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La guerra interminable

Joe Haldeman

Iniciada en 1997, la guerra con los taurinos se arrastra desde hace siglos. Pasando de un mundo a otro a velocidades superiores a la de la luz, las tropas de la guerra interminable envejecen sólo unos pocos días mientras en la Tierra pasan los años; una Tierra más y más irreconocible en cada nueva visita. Premio Nebula en 1975; premios Hugo y Locus en 1976.

Joe Haldeman

La guerra interminable

PARTE I

SOLDADO MANDELLA

1

—Esta noche les mostraremos ocho maneras silenciosas de matar a un hombre.

Quien hablaba era un sargento que parecía llevarme apenas cinco años. Si alguna vez mató a algún hombre en combate, en silencio o como fuera, habría sido en su niñez.

Por mi parte conocía ya ochenta maneras de matar a un hombre, aunque casi todas eran bastante ruidosas. Adopté una postura erguida, puse cara de cortés atención y dormité con los ojos abiertos. Casi todos hacían lo mismo; ya sabíamos que nunca se aprendía nada importante en esas clases vespertinas.

Me despertó el proyector, que pasaba una película breve donde se veían las «ocho maneras silenciosas». A algunos de los actores les habrían lavado el cerebro, pues los mataban de veras. Al acabar la proyección una de las muchachas sentadas en la primera fila levantó la mano. El sargento le hizo un gesto y ella se puso en pie. No era fea, aunque sí algo cargada de hombros y gruesa de cuello, defecto que cualquiera adquiere tras pasar un par de meses cargando un bulto pesado.

—Señor…

Había que llamar «señor» a los sargentos hasta graduarse.

—Señor, casi todos estos métodos parecen un poco… poco tontos.

—¿Por ejemplo?

—Pues… matar a un hombre dándole un golpe en los riñones con una herramienta para cavar trincheras. ¿Cuándo en la vida real nos vamos a encontrar sólo con una herramienta, sin pistola ni puñal? ¿Por qué no liquidarlo de un golpe en la cabeza, simplemente?

—¿Y si tiene el casco puesto? —objetó el sargento.

—Además, ¡quizá los taurinos ni siquiera tienen riñones!

Estábamos en 1997 y nadie había visto a un taurino; ni siquiera habíamos encontrado trozos mayores de taurino que algún cromosoma chamuscado.

—Tal vez no los tengan—respondió el sargento, encogiéndose de hombros—, pero su química fisiológica es similar a la nuestra, y eso nos permite suponer que son seres igualmente complejos. Forzosamente tienen debilidades y puntos vulnerables; a ustedes les toca descubrirlos. Eso es lo importante.

En seguida agregó, agitando un dedo hacia la pantalla:

—Esos ocho convictos murieron para que ustedes aprendieran a matar a los taurinos, ya sea con una pistola de rayos láser o con una lima.

La muchacha se sentó, no muy convencida, al parecer.

—¿Alguna otra pregunta?

Nadie levantó la mano.

—Bien. ¡Aten… ción!

Nos levantamos a tropezones bajo su expectante mirada.

—¡Jódase, señor! —saludó el coro habitual, ya cansado.

—¡Más alto!

—¡Jódase, señor!

Decididamente, era, de todos, el lema moral menos inspirado del ejército.

—Así está mejor. No olviden, mañana hay maniobras antes del alba. Comida a las 0330, primera formación a las 0400. Quien esté en cama después de las 0340 se ganará un azote. Rompan filas.

Subí la cremallera de mi mono y atravesando la nieve fui hasta el salón, en busca de una taza de soja y un cigarrillo de marihuana. Me bastaban cinco o seis horas de sueño, y ése era el único momento del día en que podía estar solo. Miré un rato el notifax; habían volado otra nave en la zona de Aldebarán. De eso hacía cuatro años; estaban preparando una flota para tomar represalias, pero tardarían otros cuatro años en llegar allá. Por entonces los taurinos ya se habrían apoderado de todos los planetas portales. En los alojamientos ya estaban todos acostados y se habían apagado las luces principales. Toda la compañía se sentía exhausta después de las dos semanas de intenso entrenamiento lunar. Arrojé las ropas dentro del casillero y me fijé en la lista; me correspondía la litera 31. ¡Maldita sea! Justo bajo el calentador. Me deslicé por entre las cortinas tan silenciosamente como pude, para no despertar a quien dormía junto a mí. No pude ver quién era, pero me daba igual. Mientras me cubría con la manta oí un bostezo.

—Llegaste tarde, Mandella.

Era Rogers.

—Lamento haberte despertado —susurré.

—No importa.

Se enroscó a mí, pegándoseme como una cuchara. Era cálida y bastante suave. Le acaricié la cadera en lo que creía era un gesto fraternal.

—Buenas noches, Rogers.

—Buenas noches, semental —respondió ella, devolviéndome insinuante la caricia.

¿Por qué será que a uno siempre le tocan las mujeres cansadas cuando está fresco y las frescas cuando está cansado? Me rendí a lo inevitable.

2

—¡Vamos! ¡Arrimen el hombro! ¡El equipo del larguero, aupa! ¡Fuerza!

Hacia medianoche había llegado un frente cálido y la nieve se había convertido en granizo. El larguero de permaplast pesaba doscientos cincuenta kilos y habría resultado difícil manejarlo aun si no hubiera estado cubierto de hielo. Éramos dos a cada extremo. Tenía a Rogers de pareja.

—¡Acero! —gritó el tipo de detrás.

Eso significaba que se le iba de las manos; aunque aquel material no era acero, resultaba lo bastante pesado como para romperle a uno un pie. Todo el mundo soltó la viga y se apartó de un salto.

—¡Maldita sea, Petrov! —protestó Rogers—. ¿Por qué no te alistaste en la Cruz Roja o algo por el estilo? ¡Esta jodida viga no es tan pesada!

La mayor parte de las muchachas se mostraban algo más circunspectas al hablar; pero Rogers era un poco marimacho.

—¡Bueno, largueros, muévanse, carajo! ¡A ver, el equipo de epoxia! ¡Vamos, vamos!

Los dos encargados de la epoxia se acercaron a la carrera, balanceando los cubos.

—Vamos, Mandella, se me están congelando los huevos.

—A mí también —afirmó la muchacha, con más entusiasmo que lógica.

—¡Uno, dos… arriba!

Volvimos a levantar la viga y avanzamos tropezando hacia el puente, que estaba construido ya en sus tres cuartas partes. Al parecer el segundo pelotón nos llevaba ventaja. Eso me importaba un bledo, pero el pelotón que construyera antes su puente podría volver al cuartel. Para los otros habría aún seis kilómetros de estiércol y mugre, sin descanso hasta la hora de comer.

Finalmente pusimos el larguero en su sitio; lo dejamos caer con estruendo y cerramos las grapas estáticas que lo sujetaban a los soportes. La mitad femenina del equipo de epoxia comenzó a encolarlo antes de que termináramos de asegurarlo. Su compañera aguardaba en el otro extremo que llegara la viga y el equipo de suelo esperaba al pie del puente, cada uno con un trozo del liviano permaplast sobre la cabeza a modo de paraguas. Todos estaban secos y limpios. Me pregunté qué méritos habrían hecho para merecerlo; Rogers sugirió un par de posibilidades muy pintorescas, pero poco factibles.

Estábamos preparados para cargar otra viga cuando el oficial de tierra (llamado Dougelstein por apodo,«Aver») hizo sonar un silbato y rugió:

—¡A ver, soldados, diez minutos de descanso! ¡Fumen si tienen con qué!

Metió la mano en el bolsillo y giró la llave que calentaba nuestros monos.

Rogers y yo nos sentamos en la punta del madero que nos correspondía. En mi caja había mucha grifa, pero nos habían ordenado no fumarla hasta después de cenar. El único tabaco que tenía era una colilla de unos siete u ocho centímetros. Lo encendí en el costado de la caja; no era tan desagradable después de las primeras bocanadas. Rogers aceptó una, sólo por cortesía, pero me la devolvió con una mueca.

—¿Estabas estudiando cuando te reclutaron? —preguntó.

—Sí. Acababa de graduarme en física y quería seguir el profesorado.

Ella asintió, muy seria.

—Yo estudiaba biología.

Esquivé un puñado de nieve semiderretida, preguntando:

—¿Hasta dónde llegaste?

—Seis años: el bachillerato y la parte técnica.

Deslizó la bota por el suelo, levantando una cresta de barro y aguanieve, cuya consistencia era la de la leche congelada, y murmuró:

—¿Por qué carajo tenía que pasar esto?

Me encogí de hombros; no hacía falta otra respuesta, y menos aún la que nos daba constantemente la FENU. Éramos la flor y nata intelectual y física del planeta, escogidos para defender a la humanidad contra la amenaza de los taurinos. ¡Pura mierda! Aquello era sólo un gran experimento. Querían ver si podíamos azuzar al enemigo para hacerlo entrar en acción.

Aver hizo sonar el silbato dos minutos antes de lo debido, como de costumbre, pero Rogers, yo y los otros dos seguimos sentados un minuto más mientras los equipos de suelo y de epoxia terminaban de cubrir nuestra viga. Uno se enfriaba muy pronto al permanecer sentado con el equipo interno de calefacción apagado, pero no nos moríamos por principio.

En realidad no tenía sentido entrenarnos para el frío. Era sólo la típica lógica a medias de los militares. Seguramente allá a donde íbamos hacía frío, pero no frío de hielo o de nieve. Casi por definición, los planetas portales mantenían una temperatura constante de dos grados sobre el cero absoluto, ya que los colapsares no brillan; y el primer escalofrío equivalía a la muerte.

Hacía ya doce años, cuando yo tenía diez, descubrieron el salto por colapsar. Bastaba con arrojar un objeto contra un colapsar a velocidad suficiente para que apareciera en otra parte de la galaxia. No se tardó mucho en descubrir la fórmula por la cual era posible predecir el punto en donde aparecería: el objeto viajaba por la misma «línea» (una geodésica einsteiniana, en realidad) que seguiría si no hubiese tropezado con el colapsar, hasta llegar a otro campo colapsar donde reaparecía, rebotando con la misma velocidad que llevaba al aproximarse al primero. El tiempo transcurrido entre ambos puntos: exactamente cero.

Hubo mucho trabajo para los físicos matemáticos, que tuvieron que cambiar la definición de simultaneidad y echar a un lado la relatividad general y volverla a reconstruir. Los políticos, en cambio, se sintieron muy felices, pues podían enviar una nave llena de colonos a Fomalhaut mucho más económicamente que lo que costaba antes poner un puñado de hombres en la Luna. Había mucha gente, según los políticos, que estaría mejor en Fomalhaut, llevando a cabo una gloriosa aventura, en vez de estar causando problemas en la Tierra.

Las naves iban siempre acompañadas por un vehículo automático de exploración espacial, que los seguía a unos tres millones de kilómetros. Sabíamos de la existencia de los planetas portales; eran trocitos de materia estelar que giraban en torno a los colapsares; el propósito de la nave teledirigida era el de volver a comunicar lo ocurrido en el caso de que una de las naves se estrellara contra un planeta portal a 0,999 de la velocidad de la luz.

Aunque nunca había ocurrido semejante catástrofe, un día ocurrió que el vehículo automático volvió solo. Al analizar sus datos se descubrió que la nave de los colonos había sido perseguida y destrozada por otro transporte. Esto ocurrió cerca de Aldebarán, en la constelación de Tauro, pero en vista de la dificultad en decir «aldebaraniano», al enemigo lo apodaron «taurino».

Desde entonces los vehículos izadores viajaban protegidos por una guardia armada. Ésta iba sola, frecuentemente, hasta que el grupo de colonización acabó abreviándose en FENU, Fuerza Exploradora de las Naciones Unidas, con énfasis en «fuerza».

Después algún cerebro de la Asamblea General decidió que era necesario formar un ejército de infantería para custodiar los planetas portales de los colapsares más próximos. Eso llevó a la Ley de Reclutamiento Escogido de 1996 y a la constitución del ejército más escogidamente reclutado en la historia de las guerras.

Y allí estábamos: cincuenta hombres y otras tantas mujeres, todos con coeficientes de inteligencia superiores a 150, un físico excepcionalmente sano y fuerte, chapoteando nuestras excelencias a través del barro y de la sucia nieve de Missouri, meditando en la inutilidad de la habilidad para construir puentes en mundos donde el único fluido era algún charco ocasional de helio líquido.

3

Aproximadamente un mes más tarde partimos hacia el planeta Charon, para efectuar las maniobras finales de entrenamiento.

Aunque próximo al perihelio, Charon distaba del Sol el doble de Plutón.

Nuestro vehículo había sido originariamente «transporte de ganado», o sea, una nave diseñada para transportar a doscientos colonos y una variedad de plantas y animales. El hecho de que sus ocupantes fuéramos sólo la mitad no lo hacía más espacioso, pues todo el espacio sobrante era ocupado por material reactivo y pertrechos de guerra.

El viaje duró tres semanas; la mitad del trayecto acelerando a dos gravedades, para desacelerar en la otra mitad. Nuestra velocidad máxima, al pasar junto a la órbita de Plutón, fue de un vigésimo de la luz, es decir, insuficiente para que la relatividad levantara su complicada cabeza.

No es ninguna juerga llevar un peso dos veces mayor que el normal. Hacíamos un poco de ejercicio tres veces por semana y permanecíamos acostados cuando nos era posible. Así y todo hubo varios casos de huesos rotos y miembros dislocados. Los hombres tenían que usar soportes especiales para no esparcir sus órganos por el suelo. Era casi imposible dormir: pesadillas en que uno se ahogaba o perecía aplastado; además había que girarse de vez en cuando para evitar hemorragias y cardenales. Una muchacha llegó a tal extremo de agotamiento que estuvo a punto de dormirse mientras una costilla le perforaba la carne.

No era la primera vez que yo salía al espacio, de modo que, cuando al fin acabó la aceleración y quedamos en caída libre, no sentí sino alivio. Pero algunos de los que viajaban por primera vez (con excepción del viaje de entrenamiento a la Luna) sucumbieron al súbito vértigo y a la desorientación. Los demás debíamos seguirlos con esponjas y aspiradoras, para limpiar los cuartos y retirar los glóbulos de «soja concentrada de alto contenido proteico y poco residuo, sabor a carne asada», a medio digerir.

Al bajar de la órbita Charon nos ofreció un buen espectáculo. No había mucho que ver; era sólo una esfera opaca y blanca, con algunas manchas. Descendimos a unos doscientos metros de la base. Un tractor oruga presurizado vino a buscarnos y se unió a la nave de tal modo que no nos fue necesario vestir los trajes espaciales. Entre chirridos y ruidos de lata avanzamos hacia el edificio principal, un cajón informe de plástico grisáceo.

En el interior las paredes eran del mismo color insulso. Los demás miembros de la compañía charlaban tranquilamente, sentado cada uno en su escritorio. Había un asiento libre junto a Freeland, que parecía aún algo pálido.

—¿Te sientes mejor, Jeff?

—Si los dioses hubiesen querido que el hombre sobreviviera en caída libre, le habrían dotado de una glotis de acero —respondió, suspirando profundamente—. Estoy un poco mejor. Me muero por un cigarrillo.

—Aja.

—Tú, en cambio, pareces no tener problemas. Habías subido al espacio cuando estabas estudiando, ¿verdad?

—Sí, hice la tesis sobre las soldaduras en el vacío. Tres semanas en órbita en torno a la Tierra.

Me recosté hacia atrás y busqué por milésima vez la caja de cigarrillos. No la tenía. La Unidad de Mantenimiento Vital no quería cargar con nicotina y THC.

—Ya teníamos bastante con el adiestramiento —rezongó Jeff—, y ahora esta mierda…

—¡Aten… ción!

Todos nos pusimos en pie, con muy poco garbo, de a dos y de a tres. La puerta se abrió para dar paso a un verdadero mayor, cosa que me hizo adoptar una postura algo más rígida. Era el oficial de más alto rango que había visto en mi vida. Llevaba una hilera de cintas prendidas al mono, incluyendo la banda purpúrea que reciben quienes han sido heridos en combate mientras peleaban por el viejo ejército americano. Seguramente había sido en aquel asunto con Indochina, antes de que yo naciera.

—Siéntense, siéntense.

Hizo un ademán con la mano, como si palmeara el aire; después se paró en jarras y observó a la compañía con una sonrisilla.

—Bienvenidos a Charon. Han elegido un día maravilloso para llegar; la temperatura exterior es estival: 8,15 grados Farenheit sobre cero. La cosa no cambiará mucho en los próximos dos siglos.

Algunos de los muchachos rieron sin muchas ganas.

—Será mejor que disfruten el clima tropical de la base Miami; disfrútenla mientras puedan. Aquí estamos en el centro de la parte soleada, pero casi todo el adiestramiento se llevará a cabo en la parte oscura. Allá la temperatura es de 2,08. Bien pueden considerar que todos los ejercicios hechos en la Tierra y en la Luna son sólo práctica elemental, cumplida con el solo objeto de darles una buena oportunidad de sobrevivir en Charon. Aquí tendrán que emplear todo el repertorio: herramientas, armas, maniobras. Descubrirán que con este frío las herramientas no funcionan como debieran y que las armas se niegan a disparar. Y la gente debe moverse con muchísimo cuidado.

Estudió la lista que tenía en la mano y prosiguió:

—En este momento son cuarenta y nueve mujeres y cuarenta y ocho hombres. Dos muertes en la Tierra y una baja por motivos psiquiátricos. Después de leer el resumen del entrenamiento recibido, francamente me asombra que hayan llegado tantos hasta aquí. Pero les conviene saber que me daría por satisfecho con que en esta etapa final se graduaran solamente cincuenta: la mitad. Y la única manera de no graduarse es morir. Aquí. El único modo de volver a la Tierra (incluso para mí) es después de haber combatido.

«Completarán un mes de adiestramiento. Desde aquí irán al colapsar Puerta Estelar, distante media luz, para permanecer en Puerta Estelar I, que es una colonia establecida en el mayor de los planetas portales, hasta que llegue el relevo. Afortunadamente será sólo un mes, pues en cuanto ustedes se marchen llegará aquí otro grupo. Cuando salgan de Puerta Estelar será para dirigirse a algún colapsar estratégicamente importante; allí ustedes instalarán una base militar y, si los taurinos la atacan, lucharán contra el enemigo. De lo contrario mantendrán esa base hasta recibir nuevas órdenes. Las dos últimas semanas del adiestramiento consistirán precisamente en construir una base como ésa, aquí, en el lado oscuro. Estarán totalmente aislados con respecto a la base Miami: sin comunicaciones, médicos ni suministros. Poco antes de que acaben esas dos semanas pondremos a prueba sus defensas por medio de un ataque con naves teledirigidas. Irán armadas.

¿Era posible que hubieran gastado tanto dinero sólo para matarnos durante el adiestramiento?

—Todo el personal permanente de Charon está constituido por veteranos de guerra. Por lo tanto, todos tenemos entre cuarenta y cincuenta años de edad. Sin embargo, creo que podemos seguirles el paso. Dos de nosotros permanecerán siempre con ustedes y les acompañarán al menos hasta Puerta Estelar. Son el capitán Sherman Stott, el comandante de la compañía, y el sargento primero Octavio Cortez. ¿Caballeros?

Dos hombres sentados en la hilera del frente se levantaron tranquilamente y se volvieron a mirarnos. El capitán Stott era algo más menudo que el mayor, pero ambos parecían cortados por la misma tijera: rostro duro y liso como la porcelana, semi-sonrisa cínica, un centímetro exacto de barba en tomo a la barbilla prominente y un aspecto que revelaba treinta años, cuanto más. Llevaba una gran pistola sobre la cadera, con todo el aspecto de las armas a pólvora.

El sargento Cortez era otra historia, un relato de horror. Tenía la cabeza rasurada y de una forma extraña: por un lado era plana, como si le hubieran quitado un gran pedazo de cráneo. Era muy moreno y tenía la cara sembrada de arrugas y heridas. Le faltaba la mitad de la oreja izquierda y sus ojos eran tan expresivos como los interruptores de una máquina. Lucía una combinación de barba y bigote que parecía una escuálida oruga blanca paseando en torno a la boca. En cualquier otra persona esa sonrisa casi infantil habría resultado agradable, pero él era la criatura más fea y perversa que yo haya visto en mi vida. Sin embargo, si uno descartaba la cabeza y se atenía sólo al metro ochenta, más o menos, que seguía por debajo, podría haber pasado por publicidad para algún curso de cultura física. Ni él ni Stott llevaban cintas en el mono de trabajo. Cortez llevaba bajo el sobaco izquierdo una pistola a láser de bolsillo, suspendida en un cierre magnético; su culata de madera estaba pulida por el uso.

—Ahora, antes de confiarles a los más tiernos cuidados de estos dos caballeros, permítanme que les haga una recomendación. Hace dos meses no había un alma en este planeta; sólo quedaba algún equipo abandonado por la expedición de 1991. Un pelotón de cuarenta y cinco hombres luchó durante todo un mes para levantar esta base; de ellos murieron veinticuatro, más de la mitad. Éste es el planeta más peligroso que los hombres hayan tratado jamás de habitar, pero los que ustedes van a visitar son tan malos como éste, o peores aún. Sus instructores tratarán de mantenerles vivos durante los treinta días siguientes. Préstenles atención… y sigan su ejemplo; todos llevan aquí un tiempo mucho más prolongado que el que ustedes deberán pasar. ¿Bien, capitán?

—¡Atención!

La última sílaba fue como un estallido; todos nos levantamos de un salto.

—Voy a decirles algo; lo haré una sola vez, así que les conviene escuchar bien —gruñó—. Aquí estamos realmente en situación de combate; en estas condiciones hay sólo un castigo para la desobediencia o la insubordinación.

Extrajo la pistola de su cadera y la sostuvo por el cañón, como si fuera una cachiporra, mientras explicaba:

—Ésta es una pistola automática reglamentaria modelo 1911, automática, calibre 45; se trata de un arma primitiva, pero muy eficaz. El sargento y yo estamos autorizados a utilizar nuestras armas para reforzar la disciplina. No nos obliguen a emplearlas porque lo haremos. Va en serio.

Volvió a poner la pistola en su sitio, con un fuerte chasquido que retumbó en aquel mortal silencio.

—El sargento Cortez y yo hemos matado entre los dos más personas de las que hay en esta habitación. Los dos luchamos en Vietnam por EE UU y los dos nos unimos, hace más de diez años, a la Guardia Internacional de las Naciones Unidas. Yo he tomado licencia como mayor para gozar del privilegio de comandar esta compañía, y el sargento Cortez ha hecho lo mismo con respecto a su grado de submayor, debido a que ambos somos soldados de combate y ésta es la primera situación de combate que se ha producido desde 1987. Recuerden bien lo que les he dicho mientras el sargento primero les da instrucciones más específicas sobre las tareas que les corresponderán. Hágase cargo, sargento.

Giró sobre sus talones y salió a grandes pasos de la habitación. Su expresión no había cambiado un solo milímetro durante toda esa arenga. El sargento primero avanzó como una máquina pesada con un montón de cojinetes. En cuanto la puerta se hubo cerrado con su discreto siseo, se volvió hacia nosotros y dijo:

—Tranquilos, siéntense.

Su voz resultó sorprendentemente suave. Tomó asiento en una mesa, al frente de la habitación: el mueble, aunque crujiendo, le sostuvo.

—El capitán habla como un monstruo, yo parezco un monstruo, pero los dos tenemos buenas intenciones. Puesto que ustedes van a tener que trabajar mucho conmigo, conviene que se acostumbren a esto que tengo colgando frente al cerebro. No creo que traten mucho al capitán, salvo durante las maniobras. —Se llevó una mano a la parte plana de la cabeza y agregó—: Y hablando de cerebro, todavía tengo el mío entero, a pesar de los esfuerzos que hicieron los chinos por quitármelo. Todos los veteranos que entramos en la FENU tuvimos que pasar por los mismos criterios que rigieron la Ley de Reclutamiento Escogido. Por lo tanto, sospecho que todos ustedes son de mente rápida o cuerpo duro…, pero recuerden una cosa: el capitán y yo somos de mente rápida, cuerpo duro y, además, tenemos mucha experiencia.

Hojeó las listas sin prestarles mucha atención.

—Bien, como ha dicho el capitán, durante las maniobras habrá un solo tipo de medida disciplinaria: la pena capital. Pero normalmente no seremos nosotros quienes la apliquemos. Charon nos ahorrará el trabajo. Allá en los alojamientos es otro cantar. No nos interesa gran cosa lo que allí hagan. Rásquense el culo todo el día y jodan toda la noche; es cosa suya. Pero una vez que estén vestidos y en el exterior, tendrán que demostrar una disciplina que avergonzaría a un centurión. Habrá situaciones en las que cualquier estupidez podrá matarnos a todos. De cualquier modo, lo primero que debemos hacer es acostumbrarnos a usar los trajes de guerra. El armero les está esperando en los alojamientos; les atenderá uno por uno. Vamos.

4

El armero era menudo y parcialmente calvo, sin insignias de rango sobre el mono. El sargento Cortez nos había indicado que le llamáramos «señor», pues era teniente.

—Ya sé que en la Tierra recibieron lecciones sobre el funcionamiento de los trajes de guerra, pero quisiera insistir sobre algunos aspectos y agregar algimas cosas que tal vez allá no saben o no pueden explicar con mucha claridad. El sargento primero ha tenido la amabilidad de prestarse como modelo. Sí, sargento.

Cortez se quitó el mono y subió a una pequeña plataforma donde había un traje de guerra, abierto como una almeja antropomorfa. Se acercó de espaldas e introdujo los brazos en aquellas mangas rígidas. Se oyó entonces un chasquido y el traje se cerró con un suspiro. Era de color verde brillante; sobre el casco se leía, escrito en letras blancas, el apellido «Cortez».

—Camuflaje, sargento.

El color verde se convirtió en blanco; después, en un gris sucio.

—Éstos son camuflajes adecuados para Charon y para la mayoría de los planetas portales—observó Cortez, como si hablara desde un pozo profundo—, pero hay otras combinaciones posibles.

El gris se manchó con brillantes combinaciones de pardos y verdes.

—Jungla.

Después se convirtió en un ocre pálido y seco.

—Desierto.

Un pardo oscuro, más oscuro aún, hasta llegar al negro opaco.

—Noche o espacio.

—Muy bien, sargento. Que yo sepa, éste es el único detalle del traje que fue perfeccionado después de su entrenamiento. Los mandos están en torno a la muñeca izquierda. Reconozco que son incómodos, pero una vez que uno halla la combinación adecuada, es muy fácil mantenerla. Ahora bien, en la Tierra ustedes no recibieron demasiado entrenamiento respecto al uso del traje, pues no queríamos que se habituaran a utilizarlo en un ambiente benigno. El traje de guerra es el arma personal más poderosa que se haya inventado, pero al mismo tiempo la que más fácilmente puede causar la muerte de quien lo viste, por mero descuido. Gire, sargento.

Señaló una gran protuberancia cuadrada entre los hombros, y prosiguió:

—Aquí tienen un ejemplo: las aletas de escape. Como ustedes saben, el traje mantiene a quien lo lleva en una temperatura cómoda, sea cual fuere el clima exterior. El material del traje es el mejor aislante que se pudo conseguir, de acuerdo con las necesidades técnicas. Por lo tanto estas aletas se calientan mucho, en comparación con las temperaturas del lado oscuro, a medida que evacuan el calor del cuerpo humano. Supongamos que uno se recuesta contra una roca de gas congelado: hay muchas por ahí. El gas sublimará a medida que vaya surgiendo de las aletas y, al escapar, golpeará contra el «hielo» circundante, quebrándolo; en una centésima de segundo se producirá un estallido equivalente al de una granada, precisamente debajo del cuello. La víctima no sentirá nada. En los últimos dos meses han muerto once personas por variaciones sobre este tema. Y sólo estaban construyendo unas pocas cabañas.

»Supongo que ya están advertidos con respecto a la instalación Waldo, con la cual ustedes pueden matarse con toda facilidad o causar la muerte de sus compañeros. ¿Alguien quiere estrecharle la mano al sargento?

Hizo una pausa; al no obtener respuesta se adelantó y tomó la mano enguantada de Cortez.

—Él tiene muchísima práctica. Mientras ustedes no la tengan deberán emplear la máxima cautela. Por rascarse un picor pueden quebrarse la espalda. Recuerden: reacciones semilogarítmicas; una presión de un kilogramo ejerce una fuerza de cinco; tres kilos dan diez; cuatro, veintitrés; cinco, cuarenta y siete. Casi todos ustedes podrán levantar pesos muy superiores a los cincuenta kilos. Teóricamente se puede partir una viga de acero con sólo amplificar esa fuerza; lo que sucede en realidad es que se rompe el material de los guantes y uno muere inmediatamente, al menos aquí, en Charon. Sería una carrera entre la descompresión y la congelación instantánea: de uno u otro modo morirán sin remedio.

»También los Waldo de las piernas son peligrosos, aunque la amplificación es menor. Mientras no estén bien adiestrados no traten de correr ni de saltar. Lo más probable sería que resbalaran, y eso también significaría la muerte.

»La gravedad de Charon equivale a las tres cuartas partes de la terrestre, de modo que eso no es demasiado complicado. Pero en un planeta pequeño, como la Luna, uno toma carrera da un salto y vuela hacia el horizonte sin descender durante veinte minutos; probablemente acabe estrellándose contra una montaña a ochenta metros por segundo. En un pequeño asteroide tampoco sería buen negocio: se podría alcanzar la velocidad de escape y encontrarse en un viaje informal por los espacios intergalácticos. Es una manera muy lenta de viajar.

»Mañana por la mañana comenzaremos a enseñarles cómo mantenerse vivos dentro de esta máquina infernal. Durante el resto del día, hasta la hora de acostarse, les iré llamando uno por uno para tomarles las medidas. Eso es todo, sargento.

Cortez se acercó a la puerta e hizo girar la espita que permitía la entrada de aire a la esclusa; inmediatamente se encendieron varias lámparas de infrarrojos para evitar que el aire se congelara en su interior. Cuando las presiones estuvieron igualadas, el sargento volvió a cerrar la espita, abrió la puerta y pasó a la esclusa, cerrando tras de sí. Durante un minuto se oyó el murmullo de la bomba que evacuaba el pequeño recinto. Finalmente Cortez salió y cerró herméticamente la puerta exterior. El sistema era muy similar al de la Luna.

—En primer término, que venga el soldado Ornar Almizar. El resto puede ir a buscar las literas correspondientes. Les llamaré por el altavoz.

—¿Por orden alfabético, señor?

—Sí. Tardaré unos diez minutos con cada uno. Quienes tengan el apellido con Z pueden acostarse.

La pregunta había provenido de Rogers. Seguramente pensaba acostarse en seguida.

5

El sol era un punto blanco y duro en mitad del cielo; resultaba mucho más brillante de lo que yo había supuesto; dado que estábamos a ochenta unidades astronómicas de distancia, su luz tenía una intensidad 6.400 veces menor que en la Tierra. Sin embargo, daba tanta luz como una poderosa lámpara para iluminación de calles.

—Aquí hay mucha más luminosidad que en los planetas portales —crujió la voz del capitán Stott en nuestro oído colectivo—. Confórmense con ver por dónde caminan.

Marchábamos todos formados en una sola fila india por la acera de permaplast que comunicaba los alojamientos con la cabaña de suministros. Habíamos pasado la mañana practicando la marcha entre paredes; no había gran diferencia con lo de ahora, salvo en lo que respecta al exótico escenario. Aunque la luz era bastante mortecina, era posible ver claramente hasta el horizonte, puesto que no había atmósfera. Desde un lado al otro se extendía un barranco negro, demasiado regular como para ser natural, a un kilómetro de donde estábamos. El suelo era negro como la obsidiana, manchado con parches de hielo blanco o azulado. Junto a la cabaña de suministros había una pequeña montaña de nieve en un cubo con el rótulo «Oxígeno».

El traje era bastante cómodo, pero daba a su ocupante la extraña sensación de ser al mismo tiempo marioneta y titiritero. Uno aplicaba el impulso necesario para mover las piernas y el traje se encargaba de multiplicarlo, moviéndolas por uno.

—Por hoy nos limitaremos a caminar por la zona de los cuarteles. ¡Y que nadie abandone la zona!

El capitán no llevaba su pistola del 45, a menos que la llevara como amuleto bajo el traje; de cualquier modo tenía un dedo a rayo láser, como todos nosotros, y el suyo debía estar enganchado hacia arriba.

Guardando una distancia mínima de dos metros entre uno y otro, todos salimos del permaplast y seguimos al capitán por sobre la roca lisa. Caminó despacio durante cerca de una hora, abriéndose en espiral, y finalmente se detuvo en el otro extremo del perímetro.

—Atención, todo el mundo.

Señaló una laja de hielo azulado que estaba a unos veinte metros de distancia y explicó:

—Voy a subir a esa roca para mostrarles algo que deben saber si no quieren perder la vida.

Se alejó diez o doce pasos, caminando con facilidad.

—Primero debo calentar una roca. Bajen los filtros.

Oprimí la perilla que llevaba bajo el sobaco para bajar el filtro sobre mi conversor de imágenes. El capitán apuntó el dedo hacia una roca negra del tamaño de una pelota de baloncesto y lanzó un disparo breve. El resplandor lanzó hacia nosotros una larga sombra del capitán, en tanto la roca se quebraba en un montón de astillas brumosas.

—No tardarán mucho en enfriarse —comentó el capitán, mientras se inclinaba para recoger un trozo de roca—. Este debe estar más o menos a veinte o veinticinco grados. Observen bien.

Arrojó la piedra «caliente» sobre la superficie de hielo. La roca resbaló hacia todos lados, formando un dibujo absurdo, y salió disparada hacia un costado.

Cuando el capitán lanzó otro de los fragmentos el efecto fue el mismo.

—Como ustedes saben, los trajes no proporcionan un aislamiento completo. Estas rocas tienen aproximadamente la temperatura de las suelas de sus botas. Si ustedes tratan de erguirse sobre una laja de hidrógeno seguirán el mismo destino que estas piedras… con la diferencia de que éstas son ya cosas muertas. La causa de este comportamiento es que la roca forma con el hielo una superficie de contacto muy lisa constituyendo un pequeño charco de hidrógeno líquido; quedan unas pocas moléculas por sobre encima del líquido, en un colchón de hidrógeno gaseoso. De ese modo, tanto la roca como quien pise esto se convertirán en un peso sin fricción por lo que respecta al hielo; nadie puede mantenerse en pie si no hay contacto bajo las suelas. Cuando uno lleva ya un mes manejando el traje puede sobrevivir a la caída, pero en estos momentos ustedes no están lo bastante familiarizados. Fíjense en esto.

El capitán tomó impulso y saltó sobre el hielo. Al resbalar ambos pies sobre la superficie giró sobre sí en el aire y cayó sobre las manos y las rodillas. En seguida se deslizó para volver al suelo firme.

—El secreto consiste en evitar que las aletas de escape hagan contacto con el gas helado. Comparadas con el hielo tienen la temperatura de un horno; el contacto con un peso cualquiera provocaría una explosión.

Tras aquella demostración proseguimos la caminata durante una o dos horas más antes de regresar a los alojamientos. Una vez cruzada la esclusa de aire tuvimos que andar un rato por el interior para que los trajes se ajustaran a la temperatura del recinto. Alguien se acercó a mí e hizo chocar mi casco con el suyo. Sobre la placa frontal llevaba escrito el apellido «McCoy».

—¿ William? —preguntó.

—Hola, Sean. ¿Alguna novedad?

—Quería saber si habías hecho planes para dormir con alguien esta noche.

En verdad me había olvidado. Allí no había listas para la asignación de literas; cada uno elegía a su compañero.

—Claro… Quiero decir, ¡ejem!, no, no. No he invitado a nadie. Si quieres…

—Gracias, William. Hasta luego.

Mientras la miraba alejarse me dije que si alguna mujer podía resultar sexualmente atractiva en un traje de guerra, ésa era Sean. Pero ni siquiera ella podía.

Cortez decidió que ya estábamos bastante calientes y nos condujo hacia el cuarto de los trajes, donde volvimos a poner las cosas en su sitio y las conectamos a las placas de carga. Cada traje tenía un fragmento de plutonio que le proporcionaba energía para varios años, pero se nos había pedido que utilizáramos los acumuladores de combustible. Después de mucho dar vueltas todo el mundo estuvo conectado y se nos permitió desvestirnos; éramos noventa y siete pollitos saliendo de otros tantos huevos verdes. Hacía frío; el aire, el suelo y sobre todo los trajes estaban helados; la retirada hacia los casilleros fue bastante desordenada.

Cuando me hube puesto la túnica, los pantalones y las sandalias, seguí sintiendo frío. Tomé mi taza y me uní a la cola que esperaba la soja. Todo el mundo brincaba en su sitio para entrar en calor.

—¿Qué t-t-temperatura… te parece… que hace…, M-mandella? —preguntó McCoy.

—No quiero… ni pensarlo.

Dejé de saltar y me froté con tanta fuerza como pude, con la taza en una mano, mientras agregaba:

—Por lo menos tanto frío como en Missouri.

—¿Por qué mierda… no calentarán… un poco esto?

Las mujeres pequeñas siempre sienten el frío más que nadie. McCoy era la más pequeña de la compañía, una muñequita de talle de avispa y un metro cincuenta escaso.

—Ya está funcionando el aire acondicionado. Dentro de poco estaremos mejor.

—Me gustaría… ser un gran pedazo de carne… como tú.

Por mi parte la prefería tal como era.

6

El tercer día, mientras aprendíamos a cavar hoyos, sufrimos la primera baja.

Dada la impresionante cantidad de energía almacenada en las armas de un soldado, no resulta nada práctico cavar hoyos con pico y pala. Sin embargo, uno puede lanzar granadas durante todo el día sin obtener más que una ligera depresión en el terreno; el método acostumbrado es practicar un pozo en el suelo con el láser de mano, poner en él un explosivo de tiempo en cuanto se ha enfriado y, de ser posible, rellenar el agujero. Claro que en Charon no hay muchas piedras sueltas, a menos que ya se haya practicado algún otro hoyo en las cercanías.

El único problema que presenta ese procedimiento consiste en alejarse a tiempo. Se nos había dicho que, para estar a salvo, había que ocultarse detrás de algún objeto realmente sólido o alejarse por lo menos cien metros. Una vez instalada la carga uno disponía de tres minutos para ello, pero no era cuestión de echar a correr. En Charon resultaba peligroso.

El accidente ocurrió cuando hacíamos un hoyo profundo, del tipo que se utiliza para refugios subterráneos. Para eso teníamos que cavar un pozo; después bajábamos al fondo y repetíamos el procedimiento una y otra vez hasta que quedara lo bastante profundo. Aunque dentro de ese cráter usábamos cargas de cinco minutos, ese tiempo parecía muy escaso: había que avanzar muy lentamente, escogiendo el camino hacia el borde del cráter.

Casi todos habían cavado ya un pozo doble; faltábamos sólo yo y otros tres soldados. Creo que sólo nosotros cuatro estábamos prestando atención cuando Bovanovitch se encontró en dificultades. Todos estábamos a más de doscientos metros de distancia. Con el conversor de imágenes graduado a poder cuarenta la vi desaparecer por encima del borde del cráter. Después sólo pude escuchar su conversación con Cortez. En esa clase de maniobras se interrumpían las transmisiones de radio normales y sólo se permitía transmitir al soldado en adiestramiento y al superior a cargo.

—Bien, avance hacia el centro y retire los cascotes. No hay por qué darse prisa mientras no haya quitado el seguro.

—Claro, sargento.

Se oyeron pequeños ecos emitidos por las rocas al entrechocar y transmitidos por las botas. Ella permaneció en silencio durante varios minutos.

—He tocado fondo —dijo, algo jadeante.

—¿Hielo o roca?

—¡Oh, es roca, sargento! Esa cosa verde.

—En ese caso debe usar una carga de poca potencia. Uno punto dos, dispersión cuatro.

—Maldición, sargento, no acabaré jamás.

—Es que esa materia tiene cristales hidratados; se calienta demasiado aprisa y podría fracturarse. Y en ese caso no podríamos hacer otra cosa que dejarla allí, muchacha, muerta y ensangrentada.

—Sí, de acuerdo, uno punto dos, dispersión cuatro.

El borde interior del cráter centelleó con el resplandor rojo del rayo láser.

—Cuando haya profundizado medio metro, más o menos, súbalo a dispersión dos.

—De acuerdo.

Tardó exactamente diecisiete minutos, tres de ellos con dispersión dos. Era fácil imaginarse lo cansado que tendría el brazo con que disparaba.

—Ahora descanse unos minutos. Cuando el fondo del pozo deje de centellear, prepare la carga y déjela caer. Después salga caminando, ¿entiende? Tiene tiempo de sobra.

—Comprendo, sargento. Caminando.

Parecía bastante nerviosa, pero se justificaba; no es algo muy habitual eso de apartarse de puntillas, dejando atrás una bomba de veinte microtones. Durante varios minutos no se oyó más que su respiración.

—Aquí va.

Hubo un leve ruido deslizante, causado por la bomba al resbalar hacia el fondo.

—Ahora, despacio y con calma. Tiene cinco minutos.

—Sí… sí, cinco.

Sus pasos se oyeron lentos y regulares; después, a medida que iba trepando por la pared del cráter, perdieron algo de regularidad para tornarse un poco frenéticos. Y cuando sólo quedaban cuatro minutos…

—¡Mierda!

Un fuerte ruido, como si algo rascara la roca; golpes y choques.

—¡Mierda, mierda!

—¿Qué pasa, recluta?

—¡Oh, mierda!

Silencio. Después otra vez:

—¡Mierda!

—Recluta, si no quiere recibir un disparo, ¡dígame ahora mismo qué es lo que pasa!

—Me… mierda, me he quedado trabada. Estas jodidas rocas que resbalan… ¡Mierda, haga algo! No me puedo mover, mierda, no me puedo mover. Yo… yo…

—¡Cállese! ¿Hasta dónde está atrapada?

—No puedo mover las… mierda… las piernas. ¡Ayúdeme!

—¡Pues use los brazos, carajo! ¡Empújese! Puede mover una tonelada con cada mano.

Tres minutos. La muchacha dejó de maldecir y empezó a murmurar algo, probablemente en ruso, con voz monótona. Estaba jadeando. La radio transmitía el estruendo de las rocas desprendidas.

—Estoy libre.

Dos minutos.

—Salga con tanta rapidez como pueda —indicó Cortez con voz indiferente.

Faltaban noventa segundos cuando la vimos aparecer, arrastrándose por encima del borde del cráter.

—Corra, muchacha, será mejor que corra.

Ella obedeció, pero a los cinco o seis pasos cayó al suelo; tras resbalar unos cuantos metros volvió a levantarse y echó nuevamente a correr. Nueva caída. Se levantó otra vez…

Parecía alejarse con bastante rapidez, pero sólo se había alejado unos treinta metros cuando Cortez ordenó:

—Bien, Bovanovitch, échese a tierra y quédese quieta.

Faltaban diez segundos; ella no oyó o prefirió alejarse un poco más. Siguió corriendo a grandes saltos desordenados. En mitad de uno de ellos la sorprendieron el relámpago y el trueno. Un objeto grande la golpeó bajo el cuello. El cuerpo descabezado salió girando hacia el espacio y dejó tras de sí una espiral roja y negra de sangre rápidamente congelada. Aquello cayó grácilmente al suelo en un sendero de polvo cristalino que nadie osó perturbar.

Aquella noche Cortez no vino a darnos ningún sermón; ni siquiera apareció a la hora de la cena. Todos nos mostramos mutuamente corteses y nadie tuvo miedo de hablar sobre el asunto.

Me acosté con Rogers (todo el mundo se acostó con algún buen amigo), pero ella sólo quería llorar; lloró tanto y con tanta pena que acabó por contagiarme.

7

—Equipo de fuego A… ¡Adelante!

Los doce avanzamos en línea irregular hacia el refugio simulado. Estaba a un kilómetro de distancia, tras una pista de obstáculos cuidadosamente preparados. Habían retirado todo el hielo, cosa que nos permitía avanzar con bastante celeridad, pero nuestros diez días de experiencia sólo nos permitían un paso largo y cómodo.

Yo llevaba un lanzador de granadas cargado con proyectiles de diez microtones para práctica. Todos teníamos el láser digital graduado en NOS DI, lo que equivalía apenas a un relámpago. Se trataba de un ataque simulado; el refugio y el robot que lo defendían costaban demasiado como para usarlos una sola vez.

—Equipo B, síganlos. Jefes de equipo, háganse cargo.

Nos aproximamos a un grupo de cantos rodados cercanos a la señal que indicaba la mitad del camino. Potter, la jefe de mi equipo, ordenó:

—Detenerse y cubrirse.

Todos nos arracimamos tras las rocas y aguardamos al equipo B.

Los doce hombres y mujeres que nos seguían se nos acercaron en un susurro. En cuanto estuvieron fuera de peligro avanzaron hacia la izquierda, desapareciendo de la vista.

—¡Fuego!

Rojos círculos de luz bailaron a medio klim de distancia, allí donde el refugio se hacía visible. El límite de práctica para esas granadas era de quinientos metros, pero por si la suerte me ayudaba puse el lanzador en línea con la imagen del refugio, lo gradué en un ángulo de cuarenta y cinco grados y arrojé tres.

Desde el refugio respondieron al fuego aun antes de que llegaran mis granadas. Sus láseres automáticos no eran más poderosos que los nuestros, pero un golpe directo podía desactivar el conversor de imágenes y uno quedaba ciego. Disparaban al azar, sin siquiera acercarse a los cantos rodados que nos servían de protección.

Tres fuertes luces de magnesio parpadearon simultáneamente a unos treinta metros del refugio.

—¡Mandella! ¡Se supone que tienes un poco de puntería!

—¡Caray, Potter, disparan sólo a medio klim! Cuando nos acerquemos un poco más los pondré bien en el medio.

—Sí, sí, te creo.

No respondía. Algún día ella dejaría de ser jefe de equipo. Además no era mala persona, pero el poder se le había subido a la cabeza. Puesto que el lanzador de granadas es ayudante del jefe del equipo, yo estaba esclavizado a la radio de Potter y oía todas sus conversaciones con el equipo B.

—Potter, aquí Freeman. ¿Hay pérdidas?

—Aquí Potter. No, parece que el fuego se concentra sobre vosotros.

—Sí, tenernos tres bajas. En este momento estamos en una depresión a unos cien metros de vosotros. Podemos cubrir cuando estéis preparados.

—De acuerdo, empezad.

Se oyó un suave chasquido; en seguida ella ordenó.

—Equipo A, síganme.

Salió deslizándose desde su escondrijo tras la roca y encendió el leve rayo rosado que llevaba sobre su equipo energético. También yo encendí el mío y corrí de lado tras ella; el resto del equipo se abrió en abanico, en una especie de cuña. Nadie disparó mientras el equipo B nos cubría.

A mis oídos llegaba sólo la respiración de Potter y el suave crunch-crunch de mis botas. Como veía muy poco, subí el conversor de imágenes a una intensidad logarítmica de dos. Eso borroneó un poco la imagen, pero le dio más brillo. Al parecer, el refugio mantenía al equipo B bastante ocupado. Éste devolvía los disparos con rayos láser, exclusivamente; sin duda habían perdido el lanzador de granadas.

—Potter, aquí Mandella. ¿No deberíamos desviar un poco el ataque del equipo B?

—Sí, en cuanto podamos cubrirnos. ¿Te parece bien, recluta?

La habían ascendido a cabo mientras durara el ejercicio.

Nos desviamos hacia la derecha para cobijarnos tras una laja. Casi todos los demás encontraron refugio, pero unos cuantos tuvieron que echarse de bruces contra el suelo.

—Freeman, aquí Potter.

—Potter, aquí Smithy. Freeman está fuera de combate y Samuels también. Quedamos sólo cinco. Cubridnos un poco para que podamos…

—De acuerdo, Smithy.

Otro chasquido.

—Fuego el equipo A. Los del B están en apuros.

Eché una mirada por encima del borde de la roca. Mi detector de posiciones indicaba que el refugio estaba a unos trescientos cincuenta metros, bastante lejos aún. Apunté un poquito más arriba y lancé tres granadas; en seguida bajé un par de grados y arrojé otras tres. Las primeras fallaron en unos veinte metros, pero la segunda carga estalló precisamente delante del refugio. Tratando de mantener el mismo ángulo disparé otras quince, todas las que me quedaban.

Debía haberme agachado tras la roca para volver a cargar, pero quería ver dónde caían las quince granadas, de modo que no perdía de vista el refugio en tanto retrocedía para buscar otra carga. Cuando el rayo láser dio contra mi conversor de imágenes percibí un resplandor rojo tan intenso que pareció perforarme los ojos y rebotar en el cráneo. En una fracción de segundo el conversor, ya sobrecargado, quedó ciego; sin embargo, aquella imagen siguió torturándome la vista por varios minutos.

Puesto que yo estaba oficialmente muerto, mi radio se desconectó de inmediato; no me quedaba sino permanecer en mi sitio hasta que aquel remedo de batalla hubiese terminado.

El tiempo se me hizo muy largo; no tenía más datos sensoriales que el tacto de mi propia piel (y dolía allí donde el conversor de imágenes había centelleado) y un constante zumbido en los oídos. Al fin un casco golpeó contra el mío.

—¿Estás bien, Mandella? —preguntó la voz de Potter.

—Disculpa, hace diez minutos que he muerto de aburrimiento.

—Levántate y agárrate a mi mano.

Así lo hice, y ambos avanzamos arrastrando los pies hasta el alojamiento. Probablemente tardamos más de una hora. Ella no volvió a hablar durante todo el camino de regreso (la forma de comunicarse resulta bastante extraña), pero una vez que hubimos pasado la esclusa de aire y calentado los trajes me ayudó a desvestirme. Me preparé para recibir una buena azotaina verbal, pero en cuanto el traje se abrió, antes de que mis ojos se acostumbraran a la luz, ella me echó los brazos al cuello y me plantó un beso húmedo en la boca.

—Buen tiro, Mandella.

—¿Eh?

—¿No viste? Claro que no. El último disparo, antes de que te alcanzaran, hoz blanco: cuatro estallidos directos. El refugio decidió que estaba vencido y no tuvimos más que caminar el resto del trayecto.

—¡Qué bien!

Me rasqué la cara bajo los ojos, desprendiendo un poco de piel seca. Ella soltó una risita.

—¡Si te vieras! Pareces…

—Todo el personal debe presentarse en la zona de asambleas.

Era la voz del capitán. Eso indicaba malas noticias. Potter me alcanzó una túnica y un par de sandalias.

—Vamos.

La zona de asambleas y sala comedor estaba al otro lado del pasillo. Ante la puerta había una hilera de botones correspondientes al registro. Mientras oprimía el que llevaba mi nombre noté que sólo cuatro de ellos estaban cubiertos con cinta negra. Sólo cuatro: eso significaba que durante las maniobras no se habían producido bajas.

El capitán estaba sentado en la plataforma; eso quería decir que, cuanto menos, no nos veríamos obligados a pasar por el absurdo rito de «Atención». La sala se llenó en menos de un minuto. Una suave campana indicó que la lista estaba completa.

—Hoy se han portado bastante bien —dijo el capitán Stott, sin levantarse—. No murió nadie, aunque yo había calculado alguna baja. En ese aspecto ustedes han sobrepasado mis expectativas, pero por lo demás el trabajo de hoy ha sido muy pobre. Me alegra que sepan cuidarse, pues cada uno de ustedes representa una inversión de un millón de dólares y un cuarto de vida humana. Pero en esta batalla simulada, contra un enemigo robótico muy estúpido, hubo treinta y siete soldados que lograron caer bajo el láser enemigo y morir en forma simulada. Puesto que los muertos no comen, esas personas no tendrán comida durante los próximos tres días. Cada uno de los soldados caídos en esta batalla recibirá solamente dos litros de agua y una ración de vitaminas por día.

Nos cuidamos muy bien de gruñir o algo por el estilo, pero hubo expresiones bastante disgustadas, sobre todo en aquellas caras que exhibían cejas chamuscadas y rectángulos rojizos en torno a los ojos.

—Mandella.

—Sí, señor.

—Usted es el más quemado de las bajas. ¿Tenía el conversor de imágenes graduado en normal?

¡Oh, mierda!

—No, señor. Intensidad logarítmica dos.

—Aja. ¿Quién era el jefe de su grupo durante los ejercicios?

—La cabo interina Potter, señor.

—Recluta Potter, ¿le ordenó usted intensificar la imagen?

—Yo, señor… no recuerdo.

—¿No? Bien, como ejercicio mnemotécnico puede contarse entre las bajas. ¿Le parece bien?

—Sí, señor.

—De acuerdo. Los muertos comerán por última vez esta noche y no tendrán raciones a partir de mañana. ¿Alguna pregunta?

Seguramente bromeaba.

—Bien. Rompan filas.

Elegí los alimentos que parecían más ricos en calorías y llevé mi bandeja hasta donde estaba Potter.

—Fue una quijotesca tontería —le dije—, pero gracias.

—De nada. De cualquier modo quería perder unos kilos que me sobran.

No parecía tener ninguno de más, en mi opinión.

—Para eso conozco un buen ejercicio.

Ella sonrió sin levantar la vista de su bandeja.

—¿Te has comprometido con alguien para esta noche?

—Estaba medio decidida a invitar a Jeff…

—En ese caso será mejor que te des prisa. Se está entusiasmando con Maejima.

Bueno, era bastante cierto. A todo el mundo le pasaba lo mismo.

—No sé. Quizá convendría reservar las fuerzas. Ese tercer día…

—Vamos —insistí, rascándole ligeramente el dorso de la mano con una uña—. No nos hemos acostado desde que salimos de Missouri. Es posible que hayamos aprendido algo nuevo.

—Tú, tal vez —observó ella, inclinando la cabeza para mirarme con picardía—. Bien, de acuerdo.

En realidad era ella quien había aprendido un truco nuevo; le llamaba «el sacacorchos francés». No quiso decirme quién se lo había enseñado; pero consideré que el tipo merecía mis felicitaciones.

8

Las dos semanas de adiestramiento en torno a la base Miami nos costaron al fin y al cabo once vidas. Doce, si contamos a Dahlquist. Creo que verse obligado a pasar el resto de la vida en Charon, con una mano y ambas piernas amputadas, es algo muy parecido a la muerte.

Foster murió aplastado por un alud de tierra; Freeland sufrió un desperfecto en el traje que le congeló antes de que pudiéramos llevarle adentro. Los otros fiambres, en su mayoría, eran gente que yo no conocía muy bien, pero de todos modos la pérdida dolía. Y cada una aumentaba nuestro miedo en vez de reforzar nuestra cautela.

Después, al lado oscuro. Un vehículo aéreo nos llevó, en grupos de veinte, y nos dejó ante un montón de materiales de construcción, previsoramente inmersos en helio II. Usamos garfios para sacar las cosas del charco. No es prudente vadearlos, pues el fluido cubre el cuerpo y resulta difícil predecir qué hay abajo; si uno llega a pisar una laja de hidrógeno se acabó la buena suerte.

Sugerí que tratáramos de evaporar el fluido con nuestros rayos láser, pero tras concentrar el fuego durante diez minutos el helio no había descendido gran cosa. Tampoco llegaba a hervir, puesto que el helio II es «superfluido», es decir, cualquier evaporación debe producirse en forma regular, sobre toda la superficie; no hay sitios de mayor calor ni burbujeos.

Se nos había indicado no usar luces para evitar el ser detectados. La luz de las estrellas bastaba, si uno graduaba el conversor de imágenes a logaritmo tres o cuatro, pero cada amplificación representaba una imagen menos detallada. En logaritmo cuatro el paisaje se veía como una pintura monocroma y borrosa; ni siquiera se podían leer los nombres pintados sobre los cascos, a menos que estuvieran ante uno.

De cualquier modo el paisaje no era muy interesante. Había cinco o seis cráteres medianos causados por los meteoros (todos con la misma cantidad de helio II en el fondo) y un asomo de endebles montañas sobre el horizonte. El suelo irregular tenía la consistencia de una telaraña de hielo; cada vez que se pisaba, el pie se hundía uno o dos centímetros, entre crujidos chirriantes. Eso acababa por alterar los nervios de cualquiera.

Nos llevó casi todo el día sacar el material del charco. Nos turnamos para dormir a ratos, cosa que se podía hacer de pie, sentado o acostado sobre el vientre. Por mi parte no me sentía cómodo en ninguna de esas posturas, de modo que me urgía ver el refugio construido y presurizado. Era imposible edificarlo bajo tierra, pues se habría llenado de helio II; por lo tanto lo más urgente era construir una plataforma aislada con tres capas de permaplast separadas entre sí por vacío.

Yo actuaba como cabo al frente de un equipo de diez personas. Mientras llevábamos las capas de permaplast al lugar de la construcción (dos personas son suficientes para transportar cada una de ellas) uno de mis hombres resbaló y cayó de espaldas.

—Maldición, Singer, mira por dónde caminas.

Ya habíamos tenido un par de fiambres a causa de esos accidentes.

—Lo siento, cabo. Tropecé.

—Ya sé. Ten cuidado.

Se levantó sin dificultad, para colocar, junto con su compañero, la hoja de permaplast en el sitio correspondiente; en seguida fueron en busca de otra. Mientras tanto yo no perdía de vista a Singer. A los pocos minutos le vi tambalearse, cosa nada fácil en esa armadura cibernética.

—¡Singer! En cuanto acabes de poner esa plancha ven aquí.

—De acuerdo.

Terminó su tarea y se acercó pesadamente.

—Déjame ver tus indicadores.

Abrí la portezuela frontal del traje para descubrir los monitores médicos. Comprobé que la temperatura le había subido dos grados, y tanto la presión sanguínea como el ritmo cardíaco eran altos también, aunque todavía no llegaban al punto de peligro.

—¿Te encuentras mal?

—¡Diablos, Mandella! Me encuentro perfectamente; estoy un poco cansado, eso es todo; me siento algo aturdido desde que me caí.

Inmediatamente marqué con la barbilla la combinación numérica del médico.

—Doctor, aquí Mandella. ¿Quiere venir por un momento?

—Claro. ¿Dónde está?

Agité la mano a modo de señal y él se acercó desde la orilla del charco.

—¿Qué problema tiene? —preguntó.

Le mostré los indicadores de Singer y él se entretuvo un poco observando los otros datos.

—Que yo sepa, Mandella… este hombre tiene calor, eso es todo.

—¡Demonios, es lo que te dije! —observó Singer.

—Tal vez convendría que el armero revisara un poco este traje.

Dos de nuestros hombres habían seguido un curso acelerado para el mantenimiento de los trajes; ellos eran nuestros «armeros». Marqué la señal de Sánchez y le pedí que viniera con el equipo de herramientas.

—Iré dentro de unos minutos, cabo. Estoy llevando una plancha.

—Déjala donde estés y ven en seguida.

Tenía un feo presentimiento. Mientras esperábamos a Sánchez volví a revisar el traje de Singer con el médico.

—¡Oh, oh! —exclamó el doctor Jones—. Fíjese en esto.

Miré la espalda, tal como el médico lo indicaba. Dos de las aletas de escape estaban dobladas.

—¿Qué pasa? —preguntó Singer.

—Caíste sobre el acondicionador de calor, ¿no es cierto?

—Claro, cabo, es eso. Debe estar funcionando mal.

—Creo que no funciona en absoluto —opinó el médico.

Sánchez se acercó provisto de su equipo. Enterado de lo que había ocurrido, revisó el acondicionador y conectó un par de cables, que le proporcionaron una cifra en cierto indicador de su maletín; aunque yo no sabía de qué se trataba, lo vi subir desde cero a ocho cifras decimales. En seguida oí un chasquido. Era Sánchez, que había marcado mi frecuencia privada.

—Mire, cabo, dele por muerto.

—¿Qué? ¿No puedes arreglar esa porquería?

—Tal vez… tal vez pudiera arreglarlo si lograse desmontarlo, pero no hay modo de…

—¡Eh, Sánchez! —llamó Singer por la línea general—. ¿Qué has averiguado?

Estaba jadeando. Se produjo un chasquido en la conexión y Sánchez respondió:

—Paciencia, hombre, estamos en eso.

Tras un nuevo chasquido volvió a hablar conmigo.

—No vivirá lo bastante como para que presuricemos el refugio. Y no puedo arreglar el acondicionador desde fuera.

—Hay un traje de repuesto, ¿verdad?

—Dos, para cualquier talla, pero no hay dónde…

—Bien, que calienten uno de los trajes.

En seguida conecté la línea general.

—Oye, Singer, tenemos que sacarte de ahí. Sánchez tiene un traje de repuesto, pero para hacer el cambio tendremos que construir una casa a tu alrededor, ¿comprendes?

—Aja.

—Mira, haremos una caja para meterte dentro y la conectaremos a la unidad de mantenimiento vital. Así podrás respirar mientras te cambies el traje.

—Parece muy compis… compil… ca…

—Ven y…

—… stoy bien, mbre, déj… me desean…

Lo tomé por el brazo para llevarlo hasta el sitio donde estábamos construyendo. El doctor lo tomó por el otro brazo y entre los dos conseguimos mantenerlo en pie.

—Cabo Ho, aquí el cabo Mandella.

Ho estaba a cargo de la unidad vital.

—Vete, Mandella, estoy ocupada.

—Pues estarás más ocupada todavía.

Le resumí el problema en pocas palabras.

Mientras su equipo corría a adaptar la UMV (para el caso necesitábamos tan sólo calefacción y manguera de aire), ordené a mis hombres que trajeran seis planchas de permaplast para construir una gran caja en torno a Singer y el traje de repuesto, como si se tratase de un enorme ataúd de seis metros de largo por uno de ancho y uno de profundidad.

Pusimos el traje sobre la plancha que serviría de fondo y ordené:

—Vamos, Singer.

No hubo respuesta.

—¡Singer!

Seguía allí, de pie. El doctor Jones verificó los datos médicos.

—Está inconsciente.

El cerebro me funcionaba a toda prisa. Tal vez lograra entrar otra persona en la caja.

—A ver, ayudadme.

Tomé a Singer por los hombros, mientras el doctor hacía lo mismo por los pies, y lo depositamos cuidadosamente a los pies del traje vacío. Finalmente yo también me acosté, al otro lado del traje.

—Bueno, cerrad.

—Oiga, Mandella, tendría que ser yo quien entrara con Singer.

—Jódase, doctor. Es mi trabajo. Es mi hombre.

Todo eso parecía rebuscado. William Mandella, el héroe, el muchacho bueno. Pero ya estaban poniendo el lado de la caja, con dos aberturas para las conexiones de entrada y salida con la UMV. En seguida los soldaron al fondo con un rayo láser fino. En la Tierra habríamos usado cola, pero allí el único fluido era el helio, entre cuyas interesantes propiedades no se cuenta la de ser adhesivo.

Diez minutos después ya habíamos completado la construcción y la UMV empezaba a zumbar. Encendí la luz de mi traje por primera vez desde que nos bajaran en la zona oscura; el resplandor hizo bailar manchas purpúreas frente a mis ojos.

—Mandella, aquí Ho. Quédate en el traje por lo menos durante dos o tres minutos. Vamos a bombear aire caliente, pero por el momento sigue volviendo en forma líquida.

Contemplé por un rato las manchas purpúreas, que se iban desvaneciendo.

—Bueno, todavía está frío, pero ya puedes trabajar.

Abrí mi traje; no conseguí hacerlo por completo, pero no me costó mucho salir de él. Aún estaba lo bastante frío como para arrancarme la piel de los dedos y del culo al deslizarme hacia fuera. Tuve que arrastrarme por el ataúd con los pies hacia adelante para llegar hasta donde estaba Singer; de ese modo la luz quedaba al otro lado y me alumbraba muy poco.

Al abrir el traje de mi compañero sentí una vaharada de aire caliente sobre el rostro. Su piel estaba muy roja y ampollada. La respiración era muy débil y el corazón palpitaba con demasiada fuerza. En primer término desconecté los tubos de evacuación, cosa bastante desagradable; después, los biosensores; por último me vi ante el problema de sacarle los brazos de las mangas.

Es algo muy fácil de hacer por uno mismo; uno gira en este sentido y en este otro y los brazos están fuera. Hacerlo desde el exterior es algo muy distinto: tuve que retorcerle los brazos, meter la mano por debajo y mover la manga en el mismo sentido; hace falta mucha fuerza para mover un traje desde fuera. Una vez que hube sacado un brazo el resto fue sencillo. Me adelanté a cuatro patas, puse los pies sobre las hombreras del traje y tironeé del brazo libre. Singer salió deslizándose del traje como una ostra de su concha.

Abrí el traje de repuesto y, tras mucho empujar y tironear, logré ponerle las piernas en él; conecté los biosensores y el tubo de evacuación frontal; en cuanto al trasero tendría que conectarlo por su cuenta; era demasiado complicado. Por enésima vez me alegré de no haber nacido mujer; siendo hombre me ahorraba uno de esos dos malditos tubos y podía reemplazarlo por una simple manguera.

Le dejé los brazos fuera de las mangas. De cualquier modo el traje le sería inútil para trabajar; los equipos Waldo deben ser hechos a medida.

De pronto le vi parpadear.

—Man… della… ¿Dónde mierda?

Se lo expliqué lentamente. Pareció comprenderme.

—Ahora voy a cerrar tu traje y me pondré el mío. Haré que corten un extremo del cajón y te sacaré a rastras. ¿Entiendes?

Asintió. Fue extraño verlo. Nadie se entera cuando uno asiente o niega con la cabeza metida en un traje de guerra. Me introduje en mi traje, conecté todo lo necesario y marqué la línea general.

—Doctor, creo que está bien. Ahora sáquennos de aquí.

—En seguida —respondió la voz de Ho.

El zumbido de la UMV dejó paso a una serie de ruidos y, finalmente, a una especie de latido. Estaban vaciando la caja para evitar cualquier explosión. Una esquina de la soldadura llegó al rojo y después al blanco; un rayo de color carmesí perforó el material a treinta centímetros escasos de mi cabeza. Me aparté tanto como pude. El rayo rebanó la soldadura a lo largo de los tres lados, precisamente hasta donde comenzaba, y aquel extremo del cajón cayó lentamente, dejando tras de sí filamentos de plástico derretido.

—Espera a que esto fragüe, Mandella.

—¡Eh, Sánchez, no soy tan estúpido!

—Toma.

Alguien me arrojó una soga. Eso era más inteligente que arrastrar a Singer por mi cuenta. Le até un trozo bajo los brazos, anudándolo tras el cuello. Después salí a gatas para ayudarles a tirar de la soga, cosa totalmente innecesaria, pues ya había diez o doce personas en fila, listas para jalar.

Singer salió sin más problemas. Ya estaba sentado cuando el doctor Jones se aproximó para verificar los datos de los indicadores. Precisamente cuando todos se acercaban para felicitarme y pedirme detalles del hecho, Ho apuntó hacia el horizonte, exclamando súbitamente:

—¡Mirad!

Era una nave negra; se acercaba a toda velocidad. Apenas tuve tiempo de pensar que no era justo, que debían atacar sólo en los últimos días. Inmediatamente la tuvimos encima.

9

Todos nos echamos instintivamente al suelo, pero la nave no atacó. Encendió los cohetes de frenado y descendió para posarse sobre los patines.

Por último se deslizó hasta detenerse ante la construcción. Cuando las dos figuras enfundadas en trajes de guerra bajaron de la nave, todos sabíamos ya de qué se trataba y estábamos mansamente de pie. Una voz familiar tartajeó por la línea general:

—Todos ustedes nos han visto venir, pero nadie ha respondido con un disparo de láser. No hubiera servido de nada, pero al menos habría indicado cierto espíritu combativo. Falta sólo una semana para el verdadero ataque, y puesto que el sargento y yo estaremos aquí, insisto en que muestren un poco más de ganas de vivir. Sargento Potter.

—Aquí, señor.

—Necesito doce personas para descargar bultos. Hemos traído cien robots teledirigidos de tamaño reducido, para que ustedes tengan al menos una oportunidad de luchar antes de que lleguen los blancos vivientes. Y ahora, muévanse. Tenemos sólo treinta minutos; después la nave volverá a la base Miami.

Verifiqué la hora; en realidad fueron cuarenta minutos. La presencia del capitán y del sargento no representó mucha diferencia. Seguíamos librados a nuestra propia capacidad, aunque estábamos bajo observación.

Una vez construido el suelo, completar el refugio nos ocupó un día entero. Era un edificio cuadrangular y liso, con excepción de cuatro ventanas y la esclusa de aire. En la parte superior había un láser bevawatt montado sobre una placa giratoria. El operador (no era posible llamarlo «cañonero») se sentaba ante los mandos, con una llave de funcionamiento por interrupción en cada mano. El láser no disparaba mientras él tuviera una de las llaves en la mano. En cuanto las soltara se dispararía automáticamente, apuntando a cualquier objeto aéreo en movimiento. La detección y el rastreo se realizaban por medio de una antena de mil metros de altura, instalada cerca del edificio. Puesto que el horizonte estaba tan cercano y los reflejos humanos eran tan lentos, no había otro artefacto en el cual se pudiera depositar confianza. Tampoco era posible instalar un láser totalmente automático, pues, al menos en teoría, también podíamos recibir la visita de naves aliadas.

La computadora encargada de disparar podía escoger entre doce blancos (como número máximo) que aparecieran simultáneamente, y disparaba en primer término a los de mayor tamaño; los doce caían en el plazo de medio segundo.

La instalación estaba parcialmente protegida del fuego enemigo por una cubierta ablativa muy eficaz que lo cubría todo, excepto al operador humano. Claro, las llaves funcionaban por muerte de su operador. Una persona, arriba, custodiaba a las ochenta cobijadas en el interior. El ejército domina bien esa clase de aritmética.

Una vez terminado el refugio, la mitad de nosotros permaneció en el interior a todas horas, sintiéndonos como si fuéramos blancos vivientes; mientras el resto salía de maniobras, nosotros nos turnábamos para operar el láser.

A unos cuatro klims de la base había un gran «lago» de hidrógeno congelado; una de las maniobras más importantes consistía en aprender a caminar sobre aquella materia traicionera. No era demasiado difícil; como no era posible mantenerse de pie, había que echarse sobre el vientre y resbalar. Si había alguien que pudiera impulsarlo a uno desde la orilla, no era problema iniciar el movimiento. De lo contrario era necesario patalear con manos y pies, con tanta energía como fuera posible, hasta que uno empezaba a avanzar en pequeños saltos. Una vez en movimiento ya no se detenía mientras hubiera hielo. A fin de gobernar un poco la dirección podíamos hundir hacia un lado el pie y la mano correspondientes, pero eso no servía para detener la marcha. Lo mejor era no adquirir demasiada velocidad y mantener una posición tal que no fuera el casco el encargado de frenar.

Pasamos por todos los ejercicios que habíamos realizado en la base Miami: práctica con armas, demolición, planes para el ataque. También lanzábamos naves teledirigidas hacia el refugio, a intervalos irregulares. De ese modo el operador se veía obligado a demostrar su habilidad diez o doce veces por día, soltando las llaves en cuanto se encendía la luz de proximidad.

Yo cumplía mis cuatro horas de turno, como todos los demás. Esperé con nerviosismo el primer ataque, pero cuando llegó pude ver que era muy sencillo. La luz se encendía, yo soltaba las llaves, el cañón apuntaba y la nave teledirigida asomaba por el horizonte. ¡Zzzztt! Un bello toque de color y metal fundido, en lluvia desde el espacio. Salvo en lo que respecta a ese detalle no resultaba muy entretenido. Por lo tanto, nadie se preocupaba mucho por «el ejercicio de graduación» que debíamos afrontar, pensando que sería más o menos lo mismo.

La base de Miami atacó al decimotercer día con dos misiles que surgieron simultáneamente desde lados opuestos, a unos cuarenta kilómetros por segundo. El láser desintegró al primero sin dificultades, pero el segundo llegó a ocho klims del refugio antes de recibir el disparo.

Nosotros regresábamos en ese momento de las maniobras y estábamos a un klim del edificio. Yo no habría visto lo ocurrido si no hubiera estado mirando directamente hacia allí en ese momento. El segundo misil envió una lluvia de escombros fundidos directamente hacia el refugio. Once piezas dieron en el blanco. Según la reconstrucción posterior de los hechos, he aquí lo que pasó:

La primera baja fue Maejima, nuestra bienamada Maejima, que estaba en el interior del edificio; recibió un golpe en la cabeza y otro en la espalda, y falleció instantáneamente. Al bajar la presión, la UMV comenzó a funcionar a toda marcha. Friedman, que estaba de pie frente a la boca de salida del acondicionador principal, fue arrojado contra la pared opuesta con tanta fuerza que perdió el sentido; murió por descompresión antes de que los otros pudieran ponerle el traje. Todos los demás pudieron salir a tropezones a través del vendaval y ponerse los trajes, pero el de García estaba agujereado y no le sirvió de nada.

Cuando llegamos allí habían apagado ya la UMV y estaban soldando los agujeros de las paredes. Uno de los hombres trataba de recoger la papilla, aún reconocible, que había sido Maejima; le oí sollozar entre arcadas. Ya se habían llevado a García y a Friedman para enterrarlos. El capitán relevó a Potter en la tarea de dirigir las reparaciones; mientras tanto, el sargento Cortez llevó al hombre sollozante hasta un rincón y volvió para limpiar, él solo, los restos de Maejima. No pidió ayuda a nadie y nadie se la ofreció.

10

Como ceremonia de graduación nos amontonaron sin contemplaciones en una nave; era la Esperanza de la Tierra, la misma que nos había llevado hasta Charon. En ella fuimos hasta Puerta Estelar a poco más de una gravedad. El viaje nos pareció interminable; eran casi seis meses de tiempo subjetivo y no había mucho en qué entretenerse, pero siempre resultaría mejor que la travesía hasta Charon. El capitán Stott nos hizo repasar oralmente el adiestramiento, día tras día; también hicimos gimnasia hasta quedar agotados.

Puerta Estelar era como el lado oscuro de Charon, pero peor. La base de Puerta Estelar I era más pequeña que la base Miami y apenas mayor que el refugio construido por nosotros. Allí deberíamos permanecer una semana, colaborando en la ampliación de las instalaciones. La dotación permanente pareció muy feliz con nuestra llegada, especialmente las dos mujeres, que tenían un aspecto algo desgastado. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor, donde el vicemayor Williamson, que estaba a cargo de la base, nos dio algunas noticias desconcertantes.

—Pónganse cómodos. Vamos, apártense de las mesas, hay espacio de sobra. Tengo alguna idea de lo que ustedes acaban de soportar como adiestramiento en Charon. No diré que ha sido esfuerzo perdido, pero las cosas son muy distintas en el lugar al que van. No es tan frío.

Hizo una pausa para dejar que absorbiéramos la idea.

—Aleph del Auriga, el primer colapsar detectado, gira alrededor de una estrella normal. Épsilon del Auriga, en una órbita de veintisiete años. Allí tiene el enemigo una base de operaciones; no está en un planeta portal regular de Aleph, sino en un planeta que gira en torno a Épsilon. No es mucho lo que sabemos sobre ese planeta; describe una órbita completa cada 745 días, su volumen equivale aproximadamente a las tres cuartas partes del terrestre y su albedo es de 0,8, lo cual probablemente significa que está cubierto de nubes. Aunque no podemos precisar su temperatura, por su distancia con respecto a Épsilon se puede calcular que es bastante más cálido que la Tierra. Claro, no sabemos si ustedes trabajarán… lucharán en el lado del sol o en el oscuro, en el ecuador o en los polos. Es muy improbable que la atmósfera sea respirable.

En todo caso tendrán que usar los trajes. Bien, ya saben tanto como yo sobre el planeta al que van. ¿Alguna pregunta?

—Señor—se adelantó Stein—, ahora que sabemos adonde vamos… ¿sabe alguien qué haremos al llegar allí?

Williamson se encogió de hombros.

—Eso depende de su capitán… y del sargento, del capitán de la Esperanza de la Tierra y de la computadora logística. Aún no tenemos datos suficientes como para proyectar un plan de acción. Tal vez sea una batalla prolongada y sangrienta; tal vez sólo tengan que ir a recoger los pedazos. Es posible que los taurinos quieran hacer un tratado de paz…

Cortez soltó un resoplido.

—… y en ese caso ustedes serán sólo nuestro músculo, la fuerza que apoye nuestras exigencias.

Y luego agregó, dirigiendo a Cortez una mirada mansa:

—Nunca se sabe.

Por la noche la orgía resultó muy entretenida, pero era como tratar de dormir en medio de una bulliciosa fiesta nocturna. La única estancia lo bastante grande como para que cupiéramos todos era el comedor. Pusieron algunas sábanas aquí y allá para mayor discreción y soltaron a los dieciocho hombres de Puerta Estelar, hambrientos de sexo, sobre nuestras mujeres condescendientes y promiscuas por hábito (y ley) militar, pero que nada deseaban tanto como dormir en suelo firme.

Los dieciocho hombres obraron como si estuvieran obligados a probar todos los cambios posibles; la cantidad de trabajo realizado fue impresionante, aunque sólo en un sentido estrictamente cuantitativo. Algunos de nosotros llevamos la cuenta e improvisamos un coro de aliento para los mejor dotados. Creo que éste es el término correcto.

La mañana siguiente, al igual que todas las mañanas que pasamos en Puerta Estelar I, salimos tambaleantes de la cama y nos pusimos nuestros trajes para salir a trabajar en «el ala nueva». A su debido tiempo Puerta Estelar se convertiría en el centro táctico y logístico de la guerra; habría de albergar a miles de personas en forma permanente y estaría custodiada por seis grandes cruceros similares a la Esperanza. Cuando nosotros comenzamos consistía apenas en dos cobertizos y veinte personas; al partir los cobertizos eran cuatro, pero el personal no había pasado de veinte. El trabajo era muy ligero comparado con los esfuerzos realizados en el lado oscuro de Charon, pues disponíamos de luz en abundancia y se nos concedían dieciséis horas en el interior por cada ocho de trabajo. Además no hubo flota teledirigida que nos atacara como examen final.

Cuando llegó el momento de partir en la Esperanza, nadie se mostró muy feliz por abandonar ese planeta (aunque algunas de las mujeres más codiciadas declararon que no les vendría mal un descanso). Puerta Estelar era nuestro último puerto seguro y cómodo antes de tomar las armas contra los taurinos. Y tal como Williamson nos lo había señalado el primer día, nadie podía adivinar cómo sería la guerra.

Por otra parte, a nadie le entusiasmaba mucho la idea del salto colapsar. Nos habían asegurado que ni siquiera nos daríamos cuenta, que permaneceríamos en caída libre durante el trayecto. Yo no estaba muy convencido. Como todo estudiante de física, había asistido a los cursos de relatividad general y teorías sobre la gravitación. Por entonces teníamos muy pocos datos directos, pues Puerta Estelar había sido descubierta cuando yo cursaba aún los estudios primarios, pero el modelo matemático parecía muy claro.

El colapsar llamado Puerta Estelar era una esfera perfecta de unos tres kilómetros de radio, suspendida por siempre en un estado de colapso gravitacional; esto significa que su superficie caía hacia el centro aproximadamente a la velocidad de la luz. La relatividad la mantenía en su sitio, o al menos daba la impresión de que estaba allí. Así se torna ilusoria toda realidad cuando uno estudia relatividad general, o budismo, o cuando es reclutado.

De cualquier modo, habría un punto teórico en el espacio-tiempo en el que un extremo de nuestra nave estaría sobre la superficie del colapsar y el otro a un kilómetro de distancia, según nuestro marco de referencia. En cualquier universo cuerdo eso provocaría una marea de fuerzas que destrozarían la nave, con lo cual nosotros nos convertiríamos en otro millón de kilos de materia degenerada diseminados por la superficie teórica, lanzados de cabeza, hacia la nada por el resto de la eternidad, o cayendo hacia el centro en la trillonésima parte del segundo siguiente. Que cada uno elija su marco de referencia.

Mas estaban en lo cierto. Nos alejamos de Puerta Estelar I, efectuamos unas pocas correcciones al curso y después caímos por espacio de una hora. A continuación sonó una campana y todos nos hundimos en nuestros colchones bajo dos gravedades de desaceleración. Era territorio enemigo.

11

Llevábamos casi nueve días desacelerando a dos gravedades cuando comenzó la batalla. Mientras yacíamos en nuestras literas, angustiados, percibimos sólo dos golpes secos muy suaves al dispararse los misiles. Unas ocho horas después el altavoz anunció:

—Atención, tripulantes. Les habla el capitán.

Quinsana, el piloto, era sólo teniente, pero estaba autorizado a darse el título de capitán dentro de la nave, donde su rango era superior al de todos, incluido el capitán Stott.

—Esos murmuradores que están en la bodega también pueden escuchar. Acabamos de alcanzar al enemigo con dos misiles de cincuenta bevatones y hemos destrozado, simultáneamente, la nave enemiga y otro objeto lanzado aproximadamente tres microsegundos antes. El enemigo trataba de alcanzarnos desde hacía 179 horas, tiempo a bordo. En el momento del contacto avanzaba a una velocidad algo superior a la mitad de la luz con respecto a Aleph y estaba a treinta UA de la Esperanza. Su avance relativo era de 47 c; por lo tanto habríamos coincidido en el espacio-tiempo.

¡Habríamos chocado!

—… en poco más de nueve horas. Lanzamos los misiles a 0719, hora de a bordo, y destruimos al enemigo a 1540, detonando ambas bombas de taquiones a mil klims de los blancos enemigos.

Los dos misiles pertenecían a un tipo cuyo sistema de propulsión era en sí una bomba de taquiones apenas controlada. Aceleraban a un promedio constante de 100 G y viajaban a velocidades relativas en el momento en que la masa cercana de la nave enemiga las hizo estallar.

—No creemos que se produzcan nuevas interferencias del enemigo. Nuestra velocidad con respecto a Aleph será de cero dentro de cinco horas; entonces comenzaremos el viaje de regreso. Éste requerirá veintisiete días.

Hubo lamentos generales y juramentos a discreción. Todos lo sabíamos ya, por supuesto, pero nadie tenía interés en que se lo recordaran.

Así, después de pasar otro mes entre calistenia logística e instrucción militar, a 2 G constantes, pudimos ver por primera vez el planeta que íbamos a atacar. Éramos invasores del espacio exterior, claro que sí.

Era una blanca luna creciente que nos esperaba a dos UA de Épsilon. El capitán había delimitado la ubicación de la base enemiga desde una distancia de 50 U A, tras lo cual bajamos en una curva amplia, manteniendo el cuerpo del planeta entre ellos y nosotros. Eso no significaba que cayéramos sigilosamente sobre ellos (por el contrario: lanzaron tres ataques demasiado prematuros), pero nos ponía en una posición defensiva más segura. Desde ese momento sólo la nave y su tripulación estarían razonablemente a salvo.

Puesto que el planeta rotaba con bastante lentitud (una vuelta cada diez días y medio) la órbita fija de la nave debía situarse a 150.000 klims de altura. Con 10.000 kilómetros de roca y 140.000 de espacio entre ellos y el enemigo, los de la nave podían sentirse bastante seguros, pero eso representaba un segundo de demora en las comunicaciones entre la computadora de batalla de a bordo y quienes estaríamos en la superficie.

Uno podía morir cien veces mientras la pulsación de neutrino subía y bajaba.

Nuestras vagas órdenes indicaban que debíamos atacar la base y apoderarnos de ella con el mínimo daño posible al equipo enemigo. Debíamos tomar al menos un prisionero vivo, pero no permitir, bajo ninguna circunstancia, que nos apresaran con vida. La decisión, de cualquier modo, no dependía de nosotros: una pulsación determinada a la computadora de batalla y ese fragmento de plutonio de la planta energética se fisionaría con una eficacia de 99,99 %; el soldado afectado no sería entonces más que un plasma muy caliente en rápida expansión.

Nos amarraron en el interior de seis naves exploradoras (un pelotón de doce en cada una) y nos alejarnos de la Esperanza a ocho gravedades. Cada nave debía seguir su propio sendero hacia el punto de cita, a 108 klims de la base. Al mismo tiempo se lanzaron catorce naves teledirigidas para confundir al sistema detector aéreo del enemigo.

El descenso fue casi perfecto, aunque una de las naves sufrió daños menores al desprenderse parte del material ablativo lateral en una maniobra casi fallida; de cualquier modo quedó en condiciones de cumplir con la misión y regresar, siempre que no aumentara mucho la velocidad mientras estuviera en la atmósfera.

Avanzamos en zigzag hasta reunimos con la primera nave en el lugar indicado. La única dificultad consistía en que ese lugar estaba bajo cuatro kilómetros de agua. Casi era posible oír los chirridos del motor que, a 140.000 kilómetros de distancia, agregaba a sus engranajes mentales la nueva información. Procedimos exactamente como si se tratara de un descenso en suelo firme: cohetes de frenado, caída, desplazamiento, golpe en el agua, desplazamiento, golpe y desplazamiento, nuevo golpe y finalmente inmersión.

Habría sido más práctico seguir de largo hasta aterrizar en el fondo (después de todo la nave tenía diseño aerodinámico y el agua no es sino otro fluido), pero el casco no era lo bastante fuerte como para sostener una columna líquida de cuatro kilómetros. En nuestro vehículo venía el sargento Cortez.

—¡Sargento, ordene a esa computadora que haga algo! ¡Nos vamos a…!

—¡Oh, cállese, Mandella! Confíe en el señor.

La palabra «Señor», en labios de Cortez, iba decididamente con minúscula.

Se produjo un fuerte suspiro burbujeante, seguido por otro: sentí aumentar un poco la presión sobre mi espalda, lo cual significaba que la nave estaba ascendiendo.

—¿Bolsas de flotabilidad?

Cortez no se dignó responder o no supo hacerlo. Se trataba de las bolsas, en efecto. Nos elevamos hasta unos diez o quince metros por debajo de la superficie y allí nos mantuvimos suspendidos. Por las ventanillas se veía relucir la superficie del agua como un espejo de plata pulida; me pregunté qué sentirían los peces al tener un techo tan definido sobre la cabeza.

Otra nave descendió con un gran chapoteo, levantando una gran nube de burbujas y turbulencias antes de caer, con la cola algo hacia abajo; cuando hubo alcanzado cierta profundidad, grandes bolsas se inflaron súbitamente bajo cada ala triangular. Entonces ascendió hasta nuestra misma altura y se detuvo allí.

—Aquí el capitán Stott. Escuchen con atención: a unos veintiocho klims de la posición en que están, en dirección al enemigo, hay una playa. Avanzarán hasta allí con las naves exploradoras; desde ese punto combinarán el asalto contra las posiciones taurinas.

Bien, ya era algo; al menos caminaríamos tan sólo ochenta klims.

Desinflamos las bolsas y salimos a la superficie para avanzar hacia la playa en formación abierta, a poca velocidad. El trayecto nos exigió varios minutos. Al detenerse la nave percibí el zumbar de las bombas que igualaban la presión de la cabina con la del exterior. Antes de que se detuviera por completo se abrió junto a mi litera la abertura de salida. Me filtré por ella e hice pie sobre el ala del vehículo; desde allí salté a tierra. Disponía de diez segundos para hallar refugio; avancé a brincos sobre la grava suelta hacia la «hilera de árboles», unas pocas matas retorcidas de arbustos altos y escasos, de color verde azulado. Los vehículos teledirigidos que aún quedaban se elevaron lentamente hasta una altura de unos cien metros, para abrirse en seguida en todas direcciones con un rugido capaz de quebrar huesos. Las naves auténticas retrocedieron lentamente hacia el fondo. Tal vez fuera una buena idea.

No era aquél un mundo muy atractivo, pero sin duda resultaría más sencillo andar por allí que por el planeta de pesadilla criogénica en el que nos habían adiestrado. El cielo era un resplandor plateado, descolorido y uniforme; se confundía tan perfectamente con las nieblas del océano que resultaba imposible determinar los límites entre agua y aire. Pequeñas ondulaciones lamían la costa de pedregullo negro, con una gracia demasiado lenta, debido a que la gravedad equivalía a las tres cuartas partes de la terrestre. Aun desde una distancia de cincuenta metros se percibía nítidamente el fuerte repiqueteo de los innumerables guijarros.

La temperatura del aire era de 79 grados centígrados, insuficiente para hacer hervir el mar, aunque la presión era baja comparada con la terrestre. Allí donde el agua tocaba la tierra se elevaban rápidas volutas de vapor. ¿Cuánto tiempo podría vivir allí un hombre sin la protección del traje? ¿Moriría primero a causa del calor o de la baja proporción de oxígeno, puesto que la presión parcial era equivalente a un octavo de la terrestre? Tal vez existiera algún mortífero microorganismo más rápido aún que esos dos factores.

—Aquí Cortez. Que todo el mundo se acerque.

Estaba de pie sobre la playa, a mi izquierda, y agitaba la mano en círculos sobre la cabeza. Me acerqué a él, caminando entre los arbustos quebradizos, frágiles, paradójicamente marchitos a pesar del vapor. Como protección no nos sería de gran utilidad.

—Avanzaremos con una inclinación al este de 05 radianes con respecto al norte. Quiero que el pelotón uno tome la delantera. El dos y el tres lo seguirán a unos veinte metros de distancia, a derecha e izquierda. El pelotón comando siete irá en el medio, a veinte metros del dos y el tres. Los pelotones cinco y seis cerrarán la retaguardia en semicírculo. ¿Todos enterados?

Por supuesto; habríamos sido capaces de hacer esa maniobra en «punta de flecha» hasta con los ojos cerrados.

—Bueno, vamos.

Yo estaba en el pelotón siete, el «grupo de comando». El capitán Stott no me había puesto allí para dar órdenes, sino debido a mis conocimientos de física. El grupo de comando solía ser el que menos riesgos corría, pues le protegían seis pelotones; lo constituían aquellas personas que, por razones tácticas, eran algo más necesarias que el resto. Allí estaba Cortez, para dar las órdenes; Chavez, encargado de arreglar cualquier avería en los trajes; Doc Wilson, el médico, el único realmente diplomado en medicina; y Theodopolis, el ingeniero en radio y enlace con el capitán, que había preferido permanecer en órbita.

El resto de los que habíamos sido asignados al grupo de comando poseíamos alguna aptitud o conocimiento especial que, normalmente, nadie habría considerado de interés táctico; pero en el primer enfrentamiento con un enemigo desconocido no había modo de saber qué podía resultar de importancia. Por lo tanto allí estaba yo, lo más parecido a un físico que había en la compañía. Y Rogers, biólogo; Tate, químico y capaz de un ciento por ciento de aciertos en el test Rhine de percepciones extra-sensoriales; Bohrs, políglota, que hablaba con fluidez veintiún idiomas. El talento de Petrov consistía en no tener siquiera una molécula de xenofobia en su psique. Keating era un acróbata habilísimo. Debby Hollister, alias «Suerte», poseía una notable capacidad para ganar dinero y también una percepción Rhine bastante superior a la normal.

12

Al iniciar la marcha lo hicimos con los trajes ajustados al camuflaje de jungla. Sin embargo, las selvas de aquellos anémicos trópicos eran tan raquíticas que parecíamos una banda de conspicuos arlequines de paseo por los bosques. Cortez nos hizo pasar a negro, pero resultó igualmente erróneo, pues la luz de Epsilón provenía de todos los puntos del cielo de un modo regular, con lo cual las únicas sombras eran las nuestras. Al fin nos decidimos por el camuflaje pálido del desierto.

A medida que avanzábamos hacia el norte, alejándonos del mar, la naturaleza de aquellos parajes fue cambiando lentamente. Los tallos espinosos (quizá se les pueda considerar como árboles) raleaban más aún, pero eran mayores; bajo cada uno de ellos, una masa de viñas enredadas, del mismo tono verde azulado, se estiraba en un cono aplanado de diez metros de diámetro. La copa de cada árbol lucía una delicada flor verde del tamaño de un melón.

A unos cinco klims del mar empezamos a ver hierba. Como si respetara los «derechos de propiedad» de los árboles, ésta dejaba una zona desnuda en torno a cada cono de enredaderas, en cuyos bordes brotaba imitando una tímida barba verde azulado; más allá iba aumentando en altura y grosor, hasta llegarnos a los hombros en algunos lugares, allí donde la separación entre un árbol y otro era mayor que la habitual. Su tono era más claro y verdoso que el de los árboles y las enredaderas, por lo que cambiamos el color de nuestros trajes al verde brillante que habíamos empleado en Charon para máxima visibilidad. Si nos manteníamos entre las hierbas más tupidas nuestra presencia quedaba bastante disimulada.

Cubríamos más de veinte klims por día; tras haber pasado meses completos bajo dos gravedades nos sentíamos ligeros como plumas. En las dos primeras jornadas la única forma de vida animal con la que tropezamos fue una especie de oruga negra, del tamaño de un dedo, con cientos de patas ciliares semejantes a las cerdas de un cepillo. Rogers dijo que debía haber alguna criatura de mayor tamaño, pues de otro modo los árboles no tendrían espinas. Todos prestábamos atención, no sólo contra el peligro de los taurinos, sino también contra el de esas criaturas sin identificar.

El segundo pelotón, el de Potter, llevaba la delantera; a ella le estaban reservadas todas las sorpresas, pues por lógica sería su grupo el que detectaría en primer término cualquier eventualidad.

—Sargento, aquí Potter—oímos todos—. Hay movimiento delante de nosotros.

—¡Cuerpo a tierra, entonces!

—Así estamos. No creo que nos hayan visto.

—Primer pelotón, avanzar hasta la derecha de la delantera. Cuerpo a tierra. El cuarto, avanzar hacia la izquierda. Avisar cuando lleguen a las posiciones indicadas. Sexto pelotón, mantenerse atrás y cuidar la retaguardia. Quinto y tercero, cerrarse con el grupo de comando.

Veinticuatro personas surgieron con un susurro de entre la hierba para unirse a nosotros. Cortez pareció recibir noticias del cuarto pelotón, pues dijo:

—Bien. ¿Y ustedes, los del primero?… Bien, de acuerdo. ¿Cuántos hay allí?

—Ocho a la vista —respondió la voz de Potter.

—Bueno. Cuando yo lo ordene, abran fuego. Disparen a matar.

—Sargento…, son sólo animales.

—Potter, si usted sabía cómo eran los taurinos debió decírnoslo. Disparen a matar.

—Pero tendríamos que…

—Tendríamos que capturar un prisionero, pero no hay por qué escoltarle a lo largo de cuarenta klims hasta su base y además vigilarle mientras combatimos. ¿Está claro?

—Sí, sargento.

—De acuerdo. Los del siete, todos los genios y los bichos raros, nos adelantaremos para observar. Quinto y tercero, acompáñennos y cúbrannos.

Nos arrastramos por entre la hierba, que allí alcanzaba un metro de altura, hasta donde estaba el segundo pelotón, extendido en una línea de fuego.

—No veo nada —dijo Cortez.

—Allá adelante, hacia la izquierda. Verde os curo.

Eran apenas más oscuros que la hierba, pero una vez que se distinguía el primero era fácil verlo a todos; se movían lentamente, a unos treinta me tros delante de nosotros.

—¡Fuego!

Cortez disparó el primero. En seguida, doce líneas de color carmesí saltaron hacia delante y la gente que cavó un agujero grande como un puño en medio de aquel cuerpo. Murió, como los otros, sin un solo gemido.

Eran más bajos que un ser humano, pero más corpulentos en la zona media. Estaban cubiertos por un pelaje de color verde oscuro, casi negro, que se enroscaba en rizos blancos allí donde habían recibido el impacto del láser. Parecían tener tres patas y un solo brazo. El único adorno de aquellas cabezas lanudas era una boca húmeda, un negro orificio lleno de dientes negros y planos. Resultaban enteramente repulsivos, pero lo peor no era la diferencia con respecto a los seres humanos, sino cierta semejanza: dondequiera que el láser había socavado el cuerpo brotaban glóbulos venosos y serpentinas orgánicas; los coágulos de sangre eran rojos y oscuros.

—Rogers, venga a echar un vistazo. ¿Son taurinos o no?

Rogers se arrodilló ante una de aquellas criaturas despedazadas y abrió una caja plástica aplanada, llena de relucientes instrumentos de disección. Entre ellos escogió un escalpelo.

—Hay una forma de averiguarlo.

Doc Wilson la miró cortar metódicamente la membrana que cubría diversos órganos.

—Aquí está.

Tenía entre los dedos una masa negra y fibrosa que, por comparación ante tanta armadura, parecía absurdamente delicada.

—¿Y?.

—Es hierba, sargento. Si los taurinos pueden comer esta hierba y respirar este aire, se diría que han hallado un planeta notablemente similar al suyo propio.

Y agregó, arrojando a un lado los residuos:

—Son animales, sargento; sólo jodidos animales.

—No estoy seguro —dijo Doc Wilson—. Que caminen a cuatro patas, o a tres, y que coman hierba, no significa que…

—Bien, veamos el cerebro.

Buscó un ejemplar que hubiera recibido el impacto en el cerebro y raspó la materia carbonizada de la herida.

—Vean esto.

Era casi todo hueso macizo. Eligió otro ejemplar y quitó el pelo que le cubría la cabeza. Después se levantó.

—¿Qué diablos usa como sentidos? No tiene ojos, ni orejas, ni… No hay nada en esa maldita cabeza, aparte de una boca y de diez centímetros de cráneo que no protegen una mierda.

—Si pudiera encogerme de hombros, lo haría —dijo el doctor—. Eso no prueba nada. No es obligatorio que el cerebro parezca una nuez blanda; tampoco tiene por qué estar siempre en la cabeza. Tal vez ese cráneo no sea hueso, sino el cerebro, en alguna red cristalizada…

—Sí, pero el jodido estómago está en el lugar correspondiente, y si ésos no son intestinos me como el…

—Oigan —dijo Cortez—, ya sé que son intestinos, pero lo que necesitamos saber es si este bicho es peligroso o no para seguir adelante. No disponemos de…

—No son peligrosos —empezó Rogers—. No tienen…

—¡Un médico! ¡Doc!

En la línea de fuego alguien estaba agitando los brazos. Doc se lanzó hacia allí, con todos nosotros tras él.

—¿Qué pasa? —preguntó al llegar, mientras abría el maletín.

—Es Ho. Está desmayada.

Doc abrió rápidamente la portezuela de los biomonitores médicos de Ho. No le hizo falta investigar mucho.

—Ha muerto —dijo.

—¿Que ha muerto? —preguntó sorprendido Cortez—. ¿Qué diablos…?

—Un momento.

Doc enchufó un cable en el monitor y operó algunos indicadores de su maletín.

—Todos los datos biomédicos quedan grabados durante doce horas. Los estoy revisando hacia atrás para… ¡Ahí está!

— ¿Qué?

—Hace cuatro minutos y medio… Debió ser cuando abrieron fuego… ¡Jesús!

—¿Qué pasa?

—Hemorragia cerebral generalizada. Y no hubo…

Mientras hablaba estaba observando los indicadores.

—… No hubo la menor indicación, ningún síntoma fuera de lo común; el pulso y la presión sanguínea eran algo elevados, pero normales dadas las circunstancias… Nada parecía indicar…

Se inclinó para abrir el traje. Las delicadas facciones orientales estaban contorsionadas en una mueca horrible, mostrando las encías. Un fluido viscoso le corría por entre los párpados cerrados; aún goteaba la sangre de las orejas. Doc Wilson volvió a cerrar el traje.

—Nunca vi nada parecido. Es como si le hubiera estallado una bomba en el cráneo.

—¡Oh, mierda! —dijo Rogers—. Tenía percepción Rhine, ¿verdad?

—Es cierto —murmuró Cortez, pensativo—. Bien, escuchen todos. Jefes de pelotón, cada uno verifique si hay alguien desaparecido o lastimado. ¿Hay alguna otra víctima en el siete?

—Yo… me duele horriblemente la cabeza, sargento —dijo Suerte.

Otros cuantos sufrían fuertes dolores de cabeza. Uno de ellos afirmó que tenía una ligera percepción Rhine; los otros no lo sabían.

—Cortez, creo que es obvio lo que ha pasado —dijo Doc Wilson—. Tendríamos que evitar el encuentro con estos… monstruos, sobre todo hay que tratar de no hacerles daño, considerando que tenemos cinco personas sensibles a lo mismo que al parecer mató a Ho.

—Por supuesto, maldición, no hace falta que nadie me lo diga. Será mejor que sigamos la marcha. Ya informé al capitán de lo ocurrido; está de acuerdo en que nos alejemos lo más posible de aquí antes de detenernos para pasar la noche. Retrocedamos en formación y sigamos con el rumbo que traíamos. Pelotón quinto, a tomar la delantera; segundo, a la retaguardia. Todos los demás irán en los puestos que ocupaban antes.

—¿Qué hacemos con Ho? —preguntó Suerte.

—Los de la nave se encargarán de ella.

Cuando ya nos habíamos alejado unos quinientos metros se produjeron un relámpago y un violento trueno. En el sitio donde habíamos dejado a Ho se elevó una vaporosa nube en forma de hongo, que centelleó contra el cielo antes de desaparecer.

13

Nos detuvimos a pasar «la noche» (aunque en realidad el sol no se pondría aún en otras setenta horas) en la cima de una pequeña elevación, a unos diez klims del lugar en que habíamos matado a los seres extraños…, aunque debía recordar que allí no eran ellos los extraños, sino nosotros.

Dos pelotones formaron un círculo en torno a los demás y nos dejamos caer al suelo, exhaustos. Cada uno debía dormir cuatro horas y hacer guardia otras dos. Potter se sentó a mi lado. Yo marqué su frecuencia con la barbilla.

—Hola, Marygay.

—Oh, William—dijo por la radio su voz, áspera y llena de estática—. ¡Dios mío, es horrible!

—Ya ha pasado.

—Yo maté a uno de ellos en el primer segundo. Le di justamente en el… en el…

Le apoyé una mano en la rodilla, pero el contacto provocó un chasquido de plástico que me obligó a retirarla, imaginando una cópula de máquinas abrazadas.

—No te sientas aislada, Marygay; si alguien es culpable lo somos todos por igual…, aunque el más culpable es Cor…

—A ver, reclutas, basta de cháchara; traten de dormir. Ustedes dos montarán guardia dentro de dos horas.

—De acuerdo, sargento.

Su voz sonaba tan triste que me resultó insoportable. Si al menos hubiera podido tocarla le habría hecho descargar toda su tristeza como un cable a tierra, pero ambos estábamos atrapados en individuales mundos de plástico.

—Buenas noches, William.

—Buenas.

Era casi imposible experimentar alguna excitación sexual en el interior de un traje, con ese tubo de salida y todos los sensores de cloruro de plata incrustados en el cuerpo; de cualquier modo, tal era mi reacción a la impotencia emotiva. Quizá recordaba noches más gratas pasadas junto a Marygay, o sentía que, en las nieblas de tanta muerte, la muerte propia podía estar a un paso; y todos esos amables pensamientos ponían en funcionamiento el pozo generador en una última tentativa… Cuando concilié el sueño soñé que yo era una máquina y que avanzaba torpemente por el mundo, crujiendo y chirriando, en imitación de la vida humana; la gente, demasiado cortés para hacer observaciones, se burlaba no obstante a mis espaldas; dentro de mi cráneo había un hombrecito sentado ante varios indicadores, que movía llaves y palancas y estaba loco sin remedio; él iba atesorando resentimiento para el día en que…

—¡Mandella, despierta, maldición! ¡Es tu turno!

Caminé arrastrando los pies hasta mi puesto en el perímetro de guardia, donde debía vigilar sabe Dios qué posibles apariciones, pero estaba tan cansado que ni siquiera podía mantener los ojos abiertos. Al fin tomé un estimulante, sabiendo que más tarde lo pagaría caro.

Pasé más de una hora sentado allí, observando los alrededores: a la izquierda, a la derecha, cerca, lejos… La escena jamás cambiaba; ni siquiera había un golpe de brisa que agitara las hierbas.

Súbitamente los pastos se abrieron y una de aquellas criaturas de tres patas apareció frente a mí. Levanté el dedo, pero sin disparar.

—¡Movimiento!

—¡Movimiento!

—¡Jesucr…! Hay uno justo en…

—¡No disparen! ¡No disparen, mierda!

—Movimiento.

—Movimiento.

A derecha e izquierda, hasta donde alcanzaba mi visión, cada uno de los vigías tenía una de aquellas criaturas ciegas y mudas frente a sí. Tal vez la droga que yo había tomado me hacía más sensible a su poder, o lo que fuera. Me corrió un escalofrío por la nuca y sentí que algo informe me ocupaba la mente, como cuando alguien ha dicho algo que no oímos bien y queremos responder, pero ya ha pasado la oportunidad de pedirle que lo repita.

La criatura se sentó sobre los cuartos traseros, inclinándose hacia delante sobre la única pata frontal. Era como un gran oso verde con un brazo disecado. Su poder se filtraba en mi cerebro, telarañas, eco de errores nocturnos, tratando de comunicarse, o tratando de destruirme; no había modo de saberlo.

—Bien, todos los que están en el perímetro, retrocedan. Lentamente. No hagan gestos bruscos. ¿Alguien tiene dolor de cabeza o algo así?

—Sargento, aquí Hollister.

Era Suerte.

—Están tratando de decir algo… Casi puedo… No, pero… Todo lo que capto es que les parecemos… les parecemos… Bueno, cómicos. No nos tienen miedo.

—Querrá decir que el ejemplar parado frente a usted no tiene miedo.

—No, la sensación proviene de todos por igual. Todos piensan lo mismo. No me pregunte cómo losé.

—Tal vez creyeron que también lo de Ho era cómico.

—Tal vez. No me parecen peligrosos. Sólo sienten curiosidad.

—Sargento, aquí Bohrs.

—¿Sí?

—Los taurinos llevan por lo menos un año aquí. Tal vez hayan aprendido a comunicarse con estos… ositos de felpa para gigantes. ¿Quién sabe si no nos están espiando? Tal vez ellos les envían…

—No creo que se dejaran ver si las cosas fuesen así —observó Suerte—. Es obvio que pueden esconderse muy bien cuando quieren.

—De cualquier modo —dijo Cortez—, si son espías el daño ya está hecho. No creo que sea prudente tomar medidas contra ellos. Ya sé que todos ustedes quisieran matarlos por lo que le hicieron a Ho; también yo querría, pero conviene andar con cuidado.

Por mi parte no tenía ningún interés en matarlos, pero tampoco me gustaba tenerlos por ahí. Retrocedí lentamente hacia el centro del campamento. La criatura no parecía dispuesta a seguirme. Tal vez sabía que estábamos rodeados. Arrancó hierba con el brazo y la masticó.

—Bien, todos los jefes de pelotón, despierten a todo el mundo y pasen lista. Quiero saber si alguien ha sufrido daño. Informen que avanzaremos dentro de unos minutos.

No sé cuáles eran las esperanzas de Cortez, pero las criaturas, naturalmente, nos siguieron sin vacilar. En vez de rodearnos, hacían que veinte o treinta de ellos nos siguieran constantemente: no eran siempre los mismos. Algunos ejemplares se alejaban y eran reemplazados por otros. Era bien obvio que, por su parte, no se cansarían.

Recibimos autorización para tomar una píldora estimulante cada uno; sin eso nadie habría podido marchar durante una hora siquiera. Cuando los efectos comenzaron a desvanecerse todos hubiésemos tomado otra con gusto, pero las matemáticas de la situación lo prohibían: estábamos aún a treinta klims del enemigo, lo que representaba cuando menos quince horas de marcha. Y aunque uno podía mantenerse despierto y activo durante cien horas bajo el efecto de los estimulantes, después de tomar la segunda dosis se presentaban aberraciones de juicio y de percepción; en casos extremos se darían por reales las más absurdas alucinaciones; uno podía pasar horas enteras tratando de decidir si tomaría o no el desayuno.

Siempre con estímulos artificiales, la compañía avanzó enérgicamente durante seis horas; a la séptima, las fuerzas empezaron a flaquear hasta que todos nos detuvimos exhaustos tras nueve horas y diecinueve kilómetros de marcha.

Los osos de felpa no nos habían perdido de vista un solo instante; según informó Suerte, tampoco habían dejado de «transmitir». Cortez decidió que nos detendríamos durante siete horas; cada pelotón debía montar guardia durante una hora. Nunca me sentí más contento por pertenecer al séptimo pelotón, pues eso nos permitía dormir seis horas sin interrupción, ya que nuestra guardia era la última.

En los pocos instantes que tardé en dormirme, ya acostado, se me ocurrió que cuando volviera a cerrar los ojos bien podía ser para siempre. En parte debido a la resaca de la droga, pero sobre todo por los horrores del día anterior, descubrí que en realidad me importaba un rábano.

14

Nuestro primer contacto con los taurinos se produjo durante mi guardia. Los osos de felpa estaban aún allí cuando desperté para reemplazar a Doc Jones. Habían adoptado la formación original: había uno frente a cada guardia. El que esperaba frente a mi puesto parecía algo más grande que lo normal, si bien en los demás aspectos era como los otros. Allí donde estaba sentado no había ya hierba que masticar, de modo que de tanto en tanto hacía excursiones hacia la derecha o hacia la izquierda. Pero siempre volvía a sentarse frente a mí; se habría dicho que me miraba fijamente, de haber tenido algún órgano con el cual mirar.

Llevábamos unos quince minutos frente a frente cuando la voz de Cortez rugió:

—¡A ver, todos! ¡Despierten y ocúltense!

Me dejé llevar por el instinto, que me indicó echarme a tierra y rodar hasta la hierba alta. Cortez informó, casi lacónicamente:

—Vehículo enemigo arriba.

En términos estrictos no estaba «arriba», sino hacia el este.

Avanzaba lentamente por el cielo, tal vez a unos cien kilómetros por hora; parecía un palo de escoba rodeado por una sucia burbuja de jabón. La criatura que viajaba en él parecía, algo más humana que los ositos de felpa, pero de cualquier modo no resultaba una belleza. Gradué mi conversor en logaritmo cuarenta y dos para verlo desde más cerca.

Tenía dos brazos y dos piernas, pero la cintura era tan fina que se la podría rodear con las manos. Por debajo presentaba una estructura pélvica en forma de herradura, de un metro de ancho, aproximadamente; de ella pendían dos piernas largas y escuálidas sin articulación visible. Sobre la cintura, el cuerpo volvía a ensancharse en un pecho no menos amplio que la pelvis. Los brazos resultaban asombrosamente humanos, si bien eran demasiado largos y carentes de músculos; además, tenía demasiados dedos en cada mano. Ni hombros, ni cuello. La cabeza era un apéndice de pesadilla, que se inflaba como una especie de bocio a partir del imponente pecho. Dos ojos similares a huevas de pez, un manojo de flecos por nariz y un agujero abierto y rígido que podía ser la boca, situado allí donde debería estar la nuez de Adán. Era evidente que la burbuja contenía un ambiente apto, pues el ser iba completamente desnudo, luciendo el pellejo arrugado, algo así como la piel de quien ha estado largo rato sumergido en agua caliente, pero teñida de un color anaranjado claro. No presentaba genitales exteriores, pero tampoco señales de glándulas mamarias; por lo tanto decidimos, por omisión, aplicarle el pronombre masculino.

No nos vio o nos creyó parte del rebaño de osos, pues continuó en la misma dirección que llevábamos nosotros (05 radianes al este del norte) sin volver la mirada hacia atrás.

—Convendría que volviéramos a dormir, si es que alguien puede dormir después de ver semejante bicho. Emprenderemos de nuevo la marcha a las 0435.

Faltaban cuarenta minutos.

Debido al opaco techo de nubes que rodeaba el planeta, no había modo de saber, desde el espacio, cómo era la base enemiga, ni en aspecto ni en tamaño. Sólo conocíamos su posición y, por tanto, también dónde debían descender las naves exploradoras. De todos modos la base podía estar bajo agua o bajo tierra. Pero algunas de las naves teledirigidas no cumplían sólo funciones de disfraz, sino también de reconocimiento; en sus parodias de ataques a la base una de ellas había logrado tornar una fotografía. El capitán Stott irradió a Cortez un diagrama del lugar en cuestión (el sargento era el único cuyo traje tenía visor) cuando estábamos a cinco klims de la base. Nos detuvimos y convocamos a todos los jefes de pelotón para que conferenciaran con nosotros. Dos ositos de felpa se acercaron también, pero tratamos de ignorar su presencia.

—Veamos; el capitán envió dos imágenes de nuestro objetivo. Voy a dibujar un mapa para que los jefes de pelotón lo copien.

Todos sacaron el bloc de papel y el bolígrafo que llevaban en el bolsillo de la pierna, mientras Cortez desenrollaba una gran esterilla de plástico.

Después de sacudirla para aleatorizar cualquier carga residual, tomó su propio bolígrafo.

—Nos aproximaremos en esta dirección —indicó, dibujando una flecha al pie de la plancha—. En primer lugar atacaremos esta hilera de cabañas; deben ser cuarteles de vivienda, pero ¡quién diablos puede afirmarlo! Nuestro objetivo inicial consiste en destruir estos edificios. Toda la base está sobre una planicie; no hay forma de caer sobre ellos por sorpresa.

—Aquí Potter. ¿No es posible hacerlo desde arriba?

—Claro que es posible. Y después nos rodearían por completo y nos harían pedazos. Tomaremos los edificios. Después… El resto habrá que pensarlo sobre la marcha. El reconocimiento aéreo nos permite adivinar la función de uno o dos edificios, nada más… y eso da mala espina. Podríamos perder mucho tiempo en destruir algo así como el bar de los soldados y dejar intacta alguna enorme computadora logística, sólo porque ésta parece un depósito de desperdicios, por ejemplo.

—Aquí Mandella —dije—. ¿No hay alguna especie de espaciopuerto? Me parece que deberíamos…

—¡A eso iba, caramba! El campamento está rodeado por un círculo de cabañas como éstas; tendremos que abrimos paso de algún modo. Por este lugar estaríamos más cerca y correríamos menos riesgos de revelar nuestra posición antes del ataque. Allí no hay nada que se parezca a un arma. Pero eso no significa nada; cualquiera de esas cabañas puede ocultar un láser bevawatt. Ahora bien, a quinientos metros de las cabañas, en el centro de la base, hay una gran estructura en forma de flor.

Cortez dibujó una gran forma simétrica que parecía el contorno de una flor de siete pétalos.

—No pregunten qué diablos es esa inmensa estructura, porque yo sé tanto como ustedes. De cualquier modo, como hay una sola es preciso dañarla lo menos posible. Eso no impide que la reduzcamos a astillas si me parece que es peligrosa. En cuanto a su espaciopuerto, Mandella, no lo hay. Nada. Probablemente ese crucero que derribó la Esperanza había sido dejado en órbita, tal como nosotros hicimos con el nuestro. Si tienen naves exploradoras, proyectiles teledirigidos o algo que se les parezca, no están aquí o los guardan bien escondidos.

—Aquí Bohrs. Si las cosas son así, ¿con qué nos atacaron cuando bajábamos de la órbita?

—Me gustaría saberlo, recluta. Como es obvio, no contamos con ningún medio para calcular el número del enemigo. En las fotos de reconocimiento no se ve un solo taurino en los terrenos de la base. De cualquier modo, ese dato no tiene valor, pues este medio es extraño para ellos. Sin embargo, indirectamente… Hemos contado el número de esos palos de escoba con que vuelan. Hay cincuenta y una cabañas, y en cada una hay, cuando más, un palo volador. Cuatro de ellas no tienen ninguno estacionado fuera, pero hemos localizado otros tres en distintos puntos de la base. Tal vez eso indica que hay cincuenta y un taurinos, uno de los cuales estaba fuera de la base cuando se tomó la fotografía.

—Aquí Keating. O cincuenta y un oficiales.

—Es posible. Puede haber cincuenta mil soldados en uno de estos edificios. No hay modo de averiguarlo. Y también pueden ser diez taurinos, cada uno de los cuales dispone de cinco palos voladores para escoger según su capricho. Pero tenemos algo a favor, y son las comunicaciones. Es evidente que usan una modulación de frecuencia de radiación electromagnética por megahertzion.

—¡Radio!

—Eso es, quienquiera que haya hablado. Identifíquense cuando hablen. No es imposible que reciban nuestras emisiones de neutrino fasado. Además, en el momento previo al ataque, la Esperanza dejará caer una hermosa bomba de fisión y la hará detonar en la atmósfera superior, precisamente encima de la base. Eso les restringirá a las comunicaciones visuales por algún tiempo, y hasta ésas se cubrirán de estática.

—¿Por qué no…? Aquí Tate… ¿Por qué no dejamos caer la bomba en medio de la base? Nos ahorraría mucho…

—Eso ni siquiera merece respuesta, recluta. Pero la respuesta es que podría hacerse así. Y roguemos porque no se haga. Si los de la nave destruyen la base ha de ser para salvar a la Esperanza. Lo harán una vez que hayamos atacado, y probablemente antes de que nos alejemos lo bastante como para estar a salvo. Lo mejor que podemos hacer para evitarlo es realizar un buen trabajo. Tenemos que dejar la base en un estado tal que no pueda seguir funcionando, pero al mismo tiempo dañarla solamente lo indispensable. Y tomar un prisionero.

—Aquí Potter. Usted querrá decir al menos un prisionero.

—Quiero decir lo que dije. Sólo uno. Potter, queda relevada del mando de su pelotón. Que Chavez se haga cargo.

—De acuerdo, sargento.

Su voz revelaba un alivio inconfundible.

Cortez prosiguió con su mapa y sus instrucciones. Había un edificio grande cuyas funciones eran bastante obvias: tenía una gran antena dirigible. Debíamos destruirla en cuanto los lanzadores de granadas la tuvieran a su alcance.

El plan de ataque era bastante flexible. La señal para avanzar sería el destello de la bomba de fisión. Al mismo tiempo varias naves teledirigidas convergerían sobre la base, a fin de permitirnos ver dónde estaban las defensas antiaéreas. Entonces trataríamos de reducir la eficacia de esas defensas sin destruirlas por completo.

Inmediatamente después de la bomba y de los proyectiles teledirigidos los granaderos se encargarían de convertir en vapor una hilera de siete cabañas.

Por ese hueco entraríamos todos a la base… y lo que pasara después quedaba librado a la imaginación de cada uno. Lo ideal era atravesar la base de un extremo a otro, destruyendo ciertos blancos y masacrando a todos los taurinos, salvo uno. Pero eso resultaba muy poco probable, pues dependía de que los enemigos ofrecieran muy poca resistencia.

En el caso contrario, si los taurinos demostraban superioridad de fuerzas desde el comienzo, Cortez daría la orden de desbandarse; cada miembro de la compañía tenía indicado un ángulo distinto para la retirada; nos abriríamos en todas direcciones, para reunimos (al menos los que sobrevivieran) en un valle situado a unos cuarenta klims al este de la base. Desde allí intentaríamos el regreso, una vez que la Esperanza ablandara un poco a los de la base.

—Una última advertencia —carraspeó Cortez—. Quizás algunos de ustedes piensen como Potter. Tal vez algunos opinen que… que deberíamos ser blandos y no convertir esto en un baño de sangre. La misericordia es un lujo y una debilidad que no podemos permitirnos en esta etapa de la guerra. Lo único que sabemos con respecto al enemigo es que ha matado a setecientos noventa y ocho humanos. No mostraron piedad alguna al atacar a nuestros cruceros y sería una ingenuidad de nuestra parte esperarla ahora, en esta primera acción en tierra.

»Ellos son responsables de la muerte de todos los compañeros que murieron durante el entrenamiento, de la de Ho y todos los que seguramente van a morir hoy. Me resulta incomprensible que alguien quiera ser blando con ellos. Pero eso no tiene importancia. Hay órdenes que cumplir; además, ¡qué diablos…! Es mejor que lo sepan: todos ustedes están bajo una sugestión poshipnótica que actuará al influjo de una frase; yo me encargaré de pronunciarla antes de la batalla. Eso les facilitará las cosas.

—Sargento…

—Silencio. Estamos escasos de tiempo; vuelvan a sus pelotones e informen de todo esto. Avanzaremos dentro de cinco minutos.

Los jefes de pelotón volvieron a sus respectivos grupos; atrás quedamos Cortez y diez de nosotros… y tres ositos de felpa que vagabundeaban por allí y estorbaban el paso.

15

Anduvimos con mucho cuidado para cubrir aquellos últimos cinco klims, manteniéndonos ocultos entre la hierba más alta y atravesando a toda prisa los claros ocasionales. Cuando estábamos a unos quinientos metros de la base, según nuestros datos, Cortez se adelantó con el tercer pelotón para explorar un poco, mientras los demás permanecíamos cuerpo a tierra. Al fin le oímos decir por la línea general:

—Es más o menos como suponíamos. Avancen en fila y arrastrándose sobre el vientre. Cuando alcancen al tercer pelotón sigan al jefe hacia la derecha o hacia la izquierda.

Así lo hicimos, distribuyéndonos en una línea de ochenta y tres personas que seguía una dirección más o menos perpendicular a la dirección del ataque.

Estábamos bastante bien escondidos, si exceptuábamos a los diez o doce ositos de felpa que recorrían la hilera mascando hierba.

En la base no había señales de vida. Todos los edificios carecían de ventanas y estaban pintados de un blanco uniforme y brillante. Las cabañas que constituían nuestro primer objetivo eran grandes huevos lisos, semienterrados, distantes unos sesenta metros entre sí. Cortez indicó una a cada lanzador de granadas.

Estábamos repartidos en tres equipos de fuego; el equipo A estaba compuesto por los pelotones dos, cuatro y seis; el B, por el uno, el tres y el cinco; el grupo de comando lo constituía el equipo C.

—Falta menos de un minuto. ¡Abajo los filtros! Cuando yo dé la orden los lanzadores de granadas dispararán contra los blancos. Que Dios les ayude si fallan.

Se oyó un ruido similar al eructo de un gigante; una ráfaga de cinco o seis burbujas iridiscentes surgió hacia el cielo desde el edificio en forma de flor y se elevó con velocidad creciente, hasta quedar fuera de la vista. Después se lanzaron hacia el sur por encima de nuestras cabezas. El suelo adquirió un súbito resplandor; por primera vez en mucho tiempo pude ver mi sombra, una sombra larga que apuntaba hacia el norte. La bomba había estallado prematuramente. Sólo tuve tiempo de pensar que eso no importaba mucho; de cualquier modo haría sopa de letras con todas las comunicaciones del enemigo cuando…

—¡Naves teledirigidas!

Una nave llegó bramando, apenas a la altura de los árboles, y se encontró con una burbuja. Cuando establecieron contacto la burbuja reventó y la nave estalló en un millón de pequeños fragmentos. Otro vehículo que venía en dirección contraria sufrió idéntico destino.

—¡Fuego!

Siete centellas brillantes, las granadas de 500 microtones, y una conmoción sostenida que habría matado a quienes no estuvieran protegidos.

—Arriba los filtros.

Niebla gris de polvo y humo. Terrones que caían con el ruido de pesadas gotas de lluvia.

—Escuchen: «Escoceses, que con Wallace han sangrado, escoceses, a quienes Bruce dirigía, bienvenidos al lecho ensangrentado ¡o a la victoria!» Apenas si le escuché, pues estaba tratando de comprender lo que ocurría dentro de mi cerebro. Sabía que se trataba sólo de sugestión poshipnótica y hasta recordaba la sesión en que la habían implantado, pero eso no la hacía menos avasalladora. Sentí que la mente me daba vueltas bajo fuertes recuerdos falsos: moles velludas que representaban a los taurinos (en nada parecidos a los que ahora conocíamos) abordaban la nave de unos colonos y devoraban a los bebés ante los mismos ojos de las madres, que gritaban aterrorizadas (los colonos nunca llevaban bebés, pues éstos no resistían la aceleración); después violaban a las mujeres hasta matarlas con enormes miembros purpúreos y surcados de venas (era ridículo pensar que podrían sentir deseo por las humanas), y sujetaban a los hombres para arrancarles la carne viviente y devorarla (como si pudieran asimilar proteínas extrañas). Cien detalles espeluznantes, tan nítidamente recordados como los sucesos del minuto anterior, ridículamente exagerados y lógicamente absurdos. Pero mientras mi parte consciente rechazaba tanta estupidez, algo en mí, a mucha mayor profundidad, en el interior de aquel animal dormido que atesora nuestros verdaderos motivos, codiciaba la sangre extraña, firme en la convicción de que el acto más noble, para un ser humano, sería morir matando a uno de esos monstruos horribles.

Yo sabía que todo eso era pura y exclusivamente mierda de soja y odié a quienes se habían tomado tan obscenas libertades con mi mente, pero al mismo tiempo oía rechinar mis dientes y sentía que las mejillas se me petrificaban en una mueca espástica, sedienta de sangre. Un osito de felpa cruzó frente a mí con aspecto aturdido. Comencé a levantar el dedo láser, pero alguien se me adelantó y la cabeza de la criatura estalló en una nube de sangre y astillas grises.

Suerte gruñó, casi gimiendo:

—Sucios… asquerosos… y jodidos hijos de puta…

En ese momento los rayos láser salieron disparados hacia cualquier parte, entrecruzándose; todos los osos de felpa cayeron muertos.

—¡Atención, carajo! —gritó Cortez—. ¡Apunten bien con esos jodidos rayos! ¡No son juguetes! Equipo A, avanzar hasta los cráteres para cubrir al B.

Alguien reía y lloraba.

—¿Qué mierda le pasa, Petrov?

Era extraño oír palabrotas en boca de Cortez. Al volverme vi que Petrov, a mi izquierda, yacía en un hoyo poco profundo y cavaba frenéticamente con ambas manos, llorando y balbuciendo.

—¡A joderse! —exclamó Cortez—. ¡Equipo B! Diez metros más allá de los cráteres échense cuerpo a tierra en hilera. Equipo C, ¡a los cráteres, con el A!

Me levanté a duras penas y cubrí aquellos cien metros en doce brincos amplificados. Los cráteres eran lo bastante grandes como para ocultar una nave exploradora; algunos medían unos diez metros de diámetro. Salté al lado opuesto del hoyo, aterrizando junto a un compañero llamado Chin. Ni siquiera levantó la vista al caer yo junto a él; en ningún momento apartó los ojos de la base, buscando señales de vida.

—Equipo A, avanzar hasta diez metros más allá del B y al suelo en hilera.

Precisamente cuando acababa de pronunciar la frase el edificio que teníamos enfrente emitió un eructo; una salva de burbujas se abrió en abanico hacia nuestras filas. Casi todos la vieron venir y se arrojaron al suelo, pero Chin, que se preparaba para la carrera, se encontró frente a frente con una de ellas. La burbuja rozó la parte superior del casco y desapareció con un sordo chasquido. Chin dio un paso hacia atrás y cayó por el borde del cráter, dejando tras de sí un arco de sangre y masa encefálica. Despatarrado y sin vida, se deslizó hasta el fondo, cabeza abajo, recogiendo tierra en el agujero perfectamente simétrico que la burbuja había cavado indiscriminadamente a través del plástico, el pelo, la piel, el hueso y el cerebro.

—Quietos todos. Jefes de pelotón, informen pérdidas. Sí…, sí, sí…, sí, sí, sí… sí. Tenemos tres fiambres. No habría ninguno si todos se hubiesen mantenido cuerpo a tierra. Ya lo saben: cuando se oiga ese ruido, todo el mundo a tragar polvo. Equipo A, completar la carrera.

Nuestros compañeros completaron la maniobra sin nuevos incidentes.

—Bien. Equipo C, correr hasta donde… ¡Quietos! ¡Abajo!

Todos nos pegamos al suelo. Las burbujas se deslizaron en un suave arco a dos metros de altura y pasaron por encima de nosotros serenamente; con excepción de una que redujo un árbol a mondadientes, todas se perdieron en la distancia.

—B, correr hasta diez metros por delante de A. C, tomar el lugar de B. Los lanzadores de granadas de B traten de alcanzar la Flor.

Dos granadas hicieron saltar la tierra a treinta o cuarenta metros de la estructura. Ésta, como en una imitación del pánico, empezó a soltar una constante ráfaga de burbujas, ninguna de las cuales bajó a menos de dos metros. Todos proseguimos el avance sin levantarnos del suelo.

De pronto apareció una ranura en el edificio; esa ranura se ensanchó hasta alcanzar el tamaño de una puerta grande. Por allí salieron los taurinos en tropel.

—Los lanzadores de granadas, detengan el fuego. Equipo B, fuego de láser a derecha e izquierda; manténganlos agrupados. A y C, atacar el centro.

Un taurino murió al tratar de atravesar corriendo un rayo láser. Los demás permanecieron donde estaban.

En un traje de guerra es bastante difícil correr agachado. Es necesario ir de un lado a otro, como los patinadores al tomar velocidad, para no acabar suspendido en el aire. Por lo menos una persona del equipo A brincó demasiado alto y corrió el mismo destino que Chin. Por mi parte me sentía atrapado entre un muro de láser a un lado y un techo cuyo contacto representaba la muerte. Sin embargo, y a pesar de mí mismo, experimentaba cierta euforia ante la oportunidad de matar a alguno de aquellos canallescos devoradores de niños. Y sabía que todo eso era mierda de soja.

Y ellos no respondían al fuego, con excepción de aquellas burbujas, muy poco eficaces, que obviamente no habían sido diseñadas para el combate cuerpo a cuerpo. Tampoco trataron de retroceder nuevamente hasta el interior del edificio. Un centenar de ellos se apretujó allí, mirando cómo nos acercábamos. Con un par de granadas les habríamos cocinado, pero creo que Cortez pensaba en el prisionero.

—Bien, cuando les diga «ya» avanzaremos hacía ellos para rodearlos. El equipo B suspenderá el fuego. Pelotones dos y cuatro, a la derecha; seis y siete, a la izquierda. El equipo B avanzará en línea recta a fin de arrinconarlos. ¡Ya!

Nos lanzamos hacia la izquierda. En cuanto cesaron los disparos de láser los taurinos huyeron precipitadamente en grupo; su dirección los llevaba hacia un punto en el que chocarían contra nuestro flanco.

—¡Equipo A, cuerpo a tierra y fuego! No disparen hasta haber apuntado bien. Si fallan pueden matar a un compañero. ¡Y en el nombre de Dios, guárdenme uno!

Era un espectáculo horripilante: aquel monstruoso rebaño se lanzaba contra nosotros corriendo a grandes brincos. Las burbujas los esquivaban. Todos tenían el mismo aspecto del que habíamos visto anteriormente en el palo volador y estaban desnudos, con excepción de una esfera transparente que les rodeaba el cuerpo entero y avanzaba con ellos. El flanco derecho empezó a disparar eligiendo a los individuos de la retaguardia.

De pronto un rayo láser pasó por entre los taurinos, errado el blanco. Se oyó un grito espantoso que me hizo volver la cabeza. Alguien (creo que era Perry) se retorcía en el suelo con la mano derecha sobre el muñón marchito del brazo izquierdo, cercenado justo bajo el codo. La sangre manaba por entre sus dedos mientras el traje, confundidos los circuitos de camuflaje, pasaba del negro al blanco, al jungla, al desierto, al verde y al gris. No sé cuánto tiempo perdí mirándolo (lo bastante como para que el médico se lanzara en ayuda del herido), pero cuando volví la vista hacia el frente los taurinos estaban casi sobre mí.

Lancé precipitadamente un disparo que resultó demasiado alto, pero rozó la parte superior de una burbuja protectora. Ésta desapareció y el monstruo cayó a tierra, agitándose espasmódicamente. El agujero bucal se le llenó de espuma, blanca al principio, finalmente veteada de rojo. Con una última sacudida quedó rígido y arqueado hacia atrás, casi en forma de herradura. Su largo grito, agudo y sibilante, quedó sofocado bajo los pies de sus camaradas, que avanzaban sobre él. Me odié a mí mismo por sonreír.

Aquello fue una carnicería, aunque el enemigo superaba en número a nuestro flanco por cinco a uno. Seguían avanzando sin vacilar, aunque debían pasar por encima de los cadáveres y miembros cercenados, en línea paralela a la nuestra. El suelo intermedio estaba rojo y viscoso por la sangre de los taurinos (todas las criaturas de Dios tienen hemoglobina); al igual que con los ositos de felpa, a mis ojos sin experiencia sus entrañas se parecían mucho a las de cualquier humano. Mi casco retumbaba con una risa histérica mientras los reducíamos a trozos ensangrentados. Apenas oí la orden de Cortez:

—¡Alto el fuego! ¡He dicho alto el fuego, caramba! Atrapen a un par de esos bastardos. No les harán daño.

Dejé de disparar. Al fin todos me imitaron. Cuando el siguiente taurino saltó por encima de la humeante pila de carne que había frente a mí, me zambullí para cogerlo por aquellas piernas larguiruchas. Fue como atrapar un globo grande y escurridizo. Cuando traté de arrojarlo al suelo escapó de entre mis brazos y siguió corriendo.

Logramos detener a uno de ellos mediante el simple recurso de apilar cinco o seis soldados encima de él. Por entonces los otros habían cruzado nuestra línea y se dirigían a la hilera de grandes tanques cilíndricos que Cortez había indicado como posible depósito. En la base de cada uno se había abierto una pequeña puerta.

—¡Ya tenemos al prisionero! —gritó Cortez—. ¡Tiren a matar! —ordenó.

Estaban a cincuenta metros, pero resultaban blancos difíciles, dada la velocidad con que corrían. Los láseres latiguearon en torno a ellos, arriba y abajo. Uno de los taurinos cayó cortado en dos, pero los otros (diez de ellos, más o menos) prosiguieron el avance; estaban casi junto a las puertas cuando los lanzadores de granadas empezaron a disparar.

Todavía estaban cargados con bombas de quinientos microtones, pero no bastaba con realizar un tiro aproximado: el impacto no haría más que hacerlos volar indemnes en sus burbujas.

—¡Los edificios! ¡Tiren contra esos malditos edificios!

Los lanzadores de granadas apuntaron más alto y lanzaron los proyectiles, pero las bombas no hicieron sino chamuscar el blanco exterior de las estructuras, hasta que, por casualidad, una de ellas cayó en una puerta. El edificio se abrió en dos como si tuviera una grieta; las dos mitades se separaron y una nube de maquinaria voló por los aires, acompañada por una enorme llamarada pálida que brotó y murió en un segundo. Entonces todos los demás tiradores se concentraron en las puertas, con excepción de algunos tiros dirigidos contra los taurinos, no tanto para matarlos como para alejarlos antes de que pudieran entrar; parecían terriblemente ansiosos por hacerlo.

Mientras tanto nosotros tratábamos de cazar con rayos láser a los que saltaban en torno a los edificios buscando refugio. Nos acercamos lo más posible sin ponernos al alcance de las granadas, pero ni siquiera desde allí era posible apuntar bien. De cualquier modo les alcanzamos uno a uno y logramos destruir cuatro de los siete edificios. Entonces, cuando sólo quedaban dos enemigos, una granada arrojó a uno de ellos hasta muy cerca de una puerta. Se lanzó hacia el interior, en medio de una salva de granadas que detonaron sin hacerle daño. Los estallidos se sucedieron en horrible estruendo, pero de pronto el ruido quedó ahogado por un fuerte silbido. Fue como si un gigante aspirara con violencia. Donde estaba el edificio quedó sólo una espesa nube cilíndrica de humo casi sólido, que se perdía hacia la estratosfera, tan recta como si la hubiesen trazado con una regla. Vi volar los pedazos del taurino que había quedado a los pies del cilindro. Un segundo más tarde nos alcanzó la onda y rodé, indefenso, hasta estrellarme contra el montón de cadáveres taurinos.

Al levantarme tuve un instante de pánico: mi traje estaba cubierto de sangre. En seguida comprendí con alivio que se trataba sólo de sangre enemiga, pero de cualquier modo me sentía sucio.

—¡Agarrad a ese bastardo! ¡Agarradlo!

En la confusión, el taurino había logrado liberarse y corría hacia la hierba. Uno de los pelotones se lanzó tras él, con bastante desventaja; en ese momento el equipo B, completo, le cerró el paso. También yo corrí para unirme a la diversión. Había ya cuatro personas encima de él; otras cincuenta les rodeaban contemplando la lucha.

—¡Sepárense, diablos! Puede haber otros mil taurinos listos para atraparnos.

Nos dispersamos, gruñendo. Por acuerdo tácito estábamos seguros de que no quedaba un taurino con vida en todo el planeta. Al retroceder vi que Cortez se acercaba al prisionero, pero en ese instante los cuatro hombres cayeron amontonados sobre la criatura. A pesar de la distancia pude notar que tenía la boca llena de espuma. Su burbuja había reventado: suicidio.

—¡Maldición! —exclamó Cortez, que ya llegaba—. Apártense de ese bastardo.

Los cuatro se levantaron y el sargento empleó el láser para destrozar al monstruo en diez o doce fragmentos estremecidos. Fue un espectáculo reconfortante.

—No importa, muchachos, ya encontraremos otro. ¡A ver, todos! Vuelvan a la formación en punta de flecha. Asaltaremos la Flor.

Bien, asaltamos la Flor, que obviamente se había quedado sin municiones (aún eructaba, pero no había ya burbujas) y estaba desierta. Anduvimos por rampas y corredores, con los dedos-láser listos para disparar, como niños que jugaran a los soldados. Allí no había nadie.

En la instalación de la antena obtuvimos la misma falta de respuesta, y otro tanto en la Salchicha, en otros veinte edificios importantes y en las cuarenta y cuatro cabañas que seguían intactas. Habíamos «capturado» una buena cantidad de edificios, cuya finalidad nos resultaba en su mayoría incomprensible, pero fracasábamos en nuestra principal misión: la de apresar a un taurino para que los xenólogos pudieran experimentar con él. ¡Oh, bueno, allí tenían todos los fragmentos que necesitaran! ¡Algo es algo!

Cuando hubimos revisado hasta el último rincón de la base llegó una nave exploradora con el verdadero equipo investigador: los científicos.

—Bueno —dijo Cortez—, basta de sugestión.

Y los efectos de la sugestión poshipnótica dejaron de hacerse sentir.

Al principio la cosa fue lamentable. Muchos reclutas, como Suerte y Marygay, estuvieron a punto de enloquecer ante el recuerdo de aquellos mil asesinatos sangrientos. Cortez ordenó que todo el mundo tomara una píldora sedante; quienes estaban demasiado alterados debían tomar doble dosis. Por mi parte tomé dos sin que nadie me lo indicara.

Porque en verdad todo aquello había sido asesinato puro, carnicería sin atenuantes. Una vez que hubimos burlado el arma antiaérea no corríamos ningún peligro. Los taurinos parecían ignorar el concepto de la lucha personal. En aquel primer encuentro entre la humanidad y los miembros de la otra especie inteligente, nuestra actitud había sido la de reunirlos como a un rebaño para una masacre total. En realidad se trataba del segundo contacto, si teníamos en cuenta los ositos de felpa. ¿Qué habría pasado si hubiésemos tratado de comunicarnos con ellos? Pero con ellos el tratamiento había sido el mismo.

Después de aquello pasé mucho tiempo repitiéndome que no había sido yo quien despedazara tan ferozmente a aquellas aterrorizadas criaturas. Ya en el siglo xx se había establecido, a satisfacción de todos, que lo de «yo tenía órdenes que cumplir» no era excusa adecuada para la falta de humanidad…, pero ¿qué puede uno hacer cuando las órdenes provienen de lo más profundo, desde allí donde una marioneta gobierna el inconsciente?

Lo peor era la sensación de que tal vez mi conducta no era tan inhumana. Sólo unas pocas generaciones antes, mis antepasados habrían hecho lo mismo (aun a sus propios congéneres) sin necesidad de condicionamiento hipnótico. Me sentía disgustado con la raza humana, asqueado por el ejército y horrorizado ante la perspectiva de soportarme a mí mismo durante todo un siglo… Afortunadamente siempre se podía recurrir al lavado de cerebro.

Un vehículo, tripulado por un solo sobreviviente taurino, había logrado escapar indemne, puesto que el bulto del planeta lo ocultó a la Esperanza de la Tierra mientras se lanzaba en el campo colapsar de Aleph. Yo suponía que habría huido hasta su patria, dondequiera que estuviese, para informar que veinte hombres, provistos de armas manuales, podían imponerse a cien de ellos que huyeran a pie y desarmados. Era de sospechar que cuando los humanos volvieran a enfrentarse a los taurinos en combate personal las fuerzas estarían más equilibradas.

Y así fue.

PARTE II

SARGENTO MANDELLA

2007–2024

1

¿Miedo? Oh, sí, claro que tenía miedo. ¿Quién no lo hubiera tenido? Sólo un tonto, un suicida o un robot. O un oficial con mando.

El mayor Stott se paseaba por el pequeño podio del recinto que servía corno sala de reuniones, comedor, cuarto de estar y gimnasio de la nave Aniversario. Habíamos realizado el último salto colapsar, entre Tet-38 y Yod-4; estábamos decelerando a 112 gravedades y nuestra velocidad relativa a ese colapsar era de unos respetables 90 c. Nos perseguían.

—Me gustaría que se relajaran un poco y confiaran en la computadora de la nave. De cualquier modo, el vehículo taurino aún tardará dos semanas en tenernos a tiro. Y si todo el mundo se amarga la vida durante estas dos semanas, cuando llegue el momento ni ustedes ni sus hombres estarán en condiciones de combatir. El temor es contagioso. ¡Mandella!

Frente a la compañía nunca dejaba de llamarme «sargento» Mandella, pero en esa reunión todos éramos cuando menos jefes de brigada; no había un solo recluta en la sala y, por lo tanto, podía prescindir de los tratamientos.

—Sí, señor.

—Mandella, usted es responsable de la eficacia tanto física como psicológica de los hombres y mujeres de su equipo. Supongamos que usted tiene plena conciencia del problema moral surgido en esta nave; supongamos que su brigada no es inmune al mismo. ¿Qué ha hecho para solucionarlo?

—¿En lo que respecta a mi equipo, señor?

Me miró por un instante; después respondió:

—Naturalmente.

—Lo hemos discutido entre todos, señor.

—¿Y han llegado a alguna conclusión dramática?

—Sin intenciones de faltar al respeto, señor, creo que el problema principal está a la vista. Mis hombres han estado encerrados en esta nave… ¡diablos, como todo el mundo…!, durante catorce…

—Ridículo. Cada uno de nosotros ha recibido el condicionamiento adecuado contra las presiones que involucra la vida en cuarteles cerrados. Además, los reclutas tienen el privilegio de la confraternidad…

Era un modo bastante delicado de expresarlo.

—… mientras que nosotros, los oficiales, debemos permanecer célibes. Y, sin embargo, no tenemos problemas morales.

Si pensaba que sus oficiales eran célibes debería haberse sentado a charlar un buen rato con la teniente Harmony. O quizá se refería sólo a los oficiales con mando, es decir, a Cortez y a sí mismo. Probablemente estaba en lo cierto hasta un cincuenta por ciento. Cortez se mostraba muy amistoso con la cabo Kamehameha.

—Los terapeutas —prosiguió— han reforzado el condicionamiento en este aspecto mientras borraban el condicionamiento de odio; todo el mundo conoce mi opinión sobre ese tema. Tal vez estén equivocados, pero al menos son eficientes. Cabo Potter.

Siempre la llamaba por su rango para recordar a todo el mundo el motivo por el cual no había sido ascendida con todos nosotros: demasiado blanda.

—¿Usted también ha conversado sobre esto con sus hombres?

—Lo hemos hablado, señor.

El mayor sabía mirar a la gente «con suave intensidad». Así miró a Marygay en tanto ella proseguía.

—No creo que el sargento Mandella se haya referido a fallos del condicio…

—El sargento Mandella sabe hablar por sí mismo. Quiero su propia opinión. Sus observaciones —replicó el mayor, en un tono que revelaba lo poco que le importaban.

—Bien, yo tampoco creo que sean fallos del condicionamiento, señor. No se trata de que la convivencia sea difícil. Todos están impacientes, cansados de repetir lo mismo semana tras semana.

—¿Eso significa que están deseosos de entrar en combate? —preguntó Stott, sin sarcasmo alguno.

—Quieren salir de la nave, señor; escapar a la rutina a la que han estado sometidos durante tanto tiempo.

—Pues saldrán de la nave —observó él, permitiéndose una pequeña sonrisa mecánica—. Y entonces es probable que sientan igual impaciencia por volver a ella.

Así prosiguieron las cosas por largo rato. Nadie quería decir directamente que nuestros soldados llevaban un año murmurando sobre la próxima batalla, tornándose más y más aprensivos. Y en ese momento, mientras el crucero taurino acortaba distancias, debíamos afrontar ese riesgo a sólo un mes del enfrentamiento en suelo firme.

La perspectiva de atacar el planeta portal y jugar a los soldados era ya bastante lamentable, pero al menos en tierra uno tenía la oportunidad de ayudar al destino. Eso de estar encerrado en una vaina, formando parte del blanco, mientras la Aniversario se divertía en competiciones matemáticas con la nave taurina…, estar vivo en un nanosegundo y muerto al siguiente porque alguien había cometido un error en el trigésimo decimal, todo eso era lo que me preocupaba. Pero ¿cómo decirlo ante Stott? Al fin tuve que admitir interiormente que no se trataba de una vulgar representación por su parte; en verdad no podía comprender la diferencia entre miedo y cobardía. O había recibido cierto condicionamiento a este respecto, lo cual me parecía dudoso, o estaba definitivamente loco; de cualquier modo no importaba.

Mientras él administraba un buen rapapolvo a Ching (la canción de siempre), hojeé el nuevo gráfico de organización que acababa de darnos. Era más o menos como el que incluyo en la página siguiente. Casi todos me eran conocidos desde la masacre de Aleph; los únicos nuevos en mi pelotón eran Demy, Luthuli y Heyrovsky. La compañía (perdón, la «fuerza de choque») contaba en total con veinte reemplazantes por los diecinueve soldados perdidos durante la incursión de Aleph: un amputado, cuatro fiambres y catorce psicópatas, víctimas estos últimos del excesivo condicionamiento al odio.

Lo que me resultaba incomprensible era ese 20 mar 2007 escrito al final del gráfico. Yo llevaba diez años en el ejército, aunque parecían apenas dos. Dilatación cronológica, por supuesto; aun por medio de los saltos colapsares, el viaje entre estrella y estrella devora el calendario. Tras la nueva incursión era posible que me concedieran la jubilación con paga completa… siempre que yo sobreviviera al ataque y no se cambiaran las normas vigentes. Era un veterano con veinte años de guerra y sólo veinticinco de edad.

Mientras Stott hacía un resumen de lo hablado oímos un golpe en la puerta, un solo golpe muy claro.

—Adelante —dijo él.

Un alférez al que conocíamos muy poco entró en el cuarto con expresión indiferente y entregó a Stott una hoja de papel sin decir una palabra. Allí permaneció mientras el mayor la leía, en una postura que indicaba el grado exacto de insolencia. Técnicamente Stott no tenía autoridad sobre él, pero en la marina le detestaban.

El mayor le devolvió el papel sin prestarle atención.

—Deben ustedes comunicar a sus grupos respectivos que las maniobras evasivas preliminares se iniciarán a las 2010, dentro de 58 minutos —dijo, sin siquiera echar un vistazo al reloj—. Todo el personal deberá estar en las cápsulas de aceleración a las 2000. ¡Ten-ción!

Todos nos levantamos para saludar, sin entusiasmo:

—Jódase, señor.

Completamente estúpido. Stott salió de la habitación a grandes pasos, seguido por el alférez, que sonreía satisfecho.

Puse mi anillo en posición 4, es decir, en el canal correspondiente a mi asistente como jefe de brigada, y arrimé los labios a él:

—Tate, aquí Mandella.

Todos los asistentes a la reunión estaban haciendo lo mismo. Del anillo surgió una débil voz.

—Aquí Tate, ¿qué pasa?

—Reúne a los hombres y diles que debemos estar en las cápsulas a las 2000. Maniobras evasivas.

—¡Mierda! Dijeron que faltaban varios días.

—Creo que ha ocurrido algo nuevo. Tal vez el comodoro ha tenido alguna idea brillante.

—Aja. Tráeme una taza cuando vengas, ¿quieres? Con un poco de azúcar, ¿ eh?

—Bueno. Bajaré dentro de media hora.

—Gracias. Yo empezaré a reunidos.

Hubo un movimiento general hacia la máquina de soja. Me puse en la fila con la cabo Potter.

—¿Qué te parece, Marygay?

—No soy más que un cabo, sargento. No se me paga para que…

—Claro, claro. Te hablo en serio.

—Bueno, a lo mejor no es nada complicado. Tal vez el comodoro quiere volver a probar las cápsulas.

—Una vez más, antes del gran acontecimiento.

—Aja, podría ser.

Tomó una taza y sopló para enfriar el contenido. Marygay parecía preocupada; una arruga le dividía el ceño cuando añadió:

—O quizá los taurinos tenían una nave allá fuera, esperándonos. Me pregunto por qué no hacen lo mismo que nosotros, allí en Puerta Estelar.

—Puerta Estelar es muy distinto —dije, encogiéndome de hombros—; hacen falta siete u ocho cruceros en constante movimiento para cubrir los ángulos de salida más probables. Nosotros no podemos cubrir más de un colapsar; ellos tampoco.

—No sé —respondió ella, y guardó unos instantes de silencio mientras llenaba su taza—. Tal vez hemos dado con alguna especie de Puerta Estelar taurina. O quizá tienen diez veces más naves que nosotros, o cien; ¿quién sabe?

Llené dos tazas, les eché azúcar y cerré herméticamente una de ellas.

—Nadie puede asegurarlo.

Los dos nos encaminamos hacia una mesa, sosteniendo con cuidado las tazas de soja, pues el líquido se agitaba mucho en aquella alta gravedad.

—Tal vez Singhe sepa algo —comentó ella.

—Tal vez, pero tendríamos que preguntarle por intermedio de Rogers y de Cortez; y éste me degollaría si tratara de molestarle precisamente ahora.

—¡Oh, pero yo puedo hablar directamente con Singhe! Somos…

Me miró muy seriamente, con un hoyuelo en la cara, y completó:

—Tenemos cierta relación.

Sorbí un poco de aquella soja hirviendo y traté de responder, en tono indiferente:

—¿Fue por eso que desapareciste el miércoles por la noche?

—Tenía que pasar lista —explicó ella, sonriendo—. Creo que la cosa ocurre los lunes, miércoles y viernes durante los meses que tienen r. ¿Por qué, te parece mal?

—¡Vaya, no, por supuesto que no! Pero ¡es oficial, oficial de la marina!

—Opera con nosotros y eso le hace formar parte del ejército.

Hizo girar su anillo y llamó al apartado «guía telefónica»; en seguida agregó, dirigiéndose a mí:

—¿Y qué pasa contigo y la pequeña señorita Harmony?

—No es lo mismo.

—Sí que lo es —replicó ella; en seguida susurró un código de guía junto al anillo—. Querías hacerlo con una oficial, pervertido.

El anillo soltó dos balidos; número ocupado. Marygay preguntó:

—¿Qué tal es ella?

—Pasable —respondí, algo más recobrado.

—Por otra parte el alférez Singhe es un perfecto caballero. Y nada celoso.

—Tampoco yo lo soy —dije—. Si alguna vez se porta mal contigo, dímelo y le romperé el alma.

Ella me sonrió por encima de la taza.

—Si la teniente Harmony se porta mal contigo, dímelo y yo me encargaré de romperle el alma a ella.

—Trato hecho.

Y ambos cerramos el acuerdo estrechándonos la mano.

2

Las cápsulas de aceleración, una innovación técnica instalada mientras descansábamos y reponíamos provisiones en Puerta Estelar, nos permitían utilizar la nave en casi toda su capacidad teórica, puesto que los propulsores taquiónicos proporcionaban una aceleración de veinticinco gravedades.

Tate me estaba esperando en la zona de cápsulas, mientras el resto de la brigada vagabundeaba por allí, charlando. Le alcancé su taza de soja.

—Gracias. ¿Has descubierto algo?

—Temo que no, salvo que los marineritos no parecen asustados, aunque la cosa corre por cuenta de ellos. A lo mejor es sólo otra maniobra de prácticas.

—¡Qué diablos! —exclamó, sorbiendo un poco de soja—. A nosotros también nos toca lo nuestro. Hay que sentarse allí a que nos expriman hasta dejarnos medio muertos. ¡Dios, cómo odio esas cápsulas!

—¡Oh, quién sabe! Tal vez con ellas la infantería se convierta en algo innecesario. Entonces nos dejarán volver a casa.

—Sí, seguro.

Pasó el médico y me aplicó la inyección. Cuando llegamos a 1950 ordené a la patrulla:

—Vamos. Átense y suban las cremalleras.

La cápsula es como un traje espacial flexible; la parte interior, al menos, es bastante similar. Pero en vez de unidad de mantenimiento vital tiene una manguera conectada en la parte superior del casco y dos que salen por los talones, así como dos tubos de salida por traje. Se instalan apretadas, hombro con hombro, en literas de aceleración poco pesadas; llegar a la propia es como caminar en un gigantesco plato de tallarines verdes.

Cuando las luces de mi casco indicaron que todo el mundo se había vestido, presioné el botón que inundaba el cuarto. No había modo de saber lo que ocurría, pero imaginé la solución de color azul claro (dihidroxietileno y algo más) que hacía espuma a nuestro alrededor, hasta cubrirnos. El material del traje, frío y seco, se aplastó contra mi piel. Adiviné que la presión interna de mi cuerpo aumentaba rápidamente para igualar la presión creciente del líquido exterior. Para eso era la inyección: evitaba que las células quedaran apretadas entre el infierno y el mar azul celeste. De cualquier modo eso se podía sentir. Cuando mi indicador marcó 2 (presión externa equivalente a una columna de agua de dos millas marinas de profundidad), me sentí al mismo tiempo oprimido e hinchado. A las 2005 indicaba 2,7 y seguía aumentando en forma regular. Cuando se iniciaron las maniobras, a las 2010, la diferencia no era perceptible; sin embargo, me pareció ver moverse la aguja, y me pregunté qué aceleración haría falta para provocarle ese brinco casi visible.

La mayor desventaja de ese sistema consiste en que, naturalmente, cualquier ser viviente que no esté en su cápsula, cuando la nave alcanza las veinticinco gravedades, se convertirá en mermelada de fresas. Por lo tanto, cualquier maniobra de rumbo o de combate queda a cargo de la computadora táctica de la nave; de cualquier modo es siempre ésta la que opera, pero resulta tranquilizador saber que hay un ser humano vigilándola.

Otro de los problemas es que si la nave sufre una avería y baja la presión, uno estalla como un melón arrojado contra el suelo. Si en cambio es la presión interna la que disminuye, el sujeto muere en un microsegundo.

Se tarda más o menos diez minutos en descompresionar y otros dos o tres en salir del traje y vestirse. Como se ve, no es cuestión de levantarse de un brinco y salir a combatir. Hay sólo cuatro personas capaces de alguna movilidad: la tripulación de mantenimiento; ellos llevan consigo toda la cámara de aceleración, arrastrando así un traje de veintidós toneladas. Aun así deben permanecer en un solo sitio mientras la nave maniobra.

Marygay y yo nos estábamos vistiendo fuera; los humos residuales del líquido compresor me causaban náuseas y desagradables mareos.

—¿Qué te ha pasado? —indiqué, señalando un gran verdugón purpúreo que le marcaba el cuerpo en diagonal desde el seno derecho hasta el muslo izquierdo.

Ella se frotó la piel con expresión de enojo.

—Es la segunda vez que me pasa esto —dijo—. La primera vez fue en el trasero. Creo que esa cápsula no ajusta bien; hace pliegues.

—Quizá hayas perdido peso.

—¡Qué inteligente!

Desde que nos habían hecho los trajes en Puerta Estelar, nuestras calorías y nuestros ejercicios habían sido cuidadosamente vigilados. Nadie puede usar el traje de guerra a menos que el sensor de piel se ajuste al cuerpo como una película de aceite. Un altavoz instalado en la pared ahogó el resto de su comentario.

—Atención, personal, atención. Todo el personal del ejército, desde el grado seis hacia arriba, y todo el personal de la marina, desde el grado cuatro arriba, deberán presentarse en la sala de reuniones a las 2130. Atención…

El mensaje fue repetido dos veces más. Yo fui a acostarme algunos minutos mientras Marygay mostraba su verdugón (y todo el resto de su persona) al médico y al armero. Dejo constancia de que no me sentí celoso en absoluto.

El comodoro dio comienzo a la reunión.

—No hay mucho que decir; sólo algunas malas noticias. Hace seis días el vehículo taurino que nos persigue soltó un proyectil teledirigido. La aceleración inicial era de 80 gravedades.

Hizo una pausa antes de proseguir:

—Tras mantenerla durante un día entero, más o menos, la aumentó súbitamente a 148 gravedades.

Hubo una exclamación colectiva.

—Ayer volvió a subir: 203 gravedades. No necesito decirles que eso duplica la capacidad de aceleración de los vehículos enemigos de nuestro último encuentro. Lanzamos una salva de naves teledirigidas, en número de cuatro, para que interceptaran las cuatro trayectorias enemigas que la computadora indicaba como más probables. Una de ellas giró a sotavento a poca distancia, mientras efectuábamos las maniobras evasivas. Hicimos contacto con el arma taurina y la destruirnos a diez millones de kilómetros de aquí.

Eso estaba prácticamente a la vuelta de la esquina.

—El único detalle alentador que proporciona el encuentro es el análisis espectroscópico del estallido. No fue más poderoso que los anteriores; por lo tanto podemos deducir que no han progresado tanto en explosivos como en propulsión. O tal vez no creyeron que fuera necesario provocar una explosión mayor que ésa. Ésta es la primera manifestación de un efecto muy importante que hasta el momento ha interesado sólo a los teóricos.

En seguida señaló a Negulesco y le preguntó:

—Dígame, recluta, ¿cuánto hace que combatimos a los taurinos por primera vez, en Aleph?

—Depende del marco de referencia —respondió ella, obediente—. Para mí son ocho meses, comodoro.

—Exactamente. Sin embargo, ustedes han perdido unos nueve años, debido a la dilatación cronológica, mientras maniobrábamos entre saltos colapsares. Desde un punto de vista de la ingeniería y puesto que no hemos efectuado ninguna investigación importante durante ese período, ¡el vehículo enemigo viene del futuro!

Hizo otra pausa para permitir que asimiláramos la idea. Después prosiguió:

—A medida que se desarrolle la guerra, esto será más y más pronunciado. Los taurinos, empero, tampoco han encontrado remedio a la relatividad, lo que puede operar en nuestro beneficio. Sin embargo, hasta el presente jugamos en desventaja A medida que el vehículo taurino se aproxime, esta desventaja se acentuará. Es muy posible que nos aniquilen.

«Tendremos que hacer algunas maniobras extrañas. Cuando estemos a quinientos millones de kilómetros de la nave enemiga todo el mundo entrará en las cápsulas y confiaremos la situación a la computadora logística. Ella nos llevará a través de una rápida serie de cambios en dirección y velocidad. Les seré totalmente sincero: si ellos tienen una sola nave teledirigida más que nosotros, será nuestro fin. No han vuelto a lanzar ninguna desde la primera vez. Tal vez se están reservando o…

Y concluyó, mientras se enjugaba la frente con ademán nervioso.

—O tal vez no tenían más que una. En ese caso el triunfo será nuestro. De cualquier modo pido a todo el personal que esté listo para entrar en las cápsulas con sólo diez minutos de advertencia. Cuando estemos a mil millones de kilómetros del enemigo deberán ustedes estar de pie ante las cápsulas. Cuando se aproxime hasta los quinientos millones entrarán en ellas; entonces inundaremos y presurizaremos las salas de cápsulas. No habrá tiempo para esperar a nadie. Por mi parte, eso es todo. ¿Quiere agregar algo, mayor?

—Ya hablaré después con mis soldados, comodoro.

—Rompan filas.

No hubo nada de aquel estúpido saludo, «jódase, señor». La marina lo consideraba como algo impropio de su dignidad.

Todos, menos Stott, seguimos en posición de firmes hasta que él salió de la sala. Después algún otro marinerito repitió «rompan filas» y todos nos marchamos.

Yo me dirigí al comedor en busca de soja, compañía y, a ser posible, alguna información. Allí no había más que especulaciones ociosas, de modo que invité a Rogers y nos acostamos juntos. Marygay había vuelto a desaparecer; probablemente estaba tratando de sacarle algún dato a Singhe.

3

A la mañana siguiente se realizó la prometida charla con el mayor. Éste no hizo sino repetir aproximadamente lo que ya había dicho el comodoro, en términos de infantería y con su monótono staccato. Puso énfasis en el hecho de que sólo sabíamos una cosa de los taurinos: habían mejorado su capacidad en cuanto a navegación y era muy probable que ya no fueran tan poco eficaces como en el encuentro anterior.

Pero eso trae a cuento un aspecto interesante. Hacía ocho meses o nueve años habíamos tenido una enorme ventaja a nuestro favor, pues ellos parecían no comprender de qué se trataba. Puesto que eran tan belicosos en el espacio, habíamos supuesto que serían verdaderos salvajes en tierra firme. En cambio se pusieron prácticamente en fila para entrar en el matadero. Uno, el que había escapado, describió seguramente a sus congéneres aquella anticuada forma de combate.

Sin embargo, no era seguro que esa noticia hubiera llegado a conocimiento del grupo que custodiaba Yod-4; la única forma de comunicarse superando la velocidad de la luz consiste en llevar físicamente el mensaje a través de sucesivos saltos colapsares. Y no había manera de saber cuántos eran los saltos entre Yod-4 y el planeta natal de los taurinos. Tal vez el grupo en cuestión se mostrara tan pasivo como los otros; tal vez llevaban más de diez años practicando tácticas de infantería. Ya lo averiguaríamos al llegar allí.

Mientras el armero y yo ayudábamos a mi brigada con el mantenimiento de los trajes, pasamos el límite de los cien millones de kilómetros y tuvimos que acercarnos a las cápsulas. Nos quedaban cinco horas antes de meternos en ellas. Jugué una partida de ajedrez con Rabí y la perdí. Después Rogers ordenó al pelotón realizar unos vigorosos ejercicios gimnásticos, probablemente sólo para apartar los pensamientos de tan triste perspectiva: yacer medio aplastado en las cápsulas durante cuatro horas, como mínimo. Hasta entonces habíamos soportado sólo la mitad de ese tiempo. Cuando sólo faltaban diez minutos para llegar al límite de los quinientos millones de kilómetros, los jefes de patrulla supervisamos la entrada a las cápsulas. En ocho minutos estuvimos encerrados, cubiertos de fluido y a merced de la computadora, o a salvo en sus brazos.

Mientras yacía allí, exprimido, se me ocurrió una idea tonta que siguió dando vueltas en mi mente como la carga de un superconductor: según las formalidades militares, la conducción de la guerra se divide claramente en dos categorías: táctica y logística. La logística se relaciona con el movimiento de tropas, la provisión de alimentos y casi todos los demás aspectos, con excepción del combate en sí, que corresponde a la táctica. Y en aquellos momentos estábamos combatiendo sin computadora táctica que nos guiara para el ataque y la defensa; sólo contábamos con un pacífico supereficiente encargado cibernético de suministros, con una enorme computadora logística. Atención al término: logística.

La otra parte de mi cerebro, quizá menos estrujada, argüía que importaba muy poco el nombre de una computadora: es siempre un montón de microchips de memoria, bancos de datos, tornillos y tuercas… Si uno la programa como para que sea Gengis Khan, se convierte en una computadora táctica, aunque sus funciones habituales consistan en supervisar el mercado de acciones o manejar la purificación de las aguas residuales.

Pero la otra voz, obstinada, respondía que, según ese criterio, un hombre sería tan sólo una masa de pelo, un poco de hueso y algo de carne fibrosa; por lo tanto, sea el hombre que sea, se podría convertir a un monje budista en un sanguinario guerrero.

En ese caso (respondía el otro lado), ¿qué diablos eres tú, soy yo, somos los dos? Un físico amante de la paz, especializado en soldaduras en el vacío, secuestrado en una máquina de matar. Tú, yo, los dos hemos matado y disfrutado con ello.

Pero era hipnotismo, condicionamiento motivacional (me replicaba yo mismo). Eso ya no se hace.

Y la única razón por la cual no se hace (volví a responder) es porque así matarás mejor. Se trata de simple lógica.

Y hablando de lógica, la pregunta original era: ¿por qué hacen que una computadora logística se encargue del trabajo de un hombre? O algo por el estilo. En aquel momento nos desconectaron de nuevo.

Al encenderse la luz verde operé automáticamente la llave con la barbilla; la presión había bajado a 1,3 antes de que yo reaccionara del todo: eso significaba que estábamos vivos, que habíamos ganado la primera escaramuza.

Tenía razón, pero sólo en parte.

4

Cuando me estaba sujetando la túnica con el cinturón, mi anillo emitió un tintineo. Levanté la mano para escuchar. Era Rogers.

—Mandella, ve a inspeccionar el ala 3. Algo ha ido mal: Dalton tuvo que descompresionarla desde Control.

¡El ala 3 correspondía a la brigada de Marygay! Salí disparado por el corredor, descalzo, y llegué precisamente cuando abrían la puerta desde el interior de la cámara de presión. El primero en salir fue Bergman.

—¿Qué diablos ha pasado, Bergman? —pregunté, tomándole por el brazo.

—¿Eh?

Me miró de reojo, todavía aturdido, como ocurre siempre con quienes salen de la cámara. Al fin exclamó:

—¡Oh, eres tú, Mandella! No sé a qué te refieres. —Traté de espiar por la puerta, siempre sin soltarle.

—Os habéis retrasado, hombre. Habéis hecho más tarde la descompresión. ¿Qué ha pasado?

Sacudió la cabeza como si tratara de aclarar las ideas.

—¿Tarde? ¿Qué tarde? Digo, ¿cuánto nos hemos retrasado?

Miré el reloj por primera vez.

—No mucho —dije—. ¡Jesús! Entramos a las cápsulas a las 0520, ¿verdad?

—Sí, creo que sí.

Marygay seguía sin salir; no estaba entre las borrosas figuras que se tambaleaban entre las literas y los tubos enredados.

—Hum… creo que os habéis retrasado sólo un par de minutos, pero debíamos estar allí cuatro horas o menos, y ya son las 1050.

—¡Ah!

Volvió a agitar la cabeza. Le dejé ir y di un paso atrás para dejar paso a Stiller y a Demy.

En ese caso todo el mundo se ha retrasado. No hay problema.

Non sequitur.

—Claro, claro. ¡Oye, Stiller! ¿Has visto a…?

Desde adentro se oyó gritar:

—¡Un médico, un médico!

Alguien salía; no era Marygay. Empujé rudamente para abrirme paso y me lancé hacia la puerta; tras atrepellar a algún otro llegué hasta donde estaba Struve, el ayudante de Marygay. De pie junto a una cápsula, hablaba en voz alta y a toda velocidad por el anillo.

—… y sangre Dios sí necesitamos…

Era Marygay, aún acostada en su traje; estaba —… Dalton nos advirtió que… cubierta por completo por una capa uniforme y brillante de sangre y —… y corno no reaccionaba…

que se iniciaba como una fuente furiosa junto a la clavícula y descendía entre sus pechos hasta el esternón y más allá —… me acerqué y abrí el…

para abrirse en un tajo que se hacía más y más profundo a medida que bajaba por el vientre, y allí donde se interrumpía, —… sí, todavía está…

a pocos centímetros del pubis salía un membranoso fragmento de intestino.

—De acuerdo, el muslo izquierdo. Mandella…

Vivía aún, su corazón palpitaba, pero la cabeza surcada de sangre colgaba sin fuerzas y tenía los ojos en blanco; cada vez que exhalaba el aliento aparecían dos burbujas de saliva rojiza en las comisuras de la boca.

—… tatuado el muslo izquierdo. ¡Mandella! ¡Reacciona! Mira debajo del muslo y fíjate qué grupo sanguíneo…

—Tipo cero RH negativo. Maldi… ta… sea. Lo siento. Cero negativo.

¿Acaso no había visto yo diez mil veces ese tatuaje? Struve transmitió la información. Mientras tanto yo recordé súbitamente que llevaba un botiquín de primeros auxilios en el cinturón; lo abrí y comencé a revisar su contenido.

«Detener la hemorragia… proteger la herida… tratar el shock.» Eso decía el libro. Faltaba algo, faltaba algo… «Limpiar los conductos de aire.» Bueno, ella respiraba, si a eso se refería el texto. ¿Y cómo se puede detener una hemorragia o proteger la herida con un simple vendaje a presión cuando el tajo tiene casi un metro de largo? En cuanto al tratamiento contra el shock, eso estaba a mi alcance. Busqué la ampolla verde, se la puse contra el brazo y oprimí el botón. Después le puse la cara esterilizada del vendaje contra la parte expuesta del intestino y le pasé la banda elástica por el lado inferior de la espalda, la gradué a tensión cero y la sujeté.

—¿Puedes hacer algo más? —preguntó Struve.

—No lo sé —respondí, irguiéndome con la sensación de ser importante—. ¿Se te ocurre alguna otra cosa?

—No sé más que tú de medicina.

Struve miró hacia la puerta sacudiendo un puño, con los bíceps en tensión.

—¿Dónde diablos se habrán metido? —protestó—. ¿No tienes Morfplex en el botiquín?

—Sí, pero alguien me dijo que no debe usarse en caso de heridas Ínter…

—¿William?

Ella había abierto los ojos y estaba tratando de levantar la cabeza. Me apresuré a sostenérsela.

—No te aflijas, Marygay. El médico ya está en camino.

—¿Qué… afligirme? Tengo sed. Agua.

—No, tesoro, no puedes beber. Al menos durante un rato no podremos darte nada.

Imposible darle agua si tenían que operarla.

—¿Por qué tanta sangre? —preguntó con voz débil, mientras la cabeza se le caía hacia atrás—. Me porté mal…

—Debe haber sido el traje —me apresuré a decir—. ¿Recuerdas que hacía pliegues?

Ella meneó la cabeza.

—¿El traje?

De pronto se puso más pálida y eructó sin fuerzas.

—William… agua… por favor…

Una voz potente y autoritaria dijo a mis espaldas:

—Consigan una esponja o un trapo empapado en agua.

Allí estaba Doc Wilson con dos camilleros.

—Primero, medio litro de femoral —dijo, sin dirigirse a nadie en especial, en tanto espiaba cuidadosamente bajo el vendaje a presión—. Sigan ese tubo de salida un par de metros y córtenlo; averigüen si ha evacuado sangre.

Uno de los ayudantes introdujo una aguja de diez centímetros en el muslo de Marygay y comenzó a pasarle sangre de una bolsa plástica.

—Lamento haber tardado —dijo Doc Wilson, con tono de cansancio—, pero hay un trabajo loco. ¿Qué decían del traje?

—Ya había sufrido dos lastimaduras. El traje no ajusta bien. Hace pliegues bajo presión.

Él asintió distraído, mientras verificaba la presión sanguínea.

—A ver, usted, o cualquiera, necesito un…

Alguien le alcanzó una toalla de papel chorreando agua.

—Ehh, ¿le han dado alguna medicación?

—Una ampolla de anti-shock.

Él estrujó un poco la toalla y la puso en la mano de la muchacha.

—¿Cómo se llama?

Se lo dije.

—Marygay, no podemos darle agua, pero puede succionar esto. Ahora voy a ponerle una luz brillante en los ojos.

Mientras observaba las pupilas con un tubo metálico volvió a preguntar:

—¿Temperatura?

Uno de los ayudantes le leyó el dato de un indicador digital y sacó una sonda.

—¿Ha evacuado sangre?

—Sí, un poco.

Doc Wilson apoyó suavemente la mano sobre el vendaje a presión.

—Marygay, ¿puede volverse sobre un costado? Un poquito, por favor.

—Sí —dijo ella, lentamente, mientras bajaba un codo para apoyarse.

En seguida se echó a llorar, diciendo:

—No.

—Bueno, bueno… —la consoló Wilson, distraído, mientras le alzaba la cadera lo suficiente como para verle la espalda—. Hay una sola herida. ¡Qué barbaridad de sangre!

Había bajado la voz al hacer los últimos comentarios. En seguida apretó dos veces el costado de su anillo y lo sacudió ante el oído.

—¿Hay alguien allá?

—Harrison, a menos que haya ido a atender una llamada.

Una mujer se acercó caminando. En el primer instante no la reconocí: estaba pálida y despeinada; tenía la túnica manchada de sangre. Era Estelle Harmony.

—¿Más pacientes, doctora Harmony? —preguntó Doc Wilson, levantando la vista.

—No —respondió ella, fatigada—. El hombre de mantenimiento tuvo doble amputación traumática. Vivió sólo unos minutos. Lo estamos manteniendo para transplantes.

—¿Y los otros?

—Descompresión explosiva—respondió Estelle, con una especie de sollozo—. ¿Hay algo que pueda hacer aquí?

—Sí. Espere un minuto.

Doc Wilson volvió a probar el anillo.

—Caramba —protestó—. ¿No sabe dónde está Harrison?

—No. Bueno, tal vez esté en Cirugía B, si hubo problemas con la conservación del cadáver. Sin embargo, creo que lo dejé bien preparado.

—Sí, bueno, vaya a saber cómo…

—¡Marca! —observó el ayudante que sostenía el saco de sangre.

—Otro medio litro de femoral —indicó el médico—. Estelle, ¿podría tomar el lugar de un ayudante y preparar a esta muchacha para cirugía?

—Claro. Prefiero mantenerme ocupada.

—Bien. Hopkins, vaya al local y traiga una camilla y un litro… no, mejor dos litros de fluorocar-boisotónico de espectro primario. Si son de la marca Merck en el rótulo dice «espectro abdominal».

Buscó una parte de la manga que no estuviera manchada de sangre y se enjugó la frente en ella. Después agregó:

—Si encuentra a Harrison envíelo a Cirugía A. Que prepare la secuencia anestésica para abdominal.

—¿Y que la lleve a A?

—Exacto. Si no encuentra a Harrison, consiga a alguien para que…

Me señaló con el dedo, concluyendo:

—Este hombre, que lleve a la paciente hasta A. Usted adelántese corriendo y comience la secuencia.

Recogió el maletín con la mirada perdida, musitando:

—Podríamos iniciar la secuencia aquí. Pero no, diablos, con esa parametadona… ¿Marygay? ¿Cómo se encuentra?

Ella seguía llorando.

—Estoy… herida…

—Ya lo sé —respondió él, con suavidad.

Tras cavilar por un instante indicó a Estelle:

—En realidad no hay modo de saber cuánta sangre ha perdido. Tal vez haya estado evacuándola bajo presión. Además, tiene acumulada una pequeña cantidad en la cavidad abdominal. Puesto que sigue con vida no parece probable que haya sangrado bajo presión por mucho tiempo. Ojalá no haya aún lesiones cerebrales.

En seguida tocó el indicador digital sujeto al brazo de Marygay.

—Vigile la presión sanguínea. Si le parece conveniente dele cinco centímetros cúbicos de vasoconstrictor. Tengo que ir a lavarme. ¿ Tiene algún vasoconstrictor aparte del de la ampolla neumática?

Estelle revisó su propio maletín mientras el doctor cerraba el suyo.

—No, sólo la ampolla neumática de emerg… Ah, sí, tengo una dosis de control del dilator.

—Bien. Si se ve obligada a usar el vasoconstrictor y la presión sube demasiado rápido…

—Le doy vasodilatador en dosis de a dos centímetros por vez.

—Exacto. No es modo de hacer las cosas, pero… Bien. Si no está muy cansada me gustaría que me ayudara allá arriba.

—Sin duda.

Doc Wilson saludó con la cabeza y se marchó, mientras Estelle comenzaba a limpiar el vientre de Marygay con alcohol isopropílico. Aquello tenía un olor frío y limpio.

—¿Alguien le dio anti-shock? —preguntó.

—Sí—respondí—, hace unos diez minutos.

—Ah, por eso estaba preocupado el doctor. No te preocupes, hiciste lo indicado, pero el anti-shock tiene un poco de vasoconstrictor. Si le damos cinco centímetros más, la dosis puede resultar excesiva.

Prosiguió en silencio con su tarea, levantando los ojos cada pocos segundos para verificar la presión sanguínea.

—William…

Era la primera vez que daba muestras de conocerme.

—Esta muj… ejem, Marygay, ¿es tu amante? ¿Tu amante regular?

—En efecto.

—Es muy bonita.

Notable comentario, considerando que el cuerpo de Marygay estaba desgarrado y lleno de sangre seca y que tenía el rostro manchado allí donde yo había tratado de secarle las lágrimas. Tal vez un médico, una mujer o un amante fueran capaces de descubrir la belleza bajo esos detalles.

—Lo es.

Ella había dejado de llorar; con los ojos muy apretados sorbía los últimos restos de agua contenidos en el papel.

—¿Podemos darle más agua?

—Sí, pero con moderación; igual que antes.

Me dirigí hacia el casillero de la sala para buscar otra toalla de papel. Disipados ya los vapores del líquido compresor, percibí en el aire un olor extraño. Era como aceite ligero de máquina y metal caliente; el olor de las fundiciones. Me pregunté si habrían sobrecargado el acondicionador de aire.

Ya había ocurrido en otra ocasión, al usar por primera vez las cámaras de aceleración.

Marygay tomó la toalla empapada sin abrir los ojos.

—¿Pensáis vivir juntos cuando volváis a la Tierra?

—Probablemente —respondí—. Siempre que volvamos. Aún nos queda otra batalla.

—No habrá más batallas —observó ella, sin cambiar de tono—. ¿No te has enterado?

—¿Deque?

—¿No sabes que la nave fue alcanzada?

—¡Alcanzada!

¿Cómo era posible que alguien hubiese sobrevivido?

—Así es —respondió Estelle, volviendo a la desinfección—. Cuatro alas de brigada y la armería. No queda un solo traje de guerra… y no es posible combatir en ropa interior.

—Alas de brigada… ¿qué pasó con los ocupantes?

—No hay supervivientes.

Treinta personas.

—¿Dónde fue?

—Todo el tercer pelotón y la primera brigada del segundo pelotón.

Al-Sadat, Busia, Maxwell, Negulesco…

—¡Dios mío!

—Treinta cadáveres, y no tenemos idea de lo que pudo causarlo. Sólo sabemos que puede repetirse en cualquier momento.

—¿No fue una nave teledirigida?

—No, ésas cayeron todas. También el vehículo enemigo. Y cuando los sensores no indicaban nada… ¡blam! y la tercera parte de la nave se fue al demonio. Al menos fue una suerte que no afectara el sistema de mantenimiento vital.

Yo apenas la escuchaba. Penworth, LaBatt, Smithers, Christine y Frida. Todos muertos. Me sentí aturdido. Estelle sacó del maletín una navaja y un tubo de gelatina.

—Pórtate como un caballero y mira hacia otro lado —dijo.

En seguida lo pensó mejor y empapó en alcohol un cuadrado de gasa.

—Toma, sé útil —me ordenó—. Límpiale la cara.

Me dediqué a ello. Marygay, sin abrir los ojos, murmuró:

—¡Qué bonito! ¿Qué haces?

—Me porto como un caballero y además soy útil.

—Atención, personal, atención.

Aunque no había altavoces en la cámara de presión se oía claramente el mensaje por la puerta abierta.

—Todo el personal de grado seis o superior, a menos que esté ocupado en casos de emergencia médica o de mantenimiento, debe dirigirse inmediatamente a la sala de reuniones.

—Tengo que irme, Marygay.

Ella no respondió. Tal vez no había oído la llamada. Abandoné toda pretensión de caballero y me volví directamente hacia Estelle.

—Oye, ¿me dirás…?

—Sí, en seguida que podamos hacer un pronóstico te informaré.

—Bueno.

—Todo saldrá bien —me consoló, aunque su expresión era sombría y afligida—. Ahora vete.

Cuando hallé el camino para salir al corredor, el altavoz repetía el mensaje por cuarta vez. El aire olía a algo distinto, pero preferí no investigar.

5

A medio camino hacia la sala de reunión me di cuenta de mi deplorable aspecto y entré en el cuarto de baño contiguo a la sala de oficiales sin mando. Allí estaba la cabo Kamehameha, cepillándose apresuradamente el pelo.

—¡William! ¿Qué te ha pasado?

—Nada.

Abrí un grifo mientras me miraba en el espejo. Tenía el rostro y la túnica manchados de sangre seca.

—Fue Marygay, la cabo Potter. El traje… Bueno, por lo visto hizo un pliegue y…

—¿Ha muerto?

—No, pero está mal. La llevan a cirugía.

—No uses agua caliente. Fijarás la mancha.

—¡Oh, gracias!

Empleé el agua caliente para lavarme las manos y la cara; después froté la túnica con agua fría.

—Tu brigada está dos alas más allá de la Al, ¿verdad?

—Sí.

—¿No viste lo que pasó?

—No. Es decir, no cuando ocurrió.

En ese momento noté que estaba llorando; grandes lagrimones le corrían por las mejillas y la garganta.

Mientras tironeaba salvajemente de su pelo siguió hablando con su voz dominada y normal:

—Es un desastre.

Di un paso hacia ella y alargué la mano para posársela en el hombro, pero ella me la golpeó con el cepillo, chillando:

—¡No me toques! Disculpa. Vamos ya.

Al llegar a la puerta del baño me tocó ligeramente el brazo.

—William… —dijo, con una mirada desafiante—, me alegro de no haber sido yo. ¿Comprendes? Es la única forma de considerar todo esto.

La comprendí, pero no me di cuenta de que además lo creía.

—Puedo resumirlo en pocas palabras —dijo el comodoro con voz tensa—, aunque sólo sea porque sabemos muy poco. Unos diez segundos después de acabar con el vehículo enemigo, dos objetos, dos objetos muy pequeños, chocaron contra la Aniversario, hacia el centro de la nave. Puesto que no fueron detectados y conocemos los límites de nuestros aparatos detectores, sabemos que avanzaban a más de nueve décimos de la velocidad de la luz. Es decir, para mayor precisión: el vector de velocidad normal al eje de la Aniversario superaba los nueve décimos de la velocidad de la luz. Por eso atravesaron los campos de fuerza.

Cuando la Aniversario avanzaba a una velocidad relativa, generaba automáticamente dos poderosos campos electromagnéticos; uno de ellos, centrado a cinco mil kilómetros de la nave; el otro, a diez mil klims, ambos en línea con la dirección de avance. Esos campos se mantenían por un efecto de estatorreactor, recogiendo la energía del gas interestelar a medida que avanzábamos. Cualquier objeto lo bastante grande como para causar problemas si chocaba contra nosotros (es decir, lo bastante grande como para ser visto sin necesidad de lentes de aumento) pasaba por el primero de los campos y cuando llegaba al segundo tenía una fuerte carga negativa en toda la superficie. En cuanto entraba en el segundo campo se veía rechazado del rumbo que llevaba la nave. Si el objeto era demasiado grande como para ser rechazado, podíamos percibirlo a gran distancia y apartarnos de ese rumbo.

—No será necesario explicar que esto constituye un arma formidable. Cuando la Aniversario recibió el golpe, nuestra velocidad relativa con respecto al enemigo era tal que recorríamos nuestra propia longitud cada diez milésimos de segundo. Además, estábamos cambiando constantemente de dirección y la aceleración lateral sólo seguía las leyes del azar. Por lo tanto, los objetos que nos golpearon no habían sido apuntados hacia nosotros, sino guiados. Y el sistema de conducción era independiente, pues en el momento del choque ya no había taurinos con vida. Todo esto contenido en un objeto no mayor que un pequeño guijarro.

»Casi todos ustedes son muy jóvenes para recordar el término “impacto del futuro”. En la década de los sesenta algunos pensaban que el progreso tecnológico, a fuerza de ser rápido, no permitía que la gente normal se ajustara a él. Es decir, la gente no acabaría de habituarse al presente antes de que el futuro la alcanzara. Un hombre llamado Toffler acuñó el término “impacto del futuro” para denominar esta situación.

El comodoro se mostraba muy académico, por cierto.

—Estamos atrapados en una situación física que me recuerda ese concepto erudito. El resultado ha sido el desastre, la tragedia. Y tal como lo analizamos en nuestra última reunión, no hay modo de contrarrestarlo. La relatividad nos atrapa en el pasado del enemigo y los trae de nuestro futuro. Sólo podemos confiar en que la próxima vez, la situación sea inversa. Y para que eso ocurra no podemos hacer otra cosa que regresar a Puerta Estelar y después a la Tierra, donde quizá los especialistas logren deducir algo, crear alguna especie de arma defensiva, basándose en la naturaleza del daño que hemos sufrido.

»Ahora podríamos atacar el planeta portal de los taurinos desde el espacio; tal vez lograríamos destruir la base sin necesidad de emplear la infantería, pero creo que eso involucraría un grave riesgo. Podríamos… ser derribados por lo mismo que nos golpeó hoy, y resultaría imposible retornar a Puerta Estelar con una información que considero vital. Existe la posibilidad de enviar una nave teledirigida con un mensaje en el que se detallaran nuestras deducciones sobre esta nueva arma enemiga… pero eso puede ser inconveniente. Y la Fuerza habría perdido la oportunidad de avanzar un gran trecho tecnológicamente.

»Por lo tanto, hemos fijado un curso que nos llevará en torno a Yod-4, haciendo que el colapsar quede situado en lo posible como escudo entre nosotros y la base taurina. Evitaremos todo contacto con el enemigo para regresar a Puerta Estelar lo antes posible.

Cosa increíble: el comodoro tomó asiento y apoyó los nudillos contra las sienes, para continuar:

—Todos ustedes son cuando menos jefes de brigada o de sección. Casi todos tienen buenos antecedentes en combate. Confío en que algunos vuelvan a enrolarse en la Fuerza cuando acaben los dos años de servicio. Quienes lo hagan recibirían probablemente el grado de teniente y se enfrentarán a la posibilidad de mandar. Es a esas personas a las que quiero dirigirme por algunos momentos. No hablaré como uno de los comandantes, sino como oficial superior y consejero.

»No es posible tomar decisiones mediante la simple apreciación de la situación táctica, para lanzarse después a la acción que provoque al enemigo el máximo perjuicio con mínimo daño propio. La guerra moderna se ha convertido en algo muy complejo, sobre todo durante el último siglo. Una guerra ya no se gana venciendo en una serie de batallas, sino gracias a una complicada interrelación entre victorias militares, presiones económicas, maniobras logísticas, acceso a la información enemiga, posiciones políticas… Cientos de factores.

Por mucha atención que yo prestara sólo sacaba una cosa en limpio: que una tercera parte de nuestros amigos había muerto hacía menos de una hora y él se había sentado allí para darnos una conferencia sobre teoría militar.

—A veces es necesario perder una batalla para ganar una guerra. Eso es, precisamente, lo que vamos a hacer. No ha sido una decisión sencilla. En realidad, la considero la más dura de toda mi carrera militar, pues al menos superficialmente se la puede confundir con la cobardía.

»La computadora logística estima que contamos con un sesenta y dos por ciento de posibilidades a favor si tratamos de destruir la base enemiga. Lamentablemente, sólo tenemos un treinta por ciento de posibilidades de supervivencia, pues algunas formas de ganar la batalla consisten, por ejemplo, en lanzar la Aniversario contra el planeta portal a la velocidad de la luz.

¡Cristo!

—Ojalá ninguno de ustedes se vea jamás obligado a tomar semejante decisión. Cuando lleguemos a Puerta Estelar, es muy posible que se me someta a una corte marcial, bajo el cargo de cobardía ante el ataque enemigo. Pero creo honestamente que el análisis de los daños sufridos por esta nave puede proporcionar informaciones cuya importancia supera a la destrucción de esta base taurina. Y concluyó, irguiéndose en el asiento: —Será más importante que la carrera de un soldado.

Me costó dominar la risa. Indudablemente la «cobardía» no había influido en absoluto sobre su decisión. Sin duda no existiría en él nada tan primitivo y poco marcial como la voluntad de vivir.

La tripulación de mantenimiento logró tapar con algunos parches el enorme agujero abierto en el costado de la Aniversario y recompensar ese sector. Pasamos el resto del día limpiando aquella parte, sin alterar, por supuesto, las preciosas pruebas por las cuales el comodoro estaba dispuesto a sacrificar su carrera.

Lo peor fue deshacerse de los cuerpos. No resultó tan horrible, salvo en el caso en que los trajes habían estallado.

Al día siguiente, en cuanto Estelle acabó con sus tareas, fui a verla a su cabina.

—No tendría sentido que la vieras ahora —dijo ella, mientras sorbía una bebida compuesta por alcohol etílico, ácido cítrico y agua, con una gota de alguna especie de éster que le daba, más o menos, aroma a cáscara de naranja.

—¿Está fuera de peligro?

—No lo estará hasta dentro de dos semanas. Deja que te explique.

Dejó el vaso y apoyó la barbilla sobre los dedos entrelazados.

—Este tipo de heridas —dijo— serían rutinarias en condiciones normales. Una vez repuesta la sangre perdida se rocía la cavidad abdominal con un polvo mágico y se cierra. En dos o tres días el paciente queda como nuevo. Pero en este caso hay complicaciones. Hasta ahora nadie había recibido heridas en el interior de un traje presurizado. Por el momento no se presenta nada anormal, pero debemos observar sus órganos con mucha atención durante los próximos días. Además nos preocupa mucho la posibilidad de una peritonitis. ¿Sabes qué es eso?

—Sí —dije, pues tenía una vaga idea.

—Porque una parte de su intestino se abrió bajo presión. No quisimos emplear la profilaxis normal debido a la… contaminación que afectó al peritoneo bajo presión. Para mayor seguridad esterilizamos completamente la cavidad abdominal y el sistema digestivo, desde el duodeno hacia abajo. Después, por supuesto, hubo que reemplazar toda la flora intestinal, ya muerta, con un cultivo preparado. Todo eso sigue siendo un procedimiento normal, pero no se utiliza sino en heridas mucho más graves.

—Comprendo.

Todo eso me inquietaba un poco. Los médicos no comprenden que, en general, uno rechaza la idea de verse como un saco de piel lleno de bultos obscenos.

—Con todo esto bastaba para pedirte que no la veas por un par de días. El cambio de la flora intestinal tiene un efecto bastante violento sobre el sistema digestivo; aunque no es peligroso, puesto que está bajo observación constante, resulta cansado, embarazoso, ¿comprendes? Con este tratamiento estaría completamente fuera de peligro si se tratara de una situación clínica normal, pero estamos desacelerando a una gravedad y media, y sus órganos internos ya han sufrido demasiado manoseo. Más vale que lo sepas: en caso de que aceleremos a más de dos gravedades no habrá esperanza para ella.

—Pero ¡para la aproximación final tenemos que llegar a más de dos! ¿Qué…?

—Lo sé, lo sé. Pero aún faltan dos semanas para eso. Es de esperar que para entonces ya haya cicatrizado. William, debes mirar las cosas de frente. Ya es un milagro que haya vivido lo bastante como para ir a cirugía; son pocas las probabilidades de que llegue a la Tierra. Es triste, lo sé: ella es una persona especial, al menos para ti. Pero hemos visto morir a tantos que ya deberías estar acostumbrado a eso.

Tomé un trago de mi bebida, idéntica a la de ella, con excepción del ácido cítrico.

—Te has endurecido bastante —observé.

—Tal vez no. Soy realista, eso es todo. Tengo el presentimiento de que nos esperan otras muertes y más pena.

—A mí no. En cuanto lleguemos a Puerta Estelar vuelvo al estado civil.

—Yo no estaría tan segura —replicó ella, con el viejo argumento de siempre—. Estos payasos que nos enrolaron hace dos años bien podrían prolongar el plazo a cuatro o…

—O a seis, a veinte, hasta la eternidad. Pero no lo harán. Se verían frente a un motín.

—No sé. Si pudieron condicionarnos para que fuéramos asesinos al oír una simple clave, pueden hacer cualquier cosa con nosotros. Obligarnos a un nuevo enrolamiento.

La idea me produjo escalofríos.

Más tarde intentamos hacer el amor, pero los dos teníamos la cabeza ocupada en demasiadas cosas.

Una semana más tarde pude ver a Marygay por primera vez. Estaba macilenta, había perdido mucho peso y parecía confusa. El doctor Wilson me aseguró que era sólo efecto de la medicación, pues no habían detectado señales de lesión cerebral.

Aún estaba en cama; la alimentaban por medio de un tubo. El calendario comenzó a ponerme muy nervioso, pues aunque Marygay mejorara un poco de día en día, no tendría la menor oportunidad si aún estaba en cama cuando recibiéramos el impulso del colapsar. Ni Doc Wilson ni Estelle alentaban mis esperanzas; seguían diciendo que todo dependía de su resistencia.

En la víspera del impulso la trasladaron de la cama a la litera de aceleración de Estelle, situada en la enfermería. Estaba lúcida y había empezado a alimentarse normalmente, pero aún no podía caminar por su cuenta, ni siquiera bajo una gravedad y media. Ese día fui a verla.

—¿Sabes lo del cambio de curso? Tenemos que pasar por Aleph-9 para volver a Tet-38. Cuatro meses más en esta maldita cáscara. Pero cuando lleguemos a la Tierra nos esperarán otros seis años de sueldo.

—¡Qué bien!

—¡Ah, piensa en las cosas que haremos con…!

—William…

Se me cortó la voz. Me era imposible mentir.

—No trates de levantarme el ánimo. Habíame de soldaduras en el vacío, de tu niñez, de cualquier cosa, pero no me vengas con eso de volver a la Tierra.

Y agregó, volviendo la cara hacia la pared:

—Una mañana los médicos hablaron en el pasillo, creyéndome dormida. Lo que dijeron no hizo más que confirmar lo que yo ya sabía por el modo en que me trataban. Y ahora cuéntame: naciste en Nuevo México en 1975. ¿Qué pasó después? ¿Te quedaste allí? ¿Cómo te fue en la escuela? ¿Tenías amigos, o eras demasiado inteligente, como me pasaba a mí? ¿Cuántos años tenías cuando hiciste el amor por primera vez?

Así charlamos durante un rato, ambos incómodos. Pero durante la conversación se me ocurrió una idea. En cuanto me despedí de Marygay fui directamente a ver al doctor Wilson.

—Le estimamos una probabilidad del cincuenta por ciento, pero es bastante arbitraria. Ninguno de los antecedentes que hemos estudiado sirve para este caso.

—Pero se puede decir que sus probabilidades serán mayores cuanto menor sea la aceleración a soportar.

—Indudablemente, pero con saberlo no ganamos nada. El comodoro prometió hacer la maniobra con tanta suavidad como pueda, pero de cualquier modo no bajará de cuatro o cinco gravedades. Y hasta tres podrían ser demasiado; no lo sabremos hasta ver los resultados.

Hice un gesto de impaciencia y observé:

—Sí, pero creo que hay un medio para exponerla a una aceleración menor.

—Si has inventado un escudo contra la aceleración —respondió, sonriendo—, apresúrate a patentarlo. Podrías venderlo por una considerable…

—No, Doc, no tendría mucha utilidad en condiciones normales; nuestras cápsulas funcionan mejor, aunque operan según el mismo principio.

—Explícate.

—Ponemos a Marygay en una cápsula e inundamos…

—Un momento, un momento. Imposible desde todo punto de vista. Ella quedó en ese estado debido a una cápsula que no ajustaba bien. En este caso tendría que usar la de otra persona y sería peor.

—Lo sé, déjeme explicarle. No hace falta que se ajuste exactamente a sus medidas mientras funcionen bien las conexiones de mantenimiento vital. La cápsula no recibirá presión desde el interior; no será necesario, pues Marygay no estará sujeta a la presión de miles de kilos por centímetro cuadrado que impone el fluido exterior.

—Me parece que no entiendo.

—Es una simple adaptación de… Usted estudió física, ¿verdad?

—Un poco, en medicina. Después del latín fueron mis peores notas.

—¿Recuerda el principio de equivalencia?

—Recuerdo que había algo así. Estaba medio relacionado con la relatividad, ¿no?

—Aja. Significa que… no hay diferencia entre estar en un campo gravitatorio y un marco de aceleración equivalente; significa que cuando la Aniversario avanza a cinco gravedades, el efecto sobre nosotros es el mismo que si estuviéramos sentados en un planeta grande con una gravedad de cinco en la superficie.

—Parece obvio.

—Tal vez. Significa que es imposible determinar, por los resultados de distintos experimentos, si estamos acelerando o bajo la gravedad de un planeta grande.

—Claro que sí. Bastaría con apagar los motores y…

—O mirar hacia afuera, por supuesto. Me refería a experimentos de laboratorio.

—De acuerdo. Aceptado. ¿A qué nos lleva todo eso?

—¿Conoce la ley de Arquímedes?

—Claro, la falsa corona. Eso es lo que siempre me llamó la atención en la física; se trabaja mucho sobre cosas obvias y cuando se llega a los puntos arduos…

—La ley de Arquímedes dice que, cuando se sumerge algo en un fluido, el objeto recibe de abajo hacia arriba una fuerza equivalente al peso del liquido que desplaza.

—Es lógico.

—Y válido en cualquier tipo de aceleración o gravitación.

—Si una nave avanza a cinco gravedades, el agua desplazada pesa cinco veces más que el agua común a una gravedad.

—Por supuesto, si suspendemos a una persona en el centro de un tanque de agua, de modo tal que no tenga peso alguno, seguirá sin peso cuando la nave avance a cinco gravedades.

—Un momento, hijo. Hasta allí íbamos bien, pero eso no sirve.

—¿Porqué?

Estuve a punto de decirle que se ocupara de sus píldoras y de sus estetoscopios mientras yo me las entendía con la física, pero en seguida me alegré de no haberlo hecho.

—¿Qué pasa cuando dejas caer una herramienta dentro de un submarino?

—¿Qué tienen que ver los submarinos?

—Funcionan según la ley de Arquím…

—¡Cierto! Tiene razón. ¡Jesús! No se me había ocurrido.

—La herramienta cae al suelo como si el submarino no estuviera privado de peso —observó él, mientras tamborileaba con un lápiz—. Lo que describes es similar al procedimiento que empleamos en la Tierra con pacientes que han sufrido daños severos en la piel; quemaduras, por ejemplo. Pero eso no proporciona sostén alguno a los órganos internos, como lo hace la cápsula de aceleración, y no le serviría de nada a Marygay.

—Lamento haberle hecho perder el tiempo —dije, levantándome para retirarme.

—Espera un momento. Tal vez podamos utilizar en parte tu idea.

—¿Cómo?

—Yo tampoco lo había pensado bien. En el caso de Marygay no hay modo de emplear una cápsula, por supuesto.

No me gustaba siquiera considerar la idea. Hacía falta mucho condicionamiento por hipnosis para acostarse allí y dejar que lo llenasen a uno con fluocarbono oxigenado por todos los orificios naturales y uno artificial. Mientras lo pensaba rocé con el dedo la válvula injertada en mi cuerpo sobre el hueso de la cadera.

—Sí, es obvio; quedaría hecha pedazos… ¿Se refiere usted a la baja presión?

—Eso es. No hace falta suministrar varios miles de atmósferas para protegerla contra una aceleración en línea recta de cinco gravedades; eso es necesario en los casos de maniobras y cambios de dirección. Voy a llamar a Mantenimiento. Ve al ala de tu brigada; emplearemos ésa. Dile a Dalton que te busque allí.

Cinco minutos antes de que entráramos en el campo colapsar di comienzo a la secuencia de inundación. Marygay y yo éramos los únicos que ya estábamos en las cápsulas; mi presencia no era indispensable, puesto que la inundación y el vaciado podían efectuarse desde Control.

De cualquier modo prefería estar presente para mayor seguridad.

La sensación no era tan desagradable como la de costumbre; no me sentí, como en los casos normales, aplastado e hinchado al mismo tiempo. En un momento dado me encontré lleno de aquella sustancia que olía a plástico (nunca se percibía durante los primeros segundos, cuando entraba a raudales para reemplazar al aire en los pulmones); después hubo una ligera aceleración. En seguida me encontré nuevamente respirando aire y aguardé a que la cápsula se abriera para desconectarme y salir de allí.

La cápsula de Marygay estaba vacía. En su interior había sangre.

—Ha tenido una hemorragia —dijo la voz del doctor Wilson, con un eco sepulcral.

Me volví, con los ojos irritados. Allí estaba él, apoyado en la puerta del casillero. Cosa horrible e inexplicable: estaba sonriendo.

—Eso entraba en nuestros cálculos. La doctora Harmony se está ocupando de ella. Todo saldrá bien.

6

Marygay estuvo en pie una semana después, A los quince días empezó a «confraternizar». Seis semanas después la declararon completamente restablecida.

Llevábamos diez largos meses en el espacio; todo era ejército, ejército, ejército. Gimnasia, tareas sin importancia, conferencias obligatorias. En cierto momento corrió el rumor de que se volvería a imponer la asignación de literas por listas; no llegaron a hacerlo, probablemente por miedo a provocar un motín. Aquellos que ya habíamos formado parejas más o menos estables no habríamos recibido con agrado la orden de recibir un compañero al azar, distinto cada noche.

Todas esas porquerías, esa repetida insistencia sobre la disciplina militar, me tenían preocupado; empezaba a sospechar que no nos darían la baja. Marygay decía que estaba paranoico. Según ella, todo eso se debía sólo a que no había otro modo de mantener el orden durante diez meses.

Nuestras charlas se reducían fundamentalmente a maldecir al ejército y a especular sobre los cambios que habría sufrido la Tierra, sobre lo que haríamos cuando volviéramos a la vida civil. Entonces contaríamos con una pequeña fortuna: veintiséis años de sueldo acumulado a nuestra disposición, con el agregado del interés compuesto. Los quinientos dólares que nos habían pagado como primer sueldo se habrían convertido en mil quinientos.

Llegamos a Puerta Estelar a fines de 2023.

La base había crecido en forma sorprendente durante los diecisiete años de la campaña de Yod-4. El edificio tenía el tamaño de una pequeña ciudad y albergaba a casi diez mil personas. Setenta y ocho cruceros, iguales o mayores que la Aniversario, efectuaban incursiones en los planetas portales de los taurinos. Otros diez custodiaban Puerta Estelar; por último, otros dos permanecían en órbita, esperando a la tripulación y a la infantería, listos para partir. Una nave llamada Esperanza de la Tierra II acababa de regresar del combate y aguardaba en Puerta Estelar a que llegara otro crucero. Había perdido las dos terceras partes de la tripulación y no resultaba conveniente que volviera a la Tierra con sólo treinta y nueve personas. Treinta y nueve civiles confirmados.

Bajamos al planeta en dos naves exploradoras.

El general Bostford (al que habíamos conocido como mayor en nuestro primer encuentro, cuando Charon era sólo dos cabañas y veinticuatro tumbas) nos recibió en una elegante sala de conferencias, paseándose frente a un enorme cubo de operaciones holográficas. A duras penas pude entender lo que decían las etiquetas; quedé atónito al comprender la enorme distancia que separaba a Yod-4 de aquel lugar, aunque al tratarse de saltos colapsa-res el espacio no tiene importancia. Nos habría llevado diez veces el mismo tiempo llegar a Alfa Centauro, que estaba a la vuelta de la esquina, pero sin colapsar que llevara hacia ella.

—Como ustedes saben…

Había comenzado en un tono demasiado alto y se interrumpió para bajarlo a un volumen más coloquial.

—Como ustedes saben, podríamos repartirlos en otras fuerzas de choque y enviarlos nuevamente a combate, pues la Ley de Reclutamiento Escogido ha sido modificada y el período de servicio es de cinco años subjetivos en vez de dos. No haremos semejante cosa, pero ¡caray!, me parece muy probable que algunos de ustedes quieran permanecer en el ejército. Con dos años más de sueldos retenidos a interés compuesto se encontrarían ricos de por vida. Es cierto que han sufrido graves pérdidas, pero eso era inevitable: ustedes fueron los primeros. Desde ahora las cosas serán más sencillas. Los trajes de combate han sido mejorados, conocemos mejor las tácticas taurinas y nuestras armas son más efectivas. No hay por qué temer.

Tomó asiento a la cabecera de nuestra mesa y observó el largo eje que ésta formaba, sin ver a nadie.

—Mis propios recuerdos de guerra datan ya de medio siglo. Para mí se trató de algo vigorizante, lleno de estímulos. Tal vez ustedes sean diferentes.

«O no tenemos una memoria tan selectiva», pensé.

—Pero eso no viene al caso. Puedo ofrecerles una posibilidad que no involucra el combate directo. Andamos muy escasos de buenos instructores. Podría decirse que no tenemos ninguno, puesto que lo ideal sería emplear como instructores a veteranos de guerra. Ustedes fueron adiestrados por veteranos de Vietnam y Sinaí; los más jóvenes tenían ya más de cuarenta años cuando ustedes se marcharon de la Tierra. De eso hace ya veintiséis años. Por eso les necesitamos y estamos dispuestos a pagarles bien.

»La Fuerza ofrece el cargo de teniente a quienes acepten el puesto de instructor. Pueden escoger entre quedarse en la Tierra, en la Luna con paga doble, en Charon con paga triple, o aquí, en Puerta Estelar, donde el sueldo es cuádruple. No hay necesidad de que lo decidan de inmediato. Cada uno de ustedes tiene derecho a viajar gratuitamente a la Tierra. Les envidio; hace veinte años que no voy y creo que no regresaré jamás. Allá tendrán la oportunidad de probar la vida civil. Si no les gusta, no tienen más que entrar en cualquier oficina de la FENU; saldrán de ella con un título de oficial y podrán elegir el destino. Algunos de ustedes sonríen; creo que no deberían juzgar tan precipitadamente. La Tierra no es ya el mismo lugar que ustedes conocieron.

Extrajo una pequeña tarjeta de su túnica y la miró con una semisonrisa.

—La mayoría de ustedes dispondrá de cuatrocientos mil dólares, entre sueldos acumulados e intereses. Pero la Tierra está en pie de guerra y, por supuesto, son los ciudadanos los que la costean con lo que pagan en concepto de impuestos. Sus propios ingresos les colocan en la categoría de quienes pagan el noventa y dos por ciento del impuesto sobre la renta. Con treinta y dos mil dólares podrían vivir unos tres años, cuidando mucho los gastos. Tarde o temprano tendrán que buscar trabajo, y éste es precisamente el empleo para el cual están mejor preparados. No hay muchos otros disponibles; la población de la Tierra supera los nueve billones, de los cuales cinco o seis carecen de empleo. Por otra parte, ustedes están retrasados veintiséis años en sus respectivas profesiones.

»Deben tener en cuenta, además, que los amigos y las novias que hayan dejado hace dos años tendrán ahora veintiséis años más; muchos parientes habrán muerto. Creo que el mundo les parecerá muy solitario. De cualquier modo, para que estén mejor informados sobre el tema, les dejaré con el sargento Siri, que acaba de llegar de la Tierra. Adelante, sargento.

—Gracias, general.

Algo en el rostro, en la piel de ese hombre me llamó la atención; al fin comprendí que usaba lápiz de labios y polvo facial; sus uñas eran suaves almendras blancas.

—No sé por dónde comenzar—dijo, mordiéndose el labio superior y mirándonos con el ceño fruncido—. Las cosas han cambiado mucho desde que yo era niño. Tengo veintitrés años, de modo que ni siquiera había nacido cuando ustedes partieron con rumbo a Aleph… Bueno, para empezar: ¿ cuántos de ustedes son homosexuales?

Nadie respondió.

—No me sorprende. Por mi parte, lo soy…

¡Y no bromeaba!

—… y creo que una tercera parte de la población de Europa y Norteamérica lo es también. En la India y en el Oriente Medio la proporción es mayor, pero decrece en Sudamérica y en la China. Casi todos los gobiernos propician la homosexualidad, sobre todo porque es un método infalible para el control de la natalidad. Las Naciones Unidas se mantienen oficialmente al margen del tema.

Aquello me sonó a sofisma. En el ejército conservaban una muestra de esperma congelado y sometían a los soldados a una vasectomía; eso sí era a prueba de balas. Pero ya en mi época de estudiante muchos homosexuales de la universidad empleaban ese argumento. Tal vez diera resultado, a su modo; yo habría creído que la Tierra tenía mucho más de nueve billones de habitantes.

—Cuando allá en la Tierra me dijeron que debería hablar con ustedes efectué algunas investigaciones, principalmente entre viejos telefaxes y revistas. Muchas de las cosas que se temían entonces no se produjeron. El hambre, por ejemplo. Aun sin emplear toda la tierra y el mar disponibles logramos alimentar a todo el mundo, con posibilidades para el doble de población, mediante la aplicación de calorías. Cuando ustedes partieron, millones de personas morían lentamente de hambre. Ahora no existe tal cosa.

»También estaban preocupados por la criminalidad. Leí que no se podía circular por las calles de Nueva York o de Hong Kong sin un guardaespaldas. Sin embargo, cuando todos estuvieron mejor cuidados y educados, cuando la psicometría avanzó lo bastante como para permitir la detección de un criminal en potencia a la edad de seis años y pudimos aplicar una terapia correctiva eficaz, los crímenes más peligrosos empezaron a declinar; de eso hace ya veinte años. Probablemente hay menos crímenes serios en el mundo entero de los que había por entonces en una gran…

—Todo eso está muy bien —interrumpió el general, con un gruñido que decía a las claras todo lo contrario—, pero no coincide por completo con lo que me han dicho. ¿A qué llama usted «crímenes serios»? ¿Y qué pasa con los otros?

—Oh, crímenes serios son el asesinato, el asalto, la violación; todos los delitos graves contra el ser humano en sí han desaparecido por completo. Todavía hay delitos contra la propiedad: pequeños robos, vandalismo, residencias ilegales…

—¿Qué diablos es eso de «residencia ilegal»?

El sargento Siri vaciló antes de responder, con gazmoñería:

—No se debe privar a otros de espacio vital adquiriendo ilegalmente propiedades.

Alexandrov levantó la mano.

—¿Eso significa que ya no hay propiedad privada?

—Claro que la hay. Yo, por ejemplo, era dueño de mis propias habitaciones antes de que me reclutaran. Pero hay ciertos límites.

Por alguna razón el tema parecía resultarle embarazoso. Tal vez habían surgido nuevos tabúes. Luthuli preguntó:

—¿Qué hacen con los criminales? Con los peligrosos, claro. ¿Siguen lavándoles el cerebro?

Fue evidente que Siri se sentía aliviado al cambiar de tema.

—¡Oh, no! Ese método se considera como primitivo y bárbaro. Ahora inculcamos en ellos una personalidad nueva y saludable; después se les rehabilita y la sociedad les recibe nuevamente sin prejuicios. Da muy buenos resultados.

—¿Hay cárceles, prisiones? —preguntó Yukawa.

—Supongo que un centro de corrección puede considerarse como cárcel, puesto que mientras los internos reciben terapia se les retiene contra su voluntad; pero también podemos argüir que fue el mal funcionamiento de la voluntad lo que les condujo hasta allí.

Como yo no pensaba convertirme en criminal, había cosas que me interesaban más.

—El general dijo que media población está parada y que tampoco podremos conseguir buenos empleos. ¿Qué opina usted?

—No sé qué significa «estar parado». ¡Ah, se refiere usted a las personas sin empleo que reciben subsidio del gobierno!.Es cierto, el gobierno se encarga de mantener a la mitad de la población. Yo nunca tuve trabajo antes de que me reclutaran. Era compositor. Pero este asunto del desempleo crónico tiene dos caras, ¿no se dan cuenta? El mundo y la guerra pueden funcionar perfectamente con sólo uno o dos billones de personas, pero eso no significa que los demás nos quedemos cruzados de brazos. Todos los ciudadanos tienen derecho a dieciocho años de educación gratuita, de los cuales catorce son obligatorios. Esto, sumado a la falta de necesidad de trabajar, ha producido un florecimiento de los estudios y de la actividad creativa, en una proporción inigualada en toda la historia de la humanidad. ¡Hoy hay más artistas y escritores que durante los dos mil años de la era cristiana! Además, sus obras llegan a un público tan amplio e instruido como no lo hubo nunca.

Era algo en lo que había que pensar. Rabí alzó la mano.

—¿Tienen algún Shakespeare, un Miguel Ángel? La cantidad no quiere decir nada.

Siri se apartó el pelo de los ojos con un gesto auténticamente femenino.

—Esa pregunta no es justa. Esas cosas debe juzgarlas la posteridad.

—Sargento Siri —dijo el general—, cuando hablábamos usted y yo, ¿ no dijo acaso que vivía en un edificio similar a una enorme colmena, que ya nadie podía ahora vivir en el campo?

—Bueno, es cierto que nadie puede vivir en tierras aptas para el cultivo, señor. Y donde yo vivo, es decir, donde vivía, el Complejo Atlanta, tengo siete millones de vecinos en lo que técnicamente puede considerarse un solo edificio. Eso no quiere decir que estemos apretados. Cualquiera puede bajar en el ascensor cuando le plazca e ir a caminar por el campo y llegar hasta el mar, si así lo desea. Será mejor que se hagan a una idea: muchas de las ciudades actuales no tienen la menor semejanza con las antiguas aglomeraciones de edificios realizados según el capricho de cada propietario. La mayor parte de las metrópolis fueron reducidas a cenizas durante los motines del hambre, en 2004, precisamente antes de que las Naciones Unidas se encargaran de la producción y distribución de alimentos. Por lo general, los planificadores de las nuevas ciudades las edificaron siguiendo criterios más modernos y funcionales. París y Londres, por ejemplo, debieron ser reconstruidas por completo. Lo mismo ocurrió con casi todas las capitales del mundo, aunque Washington sobrevivió; sin embargo, ahora es sólo un grupo de monumentos y edificios, pues casi todo el mundo vive en los complejos circundantes: Reston, Frederick, Columbia…

Después Siri mencionó pueblos y ciudades determinados, pues todos querían noticias de su tierra natal, y las cosas empezaron a parecemos, en general, mucho mejores que al principio.

En respuesta a una pregunta bastante poco discreta, Siri afirmó que no usaba cosméticos sólo por ser homosexual; todo el mundo se maquillaba en la Tierra. Por mi parte decidí comportarme como un inconformista y mantener la cara limpia.

Nos unimos a los sobrevivientes de la Esperanza de la Tierra II para regresar con ellos a la Tierra, en tanto los especialistas estudiaban los daños sufridos por la Aniversario. El comodoro debía presentarse a interrogatorio, pero hasta donde pudimos saberlo no habría corte marcial para él.

En el viaje de retorno la disciplina fue bastante laxa. En aquellos siete meses leí treinta libros, aprendí a jugar algo, di clases elementales (y pasadas de moda) sobre temas de física y fortalecí aún más mi relación con Marygay.

7

No se me había ocurrido, pero en la Tierra éramos verdaderas celebridades. Al llegar a Móndale, el Sec-Gen saludó personalmente a cada uno de nosotros; era un hombrecito negro, muy anciano, llamado Yakiby Ojukwu. La pista de aterrizaje estaba rodeada por miles, tal vez millones de espectadores, que trataban de acercarse todo lo posible. El Sec-Gen pronunció un discurso para la multitud y los periodistas; después los oficiales superiores de la Esperanza farfullaron las tonterías de costumbre, mientras los demás esperábamos, más o menos pacientemente, en el calor tropical.

Un gran helicóptero nos llevó hasta Jacksonville, donde estaba el aeropuerto internacional más próximo. La ciudad en sí había sido reconstruida según las descripciones de Siri. Era algo impresionante.

Al principio nos pareció una solitaria montaña gris, un cono ligeramente irregular; surgió lentamente en el horizonte y fue creciendo poco a poco. Estaba situada en el centro de una extensión cultivada aparentemente infinita; rutas y carreteras convergían hacia ella por decenas. Aunque uno podía ver aquellas autopistas como finas hebras blancas sobre las que se arrastraban microscópicos insectos, la mente se negaba a integrar esa información en un cálculo de tamaño. Aquella mole no podía ser tan grande.

Nos acercamos más y más, a medida que el helicóptero ascendía, hasta que el edificio se convirtió en una pared de color gris claro que ocupaba todo el campo visual a un lado. Al aproximamos otro poco pudimos ver algunos puntitos humanos; una de aquellas motas, asomada a un balcón, parecía estar agitando la mano.

—Es lo más cerca que podemos llegar—dijo el piloto por el intercomunicador— sin entrar en el sistema de conducción automática de la ciudad, que nos llevaría a aterrizar en la cima. El aeropuerto está hacia el norte.

Y nos alejarnos un poco a través de la sombra arrojada por la ciudad.

El aeropuerto no era ninguna maravilla, aunque era más grande que cuantos yo había visto hasta entonces, era también más convencional en cuanto a su diseño: una terminal central, que parecía el cubo de una rueda, desde donde partían pequeños monorrieles que, tras recorrer más o menos un kilómetro, acababan en estaciones terminales menores por completo para aterrizar cerca de un avión estratosférico de Swissair; del helicóptero pasamos al otro aparato. El trayecto que debíamos recorrer estaba cerrado por cordones y circundado por una multitud que nos lanzaba vítores. Con seis billones de desocupados no costana mucho reunir una multitud con cualquier excusa.

Temí que nos esperaran más discursos, pero entramos directamente en el avión. Los camareros (hombres y mujeres) nos trajeron emparedados y bebidas mientras la multitud se dispersaba. No hay palabras para describir el sabor de un emparedado de pollo y una cerveza fresca, tras dos años de ingerir mierda reaprovechada.

El señor Ojukwu nos explicó que nos llevarían a Ginebra, al edificio de las Naciones Unidas, donde esa misma noche recibiríamos los honores de la Asamblea General. «Donde nos van a exhibir», pensé al escucharle. Él comentó que casi todos teníamos parientes esperándonos allí.

Al cruzar el Atlántico notamos que el agua parecía extrañamente verdosa. Aquello despertó mi curiosidad y lo anoté mentalmente para interrogar a la camarera, pero los motivos no tardaron en hacerse evidentes. Se trataba de una granja. Cuatro enormes balsas (debían ser gigantescas, aunque yo no tenía modo de calcularlo, pues no sabía a qué altura volábamos), avanzaban en lenta procesión sobre la superficie verde; cada una dejaba una estela de color azul oscuro que se desvanecía lentamente. Antes de que aterrizáramos descubrí que se trataba de un alga tropical cultivada para la alimentación.

Ginebra era un solo edificio, al estilo de Jacksonville, aunque parecía de menor tamaño, tal vez porque la empequeñecían las montañas naturales entre las que estaba enclavada. La nieve que la cubría le daba un aspecto suave y bello.

Caminamos un minuto por entre la nieve arremolinada (¡qué placer no estar siempre «a temperatura de interior»!) hasta llegar a un helicóptero que nos llevó a la cima del edificio. Desde allí tomamos un ascensor, después una acera móvil, después otro ascensor y otra acera móvil, hasta un ancho corredor que llevaba a Thantstrasse 281B, recinto 45, según la dirección que me habían dado. Me sentía casi asustado cuando puse el dedo sobre el timbre. Ya me había hecho a la idea de que mi padre había muerto (el ejército nos esperaba en Puerta Estelar con esa clase de noticias), pero eso no me preocupaba tanto como la idea de que mi madre se hubiera convertido súbitamente en una anciana de ochenta y cuatro años. Estuve a punto de lanzarme en busca de un bar para dejar en él un poco de sensibilidad, pero me sobrepuse y oprimí el botón.

La puerta se abrió con prontitud. Había envejecido, pero no estaba demasiado cambiada; tenía algunas arrugas más y el pelo gris se había puesto blanco. Nos miramos fijamente por un instante; en seguida, al abrazarnos, noté con sorpresa y alivio que me sentía feliz de estar con ella.

Me quitó la gorra y me hizo pasar a la sala de estar. Allí me esperaba una verdadera sorpresa. Allí estaba mi padre, de pie, serio y sonriente al mismo tiempo, con la inevitable pipa en la mano. Tuve un arranque de cólera contra el ejército, que se había equivocado en tal forma. En seguida comprendí que no podía ser mi padre, con aquel aspecto, tal corno yo lo recordaba desde la infancia.

—¿Michael? ¿Mike?

Él se echó a reír.

—¿Quién, si no? ¿Willy?

Mi hermano menor, ya maduro. No lo veía desde 1993, el año en que comencé la carrera universitaria. Por entonces tenía dieciséis años. Veinticuatro meses después estaba en la Luna por cuenta de la FENU.

—¿Ya te has cansado de la Luna? —le pregunté mientras cambiábamos un apretón de manos.

—¿Eh? ¡Oh, no, Willy! Todos los años paso uno o dos meses en tierra firme. Las cosas han cambiado mucho.

Cuando comenzaron a reclutar gente para ir a la Luna se sabía que sólo había un viaje de regreso, pues el combustible costaba demasiado como para permitir licencias.

Los tres nos sentamos en torno a una mesita baja de mármol; mamá nos ofreció cigarrillos de marihuana.

—¡Hay tantos cambios! —observé, antes de que comenzaran a hacerme preguntas—. Habladme de todo esto.

Mi hermano agitó las manos, riendo.

—¡Será una historia muy larga! ¿Dispones de un par de semanas?

Era obvio que no sabía cómo dirigirse a mí. Indudablemente ya no era el hermano mayor. ¿Qué era entonces? ¿Su sobrino?

—De cualquier modo Michael no es el más indicado para informarte —dijo mamá—. Los lunícolas hablan de la Tierra como las vírgenes del sexo.

—Vamos, mamá…

—Con entusiasmo e ignorancia.

Encendí uno de los cigarrillos e inhalé profundamente. Tenía un sabor dulce y extraño.

—Los lunícolas viven unas pocas semanas por año en la Tierra y pasan la mitad de ese período tratando de enseñarnos cómo se hacen las cosas.

—Posiblemente. Pero también pasamos la otra mitad observando. Objetivamente.

—Bueno, ya apareció el «objetivismo» de mi querido Michael —comentó mamá, recostándose hacia atrás con una sonrisa.

—Mamá, ya sabes que… ¡Oh, diablos, cambiemos de tema! Willy dispone de toda la vida para averiguar quién tiene razón.

Echó una calada a su cigarrillo, pero entonces noté que no inhalaba el humo.

—Háblanos de la guerra, hombre —me dijo—. Se dice que estuviste en la fuerza de choque que luchó frente a frente contra los taurinos.

—Sí. No fue gran cosa.

—Es cierto —observó Mike—. Dicen que se portaron como cobardes.

—Bueno, no tanto como eso —repliqué, mientras sacudía la cabeza para aclararla; aquella marihuana me estaba aturdiendo un poco—. Yo diría que no entendían muy bien de qué se trataba. Fue como una galería de tiro al blanco. Se pusieron en fila para que disparásemos.

—¿Cómo es posible? —dijo mamá—. Las noticias decían que habíais perdido a diecinueve compañeros.

—¿Dijeron que nos habían matado a diecinueve? Eso no es verdad.

—No lo recuerdo con exactitud.

—Bueno, en realidad perdimos a diecinueve compañeros, pero sólo cuatro cayeron ante el enemigo. Eso fue en la primera parte de la batalla, antes de que descubriéramos el modo de burlar sus defensas.

Decidí no explicarles cómo había muerto Chu; era demasiado complicado.

—De los otros quince —proseguí—, uno cayó bajo nuestros propios rayos láser. Perdió un brazo, pero sobrevivió. En cuanto a los otros… perdieron la razón.

—¿Por qué? ¿Algún arma de los taurinos? —preguntó Mike.

—Los taurinos no tuvieron nada que ver. Fue el ejército. Nos condicionaron para que tiráramos a matar sobre cualquier cosa viviente una vez que el sargento activara el condicionamiento con unas palabras clave. Cuando salimos de ese estado muchos no pudieron soportar el recuerdo. Se sentían carniceros.

Tuve que volver a sacudir la cabeza un par de veces. La droga me estaba haciendo mucho efecto. Me levanté con cierto esfuerzo y murmuré:

—Vais a tener que perdonarme. Llevo muchas horas en pie.

—Por supuesto, William.

Mamá me tomó por el codo para conducirme hasta un dormitorio y prometió despertarme a tiempo para las festividades de la noche. La cama era cómoda hasta la indecencia, pero yo habría podido dormir apoyado contra un árbol nudoso.

La fatiga, la droga, las excitaciones del día me habían agotado. Mamá tuvo que rociarme la cara con agua fría para despertarme. Después me condujo hasta un armario del que me indicó dos vestimentas como adecuadas para la ocasión. Escogí la de color rojo ladrillo, pues el tono azul pólvora me pareció muy afectado. Tomé una ducha y me afeité. Después de rechazar los cosméticos (Mike, que estaba hecho una muñeca, se ofreció para ayudarme), armado con la media página de instrucciones para llegar hasta la sede de la Asamblea General, salí de aquellas habitaciones.

Me perdí dos veces en el trayecto, pero en cada intersección de corredores había una pequeña computadora que proporcionaba instrucciones para llegar a cualquier parte, en catorce idiomas distintos.

En mi opinión las ropas masculinas habían dado un paso atrás. Desde la cintura hacia arriba la cosa podía pasar; se usaba una blusa apretada de cuello alto con una capa corta. Pero también un cinturón ancho y brillante, completamente inútil, del que colgaba una pequeña daga con incrustaciones de piedras preciosas, que quizá sirviera para abrir correspondencia. Los pantalones se fruncían en grandes pliegues, sujetos a algo más abajo de la rodilla por botas de tacón alto, de un material sintético brillante. Con un sombrero de plumas habría parecido un personaje de Shakespeare.

Las mujeres estaban mucho mejor. Me encontré con Marygay ante la sala de la Asamblea General.

—Tengo la impresión de estar completamente desnuda, William.

—Pero te queda muy bien. De cualquier modo es lo que se estila.

Casi todas las mujeres jóvenes con quienes me había cruzado llevaban un atuendo similar: era una simple camisa con grandes aberturas rectangulares a ambos lados, desde la sisa hasta el ruedo. Y el ruedo terminaba allí donde comienza la imaginación. El pudor exigía movimientos muy moderados y una gran fe en la electricidad estática.

—¿Has visitado este lugar? —preguntó, tomándose de mi brazo—. Entremos, conquistador[1].

Cuando hubimos traspuesto las puertas automáticas me detuve en seco: la sala era tan amplia que me pareció haber salido al exterior. El suelo tenía forma circular y medía más de cien metros de diámetro. Los muros se elevaban unos buenos sesenta o setenta metros hasta acabar en una cúpula transparente (recordé entonces haberla visto cuando aterrizábamos) sobre la cual danzaban y giraban grises copos de nieve. Las paredes eran de mosaico cerámico, con miles de figuras que representaban cronológicamente los progresos de la humanidad. No sé cuánto tiempo pasé contemplándolos.

Una vez cruzada la sala nos reunimos con los otros veteranos para tomar café. Era sintético, pero siempre mejor que la soja. Supe entonces con fastidio que ya no se cultivaba el tabaco en la Tierra, salvo en pequeñas cantidades. Algunas zonas habían prohibido su siembra a fin de dedicar más tierras a la producción de alimentos. El poco tabaco disponible era muy caro y por lo general de pésima calidad, pues había sido cultivado por aficionados en pequeños patios o en canteros de balcón. El único tabaco bueno provenía de la Luna; su precio resultaba… bueno, astronómico.

La marihuana, en cambio, era abundante y barata. En algunos países, como en Norteamérica, por ejemplo, el gobierno la producía y distribuía gratuitamente. Ofrecí un cigarrillo a Marygay, pero ella lo rechazó.

—Tendré que acostumbrarme poco a poco —dijo—. Hoy fumé uno y estuve a punto de quedar inconsciente.

—A mí me pasó lo mismo.

Un anciano de uniforme entró en el vestíbulo; su pecho era una vistosa ensalada de frutas formada por cintas, y los hombros se le vencían bajo el peso de las cinco estrellas. Sonrió cuando la mitad de los asistentes se levantó de un salto.

—Buenas noches, buenas noches —saludó, indicando con las manos que todo el mundo podía sentarse—. Me alegro de verles aquí y de que sean tantos.

¿Tantos? Éramos apenas la mitad del grupo inicial.

—Soy el general Gary Manker, jefe de personal de la FENU. Dentro de unos minutos pasaremos a la sala. Después de una breve ceremonia les dejaremos en libertad para descansar. Bien lo merecen. Pueden haraganear durante unos cuantos meses, recorrer el mundo, hacer lo que les plazca, mientras logren esquivar a los periodistas. Sin embargo, quisiera decirles antes unas pocas palabras sobre lo que ustedes tendrán deseos de hacer, cuando se cansen de las vacaciones y comiencen a quedarse sin dinero.

Era de esperar: lo mismo que el general Botsford nos había dicho en Puerta Estelar. «Necesitarán un empleo y pueden contar con éste.» Terminó diciendo que al cabo de pocos minutos vendría un ayudante para llevarnos al escenario y se marchó. Nos resultó muy divertido discutir, mientras tanto, los méritos de volver al ejército.

El ayudante resultó ser una joven muy bonita que no parecía tener mejor opinión de los militares. Supo manejarnos de modo que nos ordenáramos alfabéticamente y nos condujo hacia la sala. Los delegados que ocupaban las dos primeras hileras nos habían cedido los asientos. Yo ocupé el de «Cambia», desde donde escuché, sintiéndome muy incómodo, leyendas de heroísmo y sacrificios. El general Manker narraba hechos verídicos, pero sus palabras no eran precisamente las más adecuadas.

Después nos llamaron uno por uno; el doctor Ojukwu nos fue entregando una medalla de oro que pesaría más o menos un kilo. Después pronunció un pequeño discurso acerca de la humanidad unida en una causa común, mientras discretas cámaras holográficas nos enfocaban sucesivamente. Había que animar a los compatriotas. Finalmente desfilamos bajo oleadas de aplausos que nos parecieron de algún modo opresivas.

Como Mary gay no tenía parientes vivos la invité a que me acompañara y se acostara conmigo. Una verdadera multitud pululaba en torno a la entrada, por lo que optamos por emplear la otra, tomamos el primer ascensor que se presentó a la vista y nos perdimos por completo en una maraña de aceras móviles y ascensores. Al fin llegamos a casa, gracias a las pequeñas computadoras de las esquinas.

Ya había hablado con mamá sobre Marygay, diciéndole que probablemente la traería conmigo a mi regreso. Se saludaron con mutuo entusiasmo y después mamá nos dejó en la salita con un par de copas y fue a preparar la cena. Mike se reunió con nosotros.

—La Tierra va a pareceres terriblemente aburrida —dijo, después de un poco de conversación intranscendente.

—¿Te parece? —repliqué—. La vida militar no es precisamente estimulante. Cualquier cambio me parecerá…

—No conseguirás trabajo.

—En física no, ya lo sé. Un atraso de veintiséis años es como…

—No conseguirás ningún trabajo.

—Bueno, yo había pensado seguir el doctorado cuando volviera. Tal vez…

Mike meneó la cabeza.

—Deja terminar, William —dijo Marygay, agitándose inquieta—. Ha de saber algo que nosotros ignoramos.

Él acabó su bebida e hizo girar el pedazo de hielo en el fondo del vaso, mirándolo fijamente.

—Así es —dijo—. Veréis: la Luna está completamente copada por la FENU y su gente, tanto civiles como militares. Nuestro mayor entretenimiento consiste en recoger y transmitir rumores.

—Un antiguo pasatiempo militar.

—Aja. Bueno, me llegó un rumor sobre vosotros, los veteranos, y me tomé el trabajo de verificarlo. Era cierto.

—Me alegra saberlo.

—Ya te alegrarás.

Dejó el vaso y tomó un cigarrillo de marihuana, pero después de mirarlo volvió a guardarlo en su caja.

—La FENU hará cualquier cosa para conseguir que volváis al ejército. Ellos dominan el Banco de Empleos; podéis estar seguros que os considerarán demasiado instruidos o muy poco adiestrados para cualquier vacante que se produzca, con excepción de la de soldado.

—¿Estás seguro? —preguntó Marygay.

Ambos conocíamos demasiado bien a aquella gente como para afirmar que no podían hacernos algo así.

—Pondría las manos en el fuego por lo que digo. Tengo un amigo en la división lunar del Banco de Empleos. Él me enseñó la orden; está redactada con mucha diplomacia, pero dice «absolutamente sin excepciones».

—Tal vez cuando termine los estudios…

—Ni siquiera podrás ingresar en la facultad. No podrás satisfacer todas las normas y requisitos. Si tratas de insistir dirán que eres demasiado viejo. ¡Diablos, si yo, con mi edad, no pude entrar en un programa de doctorado…!

—Comprendo. Yo soy dos años mayor.

—Efectivamente. Puedes elegir: o te pasas la vida de permiso o vuelves a ser soldado.

—Ni pensarlo —replicó Marygay—. Permiso perpetuo.

—Si hay cinco o seis billones de parados que viven decentemente sin profesión —concordé—, también yo puedo hacerlo.

—Pero ellos siempre han vivido así —observó Mike—. Y quizá no vivan tan decentemente como crees. La mayoría no hace sino doparse con la hierba y mirar holo todo el día. Comen lo estrictamente necesario para reponer las calorías gastadas. Carne, una vez por semana. Incluso para los que están en Clase 1.

—Eso no será ninguna novedad —afirmé—. Me refiero a la comida. Así nos alimentaban en el ejército. En cuanto a lo demás, tal como has dicho, Marygay y yo no estamos habituados a eso; no creo que nos quedemos todo el día mirando un aparato y aturdiéndonos.

—Yo pinto —comentó Marygay—. Siempre quise tener tiempo para dedicarme a eso hasta convertirme en una buena pintora.

—Y yo puedo seguir estudiando física, aunque no sea para obtener un título. Y dedicarme a la música, a la literatura o…

Y concluí, volviéndome hacia Marygay:

—… o cualquiera de las cosas que comentó el sargento, allá en Puerta Estelar.

—Únase al Nuevo Renacimiento —dijo mi hermano, sin inflexiones de voz, mientras encendía su pipa.

Era tabaco. Olía deliciosamente. Seguramente reparó en mi gula, pues exclamó:

—¡Oh, disculpa! ¡Qué modo de atender a las visitas!

Sacó algunos papeles de una bolsa y preparó un cigarrillo perfecto.

—Toma. ¿Quieres tú, Marygay?

—No, gracias. Si es tan difícil de conseguir como dicen, prefiero no habituarme de nuevo.

Él, asintiendo, volvió a encender la pipa.

—Esto nunca le hizo bien a nadie. Es mejor adiestrar la mente y saber relajarse sin su ayuda.

Y preguntó, volviéndose hacia mí:

—¿El ejército os ha mantenido inmunizados contra el cáncer?

—Por supuesto. No pueden permitir que muramos de un modo tan poco militar.

Encendí el largo y esbelto cigarrillo y lo probé:

—Buen material.

—Mucho mejor que el terrestre. La marihuana selenita también es mejor. No marea tanto.

En ese momento entró mamá y se sentó con nosotros.

—La cena estará lista dentro de unos minutos. Ya oí que Michael está haciendo otra vez comparaciones injustas.

—¿Qué es lo injusto? Con un par de cigarrillos terráqueos uno queda hecho un zombie.

—Permíteme corregir: tú quedas así, porque no estás habituado.

—De acuerdo, de acuerdo. Y los niños no deben discutir con mamá.

—Cuando tiene razón, no —replicó ella, aunque sin muestras de jocosidad—. ¡Bueno! ¿Os gusta el pescado, niños?

Hablamos del hambre que teníamos y el tema pareció bastante inofensivo. Pocos minutos después nos reunimos en torno a un enorme pez mexicano a la parrilla, servido sobre un colchón de arroz. Era la primera comida de verdad que Marygay y yo probábamos en veintiséis años.

8

El día siguiente, como todos los demás, me hicieron una entrevista por cubo. Fue una experiencia desilusionante.

Comentarista: Sargento Mandella, usted es uno de los soldados más condecorados por la FENU (cierto: todos habíamos recibido un puñado de cintas en Puerta Estelar). Usted participó en la famosa campaña de Aleph, el primer contacto con los taurinos, y acaba de regresar de un ataque a Yod-4.

Yo: Bueno, no se le puede llamar…

Comentarista: Antes de hablar de Yod-4, podría darnos su opinión personal sobre el enemigo, pues al público le resultará muy interesante conocer las impresiones de quien lo ha visto cara a cara. Son horripilantes, ¿verdad?

Yo: Bueno, sí; creo que todos han visto las fotografías. Lo único que no se ve en ellas es la textura de la piel. Es rugosa como la de una lagartija, pero de color anaranjado.

Comentarista: ¿Tienen algún olor especial los taurinos?

Yo: ¿Olor? No tengo la menor idea. Cuando uno está dentro de un traje espacial no siente otro olor que el propio.

Comentarista: ¡Ja, ja! Comprendo. Lo que quiero saber, sargento, es cómo se sintió usted la primera vez que vio al enemigo. ¿Miedo, asco, cólera, qué?

Yo: Bueno, la primera vez sí, sentí miedo, y asco también. Miedo, sobre todo. Pero eso fue antes de la batalla, cuando vimos pasar a un taurino solitario en un artefacto volador. Durante la batalla estábamos bajo la influencia del condicionamiento de odio, pues en la Tierra nos habían sometido a un tratamiento hipnótico cuyos efectos se manifestaban al oír cierta frase. Entonces no sentimos gran cosa, con excepción de esa furia artificial.

Comentarista: Les despreciaban, ¿verdad?, y no tuvieron piedad alguna.

Yo: Exacto. Los asesinamos a todos, aunque no trataron siquiera de defenderse. Pero cuando cesó el efecto del condicionamiento… Bueno, nos parecía imposible haber sido capaces de cometer semejante carnicería. Catorce de nosotros quedaron dementes y los demás pasamos varias semanas con drogas tranquilizantes.

Comentarista: ¡Ah! —(echó una mirada de soslayo hacia un lado): ¿A cuántos mató usted personalmente?

Yo: A quince o veinte; no lo sé. Como ya le he dicho no teníamos dominio sobre nuestras acciones. Fue una masacre.

Durante toda la entrevista el locutor parecía algo insistente y me obligaba a repetir muchas cosas. Aquella noche descubrí por qué.

Marygay y yo estábamos mirando el cubo con Mike; mamá había salido para hacerse colocar unos dientes postizos, pues los dentistas de Ginebra tenían fama de ser mejores que los norteamericanos. Mi entrevista figuraba en un programa llamado Potpourri, entre una película documental sobre los hidropónicos lunares y un concierto, dado por un ejecutante que afirmaba ser capaz de tocar la Doble Fantasía en Do Mayor de Telemann con la armónica. Dudo que alguien más estuviera contemplando aquello, en Ginebra o en cualquier lugar del mundo.

Debo confesar que la película sobre los hidropónicos era muy interesante y que el de la armónica resultó un verdadero virtuoso, pero lo que pusieron en medio fue una mera sarta de tonterías.

Comentarista: ¿Qué olor tienen?

Yo (fuera de cámara): Un olor horrible, mezcla de verduras podridas con sulfuro hirviendo. Se filtra por los ventiletes de salida del traje espacial.

Me había hecho hablar todo lo posible para obtener un amplio espectro de sonidos, con los cuales fraguar después cualquier tontería en respuesta a sus preguntas.

—¿Cómo diablos pueden hacer algo así? —le pregunté a Mike, al terminar el espectáculo.

—No les juzgues con demasiada severidad —observó Mike, mientras contemplaba las cuatro imágenes del músico, que tocaba cuatro armónicas distintas—. Todos los medios de comunicación están bajo la censura de la FENU. Hace diez o doce años que en la Tierra no se reciben informaciones objetivas con respecto a la guerra. Puedes considerarte afortunado por que no te hayan sustituido directamente por un actor para hacerle representar un libreto dado.

—¿En la Luna pasa lo mismo?

—Con respecto a las comunicaciones públicas, sí. Pero como todo el mundo está vinculado a la FENU resulta muy fácil descubrir cuándo nos mienten.

—Eliminó por completo lo que dije sobre el condicionamiento.

—Es comprensible —respondió Mike, encogiéndose de hombros—. Necesitan héroes, no autómatas.

La entrevista de Marygay salió al aire una hora después; a ella le habían hecho lo mismo. Todas sus frases contra la guerra o contra el ejército fueron eliminadas; en esas ocasiones el cubo mostraba un primer plano de la periodista, que asentía sabiamente mientras una notable imitación de la voz de Marygay respondía falsedades inventadas.

La FENU nos había otorgado cinco días de alojamiento y comida pagados en Ginebra. Como aquella ciudad parecía un punto adecuado para iniciar la exploración de la nueva Tierra, a la mañana siguiente conseguimos un mapa (era un libro de un centímetro de grosor) y bajamos en el ascensor hasta la planta baja, decididos a recorrerla desde allí hasta el techo sin perdernos nada.

La planta baja era una extraña mezcla de historia e industria pesada. La base del edificio cubría una gran parte de lo que antiguamente había sido la ciudad de Ginebra; muchos edificios estaban aún allí. Sin embargo todo era ajetreo y ruido. Grandes transportes venían rugiendo desde el exterior, entre nubes de nieve; las barcazas se balanceaban contra los muelles (el Ródano pasaba por el medio de aquella enorme construcción) y hasta algunos pequeños helicópteros volaban de un lado a otro, coordinándolo todo, esquivando los montones y los contrafuertes que sostenían el cielo gris del piso siguiente, a cuarenta metros de altura.

Aquello era extraordinario, maravilloso; habríamos podido pasar horas enteras contemplándolo, pero sólo llevábamos capas ligeras contra el viento frío. Decidimos volver cualquier otro día con ropas de más abrigo.

La planta siguiente, en desafío a toda lógica, se llamaba «primer piso». Marygay me explicó que los europeos habían numerado siempre de ese modo los edificios (cosa extraña; yo, que había estado a mil años-luz de Nuevo México, visitaba por primera vez la otra orilla del Atlántico). Allí estaba el cerebro del organismo: los burócratas, los analistas del sistema y los obreros criogénicos. Nos detuvimos en una gran sala silenciosa que olía a vidrio. Una de las paredes estaba formada por un enorme holocubo en el que se veía el gráfico de organización de Ginebra; era una pirámide de líneas anaranjadas en forma de red, con miles de nombres en las intersecciones, desde el mayor que la encabezaba hasta la gente del «corredor de seguridad», que constituía la base. A medida que esas personas morían o recibían un ascenso, los nombres se iban apagando para ser reemplazados por otros. Aquella forma reluciente y siempre alterada parecía el sistema nervioso de alguna fantástica criatura. Y en cierto sentido lo era.

En la pared opuesta se abría una ventana que daba a una gran habitación llamada Kontrollezimmer, según la placa identificadora. Detrás del vidrio trabajaban cientos de técnicos, instalados en columnas e hileras, cada uno con un pupitre dotado de un holocubo semiplano rodeado por llaves e indicadores. La atmósfera reinante parecía atareada, casi eléctrica; muchos tenían micrófonos y auriculares puestos y hablaban con algún otro técnico mientras tomaban notas en ciertas libretas u operaban las llaves circundantes. Otros repiqueteaban sobre los tableros con los auriculares colgados del cuello. Unos pocos asientos estaban vacíos; sus ocupantes caminaban por entre las hileras con aire de importancia. Una bandeja automática con servicio de café pasaba lentamente por una fila y bajaba por la siguiente. A través del vidrio nos llegaba apenas un leve susurro de lo que allí dentro debía ser una verdadera conmoción.

Había otras dos personas en el vestíbulo, y como les oímos decir que irían a ver el «cerebro», las seguimos por un largo corredor que desembocaba en otra zona de observación, bastante pequeña comparada con la anterior, desde donde se veían las computadoras que mantenían a Ginebra en marcha. La única iluminación de aquel vestíbulo era la débil luz, fría y azulada, que provenía del cuarto inferior.

También el recinto de computación era pequeño en comparación con el otro: su tamaño era aproximadamente el de un campo de béisbol. Las máquinas eran cajas grises de diversos tamaños, sin rasgos distintivos, conectadas entre sí por un laberinto de túneles de vidrio en los que cabría un hombre, provistos de esclusas de aire a intervalos regulares. Era obvio que ese sistema permitía el acceso a un elemento por vez, en caso de reparaciones, mientras el resto del recinto permanecía a una temperatura cercana al cero absoluto para facilitar la superconductividad.

Aunque allí no existían la actividad nerviosa del cuarto de control ni el bullicio de la planta baja, el recinto de computación era aún más impresionante, a pesar de su inmovilidad: allí se percibía la presencia de vastos, desconocidos poderes bajo dominio; era un templo consagrado al orden, a la inteligencia. La otra pareja nos dijo que en ese piso no había otra cosa de interés, salvo salas de reuniones, oficinas y funcionarios atareados. Volvimos al ascensor para subir al segundo piso, donde estaba el centro comercial.

Allí nos fue muy útil el libro de mapas. Aquella zona contenía cientos de negocios y «mercados al aire libre», dispuestos en una formación rectangular; las aceras móviles comunicantes los separaban en bloques según su función. Marygay y yo nos dirigimos al paseo central, que resultó ser una caprichosa reconstrucción de cierta aldea medieval. Había en ella una iglesia barroca cuya cúpula, por ilusión holográfica, se extendía hasta los pisos tercero y cuarto; los murales de mosaico mostraban escenas religiosas primitivas y los adoquines formaban esquemas intrincados. Una fuente lanzaba agua por las bocas de unas monstruosas cabezas. Compramos un racimo de uvas en una verdulería al aire libre (la ilusión se quebró cuando tomó una tarjeta de calorías y selló mi libreta de raciones) y recorrimos las angostas aceras de ladrillo, que nos parecieron encantadoras. Me alegré de que la Tierra tuviera aún tiempo, recursos y energía para esa clase de cosas.

Allí se podía comprar una asombrosa variedad de objetos y servicios, pero, aunque disponíamos de dinero en abundancia, habíamos perdido ya el hábito de comprar cosas; por otra parte no sabíamos cuánto tiempo debía durarnos lo ganado. (En realidad la suma era grande, a pesar de lo dicho por el general Botsford. El padre de Rogers era, al parecer, un excelente abogado especialista en impuestos, y ella había hecho correr la voz de que sólo debíamos pagar por nuestro ingreso anual de promedio. Por mi parte, liquidé todo el asunto con 280.000 dólares.)

Nos saltamos el tercer piso, ocupado en su mayor parte por comunicaciones, porque ya lo habíamos recorrido el día anterior mientras nos dirigíamos a nuestras respectivas entrevistas. Sentí deseos de hablar con la persona que había recompuesto mis frases, pero Marygay me convenció de que sería totalmente inútil hacer eso.

La montaña artificial de Ginebra está escalonada como un pastel de bodas; la planta baja y los tres primeros pisos miden alrededor de un kilómetro de diámetro y unos trescientos metros de altura; los pisos siguientes, desde el cuarto hasta el trigésimo segundo, tienen la misma altura, pero la mitad de ese diámetro. Desde allí hasta el piso setenta y dos se eleva un cilindro de trescientos metros de diámetro por ciento veinte de altura.

El cuarto piso, al igual que el trigésimo tercero, está constituido por un parque con árboles, arroyos y animales pequeños. Las paredes son transparentes y permanecen abiertas cuando el tiempo es bueno; la «plataforma», es decir, el techo del tercer piso, está cultivada en la forma de un bosque espeso. Descansamos un rato junto a un estanque, mirando a los que nadaban y arrojando trocitos de uva a los pececillos.

Algo me estaba preocupando a nivel subliminal desde nuestra llegada a Ginebra. De pronto, al verme rodeado por tanta gente agradable, comprendí de qué se trataba.

—Marygay —observé—, aquí nadie es infeliz.

—¿Quién podría sentirse melancólico en un lugar como éste? —respondió ella, sonriendo—. Tantas flores y…

—No, no me refería a toda Ginebra. ¿Has visto a alguien que pareciera disconforme con el sistema de vida? ¿Quién…?

—Tu hermano.

—Sí, pero él también es forastero. Fíjate, en cambio, en los comerciantes, los trabajadores y la gente que nos rodea.

Ella pareció pensativa.

—No me había fijado —dijo—. Tal vez tengas razón.

—¿Y no te parece extraño?

—No es común, pero…

Arrojó un grano de uva entero al agua y los pececillos se dispersaron de inmediato.

—¿Recuerdas lo que dijo aquel sargento homosexual? —prosiguió—. Detectan y corrigen las tendencias antisociales a edad muy temprana. ¿Y qué persona racional no se sentiría feliz aquí?

—La mitad de estas personas carece de trabajo —bufé— y casi todos los demás realizan tareas artificiales de las que se podría prescindir o que podrían estar a cargo de máquinas.

—Pero no les faltan alimentos ni cosas en las que ocupar la mente. Hace veintiséis años no era así.

—Tal vez —repliqué, sin ganas de discutir—. Supongo que tienes razón.

De cualquier modo aquello me seguía preocupando.

9

Pasamos el resto de la jornada y el día siguiente en la sede de las Naciones Unidas (verdadera capital de mundo), que ocupaba todo el cilindro superior de Ginebra. Habríamos tardado semanas enteras en recorrerla por completo. ¡Diablos!, hacían falta siete u ocho días para visitar tan sólo el Museo de la Familia del Hombre. Cada país tenía un local propio donde se vendían artículos regionales y a veces también un restaurante donde se servían platos típicos. Aquello me alegró, pues temía que se hubiera perdido la identidad de cada país, dando origen a un mundo muy ordenado pero de escasa variedad.

Marygay y yo estudiamos un itinerario de viaje mientras recorríamos las Naciones Unidas. Decidimos volver a Estados Unidos y buscar una residencia para salir después en un viaje de dos semanas. Cuando pedí consejo a mamá sobre el modo de conseguir un apartamento, la noté extrañamente turbada, tal como había ocurrido con el sargento Siri. Pero dijo que se encargaría de ver lo que hubiera disponible en Washington, ya que emprendía el regreso al día siguiente; mi padre había tenido trabajo allí, y tras su muerte mamá no halló razones para mudarse.

Cuando interrogué a Mike sobre esa reticencia en cuestiones de alojamiento, me explicó que se trataba de resabios dejados por los años caóticos transcurridos entre los motines del hambre y la Reconstrucción. La falta de techo hizo que, aun en países anteriormente prósperos, una habitación debiera ser compartida por dos familias. Al fin intervinieron las Naciones Unidas; al principio lanzaron una campaña publicitaria; después implantaron un condicionamiento masivo, para reforzar la idea de que la virtud exigía vivir en un lugar tan reducido como fuera posible, afirmando que era pecado hasta el deseo de vivir solo o en un apartamento de muchas habitaciones. Además, no se hablaba de esos temas.

Mucha gente mantenía aún resabios de ese condicionamiento, aunque lo habían borrado hacía más de una década. En varios niveles sociales se consideraba todavía descortés, imperdonable o al menos bastante atrevido hablar de eso.

Mamá volvió a Washington; Mike, a la Luna. Marygay y yo pasamos en Ginebra un par de días más.

Bajamos del avión en Dulles y desde allí tomamos un monorriel hasta Rifton, la ciudad satélite donde vivía mamá. Su pequeñez resulta refrescante por comparación con la vasta Ginebra, aunque se hallaba extendida en un área mayor. Era una mezcla agradablemente diversa de distintos edificios; sólo un par de ellos contaban con muchos pisos. Todos estaban agrupados en torno a un lago y rodeados de árboles. Una acera móvil los conectaba con la mayor parte de las construcciones, una especie de cúpula donde estaban los comercios, escuelas y oficinas. Allí encontramos una guía que nos indicó la manera de llegar al domicilio de mamá: un doble piso sobre el lago.

En vez de emplear la acera móvil cubierta caminamos junto a ella, aspirando el aire frío que olía a hojas caídas. La gente que pasaba al otro lado del plástico ponía mucho cuidado en no mirar con fijeza.

Mamá no acudió a nuestra llamada, pero la puerta no estaba cerrada. Era un apartamento muy cómodo y espacioso, al menos para nosotros, que estábamos acostumbrados a las limitaciones de las naves espaciales; el abundante moblaje databa del siglo xx. Al descubrir que mamá estaba dormida en su cuarto, Marygay y yo nos instalamos en la sala para leer un rato. De pronto nos sobresaltó un fuerte ataque de tos proveniente del dormitorio. Corrí hacia allí y llamé a la puerta.

—¿William? No sabía que…

Más toses.

—… Entra; no sabía que estabas…

La encontré incorporada en el lecho, con la luz encendida, rodeada de panaceas diversas. Estaba pálida, ojerosa y envejecida. Encendió un cigarrillo de marihuana que pareció calmarle la tos.

—¿Cuándo habéis llegado? No sabía que…

—Hace unos minutos. ¿Cuánto hace que tienes… que estás así?

—Oh, es sólo algún microbio que atrapé en Ginebra. Pasará en dos o tres días.

Cuando le volvió la tos vi que tomaba un liquido rojo y espeso de una botella que mostraba la etiqueta de los medicamentos patentados de venta libre.

—¿Te has hecho examinar por un médico?

—¿Médico? Cielos, no, Willy. No hay… No es serio, note…

—¿Que no es serio?

¡A los ochenta y cuatro años!

—¡Por el amor de Dios, mamá! —protesté mientras iba hacia la cocina para buscar el teléfono.

Con alguna dificultad logré comunicarme con el hospital. En el cubo se formó la imagen de una muchacha fea, de unos veinte años.

—Enfermera Donalson, servicios generales.

Exhibía una sonrisa inmutable de simpatía profesional, pero allí todo el mundo se pasaba el día sonriendo.

—Mi madre necesita atención médica. Tiene…

—Nombre y número, por favor.

—Bette Mandella.

Tras deletreárselo pregunté:

—¿De qué número se trata?

—Número de servicios médicos, naturalmente —respondió ella, sin dejar de sonreír.

Fui al dormitorio para preguntarle el número a mamá, pero dijo que no lo recordaba.

—No importa, señor; sin duda hallaré su registro.

Volvió la sonrisa hacia un tablero que tenía ante sí y marcó un código.

—Bette Mandella —repitió, mientras el gesto se le tornaba burlón—. ¿Y usted es hijo suyo? Ella debe de tener más de ochenta años.

—Por favor, se trata de un asunto complicado. Pero ella necesita un médico.

—¿Está bromeando?

—¿Cómo «bromeando»?

La tos proveniente del otro cuarto iba de mal en peor.

—Oiga —insistí—, esto puede ser grave, tiene que…

—Pero señor, la señora Mandella ingresó en la categoría de prioridad cero en 2010.

—¿Y eso qué diablos significa?

—¡Seeñor! —exclamó ella, ya endurecida la sonrisa.

—Oiga, supongamos que vengo de otro planeta. ¿Qué es esa categoría de prioridad cero?

—Otro… ¡Oh, ya lo reconozco!

Miró hacia la izquierda y llamó:

—Sonia, Sonia, ven un segundo. No te imaginas quién…

Otra cara acabó de llenar el cubo; era una rubia cuya sonrisa duplicaba exactamente la de la otra enfermera.

—¿Recuerdas que le vimos esta mañana en el estático?

—¡Oh, sí! —exclamó ella—. Es uno de los soldados. ¡Vaya, esto es maravilloso, realmente maravilloso!

La cabeza se retiró.

—¡Oh, señor Mandella! —dijo la primera muchacha, efusivamente—. Ahora me explico por qué estaba tan confundido. En realidad es muy simple.

—¿De qué se trata?

—Es parte del Sistema de Servicio Médico Universal. Todo el mundo entra en esa categoría al cumplir los setenta años; el registro se hace automáticamente en Ginebra.

—¿Y qué significa eso?

Pero la fea verdad estaba a la vista.

—Bueno, indica la importancia de una persona y qué tipo de tratamiento le corresponde. Quienes están en la categoría tres tienen los mismos derechos que todo el mundo; la clase dos merece además cierta prolongación de la vida…

—Y la clase cero no recibe ninguna clase de tratamiento.

—Exacto, señor Mandella.

En su sonrisa no había siquiera un destello de comprensión o de pena.

—Gracias.

Corté la comunicación. Marygay, de pie detrás de mí, lloraba silenciosamente con la boca abierta.

En un negocio de artículos para deportes adquirí oxígeno para alpinista; también conseguí algunos antibióticos en el mercado negro, por medio de cierto personaje al que conocí en un bar de Washington. Pero el estado de mamá ya no respondía a un tratamiento de aficionados. Vivió cuatro días más. Los del crematorio exhibían la misma sonrisa estereotipada.

Traté de comunicarme telefónicamente con Mike, pero la compañía no me permitió efectuar la llamada mientras no hube firmado un contrato y enviado un giro por veinticinco mil dólares. Tuve que conseguir una transferencia de fondos desde Ginebra y los trámites me ocuparon todo un día. Cuando al fin pude hablar con él le dije, sin más preámbulos:

—Mamá ha muerto.

Las ondas de radio tardaron una fracción de segundo en llegar a la Luna y otra fracción en volver. Mi hermano hizo un gesto de sorpresa, pero en seguida asintió lentamente:

—No me extraña. Hace diez años que me pregunto si la encontraré con vida cada vez que bajo a la Tierra. Ninguno de los dos tenía dinero suficiente como para que pudiéramos ponernos en contacto con frecuencia.

Ya en Ginebra nos había dicho que el franqueo de una carta, de la Luna a la Tierra, costaba cien dólares… más cinco mil de impuestos. Eso favorecía muy poco las comunicaciones con quienes las Naciones Unidas consideraban un grupo de anarquistas, por desgracia indispensables.

Nos lamentamos juntos durante un rato. Al final Mike dijo:

—Willy, la Tierra no es lugar adecuado para ti y Marygay; a esta altura ya os habréis dado cuenta.

Venid a la Luna, donde todavía nos consideramos individuos. Aquí no arrojamos a la gente por la ventana en cuanto cumplen los setenta años.

—Tendríamos que volver a enrolarnos en la FENU.

—Es cierto, pero sin necesidad de combatir. Dicen que os necesitan. Sobre todo para adiestramiento. Podrías estudiar en el tiempo libre y ponerte al día con la física. ¡Quién sabe! Tal vez algún día puedas dedicarte a la investigación.

Hablamos tres minutos en total. Me devolvieron mil dólares.

Marygay y yo discutimos el asunto durante la noche. Tal vez habríamos llegado a una solución distinta si no hubiéramos estado allí, rodeados por la vida y la muerte de mi madre. Pero cuando llegó la aurora, aquella ambiciosa, cauta y orgullosa ciudad de Rifton se nos antojó siniestra y llena de malos presagios.

Empaquetamos nuestras pertenencias, hicimos transferir nuestros fondos a la Unión de Crédito Tycho y tomamos un monorriel hasta El Cabo.

10

—Por si esto les interesa, no son ustedes los únicos veteranos de guerra que han decidido regresar. El oficial de reclutamiento era una teniente musculosa de género indeterminado. Lancé mentalmente una moneda al aire y salió cruz.

—Mi única información —dijo la teniente, con su áspera voz de tenor— es que hay otros nueve. Todos han escogido la Luna… Tal vez se encuentren allí con algunos viejos amigos.

Nos extendió dos formularios simples por encima del escritorio e indicó:

—Firmen esto y volverán a estar enrolados con el grado de teniente segundo.

El formulario era una simple solicitud de reincorporación a las tareas activas; en realidad nunca habíamos salido de la FENU, puesto que la Ley de Reclutamiento Escogido había sido prorrogada, pero estábamos en condición pasiva. Revisé el papel con atención.

—Aquí no se mencionan las garantías que se nos prometieron en Puerta Estelar.

—¿Qué garantías? —preguntó la mujer, con la sonrisa blanda y mecánica de los terráqueos.

—Se nos garantizó que podríamos escoger libremente el destino. Aquí no dice nada sobre eso.

—No es necesario. La Fuerza va a…

—Por mi parte lo creo necesario, teniente —indiqué, devolviéndole el formulario sin vacilar.

Marygay me imitó.

—Permítanme hacer algunas averiguaciones.

Se levantó del escritorio y desapareció en el interior de una oficina. Pasó un rato hablando por teléfono y después oímos el tableteo de una máquina de escribir, regresó con las dos hojas, en las que había escrito, debajo de nuestros nombres:

SE GARANTIZA ELECCIÓN DE BASE (LUNA) Y DE PUESTO (ESPECIALISTA EN ADIESTRAMIENTO PARA EL COMBATE.

Tras un examen físico completo nos tomaron las medidas para hacernos nuevos trajes de batalla. A la mañana siguiente tomamos el primer vehículo lanzadera hacia órbita y disfrutamos de algunas horas de caída libre mientras trasladaban la carga a un extraño vehículo taquiónico, parecido a una araña; finalmente salimos rumbo a la Luna y nos instalarnos en la base Grimaldi.

En la puerta de la sala para oficiales en tránsito, algún bromista había escrito: «Abandonad toda esperanza los que aquí entráis.» Buscarnos el cubículo doble que nos habían asignado y empezamos a cambiarnos para comer. En ese momento sonaron dos golpes a la puerta.

Abrí; me quedé mirando fijamente al sargento que me saludaba, antes de recordar que era ya oficial y devolverle el saludo. Me entregó dos faxes idénticos, de los cuales di uno a Marygay. Creo que nuestros corazones se detuvieron simultáneamente:

**ÓRDENES ** ÓRDENES ** ÓRDENES ** ÓRDENES**

EL PERSONAL NOMBRADO A CONTINUACIÓN:

Mandella William Tte. 2.° (11 575 278) COCOMM D Co. GRITRABN y

Potter Marygay Tte. 2.° (17 386 907) COCOMM B Co. GRITRABN

SON POR LA PRESENTE REASIGNADOS A:

Tte. 2.° Mandella: PLCOMM 2.° PL Fuerza choque THETA PUERTA ESTELAR.

Tte. 2.° Potter: PLCOMM 3.° PL Fuerza choque THETA PUERTA ESTELAR.

DESCRIPCIÓN DE PUESTO:

comandar pelotón de infantería en campaña Tet-2

EL PERSONAL ARRIBA NOMBRADO SE PRESENTARÁ INMEDIATAMENTE AL BATALLÓN DE TRANSPORTE GRIMALDI PARA SER TRASLADADO A NUEVO PUESTO.

DADO EN PUERTA ESTELAR TACBD -1298-8684-1450/4 diciembre 2024 PE

POR AUT Mando Fuerza Choque Comandante

**ÓRDENES ** ÓRDENES ** ÓRDENES ** ÓRDENES**

—No han perdido tiempo, ¿verdad? —observó amargamente Marygay.

—Deben ser órdenes previas. El comando de la Fuerza de Choque no sabe siquiera que nos hemos reenganchado; están a semanas-luz de distancia.

—¿Y qué ha pasado con…?

Marygay dejó perderse el resto de la frase. La garantía.

—Bueno, nos han dado el destino que queríamos. Nadie nos garantizó que lo conserváramos durante más de una hora.

—¡Es tan sucio!

—¡Es tan del ejército! —repliqué, encogiéndome de hombros.

Pero tenía dos sensaciones perturbadoras: que desde el principio esperábamos algo así, y que volvíamos al hogar.

PARTE III

TENIENTE MANDELLA

2024–2389

1

—Rápido y sucio.

Estaba mirando a Santesteban, el sargento de mi pelotón, pero en realidad hablaba conmigo mismo. Y con cualquiera que estuviera escuchando.

—Sí —respondió él—. Hay que hacerlo en los dos primeros minutos o nos envuelven.

Era directo y lacónico; estaba drogado. La recluta Collins se acercó en compañía de Halliday; la pareja iba tomada de la mano, sin la menor timidez.

—¿Teniente Mandella? —me preguntó con voz quebrada—. ¿Podemos retrasarnos un minuto?

—Sólo uno —contesté, con demasiada brusquedad—. Dentro de cinco minutos debemos partir. Lo siento.

Era duro contemplar la escena. No tenían experiencia previa en el combate, pero sabían lo que todos sabíamos: que tendrían muy pocas probabilidades de volver a reunirse.

Buscaron el refugio de un rincón, murmurando palabras y ensayando mecánicas caricias, sin pasión, sin consuelo siquiera. A Collins le brillaban los ojos, pero no sollozaba. Halliday tenía una expresión sombría y aturdida. Era, con mucho, la más bonita de las dos, pero todo encanto la había abandonado, dejando sólo una cáscara vacía y bien formada.

En los meses transcurridos desde que abandonáramos la Tierra había terminado por acostumbrarme a la homosexualidad femenina; ni siquiera me molestaba ya la idea de que perdía dos posibles compañeras. Pero aún me estremecía al ver la misma actitud entre dos hombres.

Ajusté las correas y retrocedí hacia el traje, abierto como una ostra. Los nuevos modelos eran mucho más complicados, pues estaban llenos de artefactos biométricos y dispositivos para casos de herida traumática. Sin embargo, bien valían el trabajo que suponía conectarlos, sobre todo cuando uno se despedazaba un poco en alguna explosión. En ese caso nos mandaban de regreso a casa con una prótesis heroica y una cómoda pensión. Hasta se hablaba de la posibilidad de regeneración, al menos para brazos y piernas. Ojalá lo consiguieran pronto, antes de que Paraíso se llenara de hemipersonas. Paraíso era el nuevo planeta dedicado a hospital y lugar de descanso y diversión.

Concluí la secuencia de conexión y el traje se cerró por su cuenta, mientras yo apretaba los dientes en espera del dolor, que jamás se presentaba, al entrar en el cuerpo los sensores internos y los tubos de fluido. Se trataba de un condicionamiento que evitaba el contacto neural, de modo que uno sentía tan sólo una ligera dislocación desconcertante, no la muerte de mil punzadas.

Collins y Halliday estaban poniéndose los trajes; como los otros ya habían casi terminado, me dirigí a la zona del tercer pelotón para despedirme de Marygay. Estaba ya vestida y venía en dirección a mí. En vez de emplear la radio tocamos los cascos para conversar en privado.

—¿Te sientes bien tesoro?

—Perfectamente —dijo ella—. He tomado una píldora.

—Sí, la píldora de la felicidad.

Yo también había tomado una; decían que producía optimismo sin interferir en la capacidad de juicio. Sabía que casi todos nosotros íbamos a morir, pero eso no me parecía una mala perspectiva.

—¿Quieres hacer el amor conmigo esta noche?

—Si sobrevivimos los dos… —dijo, neutral-mente—. Para eso también tengo que tomar una píldora.

Trató de reír y aclaró:

—Para dormir, por supuesto. ¿Cómo lo toman los novatos? Tienes diez, ¿verdad?

—Diez, sí; están bien. Drogados de la cabeza a los pies, con cuatro dosis.

—Yo también hice lo mismo. Trata de no apretarles demasiado las clavijas.

En realidad, Santesteban era el único veterano de combate de mi pelotón; los cuatro cabos llevaban algún tiempo en la FENU, pero nunca habían estado en una batalla.

Crujió el micrófono de mi pómulo con la voz del comandante Cortez:

—Dos minutos. Que su gente se forme.

Me despedí de Marygay y regresé para preparar a mi bandada. Todos parecían haberse vestido sin problemas, de modo que les hice formar. Aguardamos un rato que nos pareció muy largo.

—Bien, hágales subir.

Con la palabra «subir» se abrió la puerta del compartimiento (en la zona de estacionamiento ya se había evacuado todo el aire) y conduje a mis soldados hacia la nave de asalto.

Los nuevos vehículos eran verdaderamente horribles. Consistían sólo en un armazón descubierto con palancas para que cada uno se sujetara en su lugar, rayos láser giratorios en proa y popa y pequeñas plantas energéticas taquiónicas debajo de ellos. Todo era automático; la máquina descendería lo antes posible y se alejaría para hostilizar al enemigo. Se trataba de un vehículo teledirigido descartable tras haber sido utilizado una sola vez. El que vendría a recogemos en el caso de que sobreviviéramos, bastante más bonito, estaba también en su sitio, junto al otro.

Cada uno tomó asiento en su puesto; la nave de asalto partió de la Sangre y Victoria[2] con dos chorros gemelos de sus eyectores de despegue. La voz de la máquina inició una breve cuenta regresiva; finalmente despegamos a cuatro gravedades de aceleración, directamente hacia abajo.

El planeta era un trozo de roca negra que ni siquiera merecía un nombre; no tenía ninguna estrella normal lo bastante cerca como para darle calor.

Al principio resultaba visible sólo por la ausencia de estrellas allí donde su mole impedía el paso de la luz, pero a medida que nos aproximábamos fuimos percibiendo sutiles variaciones en la negrura de su superficie. Estábamos descendiendo hacia el hemisferio opuesto a la base taurina.

Las expediciones de reconocimiento indicaban que el campamento estaba situado en medio de una planicie de lava de varios cientos de kilómetros de diámetro. Era bastante primitiva, si la comparábamos con otras bases taurinas descubiertas por la FENU, pero no había modo de llegar a ella por sorpresa. Cenaríamos sobre el horizonte a unos quince klims de ese lugar; cuatro naves convergerían simultáneamente desde distintas direcciones, todas desacelerando locamente, con la esperanza de caer directamente sobre ellos y ya disparando. No había nada tras lo cual nos pudiéramos ocultar. Por mi parte, nada me preocupaba; en un sentido abstracto me arrepentía de haber tomado la píldora.

Salimos de la trayectoria a un kilómetro de la superficie, para avanzar en dirección horizontal a velocidad mucho mayor que la de los cohetes, corrigiendo permanentemente el curso para no volver a ascender.

La superficie se deslizaba por debajo en un borrón gris oscuro. De nuestros eyectores taquiónicos emanaba un poco de luz, escapando de nuestra realidad para entrar en la propia.

Aquel desgarbado artefacto avanzó dando saltos durante unos diez minutos; el eyector frontal disparó de pronto, lanzándonos hacia delante, con los ojos desorbitados por la rápida desaceleración.

—Preparados para la eyección —dijo la mecánica voz femenina de la máquina—. Cinco, cuatro…

Los rayos láser de la nave comenzaron a disparar; rapidísimos destellos congelaron el suelo en un movimiento estroboscópico espasmódico. Era una retorcida confusión de grietas, hoyos y rocas negras esparcidas, a pocos metros por debajo de nosotros. Descendíamos lentamente.

—Tres…

La voz no pudo seguir contando. Hubo un destello demasiado brillante. El horizonte pareció caer al bajar la cola de la nave; cuando ésta rozó el suelo se produjo el impacto. Fue horrible; trozos de cuerpos humanos, fragmentos de la nave se esparcieron por doquier. Giramos vertiginosamente hasta detenernos con un último golpe. Cuando traté de liberarme descubrí que tenía una pierna atrapada bajo la mole de la nave; un dolor insoportable, un crujido seco: la viga de metal había triturado la pierna. El agudo silbido del aire que escapaba de mi traje roto.

El servicio de trauma del traje se conectó automáticamente en «cortar»; más dolor. En seguida desapareció el sufrimiento y me encontré rodando libremente, mientras el muñón de la pierna iba dejando un rastro de sangre rápidamente congelada en negro sobre las rocas oscuras y opacas. Sentí gusto a bronce; una bruma rojiza, lo cubrió todo; tomó después el tono pardo de la arcilla del río y finalmente el de la manga. Entonces me desvanecí, mientras la píldora pensaba en mi nombre: «No es tan grave…»

El traje está preparado para salvar el cuerpo que contiene, hasta donde sea posible. Si uno pierde parte de un brazo o de una pierna, uno de los dieciséis afiladísimos iris se cierra en torno al miembro afectado con la fuerza de una prensa hidráulica, amputándolo con precisión y cerrando herméticamente el traje antes de que uno muera por descompresión explosiva. Después, el «servicio de trauma» cauteriza el muñón, repone la sangre perdida y llena al sujeto de drogas estimulantes y anti-shock. Si los camaradas acababan por ganar la batalla, tarde o temprano uno llegaría al puesto médico de la nave. De lo contrario, por lo menos moría feliz.

Mientras yo dormía envuelto en algodones negros, nuestra gente ganó aquella partida. Desperté en la enfermería atestada, en medio de una larga hilera de catres, cada uno ocupado por alguien cuyo traje había logrado salvar hasta tres cuartas partes del ocupante. Los dos médicos de la nave nos ignoraban por completo; estaban absortos en algún sangriento rito ante la mesa de operaciones. Les observé durante largo rato, medio cegado por la fuerte luz. La sangre que les manchaba las túnicas podía pasar por grasa; los cuerpos envueltos sobre los cuales se inclinaban, por extrañas máquinas blandas. Pero las máquinas gritaban en sueños y los mecánicos murmuraban palabras de consuelo mientras manejaban sus herramientas engrasadas. Observé, dormí, desperté en diferentes lugares.

Al fin desperté en un lugar definitivo. Estaba sujeto con correas a la cama y lleno de tubos de alimentación y electrodos de biosensores. No había médicos a mi alrededor. En la pequeña habitación había sólo otra persona: Marygay, que dormía en la cama vecina a la mía. Su brazo derecho había sido amputado precisamente por debajo del codo.

No la desperté. Pasé un largo rato mirándola, mientras intentaba ordenar mis sentimientos, superando el efecto de las drogas. Aquel muñón no me despertaba simpatía ni repulsión. Traté de forzar tanto una reacción como la otra, pero no lo conseguí. Era como si siempre la hubiese visto de ese modo. No sé si se debía a las drogas, al condicionamiento o al amor. Había que esperar.

De pronto ella abrió los ojos; comprendí entonces que llevaba un rato despierta, pero que me había dado tiempo para pensar.

—Hola, juguete roto —me saludó.

—¿Cómo… cómo te sientes? —pregunté.

¡Brillante, la pregunta! Ella se llevó un dedo a los labios para besarlo, en un gesto familiar, mientras pensaba.

—Estúpida, aturdida. Y feliz de no seguir siendo soldado —respondió, sonriendo—. ¿Te lo han dicho? Vamos camino de Paraíso.

—No lo sabía. Pero tenía que ser hacia allá o hacia la Tierra.

—Paraíso es mejor que la Tierra —observó ella, mientras yo pensaba que cualquier cosa lo era—. ¡Ojalá estuviéramos ya allí!

—¿Cuánto falta para llegar?

—No lo sé —respondió Marygay, volviéndose de cara al cielo raso—. ¿No has hablado con nadie?

—Acabo de despertar.

—Hay una nueva orden que no se molestaron en comunicarnos antes. La Sangre y Victoria debe realizar cuatro misiones; hay que seguir combatiendo hasta haber cumplido las cuatro. A menos que nuestras bajas sean muchas y no convenga seguir.

—¿Cuánto es «muchas»?

—¡Quién sabe! Ya hemos perdido la tercera parte, pero vamos con rumbo a Aleph-7. «Incursión de calzones.» Tal era el nuevo término que aplicábamos a aquel tipo de operaciones cuyo objetivo principal era capturar artefactos taurinos y prisioneros, dentro de lo posible. Traté de investigar los orígenes de la frase, pero la única explicación que se me ocurrió fue completamente estúpida.

Alguien llamó a la puerta. En seguida entró el doctor Foster, haciendo revolotear las manos como si fueran mariposas.

—¿Todavía en camas separadas? Marygay, creí que estabas más repuesta.

Foster tenía razón. Era un pajarillo alborotado, pero demostraba cierta divertida tolerancia por la heterosexualidad. Examinó primero el muñón de Marygay y después el mío. Finalmente nos puso sendos termómetros en la boca para que no pudiéramos hablar y habló con tono serio y directo.

—No voy a pintaros las cosas de color de rosa. Los dos estáis llenos de droga hasta las orejas y la pérdida que habéis sufrido no os preocupará mientras no os prive de ella. Por mi propia conveniencia os mantendré así hasta que lleguemos a Paraíso. Tengo veintiún amputados a mi cargo; me sería imposible manejar veintiún casos psiquiátricos.

»Disfrutad, mientras tanto, de la paz del espíritu. Vosotros dos más que nadie, pues probablemente querréis seguir juntos. En Paraíso os pondrán unas prótesis muy aceptables, pero cada vez que uno de vosotros mire su miembro mecánico, pensará en lo afortunado que es el otro. Cada uno despertará constantemente en el otro recuerdos de dolor y pérdida… Tal vez os tiréis los platos a la cabeza en menos de una semana. Tal vez compartáis un taciturno amor por el resto de la vida. Pero también es posible que lo superéis, que os deis fuerzas mutuamente. Si no es así, no tratéis de engañaros.

Verificó las marcas de los termómetros y tomó nota en su libreta.

—Este médico sabe lo que dice, aunque sea un poco extraño para el anticuado punto de vista que vosotros mantenéis. No lo olvidéis.

Me sacó el termómetro de la boca y me dio una palmadita en el hombro. Imparcialmente, hizo lo mismo con Marygay. Ya en la puerta, agregó:

—Dentro de seis horas entraremos en campo colapsar. Una de las enfermeras os llevará a los tanques.

Pasamos a los tanques (tanto más cómodos y seguros que las viejas cápsulas de aceleración) y entramos en el campo colapsar Tet-2, iniciando ya la loca maniobra evasiva a cincuenta gravedades que nos protegería de los cruceros enemigos al surgir en Aleph-7 un microsegundo más tarde.

Como era de esperar, la campaña de Aleph-7 resultó un fracaso total. Nos retiramos con sólo dos campañas cumplidas, cincuenta y cuatro muertos y treinta y nueve lisiados, para tomar rumbo a Paraíso. Quedaban sólo doce soldados en condiciones de combatir, pero no estaban muy ansiosos por hacerlo.

Para llegar a Paraíso debimos trasponer tres saltos colapsares. Ninguna nave iba directamente desde la batalla a ese sitio, aunque el desvío costara algunas vidas más. Había que evitar a toda costa que los taurinos descubrieran Paraíso o la Tierra.

Paraíso era un planeta encantador, similar a la Tierra, pero aún en buen estado. Así podría haber sido nuestro mundo si los hombres lo hubieran tratado con más compasión que codicia. Selvas vírgenes, playas blancas, prístinos desiertos. Sus treinta o cuarenta ciudades se confundían perfectamente con el medio (una estaba completamente bajo tierra) o eran atrevidas afirmaciones del ingenio humano: Océano, en un arrecife de coral, con seis brazas de agua sobre los techos transparentes; Bóreas, colgada de la abrupta cima de una montaña, en las estepas polares; la fabulosa Skye, una enorme ciudad que flotaba de un continente a otro según la llevaran los vientos.

Descendimos en Umbral, la ciudad de la selva, como se hacía por costumbre. Esta población está constituida en sus tres cuartas partes por un hospital y es, con mucho, la más grande del planeta. Nadie podría apreciarlo desde el aire, al bajar la órbita. El único signo de civilización era una breve carretera que aparecía súbitamente como un pequeño parche blanco, reducido a la insignificancia por los bosques inmensos que avanzaban desde el este y por el océano, extendido hasta el otro horizonte.

Una vez que se entraba en la espesura la ciudad quedaba más a la vista. Entre los troncos, de diez metros de diámetro se alzaban edificios bajos, construidos con maderas y piedras del lugar, conectados entre sí por disimulados senderos de piedra; una avenida ancha bajaba hacia la playa. La luz del sol se filtraba formando parches en el follaje. El aire tenía allí la dulzura de la selva mezclada con el vigor del salitre.

Más tarde supe que la ciudad se extendía a lo largo de doscientos kilómetros cuadrados; cuando las distancias a recorrer eran demasiado prolongadas, uno podía tomar un transporte subterráneo que le llevaría en cualquier dirección. La ecología de Umbral, cuidadosamente equilibrada y mantenida, imitaba la selva exterior, pero sin sus peligros e incomodidades. Un poderoso campo hipertensor mantenía alejados a los animales peligrosos y a los insectos que no resultaban necesarios para la vida de las plantas.

Caminando, renqueando o en sillas de ruedas entramos en el edificio más próximo, que era la recepción del hospital. El resto estaba constituido por treinta plantas subterráneas. Cada uno fue examinado y llevado a una habitación. Traté de conseguir un cuarto doble para compartirlo con Marygay, pero no estaban preparados para dar esa clase de alojamiento.

Corría por entonces el año terrestre 2189. Eso significaba que yo tenía doscientos quince años. ¡Dios, qué viejo carcamal! Por favor, que alguien pase el sombrero… No, no era necesario, el médico que me examinó dijo que transferirían mis sueldos acumulados de la Tierra a Paraíso. El interés compuesto me ponía en un tris de convertirme en billonario. Me comentó que en Paraíso había muchas formas de gastar ese dinero.

Como atendían con preferencia a los heridos más graves, pasaron varios días antes de que yo pasara a cirugía. Más tarde, al despertar en mi habitación, descubrí que me habían fijado una prótesis al muñón; era una estructura articulada de metal reluciente que, en mi profana opinión, parecía exactamente el esqueleto de una pierna y un pie. Era horripilante sin remisión; yacía en un saco de fluido transparente, con varios cables que se insertaban en una máquina instalada a los pies de la cama En ese momento entró un ayudante médico.

—¿Cómo se siente, señor?

Estuve a punto de sugerirle que dejara de fastidiar con eso de «señor», puesto que yo ya no pertenecía al ejército ni pensaba volver a él. Pero tal vez al hombre le resultara grato sentir que mi rango era superior.

—No sé. Me duele un poco.

—Dolerá como el infierno. Espere a que los nervios comiencen a crecer.

—¿Nervios?

—Claro —repuso, mientras manipulaba la máquina y leía los indicadores del otro lado—. ¿De qué serviría una pierna sin nervios? Sólo para quedarse aquí en la cama.

—¿Nervios como los normales? Es decir, ¿bastará con que yo piense «muévete» para que la pierna se mueva?

—Por supuesto.

Me miró intrigado antes de volver a su tarea. Pero yo estaba asombrado.

—Pues la prótesis ha avanzado mucho.

—¿«Pro» qué?

—Esto, los miembros artif…

—¡Ah, claro, como en los libros! Piernas de madera, ganchos, todo eso.

¿Cómo era posible que le hubieran dado ese empleo?

—Todo eso, sí, prótesis. Como lo que tengo en el muñón.

—Oiga, señor —aclaró, mientras dejaba el tablero en donde había estado garabateando algún dato—. Usted está muy atrasado. Va a ser una pierna igual a la suya, sólo que ésta no se romperá jamás.

—¿Y con los brazos también hacen eso?

—Por supuesto; con cualquier miembro —explicó, volviendo a sus anotaciones—. Hígados, riñones, estómagos…, cualquier cosa. Con el corazón y los pulmones no estamos tan avanzados; todavía se emplean sustitutos mecánicos.

—Fantástico —exclamé, pensando que Mary-gay también volvería a estar completa.

Él se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Esto se hace desde antes de que yo naciera. ¿Qué edad tiene usted, señor?

Cuando se lo dije silbó de asombro.

—¡Caray! Usted ha de haber estado en esto desde el comienzo.

Su acento era muy extraño. Las palabras eran correctas, pero no la forma de pronunciarlas.

—Sí, estuve en el ataque a Epsilón, en la campaña de Aleph.

Al principio los colapsares recibían los nombres de las letras del alfabeto hebreo, pero cuando esos malditos planetas empezaron a pulular por todas partes las letras no alcanzaron y hubo que agregarles números. Yod-42.

—¡Vaya, eso es historia antigua! ¿Cómo eran las cosas en aquella época?

—No lo sé. No había tanta gente; era más agradable. Hace un año volví a la Tierra. ¡Diablos, fue hace un siglo! Depende de cómo se mire. Aquello me pareció tan espantoso que me enrolé de nuevo, ¿sabe? Eran todos como zombies, sin intención de ofender.

Él se encogió de hombros.

—Yo no estuve nunca allí. La gente que viene de la Tierra parece echarla de menos. Tal vez haya mejorado.

—¡Cómo! ¿Usted nació en otro planeta? ¿En Paraíso?

No era de extrañar que su acento me resultara imposible de identificar.

—Aquí nací, aquí me eduqué y aquí me reclutaron —afirmó, mientras guardaba el lápiz en el bolsillo y plegaba las anotaciones hasta reducirlas al tamaño de una billetera—. Sí, señor. Pertenezco a la tercera generación de ángeles. Este maldito planeta es el mejor de toda la FENU.

Noté que deletreaba las letras en vez de decir «fenu» como nosotros.

—Oiga, teniente, debo darme prisa. Tengo que controlar otros dos monitores ahora mismo —explicó, dirigiéndose hacia la puerta—. Si necesita algo toque el timbre que está sobre la mesa.

Tres generaciones de ángeles. Sus abuelos habían venido desde la Tierra cuando yo no era más que un centenario novato. ¿ Cuántos otros mundos habrían colonizado mientras yo no me enteraba? Y una vez perdido un brazo, ¿crecería otro nuevo?

Sería agradable instalarse en algún lugar para vivir un año entero cada doce meses transcurridos.

Lo que ese hombre me había dicho con respecto a los dolores no era broma. Y no se trataba sólo de la pierna nueva, aunque ardía como aceite hirviendo: para que los tejidos nuevos se adaptaran hubo que debilitar la resistencia de mi cuerpo a las células extrañas; tuve cinco o seis brotes cancerígenos que fue necesario tratar dolorosamente y por separado.

Comenzaba a sentirme desgastado, pero al mismo tiempo me resultaba fascinante ver cómo crecía la pierna nueva. Los hilos blancos se convirtieron en vasos sanguíneos y en nervios; al principio colgaban un poco, pero lentamente fueron situándose en su lugar a medida que crecía la musculatura en torno al hueso metálico. Como me había habituado a verla crecer, el espectáculo no me repugnaba. En cambio, la visita de Marygay me resultó un verdadero golpe; la autorizaron a levantarse antes de que terminara de crecer la piel del brazo nuevo, y apareció en mi cuarto como una demostración de anatomía en vivo. Sin embargo, logré superar la impresión; ella acabó por visitarme durante varias horas por día para jugar a cualquier cosa o para intercambiar chismes; otras veces nos limitábamos a leer, mientras el brazo le crecía lentamente dentro de la envoltura plástica.

Una semana después de aparecer la piel me quitaron el molde y desconectaron la máquina. La nueva pierna era horrible: tenía la blancura de los muertos y carecía de vello, además de estar rígida como una vara metálica. Pero a su modo funcionaba. Pude levantarme y dar unos cuantos pasos. Me pasaron entonces a ortopedia para «reeducación de movimientos», lo cual era un nombre caprichoso para cierta tortura prolongada: consistía en atarme a una máquina que flexionaba al mismo tiempo la pierna vieja y la nueva. La nueva se resistía.

Marygay estaba en una sección cercana donde le retorcían metódicamente el brazo. El proceso sufrido por ella debía ser peor, pues se la notaba cada día más pálida y ojerosa cuando nos encontrábamos arriba, por las tardes, para tomar un poco de sol. A medida que pasaban los días la terapia dejó de constituir una tortura para convertirse en un ejercicio extenuante. Ambos comenzamos a nadar durante una hora diaria en las tranquilas aguas de la playa, custodiadas por el hipertensor. Yo renqueaba aún en tierra firme, pero en el agua me defendía bastante bien.

Aquellos ejercicios en las aguas protegidas eran lo único excitante que podíamos disfrutar en Paraíso…, excitante para nuestra sensibilidad, adormecida por la guerra. Cada vez que llegaba un buque debían apagar el hipertensor por un instante a fin de que el barco no fuera rechazado hacia el océano. De tanto en tanto se deslizaba algún animal hacia el interior del campo, pero los animales de tierra que podían resultar peligrosos eran lentos para cruzar la barrera. En el mar no ocurría lo mismo.

El amo indiscutido de los océanos paradisíacos es un feo parroquiano al que los ángeles, en un arranque de originalidad, bautizaron «tiburón». Sin embargo, aquellos especímenes son capaces de comerse todo un cardumen de tiburones terráqueos sólo para desayunar. El que logró acercarse a la playa era un tiburón blanco de tamaño medio que llevaba varios días deambulando en torno al borde del campo hipertensor, como si le tentaran todas aquellas proteínas que chapoteaban en el interior del mismo. Afortunadamente, dos minutos antes de la desconexión del campo sonaba una sirena; gracias a eso no había nadie en el agua cuando el animal entró, dispuesto a atacar. En la furia de su inútil embestida estuvo a punto de saltar a la playa.

Medía unos doce metros; era todo músculo flexible, con una cola afilada como una navaja de afeitar en un extremo y en el otro una serie de colmillos tan largos como el brazo de un hombre. Los ojos, grandes globos amarillos, estaban montados sobre tentáculos, a más de un metro de distancia con respecto a la cabeza. La boca era tan grande que, una vez abierta, podía albergar cómodamente a un hombre de pie. Habría sido una foto impresionante para sus descendientes.

No era posible desconectar el campo hipertensor y aguardar a que el animal saliera por su cuenta, de modo que la comisión de diversiones organizó una partida de caza. Por mi parte no me agradaba demasiado ofrecerme como aperitivo para el gigantesco pez, pero Marygay había practicado bastante pesca submarina en su niñez, allá en Florida, y se sintió entusiasmada ante la perspectiva. También yo me uní al grupo cuando descubrí que el sistema empleado para matar al animal era bastante seguro.

Al parecer, los «tiburones» nunca atacaban a quienes iban en bote. Dos personas, más confiadas que yo en las historias de los pescadores, habían llegado hasta el borde del campo hipertensor con un bote a remos, armadas tan sólo con un trozo de carne. En cuanto lo tiraron por la borda el tiburón apareció a la velocidad del relámpago. Aquélla fue la clave para que todos entráramos en el agua, a fin de iniciar la diversión. Parecíamos veintitrés tontos, aguardando allí en la playa con las aletas para los pies, máscaras de oxígeno y espadas. Éstas eran armas realmente formidables, con propulsión a chorro y cabezas altamente explosivas.

Chapoteamos y nadamos en grupos bajo la superficie, en dirección a la criatura, que estaba comiendo. Al principio no nos atacó; en cambio trató de esconder su comida, tal vez pensando que alguno de nosotros podría arrebatársela y privarle de algún pedazo mientras él se encargaba de los otros; pero cada vez que intentaba llegar a aguas profundas chocaba contra el campo hipertensor. Era obvio que comenzaba a enfurecerse.

Al fin dejó escapar la carne y giró en redondo para lanzarse a la carga. Era bueno para las carreras: lo veíamos del tamaño de una sardinita, allá en el otro extremo del campo, y de pronto apareció a poca distancia, grande como un hombre, cada vez más cerca. Fue alcanzado quizá por diez espadas (yo erré el tiro). Pero aun cuando un golpe experto o afortunado le había hecho saltar un ojo y la parte superior de la cabeza, aunque iba dejando tras de sí trozos de cuerpo y entrañas en una estela sangrienta, irrumpió en nuestra fila y atrapó a una mujer entre las mandíbulas, amputándole ambas piernas antes de que se le ocurriera morir.

La llevamos a la playa, casi muerta; allí aguardaba una ambulancia. La llenaron de sangre artificial y anti-shock y salieron a toda velocidad rumbo al hospital; la mujer salvó la vida, pero debió pasar por el tormento de desarrollar piernas nuevas.

Una vez que la terapia se hizo soportable, nuestra estancia en Umbral se tornó bastante grata. No había disciplina militar y sí muchos libros para leer y abundantes naderías en que ocuparse. Sin embargo, pendía una sombra sobre la situación, puesto que, obviamente, no habíamos recibido la baja. Éramos piezas rotas en el equipo, que era necesario arreglar para lanzarlas nuevamente a la refriega. Tanto Marygay como yo debíamos servir aún tres años como tenientes.

Sin embargo, nos correspondían seis meses de descanso y diversión, una vez que nos dieran de alta. Marygay recibió su licencia dos días antes que yo, pero decidió esperarme. Mis sueldos acumulados ascendían a 892.746.012 dólares. Por suerte no me llegó en efectivo; en Paraíso se utilizaba un sistema monetario electrónico, de modo que me fue posible llevar mi fortuna en una maquinita provista de un indicador digital. Cuando quería comprar algo marcaba el número del vendedor y la cantidad a pagar; la suma era automáticamente transferida de mi cuenta a la suya. La máquina tenía el tamaño de una billetera no muy llena; estaba diseñada de modo que sólo funcionara con la huella de mi pulgar.

El sistema económico de Paraíso estaba basado en la presencia continua de miles de soldados millonarios que descansaban y se divertían allí. Una comida modesta costaba cien dólares; una habitación para pasar la noche, al menos diez veces más. Puesto que la FENU era la propietaria de todas las instalaciones, esa desatada inflación era un truco evidente para revertir las pagas acumuladas en la corriente económica.

Marygay y yo nos divertimos como desesperados. Alquilamos un aparato volador y un equipo de campamento para recorrer el planeta durante varias semanas. Encontramos ríos helados donde nadar, selvas exuberantes, praderas, montañas, estepas polares y desiertos. Con sólo ajustar nuestros campos hipertensores individuales quedábamos protegidos del ambiente, cosa que nos permitía dormir desnudos en medio de una ventisca. A veces preferíamos gozar del medio natural. Por sugerencia de Marygay, lo último que hicimos antes de volver a la civilización fue trepar a una colina en el desierto y ayunar durante varios días para aumentar nuestra sensibilidad (o alterar nuestras percepciones, no puedo asegurarlo); finalmente nos sentamos en aquel calor reverberante para contemplar el lánguido fluir de la vida. Después, otra vez a la lujuria. Recorrimos cada una de las ciudades del planeta, encontrándoles siempre un encanto distinto, pero al final regresamos a Skye, donde pasamos el resto de nuestros permisos.

El planeta entero resultaba una ganga comparado con Skye. En las cuatro semanas que utilizamos la cúpula-aérea de placer como lugar de residencia, Marygay y yo gastamos más de medio billón de dólares. Comimos y bebimos las mejores exquisiteces del planeta, apostamos (perdiendo a veces un millón de dólares, o más, en una sola noche) y probamos cuantos servicios y productos no eran demasiado extraños para nuestros gustos, declaradamente arcaicos. Cada uno de nosotros tenía un sirviente cuyo sueldo superaba el de un general.

He dicho que nos divertimos desesperadamente. A menos que la guerra cambiara radicalmente, nuestras posibilidades de sobrevivir en los tres años siguientes eran microscópicas, tramos victimas notablemente saludables de una enfermedad mortal, que trataban de vivir toda una vida de sensaciones en el curso de seis meses. No era poco el consuelo de que, por breve que fuera el resto de nuestra vida, lo pasaríamos juntos. Por alguna razón nunca se me ocurrió que hasta de eso nos veríamos privados.

Mientras disfrutábamos un almuerzo liviano en el «primer piso» transparente de Skye, contemplando el deslizarse del océano por debajo, un mensajero entró precipitadamente para entregarnos dos sobres con nuestras órdenes. Marygay había sido ascendida a capitán; yo, a mayor, debido a nuestros antecedentes militares y a las pruebas efectuadas en Umbral. Yo sería comandante de una compañía; ella, oficial con mando. Pero la compañía no era la misma. Ella debía encargarse de una nueva compañía que se estaba formando precisamente allí, en Paraíso. A mí me correspondía volver a Puerta Estelar para «adoctrinamiento y educación» antes de asumir la comandancia.

Por largo rato nos fue imposible decir palabra. Por fin afirmé débilmente:

—Voy a protestar. No pueden hacerme comandante.

Ella seguía muda. No se trataba de una simple separación. Aunque la guerra terminara y ambos partiéramos rumbo a la Tierra con sólo unos minutos de diferencia, en naves diferentes, la geometría del salto colapsar abriría entre nosotros una brecha de muchos años. Cuando el segundo llegara a la Tierra, su compañero sería probablemente cincuenta años mayor o estaría ya muerto.

Durante largo rato permanecimos sentados a la mesa, sin tocar siquiera la exquisita comida, ignorantes de la belleza que nos rodeaba, conscientes tan sólo de nuestra mutua presencia y de las dos páginas que nos separaban, con un abismo tan profundo y real como la muerte.

Regresamos a Umbral. Presenté una protesta, pero mis argumentos fueron rechazados. Traté de que asignaran a Marygay a mi compañía; me respondieron que todo mi personal estaba ya nombrado. Señalé entonces que probablemente mis ayudantes ni siquiera habían nacido aún, pero se me indicó que eso no importaba, pues ya estaban nombrados. Cuando observé que quizá pasara un siglo antes de que yo llegara a Puerta Estelar, dijeron que la Fuerza de Choque planeaba en términos de siglos. Nunca en términos de individuos.

Aún pasamos juntos un día y una noche. Cuanto menos habláramos de eso mejor sería. No era sólo perder un amante: Marygay y yo éramos nuestro mutuo vínculo con la vida real, con la Tierra de 1980 a 1990, no ya con esa farsa perversa por la cual nos veíamos obligados a luchar.

Cuando el vehículo de lanzadera que la llevaba partió, fue como si cayera un terrón de polvo en el interior de una tumba. Averigüé los datos orbitales de su nave y la hora de la partida, descubriendo que podría observarla desde «nuestro» desierto.

Aterricé en el pináculo donde habíamos ayunado juntos. Pocas horas antes de la aurora observé la aparición de una nueva estrella en el horizonte oriental; lanzó un fuerte destello y en seguida se alejó, desvaneciéndose hasta convertirse en una estrella común; se tornó más opaca y finalmente desapareció. Caminé hasta el borde del abismo y contemplé la roca desnuda, el fondo erizado de puntas congeladas, quinientos metros más abajo. Me senté con los pies colgando desde el borde, con la mente en blanco, hasta que los rayos oblicuos del sol iluminaron las dunas con un suave y tentador claroscuro de bajorrelieve. Por dos veces, incliné el peso hacia delante, como para saltar. Si no lo hice no fue por temor al sufrimiento o a la pérdida. El dolor sería apenas momentáneo; la pérdida corría por cuenta del ejército. Pero habría sido su victoria definitiva sobre mí: haber regido mi vida durante tanto tiempo e imponerle el final.

Todo eso debía yo al enemigo.

PARTE IV

MAYOR MANDELLA

2458–3143

1

¿Cómo era aquel antiguo experimento del que nos hablaban en el curso de biología de la escuela secundaria? Tómese un gusano y enséñesele a cruzar un laberinto; después hágase con él una papilla, con la que se alimentará a un gusano no adiestrado. ¡Oh, sorpresa!: este último será también capaz de cruzar el laberinto.

Yo sentía en la boca un fuerte gusto a mayor. En realidad, suponía que las técnicas se habían refinado desde mi época de estudiante secundario. La dilatación cronológica prolongaba ese tiempo a cuatrocientos cincuenta años de investigación y progreso. En Puerta Estelar, debía someterme a «adoctrinamiento y educación» como paso previo a la asunción del mando de mi propia compañía o fuerza de choque, tal como se la llamaba habitualmente. Para educarme no me sirvieron asado con salsa holandesa. No me dieron más alimento que glucosa durante tres semanas. Glucosa y electricidad.

Me afeitaron todo el vello del cuerpo. Me aplicaron una inyección con la que quedé convertido en un estropajo. Me llenaron de electrodos. Me sumergieron en un tanque de fluorocarbono oxigenado y me conectaron a una CSVA, es decir, una «computadora para situación vital acelerada». Eso me mantuvo bastante atareado.

Creo que la máquina tardó apenas diez minutos en repasar cuanto yo había aprendido previamente sobre las artes (perdónese el término) marciales. Después comenzó con el material nuevo. Aprendí cómo usar cualquier arma, desde una piedra hasta una bomba nova. Pero no sólo intelectualmente: para eso estaban los electrodos. Se trataba de cinestesia de realimentación negativa cibernéticamente controlada; sentía las armas en las manos y observaba lo que hacía con ellas; lo repetía una y otra vez hasta ejecutarlo debidamente. La ilusión de realidad era absoluta. Empleé una espada con una banda de guerreros Masai en alguna incursión por cierta aldea; al mirarme el cuerpo lo descubrí largo y oscuro. Un hombre de aspecto cruel y ropas afectadas me enseñó a manejar el florete en un patio francés del siglo XVIII. Silenciosamente encaramado a un árbol, disparé con un rifle Sharps contra hombres de uniforme azul, que se arrastraban por un terreno lodoso con rumbo a Vicksburg. En tres semanas maté a varios regimientos de fantasmas electrónicos. Ese período me pareció todo un año, pero la CSVA hace cosas extrañas con el sentido del tiempo.

Pero aprender a usar armas exóticas era sólo una pequeña parte del adiestramiento. En realidad era lo más descansado, pues cuando no estaba en cinestesia la máquina me mantenía el cuerpo totalmente relajado y me llenaba el cerebro con las hazañas y las teorías militares de cuatro mil años… ¡de las cuales no podía olvidar una sola! Al menos mientras estuviera en el tanque.

¿Quiere usted saber quién fue Escipión Emiliano? Yo no. La luz brillante de la Tercera Guerra Púnica. «La guerra es la especialidad del peligro; por lo tanto el coraje es, por sobre todas las cosas, la primera cualidad de un guerrero», según afirmaba Von Clausewitz. Y jamás olvidaré la poesía de «el grupo de avanzada normalmente avanza en formación de columna con la dirección del pelotón, seguido por una brigada de láser, la brigada de armas pesadas y las restantes brigadas de láser; para la observación, la columna dispone de la seguridad del flanco, excepto cuando el terreno y la visibilidad indican la necesidad de pequeños agregados de seguridad en los flancos, en cuyo caso el comandante del grupo de avanzada enviará un sargento de pelotón…», etcétera. Eso es del Manual del conductor de pequeñas unidades para fuerzas de choque, en caso de que se pueda llamar «manual» a dos microfichas enteras: dos mil páginas.

Si usted quiere convertirse en un experto completamente ecléctico en un tema que le asquea, únase a la FENU y pida recibir adiestramiento como oficial.

Ciento diecinueve personas, y yo era responsable de ciento dieciocho de ellas, incluyéndome a mí, pero sin contar al comodoro, que presumiblemente sabía cuidarse solo. Durante las dos semanas de rehabilitación física que siguieron a la sesión de CSVA no me encontré con ningún miembro de mi compañía; antes de nuestra primera entrevista yo debía presentarme al oficial de orientación cronológica. Solicité una cita; su empleado me indicó que el coronel me esperaría en el Club de los Seis Oficiales de Grado, después de cenar.

Fui temprano al Club de los Seis, pensando cenar allí, pero no tenían sino minutas; comí una especie de hongo que sabía vagamente a cazuela de caracoles e ingerí el resto de mis calorías bajo la forma de alcohol.

—¿El mayor Mandella?

Estaba tan ocupado en consumir mi séptima cerveza que no había visto al coronel. Empecé a levantarme, pero él me indicó que permaneciera sentado, mientras se dejaba caer pesadamente en la silla de enfrente.

—Estoy en deuda con usted —dijo—. Me esperaba una velada muy aburrida; gracias a usted he salvado por lo menos media hora.

Y agregó, tendiéndome la mano:

—Jack Kynock, a sus órdenes.

—Coronel…

—No me trate como coronel y yo no le trataré como mayor. Nosotros, los viejos fósiles, tenemos que… guardar la perspectiva, William.

—Estoy de acuerdo.

Pidió una bebida que yo nunca había oído nombrar.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó—. Según los registros usted estuvo en la Tierra por última vez en 2007.

—Exacto.

—No le gustó mucho, ¿verdad?

—No —respondí, pensando en aquellos zombies, los felices robots.

—Bueno, mejoró un poco. Después empeoró. Gracias.

Un recluta le trajo la bebida; era una mezcla borboteante, de color verde en el fondo del vaso y chartreuse claro en la superficie. El coronel tomó un sorbo y prosiguió:

—Volvió a mejorar y a empeorar y a… No sé. Ciclos.

—¿Y cómo es ahora?

—Bueno, en realidad no estoy muy seguro. Tenemos montañas de informes, pero no es sencillo separar la verdad de la propaganda. La última vez que estuve allá fue hace doscientos años; por entonces las cosas estaban bastante mal. Es decir, eso depende de lo que uno prefiera.

—¿A qué se refiere usted?

—Veamos: había mucho movimiento. ¿Alguna vez oyó hablar del movimiento pacifista?

—No creo.

—¡Hum! El nombre es engañoso. En realidad era una guerra de guerrillas.

—¡Cómo! Creí que sabía nombre, rango y número de serie de cuantas guerras se habían producido en la Tierra desde Troya hasta ahora. Seguramente se olvidaron de ésa.

—Por buenas razones —respondió él, sonriendo—. La llevaban a cabo los veteranos sobrevivientes de Yod-3 8 y Aleph-40, según me han dicho. Obtuvieron la baja al mismo tiempo y decidieron encargarse de la FENU, allá en la Tierra. La población les prestaba mucho apoyo.

—Pero no ganaron.

—Aún estamos aquí—observó, haciendo girar el vaso, mientras los colores se mezclaban—. En realidad sólo estoy al tanto de los rumores. Cuando estuve allá la guerra había terminado, con excepción de algún sabotaje esporádico. Y no era precisamente un tema agradable para entablar conversación.

—Me sorprende un poco —observé—. Bueno, más que un poco. Me refiero a que la población terráquea hiciera algo contra los deseos del gobierno.

Él emitió un ruido nada comprometido.

—Y menos aún una revolución —proseguí—. Cuando estuvimos allá nadie era capaz de decir una palabra contra la FENU… o contra cualquiera de los gobiernos nacionales. Tenían el cerebro bien condicionado para aceptar las cosas tal como estaban.

—Ah, eso también es cíclico —dijo él, repantigándose—. No es cuestión de técnica. Si los gobiernos de la Tierra lo quisieran podrían dominarlo todo, hasta el pensamiento más trivial de cada ciudadano, desde la cuna hasta la tumba. No lo hacen porque resultaría fatal. Porque estamos en guerra. Fíjese en su propio caso: ¿recibió algún condicionamiento motivacional mientras estaba en el tanque?

Cavilé por un momento.

—Si fue así, no tengo por qué saberlo.

—Eso es cierto. En parte. Pero créame, han dejado en paz esa parte de su cerebro. Cualquier cambio de actitud con respecto a la FENU o a la guerra, ésta o cualquier otra, proviene sólo de sus nuevos conocimientos. Nadie se ha entrometido con sus motivaciones básicas. Y ya debería saber por qué.

Por el laberinto de mis nuevos conocimientos repiquetearon nombres, fechas y cifras:

—Tet-17, Sed-21, Aleph-14, el Lazlo… el informe de la comisión de emergencia Lazlo, en junio de 2106.

—Exactamente. Y, por extensión, su propia experiencia en Aleph-1. Los robots no resultan buenos soldados.

—Resultaron hasta el siglo xxi. El condicionamiento conductista era el sueño de cualquier general. Se podía formar un ejército con los mejores rasgos de la SS, la guardia pretoriana, la Horda de Oro y los Boinas Verdes.

El coronel rió por encima del borde del vaso.

—Ponga a ese ejército contra una brigada de hombres provistos de trajes de batalla modernos. Estará acabado en dos minutos.

—Siempre y cuando los hombres de la brigada no pierdan la cabeza y luchen como endemoniados para conservar la vida.

—La generación de soldados que provocó los informes Lazlo fueron condicionados desde el nacimiento para satisfacer alguna imagen de guerrero ideal. Operaban magníficamente en equipo, estaban sedientos de sangre y no daban mayor importancia a la supervivencia individual…, pero los taurinos les hicieron pedazos. También ellos luchaban sin preocuparse por los individuos, pero lo hacían mejor y eran más numerosos.

Kynock tomó un trago y se quedó mirando los colores de la bebida.

—He visto su análisis caracterológico —dijo—. Antes y después de la sesión en el tanque. Esencialmente es el mismo.

—Eso me tranquiliza —observé, mientras pedía por señas otra cerveza.

—Tal vez no es tan tranquilizador como usted cree.

—¿Por qué? ¿Dice que no voy a ser buen oficial? Se lo dije desde el principio: no tengo pasta de jefe.

—En un sentido tiene razón; en el otro, no. ¿Quiere saber qué dice el análisis?

—¿No es secreto? —respondí, encogiéndome de hombros.

—Sí, pero usted es mayor; puede revisar el análisis de cualquier persona bajo su mando.

—No creo que me depare muchas sorpresas.

Pero me sentía algo curioso. ¿Qué animal resiste la fascinación de los espejos?

—No. Dice que usted es pacifista. Un pacifista fallido, cosa que le ocasiona una ligera neurosis. La compensa transfiriendo la culpa al ejército.

La cerveza estaba tan fría que hizo que me dolieran los dientes.

—Hasta aquí no me sorprende.

—Si usted tuviera que matar a un hombre y no a un taurino, me parece dudoso que pudiera hacerlo. Aunque debe conocer mil formas diferentes de llevarlo a cabo.

No supe qué responder. Tal vez tenía razón.

—En cuanto a la pasta de jefe, tiene algunas condiciones en potencia, pero se prestaría más para dedicarse a la enseñanza o a las conferencias; preferiría mandar por medio de la empatia o la compasión. Tiene el deseo pero no la voluntad de imponer sus ideas en otra gente, lo cual significa que usted está en lo cierto: será endemoniadamente malo como oficial, a menos que se ponga en forma.

Me vi forzado a reír.

—La FENU ha de haberlo sabido cuando me ordenó someterme al adiestramiento para oficiales.

—Hay otros parámetros a tener en cuenta—dijo—. Por ejemplo, usted es adaptable, razonablemente inteligente y analítico. Y es una de las once personas que han sobrevivido a toda la guerra.

—La supervivencia es virtud en los reclutas —comenté, sin poder resistir la tentación—, pero los oficiales deberían dar ejemplo de gallardía. Hundirse con la nave, avanzar hacia el parapeto como si no tuvieran miedo.

El coronel carraspeó, corrigiendo:

—No cuando el reemplazante más cercano está a mil años-luz de distancia.

—De cualquier modo no tiene sentido que me hayan traído desde Paraíso para intentar «ponerme en forma», cuando en Puerta Estelar hay muchos con mejores condiciones que yo. ¡Oh, Dios, la mentalidad militar!

—Sospecho que al menos la mentalidad burocrática tuvo algo que ver en el asunto. Usted tiene demasiada antigüedad como para ser simple recluta.

—Pero eso se debe tan sólo a la dilación cronológica. No he hecho más que tres campañas.

—Improcedente. Además eso supera en dos campañas y media lo que sobrevive el soldado medio. Los muchachos de publicidad le convertirán probablemente en una especie de héroe folclórico.

—¿Héroe folclórico? —pregunté, sorbiendo la cerveza— ¿Dónde está John Wayne, ahora que nos hace tanta falta?

—¿Quién fue John Wayne? Como nunca estuve en el tanque no soy experto en historia militar.

—No importa.

Kynock acabó su bebida y pidió al recluta que le trajera (lo juro por Dios) un «ron Antares».

—Bueno, se supone que soy su oficial de orientación cronológica. ¿Qué desea saber sobre el presente, o lo que pasa por tal?

Pero yo seguía con el tema anterior en la mente:

—¿Nunca estuvo en el tanque?

—No, eso es sólo para los oficiales de combate. Las instalaciones de computación y la energía que se consume en el proceso durante tres semanas mantendrían la Tierra entera en movimiento durante varios días. Es demasiado caro para aplicarlo a nosotros, que no hacemos sino calentar sillas.

—Pero sus condecoraciones indican que usted estuvo en combate.

—Son honoríficas. Pero estuve.

El ron Antares resultó ser un vaso alto y esbelto lleno de líquido de color ambarino, con un pequeño cubo de hielo flotando en la superficie. En el fondo había un glóbulo de color rojo brillante; no era más grande que la uña de un pulgar: de él surgían filamentos carmesíes que ondulaban hacia arriba.

—¿Qué es eso rojo?

—Canela. Oh, algún tipo de éster con canela. Es bastante bueno. ¿Quiere probarlo?

—No, gracias; seguiré con la cerveza.

—En nivel uno la máquina de la biblioteca tiene un archivo de orientación cronológica que mi personal mantiene al día. Para cualquier pregunta específica puede acudir a él. Lo que yo deseo es, principalmente, prepararle para la presentación a la fuerza, de choque.

—¿Qué pasa? ¿Son todos ciborgs? ¿Clónicos?

Él se echó a reír.

—No, es ilegal reproducir seres humanos. El principal problema es que usted es… ¡ejem!, heterosexual.

—¡Oh, eso no es problema! Soy tolerante.

—Sí, su análisis caracterológico revela que usted… se cree tolerante, pero ése no es el problema principal.

Comprendí lo que intentaba decir, si no en detalle, al menos en sustancia.

—Sólo las personas emocionalmente estables son reclutadas por la FENU —explicó—. Sé que a usted le resultará duro aceptar esto, pero la heterosexualidad se considera corno irregularidad emocional relativamente fácil de curar.

—Si creen que me van a curar…

—Quédese tranquilo, ya es demasiado viejo para eso —dijo, mientras sorbía delicadamente su bebida—. No será tan difícil entenderse con ellos como usted puede…

—Espere. ¿Quiere decir que nadie… que todos los de mi compañía son homosexuales, salvo yo?

—William, todos los terráqueos son ahora homosexuales, con excepción de un millar de personas, todas ellas veteranos incurables.

¿Qué me quedaba por decir?

—¡Vaya manera drástica de resolver la superpoblación!

—Tal vez, pero da buen resultado. La población terráquea se mantiene estable por debajo de un billón de personas. Cuando alguien muere o se va del planeta se anima a otro individuo.

—La gente no nace.

—Sí, nace, pero no al modo antiguo. Se trata de lo que ustedes llamaban «bebés de probeta», aunque naturalmente no se emplean probetas para eso.

—Bueno, menos mal.

—En cada guardería hay una especie de vientre artificial que se encarga de los individuos durante los primeros ocho o diez meses siguientes a la animación. Lo que ustedes llamarían «nacimiento» se produce en un período de varios días; ya no es el acontecimiento súbito y drástico de otros tiempos.

«¡Oh, un mundo feliz!», pensé.

—Sin traumas de nacimiento. Un billón de homosexuales perfectamente equilibrados.

—Perfectamente equilibrados para las normas de la Tierra actual. A usted y a mí nos parecerían algo extraños.

—Ese término es muy suave para el caso —observé, mientras acababa mi cerveza—. En cuanto a usted… ¡ejem!, ¿es homosexual también?

—¡Oh, no! —exclamó, para mi alivio—. En realidad ya no soy tampoco heterosexual.

Se golpeó la cadera con un ruido extraño.

—Me hirieron; resultó que yo tenía una rara afección del sistema linfático y no podía tener descendencia. Desde la cintura hacia abajo no soy más que metal y plástico. Para usar su propia palabra, soy un ciborganismo.

Aquello ya fue demasiado, como solía decir mi madre.

—Oiga, recluta —dije al camarero—, tráigame uno de esos Antares.

Estar sentado en un bar con un ciborganismo asexuado, que probablemente era la única persona normal de todo aquel maldito planeta, aparte de mí mismo.

—Que sea doble, por favor.

2

Al día siguiente entraron todos en fila a la sala de conferencias. Parecían bastante normales, muy jóvenes y algo tiesos. La mayoría llevaba apenas siete u ocho años fuera de la guardería infantil. Ésta era un medio aislado y bajo permanente verificación, al cual sólo tenían acceso unos pocos especialistas, en su mayoría maestros y pediatras. Cuando un individuo abandonaba la guardería, a la edad de doce o trece años, escogía un nombre de pila (el apellido se tomaba generalmente del padre donante de mayor alcance genético) y se convertía en adulto legal, con una educación equivalente a la que yo poseía en el primer año de la universidad. Casi todos se dedicaban a un aprendizaje más especializado, pero a algunos les asignaban un puesto y entraban directamente a trabajar. Eran observados atentamente; a quienes mostraban cualquier síntoma de sociopatía, como por ejemplo inclinaciones heterosexuales, se les enviaba a un instituto correccional. Si no se curaban permanecían allí durante el resto de su vida.

Todos se enrolaban en la FENU a la edad de veinte años. Casi todos trabajaban en alguna oficina durante cinco años y recibían la baja. Unos pocos afortunados, uno entre ocho mil individuos, eran invitados a recibir adiestramiento para el combate. Rehusar se consideraba «sociopático», aunque significara enrolarse por otros cinco años. Y las posibilidades de sobrevivir esos diez años eran tan pequeñas que podían considerarse nulas; nadie lo había logrado. La mayor oportunidad consistía en que la guerra terminara antes de cumplirse los diez años subjetivos. Era de esperar que la dilación cronológica pusiera muchos años entre cada una de las batallas.

Puesto que lo más probable era entrar en combate una vez por año subjetivo, y puesto que sólo un treinta y cuatro por ciento sobrevivía a cada batalla, es sencillo calcular las posibilidades de supervivencia en los diez años: aproximadamente dos milésimos por ciento. O, para decirlo en otros términos, era como jugar a la ruleta rusa con cuatro de las seis cámaras cargadas. Si uno podía hacerlo diez veces sin decorar la pared opuesta, ¡felicitaciones!: podía considerarse civil.

Habiendo unos sesenta mil soldados combatientes en la FENU, sólo un 1,2% lograría sobrevivir durante diez años. No entraba en mis cálculos ser precisamente ese afortunado, aunque ya estaba a mitad de camino. ¿Cuántos de aquellos jóvenes que entraban al auditorio se sabían condenados?

Traté de comparar aquellas caras con las fichas que había estado estudiando durante toda la mañana, pero no era fácil. Todos habían sido seleccionados según parámetros estrictos y se parecían notablemente: altos, pero no demasiado; musculosos sin ser corpulentos; inteligentes, pero no dados a las cavilaciones. Además, la Tierra era por aquel entonces mucho más racialmente homogénea que en mis tiempos. La mayoría de los muchachos tenía un aspecto vagamente polinesio. Sólo dos de ellos, Kayibanda y Lin, parecían representar tipos étnicos puros. Me pregunté si los demás no les harían la vida imposible por ello.

La mayor parte de las mujeres eran dolorosamente bellas, aunque yo no estaba en condiciones de ser buen juez. Llevaba más de un año de celibato, desde que me había despedido de Marygay, allá en Paraíso. Me pregunté si alguna de ellas tendría algún resabio atávico o estaría dispuesta a satisfacer las excentricidades de su comandante. «Queda absolutamente prohibido a los oficiales mantener vínculos sexuales con sus subordinados.» ¡Qué cálida forma de expresarlo! «Las violaciones a esta regla serán punibles con la incautación de todos los fondos y la degradación al rango de recluta; si la relación afectare la eficiencia de una unidad de combate se llegará a la ejecución sumaria.» Si todas las reglas de la FENU hubieran podido ser desobedecidas con tanta facilidad y frecuencia, la vida militar habría resultado muy llevadera.

En cuanto a los muchachos, ninguno despertaba atracción en mí. No podía asegurar cómo serían las cosas una vez transcurridos otros doce meses.

—¡Ten-ción!

Era la teniente Hilleboe; al parecer mis nuevos reflejos eran buenos, puesto que no me levanté de un salto. Eso hicieron, en cambio, todos los presentes en el auditorio.

—Soy la teniente Hilleboe, oficial segundo de campo.

Ese grado se llamaba en otros tiempos «sargento primero de campo»; una buena señal de que un ejército lleva demasiado tiempo en movimiento es que empieza a mostrarse irregular con los oficiales. Hilleboe prosiguió como un soldado profesional bien curtido. Probablemente gritaba órdenes frente al espejo todas las mañanas, mientras se depilaba. Pero yo había revisado sus antecedentes y sabía que sólo había estado en acción una vez, por un par de minutos. Tras perder un brazo y una pierna había sido ascendida, al igual que yo, como resultado de las pruebas a que nos sometían en la clínica de regeneración. ¡Diablos, tal vez había sido muy simpática antes de pasar por ese trauma! Ya era bastante duro tener que regenerar un solo miembro.

Lo que decía a los soldados era la cháchara habitual de los sargentos primeros, severa, pero justa: «No me hagan perder tiempo con nimiedades; empleen la cadena de comando; casi todos los problemas se pueden resolver en el quinto grado.» Era una lástima que yo no hubiera hablado con ella un poco más temprano. El Comando de la Fuerza de Choque nos había lanzado de lleno en esa primera entrevista, pues debíamos subir a bordo al día siguiente, y yo no había tenido tiempo sino para cambiar unas pocas palabras con mis oficiales.

No había sido suficiente, pues estaba claro que Hilleboe y yo sosteníamos criterios muy dispares sobre el modo de manejar una compañía. En realidad, manejarla era tarea suya; yo debía limitarme a mandar. Pero ella estaba creando en potencia una división entre «los buenos y los malos» al usar la cadena de comando para aislarse de quienes estaban a su cargo. Yo no tenía intenciones de ser tan reservado; pensaba fijar una hora por día para que cualquier soldado pudiera venir a mí con quejas o sugerencias, sin necesidad de solicitar permiso a sus otros superiores.

A ambos se nos había proporcionado la misma información durante las tres semanas pasadas en el tanque. Resultaba interesante que hubiéramos llegado a conclusiones tan diferentes con respecto al mando. Esa política de puertas abiertas, por ejemplo, había dado buenos resultados en los ejércitos modernos de Australia y América; además parecía especialmente adecuada a nuestra situación, donde todos permanecían encerrados durante meses y hasta años enteros. La habíamos empleado en la Sangre y Victoria, última nave estelar a la que yo fuera asignado, y pareció aliviar las tensiones.

Hilleboe parecía tranquila mientras pronunciaba esa arenga organizadora. Muy pronto les ordenaría prestar atención para presentarme. ¿De qué podía yo hablarles? Había pensado decir unas pocas palabras y explicar mi política de puertas abiertas; después les dejaría con la comodoro Antopol, que les hablaría de la Masaryk II. Pero sería mejor postergar la explicación mientras no hubiera mantenido una larga charla con Hilleboe; en realidad sería mejor que ella misma presentara esa política a los soldados, a fin de no dar la impresión de que estábamos en desacuerdo.

Mi oficial ejecutivo, el capitán Moore, vino en mi rescate. Apareció a toda prisa por una puerta lateral (vivía corriendo, como si fuera un meteorito gordinflón) y, tras saludarme bruscamente, me entregó el sobre que contenía nuestras órdenes de combate.

Mantuve una breve charla en voz baja con la comodoro; estuvimos de acuerdo en que no les haría ningún mal saber adonde íbamos, aunque los soldados sin rango no tenían obligación de enterarse. Pero si de algo no teníamos por qué preocuparnos en aquella guerra era de los agentes enemigos. Con una buena mano de pintura un taurino podía disfrazarse de hongo ambulante, pero sin duda despertaría sospechas.

Hilleboe ya estaba explicándoles mis excelencias como comandante; que yo había estado en la guerra desde el comienzo, y que si ellos tenían intenciones de sobrevivir harían bien en seguir mi ejemplo. No mencionó el hecho de que yo fuera tan sólo un soldado mediocre, con cierto talento para pasar desapercibido. Tampoco dijo que me había retirado del ejército a la primera oportunidad, para volver debido tan sólo a las intolerables condiciones de vida en la Tierra.

—Gracias, teniente —manifesté, al tomar su sitio en el estrado—. Descansen.

Desplegué la hoja que contenía nuestras órdenes y la sostuve en alto.

—Tengo algunas noticias buenas y algunas malas.

Lo que había pasado por un chiste cinco siglos atrás era ya tan sólo una afirmación corriente.

—He aquí nuestras órdenes de combate para la campaña Sade-138. La buena noticia es que probablemente no entremos en combate al menos en seguida. La mala, que actuaremos como blanco.

Ante aquello se agitaron un poco, pero nadie dijo palabra ni apartó los ojos de mí. Buena disciplina, o tal vez sólo fatalismo; yo no sabía si tenían una imagen muy realista de su futuro. Es decir, de su falta de futuro.

—Se nos ha ordenado hallar el mayor planeta portal que gire en torno al colapsar de Sade-138, para construir allí una base. Después deberemos permanecer en ella hasta que nos releven. Probablemente pasarán dos o tres años.

»Es casi seguro que en ese período nos atacarán. Como ustedes han de saber, el Comando de la Fuerza de Choque ha descubierto cierto esquema en los movimientos del enemigo, de colapsar a colapsar. Confían en que, tarde o temprano, será posible rastrear ese complejo esquema a través del tiempo y del espacio, hasta hallar el lugar de origen de los taurinos. Por el momento sólo podemos enviar fuerzas que les intercepten e impidan su expansión.

»Eso es, a grandes rasgos, lo que se nos ordena hacer. Seremos una de las muchas fuerzas de choque empleadas en esas maniobras de bloqueo en las fronteras del enemigo. Por mucho que insista sobre la importancia de esta misión, jamás será bastante; si la FENU logra evitar que el enemigo se expanda, tal vez consigamos envolverlo y ganar la guerra.

De ser posible, antes de que todos estuviéramos reducidos a cadáveres.

—Quiero dejar un punto bien claro: tal vez nos ataquen el mismo día en que lleguemos; tal vez ocupemos el planeta durante diez años sin dificultades.

(Las probabilidades eran más que escasas.)

—Pero, pase lo que pase, cada uno de nosotros debe mantenerse en el mejor estado posible para el combate. Mientras estemos en la nave llevaremos a cabo un programa regular de ejercicios gimnásticos y de revisión de adiestramiento, especialmente en lo que concierne a técnicas de construcción; debemos levantar la base y sus instalaciones defensivas en el menor tiempo posible.

(¡Dios, ya estaba hablando como los oficiales!)

—¿Alguna pregunta?

No las hubo. Entonces finalicé:

—Quiero presentarles a la comodoro Antopol. Adelante, comodoro.

Ésta no trató de ocultar su aburrimiento en tanto explicaba a todas aquellas lombrices de tierra las características y las comodidades de la Masaryk II. El programa de información del tanque me había enseñado ya la mayor parte de cuanto ella decía, pero sus últimas frases me llamaron la atención.

—Sade-138 será el colapsar más lejano alcanzado por el hombre. Ni siquiera está en la galaxia propiamente dicha, sino que forma parte de la Gran Nube Magallánica, a unos cincuenta años-luz de distancia. Nuestro viaje requerirá cuatro saltos colapsares y nos ocupará unos cuatro meses subjetivos. Las maniobras para la inserción colapsar nos habrán retrasado unos trescientos años con respecto al calendario de Puerta Estelar para cuando lleguemos a Sade-138.

Y habrían pasado otros setecientos años, si yo vivía tanto como para volver. Eso no haría mucha diferencia: Marygay ya había muerto, sin duda, y no había persona viviente que significara algo para mí.

—Tal como el mayor les ha dicho, estas cifras no les deben inducir a la desidia. El enemigo también se dirige hacia Sade-138; tal vez lleguemos el mismo día. Las matemáticas de la situación son complicadas, pero crean lo que les decimos: la carrera ha de ser difícil. Mayor, ¿quiere agregar algo más?

Empecé a levantarme, diciendo:

—Bueno…

Inmediatamente Hilleboe gritó:

—¡Atención!

Tenía que aprender a estar preparado para eso.

—Sólo quería decir que me gustaría hablar unos minutos con los oficiales superiores, desde el grado cuatro hacia arriba. Los sargentos de pelotón se encargarán de conducir las tropas a la zona de embarque 67, mañana por la mañana a las 0400. Hasta entonces quedan todos en libertad.

Invité a los cinco oficiales a mi salita y saqué una botella de verdadero coñac francés. Me había costado dos meses de sueldo, pero ¿qué otra cosa podía hacer con el dinero? ¿Invertirlo? Cuando serví las copas, Alserver, la doctora, rechazó la suya; en cambio partió una pequeña cápsula bajo su nariz y aspiró profundamente. Después trató sin mucho éxito de disimular su expresión de euforia.

—En primer lugar, vamos a un problema personal básico —dije, mientras servía la bebida—. ¿Están todos ustedes informados de que no soy homosexual?

Hubo un coro mezclado de «sí señor» y «no señor».

—¿No creen que esto va a… complicar mi situación como comandante entre los soldados?

—Señor, no creo… —empezó Moore.

—Aquí no hacen falta rangos —dije—: estamos en un círculo cerrado. Hace cinco años, en mi propio marco cronológico, yo era recluta. Cuando no haya soldados rasos presentes, pueden llamarme Mandella o William.

Tuve la sensación de que estaba cometiendo un error al decir eso, pero concluí:

—Sigue hablando.

—Bueno, William, tal vez hace cien años habría sido un problema. Ya sabes lo que pensaba la gente por entonces.

—En realidad no lo sé. Desde el siglo xxi en adelante no sé más que historia militar.

—¡Oh! bueno, era… ¿Cómo te diré? Eh, era…

Agitó las manos en el aire. Alserver terminó por él:

—Era un delito. Eso fue mientras el Consejo de Eugenesia trataba de convencer a la gente para que la homosexualidad fuera universal.

—¿Qué Consejo de Eugenesia?

—Es parte de la FENU. Solamente tiene autoridad en la Tierra.

Aspiró profundamente la cápsula vacía y prosiguió:

—Se trataba de evitar que la gente siguiera procreando bebés al modo biológico. Porque A) la gente mostraba una lamentable falta de juicio al elegir al compañero biológico, y B) el Consejo notaba que las diferencias raciales provocaban una división innecesaria en la humanidad. Con un control absoluto de los nacimientos se podría lograr que en pocas generaciones hubiera una sola raza.

No sabía que habían llegado tan lejos, pero parecía lógico.

—Y tú, como médico, ¿lo apruebas?

—Cómo médico no estoy segura.

Tomó otra cápsula del bolsillo y la hizo girar entre el pulgar y el índice, con la mirada perdida, o tal vez fija en algo que nadie veía.

—En cierto modo eso me facilita mucho el trabajo. Muchas enfermedades han dejado de existir. Pero creo que no saben tanto de genética como creen saber. No es una ciencia exacta; quizás están haciendo algo muy mal y el resultado no se note hasta dentro de muchos siglos.

Rompió la segunda cápsula bajo su nariz y aspiró dos veces seguidas.

—Sin embargo —aclaró—, como mujer estoy de acuerdo.

Hilleboe y Rusk asintieron vigorosamente.

—¿Porque así no debes pasar por el proceso del parto?

—En parte por eso —confirmó ella, bizqueando cómicamente al mirar la cápsula para aspirar por última vez—. Sin embargo es sobre todo por no verme obligada a… tener un hombre… dentro de mí. ¿Comprendes? Es desagradable.

—Si no has probado, Diana —observó Moore riendo—, no lo puedes…

—¡Oh, cállate! —exclamó ella, arrojándole juguetonamente la cápsula vacía.

—Pero es perfectamente natural —protesté.

—También lo es andar de árbol en árbol y cavar en busca de raíces con un palo romo. El progreso, mi querido mayor, el progreso.

—De cualquier modo —prosiguió Moore— sólo se consideró delito durante un breve período. Después pasó a ser… ejem… una…

—Afección que se podía curar —completó Alsever.

—Gracias. Ahora bien, es tan poco habitual… No creo que los soldados lo tomen muy a pecho, en un sentido o en otro.

—Es sólo un rasgo excéntrico —afirmó Diana, magnánima—. Peor sería que devoraras niños.

—Es cierto, Mandella—concordó Hilleboe—. Mis sentimientos hacia usted no cambian por eso.

—Me… me alegro.

¡Qué maravilla! Comenzaba a darme cuenta de que no tenía la menor idea sobre cómo debía comportarme socialmente. Gran parte de mi conducta «normal» se basaba en un complejo código táctico de etiqueta sexual. ¿Debía tratar a los hombres como si fueran mujeres y viceversa? ¿O tratarles a todos como hermanos? Todo resultaba muy confuso. Acabé de vaciar mi copa y la dejé sobre la mesa.

—Bueno, gracias por la seguridad que me han brindado. En esencia era eso lo que deseaba preguntarles. No dudo que todos ustedes tienen mucho que hacer y gente de la cual despedirse. No quiero retenerles.

Todos se marcharon, con excepción de Charlie Moore. Ambos decidimos pillar una borrachera mayúscula y recorrer todos los bares y clubes para oficiales que hubiera en el sector.

Logramos visitar doce de ellos; probablemente hubiéramos podido completar el recorrido, pero decidí que convenía dormir unas horas antes de la próxima reunión.

La única vez que Charlie me hizo ciertas insinuaciones se comportó con mucha cortesía. Traté de que mi negativa fuera igualmente cortés, pensando que pronto adquiriría mucha práctica en aquellos asuntos.

3

Las primeras naves de la FENU poseían la delicada belleza de una araña, pero con los diversos adelantos tecnológicos la fuerza estructural pasó a ser más importante que la conservación de la masa (cualquiera de las naves antiguas se habría plegado como un acordeón en una maniobra efectuada a veinticinco gravedades), y eso se reflejaba en el diseño estólido, pesado y funcional. La única decoración era el nombre Masaryk II pintado en letras de color azul opaco sobre el casco, negro obsidiana.

En el trayecto hacia la bodega, nuestra nave de lanzadera pasó por encima del nombre: un pequeño grupo de hombres y mujeres efectuaba trabajos de mantenimiento sobre el casco. Empleándolos a modo de referencia pudimos comprobar que las letras medían varios cientos de metros. La nave en sí se prolongaba un kilómetro entero (1.036,5 metros, dijo mi recuerdo latente) y su anchura era aproximadamente la tercera parte (319,4 metros). Eso no significaba que gozáramos de mucho espacio. La nave llevaba en su vientre seis grandes destructores a propulsión taquiónica y cincuenta vehículos robóticos teledirigidos. La infantería quedaba relegada a un rincón. «La guerra es la especialidad del peligro», según había dicho Carlitos von Clausewitz; yo tenía el presentimiento de que pronto íbamos a confirmarlo.

Nos quedaban seis horas antes de pasar a los tanques de aceleración. Dejé caer mi equipo en el diminuto cubículo que constituiría mi hogar durante los veinte meses siguientes y salí de exploración. Charlie se me había adelantado: ya estaba en el comedor, evaluando la calidad del café que preparaban en la Masaryk II.

—Parece bilis de rinoceronte —dijo.

—Al menos no será soja —comenté.

Pero tras el primer sorbo cauteloso me di cuenta de que a los pocos días echaría de menos la soja.

La sala de oficiales era un cubículo de tres por cuatro, suelo y paredes metálicas, máquina de café y biblioteca. Seis sillas duras y una mesa con una máquina de escribir.

—¡Qué lugar alegre! ¿Verdad? —observó él, revisando el índice general en la máquina de la biblioteca—. Teoría militar a montones.

—Hace bien. Refresca la memoria.

—¿Solicitaste adiestramiento para oficiales?

—¿Yo? No, me lo ordenaron.

—Al menos tú tienes una excusa —replicó, mientras encendía y apagaba la máquina, contemplando los parpadeos de la luz verde—. Yo me apunté. Nadie me dijo que sería así.

Comprendí que no se refería a problemas sutiles, como el peso de la responsabilidad. Era toda esa información obligada, ese constante susurro mudo.

—Sí. Dicen que va pasando poco a poco.

En ese momento apareció Hilleboe.

—Ah, estaban aquí.

Nos saludó a los dos e inspeccionó rápidamente el recinto; resultó evidente que aquellas espartanas instalaciones merecían su aprobación.

—¿Quiere usted hablar con la compañía antes de entrar en los tanques de aceleración? —preguntó.

—No, no me parece… necesario.

Estuve a punto de decir «conveniente»; el arte de castigar a los subordinados requiere mucha pericia. Por lo visto, me vería obligado a recordarle constantemente que no era ella quien estaba en el mando. Otra solución consistiría en prestarle la insignia por un tiempo y dejar que experimentara sus delicias.

—Por favor, ¿quiere reunir a todos los jefes de pelotón? Lleve a cabo con ellos la secuencia de inmersión. Más tarde haremos práctica de aceleración, pero por ahora me parece mejor que la tropa descanse unas cuantas horas.

Les vendría bien, sobre todo si tenían una resaca parecida a la del comandante.

—Sí, señor.

Se marchó algo ofendida; el encargo que le había dado era en verdad tarea de Riland o de Rusk. Charlie acomodó su regordeta persona en una de las sillas y suspiró:

—Veinte meses en esta máquina grasienta. Con esa mujer. ¡Mierda!

—Bueno, si te portas bien conmigo no te haré compartir el alojamiento con ella.

—Trato hecho. Soy tu esclavo para siempre. A partir del viernes, digamos.

Miró el contenido de su taza y optó por no beber aquellas heces.

—De veras —insistió—, nos va a traer problemas. ¿Qué piensas hacer con ella?

—No lo sé.

También Charlie se estaba insubordinando, por supuesto, pero era mi oficial ejecutivo y estaba fuera de la cadena de comando. Además yo necesitaba al menos un amigo.

—Tal vez se ablande cuando estemos en marcha —sugerí.

—Puede ser.

Técnicamente ya estábamos «bajo peso»[3], puesto que avanzábamos lentamente hacia el colapsar de Puerta Estelar, a gravedad uno. Pero eso era sólo por conveniencia de la tripulación; no es sencillo sujetar con listones las escotillas cuando se trabaja en caída libre. El viaje en sí no comenzaría mientras no estuviéramos en los tanques.

La sala era tan deprimente que Charlie y yo decidimos emplear las horas restantes en recorrer la nave. El puente era como todas las instalaciones de computación; las ventanillas constituían un lujo del que se podía prescindir. Permanecimos a respetuosa distancia en tanto Antopol y sus oficiales efectuaban las últimas verificaciones antes de trepar a los tanques y abandonarnos en manos de las máquinas.

En realidad había un ojo de buey. Una burbuja de plástico grueso, en el cuarto de navegación de proa. El teniente Williams no estaba ocupado, pues la etapa de preinserción era totalmente automática; por lo tanto nuestra visita le resultó muy grata.

—Confío en que no sea necesario usar esto en este viaje —comentó, golpeando con una uña el plástico del ojo de buey.

—¿Por qué? —preguntó Charlie.

—Lo usamos tan sólo cuando perdemos el rumbo. Si el ángulo de inserción se desvía la milésima parte de un radián podemos salir en el otro extremo de la galaxia. En ese caso podemos obtener una idea aproximada de nuestra posición analizando el espectro de las estrellas más brillantes. Son como huellas digitales. Una vez que identificamos tres podemos formar triángulo.

—Entonces encontramos el colapsar más cercano y retrocedemos —dije.

—Ése es el problema. El único que conocemos en la Gran Nube Magallánica es Sade-138. Lo descubrimos gracias a ciertos datos robados al enemigo. Aunque pudiéramos hallar otro colapsar, si nos perdiéramos en la Nube no sabríamos cómo insertarnos.

—¡Qué maravilla!

—Siempre es mejor que perderse del todo —respondió, con una expresión bastante perversa—. Podríamos entrar a los tanques, poner la nave en dirección a la Tierra y lanzarla a toda velocidad. Llegaríamos entres meses subjetivos.

—Claro —observé yo—, pero ciento cincuenta mil años adelantados en el futuro.

A veinte gravedades se llega a las nueve décimas partes de la velocidad de la luz en menos de un mes. A partir de entonces se está en manos de San Alberto.

—Sí, es un inconveniente —reconoció él—, pero al menos sabríamos quién ganó la guerra.

Cabía preguntarse cuántos soldados habían escapado a la guerra de ese modo. Existían cuarenta y dos fuerzas de choque perdidas en alguna parte, de las que no se tenían noticias. Tal vez todas ellas estuvieran avanzando por el espacio normal a una velocidad cercana a la de la luz, para aparecer una a una en la Tierra o en Puerta Estelar, con el correr de los siglos. Habría sido un buen sistema para desertar, puesto que una vez fuera de la cadena de saltos colapsares uno quedaba a salvo de cualquier persecución. Pero el navegante humano sólo entraba en juego en el caso de que se produjera algún error y la nave surgiera donde no debía.

Charlie y yo fuimos a inspeccionar el gimnasio. Era lo bastante grande como para dar cabida a doce personas. Le pedí que preparara una lista de turnos para que todo el mundo pudiera hacer ejercicio durante una hora diaria cuando saliéramos de los tanques. La zona de comedor era apenas más grande que el gimnasio. Aun en cuatro turnos tendríamos que apretujarnos bastante. La sala de los reclutas era más deprimente que la de los oficiales. No pasaría mucho tiempo sin que tuviese que enfrentarme a un verdadero problema con respecto al ánimo de la gente.

En cuanto a la armería, era más amplia que el gimnasio, el comedor y las dos salas reunidas. Era forzoso que así fuera, debido a la gran variedad de armas que se iban inventando con el correr de los siglos. El recurso básico seguía siendo el traje de batalla, aunque estaba mucho más perfeccionado que el primer modelo, aquel que yo usara antes de la campaña de Aleph.

El teniente Riland, oficial armero, estaba supervisando a sus cuatro subordinados (uno por cada pelotón), que efectuaban la última verificación de las armas. Era quizás el trabajo más importante de toda la nave, teniendo en cuenta lo que podía ocurrir con tantas toneladas de explosivos y radiactivos bajo veinticinco gravedades. Me saludó a la ligera.

—¿Todo bien, teniente?

—Sí, señor, con excepción de esas malditas espadas.

Se refería a las que usábamos en los campos de estasis.

—No hay modo de instalarlas para que no se doblen—explicó—. Espero que no se rompan.

Por mi parte no lograba comprender siquiera los principios del campo de estasis; el abismo entre mi título y la física actual era tan profundo como el que separaba a Galileo de Einstein. Pero al menos conocía los efectos.

En el interior del campo nada se podía mover a más de 16,3 metros por segundo; se trataba de un volumen hemisférico (esférico en el espacio) de unos cincuenta metros de radio. En el interior no había radiaciones electromagnéticas de ninguna especie: ni electricidad, ni magnetismo, ni luz. Desde el interior del traje uno veía el espacio circundante en una fantasmal monocromía; alguien me explicó ese fenómeno tartajeando algo sobre «la transferencia de fase de la cuasinergía que se filtra de una realidad taquiónica adyacente», todo lo cual me sonó a flogisto.

Sin embargo, como resultado del campo de estasis todas las armas convencionales de la guerra quedaban inutilizadas. Hasta una bomba nova se convertía en un terrón inerte dentro de ese campo.

Y cualquier criatura, terráquea o taurina, moriría en un instante si quedaba atrapada dentro del campo sin la debida protección. Al principio pareció ser un arma definitiva. En cuatro enfrentamientos consecutivos se barrieron por completo las bases taurinas sin una sola baja humana. Sólo hacía falta llevar el campo hasta donde estaban los enemigos, para lo cual bastaban cuatro soldados fornidos en la gravedad de la Tierra, y ver cómo morían al deslizarse a través de la pared opaca del campo. Los que llevaban el generador eran invulnerables, salvo en los cortos períodos en que necesitaran apagarlo para orientarse.

En la sexta oportunidad, el enemigo estaba preparado. Llevaban trajes protectores y filosas espadas con las que rasgaron los trajes de los portadores. Desde entonces los soldados que llevaban el generador iban también armados. Sólo había noticias de otras tres batallas semejantes, aunque eran más de diez las fuerzas de choque dotadas de generadores. Las otras no habían llegado aún a destino, seguían luchando o habían sido totalmente derrotadas: no había modo de saberlo hasta el retorno. Y nadie las alentaba a regresar mientras los taurinos siguieran en posesión de «sus propiedades», pues eso se consideraba «deserción bajo el fuego enemigo» y se castigaba con la ejecución de todos los oficiales; sin embargo, según los rumores, no se hacía más que aplicarles lavado de cerebro y reeducación, para enviarlos nuevamente a la refriega.

—¿Usaremos el campo de estasis, señor? —preguntó Riland.

—Probablemente, pero no al principio, a menos que los taurinos estén allá cuando nosotros lleguemos. No me gusta pasarme días y días dentro de un traje.

Tampoco me gustaba la perspectiva de usar una espada, sable o puñal, por muchas ilusiones electrónicas que enviara con ellos al Walhalla. Miré mi reloj: faltaban dos horas para que se iniciara la secuencia de inserción.

—Bueno, será mejor que vayamos acercándonos a los tanques, teniente. No deje de verificarlo todo.

El recinto que albergaba los tanques parecía una enorme fábrica de productos químicos; tenía unos buenos cien metros de ancho y estaba lleno de grandes aparatos pintados de gris opaco y uniforme. Los ocho tanques estaban arracimados casi simétricamente en torno al ascensor central; el único detalle asimétrico lo constituía uno de ellos, cuya altura era doble. Sería el tanque de comando, para los oficiales superiores y los especialistas de apoyo.

El sargento Blazynski apareció desde detrás de un tanque y saludó. En vez de responder exclamé:

—¿Qué diablos es eso?

En aquel universo gris había una sola mancha de color.

—Es un gato, señor.

—Eso está a la vista.

Un gato grande, de colores brillantes, ridículamente encaramado al hombro del sargento.

—Permítame formular la pregunta de otro modo—insistí—: ¿Qué diablos hace este gato aquí?

—Es la mascota de la brigada de mantenimiento, señor.

El gato alzó la cabeza para lanzarme un bufido no muy entusiasta; en seguida volvió a su laxo reposo. Charlie respondió a mi mirada encogiéndose de hombros.

—Es algo cruel —dije—. No lo disfrutarán mucho tiempo; en cuanto lleguemos a veinticinco gravedades será un mazacote de piel y entrañas.

—¡Oh, no, señor!

El sargento apartó la piel del lomo, bajo el cuello. Tenía una válvula de fluorocarbono implantada allí, exactamente igual a la que yo llevaba en la cadera.

—La compramos en un negocio de Puerta Estelar, ya modificada. Ahora muchas naves llevan mascotas, señor. La comodoro nos firmó los formularios.

En realidad todo era correcto, pues la brigada de mantenimiento estaba tanto bajo sus órdenes como a las mías. Además la nave era responsabilidad de ella. Pero los gatos me resultan odiosos; no hacen más que rondar por todos lados.

—¿No podía haber sido un perro?

—No, señor; no se adaptan. No soportan la caída libre.

—¿Hubo que hacer alguna adaptación especial a los tanques? —preguntó Charlie.

—No, señor. Teníamos una litera de sobra. No hubo más que acortar las correas.

Magnífico: eso significaba que me tocaría compartir el tanque con el animal.

—Hace falta otra clase de droga para fortalecer las paredes celulares, pero venía incluida en el precio.

Charlie le rascó detrás de una oreja; ronroneó suavemente, pero no se movió.

—Parece medio tonto.

—Es que le hemos drogado con un poco de anticipación —explicó el sargento.

No era extraño que estuviera tan quieto, puesto que la droga hace más lento el metabolismo, hasta que apenas basta para mantener las funciones vitales. El hombre agregó:

—Así será más fácil atarlo después.

—Supongo que no hay problemas —dije, pensando que tal vez sirviera para levantar la moral de los soldados—. Pero si se convierte en estorbo yo mismo me encargaré de arrojarlo al sistema de reaprovechamiento.

—¡Sí, señor!

Blazynski parecía muy aliviado; tal vez pensaba que yo no sería capaz de hacer semejante cosa con un minino tan encantador. «Haz la prueba, compañerito», pensé.

Ya lo habíamos visto todo. A aquel lado de los motores sólo quedaba la inmensa bodega donde dormían los destructores y las naves teledirigidas, fuertemente sujetas a gruesos armazones para que resistieran la aceleración. Charlie y yo fuimos a echarles un vistazo, pero no había ventanillas allí donde estábamos, al otro lado de la esclusa de aire. En el interior de la cámara había una, pero había sido evacuada y no valía la pena pasar por todo el ciclo de llenado y calentamiento sólo para satisfacer la curiosidad.

Comenzaba a sentirme un estorbo. Llamé a Hilleboe, quien afirmó que todo estaba en orden. Como aún faltaba una hora, Charlie y yo volvimos a la sala e iniciamos una partida de Kriesgspieler, con la computadora como arbitro; cuando empezaba a resultar interesante sonó la alarma indicando que faltaban diez minutos para la aceleración.

Los tanques de aceleración tenían un «margen de semiseguridad» de cinco semanas. Eso significaba que uno podía permanecer sumergido en ellos durante cinco semanas con un cincuenta por ciento de probabilidades de que no saltara ninguna válvula; de ser así, uno quedaba aplastado como una cucaracha bajo la suela del zapato. En la práctica, la emergencia debía ser muy seria para justificar que los usáramos durante más de dos semanas. En aquella primera etapa del viaje nos mantendríamos en aceleración sólo durante diez días.

De cualquier modo, para el ocupante de los tanques cinco semanas eran lo mismo que cinco horas. Una vez que la presión llegaba a nivel operativo se perdía el sentido del tiempo. El cuerpo y el cerebro parecían de cemento. Los sentidos no proporcionaban dato alguno y uno podía entretenerse durante varias horas tratando de deletrear su propio nombre.

No me sorprendió encontrarme súbitamente seco y hormigueante de sensaciones sin que el tiempo pareciera haber transcurrido. Aquello parecía una convención de asmáticos en un campo de heno: treinta y nueve personas y un gato estornudaban y tosían a la par, tratando de eliminar los últimos residuos de fluorocarbono. Mientras yo luchaba con mis correas se abrió la puerta lateral, inundando el tanque de una luz dolorosamente brillante. El gato fue el primero en salir; le siguió una batahola humana. En aras de la dignidad aguardé hasta que todos hubieron salido.

Más de cien personas se paseaban fuera, estirando las articulaciones y masajeándose el cuerpo. ¡Dignidad! Allí, rodeado por hectáreas de joven carne femenina, las miré directamente al rostro mientras intentaba desesperadamente resolver una ecuación diferencial de tercer orden, a fin de sofocar el reflejo galante. Aquel recurso de emergencia me permitió llegar al ascensor.

Hilleboe ya estaba dando órdenes para que la gente formara. Al cerrarse las puertas noté que todos los miembros de un pelotón presentaban un ligero cardenal de la cabeza a los pies. Veinte pares de ojos negros. Tendría que hablar con los de mantenimiento y atención médica sobre ese asunto.

Pero antes que nada tenía que vestirme.

4

Permanecimos tres semanas a una gravedad, con ocasionales períodos de caída libre para comprobar el curso de navegación, mientras la Masaryk II efectuaba un giro largo y cerrado desde el colapsar Resh-10 y volvía a él. Todo funcionó bien; la gente se ajustaba perfectamente a la rutina de a bordo. Asigné pocos trabajos y muchos ejercicios y revisiones…, para bien de los soldados, aunque no era lo bastante ingenuo como para creer que ellos lo verían así.

Después de una semana a gravedad uno, el recluta Rudkoski, ayudante del cocinero, se había armado de un alambique con el que producía ocho litros diarios de una bebida con un noventa y cinco por ciento de alcohol etílico. No quise prohibírselo; la vida ya era bastante aburrida y eso no importaba mientras los soldados siguieran presentándose sobrios a sus tareas. Sin embargo sentía una gran curiosidad por saber cómo lograba obtener la materia prima en nuestra hermética ecología y con qué pagaban los soldados esa bebida. Para averiguarlo empleé la cadena de comando a la inversa y pedí a Alserver que descubriera el asunto. Ella, a su vez, preguntó a Jarvil, que interrogó a Carreras, que charló con Orban, el cocinero. Resultó entonces que el sargento Orban era el responsable de todo; había dejado que Rudkoski hiciera el trabajo sucio, pero se moría por vanagloriarse ante alguien de confianza.

Si yo hubiera comido alguna vez con los reclutas habría notado algo raro, pero el sistema no incluía el comedor de los oficiales. A través de Rudkoski, Orban había establecido en toda la nave un sistema económico basado en el alcohol. Operaba de este modo:

En cada una de las comidas se incluía un postre muy azucarado (jalea, natillas o flan) que uno podía comer, siempre que no se empalagara, pero si uno lo dejaba en la bandeja y lo devolvía a la ventanilla de reaprovechamiento, Rudkoski le daba un bono por diez centavos y arrojaba el postre en una batea de fermentación; tenía dos, con capacidad para veinte litros cada una, una «en trabajo» mientras la otra se llenaba.

El bono de diez centavos era la base de un sistema que permitía comprar medio litro de alcohol etílico, con sabor a elección del cliente, por cinco dólares. Una brigada de cinco personas que devolvieran todos sus postres podía comprar más o menos un litro por semana; era bastante para una fiesta, pero no como para convertirse en un problema de salud pública.

Junto con esa información Diana me trajo una botella de El Peor de Rudkoski; así se llamaba un sabor que no había tenido éxito. Pasó por toda la cadena de comando sin bajar más que unos pocos centímetros. Sabía a una detestable combinación de fresa y alcaravez. A Diana le encantó, perversidad más o menos habitual en quienes nunca beben. Hice traer un poco de agua helada; una hora después estaba totalmente ebria. Por mi parte, ni siquiera había acabado la única copa que me preparé.

A mitad de camino hacia el aturdimiento absoluto, mientras murmuraba un soliloquio reconfortante dedicado a su hígado, Diana torció súbitamente la cabeza para mirarme con la franqueza de los niños.

—Usted tiene un gran problema, mayor William.

—Mucho más grande será el que usted tendrá por la mañana, teniente médico Diana.

—¡Oh, no es para tanto! —afirmó ella, agitando una mano borracha frente a la cara—. Algunas vitaminas, un poco de glu… cosa y un cen… tímetro de adren… nalina si no resulta. Tú… tú… tienes un… problema serio.

—Oye, Diana, no querrás que…

—Lo que necesitas… es una… entrevista con el bueno del cabo Valdez. —Valdez era el consejero sexual masculino—. Tiene empatia. Es su oficio. El te…

—Ya hemos hablado de este asunto, ¿recuerdas? Quiero seguir siendo como soy.

—Como todos —exclamó, enjugándose una lágrima que debía contener el uno por ciento de alcohol—. ¿Sabes que te llaman el Viejo M… Mandón? No, así no es.

Fijó la vista en el suelo; después, en la pared.

—El Viejo Maricón, así te llaman.

—No me importa —dije—. Siempre se le ponen apodos al comandante.

—Ya sé, pero…

Se levantó de pronto, bamboleándose.

—He bebido demasiado. Me acuesto.

Me volvió la espalda y se estiró con tantas ganas que le crujió una articulación. Después se oyó el susurro de una costura al abrirse; ella dejó caer la túnica con un movimiento de hombros, la abandonó en el suelo y se acercó de puntillas a mi cama.

—Ven, William —dijo, dando palmaditas en el colchón—. Única oportunidad.

—Por el amor de Dios, Diana; no sería justo.

—Todo es justo —respondió ella, con una risilla—. Además soy m… médico. Puedo mostrarme… clínica y no me… molestará. Nada. Ayúdame, ¿quieres?

Habían pasado quinientos años, pero seguían poniendo en la espalda los broches del sostén.

Un caballero de cierto tipo la habría ayudado a desvestirse para retirarse después silenciosamente. Otros habrían salido disparados hacia la puerta. Como yo no pertenecía a ninguna de las dos especies, me lancé a la carga. Quedó inconsciente (por fortuna, tal vez) antes de que llegáramos demasiado lejos. Pasé largo rato admirándola y disfrutando el contacto de su piel; al fin, con toda la sensación de ser un canalla, logré juntar las cosas y vestirla.

La alcé en vilo, dulce carga, para llevarla a su alojamiento. De inmediato comprendí que si alguien me veía con Diana en brazos ella quedaría convertida en el blanco de los rumores durante el resto de la campaña. Llamé a Charlie y le dije que habíamos bebido un poco y que Diana no tenía mucha resistencia; le invité a un trago, siempre que me ayudara a llevar a la buena doctora. Cuando Charlie llamó a la puerta ella roncaba inocentemente en una silla. El sonrió.

—Médico, cúrate a ti mismo.

Le ofrecí la botella, advirtiéndole de qué se trataba. Él la olfateó con cara de asco.

—¿Qué es esto? ¿Barniz?

—Un poco destilado por el cocinero. Con un alambique al vacío.

Charlie la depositó cuidadosamente sobre la mesa, como temiendo hacerla explotar si la sacudía.

—Me parece que pronto se quedará sin clientes. Morirán por envenenamiento epidémico. ¿Y ella ha tomado esto?

—Bueno, el cocinero ha reconocido que este experimento no resultó bien; por lo visto, los otros sabores son potables. Sí, le gustó.

—Bueno—repuso él, riendo—. ¡Diablos! ¿Qué hacemos? ¿Tú la tomas por las piernas y yo por los brazos?

—No, mira, la tomaremos cada uno por un brazo. Tal vez logremos que camine un poco.

Cuando la levantamos de la silla emitió un leve gemido, abrió un ojo y dijo:

—Hola, Charliiie.

Después volvió a cerrar el ojo y se dejó arrastrar hasta su cuarto. Nadie nos vio en el trayecto, pero su compañera de cuarto, Laasonen, aún leía, recostada en la cama.

—Parece que bebió esa porquería, ¿no? —observó, contemplando a su amiga con irónico afecto.

Entre los tres la metimos en la cama. Laasonen le apartó suavemente el pelo de los ojos.

—Dijo que entraba en el experimento.

—Pues tiene más devoción que yo por la ciencia —me comentó Charlie—. Y también más estómago.

Los tres lamentamos aquellas palabras.

Diana admitió mansamente que no recordaba nada de lo ocurrido tras el primer trago; según deduje de nuestra charla, creía que Charlie había estado presente desde el principio. Era mejor así, por supuesto, pero mientras tanto yo pensaba: «¡Oh, Diana, mi adorable heterosexual en estado latente! Deja que te compre una botella de buen whisky la próxima vez que lleguemos a puerto. Dentro de setecientos años.» Volvimos a los tanques para el salto entre Resh-10 y Kaph-35. Tardamos dos semanas a veinticinco gravedades; siguieron otras cuatro semanas de rutina a gravedad uno.

Aunque yo había anunciado mi política de puertas abiertas, prácticamente nadie quiso aprovecharla. Veía muy poco a los soldados, y en esas ocasiones los encuentros siempre tenían efectos negativos: debía someterles a pruebas de revisión, aplicar reprimendas y, de vez en cuando, dictarles conferencias. Muy pocas veces me resultaba inteligible lo que decían, excepto cuando respondían a una pregunta directa.

La mayor parte de ellos hablaban inglés, ya fuera como lengua materna o como segundo idioma, pero había cambiado tan drásticamente en aquellos cuatrocientos cincuenta años que apenas lograba comprenderlo cuando hablaban lentamente. Afortunadamente, durante el adiestramiento básico, les habían enseñado el inglés que se hablaba a principios del siglo XXI; ese idioma o dialecto servía como lingua franca provisional para la comunicación entre los soldados del siglo xxv y los contemporáneos del decimonoveno antepasado de sus abuelos, si es que los abuelos existían aún.

Recordando a mi primer comandante de combate, el capitán Stott (a quien yo odiaba tan cordialmente como el resto de la compañía), traté de imaginar cómo me habría sentido si él hubiera sido sexualmente anormal y me hubiesen obligado a aprender un nuevo idioma para su mayor comodidad.

Había problemas con la disciplina, sin duda; lo extraño es que no fueran mucho más graves. La responsabilidad correspondía a Hilleboe; por mucho que me disgustara personalmente, debo reconocer que sabía mantener a la tropa en línea.

Mientras tanto, la mayor parte de las leyendas escritas en las paredes de a bordo sugerían una improbable geometría sexual entre la oficial segundo de campo y su comandante.

Desde Kaph-35 pasamos a Samk-78; de allí, a Ayin-129 y, finalmente, a Sade-138. Casi todos los saltos eran de unos pocos cientos de años-luz, pero el último fue de 140.000; se le consideraba el salto colapsar más largo realizado por un vehículo con tripulación.

El tiempo transcurrido en el túnel, entre un colapsar y otro, era siempre el mismo, independientemente de la distancia. En mis tiempos de estudiante universitario se creía que la duración de un salto colapsar era exactamente igual a cero. Sin embargo, un par de siglos más tarde se hicieron ciertos complicados experimentos, con los cuales quedó probado que el salto ocupaba en realidad una fracción de nanosegundo. Éso no parece gran cosa, pero fue necesario reconstruir la física por segunda vez: resultaba entonces que había tiempo entre A y B. Los físicos aún seguían debatiendo el tema.

Empero, a medida que nos alejábamos del campo colapsar de Sade-138, a tres cuartos de la velocidad de la luz, se nos presentaban problemas mucho más urgentes. No había modo de averiguar si los taurinos se nos habían adelantado. Por lo tanto, lanzamos una nave teledirigida con programa previo, que desaceleraría a trescientas gravedades para echar una mirada previa. Ella nos advertiría de cualquier nave estelar existente en el sistema y podría detectar las pruebas de actividad taurina en los planetas colapsares.

Una vez lanzada la nave, volvimos a los tanques; la computadora se encargó de realizar maniobras evasivas durante tres semanas, mientras la nave aminoraba la marcha. No hubo problemas, pero tres semanas son demasiado tiempo para pasarlo congelado en un tanque; en los dos días siguientes todo el mundo caminaba como un anciano inválido.

Si el vehículo teledirigido hubiera enviado mensaje de que los taurinos estaban ya en el sistema habríamos aminorado inmediatamente la marcha hasta gravedad uno, para comenzar a lanzar destructores y naves teledirigidas armadas con bombas nova.

Tal vez no hubiéramos vivido hasta entonces: a veces los taurinos podían derribar una nave pocas horas después de que entrara en el sistema. Eso de morir en los tanques no resultaba muy grato.

Tardamos un mes en retroceder hasta dos UA de Sade-138, donde el vehículo teledirigido había hallado un planeta que satisfacía nuestros requisitos.

Era un planeta extraño, algo más pequeño que la Tierra, pero más denso. No era un témpano criogénico, como la mayoría de los planetas portales, pues su centro era cálido; además, S Doradus, la estrella más luminosa de la Nube, estaba sólo a un tercio de año-luz.

El rasgo más extraño del planeta era su falta de relieve. Desde el espacio parecía una bola de billar ligeramente mellada. Nuestro físico, el teniente Gim, explicó su condición relativamente prístina señalando que, por su órbita anómala, más adecuada para un cometa, debía haberse pasado la existencia como planeta vagabundo, paseando a solas por el espacio interestelar. Era muy probable que nunca hubiese recibido el impacto de un meteorito de gran tamaño hasta caer bajo el liderazgo de Sade-138 y verse obligado a compartir el espacio con los desechos estelares que éste reunía a su alrededor.

Dejarnos en órbita a la Masaryk II (podía descender, pero eso habría restringido su visibilidad y su tiempo de huida); por medio de los cinco destructores transportamos a la superficie todos los materiales de construcción.

Nos resultó muy grato salir de la nave, aunque el planeta no era precisamente acogedor. La atmósfera estaba constituida por un ligero viento dé helio e hidrógeno, demasiado frío, aún a mediodía, como para permitir la existencia de cualquier otra sustancia que no estuviera en estado gaseoso.

El «mediodía» correspondía al momento en que S Doradus llegaba al cénit, bajo la forma de una diminuta chispa, dolorosamente luminosa. La temperatura descendía lentamente durante la noche, bajando de 25 grados a 17 grados Kelvin; eso causaba algunos problemas, pues antes de la aurora el hidrógeno del aire comenzaba a condensarse; todo se tornaba entonces tan resbaladizo que no se podía hacer absolutamente nada, salvo sentarse a esperar. Al alba surgía un débil arco iris de color pastel, único alivio a la monotonía blanca y negra de aquel paisaje.

El suelo era traicionero; estaba cubierto por pequeños fragmentos granulares de gas congelado que giraban lenta, incesantemente bajo aquella anémica brisa. Era necesario caminar despacio, bamboleándose, a fin de mantenerse en pie. De las cuatro personas que murieron durante la construcción de la base tres fueron víctimas de simples caídas.

Mi decisión de construir la defensa antiaérea antes de edificar los cuarteles no despertó en las tropas la menor alegría. Sin embargo, las cosas se hicieron de acuerdo a los manuales; se concedía a los soldados dos días de reposo a bordo por cada «día» de trabajo en el planeta…, cosa no demasiado generosa, debo admitirlo, puesto que los días de a bordo tenían veinticuatro horas y las jornadas del planeta, en cambio, 38,5 horas de sol a sol.

La base estuvo terminada en menos de cuatro semanas; resultó ser una estructura realmente formidable. El perímetro, un círculo que medía un kilómetro de diámetro, estaba custodiado por veinticuatro cañones de rayos láser bevawatt que disparaban automáticamente en la milésima parte de un segundo; cualquier objeto relativamente grande que apareciera entre el perímetro y el horizonte los ponía en funcionamiento. A veces, cuando el viento venía de cierta dirección y la tierra estaba húmeda de hidrógeno, los pequeños fragmentos helados se unían en una bola de nieve que echaba a rodar. Pero nunca llegaba muy lejos.

Para protección inmediata, antes de que el enemigo apareciera en el horizonte, la base fue construida en el centro de un gran campo minado. Las minas enterradas detonaban ante cualquier distorsión importante del campo gravitatorio local: bastaría que un taurino se aproximara a unos veinte metros de cualquiera de ellas para hacerlas detonar. Eran dos mil ochocientas, en su mayor parte bombas nucleares de cien microtones. Cincuenta de ellas eran artefactos taquiónicos de poder devastador. Todas estaban esparcidas al azar en un anillo que se extendía desde el límite de efectividad de los rayos láser hasta cinco kilómetros más allá.

En el interior de la base confiábamos en la protección de los rayos individuales, las granadas microtónicas y un lanzador de cohetes a repetición, de propulsión taquiónica, que nunca había sido ensayado en combate; cada pelotón disponía de uno de ellos. Como último recurso instalamos el campo de estasis junto a los alojamientos. En el interior de su opaca cúpula gris depositamos armas paleolíticas en cantidad suficiente para rechazar a la Horda de Oro, y un pequeño crucero para el caso de que perdiéramos todas nuestras naves durante la batalla. Con ese vehículo doce personas podrían volver a Puerta Estelar. Era preferible no pensar en que, mientras tanto, los otros sobrevivientes deberían quedarse cruzados de brazos a la espera de refuerzos o de la muerte.

Los alojamientos y las instalaciones de administración estaban bajo tierra para protegerlos del alcance de las armas directas. Eso no levantaba mucho el ánimo; todos esperaban turnos para salir al exterior, aunque fuera para realizar tareas agotadoras o arriesgadas. Yo había prohibido que los soldados salieran a la superficie en el tiempo libre, tanto por el peligro involucrado como por los problemas administrativos que representaba el tener que verificar continuamente el equipo y la presencia o ausencia de los soldados.

Al final me vi obligado a ceder y permití que todos salieran durante algunas horas a la semana.

No había nada que ver, con excepción de la planicie yerma y el cielo, dominado por S Doradus durante el día y por el enorme óvalo difuso de la galaxia por las noches; de cualquier modo era mejor que contemplar las rocas fundidas de las paredes y el techo.

Uno de los deportes favoritos era alejarse hasta el perímetro y arrojar bolas de nieve frente a los artefactos de láser, para ver hasta dónde se podía reducir el tamaño de la bolita sin que el rayo dejara de funcionar. En mi opinión eso era tan divertido como contemplar el goteo de un grifo, pero no causaba ningún daño, puesto que las armas sólo disparaban hacia el exterior y disponíamos de energía en abundancia.

Durante cinco meses las cosas marcharon bastante bien. Los problemas administrativos que se presentaban eran similares a los que habíamos enfrentado ya en la Masaryk II: había menos peligro allí, en esa vida de apacibles trogloditas, que en saltar de colapsar en colapsar, al menos mientras no se presentara el enemigo.

Cuando Rudkoski volvió a montar su alambique opté por mirar hacia otro lado. Cualquier cosa que quebrara la monotonía del cuartel recibiría la bienvenida; además, aquellos bonos no sólo proporcionaban bebidas a la tropa: también servían para apostar. Intervine tan sólo en dos aspectos: nadie podía salir a menos que estuviera completamente sobrio y nadie podía vender favores sexuales. Tal vez se debía a algún puritanismo latente en mí, pero también eso estaba en el manual. La opinión de los especialistas de apoyo estaba dividida: el teniente Wilber, oficial psiquiatra, estaba de acuerdo conmigo; los consejeros sexológicos, Kajdi y Valdez, se declaraban en desacuerdo, pero probablemente había dinero en juego, ya que eran «profesionales» residentes.

Tras cinco meses de rutina cómoda y aburrida se presentó el caso del recluta Graubard.

Por razones obvias no se permitía la presencia de armas en los alojamientos. Dado el adiestramiento recibido por los soldados, hasta una pelea con los puños podía representar un duelo a muerte, y los temperamentos estaban irritables. Tal vez cien personas normales se habrían matado unas a otras en una sola semana, pero aquélla era gente escogida por su capacidad de soportar el confinamiento.

Sin embargo las peleas menudeaban. Graubard estuvo a punto de matar a Schon, su ex amante, porque éste le había hecho una mueca mientras hacían cola para comer. Se le condenó a una semana de arresto solitario (también a Schon, por haber precipitado los acontecimientos); después se le trasladó a apoyo psiquiátrico y se aplicaron castigos. Más tarde le transferí al cuarto pelotón para que no alternara diariamente con Schon.

La primera vez que se cruzaron en los pasillos, Graubard saludó a Schon con un salvaje puntapié en la garganta. Diana tuvo que arreglarle la tráquea. Graubard sufrió entonces un arresto más prolongado, recibió más tratamiento y más castigos (¡demonios, era imposible asignarlo a otra compañía!), tras lo cual se comportó debidamente durante un par de semanas. Combiné trabajo y horarios para comer de modo tal que no estuvieran jamás en la misma habitación. Pero volvieron a encontrarse en un corredor, y en esa oportunidad los resultados fueron más equilibrados: Schon salió con dos costillas quebradas, pero Graubard perdió cuatro dientes y un testículo.

Si aquello continuaba pronto habría una o dos bocas menos que alimentar. El Código Universal de Justicia Militar me permitía ordenar la ejecución de Graubard, puesto que técnicamente estábamos en combate. Tal vez debí haberlo hecho así, pero Charlie sugirió una solución más humanitaria y yo la acepté. Puesto que, por falta de lugar, no podíamos mantener a Graubard eternamente en arresto solitario, lo que parecía la única solución práctica y compasiva al mismo tiempo, llamé a Antopol. En la Masaryk II, que seguía en órbita estable, había lugar de sobra, y ella aceptó encargarse del detenido. La autoricé a lanzarlo al espacio si le causaba problemas.

Convocamos la asamblea general para explicar las cosas, a fin de que la lección aplicada a Graubard sirviera para todos. Trepé al estrado de piedra, con toda la compañía sentada frente a mí y Graubard a mi espalda, con todos los oficiales; apenas había empezado a hablar cuando aquel loco decidió matarme.

Como a todos los demás, se le habían asignado cinco horas de adiestramiento por semana en el campo de estasis. Los soldados debían practicar allí, bajo una estrecha supervisión, el manejo de espadas, sables y otras armas similares. Graubard se las había arreglado para apoderarse de una chakra hindú cuya hoja circular estaba tan afilada como una navaja de afeitar. Se trata de un arma un poco difícil, pero una vez que se aprende a usarla resulta mucho más efectiva que un puñal. Y Graubard la manejaba como un experto.

En una fracción de segundo inutilizó a las dos personas que le custodiaban, golpeando a Charlie en la sien con un codo y rompiéndole la rótula a Hilleboe de un puntapié. En seguida sacó la chakra de su túnica y la lanzó hacia mí con un movimiento espontáneo. El arma había cubierto ya la mitad de su recorrido cuando reaccioné, golpeándola instintivamente para desviarla; estuve en un tris de perder cuatro dedos. El filo me abrió de un tajo la parte superior de la palma, pero al menos logré que no me llegara a la garganta. Graubard se lanzaba ya hacia mí. Con los dientes descubiertos en un gesto que no quisiera volver a ver en mi vida.

Tal vez no supo comprender que el «viejo maricón» le llevaba sólo cinco años; que el «viejo maricón» tenía reflejos adquiridos en la batalla y tres semanas de adiestramiento en cinestesia negativa. De cualquier modo me resultó tan sencillo que casi me dio pena.

En el momento en que flexionaba una pierna comprendí que daría un paso más y saltaría sobre mí. Acorté la distancia entre los dos con una ballestra y, en el momento en que levantaba los dos pies, le asesté un fuerte golpe lateral en el plexo solar. Estaba ya inconsciente cuando llegó al suelo.

«Si usted se viera forzado a matar a un hombre —había dicho Kynock—, no estoy seguro de que pudiera hacerlo, aunque ha de conocer mil formas.» Había ciento veinte personas en aquella pequeña habitación, pero el único ruido era el gotear de la sangre que caía desde mi puño cerrado al suelo. Podría haberle matado instantáneamente golpeando unos pocos centímetros más arriba y en un ángulo ligeramente distinto. Pero Kynock tenía razón: no existía en mí el instinto de matar.

Si al menos le hubiera matado en defensa propia, todos mis problemas habrían acabado entonces, en vez de multiplicarse. Porque un comandante puede encerrar a un psicópata buscalíos y olvidarse de él, pero no puede hacer lo mismo con un asesino fallido. Y no hacía falta una encuesta para saber que ejecutarlo no mejoraría en absoluto mi relación con la tropa.

En ese momento me di cuenta de que Diana estaba arrodillada ante mí, tratando de abrirme los dedos.

—Ocúpate de Hilleboe y de Moore —murmuré.

Y agrega, dirigiéndome a los soldados:

—Rompan filas.

5

—No seas idiota —dijo Charlie, sosteniendo un trapo mojado contra el cardenal que tenía al costado de la cabeza.

—¿Te parece que debo ejecutarle?

—¡Deja de moverte! —protestó Diana, que trataba de juntarme los labios de la herida para cerrarla de una pincelada.

Desde la muñeca hacia abajo me parecía tener un cubo de hielo.

—No estaría bien que lo hicieras tú mismo —respondió Charlie—. Asigna la tarea a alguien. Por azar.

—Charlie tiene razón —afirmó Diana—. Haz que todo el mundo extraiga un pedazo de papel de algún sombrero.

Por suerte, Hilleboe dormía profundamente en el otro camastro. Prefería ignorar su opinión.

—¿Y si la persona que sale elegida se niega a hacerlo?

—¿La castigas y escoges a otro? —respondió Charlie—. ¿Qué te enseñaron en el tanque? No puedes comprometer tu autoridad realizando públicamente una función que… obviamente corresponde a un inferior.

—Si fuera otra función, de acuerdo. Pero en este caso… Nadie ha matado hasta ahora en la compañía. Se diría que encargo a otro los trabajos sucios que me corresponden.

—Es muy complicado—observó Diana—. ¿Por qué no hablas con la tropa y explicas todo esto? Después, que saquen pajitas. Ya no son niños.

Un fuerte cuasi recuerdo me indicaba que en otros tiempos un ejército se había comportado de ese modo: la milicia marxista de la Guerra Civil española, a principios del siglo xx. Uno sólo debía obedecer una orden cuando le había sido explicada en detalle, y podía negarse si no estaba de acuerdo. Los oficiales y los soldados se emborrachaban juntos; no había saludos ni títulos. Perdieron la guerra, pero sus enemigos no lo pasaron muy bien.

—Listo —indicó Diana, dejándome la mano herida en el regazo—. Cuando empiece a doler puedes usarla.

Inspeccioné cuidadosamente la herida, observando:

—Los bordes no cierran bien, pero no me quejo.

—No tienes por qué. Agradece que no te haya quedado sólo el muñón.

—El muñón deberías tenerlo en el cuello —dijo Charlie—. No sé a qué vienen tantos miramientos. Debiste haber matado inmediatamente a ese hijo de puta.

—¡Ya lo sé, maldición! —salté, asustando a Charlie y a Diana con mi súbita reacción—. Lo siento, mierda. Escuchadme, dejad que yo me preocupe solo, ¿queréis?

—¿Por qué no habláis de otra cosa durante un rato? —preguntó Diana, mientras se levantaba y revisaba el contenido de su maletín—. Tengo que ocuparme de otro paciente. Tratad de no alteraros.

—¿El otro es Graubard?

—Exacto. Para que pueda subir al patíbulo sin ayuda.

—¿Y si Hilleboe…?

—Estará inconsciente durante otra media hora. Os enviaré a Jarvil, por si acaso.

Y se marchó apresuradamente.

—El patíbulo… —murmuré, dándome cuenta de que no había pensado en el asunto—. ¿Cómo diablos vamos a ejecutarle? No podemos hacerlo aquí dentro; sería demasiado deprimente. Y un pelotón de fusilamiento es algo horrible.

—Échalo por la esclusa de aire. No merece ninguna ceremonia.

—Tal vez tengas razón. No lo había pensado.

Me pregunté si Charlie habría visto alguna vez el cuerpo de una persona muerta de ese modo. En seguida sugerí:

—¿Y si lo arrojáramos al sistema de reaprovechamiento? Tarde o temprano acabará allí.

—Ahora has captado la idea —exclamó Charlie, riendo.

—Tendríamos que recortarlo un poco. La portezuela es pequeña.

El hizo algunas sugerencias con respecto a la forma de solucionarlo. Jarvil entró, pero no nos ayudó demasiado.

De pronto la puerta de la enfermería se abrió ruidosamente para dar paso a un paciente acostado en una camilla. Diana corría al lado, presionando el pecho del hombre, en tanto un recluta empujaba desde atrás. Los otros dos reclutas que les seguían permanecieron en la entrada.

—Junto a la pared —ordenó ella.

Era Graubard.

—Trató de matarse —explicó Diana, aunque era bastante obvio—. Paro cardíaco.

Había hecho un lazo corredizo con el cinturón, que aún le colgaba del cuello. En la pared había dos grandes electrodos con manivelas de goma. Diana los tomó con una mano mientras con la otra abría la túnica de Graubard.

—¡Quita las manos de la camilla!

Separó los electrodos, pulsó una llave y los presionó contra el pecho del paciente. Se oyó un zumbido sordo y olor a carne quemada. El cuerpo de Graubard se estremeció violentamente. Diana meneó la cabeza.

—Prepárate para abrir —indicó a Jarvil—. Haz que Doris baje en seguida.

El cuerpo emitía un barboteo mecánico, parecido al de las tuberías de agua. Diana apagó la corriente y dejó caer los electrodos. Después se quitó un anillo y cruzó el cuarto para introducir los brazos en el esterilizador. Mientras tanto Jarvil comenzó a frotar un líquido maloliente sobre el pecho del hombre.

Había una pequeña marca roja entre las dos quemaduras causadas por los electrodos. Tardé un momento en comprender de qué se trataba, precisamente antes de que Jarvil la borrara. Me aproximé un poco más y examiné el cuello de Graubard.

—Sal de ahí, William; tú no estás esterilizado.

Diana palpó la clavícula, bajó el bisturí unos centímetros y efectuó una incisión desde allí hasta el extremo del esternón. La sangre brotó profusamente; Jarvil le alcanzó un instrumento que parecía un par de tijeras cortapernos. Aunque aparté la vista no pude dejar de oír el crujido con que aquello rompió las costillas. Diana pidió retractores, esponjas y muchas cosas más, mientras yo regresaba a mi asiento. Por el rabillo del ojo la vi trabajar dentro del tórax, masajeando directamente el corazón. Charlie, que parecía sentirse tan mal como yo, exclamó:

—¡Eh, Diana, te vas a agotar!

Ella no respondió. Jarvil había acercado el corazón artificial y sostenía dos tubos. Le vi tornar un escalpelo y aparté la vista.

Media hora después seguía sin dar señales de vida. Apagaron la máquina y le cubrieron con una sábana. Diana se lavó la sangre de los brazos, diciendo:

—Voy a cambiarme. Volveré dentro de un minuto.

Me levanté y la seguí hasta su cubículo, que estaba junto a la enfermería: necesitaba enterarme. Al levantar la mano para llamar a la puerta sentí un súbito dolor, como si me la hubieran cruzado con una raya de fuego, y tuve que llamar con la izquierda. Ella abrió inmediatamente.

—¿Qué…? Oh, quieres algo para esa mano. Pídeselo a Jarvil.

Estaba a medio vestir, pero no revelaba timidez.

—No, no he venido por eso. ¿Qué ha pasado, Diana?

—Bueno, te diré…

Al pasarse la túnica por la cabeza, su voz sonó más ahogada por un momento.

—Creo que fue culpa mía —explicó—. Le dejé solo por un momento.

—Y él trató de ahorcarse.

—Exacto —respondió ella, mientras tomaba asiento en la cama y me ofrecía la silla—. Salí para ir al cuarto de baño. Cuando volví estaba muerto. Mientras tanto había indicado a Jarvil que bajara para vigilar a Hilleboe, pues no quería dejarla tanto tiempo sin vigilancia.

—Pero… Diana, no tiene marcas en el cuello. Ni cardenales, ni nada.

—No murió ahorcado —respondió ella, encogiéndose de hombros—, sino de un ataque al corazón.

—Sí, pero alguien le puso una inyección. Directamente al corazón.

Ella me echó una mirada de curiosidad.

—Fui yo, William. Adrenalina. Es lo que se hace comúnmente.

Esas marcas rojas se producen cuando uno se aparta bruscamente del proyector al recibir la inyección. De lo contrario la medicina pasa directamente por los poros sin dejar marcas.

—¿Ya estaba muerto cuando se la pusiste?

—Ésa es mi opinión profesional —(¡qué cara de piedra!)—. No había pulso, respiración ni latidos. Hay muy pocas afecciones que presenten los mismos síntomas.

—Aja. Ya veo.

—¿Hay algo que…? ¿Qué ocurre, William?

O bien yo había tenido una suerte increíble o bien Diana era muy buena actriz.

—No, nada. Sí, será mejor que pida algo para aliviar mi mano.

Abrí la puerta y agregué:

—Esto nos ahorra muchos problemas.

Ella me miró directamente a los ojos.

—Seguro.

En realidad no hice más que cambiar un problema por otro. Aunque la muerte de Graubard había sido presenciada por varios testigos desinteresados, circulaba el persistente rumor de que yo lo había hecho matar por la doctora Alserver… porque no había sabido hacerlo por mi cuenta y no quería molestarme en formar una corte marcial.

En verdad, según el Código Universal de «Justicia» Militar, Graubard no merecía juicio alguno. Bastaba con que yo dijera: «Usted, usted y usted. Llévense fuera a este hombre y mátenlo, por favor.» ¡Y pobre del recluta que se negara a cumplir la orden!

En cierto sentido aquello mejoró mi relación con las tropas. Al menos en lo exterior me mostraban más respeto. Pero parecía ese respeto barato que se demuestra a los rufianes peligrosos e imprevisibles. Mi nuevo apodo era «Asesino»; precisamente cuando me había acostumbrado al de «Viejo Maricón».

La base volvió rápidamente a su rutina de adiestramiento y espera. Yo aguardaba casi con impaciencia la aparición de los taurinos, siquiera para acabar con aquello de un modo u otro. Las tropas se habían adaptado a la situación mucho mejor que yo, por razones obvias. Debían cumplir tareas específicas y disponían de mucho tiempo para combatir el aburrimiento. Mis tareas, en cambio, eran más variadas, pero ofrecían poca satisfacción, pues los problemas que llegaban hasta mí eran aquellos en los que habían fracasado todos. Cuando había una solución grata o sencilla todo se resolvía en los grados inferiores.

Nunca me habían importado mucho los deportes o los juegos, pero entonces me volví hacia ellos más y más, como válvula de seguridad. Por primera vez en mi vida aquel ambiente claustrofóbico y tenso me impedía escapar por medio de la lectura o el estudio. Por lo tanto practicaba esgrima hasta cansarme con los otros oficiales, me agotaba en las máquinas de ejercicios y hasta tenía una cuerda para saltar en mi oficina. La mayor parte de los oficiales jugaba al ajedrez, pero casi siempre me ganaban; cuando por casualidad era yo el vencedor me daba la impresión de que mi adversario había perdido a propósito. Los crucigramas y otros juegos similares me resultaban difíciles debido a mi dialecto arcaico, y no disponía de tiempo ni de talento para estudiar el inglés «moderno».

Durante algún tiempo permití que Diana me diera drogas para levantar el ánimo, pero el efecto acumulativo resultaba aterrador: me estaba volviendo adicto a ellas, en una forma tan sutil que al principio no me di cuenta; al fin las dejé por completo. Traté de llevar a cabo algunas sesiones de psicoanálisis sistemático con el teniente Wilber, pero me fue imposible. Aunque él conocía todos mis problemas desde el punto de vista académico, parecíamos hablar distintos lenguajes culturales. Los consejos que me daba sobre el amor y el sexo equivalían a los que yo le habría podido dar a un siervo medieval para llevarse bien con su señor y su sacerdote.

Y en eso, a pesar de todo, radicaba mi problema. Yo habría podido soportar todas las presiones y frustraciones de la comandancia; no me habría importado estar encerrado en esa cueva, con gente que a veces me resultaba apenas menos extraña que el enemigo, y habría tolerado la cuasicertidumbre de morir dolorosamente por una causa indigna si Marygay hubiera estado conmigo. Aquella sensación era más y más intensa a medida que pasaban los meses.

El psicoanalista encaró ese punto con mucha severidad, acusándome de jugar al romanticismo con mi posición. Decía saber qué era el amor y afirmaba haber estado enamorado. Y la polaridad sexual de la pareja no involucraba diferencia alguna. Bien, yo podía aceptarlo; el concepto había sido una frase hecha en los tiempos de mis padres, aunque la mía la había contemplado con previsible resistencia. Pero el amor, según Wilber, el amor era un frágil capullo, un delicado cristal, una reacción inestable que podía durar hasta ocho meses. Para mí todo eso era una estupidez; le acusé de usar esquemas culturales; los treinta siglos anteriores a la guerra enseñaban que el amor podía durar hasta la tumba y más aún. ¡Él lo sabría muy bien si hubiese nacido en vez de ser incubado! Cuando le dije eso adoptó una expresión irónica y tolerante, repitiendo que yo era víctima de una frustración sexual autoimpuesta y de una ilusión romántica.

Ahora pienso que nos divertíamos bastante discutiendo el tema. Pero curarme, eso no lo hizo.

La verdad es que tenía un nuevo amigo que pasaba todo el día en mi regazo. Era el gato; tenía ese talento especial que induce a los de su raza a ocultarse de la gente a quien le gustan los gatos, para buscar en cambio a quienes les tienen alergia o poco aprecio. Sin embargo, teníamos algo en común; dentro de mis conocimientos, era el único macho heterosexual de los alrededores. Estaba castrado, pero dadas las circunstancias eso no tenía mucha importancia.

6

Habían pasado exactamente cuatrocientos días desde que comenzáramos la construcción. Yo estaba sentado a mi escritorio, sin verificar la nueva lista de Hilleboe, con el gato en el regazo; el animal ronroneaba con ganas, a pesar de que yo me negaba a acariciarlo. Charlie, tendido en una silla, leía algo en el visor. Sonó el teléfono. Era la comodoro.

—Han llegado.

— ¿Qué?

—He dicho que han llegado. Una nave taurina acaba de salir del campo colapsar. Velocidad, 80 c. Desaceleración, treinta gravedades. ¿Qué le parece?

Charlie se inclinó hacia el escritorio, preguntando:

—¿Qué pasa?

Arrojé el gato al suelo.

—¿Cuándo puede iniciar la persecución?

—En cuanto usted corte el contacto.

Corté y me dirigí hacia la computadora logística, gemela de la que había en Masaryk II y conectada con aquélla. Mientras intentaba obtener algunos datos, Charlie maniobraba con el exhibidor visual.

Éste era un holograma de un metro cuadrado por medio metro de espesor; estaba programado de modo tal que mostraba las posiciones de Sade-138, nuestro planeta, y unas cuantas rocas del sistema. Unas motas verdes y rojas indicaban las posiciones de nuestros vehículos y las de los taurinos.

La computadora indicó que los taurinos tardarían cuando menos once días en desacelerar para llegar al planeta. Naturalmente eso les exigiría una aceleración y desaceleración máxima durante todo el trayecto; por tanto podríamos derribarles como si fueran moscas sobre una pared. Lo más probable sería que fueran variando la velocidad y la dirección al azar, como habíamos hecho nosotros. La computadora, basándose en varios cientos de informes anteriores, nos suministró la siguiente tabla de probabilidades:

Días para encuentro | Probabilidad

11 | 0,000001

15 | 0,001514

20 | 0,032164

25 | 0,103287

30 | 0,676324

35 | 0,820584

40 | 0,982685

45 | 0,993576

50 | 0,999369

Media

28,9554 | 0,500000

A menos que Antopol y su banda de alegres piratas lograran eliminarlos. En el tanque había aprendido que las posibilidades de que eso ocurriera eran del cincuenta por ciento, o algo menos.

Pero tanto si duraba 28,9554 días como dos semanas, quienes estábamos sobre la superficie del planeta no podíamos hacer otra cosa que esperar cruzados de brazos. Si Antopol tenía éxito ya no sería necesario combatir hasta que las tropas regulares nos reemplazaran; entonces pasaríamos al siguiente colapsar.

—Aún no han salido —dijo Charlie.

Tenía el exhibidor graduado a escala mínima: el planeta era como un melón blando; la Masaryk II estaba representada por una mota verde, a unos ocho melones del centro; no era posible verlos simultáneamente en la pantalla. Mientras los observábamos apareció una pequeña mota verde, surgida de la nave, y se alejó, flanqueada por un fantasmal número 2; la clave proyectada en la esquina inferior izquierda del exhibidor indicaba: «2. Nave teledirigida de persecución.» Otros números identificaban a la Masaryk II, a un destructor de defensa planetaria y a catorce naves teledirigidas de defensa. Esos dieciséis vehículos no estaban aún lo bastante separados entre sí como para que se vieran puntos distintos.

El gato se estaba frotando contra mi tobillo; le levanté para acariciarle, mientras ordenaba:

—Que Hilleboe convoque la asamblea general. Será mejor comunicarlo de inmediato a todo el mundo.

A los soldados no les cayó muy bien, cosa perfectamente comprensible. Habíamos creído que los taurinos atacarían mucho antes; al ver que no llegaban fue creciendo la idea de que el Comando de Fuerzas de Choque había cometido un error y acabamos por pensar que no vendrían.

Quise que toda la compañía empezara a adiestrarse en firme con las armas; llevaban casi dos años sin usar armas de alto poder. Por lo tanto activé los dedos-láser y saqué a relucir los lanzadores de cohetes y granadas. No podíamos practicar en el interior de la base por temor a dañar los sensores externos y el anillo de defensa a láser. Fue menester apagar medio círculo de rayos láser bevawatt y avanzar un klim más allá del perímetro, un pelotón cada vez, ya fuera acompañado por mí o por Charlie. Rusk vigilaba atentamente las pantallas de alarma previa. Si algo se aproximaba lanzaría una bengala para que el pelotón regresara al interior del anillo antes de que lo desconocido apareciera en el horizonte; en ese momento los rayos láser de defensa se pondrían automáticamente en funcionamiento; además de derribar lo desconocido podían asar a todo el pelotón en dos centésimas de segundo.

En la base no había nada que pudiéramos utilizar como blanco, pero eso no fue problema. El primer cohete taquiónico que disparamos cavó un hoyo de veinte metros de largo por cinco de profundidad y diez de ancho; los escombros proporcionaron blancos de diversos tamaños, el mayor de los cuales duplicaba el tamaño de un hombre.

Los soldados tenían excelente puntería, mucho mejor que la demostrada en el campo de estasis con armas primitivas. La mejor práctica para disparar con rayos láser resultó la de blancos en movimiento; agrupábamos a los soldados de dos en dos, uno tras otro, para que arrojaran piedras a intervalos regulares. El que disparaba debía calcular la trayectoria de la roca y destruirla antes de que llegara al suelo. La coordinación viso-motora de aquella gente era maravillosa (tal vez el Consejo de Eugenesia había hecho bien las cosas), pues la mayoría superaba una proporción de aciertos de nueve en diez. Los viejos como yo, que no habíamos sido mejorados por la bioingeniería, acertábamos cuando más siete entre diez, a pesar de que teníamos mucha práctica.

También eran muy hábiles para calcular la trayectoria con el lanzador de granadas, arma mucho más versátil que la antigua. En vez de disparar bombas de un microtón con carga propulsiva común, tenía cuatro cargas diferentes entre las que se podía escoger. En los casos en que el combate era entre grupos muy próximos, cuando resultaba peligroso emplear los rayos láser, la barra del lanzador se podía desmontar para cargarla con bombas para corto alcance. Cada tiro enviaba una nube de diminutos dardos que ocasionaban la muerte instantánea a cinco metros y se evaporaban inofensivamente a los seis.

El lanzador de cohetes taquiónicos no requería la menor destreza. Sólo era menester no quedarse detrás de él cuando se disparaba, pues la eyección del cohete era peligrosa en un radio de varios metros.

Teniendo eso en cuenta, bastaba con centrar el blanco en la mirilla y apretar un botón. No era necesario preocuparse por la trayectoria, puesto que el cohete viajaba en línea recta. En menos de un segundo alcanzaba la velocidad de escape.

Aquello de salir a probar los juguetes nuevos mejoró en mucho el ánimo de la tropa, pero las rocas del paisaje no respondían al fuego. No importaba mucho el poder aparente de las armas: su efectividad dependía de lo que los taurinos arrojaran a cambio. Una falange griega pudo tener un aspecto muy impresionante, pero habría sucumbido de inmediato ante un solo hombre armado de lanzallamas.

Por otra parte, la dilación cronológica volvía a ponernos ante la incertidumbre de no saber qué clase de armas tendría el enemigo. Tal vez no tuvieran noticias del campo de estasis. Tal vez les bastara con una palabra mágica para hacernos desaparecer.

En cierta oportunidad, mientras yo estaba en el exterior con el cuarto pelotón, fundiendo rocas, Charlie me llamó para pedirme que regresara urgentemente. Dejé a Heimoff a cargo del ejercicio y regresé.

—¿Algún otro?

La escala del exhibidor holográfico era tal que nuestro planeta tenía el tamaño de un guisante y estaba a cinco centímetros de la cruz que indicaba la posición de Sade-138. Había cuarenta y un puntos rojos y verdes esparcidos por la pantalla. La clave identificaba al número 41 como «Crucero taurino (2)».

—¿Has llamado a Antopol?

—Sí —respondió él, imaginando cuál sería mi próxima pregunta—. La señal tardará casi todo un día en llegar y volver.

—Nunca había ocurrido nada así con anterioridad.

—Tal vez este colapsar les parezca de excepcional importancia.

—Probablemente.

Por lo tanto era casi seguro que deberíamos combatir. Aunque Antopol lograra derribar al primer crucero no tendría siquiera un cincuenta por ciento de probabilidades con el segundo. Ya se habría quedado escasa de destructores y naves teledirigidas.

—No me gustaría estar en el lugar de Antopol —comenté.

—A todos nos tocará, tarde o temprano.

—No sé. Los soldados están en buena forma.

—Reserva esas tonterías para la tropa, William.

Y aumentó la escala del exhibidor hasta que mostró tan sólo dos objetos: Sade-138 y el nuevo punto rojo que se acercaba lentamente.

Pasamos las dos semanas siguientes observando cómo se apagaban los puntos. Y si uno sabía cuándo y dónde mirar, podía salir afuera y presenciar el hecho real, bajo la forma de una chispa blanca y cegadora que se apagaba en un segundo.

En ese instante una bomba nova había liberado una energía un millón de veces mayor que la de un láser bevawatt; era como una estrella en miniatura, de medio klim de diámetro, tan ardorosa como el interior del sol. Cualquier cosa puesta en contacto con ella se consumiría de inmediato. Su proximidad achicharraba sin remedio los circuitos electrónicos de las naves; era evidente que dos destructores, uno nuestro y el otro enemigo, habían corrido esa suerte y se alejaban silenciosamente del sistema, a una velocidad constante, sin energía.

En el primer período de la guerra habíamos empleado bombas nova de mayor poder, pero la materia degenerada que se empleaba como combustible era inestable en grandes cantidades; la bomba tendía a explotar cuando todavía estaba en la nave. Por lo visto los taurinos habían tropezado con el mismo problema (o habían copiado el proceso de nosotros), pues también ellos habían reducido las bombas nova a menos de cien kilogramos de capacidad. Además, estaban armadas en forma bastante similar a la nuestra, pues la cabeza se separaba en muchas piezas al aproximarse al blanco; sólo una de esas piezas era la bomba nova.

Cuando acabaran con la Masaryk II y su cohorte de destructores y naves teledirigidas, aún les quedarían unas cuantas bombas. Por lo tanto, parecía inútil desperdiciar tiempo y energías en prácticas de tiro. De tanto en tanto se me filtraba el pensamiento de que podía reunir a once personas y subir al destructor que habíamos escondido tras el campo de estasis; estaba preprogramado para llevarnos de regreso a Puerta Estelar. Llegué al extremo de preparar mentalmente una lista de las once personas, tratando de escoger a aquellas que me inspiraran mayor aprecio, pero resultó que debería elegir seis al azar.

De cualquier modo aparté el pensamiento, pues teníamos una oportunidad, tal vez una buena oportunidad, aun contra un crucero totalmente armado. No sería fácil colocar una bomba nova lo bastante cerca como para que cayéramos en su radio de acción. Además, en el caso de que huyera me arrojarían al espacio por desertor. ¿Para qué preocuparse?

Los ánimos mejoraron cuando las naves de Antopol derribaron al primer crucero taurino. Sin contar los vehículos que habían quedado atrás para defender el planeta, la comodoro contaba aún con dieciocho naves teledirigidas y dos destructores. Todos cambiaron el rumbo para interceptar al segundo crucero, que estaba por entonces a unas pocas horas-luz, aún acompañado por quince vehículos enemigos.

Uno de ellos alcanzó a nuestra nave. Las subsidiarias prosiguieron con el ataque, pero estaban destinadas a la derrota. Un destructor y tres naves teledirigidas abandonaron el campo de batalla a la aceleración máxima, trepando por encima del plano de la elíptica; no fueron perseguidas, las observamos con mórbido interés, mientras el crucero enemigo avanzaba para presentar batalla al planeta. El destructor se encaminó hacia Sade-138. Huía, pero nadie pudo reprochárselo. En realidad les enviamos un mensaje deseándoles buena suerte; no respondieron, por supuesto, pues estarían todos en los tanques, pero quedaría grabado.

El enemigo tardó cinco días en llegar al planeta y en instalarse en una órbita estable, al otro lado del globo. Nosotros nos preparamos para la inevitable primera fase del ataque, siempre aéreo y totalmente automático: sus vehículos teledirigidos contra nuestros rayos láser. Puse a un grupo de cincuenta soldados en el interior del campo de estasis, para el caso de que alguna nave teledirigida lograra pasar. En realidad, la medida no tenía sentido: el enemigo podía rodearles y aguardar a que desconectaran el campo, para liquidarles en el momento en que cesara su poder.

Charlie tuvo una idea extraña que estuve a punto de aceptar.

—Podríamos instalar aquí una trampa para tontos.

—¿A qué te refieres? —le pregunté—. Tenemos todo el terreno minado en un radio de veinticinco klims.

—No hablaba de minas y cosas por el estilo. Me refería a la base en sí. Aquí, bajo tierra.

—Sigue.

—En el destructor tenemos dos bombas novas —me recordó, señalando hacia el campo estático, a través de doscientos metros de roca—. Podríamos traerlas hasta aquí, dejar que llegaran los taurinos y ocultarnos todos en el campo estático.

La idea era tentadora. Me relevaría de toda responsabilidad en cuanto a las decisiones y dejaría todo librado al azar.

—No creo que diera resultado, Charlie.

—Claro que sí—repuso, ofendido.

—No. Escucha, para que diera resultado todos los taurinos deberían estar en el radio de alcance antes de que estallara, y es imposible que carguen todos al mismo tiempo una vez rotas nuestras defensas. Menos aún si esto parece desierto. Sospecharán algo y enviarán un grupo para inspeccionar. Y cuando el grupo de avanzada desactive las bombas…

—Estaremos otra vez en el punto de partida, sí. Además, habríamos perdido la base. Disculpa.

—Parecía buena idea —dije, encogiéndome de hombros—. Sigue pensando, Charlie.

Volví mi atención al exhibidor, que mostraba una batalla espacial desequilibrada. Lógicamente el enemigo quería derribar al destructor que quedaba antes de caer sobre nosotros. No nos quedaba sino observar los puntos rojos que circundaban el planeta y tratar de llevar la cuenta. Hasta ese momento el piloto había logrado derribar a cuantas naves teledirigidas se le habían acercado, pero el enemigo no había lanzado aún ningún destructor en su búsqueda.

Yo había otorgado al piloto el control de cinco rayos láser de nuestro anillo defensivo. No era mucho lo que podía hacer con eso. Un láser bevawatt bombea un billón, de kilovatios por segundo, con un alcance de cien metros, pero a mil kilómetros de altura el rayo se atenúa hasta llegar a diez kilovatios. Tal vez pudiera hacer algún daño si golpeara un sensor óptico. Al menos confundiría las cosas.

—Nos vendría bien otro destructor. O seis de ellos.

—Usa las naves teledirigidas —dije.

Teníamos un destructor, naturalmente, y un marinerito que podía manejarlo. Tal vez fuera nuestra única esperanza, si nos acorralaban en el campo estático.

—¿A qué distancia está el otro? —me preguntó Charlie, refiriéndose al piloto que había vuelto la cola a la batalla.

—A unas seis horas luz.

Aún le quedaban dos naves teledirigidas, demasiado cercanas como para figurar como dos puntos separados; habían perdido otra al cubrir la retirada.

—Ya no acelera más —observé—, pero va a 9 c.

—Aunque quisiera ayudarnos, no podría. Tardaría un mes en aminorar la marcha.

En ese momento se apagó la luz correspondiente a nuestro destructor.

—Ahora empieza lo bueno. ¿Indico a las tropas que se preparen para ir arriba?

—No… Que se pongan los trajes por si perdemos aire. Confío en que tarden un poco antes de atacar la superficie.

Volví a aumentar la escala. Cuatro puntos rojos circundaban ya el globo hacia nosotros.

Me vestí y volví a Administración para observar la batalla en los monitores. Los rayos láser funcionaban perfectamente. Los cuatro vehículos teledirigidos convergieron simultáneamente sobre nosotros y fueron destruidos. Todas las bombas novas, menos una, estallaron más allá de nuestro horizonte (el horizonte visual estaba a diez kilómetros, pero los artefactos de láser estaban montados a cierta altura y podían hacer blanco a una distancia doble). La bomba que detonó en las proximidades fundió una roca semicircular que refulgió al rojo blanco durante varios minutos. Una hora después emitía aún un resplandor anaranjado y la temperatura del suelo había ascendido a 50 grados sobre cero, derritiendo la mayor parte de la nieve, con lo que quedó al descubierto una superficie gris de forma irregular.

El ataque siguiente acabó también en una fracción de segundo, pero en esta ocasión las naves teledirigidas habían sido ocho: cuatro de ellas llegaron a diez klims de nosotros. La radiación de los cráteres ardientes elevó la temperatura a casi 300 grados. Eso superaba el punto de fusión del agua, por lo cual comencé a preocuparme. Los trajes de batalla eran útiles hasta llegar a mil grados, pero los rayos automáticos dependían de superconductores a baja temperatura para actuar con rapidez.

Pregunté a la computadora cuál era el límite de temperatura soportado por los rayos láser. Respondió: «TR 398-734-009-265. Algunos aspectos relacionados con la adaptabilidad del material criogénico a emplearse en medios de temperatura relativamente elevada.» Allí había muchos consejos útiles sobre cómo se podían aislar las armas y teníamos acceso a una armería bien equipada. También decía que el tiempo de respuesta de los artefactos automáticos crece en proporción directa con la temperatura, y que pasado un «punto crítico» éstos dejan de apuntar; pero no predecía la conducta de ningún arma en particular, aparte de informar que el punto crítico máximo registrado era de 790 grados, y el más bajo, de 420 grados.

Charlie, que estaba observando el exhibidor, dijo por la radio del traje, con voz inexpresiva:

—Ahora son dieciséis.

—¿Te sorprende? —pregunté.

Una de las pocas cosas que conocíamos sobre la psicología taurina era cierta compulsión por los números, especialmente los primos y los múltiplos de dos.

—Ojalá no les queden otros treinta y dos.

Interrogué a la computadora. Informó que el crucero había lanzado hasta el momento un total de cuarenta y cuatro vehículos teledirigidos y que algunos solían llevar hasta ciento veintiocho.

Nos quedaba media hora antes del ataque de los teledirigidos. Podíamos evacuar a todo el mundo hacia el campo estático, donde estaríamos momentáneamente a salvo si alguna de las bombas nova lograba pasar. A salvo, pero atrapados. ¿Cuánto tiempo tardaría el cráter en enfriarse si tres o cuatro bombas (ni hablar de dieciséis) cruzaban nuestras defensas? Nadie podía vivir eternamente en un traje de batalla, aunque lo reaprovechara todo con impecable eficacia. Una semana era suficiente para que cualquiera se sintiera angustiado por completo; dos semanas podían llevar al suicidio. Nadie había podido resistir tres semanas en condiciones de combate.

Además, como posición de defensa, el campo estático podía resultar una trampa mortal. El enemigo tenía todas las posibilidades, puesto que la cúpula es opaca. La única manera de averiguar qué están haciendo es sacar la cabeza. Ni siquiera les es necesario entrar en el campo con armas primitivas, a menos que se impacienten. Pueden mantener la cúpula saturada de fuego láser y aguardar a que uno apague el generador. Mientras tanto tienen la posibilidad de acicatear a quienes están encerrados en estasis arrojando espadas, piedras y flechas. Uno puede devolver las armas, pero resulta bastante inútil.

Pero si alguien se quedara en la base, los otros podrían aguardar media hora en el campo estático. Si el otro no llegaba a buscarlos sabrían que había peligro. Marqué la combinación que me ponía en contacto con todos los oficiales superiores al grado cinco.

—Aquí el mayor Mandella —dije, aunque el título me sonaba todavía a chiste malo.

Les describí la situación y les indiqué informar a las tropas que todo miembro de la compañía quedaba en libertad de pasar al campo estático. Yo permanecería en la base e iría a buscarles si todo salía bien. No era por espíritu de sacrificio, por supuesto; prefería correr el riesgo de que me evaporaran en un nanosegundo antes que morir lentamente bajo la cúpula gris.

Después marqué la frecuencia de Charlie.

—Tú también puedes ir. Yo me encargaré de todo.

—No, gracias —replicó lentamente—. Preferiría… Oye, mira esto.

El crucero había lanzado otra mota roja con dos minutos de diferencia con respecto a las otras. La clave del exhibidor la identificó como otro vehículo teledirigido.

—¡Qué extraño!

—¡Qué supersticiosos son estos imbéciles! —comentó él, sin mucha convicción.

Resultó que sólo once personas optaron por refugiarse en el campo estático, junto con las cincuenta que habían recibido órdenes de hacerlo. Eso no tenía por qué sorprenderme, pero así fue.

Al acercarse los teledirigidos, Charlie y yo observamos atentamente los monitores, poniendo mucho cuidado en no mirar el exhibidor holográfico, bajo el acuerdo tácito de que sería mejor ignorar cuánto faltaba: un minuto, treinta segundos…

Y entonces, como había ocurrido en las ocasiones anteriores, todo terminó antes de que cobráramos conciencia de nada. Las pantallas lanzaron un destello blanco, hubo un gruñido de estática… y allí estábamos, con vida aún.

Pero en esta ocasión quedaron quince agujeros nuevos en el horizonte… ¡O más cerca! La temperatura subía a tal velocidad que el último dígito del indicador era un borrón amorfo. El número se estacionó antes de llegar a los 900 grados y empezó a bajar lentamente.

Hasta entonces no habíamos visto a ninguno de los vehículos teledirigidos, puesto que los rayos láser apuntaban y disparaban en una fracción de segundo. Pero el decimoséptimo surgió por el horizonte zigzagueando locamente a toda velocidad y se detuvo en el cénit. Allí pareció flotar por un instante, para iniciar después la caída. La mitad de los rayos láser lo habían detectado y disparaban sin cesar, pero ninguno de ellos podía hacer blanco, pues todos estaban fijos en la última posición de disparo.

La nave centelleaba al caer; el pulido espejo de su esbelto casco reflejaba el resplandor blanco de los cráteres y el parpadeo misterioso de los rayos impotentes. Oí que Charlie aspiraba profundamente. El vehículo estaba tan cercano que podíamos ver los despatarrados números taurinos grabados en el casco y una escotilla transparente cerca del centro. De pronto la nave lanzó un chorro y desapareció en un instante.

—¿Qué diablos…? —preguntó Charlie en voz baja.

—Tal vez fuera un vehículo de reconocimiento —dije, pensando en la ventanilla.

—Claro. Por lo visto no podemos tocarlos, y ellos lo saben.

—A menos que los láseres se recobren —comenté, aunque no parecía factible—. Será mejor que pongamos a todo el mundo en la cúpula. Vayamos nosotros también.

Charlie pronunció una palabra cuyas vocales se habían alterado un poco con el correr de los siglos, pero sin perder la claridad del significado.

—No hay prisa. Veamos qué hacen ellos.

Aguardamos varias horas. En el exterior la temperatura se había estabilizado a 690 grados (apenas por debajo del punto de fusión del zinc, según recordé ociosamente). Traté de manejar manualmente los láseres, pero seguían petrificados.

—Aquí vienen —indicó Charlie—. Ocho, otra vez.

Di un paso hacia el exhibidor, diciendo:

—Creo que tendremos…

—¡Un momento! —me interrumpió él—. ¡No son teledirigidos!

La clave los identificaba con la leyenda: «Transporte de tropas».

—Creo que quieren tomar la base intacta —observó Charlie.

Y tal vez probar de paso nuevas armas y técnicas.

—Para ellos no es mucho riesgo. Siempre tendrán la posibilidad de retroceder y arrojarnos una nova en la base.

Llamé a Brill para que hiciera salir a cuantos estaban en el campo estático; debía enviarlos a la superficie con los restantes soldados de su pelotón, a fin de establecer un círculo defensivo en los cuadrantes noreste a noroeste. Yo me encargaría de formar al resto completando el semicírculo.

—¿Te parece? —observó Charlie—. Tal vez no convenga que todos suban de una sola vez. Conviene aguardar hasta que sepamos cuántos son los taurinos.

Tenía razón; era mejor mantener una reserva, dejar que el enemigo subestimara nuestras fuerzas.

—Buena idea… Tal vez cada transporte traiga sólo sesenta y cuatro soldados.

O ciento veintiocho, o doscientos cincuenta y seis. Me habría gustado que nuestros satélites espía tuvieran un sentido discriminatorio más agudo, pero no se puede hacer gran cosa con una máquina del tamaño de una uva.

Decidí que los setenta soldados de Brill fueran nuestra primera línea de defensa y les ordené formar un anillo, escondidos en las trincheras que habíamos cavado en torno al perímetro de la base. Los demás permanecerían abajo mientras no fueran necesarios. Si resultaba que los taurinos traían una fuerza poderosa, ya fuera por número o por nuevas armas, ordenaría que todos entraran en el campo estático. Había un túnel entre los alojamientos y la cúpula, de modo que quienes estaban abajo podrían llegar hasta allí sin peligro. Desde las trincheras, en cambio, habría que retroceder bajo el fuego enemigo, siempre que quienes las ocupaban estuvieran vivos cuando yo diera la orden.

Llamé a Hilleboe para que ella y Charlie vigilaran los rayos láser. Si funcionaban de nuevo ordenaría que Brill y los suyos retrocedieran; entonces volveríamos a encender el sistema automático y nos sentaríamos a mirar el espectáculo. Pero aun trabados, los láseres podrían sernos de utilidad. Charlie indicó en los monitores hacia dónde apuntaba cada uno; cuando un enemigo se colocara frente a uno de ellos, él y Hilleboe dispararían con mandos manuales.

Nos quedaban unos veinte minutos. Brill caminaba ya por el perímetro con sus soldados, ordenándoles refugiarse en las trincheras, una brigada cada vez; me comuniqué por radio para pedirle que instalara las armas pesadas de modo tal que sirvieran para canalizar el avance del enemigo hacia el radio de acción de los rayos láser.

No había mucho que hacer, salvo aguardar. Pedí a Charlie que evaluara el avance enemigo, a fin de establecer una adecuada cuenta regresiva. Después volví a mi escritorio y saqué un anotador para dibujar las posiciones de Brill y ver en qué podía mejorarlas.

El gato trepó a mi regazo, maullando lastimeramente. Por lo visto no sabía distinguir a uno de otro cuando estábamos vestidos con traje de batalla. Extendí la mano para acariciarlo y el animal escapó de un salto.

La primera línea que tracé perforó cuatro hojas de papel; llevaba mucho tiempo sin realizar tareas delicadas con traje de batalla.

Recordé entonces que en el período de adiestramiento nos hacían practicar el dominio de los sistemas de amplificación pasándonos huevos de uno a otro; resultaba bastante sucio. ¿Quedarían aún huevos en la Tierra?

Una vez hecho el diagrama no se me ocurrió ninguna mejora, a pesar de tanta teoría almacenada en mi cerebro; abundaban los consejos tácticos sobre la forma de encerrar al enemigo, pero desde un punto de vista erróneo. Cuando éramos nosotros los rodeados, las opciones resultaban muy escasas. Mantenerse firmes y combatir. Responder con prontitud a las concentraciones de fuerza del enemigo, pero de manera flexible, a fin de que el enemigo no pudiera emplear una fuerza divergente para apartar a los efectivos de cierto sector del perímetro. «Emplear a fondo el apoyo del aire y del espacio», consejo siempre útil. Mantener la cabeza gacha y la barbilla hacia arriba y rogar que llegara la caballería. Conservar las posiciones sin pensar en Dien Bien Phu, el Álamo o la batalla de Hastings.

—Otros ocho transportes —dijo Charlie—. Quedan cinco minutos hasta que lleguen los ocho primeros.

Eso significaba que iban a atacar en dos tandas. Por lo menos dos. ¿Qué habría hecho yo en el lugar del comandante taurino? Eso no era muy complicado: a los taurinos les faltaba imaginación para las tácticas y tendían a copiar las humanas.

La primera tanda podía ser un ataque suicida destinado a ablandarnos y a evaluar nuestras defensas. La segunda obraría con más método y acabaría el trabajo. O tal vez fuera al revés: el primer grupo dispondría de veinte minutos para atrincherarse: el segundo pasaría sobre él y atacaría violentamente un solo punto de nuestras defensas para romper el perímetro y apoderarse de la base.

Pero también era posible que hubieran enviado dos fuerzas sólo porque dos era un número mágico. O porque no podían lanzar sino ocho transportes a la vez (eso no sería muy alentador, pues significaría que los transportes eran muy grandes; en diferentes situaciones habían empleado vehículos que transportaban desde cuatro a ciento veintiocho soldados).

—Tres minutos.

Miré fijamente los monitores que mostraban los diversos sectores del campo minado. Con un poco de suerte descenderían allí, incautos. O pasarían a baja altura y harían detonar las minas.

Me sentía vagamente culpable. Mientras yo permanecía a salvo en mi cueva, garabateando papeles, listo para dar mis órdenes, ¿qué pensaban de mí aquellos setenta corderos enviados al sacrificio? Recordé entonces mis sentimientos hacia el capitán Stott en aquella primera misión, cuando prefirió quedarse a salvo en órbita mientras nosotros combatíamos. La oleada de odio fue tan intensa que me provocó náuseas.

—Hilleboe, ¿puede manejar sola los rayos láser?

—¿Por qué no, señor?

Dejé el lápiz sobre el escritorio y me levanté.

—Charlie, tú te encargarás de la unidad de coordinación; puedes hacerlo tan bien como yo. Voy a subir.

—Yo no se lo aconsejaría, señor —dijo Hilleboe.

—¡Diablos, William! ¡No seas idiota! No durarías diez segundos allá arriba —indicó Charlie.

—Correré los mismos riesgos que todo el mundo.

—¿No entiendes lo que te digo? ¡Te van a matar!

—¿Nuestros soldados? Tonterías. Ya sé que no me tienen gran aprecio, pero…

—¿No has escuchado la frecuencia de las brigadas?

No lo había hecho; nunca empleaban mi dialecto para hablar entre sí.

—Creen que les pusiste en la línea como castigo por cobardía, porque eligieron refugiarse en la cúpula.

—¿No fue por eso, señor? —preguntó Hilleboe.

—¿Como castigo? No, claro que no. —Al menos no lo había hecho conscientemente—. Estaban allí arriba cuando hacía falta… ¿Es que la teniente Brill no les explicó nada?

—Creo que no —respondió Charlie—. Tal vez ha estado demasiado atareada como para transmitir.

O ella también creía lo mismo.

—Será mejor que…

—¡Miren! —gritó Hilleboe.

La primera nave enemiga había aparecido en uno de los monitores que mostraban los campos minados; las otras aparecieron un segundo después. Llegaban desde diversas direcciones y no se habían distribuido en una formación regular: había cinco en el cuadrante noreste y sólo una en el sureste. Transmití esa información a Brill.

Pero habíamos predicho sus tácticas con bastante exactitud; todas descendían hacia el anillo de minas. Una de ellas se acercó a uno de los artefactos taquiónicos lo bastante como para ponerlo en funcionamiento. El estallido afectó la parte trasera del extraño vehículo, haciéndole dar una vuelta completa para estrellarse de proa. Se abrieron las puertas laterales y salieron los taurinos. Eran doce; tal vez habían quedado cuatro dentro. Si todos los transportes llevaban dieciséis soldados, el enemigo nos superaba apenas en número.

Eso en la primera tanda.

Los otros siete descendieron sin problemas. En efecto, había dieciséis soldados en cada nave. Brill cambió de sitio un par de brigadas para equilibrar la concentración enemiga y aguardó.

Los taurinos avanzaron rápidamente por el campo minado, caminando al unísono como pesados y chatos robots, sin interrumpir la marcha siquiera cuando uno de ellos volaba destrozado por una mina, cosa que ocurrió once veces.

Cuando surgieron por el horizonte quedaron claras las razones de aquella distribución, aparentemente al azar: habían analizado de antemano qué zonas les ofrecerían mayor protección natural a causa de los peñascos desprendidos por el bombardeo. Y como sus trajes también tenían circuitos de aumento, recorrieron un kilómetro en menos de un minuto.

Brill hizo que sus tropas abrieran fuego inmediatamente, quizá más para levantar el ánimo que por esperanzas de dañar al enemigo. Probablemente hicieron algunos blancos, aunque era difícil determinarlo. Al menos los cohetes taquiónicos realizaron la impresionante hazaña de convertir los cantos rodados en grava.

Los taurinos devolvieron el fuego con alguna arma similar al cohete taquiónico; tal vez fuera la misma. Sin embargo muy pocas veces hicieron blanco; los nuestros estaban bajo el nivel de tierra, y cuando un cohete no chocaba contra algo podía proseguir la marcha por los siglos de los siglos, amén. Sin embargo destruyeron uno de los rayos láser bevawatt, y la sacudida que llegó hasta nosotros fue lo bastante intensa como para hacerme desear que la base estuviera a más de veinte metros de profundidad.

Los bevawatt no nos servían de nada. Los taurinos habían descubierto las líneas de fuego anticipadamente y las esquivaban bien. Eso se convirtió en una ventaja para nosotros, pues hizo que Charlie apartara por un momento su atención de los monitores.

—¿Qué diablos…?

—¿Qué pasa, Charlie? —pregunté, sin quitar los ojos de los monitores, esperando que pasara algo.

—La nave, el crucero… Ha desaparecido.

Observé la pantalla holográfica. Tenía razón: las únicas marcas rojas correspondían a los transportes de tropas.

—¿Adonde ha ido? —pregunté corno un estúpido.

—Lo haré retroceder.

Programó la pantalla para que retrocediera un par de minutos; después aumentó la escala para que aparecieran a la vez el planeta y el colapsar. Allí estaba el crucero; con él, tres puntos verdes: nuestro «cobarde» había atacado al crucero con sólo dos naves teledirigidas. Pero había recibido cierta ayuda de las leyes de la física.

En vez de entrar en inserción colapsar había rodeado el campo colapsar en una órbita en tiro de honda, para salir de él a una velocidad equivalente a nueve décimas de la luz; los vehículos teledirigidos iban a 99 c, directamente hacia el crucero enemigo. Nuestro planeta estaba a unos mil segundos-luz del colapsar, de modo que la nave taurina tuvo sólo diez segundos para detectar y detener ambos teledirigidos. Y a esa velocidad importaba muy poco que el choque fuera contra una bomba nova o contra un escupitajo.

El primer vehículo teledirigido desintegró al crucero; el otro, que le seguía a una décima de segundo, siguió de largo y se estrelló contra el planeta. El destructor esquivó el planeta a doscientos kilómetros y se lanzó hacia el espacio, desacelerando al máximo de veinticinco gravedades. En un par de meses estaría de regreso.

Pero los taurinos no pensaban aguardar tanto tiempo inactivos. Se estaban acercando a nuestras líneas, aunque no lo suficiente como para que pudiéramos emplear láser si estaban al alcance de las granadas. Una roca de buen tamaño les protegería del primero, pero no de las granadas y los cohetes, que estaban haciendo entre ellos una verdadera carnicería.

Al principio las tropas de Brill llevaron una ventaja aplastante; puesto que combatían desde las trincheras sólo podían ser alcanzados por algún disparo ocasionalmente afortunado o por una granada muy bien dirigida (que los taurinos arrojaban a mano, con un alcance de pocos cientos de metros). Brill había perdido a cuatro soldados, pero al parecer la fuerza enemiga estaba reducida a menos de la mitad.

El paisaje quedó al final tan lleno de hoyos que también los taurinos pudieron, en su mayoría, refugiarse en trincheras improvisadas. La lucha se fue reduciendo a duelos individuales de rayos láser, interrumpidos de tanto en tanto por armas pesadas. Pero no tenía mucho sentido emplear un cohete taquiónico contra un solo taurino, pues a los pocos minutos llegaría otra fuerza enemiga de poder ignorado.

Durante la reproducción holográfica de la batalla espacial me había sentido preocupado por algo que comprendí del todo cuando cedió un poco el fuego: ¿qué daño habría causado al planeta aquel segundo teledirigido, al chocar contra el planeta a una velocidad cercana a la de la luz? Me acerqué a la computadora y averigüé cuánta energía había sido liberada en la colisión; en seguida la comparé con la información geológica que contenía la memoria de la computadora.

Dicha energía equivalía a veinte terremotos de los más poderosos que habían podido registrarse. ¡En un planeta de tamaño bastante menor al de la Tierra! Conecté inmediatamente la frecuencia general:

—¡Todo el mundo arriba! ¡Ahora mismo!

Pulsé el botón que abriría la compuerta de aire instalada en el túnel que llevaba desde la Administración a la superficie.

—William, ¿qué diabl…?

—¡Terremoto! ¡Vamos!

¿De cuánto tiempo dispondríamos?

Hilleboe y Charlie estaban detrás de mí. El gato, sentado en mi escritorio, se lamía despreocupadamente. Sentí el impulso racional de meterlo dentro de mi traje (así lo habían llevado desde la nave hasta la base), pero comprendí que no resistiría más que unos pocos minutos. Pensé también en desintegrarlo con el dedo láser, pero la puerta ya se había cerrado y trepábamos ya por la escalera de mano. Mientras subía, y aun cuando estuve fuera, me persiguió la imagen de aquel animal indefenso, atrapado bajo toneladas de escombros, que moriría lentamente al perderse el aire.

—¿Vamos a las trincheras? —dijo Charlie.

—No sé —respondí—. Nunca he estado en un terremoto. Tal vez las paredes de la trinchera se derrumben sobre nosotros.

Me sorprendió la intensa oscuridad que reinaba en la superficie. S Doradus se estaba poniendo; los monitores habían compensado la falta de luz.

Un láser enemigo cruzó el claro a nuestra izquierda, dejando una rápida lluvia de chispas al rozar el armazón de un bevawatt. Aún no nos habían visto. Decidimos que estaríamos mejor en las trincheras y nos acercamos a la más próxima en tres grandes pasos. Había allí cuatro soldados, uno de ellos malherido o muerto. Una vez dentro gradué mi amplificador de imágenes a logaritmo dos, para inspeccionar a nuestros compañeros. Habíamos tenido suerte: uno era un lanzador de granadas; además tenían un lanzador de cohetes. Cuando pude descifrar los nombres pintados en los cascos noté que estábamos en la trinchera de Brill, aunque ella no había reparado aún en nosotros. Estaba en el extremo opuesto, espiando cautamente por el borde, mientras dirigía a dos brigadas en un movimiento de flanco. Cuando estuvieron a salvo y en posición volvió a esconder la cabeza.

—¿Es usted, mayor?

—En efecto —dije con prudencia, preguntándome si en esa trinchera habría alguien con ganas de cortarme el cuero cabelludo.

—¿Qué es eso del terremoto?

Estaba enterada de la destrucción del crucero, pero no de la suerte corrida por el otro vehículo teledirigido. Se lo expliqué en tan pocas palabras como era posible.

—Nadie ha salido aún de la esclusa —dijo—. Supongo que habrán ido todos al campo estático.

—Sí, estaban tan cerca de él como de la superficie.

Tal vez algunos no habían tomado en serio mi advertencia y estaban aún abajo. Precisamente cuando sintonizaba la frecuencia general para comprobarlo estalló el infierno.

La tierra se hundió bajo mis pies y volvió a levantarse, despidiéndonos con tanta fuerza que volamos por el aire, fuera de la trinchera. Subimos lo bastante como para ver las manchas ovales en amarillo y anaranjado brillante en los cráteres cavados por las bombas nova. Caí de pie, pero el suelo se sacudía de tal forma que era imposible mantenerse erguido.

Con un gruñido profundo que me llegó a través del traje, la zona descubierta bajo la cual estaba nuestra base cayó hacia adentro, desmoronada. Al ceder el suelo quedó expuesta una parte del campo estático subterráneo, que se acomodó en el nuevo nivel con soberana gracia.

Bien, ya no había gato. Ojalá todos los demás hubieran tenido tiempo y cerebro suficiente como para refugiarse en la cúpula.

Una silueta se acercó a tropezones, desde la trinchera más cercana. Reparé con un sobresalto en que no era humana. Dada la poca distancia, mi rayo láser le abrió un agujero directamente en el casco; dio dos pasos más y cayó hacia atrás. Otro casco asomó por el borde de la trinchera. Le hice volar la parte superior antes de que pudiera levantar el arma.

Mientras tanto no lograba orientarme. Lo único que permanecía en su sitio era la cúpula estática, pero se la veía igual desde cualquier ángulo. Los láser bevawatt habían quedado sepultados, pero uno de ellos funcionaba todavía, como un reflector brillante que parpadeara, iluminando una nube arremolinada de rocas hechas polvo. Sin embargo, era obvio que estaba en territorio enemigo. Me lancé hacia la cúpula, cruzando el suelo estremecido.

Ningún jefe de pelotón respondía a mi llamada. Todos, con excepción de Brill, estarían probablemente en el interior de la cúpula. Cuando al fin contestaron Hilleboe y Charlie, ordené a la primera que entrara en la cúpula y sacara a todo el mundo de allí. Si la tanda siguiente era también de ciento veintiocho necesitaríamos mucha gente para rechazar el ataque.

Al apagarse los temblores logré refugiarme en una trinchera «amiga»; en realidad era la de los cocineros, pues sus únicos ocupantes eran Orban y Rudkoski.

—Parece que se acabó el alambique, recluta.

—No importa, señor. El hígado necesitaba un descanso.

Oí la señal de llamada de Hilleboe y establecí contacto con ella.

—Señor, aquí hay sólo diez personas. El resto no alcanzó a llegar.

—¿Se quedaron dentro? —pregunté, pensando que habían tenido tiempo de sobra.

—No lo sé, señor.

—No importa. Averigüe cuántos soldados tenemos en total.

Volví a probar la frecuencia de los jefes de pelotón, pero seguía en silencio. Los tres buscamos el fuego láser del enemigo durante un par de minutos, pero no lo había. Probablemente esperaban refuerzos. Hilleboe volvió a llamar:

—Responden sólo cincuenta y tres, señor. Tal vez haya algunos sin sentido.

—Está bien. Que todos permanezcan donde están hasta que…

En ese momento apareció la segunda tanda; los transportes de tropas se lanzaron desde el horizonte con los eyectores apuntados hacia nosotros, desacelerando.

—¡Lancen algunos cohetes sobre esos bastardos! —chilló Hilleboe, sin dirigirse a nadie en particular.

Pero la sacudida había apartado a los soldados de los lanzadores de cohetes. Tampoco había lanzadores de granadas, y a esa distancia los láseres de mano no tenían ningún efecto.

Los nuevos transportes eran cuatro o cinco veces más grandes que los primeros. Uno de ellos aterrizó a un kilómetro de nosotros, deteniéndose el tiempo necesario para desembarcar sus tropas. Eran cincuenta, tal vez sesenta y cuatro, lo que multiplicado por ocho hacía quinientos doce. No habría modo de rechazarlos.

—Atención todos, aquí el mayor Mandella —dije, tratando de conservar la voz tranquila—. Vamos a retirarnos hacia la cúpula, con rapidez, pero en orden. Sé que estamos totalmente dispersos. Quienes pertenezcan al segundo o al cuarto batallón, que permanezcan un minuto en sus puestos disparando para cubrir al resto. Los pelotones primero, tercero y de apoyo, retrocedan. Cuando lleguen a la mitad del trayecto, deténganse y cubran al segundo y al cuarto mientras éstos retroceden. Llegarán hasta el borde de la cúpula y volverán a cubrirles mientras ustedes entran.

Me había expresado mal al hablar de retirada; esa palabra no figuraba en el manual; debí decir «acción de repliegue».

Hubo mucho más repliegue que acción. Nueve o diez soldados disparaban mientras el resto huía a toda velocidad. Rudkoski y Orban habían desaparecido. Disparé con cuidado unas cuantas veces, sin grandes resultados, y después corrí hacia el otro extremo de la trinchera para salir de ella y dirigirme hacia la cúpula.

Los taurinos comenzaron a disparar cohetes, pero la mayoría apuntaba demasiado alto. Vi que dos de los nuestros volaban en pedazos antes de llegar a la mitad del camino. Allí encontré una roca bastante grande tras la cual me escondí. Al echar una mirada descubrí que sólo dos o tres taurinos estaban lo bastante próximos como para constituir blancos remotamente posibles; lo mejor sería no atraer innecesariamente la atención sobre mí. Cubrí el resto del trayecto hasta el borde del campo y me detuve para devolver el fuego. Tras disparar un par de veces noté que no hacía sino exponerme inútilmente, pues hasta donde me alcanzaba la vista había sólo una persona en carrera hacia la cúpula.

Un cohete pasó tan cerca que pude haberlo tocado. Flexioné las rodillas, tomé impulso y entré en la cúpula en una postura bastante indigna.

7

El cohete que había pasado junto a mí avanzaba perezosamente en la penumbra interior, elevándose ligeramente al pasar hacia el otro extremo de la cúpula. Se convertiría en vapor en cuanto saliera por el otro lado, puesto que toda la energía cinética perdida al disminuir abruptamente la marcha a 16,3 metros por segundo volvería bajo la forma de calor.

Nueve personas yacían muertas allí, boca abajo junto al borde. No era extraño que eso hubiera ocurrido, aunque no era posible explicarlo a las tropas. Si bien sus trajes espaciales estaban intactos (de lo contrario no hubieran llegado hasta allí), en las dificultades de los últimos minutos se había dañado la película de aislamiento especial que les protegía del estasis. En cuanto entraron en el campo cesó toda la actividad eléctrica del cuerpo, matándoles inmediatamente. Por otra parte, como ninguna molécula del cadáver podía moverse a más de 16,3 metros por segundo, se congelaron instantáneamente, estabilizados en una temperatura de 0,426 grados.

Decidí no averiguar todavía quiénes eran. Necesitábamos formar algún plan de defensa antes de que los taurinos entraran a la cúpula, para el caso de que decidieran apresurar las cosas.

Con gestos muy exagerados logré que todos se reunieran en el centro del campo, bajo la cola del destructor, donde estaban acumuladas las armas. Las había en abundancia, pues estábamos preparados para armar a un grupo tres veces mayor que aquél. Después de entregar a cada uno un escudo y una espada corta, tracé una pregunta en la nieve: «¿Buenos arqueros? Levanten mano.» Conseguí cinco voluntarios y nombré otros tres, para que todos los arcos estuvieran en uso. Veinte flechas por arco. Eran las armas de largo alcance más efectivas de que disponíamos: las flechas resultaban casi invisibles en el lento vuelo; estaban dotadas de bastante peso y coronadas con una mortal esquirla de cristal, duro como el diamante.

Dispuse a los arqueros en círculo en torno al destructor, para que las aletas de aterrizaje les proporcionaran alguna protección contra los proyectiles que vinieran desde atrás; entre cada par de arqueros puse a otras cuatro personas: dos lanzadores de espadas, un experto en esgrima y una persona armada con diez cuchillos y un hacha de guerra. Esta posición, teóricamente, haría frente al enemigo a cualquier distancia, ya fuera desde el borde del campo o en un combate cuerpo a cuerpo.

En realidad, dada la proporción de seiscientos a cuarenta y dos, nos harían mierda con sólo entrar armados con una piedra cada uno. Eso siempre que supieran en qué consistía el campo estático. En todos los otros aspectos tecnológicos parecían estar muy al día.

Nada ocurrió durante varias horas. Nos aburríamos espantosamente, a la espera de que llegara el momento de morir. Era imposible charlar; nada había para ver, salvo la cúpula gris inamovible, la nieve gris, la nave gris y unos cuantos soldados igualmente grises. Nada para ver, oír, oler o degustar, salvo la propia persona.

Quienes aún tenían cierto interés en la batalla montaban guardia en el borde de la cúpula, esperando la llegada de los primeros taurinos. Por eso, cuando el ataque se inició tardamos un segundo en darnos cuenta de lo que ocurría. Llegó desde lo alto; era una nube de dardos lanzados con catapulta, que entraron en tropel a unos treinta metros de altura, encaminados directamente hacia el centro de la semiesfera. Los escudos eran lo bastante grandes como para proteger casi todo el cuerpo con sólo agacharse un poco tras ellos; quienes vieron venir aquellos dardos pudieron defenderse con facilidad. Los que estaban de espaldas o dormidos no tuvieron más protección que la buena fortuna: no había forma de lanzar un grito de advertencia, y los proyectiles tardaban sólo tres segundos en cruzar la cúpula hasta el centro. Fue una suerte que perdiéramos sólo a cinco; uno de ellos, Shubik, estaba en el grupo de los arqueros. Torné su arco y me uní a los que esperaban el próximo ataque.

No se produjo. Media hora después recorrí el círculo y expliqué por señas que, si algo ocurría, cada uno debía tocar al vecino de la derecha. Así toda la hilera estaría advertida. Tal vez a eso debo la vida, pues el segundo ataque se produjo un par de horas después, a mi espalda. Percibí el codazo, di una palmada a mi vecino de la derecha y me volví. La nube de dardos ya descendía. Me cubrí la cabeza con el escudo una fracción de segundo antes de que llegaran. Después abandoné el arco por un momento para quitar tres dardos del escudo. En ese momento comenzó el ataque directo.

Fue un espectáculo horrible e impresionante. Unos trescientos taurinos penetraron simultáneamente en la cúpula, casi hombro con hombro. Avanzaron marcando el paso, cada uno armado de un escudo redondo que apenas alcanzaba para cubrirles el abultado pecho y lanzando dardos similares a los que habíamos recibido un momento antes.

Instalé el escudo frente a mí (tenía pequeños soportes en la parte inferior para mantenerlo en posición vertical) y lancé la primera flecha. En seguida supe que teníamos una oportunidad: mi flecha dio precisamente en el centro del escudo, lo atravesó y penetró en el traje del taurino.

Aquello fue una masacre en el bando enemigo. Los dardos no servían de nada sin el factor sorpresa; sin embargo, cuando uno de ellos me pasó rozando la cabeza, lanzado desde atrás, me provocó un escalofrío entre los omoplatos. Con veinte flechas maté a veinte taurinos. Cada vez que caía uno de ellos los demás cerraban filas; ni siquiera nos daban el trabajo de apuntar. Cuando se me acabaron las flechas empecé a arrojarles sus propios dardos, pero aquellos escudos livianos eran bastante efectivos contra los proyectiles pequeños.

Habíamos matado a flechazos a más de la mitad mucho antes de que llegara el momento de luchar cuerpo a cuerpo. Desenvainé la espada y aguardé. Seguían superándonos en número, en una proporción de tres a uno. Mientras tanto, al acortarse la distancia a unos diez metros, quienes estaban armados con cuchillos arrojadizos chakram tuvieron la gran oportunidad. Aunque el disco giratorio era fácilmente visible y tardaba más de medio segundo en alcanzar el blanco, casi todos los taurinos reaccionaron de la misma forma: levantando el escudo para desviarlo. La hoja pesada y cortante rebanó aquel escudo ligero como una sierra eléctrica el cartón.

En el primer contacto cuerpo a cuerpo empleamos la barra, es decir, una varilla metálica de dos metros de longitud, terminada en una hoja doble de sierra. Los taurinos la enfrentaban con un método que requería mucha sangre fría (o valor, depende de cómo se lo mire). Se limitaban a dejarse matar aferrados a la hoja; mientras el humano estaba tratando de extraer el arma del cuerpo congelado, otro taurino, armado de una larguísima cimitarra, se acercaba para liquidarlo.

Además de las espadas disponían de otra arma, constituida por un cordel elástico terminado en diez centímetros de algo similar al alambre de púas, con una pequeña pesa que servía para darle impulso. Era un arma peligrosa desde cualquier punto de vista, pues cuando no daba en el blanco retrocedía en un latigazo impredictible. Pero eso ocurría muy pocas veces; por lo general pasaba por debajo de los escudos y se enroscaba en los tobillos.

El recluta Erikson y yo luchábamos espalda contra espalda, defendiéndonos con las espadas; así logramos mantenernos vivos en los minutos siguientes. Cuando los taurinos se vieron reducidos a veinticinco, dieron media vuelta e iniciaron la retirada. Les arrojamos algunos dardos y matamos a tres, pero optamos por no perseguirles, temiendo que eso los indujera a reiniciar el ataque.

Sólo quedábamos veintiocho en pie; el número de cadáveres taurinos duplicaba esa cifra, pero eso no nos causaba la menor satisfacción: en cualquier momento podían regresar con otros trescientos soldados, y en esa ocasión nos vencerían.

Mientras revisábamos los cadáveres para recuperar flechas y espadas hice un recuento: Charlie y Diana habían sobrevivido (Hilleboe, en cambio, había sido una de las que murió al manejar la barra, arma que nadie se molestó en recoger); también estaban allí Wilber y Szydlowska. Rudkoski seguía en pie; Orban, en cambio, había muerto, alcanzado por un dardo.

Veinticuatro horas después teníamos la impresión de que el enemigo había optado por mantenernos cercados en vez de atacar. Los dardos seguían llegando, no ya a granel, sino en grupos de dos o tres y desde ángulos diversos. No era posible mantenerse eternamente en guardia; cada dos o tres horas hacían blanco en alguien. Establecimos turnos para dormir; lo hacíamos por parejas, acostándonos sobre el generador de estasis, bajo el casco del destructor; era el sitio más seguro de la cúpula. De tanto en tanto aparecía algún taurino en el borde del campo, probablemente para ver cuántos quedábamos. A veces le arrojábamos algún dardo para practicar.

Dos días después cesó el ataque de los dardos. Quizá ya no tenían más; quizás habían decidido no proseguirlo, puesto que sólo quedábamos veinte. Pero había una posibilidad más factible. Tomé una de las barras y la pasé por el borde del campo estático, asomando la punta uno o dos centímetros. Cuando volví a meterla dentro el extremo se había fundido. Se la mostré a Charlie, que me respondió con la única señal afirmativa visible en un traje de batalla: balanceándose hacia atrás y hacia delante. Ya había ocurrido otras veces; el enemigo se limitaba a saturar el campo de estasis con fuego láser y aguardaba a que los humanos, enloquecidos, desconectaran el generador. Tal vez estaban sentados en sus naves jugando a las cartas.

Traté de pensar, pero era difícil concentrarse en aquel ambiente hostil, privado de datos sensoriales, sabiéndose obligado a mirar por encima del hombro a cada instante.

Pero Charlie había dicho algo. El día anterior. La idea no surgía del todo; sólo podía recordar que en ese momento su propuesta no servía. Al fin logré acordarme. Entonces llamé a todo el grupo y escribí en la nieve:

TRAER BOMBAS NOVA DE NAVE.

PONERLAS BORDE CAMPO.

TRASLADAR CAMPO.

Szydlowska sabía en qué lugar de la nave se guardaban las herramientas adecuadas. Afortunadamente habíamos dejado todas las entradas abiertas antes de conectar el campo estático, pues eran electrónicas y se hubieran paralizado por completo. Sacamos diversas llaves inglesas del cuarto de máquinas y trepamos a la cabina del piloto. Él sabía retirar cierta placa que daba acceso a un pasillo, por el cual se llegaba al depósito de bombas. Yo le seguí por aquel tubo, que medía escasamente un metro de diámetro.

Normalmente debería haber sido negro como boca de lobo. En cambio estaba iluminado por el mismo resplandor opaco y sin sombras del campo estático exterior. Como el depósito era demasiado estrecho para que entráramos juntos, le esperé en un extremo del pasillo y observé sus maniobras.

Las puertas del depósito podían operarse manualmente, de modo que mi compañero no tuvo muchas dificultades; con sólo girar una manivela estuvo en condiciones de continuar. Retirar las dos bombas de sus soportes fue otra cuestión. Al fin regresó al cuarto de máquinas para traer una palanca de hierro. Con eso logró desencajarlas. Cada uno de nosotros cargó con una de las bombas y salimos del depósito.

El sargento Anghelov se dedicó inmediatamente a trabajar en ellas. Para activarlas sólo era menester destornillar el fusible de la parte delantera e introducir algún objeto en la cavidad, a fin de romper el mecanismo de demora y los sistemas de seguridad. Las llevamos rápidamente al borde del campo, entre seis de nosotros, y las pusimos la una junto a la otra. En seguida hicimos una señal a las cuatro personas que aguardaban junto a las manivelas del generador. Lo recogieron y se alejaron diez pasos en dirección opuesta. Las bombas desaparecieron al pasar sobre ellas el borde del campo.

Sin duda alguna, las bombas estallaron. Durante un par de segundos el interior de la cúpula estuvo tan ardiente como el de una estrella; hasta el campo estático se vio afectado por ello: una tercera parte de la cúpula se encendió por un momento en un rosado opaco antes de volver al gris. Hubo una ligera aceleración, como la que se siente en un acelerador lento; eso significaba que estábamos cayendo hacia el fondo del cráter. ¿Sería sólido? ¿O nos hundiríamos a través de la roca fundida como una mosca en el ámbar?

Preferí no pensar en eso. En todo caso, tal vez pudiéramos abrirnos camino hacia la superficie con el rayo láser del destructor.

Al menos doce de nosotros.

Charlie escribió un mensaje a mis pies, en la nieve: ¿CUÁNTO TIEMPO?

¡Magnífica pregunta! Yo sólo conocía la cantidad de energía liberada por dos bombas nova, pero no el tamaño de la bola ígnea, que determinaría la temperatura de la detonación y la magnitud del cráter. Tampoco conocía la capacidad de absorción de calor correspondiente a la roca ni su punto de fusión.

Escribí: ¿UNA SEMANA, TAL VEZ? DEBO PENSAR.

La computadora de la nave habría podido darme la respuesta en una milésima de segundo, pero no funcionaba. Comencé a escribir ecuaciones en la nieve, tratando de obtener cifras máximas y mínimas en cuanto al tiempo que tardaría en enfriarse el exterior hasta llegar a quinientos grados. Anghelov, que estaba más al día en materia de física, realizó sus propios cálculos al otro lado de la nave.

Los míos dieron un período de seis horas a seis días (aunque para enfriarse en seis horas la roca debía ser tan conductora como el cobre puro); Anghelov obtuvo de cinco horas a cuatro días y medio. Voté por los seis días; nadie más quiso opinar.

Nuestra principal ocupación fue dormir. Charlie y Diana jugaban al ajedrez marcando símbolos en la nieve, pero por mi parte me era imposible recordar las diferentes posiciones de las piezas. Revisé varias veces mis cálculos, pero seguían dando seis días como resultado. También revisé los de Anghelov; aunque parecían correctos preferí atenerme a los míos. Nadie moriría por permanecer un día y medio más en los trajes. Sobre todo esto discutimos amigablemente en una tensa taquigrafía.

El día en que arrojamos las bombas hacia fuera quedábamos diecinueve. Aún éramos diecinueve cuando, seis días después, posé la mano sobre la llave interruptora del generador.

¿Qué nos esperaba en el exterior? Aunque sin duda habían muerto todos los taurinos a cinco klims a la redonda, bien podía haber alguna fuerza de reserva esperándonos pacientemente junto al cráter. Pero al menos cuando introducíamos una barra por el borde la punta no se fundía.

Hice que mi gente se dispersara por toda la zona, a fin de que no pudieran alcanzarnos con un solo disparo. En seguida, listo para volver a operar si ocurría algo malo, pulsé la llave.

8

Mi radio estaba aún sintonizada con la frecuencia general. Tras más de una semana de silencio absoluto, un alegre y bullicioso griterío me asaltó los oídos.

Estábamos en el centro de un cráter que se extendía un kilómetro a lo ancho y hacia arriba. Las paredes eran una costra de color negro brillante por la que corrían algunas grietas rojas, aunque no lo bastante calientes como para resultar peligrosas. La semiesfera de suelo sobre la que descansábamos se había hundido unos buenos cuarenta metros en el cráter mientras estaba aún en estado de fusión, de modo tal que nos encontrábamos en una especie de pedestal.

No había un solo taurino a la vista.

Corrimos hacia la nave y la cerramos herméticamente: en cuanto estuvo llena de aire fresco abrimos los trajes de batalla. No hice valer mi superioridad para el uso de las duchas; me limité a sentarme en una litera de aceleración para respirar a grandes bocanadas aquel aire limpio, que no olía a Mandella reaprovechado.

La nave había sido diseñada para una tripulación máxima de doce personas; fue necesario establecer turnos para que siete personas permanecieran fuera, a fin de no forzar demasiado los sistemas de mantenimiento vital.

Envié repetidamente un mensaje al otro destructor, que aún debía estar a seis semanas de distancia, informando que estábamos en buenas condiciones y que aguardábamos el rescate. Estaba casi seguro de que dispondrían de lugar para siete, puesto que la tripulación normal de una misión de combate se reduce a tres personas.

Resultaba muy agradable volver a pasearse y a charlar.

Suspendí oficialmente cualquier ejercicio militar mientras permaneciéramos en el planeta. Algunos de los supervivientes pertenecían al grupo amotinado de Brill, pero no mostraron hostilidad alguna hacia mí. A veces nos entreteníamos jugando nostálgicamente a comparar las diversas épocas que habíamos visto en la Tierra; nos preguntábamos entonces cómo sería en aquel futuro de setecientos años al que regresábamos. Nadie mencionaba el hecho de que no cabía esperar sino un permiso de pocos meses antes de que nos asignaran a otra fuerza de choque, a otra vuelta de la rueda.

Un día Charlie me preguntó qué origen tenía mi apellido, pues le sonaba extraño. Le expliqué entonces que se originaba en la falta de diccionario; si lo hubieran escrito correctamente le habría parecido más extraño aún. Debí perder una buena media hora para que comprendiera los detalles periféricos del asunto.

Para concretar, mis padres habían sido «hippies», es decir, miembros de una especie de subcultura aparecida en Norteamérica a fines del siglo xx, que rechazaba el materialismo y comprendía un amplio espectro de ideas extrañas. Mis padres vivían con otros hippies en una pequeña comunidad agrícola. Cuando mamá quedó embarazada no les gustó la idea de casarse, pues ella debería entonces tomar el nombre del marido, como si fuera propiedad suya. Sin embargo, ampliamente intoxicados y sentimentales, decidieron que se casarían adoptando ambos un apellido común. Se dirigieron a la ciudad más próxima, discutiendo durante todo el trayecto sobre qué apellido simbolizaría mejor el lazo de amor que los unía (a duras penas me salvé de un nombre mucho más corto), y al fin se decidieron por Mándala.

El mándala es un símbolo en forma de rueda o de volante, que los hippies habían tomado de una religión extranjera; simbolizaba el cosmos, la mente cósmica, Dios o cualquier cosa que requiera un símbolo. Como ninguno de los dos sabía escribir esa palabra, el magistrado de la ciudad lo escribió tal como le sonaba. Cuando nací me pusieron el nombre de William en honor a un tío rico que, lamentablemente, murió sin un centavo.

Las seis semanas transcurrieron de modo bastante agradable: charlábamos, leíamos, descansábamos. Cuando la nave descendió junto a la nuestra nos informaron que disponíamos de seis plazas. Distribuimos las tripulaciones de modo tal que en cada nave hubiera alguien capaz de solucionar cualquier problema surgido en la secuencia preprogramada para el salto. Por mi parte, escogí la otra nave, en la esperanza de encontrar allí algunos libros nuevos, pero no fue así.

Una vez encerrados en los tanques, despegamos simultáneamente.

Pasábamos mucho tiempo en los tanques, aunque sólo fuera para no ver siempre las mismas caras. Los sucesivos períodos de aceleración nos llevaron a Puerta Estelar en diez meses subjetivos. Naturalmente, eso equivalía a 340 años menos siete meses para un espectador objetivo hipotético.

En torno a Puerta Estelar había cientos de cruceros en órbita. Eso nos pareció mala señal: con tantas naves a la espera de tripulación era muy difícil que nos dieran licencia. Por mi parte, era muy probable que me llevaran ante el tribunal militar en vez de dármela: había perdido el ochenta por ciento de mi compañía, en su mayor parte debido a que la falta de confianza en mí les llevó a no obedecer la orden de retirada ante el terremoto. Y en Sade-138 todo estaba como al principio: sin taurinos, pero también sin base.

Nos dieron instrucciones para descender; lo hicimos directamente, sin nave de lanzadera. En el espaciopuerto nos esperaba otra sorpresa: estaba lleno de cruceros en tierra, cosa que nunca se había hecho por temor a un ataque taurino; también vimos allí dos naves enemigas, aunque no sabíamos que nadie hubiera logrado capturar una entera. Al parecer, en los últimos siete siglos habíamos obtenido una ventaja decisiva. Tal vez estábamos ganando la guerra.

Pasamos por una esclusa de aire rotulada «Reingreso», y en cuanto repusieron el aire y nos quitamos los trajes se nos acercó una hermosa joven que traía túnicas para todos; en un inglés perfecto nos indicó que fuéramos a la sala de conferencias situada a la izquierda, al final de un pasillo. Me resultó extraño vestir aquella túnica ligera y abrigada, después de un año de no llevar sino el traje de guerra o la piel desnuda.

La sala de conferencias era demasiado grande para veintidós soldados; había en ella espacio para un grupo cien veces más numeroso. Allí nos esperaba la misma joven que nos había traído las túnicas. Eso me resultó inquietante: podía jurar que la había visto alejarse en dirección opuesta; estaba seguro, pues reparé en la belleza de su espalda vestida. ¡ Diablos, tal vez tuvieran transmisores de materia o teleportación! Quizá la muchacha había preferido ahorrarse aquellos pocos pasos.

Ella nos pidió que nos acercáramos a la parte delantera de la sala. Un minuto después vimos entrar a un hombre, vestido con la misma túnica simple y sin adornos, quien cruzó el escenario con un fajo de gruesos cuadernos bajo cada brazo. La mujer le siguió con más cuadernos. Sin embargo, al mirar hacia atrás comprobé que aún estaba en el pasillo. Para completar la rareza de aquella situación, el hombre era a todas luces gemelo de ambas.

Él hojeó uno de los cuadernos y se aclaró la garganta.

—He traído estos libros para su información —dijo, también con perfecto acento—. No es obligatorio que los lean. Ya no tienen ninguna obligación, pues son hombres y mujeres libres. La guerra ha terminado.

Se produjo un incrédulo silencio.

—Tal como dice este libro, la guerra terminó hace doscientos veintiún años. Por lo tanto estamos en el año 220, según el sistema antiguo corresponde al 3138. Su grupo es el último que ha regresado. Cuando se marchen de aquí yo lo haré también. Y destruiré Puerta Estelar. Existe sólo como punto de retorno para los soldados que regresan y como monumento a la estupidez humana. A su vergüenza. Destruirlo será un acto de purificación.

En ese punto dejó de hablar; prosiguió la mujer:

—Lamento lo que ustedes han debido pasar. Me gustaría poder decir que ha sido por una buena causa, pero cuando lean estos libros sabrán que no fue así. Hasta la fortuna que acumularon con sueldos retenidos e interés compuesto ha perdido todo valor, puesto que ya no usamos dinero ni valores de cambio. No existe nada similar al sistema económico en donde se podrían emplear esas… cosas.

»Como ya habrán comprendido —prosiguió el hombre—, soy, o somos, reproducciones de un mismo individuo. Hace doscientos cincuenta años me llamaba Kahn. Ahora me llamo Hombre. Mi antecesor directo estuvo en su compañía: era el cabo Larry Kahn. Me entristece comprobar que no ha regresado. Aunque soy diez billones de individuos —continuó—, mi conciencia es una sola. Cuando ustedes hayan leído el libro trataré de aclararles este concepto. Sé que no les será fácil comprenderlo. Ya no se animan nuevos individuos, puesto que yo soy el modelo perfecto. Sólo se reemplazan los individuos que mueren. Sin embargo, hay algunos planetas donde los seres humanos nacen a la manera normal de los mamíferos. Si mi sociedad les resulta demasiado extraña podrán dirigirse a uno de esos planetas. En el caso de que deseen tomar parte en la procreación, no he de oponerme. Muchos veteranos me piden que les cambie la polaridad a heterosexual, a fin de adaptarse mejor a esas sociedades. Me es posible hacerlo con toda facilidad.

«No te preocupes por eso, Hombre, pensé; bastará con que me des el pasaje.» —Ustedes permanecerán en Puerta Estelar durante diez días como huéspedes míos; después de ese plazo podrán ir a donde quieran —dijo él—. Por favor, lean ustedes estos libros, mientras tanto. No vacilen en preguntar lo que deseen o en pedir lo que necesiten.

Ambos se levantaron y bajaron del escenario.

Charlie, que estaba a mi lado, murmuró:

—Es increíble, ¿permiten… y alientan a los hombres y las mujeres para que… vuelvan a hacer eso? ¿Juntos?

El Hombre femenino que habíamos visto en el pasillo estaba sentada a nuestras espaldas; ella se encargó de responder antes que yo pudiera pensar una respuesta lo bastante simpática o hipócrita.

—No se trata de abrir un juicio sobre su sociedad —dijo, sin comprender, tal vez, que él lo tomaba como algo más personal—. Pero me parece necesario como elemento de seguridad eugenésica. No tengo pruebas de que sea erróneo reproducir a un solo individuo ideal, pero si resulta ser perjudicial tendremos así un gran material genético para recomenzar la tarea.

Y agregó, dándole una palmadita en el hombro:

—Naturalmente, no tienes por qué vivir en esos planetas de procreación. Puedes permanecer en uno de los míos. Yo no establezco distinciones entre el juego homosexual y el heterosexual.

Después, subiendo al escenario, nos expuso un prolongado informe sobre lo que comeríamos y sobre lo que podríamos hacer mientras estuviéramos en Puerta Estelar.

—Nunca hasta ahora me había sentido seducido por una computadora —murmuró Charlie.

Aquella guerra, que durara mil ciento cuarenta y tres años, había comenzado por falsedades, sólo porque las dos razas se veían imposibilitadas de establecer comunicación. Cuando estuvieron en condiciones de conversar, la primera pregunta fue: «¿Por qué nos declararon la guerra?» Y la respuesta: «¿Nosotros?» Los taurinos habían pasado milenios enteros sin guerras, y hacia los comienzos del siglo XXI la Tierra parecía a punto de seguir el mismo camino. Pero allí estaban todavía los viejos soldados, muchos en puestos de gran responsabilidad. Ellos tenían prácticamente el dominio del Grupo de Exploración y Colonización de las Naciones Unidas, que iba tomando ventajas con cada salto colapsar recién descubierto para explorar el espacio interestelar.

Muchas de las primeras naves tropezaron con diversos accidentes y desaparecieron sin que se supiera de ellas. Los ex militares manifestaron desconfianza. Armaron a los vehículos de colonización, y en cuanto se encontraron con una nave taurina la hicieron pedazos. Desempolvaron sus viejas medallas y se dedicaron a hacer historia.

Naturalmente no era justo echar toda la culpa a los militares. Las pruebas presentadas sobre la responsabilidad de los taurinos en cuanto a las primeras bajas eran débiles hasta lo ridículo. Pero quienes se atrevieron a señalarlo no hallaron eco. La verdad era que la economía terráquea necesitaba una guerra; aquélla era una oportunidad ideal. Además de representar un hermoso agujero en el cual arrojar baldes de dinero, también unificaría la humanidad, en vez de dividirla.

Los taurinos, pasado un tiempo, volvieron a aprender la guerra, pero jamás la hicieron con gran destreza; tarde o temprano habrían resultado vencidos. Según explicaban los libros, no podían comunicarse con los humanos porque no tenían idea de la individualidad; eran reproducciones naturales desde hacía millones de años. Cuando los cruceros de la Tierra fueron tripulados por Hombre, las reproducciones de Kahn, lograron comprenderse por primera vez.

El libro lo expresaba así, directamente. Pedí a un Hombre que me explicara la razón de esa imposibilidad, preguntándole qué había de especial en la comunicación entre dos reproducciones. Respondió que me sería imposible entenderlo a priori. No existían palabras para expresarlo; aunque las hubiera, mi cerebro no podría acostumbrarse a los conceptos.

Aunque me sonaba algo sospechoso, me mostré dispuesto a aceptarlo. Aceptaría que el blanco era negro, siempre que eso indicara el fin de la guerra.

Hombre era una entidad bastante considerada. Se tomó el trabajo de rehabilitar, sólo para nosotros veintidós, un pequeño restaurante-taberna que mantenía en funcionamiento a todas horas; nunca vi que Hombre comiera o bebiera; al parecer había descubierto el modo de prescindir de los alimentos.

Una noche, mientras leía un libro sentado frente a una cerveza, Charlie vino a sentarse frente a mí y me dijo, sin más preámbulos:

—Voy a probar.

—¿Qué cosa?

—Las mujeres. La heterosexualidad—explicó, estremeciéndose—. No te ofendas, pero no me resulta muy atrayente.

Me palmeó la mano con gesto distraído, mientras agregaba:

—Pero la alternativa… ¿La has probado?

—Bueno… no, no lo he hecho.

El Hombre femenino se me presentaba como un placer visual, pero sólo como podrían haberlo sido una pintura o una estatua. No conseguía considerarlo como a un ser humano.

—No lo hagas —me aconsejó Charlie, sin molestarse en aclarar las cosas—. Además, dicen… Él dice, ella dice… que pueden anular el cambio con toda facilidad si no me gusta.

—Te gustará, Charlie.

—Claro, eso es lo que ellos dicen.

Después de pedir una bebida, prosiguió:

—Es que no me parece natural. De cualquier modo, como voy a… hacer la prueba, ¿no te gustaría…? ¿Por qué no elegimos el mismo planeta?

—Por supuesto, Charlie, sería magnífico —respondí sinceramente—. ¿Ya has elegido?

—¡Diablos, no me importa! Lo que quiero es salir de aquí.

—Me pregunto si Paraíso seguirá siendo…

—No —respondió Charlie, señalando al encargado del bar con un dedo—. Allí vive él.

—Bueno, no sé. Creo que hay una lista.

En ese momento entró un Hombre con un carrito lleno de carpetas.

—¿El mayor Mandella y el capitán Moore?

—Somos nosotros —respondió Charlie.

—Aquí tienen sus registros militares. Confío en que les resultarán interesantes. Los trasladamos al papel al ver que esta fuerza de choque era la única que quedaba, pues no habría sido práctico mantener en funcionamiento las redes normales de conservación de datos para tan poco material.

Siempre contestaban por anticipado cualquier pregunta, aunque uno ni siquiera pensara hacerlas.

Mi carpeta era muchísimo más gruesa que la de Charlie; tal vez la más gruesa de todas, pues al parecer yo era el único que había sobrevivido a toda la guerra. ¡Pobre Marygay!

—Me gustaría saber qué informe presentó el viejo Stott sobre mí —comenté, abriéndola en la primera página.

Adherida a ella había una pequeña hoja cuadrada. Las otras eran de un blanco inmaculado, pero ésa mostraba el amarillo del tiempo y el desgaste en los bordes. La escritura me resultó conocida, demasiado conocida, a pesar del tiempo transcurrido. Estaba fechada doscientos cincuenta años atrás.

Los ojos se me llenaron súbitamente de lágrimas. No tenía la menor esperanza de que estuviera viva, pero al ver aquella fecha sentí la confirmación de su muerte.

—William, ¿qué…?

—Déjame solo, Charlie. Un minuto, ¿quieres?

Me sequé los ojos y cerré la puerta. No quería siquiera leer esa maldita nota. Si pensaba comenzar una vida nueva debía dejar atrás a todos los fantasmas antiguos. Pero hasta un mensaje proveniente de la tumba era en cierto modo un contacto. Volví a abrirla.

11 de octubre de 2878

William:

Todo esto figura en tu ficha personal, pero como te conozco no me extrañaría que la tiraras sin leerla. Por eso me aseguré de que recibieras esta nota.

No hace falta decirlo: sobreviví. Si tú también estás vivo, ven a buscarme.

Sé por los registros que estás en Sade-138 y no volverás al menos en un par de siglos. No importa. Voy a una planeta que llaman Dedo Medio, el quinto desde Mizar. Está a dos saltos colapsares; diez meses subjetivos. Dedo Medio es una especie de Coventry para heterosexuales. Lo llaman «base de verificación eugenésica».

No importa. Aunque tuve que invertir en ello todo mi dinero y el de otros cinco antiguos compañeros, hemos comprado un crucero a la FENU, para usarlo como máquina del tiempo.

Eso significa que estoy en un vehículo relativista; allí te esperaré. No haremos más que alejarnos cinco años-luz y regresar a Dedo Medio a toda velocidad. Cada diez años envejezco más o menos un mes. Si todo marcha bien, tendré sólo veintiocho años cuando llegues. ¡Date prisa!

Nunca encontré a otro que me gustara; tampoco quiero encontrarlo. No me importa si tienes treinta años o noventa. Si no puedo ser tu amante seré tu enfermera.

Marygay

—¿Oiga, encargado?

—¿Sí, mayor?

—¿Conoce un planeta llamado Dedo Medio? ¿Está todavía allí?

—Por supuesto. ¿Dónde quiere que esté? —La pregunta era razonable—. Es un sitio muy bonito; un planeta edénico. A algunos no les parece muy divertido.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Charlie interesado.

Tendí al encargado el vaso vacío y respondí:

—Acabo de descubrir adonde vamos a ir.

9. EPILOGO

De La Nueva Voz, Paxton, Dedo Medio 24-6 14/2/3143

NACE EL PRIMOGÉNITO DE UN VETERANO

Marygay Potter de Mandella (calle Post 24, Paxton) dio a luz el viernes pasado a un hermoso varón de 3,100 kilos.

Marygay afirma ser la segunda en edad entre los residentes de Dedo Medio, pues nació en 1977. Combatió durante la mayor parte de la Guerra Interminable y finalmente aguardó a su esposo durante doscientos sesenta y un años, en el vehículo cronológico.

El bebé, que aún no ha sido bautizado, nació en su domicilio bajo la atención médica de la doctora Diana Alsever de Moore, amiga de la familia.

FIN