por motivos que no puedo imaginar -dijo Andy desde la puerta-, te he echado de menos.

Liz también le había echado de menos. Con nadie más estaba tan cómoda como con su hermano. Fue como si no hubieran pasado diez años: pasaron la cena hablando, luego pelearon por ver quién fregaba y después se instalaron en sofás opuestos para ver la película del sábado por la noche.

Cuando Andy se fue a la cama, ella se encontró dando vueltas por las habitaciones, dejando que el silencio, la soledad y la sensación de estar de nuevo en casa la invadieran. No había cambiado casi nada. El carillón del vestíbulo seguía atrasando cuatro minutos. El cuarto escalón de la escalera seguía crujiendo. La leonera seguía atestada de periódicos, libros a medio leer y mantas de estambre.

Cuarenta y ocho horas antes, el instinto de volver a casa había sido fuerte, rápido e imparable. La llegada del decreto de divorcio había sido el catalizador. Un extraño podría pensar que era irracional, puesto que el matrimonio había terminado un año antes de que el sistema legal así lo reconociera. Un extraño habría considerado irracional también que hiciera el equipaje, cerrara con llave su apartamento de Milwaukee y se fuera de vacaciones sin avisar en el trabajo seguro y agradable que había tenido durante más de cinco años.

Había sentido la desesperada necesidad de volver a casa inmediatamente. No podía esperar. Le daba igual que el mundo entero considerara irracionales sus acciones. Liz sabía que volver a casa era la mejor decisión que había tomado en diez años.

Se detuvo delante de la ventana panorámica del cuarto de estar. Podía ver el vecindario en el que había crecido, los patios con árboles.; los columpios de los niños y los porches en donde la gente se sentaba durante las noches de verano.

Era curioso, pero Ravensport tenía un olor característico. Olía a familia, a algo perdurable, a personas a las que encantaba cotillear y escandalizarse de la subida de la gasolina, pero para quienes los problemas de Oriente Medio quedaban muy lejanos. Allí lo importante era tener para comer, permitirse un coche nuevo, y el corrector dental de los niños. Ravensport olía a la vida real.

Cuando el reloj del pasillo dio las doce, Liz seguía dando vueltas, tocando cosas. Los recuerdos de sus años de crecimiento llenaban todas las habitaciones. Era tranquilizador. Pero no había vuelto a casa porque creyera que iba a resultar fácil.

La última vez que había vivido allí tenía diecisiete años. Era. ingenua, testaruda, segura de sí misma y estaba terriblemente enfurecida por dentro. Andy había sido su guardián durante su último curso en el instituto. Después de su divorcio, sus padres habían dado por sentado que ella viviría con uno de ellos. Los dos se habían equivocado por completo y nadie se había molestado en aligerar el polvorín emocional de la adolescente en la que se había transformado repentinamente.

Excepto Clay Stewart, claro.

Liz casi sonrió al surgir en su cabeza antiguos recuerdos.

Todavía podía ver el largo brazo de Clay impidiéndole salir del cuarto de baño que había junto a la cocina. «Si crees que vas a salir con ese tío cursi de vaqueros ceñidos, estás equivocada».

Recordó otra escena en el comedor. Ella llevaba sus mejores galas para el baile de graduación; contrastaban con los vaqueros raídos y la camisa deshilachada de él.

– Clay, toda la clase va a estar allí.

– Entonces, toda la clase puede acompañarte de vuelta a casa -le había dicho él.

Y, después del divorcio de sus padres, se recordaba sentada en el porche con él. En realidad, no había estado sentada. Estaba tumbada de espaldas, en pantalones cortos, los pies descalzos apoyados en la barandilla del porche. Las luciérnagas revoloteaban en la noche de verano. Él no había interrumpido su muy maduro monólogo sobre lo estúpido que era el matrimonio, lo estúpido que era el amor y que, por lo que decían las demás chicas, deducía que el sexo tampoco valía la pena. Él no había dicho nada hasta que ella hubo acabado y luego la había estrechado entre sus brazos y había murmurado:

– Lo creas o no, algún día perdonarás a tus padres. También dejarás de sentir que es culpa tuya. No puedes hacer nada, Liz. Si quieres estar furiosa, adelante. Yo estoy aquí contigo.

A los diecisiete años, Liz había estado tan enamorada de Clay que no podía pensar con claridad. Él siempre estaba allí cuando necesitaba a alguien. Siempre comprendía. Superficialmente, Clay Stewart era el último hombre de la tierra digno de confianza, a pesar de ser amigo de su hermano desde hacía mucho tiempo. Nadie en Ravensport se había metido en más problemas que él. Su madre bebía y nadie sabía quién era su padre. Le habían detenido dos veces por conducción temeraria. Cuando la hija del alcalde se quedó embarazada, acusó a Clay y se armó un buen escándalo cuando él se negó a casarse con ella. Siempre estaba metido en líos.

Liz sabía todo aquello, pero no le importaba. Desde niño, Clay había usado una chaqueta de cuero, había andado con gesto fanfarrón y un brillo peligrosamente sexy en los ojos. Todo el pueblo pensaba que era arrogante, agresivo y pendenciero. Ella le veía como un hombre solitario que necesitaba desesperadamente alguien que le entendiera y creyera en él.

El reloj del vestíbulo dio las dos. Liz subió las escaleras para acostarse cuando de pronto recordó que la noche anterior había intentado seducir a Clay Stewart por segunda vez en su vida. Y había fracasado por segunda vez.

Se desnudó a oscuras y se metió entre las frías sábanas blancas. Clay la había rechazado con la delicadeza de un ladrillo la primera vez. Le había dicho que le pegaría un tiro si alguna vez la veía unida a un perdedor como él.

No se había unido a un perdedor. Había ido a la universidad y se había unido a David. La rabia y la rebeldía que la habían poseído durante el último curso de secundaria habían desaparecido. No era rebelde por naturaleza. Había reanudado las relaciones con sus padres, había madurado y se había licenciado. Al casarse con David, no había considerado la posibilidad de que su matrimonio acabara en divorcio.

Pero se había divorciado. Su matrimonio había sido un fracaso. A través de la ventana podía ver las nubes grises que cubrían la luna. Las hojas rozaban el cristal movidas por el viento. El sueño se negaba a aparecer. No había vuelto a casa por Clay No había vuelto por ningún hombre. Ya no sentía nada por David, pero la desesperación la había abrumado durante más de un año. Le parecía que jamás volvería a confiar en sí misma como mujer. De adolescente había sido alocada, impulsiva, cabezota y estaba furiosa por lo ocurrido con sus padres. Se había construido cuidadosamente una existencia para asegurarse de que no volviera a pasarle. En la vida real, si se quiere estar seguro, hay que arrinconar las emociones y Liz había buscado una profesión segura Y un hombre seguro. Había tardado diez años en descubrir que en su interior se escondía una Liz Brady distinta. Había vuelto a casa para encontrarse con ella.

En su mente se mezclaban imágenes de la noche anterior y de Clay Stewart. Sentía vergüenza, culpabilidad, horror. Pero no eran los únicos sentimientos. Clay se había equivocado gravemente la noche anterior. No al echar alcohol en sus limonadas, sino al cruzarse en el camino de una mujer en busca de su verdad. Clay formaba parte de una época de su vida en que había considerado como cosas naturales los sentimientos, el amor y la confianza. La antigua Liz, después de lanzarse contra él como un mercancías, habría sentido la tentación de esconder la cabeza en la arena y rehuirle cuidadosamente durante el resto de su vida. El orgullo siempre había sido muy importante para ella, mucho más importante que la sinceridad. La nueva Liz no había regresado a casa para esconderse, sino para afrontar la realidad. Tenía que enfrentarse a Clay otra vez.

Capítulo Dos

La lluvia golpeaba en las ventanas cuando Clay se levantó y dejó las gafas de leer sobre el atestado escritorio. El brillo de los faros de los coches iluminaba la sombría noche. La lluvia siempre suponía negocio para su motel y, a juzgar por el aparcamiento lleno, los ingresos de la noche iban a ser excelentes.

El escritorio de teca era demasiado elegante para un hombre que vestía vaqueros viejos y una rozada camisa blanca. Tanto el escritorio como el papeleo hacían que se sintiera como un fraude, como un falso triunfador. Se veía a sí mismo como un jugador de póquer que va perdiendo y sigue jugando con la esperanza de ganar a sus oponentes gracias a un farol.

Se pasó una mano por el pelo en un gesto de impaciencia e identificó su estado de ánimo como avinagrado, el mismo desde hacía cinco días. Una buena pelea a puñetazos habría eliminado parte del exceso de energía, o conducir un Maserati a ciento cincuenta por hora, o una buena borrachera.

También habría sido de ayuda si Liz Brady no hubiera vuelto al pueblo. Y, sobre todo, si él no la hubiera tocado.

Lo que necesitaba realmente era pelearse con un tigre. Pero no había muchos en Ravensport, Wisconsin. Atravesó la moqueta de color gris oscuro hasta la habitación de su hijo y abrió la puerta silenciosamente. Su malhumor se transformó inmediatamente en una mezcla de diversión e impotencia.

Las dos habitaciones particulares de Clay estaban dominadas por los tonos grises y cremas y el aire austero. La falta de chucherías hablaba de la negativa de un hombre a depender de las cosas. Podía haber liado el petate en cuestión de horas.

Para mover todo lo que abarrotaba el cuarto de Spencer se requeriría un camión. Acuarios de doce litros se disputaban el espacio con los libros de texto. Los peluches se habían reproducido milagrosamente en un rincón a lo largo de los años. Las naves Lego llenaban el armario, y la estantería que ocupaba toda la pared estaba llena de colecciones de libros, monedas, trocitos de vidrio. Spencer jamás tiraba nada.

A las ocho y medioa debía estar durmiendo. La habitación estaba a oscuras, pero no lo suficiente para que Clay no pudiera ver el bulto bajo las ropas de cama. El acusador resplandor que se filtraba por las mantas hablaba por sí solo.

Clay sintió una oleada de amor más potente que cualquier sentimiento que hubiera conocido nunca. Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar severamente.

– Te dije que apagaras la luz hace media hora.

Dos capas de mantas se retiraron para dejar ver una carita pecosa con un mechón de pelo castaño y los ojos castaños iluminados por la linterna.

– Papá, te lo he dicho un millón de veces. Nadie puede dejar de leer la Enciclopedia Brown en mitad de un capítulo. Ya sabes lo que pasa.

– ¿Quieres saber lo que va a pasar si vuelvo a pillarte leyendo con una linterna? ¿Cuántas veces tengo que decirte que te vas a destrozar la vista?

Clay se acercó y empezó a recolocar las mantas y sábanas.

– Voy a ir al local un rato. Cameron estará en la habitación contigua y tienes el timbre si me necesitas.

– Ya no necesito el timbre. ¡Demonios! ¡Tengo ocho años!

– No vas a cumplir nueve si no dejas de maldecir.

La amenaza, como todas las de Clay, nunca provocaba en su hijo más que una sonrisa.

– Claro, papá.

Clay consideró la posibilidad de darle el azote que se merecía sin la menor duda; en cambio, se inclinó a acariciar la mejilla de su hijo. Los deditos de Spence le rodearon el cuello en un abrazo y toda idea de disciplina se esfumó. Su hijo olía a leche caliente, pasta de dientes y lápices. Le encantaban aquellos olores.

– Ahora, a dormir -gruñó.

Segundos después, cerraba la puerta del dormitorio y contaba mentalmente hasta diez.

– ¡Apaga la luz! -gritó a través de la puerta.

– ¡Caracoles, papá! ¡Sólo me faltan dos párrafos!

– Ahora mismo, Spencer.

Muy pronto iba a tener que imponer su autoridad paterna.

– Está bien, está bien.

Al entrar en el pasillo del motel, el estado de ánimo sombrío volvió a rondarle como una mosca a un sabueso. No era un buen padre para Spencer.

Durante toda su vida se había especializado en cometer errores. La madre de Spencer había sido uno de los peores errores de Clay. Mary había sido una tentadora morena que había aparecido por allí varias veces en busca de un amorío fugaz. No era muy diferente de las demás mujeres que entraban y salían de su vida, pero Mary había mentido al decirle que no se preocupara, que estaba prevenida. También le había dicho que se fuera al infierno cuando él le propuso matrimonio.

Se puso furioso cuando ella se mató en un accidente de tráfico, no por Mary, sino porque las autoridades locales internaron a su hijo en un hospicio. Había descubierto con rapidez que un padre soltero no tenía derechos legales. Su hijo había estado en aquel lugar durante dos años. En aquellos dos años, Clay había reunido a duras penas el pago inicial del motel. En aquella época, el local tenía una pésima reputación: mala instalación eléctrica, mala comida y nada de preguntas al inscribirse. La decoración del vestíbulo se limitaba a unos sofás de plástico roto y un empleado impresentable.

Ahora, el aspecto del iluminado vestíbulo hablaba de éxito. En la chimenea del rincón ardía un buen fuego, las plantas destacaban las paredes forradas de roble y los cansados y mojados viajeros estaban reponiendo fuerzas en los cómodos tresillos. Clay habló con Cameron y luego con Susie en el mostrador de recepción antes de atravesar la cocina y el restaurante para trasladar su malhumor al bar.

La iluminación tenue y las mesas discretas solían ser un calmante eficaz para su malhumor. Si aquello fallaba, podía contar con Char para que le subiera la tensión, si no el ánimo. Aunque ella estaba tras el piano, Clay pudo ver que llevaba su atuendo habitual, lo bastante exótico y escotado para cruzar los límites legales de la decencia. Su guiño sensual no hizo efecto esa noche.

Se colocó tras el mostrador y sirvió una cerveza a un cliente. En el otro extremo, George estaba sacando brillo a los vasos. A pesar de su metro ochenta y su enorme corpulencia, George debía escuchar más confidencias todas las noches que un psiquiatra en ejercicio. George dirigió a su jefe una mirada sagaz y luego señaló las mesas llenas.

– Tranquilo como una tumba.

– Ya lo veo.

Clay echó un vistazo al local en busca de un borracho potencial o un posible pendenciero. Debido a que el bar llevaba su nombre, la gente del pueblo daba por supuesto que era un local especializado en líos. Incluso después de todos aquellos años, Ravensport seguía esperando lo peor de él. Normalmente, a Clay le hacía gracia ganar dinero debido a su mala fama, sobre todo porque la mayor atracción del local era el escote de Char.

Esa noche Clay habría agradecido un poco de acción.

– ¿Spencer te ha puesto nervioso? -le preguntó George.

– Spencer siempre me pone nervioso. Ese chico me da miedo. ¿Cómo es posible que un hombre que apenas terminó la secundaria tenga un hijo obsesionado por los libros?

– Ya -George soltó el trapo-. ¿Eso es lo que te ha estado fastidiando toda la semana?

– No me fastidia nada que no se pueda curar con un buen puñetazo en la barbilla -dijo Clay irónicamente.

– ¿Estás buscando voluntarios?

– Supongo que serías el primero de la cola. No hace falta que me digas que he estado más intratable que un oso.

– Te he visto peor. ¿Has probado con aceite de ricino?

Clay respondió con el gesto adecuado y George rió entre dientes. Clay estaba a punto de marcharse cuando vio a la mujer de la entrada.

El bonito pelo plateado flotaba sobre sus hombros. La lluvia brillaba en él. Llevaba pantalones azules y un suéter amplio a juego que resaltaba su esbelta figura. El toque rosa de sus labios era todo su maquillaje. Los discretos tonos pastel acentuaban la implícita etiqueta de «dama». Sólo con verla el estómago de Clay se puso tenso. Un deseo tan intenso y rápido como las malas noticias le poseyó. En sólo tres segundos pudo ponerle nombre a la desazón que había provocado su pésimo estado de ánimo durante los últimos cinco días. Liz se había detenido en la entrada. Su mirada se deslizó por la barra y pasó de largo sobre Clay. Clay contuvo una sonrisa cuando ella se acercó a la barra y ocupó un taburete justamente ante él. Pero no le miró. Fue como si no le viera. Miró directamente a George hasta que éste se acercó con un paño en el antebrazo.

– ¿Qué va a ser, señorita?

– Una limonada cargada, por favor -pidió recatadamente.

Clay contuvo una carcajada. George le miró de reojo.

– ¿Perdón?

– Si usted no está familiarizado con esa bebida, seguramente ese demonio que tiene al lado, sí -extendió la delgada mano sobre la barra-. Soy Liz Brady. No nos conocemos, pero nací y crecí en este pueblo. Este local era un antro. ¡Ha hecho usted un trabajo fantástico!

– Así es -admitió George imperturbable. Su apretón de manos le identificó inmediatamente como un conspirador. Luego, apoyó los codos en el mostrador-. Gracias por el cumplido. Invita la casa, pero tendrá que decirme qué lleva una limonada cargada.

– Yo me ocuparé de la dama, George.

Liz sintió que resbalaba del taburete arrastrada por la mano de Clay en su nuca.

Levantó la vista con ojos brillantes y el corazón brincando. Después de cinco días, era evidente que la montaña no iba a ir a Mahoma. Saber que debía enfrentarse con él era una cosa, pero una mujer adulta que se había comportado como una ninfómana había necesitado cinco días para reunir el valor necesario. Creía haberlo logrado, pero todo su valor se había quedado en la entrada del bar. Aquella primera noche había pensado que su reacción al ver a Clay estaba mediatizada por el alcohol. No obstante, un simple vistazo y el pulso se le había acelerado igual que diez años atrás.

Clay seguía teniendo la estructura ósea de un vikingo, los ojos oscuros de un halcón y el pelo rubio, fuerte e indomable a cualquier peine. Los salientes pómulos y la barbilla desafiante destacaban en la cara cuadrada de nariz de perfil romano. Las arrugas de la frente y los ojos delataban la experiencia de un hombre con una vida difícil e intensa. Cuando se enfadaba, su boca parecía una cruel cuchillada. Adjetivos como «atractivo» y «guapo» estaban fuera de lugar. Las facciones marcadas y rudas eran exactamente lo que atraía la atención de las mujeres y a la población femenina de Ravensport nunca le había importado que Clay no fuera guapo. Su manera de vestirse había sido siempre una evidente afirmación de sexualidad. Su mirada desafiaba a las mujeres a domarle. No usaba lociones extravagantes ni colonias masculinas para atraer a las mujeres. No era necesario. Por lo menos, nunca lo había sido para Liz. Su pulso galopante era una sensación familiar, así como el modo en que él la miraba. Aquellos ojos oscuros brillaban con una mezcla de diversión y exasperación, como si tuviera en las manos un cachorrito adorable que acabara de cometer un desaguisado.

En cuanto entraron en el iluminado vestíbulo, él retiró la mano de la nuca de ella como si quemara.

– ¿Y bien? Creía que no nos hablábamos.

Ella levantó la vista para encontrarse con la mirada de Clay.

– Es lo que he venido a averiguar. ¿Últimamente se te han echado encima otras mujeres?

Él luchó por contener una sonrisa sin conseguido.

– Ninguna tan insolente como tú. Tienes mejor aspecto-añadió.

– He oído cumplidos mucho mejores.

– Si esperas una disculpa, no vas a conseguida.

– Muy bien. Y si esperas que vuelva a insinuarme, también puedes olvidarlo.Ya podemos dejar este tema y pasar a algo más interesante. ¿Me vas a enseñar tu local o tengo que curiosear por mi cuenta? -ella echó un vistazo a su alrededor-. Esto tiene mucha clase para un hombre que siempre andaba metido en líos. No voy a admitir que estoy impresionada, pero…

Clay no dudó ni un segundo. Durante los cinco días pasados, su sentido común le había estado aconsejando que se mantuviera lejos de ella. Tenía intención de seguir haciéndolo, en cuanto estuviera totalmente seguro de que ella estaba bien. Le pasó un brazo por los hombros, como había hecho miles de veces cuando era joven. Su olor le hizo pensar en rosas amarillas y en mariposas. Su cadera rozó la suya un momento y una oleada de deseo circuló por su sangre.

– Vamos, encanto. Voy a enseñártelo.

La llevó primero a la cocina del restaurante. Mientras ella probaba la mousse de chocolate y hablaba con los cocineros, la observó atentamente. Era evidente que había descansado. Las ojeras habían desaparecido, pero estaba demasiado delgada. Su vulnerabilidad, su feminidad, su elegancia eran algo natural en ella. Él siempre había evitado a las mujeres de aquel tipo. Los bribones no se mezclan con las damas y Clay no tenía intención de mezclarse con Liz. Sólo quería verla feliz y, ¡maldición!, ella no era feliz. Ella fisgoneó en los congeladores, en los armarios-escoberos y en las alacenas como un gatito suelto por primera vez. La perdió de vista un momento hasta que comprendió que había dejado la cocina. Estaba observando el local lleno de comensales, los carritos de postres y ensaladas bien surtidos y los cortinajes que ocultaban la tormenta nocturna. La decoración no era nada especial, pero la moqueta roja y las lamparitas estilo Tiffany de las mesas creaban un ambiente sereno y relajado. Cuando sus miradas se encontraron, los labios de Liz se curvaron en una sonrisa satisfecha.

– Lo has conseguido, ¿verdad?

– ¿El qué?

– Están todos aquí. Grissom y su familia en el rincón. En otra época, le habría hecho feliz echarte del pueblo. Y no sé si Curtis sigue siendo el comisario, pero hace diez años no erais muy buenos amigos -nombró a otros y señaló el local en toda su amplitud- Este sitio no era nada antes. Un antro para camioneros y granujas -Liz meneó la cabeza y dijo en voz baja-: Les has dado una lección, Clay. Debes sentirte bien.

Él sonrió cínicamente.

– Te impresionas con más facilidad que antes. Detesto decir que cambiarías de opinión si te enseñara la hipoteca de este local.

Ella no le hizo caso. Le miró de arriba abajo con ojos burlones. Los tejanos y la camisa blanca contrastaban con el atuendo formal de los dientes del restaurante.

– Todavía sigues pareciendo un pendenciero y un alborotador. Qué desilusión.

– ¿Habías esperado verme con traje y maletín?

Se sentía incómodo. La alejó del ruido y el ajetreo del restaurante y de las cocinas.

– Pero ahora te has convertido en padre, ¿no? Andy me contó que tienes un hijo.

La novedad seguía molestándola. Por el inmediato brillo de los ojos de Clay, supo que el niño era muy importante para él.

– Sí, tengo un hijo, Spencer.

– ¿Se parece a ti?

– No, gracias a Dios -contestó Clay irónicamente.

– No sé lo que significa eso, pero creo que sería bueno para él que se pareciera a ti.

– ¿Metiéndose en problemas toda su vida, quieres decir? Olvídalo. Ese chico va a seguir el buen camino o moriré en el intento.

Clay no quería hablar de él mismo ni de Spencer.

– No me has dicho cuánto tiempo piensas quedarte en el pueblo,

– No tengo ni idea. ¿Cómo era ella?

– ¿Quién?

– La madre de Spencer.

– No sé por qué me lo preguntas. Veo en tus ojos que ya has sometido a interrogatorio a tu hermano.

– Es cierto -admitió ella irónicamente.

– ¿Qué puedo decirte? Pasó hace mucho tiempo. Dejé embarazada a una chica, cosa que no sorprendió a nadie del pueblo. No se casó conmigo, cosa que tampoco sorprendió a nadie. Murió y su padre metió al niño en un orfelinato. Descubrí muy rápidamente que un padre soltero no tiene derechos legales. Tardé dos años en conseguir su custodia legal. La gente de este pueblo no me veía como un buen padre. Pero eso ya lo deberías saber. Eso es todo. La lluvia se deslizaba por los cristales de las ventanas del pasillo por el que caminaban. Por el tono defensivo de Clay, Liz comprendió que no estaba dispuesto a seguir hablando del tema. Respiró hondo y miró el vacío pasillo.

– ¿Adónde vamos? -preguntó jovialmente.

– Iba a llevarte al bar otra vez, pero no me había dado cuenta… -echó un vistazo a su reloj-. Es más tarde de lo que pensaba.

Ella se puso rígida inmediatamente.

– Y, como es normal, tienes mucho trabajo por las noches. No era mi intención entretenerte tanto.

Su mano se crispó sobre la chaqueta y el bolso mientras avanzaba hacia la puerta del extremo del pasillo. ¿Dónde había aparcado el coche? Después de una década, ya debería haber roto la costumbre de ponerse pesada con Clay Stewart.

– La última vez que lo vi, esto era solamente un pasillo y no una pista de carreras..

– Se ha hecho tarde.

Él quería que se fuera. Acomodó su paso al de ella en dirección a la salida.

– ¿Me vas a dejar conocer a Spencer en alguna ocasión? -preguntó ella en tono indiferente.

Cuando llegaron a la puerta, Liz observó el aparcamiento reluciente y las luces amarillas dibujando prismas en el chaparrón. Se puso la chaqueta tan rápidamente como pudo.

– No sólo llueve a cántaros; ahí fuera debe hacer frío murmuró.

– Liz…

Ella levantó la cara y entonces él no supo qué decir. Luchó contra el deseo de subirle la cremallera del chaquetón, subirle el cuello, acariciada. Una hora escasa con Liz y tenía el estómago hecho un nudo.

Deseaba que se fuera y se quedara a la vez. Quería hablarle de Spence, pero no quería que ella conociera las cosas vergonzosas que él había hecho. Estaba orgulloso de haber tenido éxito con el motel y confiaba en que ella notara que él había cambiado. Pero, en el fondo de su ser, sabía que no había cambiado. Seguía siendo Clay Stewart y nunca sería la clase de hombre que ella merecía.

– Andy dijo que habías dejado tu trabajo -dijo finalmente.

– Sí.

– Entonces… ¿estás pensando en establecerte aquí?

Ella acabó de subirse la cremallera del chaquetón, se colgó el bolso del hombro y hundió las manos en los bolsillos. Unos segundos antes, habría jurado que Clay deseaba que ella saliera de su vida. Ahora él se recostaba en la fría piedra del vestíbulo con las piernas hacia delante y los brazos cruzados como si se dispusiera a tener un rato de charla.

– He vuelto a casa para ver si podía encontrar trabajo -admitió ella.

– ¿Qué clase de trabajo?

– Vender palomitas, ser camarera, barrer… -su tono era irónico-. Soy una bibliotecaria industrial especializada. Es lo que he sido durante los últimos cinco años.

– ¿ Y qué hace una bibliotecaria industrial?

– Clay…

– Hablo en serio. Quiero saberlo.

Ella suspiró.

– La mayoría de las empresas de alta tecnología están informatizadas desde hace años, pero los ordenadores no facilitan necesariamente la información a las personas que la necesitan. Un acceso rápido a la información puede representar la diferencia entre beneficios y pérdidas. El trabajo de una bibliotecaria industrial consiste en organizar, documentar y desarrollar sistemas que faciliten el acceso a la información. Oye, Clay, estás ocupado. Sería mejor que…

– Quizás deje de llover si esperas un momento. Al parecer, esa clase de trabajo es lo tuyo. Siempre te gustaron los libros.

– Demasiado. Es una forma de huir de la vida, una de varias costumbres que estoy intentando romper últimamente. Ahora me voy a dedicar a vender palomitas.

Le dirigió una sonrisa triste y esperó otra en respuesta. En cambio, la boca de Clay formaba una línea recta y su mirada se clavaba en su cara con una intensidad inquisitiva y que la asombró.

La lluvia seguía cayendo a pocos metros. En el pasillo en penumbra no había un alma. El pequeño vestíbulo cuadrado parecía una isla. La mirada de los ojos de Clay era solitaria, hambrienta, posesiva. Liz sintió la atracción de la magia de un hombre fuerte, la comunicación sincera y especial que raramente tiene lugar entre un hombre y una mujer, y que sólo puede tener lugar entre un hombre y una mujer.

– ¿Tan malo ha sido? -preguntó él en voz baja.

– ¿El qué?

– El divorcio.

Los dedos de Liz se cerraron en el interior de los bolsillos del chaquetón. Le miró con ojos demasiado brillantes y la barbilla en un ángulo obstinado.

– No tienes que seguir jugando al hermano mayor.

– ¿Quién juega al hermano mayor? ¿Eres demasiado mayor para necesitar un amigo?

– No, claro que no.

Liz trató de sonreír. Lo intentó con tanta fuerza que a él le dolió el corazón.

– Ese bastardo te engañó, ¿eh?

– No me compadezcas, Clay. Independientemente de lo que hiciera mi ex marido, me abrió los ojos para ver los errores que había cometido y las elecciones erróneas. En ciertos aspectos, el divorcio ha sido lo mejor que podía pasarme. Necesitaba realizar algunos cambios en mi vida y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Estoy perfectamente.

Se sorprendió muchísimo cuando Clay avanzó hacia ella. Seguía con los puños en los bolsillos cuando él la abrazó y la estrechó afectuosamente.

– ¿Qué estas…?

– No pienses que es lástima, boba. Es un abrazo de amigo. Antes compartíamos muchos.

– Sí.

Diez años de distanciamiento se esfumaron en un segundo. Revivió los abrazos de oso de Clay, los cercanos latidos de su corazón, el calor del musculoso cuerpo y las grandes manos. Le rodeó con sus brazos y frotó la mejilla con la barbilla de él. El deseo fluyó por sus venas de modo inevitable como reacción al contacto entre sus pechos y muslos… inevitablemente. Aquella primera noche en casa de ella Liz había temido haber destruido cualquier posibilidad de reiniciar la relación con Clay que en otro tiempo había sido tan preciada para ella.

Cuando Clay puso fin al abrazo, Liz estaba sonriendo. La sonrisa se convirtió en una risita cuando él le empujó la barbilla y le subió la cremallera del chaquetón hasta el cuello como si fuera a enviar a una niña a una tormenta de nieve.

– ¿Tienes algo para la cabeza?

– No.

Él hizo una mueca burlona.

– Nunca quisiste comprarte un sombrero.

– Ni tú tampoco.

– Pero yo soy más duro que tú -le acarició la nariz con la punta del dedo-. De regreso a casa, no aceptes limonadas de hombres que no conozcas.

Ella fingió reflexionar.

– No sé, Clay. Siempre me ha encantado la limonada.

– ¿Serías tan amable de largarte de aquí para que yo pueda trabajar un rato?

La sonrisa de Clay desapareció mientras la veía correr por el aparcamiento resbaladizo por la lluvia. No había tenido intención de abrazarla, ni de tocarla siquiera, pero sólo podía pensar en el bastardo que la había hecho daño. «Estoy perfectamente», había dicho ella. ¿Perfectamente? Tenía la intención de tirar a la basura su profesión, mudarse alocadamente y cambiar toda su vida. Liz representaba para él la luz, el sol, la dulzura… todo lo bueno de la vida, todo lo que es vulnerable. Clay habría cambiado cinco años por cinco minutos con el ex marido de Liz. Debía afrontar la verdad. «La has abrazado porque la deseabas», pensó, «porque siempre la has deseado. Déjala en paz. Ahora mismo es tan vulnerable como el cristal». Liz había sido siempre una dama para caballeros andantes blancos, no para los negros. El coche de ella se había ido y seguía lloviznando mientras él permanecía allí, de pie.

Capítulo Tres

Las hojas se arremolinaban en los tobillos de Liz mientras volvía a casa desde el pueblo. Cada árbol alineado en las calles del vecindario parecía arder al reflejarse el sol en las hojas bermejas, ámbar, melocotón y oro. En las ventanas había pegatinas de esqueletos y calabazas como anticipo de Halloween. Alguien estaba quemando hojas; el olor era delicioso.

Llegó a la alta valla que rodeaba los terrenos de la escuela elemental. Entonces se detuvo. Las niñas saltaban a la cuerda y los niños jugaban al baloncesto. Las risas y los chillidos parecían flotar suspendidos en el aire. Liz recordaba los recreos y la espera para subir a los columpios metálicos como si hubiera sucedido el día anterior.

Llevaba en casa dos semanas Y seguía esperando que la depresión volviera a aparecer. «¿Qué haces jugando con las hojas secas cuando estás sin trabajo, Liz? ¿No te preocupa el estado de tu cuenta corriente?»

Sí, estaba preocupada. Daba largos paseos, algo que no había hecho durante diez años. Otras mejoras incluían dormir y comer bien, recordar la sensación del sol en la cara, ver a viejos amigos, hacer cosas nuevas. La vida era maravillosa. ¿Cómo había podido olvidado durante tanto tiempo? La cara de su ex marido relampagueó en su mente. Pensó en David, y en todas las amigas con las que había ido a la escuela. Muchas se habían casado nada más terminar la secundaria, con destellos en la mirada y sueños de felicidad eterna. Ella no había querido cometer semejante error. Sus padres se habían querido y, a pesar de ello, su matrimonio había terminado en divorcio. Obviamente una relación no requería amor para funcionar. Requería esfuerzo y compromiso. Se había casado con un buen hombre y había tenido la intención de ser una buena esposa para él. Lo había intentado. Había planchado sus camisas y había leído libros de cocina, había escuchado sinfonías y había practicado ‹‹jogging», todo porque quería ser una buena esposa para David. Detestaba planchar, cocinar, la música clásica y sudar. Siempre lo había detestado. En aquella época, había creído que las mentiras inocentes eran necesarias. Había creído que se estaba enfrentando a la vida, que estaba haciendo lo que debía para que su matrimonio funcionara. La mujer debía ser la más generosa. Pero nunca había imaginado que el precio en desesperación pudiera ser tan elevado. Lo peor para Liz había sido descubrir lo difícil que era acostarse noche tras noche con un hombre al que no amaba. Cuando había descubierto que David se estaba acostando con otra, su primera reacción había sido sentirse desolada y desilusionada. La segunda, de alivio. David se había opuesto al divorcio durante más de un año, insistiendo en que merecía la pena luchar por su matrimonio. Le había dicho que no le habría sido infiel si ella no hubiera sido tan fría. Ella podía ser una mentirosa imperdonable, pero no era fría.

Liz cerró los ojos para saborear el calor del sol en la cara y el susurro de las hojas sobre su cabeza. La culpa había lastrado sus pasos durante un año. Había cometido un gran error, pero la única manera posible de corregido era asegurarse de que no volviera a suceder. Nunca en toda su vida se había sentido menos segura que, durante aquellas dos semanas sin trabajo y sin nada más a lo que aferrarse que una cuenta corriente en disminución. Estaba totalmente asustada… pero cada vez más decidida. En el pasado había apostado por la seguridad. Nunca más.

Un balón saltó la valla de la escuela y una docena de chicos corrieron hacia ella. Recogió el balón con una sonrisa y lo devolvió y sólo entonces vio a un chico pequeño en medio del grupo. Debía tener ocho o nueve años. Las pecas de su nariz brillaban al sol. Su cabeza era una greña de pelo castaño claro. Sus zapatillas estaban desatadas y tenía un libro enorme en el regazo. El balón pasaba por encima de su cabeza y los otros chicos saltaban a su alrededor. Nunca se movía. En una ocasión levantó la mano pacientemente para evitar un inminente choque entre su cabeza y el balón. Liz estuvo segura de que era el hijo de Clay. No porque estuviera leyendo, ya que Clay jamás había cogido un libro en la escuela a menos que se viera obligado, sino por la actitud del niño. La obstinación de un niño en pos de lo que quería a pesar de la gente. Estaba sentado allí ignorando el peligro. Su aislamiento, su determinación de ser parte de los demás pero no totalmente, fue otra pista. El timbre del recreo provocó un coro de protestas y una estampida de pies hacia las puertas de la escuela. El pequeño se puso de pie con el libro todavía abierto. Liz no pudo resistir la tentación.

– ¿Spencer?

Él se volvió con los ojos castaños guiñados por el sol. Tenía los ojos oscuros de su padre y la misma barbilla desafiante.

– ¿Me conoces?

– No. Conozco a tu padre y en cuanto te vi supe que eras el hijo de Clay.

– Mi papá se llama Clay, pero yo no hablo con desconocidos.

– Haces bien. Sólo quería conocerte, decirte hola. Ya sé que tienes que entrar.

– Sí, arman un jaleo de todos los demonios si llegas tarde -se despidió con la mano-Hasta luego.

Ella parpadeó ante su lenguaje; luego sonrió mientras le observaba. Se dirigía a la puerta con paso tranquilo, arrastrando los cordones de las zapatillas, con la chaqueta abierta a pesar del frío día. Definitivamente era el hijo de Clay

Había algo especial en los varones Stewart. En menos de sesenta segundos de conversación se había enamorado del niño de ocho años. Y una de las verdades a las que estaba intentando enfrentarse después de diez años de ausencia, era que nunca había conseguido dejar de amar a su padre.

En cuanto Clay salió del coche, oyó las maldiciones. Subió la cremallera para protegerse del frío viento y caminó hacia las luces amarillas del garaje. Los imaginativos epítetos salían de debajo del oxidado armazón de un coche. Clay sólo podía ver las largas piernas de Andy extendidas sobre el cemento.

– ¿Necesitas ayuda?

Andy apareció con la cara y las manos tan negras como su ceño.

– Lo que necesito es un coche nuevo.

– Hace cuatro años que te lo digo.

– Esta vez hablo en serio.

– Eso lo has dicho otras veces.

– Pensaba tener esto listo para el partido de la tele… ¿Qué hora es?

– Ya debe ir por el descanso.

Andy se puso de pie y se limpió las manos con un trapo.

– Vamos a entrar. Tomaremos una cerveza.

En cuanto Clay entró en la cocina, se intensificó su dolor de cabeza de una semana de duración. La habitación se había transformado desde la noche de la llegada de Liz. Sobre la mesa había un jarrón con flores amarillas y un jersey doblado en una silla. No había platos sucios en el fregadero y toda la casa olía a cera para muebles. Ella había aniquilado por completo uno de los últimos bastiones de la soltería de Ravensport.

Ella no estaba allí. Clay pasaba por allí frecuentemente para compartir con Andy una cerveza y un partido, pero había esperado que ella estuviera en casa.

– Juega el Dallas. Debería ser un buen partido.

Andy abrió la lata y le tendió a Clay una cerveza que no le apetecía.

– Estupendo. ¿Dónde está Liz? -preguntó Clay en tono indiferente.

– ¿Liz? -Andy abría la marcha hasta la leonera-. Seguir la pista de mi hermana estos días es como intentar cazar una luciérnaga -dijo irónicamente-. No puedo recordar lo que está haciendo esta noche. Creo que iba al cine.

Encendió el televisor y se dejó caer en el sillón más cercano.

Clay siguió el partido el tiempo necesario para ver el marcador.

– ¿Sola? -preguntó por fin.

Andy levantó la vista.

– ¿Sola qué?

– ¿Ha ido al cine sola?

– ¡Mira eso!

– Ya.

Clay se bebió la cerveza en tres sorbos. No hubo manera de distraer a Andy de la caja tonta. Clay miraba furioso el reloj y esperaba el descanso. La pantalla afirmaba que sólo faltaban tres minutos, pero en el rugby eso puede significar diez fácilmente.

Veinte minutos más tarde, Andy dejó su sillón con una sonrisa.

– Voy a hacer palomitas. ¿Quieres otra cerveza?

– No, gracias.

– ¿Cómo está el niño?

– Fastidioso.

Clay siempre tenía que hacer un esfuerzo para ocultar su orgullo.

– Anoche me senté a su lado para ayudarle con los deberes y ya me saca ventaja en matemáticas.

Apoyado en la puerta, Clay observó a su amigo echar aceite en una sartén y ponerla al fuego. Andy era una de las pocas personas que le dejaban hablar de Spencer, pero por una vez Clay no pensaba en su hijo.

– Por el bar van muchas mujeres recién divorciadas -empezó a decir-. Veo lo mismo una y otra vez. No importa la edad que tengan ni cuánto tiempo hayan estado casadas ni cómo les haya ido. Todas parecen haber pasado las mismas etapas durante el proceso de divorcio. Primero, pesar por un matrimonio que ha muerto.

Andy le dirigió una mirada mezcla de paciencia y humor. Anteriormente, sus conversaciones de hombre a hombre nunca habían tenido tintes filosóficos, pero los viejos amigos tienen derecho a ocasionales accesos de locura. Clay continuó tenazmente.

– Después viene la etapa de pánico. No están seguras de poder salir a flote solas, no tienen seguridad en sí mismas, temen volver a cometer un segundo error, intentarlo otra vez…

– ¿Te sientes bien? -interrumpió Andy.

– Me siento muy bien -Clay carraspeó-. Estas dos etapas son muy duras para las mujeres, pero la tercera es la más peligrosa. De repente, se sienten eufóricas. La libertad puede ser una droga potente después de estar atada por los problemas mucho tiempo. De repente una mujer tiene prisa por cambiar, por demostrarse que sigue siendo atractiva, que puede divertirse y volver a vivir. Y está muy bien… pero veo a muchas mujeres hacer cosas que no harían normalmente, cambiar demasiado deprisa, comportarse de un modo inusual, un poquito… raro.

– Muy interesante -dijo Andy gravemente.

Clay se pasó una mano por el pelo.

– Oye, estoy intentando hablar contigo de Liz.

– ¿De mi hermana?

Andy meneó la cabeza y soltó una carcajada.

– Vamos, Clay. Conoces a Liz tan bien como yo. No estoy diciendo que no lo esté pasando mal y además debe pensar que ha sido culpa suya. Pero tiene la cabeza sobre los hombros, como siempre.

– Sí.

– Liz es tan normal como la tarta de manzana.

– Sí.

– No es del tipo de mujer que hace locuras.

– Sí -volvió a admitir Clay, pero pensó: «No».

Debería haber sabido que no tenía sentido hablar con Andy. Liz no dejaría jamás que su hermano viera algo más que una dama decidida, de ojos brillantes y risa fácil.

El Dallas fue ganando hasta pasadas las once. La fuente de palomitas estaba vacía y Liz seguía sin volver a casa. Clay miraba el reloj cada tres segundos y se esforzaba por dominar su inquietud. La había evitado durante una semana. Los problemas de Liz no eran asunto suyo y estar cerca de ella siempre había sido para él tan peligroso como la dinamita. Una dama elegante graduada «cum laude» no necesitaba un hombre de mala reputación cerca de ella. ¡Demonios! Él había acabado la secundaria a duras penas, aunque había vivido mucho. No podía dejar de pensar en ella. Liz estaba en la etapa final del proceso de divorcio. Lo sabía. Lo había visto cientos de veces. Nadie podía rehuir aquellas etapas. Así era la verdad; era algo normal. Pero él no quería que Liz sufriera.

– ¿Qué diablos te pasa esta noche? -preguntó Andy finalmente-. Ni siquiera te has enterado del último tanto.

– Sí me he enterado.

No era verdad. Cuando sonó la puerta principal, saltó del sillón como si hubiera sufrido una descarga eléctrica, sin hacer caso de la mirada de su amigo. Ella se estaba quitando la chaqueta cuando apareció en la puerta. Él vio primero que no llevaba lápiz de labios… o quizás sí lo había llevado y la boca de un hombre lo había borrado. Llevaba un suéter de angora rosa que destacaba sus pechos. La falda dejaba ver demasiada pierna. Sus mejillas mostraban el beso del aire frío. Si hubiera vuelto a casa desde el cine, habría estado pálida.

– ¿Dónde has estado?

Las palabras surgieron antes de que él pudiera evitarlo. Liz acabó de quitarse la chaqueta y arqueó una ceja como respuesta. La sangre se había acelerado en sus venas desde que había visto el coche de Clay en el sendero. Él la miraba furioso. Llevaba vaqueros y una sudadera usada. Liz hubiera deseado que fuera desnudo. Las bibliotecarias sensatas y recatadas no debían pensar cosas así. Su búsqueda de la sinceridad psicológica era como abrir la caja de Pandora. «Limítate a sentir, Liz», decía una vocecita en su cabeza.

– Por ahí -contestó, y se acercó a la fuente de palomitas dirigiendo una mirada furiosa a su hermano-. ¿Cómo has podido comértelas todas?

– Clay se comió la mitad.

– Sois unos cochinos. Podíais haberme guardado unas pocas. ¿El Dallas ha sobrevivido sin mí?

– No -dijo Andy sombríamente.

– ¿Has salido con alguien que yo conozca?

Clay consiguió hablar esta vez en un tono más civilizado e indiferente. Ella le recompensó con una sonrisita.

– Con Frank Butler. Le recuerdas, ¿verdad? Fui al baile de graduación con él. Me he enterado de que estuvo casado, se divorció y se hizo cargo de la ferretería de su padre. Y frecuentaba el bar de Clay muchas noches de los viernes.

El mal humor de Clay empeoró. Se encontró siguiendo a Liz hasta el armario de la entrada, donde colgó la chaqueta; a la cocina, donde dejó la fuente de palomitas; a la entrada, en donde ella se detuvo con las manos en las caderas y gesto paciente.

– ¿Puedo ir al baño sola? -preguntó.

Él la estaba esperando cuando salió.

– No te estaba siguiendo.

– Ya me he dado cuenta.

– ¿Estás cansada o podemos hablar un momento?

Ella vaciló.

– ¿Andy?

Después de decirle a su hermano que iban a salir, cogió su chaquetón. Un tigre furioso habría sido más fácil de manejar que Clay. Su boca era una fina raya, sus hombros estaban rígidos y sus ojos desafiaban a cualquiera que se cruzara con él. Caminó con él hasta el balancín de madera. Parecía un buen lugar para calmar a un tigre. Las hojas caían del arce. El cielo otoñal estaba salpicado de estrellas. El aire frío era revitalizador y la noche tan suave como seda negra.

– ¿Cómo es posible que haya gente a la que no le gusta el otoño? -preguntó.

Clay no dijo nada. Liz se acurrucó en un extremo del balancín con las rodillas bajo la barbilla. Él se instaló en el extremo opuesto con un pie en el suelo para mantener el balancín en movimiento. Eran las mismas posiciones que habían ocupado diez años antes. La chaqueta de cuero que él llevaba estaba tan usada como la primera vez que se sentaron allí. El silencio se impuso entre ellos. Ella supuso que él lo necesitaba. Observó el juego de la luz de la luna en las facciones de Clay. A pesar de las arrugas que delataban diez años de vida difícil, no había cambiado nada. La misma actitud fuerte, desafiante… La noche, el balanceo y la oscuridad obraron su magia gradualmente. Liz vio relajarse la cara de Clay y sintió un fuerte deseo de abrazarle. No era un deseo de naturaleza sexual. Él había tenido muy poco amor durante su vida y había luchado por todo lo que tenía.

– ¿Un día difícil? -preguntó Liz finalmente.

– Terrible -él se recostó y cruzó los brazos tras la cabeza-. He sido un poco brusco dentro.

– Un poco -dijo ella irónicamente. Las cadenas del balancín chirriaban rítmicamente.

– ¿Lo has pasado bien con Frank?

– Sí.

– ¿Vas a volver a salir con él?

– No. Ha sido divertido estar en casa, volver a ver a los compañeros de la escuela. Frank fue siempre una buena compañía. Tiene un maravilloso sentido del humor. Pero no ha cambiado mucho. Siempre será un hombre superficial. ¿Comprendes lo que quiero decir?

– Sí.

– Me gustaría darte un puntapié -dijo ella en el mismo tono.

Él enarcó las cejas debido a la sorpresa.

– No crees que soy capaz de juzgar el carácter de un hombre por mí misma, ¿verdad? ¿Crees que todavía tengo diecisiete años?

– Creo -dijo Clay lentamente-, que eres más especial, más hermosa, más peligrosa que a los diecisiete años.

Ella sonrió.

– ¿Eso es un cumplido o un insulto?

– No esperarás que conteste esa pregunta.

Ella rió entre dientes con la cabeza apoyada en el respaldo del balancín. Las cadenas chirriaban y tiraban, chirriaban y tiraban. La oscuridad proporcionaba una dulce y tranquilizadora intimidad.

– ¿Clay?

Sus ojos buscaron los de él en la oscuridad.

– ¿Mmmm?

La voz de Liz era ronca y baja.

– No quiero que te preocupes por mí. He cometido errores y estoy pasando una mala época. Eso no significa que no pueda hacerme cargo de mi vida. No he vuelto a casa por creer que aquí sería más fácil, sino porque necesitaba un sitio en donde llegar a un acuerdo conmigo misma. Pero esto tengo que hacerlo yo sola.

Él permaneció en silencio un momento y luego se inclinó hacia delante rápidamente y la hizo volverse. Ella no se resistió, pero sí le sorprendió encontrarse de repente con la espalda contra el pecho de él, la barbilla de Clay en su coronilla y sus brazos entrelazados sobre el estómago.

– Ahora escucha, preciosa. Yo he cometido más errores en un día de los que tú podrías cometer en toda tu vida. Necesitas hablar con alguien. Yo estoy aquí y no debes olvidado nunca. Todo el mundo necesita a alguien en alguna ocasión.

A pesar de las capas de ropa que les separaban, Liz sintió un lento y dulce deseo extenderse desde la punta de los dedos de sus manos a las de los pies. La fría noche de octubre se volvió asfixiante bruscamente.

– ¿Me has oído?

Ella echó la cabeza hacia atrás.

– Sí. Todo el mundo necesita a alguien. ¿Y cuándo necesitas tú a alguien, Clay?

Él enarcó las cejas.

– Sentirse solo y asustado va unido al hecho de vivir. Nunca he dicho que yo fuera inmune. Sólo estoy diciendo que he vivido más que tú. Enorgullecerse demasiado de pedir ayuda cuando se necesita es una tontería.

Ella insistió.

– ¿Y cuándo has pedido tú ayuda a alguien?

– Liz…

– De modo que crees que has vivido mucho.

– Estoy seguro.

– ¿Y qué has tenido? ¿Vino, mujeres, diversión? ¿Y has tenido a alguien en quien confiar? ¿Una mujer que se haya interesado por ti más allá de lo superficial?

Él abrió los labios para replicar, pero calló cuando ella le acarició la mejilla. Sus dedos eran fríos sobre su piel cálida. El pulgar recorrió el fuerte hueso de la mandíbula y el brote de la barba. Por encima de la línea delgada de la boca, los ojos la miraban impacientes y sombríos. Al primer roce de la mano de Liz, su nuez había adquirido un movimiento rítmico. Clay podía hacer creer a todo el mundo que era invulnerable, pero Liz sabía que no era cierto. Cuando él pudo hablar, su tono fue tranquilo y divertido.

– ¿Qué crees que estás haciendo?

Sus miradas se encontraron. Era totalmente evidente lo que estaba haciendo.

Los dedos de Liz se enredaron en el pelo de Clay. Su textura era fuerte y limpia, pero no suave. En Clay no había nada suave. De repente puso una mano sobre la de ella.

– La dama tiene edad suficiente para ser más sensata.

– Sí.

– ¿Te ha invitado Buttler a una copa después del cine?

– No.

Ella presionó sus labios sobre los de él. Clay no se movió. Liz hubiera dicho que había dejado de respirar. Una estatua habría reaccionado mejor. Evidentemente él había decidido castigada por su mal comportamiento, como un padre con un crío caprichoso, hasta que ella volviera a sus cabales. Fue un error porque ella ya había vuelto a sus cabales al disfrutar del tacto, el olfato y el gusto, al disfrutar de sensaciones que había intentado ignorar durante años. Pero existían y, ya que el deseo por Clay había influido en su vida, tenía que saber si ella había influido en él.

– Liz…

Ella oyó el último resto de impaciencia en su voz. Sintió crisparse las manos de él en sus hombros y comprendió que Clay intentaba cortar el contacto. Pero no lo hizo. ¡Pobre hombre! Su boca descendió bruscamente sobre la de Liz. Ella separó los labios y absorbió la presión, saboreando el sabor masculino. Se había equivocado. Una parte de Clay era incomparablemente tierna y vulnerable. Su boca hizo una demostración de un deseo tierno y feroz a la vez. La amoldó a su cuerpo como si hubiera perdido una parte de su ser. Le acarició la cara con dedos inseguros, besándola una y otra vez como si nunca fuera a detenerse. En el balancín no había espacio para hacer el amor. Liz sentía la rodilla de él en la espalda y una de sus piernas estaba incómodamente doblada contra el pecho de él. No importaba. La lengua de Clay le llenaba la boca al tiempo que un sonido áspero y agitado salía de su garganta. Se arqueó contra él, sintiendo el fuerte deseo físico de ser poseída. El deseo era delicioso y muy intenso. Ningún hombre la había hecho sentir aquel deseo, aquella necesidad, aquel… todo.

El roce de su boca, el potente latido de su corazón, el jadeo de su respiración… Clay no estaba besando a la hermana de un amigo. Clay deslizó la palma por la pierna cubierta por la media y subió por la pantorrilla hasta el muslo. Ella le acarició el cuello y sus dedos impacientes trataron de deslizarse bajo la chaqueta y la camisa en busca de la piel. La cremallera de su chaquetón sonó en el silencio de la noche. La mano de Clay encontró su pecho, su cuello y más muslo. Él parecía arder de impaciencia por acariciado todo a la vez.

Una sencilla hoja provocó la interrupción. Una hojita roja y seca que cayó del arce sobre el hombro de Clay. Él retrocedió como si le hubieran golpeado con un ladrillo. En sus ojos oscuros se veía un enorme dolor. La hizo levantarse con él, le colocó la falda y el suéter y le subió la cremallera del chaquetón como si ella estuviera a punto de enfrentarse a una ventisca.

– Ahora, escucha.

Pero no dijo nada. Se puso las manos en las caderas y luego se las pasó por el pelo. Echó un vistazo al cielo y luego fijó la vista por encima del hombro de ella. Los dos evitaban la mirada del otro. Por fin él hizo otro esfuerzo por hablar.

– Oye, esto ha sido un accidente.

– Sí.

– Siempre has confiado en mí. No destruiré esa confianza, Liz. No volverá a pasar.

– Siempre he confiado en ti y ahora confío en ti. Pero esto va a pasar otra vez.

– No, ni hablar.

Ella se acercó, le arregló la camisa, le cerró el chaquetón y le miró a los ojos. Él dejó escapar un suspiro de exasperación.

– Te vas a meter en líos, ¿lo sabes?

– Sí. ¿Lo hemos dejado claro ya?

– Liz

Ella meneó la cabeza. El deseo seguía sofocándola. Era evidente que él la deseaba, pero no quería admitido. Le acarició la mejilla y caminó hacia la puerta.

Capítulo Cuatro

Dos noches después, a las dos de la madrugada, Liz estaba contando ovejas… y camellos, llamas y vacas. Ninguno de ellos estaba haciendo mella en su insomnio, por lo que reconoció inmediatamente la diferencia entre el frío golpeteo de la lluvia y el de los guijarros en su ventana. El hombre que estaba de pie en el césped parecía mojado, helado e impaciente. El muy chiflado sólo llevaba una chaqueta de cuero y su pelo rubio rojizo brillaba de humedad. Liz meneó la cabeza y se puso unos vaqueros, calcetines y un jersey de cuello alto. Luego bajó las escaleras hasta el oscuro vestíbulo. Clay entró en cuanto ella abrió la puerta. Liz volvió a menear la cabeza, medio dormida.

– No tengo camisa de fuerza. Lo siento.

– Estás totalmente despierta, así que nada de excusas. Necesitas botas, una bufanda, un chaquetón y guantes.

– Está lloviendo; ¿no te lo han dicho? Lluvia de invierno, no lluvia de verano.

– Lo sé.

Él rebuscó en el armario del vestíbulo y le pasó un chaquetón y una bufanda.

– ¿Dónde están tus botas?

– ¿Dónde está tu cabeza? ¿Sabes qué hora es?

– Entre las dos y las tres.

Él le tendió los guantes, uno blanco y otro rojo.

– Ya veo que sabes qué hora es -dijo Liz admirativamente. Un gorro de lana sofocó su siguiente comentario. Él le metió los brazos en el chaquetón. Ella misma se puso las botas y los guantes sin dejar de observar a Clay. Tenía la cara mojada y se movía con su habitual actitud indolente, pero sus ojos tenían la mirada desolada y sombría de un hombre que parte para la guerra.

– ¿Es que quieres compartir la neumonía con alguien? -intentó averiguar.

– Nadie se acatarra por andar bajo la lluvia -le aseguró él.

Una vez fuera, sintió que se le helaban todos los músculos en cuanto bajó los escalones de la entrada. Las gruesas gotas parecían de hielo. No había ni una luz encendida en el vecindario. La calle parecía una pista de patinaje negra y brillante.

– ¿Dónde vamos a ir a estas horas de la noche?

– A dar un paseo.

– ¡Aaah! ¿Quién hubiera dicho que unos cuantos besos en un balancín trastornarían a un hombre grande y fuerte como tú?

Él la cogió del brazo y la forzó a caminar al paso de un entrenamiento olímpico.

– Este paseo no es por mí, sino por ti.

– ¿Sí?

– ¿Nunca has paseado bajo la lluvia?

Ella reflexionó y luego confesó:

– No.

– Bien. Me dijiste que querías hacer cosas que no hubieras hecho nunca. Además, necesitas hacer ejercicio.

¿Porque las mujeres agotadas causan menos problemas a los hombres? Dirigió una mirada divertida a Clay. Permaneció en silencio mientras caminaban una manzana tras otra. Él tenía razón. La lluvia era una molestia, algo que estropeaba el aspecto de una mujer cuando iba o volvía del trabajo. Nunca había pensado que podía disfrutar de la lluvia, aspirarla, olerla, saborearla.

Sacó la lengua para probar unas gotas y Clay soltó una risita. Liz no tenía la menor duda de que, si él tuviera otra mujer esperándole sola a las dos de la mañana, no estaría helándose bajo la lluvia. Clay se estaba relajando. Aflojó el paso y echó la cabeza hacia atrás. En sus ojos apareció un brillo malicioso al verla sonreír. No hablaron. Pasearon hasta que a Liz le dolieron las piernas, hasta que el sueño y la oscura lluvia y el silencio la envolvieron en un sensual manto. La vida era maravillosa. Con Clay sentía algo nuevo, una nueva fuerza creciendo en su interior. Lo que le parecía natural con Clay, nunca lo había sido con otro hombre. Estaba a punto de amanecer cuando regresaron a su casa.

– Ahora dormirás -le dijo él, aunque posiblemente no sabía que le había costado dormir durante las noches pasadas.

– ¿Clay?

Él iba hacia su coche, pero se volvió.

– Gracias -susurró ella. Luego se acercó y le besó en los labios.

Le sintió temblar y le vio cerrar los ojos. Cuando retrocedió, Clay suspiró.

– No.

Ella siguió allí mientras él llegaba al coche. Apoyó ambos brazos en la cubierta del coche y durante un momento, como si estuviera decidiendo algo, y luego dijo:

– Dijiste que querías conocer a mi hijo y sólo faltan unos días para Halloween. ¿A 1as seis y media?

El día de Halloween a las siete en punto, Clay descubrió que tenía el hombro pegado a la puerta del cuarto de baño. Unas noches antes le había parecido una buena idea que Liz conociera a Spencer. El paseo bajo la lluvia había tenido la finalidad de distraer a Liz de su reciente divorcio. Clay no había dejado de preocuparse por ella desde la noche del balancín. Liz era una mujer peligrosamente vulnerable. Necesitaba consuelo, alguien que la abrazara y escuchara, y lo que le estaba volviendo loco era saber que cualquier otro hombre podría haber estado en el balancín con ella. Otro hombre que podría aprovecharse de su belleza, de su naturaleza generosa, del mágico embrujo de su sensualidad. Era evidente que Liz debía mantenerse alejada de los balancines. Un paseo bajo la lluvia le había parecido una estupenda opción. Nadie siente deseo cuando se está poniendo como una sopa. Con excepción de Clay. Un deseo obsesivo. Cuando ella había posado su boca mojada sobre la suya, sólo había podido pensar en su piel cálida, en su cuerpo tan próximo, en sus ojos rebosantes de deseo y promesas. No iba a abandonar a Liz en una época difícil para ella, pero tenía la intención de asegurarse de que no volviera a darse la posibilidad de una proximidad física. Halloween le había parecido perfecto. Ella quería conocer a su hijo y Clay tenía la conciencia tranquila.

No se trataba de que a Spencer no le gustaran las chicas, pero el hijo de Clay nunca hablaba con una mujer si había un perro en la misma habitación. Durante años, Spencer se había acostumbrado a aterrorizar a cualquier mujer que entrara en la vida de Clay Él no quería que Liz pasara por dicha prueba, pero cuando un hombre tiene en casa una carabina de semejante magnitud…

Una velada de Halloween con Spencer mantendría ocupada a Liz. Lo que él no había imaginado había sido la aparición de Liz en su puerta con una falda de percal zarrapastrosa, pecas pintadas en la nariz y trenzas medio deshechas detrás de las orejas.

Ni Spencer tampoco.

– Más horrible, por favor.

La exigencia de Spencer sacó a Clay de su ensueño.

– ¿No crees que ya estás bastante horrible?

– ¡Demonios, no! Quiero parecer aterrador, pavoroso, sanguinario.

– Puede hacerse, cariño.

Liz se inclinó sobre el hijo de Clay con un tubito blanco. Spencer estaba sentado en la taza con las piernas cruzadas y la cabeza echada hacia atrás. Su cara tenía una base blanca, un ojo con un cuadrado azul y ambas cejas pintadas de amarillo chillón. Lenta y firmemente, dibujó una raya roja en la comisura de la boca. Luego retrocedió para observarle.

– Mírate ahora -sugirió.

Spencer puso un pie calzado con una zapatilla deportiva en la tapa de la taza para poder verse en el espejo inclinando la cabeza.

– ¡Demonios! ¡Tengo un aspecto maravilloso!

– No reniegues.

Eran las primeras palabras que Clay conseguía decir en media hora.

El vampiro le ignoró, pero la niña extraviada le dirigió otra mirada interrogativa con sus tiernos ojos castaños: «Creía que me habías dicho que no le gustaban las mujeres».

¿Qué podía decir él? Spencer no había cerrado el pico desde que ella había entrado con el tubo de sangre falsa y el estuche de maquillaje.

– ¿Crees que necesito un poco más de sangre?

Liz miró a Spencer con mirada crítica.

– Creo que estás muy bien. Por otro lado, en Halloween nunca se lleva demasiada sangre. Como quieras.

– ¿Qué opinas, papá?

– Creo que ya es hora de que lleve a los dos… niños en el coche si queréis llenar esas bolsas de dulces.

La manzana en la que Clay detuvo el coche estaba iluminada por las luces de los porches, las farolas y las calabazas con velas dentro. Los residentes podrían presentarse a las pruebas para una película de miedo. Los payasos se mezclaban con los Dráculas. Las brujas se cruzaban con golfillos con caretas de plástico. Un San Bernardo con un barrilete al cuello acompañaba a sus amos de puerta en puerta.

La niña extraviada y el vampiro llamaron a cinco casas antes de volver al coche corriendo y riendo. Liz subió junto a Clay y cerró la puerta con todas sus fuerzas.

– ¡Mira qué botín! -chilló.

– Sí. ¿Quieres cambiar?

Spencer estaba inspeccionando su bolsa.

– Claro que quiero cambiar. Detesto los caramelos duros. ¿Te han dado nueces?

– No sabía que planearas ir con él -murmuró Clay en voz baja.

– Se lo había prometido a tu hijo -respondió Liz simplemente.

Clay estaba confuso. Se sentía asombrado, aunque encantado, de que Liz y Spencer hubieran congeniado. Los tres lo estaban pasando muy bien y comprendió que un hombre podía enviciarse fácilmente con las risas de un niño y una mujer. Pasaron dos horas antes de que los dos estuvieran exhaustos. De regreso al aparcamiento del motel, Clay llevó a Spencer hasta la puerta antes de acompañar a Liz hasta su coche.

– Ve a enseñarle todo a Cameron. Vuelvo en un abrir y cerrar de ojos.

– Nunca había conseguido tantos dulces. Tenemos que llevarla otra vez -dijo Spencer con mucha emoción-. Es maravillosa, papá.

Clay había notado que cada vez que Liz hacía «un cambio», su bolsa permanecía milagrosamente vacía mientras la de su hijo estaba a punto de reventar. Volvió junto a la rubia pecosa y delgaducha capaz de seducir sin ningún esfuerzo a los varones Stewart. Ella estaba apoyada en la puerta de su coche con las llaves bailando en la mano. Su alegre mirada le puso nervioso.

– ¡Es un chico estupendo, Clay! y creo que me ha dedicado el mejor de sus cumplidos. Me ha dicho que no parecía una chica. Me ha dicho que yo era casi una persona normal.

– ¿Qué edad crees que debe tener un niño para aprender a tener tacto? -preguntó Clay débilmente.

Ella rió y se impulsó hacia él. Él se habría apartado de haber tenido tiempo, pero los dedos de ella le rodearon el cuello rápidamente.

– Gracias por pedirme que viniera. Lo he pasado maravillosamente.

Liz se puso de puntillas y le besó. Sus labios sabían a caramelo y chocolate. Sabían a inocencia, felicidad y risas. Clay intentó pensar en la cara pecosa de una niña. Intentó pensar en las facturas del dentista que ella le iba a echar encima por darle a su hijo todos aquellos dulces. Pero las facturas del dentista no podían competir con el olor a rosas amarillas. Como movidas por voluntad propia, sus manos subieron hasta las trenzas, deshaciéndolas. Ella era tan pequeña, su cuerpo tan frágil… Liz siempre había sabido a algo que él nunca había tenido, nunca tendría y no quería tener. Ella podía hacer que un hombre olvidara… la fealdad. La fealdad de crecer con el estigma de bastardo. Los feos recuerdos de una cocina llena de botellas vacías en vez de comida. Los recuerdos de haber sido rechazado de adolescente para trabajar a tiempo parcial por ser quien era, de utilizar los puños para vengarse del mundo, de intentar hacer lo correcto muchas veces y acabar haciendo lo incorrecto siempre.

Había madurado por Spencer y luchaba por salir de aquel pozo emocional. Pero cada vez que tocaba a Liz la vieja imagen de perdedor le obsesionaba. Él no era un buen tipo; él no era un caballero andante. Más de una mujer le había llamado «insensible›› en la cara. Liz estaba condenadamente loca. Le besaba como si besara a alguien maravilloso, vulnerable, abierto, generoso. Retrocedió bruscamente y se quedó atónito al mirarla. Sus labios estaban rojos por la presión que habían ejercido los suyos. Sus ojos brillaban sensualmente. Él le había revuelto completamente el pelo.

– No -dijo roncamente.

– Está bien, Clay.

– No lo está.

Por una vez, sólo por una vez en su vida, iba a hacer lo correcto. No podía echar a perder algo tan preciado para él: a una mujer tan vulnerable como Liz.

El grifo del cuarto de baño del piso de abajo goteaba desde que Liz tenía memoria. Muy consciente de que su falda de lana crema y la blusa de color albaricoque no eran adecuadas para hacer de fontanero, Liz sacó la vieja caja de herramientas del sótano, se subió las mangas y se inclinó sobre el lavabo con decisión.

Andy había salido. Era viernes y tenía una cita. El reloj del vestíbulo dio las seis. Un momento ideal para arreglar un viejo problema. Trasteó con el grifo, pero el tornillo de presión no quiso ceder, lo que no la sorprendió en absoluto. Su hada madrina le había fallado durante toda la semana. Cada uno de los antiguos problemas que había decidido resolver seguía testarudamente en pie, empezando por la busca de trabajo y acabando por Clay. Cogió el viejo envase de lubricante deseando poder echar un poco en el cerebro de Clay Stewart. La semana transcurrida había sido como en el pasado, con Clay apareciendo regularmente. El lunes después de las clases se habían presentado Spencer y él, Spencer con una sucia bicicleta y Clay con un tándem alquilado e insistieron en que los acompañara a dar un paseo junto al río. El martes se había presentado con dos cajas de chocolates, el vicio de Liz. El miércoles había llevado a Spencer y los tres se habían dedicado a rastrillar hojas. Le revolvía el pelo con tanta frecuencia como a Spencer. Se burlaba diciéndole que no estaba en forma. Liz no estaba ciega y no era necesario que Clay gritara que seguía viéndola como una hermana adoptiva. ¿Nunca iba a pensar en ella como una amante? Muy bien. Las dudas sobre sí misma como mujer, la culpabilidad por su fracasado matrimonio aumentaron rápidamente. No tenía motivo alguno para creer que estaba interesado en ella de otra manera. Salvo porque se estremecía siempre que ella le tocaba. Cuando le veía con Spencer, veía un padre exageradamente protector y muy sensible respecto a su pasado. Una semana antes, había creído que ser sincera consigo misma, confiar en su intuición como mujer y guiarse por sus sentimientos era terriblemente importante. Huir era muchísimo más fácil. Siempre se le había dado bien huir. Enamorarse del hombre equivocado en el momento equivocado era similar a saltar de un acantilado. Y saltar de un acantilado no era divertido. Especialmente cuando la palabra favorita de dicho hombre era «no» y tenía la irritante costumbre de revolverle el pelo.

El maldito grifo se negaba a arreglarse. El lubricante sirvió para aflojar la tuerca. Pero, en cuanto Liz giró la llave, el agua brotó. Se apresuró a seguir apretando cuando oyó llamar en la puerta trasera.

– ¡Un momento! -chilló, y luego se levantó y fue a coger un trapo… Naturalmente no había trapo. ¿Nada iba a salirle bien aquella semana? El agua seguía brotando y el aporreo en la puerta continuaba. Exasperada, corrió a abrir.

A través de los cristales vio a Clay iluminado por la luz amarilla del patio. Su pelo rubio estaba revuelto por el viento y llevaba una vieja chaqueta vaquera. «Otra visita improvisada entre viejos amigos», pensó ella con impotencia. Él empujó la puerta y entró con una ráfaga de aire frío y una avasalladora sonrisa masculina. A Liz se le aceleró el pulso, sentía calor en las zonas más íntimas de su cuerpo y sus hormonas cobraron vida. Y lo único que Clay hacía era reírse de sus manos sucias de aceite..

– No me digas lo que estás haciendo. No quiero saberlo.

– Fontanería -confesó ella pesarosa.

– ¿Problemas?

– No te imaginas ni la mitad.

La sonrisa de Liz fue irónica hasta que recordó bruscamente que no tenía tiempo para sonrisas. Volvió corriendo a la inundación seguida por Clay, que echó un vistazo, se puso en cuclillas y cogió la llave. Su sonrisa hablaba por sí sola.

– No te atrevas a decir nada -añadió.

– ¿Has pensado en pedirle a Andy que se encargue de esto?

– ¿A mi hermano? ¿Le has visto cambiar el aceite del coche alguna vez? Siete horas de palabrotas y grasa desde aquí a Milwaukee. Además, no soporta a las mujeres que sienten palpitaciones cuando ven un martillo. Soy perfectamente capaz de…

Suspiró. Él sólo había tenido que mover la llave y el agua había dejado de manar.

El tono de Clay fue de disculpa.

– Oye, si quieres, lo aflojo otra vez para que puedas arreglarlo. Yo me limitaré a observar con aire desvalido y sumiso.

Fue la imagen de un Clay sumiso lo que transformó la exasperación en risas. Liz le arrojó una toalla a la cabeza y tiró otras dos al suelo para limpiar el desastre.

– En mi próxima vida voy a tener los hombros de un defensa de línea y la fuerza de un luchador.

– Estarás muy rara si conservas esas piernas con tu nuevo cuerpo.

Él guardó las herramientas en la caja. Unos segundos después, los dos estaban inclinados sobre el lavabo lavándose las manos.

– Machista -musitó Liz, sin dejar de reírse.

Le miró de reojo. Tenía unas bonitas piernas, pero nunca había creído que Clay se hubiera fijado.

– ¿Dónde está Spencer? -preguntó bruscamente, con la cabeza inclinada sobre el jabón y el agua.

Sus dedos mojados se tocaron. Las manos de Clay eran enormes aliado de las suyas. Sus uñas cuadradas contrastaban con las curvas de ella. El vello dorado de sus nudillos era muy distinto de los suyos lisos y blancos. Manos de hombre, manos de mujer. Hombre. Mujer. Sexo.

– Va a pasar la noche en casa de un amigo.

– ¿Para que dispongas de un poco de tiempo libre? Aunque lo más probable es lo contrario. La noche de los viernes debe ser la mejor para tu negocio.

– Siempre -admitió Clay-. He dejado un restaurante abarrotado, un motel lleno y un bar desbordante. Me pareció un momento excelente para hacer novillos. ¿Tienes un par de zapatos de tacón?

Le tendió una toalla a ella.

– ¿Perdón?

– Vamos a ir a bailar.

Sólo veintisiete años y ya le empezaba a fallar el oído. Ella le sonrió.

– Por un momento me ha parecido que decías…

– ¿Dónde esta tu abrigo?

Ella localizó su abrigo y una hora y media después se encontraba sentada en el club en una silla tapizada con terciopelo intentando descifrar la carta de entremeses que tenía en la mano. O estaba impresa en jeroglíficos, o se había olvidado por completo de leer. Thistles estaba a mitad de camino de Milwaukee y complacía los gustos más exigentes: camareros de etiqueta, manteles de lino irlandés, cubertería de plata, centros de mesa con capullos de rosa y una orquestina de tres músicos que tocaba canciones de amor de las cinco décadas anteriores. Liz volvió a atisbar por encima de la carta. Clay seguía sentado frente a ella. Se había quitado la chaqueta vaquera y la camisa blanca se tensaba sobre los anchos hombros. Tenía muy buen aspecto. Parecía el Clay de siempre. Pero Clay siempre había detestado los clubes de campo por su ostentación y formalidad. Si tenía hambre, disponía de un estupendo restaurante de su propiedad y durante las semanas que ella llevaba en casa, él había dejado claro que era la última mujer que asociaría con cenas y bailes. Debía estar enfermo.

Sus miradas se encontraron. Él sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. Debía estar enfermo. ¿Un tumor cerebral?

Apareció un camarero de mirada apacible.

– ¿Te importa si elijo yo? -le preguntó Clay.

Ella negó con la cabeza

– Una botella de Chateau Lafitte para la señora.

Ella se quedó boquiabierta.

– ¿Y para usted, señor?

– Cerveza, la que tengan de barril. Liz, ¿quieres algunos entremeses?

Lo que ella quería era nitroglicerina para su inminente ataque cardíaco. Su lengua se negó a funcionar durante varios segundos.

– Quisiera una ración de ostras, por favor -le dijo finalmente al camarero.

La sorpresa relampagueó en los ojos de Clay y ella inclinó la barbilla en un gesto obstinado. Nunca había tomado ostras, pero ya era hora de dejarse de vacilaciones y hacer lo que todo el mundo. Seguía sin comprender por qué él la había llevado a aquel carísimo y pretencioso restaurante. En cuanto el camarero se perdió de vista, Liz se inclinó sobre la mesa.

– ¡Deprisa! ¡Llámale!

– ¿A quién?

– Al camarero -siseó ella frenéticamente.

Una sonrisa maliciosa curvó las mejillas de Clay

– Has cambiado de opinión sobre esas ostras…

– No es eso, tonto. Es por el champán. ¿ No has visto el precio de esa botella? ¡Ciento catorce dólares!

– Si no te gusta, puedes echarla en el jarrón -la consoló él.

– ¡Esa no es la cuestión! Clay, es una locura desperdiciar un buen champán con alguien que apenas bebe.

– Creo que tenemos tiempo para un baile antes de que nos sirvan.

Él se levantó y le tendió una mano. Cuando volvieron a la mesa, la cerveza de Clay estaba sobre la mesa con una fina capa de espuma y el camarero esperaba para servir el champán. Liz se llevó los dedos a las sienes mientras se sentaba. La orquesta había tocado un vals por última vez, y mucho menos con un acompañante que la abrazaba como si estuvieran bailando en un salón de baile vienés.

– Háblame de tu búsqueda de trabajo. ¿Esta siendo difícil?

– Un poco- admitió ella.

– ¿Has ido a la biblioteca y a la escuela a ver si tienen vacantes de bibliotecaria?

Ella se quedó sin habla un momento. Clay la miraba intensamente desde el otro lado de la mesa. Sus ojos oscuros seguían el movimiento de sus labios, se posaban en el blanco del cuello y se demoraban en sus pechos.

– No, no estoy buscando trabajo de bibliotecaria.

– ¿Por qué, encanto?

Ella hizo una pausa antes de responder para tomar un sorbo de champán. La burbujeante bebida merecía un momento de silencio reverente.

– ¿Liz?

– Te iba a contestar. Pero es difícil de explicar -admitió con sinceridad-. Trabaje mucho para obtener el titulo de bibliotecaria y supongo que debe parecer una estupidez que lo abandone para buscar otra cosa. Además, el trabajo que yo tenía era seguro, estable.

Calló cuando el camarero puso el plato de ostras ante ella. Los bulbitos de un gris plateado estaban servidos con sus conchas y con una atractiva guarnición de hortalizas verdes. Tenían un aspecto…resbaladizo. Noto la mirada de Clay en su rostro y cogió el pequeño tenedor para ostras.

– Te obsesionan la seguridad y la estabilidad, ¿verdad?

– Me obsesiona tener miedo a arriesgarme -afirmó ella, y tomo otro sorbo de champán con el tenedor para ostras en la mano-. No quiero seguir trabajando día tras día con papeles en vez de con personas. Sin aire fresco, sin sol, sin desafío, sin… riesgo. La vida vista a través de una ventana.

La ostra se deslizó por su lengua y se quedó allí.

Él habló en el mismo tono.

– Escúpela en la servilleta, preciosa. Nadie mira. Y me daría igual si lo hicieran.

Ella alzó la impoluta servilleta blanca hasta sus labios y fingió una delicada tos. Muy consciente de la mirada de Clay, tomó un largo sorbo de champán y jugueteó con el tenedor. Por último, apoyó la barbilla en las manos y le miró.

– Maldición -susurró pesarosa.

La risa de él fue muy baja y muy sexy.

– Deseaba que me gustaran. Sólo quería probar algo nuevo, Clay

– Sí, y por eso exactamente te he traído aquí, Elizabeth Brady. Para que pudieras probar las ostras y para que te pusieras tonta con el champán si querías -dijo él en voz baja. Algo cambió en sus ojos. La mirada de amante empezó a transformarse. La expresión de su rostro se tornó sombría-. Necesitas divertirte, Liz. Todos lo necesitamos, sobre todo después de que la vida nos dé un golpe. Puede que todavía no estés preparada para otro matrimonio, ni siquiera para buscar una relación seria con el hombre adecuado. Pero salir a cenar, coquetear un poco; algo de champán, un bailecito… No sólo es divertido; es la mejor cura que conozco para librarte de la depresión… Cuando no arriesgas nada -añadió deliberadamente.

A pesar de todo el champán, Liz sintió la garganta repentinamente seca.

– Nadie te va a hacer daño si estás conmigo, Liz, y los dos sabemos que entre nosotros no puede existir una relación seria.

Lo dijo como si la idea fuera risible. Un jarrón Ming en pleno terremoto no se habría sentido más perecedero y frágil que Liz en aquel momento. Lo había malinterpretado todo arrastrada por sus deseos y esperanzas. Él había salido con una vieja amiga, no con una mujer. Clay se negaba a verla como mujer. Quizás ya fuera hora de dejar de ir con el corazón en la mano por un hombre que evidentemente no la quería.

Capítulo Cinco

El motel de Clay tenía una piscina cubierta climatizada. Desafortunadamente solía estar ocupada. Los jueves a las diez de la noche la piscina de tamaño olímpico estaba siempre vacía y las puertas permanecían abiertas hasta las once para que él pudiera utilizada. Cuando salió del vestuario, el olor a cloro inundó sus narices. El calor y el reflejo de las aguas verdiazules hacían que las paredes blancas brillaran tenuemente. La combinación de silencio, soledad y agua puso en marcha inmediatamente el proceso de relajar sus tensos nervios… hasta que vio la gran toalla rosa en el banco. No estaba solo. Su mirada localizó al nadador solitario que hacía largos. Incluso desde el otro extremo, pudo ver que el nadador era femenino. Habría reconocido aquel firme y pequeño trasero en cualquier parte. Dejó la toalla en el banco y la observó desde el borde de la piscina. Ella hizo tres largos, luego cuatro. Sus pies apenas levantaban espuma y su crol era elegante, pero estaba forzando el ritmo. Cuando llegó al largo número diez, Clay entrecerró los párpados. La nadadora se detuvo en el extremo alejado respirando dificultosamente. Su pelo formaba un único mechón dorado en su espalda; gotas de agua brillaban en sus delgados hombros. Él podía reconocer el agotamiento cuando lo veía. Ella apoyó la cabeza en los brazos un momento y él pensó: «¡Maldita seas, Liz! Sal ya».

Ella no salió. Se impulsó con un esbelto pie y comenzó a nadar de espaldas. Al llegar al extremo en donde él esperaba, cambió a crol. Un largo. Otro. El agua lamía su cuerpo.

Otro largo y estuvo otra vez junto a él, jadeando, cegada por el agua, con los pulmones doloridos. Clay tenía la toalla rosa preparada.

– Fuera. Dedícate a envenenar a tus enemigos, encanto. No puedes matar al agua. Lo he intentado.

Sorprendida, Liz alzó la cabeza. El hombre de la recepción le había asegurado que nadie usaba la piscina los jueves por la noche, aunque estaba abierta hasta las once. Apenas tuvo tiempo de vislumbrar a un Clay demasiado desnudo antes de que los dedos de él se cerraran alrededor de sus brazos y la sacaran del agua. Había protestado si hubiera tenido fuerza. Sus pulmones estaban a punto de colapsarse. Y las cuatro extremidades le pesaban como si fueran de plomo. Antes de que su trasero chocara con el suelo de cemento, estaba envuelta en la gran toalla. Pensó que no quería que Clay la viera con aquel aspecto de rata mojada y los labios azules, pero la vanidad tendría que esperar. Sus pulmones estaban inhalando aire y cantando himnos victoriosos. «¿No tenemos que nadar más? Gracias, Liz».

Cuando recobró el aliento parcialmente, se secó el agua de los ojos y le miró. Estaba sentado junto a ella con los pies en el agua. Daría igual que estuviera desnudo. Su bañador no habría sido considerado decente ni en una playa europea. Su pecho era lampiño y firme como una pared y sus hombros eran una exhibición de fuerza física…

Sus ojos oscuros aguardaban la mirada de los suyos. El marrón podía ser un color inquietantemente íntimo. Ella apartó la vista.

– ¿Cómo está Spencer?

– En este momento, muy bien. Durmiendo, como es natural. A largo plazo, creo que estoy criando un niño que me da miedo. Es un tirano de ocho años más listo de lo que yo lo he sido nunca. Nadie puede decirle a ese monstruo lo que debe hacer y cuando ha decidido que quiere algo, si alguien se interpone en su camino…

Clay meneó la cabeza.

– ¿Se parece a alguien que conozcas? -preguntó Liz irónicamente.

– A mí no. Ese chico es un genio. Yo a duras penas obtuve el diploma de secundaria. Ese chico colecciona cosas. Yo no. Spencer no se ha metido en líos nunca, en ninguno.

– Hum -murmuró Liz, lo que le pareció más oportuno que mencionar que Spencer era la viva imagen de él.

Testarudo, voluntarioso e independiente. El hijo poseía una habilidad mayor para integrarse en el sistema que el padre. Aparte de eso, la diferencia era mínima. Le sorprendía que Clay no pudiera verlo.

– ¿Liz?

Ella inclinó la cabeza.

– Hace una semana que me huyes. Nunca estás cuando llamo. Ni cuando paso por tu casa.

– No te huyo, claro que no. He estado muy ocupada.

Una mentira flagrante. Liz apretó la toalla contra el cuerpo.

Había jurado no decir más mentiras, ni a ella misma ni a ninguna otra persona. Pero estaba descubriendo que la sinceridad y el instinto de conservación no van juntos necesariamente. Los interminables largos en la piscina habían sido por Clay y, en parte, por su hijo. Ella adoraba al chiquillo y él parecía haberle cogido cariño. Pero no quería pasar mucho tiempo con el pequeño, porque si la relación se profundizaba el niño podría hacerse ilusiones de algo permanente. Spencer ansiaba tener una mamá, aunque Clay no se hubiera dado cuenta. Y en Thistles, Clay había dejado muy claro que no estaba buscando mamás… ni amantes. Por lo menos, no en Liz.

Clay señaló el agua.

– ¿Estás enfadada con alguien que yo conozca?

«Sólo conmigo», sermoneó su vocecita interior. «Porque no quiero ser amiga tuya, Clay».

– No estaba enfadada con nadie. Sólo quería hacer ejercicio. No estoy en forma.

– No, no lo estás, y no estabas haciendo ejercicio solamente. Ella suspiró con irritación.

– Has venido aquí a nadar, ¿no? Pues nada.

Clay se puso de pie con expresión inescrutable y caminó hasta la pared en la que estaban las duchas. Sí, había ido allí a nadar para sacarse de la cabeza a un ángel de ojos castaños. Pero aquella posibilidad había desaparecido en el momento en que había visto a Liz. Golpeó con la palma la hilera de interruptores y las aguas azules se volvieron negra inmediatamente. La luz de la luna se filtraba escasamente por las altas ventanas de la pared sur.

– ¿Clay? ¿Qué demonios estás haciendo?

– Métete en el agua, Liz. Vamos a jugar al «corre, corre que te pillo».

– ¡Enciende las luces!

No podía. Durante toda una semana de noches en blanco, había visto la cara de ella mientras hablaban en el restaurante. La había llevado a Thistles porque era exactamente la clase de local al que ella pertenecía y él no. Su chaqueta vaquera frente a la blusa de seda de Liz, su cerveza frente a su champán, un vals para una dama frente a los rocks de su bar. Había querido que ella viera algo que siempre había estado muy claro para él. Pero la expresión de ella le preocupaba. No había querido herirla; su única intención había sido protegerla. Ella necesitaba a alguien y cualquier forma de rechazo podría ser un tema especialmente sensible para una mujer recién divorciada. Durante toda la semana había sido consciente de que ella le estaba rehuyendo. Sabía que podía encontrar fácilmente otro hombre que la invitara a ostras, alguien deseoso de consolar a una dama que necesitaba consuelo. Había pasado toda la semana pensando que siempre se había especializado en cometer errores con las personas próximas a él. Nunca había ayudado a su madre alcohólica. Mary no había querido casarse con él ni siquiera cuando se quedó embarazada. Y su hijo, su Spencer, había pasado dos años encerrado en un orfanato porque su padre tenía fama de irresponsable.

No quería que Liz se alejara de él.

– Quítate el bañador, canija. Este es un juego para adultos. La oyó contener la respiración antes de decir:

– Creo que estás chiflado.

A Clay le habían llamado cosas peores. La expresión de los ojos de Liz le desgarraba el corazón. La dama necesitaba risas y él necesitaba oír su risa.

– Contaré hasta diez antes de ir por ti -anunció.

Liz aguantó hasta tres antes de dejar caer la toalla para meterse en el agua. Por su cabeza cruzó una retahila de epítetos denigrantes para Clay Stewart, la mayoría de los cuales implicaban su defunción. La oscuridad la envolvió como una cueva profunda y negra. La situación empezó a divertirla. Jugar al «corre, corre que te pillo» con Clay le parecía el juego más divertido de todos. Llevaba media vida intentando jugarlo con él.

El agua parecía seda caliente mientras se deslizaba silenciosamente por el lado menos profundo. Oyó el chapoteo cuando Clay saltó a la piscina. Instantáneamente se sumergió. Cuando salió, estaba bajo el trampolín. Esperó sin aliento. Sus ojos sondeaban la oscuridad en busca de alguna sombra, los oídos alertas en espera de algún ruido. Nada salvo el suave zumbido del filtro, el olor a cloro, el tranquilizante beso del agua y una gruta de oscuridad negra como el carbón. Entonces, salido de la nada, sintió un íntimo pellizco en el trasero. Abrió la boca sorprendida y tragó agua. Salió a flote tosiendo, con la cara roja.

– Estupendo.

La voz era tan ronca como maliciosa y llegaba del otro lado de la piscina.

– Pero todavía llevas puesto el bañador. No es divertido. Cuento hasta diez y te lo quitas… o te lo quitaré yo.

– ¡Y un cu…!

La risa y la alarma la hicieron callar al oír el chapoteo. Él se guiaba por el sonido de su voz. En un momento se disolvieron días de nervios. Liz se movió rápidamente. Tenía que vengar aquel pellizco en su trasero.

– Bien, encanto, si te quedas en un sitio fijo, lo facilitarás mucho.

Ella se sumergió y contuvo la respiración. Escuchó bajo la superficie, en donde todos los sonidos resultaban ampliados. Él estaba pedaleando en el lateral. Ella se acercó nadando silenciosamente. Un fuerte tirón del tobillo y Clay se hundió. Ella se alejó a buena velocidad.

– ¡Oh, Liz! Eso ha sido un terrible error táctico. Ahora tendrás que pagar.

Ella sonrió. Durante tres segundos y medio se sintió a salvo. Desde el centro de la piscina podía huir en las cuatro direcciones.

– Vamos, preciosa. Acepta tu castigo como una mujer. Él extendió los brazos y bajó los tirantes del bañador de Liz mientras ella contenía la respiración y la adrenalina corría por sus venas. Durante un segundo sus brazos quedaron inmovilizados. Sintió el roce de un desnudo muslo masculino. Todo su cuerpo se estremeció. Él tenía razón. Aquel era un juego para adultos, y muy peligroso. Pataleó con fuerza para eludir las manos de él… pero las manos no intentaron retenerla. Ella pensó equivocadamente que él iba a soltarla. Pero él se limitó a tirar de las hombreras del bañador hacia abajo. El bañador se enredó un momento en los tobillos de Liz, pero luego él consiguió sacarlo. Desde el extremo menos profundo, Liz oyó un malicioso:

– ¿Sabes, Liz? Desde el punto de vista masculino, sólo existe una cosa más interesante que una mujer en bañador, y es una mujer sin bañador.

Liz no era propensa a hacer gestos obscenos, pero era el momento y el lugar adecuados. Él no pudo ver el gesto de sus dedos. Pero inmediatamente ella sintió el excitante roce de un pulgar en sus pezones desnudos. Inmediatamente después un mano se deslizó por su espalda hasta la cadera y el muslo.

Liz se apresuró a nadar hasta el extremo de la piscina más lejano. El corazón le brincaba de entusiasmo. Clay nunca había iniciado un contacto físico que fuera más allá de un abrazo amistoso.

– Muy bien. ¿Es suficiente? Debes tener frío.

– No tengo frío.

– Entonces estarás cansada.

Ella comprendió por el tono de Clay que él estaba intentando dar marcha atrás.

– No puede acabar el juego sin un ganador.

– ¿Un ganador?

– ¿Qué te parecen cinco minutos más y un beso rápido, Clay? Suponiendo que puedas encontrarme.

Un momento de silencio y luego:

– Como quieras.

Clay no quería seguir jugando y sabía que no había manera de medir el tiempo en la oscuridad. Al iniciar el juego, le había añadido el picante de la desnudez. Le había parecido una manera de comunicarle a Liz que su rechazo no significaba que no le pareciera una mujer hermosa y atractiva. Un poco de coqueteo podía favorecer un aumento de autoconfianza. No había ningún peligro porque sabía que no iba a ir más allá. Todavía sabía que no iba a ir más allá, pero quería poner fin al juego, encender las luces y que ella se vistiera. El agua era oscura como tinta, el aire sofocante y sus buenas intenciones estaban empezando a transformarse en imágenes de un cuerpo desnudo y suave mezcladas con el agua y la noche. El cuerpo de Liz, la risa de Liz.

Clay se dio impulso para alejarse del borde de la piscina. Sabía perfectamente lo rápido que iba a ser aquel «beso rápido» cuando la encontrara. Emergió en el extremo menos profundo y quedó inmóvil al oír el susurro casi imperceptible de la respiración de ella. Estaba de pie, inmóvil como una estatua a un metro de él. Clay evitó cuidadosamente el contacto corporal. Sus labios rozaron los de ella, pero cada uno de los músculos de su cuerpo estaba tenso. La boca de Liz se movió bajo la suya, húmeda y cálida. «No hagas eso, Liz», suplicó él silenciosamente. La garganta de Liz se arqueó hacia atrás con un impulso virginal. «¡Maldita sea! Tampoco hagas eso».

Él podía haberse apartado inmediatamente. No pudo. Por un instante dejó que la conciencia de este hecho fluyera por su cuerpo como un tormento. Tan cerca. Diez centímetros más cerca y sus pequeños pechos rozarían su tórax desnudo, húmedo, cálido. En sus fantasías él la había protegido de cien dragones cuando la encontraba en la oscuridad y en peligro. Ahora estaban en la oscuridad y ella no sabía el peligro que estaba corriendo. Siempre había deseado ser un héroe para ella. Sabía muy bien que era incapaz de ser algo más que un hombre. El deseo de tocarla le desgarraba y el suave roce de la boca de ella no le ayudaba. Ella le pasó los dedos por el pelo.

Oscuridad, humedad, lenguas. Liz sintió los dedos de Clay crisparse en sus hombros. Desde el instante en que la boca de Clay había tocado la suya, había sentido la explosión emocional de él. A ciegas en la oscuridad, los labios de Clay habían buscado sus mejillas, su nariz, sus ojos, beso tras beso, con un ansia feroz, con una soledad desesperada. ¿La besaba sin saber lo que le estaba transmitiendo? El agua lamía sus cinturas antes de ser desplazada por el contacto entre las pieles desnudas. Ante el primer contacto entre vientres y pechos, Clay dejó escapar una especie de gruñido bajo, breve e irritado. Ella atrapó aquel sonido con su boca y sintió el temblor que le recorría. Le rodeó con los brazos y deslizó las manos por los músculos de la espalda. Sus labios rozaron la garganta de Clay Saboreó el agua. Saboreó a Clay. Le oyó jadear. Las manos de Clay enmarcaron su cara. Su boca se apoderó de la suya con urgente presión. Su excitación se presionaba contra el abdomen de Liz, intensa y firme. El deseo le atenazaba el vientre. ¿Qué era exactamente lo que había desencadenado? Agua y oscuridad, calor resbaladizo y un hombre conteniendo su deseo. El temor se disolvió rápidamente. De repente, él la alzó y la abrazó. Ella absorbió el tremendo escalofrío que recorrió el cuerpo masculino y el último beso antes de que él apartara la boca lentamente. Si hubiera podido ver su cara con claridad, Liz habría visto el brillo de sus húmedos ojos.

– Posiblemente -dijo él lentamente- eres la mujer más hermosa y más peligrosa que he conocido, encanto.

– ¿Sí?

– Te deseo.

– Sí.

– Siempre te he deseado.

– Sí.

– Encanto, a menos que quieras seguir jugando con dinamita, te aconsejo que dejes de decir «sí».

Ella sintió deseos de reír. Clay la estaba acercando al borde de la piscina a una velocidad mareante. Luego la izó y le retiró el pelo mojado de la cara con dedos suaves y ciegos.

– ¿Puedes quedarte sola sin meterte en líos mientras voy a encender las luces? No contestes. Quédate aquí. Te traeré tu toalla.

Ella se había envuelto en la toalla antes de que él encendiera las luces. Su cuerpo le anunció que estaba helada y cansada mientras que ella deseaba seguir concentrándose en la sensual intimidad que habían compartido. Aquel hombre fuerte y obstinado por fin había confesado que la deseaba, que siempre la había deseado. Pero, debido quizás a las brillantes luces, Clay parecía otra persona. Su pelo seguía goteando, pero el escueto bañador ceñía otra vez sus esbeltas caderas. Por razones que ella ignoraba, iba de una puerta a otra comprobándolas. Se alejaba de ella. No era la distancia física lo que la molestaba. La realidad se había impuesto de golpe. En los ojos de Clay había una mirada de alarma y sus movimientos eran altivos otra vez. Ya no decía cosas cariñosas; de sus labios salían maldiciones, una tras otra.

– ¿Qué pasa?

Liz se arrebujó en la toalla y se levantó temblando. Clay comprobó la última puerta.

– Estamos encerrados.

Capítulo Seis

– ¡No podemos estar encerrados!

– Lo estamos. Las dos puertas de los vestuarios, la entrada principal de la piscina… -Clay se retiró el pelo mojado-. Supongo que alguien vio que las luces estaban apagadas e imaginó que nos habíamos ido a casa.

Desapareció por una puerta abierta. Liz le siguió sujetando la toalla alrededor de su cuerpo mojado. La puerta abierta daba a un pequeño almacén lleno de espumaderas, aspiradoras y filtros.

– No lo puedo creer -dijo él.

Clay pasó junto a ella y se acercó a una pared que tenía ventanas. Las ventanas estaban a unos dos metros y medio. También parecían cerradas. La mirada de Liz recorrió la habitación. Ni los bancos ni los suelos de azulejos tenían posibilidades de servir de cama y, aparte del traje de baño, que era un montoncito de tela mojada en el suelo, la toalla era la única prenda de la que disponía para cubrirse. Su ropa seca estaba bajo llave en el vestuario. Al igual que su bolso y las llaves del coche… todo.

– ¿Tienes idea de a qué hora abren la piscina por la mañana? -preguntó.

– No te preocupes, preciosa. Estarás a salvo en tu cama.

– Pero, ¿cómo…?

– He roto más de una cerradura. Te sacaré de aquí. No te pongas eso -dijo bruscamente al verla coger el bañador mojado-. Fuera hace un frío terrible. Estar desnuda ya es bastante malo, pero desnuda y mojada… cogerás una pulmonía.

– ¿Cómo vamos a salir?

– Por las ventanas.

– ¿Es que hay algún par de zancos en la piscina que no he visto? Vamos, Clay No hay modo de llegar a esas ventanas.

Él sonrió.

– Durante toda mi vida he oído decir «no hay modo».

Cualquier hombre normal se habría inquietado al saberse encerrado. Clay estaba disfrutando de la situación. Liz se dijo que una mujer mojada, helada y cansada tenía derecho a sentirse irritable. Además el plan de Clay era una idiotez.

Mientras tanto, Clay había encontrado una especie de arpón de mango largo con el que abrió las ventanas. Esperaba que ella trepara a sus hombros y saliera por el estrecho hueco. No le pidió permiso para auparla a sus hombros.

– Oye, no puedo hacerlo.

– Sí puedes.

– Peso demasiado para ponerme de pie sobre tus hombros. El espacio de la ventana es demasiado pequeño. ¡Está demasiado alta!

– El único motivo de tus protestas es que crees que voy a ver algo. Lo he visto todo antes, preciosa, y nadie está mirando. Vamos.

Para él era muy fácil hablar así. Ya le había quitado la toalla. Ella no estaba obsesionada por el sexo, pero, cuando una mujer tiene las piernas desnudas alrededor del cuello de un hombre, se siente ligeramente inclinada a distraerse. Eso sin hablar del orgullo herido.

– Aunque me ponga de pie en tus hombros, aunque consiga salir por la ventana… me dará miedo caerme por el otro lado.

– No te vas a caer.

– ¿Me lo puedes garantizar por escrito?

– Lo que vas a hacer, Liz, es esperar arriba hasta que yo trepe a la ventana contigua. Luego bajaré y te cogeré desde abajo. Ahora, vamos.

Él le dio unas palmaditas impacientes en el trasero. Ella deseaba asesinarle. Todas sus fantasías con Clay Stewart incluían la desnudez, pero no de aquel modo. No se había imaginado trepando por una pared con los pies descalzos en los hombros de él, ni ofreciéndole una visión panorámica de su trasero mientras se aferraba al marco de la ventana. Lo absurdo de la situación no la alcanzó hasta que estuvo incómodamente instalada en el borde de la ventana entre la fría noche de noviembre y una piscina climatizada, desnuda, con el pelo empapado y revuelto y los dientes castañeteando. Aquello no podía estar sucediendo. Debía ser una pesadilla. Clay saltó desde el banco con agilidad de pantera y se colgó de la ventana contigua. Luego saltó afuera. Sonreía como un crío.

– Hace años que no me divertía tanto. Vámonos, enana.

Con las manos le indicó que saltara.

Aquellas manos estaban muy abajo. Liz sólo podía ver la hierba cubierta de escarcha y una gran luna otoñal y amarilla. Ni un árbol ni un arbusto. Aspiró hondo y saltó. Él se tambaleó bajo su peso, pero los cálidos brazos no fallaron. La dejó sobre la hierba escarchada antes de cogerla de la mano y tirar de ella hacia los dos solitarios coches del aparcamiento. Liz sólo pudo pensar que era demasiado mayor para ser arrestada por nudismo.

– Las llaves de tu coche, Clay -susurró-. ¿No estaban en el Vestuario? Las mías están en mi bolso.

Debería haber sabido que Clay estaba preparado. Tenía unas llaves de repuesto sujetas con cinta adhesiva bajo la capita del coche y una manta, no muy limpia, en el maletero. Segundos después, Liz estaba envuelta como una momia en la manta con olor a grasa y las rodillas bajo la barbilla mientras Clay ponía en marcha el motor y la calefacción. Él la miró de reojo. Ella sabía muy bien cuál era su aspecto, desde el pelo de bruja y los labios azulados hasta la manta apestosa y los dedos de los pies sobresaliendo. Sin poder evitarlo, su boca empezó a temblar. La sonrisa de él se transformó en una estentórea carcajada. Ella también se echó a reír.

– Sólo contigo, preciosa -murmuró él-. Sólo contigo.

Con aquellas tres palabras consiguió que Liz le perdonara su comportamiento dictatorial. Cesaron las carcajadas y Clay siguió sonriendo. No había olvidado que había estado a punto de hacer el amor con ella. No había olvidado que había admitido que la deseaba. No tenía intención de olvidarlo, ni ignorarlo, ni borrarlo… sólo negarlo. La miró fugazmente antes de fijar la vista en la carretera. Después de salir del aparcamiento no había más luces que los dos rayos amarillos de los faros del coche sobre el asfalto negro.

– Una pequeña aventura que ha puesto color en tus mejillas. Ha sido divertido, ¿verdad?

– Clay…

– Hace mucho que nos conocemos y esta noche no ha pasado nada malo entre nosotros. Nadie va a saberlo; nadie va a darle importancia. Los amigos…

Ella dejó de escuchar después de «amigos». Había oído aquello anteriormente. Él estaba intentando decide que sus sentimientos hacia ella siempre serían los de un hermano mayor honorario y un guardián. Liz volvió la cabeza para observar el obstinado ángulo de su mandíbula, el distanciamiento de su mirada. «No, Clay. Esta vez no. Yo estaba allí, en el agua, en la oscuridad. Cuando me deseabas tanto que temblabas». Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el asiento. Pensó que ninguna mujer en su sano Juicio se tiraría desde un acantilado. Pensó en los errores que había cometido al tomar decisiones racionales en vez de confiar en su intuición.

Cuando él aparcó en su sendero, le sonrió.

– Las luces están apagadas. No sé cómo iba a explicarle a Andy lo que ha pasado. Te devolveré la manta, Clay

– Me encargaré de sacar tu bolso y tu ropa de la piscina por la mañana.

– Te amo.

Lo dijo simple y llanamente, desde el fondo de su corazón. Luego le besó en la mejilla y salió del coche. Gracias a Dios que Andy no había cerrado con llave. Entró tiritando sin parar y se apoyó en la puerta con los ojos cerrados. Había visto la expresión de Clay.

Dos simples palabras y él había mostrado instantáneamente síntomas de padecer la gripe.

Ocho días después, Liz salió de la oficina de la Cámara de Comercio sintiéndose como si le hubieran dado una patada en los dientes. El viento de noviembre se coló por el abrigo y le mordió las mejillas y las orejas. Bajó por Main Street con los hombros encorvados para protegerse del frío. Pasó ante la ferretería, la tienda de ropa de Keeter, el banco y la Owl Book Shop, Nealy's…

Retrocedió dos pasos y empujó la puerta. Se acomodó en el taburete de plástico rojo del mostrador del drugstore, dejó el bolso a sus pies y esperó. El señor Nealy tenía otros clientes. Nada había cambiado desde que había trabajado allí de jovencita, después de las clases. La decoración del depósito de soda seguía siendo roja y blanca. Todavía vendían caramelos de un centavo en el mostrador de cristal. En un expositor estaban los tebeos. Por las ventanas se veía el río Ravensport. El viento rizaba la superficie del agua. La vista se acomodaba perfectamente a su estado de ánimo y le recordaba con demasiada nitidez el trabajo potencial que acababa de perder.

El hombre calvo y de barbilla floja se acercó a ella lentamente.

– No te molestes en decirme lo que quieres, Elizabeth Brady -dijo el anciano con voz áspera-. Dos bolas de vainilla con soda, y sin escatimar la soda. ¿Qué estás esperando?

– ¿Perdón?

– Levántate y ven detrás del mostrador. Conoces esto tan bien como yo, o al menos lo conocías. ¿Crees que voy a perder el tiempo contigo cuando tengo que ocuparme de clientes de verdad?

Liz cogió su bolso con una risita sofocada y le siguió detrás del mostrador. Él señaló el delantal blanco extra colgado de una percha. Ella se lo ató obedientemente y se pasó la larga cinta blanca por la cabeza.

– Y no uses toda la soda -le advirtió él.

– Sí, señor.

– Y no seas tacaña con el helado.

– Sí, señor.

– ¿Qué significa esa sonrisa?

– Estaba recordando que usted solía aterrarme, señor Nealy.

– No lo suficiente -dijo el señor Nealy muy emocionado y la esquivó mientras preparaba tres helados triples para los chiquillos del rincón.

Era como montar en bicicleta. Liz no había olvidado dónde estaban las altas jarras de acero inoxidable, ni como había que golpear la batidora con el canto de la mano para que funcionara. El olor a burbujas y vainilla la animó misteriosamente. No hizo caso de la mirada de desaprobación del señor Nealy y se acomodó en el mostrador con una cuchara; la soda era demasiado espesa para sorberla con una paja. Para entonces, él había terminado de preparar los helados para dos adolescentes y estaba limpiando los mostradores..

– ¿Qué sabes de tus padres?

El helado le había dejado la lengua demasiado fría para hablar.

– Los dos están bien. Se volvieron a casar.

– Eso he oído. Todavía recuerdo lo mal que te sentó que se divorciaran. ¿Andy va en serio con esa profesora de arte pelirroja o piensa seguir saliendo con ella otros cinco años?

– Al parecer ella no quiere casarse.

– Se casaría si él tuviera valor para pedírselo. Todo el pueblo sabe mejor que ellos lo que sienten los dos. ¡Los jóvenes! El señor Nealy meneó la cabeza muy disgustado.

– No pensé que tardarías tanto en volver a casa, Elizabeth.

– ¿No?

Liz miró por la ventana el río gris y las nubes que se movían rápidamente. No había nada bonito en el río Ravensport en noviembre. Mientras ella estaba ocupada en Milwaukee destrozando su vida, su pueblo natal había sufrido cambios económicos. Numerosos negocios se habían instalado en el pueblo y la Cámara de la Propiedad había publicado un anuncio solicitando un relaciones públicas. Trabajo para el que Liz había pasado una entrevista esa mañana. Ravensport nunca sería un puerto importante, pero en verano atraía botes del Lago Michigan. La autopista que iba de Sheboygan a Milwaukee en donde había triunfado el negocio de Clay todavía admitía más empresas de servicios. Alguien tendría que atraerlas. Alguien que supiera que los lugareños detestaban las luces de neón y el oropel y no querían industrias nuevas que pusieran en peligro la esencia y la naturaleza de un pequeño pueblo.

Alguien que no iba a ser Liz. Aquella mañana había sabido que ella no tenía ni la titulación ni la experiencia en el trato con la gente que se requerían. Ella sabía que podía hacerlo, y deseaba hacerlo. Algunas personas no considerarían muy excitante aquel trabajo, pero la taza de té de un hombre puede ser una copa de champán para otro. Necesitaba desafíos y trabajar con gente, un compromiso al que poder hincar el diente, trabajar en algo que la hiciera sentirse útil…

– He oído que has vuelto a salir con Clay.

El señor Nealy no dejaba de refregar los mostradores.

– Sí.

La sonrisa de Liz fue irónica. Negar su relación con Clay sería absurdo. Cuando alguien de Ravensport quería alguna información, recurría a la biblioteca, al periódico o al señor Nealy. Los habitantes del pueblo seguían cotilleando sobre el comportamiento de Clay. Se decía que se había visto comprometido con una mujer casada dos años atrás, que había financiado las mejoras de su local con dinero dudoso, que el padre de cierto chico había intentado hacer pedazos el restaurante porque Clay había animado a su hijo a probar drogas. El señor Nealy la miró largamente, como si esperara algún comentario. Liz le conocía desde hacía mucho tiempo.

– Yo no sé si es cierto o no. Sólo repito lo que he oído, pero también he oído que tiene una habitación en ese motel para chicos con problemas. Drogas, fugas, lo que sea… Los chicos tienen un sitio al que ir. Y puede que Lancer, el del banco, lamente no haberle hecho un préstamo en su momento. Y en cuanto a la mujer casada… Tonterías. Ese escándalo procede de Hester McKee. Creeré lo que diga Hester McKee cuando la luna se vuelva verde. Ahora, en mi opinión…

El señor Nealy le dio a Liz tiempo suficiente para que le interrumpiera, pero Liz no se sentía inclinada a hacerlo.

– En mi opinión -repitió el señor Nealy-, Clay Stewart no le ha replicado a nadie desde que tenía cuatro años y sigue sin hacerlo. El infierno se helará antes de que se defienda a sí mismo y nadie le va a decir a ese hombre lo que tiene que hacer ni cómo.

– Lo sé -murmuró Liz.

– Tiene un talón de Aquiles: ese chico suyo. Si alguien le hace pasar un mal rato a ese chico, no quisiera estar cerca para recoger los pedazos cuando Clay acabe con él.

– También lo sé.

– Le he visto tomar una cerveza de vez en cuando. Una cerveza, nunca dos. Su madre murió hace unos años, ¿lo sabías?

– Me lo dijeron.

– Cuando los ricos tienen un problema con la bebida, los llaman alcohólicos. A los pobres los llaman borrachos. La madre de Clay podría haber sido millonaria y nunca habría sido más que una borracha. Se aseguró de que ese chico creyera que nadie le quería. ¿Te vas a quedar con ese muchacho esta vez, Elizabeth, o vas a echarle el lazo como hiciste la última vez para luego abandonar el barco?

Ella abrió la boca debido a la sorpresa.

– ¡Qué cosas dice! Yo nunca abandoné a Clay, señor Nealy.

– ¿No?

– Por supuesto que no. Me fui de casa… porque no quería estar allí cuando mis padres se separaron. Andy no me necesitaba, y tenía que ir a la universidad y vivir mi vida.

– ¿Y eso fue todo? Yo habría jurado que te fuiste porque Clay quería que te fueras. Siempre pensé que tú no querías irte. No puedo imaginar por qué te fuiste. Él creía que el sol salía y se ponía por ti. Tú debías saberlo.

– Usted está equivocado. ¿O ha olvidado que hace diez años yo sólo era una cría? Una cría que tenía la costumbre de perseguirle, como usted solía decir. Él no se interesa por mí, señor Nealy, del modo que usted insinúa.

– ¿No?

Liz llevó su copa al fregadero y la enjuagó.

– Evidentemente no.

– Coge el bolso para pagarme esa soda y te daré un manotazo, Elizabeth Brady.

Ella le dio al señor Nealy un sonoro beso en la mejilla que le puso las orejas rojas y se fue. Ya había escuchado bastante. Durante demasiado tiempo.

Durante la hora transcurrida el cielo había ennegrecido amenazadoramente. Ella apenas lo notó. Recorrió las tres manzanas hasta su coche con la cabeza baja. El señor Nealy tenía buena intención. Pero lo había malinterpretado todo. Ella no había dejado Ravensport por Clay. En cuanto a que Clay creyera que el sol salía y se ponía por ella… Bueno, el señor Nealy debía haberles visto durante los últimos ocho días. Ella había pensado que al decirle a Clay que le amaba podría provocar una reacción en él. Desde luego así había sido. Durante toda la semana anterior, él había aparecido dos veces al día en vez de una, con su hijo, normalmente. Baloncesto, fútbol, paseos en bici, excursiones. Liz había dejado de preocuparse de que Spencer se hiciera ilusiones por pasar tanto tiempo con ella. Los partidos de fútbol a tres podían destruir las ilusiones de cualquier chico de que su padre estuviera interesado románticamente en alguien. Clay jamás eludía los problemas. La estaba tratando con maravillosa paciencia y amabilidad, del mismo modo que trataría a alguien que hubiera visto un OVNI. No hay que intentar razonar con los locos. Hay que agotados físicamente para mantener sus mentes alejadas de sus desvaríos.

Liz estaba agotada. El señor Nealy estaba totalmente equivocado. «Y tú sigues siendo una mentirosa». Su corazón seguía susurrando que él necesitaba a alguien, que nadie había estado a su lado cuando las cosas se pusieron difíciles, que de entre todas las mujeres de su vida ninguna había obligado a aquel hombre a aceptar amor, cariño, afecto. A toda la población femenina de Ravensport debía pasarle algo ya que ninguna había comprendido todavía lo que necesitaba aquel hombre. Una mujer fuerte y generosa. Una mujer que no permitiera que el orgullo se interpusiera en lo que sabía, en lo que sentía, en lo que quería para ella misma. Y para él. «¿Qué ha sido de tu fe en ti misma, Elizabeth Brady?››, pensó mientras su paso vacilaba delante del letrero en que ponía «Kaiser's››. Sintió un fuerte impulso de abrir la puerta. «¿Vas a creerle, Liz? ¿O vas a creer en lo que siente cada vez que os tocáis?››

Cavilar era cansado. Lo que ella necesitaba era un cambio de estado de ánimo. El mismo sistema para cambiar de ánimo que habían utilizado las mujeres desde el principio del tiempo. Cambio, impulso, riesgo. ¿No era lo que había ido a buscar en su hogar? Dejando a un lado una docena de razonamientos, Liz se armó de coraje y abrió la puerta.

Capítulo Siete

– ¿Te gusta? -preguntó Janet Kaiser desde detrás de ella-. Creo que es un estilo perfecto para ti. Mucho cuerpo, fácil de cuidar.

La peluquera desató la bata de plástico del cuello de Liz. Mechones de pelo rubio claro cayeron al suelo. Muchos mechones. Sin querer mirar al espejo, Liz se levantó del sillón. El nuevo estilo era francés, juvenil y corto. Algunos mechones le caían sobre la frente. Un movimiento de la cabeza y todo el pelo se movía. El resultado era femenino y sexy, el estilo que elegiría una mujer atrevida y segura de sí misma. O el aspecto que elegiría una mujer que quisiera llegar a ser atrevida y segura de sí misma.

– Te gusta, ¿verdad?

Janet parecía preocupada.

– Mmmm -murmuró Liz entusiásticamente.

¡Cielo santo! Parecía que acabara de salir de la cama de un hombre. ¿Cómo iba a aparecer así en público? ¿Existiría un pegamento milagroso para el pelo? Pagó a la mujer, añadió una propina generosa y se obligó a sacar la cabeza por la puerta. Estaba muy oscuro para ser solamente las cinco. Cuando levantó la vista, los primeros copos de nieve de la temporada rozaron sus mejillas. Cuando llegó a casa, los escasos copos se habían convertido en un diluvio blanco. Se subió el cuello del abrigo y corrió hacia la puerta pasando junto al coche de Andy.

Afortunadamente el vestíbulo trasero estaba iluminado y caliente. Asomó la cabeza a la cocina. Su hermano llevaba un chaquetón y estaba echando leche en un vaso. Ambas cosas le parecieron raras.

– ¿Vas a salir? -le preguntó.

– ¡Gracias al cielo que estás aquí! He llegado hace sólo cinco minutos y… -Andy levantó la vista-. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué te has hecho en el pelo?

Ella señaló el vaso.

– ¿Qué es eso? ¿Una moda nueva? No te he visto tomar leche desde que tenías diez años.

– No es para mí. Cuando he llegado había un paquete esperándote en la escalera.

– ¿Un paquete?

– Tenemos un problema -le susurró Andy.

Lo vio en cuanto entró en la leonera. El problema tenía un metro veinte de altura, el ceño fruncido, los hombros hundidos y un reguero de pecas que parecían muy oscuras en la piel blanca. Spencer estaba acurrucado en la otomana y sus ojos tristes la miraban fijamente.

– ¡Spencer! Cariño, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Cómo has…?

– No puedo ir a casa.

– Leche.

Liz cogió el vaso de leche de la mano de Andy como un cirujano el bisturí.

– Veamos. ¿Qué puede ser tan malo?

– Todo.

La voz de Spencer rebosaba tristeza. Tomó tres sorbos de leche con la desesperación de un lecheadicto. El bigote blanco resultante no le hizo parecer mayor.

– Voy a tener que venir a vivir contigo. Es el único modo.

– ¿Problemas en la escuela? -preguntó Liz con delicadeza.

Dejó el abrigo en el sofá y se sentó. Spencer meditó sus palabras.

– Tengo una carta del director que debo darle a mi papá. Pero no puedo. Nunca.

– Es malo, ¿eh?

Las lágrimas empezaron a rodar y la historia salió de un tirón. Se había pasado la clase de matemáticas sentado en un retrete en el lavabo de chicos con los pies en alto para que nadie pudiera encontrarle si miraban por debajo de la puerta. A Liz le pareció un recurso realmente brillante para un enano de tercer grado, pero Spencer tenía los genes de Clay… y su pasión por los líos. Pero aquel no era el único problema.

Pensaba faltar a más clases. De hecho, le había dicho al director que pensaba faltar a clase de matemáticas durante el resto de su vida, lo que había enfadado al director. Mucho.

Liz secó los ojos de Spencer y escuchó, intentando no sonreír. Su manera de hablar era muy parecida a la de su padre. Por lo que ella consiguió averiguar, ya que la historia de Spencer era ligeramente confusa, el auténtico problema consistía en que Spencer iba por delante de los demás chicos en matemáticas.

– Así que mi papá y el director se reunieron y tuvieron una gran conversación sobre los estímulos. ¿Sabes lo que significa esa palabra?

Para Spencer la palabra significaba que le habían trasladado a sexto grado durante la hora de matemáticas. El álgebra estaba bien, pero no quería estar con los chicos de sexto. Se olvidaba del nombre del profesor de sexto curso y le daba miedo pedir permiso para ir al lavabo. En su clase, en tercero, él pasaba la hora de matemáticas ayudando a los demás.

– Los chicos mayores me llaman «genio» y tengo que sentarme en ese pupitre tan alto, que los pies ni siquiera m llegan al suelo. ¡No voy a volver allí!

Sostuvo un pañuelo de papel delante de su nariz para que pudiera sonarse.

– Cariño, ¿por qué no le dijiste a tu papá que no eras feliz?

Liz levantó la vista y vio a Andy en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y un brillo compasivo en los ojos. Le susurró por encima del hombro de Spencer:

– ¿Puedes volver a llamar a Clay para decirle que tardaremos un poquito?

– No podía contárselo a papá. No puedo hablar con papá. Nunca podré hablar con mi papá. Fue él quien habló de esa cosa del estímulo…

Liz vio la expresión de Andy, una mezcla de culpa y sorpresa y sintió que se le paraba el corazón. Hasta entonces había creído que Andy habría llamado a Clay nada más encontrar a Spencer en su casa.

– Voy a llamarle ahora -dijo Andy rápidamente-. Llegué unos minutos antes que tú solamente y cuando vi a Spencer estaba sentado en el porche en la nieve. Sólo pensé en que estuviera caliente y seco. Luego entraste tú…

– Entiendo -dijo Liz, pero sólo podía pensar en que eran las cinco y veinte y en que Clay debía estar esperando que su hijo regresara a casa desde hacía dos horas.

Spencer había dejado de hablar.

– ¡No puedes llamar a mi papá!

– Cariño, tengo que hacerlo. Intenta imaginar lo preocupado que estará sin saber dónde estás.

– Sé lo enfadado que debe estar -dijo Spencer sombríamente-. ¿No puedo quedarme aquí? ¿No puedo dormir en el sofá?

Liz le rodeó con el brazo izquierdo mientras marcaba con la mano derecha. Sussie, la recepcionista, contestó a la llamada, pero su voz fue sustituida por la de Clay en menos de un segundo. Liz no perdió el tiempo en saludos.

– Está perfectamente, Clay, y voy a llevarle a casa -dijo escuetamente.

Cuando colgó, no podía recordar ni una sola de las palabras de él. La agonía y la tensión de su voz la habían conmovido.

Los leones jamás pierden a sus crías. Especialmente aquel león y el hijo del león la estaba mirando con expresión desolada.

– Escúchame -Liz se inclinó a besarle en la frente; luego cogió los abrigos-. Tienes razón; está un poquito enfadado. No voy a mentirte. Todos los papás se enfadan cuando no saben dónde están sus hijos. Sabes perfectamente que tu papá te quiere muchísimo; así que, ¿cuál es el problema?

– ¿Vas a venir a casa conmigo?

– Súbete la cremallera del chaquetón; fuera está helando. Y por supuesto que voy a ir a casa contigo.

– La última vez que llegué tarde de la escuela, papá llamó a la policía y a la guardia estatal.

Liz le creyó. No se dio cuenta de la velocidad de su corazón hasta que estuvo tras el volante. Los limpiaparabrisas crujían y la nieve seguía cayendo. Continuó monologando para calmar a Spencer. El pequeño estaba seguro de que ella iba por él.

No era así. Lo creyera Spencer o no, no necesitaba defensor. Clay tenía un carácter fuerte y era más que capaz de un estallido de ira, pero nadie estaría más seguro ni sería más querido que Spencer cuando estuviera con su padre. Ella no iba por Spencer, sino por Clay. Tenía la sensación de que él iba a necesitar a alguien.

Sólo el cielo sabía quién estaba encargándose del motel. Cuando Liz y Spencer entraron en el vestíbulo, George apareció procedente del bar, Sussie abandonó el mostrador de recepción, el cocinero había buscado evidentemente una excusa para salir de la cocina y Cameron… Bueno, Cameron había estado recorriendo el vestíbulo con Clay, así que tenía una excusa para estar allí. El grupo se reunió alrededor de Spencer tan rápidamente que se hubiera pensado que le estaban protegiendo de un gigante. El chiquillo aceptó encantado toda aquella atención y empezó a contar sus aventuras de la tarde. Clay quería abrazar a su hijo, pero permaneció apartado durante unos momentos. Sabía que sus emociones estaban a punto de estallar. Su pulso seguía palpitando como una bomba, su corazón seguía golpeando contra su pecho. Sí, sabía que Spencer estaba a salvo desde el momento en que Liz había llamado, pero se había visto abrumado por visiones de secuestradores y violadores desde el momento en que Spencer no había bajado del autobús escolar. El Mar Rojo de cuerpos se abrió para dejar salir a una mujer rubia y menuda y volvió a cerrarse inmediatamente alrededor de su hijo. Liz vaciló un momento y luego se acercó a él.

Si un hombre podía parecer solitario en medio de una multitud, era Clay. Con las manos metidas en el cinturón, los hombros erguidos y la mandíbula rígida, irradiaba una ira helada. Sólo Liz podía leer en sus ojos profundos, angustiados y solitarios.

Se puso de puntillas para besarle.

– Está bien, Clay. Tienes que creerlo.

– Ya veo que está bien.

Algo se había relajado en su interior en cuanto ella le había tocado. Elizabeth Brady era muy peligrosa para los varones Stewart. Spencer le había echado un vistazo y la había adoptado. Clay la miraba y sentía que su cordura se esfumaba.

El vestido que llevaba bajo el abrigo abierto era rojo. Liz nunca vestía de rojo. Y su pelo… La habría matado. Sobre su frente caían unos indisciplinados mechones. Su garganta parecía desnuda.

Ella le hacía sentirse impotente con el vestido rojo y el nuevo peinado, con su necesidad de cambios rápidos y su deseo de experiencias nuevas. Él sabía que ella no se le había declarado en serio. En toda su vida sólo le había importado realmente dos personas. Y al parecer nunca hacía lo conveniente para ambas. A Liz sólo había querido protegerla del tipo erróneo de hombre hasta que hubiera superado el síndrome de recién divorciada. En cambio, su instinto protector se había convertido en deseo y en un feroz y solitario anhelo que le estaba desgarrando por dentro.

– Yo creía que él habría confiado en mí siempre, sin importar en qué lío estuviera metido. ¿Qué demonios creía que le iba a hacer?

– Él no cree que vayas a hacer nada, Clay. Excepto gritarle, y eso no es lo que le da miedo.

– Bueno, ¿entonces de qué tiene miedo?

Liz le acarició la mejilla. Al parecer, él no se daba cuenta de que le estaba apretando la mano.

– No lo ha dicho con estas palabras, pero estoy segura de que le aterra desilusionarte.

– ¡Esa es la mayor estupidez que he oído!

– Quizás deberías decírselo a él.

– Haré algo más que decírselo.

Clay se abrió paso entre el grupo y agarró a su hijo. Hombros, espalda, rodillas, pecas… Se convenció de que su hijo estaba bien antes de cerrar los ojos y tomar en brazos a Spencer. Liz comprendió que Clay inhalaba el olor, el sabor, el tacto, la vista de su hijo.

– ¡Vas a tener problemas! -le dijo Clay a su hijo.

El chico se separó de los brazos paternos lo suficiente para observar la cara de Clay. En los preocupados ojos castaños apareció una expresión divertida.

– No estás enfadado.

– Estoy enfadadísimo.

– Vamos, papá, ya veo que no. Bájame en seguida. ¡La gente va a pensar que soy un niño!

– Mala suerte.

Clay se colocó a su hijo en un brazo y tomó la mano de Liz. De repente comprendió que estaba en un vestíbulo lleno de gente que le sonreía. La sonrisa de Cameron era sencillamente imbécil. Una mujer totalmente desconocida estaba sentada en una maleta con su marido y le sonreía de oreja a oreja. El personal, gente esperando para inscribirse… Tres teléfonos sonando y el restaurante abarrotado para la cena.

– ¿Es que nadie tiene nada que hacer? -ladró Clay. Todo el mundo se escabulló. Clay llevó a las dos únicas personas que le importaban hasta sus habitaciones. Su hijo también sonreía y en sus ojos había un brillo malicioso, que no duraría mucho. Cuando Spencer no había bajado del autobús, Clay había llamado a la escuela.

– Muy bien. ¿Dónde está la nota? -quiso saber en cuanto estuvieron en su apartamento.

– ¿Qué nota?

Spencer echó un vistazo a la cara de su padre y murmuró:

– ¡Oh! Esa nota. La que Liz va a explicarte.

– Liz va a estar ocupada quitándose los zapatos y sentándose en ese sofá. Ha tenido una tarde difícil. Tendrás que explicármelo tú mismo. Pero, primero, quiero saber exactamente cómo llegaste a casa de Liz.

– Cogí el autobús de la escuela. Me bajé en su esquina en vez de venir a casa.

Que su padre estuviera preocupado por el transporte no había pasado por la cabeza de Spencer en ningún momento.

– ¿Y el conductor te dejó hacerla?

Spencer estaba atónito.

– ¿Y por qué habría de importarle?

Liz miró a Clay de reojo y pensó que el conductor del autobús se preocuparía a partir de la mañana siguiente de dónde y cuándo dejaba a cada escolar. Spencer no se fijó en la mirada de los ojos de su padre. Estaba demasiado preocupado por la nota que Clay tenía en la mano. Mientras Clay leía, Spencer se sacó los zapatos y fue a situarse detrás del sofá en el que estaba sentado. Clay acabó de leer la nota y le hizo un gesto a su hijo con los dedos para que se acercara a él.

– Tengo que hacer los deberes.

El índice de Clay le indicó que se acercara más y Spencer empezó a soltar explicaciones a mil por hora. Cuando acabó con la historia, estaba hablando en el regazo de Clay

– Hiciste novillos -dijo Clay suavemente.

– ¡Demonios! Eso ya lo sé.

– ¿Por qué no me contaste que lo pasabas mal en clase de matemáticas?

– Porque tú querías que fuera a esa clase de matemáticas -dijo Spencer pesaroso.

– Lo hice porque creí que a ti te gustaría. Tu profesor decía que te aburrías, que ibas por delante de los demás chicos, que te gustaría un estímulo mayor. Si no te gustaba, sólo tenías que decírmelo.

– Pero a ti te gusta que sea listo -dijo Spencer.

– Chico, lo has entendido mal. Me gusta que seas feliz.

– Sería muchísimo más feliz si no tuviera que ir a sexto grado todos los días.

– La próxima vez que vayas a sexto grado será porque sea tu curso. Si esto ha quedado claro, tenemos que hablar de dos cosas más.

Su hijo se agitaba en su regazo como las hormigas sobre la mermelada.

– Primero, habíamos quedado en que dejarías de maldecir.

– ¡Lo intento!

– Segundo… ¡Maldita sea, Spencer! ¿De verdad te daba miedo hablar conmigo?

– No me daba miedo que me chillaras. Me daba miedo que te pusieras mal por mi culpa.

– Eso no es posible -le informó Clay

– Muy bien, papá. Ahora tengo que dar de comer a mis peces.

Clay le abrazó y le soltó. En cuanto Spencer estuvo fuera de su vista, Clay soltó un largo suspiro de cansancio y sólo entonces vio que Liz estaba recogiendo su abrigo.

– ¿Dónde vas?

– A casa.

Se colgó el bolso del hombro.

– Has estado maravilloso con tu hijo.

– No. Si supiera tratarle correctamente, habría sabido que podía hablar conmigo.

– Eso son tonterías. ¿Nunca has conocido a un niño que quisiera ahorrarse una regañina?

– A veces me temo que está un poco malcriado.

– Clay que sí. Tú tuviste una infancia difícil. Es lógico que trates de compensarlo. ¿No crees que forma parte de la naturaleza humana?

– Muchas personas de este pueblo creen que un motel no es el sitio adecuado para criar a un niño.

– Muchas personas son tontas. Es un sitio estupendo para que él crezca, Clay. Puedes dedicarle unos momentos, incluso cuando estás más ocupado, y además cuanta con Cam, George y Sussie. Todos lo adoran. Para Spencer es como tener tíos y tías en casa continuamente.

Él la vio abotonarse el botón superior del abrigo y se agitó en el sofá como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. No quería que se fuera. La cabeza daba vueltas desesperadamente para encontrar algún sistema que la hiciera quedarse.

– ¿Has ido a la entrevista para ese trabajo?

– Sí.

– ¿Quieres hablar de cómo te ha ido?

– No.

No era la primera vez que hablaban de aquello.

– Llevas tu búsqueda de trabajo con mucho misterio.

– Porque si te dijera que tengo problemas, me ayudarías. Espero que uno de estos días te des cuenta de que ya no soy una adolescente y de que soy perfectamente capaz de solucionar mis propios problemas.

Le sonrió y vio que él abría la boca para protestar. Se estiró para besarle. Los hombros de Clay se pusieron rígidos. El calor fluyó por su cuerpo. Sus dedos se clavaron en los hombros de Liz para mantener la distancia. Ella conocía el lenguaje corporal. Los guardianes no besan a sus protegidos. Algún día tendría que decirle que su boca le traicionaba. Se movía bajo la suya. Las lenguas se encontraron y él bebió aquella intimidad con ansia. Ella se fue retirando mientras la invadía el deseo de quedarse. No podía ser. No era inteligente presionar a Clay.

– Encanto…

– ¿Cómo podría no amarte?.

Y se fue.

Clay probó la nueva receta de lenguado de su chef mientras pensaba dónde estaría Liz, qué estaría haciendo y con quién estaría.

– Delicioso. Pero sigo pensando que es demasiado exquisito para nuestra clientela.

– Deberían aprender -insistió Ralph.

– Quizás.

Quizás había ido a nadar otra noche y quizás no estuviera sola. La idea le puso enfermo. Spencer le seguía con una gamba en una mano y una patata rellena en la otra.

Alguna vez tendría que decirle que las personas normales no comen de pie en una cocina del tamaño de un almacén y rodeado del personal de cocina empeñado en engatusarle para hacerle comer verduras.

– El jamón ahumado está perfecto esta noche, Ralph.

Ralph rebosaba satisfacción.

– ¿Te vas a casar con Liz? -preguntó Spencer.

– ¿Qué?

– Te he preguntado si te vas a casar con Liz.

La cucharada de sopa que Clay iba a probar volvió a la cacerola. Los pinches se quedaron inmóviles y Ralph parecía no tener nada que hacer.

– ¿Qué pregunta es esa? -susurró Clay.

Spencer se encogió de hombros con la boca llena de crema y mantequilla fundida.

– Ya sé que siempre dices que no nos vamos a casar con nadie. Pero tampoco solemos ir a jugar al fútbol con chicas. Ni salimos con ellas en Halloween.

Ralph sufrió un ataque de risa. Clay le miró furioso. Su hijo sabía escoger el momento.

– Esas cosas se hacen con amigos. Los amigos son personas que entran y salen de nuestra vida, pero siempre nos importan. Ya hemos hablado de eso.

– Entonces… ¿Liz es una amiga?

– Exactamente.

– ¿Y no vas a casarte con ella?

– No.

– Entonces yo me casaré con ella.

Spencer miró dentro de un cazo, reconoció el brócoli e hizo una mueca de desagrado.

– Creo que eres algo joven para casarte -dijo Clay muy serio-. Además, yo creía que no eras muy aficionado a las especies femeninas.

– ¿Te refieres a las chicas? Odio a las chicas. Pero Liz no es como las mujeres, papá. Liz es Liz.

Spencer lamió la cuchara y su rostro se iluminó al ver la bandeja de los pasteles.

– A ella le gustan los niños, ya sabes.

– Lo sé, colega.

– Así que si se casa con alguien aparte de tú y yo, podría tener niños. Niños que no son yo. No me parece una buena idea.

Clay frunció el ceño al ver la sonrisa del chef.

– ¿Qué significa eso dé que ‹‹podría tener niños»?

– Papá, por favor. He visto un programa en la tele. Ya lo sé todo.

– Espera un momento.

La cara de Spencer estaba manchada de chocolate. Clay cogió una servilleta.

– ¿Cuándo viste ese programa?

– Aquel día que volví de la escuela con dolor de estómago. ¿No lo recuerdas? Bueno… -Spencer se lamió los dedos sin hacer caso de la servilleta que sostenía su padre-. Tal como yo lo veo, uno de nosotros tiene que casarse con ella. Y si no vas a ser tú, tengo que ser yo.

– ¡Eh!

Clay impidió que cinco dedos ávidos se hicieran con un pastel.

– Volvamos a la habitación.

– ¿Por qué?

Porque su hijo se había contagiado de aquella obsesión que residía en los genes de los Stewart de proteger a Liz, el pánico ante la idea de su relación con otros hombres, de que tuviera hijos con otros hombres, de que le gustara a otros hombres.

Clay tenía que dejar de pensar en ella. Y su hijo no le estaba ayudando.

Capítulo Ocho

Clay apenas tuvo tiempo de quitarse la chaqueta antes de que una morena con un corpiño de lentejuelas rojas le pasara los brazos por el cuello y le besara ruidosamente en la boca. Otra criatura exuberante le dio una cerveza. Un disco sonaba a todo volumen en alguna parte y el humo le atacó en oleadas antes de que pudiera abrirse camino por el cuarto de estar. Había olvidado que las fiestas en casa de Speed Matthews solían salirse de madre. Hacía años que no pasaba un rato con su vieja pandilla: Tom, Frank, Speed…, y le iría bien un poco de descontrol. Aunque los tres estaban casados y pagando hipotecas, sabían cómo divertirse. Sus hijos estaban a buen recaudo en alguna parte. El alcohol fluía libremente.

– ¿Qué pasa contigo? ¿Estás por encima del resto de los mortales? -le había preguntado Matthews al verle a punto de rechazar otra invitación.

Una morena que llevaba una blusa plateada se detuvo a su lado y le pasó un brazo por la cintura.

– Te dejas ver muy raramente, Clay.

La conocía de alguna parte. Su primer impulso fue rechazar el contacto y el empalagoso perfume, pero no lo hizo. Conocía el juego de la morena. Una noche con alguien era mejor que una noche más de silencio. Ni compromisos, ni ilusiones, ni decisiones. Clay conocía las reglas. La morena era el tipo de mujer que comprendía a un hombre como él. Mental, emocional y físicamente Clay era muy consciente de que había sido célibe desde que una rubia menuda había vuelto a casa. Un asunto peligroso el celibato. Clay pensó que una noche con otra mujer podría ser la única cura posible para su obsesión con Elizabeth Brady. Charló unos minutos con la morena y luego murmuró: -Volveré. Voy a por otra cerveza.

Se abrió paso lentamente hasta la cocina. Su cerveza estaba llena y sentía alivio al haber perdido de vista a la mujer. En la cocina había un grupo de hombres. Tom había echado barriga. Speed ya tenía dos copas de más y estaba preparando una jarra de cócteles de ron. Los dos hombres le palmotearon la espalda y empezaron a hablar de los viejos tiempos hasta que las carcajadas fueron estridentes. Compartieron recuerdos de sus vagabundeos por Ravensport Main Street en busca de acción, de cuando subieron a la vieja atalaya de detección de incendios y la policía los pilló. Clay contribuyó en los momentos adecuados con las carcajadas adecuadas. La claustrofobia empezó a irritarle. «Cállate, Stewart», le reprendió una voz interior. «¿Crees que no puedes divertirte porque una princesa de ojos castaños no esté cerca de ti?»

Apareció la esposa de Tom, una pelirroja escultural con muy poco cerebro. Se lanzó sobre Clay para abrazarle.

– ¡Clay, qué alegría verte!

Él le devolvió la sonrisa sintiendo sus grandes pechos contra el tórax. Carrie se le había insinuado anteriormente. Tal vez ya no perteneciera a la banda, pero seguía siendo la esposa de Tom. Ella le deslizó los dedos por las caderas. Él se sintió asqueado:

– Bien… -se movió para romper el contacto con ella-. No puedo quedarme aquí eternamente. Me espera una dama en la otra habitación.

– ¿Sólo una? Te estás haciendo viejo, Stewart -bromeó Speed.

Estaba de pie en el pasillo preguntándose dónde podría encontrar menos ruido, menos humo, menos confusión y pensando: «Lo estás pasando bien, Stewart. Y lo comprenderás en cuanto dejes de pensar en Liz».

El nivel de ruido se duplicó cuando unas recién llegadas aparecieron en la puerta. Él se recostó en el marco de la puerta y se llevó la cerveza a los labios mientras observaba a las tres mujeres quitarse los abrigos. Las tres habían ido juntas a la misma clase. Sintió un nudo en la garganta al reconocer los ojos castaños y el sedoso movimiento del corto pelo rubio ceniza. Liz no estaba en su ambiente con aquella gente. Su elección del suéter caramelo y los pantalones de crespón blanco era elegante y las perlas de sus orejas eran una nota de distinción en una habitación llena de bisutería multicolor. Sus mejillas estaban sonrojadas por el viento y no por el maquillaje, y sus labios estaban pintados de un coral apagado. Clay tardó un segundo y medio en desearla con una intensidad que le enfurecía. Una pelirroja le reconoció. Le hizo un guiño para ser educado antes de escabullirse. Emergió de la multitud y, por accidente, se encontró detrás de Liz. Ella se volvió con los labios en el borde de un vaso de uno de los peligrosos cócteles de ron de Speed y levantó la vista.

– Ten cuidado con eso, preciosa. Son letales.

– ¡Clay! -Liz apenas podía hacerse oír por encima del ruido-. ¡Dios! ¡Menudo jaleo!

Liz parecía feliz. Recibió una mirada furiosa de unos ojos entre cerrados, pero no la vio. Una de sus antiguas condiscípulas con las que había ido la cogió del brazo y la arrastró hacia la música. Alguien había enrollado una alfombra.

Clay la vio quitarse los zapatos de sendos puntapiés. Bailó con Frank, con Speed y con un tipo larguirucho que él no conocía. La oyó reír y vio su cara sonrojada.

Liz se encontró sin saber cómo con el segundo cóctel de ron en las manos; tampoco sabía quién le había dado el primero. Intentó localizar a Clay en dos ocasiones. Pero la primera vez él estaba acorralado en un rincón por una hechicera morena. La segunda vez, su brazo rodeaba a una pelirroja bien dotada. Por fin se cruzaron en la entrada del cuarto de baño. Liz salía y Clay entraba.

– ¿Verdad que es una fiesta maravillosa? -dijo ella con entusiasmo.

– Maravillosa. Parece que lo estás pasando bien.

– Casi tanto como tú.

Se sonrieron como viejos amigos.

A medianoche, ella había conseguido escapar a la cocina y estaba hablando con un tipo de gafas con el cuerpo de un corredor y la nariz de un zorro. No sabía de qué le estaba hablando aquel tipo. Le dolía la cabeza debido al constante ruido y algo se estaba desmoronando en su interior trocito a trocito. Era la única mujer de la fiesta que no le había puesto las manos encima a Clay.

– ¿… venir a mi casa?

– ¿Mmmm?

Levantó la vista, sonrió distraídamente a Nariz de Zorro y siguió con sus reflexiones. Sólo podía pensar en las veces que ella y Clay habían estado a punto de hacer el amor. Y todas aquellas mujeres seguras de sí mismas no dejaban de tocarle. Él no había opuesto demasiada resistencia, desde luego.

– Creo que eres preciosa.

– Fascinante -murmuró Liz.

Clay entró a la cocina a tiempo de ver a John Greely estirar el brazo para rodear el cuello de Liz. La distancia era de metro y medio. La cubrió en tres cuartos de segundo.

– ¿Estás cansada de la fiesta?

– ¿Perdón?

– Nancy y Jane se han ido, Liz. Les he dicho que yo te llevaría a casa. ¿Estás lista?

Fuera hacía frío. Una nevada reciente había despejado la noche. Liz se acurrucó en su abrigo temblando mientras Clay giraba la llave de contacto. El descongelador soltó una bocanada de aire frío que hacía juego con el ambiente general del coche. A Liz no le importaba haber dejado la fiesta, pero Clay la había arrastrado hasta la puerta.

– ¿Hace mucho que le conoces? -preguntó él en tono indiferente.

– ¿A quién?

– A John Greely.

Ella se armó de paciencia.

– Clay, ¿quién es John Greely?

Él la miró de reojo.

– No me importa que te corras una juerga, encanto. No te estaba criticando. Pero no con él, ¡maldita sea!

– ¿De qué demonios estás hablando?

Llegaron delante de casa de Liz en un tiempo récord. Si la policía de Ravensport no estuviera durmiendo a aquella hora de la noche, sin la menor duda hubieran multado a Clay por exceso de velocidad. Ella dedujo que estaba disgustado porque había tenido que dejar la fiesta para llevada a casa. Pero no vio irritación cuando él se volvió hacia ella. Apagó el motor y acarició la mejilla de Liz con los nudillos de la mano.

– Eres la mejor mujer que conozco, Elizabeth Brady -dijo Clay en voz baja-. Y estaba hablando de encontrar un hombre lo bastante bueno para ti. Volviste a casa porque necesitabas entregarte a alguien, porque eres la clase de mujer que eres, una mujer hermosa y muy especial. Pero todo el mundo se descentra cuando está pasando una mala época. Cuando la superes, encontrarás al hombre adecuado. Un hombre que sea lo bastante bueno para una dama, un hombre que pueda darte lo que realmente necesitas y deseas.

Liz observó a Clay largamente, intentó decir algo; en cambio, tiró de la manilla de la puerta y salió del coche. La luz de Andy estaba apagada y en el fregadero había tantos platos que Liz supuso que estaba pasando la velada con su profesora de arte. Sin quitarse el abrigo, empezó a llenar el fregadero con agua y detergente. Metió dos vasos, dos platos, dos juegos de cubiertos. Segundos después se encontraba mirando el exterior por la ventana panorámica del cuarto de estar, las manos goteando y los platos sin tocar.

Había salido del coche de Clay sintiéndose confundida y vagamente consciente de que él debía estar refiriéndose al hombre con nariz de zorro de la fiesta. En su cerebro empezaron a girar unas ruedecitas y no tenían nada que ver con el desconocido con el que había pasado cinco minutos en una cocina. Siempre había creído que Clay estaba rechazando una relación adulta entre ambos porque no sentía lo mismo que ella, porque la veía como una hermanita honoraria. No porque la hubiera puesto en un estúpido pedestal con el cartel de «dama».

No porque no se considerara lo bastante bueno para ella.

A las dos de la mañana, Clay seguía tomando descafeinado y hojeando un catálogo de ordenadores que Spencer había dejado estratégicamente en su sillón. Mecanismo impulsor de discos, ROM, RAM, octetos… Si Spencer quería el maldito trasto, lo tendría, siempre y cuando fuera capaz de descifrar aquella jerga. Clay no lo era. Dejó a un lado el catálogo y se levantó del sillón.

¿Habría conseguido hacerse comprender por ella? Apagó la luz y fue a ver a Spencer. Su hijo estaba dormido como un tronco, medio sofocado bajo demasiadas mantas. Clay retiró alguna, cerró la puerta del cuarto de su hijo y se dijo que estaba cansado. No lo estaba en absoluto. Se duchó, se acostó y encendió el televisor. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar que un perdedor como Greely hiciera progresos con Liz sin intervenir? Desde luego, ella tenía derecho a flirtear. El baile, el flirteo y la conversación con otros hombres eran signos saludables de que su obsesión por Clay Stewart iba perdiendo fuerza. Antes o después tendría que entender que aquel amor era únicamente una ilusión para un hombre como él. Ella se merecía mucho más.

Él se había sentido muy feliz al verla divertirse en la fiesta. Muy feliz. Como si alguien le hubiera pateado el vientre. Acababa de apagar la televisión cuando oyó los golpecitos en la puerta. Cogió la bata apresuradamente. Las interrupciones en mitad de la noche se debían a problemas en el motel. Esa noche lo habría agradecido, pero no estaba preparado para la naturaleza de la interrupción que encontró en la puerta. La cara de Liz estaba pálida, sus ojos tenían una mirada alterada y su pelo estaba salpicado de copos de nieve y revuelto por el viento…

– ¿Puedo entrar?

– Encanto, ¿qué pasa?

Ella se ceñía el abrigo al cuerpo y sus dedos estaban tan fríos como el hielo. Entró lentamente, oyendo el tono preocupado de Clay y viendo las sombras de cansancio bajo sus ojos. Había conducido hasta allí a la velocidad límite, muy segura de lo que quería hacer, de lo que necesitaba hacer. Nada había cambiado, pero parecía haberse dejado todo el valor en el coche.

– Liz…

– Tengo que hablar contigo.

– ¿Ha pasado algo?

– Sí -ella miró la puerta de Spencer-. No quisiera despertarle.

– Ven.

Él le puso una mano en la espalda y la guió hasta la puerta de su dormitorio despacho. «Como la araña a la mosca», pensó ella con un chispazo de humor. El echó el pestillo y le señaló el gran sillón de despacho.

– ¿Quieres café?

– No.

El escritorio estaba cubierto de papeles y carpetas e iluminado por la lámpara del lado de la cama. La ropa de cama estaba subida apresuradamente sobre el colchón doble. Clay se sentó en una esquina de la cama sin dejar de mirarla a la cara. Su bata era vieja, de terciopelo granate, y estaba abierta hasta la cintura. Al parecer, su semidesnudez y las implicaciones de la cama no existían para él. Estaba dispuesto a hablar, a escuchar. Estaba dispuesto a ayudarla. Sintió deseos de pegarle.

– Siéntate. Pareces disgustada.

– Lo estoy -Liz aspiró profundamente-. Quiero hablar contigo de lo que dijiste en el coche, Clay. Pero todavía no. No quiero hablar durante unos minutos.

– Liz…

Cuando ella se quitó el abrigo y lo dejó caer, él calló bruscamente. Sin la menor duda, parte del frío que ella sentía se debía a su atuendo. Una vez que se quitó los zapatos, no llevaba nada más que unas braguitas y una camisola de satén negro. El satén negro siempre había distinguido a las chicas buenas de las malas. El satén negro parecía un método ideal para derribar de un pedestal a una mujer. La conmoción inmovilizó inicialmente las facciones de Clay. Su mirada resbaló por el satén negro, por la piel marmórea, hasta los ojos de Liz.

– Ponte el abrigo, Elizabeth Brady.

Ella negó con la cabeza. Sus pies se negaban a avanzar. Ella no iba a retroceder. Clay se levantó y empezó a tirar de la colcha de la cama.

– Pues no vas a quedarte ahí hasta que te mueras de frío.

Su voz era muy razonable. Razonable, paciente y firme, lo que consiguió liberar finalmente los pies de Liz y sus nervios. Cuando él se volvió con la gruesa colcha en las manos, ella se sacó la camisola por la cabeza.

– ¡Maldita sea, Liz!

Dejó caer la colcha cuando ella empezó a quitarse las braguitas, pero los dedos le temblaban tanto que tuvo que dejarlo. ¿Qué había esperado de él? ¿Que se derritiera de deseo al ver a una mujer desnuda? Era evidente que Clay había visto muchas mujeres desnudas. La carne no era más que carne y ella estaba más flaca que la mayoría. Tal vez hubiera sido de ayuda si ella sintiera fluir el deseo por sus venas, pero sólo sentía una rabia creciente.

¿Que no era lo suficientemente bueno para ella? «Encontrarás al hombre adecuado, Liz». ¿Y qué era él? ¿Un caballo? Para empezar, ella no sabía cómo había llegado a estar en aquel pedestal. Se le había dado muy bien cometer errores. Y la mayoría relacionados con Clay. Aunque los más recientes hubieran sido con David. Se había equivocado de profesión, nunca había tenido el valor de admitir lo que quería y necesitaba, y siempre había estado demasiado asustada para arriesgarse. Ahora iba a arriesgarse y en toda su vida había estado más asustada. Empezó a comprender que Clay también lo estaba. Decidió asustarle muchísimo más antes de que la noche hubiera terminado y se acercó lo bastante para acariciarle la mejilla. Él tenía en la mejilla un músculo que se puso tenso inmediatamente.

– No, encanto. Hablo en serio, Liz…

Ella lo sabía. Cuando se puso de puntillas y le pasó los brazos por el cuello, la temperatura del cuerpo de Clay cambió. Ella le rozó los labios con los suyos muy suavemente, como haría un hombre experto con una virgen. La imagen de Clay como virgen la complació, le dio valor. En cierto modo lo era. Ella dudaba de que alguna mujer hubiera entrado en ciertos territorios íntimos de Clay. El sexo era otra cosa. Estaba convencida de que él era maravilloso. Un héroe, un hombre especial, un hombre testarudo, cabezota, excesivamente protector que se merecía mucho amor. Ella olvidó sus temores y su paciencia. La punta de su lengua trazó el contorno de la boca masculina. Él no se movió. La lengua siguió la rígida línea de los labios cerrados y sus dedos subieron hasta el cabello de Clay. El satén negro se arrugó contra el muslo de él. El ritmo de su corazón se desbocó.

– Abre la boca, Clay -susurró ella-. Te juro que no te va a doler.

– ¿Doler? Qué palabra tan rara, Liz, para utilizarla en este momento. Pero he notado que uno de nosotros no se comporta de un modo racional, inteligente y sensato. Ahora…

– Ahora, abre la boca.

Él tenía problemas para respirar.

– Jugaremos a esto hasta que te canses. Hasta que comprendas… que no puedes hacer nada, Liz. No voy a hacerte el amor.

– Ya lo sé.

No se lo habría permitido aunque él lo hubiera intentado.

Ella iba a hacerle el amor a él, no al contrario. Con toda aquella charla, él había separado los labios. Deslizó la lengua dentro. La pasó a lo largo de los lisos y blancos dientes. Y la lengua de él… En ocasiones la lengua de Clay era capaz de decir palabras ásperas y bruscas que sin duda lamentaba después de dichas.

Sus hombros tenían la costumbre de ponerse rígidos cuando estaba a punto de estallar de ira. Los dedos de Liz acariciaron aquellos hombros. Sus oídos tenían la mala costumbre de oír únicamente lo que querían oír. Cuando Liz se ponía de puntillas, sus labios alcanzaban las orejas de Clay. Lamió una de ellas. Con frecuencia Clay ocultaba sus emociones con aquellos ojos, dejando ver a la gente sólo lo que quería que vieran, no lo que sentía realmente. Sus labios rozaron suavemente los párpados cerrados. A las vírgenes indefensas había que tratarlas con mucha suavidad. Las vírgenes temen inevitablemente el dolor que sentirán cuando les arrebaten sus defensas una por una. Ella amaba a aquel hombre por cada error que había cometido, por cada error que iba a cometer. Clay estaba temblando. Lasciva, descarada, inmoral. Las palabras cruzaron su mente y comprendió lo que estaba haciendo, pero no se sentía así. Siempre había amado a aquel hombre. Pero no era aquello lo que importaba. Porque en aquella ocasión, por primera vez, quizás estaba ofreciendo todo lo que ella era, sincera y dolorosamente, y al infierno con los riesgos. Nunca antes se había sentido tan mujer, tan fuerte, tan segura.

– ¡Maldita sea, encanto…!

Una cosa era sentirse fuerte y segura y otra estar de puntillas eternamente. Posó las plantas en el suelo al tiempo que se cogía de la bata de Clay. Apoyó la mejilla en su pecho y la frotó contra la piel. Su cuerpo estaba más caliente que un horno. Los labios de Liz buscaron el calor, revolotearon sobre los planos pezones y el musculoso pecho. Comprobó que parte del cuerpo de él seguía siendo como una roca, pero sólo una parte. La parte que debía serlo. Los dedos de Liz descendieron por el estómago y descubrieron mechones de pelo rizado. Hasta los gigantes tienen su punto límite. El de Clay llegó con un ronco suspiro. Se apoderó de la boca de Liz como si fuera la primera vez que probaba una boca femenina. Entonces el colchón hizo algo mágico. Subió al encuentro de la espalda de Liz y de pronto Clay estaba encima de ella.

Sus manos le acariciaron la cara.

– Me temo que vayas a lamentar esto.

– No hay la menor posibilidad de que yo llegue a lamentar esto.

Él meneó la cabeza y volvió a besarla mientras las palmas de sus manos se deslizaban por la piel de Liz, por su cuello, pechos y vientre. Las braguitas estuvieron en el suelo inmediatamente. El corazón de Liz nunca había latido tan deprisa. Sabía con anterioridad que él era un hombre generoso, pero nunca lo había comprendido tan bien. La luz amarillenta mitigaba la absorta concentración de los ojos de él, la ternura de sus manos, que deseaban conocer, complacer, disfrutar.

Clay encontró lo que esperaba: vulnerabilidad, fragilidad. ¡Y su piel! ¡Y su olor! ¡Y sus piernas rodeándole! ¡Y los ruiditos que hacía! La lengua de Liz podía dejar sin sentido a un hombre. Sus manos podían hacer que un hombre olvidara su pasado, el presente, todo. Su reacción podía hacer que un hombre se creyera capaz de cualquier cosa, de ser cualquier cosa, de tener cualquier cosa. Deseaba ahogarse en ella. Su lengua acarició los pezones femeninos. Su palma acarició el muslo femenino lentamente hasta que el vello del suave nido le rozó la mano. Cuando abrió la mano, ella se arqueó hacia él, flexible y complaciente.

– Clay, no voy a romperme.

Su voz no era más que un hilito.

Deslizó las manos por las caderas de Clay, presionándole contra ella, susurrándole su deseo. No era de porcelana china. No era algo inapreciable. Solamente era una mujer. Aunque hubiera tardado tanto en comprender que aquello era lo único que quería ser.

Él la cubrió y ella le atrajo a su interior. El ritmo se inició con una ferocidad primaria que carecería de sentido para quien no lo hubiera experimentado. Quizás aquella música sólo les perteneciera a ellos. Quizás la música fuera tan íntima que sólo ellos dos pudieran compartida. Sólo ellos dos; así de fácil, así de sencillo.

Capitulo Nueve

– ¿De dónde sacaste esa extravagante lencería?

– ¿Te gustó el satén negro?

– No.

Liz soltó una risita con la cabeza en el hombro de Clay.

– ¡Oh, sí! Te gustó.

– Eres una mujer peligrosa.

– Gracias

– No es un cumplido necesariamente -sus dedos no dejaban de acariciar el pelo femenino-. En la fiesta, todos los hombres te devoraban con la vista.

– En la fiesta, las mujeres no dejaban de tocarte.

– ¿Por eso apareciste en mi puerta a las dos de la madrugada desnuda?

– Por supuesto que no. Vine a darte las gracias personalmente. Eres la única persona de todo el pueblo que no empezó una conversación con un «¿Qué te has hecho en el pelo?» desde que me lo corté.

– ¿Siempre das las gracias de un modo tan particular?

– Siempre.

– Tu pelo me gusta mucho. Sobre todo ahora.

– ¿Ves lo amable que eres? -ella se incorporó y le besó-. Dentro de cuatro años habrá crecido.

– Boba.

Él seguía sintiendo su beso en la boca. La mirada de Clay vagó sin poderlo evitar por los labios rojos y los ojos soñolientos. La primera vez había tenido excusas por haber perdido el control. Liz era capaz de tentar a un santo. La segunda vez no había tenido excusas. Se había olvidado de tener cuidado y sólo había pensado en poseerla con un deseo feroz y una pasión sin inhibiciones que había hecho trizas su sensatez.,¿Qué iba a hacer con ella?

– Mentí -murmuró ella.

– ¿Sobre qué?

– No vine aquí porque te gustara mi pelo -le informó.

– ¿No?

Él colocó la colcha alrededor de la barbilla de ella. Ya había intentado levantarse dos veces y él sabía que quería irse antes de que Spencer se despertara. Nunca antes se le había presentado aquel problema. Nunca había llevado una mujer a dormir allí. Sí, ella tenía que irse. Pero todavía no. Bastante le fastidiaba que fuera necesario que se marchara. Liz no era el tipo de mujer a la que se le podía hacer el amor y echar luego. Pero la cuestión era que nunca debería haberle hecho el amor.

– Vine aquí -le dijo Liz-, porque quería dormir con un hombre malo. Un hombre con pasado, la clase de hombre que una dama debe evitar. ¿No era eso lo que estabas intentando decirme en el coche, Clay?

Él la observó inquieto mientras ella se liberaba de las mantas y se le subía encima como si él fuera su colchón personal. Clay no estaba preparado para hablar en serio ni para pensar, no a las cinco de la mañana y después de la noche pasada. El peso de sus cálidos pechos y su vientre no favorecía su capacidad de concentración.

– Yo también tengo un pasado -comentó ella en tono superficial-. He intentado seducirte tres veces, Clay ¿Qué opinas ahora de mi moralidad?

– Nada. Excepto que a veces confundes las cosas.

– Más que eso. Yo también he cometido errores. Cortes de pelo. Matrimonios equivocados. Elecciones profesionales erróneas. He hecho daño a la gente, Clay, de un modo imperdonable. ¿De verdad crees que tú eres el único?

– Encanto, estás chiflada.

Su voz era tierna. La besó en la frente y la mejilla.

– Tú no eres capaz de hacer algo imperdonable, Liz.

– Te equivocas.

– Tengo razón.

– Te concedo que eres un cabeza dura. ¿Puedo decirte algo?

– No.

Ella sonrió.

– En contra de lo que pareces creer, yo no soy una monada confusa. Estaba muy confusa después de la separación, pero eso fue hace más de un año. Me siento culpable y pesarosa por esa relación, Clay, pero en ningún momento busqué a un hombre para que hiciera más soportables esos sentimientos. Y tampoco soy una divorciada hambrienta de sexo. Si tomamos como ejemplo mi vida sexual con mi ex marido podía haber estado sin hacerlo durante diez o veinte años más.

Él estaba intentando interrumpirla para hablar, pero ella se lo ponía difícil frotándole un dedo en los labios.

– Está muy claro. Vine aquí porque te amo. Por ninguna otra razón.

A las tres de aquella tarde, Liz estaba en el exterior del edificio de la Cámara de Comercio. El cielo azul blanquecino hacía juego con un día tremendamente frío. Los dedos de los pies se le habían helado en el corto trayecto desde el coche. Por dentro seguía caliente. El recuerdo de su unión amorosa con Clay seguía ardiente en ella. Durante todo el día había tenido la impresión de que por sus venas corría una nueva fuerza en vez de sangre. Había corrido el riesgo de entregarse a Clay, había actuado siguiendo sus emociones, su instinto femenino. En otra época había llegado a creer que nunca podría hacerlo. Amar a Clay no borraba los errores que había cometido. Pero amarle le había enseñado que entregarse no significaba sacrificarse. La sinceridad tenía mucho que ver con creer en sí misma, en que era una mujer que valía la pena.

Tendría que enseñarle muchas cosas a Clay, pero no en ese momento concreto. Reunió todo su coraje, empujó las puertas de cristal y entró. La oficina de la Cámara de Comercio no había cambiado desde su última visita, desde la fallida entrevista que recordaba demasiado bien. La moderna oficina estaba decorada en corales y grises. La mujer de pelo blanco recogido en moño seguía llevando gafas y una sonrisa más eficiente que acogedora.

– ¿Puedo ayudarla?

– Sí. Soy Liz Brady y quisiera saber si el señor Graham está libre.

– ¿Tiene usted una cita?

– Me temo que no.

Las mecanógrafas tecleaban a fondo. Sonaba un teléfono como la última vez. La última vez, el señor Graham no había tardado ni diez minutos en comprender que ella no tenía la titulación de relaciones públicas requerida. Ella había tardado menos de diez minutos en cruzar la puerta rápidamente, avergonzada por no disponer de las credenciales precisas y terriblemente consciente de que lo que ella tenía que ofrecer tampoco era bastante bueno.

– Bien, voy a ver -dijo la mujer canosa y pulsó un botón del teléfono-. Señor Graham… -un momento después dijo-: Puede entrar, señorita Brady. Debo decirle que está muy ocupado esta tarde, pero si no va a tardar más de quince minutos…

– No lo haré -prometió Liz.

Llamó suavemente a la cerrada puerta gris y entró. Cuando la puerta se cerró tras ella, los ruidos de la oficina se amortiguaron.

El señor Graham estaba sentado tras un escritorio de pulida madera de nogal.

Estaba en la cincuentena, arrugas de expresión marcaban su boca y su pelo era una pelusilla castaña con una calva clerical en la coronilla. A su corpulenta figura le sobraban unos diez kilos. La primera vez no había sido grosero, sino firme simplemente.

– Siento molestarle por segunda vez, señor Graham. Para ser sincera, no estaba segura de que quisiera verme otra vez -confesó Liz cuando él se levantó y extendió una mano sobre la mesa.

– Tonterías, señorita Brady: Espero que no sienta resentimientos por aquella entrevista. Dígame qué puedo hacer por usted.

– ¿Ha cubierto ya ese puesto?

– Todavía no, pero creo que ya le dije a usted que no teníamos prisa. No es que Ravensport no necesite un buen estímulo, pero podemos dedicar varios meses a encontrar a la persona adecuada. Siéntese, siéntese.

– Gracias.

Ella se quitó el abrigo, pero no pudo relajarse lo suficiente para sentarse en el borde del sillón. Sabía que su nerviosismo se notaba.

– Quería hablarle de ese trabajo, señor Graham.

– ¡Oh! Bueno…

Él parecía incómodo. Ella podía ver que estaba pensando en algún método de librarse de ella.

– Sí, ya sé que usted me rechazó y para mí es muy incómodo volver aquí, señor Graham… -tomó aliento-. Creo que lo hice muy mal el otro día y comprendo que no desee escucharme, pero se lo agradecería. Le prometo que no le entretendré ni siquiera diez minutos.

– La escucharé. Pero…

– No tengo la titulación requerida. También es cierto que he estado diez años fuera del pueblo y si está buscando a alguien rápido y atrevido… -ella sonrió-. Confieso que nunca serviré para algo así. La verdadera naturaleza de una buena bibliotecaria es todo lo que puedo ofrecerle, señor Graham. Estamos hablando de no conformarse nunca con la superficie de las cosas. Estamos hablando de comprometerse a investigar todos los rincones, todas las opciones, todos los hechos, y de personas perfeccionistas con las que puede ser terrible trabajar. Quizás estos datos no le parezcan los adecuados…

Quince minutos después, el señor Graham descolgaba el teléfono con una sonrisa para cancelar su cita de las tres. Para entonces Liz no estaba hablando del trabajo. Estaba hablando de su pueblo, Ravensport, del pleno sabor de la comunidad, de su situación privilegiada, de su personalidad y su capacidad de trabajo. La secretaria canosa les sirvió café a las cuatro menos cuarto. El señor Graham canceló la cita de las cuatro. Para entonces estaban discutiendo de la clase de negocios que Ravensport necesitaba realmente y de cuáles no. Estaban hablando del agua. El Lago Michigan tenía mucha y en verano se llenaba de preciosos barcos de los que Ravensport nunca había obtenido ningún beneficio real. Hablaron de algún lugar en donde atracar aquellos barcos durante el invierno, un pequeño puerto, con un astillero tal vez.

– Buenos barcos, buenas materias, trabajo artesanal de calidad -murmuró el señor Graham-. Eso es exactamente lo que necesitamos.

A las cuatro y media seguían hablando de carpinteros y capital. A las cinco, la secretaria de pelo blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció que se iba a casa. Por su expresión quedaba claro que Liz había destruido su bien organizada jornada de citas del señor Graham.

Cuando se fue, el señor Graham se volvió hacia Liz con un suspiro.

– Es un dragón. Tendrá que encontrar la manera de hacer las paces con ella cuando empiece a trabajar aquí. A mí nunca se me ha dado muy bien.

– Me pregunto si habrá algún libro -musitó Andy una hora después.

Los espaguetis que tenía delante estaban fríos, la tostada con ajo quemada y había olvidado aliñar la ensalada. Casi había olvidado lo que era hacerse la cena, pero no era culpa suya que Liz le hubiera malcriado durante un mes.

– ¿Un libro sobre qué?

– Sobre cómo hacer que las hermanas se queden quietas un rato. ¿Para qué te has levantado ahora?

– Servilletas.

– Ya que estás de pie, podrías quitarte el abrigo.

– Voy a casa de Clay después de la cena.

– ¿Piensas flotar hasta allí o vas a ir en coche como los mortales normales?

Andy aceptó con paciencia el tenedor que ella le tendía y el beso en la frente. Luego se levantó para coger las servilletas él mismo.

– No sé a qué vienen esos nervios. Me has dicho que no empezabas a trabajar hasta dentro de un mes.

Ella asintió.

– Necesito un par de semanas para volver a Milwaukee, recoger mis cosas, cerrar el apartamento y encontrar a alguien que lo alquile.

– Es la primera cosa sensata que has dicho desde que has entrado -comentó Andy-. ¿No piensas dormir? Esta mañana has vuelto cuando me estaba levantando.

– Volví bastante tarde -murmuró Liz.

– Al amanecer, más o menos. Conozco a Clay desde hace un montón de tiempo. Os he visto juntos desde que llevabas trenzas. Nunca lo entendí y no voy a intentar entenderlo ahora -se alarmó cuando Liz abrió la boca-. No quiero saberlo. Un hombre suele ponerse nervioso cuando ve a su hermana ahogándose en arenas movedizas.

– ¡Andy!

Liz estaba atónita. Su hermano se estaba internando en el territorio de las emociones. Algo totalmente inusual en él.

– Quiero a ese hombre como a un hermano -dijo Andy en voz baja-, pero Clay ha sido una especie de arenas movedizas para las mujeres desde el día en que nació. Y es todo lo que voy a decir. Excepto que espero que sepas lo que estás haciendo.

– Lo sé -dijo ella sencillamente.

No tenía la menor duda. Había sido un día durante el cual las dudas se habían alejado kilómetros de ella y nada podía hacer mella en su entusiasmo. El trabajo era importante. Era importante porque deseaba desesperadamente trabajar con otras personas, comprometerse, y era algo a lo que le podía hincar el diente. En menor grado, el trabajo era importante debido a Clay. Clay siempre había tenido el impulso de proteger a los desvalidos, a los indefensos, a los imprudentes. Llevaría tiempo curar a Clay de sus tendencias protectoras. Ahora podía demostrarle que no era una mujer que necesitara protección, sino su igual. Una mujer capaz de cometer errores, pero también capaz de librar sus propias batallas, que se conocía a fondo y valoraba sus sentimientos e instintos y a sí misma. Dejó que su hermano fregara los platos y fue en coche hasta el motel a velocidad de celebración. Clay estaría ocupado, por supuesto. Sólo quería compartir su triunfo con él y besarle, pero su estado de ánimo se nubló al llegar al aparcamiento. Dos coches de la policía estaban aparcados junto a las puertas traseras del motel. Un pequeño grupo de personas se había reunido en la entrada. Las cabezas y los abrigos le impedían la visión. Caminó directamente hacia la entrada principal hasta que vio a un chiquillo con un gorro rojo escondido entre los arbustos. Se había acordado de ponerse un gorro y un chaquetón, pero no llevaba zapatos y sus pies cubiertos por los calcetines rateaban el suelo mojado. Cuando la vio, Spencer se acercó volando.

– ¡No te lo vas a creer! ¡Es estupendo, Liz! ¡Tenemos un ladrón!

– Maravilloso -murmuró Liz irónicamente. Se agachó a abrazarle. ¿Por qué tengo la impresión de que tu padre está seguro de que estás encerrado en una habitación con Cameron?

– Jugando a las cartas. Pero Cam se durmió delante de la tele y luego vi las luces por la ventana y…

– Cuéntamelo después de que entremos y te pongas calcetines secos, chaval..

– No puedo irme ahora. Le acaban de coger. Y mi papá le ha pegado. ¡Deberías haberle visto, Liz!

Spencer bailó sobre los pies imitando el juego de piernas de un boxeador hasta llegar a su habitación por el largo pasillo.

– Esa señora estaba chillando. Verás, era su collar. Y supongo que el tipo con el que se había registrado era su hermano, pero su hermano tenía ese gran problema. Como cuando en la tele dicen «el programa siguiente no es recomendable para niños». ¡Demonios! Ya sabes lo que significa.

– ¿Y los calcetines?

Los mojados estaban junto a la puerta, pero Spencer estaba demasiado nervioso para preocuparse de los sustitutos secos.

– En mi habitación, naturalmente. En fin, todos sabemos lo que son las drogas. Ya sabes lo que voy a decir cuando alguien me pregunte que si quiero probar las drogas, ¿verdad?

– No, cariño. ¿Qué?

Ella encontró un calcetín largo y blanco y otro gris. Por lo menos estaban secos.

– Ni hablar, tío. Lárgate, tío. Las drogas no son divertidas, estúpido… Eso es lo que voy a decir. Y si siguen molestándome, voy a pegarles como mi papá a ese tipo. ¡Bam! Verás, esa señora estaba intentando recuperar su collar y el hermano se enfadó con ella. Mi papá dice que nadie debe pegar a una señora. Jamás, sin excepciones, sin excusas. Aunque sea Sarah Breeling y te robe tu mejor goma. ¡Y entonces llegó la policía! ¡Dos coches!

– Los he visto.

Una vez puestos los calcetines secos y los zapatos, Spencer tuvo que repetirle toda la historia a Cameron, que había despertado de su siesta a tiempo de asustarse al no ver al niño a su cuidado. Cam salió inmediatamente a ver por sí mismo lo ocurrido y lo que podía hacer cuando estuvo seguro de que Spencer estaba a salvo con Liz. Spencer estaba a salvo, pero después de una hora su estado de ánimo cambió y pasó de la exaltación al cansancio.

– Sabes lo que va a pasar cuando vuelva papá, ¿verdad?

– Va a preguntar qué haces levantado después de las nueve de la noche.

– No es eso. Nos va a soltar el sermón.

Compartían un sofá de cuatro cojines y después de las nueve Liz había descubierto que Spencer no se oponía a acurrucarse contra una chica.

– ¿El sermón?

– El sermón. Que tenemos que mudamos porque éste no es buen sitio para mí. Y tú no vas a hablarle de la siestecita de Cam, ¿verdad? Papá se pondrá furioso. No dejo de decirle que ya no soy un niño.

– Lo sé.

– Pero él se preocupa por cosas. Como el bar. ¿Por qué tanto jaleo? Él no quiere que me acerque por allí porque mi abuelita tenía un problema. No me acerco. ¿Para qué iba a acercarme? Pero si no tuviéramos el bar, no tendríamos a George. George necesita un hijo y, aunque soy hijo de papá, a veces me presto yo mismo a George. ¡Demonios! ¿Qué otra cosa puedo hacer? Está muy solo. ¿Te has decidido?

El monólogo de Spencer se veía interrumpido por constantes y ruidosos bostezos.

– ¿Sobre qué, colega?

Liz le acarició el pelo. Le quería aunque le estuviera clavando el codo en las costillas.

– Sobre nosotros. Si no vas a casarte conmigo, ¿vas a casarte con mi papá? Dijiste que me darías una respuesta la siguiente vez que nos viéramos.

– ¿De verdad?

– Sí.

– Bueno… -tenía los párpados prácticamente cerrados-.¿Te parece bien por hoy si te digo que os quiero a los dos?

– Eso no vale. Eso ya lo sabía. Y no voy a dormirme.

– ¿No?

El crío fue un peso muerto en sus brazos durante la media hora siguiente, pero Liz sentía demasiada ternura para moverse. Levantó la vista únicamente al oír abrirse la puerta. La tensión nublaba los ojos de Clay. Nadie necesitaba una crisis en su negocio después de un largo día y una noche sin dormir.

– ¿Se ha acabado la conmoción? -susurró ella comprensivamente.

Él miró el techo para expresar exasperación con la vida en general. Luego cruzó la habitación para recoger a su hijo. Por un momento su mirada se cruzó con la de Liz y los dos recordaron la noche anterior. Rápidamente, una máscara cubrió la expresión de Clay, Liz recordó que él estaba cansado. Cuando él se dirigió al cuarto de Spencer para meter al pequeño en la cama, ella se levantó. De repente se sentía inquieta. Se desperezó para relajar los músculos rígidos y pensó en el trabajo y en su impaciencia por contárselo a Clay. Pensó en todo lo que habían compartido la noche anterior, y en las noches futuras. Y decidió irónicamente que no era el momento adecuado. Clay volvió del cuarto de Spencer y se dejó caer en el sofá coma un hombre demasiado cansado hasta para respirar.

– Supongo que ya conoces la historia.

– Sí.

– ¡Demonios! -él estiró las piernas y recostó la cabeza-. Lo crean o no los habitantes de este pueblo, yo pensaba que tenía un local decente. Un local donde pueden venir las familias a comer y a alojarse. Incluso el bar… No nos gustan los vagabundos, los ligones ni los buscapleitos. Pero, cuando pasa algo como esto, comprendo que no es el mejor sitio para criar un niño.

– Spencer dijo que tendrías esa reacción.

– Ese chico es demasiado listo.

– Yo creo que tiene la cabeza en su sitio y lo que ha pasado esta noche podía pasar en cualquier parte -dijo Liz en tono conciliador-. Vamos, Clay Se pueden encontrar asaltantes en los mejores vecindarios y en los peores, en un barrio selecto de Milwaukee y en una granja apartada.

Se colocó detrás de él y le acarició la cabeza como habría hecho con un niño. Sus dedos masajearon los tensos músculos de la nuca.

– Sé que quieres proteger a Spencer, pero no hay modo de proteger totalmente a un niño de la vida a menos que planees criarle en una isla desierta. Lo importante es que aprenda a reaccionar, pensar y valorar lo que aprenda.

– ¿Sí? Bueno, pues no creo estar haciendo un trabajo excelente. No, Liz.

Se inclinó hacia delante. Liz se encontró de pronto con los dedos en el aire y una punzada de dolor latió en ella. Sabía que estaba cansado, pero le dolió.

– Haré una jarra de café -dijo rápidamente.

– No.

– ¿Te parece mejor una cerveza?

– Lo que quiero es un poco de tranquilidad. Ha sido un día infernal. El café no va a servir de nada ni tampoco tus sermones.

Él levantó la vista y maldijo en voz baja al ver la expresión de los ojos de Liz.

– No quería decir eso. Espera un momento.

Ella estaba recogiendo su abrigo con los ojos bajos y el corazón destrozado.

– Tengo que irme. Sólo pensaba quedarme hasta que volvieras junto a Spencer.

– No, no es cierto.

– Estoy tan cansada como tú -añadió ella rápidamente-. Me pongo de malhumor cuando duermo poco. Tengo muy poco tacto.

Él no se movió hasta que ella estuvo a mitad de camino de la puerta y entonces se limitó a bloquear la salida. Le acarició la mejilla e intentó alzarle la barbilla con una mano áspera.

– Mírame, preciosa. Tú tendrás poco tacto el día en que el infierno se convierta en un iceberg.

Ella tenía la vista nublada por las lágrimas. Era una tontería. ¿Cuántas horas llevaba él de pie? Pero después de la noche anterior se había sentido muy segura de que sería bien recibida. Se había sentido muy segura de que él la desearía allí cuando estuviera cansado y disgustado. Él la miraba muy serio.

– Me ha gustado el sermón y me ha gustado que estuvieras aquí cuando he entrado. Y me gusta que Spencer crea que el sol sale y se pone por ti, y tú eres la única mujer que he necesitado en toda mi vida, encanto.

– ¡Oh, Clay!

Él meneó la cabeza.

– Pero si crees que vaya volver a aprovecharme de ti… No. No, Liz.

– Aprovecharte…

– No me mires así. Eso fue lo que pasó anoche y los dos lo sabemos. Tú estabas… del talante adecuado. Quizás yo lo he estado siempre que tú estabas cerca y quizás siempre va a ser así. Del talante adecuado para hacer el amor, para averiguar exactamente cómo podía ser entre nosotros.

A ella le costó terriblemente encontrar las palabras adecuadas.

– Y lo averiguaste.

– Lo averigüé. Eres inocente y vulnerable. Eres más suave que las rosas amarillas. Y eres muy, muy generosa. Pero no eres para mí. Porque también averigüé al despertarme que me sentía como si te hubiera utilizado, como si me hubiera aprovechado de alguien precioso para mí, alguien que confiaba en mí. Todo lo que ha pasado hoy… He pensado en mi vida… -meneó la cabeza-. Vete a casa, Liz.

– Clay…

¿Por qué el día se había transformado en una pesadilla vacía?

– Cuando salga de aquí, iré a buscar a Cameron para que venga a cuidar de Spencer y luego iré al bar. Ya conoces a Char, la cantante. Es la clase de mujer que me va. Somos el uno para el otro. Está interesada en mí y… Bueno…

Ella no necesitaba oír más.

Capítulo Diez

Liz envolvió otro vaso en papel de periódico y luego lo dejó caer en la caja de cartón sin preocuparle su futuro. Además, nunca le habían gustado aquellos vasos. Cerca de la alacena había un teléfono blanco. Llevaba diez días en Milwaukee. Tiempo suficiente para arreglar sus asuntos económicos, para empezar a buscar un inquilino que subarrendara su apartamento y para ver a los viejos amigos y empezar a preparar todas sus cosas para un traslado definitivo. Tiempo suficiente para que sonara el maldito teléfono. No había sonado. No era que ella esperara que Clay llamara. Sin duda estaba ocupado con el motel y el restaurante, con Spencer, con la reconstrucción de la barrera que ella había cometido el error de mellar. ¡Hombres!

Metió el montón de platos en otra caja. Había vendido el sofá amarillo y los sillones prácticamente antes de poner el anuncio en el periódico. Los cuadros y los libros estaban empaquetados y listos para su traslado a Ravensport. Iba a tardar unos días más en completar los detalles de la mudanza y no necesitaba más que una cama y unos pocos platos mientras tanto. Cruzó el casi vacío cuarto de estar hasta el dormitorio. La nieve goteaba de los alféizares huyendo del frío viento de noviembre. Cuando se mudó a aquel apartamento después del divorcio, era poco más que un animal herido. Sólo deseaba lamer sus heridas y ocultarse de la vida. Era lo que había hecho exactamente durante un año. La culpa era una compañera que se autoalimentaba. Había tenido que volver a Ravensport para perdonarse a sí misma, para librarse de la confusión y dejar de castigarse. A cambio, había aprendido a utilizar los errores que había cometido para madurar y cambiar. Había tenido que volver a casa para conocer la sinceridad… y para enamorarse de un hombre al que no le gustaba aquella palabra. Por ejemplo, Liz había visto a la cantante de Clay más de una vez. La dama era una belleza voluptuosa con una sensual sonrisa. Evidentemente estaba encaprichada de Clay, pero tenía una mentalidad limitada. Clay nunca había tolerado bien el aburrimiento. Así que había herido a Liz para echarla de su vida. Muy bien. Ya estaba fuera. Salió del dormitorio, miró furiosamente el teléfono y reanudó la tarea de empaquetar sus cosas. Latas esta vez. Sopas. Tres latas de tomate, tres de champiñón. ¿Cómo había acabado con ocho latas de cebollas francesas? Aquella estupidez de que se había aprovechado de ella. Él era un hombre que nunca se había perdonado por los grandes errores cometidos. No conocía la sinceridad emocional y no creía en sí mismo. Liz acabó de llenar la caja, se desperezó y caminó hasta el teléfono. Ocho teclas pulsadas y luego sonó. Una vez, dos. Tres veces, cuatro. Ella creía en la sinceridad, realmente creía en ella. Pero una mentirijilla no haría daño. Para ser totalmente sincera, las mentiras son necesarias a veces. Bueno, las mentiras no eran necesarias, pero el amor sí y eso era lo que quería decir la sinceridad: admitir qué cosas eran las importantes, aceptar los riesgos, luchar si era necesario. Una vez más. Sólo una vez más. «Una intentona más, Clay Stewart, porque estoy muy sola y tu comportamiento pasado me hace creer que me amas». Cinco timbrazos y luego seis… Sus pulmones soltaron el aire cuando cogieron el teléfono.

– ¿Andy? Soy Liz. Oye, hermano, tengo que pedirte que me hagas un favor…

Va a casarse.

Y todos los que estaban en la interestatal 43 parecían creer que aquello eran unas vacaciones. Clay pasó a otro grupo de domingueros y pisó a fondo el acelerador. Cuando llegó a las afueras de Milwaukee, su mal humor estaba al máximo y sus nervios de punta. No conocía la ciudad, lo que no le ayudaba. Cuando estaba en un semáforo dispuso de unos momentos para repasar su aspecto en el espejo retrovisor. El traje que usaba únicamente en los funerales y en las bodas no estaba mal. De hecho, el azul oscuro le hacía parecer un hombre seguro, dueño de sí mismo y convincente. La camisa de rayitas, sin embargo, parecía haber sido planchada en la autopista. Debía haberse aflojado la corbata sin darse cuenta. Su pelo parecía revuelto con las manos. El peine que siempre llevaba en el bolsillo trasero había desaparecido. Se lo arregló como pudo hasta que entró en Merriweather. La calle de Liz.

Merriweather, 3421. Lo encontró, pero no había sitio donde aparcar a menos de una manzana del edificio de ladrillo de dos plantas. El corto paseo le proporcionó la oportunidad de borrar el ceño de su cara y adoptar una expresión tranquila e indiferente. La misma expresión que había asumido cuando Andy había pasado a verle por la mañana para contarle la novedad, la misma cara que había puesto cuando Spencer le había preguntado muy asombrado: «Papá, ¿por qué te estás poniendo un traje?»

Spencer podía hacer las preguntas más irritantes. Clay no sabía por qué se había puesto el traje.

«Tranquilízate. Tenías que venir a Milwaukee y te acabas de enterar de que va a casarse». Clay empujó la puerta y entró en el vestíbulo bien iluminado con moqueta rojo oscura. Cuatro apartamentos; uno era el de ella. El 3421 estaba al final del segundo piso, hasta donde sus pies le llevaron en obstinado silencio. Hacía un frío tremendo. Pero su cuerpo ardía. Podría haber corrido una maratón impulsado por la feroz energía que tenía en su interior. Su garganta estaba seca, le pesaba la cabeza y las puntas de sus dedos estaban azules y temblorosas por el frío.

Se pasó aquellos dedos por el pelo y luego llamó. «¡Maldita sea! Llama; no aporrees la puerta. Estamos perfectamente tranquilos». Como no hubo una respuesta inmediata, sintió deseos de derribar la puerta. Pero entonces abrieron.

– ¡Clay!

En otro momento Clay habría pensado que ella parecía demasiado sorprendida de verle. En ese momento estaba demasiado ocupado mirándola. Iba descalza. Unos vaqueros viejos ceñían sus esbeltas caderas y un amplio suéter amarillo ocultaba su figura. Estaba despeinada y sin maquillar. Sus ojos brillaban y en sus labios había una sonrisa de bienvenida. Parecía descansada, tranquila, feliz.

Sintió deseos de estrangulada.

– Espero que no te moleste una visita sorpresa. Tenía que venir a Milwaukee y pensé pasarme por aquí.

– ¡Maravilloso! Entra. Aunque debo confesar que esto está hecho un desastre. Estoy empaquetándolo todo, Clay. Pasa por aquí. Estaba haciendo café.

– Estupendo.

Si ella le preguntaba para qué había ido a Milwaukee, no sabría qué decirle. Por el momento no quería decirle nada.

Quería hundir las manos en su pelo rubio y borrar aquella sonrisa con su boca.

– Mudarse es tremendo. Sólo he estado aquí un año y no puedo creer la cantidad de bobadas que he acumulado.

Él la siguió hasta la estrecha cocina, donde ella se puso de puntillas para coger dos tazas. El movimiento puso en tensión sus muslos y su trasero. La mandíbula de Clay se negó a funcionar hasta que ella se volvió con una sonrisa y una taza humeante.

– Me han dicho que te vas a casar -dijo él alegremente, pero podría haberse liado a patadas con un armario.

– Sí. ¿Te lo ha dicho Andy?

– Lo mencionó, sí.

Él tomó un sorbo de café y dejó la taza en la barra.

Liz soltó una carcajada..

– Clay, me temo que no voy a acabar nunca si no sigo con esto.

– Muy bien, muy bien. Sigue haciendo lo que estés haciendo. ¿Cómo es él?

– ¿Quién?

– El hombre con el que te vas a casar.

– ¡Oh!

Ella sacó un cajón, ese que existe en todas las cocinas para guardar un poco de todo. Se movió entre las cajas hasta encontrar la que estaba buscando y entonces empezó a echar dentro abrelatas, martillos, destornilladores, lápices, llaves y un saca corchos.

– Es un hombre maravilloso, Clay. Te gustará mucho.

– Sólo llevas aquí once días.

«Doce horas y treinta y siete minutos», añadió Clay mentalmente.

– Pero hace mucho tiempo que le conocía -dijo ella.

– ¿Cuánto?

– Años.

– Eso está bien. Eso está muy bien -dijo Clay en tono razonable-. ¿Y a qué demonios se dedica?

– ¿Te refieres a su trabajo? Trabaja con la gente. Es maravilloso tratando a la gente; es muy sensible y cariñoso. La clase de hombre que se hace querer y respetar.

Ella desapareció. Él la siguió rodeando las cajas y bultos del cuarto de estar. Su dormitorio era pequeño. La única cosa que contenía todavía era una cama de bronce. Él miró fijamente las sábanas revueltas.

– ¿Cómo está Char? -preguntó ella despreocupadamente.

– ¿Char qué?

Ella se había inclinado otra vez para sacar cosas de los cajones. Cositas amarillas y rosas, y él miraba su trasero, su espalda, el pelo que rozaba las mejillas.

– ¿No crees…?

Clay notó su tono agresivo y carraspeó. Luego lo intentó otra vez.

– ¿No crees que has decidido casarte un poco deprisa?

– No creo, Clay. Como te he dicho, hace mucho que le conozco. Creo que siempre lo he sabido.

Ella se balanceó sobre los talones y en sus ojos apareció una expresión soñadora.

– Siempre he sabido que era el hombre adecuado para envejecer juntos, para tener hijos. Es tan bueno, Clay… El mejor de los hombres. El tipo de hombre al que puedes confiarle tu vida.

– Magnífico.

– Y me necesita -ella le miró con una sonrisa extraña-. Es la clase de hombre con el que se puede contar cuando las cosas van mal, pero hay algo más importante que eso… Supongo que una mujer como yo necesita sentirse necesitada también.

– Me alegro de que te sientas necesitada.

– Sabía que te alegrarías.

– No podría alegrarme más por ti.

– ¿Sabes una cosa? -preguntó ella con suavidad-. Sabía que reaccionarías así. No dejabas de decirme que algún día encontraría al hombre adecuado y él es maravilloso, Clay

Algo estalló en Clay: su cabeza, su corazón, sus huesos, todo. No tuvo tiempo para pensar que podía hacerle daño a Liz. De pronto sus manos estaban en los brazos de ella para atraerla hacia sí. Una mano se posó en la nuca de ella y la otra la rodeó mientras su boca se cerraba sobre la de Liz.

Aquel contacto físico causó una explosión. Los labios de ella se amoldaban a los suyos como si le pertenecieran. Absorbió su aroma, su sabor, su suavidad. La cabeza le daba vueltas. Sabía que la abrazaba con tanta fuerza que debía estar haciéndole daño, pero no podía soltarla. El dolor que sentía en su interior era mayor que el cielo, aterrador en su desesperada e implacable intensidad. Como si un rayo de sol se introdujera en un mundo totalmente negro, sintió los dedos de ella en su pelo, sus pequeños pechos contra su tórax, el calor y el deseo fluyendo en ella. Liz estaba respondiendo. Hizo un esfuerzo para alzar la cabeza. Su voz no fue más que un áspero susurro.

– ¿Crees que ese hombre tuyo te hace sentir este fuego?

– Siempre…

Ella estaba sin aliento.

– Siempre que me toca.

– No.

– Siempre -repitió ella-. Y tú deberías saberlo, Clay

– ¿Qué?

– He dicho que deberías saberlo. El cielo sabe que nunca he sido capaz de estar más de dos minutos sin tocarte, desde la primera vez que te vi.

Él parecía confuso, tenso, desesperado. Tenía el pelo revuelto. Su corbata parecía la de un adolescente de catorce años que se la hubiera puesto por primera vez. Fue a colocársela, pero luego deshizo el nudo y se la quitó.

– Encanto…

– ¡No me llames encanto!

Si no le quisiera tanto, habría sentido la tentación de utilizar la corbata para estrangularle. Había ido a verla, y era todo lo que necesitaba saber sobre lo que Clay Stewart sentía por Elizabeth Brady. Su corazón estaba estallando de dicha, pero le temblaban las manos. No porque tuviera miedo o se sintiera insegura, sino porque estaba furiosa.

– Durante mucho tiempo has estado dominado por esa estúpida ilusión de que yo no conozco mi propia mente, Clay. Que necesito que alguien me proteja para no cometer locuras. Que soy incapaz de actuar con sensatez -le golpeó en el pecho con un dedo-. Déjame decirte algo, tío. Tengo un criterio excelente, especialmente con los hombres. Sí, en una ocasión metí la pata. No soy perfecta, pero conozco a un hombre bueno cuando lo veo. Tú no -volvió a aguijonearle con el dedo-. No me gustan los perdedores, Clay. La vida es condenadamente corta y no tengo tiempo que perder. Ya no. Sólo voy a aceptar a un hombre, al mejor, y ya es hora de que lo creas… ¡No discutas conmigo!

– Liz…

¡Cielo santo! ¿Quién habría dicho que aquel ángel de ojos castaños podría convertirse en una arpía? Estaba totalmente descontrolada. Las lágrimas brotaban de sus ojos. Agitaba las manos violentamente. Estaba chillando.

– ¡Y otra cosa…!

Clay no tenía tiempo para «otra cosa». Había estado a punto de perder a la única mujer que había creído en él. Comprendió que había ido allí a arrebatársela al hombre con el que ella pensaba casarse y no era un comportamiento honorable… no si ella había encontrado al hombre adecuado, a un buen hombre. Daba igual. El honor y Clay Stewart nunca habían sido hermanos de sangre. Entonces su mente registró por fin que no existía ningún otro hombre. Su boca tocó la de ella y sus dedos se deslizaron hasta el cierre de los tejanos. El corazón de Liz latía muy deprisa, pero el suyo también. Ella había estado a punto de provocarle un infarto y tenía la terrible impresión de que no iba a poder ser capaz de comportarse con calma, paciencia y ternura. Algunas cosas no podían esperar. Tenía que estar seguro de que ella comprendía que él la amaba desesperadamente. Que la necesitaba desesperadamente.

No podía renunciar a ella. Correcto o equivocado, bueno o malo, en épocas buenas o malas, no podía renunciar a ella. Lo había intentado. Le bajó los pantalones y le sacó el suéter. Ella luchaba con sus botones, le quitó la chaqueta, desabrochó más botones, tiró del cinturón. Sentía la brusca presión de la boca de Clay, sus manos temblorosas, todo su cuerpo temblando. El hombre duro y protector se estaba desmoronando. El experto amante había olvidado su destreza. Ella no deseaba su destreza. Le deseaba encima de ella, deseaba besar cada centímetro de su piel hasta que Clay no pudiera pensar, ni respirar, hasta que no tuviera dudas sobre ella, sobre él, sobre ninguna cosa. Deseaba al vulnerable Clay dentro de ella.

– Déjame a mí -susurró.

Las manos de Clay estaban por todas partes. Sus labios descendieron por su cuerpo y encontraron un sujetador de encaje que había olvidado quitar. Se deshizo de él y sus labios buscaron los blancos y vulnerables pechos, tensos de deseo. No lo bastante tensos.

La amaba. Su boca recorrió el liso y suave vientre y sintió crisparse los dedos de ella. Amaba el cabello color miel y amaba sus clavículas. Amaba sus uñas y sus sonrisas. La amaba vestida de tonos pastel y de rojo; la amaba con la boca llena de ostras. Tenía que estar seguro de que ella lo sabía y comprendía que no importaban los errores que él había cometido, que lo que sentía por Liz era bueno, correcto, lo mejor de todo lo que él era.

– Ven a mí, Clay

Ella le incitaba con susurros, besos, dedos, caricias. Le guió hasta su interior.

– Te adoro, encanto.

– No me adores -susurró ella-. Ámame, y no dejes de amarme.

Los labios de Clay prometieron no dejar de amarla, susurraron su amor, su deseo y su terrible temor a perderla. Ella intentó hablar, pero no pudo. La melodía pagana y susurrante era como elevarse en el espacio, como elevarse en la oscuridad… pero no sola. Una estrella ardiente, húmeda y luminosa los acogió y los impulsó hacia el éxtasis.

El corazón de Liz nunca iba a ser el mismo. Con los párpados cerrados y los brazos alrededor del cálido cuerpo de Clay, no dejaba de pensar que su corazón tendría que calmarse alguna vez. Clay intentó moverse y sus manos se tensaron.

– No te atrevas a moverte -susurró.

– Peso demasiado.

– No, no.

– Encanto…

Él alzó la cabeza para mirarla.

– Vas a tener que casarte conmigo.

Ella abrió los ojos y ladeó la cabeza.

– No, eso no -susurro -Es un destino peor que la muerte. No…

Él sonrió; la primera sonrisa sentida en once días, trece horas y cuarenta y siete minutos. Se inclinó y la besó. Ella respondió con un entusiasmo violento y peligroso, pero él quería algo más.

– Di que sí -le ordenó.

– ¿Vas a luchar contra tu necesidad de sobreprotegerme? -preguntó ella severamente.

– Sí.

– ¿Te ha entrado por fin en la cabeza que soy una mujer inteligente, capaz y hermosa que sabe lo que está haciendo con su vida?

– Preciosa, hace tiempo que lo sé. Sabía incluso lo humilde que eres.

– ¿Has comprendido por fin que eres el hombre más inteligente, amante, cariñoso y comprensivo que ha existido? ¡Maldita sea, Clay! Tienes que entenderlo. Todo el mundo se equivoca. Tus errores te han servido para cambiar, para madurar.

– Gracias a ti. Gracias a que hace mucho tiempo una chica con cola de caballo creyó que yo era mejor de lo que era, y tuve que esforzarme en serlo.

– No, gracias a ti, gracias a que eres el mejor.

– Encanto, di que sí antes de que me vuelva loco.

– Sólo vamos a tener chicos. Si tenemos chicas, supongo que querrás meterlas en un convento antes de que acaben de usar pañales. O entre Spencer y tú las malcriaréis tanto que no habrá quien viva con ellas. Chicos solamente, Clay.

– Encanto, si no dices que sí antes de tres segundos y medio…

Él frunció el ceño mientras pensaba en una amenaza adecuada. Que Liz le estuviera mirando con interés y expectación no le era de ayuda.

Ella le acarició la mejilla y la línea de la mandíbula con el dedo. Pensó que Clay era un hombre que necesitaba un guardián. Los hombres fuertes eran los más vulnerables. Tendría que vigilarle cuidadosamente durante los siguientes mil años. Tendría que esforzarse para hacerle creer en sí mismo y sabía condenadamente bien que iba a costarle desprenderse de su tendencia a proteger en exceso a aquellos a los que quería. Se pelearían. Mucho. Las personas no maduran ni cambian a menos que luchen y fracasen.

– Elizabeth.

Ella estaba deslizando una pierna por el cuerpo de él. Sonrió al sentir la reacción del cuerpo masculino. Con los codos a ambos lados de la cara de Clay, ella le ofreció un beso digno de un rey. Él tuvo la impresión de que las cosas habían sido más fáciles cuando ella era una niña que le consideraba un héroe. Aquella sonrisa era totalmente femenina. Ella le conocía muy bien. Sabía exactamente quién era él, la clase de hombre que era, y aquella mujer totalmente chiflada seguía amándole a pesar de todo. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de abrazada?

– Te amo, Clay.

Él movió la cabeza con desesperación. Ella inclinó la cabeza y le dio un mordisquito en el hombro.

– Cariño, ¿podrías decir que sí antes de que me olvide de la pregunta totalmente? -preguntó desesperadamente.

– No hay preguntas entre nosotros, amor.

– Pero…

– Sí, sí, sí, sí, sí.

Jennifer Greene

***