/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Una chica prudente

Jessica Hart

Jane era una chica prudente, todos lo decían. Diez años antes, su prudencia le había impedido escaparse con Lyall Harding, un muchacho de su pueblo. Ahora, Lyall había vuelto y, lejos de ser el chico impulsivo, irresponsable y descarado que todos recordaban, se había convertido en el reputado director de una multinacional. Jane necesitaba conseguir un contrato de su empresa para mantener el negocio familiar. Pero, tal y como estaban las cosas, iba a ser Lyall quien decidiera las condiciones…

Jessica Hart

Una chica prudente

Una chica prudente (1997)

Título Original: Legally binding

Prólogo

Sta. Jane Makepeace

Makepeace and Son

Penbury Road

Starbridge

Gloucestershire

Querida señorita Makepeace:

Le escribo para llamar su atención sobre el hecho de que, al cierre de su negocio esta noche, su cuenta bancaria era de ochocientas noventa y siete libras, lo cual sobrepasa las quinientas libras acordadas.

Las últimas revisiones han demostrado valores mínimos en Makepeace and Son, por lo que me siento obligado a pedirles que amablemente vengan a vernos para discutir su situación financiera. Si su negocio no da señales de pronta recuperación, nuestro banco tendrá que pensar de nuevo la inversión en su firma.

Le agradecería que llamara a mi secretaria para venir a verme lo antes posible. Atentamente:

Derek Owen.

Director comercial.

Makepeace and Son

Starbridge, Gloucestershire

Presidente

Multiplex Pie.

Multiplex House

London EC1

Querido señor:

Tenemos el placer de enviarles nuestra proposición para el trabajo de restauración de Penbury Manor que espero encuentren de su agrado.

Makepeace and Son es una firma con una reputación merecida por su calidad e importancia. Estamos seguros de que apreciarán las ventajas de tener un equipo de artesanos altamente cualificados, dispuestos a trabajar lo antes posible. Nuestros actuales compromisos son tales que podremos concentrarnos únicamente en la restauración de Penbury Manor, y estamos seguros de que terminaremos tres meses antes de lo previsto.

Contamos con un valor excepcional, el prestigio de verdaderos artesanos y la seguridad de un servicio de primerísima calidad. Además, puedo, como director/a, asegurar que mi atención personal estará día a día vigilando la ejecución del trabajo.

Espero encarecidamente tener la oportunidad de trabajar con usted en la restauración de ese maravilloso edificio.

Atentamente:

Jane Makepeace

Directora

Capítulo 1

La tormenta se acercaba.

– Ya era hora -murmuró Jane, mirando a las nubes negras que se veían en la distancia mientras cortaba otro ramo de rosas. Los jardines estaban secos y todo el mundo había estado nervioso durante varios días, esperando que el calor opresivo terminara. La larga espera de noticias sobre el contrato no había mejorado las cosas. Lo que todos necesitaban en esos momentos era una gran tormenta que aliviara el ambiente.

Los truenos retumbaron cerca, pero Jane no tenía ninguna prisa. Hacía mucho calor, y en la quietud de antes de la tormenta la fragancia de las rosas que cubrían la pared de piedra era más intensa. Jane amaba esos momentos de soledad en el descuidado jardín, con la casa solariega como única compañía. Allí, lejos de preocuparse por Kit y por lo que pasaría si no conseguían el contrato para restaurar la casa, podía sumergirse en la belleza del jardín, fantaseando sobre lo que hubiera pasado si la señorita Partridge no se hubiera ido de la casa. Si su padre no se hubiera muerto. O si Kit fuera diferente.

O si se hubiera ido con Lyall hacía unos años.

Jane retiró inmediatamente el pensamiento. No quería dejarse arrastrar por los pensamientos sobre Lyall, y si alguien le preguntara, contestaría que nunca había ocurrido. Pero en momentos como esos, en los que es taba sola o cansada, los recuerdos se deshacían peligrosamente dentro de ella, y todavía sentía sus caricias en su piel.

Lyall… ¿Nunca iba a deshacerse de él? Jane se enojó consigo misma y rodeó un grupo de rosas para cortar alguna. Esa especie era la preferida de la señorita Partridge. Jane enterró la nariz en las rosas de color rosa fuerte para hacer que desapareciera cualquier recuerdo no deseado entre su olor exquisito.

– Hola, Jane.

Jane, con la cara todavía entre las rosas, se quedó helada. La voz era muy parecida a la de Lyall, como si su recuerdo hacia él hubiera atraído su presencia. Pero no podía ser, era ridículo; la atmósfera cargada la hacía imaginar cosas así. No escuchaba esa voz profunda y tranquila desde hacía diez años, y llevaba intentando olvidarlo hacía nueve, desde que pensó que no volvería a verlo.

– ¿Jane?

Jane alzó la cabeza despacio. No era Lyall, se aseguró, antes de volver la cabeza y cerrar los ojos precipitadamente ante la sensación de vértigo. Era como si se borrara el tiempo de un golpe y los últimos diez años desaparecieran.

Lyall Harding, el hombre que una vez irrumpió en su vida, dando la vuelta a todo. El hombre que le había enseñado a reír y a amar, el hombre cuya sonrisa había hechizado sus sueños desde que un septiembre gris de hacía diez años, desapareciera de su vida. ¿Cómo es que podía estar parado en medio del camino con el mismo aspecto?

Jane cerró y abrió los ojos varias veces, sin embargo, él seguía allí, todavía con el mismo aspecto. Con el mismo brillo alegre en sus ojos azul oscuro, la misma boca expresiva, el mismo aire de energía contenida.

– ¿Me recuerdas? -preguntó Lyall, esbozando una sonrisa irresistible.

¿Que si lo recordaba? ¿Cómo podría olvidar su primer, su único amor? ¿Cuántas veces había deseado poder hacerlo? Jane se sintió perpleja, desorientada; entre el pánico, la furia y la desesperación. Emocionada a pesar de todos esos años de haber estado diciéndose que no le importaba, que no lo recordaba, y que no quería volver a verlo aunque regresara.

– Hola, Lyall -acertó a decir, odiándose por que su voz pareciera la de la misma adolescente de hacía diez años.

– Entonces, ¿te acuerdas de mí? -la burla que siempre la había turbado seguía en sus ojos-. Estaba empezando a pensar que ibas a ignorarme por completo.

– No te esperaba -contestó ella. Llevaba en las manos unas tijeras de podar y en la otra un ramo de rosas, y sus ojos grises estaban abiertos por la sorpresa.

– Te reconocí inmediatamente -dijo el hombre-. Te he visto de pie, con la cabeza inclinada para oler las rosas y los ojos cerrados. Es justo como te recordaba -añadió con un tono extraño-. No has cambiado nada.

Jane respiró hondo y se recordó a sí misma que ya no era una adolescente. Ella ahora era prudente y práctica.

– Sí, he cambiado -dijo, aliviada al escucharse el tono tranquilo-. He cambiado mucho. Ya no tengo diecinueve años.

– No lo parece -aseguró él-. Tu pelo sigue teniendo el mismo color suave de la miel oscura, tus ojos tienen todavía el gris más claro… y sigues enfadándote cuando te pillan por sorpresa.

Jane lo miró con resentimiento. La presencia de Lyall era tan impresionante que casi nadie se daba cuenta que no era tan guapo como parecía al principio.

Su cara era muy delgada y su nariz demasiado grande, pero tenía un encanto especial que gustaba a las personas y era lo que recordaban de él. Ella lo sabía bien. Había estado intentando olvidarlo diez años.

– No parece que tú hayas cambiado tampoco -declaró secamente-. Tienes el mismo aspecto.

– Antes me daba resultado -le recordó.

Y así había sido. La muchacha se ruborizó al recordar cómo había sucumbido a su encanto. Jane había odiado siempre su pelo liso, pero a Lyall le gustaba, o eso decía, recordó con amargura. Solía extenderlo sobre sus dedos para admirar su brillo.

Los ojos azules la miraban con ironía. Jane estaba al lado de uno de los setos rodeada de flores, sosteniendo el cesto delante de ella, en un ademán inconsciente de defensa, mientras el sol de la tarde se veía entre oscuras nubes, y formaba a su alrededor un halo dorado. Jane intentaba parecer tranquila y despreocupada bajo los ojos de Lyall, pero intuía que su expresión era la misma que había tenido en el pasado.

– ¿No vas a salir de ahí?

Jane no quería salir. No quería estar cerca de él y recordar cómo eran sus caricias. Le hubiera gustado quedarse entre las rosas, protegida por sus espinas, pero Lyall se daría cuenta, claro.

Intentó ser valiente. Tenía veintinueve años, no era una adolescente fácilmente impresionable, y Lyall era únicamente una relación vieja que no significaba nada para ella en esos momentos.

Jane alzó la barbilla involuntariamente y pasó entre un macizo de rosas y uno de peonías, y saltó sobre un grupo de geranios salvajes tan ancho que perdió el equilibrio y hubiera caído si Lyall no la hubiera agarrado firmemente.

Con el mero roce de su mano sobre su brazo desnudo, Jane recordó las mismas manos tomándola en sus brazos, apretándola contra él, deslizándose suavemente sobre su espalda. Recordó el roce de su cuerpo, de sus labios, el calor de su sonrisa…

Tomó aliento y se apartó de la mano de Lyall. No se atrevió a mirarlo, estaba segura de que sus recuerdos estarían escritos en su rostro, así que se inclinó sobre el cesto y tocó las rosas con manos temblorosas.

Lyall no significaba nada para ella ya. ¡Tenía que recordarlo!

Intentando controlarse, Jane alzó la vista. Los ojos de Lyall seguían tan azules y tan oscuros como siempre, sin embargo, tenían una expresión diferente. La burla había desaparecido y en su lugar había algo más duro, algo casi animal que hizo que su corazón diera un vuelco.

Lyall había cambiado. Lo podía notar en esos momentos en los que estaba tan cerca. Había en él una madurez sólida, una fuerza que no recordaba, y alrededor de sus ojos habían aparecido líneas nuevas. Tampoco recordaba la dureza de su boca. Era como si el riesgo y la independencia que una vez formaran parte de su personalidad se hubieran convertido en algo que le infería poder y autoridad.

Jane se quedó mirándolo sorprendida, y esa dureza extraña en la boca se disolvió en una mueca que la hizo retroceder, furiosa consigo misma. Se suponía que tenía que mirarlo como a un extraño, y no como si hubiera estado esperándolo diez años.

– No creí que iba a volver a verte -dijo agarrando firmemente el cesto.

– La vida es una caja de sorpresas, ¿verdad? -declaró, con un brillo en los ojos que Jane tuvo que luchar para no responder. Había sucumbido a ese brillo y esa sonrisa demasiadas veces en el pasado, ¡y no la había conducido a ningún sitio!

– No siempre agradables -apuntó ella.

– ¡No pareces muy contenta de verme, Jane! -exclamó Lyall, sin parecer preocupado lo más mínimo.

– ¿Crees que debería estar contenta? -preguntó con una mirada de desafío.

– ¿Por qué no? Nos lo pasamos muy bien juntos, ¿no?

– Yo recuerdo lo malo -contestó con sorna.

– Yo no recuerdo nada malo.

– Debes de tener una memoria muy selectiva -dijo Jane, empezando a caminar-. ¿O es que no recuerdas cómo hemos estado separados todos estos años?

– No, no lo he olvidado, pero eso es diferente. Yo me refería a cuando estuvimos juntos, no cuando hemos estado separados. ¿No lo recuerdas?

Lo recordaba todo: el anhelo invadiendo sus venas, la alegría de estar con él…

– He intentado no recordarlo.

– ¿Por qué no?

Era una respuesta típica de Lyall. Los labios de Jane se apretaron con fuerza, recordando lo fácilmente que la envolvía con sus argumentos hasta probar que estaba equivocada. En esos momentos, quería obligarla a afirmar que su felicidad junto a él había sido tan intensa que no podía soportar el recuerdo. ¡Pues no iba a reconocerlo! Jane se paró y lo miró.

– ¿Para qué has venido, Lyall?

– Para dar una vuelta -contestó sin inquietarse por la pregunta brusca. A continuación miró al jardín y a la casa solariega, Penbury Manor. La casa databa del siglo quince, y había ido creciendo espontáneamente, añadiéndose habitaciones que lejos de estorbar habían aumentado su encanto. En esos momentos, a la luz dorada del atardecer, su silueta de paredes de piedra se destacaba contra un cielo azul oscuro de tormenta.

– Este lugar tampoco ha cambiado mucho, ¿verdad?

– Pero está a punto de cambiar -declaró Jane con tristeza, aunque alegre de cambiar de tema y hablar de algo neutral.

– ¿Sí?

– La señorita Partridge va a venderlo, y una empresa horrible de alta tecnología lo va a destrozar al convertirla en oficinas. En el jardín van a construir un laboratorio de investigación.

– ¡En el jardín de rosas no! -dijo Lyall, burlándose.

– ¡No tiene gracia! He tardado años en llegar a tener el jardín así. Con un poco de atención, llegaría a estar de nuevo precioso, pero esa empresa no está interesada en la belleza. Las rosas estorban a sus propósitos claros y ordenados, ¡así que las quemarán!

– Sigues igual, preocupándote más por las plantas que por las personas, ¿verdad?

– ¡Eso no es verdad!

– ¿No? Recuerdo que solías cuidarte más de las rosas que de mí.

– ¡Al menos siempre supe qué lugar ocupaba entre las plantas!

– ¿Qué quieres decir con eso?

Jane se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho. En ese momento, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer y ella no tenía ninguna intención de ponerse a discutir con Lyall. Era un extraño ya, y así quería mantener esa relación.

– ¿Importa ahora? -dijo, orgullosa de su autocontrol-. Está empezando a llover, y si quieres empezar a discutir sobre el pasado, es cosa tuya, pero yo creo que no merece la pena mojarse, así que es mejor que lo dejemos.

El cielo se abrió antes de que pudiera continuar, y la muchacha gritó un frío adiós de despedida y salió corriendo hacia la casa sin mirar atrás. No estaba lejos, pero cuando llegó a la puerta principal, donde colgaba el rótulo de Makepeace and Son, se encontraba sin aliento y empapada.

Jane tiró el cesto en el suelo y cerró la puerta contra la lluvia y contra Lyall, pero a los pocos segundos la puerta se volvió a abrir y el hombre se puso a su lado, tocándose el pelo mojado con la mano.

– ¡No recuerdo haberte invitado!

Lyall no parecía molesto por la hostilidad demostrada.

– No creo que me vayas a echar ahora, con esta lluvia, ¿no? -replicó señalando al tejado, donde las gotas de lluvia golpeaban con furia tropical, y los truenos se oían amenazadoramente.

– ¿Por qué no te metes en tu coche? -exclamó Jane acusadoramente.

– Porque lo he dejado en el pueblo y he venido hasta aquí andando. ¿Te molesta?

La camiseta blanca que llevaba estaba húmeda y pegada a sus poderosos hombros, y al ver que sus ojos azules miraban su pecho, Janet se dio cuenta de que su camisa de algodón sin mangas también estaría empapada e igualmente pegada a sus formas. Sus mejillas se ruborizaron violentamente y trató de despegar la tela para que sus curvas no destacaran de manera tan provocadora.

– De todas maneras no deberías estar aquí -protestó, tranquila a pesar de la mirada inquisitiva de Lyall. ¿Por qué se ponía tan nerviosa? Ella era para todo el mundo un modelo de frialdad y persona práctica, pero si Lyall la miraba se ponía a temblar como una niña-. Ésta es una propiedad privada, por si lo has olvidado.

– Tú estás aquí.

– Tengo permiso para estar aquí.

– ¿De esa compañía horrible?

– Del ayuntamiento. Puedo venir para recoger flores para la señorita Partridge hasta que la compañía tome posesión de la casa. Pero no creo que quieran gente como tú merodeando.

– En ese caso, es mejor que me lleves al pueblo, así te asegurarás de que salgo de aquí. Si son tan generosos como para dejarte que vengas a robar flores, es lo menos que puedes hacer.

– Es lo menos que puedo hacer -dijo, inclinándose para abrir la puerta del coche-. Voy hacia Starbridge de todas maneras. Entra.

Jane vaciló, y los ojos de Lyall brillaron comprendiendo sus dudas.

– ¿No dices que estás preparada contra mí?

Y lo estaba. Había descubierto hacía mucho tiempo que Lyall Harding era sinónimo de problemas. Era valiente, arriesgado, y en el pueblo no gustaba mucho a la gente. Las chicas seguro que se habrían alegrado de saber que había vuelto después de la misteriosa ausencia de ocho años, pero los padres no habrían tardado en advertirles contra su persona. El propio padre de Jane se había mostrado horrorizado al saber que su hija había sido una de las primeras en encontrar a Lyall a su vuelta.

– No quieres nada más con él -había dicho-. Lyall Harding nunca se ha adaptado a este pueblo y nunca se adaptará.

Jane lo creía. Lyall Harding era diferente a cualquier hombre que ella había conocido en el tranquilo pueblo de Penbury, donde vivía. Tenía algo excitante y atrayente en su persona, un vigor y un matiz impredecible que hacía que todo el mundo a su alrededor pareciera aburrido y gris en comparación.

Pero ahora ella no quería nada con Lyall Harding. Jane era una chica prudente, todo el mundo lo decía, y las mujeres prudentes sabían mejor que nadie lo estúpidas que podían llegar a comportarse frente a hombres con ojos azules y sonrisas irresistibles.

En años posteriores, Janet se preguntó muchas veces lo diferente que habría sido su vida si el autobús hubiera aparecido a tiempo aquel día. Pero era tarde, y como él iba a Starbridge…

Así que Jane alzó la barbilla en respuesta al desafío de la sonrisa de Lyall y subió al coche.

Conducía demasiado deprisa, pero tenía las manos firmemente en el volante. Jane se acurrucó en su asiento, nerviosa y consciente de un sentimiento profundo de excitación. La furgoneta de la firma lo único que conseguía era ruido, como su vida, descubrió con una repentina tristeza. Tenía diecinueve años, ¿no era demasiado joven como para ir siempre por el carril lento de la vida? Lyall seguro que siempre iba a máxima velocidad.

– He oído que eres una buena chica -dijo mirándola de soslayo, mientras el coche corría entre el paisaje verde-. ¿Es verdad?

– Depende de lo que entiendas por buena -dijo Jane.

– Todo el mundo habla de lo encantadora que es Jane Makepeace -explicó, como si hubiera sentido su repentina disconformidad-. Jane cuida de su hermano, Jane es amable con las mujeres mayores, Jane nunca da preocupaciones a su padre… ¡No puedes ser tan sensata!

– ¿Qué pasa con ser sensata?

– Nada -dijo Lyall-. Nada si eres una persona de mediana edad, pero tú no eres mayor, ¿verdad? -dijo mirando su pelo sedoso y sus largas pestañas-. Eras una niña cuando te dejé, o me habría dado cuenta, así que no puedes tener más de dieciocho años ahora.

– Diecinueve.

– ¿Tan mayor? -Jane odió la burla que notó en su voz.

Ella sabía que tendría unos veinticinco o veintiséis años, pero ya tenía la seguridad de un hombre adulto-. Eres demasiado joven como para ser sensata y aburrida. Tienes que aprender a divertirte.

– ¡Sé cómo divertirme! -protestó Jane.

– ¿Sí? -replicó con escepticismo.

– ¡Sí!

– De acuerdo, vayamos al mar y veamos si el sol brilla.

– ¿Ahora?

– ¿Por qué no?

– No… no puedo -acertó a decir-. Tengo que hacer la compra.

– La haremos cuando volvamos.

– ¡Pero no puedo estar un día fuera! Todo el mundo se preguntará dónde estoy.

– Telefonea y di que acabas de encontrar un viejo amigo y que volverás tarde -sugirió Lyall-. ¿O es que sólo te diviertes cuando lo piensas una semana antes y además tu padre está de acuerdo?

Por supuesto, tenía que haberlo ignorado. Tenía que haber dicho que no le importaba lo que él pensara, y haber insistido en que la dejara en el supermercado. En lugar de ello, permitió que la llevara al mar. Las nubes desaparecieron y el sol salió.

Y así empezó todo.

¿Lo recordaba Lyall? Jane se quedó mirando al volante como si fuera un ancla contra la marea que traía sus recuerdos. Fuera, la lluvia golpeaba contra el cristal delantero, pero en la furgoneta el aire era denso y la tensión se palpaba en la atmósfera.

– ¿Por qué has vuelto? -preguntó Jane bruscamente. Lyall se giró para mirar su cara.

– ¿Por qué no iba a hacerlo?

– Has sido feliz sin aparecer en diez años -declaró Jane, odiando el tono acusatorio en su voz.

– No había ninguna razón para que volviera antes -dijo, y sus ojos se posaron un segundo en la boca de Jane-. ¿O la había? -él puede que hubiera dicho que sólo recordaba los buenos momentos, pero la amargura de su despedida flotaba indudablemente entre ellos como una condena. Jane miró la lluvia.

– ¿Y qué razón tienes ahora?

– Negocios… -dejó caer vagamente.

– ¿En Penbury? Creía que éramos muy provincianos para ti.

– Quizá tenga la esperanza de que otras personas hayan cambiado más de lo que tú lo has hecho -dijo, y ella se ruborizó. Siempre había sabido cómo dejarla en mal lugar.

– Eso no explica por qué has estado merodeando en Penbury Manor -replicó de manera cortante.

La expresión de Lyall no cambió, sin embargo, Jane tuvo la certeza de que estaba de repente divertido por algo.

– No estaba merodeando. Tampoco tengo por qué explicarte nada, pero te diré que he pensado últimamente en la casa solariega, y quise volver a verla.

Instintivamente ambos miraron a la vieja mansión. Incluso bajo la lluvia, sus altas chimeneas y sus ventanas poseían una belleza intemporal y serena.

– ¿Recuerdas que una vez te dije que la compraría para ti algún día?

Claro que lo recordaba. Estaban en esos momentos en el bosque, mirando hacia la casa, y los rayos del sol producían sombras en la cara de Lyall mientras desabrochaba los botones de la camisa de ella. Aquella había sido la primera vez que habían hecho el amor, aquel día ella había creído que la promesa de él era diferente de las promesas que había hecho a todas las otras chicas de Penbury a las que había besado. Sus manos habían sido tan cariñosas y firmes contra su cuerpo, su boca tan excitante…

– Es una suerte que no hubiera contenido la respiración, ¿verdad?

– Menos mal -admitió tranquilamente Lyall, furioso.

Jane pensó con rapidez. El pasado era evidente que no significaba nada para él, así que ¿por qué tenía ella que enfadarse?

– ¿Dónde has dejado tu coche? -quiso saber Jane.

– En el King's Arms. ¿Quiere eso decir que me llevas hasta mi coche?

– No parece que tenga otra alternativa. Bastante mal tiempo vas a tener ya volviendo hacia donde vayas.

– No voy a ir a ningún sitio. Me quedaré en el pub.

– ¿Te quedas? -dijo Jane, con el corazón en vilo-. ¿Cuánto tiempo?

– Eso depende -dijo Lyall. A continuación miró enfadado a Jane. Ella tenía el rostro vuelto hacia la lluvia, con el pelo castaño detrás de las orejas. Su cara era más delgada y de expresión más cautelosa que cuando tenía diecinueve años, pero su piel era igual de clara y suave.

– Sé que tú diriges Makepeace and Son ahora -continuó después de una pausa.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Jane con suspicacia.

– Estuve ayer noche en el pub -dijo, como si eso lo explicara todo-. Por lo que escuché, sigues siendo la chica amable y buena que ayuda a las mujeres mayores y hace los adornos de flores para la iglesia.

– ¡Tú no tienes por qué ir preguntando nada sobre mí! -protestó furiosa.

– No te enfades, Jane, tú sabes cómo son en este pueblo. Ni siquiera tuve que preguntar, todos los que se acordaban de mí estaban impacientes por contarme lo buena que eras desde que estabas sin mí.

– ¡Tú solías despreciar los cotilleos del pueblo!

– Pero me he dado cuenta que puede ser útil escucharlos -declaró Lyall, sentándose cómodamente en su asiento-. Por ejemplo, me enteré de un montón de cosas sobre ti que nunca me habrías contado.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo que no estuviste fuera mucho tiempo. Volviste sin terminar siquiera tu primer año en la escuela de agricultura.

– Tuve que volver. Mi padre no podía estar solo.

– Y como tú eres una chica tan buena viniste enseguida.

– ¿Quieres decir que si tu padre tuviera un ataque de corazón dejarías que se recuperara solo?

– Mi padre es capaz de cuidarse por sí mismo -contestó enojado.

– ¡Pues mi padre no! Necesitó que me ocupara de la empresa mientras él estaba enfermo.

– ¿Por qué tuviste que hacerlo tú, y no tu hermano?

– Kit era demasiado joven.

– Entonces puede que sí, pero ahora no es demasiado joven, ¿no te parece? He oído que se ha ido a Sudamérica y te ha dejado que te ocupes de todo tú sola.

Jane se concentró en la carretera para no dejar que Lyall se metiera dentro de su corazón.

– Kit estaba en la universidad cuando mi padre se murió. Fue una estupidez que no terminara la carrera. Yo había estado ayudando a mi padre en el despacho desde que sufrió el primer ataque, y había aprendido a llevar todo. Kit no estaba preparado para establecerse cuando terminó su licenciatura. Quería viajar, y no me importó hacerme cargo de todo.

– Siempre has tenido excusas para defender a Kit. Es con la única persona con la que no eres objetiva.

Tampoco había sido muy objetiva con Lyall, pero no se lo podía decir.

– Nunca te gustó Kit -lo acusó suavemente.

– Eso no es verdad. Lo que nunca me gustó es que te convirtieras en una mártir de él. Siempre estabas preocupada por volver para hacerle la comida, planchar sus camisas o limpiar sus zapatos.

– ¡Era sólo un niño!

– Tenía trece años, con esa edad cualquiera es más independiente.

Jane suspiró profundamente. Era una discusión antigua. A Lyall nunca le había gustado lo apegada que estaba a su padre, y nunca había entendido que tuviera que cuidar de su hermano pequeño desde que su madre había muerto, cuando Jane tenía once años.

Lyall mismo se dio cuenta de lo inútil que era seguir discutiendo sobre el pasado.

– Así que Kit está en Sudamérica, y la buena de Jane permanece pegada a Penbury, cuidando la fortaleza.

– Si te gusta explicarlo así -dijo Jane, con cara seria.

Él la miró de nuevo.

– Tú eras siempre feliz en el jardín. No puedo imaginarte poniendo la electricidad de la casa o instalando nuevas cañerías.

– No lo estoy haciendo yo. Hemos contratado a especialistas para que hagan toda la restauración del edificio. Yo sólo me dedico a hacer la parte burocrática e intentó encontrar suficiente trabajo para que ellos lo hagan.

– De todas maneras no es lo que te gustaría hacer, ¿a que no?

Jane recordó su ilusión de terminar el curso de jardinería algún día, y trabajar como diseñadora de jardines. Era una cosa bastante alejada del trabajo de contabilidad que tenía que hacer para Makepeace and Son.

– No exactamente -admitió.

– ¿De qué sirve pasarte la vida haciendo algo que no te gusta? -preguntó Lyall, como muchas veces en aquellos años había preguntado-. Tu padre está muerto. Tú hiciste lo que pudiste por él. No hay nada que te impida vender la firma y dedicarte a la jardinería.

– No es tan fácil -los limpiaparabrisas se movían rápidamente y en los campos, las ovejas se agrupaban a lo largo de los límites buscando algo que las protegiera de la lluvia torrencial. Era una tarde oscura de diciembre, y Jane casi se olvida de encender las luces del coche-. No puedo dejar a Dorothy y a los demás sin trabajo sólo porque yo esté harta.

– Sigues poniendo excusas. ¿Por qué no admites que tienes miedo de salir de tu guarida?

– ¡Porque no es verdad! -protestó Jane con los ojos grises brillantes por la furia.

– ¿No? ¿Por qué no contratas a un encargado si no quieres vender la compañía?

– ¿Crees que no lo he pensado? -dijo con amargura-. Es muy fácil para ti decirme que haga lo que quiera, pero no todos somos tan egoístas como tú. Además, en estos momentos no podría pagar a nadie para que hiciera mi trabajo, y tal como van las cosas, si no nos sale pronto algo estaremos en la ruina y ni siquiera tendremos nada que vender.

– ¿Tan mal está? -preguntó, como si no le importara lo más mínimo.

Después de todo no era su empresa.

– Hay posibilidades. Yo quiero hacer la restauración y seguir trabajando en Penbury Manor.

– ¿Pero y la horrible compañía que va a construir sobre el jardín de rosas?

Jane frunció el ceño. Puede que para él fuera gracioso, pero no para ella.

– No he tenido otro remedio -contestó defendiéndose-. Tenemos algunos pequeños trabajos ahora, pero cuando se acaben no tenemos nada más. Odio la idea de arruinar Penbury Manor, pero significa trabajo seguro por un tiempo.

Lyall la miraba con una expresión singular.

– Entonces, ¿por el momento sigues atada a Penbury? Por lo menos no puedes decir que no hayas tenido oportunidad de escapar, ¿no?

De repente, diez años parecieron borrarse.

– Vayámonos de aquí -Lyall había dicho muchos años antes-. Podemos ir a Londres, a América, a cualquier parte. Hay un mundo ancho y grande fuera de Penbury, Jane. Lo descubriremos juntos -las palabras sonaban entre ellos como si las hubiera vuelto a decir. Jane miró desesperadamente a la carretera mojada que había delante.

– Quizá así no haya cometido ningún error.

– ¿Es así como lo ves?

– Sí -contestó con firmeza sin mirarlo, intentando olvidar todas las noches solitarias que había pasado imaginando los lugares que podía haber visitado, y las cosas que podía haber hecho si se hubiera ido con Lyall cuando él se lo había pedido.

– Lo que importa es que seas feliz -comentó Lyall con ligereza.

– Exactamente -dijo, aliviada de que él no insistiera.

– ¿Lo eres?

– ¿El qué?

– Feliz.

– Sí, gracias -repitió con los dientes apretados. ¡Lyall se creía que había estado triste todos aquellos años!-. Soy muy feliz, tremendamente feliz de hecho.

– ¿Aparte del hecho de que tu empresa esté al borde de la ruina? -quiso saber Lyall, con un tono de burla en la voz.

– Estaba pensando en lo personal, más que en lo profesional -contestó Jane con una mirada fría.

– Entonces, ¿por qué no te has casado? En el pub se dice que estás saliendo con un abogado de Starbridge llamado Eric o algo así.

– Alan -corrigió Jane.

Lyall la miró.

– ¿Por eso eres tan tremendamente feliz?

– Es una de las razones -aclaró, sin ser enteramente sincera. De todas maneras, no dolería a Lyall saber que había muchos hombres que la habían hecho mucho más feliz de lo que él la hizo nunca.

– ¿Por qué no te casas entonces con él, si sois tan felices juntos?

– Eso no es asunto tuyo -dijo, intentando parecer tranquila.

– ¿Todavía demasiado miedosa como para comprometerte? -preguntó, y Jane se puso rígida.

– ¡Tiene gracia que eso me lo digas tú a mí!

– Yo elegí no comprometerme -apuntó Lyall-. Y no hago creer que alguna vez lo haré. Tú, por el contrario, sueles hablar mucho sobre compromiso, pero cuando llega el momento no quieres dar el paso, ¿no es así?

La cara de Jane se oscureció al recordar que no se había ido con él cuando él se lo había pedido. ¿Había de verdad olvidado a Judith y la terrible discusión que tuvieron antes de que se fuera?

– Tengo mis razones -le recordó.

– Sí. El problema es que son equivocadas.

Fue un alivio llegar por fin a Penbury. Era un pueblecito tradicional del condado de Cotswold, con un pub, una tienda estrecha con un despacho de correos en una de las esquinas, y una iglesia del siglo XIV con un enorme tejo en la entrada. Alrededor de esos tres focos se levantaban las casitas de piedra gris, mientras que las casas nuevas se localizaban en las afueras.

Lyall no pareció darse cuenta de la vista. Seguía mirando la cara de Jane.

– Ven y tomemos algo -sugirió, señalando al pub.

– No puedo, prometí ir a visitar a la señorita Partridge.

– ¿Entonces más tarde? -la frialdad había desaparecido, y los ojos azules brillaban como antes, y su sonrisa era tan seductora como siempre había sido.

Jane se cerró dentro de su caparazón. Lyall siempre había pensado que todo lo que tenía que hacer para conseguir las cosas era sonreír. Había funcionado siempre, pero en esos momentos no iba a funcionar.

– No creo.

– ¿Por qué no?

– Nos hemos dicho todo lo que teníamos que decir después de diez años. Creo que lo más sensato sería dejarlo todo como está -entonces, Jane cometió la estupidez de mirarlo, Lyall estaba sonriendo.

– Jane -dijo, de una manera en que sólo él era capaz de decir, con un tono entre risueño y cariñoso, como una caricia-. ¡Sigues siendo la chica sensata, no has cambiado nada! -se acercó y la acarició la mejilla-, pero gracias por traerme.

Lyall se marchó, la puerta del pub osciló y se cerró detrás de él, y Jane se quedó mirando a la lluvia perpleja, con el corazón invadido por los recuerdos y las mejillas ardiendo por el roce de sus dedos.

Capítulo 2

– Y si no has arreglado el calentador para cuando yo vuelva a casa esta noche, te aseguro que no volverás a trabajar aquí! ¡Intenta estar en casa a las seis de la mañana, George, o te prometo que lo vas a lamentar!

Jane colgó el auricular sin esperar respuesta. Estaba cansada de las excusas de George.

Aunque sabía que él no tenía la culpa de su mal humor. La presencia de Lyall la había inquietado. No era justo que volviera en esos momentos cuando estaba estabilizada, asentada, acostumbrada a vivir sin él.

Tenerlo cerca significaría recordar sentimientos pasados, antiguos deseos. No quería volver a vivir su presencia excitante, o preguntarse otra vez cómo habrían sido las cosas si aquel día no lo hubiera visto con Judith. Jane había escondido su pena en lo más profundo de su ser y se había rodeado de una coraza de precaución y sentido práctico. Su único consuelo fue pensar que, por lo menos, había descubierto la verdad sobre Lyall, antes de haber cometido la estupidez de marcharse con él. No, Jane había aprendido la lección bien, y no iba a cometer el mismo error.

Pero ahora Lyall había vuelto, y no podía olvidar su caricia en la mejilla.

La tormenta había continuado toda la noche, y Jane había dormido mal. Su mal humor no había mejorado al no aparecer George Smiles aquella mañana. La noche anterior había vuelto de casa de la señorita Partridge y se había encontrado el depósito de agua caliente estropeado. George no era de mucha confianza, pero Jane había intentado desesperadamente conseguir a algún otro fontanero y había sido imposible, así que pidió a George que fuera a arreglarlo y él lo había prometido.

Jane había hecho tiempo hasta que al final tuvo que ducharse con agua fría. A continuación se había dirigido a su despacho en Starbridge para una reunión con los contables y una entrevista con el director del banco. Era normal que estuviera de mal humor, se dijo a sí misma.

Así que cuando Dorothy la había pasado el teléfono para decirle que era George, Jane se preparó para descargar su genio sobre él. Quizá había sido un poco dura con él, él había intentado hablar varias veces, pero Jane no lo había dejado.

En esos momentos miró la hora y gimió una protesta al recordar la entrevista con el director del banco. Tomó su bolso y su chaqueta y se dirigió precipitadamente hacia el despacho donde Dorothy, secretaria y bastión de Makepeace and Son, estaba escribiendo a máquina.

– ¿Y bien?

– ¿El qué? -contestó Jane. Le había hablado sobre el problema con George, pero normalmente hacía falta algo más que eso para encender el interés de Dorothy-. Ah, ya está arreglado, vendrá esta noche -dicho lo cual miró de nuevo la hora y se dirigió hacia la puerta-. Tengo que darme prisa. Te veré mañana, Dorothy.

El encuentro con el director del banco, Derek Owen, no fue precisamente un éxito. No estaba muy convencido de que Jane consiguiera el contrato de Penbury Manor, a pesar del traje que Jane se había puesto, intentando parecer una mujer de negocios a la que le iba todo bien. Cuando salió del despacho se sentía irritable, y su mal humor se convirtió en una agotadora tristeza.

Dorothy sólo trabajaba por las mañanas, y se había marchado cuando Jane volvió al despacho. Pasó toda la tarde intentando convencerse de que la contabilidad no era tan deprimente como parecía, hasta que a las seis menos diez dejó todo y de nuevo condujo los diez kilómetros que la separaban de Penbury. El sol luchaba por salir a través de las nubes, pero el estado de ánimo de Janet seguía siendo oscuro. A mitad de camino la furgoneta de repente se deslizó peligrosamente a un lado, como un símbolo de todas las cosas que le estaban ocurriendo aquel día.

Para intentar amortiguar la tristeza de la muchacha, un rayo de sol brilló de repente como una imagen bíblica. La luz continuó mientras pasaba delante de la iglesia y se paraba delante de la casa de piedra donde había vivido siempre.

Al aparcar se dio cuenta de que la furgoneta de George Smiles no estaba. No podía ser que faltara después de lo que aquella mañana le había dicho.

Con el ceño fruncido, salió de la furgoneta y gritó el nombre de George, por si había dejado la furgoneta aparcada en algún otro lugar.

Del porche salió una silueta y Jane suspiró aliviada. ¡Así que estaba allí! Se dirigió hacia la verja de entrada y se quedó helada al ver que Lyall Harding caminaba hacia ella con total seguridad.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó bruscamente, como para disimular su respiración entrecortada. Estaba furiosa consigo misma. ¿Para qué había estado toda la noche intentando convencerse de que la vuelta de Lyall no iba a significar nada en su vida, si su corazón daba un vuelco cada vez que lo veía?

Lyall abrió la verja para que entrara, con una mirada brillante y divertida.

– No sé por qué pareces tan sorprendida. Tú eres la que querías verme.

– ¿Que yo quería…? ¡Desde luego que no!

– Entonces, ¿por qué me dijiste que estuviera aquí a las seis en punto?

Jane abrió la boca para negar haber dicho nada parecido, y luego la cerró al darse cuenta de lo que había pasado.

– ¿Eras tú? -preguntó confundida.

– Sí, era yo -confirmó gravemente y, aunque su expresión era seria, sus ojos parecían reírse. Jane recordaba bien aquella mirada, la utilizaba como para decirle que ella era demasiado seria, demasiado sensata, demasiado rígida. Finalmente ella había aprendido a reírse, y él solía sonreír y abrazarla fuertemente, diciéndola que la amaba de todas maneras.

– Creía que eras George Smiles -dijo con una mirada acusadora.

– Ya me di cuenta.

¡Era típico de él provocar situaciones que la dejaban en ridículo!

– Tenías que haberme dicho que eras tú -apuntó con voz severa.

– Lo intenté muchas veces -le recordó-. ¡Pero no pude hacer que te callaras! No me dejaste decir ni una palabra.

– Habrías podido si hubieras querido -dijo enfadada, sin querer admitir que se había negado a escucharlo-. Porque la verdad es que no recuerdo ninguna vez en que no hayas hecho lo que querías -dijo entrando en el porche-. ¡Así que no me digas que no eres capaz de interrumpir a quien quieras!

– Normalmente sí -admitió Lyall-, pero me sorprendió que estuvieras tan enfadada. Tú siempre has sido muy fría y moderada con todo. Nunca habrías gritado a nadie de la manera en que lo hiciste esta mañana. Eres una mujer más dura, ¿no?

Jane mantuvo la cara inclinada sobre su bolso mientras buscaba las llaves, y pensaba en los años en que había estado intentando sacar la compañía adelante.

– He tenido que aprender -dijo con amargura. La traición de Lyall había sido sólo su primera lección.

Y en esos momentos estaba a su lado, llenando el porche con su presencia, haciendo que sus manos temblaran.

– ¿Te has hecho más dura por dentro también, Jane? -preguntó-. ¿O es todo fingido, como ese aire frío y autosuficiente que siempre has tenido? Tú siempre intentabas ser juiciosa, pero por dentro no lo eras. Por el contrario, eras cálida y cariñosa, y mucho más vulnerable de lo que pensabas. Engañaste siempre a todo el mundo, pero nunca me engañaste a mí.

Jane no quería mirarlo.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -insistió, mientras sus manos temblorosas por fin encontraban las llaves.

– He venido a arreglar tu calentador, claro.

– ¡No puedes arreglar mi calentador!

– Puede que no sepa -admitió-, no puedo decirlo hasta que no lo vea.

Ella lo miró, resentida por la facilidad con la que él podía hacer llegar recuerdos olvidados y no deseados. Los vaqueros que llevaba estaban desgastados, pero limpios, y la camisa negra, aunque lisa y sencilla, parecía una prenda cara.

– ¿Eres fontanero? -en aquellos años se había imaginado a Lyall haciendo de todo, pero nunca aquello.

– La verdad es que no, pero he hecho trabajos extraños de vez en cuando. Aunque no pueda arreglarlo casi seguro podré decirte qué tiene.

No tenía por qué sorprenderse tanto. Él siempre había sido ambiguo en cuanto a los trabajos. Cuando Jane le preguntaba por lo que hacía, él contestaba que cualquier cosa. Aquel verano había vuelto sin señales de trabajar, con la apariencia de tener mucho dinero, pero sin haber dicho nunca de dónde lo había sacado. Había aprendido a ganar lo suficiente para irse a otro lugar cuando quería, era todo lo que siempre había dicho a Jane. No estaba interesado en estudiar ni en nada que lo atara. Quería ser libre.

Eso tenía que haberle servido de aviso. Había vuelto de nuevo, con la apariencia de haber sobrevivido de trabajos extraños, pensó Jane con desagrado.

– Debes estar desesperado por trabajar -dijo Jane con un tono suspicaz. ¿Por qué si no iba a querer arreglar su calentador?

Lyall se encogió de hombros.

– No tan desesperado como debes de estar tú por tener agua caliente. De todas maneras, si quieres esperar a que venga George me iré… -dijo con despreocupación, volviéndose como para marcharse.

– ¡No, espera! -dijo Jane sin pensar. Había soñado todo el día con relajarse en un baño caliente, y la idea de otra ducha fría era demasiado horrible. Miró a Lyall con hostilidad, ¿por qué la hacía siempre cometer errores? Deseaba decirle que se fuera con la misma intensidad que deseaba un baño caliente, y Lyall lo sabía. Los ojos azules la miraron comprendiendo.

– ¿Qué dices?

– ¿Es verdad que puedes arreglarme el calentador? -preguntó sin ganas.

– Puedo intentarlo. ¿Por qué no dejas que lo revise?

– Bueno, ya que estás aquí…

Lyall abrió la puerta. Era imposible para Jane no recordar la última vez que Lyall había estado en esa casa; la voz enfadada de su padre, la frialdad alrededor de su corazón, la mirada de Lyall cuando dio la vuelta y se marchó.

Lyall pareció no recordar nada mientras seguía a Jane hacia la cocina. Una vez allí quitó la cubierta del calentador para mirar dentro. Jane se encontró de repente mirando su espalda y la manera en que los vaqueros se estiraban sobre sus poderosos muslos. Entonces sus manos desearon tocar esa espalda para ver si todavía sentía lo mismo. Ella había amado la suavidad de aquella piel, y aquel cuerpo duro había sido su refugio. Lyall había hecho que su vida se volviera inestable con sus bromas, su sarcasmo, sus pruebas, pero cuando él la tomaba en sus brazos nada importaba.

Jane apartó los ojos horrorizada por el rumbo de sus pensamientos.

– ¿Que… querrías un té? -preguntó en voz alta. Así tenía que hacer, imaginar que era Chris, o Andrew o Kevin, o cualquiera de los otros hombres que trabajaban para ella y cuyas espaldas nunca había tenido el deseo de acariciar.

– Gracias -contestó sin mirar.

Las manos de Jane temblaron ligeramente cuando tomó una cazuela para colocarla debajo del grifo. Debería sobreponerse. Lo que menos quería es que Lyall se diera cuenta que todavía tenía poder sobre ella. Simplemente la había sorprendido, era todo. Primero el día anterior, y luego ese día, pero no volvería a pillarla por sorpresa. Como ya sabía que estaba allí y que podía aparecer en cualquier momento, tendría que estar alerta. Estaría tan fría y reservada como él siempre había dicho.

El pensamiento hizo que la seguridad de Jane volviera, pero no evitó que sus ojos se volvieran hacia donde Lyall seguía agachado. Tomó la correspondencia y trató de concentrarse en ella mientras esperaba que el agua hirviera.

La última era una tarjeta de Kit. Jane dio la vuelta y leyó: Buenos Aires era un lugar estupendo y él estaba completamente enamorado. ¿Podría mandarle algo de dinero?

Era típico de Kit. Jane suspiró y volvió a leerla. Ya la había mandado todo lo que había podido. ¿Dónde iba a encontrar más para enviarle?

– Pareces cansada -dijo la voz de Lyall, interrumpiendo sus pensamientos. No se había dado cuenta de que la había estado observando cómo se apoyaba contra el fregadero y miraba seriamente la postal. Tenía el cabello de color castaño retirado hacia atrás, el traje de ejecutiva arrugado, y sombras bajo los ojos grises.

– Ha sido un día largo, eso es todo -dijo, volviéndose para hacer el té, tranquila a pesar de la preocupación de los ojos azules de Lyall. Preocupación que había desaparecido cuando le ofreció una taza caliente, teniendo mucho cuidado de no rozar sus manos.

– ¿Podrás arreglar el calentador? -preguntó.

– Creo que sí. ¿Tienes un destornillador?

– Por supuesto -aseguró, yendo a por la caja de herramientas de su padre. Lyall arqueó las cejas al contemplar las herramientas cuidadosamente ordenadas, su padre siempre había sido muy meticuloso y organizado.

– Es una buena colección. ¿Eran de tu padre?

– Sí -contestó con brevedad, no quería hablar de su padre con Lyall.

– Seguro que le gustaba la caja así, con cada cosa en su sitio -comentó, escogiendo un destornillador-. Limpió y ordenado, como su vida. Si no estabas en el lugar adecuado él lo ignoraba, ¿a que sí?

– ¡No hables así de él! -protestó, aunque sabía la verdad que yacía en la observación.

– ¿No es verdad? -insistió Lyall, mirándola irónicamente por encima del hombro -Te trataba exactamente igual que a estas herramientas.

– ¡Mentira! ¡Mi padre me quería!

– Claro que sí… pero eso no evitó que te tuviera siempre en el lugar exacto donde podía encontrarte. Por eso yo no le gustaba. Tenía miedo de que te cambiara y no pudieras meterte de nuevo en su sistema organizado.

– No puedes acusar a un padre de querer proteger a su hija -dijo Jane con los labios apretados.

– Sí puedo, si eso significa no dejar que viva lo que ella elige.

– Quizá pensarías de diferente manera si tuvieras una hija -exclamó Jane-. O quizá no. Probablemente la dejarías hacer lo que quisiera tan pronto como se quitara los pañales, para que no interfiera en tu maravillosa libertad.

– Precisamente por eso no quiero tener hijos -dijo con frialdad-. Nunca he querido comprometerme para tener una esposa y una familia. Pero si lo hiciera, espero ser lo suficientemente sabio como para no envolverlos de la manera que tu padre lo hizo. ¡Para que no terminen tan reprimidos como tú, o se vayan al otro extremo como tu hermano!

– ¡Yo no estoy reprimida! -protestó Jane, dejando la taza en la mesa.

Inmediatamente después, pero demasiado tarde, se dio cuenta que había dicho las mismas palabras diez años antes. El eco del pasado invadió la cocina con el calor de aquel día de verano. Habían estado sentados a la orilla del río, y habían metido los pies dentro del agua fría. Tres días antes habían hecho un viaje loco hacia el mar. A la vuelta, en la entrada de casa, cuando Jane había decidido que ella sólo había sido alguien con quien divertirse y llenar un día, Lyall la agarró y la invitó a comer. Jane, aunque intrigada, se había resistido al principio, pero luego aceptó.

– Eres tan recta -había dicho Lyall, divertido. Luego había acariciado su pelo, y ella había temblado al roce de su mano-. ¿Me tienes miedo o es que estás reprimida?

– ¡No estoy reprimida! -había gritado Jane indignada.

– Entonces, ¿me tienes miedo?

– ¡Claro que no! -contestó con la barbilla desafiante.

– Bien -había dicho sonriendo-, entonces no te importará que te bese, ¿no?

Y él la había echado sobre la hierba suave y Jane se había perdido en otro mundo.

Invadida por los recuerdos, Jane miró desesperada a la espalda de Lyall. Estaba desenroscando una pieza, sin tener en cuenta el eco de su primer beso. ¿Por qué tenía ella que recordarlo, si él no lo hacía, o si lo hacía no le importaba tanto?

– ¿Por qué viniste hoy? -preguntó Jane con brusquedad-. Podías haber vuelto a llamar y haber dicho a Dorothy que te había confundido con alguien. ¿De todas maneras, para qué me llamaste? No sé por qué puedes estar interesado en hablar con alguien tan reprimido como yo -terminó con sarcasmo.

Lyall se sentó sobre los talones y se encogió de hombros.

– Pensaba que era una pena que hubiéramos empezado tan mal ayer. Me di cuenta que te había pillado por sorpresa y me iba a disculpar, eso era todo.

– Pues no había hecho falta que vinieras a arreglar el calentador -declaró Jane con firmeza.

– No tenía otra cosa que hacer -dijo, luego sonrió-. Y era evidente que el pobre de George no se iba a atrever, por lo menos si es una persona razonable. ¿Eres tan gruñona ahora?

– Tú también estarías enfadado si hubieras tenido el día que yo he tenido. Puedo asegurarte que normalmente no soy tan gruñona como tú dices.

– Pues ayer también estuviste gruñona.

No hasta que él había aparecido. Jane apartó los ojos de él y volvió a tomar su taza de té.

– Estoy cansada de esperar oír que Multiplex o como se llame, van a darnos el contrato de Penbury Manor o no -explicó, mirando dentro de la taza.

– ¿O sea, que todavía no han dicho nada?

– No. Llamé al arquitecto hace dos días y me dijo que también él estaba esperando que lo llamaran. Parece que la secretaria de la compañía no puede tomar decisiones hasta que el director no termine su partida de golf o sus comilonas.

– ¿Sabes algo sobre Multiplex? -preguntó Lyall. Su voz parecía querer quitar importancia al asunto, pero Jane notaba algo especial que no supo identificar.

– Sé que tiene que ver con electrónica -contestó de manera vaga.

– ¿Algo que ver con electrónica? -Lyall movió la cabeza impaciente-. ¡Multiplex es una de las mayores compañías de material electrónico de Europa, Jane! Esas compañías no están dirigidas por hombres que sólo jueguen al golf y coman.

– Entonces, ¿por qué no toman una decisión ya?

– Es posible que tengan otras cosas que hacer. Si estuviera en tu posición, Jane, hubiera hecho un esfuerzo por descubrir algo sobre la compañía con la que quizá vayas a tener una relación estrecha. Si te hubieras molestado, habrías descubierto que Multiplex tiene una reputación merecida por su calidad y eficiencia, y el que no hayan tomado todavía esa decisión así lo demuestra.

– Parece que sabes mucho de la compañía.

– Es una compañía muy conocida -dijo con una mirada enigmática-. ¡Como sabrías si te hubieras tomado interés por lo que hay fuera de Penbury!

Jane abrió la boca para contestar, pero luego pensó que era mejor callar. ¡No iba a ponerse de nuevo a discutir!

– Estaré fuera en el jardín si necesitas algo -dijo con dignidad, y salió de la estancia a buen paso.

El jardín estaba húmedo y estropeado después de la tormenta. Jane examinó las macetas cuidadosamente. ¿Cómo se atrevía Lyall a acusarla de estar enfadada? Sin duda, pensaría que era una amargada incapaz de llevar un negocio debidamente. ¿Y qué sabía él de negocios? Cuanto más pensaba en sus acusaciones, más se enfadaba. Ella no se enfadaba, era Lyall quien la enfadaba. Ni siquiera se habría enfadado con George si Lyall no hubiera aparecido desequilibrando su mundo. La preocupación por el contrato la tenía un poco irritable, pero nunca antes lo había pagado con nadie. Sin embargo, sabía que no podía echar la culpa a Lyall por el retraso de Multiplex, o por su calentador estropeado, o porque George no hubiera aparecido, pero Jane en esos momentos no estaba siendo lógica. Si él no hubiera vuelto, ella habría solucionado los problemas con su calma habitual. Pero estaba nerviosa y agitada por los recuerdos que la invadían, y era incapaz de solucionar nada. ¡Y Lyall se preguntaba por qué estaba enfadada!

Jane siguió ordenando furiosamente los geranios, y de repente golpeó a uno de ellos. ¡Eso también era culpa de Lyall!

– Perdón -dijo disculpándose absurdamente del geranio.

– ¿Por qué no eres siempre tan agradable con la gente como con las plantas, Jane? -preguntó con voz divertida Lyall desde la entrada. Jane se ruborizó y se puso rígida. ¡La había visto hablando con las plantas!

– ¿Has terminado?

– Sí, lo he encendido para ver si funciona.

– De acuerdo -de repente se dio cuenta que después de todo, le estaba haciendo un favor. Jane se limpió las manos en el vestido sin pensar, esparciendo un aroma de tierra mojada-. Pues… gracias.

Lyall se bebió el té apoyado en el quicio de la entrada, mientras la observaba con una mirada irónica. Jane siempre olvidaba lo desconcertantes que eran aquellos ojos azules cuando no estaba sonrientes, y se inclinó a sacudirse la falda.

– ¿Era tu novio aquel con el que estabas ayer en el pub?

Jane no se esperaba aquella pregunta y su corazón dio un vuelco. La noche anterior no había terminado muy bien. Alan la había telefoneado y ella había pensado salir para olvidarse de Lyall, pero para su disgusto, Alan no quiso salir más allá del pub del pueblo. Afortunadamente Lyall estaba al fondo, y ella había pensado que no la había visto. Estaba acompañado de una pelirroja despampanante y una rubia que no hacía otra cosa que tocarse el pelo y reírse con un tono chillón.

Lyall se bebió todo el té y dejó la taza.

– ¿Qué me dices?

– Creo que no es asunto tuyo, pero sí, era Alan.

– ¿El hombre que te hace tremendamente feliz?

Jane apretó los dientes.

– Sí.

– No parecías muy feliz -continuó Lyall, pensativo-, pero no puedo decir que me sorprenda, no era tu tipo.

– No me gusta tener que decir cosas evidentes, ¡pero tú no sabes cuál es mi tipo!

– Yo solía ser tu tipo -recordó Lyall suavemente.

– Eso fue hace mucho tiempo -dijo Jane con un rubor en las mejillas, y se dio la vuelta para mirar un macizo de rosas-. Yo era joven y tonta y no sabía nada, pero he madurado en estos diez años. No buscas las mismas cosas en un hombre cuando tienes veintinueve años, que cuando tienes diecinueve.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo amabilidad, confianza, seguridad… ¡Nada de lo que se pueda asociar contigo!

– Quizá yo haya madurado también -sugirió Lyall, y Jane lo miró por encima del hombro.

– No parece que hayas cambiado mucho.

– Las apariencias engañan. Eso es lo primero que descubrí en ti. Tan tranquila, tan sensata… y tan apasionada en el fondo.

El color de las mejillas de Jane se hizo más profundo.

– Yo estaba hablando de la experiencia, no de las apariencias.

– Entiendo -la boca de Lyall esbozó una sonrisa-. ¿Y Alan es tan bueno y seguro como parece?

– Sí, lo es. Es muy bueno -dijo con desafío. Ella siempre sabía dónde estaba Alan. Nunca la había desestabilizado de la manera que Lyall lo hacía. Ella nunca sabía lo que Lyall iba a hacer a continuación; tenía una cualidad peligrosamente impredecible que la alarmaba, excitaba y encantaba a la vez. Alan era menos brillante, pero era menos agotador.

– Todavía eres cobarde en asuntos del corazón -se burló Lyall-. Prefieres estar segura y aburrida que arriesgarte en algo más excitante.

– ¡Eso es lo que piensas tú! -apuntó Jane, mirándolo indignada-. ¡Sólo porque no fui lo suficientemente estúpida como para irme contigo!

– Porque fuiste lo suficientemente estúpida para no confiar en mí -corrigió con una voz dura.

De repente la imagen de él detrás del árbol, del árbol de los dos, abrazando a Judith apareció en los ojos de Jane.

– No confiar en ti fue la única cosa inteligente que hice aquel verano.

Los ojos azules se posaron en ella con frialdad y desprecio, y después de unos segundos se fue a la cocina.

– Iré a ver si funciona el calentador.

Estaba enfadado. Jane se quedó mirando ciegamente a los geranios, y luchó contra los recuerdos de aquel día en que su mundo se había roto en miles de pedazos. Había confiado en Lyall, había puesto el corazón en sus manos, y él la había traicionado. ¿Qué derecho tenía a estar enfadado?

– Ya funciona -declaró Lyall con voz indiferente asomándose a la puerta. Jane se volvió para mirarlo, el desprecio en sus ojos había desaparecido y Jane sintió un alivio momentáneo, inmediatamente después se enfadó consigo misma por ello.

– Gracias.

– Mira, eso fue todo hace mucho tiempo -dijo después de una pausa-. ¿Para qué vamos a discutir por algo que pasó hace diez años?

Se acercó a ella y aunque no la tocó, Jane notó su cuerpo poderoso. Vio las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, y el vello oscuro de sus antebrazos. Se había lavado las manos, pero tenía un olor fuerte a aceite alrededor de su cintura.

– Creo que voy a estar por aquí un tiempo -continuó Lyall. Jane no dijo nada y él siguió hablando con suavidad-. ¿Por qué no dejamos el pasado y comenzamos de nuevo? Sería más fácil si simulamos ser desconocidos, ¿no te parece? Podemos olvidar que una vez fuimos algo más.

¿Cómo podía ella olvidar? ¿Cómo podía olvidar la sensación cuando la besaba, o la suave y fuerza de su cuerpo en sus manos?

¿Y a la vez, no tenía razón? Si se trataban como extraños, sería posible dejar los recuerdos en el pasado, en su lugar apropiado. Intentaría comportarse con tranquilidad una vez más, y él vería lo madura que se había vuelto.

– De acuerdo -aceptó con tranquilidad-. Yo lo intentaré si tú lo intentas.

– De acuerdo.

Se quedaron en silencio un rato. Jane se sintió extraña después de unos segundos. Lyall parecía como siempre, confiado y seguro de sí, relajado como un gato echado al sol. Y había en él la misma sensación de que en cualquier instante la pereza y el buen humor podían desaparecer y algo mucho más peligroso e impredecible llenaría ese lugar.

Lyall la observaba con una expresión ilegible, y Jane se estiró incómoda bajo su mirada.

– Bueno, ¿cuánto te debo por el arreglo del calentador?

– Olvídalo.

– Creía que éramos desconocidos -le recordó-. Habría tenido que pagar a cualquiera de los fontaneros de Makepeace and Son si hubieran venido.

– No hace falta -protestó, pero Jane no iba a dejar así las cosas.

– Prefiero pagarte. Insisto en darte algo.

Un brillo inquietante se instaló en los ojos de Lyall.

– ¿Quieres decir eso de verdad?

– Por supuesto -replicó con dignidad, complacida ante la oportunidad de enseñarle lo capaz que era de tratarlo como a un extraño-. ¿Aceptarías un cheque?

Lyall negó con la cabeza.

– Sólo acepto cobrar en especie -dijo, a continuación la agarró por los hombros. Jane instintivamente intentó retroceder, pero era demasiado tarde. Las manos de Lyall habían agarrado su cara, y sus dedos le acariciaban las mejillas. El roce era ligero como una pluma, pero las manos la sujetaban tan firmemente que no podía moverse.

– No hace falta que me des nada -murmuró, mirando dentro de los ojos de Jane, que eran grandes, grises y brillantes, y tenían una mirada entre perpleja y anhelante-. Pero ya que insistes…

– No… -comenzó Jane, pero aunque levantó las manos para empujarlo, la boca de Lyall se posó en la suya, y el suelo se abrió bajo sus pies, al recordar la misma sensación de hacía diez años. El roce magnético de sus labios; sus manos tan calientes, tan seguras; el contacto de su cuerpo duro y grande… El dolor y la pena desaparecieron, y quedó sólo el sabor maravilloso de su boca. Sin pensarlo, Jane se apretó contra él, enroscando los brazos sobre su cuello, mientras las manos de Lyall bajaban por su cuello y sus pechos, antes de agarrarla más fuertemente. Eso es lo que había estado pensando desde que lo había visto el día anterior en Penbury Manor, desde que había desaparecido diez años antes. Una mirada a su boca había sido suficiente para encender el deseo en ella, y en esos momentos, la búsqueda cálida de sus labios eran un acto de posesión y un descubrimiento a la vez que la ataba de nuevo a él.

Lyall murmuraba el nombre de ella mientras la besaba en el cuello, y Jane enroscaba sus dedos en su cabello, recordando el intenso placer de sus labios moviéndose sobre su piel. Se apretó contra él, besando desesperadamente su oreja, su mandíbula, su cuello. Un sollozo salió de su boca cuando Lyall apartó la chaqueta y comenzó a desabrochar su blusa, pero era imposible saber si era una queja o un gemido de placer. Jane echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos ante la deliciosa sensación de las manos de él bajo la tela, acariciando todas las curvas de su cuerpo, excitándola hasta gritar.

Incluso los recuerdos desaparecieron bajo el estallido de la pasión. Jane no pensaba en el pasado o en el futuro, o en los motivos que había tenido Lyall para volver; y el presente sólo consistía en perderse en sus brazos. Los besos se hicieron más profundos, más apasionados, desesperados. Casi asustada por ellos, Jane deslizó las manos debajo de su camiseta y acarició la espalda de Lyall, aferrándose a la seguridad de su cuerpo duro.

Y de repente, inexplicablemente, todo acabó. Lyall levantó la cabeza y la miró. Jane se agarró sin querer apartarse, pero los brazos de Lyall se apartaron y abrocharon su blusa. Se miraron el uno al otro un segundo interminable, sorprendidos por la pasión que los había arrastrado como un tornado y se había evaporado con la misma rapidez. Ya no había diversión en los ojos azules, sino una expresión que Jane no quería o no podía comprender.

– Así está bien, creo que es mejor que me vaya, antes de que pienses que me has pagado demasiado.

Jane se quedó callada, incapaz de decir nada. Sin darse cuenta de lo que hacía o de lo que quería decir, asintió con la cabeza casi mareada, desorientada por la brusca vuelta a la realidad. Lo único que pudo hacer fue cerrarse la blusa y mirar con los ojos abiertos por la sorpresa a Lyall caminar hacia la puerta.

Capítulo 3

– Gracias a Dios que has venido! -declaró Dorothy cuando Jane llegó al despacho al día siguiente-. Estaba empezando a preguntarme si te había pasado algo.

– Me he quedado dormida -explicó Jane, tomando la correspondencia e intentando evitar la mirada inquisitiva de Dorothy-. No he dormido muy bien esta noche. Había estado despierta mucho rato, pensando en el beso que la había sacudido hasta el borde de las lágrimas. Estaba furiosa con Lyall por haberla besado de esa manera, y con ella por haber respondido. ¿Cómo había podido abrazarlo de aquella manera después de aquellos diez años? ¡Él la había herido, usado y traicionado, pero cuando la había besado ella había respondido como si siguiera locamente enamorada!

¡Pues no lo estaba! Jane había dado forma de nuevo a la almohada y se había colocado sobre ella una vez más. ¡Había olvidado a Lyall hacía mucho tiempo, y si él creía que un beso iba a cambiar todo, estaba equivocado! Como siempre, la había pillado por sorpresa después de toda aquella charla sobre olvidar el pasado. No tenía que haber confiado en él, había pensado con amargura. Lyall no descansaría hasta no destrozar el mundo seguro que ella había reconstruido a su alrededor, pero ella no iba a permitirlo. Su mejor defensa era seguir siendo la chica fría y razonable que había intentado aprender a ser en aquellos diez años, la chica que había sido antes de que él cambiara todo. La próxima vez que se vieran, si volvían a verse, ella estaría preparada, había decidido. Estaría tranquila, relajada, despreocupada, y con suerte, Lyall pensaría que había imaginado aquel beso.

La luz del amanecer había empezado a iluminar vagamente la habitación cuando Jane se había quedado dormida. En esos momentos, delante de la mesa de Dorothy con la correspondencia en la mano, deseó sentirse tan segura como se había sentido en las primeras horas de la mañana. Su cuerpo todavía temblaba con el recuerdo de la boca de Lyall y de sus manos, y por mucho que mirara a las cartas, lo único que veía era el brillo malicioso de sus ojos mientras se inclinaba sobre ella…

– Michael White ha llamado hace media hora, parece que Multiplex ha tomado una decisión.

Jane había olvidado las preocupaciones de las últimas semanas.

– ¿Y?

– ¡Que tenemos el contrato!

Eran las noticias que Jane necesitaba. Su corazón había abrigado la esperanza de mantener Makepeace and Son, y en esos momentos se sentía feliz. También se daba cuenta lo cerca que habían estado de la ruina, y de que la vida arreglaba las cosas poco a poco. Había dado demasiada importancia al beso de Lyall. Su padre había confiado en ella y eso era lo único que importaba, eso y la gente que había trabajado para ella. Makepeace and Son era su vida, y Lyall no tenía espacio en ella.

Tras semanas de larga espera, de repente tenía un montón de cosas que hacer. Multiplex quería una entrevista inicial con el arquitecto y con ella aquel mismo día, así que Jane tenía que estar en Penbury Manor a las dos en punto, pero primero fue a informar a los trabajadores de la empresa que habían conseguido el contrato.

En aquellos años, Jane había sentido muchas veces el deseo de volver a la jardinería y dejar a un lado la lucha con los contables, con los contratistas, etc… pero la cara de los hombres en esos momentos le hizo pensar que había merecido la pena.

– Tú padre estaría orgulloso de ti -le dijo Ray, haciendo que sus ojos se empañaran.

Seguidamente, Jane se dirigió hacia la casa en un humor excelente. No había olvidado por completo a Lyall, pero intentaba firmemente apartarlo de su mente y concentrarse en el trabajo.

Dejó la furgoneta en la entrada. Estaba vieja y gastada, y contrastaba tremendamente con los demás coches allí aparcados. Se notaba que iba a haber un cambio, y Jane pensó con tristeza en cómo la casa iba a ser transformada en una empresa moderna e impersonal, pero lo aceptó con firmeza. Si Makepeace and Son no hacían el trabajo, otras personas lo harían, y el trabajo para los hombres que trabajaban para ella significaban mucho más que recuerdos de piedras y chimeneas y generaciones de niños para los que aquella vieja casa había sido un hogar.

Jane se estiró y se dirigió hacia la entrada. Dentro encontró a todo el mundo reunido. Ella había hablado por teléfono con Dennis Lang, que era el secretario de Multiplex, pero con quien iba a tratar iba a ser con el arquitecto, Michael White, y fue él quien la presentó a los demás. Multiplex había decidido utilizar trabajadores del pueblo a ser posible, así que ella reconoció a muchos de ellos, excepto a los directivos de Multiplex y a Dimity Price, que iba a encargarse de la decoración.

Dimity era frágil y femenina, con una cascada de rizos rubios que recordaban a la pintura de los Prerrafaelitas; ojos verdes y una voz dulce como de niña pequeña. A su lado, Jane se sentía acomplejada por su vestimenta austera: unos pantalones beis y una camisa blanca, pero sonrió y dio la mano a Dimity, pensando en el nombre, ¿Dimity? Se decía acentuando la primera sílaba, pensó antes de recordar que Lyall la acusaría en esos momentos de ser una mujer fría y reprimida. Ella no era una mujer que expresara abiertamente sus sentimientos.

Jane se quedó un momento pensativa, casi enfadada por permitir que el recuerdo de Lyall volviera a su mente.

– Estamos esperando al director -explicó Dennis Lang, ofreciéndola una taza de café-. Está atendiendo a una llamada desde Estados Unidos, pero no creo que tarde mucho.

– No sabía que el director iba a venir -dijo Jane, sorprendida-. Los directores no suelen preocuparse por este tipo de reuniones, ¿no?

– Este director sí -dijo Dennis con una mirada resignada un tanto cómica-. Se preocupa de todos los detalles. Es uno de los secretos de su éxito, y está especialmente interesado en la restauración de esta casa. Quiere cuidar todo desde el principio.

El corazón de Jane dio un vuelco. No había cosa peor que los clientes que querían revisarlo todo.

– Será maravilloso trabajar para alguien tan cuidadoso -apuntó Dimity-. Y es un hombre maravilloso. ¡Te encantará, Jane!

– ¿Sí? -preguntó Jane mirando a Dennis.

– Suele gustar mucho a las mujeres -declaró Dennis-. Pero aquí está, es mejor que lo decida usted misma.

Dos hombres acababan de entrar en la habitación, pero Jane no necesitó preguntar quién de los dos era el director. Relajado y seguro de sí mismo, dentro de un traje gris inmaculado, era un hombre que atraía todas las miradas sin ningún esfuerzo. Mirándolo se podía saber que dirigía la compañía con energía, y que era un hombre acostumbrado a arriesgarse y a ganar.

Un hombre al que ella conocía demasiado bien.

Era Lyall.

Jane sintió ganas de vomitar. Lo miró fascinada, mientras el eco de sus propias palabras parecían resonar en la habitación: «No deberías estar aquí… una compañía horrible va a arruinar esta casa… el director que parece que sólo se dedica a jugar al golf y a comer en restaurantes caros…»

Las palabras parecieron rebotar en la pared de madera y volvieron a sus oídos. Una oleada de sorpresa y humillación la invadió, y la dejó sin aliento y casi incapaz de sostenerse en pie.

La cabeza oscura de Lyall estaba en esos momentos vuelta hacia Michael White, escuchando algo que el arquitecto le decía, pero Jane tenía la horrorosa sensación de que todo el mundo la miraba. Los ojos azules burlones miraron a los ojos grises y sonrieron.

¡Cómo debía estar disfrutando ese momento! Michael llamó a Lyall para presentarla y la vergüenza de Jane se trasformó en una rabia ciega. ¿Cómo se atrevía a burlarse de ella? Podía haberle dicho quién era, y ella no hubiera hecho el ridículo delante de todas aquellas personas, pero eso no le hubiera divertido tanto.

Lyall dejó que Michael hiciera la presentación como si fuera la primera vez que la veía.

– ¿Cómo está usted? -dijo gravemente, con un brillo irónico en los ojos.

Como Michael estaba mirando Jane no pudo hacer otra cosa que aceptar la mano que le ofrecía, pero fue un error. El roce de sus dedos la hicieron recordar el beso del día anterior. Sólo unas horas antes había estado suspirando bajo sus labios y sus manos.

Jane murmuró algo y retiró la mano. A continuación todos tomaron asiento alrededor de una mesa y la reunión comenzó, pero Jane apenas escuchaba. Aunque se sentó lo más lejos posible de Lyall, sólo era capaz de notar su presencia, la línea de su boca y las manos fuertes descansando con absoluta seguridad sobre la silla mientras, de pie, hablaba a todos. Nunca lo había visto en traje, pensó Janet. Le hacía parecer mayor, más peligroso y más valiente. ¿Por qué ella no había visto aquello antes?

¡Qué idiota había sido! ¿Por qué no había pensado en cómo había cambiado? ¿Por qué no había imaginado que su vuelta a Penbury Manor era debido a que estaba relacionado con Multiplex? Se lo había dicho en la cocina con otras palabras. Jane estaba furiosa consigo misma, y al advertir lo gracioso que parecía a Lyall su aparente disgusto. Su intención de ignorarlo se disolvía en esos momentos. ¿Cómo iba a poder hacerlo si iba a ser el mejor cliente de Makepeace and Son?

Lyall estaba hablando sobre los planes que tenía pensados para la restauración, y mostraba bocetos mientras todo el mundo asentía con exclamaciones de admiración.

– Todo es maravilloso -dijo Dimity, que se había sentado lo más cerca posible de él. Jane pasó los bocetos casi sin mirarlos, seguía sumergida en su rabia. Había sido maravilloso saber aquella mañana que tenían el contrato, había pensado que todo iba a solucionarse después de todo, y en esos momentos estaba derrotada, y todo por culpa de Lyall. ¡Era culpa suya por haber vuelto, por besarla, por estar allí tan frío, tan seguro de sí mientras ella sólo tenía deseos de golpearlo!

De repente, se dio cuenta que todos la miraba esperando una respuesta, y se fijó en los ojos burlones de Lyall, que la miraban con una ceja arqueada. Ella no sabía lo que había dicho, y era evidente que él se daba cuenta.

– ¿Puede repetirlo, por favor?

– Estaba preguntando si tiene suficientes hombres capaces de comenzar a trabajar enseguida -repitió Lyall con una humillante paciencia.

– Por supuesto -contestó Jane con los labios apretados.

– Muy bien -su cara seguía seria, pero Jane sabía que se estaba riendo de ella-. Se corren rumores de que pierdo el tiempo jugando al golf y comiendo en restaurantes lujosos -continuó-. Estoy aquí para desmentirlo. Me gusta saber exactamente cómo van las cosas, y vendré a menudo para ver el trabajo. Habrá visto en los planos que el piso de arriba del ala oeste ha sido diseñado para albergar un apartamento aislado. Me gustaría que Makepeace and Son lo hicieran habitable cuanto antes, para poder hospedarme mientras esté en Penbury. Me imagino que no tendrá problemas en trabajar duramente antes de que empiece el trabajo más especializado.

– ¿Importaría si tengo alguno? -dijo Jane, enfadada. Los demás la miraron sorprendidos, pero ella ni siquiera se dio cuenta. Sus ojos se posaron en los de Lyall como si estuvieran ellos solos en la habitación.

– ¿Quiere eso decir que tiene algo que objetar?

– No estoy en posición de objetar nada, como sabrá. Mi única preocupación es por mis hombres, y francamente, pienso que es mejor que revise a los suyos en lugar de revisar el trabajo de mi equipo. Son todos buenos trabajadores y no pueden trabajar adecuadamente si un cliente está observando continuamente su trabajo, haciendo críticas y cambiando de opinión.

– No voy a cambiar de opinión -dijo Lyall. La burla en sus ojos había desaparecido y sólo quedaba un azul implacable-. He decidido lo que quiero, y quiero que sea así -Jane sabía que siempre había sido así-. No tengo intención de interferir en el trabajo de sus hombres, pero me imagino que admitirá que me preocupe por lo que vayan haciendo. Si tengo algo que decir, lo trataré con usted. Después de todo es para lo que está, ¿no?

– No quiero perder el tiempo innecesariamente -dijo Jane, ignorando las señales de Michael para que se callara-. Si cree que Makepeace and Son no es capaz de hacer el trabajo sin que usted lo revise, es mejor que se busque otra empresa -dicho lo cual se levantó y empujó la silla hacia atrás-. Me imagino que me hará saber lo que decida. ¡O confía en nuestra empresa y nos deja trabajar tranquilos, o se busca otra compañía cuyos hombres no les importe que usted les importune cada cinco minutos!

Hubo un silencio sepulcral cuando ella salió de la habitación con la cabeza bien alta y sin mirar para atrás. Todavía con rabia y vergüenza, atravesó la puerta de entrada y se dirigió hacia la furgoneta. Llegó al despacho en un tiempo récord, frenando justo a tiempo para no derribar un montón de maderas apiladas que había en la entrada. La noticia del contrato se había extendido rápidamente y los proveedores habían empezado a llevar ya material.

Jane apagó el motor, y se quedó mirando el rótulo dorado y verde de Makepeace and Son que había en la entrada. Recordaba haberlo visto desde siempre, y recordaba que su padre le había dicho lo mismo.

– ¿Qué he hecho? -exclamó en alto cuando la rabia hubo desaparecido, dejando paso a un sentimiento de fracaso y desastre. Pensó en los hombres que la habían felicitado aquella mañana, en los proveedores que habían estado esperando el teléfono, ya que el trabajo de muchos de ellos dependía del nuevo contrato. ¿Cómo iba a poder decirles que el contrato no había sido firmado?

Invadida por una sensación de angustia y estupidez, Jane cerró los ojos y apoyó la cabeza en el volante.

– ¿Qué he hecho? -repitió con desesperación.

Apretó los ojos con fuerza, pero fue imposible eliminar la imagen de Lyall de pie delante de la mesa, mirándola con dureza mientras ella salía. Sabía demasiado bien lo que había hecho: había destrozado el futuro que parecía mejorar para todos, sólo por la forma en que Lyall la hacía sentir.

Jane abrió los ojos para mirar de nuevo el rótulo. ¿Qué había dicho Ray? «Tu padre estaría muy orgulloso de ti». Su cara se contrajo en una mueca de tristeza. Su padre no se sentiría nada orgulloso. Había estado trabajando para levantar Makepeace and Son, y se quedaría amargamente avergonzado de cómo ella lo había tirado todo por la borda. Él nunca había dejado tirados a sus hombres de la manera que ella lo había hecho, y ahora de ella dependía la solución.

Y sólo podía hacer una cosa.

Jane encendió de nuevo el motor y se dirigió hacia Penbury Manor.

La reunión había terminado poco después de ella salir, ya que la mayoría de los coches se habían ido. Jane aparcó en una esquina, ya que no tenía deseos de enfrentarse a nadie, y se quedó un rato sentada, mirando a la puerta de entrada tratando de armarse de valor.

Cuando estaba mirando la puerta se abrió y Dimity salió. La mujer se tocaba el pelo y parecía complacida consigo misma. Jane entrecerró los ojos pensativa. Faltaba mucho para que empezaran con el trabajo de decoración. ¿Por qué Dimity había ido a la reunión? Era un poco pronto para discutir sobre el papel de la pared… o es que había algo más importante?

Jane observó a la mujer meterse en su coche y mirarse al espejo. Revisó delicadamente sus ojos, y satisfecha con su apariencia arrancó el motor y se marchó, sin haberse dado cuenta de la presencia de la furgoneta de Jane debajo de uno de los árboles.

Jane se mordió los labios. Ella nunca se preocupaba sobre su apariencia, pero instintivamente se miró al espejo y estudió su reflejo. Su cara parecía delgada y pálida, y sus ojos tenían una oscuridad culpable. Era muy diferente de la belleza frágil de Dimity. No había fragilidad en Jane, hasta que Lyall la había besado.

No debía empezar a pensar en el beso de Lyall, se ordenó a sí misma desesperadamente mientras salía de la furgoneta y se secaba sus manos húmedas en los pantalones. Debía pensar en el contrato y en esos hombres que necesitaban mantener sus trabajos. Tomó aire y cruzó el terreno de grava de la entrada hacia la puerta.

La puerta fue abierta por la secretaria que había estado tomando notas durante la reunión. La muchacha la miró con aire de incredulidad.

– Me gustaría ver al señor Harding, por favor.

Lyall estaba de pie, cerca de la ventana de la biblioteca, hablando con Dennis Lang, pero se interrumpió inmediatamente cuando la secretaria abrió la puerta y anunció a Jane.

– Dennis, ¿te importaría dejarnos a solas? -preguntó, y esperó a que el hombre saliera antes de ir hacia Jane, que estaba en la puerta totalmente rígida y vulnerable a la vez.

– ¿Y bien?

Jane tragó saliva.

– He venido a disculparme. No tenía que haber salido de la reunión como lo hice.

– No, no deberías de haberlo hecho -declaró con ojos duros e indiferentes -Me dejaste como un estúpido.

– ¿Te dejé como un estúpido? -repitió con incredulidad.

– No estoy acostumbrado a que me traten así en las reuniones, ni a que me digan que molesto a los trabajadores. Según hablabas, parecía que mi juicio era equivocado.

– Lo siento -murmuró.

Lyall se volvió con una exclamación de impaciencia y se dirigió hacia la ventana.

– Creía que necesitabas el contrato -dijo bruscamente, mirando por encima del hombro-. En la carta que me enviaste, parecía que estabas desesperada por conseguir el trabajo.

– Y lo necesito -Jane estaba más cohibida de lo que quería admitir por el nuevo Lyall, pero permaneció con los dientes apretados-. Lo estoy.

– Tienes una manera un poco extraña de demostrarlo -apuntó, todavía con expresión enojada-. Si el contrato significa tanto, ¿por qué reaccionaste así?

– Sabes por qué.

– ¿Y si me lo dices tú?

La mirada del hombre era fría y casi despreciativa, y Jane, que hubiera querido mirarlo con desafío, apartó la vista.

– ¿Por qué no me dijiste quién eras? -preguntó.

Lyall se quedó mirándola desde el otro lado de la habitación.

– Tú sabes quién soy, Jane. Eres una de las pocas personas que lo saben.

– ¡Tú sabes lo que quiero decir! ¡Me podías haber dicho que eras el director de Multiplex!

– Y tú te podías haber dado cuenta. Si fueras la mitad de razonable de lo que afirmas ser, habrías investigado un poco para saber quién era tu cliente, así que no me culpes por tu falta de profesionalidad. Si hubieras investigado, habrías estado preparada para verme hoy aquí.

– ¿También tenía que estar preparada cuando viniste como si fueras un fontanero?

– No me hice pasar por fontanero -la corrigió Lyall-. Todo lo que dije es que había hecho muchos tipos de trabajos, y es verdad.

– Y el ser director de una gran compañía de material electrónico, y poseedor de Penbury Manor surgió de repente, ¿no?

– No, pero a diferencia de ti, yo soy capaz de diferenciar mi vida privada y profesional, y, además, francamente no pensaba que me hubieras creído si te lo hubiera dicho, ¿a que no?

– No es lo que tú crees, Jane -suplicó Lyall, antes de que Jane saliera del bosque.

– ¡Déjame en paz! -gritó Jane, limpiándose las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

– No, no hasta que me escuches -dijo, agarrándola del brazo, pero ella se apartó.

– Ya he escuchado bastante. Tenía que haber escuchado a mi padre en vez de a ti. Me avisó de que no saliera contigo. Todos sabían cómo eras, pero fui demasiado estúpida y te hice caso.

– Tú sabes cómo soy, Jane. ¿O no han significado nada las últimas semanas?

– ¡Parece que para ti no! ¡Creí que estabas enamorada de mí, y has estado viéndote a mis espaldas con esa bruja!

– ¡No tienes por qué hablar de Judith así! Ella no es una bruja, y yo no he estado viéndome con ella ni con nadie.

– ¿Esperas que me crea eso? -la escena bajo el árbol se había metido profundamente en la mente de Jane, Judith en los brazos de Lyall, su cabeza oscura pegada a la pelirroja de la chica. No entendía cómo podía seguir negándolo.

– Sí, lo espero. Espero que confíes en mí… ¿o prefieres confiar en los cotilleos de los que han estado hablando de mí desde que empezamos a salir?

– Yo sé lo que he visto -insistió Jane, enfadándose cada vez más.

– No, Jane, no sabes lo que has visto. ¡Todo lo que sabes es que lo que eliges saber, y eso te hace ser tan llena de prejuicios y tan estrecha de mente como todo el mundo que hay por aquí! -Lyall soltó una exclamación de disgusto-. Creí que eras suficientemente valiente como para poder pensar por ti misma, pero no es así. Tú no quieres ser diferente, eres demasiado cobarde para ello. Tú quieres estar en tu mundo a salvo de todo, y dejar que los demás piensen por ti. Bueno, si eso es lo que quieres, quédate ahí, ¡pero no esperes que me quede contigo!

En esos momentos, se enfrentaban de nuevo el uno al otro, y en la vieja biblioteca el pasado se abría entre ellos mientras el silencio se prolongaba insoportablemente. Fue Lyall quien lo rompió. Se sentó detrás de la mesa y observó a Jane, que seguía de pie al lado de una de las estanterías. Su bonito pelo estaba recogido detrás de las orejas, y la barbilla estaba levantada en un gesto de orgullo. Su silueta resaltaba sobre los libros oscuros y la hacía parecer más delgada y más vulnerable de lo que ella creía. Lyall respiró profundamente.

– ¡Para ser una chica sensata, te comportas de manera bastante estúpida! Sólo Dios sabe cómo has podido conservar la firma todo este tiempo. ¿Te has comportado así con todos tus clientes?

Jane estaba derrotada, pero seguía luchando. Levantó más la barbilla y lo miró a los ojos con intensidad.

– ¿Y tú te comportas así con tus contratistas?

– Yo no soy el que ha salido de la reunión -recordó Lyall.

– Y yo no te besé ayer noche -añadió Jane, después de pensar un rato en las palabras que quería decir.

– ¿No lo hiciste, Jane? -preguntó con suavidad. De repente, apareció el brillo burlón en sus ojos-. Creía que sí.

Jane intentó seguir tranquila, pero lo único que sintió fue el color que subía a sus mejillas.

– Sabes a lo que me refiero -exclamó con firmeza-. Tú sabías perfectamente que me ibas a ver hoy aquí. ¡No creo que después de haberme dicho que nos comportáramos como desconocidos para luego besarme, sabiendo que hoy íbamos a discutir un asunto importante, te deje en una posición en la que puedas criticar mi comportamiento profesional!

La boca de Lyall se relajó.

– Ya, fue un impulso irresistible… y no es la primera vez que te beso.

– ¡Eso no tiene nada que ver!

– No -añadió Lyall-. Lo único que importa es si quieres el trabajo o no, ¿es así, Jane?

– Sí.

Lyall se levantó de la silla.

– Teníamos otras firmas que querían este contrato, y elegí Makepeace and Son por su reputación.

– ¿Entonces no fue porque…? -comenzó Jane sin querer.

– ¿Por qué razón?

– Porque… nos conocíamos.

– No. Ya te lo he dicho, Jane. Trato de separar mi vida personal de la profesional. Fue el trabajo de Dennis estudiar todas las posibilidades y elegir, y como sabía la relación especial que tenía con Makepeace and Son, estaba el primero de la lista. Reconocí el nombre, claro, entonces dije a Dennis que indagara un poco más. Creí que tendría que tratar con tu padre, pero Dennis dijo que tú estabas ocupándote de todo. Dennis me dijo que se suponía que eras fuerte, fría y se podía confiar en ti, aunque si te hubieran visto esta mañana, no lo hubieran creído.

– No suelo tener que enfrentarme con ex-amantes sin aviso previo -apuntó Jane enojada, antes de poder evitarlo. Ella había venido a suplicar, y era mejor que lo hiciera-. Mira, sé que me he comportado mal. No esperaba verte después de ayer noche… y no estaba preparada. Normalmente, me comporto como dicen -Jane vaciló un momento, pero Lyall no parecía que quisiera seguir escuchando, así que Jane lo miró directamente a los ojos-. Tienes todo el derecho de dar el contrato a cualquier otro, pero te agradeceré mucho si das a Makepeace and Son otra oportunidad.

Lyall no contestó inmediatamente. Estaba observando con curiosidad cómo luchaba en la cara de Jane el orgullo y la humillación. Jane tomó aire. Su futuro entero dependía de lo que Lyall dijera ahora.

– Con dos condiciones -dijo finalmente, y Jane se quedó tan aliviada que hubiera aceptado cualquier cosa.

– ¿Cuáles?

– Primero, que no te vuelvas a comportar como esta mañana. Quiero que la gente que trabaja conmigo sea profesional en todo momento, y si tú no estás preparada para hacerlo, entonces no dudaré en dar el contrato a otra empresa, aunque haya empezado la tuya.

– Eso no será necesario -dijo Jane, ruborizándose. Había ido a pedir eso, después de todo. Se puso seria y se preparó para el resto-. ¿Y lo segundo?

Lyall la miró a los ojos con una expresión inescrutable.

– Que cenes conmigo esta noche.

Capítulo 4

Jane lo miró. ¡No esperaba eso!

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Por qué no?

– Me parece una condición un poco extraña para alguien que se supone que es un profesional -contestó Jane, incapaz de evitar un tono hostil-. Creía que querías mantener separadas tu vida profesional y tu vida privada.

La expresión enigmática de los ojos de Lyall se convirtió en la conocida expresión divertida, lo cuál dejó a Jane más desconcertada.

– ¿Qué puede ser más profesional que cenar con la directora de la empresa a la que contrato?

– ¿Vas a hacerlo con todas? -preguntó Jane con suspicacia.

– Sin duda, pero como las demás no pueden empezar a trabajar hasta que tú hayas terminado, me parece razonable empezar por ti.

– Ah -la expresión de Jane era de desconcierto. Lo que menos le apetecía era salir a cenar con Lyall, sin embargo, no estaba segura de querer ser tratada de una forma meramente profesional. ¿Por qué Lyall siempre la desestabilizaba? En un momento la estaba regañando, y al siguiente la invitaba a cenar, aunque no se pudiera decir los motivos por los que lo hacía. La experiencia, sin embargo, le había enseñado a ser cuidadosa con Lyall.

– ¿Las otras empresas tienen que cenar contigo como parte del contrato?

– Ninguno de ellos ha cometido el error de tirar sus contratos por la borda -le recordó Lyall-. Tú, por el contrario, quizá necesites aceptar las condiciones si quieres conservarlo.

– ¡Eso es chantaje! -protestó indignada.

– Eso es ser un buen negociante -insistió Lyall, sin importarle lo más mínimo la acusación-. Tú ya has estropeado todo una vez, Jane. Si tienes algo de sentido del negocio, es mejor que me invites a cenar.

– ¿Por qué demonios debería hacerlo?

– Creo que es evidente -dijo Lyall, levantando las cejas sorprendido-. Si yo tuviera que tratar con un cliente cuya decisión afectara a mi empresa, lo haría con mucha delicadeza. ¡Lo que no haría sería tomarme una simple invitación a cenar como si fuera un caso de esclavitud!

– Lo harías si supieras de él tanto como yo se de ti -replicó Jane enfadada, olvidando por completo su decisión de mostrarse tolerante.

Por un momento, pensó que había ido demasiado lejos. La boca de Lyall se endureció, y la expresión de sus ojos hizo que su corazón diera un vuelco, pero al momento se convirtió en una sonrisa amarga y de hastío.

– ¡No me puedo, creer que haya nadie que se arriesgue a perder el contrato dos veces en un mismo día sólo por una cena! Estoy empezando a preguntarme si de verdad quieres ese contrato o no.

– Lo quiero -reconoció Jane, dándose cuenta de la amenaza implícita en sus palabras-. Quiero decir que si es tan importante, iré a cenar contigo.

– He escuchado respuestas más agradables a una invitación a cenar -añadió Lyall, y Jane se sintió aliviada cuando vio que intentaba disimular una sonrisa-. ¿Serás más amable esta noche?

– ¿También está escrito en el contrato que sea amable?

– ¿Crees que debería estar?

– No -contestó Jane con rapidez, antes de meterse en aguas más profundas-. Como será una cena de negocios, estoy segura de que seremos agradables el uno con el otro.

– Eso espero -dijo con una mirada burlona-. Creo que puede ser una manera de darme el trato atento que prometiste en tu carta. Te recogeré a las siete -terminó, abriendo la puerta para que Jane saliera.

Era claramente el fin de la entrevista. Lyall de repente se convirtió en un ejecutivo duro y frío. Jane no sabía si sentirse aliviada o enfadada por el hecho de que le abriera la puerta.

– Ponte algo elegante -fue todo lo que dijo cuando pasó a su lado, y antes de que le diera tiempo a tragarse el orgullo y agradecerle la aceptación del contrato, Lyall había cerrado la puerta y ella se quedó en la oscuridad pensativa.

Por lo menos podría mirar a la cara a Dorothy sabiendo que el contrato era de ellos. Una cena con Lyall no era un precio demasiado alto a cambio. Todo lo que tenía que hacer era intentar que fuera un simple compañero de negocios. Una comida, un vaso de vino, una despedida indiferente… ¿Qué había de malo en ello? Nada… si no fuera Lyall. Jane aparcó la furgoneta y pensó con tristeza que nunca podría tratarlo de la manera tranquila con la que trataba a cualquier otra persona. Su fama estaba bien fundada. Después de su relación desastrosa con Lyall, había decidido no permitir que nadie la hiciera daño, y había enterrado su vulnerabilidad profundamente, escondiéndola tras una barrera de eficiencia que alejaba a los demás. La chica cálida y vibrante que Lyall había enseñado a vivir años antes se había encerrado en sí misma desde entonces. Su familia y amigos se habían alegrado al ver reaparecer a la antigua Jane, a la chica buena y responsable, y durante años se había convencido a sí misma de ser la Jane verdadera. Pero con la vuelta de Lyall, todas las barreras de protección saltaron a la primera sonrisa. Jane se sintió como si caminara sobre hielo, el corazón a punto de salirse del pecho, sabiendo que un movimiento en falso abriría de nuevo el suelo a sus pies. Cenar era lo que menos necesitaba para mantener su serenidad interior.

Tardó mucho en decidir qué ponerse aquella noche. Jane se probó casi todo lo que tenía en el armario, antes de elegir una blusa blanca sin mangas con el cuello bordado, y una falda suave de un color indefinido, entre el rojo y el rosa. Luego se puso un cinturón ancho de cuero y zapatos bajos. No quería provocar innecesariamente a Lyall yendo de cualquier manera, pero tampoco quería que se notara que se había esforzado demasiado.

Jane estaba nerviosa cuando la hora se aproximaba. Era otra encantadora tarde de verano, pero ella no notaba la luz dorada y la esencia embriagadora del jazmín. Se paseó por el jardín, intentando convencerse de que Lyall era otro cliente más, pero cuando el timbre sonó, supo que había estado perdiendo el tiempo. Ningún otro cliente haría que su corazón latiera más deprisa, o que su sangre hirviera en sus venas.

Tomó aliento y respiró profundamente. Ella era la tranquila Janet Makepeace y no, definitivamente no, iba a dejar que Lyall la provocara. Se colocó la falda con las manos, puso una expresión de educada indiferencia y fue a abrir.

Lyall estaba de pie tranquilo, a punto de apretar de nuevo el timbre. Iba con un traje oscuro y una corbata, y resultaba peligrosamente atractivo. Jane tuvo el sentimiento de no haberse fijado bien en él con anterioridad. Todo en él era diferente: las arrugas alrededor de los ojos, las facciones frías de su cara, la excitante línea de su boca… Jane pensó que el corazón iba a salírsele del pecho. Lyall también pareció sorprenderse de la imagen de ella, y por un momento se quedaron mirándose en silencio, como si se encontraran por sorpresa, sin haberlo negociado sólo unas horas antes.

Como siempre, fue Lyall quién se recuperó primero.

– Hola, Jane.

Sólo él era capaz de pronunciar así su nombre. Era un sonido muy sencillo, pero Lyall hacía que vibrara con calor y promesas.

– Hola -acertó a decir casi sin aliento.

– ¿Estás preparada?

– Sí -dándose cuenta de lo ronca que su voz había sonado, se aclaró la garganta. «Frialdad, profesionalidad… ¿recuerdas?», se dijo a sí misma-. Voy a por mi bolso.

Lyall la observó mientras cerraba la puerta y ponía las llaves en el bolso. Cuando terminó, se dio cuenta de la expresión extraña en los ojos de Lyall.

– ¿Pasa algo?

– No -Jane tenía la sensación de que él estaba tan desconcertado como ella-. Sólo estaba… sorprendido.

– ¿Sorprendido? No sé por qué -dijo Jane-. Dejaste bien claro lo que pasaría sí yo… pero entonces hiciste lo posible para conseguir lo que querías, como siempre.

– No siempre -dijo Lyall suavemente, y tomó un mechón del pelo de Jane y lo peinó hacia atrás. Los dedos de Lyall hicieron arder la piel de Jane, y su corazón se contrajo al recordar ese mismo roce mucho tiempo atrás.

El coche que estaba en la verja era elegante y caro, con lujosos asientos de piel. Lyall abrió la puerta para que entrara, y Jane intentó cuidadosamente no rozarse con él al hacerlo.

Era una tarde de verano. Jane podía oler la hierba del seto que rozaba el coche, y la luz dorada del sol caía en sus mejillas a través del techo abierto del coche. Las notas de un piano llenaban el automóvil. Lyall conducía bien, con las manos apoyadas firmemente en el volante, Jane las veía con el rabillo del ojo. Intentaba mirar al paisaje, pero sus ojos estaban fijos en el perfil de Lyall, en la línea del pómulo y la mandíbula, en su boca.

Decidida a demostrarle que era una mujer fría y madura de veintinueve años, y no una adolescente impresionable que una vez había sucumbido a sus caricias, Jane intentó mantener una conversación superficial que se fue haciendo cada vez más tensa. Lyall contestaba con seriedad y con la misma educación, pero su voz tenía un matiz irónico, como si estuviera jugando con ella.

Fue un alivio cuando el coche redujo la velocidad y salió de la carretera, pero su expresión tranquila desapareció cuando vio que Lyall había aparcado en uno de los restaurante más lujosos de la zona.

– ¿Vamos a entrar aquí?

– He reservado una mesa, pero podemos ir a otra parte si quieres.

– Creí que tenías que reservar con varios años de antelación -declaró Jane acusadoramente, y Lyall sonrió de repente.

– ¡Eso depende de quién seas!

Cuando sonreía así, los años se borraban y parecía tener de nuevo veinticinco años, volvía a ser joven, arriesgado, arrogante y seguro del futuro. El corazón de Jane se hizo un nudo. Había sido aquella seguridad lo que más le había atraído. Había sido siempre positivo, seguro de sí, muy diferente de todo el mundo en Penbury, que solían ser cuidadosos y precavidos. La había deslumbrado con su voluntad de arriesgarse, la había envuelto con la certeza de que el mundo fuera de Penbury podía ofrecer éxitos y diversiones a condición de que estuviera preparada para arriesgarse. Sólo al final ella se había quedado y él se había ido, y si él podía conseguir una mesa en aquel restaurante, era obvio que había encontrado lo que había estado buscando.

El propietario del restaurante saludó a Lyall con respetuosa familiaridad y les condujo a una mesa bastante aislada, con una hermosa vista sobre el río.

– Me debías haber dicho que veníamos aquí -susurró Jane a Lyall cuando se sentaron. Jane se había dado cuenta de que las mujeres que estaban allí iban muy bien vestidas y todas parecían mirar a Lyall-. No voy apropiada.

Jane recordó de nuevo el pasado al encontrarse en una situación inesperada, y su expresión se endureció, pero sus ojos brillaban de emoción. Su pelo suave y dorado enmarcaba las líneas elegantes de su cara y relucía con la luz dorada que llegaba la ventana.

– Lo curioso de ti, Jane, es que sin proponértelo, haces parecer a las demás mujeres artificiales -declaró pensativo.

Jane lo miró sorprendida, Lyall miraba el menú. Con la cara ruborizada, abrió el suyo, pero no podía leer nada. De repente, llegó un camarero y colocó una copa de champán delante de ella.

– He creído que la ocasión se merece algo especial -explicó Lyall, y Jane intentó parecer relajada.

– ¿Sí? ¿Qué estamos celebrando exactamente?

– ¿Nuestra unión? -sugirió Lyall.

– Esto no es una unión -le recordó con acritud-. Esta es una cena de negocios.

– ¿Es por eso por lo que estás siendo tan educada? -preguntó con sorna.

– Creí que eso era lo que querías.

– Sólo dije que quería que fueras amable.

– ¡Y estoy siendo amable!

– No, no es verdad. Te estás comportando como si fueras a un cóctel aburrido y tuvieras unas ganas tremendas de que terminara, y créeme, he estado en bastantes cócteles aburridos y sé reconocer ese tipo de charlas superficiales cuando las escucho.

– ¡Muchas gracias! Tú eres el que dijiste que esto iba a ser una cena de negocios, si te acuerdas. ¡Y te estoy tratando como trataría a cualquier otro compañero de trabajo, que es más de lo que puedo decir de ti, aunque invites a todas las personas con las que trates profesionalmente y luego las acuses de estar haciendo un esfuerzo porque hacen lo que tú quieres que hagan porque si no se verán en la maldita calle! -los ojos grises de Jane brillaban de rabia, a continuación tomó su copa de champán de un trago y dejó la copa en la mesa con brusquedad, pero para su rabia, Lyall no pareció molesto por el comentario. Lejos de ello, la miraba divertido.

– ¡Eso está mejor, Jane! Por lo menos así puedo reconocer a la Jane que una vez conocí.

– Parece que no me reconoces -apuntó Jane con impotencia, furiosa por dejarse provocar tan fácilmente-. Ayer dijimos que nos trataríamos el uno al otro como desconocidos, ¿recuerdas?

– No quería decir eso exactamente. Quería decir que empezáramos de manera que no nos afectara el hecho de haber sido amantes.

– Entiendo -dijo con sarcasmo-. Entonces lo de besarme fue la manera de olvidar el pasado, ¿no?

– No, lo siento, pero fue algo que no pude evitar. Tú insististe en pagarme y yo acepté, eso es todo. ¿Y no fue tan malo, no?

Las mejillas de Jane se ruborizaron, y abrió el menú con estudiada tranquilidad.

– Prefiero que no ocurra de nuevo.

– A muchas personas les hubiera gustado arreglar sus calentadores de manera tan barata.

– ¡Si hubiera sabido que me iba a costar un beso, me habría duchado con agua fría!

– No, Jane. Tú siempre has sido sincera -protestó él furioso-. Mírame a los ojos y dime otra vez, con la mano en el corazón, que no te gustó.

Jane hubiera vendido su alma por ser capaz de hacerlo, pero Lyall había tenido siempre una habilidad increíble para leer en sus ojos. Así que los mantuvo fijos en el menú.

– Tú tenías ventaja porque yo no sabía quién eras, y tú sí.

– ¿Quiere eso decir que hubieras disfrutado del beso si hubieras sabido que era el director de Multiplex?

– ¡No! -dijo con una mirada hostil-. Quiero decir que no hubiera dejado que llegáramos a esa situación… en primer lugar.

– ¿No me hubieras dejado arreglar el calentador?

– ¡Por supuesto que no! -Jane bajó el menú, y miró a Lyall que estaba totalmente relajado, como si estuviera hablando del tiempo-. ¿Por qué lo hiciste?

– ¿Por qué qué?

– ¿Por qué lo arreglaste tú mismo? ¡Podrías haber contratado al fontanero que quisieras con sólo abrir la boca! No teníamos por qué pasar por esa farsa ninguno de los dos… ¿O lo hiciste a propósito para reírte de mí?

– No seas tan melodramática, Jane -dijo Lyall-. No va contigo. Yo no planeé nada. Te llamé ayer por la mañana porque era evidente que habíamos empezado mal con el encuentro en Penbury Manor. Si puedes recordar, no estuviste lo que se dice agradable, y no pensé que me creyeras si te decía quién era. Pero yo ya había tomado la decisión sobre el contrato, y pensé que quizá debería avisarte. Pero no me diste oportunidad de decirte nada. Todo lo que conseguí fue una serie de insultos que iban destinados al pobre de George Smiles. Imaginé que sería peor si volvía a llamar para decirte lo que habías hecho, y decidí que sería mejor decírtelo a la cara.

– ¡No me di cuenta de que quisieras explicarme nada!

– No, la verdad es que estabas tan irritable que era imposible hablar contigo. Intenté decírtelo un poco después, cuando te sugerí que dejáramos el pasado a un lado, pero fue cuando insististe en pagarme por lo del calentador… y me distraje.

¡Se distrajo! ¡Aquél beso había hecho que el mundo diera la vuelta ciento ochenta grados y él se había distraído! Jane miró a la lista de platos sin ver ninguno de ellos. Lo único que veía eran las manos de Lyall sujetando su carta, las mismas manos que habían desabrochado su blusa la noche anterior, las manos que habían acariciado su piel, que habían rodeado sus formas hasta que ella se apretó contra él…

Tragó saliva y se esforzó por concentrarse en el menú. No iba a poder comer nada si seguía pensando en aquel beso. Afortunadamente, el camarero llegó en esos momentos y cuando pidieron la comida y discutieron sobre qué vino pedir, ella ya estaba más tranquila.

– ¿Hay algo más que no me has dicho sobre ti por distracción? -preguntó Jane, cuando el camarero se hubo marchado.

– ¿Hay algo más que quieras saber? -preguntó Lyall, ofreciéndola un plato de canapés exquisitos.

– La única cosa que quiero saber es por qué has vuelto a Penbury -dijo, tomando un canapé.

– Tú sabes por qué -dijo, encogiéndose de hombros-. Multiplex tiene sus oficinas en el centro de Londres, pero queríamos buscar algo fuera. Quería un lugar donde los científicos e investigadores pudieran reunirse a intercambiar ideas, donde pudiéramos dar conferencias, entretener a los clientes o que los trabajadores de la firma se puedan reunir con otros trabajadores de todo el mundo. Aunque el trabajo tenga que ver con aparatos electrónicos, son personas que saben apreciar el encanto de un lugar como Penbury Manor.

– Eso no explica por qué estás aquí -dijo Jane-. Un hombre de tu posición no tiene por qué ir donde no quiere, y cuando te marchaste hace diez años dijiste que nunca volverías. Me pregunto qué te ha hecho cambiar de opinión.

– No ha sido el hecho de querer encontrar mis raíces, si es lo que estás pensando. Corté con el pasado hace mucho tiempo. Estoy interesado en el futuro, no en el pasado.

Su voz era franca, firme, y Jane lo miró con curiosidad. Y de repente, pensó que sabía muy poco sobre él. Sabía que su madre había muerto, había sido una de las pocas cosas que tenían en común, pero nunca había conocido a su padre. Joe Harding tenía fama de haber sido un hombre reservado y taciturno, pero Lyall nunca había hablado de él, y Jane siempre había estado demasiado metida en su mundo como para preguntar. En esos momentos le gustaría haberlo hecho, pero había una mirada en los ojos de Lyall que la detuvo, como si fuera un terreno prohibido.

– Así que… ¿por qué Penbury ahora? -preguntó, queriendo mantener el tono lo más ligero posible.

Lyall tenía un tenedor en las manos y jugaba con él con expresión ausente, como si pensara en el pasado.

– Ha sido una decisión puramente profesional -dijo, dejando el tenedor-. Una vez que me dieron el proyecto, di los detalles a Dennis. El vino a ver una serie de casas posibles, y Penbury Manor parecía la más adecuada -tomó la botella de vino y llenó la copa de Jane-. Yo no había pensado en Penbury Manor, y habría insistido en que Dennis encontrara otro sitio, pero siempre trato de separar los sentimientos del trabajo, y fue elegido por razones económicas.

– No tenías por qué haber venido -repitió Jane-. Podías haber dejado que Dennis se encargara de la restauración.

– Sí, podía haberlo hecho, pero como dije en la reunión hoy, me gusta revisar todos los aspectos de las actividades de la firma. Es inútil sentarse en un despacho a tomar decisiones cuando no sabes exactamente lo que está pasando, y sobre todo porque quiero que este lugar sea una base importante para un mayor mercado, o para un proyecto de investigación a gran escala. Cualquier contratista que trabaje conmigo, y eso te incluye, Jane, tiene que tomarse este trabajo en serio, porque no estaré satisfecho con algo que no sea lo mejor.

– ¿Y has venido tú para conocernos?

– En parte. También tenía curiosidad, tengo que admitirlo. Me fui a Londres cuando dejé Penbury, y luego a los Estados Unidos. Allí fue donde entré en contacto con la industria electrónica. Los siguientes años estuve demasiado ocupado formando la empresa, como para perder tiempo en rememorar el pasado. Nunca pensé que volvería, y me sorprendió cuando vi el nombre en la lista de Dennis. Si alguien me lo hubiera preguntado antes, habría dicho que no quería volver, pero comencé a recordar cosas que creí olvidadas. De repente, me vinieron a la mente las tardes en que iba a pescar al río Pen, o las mañanas de invierno en las que subía con las ovejas a las montañas, o el bosque detrás de la mansión-, hizo una pausa y levantó los ojos de la copa para mirar a Jane, sentada derecha en su silla con los ojos grises atentos-. Y te recordé -añadió suavemente-. Me acordé de cosas extrañas sobre ti, como por ejemplo, cómo solías volver la cabeza y cómo el sol caía en tu piel tamizado por las hojas en el bosque.

Los recuerdos hicieron mella en la piel de Jane. Casi pudo sentir el calor de la luz, y oler las hojas secas bajo los pies mientras esperaba en el bosque, y su corazón empezó a palpitar como lo hacía cuando Lyall se acercaba a ella.

– ¿Recuerdas cómo me rompiste el corazón? -preguntó Jane indecisa, pero Lyall sólo negó con la cabeza.

– Te lo rompiste tú misma. No tuvo nada que ver conmigo.

– No, no tuvo nada que ver contigo -declaró con amargura-. Tú simplemente te marchaste, y nunca volviste.

– Sí volví -exclamó.

– ¿Volviste? ¿Cuándo?

– Unos meses después. Mi padre murió de repente y volví para arreglar las cosas y vender la granja. Había pensado las cosas y pensé que tú también habrías pensado, así que fui a Penbury para verte y tratar de explicarte, pero tu padre me dijo que te habías marchado fuera a estudiar jardinería, y que no querías volver a verme -se encogió de hombros-. Me imagino que podía haber convencido a tu padre, pero tú me habrías dicho más o menos lo mismo. Así que pensé que era mejor que siguiéramos cada uno nuestra vida.

– No me dijo nada -declaró Jane, mirándose las manos y pensando en todos aquellos días en los que había pensado que Lyall no había hecho ningún esfuerzo por hablar con ella. Cuando miró a Lyall, sus ojos estaban muy oscuros-. Tenía que habérmelo dicho.

El sentimiento de oportunidades perdidas impregnó la atmósfera entre ellos mientras se miraron a los ojos, y sólo se rompió la tensión con la llegada del camarero llevando los platos. Jane no tenía hambre, pero se quedó tan aliviada con la interrupción, que tomó su cuchillo y su tenedor rápidamente, intentando mostrarse alegre con la llegada de los platos. Pero, en el fondo, seguía pensando en que su padre no la había dicho lo que más le hubiera gustado escuchar.

– Tú padre lo haría probablemente con la mejor intención. Yo no le gustaba más de lo que él me gustaba a mí, y me imagino que intentaba protegerte. ¿Y quién no nos dice que fuera lo más acertado?

– No estoy diciendo eso -replicó Jane, alzando la barbilla. ¡Lo que menos quería es que Lyall pensara que ella lo sentía!-. Creo que los dos pensamos que ha sido para bien.

Los ojos azules la miraron con ironía.

– ¿De verdad?

– Por supuesto -dijo, complacida de la frialdad y serenidad que había conseguido demostrar-. Hubiera sido un error terrible si me hubiera ido contigo. Tú nunca habrías ido a los Estados Unidos ni habrías tenido tanto éxito en Multiplex, y yo no hubiera hecho lo que quería hacer.

– Tú no estás haciendo lo que quieres -señaló Lyall con franqueza-. Tú querías dedicarte a la jardinería, y en lugar de ello estás ocupándote de una empresa.

– Estoy viviendo de la manera que quiero -dijo Jane con una mirada fría.

– ¿Sí? ¿O estás viviendo de la manera en que tu padre quería? Él quería que te quedaras en Penbury y dirigieras la empresa.

– Por muy extraño que te parezca, me gustaba vivir en Penbury -dijo-. Me gusta tener raíces, me gusta tener un jardín y tener amigos cerca. No tendría ninguna de esas cosas si me hubiera ido contigo. Tú siempre habrías querido cambiarte, ir a otro lugar, intentar algo nuevo, y después de un tiempo, también habrías querido una chica nueva. Los compromisos nunca te gustaron.

– Me he comprometido con Multiplex. No puedes pedirme un compromiso más grande.

– Me refiero a algo personal -dijo Jane, jugando con un trozo de salmón ahumado.

– Tampoco me parece que tú te comprometas con nada especialmente -dijo Lyall con una voz cortante-. Si tanto lo necesitas, ¿por qué no te casas con tu abogado? Por la manera en que te miraba la otra noche en el pub, lo conseguirías inmediatamente.

– Probablemente -dijo con desafío.

– ¿O es que tú no te atreves? Y él tiene que esperar hasta que te decidas.

– El matrimonio es un gran paso. Es inteligente esperar hasta que estés segura.

– Tú lo llamas inteligencia, yo lo llamo cobardía. Tú lo amas o no lo amas, si lo amas te lanzas y te casas en lugar de esperar a ver si viene alguien mejor.

– ¿Por qué de repente eres tan aficionado al matrimonio? -preguntó Jane, suspicaz-. Tú no piensas así, ¿no?

– Yo sólo quiero que hagas lo que predicas, pero nunca lo haces. Tú hablas mucho de sensatez, pero es una excusa para no comprometerte con nada. Tú no estas es posición de hablarme sobre compromisos, Jane, por lo menos soy sincero con lo que quiero, y eso es más de lo que tú puedes decir.

– ¡Ser sincero con las cosas que quieres es otra manera de admitir que eres un egoísta!

– Quizá -admitió Lyall inesperadamente-. El éxito de Multiplex significa para mí que puedo ir a donde quiero, cuando quiero, no estoy preparado para aceptar otra cosa. Cualquier mujer que quiera estar conmigo tiene que aceptarlo. No ofrezco matrimonio, yo la ofreceré un tiempo maravilloso mientras estemos juntos. ¡Creo que es más sincero que ser sensato, y más divertido! ¿Te diviertes mucho con tu abogado?

No mucho. Alan era un buen hombre, un hombre amable, pero no era muy divertido. No la hacía reír de la manera que Lyall solía hacer. No hacía que su corazón palpitara sólo por entrar en una habitación, no la enfadaba ni la ponía furiosa y el mundo no parecía tan brillante ni lleno de posibilidades cuando él estaba cerca. Pero estaba a salvo, se recordó Jane con desesperación. Se podía confiar en él. Nunca rompería su corazón de la manera que Lyall lo había hecho.

Y nunca lo amaría de la manera en que había amado a Lyall.

– A veces divertirse no es suficiente -aclaró Jane.

Capítulo 5

– Fue divertido, ¿verdad, Jane? -al otro lado de la mesa, los ojos de Lyall estaban completamente azules, y Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse arrastrar por los recuerdos, por los tiempos en que la risa y el amor, y las caricias de sus manos habían sido lo único que importaba. Era fácil recordar todo aquello y olvidar que, al final, todo había sido una ilusión.

Jane apartó los ojos de Lyall y tomó su copa con una mano temblorosa.

– Creía que íbamos a dejar el pasado.

– No es fácil, ¿no?

No, no era fácil. Era bastante difícil.

– Creo que podríamos intentarlo aun así -sugirió Jane-. No hay por qué seguir hablando del pasado.

Lyall se acomodó en la silla y la miró fijamente.

– Muy bien, ¿de qué quieres que hablemos?

La mente de Jane se quedó en blanco. ¿De qué podían hablar que no les condujera directamente al verano que habían compartido?

– Dime cómo empezaste con la compañía -sugirió, después de una pausa larga.

Lyall la miró con ironía, pero para su alivio, pareció feliz de seguir lo que ella marcaba, y contarle cómo en diez años había convertido una pequeña fábrica de material electrónico, en una multinacional que fabricaba desde material para comunicaciones vía satélite, hasta lo último en medicina, pasando por las herramientas sencillas que hacían la vida más cómoda y sencilla para un ama de casa.

– Nuestro interés está enfocado en América y Europa -terminó-, pero tenemos sucursales por todo el mundo, y en estos momentos estoy intentando tratar con los japoneses para consolidar nuestra posición en el este.

Era una historia sorprendente, pero Jane no iba a expresar sus sentimientos. Al parecer, Lyall había andado un largo camino desde que había dejado Penbury.

– Parece que te dedicas todo el tiempo a viajar -comentó con una voz indiferente-. ¿Tienes un hogar?

– Tengo varios -dijo con ironía-. No me gustan los hoteles, así que Multiplex posee una serie de apartamentos por todo el mundo que utilizo cuando viajo.

– Tener un apartamento no es lo mismo que tener un hogar.

– La idea de hogar no me interesa mucho. Tuve una casa los primeros diecisiete años de mi vida y nunca me acuerdo de ella. Creo que la mayor parte del tiempo la paso en el apartamento de Londres, pero la verdad es que es donde voy a dormir. No quiero estar atado a un lugar más de lo que puedo estar atado a una persona.

– En ese caso, me sorprende que quieras tener un apartamento en Penbury Manor -exclamó Jane, preguntándose qué diferencia habría con la granja donde había crecido. Jane deseó en esos momentos saber algo más de su familia, deseó haber preguntado.

– Tengo que estar en algún lugar cuando venga -apuntó-. Y no hay por qué comprar otra propiedad que sólo usaría cuando viniera a visitar la mansión.

– Me imagino que no -el dedo de Jane se deslizó por el borde de la copa.

– Pareces muy triste, Jane -dijo Lyall, y ella dio un suspiro profundo.

– Sólo estaba pensando en Penbury Manor y cómo va a cambiar. ¡Si fuera mía no lo convertiría en un centro de conferencias!

– Me imagino que echarías a todo el mundo y pasarías todo el tiempo en el jardín -dijo de manera cortante. Jane se rió de forma extraña.

– Me imagino que sería un gasto enorme -admitió con un suspiro-. Lo que una casa necesita en realidad, es una familia que viva en ella -Jane habló sin pensar realmente en lo que decía, pero cuando alzó la vista y miró a Lyall, vio que la observaba de una manera que, sin saber por qué, la hizo ruborizarse.

– No tengo una familia, pero te gustará saber que he pensado algo para el jardín de rosas.

Jane lo miró fijamente, todavía con las mejillas rojas.

– ¿El jardín de rosas?

– El jardín de rosas que tanto te preocupaba el primer día que nos vimos -explicó con paciencia-. Tú estabas furiosa con la idea de que se construyera un laboratorio, ¿te acuerdas?

– ¿Y qué has pensado?

– Si no hubieras salido de la reunión esta mañana, habrías oído que voy a construir el laboratorio en otro sitio, y el jardín se quedará igual.

– ¿Vas a conservar el jardín? -preguntó con incredulidad.

– No pareces muy complacida -se quejó Lyall-. Creí que estarías encantada.

– Estoy… sorprendida, eso es todo. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

– Creo que no era el lugar adecuado -explicó brevemente, pero la manera en que la miró a los ojos le hizo pensar que lo había hecho para complacerla.

– Gracias -dijo Jane.

Hubo una pausa tensa y se miraron sonrientes, hasta que la sonrisa fue desapareciendo de sus labios. Jane sentía como si estuvieran aislados en un círculo de silencio, separados de todo el ruido del restaurante. Quería mirar a otra parte, pero no podía. No podía moverse, no podía hablar, no podía recordar lo mucho que la había hecho sufrir. Lo único que podía hacer era mirar a sus ojos azul oscuro y recordar lo que había sentido cuando la había besado.

Una vez que se dejó arrastrar por el recuerdo, fue imposible olvidarlo. Sin saber cómo, Jane siguió charlando durante la comida, pero después no podía recordar nada de lo que habían hablado. Estaba demasiado atenta a la presencia de Lyall, de sus dedos jugando con la copa, de su boca; de cómo su corazón palpitaba, y de la conversación educada que se cortaba cuando sus ojos se encontraban.

Las rosas no significaban nada para Lyall. ¿Cuántas veces la había acusado de tratar a las plantas mejor que a los humanos?

– Te gustan las plantas porque con ellas sabes en qué posición estás -solía decir-. No pueden levantarse y caminar porque están pegadas al suelo, como a ti te gustaría estar.

¿Había cambiado el jardín de rosas por ella, o lo había hecho en realidad porque era un lugar inadecuado para el laboratorio? Jane se sintió confusa, desconcertada. Quería convencerse a sí misma de que no importaba, pero siempre que lo pensaba y miraba la boca de Lyall su corazón daba un vuelco.

Terminaron de comer y volvieron caminando hacia el coche. Era una noche cálida de verano, y el cielo tenía un color azul profundo, sin ser todavía oscuro. Las luces del restaurante se reflejaban en el río, y de las ventanas abiertas salía un murmullo de voces y risas. Jane sentía con angustia la presencia de Lyall a su lado. La camisa blanca que llevaba contrastaba con la chaqueta negra, y esa luz parecía darle solidez. Lo miró de reojo y tuvo de repente una necesidad terrible de tocarlo, de sentir la fuerza de los músculos que la chaqueta tapaba, de acariciar la piel suave que tan bien recordaba.

Jane se abrazó a sí misma para mitigar la fuerza de su deseo, como si tuviera miedo de que sus manos fueran capaces de moverse por sí solas. No podía evitar pensar la última vez que habían hecho el amor en el bosque. El cuerpo de Lyall era fuerte y cálido. Y ella se había dejado envolver por él, amando la sensación de tenerlo, su sabor mientras exploraba su cuerpo con manos seguras.

El recuerdo hizo estremecer a Jane y Lyall se dio cuenta.

– ¿Tienes frío?

– Un poco -era una buena excusa, a pesar del calor de la noche y el fuego que sentía en su interior.

Volvieron hacia Penbury en silencio. Jane entrelazó las manos y las colocó en el regazo. Buscó impacientemente algo qué decir, pero su mente rechazó funcionar como ella ordenaba, y seguía recordando la boca de Lyall, el calor de sus besos y la dureza de su cuerpo. Miró a Lyall, era imposible adivinar lo que estaba pensando. Su cara tenía una expresión preocupada, y aunque intentaba concentrarse en la carretera, continuamente la miraba.

Jane nunca se había sentido tan aliviada de ver la señal de Penbury. Lyall paró el coche, y un segundo después Jane salió hacia la verja, dándose la vuelta y mirando a Lyall una vez que la hubo cerrado.

– Gracias por la comida -dijo, dándose cuenta de que su voz había sonado demasiado alta.

– Me alegro de que te haya gustado -dijo Lyall, intentando contestar con la misma formalidad. Era difícil leer la expresión de su cara en la oscuridad, aunque estaban muy cerca, pero Jane estaba casi segura de escuchar un matiz peligrosamente burlón en su voz.

– Bueno… buenas noches -acertó Jane a decir, y dio un paso retrocediendo, pero Lyall la agarró por la cintura con una mano. Con la otra la acarició la cara.

– Buenas noches, Jane -dijo suavemente, e inclinó la cabeza para aprisionar los labios de ella con los suyos.

Su beso fue cálido, seductor y demasiado persuasivo como para seguir resistiendo, y Jane se apretó contra él por un segundo antes de que su mente la hiciera reaccionar, y empujara a Lyall, apartándose de la sensación placentera.

Lyall la dejó apartarse suavemente. Las manos de Jane temblaron dentro de su bolso mientras buscaba las llaves. «Tranquila. No dejes que se entere lo que has estado pensando todo el camino de vuelta a casa. No dejes que se dé cuenta lo mucho que deseas que te abrace».

– ¿Vas a besar a todos los contratistas después de llevarlos a cenar? -preguntó tan tranquila como pudo.

La sonrisa de Lyall brilló en la oscuridad.

– No, a menos que tengan una piel suave como la seda y los ojos grises más claros del mundo -dijo, y se volvió despacio hacia su coche-. Buenas noches, Jane -le dijo de nuevo, hablándole apoyado en su coche-. Nos volveremos a ver.

Querida Jane:

¡Buenas noticias! Carmelita y yo nos hemos casado la semana pasada. Sé que te alegrará. Todo es perfecto aquí, ¿pero podrías mandarme más dinero? ¡La vida de casados es bastante cara!

Con cariño: Kit.

Jane leyó la postal por quinta vez antes de dejarla en la mesa con un suspiro. ¡Su hermano pequeño casado! Ella tenía once años cuando su madre murió, Kit tenía seis años menos, y ella había cumplido el papel de madre para él. Había hecho su cama, preparado su desayuno, limpiado su ropa. Más tarde, Kit siempre la buscaba cuando estaba mal de dinero, o quería que lo llevaran a algún sitio por la noche. Era encantador sin proponérselo, y buscaba continuamente sensaciones nuevas, de manera que alguna vez le había recordado a Lyall; y había sido comprensiva con las chicas que solían llamar a su puerta preguntando por qué Kit había desaparecido sin despedirse.

En esos momentos parecía que Kit había sentado la cabeza por fin, como su padre había querido siempre. Kit había mencionado a Carmelita un par de veces en otras postales, pero no había dado señales de que la relación fuera más en serio que otras.

Jane no podía sentirse dolida, pensaba mientras conducía hacia Penbury Manor para ver los progresos en el trabajo. Era típico de él que no le hubiera escrito contándole anticipadamente que se iba a casar, y que le escribiera después, aprovechando para pedirle dinero. Kit creía que Makepeace and Son eran su banco personal, y nunca intentó saber de dónde salía el dinero. Jane había intentado explicar algunas cosas sobre préstamos, créditos y otros problemas, cuando volvían del funeral de su padre, pero no había hecho ningún caso. Kit sabía que podía confiar en su hermana mayor. Ella nunca lo había abandonado.

Así que tendría que buscar algo de dinero, pensó Jane, ciega por una vez a la belleza del paisaje. Su padre le habría dado algo por haberse casado. Quizá podría obtener un préstamo, ya que tenía el contrato de Penbury Manor. Llevaban trabajando tres semanas y no les pagarían hasta mucho más tarde.

Aparcó la furgoneta y todo el problema se desvaneció al ver el coche de Lyall aparcado. A su lado estaba el coche elegante de Dimity.

El corazón de Jane comenzó a latir con violencia y tuvo que tomar aliento antes de salir de la furgoneta. No había vuelto a ver a Lyall desde la noche en que habían ido a cenar. Así que tenía que estar contenta, claro, pero le había molestado haber estado buscándolo por las calles, sin saber nunca cuándo podía aparecer. No es que quisiera verlo, ¡claro que no!, pero era menos inquietante si lo veía cuando esperaba. Además, era típico de Lyall besarla y a continuación desaparecer, dejándola en la duda de si había sido en realidad una cena de negocios. También era típico de él reaparecer justo cuando ella se había relajado porque él parecía haberse marchado.

Jane pisó el camino de grava pensando en que por lo menos su coche la había avisado de su presencia. Tendría oportunidad de mostrarle lo indiferente que le había dejado aquel beso de buenas noches. ¡Si supiera que había estado las tres semanas siguientes esperando que la llamara…!

Vio a Lyall y a Dimity nada más entrar en el vestíbulo. Estaban juntos sentados cerca de la biblioteca, mirando libros de telas, tan concentrados que no se dieron cuenta de la presencia de Jane. Dimity se tocaba el pelo y se reía, y Lyall la miraba sonriente.

El corazón de Jane sintió un frío repentino. Dándose la vuelta, se dirigió a la planta de arriba para buscar a Ray, que estaba trabajando como capataz en la obra. ¿Qué pasaba si Lyall sonreía a otras chicas? A ella no le importaba. La había llevado a cenar y se lo había pasado bien, pero estaba claro que también se entretenía con Dimity durante su estancia.

Muy bien, así se apartaría de ella.

Jane encontró a Ryan en el baño que Lyall quería arreglar temporalmente hasta que la casa estuviera terminada. Estuvieron discutiendo un rato si cambiar las tuberías o arreglar las viejas.

– Será mejor que preguntemos al señor Harding -dijo Jane, mirando pensativamente las tuberías. Había esperado salir sin tener que hablar con Lyall.

– ¿Preguntarme el qué?

Jane y Ray se volvieron y vieron a Lyall apoyado en la entrada. Iba vestido de manera informal: chaqueta de lino, y unos cómodos pantalones donde tenía las manos metidas. Jane se alegró de haberlo visto hacia un rato, porque en esos momentos lo miró con fría indiferencia, o por lo menos eso intentó.

– Nos estábamos preguntando qué querrías hacer con toda la fontanería -explicó Jane.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó mirando a Ray. Aquél le contestó y Lyall escuchó atentamente-. Tú eres el experto -le dijo-. ¿Qué me recomiendas?

– Yo lo quitaría todo -dijo Ray sin vacilar.

– Pues decisión tomada. No hace falta que me preguntes.

– Has cambiado de opinión, ¿no? -dijo Jane con una mirada agria-. Creí que querías intervenir en todas las decisiones de la restauración.

– Eso no quiere decir que tengas que preguntarme todos los detalles. Sólo quiero saber lo que se va haciendo -dijo mientras caminaba con Jane por el pasillo-. ¿Qué te parece si comemos juntos?

– Estoy ocupada -dijo sin pararse.

Lyall suspiró profundamente, pero habló con un matiz divertido.

– ¿No has oído hablar de lo que es ser un relaciones públicas? Pensaba que, como era tu cliente más importante, ibas a ser amable conmigo.

– He sido amable contigo, hasta hemos salido a cenar juntos.

– Eso fue hace mucho tiempo.

– ¿Y qué? ¡No se dice en el contrato nada de un servicio continuo de acompañante!

– No, pero creía que habías entendido el principio de no ser descortés con tu cliente si podías evitarlo -contestó tranquilamente.

Jane se paró bruscamente con los ojos brillantes por la rabia.

– ¿Me estás diciendo que la renovación del contrato depende de si estoy sometida a tu voluntad?

– No, Jane. Sólo es una manera de sugerirte que discutamos sobre cómo va el trabajo comiendo, como dos personas civilizadas.

– ¿Otra de tus comidas de negocios? -preguntó Jane con acritud.

– ¿Por qué no?

– ¡Me prometiste que la cena de hace tres semanas iba a ser únicamente profesional, y mira lo que pasó!

– Cenamos y luego te llevé a casa. ¿Hubieras preferido tomar un taxi? -contestó con un brillo en los ojos.

– Habría preferido que no me hubieras besado -dijo Jane con una mirada glacial.

– ¿Si prometo no volver a besarte comerás conmigo? -continuó Lyall, evidentemente más divertido que perturbado por la hostilidad de Jane. Sus labios esbozaron aquella sonrisa que siempre usaba para obtener lo que quería. Hubo un tiempo en que la resistencia de Jane a las ideas más absurdas de Lyall había sucumbido a esa sonrisa, pero en esos momentos no soportaba esa seguridad. Le recordó demasiado a Kit, cuyo anuncio de boda la había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir. Estaba cansada de hombres, los hombres que daban por supuesto que conseguirían cualquier cosa de ella por una simple sonrisa.

– Tengo muchas cosas que hacer -terminó Jane, empezando a subir las escaleras que llevaban al piso superior-. Si quieres saber cómo van las cosas, te sugiero que leas el artículo que te mando a tu despacho semanalmente. No hace falta una comida para decirte que todo va según lo planeado.

– Bueno, sólo era una idea -dijo Lyall con voz indiferente-. Pero si estás tan ocupada, por lo menos podrías darme algún consejo profesional.

Jane se paró en el primer escalón.

– ¿Sobre qué? -preguntó con suspicacia.

– Dimity quiere empezar a pensar ya en la decoración. Estaría bien que tú pudieras venir también, para pensar en cosas que sean posibles.

– Eso es trabajo del arquitecto -dijo Jane.

– Lo sé, pero acabo de recibir un mensaje de Michael White de que no podía venir. Y era demasiado tarde para hacer que Dimity no viniera, así que Michael sugirió que nos dijeras qué era fácil de hacer y qué no lo era. Por eso quería hablar contigo.

– Ah -dijo, ¿por qué no se lo había dicho antes de nada? Estuvo tentada de rechazar… Lyall era capaz de proyectar cosas imposibles, aun así, pero le pareció que no podía negarse de nuevo-. De acuerdo. Iré al tejado a ver si los hombres necesitan algo, y luego bajaré a verlo.

– No tardes mucho -sugirió Lyall, con una inconfundible nota de aviso bajo su buen humor. Jane podía entretenerse deliberadamente con los trabajadores, pero no podía arriesgarse de nuevo a perder el contrato, así que enseguida bajó.

Los encontró en una de las salas. Dimity estaba guapísima, llevaba una falda de flores y una camiseta de encaje que hubiera quedado ridícula en otra persona. A su lado, Jane se sentía torpe y fea, con sus pantalones de rayas y la camiseta azul oscura recatada que solía llevar en las visitas de trabajo.

Dimity no se puso muy contenta cuando supo que Jane iba a acompañarlos, pero sonrió cuando Lyall explicó el motivo.

– Sería maravilloso ser tan práctica -replicó Dimity-. Yo lo siento, pero no sirvo para eso. Una vez que tengo una idea de cómo va a ser, se me olvidan cosas como las tuberías o los puntos de luz.

Una vez que hubo reducido a Jane a la categoría de fontanera, Dimity sonrió dulcemente y miró a Lyall para dirigirse al ala oeste de la mansión. Jane los siguió por toda la casa, mientras Dimity daba exclamaciones de horror al examinar las habitaciones húmedas y descuidadas.

– ¿Puedes sentir los fantasmas? -gritó a Lyall-. Estoy muy excitada con el proyecto de convertir ese maravilloso y viejo lugar en algo vivo -miró a Jane bajo sus pestañas increíblemente largas, mientras Jane pensaba lo tranquila y serena que era la mansión cuando la señorita Partridge vivía allí-. Jane es increíble, ¿verdad, Lyall? -dijo cínicamente-. Me gustaría ser tan fría como ella.

Lyall había estado observando también a Jane, con una expresión inescrutable.

– Increíble, sí -admitió.

Jane metió las manos en los bolsillos y levantó la barbilla. Evidentemente pensaban que era una persona práctica y nada creativa como para apreciar la belleza o el romanticismo. ¡Así la veían ellos, pero no era así!

– Me imagino esto en una armonía de azules y verdes -decía Dimity con entusiasmo, abriendo una puerta que conducía a lo que se había llamado Habitación Roja debido al papel de la pared, ahora estropeado y desteñido.

– ¿Qué ves, Jane? -preguntó Lyall, divirtiéndose con el contraste de las dos mujeres.

– Manchas de humedad, un radiador roto y un suelo de madera podrido. Será mejor que eliminemos todo eso antes de comenzar con la armonía.

Dimity pareció complacida de que se confirmara lo poco romántica y práctica que Jane era.

– Creía que sabías más de jardines que de edificios.

– Así es, pero no hace falta ser un genio para saber lo que hay que hacer aquí. Es tan evidente que pensé que se le podía ocurrir incluso a Dimity -sabía que estaba siendo grosera, pero no le importó. No sabía por qué iba a tener que darles diversión gratis a ambos.

Dimity miró hacia atrás, y se puso seria al descubrir que Lyall no la seguía, que por el contrario, se había quedado hablando con Jane.

– Creo que podríamos hacer aquí un baño añadido -dijo con firmeza, para reclamar la atención de Lyall-. También en azules y verdes, por su puesto… y un tema marino.

– Hummm -Lyall no pareció muy convencido. Arqueó una ceja y miró a Jane-. ¿Qué opinas?

Jane estaba encantada.

– Es una idea ridícula. Primero, es un muro de carga, así que no puedes quitarlo. Segundo, incluso aunque no fuera, habría que poner otra ventana, lo cual no es nada adecuado. Y tercero, no estamos cerca del mar, y la idea de poner un tema marino resultaría afectada y estúpida.

La expresión dulce de Dimity se congeló ante el inesperado contra ataque, pero se recuperó inmediatamente.

– Oh, Jane, eres muy cruel -dijo haciendo una mueca mimosa-. ¿Por qué tienes que ser tan realista? ¡Tenías que haber nacido hombre! ¡Has arruinado todos mis planes!

– Creí que para eso estaba -contestó fríamente Jane, y se volvió hacia Lyall-. ¿No es así?

– Es una de las razones -admitió el hombre, con los ojos brillantes por la diversión. Jane frunció el ceño, ¿era tan gracioso?

– ¿Seguimos entonces? -agregó Jane, dirigiéndose a la puerta-. No tengo tiempo para estar todo el día aquí.

La última habitación que examinaron era la que Lyall quería convertir en apartamento personal. Jane caminó hacia la ventana y dobló los brazos impaciente, mientras Dimity daba vueltas en ella, haciendo algunos comentarios tan evidentes que Lyall podría haberse dado cuenta él mismo.

– Ésta la veo como una habitación varonil, para que se adecue a tu personalidad -declaró, mirando a Lyall-. Creo que debería ser oscura y dramática. Quedaría bien la terracota roja, hasta puedo mostrarse exactamente los colores que tengo en la mente -siguió Dimity. A continuación salió a buscar uno de los muestrarios que habían dejado en la biblioteca. Lyall se acercó a Jane.

– ¿Alguna objeción a lo de oscuro y dramático?

Jane miró hacia las flores del jardín magnífico, en esos momentos tan necesitados de un arreglo, y trató de no dejarse impresionar por la cercanía de Lyall. Se había echado hacia delante, apoyando las manos en el antepecho de la ventana. Jane veía las manos de reojo, y no pudo evitar examinarlas, como si fuera la primera vez que las veía. Los dedos eran largos y limpios, las uñas bien cortadas. Luego miró su cara. Alrededor de los ojos había arrugas de reírse, pero la expresión risueña quedaba anulada por la firmeza de la mandíbula y la línea casi cruel de su boca. La boca de Jane se secó al mirarla, y fue atrapada de improviso cuando de repente Lyall volvió la cabeza y se encontró con los ojos claros de ella.

Se quedaron mirándose unos segundos, Jane tenía una expresión preocupada y triste, Lyall estaba serio.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lyall con una sonrisa.

«¿Qué pasa?», Jane pensó en la pregunta, y apartó los ojos con calma, esperando que Lyall no notara el rubor de sus mejillas.

– Creo que esta habitación da al este -acertó a decir, maravillándose de la firmeza de su voz-. Sería una pena perder el sol de la mañana convirtiéndola en un lugar oscuro.

– Es un buen comentario. Sería fácil comprobarlo. ¿Dónde está ahora el sol? -preguntó, y antes de que Jane pudiera protestar, Lyall salió por la ventana y se subió en el tejado que había sobre ellos.

Jane agarró la chaqueta sin pensar en lo que hacía.

– ¡No hagas eso! -gritó.

– ¿Qué hay de malo? -dijo, mirando la mano de Jane que tenía sujeta la chaqueta-. ¡No me digas que te preocupas por mí! -exclamó con suavidad.

Las mejillas de Jane enrojecieron violentamente y apartó bruscamente la mano de la chaqueta.

– Te podías haber caído -murmuró-. Es estúpido arriesgarse a tener un accidente para descubrir algo que podemos descubrir mirando los planos -dijo Jane, angustiada por haberle agarrado como si fuera una amante desesperada.

– Soy una persona impaciente, como tú sabes muy bien, Jane. He aprendido hace tiempo que no consigues nada de la vida a menos que estés preparado para tomar riesgos. Ésa es una lección que tú no sabes, ¿a que no?

Capítulo 6

Los ojos de Jane eran francos y directos.

– Nunca he creído en los riesgos por el sólo hecho de vivirlos -admitió-. ¿Es tan importante descubrir ahora mismo si la habitación da al este?

– ¿Por qué no? No había ninguna posibilidad de que me cayera, y he descubierto que efectivamente está orientada hacia el este, así que puedes decirme cómo piensas que tengo que decorarla.

– Eso es asunto tuyo -acertó a decir Jane, confusa por la mirada sonriente de Lyall-. Se supone que eres un hombre de negocios y debes estar acostumbrado a tomar decisiones.

– Y lo estoy, pero a diferencia de ti, siempre estoy preparado para escuchar un buen consejo. Así que vamos, Jane. Me da la impresión que eres una buena constructora, pero sé que no eres tan práctica como te gusta aparentar. Dime realmente lo que piensas.

Jane suspiró profundamente, luego se dio la vuelta y observó la habitación cuidadosamente, admirando sus proporciones elegantes. Incluso llena de polvo y desordenada, seguía siendo una habitación acogedora. La chimenea, extrañamente adornada con líneas curvas, añadían encanto. Era el tipo de habitación de la que nunca podrías cansarte, pensó.

– Creo que es una habitación encantadora donde despertarse -dijo finalmente, inquieta al pensar lo que sería dormir allí en una cama grande, o extenderse perezosamente a la luz del sol de la mañana, abriendo los ojos para ver unos ojos azules sonrientes, moviéndose para tocar un cuerpo fuerte…

– ¿Pero sería el tipo de dormitorio donde te gustaría dormir? -murmuró Lyall, como si hubiera podido leer sus pensamientos, y Jane retrocedió bruscamente.

– Tendrías que preguntar eso a Dimity, no a mí -contestó secamente, sintiendo alivio por ver que la otra chica llegaba con un muestrario en la mano disculpándose por haber tardado tanto.

– ¿Qué tienes que preguntarme a mí?

La mirada cálida de Lyall miró pensativamente unos segundos a Jane, luego se volvió hacia Dimity.

– ¿Por qué no te lo explico comiendo? -sugirió con suavidad-. Sé que Jane tiene prisa por marcharse, pero tú estás libre, ¿verdad, Dimity?

– Claro que sí -dijo con un suspiro, dejando el catálogo-. ¡Me encantaría! Dame un segundo para que vaya a por mi bolso.

Dimity salió corriendo excitada. Jane no habría admitido por nada del mundo el sentimiento de tristeza que la invadió al darse cuenta de a que Lyall le daba igual qué chica llevar a comer. Lyall se quedó con las manos en los bolsillos mirando al pasillo, esperando a que Dimity volviera. Cuando se oyeron los pasos miró a Jane.

– No trabajes mucho -dijo, y se fue hacia Dimity, dejando a Jane sola y triste en medio de la habitación.

Los oyó hablar y reírse y quiso hacer tiempo para no seguirlos, así que se dirigió a la ventana, en el momento en que Lyall ayudaba educadamente a entrar a Dimity en el coche.

Se tenía que sentir satisfecha de que él estuviera tan preparado para aceptar su negativa, se dijo Jane, mirando los gestos de gratitud exagerados de Dimity. El problema era que no se sentía nada contenta. Se sentía triste y extraña, y hambrienta.

A pesar de lo que había dicho a Lyall, no tenía nada que hacer allí. Ninguno de los hombres necesitaba nada y pararían en cualquier momento a comer. Jane no solía comer nada a mediodía, pero aquel día parecía que todo el mundo iba a comer menos ella. Jane vio salir el coche y bajó las escaleras para recoger su vieja furgoneta. Tomaría un sándwich antes de volver a su despacho de Starbridge.

El proyecto la hizo sentirse todavía peor, así que paró impulsivamente en el despacho de Alan. Estuvo encantado de verla, pero sorprendido de la sugerencia de salir a comer.

– ¡Creía que no te gustaba comer a mediodía!

– Normalmente no lo hago, pero… pasaba por aquí y pensé que sería agradable un cambio.

Alan odiaba las decisiones espontáneas, pero cerró los informes que había estado examinando y la tomó por los brazos. A pesar de las protestas de Jane, insistió en llevarla al Hotel del pueblo.

El edificio tenía una fachada impresionante y un aire de grandeza que siempre había intimidado a Jane. Así que se alegró cuando Alan la condujo a uno de los restaurantes que había en el edificio, uno informal de estilo francés.

– Tenemos que hacer esto más a menudo -dijo Alan, cuando tomaron asiento-. Ahora que sé que puedes descansar un rato al mediodía, puedo verte sin tener que ir hasta Penbury.

El corazón de Jane dio un vuelco. Le gustaba Alan, pero no estaba muy segura de lo que sentía, y no quería animarlo sólo porque Lyall la ponía nerviosa.

– Hoy es una excepción -le recordó con firmeza.

– En ese caso, intentaré ser una buena compañía -dijo Alan, con una elaborada galantería pasada de moda, pero típica de él. Ser una buena compañía significó comenzar a explicarle una serie de detalles sobre un problema de contabilidad de su compañía, de manera que Jane se puso a mirar distraídamente hacia las demás personas que había allí, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.

Había mucha gente entre las plantas enormes que adornaban el lugar. Jane reconoció a algunas personas, y se estaba preguntando si aquel podía ser Billy Tate, el chico más travieso del colegio, vestido en esos momentos con traje y corbata, cuando sus ojos descubrieron una mirada azul.

¿Qué estaba Lyall haciendo allí?

Se miraron un rato largo de un lado a otro de la sala, y luego Lyall miró deliberadamente hacia otro sitio. Jane se sintió como si la hubieran golpeado. Dejó la copa en la mesa y se le cayó parte del vino, y Alan, que ni siquiera había notado que ella no lo estaba escuchando, limpió el mantel con su servilleta y siguió hablando como si no hubiera pasado nada.

¿Por qué no habían ido al pub como ella quería? Jane trató de concentrarse en lo que Alan decía, pero no podía apartar la idea de que Lyall estaba allí. Sentía los ojos de él en ella, pero cada vez que miraba lo veía hablando con Dimity como si se estuvieran divirtiendo mucho. ¿Eran imaginaciones el matiz que creyó ver en los ojos azules?

Para demostrar que no le importaba lo más mínimo si Lyall estaba o no celoso, Jane esbozó una sonrisa ancha a Alan, y rezó por que Lyall viera lo bien que se lo estaba pasando con otra persona.

Alan, satisfecho por el interés repentino de Jane en su carrera, intentó llevar la conversación por otros derroteros.

– Nos conocemos hace mucho tiempo, ¿no? ¿No crees que es hora de que nos casemos? Sé que no quieres todavía cambiar tu vida, pero por lo menos podíamos comprometernos. Tú sabes lo que quiero decir.

Jane apartó la mano.

– Tengo que pensarlo.

– ¿Lo pensarás? -la cara de Alan resplandeció, era la promesa más profunda que Jane había hecho-. ¿Me lo prometes?

– No te prometo nada -exclamó Jane con impaciencia. Se sentía fatal. ¡Lo que menos le apetecía era que Alan se ilusionase!

– Ya lo sé -contestó, tomándola de la mano de nuevo-. Pero por lo menos vas a pensarlo, ¿verdad?

– ¡Hola! -dijo la voz de Dimity, y el corazón de Jane comenzó a palpitar a toda velocidad. Dimity estaba contenta de ver que Jane tenía un compañero, como si con ello Lyall se diera cuenta de que no estaba disponible.

La expresión de Lyall era de burla. Miró a la mesa, donde la mano de Jane reposaba debajo de la de Alan, y luego miró a Alan. No dijo una palabra, pero Alan inmediatamente retiró la mano.

– Hola -dijo con frialdad Jane.

Dimity empezó a decir lo raro que era encontrarse a Jane de nuevo tan pronto.

– No es tan sorprendente -exclamó Jane, crispada-. Starbridge no es un lugar muy grande -a continuación miró a Lyall-. Sin embargo, no esperaba encontrarte aquí, no es de tu clase. ¿No es un poco malo para ti?

– La sorpresa es verte, ¿no te parece? Creía que estabas muy ocupada.

– Nunca estoy demasiado ocupada para ver a Alan -dijo Jane, mirando a Alan que parecía sorprendido ante el comentario. Luego miró a Lyall.

– ¿No nos vas a presentar? -exclamó, aunque debía saber perfectamente quién era Alan.

Jane hizo las presentaciones y sólo Dimity parecía ser sincera en cuanto a lo encantados que estaban todos de conocerse.

– Jane me ha hablado de ti, claro -dijo Alan, dando la mano a Lyall.

– ¿Sí? -replicó provocativamente-. ¿Todo?

– Por supuesto, le he hablado de Multiplex y el trabajo que estamos haciendo en la mansión -dijo con dureza. Ella nunca le había contado a Alan la relación que había mantenido con Lyall. Creía que era algo que no entendería. Miró a los ojos de Lyall, pensando en si se atrevería a decir algo. Pero decir algo a Alan significaría decirlo también a Dimity, y no creía que lo hiciera.

– He creído entender que va a ser un lugar de investigación -dijo Alan, dándose cuenta perfectamente de la tensión que había entre Jane y Lyall-. ¿Te quedarás mucho tiempo?

– No lo sé -contestó Lyall-. Me imagino que Jane te habrá dicho que estoy arreglando un apartamento para poder vivir. Quizá me quede bastante tiempo al año.

Jane lo miró inquieta.

– ¡Dijiste que usarías el apartamento ocasionalmente una vez que el trabajo terminara!

– ¿Lo dije? -contestó sonriente-. Quizá haya cambiado de opinión. Estoy empezando a pensar que me retienen más cosas de lo que en un principio creí -dicho lo cual tomó a Dimity del brazo, les dirigió un adiós seco y salió, dejando sus palabras resonando detrás de él como una amenaza.

– No me ha gustado la manera en que te miraba -dijo Alan a Jane, frunciendo el ceño.

– ¿Qué quieres decir? ¿Cómo me miraba?

– No lo sé… como si le pertenecieras. He tenido la impresión de que no le gustaba la manera en que te tomaba de la mano. ¿No hay nada entre vosotros dos, no es así?

– Por supuesto que no. No lo soporto, y aunque pudiera es bastante evidente que está interesado en esa Dimity Price. ¿Por qué si no está planeando quedarse más tiempo aquí?

– ¿Crees que sale con ella? Creo que es muy guapa y femenina -de repente pareció darse cuenta que estaba elogiando demasiado a la chica, así que tomó la mano de Jane-. ¿Qué importa? Mientras que no esté interesado en ti… ¡Mira qué celoso estoy, cariño!

Jane forzó una sonrisa e intentó escapar de su mano.

– Ahora debo marcharme -explicó, sintiéndose culpable de haberle dado esperanzas. Si no hubiera sido porque Lyall estaba, ella nunca habría dicho que nunca estaba demasiado ocupada para ver a Alan. Si no hubiera sido por Lyall, no habría ido a buscar a Alan para comer; y si no hubiera sido porque Lyall estaba en la mismo lugar comiendo, ella no habría dicho a Alan que iba a pensarse lo de ser novios. ¡Todo era culpa de Lyall!

– Pero, ¿pensarás en lo que hemos hablado? -insistió Alan, todavía con la mano de Jane en la suya-. ¿Pensarás en lo felices que seríamos si estuviéramos casados?

¿Qué podía decir ella? No podía decirle que le había dicho todo eso por Lyall.

– De acuerdo, lo pensaré -terminó diciendo con un suspiro.

Jane siempre cumplía sus promesas. Pensó sobre ello aquella noche en su jardín, en lo que significaría estar casada con Alan. Él cortaría el césped y revisaría el aceite del coche, y se aseguraría de que todas las facturas se pagaran a tiempo… todo lo que Jane era capaz de hacer por sí sola. Sería considerado, cariñoso y se podría confiar en él. Ella nunca tendría que preocuparse por dónde estaría o qué estaría haciendo. Sería un marido ideal, se dijo a sí misma. El problema era que cuando el marido ideal la besara, ella no podría cerrar los ojos para ver un par de ojos azules. En ese momento, descubrió que ni siquiera sabía el color de los ojos de Alan. Sólo sabía que no eran como los de Lyall. Como tampoco era igual su boca ni sus manos, ni ella desfallecía cuando la tomaba en sus brazos.

Cuando volvió a ver a Alan, intentó decirle suavemente que era mejor que siguieran siendo amigos, sin embargo, Alan no lo aceptó. Había pensado que al prometer pensar sobre ello, ella había aceptado la idea, y que lo único que necesitaba para convencerla era comprar un anillo de compromiso. Las protestas de Jane no sirvieron para nada, Alan acarició la mano de Jane y le dijo que sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea. Jane comenzó a angustiarse, era obvio que iba a tener que decirle toda la verdad de manera abierta, pero no se atrevía. No quería herir sus sentimientos ni humillarlo.

Jane paseaba por el bosque de Penbury una tarde, una semana después de la comida en el bar. Alan estaba poniéndose tan pesado que ella había empezado a inventar excusas para no verlo o, como en esos momentos, salía de casa cuando sabía que él podía llamarla. El bosque había sido siempre su refugio. Había sido allí donde había ido cuando Lyall se había marchado, y también cuando su padre murió. También cuando había problemas con la firma o cuando estaba preocupada por Kit. En esos momentos, iba allí y encontraba consuelo entre los viejos y nudosos árboles y la luz suave que se filtraba entre las hojas. Deseaba dejar de sentirse culpable por Alan. Ya tenía bastantes preocupaciones pensando en cómo enviar dinero a Kit. Había recibido otra postal donde le informaba que se podían mudar a un bonito apartamento si tuvieran dinero, y Jane temía que la única manera de poder enviarle algo sería vendiendo la casa, lo cual la deprimía terriblemente. Después de todo, quizá era mejor pensar en Alan.

Llevaba unos días sin llover, pero todavía había algunos charcos de barro en las partes más sombrías, y Jane tenía que andar con cuidado. Siguió paseando con calma tratando de preparar el discurso que convencería a Alan de que no podía casarse con él, pero las excusas se mezclaban con pensamientos sobre Lyall: la risa que se reflejaba en sus ojos cuando la miraba, la manera en que la fastidiaba y la hacía salirse de sus casillas, la manera en que perdía el control cuando la besaba. Cuando pensaba en ello sentía en el estómago algo parecido al vértigo.

¿Por qué? ¿Por qué había vuelto? Nada había ido bien desde el día en que se había dado la vuelta en Penbury Manor y lo había visto en medio del jardín, detrás de ella. No lo había vuelto a ver desde aquel día en la comida. Debería estar contenta, pero, por el contrario, le inquietaba no saber si volvería, y se enfadaba pensando que quizá no lo hiciera.

Jane siguió caminando concentrada en sus pensamientos, y sin darse cuenta terminó frente a Penbury Manor. La vieja mansión, tranquila y quieta, parecía resplandecer en el sol del atardecer, exactamente igual que cuando había estado allí con Lyall diez años antes.

Jane miró a su alrededor reconociendo el lugar. ¿Qué la había llevado allí, al lugar que había intentado evitar todos esos años? Aquél había sido su lugar y el de Lyall. La hierba estaba más crecida, pero seguía estando el leño donde se habían sentado planeando dónde irían al dejar Penbury. También estaba el árbol contra el cual la había besado la primera vez que habían hecho el amor. Jane luchó por olvidar los recuerdos que la ahogaban, pero no podía. Casi podía sentir la textura del árbol donde ella se había apoyado desfallecida de deseo, y la cara de Lyall cuando la miraba con esa irresistible sonrisa que la hacía olvidarse de todo.

Era tan real la escena que, cuando Lyall gritó su nombre desde el borde del claro, Jane no se sorprendió de sentir su garganta seca. Casi le pareció natural verlo allí. Los recuerdos la habían dejado confusa y lo único que hizo fue mirarlo con sus ojos enormes y profundos.

En la luz tenue Lyall parecía impresionante, pero su mirada era inescrutable al caminar por el claro hacia ella.

– ¿Llevas mucho tiempo aquí?

– No, no mucho.

La presencia de Lyall dejó atrás los recuerdos. Junto a él era imposible darse cuenta de algo que no fuera él, el momento y el lugar, y de la manera en que la hacía sentirse.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó Jane, con voz inquieta.

– Simplemente paseando y pensando -se calló y la miro-. ¿Y tú?

– Lo mismo -contestó Jane con tristeza.

– Me parece que no estás tan ocupada como dices estar, Jane. Comidas con Alan, paseos al atardecer en el bosque… ¿Cuándo escribes los informes que me mandas todas las semanas?

– Podría decir lo mismo de ti. ¿No tienes que dirigir una multinacional?

– Mi compañía está bajo control, gracias, Jane.

– Me sorprendes -dijo enojada-. Entendí por tus palabras que tu personal no podía funcionar si no estabas encima de ellos. ¿No estarán enfadados de que estés por aquí? ¡Parece que estás mucho tiempo en Penbury para ser una persona que ha perdido sus raíces!

– Yo también creía que quería olvidar mis raíces -admitió inesperadamente-, pero hay algo que no me deja.

– Me imagino que no será nada que tenga que ver con un par de grandes ojos verdes, ¿verdad? -exclamó Jane, antes de darse cuenta.

Lyall metió las manos en los bolsillos.

– ¿No estarás celosa por casualidad, Jane?

– Por supuesto que no -dijo con frialdad-. ¡Dimity es apropiada para ti! Sólo estoy sorprendida de que te enamores de esas risitas y ese comportamiento afectado y sentimental, eso es todo.

– ¡Me parece bien de una chica que se ha enamorado de un hombre como Alan Good! -contestó Lyall con un matiz seco-. No le describiría como risueño y sentimental, por supuesto, quizá estirado y arrogante, ¿o mejor pedante y pretencioso?

– Alan es muy bueno.

– Entonces, lo admites. ¿Es verdad que vas a casarte con él? -preguntó con brusquedad, como si la pregunta hubiera estallado de su garganta.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Dimity se lo encontró en la inauguración de una exposición. Parece que se reconocieron y estuvieron hablando un rato, y le dijo que estabais planeando la boda.

Ella sabía a qué exposición se refería. Alan la había pedido que fuera, pero no quiso pasar otra tarde discutiendo sobre su relación, y había puesto una excusa. Jane se mordió los labios. ¡Alan no tenía derecho a decir eso a Dimity!

– Y Dimity fue corriendo a decírtelo, ¿no? -preguntó con una mirada cortante, pero Lyall se encogió de hombros.

– ¿Es verdad?

– ¿Por qué te sorprendes tanto? Tú eras el que quería demostrarme que no me casaba porque me daba miedo. Tú eras el que quería que diera el paso.

– Sólo si lo amas.

– ¿Y qué te hace pensar que no es así?

– Porque te observé en la comida el otro día. Estabas aburrida, y no me sorprende. Puedes decirme que te gusta lo amable que es, pero el hombre es un pedante, y lo sabes, Jane. Tú no lo amas. Probablemente desearías amarlo, pero no es así.

– ¡Es así! -mintió.

– No es verdad -repitió Lyall inexorablemente-. Y afirmo además que fuiste aquel día a buscarlo sólo porque yo invité a Dimity a comer.

¡El descaro del hombre era increíble! Jane estaba tan enfadada que ni siquiera pensaba que él tenía razón.

– ¿Tú crees que me importas algo tú o con quién salgas? -preguntó furiosa-. ¡No me hubiera importado que Dimity y tú os hubierais desnudado y os hubierais montado una orgía en medio del Hotel Starbridge!

– Creo que sí, Jane -murmuró Lyall suavemente, y de repente se acercó a ella-. Creo que tú recuerdas el pasado tan bien como yo.

– No -dijo, retrocediendo hasta chocar contra un árbol.

– Sí. Siempre hubo algo entre nosotros, y ahora también lo hay.

– No -insistió, negando desesperadamente con la cabeza-. No hay nada ahora. Nada.

Hubo un silencio sepulcral cuando los ojos grises miraron dentro de los ojos azules. Lyall no la creía, era evidente. Sabía que estaba mintiendo.

– ¿Recuerdas este lugar, Jane? -preguntó de repente.

– No -volvió a mentir, el corazón le latía a toda velocidad.

– Yo sí. Lo recuerdo bien: quedamos aquí y yo llegué tarde, tú estabas debajo de ese árbol, justo donde estás ahora -Jane intentó apartarse, pero él no la dejó-. Tú estabas ahí y me sonreíste.

– ¿Sí?

– Llevabas vaqueros y una camisa blanca lisa, y el sol se filtraba a través de las hojas y te caía en la cara, como ahora -la voz de Lyall era profunda y tranquila, como una brisa suave en la piel-. Yo había querido hacerte el amor desde que te vi aquel día en la bicicleta, pero tú me advertiste, ¿te acuerdas? Tú eras una chica buena, y las chicas buenas no se mezclaban con los chicos como yo. Tuve que esforzarme mucho, ¿a que sí? Tú eras un desafío, y nunca he podido evitar los desafíos. Y tú eras diferente a todas las chicas. Tú eras fría y hermosa, con los ojos más claros que había visto nunca, y cuando aquél día me sonreíste, supe que eras mía.

Las piernas de Jane se doblaron y tuvo que apoyarse contra el árbol. Pudo sentir la textura rugosa en su espalda, y clavó los dedos en ella para buscar apoyo. La voz de Lyall se metía dentro de ella, y hacía rememorar los recuerdos. Tenía deseos de gritar, de empujarlo, pero estaba transfigurada, hechizada por el pasado y por su presencia.

– ¿Te acuerdas de lo que pasó a continuación, Jane? -continuó Lyall con una voz cada vez más profunda. Jane no podía hablar, y sólo negó con la cabeza.

– Creo que sí lo recuerdas. Creo que te acuerdas de cómo pensaste que había llegado el momento, de la misma manera que yo lo pensé. No tuve que decir nada. Sólo me acerqué a ti y me quedé como estoy ahora. Nos miramos a los ojos, ¿te acuerdas, Jane? Y luego, muy despacio, te desabroché los botones de la camisa -Lyall levantó las manos y comenzó a desabrochar los botones de la camisa azul pálido que llevaba. Lo hizo despacio, igual que lo había hecho en el pasado.

Jane cerró los ojos para apartar de sí la avalancha de recuerdos.

– No me hagas esto, Lyall -susurró, pero no pudo apartarlo y Lyall continuó, hasta que terminó y metió las manos para cubrir sus senos. Sus manos eran fuertes y firmes, y quemaban como fuego mientras exploraban su cuerpo. Jane sintió dentro un deseo irreprimible. Lyall acarició con los pulgares sus pezones duros y Jane se estremeció.

– ¿Lo recuerdas ahora, Jane? -preguntó, y llevó las manos a su cintura para apretarla contra él-. Yo sentí tu cuerpo temblar y supe que me deseabas tanto como yo a ti.

– No -acertó a decir Jane con un supremo esfuerzo-. No.

– Sí -aseguró Lyall con una voz implacable. Inclinó la cabeza hasta que sólo les separaba el aliento-. Los dos sabemos que estábamos esperando que este momento llegara -la boca de Lyall se acercó a la de Jane y todo pensamiento, todo recuerdo se evaporó, bajo el hechizo del pasado.

Jane estaba perdida. Estaba perdida desde el momento en que él la había tocado, desde el momento que lo vio de pie al otro lado del claro. El deseo estalló dentro de ella cuando Lyall la besó de una manera suave, profunda, arrastrándola a un lugar donde no había pasado ni presente, a un lugar donde ella y Lyall se pertenecían, donde no importaba nada sino la caricia de sus manos y el aliento de su boca. Jane rodeó a Lyall con los brazos y lo apretó con pasión.

Los besos se hicieron cada vez más pasionales, el abrazo más hambriento. Lyall levantó la cabeza y pronunció el nombre de Jane acusadoramente, antes de volver a abrazarla fuertemente, y después, los dos perdieron el control… Se besaron con desesperación, impacientes por abrazarse más fuerte, por apretarse más, por estar más cerca.

Jane arqueó su cuerpo bajo la insistentes caricias de Lyall. Caricias firmes y atrevidas que cubrían su espalda, mientras su boca se apretaba contra su cuello y sus senos. El toque de sus labios y su lengua, la hacía estremecerse y respirar entrecortadamente.

– ¿Ahora lo recuerdas, Jane? -murmuró contra su boca-. ¿Recuerdas aquel día? ¿Recuerdas lo que pasó después?

Capítulo 7

Las manos de Jane se apartaron del cuerpo de Lyall.

– Quería olvidar -dijo con amargura, aturdida por los besos de Lyall. Tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa, y se cerró la camisa con manos temblorosas.

– ¿Por qué? -preguntó acariciándola-. ¿Por qué negar lo que hubo hace tanto tiempo, lo que todavía hay entre nosotros?

Jane se apartó del árbol y miró hacia otro lado.

– Terminó hace diez años -dijo desesperada, aunque no estaba claro si estaba intentando convencer a Lyall o a ella misma.

– No ha terminado, Jane. Yo también creí que había acabado. Cuando vi tu nombre para el trabajo de Penbury, pensé, sinceramente, que no significabas ya nada. Creí que cuanto te viera iba a poder tratarte como a cualquier otra persona, pero entonces vine, te vi entre las flores con las manos llenas de rosas y el sol en tu pelo, y supe que no había cambiado nada. Que seguías siendo la misma.

– No soy la misma -contestó, todavía un poco mareada y como si hubiera caído desde una gran altura. Pero de repente la rabia se abrió camino en su interior-. No soy la misma. Era una estúpida cuando te conocí, pero he madurado desde entonces. Empecé a hacerlo el día que te marchaste a Londres con Judith y tuve que enfrentarme a todo el mundo.

– Tú podías haber venido también. Te lo pedí, te supliqué que vinieras.

– ¿Creías que iba a unirme a vosotros de verdad?

– Intenté explicarte mi relación con Judith -dijo con enfado-, pero no me escuchaste. Ni siquiera quisiste verme, tuve que hablar con tu padre.

Qué bien recordaba Jane aquel día terrible. La tristeza en su corazón, las voces furiosas en la entrada y Lyall esperando en la puerta enfadado. ¡Esperaba de verdad que cayera en sus brazos!

– Ven conmigo ahora mismo, Jane -había insistido-. Judith no significa nada. Nunca tendremos aquí futuro. Aquí la gente es cerrada, llena de prejuicios. Todo será diferente en Londres.

En esos momentos, Lyall la estaba mirando con la misma expresión de impotencia y rabia.

– ¿Me estás diciendo que todo lo que dijiste en esos momentos era verdad? ¿Que todo lo que me habías dicho antes era mentira? ¿Que nunca tuviste la intención de salir de Penbury?

– ¿Por qué te resulta tan difícil creerlo? -preguntó con desafío.

– Porque recuerdo la expresión de tus ojos cuando me dijiste que me amabas, y porque no te imaginaba quedándote aquí en Penbury el resto de tus días sólo para agradar a tu padre.

Jane se metió bruscamente la camisa por la cintura del pantalón.

– ¿Nunca se te ha ocurrido que quizá sea más valiente quedarse que escapar?

– En tu caso no, Jane. ¡Tú no te viniste conmigo por cobardía!

– ¡No te atrevas a llamarme cobarde! ¿Tú sabes lo que han sido estos diez años? ¿Tú sabes lo que ha sido admitir que todo el mundo tenía razón sobre ti? ¡Yo les había dicho a todos que no eras como decían, y te fuiste con Judith! Por lo menos, no fui tan estúpida como para irme detrás de ti. Tú sigues diciendo que mi padre quería que me quedara en Penbury, pero era porque no quería que me fuera contigo. ¡Qué razón tenía! Cuando me fui a la escuela de jardinería, se alegró mucho.

– No tanto como para dejarte que terminaras el curso -apuntó con ironía.

– ¡No le dio un ataque de corazón porque quisiera! Tuve que volver a casa. Tuve que dejar el curso y aprendí contabilidad y a tratar con los proveedores para que mi padre descansara. ¿Crees que fue fácil para mí? ¿Crees que yo quería dejar mis sueños y abandonar mi carrera, o intentar buscar dinero para mandárselo a Kit a la universidad? ¿Crees que fue fácil ver morir a mi padre? -Jane comenzó a llorar y se secó las lágrimas con la mano-. ¿Lo imaginas, Lyall?

– No -admitió finalmente con expresión hermética.

– ¡Entonces, no vuelvas a llamarme cobarde otra vez! Tú has sido el cobarde, Lyall. Te gusta hablar de tu libertad y de tu independencia, ¿verdad? Pero son excusas para justificar tu miedo a comprometerte con alguien. ¡Yo fui feliz tres meses! ¿Cuánto tiempo duró Judith, un mes, dos? Antes de que te aburrieras y buscaras a otra, alguien que no amenazara tu preciosa independencia, alguien tan desesperado como para aceptar tus condiciones, sin importar lo que ella sintiera o quisiera. ¿Eso nunca te ha importado, verdad? ¡Lo único que te importa es lo que te pasa a ti!

Lyall intentó decir algo, pero supo que ella no iba a escuchar. Ella no quería discutir con él, sólo quería decirle todo lo que tenía dentro.

– Me imagino que te divierte haber venido y hacer que los recuerdos emerjan. Nunca te has parado a pensar que no quería volver a verte más, que era perfectamente feliz como estaba. ¡Claro! Estabas aburrido y querías divertirte un poco, igual de aburrido que diez años atrás, y pensaste lo divertido que sería engañarme. Ahora estás intentando hacer lo mismo, sólo que ahora tengo diez años más. ¡Ahora no voy a dejar que destroces mi vida como entonces! Eres egoísta, arrogante y un irresponsable, y no quiero nada contigo, así que, deja que continúe mi camino.

La expresión de Lyall era de perplejidad absoluta.

– Muy bien, tengo cosas mejores que hacer que quedarme delante de alguien que me acusa de ser egoísta, y que nunca ha pensado lo que yo sentía hace diez años. Eso es porque nunca estuviste interesada en mí, ¿es eso, Jane? Tú estabas cansada de ser una buena chica y quisiste probar a hacer algo diferente de lo que te decían. Estabas esperando a alguien y aparecí yo por casualidad. Yo era tu prueba de rebeldía, quisiste saber lo que era enamorarse, pero no querías que durara mucho tiempo. Si no me hubieras visto con Judith aquel día, habrías encontrado otra excusa para volver con tu papá. ¡Creía que ese imbécil de Alan Good no te pegaba, pero estáis hechos el uno para el otro! Vete con él y nunca habrá ningún fallo en tu burbuja tranquila, segura y aburrida. No tienes por qué preocuparte, Jane, puedes quedarte con Alan y con Penbury. No quiero volver a veros.

– Muy bien -gritó Jane, después de que Lyall se hubo dado la vuelta para alejarse sin mirar atrás-. Bien -volvió a repetir como para asegurarse, pero se abrazó como si sintiera frío y su voz sonó desolada en el bosque silencioso y vacío.

Cuando Lyall la llamó al día siguiente al despacho, ella no quiso ponerse al teléfono.

– Dice que sólo quiere pedirte perdón -insistió Dorothy, que intentaba disimular su curiosidad.

– No me importa. No quiero hablar con él.

Le había dicho todo lo que tenía que decirle. Había pasado una noche inquieta, pensando en los besos una y otra vez, y el haberse dejado arrastrar y haberle respondido tan apasionadamente la había hecho decidir no volver a verlo. Seguiría mandándole informes sobre el progreso de las obras, pero no había ninguna necesidad de verlo personalmente. Sus hombres estaban haciendo un buen trabajo y era demasiado tarde para que cambiara de opinión y cambiara el contrato. Aunque sí podía de cambiar de opinión en etapas de la obra posteriores, pero aunque tuviera muchos defectos, sabía que Lyall no era vengativo. Lo más probable era que dejara todo a su secretaria y se marchara de Penbury como había dicho.

El pensamiento tendría que haberla alegrado, pero lejos de eso la inquietó. Las palabras de Lyall resonaban en sus oídos. ¿De verdad creía que ella lo había utilizado? La había acusado de ser egoísta, cobarde y aburrida. ¿Era verdad que la veía así? ¿Era así?

Jane no quería responder a eso. Así que se concentró en el trabajo, ordenó la contabilidad hasta la fecha, clasificó los informes metidos en cajones tan llenos que apenas podían cerrarse. El despacho quedó mucho mejor cuando hubo terminado, pero nada cambió. La opinión de Lyall seguía resonando en su cabeza, y lo que era peor, Alan seguía insistiendo. Se presentaba inesperadamente por las tardes en su casa, algo que nunca antes había hecho, y Jane se quedaba en el despacho trabajando hasta tarde para evitarlo. También estaba preocupada por Kit, estaba esperando que le mandara dinero, pero el director del banco le había negado el préstamo, lo cual significaba que tendría que vender pronto la casa. Por todo ello, estaba cansada de los hombres.

Lyall tampoco se lo puso fácil y la llamaba todos los días, y todos los días Jane se negaba ponerse al teléfono.

– ¿Por qué no quieres hablar con él? Parece tan educado al teléfono que no puedo creer que sea el mismo Lyall Harding.

– Pues es el mismo Lyall.

– Era tan mal educado de joven… Pobre chico, no creo que haya sido muy feliz. Conocí a su madre, era una mujer muy guapa, pero no era suficientemente fuerte como para enfrentarse a su padre. Joe Harding era un hombre muy difícil -Dorothy lanzó un suspiro de resignación mientras seguía trabajando-. Creo que amaba a Mary a su manera, pero estaba tan celoso que hizo que su vida fuera un desastre. Solía ser muy tirano con Lyall también, hasta que fue suficientemente mayor como para enfrentarse. No me sorprende que Lyall fuera así. Odiaba no ser capaz de proteger a su madre, y sólo conseguía luchar contra su padre haciendo gamberradas. No todo el mundo lo veía así, claro. Sólo veían que metía en problemas a sus hijos, y enamoraba a sus hijas. Creo que todo el mundo se quedó tranquilo cuando se fue.

Las manos de Dorothy se pararon al recordar el pasado.

– Vi a Mary poco después de que él se hubo marchado. Estaba muy deprimida. Lyall sólo tenía diecisiete años y por su puesto estaba preocupada por él, pero, por otro lado, sabía que si seguía allí habría tenido problemas con el padre. Creo que de alguna manera se fue por ella, y que cuando volvió también lo hizo por ella. Nunca le dijo lo enferma que estaba, y se lo debió decir demasiado tarde. Lyall volvió el día antes de que muriera -Dorothy dio un suspiro y siguió abriendo otro sobre-. Pero me imagino que no hace falta que te diga todo esto, ¿verdad, Jane? Tú debes de saberlo mejor que nadie.

¿Debía saberlo? Jane miró hacia abajo. Ella nunca había sabido los problemas que Lyall tenía en su casa. Nunca supo que él había vuelto para ver a su madre morir. En realidad, nunca había sabido mucho sobre su vida aquel verano. «Nunca te interesaste realmente por mí», había dicho, y estaba en lo cierto. Había estado preocupada siempre por Kit y por su padre, y nunca se había preguntado por los sentimientos de Lyall. Él era mucho mayor que ella, y siempre parecía tan vital, tan fuerte, que nunca se le había ocurrido que pudiera tener algún problema.

– No estoy segura. Él nunca me habló de sus padres. Si odiaba tanto a su padre, ¿por qué se quedó cuando su madre murió?

– Joe estaba muy deprimido cuando Mary murió -recordó Dorothy-. Me imagino que Lyall pensó que tenía que ayudarlo, aunque no creo que fuera la principal razón.

– Entonces, ¿qué fue?

– ¡Tú, claro! -contestó Dorothy mirándola con incredulidad-. No lo conocías de antes, porque él había estado ocho años fuera y había cambiado mucho. Antes estaba con una chica diferente cada semana, pero aquel verano estuvo sólo contigo.

Y con Judith. ¿Y cuántas otras chicas de las que él no le contó nada?

– No había cambiado tanto -dijo, y recordó cómo trataba a Dimity-. Y ahora tampoco.

Jane se fue a su despacho y trató de concentraste en el informe sobre la mansión, pero las palabras de Dorothy no las podía olvidar. Había sido egoísta, como Lyall había dicho. Era cierto, ella era muy joven, pero podía haber hecho un esfuerzo por entender por qué se comportaba de aquella manera. No iba a cambiar la opinión que tenía de él, se aseguró con firmeza, pero si volvía a llamar contestaría, no para decir que lo sentía, ¿por qué iba a tener que disculparse?, pero sólo para demostrar que era capaz de ser una persona civilizada.

Pero Lyall no volvió a llamar, como si hubiera cambiado de opinión. Jane se dijo a sí misma que era lo mejor, pero siempre estaba esperando que Dorothy dijera que Lyall estaba al teléfono. Cada vez que sonaba se sobresaltaba, y si estaba fuera al volver miraba impaciente los mensajes que tenía.

Un día, cansada de soportar otro fin de semana contestando al teléfono para descubrir que era Alan, decidió aceptar una invitación de unos amigos que tenía en Bristol. ¡Si Lyall no quería llamarla, mejor!

Cuando Alan supo sus planes, quiso acompañarla.

– Podemos visitar a mis padres de vuelta -sugirió impaciente.

– No -dijo Jane, tomando aliento para explicar de nuevo a Alan que su matrimonio era algo imposible. Cuando terminó, Alan tenía una expresión tan triste que Jane se sentía mal, pero por lo menos la había escuchado y había entendido.

– Lo siento -declaró-. Espero que sigamos siendo amigos, de todas maneras.

Alan pareció ver en ello una señal, pero no pudo convencerla de que no hiciera el viaje sola, y Jane aquel viernes por la tarde, cuando se metió en su furgoneta sola, lo hizo con un suspiro de alivio. ¡Iba a estar un fin de semana sola, sin pensar en Alan, en Lyall o en Kit!

Y es lo que intentó, por supuesto. Fue agradable volver a ver a Beth y a Tony, pero cuando hablaban o se reían no podía evitar pensar si su teléfono estaba sonando. Lyall podía dejar un mensaje en el contestador, de todas maneras, se aseguró, antes de enojarse consigo misma. ¿Qué estaba pasando? Se suponía que no tenía que importarle si llamaba o no.

Cuando volvió, lo primero que hizo fue escuchar los mensajes, pero su corazón dio un vuelco cuando no encontró ninguno. Salió al jardín para mitigar su tristeza entre las plantas. ¿Qué pasaba si Lyall no quería volver a hablar con ella? Evidentemente se había marchado de Penbury, o por lo menos es lo que él había dicho que haría. No lo había visto hacía un mes, y seguro que estaría detrás de cualquier otra mujer. ¡Quienquiera que fuese Jane la compadecía!

El lunes por la mañana Jane fue hacia la mansión para llevar pintura sus hombres.

Dimity salía en ese momento del coche y la saludó.

– ¡Hola, Jane! -gritó con entusiasmo-. ¡Me alegro de verte!

Su entusiasmo hizo que Jane apretara los dientes y se pusiera alerta. ¿Cómo es que de repente quería hacerse amiga suya? Era el tipo de mujer que se mostraba agradable si había hombres alrededor, para que apreciaran su encanto-. ¿Qué tal el fin de semana?

– Muy bien -contestó Jane-. ¿Y tú?

– ¡Maravilloso!

¿Por qué no podía hablar como todo el mundo, en lugar de hablar con ese tono tan chillón? Jane esbozó una sonrisa breve y se volvió para descargar la pintura de la parte de atrás de su furgoneta.

– Lyall vino el fin de semana -declaró Dimity con una mirada provocativa-. ¡Cuidado! -exclamó cuando vio que Jane estuvo a punto de tirar uno de los botes de pintura sobre su pie.

– Lo siento -se disculpó Jane, deseando haberla hecho daño.

– ¿Qué te estaba diciendo? Ah sí, Lyall… es tan amable, ¿verdad?

– Puede ser encantador cuando quiere.

– Conmigo siempre es encantador -Dimity lanzó un suspiro profundo-. Este fin de semana es la primera vez que hemos hablado. ¿Sabes la sensación que es encontrarte a un hombre y ver que todo entre vosotros es perfecto, como si os conocierais de toda la vida?

– No -contestó Jane.

– Pues fue así con Lyall. Ya sé que Lyall ha conocido muchas mujeres en el pasado, pero a juzgar por las cosas que decía creo que quiere estabilizar su vida.

– ¿De verdad? -preguntó Jane fríamente.

– Sí; de hecho incluso ha… Creo que es mejor que no diga nada. Me parece que por ahora no quiere que nadie sepa sus planes.

– En ese caso, es mejor que no los vayas contando por ahí.

Dimity se quedó un poco seria ante el reproche de Jane, pero enseguida continuó.

– Lyall y yo vimos a Alan en el pub el sábado. El pobre estaba muy deprimido porque te habías ido el fin de semana sin él, pero conseguí que se alegrara un poco. Tienes que tener cuidado de no perderlo, no hay muchos hombres como Alan -dicho lo cual se dirigió hacia la casa, sin llevar ninguna de las latas de pintura.

Jane la miró con desagrado. ¿A qué se refería cuando había hablado sobre los planes de Lyall? ¡Si Dimity pensaba que su simpleza era suficiente como para hacer que un hombre como Lyall se asentara, era más tonta de lo que pensaba!

Cuando volvió al despacho el teléfono estaba sonando y Dorothy contestó.

– Hola, me alegra que llames… estoy bien… No, no mucho… Trabaja mucho como siempre… Eso es exactamente lo que he dicho… -hubo una pausa larga y entonces Dorothy comenzó a tomar notas-. Sí… sí… sí. De acuerdo.

– ¿Quién es? -susurró Jane, y Dorothy tapó el auricular con la mano.

– Lyall Harding.

– Bien, estaré en mi despacho -contestó con deliberada tranquilidad. Se sentó en su mesa y se colocó mientras esperaba que Dorothy le pasara la llamada. Hablaría con él, sólo por una vez, para decirle que estaba bien, y que se alegraba que estuviera pensando en instalarse con Dimity.

Esperó, pero no hubo llamada. Sólo se escuchó que Dorothy colgaba y a continuación el teclado del ordenador cuando comenzó a escribir.

Jane frunció el ceño y se fue a la otra habitación.

– ¿No quería hablar conmigo?

– Me dijo que era inútil preguntar otra vez si querías hablar con él. Así que me dio un mensaje.

– ¿Y qué fue?

– ¿Tú mencionaste chimeneas en uno de tus informes? ¿Para las habitaciones de invitados? Dice que las ha encontrado en el este de Londres, y que necesitaba que alguien fuera a por ellas mañana o perdería el trato. Preguntó si podrías mandar a alguno de los hombres.

– ¿Mañana jueves? -dijo Jane-. Todos los hombres están muy ocupados. Colin está enfermo, y la mujer de Jim está esperando dar a luz en cualquier momento. Ray está haciendo un trabajo para la señorita Fothergill… ¿Dijo Lyall la dirección exacta?

– Sólo dijo que era en el este de la ciudad. Dijo que estaría fuera toda la mañana, pero que se puede llamar a su secretaria.

– Puedo ir yo misma -decidió Jane-. No tengo nada que hacer mañana, y alguien tiene que hacerlo. Tomaré la furgoneta grande y volveré por la tarde.

– Es un viaje largo para que lo hagas tú sola -dijo Dorothy dudosa, pero Jane frunció el ceño, contenta de pasar un día entero fuera del despacho.

– ¡Nada de eso, llevará como mucho dos horas ir allí!

Tardó cuatro horas casi, debido a obras en la carretera, y un accidente que bloqueaba la salida de la autopista. Después de algunos problemas más, deseó haberse quedado en casa con la rutina que según Lyall tanto le gustaba.

Al llegar a Londres se dirigió a las oficinas de Multiplex. La búsqueda no fue fácil, y su mal humor no mejoró, al ver que el aparcamiento estaba lleno. El único lugar donde había sitio era el que tenía una señal diciendo Reservado para el director, pero como el director era Lyall y ella estaba allí debido a órdenes suyas, no había ninguna razón para que no aparcara allí, pensó. Iban a ser cinco minutos, mientras que salía a informar y preguntaba la dirección.

Animada por el hecho de que Lyall estaría fuera, Jane aparcó y se dirigió a la entrada. El edificio era moderno, diseñado en cristal y azulejos, y totalmente diferente de Penbury Manon.

Fue a la recepción, sintiéndose un poco fuera de lugar por sus pantalones vaqueros y su camisa azul un poco gastada. Era una ropa apropiada para cargar chimeneas, pero contrastaban horriblemente con los trajes inmaculados que las recepcionistas llevaban.

Una de ellas le dijo que la secretaria de Lyall bajaría enseguida, que se sentara mientras tanto. Jane tomó asiento en una de las cómodas sillas que había alrededor de una pequeña piscina adornada con plantas. Automáticamente se acercó a una de ellas para tocar la tierra, pero retrocedió al pensar que probablemente habría alguien cuidándolas.

Miró a su alrededor maravillada. ¿Cómo era posible que aquel muchacho impulsivo y mal educado hubiera construido todo eso? Jane se sentó en uno de los asientos de piel y observó la actividad que había en el vestíbulo. Todos los hombres que allí había, con sus trajes oscuros elegantes, todas las mujeres vestidas de manera exclusiva, tenían que darle las gracias de una u otra manera.

Como si sus pensamientos hubieran sido una conjura, de repente se abrieron las puertas automáticas y Lyall entró a grandes pasos, iba acompañado de cuatro hombres. La atmósfera cambió inmediatamente. Todo el mundo se puso rígido ante el poder que emanaba sin esfuerzo. Iba vestido como los hombres que lo acompañaban, con un traje hecho a medida y una corbata.

Jane tomó un periódico y se escondió detrás. Intentando que nadie la viera, observó a Lyall dirigirse a los ascensores. ¿Qué pasaría si bajaba en ese momento su secretaria? Le diría que Jane estaba allí y quizá él pensara que había ido a Londres sólo para verlo.

Al momento siguiente, una mano tiró del periódico hacia abajo y Jane se encontró frente a unos familiares ojos azules. La expresión, sin embargo no era muy cariñosa.

– No sabía que podías leer del revés, Jane.

– Creía que no ibas a estar aquí -dijo con las mejillas coloradas, dejando el periódico en una silla cercana.

– He estado fuera toda la mañana. Creía que la furgoneta iba a llegar mucho más pronto, y había dejado instrucciones. ¿Por qué estás aquí? Dije a Dorothy que enviara a dos hombres.

– Yo tomo las decisiones en mi compañía, no tú. Y pensé que era mejor que viniera yo.

– Pareces cansada. Dorothy me dijo que habías trabajado mucho. No tenías que haber venido a soportar el tráfico a estas horas.

– Podías haberlo pensado antes de llamar. Y gracias por preocuparte por mi salud, pero estoy bien. ¡Parezco cansada porque tuve que esperar mucho tiempo en la autopista y luego estuve buscando horas tu podrida organización!

– Tenías que haber escuchado mi consejo y haber mandado a otra persona. Pero nunca te gustó mucho escuchar, ¿verdad, Jane? Ahora será mejor que me acompañes.

– Gracias, pero no hace falta que te preocupes por mí. Parece ser que tu secretaria viene hacia aquí.

– ¿Sí? -Lyall se dio la vuelta y una mujer vestida con una elegante falda gris y una camisa beis de seda salía del ascensor y buscaba a Jane con la mirada.

La mujer sonrió y se acercó a ellos. Era tan elegante que Jane, sin saber por qué, se levantó.

– Te dejo en buenas manos -dijo Lyall, y con un gesto indiferente de cabeza se despidió y se fue hacia los ascensores.

– Hola, Jane.

Jane se mordió los labios y se quedó mirando a Lyall, que tan rápidamente se despidió, sin darse cuenta de la presencia de la mujer, pero cuando oyó su voz algo en su interior estalló. La miró sin creérselo.

Era Judith.

Capítulo 8

– Es probable que no te acuerdes de mí -dijo Judith, creyendo que por eso la miraba Jane sorprendida.

– Sí… sí que te recuerdo -acertó a decir. ¿Era posible que fuera la secretaria de Lyall? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué no la había avisado?-. Has… has cambiado mucho.

– Eso espero. Si ha sido así es gracias a Lyall. Le debo todo a él.

– Lyall no me dijo que fueras su secretaria.

– Me imagino que hay muchas cosas que Lyall no te ha dicho -la mujer miró a ver si Lyall había desaparecido y se acercó un poco más-. ¿Nos sentamos? Lyall no querría que te contara nada, pero creo que es mejor que sepas lo que pasó aquel verano, él no va a decírtelo.

– ¿Qué quieres decir?

– Nunca hubo nada entre él y yo, Jane. Sólo éramos amigos, de verdad.

– No parecía eso cuando os vi juntos.

– ¡Si no nos hubieras visto aquel día! -dijo Judith con un suspiro-. Yo estaba muy mal por algo que me había pasado y él me estaba consolando -miró a Jane y vio que no se lo creía-. Íbamos juntos a la escuela, Lyall era dos años mayor que yo, pero solíamos ir juntos. El padre de Lyall era muy autoritario y la madre no estaba muy bien, así que ninguno de los dos lo cuidaban. Y en cuanto a mí… -los ojos de Judith se entristecieron con los recuerdos-. Te diré que mis padres no se querían mucho y aquel día habían discutido, así que Lyall vino a casa tan pronto como pudo y me vio muy deprimida. Tú nos viste y todo el mundo me señalaba después de aquello, pero Lyall sólo me cuidó porque yo en esos momentos estaba desesperada y asustada.

Jane se miró las manos avergonzada. Ella había oído hablar mal de Judith muchas veces, y no entendía por qué era tan agresiva.

– Lo siento.

– No te preocupes, yo tampoco hacía fácil que nadie me ayudara -reconoció-. Lyall estaba muy enamorado de ti aquel verano, pero se dio cuenta de que me pasaba algo. Solía ir a buscarme y hablábamos. Fue la única persona que me trató con cariño -añadió con amargura-. En un principio no quería contárselo, pero era la única persona en la que podía confiar: estaba embarazada. Y si te soy sincera, no sabía quién era el padre, ni me importaba, pero me di cuenta de que de repente todo había cambiado. Quise tener el hijo, pero mi padre no podía saberlo. El día que nos viste en el bosque, Lyall había conseguido que le dijera la verdad. Le dije que quería a ese niño, aunque no sabía cómo iba a salir adelante. Me puse a llorar y él me rodeó con sus brazos cariñosamente. En ese momento, llegaste tú.

Hubo un silencio. Para Jane la escena estaba tan presente como si la hubiera vivido aquella mañana mismo.

– Lyall corrió detrás de ti, claro, pero volvió y me dijo que no le dejaste que te explicara nada. Fue a verte al día siguiente, también, y cuando le dijiste que todo había terminado entre vosotros fue a buscarme. Me dijo que estaba cansado de Penbury y que quería marcharse, y que si quería, me fuera con él y me cuidaría. Nunca lo había visto como aquel día, ni antes ni después. Creo que no se dio cuenta hasta mucho después lo mucho que significabas para él. Le sugerí que intentara hablar contigo, pero no quiso. Era demasiado orgulloso para admitir que estaba herido. Lo único que dijo es que se marcharía, y para mí era una oportunidad, así que la tomé. Dos días más tarde nos marchamos.

Judith miró a la piscina y continuó hablando.

– Creo que le hizo bien tener alguien a quien cuidar para no pensar demasiado. Se portó maravillosamente. Cuando llegamos a Londres se ocupó de todo. Me buscó un lugar para vivir, e incluso un trabajo, y cuando volvió de Estados Unidos y comenzó con Multiplex, me contrató de secretaria. Trabajo sólo media jornada para poder cuidar a mi hijo Jonathan. Es muy agradable trabajar para él y es el mejor amigo que he tenido en la vida.

Jane escuchaba el sonido del agua de la fuente y el murmullo de las voces, pero todo parecía muy distante. Se humedeció los labios. ¿Por qué no lo había escuchado cuando él quiso explicar todo? ¿Porque ella era tan prejuiciosa como decía?

– Desearía haber escuchado, me dijo que yo era demasiado cobarde para confiar en él, y parece que tiene razón.

– Eras muy joven -dijo Judith, intentando consolarla-. Yo también hubiera sospechado. ¿Cuántos años tenía Lyall? ¿Veinticinco? Era mayor para saber lo dolida que tú podías estar. ¡Pero es tan cabezota…!

– Tú lo conoces mucho mejor que yo -dijo tristemente Jane-. ¿Y nunca fuisteis…?

– ¿Amantes? No. No te estoy diciendo que alguna vez lo hubiera deseado, pero yo primero estaba preocupada por Jonathan y, él después de lo que pasó contigo, no quería tener ninguna relación estable. No, Jane sólo fuimos amigos y todavía lo somos. Me casé hace seis años y Lyall se alegró mucho de que fuera feliz. A mí me gustaría que él también pudiera ser feliz.

Se quedaron calladas un rato. Jane miró al agua y pensó en cómo había juzgado tan mal a Lyall, en los años que había perdido sumergida en una tristeza innecesaria. Había acusado siempre a Lyall de ser egoísta y de no ocuparse de nadie, de ser arrogante y un irresponsable, pero ella no le había dado la oportunidad de que le contara nada sobre Judith. Se sentía pequeña y vacía.

– Gracias por decírmelo -dijo al final-. No lo sabía.

– Imaginaba que no, y pensaba que debías saberlo.

– Sí. También siento haberte juzgado mal a ti, Judith.

– No te preocupes. Ahora todo me va bien. Si lo sientes, díselo a Lyall -añadió, y Jane asintió despacio.

– Lo haré.

Los últimos recepcionistas se preparaban para salir cuando Jane volvió de recoger las chimeneas, el aparcamiento estaba ya vacío. Pidió hablar con Judith y fue en el ascensor hasta el quinto piso.

– Lyall está en una reunión -dijo Judith-. No estoy segura lo que va a tardar, no he podido decirle que estás aquí. ¿Estás segura de que quieres hablar esta noche con él?

– Sí -Jane había estado las últimas horas recordando las cosas que había dicho a Lyall, y era una cuestión vital disculparse lo antes posible. Lo único que pensaba decirle era que lo sentía, luego se marcharía-. No me importa esperar.

– Yo tengo que ir a buscar a Jonathan. ¿Por qué no lo esperas en el despacho? Así te enterarás cuando la reunión termine.

Eran casi las siete cuando Jane escuchó la puerta del despacho de Lyall abrirse. Se oyeron despedidas y promesas de seguir en contacto, y luego la puerta se cerró de nuevo.

Jane se levantó y se acarició el pantalón con las manos. Habría querido llevar puesto algo femenino y bonito, incluso una barra de labios. Llamó a la puerta y empujó.

Lyall estaba sentado escribiendo algo en el ordenador. Tenía la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y se había aflojado la cortaba, pero su aspecto seguía siendo autoritario y duro. Jane se quedó sorprendida al ver que llevaba gafas.

– ¿Todavía no te has ido, Judith? -dijo sin mirar.

– No soy Judith, soy yo.

Cuando oyó su voz, Lyall alzó la vista y vio a la muchacha en la entrada moviéndose inquieta. Lyall se quitó las gafas y se puso de pie despacio.

– ¿Jane? -acertó a decir, como si no se lo creyera.

– Sí -Jane no parecía ser capaz de decir nada más.

Se le había olvidado todo lo que había preparado durante las dos últimas horas.

– ¿Trajiste las chimeneas?

– Sí -volvió a decir.

– Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

– He venido a disculparme por todo lo que te dije la última vez que nos vimos. Judith me ha contado todo lo que pasó aquel verano.

– ¡Le dije que no lo hiciera! -Lyall se volvió hacia la ventana y se metió las manos en los bolsillos con brusquedad.

– ¿Por qué?

– Porque creo que no vale la pena. Tú has demostrado que no quieres nada conmigo, y sé que para Judith es muy duro hablar de aquella etapa de su vida.

– Me alegro de que me lo haya contado. Desearía haberla encontrado antes. Desearía haber dejado que te explicaras hace diez años. Desearía… -se interrumpió sin saber si seguir o no, sin saber si Lyall estaba o no escuchando-. No importa. Sólo quería decirte que lo sentía, y que me equivocaba al decirte que nunca te preocupabas por nadie más. Es evidente que has cuidado de Judith, pero yo fui demasiado ignorante para ver en ello únicamente una amistad.

Lyall seguía sin moverse, de espaldas a ella.

– Eso es todo. Y ahora, adiós.

– ¿Dónde vas? -preguntó Lyall.

– Hacia Penbury.

– ¿Ahora? -tenía una expresión seria y su voz sonaba enojada.

– ¿Por qué no?

– Porque estás agotada.

Lyall pasó del silencio absoluto a la actividad frenética: se puso la chaqueta, apagó el ordenador, tomó algunos informes y los metió en su maletín. Jane lo observaba con expresión confundida.

– Estoy bien -aunque no tenía ganas de volver a Penbury.

– No estás bien. Llevas todo el día conduciendo y ahora no vas a volver otra vez a conducir.

– Puedo quedarme en un hotel -insistió Jane. ¡No tenía derecho a inmiscuirse en sus planes!

– No te estoy sugiriendo que te quedes en un hotel. Te vas a venir conmigo.

– Bueno, creo que… quiero decir. No estoy segura de…

– ¡No tienes por qué asustarte! No tengo preparada ninguna escena de seducción, si es eso lo que te preocupa. Vuelo a Frankfurt mañana por la mañana, y tengo que salir a las cinco de la mañana, así que me acostaré temprano esta noche.

Jane lo miró indecisa. Lyall se comportaba de manera extraña. De repente parecía no escuchar siquiera, y de repente insistía en que se quedara con él.

– Lo siento. Sé que debe de haberte costado mucho venir a disculparte. No esperaba volver a verte, y no pensaba intentar hablarte más. Pero estás aquí, y los dos podemos admitir que hemos cometido errores, ¿crees que podremos olvidarnos del pasado? Ahora estás cansada y yo también. Podemos tomar una copa, cenar un poco y acostarnos temprano. ¿O prefieres pasarte tres horas en atascos en la autopista?

– ¿Qué hago con las chimeneas?

– Hay un guardia de seguridad en el aparcamiento toda la noche. La furgoneta estará protegida y la recogerás mañana por la mañana.

– Bien…

– Puedes quedarte en uno de los cuartos de invitados -prometió Lyall, cruzando los dedos y esbozando una sonrisa demasiado familiar e irresistible.

– No he traído nada.

– No necesitarás nada, sólo a mí.

Casi todo el mundo se había marchado, así que no se cruzaron con nadie al ir hacia los ascensores. Bajaron en silencio. Jane no quería mirar a Lyall, pero se daba cuenta de su impresionante fuerza y la seguridad con que actuaba.

En la entrada esperaba un coche y ambos subieron en la parte de atrás, Lyall dijo algo al chófer y se acomodó en el asiento, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Estaba realmente cansado. Jane lo observó atentamente, y por vez primera vio canas en sus sienes.

Éste era el Lyall verdadero, un hombre con preocupaciones cada día, un hombre que trabajaba y quería descansar por la noche al llegar al hogar. Había pensado en él tanto que cuando volvió a verlo no pensó que hubiera cambiado, por el contrario, siguió viendo en él al mismo joven impulsivo que había amado años antes. No había visto más que su mirada provocativa, pero era ella la que no había cambiado, no Lyall. Ella seguía siendo la misma chica ingenua, confusa ante el mero roce de su mano, y tan llena de preocupaciones que no se daba cuenta de cómo era él.

Lyall abrió los ojos repentinamente y vio a Jane mirándolo, como si nunca lo hubiera visto antes. Se miraron y no hicieron falta palabras. Jane sintió que todas las dudas y malentendidos, todas las acusaciones desaparecían como la niebla bajo los rayos del sol, hasta que su corazón quedó desnudo y supo que lo amaba, que siempre lo había amado y que siempre sena así.

Lyall vivía en un apartamento increíble en Belgravia, con una terraza en el ático que daba a una plaza. Había un pub cerca escondido entre los árboles, y la gente estaba tranquilamente fuera tomando sus bebidas disfrutando del tiempo veraniego. Las risas subieron hasta la barandilla donde Jane estaba apoyada.

– Toma -dijo Lyall, apareciendo con dos copas de vino en la mano-. Sentémonos.

Se sentaron en un banco entre plantas exuberantes. Jane tomó una hoja de romero y la frotó entre las manos, pensando en qué decir. Fue Lyall quién primero habló.

– Pareces cansada. ¿No has dormido?

– Claro que he dormido -dijo Jane defendiéndose, luego se calló un segundo. ¿Por qué iba a negarlo?-. No muy bien.

– ¿Por qué no?

Jane olió el romero despacio. No quería engañarle, pero tampoco quería estropearlo todo diciéndole las noches que había permanecido en vela pensando en la pelea que habían tenido y deseando que todo hubiera sido diferente-. He tenido muchas cosas en qué pensar últimamente -dijo sin más explicaciones.

– Creía que con el contrato de Penbury Manor acabarían tus preocupaciones. No tengo ninguna queja, va todo bien. ¿Tenéis problemas?

– No me preocupa el trabajo -dijo Jane.

– Entonces, ¿qué?

– Bueno… algunas cosas. Principalmente Kit -era la verdad, aunque no la verdad completa.

– Me imaginé que sería Kit -dijo Lyall, resignado-. ¿Cuándo no has estado preocupada por él?

– Kit tiene ahora otra persona a quién preocupar. Ya no me necesita. Se acaba de casar y es feliz en Buenos Aires.

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– Necesita dinero. Mi padre dejó la firma a los dos, y sé que hubiera querido regalar a Kit algo de dinero cuando se casara, pero las cosas han ido tan mal en estos dos últimos años, que no tengo nada guardado en el banco para emergencias. He ido a ver al director del banco, pero lo único que me sugirió es que vendiera la casa, pero ahora mismo, tal como está el mercado, no va a ser nada fácil.

– ¿Me estás diciendo que vas a vender la casa donde has vivido toda tu vida por ese hermano inútil que tienes? -preguntó Lyall, impaciente.

– No quiero, pero no sé qué otra cosa puedo hacer.

– ¡Lo primero dile que tendrá que esperar por ese dinero! O que lo gane él mismo.

– No puedo hacer eso.

– ¿Por qué no?

– Porque recuerdo su cara cuando mi madre murió. Tenía cinco años, era un niño.

– Y tú sólo eras una niña. ¿Cuántos años tenías? ¿Diez? ¿Once? Interrumpiste tu infancia por Kit, Jane. No dejes ahora tu hogar también. Kit ya no es un niño, es mayor para cuidar de sí mismo.

Tenía razón y Jane lo sabía, pero no era capaz de decirle que ya no iba a poder confiar en ella nunca más. Se quedó silenciosa, pensando en su hermano y en lo que le costaría vender su casa.

– Hay otra alternativa -aventuró Lyall.

– ¿Cuál? -dijo Jane, volviéndose con los ojos brillantes.

– Puedo prestarte dinero.

– No, nunca te pediría eso.

– No me lo estás pidiendo, te lo estoy ofreciendo yo.

– Incluso así. No podría.

– Piensa que es un adelanto, y será más fácil -insistió Lyall.

– ¿Un adelanto?

– ¿Por qué no? Multiplex puede pagarte ahora algo del trabajo ya hecho.

– No sé… -dijo recelosa.

– ¡No seas tan estirada, Jane! ¿No te parece una solución sensata? ¿O es que no eres tan sensata como me dices?

– Pues claro que lo soy -dijo automáticamente, y vio la boca de Lyall esbozar una sonrisa.

– En ese caso sólo tienes que sonreír y darme las gracias amablemente.

Jane sucumbió a la sonrisa de Lyall, como siempre había hecho, como siempre haría.

– Gracias -dijo con una sonrisa.

Debajo, en la plaza, la vida continuaba ruidosamente. El aire de la noche estaba lleno de sonidos de pájaros y voces, y estallidos de música que atenuaban el murmullo distante del tráfico, pero en la terraza sólo se oía el silencio. Jane podía oler el romero, y sentir la copa fría en su mano. Los ojos de Lyall eran azules y cálidos, y seguía sonriendo de una manera intensa, haciendo que el corazón de Jane palpitara precipitadamente.

Notó que sus sentidos estaban alerta hasta hacerla estremecer. Su pelo caía suave en las mejillas y podía sentir el brillo dorado del sol en él.

El sentimiento de bienestar continuó mientras siguió a Lyall hacia la cocina para cenar. Prepararon una tortilla y un poco de ensalada.

– ¿Dónde vas mañana?

– Tengo una reunión en el aeropuerto de Frankfurt por la mañana, luego iré a Japón. Hemos hablado con una compañía japonesa y voy a firmar el contrato. Para Multiplex es algo tan importante como Penbury Manor para Makepeace and Son.

– ¡Espero que lo hagas mejor que yo! -exclamó Jane con una sonrisa.

– ¡Lo que si puedo decirte es que la negociación con los japoneses es aburridísima comparada con la que tuvimos que hacer contigo!

Comieron la tortilla y de postre uvas negras con queso de Brie. Jane había olvidado lo fácil que era hablar con Lyall, lo fácilmente que la hacía reír.

Lyall preparó café y lo tomaron en la sala, donde las puertas corredizas que conducían a la terraza seguían abiertas a la noche. Fuera el cielo era de un violeta oscuro sobre el brillo de las luces de la ciudad.

Se sentaron en ambos extremos de un sofá largo. Lyall encendió una lamparilla de mesa y su luz tenue eliminó la oscuridad, pero de alguna manera rompió la atmósfera que habían creado en la cocina, quedando una tensión que podía palparse.

«Una copa, una cena tranquila y camas separadas», pensó Jane. Era todo lo que él había ofrecido. Tenía que permanecer totalmente fría. Y tenía que decir algo para romper el silencio.

– ¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? -dijo con voz ronca. Se aclaró la garganta y trató de beberse el café, esperando que Lyall no se diera cuenta de su nerviosismo.

– Dos semanas, quizá tres.

– ¿Es verdad que te vas a casar con Alan Good? -la voz de Lyall salió de repente de las sombras.

Era demasiado tarde para disimular. Jane lo miró, pero su cara estaba en sombras y no podía ver su expresión.

– No.

– Bien, entonces no te importará saber que Dimity estuvo consolándolo cariñosamente este fin de semana cuando tú no estabas.

– ¿Dimity? Creí que Dimity había pasado el fin de semana contigo.

– ¿Conmigo? ¿Y por qué demonios pensaste eso?

– Por lo que me dijo.

– La verdad es que estuve con ella. Quería discutir algunos diseños, así que nos vimos el sábado por la mañana en Penbury Manor. Como terminamos al mediodía nos fuimos a comer algo al pub, pero eso fue todo. Yo no llamaría a eso pasar juntos el fin de semana.

– ¿No estuviste aquella noche con ella?

– No, decidí volver a Londres. Los dejé preparándose para ir a cenar juntos. ¿Te importa?

– ¿Alan? No -si sentía algo era alivio-, ¿y a ti?

– ¿Por qué tenía que importarme?

– Dimity es muy guapa.

– Es verdad, pero tú sabes mejor que nadie que me gusta un tipo de mujer diferente.

Se quedaron de nuevo en silencio. La boca de Jane estaba seca, y notaba su pulso acelerarse rápidamente.

– Será mejor que te vayas a dormir si mañana tienes que levantarte temprano… -acertó a decir, y se levantó de repente del sofá.

– Sí -reconoció Lyall, levantándose también él.

Se miraron en silencio a la luz suave. La lámpara producía un brillo sobre la cara de Jane, justo en la boca y en los ojos. Se aclaró la garganta y sonrió nerviosamente.

– Bueno… gracias por una cena encantadora.

Lyall la dejó pasar primero y no hizo ademán de tocarla, sólo pronunció su nombre de una manera desesperada.

– ¿Jane?

– ¿Sí?

– ¿No quieres saber por qué no me quedé en Penbury el fin de semana pasado?

– ¿Por qué? -preguntó Jane, tragando saliva.

– Porque tú no estabas. Sólo había ido con la esperanza de verte. No querías hablar por teléfono, así que pensé que sería mejor verte. Pero el pueblo estaba vacío sin ti y volví. En ese momento, pensé que iba a dejar de pensar en ti para siempre. Y entonces, tú vienes hoy…

Capítulo 9

Lyall se quedó un momento pensativo, como si recordara lo que sintió cuando la vio sentada en el vestíbulo de Multiplex, intentando esconderse detrás del periódico.

– Y entonces viniste tú -repitió, con la voz muy baja y profunda-. Y me di cuenta que no podía evitar pensar en ti, aunque lo intentara.

Jane era incapaz de moverse, o hablar, o mirar hacia atrás para mirar los ojos que se metían dentro de su corazón.

– Me gustaría mucho besarte, pero después de la última vez decidí no volver a hacerlo, a menos que tú me besaras antes.

Los intentos de Jane por mantenerse fría se derrumbaban poco a poco, pero de manera alarmante.

– Entiendo. ¿Me estás diciendo que quieres que te bese?

– Sí, por favor.

Se quedó inmóvil mientras Jane tomaba su cara con las manos, para acariciar las mejillas y la mandíbula despacio, sintiendo la piel dura. Luego sujetó la cabeza de Lyall, lo miró fijamente a los ojos, y finalmente apretó cariñosamente los labios contra los de él. El placer la invadió, pero Lyall no respondió. ¿No sentía esa vibración eléctrica que se producía cada vez que se tocaban?

¿Y si sólo quería decir un beso de buenas noches? La duda asaltó a Jane, que se separó despacio.

– ¿No pensarás que voy a dejar que te vayas? -exclamó Lyall, atrapándola.

Jane estuvo a punto de enfadarse, pero comenzó a reírse y se abrazó contra él. Esta vez fue Lyall quien la besó con pasión, haciendo acallar las risas.

Murmurando su nombre entre besos, Lyall la llevó hacia el sofá y la sentó en el regazo. Jane se hundió contra él, enroscando los brazos en su cuello y besándolo con una pasión que crecía por momentos.

Jane comenzó a quitar con manos temblorosas la camisa de Jane, y ella gimió de placer cuando fue acariciada. Eran manos cálidas, seguras, que se curvaron sobre sus pechos y acariciaban su espalda trazando una línea de fuego a su paso…

Jane se agarró a su cabello, como si fuera el único lazo que la sujetaba a la realidad. Los besos se hicieron más urgentes, más desesperados, hasta que cada poro de sus cuerpos ardía de excitación.

– Creí que querías acostarte temprano -murmuró Jane con voz ronca, mientras Lyall le quitaba la camisa para poder verla mejor. Tenía la piel brillante a la luz de la lámpara.

– Sería lo más sensato que podíamos hacer, pero ahora mismo no me siento muy sensato, ¿y tú?

Un temblor sacudió el cuerpo de Jane al notar la caricia en sus senos.

– No, ahora no.

Lyall la quitó suavemente y se levantó, silenciando sus protestas con un beso antes de llevarla hacia el dormitorio.

– ¿Te has dado cuenta que nunca hemos hecho el amor en una cama? -preguntó desnudándola por completo.

– ¿No? -Jane no sabía lo que decía, respiraba con dificultad bajo las manos atrevidas de Lyall.

– No -Lyall la echó sobre la cama y se colocó sobre ella besándola en los hombros, en los pechos-. Y recuerdo todas las veces.

Jane recorrió su cuerpo suave y fuerte.

– ¿De verdad?

– Sí -murmuró contra los labios de Jane-. ¿Y tú?

¿Cómo iba a mentirle cuando su cuerpo se derretía de placer ante sus caricias, y sus besos la arrastraban hacia un tiempo donde nada existía sino el deseo de estar juntos?

– Sí, yo también lo recuerdo.

Lyall la miró fijamente a los ojos. No habló, no se precisaban palabras. Y el pasado y el presente se mezclaron, y Lyall se apretó contra el cuerpo de Jane y sus labios se unieron.

Lyall exploró el cuerpo de Jane con calma al principio, poseyéndola con manos duras, disfrutando con sus labios de la piel aterciopelada, de su sabor dulce, hasta que la sangre de Jane se encendió con una necesidad profunda. Las manos de Jane tocaban la espalda de Lyall, sus músculos, haciendo realidad el sueño de tanto tiempo.

Jane gimió, estaba a punto de desfallecer. Se agarró a sus hombros y gritó su nombre.

– Lyall…

– Pronto -prometió Lyall. Entonces, sus labios acariciaron su vientre, rodearon sus pechos y llegaron a los labios de Jane una vez más, después, con un movimiento se puso sobre ella y la penetró.

Jane respiró profundamente y enroscó sus piernas alrededor de la cintura de Lyall. Entonces, comenzó un movimiento constante hacia arriba y hacia abajo que los dejó exhaustos y sin aliento, hasta quedarse poco a poco inmóviles el uno en los brazos del otro, disfrutando el momento después del éxtasis.

Sólo se oía en la habitación las respiraciones entrecortadas.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Lyall a Jane, que tenía lágrimas en los ojos.

Jane, incapaz de explicar nada, movió la cabeza y esbozó una sonrisa. Lyall limpió sus mejillas con cariño y la besó en la boca.

– Lo sé -declaró.

Jane se preguntó cómo había estado tanto tiempo sin él. Ése era su lugar, a su lado, sintiendo su pecho, escuchando su respiración.

La mano de Lyall acarició el brazo que reposaba en su pecho.

– Jane…

– ¿Mmm?

– Nada… Jane -murmuró despacio besando su pelo, viendo que se quedaba dormida.

Cuando Lyall la besó por la mañana para despertarla, estaba totalmente vestido y en la ventana entraba una luz rosada de amanecer.

– El coche está esperando abajo -informó a Jane. Ella se estiró y sonrió adormilada-. ¡Si me miras así nunca podré llegar a Frankfurt!

– Me gustaría que no tuvieras que marcharte -la sonrisa en su cara desapareció.

– Vente conmigo -Lyall se inclinó y la besó, y ella lo rodeó con sus brazos-. Te estoy hablando en serio. Ven conmigo, Jane.

– No puedo -dijo-. No he traído nada.

– Puedes comprar lo que necesites -insistió.

– No puedes comprar un pasaporte. Y aunque pudiera, no podría marcharme y dejar en estos momentos la empresa… Tenemos un trabajo importante que cumplir.

– No hemos tenido oportunidad de hablar, y hay muchas cosas que quiero decirte. Ahora voy a estar dos semanas fuera. Cancelaría el viaje, pero hemos tardado años en conseguir el trato. Ahora no puedo abandonar a todo el mundo.

– Por supuesto que no puedes. Podemos hablar cuando vuelvas -dijo besándolo con ternura-. Siempre sabes dónde encontrarme.

– Me imagino -dijo, retirándole el pelo de la cara para darle un último beso-. Es mejor que me vaya. Judith vendrá a recoger algunos papeles, así que puede llevarte a por la furgoneta. Pero puedes seguir durmiendo, vendrá más tarde.

Lyall la acarició una última vez y se fue. Jane se quedó echada y se estiró perezosamente. Había olvidado que era posible sentir esta satisfacción, esta plenitud. Los recuerdos de la noche anterior flotaron como burbujas hasta quedar dormida de nuevo.

El teléfono la despertó un poco más tarde. Pensó que sería Lyall telefoneando desde el coche. ¿Quién si no podía ser? Se levantó rápidamente, impaciente por oír su voz, tomó un albornoz colgado detrás de la puerta, y cuando llegó el teléfono paró de sonar. Entonces se encendió la máquina de fax. Contrariada porque no hubiera sido Lyall, se quedó mirando los papeles que había en su mesa. De repente, vio el nombre de Penbury Manor en uno de ellos y no pudo evitar leerlo.

Era un mensaje de Judith de hacía una semana.

Dennis Lang telefoneó y quiere hablar contigo urgentemente antes de que vayas a Japón. Ha estado buscando algunos edificios para ocupar, en sustitución de Penbury Manor y ha encontrado dos disponibles, te mandará detalles, pero quiere que te decidas lo antes posible sobre si dejarás de trabajar en Penbury inmediatamente o terminarás la primera fase.

Lyall había contestado algo a Judith:

He hablado con Dennis esta tarde. Va a negociar con los propietarios de Dilston House, y se pondrá en contacto contigo para tramitar los contratos. Una vez que estén finalizados, solucionaré las cosas con Penbury Manor. Hasta entonces, por favor, mantén secreto este cambio de planes.

Jane leyó el mensaje dos veces, luego lo volvió a dejar cuidadosamente y lo cubrió con otros. ¿Un cambio de planes? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿La iba a despedir?

No, no podía ser, no después de lo que había pasado la noche anterior. Jane recordó la mirada de despedida y se tranquilizó, aunque no completamente. Así que se duchó, se vistió y salió del apartamento sin esperar a Judith. Era muy temprano y las calles estaban solitarias, pero encontró pronto un taxi que la dejó en el aparcamiento de Multiplex.

La duda creció mientras conducía por la autopista. ¿Por qué Lyall había cambiado de opinión? ¿Era una manera de castigarla por la pelea que habían tenido?

Jane intentaba desesperadamente no sucumbir a la tristeza recordando la noche anterior, pero no servía de nada. No podía decir a los hombres que se quedarían sin trabajo hasta que Lyall no lo dijera claramente, pero no iba a poder disimular como si todo fuera de maravilla.

Jane se dirigió directamente a la mansión, donde los hombres descargaron las chimeneas. Dio una vuelta para revisar los trabajos y terminó en el dormitorio de Lyall. Recordó estar en la ventana junto a él, y cómo él había sonreído y le había preguntado si era ése el tipo de dormitorio donde le gustaría despertarse. El recuerdo era tan vivo que estuvo a punto de darse la vuelta para ver si estaba detrás de ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Lo echaba de menos tan intensamente que casi le dolía todo el cuerpo. Si pudiera apoyarse contra él y sentir sus brazos… si estuviera allí para explicarle que todo era un malentendido…

Fue hacia la ventana e hizo un gesto con la mano. Era todo un error. Tenía que serlo. Había malinterpretado la nota, y era el castigo por haber leído algo que no era asunto suyo. Esta vez confiaría en él.

– ¡Hola! -Jane se dio la vuelta y vio a Dimity.

Jane dio la vuelta y contestó. A pesar de lo que le habían contado sobre ella y Alan, estaba segura de que la muchacha había ido a la mansión para ver a Lyall.

– ¿Otra vez aquí? Eres muy responsable.

– Sólo quería dar una vuelta -explicó Dimity, con una expresión de exagerada nostalgia.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Jane suspicaz.

– ¿No te ha hablado Lyall sobre el cambio de planes?

– No.

– Será mejor que no te diga nada entonces…

– ¿He de entender que Multiplex no va a seguir con la obra de Penbury Manor? -exclamó con voz cortante, y aunque Dimity extendió las manos disculpándose, sus ojos parecían reír.

– Creí que Lyall te lo habría dicho -dijo con dulzura-. Después de todo, el cambio te afecta a ti más que a nadie.

– Sí, hubiera sido un detalle.

– Lyall me dijo algo el fin de semana -explicó Dimity, acariciándose el cabello rizado-. Por supuesto, me quedé horrorizada al saber que había decidido restaurar otra mansión más adecuada, pero me aseguró que mi trabajo no cambiaría. Dilston House es muy bonita, pero esta casa tiene algo especial, ¿verdad?

– Sí. ¿Tú seguirás siendo la decoradora para el nuevo edificio?

– ¡Claro que sí! -como si hubiera sido algo que no hubiera que dudar-. Quiero decir que mi trabajo aquí no ha servido para nada, pero Lyall me ha dicho que me compensará de todas maneras -se acercó un poco más a Jane y habló más bajo-. Dilston está cerca de Oxford y es un poco lejos para que tus hombres vayan allí todos los días, ¿no crees? Creo que emplearán a alguna empresa de allí. Es una pena, tus hombres han hecho un buen trabajo. Quizá los nuevos propietarios quieran que ellos terminen con la renovación.

– Quizá -contestó Jane. Consiguió decir adiós sin saber cómo, y se dirigió hacia la furgoneta, donde estuvo sentada sin hacer nada unos minutos.

Así que era verdad. Lyall iba a dejar Penbury bruscamente cuando volviera, y ella era la única persona a la que no le había dicho nada.

Llamó a la mañana siguiente, cuando Jane estaba a punto de dejar el despacho. Enseguida supo que era él, y ni siquiera se sobresaltó.

– ¡Por fin te encuentro! -exclamó Lyall con alegría desde el otro lado del mundo-. Creí que no iba a poder llamarte. ¿Cómo estás?

– Bien -contestó Jane, que nunca se había sentido peor.

– ¿Estás segura? No pareces la chica que dejé ayer por la mañana, ¿o es sólo el teléfono?

– Creo que es mejor que olvidemos la noche de ayer.

Hubo un silencio brusco.

– ¿Olvidarlo? -repitió Lyall con incredulidad-. ¿De qué estás hablando?

– Yo prefiero olvidar lo que ocurrió.

– Pero, ¿por qué? -estalló Lyall-. ¿Qué ha pasado?

Había pasado todo.

– Nada.

– ¡No me hagas esto! Un día me estás dando un beso de despedida y no quieres que me vaya, y al siguiente me tratas como si fuera un extraño. ¿Por qué intentas disimular lo que ha significado la noche pasada?

– No estoy disimulando -dijo, sorprendida por la firmeza de su voz. ¿Para qué iba a preguntarle nada? Dimity se lo había contado.

– ¿Por qué dormiste conmigo? No tenías que haberme besado. No tenías que haber hecho el amor.

– ¿Qué esperabas que hiciera cuando tú me acababas de ofrecer dinero?

Nada más decirlo se dio cuenta que había ido demasiado lejos. Hubo un silencio largo y peligroso, roto por la voz enfadada de Lyall a miles de kilómetros.

– ¿Cómo te atreves? Sabes perfectamente que no tuvo nada que ver con lo que pasó entre nosotros.

– Para mí, sí.

– Me habías dicho que habías cambiado, pero hasta este momento no he sabido cuánto.

La cara de Jane estaba pálida y sentía ganas de vomitar, pero no hizo ningún intento de explicarse.

– Ahora ya lo sabes.

– Me sorprende que no me pidieras el dinero antes de que yo te lo ofreciera. Te mandaré un cheque a través de Dennis mañana. ¿O prefieres en efectivo?

– Un cheque me viene bien -declaró con indiferencia.

– ¿También pides dinero a Alan para que disfrute de tu encantador cuerpo? ¿Le cobras lo mismo, o tiene algún descuento por usarlo de manera regular?

Jane cerró los ojos angustiada, había empezado y tenía que continuar.

– Alan nunca necesitaría comprar una mujer. Cualquier mujer estaría contenta de encontrar un hombre bueno y amable como él.

– Entonces, ¿mentías cuando me dijiste que no pensabas casarte con él? Bueno, no hace falta que lo pregunte. ¡Era mentira!

– Le dije que no me casaría con él, pero he cambiado de opinión. Me tomaba su confianza e integridad como algo que había que dar por supuesto, pero haberme encontrado otra vez contigo ha cambiado todo eso.

– ¿Y ahora vas a intentar recuperarlo de los brazos de Dimity?

– Sí.

– ¿No crees que un hombre bueno como Alan merece una mujer buena también? -preguntó provocativamente-. Estará mejor con Dimity que con una mujer sin corazón como tú. Porque a ti no te importa nada excepto tú. Nunca te ha importado y nunca te importará.

La pena que invadía el corazón de Jane la impedía hablar.

– Me importa mucha gente -dijo, pensando en Dorothy y los hombres que trabajaban para ella, y que pronto se quedarían sin trabajo-. Tú eres el que no me importa.

Jane hubiera querido arreglarlo, pero era demasiado tarde.

– Ya veo -dijo Lyall-. En ese caso, no hay mucho más que decir.

– No -dijo, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas y su corazón se rompía en miles de pedazos.

Las tres semanas siguientes vivió en una constante pesadilla. Dorothy se dio cuenta, pero Jane no reveló sus sentimientos. No era necesario preocupar a nadie más hasta que Multiplex no lo confirmara. La tensión pronto empezó a reflejarse: adelgazó y los ojos, siempre tan claros y brillantes, se volvieron opacos. Luchaba constantemente entre el amor hacia Lyall y el rechazo debido a su traición.

Lyall le envió un cheque como había dicho, con un mensaje insultante: Por los servicios prestados. La boca de Jane esbozó una mueca y rompió despacio el cheque en trozos.

La carta de Kit llegó al día siguiente. Por una vez, Kit había escrito una carta entera, y dejo la bomba para el final. Jane leyó varias veces la carta y luego metió la cabeza entre las manos.

– ¿Qué pasa? -exclamó preocupada Dorothy, yendo hacia ella para intentar consolarla-. ¿Es Lyall?

Jane negó con la cabeza. Esto sería el fin de Makepeace and Son.

– Es Kit. Carmelita está embarazada y la paternidad inminente ha hecho que Kit se sienta responsable, así que ha decidido asentarse y quiere vender la mitad de Makepeace and Son para reunir suficiente capital y empezar su propio negocio allí.

– ¿Podrías comprarle su parte? -preguntó Dorothy, intentando proponer una solución, pero Jane ya había pensado en eso.

– No, incluso aunque vendiera la casa no tendría dinero suficiente.

– ¿No puedes decirle a Kit que ahora mismo es imposible?

– Es su herencia. No tengo derecho a negárselo, y él la necesita.

– ¿Qué vas a hacer?

– No sé… Puedo ir al banco, pero sería más fácil que me cancelara el préstamo que me lo aumentaran. Intentaré vender la mitad de la compañía, pero ahora es un momento difícil -iba a explicar que aunque alguien estuviera interesado, dejaría de estarlo cuando se enteraran que Lyall iba a cancelar el contrato-. Si no puede ser así, tendré que vender toda la compañía.

El contrato de Penbury Manor había cambiado todo. De repente, había pensado que sería posible emplear a un encargado y dedicarse a lo que siempre había soñado. Vender Makepeace and Son significaría lo mismo, pero sería admitir que había fracasado ante todo el mundo que había sido leal a ella. Y aunque el futuro significara libertad, ¿para qué la quería sin Lyall a su lado?

Capítulo 10

Al día siguiente, Jane se vistió con su traje más elegante y se encaminó al banco. El director, no muy dispuesto a cooperar, como ella había esperado, aceptó estar al corriente por si alguien quería comprar la mitad de la empresa constructora.

Cuando se dirigía a la furgoneta de vuelta vio Alan, al que no había visto desde el fin de semana en que ella se había marchado, y esperaba que no se sintiera muy dolido. Alan que ni siquiera la había visto, alzaba los brazos en ese momento a Dimity, que se envolvió en ellos para besarse apasionadamente en medio de la calle.

Jane sonrió y siguió su camino. Era evidente que Alan se estaba consolando a sí mismo. Él y Dimity no parecían una combinación muy adecuada, pero si era capaz de dar a Dimity ese beso en público era porque estaban hechos el uno para el otro. Se decía que los opuestos se atraían: sólo tenía que pensar en ella y Lyall. Eran de lo más diferente y a la hora de hacer el amor no parecía importar nada.

El simple recuerdo de Lyall era suficiente para hacer a Jane dar un suspiro de resignación; así que se esforzó por seguir pensando en el proyecto de la venta de Makepeace and Son de camino al despacho.

– No ha sido de mucha ayuda -contestó Jane a la pregunta de Dorothy sobre cómo había ido la entrevista con Derek Owen, el director del banco-. Ha dicho que diría a todo el mundo que estoy buscando un socio.

– Todo se arreglará -dijo Dorothy alegre, y Jane no pudo hacer otra cosa que afirmar sin muchas ganas. Sin pensar en por qué su secretaria se mostraba tan positiva.

Dos días más tarde, el director del banco la llamó diciendo que tenía algo que proponer. Jane fue a verlo y el director la recibió demasiado sonriente como para no pensar que algo raro pasaba.

– Entre, entre, señorita Makepeace. Creo que puedo asegurar que su problema está solucionado.

– ¿De verdad? ¿Me va a aumentar el préstamo?

– No exactamente, pero alguien está interesado en comprar la mitad de su compañía.

– ¿Quién?

– Me temo que no puedo decirle eso. La petición viene de alguien que ha expresado su deseo de no ser identificado.

– Pero tendrán que identificarse algún día, ¿no es así?

– No necesariamente: todo el papeleo necesario lo haremos nosotros. El cliente no está interesado en dirigir la compañía día a día, eso quedará por completo en sus manos, será un socio a la sombra.

– No entiendo. ¿Cómo se puede comprar la mitad de una compañía sin interesarse por ella?

– Nuestro cliente está interesado únicamente en la inversión.

– ¿Está usted seguro de que es una oferta seria? ¡Suena demasiado bien para que sea realidad!

El director pareció ofendido.

– No estaría perdiendo su tiempo y el mío si no fuese una oferta seria -apuntó-. Desde luego, usted es la que tiene que dar la última palabra -añadió solemnemente-, pero le advierto que es difícil encontrar otra propuesta tan buena.

– Me doy cuenta. Me gustaría saber quién es, aunque sólo fuera para darle las gracias. ¿No puede darme una pista?

– Me temo que no. Sería ir contra las indicaciones de su cliente. ¿Quiere tomarse un tiempo para pensarlo?

– No, estoy en una situación delicada y tengo que solucionarlo cuanto antes.

– ¿Acepta entonces?

– Sí, acepto.

Todo le parecía bastante extraño, pensaba de camino al despacho. Ese socio anónimo ni siquiera había pedido detalles sobre el estado de las cuentas. Eso hubiera supuesto tener que revelar que el proyecto de restauración de Penbury Manor estaba en el aire, pero todo le parecía demasiado rápido. El director del banco dijo que tendría los papeles preparados para firmar la semana siguiente, y si su cliente estaba preparado para arriesgarse, ¿por qué iba a detenerlo?

Dorothy se mostró complacida, pero no demasiado sorprendida.

– Te dije que todo se solucionaría. Quizá cuando se acaben las preocupaciones con Kit, podrás concentrarte en… otras cosas.

Jane no quería concentrarse en «otras cosas». Porque eso significaba permanecer insome toda la noche con el deseo de Lyall encendiendo su cuerpo. Significaba tener el corazón en vilo cada vez que fuera a la mansión, o cada vez que se acordara de su sonrisa, o de el estremecimiento cada vez que la acariciaba.

Debería volver de Japón en una semana, calculaba Jane, pero Jane sólo quería verlo para que se diera cuenta lo bien que podía sobrevivir sin ella. Quería que supiera que hacía falta algo más que su cambio de opinión para hundir a Makepeace and Son.

Con su socio anónimo, Jane estaba decidida a ser más fuerte que nunca, y comenzó a buscar otros contratos para ofrecer a sus hombres algo cuando Lyall finalmente confirmara el final del contrato. De todas maneras, no podía hacer nada hasta que no supiera exactamente la situación con Lyall. Así que decidió telefonear a Dennis Lang.

Se mostró encantador al principio, pero evasivo cuando Jane quiso saber los planes de Multiplex sobre Penbury Manor. Declaró que el contrato había cubierto únicamente la primera fase de los trabajos, y que discutirían la siguiente sólo al término de ésta.

Jane colgó el teléfono desconsolada, la primera fase estaba casi terminada. El nuevo tejado estaba casi terminado, así como la electricidad y la fontanería. Todo el trabajo de carpintería había sido restaurado, y sólo quedaba la escayola, que no era algo lento. Makepeace and Son podía dar por terminado su trabajo en cuestión de días. Jane esperaba que su socio estuviera preparado para aguantar el disgusto.

La parte de Makepeace and Son perteneciente a Kit era de un extraño. Los papeles habían sido firmados en el banco, y el dinero fue transferido a Kit a Argentina.

Tendría que estar contenta de que sus problemas financieros se hubieran acabado sin tener que pensar en vender su casa de Pear Tree Cottage, pero seguía inquieta. Seguía sorda al exterior, y sólo sentía un vacío grande en su interior. Sólo sentía emociones cuando cerraba los ojos y veía los ojos azules de Lyall riendo, o cuando lo recordaba echado a su lado en la cama, fuerte y relajado, acariciando suavemente las curvas de su cuerpo.

Cada día era una pesadilla hablar y sonreír a las personas, como si todo siguiera igual, y las largas noches de insomnio la dejó delgada y con grandes ojeras. La escayola estaba prácticamente terminada y ella sólo había sido capaz de encontrar pequeños trabajos para sus hombres.

El día en que los trabajos de escayola se acabaron, Jane cerró la puerta de la mansión y se encaminó desconsolada hacia el despacho. Ése era el fin. Dorothy estaba excitada y contenta cuando llegó.

– Hay un mensaje de tu socio anónimo: vendrá a verte a las cuatro en punto.

– ¿A las cuatro? ¡Son casi menos diez! Tengo que prepararme rápidamente. Es un hombre, ¿verdad?

– Sí, la voz es masculina.

– De acuerdo. Tengo que dar aspecto de seriedad y entereza, no quiero que entre aquí y piense que tiene que interferir desde el primer momento.

– Toma -dijo Dorothy, pasándole algunos libros de contabilidad-, puedes hacer que estás revisándolos.

Jane tomó los libros y los abrió sobre su mesa. Luego se miró al espejo y se pintó un poco al descubrir horrorizada su aspecto pálido y cansado. Por último, se revisó la camisa que llevaba y se sentó en su mesa.

Sin pensar en lo que hacía, se entretuvo pasando las páginas de los libros. Hasta que se oyó la puerta y Lyall entró en su despacho.

El corazón de Jane se paró. Lo miró sin saber qué decir. Su primera reacción fue de alegría al verlo allí, alto, moreno, con sus ojos brillantes. La alegría se reflejó en su cara y Lyall avanzó hacia ella, pero Jane recordó enseguida y empujó su silla hacia atrás para protegerse.

– ¿Qué quieres? -acertó a decir.

– Quería verte -dijo, como si fuera algo natural.

¿No recordaba la última conversación que habían tenido por teléfono?

– Dorothy no tenía que haberte permitido entrar.

– La convencí de que tú también querías verme.

– Pues estás equivocado. Estoy esperando a alguien importante de un momento a otro, así que tendrás que marcharte.

– Me alegra que opines que soy importante, Jane.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Jane confusa.

– ¡Querida Jane! ¿Por qué crees que estoy aquí?

– No sé… -de repente la verdad se encendió en su mente-. ¿Eres mi socio anónimo?

– Creía que lo habrías adivinado.

Jane abrió la boca para decir algo, pero no encontró nada.

– ¿Eras tú?

– ¿Quién si no?

– Pero… pero -las rodillas de Jane se doblaron y se sentó bruscamente. Estaba empezando a pensar que todo era fruto de un pesadilla-. ¿Por qué primero intentas arruinarnos y luego inviertes en Makepeace and Son?

Lyall se acercó tranquilamente a ella y la miró fijamente a los ojos.

– ¿Qué quieres decir con eso de arruinaros? ¿Por qué demonios iba a intentar eso?

– Estoy segura de que no quieres, pero lo estás haciendo. ¡Y sabes perfectamente de lo que hablo! ¿O vas a negarme que vais a cambiaros a Osfordshire?

– ¿Ah… lo sabes? -dijo sin ningún intento de negación.

– Ya sé que se supone que no tenía que saberlo. Parece que era la única de tus empleadas que no lo sabía.

– Había una razón para ello… -comenzó a explicar Lyall, pero Jane lo interrumpió.

– Sí, ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– No es difícil de adivinar -dijo con amargura-. Algunos de los trabajadores no empezarán a trabajar hasta la segunda fase, sólo tienes que transferir el contrato para el nuevo centro. Ninguno de ellos tiene por qué vivir allí. Pero para mí es diferente, ¿verdad?

– Para ti siempre ha sido diferente -admitió Lyall, con una expresión alegre a pesar de la forma en que estaba siendo tratado.

Jane lo miró con resentimiento. ¿Cómo podía ese hombre hacer que su pulso se acelerara a pesar de la situación en que la había metido?

– Se suponía que yo no lo tenía que saber, así mis hombres acababan el trabajo sin problemas, de manera que al tener la primera fase completa podrías vender la casa más cara.

– Parece que estás muy informada de todo, Jane -replicó Lyall, sin cambiar su expresión alegre.

– Me encontré a Dimity en la casa, y no tardó mucho en decirme los nuevos planes.

– Sí, le encanta contar todo, ¿verdad? Ella ha estado ya en Dilston House y me ha dado algunas ideas. Puede que no te guste mucho como persona, pero no puedes negar que tiene talento como decoradora.

– Muy bien, me imagino que su talento es lo que ha hecho que la mantuvieras bien informada de tus planes.

– Era inútil tenerla en Penbury Manor.

– ¿Y para mí si era útil? No importa, ¿no? ¡Yo soy a la que ibas a echar cuando volvieras de tu viaje!

– Yo nunca pensaba hacer eso, Jane.

– ¿Ah, no? ¡Eso es lo que dijiste a Judith!

La cara de Lyall se oscureció.

– ¿Cuándo dije eso?

– Lo vi en una nota que habías mandado la mañana en que… -Jane no quería decir nada de la noche que habían pasado juntos-. Tú te marchaste. Sé que no debería de haberlo leído, pero llegó un fax justo cuando tú te marchaste, y al estar esperando para recogerlo vi la nota. Estaba todo bastante claro.

– ¡Así que era eso! ¿Por qué no me preguntaste primero, Jane?

– Iba a hacerlo, pero me encontré con Dimity y parecía que lo sabía todo.

– ¿Y por eso cuando te llamé me dijiste que te habías quedado conmigo por dinero?

– Sí -dijo sin darse cuenta-. Quiero decir… No quería que… -Lyall se acercó y la tomó de las manos para que se levantara. Sus ojos se encontraron y Jane apartó la vista.

– Jane, ¿por qué crees que he comprado Makepeace and Son?

– No puedo imaginarlo -dijo, sin mirarlo. Deseaba no notar tanto su presencia, sus manos rodeándola, la cercanía de su cuerpo, o el hecho de que sólo tema que inclinar un poco la cabeza para tocar sus labios.

– Era la única manera de que me dejaras entrar en tu vida. No voy a vender la mansión -dijo Lyall de repente-. O eso espero.

– ¿Qué vas a hacer con ella?

– Eso depende de ti -dijo, esbozando una sonrisa.

– ¿De mí?

– Pensé que podríamos vivir allí. Tú me habías dicho hacía diez años que era un buen lugar para que una familia viviera, y no se me ocurre otro sitio mejor. ¿Qué opinas? Aunque si es verdad lo que me dices de que no te importo nada, la venderé -continuó, al no contestar nada Jane-. No podría soportar vivir allí sin ti, Jane.

– ¿Qué me quieres decir? -preguntó Jane despacio, sin atreverse a creer lo evidente.

– Te estoy diciendo que te amo. Que no quiero perderte otra vez, Jane. Quiero despertarme por la noche y poder tocarte. Quiero verte sonreír por las mañanas. Y quiero llegar por las noches a casa y saber que estarás esperándome. Quiero que nos casemos.

– Pero… tú siempre has dicho que no querías casarte -susurró, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

– He cambiado de opinión -dijo, besando las manos de Jane-. He cambiado de opinión en varias cosas desde que he vuelto. He aprendido que el pasado siempre es una parte de ti, de la que no puedes escapar. En algún momento u otro tendrás que enfrentarte. Yo pensé que lo había dejado cuando marché de Penbury, pero no es cierto. De la misma manera que he intentado olvidarte sin conseguirlo. Porque cada vez que conozco a una mujer veo que sus ojos no son tan claros como los tuyos, y su pelo tan sedoso, y no sonríe como tú lo haces. Hablaba sobre libertad porque era más cómodo eso que admitir que la experiencia de mis padres me había hecho temer el matrimonio, y que no había luchado por la única mujer a la que había querido.

Cariñosamente retiró de la cara de Jane un mechón de pelo.

– Me decía que disfrutaba de mi independencia, pero cuando volví eso cambió también. Comencé a pensar en tener un sitio donde siempre había vivido, un lugar al que llamar hogar, y cuanto más pensaba en ello, más lo asociaba contigo. Por eso pedí a Dennis que buscara otro sitio donde ubicar el centro. Quise mantener Penbury Manor como casa para vivir contigo… pero después de lo que me dijiste… ¿Es verdad que no quieres nada conmigo?

Jane tenía el corazón henchido de felicidad. Toda la tristeza desapareció de repente y movió la cabeza despacio negando.

– No.

– ¿No quieres un marido seguro y amable?

– No, te quiero a ti.

– ¿Me amas? -Lyall quería oírlo claramente.

– Desesperadamente -dijo, aliviada por fin de poder expresar sus verdaderos sentimientos.

– ¿Y te casarás conmigo?

– Sí, ¡claro que sí!

Jane se agarró a él y se besaron apasionadamente.

– ¿De verdad me amas? -preguntó Jane sin aliento.

– Sí -dijo, levantando la cabeza para acariciar su pelo color de miel con sus labios-. Debes confiar en mí, Jane.

– Confío. Siempre confiaré -dijo, besándolo de nuevo.

Lyall la apretó fuertemente y descansó la mejilla sobre el cabello de Jane, acariciando mientras su espalda, como si no pudiera creer que de nuevo la tenía delante.

– He pensado en tenerte así desde que te encontré en Penbury Manor el primer día. Fue cono si los diez años se borraran de repente. No podía negar que había hecho todo lo posible por intentar olvidarte, y tenía que verte de nuevo, pero tú no has hecho fácil las cosas.

– Yo tuve miedo -admitió Jane-. No quería que volvieras a hacerme daño. Nadie me ha hecho sentir lo que tú. Intenté no volver a enamorarme de ti, pero fue imposible. La verdad es que nunca me desenamoré de ti.

– Desearía haberlo sabido -dijo Lyall, besando su oreja-. Siempre que te besaba pensaba que todavía me amabas, pero te mostrabas tan hostil que era imposible estar seguro. Después de la discusión en el bosque empecé a sospechar que estaba siendo un estúpido. Tú seguías insistiendo en que era a Alan a quien querías, y yo estaba furioso por seguir queriéndote de todas las maneras, pero no podía dejarte. Te llamé varias veces y tú nunca querías ponerte. En el fin de semana que te marchaste fuera me di cuenta lo mucho que odiaba Penbury sin ti. Así que fue cuando decidí venderla y olvidarme de todo lo relacionado contigo… y luego viniste a Londres y estuve seguro de que a pesar de todo seguía enamorado de ti.

– ¿Por qué no me dijiste nada entonces?

– Porque no quería precipitarme. Creí que era el error que había cometido anteriormente, y que sería mejor si comenzábamos de nuevo despacio. Sabía que iba a tener que irme temprano por la mañana, y que no tendríamos oportunidad de hablar con tiempo, así que pensé que sería mejor decirte buenas noches simplemente, sólo que no salió así.

– ¿Por qué ibas a intentar mostrarte prudente?

– Por tu imagen a la luz de la lámpara -Lyall pasó un dedo por la mejilla de Jane-. Porque sabía que todo estaría bien siempre que estuvieras allí. Iba a pedirte que te casaras conmigo tan pronto como volviera, pero te llamé desde Japón y habías cambiado por completo. No podía creer lo que estabas diciendo y me dejaste deprimido.

– Lo siento -dijo Jane, acariciando su cara-. Lo siento tanto, Lyall… pero estaba convencida de que querías cancelar el contrato. Y no era sólo por mis sentimientos, como si me hubieras usado. Me preocupaba por todos los hombres que iban a quedarse sin trabajo.

– Te tenía que haber contado lo que pensaba, en vez de dejar todo como estaba y arriesgarme a que tú tomaras las cosas por el lado negativo -dijo Lyall suspirando y apretándola contra sí-. ¿Crees que vamos a aprender algún día?

– ¡Hemos perdido tanto tiempo…! -exclamó Jane.

– Lo recuperaremos -dijo, besándola como para sellar una promesa.

Se quedaron un rato en silencio hasta que Jane apoyó la cabeza en su hombro con un estremecimiento de alegría.

– ¿Cómo supiste que necesitaba un socio?

– Me lo dijo Dorothy.

– ¿Dorothy? -preguntó Jane sorprendida.

– Después de la conversación que tuvimos intenté calmarme, y decidí que mentías por alguna razón -explicó Lyall-. Cada vez que pensaba en la noche que habíamos compartido, sabía que me amabas. Tú nunca te hubieras acostado por dinero, pero no entendía por qué lo habías dicho. Tenía que haber pasado algo, así que llamé a Dorothy para saber lo que era. No lo sabía, pero sentí algo de alivio al saber que estabas en un estado de tristeza comparable al mío, y cuando recibiste la carta de Kit ella me llamó informándome. Sabía lo responsable que te sentías de la empresa, así que hice un trato con el banco. En esos momentos estaba desesperado por tener algo que me uniera a ti.

– ¿Entonces por qué insististe en quedar como un socio desconocido?

– Pensé que lo rechazarías si sabías que era yo. En esos momentos los celos me consumían, pensando que quizá quisieras volver con Alan sin importarte lo que pasara entre nosotros. Pero Dimity fue a Londres para darme los primeros bocetos sobre Dilston House, y me dijo que ella y Alan estaban comprometidos, así que pensé que había una mínima esperanza. Decidí esperar a terminar la primera fase del trabajo, y luego preguntarte por qué hacer a continuación. Si de verdad seguías sin querer saber nada de ni, la pondría en venta, pero confiaba en que aceptaras seguir restaurándola para vivir con nuestros hijos.

Jane se apretó contra él y se quedó pensativa.

– ¿Seguirá Makepeace and Son con el contrato? -murmuró entre besos.

– Sólo si eliges a un encargado. Tenemos mucho tiempo que recuperar. Quiero que estés a mi lado.

– Y si acepto tus condiciones, ¿cuánto tiempo durará el contrato? -preguntó Jane, besando su oreja cariñosamente.

– Para siempre -prometió Lyall.

Epílogo

MULTIPLEX

Director y jefe ejecutivo.

Srta. Jane Harding Directora

Makepeace and Son

Starbridge.

Querida señorita Harding:

Después de nuestro último encuentro, le comunico que aceptamos que su compañía termine con los trabajos de restauración de Penbury Manor.

Le hago notar que el contrato dependerá de su constante y personal atención hacia mí. Todo el trabajo será revisado por su nuevo encargado, que será responsable de los trabajos de Makepeace and Son, aunque usted será responsable exclusiva de la restauración del jardín. De todas maneras, su responsabilidad prioritaria será mantenerse en contacto conmigo para todos los detalles de la transformación de Penbury Manor en un hogar.

Si encuentra satisfactorios estas condiciones, por favor háganoslo saber lo antes posible, para que podamos estar seguros que la unión es legal por ambos lados.

Deseando continuar nuestra feliz unión en una preciosa y antigua casa, se despide con amor eterno:

Lyall.

Jessica Hart

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