/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Un regalo sorpresa

Jennifer Greene

¿Quién necesita el muérdago cuando están alrededor los pequeños ayudantes de Papá Noel? Un día de Navidad, la hermana de Laura apareció en la puerta de su casa con un bebé en brazos para que ella lo cuidara durante un tiempo. Y aquel niño hizo que, de pronto, la relación entre Laura y su novio empezara a cambiar drásticamente.

Jennifer Greene

Un regalo sorpresa

Un regalo sorpresa (1996)

Antología Cuentos de Navidad 1996

Título Original: Twelfth night (1995)

Capítulo Uno

Laura Stanley estaba secándose las manos en un trapo de la cocina cuando oyó un golpe en la puerta. Eran más de las once.

Fue a la puerta y abrió. Cuando vio al hombre que había de pie, se llevó la mano al corazón.

– ¡Santa Claus! ¿Qué haces en la calle? Es Nochebuena, por el amor de Dios. ¡Se supone que tienes que estar entregando regalos!

– Lo estoy haciendo. Ésta es mi parada más crítica.

Laura inclinó la cabeza y miró suspicaz al recién llegado.

– No sé si debería dejarte entrar. ¿Tienes alguna credencial? A mí me parece que tienes pinta de ladronzuelo, y no veo ningún reno ahí fuera.

Laura miró detrás de él. El coche deportivo negro aparcado frente a su casa no tenía nada que ver con un reno y un trineo, aunque el intruso llevaba un auténtico sombrero rojo de Santa Claus y un voluminoso saco echado al hombro. Pero la cazadora de cuero tampoco tenía que ver con el atuendo de Santa Claus, e incluso en las sombras del porche, Laura podía ver que el tipo era fuerte y elegante. No había barriga, mejillas regordetas ni barba blanca. El pelo le llegaba al cuello y era negro. En lugar de inocentes ojos azules, los suyos eran oscuros e impenetrables.

– Traigo regalos, pero tienes que dejarme entrar para sacarlos.

– ¿Crees que puedes sobornarme con regalos?

– No, claro que no. Pero si quieres credenciales tengo que sacar los regalos para mostrártelas. Y no quiero sacar los regalos aquí, en la nieve. O sea que si me dejas entrar sólo durante un par de segundos…

Laura odiaba ceder a una estafa tan clara. Pero se había levantado un viento helado y caían copos de nieve. Su conciencia no sobreviviría si ese hombre se quedaba helado en su porche. Así que se cruzó de brazos y lo dejó entrar.

El se quitó los zapatos de cuero en la puerta, pasó y dejó la bolsa en una silla, actuando como si conociera la casa.

Ella cerró la puerta sin dejar de mirarlo. Él se quitó en seguida el sombrero de Santa Claus y la cazadora de cuero. Dejó todo eso también en la silla, respiró profundamente y miró alrededor.

La única iluminación en el diminuto salón era la de las velas y las luces del árbol de Navidad.

El árbol estaba alegremente decorado y debajo había regalos. Las velas llenaban toda la repisa de la chimenea. El brillo de la decoración navideña lo llenaba todo, y los tonos rojos y verdes contrastaban con la original decoración azul.

La habitación abarrotada no pareció molestarlo. Nunca había visto antes esa casa adornada para Navidad, pero movió la cabeza como si el lío y la confusión fueran exactamente lo que había esperado. Se acercó al árbol y enderezó el ángel en la punta.

Luego se acercó a ella y sus ojos se encontraron.

– Ven aquí.

– ¿Yo?

– ¿Hay alguna otra morena de pelo rizado con ojos castaños en la casa que se llame Laura Stanley?

– No, sólo yo.

– Pues ven aquí y te daré una de esas credenciales que me habías pedido.

Ella lo hizo, con cuidado. Él no pegaba en esa casa… ni en su vida. Posiblemente Laura tuviera harina en la punta de la nariz, ya que había estado preparando la comida de navidad del día siguiente. Y su sudadera roja, vaqueros viejos y calcetines de Mickey Mouse, eran de las rebajas.

Y él estaba impecable. La camisa blanca era de lino y el reloj que llevaba en la muñeca tenía pinta de costar un riñón. Pero no era sólo el dinero lo que le daba ese aspecto intimidante. Incluso de pie, quieto, su cuerpo emanaba poder y tensión, y una fuerte energía viril. El rostro tenía pómulos salientes y mandíbula fuerte. El pelo oscuro y despeinado contrastaba con su piel blanca, y los ojos negros parecían penetrarlo todo. No tenía ni un rasgo suave, y no era guapo, aunque Laura lo encontraba muy atractivo.

A los treinta y un años, Laura era demasiado madura para dejarse llevar por un montón de química masculina. Tendría que esta loca para arriesgarse emocionalmente con un tipo así.

Pero él le acarició la barbilla con los nudillos, haciéndola levantar la cabeza, y entonces la besó.

El primer beso fue frío. Sus labios estaban tan helados como el paisaje nevado fuera. Pero eran sorprendentemente suaves comparados con las líneas duras de su rostro.

Y los labios se calentaron deprisa. Igual que él.

Cuando Laura le subió las manos por los hombros, pudo sentir que la tensión poco a poco desaparecía de sus músculos. Will Montana rara vez perdía, siempre estaba relajado, siempre parecía dispuesto a luchar contra una banda de matones. No había matones en su casa, ni guerras que luchar, pero él siempre tardaba un tiempo en darse cuenta.

Sus ojos negros empezaron a arder, y la besó con más profundidad, como si ella fuera lo único bueno que había tenido ese día.

Seis meses antes, cuando Will se paró para ayudarla a cambiar una rueda pinchada, ella se sintió encantada por su caballerosidad, pero nunca esperó volver a verlo. Durante mucho tiempo no pudo comprender por qué Will quería verla cuando no tenían nada en común, ni en el aspecto económico ni en el temperamento. Pero ésa no era la primera vez que él la besaba como si ella fuera lo único que hubiera entre él y la locura de la vida. Will era estupendo en su trabajo, un triunfador, pero era horrible relajándose y olvidándose de ello.

Nunca bajaba la guardia… hasta que la tocaba. Siempre era un extraño poderoso que le daba miedo… hasta que ella lo tenía entre sus brazos.

Laura metió los dedos en el pelo de su nuca. El beso se volvió más húmedo y oscuro. Ella movió el cuerpo, acurrucándose contra él, y un torbellino de sensaciones la sacudió.

A veces no se sentía muy segura de él, y se daba cuenta de que Will nunca mencionaba el matrimonio, el futuro o los hijos, todo lo que a ella le importaba. Pero enamorarse de él había sido muy fácil y las razones, elementales. Él la hacía sentirse toda una mujer. La hacía sentirse más necesitaba que el aire. Ella nunca había deseado así a otro hombre.

Laura se apartó porque tenía que respirar.

– Bueno, parece que eres tú y no Santa Claus.

– ¿Has tenido que besarme para darte cuenta? ¿Besas a todos los hombres que aparecen en tu puerta para comprobar su identidad?

– A todos no. Sólo a los que entran llevando sombreros de Santa Claus. Ha sido un disfraz muy efectivo. Durante un momento me habías engañado completamente.

Will sonrió y sus ojos se iluminaron. Le sujetó la mano que tenía apoyada en su pecho.

– Tienes problemas, Laura Stanley.

– Eso no es nuevo. Lo supe en cuanto te dejé entrar.

– Si no apartas las manos de mi cuerpo, no podrás abrir los regalos durante un largo rato -dijo mirándola con intensidad.

– No necesito otros regalos. Estoy muy contenta con el que tengo ahora mismo frente a mí.

– Ése será el último. Estoy deseando que los abras.

– Hasta mañana no es Navidad -protestó Laura.

Pero Will insistió, tirando de ella.

Una vez Laura estuvo instalada en la alfombra junto al árbol, Will sacó el montón de regalos de su saco. A Laura se le puso un nudo en la garganta. Debió imaginar que Will querría con ella una navidad privada. Ella le había convencido para que fuera a comer al día siguiente.

Sólo iría su padre, ya que su única hermana se había mudado al otro lado del país. Pero Will había crecido solo, un huérfano, y se sentía incómodo con las fiestas y tradiciones familiares.

Laura entendía que él quisiera compartir con ella una Navidad privada, pero esa generosidad era demasiado. El primer paquete era un camisón blanco de seda. El siguiente, un montón de películas clásicas para el vídeo. Había calcetines de Mickey Mouse para un año, una caja de bombones, una enorme toalla de baño roja, un jersey de lana.

Con cada paquete se sentía más incómoda. Ella siempre había sido más feliz dando que recibiendo. Pero él se estaba divirtiendo y ella no quería estropearle el momento. Así que todo fue más o menos bien hasta que abrió el último regalo. Era una caja pequeña de terciopelo negro, y dentro había un colgante de zafiro en forma de corazón, precioso.

– Will… no puedes hacer esto.

– Puedes cambiar lo que no te guste.

– No tiene nada que ver con el gusto. Es porque me has dado demasiados regalos y has gastado mucho dinero. Y no puedo aceptar algo así.

Tenía miedo de tocar la joya. La cadena de oro era muy delicada y los zafiros parecían tener vida propia.

– ¿Por qué?

– Porque yo no puedo hacerte a ti lo mismo.

Él también estaba rodeado de cajas. Laura le había comprado guantes y una bufanda que él se había puesto al cuello, ilusionado como un niño.

– Laura, de niño nunca tuve nada. Ahora tengo mucho dinero y no hay ninguna razón por la que no pueda gastarlo como más me guste. Y adoro sorprenderte. ¿Qué tiene de malo?

No era la primera vez que ella intentaba discutir el problema de su extravagancia, pero era imposible.

– Sorprenderme está bien. Las sorpresas son maravillosas, pero aceptar un colgante así es… diferente. Es demasiado caro. Y no quiero que pienses que tu dinero me importa.

El la miró divertido.

– Bueno, si ése es el único problema… Ya sé lo que opinas de mi dinero. Deberías haberme dejado que cambiara el tejado de esta casa si no fueras tan alérgica a un poco de ayuda. Y también deberías haberme dejado que cambiara tu vieja y oxidada lavadora. Casi me cortaste la cabeza cuando te arreglé los frenos del coche, ¿recuerdas? Pensé que ibas a estrangularme.

– Yo puedo arreglar los frenos de mi coche.

– Lo sé, señora Independiente. Pero estabas esperando un cheque el viernes, y esos frenos fallaron el martes. Era una cuestión de seguridad, no de dinero.

– Estás intentando distraerme. No estamos hablando sobre frenos, sino sobre colgantes.

– Puedes tirarlo si no lo quieres.

– Por encima de mi cadáver. Te estoy diciendo que no necesito que seas tan extravagante conmigo. Habría sido muy feliz con un llavero, por el amor de Dios…

– ¿Necesitas un llavero nuevo?

Eso bastó. Laura se echó sobre él con un gruñido de frustración. Will era capaz de salir a comprarle un llavero incluso a esa hora. Tenía que haber algún modo de distraerle para que pensara en otra cosa.

Y la había.

El beso fue para él como un narcótico. Cayó hacia atrás, sobre los lazos y papeles de regalo. Y la tenía sujeta de la cintura, así que ella cayó encima.

Sus lenguas se encontraron. Will estaba hambriento y sus manos tocaban su cuerpo sin parar. Ella sintió que su cuerpo se puso duro y caliente de deseo.

– No voy a quedarme con el colgante.

– Ya hablaremos de eso… pero luego.

La puso bajo él. Rápidamente, se dio cuenta de que ella no llevaba sujetador bajo la sudadera. Fue un error peligroso no ponerse sujetador estando Will cerca, pero era muy divertido tentarlo.

Él necesitaba tentación. Había cientos de cosas que ella no entendía sobre el hombre misterioso de quien se había enamorado. Pero sabía que no tenía apellido. Él había elegido Montana porque fue el estado en el que nació, y no tenía ningún lazo familiar con nadie. Quizás él amara ese abandono porque fue abandonado de pequeño. Quizás se entregara tan completamente porque era el único modo de expresar sus sentimientos.

Laura consiguió quitarle el cinturón y sacarle la camisa. Quería tocarlo, pero él no la ayudaba. Will ya le había quitado la sudadera y había metido la cabeza entre sus pechos. Sus mejillas eran rugosas y eróticas, especialmente comparadas con su lengua. Will conocía su cuerpo mejor que ella misma.

Al final Laura ganó la batalla con los botones de la camisa y se la quitó. Cuando su pecho quedó desnudo, ella extendió las manos por su piel.

La luz de las velas brillaba en la cara de Will, reflejando la solitaria oscuridad en sus ojos. Las luces de colores del árbol se reflejaban en sus enormes hombros desnudos. Ese hombre solitario que necesitaba una familia había sido el que le había robado el corazón, y no el amante extravagante y alocado.

Aunque posiblemente su relación con él era sólo un sueño. Posiblemente su misterioso caballero evitaba temas como los bebés y las familias porque no tenía interés en ello y nunca lo tendría.

– ¿Qué ocurre, Laura?

– Nada.

Lo besó con fuerza, queriendo borrar todos sus miedos. Dado su pasado, era normal que él no quisiera compromisos. No sabía nada de la felicidad de una familia, y Will no era un hombre al que se pudiera forzar.

Aún así, ella nunca había estado tan enamorada.

– Laura.

– Sshh…

– Laura, hay alguien en la puerta. Están llamando.

No era posible. Laura acababa de oír el reloj de cuco en la cocina que había dado las doce. Nadie podría llamar a esa hora.

Pero entonces oyó los golpes impacientes en la puerta, y miró a Will confundida.

– No puede haber nadie ahí.

– Pues lo hay. Yo me ocuparé.

Will recogió su camisa y se puso de pie.

Laura se pasó una mano por el pelo revuelto. Se levantó y buscó su sudadera. Se la puso y trató de ordenarse el pelo mientras iba también hacia la puerta.

Cuando Will la abrió, sus anchos hombros le bloquearon la visión.

– ¿Quién es?

Entonces se puso junto a Will y lo vio.

No había visto a su hermana pequeña desde hacía un años. A Laura nunca le había gustado el hombre con el que ella se casó tres años antes, pero la pareja se había mudado a Oregón, lo que parecía el otro lado del mundo.

Deb se quedó embarazada el año anterior, y a pesar de que las conferencias eran muy caras, Laura llamaba a menudo a su hermana. Y estaba preocupada, porque últimamente Deb le parecía distinta. Ella sabía que el embarazo suponía un trastorno emocional, y Deb le había dicho una y otra vez que estaba bien y feliz, de manera que pensó que se preocupaba sin necesidad pues, según creía, su hermana no tenía ninguna razón para mentirle.

Pero no se dio cuenta hasta ese momento de lo bien que mentía Deb.

Deb no llevaba sombrero, y su vieja chaqueta de lana estaba abierta y sin botones. Habría perdido casi diez kilos desde la última vez que Laura la vio, y a su hermana nunca le había sobrado peso precisamente. Deb siempre había sido la bella de la familia, pero en ese momento tenía las mejillas hundidas y el rostro demacrado, y el pelo despeinado. Y sus ojos, sus maravillosos ojos llenos de vida, estaban llenos de miedo.

– ¡Laura!

Deb echó una mirada rápida a Will pero luego se dirigió a su hermana. Pareció desmoronarse. Se le llenaron los ojos de lágrimas y al instante empezó a llorar descontrolada.

Laura, atónita, corrió hacia su hermana con los brazos abiertos.

Algo tarde se dio cuenta de que Deb no era la única ahí fuera.

El bebé en los brazos de su hermana estaba acurrucado hecho un ovillo y llorando sin parar.

Capítulo Dos

– Necesito que te quedes un tiempo con Archie. Te juro que no será mucho tiempo, Laura. Yo tengo que encontrar un sitio donde vivir. Roger… no quiere al niño. Pero sí a mí, y hasta que pueda encontrar un sitio donde escondernos los dos y estar a salvo…

– ¿Puedes sentarte un momento? Sabes que me quedaré con el niño y te ayudaré en todo lo que pueda. Eres una burra si creías que me lo tenías que preguntar. ¿Pero por qué no me dijiste que tenías problemas?

Deb no dijo nada.

– Oh, Dios, ¿Te hizo ese cerdo esa herida en el cuello?

– Estoy bien, Laura.

– No lo estás. Y no quiero que vayas a ninguna parte. Tú y Archie os quedaréis conmigo y…

– No.

Deb había vuelto a salir al oxidado coche azul y no dejaba de llevar bolsas con pañales, comida, ropa, un cochecito, un parque, una cesta llena de juguetes… Cada vez que Deb salía, miraba la calle como si esperara que alguien la siguiera. Cada vez que volvía, estaba más pálida y nerviosa.

– No irás a ninguna parte -repitió Laura con más firmeza.

– No puedo quedarme. Me niego a meteros a ti y a papá en esto, y la casa de mi familia sería el primer lugar donde Roger me buscaría. También tengo que pensar en Archie, aunque honestamente no creo que Roger venga a por él. Ahí fue cuando todo se estropeó, cuando yo me quedé embarazada. El no quiere al niño y difícilmente podría perseguirme si fuera cargado con un bebé. Oh, Dios, espero que Archie esté a salvo aquí…

– No te preocupes por eso ahora. El niño estará perfectamente conmigo. Le echaré aceite hirviendo al que le ponga un dedo encima a mi sobrino.

Deb sonrió débilmente y luego le dio un abrazo.

– Siempre me gustó ese lado violento en ti. ¡No sabes cuánto te he echado de menos! Y siento mucho aparecer en tu puerta con este problema…

– No son problemas. Eres mi hermana y te quiero, boba. Deja que te ayude, por favor. Llamaremos a la policía y a un abogado…

– Ya he estado en la policía y en los abogados. He rellenado los papeles del divorcio y hay una orden para que no se acerque a mí. Pero para Roger sólo son papeles. No se puede detener a un hombre con el genio descontrolado con unos papeles. Lo sé.

– Deb…

– Cuida bien a Archie por mí, porque no podría soportar que me echara de menos. Prometo que volveré a por él lo antes posible.

– Deb…

Pero Deb se marchó, rápida como un rayo. Cuando se cerró la puerta, el vestíbulo se quedó muy silencioso, y Laura se encontró mirando los montones de bolsas y parafernalia que había dejado. No podía asimilarlo todo. Su hermana había sido denigrada. Tenía tanto miedo de ese cerdo con el que se había casado que estaba huyendo y escondiéndose. Laura intentó absorber la información, creerla, pero le parecía una pesadilla.

Eso no podía estar sucediendo. Las mujeres Stanley nunca habían tenido vidas melodramáticas. Deb era preciosa, dulce, generosa y amable con todo el mundo. Nadie podía hacerle daño. Laura se pasó una mano temblorosa por el pelo, dándose cuenta de repente de todo lo que no le había preguntado. No tenía modo de ponerse en contacto con Deb ni forma de saber dónde estaba o si tenía bastante dinero.

– ¿Laura?

Levantó la cabeza, atontada, y vio a Will con un vaso en la mano.

– He calentado un poco de coñac. Sé que no te gusta, pero quiero que bebas un poco.

Ella lo hizo. Le quemó la garganta, pero no le ayudó.

– Will… no he podido detenerla.

– Lo sé. Nadie podría haberlo hecho.

– Pero estaba asustada.

– Lo he visto.

– No sabía que Roger fuera tan cerdo. Pero imaginé que algo iba mal. Cuando hablábamos por teléfono no parecía la misma. ¡Debí haber hecho algo!

– Sabes que no hay modo de ayudar a alguien que no quiere admitir un problema.

Laura gesticuló violentamente.

– Voy a matarlo con mis manos. Si ese asqueroso aparece… No puedo soportar no saber dónde va Deb o si está a salvo.

– Ya nos enteraremos -le dijo Will con voz reconfortante-. En esto no vas a discutir conmigo de dinero, ¿verdad? Porque podemos hacer muchas cosas por tu hermana. Podemos intentar averiguar qué ayuda legal ha recibido hasta ahora y localizar al hombre. Si ella está viajando con tarjetas de crédito, podemos usar un detective privado para encontrarla y también hay muchas formas de protegerla. Formas legales y financieras, igual que contratar a una agencia de seguridad.

Ella lo miró a los ojos. En algún momento durante el ciclón, Will también intentó hablar con su hermana, pero se quedó callado. Quizás intuyó que su hermana no podría escuchar a un extraño en ese momento, y menos a un hombre. Era típico de Will no haberse entrometido, pero no se había perdido detalle. No era el tipo de hombre que le daba la espalda a los problemas, sino que adoraba los problemas y los retos.

– Deja que lo haga, Laura. No quiero oírte hablar de orgullo y de dinero con un problema así.

– No lo oirás. Esto es para mi hermana, no para mí. Oh, Will, ¿no podemos contratar a una docena de matones?

– No se me había ocurrido… matones. ¿Qué tal si bebes un poco más de coñac? Sé que es difícil pensar cuándo estás tan disgustada, pero si intentas calmarte un poco…

– No quiero calmarme. No quiero pensar con lógica. Quiero matones. Necesitamos una docena o dos. Para que ese cerdo no pueda encontrarla a ella ni al bebé…

El bebé. Se había olvidado completamente de él. Laura abrió mucho los ojos, y entonces le dio a Will el vaso y se fue corriendo al salón.

Archibald Merle Gerard Thompson estaba echado en el suelo junto al árbol de navidad.

Aunque tenía el corazón acelerado, Laura se arrodilló despacio, sintiéndose de pronto llena de satisfacción.

Era un nombre muy grande para un niñito tan pequeño. Deb siempre había tenido un extraño sentido del humor, pero el humor no tenía nada que ver con su extraña elección de nombres. Laura sabía que Deb había querido darle al bebé una sensación de raíces, así que había buscado un montón de nombres de abuelos y los había unido.

Pero el bebé no parecía un Archie. No se parecía a nadie de la familia… ni a nadie del universo. Era él mismo. Su pequeña carita estaba roja de miedo, pero había dejado de llorar y parecía hipnotizado con las luces de colores del árbol.

A Laura se le puso un nudo en la garganta. Nunca había tenido cerca un bebé y no sabía qué hacer, cómo darle de comer o cambiarlo. Pero amarlo no iba a ser ningún problema.

Con torpeza, le bajó la cremallera del saco en el que iba metido y le sacó. Él la miró. Tenía ojos azules. Ese azul que era más suave que el cielo y tan puro como la inocencia. Su cuerpo en miniatura era robusto y rellenito, y como un milagro, encajó perfectamente en la curva de su brazo.

Durante un momento Laura se quedó tan absorta en el bebé, que no se dio cuenta de que Will había vuelto y estaba de pie a su lado.

– Hay un parque en el vestíbulo. ¿Quieres que lo instale aquí? ¿Y llevo el resto de sus cosas al estudio?

Laura lo miró.

– Gracias -murmuró.

Era típico de Will ofrecer ayuda práctica, pero no había nada en su cara que mostrara que estuviera alterado por lo que había pasado.

Pero tenía que estar perturbado. Incluso en el momento más apasionado, nunca se olvidaba del control de natalidad, y nunca había expresado el menor deseo de tener un bebé, y mucho menos de que de pronto apareciera en su vida el bebé de un extraño.

Instintivamente, Laura apretó al pequeñín. Ella no había vacilado ni por un instante en ayudar a su hermana. Will no había puesto ninguna pega, y además todo lo que había hecho y dicho demostraba que lo entendía. Laura no tenía opción, Deb era su hermana y tenía problemas.

Pero la libertad e intimidad de su relación estaba a punto de desaparecer. Ninguno pudo imaginar que eso sucedería, y sólo sería algo temporal.

Pero Laura no sabía cómo se lo tomaría Will.

– ¡Feliz Navidad, Daniel!

Como Laura estaba ocupada en la cocina, Will hizo de anfitrión y abrió la puerta. El padre de Laura era de mejillas rojizas y sonriente, pero tenía artritis y problemas para andar. Will sabía exactamente de quién había heredado Laura su gran orgullo. Es hombre nunca pedía ayuda, pero Will rápidamente le quitó el regalo pesado de sus manos y le hizo entrar.

– Feliz Navidad a ti también. Es estupendo verte, Will -Daniel dejó su sombrero en el perchero-. No tengo que preguntar dónde está Laura. ¿Es bastante grande el pavo?

– Enorme -Will le quitó su abrigo-. Será mejor que te avise. Laura ha amenazado a cualquiera que se acerque a la cocina.

Daniel se rió.

– La verdad es que mi hija adora la Navidad y todo ese galimatías. ¿Dónde está mi nieto?

– Durmiendo junto al árbol.

Will vio a Daniel colocarse el bastón y dirigirse directamente hacia la puerta del salón, desde donde se quedó mirando al niño.

Laura llamó a su padre esa mañana para contarle lo del bebé, aunque le ofreció una versión algo distinta de lo ocurrido. Daniel sólo sabía que Deb iba a divorciarse y a mudarse; y que Laura se había ofrecido a cuidar al niño hasta que ella se instalara.

A Will no le gustó la mentirijilla. Entendía el razonamiento de Laura. Debido a la salud precaria de su padre ella quería evitarle todos los disgustos posibles. Pero Daniel seguía siendo un hombre, y no era débil mentalmente sólo por serlo físicamente. Tenía derecho a saber lo que le había sucedido a su hija y derecho a actuar. De todos modos Will no discutió con Laura. No tuvieron tiempo para discutir, ni hablar ni hacer nada durante toda la noche excepto ocuparse del bebé.

– Daniel, ¿te apetece beber algo?

– No me importaría un poco de jerez -Daniel suspiró-. No, no me lo traigas. Mi hija me mataría si tomo algo de alcohol. Se me puede subir a la cabeza y además tengo que darle el beso de feliz Navidad.

Will se quedó detrás cuando Daniel se dirigió a la cocina, pero pudo oír el sonido de voces y risas. Normalmente oía saludos, abrazos, Laura riñendo a su padre, él tomándole el pelo, conversaciones familiares… Nunca se había sentido cómodo uniéndose a ellos. Daniel siempre le había aceptado bien en la vida de su hija y nunca le había hecho preguntas incómodas o embarazosas. Pero Will nunca podía olvidarse de la sensación de no ser aceptado.

El bebé lloriqueó.

Will levantó la cabeza, primero hacia el niño y luego a la cocina, imaginando que Laura o Daniel saldrían al momento. Pero ninguno pareció oír al bebé.

Metiéndose las manos en los bolsillos, se acercó al parque. Archie. Vaya nombre ridículo para una criatura de cara arrugada y roja con extraños ojos azules que parecían desenfocados… excepto en ese momento. El bebé giró la cabeza y lo miró, directamente a él… y soltó otro gemido.

Estaba claro que él no le gustaba.

Will no le había puesto al niño un dedo encima desde que había llegado, así que no sabía por qué estaba enemistado con él. Pero lo estaba. Cuando Will aparecía, el bebé lloraba. Quizás el mequetrefe hubiera adivinado que sentía cierta inquietud y malestar hacia los bebés. Su propia madre lo abandonó a él cuando era como Archie. Y aunque esa historia no tenía nada que ver con Archie, estar cerca de un bebé le recordaba todos esos años que a él no lo quisieron, no perteneció a ningún sitio ni a nadie.

Los lloros eran cada vez más altos, pero Laura no salía de la cocina. Ni tampoco Daniel.

Vacilante, se inclinó y acarició el estómago del bebé, consiguiendo más chillidos. No podía tener hambre. Laura le había dado el biberón hacía menos de una hora.

Imaginó que debía llevárselo a Laura. No podía hacer daño al monstruito simplemente tomándolo en brazos, ¿verdad? Y así sabría lo que le pasaba. Cada vez que el enano lloró durante la noche, Laura le levantó y lo supo.

Lo levantó e inmediatamente se dio cuenta de que estaba mojado. Muy mojado. No podía sujetarlo a un metro de distancia porque Laura había dicho algo de que era necesario que le sujetaran la cabeza. Así que lo hizo, pero se dirigió a la cocina a la velocidad del rayo. Archie dejó de llorar en cuanto él empezó a correr. De hecho, el niño empezó a reírse.

En cuanto llegó a la puerta, hizo intención de llamar a Laura, pero vaciló. No era tan simple. Toda la cocina era un caos de ruido y confusión. Laura estaba parloteando con su padre. Los cazos en el fuego estaban borboteando. Daniel tenía las manos ocupadas sacando platos y fuentes del frigorífico. Salía humo del horno, donde Laura estaba inclinada pinchando el pavo.

Le parecía muy egoísta interrumpirlos cuando los dos estaban tan ocupados. ¿Pero cómo sabría qué hacer con el niño?

Su mirada se dirigió a Laura. Tenía las mejillas sonrosadas por el calor y un montón de rizos pegados a la frente. Su pelo a menudo estaba así después de hacer el amor. Había dejado los zapatos en alguna parte, y estaba corriendo por la cocina con los pies enfundados en medias. Su traje era del color rojo navideño, con falda corta y un blusón encima de una tela suave.

A Will se le quedó la boca seca. No se había puesto el colgante del zafiro, aunque sí llevaba unos pequeños pendientes de oro que él le había regalado. Pero él sospechaba que sólo los llevaba porque él mintió y le dijo que eran falsos y no de oro auténtico. Era una testaruda. Si le dejara, él la habría llenado de joyas.

Seguía deseándola desde que la noche anterior fueron interrumpidos. Pero él sabía que ella no había esperado esa crisis familiar, conocía su amor hacia su hermana y su padre y no había duda de cuáles debían ser sus prioridades. Era sólo que verla agachada con la suave falda ceñida a sus preciosas nalgas…

Archie le dio un tortazo en la cara. El acto no fue deliberado. El bracito se movió a ciegas y le dio casualmente, directamente en la nariz.

Eso le recordó que aún seguía mojado. Se dirigió al estudio. No había una habitación en esa casita que fuera lo suficientemente grande para respirar en ella, pero el estudio era lo más pequeño. Sólo cabía una televisión, una mesa y un viejo sofá. La primera vez que hicieron el amor fue en ese sofá, pero en ese momento ni siquiera se veía la tapicería. Las cosas del bebé estaban por todas partes.

Archie volvió a llorar. Will lo dejó encima de una manta mientras rápidamente buscaba los pañales y ropas. Archie lloró más alto.

– Confía en mí, sabré hacerlo… Bueno, ¿quieres ponerte esta cursilada blanca con el payaso o el pijama verde con el futbolista?

Parecía que el mequetrefe no iba a tomar ninguna decisión. De hecho empezó a soplar pompas de saliva por la boca. Alarmado, Will empezó a quitarle el pijama húmedo. El niño dejó de armar jaleo en cuanto estuvo medio desnudo. Will le quitó el pañal mojado y ya no supo qué hacer.

– Podrías ayudar un poco. Esto de los pañales no es nuevo para ti y tu madre no nos dio un manual a los demás. Imagino que hay que limpiarte de algún modo, ¿verdad? Y luego otro pañal limpio. ¿Te parece eso bien?

Más pompas de saliva. Ése era el único modo en que se comunicaba el enano. Will sintió que se le empezaba a empapar la frente de sudor. A él se le daban de maravilla los ordenadores, laboratorios y fórmulas. Pero eso era diferente.

Pareció tardar una eternidad en encontrar donde dejar el pañal mojado, encontrar un paquete de toallitas húmedas y juntar la ropa limpia y un montón de pañales nuevos.

Cuando él estuvo listo, el niño no. El bebé había levantado las piernas y había dejado de llorar completamente al encontrarse desnudo y se estaba metiendo un dedo del pie en la boca.

Perplejo, Will se arrodilló y esperó. ¿Quién sabía? Quizás si le interrumpía ese ritual podría afectar permanentemente a su desarrollo.

Pero esperar no servía de nada. El niño parecía dispuesto a chuparse el pie indefinidamente. Así que Will se enderezó y empezó a ocuparse de la toallita pegajosa.

Momentáneamente se quedó distraído por la anatomía en miniatura de Archie. La anatomía masculina no le era desconocida, pero era interesante verla en esa forma encogida. De hecho, el pequeño diablo parecía excesivamente dotado comparado con el resto. Will se quedó de pronto boquiabierto. Santo Cielo, el bebé tenía una erección. ¡Una erección a su edad!

– Voy a darte un consejo. Si no controlas tus hormonas a las seis semanas de vida, tendrás muchos problemas en esta vida. Responsabilidades sexuales. Y personalmente creo que la gente debería tener mucho más cuidado para no traer al mundo bebés que no quieren. Es horrible para el pequeño, créeme. Lo sé.

A Will le pareció un buen consejo. Y sorprendentemente, el bebé pareció estar escuchándolo, porque dejó de chuparse el dedo y lo miró con seriedad.

– ¿Estás preparado ya para el pañal?

Will no lo vio llegar. Nunca imaginó el método que elegiría el niño para responderle. Él estaba inclinado sobre el bebé, buscando uno de los pañales cuando el pequeño monstruo le meó en toda la cara.

Capítulo Tres

– El pequeñín al fin está dormido -Laura entró en el salón y se dirigió directamente a Will-. No sé que habría hecho hoy sin ti.

– Yo no he hecho nada.

– Has hecho desaparecer cinco montañas de platos sucios. ¿Le llamas a eso nada? No sé por qué pierdes el tiempo en el laboratorio, haciendo esas cosas de científico, cuando deberías ganarte la vida como mago.

Will sonrió y la hizo un gesto para que se sentara a su lado. No tuvo que pedírselo dos veces. Laura se acurrucó junto a él. Will había echado las cortinas y apagado las luces. El fuego moribundo silbaba en la chimenea. Por primera vez en todo el día la casa estaba tranquila y silenciosa. Era exactamente la clase de velada íntima que los dos necesitaban.

– Me gusta tu padre.

– Yo lo adoro, pero siempre me está regañando por armar demasiado jaleo y líos. ¿Qué serían unas navidades sin jaleo? Y un bebé en la casa hace las fiestas más especiales, pero yo no tenía ni idea de cuánto tiempo y energía requería.

– Lo sé. Un bebé es un cambio impresionante y repentino en tu vida, incluso aunque las circunstancias sólo sean temporales.

Laura lo miró. Había estado todo el día intentando adivinar sus pensamientos y sentimientos hacia el niño, pero le había resultado imposible. Horas antes, Laura oyó el grito ahogado de Will desde el estudio y fue corriendo. Will se había tomado bien lo que le hizo el bebé y todos se rieron. Pero aunque ese día le había ayudado mucho con la casa, Laura había notado que mantenía una cuidadosa distancia para evitar el contacto con Archie.

Muchos hombres tenían miedo de los bebés. Y no había ninguna razón lógica por la que Will se sintiera instantáneamente unido al niño como le había sucedido a ella. Pero esperaba que sucediera. Ninguno había pedido esa repentina sorpresa en sus vidas, pero si Will tenía la posibilidad de estar cerca de un bebé, podría perder algo de su miedo hacia los niños y las familias.

Will le enroscó un dedo en un mechón de pelo.

– ¿Has pensado en tu trabajo? ¿Qué vas a hacer con el niño el lunes por la mañana?

– La verdad es que no he tenido mucho tiempo para pensar en nada. Todo ha sucedido muy deprisa.

El cansancio estaba empezando a apoderarse de ella. Apenas había dormido la noche anterior y había pasado todo el día trabajando sin parar.

– Creo que intentaré llevármelo al trabajo, al menos hasta que encuentre otra solución. No puedo dejar mi puesto.

– Si quieres sí.

– Will no te atrevas a ofrecerte a mantenerme mientras yo me quedo en casa jugando a las mamas. Mi madre no educó a sus hijas para que fueran princesas en torres de marfil.

Will le dio un pequeño tirón al mechón de pelo.

– No es un crimen necesitar temporalmente algo de ayuda económica. Se te acaba de volver todo tu mundo del revés, por el amor de Dios.

– Eso es. Archie es sólo temporal. Tardé seis años en ascender en Creighton. No tendría sentido dejarlo, especialmente cuando realmente necesito ese sueldo para cuidarlo… y para ayudar a mi hermana si puedo.

– Entonces imagino que estarás pensando en una canguro o una niñera. ¿Vas a amenazarme violentamente si me ofrezco a ayudar en eso? Necesitas a alguien deprisa. Me parece una tontería que no me dejes llamar a unas cuantas puertas para agilizarlo todo cuando es algo que podría hacer fácilmente.

Ella levantó la cabeza.

– ¿Me estás llamando tonta?

– Creo que te vendría bien librarte de una buena dosis de orgullo, y aún así tendrías más que nadie que haya conocido.

– Dios mío. ¿Es eso otro insulto? Me estás provocando.

– Lo sé.

Incluso en la oscuridad, él no tuvo problemas para encontrar su boca. Laura sabía como el mejor regalo de todos.

Ella le devolvió el beso. No había estado a solas con él en todo el día. Apenas lo había visto a solas durante un minuto desde que su hermana apareció la noche anterior.

Sus lenguas se encontraron. Laura le acarició la espalda una y otra vez. Un beso llevó a otro. La boca de Will era como seda húmeda. La necesidad surgió con furia entre ellos. Will sabía todo lo que ella podía darle. Y ella sabía que no había límite para lo que pudiera recibir.

De pronto Laura oyó un débil sonido. Lo ignoró. Siguió absorta en el roce de Will, su aroma, el sonido de su respiración ronca y grave.

El sonido se oyó de nuevo. Un sollozo. Cada vez más alto.

Archie.

Will se quedó quieto al mismo tiempo que ella. Un baño en el ártico no podría haber enfriado a Laura más deprisa. La única madre que tenía el bebé en ese momento era ella.

Will no protestó cuando ella se levantó y se marchó. El bebé la necesitaba, y seguro que Will lo entendía.

– ¿Cuál fue la razón para dejar su último empleo, señor Redling?

– Tuvimos que mudarnos. Mi padre estaba enfermo, tuvo un accidente, y somos la única familia que tiene. Madison es mi hogar natal, y espero encontrar aquí un trabajo.

Laura sonrió al joven de rostro agradable.

– ¿Sabe que no ofrecemos lo mismo que estaba ganando en Chicago?

– Lo entiendo. Pero no nos costará tanto vivir en una ciudad más pequeña. Y necesito el trabajo.

Laura sabía que él necesitaba el trabajo. El pobre estaba sudando tanto que apenas se le mantenían las gafas en su sitio. Su buena voluntad era obviamente sincera, pero en Creighton había mucho trabajo en el despacho del interventor. Laura no estaba segura de que el señor Redling aguantara mucho con el salario que ella podía ofrecerle. Juzgar la personalidad era parte del trabajo de Laura como directora de personal. Se suponía que se le daba bien.

– Señor Redling…

Él esperó a que ella siguiera, pero a Laura se le había olvidado lo que iba a decir. Dio unas palmaditas a Archie, que estaba empezando a protestar, y se levantó de la silla para poder caminar con el bebé en brazos.

Por desgracia, su diminuto despacho sólo permitía dar seis pasos de un lado a otro. El señor Redling se apartó para que ella pudiera tener sitio, pero sinceramente, la presencia de un bebé en su entrevista de trabajo pareció desconcertarlo. El teléfono sonó, más o menos la décima interrupción en la hora anterior, y entonces la cabeza de June asomó por la puerta.

– No olvides que tienes esa reunión dentro de diez minutos.

– Gracias, June. Lo sé.

Otra mentira. Se había olvidado por completo de esa reunión. Se había olvidado de lo que pensaba preguntarle al señor Redling, y si la presionaban, no estaba segura de recordar su propio nombre. En la última semana había descubierto que la oficina no era lugar para un bebé. Y además, a su jefe James Simaker se le estaba agotando la paciencia.

Y el señor Redling seguía ahí sentado con esa expresión esperanzada, y ella tenía la mente en blanco.

Se cambió el bebé al otro hombro y le ofreció una mano al señor Redling.

– He disfrutado mucho hablando con usted. Estoy impresionada con sus conocimientos y creo que encajaría bien el puesto. ¿Qué tal si los dos nos tomamos un par de días para pensarlo? Le llamaré el lunes por teléfono.

El señor Redling pareció sorprendido, pero no triste, de que la entrevista hubiera terminado. Laura se sentía aliviada de haber conseguido adoptar una actitud profesional… hasta que el bebé de pronto le vomitó en la blusa. Tuvo que correr para librarse del señor Redling, limpiarse la blusa, cambiar al bebé, calentar un biberón en el microondas del comedor y llegar a tiempo a la reunión.

A las tres estaba de vuelta en su despacho. Archie dormía felizmente en su cochecito.

En la última semana Laura se había leído tres libros sobre bebés de arriba a abajo. Todos decían que los recién nacidos dormían continuamente. Mentira. Ésa era la primera vez que Archie dormía ese día, y Laura se moría de envidia. Si no conseguía pronto dormir una noche entera, se volvería loca. Tenía un horrible dolor de cabeza cuando la llamaron por teléfono.

– Estoy intentando localizar a la mujer más sexy de Madison, Wisconsin.

Ella cerró los ojos, se relajó en su sillón y disfrutó de la primera sonrisa en todo el día.

– Ya la tienes, Montana. Y espero que tu día sea mejor que el mío.

– Pareces cansada.

– Bah, sólo un día de mucho trabajo. Estoy muy bien.

Se tocó la nariz, preguntándose si le iría a crecer como a Pinocho. Nunca antes había mentido a Will. El problema era que él había sido estupendo toda esa semana.

Laura se estaba asustando de lo maravilloso que había sido. Ella le había llevado a comprar una cuna y él no se había quejado. Le invitó a cenar y no pudo preparar nada porque estuvo ocupada con el bebé, y él terminó preparando la cena sin protestar. Y tres veces se habían encontrado medio desnudos en un momento de pasión y Archie se había despertado llorando.

Will era un hombre comprensivo, pero no era humano ser tan bueno. Laura no había oído una sola palabra de impaciencia, ni una queja. Le estaba infinitamente agradecida por su comprensión, pero sentía con cada poro de su cuerpo que Will podría sentirse excluido como una prioridad en su vida si ella no tenía mucho cuidado.

Y Laura se negaba a descuidar a Will. Hasta entonces, corriendo a la velocidad del sonido había conseguido más o menos hacerlo todo, y debía seguir así.

– La verdad es que llamo por una razón seria -dijo Will.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Has averiguado algo nuevo sobre mi hermana?

– No. Debe estar viajando con dinero y no con tarjetas de crédito, porque hasta ahora no se ha encontrado ninguna pista. Pero tómate eso como una buena noticia, Laura. Si tenemos problemas para encontrarla es porque se esconde tan bien como su marido. Y tengo un abogado estudiando su caso, aunque tardará algún tiempo. No hay nada que podamos hacer hasta que tengamos respuestas más concretas.

Laura se frotó la frente.

– No sé cómo lo has organizado todo tan deprisa, pero gracias. Yo no sabría por dónde empezar para contratar al abogado y a los de seguridad… y no es sólo encontrarlos, sino saber qué preguntarles y todo lo demás.

– Tú tranquilízate, y verás como sacamos a tu hermana de sus problemas… Y hablando de otra cosa, he encontrado un par de niñeras para ti. Ya las he entrevistado y tienen excelentes referencias. Podrían ir a tu casa esta noche si quieres hablar con ellas.

Laura vaciló. No podía apreciar más el modo en que Will se ocupaba de todo, pero a veces olvidaba que a ella también le gustaba ocuparse de sus cosas.

– Bueno, verás… ya he quedado con una para que venga esta noche a una entrevista.

Will se quedó callado unos instantes.

– Bueno, es estupendo que tú también hayas encontrado a alguien. Pero, Laura, sé lo que piensas del dinero, y si tienes miedo de entrevistar a niñeras que están fuera de tus posibilidades…

– No. Esta mujer parece maravillosa. El dinero no tiene nada que ver.

– De acuerdo. Pero tener tres para entrevistar te dará más para comparar, ¿verdad? Bien, esta noche iré a buscarte al trabajo.

– No hace falta. Y tengo mi coche…

– Yo me ocuparé de tu coche. Creo que ya has tenido mucha presión últimamente y necesitas un descanso. Esto es una sorpresa. No le puedes decir que no a una sorpresa.

Ella nunca le podía decir que no a Will, pero movió la cabeza con disgusto cuando vio la resplandeciente limusina blanca aparcada fuera de la oficina.

No era la primera vez que Will tiraba dinero alquilándole una limusina, ni la primera vez que ella se asombraba por su costumbre impulsiva de gastar de forma escandalosa. Aún recordaba cuando fue a su apartamento. Will tenía todos los juguetes posibles. Una báscula parlante un toallero eléctrico para calentar las toallas, un estéreo que hacía que la Filarmónica de Nueva York pareciera tocar en vivo y un tren de juguete que recorría su enorme salón, con lucecitas y resoplando a través de montañas en miniatura.

Laura entendía que de pequeño no tuvo juguetes, y seguro que tampoco pensó nunca que de mayor tendría dinero. Un profesor en su duro colegio público se dio cuenta de la capacidad de Will para la ciencia. Will ganó suficientes becas para terminar sus estudios en la universidad y luego creó una empresa privada de investigación científica. Eso no duró mucho. No fue nunca el dinero lo que motivó a Will sino la sed de desafíos imposibles. Cuando empezó a patentar algunos de sus descubrimientos, el dinero le llovía. Y seguía siendo así. Will no dejaba de tener ideas que valían su peso en oro.

Se había ganado el dinero y tenía todo el derecho a usarlo como quisiera. Pero desde el principio, lo que se había gastado con ella iba más allá de la indulgencia o la generosidad. Laura tenía miedo de que él tuviera algunos sentimientos confundidos entre el dinero y la seguridad. Pero ella lo había visto en su trabajo, tenía su propio laboratorio, y se suponía que debía dedicarse a dirigir a sus empleados. Más de una vez lo había encontrado con las mangas subidas, un café frío a su lado, inclinado sobre un microscopio sin tener idea de que llegaba dos horas tarde a una cita.

El dinero no era tan importante para Will como él creía. Pero cuando se empeñaba en gastarlo, no podía detenerlo ni una avalancha.

– ¿Te gusta el cochecito para el niño?

Will le quitó todo lo que llevaba en los brazos, excepto a Archie.

– Creo que estás loco.

– Dentro hay una cena de sopa de cangrejo. Y champán. Y música de Tchaikovski. Todo eso ha sido fácil… -Will abrió la puerta y la hizo entrar-. Conseguir una mini cuna para el enano fue más complicado.

Laura vio la cunita y los cinco tipos de chupetes, de todos los colores. Y la botella de champán recién abierta en un cubo de plata con hielo. El interior del coche ya estaba caliente. Will le hizo quitarse el abrigo y los zapatos y relajarse.

Una vez ataron a Archie en su sillita, ella se quitó el abrigo y se hundió en el suave asiento de piel, aunque relajarse fue un poco más difícil. Nadie la había mimado tanto como Will. Ella nunca había tenido semejantes lujos, y tendría que ser tonta para que no le gustaran esos mimos. Le encantaban.

– ¿Le has hecho pasar un mal día, amigo? -le preguntó Will a Archie, que se echó una pompa de saliva en respuesta-. Sí, eso imaginé.

Laura sonrió.

– Ha sido bueno.

Él la miró escéptico.

– No te creo, pero gracias a Dios le gusta el movimiento. Quizás nos deje cenar tranquilos -sirvió dos copas de champán, se sentó a su lado y el conductor arrancó-. Sólo tenemos un par de horas. Sé que tienes que volver para entrevistar a las niñeras. Pero me pareció un buen día para escapar de todo durante un rato.

– ¿Tuviste un día duro en el laboratorio?

– Terrible. Falló la electricidad en medio de un experimento. Dos empleados se pusieron malos y el teléfono sonaba cada vez que yo me sentaba para concentrarme en algo serio.

– Te diría que lo lamento -le dio un tirón de la corbata-, pero sé perfectamente que son tus días favoritos.

– ¿Cómo es que ya no puedo engañarte? -le acarició el cuello-. Eh, ¿qué es eso?

– ¿El qué?

– Ese músculo tenso en tu cuello. Es como si tuvieras alambres dentro.

Will le quitó la copa y la puso en la mesita.

– Estoy bien, de verdad.

– Vuélvete e inclina la cabeza.

– Will, estoy bien de verdad, y aquí no hay sitio para…

– Claro que sí.

Rápidamente, la tuvo sentada entre sus piernas con la cabeza apoyada en sus rodillas.

Laura debió imaginar que tenía los músculos agarrotados por la tensión de la semana anterior. Pero no sabía lo cansada que estaba… hasta que sus manos le empezaron a dar masajes.

El bebé se había quedado dormido. El interior cálido y las ventanas oscuras no permitían ver el paisaje invernal y gris. Laura empezó a sentir los huesos líquidos.

Nunca entendió cómo conseguía Will hacerle sentir que los dos formaban un mundo juntos. Pero se sentía a salvo con él.

A Laura se le cerraron los párpados. La presión y la tensión del día fueron desapareciendo. Will siguió acariciándole los hombros y luego bajó despacio por la espalda.

Eso era exactamente lo que les había faltado esa semana pasada. No era el masaje en la espalda lo importante, sino estar juntos. Todo había sido muy confuso y caótico los días anteriores. Necesitaba hablar con Will, comprobar cuáles eran sus sentimientos ante los cambios repentinos en sus vidas. Sabía que ese tipo de comunicación con Will era peligroso, porque tendía a ocultar sus sentimientos.

Quería hablar con él. Necesitaba hablar con él.

Pero no había dormido bien ni una noche desde hacía una semana. Suspiró. Sentía que se hundía suavemente. Había mucha sensualidad en las manos de Will, mucha ternura…

Y eso fue lo último que recordó.

Capítulo Cuatro

Al fin…

Desde hacía una semana, Will dudaba que volviera a estar a solas con Laura.

La noche de la limusina, se quedó dormida mientras le dio el masaje, y las dos noches siguientes, se quedó frita en el sofá justo después de cenar. Will no se quejaba. Laura necesitaba descansar y gracias a Dios, el enano había dormido tres noches seguidas sin despertarse. Finalmente Laura había podido recuperar el sueño perdido. Y esa noche el niño estaba con la niñera, en casa de Laura a diez kilómetros de distancia.

El restaurante se llamaba Joe's. El lugar aislado daba a un lago y a un campo de golf privado. Desde su ventana, el paisaje parecía una tarta llena de nata. En la mesa había un centro con una orquídea junto a una botella a medio terminar de Pinot Noir.

En la esquina una pianista con manos suaves susurraba canciones de amor. Iba vestida con un ceñido traje negro y su pelo era largo y pelirrojo. Y su gran delantera podría satisfacer las fantasías de cualquier hombre.

Will la vio. Pero la mujer sentada frente a él era la única fantasía que él quería.

Su fuerte reacción hormonal a Laura era preocupante, ya que en ese momento llevaba un vestido sencillo y discreto color crema. Tenía un par de peinetas en el pelo para ordenar un poco sus salvajes rizos castaños, un poco de colorete y rímel.

No había nada en su aspecto para hacer que un hombre se sintiera peligroso… pero él se sentía así con ella. Imaginó que bajo el vestido llevaría seda roja, porque ella tenía un vicio secreto con la ropa interior descarada. A Will le preocupaba que otros hombres hubieran visto eso y esos ojos sinceros arder de pasión… Le preocupaba que otros hombres hubieran adivinado que esa boca rosa sin artificio podía tentar a un hombre hasta hacerle perder el sentido del tiempo y el espacio, porque estaban en medio de un restaurante y él estaba en peligro de perder el control.

– Creo que ha pasado demasiado tiempo desde que tomaste costillas -observó Will.

– ¿Has llegado a esa conclusión porque me he tirado sobre mi plato como un lobo hambriento? -Laura sonrió-. No está bien hacer dieta continuamente. Adoro esto. Y ceder al pecado es más tentador porque no he disfrutado de una comida o cena sin interrumpir desde hace un siglo. O al menos dos semanas. No puedo entender cómo el bebé sabe cada vez que yo me siento a comer.

– A Archie no le gusta que dejes de prestarle atención. Por suerte esta noche no tendrás que preocuparte de él.

– ¿Will?

– ¿Hmm?

Will vio al camarero dejar un plato de mousse de chocolate frente a Laura. No sabía dónde lo metería después de una cena de cinco platos, pero estaba deseando ver cómo lo intentaba.

Esperó hasta que el camarero se marchó.

– Me preocupaba haber herido tus sentimientos por no haber elegido una de las niñeras que me mandaste. Te molestaste mucho para prepararme las entrevistas con esas niñeras. Y eran estupendas, como dijiste.

– No pasa nada -dijo Will rápidamente-. Obviamente tenías que elegir a alguien en quien confiaras y con quien te sintieras cómoda.

– Exacto. Y lo que realmente quería era a mi madre.

– ¿A tu madre?

– Sé que te parecerá una tontería. Han pasado diez años desde que perdí a mi madre, y tú no tuviste oportunidad de conocerla, Will. Pero le hubiera encantado un nuevo bebé en la familia. Lo habría mimado y consentido terriblemente. Y la señora Apple es abuela. Incluso habla como mi madre hacía. Y no importa lo profesionales que fueran las otras, Archie sólo habría sido un trabajo para ellas.

– Laura, no tienes que darme explicaciones. Me pareció bien tu decisión… el helado de tu mousse se está derritiendo.

Ella bajó la mirada.

– Es cierto. Pero no debería. Realmente no debería tomármelo. Esto se irá directamente a mis cartucheras, ¿lo sabes?

Will apoyó la barbilla en la mano y la vio devorar el postre como había hecho con toda la comida.

Lo de la niñera no debió molestarlo. Pero le molestó un poco.

Él quiso ayudarla, y ella no necesitó su ayuda. La gente nunca le había necesitado. Will sabía qué hacer y cómo reaccionar cuando veía que los demás lo buscaban por su dinero. Se sentía cómodo. Pero Laura no quería su dinero, y era dificilísimo intentar hacer algo por ella.

Ninguno de sus padres lo quiso ni lo necesitó. Will había aprendido a palos que a menos que tuviera una función en la vida, la gente le escupía.

Laura dejó su cuchara y suspiró.

– Estaba delicioso.

Will levantó la cabeza para buscar al camarero y pedirle otro postre igual. Pero Laura le sujetó la muñeca para que no pudiera levantar la mano.

– No te atrevas. Si me dejas tomar más calorías esta noche, te estrangularé con mis propias manos.

Él giró su palma y sus dedos se enlazaron.

– Vaya, me has asustado.

– Estoy segura -Laura hizo un gesto hacia la pista de baile-. ¿Te atreves a sacarme? Pero te advierto que hace falta valor, porque soy un desastre.

Estaban riéndose cuando salieron a la pista. Sólo había otras dos parejas.

Laura apoyó la cabeza en su hombro y le echó los brazos al cuello. Olió su aroma, picante y masculino. Sus pechos se rozaron suavemente. Sus muslos se pegaron al instante, y Laura notó lo fácilmente que él se había excitado.

Se balancearon con la música en un mundo privado de dos.

La tensión fue desapareciendo de la cabeza de Will, pero aún tenía algo que le preocupaba. Era… el bebé. Había visto el modo instintivo y cariñoso de Laura de comportarse con él. Ella nunca había mencionado querer un bebé, y tampoco había hablado de matrimonio. Laura nunca le había forzado en nada.

Will conocía sus propios defectos. Si alguien le presionaba, él daba media vuelta.

Nunca había esperado encontrar a alguien que lo significara todo para él, y lo que tenía con Laura era perfecto. En ese momento, ella era libre para estar con él, sin que nadie se entrometiera en su mundo. Él adoraba poder seducirla en lugares inesperados en momentos inesperados.

¿Casarse y arriesgarse a perder todo eso?

Will la abrazó con más fuerza. El cuerpo de Laura estaba caliente.

Esa noche harían el amor. En su casa. Necesitaban pasar tiempo a solas.

– ¿Señorita Laura Stanley?

Will oyó las palabras detrás de ellos. Los dos miraron al camarero.

Llevaba un teléfono inalámbrico.

– ¿Es usted la señorita Laura Stanley?

– Sí -dijo ella rápidamente-. ¿Ha ocurrido algo?

– No lo sé. Sólo hay una llamada para usted.

Ella respondió al teléfono. Will vio que abrió mucho los ojos y su sonrisa desapareció.

– Es la señora Apple. Tenemos que volver a casa. Archie tiene mucha fiebre y no deja de llorar.

– Tú y yo tenemos que hablar. Tienes una infección de oído. El médico ha dicho que a tu edad es normal. Y eso es duro, lo sé. Pero has asustado mucho a Laura. ¿Me has oído? No quiero que vuelvas a hacerlo.

Will giró la cabeza para asegurarse de que el niño lo escuchaba. Archie le miró desde su sillita y escupió el chupete, que botó por el mostrador de la cocina y cayó al suelo. Tenía que lavarlo, otra vez, antes de metérselo en la boca.

Will automáticamente lo recogió, lo lavó, lo secó y se lo puso. Se conocía la rutina de memoria. Luego siguió vaciando la bolsa de la compra. Caviar ruso, galletas saladas, uvas negras, queso francés, un exquisito vino tinto y una tarta de chocolate.

– ¿Will? ¿Estáis bien los dos? -preguntó Laura desde el cuarto de baño.

– ¡Claro! ¡Relájate! -Will bajó la voz-. Cree que no puedo ocuparme de ti, enano. Como si ocuparse de siete kilos fuera difícil.

Se secó las manos en un trapo, levantó la sillita con Archie dentro y se dirigió al salón. Crear una cuna para el niño era su siguiente tarea. La casa de Will no estaba equipada para algo así. Dos sillas bien pegadas contra el sofá harían una buena cuna improvisada, pero la tapicería del sofá era blanca. Necesitaba un protector.

Con el rabillo del ojo vio volar el chupete. Y al instante, el bebé arrugó la cara.

– Oh, no empieces otra vez. Si ella te vuelve a oír llorar volverá a preocuparse -a la velocidad de la luz, Will sacó al niño de su asiento y se lo apoyó en el hombro-. No hemos terminado esa charla sobre que aprendas a ser razonable. Necesitas mucho tiempo, lo entiendo. Debe ser frustrante ser tan indefenso. Lo entiendo también. Pero todo el mundo no puede girar a tu alrededor. Laura tiene que comer y dormir. Y tú no la dejas ni respirar. Y eso tiene que parar.

El niño soltó un eructo que habría enorgullecido a un adolescente. Will volvió a darle unas palmaditas en la espalda.

Laura estaba en la bañera de hidromasaje. El se la había llenado de sales, había puesto el Bolero de Ravel en el estéreo y había encendido velas para dar luz. No era un baño que debiera disfrutar sola.

De hecho, pensar en ella allí, desnuda y sola, estaba teniendo un fuerte efecto en su presión arterial. Pero Laura no había tenido un momento para ella sola desde que apareció Archie… Tenía a la regordeta señora Apple, pero también tenía un trabajo, la casa y una vida muy ocupada. Y el bebé la tenía agotada.

Claramente, Will necesitaba encargarse de la situación. E imaginó que en su propia casa, tendría el control.

El bebé soltó un grito. Alarmado, Will volvió a darle palmaditas.

– No empieces. Ella se está bañando y yo me estoy ocupando de que nada la moleste. Eso te incluye a ti.

Archie se retorció, levantó las piernas, respiró profundamente y entonces soltó un terrible berrido.

– ¿Will? -preguntó Laura.

– ¡Está bien! -le gritó Will alegremente, empezando a caminar de un lado a otro por el salón-. Sé que no te gusto. Me echaste un vistazo y decidiste que no podías soportarme, pero esto es una tregua, amigo. No estás mojado. No tienes hambre. ¿Entonces qué quieres?

Aparentemente el niño quería… que Will corriera. De un lado a otro, rodeando los sillones, entre la mesita, por el pasillo y de vuelta. Así, el niño pareció olvidarse de sus lágrimas. Su cuerpo se relajó acurrucado contra el hombro de Will. De repente soltó un sonido que fue como una risita, y afectó de modo extraño a Will. No decía que le gustara el niño ni una locura semejante, pero… pero el bebé parecía feliz. Esas risitas parecían una clara indicación de que el enano se sentía feliz y seguro… con él.

En la décima vuelta por la casa, Will tuvo que detenerse para respirar.

Archie soltó un bramido.

Will cerró los ojos, volvió a abrirlos y empezó a correr de nuevo.

Laura quitó el tapón de la bañera y apagó el hidromasaje. Se levantó y se secó con una toalla esponjosa, sintiéndose una mujer nueva.

El agua caliente había sido tan relajante que al principio casi se quedó dormida. Pero cuando la tensión y el cansancio fueron desapareciendo de su cuerpo, se encontró sonriendo bajo la luz de las velas… y luego canturreando con el ritmo del Bolero.

Will le había preparado ese pequeño paraíso. El pobre pensaba que nunca tendría que pagar las consecuencias por sus acciones. Pero se equivocaba completamente.

Encendió la luz y se inclinó para apagar las velas. La habitación se cargó de aroma a vainilla y almendra. Gracias a las sales de baño tenía la piel suave como la seda. Se miró al espejo empañado. Tenía los rizos alborotados, el rostro sonrosado del calor y los ojos… Se acercó más al espejo. Siempre había pensado que tenía unos ojos marrones normales, pero en ese momento tenían un brillo pícaro.

En la encimera del lavabo había un camisón muy sexy, de seda negra y provocativo. Se lo puso y lo dejó deslizar por su cuerpo.

Por supuesto, el bebé tendría que estar dormido antes de que ella realizara los planes que tenía en la cabeza. Will no escaparía esa noche.

Lo había estado pidiendo al apoyarla, al no perder la paciencia. Y esa noche lo tendría.

El aire frío acarició su piel cuando abrió la puerta del cuarto de baño. Se estremeció y sonrió. No se oía ni un ruido. Archie no estaba llorando. Se estaban llevando bien. Laura sabía que si Will pasaba tiempo a solas con el bebé, al final le gustaría.

– ¿Will?

Ajustó la postura, metiendo el estómago y sacando el pecho… y se olvidó de parecer seductora mientras caminaba descalza hasta la cocina. Había mil artilugios en la cocina, pero ellos no estaban.

Miró en el salón. Al principio tampoco los vio. Dio media vuelta para dirigirse al dormitorio y entonces oyó un suspiro.

Se inclinó sobre el respaldo del sofá… y ahí estaban. Will estaba tumbado de espaldas, apretado entre el respaldo y las sillas que había puesto para que no se cayera el bebé. Archie no podría caerse. Estaba dormido, tumbado boca abajo sobre el pecho de Will, seguro y protegido con los brazos de Will a su alrededor.

Ninguno de los dos parecía dispuesto a abrir los ojos. Laura se apoyó en los codos y puso la barbilla en las manos, sin prisa por marcharse. Era cierto que tenía otros planes para esa noche y que realmente necesitaba pasar tiempo a solas con él.

Pero ése era el Will de quien se había enamorado. Muchas veces se había preocupado por sus diferencias en el valor de las cosas. Superficialmente, Will vivía para el presente, parecía que no se cansaba de acumular cosas y estaba muy seguro de que el dinero le importaba.

Pero ése era su Will… el hombre que conquistó su corazón desde el principio, incluso roncando y abrazando al bebé. Él no podía saber que estaba haciendo eso. Will no parecía saber que en lo más hondo tenía el instinto de cuidar y amar. Necesitaba amar.

Y amaba.

Los dos se enfriarían sin una manta. Laura dio media vuelta y fue a buscar una. Por primera vez desde que Archie apareció en sus vidas, se sentía tranquila. Todo saldría bien. No podría haber una oportunidad mejor para que Will experimentara la alegría de lo que era realmente una familia.

Capítulo Cinco

La señora Apple le abrió la puerta, secándose las manos en un trapo de la cocina.

– Espero que no le importe que lo haya llamado -dijo rápidamente.

– Hizo lo correcto.

Will podía oír de fondo al bebé llorando y sonido de agua. Se sacudió la nieve de los zapatos y se quitó la cazadora.

– No quiero que la señora Stanley se enfade conmigo. Después de todo es mi jefa, y no me gustaba la idea de llamarlo a sus espaldas.

– Laura no se enfadará con usted, porque ninguno de los dos mencionaremos lo de esta llamada. Ha sido una coincidencia que yo pasara por aquí esta tarde, y los dos contaremos esa historia, ¿de acuerdo? -le guiñó un ojo a su cómplice, le quitó el paño de las manos y le puso su abrigo del perchero de la entrada.

– Podría quedarme -se ofreció, sintiéndose culpable-. No hay razón por la que aún no pueda cuidar al bebé. Es por ella por quien estoy preocupada. Y ahora usted tendrá que cuidarlos a los dos y…

– Soy un tipo duro. Confíe en mí. No se preocupe por nada.

Will consiguió que se pusiera el abrigo y la empujó suavemente hacia la puerta.

– He preparado sopa de pollo.

– Eso es un detalle, gracias.

– Y también zumo de naranja natural.

– Gracias también. Y que pase un buen día, señora Apple; esta noche la llamaré para contarle cómo va todo.

Sonrió, le cerró con firmeza la puerta y suspiró.

Will se quitó los zapatos y rápidamente se dirigió hacia el lugar donde se oía al bebé, fijándose de camino en el estado de la casa, que era un caos.

El árbol aún estaba en el salón aunque las navidades habrían terminado hacía dos semanas. Técnicamente, con el árbol y todo recogido, habría espacio para moverse. Pero en el sofá había montañas de ropa limpia que nadie había tenido tiempo de doblar. Por todas partes había juguetes del bebé y zapatos, igual que mantas, baberos y muchas más cosas.

La cocina estaba peor. Los biberones eran lo único que estaba limpio y colocado. Pero el lavaplatos estaba abierto y sin vaciar. El mostrador lleno de migas y la mesa con la comida puesta, como si nadie hubiera tenido tiempo de comer ni de recogerlo.

Luego entró en el cuarto de baño y los encontró a los dos. Will estaba en la bañera, riendo y salpicando agua.

La mujer que amaba estaba hecha un desastre. Los rizos despeinados, ojeras, la piel blanca como un fantasma. Tenía el rostro tenso de cansancio y nervios. Laura giró la cabeza y lo miró.

Will se aclaró la garganta.

– Hola.

– ¡Will!

– No quería asustarte. Pero esta tarde no conseguía llegar a nada en el laboratorio y decidí dejarlo y venir a verte. ¿Has vuelto pronto del trabajo?

– ¡Maldición! ¿Te contó la señora Apple que he vuelto a casa enferma?

Will fingió una mirada de sorpresa.

– ¿Enferma? Justo antes de marcharse la señora Apple mencionó que estabas indispuesta, y por tu voz se ve que estás algo resfriada.

– ¡No estoy enferma! ¡No he tenido tiempo para ponerme enferma! ¡Me niego a ponerme enferma! No estoy agotada por hacer demasiadas cosas. Todo el mundo puede enfriarse y…

– Claro que sí -dijo Will inclinándose y dándole un beso.

Sus labios deliberadamente rozaron su frente. Estaba ardiendo.

– Estoy bien -repitió Laura gruñona.

– Lo veo. Y estás preciosa -dijo animado-. ¿Pero podré convencerte para que me dejes ocuparme de Archie? Hasta ahora no he tenido tiempo de… bañarlo. Pero a lo mejor te da miedo que se me ahogue…

El ceño de Laura desapareció.

– ¿Quieres hacerlo? -preguntó vacilante-. A Archie le encanta el agua. Me temo que te mojaría entero.

Ésa era realmente la razón por la que él se había ofrecido a ayudar. Laura estaba empapada, y Will temía que se pusiera peor.

– No me importa. Tengo por ahí una sudadera que podré ponerme luego. Pero si no confías en que lo haga bien…

– ¡Claro que confío en ti, Will! Y en realidad es muy divertido, porque él disfruta del baño.

Will no supo si era divertido. Pero el pequeño monstruo sí se portaba bien en el baño, lo que Will descubrió varias veces durante los tres días siguientes. No sabía si sería peligroso saturar de agua a un bebé, pero Archie dejaba de llorar al instante y empezaba a reír y soplar burbujas.

– Creo que eres un retroceso genético a la era de los delfines -le dijo al niño el martes por la tarde.

Para entonces conocía cada raja de las baldosas del cuarto de baño rojo de Laura, y lo hacía todo por rutina. Cuatro toallas a mano por lo menos, sujetar la cabeza al bebé, y una esponja para lavarlo.

– Después de esto vas a dormirte un ratito, ¿verdad? No me mires así. Ya sé que no tiene sentido intentar razonar contigo, así que intentaré sobornarte. Si duermes bien, te prepararé uno de esos biberones de cereales y arroz. ¿Qué te parece?

Will oyó sonar el teléfono. Imaginó que Laura respondería. Él no podía apartar los ojos de Archie ni un instante mientras estuviera en el agua. No sabia cómo se las arreglaban las madres primerizas, pero durante los últimos días su imaginación y determinación habían sido puestos al límite.

Y por otro lado, la cantidad de biberones y ropa sucia que acumulaba un bebé en cuestión de horas era sorprendente. La proporción era de una lavadora para los adultos y seis para el bebé. ¿Dónde estaba la lógica? El niño era más pequeño que un jamón. No dejaba de usar continuamente peleles nuevos y también había que estar cambiando continuamente la sábana bajera de su cuna.

Pero todo eso no le importaba, porque se sentía bien.

Muy bien.

Por primera vez desde que se encontraron con el problema de Archie, había podido hacer algo por Laura. Ayudarla. Y no había duda de que Laura realmente lo necesitaba.

– ¿Will? -le dijo Laura desde la puerta.

Will notó su tono extraño.

– ¿Ocurre algo? ¿Quién ha llamado?

– Mi hermana.

Will no pudo levantar la cabeza hasta que sacó al niño de la bañera y lo envolvió en las toallas. Entonces la miró.

A diferencia de tres días antes, tenía color en la cara. El brillo febril en su mirada había desaparecido, igual que su mal genio. Volvía a ser su antigua Laura, vestida con una enorme sudadera de Mickey Mouse y mallas negras. Pero algo iba mal. Will sabía lo mucho que había estado esperando una llamada de su hermana. Su expresión era de alivio, pero tenía las manos agarradas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

– ¿Está bien Deb?

– Sí, a salvo y viviendo en un albergue para mujeres. No ha querido darme el número de teléfono ni la dirección… Imagino que es algo que se hace allí por razones de seguridad. Yo le he dicho que Archie está de maravilla.

Laura estaba aliviada, de eso no había duda, pero había algo que la tenía alterada.

– Deb debió llamarte antes. Tenía que saber lo preocupada que estarías.

– Ya… bueno… -Laura se pasó una mano por el pelo-. Le hablé del abogado que has contratado, le di él número y la dirección y le conté todos los asuntos legales que has solucionado. Parecía dispuesta a arreglarlo. Cuando la vimos en Navidad me asustó mucho. Pensé que iba a desmoronarse. Pero ahora parece que está bien… ¡Oh! Me dijo que te diera las gracias y que en cuanto pueda te lo pagará todo.

– Nada de eso. Yo no me ofrecí a ayudar porque esperara que me lo devolviera.

Con el niño bien envuelto en sus brazos, se dirigió al estudio. Laura lo iba siguiendo.

– Le dije que lo olvidara, que estaba perdiendo el tiempo intentando discutir sobre tu dinero. Pero en cuanto pueda sé que intentará pagarte algo. Deb tiene mucho orgullo.

– Qué raro, viniendo de tu familia.

Puso a Archie boca abajo en su cunita y los dos esperaron. Suponiendo que Archie hubiera accedido a su plan, querría chuparse un dedo o el chupete. Esa vez fue el dedo gordo de la mano. Laura le echó una manta encima y Will apagó la luz.

– Así que finalmente llamó y te dijo que está bien. ¿Entonces qué te preocupa?

– ¿He dicho que me preocupe algo?

– No tienes que hacerlo. Te vas a hacer un nudo en los dedos. Vamos, obviamente tienes algo más en la cabeza.

Laura no se dio cuenta de que Will la llevó al dormitorio. Era parte de la rutina que él había creado durante su enfermedad. Cuando Archie se dormía, la llevaba un rato para que se echara.

– No entiendo cómo se metió mi hermana en ese lío -Laura se echó en la cama-. Deb tiene un buen corazón, pero nunca ha sido tonta. Los novios que tuvo de joven fueron todos buenos chicos. No entiendo cómo pudo enamorarse de un elemento así.

– Imagino que no se portaría mal al principio. Ese tipo de personas suelen ser estupendas al comienzo de una relación.

Había un montón de almohadas junto al cabecero. Will se colocó un par de ellas y se tumbó a su lado.

Laura se giró inmediatamente hacia él.

– Bueno, eso es cierto. Al principio fue muy dulce con ella. La trataba como a una reina. Era como si todo lo que ella hacía fuera importante para él, lo que se ponía, lo que llevaba, lo que pensaba -suspiró-. Ella no podía ni elegir un par de zapatos sin pedirle consejo. Intenté decirle una vez que él estaba ahogándola. Deb me dijo que era tonta.

– Y aún lo eres por sentirte culpable.

– ¿Culpable?

Will le acarició suavemente la frente.

– Aquí tienes un signo de culpabilidad muy marcado. No te lo puedes sacar de la cabeza, ¿verdad? Piensas que debiste hacer algo para sacar a tu hermana de esa situación.

Laura no se apartó de su mano.

– Me preocupa que puedas leer mi mente, Montana.

– A mí me gustaría poder hacerlo más a menudo… No sé qué fue mal con tu hermana. Y no tengo respuestas para decirte qué vio en ese hombre. Pero sé que cuando tuvo que pedir ayuda apareció en tu puerta. Ella confía en ti. Sabía que estarías aquí para ella. Sus acciones deberían decirte algo sobre la fuerza de la relación que tenéis las dos. Si no acudió antes a ti no fue por tu culpa.

Laura pareció necesitar tiempo para pensar en eso. Tardó un rato, pero su ceño desapareció gradualmente. Y entonces fue ella la que empezó a acariciarle la mejilla.

– ¿Montana?

– ¿Qué?

– ¿Cómo consigues continuamente que me sienta mejor?

– ¿Lo hago?

– Sí. Y otra cosa, no sé por qué no me has matado durante los últimos días. Alguna gente podría protestar ante un asesinato, pero yo lo habría entendido. Mi familia siempre huye cuando estoy enferma. Todo el mundo sabe que me vuelvo gruñona y excéntrica.

– Tienes mucha razón. Ha sido tan divertido vivir contigo como con un monstruo de dos cabezas.

Laura sonrió y lo besó.

– Quítate la sudadera, Montana.

– No estoy seguro de que estés lista. Anoche tenías fiebre y…

– ¿Quieres que te la arranque yo?

Ante tal amenaza, Will obedeció. Cuando la sudadera cayó al suelo, él la ayudó a participar en el repentino ataque de su propio cuerpo. Luego le quitó a ella las mallas y la sudadera, ayudándola por si aún estaba demasiado débil.

– Esto no está funcionando -dijo Laura.

– ¿No?

Los dos estaban desnudos. Para él iba de maravilla.

– Ésta es mi seducción, Montana, no la tuya. Ahora sujétate al cabecero y no te sueltes.

– Piedad…

– No te molestes en suplicar. No habrá piedad para ti.

Volvió a besarlo con violencia. Al mismo tiempo, con una fuerza sorprendente, le subió las manos por encima de su cabeza y se las rodeó alrededor de los barrotes metálicos.

Empezó a tocarle todo el cuerpo, al principio con timidez y luego más descaradamente, mirándolo a los ojos.

Podría haber hecho carrera como torturadora. Fuera, el cielo se había oscurecido y las frías luces invernales entraban por la ventana. No había nada romántico en el ambiente… excepto ella. La débil luz brillaba en su pelo. Laura se detuvo, miró alrededor y entonces tomó un bote de polvos de talco de su mesilla.

Sentada a horcajadas encima de él, se echó grandes cantidades de talco en las manos. Cayó por todas partes. Will asociaba ese olor con los bebés, no con el romance. Pero las manos de Laura se quedaron resbaladizas y suaves. Insoportablemente resbaladizas. Lo miró a los ojos mientras deliberadamente le extendía el polvo arriba y abajo por su pecho y bajaba por su ombligo. Se tomó su tiempo tocando su parte más vulnerable.

Los nudillos de Will estaban blancos agarrándose a los barrotes. Estaba haciendo un gran esfuerzo por no tocarla… pero no pudo seguir aguantando. Sus manos se soltaron. Laura había terminado con ese juego.

Entonces la besó y la puso delante de él. El polvo se quedó pegado a sus pieles sudadas y resbaladizas. Las almohadas habían caído al suelo y las sábanas estaban hechas un lío.

Will le estaba sujetando la cara cuando ella gritó, subiendo por la poderosa ola. Se tensó y lo miró, apretando las manos en su espalda.

– Te amo, Will. Te amo, te amo…

La furia en su voz era suave como la seda, su susurro tan femenino que él perdió el poco control que le quedaba.

Y luego se quedaron abrazados un rato. La frente de Laura estaba empapada, los ojos cerrados. Siguieron así hasta que volvieron a respirar con normalidad.

Y entonces cayeron uno al lado del otro, abrazándose y acariciándose despacio, íntimamente. Los ojos de Will se cerraron, y también los de Laura.

Desde la otra habitación, se oyeron de pronto unos gemidos.

Capítulo Seis

El pollo se estaba quemando. Vestido sólo con los vaqueros, ya que no había tenido tiempo para ponerse nada más desde que se levantó, Will sacó la fuente del horno y la dejó en la encimera.

Miró alrededor de la cocina. La ensalada estaba preparada, pero aún no había preparado las judías y tenía la sensación de que debió haberlo hecho antes. El resultado sería una cena nutritiva, pero sería difícil que todos los platos calientes estuvieran listos al mismo tiempo. Las patatas tardaban mucho. ¿Cómo pudo haberlo sabido? ¿Nacían las mujeres sabiendo esos pequeño trucos?

– ¿Estás bien? Si quieres voy a ayudarte -le dijo Laura.

– Tú estás ocupada con Archie. Yo estoy bien. Dentro de unos minutos estará lista la cena.

Posiblemente esa promesa era algo optimista. Will se dio cuenta de que se le había olvidado también algo elemental como poner la mesa.

Empezó a trabajar silbando por la cocina. No podía recordar la última vez que había silbado haciendo algo. Brevemente pensó si había echado de menos esos días su laboratorio, su trabajo, su casa…

Le alivió darse cuenta de que sí. Añoraba su laboratorio y unas horas de trabajo duro. Lo había dejado todo sin vacilar mientras Laura estaba enferma. Echaba de menos la dura concentración de su trabajo, pero cuando pensaba en volver a su casa, de repente se sentía… solo.

Impaciente, trató de olvidarse de esa sensación. Obviamente necesitaba volver a su casa y continuar con su vida ordenada de nuevo. Laura no lo necesitaba ya. Esa tarde, ella le había demostrado sin duda que había vuelto a su nivel peligroso de normalidad.

Recordando su juego amoroso de esa tarde, empezó a silbar de nuevo. Tras romper dos trozos de rollo de cocina para usar de servilletas, puso a calentar las judías y se apoyó unos instantes en la puerta de la cocina.

De pronto dejó de silbar, su sonrisa se desvaneció y se quedó muy serio y pensativo.

El salón sólo estaba iluminado por una lámpara de tono azulado y suave. Esa luz pastel caía sobre Laura mientras le daba al bebé el biberón.

Después de haber hecho el amor, Will se ocupó del bebé para que ella pudiera darse una ducha rápida. Laura se había puesto un albornoz color marfil, pero sus pies seguían desnudos. Los dedos de los pies se movían a la vez que la mecedora de madera. Tenía el pelo seco y alborotado alrededor de la cara, y los brazos sujetando al bebé.

Will se frotó la nuca. Los dos parecían un cuadro. Durante un segundo, en su mente apareció la imagen de un bebé diferente. El suyo y el de Laura. Su bebé.

Considerando todo el tiempo que Will había tenido un miedo estúpido a los bebés, no sabía por qué esa imagen permanecía en su cabeza, cálida y atrayente. Pero su sonrisa desapareció y fue reemplazada por cierto malestar.

Archie no era su bebé, y no tenía nada que ver con las dudas enterradas en la cabeza de Will sobre el futuro de su relación con Laura. En ese momento tenía una excelente excusa para volver a enterrar esas dudas y preguntas. No era el momento apropiado.

Laura tenía un grave problema.

Estaba sujetando al bebé como si fuera suyo. Will había visto esa mirada antes, había visto lo mucho que se había entregado y aficionado al niño. Nunca le había dicho nada porque no sabía cuál era el modo natural de una mujer cariñosa de responder a un bebé. Pero en ese momento recordaba la ansiedad después de la llamada telefónica de su hermana, la mirada triste en sus ojos, el modo en que se retorció los dedos…

Laura levantó la cabeza, lo vio y sonrió.

– Casi he terminado. El pequeñín tenía mucha hambre.

– Ya lo veo.

Will miró a la cocina, soltó una palabrota y corrió al fuego para apagar las judías. Pero volvió de nuevo a la puerta para hablar con Laura.

– Olvidé preguntártelo… Cuando hablaste con tu hermana, ¿dijo por casualidad cuándo vendría a buscar a Archie?

De pronto, Laura abrazó con más fuerza al bebé. Will lo vio. Pero no supo si Laura se dio cuenta.

– No. Sólo dijo que sería pronto. Lo antes que pueda. Dice que lo echa mucho de menos.

– El bebé sólo es prestado.

Laura levantó la barbilla.

– Lo sé.

– Si le tomas demasiado cariño, sólo te dolerá más cuando tu hermana venga a por él.

– No le tengo demasiado cariño.

– ¿No?

– Por el amor de Dios, Will. Archie ha sido separado de su madre, la única seguridad que ha conocido. Necesita ser amado. Necesita toda la atención y el amor que yo pueda darle. Sus necesidades son lo único importante.

Will vaciló. Lo que ella había dicho era lógico y razonable, pero su tono había sido cortante y defensivo. Había estado muy tozuda cuando estuvo enferma, pero fue debido a la fiebre y la gripe. Estuvo furiosa por estar enferma, pero no enfadada con él.

Will no podía recordar que Laura se hubiera enfadado con él alguna vez. Habían tenido algunas discusiones sobre su dinero, pero nada serio. Él nunca había hecho nada para enfadarla. Pero estaba muy claro que no le gustaba que le hicieran preguntas sobre el bebé.

Will volvió a intentarlo pero con más cuidado.

– Entiendo que te sientas responsable de Archie. Pero estás dedicándole mucho tiempo…

– ¿Tiempo que no te he dado a ti?

– Laura, no me refería a eso…

Laura dejó el biberón en una mesa, se puso el bebé en el hombro y empezó a darle palmaditas en la espalda.

– Te molesta, ¿verdad? Nunca has dicho que quisieras hijos. Y de repente estás atrapado y descubriendo exactamente cuánto tiempo requiere un bebé. Pero antes o después, esto saldría a la luz. Will, yo no puedo estar toda la vida fingiendo que querer hijos y una familia no es importante para mí.

– Yo siempre supe que la familia te importaba mucho.

Laura se levantó, sin dejar de dar golpecitos a Archie, pero obviamente demasiado nerviosa para seguir en la mecedora.

– No, creo que no lo sabes. Pienso que los dos nos lo hemos pasado de maravilla siendo egoístas, abrazados como si nada más en la vida existiera. Eso es jugar al amor. No creo que ninguno pudiera haber aguantado mucho tiempo así.

Will sintió como si el suelo se moviera bajo sus pies y él no pudiera encontrar el fondo. Laura no había dicho exactamente que todo había terminado entre ellos, pero Will tendría que ser tonto para no darse cuenta de lo que significaban sus palabras.

Estaba dispuesto a enfrentarse a todas las sensaciones desagradables que tenía sobre la familia y los hijos. Antes o después. Simplemente siempre había tenido miedo de tener un hijo sin estar antes seguro de que no era un mal padre como los suyos. Posiblemente nadie en la vida obtenía esas garantías.

– Laura, no estábamos hablando de nosotros. Estábamos hablando de ti y de Archie, de que no te unas demasiado al niño y luego sufras…

El bebé lo interrumpió con un sonoro eructo.

– Voy a sufrir, Will, si sigo enamorándome más y más de ti, y jugar a amar es lo único que tú siempre has tenido en la cabeza.

Eso le dolió mucho.

– Nunca he jugado contigo.

– No creo que fuera intencionado, pero si somos sinceros, siempre me incomodó tu actitud hacia el dinero -levantó la barbilla y lo miró a los ojos-. Nunca estaba segura si estabas o no jugando. Hacías cosas muy románticas y generosas, Will, pero siempre tenía miedo de que intentaras comprar mi afecto, o que intentaras comprar cosas en lugar de sentimientos.

Diablos, ¿cómo se había deteriorado eso tanto? Laura no dejaba de decir insensateces. ¿De pronto hablaban de dinero?

– Nunca intenté comprar tu afecto.

– ¿Estás seguro de eso en el fondo de tu corazón?

– Mira, no es el momento de discutir. El bebé está despierto…

– Está bien.

Bueno, pues él no lo estaba. Tener un bebé en la habitación lo cambiaba todo. Si tenían que discutir, Will quería estar a solas, donde pudiera tocarla y abrazarla, donde pudiera hacerla razonar mostrándole lo reales y fuertes que eran ciertas cosas entre ellos. Nada de eso podría suceder con Archie soplando pompas de saliva en su hombro. Con el bebé ahí, Will no podía ni pensar.

– La cena debe estar quemándose… Ya tiene que estar lista.

– No tengo hambre.

– Bueno, necesitas comer y recuperar tus fuerzas.

Pero Will había perdido el apetito también y no quería seguir oyéndola. Se fue al vestíbulo, se puso los zapatos y la cazadora.

– De todos modos iba a marcharme después de cenar. Han pasado días desde que no voy a mi casa. Tú ya estás bien y yo tengo un montón de trabajo.

– Montana -dijo ella furiosa-, estás huyendo.

No había un alma en el edificio a las siete de la tarde. Los laboratorios estaban oscuros. La única luz en el lugar era la de su despacho.

Durante tres días, Will había estado trabajando como una mula, quedándose hasta muy tarde por la noche en lugar de volver a casa. Repantingado en la silla, con los pies sobre la mesa, se puso a pensar en las mujeres que había habido en su vida.

Fueron muchas. Docenas. La mayoría más bellas que Laura. Ninguna le dio tantos dolores de cabeza por su dinero. De hecho, algunas sólo lo quisieron por eso. Pero todas fueron mujeres razonables nada inclinadas a discutir. Compañía agradable, sin complicaciones ni sorpresas.

Podría llamar a cualquiera de esas mujeres. En cualquier momento. La acusación de Laura de que había huido era irrisoria. Él nunca había huido de nada difícil en toda su vida. Era sólo que no le gustaba que lo presionaran. Lo habían hecho muchas veces de niño, forzándolo a vivir con otras personas, tan necesitado de seguridad que se aferraba a cualquier cosa. En ese momento tenía seguridad. Tenía dinero. Y nadie iba a presionarlo de nuevo.

De pronto, empezó a gruñirle el estómago. Oh, otra vez no.

Había echado las galletas después del desayuno y el almuerzo. Normalmente él tenía un estómago de hierro que no le daba problemas. Pero había una razón por la que tenía problemas reteniendo la comida.

Había pillado la gripe de Laura.

No tenía nada que ver con la ansiedad de haberla perdido a ella.

Pero esa vez, dejó de dolerle y se le asentó el estómago. Estaba bien de nuevo. Su gripe le había durado menos que la de Laura.

Encontraría otra mujer.

Sería rubia o pelirroja, pero nada de morenas. Tendría ojos verdes o azules, cualquier cosa que no fuera ese dulce color chocolate. Sería algo codiciosa, para que él pudiera mimarla cuando quisiera. Le gustarían las joyas y no las sudaderas de Mickey Mouse. Y tendría cerebro para no presionar a un hombre.

Se hundió más en su sillón y cerró los ojos, decidido a imaginarse a esa mujer.

Esperó, pero no vio nada. Sólo apareció ella. Llevaba calcetines grandes, y esas mallas ceñidas que le marcaban el trasero, y tenía el pelo castaño hecho una maraña de suaves rizos. Su boca tenía una de esas sonrisas que le volvían loco. En esa imagen mental, tenía el corazón en la mirada, justo como cuando la dejó… y Will sabía que él tenía razón en que ella se estaba uniendo demasiado al bebé, pero las vacas volarían antes de que Laura lo escuchara.

La amaba.

Ella siempre tendría sus momentos irracionales. Siempre habría veces en que no lo escucharía…

Era espantoso darse cuenta de que conocía sus defectos. Pero también los amaba.

No le serviría de nada encontrar a otra. Laura era la que le corroía las entrañas, clavada como una aguja a su corazón. La echaba tanto de menos que sentía como si le hubieran arrancado un trozo del alma. Y nada hacia que desapareciera esa horrible sensación de vacío.

Laura había medio esperado que las puertas del laboratorio estuvieran cerradas, pero entró sin problema. Su estómago revuelto sí le estaba causando algunos. Llegó al oscuro vestíbulo con una mano en la tripa, temiendo vomitar en cualquier momento.

El coche de Will estaba en el aparcamiento. La luz solitaria de su despacho brillaba en la noche nevada. Así que estaba ahí. Y como no había respondido al teléfono en su casa durante dos días, Laura imaginó que el mejor modo de encontrarlo sería ir allí.

Quería encontrarlo.

La señora Apple se quedaría a pasar la noche con Archie, así que Laura no tenía que preocuparse de la hora. Dejó su abrigo en una silla en el vestíbulo, respiró profundamente, se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y avanzó.

Había una luz de seguridad encendida en todas partes, así que podía ver. Los pasillos parecían fantasmales, pero Laura conocía bien el camino. No era la primera vez que había encontrado a Will en su despacho. Pero todas las demás veces había sabido con seguridad que él quería verla.

Desde su puerta abierta salía un rectángulo de luz amarilla. Lo vio, pero no oyó ningún sonido saliendo de dentro. Sin hacer ruido avanzó.

Él no la vio. No inmediatamente. Pero ella sí a él, y de repente se olvidó de sus nervios y sus náuseas.

Estaba repantigado en su sillón como si hubiera perdido a su mejor amigo. Se había quitado la bata del laboratorio y la había echado sobre una silla, pero parecía que llevara una semana durmiendo con su camisa azul. Tenía barba de tres días, el pelo enmarañado y grandes ojeras. Se le veía sin energía.

– ¿Will?

Estaba mirando por la ventana, pero volvió la cabeza al momento. Laura temió que no quisiera verla, que estuviera furioso. Pero sus ojos la traspasaron con intensidad.

– Ha sido muy difícil encontrarte. No quería molestarte en el trabajo, pero no he dejado de llamar a tu casa y no te localizaba…

Laura se calló. Empezar con esa conversación intrascendente no solucionaría nada. El orgullo era el problema. Respiró profundamente y volvió a empezar.

– Will… tienes todo el derecho a estar furioso conmigo.

– No lo estoy -dijo muy despacio.

– Pues deberías. Lo siento. Has hecho mucho por mí, me ayudaste cuando estuve enferma sin quejarte ni una vez, y luego yo me eché sobre ti. No era el momento apropiado para hablar de eso como tú dijiste y…

– Quizás sí huí, como dijiste tú… No volveré a huir de ti. Si quieres hablar te escucharé.

Quizás él estuviera dispuesto a escuchar, pero de pronto Laura perdió todo el interés en hablar. Dio un paso hacia él, y Will levantó los brazos. Y cuando ella se echó sobre su regazo, Will la abrazó.

– No me gustó discutir contigo, Montana. Por el amor de Dios, no vuelvas a dejarme hacerlo.

– Puede que sea poco realista pensar que nunca volveremos a pelearnos.

– Olvida eso. No quiero ser realista. Ahora no.

Le sujetó la cara entre las manos y lo besó. No podía expresarle con palabras lo asustada que había estado de perderlo. Así que se lo dijo desde su corazón.

Un beso no podía empezar a explicar nada, así que le dio otro. Su barba le arañaba la mejilla. Y su boca estaba seca. Pero sus labios eran suaves y Will respondió salvaje, como si llevara almacenando el combustible en su interior durante días.

Will le metió las manos bajo el jersey rojo, pero no hubo nada sexual en ese primer contacto. Fue como si estuviera buscando la textura y el calor de su piel.

Laura empezó a desabrocharle los botones de la camisa mientras intentaba sentarse en sus rodillas.

– Laura…

– Sshh…

Ella no debió forzarlo. Fue un error que no volvería a cometer. Él era lo que más le importaba. No sabía cómo se solucionaría su futuro… y no le importaba. Aprovecharía todos los momentos que pudiera con él. Nada era igual.

Will se apartó, pero sólo para repartir besos por su cuello y su pelo.

– Creo que nos mataremos en esta silla.

– Tendremos que arreglárnoslas.

Laura no apartó las manos de su cuerpo. Finalmente le abrió la camisa.

– Hay un sofá ahí…

Will la levantó en brazos. La silla crujió y sus manos se posaron bajo su trasero. Ella tenía los brazos en su cuello.

– Te amo, Montana -dijo con pasión-. Te amo tanto que no puedo soportarlo. Y voy a intentar amarte a ti tanto que tú no puedas soportarlo tampoco.

Él empezó a responder, pero el sonido que salió de su garganta fue sólo un gemido. La dejó en el viejo sofá de cuero y él se tumbó también. Le quitó el jersey, y resultó que ella no llevaba sujetador. El cuero estaba frío contra su espalda, pero el fuego en las manos de Will la calentó deprisa. Sus palmas la acariciaron sin cesar.

Los pezones le dolieron ante la suave invasión de la lengua. Laura recorrió cada parte de su cuerpo con las manos, desde las costillas hasta el ombligo.

– No llevas braguitas -observó Will.

– Lo olvidé.

– No creo que lo olvidaras. Creo que sabías exactamente lo que me pasaría si descubría que no tenías nada bajo los vaqueros.

– Posiblemente…

Will se rió.

– ¿Vas a ayudarme a quitarte los vaqueros?

– No.

– ¿Vas a ayudarme a quitarme los míos?

– No. Ahora no tengo tiempo, Will. Pregúntamelo dentro de un rato.

Pero Will no quería esperar, así que resolvió el problema de los dos vaqueros con facilidad. Montana era un hombre creativo y competente. Incluso recordó que tenía protección en su cartera… Pero no, en ese momento Laura no quería pensar en bebés ni en si alguna vez estaría preparado para aceptar ese riesgo.

El amor era un riesgo. Y los dos estaban deseando aceptarlo y arriesgarse a mostrarse vulnerables y desnudos el uno frente al otro. Era una necesidad sincera y tan fuerte que a Laura le daba algo de miedo lo mucho que lo quería dentro de ella, reclamándola, tomándola. Pero también necesitaba darle a él lo mismo.

El fuego se encendió, quemándoles la piel, provocando besos descontrolados.

– Te amo -susurró Will-. Te amo -repitió de nuevo mientras su cuerpo entraba, uniéndose completamente al de ella.

Will nunca antes le había dicho esas palabras. Laura siempre se había dicho que no importaba porque ella sabía cómo la trataba, cómo era con ella y que había amor en su corazón. Pero descubrió que sí le importaba. Porque el amor en su voz fue como una flecha directa a su corazón, y las emociones surgieron de ella descontroladas.

Lo que lo asustara antes, había dejado de existir. Will no parecía ya asustado.

Encajaban como una llave en una cerradura. Con un amor tan fuerte, el futuro se solucionaría.

Laura quería creer eso desesperadamente.

Capítulo Siete

– Will, te aseguro que no podría ser más feliz -Laura apartó las cortinas y miró a la calle por décima vez-. Estoy encantada de que mi hermana esté bien y se haya recuperado. ¡Y hace dos meses que no ve a Archie! Estoy deseando verlos juntos de nuevo.

– Sé que te sientes feliz por tu hermana. Pareces algo… inquieta.

Laura no dejaba de moverse de un lado a otro. Y Will notó que tampoco había soltado al bebé en las dos horas anteriores.

– ¡No estoy inquieta! ¡Sólo estoy deseando verla!

– Lo entiendo -dijo Will, dejando el tema.

Todo el día había tenido una extraña sensación, pero quizás Laura estuviera tan feliz como decía.

Will miró todo lo que había en el vestíbulo. La cuna, el parque, pañales, ropa, y la cesta llena de juguetes. Todo esperaba la llegada de Deb.

No quedaba nada excepto los utensilios que el bebé aún necesitaba.

Will se había ocupado de todo durante las últimas semanas. Deb no vivía en un albergue de mujeres, sino que se había instalado en un dúplex en St. Louis, con un nuevo ordenador y todo lo necesario para comenzar un negocio de contabilidad desde su casa. Se estaban solucionando los últimos papeleos de su divorcio. Aunque había una orden contra su marido para que no se acercara a ella, Will imaginó que no haría daño tener a un guardaespaldas para asegurarse de que el imbécil se comportaba.

El dinero resolvió muchos problemas. Pero Will no estaba seguro de que pudiera solucionar el problema que tendría Laura cuando la separaran del bebé.

Por supuesto, ella no dejaba de decir que no había ningún problema.

– ¡Está aquí! -gritó Laura corriendo desde la ventana a la puerta.

Deb entró, y durante los siguientes veinte minutos no dejaron de hablar entre ellas. Will le quitó a Deb el abrigo, dijo un par de palabras a las que ninguna prestó atención y vio a las hermanas reírse y abrazarse, interrumpirse continuamente y hablando como locas.

Deb no perdió un instante en abrazar a su bebé. Will se fijó en ella. Seguía muy flaca, pero su piel tenía mejor color, sus hombros no estaban hundidos y había vida en sus ojos.

Una vez Deb abrazó al bebé, Laura no volvió a mirar a Archie. Naturalmente, estaba ocupada charlando por los codos con su hermana, pero Will se preocupó. Durante dos meses y medio no había apartado los ojos del niño. Y de repente fue como si no existiera.

Entonces Archie soltó un chillido.

Will suspiró.

– ¿Qué tal si las dos vais a tomar un café mientras yo hago los honores?

– ¿Los honores? -preguntó Deb confundida.

Will le quitó al pequeño.

– No te preocupes. Soy un profesional en esto de cambiarle. En seguida volvemos.

Deb pareció sorprendida.

– ¿Estás seguro de que está mojado?

– Totalmente.

El estudio estaba ordenado de nuevo, aunque aún quedaban algunas cosas. Will se ocupó de cambiarlo con rapidez. En cuanto el niño se quedó desnudo, se acurrucó e intentó morderse el pie, pero Will conocía bien el truco.

– ¿Te das cuenta de que es la última vez que tengo que hacer esto? Te estás poniendo muy gordo para seguir haciendo eso. Y demasiado grande. ¡Pero si te está creciendo pelo!

Will examinó la cabeza del bebé.

– Bueno, sólo hay tres. No creo que tu madre tenga que comprarte aún cepillos, pero al menos hay alguna esperanza. ¿Quién lo habría imaginado?

El bebé en seguida estuvo limpio y cambiado. Will se apartó y lo miró.

– Ya no me verás más. Nunca te gusté, ¿verdad? Imagino que siempre supiste que no tenía experiencia con estas cosas. Créeme, yo tengo sentimientos confusos hacia ti. De hecho, si crees que voy a echarte de menos…

Así fue. Pero Will no supo cuánto hasta ese instante. Había estado pensando en los sentimientos de Laura, no en los sus suyos. Archie sopló pompas de saliva. El bebé casi le había costado perder a Laura, casi había destrozado su vida amorosa…

Le levantó de nuevo con un nudo en la garganta.

– De acuerdo. Te echaré un poco de menos. Pero tú eres duro, como yo. Y piensa en lo mucho que te necesita tu madre. Si viene algún tipo malo, tú la defenderás, ¿me oyes? Sólo deja que sepan desde el principio lo problemático que puedes ser.

En ese momento los llamó Deb. Los siguientes minutos fueron de total confusión. Todos llevaron cosas al coche de Deb. Cenaría ese día con su padre, pero no pudieron convencerla para que se quedara más. Obviamente conducir de noche mientras Archie dormía era lo más fácil.

Por fin se fue. El aire era frío. Laura se giró a Will y le pasó un brazo por la cintura.

– Tenía buen aspecto.

– Sí.

– Aún no está bien del todo. Pero lo estará. Lo he visto en su cara. Realmente está solucionando su vida.

– Eso me ha parecido a mí también.

Ella seguía acurrucada a él cuando entraron.

– Has hecho mucho, Will. Por ella. Por nosotras.

– Bueno… nunca he conocido a nadie que no necesite ayuda a veces. Y ver su aspecto mejorado ha sido la mejor recompensa.

Laura soltó una risita.

– Apenas podía apartar las manos de Archie. Se le iluminaron los ojos cuando lo vio. Necesitaban estar juntos de nuevo. Creo que le dará a mi hermana más motivos para recuperar fuerzas. A ella no le gustaba estar separada de Archie.

Will notó que no había dicho una palabra sobre sus sentimientos. Y la suave felicidad en su rostro era real.

– No sé si te has dado cuenta, Laura, pero ha sido un día largo. ¿Te apetece relajarte en un baño caliente?

– Hmm, mucho.

A él también, ya que quería a Laura apartada de él durante unos minutos. Había planeado una sorpresa para esa noche, algo para apartar su cabeza de la ausencia del bebé. Una vez Laura cerró la puerta del cuarto de baño, Will fue corriendo al dormitorio.

Después de abrir la cama, puso una enorme toalla encima y sacó el aceite de masaje que había escondido en su cazadora. El vino tinto ya estaba abierto y preparado en la cocina, y sólo había que servirlo. Will tardó un poco en terminar de prepararlo todo. Apagó la luz de arriba y encendió la lámpara de la mesilla.

Entonces se enderezó y lo miró todo. Estaba preparado. Suspiró satisfecho.

Casi en ese instante, oyó los sollozos de Laura.

Laura tenía un paño húmedo apretado a los ojos cuando sintió el aire frío al abrirse la puerta. Entre lágrimas, vio que una enorme toalla roja iba hacia ella.

– Estoy bien -dijo rápidamente.

– ¿Sí? ¿Qué tal si sales y hablamos de ello?

– Estoy bien, de verdad. Estoy feliz. Muy feliz.

– Claro que sí. Anda, levántate.

Era imposible negar las lágrimas en sus ojos.

– No sé qué me pasa. Esto es estúpido. Sólo estaba dándome un baño, relajándome, todo iba bien. Pero…

– Cuéntamelo.

– Entonces me acordé -se levantó y aunque Will la envolvió en la toalla, empezó a temblar-. Me acordé de que olvidé decirle a Deb lo de los golpes en la espalda, ya sabes, que hay que dárselos fuerte para que eructe -siguió llorando-. Y si se va a dormir sin eructar, se despierta llorando. Y ella no sabrá la razón.

Will le quitó la toalla y empezó a ponerle un albornoz.

– Creo que Deb es lo suficiente lista para adivinarlo sola. Lo que me está matando es que tú no imaginaras lo mucho que lo ibas a echar de menos.

– ¡No lo echo de menos!

– De acuerdo.

– Tendría que ser la mayor egoísta del mundo para echarlo de menos.

– Eres la persona menos egoísta que nunca he conocido -comentó Will, pero Laura no lo estaba escuchando.

– Es el bebé de mi hermana, por el amor de Dios. Ella es su madre. Y tú no conoces a Deb tan bien como yo, pero ella es maravillosa con los niños. No creo que nadie en el mundo pueda ser mejor madre que ella, y estar separada de Archie ha debido matarla. De hecho, por eso estoy tan contenta de que estén juntos de nuevo.

– Me alegra que estés contenta.

Will le cerró el albornoz y la llevó al salón.

– Has sido una boba al pensar que nunca lo ibas a echar de menos.

– ¡No lo echo de menos! ¡Quiero que esté con su madre!

– De acuerdo.

Will se sentó en la mecedora y la sentó en su regazo. Le apoyó la mejilla en el hombro y ella siguió llorando con fuerza.

– Me temo que soy una egoísta -confesó.

– No digas tonterías o me enfadaré. Tú no eres egoísta.

– Pero lo soy. Lo digo en serio. Porque la verdad es que he estado asustada.

– ¿Asustada de qué?

– De perderte. Me siento feliz por mi hermana y estoy aliviada de que todo se haya solucionado, y volveré a ayudarla siempre que lo necesite. Pero también me alegro de que todo vaya terminando porque nuestras vidas podrán volver a la normalidad. Y yo quiero que nuestras vidas vuelvan a ser como eran.

Will le acarició el pelo. Laura siguió hablando.

– Lo digo en serio, Will. Tú has sido paciente y maravilloso… pero han pasado semanas desde que no pasamos tiempo a solas. Cada vez que intentábamos hacer algo, el bebé interrumpía nuestros planes. A mí me molestaba eso, y seguro que a ti también. Ahora quiero que las cosas vuelvan a ser como antes.

Laura estaba cada vez más relajada, agotada de llorar y adormecida por el suave balanceo de la mecedora. Will la oyó suspirar y sintió que acurrucaba la cara en su cuello. Se quedaría dormida en pocos minutos. Estaba agotada de ese dramático día.

Pero él se dio cuenta de que no podrían volver a ser como eran antes. Ninguno de los dos.

Will llegaría en cualquier momento. Laura levantó la cabeza para ponerse un pendiente al mismo tiempo que metía los pies en unos zapatos de tacón altísimos. Lo bastante altos para romperse el cuello cuando corrió por la habitación buscando el cepillo.

Will siempre había sido al que se le ocurrían las ideas románticas. Esa noche era su turno. Se había puesto ropa interior sexy de seda, perfume, medias con costuras y un vestido negro con un gran escote.

Will había estado muy callado la semana anterior. Demasiado. Laura sabía lo mucho que él valoraba en su relación la libertad de hacer lo que quisieran a cada momento. El bebé lo había puesto todo patas arriba.

Y a ella también. Laura se pasó el cepillo por el pelo. Ella era la amante de Will. Entonces Archie apareció en sus vidas y ella se convirtió en una refunfuñona y una llorica, siempre agotada. Nada que ver con la mujer relajada y despreocupada de la que él se enamoró, a la que entendía. Y difícilmente la amante que necesitaba.

Bueno, pues eso se iba a arreglar.

Entonces oyó el timbre.

Fue a la puerta lo más rápido que le permitieron sus tacones altos y la abrió.

– Hola -dijo Will.

Estaba despeinado. Se inclinó para besarla. Sus labios estaban fríos y la expresión en sus ojos era extraña.

Laura tragó saliva. Parecía que Will no había captado su indirecta sobre una «cena especial». Llevaba pantalones vaqueros, botas viejas y un jersey de lana. Y esa mirada en sus ojos… Pasó junto a ella como si estuviera en otro mundo.

– ¿Will? ¿Estás bien?

Él se giró rápidamente y sonrió.

– Claro.

Pero Laura se preocupó. El no pareció notar que ella estaba arreglada para seducir a un monje. Ni siquiera notó que tenía el pelo bien peinado, algo anormal. Pero sí notó su perfume, porque volvió a acercarse y le dio un besito en el cuello.

– Estás buscándote problemas con ese perfume.

Cierto. Así era. Y aunque Will tenía más talento en gestos extravagantes y románticos, ella había quedado muy satisfecha con lo que había preparado. Pero nada estaba sucediendo como había planeado.

Will dejó su cazadora en el perchero y se quitó los zapatos.

Laura tenía un delicioso vino enfriándose en un cubo con hielo, pero él se sirvió una cerveza antes de que ella pudiera ofrecérselo. En el salón puso velas olorosas y fragantes, pero él encendió la luz en cuanto entró. Todo en la cocina estaba preparado. Ella se había imaginado que le serviría como a un sultán. Pero fue Will el que miró en el horno, metió un tenedor en la carne para comprobar si estaba hecha y sirvió el arroz, no en los cuencos de cristal tallado de su madre, sino en unos normales.

Y entonces no comió. Ni tampoco pudo ella. No había una razón especial para pensar que algo iba mal. Will estaba ayudando como hacía siempre. Si no había notado todo lo que había preparado Laura, no era por ser desconsiderado. Tenía derecho a estar distraído. Pero había estado así toda la semana, y Laura temía que ya no sintiera lo mismo por ella, y temía perderlo. Y el nudo en su garganta siguió aumentando hasta que le resultó completamente imposible tragar nada.

Will finalmente bajó también su tenedor.

– ¿Quieres dar un paseo?

– Un paseo -repitió Laura.

Sinceramente, su plan original había sido acurrucarse con él después de cenar. La opción de un paseo nunca había pasado por su cabeza, y menos en una noche fría y negra.

– Ninguno de los dos parece tener mucho hambre. Y hay algo de lo que me gustaría hablarte.

– Bien… vale. Vamos a dar un paseo.

Laura estaba cada vez más preocupada, y no sabía si tendría valor para oír lo que tenía que decirle, y también estaba el pequeño problema práctico de helarse con esa ropa.

Posiblemente Will sí se había fijado en su escote después de todo, porque fue al dormitorio y le sacó un jersey para que se lo pusiera sobre el vestido. Se lo puso, pero el efecto tenía que ser ridículo, y más aún cuando Will le dio un anorak. La falda era larga, y como no había modo posible de que pudiera andar con esos tacones, se puso unas botas.

Will le dio un beso en la mejilla, aparentemente dándole las gracias por parecer una vagabunda. Por suerte, fuera no había ningún vecino para notar su atuendo. Las calles estaban vacías. Todo el mundo estaba metido en sus casas agradables y calentitas… excepto ellos. La noche era helada, pero no había viento exceptuando el vaho de su respiración.

Recorrieron la manzana, con Will llevando el paso con tanta rapidez que evitaba cualquier posibilidad de conversar. Pero entonces, de pronto, disminuyó la marcha, y suavemente le dio un apretón en la mano enfundada en un guante.

– Necesito tu ayuda con algo.

– Por el amor de Dios, Will. La tienes.

– Hay algo que quiero decir, Laura. Algo que quiero pedirte. Pero tengo más miedo que en toda mi vida, de hacerlo mal.

– Montana, soy yo. No hay nada que puedas decirme que esté mal. Pensé que lo sabías.

– Bueno, esto es diferente… -respiró profundamente y se metió una mano en el bolsillo del vaquero, volvió a sacarla y le mostró una cajita de terciopelo negro-. Espero que quieras esto tanto como yo quiero dártelo.

Ella se quitó un guante y abrió la cajita. Will le había regalado antes todo tipo de joyas, pero nada como eso. Era un anillo de oro sencillo, sin adornos. Laura levantó la mirada.

– Me enfadé mucho cuando me acusaste de intentar comprar tu afecto, Laura, pero creo que tenías razón. Sentía que tenía que darte cosas para conquistarte. De niño nadie me quería a menos que fuera útil en algo. Durante mucho tiempo llegué a asociar la seguridad con el dinero. Pero el dinero no tiene nada que ver con la seguridad que realmente es importante, ¿verdad?

– No -susurró Laura.

– Imaginé que no creerías que yo realmente había cambiado a menos que te lo demostrara. Admito que me costó mucho darte un simple anillo de oro. Por mí te habría llevado a pasar un fin de semana en Turquía, con arena caliente, luz de luna y una cena lujosa, antes de atreverme a hacerte la pregunta. Pero de este modo esperaba que me creyeras. Así lo sabrías. No intento ocultar o fingir que no tengo nada que ofrecerte aparte de mí.

Laura le echó los brazos al cuello.

– Yo me he enamorado de ti. No de los regalos ni de las cosas, Montana.

– Ya, bueno, parece que yo he tardado mucho en darme cuenta de eso. Demasiado. Siempre había pensado que no era un hombre familiar y no estaba hecho para el matrimonio y los hijos. Mis padres no lo fueron, y yo no quería hacerle eso a una mujer, a una familia, dejar que se dieran cuenta de que era incapaz de echar raíces -Will se aclaró la garganta-. Y cuando llegó Archie, me asusté. Imaginé que de ningún modo podría llegar a ser un padre adecuado y una persona hogareña… Pero nunca he encontrado una paz igual como durante los dos meses que ese monstruo estuvo con nosotros, viniendo a tu casa, viviendo como lo haría una verdadera familia. La noche que Archie se marchó, cuando tú dijiste que querías que todo fuera como antes… me asustaste. Porque yo quiero más, Laura. Lo quiero todo. Y lo quiero contigo.

Laura le tocó la mejilla.

– Yo no te dije exactamente toda la verdad. Estaba intentando decirte lo mucho que te amo, Will, y lo mucho que significas para mí. Y justo entonces, estaba segura de que Archie te había dejado harto de bebés para siempre.

– Podría haberlo hecho… si yo no hubiera pensado que nuestros hijos serían mucho peores que él.

– No lo dudes. Sólo de pensar en que heredaran tu energía agotadora y fuerza mental…

– Y podrían tener tu orgullo, tu testarudez… Lo que los dos sabemos de primera mano, es lo retador que es tener una velada romántica con un bebé cerca. Sabríamos exactamente a qué nos enfrentaríamos -dijo abrazándola.

– Montana, tengo la sensación de que estás sugiriendo que hagamos un bebé.

– Estoy sugiriendo una casa llena.

Sus labios se unieron en un beso lleno de promesas y de amor.

– Ponme ese anillo, Montana. Y llévame a casa.

Jennifer Greene

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