/ / Language: Español / Genre:sf_fantasy

Runas

Joanne Harris

Maddy es una chica solitaria y no por elección propia: ha nacido con una marca en la mano, un estigma en forma de runa que hace que el resto de los aldeanos se aparte de ella y le tenga miedo, pues creen que les traerá desgracias y mala suerte. Aún así puede sentirse afortunada: si fuese un animal, sus vecinos ya la habrían asesinado; tal es el miedo que despierta en sus corazones lo excepcional. En el mundo de Maddy ya nadie cree en los dioses y los espíritus, no se piensa en ellos ni se los tiene en cuenta, su mera mención es motivo de escándalo. Es una sociedad puritana y estrecha de miras, entregada a la piedad: la magia y los viejos relatos sobre los dioses están prohibidos. Pero las fuerzas sobrehumanas existen. La vida de Maddy dará un giro de ciento ochenta grados cuando conozca a un anciano viajero que le pondrá al corriente de lo que significa su marca y de los atributos con que la inviste. Pero este poder y este conocimiento conllevan algunas responsabilidades. Maddy ha sido escogida para encontrar un viejo tesoro que puede devolver el vigor a los viejos dioses y que permitirá retomar la lucha entre las fuerzas del bien y del mal por el control de la realidad. Sin embargo, otras criaturas también codician el tesoro y no dudarán en destruirla. El destino del planeta está en manos de Maddy. ¿Será capaz de afrontar con éxito su destino?

Joanne Harris

Runas

A Anouchka

MAPA DE LOS NUEVE MUNDOS

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MAPA DE LAS TIERRAS MEDIAS

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MAPA DEL VALLE DE STROND

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DRAMATIS PERSONAE

Aldeanos

Maddy Smith,la bruja del pueblo.

Jed Smith, el herrero.

Mae Smith, la belleza sin cerebro.

Adam Scattergood, el acosador.

Señora Scattergood, la tabernera.

Dorian Scattergood, la oveja negra de la familia.

Nati Fey la Loca, una comadrona célebre por su gran imaginación.

Nat Parson, el párroco.

Ethelberta Parson, su esposa.

Torval Bishop, el superior inmediato de Nat Parson.

Matt Law, el agente de la ley.

Daniel Hetherset, ayudante del párroco.

Audun Briggs, techador.

Devotos del Orden

Examinador número 4.421.974, examinador del Orden.

Examinador número 67.363, examinador emérito del Orden.

Magistrado número 73.838, magistrado del Orden.

Magistrado número 369, magistrado emérito del Orden.

Magistrado número 262, magistrado del Orden.

Magistrado número 23, magistrado del Orden.

Dioses vanir

Skadi, del Pueblo del Hielo, pareja de Njord. La Cazadora, diosa de la destrucción, es el enemigo principal de Loki.

Bragi, dios de la poesía y la música. No tiene motivo alguno para querer a Loki.

Idún, su esposa. Es la diosa de la juventud y la abundancia. En una ocasión, Loki la raptó y la entregó al Pueblo del Hielo.

Freya, diosa del deseo, a la que Loki afrentó mortalmente una vez.

Frey, el Cosechador, su hermano. Tampoco es amigo de Loki.

Héimdal, el Centinela de los dioses, el de los dientes de oro. Odia a Loki.

Njord, el Hombre del Mar, estuvo casado hace tiempo con Skadi, aunque ahora están separados debido a diferencias irreconciliables. Sólo están de acuerdo en una cosa: la aversión hacia Loki.

Dioses Æsir (los videntes)

Odín, el jefe de los æsir, hermano de sangre de Loki, que le traicionó en los últimos tiempos.

Frig, esposa de Odín, perdió a su hijo a causa de Loki.

Tor, el Tonante, hijo de Odín, tiene muchas cuentas que ajustar con Loki.

Sif, la esposa de Tor, llegó a quedarse calva por culpa de Loki.

Tyr, dios de la guerra, perdió una mano debido a Loki.

Bálder, hijo de Frig, murió por culpa de las artimañas de Loki.

Loki.

Otros:

La-Bolsa-o-la-Vida, un trasgo.

Hel, Señora del Inframundo.

Lord Surt, soberano del Más Allá, guardián de la Fortaleza Negra.

Jormungard, la Serpiente de los Mundos.

Ellie, también conocida como la Vejez.

Lizzy la Gorda, una cerda panzuda.

El Innombrable.

RUNAS DEL ALFABETO ANTIGUO

***

LIBRO UNO

El Supramundo

Hubo un vidente que predijo el final de todas las cosas… Nunca confíes en un oráculo.

Lokabrenna, 9:1

Capítulo 1

Eran las siete de la mañana de un lunes, quinientos años después del Fin del Mundo, y los trasgos habían andado trasteando en la bodega por enésima vez. La señora Scattergood, patrona de la taberna Los Siete Durmientes, juraba y perjuraba que eran ratas, sin embargo Maddy Smith tenía muy clara la verdad. Sólo los trasgos eran capaces de horadar un suelo de ladrillo y además, por lo que a ella le constaba, los roedores no bebían cerveza.

Pero ella sabía también que en la villa de Malbry, así como en el resto del valle del Strond, ciertas cosas no se comentaban, y entre ellas se incluía todo lo curioso, extraño o cualquier tema que sonara a antinatural. Tener imaginación se consideraba casi tan malo como darse aires e incluso se odiaban y se temían los sueños, porque era a través de ellos, o al menos eso rezaba el Buen Libro, como los videntes podían venir desde el Caos; y era en el Sueño donde aún se mantenía el poder del pueblo de Faerie, a la espera de una oportunidad para volver al mundo real.

Por este motivo, los buenos aldeanos de Malbry hacían todos los esfuerzos posibles para no soñar. Dormían sobre tablas en vez de sobre colchones, evitaban las cenas pesadas y, desde luego, nada de contar historias para dormir. Los niños de Malbry solían escuchar más narraciones sobre el martirio del Santo Sepulcro o las últimas Depuraciones del Fin del Mundo que relatos de magia del Trasmundo, lo cual no quería decir que no existiera la magia. De hecho, en los últimos catorce años, y sin que se supiera muy bien cómo, había habido más magia en la villa de Malbry que en ningún otro lugar de las Tierras Medias.

Maddy era la responsable de esa situación, por supuesto, ya que era una soñadora, una contadora de cuentos e incluso quizás algo peor; por todo esto, estaba acostumbrada a que se la responsabilizara de cualquier irregularidad acaecida en la villa. Si se caía una botella de cerveza de un estante; si el gato se metía en la lechería; si Adam Scattergood le tiraba una piedra a un perro callejero y le daba a una ventana por error, diez contra uno a que se le terminaría echando la culpa a Maddy.

Y si por un casual se le ocurría protestar, los aldeanos decían de inmediato que siempre había sido de naturaleza problemática, que su mala suerte había comenzado en el mismo momento de nacer ella y que nada bueno podía salir de una niña con una runiforma, una marca de color óxido en la mano de la chica de los Smith, que los viejos del pueblo llamaban la Ruina de la Bruja, y que no se podía quitar por mucho que se frotase.

Era eso o echarle la culpa a los trasgos, también conocidos como el Pueblo Feliz o de Faerie, que ese verano habían ampliado la categoría de sus travesuras desde su habitual asalto a las bodegas hasta el robo de ovejas, aunque en ocasiones se limitaban a pintarlas de azul, o llevar a cabo las peores bromas pesadas como, por ejemplo, dejar que los caballos llenaran de estiércol los escalones de la iglesia, poner soda en el vino de la comunión hasta que se cubriera de burbujas, o convertir en pis el vinagre de todas las jarras de cebollas troceadas del establecimiento de Joe Grocer.

Y debido a que nadie se atrevía apenas a mencionarlos, e incluso actuaban como si no estuvieran enterados de su existencia, Maddy era la encargada de lidiar sola con todas las alimañas que procedían de debajo de la colina como a ella le pareciera pertinente.

Nadie le preguntaba cómo lo hacía, nadie miraba a la chiquilla de los Smith mientras trabajaba y nadie la llamaba «bruja», excepto Adam Scattergood, el hijo de la patrona, un buen chico en muchos sentidos, pero aficionado al lenguaje soez cuando le daba por ahí.

Además, se decían, ¿por qué expresarlo con palabras? Esa runiforma hablaba por sí sola con plena seguridad.

Maddy observó la marca de color óxido. Parecía una especie de letra o un símbolo, y algunas veces brillaba tenuemente en la oscuridad, o escocía como si le hubieran apretado allí algo caliente. Se dio cuenta de que empezaba a quemarle ahora. Eso solía suceder cuando el Pueblo Feliz rondaba por las inmediaciones, y era como si hubiera algo dentro de ella que se removiese y luchase por liberarse.

Ese verano le molestaba con mayor intensidad que otras veces, como si los trasgos se estuvieran reuniendo en cantidades insospechadas, y la única forma de que dejase de picarle era deshacerse de ellos. No había probado ninguna de sus otras habilidades, ya que en su mayor parte no tenían utilidad, y aunque algunas veces le resultaba difícil soportarlo, como el pretender que no tienes hambre cuando han puesto tu comida favorita en la mesa, Maddy comprendía que era mejor así.

Los ensalmos y los hechizos rúnicos ya eran bastante malos, pero los encantamientos, los encantamientos de verdad, eran un asunto peligroso y como el rumor de que había hecho alguno llegara a Finismundi, donde los siervos del Orden trabajaban día y noche en el estudio de la Palabra…

Porque el secreto mejor guardado de Maddy -que sólo conocía su mejor amigo, el humano conocido como el Tuerto- era que ella disfrutaba con la práctica de la magia, por muy vergonzoso que esto pudiera ser. Y más aún, pensaba también que se le daba bastante bien y cualquiera que tuviese algún talento especial aspiraba sin duda a ponerlo de manifiesto y mostrarlo a otras personas.

Pero eso era imposible, dado que en el mejor de los casos se interpretaría como que se estaba dando aires.

¿Y en el peor? Bueno, había gente que había sido depurada por menos.

La muchacha volvió a centrar la atención en el suelo de la bodega y en la madriguera de boca ancha que lo desfiguraba. No había lugar a dudas de que se trataba de la madriguera de un trasgo, pues era más grande e irregular que una zorrera; la tierra suelta del piso todavía mostraba las señales de las gruesas pisadas con garras en aquellos lugares por donde habían pasado los invasores. Había una pila de escombros y ladrillos en una esquina, ocultados con descuido detrás de un montón de barriles vacíos. Maddy pensó, con una cierta diversión, que parecía el resultado de una fiesta animada y probablemente pasada de alcohol.

«Es pan comido cerrar el agujero», pensó. El truco estaba, como de costumbre, en conseguir que continuara así. Yr, el Protector, había bastado para asegurar las puertas de la iglesia, pero todos conocían la persistencia de los trasgos cuando había cerveza de por medio y ella sabía que en este caso un simple hechizo no los mantendría a raya por mucho tiempo.

Muy bien, entonces tendría que recurrir a algo más contundente.

Trazó las dos runas en el suelo con un palo aguzado.

«Naudr la Recolectora podrá hacerlo -dijo para sus adentros-, y además…

…situaré a Úr, el Toro Poderoso, en ángulo con la boca de la madriguera».

Ahora todo lo que le hacía falta era una chispa.

Esa chispa. Eso era lo único realmente mágico. Cualquier persona familiarizada con las runas podía aprender a escribirlas, ya que, al fin y al cabo, no pasaban de ser letras extraídas de un lenguaje pretérito. El truco, como bien sabía Maddy, consistía en ponerlas en funcionamiento.

Había sido difícil al principio. Ahora, trabajar con las runas era tan fácil como encender una cerilla. Le bastaba pronunciar un pequeño ensalmo:

– Cuth on fyre [1].

Las letras flamearon durante unos segundos y después se redujeron a un brillo que atestiguaba su presencia. Los intrusos del Pueblo Feliz y Maddy podían ver los trazos de las runas mientras que a los ojos de la señora Scattergood, que no sabía leer ni escribir y que pensaba que la magia era obra del diablo, iban a parecer simples arañazos en el polvo, y de ese modo todos podrían seguir pensando que los trasgos eran meros roedores.

De pronto, se percató de un roce similar al de una escarbadura en el rincón más lejano y oscuro de la bodega. Maddy se volvió a tiempo de distinguir el movimiento de una figura al cobijo de las sombras. La silueta de contornos difusos que se escabullía entre dos de los toneles era más grande que una rata.

Se levantó con rapidez y encendió la vela a fin de que su llama iluminara la pared encalada. No se oía ningún sonido; no se movía nada, salvo las sombras que vacilaban y se agitaban.

La muchacha dio un paso hacia delante y encendió la vela que se encontraba justo en la esquina. Aun así, tampoco percibió movimiento alguno, pero el hecho cierto es que cada criatura deja una huella que sólo unos pocos saben ver. Había algo allí, Maddy lo sentía. Casi era capaz de oler aquella suerte de aroma agridulce con un suave efluvio a invierno, como el de las raíces y especias que se guardan durante mucho tiempo en los sótanos.

«Una fiesta de borrachos», pensó de nuevo. Uno de los juerguistas debía de haber probado en demasía las excelencias de la cerveza de la señora Scattergood hasta el punto de haber quedado aturdido hasta la estupidez y abandonado toda cautela. Seguramente se había acurrucado en alguna esquina oscura para dormir los efectos del exceso etílico y ahora estaba atrapado en algún escondrijo de por allí, detrás de un montón de toneles de cerveza apilados, con la madriguera sellada y la bodega cerrada.

El corazón de la muchacha comenzó a latir de forma algo más apresurada. En todos estos años no se le había presentado una oportunidad tan buena para ver de cerca un ejemplar de Faerie, hablarle y que le contestara.

Intentó refrescar sus escasos conocimientos acerca del Pueblo Feliz, cuyos componentes vivían debajo de la colina del Caballo Rojo. Eran criaturas curiosas, más juguetonas que realmente perversas, muy aficionadas a la cerveza fuerte y la carne bien condimentada. ¿Y no había algo más también, algo oculto en los límites de su memoria, algo que no cesaba de atormentarla? ¿Algún cuento del Tuerto, quizás? ¿O quizás algún truco más práctico, algún ensalmo que la ayudara a tratar con esa cosa?

Depositó la vela en la parte superior de un tonel y se acercó a mirar la esquina.

– Sé que estás aquí -susurró con voz queda. El trasgo, si es que era un trasgo y no una simple rata, no dijo nada-. Sal, no voy a hacerte daño.

En la estancia únicamente se movía la oscilante llama de la vela, cuya luz perturbaba las gruesas capas de sombra. Suspiró, con un cierto disgusto, y volvió el rostro hacia otro lado.

Pudo ver de reojo una silueta que se deslizaba al amparo de la penumbra.

No se movió y permaneció quieta, como si estuviera ensimismada en sus pensamientos. En las sombras algo empezó a arrastrarse, de forma muy silenciosa, entre los toneles.

La joven se mantuvo inmóvil, a excepción de la mano izquierda cuyos dedos formaron el conocido trazo dé Bjarkán, la runa de la revelación.

Bjarkán se encargaría de averiguar si realmente se trataba o no de una rata.

No era un roedor. Dentro del círculo formado por su índice y su pulgar brilló una pizca, sólo una pizca, del resplandor dorado de Faerie.

Entonces, atacó.

Maddy saltó a por el intruso en cuanto supo que había orientado bien el golpe. La criatura comenzó a debatirse, y aunque no podía verla, no cabía duda de que la tenía entre las manos, retorciéndose de todas las formas posibles e intentando morderla. Luego, como ella no cejaba en su presa, la criatura finalmente dejó de luchar. Pudo verla claramente en cuanto la sacó de la oscuridad.

No era más grande que un zorro. Tenía manitas habilidosas y siniestros dientecillos. Una armadura compuesta por piezas metálicas, tiras de cuero, la mitad de una cota de malla -cortada por abajo de forma tosca para que le quedara bien- le cubría la mayor parte del cuerpo, y en su rostro atezado, de largos bigotes, los ojos brillaban con un resplandeciente e inhumano color dorado.

Parpadeó un par de veces al mirarla. Luego, sin ningún tipo de aviso, se escabulló entre sus piernas.

El bichejo podría haber llegado a escapar, ya que era rápido como una comadreja, pero Maddy esperaba esta reacción, moldeó con los dedos a Isa la Helada y lo clavó en el lugar.

El trasgo se debatió y se retorció, sin embargo sus pies continuaron pegados al suelo.

Escupió un chispazo de fuego fatuo entre sus dientes aguzados, pero aun así ella no le dejó escabullirse.

Juró en varias lenguas, unas animales, otras feéricas, y terminó diciendo algunas cosas muy feas sobre la familia de Maddy. Ésta se vio obligada a admitir que eran ciertas en su mayoría.

Finalmente, dejó de revolverse y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

– ¿Qué es lo que quieres? -preguntó.

– ¿Qué hay de eso de los tres deseos? -sugirió Maddy, llena de ilusión.

– Déjalo -respondió el trasgo, resentido-, pero ¿qué clase de trolas te han estado contando?

Maddy estaba decepcionada. Muchos de los cuentos que había conseguido reunir durante los últimos años se referían a que alguien podía pedir tres deseos a los seres feéricos, y se sintió bastante contrariada al ver que en este caso había resultado ser nada más que un cuento. Sin embargo, pensaba que había otras historias que quizá contuvieran algunas verdades de orden más práctico y sus ojos se iluminaron cuando recordó por fin aquello tan escurridizo que había estado allí en el fondo de su mente desde que empezó a oír aquellos ruidos tan sospechosos detrás del tonel.

– Tómate tu tiempo -dijo el trasgo, escarbándose los dientes.

– Chitón -respondió Maddy-. Estoy pensando.

El trasgo bostezó. Se estaba poniendo ahora un poquito chulo y sus brillantes ojos dorados resplandecían con picardía.

– ¿A que no sabes qué hacer conmigo, zagala? -comentó-. Es mejor que sepas que habrá represalias si no llego sano y salvo a casa.

– ¿Represalias? ¿Represalias por parte de quién?

– Del Capitán, por supuesto -respondió el trasgo-. ¡Dioses!, pero ¿es que te han criado en una jaula? Ahora deja que me marche, sé buena chica y no te guardaré rencor, así mejor no metemos en esto al Capitán. -Maddy sonrió, pero permaneció en silencio-. Ah, venga ya -dijo el trasgo, ahora con pinta de estar incómodo-. No saldrá nada bueno de que me retengas aquí y tampoco obtendrás nada a cambio.

– Oh, ya lo creo que sí -le replicó Maddy, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas-. Puedes darme tu nombre.

El trasgo se la quedó mirando con los ojos abiertos como platos.

– «Aquello que nombras es aquello que dominas». ¿No es eso lo que reza el dicho?

Era una vieja historia que el Tuerto le había contado hacía ya años, y Maddy, con la excitación del momento, casi la había olvidado. En los comienzos de la Primera Edad, se asignó un nombre secreto a todas las criaturas, árboles, rocas y plantas, que haría que se sometiesen a la voluntad de quien lo conociese.

La Madre Frig conocía los nombres verdaderos y los usaba para hacer que toda la Creación clamara por el retorno de su hijo muerto, pero Loki no estaba atado a esa promesa porque tenía muchos nombres, de modo que Bálder el Bello, el dios de la primavera, debió permanecer en el Inframundo, el reino de Hel, hasta el Final de Todas las Cosas.

– ¿Mi nombre? -repitió el trasgo después.

Ella asintió.

– ¿Y qué es un nombre? Llámame Pelo-de-Perro, Jarra-de-Whisky, o Tres-Sábanas-al-Viento. Me da exactamente igual.

– Dime tu nombre verdadero -requirió Maddy y volvió a dibujar las runas Naudr, la Recolectora, e Isa, para congelarlo.

El trasgo se retorció, pero las runas le sujetaron.

– ¿Y a santo de qué la has tomado conmigo, perra? -le requirió-. ¿Y cómo has llegado tú a saber tantas malditas cosas sobre eso?

– Sólo tienes que decírmelo -insistió Maddy.

– Jamás podrías pronunciarlo -replicó él.

– De todos modos, dímelo.

– ¡No lo haré! ¡Déjame marchar!

– Te liberaré en cuanto me lo digas -respondió Maddy-. Si no, abriré las puertas de la bodega y permitiré que el sol haga de las suyas contigo.

El trasgo palideció, ya que la luz del sol es letal para el Pueblo Feliz.

– Tú no harías eso, señora, ¿a que no? -suplicó.

– Mírame -repuso Maddy y, levantándose, se dirigió hacia la trampilla, que ahora estaba cerrada, y a través de la cual se sacaban los barriles de cerveza.

– ¡No lo hagas! -chilló el trasgo.

– Tu nombre -insistió ella, con una mano puesta sobre el pestillo.

El trasgo luchó con más fiereza que nunca, pero las runas de Maddy continuaron reteniéndole de forma eficaz.

– ¡Te cogerá! -chilló de nuevo-. ¡El Capitán te atrapará y entonces lo lamentarás!

– Es tu última oportunidad -le advirtió ella al tiempo que descorría el cerrojo. Un débil rayito de luz solar se filtró en el suelo de la bodega apenas a unos centímetros de los pies del trasgo.

– ¡Ciérralo, ciérralo! -gritó el trasgo.

Maddy simplemente esperó con paciencia.

– ¡De acuerdo, entonces! ¡De acuerdo! Es… -El trasgo recitó de un tirón algo en su propio lenguaje, que sonó como guijarros sacudiéndose dentro de una calabaza hueca-. ¡Ciérralo ya! ¡Ciérralo ya! -lloriqueó y se escurrió tan lejos como pudo de la punta de luz.

La muchacha cerró la portilla y el preso dio un suspiro de alivio.

– Eso ha sido repugnante -le recriminó-. Una bonita chiquilla como tú no debería andar tonteando con esas cosas tan malas. -Le dirigió a Maddy una mirada llena de reproche-. ¿Para qué quieres mi nombre, perra?

Pero Maddy estaba intentando recordar la palabra que había dicho el trasgo.

¿Moquero? No, ése no era.

¿Andrajoso? No, ése tampoco.

¿Pajillero? Frunció el ceño, buscando la inflexión exacta, sabiendo que el trasgo intentaría distraerla y sabiendo también que el ensalmo no funcionaría a menos que lo pronunciara de forma totalmente correcta.

– ¿Ero, oso?

– «Llámame Tiznajo, llámame Lamparón. -El trasgo se puso a parlotear sin cesar en un intento de romper el ensalmo de Maddy con uno de su propia cosecha-. Llámame Araña, Picaruelo y Mamporrón. Llámame Limpito, llámame Lentorro…»

– ¡Silencio! -le conminó Maddy

Tenía la palabra en la punta de la lengua.

– Dilo entonces.

– Lo haré.

Lo recordaría enseguida. Bastaba con que la criatura dejara de hablar…

– ¡Lo has olvidado! ¿A que sí? -Había una nota de triunfo en la voz del trasgo-. ¡Lo has olvidado, olvidado, olvidado!

Maddy sentía cómo perdía la concentración poco a poco. Eran demasiadas cosas para hacerlas a la vez; no podía aspirar a mantener sometido al trasgo y hacer al mismo tiempo el esfuerzo de recordar el ensalmo que lo mantendría sujeto a su voluntad. Tanto Isa como Naudr estaban a punto de disolverse también. El trasgo tenía ya un pie libre y entornaba los ojos con malicia mientras intentaba liberar el otro.

Era ahora o nunca. Soltando las runas, Maddy volcó toda la fuerza de su voluntad en decir el verdadero nombre de aquella criatura.

– Rastri-llero…

Sonaba rápido y contundente, pero el trasgo saltó de la esquina como el corcho de una botella apenas ella abrió la boca, y antes de que hubiera terminado de decirlo ya estaba a medio camino de la pared de la bodega, donde se puso a excavar como si le fuera la vida en ello.

Si la muchacha se hubiera detenido unos momentos a cavilar sobre la situación, habría caído en la cuenta de que le bastaba con ordenarle al trasgo que se detuviera; se habría visto obligado a obedecerla si hubiera dicho el nombre correctamente y ella podría haberle interrogado a placer, pero Maddy no se paró mucho tiempo a pensar. Vio cómo el pie del trasgo desaparecía en la tierra y gritó algo que ni siquiera era un ensalmo, al mismo tiempo que formaba con toda la contundencia posible Thuris, la runa de Tor, en la boca de la madriguera.

Dio la impresión de que había arrojado unos fuegos artificiales contra el suelo de ladrillos alineados, levantando un surtidor de chispas. Luego, se elevó una nubecilla de humo maloliente.

No pasó nada durante un par de segundos, pero después surgió un sordo estruendo bajo los pies de Maddy, y de la madriguera salió un ruido mezcla de maldiciones, pataleos y revuelo de tierra, como si algo en el interior se hubiera tropezado con un obstáculo imprevisto.

La muchacha se arrodilló y miró dentro del hueco. Podía escuchar las maldiciones del trasgo, demasiado lejos de su alcance, y después se oyó otro ruido, una especie de deslizamiento, luego chillidos y un sonido parecido al pateo que Maddy casi llegó a reconocer…

La voz del intruso sonaba amortiguada, pero con una nota de urgencia.

– ¡Mira la que has terminado por liar! ¡Gog y Magog, déjame salir!

Se oyó a continuación otro deslizamiento de tierra y la criatura invirtió su camino, saliendo disparada del agujero. El trasgo cayó de pie, pero se estampó contra un montón de barriles vacíos que se vinieron abajo con un estrépito suficiente para despertar a los Siete Durmientes en sus lechos, temió Maddy.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

Pero antes de que el interpelado pudiera replicarle, algo salió del agujero de la pared con un estampido. En realidad, fueron varias cosas; bueno, varias no, docenas; no, cientos de criaturas gordas, marrones, que se movían a toda velocidad, arremolinándose en torno a la madriguera como…

– ¡Ratas! -exclamó Maddy al tiempo que se recogía la falda en torno a los tobillos.

El trasgo la miró con rencor.

– Bien, ¿qué esperabas que pasara? -repuso-. Lanza un hechizo como ése en el Trasmundo y estarás hundida hasta las rodillas en aguas putrefactas e infestadas de alimañas antes de que tengas tiempo de darte cuenta.

Maddy miró el agujero con desánimo. Había intentado llamar sólo al trasgo, pero la llamada, y aquella runa formada con tanta premura, aparentemente habían convocado a todo lo que había a su alcance. Ahora, no sólo salían ratas a borbotones por el agujero, sino también escarabajos, arañas, cochinillas, ciempiés, molinetes, tijeretas y gusanos, además de un generoso vertido de aguas fétidas (posiblemente procedentes de una cañería rota) hasta constituir un brebaje asqueroso que se derramó de la madriguera y avanzó serpenteante a una velocidad pasmosa por todo el suelo.

Y entonces, justo cuando estaba convencida de que probablemente no podría ocurrir nada peor, escuchó el sonido de una puerta que se abría lentamente al comienzo de las escaleras y una voz aguda, de tono un tanto nasal, que le llegó desde la cocina.

– ¡Eh, señoritinga! ¿Vas a estar ahí toda la mañana o qué?

– Oh, dioses.

Era la señora Scattergood.

El trasgo le dedicó a Maddy un guiño alegre.

– ¿Me has oído? -inquirió la señora Scattergood-. Hay unos cuantos pucheros para fregar aquí, ¿o se supone que tengo que hacerlo yo todo?

– ¡Un minuto! -respondió Maddy, apurada, refugiándose en los escalones de la bodega-. ¡Sólo… estoy resolviendo unas cuantas cosas aquí abajo!

– Bueno, pues ahora ven y termina otras cuantas aquí arriba -replicó la señora-. Sube corriendo y arregla esos pucheros. Y si asoma por aquí otra vez ese pillo tuerto e inútil, ¡le puedes decir de mi parte que se largue!

El corazón de Maddy se le subió a la boca. «¿Ese pillo tuerto e inútil?» Eso quería decir que su viejo amigo había regresado después de más de doce meses de vagabundeo, y ninguna clase de ratas o cucarachas, ni siquiera trasgos, iba a evitar que le viera.

– ¿Está aquí? -preguntó, subiendo los escalones a la carrera-. ¿Está aquí el Tuerto? -Emergió en la cocina sin aliento.

– Ah, sí. -La señora Scattergood le ofreció un paño de cocina-. Aunque no sé por qué eso te agrada tanto. Había pensado que tú, de entre toda la gente…

Se detuvo y ladeó la cabeza para escuchar.

– ¿Qué es ese ruido? -inquirió con voz aguda.

Maddy cerró la escalera de la bodega.

– No es nada, señora Scattergood.

La dueña la miró con suspicacia.

– ¿Qué hay de esas ratas? -preguntó-. ¿Lo has arreglado todo bien esta vez?

– Tengo que verle -repuso Maddy.

– ¿A quién? ¿Al pillo tuerto?

– Por favor -respondió-. No tardaré mucho.

La señora Scattergood apretó los labios.

– Es mi dinero, así que no -replicó-. No te voy a pagar unas buenas monedas para que andes callejeando con ladrones y mendigos.

– El Tuerto no es un ladrón -negó Maddy.

– No empieces a darte aires, señorita -replicó la señora Scattergood-. La Ley sabe que no puedes evitar ser lo que eres, pero al menos podrías esforzarte un poco. Deberías hacerlo por el bien de tu padre y la memoria de tu santa madre. -Hizo una pausa para tomar aliento que duró menos de un segundo-. Y ya puedes ir borrando esa expresión de la cara. Cualquiera pensaría que estás orgullosa de ser…

Y entonces se detuvo, con la boca abierta, cuando se oyó un sonido al otro lado de la puerta de la cava. A la tabernera le pareció un sonido de lo más peculiar, como un rumor punteado de vez en cuando por alguno que otro golpe sordo. Le hizo sentirse bastante incómoda, como si hubiera allí abajo en la bodega algo más que barriles de cerveza. ¿Y qué era ese soniquete tan similar al de los chapoteos, como sí fuera día de colada en el río?

– ¡Oh, por la Ley! ¿Qué es lo que has hecho? -exclamó, y se dirigió hacia la puerta de la bodega.

Maddy se puso enfrente de ella y con una mano trazó la forma de Naudr contra el pestillo.

– No bajéis allí, por favor -suplicó.

La señora Scattergood intentó abrirlo, pero la runiforma lo mantuvo inmóvil. Se volvió a mirar fijamente a la joven, con sus fieros dientecillos desnudos como los de un hurón.

– Ya estás abriendo la puerta ahora mismo -le ordenó.

– Pero en realidad…, en realidad no queréis que lo haga.

– Ya estás abriendo esa puerta, Maddy Smith, si sabes lo que te conviene.

La muchacha intentó protestar una vez más, pero la señora Scattergood se mantuvo inconmovible.

– Te apuesto a que tienes a ese pillo ahí abajo, pimplándose mi mejor cerveza. Así que ya estás abriendo esa puerta ahora mismo, chica, o ¡haré que Matt Law venga aquí abajo a llevaros a ambos a la cárcel!

Maddy suspiró. No era que le gustase mucho trabajar en la taberna, pero un trabajo era un trabajo y un chelín, un chelín, y nada le iba a servir de ayuda tan pronto como la señora Scattergood echase un vistazo a la bodega. El hechizo desaparecería en una hora o así, y las criaturas regresarían a su agujero; entonces, ella podría sellarlo de nuevo, limpiar el desastre y recoger el agua…

– Dejadme que os explique… -intentó de nuevo.

Pero la señora Scattergood estaba ya para pocas explicaciones. El rostro escarlata de la mujer había alcanzado un tono rojo de lo más peligroso y su voz se había vuelto tan aguda como la de una rata.

– ¡Adam! -chilló-. ¡Ven aquí ahora mismo!

Adam era el hijo de la señora Scattergood. Él y Maddy siempre se habían odiado y fue el pensamiento de ver de nuevo aquel rostro despectivo y lleno de júbilo, así como el de su amigo ausente tanto tiempo, conocido en algunos círculos como «el pillo tuerto», lo que finalmente la decidió.

– ¿Estáis segura de que era el Tuerto? -inquirió finalmente.

– ¡Claro que sí! Y ahora abre esta…

– De acuerdo -consintió Maddy, y revirtió la runa-, pero si yo fuera vos, esperaría una hora.

Y tras decir esto, se dio media vuelta y huyó, y estaba ya a mitad de camino del sendero que iba a la colina del Caballo Rojo, cuando oyó los gritos agudos y distantes, que surgían como humo de la cocina de Los Siete Durmientes y se alzaban sobre la soñolienta villa de Malbry hasta desvanecerse en el aire de la mañana.

Capítulo 2

La aldea de Malbry tenía unos ochocientos habitantes. Era un lugar tranquilo, o eso parecía, situado entre cadenas montañosas en el valle del río Strond, que separaba las Tierras Altas de las Baldías hasta el norte, antes de abrirse camino hacia el sur, hasta Finismundi y el mar Único.

Las montañas, llamadas los Siete Durmientes aunque nadie recordaba exactamente el motivo, eran muy frías, estaban cubiertas de glaciares y para cruzarlas había un solo paso, el Hindarfial, que estaba bloqueado por la nieve tres meses al año. Esta lejanía afectaba a la gente del pueblo; se cerraban mucho en sí mismos, sospechaban de los extranjeros, y salvo Nat Parson, que había hecho una vez un peregrinaje hasta el mismísimo Finismundi y que se consideraba a sí mismo un viajero, mantenían exiguas relaciones con el mundo exterior.

Había unos doce pequeños emplazamientos en el valle, desde Farnley Tyas, ubicado al pie de las montañas, hasta Pease Green, sito en el lado más extremo del bosque del Osezno, pero Malbry era el más grande y el de mayor importancia. Acogía la única parroquia del valle, la iglesia más grande, las mejores tabernas y los granjeros más adinerados. Las casas eran de piedra, y no de madera; había una herrería, una cristalería y un mercado con techumbre; sus habitantes se creían los mejores y miraban por encima del hombro a los de Pog Hill o a los de Fettlefields y se reían en secreto de sus maneras catetas. La única espina por el lado de Malbry estaba a como mucho unos tres kilómetros del pueblo. Los paisanos la llamaban la colina del Caballo Rojo y la mayoría de los lugareños la evitaban por culpa de los cuentos que se contaban sobre el lugar, y por los trasgos que vivían bajo sus laderas.

Se rumoreaba que antaño había existido un castillo en lo alto de la colina y que la misma Malbry había formado parte de su alfoz, cultivando los campos para el señor de aquel feudo, pero todo eso había ocurrido muchísimo tiempo atrás, antes de la Tribulación y el Fin del Mundo. Hoy día no había allí nada que ver, sólo unas cuantas piedras erguidas, demasiado grandes para haber sido restos del saqueo de las ruinas y, claro, el Caballo Rojo tallado en la arcilla.

El lugar era un bastión de trasgos desde hacía mucho tiempo. Al decir de los villanos, las promesas y los cuentos sobre la Era Antigua los atraían a aquellas soledades, pero era sólo en tiempos recientes cuando el Pueblo Feliz se había aventurado tan lejos como para llegar a la aldea.

Catorce años para ser precisos. El cómputo de ese plazo comenzaba en el preciso momento del óbito de Julia, la bella esposa de Jed Smith, cuando dio a luz a la segunda hija. Pocos dudaban de que ambos hechos estaban conectados, o de que aquella marca de color óxido en la palma de la mano de la chica era el signo de alguna desventura en ciernes.

Y así era. Desde ese día en adelante, desde el día de la Cosecha, los trasgos se habían sentido atraídos por la hija del herrero. La comadrona los había visto, o eso decía ella, colgados en la cuna de pino del bebé, o riéndose dentro del calentador de cama o saltando sobre las mantas. Al principio nadie hizo caso de los rumores. Nan Fey estaba tan chiflada como su vieja abuela, y era mejor tomarse cualquier cosa que dijera echándole por encima un poco de sal, pero conforme pasó el tiempo, los avistamientos de trasgos fueron relatados por fuentes tan respetables como el párroco, su esposa Ethelberta e incluso Torval Bishop desde el otro lado del paso, motivo por el cual los rumores crecieron y enseguida todo el mundo empezó a preguntarse cómo era posible que los Smith hubieran tenido dos hijas tan distintas. Maravillaba que fueran los Smith, que nunca soñaban, iban a la iglesia todos los días y no se les había ocurrido acercarse al río Strond ni, desde luego, andar en tratos con el Pueblo Feliz.

Mae Smith, la de los rizos como prímulas, era considerada en todas partes como la chica más bonita y menos imaginativa de todo el valle. Jed Smith decía que era la misma imagen de su pobre madre y casi se echaba a llorar cuando la miraba, aunque lo decía sonriendo y los ojos le brillaban como estrellas.

Pero Maddy era morena, igual que un bárbaro, y nada lucía en los ojos de Jed cuando la observaba, salvo una especie de extraña mirada calculadora, como si estuviera poniendo en la balanza por un lado a Maddy y por el otro a su madre muerta, y encontrara que le habían estafado.

Jed Smith no era el único que pensaba eso. Maddy descubrió que disgustaba a casi todo el mundo conforme se iba haciendo mayor. No tenía nada de la naturaleza pacífica de Mae ni tampoco nada de su dulce rostro. Era una chica difícil con una boca de gesto hosco, una cortina larga de pelo y cierta tendencia a arrastrar los pies. Sus ojos de un gris dorado eran bastante hermosos, mas poca gente se daba cuenta de esto alguna vez y normalmente se daba por hecho cierto que la muchacha era fea, una alborotadora, demasiado lista para lo que le convenía y demasiado terca o indolente para cambiar.

La gente estaba de acuerdo en que no era culpa de ella el tener la tez tan morena o una hermana tan hermosa, por supuesto, pero como afirma el refrán, «una sonrisa no cuesta nada», y posiblemente la chica habría podido integrarse de haber efectuado alguno que otro esfuerzo o demostrar cierta gratitud hacia la ayuda y los buenos consejos que le ofrecían.

Pero no quería. Había tenido aspecto de loca desde muy joven; jamás reía ni lloraba, nunca se cepillaba el cabello, se había pegado con Adam Scattergood, a quien le había roto la nariz, y por si todo esto no fuera suficientemente malo, mostraba signos de una cierta inteligencia -algo desastroso en una chica- con una lengua que era grosera sin ningún género de dudas.

Nadie mencionaba la runiforma, desde luego. De hecho, durante los cinco primeros años de su vida nadie le había explicado a Maddy el significado de la misma, aunque Mae le ponía caras y la llamaba «tu mácula», y se sorprendía cuando Maddy se negaba a ponerse los mitones que las viudas caritativas -y esperanzadas, siempre- del pueblo le enviaban a su padre.

Alguien debía «ponerle las cosas claras» a la chica, y al final Nat Parson aceptó el desagradable deber de aclararle los términos del asunto. La niña no entendió casi nada de la explicación, ya que toda la disertación estuvo plagada de citas del Buen Libro, pero percibió con toda claridad su desprecio y, detrás de él, su miedo. Todo estaba escrito en el Libro de la Tribulación: cómo después de la batalla los viejos dioses, los videntes de la época, habían sido arrojados al Averno, pero aún permanecían en nuestros sueños, divididos, sí, pero todavía peligrosos, entrando en la mente de los malvados y los más débiles, intentando renacer con verdadero ahínco…

– Y así es como continúa la sangre de los demonios -le había dicho el párroco-, que pasa de hombre a mujer, de bestia a bestia. Y aquí entras tú, no por culpa tuya, ya que siempre que digas tus oraciones y recuerdes cuál es tu sitio no habrá motivo para que no puedas llevar una vida que merezca la pena como el resto de nosotros y obtener el perdón de mano del Innombrable.

Nat Parson nunca había sido una persona del agrado de Maddy. Se limitó a mirarle en silencio mientras hablaba y de vez en cuando alzaba la mano izquierda para observarle con ademán insolente a través del círculo formado entre el pulgar y el índice. Al párroco le picaron las manos de las ganas de abofetearla, pero sólo la Ley era capaz de saber qué poderes podía haberle otorgado a la mocosa la sangre demoníaca que corría por sus venas, y él deseaba no tener nada que ver con la cría. Sin embargo, esto era Malbry, no Finismundi, e incluso un purista como Nat era demasiado listo como para intentar imponer la ley de Finismundi más allá de la Ciudad Universal.

– Esto…, ¿lo entiendes? -inquirió en voz alta y con lentitud, impelido por la idea de que tal vez fuera una negada como Fey la Loca, mas, en todo caso, la niña no despegó los labios y se limitó a observarle de nuevo a través de sus dedos torcidos, hasta que al final, él suspiró y se marchó.

Después de aquello, o eso parecía, la hija menor de Jed Smith se había vuelto más intratable que nunca. Dejó de asistir a la iglesia, se marchaba al bosque del Osezno durante días enteros y pasaba horas sin cuento hablando consigo misma o, mejor habría que decir, con los trasgos. Y mientras los otros niños jugaban a saltar sobre las piedras alrededor del estanque o iban a la escuela dominical de Nat Parson, Maddy corría hacia la colina del Caballo Rojo o le daba la lata a Nan la Loca para que le contase cuentos, o peor aún, inventaba relatos sobre cosas terribles e imposibles que les contaba a los más pequeños para provocarles pesadillas.

Todo aquello era un motivo de escarnio para Mae, cuya alegría e inteligencia eran tan escasas como las de una urraca, y también un perjuicio, pues habría hecho una boda de lo más ventajosa caso de no haber tenido una hermana tan revoltosa como la suya. Mae fue malcriada y consentida mucho más de lo conveniente para compensarla, y la invisible Maddy creció resentida e irascible.

Y así de enfadada y hosca habría continuado de no haber sido por lo ocurrido en la colina del Caballo Rojo en el verano de su séptimo cumpleaños.

Nadie sabía mucho sobre la colina del Caballo Rojo. Algunos decían que se había construido durante la Era Antigua, cuando los paganos todavía hacían sacrificios a los viejos dioses. Otros aseguraban que se trataba del túmulo funerario de algún gran caudillo, sembrado de trampas mortales, aunque Maddy se inclinaba a favor de la teoría de que el lugar era un túmulo gigante lleno de tesoros escondidos, donde el oro de los trasgos se apilaba hasta el techo.

En cualquier caso, todo el mundo estaba de acuerdo en que el Caballo Rojo era antiguo, y aunque no había duda alguna de que eran los hombres quienes lo habían tallado en la ladera de la colina, la figura tenía algo asombroso. Para empezar, no se cubría de hierba en primavera, ni la nieve invernal había ocultado nunca su forma. En consecuencia, en torno a la colina había montones de historias y rumores, cuentos de Faerie y los antiguos dioses, y por eso la mayoría de los habitantes del valle hacía gala de un gran sentido común y se mantenía lejos de ella.

La colina era del agrado de Maddy, por descontado, pero también había que tener en cuenta que ella la conocía mejor que la mayoría de la gente, pues se había mantenido toda una vida alerta ante los rumores traídos por los viajeros, ante cualquier fragmento de tradición popular, ante los dichos, los kenníngar[2], las historias y los cuentos. Gracias a la acumulación de todo este material, la muchacha se había formado una imagen confusa y exasperante de un tiempo anterior al Fin del Mundo, cuando la colina del Caballo Rojo era un lugar hechizado, y cuando los viejos dioses, los videntes, caminaban por la tierra con aspecto humano, sembrando historias allá donde fueran.

Ningún lugareño se atrevía a mencionarlos, ni siquiera Nan la Loca, pues el Buen Libro prohibía todas las historias de los videntes que no estuvieran recogidas en el Libro de la Tribulación, y las buenas gentes de Malbry se enorgullecían de su devoción al Buen Libro. Hogaño ya no se engalanaban los pozos en nombre de la Madre Frig ni se bailaba en el mes de mayo ni se dejaban migas de pan en los escalones de las puertas para la fiesta del Día de Mayo. Las ermitas y los templos de los videntes habían sido destruidos hacía ya muchos años. Se habían olvidado hasta sus nombres y nadie había vuelto a mencionarlos.

Sin embargo, había alguien que todavía los recordaba. La excepción era el mejor amigo de Maddy, a quien la señora Scattergood llamaba «ese pillo tuerto e inútil», y era conocido por otros como el Bárbaro o, simplemente, el Tuerto.

Capítulo 3

Maddy y el Bárbaro se conocieron el verano en el que ella había cumplido siete años. Había juegos y bailes sobre el césped con ocasión de la feria del día de San Juan y en los tenderetes se vendían lazos, frutas y pasteles, e incluso helados para los niños. Mae había sido coronada Reina de las Fresas por tercer año consecutivo y Maddy lo observaba todo desde su lugar favorito en los límites del bosque del Osezno, sintiéndose celosa y enfadada y, sin embargo, totalmente decidida a no unirse a ellos.

Ese lugar era un haya gigante, con un grueso tronco suave y lleno de ramas. A diez metros de altura había una bifurcación en la que le gustaba despatarrarse, con las faldas levantadas y una pierna a cada lado del tronco, mirando al pueblo a través de la parte interior del pulgar y el índice izquierdos.

Unos días antes había descubierto que cuando hacía esos gestos y se concentraba podía ver cosas que por lo general apenas se podían percibir. El nido de un pájaro bajo el alero de un techo de turba, las moras en el seto de la zarzamora, a Adam Scattergood y sus compinches escondidos detrás de la tapia de un jardín con los bolsillos llenos de piedras y la travesura escrita en la mente.

Algunas veces le permitía ver otras cosas, luces y colores que brillaban alrededor de la gente y mostraban su estado de ánimo, y a menudo esos colores dejaban un rastro, como una firma legible a los ojos de cualquiera que supiera leer.

Semejante ardid se llamaba sjónhenni o visión verdadera, y era una de las posiciones de los dedos de la runa Bjarkán, aunque Maddy, que no había aprendido a leer, nunca había oído hablar de Bjarkán, ni se le había ocurrido que ese truco guardara relación alguna con la magia.

Toda la vida se le había obligado a creer que la magia -fuera un hechizo, una digitación o incluso un ensalmo- no sólo no era natural, sino que estaba mal. Era el legado de Faerie, la fuente de la sangre pervertida de Maddy, la perdición de todo aquello que era bueno y legal.

Ésa era la razón, en primer lugar, de que ella estuviera aquí, cuando podía haber estado jugando con los otros niños o comiendo pasteles en el césped de la feria. Ésa era la razón por la que su padre le rehuía la mirada, como si cada vez que la observara recordase a la esposa perdida. También era el motivo de que únicamente ella de entre todos los pueblerinos descubriera al hombre extraño con un sombrero de ala ancha que caminaba solitario por la carretera de Malbry y que se dirigía, no en dirección a la aldea, como cualquiera hubiera podido suponer, sino hacia la colina del Caballo Rojo.

No era frecuente ver extranjeros en Malbry, ni siquiera en la feria de San Juan. La mayoría de los comerciantes solía repetir sus visitas a un lugar u otro, llevando vidrio y cacharros metálicos procedentes de la tierra de Las Caballerizas, caquis de las Tierras del Sur, pescado de las Islas, especias de las Tierras Bárbaras y cueros y pieles del helado Norte.

«Ese hombre viaja demasiado ligero de equipaje para ser un mercachifle -dijo Maddy para sus adentros-. No lleva ni caballo ni mula ni carro, y encima va en la dirección equivocada. Quizá sea un bárbaro con ese pelo enmarañado y apelmazado y esas ropas harapientas». Había oído que a veces viajaban por los caminos, donde se encontraban y comerciaban todo tipo de gentes, pero ella en realidad jamás había visto a ninguno de esos salvajes procedentes de las tierras yermas de más allá de Finismundi, tan ignorantes que apenas eran capaces de chapurrear un lenguaje civilizado. O quizás era un habitante de las Tierras Baldías, todo pintado con glasto azul; un loco, un leproso, o incluso un bandido.

Se deslizó por el tronco del árbol en cuanto pasó el extranjero y comenzó a seguirle a una distancia prudencial, manteniéndose al amparo de los arbustos al lado del camino y observándole a través de la runa Bjarkán.

Quizás era un soldado, un veterano de alguna guerra de las Tierras Bárbaras. Se había echado el sombrero sobre la frente, a pesar de lo cual Maddy logró verle el parche del ojo izquierdo. El desconocido era alto y de piel oscura, como los bárbaros, y ella descubrió con interés que no se movía como un anciano aunque su pelo largo estaba encanecido.

Tampoco sus colores eran los de un viejo. La pequeña se había dado cuenta de que las personas entradas en años del pueblo dejaban un rastro débil; un idiota apenas producía ningún tipo de rastro. Empero, este hombre tenía la firma más fuerte que había visto en su vida, era de un azul tan intenso y vibrante como el azul turquesa del plumaje de un martín pescador. A Maddy le resultaba difícil conciliar ese brillo interior con el aspecto externo tan anodino del individuo que continuaba andando con paso cansado en dirección a la colina.

Le siguió en silencio y a escondidas hasta alcanzar la cima de la colina, donde se ocultó detrás de un montículo de hierba y le observó cuando él se tumbó a la sombra de una piedra caída, con su ojo único fijo en el Caballo Rojo y con un cuaderno pequeño, forrado en piel, en la mano.

Los minutos pasaron. El parecía medio dormido, con el rostro disimulado tras el ala de su sombrero, pero ella sabía que estaba despierto. De vez en cuando escribía algo en su cuaderno, o volvía la página y entonces observaba de nuevo el Caballo Rojo.

Después de un rato, el Bárbaro habló. No en voz alta, pero sí con el volumen suficiente para que la muchacha pudiera oírlo, y su tono era bajo y agradable, desde luego, no el que ella hubiera esperado para nada en un nativo de las Tierras Bárbaras.

– ¿Y bien? -dijo él-. ¿Ya has visto bastante?

Maddy se sorprendió. No había hecho ningún ruido, y hasta donde ella sabía, él no había mirado ni una sola vez en su dirección. Se puso de pie, sintiéndose bastante tonta, y le miró con expresión desafiante.

– No os temo -replicó.

– ¿No? -repuso el Bárbaro-. Pues quizá deberías.

Maddy decidió que podría superarlo en una carrera si fuera necesario. Se sentó otra vez, justo fuera de su alcance en la hierba mullida.

Entonces pudo ver su libro, una serie de trozos de pergamino unidos con tiras de cuero, con las páginas atestadas de una escritura similar a signos espinosos. Ella no sabía leer, por supuesto; ese conocimiento estaba reservado a unos pocos, únicamente el párroco y sus aprendices leían el Buen Libro.

– ¿Sois un sacerdote? -preguntó finalmente.

El extraño se echó a reír, y no precisamente de forma agradable.

– Entonces, ¿un soldado? -El hombre no dijo nada-. ¿Un pirata? ¿Un mercenario? -Otra vez obtuvo la callada por respuesta. El Bárbaro continuó garabateando signos en su pequeño libro, haciendo pausas de vez en cuando para estudiar el Caballo, pero la curiosidad de Maddy se había disparado-. ¿Qué le ha pasado a vuestro rostro? -continuó-. ¿Cómo os hicisteis esa herida? ¿Fue en la guerra?

Ahora el extraño la miró con una cierta impaciencia.

– Esto fue lo que ocurrió -comentó y se quitó el parche.

Maddy le miró fijamente durante un momento, pero no fue el aspecto destrozado de la cicatriz de su ojo lo que la dejó paralizada. Era la marca azulada que comenzaba justo en su ceja y se extendía hacia la derecha hasta el pómulo izquierdo.

No tenía el mismo perfil que su propia runíforma, sin embargo se veía que estaba hecha de idéntica sustancia, y ciertamente era la primera vez que Maddy veía una cosa como ésa en otra persona distinta a ella misma.

– ¿Satisfecha? -inquirió el Bárbaro.

Pero Maddy se sentía presa de una gran excitación.

– ¿Qué es eso? -preguntó-. ¿Cómo os lo hicisteis? ¿Es glasto o un tatuaje? ¿Nacisteis con él? ¿Lo tienen todos los bárbaros?

Él le devolvió una sonrisa superficial y fría.

– ¿No te ha dicho tu mamá alguna vez que la curiosidad mató al gato?

– Mi madre murió cuando yo nací.

– Ya veo. ¿Cómo te llamas?

– Maddy. ¿Y vos?

– Puedes llamarme Tuerto -replicó él.

Y entonces Maddy abrió el puño, todavía sucio por su subida a la gran haya, y le mostró la runiforma de su mano.

El ojo bueno del Bárbaro se dilató bajo el ala del sombrero durante unos momentos al ver la runiforma en la palma de Maddy, donde mostraba más definidos sus contornos, todavía del color del óxido, pero de un brillante color naranja vivo en los bordes, y ella podía notar la sensación de quemazón, una especie de cosquilleo, no desagradable, aunque lo sentía sin duda, como si hubiera agarrado algo caliente unos cuantos minutos antes.

El la miró durante un buen rato.

– ¿Sabes lo que tienes ahí, chica?

– La Ruina de la Bruja -contestó Maddy con brusquedad-. Mi hermana piensa que debería llevar mitones.

El Tuerto escupió.

– «Bruja» rima con «granuja». Una palabra sucia para la gente de mente sucia. Además, nunca fue la Ruina de la Bruja -comentó-, sino la Runa de la Bruja, una runiforma de los ígneos.

– ¿Os referís a los feéricos? -preguntó Maddy, intrigada.

– Nativos de Faene o ígneos, da igual. Esa runa -la miró con interés-, esa marca de la mano, ¿sabes lo que es?

– Nat Parson dice que es la marca del diablo.

– Nat Parson es un imbécil -replicó el Tuerto.

Maddy se sentía dividida entre el sentimiento natural de horror ante el sacrilegio de que alguien osara llamar «imbécil» a un párroco, y la profunda admiración que aquello despertaba en ella.

– Escúchame, chiquilla -dijo él-. Ese hombre de tu villa, Nat Parson, tiene buenos motivos para temer esa marca. Oh, sí, ya lo creo, y también para envidiarla.

Volvió a estudiar el dibujo de la palma de Maddy con renovado interés y lo que a ella le pareció un punto de nostalgia.

– Algo curioso -dijo al final-. Nunca pensé que me la encontraría aquí.

– Pero entonces ¿qué es? -insistió Maddy-, si el Libro no lleva razón…

– Oh, no, hay algo de verdad en ese libro -contestó el Tuerto y se encogió de hombros-, pero está bien envuelto en leyendas y mentiras. Esa guerra, por ejemplo…

– La Tribulación -apuntó Maddy, con deseos de ayudar.

– Ah, sí, si la llamas así, la Tribulación, pero también se llama el Ragnarók. Recuerda, son los vencedores quienes escriben los libros de historia y los perdedores quienes se quedan los restos. Si los sir hubieran ganado…

– ¿Los sir?

– Los videntes, supongo que es así como les llamáis aquí. Bien, si ellos hubieran ganado esa guerra, y estuvieron bien cerca de lograrlo, puedes estar segura, entonces no habría terminado la Era Antigua, y tu Buen Libro se habría convertido en algo bastante distinto, o bien no habría sido escrito nunca.

Maddy aguzó el oído rápidamente.

– ¿La Era Antigua? ¿Os referís a la época previa a la Tribulación?

El Tuerto se carcajeó.

– Ah, sí. Como quieras. Antes de eso, reinaba el Orden. Lo vigilaban los æsir, te lo creas o no, aunque no había videntes entre ellos en aquellos días, y eran los vanir, desde el borde del Caos, los feéricos, como los llama tu pueblo, los que mantenían el Fuego.

– ¿El Fuego? -preguntó Maddy, pensando en la herrería paterna.

– Es un nombre para la energía mágica, también conocida como glám-yni. Se trata de la energía usada por quien lanza una runa o la magia del cambiante. Los vanir lo tienen, y también los hijos del Caos. Los æsir lo adquirieron más tarde.

– ¿Cómo? -inquirió Maddy.

– Robándolo con artimañas, por supuesto. Lo hurtaron y rehicieron los mundos. Y ha sido tal el poder de las runas que después de la Guerra del Invierno, el Fuego yace durmiendo bajo tierra, y allí ha estado durante semanas, meses, e incluso años. Algunas veces torna a la vida en forma de criatura viva, incluso en un niño…

– ¿Yo? -inquirió Maddy.

– Pues parece que eso te haría muy feliz -le espetó.

Luego, torció el gesto y se dio la vuelta para sumirse una vez más en la lectura de su libro.

Pero ella había estado escuchando con demasiado interés para permitir que el Tuerto se callara ahora. Hasta ese momento únicamente había tenido ocasión de prestar oídos a fragmentos de cuentos y a las versiones confusas del Libro de la Tribulación, en el cual el Pueblo de los Videntes se menciona sólo en admoniciones contra sus poderes demoníacos y en un intento de ridiculizar a aquellos impostores, desaparecidos hacía ya mucho tiempo, que se habían llamado dioses a sí mismos.

– Entonces… ¿cómo conocéis estas historias? -preguntó ella.

El forastero sonrió.

– Tú dirías que soy un coleccionista.

El corazón de Maddy latió más deprisa ante la idea de un hombre que coleccionase cuentos de la misma forma que otro podría atesorar navajas, mariposas o piedras.

– Contadme más -dijo con entusiasmo-. Contadme cosas sobre los æsir.

– He dicho coleccionista, no cuentista.

Pero Maddy no iba a permitirle que se deshiciera de ella.

– ¿Qué les ocurrió? -inquirió-. ¿Murieron todos? ¿Los arrojó el Innombrable a todos a la Fortaleza Negra con las serpientes y los demonios?

– ¿Eso es lo que dicen?

– Eso asegura Nat Parson.

Él emitió un seco sonido de desprecio.

– Algunos murieron, otros desaparecieron, algunos cayeron y otros se perdieron. Nuevas deidades surgieron para dar forma a una nueva era y las viejas fueron olvidadas. Quizás ésa sea la prueba de que no eran dioses en realidad.

– Entonces, ¿qué eran?

– Eran los æsir. ¿Qué más quieres?

Hizo amago de darle la espalda de nuevo, pero esta vez Maddy captó su atención.

– Contadme más sobre los æsir.

– No hay nada más -replicó el Tuerto-. Estoy yo, estás tú, y nuestros primos debajo de la colina. Los restos de lo que fuimos, chiquilla. El vino ya se bebió hace mucho.

– Primos -comentó Maddy con añoranza-. Entonces, vos y yo debemos de ser primos también. -Que Maddy y el Tuerto pudieran pertenecer ambos a la misma tribu secreta de gente viajera, ambos marcados por el fuego de Faerie, era un pensamiento extrañamente atractivo-. Oh, enseñadme a usarlo -suplicó al tiempo que alzaba la palma-. Sé que puedo hacerlo. Quiero aprender…

Pero al final, el Tuerto perdió la paciencia. Cerró el libro de un golpe y se levantó, sacudiéndose las hierbas de su capa.

– No soy un maestro, chiquita. Vete a jugar con tus amigos y déjame tranquilo.

– No tengo amigos, Bárbaro -repuso ella-. Enseñadme.

Al Tuerto le quedaba en este momento poco afecto hacia los niños. Miró con poco cariño a la niña mugrienta con la runiforma en la mano y se preguntó por qué habría dejado que se le colgara. Se estaba haciendo viejo, ¿no era ésa la verdad? viejo y sentimental, y esto tenía todo el aspecto de convertirse en la muerte para él, ah, sí, como si las runas no se lo hubieran dicho hacía ya mucho tiempo. El último lanzamiento de runas que había hecho le había dado como resultado Madr, la Gente, cruzada con Thuris, la Espinosa, y finalmente, Hagall, la Destructora, como si ésa no fuera advertencia suficiente para ponerse en marcha…

– Enseñadme -insistió la niña.

– Déjame solo.

Empezó a bajar la ladera de la colina dando grandes zancadas, y Maddy corrió a su zaga.

– Enseñadme.

– No.

– Enseñadme.

– ¡Piérdete!

– Enseñadme.

– ¡Oh, dioses!

El Tuerto profirió un sonido de desesperación y abrió los dedos para formar una runiforma con su mano izquierda. Maddy pensó que había visto algo entre los dedos, una salpicadura de fuego azul, no más de una chispa, como si un anillo con cabujón hubiera captado la luz, pero el Tuerto no llevaba gemas ni anillos…

Sin pensarlo siquiera alzó la mano contra la chispa y la empujó hacia atrás, hacia el Bárbaro, con un ruido parecido al de la explosión de un petardo.

El Tuerto se estremeció.

– ¿Quién te ha enseñado eso?

– Nadie -repuso Maddy sorprendida.

Sentía su runiforma caliente, lo que era raro. Y una vez más cambió del color marrón óxido al dorado del ojo de un tigre.

El Tuerto permaneció en silencio durante un par de minutos. Se miró la mano y dobló los dedos, que ahora le palpitaban como si se los hubiera quemado. Estudió a Maddy con curiosidad renovada.

– Enseñadme -insistió ella.

Hubo una larga pausa. Y entonces él dijo:

– Más valdrá que seas buena. No he tenido ningún alumno, y menos una chica, desde hace más años de los que soy capaz de recordar.

Maddy ocultó una sonrisa bajo el cabello enmarañado.

Tenía un maestro por primera vez en su vida.

Capítulo 4

Durante los siguientes quince días, Maddy escuchó las enseñanzas del Tuerto con una determinación que no había mostrado jamás hasta ese momento. Nat Parson siempre había dejado claro que tener la sangre sucia era algo tan vergonzoso como ser un lisiado o un bastardo, pero aquí había un hombre que defendía justo lo contrario. Ella tenía habilidades, le había dicho el Bárbaro, habilidades que eran únicas y valiosas. Ella era una alumna capaz y el Tuerto, que había venido al valle como comerciante de medicinas y remedios, y que rara vez se quedaba en ninguna parte más de unos cuantos días, en esta ocasión prolongó la visita hasta casi un mes, mientras la niña absorbía cuentos, mapas, letras, ensalmos, runas y cada trocito de información proporcionado por su nuevo amigo. Fue el comienzo de un largo aprendizaje, uno que acabaría, por cambiar la faz del mundo para siempre.

Ahora, el pueblo de Maddy creía en un universo de Nueve Mundos.

El primero era el Firmamento, la Ciudad del Cielo del Orden Perfecto.

Bajo el mismo se hallaban los Cimientos, o Trasmundo, que conducían a los tres territorios de la Muerte, el Sueño y la Condenación, desde donde se accedía al Pandemónium, el hogar de todo el Caos y todas las cosas profanas.

Y entre ellos, o así se lo habían enseñado a Maddy, se encontraban las Tierras Medias: el Continente, las Tierras Bárbaras y el mar Único, con Malbry y el valle del Strond en el mismísimo centro, como una diana en el tiro al blanco. De todo esto era fácil concluir que los habitantes de Malbry en realidad no tenían ningún mal concepto de sí mismos.

Sin embargo, ahora Maddy estaba aprendiendo sobre la existencia de un mundo más allá de los confines de este mapa. Un mundo con muchas partes y lleno de contradicciones, un mundo en el que Nat Parson o Adam Scattergood, por ejemplo, podrían volverse locos por una cosa tan pequeña como una fugaz visión del océano o una estrella desconocida.

Ella no tardó en comprender que un hombre podía considerar heréticas las creencias de otro en un mundo como ése, y también que la ciencia y la magia podían yuxtaponerse, las casas podían construirse en ríos o bajo tierra o altas en el aire; incluso las leyes del Orden en Finismundi, que ella siempre había considerado universales, podían curvarse y doblarse hasta acomodarse a las costumbres de este nuevo mundo mucho más extenso.

Sin duda, sólo un crío o un idiota habrían pensado que Finismundi era realmente el Fin del Mundo. Todos sabían de la existencia de otras tierras y en algún momento había habido comercio con las mismas, comercio y algunas veces guerra, pero estaba muy extendida la creencia de que las Tierras Bárbaras habían sufrido tanto por la Tribulación que su gente mucho tiempo ha se había sumido en el salvajismo y nadie iba allí para nada, al menos si era civilizado.

Pero claro, el Tuerto sí había estado más allá del mar Único, o eso aseguraba. Poblaban aquellas tierras hombres y mujeres de piel tan oscura como la turba y pelo tan rizado como una zarza. Según él, esa gente ni había conocido la Tribulación ni había leído el Buen Libro, sino que en su lugar adoraba a sus propios dioses, salvajes hombres de tez oscura con cabezas de animales, y llevaba a cabo su propia clase de magia, y eso era para ellos tan respetable y tan cotidiano como los sermones dominicales de Nat Parson en el lado más lejano de las Tierras Medias.

– Nat Parson dice que la magia es cosa del demonio -dijo la aplicada alumna.

– Pero me atrevería a decir que hace la vista gorda si le viene bien. -Maddy asintió, sin apenas osar sonreír-. Entiende, Maddy -continuó él-, que el Bien y el Mal no se definen con tanta claridad como te ha hecho creer el párroco. El Buen Libro predica el Orden sobre todas las cosas y que sólo el Orden es el Bien, y claro, como la energía mágica funciona con el Caos, la conclusión es que la magia es cosa del demonio, pero a un instrumento lo hace bueno o malo el que lo usa. Y lo que es bueno hoy puede ser malo mañana.

Maddy frunció el ceño.

– No lo entiendo.

– Escucha -dijo el Bárbaro-. Desde que el mundo empezó, y lo ha hecho varias veces, ha terminado otras tantas, y ha sido rehecho una y otra vez, las leyes del Orden y el Caos se han opuesto la una a la otra, han avanzado y retrocedido por turnos a lo largo y ancho de los Nueve Mundos, conteniéndose o desbaratándose según su naturaleza. El Bien y el Mal no pueden hacer nada contra esto. Todo vive y muere de acuerdo con las leyes del Orden y el Caos, las fuerzas gemelas contra las que ni siquiera los dioses abrigan la esperanza de resistirse.

Miró a Maddy, que seguía con el ceño fruncido. «Es demasiado joven para esta enseñanza -pensó él-; sin embargo, es esencial que la aprenda ahora». Incluso el año siguiente podría ser demasiado tarde, ya que el Orden estaba ya extendiendo sus alas, enviando más y más examinadores desde Finismundi.

Se tragó su impaciencia y comenzó de nuevo.

– Hay un cuento de los æsir que te ayudará a comprender el sentido de mis palabras. Versa sobre el general de los videntes; se llamaba Odín, el Padre de Todo. Juraría que has oído ese nombre.

Ella asintió.

– Sí, el de la lanza y el caballo de ocho patas.

– Ah, sí. Bien, él figuraba entre los que rehicieron el mundo en los primeros tiempos, en el alba de la Era Antigua, y trajo consigo a todos sus guerreros, Tor, Tyr y los demás, para construir una gran fortaleza con la que contener el Caos que podría haber aplastado el nuevo mundo antes incluso de que se completara su creación. Su nombre era Ásgard, la Ciudadela del Cielo, y se convirtió en el Primer Mundo en aquellos tiempos antiguos. -Maddy cabeceó. Conocía la historia, aunque el Buen Libro reivindicaba al Innombrable como el constructor de la Ciudadela del Cielo, y sostenía que los videntes la habían tomado con artimañas-. Pero el enemigo era fuerte -continuó el Tuerto- y tenía muchas capacidades de las que carecían los æsir. Por eso, Odín asumió un riesgo. Buscó a un hijo del Caos y se hizo amigo suyo debido a sus habilidades y se lo llevó a Ásgard como si fuera su hermano. Supongo que le conoces. Le llamaban el Embaucador. -Maddy asintió de nuevo-. Su nombre era Loki y tenía una naturaleza similar a la del fuego abrasador. Circulan muchas historias sobre él.

»Algunas le muestran desde una perspectiva maligna y otras dicen que Odín se equivocó al llevarlo consigo, pero al menos durante un tiempo, Loki fue tan deshonesto como útil y sirvió bien a los æsir, hasta el punto de ser considerado un as [3]. La energía mágica fluye con facilidad en los niños del Caos y fueron esa energía y esa astucia las que le mantuvieron cerca de Odín. Su naturaleza acabó por hacerse demasiado fuerte y hubo de ser sometido, pero los æsir pudieron sobrevivir tanto tiempo principalmente gracias a Loki. Quizás ellos tuvieron una parte de culpa al no haberle vigilado más de cerca. De cualquier modo, el fuego arde, ésa es su naturaleza y no puedes tener la esperanza de cambiar eso. Puedes usarlo para cocinar la comida o para quemar la casa de tu vecino, pero ¿acaso se diferencia en algo el fuego que tú utilizas en el hogar del que usas para quemar cosas? ¿Significa eso que te comerías crudos los alimentos?

La muchacha sacudió la cabeza, todavía confusa.

– Así que lo que pretendes decirme es que… no juegue con fuego -dijo al final.

– Claro que debes hacerlo -repuso el Tuerto con gentileza-, pero no ha de extrañarte que se vuelva en contra tuya.

Al final, llegó el momento de la partida del Tuerto. Se pasó la mayor parte de ese día intentando convencer a Maddy de que no podía irse con él.

– Por el amor de los dioses, tienes apenas siete años. ¿Qué voy a hacer contigo por el camino?

– Trabajaré -insistió la niña-.Ya sabes que puedo hacerlo. No me da miedo. Y sé un montón de cosas.

– ¿Ah, sí? ¿Tres ensalmos y un par de runas? Eso te llevará bien lejos en Finis…

Se interrumpió y comenzó a atar una de las correas que sujetaban su mochila, pero Maddy no era ninguna simplona.

– ¿Finismundi? -inquirió, con los ojos dilatados-. ¿Vas a Finismundí?

El Tuerto no dijo nada.

– Oh, por favor, déjame ir -suplicó Maddy-. Te ayudaré, te llevaré las cosas, no te causaré ningún problema…

– ¿No? -se rió él-. La última vez que me informé, el secuestro estaba considerado un crimen.

– Oh. -No había pensado en eso. Si ella desaparecía, habría partidas que saldrían detrás de ellos desde Fettlefields hasta el Hindarfial, y el Tuerto sería llevado a la cárcel, o colgado…-. Pero te olvidarás de mí -dijo ella-. Nunca, nunca te volveré a ver.

El Tuerto sonrió.

– Volveré el año próximo.

Sin embargo, Maddy no le miraba, clavó los ojos en el suelo y no dijo una palabra. El Tuerto esperó, sonriendo con ironía. A pesar de ello, Maddy no alzó la mirada, aunque salió un solo resuello pequeño pero feroz bajo la mata de pelo.

– Escúchame, Maddy -se dirigió a ella con dulzura-. Si quieres ayudarme de verdad, hay un modo en que puedes hacerlo. Necesito conseguir un par de ojos y de oídos. Necesito mucho más esa tarea que el beneficio de tu compañía en el camino.

Maddy alzó la mirada.

– ¿Ojos y oídos?

El Tuerto señaló hacia la colina, donde el contorno borroso del Caballo Rojo relucía como brasas enterradas en la redondeada ladera.

– Vas mucho allí, ¿no? -comentó él.

Ella asintió.

– ¿Sabes lo que es?

– ¿Un túmulo de tesoros? -sugirió Maddy, pensando en los cuentos acerca del oro enterrado bajo la colina.

– Algo mucho más importante que eso. Es una encrucijada que conduce al Trasmundo, con caminos que llevan hacia abajo, lo menos hasta el reino de Hel, y tal vez hasta el río Sueño, que vierte sus aguas en el Strond.

– ¿No hay ningún tesoro? -inquirió Maddy, decepcionada.

– ¿Un tesoro? -Él se echó a reír-. Ah, sí, si quieres verlo de ese modo. Es un tesoro perdido desde la Era Antigua. Ése es el motivo por el que hay tal cantidad de trasgos. También es por eso por lo que el lugar está tan cargado. ¿No lo notas, Maddy? -añadió-. Es como vivir encima de un volcán.

– ¿Qué es un volcán?

– No importa. Simplemente obsérvalo, Maddy. Mira a ver si observas algo extraño. Ese Caballo sólo está medio dormido, pero si se despierta…

– Ya me gustaría a mí despertarlo -dijo Maddy-. ¿A ti no?

El Tuerto sonrió y sacudió la cabeza. Era una sonrisa extraña, y al mismo tiempo cínica, o quizás incluso triste. Se ajustó la capa en torno a los hombros.

– No -contestó-. Dudo mucho que fuera de mi agrado. Ése es un camino que tomaría con mucho cuidado, y no a menos que obtuviera a cambio tanto oro como en el Rescate de la Nutria [4]. Aunque quizá llegue un momento en que no me quede otra alternativa.

– Pero ¿y el tesoro? -repuso ella-. Podrías ser rico…

– Maddy -suspiró-. También podría estar muerto.

– Pero seguramente…

– Hay cosas bastante peores que los trasgos de ahí abajo, y no olvides que los tesoros rara vez duermen solos.

– ¿Y qué? -replicó ella-. No tengo miedo.

– Ya lo creo que no -contestó el Tuerto con voz seca-, pero escucha, Maddy, tienes siete años. La colina, y lo que vive debajo, sea lo que sea, ha estado esperando durante mucho tiempo. Creo que puede aguardar un poquito más.

– ¿Cuánto más? -El Tuerto rompió a reír. Ella añadió-: ¿Hasta el próximo año?

– Ya veremos. Apréndete las lecciones, vigila la colina y búscame el mes de la Cosecha.

– ¿Me juras que vas a volver?

– Por el nombre de Odín.

– ¿Y por el tuyo?

Él asintió.

– Así es, chiquilla. Por el mío también.

Después de esa ocasión, el Tuerto había regresado a Malbry una vez al año, nunca antes de Beltane o después del cumpleaños de Maddy al final del mes de la Cosecha, para comerciar con telas, sal, pieles, azúcar, remedios y noticias. Su llegada se convertía en el punto álgido del año para Maddy; su marcha, en el comienzo de una larga oscuridad.

Cada vez, él le formulaba la misma pregunta:

– ¿Qué hay de nuevo por Malbry?

Y cada vez ella le relataba las mismas historias sobre las travesuras de los trasgos: ataques a despensas, saqueos de bodegas, robos de ovejas y leche derramada. Y cada vez, él repetía:

– ¿Nada más?

El viajero parecía relajarse cuando Maddy le aseguraba que eso era todo, daba la impresión de que le hubieran quitado un gran peso de los hombros, aunque fuera sólo de forma temporal.

Y claro, con cada visita, le enseñaba nuevas habilidades.

Al principio, aprendió a leer y escribir. Repitió sin cesar poemas, canciones y lenguas extranjeras; tradiciones populares sobre medicinas y plantas y kenningar e historias hasta sabérselas de carrerilla. Estudió algo de historia, cuentos tradicionales, dichos y leyendas; memorizó la carta celeste y los mapas con los ríos, montañas y valles, piedras y nubes.

Y lo más importante de todo, aprendió las runas. No sólo los nombres, los valores y las digitaciones, sino también…

…el modo de tallarlas en las piedras de la suerte, echarlas para leer un atisbo del futuro o atarlas como tallos para hacer una muñeca de maíz, y también el modo de crearlas con un palo de fresno o cómo susurrar los versos de un ensalmo, además de a brincar sobre ellas como en el juego de saltar piedras, lanzarlas como petardos o proyectar sus sombras con los dedos.

Aprendió cómo usar Ar, para asegurar una buena cosecha…

…y Tyr, para que una lanza de caza encontrara su objetivo.

…y Logr, para localizar agua bajo tierra.

Para cuando cumplió diez años, se conocía ya las dieciséis letras del Alfabeto Antiguo, algunas eran runas bastardas, procedentes de países extranjeros, y centenares de kenningar y ensalmos. Supo entonces que el Tuerto viajaba bajo el signo del Raedo, el Viajero, y que su runa estaba invertida; una runa boca abajo era señal de mala suerte e implicaba que había pasado por muchas pruebas y tribulaciones a lo largo del camino.

La propia runiforma de Maddy no estaba rota ni invertida, sino que, según el Tuerto, se trataba de una runa bastarda no incluida en el Alfabeto Antiguo, lo cual la convertía en impredecible.

– Las runas bastardas tienen sus trucos -le explicó-. Algunas funcionan mal y otras ni siquiera sirven. Las hay incluso que tienden a salirse de las alineaciones, a tambalearse un poco, de forma taimada, a deformarse igual que se pandean las flechas abandonadas debajo de la lluvia, que rara vez alcanzan su objetivo… si es que lo hacen.

»Sin embargo -continuó-, tener una runiforma es un verdadero regalo. Una runa del Alfabeto Antiguo, sin invertir y sin romper, sería demasiado a lo que aspirar. Los dioses habían ejercido ese poder alguna vez. Ahora, la gente hace lo que puede con lo que ha sobrevivido. Eso es todo.

Pero bastarda o no, la de Maddy era fuerte. Rápidamente superó a su viejo amigo, ya que la escasa energía mágica del viajero se gastaba enseguida, y la muchacha acreditó una puntería tan buena como la de él, si no mejor. Además, era avispada y cazaba los conocimientos al vuelo. Se aprendió las hug-rúnar, las runas mentales, y las rísta-rúnar, las runas talladas, y las sig-rúnar, las runas de la victoria. Estudió runas que ni el mismo Tuerto era capaz de hacer funcionar; nuevas runas y runas bastardas sin nombre y sin versos, y aun así, le parecía insuficiente, siempre quería más.

El Tuerto le contó relatos acerca del interior de la colina, y acerca de la serpiente que mora en las raíces de Yggdrásil, siempre comiéndose los cimientos del mundo. Le contó historias sobre las piedras erguidas y de islas mágicas perdidas, así como de círculos encantados, sobre el Inframundo, el Averno y las tierras del Sueño y del Caos que había más allá de ellos. Le habló también de Hel la Nonata, y de Jormungard, la Serpiente de los Mundos, y de Surt el Destructor, el Señor del Caos, y del Pueblo del Hielo y el Pueblo del Túnel, y acerca de los vanir y sobre Mímir el Sabio.

Pero los cuentos favoritos de la muchacha eran los de los æsir y los vanir. Nunca se cansaba de escucharlos, y en los largos meses solitarios entre las visitas del Tuerto, los héroes de esas historias se convirtieron en los amigos de Maddy. Tor el Tonante y su martillo mágico; Idún la Sanadora y las manzanas de la juventud; Odín el Padre de Todo; Bálder el Bello; Tyr el Guerrero; Freya Ala de Halcón; Héimdal Ojo de Águila; Skadi la Cazadora; Njord el Hombre del Mar; y Loki el Embaucador, el cual en muchas ocasiones había supuesto tanto la liberación como la división de los viejos dioses. Aplaudía sus victorias, lamentaba sus derrotas y aunque fuera un pensamiento antinatural, se sentía más emparentada con todos estos seres pertenecientes al Pueblo de los Videntes, desaparecidos hacía ya mucho, que con Jed Smith o Mae. Conforme pasaban los años, más necesitaba estar en la compañía de los de su propia clase.

– Ha de haber más como nosotros en alguna parte -decía-. Personas como nosotros… ígneos. -«Familia», pensaba-. Si pudiera encontrarlos, entonces, quién sabe, quizá…

Sin embargo, en eso se sentía decepcionada. En siete años, jamás había tenido el menor atisbo de alguien de su clase. Estaban los trasgos, por supuesto, y algún gato o conejo ocasional que nacían con una runiforma y a los que despachaban bien rápido.

Pero en cuanto a personas como ellos…

– Escasean -le había respondido él-, y la mayoría carece de algún poder digno de mención. A lo sumo conservan un chispazo de magia, y eso es tener buena suerte, ya que poseer más les supondría una vida realmente peligrosa.

Pero ¿y si tenían mala suerte? En Finismundi, donde el Orden había gobernado durante cien años, una runiforma, incluso una rota, habitualmente servía para ser arrestado, y después de eso, sometido a un Examen tras el cual solía tener lugar con bastante frecuencia un ahorcamiento, o Depuración, como preferían llamarla en ese lugar.

No obstante, era mejor no pensar en eso, le aconsejaba el Tuerto, y aunque a desgana, Maddy siguió su consejo, aprendiendo las lecciones, contándose los cuentos para sus adentros, esperando pacientemente las visitas anuales e intentando muy en serio dejar de pensar en lo imposible.

Este año, por primera vez, se estaba retrasando. El cumpleaños de Maddy había pasado hacía dos semanas, la luna de la Cosecha había adquirido ya la forma de gajo y empezaba a sentirse inquieta al pensar que quizás esta vez su viejo amigo no pudiera regresar.

El Tuerto había vuelto bastante cambiado el año previo. Se había apoderado de él una cierta agitación muy similar a la impaciencia. Se había quedado más delgado en los últimos doce meses, bebía más de lo que era bueno para él y, por primera vez, había visto que su cabello gris oscuro se hallaba salpicado de hebras blancas. Los viajes anuales a Finismundi se estaban cobrando su precio. ¿Quién sabía cuándo terminaría por caer en la red después de aquellos siete peregrinajes tan temerarios?

La respuesta de las runas le había dado motivos de preocupación.

Maddy poseía su propio juego de piedras de la fortuna, hechas de guijarros de río procedentes del Strond, cada una pintada con una runa diferente. Descubrió que podía lanzarlas sobre el suelo y estudiar el esquema trazado al caer; éste ofrecía en ocasiones la oportunidad de adivinar el futuro, aunque el Tuerto le había avisado de que las runas no siempre eran sencillas de leer y tampoco era fácil ver el futuro en las piedras.

Aun así, la combinación de Raedo, el Viajero…

…con Thuris, la runa de Tor, y Naudr, la Recolectora, la llenaron de dudas.

La runa del Tuerto. ¿Un camino espinoso? Y la tercera runa, la Recolectora, la runa de la coacción. ¿Estaba prisionero en alguna parte? ¿O quizás esa runa al final significaba la muerte?

De ahí que le inundaran un gran alivio y una enorme alegría cuando la señora Scattergood le informó de que él estaba allí, por fin, después de un retraso de casi dos semanas.

Maddy echó a correr hacia la colina del Caballo Rojo, donde ella sabía que él la esperaba, tal como siempre la había esperado todos los años, y como ella ansiaba que hiciera cada año, por siempre jamás.

Capítulo 5

Pero Maddy no había contado con Adam Scattergood. El hijo de la patrona rara vez la molestaba cuando estaba trabajando, ya que la bodega se encontraba a oscuras, y le inquietaba la expectativa de lo que ella pudiera estar haciendo allí abajo, aunque a veces merodeaba por los alrededores de la trampilla, a la espera de una oportunidad para efectuar algún comentario o burlarse de ella. Había aguzado el oído ante el griterío de la cocina, manteniendo una distancia prudencial ante el posible peligro de que le encomendaran alguna tarea, pero cuando vio a Maddy salir por la puerta de la cocina, le relumbraron los ojos y se decidió a investigar.

Adam era dos años mayor que ella, un poco más alto, de cabello castaño y lacio y una boca curvada con un rictus de descontento. Su madre adoraba al muchacho, cargante y de carácter hosco, que ya era aprendiz del párroco y el favorito del obispo, razón por la cual era en parte temido y en parte envidiado por los demás chicos, y siempre estaba haciendo travesuras. Maddy pensaba que era peor que los trasgos, porque al menos éstos eran divertidos, aunque fueran molestos, mientras que las jugarretas de Adam simplemente eran horribles y estúpidas.

Ataba petardos a las colas de los perros, se colgaba en las ramas nuevas hasta romperlas, se mofaba de los mendigos, robaba la ropa lavada de los tendederos y la tiraba al fango, aunque se aseguraba de que alguien que no fuese él cargara con las culpas. En resumidas cuentas, Adam era un chivato y un malcriado, y al ver a la muchacha camino de la colina, se preguntó en qué andaría metida y tomó la decisión de aguarle la fiesta.

La siguió sin ser visto y anduvo inclinado a la sombra de los arbustos que flanqueaban el camino hasta alcanzar la parte más baja de la ladera del altozano; una vez allí, se arrastró silenciosamente por la parte oculta y pronto se perdió de vista.

La muchacha no le vio ni le oyó. Subió la colina a la carrera, casi tropezando debido a la impaciencia, hasta que captó la imagen de la alta figura familiar sentada entre las piedras caídas al lado del flanco del Caballo Rojo.

– ¡Tuerto! -le llamó ella.

Estaba en la misma postura que cuando le vio por última vez, con la espalda apoyada contra la piedra, la pipa en la boca y la mochila a su lado en la hierba. Como siempre, había saludado a Maddy con un asentimiento superficial, como si sólo se hubiera ausentado una tarde y no durante doce meses.

– ¡Vaya! ¿Qué hay de nuevo por Malbry? -le dijo.

Ella le miró con una cierta indignación.

– ¿Eso es todo cuanto tienes que decir? Vienes dos semanas tarde, he estado muy preocupada… y todo lo que me dices es «¿Qué hay de nuevo por Malbry?» como si alguna vez pasara aquí algo de importancia…

El Tuerto se encogió de hombros.

– Me demoré.

– ¿Y por qué te retrasaste?

– No importa.

Maddy le mostró una sonrisa renuente.

– Tú y tus noticias. Supongo que nunca se te ocurrió que podría preocuparme. Quiero decir, que vienes de Finismundi, nada menos, y nunca me traes ninguna noticia de allí. ¿Es que nunca pasa nada en Finismundi?

El Tuerto asintió.

– Finismundi es un lugar lleno de acontecimientos.

– Sin embargo, aquí estás otra vez.

– Así es.

Maddy suspiró y se sentó a su lado en la hierba suave.

– Bueno, la noticia más importante de por aquí es que… me he quedado sin trabajo.

Sonrió al recordar el rostro de la señora Scattergood, le contó la historia de su mañana de trabajo, del trasgo durmiente atrapado en la bodega y cómo había reunido a la mitad del Trasmundo al intentar capturarle, pues la prisa la había llevado a equivocarse.

El forastero escuchó la narración en silencio.

– Y por la Ley, ¡tendrías que haber oído el ruido que hizo! Se podía escuchar desde el bosque del Osezno, y la verdad, pensé que iba a explotar…

Riéndose, se volvió hacia el Tuerto y le encontró mirándola sin atisbo alguno de júbilo, sino con una expresión bastante sombría.

– ¿Qué fue lo que hiciste exactamente?-preguntó-. Esto es importante, Maddy. Cuéntame todo lo que recuerdes.

La interpelada dejó de reír y abordó la tarea de recordar con precisión lo que había ocurrido en la bodega. Obediente, repitió la conversación con el trasgo. Tuvo la impresión de que el rostro de su interlocutor se endurecía cuando ella repitió la mención al «Capitán», pero no estaba segura. Después, repasó todas las runas empleadas y entonces intentó explicar lo sucedido a continuación.

– Bien, en primer lugar formé Thuris -enumeró-, y en ese momento, simplemente… señalé hacia el agujero e hice algo como… gritarlo en esa dirección…

– ¿Qué has dicho? -la apremió el Tuerto.

Pero la muchacha empezaba a ponerse nerviosa a estas alturas.

– ¿Qué es lo que va mal? -inquirió-. ¿Es que hice algo incorrecto?

– Tú sólo contéstame, Maddy, ¿qué fue lo que dijiste?

– Bueno, nada, eso es. Sólo fue ruido. Ni siquiera un ensalmo. Sucedió todo tan deprisa que no puedo acordarme. -Se interrumpió de pronto, alarmada-. ¿Ocurre algo malo? -insistió-. ¿Qué es lo que he hecho?

– Nada -repuso él con voz sorda-. Sabía que únicamente era cuestión de tiempo.

– Pero ¿qué pasa? -preguntaba ella.

El Tuerto permaneció callado, mirando hacia el Caballo Rojo con su crin de larga hierba iluminada por la luz del sol. Finalmente, comenzó a hablar.

– Maddy -dijo-, estás creciendo.

– Eso parece -replicó ella con cara de pocos amigos.

Tenía la esperanza de que esto no se convirtiera en un sermón, como los que otras veces había soportado de las bienintencionadas señoras del pueblo, sobre «hacerse una mujer».

– Y lo que más ha crecido son tus poderes -prosiguió el Tuerto-.Ya eran fuertes al comienzo, pero ahora tus habilidades están despertando a la vida. Claro, tú aún no las controlas, pero podemos esperar que eso ocurra. Aprenderás.

«Esto va a ser un sermón -pensó Maddy-. Ojalá no sea tan embarazoso como el de que voy a hacerme una mujer, pero…»

El Tuerto continuó:

– La energía mágica, como ya sabes, puede permanecer años en estado latente, del mismo modo que esta colina lleva haciendo durante mucho tiempo. Siempre he sospechado que cuando uno despierta, el otro no tarda mucho en irle a la zaga.

Hizo un alto para llenar la pipa y los dedos le temblaron un poco cuando apretujó la hierba de tabaco en la cazoleta. Una bandada de gansos en forma de uve sobrevoló el camino hacia el Hindarfial. Maddy se ensimismó en la contemplación del vuelo hasta que sintió la mordedura del frío en la piel. El verano había terminado y el otoño pronto daría paso al invierno. Por algún motivo, el pensamiento hizo que brotaran lágrimas de sus ojos.

– Esta colina vuestra ha estado tan quieta durante tanto tiempo que pensé que quizá me había equivocado al interpretar los signos y que no pasaba de ser otro precioso túmulo de los Tiempos Antiguos, tal y como sospeché en un principio -habló el Tuerto al fin-. Ha habido muchas otras colinas, ya sabes, y manantiales, círculos de piedra, menhires, cuevas y pozos, que mostraban los mismos signos y al final no pasaba nada en ellos, pero cuando te encontré, y con esa runiforma… -Se interrumpió de forma abrupta y le hizo una señal para que escuchara-. ¿Has oído eso?

La interpelada meneó la cabeza.

– Me pareció haber oído…

«…algo parecido a las abejas -pensó el Tuerto-, un enjambre de abejas atrapado bajo tierra. Algo que lucha por escapar…»

Por un momento, la oyente consideró la idea de preguntarle a qué se refería con lo de «esa runiforma», pero era la primera vez que veía a su viejo amigo hecho un manojo de nervios y sentirse mal con tanta claridad, así que pensó que lo mejor era concederle tiempo.

Él miró de nuevo en dirección a la colina del Caballo Rojo, y estudió el caballo rampante a la luz del sol. «Qué cosa tan hermosa -pensó el Bárbaro. Lástima que algo tan bonito sea tan mortífero».

– Me sorprende que podáis vivir aquí -dijo-, con lo que se oculta justo debajo.

– ¿Te refieres… al tesoro? -musitó Maddy, que nunca había dejado de creer en los cuentos del oro enterrado bajo la colina.

El Tuerto le dirigió una de sus nostálgicas sonrisas.

– ¿Así que de verdad se encuentra aquí?

– En efecto -admitió él-. Lleva enterrado aquí quinientos años, esperando una oportunidad para escapar. Sin ti, le habría dado la espalda y nunca hubiera vuelto a pensar en él, pero albergué la esperanza de que contigo podría tener una oportunidad. Y tú eras tan joven, tan tremendamente joven… Con el tiempo, ¿quién sabía qué habilidades podrías desarrollar? ¿Quién sabía, con esa runa, en lo que podrías convertirte algún día? -Maddy puso unos ojos como platos al oír aquello-. Y así fue -continuó él-. Te enseñé, te enseñé cuanto sabía, y te mantuve cuidadosamente vigilada, sabiendo lo fuerte que llegarías a ser y que lo más probable era que terminaras alterando de forma accidental lo que yace bajo la colina.

– ¿Te refieres a los trasgos? -inquirió ella.

El Tuerto sacudió lentamente la cabeza.

– Los trasgos y sus mandarrias han sabido de ti desde tu nacimiento, pero hasta este momento no han tenido motivo para temer tus capacidades. Cuento con que la aventura de esta mañana haya hecho cambiar todo.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Maddy con nerviosismo.

– Quiero decir que el líder de los trasgos no es ningún estúpido, y que si él sospecha que vamos detrás del… tesoro…

– ¿Quieres decir que los trasgos podrían haber encontrado el oro?

El Tuerto hizo un sonido impaciente.

– ¿Oro? -preguntó-. ¿Ese cuento de viejas comadres?

– Pero tú dijiste que había un tesoro debajo de la colina.

– Ah, sí -admitió él-. Y lo hay. Un tesoro de la Era Antigua, pero no es oro, Maddy, no son lingotes ni pepitas ni siquiera un penique de níquel.

– Entonces, ¿qué clase de tesoro es? -quiso saber ella.

Él hizo una pausa.

– Lo llaman el Susurrante.

– ¿Y qué es eso? -preguntó Maddy.

– No puedo decírtelo. Quizá más tarde, cuando lo pongamos a salvo.

– Pero tú sabes lo que es, ¿no?

El interpelado mantuvo la calma con una cierta dificultad.

– Maddy -dijo-, aún no es el momento. Ese tesoro… puede convertirse en algo tan dañino como valioso. Esta simple conversación acerca de él ya nos pone en situación de peligro, y en muchos sentidos es más seguro para él permanecer dormido y olvidado. -Encendió la pipa con la runa de fuego, Kaen, y un hábil y leve giro de sus dedos-. Pero ahora está despierto, para bien o para mal, y correríamos todavía un peligro más grande si alguien más lo encuentra; si lo encuentra y lo pone en uso.

– ¿A quién te refieres con «alguien»? -inquirió Maddy.

El la miró.

– A alguien como nosotros, claro.

Ahora el corazón de Maddy latía más rápido que uno de los martillos en la forja de su padre.

– ¿«Como nosotros»? -repitió ella-. ¿Hay otros como yo? ¿Tú los conoces? -El asintió con la cabeza-. ¿Cuántos? -preguntó ella.

– ¿Es que eso importa?

– A mí, sí -replicó la joven con fiereza.

Había otros, pero el Tuerto nunca los había mencionado. ¿Quiénes eran? ¿Dónde estaban? Y si él había sabido de su existencia durante todo este tiempo, entonces…

– Maddy -intervino él-, soy consciente de que es duro, pero debes confiar en mí. Has de creerme con independencia de que haya podido ocultarte algunas cosas, incluso aunque te haya engañado en ocasiones.

– Me has mentido -concluyó Maddy.

– Lo he hecho para mantenerte a salvo -le explicó el Tuerto con paciencia-. Los lobos de manadas distintas no cazan juntos. Incluso algunas veces se cazan entre ellos.

Se volvió hacia él con los ojos ardientes.

– ¿Por qué? -le demandó-. ¿Qué es el Susurrante? ¿Por qué es tan importante para ti? Y sobre todo, ¿cómo es que sabes tanto acerca de él?

– Ten paciencia -repuso el Tuerto-. Vamos primero a por el Susurrante. Después te prometo contestar a todas tus preguntas, pero ahora, por favor, tenemos una tarea pendiente. Esta colina no ha sido abierta desde hace cientos de años. Habrá trampas defensivas para proteger la entrada, tendremos que encontrar las runas, y romper lo que nos impida entrar. Eh…, vas a necesitar esto.

Sacó un objeto familiar de su mochila y se lo dio a Maddy.

– ¿Qué es eso?

– Es una pala -comentó él-. Porque la magia, como el liderazgo, es una décima parte de genio y las otras nueve de trabajo preparatorio. Necesitarás limpiar el contorno del Caballo hasta una profundidad de unos quince a veinte centímetros. Nos va a llevar un rato.

Maddy le dirigió una mirada suspicaz.

– Veo que sólo hay una pala -le reprochó ella.

– El genio no la necesita -comentó el Bárbaro con voz seca mientras se sentaba en la hierba para terminarse la pipa.

Fue una tarea larga y laboriosa. El Caballo medía unos sesenta metros desde el morro hasta la cola y los siglos de inclemencias climáticas, mal uso y negligencia se habían cobrado lo suyo en buena parte del trabajo más delicado, pero la arcilla de la colina era densa y dura, y la forma del Caballo se había hecho con el fin de que perdurase, con guardas y runiformas grabadas a intervalos para asegurar que no se perdiera el diseño.

El Tuerto suponía que habría por lo menos nueve, una por cada uno de los Nueve Mundos, e iban a tener que encontrarlas todas antes de que pudieran entrar.

Fue él quien descubrió la primera, tallada en un guijarro y enterrada al lado de la cola del Caballo.

Madr, la Tierra Media. La Gente.

– Un buen comienzo -le aseguró mientras rozaba la runa para hacerla brillar y susurraba un ensalmo-: Madr er moldar auki[5].

De repente, un lugar en la cabeza del Caballo se iluminó con el brillo correspondiente, y casi a la vez, bajo el césped, Maddy encontró la runa Yr.

– Yr. El Trasmundo. Los Cimientos. Las cosas irán más deprisa a partir de ahora.

En cuanto la tocaron, Yr iluminó el camino a Raedo, las Tierras Bárbaras, metida debajo del vientre del Caballo, y después Logr, el Mar, situada en la boca del Caballo…

…y un poco más allá, en cada una de las patas, descubrieron Bjarkán, por el mundo del Sueño, y Naudr, por el Inframundo…

…Hagall, para el Averno, y Kaen, por el Caos o el Más Allá…

…y finalmente, justo en la mitad del ojo, la runa de la Ciudadela del Cielo…

Os, la de los æsir, la más brillante de todas, como la estrella central en la constelación de Tiazi, el Cazador, que cae sobre los Siete Durmientes en las noches claras de invierno.

Os. Los æsir. El Firmamento. Maddy contempló esta runa en silencio. Éste era el momento con el que ella había soñado, y ahora que se sentía tan cerca, experimentaba una curiosa renuencia a actuar. Esto la ponía algo furiosa, y aun así era consciente de que una pequeña parte de ella quería por encima de todo dar un paso atrás y alejarse de ese umbral hacia lo desconocido para regresar a Malbry y la seguridad de su hogareña ratonera.

El Tuerto debió de darse cuenta, porque esbozó una ligera sonrisa y le puso una mano en el hombro a Maddy.

– No tendrás miedo, ¿verdad, chica?

– No. ¿Y tú?

– Un poco -admitió él-. Ha pasado tanto tiempo… -Se sacó la pipa de la boca, volvió a prender la hierba de la cazoleta y lanzó una bocanada de humo dulce-. Maldito hábito -comentó-, lo adquirí del Pueblo del Túnel en una de mis expediciones. Son unos herreros magistrales, ¿sabes? pero con unos hábitos higiénicos terribles. Creo que el humo les ayuda a disimular la peste.

Maddy tocó la runa final. Relumbró con colores opalinos como los del sol estival. Recitó el ensalmo:

– Ós byth ordfruma célere spræce [6].

La colina se abrió con un chirrido deslizante; y donde antes había estado el ojo del Caballo, ahora había un estrecho túnel de paredes terrizas que se hundía en las entrañas de la tierra.

Capítulo 6

Hace quinientos años, en los albores de la Era Nueva, había pocas fortalezas más seguras que el castillo de la colina del Caballo Rojo. Construido sobre el escarpado alcor que dominaba el valle, ostentaba el mando de toda la llanura y su cañón apuntaba de forma permanente hacia el paso del Hindarfial, el único lugar en toda la cordillera de los Siete Durmientes por el que podía atacar un posible enemigo.

De hecho, era un misterio para la gente de Malbry cómo sucumbió, a menos que fuera por una epidemia o a consecuencia de un acto de traición, porque desde el destrozado círculo de piedra se podía divisar todo el camino en dirección norte hasta Farnley Tyas, y por el sur, hasta Posta de la Fragua, al pie de las montañas.

El camino estaba muy al descubierto, apenas protegido por dispersos matorrales de aulagas, y las mismas laderas de la colina eran demasiado empinadas para que hombres acorazados pudieran subir por ellas.

Pero Adam Scattergood no llevaba armadura, el cañón había sido fundido hacía mucho tiempo y habían pasado más de cinco siglos desde que el último centinela hubiera vigilado la colina del Caballo Rojo. En consecuencia, se las arregló para ascender la colina sin que le vieran, y arrastrándose a través de los matorrales de cola de liebre a sotavento del Caballo, se escondió detrás de una piedra caída para escuchar lo que estaban hablando la pequeña bruja y el pillastre del Tuerto.

Adam nunca había confiado en Maddy. La gente con imaginación le ponía nervioso pues vivía en un universo extraño y oscuro donde Adam Scattergood o bien pasaba desapercibido o bien no era querido, lo cual le hacía sentirse bastante incómodo. Sin embargo, lo que nunca admitiría ante sí mismo era que Maddy le asustaba. Eso habría sido totalmente ridículo. Ella tenía la sangre sucia, ¿o no? Nadie iba a quererla nunca, al menos con esa runiforma en la mano. Ella nunca iba a llegar a nada mientras que él…

…era un chico guapo con un brillante futuro, loada fuera la Ley. Era ya el aprendiz del párroco y con un poco de suerte, y con los ahorros de su madre, incluso podrían enviarle a estudiar a Finismundi, a la Ciudad Universal. En resumidas cuentas, era de lo mejorcito de Malbry, y por eso se encontraba allí, espiando a la chica y a su compinche, el Bárbaro, sin ningún amigo a su lado, como un chivato, un pensamiento de lo más irritante. Se arrastró un poco más cerca de la base de la piedra y aguzó el oído a fin de captar algo secreto, algo importante, algo con lo que luego pudiera zaherirla.

Su sonrisa se ensanchó de forma notable cuando oyó la parte relativa al tesoro de debajo de la colina. Aquello daba mucho juego para poder burlarse de ella. «Trasguita -pensaba mofarse-, ¿has encontrado ya algo de oro para comprarte un vestido nuevo? ¿Has pillado un anillo de Faerie, trasguita?»

La idea era tan excitante que estuvo a punto de salir de su escondrijo en ese momento, pero estaba solo, y de repente la chica y el Bárbaro no parecían tan divertidos como cuando Adam se encontraba con sus compinches. De hecho, parecían casi peligrosos, y él estaba muy contento de hallarse a salvo y fuera de su vista detrás de la piedra grande.

Su júbilo se duplicó en cuanto escuchó lo del Susurrante. Él no quería guardar relación alguna con reliquias de la Era Antigua, por muy valiosas que pudieran ser, ya que de cualquier modo, probablemente estarían malditas o poseídas por algún demonio. Adam se felicitó y se habría dado abrazos de alegría en cuanto se abrió la colina de no ser porque lo extraño le causaba verdadero pavor, y estaba claro que Maddy y su amigo tuerto se habían pasado de la raya en esta ocasión.

¡Abrir la Colina al Trasmundo! Nat Parson seguramente tendría alguna palabra bien fuerte que decir al respecto. Incluso Matt Law, que no sentía demasiada simpatía por el párroco, se vería forzado a admitir que esta vez la hija menor del herrero había ido demasiado lejos. No había forma de ignorar una violación tan descarada de las leyes asentadas en el Buen Libro.

Esto significaría el final de la pequeña bruja de una vez por todas. Los habitantes de Malbry habían tolerado sus peculiaridades durante mucho tiempo en consideración a su padre, pero este uso de la magia era un crimen serio, y Maddy tendría que ser examinada, o incluso depurada, en cuanto Adam cumpliera con su obligación, como estaba decidido a hacer, de informar a Nat Parson.

Adam nunca había visto una Depuración real. Esas cosas no sucedían mucho fuera de Finismundi, pero «la civilización sigue extendiéndose», como decía el párroco tan a menudo, y era sólo cuestión de tiempo el que el Orden estableciera un puesto de avanzada al alcance de Malbry. Eso no ocurriría lo suficientemente pronto para Adam. El final de la magia; la colina excavada, con sus demonios quemados y el Orden restaurado en el valle del Strond.

Empezó a adormilarse detrás de la roca conforme pasaba el tiempo sin que ocurriera nada y al final se quedó amodorrado hasta que Maddy abrió por fin el Ojo del Caballo, momento en que se despertó sobresaltado y profirió un sofocado grito de asombro. El Tuerto levantó la cabeza, con los dedos torcidos, y de pronto Adam estuvo seguro de que el Bárbaro era capaz de ver de verdad a través del viejo granito de la piedra caída y sus ojos podían llegar hasta su escondrijo.

El joven se sintió dominado por un gran pavor y se aplastó aún más contra el suelo, casi esperando escuchar los pesados pasos dirigirse hacia él a través de la colina.

Pero no sucedió nada.

Adam se fue relajando a medida que pasaban los segundos y recobró su arrogancia natural en cuanto quedó claro que no le habían visto. Intentó convencerse de que lo que le había puesto nervioso era aquel lugar, esa colina, con sus fantasmas y sus ruidos. No tenía miedo del pillo tuerto. Y esa niña no le asustaba, desde luego.

En cualquier caso, ¿qué hacía ella ahí arriba con la mano en alto? El muchacho únicamente era capaz de distinguir su sombra en la hierba y no había forma de que pudiera adivinar que ella estaba usando Bjarkán ni que ahora estaba viendo al acosador, encorvado contra la piedra caída, con el rostro confuso por el miedo y la malicia.

Maddy no necesitaba hacer un gran esfuerzo de imaginación para suponer qué hacía allí su enemigo. Lo entendió todo al primer golpe de vista. Contempló sus colores y gracias a ellos supo cómo la había seguido, cómo los había espiado a ella y al Tuerto. También se enteró de que pensaba regresar al pueblo para contar lo que había averiguado con el propósito de echarlo todo a perder, tal y como había hecho siempre con todo lo demás.

Y ahora su cólera encontró al fin un objetivo. No se lo pensó dos veces y con la runiforma bastarda relumbrando con fuerza en la palma, proyectó la ira y la voz hacia el chico acuclillado con la misma saña con la que Adam la había apedreado tantas veces.

Actuó por instinto. Su grito barrió la colina y precisamente en ese mismo instante hubo un relámpago de luz y un crujido ensordecedor cuando la piedra erguida se partió en dos y las esquirlas de roca se dispersaron por la cima de la colina.

Adam Scattergood se quedó allí, agachado entre las dos mitades de la piedra rota, con el rostro del color del queso fresco y una mancha de humedad extendiéndose por la entrepierna de sus finos pantalones de sarga.

Maddy no pudo evitarlo y se echó a reír. El ataque la había dejado casi tan aterrorizada como al mismo Adam, pero aun así, vinieron las carcajadas y no era capaz de parar, mientras el chico la miraba, primero con miedo, luego sobrecogido, y finalmente, tan pronto como se dio cuenta de que no estaba herido, con un odio ciego y amargo.

– Lo lamentarás, bruja -tartamudeó, irguiéndose tembloroso-. Les diré a todos lo que estáis planeando. Les diré que intentaste asesinarme.

Sin embargo, ella estaba totalmente descontrolada y no dejó de reír a mandíbula batiente. Le rodaron unos lagrimones por las mejillas y le dolía el estómago de tanto carcajearse, pero las risotadas le estaban sentando demasiado bien como para refrenarse. Al final, apenas era capaz de respirar y estuvo a punto de asfixiarse. El rostro de Adam adquirió un rictus cada vez más sombrío. Abandonó el círculo de piedras, huyó ladera abajo y se alejó de la colina en dirección al camino de Malbry. Ni Maddy ni el Tuerto hicieron intento alguno por detenerle.

En ese momento, Maddy se acercó a la piedra partida. Las risotadas se le pasaron tan pronto como habían venido y se sintió algo vacía y un poco mareada. La roca de granito tenía un metro de alto y casi lo mismo de ancho, y sin embargo se había fraccionado limpiamente en dos. Acarició el bisel rugoso de la rasgadura dentro de la cual brillaban de forma desperdigada las pepitas de mica.

– Vaya, vaya, de modo que puedes lanzar rayos mentales -comentó el Tuerto, que la había seguido-. Bien hecho, Maddy. Con un poco de práctica, ésta puede ser una habilidad de lo más útil.

– Yo no he lanzado nada -repuso Maddy, algo atontada-. Me limité a gritar, pero no le lancé una runa, era algo sin sentido, sólo gritar por gritar, como hoy en la bodega.

El Tuerto esbozó una sonrisa.

– El sentido es un concepto del Orden -le explicó-. El lenguaje del Caos carece de sentido por definición.

– ¿El lenguaje del Caos? -retrucó Maddy-, pero yo no lo conozco. Nunca he oído hablar de él…

– Sí, sí lo has oído -respondió el Tuerto-. Lo llevas en la sangre.

Maddy dirigió la vista al pie de la colina, donde la distante figura de Adam Scattergood se iba empequeñeciendo a lo largo del camino que conducía a Malbry. El fugitivo daba rienda suelta a su rabia de vez en cuando y profería agudos gritos mientras corría.

– Podría haberle matado -comentó ella, al tiempo que comenzaba a temblar.

– Quizás en otra ocasión.

– ¿No lo entiendes? ¡Podría haberle matado!

El Bárbaro no parecía impresionado.

– Bueno, pero ¿no era eso lo que querías hacer?

– ¡No! -Él sonrió sin decir nada, por lo que ella se sintió obligada a añadir-: Es la verdad, Tuerto. Simplemente ocurrió.

Él se encogió de hombros y volvió a encender la pipa.

– Querida mía, cosas como éstas no pasan porque sí.

– No lo entiendo.

– Oh, sí, ya lo creo que sí.

Y en realidad, lo entendía; naturalmente que sí. Ni ella era la hija de un herrero ni lo que le había lanzado a Adam, el rayo mental, había salido del aire enrarecido por arte de birlibirloque, sino que había sido forjado por ella. La sensación había tenido la misma intensidad que cuando se libraba un enfrentamiento con ballestas. Ella se lo había arrojado al hijo de la tabernera con la fuerza y la intención de años y años de ira reprimida.

Una vez más sintió un momento de terror cuando se imaginó lo que podría haber sucedido si la piedra no hubiera absorbido el impacto. Y con el miedo vino la conciencia aún más terrible de que podría y, seguramente, lo haría otra vez.

El Tuerto pareció leerle los pensamientos.

– ¿Recuerdas lo que te enseñé? -dijo con dulzura-. El fuego arde, ésa es su naturaleza. Úsalo o no, pero recuerda esto: un rayo mental no es un trabuco. No sale porque sí. – Sonrió-.Y en cuanto al chico, no ha sufrido daño alguno. Es una pena que nos haya escuchado, claro, ya que nos concede menos tiempo, pero eso no cambia nada.

– Espera un minuto -pidió Maddy mientras miraba el túnel abierto-. ¿De veras crees que deberíamos entrar ahora mismo después de lo que ha pasado?

– Tras lo ocurrido -repuso él-, ¿qué otra opción nos queda?

La muchacha le estuvo dando vueltas durante un rato. A esas alturas, Adam ya debía de haberse chivado, a menos que antes se hubiera detenido a cambiarse de pantalones, y sin duda, habría embellecido el relato con cuantos demonios fuera capaz de inventar su limitada imaginación.

Se lo contarían a Jed Smith, a Matt Law, al obispo, sin olvidar a Nat Parson, que había estado esperando una crisis como ésta desde su legendaria peregrinación a Finismundi. El párroco iba a estar encantado de poder lidiar con una perturbación tan importante como la actual. Y sea lo que fuere lo que terminara ocurriendo, el incidente se consignaría en el Libro de Eventos de Malbry, junto con los otros sucesos importantes de la historia del pueblo, y Adam Scattergood sería recordado por ello hasta mucho después de que sus huesos se hubieran convertido en polvo.

El sol estaba alto ahora en el cielo y el valle se veía verde y dorado bajo su luz clara. Un humo ligero flotaba sobre los tejados y el olor de los rastrojos quemados le llegó a Maddy desde lejos, llenándole los ojos de repentinas lágrimas. Pensó en la herrería y en la casita contigua, en el olor del metal caliente y el humo, en el anillo de caléndulas que rodeaba la puerta principal.

Había creído que aquél era su mundo y hasta ese momento, cuando estaba a punto de abandonarlo, no se había percatado de lo mucho que significaba para ella. Su marcha equivalía tácitamente a admitir la culpa y no habría marcha atrás, nada volvería a ser lo mismo.

– ¿Merece la pena, Tuerto? -le preguntó-. Ese Susurrante, sea lo que sea.

El Tuerto asintió

– La merece -admitió.

– ¿Más que el oro? -inquirió Maddy.

– Mucho más que el oro.

La muchacha miró hacia el valle una vez más. Podría quedarse y luchar por su causa, claro. Al menos, le prestarían algo de atención. No había habido ningún ahorcamiento en el valle desde el de Nell la Negra, una cerda ensillada con una runiforma en la espalda que se había comido a sus lechones haría cosa de diez años, pero el Tuerto era un Bárbaro, miembro de una tribu de mendigos y ladrones, y su juicio tenía todo el aspecto de ser corto y expeditivo. Ella no tenía elección, y además, con la entrada de la colina abierta a sus pies y la promesa de tesoros escondidos allí abajo, ¿cómo iba a volverse?

El angosto pasaje de bordes toscos se adentraba en la ladera de la colina. Dio un paso al interior, tropezando un poco, y probando amargamente el techo de tierra, al darse un golpe en la cabeza. Para su alivio, estaba seco y era firme; desde las profundidades del túnel venía olor a bodega. Maddy dio otro paso, pero el Tuerto se quedó donde estaba, observándola, y no hizo ningún movimiento para seguirla.

– Bien -dijo Maddy-. ¿Vienes o qué?

Su acompañante no dijo nada por un momento, y luego sacudió lentamente la cabeza.

– No puedo entrar ahí, Maddy -contestó-. Me reconocerá en cuanto ponga el pie en el Trasmundo. Y sabrá bien pronto que estoy ahí y con qué fin.

– ¿Quién? -inquirió Maddy.

– Desearía poder decírtelo -comentó él-, pero disponemos de poco tiempo y no hay ocasión de contar una historia tan larga. El tesoro que buscas, el Susurrante, no es una pieza normal de botín. Puede disimularse en forma de un bloque de vidrio, un pedazo de mena de hierro, incluso de una roca. Está en su naturaleza el ocultarse, pero lo conocerás por sus colores, porque no puede esconderlos. Búscalo en un pozo o en una montaña. Tal vez esté enterrado a mucha profundidad, pero acudirá a tu reclamo si tú lo llamas.

Maddy lanzaba continuas miradas hacia el pasaje, donde reinaba la oscuridad del sepulcro, y recordó las historias del Tuerto sobre los caminos que discurrían debajo de la colina y cuyo final concluía en el Sueño, la Muerte y aún más lejos…

Se estremeció y se volvió otra vez hacia él.

– Pero ¿cómo sabemos que permanece aún aquí? ¿Qué pasa si alguien se lo ha llevado?

– No lo han hecho -le aseguró el Tuerto-. Yo lo habría sabido.

– Pero tú me aseguraste que había otros, y ahora…

– Es la verdad, Maddy -la interrumpió-. No estoy seguro de que él me espere ahí abajo, en absoluto, ni de sus pretensiones en caso de que esté en las entrañas de la colina, pero si entro contigo y está esperando allí abajo con sea cual sea el artefacto mágico que haya sido capaz de preparar…

– ¿Quién es? -repitió Maddy, una vez más.

El Tuerto le dedicó una de sus sonrisas torcidas.

– Un… amigo de antaño -contestó-, de hace mucho tiempo. Uno que se convirtió en un traidor en la Guerra del Invierno. Le di por muerto, y quizá lo esté, pero los de su especie tienen nueve vidas y a él siempre le sonríe la suerte. -La muchacha hizo ademán de hablar, pero él la interrumpió-. Escucha, Maddy. Él me está esperando y no sospechará de ti. Tal vez incluso ni se percate. Y tú puedes encontrar al Susurrante y traérmelo antes de que él se dé cuenta de lo que está pasando. ¿Lo harás?

Una vez más Maddy miró dentro del Ojo del Caballo. Se abría lóbrego a sus pies, como si el Caballo se hubiera despertado después de siglos de sueño.

– ¿Y qué harás tú? -le preguntó al final.

El Bárbaro sonrió, pero su ojo bueno relampagueó.

– Puede que sea viejo, muchacha, pero creo que todavía me las puedo apañar con un puñado de pueblerinos.

Y quizá fue un truco de la luz, pero le pareció a Maddy que su amigo había crecido de algún modo y parecía más joven, más fuerte, con sus colores más brillantes y poderosos, como si los años se hubieran limitado a pasar por él, años, pensó, o quizá más. Por lo que Maddy sabía, la Guerra del Invierno había terminado hacía quinientos años; los lobos demonio se habían tragado el sol y la luna y el Strond se había desbordado hasta el punto de que las aguas llegaron hasta las laderas de las montañas, arrasándolo todo a su paso.

Nat Parson llamaba a esto la Tribulación y en sus sermones hablaba de cómo el Antiguo de los Días se había cansado de la maldad de la humanidad y había enviado fuego y hielo para limpiar el mundo.

El Tuerto lo había llamado Ragnarók.

– ¿Quién eres tú? -le preguntó.

– ¿Eso importa? -le respondió él.

El debía de haber visto la respuesta en el rostro de Maddy, porque asintió y se desprendió algo de la tensión que soportaba.

– Bien -dijo-. Ahora, corre y encuentra al Susurrante, o déjale encontrarte si puede. Mantente oculta y alerta. No confíes en nadie, sea cual sea la manera en que se presente antes, y por encima de todo, no hables ni una palabra a nadie sobre mí.

– ¡Espera! -le llamó Maddy cuando se dio la vuelta.

– Ya he aguardado bastante -respondió el Bárbaro, y sin una mirada o un gesto de despedida comenzó a andar de nuevo hacia la colina del Caballo Rojo.

LIBRO DOS

El Trasmundo

Mi nombre es Innombrable…

Invocaciones, 9:7

Capítulo 1

Lejos de estar nivelado, el suelo del corredor se iba inclinando a intervalos irregulares; unas veces atravesaba corrientes de agua y otras se encajonaba hasta conformar una grieta tan estrecha que Maddy debió ladearse para poder proseguir el avance. La muchacha había invertido las runas a fin de cerrar la boca del túnel, por lo cual no contaba con ninguna luz del exterior y ahora el único medio para alumbrar la oscuridad era la runa Bjarkán que llevaba en la punta de los dedos.

Sin embargo, notó al cabo de unos cuantos minutos que el pasaje se había abierto un poco y que la tierra de las paredes daba paso a otro material duro, casi con la textura del vidrio. Se dio cuenta de que era roca cuando se adentró más en la ladera de la colina; se trataba de algún tipo de mineral oscuro y brillante, con la superficie interrumpida ocasionalmente por afloramientos cristalinos que brillaban como un racimo de agujas.

El suelo también empezó a cambiar tras media hora de caminata, momento en que apareció la misma roca vítrea y unas láminas fosforescentes salpicaron las paredes, a resultas de lo cual el camino se hallaba tenuemente iluminado.

Había coloridas firmas mágicas por doquier, como si fueran madejas de hilo de tela de araña. Eran demasiadas para contarlas o identificarlas. Muchas mostraban restos de magia -ensalmos, encantamientos, algunos elaborados y otros simples runas- tan fáciles de seguir como las marcas de las ruedas de un carro en un camino enlodado.

Digitó Yr, la runa de la protección, para mantenerse oculta, pero incluso así, estaba segura de que entre tantos artefactos tenía que haber disparado unas cuantas alarmas. Se preguntó con una cierta incomodidad qué clase de araña debía de vivir en una telaraña tan intrincada, y su mente se volvió hacia el Tuerto y a la persona -amigo o enemigo- que tanto temía, y que debía permanecer allí a la espera en el corazón de la montaña.

«¿Qué es lo que estoy buscando?», se preguntó. ¿Y qué era lo que podría saber el Tuerto sobre un tesoro de la Era Antigua?

«Bien -se dijo a sí misma-, hay una única manera de averiguarlo», y el simple hecho de estar bajo la colina era muy emocionante de por sí, al menos por el momento. Empezaba a especular sobre la posible profundidad del pasadizo en el preciso instante en que notó que el suelo descendía de forma abrupta ante sus pies y las paredes del túnel, que había sido muy angosto hasta ese momento, se abrían a ambos lados hasta revelar un vasto cañón subterráneo, que se ampliaba más allá del campo de visión de Maddy hasta formar un laberinto de túneles y una enorme extensión de cavernas y corredores.

Durante un buen rato fue incapaz de hacer otra cosa que no fuera observar con asombro aquel pasaje, que daba a una empinada escalera tallada en la pared de roca y descendía hasta llegar a una enorme galería cuyo trayecto se veía interrumpido de vez en cuando por otros pasillos y las bocas de cuevas que se abrían a intervalos en las paredes del cañón, con lo que parecían pasarelas suspendidas, iluminadas por antorchas o lámparas colgantes en el lado más lejano.

Ella había esperado hallar una sola caverna, quizás incluso un solo pasaje, pero en vez de eso había cientos, si no miles de cuevas y pasadizos. Oyó el burbujeo de una corriente de agua al fondo del cañón. Reinaba una oscuridad demasiado intensa a pesar de los fanales como para que ella pudiera ver el caudal en sí, pero podía adivinar que era ancho y de aguas rápidas. La voz del torrente sonaba como la de un lobo con la garganta llena de piedras.

También en esa zona había hechizos, firmas mágicas y dedos verdes fosforescentes por doquier, y las paredes estaban tachonadas de pepitas de mica. Hilillos de agua serpenteaban por los muros donde lanzaban sus zarcillos unas flores de intenso olor a almizcle, los lirios pálidos y tristes del Trasmundo.

– Dioses, ¿y por dónde empiezo?

«Bueno, quizá convendría empezar por iluminar esto un poco más», dijo en su fuero interno antes de alzar la mano y trazar Sol. Le centellearon las puntas de los dedos y los pequeños cristales embutidos en los escalones y en las paredes relumbraron con un brillo repentino.

Era manifiestamente insuficiente para alumbrar la totalidad del vasto techo, pero eso la hizo sentirse mucho mejor al aminorar las posibilidades de caerse por las escaleras. Al mismo tiempo tuvo la impresión de haber visto por el rabillo del ojo algo muy próximo al recodo. El ser buscó a toda velocidad el cobijo de las sombras en cuanto ella encendió la luz mágica. Prácticamente no se lo pensó antes de trazar a Naudr con forma de red y lanzarla con un giro de los dedos.

– ¡Tú otra vez! -exclamó la muchacha nada más ver lo que había capturado. El trasgo escupió, pero no pudo escaparse-. ¡Para ya! -le ordenó Maddy, dibujando la runa un poco más ceñida. El trasgo puso mala cara, pero se quedó tranquilo-. Eso está mejor. Y bien, ahora, Rastri-llero -la criatura hizo un bufido, puf-, quiero que te quedes aquí conmigo. Nada de escabullirte esta vez, ¿entiendes?

– Puf -repitió el cautivo-. Todo este escándalo por un traguito de cerveza…

Dio igual porque no se movió, pero miró a Maddy con sus ojos ambarinos, manteniendo los labios retraídos sobre sus dientes agudos.

– ¿Por qué me estás siguiendo?

El trasgo se encogió de hombros.

– ¿Qué, curiosidad, zagala?

Ella se echó a reír.

– Más aún, conozco tu nombre.

El ser no dijo nada, pero sus ojos llamearon.

– Aquello que nombras es aquello que dominas. Así es, ¿no?

El trasgo continuó sin decir nada.

Maddy sonrió ante aquel inesperado golpe de suerte. No estaba segura de cuánto duraría su control sobre él, pero su tarea se simplificaría si podía tener un aliado en el Trasmundo, aunque fuera algo renuente.

– Ahora escúchame, Rastri-llero…

– Me llaman Bolsa -intervino repentinamente el trasgo.

– ¿Qué?

– Bolsa, ¿estás sorda? Es un diminutivo para La-Bolsa-o-la-Vida, ¿vale? No te irás a pensar que vamos por ahí dándole al personal nuestros nombres verdaderos, ¿a que no?

– ¿La-Bolsa-o-la-Vida? -repitió Maddy.

Bolsa puso cara de pocos amigos.

– Los nombres de la gente de Faerie son así -le explicó-, La-Bolsa-o-la-Vida, Picotazo-en-la-Coronilla, Escabechado-en-el-Viento, y yo no me voy riendo de tu nombre por ahí, ¿a que no?

– Lo siento, Bolsa -se disculpó la muchacha mientras procuraba no reflejar la hilaridad en el rostro.

– De acuerdo. No ha habido ofensa -replicó Bolsa con dignidad-.Y ahora, ¿qué es exactamente lo que puedo hacer por ti?

Maddy se inclinó hacia delante.

– Necesito un guía.

– Lo que de verdad necesitas es que examinen a fondo esa cabezota tuya -repuso el trasgo-. En cuanto el Capitán sepa que estás aquí…

– Entonces, debes asegurarte de que no se entere -contestó ella-. Por otro lado, probablemente no podré encontrar mi camino en este sitio por mi cuenta…

– Mira -la interrumpió el trasgo-, si es de la cerveza detrás de lo que vas, podré devolvértela, no hay problema…

– No se trata de la cerveza -replicó la muchacha.

– Entonces, ¿qué es?

– No lo sé -replicó ella-, pero tú me vas a ayudar a encontrarlo.

Le llevó varios minutos convencer a Bolsa de que no le quedaba otra alternativa que ayudarla. Los trasgos eran criaturas simples, pero no tardó en quedarle claro que cuanto antes consiguiera la joven lo que buscaba, antes se libraría de ella.

Sin embargo, se sentía claramente intimidado por el individuo a quien llamaba «el Capitán» y Maddy pronto se dio cuenta de que le convendría más no enfrentar a su nuevo aliado con un conflicto de lealtades tan fuerte.

– Así que ¿quién es ese Capitán tuyo?

El trasgo resolló y miró hacia otro lado.

– Oh, vamos, Bolsa. Ha de tener un nombre.

– Claro que lo tiene.

– ¿Y bien?

El ser se encogió de hombros de forma muy expresiva. Su gesto comenzó en la punta de sus orejas peludas y bajó por todo su cuerpo hasta los pies en forma de garra, haciendo tintinear hasta el último eslabón de su cota de malla.

– Llámale Caminante de las Estrellas, si te gusta, o Fuego Desatado, o Boca Torcida, u Ojo de Águila, o Estrella-Perro. Llámale Etéreo, llámale Precavido…

– No quiero sus apodos, Bolsa. Su nombre real.

El trasgo torció el gesto.

– ¿Acaso crees que me lo ha dicho?

Maddy se devanó los sesos durante un buen rato. El Tuerto la había avisado de que él no sería el único con intereses en el interior de la colina y la telaraña de hechizos que había encontrado en el camino confirmaba esas sospechas, pero ¿podía ser ese gerifalte de los trasgos el hombre contra quien le había prevenido el Tuerto? Parecía harto improbable, ya que no era un trasgo quien había urdido la maraña de hechizos; seguramente el tal Capitán debía de ser otro trasgo o quizás un gran troll de las cavernas.

Aun así, merecía la pena averiguar más sobre la persona de ese Capitán y sobre la posible amenaza. El inconveniente era la irritante imprecisión mostrada por Bolsa, cuya capacidad de atención se parecía a la de un gato la mayoría de las veces, y tan pronto derivaba la conversación hacia el cómo, el dónde y el porqué, como lisa y llanamente perdía todo interés.

– Cuéntame, ¿cómo es tu Capitán? -inquirió ella.

Bolsa frunció el ceño y se rascó la cabeza.

– Creo que la palabra es voluble -contestó al final-. Ah, sí, ésa es la palabra que estoy buscando. Voluble y desagradable, y también astuto.

– Quiero saber cuál es su aspecto -insistió Maddy.

– Simplemente ruega por que no llegues a verlo -sugirió Bolsa misteriosamente.

– Vaya, pues qué bien -comentó Maddy.

Se pusieron en marcha en silencio.

Capítulo 2

Según cuentan las leyendas, el mundo situado debajo de las Tierras Medias se divide en tres niveles, conectados entre sí por un gran río. El Trasmundo es el reino del Pueblo de la Montaña, trasgos, trolls y enanos. Debajo de aquél se encuentra el reino de Hel, lugar donde tradicionalmente se sitúa a los muertos, y luego el Sueño, uno de los tres grandes afluentes del Caldero de los Ríos, y por último, justo ante la puerta del Caos, el Averno, conocido por algunos como la Fortaleza Negra, donde Surt el Destructor guarda las murallas y donde los dioses no tienen poder alguno.

Maddy ya sabía todo esto, claro. Las enseñanzas del Tuerto habían sido concienzudas en todas las materias concernientes a la geografía de los Nueve Mundos, pero lo que ella no había sospechado era la escala desmedida del Trasmundo ni los incontables pasajes, túneles, cavernas y guaridas que conformaban el interior de la colina. Había grietas y fisuras, ranuras y rincones; también refugios subterráneos y cubiles; y pasadizos laterales, almacenes, pasarelas y simas, madrigueras, conejeras, alacenas y pozos. La excitación de la muchacha por verse al fin entre las paredes de ese recinto fabuloso había decrecido de forma considerable después de lo que se le hicieron horas interminables de búsqueda a través de semejante laberinto, pues empezó a comprender que no iba a ser capaz de cubrir ni siquiera la centésima parte a pesar de contar con la ayuda que Bolsa le brindaba a regañadientes.

Únicamente en la zona alta de la vasta galería hallaron trasgos, unos seres de rostros gatunos, ojos dorados y cola de ardilla. Iban ataviados con una mezcolanza de harapos, cuero y cotas de malla. En general, apenas prestaron atención a la intrusa o a su acompañante.

No eran los únicos habitantes de ese nivel. Maddy pasó junto a docenas de otras criaturas, todas tan atareadas y poco curiosas como los mismos trasgos, mientras cruzaba a toda prisa los atestados pasajes. Había miembros del Pueblo del Túnel, del mismo color de la arcilla de su zona natal, con grandes mandíbulas y ojillos desprovistos de pestañas, el Pueblo del Cielo y también el del Bosque, e incluso un par de hombres de la Gente ocultos bajo sus capuchas y de aspecto furtivo, que se ayudaban de cayados al andar y acarreaban mochilas de mercader a las espaldas.

– Ah, sí, señorita, siempre hay alguno que comercia con la Gente -contestó Bolsa a las preguntas de Maddy-. No creerás que eres la única que ha encontrado la forma de entrar aquí ni que el Ojo es el único acceso para entrar a la colina, ¿a que no?

Había menos tráfico y menos hechizos en los niveles inferiores, donde se hallaban los almacenes, los sótanos, los dormitorios y las tiendas de comida. Maddy empezaba a tener hambre, por lo que se sintió tentada de robar algo, pero los trasgos no eran especialmente cuidadosos en lo tocante a los alimentos y había oído demasiados cuentos al respecto para correr el riesgo. En vez de ello, se rebuscó en los bolsillos y encontró el corazón de una manzana y un puñado de avellanas con lo que pudo comer un poco, aunque no quedó satisfecha. Tendría tiempo de lamentar esa decisión más adelante.

Continuaron el descenso en dirección al río, donde había al menos callejas de piedra atestadas de paquetes con restos de botines y saqueos. La intrusa recordó las palabras del Tuerto y digitó Bjarkán para guiar su búsqueda, mas no logró encontrar ni rastro de nada que guardara parecido alguno con un tesoro de la Era Antigua entre la maraña de pequeños hechizos y firmas mágicas que atravesaba los túneles por todos lados ni entre los bultos con plumas, baúles de harapos, pucheros y cacerolas, además de dagas rotas y escudos abollados.

Los trasgos eran unos auténticos acaparadores y a diferencia de los enanos, robaban cuanto caía en sus manos sin tener en cuenta su valor, pero Maddy no se desalentó. Estaba segura de que encontraría al Susurrante en algún rincón de todo aquel barullo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que era un nombre bastante extraño para un tesoro, pero luego reparó en el Gotero, el anillo de Odín; la lanza de éste, Gúngnir la Cimbreante; y en Mióllnir, el Machacador, el martillo de Tor, por lo que acabó deduciendo que, fuera como fuese, los tesoros de la Era Antigua solían llevar esa clase de nombres misteriosos.

Ella prosiguió la búsqueda dentro de viejos colchones, huesos secos y vajillas rotas; entre los palos, las piedras y las cabezas de muñecas, zapatos desparejados, dados cargados, uñas postizas de los pies, trozos de papel, adornos de porcelana de mal gusto, pañuelos sucios, poemas de amor olvidados, alfombras orientales peladas, libros del colegio perdidos y ratones sin cabeza…

…pero aun así, no encontró nada de valor, ni oro, ni plata ni siquiera un penique de níquel, tal como el Tuerto le había advertido.

– Aquí no hay nada. -El trasgo se había puesto más nervioso conforme se adentraban más en el vientre de la colina-. Aquí no hay nada y además corremos un peligro de mil pares de narices. -Maddy se encogió de hombros y continuó hacia delante-. Claro que si supiera qué es lo que estás buscando… -insinuó Bolsa.

– Te lo diré cuando lo encuentre.

– Ni siquiera sabes qué aspecto tiene, ¿a que no? -preguntó él.

– Cierra el pico y mira por dónde vamos.

– ¡No tienes ni maldita idea!

Cuanto más se adentraban en lo hondo de la colina, más temía la joven que Bolsa estuviera en lo cierto. El dédalo subterráneo era el paraíso de un trapero y estaba atestado hasta los topes de basura sin valor. Allí no había nada mágico ni precioso, nada parecido a un tesoro, nada que se acercara a la descripción del Tuerto.

Maddy también había sacado en claro que Bolsa estaba tan frustrado por la búsqueda como ella misma. El le había negado repetidamente que existiera ningún tesoro bajo la colina, y después de considerarlo, se inclinaba a creerle a pesar de que los trasgos no entendían bien el concepto de riqueza y consideraban de idéntico valor el robo de una tetera rota que el de media corona o un anillo de diamantes. Además, ella no podía imaginar cómo un tesoro de la Era Antigua, una cosa de tal importancia que el Tuerto había pasado años intentando localizarla, podría permanecer durante tanto tiempo en las manos de Bolsa y sus amigos.

No. Cuanto más lo pensaba, menos lógico le parecía que el Pueblo Feliz tuviera nada que ver con él. El tesoro, si es que después de todo existía, se encontraba en un lugar más profundo que las madrigueras de los trasgos.

En el transcurso de las horas siguientes tuvo que formar dos veces Naudr sobre su desganado compañero, consiguiendo cada vez menos efecto. Ahora tenía ya mucha hambre y hubiera deseado haberse aprovechado de las tiendas de comida de los trasgos; pero éstas habían quedado ya muy atrás y el hambre, la fatiga y la tensión por controlar al trasgo, formando y volviendo a formar Sol, además del esfuerzo por pasar desapercibida por el laberinto de hechizos, estaban empezando a hacerse sentir. Su energía mágica se estaba debilitando como una lámpara a la que se le estuviera acabando el aceite. Pronto estaría gastada.

Bolsa era plenamente consciente de esa circunstancia y un brillo calculador relampagueaba en sus ojos dorados mientras trotaba incansable y bajaba un pasaje tras otro, llevando a la intrusa más y más hondo en las entrañas de la colina, lejos de los almacenes y hacia la oscuridad.

Maddy iba tras él con verdadera osadía. La telaraña de firmas mágicas que tanto le habían asombrado en los primeros niveles ahora había perdido fuerza y prácticamente había desaparecido hasta quedar sólo una, un persistente rastro brillante y poderoso que se imponía a todo lo demás y la llenaba de curiosidad. Era de un color poco habitual: un trazo violeta y refulgente. Se superponía una y otra vez, como si alguien hubiera pasado por allí muchas, muchísimas veces, e iluminaba la oscuridad. Maddy lo siguió, sedienta y aturdida por la fatiga, pero con una creciente excitación y esperanza que la cegaba ante el decaimiento de su propia energía mágica y el destello furtivo que brillaba en la mirada del trasgo.

Atravesaron una enorme caverna de altísimos techos, donde las estalactitas formaban una especie de candelabro que recogía el fulgor de la luz rúnica de Maddy y se la devolvía multiplicada en un millar de varitas de fuego y sombra. Bolsa avanzaba al trote y de repente agachó la cabeza para pasar por debajo de una protuberante cornisa de piedra, lo cual obligó a Maddy a continuar agachada, haciéndola jadear.

– ¡Ve más despacio! -le indicó.

Pero el trasgo parecía no haberla oído. Ella le siguió con resolución y alzó la mano a fin de iluminar el rastro de Bolsa, sólo para ver cómo desaparecía detrás de un saliente de caliza resplandeciente.

– ¡He dicho que esperes!

Conforme avanzaba a todo correr, Maddy tomó conciencia de que la visibilidad era cada vez mayor gracias a la luminosidad proveniente de algún lugar en lo alto. No era luz rúnica ni una firma mágica ni la fría fosforescencia de las cavernas profundas, sino un resplandor cálido, rojizo y reconfortante.

– ¿Bolsa? -le llamó, pero o bien el trasgo no podía oírla, o bien la ignoraba de forma premeditada…

…porque no hubo más réplica que el eco de su propia voz, que sonaba débil y perdida definitivamente, rebotando con frialdad entre las grandes estalactitas.

La tierra se estremeció de pronto. Ella se tambaleó y extendió los brazos para no caer. Le cayeron sobre la espalda polvo y fragmentos de piedra, desprendidos por la sacudida. Empezaba a erguirse de nuevo cuando hubo otra sacudida y tuvo la suerte de verse arrojada contra la pared en el preciso instante en que se desprendía del techo una losa de roca del tamaño de un pernil de vaca.

La muchacha se lanzó de forma instintiva al interior de un túnel contiguo. Las estalactitas caían como lanzas desde el techo de la cámara principal mientras toda la montaña parecía estar sacudiéndose hasta las raíces. Maddy soportó una lluvia de chinas de piedra y nubes de polvo pero, por fortuna, la techumbre del corredor aguantó. Sacó la cabeza de la boca del túnel y miró hacia fuera cuando se detuvo el temblor, que había sonado a oídos de Maddy como el rugido de una distante avalancha en los Siete Durmientes.

Ella lo sabía todo sobre los terremotos, por supuesto. La causante de los mismos era la Serpiente de los Mundos desde su morada en las raíces de Yggdrásil. Había crecido demasiado para que el Averno pudiera contenerla y sacudía las revueltas de su cuerpo en el río Sueño, o eso era lo que siempre había sostenido Nan Fey la Loca. En algún momento, aseguraba la comadrona, crecería tanto que le daría la vuelta al mundo como había hecho en los días anteriores a la Tribulación, y entonces terminaría de roer las raíces del Árbol del Mundo, causando el colapso de los Nueve Mundos, uno detrás de otro, de modo que el Caos podría llegar a dominar sobre todas las cosas para siempre jamás.

Nat Parson contaba una historia bien diferente; según decía él, los temblores los causaban las luchas de los vencidos en las mazmorras del Averno, donde los malvados, término con el cual se refería a los viejos dioses, yacían encadenados hasta el Final de los Días.

El Tuerto refutaba ambas explicaciones y hablaba de ríos de fuego fluyendo bajo la tierra y avalanchas de lodo caliente y montañas en cuyos vientres las rocas hervían como el agua de las teteras, pero a Maddy esta solución le parecía la menos plausible de todas, y se inclinaba a creer que había exagerado la historia, como hacía con tantas otras cosas.

Sin embargo, estaba segura de que era un terremoto lo que había causado los temblores, y por eso abandonó la seguridad de la boca del túnel con muchas precauciones. El candelabro de estalactitas se había caído en parte, dejando una traicionera escombrera de piezas destrozadas en el centro de la cámara. Más allá no había nada salvo calma y silencio, además del eco distante y el polvo que se filtraba de las paredes temblorosas.

– ¿Bolsa? -llamó Maddy.

No hubo réplica, pero le pareció escuchar el sonido de un correteo lejano a su derecha.

– ¿Bolsa?

Esta vez ningún sonido se hizo eco de su llamada. Maddy creyó distinguirle durante un instante fugaz a un centenar de pasos y se adelantó una zancada hacia el pasillo a tiempo de ver cómo la criatura hacía una cabriola para cruzar un pasaje curvo de techo resquebrajado y desaparecer acto seguido.

Enseguida volvió a trazar Naudr, pero había perdido concentración a raíz del terremoto. De repente, veía sus propios pies demasiado lejos. Fue entonces, conforme avanzaban las sombras y ya tarde, cuando se dio cuenta de que había caído víctima del más viejo truco de los trasgos.

Bolsa jamás había tenido intención de guiarla a un destino determinado. En vez de eso, y sin desobedecerla abiertamente, le había permitido penetrar más y más hondo en los peligrosos pasajes de debajo de la colina, minando sus fuerzas y esperando a que cediera su resistencia y fallara su poder sobre él, y de ese modo podría aprovechar la oportunidad para escapar, dejándola sola, exhausta y perdida en los recovecos del Trasmundo.

Capítulo 3

Por suerte, Maddy era una chica muy sensata. Cualquier otra persona habría intentado buscar a ciegas el camino de regreso a través de los pasadizos a oscuras, internándose cada vez más en las tortuosas entrañas de la colina, o se hubiera puesto a gritar pidiendo ayuda, con lo cual únicamente hubiera conseguido atraer a quién sabe qué criaturas desde la oscuridad.

Ella no cometió ninguno de esos errores y mantuvo la cabeza fría a pesar del miedo. Había consumido toda la energía mágica, lo cual era un grave revés, pero estaba segura de que bastaría el sueño para reponerla, el sueño y comida, si es que lograba conseguirla. El tramo de túnel donde se había cobijado parecía bastante seguro, era cálido y tenía un piso arenoso. Lo buscó a tientas y se acomodó para descansar.

Había perdido la noción de la hora. En el Supramundo podía ser de noche o haber amanecido ya, pero en los túneles no había días y el tiempo parecía tener vida propia. Daba la impresión de que se estiraba como el hilo de un tejedor en un telar que no tejía nada más que negrura.

Pensaba que no iba a conciliar el sueño a pesar del cansancio acumulado, pues el suelo temblaba debajo de ella cada pocos minutos, el techo no dejaba de desprender polvo y fuera de la boca del túnel podían escucharse susurros y pateos. Su imaginación sobrexcitada interpretaba aquellos sonidos como los correteos de ratas gigantes o los movimientos de grandes cucarachas sobre las piedras del derrumbamiento. Sin embargo, la extenuación terminó por imponerse al miedo y consiguió dormirse acurrucada en el suelo y tapada con la chaqueta.

No había forma de decir si habían transcurrido tres, cinco o incluso doce horas, pero lo cierto es que se despertó plenamente recuperada y Sol le refulgió en los dedos al primer intento. Sintió una ráfaga de placer y alivio cuando los colores volvieron a la vida a su alrededor pese al entumecimiento de los miembros y del voraz apetito.

Se puso de pie para mirar desde la boca del túnel y comprobó que la oscuridad no era completa. Las paredes de aquellos niveles inferiores no eran fosforescentes, pero el resplandor rojo de las cavernas se notaba aún más, como el reflejo del fuego sobre un banco de nubes bajas, y la firma mágica de color violeta que había seguido brillaba con más fuerza que nunca, llevándola directamente hacia el distante resplandor.

No había indicio alguno de Bolsa, excepto una firma mágica demasiado tenue para que fuera útil. Quizá diese la voz de alarma en cuanto regresara con los suyos, pero eso era inevitable. Maddy llegó a la conclusión de que la única alternativa posible era continuar el descenso, siguiendo la dirección del rastro violeta, con la esperanza de encontrar algún alimento, ya que su última comida, bastante frugal, parecía haber tenido lugar hacía demasiado tiempo.

El pasaje se bifurcaba en dos más allá de la caverna. Uno de los ramales era mayor y lo iluminaba ese tenue resplandor ardiente. La muchacha lo eligió sin vacilar cuando comprobó que allí el aire era más cálido que el de las cavernas más bajas y continuó el descenso. La pendiente era suave, pero se percibía con claridad. Tuvo la impresión de que más adelante, todavía a bastante distancia, se oía un siseo tenue similar al de las conchas que el Tuerto le había traído de las playas del mar Único.

Al acercarse, se dio cuenta de que el sonido no era constante. Iba y venía, como si flotara a lomos de un viento caprichoso, a intervalos de unos cinco minutos. También se percibía un olor cada vez más fuerte conforme se acercaba a la fuente. El aroma le resultaba curiosamente familiar, pues le encontraba cierta similitud con el de una casa de baños y lavandería, aunque tenía además un tufillo ocasional a azufre; luego, una gasa de vapor empezó a empañar las paredes del pasaje y el piso se volvió resbaladizo, todo lo cual sugería la proximidad de la fuente.

Aun así, debió andar durante casi una hora más hasta que llegó al final del pasadizo. Durante todo este tiempo había habido ligeros temblores de tierra, que no habían causado ningún daño, aunque los sonidos de cosas que caían se habían hecho progresivamente más fuertes y el aire estaba viciado con humos y vapor. El resplandor se fue haciendo cada vez más intenso y acabó por ser deslumbrante como la luz del día, pero de color sangre y menos constante, aunque lo bastante brillante para oscurecer cualquier otro color, si hubiera habido alguno que hubiera podido seguir.

La muchacha caminó en dirección a la luz y se fue adentrando en el seno de una caverna a medida que se abría el túnel. La gruta era mayor de lo concebible o imaginable ni en sueños.

Le calculó una anchura aproximada de kilómetro y medio. El techo desaparecía entre las sombras de las alturas y el suelo era un lecho de cenizas volcánicas y escombros de piedra. Un río atravesaba la gruta, al fondo de la cual había una cavidad por donde salía el agua. El centro estaba ocupado por un foso redondo en cuyo corazón ardía un fogón. «Está claro que ésa debe de ser la fuente de la luz rojiza, sin duda».

La boca del pozo rugió y expulsó un penacho de vapor en cuanto ella puso un pie en la gruta. Sonó como si estuvieran hirviendo a la vez un millón de teteras, que echaban vapor por el hueco. La muchacha echó a correr en busca del amparo del túnel. El olor a casa de baños se intensificó, el vapor sulfuroso envolvió a Maddy en un sudario ardiente, y las fisuras y pasajes del Trasmundo chillaron y bramaron como los tubos de un órgano gigante.

El estallido duró un minuto, tal vez menos, y se apagó al cabo del mismo.

Ella esperó casi media hora antes de acercarse al pozo con suma cautela.

Las erupciones ocurrían a intervalos regulares. Maddy estimó que se producían en secuencias de unos cinco minutos aproximadamente y no tardó en aprender cuáles eran los indicios delatores que le permitían correr en busca de cobijo en cuanto la amenazaba el peligro. Aun así, el cruce de la caverna resultó de lo más desagradable, pues el aire estaba saturado de vapor y apenas era respirable. Maddy no tardó en sentir el pelo y la camisa pegados a la piel a causa del vapor y el sudor. «Ha de haber un río subterráneo ahí abajo -aventuró-, quizá sea el río Sueño que se encuentra con ese caldero de fuego cuando fluye en su camino hacia el Averno». Supuso que fuego y agua luchaban por dominar al otro elemento hasta que al final ambos explotaban en un chorro de espuma y aire sobrecalentado.

Aun así, nunca pensó en darse por vencida. Había algo en el surtidor, alguna fuerza que la atraía con tanta seguridad como un pez en peligro. «Esto no es ninguna triquiñuela -se dijo a sí misma-. Jamás me he encontrado con un poder semejante». Fuera lo que fuese, estaba muy cerca, y Maddy tuvo que refrenar la impaciencia mientras avanzaba lentamente.

Una vez más se desató el geiser. Maddy se hallaba apenas a siete metros en ese momento, de modo que sintió la ráfaga en la parte inferior de la espalda y tan pronto como empezó a decrecer, cruzó el trecho restante de suelo rocoso hasta alcanzar su objetivo. Dio otro paso hacia el borde de la oquedad y se protegió el rostro con un doblez de la chaqueta antes de mirar dentro de la abertura.

Era más pequeño de lo imaginado en un principio. Su contorno era redondo y regular como el de un pozo de agua, pero el diámetro no llegaba al medio metro. La intensidad del horno situado allí abajo le había llevado a engañarse en cuanto a las dimensiones. En todo caso, fue una suerte para ella que se hubiera protegido la cara, porque su visión se había vuelto borrosa, como la de alguien que ha mirado de frente al sol de mediodía.

Aquel fogón emitía tanto calor que la fragua paterna a su lado no pasaba de ser una simple vela. Aquí, a unos trescientos metros debajo del borde de la hoya, los metales y las rocas burbujeaban como el contenido de un perol de sopa puesto al fuego, y el hedor del azufre le llegaba a Maddy en una columna de aire tan caliente que le achicharró los pelos de la nariz y le levantó ampollas en las manos desprotegidas.

Lo soportó durante unos cinco segundos, pero en esos momentos Maddy vio el corazón de la montaña, brillando con más intensidad que el sol. Contempló la grieta por donde el río desaparecía y el encuentro de ambas fuerzas debajo de la chimenea. Y vio algo más en aquella ardiente garganta; algo velado y difícil de apreciar, pero que le habló con tanta claridad como las firmas mágicas que había seguido a través de los túneles.

El objeto en cuestión era de forma redondeada y tendría más o menos el tamaño de un melón. Podría haber sido un bulto de roca refulgente, suspendido allí por alguien que conocía las fuerzas que había en el gaznate de la chimenea.

Seguramente habría poca esperanza de recuperar algo oculto en un lugar tan inalcanzable como ése. Ni el escalador más experimentado sería capaz de descender hasta allí; incluso aunque asumiéramos que podría soportar de algún modo el fuego, el geiser le expulsaría fuera de la chimenea como el corcho de una botella antes de que hubiera cubierto la mitad de la distancia.

Además, cualquier idiota podía ver que aquella cosa estaba bien sujeta; una telaraña flexible de encantamientos y runas la ataba con más eficacia que la más fuerte de las cadenas.

Mientras miraba, la roca empezó a brillar aún con más fuerza, como una brasa cerca del fuelle del herrero. Un pensamiento tan absurdo como preocupante la golpeó, «Esa cosa me ve», y mirando dentro de la chimenea casi podía creer que la estaba escuchando ahora, una llamada fuerte, insonora que parecía taladrar su mente.

(¡Maddy! ¡A mí!)

– El Susurrante.

El bochorno era tan intenso que estaba a punto de desvanecerse, de modo que se apartó del reborde entre jadeos y buscó de nuevo la protección de las rocas y las oquedades de la caverna. No podía hacer mucho más por el momento, salvo esperar a recobrar las fuerzas e idear algún tipo de plan para tomar el tesoro, o encontrar el camino de vuelta hacia el Caballo Rojo de no ser eso posible y decirle al Tuerto que, aunque sintiera una gran decepción por su fallo en la misión encomendada de traerle de vuelta al Susurrante, al menos podía tener la certeza de que nadie iba a poder apoderarse del mismo.

La temperatura era menos elevada en el confín de la caverna y resultaba más fácil respirar pese a que el aire seguía siendo pernicioso. Descansó allí durante un rato hasta que los ojos se le acostumbraron de nuevo a la penumbra, momento en que se percató de la existencia de cuevas más pequeñas en los laterales de la caverna. Algunas estancias apenas merecían ese nombre, más otras, bien grandes, eran piezas de gran tamaño y le podían proporcionar un refugio razonable en caso de que se produjeran nuevos temblores y erupciones.

Halló un hilillo de agua limpia en una de ellas y bebió de él con agrado, pues la sed había igualado ya el hambre que la acuciaba.

En otra localizó una veta de metal del grosor de su brazo y de tenue color amarillo que cruzaba la pared.

Y en la tercera, con gran sorpresa, encontró a un extraño de pie, con la espalda pegada a la pared y un arco cargado con una flecha apuntándole directamente al rostro.

Capítulo 4

Se sintió confusa durante unos segundos. La figura sombreada por la penumbra parecía no tener forma ni sustancia. Únicamente eran visibles los ojos y la boca gracias al haz de luz que incidía sobre el arquero. Maddy tenía la mente en blanco, pero las manos parecían saber exactamente qué hacer, pues las alzó por instinto y formó Kaen, el Fuego Desatado, sin dudar un momento y lo lanzó con toda la fuerza posible al rostro del extraño.

Ella no hubiera podido decir por qué había escogido esa runa en particular, pero el efecto fue inmediato y devastador. Golpeó al posible atacante como un látigo. El desconocido aulló mientras bajaba el arma y cayó de rodillas en el suelo de la caverna.

La muchacha se quedó casi tan sorprendida como él. Había actuado por puro instinto, sin ira ni deseo de herirle. Luego, cuando pudo verle con más claridad, se sorprendió al descubrir que su asaltante no era el trasgo gigante que había imaginado, sino un hombre pelirrojo de constitución fibrosa y no mucho más grande que ella.

– Levántate -ordenó Maddy al tiempo que propinaba una patada al arco para ponerlo fuera del alcance del hombre.

– Mis ojos -se quejó el desconocido detrás de sus brazos alzados-. Por favor, mis ojos.

– Levántate -repitió ella-. Muéstrame tu rostro.

El desconocido no tendría más de diecisiete años a juzgar por la apariencia. Llevaba el cabello rojo tirante hacia atrás, revelando unos rasgos afilados, pero no desagradables, ahora crispados por el dolor y la angustia. Le lloraban los ojos y presentaba un verdugón sanguinolento en el puente de la nariz, donde le había golpeado el rayo mental, pero por otro lado, para alivio de Maddy, no parecía haber ningún otro daño permanente.

– Mis ojos -se quejó; las pupilas del joven tenían un aspecto curioso, de un verde llameante, a unos trescientos metros debajo del borde de la hoya-. ¡Dioses! ¿Con qué me has atizado?

Quedaba claro a todos los efectos que no era un trasgo, pero también que no procedía del valle, aunque no había nada extranjero en el porte ni en la ropa. Tenía un aspecto algo harapiento, como si hubiese viajado mucho. La chaqueta de cuero estaba llena de lamparones y las suelas de las botas, muy gastadas.

Se puso de pie con lentitud y no dejó de mirarla con los párpados entornados. Mantuvo una mano alzada a la defensiva por si se producía otro ataque.

– De todos modos, ¿tú quién eres? -Su acento le delataba como extranjero, alguien procedente del norte quizás, a tenor del color de su pelo, pero Maddy, que al principio se había sentido alarmada al encontrarle, ahora estaba sorprendida por la profundidad de su alivio. El hecho de ver a otro ser humano después de haber pasado tantas horas a solas en las cavernas era una alegría inesperada, incluso aunque el extraño no la compartiera-. ¿Quién eres? -repitió con voz aguda.

Maddy se lo dijo.

– ¿No estás con ellos? -replicó, haciendo un gesto con la cabeza refiriéndose a los niveles superiores.

– No. ¿Y tú?

– Eres una furia -afirmó-. Veo tu energía mágica.

– ¿Una furia? -Maddy se miró la runiforma y la vio relumbrar débilmente en la palma de la mano-. Ah, esto. No te hará daño, te lo prometo. -El extraño parecía poco convencido, y a juzgar por la tensión de los músculos daba la impresión de no saber si luchar o echar a correr, pero no apartaba la vista de la mano de la muchacha-. De acuerdo, no te echaré ningún encantamiento. ¿Cómo te llamas?

– Llámame Afortunado -repuso-. Y mantén las distancias.

Ella se sentó en una roca a la entrada.

– ¿Así está mejor?

– Por ahora, sí.

Durante un momento se encararon, uno frente a otro.

– ¿Todavía te duelen los ojos?

– ¿Tú qué crees? -preguntó con brusquedad.

– Lo siento -se disculpó Maddy-. Supuse que ibas a dispararme.

– Pues podrías haberme preguntado en vez de darme con lo que sea en la cara.

Se pasó un dedo con cuidado por la nariz dañada.

– Conozco un hechizo rúnico que podría ayudarte.

– No, gracias. -Pareció relajarse un poco-. En cualquier caso, ¿qué es lo que haces aquí?

Maddy vaciló sólo un instante.

– Me he perdido -le dijo-. Entré aquí a través del Ojo del Caballo y me perdí en los túneles.

– ¿Por qué has venido?

Ella dudó de nuevo, y se decantó por contarle una verdad a medias.

– ¿No lo sabías? -dijo ella-.Toda la colina es un gran túmulo de tesoros. Hay oro aquí de la Era Antigua. ¿Acaso no es por eso por lo que estás tú aquí?

Afortunado se encogió de hombros.

– He oído la historia -contestó-, pero aquí no hay nada más que basura y trasgos.

El joven le explicó que llevaba casi dos semanas escondido en los túneles. Había entrado en el Trasmundo desde el otro lado de las montañas, más allá del Hindarfial; había conseguido evitar que le capturasen varias veces a lo largo de su camino, hasta que finalmente le cayó encima un grupo de trasgos. Le atraparon y le condujeron hasta el Capitán.

– ¿El Capitán? -preguntó Maddy.

Él asintió.

– Un gañán enorme y desalmado. Parecía creer que yo era alguna especie de espía. Montó en cólera y juró que me sacaría la verdad cuando le expliqué que sólo era un aprendiz de vidriero de la parte alta de Las Caballerizas. Entonces me arrojó a un agujero y me dejó allí.

Afortunado tuvo un golpe de suerte al tercer día cuando descubrió en el suelo de su celda una rejilla, que alguna vez había sido la entrada a un túnel de drenaje, por donde se las arregló para escapar. Famélico, mugriento y asustado, robó lo que pudo de las tiendas de los trasgos antes de encontrar un camino hacia una seguridad relativa, donde se había estado ocultando desde entonces, subsistiendo gracias al pescado y el agua fresca del río, además de lo que le quedaba de los suministros robados.

– He estado intentando volver arriba -le contó a Maddy-, pero ahora tengo detrás a todos los trasgos que hay debajo de la colina. Sin embargo, no vendrán aquí -continuó, mirando más allá de ella hacia la chimenea ardiente-. Ninguno de esa chusma viene nunca tan lejos.

Pero la atención de Maddy estaba en otra cosa.

– ¿Comida? -inquirió-. ¿Tienes comida aquí?

– ¿Por qué? ¿Tienes hambre?

– ¿Tú qué crees?

Afortunado pareció dubitativo durante un momento, pero después tomó una decisión.

– Vale. Por aquí. -Dicho esto, la sacó de la cueva y la guió por un extremo de la caverna del geiser hasta el punto donde un desprendimiento de rocas había dividido en dos el caudal del río, cuyas agitadas aguas oscuras borbotaban desde la abertura de la pared-. Espera aquí -le ordenó a Maddy antes de correr hacia la orilla del agua.

Se aupó en lo alto de un amasijo de peñascos caídos y saltó hacia la oscuridad.

Ella se alarmó mucho durante unos segundos, ya que desde su posición daba la impresión óptica de que Afortunado se hubiera arrojado a los rápidos, pero respiró aliviada cuando le vio de pie en un saliente plano como a mitad de camino de la corriente, con las aguas de espumas blancas alzándose a su alrededor. Él tenía que haber conocido el saliente, estimó Maddy, aunque aun así, era un salto peligroso. De todas formas, cualquier pescador diría que los peces de río prefieren las aguas rápidas por encima de cualesquiera otras, y Maddy no se sintió sorprendida cuando unos segundos más tarde Afortunado se agachó y sacó con rapidez algo a sus pies.

Era una trampa para peces, hábilmente tejida con sogas y cordeles. Afortunado inspeccionó el interior, la levantó con esfuerzo, se la echó al hombro y regresó, moviéndose con rapidez y destreza sobre las rocas ocultas.

Mientras él estaba ocupado con esto, la muchacha le observaba atentamente a través de Bjarkán, el círculo mágico formado por los dedos índice y pulgar. Se aseguró de que él no pudiera verla realizar el gesto mágico; no quería atemorizarle. Sin embargo, el Tuerto le había advertido: «No confíes en nadie»; y ella quería estar segura de que ese joven vidriero era todo lo que aparentaba ser.

Pero Bjarkán confirmó lo que ella ya había intuido. Afortunado no mostraba ningún tipo de colores. Su primera impresión fugaz, la de alguien mayor, más alto, con ojos ardientes y sonrisa torcida, no había sido nada más que un truco mezcla de la luz y sus propios miedos. Y cuando Afortunado llegó a la orilla del agua, sonriente, con su captura sobre el hombro, Maddy suspiró aliviada y se permitió a sí misma, por fin, relajarse.

Compartieron las capturas de la red. Afortunado enseñó a la muchacha el modo de cocinar esos pescados de ojos ciegos, llenos de espinas y carne de sabor amargo. Sin embargo, a pesar de ese gusto, Maddy devoró hasta el último trocito, chupándose los dedos y haciendo pequeños ruiditos apreciativos debidos al hambre.

Afortunado la observó comer con calma. Todo ese jaleo de capturar, cocinar y comerse el pescado había roto buena parte del hielo existente entre ambos, y él había abandonado sus maneras bruscas y se había vuelto bastante amable. Maddy supuso que el aprendiz se sentía tan aliviado como ella por haber encontrado un aliado en los túneles; y el hecho de que hubiera sobrevivido allí solo durante dos semanas decía mucho de su valor y su ingenio.

En ese tiempo, le contó, había encontrado comida y el modo de guisarla; había localizado una fuente de agua potable y otra para asearse. Sabía dónde el aire era más respirable y también había localizado el lugar más cómodo para dormir. Había estado haciendo un mapa de los túneles, uno por uno, intentando descubrir la forma de alcanzar la superficie sin pasar por la galería principal, pero no había gozado de éxito alguno hasta ese momento. Y todo sin contar siquiera con la ayuda de un ensalmo.

– ¿Qué harás si no encuentras un camino para salir? -preguntó Maddy cuando él terminó de contarle su historia.

– Arriesgarme, supongo. Algún día tendrán que bajar la guardia, aunque no me seduce la idea de caer otra vez en las garras de ese Capitán.

Maddy se quedó pensativa ante la mención del cacique trasgo. Había algo que no le cuadraba, pero no conseguía saber el qué.

– ¿Y qué me dices de ti? -continuó Afortunado-. ¿Cómo te abriste camino hasta llegar aquí abajo? ¿Y cómo es que has llegado a saber tanto de este lugar? -Era una pregunta previsible y Maddy sopesó la respuesta mientras Afortunado, con una media sonrisa, clavaba en ella esos ojos suyos flameantes como llamas verdes a la luz del fuego-. Vamos -la instó él al verla dudar-. Quizá yo no sea una furia, pero eso no me convierte en tonto. He visto tu energía mágica y sé lo que significa. Has venido aquí por algún motivo. Y no me cuentes tampoco esa vieja historia del tesoro de debajo de la colina. Aquí no hay oro y tú lo sabes.

No había mordido el anzuelo. Al pensarlo, no le sorprendió. Era demasiado avispado para pillarle desprevenido, lo cual hizo que se sintiera más segura. Ella podría usarle como aliado en las cuevas y sus conocimientos y sus recursos podrían serle de gran utilidad.

«No confíes en nadie», le había dicho el Tuerto, pero seguramente ella le debía alguna explicación, y además, quizá no hubiera peligro en contarle al vidriero ciertas cosas si el Capitán de los trasgos era también su enemigo.

– ¿Bien? -había un tono acerado en su voz-. ¿Confías en mí o no?

– No es que no me fíe de ti, pero… -empezó Maddy.

– Ah, sí -repuso Afortunado-. No tengo que ser una furia para ver qué es lo que hay. Quiero decir, ¿qué es lo que he hecho para que sospeches de mí? Además de pescar para ti, eso es, y mostrarte dónde es seguro beber, y…

– Por favor, Afortunado…

– Todo eso está bien, ¿a que sí? No estás en peligro. Puedes salir de aquí cuando quieras. Y yo estaré aquí hasta que me cojan. ¿Por qué me ibas a ayudar, después de todo? Sólo soy un pobre vidriero de Las Caballerizas. ¿Por qué te ibas a preocupar de lo que me sucediera?

Y después de decir eso, le dio la espalda y se quedó en silencio.

«No confíes en nadie». El apremio de esas palabras resonaba en los oídos de la joven incluso en ese momento, pero el Tuerto no estaba ahí abajo, ¿verdad? La había enviado a las entrañas de la colina sin previo aviso ni preparación alguna con la esperanza de que ella supiera qué hacer exactamente, pero ninguno de los dos había previsto esa contingencia. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Dejar abandonado a su suerte al vidriero?

– Afortunado -le llamó. El permaneció con los hombros hundidos. Incluso con aquella luz exigua y titilante, Maddy se percató de que estaba temblando-. Tienes miedo.

– ¿Ah, sí? ¡No me digas! -repuso Afortunado, sarcástico-. Te lo creas o no, el que los trasgos me desmiembren no figura en mi lista de prioridades para esta semana, pero si no tienes confianza en mí…

Maddy suspiró.

– Está bien -claudicó-. Confiaré en ti.

Esperaba que el Tuerto la comprendiera.

Así fue como Maddy le contó la historia completa, todo lo que quería revelarle y también buena parte de lo que había pensado ocultarle. Le habló de su infancia, de su padre, de la señora Scattergood, de la invasión de las ratas e insectos en la bodega, momento en que Afortunado se echó a reír con fuerza; de sus sueños y ambiciones, de sus miedos. El joven era un oyente de primera y cuando al fin cesó de hablar, estaba cansada y tenía la boca seca. Le invadió la certeza, no del todo desagradable, de no haber revelado nunca tantas cosas a nadie, ni siquiera al Tuerto, como a este chico.

– Así que -comentó él cuando terminó Maddy- abriste la entrada de la colina y buscaste el camino hasta aquí. -Ignoraba el motivo, pero había omitido la participación de Bolsa en todo aquello-. Dime, ¿qué vas a hacer ahora que has encontrado al Susurrante?

Maddy se encogió de hombros.

– El Tuerto me dijo que lo sacara de aquí.

– ¿Así de simple? -Esbozó una ancha sonrisa-. ¿Y te dio alguna idea de cómo podías conseguirlo? ¿Con una cuerda mágica, quizás, o con un ensalmo que te hiciera a prueba de fuego? -Maddy sacudió la cabeza en silencio-. Es algo mágico, ¿no? -dijo Afortunado-. Alguna chuchería de la Era Antigua, envuelto entero en runas paganas. ¿Cómo sabes que es algo seguro, Maddy? ¿Cómo sabes que no te hará saltar en pedazos en cuanto le pongas las manos encima?

– El Tuerto me lo habría advertido.

– Suponiendo que estuviera al tanto.

– Bueno, él sabía que el Susurrante se encontraba aquí.

– Mmm. -Afortunado parecía poco convencido-. El simple hecho de que te envíe a ti sola librada a tus propios medios ya me parece bastante extraño.

– Como ya te expliqué -repuso Maddy-, resultaba más seguro hacerlo así.

Hubo entonces una pausa bastante larga.

– No me arranques la cabeza por lo que voy a decir -le pidió el vidriero, hablando con lentitud-, pero me da la impresión de que ese amigo tuyo sabe un montón de cosas sobre este asunto y no te las ha contado. Primero te dice que hay oro debajo de la colina, después que es un tesoro del Viejo Mundo, pero no te cuenta lo que es, y más tarde te envía aquí sola sin una palabra de aviso… Quiero decir, ¿has oído alguna vez el cuento de Aladino y la lámpara maravillosa?

Maddy empezó a sentirse molesta.

– El Tuerto es mi amigo. Confío en él -comentó.

– Allá tú.

Afortunado se encogió de hombros.

– Nadie me ha hecho venir hasta aquí, ¿sabes?

– Maddy, lleva llenándote la cabeza, con cuentos del Trasmundo desde que tenías siete años. Te digo que a estas alturas ya te tiene bien entrenada.

Los puños de Maddy se cerraron levemente.

– ¿Qué pretendes insinuar? ¿Que me ha engañado?

– Yo sólo digo que un hombre puede plantar un árbol por muchos motivos -replicó Afortunado-. Tal vez sea porque le gustan los árboles. A lo mejor busca refugio. O más aún, sabe que algún día podría necesitar la leña.

Ahora el rostro de Maddy había empalidecido de furia. Dio un paso adelante, con la runiforma de la palma de su mano llameando repentinamente en un tono que oscilaba del marrón cobrizo a un rojo vibrante.

– No sabes de lo que hablas.

– Mira, todo lo que he dicho es que…

En un instante la mano de Maddy estalló en llamas; una zarza de luz rúnica brotó de su palma. Era Thuris, la Espinosa, la más feroz de las runas, y Maddy podía sentirla hambrienta de morder, de pinchar, y de azotar a causa de su cólera…

Alarmada, la volvió contra la pared. Thuris se descargó sin daño contra la roca, dejando un olor acre a goma quemada en el aire.

– Buena puntería -comentó Afortunado-. ¿Te sientes mejor ahora?

Pero Maddy ya le había dado la espalda. ¡Por los Nueve Mundos!, ¿quién se creía él que era? No pasaba de ser un participante accidental en este juego, alguien que pasaba por allí, con la suficiente inteligencia para entrar en el Trasmundo, pero no con la necesaria para salir de allí, un simple aprendiz de vidriero sin magia ni energía mágica.

«Aun así -reflexionó Maddy para sus adentros-, ¿y si tuviera razón?»

Ladeó la cabeza para poder mirar hacia atrás y le espió por el rabillo del ojo. Afortunado estaba observándola con curiosidad. Le estaría bien empleado si le dejaba allí, para que se pudriera bajo tierra o los trasgos le volvieran a apresar. La verdad es que no se merecía menos. Se puso en pie de pronto y se volvió hacia la entrada de la cueva.

– ¿Adonde vas? -preguntó Afortunado.

– A por el Susurrante.

– ¿Qué, ahora?

– ¿Y por qué no?

La alarma se traslucía en la voz de Afortunado.

– Estás loca -comentó, cogiéndola del brazo-. Es tarde, estás cansada y no tienes una pista sobre cómo…

– Me las apañaré -repuso ella con brusquedad-. Soy bastante más lista de lo que tú te crees.

El joven suspiró atribulado.

– Maddy, lo siento -se disculpó-. Yo y esta bocaza mía… Mi hermano solía decir que le habría hecho un favor al mundo si me la hubiera cosido. -Ella le fulminó con la mirada, pero no se dio la vuelta-. Maddy. Por favor. No vayas. Te pido disculpas.

Ahora hasta sonaba compungido, y la muchacha se encontró dispuesta a transigir. Afortunado no podía esperar que se fiara de él. Su mundo era muy distinto del de ella y para él era natural mostrarse suspicaz. No poseía magia alguna ni sabía nada del Susurrante, y aún más importante, recordó ella en ese momento, tampoco conocía al Tuerto.

«A pesar de todo, la cuestión persiste -pensó Maddy-, ¿lo haría?»

Capítulo 5

No resultaba fácil desechar las dudas que el vidriero había sembrado en la mente de Maddy. Tras cenar en silencio el pescado sobrante de la comida, la muchacha se tendió extenuada, pero fue incapaz de conciliar el sueño. Mientras Afortunado parecía dormir a pierna suelta, ella buscaba sin cesar una postura cómoda sobre el suelo rocoso para adormecerse, pero no lograba cesar de darle vueltas a las mismas palabras.

«Un hombre puede plantar un árbol por muchos motivos».

¿Cuáles habían sido los del Tuerto? ¿Por qué le había enseñado tantas cosas y aun así le había ocultado tantas otras? Y por encima de todo, ¿cómo podía él saber algo de un tesoro que había estado perdido desde la Guerra del Invierno?

Detrás de ella, el joven continuaba adormecido. Maddy no podía entender cómo conseguía dormir con ese calor incesante y el eco de los sonidos del Trasmundo retumbando como truenos a su alrededor, pero allí estaba, removiéndose un poco, como si estuviera soñando, acurrucado cómodamente en un hueco de la roca con su chaqueta enrollada debajo de la cabeza.

«Puede que esté acostumbrado al calor», reflexionó. Un aprendiz de vidriero debía pasar muchas horas trabajando en los hornos, abanicando y avivando los fuegos para derretir el vidrio. Además, era una persona llena de recursos, y más siendo un simple aprendiz, y ya había dispuesto de tiempo para aclimatarse a unas condiciones de vida tan poco agradables.

Fue entonces cuando la muchacha cayó en la cuenta de que aunque Afortunado sabía muchas cosas sobre ella, ella no sabía casi nada de él. ¿Qué hacía exactamente debajo de la colina? Él mismo le había hablado de las dos semanas que llevaba allí abajo, lo cual constituía una grave violación de su contrato de aprendizaje, por lo que le podrían castigar a su regreso, pero ¿por qué iba a ir hasta aquel lugar un aprendiz? Y aún más importante y por encima de todo, ¿cómo se las había ingeniado un vidriero principiante para adentrarse en el Trasmundo?

El joven dormido a pocos metros de ella era la viva imagen de la inocencia. Maddy no lograba creer que no se le hubiera pasado por la imaginación cuestionar la historia de Afortunado hasta ese instante, aunque era cierto que había mucho trabajo pendiente, y además, no había ni magia ni energía mágica en Afortunado. Lo había confirmado con Bjarkán, él no dejaba ninguna huella.

Sin embargo, todo aquello la estaba poniendo, muy nerviosa e intentó recordar qué había visto exactamente cuando Afortunado regresó de las rocas con la red de pesca echada a la espalda. Seguramente allí debería haber habido algo, razonó, al menos sus colores. Afortunado era joven, fuerte y listo; debería haber dejado una firma mágica fuerte y brillante detrás de él, y ella no había visto nada ni siquiera con la ayuda de Bjarkán. Nada. Ni un reflejo. Ni un destello. ¿Podría haberlos ocultado de algún modo?

El pensamiento era demasiado alarmante. Eso sugería…

La joven se sentó de golpe, alzó la mano y digitó Bjarkán por segunda vez, y en este momento se concentró al máximo mientras miraba a través de la runa para buscar cualquier cosa que se saliera de lo normal.

El aprendiz de vidriero seguía durmiendo con una mano apretada al costado y la otra acomodada encima de la roca. Ahora sí vio su firma mágica, que era de un exuberante violeta luminoso; brillaba de manera irregular mientras dormía.

Maddy soltó un suspiro de alivio. Todo eran nervios, eso era todo, nervios y sus propios miedos que la hacían sobresaltarse ante la menor sombra. Ya relajada, dejó que su mirada bajara…

…hasta posarse sobre la mano izquierda de Afortunado, ya que al dormitar debía de haber bajado la guardia, dejando al descubierto un trío de runas trazadas a través de la palma de su mano como finas líneas de fuego coloreado. Estaba Yr, el Protector…

…cruzado con Bjarkán y Os; se trataba de un encantamiento complejo destinado a protegerle durante el sueño.

«Demasiado intrincado para parecer tan inocente», dedujo Maddy. Únicamente los dioses sabrían quién era Afortunado en realidad o por qué le había mentido, pero una cosa quedaba clara respecto a su nuevo amigo: no era ningún aprendiz, eso desde luego.

Era una furia, como ella.

Era posible neutralizar la mayoría de las runas, ya fuera invirtiéndolas, ya fuera usando otra capaz de combatir su efecto. Maddy se devanó los sesos. Tyr podía romper las defensas de Afortunado y revelar lo que el joven mantenía oculto, aunque hasta cierto punto eso dependía de la energía mágica del supuesto vidriero. Ahora bien, ella contaba con la ventaja de la iniciativa y el hecho de que la resistencia de su acompañante estuviera en este momento en su nivel más bajo.

Puso mucho cuidado en levantarse con sigilo a fin de no despertar al durmiente y digitó en silencio la runa. Luego, la lanzó con verdadera fuerza.

El hechizo del durmiente titiló sin desvanecerse.

Maddy volvió a hacer más fuerza y, al mismo tiempo, lanzó Bjarkán. Las runas se desvanecieron y la joven se encontró mirando un rostro que ya había visto antes y que, ahora que lo veía con sus colores originales, le resultaba inesperadamente familiar.

Su aspecto no se había visto alterado en exceso. En buena parte mantenía el mismo color y constitución, aunque era ligeramente más alto, y también mayor de lo que había parecido en un principio, e incluso en el sueño había menos inocencia en sus rasgos, más astucia. También tenía unas marcas que no habían estado antes, y una runiforma en el brazo desnudo…

…Kaen, invertida. Además, ahora pudo ver que su boca estaba atravesada por cicatrices pálidas y finas, demasiado regulares para ser accidentales.

Maddy dejó caer la mano a un costado. Lo había entendido todo demasiado tarde; había recordado demasiado tarde lo que le había dicho Bolsa; y también había sido demasiado tarde para rememorar las palabras del Tuerto.

«Un… amigo de antaño -le había explicado antes de despedirse-, de hace mucho tiempo. Uno que se convirtió en un traidor en la Guerra del Invierno. Le di por muerto, y quizá lo esté, pero los de su especie tienen nueve vidas y a él siempre le sonríe la suerte».

– Afortunado -susurró Maddy, intensamente pálida.

– Está bien -repuso el falso aprendiz al tiempo que abría aquellos ojos ardientes-, pero mejor llámame… Capitán.

Capítulo 6

Se movió muy rápido, demasiado para un hombre recién salido de un sueño profundo, pero para sorpresa de Maddy, no hizo ademán alguno de atacarla, sino que dio un brinco hacia la boca de la cueva. Ese movimiento repentino le permitió evitar el rayo mental de Maddy, que se estrelló contra la pared y provocó un pequeño desprendimiento.

Ella avanzó hacia la entrada de la caverna para bloquearle la huida y volvió a alzar la mano, pero Afortunado no intentó escapar en esta ocasión. Formó la runa Kaen con un curioso y rápido giro de dedos y la lanzó, no hacia Maddy, sino hacia sí mismo y se desvaneció, o al menos eso fue lo que ella pensó, dejando sólo un rastro de fina pólvora de fuego donde había estado, un rastro que ahora se movía con gran rapidez hacia la salida de la cueva…

…pero le delataba la firma mágica de tonalidad violácea que le acompañaba. Maddy trazó Logr, el Agua, y arrojó la runa hacia el rastro de fuego, parándolo en seco. El aire se cargó de un espeso vapor de agua.

Afortunado reapareció al cabo de unos instantes, jadeante y chorreando agua.

Logr tembló una vez más en la punta de los dedos de Maddy, preparada para atacar. Lentamente, Afortunado alzó las manos en señal de rendición.

– Inténtalo otra vez y te mataré -le amenazó ella.

– Tranquila, Maddy, pensaba que éramos amigos.

– No eres amigo mío -repuso Maddy-. Me has mentido.

Afortunado hizo una mueca.

– Bueno, claro que he mentido. ¿Qué esperabas? Te acercaste a mí sigilosamente, me diste una paliza con algo que parecía una combinación entre un mazo y un relámpago, me interrogaste y luego empezaste a parlotear sobre lo buena amiga del Tuerto que eres, precisamente él de entre toda la gente…

– Así que yo llevaba razón -le interrumpió ella-. ¿Quién eres tú?

El falso aprendiz había abandonado el disfraz y ahora permanecía ante ella con su verdadero aspecto. Maddy tuvo la impresión por enésima vez de que esa apariencia le resultaba extremadamente familiar, aunque estaba segura de que nunca se había encontrado con él en persona. Sin embargo, tenía la certeza de haberle visto antes, quizás en una historia o en alguna ilustración de los libros del Tuerto, pero conocía esos ojos.

– Escucha. Ya sé que no confías en mí, pero hay un montón de cosas que el Tuerto no te ha contado. Cosas con las que yo te puedo ayudar.

– ¿Quién eres? -insistió ella.

– Un amigo.

– No, no lo eres -replicó Maddy-. Él me advirtió sobre ti. Tú eres el ladrón, el que va detrás del Susurrante.

– ¿Ladrón? ¿Yo? -Se echó a reír-. Maddy, yo tengo tanto derecho sobre el Susurrante como cualquiera, más que ninguno, de hecho.

– Entonces, ¿por qué me has mentido?

– En vez de eso, ¿por qué no te preguntas a ti misma la razón por la que lo ha hecho él?

– Esto no tiene nada que ver con el Tuerto -replicó ella.

– ¿Ah, no? -La mirada de Afortunado era difícil de sostener y su voz, baja y extrañamente persuasiva-. El estaba al corriente de mi presencia debajo de la colina -añadió-. Pregúntate a ti misma el porqué. Y en cuanto al Susurrante, aún no tienes idea de lo que es, ¿a que no? -Maddy sacudió la cabeza lentamente-. ¿Acaso eres consciente de lo que hace?

De nuevo, ella negó con la cabeza.

Afortunado rompió a reír. Era un sonido ligero y agradable, que se hacía instantáneamente simpático e irresistiblemente contagioso. Maddy se sorprendió a sí misma sonriéndole antes de que se diera cuenta del truco. La estaba hechizando.

– Déjalo ya -replicó con sequedad al tiempo que formaba Yr con los dedos.

Afortunado no pareció arrepentirse. Incluso desde detrás de la runa protectora percibía algo en su sonrisa que invitaba a sumarse a ella.

– Te conozco -habló ella con lentitud-.Y el Tuerto también te conoce.

Afortunado asintió.

– Te dijo que yo era un traidor, ¿a que sí?

– Cierto.

– ¿Y te contó que me cambié de bando cuando la guerra empezó a irle mal? -Maddy asintió otra vez sin dejar de pensar que había algo familiar en él; algo que ella sabía que debía recordar. Luchó con la idea, pero Afortunado seguía hablando con esa voz suave y persuasiva-. De acuerdo -dijo-. Sólo escucha esto. Voy a contarte un dato que me apuesto lo que quieras a que él no te ha dicho. -La sonrisa de Afortunado se volvió dura y acerada y sus ojos relumbraron en la oscuridad con un fuego verde y sutil-. A ver qué te parece, Maddy -añadió-. Él y yo somos hermanos. -Los ojos de la joven se abrieron lo indecible-. Hermanos de sangre, juramentados. Ya sabes lo que eso significa, ¿no?

Ella asintió.

– Y aun así, estuvo dispuesto a romper esa promesa y a traicionar a un hermano por el bien de su causa, de su guerra, de su poder. ¿Qué clase de lealtad es ésa? ¿No te parece? ¿Y realmente crees que un hombre al que no le ha importado inmolar a un hermano se lo pensaría dos veces antes de sacrificarte a ti?

La muchacha pensó que se ahogaba bajo el peso de las palabras que fluían sobre ella. La atraían de forma peligrosa, pues la dejaban inerme, pero incluso mientras luchaba contra el hechizo notó una vez más ese gusanillo del reconocimiento, y tuvo la sensación de que todas las piezas del puzzle encajarían en su sitio si lograba recordar de qué conocía a su interlocutor.

«Piensa, Maddy, piensa».

Una vez más formó el hechizo protector. Yr se iluminó en la punta de sus dedos, oscureciendo el encantamiento persuasivo de Kaen.

«Piensa, Maddy, piensa».

Esa voz, esos ojos, y sobre todo las zigzagueantes cicatrices plateadas de los labios, que parecían causadas mucho tiempo ha por alguien provisto de algo muy agudo.

Entonces, al fin, cayó en la cuenta de qué se trataba y recordó la vieja historia de cómo el Embaucador había desafiado a una prueba de habilidad al Pueblo del Túnel, los hijos de Ivaldi, los maestros de la forja. El truhán se jugó la cabeza a cambio de los tesoros y perdió, pero cuando fueron a cortársela, él había gritado: «¡La cabeza es vuestra pero el cuello no!».Y de ese modo los burló e hizo ademán de irse con el tesoro en liza. Sin embargo, los enanos montaron en cólera ante el engaño y decidieron tomarse cumplida venganza. Le cosieron la boca a Loki y desde aquel día en adelante, la sonrisa le había quedado tan torcida como los pensamientos.

Loki. El Embaucador. Un as. Uno de los æsir. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? Ella le conocía bien por su reputación y había visto su rostro en una docena de libros. El Tuerto la había advertido lo mejor que había podido; incluso Bolsa le había llamado Boca Torcida. Y la pista principal estaba allí, justo en el brazo del presunto vidriero.

Kaen. La runa ardiente. Invertida.

– Te conozco -dijo Maddy-.Tú eres…

– ¿Qué es un nombre? -repuso Loki con una sonrisa-. Un nombre es como un abrigo, puedes devolverlo, quemarlo, tirarlo y pedir otro prestado. El Tuerto lo sabe; deberías haberle preguntado.

– Pero Loki murió -intervino ella, sacudiendo la cabeza-. Murió en el campo de batalla del Ragnarók.

– No del todo. -Hizo un mohín-. Hay muchas cosas que el Oráculo no predijo, ¿sabes?, y las viejas historias tienen el hábito de torcerse.

– Pero de cualquier modo, eso ocurrió hace siglos -insistió Maddy, desconcertada-. Quiero decir, que eso fue el Fin del Mundo, ¿no?

– ¿Ah, sí? -replicó el as con impaciencia-. No es la primera vez que el mundo ha llegado al final, y tampoco va a ser la última. Por las barbas de Tor, Maddy, ¿es que el Tuerto no te ha enseñado nada?

– Pero eso os convierte…-contestó Maddy, perpleja-, quiero decir, al Pueblo de los Videntes, a los æsir me refiero, ¿no eran ellos… los dioses?

Loki hizo un gesto despectivo con la mano.

– ¿Dioses? No dejes que eso te impresione. Cualquiera puede ser un dios si tiene suficientes maestros. Ni siquiera tienes ya que poseer ningún tipo de poderes. En mis tiempos, he visto dioses del teatro, dioses gladiadores, incluso dioses cuentistas, Maddy… La gente ve dioses por todas partes. Les da una excusa para no tener que pensar por sí mismos.

– Pero yo pensé…

– Dios es sólo una palabra, Maddy. Como furia. Como demonio. Son sólo palabras que la gente aplica a las cosas que no entiende. Dios… Invierte las letras y obtendrás perro [7]. ¡Qué apropiado…!

– ¿Y qué hay del Tuerto? -intervino Maddy, frunciendo el ceño-. Si él es tu hermano… -Su boca se quedó abierta cuando recordó otra de aquellas viejas historias-. Entonces eso le convierte…

– Exactamente -dijo Loki, con su sonrisa torcida-. El Padre de Todo. El General. El mismo viejo Odín de siempre.

LIBRO TRES

El Susurrante

Hablaré del imponente fresno que allí se alza. Su nombre es Yggdrásil.

Profecía del vidente

Capítulo 1

El Ragnarók. El Fin del Mundo. Según Nat Parson, el Innombrable había llevado a cabo una gran Depuración, un intento titánico sin otra pretensión que limpiar la maldad de la Creación y traer el Orden Perfecto a los mundos gracias al fuego y el hielo de la Tribulación.

Únicamente pervivió el linaje de Noar, o al menos eso aseguraba el Buen Libro, mientras que los herejes y los demonios supervivientes que desafiaron a la muerte fueron enviados al Averno para esperar allí el Fin de Todas las Cosas.

Por su parte, el Tuerto le había hablado de la Profecía del Oráculo y de la última gran batalla de la Era Antigua, cuando Surt el Destructor se había unido al Caos y ambos habían marchado hacia Ásgard para enfrentarse a los dioses mientras los ejércitos de los muertos, en sus flotas de ataúdes marinos, navegaban contra ellos en el Inframundo.

En aquella vasta extensión, a muchas brazas de profundidad, sumergidos en un mar de sangre y encantamientos, habían perecido los dioses: Odín, el último General, devorado por el lobo Fénrir; Tor el Tonante, víctima de la ponzoña de la Serpiente de los Mundos; Tyr el Armado, Héimdal el de los dientes de oro, Frey el Cosechador, Loki…

«¿Por qué perecieron si eran dioses? -le había preguntado Maddy-. ¿Cómo es que murieron?»

«Todo muere», había replicado el Tuerto con un encogimiento de hombros.

Sin embargo, debajo de la colina, Loki pasó a contarle una historia bien diferente, según la cual los dioses caídos no habían sido destruidos, sino que habían permanecido, debilitados, destrozados, errantes, pero en ningún momento habían perdido la esperanza de volver, ni siquiera cuando el Caos barrió los Nueve Mundos, llevándoselo todo a su paso.

El nuevo Orden se impuso con el transcurso de los años y procedió a erigir sus templos sobre las ruinas de los manantiales, los túmulos y las piedras alzadas que antaño estuvieron consagradas a la vieja fe. Incluso las historias fueron proscritas. «No hay ni un pelo de diferencia entre ser olvidado y estar muerto», como solía decir Nan la Loca. La pujanza del Orden había terminado por pisotear las viejas costumbres hasta que casi cayeron en el olvido.

– Al final, nada permanece para siempre -comentó el as con alegría-. Los tiempos cambian, las naciones van y vienen, y el mundo da sus vueltas del mismo modo que el mar tiene sus mareas.

– Eso era lo que decía el Tuerto.

– Un mar sin mareas se quedaría estancado -siguió Loki-, del mismo modo que se anquilosa y muere un mundo sin cambios. Incluso el Orden necesita un poco de Caos, y hasta Odín sabía eso cuando me llevó con él, y ambos juramos que seríamos hermanos. Los demás æsir no lo entendieron. No querían tener nada que ver conmigo desde el principio.

»Decían que llevaba el Caos en la sangre, pero eso sí, estaban la mar de contentos de utilizar mis talentos cuando les venía bien. Despreciaban el engaño, odiaban las mentiras, pero les alegraba disfrutar de los frutos de esas cosas. -Maddy asintió, sabía lo que quería decir. Sabía lo que era ser un intruso con la sangre sucia al que le echaban siempre las culpas de todo, pero al que no se le agradecía nada. Ah, sí. Eso sí que lo entendía de verdad-. Odín sabía a la perfección lo que yo era cuando me llevó con él -continuó Loki-. El fuego desatado no puede domarse. Por tanto, ¿qué importancia podía tener que me soltara el pelo en un par de ocasiones?

»Les salvé el pellejo más veces de lo que ellos mismos creen, pero nadie me lo ha agradecido. Así pues, al final, ¿quién traicionó a quién? -El Embaucador exhibió de nuevo esa sonrisa suya, quebrada y extrañamente encantadora-. ¿Acaso era culpa mía que de vez en cuando me saliera de madre? Todo lo que hice siempre fue seguir mi naturaleza, pero a veces hay accidentes. Algo salió mal y bueno, quizá me animé un poco más de la cuenta y causé un conflicto pequeño y perfectamente comprensible en un momento difícil. Y de pronto, los viejos amigos ya no lo parecían tanto, de modo que empecé a pensar que sería buena idea quitarme de en medio hasta que se pasara el revuelo, pero vinieron a por mí y me administraron una buena dosis de su burda venganza. Imagino que habrás oído la historia.

– Más o menos -repuso Maddy, que había oído una versión algo distinta-. Más bien pensé, o sea, quiero decir, que escuché que habías asesinado a Bálder el Bello.

– Yo no lo hice -replicó Loki con brusquedad, enojado-. Bueno, al menos nadie ha probado que lo hiciera. ¿Qué ha sido de la presunción de inocencia? Además, se suponía que él era invulnerable, ¿acaso es culpa mía que no lo fuera? -El rostro del Embaucador se oscureció de nuevo y los ojos mostraron un brillo malévolo-. Odín podría haberlos detenido -dijo-. Él era el General, le habrían escuchado, pero era débil. Presentía el fin inminente y sabía que necesitaba tener a todos los suyos de su lado, por lo que el tuerto se hizo el ciego, y perdona el juego de palabras, cuando me dejó en manos de mis enemigos.

Maddy asintió. Conocía la historia, al menos en parte. Estaba al tanto de cómo los æsir le habían dejado encadenado a una roca y cómo Skadi la Cazadora, que siempre le había odiado, había colocado una serpiente de modo que destilara el veneno en su rostro; y cómo también su suerte había sido adversa desde ese día hasta el Fin del Mundo; y finalmente, cómo Loki se había liberado en la víspera de la batalla para representar su papel en la destrucción subsiguiente.

No lo lamentaba, hablando con claridad. Le había dicho casi lo mismo que él le había contado a Maddy sobre la última resistencia que ofrecieron los æsir, en la contienda que el Tuerto había denominado Ragnarók.

– Quizá podría haberlos salvado si hubieran estado a mi lado al final y, ¿quién sabe? incluso podría haberle dado la vuelta a la batalla, pero ellos ya habían tomado su decisión. El también lo había hecho. Y así fue como el mundo acabó; y aquí estamos los restos, escondidos en cuevas o trapicheando con ensalmos mientras intentamos descubrir qué es lo que ha ido mal.

Maddy asintió. La voz del Tuerto en su mente le avisaba de que éste era Loki -Loki- y que lo que podía esperar era ser hechizada, adulada o engañada en el momento en que bajara la guardia. Recordaba al Tuerto diciéndole que el encanto fluye con facilidad de los hijos del Caos y decidió no tomar a pie juntillas nada de lo que él le contara…

…pero la historia de Loki tenía el peligro de ser plausible y explicaba muchas cosas que el Tuerto se había negado a contarle, aunque algunas de ellas todavía se le hacían difíciles de digerir, y esa verborrea suya en la que presentaba a los dioses como si fueran seres humanos -vulnerables, falibles, acosados- era especialmente difícil de aceptar después de haber crecido con los cuentos de los videntes y haberse acostumbrado a pensar en ellos como amigos. Había soñado con ellos en lo más profundo de su corazón, pero ni siquiera en sus más desatadas imaginaciones había pensado que se encontraría con uno alguna vez, que hablaría con él como si fuera un igual, que tocaría a un ser que había vivido en Ásgard y tenerle allí, enfrente de ella, con un verdugón de aspecto más que humano en el puente de la nariz, un verdugón causado por su propio rayo mental…

– Así pues, ¿eres… inmortal? -preguntó al final.

– Todo perece -replicó él, sacudiendo la cabeza-. Algunas cosas duran más que otras, eso es todo. Y todo ha de cambiar para poder sobrevivir. ¿Por qué crees que llevo mi magia invertida? ¿Y por qué también la lleva así Odín, ya que estamos?

Maddy echó una ojeada a la runiforma de su brazo. Kaen, el Fuego Desatado, todavía brillaba allí, de color violeta sobre su piel pálida. Un signo poderoso, incluso invertido, y Maddy lo había usado lo suficiente para saber que debía respetar a su portador y también desconfiar de él.

– ¿Y cómo invertiste tu magia?

– De una forma muy dolorosa -contestó él.

– Oh -exclamó Maddy, y se hizo una pausa-. Bueno, y ¿qué es lo que hay de los ígneos? ígneos, furias, como sea.

– Bueno, ahora todos somos furias -repuso con un encogimiento de hombros-. Como cualquier otra cosa que haya sido tocada por el Fuego. O demonios, como diría tu párroco. No supone novedad alguna para mí, claro, te habitúas cuando eres un hijo del Caos, pero el General debe de llevarlo peor, él que ha sido un partidario acérrimo de la Ley y el Orden. -Sonrió-. Debe de ser difícil para él aceptar esto, a los nuevos dioses al menos; para el Orden, simplemente ahora es el enemigo.

– ¿Los nuevos dioses? -Loki asintió, sin sonreírle esta vez-. Pretendes decirme que todo es real, también lo demás, ¿verdad? Lo del Innombrable y todo cuanto predica Nat Parson del Libro de la Tribulación, ¿es eso?

El Embaucador asintió otra vez y luego repuso:

– Tan real o imaginario como cualquiera de nosotros. No ha de extrañarte que tu párroco se muestre tan negativo y hostil respecto a las viejas costumbres. Él sabe quién es el enemigo, no hay duda, y él y los de su clase no estarán a salvo hasta que los nuestros sean depurados de los Nueve Mundos, hasta que todos los cuentos queden olvidados, cada hechizo dominado, todos los ígneos extinguidos, hasta la última chispa y la última llama.

– Pero yo soy una ígnea -le espetó Maddy abriendo la mano para mostrar su propia runiforma, que brillaba ahora como una brasa.

– Oh, sí, sí que lo eres -replicó el as-. Eso no lo he puesto en tela de juicio en ningún momento desde que vi esa marca tuya. No me sorprende que el General haya mantenido tanto silencio en lo que a ti se refiere. Eres algo casi único y eso tiene para él más valor que el Rescate de la Nutria, y para mí, y para cualquiera que pudiera tenerte de su lado. -La runiforma de Maddy ardía ahora, enviando finos zarcillos de fuego serpenteantes hacia las puntas de sus dedos-. El Oráculo predijo la aparición de alguien como tú -le relató Loki, observándola fascinado-. Predijo nuevas runas para la Era Nueva; runas que estarían completas y no podrían romperse, con el fin de poder reescribir los Nueve Mundos. Esa runa tuya es Aesk, el Fresno, y el Tuerto debió de pensar que ya habían llegado los Días Felices y de Celebración cuando la vio en tu mano.

– Aesk -silabeó Maddy en voz baja flexionando los dedos hasta formar una cuna de gato de fuego-. ¿Y tú crees que el Tuerto estaba al tanto de todo esto?

– Juraría que sí -replicó el as-. Fue a Odín al que se le hizo la profecía.

La joven reflexionó sobre el tema durante un momento y al final preguntó:

– ¿Por qué? ¿Qué es lo que pretende? ¿Y qué es ese Susurrante que tanto necesita? ¿Mencionaba el Oráculo de alguna manera todo esto?

– Maddy -comentó Loki, comenzando a sonreír-, el Susurrante es el Oráculo.

Capítulo 2

Había un frasco de oscuro hidromiel escondido en la cueva. Loki le ofreció a su interlocutora un trago y se fue bebiendo el resto a sorbos mientras contaba la historia.

– El Susurrante es un poder arcano, más antiguo incluso que el mismo General, aunque a él no le gusta que se lo recuerden -le contó-. Es una historia que se remonta hasta el mismísimo comienzo de la Era Antigua, a las primeras contiendas entre el Orden y el Caos, y si me lo preguntas, ninguna de las partes ha sabido reflejar esto de forma correcta. Por supuesto, aquí el menda, tu seguro servidor, era completamente neutral en aquellos momentos. -Maddy enarcó una ceja con escepticismo-. Oye, ¿quieres escuchar la historia o no? -La muchacha asintió-. De acuerdo, Asgard era una fortaleza en perfecto Orden en los primeros días de la juventud del General. No había en ella ni una chispa de magia. Los vanir, nigromantes de las fronteras del Caos, eran los encargados de preservar el Fuego, y ellos y los æsir se hicieron la guerra durante años, hasta que al final ambos se dieron cuenta de que ninguno de ellos iba a ganar nunca e intercambiaron rehenes en prueba de buena fe. Los æsir retuvieron a Njord y a sus hijos, Frey y Freya; y los vanir, a Hónir, un gran chaval, pero bastante zote, y a un astuto viejo diplomático llamado Mímir, que les robó la energía mágica, los aconsejó y regresó a casa en secreto.

»Los vanir no tardaron en percatarse de que tenían un par de espías entre ellos; entonces, mataron a Mímir y enviaron de vuelta su cabeza a Ásgard en señal de represalia, aunque para entonces el General ya había conseguido su objetivo: las runas del Alfabeto Antiguo, las letras de una lengua antigua con la cual se habían creado los mundos.

– El lenguaje del Caos -aclaró Maddy.

El Embaucador asintió.

– El Caos no quedó demasiado satisfecho con el robo, por lo que Odín hizo uso de las nuevas habilidades mágicas para mantener la cabeza viva, y le insufló energía mágica a fin de que pudiera hablar. Muy pocos regresan de la muerte, pero merece la pena oír la información. Así fue como Mímir adquirió el don de la profecía, una facultad de valor incalculable para el General, aunque el regalo costó un precio muy alto. Odín lo pagó con un ojo. Y en lo que respecta a Mímir, o como él le llamó, el Susurrante, no creo que entonces se preocupara mucho por nosotros, así que yo ahora no contaría demasiado con su buena voluntad. -Loki apuró de un trago la botella de hidromiel-. He intentado hablar con él, pero nunca le caí bien, ni siquiera en los viejos tiempos. Por eso, en cuanto a sacarlo de ahí…

– Pero ¿para qué lo queréis? -inquirió Maddy-. ¿Por qué es tan importante?

– Por favor, Maddy -intervino el as con una nota de impaciencia en la voz-. El Susurrante no es una chuchería cualquiera. Es un oráculo. Sabe cosas. Predijo el Ragnarók y una gran cantidad de acontecimientos que ya me hubiera gustado a mí conocer en su momento. Si Odín le hubiera prestado más atención a su profecía en vez de intentar demostrar que se equivocaba, entonces quizás el Ragnarók no se habría torcido tanto como lo hizo.

Hubo una pausa mientras ella se hacía cargo de las implicaciones.

– Pero ¿para qué lo perseguís ahora? -preguntó de nuevo.

– ¿Qué te parece disponer de una segunda oportunidad? -Loki volvió a esbozar aquella sonrisa torcida suya-. Escucha, Maddy, Odín puso la mitad de sí mismo en ese viejo hechizo, estamos hablando de la mitad del General en su mejor momento. Piensa en lo que podría hacerse con semejante poder. Ahí hay una energía inimaginable a la espera de que alguien la descubra, poderes procedentes del mismísimo reino del Caos. -Suspiró-. Ahora bien, ese maldito trasto tiene mente propia y no está por la labor de cooperar. Sin embargo, hay gente por ahí que daría cualquier cosa por ponerle las manos encima. Y otros, por supuesto, que darían lo que fuera por detenerlos.

– Dioses -dijo Maddy.

– Amén -repuso Loki.

El Embaucador le explicó a la muchacha que había encontrado al Susurrante en el transcurso de una de sus excursiones de exploración hacía algunos siglos, después del final de la guerra, cuando todo lo demás era Caos y matanzas. Muchos habían caído; algunos estaban perdidos para siempre, ya fuera enterrados en el hielo, o consumidos por los fuegos del Caos. Los supervivientes fueron arrojados al Averno, pero Loki, tan escurridizo como siempre, había conseguido apañárselas para escapar.

– ¿Huiste de la Fortaleza Negra? -preguntó Maddy.

Loki se encogió de hombros.

– Con el tiempo, sí.

– ¿Y cómo lo lograste?

– Ésa es una historia muy larga. Basta con decir que encontré un… acomodo alternativo en el Trasmundo, y así fue como al final me topé con el Susurrante -continuó él-; aunque pronto me di cuenta de que no tenía utilidad alguna para mí. Me reconoció, por supuesto, pero no me habló más que entre burlas e insultos, no me dio ni una pizca de energía mágica, y desde luego, ninguna profecía. Pensé entonces en sacarlo de la chimenea para usarlo como pieza de trueque con alguno de los æsir supervivientes.

– ¿Los æsir supervivientes? -se apresuró a replicar Maddy.

– No hay más que rumores, eso es todo, pero siempre tuve el presentimiento de que Odín andaría rondando por ahí, y la entrega del Susurrante me habría ayudado mucho, pues claro, habría estado a salvo de cualquier colega de los viejos tiempos que blandiera un hacha, o incluso un martillo, de haber contado con el respaldo de mi hermano.

Desde entonces, le contó, había intentado muchas veces rescatar al Susurrante de su nido en llamas, pero aún no había encontrado la forma de romper los encantamientos que le sostenían en la chimenea, encantamientos que llevaban allí desde el Ragnarók y que no podía combatir con su magia invertida y debilitada.

Decidió convertir la colina en un lugar inexpugnable una vez que se convenció de su fracaso, y con tal propósito había reunido un ejército de trasgos, urdido una telaraña de encantamientos y horadado un laberinto de pasadizos a fin de esconder al Susurrante del mundo.

– Y quizá lo mejor es que siga escondido -añadió-, a menos que Odín te haya dado a ti algo que ayude. Un hechizo, un instrumento, no sé, ¿quizás una palabra?…

– No -le contestó la muchacha-. Ni siquiera un ensalmo.

El as sacudió la cabeza, disgustado.

– En ese caso, olvídalo. Sería más fácil intentar atrapar la luna con un cordelito.

Ella se detuvo un momento a pensar en el asunto, y al cabo del mismo preguntó:

– ¿Así que tú crees que no hay esperanzas? ¿No hay realmente ninguna manera de sacarlo de ahí?

Loki se encogió de hombros.

– Créeme, lo he intentado. Si el General quiere hablar con esa cosa, tendrá que bajar aquí en persona.

– Quizá -repuso ella, todavía concentrada en sus pensamientos.

– Tendrás que decírselo tú, ya sabes. El Ragnarók ya es agua pasada. Y en lo que se refiere al Orden, todos somos sus enemigos. Quizá podríamos replantearnos nuestras alianzas, enterrar las rencillas y comenzar de nuevo.

– Pero tú traicionaste a los æsir -replicó Maddy-. Estás loco si crees que volverán a aceptarte entre ellos alguna vez.

– ¡Los æsir! -De repente, sus palabras parecieron haber encontrado su objetivo; durante un momento los ojos de Loki llamearon con genuina cólera. Sus colores también flamearon, desde el violeta espectral hasta un rojo infernal-. Todo lo que han hecho siempre ha sido usarme cuando les ha convenido. Eso quería decir que siempre acudían a mí cuando había problemas: «Por favor, Loki, piensa en algo», pero cuando el peligro estaba conjurado, me despedían con un «vuélvete a la caseta del perro» sin ni siquiera darme las gracias. Siempre fui un ciudadano de segunda categoría en Ásgard, y ninguno de ellos me permitió olvidarlo jamás.

– Pero tú luchaste contra ellos en el Ragnarók -insistió Maddy, que había empezado a sentir más simpatía de la que osaba admitir por este peligroso individuo.

– El Ragnarók, el Ragnarók -musitó Loki con desdén-. ¿Y de qué lado esperaban ellos que me pusiera? Yo no tenía bando. Los æsir me abandonaron, los vanir siempre me habían odiado, y en cuanto al Caos concernía, yo era un traidor merecedor de la muerte. Nadie me acogería, así que busqué al Número Uno, como siempre. De acuerdo, quizá di un par de golpes por el camino, pero en cuanto a lo que a mí se refiere, todo eso es agua pasada. El General no tiene nada que temer de mí.

– ¿Qué pretendes decir exactamente? -le preguntó Maddy.

Loki esbozó una de sus sonrisas esquinadas.

– Maddy -dijo-, me he estado escondiendo en el Trasmundo durante la mayor parte de los últimos quinientos años. Esto no es la Fortaleza Negra, de acuerdo, pero tampoco vamos a decir que sea la gloria. Este sitio es un cubil oscuro y apestoso que está plagado de trasgos, lo cual implica que he de vigilar continuamente mis espaldas… Además, si he sabido interpretar los signos, va a llegar pronto un tiempo en el que ninguno de nosotros va a estar a salvo, de modo que ni el agujero más profundo bastará para ocultarnos de nuestros enemigos.

– ¿Sólo eso?

– También estoy cansado de esconderme -admitió el as-. Quiero regresar a casa, deseo ver el cielo otra vez, y lo más importante, quiero que el General deje claro a cualquiera de los otros que todavía albergue alguna duda sobre mí que estoy oficialmente de vuelta del lado de los dioses. -Hizo una pausa y un brillo nostálgico invadió su rostro-. Se avecina otra guerra. Puedo sentirlo -comentó-. Y no necesito que ningún oráculo me lo vaticine. El Orden ya se ha puesto en marcha, predicando la Palabra por todas las Tierras Medias. Odín lo sabe, porque, según mis fuentes, se ha pasado más o menos el último siglo viajando de aquí a Finismundi para seguir de cerca su progresión, e intentando calcular cuánto tiempo nos queda. Mi suposición es que ya no nos queda nada. Por ese motivo es por el que necesita al Susurrante. En lo que a mí respecta, Maddy, no puedo evitarlo. -Loki sonrió abiertamente y dejó la botella en el suelo-. Es el Caos que llevo en la sangre. Si hay una guerra, quiero luchar.

Maddy permaneció en silencio durante un buen rato.

– En tal caso, cuéntaselo así a él -comentó al final.

– ¿Cómo? ¿Reuniéndome con él en la superficie? -preguntó el Embaucador-. Se te debe de haber ido la cabecita.

– ¿Y de verdad crees que el Tuerto va a venir hasta ti?

– Va a tener que hacerlo si quiere el Oráculo -repuso el as-. No habrá secreto, plan o estrategia que el Orden pueda ocultarle cuando el Oráculo obre en su poder. No puede esperar ganar la guerra sin él y no puede permitir que caiga en poder del otro lado, desde luego. -Loki esbozó una sonrisa-. Así que ya ves, Maddy, no tiene elección, salvo aceptar mis condiciones. Tráeme a Odín y le dejaré hablar con el Susurrante. Si no lo hace así, dudo que tenga muchas posibilidades una vez que el Orden venga aquí.

Ella puso cara de pocos amigos. Todo esto sonaba ingenioso, pero muy traído por los pelos. Ya había experimentado el hechizo de Loki, pero también conocía su reputación y estaba al tanto de que sus motivos rara vez eran limpios. Le miró y le vio observándola a ella con un brillo peligroso en sus ojos ardientes.

– ¿Y bien? -inquirió.

– No confío en ti -replicó Maddy.

El Embaucador se encogió de hombros.

– Poca gente lo hace, pero ¿por qué no? Eres fuerte. Ya me has batido una vez antes.

– Dos veces -le corrigió Maddy.

– Lo que quieras -transigió él.

Ella sopesó con detenimiento la cuestión y se percató, quizá demasiado tarde, de que en realidad no sabía casi nada acerca de los poderes de su interlocutor. Le había batido, sin duda, ¿o no? La verdad era que no había sido una lucha limpia, pues le había pillado desprevenido. O quizás él le había permitido que le sorprendiera por haberlo planeado así de antemano.

Los pensamientos se agolparon en la mente de Maddy. ¿Qué era lo que ella sabía del Susurrante? Loki le había explicado que era un oráculo, un poder procedente de la Era Antigua, un viejo amigo del Tuerto, un enemigo del Caos, y también le había dicho que le odiaba, que no le hablaba salvo para burlarse de él. Ahora bien, el Tuerto le había vaticinado que el Susurrante acudiría a ella. De pronto, especuló con la posibilidad de que Loki también supiera eso de algún modo.

«¿Y si el Embaucador me ha confundido? ¿Y si en vez de pretender rescatar al Susurrante más bien pretendiera evitar que nadie lo consiguiera?»

¿Podría ser posible incluso que fuera el mismo Loki el que hubiera atrapado al Susurrante en la chimenea, al no conseguir que trabajara para él?

El fuego era su elemento, después de todo. ¿Podría ser todo esto tan sólo una trampa cuidadosamente diseñada sin otro objetivo que atraer al Tuerto al Trasmundo, donde Loki había tenido siglos para prepararse con vistas a un eventual encuentro?

– ¿Y bien? -insistió el Embaucador con impaciencia. Bueno, era demasiado tarde para malgastar el tiempo en preguntas. «La cerveza de ayer no es más que la orina de mañana», como Nan la Loca solía decir, lo que significaba, suponía Maddy, que si alguien tenía que sacarla de este lío, probablemente no sería la Guardia del Rey-. ¿Y bien?

Ella suspiró profundamente mientras urdía para sí los esbozos de un plan, quizá fuera bastante desesperado, pero era cuanto se le ocurría con tan poca información disponible.

– De acuerdo -accedió-, pero primero tendrás que enseñármelo.

– ¿Enseñarte el qué?

– Al Susurrante.

Capítulo 3

Ella no le perdió de vista ni un segundo mientras le seguía de regreso a la gruta de la chimenea. El falso vidriero había accedido a su petición de aparente buen humor, pero cierta hosquedad en sus colores sugería que la idea no era de su agrado. Maddy sabía que él era taimado; de hecho, si de veras era Loki, estaba ante el embaucador por excelencia, y si ya había sospechado lo que ella se proponía, no había más que decir sobre su reacción.

Se acercaron a la chimenea al amparo de un saliente rocoso y permanecieron al resguardo del mismo hasta que se agotó la fuerza del geiser. El as aprovechó el pequeño lapso de respiro entre un estallido y otro para adelantarse y situarse justo al borde del pozo.

– Quédate ahí -le previno a Maddy-, esto puede ser peligroso.

La interpelada le observó permanecer allí inmóvil, con sus colores llameando con repentina intensidad y con los dedos índice y meñique de la mano derecha adelantados para formar la runa Yr.

El Embaucador tenía el rostro bañado en sudor y permanecía con los puños apretados y los ojos cerrados con fuerza. Daba la impresión de estar preparándose para alguna peligrosa ordalía. Ella no tuvo la impresión de que estuviera actuando en aquel momento. El temblor de los músculos y la tensión de todo el cuerpo mientras esperaba alerta al Susurrante hablaban a las claras del esfuerzo realizado por Loki…

…que permaneció inmóvil incluso cuando el geiser empezó a despertarse y el runrún se convirtió en un bramido sordo. Él continuó de la misma guisa, haciendo caso omiso al peligro, y permaneció a la espera con la paciencia del pescador al atrapar una trucha.

Maddy escuchó el inicio de la erupción al cabo de dos minutos. Sonaba como un aullido furioso en la garganta de un gigante.

Entonces, se movió de forma casi imperceptible.

La muchacha se lo habría perdido todo de no haberle observado con tanta atención, pues la técnica de Loki difería mucho de la suya. Maddy se comportaba tal y como le había instruido el Tuerto, estaba acostumbrada a valorar la precaución y la exactitud por encima de cualquier otra consideración. Formaba las runas con paciencia y más que lanzarlas, las manejaba con cuidado, como si pudieran explotar de no tenerlo.

Pero Loki era rápido. Se balanceó en el borde de la hoya como un funambulista a la espera de que la columna de vapor se abalanzara contra él, momento en que alzó la cabeza e hizo un curioso y rápido movimiento ondulante con la mano al tiempo que cambió a su aspecto ígneo, con sus rasgos apenas discernibles entre las llamas retorcidas, y envió las runas hacia la columna como si fueran un puñado de petardos.

Maddy apenas tuvo tiempo de leerlas todas. Creyó reconocer a Isa y a Naudr, pero ¿cuál era aquella runa volante que giraba como una sámara de sicómoro en el flujo hirviente o aquella que se quebró en una docena de fragmentos brillantes cuando rozó la llama?

Empero, el geiser irrumpió en ese momento y le dejó sin tiempo para dilucidar la respuesta a esa pregunta. El chorro de vapor impactó en el techo mientras arrojaba en el aire abrasador fragmentos de roca. La joven atisbo algo que saltaba como el corcho de una botella al destaparla y oyó en parte su silenciosa llamada…

…antes de caer otra vez en la chimenea.

El Embaucador había buscado refugio detrás de una losa de piedra antes de abandonar su aspecto ígneo y recuperar su forma verdadera. Tenía el rostro encendido y el pelo lacio a causa del sudor. Las ropas desprendían hedor a quemado. Sin embargo, parecía lleno de júbilo. En el resplandor sus ojos aparecían salpicados de un fuego misterioso. Se volvió hacia Maddy.

– ¿Lo has visto, entonces?

Ella asintió, inquieta al recordar la rapidez con la que había cabeceado en la superficie y el modo en que la luz parecía brillar a su través, y también cómo la había llamado…

– Ése era el Susurrante. Ay -comentó él, soplándose las manos quemadas.

– ¡Pero está vivo!

– Es una forma de verlo. -Maddy pudo apreciar entonces cuánto le había costado a Loki aquel esfuerzo; a pesar de sus palabras despreocupadas, estaba temblando, sin aliento, y sus colores se habían vuelto mortecinos-. Realmente no le gusto -siguió hablando el Embaucador-. Aunque siendo justos, no creo que le gustemos mucho ninguno de nosotros. Y en cuanto a sacarlo de ahí, ya ves la pinta que tiene. Si Odín quiere consultar el Oráculo, entonces tendrá que escoger el camino más arduo.

Se hizo un silencio mientras Maddy se quedaba mirando fijamente la chimenea y Loki recobraba el ritmo normal de su respiración. Entonces se puso en pie con cuidado. Podía sentir ya cómo se preparaba la siguiente erupción; más que escuchar, sentía en los pies el desgarro de las grietas ardientes bajo la enorme presión.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó él-. ¿No has oído lo que acabo de decirte?

La muchacha dio un paso hacia la chimenea debajo de la cual gorgoteaba la lava fundida. Loki la siguió, ahora intranquilo, pero escondiéndolo bien, excepto en sus colores, que traicionaban la ansiedad y la fatiga. Sea lo que fuera lo que le había hecho el Susurrante, le había robado buena parte de su energía mágica, una ventaja que Maddy pretendía explotar.

Ahora ella estaba de pie en el borde de la chimenea.

– Vigila dónde pones los pies -comentó el as con aparente despreocupación-. A menos que tengas mucha prisa en irte al Averno.

– Sólo un segundo -dijo ella, mirando hacia abajo, hacia la garganta ardiente.

La chimenea estaba cerca ya de explotar de nuevo. A Maddy le llegaba un hedor a ropa sucia chamuscada, y sentía los pelillos de la nariz que comenzaban a crujir. Le picaban los ojos y las manos le temblaban cuando también ella formó la runa Yr.

– Maddy, ten cuidado -advirtió Loki.

El flujo de roca hirviente se derramó sobre el río subterráneo y el aire caliente empezó a rugir en el fondo de la chimenea, que se llenaría de vapor al cabo de unos instantes; luego, un segundo más tarde, emergería la columna de gas y cenizas en llamas.

La muchacha esperó haberlo sincronizado de forma correcta.

Ahora era ella quien mantenía a duras penas el equilibrio en el borde mismo de la hoya, cuyas piedras estaban resbaladizas por culpa del azufre y el residuo vítreo de tantas erupciones. Intentó recordar cómo lo había hecho Loki, balanceándose en el borde como un funambulista en el alambre, con sus manos barajando runas tan rápido que Maddy apenas había podido verlas antes de que se sumergieran en la nube que había a sus pies.

El Embaucador se había situado detrás de ella, tan cerca que le picaba la piel ante su proximidad, pero ella no osó volverse, ya que no quería que adivinara sus propósitos. Dentro de la chimenea, el resplandor del horno pasaba del naranja al amarillo, y del amarillo casi al blanco, y Maddy volcó toda la fuerza de su concentración en el Susurrante cuando ésta empezó a crecer.

«Acudirá a ti si le llamas».

Más que oírle en la mente, lo sintió.

(¿?)

Y en ese momento ella le invocó, no con palabras, sino con su energía mágica, aquello que Loki había llamado el lenguaje del Caos. No era ningún idioma que hubiera aprendido, pero aun así podía sentir cómo la conectaba con el Susurrante, uniéndolos como notas en un acorde perdido hacía mucho tiempo.

Al final logró observar en lo más hondo de la chimenea algo muy similar a los hilos de la red del juego de la cuna de gato. Se trataba de un complicado diagrama en el cual había un sinfín de runas y firmas mágicas que se entrecruzaban en hileras de complejidad creciente.

«Es una red», dijo para sí. En ese momento por segunda vez volvió a notar una respuesta. Era un destello o un lamento del objeto aprisionado en la urdimbre de esa malla, pues aquello era una red similar a la usada por Loki para capturar a los peces…

(¡!)

Ella albergaba la intención de usar contra él esa red, pero las runas de Loki no jugaban limpio, se estiraban y se retorcían entre sus dedos. Naudr, la Recolectora; Thuris, la Espinosa; Tyr, el Guerrero; Kaen, el Fuego Desatado; Logr, el Agua; Isa, el Hielo.

Las runas de Loki eran verdaderas trampas e incluso mientras las retiraba notaba cómo se movían y se deslizaban maliciosamente fuera de su alineamiento en los hilos de la urdimbre a la espera de que ella perdiese la concentración.

– ¡Maddy! -gritó el Embaucador a su espalda, y ella no necesitó ninguna runa para sentir su miedo.

Él le rozó el hombro con la mano y ella se tambaleó, consciente de la chimenea bajo sus pies. «Como me dé un empujón…», dijo para sus adentros.

Volvió a llamar a aquella cosa situada en medio del fuego y profirió un lamento que resonó por toda la caverna cuando arrancó la red con su trampa de encantamientos y la levantó, atrayéndola hacia ella, fuera de la chimenea.

El geiser estalló en ese preciso momento.

El vapor subió golpeteando las paredes de la angosta garganta de la hoya como un enorme martillo de aire caliente. El hedor a ropa sucia llenó la cueva y todo se volvió níveo durante unos segundos, cuando Maddy se vio envuelta por un color blanco hirviente. Loki saltó hacia atrás en el preciso instante en que ella arrojó la red, no hacia el Susurrante en su columna de fuego, sino directamente detrás de ella, en la cara de Loki…

…sin darle tiempo de protegerse. Titilaron las runas del Alfabeto Antiguo, Naudr, Thuris, Tyr y Os, Hagall y Kaen, Isa y Úr. La red cayó, atrapando a Loki tan hábilmente como a cualquier pez, y por último Aesk, la propia runa de Maddy, lanzó al Embaucador a través de la caverna cuando la columna ardiente se liberó, bañando a ambos con cenizas, azufre y capas de vidrio volcánico.

El chorro fue mayor que ninguno de los anteriores y arrojó a la muchacha a unos siete metros, donde cayó de rodillas, medio aturdida. Detrás de ella el geiser estaba alcanzando el clímax. Las cenizas y los rescoldos saturaron el aire al tiempo que las piedras candentes cayeron todo a su alrededor. Por último, algo pesado se estrelló contra la tierra a pocos pasos de la antigua posición de Maddy.

– ¿Loki?

La voz de la joven levantó un eco apagado al rebotar contra las paredes chorreantes de vapor. El vaho achicharrante la había dejado medio cegada, por lo que se dejó caer sobre una losa plana y se esforzó en respirar. No estaba acostumbrada a realizar ese tipo de esfuerzos y ahora se había quedado casi sin energía mágica. Si la atacaba en ese preciso momento, ella apenas podría recurrir a poco más que un ensalmo para defenderse.

– ¿Loki? -le llamó.

No hubo réplica.

El surtidor se consumió al cabo de un minuto, momento en que los vapores sulfurosos empezaron a saturar el aire de la gruta. La joven se arriesgó a echar una ojeada a su alrededor, pero no había nada que ver en la neblina de un amarillento insano.

Maddy comprendió el motivo cuando el vapor se disipó, dejando al descubierto la extensión del daño. Una parte del techo se había desplomado y ahora un túmulo de escombros obstruía la chimenea. Una enorme losa de roca, con su lado más cercano atestado con trozos de estalactitas, yacía sobre el túmulo como un puño cubierto por un guantelete.

¿Y Loki?

¿Y el Susurrante?

No había rastro de ninguno de los dos en la caverna ahora en ruinas.

Capítulo 4

Transcurrieron varios minutos más antes de que Maddy fuera capaz de ponerse en pie. Se incorporó temblorosa y se sacudió las cenizas del pelo. Todavía tenía la visión borrosa después de haber mirado dentro de la chimenea; las manos se le habían quedado doloridas, como quemadas por el sol.

La sacudida ya había terminado, dejando la caverna sumida en un silencio inquietante. El polvo caía desde el techo roto sobre el gigantesco túmulo de roca y escombros, que cerraba por completo el extremo de la cueva donde había estado Loki y su red.

«Felicidades, Maddy -comentó una voz desabrida en el interior de su mente-. Ahora eres una asesina».

– No -susurró Maddy, horrorizada.

Ella nunca había querido herirle, por supuesto. Sólo quería mantenerlo bajo control, sujetarle, mientras ella reclamaba al Susurrante, pero todo había ocurrido tan rápido… No había tenido tiempo de medir sus fuerzas. Y ahora, por su culpa, él estaba allí enterrado, aplastado bajo aquel puño pétreo…

Resultaba difícil respirar, ya que ahora los vapores del geiser se entremezclaban con el polvo despedido por el montón de piedras acumuladas que, como un túmulo de la Era Antigua, parecían llenar la caverna. Lentamente, a desgana, se dirigió hacia él. Una parte de ella deseaba contra toda esperanza que Loki se hallara allí, atrapado e indemne, por lo que empezó a retirar las rocas más pequeñas de forma poco sistemática y escudriñaba la pila en una vana búsqueda de un trozo de manga, una bota, una sombra…

Una firma mágica.

¡Eso era! Maddy, contrariada, se hubiera dado de bofetadas. Alzó una mano trémula y formó Bjarkán hasta encontrar la firma mágica del Embaucador, ese inconfundible rastro de fuego desatado. La luz de dos firmas mágicas nunca podía ser igual, y la de Loki, como la del Tuerto, era compleja y vivida a diferencia de cualesquiera otras.

¡Estaba vivo!

Un buen rastreador era capaz de precisar la edad del lobo que cazaba, si cojeaba o no, lo rápido que era capaz de correr y cuándo llevó a cabo su última cacería. Ella no era una observadora tan capacitada, pero localizó los fragmentos de la red y los restos de la runa mental que había lanzado.

Se había concentrado un poder tremendo en aquella runa final; un poder suficiente para hundir el techo cuando Maddy extrajo al Susurrante de la chimenea. Los trozos de Aesk seguían desparramados por el suelo, como fragmentos de la explosión de una botella de refresco de jengibre. Determinó el lugar donde la runa había alcanzado a Loki, a quien había impulsado contra la pared, donde le había dejado clavado como una mariposa sujeta a una tela por un alfiler poco antes de que el techo se derrumbara sobre él.

Pero entonces…

Allí estaba, contra toda esperanza, alejándose del amontonamiento de piedras. No era un resto, ni un fragmento, sino una firma mágica, garabateada fugazmente en aquel característico violeta intenso en agudo contraste con la roca.

Supuso que había intentado esconderse debido a lo desvaído del trazo, pero o bien estaba demasiado débil para ocultar el rastro de su color, o las rocas desprendidas habían distraído buena parte de su concentración, porque allí estaba, sin lugar a confusiones, dirigiéndose hacia la entrada de la caverna.

Y allí fue donde Maddy le encontró al final. Se había dejado caer detrás de un bloque de piedra y mantenía un brazo alzado para cubrirse la cabeza, con los dedos aún doblados para digitar la forma de Yr, la runa de la protección. Se hallaba muy quieto y la roca situada detrás de él estaba empapada por una cantidad alarmante de sangre.

El corazón de Maddy dio un lento vuelco. Se arrodilló, convulsa, y alzó una mano para tocarle la cara. Vio que la sangre salía de un estrecho tajo que tenía sobre la ceja. Una roca debió de haberle interceptado mientras corría, a menos que hubiera sido la caída la que le hubiera dejado inconsciente. De cualquier modo, estaba vivo.

El alivio hizo que Maddy se echara a reír con fuerza, aunque se lo pensó mejor en cuanto oyó el extraño y turbador retumbo de sus carcajadas a través de la caverna destrozada.

Estaba vivo, se recordó a sí misma, pero tan pronto como se despertara, sería doblemente peligroso. Éste era su sitio. Los dioses sabrían cuántos recursos tendría a los que poder echar mano. Necesitaba salir de allí, y cuanto antes.

Miró a su alrededor. La caverna retenía ese olor acre despedido por la chimenea, pero el aire era más limpio ahora que había cesado la lluvia de rocas. Ese examen reveló a la muchacha que Loki se había salvado de chiripa. Un trozo de vidrio volcánico del tamaño de la cabeza de un jabalí había pasado a escasos centímetros y ahora yacía a los pies de Maddy, todavía refulgente.

Maddy caviló a toda prisa para evaluar una situación que tenía muy mala pinta. El intento se había saldado con un fracaso, pues no tenía al Susurrante y se había quedado sin fuerzas, y además seguía encerrada en los túneles subterráneos del Trasmundo con miles y miles de pasadizos y galerías que se interponían entre ellos y la superficie.

Aun así, había sido un buen plan. Tendría que haber funcionado. Durante un segundo había existido contacto entre ellos. El Susurrante había respondido a su llamada. Había estado a punto de conseguirlo, pero como solía afirmar Nan la Loca: «Estar a punto de ganar una carrera es perderla».

Maddy miró a su alrededor, desesperada. ¿Qué demonios iba a hacer ahora?

– Mátale -ordenó una voz a sus espaldas. Sorprendida, Maddy se dio la vuelta-. Hazlo, se lo merece -aseguró una voz masculina, seca y desaprobadora, con un cierto remilgo, como la de Nat Parson en mitad de un sermón.

Pero no había nadie a la vista. A su alrededor las sombras aumentaban, teñidas de rojo, mientras la chimenea cogía aliento.

– ¿Dónde estás? -murmuró ella.

– Mátale de una vez -repitió la voz-. Hazle un favor a los mundos. Nunca tendrás mejor oportunidad.

Maddy miró a derecha e izquierda sin ver a nadie.

¿Se lo habría imaginado? ¿Acaso el humo y los vapores la habían aturdido? En algún rincón al fondo de la mente, una voz bajita y perseverante le instaba a echar a correr para rehuir el nuevo chorro de vapor del geiser, cuya próxima explosión era inminente, y conseguir un poco de aire respirable, so pena de terminar desmayada, pero nada de esto parecía tener importancia ahora. Era mucho más fácil ignorarlo, cerrar los ojos y no pensar.

– Déjalo ya -comentó la voz en tono agudo-. Pero tú eres imbécil, ¿a que sí? ¡Mira abajo, chica, mira a-ba-jo!

Maddy agachó la mirada.

– Más abajo.

– Pero si no hay nada… -comenzó Maddy, hasta que tropezó de pronto, con los ojos dilatados por la sorpresa, cuando vio (y lo vio realmente) lo que había aterrizado con un golpe casi a sus pies, todavía brillando debido al calor de su nido ardiente.

– Ah, vaya, por fin -comentó el Susurrante con un tono cansado-. Ahora, si eres capaz de hacer un pequeño esfuerzo más, al menos podrías darle una patada a ese bastardo de mi parte.

Capítulo 5

Hasta donde se sabía, nadie había cartografiado ni computado jamás los pasadizos que discurrían debajo de la colina del Caballo Rojo. Ni siquiera el Capitán los conocía todos a pesar de haberlos usado durante siglos como refugio y lugar de reunión para los trasgos, pues, al fin y al cabo, ni era el arquitecto de la colina ni el custodio de todos sus secretos.

Se rumoreaba que quien se adentrara a suficiente profundidad podría seguir el curso del Strond hasta el mismísimo Averno y la Fortaleza Negra, que se alzaba a orillas del río Sueño. Nadie sabía a ciencia cierta si era verdad, salvo posiblemente el Capitán, y cualquier trasgo lo bastante tonto para preguntarle esta clase de detalles se merecía cuanto le pasara.

La-Bolsa-o-la-Vida no tenía un pelo de tonto pero, sin embargo, era muy fisgón; la curiosidad le espoleaba más de lo que le retenía el deseo de permanecer a salvo, y él ya había visto una serie de cosas extrañas que deseaba probar e investigar. Todo había empezado con aquella chica que conocía su verdadero nombre y su descenso hacia las regiones adonde no se aventuraba ningún trasgo, pero en las cuales a veces desaparecía el Capitán, de donde acostumbraba a regresar de un humor de perros y apestando a azufre.

Lo siguiente habían sido los acontecimientos en el Supramundo, a los cuales el trasgo apenas habría prestado interés en circunstancias normales, pues a los suyos no les gustan los problemas, a menos que los causasen ellos mismos, y las frecuentes idas y venidas en la colina del Caballo Rojo, con aquellas partidas y el párroco agitando al vecindario, normalmente le habrían inducido a quedarse a salvo bajo tierra…

…pero en esta ocasión sentía que había en marcha algo más que la tensión habitual entre la Gente y Faerie. Habían corrido toda clase de rumores y el jinete que había acudido a lomos de un corcel cargado había cabalgado de regreso al Hindarfial. Luego estaba lo de ese olor tan similar al del incienso y a rastrojos quemados, y hacía media hora por lo menos que el Capitán había vuelto de una de sus expediciones con un trapo anudado a la cabeza y un brillo de odio en la mirada que había puesto a la guardia en alerta total, y se había encerrado en sus estancias privadas, hablando con brusquedad a cualquier trasgo que se le acercase.

Bolsa tenía algo mejor que hacer que cruzarse en su camino. Había procedido según lo acostumbrado en circunstancias similares: se había apostado en un lugar apartado y se había preparado para regalarse con un bizcocho de ciruela, un queso curado y un barrilillo de brandy de esos que parece que dan coces como una muía y que había escondido allí varias semanas atrás. Estaba empezando a ponerse cómodo cuando le llegó un sonido de voces y reconoció una de ellas; era la de Maddy.

Su deber estaba claro: detener a la chica. Ésas eran sus instrucciones, claras como el agua, órdenes impartidas por el Capitán en persona y él tenía formas de ponerse muy desagradable cuando no se obedecían sus órdenes.

Por otro lado, se dijo, cualquiera capaz de poner nervioso a Loki sería un compañero más que bienvenido para La-Bolsa-o-la-Vida. La mejor clase de valentía, en este caso, consistía en tratar de pasar inadvertido y terminarse el brandy.

Era un buen plan y habría salido perfecto, pensó Bolsa más tarde, si no hubiera sido por su dichosa curiosidad. La misma que le había llevado hasta la chica en primer lugar; y ahora sacaba de nuevo lo mejor de sí mismo mientras se arrastraba en las sombras, intentando escuchar lo que decían las voces.

Parecía una discusión cada vez más subida de tono.

Maddy descubrió enseguida que el Susurrante no estaba nada agradecido por su liberación. Es más, tras una precipitada salida de la caverna, en el transcurso de las horas siguientes, mientras acarreaba el objeto en una improvisada mochila hecha con la chaqueta, tuvo muchas oportunidades de maldecirse por haber tenido tanto éxito.

«El Tuerto tenía razón cuando me dijo que el Susurrante tenía el aspecto de un trozo de piedra», había pensado la muchacha en un primer momento, cuando parecía un fragmento de algún material vítreo volcánico, obsidiana o quizás algún tipo de cuarzo, pero luego, tras estudiarlo más de cerca, pudo verle el rostro: una nariz prominente, una boca con las comisuras hacia abajo y unos ojos que relumbraban con una inteligencia mezquina.

Y en lo tocante al carácter, tratar con él era como aguantar a un cascarrabias de genio espantoso a quien nada le agradaba. Ni el ritmo del avance, que era demasiado lento, pero que tildaba de incómodo en cuanto Maddy apretaba el paso, ni la conversación de la muchacha, ni su silencio, y en especial, el hecho de que iban a reunirse con el Tuerto.

– ¿Con ese perro de la guerra? -inquirió el Susurrante-. Nunca le he pertenecido, nunca jamás. Se cree que todavía es el General. Piensa que lo único que ha de hacer es ponerse a dar órdenes de nuevo. -La joven ya había oído esa cantinela varias veces, por lo que no le contestó e intentó concentrarse en el camino, rocoso y lleno de agujeros-. Tan arrogante como siempre, pero quién se cree que es, ¿eh? El Padre de Todo, mi…

– Supongo que tal vez habrías preferido que te dejara en la chimenea -comentó Maddy casi sin resuello.

– ¿Qué? ¡Habla más alto!

– Me has oído perfectamente.

– Ahora escúchame tú -dijo el Susurrante-. No creo que tengas idea de con qué te estás viendo las caras. Yo no soy nada más que una piedra, pero ¿sabes? en las manos incorrectas podría explotar como una granada.

Maddy le ignoró y continuó la marcha. Era una caminata ardua, pues el Susurrante pesaba mucho y era incómodo de acarrear. Cada vez que le asaltaba la tentación de detenerse a descansar imaginaba a Loki recuperado, enfadado y más que dispuesto a vengarse corriendo tras sus pasos por el pasadizo. Ella hacía cuanto estaba en su mano para ocultar su rastro, cruzándolo algunas veces con la runiforma Yr, o regresando sobre sus pasos. Esperaba que esas precauciones bastaran para darle esquinazo o retrasarlo, aunque no podía saberlo a ciencia cierta.

El Susurrante no había tardado en quejarse de la compasión mostrada por Maddy.

– Tendrías que haberle matado cuando tuviste la oportunidad -se lamentó por vigésima vez-. Estaba inerme e inconsciente, completamente a nuestra merced. Aparte de eso, podrías haberle dejado allí y los vapores tóxicos probablemente habrían acabado con él. Pero ¿qué es lo que haces? Vas tú y le salvas. Le sacas hasta donde el aire está limpio y le vendas la cabeza. Prácticamente le has metido en la cama, por el amor de los dioses, ¿qué será lo siguiente, llevarle un vasito de leche o hacerle un huevo pasado por agua?

– Oh, déjame un rato en paz -replicó Maddy, enojada.

– Lo vas a lamentar -continuó el Susurrante-. No nos va a dar más que problemas.

Lo cierto es que estaba obligada a admitir la existencia de razones para guardarle resentimiento al Embaucador a tenor de lo narrado por la cosa, que le mostró a Maddy todo el catálogo de varios siglos de quejas sobre Loki mientras se dirigían hacia el Supramundo, comenzando por su adopción en Asgard y la confusión que había traído consigo y culminando con su reaparición, unos cientos de años después del Ragnarók y en el sitio peor posible, en las catacumbas de la Ciudad Universal, en el distante Finismundi.

– ¿Qué estaba haciendo allí? No lo sé, pero seguro que nada bueno, ni que decir tiene, y se hallaba muy debilitado tras haber invertido su magia, pero eso sí, seguía tan taimado como siempre, maldito sea, y debía de saber de algún modo que yo estaba por allí cerca…

– ¿Lo sabía? -preguntó Maddy.

– Sí, claro -siseó el Susurrante-. Allí estaba yo, en paz por fin, durmiendo tranquilo durante siglos y ¿qué es lo que hace? Me despierta, el muy bastardo.

– Pero ¿cómo pudo averiguar tu paradero?

Emitió una irritada pulsación de luz.

– Bien, dado el hecho de que hoy día no soy lo que podría llamarse un artefacto móvil independiente, supongo que se limitó a buscar entre las ruinas hasta que…

– ¿En qué ruinas? -preguntó Maddy.

– Pues en las de Asgard, claro -replicó el Susurrante con brusquedad.

Maddy se le quedó mirando fijamente.

– ¿Asgard? -inquirió.

Por supuesto estaba al tanto de que la Ciudadela del Cielo había caído durante el Ragnarók, y había oído muchas historias sobre ese lugar, tantas que casi creía haberlo visto por sí misma, con sus salones dorados y el Bífrost o puente del Arco Iris, que abarcaba todo el cielo.

El Susurrante se echó a reír.

– ¿Qué? ¿No te lo contó Odín? El extremo más lejano del puente está en Finismundi. La Gente nunca supo nada de eso, por supuesto. Jamás lo han cruzado y sólo se ve cuando llueve y hace sol a la vez, aunque piensan que es un fenómeno natural, debido a condiciones climatológicas extraordinarias, pero Sirio, ese a quien tú conoces bajo el nombre de Loki, lo sabía, me halló y me trajo hasta aquí, un lugar que se encuentra en una posición central respecto a los mundos, un lugar donde convergen líneas de gran poder, donde me ató con runas y ardides y juró que únicamente me soltaría si le facilitaba lo que quería.

– Lo sabía -repuso Maddy-, pero ¿qué es lo que reclamaba?

Una vez más el Susurrante siseó para sus adentros.

– Pretendía recobrar su verdadero aspecto, o sea, reinvertir su runa, pero como eso no pudo ser, aspiraba a usarme como moneda de cambio y venderme a los æsir o los vanir para garantizar su lamentable pellejo; sin embargo, como hizo su trabajo demasiado bien, no podía sacarme de nuevo de la hoya. Las fuerzas que me aprisionaban proceden del Sueño y de la Muerte y aun de más allá, y me mantenían bien sujeto, y todo cuanto él podía hacer era vigilarme, esperar y rezar para que nunca consiguiera fugarme. Y así ha sido durante siglos. -El Susurrante dejó escapar su risa seca-. Si eso no me da derecho a vengarme, entonces esta Era Nueva vuestra es aún más patética de lo que pensé que iba a ser.

En cuanto llegaron a los niveles superiores, Maddy tuvo ocasión de observar el aumento de actividad por parte de los trasgos, cuyos colores relumbraban a lo largo de su camino, y cuyas huellas se desparramaban por todo el suelo de tierra roja. Se detuvo cuando empezó también a oírlos.

Ese era el tramo más peligroso al no haber escondrijo alguno desde el punto donde estaban hasta el final del trayecto. La larga andadura cuesta arriba hacia el nivel superior los dejaría expuestos en la escalera de roca durante un lapso de tiempo peligrosamente largo, pero Maddy sabía que no existía otra salida, pues todos los demás caminos conducían hasta el laberinto de almacenes y habitaciones acondicionadas para albergar tesoros que llenaban la colina; y debajo estaba el río, una oscuridad fastidiosa en la cual no se podía depositar ninguna esperanza.

– ¿Por qué nos hemos detenido? -exigió saber el Susurrante.

– Calla -replicó ella-. Estoy pensando.

– ¿Qué pasa, te has extraviado? Ya debería habérmelo imaginado.

– No me he perdido -le interrumpió Maddy, enfadada-. Es sólo que…

– Ya te dije que tendrías que haberle matado -insistió la cosa-. Si yo estuviera en su lugar, iría detrás de nosotros, tendería una emboscada y tendría ejércitos de trasgos detrás de cada esquina y…

– Bien, ¿y qué es lo que sugieres? -le cortó con brusquedad.

– Sugiero que deberías haberle matado.

– Bueno, pues mira qué útil es eso -repuso ella-. Creía que eras un oráculo. ¿No se supone que conoces el futuro o algo por el estilo?

El Susurrante refulgió con abierto desprecio.

– Escúchame, chica, los dioses han pagado, y muy caro por cierto, por mis profecías. Odín me entregó un ojo, eso ya lo sabes, pero eso fue hace mucho tiempo y en realidad fue una ganga. En cuanto a ti…

– No tengo intención de darte ningún ojo -repuso Maddy, con resolución.

– Por todos los dioses vivos, niña. ¿Y para qué lo quiero yo?

– Entonces, ¿qué es lo que deseas?

El Susurrante relumbró aún con más fuerza.

– Escucha, chica, me caes bien -empezó-, y como me gustas, voy a ayudarte, pero has de hacerme caso ahora mismo. Escucha y anota. Tu viejo amigo el Tuerto te ha mentido todo el tiempo con el propósito de traerte hasta este punto. Durante los últimos siete años te ha alimentado con una dieta cuidadosamente equilibrada de medias verdades y engaños, la más abyecta de todas es la que se refiere a lo que eres…

– ¿Qué quieres decir con eso de «lo que eres»?

El Susurrante lanzó uno de sus más brillantes destellos y Maddy pudo entrever chispas de luz rúnica atrapadas como luciérnagas en el cristal volcánico. Bailaban de forma seductora y la cabeza de Maddy se empezó a sentir agradablemente ofuscada, como si se hubiera bebido una especiada cerveza caliente. Intuyó que se trataba de un encantamiento y rechazó el tan grato sentimiento para trazar Yr ante el Susurrante, que continuó brillando, pero con suficiencia, como si hubiera obtenido algún mérito de categoría.

– Detente ya -dijo Maddy.

– Es sólo una demostración -repuso el Susurrante-, hablo cuando es mi deber, y no puedo callar. Esa runa tuya es bien fuerte, ya lo sabes. Hice una predicción sobre ella antes del Ragnarók. Supongo que ése es el motivo de que el Tuerto te enviara. No querría arriesgar su propio pellejo.

Durante un momento, Maddy no dijo nada. Tenía que tomarse al Susurrante con precaución y eso había confirmado algo de lo que Loki había dicho, y estaba claro que no debía confiar en él. Sin embargo, el Oráculo…

– ¿Puede mentir un oráculo?

– Quiere empezar una guerra -continuó la cosa-, una segunda Tribulación, para eliminar el Orden de una vez por todas. Con una simple palabra, morirán miles.

– ¿Eso es una profecía? -inquirió Maddy.

– Hablo cuando es mi deber, y no puedo callar.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Hablo cuando es mi deber…

– Vale, de acuerdo. ¿Y qué más ves?

Ahora el corazón de Maddy latía con fuerza. Detrás del rostro pétreo del Susurrante, las luces y los colores bailoteaban y giraban.

– Veo un ejército listo para la batalla. Un general solo a su frente veo. Veo un traidor en la puerta. Un sacrificio también veo -vaticinó el Susurrante.

– ¿No podrías ser un poco más preciso?

– Hablo cuando es mi deber, y no puedo callar. Tras las murallas del Hel los muertos se levantarán, el Innombrable se alzará y los Nueve Mundos se perderán, a menos que los Siete Durmientes alguien despierte y al Tonante del Averno alguien libere…

– ¡Sigue! -exclamó Maddy.

De pronto, los colores del Susurrante se oscurecieron y volvió a tener el aspecto de una piedra. Un movimiento furtivo en las sombras y un ligero crujido de guijarros en el suelo alertaron a Maddy de una nueva presencia cerca de allí.

– Nyd byth nearu on breostan [8].

Maddy canturreó el ensalmo con contundencia.

…y unió las manos hasta formar Naudr, lanzó la runa hacia la oscuridad y atrapó a una figura diminuta, de orejas grandes y peludas y con ojos dorados, cubierta de malla de la cabeza a los pies.

– ¡Otra vez tú! -exclamó la muchacha con incredulidad.

La curiosidad de Bolsa había sido más fuerte que él.

Capítulo 6

– Mátale -instigó el Susurrante a Maddy…

…que bajó los ojos hacia el deslumbrado trasgo.

– Estabas espiando, ¿no?

– Mátale -insistió el Susurrante-. No dejes que se marche.

– No puedo -contestó Maddy-. ¿Por qué no dejas de pedirme que mate a la gente? Conozco a este trasgo -continuó ella-. Es el que me guió.

El Susurrante hizo un sonido de exasperación.

– ¿Y qué importa? ¿Qué quieres? ¿Que dé la voz de alarma?

Bolsa miraba a Maddy con cautela.

– ¿La alarma de qué? -replicó-. No sé nada y no quiero saberlo tampoco. De hecho -prosiguió la criatura, súbitamente inspirada-, creo que he perdido la memoria y no recuerdo ni papa, zagala. Así que no hay que preocuparse una miaja por lo que yo haya podido oír… Podéis seguir vuestro camino y yo me quedo aquí, bien quietecito…

– Vamos, por favor -intervino el Susurrante-, pero si lo has escuchado todo…

Bolsa asumió una expresión de asombro y fingió estar ofendido.

– Ya lo sé -admitió Maddy.

– Bien, ¿y entonces qué? No tenemos otra alternativa. En cuanto se le presente la más mínima oportunidad se lo contará a su señor. ¿Por qué no le matas de una vez y te comportas como una buena chica y…?

– Cállate ya -le cortó Maddy-. No voy a matar a nadie.

– Eso es hablar como una verdadera dama, señorita -comentó Bolsa con verdadero alivio-. No tienes por qué escuchar a esa cosa repugnante. Lo único que debes hacer es regresar sana y salva hacia el Ojo del Caballo. No hay necesidad de quedarse aquí más de lo necesario, ¿a que no, zagala?

– Cierra el pico, Bolsa. Tú vas a ser el que nos lleve de vuelta al Supramundo.

– ¿Qué? -preguntó bruscamente el Susurrante.

– Bueno, es obvio que no podemos dejarle aquí y hemos de encontrar una salida segura hacia el exterior de la colina, por lo que se me ha ocurrido…

– ¿Es que no has escuchado nada de lo que te he dicho?

– Bueno… -admitió Maddy.

– Pues ocurre que acabo de hacer una profecía de lo más significativa -comentó el Susurrante-. ¿Tienes idea de lo privilegiada que eres? Me he pasado cuatrocientos años en esa condenada hoya, con Sirio pegado a mí día y noche, y jamás le he dirigido ni siquiera una sílaba.

– Pero ¿no se supone que es al Tuerto a quien tienes que decirle todo?

El Susurrante hizo un ruido muy similar a un bufido.

– Mira lo que pasó la última vez -replicó-. El muy idiota consiguió que le mataran.

Fue justo entonces cuando oyeron el sonido. Un latido distante justo por encima de sus cabezas, demasiado regular para ser accidental, que les envió ondas de choque a través de la colina hueca y que hizo temblar las paredes de piedra.

Bum, bum, bum.

Bum, bum, bum.

– ¿Qué es eso? -preguntó Maddy.

– Problemas -vaticinó el Susurrante.

El golpeteo sonó como una sucesión de cañonazos a oídos de Maddy mientras que al trasgo le recordó el runrún del Pueblo del Túnel cuando se ponía manos a la obra en alguna clase de actividad minera o tal vez algún tipo de excavación. Poco después oyeron el soniquete de la arenilla al caer sobre la escalera, conforme se iba desprendiendo del techo de los niveles superiores, situados mucho más arriba.

– ¿Qué es eso, Bolsa?

El interpelado le ofreció por toda respuesta uno de sus encogimientos de hombros que parecían afectar a todo su cuerpo, pero luego comentó:

– A mí me suena como si estuvieran excavando junto al Ojo del Caballo. Tal vez sea alguien de los tuyos que se ha puesto al tema otra vez. Ha habido un jaleo de cuidado entre la Gente en los últimos tiempos.

La joven se preguntó cuánto tiempo habría pasado en el subsuelo. ¿Un día? ¿Tal vez dos?

– Pero tenemos que salir. ¿No hay forma de evitar la colina del Caballo Rojo?

– Sí que se puede, señorita, pero es un camino muy largo, y hay que llegar casi hasta los Durmientes, y…

– Estupendo. Entonces será seguro.

«¿Seguro? -pensó Bolsa-. ¿Seguro?» La posibilidad de unir seguridad y Durmientes, no ya en la misma frase, sino en el mismo párrafo despertaba en él unas ganas locas de aullar, pero no serviría de nada negar el sonido del martilleo y ahora los finos oídos del trasgo le permitieron captar otros ruidos adicionales: el de los percherones, las ruedas y el golpe ocasional de metal contra metal.

– Oh, oh -exclamó Bolsa.

– ¿Qué?

– Me da la impresión de que pretenden entrar aquí dentro.

La voz de Bolsa denotaba una gran incredulidad, pues en cinco siglos de asedio, visto desde su perspectiva, la Gente jamás había intentado nada, salvo algún conato de horadar el suelo a fin de abrir una grieta en la puerta de entrada al Trasmundo, pero en este momento estaban abriéndose camino a golpe limpio dentro de la roca.

– No creo que al Capitán le guste esto -comentó-. Maldita la gracia que le va a hacer.

Capítulo 7

Loki se había guarecido en un rincón del bosque del Osezno, donde continuaba padeciendo una fuerte migraña. Su nombre significaba «fuego desatado» y su temperamento no le iba menos a la zaga. Había dado muestras del mismo en el Trasmundo, donde había soltado maldiciones en todas las lenguas que hablaba y también había roto una buena cantidad de pequeños objetos valiosos sin otra culpa que la cercanía a su persona.

Se había equivocado por atolondrado, eso lo tenía claro. Había juzgado mal a Maddy no sólo una vez, lo cual habría sido disculpable, sino dos, lo cual ya no lo era. Había actuado con descuido y displicencia, y se había dejado engañar ¡por una cría! pero lo peor de todo, sin lugar a dudas, era que la había dejado escapar con el Susurrante.

El Susurrante. Esa chuchería tres veces maldita. El Embaucador no había salido de su guarida por miedo a la Gente que había acudido a la colina, sino en pos del Oráculo, pero se quedó desconcertado al ver desde su posición en la rama de un árbol semejante turba congregada alrededor del Ojo del Caballo.

Estaban el policía, el alcalde con su sombrero oficial, varios cientos de hombres y mujeres, armados con horcas y azadas («qué rústicos», pensó Loki), un grupo surtido de mocosos, algunas máquinas excavadoras arrastradas por bueyes; y por supuesto, el párroco, muy elegante con las ropas ceremoniales, con su aprendiz al lado, montado en un caballo blanco y leyendo en voz alta el Libro de la Tribulación.

Todo esto en sí mismo no tenía tanto de inusual. De vez en cuando, se generaba una cierta inquietud entre la Gente; a menudo se debía a una mala cosecha, una plaga en el ganado o un brote de cólera. Era frecuente achacar a los de Faerie la culpa por todo lo que saliera mal y a lo largo de los años se había terminado construyendo una leyenda, de modo que ahora la mayoría de los aldeanos creía, lo mismo que Nat Parson, que la colina era la morada de los demonios.

Loki jamás había intentado poner freno a esta situación, ya que, al fin y al cabo, era el miedo lo que mantenía lejos a la Gente y cuando marchaban en contra de sus trasgos, una vez cada veinte años más o menos, ondeando las banderas y portando reliquias, jurando exterminar las alimañas de una vez por todas, rara era la ocasión en la que permanecían mucho tiempo. Un par de días y uno o dos encantamientos chabacanos bastaban para enfriar su fervor evangélico. Además, el Ojo estaba bien cerrado. Sellado con runas, se hallaba a prueba de cualquier intento de entrar por parte de la Gente.

Sin embargo, en esta ocasión no logró reprimir cierta inquietud. Las máquinas excavadoras habían supuesto un elemento novedoso, y jamás había presenciado una aglomeración tan grande ni tan bien organizada en todos los años pasados debajo de la colina. Sin duda, algo había ocurrido que había excitado los ánimos. ¿Una incursión, quizás? ¿Alguna jugarreta que hubieran llevado a cabo los trasgos en su ausencia? Se daba cuenta demasiado tarde de que debería haber prestado más atención a lo que estaba sucediendo en el Supramundo. Debería haber vigilado en especial al párroco pero, como siempre, había tenido que vérselas con el Susurrante. Aquel maldito cachivache derrochaba una energía que parecía inagotable y a él se le habían ido las fuerzas en mantenerlo a raya con el transcurso de los años. Entonces apareció Maddy y de pronto había centrado en ella toda su atención.

El resultado de todo ello era aquel tremendo desaguisado.

Loki suspiró. De todos los posibles momentos para perder al Susurrante, no cabía duda de que aquél era el peor. No estaba demasiado preocupado por la Gente. La inversión de sus poderes mágicos no le había dejado indefenso y tampoco las máquinas suponían una amenaza significativa. Les llevaría semanas, tal vez meses, poder llegar hasta él.

El fanatismo del gentío era lo que de verdad temía. El impulso de los hombres librados a sus propias fuerzas se consumiría por sí mismo, pero en el momento adecuado y con un líder conveniente, uno que lo despertara, cultivara, avivara y alimentara con una dieta a base de oración y Tribulación…

Estaba al corriente de las historias, claro que sí. No en vano había empleado una eficaz red de espías desde su fortaleza en el Trasmundo gracias a la cual estaba al tanto de que durante los últimos cientos de años la Palabra procedente de Finismundi se había hecho cada vez más fuerte. La Palabra del Orden, los seguidores del Innombrable, partidarios del conflicto que se estaba produciendo entre la Gente y los ígneos, y al final, la mayor de todas las Depuraciones, la guerra santa que barrería a los ígneos de la superficie de todos los mundos.

Se rumoreaba que las catedrales finismundesas eran altas como montañas y grandes como ciudades. Los examinadores habían constituido tribunales en esa ciudad y sus escribas copiaban invocaciones infinitas en rollo tras rollo de pergaminos iluminados.

En Finismundi reinaba el Orden, la sangre sucia había sido erradicada casi por completo y se procedía al exterminio de trasgos y otras alimañas con eficacia y sin piedad. Si una oveja o una vaca nacía con una runiforma, entonces se destruía todo el rebaño con prontitud; si era un niño el que llevaba la marca, las Leyes eran más misericordiosas, pero era alejado de la comunidad y entregado a la custodia de los examinadores, y no se volvía a oír nada más de él.

Había también otras historias de colinas y túmulos que antaño habían sido habitados por los viejos dioses y que ahora habían sido vaciados de sus ocupantes originales y consagrados de nuevo en preparación de la Gran Depuración. Y circulaban otros cuentos más oscuros de capturas de seres malignos que habían sido sometidos al poder de la Palabra; diablos que habían sido llevados a rastras, chillando hacia el cadalso y la pira; demonios con aspecto de hombres y mujeres, pero que eran en realidad los siervos del enemigo, y además carecían de alma que salvar.

Los domingos eran fiesta de guardar en Finismundi y la Oración y la asistencia a la misa dos veces al día, obligatorias. Todo aquel que no acudía o mostraba algún tipo de comportamiento inadecuado, fuera de la clase que fuera, se veía obligado a enfrentarse con la Exanimación y la Depuración, a menos que renunciara a esas costumbres.

«Pero claro -pensó Loki-, hay mucho trecho hasta allí desde el valle del perezoso Strond.» Sin embargo, muchos de sus informantes hablaban cada vez con más frecuencia de la llegada de los examinadores, y se murmuraba en el camino del mismo modo que se informaba en el Trasmundo, que incluso Las Caballerizas se había visto infectada por el rumor y los cuentos.

Corrían muchas historias sobre la Palabra, ese poder otorgado únicamente a los rangos más altos de sacerdotes, aunque Loki podía reconocer en ella el ensalmo, y al menos en lo que a él concernía, sus encantamientos eran simples sortilegios camuflados bajo una nueva capa de pintura. También se hablaba mucho del Innombrable, el cual, según el Libro de la Tribulación, se había alzado entre los muertos en el Fin del Mundo y volvería de nuevo en la hora de la necesidad para salvar a los justos y destruir a los blasfemos.

Loki no albergaba duda alguna de que él merecería la consideración de blasfemo. Seguía sin gozar de una buena posición, pues los nuevos dioses le tildaban de demonio y los antiguos le aborrecían por considerarle un traidor, pero el problema era que ahora había perdido al Susurrante, la única baza que servía como triunfo en cualquier partida que se plantease, y sin él se había quedado sin nada con lo que regatear cuando llegara la hora de la verdad.

Debía recuperarlo antes de que llegara a manos del General. Sin duda, el Oráculo habría adivinado esto y Maddy estaría alerta. Aun así, todavía no había sido vencido. Conocía todas y cada una de las salidas de la colina del Caballo Rojo y desde aquel escondrijo podía pasar desapercibido y vigilar a los fugitivos. En el Trasmundo, sin saber adonde se dirigían, podría perderlos entre los miles de túneles que perforaban el alcor; pero aquí, en el Supramundo, los colores de Maddy y los del Susurrante brillarían como un faro a varios kilómetros en derredor. También era verdad que sucedía lo mismo con los suyos, pero aun así, consideraba que merecía la pena correr el riesgo. Además, a la primera señal de peligro podría abrir la entrada al interior de la colina y ponerse a salvo en cuestión de segundos.

Los agudos ojos de Loki peinaban todo el valle, desde la colina del Caballo Rojo hasta Farnley Tyas, desde la Posta de la Fragua hasta Fettlefields, e incluso hasta el Hindarfial, donde el humo distante de un almiar o el fuego de un hogar difuminaban los contornos del horizonte brumoso. Todavía no había trazos de ninguna firma mágica, pero estaba absolutamente seguro de que Maddy aparecería pronto. Observaba y esperaba, tomándose su tiempo, ya que hacía décadas desde la última vez que se había aventurado en el Supramundo y a pesar de la urgencia de su tarea no podía evitar rendirse al placer de sentir el sol y el azul del cielo.

Había sido un otoño benévolo, pero estaban en las postrimerías de la estación y la llegada del largo y crudo invierno era inminente. Podía olerlo ya: los ánsares salvajes se habían marchado y los campos se encontraban yermos después de ese atareado mes de la Cosecha, y habían quemado ya todos los rastrojos a tiempo para la próxima siembra.

Fuera donde fuese el lugar concertado para el encuentro de Maddy y el Tuerto, era improbable que se aventuraran a salir del valle, teniendo en cuenta el mal tiempo inminente. Aunque todavía el sol de la tarde era bastante cálido, ya se notaba un filo cortante en el aire que pronto se volvería helado y al que seguiría el largo periodo de cinco meses que precedería al despertar primaveral.

¡Despertar! Loki se quedó helado en cuanto se le ocurrió aquella idea y fijó la vista en el cielo neblinoso que encapotaba el lejano paso y los siete picos que custodiaban el valle. Se contaban muchas historias sobre ellos, como él bien sabía, dado que él mismo había difundido la mayoría con la esperanza de desalentar la atención que podrían atraer los salones helados situados bajo aquellas montañas y los siete letales habitantes que dormían bajo la piedra antigua.

Los Durmientes.

– No. No osarán…

Habló en voz alta debido a la alarma y las aves echaron a volar, huyendo del matorral, espantadas por el sonido de la voz del Embaucador, que apenas oyó sus chillidos mientras se deslizaba rápidamente por el tronco del árbol, esparciendo a su paso hojas y trozos de corteza que cayeron como una lluvia sobre el suelo del bosque. «Lo más probable es que no se atrevan», se dijo, pues, al fin y al cabo, ni el mismo Odín se había atrevido. Ni al General se le ocurriría pensar que los Durmientes acatarían sus órdenes después de lo sucedido en el Ragnarók.

A menos que él supiera algo que Loki ignoraba. Algún nuevo rumor, algún signo que le hubiera alertado, algún presagio que sus espías no hubieran sido capaces de captar. Quizás Odín se había arriesgado después de todo.

El Embaucador empezó a pensar a toda prisa, espoleado por la furia. «Si los Durmientes estuvieran despiertos, a estas alturas ya me habría enterado», dijo para sí. La presencia de aquéllos habría desencadenado ecos y alarmas a través de todo el Trasmundo. No había razón para sentir pánico, al menos por el momento. El General era por encima de todo un táctico y no se arriesgaría a desencadenar a los Durmientes sin asegurarse primero su autoridad absoluta.

Pero con el Susurrante en sus manos…

Notó el temblor del suelo debajo de los pies. Loki achacó la sacudida a las máquinas excavadoras, aunque por un instante creyó estar seguro de haber percibido algo más, una convulsión que había recorrido la piel terrea del valle como un temblor por el pelaje de un chucho viejo.

Sintió un escalofrío.

«¡Seguramente no! Todavía debe de quedar tiempo…»

Si los Durmientes despertaban, le daría igual estar muerto.

A menos que recuperara al Susurrante…

La mente de Loki se apresuró enloquecida. «Si la chica se dirige hacia los Durmientes, habrá tomado el camino más rápido, bajo tierra», calculó el as. Le llevaría unas cuatro horas llegar al lugar, lo cual concedía a Maddy una cierta ventaja sobre él, pero nadie aventajaba a Loki en el conocimiento del Trasmundo. Sabía de algunos atajos a través de la colina que no conocía nadie más, y con suerte, quizá podría interceptarla. Si no, entonces al menos estaría seguro de que Odín no se habría aventurado bajo tierra. En tal caso, el viejo Tuerto estaría viajando sobre la superficie hacia las montañas, lo que haría que tardara en su viaje al menos dos veces más e incluso algo más teniendo en cuenta lo abrupto del terreno. Lo cual dejaba solos a Maddy y al Susurrante.

El Embaucador esbozó una ancha sonrisa, sabedor de que no tenía oportunidad alguna en una lucha limpia, pero él no estaba acostumbrado a jugar limpio y no tenía ninguna intención de empezar ahora.

«Bien, entonces…»

Trazó Yr en el suelo con un giro de los dedos y se preparó para entrar de nuevo en el Trasmundo.

No ocurrió nada.

Continuó sellada la puerta que debería haberse deslizado hasta abrirse a su orden.

Loki frunció un poco el ceño y digitó la runa otra vez, pero la entrada siguió sin mostrarse.

Dibujó Thuris, la Espinosa, después Logr, el Agua, y finalmente Úr, el Toro Poderoso, una runa de fuerza bruta, lo cual era el equivalente a una buena patada a la puerta a causa de la impaciencia.

Ninguna de ellas funcionó y la puerta continuó cerrada. El Embaucador se sentó en el suelo del bosque, enfadado, sorprendido y respirando con fatiga, dado que había empleado toda su energía mágica en estas runas. Incluso aunque la puerta hubiera sido sellada de forma mágica, seguramente algo debería haber sucedido.

En tal caso, estaba blindada, con independencia de lo que eso pudiera significar. Formó Bjarkán con la mayor fuerza posible.

Aun así no pasó nada. No se produjo resplandor alguno, ni siquiera un centelleo. La puerta no sólo estaba sellada, sino que era como si nunca hubiera existido.

«Ha sido ese temblor», coligió. Lo había tomado como una consecuencia del trabajo de aquellas máquinas excavadoras. Quizá lo era, pero ahora que lo pensaba con más cuidado, se dio cuenta de que había cometido un error. Ése era el eco de un poderoso hechizo -un trabajo simple, aunque no lo pareciera- y el Trasmundo había actuado en consecuencia, cerrándose por completo ante un intruso potencial.

Intentó imaginarse qué clase de asalto habría provocado una respuesta de ese calibre.

Sólo le vino una cosa a la mente.

Ahora empezaba a sentir miedo. Estaba encerrado en el exterior del Trasmundo, solo y con sus enemigos pululando por todos lados. Le quedaba poco tiempo, ya que los Durmientes podrían estar ya despertándose y cada segundo perdido acercaba cada vez más a Maddy y al Tuerto. La única solución era peligrosa, pero no veía otra posibilidad. Tendría que ir detrás de ellos por la superficie terrestre.

Pronunció un ensalmo, formó Kaen y Raedo, y si hubiera habido alguien allí para verlo, se habría sentido sorprendido de ver a un joven con los labios llenos de cicatrices y una expresión agobiada, reducirse y encogerse mientras se despojaba de la ropa hasta convertirse en un pequeño pájaro de presa marrón que miró en derredor durante uno o dos segundos con ojos brillantes, pero no los de un ave, antes de echarse a volar. Sobrevoló la colina por dos veces en un círculo de arco cada vez más amplio y se elevó gracias al impulso de las cálidas corrientes de aire hacia los Siete Durmientes.

Loki no habría podido engañar a nadie dotado de la visión verdadera, por descontado. Dejaba un rastro violeta demasiado distintivo.

Capítulo 8

Majestuoso a lomos de su caballo, Nat Parson estaba muy satisfecho de sí mismo. No sólo eran las ropas y el ceremonial, o la certeza de que todo el mundo le contemplaba mientras Adam Scattergood permanecía a su lado con el incensario en una mano y un grueso cirio sacramental en la otra. No era tampoco la fiel atención del visitante de Finismundi, que le observaba desde su posición en el Ojo del Caballo con un sentimiento que Nat interpretaba como admiración. No era el noble timbre de su propia voz conforme se extendía por la colina, ni el rugido de las máquinas excavadoras, ni el humo de las hogueras y de los petardos del Día de Celebración al explotar entre fogonazos. Ni siquiera el hecho de que aquella chica tan pesada era para él; ella y también el Bárbaro. No, todas esas cosas eran agradables, pero la felicidad de Nat Parson procedía de un lugar más recóndito que eso.

Sin duda, siempre había sabido que estaba destinado a la grandeza. Su mujer, Ethelberta, lo había visto también; de hecho, había sido idea de ella la de embarcarse en aquel largo y peligroso peregrinaje a Finismundi y el consiguiente despertar a los exigentes deberes de la fe.

Oh, no había forma de negar que había sido deslumbrado por la sofisticación de la Ciudad Universal: sus abadías y catedrales, sus solemnes corredores, sus leyes. Nat Parson siempre había respetado la Ley, o lo que pasaba por tal en Malbry, pero Finismundi había terminado por abrirle los ojos. Por primera vez había experimentado el Orden Perfecto; un Orden impuesto por un clérigo todopoderoso en un mundo donde ser sacerdote, incluso párroco rural, consistía en inspirar una autoridad, un respeto y un miedo inimaginables hasta la fecha.

Y Nat había descubierto que a él le gustaba ejercer la autoridad. Había regresado a Malbry con un deseo de medrar, y durante los diez años que siguieron a su regreso, a través de sermones de violencia creciente y los espantosos avisos de los terrores por llegar, había agrupado a su alrededor una camarilla cada vez mayor de admiradores, devotos, adoradores y aprendices, con la esperanza secreta de que un día podría ser llamado a luchar contra el Desorden.

Empero, las costumbres se aplicaban con laxitud en un lugar tan tranquilo como Malbry, donde los delitos comunes eran muy poco frecuentes y apenas si había oído hablar alguna vez del crimen mortal, ese que le permitiría apelar al mismo obispo o incluso al Orden.

Sólo una vez había ejercido su autoridad, cuando una vaca blanquinegra había sido declarada convicta de actos antinaturales, pero los superiores se habían tomado el asunto con una actitud bastante poco prometedora y el rostro de Nat se había puesto tan rojo como la remolacha cuando leyó la respuesta de Torval Bishop desde el otro lado del paso.

Torval era un hombre de Las Caballerizas y aprovechaba cualquier oportunidad para burlarse de su vecino, por supuesto, pero había resultado humillante, y desde entonces, Nat Parson había andado a la caza de un modo de devolverle el golpe.

Sus plegarias habrían sido escuchadas si Maddy hubiera nacido algunos años más tarde, solía considerar Nat en su fuero interno. Sin embargo, la niña tenía cuatro años cumplidos cuando él regresó de Finismundi, y aunque habría sido posible poner a un niño recién nacido bajo custodia, él sabía que era mejor no intentarlo. Había terminado por comprender que la Ley de Finismundi iba a tener que adaptarse a las necesidades de sus feligreses, a menos que quisiera tener problemas con personas como Torval Bishop.

A pesar de todo, mantuvo un ojo puesto en la chica de los Smith y eso también había sido para bien, ya que este asunto resultaba demasiado serio como para que Torval Bishop pudiera desestimarlo, y había sido con un sentimiento de satisfacción largamente postergado con el que Nat había recibido al visitante finismundés.

Eso había sido un golpe de suerte para Nat, sin duda. El hecho de que un examinador finismundés estuviera de acuerdo en abrir una investigación en su pequeña parroquia despertaba en él un entusiasmo enorme, pero había sido una casualidad que este mismo examinador, que se hallaba en misión oficial en Las Caballerizas, estuviera apenas a un día de viaje a caballo del paso del Hindarfial, lo cual estaba más allá de cualquier esperanza que Nat nunca hubiera podido concebir. Esto significaba que en vez de tener que esperar semanas o meses a que un oficial cabalgara desde Finismundi, el examinador había podido llegar a Malbry en sólo veinticuatro horas. También significaba que Torval Bishop no iba a interferir a pesar de que se moría de ganas de hacerlo, y sólo eso era motivo más que suficiente para llenarle el corazón de una justificada satisfacción.

El examinador había hablado con Nat sobre ciertos detalles colaterales del caso, había alabado su devoción al deber y había mostrado un interés halagador en las ideas del párroco sobre Maddy, sobre el vendedor ambulante que había sido su compañero y sobre aquel artefacto que llamaban el Susurrante, del cual les había oído discutir Adam Scattergood en la ladera de la colina.

– ¿Y desde entonces no ha habido noticias ni del hombre ni de la chica? -había preguntado el finismundés mientras escudriñaba la colina con sus ojos de color claro.

– Ni rastro -replicó el párroco-, pero los encontraremos de todos modos. Si arrasamos la colina hasta el suelo, los encontraremos.

El examinador finismundés dejó escapar una de sus extrañas sonrisas.

– Estoy seguro de que lo haréis, hermano -había respondido, y Nat había sentido un pequeño estremecimiento de placer deslizándose por su columna vertebral.

«Hermano -había pensado-. Podéis contar conmigo».

Adam Scattergood también estaba disfrutando de lo lindo. Se le había olvidado casi por completo la humillación padecida a manos de la pequeña bruja a pesar del poco tiempo transcurrido desde la desaparición de Maddy y se había reforzado la confianza en sí mismo del muchacho al ver cómo se apoderaba de todos un inusitado frenesí. Ayudado por Nat y su propio deseo de hundir a Maddy de una vez por todas, Adam había dispuesto de una historia llena de detalles y muy jugosa para alguien de imaginación tan limitada.

El resultado había ido mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos se hubiera atrevido a esperar. El relato había dado lugar a búsquedas, señales de alarma, las visitas del obispo y de un examinador, un examinador, ¡cielos! y ahora esta maravillosa combinación de día de fiesta y cacería de zorros, con él encarnando los papeles de héroe juvenil y de hombre del momento.

Giró la cabeza y volvió la vista atrás para echar una rápida ojeada a las cuatro máquinas en la colina, unas gigantescas taladradoras de madera y metal arrastradas cada una de ellas por dos bueyes. Desde los cuatro puntos de perforación, dos a cada extremo del Caballo, surgían ahora glebas de arcilla roja.

Alrededor de estos lugares, los cascos de los animales habían hecho unos surcos tan profundos en la tierra que apenas era visible el contorno del Caballo, pero incluso Adam era capaz de ver que la entrada todavía seguía tan cerrada como siempre.

¡Bum, bum, bum!

Una vez más las máquinas excavadoras habían topado con piedra. Los bueyes seguían tirando y bajando. Nat Parson elevó su voz sobre los chirridos de la máquina. Los minutos se escabulleron uno tras otro. Los bueyes continuaron esforzándose y una perforadora dio media vuelta hasta que se oyó un chasquido y se soltó el mecanismo.

Dos hombres se acercaron a las cabezas de las bestias y otro subió hasta el agujero para inspeccionar el daño sufrido por la máquina mientras las tres restantes seguían su trabajo inexorable. Nat Parson no parecía impresionado por el revés. El examinador le había advertido que llevaría tiempo.

LIBRO CUATRO

La palabra

Son los historiadores, y no los reyes, quienes gobiernan el mundo.

Proverbios, 19

Capítulo 1

Bolsa se había vuelto huraño en cuanto quedó claro que se esperaba de él que recorriera a pie toda la distancia hasta llegar a los Durmientes.

– ¿Cuánto queda aún? -preguntó Maddy.

– Ni idea -contestó el trasgo de forma adusta-. ¿Es que alguna vez me he alejado tanto? ¿eh? Y tú tampoco, o sabrías dónde está eso.

– ¿Y por qué no me lo dices? -repuso Maddy, conteniendo el impulso de lanzar un rayo mental al trasgo que lo aplastara contra la pared más cercana.

– ¿Y cómo podría decírtelo? -intervino el Susurrante-. No tiene más guía que leyendas e historias, los instrumentos que utilizan los ignorantes a beneficio de los imbéciles y de la confusión de los crédulos.

Maddy suspiró.

– Supongo que tampoco tú vas a contármelo.

– ¿Para qué? -replicó-. ¿Para estropear la sorpresa?

Y así fue como continuaron arrastrándose a través de un pasaje en desuso y con el aire viciado, por lo que las leguas del trayecto se les hicieron muy largas, a pesar de que en realidad el recorrido no pasó de seis kilómetros. El martilleo de las máquinas se iba desvaneciendo conforme se alejaban de la colina, aunque todavía escuchaban el peculiar sonido que seguía a cada golpe, similar al de una salva de aplausos, y sentían el seco temblor que se extendía a lo largo de toda la capa de granito que tenían sobre sus cabezas.

Maddy se detuvo.

– Por el Hel, ¿qué ha sido eso?

«Era el sonido de la magia», pensó ella. Esa sacudida resultaba inconfundible, aunque mucho más alta, más fuerte que cualquier otro ensalmo que ella hubiera escuchado antes.

El Susurrante brilló como un ojo.

– Tú lo sabes, ¿a que sí? -inquirió Maddy.

– Oh, sí -contestó el Susurrante.

– Entonces, dime, ¿qué ha sido eso?

El Susurrante relumbró con suficiencia.

– Eso, querida mía -repuso-, era la Palabra.

Capítulo 2

Nat Parson apenas podía contener el entusiasmo. Había oído hablar del tema, claro, como todo el mundo, pero en realidad nunca la había visto en acción, y el resultado era más espléndido y más terrible a la vez de lo que jamás se hubiera atrevido a esperar.

El examinador había necesitado más de una hora de oración antes de estar preparado. Al llegar el momento, toda la colina estaba ya temblando bajo el efecto de una resonancia profunda que parecía taponarle los tímpanos a Nat. Los aldeanos se estremecieron y se echaron a reír sin saber por qué cuando lo percibieron, y también los bueyes mientras se esforzaban y tiraban de los arneses para que las máquinas siguieran perforando. El sudor bañaba el rostro pálido del examinador, que frunció el ceño y alzó la mano al fin, temblando de los pies a la cabeza a causa del esfuerzo, y luego habló.

Lo cierto es que nadie había escuchado lo que había dicho. La Palabra era inaudible, aunque después todos declararon que habían sentido algo. Algunos se echaron a llorar. Otros gritaron. Algunos creyeron haber oído las voces de quienes habían muerto hacía mucho tiempo. Otros experimentaron un éxtasis que les pareció casi indecente y asombroso.

Loki lo percibió desde el bosque del Osezno, pero en su obsesión por buscar a Maddy y al Susurrante, había confundido la vibración y el crujido subsiguiente con el trabajo de las máquinas excavadoras de la colina.

Una repentina oleada de añoranza se apoderó del Tuerto, una nostalgia llena de recuerdos de Bálder, el hijo muerto por una vara de muérdago; de Frig, la fiel esposa; de su hijo Tor, y de todos cuantos había perdido mucho tiempo atrás, y cuyos rostros rara vez habían vuelto a sus pensamientos.

A Nat se le puso el vello de punta cuando la colina sufrió un temblor cada vez más intenso. Inmediatamente después se oyó un retumbar muy similar al del trueno.

¡Dioses, qué poder!

– Por las Leyes -dijo.

El examinador era el único que no parecía impresionado por el proceso. De hecho, Nat pensó que le había parecido casi aburrido, como si fuese una especie de rutina cotidiana, algo de alguna manera fatigoso, pero no más emocionante que cavar para abrir un nido de comadrejas.

Después, se le olvidó todo y como los demás, simplemente se quedó mirando.

A los pies del finismundés se había abierto ahora una grieta desigual en la tierra de medio metro más o menos de largo y quizá de unos diez centímetros de ancho aproximadamente. Su forma tenía un aspecto significativo, aunque de manera vaga, porque era como Yr, los Cimientos, invertida, aunque Nat no reconoció su importancia al no estar familiarizado con el Alfabeto Antiguo.

– He roto la primera de las cerraduras -comentó el examinador con voz inexpresiva-. Las ocho restantes siguen intactas, pero la invertida era la más importante.

– ¿Por qué? -preguntó Adam, lo cual agradó a Nat porque era la pregunta que él quería hacer, pero no la había formulado por no parecer un ignorante.

El examinador exhaló un pequeño suspiro de impaciencia, como si deplorase el desconocimiento de esta clase de aldeanos rústicos.

– Fíjate en esta marca; es una runiforma. Esto señala la entrada al túmulo de los demonios. Habrá que romper las otras ocho cerraduras antes de que las máquinas puedan entrar.

– ¿Y cómo sabéis que no hay otro camino hacia el interior de la colina? -inquirió Dorian Scattergood, que estaba allí al lado, de pie.

– Hay varios -contestó el examinador, muy ufano de sí mismo, aunque su voz permanecía seca y despectiva-. Sin embargo, la primera defensa del enemigo es cerrar la colina contra los intrusos y enterrarse lo más hondo posible, como hacen los conejos cuando huelen al halcón. Así que ahora, como veis, la colina está sellada. Nadie puede escapar de dentro, no hay forma de entrar desde fuera; pero como cualquier cazador sabe, algunas veces es útil rellenar las pequeñas conejeras con tierra, antes de poner la trampa en la principal entrada de la madriguera. -El finismundés exhibió una sonrisa gélida-. Y cuando al fin se abra, párroco, entonces los sacaremos a todos de ahí.

– ¿Queréis… al Pueblo Feliz? -inquirió una voz detrás de él.

Era Nan la Loca, de la Posta de la Fragua, quizá la única persona que habría osado hablar abiertamente de los de Faerie, pensó Nat, y además, nada más y nada menos que delante del examinador.

– Llamadlos por su nombre, señora -replicó el examinador-. ¿Qué bien puede venir de un lugar en sí perverso? Ellos son los ígneos, los Niños del Fuego, y debe entregárseles al fuego, a todos y cada uno de ellos; hasta que el Orden reine por encima de todo y el mundo sea depurado para siempre de su presencia.

Un rumor de aprobación recorrió las filas de los presentes, aunque el párroco se percató de que Nan y algunos otros lugareños no se unían al sentir general, y no era difícil ver el motivo, dijo para sí. Un poder como el del examinador era raro incluso en Finismundi, pues se trataba de un honor conferido sólo al rango más alto y sagrado del clero. Torval Bishop no lo habría aprobado, para un viejales de su calaña ese tipo de cosas se parecía demasiado a la magia, la cual consideraba una abominación, y eso estaba fuera de toda duda; pero para Nat Parson, que había viajado y visto poco del mundo, estaba claro cuál de los dos se equivocaba.

– Espero que a los niños no -insistió Nan-. Me refiero a los trasgos, al Pueblo Feliz. Está muy bien eso que decís, pero no vamos a depurar a ningún niño de verdad, ¿no?

El examinador suspiró.

– Los Niños del Fuego no son niños.

– Oh -Nan la Loca pareció aliviada-, porque he conocido a Maddy Smith desde que era una muchacha y aunque sea un poco rebelde, no…

– Señora, eso tendrá que juzgarlo el Orden.

– Oh, pero seguramente…

– Por favor, señorita Fey -la interrumpió el párroco-. Esto no es tema de vuestra competencia en absoluto. -Hinchó un poco el pecho-. Es un asunto de la Ley y el Orden.

Capítulo 3

– ¿La Palabra? -preguntó Maddy-. ¿Quieres decir que existe?

– Por supuesto que sí -repuso el Susurrante-. ¿Cómo crees si no que cayeron derrotados los æsir?

Maddy nunca había leído el Buen Libro, aunque conocía al dedillo la Tribulación y las Penitencias debido a los sermones dominicales de Nat Parson. Sólo el párroco y un puñado de aprendices, todos chicos, tenían permiso para leer cualquier parte e incluso entonces, su lectura se restringía a los denominados capítulos «abiertos» de la Tribulación, las Penitencias, las Leyes, los Listados, las Meditaciones y los Deberes.

Sin embargo, había otros capítulos del Libro que eran inaccesibles. Unos broches plateados mantenían las páginas cerradas y sólo podían abrirse con la llave que el párroco llevaba en una fina cadena alrededor del cuello. Nunca había preparado ningún sermón con el contenido de estos capítulos reservados, tal como se llamaban, aunque Maddy conocía algunos de sus nombres a través del Tuerto.

Estaba el Libro de los Apotecarios, un tratado de medicina; el Libro de los Inventos, en el cual había historias de la Era Antigua; el Libro del Apocalipsis, que predecía la Depuración final; y el más importante: el Libro de las Palabras, que contenía todos los ensalmos permitidos, o cánticos, como prefería llamarlos el Orden, para que los usara parte de la élite especial cuando llegara el tiempo de la Depuración.

Pero a diferencia del resto de los capítulos reservados, el Libro de las Palabras estaba sellado con un broche dorado, y era el único capítulo que le estaba vedado incluso al párroco. No tenía ninguna llave para la cerradura dorada, y aunque había intentado varias veces abrirlo, siempre había fallado.

Había utilizado un punzón de peletero para forzar la cerradura dorada durante el último intento, pero ésta empezó a brillar de forma alarmante y se calentó de un modo casi insoportable, por lo que a partir de ese momento Nat tuvo buen cuidado de no meterse donde no le llamaban. Sabía identificar una cerradura hechizada en cuanto le ponía la vista encima; de hecho, no era tan diferente del hechizo rúnico que la chica de los Smith había colocado en la puerta de la iglesia, y aunque le disgustaba el hecho de que sus superiores hubieran mostrado tan poca confianza en él, sabía que era mucho mejor no desafiar esa decisión.

Maddy sabía todo esto porque el párroco le había pedido que abriera la cerradura cuando tenía diez años so pretexto de que había perdido la llave y necesitaba consultar el Libro para asuntos de la parroquia.

La muchacha había sentido un placer malicioso al rehusar.

«Yo pensaba que a las chicas no se les permitía tocar el Buen Libro», había contestado ella con tono modesto, fingiendo mirar al suelo mientras le observaba entre las pestañas entornadas. Y era cierto. Hacía menos de una semana que Nat lo había explicado durante el sermón, en el transcurso del cual había denunciado la sangre sucia de las mujeres en general, sus malos hábitos e intelecto débil. Después de eso, el clérigo no volvió a insistir más, por supuesto, y el Libro de las Palabras continuó cerrado…

…aunque esa malicia no había servido precisamente para que Maddy se granjeara el afecto de Nat; de hecho, fue a partir de ese momento cuando el disgusto que el párroco sentía por la joven Smith se transformó en odio y había empezado a vigilarla para encontrar el más mínimo signo que le permitiera justificar una Exanimación oficial de la descarada y lista hija de Jed Smith.

– Pero el párroco no tiene la Palabra -replicó Maddy-. Sólo un examinador podría… -Se detuvo y miró fijamente al Susurrante-. ¿Examinadores? -murmuró, incrédula-. ¿Acaso ha llamado a los examinadores?

«Son los historiadores, y no los reyes, quienes gobiernan el mundo». Ése era un proverbio que solía citar el Tuerto, aunque entonces Maddy no se había dado realmente cuenta de la verdad que encerraba.

El Orden de los Examinadores había sido fundado hacía quinientos años, en el Departamento de Registros de la gran Universidad de Finismundi. Tendría que haber sucedido por aquellas fechas, era lo más probable. Finismundi fue siempre el centro de todos los acontecimientos. Era la capital financiera y la sede del rey, también estaba allí el Parlamento y la gran catedral del Santo Sepulcro y corrían los rumores de que en las bóvedas del Departamento de Registros había más de diez mil libros de poesía, ciencia, historia y grimorios a los cuales únicamente tenían acceso los investigadores serios, como profesores, magistrados y otros cargos pertenecientes al rango superior.

En aquellos días, los examinadores eran meros funcionarios de la universidad, burócratas de naturaleza íntegramente secular, y sus procedimientos para la Examinación no pasaban de ser simples cuestionarios escritos, pero la universidad se había convertido en uno de los símbolos del Orden después de la Tribulación y la época oscura que la siguió. Su influencia había crecido gradualmente. Se escribió la historia, se asentaron las conclusiones y se ocultaron los libros peligrosos. El poder cambió de manos de forma pausada pero estudiada y pasó, no a las de los reyes o los guerreros, sino a las del Departamento de Registros y una pequeña camarilla de historiadores, académicos y teólogos que se habían autoproclamado los únicos cronistas de la Tribulación.

La culminación de ese trabajo había sido el Buen Libro, una historia del mundo y de su casi completa destrucción por culpa de las fuerzas del Caos. El Buen Libro era un catálogo de conocimientos del mundo, ciencia, sabiduría y medicina, y también una lista de mandamientos que garantizaba el triunfo futuro del Orden, sucediera lo que sucediese.

El Orden había comenzado de ese modo. No eran únicamente sacerdotes o eruditos, sino una mezcla de elementos de ambos. Fueron adquiriendo más y más poder con el paso de los años y, en las postrimerías del primer siglo después de la Tribulación, habían conseguido extender su autoridad mucho más lejos de la universidad, hacia el mundo que se encontraba más allá. Controlaban la educación y se aseguraron de que la alfabetización se restringiera al estamento sacerdotal, a sus aprendices y a los miembros del Orden. La palabra universidad se había transformado en Ciudad Universal, y conforme pasaban los años, la Gente olvidó que alguna vez había habido acceso libre a los libros y a la enseñanza y terminó creyendo que las cosas siempre habían sido así.

Desde entonces, el Orden había ido creciendo de modo incesante. El rey figuraba en el reverso de las monedas, pero era el Orden quien decidía cuántas debían acuñarse. Controlaba el Parlamento, y el ejército y la policía estaban bajo su jurisdicción. Además, poseía unas riquezas inmensas, ya que gozaba del poder de expropiar la tierra y las posesiones de cuantos violaran la Ley, y estaba siempre reclutando nuevos miembros que, en su mayor parte, iban destinados al sacerdocio, aunque también tomaba bajo su tutela estudiantes que habían cumplido los trece años. Estos aprendices renunciaban a su nombre y a sus familias, y a menudo se convertían en los más fanáticos de todos, trabajando incansablemente para ascender de rango con la esperanza de que algún día se los encontrara merecedores de recibir la llave del Libro de las Palabras.

Todo el mundo había oído historias sobre ese asunto, de cómo algunos aprendices habían denunciado a sus padres al Orden por no atender a sus oraciones, o bien cómo algunas ancianas habían sido depuradas por adornar un pozo de los deseos o por tener un gato.

Quizás en Finismundi estuvieran acostumbrados a esto, pero si alguien le hubiese sugerido a Maddy que un aldeano de Malbry, incluso uno tan superficial y estúpido como Nat Par-son, atraería la atención de los examinadores de forma deliberada, no le habría creído jamás.

El pasadizo se ensanchó al cabo de dos horas de andadura y un ligero resplandor comenzó a reflejarse en las paredes salpicadas de mica. El olor acre a bodega que había bañado la colina no volvió a preocupar a Maddy en absoluto. De hecho, ahora que lo pensaba, el aire parecía más limpio que antes, aunque se estaba volviendo perceptiblemente más frío.

– Nos estamos acercando a los Durmientes -aventuró Maddy.

– Así es, señorita -repuso Bolsa, cuyo nerviosismo había ido en aumento conforme se aproximaban más y más al objetivo-. Ya no queda casi nada. Bueno, entonces creo que ya he terminado mi trabajo y es el momento de que siga mi camino…

Sin embargo, el punto de luz que había incidido en los ojos de Maddy era demasiado tenue para ser un fuego artificial y demasiado brillante para ser un reflejo sobre la piedra.

– Es la luz del día -anunció ella con el rostro radiante.

Bolsa consideró la idea de corregirla, pero tras pensárselo dos veces, se encogió de hombros.

– Esos son los Durmientes, señorita -repuso en voz baja, y fue en ese preciso momento cuando su valor, que ya había llegado a su límite, al fin le falló. Podía soportar muchas cosas, pero ya era más que suficiente, y hay siempre un momento en la vida de cualquier trasgo en el que muestra lo mejor de sí mismo y huye.

Bolsa se dio la vuelta y echó a correr.

Maddy avanzó a toda prisa hacia el origen de la claridad, demasiado emocionada para pensar en la deserción de Bolsa o en el hecho de que esa luz no se parecía en nada a la luz diurna. Se trataba de un frío fulgor plateado similar al filo pálido del alba de un día de verano. Era tenue, pero penetrante. La muchacha advirtió cómo el resplandor lechoso acariciaba ambos lados del pasaje, arrancando destellos en los fragmentos de mica de la roca e iluminando las vaharadas de vapor que soltaba por la boca a causa del frío reinante.

Podía ver que se trataba de una gruta ahora que el pasadizo se ampliaba hasta adquirir forma de embudo antes de abrirse del todo en el tramo final. La muchacha dio un largo suspiro de admiración a pesar de que se consideraba curtida y más allá del asombro ante nuevas maravillas después del tiempo que había pasado bajo la colina.

La caverna tenía un tamaño desmesurado. Maddy había oído relatos de las grandes catedrales de Finismundi, enormes como ciudades y rematadas con chapiteles de cristal, y en su imaginación pensó que debían de ser algo parecido a esto. Incluso así, no alcanzaba a comprender la pura inmensidad del espacio. Se le puso la carne de gallina al contemplar aquella vastedad de radiante hielo azulado con un techo abovedado rematado con filigranas de forma ovalada y miles de volutas apabullantes que se apoyaban en casi inconcebibles pilares cristalinos de una anchura superior a las puertas de un granero.

La gruta se extendía hacia el infinito, o al menos daba esa impresión, y la luz parecía quedar atrapada dentro del hielo antiguo, una luz que brillaba como si fueran estrellas destiladas.

Maddy se quedó mirando fijamente, sin respiración, durante largo rato. El techo se abría en parte al cielo y contra la mancha de oscuridad se destacaba un delgado fragmento de luna. De las brechas de la bóveda caían los carámbanos de hielo, dando volteretas y quedando suspendidos, cristalinos, a cientos de metros por encima de su cabeza. «Como arroje una piedra -pensó la joven con un repentino escalofrío-, o pegue un grito…»

Pero los carámbanos eran la menor de las maravillas que ocupaban el espacio de la caverna. Había hilos de filigrana no más gruesos que los de una telaraña y flores de cristal con apariencia de hojas de gasa helada. También había zafiros y esmeraldas incrustados en las paredes, y metros y metros de suelo más liso que el mármol, dispuesto para que un millón de princesas danzara sobre él…

…y una fría luz limpia y cegadora refulgía desde todos los rincones. Cuando se le acostumbraron los ojos, la joven vio que estaba conformada por firmas mágicas; parecía que había miles de ellas entrecruzándose en el aire extático. Jamás en su vida había visto Maddy tantas firmas.

El brillo de las mismas la dejó sin palabras. «Por los dioses benditos -pensó-, la del Tuerto brilla, y la de Loki más aún, pero éstas hacen que las suyas parezcan la luz de una vela en comparación con la luz del sol».

Se había estado moviendo con los ojos abiertos de par en par, apabullada, adentrándose más y más en la caverna. Descubría más maravillas a cada paso y el asombro era tal que apenas podía respirar ni pensar. Entonces, frente a ella, vio algo que eclipsó momentáneamente todo lo demás: un bloque de hielo azul de arista viva con finas columnas en sus cuatro esquinas. Maddy se adelantó para mirar más de cerca, y profirió un grito cuando observó, profundamente enquistado en el hielo, algo que únicamente podía ser…

…un rostro.

Capítulo 4

Odín el Tuerto estudió el vuelo de las aves en los campos situados al oeste del bosque del Osezno, y más en concreto el de una en particular: un pequeño halcón de plumaje pardo, que surcaba el cielo en un vuelo bajo, cruzando rápidamente aquellas tierras. No daba la impresión de ir de caza, aunque aquel lugar tenía el aspecto de estar lleno de posibles presas. No, este halcón volaba como si hubiera percibido un predador. Sin embargo, no había duda de que las águilas no llegaban tan lejos desde las montañas y sólo un águila podía abatir a un halcón.

Un halcón, sí, pero ¿de qué clase?

Eso no era un pájaro.

Lo había sentido, más que visto, y lo supo casi de inmediato. Quizá por su forma de moverse; o por la velocidad de su trayectoria, o por los colores garabateados contra el cielo que, aunque estaban algo oscurecidos por el sol poniente, eran tan familiares para el Tuerto como los suyos propios.

Loki.

De modo que el traidor había sobrevivido. La verdad es que no le sorprendía nada, ya que el Embaucador tenía un cierto hábito de salir airoso de circunstancias adversas contra todo pronóstico, y ese halcón había sido siempre uno de sus aspectos favoritos pero, en el nombre del Hel, ¿qué es lo que andaba haciendo por allí?

Loki, de entre todos, debería ser perfectamente consciente de la temeridad que suponía exhibir sus colores en el Supramundo. Y además, allí estaba a plena luz del día, con una prisa tan excesiva que le impedía cubrir las huellas.

En los viejos tiempos, claro, Odín habría derribado al pájaro con una sencilla runa mental. Hoy, y a esa distancia, era consciente de que más le valía no intentarlo. Runas que antaño habían sido para él apenas un juego de niños ahora le costaban un esfuerzo que no se podía permitir, pero Loki era un niño del Caos; llevaba sus armónicos en la sangre.

¿Qué le habría obligado a abandonar el alcor? ¿El examinador y sus invocaciones? Seguramente, no. Un simple examinador no habría expulsado al Embaucador de su fortaleza, y Loki no era uno de esos a los que les entra el pánico. Además, ¿qué sentido tenía abandonar su base? ¿Y por qué, de entre todos los lugares, había optado por dirigirse a los Siete Durmientes?

El Tuerto abandonó los campos por una grieta en la cerca y orillando el borde del bosque del Osezno, entornó los ojos antes de mirar hacia dónde volaba el halcón, apenas visible en el cielo vespertino. El camino del oeste estaba completamente desierto; los rayos del sol brillaban a escasa altura a través de la tierra salpicada de manchas de colores, haciendo que su larga sombra se desparramara a sus espaldas. Habían encendido una hoguera en la colina: el pueblo de Malbry estaba de celebración.

Odín dudó muy poco. No le apetecía abandonar la colina del Caballo Rojo, adonde con toda probabilidad iría a buscarle Maddy, pero la presencia de Loki en el Supramundo era demasiado alarmante como para ignorarla.

Sacó la bolsita de piedras rúnicas y las lanzó para leer su destino rápidamente, allí justo al lado del camino occidental.

Obtuvo la runa Os, los æsir, invertida…

y cruzada por Hagall, la Destructora…

y en oposición a Isa y Kaen…

…y por último, su propia runa, Raedo, invertida, y cruzada por Naudr, la Recolectora, la runa del Inframundo y de la muerte.

Una tirada semejante no le habría parecido una lectura alentadora ni siquiera en la mejor de las circunstancias, pero ahora había un examinador del Orden en la colina del Caballo Rojo, Loki andaba suelto de nuevo por el mundo, el Susurrante se hallaba en manos desconocidas y Maddy seguía perdida en el Trasmundo, por lo cual parecía una burla de las mismas Parcas.

Reunió las piedras rúnicas y se levantó. Le llevaría la mayor parte de la noche llegar a los Durmientes sin que nadie le descubriera. Supuso que su hermano haría el viaje en menos de una hora, pero eso era inevitable. El Tuerto comenzó el largo trayecto hacia las montañas, ayudándose con el cayado en su andadura.

Fue justo en ese momento cuando atacaron los hombres de la partida.

Más tarde se recriminó el no haber anticipado la celada. El bosquecillo se hallaba situado en las lindes de los campos de laboreo de un modo tan conveniente que era el lugar perfecto para una emboscada, pero él estaba ensimismado en sus pensamientos sobre Loki y los Durmientes, y cegado por el sol poniente, y no los había visto llegar.

Un segundo más tarde salían de entre los árboles, corriendo agachados por el suelo; una partida de nueve, armados con bastones.

Odín se movió sorprendentemente rápido. Tyr, el Guerrero, disparó algo parecido a un dardo de acero entre sus dedos, y el primer hombre, uno de los aprendices de Nat, Daniel Hetherset, cayó al suelo con las manos aferradas al rostro.

Hubo algún momento en el pasado en que aquello hubiera sido suficiente, pero no ahora, ya que los ocho miembros restantes de la partida apenas se alteraron, intercambiando rápidas miradas mientras se desplegaban en abanico a través del camino, con los bastones preparados.

– No deseamos que haya lucha -dijo Matt, el agente de policía, un hombre grande, serio, cuya constitución no estaba hecha para la velocidad.

– Eso parece -respondió el Tuerto en voz baja. En las puntas de sus dedos brillaba Tyr, como una hoja de luz, bastante corta para una espada mental, pero más afilada que el acero de Damasco.

– Tranquilízate -pidió Matt, cuyo rostro estaba blanco como la leche debido al miedo-. Te doy mi palabra de que te trataremos bien.

El Tuerto le mostró una sonrisa que hizo que el agente se echara a temblar.

– Si os da igual -comentó-, creo que será mejor que siga mi camino.

Aquí debería haber terminado todo, y de hecho, los hombres de la partida se retiraron un poco. Sin embargo, Matt se mantuvo en su puesto. Era un hombre grueso, pero no de carnes blandas, y bajo la mirada de sus paisanos de Malbry era plenamente consciente de su deber como agente de la ley.

– Has de venir con nosotros -aseveró-, tanto si quieres como si no. Sé razonable, te superamos en número. Te doy mi palabra de que tu caso será tratado con las garantías pertinentes y con toda la…

El Tuerto había estado vigilando a Matt y no vio al hombre que se había ido moviendo despacio, sí, muy despacio, aprovechando el punto muerto de su ojo ciego.

Los otros permanecieron inmóviles y diseminados. Tenían el sol a la espalda, de modo que el Tuerto estaba deslumbrado y no podía verles los rostros, que permanecían ocultos en las sombras.

Dan Hetherset, el que había caído bajo el golpe del Bárbaro, se recobraba. La espada mental no le había herido de gravedad y ahora luchaba por incorporarse, con la sangre fluyendo aún del feo corte que le cruzaba la mejilla.

El Tuerto no podía controlar con la vista el círculo de hombres abierto a su alrededor, hecho que Jan Goodchild, un cabeza de familia con dos hijos, miembro de una de las mejores familias del valle, aprovechó para acercarse a él por su punto ciego. Mientras Matt permanecía plantado delante de él, completamente inmóvil, Goodchild alzó el bastón y atizó la cabeza del Tuerto con todas sus fuerzas.

La lucha habría terminado en ese mismo momento si el leñazo hubiera dado en el lugar apropiado, pero Jan estaba nervioso y el palo se le fue de las manos y se hundió en el hombro del Tuerto, que perdió el equilibrio y cayó dentro del círculo formado por los integrantes del grupo.

A continuación tuvo lugar una confusa escaramuza en la que las armas revolotearon por todas partes de forma vertiginosa. Matt Law intentaba poner orden y el Bárbaro, con Tyr en la mano, golpeaba y fintaba con tanta habilidad como si llevara una espada corta real y no un simple hechizo sustentado por nada más que la fuerza de su voluntad.

El Tuerto, a diferencia de Loki, siempre había tenido un talento natural para las armas. Incluso así, notó pronto que el encantamiento se debilitaba; era necesaria una gran cantidad de poder para usar una espada mental y se le acababa el tiempo. Jan descargó otro golpe sobre él, que impactó en su brazo derecho con una energía escalofriante, de modo que el golpe que iba destinado a Jan salió despedido y alcanzó a Matt Law en su lugar, un duro impacto en el estómago.

El Tuerto lo conectó con otro golpe que esta vez sí llegó a Jan, dándole en las costillas, un corte limpio, y tuvo tiempo sólo para un pensamiento -«Le has matado, so idiota»-, antes de que Tyr empezara a parpadear y se extinguiera en sus manos.

Entonces se abalanzaron sobre él siete hombres cuyos bastones empezaron un rítmico sube y baja similar al de las hoces en la cosecha del maíz.

Odín se dobló al recibir un golpe en el estómago y un porrazo en la cabeza le hizo caer al suelo, donde yació despatarrado en medio del camino occidental. Y conforme los demás porrazos caían, demasiados para llegar a contarlos y demasiados también para que Yr y Naudr pudieran dispersarlos, el Tuerto tuvo tiempo para un único pensamiento más. «Esto es lo que se consigue por intentar ayudar a la Gente».

Inmediatamente después recibió un golpe en la parte posterior de la cabeza, y la pena y el dolor se lo tragaron por entero.

Capítulo 5

Entretanto, el viaje de Loki no estaba resultando tan sencillo como hubiese deseado. Habían pasado muchos años desde la última vez que se había acercado a los Durmientes por esta ruta, y ya había oscurecido cuando alcanzó las montañas. A sus pies, las laderas se veían lactescentes y desfiguradas a la luz de una luna en cuarto menguante que presidía el firmamento. Algunas nubéculas la velaban al pasar de vez en cuando, punteándola de plata.

Sobrevoló un gran saliente rocoso de espato situado encima de una ancha veta de piedra, donde se posó a descansar tras recuperar su aspecto, pues su transformación en pájaro le había consumido más energía mágica de lo esperado.

Por encima de él, majestuosos, los Durmientes se encontraban aislados por el hielo y a sus pies sólo había pedregales y roca desnuda. Más abajo, en las colinas, los angostos senderos zigzagueaban entre los matorrales y la maleza, entre los endrinos y espinos, donde tenían sus guaridas los gatos monteses que, en algunos casos, se alimentaban de las pequeñas cabras de pelambrera parda que corrían libremente por el brezo. Varias cabañas se alzaban en las faldas de aquellas colinas, probablemente construidas por los pastores, pero incluso esos exiguos signos de ocupación desaparecían conforme raleaba la vegetación.

Se levantó y alzó la mirada en dirección a los Durmientes. La entrada debía de estar a unos sesenta metros por encima de su cabeza, en la grieta profunda y estrecha de algún glaciar.

Él había accedido por allí en una ocasión, pero no habría escogido de nuevo la misma ruta de haber habido alguna otra opción…

…sin embargo, no la había, y ahora estaba allí, tiritando sobre el bloque de roca y sopesando con premura su posición. Una de las grandes desventajas de este tipo de cambio de forma era que no podía llevarse con él nada más que su propia piel: ni armas ni comida ni, aún más importante, ropas. El frío agudo había empezado ya a afectarle; si no resolvía la situación, acabaría con él muy rápido.

Pensó en cambiar a su aspecto ígneo, pero desechó la idea en cuanto se le ocurrió. No había nada que pudiera quemar sobre el manto de nieve, y además, un fuego en la montaña atraería con toda seguridad algún tipo de atención indeseada.

Era evidente que siempre le quedaría la solución de sobrevolar la grieta y ahorrarse de ese modo una larga y agotadora ascensión por las zonas heladas. Sin embargo, era consciente de que el disfraz de halcón le convertía en una presa vulnerable, porque un halcón no podía realizar ensalmos con la palabra y el pico de un halcón no sustituía a los dedos a la hora de digitar las runas. A Loki no le hacía ninguna gracia la idea de volar a ciegas, sin hacer mención a la desnudez, sobre los Durmientes y meterse de cabeza en cualquier posible emboscada.

Bueno, fuera lo que fuese a hacer, debería ponerlo en práctica enseguida. Estaba demasiado expuesto allí, en la roca pelada, y sus colores podían percibirse a kilómetros de distancia, lo cual equivalía a haber escrito en las montañas «LOKI ESTUVO AQUÍ».

Volvió a adoptar la forma de ave y voló en dirección a la cabaña de pastor más cercana. Estaba abandonada, pero aun así se las ingenió para improvisar algunas ropas con poco más que harapos, aunque servirían de todos modos, y unas pieles para atárselas en los pies a modo de calzado. Las pieles olían a cabra y eran un pobre sustituto para las botas que había dejado atrás, pero halló una zamarra de borrego, basta pero cálida, que le protegería de lo más crudo del frío.

Comenzó a ascender, una vez ataviado de semejante guisa, con paso lento y seguro, ya que durante las últimas cinco centurias, el as había aprendido a valorar la seguridad por encima de todas las cosas.

Había estado escalando durante casi una hora cuando se topó al gato. En lo alto, la luna segaba los picos helados con su guadaña y destacaba el afilado relieve de los espolones de roca. Sobrepasó la línea de nieves perpetuas. La capa superior de un glaciar crujía a cada una de sus pisadas. El manto de hielo parecía de un blanco intenso visto a cierta distancia, pero observado más de cerca ofrecía el aspecto lúgubre de un rebujo apelmazado de piedras, nieve y hielo envejecido.

El Embaucador estaba extenuado y también dolorido por culpa del frío; las pieles y los harapos cogidos en la cabaña del pastor le habían servido bastante bien en las zonas más bajas de la ladera, pero poco podían hacer contra el frío cortante del glaciar. Se había metido las manos debajo de los brazos en busca de un poco de calidez, pero incluso así, le dolían de forma casi brutal. Tenía el rostro amoratado y los pies, envueltos en los envoltorios de pieles, habían perdido hacía tiempo toda sensación, razón por la cual iba dando tumbos como un borracho por la costra de nieve, donde siguió escondiendo su rastro lo mejor posible.

Una vez más consideró la idea de volver a su aspecto ígneo, pero el frío era ya demasiado intenso. Convertirse a su forma de fuego simplemente consumiría más rápido su energía mágica, dejándole indefenso.

Necesitaba descanso. Y calor. Ya se había caído casi una docena de veces y cada vez le resultaba más difícil luchar para levantarse. Al final volvió a venirse abajo y no fue capaz de ponerse en pie de nuevo, por lo que se dio cuenta de que ya no le quedaban más oportunidades. La posibilidad de morir congelado superaba en mucho al riesgo de ser visto.

Formó Sol, pero con torpeza, e hizo un gesto de dolor al mover los dedos congelados. Ya no tenía posibilidad de convertirse en halcón; había perdido las fuerzas y sólo le quedaban ya sus últimos ensalmos. La runa se encendió, pero le proporcionó poco calor.

Loki maldijo y lo intentó de nuevo. En este momento, el calor estaba más concentrado, una bola brillante del tamaño de una manzana pequeña que brillaba contra la nieve mate. Se acercó la bola cuanto pudo y poco a poco sintió cómo la vida regresaba a sus manos tullidas. También con ella, volvió el dolor. Loki profirió un grito: sentía como si le estuvieran clavando agujas al rojo vivo.

Quizá fue ese alarido el que alertó al felino, quizá fue el resplandor; de cualquier forma vino, y era enorme, quizá cinco veces más grande que el gato montes común, manchado de pintas marrones, similares a la piedra de la montaña. Los ojos relucían amarillos y hambrientos y las garras parecían forradas de suave acero sobre las plantas peludas de sus patas.

Loki hubiera tenido más probabilidades de rehuir el encuentro en la parte inferior de las laderas montañosas, que estaban llenas de otras posibles víctimas, pero las presas escaseaban en el glaciar y un humano como él, indefenso y de rodillas sobre la nieve, parecía casi un regalo para el carnívoro.

El felino se acercó. Loki, que sentía cómo las sensaciones volvían tanto a sus manos como a sus pies, intentó levantarse, pero cayó una vez más. Soltó un montón de maldiciones.

El gato se acercó aún más, con cautela, debido a la bola de fuego que brillaba entre las manos del as, preguntándose a su manera gatuna si sería un arma capaz de hacerle daño cuando saltara sobre él. Loki no lo vio y continuó maldiciendo mientras Sol le acuchillaba los dedos.

El depredador se detuvo a evaluar a la presa. Tal vez fuera grande, pero estaba cansado, lo cual ralentizaba sus movimientos, y lo más importante de todo, se hallaba en el suelo, donde su tamaño no le iba a proporcionar ventaja alguna.

Tenía muchas posibilidades dado este cúmulo de factores favorables.

El felino nunca había atacado antes a un humano. Si lo hubiera hecho, habría saltado a la cara y lo más apropiado habría sido matarle de un solo mordisco, pero en vez de eso, se abalanzó sobre la espalda de Loki y le cogió por el cogote en un intento de hacerle rodar con él.

Loki actuó deprisa, deprisa y de forma bastante sorprendente para un humano, aunque la presa no era precisamente humana, como percibió el felino, y en vez de intentar aferrar al gato montes, se puso de pie, ignorando las garras que se habían clavado en sus costillas y con deliberación se arrojó de espaldas con todas sus fuerzas.

El carnívoro se quedó aturdido unos segundos y aflojó las mandíbulas, coyuntura que Loki aprovechó para liberarse. Se apoyó sobre las rodillas para alejarse del animal y luego se dio la vuelta para enfrentarse a la criatura cara a cara. El felino enseñó los dientes y fulminó a la presa con sus ojos amarillos, que arrancaron destellos en los flameantes ojos verdes del Embaucador.

El animal chilló, un sonido terrible, chirriante, de ira y frustración. Se encaró con él, preparado para saltar si hacía el menor movimiento. Estas batallas de voluntades podían durar horas entre sus congéneres, pero percibió que las fuerzas del humano fallarían antes de que pasara mucho tiempo.

Loki también lo sabía. Estaba demasiado entumecido como para poder evaluar el verdadero daño causado por las garras del felino, pero notaba un chorreo cálido cayéndole por la espalda y era consciente de que iba a desmayarse de un momento a otro. Debía actuar, y además con rapidez.

Con los ojos fijos aún en los del gato, alzó la mano. En ella brillaba Sol, algo descolorida, pero todavía viva. Loki se movió con sumo cuidado para cambiar el punto de apoyo del cuerpo de las rodillas a los talones, de modo que ahora quedó acuclillado, y con la runa del sol extendida. El gato rugió y erizó el pelo, preparado para atacar…

…pero Loki se le adelantó. Con un gran esfuerzo saltó sobre sus pies y al mismo tiempo, reuniendo los restos de su energía mágica, lanzó Sol, que ahora era una antorcha al rojo vivo, a la criatura que le gruñía.

El felino huyó. El Embaucador le vio marcharse. No tardó en convertirse en una mota perdida en la inmensidad del glaciar y oyó su grito de desafío mientras escapaba. Sin embargo, no se retiró tan lejos como le hubiera gustado, sino que se aposentó a una distancia de unos trescientos metros, donde el borde del glaciar pasaba al lado de una cueva de roca.

Y allí permaneció, inmóvil. Podía olisquear la sangre y eso le hizo gruñir suavemente debido al hambre frustrada, pero aún más importante, podía oler la debilidad. La presa estaba herida y bajaría la guardia en algún momento.

Y siguió observándolo; cuando Loki comenzó una vez más a escalar, lenta y laboriosamente, hacia la hendidura de color azul oscuro que había entre los Durmientes, el gato subió con él, manteniéndose a una cierta distancia pero acercándose de forma gradual mientras veía cómo le fallaban los pasos, con los hombros caídos, hasta que al final se desplomó de bruces en la nieve iluminada por la luna.

Capítulo 6

El rostro estaba enterrado en el corazón del hielo, casi oscurecido por las pequeñas rosetas de la gélida escarcha, pero era inconfundiblemente un rostro níveo de mujer lo que había en lo más hondo del carámbano.

– ¿Quién es? -acabó por preguntar la muchacha.

Había intentado limpiar parte de la escarcha con las manos. Debajo, el hielo era a la vez claro y oscuro, como el agua de un lago, y permitía ver a la mujer yaciente, esbelta como una espada, con las manos cruzadas sobre el pecho y con el cabello corto de un rubio muy claro esparcido a su alrededor como cristales de hielo.

– Míralo tú misma -le sugirió el Susurrante.

Maddy digitó Bjarkán con una mano temblorosa. La luz rúnica parecía recoger cada relumbre, cada encantamiento y cada runa tallada en la superficie del bloque de hielo, con un resplandor que le hería los ojos.

A través de la runa pudo ver con claridad a una mujer de rostro tranquilo y de gélida belleza, con los pómulos altos y los labios carnosos tan característicos de la gente del norte. Calzaba botas altas hasta las rodillas y vestía una túnica ceñida a la cadera por un cinturón de donde colgaba un largo cuchillo blanco.

Pero lo más sorprendente era la firma mágica de la beldad confinada. Era muy fría, de un azul tan penetrante como el hielo mismo, y aunque estaba muy ajustada alrededor de su cuerpo en un esquema propio del sueño, se veía indiscutiblemente viva. Su resplandor sólo era menor en proporción a la marca en el tobillo derecho de la mujer.

La runiforma Isa, el Hielo.

Ahora, la muchacha podía ver los hechizos que rodeaban el bloque de hielo, una compleja cadena de runas que se parecía muchísimo a la red en la cual Loki había aprisionado al Susurrante.

– Así que él me contó la verdad -repuso Maddy con suavidad-. Hay más como nosotros por ahí.

Ella se dio cuenta de que había temido creerlo. Ahora, la alegría de saber que no estaba sola le dio ganas de gritar como una posesa.

No lo hizo al recordar a tiempo que la techumbre de hielo podría desplomarse sobre su cabeza, pero cerró los puños con un intenso regocijo. Y entonces vio más bloques de hielo a lo largo de todo el gran salón con sus correspondientes pilares erguidos como centinelas en la caverna resplandeciente. Siete de ellos estaban alineados como los postes de una cama, con las columnas festoneadas de carámbanos colgantes y los cobertores de escarcha.

– ¿Quiénes son? -preguntó Maddy.

– Los Durmientes -repuso el Susurrante-, aunque no lo van a ser por mucho más tiempo.

Una vez más la muchacha se acordó de la caverna de la chimenea.

– ¿Ha sido Loki quien ha hecho esto?

– No -contestó él.

– ¿Lo sabe el Tuerto?

– Oh, sí, claro que lo sabe.

– Entonces, ¿por qué no me lo contó?

– Yo soy un oráculo -replicó él-, no un maldito lector de mentes.

Ella dirigió otra mirada a la mujer de hielo.

– ¿Quién es? -insistió.

– Pregúntale -le sugirió el Susurrante.

– ¿Cómo?

– De la forma habitual.

– ¿Quieres decir… despertándola?

– ¿Por qué no? -comentó-. Lo vas a hacer de todas las maneras.

Maddy estuvo profundamente tentada de intentarlo. Recordaba la profecía del Susurrante: cómo despertarían los Durmientes y cómo Tor sería liberado del Averno. Por otro lado, sabía que él era taimado y no le gustaba ese tonillo de superioridad que se gastaba.

– No voy a hacer nada -señaló ella-, a menos que me reveles la identidad de esta gente.

– Son los vanir -respondió el Susurrante-. Están ocultos aquí desde el Ragnarók. La sombra de Surt ha caído sobre los mundos y los æsir han sucumbido uno tras otro. Los vanir también cayeron derrotados, pero se escondieron. Crearon este lugar, mitad refugio, mitad tumba, con el último de sus encantamientos, pues albergaban la esperanza de que algún día despertarían en un nuevo mundo, en el nuevo Ásgard.

– ¿El nuevo Ásgard? -inquirió Maddy-. ¿Qué ha pasado con él?

– La profecía no es una ciencia exacta -respondió el Susurrante-, si bien lo que dice ocurrirá al final. Aunque quizá no para tu amigo el Tuerto…

Maddy le clavó una mirada aguda.

– «¿Un general solo a su frente veo?»

El Susurrante le dedicó una sonrisa helada.

– Así que estabas prestando atención. Es estupendo sentirse apreciado -admitió-. Ahora sé buena chica y despierta a los Durmientes; luego, pondremos en buen camino el resto de mi profecía…

– Uf, bueno -vaciló-. Necesitaría hablar primero con el Tuerto.

– Pues en ese caso nos aguarda una larga espera -refunfuñó el Susurrante, y sus colores refulgieron del modo que Maddy había terminado por relacionar con la petulancia.

– ¿Por qué? -preguntó-. ¿Qué le ha pasado?

El Susurrante le habló a Maddy del arresto del Tuerto; de la lucha que había tenido lugar con los hombres de la partida y de lo que había sucedido a continuación. No había duda al respecto, aseveró el Oráculo. Estaba en armonía con el General, conocía su mente y sentía cada fragmento de hechizo que lanzaba.

– Luchó contra ellos -le contó-, pero eran demasiados y perdió. Si estuviera muerto, yo lo sabría. Luego, supongo que se lo han llevado a cualquier sitio apropiado para encerrar a alguien que tengáis en el pueblo…

– La cárcel -repuso Maddy.

– Eso es lo más probable -continuó él-.Y allí, debemos asumir, sea quien sea el que esté usando la Palabra contra la colina estará de lo más impaciente por interrogarle.

Los ojos de la muchacha se dilataron y mostraron una expresión de espanto.

– No le harán daño, ¿no?

– ¿Eso es una pregunta?

– ¡Pues claro! -exclamó ella.

El Susurrante soltó una sonrisita de suficiencia.

– Pues entonces, sí. Le harán daño. Le sacarán cualquier pizca de información que posea y le matarán cuando hayan terminado, e irán detrás del resto de vosotros cuando le hayan matado, y no pararán hasta que el último de vosotros haya sido eliminado. Espero que esto responda a tu pregunta.

– Oh -exclamó la muchacha, e hizo una larga pausa. Luego preguntó-: ¿Esto es una… opinión profesional, o una profecía de verdad?

– Ambas cosas -repuso el Susurrante-. A menos, claro, que hagas algo al respecto.

– Pero ¿qué es lo que podemos hacer? -replicó Maddy, desesperada.

El Susurrante se echó a reír, con un sonido seco y desagradable.

– ¿Hacer? -inquirió-. Querida mía, tendrás que despertar a los Durmientes.

Capítulo 7

Según el Libro de la Meditación, los estados elementales de la dicha espiritual eran nueve.

Uno, la oración. Dos, la abstinencia. Tres, la penitencia. Cuatro, la absolución. Cinco, el sacrificio. Seis, la abnegación. Siete, la valoración. Ocho, el arbitraje. Nueve, la investigación.

Según esta definición, Nat Parson había alcanzado el séptimo estado elemental y estaba a punto de entrar en el octavo. Se sentía bien. Tan bien, de hecho, que había empezado a preguntarse si pronto se le permitiría enfrentarse con los estados intermedios -los de la Exanimación y el Juicio-, para los que se sentía más que preparado.

El Bárbaro era culpable, y no cabía duda alguna a ese respecto. Nat Parson le había acusado de más de una docena de cargos de delitos comunes, tales como robo, vagancia, corrupción y bandolería, aunque la sustancia real estaba en los cargos penales: intento de asesinato de un agente, conspiración, conjura, artificio y el más prometedor de todos, herejía.

Herejía. Eso sí que llegaría a alguna parte, había pensado Nat Parson. No había habido ninguna acusación de herejía en Malbry desde hacía más de medio siglo. Finismundi era diferente, más civilizada, más especial. Los ahorcamientos eran comunes en la Ciudad Universal. Los examinadores estaban avezados en descubrir la herejía tan pronto como alzara su horrible faz y no mostraban tolerancia alguna hacia todas las cosas extrañas.

Odín el Tuerto estaba al tanto, claro. Sabía un montón de cosas, de hecho, que hubieran propiciado que se le quedara floja la mandíbula al párroco, aunque para frustración de Nat no había dicho ni una palabra desde su arresto.

Bueno, él iba a conseguir que hablara, se prometió el párroco con fiereza; y de todos modos, la runiforma que atravesaba la órbita llena de cicatrices del ojo ciego del Bárbaro hablaba por sí sola.

Y le había hablado bien claro al examinador. Si todo el asunto de la colina no había llegado a conmoverle, la captura del Bárbaro le puso casi en estado de agitación. Al principio, cuando se le pidió que abandonara su lugar en la colina, se mostró irritado, pero tan pronto como vio aquella runiforma y al hombre que estaba repantigado de manera insolente contra el muro interior de la cárcel, perdió la mayor parte de su anterior actitud distante.

– ¿Quién es este hombre? -preguntó con voz ahogada.

– Un vagabundo -contestó Nat, contento al fin de haber encontrado algo que impresionara al finismundés.

Hasta ese momento nada lo había conseguido, ni siquiera su ágil pensamiento, ni la amenaza de debajo de la colina del Caballo Rojo, ni siquiera la cocina de Ethelberta, que se consideraba excelente hasta en el mismo Hindarfial e incluso más allá.

Sin ir más lejos, la noche anterior, Ethelberta se había preocupado de cocinarle una comida al examinador que Nat hubiera dicho que se encontraba entre las mejores que había hecho: codorniz rellena y champiñones fritos además de pasteles de miel con almendras; pero el visitante había rechazado cualquier alimento que no fuera pan, verduras crudas y agua, recordando a ambos las alegrías de la abstinencia, el tercer estado elemental de la dicha espiritual, de modo que ninguno de los dos había comido demasiado y a Ethelberta le había dado una pequeña pero intensa rabieta en la cocina, y Nat, a pesar de su rotunda admiración por los finismundeses, se había sentido bastante enfadado con el muchacho.

Ahora, en la cárcel, se sentía como si hubiera recuperado un poco su lugar…

…Él se encontraba muy a gusto en la cárcel. No era un edificio grande, ya que apenas tenía el tamaño de la cocina de su casa, pero estaba sólidamente construido con buen granito de las montañas y carecía de ventanas. Si Matt Law se hubiera salido con la suya, no habría habido ninguna cárcel en absoluto; diez años atrás no la había y generaciones de agentes de la Ley habían usado las celdas para encerrar a algún deudor o borracho ocasional.

Nat Parson, que tenía reciente su peregrinación, había puesto fin a esa clase de pereza. Estaba satisfecho de haberlo hecho; el examinador los consideraba ya bastante atrasados tal como iban las cosas hasta ahora. Aun así, estaba impresionado con el prisionero, y el párroco sintió una gran oleada de orgullo por la eficacia con la que habían manejado al Bárbaro.

– ¿Un vagabundo? ¿Qué nombre tiene?

– Va por ahí con el nombre del Tuerto -contestó Nat, que estaba disfrutando el momento.

– No me importa el nombre con el que ande por ahí -aclaró. La voz del examinador se había vuelto aguda-. Dame tu nombre verdadero, villano -increpó al preso, que aún seguía repantigado contra la pared, aunque en realidad era difícil que pudiera estar de otra manera, ya que tenía los pies encadenados al suelo.

– Te diré el mío si tú me dices el tuyo -replicó el Tuerto, mostrándole los dientes.

El examinador apretó los labios exangües hasta formar una línea muy fina en la que la boca apenas era visible.

– Hay que interrogar a este hombre -repuso, toqueteando la llave de oro, su único adorno, que colgaba de una cuerda alrededor del cuello.

– Ya urdiré el modo -repuso Nat-, estoy seguro de que entre Matt y yo nos las arreglaremos para proporcionaros todas las respuestas que…

Pero el finismundés le atajó de plano.

– No lo haréis -zanjó con su voz de erudito-, en vez de ello seguiréis mis instrucciones al pie de la letra. Primero, tendréis a este hombre completamente inmóvil…

– Pero examinador -protestó Nat-, ¿cómo va a poder él…?

– Cuando digo completamente inmovilizado, lugareño, quiero decir exactamente eso. Lo quiero encadenado y amordazado. No quiero que mueva ni la punta de un dedo sin mi permiso, ¿está claro?

– Sí, señor -repuso Nat con rigidez-. ¿Puedo preguntaros por qué?

– Pues no -espetó el examinador-. En segundo lugar, no quiero que nadie mantenga ninguna conversación con el prisionero a menos que yo mismo le dé la orden. No os dirigiréis a él, ni le permitiréis que se dirija a vosotros. Tercero, los guardias se apostarán en la puerta, pero nadie entrará sin mi permiso. Cuarto, hay que enviar recado ahora mismo a la Ciudad Universal, al examinador jefe a cargo de los Registros. Yo redactaré el mensaje que le vamos a despachar con la mayor urgencia. ¿Lo entendéis? -Nat Parson asintió-. Por último, detendréis todo tipo de actividad en la colina. Se dejarán las máquinas en su lugar, se apostarán guardias, pero no se le permitirá acceso a nadie al túmulo ni proseguirán los trabajos en el terreno sin mi permiso expreso. ¿Está claro?

– Sí, señor.

– Ah, Parson… -El examinador se volvió y se dignó a ofrecer a Nat una mirada de disgusto-. Preparadme una habitación en vuestra casa. Necesito un espacio de trabajo, una buena mesa de despacho, instrumentos de escritura, una chimenea que no desprenda humo, una luz adecuada, por cierto, prefiero velas de cera más que de sebo, y completo silencio para ayudarme en mis meditaciones. Me gustaría quedarme aquí durante algunas semanas, hasta que… mis superiores lleguen y se hagan cargo de la situación.

– Ya veo.

El disgusto de Nat por el modo en que se había dirigido a él se había visto sólo ligeramente atemperado por la emoción.

Sus superiores, ¿eh? El párroco sólo tenía una vaga comprensión del complejo sistema de rangos y jefaturas dentro del Cuerpo de los Examinadores, pero ahora parecía que su examinador, aunque era indudablemente un oficial de categoría, tan sólo ostentaba un rango intermedio dentro del Orden. Vendrían más oficiales; oficiales que, si lo había considerado de forma correcta, podrían aprender a valorar los talentos de un hombre como Nat Parson.

Ahora pensó que por fin había comprendido los modales desabridos del examinador. El hombre estaba nervioso, fuera de sí. Nat dedujo que escondía su ineptitud detrás de una fachada arrogante y que pretendía enredarle de modo que pudiera arrogarse el crédito de todo su trabajo. «Bueno, ponte a pensar de nuevo, Señor Abstinencia -se dijo Nat, despiadado-. Un día yo también tendré la llave dorada y ese día haré que te arrepientas de haberme llamado "lugareño"».

El pensamiento era tan atractivo, que le llevó a sonreír realmente al examinador y el finismundés, sorprendido por la fiera brillantez de aquella sonrisa, dio medio paso hacia atrás.

– ¿Y bien? -se dirigió a Nat, en tono agudo-. ¿A qué estáis esperando? Hay algo menos de mil kilómetros hasta Finismundi, en el caso de que os hayáis olvidado, y quiero que el jinete haya salido mucho antes de que caiga el sol.

– Sí, señor -repuso el interpelado y se marchó de la cárcel a paso rápido, mientras el examinador acariciaba la llave del Libro de las Palabras y observaba con ansiedad cómo los guardias encadenaban al Tuerto a la pared de la cárcel por el cuello, los pies y los dedos.

El forastero seguía sorprendido por la sonrisa de Parson. «Ese hombre ha de ser medio tonto para sonreír de esa manera», dijo para sí.

Capítulo 8

El párroco consideró excesivas las precauciones adoptadas por el finismundés, excesivas por no decir cobardes, pero él no gozaba de la experiencia de su superior y apenas sabía nada de los Niños del Fuego. Sin embargo, el examinador -que había dejado de tener nombre, como todos los miembros del Orden, y respondía a un número tatuado en el brazo- se había encontrado con algunos demonios en el pasado.

Habían transcurrido casi treinta años desde que asistió a su primera aparición. En aquellos tiempos él era un mero aprendiz principiante, un estudiante en la Ciudad Universal, y había tenido poca participación en aquellos macabros procesos, pero los recordaba a la perfección. El interrogatorio había durado catorce horas y para entonces, la criatura, un ser débil, con una runiforma rota, casi había enloquecido.

Incluso entonces habían sido necesarios dos examinadores armados con la Palabra y tres aprendices para sujetarle; y cuando al final consiguieron conducirle, aullando, a la pira, los maldijo con tal fuerza que dejó ciegos a tres de ellos.

El joven aprendiz nunca lo había olvidado. Había estudiado duro y se había incorporado a las filas del Orden, interrumpiendo sus estudios con el fin de trabajar más activamente en el campo práctico, hasta que con posterioridad se convirtió en la punta de lanza de un programa de implantación de la nueva fe en Las Caballerizas, y aun más allá, para erradicar la maldad allá donde la encontrara.

Se le había otorgado la Palabra debido a este sacrificio a pesar de que no era habitual que la recibiera alguien entre las filas de los principiantes, especialmente un aprendiz que apenas había terminado su duodécimo año de estudio, pero se podían hacer ciertas excepciones en algunos casos; y además, los agentes de campo del Orden necesitaban la máxima protección posible.

El examinador había visto unas dos docenas de casos sobre los que mereciera la pena informar al Departamento de Registros en su viaje pionero desde Finismundi. La mayoría habían resultado ser verdaderas pifias: estafadores, mestizos, bárbaros y bichos raros sin ningún poder del que mereciera la pena hablar. Había terminado aceptando que la mayor parte de su trabajo cotidiano consistiría en eliminar plagas de trasgos, cegar manantiales sagrados, derribar anillos de menhires y asegurarse de que los viejos problemas siguieran bien muertos y enterrados.

Pero en algunos casos había visto cosas de lo más inquietante, que sin duda alguna justificaban su sacrificio. El hombre tuerto de Malbry era una de ellas, y el finismundés estaba dividido entre la esperanza de haber descubierto finalmente algo que mereciera la atención del examinador jefe y el miedo de verse obligado a lidiar él solo con la criatura.

Habría estado mucho más feliz si el hombre hubiera estado sujeto y atado por el poder de la Palabra, pero había agotado la mayor parte de su autocontrol en la colina del Caballo Rojo. La recuperación del mismo iba a requerirle mucho tiempo de meditación, y además, no se atrevía a emplearlo de nuevo…

… ya que la Palabra no era un instrumento de uso diario. Cualquier utilización de la misma debía estar plenamente justificada, salvo en tiempos de guerra, y debía reflejarse por escrito en un asiento de los libros del Departamento de Registros. Además, el manejo resultaba harto difícil y en ocasiones requería más y más horas de preparación, aunque sus efectos fueran inmediatos y devastadores.

Y también era peligrosa, por descontado. El finismundés la había empleado más que la mayoría de sus correligionarios, ciento cuarenta y seis veces en toda su larga carrera, pero nunca sin un escalofrío interior, ya que la Palabra era el idioma del Innombrable. Invocarla suponía adentrarse en otro mundo, y decirla era entrar en comunión con un poder más terrible que el de los demonios. Además, detrás del miedo yacía un secreto mucho más profundo y peligroso, que era el éxtasis de la Palabra.

Porque la Palabra era una adicción, un placer más intenso que ningún otro, y ése era el motivo por el que únicamente se le otorgaba a aquellos hermanos cuyos hombros hubieran demostrado ser lo suficientemente fuertes como para poder soportarla. El no osaba usarla dos veces en un mismo día, y nunca sin seguir el procedimiento apropiado. Porque a pesar de su abstinencia, él se mostraba insaciable en lo que se refería a la Palabra, y le costaba mucho esfuerzo mantener en secreto y bajo control sus apetitos todo el tiempo. Incluso ahora, la tentación de usarla era casi insoportable. Hablar, ver, saber…

Miró al prisionero, un villano que podría tener cincuenta, sesenta o quizá más años, vestido con las pieles rústicas de un viajero y una capa en la que los parches casi habían ocultado la tela original. Parecía indefenso y tenía un aspecto de lo más humano, pero él sabía que todos los demonios podían adoptar aspectos distintos y no se dejó engañar ni por un instante por lo que podía ser una mera apariencia exterior.

«Por su marca le conoceréis», rezaba el Libro del Apocalipsis.

Pero aun más condenatorio era el Libro de las Palabras, donde estaban recogidas todas las letras conocidas del Alfabeto Antiguo y sus variantes, junto con sus distintas interpretaciones. Usando esa lista había sido como el examinador había podido reconocer rápidamente Raedo, el Viajero, y sus sospechas se habían convertido con celeridad en certezas.

Desde luego, no había escapado a su atención que la runa del viajero, aunque estaba clara y entera, aparecía invertida.

A pesar de ello, el finismundés no bajó la guardia. Incluso un hechizo roto podía resultar letal y una runiforma completa, invertida o no, era sin duda una rareza. De hecho, en treinta años nunca había realizado una captura por sí mismo y suponía que este hombre, aunque parecía zafio, podría resultar ser algo más que un mero soldado de a pie en las filas del enemigo.

– Dime tu nombre, villano -le repitió una vez más. En ausencia del párroco se había atrevido a quitarle la mordaza al Bárbaro, aunque en aras de la seguridad, había mantenido las cadenas en su lugar. A estas alturas, el hombre debía de estar bastante incómodo, pero no dijo nada, y simplemente se limitó a observar al interrogador con su único ojo, relumbrante y antinatural-. ¡Dime tu nombre!-le exigió el finismundés e hizo el gesto de patear al forastero que yacía allí de forma tan insolente.

Sin embargo, no llegó a hacerlo. Él era un examinador, no un inquisidor, y encontraba penoso el recurso a la violencia. También recordaba a aquel demonio con la runiforma rota que había dejado ciegos a tres colegas suyos del Orden y decidió que no era el momento adecuado de emprender una acción precipitada.

El prisionero rompió a reír, como si hubiera leído la mente del clérigo.

– Mi nombre es el Indecible -citó con malicia-, porque tengo muchos.

El finismundés se quedó asombrado.

– ¿Conoces el Buen Libro? -Odín rió de nuevo, pero no contestó-. Si es así -comentó el examinador-, entonces ya debes de saber que estás acabado. ¿Por qué resistirse? Tu tiempo se ha agotado. Dime lo que necesito saber y al menos podrás ahorrarte algo de dolor.

El cautivo no respondió nada, sino que simplemente sonrió de ese modo tan poco natural.

El finismundés apretó los labios.

– Bien -dijo, dándose la vuelta para dirigirse a la puerta-, no me dejas elección. A mi regreso, suplicarás poder decirme todo lo que sepas. -Odín cerró su único ojo y se hizo el dormido-. Así sea -replicó el examinador con sequedad-. Tienes hasta mañana para reflexionar. Puede que te mofes de mí, paleto, pero puedo garantizarte que no te burlarás del poder de laPalabra.

Capítulo 9

– ¿Es que no hay otra forma? -inquirió Maddy al final.

– Confía en mí. Soy un oráculo.

La muchacha lanzó otra nueva mirada hacia el sepulcro de hielo donde yacía la mujer pálida, cuyos colores titilaban tenuemente bajo la fría luz. Los tonos azules del carámbano donde se hallaba conferían a sus facciones un toque cadavérico. El pelo corto era tan claro que casi pasaba desapercibido en su sudario helado, parecía flotar alrededor de su rostro como algas.

Entrecerrando los ojos, Maddy digitó Bjarkán, y los encantamientos que sujetaban a la mujer de hielo se mostraron a la vista. Tal como había observado al principio, eran muy parecidos a aquellos que habían atado al Susurrante, pero mucho más numerosos, constriñendo el ataúd helado de la durmiente en un complejo nudo de hechizos entrelazados.

– Obra con cuidado -le advirtió el Susurrante-. Tal vez hayan dejado trampas al cerrarlo.

Y por supuesto que las había. Maddy pudo apreciarlas en ese momento. Las habían diseñado para que estallaran sobre cualquiera que se atreviese a ponerle las manos encima a la yaciente sin extremar al máximo las cautelas. Eran una medida protectora, pero ¿para protegerla de quién? Tocó las runas suavemente con la yema de sus dedos; a su contacto, brillaron con un helado color azul y Maddy las sintió como una picazón, una resistencia que pugnaba para liberarse.

– Piensa en lo que pueden contarte, Maddy -sugirió el Susurrante con voz sedosa-. Secretos perdidos desde el Fin del Mundo. Respuestas a las preguntas que nunca te has atrevido a hacer, preguntas que seguro que Odín jamás te habría contestado…

Ella se dio cuenta de que la tarea iba a ser fácil. Sentía las runas vivas bajo la punta de sus dedos, despertándose casi por voluntad propia. Todo lo que necesitaban era un poco de ayuda, y a cambio, recibiría las respuestas a las preguntas que habían envenenado toda su vida.

¿Quién era ella realmente?

¿Por qué poseía energía mágica?

¿Y de qué modo encajaba en aquellas historias de dioses y demonios?

Maddy se apresuró a reunir sus runas más vigorosas -Kaen, Tyr, Hagall y finalmente, Úr, el Toro Poderoso-, antes de que cambiara de idea, y las lanzó como si fueran huesos de caña, con rapidez y seguridad. El bloque crepitó con un crujido audible tras el impacto y la superficie azul del carámbano se resquebrajó en un segundo convirtiéndose en una chispeante masa vidriosa.

La honda expansiva de la rotura arrojó hacia atrás a Maddy, que alzó un brazo para protegerse los ojos de las esquirlas de hielo que la acompañaron. Luego, como no pasó nada más, lo bajó y se movió con cuidado hacia el carámbano que ahora había perdido su transparencia.

Nada se alteró. Los temblorosos candeleros de hielo se estremecían con sonidos ligeros sobre su cabeza, justo después de la réplica de la onda expansiva, pero no cayó ningún carámbano y el helado silencio se volvió a extender sobre el gran salón.

– ¿Y ahora qué? -preguntó ella, al tiempo que se volvía hacia el Susurrante…

…Pero se produjo un sonido antes de que éste pudiera contestarle. Al principio, se oyó un chasquido lejano y luego un retumbo, un golpe, una especie de estruendoso deslizamiento y por último, el sonido propio de una avalancha de residuos congelados que cayeron procedentes de alguna chimenea distante en el techo, hasta golpear sordamente contra el suelo cristalino.

Maddy se movió deprisa en dirección a la pared y apretó la espalda contra ella unos segundos antes de que los carámbanos oscilantes comenzaran a caer del techo abovedado de la caverna, un pincho detrás de otro, como si fueran los dientes de una máquina trilladora gigante.

Un trozo de nieve del tamaño de un carro de heno estalló cerca en el suelo. La explosión provocó un chaparrón de pequeños proyectiles al final del cual un único objeto de gran tamaño aterrizó pesadamente en la nieve caída en el suelo.

– Ay -se quejó alguien con voz sofocada.

No era un objeto, sino una persona.

Capítulo 10

Loki tenía la certeza de haber cometido un buen número de errores de cálculo graves y posiblemente fatales cuando terminó cayendo desmayado por el borde del glaciar, exhausto y sangrando.

¿Qué clase de imbécil metía la cabeza en la boca del lobo por simple curiosidad? ¿Qué clase de idiota abandonaba su fortaleza para subir a la superficie, desarmado y desprotegido en pos de un rumor, cuando debería estar preparándose para un asedio? Pero la curiosidad siempre había sido su principal pecado, y ahora veía claro que le había llegado el momento de pagar por ello.

Sin embargo, a él siempre le tocaba más suerte de la que le correspondía. Por pura casualidad, el lugar exacto donde cayó ocultaba una de las claraboyas que se abrían al exterior en las paredes huecas de la montaña. La nieve la cubría, pero era una capa delgada de hielo y el peso del Embaucador bastó para que se rompiera.

Así que, en el momento en que chocó contra el suelo, se abrió una fisura debajo de sus pies, revelando un agujero de forma irregular a través del cual se deslizó, sin poder evitarlo, atravesando el techo de la gran caverna con sus jardines colgantes de hielo, que formaban filigranas de encaje quebradizo, elaboradas a lo largo de miles de años por fases de hielo y deshielo. Por último, voló a través de un escalofriante espacio ocupado sólo por el aire hasta aterrizar, más felizmente de lo que se habría atrevido a soñar, encima de un espeso montón de nieve pulverulenta.

Aun así el impacto le dejó sin aliento. Permaneció durante un rato donde había caído, medio atontado y jadeando. Y cuando miró hacia arriba, sacudiéndose los cristales de hielo del pelo, fue para ver un rostro familiar que le miraba con fijeza, uno tan bello como despiadado, alrededor del cual se arremolinaba el pelo cortado como un volante de espuma marina.

Ella llevaba en una mano un instrumento muy similar a un látigo hecho de runas, como púas de luz azul, larga y flexible, enrollado de forma descuidada alrededor de su cintura. Lo soltó en ese momento, con un siseo y un crujido, y se deslizó hacia el suelo, golpeándolo con la fuerza de su energía mágica. La mujer de hielo se quedó mirando al Embaucador caído y sus labios, todavía ligeramente azulados, se curvaron en una sonrisa que le hizo estremecerse.

Maddy los observaba desde el lado más lejano de la caverna. Había visto caer al as y había reconocido su firma mágica y el color de su pelo al primer golpe de vista. Había visto levantarse a la mujer de hielo y atravesar a zancadas con pasos seguros el gran salón, en apariencia indiferente a los trozos y fragmentos que llovían del techo.

Ahora siguió atentamente la confrontación, con cautela, a través de Bjarkán, manteniéndose pegada al suelo detrás de un bloque de hielo rugoso del tamaño de una mesa.

– Loki -ronroneó la mujer-, qué mal aspecto tienes.

El hechizo que tenía entre los dedos comenzó a desenrollarse, despacio, como una serpiente soñolienta. El interpelado levantó la cabeza, no sin dificultad.

– Todo por complacerte.

Se puso de rodillas con esfuerzo, manteniendo un ojo vigilante en el látigo rúnico.

– Por favor, no te levantes por mí.

– Sin problemas -replicó Loki.

– Yo no diría eso exactamente -repuso a su vez la mujer, empujándole hacia el suelo con el pie cubierto por una bota-. De hecho, más bien me parece que puedo decir con una cierta seguridad que estás metido en ellos hasta el corvejón.

– Ésa es Skadi -le apuntó el Susurrante.

– ¿La Cazadora? -preguntó Maddy, que conocía la historia. O al menos parte de ella. Loki había embaucado a Skadi para que abandonara su venganza contra los æsir y, al final, ella le había hecho pagar por ello-. ¿La misma Skadi que colgó la serpiente y…?

– La misma que viste y calza -corroboró el Susurrante.

«Eso -pensó Maddy- va a complicar las cosas». Ella había contado con el hecho de que la durmiente recién despertada iba a mostrarse tan amable como dispuesta a colaborar, pero ésta era Skadi, la Cazadora del Hielo, convertida en uno de los vanir por su matrimonio con Njord. Le tenía una tirria legendaria al Embaucador y, a juzgar por cómo pintaba la cosa, no parecía que los quinientos años transcurridos hubieran cambiado nada.

– ¿Qué hacemos con Loki? -inquirió Maddy.

– No te preocupes -respondió el Susurrante con bastante indiferencia-. Le matará, o eso espero, y entonces podremos volver a nuestros asuntos de nuevo.

– ¿Matarle?

– Eso creo. ¿Y a ti qué te importa? Si tú estuvieras en su lugar, él no levantaría un dedo para ayudarte, ya lo sabes.

Maddy le fulminó con la mirada.

– Qué claro lo tienes.

– Bueno, pues sí, por supuesto que lo tengo claro -replicó el Susurrante-. ¿Es que alguna vez has visto a Loki mantenerse lejos de cualquier cosa que pueda ser de interés? Y Skadi siempre le ha tenido un rencor especial por encima de todo, ya sabes, desde que los æsir mataron a su padre, Tiazi, del Pueblo del Hielo, un señor de la guerra de la Era Antigua. Fueron los æsir los que le mataron pero fue Loki quien se lo facilitó. Si yo estuviera en tu piel, me mantendría apartada del camino de la Cazadora.

Sin embargo, Maddy ya estaba en movimiento. Usando el bloque de hielo para cubrirse, se deslizó hacia un lado para acercarse a los dos oponentes, con Bjarkán entre los dedos. Skadi descendió su mirada sobre Loki, al otro lado del salón, y le ofreció una sonrisa helada.

– Venga, Skadi -decía Loki, intentando recobrar algo de su energía mágica-, pensé que ya estábamos de vuelta de eso a estas alturas. Ha pasado mucho tiempo, ¿cuánto? ¿quinientos años? ¿No crees que va siendo hora de que…?

– ¿Tanto tiempo? -repuso ella-. Pero si parece que fue ayer cuando estabas encadenado con la serpiente suspendida sobre tu cabeza. Qué época tan buena aquélla, ¿eh, Loki?

– Bueno, tú tampoco has cambiado mucho desde entonces -comentó él, intentando esconder una mano detrás de su espalda-. Todavía continúas siendo tan peligrosamente atractiva como antes -continuó-, y aún conservas ese delicioso sentido del humor.

Y justo en ese instante se puso en movimiento, con la misma asombrosa velocidad que Maddy había visto antes, y mientras se arrojaba fuera del alcance del hechizo de Skadi, le lanzó una runa a la cara.

Maddy tuvo tiempo de reconocer Yr, justo cuando Skadi contraatacó con un golpe de su látigo rúnico. La espiral golpeó una vez, como si fuera un relámpago azul, pulverizando Yr sin esfuerzo, y después la recuperó con un trallazo, con las runas puntiagudas que conformaban toda su extensión mordiendo el suelo congelado.

El Embaucador lo esquivó, pero por muy poco. El látigo rúnico abrió una grieta en el suelo donde él había estado y precipitó la caída de una docena de carámbanos que colgaban de un arbotante a unos siete metros de altura cuando retornaba a través de un aire penetrado por la luz.

Loki intentó formar otra runa, pero antes de que hubiera sido capaz de completar su digitación, un latigazo le arrancó Tyr, el Guerrero, de la mano con una fuerza que le dejó los dedos entumecidos. Entonces, se quedó arrinconado, con la espalda contra la pared y un brazo alzado para cubrirse la cara mientras Skadi le dominaba con el látigo rúnico en ristre. Maddy pudo ver cómo intentaba formar runas contra la Cazadora, pero se le había agotado la energía mágica. No le quedaba ni un destello.

– Ahora, Skadi -dijo-, antes de que hagas algo tan desagradable…

– ¿Desagradable? -replicó ella-. Ni lo sueñes. He estado esperando esto durante cinco siglos.

– Vale, de acuerdo. Es estupendo comprobar que conservas intacta toda tu fuerza -comentó Loki-, pero antes de que me partas en trocitos pequeños…

– Oh, Loki, jamás haría eso. -Ella se echó a reír de un modo que hizo temblar todos los carámbanos que cubrían la bóveda congelada-. Terminaría todo demasiado rápido. Yo quiero verte sufrir.

Justo entonces el as se jugó una última carta, comenzando a mostrar su sonrisa torcida. Era un movimiento desesperado, sin lugar a dudas, pero siempre había sido de lo más imaginativo en momentos de crisis.

– No creo que lo hagas -negó él.

– ¿Y eso por qué? -preguntó Skadi.

Loki sonrió abiertamente. Nunca se había sentido menos seguro de sí mismo, pero era su carta final y pensaba jugarla con estilo.

– Tengo al Susurrante -anunció.

Hubo una pausa muy larga.

El látigo rúnico descendió despacio hacia el suelo.

– ¿Lo tienes? ¿Dónde? -Loki sonrió y sacudió la cabeza-. ¿Dónde?

El látigo chisporroteó de forma amenazadora en la mano de Skadi, con la punta moviéndose hacia él como los colmillos de una serpiente.

Lo apartó con un gesto impaciente.

– Oh, por favor. En el momento en que te lo diga soy hombre muerto.

– Bien razonado -asintió Skadi-. Así que, dime, ¿qué es lo que quieres?

Capítulo 11

Maddy se quedó helada cuando Loki mencionó al Susurrante. Le había embargado tal angustia por la suerte del Tuerto, que no se le habían pasado por la cabeza los muchos peligros asumidos al haberlo traído consigo al Salón de los Durmientes.

Pero ahora sí, de modo que buscó en todas direcciones un lugar donde esconderlo. Por fortuna, constató que la caverna de hielo era quizás el único lugar en el Trasmundo donde era posible una cosa así, ya que las firmas mágicas luminosas que atravesaban el aire eran tan brillantes y numerosas que pasaría desapercibida incluso una energía mágica tan poderosa como la del Susurrante, al menos durante un tiempo.

Se deslizó con cautela detrás del bloque donde había buscado protección en un principio, y tras rayar la base con el filo del cuchillo, Maddy descubrió que podía soltar un trozo suficientemente grande del material helado como para poder introducir al Susurrante en el hueco abierto. Lo selló con Yr y unos cuantos puñados de nieve compacta; luego, inspeccionó el resultado y decidió que podría funcionar.

«Más le vale que funcione de una u otra manera», pensó para sus adentros. Le quedaba muy poco tiempo, el Tuerto estaba prisionero y aunque apenas podía considerar a Loki como un amigo, no iba a quedarse como si tal cosa a observar cómo le asesinaban. Así que Maddy se puso de pie y comenzó a caminar con calma hacia los dos adversarios mortales.

Por el momento, sí, sí había conseguido ganar un poco de tiempo.

Aunque no cabía duda de que haber caído en manos de Skadi era la peor clase de mala suerte, de entre todas los posibles, y ella además estaba en su aspecto completo, enfadada, alerta y más fuerte que nunca, con Isa en la posición correcta, sin invertir. Por si todo eso fuera poco, Loki nunca había valido demasiado como luchador, ni siquiera en los días de antaño, y siempre había dependido más del ingenio que de las armas.

El Embaucador estudió con ánimo sombrío el látigo rúnico de la rival. No cabía duda de que debía de ser algún hechizo rúnico de la Era Antigua, cuando todavía disponía de tiempo y le sobraba poder para desperdiciarlo en un trabajo tan lujoso. No le había alcanzado de lleno o, de lo contrario, lo más probable es que se hubiera quedado sin mano, pero a pesar de no recibir el golpe directamente, había sentido el impacto como si le hubieran aporreado los nudillos. Le dolía todo el brazo y todavía tenía adormecida la mano derecha. La verdad era que sus probabilidades de poder realizar la más simple de las digitaciones a lo largo de la siguiente hora eran bastante escasas.

Sin embargo, estaba vivo contra todo pronóstico y eso era razón suficiente para sentirse contento por el momento. Al menos…

Skadi se hallaba de espaldas y lo primero que percibió de la aproximación de Maddy fue el ramalazo de angustia que atravesó como un rayo los ojos de Loki. Se volvió y vio a una joven de no más de catorce años caminando con garbo hacia ellos.

– Skadi -dijo ella-, encantada de conocerte. Veo que Loki y tú os estáis poniendo al día.

Él tragó saliva. Se veía en el bando perdedor por segunda vez en el día y la sensación resultaba de lo más desagradable. Era completamente consciente de que una sola palabra de la muchacha bastaba para condenarle. ¿Y quién la culparía por ello? No podía decirse que se hubieran separado en los mejores términos.

Sin embargo, pensó que aún había alguna esperanza y su mente ágil ya estaba comenzando a trazar planes y analizar posibilidades.

– Skadi -intervino-, te presento a Maddy Smith.

Ahora bien, estaba perdido sin remedio como la chica aún llevase consigo al Susurrante. Y estaba igualmente perdido si ella se negaba a seguirle el juego. Quizá lo estaban los dos, ya que, después de todo, aunque Maddy era indiscutiblemente un peso pesado de la magia, Skadi era mayor y estaba entrenada en la pelea, además de llevar en la punta de sus dedos aquel letal artefacto mágico. Loki no sabría cómo calibrar las respectivas posibilidades de cada una en caso de lucha.

Curiosamente, Maddy parecía bastante contenta.

– Encantada de conocerte, Skadi -repitió-. Imagino que Loki te ha contado por qué estamos aquí.

– En realidad, no -replicó Loki-. Manteníamos una discusión sobre… los viejos tiempos.

– Bueno, pues las cosas están así -dijo Maddy, acercándose a él para ayudarle a ponerse de pie-. Han atrapado a Odín y están usando la Palabra.

LIBRO CINCO

Los Durmientes

Y entonces vino un caballo escarlata…

Apocalipsis, 6:4

Capítulo 1

– ¿Cuándo? -inquirió Loki.

– Esta tarde.

– Entonces puede que no la hayan usado todavía -repuso él.

Skadi se le quedó mirando.

– ¿Usado, qué?

– La Palabra, evidentemente -replicó, tembloroso, e intentó dar un paso, con unos pies desnudos que no hicieron ruido sobre el suelo cristalino.

– ¿Qué Palabra? -inquirió la Cazadora con suspicacia.

– Dioses -contestó Loki disgustado-. Esto no hace más que ponerse peor y peor, ¿a que sí? Maddy, ¿dónde está el General?

– Creo que en la cárcel.

– ¿Está muy protegida?

Maddy se encogió de hombros.

– Dos hombres, quizá.

– En tal caso tendremos que movernos rápido. No podemos dejar que el Orden le interrogue. Si se dan cuenta de su identidad y lo que sabe… -Se estremeció de nuevo al pensar en ello.

– ¿Qué Palabra? -insistió Skadi-. ¿Qué es la Palabra y dónde está el Susurrante?

El Embaucador parecía impaciente.

– Mira, cariño, las cosas han cambiado mucho desde el Ragnarók. Ha habido algunas transformaciones significativas en la lucha entre el Orden y el Caos, y si no hubieras estado durmiendo bajo las montañas durante estos pasados quinientos años…

– No fue precisamente idea mía -siseó Skadi.

– Pero bien que te ha venido, ¿a que sí? Qué bueno que al viejo Njord le diera por contar contigo, incluso aunque no eras técnicamente una vanir. Ni examinadores, ni runas invertidas, ni la Fortaleza Negra…

Los ojos de la Cazadora se iluminaron peligrosamente.

– Muérdete la lengua, Sirio, o te voy a aliviar de ese peso.

– ¡Eh! -replicó Loki-. ¿Qué es lo que he dicho?

– Por favor -le interrumpió Maddy-, no tenemos tiempo. El Tuerto necesita ayuda…

Skadi la miró con desprecio.

– ¿Y pretendes que yo le ayude?

– Bueno, sí -repuso Maddy-. ¿Acaso no es el General?

Skadi se echó a reír, un sonido desprovisto de alegría.

– Quizá para los æsir, pero no para el Pueblo del Hielo, no para mi pueblo. Fuera cual fuese la alianza que hubo un día, al final terminó en una guerra. En lo que a mí concierne, tanto tú como el resto de vosotros os podéis ir todos al Inframundo.

Durante un momento, Maddy perdió pie. Entonces sintió una repentina inspiración.

– Él tiene al Susurrante -afirmó.

La Cazadora se quedó helada.

– ¿El es quien lo tiene? -inquirió, mirando a Loki.

– ¿Él? -la imitó Loki, genuinamente sorprendido.

Skadi alzó otra vez su látigo rúnico.

– Debí haberme imaginado que estabas mintiendo -comentó.

– Ni mucho menos -repuso el as, a la defensiva-. Dije que sabía dónde estaba el Susurrante, pero no te dije que yo lo llevara encima. Por el amor de los dioses, Skadi, dame un poco de crédito. ¿Por qué lo iba a traer aquí, entre todos los lugares posibles? ¿Sería tan estúpido como para hacer eso?

Maddy, inquieta, echó una ojeada por encima del hombro al bloque de hielo detrás del cual había escondido al Susurrante.

– Entonces, eso habría sido bastante estúpido, ¿a que sí?

– Mucho -dijo él.

Mientras tanto Skadi estaba observando a Maddy.

– Así que tú has sido la que me ha despertado -dijo ella.

Maddy asintió.

– Pensé que ayudarías. El Susurrante dijo que despertáramos a… -Se detuvo de pronto, al darse cuenta de su error.

Pero ya era demasiado tarde. Los ojos de Skadi se dilataron.

– ¿Te habló?

– Bueno, yo… -titubeó Maddy-. Sólo una vez.

– ¿Hizo una profecía?

– Bueno, me dijo que te despertara -concluyó Maddy, que habría deseado no haberse metido en ese tema tan espinoso-. Mira, ¿vas a ayudar o no?

– Ayudaría -repuso la Cazadora con una sonrisa helada-, pero si me lo llevo conmigo. Huimos juntos, encontramos al General, recogemos el artefacto mágico y si por alguna razón no está allí…

– ¿Y por qué no debería estar allí? -preguntó Loki.

– Déjame adivinar -le contestó Skadi-, quizá porque algún mentiroso marrullero pensó que podría quitarme de en medio mandándome a perder el tiempo estúpidamente mientras él y su amiguita se escabullen con el Susurrante, ya sabes, una cosa por el estilo. De ese modo nos quedamos todos contentos, ¿no te parece?

Maddy le echó una mirada a Loki.

– Yo me voy.

– No puedes -repuso él, de mala gana, como si estuviese sopesando las muchas probabilidades en contra-. La colina está sellada por el lado del Ojo del Caballo. No puedes usar los túneles. Y te pongas como te pongas, sería un verdadero suicidio ir por la superficie con toda esta nieve, y de todas formas, llevaría demasiado tiempo. No. Ella lleva razón. Sea como sea, hemos de adoptar la forma de un pájaro para llegar al pueblo, si todo va bien, en una hora de vuelo.

La sangre de los demonios, la de los vanir, tenía en sí el poder de cambiar de un aspecto a otro. Loki y Skadi compartían ese don. Maddy se dio cuenta demasiado tarde de que su intento de ayudar al Tuerto simplemente la había puesto en un peligro mayor.

Loki también lo sabía, ya que siendo fundamentalmente poco honrado, no había confiado mucho en la verdad de la historia de Maddy, y le llenaba de terror la perspectiva de enfrentarse de nuevo con Skadi, esta vez tras una hora de vuelo y con el Tuerto como única carabina.

– Mi querida Skadi -comentó-, no es que no quiera ir contigo, quiero decir, no hay nada que me gustara más que arriesgar de nuevo mi pellejo por el General, pero…

– Sin peros, te vienes.

– No lo entiendes -su voz sonaba ahora desesperada-. Se me ha agotado la energía mágica. Estoy herido y cansado, y rígido por el frío. Había ahí fuera un gato montes del tamaño de un… La verdad, no he podido ni siquiera encender un fuego en mi estado actual, no sé cómo me voy a poder enfrentar a un examinador armado con la Palabra.

– Mmm -susurró Skadi y puso cara de pocos amigos.

Loki llevaba razón. Ahora lo veía claro. Tenía los colores débiles y, usando Bjarkán, podía leer su agotamiento con tanta claridad como unas huellas sobre la nieve. No podía metamorfosearse ni luchar; aun le sorprendía que pudiera siquiera mantenerse en pie.

– Necesito comida -siguió Loki-, y descanso.

– No hay tiempo para eso. Nos vamos ahora mismo.

– Pero Skadi…

Sin embargo, la Cazadora ya se había dado la vuelta. Dejó a Maddy y Loki juntos, y pareció embarcarse en la búsqueda de algo alrededor de la vasta caverna, inspeccionando las paredes, el suelo y las esculturas de hielo que se alzaban allí. Por aquí un olifante, por allá una cascada, una mesa gigante y más allá un barco que relucía bajo la luz de la luna, con su superficie toda cuajada de brillantes.

– Maddy, por favor. Tienes que ayudarme -la voz de Loki sonaba baja y llena de urgencia-. Le he prometido el Susurrante. Cuando se dé cuenta de que no lo tengo…

– Confía en mí -dijo Maddy-.Ya pensaré en algo.

– ¿De verdad? Eso está bien. Perdóname si no me tiro a tus pies ahora mismo de puro agradecimiento, pero…

– He dicho que ya pensaré en algo.

Skadi se detuvo por un momento y después continuó moviéndose, todavía buscando, con su pálido cabello brillando de manera inquietante conforme andaba.

– ¿Qué estás haciendo? -gritó Maddy, al ver cómo la Cazadora se internaba cada vez más en el Salón de los Durmientes.

– Estoy buscando ayuda -respondió la voz con tono sardónico- para nuestro pobrecito y exhausto amigo.

– Oh, no -se lamentó Loki.

– ¿Qué pasa ahora? -inquirió Maddy.

– Creo que va a despertar a alguien más. -Loki se cubrió la cara con las manos-. Dioses -dijo-, esto era lo único que nos hacía falta. Más gente que me la tiene jurada.

Capítulo 2

«Más gente que me la tiene jurada», había dicho el Embaucador, pero la segunda mujer que acudió andando a zancadas por el Salón de los Durmientes era tan diferente de la fría Cazadora como la crema del granito.

Esta dama era áurea, suave y de formas redondeadas; las flores resplandecían en su pelo largo, y Ár, la runa verde de la Opulencia, brillaba en su frente. Su mirada recayó en Maddy, y era franca, confiada y un poquito perpleja, como la de un niño que sólo busca agradar.

Y tan grande era el encanto de esta mujer extraña e infantil, que incluso Maddy, que tenía un montón de razones para que no le gustara cierta clase de bellezas con el pelo adornado con flores, sintió que el aire de la caverna se deshelaba un poco ante su presencia, y le pareció oler el aroma de jardines lejanos, fresas maduras y miel fresca directamente del panal.

Skadi caminaba detrás de ella a una cierta distancia, como si no estuviera precisamente deseosa de andar cerca de alguien tan distinto a ella misma.

Loki también la reconoció; conforme la sonriente mujer se dirigía hacia él, Maddy vio en su rostro una mezcla de alivio y lo que podría haber pasado como vergüenza.

– ¿Quién es? -inquirió Maddy.

– Idún -repuso él-. La Sanadora.

– Ahí lo tienes -intervino Skadi de manera cortante-. Ahora ponlo en marcha y rapidito.

Idún miró fijamente a Loki, con los ojos dilatados.

– Oh, querido. ¿En qué lío te has metido esta vez? -le preguntó.

Él puso mala cara.

– ¿Yo? En ninguno.

– Sé educado, Loki, o te vas a quedar sin manzana.

«Idún -pensó Maddy-, la guardesa de la fruta mágica que cura todas las enfermedades, incluidas las del tiempo». Según contaban las historias, las frutas eran manzanas doradas almacenadas en un cofre igualmente dorado, pero la fruta que Idún le ofreció a Loki era pequeña, amarilla y envuelta en hojas, y parecía más una poma silvestre que otra cosa, aunque su aroma, muy fuerte incluso en el aire helado de la caverna, sugería el verdor del verano y el cremoso mes de la Cosecha, embutido en un puñado de hojas marchitas.

– Cómetela -le ordenó Skadi cuando Loki dudó.

Así lo hizo, aunque no parecía nada complacido. Durante un momento dio la impresión de que no pasaba nada, pero poco después, Maddy vio cómo la firma mágica del Embaucador recuperaba el brillo de repente, desde un apagado color amoratado hasta un resplandor deslumbrante. Parecía haber estado desvaneciéndose, pero pronto su poder zumbó haciendo que crepitara en sus manos y su pelo, y resplandeció con fuerza por todo su cuerpo como si fuera el fuego del Santo Sepulcro.

El efecto fue inmediato. Loki se enderezó y aspiró hondo antes de tantearse las costillas, la mano lastimada y las heridas causadas por las garras del gato montes. Descubrió que estaba curado del todo.

– ¿Te sientes mejor? -inquirió Idún.

Él asintió.

– Estupendo -comentó Skadi-.Vámonos. Ah, Loki…

– ¿Qué?

– En caso de que se te ocurra gastarme alguna jugarreta…

– ¿Quién, yo?

– Te estaré vigilando -le avisó, sonriente-, como un águila.

Diez minutos más tarde, un águila y un pequeño halcón de plumaje cobrizo emprendieron vuelo en dirección a la villa de Malbry. Necesitarían alrededor de una hora para cruzar el valle. Loki le había explicado a Maddy que no tenía sentido que la muchacha los siguiera, ya que carecía de alas, pero ella no dejaba de darle vueltas al asunto, pues no le seducía la idea de dejar al Tuerto a merced de Skadi cuando se diera cuenta del engaño, y era inevitable que eso ocurriera.

La muchacha no tardó mucho en descubrir que Idún no era de mucha ayuda. Escuchó con atención la historia de Maddy, pero no parecía percibir el peligro ni la urgencia del asunto.

– Odín ya pensará en algo -repuso, y parecía como si eso tuviera que consolarla de algún modo.

Pero Maddy no se sentía consolada en absoluto.

– Debe de haber alguna forma -le dijo-. Es culpa mía. Fui yo la que cogió al Susurrante…

Idún estaba sentada en un bloque de hielo, cantando para sus adentros. Se detuvo a la mención del Susurrante y una mirada de ligera ansiedad empañó sus rasgos.

– ¿Ese viejo trasto mágico? -preguntó-. Mejor dejarlo solo. Nunca nos dio nada salvo malas noticias.

Tomó una peineta de su pelo, la examinó y continuó cantando; su voz era un delicado hilo de dulzura en aquel aire helador.

Estaba claro para Maddy que los poderes de Idún, fueran cuales fuesen, iban a ser poco útiles para ella en la presente situación. Se le pasaron por la cabeza atractivos pensamientos de abrirse camino fuera de la caverna a base de provocar explosiones con la mente, pero le pareció poco práctico, y sabía que por mucho que lo intentara, nunca llegaría al pueblo a tiempo.

Quedaba una solución, y la examinó desde todos los ángulos, contrapesando los beneficios y las desventajas, y poco a poco se convenció de que era su única esperanza.

– No hay otra opción -concluyó-. Debo despertar a otro durmiente.

Idún esbozó una sonrisa.

– Eso estaría genial, querida. Justo como en nuestros viejos tiempos.

Maddy tuvo la sensación de que revivir los viejos tiempos era lo último que necesitaban ahora, pero no veía otra alternativa. La cuestión era ¿a quién despertar? ¿Y cómo podría ella estar segura de que despertar a alguien no sería una forma de empeorar aún más las cosas?

Se dirigió hacia el resto de los Durmientes con el corazón en un puño y la runa Bjarkán relampagueando en las yemas de los dedos. Idún la siguió a través de las cavernas como una niña perdida, canturreando para sí misma y maravillándose con las formas y los colores. Maddy notó que fuera adonde fuera Idún, la superficie congelada se derretía ligeramente, reconvirtiéndose a su paso en flores de escarcha y guirnaldas de hielo. Más de una vez miró con ansiedad a las cadenas de carámbanos que estaban suspendidas sobre sus cabezas e intentó no pensar en lo que podría ocurrir si Idún dejaba de moverse durante un buen rato.

En vez de eso, se concentró en los vanir dormidos. Yacían allí, en sus lechos de hielo, quietos y relumbrantes bajo una envoltura de runas. Quedaban cinco de los Siete Durmientes originales, cuatro hombres y una mujer, y durante algún tiempo Maddy fue de uno a otro sin cesar en un intento de decidir cuál era la elección más idónea.

El primero era un varón de constitución poderosa, pelo encrespado y una barba rizada como la espuma. Su firma mágica era de color azul océano. Llevaba la runa Logr bajo una túnica de lo que parecían ser escamas entrelazadas estrechamente. Tenía desnudos los pies, que eran grandes y proporcionados.

Maddy no tuvo problema en reconocerle por los relatos del Tuerto, y decidió de pronto que no convenía despertarle. Era Njord, el Hombre del Mar, uno de los vanir auténticos y en otros tiempos, el esposo de Skadi la Cazadora. Su matrimonio se había roto a causa de diferencias irreconciliables, pero de todas formas a Maddy le pareció más inteligente mantenerle fuera de la situación por el momento.

El segundo durmiente era como Njord, con la piel clara y el pelo pálido de los vanir, aunque Maddy sintió una cierta calidez que provenía de él, y que estaba ausente en el Hombre del Mar. También era un guerrero, con la runa Madr en el pecho y un catalejo alrededor de su cuello. A Maddy le llevó algún tiempo deducir quién era, pero finalmente concluyó que debía de ser Héimdal, el de los dientes de oro, el mensajero del Pueblo de los Videntes y el vigilante alerta del puente del Arco Iris. Sus ojos de color azul claro permanecían abiertos y ferozmente conscientes incluso debajo del hielo.

Maddy pasó a su lado con un escalofrío de inquietud. Gracias a las leyendas sabía que Héimdal, aunque leal a Odín y a los æsir, odiaba a Loki con una pasión de tal calibre que parecía poco verosímil que considerara con simpatía a alguien que intentase acudir en su ayuda.

El tercero era Bragi, el marido de Idún. Un hombre alto con la runa Sol en su mano y una corona de flores alrededor de las sienes. Parecía amable (Maddy lo conocía principalmente como el campeón de las canciones y la poesía) y a ella le gustaría haber podido escogerlo, pero Bragi, según sabía, tampoco profesaba demasiada amistad hacia Loki, y a ella no le gustaba la idea de tener que explicar el papel de éste y tampoco el suyo propio, la verdad fuera dicha, en lo que se estaba convirtiendo en un lío de lo más enrevesado.

El cuarto yaciente vestía una armadura dorada y tenía una melena brillante. La runa Fé lucía en su ceja y tenía una espada rota a su lado.

Cerca de él, tanto que casi habría podido tocarlo, estaba el último durmiente, una vanir de perturbadora y vibrante belleza. También la adornaba Fé, tenía el pelo revuelto y entrelazado con gemas y una gargantilla de oro con forma de cordón le rodeaba la garganta, capturando la luz incluso bajo el hielo. Guardaba un parecido sorprendente con el durmiente que estaba a su lado, y Maddy advirtió de pronto que tenían que ser Frey y Freya, los hijos gemelos de Njord, que habían permanecido entre el Pueblo de los Videntes junto a su padre en calidad de rehenes en los tiempos de Mímir.

La muchacha limpió con sus propias manos la nieve suelta que cubría el rostro del último durmiente. Freya seguía durmiendo, bella e impasible, ajena a todo.

¿Tendría valor para despertarla? ¿Podría llegar a estar segura alguna vez de que Freya o alguno de los vanir le serían de más ayuda que Skadi o la misma Idún? Sin duda, Skadi era la única de los vanir que lo era por matrimonio; procedía del Pueblo del Hielo del norte, una raza salvaje con la cual los dioses habían llegado a establecer una tregua precaria. Seguramente había sido cuestión de pura mala suerte que fuera Skadi a la que habían despertado primero. Y lo más probable era que los otros vanir se mostrasen entusiasmados y listos para rescatar al General.

Maddy repasó con rapidez en su mente todo lo que recordaba sobre Freya. Era la diosa del deseo, la bella Freya, la veleidosa, la del ala de halcón…

«Ah. Ahí estaba».

Una esperanza repentina la asaltó. Había un destello de esperanza -no mucho, aunque sí suficiente- que una vez más puso a latir su corazón.

Las runas le parecieron familiares ahora, y se encendieron con rapidez bajo sus dedos. También aquí, la red que las contenía bullía con impaciencia. Los enlaces picaban y los encantamientos brillaban de forma imperiosa.

Maddy los tocó con una sola mano, un manojo de lazos de colores como los de un poste de mayo. Tiró y…

…todo el entramado se soltó con un sonido de desgarro, rasgándose con una gran llamarada de gamas y tonos de color.

Esta vez el hielo no se resquebrajó, sino que se derritió, dejando a la durmiente húmeda e intacta, pestañeando y bostezando con delicadeza.

– ¿Quién eres tú? -inquirió cuando finalizó el proceso.

Ella le explicó con la mayor diligencia posible lo de la captura del Tuerto, el despertar de Skadi, la presencia del examinador, la reaparición del Susurrante y la irrupción de la Palabra. Freya escuchó, con sus grandes ojos azules abiertos de par en par, pero los entrecerró de nuevo en cuanto la muchacha mencionó el nombre de Loki.

– Te lo advierto ahora -le espetó con rigidez-. Tengo ciertos asuntos pendientes… con Loki.

Maddy se preguntó por un momento si es que había alguien en los Nueve Mundos que no tuviera cosas pendientes con aquel tramposo.

– Por favor -le urgió ella-. Préstame tu capa de plumas de halcón. Así no es como si te estuviera pidiendo que vinieras conmigo.

Freya observó a Maddy con ojo crítico.

– Es la única que tengo -repuso-. Mejor será que no la estropees.

– Tendré muchísimo cuidado.

– Mmm, será mejor que sea así.

Unos momentos más tarde, Maddy la tenía en sus manos: una falsa capa de plumas tan ligera que parecía un puñado de aire. Sintió la deliciosa calidez susurrante de las plumas contra la piel en cuanto se la echó sobre los hombros, y una vez puesta, comenzó a adquirir esa misma forma.

Parecía que aquella cosa cobraba vida por obra de un encantamiento. Las runas y sus enlaces le picaban. Maddy podía sentirlos hurgando, arraigando en su carne y sus huesos de forma indolora, y transformándola en otro ser.

Era algo aterrador, pero a la vez la llenaba de gozo. En unos segundos sus músculos se alargaron y su visión se agudizó mil veces, y las plumas le brotaron de los brazos y los hombros. Se le abrió la boca de asombro, pero no salió de ella nada más que un agudo chillido de pájaro.

– Mira, te sienta bastante bien -comentó Freya, inclinándose sobre ella para inspeccionar el resultado-. Ahora, cuando quieras alzar el vuelo, lo único que tienes que hacer es digitar Naudr invertida…

«¿Cómo?», pensó Maddy.

– Ya te las apañarás -dijo Freya-. Simplemente asegúrate de traerla de vuelta.

Le llevó unos cuantos minutos acostumbrarse a las nuevas alas. Durante un rato larguísimo revoloteó de un lado para otro, confusa por la perspectiva alterada de las cosas y medio muerta de pánico por el espacio constreñido donde se encontraba, pero al final, encontró la salida a cielo abierto y partió disparada como un proyectil hacia la noche.

«Oh, qué felicidad -pensó-, ¡el aire!»

Debajo de ella se extendían el valle, que parecía un tapiz tachonado de plata, el glaciar y el sinuoso camino de descenso hacia el paso del Hindarfial. Quedó deslumbrada por el fulgor de la luna, en lo alto del cielo estrellado. El júbilo y la excitación del vuelo fueron tan grandes que Maddy chilló y se dejó llevar hacia el cielo luminoso durante un tiempo imposible de precisar.

Luego, recordó la tarea que tenía entre manos y, con esfuerzo, retomó el control. Gracias a la visión aumentada logró ver cómo un halcón y un águila, Loki y Skadi, volaban a casi dos kilómetros de distancia, hendiendo el cielo en dirección a Malbry.

Debajo de ellos los campos comenzaban a cambiar, pasando del amarillo propio del mes de la Cosecha al marrón propio de fin de año. Todavía brillaban algunas luces en Malbry y el olor del humo de las chimeneas colgaba sobre la tierra como un estandarte. En algún lugar entre aquellas luces, imaginó que su padre aún estaría despierto, bebiendo cerveza y observando el cielo. Su hermana dormiría tranquila sin sueños, en su cama de tablas, con un gorro de lazos bien colocado sobre sus rizos como las prímulas. La loca de Nan Fey estaría sentada en su cabaña charlando con sus gatos.

¿Y el Tuerto? ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría durmiendo? ¿Sufriendo? ¿Esperanzado? ¿Temeroso? ¿Se sentiría agradecido al verla o enfadado por lo mal que ella había manejado la situación? Y lo más importante de todo, ¿le seguiría el juego a alguna de las partes? Y si fuera así, ¿a cuál?

Capítulo 3

Medianoche. Una hora poderosa.

El reloj de la iglesia dio las doce campanadas. Los tañidos se repitieron al cabo de un minuto. El visitante finismundés había estado a la espera de esa señal en un pequeño dormitorio situado bajo el alero de la casa parroquial. Se permitió una minúscula sonrisa de satisfacción. Había llevado a cabo todos los rituales. Se había bañado, y había rezado, meditado y ayunado. Ahora era el momento.

Tenía apetito, pero la sensación no le resultó desagradable; se sentía cansado, pero no adormilado. Una vez más había rehusado la oferta del párroco de una comida casera, y el leve sentimiento resultante de exaltación se había visto compensado por una intensidad renovada en la concentración.

El Libro de las Palabras yacía abierto sobre la cama cercana. Al final se había permitido estudiar el capítulo pertinente con ese estremecimiento ya familiar de placer y miedo. «Ese poder -pensó vagamente-, ese poder indescriptible e intoxicante…»

– No es mío, sino tuyo, o del Innombrable -murmuró-. No hables desde mí, sino a través de mí…

Y ahora casi podía sentirlo en la punta de los dedos, moviéndose a través del pergamino para iluminarle: la sabiduría inefable de la Era Antigua, el deseo, el conocimiento, el hechizo…

«¡tsk, tsk, fuera de aquí!», el examinador rechazó la tentación con una cantinela:

– «Mío no, tuyo es el poder de la Palabra».

Eso estaba mejor. El sentimiento de delirio remitió un poco. Tenía por delante un trabajo de lo más acuciante: identificar al agente del Desorden, el tuerto con la runiforma en el rostro.

Notó un escalofrío de inquietud cuando sopesó una vez más el enigma de esa runiforma. Era un hechizo potente, incluso estando la runa invertida, o así decía el Libro de las Palabras; y había versos en el Libro de los Inventos, versos oscuros, acuñados en términos tan arcaicos que eran prácticamente ininteligibles, pero aun así, insinuaban algún tipo de conexión oscura y peligrosa.

«Por su marca le conoceréis».

Ah, sí. Esa era la encrucijada.

Ojalá el examinador hubiera completado los estudios y hubiese permanecido en la Ciudad Universal durante al menos una década más, de ese modo habría podido confiar plenamente en su intuición. Tal como estaban las cosas, en bastantes temas apenas podía considerársele un novicio. No sólo un novicio, sino que además estaba solo, y si Raedo significaba lo que él pensaba, entonces iba a necesitar el apoyo de sus magistrados de mala manera y pronto.

La ayuda solicitada a la Ciudad Universal a través del emisario a caballo podría tardar en venir varias semanas. Tiempo sobrado para que el Bárbaro recuperara las fuerzas y entrara en contacto con los suyos, aunque por ahora daba igual, ya que había conseguido resistir. El Libro de las Palabras no podía usarse a la ligera ni en cualquier momento y los cánticos de mayor poder, el de vinculación, el de emplazamiento y el de cumplimiento, se hallaban restringidos especialmente, y el de la comunión lo estaba aún más. Este último consistía en una serie de cánticos a través de los cuales, en tiempos de gran necesidad, un miembro del Orden podía enviar un mensaje a los demás. Era un ritual de gran poder, una fusión de mentes y de información, una conexión mental directa con el mismísimo Innombrable.

Pero la comunión era un asunto peligroso, como él sabía perfectamente. Algunos decían que enloquecía a quien lo usara y otros que provocaba un gozo demasiado terrible como para ser descrito. Él mismo nunca lo había usado antes. Nunca había tenido un motivo, pero ahora, pensó, quizás había llegado el momento.

Una vez más sus ojos se deslizaron hacia el Libro de las Palabras, abierto ahora por el primer capítulo, el de las Invocaciones. Un cántico encabezaba la primera página, y debajo de él, se extendía una lista de nombres.

El examinador leyó: «Aquello que nombras es aquello que domas».

Continuó con la lectura.

Quince minutos más tarde había tomado una decisión. La situación no admitía mayor dilación. Debía invocar la comunión con el Orden fuera cual fuese el riesgo para su cordura o su persona.

Experimentaba sentimientos encontrados al respecto; una parte de él lo lamentaba, ya que en ese momento el Bárbaro le pertenecía por completo e implicar al Orden podría suponer la pérdida de la independencia, pero la otra lo consideraba una verdadera bendición. Mejor dejar que otro se hiciera cargo y que no fuera él quien tomara las decisiones, se decía.

Aunque, claro, siempre habría alguna posibilidad de que hubiera malinterpretado las evidencias, pero incluso eso podía ser un alivio. Mejor sufrir el ridículo frente a sus pares que la terrible responsabilidad de haber permitido que el enemigo se le escapara entre sus dedos inexpertos.

Contempló el Libro. «Ha de hacerse según el método correcto», se recordó a sí mismo. Su mente estaría completamente abierta durante el tiempo de la comunión, y él quería estar totalmente seguro de que no habría ningún resto de vanagloria en él. Le llevó diez minutos adquirir el apropiado estado de sosiego, y necesitó otros cinco para obtener el coraje suficiente y pronunciar la Palabra.

La runa Os vibraba con una amplitud incalculable. Una nota inaudible de penetrante resonancia que cortaba la oscuridad. A todo lo largo del valle los perros aguzaron las orejas, los Durmientes se despertaron y los árboles dejaron caer las hojas que les quedaban, mientras los animales pequeños se encogían de miedo en sus nidos y madrigueras.

Maddy la sintió en la turbulencia que la hizo tambalearse y revolverse.

Loki la percibió como una onda de profundísima oscuridad que titiló a través de la tierra.

Skadi ni la vio ni la oyó, ya que tenía toda su atención fijada en el pequeño halcón que la precedía.

El examinador captó su presencia durante un momento, ya que durante todo ese instante se sentía parte de todo: planeaba en el cielo, se arrastraba por la tierra, estaba aprisionado en la cárcel, horadaba bajo la colina. El poder surgía de su interior, terrible y sorprendente. Llegaba a todas partes con su mente y no cesó hasta alcanzar Finismundi y la maraña de mentes que le aguardaban. Se sintió repentinamente allí -en un estudio, en una biblioteca, en una celda- conectándose, tocándose, en comunión con cada espíritu del Orden sin la necesidad de pronunciar palabra alguna.

Todo fue una babel de mentes durante un tiempo, sonaba como el runrún de las voces de una multitud. El examinador luchó por mantener la conexión sin llegar a la fusión a fin de preservar su propia identidad. Podía diferenciar ahora las voces individuales, los magistrados, los profesores y el Consejo de los Doce, el órgano más alto del Orden, donde se adoptaban todas las decisiones y se controlaba toda la información.

Entonces, de repente, todo quedó en silencio y el examinador oyó una voz sola que se dirigió a él por su nombre verdadero.

«Elías Rede», entonó la voz.

El examinador tomó una gran bocanada de aire. Habían transcurrido cerca de cuatro décadas sin escuchar su nombre, ya que lo había abandonado, al igual que todos los aprendices, debido a las exigencias de seguridad y anonimato propias del Orden, y se le había dado en su lugar un número, el 4.421.974, por motivos prácticos. Se lo habían tatuado en el brazo durante el rito de iniciación.

La mención de su nombre después de tanto tiempo le llenó de un miedo inexplicable. Se sintió expuesto, solo y profundamente vulnerable bajo el escrutinio de una mente inmensamente superior.

«Os oigo, magistrado», pensó, al tiempo que luchaba contra la necesidad de huir y esconderse.

La voz no era tal en realidad, era más bien una iluminación que brillaba directamente dentro de su yo interior. El destello pareció una suave risa entre dientes.

«Cuéntame lo que has visto», le instó, y de pronto Elías Rede experimentó la sensación más terrible y agónica que había temido jamás, la de algo que hojeaba las páginas de su mente de un modo implacable.

Aunque no dolía, producía una enorme angustia. Los secretos fueron desvelados, quedaron expuestas las debilidades, los viejos recuerdos se marchitaron bajo esa luz inmisericorde. No había nada que se le pudiera resistir a aquel escrutinio, por lo que Elías Rede rindió su alma, oh, sí, hasta el último rincón, cada recuerdo, cada ambición, cada placer culpable, cada pequeña rebelión, cada pensamiento.

Aquello le dejó vacío y sollozante en medio de una gran confusión, pero enseguida fue consciente de un nuevo motivo de espanto, el de ser observado. Compartía esa experiencia con todo el Orden, con absolutamente todos sus miembros. Aprendices. Profesores. Magistrados. Hasta el más ínfimo escriba. Todos estaban presentes y todos le juzgaron en ese momento.

El tiempo se detuvo. Desde las profundidades de su sufrimiento el examinador fue consciente del debate que tenía lugar en las cámaras de Finismundi. Las voces atronaban a su alrededor, elevándose excitadas. A él no le preocupó. Quería esconderse para morir, enterrarse tan hondo bajo la tierra que nadie pudiera hallarle nunca jamás.

Pero la voz no había terminado con Elías Rede. Revolvió una y otra vez en los hechos acaecidos durante las últimas horas, rebuscando de forma infatigable en los detalles de lo sucedido en la colina, la llegada del párroco y la captura del Bárbaro, especialmente el Bárbaro, tamizando y controlando cada hecho, volviendo sobre cada matiz de las palabras que había dicho el hombre.

«Más», exigió.

Al examinador se le entrecortó la voz. «Magistrado…, yo…»

«Más, Elías. Dame más.»

«¡Por favor, magistrado! ¡Ya os lo he dicho todo!»

«No, Elías. Has visto más».

Se percató de que no era así en el mismo momento de pronunciar la negación. Tuvo la impresión de que se le había abierto un ojo en la mente gracias al cual veía detrás del mundo otro lugar fabuloso de luces y colores. Las pupilas se le dilataron.

– ¡Oh! -jadeó.

«Mira bien, Elías, y cuéntame todo lo que veas».

Fue una revelación de la que bebió con avaricia, olvidando el padecimiento. Cobró conciencia de la vida existente en todo cuanto había a su alrededor: detrás de los árboles había colores; detrás de las casas, firmas mágicas. Incluso su propia mano, doblada en un círculo entre el pulgar y el índice juntos, lanzó un rastro brillante, relumbrando contra la oscuridad. Seguramente ni la misma Ciudadela del Cielo podría haber sido más hermosa que esto…

«No te quedes embobado y mira fuera».

«Perdonadme, magistrado, yo…»

«¡He dicho que mires fuera!»

Abrió la ventana y miró hacia el exterior, una vez más observando a través del círculo de sus dedos. La noche también estaba teñida de esquemas luminosos, rastros evanescentes de muchos colores, la mayoría de ellos mates, salvo algunos meteoros que cruzaban el cielo. Y sobre la cárcel brillaba una luz; un rastro del color del martín pescador que emitía chispas hacia el cielo estrellado.

Al final, en ese momento, Elías Rede conoció al hombre con el rostro lleno de cicatrices, y escondió su propio rostro con manos temblorosas.

«Bien hecho, Elías -dijo la voz-. El Innombrable te agradece tu trabajo».

La conexión empezó a debilitarse y el conjunto caótico de las voces de los miembros del Orden aumentó sin ton ni son a medida que se apagaba la voz única. La comunión estaba llegando a su fin y Elías Rede sintió contraerse su mente, pero aun así, las visiones, las visiones maravillosas, permanecieron, aunque ligeramente empañadas; y como si, una vez vistas, no pudieran dejar de verse del todo.

«Recibe un regalo por tu leal servicio», dijo la voz.

El examinador se tambaleó. Ahora que su mente había vuelto a ser suya en su mayor parte, comenzó a comprender el honor excepcional que se le había concedido. «Un regalo -pensó- procedente del mismo Innombrable…»

– Oh, Innombrable -gritó-, ¿qué debo hacer?

Le contestó sin palabras.

Y mientras el reloj de la iglesia tocaba las doce y media, Elías Rede, examinador número 4.421.974, yacía en el suelo de la habitación de invitados del párroco. Estaba hecho un flan y mantenía la cabeza oculta entre los brazos mientras gemía de terror y gozo.

Capítulo 4

Entretanto, reinaba una calma absoluta en la cárcel. Los dos oficiales de guardia permanecían en la puerta, pero desde la marcha del finismundés, justo antes de la oscuridad, allí no había ningún sonido que procediera del interior del edificio con forma de horno.

Incluso así, los guardias, Dorian Scattergood, de la Posta de la Fragua, y Tyas Miller, de la villa de Malbry, habían recibido órdenes muy estrictas y específicas. Según Nat Parson, el Bárbaro era ya responsable de dos casi fatalidades, y habían sido estrictamente avisados contra cualquier error en su concentración.

El preso no tenía aspecto de ser un luchador, pero aunque lo fuera, el examinador le había dejado encadenado de manos y pies, con los dedos atados juntos y con una mordaza apretada entre los dientes para impedirle que hablara.

Esta última medida le había parecido un poco excesiva a Dorian Scattergood; después de todo, el hombre tenía que respirar, pero Dorian sólo era un guardia, como había señalado Nat Parson, y no se le pagaba para que hiciera preguntas.

En cualquier otro momento Dorian no habría tenido ninguna duda en señalar que de todas formas no le habían pagado en absoluto, pero la presencia de un examinador de la Ciudad Universal les hacía mostrarse cautelosos y él había vuelto a su puesto sin una palabra, lo que no le hacía sentirse feliz para nada. Los Scattergood eran una familia influyente en el valle, y Dorian no disfrutaba recibiendo órdenes. Quizás ése era el motivo por el que a pesar de las órdenes recibidas decidió ir a controlar al prisionero en el preciso momento en que sonó la medianoche en la torre de la iglesia.

Le halló todavía despierto al entrar en la cárcel, lo cual no era de extrañar, pues realmente resultaba difícil concebir que nadie fuera capaz de conciliar el sueño en tal posición. El único ojo del cautivo relumbró a la luz de la antorcha. El rostro estaba en calma e inmóvil.

Pero claro, Dorian Scattergood era un chico de trato fácil. Se dedicaba a criar cerdos como profesión y valoraba la vida tranquila por encima de todas las cosas, por lo que no apreciaba las incomodidades de ningún tipo. Era, de hecho, el tío de Adam, pero tenía poco en común con el resto de la familia, y prefería ocuparse de sus propios asuntos y dejar que los demás se ocuparan de los suyos. Se había mudado a la Posta de la Fragua hacía algunos años, abandonando Malbry, a Nat Parson y al resto de los Scattergood. Aunque no lo sabía nadie salvo su madre, tenía una runiforma en su antebrazo derecho, una Thuris rota, la Espinosa, que había disimulado como había podido con un hierro al rojo y hollín. Aunque nunca había mostrado ningún tipo de poderes antinaturales, era conocido en el valle por ser un escéptico y un librepensador.

Eso no le granjeó la simpatía de Nat Parson, como era de esperar, y la tensión entre ambos no había dejado de crecer desde hacía diez años, cuando el párroco había descubierto que una de las cerdas de Dorian, Nell la Negra, una magnífica criadora, tenía una runiforma rota y un temperamento violento, hasta el punto de haber devorado una carnada de sus propios lechones. Esta conducta no era insólita entre las cerdas de crianza, criaturas algo peculiares, y además la vieja Nell siempre había hecho alarde de un fuerte temperamento, pero el párroco había armado un gran revuelo y terminó llamando al obispo e invocando las Leyes. Prácticamente sugirió que Dorian estaba implicado en prácticas antinaturales.

Esto le había supuesto la pérdida de varios negocios y, de hecho, algunos habitantes del valle seguían sin querer tener tratos con él, y había ocasionado una gran desconfianza en el párroco. Tal situación sin duda constituía una suerte para Odín, porque significaba que Dorian, de entre todos los aldeanos, era el más inclinado a desobedecer las órdenes de aquél.

Esa medianoche observó con atención al prisionero, que parecía realmente inofensivo. No cabía duda de que debía de hacerle daño esa mordaza, apretada entre los dientes y sujeta por un bocado y una correa. Se preguntó por qué Nat había pensado que era tan necesario mantenerle amordazado. Simplemente era cuestión de mezquindad, o eso parecía.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó al prisionero.

Odín no contestó nada, como era de suponer. A través de la mordaza su aliento salía entre jadeos entrecortados.

Dorian pensó que no le pondría un freno como ése ni siquiera a un caballo para arar, de modo que mucho menos a un ser humano. Se acercó un poco más.

– ¿Puedes respirar? -insistió-. Solamente tienes que asentir si puedes.

En el exterior de la cárcel, Tyas Miller se estaba poniendo nervioso.

– Pero ¿qué pasa ahí? -siseó-. Se supone que sólo debes vigilar.

– Es sólo un minuto -repuso Dorian-. No creo que pueda respirar.

Tyas asomó la cabeza por el quicio de la puerta.

– Sal ya -le urgió-. Ni siquiera deberías estar ahí dentro.

Cuando vio a Dorian se le descompuso el rostro.

– El párroco ordenó que no te acercaras a él -protestó-. Dijo que…

– El párroco dice un montón de cosas -replicó Dorian, inclinándose para apartar la mordaza de la boca del prisionero-. Hala, tú espera ahí fuera y vigila la calle. No tardaré en salir ni un minuto.

La mordaza estaba rígida. Dorian la aflojó y con precaución la retiró de entre los dientes del encarcelado.

– Te lo aviso, tío. Una palabra y te la pongo de nuevo.

Odín se le quedó mirando, pero no dijo nada.

Dorian asintió.

– Me da que te apetecería algo de beber. -Sacó una petaca de su bolsillo y la sostuvo entre los labios del prisionero. El Bárbaro sorbió, manteniendo un ojo puesto en la mordaza que sostenía la mano de Dorian-. Te la dejaría quitada toda la noche si pudiera -comentó Dorian, observando su mirada-, pero tengo órdenes que cumplir, ¿lo entiendes?

– Sólo unos minutos -pidió el cautivo en un susurro, sangrando por la boca-. ¿Qué daño puedo hacer?

Dorian pensó en Matt Law y en Jan Goodchild, y pareció indeciso. No estaba seguro de creerse ni la mitad de lo que el párroco le había contado, pero Tyas Miller había contemplado la espada mental con sus propios ojos, y la había visto cortar la carne como si fuera acero.

– Por favor -insistió Odín.

Dorian ladeó la cabeza para echar un vistazo hacia el exterior, donde Tyas permanecía de pie ante la puerta. «El tipo este ya está lo suficientemente encadenado -pensó-. Incluso tiene bien atados los dedos».

– Ni una palabra -le dijo.

El cautivo asintió.

– De acuerdo -concluyó Dorian-. Media hora, nada más.

Odín trabajó casi en silencio durante los siguientes treinta minutos. Su energía mágica todavía era débil, pero incluso aunque hubiera sido más fuerte, las cuerdas en sus manos habrían hecho la digitación del Alfabeto Antiguo casi imposible.

En vez de eso se concentró en los ensalmos, y le resultó duro a pesar de que esos pequeños ensalmos susurrados requerían poca energía. El agua bebida no había bastado, todavía tenía partes de la garganta secas y la boca le dolía mucho, tanto que hacía que hablar resultara difícil.

Hizo un intento por sobreponerse a las adversidades y digitó la runa Naudr invertida para soltarse las manos, pero desapareció enseguida, dejando apenas una chispa. Hizo otra nueva tentativa, forzando a sus labios partidos a formar las palabras.

Naudr gerer næppa koste;

noktan kælr í roste [9].

Quizá sería un engaño de su imaginación, pero le había parecido que las ataduras de la mano izquierda se habían soltado un poco. Sin embargo, no lo suficiente; a este ritmo tendría que lanzar una docena de ensalmos sólo para poder liberar un dedo. Después de eso intentaría hacer un movimiento, si tenía tiempo y su energía mágica lo soportaba, y si el guardia…

El reloj de la torre sonó. Las doce y media. Se había cumplido el plazo.

Capítulo 5

Mientras tanto, a menos de dos kilómetros de distancia, Maddy se iba acercando rápidamente al halcón y el águila. Se mantuvo a cierta altura por encima de las otras dos aves, bien alejada de su línea de visión, y estaba casi segura de que en realidad no la habían visto. Luego, se desvió levemente a la derecha, todavía sin reducir la altitud, y observó el pueblo con su vista de ave.

Distinguió la cárcel, una pequeña construcción rechoncha que no quedaba a mucha distancia de la iglesia. Había un guardia apostado en la puerta y otro parecía estar mirando dentro. «Sólo dos, estupendo», se felicitó.

Todo parecía bastante tranquilo en los aledaños de la cárcel. No había rastros de ninguna partida o signo de alguna otra actividad inusual. La taberna Los Siete Durmientes había cerrado esa noche y sólo una luz brillaba en el interior, donde sin lugar a duda, la señora Scattergood había encontrado alguna otra pobre desdichada para que le hiciera la limpieza.

Detrás de la tasca, una pareja de juerguistas volvían a casa dando voces y tumbos por la calle. Maddy reconoció sin vacilación a uno de ellos, Audun Briggs, un techador de Malbry, pero le costó unos momentos identificar al segundo…

… Su padre, el herrero.

Se sintió conmovida, pero continuó volando. No podía permitirse que nada la entretuviera. Sólo esperaba que Jed tuviera el sentido común de mantenerse bien alejado en caso de que hubiera problemas. Era su padre, después de todo, y preferiría que él -en realidad no sólo él, sino todos los aldeanos- estuviese fuera del alcance de las chispas cuando éstas empezaran a saltar por todas partes.

Cuando llegó a las afueras de la villa, el halcón y el águila comenzaron su descenso a menos de noventa metros por delante de ella.

Maddy los imitó y redujo la altura, dejándose caer desde una altitud superior. Se acercó hacia la torre de la iglesia y se situó detrás de su pequeño y grueso remate; luego, aleteó sin gracia alguna para aterrizar en el patio desierto de la iglesia.

La capa de plumas era fácil de quitar. Un encogimiento de hombros y un ensalmo le bastaron para desprenderse de ella. La muchacha la sujetó al cinturón y se abrigó lo mejor posible, pues, a diferencia de lo que le había ocurrido a los otros al adoptar sus aspectos, ella sí había retenido sus ropas bajo la capa de plumas. Magnífico. Esto le daba un poco más de tiempo.

Miró a su alrededor. No había nadie por allí. La iglesia estaba sumida en la penumbra, igual que la casa parroquial. Sólo brillaba una luz bajo los aleros. «Bien», se felicitó Maddy de nuevo. Encontró el camino, no sin lamentar la pérdida de su vista nocturna de pájaro, y echó a correr con sigilo pendiente abajo, hacia la plaza de la villa, ahora desierta justo cuando el reloj marcó la media.

Era el momento.

Loki era consciente de que se le acababa el tiempo mientras sobrevolaba Malbry. Se había devanado los sesos durante todo el viaje sin haber hallado solución alguna al problema concreto que se le había presentado.

El águila le capturaría y le destrozaría con sus garras en cuanto hiciera el menor intento de huir, pero…

…si se quedaba, tendría que enfrentarse a uno o a dos de sus enemigos; ninguno de los cuales tenía razones para apreciarle. Era plenamente consciente de que su única influencia sobre Skadi duraría exactamente lo que tardara en darse cuenta de que la había engañado una vez más, y en cuanto al General, ¿qué piedad podía esperar de él?

Incluso si se las arreglaba para huir durante la pelea o aprovechando la confusión posterior, ¿cuánto tiempo le duraría esa ventaja? Si Odín escapaba, pronto saldría en su busca, y si no lo conseguía, serían los vanir los que lo hicieran.

«Qué mala pinta tiene esto», pensó mientras comenzaba el descenso. Su única esperanza era que aquella chica, Maddy, se pusiera de su parte, aunque tampoco había muchas posibilidades de que eso fuera a suceder, pero habría muerto hacía poco por segunda vez de no ser por ella, que había optado por evitarlo. No sabía lo que esto podría significar, pero quizá…

El águila profirió otro grito agudo de aviso detrás de él.

– Eh, tú, apresúrate.

Loki descendió en picado dócilmente.

Capítulo 6

«Estrellas arcanas han prendido fuego a la noche», observó para sus adentros el finismundés cuando avanzó un paso y a través del círculo mágico formado por los dedos índice y pulgar vio los tenues rastros de los miles de idas y venidas que bullían de vida a su alrededor.

«Así que esto es lo que ve el Innombrable -pensó, alzando la vista hacia el cielo iluminado-. Me pregunto cómo consigue mantener la cordura».

Se quedó algo estupefacto ante aquella nueva conciencia. Entonces vio algo que le hizo contener de golpe el aliento. Dos ligeros trazos, uno violeta y otro de color azul helado, recorrían el cielo como cometas hacia Malbry. «Más demonios. Conviene darse prisa».

Llegó a la cárcel apenas unos minutos más tarde. Se quedó satisfecho al ver que los guardias aún estaban alerta, aunque uno le mostró una mirada algo nerviosa, como si esperara alguna reconvención por su parte.

– ¿Pasa algo? -inquirió con voz aguda.

Ambos guardias negaron con la cabeza.

– Podéis marcharos -comentó Elías Rede mientras buscaba la llave-. No os necesitaré en lo que queda de noche.

El guardián de aspecto más nervioso mostró ahora una expresión de alivio y se marchó enseguida tras realizar la más escueta de las despedidas. El segundo, Scattergood, del que el examinador recordaba el nombre, parecía no querer irse del todo.

Sus colores evidenciaban algo que no era del todo correcto, como si estuviera alterado, o tuviese algo entre ceja y ceja.

– Es un poco tarde -dejó caer, de forma educada, pero con una pregunta implícita en su voz.

– ¿Y…? -continuó el finismundés, poco acostumbrado a que se cuestionaran sus decisiones.

– Bueno -comenzó Dorian-, pensé que…

– Yo ya pienso por mi cuenta, gracias, chico -concluyó Elías Rede, haciendo el signo con el índice y el pulgar.

Los colores de Dorian se intensificaron repentinamente y el finismundés se dio cuenta de que el hombre no estaba nervioso, como había pensado en un principio, sino enfadado, lo cual no le preocupó lo más mínimo. Ya había tratado con un montón de catetos en sus tiempos, y era consciente de que la gente de pueblo a menudo se sentía resentida con el trabajo del Orden.

– ¿Chico? -retrucó Dorian-. ¿A quién creéis que estáis llamando chico?

El examinador dio un paso hacia él.

– Largo de aquí, chico -siseó, sosteniéndole la mirada, y sonrió cuando los colores del guardia fluctuaron del rojo del enfado a un inseguro naranja, y finalmente, a un marrón sucio.

Bajó los ojos, musitó algún comentario banal y después se marchó con una única mirada furtiva por encima del hombro, llena de resentimiento, hacia la noche.

Elías Rede se encogió de hombros. «Paletos», pensó.

Apenas era consciente de que ya había usado demasiadas veces esa palabra para Elías Rede, antes conocido como examinador número 4.421.974.

Odín alzó la mirada cuando se abrió la puerta. Estaba bastante lejos de poder soltarse, pero se las había ingeniado para liberar tres dedos tras mucho trajinar y pellizcar las cuerdas que ataban su mano derecha. No era suficiente, pero era un comienzo. Además, iba a pillar al examinador completamente desprevenido gracias a la intervención de Dorian Scattergood.

El finismundés entró en la cárcel con descaro, con el Buen Libro acomodado debajo del brazo. Ya se le había olvidado casi por completo el suplicio de la comunión; esa impresión de sentirse despreciable y el conocimiento de que la parte más trivial e íntima de su persona había sido expuesta y sometida al escrutinio despreocupado de algo inmensamente más poderoso…

Ahora se sentía bien. Fuerte. Imperioso.

Armado con su nueva conciencia, veía ahora que lo que había tomado por compasión en su espíritu no era en realidad más que profundos e impropios escrúpulos. Había sido lo bastante arrogante para creer que comprendía la voluntad del Innombrable.

Ahora la conocía mejor. También veía que había vivido los últimos treinta años de su existencia como un cazador de ratas por mucho que se considerase un guerrero.

«Hoy -pensó- comienza mi guerra. Ya no habrá más ratas para mí».

Todavía temblando con la exaltación de esta noble tarea, se volvió hacia su prisionero. El rostro del hombre estaba en sombras, pero el examinador vio de golpe que le habían quitado la mordaza.

«¡Ese estúpido guardia!» Sintió un repentino fastidio, pero nada más. El prisionero aún tenía las manos a la espalda y los colores desvaídos reflejaban su agotamiento. Raedo brillaba de forma extraña, como una mariposa azul contra su piel curtida por los elementos, a través de su arruinado ojo izquierdo.

– Sé quién eres -le anunció el examinador en un arrullo mientras abría el Libro-, y también conozco tu nombre verdadero.

Odín no se movió. A pesar de que protestaron todos sus músculos, permaneció prácticamente petrificado. Sabía que iba a disponer de una sola oportunidad, una nada más. Contaba con el factor sorpresa de su parte, pero se hacía pocas ilusiones en cuanto a su posible éxito en caso de enfrentarse al poder de la Palabra. Aun así, si conseguía anticiparse…

Mantuvo las manos a su espalda y trabajó en las runas, consciente de que apenas le quedaba energía mágica y de que no tendría posibilidad de intentarlo por segunda vez si cometía un error, pero también de que en algunas ocasiones una piedra lanzada al aire podría bastar para desviar un golpe de martillo.

Hizo caso omiso al dolor y bajó los dedos con lentitud. La runa Tyr había comenzado a tomar forma. Tyr, el Guerrero, que alguna vez había adornado una espada mental de tal poder que le había hecho prácticamente invencible en la batalla, ahora había quedado reducida a una esquirla de luz rúnica no mayor que una uña de la mano…

…pero seguía afilada. La pequeña hoja curva liberó un cuarto dedo de sus ataduras y luego el pulgar. Odín flexionó la mano derecha, frotando la palma con suavidad con el dedo corazón, con el mismo gesto con el que un hilandero da vueltas al hilo.

El movimiento del preso fue demasiado sutil para ser visto por el captor finismundés, aunque sí percibió su reflejo en los colores del Tuerto, un oscurecimiento que mostraba algún tipo de intención que le hizo entrecerrar los ojos. ¿Tramaba algo aquel cazurro?

– Veo que querrías matarme -le dijo, observando cómo el azul de la energía mágica del prisionero se tornaba en un púrpura relumbrante, similar al de una hinchada nube de tormenta. Odín no despegó los labios mientras sus dedos no cesaban de trabajar a su espalda-. ¿Y no me vas a decir nada? -continuó el examinador, sonriente-. Te lo aseguro, no hay problema.

Sostuvo el Libro de las Palabras y lo abrió por el capítulo uno, el de las Invocaciones.

En otras palabras, nombres.

Capítulo 7

«Se necesita una clase superior de coraje para torturar a un hombre», reflexionó el examinador. No todo el mundo lo tenía, ni eran todos los llamados a la tarea. Incluso él, a pesar de su aparente verborrea audaz, nunca había sido requerido a tratar con nada mucho más grande en la escala de los seres que un jamelgo marcado por una runiforma, o una madriguera llena hasta los topes de trasgos.

Y ahora podría utilizar la Palabra contra un hombre.

La perspectiva le causó cierto mareo, pero no a causa del horror, de eso sí que se dio cuenta. Estaba emocionado.

Claro, ya conocía sus efectos. Ya la había visto en acción hacía treinta años, cuando apenas era un tapón. Le había hecho entonces sentirse enfermo: el odio de la criatura, las maldiciones; y al final, cuando había realizado ya las últimas invocaciones, el desconcierto casi humano en sus ojos llenos de dolor.

Ahora sintió una explosión de alegría justificada. Este iba a ser su momento de gloria. Había recibido para la realización de aquella tarea un poder por el cual muchos magistrados suspiraban en vano durante años. Él iba a mostrarse merecedor de dicho honor, oh, sí, aunque tuviera que vadear a través de ríos de sangre preternatural.

La Palabra empezó a tomar forma a su alrededor mientras daba comienzo a la lectura con voz alta y resuelta.

Yo te llamo Odín, hijo de Bor.

Te llamo Grim y Gangleri,

Herían, Hialmberi,

Tekk y Tridi; Tund y Unn.

Te llamo Bólverk, Grímnir, Helblindi, Hárbard,

Svídur, Svídrir…

Llegados a este punto, Odín ya no podía esperar más. Sacó una mano de detrás de la espalda con un gesto brusco y lanzó Tyr contra el examinador con todas sus fuerzas al tiempo que liberaba la mano izquierda de sus ataduras y formaba Naudr, invertida, para soltar las cadenas que le sujetaban.

El arma era pequeña, pero voló en la dirección correcta. La runa zumbó a través del aire, mordió profundamente el pulgar del examinador y cortó las páginas del Buen Libro antes de clavarse en el costado del finismundés.

Allí quedó alojada, y aunque, por desgracia para el cautivo, no entró lo bastante profundo para matar al hombre, al menos sí bastó para derramar su sangre con tal abundancia que durante un momento Odín se alzó con la mano ganadora. Saltó hacia el examinador, no con encantamientos ahora, sino con su propia fuerza, haciendo caer el Libro de sus manos y empujando al hombre contra la pared de la cárcel.

El examinador no tenía nada de guerrero y profirió un grito de alarma. Odín se le echó encima y se las habría apañado para dominarle si no hubiera sido porque se abrió la puerta de la cárcel en ese mismo momento y aparecieron tres hombres en la entrada.

Uno era Audun Briggs. El segundo era Jed Smith. Y el tercero era Nat Parson, con el rostro encendido con un fuego de mil diablos.

Capítulo 8

Mientras tanto, Loki había encontrado el rastro del examinador alrededor de la cárcel. Lo había visto antes; era de un extraño color verdoso, brillante, sí, pero de un modo algo enfermizo, con un fulgor parecido al fuego del Santo Sepulcro.

Vio también al párroco con la pareja de esbirros, aunque estaban demasiado preocupados con lo que estaba sucediendo en la cárcel como para prestar ningún tipo de atención al pequeño pájaro marrón que se posó en la cerca, no muy lejos de ellos. El as se despojó a toda prisa de su aspecto de pájaro. Una mirada sobre su hombro le mostró que Skadi se había posado no mucho más lejos, sin más atavío que su propia piel desnuda, pero con el látigo rúnico ya listo en la mano.

«Allá va -pensó-. Muerte o gloria». De los dos, no sabía con seguridad a cuál temer más.

Odín vio entrar a los tres hombres. Se volvió instintivamente para luchar y recibió de lleno en el hombro el dardo que le lanzó Jed Smith. El flechazo le clavó contra la pared y le mantuvo allí durante unos cuantos segundos. El cautivo echó mano al astil de la flecha e hizo fuerza en un intento infructuoso de sacársela.

– ¿Examinador?

Nat corrió hacia el hombre caído. El finismundés estaba pálido, pero todavía consciente. Se sujetaba el vientre con las manos ensangrentadas. A sus pies, yacía abierto el Buen Libro, casi partido en dos por la espada mental que le había abatido.

Apartó a un lado al párroco con impaciencia.

– ¡El prisionero! -jadeó.

Nat sintió una punzada de resentimiento.

– Está a salvo, examinador -aseguró a su invitado.

– ¡Reducidle! -ordenó con voz entrecortada el examinador, mientras buscaba a tientas su Libro-. ¡Sujetadle y amordazadle mientras invoco la Palabra!

Nat Parson le dedicó una mirada de medio lado. Vaya, así que el examinador le pedía ayuda ahora, ¿no? «Educado como siempre, ¿eh, Señor Abstinencia? ¡Pero ya no somos tan guays con un agujero en las tripas!»

Sin embargo, se apresuró a obedecer la orden, uniéndose a Audun Briggs para medio arrastrar a Odín hacia el lado más lejano de la cárcel mientras Jed Smith los mantenía a cubierto del prisionero, con una segunda flecha preparada en el arco.

Aunque no tenía necesidad de él, a pesar de todo. Ya no le quedaban ganas de lucha al Bárbaro. Una vez más atado y amordazado, no podía hacer nada, salvo observar al examinador, arrastrándose a sus pies (con la ayuda del párroco), preparado para completar el cántico:

Te llamo Tror, Átrid, Oski, Veratyr…

Y ahora Odín podía sentir la inminencia de la llegada de la Palabra.

Thund, Vídur, Fiólsvid. Ygg.

La mordaza sofocó una maldición mientras toda su voluntad luchaba contra la fuerza de la Palabra; pero la voluntad de Odín flaqueó conforme su sangre empapaba el suelo endurecido. Recordó cómo el examinador le decía «Tu tiempo se ha agotado» y de pronto, surgió de entre la ira y la pena un sentimiento de profundo e innegable alivio.

Capítulo 9

No cabía duda alguna de que algo sucedía en el edificio de la cárcel. La muchacha podía sentirlo y luego fue capaz de verlo cuando Bjarkán mostró en el frío aire de la noche cómo dos firmas mágicas, las de Skadi y Loki, se acercaban al otro lado de la plaza sin haberse percatado todavía de la presencia de Maddy. Ella se aproximó a la única puerta de la cárcel al amparo del haz de sombra proporcionada por el edificio orlado por la luz de la luna.

Comenzó a digitar con la mano la forma familiar de Hagall, la Destructora.

A menos de cuatro metros, el examinador se preparaba para desencadenar la Palabra.

La Palabra en sí misma es insonora por completo…

…como Nat ya sabía tras su experiencia en el alcor del Caballo Rojo. La Palabra se forma, no se pronuncia, aunque en la mayoría de los casos venía precedida por toda una serie de versos y cánticos compuestos para darle mayor poder.

El párroco volvió la vista hacia el Libro que el finismundés sostenía en las manos. Nunca antes había visto abierto el Libro de las Palabras. La lista de nombres en la página masacrada llenaba nueve versos y el efecto de su lectura en el prisionero había sido dramático, pues se había desplomado de forma fulminante en el suelo de la cárcel, con su único ojo relumbrando de modo desafiante mientras la runiforma de su rostro brillaba con una luz antinatural.

El examinador también parecía exhausto; sus manos buscaban algo a tientas en el Libro abierto.

– Dejadme que lo sostenga -se ofreció Nat, estirándose para cogerlo.

El examinador no protestó y dejó caer el Libro en las manos del párroco sin que apenas pareciera escuchar sus palabras.

– Te exijo una respuesta -la voz del examinador sonaba ronca por el esfuerzo. Sus ojos se fijaron en el prisionero; sus manos ensangrentadas temblaban-. Contéstame a esto y contéstame con la verdad. ¿Dónde se encuentra el Pueblo de los Videntes? ¿Dónde se esconden? ¿Cuántos son? ¿Cuáles son sus armas? ¿Qué planes tienen?

El cautivo gruñó bajo su mordaza.

– Te digo, ¿dónde están?

Odín se retorció y sacudió la cabeza.

Nat Parson se preguntó cómo podía esperar el finismundés conseguir una confesión fuera la que fuese de un hombre al que se había asegurado de privar de la palabra con tanta eficacia.

– Quizá si le quito la mordaza, examinador…

– ¡Estate quieto, estúpido, y apártate!

Ante eso, Nat saltó como si le hubiera abofeteado.

– Examinador, debo protestar…

Pero éste no le escuchaba. Sus ojos se entrecerraban como los de un hombre que casi -aunque no del todo- podía obtener por fin lo que buscaba, y se inclinaba hacia delante, hasta que la Palabra sonó sin ningún sonido perceptible en el aire.

En toda la aldea, los perros vieron cómo se les erizaba el lomo, las puertas de los aparadores se abrieron súbitamente y los durmientes pasaron de un sueño incómodo a otro.

– ¿Dónde está el Pueblo de los Videntes? -siseó de nuevo, haciendo un pequeño signo extraño con su índice y su pulgar.

Y ahora el párroco estuvo seguro de que podía percibir una especie de luz coloreada que rodeaba al prisionero y al examinador como un humo aceitoso. Se deslizó alrededor de ellos en espirales perezosas, y con sus manos el examinador agitó y batió el aire iluminado como una costurera cardando sedas.

Pero había más, intuyó el párroco. Había palabras en los colores. Casi podía oírlas aleteando como polillas en torno a una luz. No salió ni una palabra del prisionero en el suelo, pero de algún modo el examinador le estaba haciendo hablar.

Y ahora Nat se dio cuenta con excitación creciente de que lo que había tomado por colores y luces eran en realidad pensamientos, pensamientos extraídos directamente de la mente del Bárbaro.

Sin lugar a dudas, Nat sabía muy bien que no debería estar observando todo esto. Los misterios del Orden estaban celosamente guardados, ése era el motivo por el cual el Libro de las Palabras permanecía cerrado. Él sabía con exactitud lo que correspondía hacer: apartarse, con los ojos bajos, bien fuera del alcance de todo aquello y dejar que el examinador llevara a cabo el interrogatorio…

…pero Nat era ambicioso y la perspectiva de tener la Palabra cerca, tan próxima que prácticamente era capaz de tocarla, eliminó tanto la precaución como el sentido del deber. En vez de eso, se acercó más, hizo el mismo extraño signo que había visto hacer al examinador y en un segundo la visión verdadera le envolvió, haciéndole girar al instante en un remolino de luces y firmas mágicas.

¿Podría esto simplemente ser… un sueño?

De ser así, era uno con el que Nat Parson nunca había soñado antes.

– ¡Oh, qué maravilloso! -suspiró, y se acercó aún más sin poder evitarlo.

Durante un segundo captó el ojo del prisionero y algo circuló entre ellos, algo íntimo. El examinador sintió algo similar a un golpe de aire, pero el párroco estaba entre medias, maldito fuera el estúpido, y en el medio segundo que le costó apartarse, la preciosa información se había perdido.

El examinador lanzó un aullido a la vez de ira y frustración.

Nat Parson siguió mirando fijamente al prisionero, con los ojos dilatados de asombro por el nuevo conocimiento obtenido.

En ese momento la puerta de la cárcel se abrió de golpe girando sobre las bisagras y un rayo de letal luz azul atravesó la habitación.

«Voy a morir», pensó el párroco mientras se acurrucaba en el suelo. Tenía una vaga conciencia de la presencia de Audun y Jed que hacían lo mismo en estos momentos; a su lado yacía el examinador, casi rígido ya, con las manos extendidas como si intentara escapar a la aniquilación.

No quedó duda ninguna en la mente de Nat de que el hombre estaba muerto, ya que el rayo casi le había partido en dos. El Buen Libro estaba allí en el suelo, a su lado, con las páginas dispersas y chamuscadas por la explosión.

Pero incluso entonces siguió sintiendo curiosidad. Mientras los otros dos escondían los ojos, él alzó los suyos, hizo un círculo con el índice y el pulgar y vio a sus atacantes: una mujer casi desnuda y demasiado hermosa para mirarla, rodeada por un halo de fuego frío, y un joven en el mismo estado de desnudez con una sonrisa torcida que hizo que el párroco se echara a temblar.

– Cógelo -ordenó Skadi.

– Espera un poco -replicó Loki-. Me estoy congelando vivo. -Avanzó hacia Audun, evitando a Jed y a Nat, que todavía yacían en el suelo de la cárcel-. Esta túnica me irá bien -le dijo a Audun-, ah, y las botas. -Le quitó en un pispas ambas prendas, dejando al guardia en ropa interior-. No es que sea un equipo perfecto -comentó Loki-, pero teniendo en cuenta las circunstancias…

– Te he dicho que lo cojas -repuso bruscamente Skadi, con impaciencia creciente.

El as se encogió de hombros y dio un paso por encima del prisionero.

– Levántate, hermano mío -le dijo, digitando una runiforma que hizo caer las cadenas-, aquí viene la caballería.

Odín se levantó. «Uf, tiene un aspecto espantoso», pensó Loki. Lo que serían buenas noticias en cualquier otro momento, pero no en éste, ya que habían contado en buena medida con la protección del General.

Skadi se adelantó y alzó su artefacto mágico. El látigo rúnico siseó y su punta se bifurcó como la de la lengua de una serpiente.

– Y ahora -añadió-, dame al Susurrante.

Capítulo 10

Loki consideró la idea de cambiar a su aspecto ígneo, pero la rechazó porque sería un desperdicio de energía mágica. Skadi se encontraba de pie delante de él, con Isa bien preparada, y por muy rápido que él fuera, se temía que ella lo sería más.

– No tengas duda de que mantendré mi parte del trato hasta el final -comentó, sin apartar la vista del látigo rúnico que chasqueaba y siseaba como si fuera un relámpago embotellado-. Hasta el final.

La expresión de Skadi, habitualmente fría, se convirtió en helada.

– Te he avisado -le dijo en voz baja.

– Y yo te he respondido con claridad. Te prometí al Susurrante y lo tendrás, no temas -le echó una mirada a Odín-, cuando todos salgamos de aquí sanos y salvos.

Quizás Odín estuviera débil, pero eso sí, no había perdido ni un ápice de su agilidad mental. Conocía a Loki lo suficiente para comprender el juego que estaba jugando y cómo seguírselo, estando las cosas como estaban. Podría ser que estuviera mintiendo, lo más probable era que así fuese, pero tanto si tenía al Susurrante como si no, no era el momento de entrar en disputas.

– Ese no fue el trato -replicó Skadi, acercándose aún más.

– Intenta pensar -intervino Odín, con voz serena-, ¿crees tú que cualquiera de nosotros lo habría traído hasta aquí como si fuera una chuchería sin valor? ¿O más bien no lo habríamos escondido en algún lugar donde estuviera a salvo, en un lugar donde nadie lo encontrara con facilidad?

Skadi asintió.

– Ya veo -añadió y entonces se dio media vuelta y alzó el artefacto mágico-. Bien, Sirio, creo que con esto cerramos nuestro negocio -comentó y descargó un golpe con el látigo rúnico que cayó con un chasquido capaz de partirle a uno la cabeza.

Por poco no le da a Loki, y abrió un trozo de la pared de casi metro y medio de largo justo en el lugar donde había estado.

Nat, Jed y Audun, los tres pegados al suelo con la esperanza de pasar desapercibidos, intentaron apretarse aún más al suelo de la cárcel.

Loki le lanzó a su hermano una mirada apreciativa.

– No sé si te has dado cuenta, pero acabo de salvarte la vida.

– ¿Y crees que eso importa? -preguntó Skadi-. ¿Tú crees que eso compensa todo lo que has hecho?

– Bueno, no exactamente -respondió Loki-, pero podríais necesitarme cualquier día de éstos…

– Creo que prefiero correr el riesgo.

Alzó el artefacto mágico. Una Isa dentada se agitó en el aire.

Pero entonces fue Odín el que dio un paso adelante. Ahora parecía mayor, con el rostro curtido y la camisa manchada con sangre fresca, sin embargo sus colores relampaguearon presos de una súbita furia.

Skadi le encontró bloqueándole el paso y le miró fijamente, atónita.

– No puedes ir en serio -replicó-. ¿Acaso vas a brindarle ahora tu protección?

Odín simplemente la miró con inquietud. A Nat, que le estaba observando, le pareció que sus colores le envolvían como en una capa de fuego azul.

– No -repuso Skadi-.Ya he esperado demasiado.

– Lleva razón. Puede que le necesitemos -insistió Odín.

– ¿Después de lo que pasó en el Ragnarók?

– Pues no han cambiado ni nada las cosas desde el Ragnarók.

– Algunas cosas nunca cambian. Él va a morir. Y en cuanto a ti… -La vanir fijó en Odín su mirada fría.

– Continúa -musitó él en voz muy baja.

– En cuanto a ti, Odín, mi tiempo con los æsir ya ha pasado. No tengo ninguna disputa pendiente contigo, al menos aún, pero no me imagino de qué modo puedes considerar que soy algo tuyo para que puedas darme órdenes. Y nunca oses interponerte en mi camino.

Detrás de ella, Nat observaba hipnotizado. La puerta permanecía abierta, apenas a dos metros, y sabía que debía aprovechar su oportunidad para huir antes de que los demonios repararan en él, pero aquellos seres ejercían sobre él una terrible fascinación y el hechizo subyugante de los mismos le retuvo allí.

Resultaba obvio que eran los videntes. Lo había adivinado de pronto, en cuanto el examinador lanzó la Palabra. «Esto es lo que los hace ser dioses -pensó excitado-, el Pueblo de los Dioses o demonios; y con ese poder, ¿a quién le importa?»

Ahora los tres videntes se enfrentaban entre ellos. Para Nat tenían el aspecto de columnas de llamas de color zafiro, violeta e índigo. Se preguntó cómo era posible que pudiera seguir viéndolos cuando el examinador estaba ya muerto, y recordó el momento del contacto entre él y el Bárbaro, el momento en que había mirado dentro de los ojos del hombre y había visto…

¿Qué era, exactamente, lo que había visto?

¿Qué era, exactamente, lo que había oído?

Los videntes estaban discutiendo. El párroco entendió vagamente el porqué: la mujer de hielo quería matar al hombre pelirrojo, y el Bárbaro, que no era ningún bárbaro sino algún tipo de señor de la guerra para los videntes, quería detenerla.

– Ten cuidado, Odín -le advertía ella en este momento, en voz baja-. Dejaste tu soberanía en la Fortaleza Negra. Ahora no eres más que otro nombre del pasado agotado con delirios de grandeza. Déjame pasar o te partiré en dos ahí justo donde estás.

«Y ya lo creo que lo haría», pensó Nat Parson. Esa cosa que llevaba en la mano estaba en plena explosión de furia. El Bárbaro, sin embargo, no pareció conmovido. «Está tirándose un farol», pensó Nat; desde luego, si fuera él, tampoco habría considerado la idea de moverse.

– Es tu última oportunidad -insistió ella.

Y entonces algo que parecía como un pequeño fuego artificial de gran intensidad y poder espectacular pasó a toda velocidad sin hacer ningún ruido sobre la cabeza de Nat y golpeó a la mujer en la parte más estrecha de la espalda, echándola bruscamente en brazos del Bárbaro.

Nat se dio la vuelta y vio al recién llegado, que aparecía envuelto en un fabuloso resplandor de luz roja y dorada. «Una mujer -pensó-, no, una niña», envuelta en una chaqueta masculina y una camisa artesanal, con el pelo suelto, los brazos extendidos y una esfera de fuego en cada mano.

«Por las Leyes -pensó-, ésta hace parecer a los otros velas de a penique», y entonces captó la imagen del rostro de la chica y soltó un ronco grito de incredulidad.

– ¡Es ella! ¡Ella!

Durante unos segundos Maddy se le quedó mirando, con los ojos llenos de luces danzantes. El párroco casi se derrite y después ella pasó por su lado sin despegar los labios. La primera cosa que hizo fue comprobar el estado del Bárbaro.

– ¿Te encuentras bien?

– Estaré mejor luego -contestó Odín-, pero me he quedado sin energía mágica.

Ahora Maddy se agachó al lado de la Cazadora herida y la encontró con vida, pero aún inconsciente.

– Vivirá -comentó Odín, adivinándole el pensamiento-. Ya sabía yo que esas habilidades tuyas terminarían siendo algún día de utilidad.

Loki, que se había tirado al suelo en el momento en que el rayo mental había sido disparado desde la puerta, ahora se quitaba el polvo haciendo gala de una gran despreocupación y le dedicó a Maddy una amplia sonrisa torcida.

– Llegaste justo a tiempo -asintió-. Ahora vamos a deshacernos de la Reina del Hielo… -espetó al tiempo que alzaba la mano y empezaba a digitar Hagall, la Destructora.

– No lo hagas -replicaron Maddy y Odín a la vez.

– ¿Qué? -inquirió Loki-. En el momento en que se recupere saldrá detrás de nosotros.

– Si la tocas -repuso Maddy, digitando Tyr-, seré yo quien vaya detrás de ti. Y en cuanto al resto de vosotros -añadió, volviéndose hacia Nat y los otros dos-, creo que ya ha habido bastante violencia por aquí. No quiero ver nada más.

Miró a Jed Smith, que la observaba con horror, y su voz tembló, pero sólo una vez.

– Lo siento, papá -le dijo con tono dulce-. Hay demasiadas cosas que no te puedo explicar. Yo… -Hizo un alto en ese momento, consciente del absurdo de intentar explicarle que la hija que él había conocido durante catorce años se había convertido en una completa extraña-. Cuídate mucho -dijo, al final-, y cuida de Mae. Yo estaré bien. Y vosotros -prosiguió, dirigiéndose hacia Nat y Audun Briggs- más vale que os vayáis. No querréis estar aquí cuando Skadi se despierte.

Eso fue suficiente para los tres hombres. Se marcharon con prisa y sólo Jed osó volver la vista atrás para mirarlos de reojo antes de desvanecerse en la noche.

Loki hizo ademán de seguirlos.

– Bueno, gente, si eso es todo…

– No es todo -replicó Odín.

– Ah -siguió Loki-, mira, viejo amigo, no es que no aprecie la reunión. Quiero decir, ha pasado mucho tiempo y todo eso, y es estupendo que las cosas te hayan ido bien y tal, pero…

– Cierra el pico -soltó Maddy.

Loki se calló.

– Y ahora escuchadme los dos.

Y ambos atendieron.

Capítulo 11

La-Bolsa-o-la-Vida estaba fracasando en su intento de sofocar la rebelión desatada en los túneles del subsuelo de la colina del Caballo Rojo. La ausencia del Capitán y la crisis creciente del Ojo del Caballo habían terminado por generar un ambiente levantisco. Bolsa era consciente de que el asunto se le había ido de las manos y sólo la convicción de que el Capitán seguía con vida y además era perfectamente capaz de culparle a él solo por todo aquel lío hizo que no se uniera en el pillaje a la turba, que recorría el lugar haciendo estragos y destruyéndolo todo a su paso.

– Sólo te lo diré una vez -le contaba su amigo Pepinillo-al-Viento-, cuando regrese y se encuentre este follón…

– ¿Y cómo va a volver? -le interrumpió un trasgo llamado Capaz-y-Tenaz-. El Ojo está cerrado y han invertido la entrada. Vamos a tener que ponernos a hacer túneles como conejos para poder salir al Supramundo, y cuando consigamos salir, habrá guardias, partidas y vete a saber qué por todos lados. Yo digo que hagamos el equipaje, nos llevemos lo que merezca la pena llevarse y saquemos a los demás de aquí mientras aún sea posible.

– Pero el Capitán… -protestó Bolsa.

– Que se pudra -replicó Capaz-y-Tenaz-. Diez a uno a que está muerto, de todas maneras.

– Hecho -repuso Pepinillo, oliéndose una apuesta.

Bolsa parecía nervioso.

– Realmente no creo que… -comenzó.

– ¿Ah, no? -le interrumpió Capaz, sonriente-. Bueno, te doy una ventaja, para que lleves la delantera. Un barril de cerveza a que está muerto, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -afirmó Pepinillo, chocándole la mano.

– De acuerdo -dijo Bolsa-, pero…

– De acuerdo -añadió una voz agradable, y bastante familiar, detrás de ellos.

– Ah -se le escapó a Bolsa, mientras se daba la vuelta lentamente.

– Eres La-Bolsa-o-la-Vida, ¿no? -le espetó Loki.

Bolsa hizo un sonido estrangulado de protesta.

– Justo eftábamos hablando de vos, Capitán, señor, y justo eftábamos diciendo que folferíais a tiempo… ¡Ejem!… A tiempo de jasegurarnos que todo estafa preparado y para janticiparnos vuestras órdenes, y nosotros… ¡Ejem!

– Bolsa, ¿te has resfriado? -comentó Loki, simulando una falsa preocupación.

– No, señor, Capitán, señor. Simplemente estábamos especulando, ¿no, chicos?…

Se volvió en busca del apoyo de los demás y vio, para su sorpresa, que ya se habían largado.

Habían tenido que combinar todas sus fuerzas para invertir las runas y abrir la colina. Tal como estaban las cosas, la onda expansiva había hecho desaparecer para siempre el Ojo del Caballo, y ahora había abierto un túnel oscuro que se perdía en el Trasmundo.

Loki no quería llevarles allí, pero de todas formas, Maddy le había convencido. De cualquier modo, Odín, estando tan debilitado como estaba, no era capaz de cambiar su aspecto y era inútil esperar que pudieran llegar lejos con una sola capa de plumas para los dos.

No, había dicho ella, la única cosa que tenía sentido era mantenerse en el Trasmundo cuanto más tiempo pudieran mejor y explorar las posibilidades de su nueva camaradería.

«¿Camaradería?» Ella se dio cuenta de que Loki se sentía tan incómodo con la idea como el Tuerto, pero no tenía nada de tonto y con Skadi en pie de guerra había visto con rapidez las ventajas de mantenerse juntos.

Ahora estaban en sus habitaciones privadas, con comida y vino que había traído Bolsa, y hablaban. Nadie comió mucho, salvo Maddy, que tenía un hambre canina; Odín bebió sólo vino y Loki se sentó a un lado y parecía tenso e incómodo.

– Debemos permanecer juntos -insistió Maddy-. Apartar nuestras diferencias y trabajar en equipo.

– Eso es fácil decirlo para ti -replicó Loki-. A ti no te han matado en Ragnarók.

– ¿Matado? -preguntó Maddy.

– Bueno, o algo así -admitió Odín-. Ya sabes, generalmente no te dejan entrar en la Fortaleza Negra del Averno si todavía estás vivo.

– Pero si os mataron, entonces, cómo…

– Es una larga historia, Maddy. Quizás algún día…

– De cualquier modo, estamos acabados -comentó Loki, interrumpiéndolos-. Tenemos al Orden tras nuestra pista, los Durmientes han despertado…

– No todos -repuso Maddy con rapidez.

– ¿Ah, no? ¿Y cuánto tiempo crees que va a tardar Skadi en despabilar a los otros?

– Bien -dijo Odín-, al menos no tienen al Susurrante.

Maddy examinó sus uñas con mucha atención.

– No lo tienen, ¿no?

– Bueno, tanto como eso, no.

– ¿Cómo? -ahora su voz sonaba aguda-. Vamos a ver, Maddy, está a salvo, ¿no? ¿Dónde lo has dejado?

Se hizo un silencio bastante incómodo.

– ¿Que lo escondiste dónde? -aulló Loki.

– Bueno, pensé que estaba haciendo lo más correcto. Skadi te habría matado si no hubiera pensado en algo.

– Me matará de todas formas -dijo el Embaucador-.Y también a ti por haberme ayudado. Y en lo que respecta al General, le matará asimismo. -Le echó una mirada a Odín-. A menos que te saques algún truco fabuloso de la manga, lo cual dudo bastante…

– No lo tengo -replicó Odín-, pero sí sé que si los vanir están despiertos, entonces realmente sólo hay una cosa que nos queda por hacer.

– ¿El qué? ¿Rendirnos? -dijo Loki.

Odín le lanzó una mirada de aviso.

Loki puso un dedo sobre sus labios llenos de cicatrices.

– Algunos de los vanir me son leales -afirmó Odín-, y podemos atraer a los demás. No nos podemos permitir enfrentarnos unos a otros. Necesitaremos toda la ayuda que seamos capaces de conseguir si vamos a presentar batalla contra el Orden.

Loki asintió. Su sonrisa había desaparecido; ahora parecía impaciente, casi nostálgico, como había estado al lado de la chimenea cuando le habló a Maddy de la inminencia de una guerra.

– ¿Y crees que vamos a hacerlo?

– Creo que debemos… -la voz de Odín sonaba grave-. Lo he sabido desde que la encontré cuando tenía siete años, salvaje como un lobezno, con esa marca en su mano. No sabría decir cómo ha llegado a este pueblo, pero todos los signos estaban allí desde el primer momento, tanto la runiforma completa, nada más y nada menos que Aesk, como una habilidad innata para arrojar runas mentales, incluso su nombre…

– ¿Mi nombre? -inquirió Maddy. Ambos la ignoraron.

– Ella nunca lo sospechó -continuó Odín-, la alimenté con cuentos y medias verdades preparadas al efecto, pero yo lo supe desde el principio. Lo llevaba en la sangre. No te puedes imaginar la de veces que quería contárselo, todas las veces que quise rendirme a sus demandas y llevarla a Finismundi conmigo.

– ¿Decirme qué? -insistió Maddy, que comenzaba a perder la paciencia-. ¿Qué hay en Finismundi? Tuerto, ¿qué es lo que no me has contado?

– Pero yo sabía que aquí estaba a salvo -replicó Odín, ignorándola-. Sabía que no sufriría ningún daño real mientras viviera en este valle, al lado del Caballo Rojo. Quizás algunas molestias por parte de los otros chicos, pero no más…

– ¡Algunas molestias! -gritó Maddy, pensando en Adam Scattergood.

– Ah, sí, poca cosa -le contestó Odín de forma brusca-. No es fácil ser dios, ya sabes. Has de asumir las responsabilidades. No todo son tronos dorados y castillos en las nubes.

Maddy se le quedó mirando fijamente, con la boca un tanto entreabierta.

– ¿Un dios?

– Dios, vidente, demonio, dilo como te plazca.

– Pero yo soy una ígnea -repuso Maddy-. Me lo has dicho tú mismo.

– Te mentí -replicó él-. Sé bienvenida al clan.

Ella se limitó a mirarlos fijamente a los dos.

– Estáis locos. Yo soy la hija de Jed Smith, de la aldea de Malbry. Una runiforma y unos cuantos encantamientos no me convierten en miembro del Pueblo de los Videntes. No me hace una de vosotros.

– Oh, ya lo creo que sí -intervino Loki, sonriente-. Eso fue predicho hace siglos, pero ya sabes lo que dicen, nunca confíes en un oráculo. Su talento está mal dirigido. Suena profético, pero no tiene ningún sentido hasta que ya ha sucedido.

– ¿Y eso es lo que soy? -gritó Maddy.

– ¿No lo habías adivinado? ¿Con todas esas pistas y no lo habías descubierto?

– Dime, Loki -gruñó ella-. O te juro que te dejo frito, tanto si somos parientes como si no.

– De acuerdo -dijo Loki-. Sigue ocultando la cabeza.

– Entonces, dime -insistió Maddy-. Si no soy la hija de Jed Smith, entonces, ¿quién soy?

Odín le dedicó una sonrisa auténtica, que le confirió a su rostro adusto una especie de ternura.

– Tu nombre es Modi -contestó al final-. Eres mi nieta.

LIBRO SEIS

Æsir y Vanir

Al principio fue la Palabra.

Y la Palabra engendró al hombre,

y el hombre engendró al Sueño,

y el Sueño engendró a los dioses,

después de lo cual las cosas se volvieron algo,

un poco, o mucho, más complicadas…

Lokahrenna, 6:6:6

Capítulo 1

Nat Parsón se quedó de pie fuera de la cárcel, pero las piernas apenas le sostenían, ya que las sentía como cuerdas mojadas. Audun Briggs casi se había desmayado, aunque no sabía si había sido de miedo o por toda la cerveza que se había bebido; sin embargo, Jed Smith todavía estaba bastante sobrio, y había captado las implicaciones de lo que acababa de ver con una rapidez encomiable.

– ¿La has visto? -inquirió Nat-. ¿Has visto a la chica?

Jed asintió.

El párroco percibió cómo se esfumaba una parte de su excitación. Era consciente de que Maddy había estado con frecuencia en sus pensamientos durante los últimos días, y había temido en secreto que la obsesión le hubiera nublado la mente. Ahora se sentía justificado. La chica era un demonio y no habría nada más que alabanzas para quien la llevara ante la justicia.

Lo que no ponía en duda bajo ningún concepto era que ese héroe iba a ser él. El clérigo se proclamó unilateralmente a cargo de la situación tras la muerte del finismundés y nombró a Jed Smith su segundo al mando, pues no había nadie más a mano. Había otro motivo para esa elección. Jed tenía todas las razones del mundo para temer la sangre sucia que había caído sobre su familia, y cuando llegaran al final los refuerzos de Finismundi, querría dejar bien claro que sus lealtades habían estado siempre del lado de la Ley y el Orden desde el mismísimo principio.

Se volvió hacia Jed, que se había retrasado hacia el edificio de la cárcel y observaba a la Cazadora caída a través de la puerta abierta. Nat se volvió hacia el herrero. Jed había retrocedido hasta situarse cerca del edificio de la cárcel y observaba a la Cazadora a través de la puerta abierta. Este hombre nunca había sido un hombre perceptivo, y había sido bendecido con más músculo que la mayoría, aunque con algo menos de cerebro, y su expresión dejaba bien a las claras hasta qué punto los sucesos de esa noche le habían dejado perdido. El examinador estaba muerto, el agente de la ley, herido, y aquí estaban ellos, en el exterior de un edificio donde yacía un monstruo que podría despertarse de un momento a otro.

Los ojos de Jed se posaron en el arco, que se le había caído al suelo durante la lucha.

– ¿Entro y la remato?

– No -replicó el párroco. La cabeza le daba vueltas. Tenía al alcance de la mano ambiciones que hasta hacía poco le habían parecido tan lejanas como las estrellas. Pensó con rapidez y vio la oportunidad. Tendría que actuar con celeridad y quizá fuera peligroso, claro que sí, pero la recompensa merecía la pena-. Déjame aquí. Consigue algunas ropas para la mujer demonio. Encontrarás algunas en mi casa, toma alguno de los vestidos de Ethelberta. Lleva a Briggs a su casa y espabílalo, y sobre todo, no hables con nadie de este tema. Ni siquiera entre vosotros, ¿entendido?

– Por supuesto, señor párroco, pero ¿estaréis a salvo?

– Por supuesto que sí -replicó el párroco con impaciencia-. Ahora, lárgate, hombre, y déjame con mis asuntos.

Skadi se despertó en medio de la oscuridad. La puerta de la cárcel estaba cerrada, los æsir se habían ido, ella había recobrado la conciencia misteriosamente vestida y le dolía la cabeza. Sólo las runas que llevaba habían conseguido que no se sintiera peor, aunque su atacante la había tomado bastante desprevenida.

Gruñó una maldición y lanzó un hechizo; en el repentino destello de luz vio al párroco allí sentado. Estaba lívido, sin embargo ofrecía un aspecto bastante tranquilo, observándola a través del agujero de vigilancia de la runa Bjarkán.

En un segundo había conseguido hacer aparecer su artefacto mágico, pero el párroco comenzó a hablar cuando el látigo se materializó en su mano.

– Señora -dijo-. No tengáis miedo.

La presunción de aquel tipo dejó a Skadi atónita durante unos segundos. Que pudiera imaginar que la asustaba, ¡él! le hizo soltar una serie de carcajadas que sonaron como hielo al resquebrajarse…

…pero también tenía curiosidad. No menos sorprendente era el hecho de que tampoco pareciera estar atemorizado. Se preguntó cuánto habría visto y si podría identificar a la persona que la había noqueado. Y sobre todo, se preguntaba por qué no la había matado cuando había tenido la oportunidad de hacerlo.

– ¿Has sido tú quien me ha puesto esto?

Señaló con la mano el vestido que llevaba, de terciopelo azul, con un corpiño de plata labrada. Era uno de los mejores de Ethelberta y aunque Skadi despreciaba las galas femeninas, ya que prefería las pieles de un lobo salvaje o las plumas de un halcón cazador, era consciente de que alguien, por alguna razón, había intentado complacerla.

– Así es, señora -contestó Nat cuando la Cazadora alzó lentamente su látigo rúnico-. Claro, tienes todos los motivos para que esto te resulte sospechoso, pero te aseguro que la verdad es que no pretendo hacerte ningún daño. Más bien todo lo contrario, de hecho.

Usando la visión verdadera, la Cazadora le miró una vez más con una mezcla de curiosidad y desprecio. Estudió la firma mágica del clérigo, un fulgor de un marrón plateado, extrañamente moteado. Le sorprendió que no mostrara intención alguna de engañarla o traicionarla. El párroco le decía la verdad y se creía sus palabras. Descubrió que le embargaba una gran agitación bajo esa apariencia de calma. Tampoco sentía pánico, lo cual resultaba de lo más extraño.

– Puedo ayudarte, señora -dijo él-. En realidad, creo que podemos ayudarnos el uno al otro.

Y alzó la mano, donde tenía una llave, cuyos dientes aún estaban manchados con la sangre de su dueño.

Pese a todo, Nat siempre había sido un hombre ambicioso. Aunque era el hijo de un modesto alfarero, había decidido ya desde pequeño que no tenía deseo de seguir los pasos de su progenitor, y se había convertido en el aprendiz del párroco en un momento oportuno, cuando su maestro se había hecho demasiado mayor para desempeñar el cargo.

Se había casado bien, con Ethelberta Goodchild, la hija mayor de un rico ganadero del valle. Aunque no dejaba de ser cierto que ella era nueve años mayor que él y había algunos que la consideraban una insignificancia con cara de pan, traía consigo una bonita dote y magníficos contactos, y su padre, Owen Goodchild, tenía grandes esperanzas de promoción puestas en su nuevo yerno.

Pero los años pasaron sin que ese ascenso llegara nunca. Nat tenía ya casi treinta años, Ethelberta no había tenido ningún hijo y se había dicho a sí mismo que salvo que cogiera el toro por los cuernos, la oportunidad de hacerse con algo más que una simple parroquia en las montañas parecía de lo más lejana.

Fue entonces cuando Nat comenzó a considerar el Orden como una posibilidad de hacer carrera. Sabía poco de él, excepto que estaba reservado para una élite intelectual, así que fue en peregrinación a Finismundi, de modo oficial para reponer su fe, pero en realidad para descubrir cómo podía acceder a los secretos del Orden sin tener que dedicar mucho tiempo al estudio, la abstinencia y la oración.

Lo que encontró en Finismundi le llenó de emoción. Vio la catedral del Santo Sepulcro, con el chapitel de cristal y la cúpula de bronce, las esbeltas columnas y las ventanas pintadas. Había visto los Tribunales de la Ley, donde el Orden dispensaba justicia, y la Puerta de los Penitentes, donde se ahorcaba a los herejes, aunque por desgracia la Depuración propiamente dicha no se realizaba en público por miedo a que los presentes pudieran oír los cánticos. Además, frecuentó los lugares donde acudían los examinadores; caminó por sus jardines, comió en sus refectorios, bebió en sus cafeterías y pasó horas y horas observándolos en las calles, con sus hábitos negros revoloteando, sosteniendo discusiones teóricas o sobre algún manuscrito que hubieran estudiado, esperando su momento para descubrir la Palabra.

Empero, no halló pista alguna sobre la naturaleza de la misma. Al final, se abrió y narró la verdadera naturaleza de sus ambiciones a un anciano profesor. Éste le explicó que un aprendiz empleaba sus buenos doce años antes de alcanzar el nivel de subalterno en el Orden y no había certeza de obtener la llave dorada ni siquiera cuando se alcanzaba el nivel de examinador.

Nat retornó a su parroquia en las montañas con sus esperanzas hechas añicos, pero jamás había abandonado su mente la imagen de la llave. Se había convertido en una obsesión: el símbolo de cuanto la vida le había negado. Y cuando Maddy se negó a romper el encantamiento que había sobre la cerradura dorada…

El párroco observó la llave que sostenía en la mano, sonrió y Skadi se preguntó por un momento cómo era posible que una sonrisa tan necia pudiera parecer a la vez tan rapaz.

– ¿Tú? ¿Ayudarme a mí?

Se echó a reír, un sonido realmente perturbador.

El clérigo le dirigió una mirada repleta de paciencia.

– Podemos ayudarnos el uno al otro -le dijo-. Los videntes tienen algo que ambos queremos y tú también deseas vengarte de tus atacantes. A mí me gustaría llevar a la chica de los Smith ante la justicia. Cada uno de nosotros dos tiene algo que el otro necesita, ¿por qué no colaborar?

– Dioses -replicó la Cazadora-, tengo que concederte que no me había reído tanto desde que colgué aquella serpiente sobre la cabeza de Loki. Si no consigues convertirte en examinador, te aguarda una brillante carrera en la comedia. ¿Qué es lo que tú podrías tener que yo necesite, por todos los mundos?

Nat señaló el Libro destrozado, con las páginas desparramadas por el suelo de la cárcel.

– Todo lo que necesitamos está en ese Libro. Todos los nombres, los cánticos, las invocaciones de poder, una por una. Con tus conocimientos y las palabras de ese Libro podríamos poner de rodillas a todos los videntes y obligarles a que hicieran cualquier cosa que quisiéramos…

Skadi recogió una de las páginas chamuscadas.

Así que esa Palabra era una especie de magia, una serie de hechizos y encantamientos que podían ser asequibles incluso a la gente común. Recordó que Loki le había hablado de ello. También que le había dicho cuánto la temía, aunque la Cazadora no podía imaginar qué clase de magia procedente del Orden podía ser más poderosa que la del Pueblo del Hielo.

Escrutó la página, con el rostro inexpresivo, y después la dejó caer al suelo.

– No necesito ningún libro -comentó.

Fue entonces cuando Nat recibió una inspiración. Quizá fue algo que vio en sus ojos, o quizá la forma despectiva en la que había pronunciado la palabra libro, o a lo mejor el modo en que había sostenido la página del revés…

– No sabes leer, ¿es eso? -inquirió.

Skadi se enfrentó a él con unos ojos como cuchillos.

– No te preocupes -dijo el párroco-. Tengo la llave. Puedo leerlo por los dos. Al combinar tus poderes con los de la Palabra, juntos, podemos tener éxito allí donde el Orden ha fracasado. Y entonces ellos tendrán que meterme en el asunto, me convertirán en examinador, quizás incluso en profesor…

Skadi frunció el labio un poco.

– No le encuentro ninguna utilidad a un libro o una llave, pero ¿qué me impediría llevarme ambas cosas y matarte después si lo hago? Aunque sea sólo por diversión, o hacerte algo como esto que te estoy haciendo… -dejó la frase en suspenso mientras aferraba la mano del párroco y le forzaba los dedos hacia atrás uno por uno. Se le cayó la llave y se sintió un sonido como el de una rama pequeña al quebrarse…

– ¡Por favor! ¡Me necesitas! -chilló Nat Parson.

– ¿Por qué? -inquirió ella, preparándose para matarle.

– ¡Porque yo estaba allí! -gritó el párroco-. ¡Estaba allí cuando el examinador lanzó la Palabra contra el viajero tuerto!

La Cazadora hizo una pausa.

– ¿Ah, sí? -comentó.

– Sí, yo he estado dentro de la mente del General…

La Cazadora se quedó como paralizada, con los ojos brillantes como dos glaciares lejanos. A su lado, Nat cuidaba de su dedo roto, lloriqueando un poco de dolor y alivio. Él se lo había contado todo, aunque no de la forma que lo había imaginado, tomando un jerez, en la parroquia, sino a duras penas, chillando al tiempo que temía aterrorizado por su vida.

Tuvo suerte de que ella creyera su historia, pero la magia era algo volátil, como ella sabía muy bien, y la descripción de aquel cateto sobre lo ocurrido no le dejó duda alguna. Se había interpuesto en el camino de la Palabra y al hacer eso había atisbado los pensamientos del mismísimo Odín, las ideas y los planes que concernían a los æsir.

La Cazadora pensó en ellos con frialdad. Aunque se les había unido por el bien de la estrategia, no sentía ningún tipo de lealtad hacia el clan de Odín. Su padre y sus hermanos habían muerto a manos de los æsir, y el mismo Tuerto se las había arreglado para renegar de su promesa de compensarla de forma adecuada, amañando con trampas su matrimonio con Njord, cuando había sido en realidad Bálder el Bello el que le había robado el corazón. Y le había impedido vengarse de Loki, que había conducido a sus parientes a la muerte.

De todas formas, pensó, los vanir no eran mucho mejores, ya que le seguían ciegamente adonde él les condujera. La lealtad de Skadi estaba con el Pueblo del Hielo, a pesar de su matrimonio con el Hombre del Mar y ella siempre había sido feliz en las Tierras de Hielo, viviendo sola, cazando, tomando la forma de un águila y planeando sobre la nieve resplandeciente.

Si se iba a declarar una guerra, siguió pensando, esta vez no se aliaría con nadie. El General la había traicionado, Loki era su enemigo jurado y Maddy Smith, fuera quien fuera, había alineado sus colores en el bando enemigo.

Se volvió hacia Nat, que la estaba observando, con el dedo roto metido en la boca.

– ¿Y qué fue lo que viste? -le preguntó con suavidad.

– Primero dame tu palabra de que me quedaré con la chica y el poder que esté contenido en el Libro.

Skadi cabeceó, dando su aquiescencia.

– Muy bien -dijo ella-, pero a la primera señal de traición o incluso si simplemente tengo la sospecha de que intentas usar tu libro contra mí…

El párroco asintió a su vez.

– Entonces tenemos un trato. ¿Qué fue lo que viste?

– La vi a ella -replicó-. Vi a Maddy Smith. Cuando el examinador le preguntó: «¿Dónde está el Pueblo de los Videntes?», eso fue lo que apareció en la mente de tu General. Eso era lo que estaba tratando de ocultar. Y estaba dispuesto a morir antes que dar su nombre…

– ¿Nombre? -inquirió Skadi.

– Modi -contestó el párroco-. Así es como él la llamó. Modi, el Árbol Relámpago, el primer retoño de la Era Nueva.

Capítulo 2

Mientras tanto, Maddy pensaba furiosamente bajo la colina del Caballo Rojo. El Tuerto y Loki la habían dejado sola, el primero para irse a dormir y recuperar fuerzas antes de salir para recobrar al Susurrante y el segundo para emplearse en algún negocio sucio de los suyos. No había otra luz que la proporcionada por un reducido grupo de velas y la sombra de Maddy brincaba y saltaba entre las paredes pétreas mientras paseaba de arriba abajo una y otra vez.

Su reacción inicial a la revelación del Tuerto había sido un sentimiento inmediato y abrumador de cólera. No podía comprender que le hubiera ocultado algo como eso durante tanto tiempo, para revelarle únicamente la verdad cuando las líneas del frente de batalla estaban ya definidas con Maddy, lo quisiera ella o no.

Odiaba haber sido engañada, aunque, por otro lado, pensó mientras caminaba, ¿acaso una parte de ella no había ansiado esto? Tener un propósito, un clan, una familia, por el amor de los dioses. ¿No habían estado las señales claras desde el principio? ¿No había sabido una parte de ella desde siempre que ni Jed ni Mae eran de su sangre y que Odín, a pesar de ser un extraño, sí?

No oyó entrar a Loki en el salón. Se había cambiado las ropas que le había robado a Audun Briggs por una túnica limpia, una camisa y botas de suela suave y sólo cuando le tocó el brazo se dio cuenta de que estaba allí. Para entonces, su agitación era tan grande que estuvo a punto de golpearle antes de reconocer quién era.

– Maddy, soy yo -se quejó él, cuando vio Tyr a medio formar entre los dedos de la joven.

Ella deshizo la runa a desgana.

– No me apetece hablar, Loki -repuso.

– No puedo culparte por eso -suspiró él-. Odín debería haberte dicho la verdad, pero intenta verlo desde su punto de vista…

– ¿Te ha enviado para eso? ¿Para que defiendas su postura?

– Bueno, pues claro que sí -replicó él-. ¿Y qué pasa?

Maddy no pudo evitar sentirse algo desarmada ante esa muestra de inesperada franqueza. Sonrió y entonces recordó su encanto legendario.

– Olvídalo -dijo-, tú eres tan malo como él.

– ¿Por qué? ¿Qué es lo que hecho yo ahora?

Maddy le devolvió un resoplido desdeñoso.

– Todo el mundo sabía lo que pasaba menos yo -le espetó-. ¿Qué ocurre?, ¿es que soy una niña? Me pone mala. Y él también. Me enferma que me trate como si yo no importara. Pensé que yo le gustaba. -Bufó de nuevo, más violentamente que antes, y se limpió la nariz con la manga de su blusa-. Creí que era mi amigo -finalizó. Loki le dedicó su sonrisa torcida-. Así que ¿qué es lo que quiere? ¿Una guerra con el Orden? ¿Para eso es para lo que necesita al Susurrante?

Loki se encogió de hombros.

– Eso no me sorprendería nada.

– ¡Pero no tiene ninguna oportunidad contra ellos! -exclamó ella-. Incluso con los vanir de nuestra parte, seríamos diez de nosotros contra todo el Orden, y de todas formas -prosiguió bajando de manera elocuente la voz-, el Susurrante prácticamente me profetizó la derrota de Odín.

Los ojos de Loki se dilataron.

– ¿Quieres decir que hizo una profecía? ¿Hizo una profecía y a ti no se te ocurrió contarle a nadie lo que había dicho?

– Bueno, no tenía mucho sentido -repuso Maddy con torpeza-. Ni siquiera me di cuenta de que en realidad era una profecía. Se pasaba el tiempo diciendo cosas como «hablo cuando es mi deber, y no puedo callar».

– Dioses -dijo Loki, disgustado-. Eso era una profecía. Destinada a ti. Después de todos los años que me he pasado intentando persuadirle de que dijese algo, lo que fuera… -Se inclinó hacia delante con avidez-. ¿Me mencionó en algún momento?

– Quería que yo te matara. Dijo que tú nunca servías para nada más que para provocar problemas.

– Ah. Eso tiene sentido. ¿Qué más dijo?

– Algo acerca de una guerra terrible. Miles de muertos a consecuencia de una simple palabra. Algo respecto a despertar a los Durmientes, un traidor… y un General, un General que permanecía solo…

– ¿Y cuándo planeabas decirle todo esto?

Maddy se quedó en silencio.

– ¿Y bien?

– No lo sé.

El as empezó a reírse por lo bajinis, pero Maddy apenas le prestaba atención. Con la boca seca, rememoraba las palabras del Susurrante y luchaba para recordar las frases exactas. Ahora le parecía que le sonaban en verso, un lenguaje profético con una rima sombría.

Veo un ejército listo para la batalla.

Un general solo a su frente veo.

Veo un traidor en la puerta.

Un sacrificio también veo.

Tras las murallas del Hel los muertos se levantarán,

el Innombrable se alzará y los Nueve Mundos se perderán,

a menos que los Siete Durmientes alguien despierte

y alionante del Averno alguien libere…

– Se está cumpliendo -concluyó ella al final-. Los Durmientes están despiertos, el Orden está en camino. Asegura que se perderán los Nueve Mundos… -Maddy tragó saliva, sintiéndose mal-.Y no puedo evitar pensar que todo es por mi culpa. Fui yo quien despertó a los Durmientes y recuperó al Susurrante. Ojalá lo hubiera dejado en la chimenea. -Perdió el aliento y frunció el ceño-. Pero ¿qué es eso de un general que está solo al frente? ¿Por qué no estamos nosotros con él? -Una vez más, Maddy comenzó a pasearse arriba y abajo en el salón oscuro-. ¡Esto no era lo que yo quería! -gritó.

– Te lo creas o no -replicó Loki con amargura-, tampoco yo estoy encantado de estar aquí, pero no tengo otra posibilidad, ya que sin Odín, prácticamente estoy acabado y la verdad, no me llena de entusiasmo el hecho de que a pesar de todo tenga grandes oportunidades de terminar muerto.

– Entonces, dime -le urgió Maddy-, cuéntame la verdad. ¿Quién soy yo realmente? ¿Y por qué estoy aquí?

Loki la observó mientras una sonrisita le cruzaba los labios llenos de cicatrices.

– ¿La verdad? -inquirió.

– Sí. Entera.

– Al General no le va a gustar -le contestó.

«Aunque ésa es la mejor razón para contárselo, claro», pensó y allí, en lo hondo de sus entrañas, Loki sonrió abiertamente.

Capítulo 3

– Así que dime, ¿quién soy? -preguntó Maddy-. ¿Y cuál es mi papel en todo esto?

Loki se sirvió vino.

– Tu nombre es Modi -comenzó-, y el Oráculo predijo tu nacimiento mucho antes del Ragnarók, aunque no se mostró muy preciso en cuanto al género, pero una cosa sí que fue cierta: Modi y su hermano Magni iban a ser los primeros niños de la Era Nueva; nacisteis para reconstruir Ásgard y para vencer a los enemigos de los dioses. Ese es el motivo por el cual llevas esa runa en la mano, Aesk, el Fresno, el símbolo del renacer y de todos los mundos.

Maddy bajó la mirada hasta su mano, donde Aesk brillaba de color rojo sangre en la palma.

– ¿Tengo un hermano? -consiguió preguntar al final.

– O quizás una hermana, ¿quién sabe? Y si es que ha nacido ya. Como te he dicho antes, el Oráculo no es muy preciso que digamos.

– ¿Y… mis padres? ¿Quiénes son?

– Tor, el Herrero del Trueno, y Jarnsaxa, que no era exactamente su esposa, sino una mujer guerrera procedente del otro lado de las montañas. Así que ya ves, hermanita, tienes sangre de demonios, al menos por parte de tu madre.

Pero Maddy aún estaba procesando la nueva información. Degustó los nombres en la lengua: Modi, Magni, Tor, Jarnsaxa, como si fuera algún tipo de plato exótico, de fábula.

– Pero si ellos son mis padres…

– ¿Cómo fue que naciste de una pareja de pueblerinos del valle? -Loki sonrió, disfrutando del momento-. Bueno, recuerda cuando eras pequeña, ¿acaso no te decían siempre que no soñaras, que los sueños eran peligrosos y que si lo hacías, los perversos y horribles videntes vendrían desde el Caos a robarte el alma?

Maddy asintió.

– Bien -repuso Loki-, pues resulta que casi tenían razón.

Maddy escuchó en silencio mientras Loki contaba su historia.

– Empecemos por el lado bueno -dijo él mientras se servía un poco más de vino-. Empecemos con el final del todo, con el Ragnarók, la maldición de los dioses. La caída tanto de los æsir como de los vanír, el triunfo del Caos y toda esa historia. Desde luego, un tiempo muy incómodo para este tu seguro servidor que aquí se encuentra contigo, que fue asesinado, y lo peor es que fue por ese pomposo hacedor de buenas obras de Héimdal, de entre todos…

– Para un poco -intervino Maddy-. Eso ya me lo has contado antes. ¿Realmente te mataron en el Ragnarók?

– Bueno -dijo Loki-, no es tan simple. Es cierto que uno de mis aspectos cayó allí, pero la Muerte es sólo uno de los Nueve Mundos. Algunos de los æsir encontraron refugio allí, donde incluso Surt carece de poder. Sin embargo, algunos de nosotros no gozamos de tanta suerte y nos arrojaron al Averno, lugar que tu pueblo conoce como la Condenación…

– ¿Cómo es la Fortaleza Negra?

La expresión de Loki se oscureció un tanto antes de proseguir su relato.

– Nada te prepara para el Averno, Maddy. Está más allá de cualquier cosa que yo haya conocido antes. Había visto el interior de mazmorras con anterioridad y hasta entonces había pensado que una prisión sencillamente era un lugar rodeado de paredes, ladrillos y guardias, es decir, esas cosas familiares, que son iguales en todo el mundo.

»Pero es el Desorden lo que manda en el Averno. Está demasiado cerca del Caos, donde casi cualquier cosa es posible: las reglas de la gravedad, la perspectiva, el sentido y la sustancia se tuercen y modifican; los días y las horas no tienen significado y la línea entre la realidad y la imaginación se borra por completo. ¿Que cómo es? Es como si te ahogaras, Maddy, como si te ahogaras en un océano de sueños perdidos.

– Pero tú saliste.

Él asintió misteriosamente.

– ¿Cómo? -inquirió ella.

– Hice un trato con un demonio.

– ¿Qué trato?

– El habitual -comentó el Embaucador-. Favor por favor. Como yo había traicionado a ambos bandos, decidieron convertirme en un ejemplo. Me encerraron en una celda sin puertas ni ventanas, ni arriba ni abajo. Nada podía acercárseme o al menos eso fue lo que ellos pensaron, pero el demonio me ofreció un medio para escapar.

– ¿Cómo? -preguntó Maddy.

– Hay un río -continuó- en el lado más lejano del Hel. El río Sueño descarga en el Averno acorazado y a galope tendido, revolviendo toda la materia prima de los desechos mentales de los Nueve Mundos. Tocar esa agua lleva a la muerte o a la locura y fue a través del Sueño como pude escapar. -Loki hizo una pausa para refrescarse-. Casi perdí la cabeza en la lucha, pero al final encontré mi camino hacia la mente de un niño, un hijo del pueblo de Las Caballerizas.

»He hecho lo que he podido con este aspecto -comentó mientras se señalaba a sí mismo con cierto malestar-, pero francamente, la verdad es que antes tenía uno mucho mejor. Aun así, es una mejora si pensamos en el Averno, y es la razón por la que he adoptado un perfil tan bajo en los últimos siglos. No es buena idea que Lord Surt empiece a buscar a los viejos amigos, ¿no te parece?

Pero los pensamientos de la nieta de Odín corrían raudos como nubes de invierno.

– Así que el Tuerto y tú escapasteis a través del Sueño. ¿No significa eso que también otros podrían haberlo hecho?

El as se encogió de hombros.

– Quizá -convino-, pero es peligroso.

Maddy le observó, con un relámpago súbito en la mirada.

– Pero no es de ahí de donde yo procedo, ¿a que no? Yo no pertenezco a la Era Antigua…

– No, tú eres posterior. Un brote nuevo del viejo árbol. -Loki le dedicó una sonrisa alegre-. Es un nuevo estilo de aspecto, sin propietario previo, justamente tal y como vaticinó el Oráculo. Es la gente como tú la que va a reconstruir Ásgard después de la guerra, mientras que Odín y yo terminaremos criando malvas. Estoy seguro de que me comprenderás si te digo que prefiero que eso ocurra más tarde que pronto, ¿no?

Ella asintió.

– Ya veo. Bueno, se me ha ocurrido una idea.

– ¿Cuál? -preguntó Loki.

Ella se le encaró, con los ojos brillantes.

– Vamos a coger al Susurrante. Ahora mismo, antes de que se despierte el Tuerto. Nos lo traemos otra vez a la colina del Caballo Rojo y luego lo devolvemos otra vez a la hoya. De ese modo, nadie lo tendrá y las aguas volverán a su cauce, a ser como antes.

Loki la observó con curiosidad.

– ¿Eso crees?

– Loki, debo intentarlo. No puedo quedarme quieta mientras el Tuerto se deja matar en alguna guerra estúpida que va a perder con toda seguridad. Está cansado, es temerario y aún vive en el pasado. Está tan obsesionado con el Susurrante que se ha creído que tiene alguna oportunidad. Y si él pierde, perdemos todos. El Oráculo profetizó la pérdida de los Nueve Mundos. Así que ya ves, si me ayudas a devolverlo…

Loki soltó una risita burlona.

– Una lógica impecable, como siempre, Maddy. -El as se volvió con un pesar aparente-. Lo lamento, pero no me siento implicado.

– Por favor, Loki, te salvé la vida.

– Y me gustaría conservarla si no tienes inconveniente. El General me desmembrará pieza por pieza…

– El Tuerto está dormido y estará así durante un montón de horas. Además, no dejaré que te haga daño.

Los ojos de Loki lanzaron un rayo de fuego verde.

– ¿Quieres decir que me brindarás tu protección? -preguntó.

– Claro que lo haré. Si me ayudas.

Loki pareció pensativo.

– ¿Lo juras? -inquirió de nuevo.

– Por el nombre de mi padre.

– Trato hecho -repuso, y se terminó el vino.

Era tanto el entusiasmo de Maddy, su emoción, y estaba tan impaciente por comenzar su búsqueda que casi estuvo a punto de no ver la mirada en los ojos del Embaucador, o la sonrisa que se formó lentamente en sus labios llenos de cicatrices.

Capítulo 4

En el Salón de los Durmientes se creó la confusión entre los vanir. Todos estaban completamente despiertos; y todos estaban allí, salvo Skadi. Idún había hablado con la Cazadora, y Freya no, pero ninguna de las dos era capaz de proporcionar una explicación satisfactoria acerca de lo ocurrido realmente.

– Dijiste que Loki se hallaba aquí -masculló Héimdal entre sus dientes dorados.

– Así es -replicó Idún-, y en muy mal estado.

– Se habría encontrado aún peor de haber estado yo aquí -aseguró Héimdal con un hilo de voz-. ¿Y en qué anda metido? ¿Y cómo es que Skadi le ha dejado con vida?

– ¿Y quién era la chica? -preguntó Freya, por tercera o cuarta vez-. Fíjate en lo que te digo, si no hubiera tenido tanto sueño y estado tan confusa, nunca le habría dejado mi vestido de plumas…

– Narices con tu traje -la atajó Héimdal-. Quiero saber qué tiene que ver Loki en todo esto.

– Bueno -intervino Idún-, creo que mencionó al Susurrante…

Cinco pares de ojos se fijaron en la diosa de la abundancia.

– ¿El Susurrante? -repitió Frey.

De modo que Idún le explicó lo que sabía acerca de la liberación del Susurrante, el aprisionamiento de Odín, la posible alianza de Loki con éste y los rumores sobre la Palabra, además de la chica misteriosa capaz de disolver el hielo y únicamente los dioses sabrían qué otros hechizos más pudiera tener en su poder…

– Yo digo que salgamos mientras aún podamos -consideró Frey-. Aquí estamos demasiado expuestos si un rival intenta tendernos una emboscada.

– Yo propongo esperar a Skadi -intervino Njord.

– Y yo que vayamos tras Loki -se opuso Héimdal.

– ¿Y qué pasa con el General? -inquirió Bragi.

– ¿Y con mi traje de plumas? -insistió Freya.

Idún no dijo nada en absoluto, sino que simplemente se puso a canturrear entre dientes…

…mientras dos figuras ocultas en las sombras del pasadizo que desembocaba en la caverna intercambiaban una mirada de entendimiento y se disponían a poner en práctica su plan.

El Embaucador contuvo el aliento tras lanzar Yr. Cuanto más lejos, mejor; Maddy y él habían llegado hasta los picos sin incidentes y sin alertar a los vanir de sus intenciones, que era todavía más importante.

En el Salón de los Durmientes se oía ya un rumor de voces y usando la runa Bjarkán pudo atisbar sus colores: dorado, verde y azul océano. Notó con satisfacción que la Cazadora no figuraba entre ellos. Perfecto.

Había llegado el momento de representar su papel en el ardid, el que iba a colocarle en una situación de mayor riesgo, pero necesitaban una maniobra de diversión que provocara la ausencia de los vanir y le diera a Maddy la oportunidad de recobrar al Susurrante. En otras palabras, un cebo.

Y de ese modo, Loki inhaló aire profundamente y comenzó a caminar hacia la entrada del Salón de los Durmientes con paso raudo y aire desenvuelto.

El primero en verle fue Frey, el de la armadura dorada. Entornó los ojos durante unos instantes e intentó fijar la mirada entre la maraña de hechizos de la caverna a fin de descifrar los colores del intruso.

Apenas logró verle, lo cual ya era motivo suficiente de preocupación, aunque no en demasía a juzgar por el tamaño de la figura situada en la boca de la caverna. Cuando los otros se volvieron también para mirar, la intrusa, una niñita de unos tres o cuatro años, alzó un rostro con una expresión de súplica tan inocente hacia donde ellos estaban que incluso Héimdal quedó desconcertado.

– ¿Quién eres tú? -la increpó con brusquedad, cuando al fin se recuperó de la sorpresa.

La chiquilla descalza sonrió con dulzura y le tendió una mano. Vestía únicamente una camisa de hombre.

– Soy Lucy -dijo-, ¿queréis jugar conmigo?

Los vanir la observaron en silencio durante un momento. Estaba claro para todos, a excepción de Idún, que se trataba de un truco, algún tipo de avanzadilla, una distracción o incluso una trampa. Exploraron con cautela el salón, pero no había señal de nadie más, sólo aquella muchacha de pelo rizado allí de pie.

Héimdal mostró sus dientes dorados.

– Eso no es una niña -contestó en voz baja-, si no estoy equivocado, eso es…

– Lo serás tú -repuso Loki, sonriente.

Y antes de que Héimdal pudiera reaccionar, se deshizo del disfraz, cambió a toda velocidad a su aspecto de fuego desatado, y huyó para salvar la vida a través del salón.

Los vanir no desaprovecharon el tiempo. En menos de un segundo el aire se llenó con los disparos de rayos mentales, dagas volantes de luz rúnica y redes arrojadizas con púas de fuego azul, pero Loki era rápido y hábil a la hora de usar los témpanos y grietas de la caverna de hielo para esquivar, untar y desconcertar a los atacantes.

– ¿Dónde está? -aulló Héimdal, mirando a través de la luz rúnica con los ojos entrecerrados.

– Cucú -soltó Lucy, desde detrás de un pilar de hielo al otro lado de la caverna.

La pilastra saltó destrozada en una catarata de diamantes, bajo el fuego cruzado de Isa, lanzada desde cuatro sitios distintos, pero el Embaucador ya se había ido para entonces. Con su aspecto de fuego desatado los alejó hacia el extremo más apartado del salón, esquivando encantamientos y runas, reapareciendo dos veces más como Lucy desde detrás de una de aquellas fabulosas construcciones de hielo. Como los vanir se le acercaron desde todos lados a la vez, simuló tambalearse, mostrando ante el grupo de dioses enfadados una expresión de súplica angustiosa.

– ¡Cogedle! -bramó Frey-. No tiene salida…

– ¡Píllame! -le desafió Lucy y cambió de nuevo en este momento a la forma de pájaro y se dirigió derecho hacia el techo y la colosal araña central. En el centro, la pequeña abertura que había abierto la caída de Loki mostraba un resplandor pálido conforme se acercaba el amanecer.

Los vanir comprendieron demasiado tarde su plan.

– ¡Tras él! -gritó Frey, y cambió a su forma de aguilucho, bastante más grande que el aspecto de pájaro de Loki.

Njord se convirtió en un pigargo, con las alas blancas y garras como dagas; también Héimdal se transformó en un halcón de ojos amarillos y tan rápido como un rayo. Los tres se lanzaron como flechas en pos del as mientras Freya tiraba un misil tras otro hacia el hueco en el techo, y Bragi sacó una flauta de su bolsillo y tocó una ligera zarabanda que acribilló el aire con letales notas rápidas, que quemaron las plumas de Loki y estuvieron a punto de hacerle caer.

El fugitivo se puso a dar vueltas en el aire, perdió el control durante un momento para recuperarlo poco después y dirigirse hacia el cielo. El pigargo vio llegada su oportunidad y se le acercó, pero la envergadura de sus alas era demasiado grande para la caverna; esquivó una descarga de semicorcheas, se dio la vuelta y atravesó una antigua columna de hielo, destrozando su centro antes de volar fuera de control hacia el nido de carámbanos que conformaba la parte principal del techo. La araña de hielo tembló, se sacudió y finalmente comenzó a desintegrarse, arrojando hacia el suelo fragmentos de hielo que habían colgado intactos en el Salón de los Durmientes durante más de quinientos años.

La confusión reinó unos instantes. Una catarata de fragmentos helados, algunos afilados como cuchillos y otros tan grandes como balas de paja, había empezado a caer, primero lentamente, pero luego cada vez más rápido desde la brillante bóveda. Algunos se estrellaron contra el suelo pulido, disparando una rociada de fragmentos tan afilados y letales como trozos de metralla. Otros se pulverizaron antes de alcanzar el suelo, cerniéndose en el aire como partículas de color azul acero.

Capítulo 5

Ahora, Loki volaba para salvar la vida. Había ganado algo de tiempo, por supuesto. Los cazadores se habían rezagado a resultas de la caída de la araña de luces y por su propia envergadura, que les dificultaba la salida por la pequeña abertura de la techumbre.

Así fue como obtuvo una ventaja de un cuarto de hora sobre ellos. Luego localizó a sus tres perseguidores -el halcón, el pigargo y el aguilucho- sobrevolando los valles en formación de caza mientras le buscaban con las primeras luces del alba.

El Embaucador abandonó la apariencia de halcón y se deslizó a través de un pequeño bosquecillo situado justo a las afueras de la Posta de la Fragua, donde había una pequeña cabaña de madera con un tendedero en la parte posterior y una mujer entrada en años que dormitaba en la mecedora del porche.

La anciana en cuestión era Nan Fey la Loca, el ama de Maddy cuando era niña. Abrió un ojo cuando el halcón se posó en tierra y prestó más atención cuando el ave se convirtió en un joven desnudo que se puso a revolver entre las cuerdas del tendedero en busca de alguna prenda que ponerse. Fey pensó que su obligación sería intervenir, pero la pérdida de un vestido viejo, un delantal y un chal parecían un pequeño precio por el espectáculo, por lo que decidió hacer justo lo contrario.

Una segunda anciana de pies descalzos y cubierta por un grueso chal se alejó en dirección al pueblo de Malbry al cabo de dos minutos. Andaba a un ritmo sospechosamente atlético.

Una observación más detenida habría revelado que la mano izquierda estaba crispada de un modo extraño, aunque pocos habrían reconocido la forma de la runa Yr.

Unos pájaros volaron en lo alto durante un tiempo, pero no se posaron en el suelo, al menos que viera Fey la Loca.

Maddy y Loki habían acordado encontrarse en el bosque del Osezno. La muchacha tomó el camino que cruzaba el Trasmundo y llegó primero, por lo que se sentó sobre la hierba y se dispuso a esperar. Entretanto, intentó poner en orden sus ideas sobre lo sucedido y cuanto concernía al Susurrante…

…cuya conversación no era precisamente cómoda, pues éste echaba chispas por haber sido abandonado en el Salón de los Durmientes, según sus propias palabras, «como un maldito guijarro cualquiera», y Maddy estaba resentida por que le hubieran ocultado la verdad sobre su sangre æsir.

– Quiero decir, no es algo que simplemente se te pasa por alto -dijo ella con brusquedad-. Ah, por cierto, eres la nieta del Padre de Todo. ¿A nadie se le ha ocurrido que quizá me interesara saberlo? -El Susurrante refulgió de un modo que daba a entender un gran aburrimiento-. Y otra cosa más -continuó la muchacha-, si yo soy Modi, la hija de Tor, y se supone que voy a reconstruir Asgard según la profecía, entonces es de imaginar que estoy con el bando ganador, ¿no es así?

El Susurrante bostezó de forma exagerada.

Entonces, la muchacha soltó la pregunta que le había estado quemando en la punta de la lengua desde la primera vez que Odín le reveló su verdadera identidad.

– ¿Es ésa la razón por la que me encontró el Tuerto? -se preguntó-. ¿Por eso me ha enseñado como lo hizo? ¿O sólo pretendía granjearse mi confianza para poderme usar contra el enemigo cuando llegara el momento? ¿Y cómo pretende hacerlo? No soy una guerrera.

De pronto, recordó vividamente la imagen de Loki cuando decía: «Un hombre puede plantar un árbol por muchas razones». La muchacha no pudo reprimir un escalofrío a pesar de la agradable temperatura del bosquecillo.

El Susurrante le dedicó una seca risotada.

– Te prevengo -la aleccionó-. Eso es lo que él hace, aprovecharse de los demás. Se sirvió de mí cuando le convino y luego me abandonó a mi suerte. Eso mismo te sucederá a ti si se lo permites, chica. A sus ojos no eres más que otro peldaño en la escalera de regreso a Ásgard. Al final, te sacrificará como hizo conmigo, a menos que…

– ¿Eso es otra profecía? -le interrumpió Maddy.

– No, es una predicción -contestó el Susurrante.

– ¿Cuál es la diferencia?

– Las predicciones pueden estar equivocadas; las profecías, no.

– Entonces, en este momento, ¿tampoco tú sabes qué va a suceder? -quiso saber Maddy.

– No con exactitud, pero tengo buen ojo para intuir cosas.

Maddy se mordió una uña.

– «Veo un ejército listo para la batalla. Un general solo a su frente veo. Veo un traidor en la puerta. Un sacrificio también veo». -Se volvió hacia el Susurrante-. ¿Eso soy yo? ¿Se supone que yo voy a ser el sacrificio y el Tuerto, un traidor?

– No sabría decirlo -replicó el interpelado con un tono de suficiencia en la voz.

– «Tras las murallas del Hel los muertos se levantarán, el Innombrable se alzará y los Nueve Mundos se perderán, a menos que los Siete Durmientes alguien despierte y al Tonante del Averno alguien libere». ¿Liberado del Averno? -se preguntó ella-. ¿Acaso es eso posible? -Destellos de luz rúnica centellearon y giraron en el interior del vítreo caparazón del Susurrante-. Yo te pregunto, ¿es posible liberar a mi padre del Averno? -repitió ella.

Loki la había considerado infantil e irracional, pero de hecho, desde que había oído la descripción de cómo el Embaucador se había escapado del Averno, Maddy había estado pensando con suma lucidez. Ella se había arriesgado a confiar en la predisposición del Embaucador para ayudarla no porque confiase en la buena naturaleza de éste, sino porque esperaba de él una mentira. Ella estaba segura de que él no iba a permitirle arrojar al Susurrante a un abismo de fuego, pero la tarea de recuperarlo del Salón de los Durmientes era cosa de dos, y antes que permitir que cayera en manos de los vanir, estaba convencida de que el as estaría dispuesto a seguirle la corriente, al menos hasta que llegaran al Trasmundo, donde él pondría al Susurrante y a Maddy en manos de Odín. A cambio de un precio, por supuesto.

Bueno, a ese juego podían jugar dos.

Maddy había efectuado una profunda reflexión mientras regresaba del Salón de los Durmientes. Una parte de ella deseaba correr junto al Tuerto y acosarle a preguntas, como siempre había hecho de pequeña, pero la profecía del Susurrante la había vuelto cauta como mínimo, ya que si ella la había interpretado correctamente, la derrota de Odín supondría el fin de los mundos.

Deseaba no haber oído hablar jamás del Susurrante, pero eso era lo que había, sin posibilidad de vuelta atrás, y aunque era un pobre sustituto para el consejo de su viejo amigo, al menos una profecía no podía mentirle.

Ella sabía la opinión que le merecería su plan al Tuerto y le hería decepcionarle, pero no había nada que pudiera hacer. Debía salvarle de sí mismo, pensó, y así salvaría a los mundos.

– Siempre que Loki acceda a echar una mano…

– No te preocupes ni pizca por eso -la atajó el Susurrante-. Le convenceré. Puedo ser muy… persuasivo.

Maddy le dedicó una prolongada mirada.

– La última noticia que tuve era que deseabas verle muerto.

– Puede sacarse provecho incluso de los muertos -replicó él.

Loki llegó media hora después con los pies doloridos y las faldas de Fey la Loca cubiertas de polvo.

– Vaya, vaya, mira eso -celebró el Susurrante con la más desagradable de las voces-. Hemos pillado a Sirio con un vestido puesto. ¿Qué va a ser lo próximo, eh? ¿Una tiara y un collar de perlas?

– Ja, ja, muy divertido -replicó Loki mientras desanudaba el chal con el cual se cubría la cabeza-. Lamento el retraso -se disculpó ante Maddy-, pero he tenido que venir a pie.

– Eso ahora da igual -sentenció la muchacha-, lo importante es que tenemos al Susurrante.

El Embaucador la miró con curiosidad. Esperaba verla con las mejillas encendidas por el entusiasmo o el miedo, pero había algo en el color que lucían, un entusiasmo, que le incomodaba.

– ¿Qué ocurre? -quiso saber.

– Hemos estado hablando -le informó Maddy.

Loki pareció sentirse violento.

– ¿Sobre qué?

– He tenido una idea -contestó Maddy.

Ella empezó a exponer el plan, al principio de forma dubitativa, pero luego fue ganando confianza conforme su interlocutor palidecía más y más y el Susurrante refulgía como un enjambre de luciérnagas y daba la impresión de ir a explotar.

– ¿El Averno? -respondió él finalmente-. ¿Quieres que vaya al Averno?

– Ya has oído las palabras del Oráculo.

– Eso es una licencia poética -replicó con fuerza-. A los oráculos les encantan ese tipo de cosas.

– «Un general solo a su frente veo. El Innombrable se alzará y los Nueve Mundos se perderán». Estamos hablando de guerra, Loki, y una terrible. Y no hay otra forma de detenerla que liberar a mi padre del Averno. Prometiste ayudarme…

– …a recobrar al Susurrante, pero no dije nada de salvar a los mundos -rechazó el as-. Quiero decir, de todos modos, ¿qué tiene de malo una guerra?

La muchacha pensó en el valle del río Strond y en las tierras de laboreo y las granjas dispersas por todo el camino que iba desde Malbry hasta la Posta de la Fragua, y en todos los senderos, y en los setos, y en el olor del humo durante la quema de matojos en otoño. Pensó en Nan la Loca sentada en la mecedora, en un día de mercado en Pease Green y en Jed Smith, que había hecho todo lo humanamente posible para que las inofensivas y pacíficas gentes del valle continuaran con sus vidas cotidianas y la estúpida convicción que sostenían de ser el centro de los mundos.

Maddy Smith lo comprendió todo por vez primera en su vida. Los sermones, la intimidación, las señales hechas a sus espaldas, el millar de pequeñas crueldades que le habían obligado a correr al bosque del Osezno más veces de las que era capaz de recordar. Ella pensó que la odiaban por ser diferente, pero ahora sabía la verdad. Estaban asustados, temían la posibilidad de haber metido a un cuco en su nido, les asustaba que creciera y un día trajera el Caos sobre su minúsculo mundo.

Y así había sido, caviló. Ella había comenzado todo, pues sin su concurso, los Durmientes jamás habrían despertado ni el Susurrante habría dejado de estar seguro en la fosa, y faltarían cincuenta o tal vez cien años para que estallara la guerra, quizás incluso más…

Se volvió hacia el Embaucador.

– Como tú mismo dijiste, puede hacerse.

Loki soltó una seca carcajada.

– No tienes ni idea de lo que sugieres. Nunca has puesto el pie fuera del valle y ahora planeas irrumpir en la Fortaleza Negra. ¿No te parece que pretendes dar un salto demasiado grande?

– Tienes miedo -le reprochó la muchacha. Él volvió a reírse.

– ¿Miedo? -repitió-. Por supuesto que sí. Se me da muy bien estar asustado, sigo de una pieza precisamente por eso, y hablando de estar asustado -continuó, mirando esta vez al Susurrante-, ¿te haces una idea de lo que me hará el General si…? No, no me respondas a eso -se apresuró a rectificar-. Prefiero no saberlo. Por ahora basta con acudir a él y entregarle ese maldito trasto, se lo entregamos y le dejamos negociar con los vanir, bla, bla, bla.

– El Caos se abalanzará sobre los Nueve Mundos cuando se encuentren Odín y Mímir el Sabio -anunció el Susurrante casi con desidia, pero relumbraba como la llamarada de un dragón.

– ¿Qué es lo que has dicho? -inquirió Loki, volviéndose.

– Hablo cuando es mi deber, y no puedo callar.

– Oh, no -exclamó Loki, levantando las manos-. Ni se te ocurra hacer una profecía ahora. No quiero oírla ni enterarme de nada.

Pero el Susurrante había empezado a hablar de nuevo con una voz baja que les conminaba a prestar atención, y ambos le escucharon, Maddy con perplejidad y Loki con creciente incredulidad y pavor.

– Veo un fresno ante la puerta abierta -anunció el Susurrante-. Le ha alcanzado un rayo, pero reverdecen nuevos brotes. Veo un encuentro entre alguien instruido y alguien ignorante a las puertas del Averno. Veo un barco funerario en las costas del Hel y, con el perro a sus pies, al hijo de Bor en él…

– Dioses -exclamó Loki-, no me digas más…

– Hablo cuando es mi deber, y no puedo callar.

– Has permanecido mudo durante cinco siglos -protestó el Embaucador, que estaba aún más pálido-, y te da por romper ese hábito justo ahora, ¿por qué?

– Espera un momento -terció Maddy-, ¿no es «hijo de Bor» uno de los nombres de Odín?

Loki asintió. Tenía muy mal aspecto.

– ¿Y qué hay del perro?

El as tragó saliva a duras penas. Había palidecido incluso su aura y unos plateados hilos de miedo cruzaban por sus colores.

– Olvídalo -logró decir con voz tensa.

Maddy se volvió hacia el Susurrante.

– ¿Y bien…? ¿Qué significa?

– Me limito a profetizar -repuso con voz aterciopelada- y dejo a otros la interpretación.

Maddy torció el gesto.

– Supongo que el fresno se refiere a mí, yo soy el brote que reverdece del árbol hendido por el rayo. Lo más probable es que con el instruido se refiera al Susurrante. El hijo de Bor a bordo de la nave de la muerte y con el perro a sus pies… -Posó los ojos en las facciones de Loki-. A Sirio también se le conoce como la estrella del Perro. Sirio…, ya veo.

– Eso significa mi muerte. -Loki suspiró-. ¿Vas a repetirlo?

– Bueno, eso no quiere decir necesariamente que vayas a morir…

– ¿Ah, no? ¿De veras? -espetó el Embaucador-. ¿Qué otra cosa puedo hacer yo en las costas del Hel? -Echó a caminar mientras se remetía las faldas en la pretina y dejaba suelto el chal-. ¿Por qué no me has dicho todo esto antes? -inquirió al Susurrante.

El Oráculo refulgió con mofa, pero no dijo nada.

Loki ocultó el rostro entre las manos.

– Venga, todavía no has muerto -le animó la muchacha-. De hecho… -Enmudeció durante unos instantes y su rostro se encendió-. Déjame expresarlo con palabras más sencillas. Según la profecía, tú mueres si Odín también perece. -Loki profirió un sonido de muda desesperación-. El Caos vendrá cuando se encuentren Odín y Mímir. Entonces es cuando cae Odín. -El as clavó la vista en ella-. A menos que liberemos a Tor del Averno, en cuyo caso no estallará guerra alguna, el General no morirá, los Nueve Mundos se salvarán y mi padre…

Se hizo un prolongado silencio durante el cual un paralizado Loki mantuvo la mirada fija en la muchacha, cuyo corazón palpitó cada vez más deprisa. Entretanto, el Susurrante titiló como un fragmento de estrella.

– Así que ya lo ves -insistió ella-, has de venir. Conoces el camino hacia el Averno y el Susurrante asegura que el intento es factible. Además, Odín no podrá reunirse con el Susurrante si lo conservamos en nuestro poder, y no habrá guerra, y…

– Escúchame, Maddy -la interrumpió Loki-, por mucho que me seduzca la idea de suicidarme en un intento de salvar los Nueve Mundos, tengo un plan más sencillo. El Oráculo me ha visto muerto en el Hel, ¿verdad? Pues siempre y cuando me mantenga bien apartado de allí…

Enmudeció de pronto al notar un dolor pequeño pero intenso encima de la ceja izquierda. Pensó que le había picado algún insecto durante unos segundos, hasta que notó la presencia del Susurrante que cruzaba por su mente como un rastrillo punzante sobre la tierra. Dio un paso atrás y estuvo a punto de caer.

«Ay, ¡eso duele!»

Notó cómo el intruso prendía sus pensamientos igual que una uña se engancha y desgarra la seda. Era una sensación de lo más incómoda, pero cuando intentaba cerrar su mente, sintió una punzada de dolor más aguda que se hundió en su cabeza.

– ¿Qué te ocurre? -preguntó Maddy al verle flaquear.

Pero Loki no estaba en condiciones de dar explicación alguna. Dio otro paso de beodo con los ojos cerrados mientras a sus pies el Susurrante centelleaba de puro júbilo.

«¿Qué es lo que quieres?», preguntó el Embaucador con la mente.

«Tu atención, Sirio, y tu promesa».

– ¿Mi promesa?

«Habla en silencio si valoras la vida».

Loki hizo un esfuerzo, se contuvo y asintió.

«Sé lo que te ronda por la sesera -dijo la voz en su mente-. Te asusta que pueda leer tus pensamientos y te sorprende lo mucho que han aumentado mis poderes».

Loki permaneció en silencio, salvo el rechinar de dientes.

«Ahora te preguntas si pretendo castigarte».

El Embaucador se mantuvo inmóvil y en silencio.

«Debería hacerlo -continuó el Susurrante-, pero voy a darte la oportunidad de redimirte».

«¿De redimirme? -repitió Loki, sorprendido-. ¿Desde cuándo te preocupa la salvación de mi alma?»

Loki notó en su mente la hilaridad del Susurrante.

«Tu alma no me preocupa, pero en todo caso harás lo que yo diga. Acompaña a la chica al Averno y llévame lo más adentro posible del Hel. Libera al Tonante… Impide la guerra».

«¿Y por qué iba yo a querer entrar en el Hel? ¿Qué te propones, viejo farsante?»

Una fortísima descarga de dolor traspasó la mente de Loki, que cayó de rodillas, incapaz de gritar mientras la voz dejaba en su mente un último aviso.

«Nada de preguntas. Limítate a hacer lo que te digo», le ordenó el Susurrante.

Entonces, la presencia intrusa desapareció de su cabeza, dejándole turbado, sin aliento y maravillado ante lo mucho que habían aumentado sus poderes. Siglos atrás, el forcejeo para controlar a la cosa se había prolongado varios días y había dejado exhaustos a ambos, además de causar la devastación del Trasmundo, pero ese día le había postrado de rodillas en cuestión de segundos…

…y relucía con un destello de advertencia. Loki no dejaba de oír en el fondo de su mente un murmullo débil pero imperativo.

«Nada de trucos. ¿Me das tu palabra?»

«De acuerdo».

Loki abrió los ojos y respiró con inspiraciones lentas y profundas.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Maddy con aspecto preocupado.

Loki se encogió de hombros.

– Me caí -contestó-. Malditas faldas. -Se puso en pie después de pronunciar esas palabras y volvió toda la fuerza de su sonrisa llena de cicatrices hacia Maddy-. Y ahora, ¿vamos o no al Averno?

Capítulo 6

Se retiraron a la casa parroquial a las dos de la mañana en lo que más que una alianza era casi una profanación. Por un lado el reverendo con su llave dorada, y por otro la Cazadora, vestida con el traje de terciopelo azul de Ethelberta, que se quedó confusa y disgustada al ver cómo se dirigían de inmediato al estudio de Nat y se encerraban en él.

Allí, Nat le refirió a la Cazadora todo cuanto sabía sobre Maddy Smith, el trabajador tuerto de quien se había hecho amiga y en especial acerca del Orden y su funcionamiento, y le leyó algún pasaje del Buen Libro y le recitó varios cánticos menores del Capítulo Reservado.

Skadi presenció y escuchó con fría satisfacción los esfuerzos del hombrecillo por domeñar el encantamiento, al que él llamaba la Palabra. Sin embargo, su curiosidad aumentó a medida que transcurrían las horas. Era un tipo torpe y sin formación, pero tenía una chispa, un poder que ella veía en los colores de su aura, pero era incapaz de comprender. Parecía que hubiese dos firmas mágicas en vez de una; la primera era muy normal de color marrón, pero luego, en el interior de ésa, había una hebra más brillante. Parecía una madeja de plata tejida en el interior de una seda de poco valor. Por lo tanto, daba la impresión de que Nat Parson, a pesar de todo su engreimiento y autocompasión, tenía poderes que, o podían ser una ayuda, o una amenaza para ella si permitía que crecieran sin tutela.

– Ahora, enciéndela.

Estaban sentados al escritorio de Nat con la vela apagada de un candelabro entre ellos. Kaen, la runa del fuego, refulgió levemente torcida entre los dedos del clérigo.

– No te concentras -le recriminó Skadi con impaciencia-. Sujétala con firmeza, centra tu pensamiento, recita el ensalmo y enciende la llama.

Nat contempló el candelabro con el ceño fruncido durante varios segundos.

– No funciona -se quejó al fin-. Soy incapaz de conseguir que funcionen estos ensalmos paganos. ¿Por qué no puedo limitarme a usar la Palabra?

– ¿La Palabra? -Ella soltó una carcajada a pesar de sí misma-. Escucha, amigo -le explicó con la mayor paciencia posible-. ¿Utilizas un olifante para arar el jardín? ¿Quemas un bosque para encender tu pipa?

Nat se encogió de hombros.

– Deseo obtener lo importante, no estoy interesado en aprender truquitos.

Skadi volvió a reírse. «Has de reconocerle una cosa a este hombre -dijo para sus adentros-. Quizá sea corto de entendederas, pero de ambiciones anda sobrado». Ella había aceptado sellar aquel pacto con el propósito de llevarle la corriente el tiempo preciso para sonsacarle los secretos del Orden, pero ahora él había conseguido despertar su curiosidad; quizá podía serle útil después de todo.

– ¿Truquitos? Esos truquitos, como tú los llamas, forman parte de tu aprendizaje. Si sigues despreciándolos, nuestro acuerdo habrá concluido -le espetó-. Ahora, deja de quejarte y enciende la vela.

Nat profirió un sonido de disgusto.

– No puedo -murmuró enojado, pero…

…una intensa llama prendió en ese mismo momento, esparciendo los papeles y tirando al suelo el candelabro, y enviando tal llamarada contra el techo que dejó una mancha de hollín en el yeso.

Skadi enarcó una ceja de forma desapasionada.

– Te falta control -observó-. Otra vez.

Pero Nat contemplaba la renegrida vela con expresión de júbilo incontrolable.

– Lo hice -anunció.

– A medias -le replicó la Cazadora.

– Pero ¿lo notaste…? -insistió Nat-. Ese… poder… -Hizo una repentina pausa y se llevó la mano a las sienes, como si sufriera una jaqueca-. Ese poder -repitió distraídamente, como si tuviera la mente puesta en otra cosa.

– Otra vez, por favor -repuso Skadi con frialdad-, y en esta ocasión procura contenerte un poquito.

Enderezó el candelabro, que todavía quemaba, y colocó otra vela alargada en la punta.

Nat Parson sonrió con gesto ausente y comenzó a formar la runa Kaen, que esta vez surgió de entre sus dedos bastante menos torcida.

– ¡Ojo! -le advirtió la Cazadora-. Date un margen de tiempo. -Kaen refulgía con fuerza, parecía una pepita de fuego en la mano del sacerdote-. Es demasiado grande. ¡Redúcela! -le instruyó.

Sin embargo, Nat no la oyó o no atendió al aviso, ya que Kaen brilló una vez y con una intensidad mayor, tanta que Skadi pudo sentirla, ya que irradiaba un calor intenso como el de un trozo de cristal fundido.

Los ojos de Nat eran dos puntitos de fuego voraz. Los papeles desordenados del escritorio que tenía delante empezaron a curvarse y crujir. El mismo cirio, que había permanecido inmaculado en el brazo del candelabro, empezó a escupir cera y a derretirse conforme aumentaba la temperatura.

– Detente o vas a ser tú quien arda -le conminó ella.

Nat Parson se limitó a seguir sonriendo.

Skadi comenzó a sentirse inexplicablemente nerviosa.