/ Language: Spanish / Genre:prose_contemporary

Cicatrices

Juan Saer

Luis Fiore, obrero metalúrgico, asesina a su mujer en la noche de un 1ª de mayo. El episodio sirve de base a las cuatro historias que integran esta novela de Juan José Saer, publicada originalmente en 1969. Una interrogación sobre el funcionamiento del mundo, sobre el conflicto entre el caos y el orden, sobre la posibilidad del conocimiento y la irrisión de la experiencia humana.

Juan José Saer

Cicatrices

Imaginary picture of a stationary fear.

Edwin Muir

FEBRERO, MARZO , ABRIL, MAYO, JUNIO

Hay esa porquería de luz de junio, mala, entrando por la vidriera. Estoy inclinado sobre la mesa, haciendo deslizar el taco, listo para tirar. La colorada y la blanca -mi bola es la de punto- están del otro lado de la mesa, cerca del rincón. Tengo que golpear suavecito, para que mi bola corra muy despacio, choque primero con la colorada, después con la blanca y pegue después en la baranda entre la colorada y la blanca: la colorada va a golpear contra la baranda lateral, antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo, hacia la que tiene que ir en línea oblicua después de chocar contra la blanca. Así: suavecito, mi bola va a despedir a la colorada -la cual va a chocar contra la baranda lateral- y va a rebotar hacia la blanca, mientras la colorada viene a su vez hacia la blanca desde la baranda lateral, en línea recta. Mi bola va a formar un triángulo imaginario. La colorada va a recorrer la base de ese triángulo, de una punta a la otra. Si el cálculo no es exacto la colorada no va a tener tiempo de recorrer una determinada parte del trayecto hacia la blanca. La colorada tiene que haber pasado ya determinado punto de la mesa -viniendo desde la baranda lateral- antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo y vuelva para abajo otra vez, despacito, en línea oblicua.

Por la vidriera entra esa luz de porquería que no calienta nada. Hace más frío que no sé qué. Hace falta un sol como la gente, no una luz aguachenta como ésta, que para lo único que sirve es para mostrar cómo el cigarro que él acaba de tirar sobre las baldosas está todavía encendido, porque sube una columnita de humo que va disgregándose -azul- y después desaparece. Parecen siempre la misma columnita y siempre la misma zona de disgregación -tan lento es todo-, y no un humo que fluye continuo y después se disgrega, en medio del bloque imaginario de luz. Bloque, qué va a ser un bloque, esa luz de porquería: no sé de qué sol podrido puede estar llegando. No tiene nada que hacer aquí; no sirve para nada. Que se vaya y se dedique a entrar por la vidriera de algún bar en algún otro planeta, un planeta de hijos de malas madres. Que no venga aquí. Aquí hace falta otra luz: una luz ciega, caliente, árida, al rojo blanco. Porque hace mucho frío. Hace un frío de la madona. Un frío del carajo hace. El casquete polar debe ser un poroto comparado con esto. En la Antártida, en comparación, uno podría andar en pelotas lo más tranquilo. Es la locura. Aquí uno echa un gallo y cae un cachito de hielo sobre la vereda. Todo el mundo anda escupiendo escarcha. Antes de ayer sin ir más lejos un tipo que andaba por calle San Martín abrió la boca para saludar a un amigo que pasaba por la vereda de enfrente y no la pudo volver a cerrar porque se le llenó de escarcha. Tuvieron que aplicarle un soldador para que pudiese volver a cerrarla, porque el frío que le estaba entrando por la boca abierta había empezado a congelarle la sangre. Si esto sigue así, en la primera de cambio me meto en la cama con noventa frazadas y no asomo la nariz hasta el mes de enero.

Ahora que tiró el cigarro no hace más nada. Está ahí parado, inmóvil, con el taco en la mano. Mira cómo sacudo mi taco, lentamente, apuntando. No parece ver. Ha de estar pensando en otra cosa, seguro. Vaya a saber en qué está pensando. Lo más probable es que esté pensando en un par de tetas, porque es uno de esos tipos que todo lo que tienen en el cerebro lo tienen atrás, contra la nuca, aplastado por un par de tetas grandes que ocupan el ochenta por ciento o más del volumen del cerebro. Hay tipos que incluso no tienen más que el par de tetas dentro de la cabeza. El par de tetas y después más nada. Hay tipos a los que incluso puede vérseles salir la punta de los pezones por los ojos. Son esos tipos que tienen las pupilas moradas. Uno lo verifica enseguida viéndoles el color de las pupilas: son moradas. Capaz que no piensa en eso: capaz que piensa que la semana que viene, una noche, va a sentarse a la luz de la lámpara y de un tirón va a escribir algo que cambie el mundo. Hay montones de esos tipos que se la pasan pensando que de una semana para la otra, zas, dan vuelta el mundo como un guante. No necesitan más que levantar la mano, según ellos, dignarse levantar la mano, y ya han llenado de bendiciones la faz de la tierra. Puede estar pensando también que el cigarro le ha hecho arder la boca y que conviene comenzar a remover y a juntar saliva con la lengua para refrescarse la boca y después escupir, o que ahora va a retirar la mano derecha del taco y va a metérsela en el bolsillo derecho del pantalón. En una de esas no piensa en nada: en una de esas, hasta las tetas han desaparecido y ahora no hay nada adentro, nada más que texturas, las paredes negras, áridas, corroídas por el orín que han dejado viejos recuerdos y pensamientos, un negro húmedo, verdusco, sin zonas iluminadas, ni el eco de la luz pálida ni el del sonido brumoso que es el horizonte de ruido que rodea el cono iluminado por la lámpara cuya luz se despliega sobre la mesa de billar, el cono iluminado en cuyo interior no estamos más que nosotros dos -él casi en el límite-, y las tres bolas, los tacos y la mesa. Parado, inmóvil, mirando inclinado mientras sacudo el taco, lentamente, apuntando. Mira pero no sé si ve. ¿Quién podría jurar que ve? Yo no. Si alguno quiere jurar que ve, que se adelante y jure. Yo no juro. Yo lo único que sé es que después de tirar el cigarro ha girado la cabeza en dirección al lugar en el que yo estoy inclinado sobre la mesa haciendo deslizar el taco; que hay una luz de junio muy mala entrando por la vidriera del café, una luz exangüe, y que mi proyecto traba y detiene todo lo que se desborda desde el exterior en dirección a la mesa, para inundarla. Mi proyecto, vale decir que mi bola corra despacio en dirección a la colorada, choque con ella, se dirija después hacia la blanca y vuelva a chocar, subiendo después y volviendo a chocar contra la baranda del fondo, bajando otra vez en línea oblicua, en sentido contrario, dando tiempo para que la colorada -que ha chocado a su vez contra la baranda lateral- vuelva en línea recta hacia la blanca reuniéndose con ella, de tal manera que mi bola, que ha pasado por detrás de la colorada, quede en posición de privilegio para el proyecto de la próxima carambola.

– Seis -dije yo. Pero todavía no era la sexta: la bola iba corriendo muy cerca de la baranda, después de haber chocado con suavidad contra la de punto, que era la de Tomatis, y ahora se dirigía recta hacia la colorada. Cuando chocó contra ella, yo estaba dirigiéndome hacia el otro extremo de la mesa y Tomatis permanecía de pie, sosteniéndose en el taco que apoyaba en el piso de mosaicos, contrastando nítidamente contra la claridad de febrero que restallaba en un rectángulo amarillo por el ventanal del bar. La corpulenta figura de Tomatis se llenaba de sombra por el contraste, pero una especie de nimbo luminoso bordeaba todo su contorno. Cuando la bola blanca se detuvo, después de haber golpeado a la colorada, me incliné otra vez hacia ella y apunté con el taco. Aunque yo estaba concentrado en mi golpe, sabía que Tomatis no me prestaba la menor atención; permanecía de pie, aferrando con las dos manos el taco apoyado en el suelo, mirando el mosaico, o la punta de sus zapatos, rodeados por el nimbo de claridad de febrero.

– Creo que no hay ninguna experiencia que venga con la madurez -dijo-. ¿O debo decir ninguna madurez que venga con la experiencia?

Doy el golpe, esta vez por la colorada, y por baranda, y después de pegar a la colorada y a la baranda, mi bola atraviesa en diagonal la mesa verde y se dirige hacia la de punto.

– Siete -digo.

– Mucho -dice Tomatis, felicitándome, sin siquiera mirar la mesa.

La bola blanca choca contra la de punto y el golpe resuena con su sonoridad peculiar en el gran salón plagado de ruidos, de murmullos, de gritos y de voces. El cono de luz artificial que cae sobre la mesa verde nos aísla como en el interior de una carpa. Hay varios conos luminosos a lo largo del salón. Cada uno de ellos está tan aislado de los otros, y moviéndose con tan perfecta autonomía, que parecen planetas con su sitio fijado en un sistema, girando en él, ignorando cada uno la existencia de los otros. Tomatis está parado en el límite mismo de esa carpa de luz, y tiene detrás la gran claridad de febrero, porque nuestra mesa es la que está más próxima a la ventana.

Me preparo para tirar la octava carambola. Me inclino sobre la mesa, apoyo parte de la palma de la mano derecha sobre el paño, y tres de los dedos, introduzco el taco en una especie de puente que formo con el pulgar y el índice y con la mano izquierda sacudo el taco desde su base. Mi mirada va, alternativamente, del punto de mi bola en el que el extremo del taco tiene que golpear al punto de la bola colorada contra el que va a chocar mi bola y al lugar en el que está la bola de punto, o sea la contraria y, en este caso, la de Tomatis.

– Muy bien apuntada -dice Tomatis, que ni mira. No presta la menor atención al juego, y yo ya he hecho treinta y seis carambolas y él únicamente dos. Las dos que ha hecho las ha hecho de pura casualidad y la impresión que da al tirar es que quiere errar su tiro lo antes posible para ponerse a un costado de la mesa y hablar. Da la impresión de que para él, cuantas más carambolas haga el contrario, mejor, ya que eso le permitirá vocalizar un párrafo más largo. No parece ser torpe, sino simplemente no prestar atención. Yo hasta diría que maneja el taco bastante bien -uno se da cuenta por la forma en que lo agarran- en relación con muchos otros tipos que se ponen a jugar al billar de sobremesa. Pero, teniendo en cuenta que revela bastante experiencia en el juego, que siempre es él el que invita a jugar y que todos los tipos a los que invita -Horacio Barco, por ejemplo- juegan más que él, la conclusión que he sacado es que Tomatis usa el juego de billar para hablar todo el tiempo él solo y a sus anchas. Después agrega:

– A menos que uno sea un tipo fuera de serie, pero ésos no cuentan para la humanidad.

Alzo la cabeza antes de tirar y le digo: -He aquí un demócrata.

– Me he hecho famoso por pasarme por las bolas a la pendejada piola que me quiere agarrar de punto -dijo Tomatis, riéndose.

Y así por el estilo. Entré a trabajar en el diario el siete de febrero gracias a él, y me encomendaron la sección Tribunales y la sección Estado del Tiempo. Él hacía información general y corregía la página literaria de los domingos. Mi relación con Tomatis databa de un año atrás. Yo acababa de leer uno de sus libros y una vez me lo encontré en la calle y lo seguí hasta que me le puse a la par. Él fumaba un cigarro y no se dio cuenta de que yo estaba al lado suyo hasta que se detuvo frente a una agencia de lotería y se puso a mirar el extracto.

– Usted es Carlos Tomatis, ¿no es cierto? -le dije.

– Así dicen -dijo él.

– Quería hablar con usted porque me ha gustado mucho uno de sus libros -le dije yo.

– ¿Cuál de ellos? -dijo Tomatis-. Porque tengo más de tres mil.

– No -dije yo-. Uno de los que ha escrito. El último.

– Ah -dijo Tomatis- Pero no es el último. Es apenas el segundo. Pienso escribir otros.

Después se puso a mirar el extracto mordiendo su cigarro.

– Dos cuarenta y cinco, dos cuarenta y cinco, dos cuarenta y cinco -canturreó mirando la lista de números-. Ni figura, el dos cuarenta y cinco.

Me saludó y se fue. Pero después nos vimos varias veces, y si bien nunca pudimos hablar de su segundo libro, cuando murió mi padre y me quedé solo con mi madre, fui a verlo para preguntarle si me podía conseguir trabajo. Yo conocía otras personas, mucho más influyentes que él, para ir a pedirles que me consiguieran algún trabajo, pero quería pedírselo a él. Quería que él me diera algo. Y me lo dio, porque no sé de qué manera, el siete de febrero a las diez de la mañana yo estaba con el viejo Campo, el antiguo encargado de la sección, que estaba a punto de jubilarse, recorriendo las oscuras galenas de los Tribunales, subiendo y bajando las escaleras de mármol pulido, entrando y saliendo en unas oficinas desoladas de techo altísimo, atestadas de expedientes.

– Éste -me decía el viejo Campo, arrugando su nariz de mono- es el Juzgado Civil de la Segunda Nominación, y aquél es el secretario. Ahí está el Colegio de Abogados. Por cualquier duda que tengas vas al segundo piso donde está la Oficina de Prensa, que ahora está cerrada por la feria judicial, y pedís hablar con el encargado, un señor Agustín Ramírez, que él va a prestarte toda su colaboración.

Marcaba con lentitud algunas palabras como "Nominación", "feria judicial", "Prensa", "Ramírez", esperando que yo tratara de grabármelas. Yo ni lo escuchaba. Mientras la cara de mono del viejo Campo (un mono pacífico, dulce, ajeno a este mundo) gesticulaba poniendo en movimiento todos sus pliegues arrugados, yo paseaba mi mirada distraída por los corredores oscuros en que las siluetas borrosas de litigantes y funcionarios entraban y salían, los altos armarios de expedientes que evocaban en mí la imagen fácil de Kafka, las escaleras de mármol que ascendían hacia el primer piso con una curva amplia y anacrónica, el sol de febrero que penetraba en el vestíbulo a través de la gran puerta de entrada.

En cuanto a la sección Estado del Tiempo, ahí mi función era aproximadamente la de Dios. Yo tenía que ir cada tarde, alrededor de las tres, a la terraza del edificio del diario y tomar los datos de los aparatos de observación meteorológica. Nunca los entendí. De modo que cuando fui a preguntarle a Tomatis, que había comenzado también haciendo esa sección en el diario, me dijo que tampoco él los había entendido nunca y que a su juicio lo más razonable era inventar o copiar. Usé los dos métodos. Durante veinte días, en el mes de febrero, pasé al taller la misma información sobre el estado del tiempo, que copié en forma textual de la aparecida el día anterior a mi entrada en el diario. Durante veinte días según los aparatos de observación del diario La Región, las condiciones meteorológicas de la ciudad fueron las siguientes: a las ocho de la mañana presión atmosférica, setecientos cincuenta y seis con ochenta; temperatura, veinticuatro grados dos décimas, y humedad relativa sesenta y cuatro por ciento; a las tres de la tarde: presión atmosférica; setecientos cincuenta y cuatro con cuarenta; temperatura, treinta y seis grados una décima y humedad relativa ochenta y dos por ciento. Encontré un título ingenioso para la noticia, gracias a la ayuda de Tomatis: “Mantiénense invariables las condiciones del tiempo en ésta”. El veintisiete de febrero una lluvia puta me hecho a perder todo el trabajo. Por desgracia; yo ya había pasado toda la información, porque me las tomé antes de hora, de modo que cuando llegué a la oficina del director llevaban ya llovidos ciento cincuenta milímetros desde el mediodía del día anterior, y eran apenas las once de la mañana. El director tenía sobre el escritorio el paquete de diarios del mes de febrero y todas las secciones Estado del Tiempo aparecían en cada ejemplar señaladas con un furioso círculo rojo hecho a lápiz.

– No vamos a echarte -dijo el director-. Vamos a suspenderte por cinco días. No por bondad. No queremos problemas con el sindicato. Pero el día que yo llegue a sentir que está más fresco que de costumbre y que me parezca que sopla alguna brisa, aunque más no sea porque me he levantado de buen humor, y aunque el sol esté partiendo la tierra, y esa sensación mía no aparezca registrada al detalle en la crónica meteorológica, no te van a alcanzar las dos piernas para llegar a la calle.

Así que decidí inventar. Al principio me guiaba por las opiniones de los miembros de la redacción, y anotaba las cifras de acuerdo con sus expresiones. Durante la primera semana se las llevaba al director para que él las supervisara. Después dejé de hacerlo, cuando me volví a ganar su confianza, o quizá por comprobar que más que supervisarlas, el director se limitaba a echarles una mirada rapidísima y a ponerles un visto bueno con el lápiz rojo, ya totalmente apaciguado. Después ya no me conformé con cifrar las opiniones sobre el tiempo que emitían mis colegas de redacción. Me pareció que era mejor inventar, y de acuerdo con las cifras que aparecían cada día en las columnas del diario, la ciudad se oprimía, sudaba, se sentía rejuvenecer con temperaturas primaverales, experimentaba lluvias de sangre detrás de los ojos y golpeteos furiosos y sordos en los tímpanos por los efectos de la presión atmosférica que yo había creado. Era una verdadera fiebre. Y me detuve y volví a inventar con prudencia cuando me di cuenta que Tomatis, que estaba al tanto de todos los detalles de mi empresa, empezaba a proponerme variantes cada vez más exageradas. Fue el seis de marzo, la noche de la comida que le hicieron al viejo Campo porque acababa de jubilarse. (Después de la comida, el viejo Campo fue a su casa y se envenenó.) Durante el discurso del director, Tomatis comenzó a sugerirme que inventara lluvias que no habían sucedido, por ejemplo lluvias que se suponía hubiesen caído de madrugada, y que poca gente hubiese estado en condiciones de confirmar o negar. Me di cuenta de que quería perderme. Al mismo tiempo comprendí que no me había conseguido el trabajo en el diario por compasión ni por ninguna otra razón humanitaria, sino por tener con quien conversar en la redacción o a quien pedirle prestado, de vez en cuando. Se lo dije. Y él se echó a reír y recitó:

I thought him half a lunatic, half knave,
and told him so, but friendship never ends.

Y tenía razón. Pero yo me mantuve firme y murmuré:

– La sección Estado del Tiempo es mía. Yo soy el que decide si llueve o hace sol.

– Sin embargo -dijo Tomatis- yo soy el autor de la idea y entiendo que puedo tener voz en la cuestión.

Fumaba un cigarro, mordiéndolo y entrecerrando los ojos mientras me echaba el humo en la cara.

– Te voy conociendo -le dije-. Empezás por proponerme que difunda un chaparrón que nunca ocurrió y vas a terminar por inducirme a anunciar una lluvia de fuego.

– ¿Y por qué no? -dijo Tomatis, masticando las palabras a través del cigarro-. No estaría mal. Van a sentirse achicharrados como si el fenómeno hubiese ocurrido. Y además, Sodoma era Disneylandia en comparación con esta ciudad podrida.

Después se levantó, en medio del discurso del director, y salió del restaurante. Siempre hacía eso, por distracción, supongo. Había oído hablar de que tales cosas Tomatis no las hacía por distracción, sino simplemente por hijo de puta. Así que al otro día, en el velorio de Campo, fui y se lo pregunté.

– Tomatis -le dije-. ¿No te diste cuenta de que estaba hablando el director en el momento en que te levantaste?

– Sí -me dijo.

– ¿Y por qué te levantaste? -le dije.

– Me paga un sueldo para que escriba su diario, no para que oiga sus discursos -dijo.

Así que no lo hacía por distracción. Salimos del velorio de Campo y fuimos a un café.

– ¿Estás escribiendo? -le dije.

– No -dice Tomatis.

– ¿Traduciendo? -le dije.

– No -dice Tomatis.

Estaba mirando fijamente algo que se hallaba detrás de mí, por encima de mi cabeza. Me di vuelta. No había más que una pared desnuda, pintada de gris.

– ¿En qué estás pensando? -le dije.

– En el viejo Campo -dijo-. ¿No te dio la impresión de que parecía estar riéndose de nosotros? No, no lo digo en sentido literario. No me refiero al cadáver. Digo anoche, en la despedida. No debió haber ido a la fiesta. Debió haberse matado antes. Nos ha puesto en ridículo a todos. Ha sido siempre un viejo hijo de puta.

Yo le dije que a mí más bien me había parecido una buena persona.

Pero él ya no me estaba escuchando. Miraba la pared gris por encima de mi cabeza.

– Creo que se mató contra todos nosotros -dijo después.

Durante los cinco días de la suspensión, no salí de mi casa. Recién el cinco de marzo me afeité y salí. Me pasé los cinco días tirado en la cama, leyendo, sentado en un sillón de mimbre en la galería, al atardecer, o corriendo a la mañana cien vueltas de trote alrededor del paraíso del patio. De noche me sentaba en medio del patio, en plena oscuridad, con un espiral encendido para protegerme de los mosquitos, de cara a las estrellas. A las dos o tres de la mañana, a veces entraba mi madre. Yo la veía abrir la puerta de calle, mostrar su silueta negra durante un momento contra el hueco de la puerta, y después desaparecer en la oscuridad y con suavidad hasta el dormitorio. Oía el chirrido gradual de la puerta al abrirse y al cerrarse y después nada más. Ella creía que yo estaba durmiendo. Yo no volvía a remirar con normalidad hasta no sentirme seguro de que ella estaba completamente dormida. Después encendía un cigarrillo, me llenaba un vaso de ginebra con hielo en la cocina, me lo traía al patio, me desnudaba, y me sentaba a fumar y tomar ginebra de a cortos tragos. Me quedaba así hasta que empezaba a percibirse el primer destello de claridad diurna. A veces me masturbaba. La noche del cuatro de marzo, en que mamá no había salido, yo estaba con mi vaso de ginebra en una mano y el cigarrillo en la otra y de golpe se encendió la luz de la galería y vi a mamá contemplándome desde la puerta del dormitorio. Me miraba sorprendida. Yo me había tomado más de media botella. Me puse de pie de un salto.

– Salud -le dije, alzando el vaso hacia ella y mandándome un trago.

Ella estuvo parpadeando durante unos segundos, inmóvil, mirándome de arriba abajo. Después volvió a entrar en su dormitorio, dando un portazo, sin apagar la luz. Recién cuando estuvo adentro me di cuenta de que yo estaba completamente desnudo y con el pito parado.

A partir de ese día las cosas empezaron a andar mal entre Nosotros. Cosa de nada, al principio, pero cuando estábamos juntos nos poníamos de mal humor. Mi madre andaba alrededor de los treinta y seis años, por esa época, y se conservaba bastante bien. Era alta y muy bien formada y se vestía bien a la moda. Tal vez no tenía mucho gusto, porque prefería la ropa ajustada. Una idea aproximada del aspecto que ella tenía para esa época puede darla el hecho de que una vez que yo estaba con un tipo que había hecho la escuela secundaria conmigo y pasó mi madre por la vereda de enfrente y me llamó y me dio un beso, cuando volví el tipo me dijo que él conocía a esa mujer, que la había visto hacer strep-tease en un cabaret de Córdoba el año anterior. Yo le dije que era mi madre y que él debía estar confundido, porque mi madre por lo menos hacía siete años que no iba a Córdoba, y que de eso yo estaba bien seguro. Antes de que hubiese terminado la frase, el tipo ya había desaparecido. Yo creo que mi madre hubiese sido mucho más atractiva si se hubiese dejado el cabello oscuro, en vez de teñírselo de rubio al mes siguiente de que murió mi padre. Platinada no quedaba bien. Mi padre, mientras estuvo enfermo de cáncer en la cama, sabía discutir con ella por lo mucho que ella salía, y yo lo vi francamente enojado cuando ella le comunicó su deseo de teñirse el cabello. Mí padre dijo que no iba a permitírselo mientras él estuviera vivo. Mi madre le dijo que, después de todo, no estaba lejos el tiempo en que ella iba a poder decidir sola.

Así que yo salía mucho de casa, sobre todo si había alguna pelea por alguna razón. Yo salía especialmente de día, porque era de noche cuando ella no estaba en casa. Cuando dejaba el diario me daba unas vueltas por el centro o me iba a ver el río, y si no tenía plata para comer algo volvía a casa alrededor de las diez y media -hora en que seguro mi madre ya no estaba- y me mandaba cualquier cosa que encontraba en la heladera. Después me daba un baño y me sentaba a leer. Durante los cinco días de suspensión, en los que no salí de casa, leí La montaña mágica, que me gustó muchísimo; Luz de agosto, fabulosa; un libro verde que se llamaba Lolita, una verdadera mierda; El largo adiós, obra francamente genial, y dos novelas del tarado de Ian Fleming. Yo leo muy rápido, y me parece que entiendo bastante bien. Después de que mi madre me encontró desnudo en el patio, con el pito parado, ya me fue más difícil moverme tranquilo en la casa; de modo que era de noche, cuando ella no estaba, que me sentía mejor. A veces iba a tomar una copa con Tomatis, hasta que llegaran las diez, y si al aproximarme a la casa veía luz, todavía me demoraba en algún bar del barrio hasta estar seguro de encontrar la casa sola.

Marzo y abril fueron un infierno. Mi madre estaba hecha una pantera. Al principio opté por no darme por aludido y tomármelas apenas la cosa amenazaba desencadenarse, pero no siempre lo conseguía. Y al fin terminó por sacarme de las casillas a mí también. Si, por ejemplo, yo me sacaba la camisa y la colgaba en la percha del baño sobre su salto de cama -salto de cama que cualquier persona con el menor sentido de la higiene no tocaría ni con una caña- ella aparecía en mi dormitorio, se paraba en el hueco de la puerta con las piernas abiertas y empezaba a murmurar con una voz furiosa:

– Te he dicho una y mil veces que no pongas tus camisas mugrientas sobre mi ropa.

Yo me levantaba, iba al cuarto de baño, sacaba la camisa de la percha y la tiraba en el canasto de la ropa sucia. Ella me seguía durante todo el trayecto. Cuando yo terminaba de dejar la camisa en el canasto de la ropa sucia y me volvía hacia el dormitorio, ella estaba interceptándome el paso en la puerta del baño. Diciéndome:

– No hagas un bollo con la ropa que yo no soy tu sirvienta y no tengo por qué andar cuidándotela. Ya sos bastante grande para darte cuenta de cómo se debe tratar la ropa.

Yo no decía una palabra y volvía a mi cuarto. Ella me seguía todo el trayecto, y acompañaba mis movimientos con la mirada, desde que yo me sentaba hasta que recogía el libro y recomenzaba la lectura. Ella se volvía a su dormitorio y antes de media hora ya estaba de vuelta.

– ¿Vas a estar todo el día encerrado ahí adentro? -decía-. Vaya a saber las inmundicias que te estarán trabajando en la cabeza.

– ¿Inmundicias? ¿Cabeza? -decía yo extrañado, alzando la cabeza del libro y mirándola, sin entender nada.

Ella me miraba con furia, el cigarrillo le colgaba de los labios.

– Cualquier cosa te puedo permitir, menos que te hagas el estúpido -decía.

Después desaparecía otra vez. Una tarde me pegó porque le dije, de la manera más suave posible, que no me gustaba que atendiera al lechero en bikini. Vino directamente y me dio una cachetada. Yo le apreté el brazo tan fuerte, para impedirle que me diera la segunda, que le clavé sin querer una uña y la hice sangrar, y le dejé una marca negra que le duró como un mes. Cuando vi la manchita de sangre sobre su brazo blanco y redondo la solté y dejé que me pegara hasta cansarse. Me dio todo lo que quiso y después se fue a llorar y se metió en su dormitorio y no salió hasta la noche. Todo ese día estuve tranquilo hasta el amanecer, pero a eso de las diez ella me trajo un plato de pan y queso y un vaso de vino y después desapareció. Estaba vestida para salir, con un vestido amarillo que le quedaba que era una locura. Ni siquiera se molestó cuando vio que yo había hecho con mi camisa blanca un trapo que utilizaba para secarme el sudor del cuerpo.

Recién para fin de marzo llegó el otoño, aunque el veintiuno yo hice un pequeño comentario en mi sección Estado del Tiempo sobre el cambio de temperatura, las prendas de olor a naftalina, y las hojas doradas cayendo de los árboles y formando un colchón crujiente en el suelo. Cuando la leyó, Tomatis se echó a reír a carcajadas y me preguntó si había estado leyendo otra vez a los modernistas. Con el otoño, se acabaron para mí las noches estrelladas y el vaso de ginebra en medio del patio, así que me sentaba en mi pieza, en un sillón, con la luz de un velador, hasta que llegaba la mañana. Mi madre entraba a la madrugada, haciendo sonar sus tacos altísimos sobre el mosaico rojizo de la galería. Ya no le importaba si yo la oía entrar; incluso hasta parecía tener especial interés en que yo la oyera. A veces hasta se asomaba a mi cuarto y decía, con cierta hosquedad: "Ah, estás leyendo todavía", o bien, "Se ve que no es él el que paga la cuenta de la luz", y después desaparecía. Yo sabía que mi madre estaba por llegar porque oía primero el motor de un auto al detenerse y después al arrancar y alejarse. Después se oía el ruido de la puerta de calle y después el taconeo. Una vez sola entró en mi pieza después de haber ido al cuarto de baño y después de haber entrado en el dormitorio e incluso haber apagado la luz. Yo estaba seguro de que ella ya se había acostado y estaba completamente absorto en la lectura de El largo adiós, que leía ya por tercera vez en un mes y pico, cuando de golpe se abrió la puerta y apareció mi madre, en camisón y descalza. La expresión de su cara revelaba una mezcla de perspicacia y desilusión. Me miró un momento y, por decir algo murmuró: "No leas tanto que eso va a ponerte mal de la cabeza". Después cerró la puerta y se fue. Yo me había puesto de pie de un salto, sobresaltado. Por suerte, estaba completamente vestido.

El veintitrés de abril se armó la tremolina. Llovió todo el día y ni mi madre ni yo salimos esa noche. Mi madre, que por lo común sabe estar hecha una pantera, esa noche parecía el tipo especial de pantera que ya ha probado carne humana y se ha cebado con ella. Yo le he admitido siempre cualquier cosa, pero lo que no he podido sufrir nunca es que ande paseándose semidesnuda por la casa, en especial cuando hay gente extraña. Una cuestión de honor que ha habido siempre entre nosotros, por otra parte, es la cuestión de las botellas de ginebra y los cigarrillos. Hemos dado siempre por sentado, en especial desde que murió el viejo, que cada cual tiene su ginebra y cada cual su paquete de cigarrillos, y el que se queda sin ellos, sencillamente sale y va a comprar. Y a eso de las once, con una lluvia que era la locura, voy a la heladera a buscar mi botella de ginebra, comprada el día anterior y de la cual no había tomado ni dos dedos, y descubro que se la han llevado. Camino por la galería sin apuro (llovía a cántaros), sin el menor fastidio, sino más bien lo contrario y me detengo ante la puerta, de su dormitorio y golpeo.

– ¿Quién es? -pregunta mi madre, como si en la casa estuviesen viviendo cincuenta personas.

– Yo. Ángel -digo.

Vacila un momento y me dice que pase. Está echada en la cama, leyendo una revista de historietas, con un cigarrillo que le cuelga de los labios y la botella de ginebra, una cubetera y un vaso sobre la mesa de luz. He visto muchos basurales, y todos me han parecido siempre más limpios que el dormitorio de mi madre. Si hubiese estado desnuda, siempre habría tenido un aspecto más decente que el que le daba la ropa íntima que llevaba puesta. Vi que en la botella no quedaban ya ni tres dedos.

– Mamá -le dije-. ¿No tendrías inconveniente en que me sirva un vasito de ginebra? No hay más que esa botella.

– Creo que habíamos decidido de común acuerdo que el que quiere ginebra va y se compra su botella -dice mi madre.

– Es verdad -digo yo-. Pero ¿no te parece que con este tiempo y a estas horas se hace un poco cuesta arriba salir a buscar un almacén donde se pueda comprar una botella de ginebra?

– Eso debiste pensarlo a su debido tiempo -dice mi madre-. No es cuestión mía.

– Está bien -le digo yo-. Lo único que te pido es que me des un vasito de ginebra y que trates de mirar para otro lado cuando me dirigís la palabra, porque me puedo desmayar en cualquier momento.

– No estarás tratando de decir que estoy borracha, supongo -dice mi madre.

– No estoy tratando de decir nada -digo yo.

– Además -dice mi madre-, nunca he visto bien que tomes alcohol.

– Tampoco yo nunca he visto muy bien que digamos que mi madre me reciba poco menos que en pelotas -digo yo.

– No soy yo la que anda en pelotas toda la noche, en el medio del patio -dice mi madre.

– En la oscuridad y solo, soy dueño de andar como más me guste. Cosa muy distinta sería si supiera que me andan espiando -digo yo.

Mi madre hace como que no me oye y sigue leyendo la revista de historietas. Después alza la vista y comprueba que yo sigo ahí.

– ¿Llueve, todavía? -dice.

– Sí -le digo.

Mi madre me mira un momento, parpadeando. Apaga el cigarrillo en el cenicero, estirando el brazo hacia la mesa de luz, incorporándose levemente, sin dejar de mirarme.

– Además -le digo, sosteniendo la mirada- es mi botella. Te has tomado mi botella.

Veo que la cara blanca y pulida de mi madre se pone roja de golpe, pero ella queda inmóvil unos segundos más. Después deja la revista sobre la cama y se levanta, con gran lentitud, sin dejar de mirarme. Camina hacía mí, sin rabia ni apuro, mirándome a los ojos, y se planta a medio metro de distancia. La ola de rubor que le manchó la cara va borrándosele gradualmente. Mi madre alza la mano y me da dos cachetadas, una en cada mejilla. Se queda mirándome, probablemente las dos manchas rojas que ahora están en mis mejillas y no en las de ella, como si fuesen las mismas. Después de unos segundos de miradas sin parpadeos alzo la mano y doy dos cachetadas, una en cada mejilla. Las manchas rojas que han de estar borrándose en mis mejillas, aparecen en las de ella. Le saltan las lágrimas. No es que esté llorando; le han saltado por alguna razón fisiológica inexplicable, porque nadie que llore puede tener una expresión tan pétrea en la cara. Alrededor de la boca apretada se le forma un círculo pálido.

– Debí morirme en lugar de tu padre para no ver esto -dice mi madre,

– No sólo por esto -digo yo-. Desde todo punto de vista hubiese sido más conveniente.

Ella me dio otra cachetada y entonces me enceguecí y empecé a pegarle y a darle empujones, la tiré sobre la cama, me saqué el cinto y hasta que no empezó a llorar a gritos no dejé de pegarle. No trató de defenderse siquiera. Cuando vi que no hacía más que llorar, volví a ponerme el cinto tranquilamente y me serví un vaso de ginebra, poniendo cuidado en que quedara un poco para ella. Le eché dos cubos de hielo al vaso y me fui para mi habitación.

Ya no pude concentrarme en la lectura, porque le había dicho por lo menos una cosa injusta. Me refiero a haber admitido la conveniencia de que ella hubiese muerto en lugar de mi padre. Eso era algo injusto desde todo punto de vista, porque mi padre era un hombre tan insignificante que la más pequeña hormiga del planeta que hubiese muerto en su lugar habría hecho notar su ausencia más que él. Llegó a subjefe en una oficina pública porque era demasiado torpe como para tener la responsabilidad de cualquier empleado, y demasiado débil de carácter como para estar en condiciones de darle órdenes a nadie. No fumaba ni tomaba alcohol, ni se sentía desdichado ni tampoco había experimentado ninguna alegría en su vida que pudiera recordar con algún agrado. Se había salvado del servicio militar por un defecto en la vista (contaba eso cincuenta veces por día, con todos los detalles y con tanto ardor como si hubiese sido el general San Martín contando la batalla de San Lorenzo), pero no era un defecto tan grave como para que le recetasen anteojos. Era delgado, pero no demasiado delgado; callado, pero no muy callado; tenía buena letra, pero a veces le temblaba el pulso. No tenía ningún plato preferido, y si alguien le pedía su opinión sobre un asunto cualquiera, él invariablemente respondía: "Hay gente que entiende de eso. Yo no". Pero no había un gramo de humildad en su respuesta, sino absoluta convicción de que ésa era la verdad. De modo que cuando mi padre murió, el único cambio que hubo en mi casa fue que en el lugar que él ocupaba en la cama (durante los últimos seis meses ya no se levantó) ahora había aire. Creo que ésa fue la modificación más notoria que produjo en su vida: dar espacio. Dejar un espacio libre de un metro setenta y seis de estatura (porque también era de estatura mediana) y cierto espesor, de modo que lo que él interrumpía con su cuerpo volviera a convertirse otra vez en sustancia respirable para beneficio de la humanidad.

Cuando al otro día fui al diario y me enteré de que Tomatis había viajado a Buenos Aires y no volvía hasta el veintinueve me sentí mal. Había pensado contárselo todo. No sé bien por qué, ya que Tomatis rara vez demuestra escuchar, pero de todos modos es el tipo al cual más confianza le tenía y tal vez podía entender el hecho de que yo le hubiese pegado a mi madre. En cuanto a ella, dejó de dirigirme la palabra, y cuando no tenía más remedio que hacerlo me trataba de usted. No nos veíamos casi nunca, y ahora que el tiempo estaba más fresco (en abril llovió casi todos los días, lo que me permitió repetir varias veces la misma información meteorológica sin que nadie se diese cuenta) mamá ya no andaba semidesnuda, como acostumbraba hacerlo en el verano. En rigor de verdad, se ponía unos suéters chillones que a un fakir le habrían quedado bastante ajustados, pero ése era su gusto para vestir y yo tenía que admitirlo aunque no me gustase. Ella seguía saliendo de noche y cuando volvía se acostaba sin pasar por mi habitación. Yo me levantaba tarde y me iba al diario a las diez de la mañana y no volvía hasta la noche, y a veces ni eso. Recuerdo muy bien que la pelea por la ginebra fue el veintitrés de abril porque el día siguiente cumplí dieciocho años. Pedí un adelanto en la administración y me fui a comer un asado. Apenas si probé la comida, pero me tomé un litro de vino. No sentía rabia ni nada, sino simplemente ganas de tomar vino, por el gusto de tomarlo, y la seguridad de saber que siempre podía tener la copa llena para vaciármela de un trago, y que si la botella se terminaba podía llamar al mozo y pedirle otra de las largas hileras que se exhibían en las paredes, me hacía sentir extraordinariamente bien. Después vacilé entre el cine y una prostituta y elegí la prostituta. No tuve que esperar ni nada. Me hicieron pasar a un vestíbulo donde no había más que un sillón doble de madera y una percha de pie, después me guiaron por una galería y por fin me metieron en una cocina donde había dos mujeres. Las dos eran rubias. Estaban tomando mate y ni siquiera se pusieron de pie. Una de ellas tenía una revista de historietas en la mano. Elegí a la otra. Eran tan parecidas (las dos de pantalones negros y suéters blancos) que ahora vacilo y no sé en realidad si me encamé con la de la revista o con la otra porque pueden haberse pasado la revista una a la otra sin que yo me diese cuenta, o la de la revista puede haberla dejado sobre la mesa en el momento de entrar yo y agarrarla la otra de un modo automático y sin que yo pudiese prestarle atención. Además, mi elección no fue tan precisa, ya que me limité a hacer un movimiento de cabeza en dirección a la que me pareció que no tenía la revista en la mano, y ya no sé bien cuál de ellas es la que se adelantó primero. La que vino conmigo -la de la revista, la otra, ya no sé bien- me guió por un traspatio hacia una habitación de la que recuerdo el olor a creolina y que estaba tan limpia y ordenada que de inmediato pensé en la de mi madre, por contraste. Cuando se desnudó vi que tenía el tajo de una operación en el vientre, una cicatriz como una medialuna, atravesada por las rayitas de los costurones. Después me acosté con ella y me fui a dormir.

Tomatis llegó el treinta a la mañana, eufórico, fumando cigarrillos norteamericanos. Entró a la redacción con pasos enérgicos y se sentó frente a su máquina. Se veía que estaba recién bañado y afeitado. Le dije que tenía problemas con mi madre y que quería hablar con él.

– Anda a comer a mi casa, esta noche. Lleva vino -dijo, y se puso a trabajar.

Después salí y me fui para Tribunales. Caía una llovizna fina, de modo que ese día pasé al taller el parte meteorológico del día anterior. El edificio gris de los Tribunales parecía más gris en la llovizna, pero de un gris que deslumbraba. Las anchas escaleras de mármol del portal estaban sucias de un barro aguachento. Habían regado de aserrín el vestíbulo, que estaba lleno de gente. Pasé por el Colegio de Abogados y después vi al Chino Ramírez, de la Oficina de Prensa. Ramírez me hizo servir un café que parecía haber sido exprimido del barro aguachento que manchaba el umbral. En vez de dientes Ramírez tenía dos finísimas sierras marrones. No sé qué peste podía habérselos podrido tanto. Se reía a medias para ocultarlos.

– El juez de Crimen quiere verlo -me dijo-. Anduvo preguntando por usted.

– No he matado a nadie -dije.

– Nunca se sabe -dijo Ramírez.

– Es la pura verdad -dije. Señalé el pocillo con la cabeza levantándome:

– Vigile al personal, Ramírez. Se han confundido y están sirviendo el café de los presos.

Se hubiese reído más, de habérselo permitido la dentadura. Me dio los papeles que me había preparado y salí de la oficina. Ernesto estaba con su dichosa traducción de Wilde. La llevaba a todas partes. Cuando me vio entrar en la oficina cerró el diccionario y dejó señalada la página de The picture of Dorian Gray con su lápiz rojo.

– Te has perdido -me dijo.

Algo en su cara le daba el aire de Stan Laurel, únicamente que era un poco más gordo.

– No he podido llamarte porque he tenido mil problemas con mi familia -le dije. Señalé el libro de Wilde.

– ¿Cómo marcha esa traducción? -dije.

– Bien -dijo. Se sonrió-. Únicamente a mí se me ocurre traducir algo que ya ha sido traducido un millón de veces.

Sobre la mesa había un expediente. Alcancé a leer la palabra homicidio.

– ¿Has mandado muchos hombres a la cárcel? -dije.

Entornó los ojos antes de responder y se derrumbó en el sillón.

– Muchos -dijo.

– ¿Has estado en la cárcel alguna vez? -dije.

– De visita. Algunas veces -dijo.

Adivinó lo que yo estaba pensando.

– Es igual, estar libre, o en la cárcel -dijo-. Todo es absolutamente igual. Vivos, muertos, todo es exactamente igual.

– No comparto -dije.

– Estamos en un país libre -dijo, riéndose.

– Ramírez me dijo que me estabas buscando-dije.

– Quería saber cómo estabas y si estás libre mañana a la noche -dijo.

– ¿Mañana a la noche? -dije-. ¿Qué es mañana?

– Puedo perdonarle todo a la juventud, menos la coquetería -dijo-. Mañana es primero de mayo.

Debo haber enrojecido.

– Sí -dije-. Estoy libre.

– ¿Querés venir a comer a casa? -dijo, levantándose.

Dije que sí, así que a la noche siguiente fui a su casa. Empezó a lloviznar a eso de las nueve, después de un día acerado, frío. Estuve caminando desde la casa de Tomatis, en la otra punta de la ciudad, en el norte, de modo que atravesé todo el centro y llegué al sur. El centro estaba desierto y eran exactamente las nueve cuando pasé frente al edificio del Banco Provincial, porque vi el reloj redondo empotrado en la pared sobre la puerta de entrada. En la galería tomé un cognac y seguí viaje. Ya lloviznaba. Salí a San Martín y recorrí silbando unas calles oscuras que reflejaban en las esquinas las luces débiles del alumbrado público. Después pasé delante de los Tribunales, atravesé en diagonal la Plaza de Mayo frente al edificio de la Casa de Gobierno, y retomé otra vez San Martín donde ya no es más que una calle curva y ciega, sin vereda de enfrente, con la arboleda de! Parque Sur verdeando en la oscuridad al otro lado de la calle. Después que toqué el timbre, me di vuelta y vi las aguas del lago refulgir fugazmente entre los árboles. La puerta se abrió y me di vuelta de golpe.

– Se te esperaba -dijo Ernesto. Sacudí la cabeza.

– Llovizna -dije.

Subimos la escalera y fuimos derecho a su estudio. Ernesto descorrió las cortinas que cubrían el amplio ventanal y después sirvió dos whiskies. Sobre su escritorio estaban el libro de Oscar Wilde, el diccionario y el cuaderno Laprida con la dichosa traducción manuscrita. Me incliné sobre el escritorio y observé la letra: era tan chica y apretada que resultaba imposible distinguir las vocales unas de otras. Ernesto me alcanzó el vaso.

– Es indescifrable -dijo.

– Pareciera -murmuré, continuando mi observación-. ¿Por dónde vas? Ernesto recitó:

– Yes, Harry, I know what you are going to say. Something dreadful about marriage. Don't say it. Dorít ever say things of that kind to me agian. Two days ago I asked Sibyl to marry me. I am not going to break my word to her. She is to be my wife. Exactamente estoy en la palabra wife.

Me tomé todo mi whisky de un trago, sintiendo sobre mi cara la mirada de Ernesto. Después me acerqué al ventanal. Se veía el lago por encima de los árboles del parque, cuyo follaje verdeaba en la oscuridad. Era una locura.

– Me gusta tu casa. Es confortable -le dije.

– Es, sí -dijo-. Es confortable.

Me miraba fijamente.

– Tendrías que venir más seguido -dijo.

– Hago lo que puedo -dije y crucé la habitación para servirme más whisky.

Yo me sentía exactamente como esos muñecos que venden en la calle, a los cuales el tipo que los vende los maneja con un hilo invisible, un hilo oscuro que él disimula y que nadie más ve: "Siéntese, Pedrito", y Pedrito aplasta su culo de cartón sobre las baldosas. El hilo era su mirada, y yo me sentía atrapado en su campo visual, en esos metros a la redonda iluminados por las lámparas cálidas del estudio, y cuando me encaminaba hacia la mesa de las bebidas o hacia el ventanal, me parecía que la tensión de su mirada llegaría en cualquier momento a su extremo y yo iba a verme detenido de golpe de espaldas a él, chocando contra el límite. Pero Ernesto hablaba con suavidad, aunque trataba honradamente de no ocultar lo que pensaba. Tal vez eso me parece a mí solamente, y no era honrado. Porque como tenemos patrones fijados de antemano para determinar lo bueno y lo malo, el hecho de que Ernesto reconociera que él era capaz de hacer algo que yo tenía calificado como "malo", no me daba ninguna seguridad de que al admitirlo estuviese obrando honradamente, ya que bien podía valerse de eso habitualmente considerado como "malo" para ocultar algo todavía peor. Pero esto lo pienso ahora y no en aquel momento, la noche del primero de mayo, porque la noche del primero de mayo yo pensaba que Ernesto era honrado porque era capaz de reconocer lo malo que había en él.

Después pasamos al comedor y en el momento en que nos sentábamos a la mesa (serían las once), sonó el teléfono. La sirvienta le dijo a Ernesto que lo llamaban de la guardia de Tribunales. Ernesto dejó su vaso de whisky sobre la mesa (estábamos de pie todavía, conversando) y desapareció en el estudio, cerrando la puerta. No oí nada. Durante unos cuantos minutos hubo un silencio perfecto en toda la casa, así que cuando Ernesto abrió la puerta de su estudio regresando al comedor, el ruido sonó no solamente en el momento de producirse sino que siguió resonando durante todo el tiempo en que Ernesto demoró en atravesar el largo corredor oscuro que separa el estudio del comedor. Se esfumó cuando la figura de Ernesto reapareció en la arcada del comedor. Tenía una expresión pétrea y estaba pálido. Nos sentamos a la mesa. Comimos el primer plato en silencio. A pesar de que era más bien corpulento, Ernesto comía poco y de a bocados insignificantes. Yo, en cambio, devoraba lo que la mujer iba sirviendo en mi plato. Durante el segundo plato -un pollo que era la locura-, Ernesto abrió por fin la boca para otra cosa que no fuese mandarse esos bocados que habrían dejado con hambre a un gorrión.

Me había mirado muy poco durante la comida, de modo que ahora alzó la vista y suspiró.

– Un hombre mató a tiros de escopeta a su mujer hace un rato, en Barrio Roma -dijo-. Querían que yo le tomara declaración esta noche, porque no tienen donde alojarlo en Jefatura. Les dije que esperaran hasta mañana a la tarde.

– ¿Por qué la mató? -dije yo.

– No sé nada -dijo Ernesto-. Sé que la mató a tiros de escopeta, en el patio de un almacén.

– ¿Vas a tomarle declaración mañana? -dije yo.

– A la tarde, probablemente. Tengo otras audiencias a la mañana -dijo Ernesto.

– ¿Puedo estar presente? -dije.

– Ya veremos -dijo Ernesto.

Después volvimos al estudio, y Ernesto puso el tocadiscos. Sirvió whisky y nos sentamos a escuchar el disco predilecto de Ernesto, el Concierto para violín y orquesta (opus 36) de Arnold Schönberg. No hablamos una sola palabra mientras duró el concierto. Yo pensé en muchas cosas. Pensé en un amor que había tenido dos años antes, que duró un año entero. Se llamaba Perla Pampiglioni. La primera vez que la vi estaba en la parada del colectivo, cerca del puente colgante, en la vereda de la estación de trenes, para ser más exactos. Me volví loco apenas la vi: estábamos a dos metros de distancia, parados los dos en el borde de la vereda, y nos mirábamos de reojo. Ella tenía puesto un vestido amarillo que dejaba ver sus brazos, su cuello, y sus piernas tostadas por el sol. El pelo parecía una lámina lisa de cobre. Tomamos el mismo colectivo y por suerte había un solo asiento doble desocupado, así que me senté al lado de ella, dándole el lugar de la ventanilla. Ella simulaba mirar por la ventanilla pero de vez en cuando me echaba una mirada de reojo. Yo hacía lo mismo. Por el espejo delantero del colectivo le miraba las rodillas. Hicimos más de veinte cuadras juntos, y en un momento dado, el brazo de ella rozó el mío. Después, en el centro, se levanto y se bajó. Yo pensé bajarme en la misma esquina que ella y dirigirle la palabra en la calle, pero tenía la impresión de que todo el pasaje me estaba vigilando, así que decidí bajarme una cuadra más adelante. Cuando volví a la esquina en que ella bajó, ya había desaparecido. Durante tres días comencé a rondar los alrededores de la estación de trenes, con la esperanza de volverla a ver, pero no olí ni rastro de ella. La volví a ver a la semana. Yo estaba en el bar de la galería tomando un café con un tipo que había sido compañero mío en el Nacional y que estaba estudiando medicina en Córdoba desde hacía seis meses, cuando la veo avanzar desde el corredor iluminado de la galería hacia el bar, otra vez con su vestido amarillo, y las láminas de cobre del cabello golpeándole sobre los hombros. Me gustaban sus tetitas bien paradas y me di cuenta de que me había visto porque empezó a hacerse la desentendida. Se puso a mirar la vidriera de una juguetería. No estaba ni a cinco metros de nuestra mesa. Entonces Amoldo Pampiglioni se para, va hasta donde está ella, le da un beso y se ponen a conversar. Estaban a cinco metros y el hijo de mil putas no fue capaz de invitarla a tomar un café a la mesa, y me dejó como quince minutos esperándolo. Después ella se volvió -no sin antes echarme una mirada rápida de reojo- y se alejó por el corredor de la galería hacia la calle, moviendo el culito más redondo y apretado -perfecto, ésa es la palabra- que he visto en mi vida. Amoldo se sentó otra vez y dijo: "Perlita se viene salvando, nada más que porque es mi prima". Respiré otra vez. Le pregunté quién era y cómo se llamaba. "Es Perlita Pampiglioni", me dijo Amoldo. "Se recibió de maestra este año." Me dijo dónde vivía y todo. Después se volvió para Córdoba. Al otro día inicié las operaciones. Guiado por la dirección que me dio Amoldo busqué el teléfono en la guía y encontré lo que buscaba. Su padre se llamaba José Pampiglioni, y vivía en Guadalupe. También figuraba un José Pampiglioni en pleno centro con el rubro "Artículos para el hogar", de modo que me aposté frente al negocio del padre en plena calle San Martín una tarde entera, hasta que vi salir a todos los empleados, y por último, media hora más tarde del cierre del comercio, a un hombre de unos cincuenta años que cerró con llave la puerta de calle, dejando el negocio iluminado por dentro.

Al otro día, a eso de las once, entré en el local y pregunté el precio de una aspiradora eléctrica, si podía comprarse a crédito, y si el crédito podía figurar a mi nombre, que era menor de edad, pero que deseaba darle una sorpresa a mi madre. El empleado me preguntó si yo trabajaba y le respondí que sí, y que además yo recibía puntualmente una pensión mensual de doscientos dólares que me enviaba un hermano de mi madre, un señor Phillip Marlowe, desde Los Ángeles, California. El empleado me dijo que le parecía que era posible que yo pudiese completar la operación, pero que de todos modos debía conseguir la garantía de una persona mayor, con propiedades inmuebles. Estábamos en eso cuando de pronto siento algo raro a mis espaldas, me doy vuelta, y la veo entrar: estaba con unos pantalones blancos, muy ajustados, y una blusa blanca. Dejó un perfume suave al pasar hacia el fondo del local y meterse en los escritorios, desapareciendo adentro. Desgraciadamente ya estábamos al final de las conversaciones, y vi con claridad que el empleado estaba tratando de despacharme hasta que yo volviera con algo más seguro. Le dije si podían darme una solicitud de crédito y si no convenía que yo le planteara mi caso al dueño, pero e! empleado me llevó hasta el mostrador del fondo, me dio una solicitud, y me dijo que no valía la pena plantearle la cuestión al dueño, que la situación era absolutamente normal desde que yo no tenía dificultad en encontrar una persona mayor de edad, con propiedades inmuebles, que saliera de garantía. Le pedí que pusiera en funcionamiento la aspiradora, que quería ver otra vez cómo funcionaba. El empleado me dijo que ya no había más que ver, que me había mostrado todos los dispositivos y posibilidades del artefacto, y que si volvía con la solicitud en regla y pagaba el anticipo, iba a poder llevar la aspiradora a mi casa y hacerla funcionar todo lo que quisiera.

Así que salí y me puse a esperar en la esquina. Estuve ahí mucho más de media hora, en pleno sol. A eso de las doce y cuarto, después que se fueron todos los empleados, la vi salir con el padre. Tomaron hacia la esquina contraria, pero en el momento en que el padre se detuvo a cerrar con llave la puerta de calle advertí que ella miraba en mi dirección, muy fugazmente, y que se daba por enterada de mi presencia. Empecé a seguirlos, a unos treinta metros de distancia. El padre la llevaba del hombro. Llegaron hasta la primera esquina por San Martín, doblaron hacia la derecha en dirección a 25 de Mayo, pasando frente al edificio del Banco Provincia], en cuyo reloj redondo vi que eran las doce y dieciséis, y después siguieron hacia el parque del Palomar, de donde arranca la avenida del Puerto. El viejo tenía el coche estacionado en la playa del parque. Era un auto celeste, ancho, largo, y debía de tener por lo menos dos o tres ambientes y baño instalado. Hablaron un momento antes de subir al coche (yo me había parado en la esquina y fingía esperar un colectivo) y al fin vi que el viejo le daba las llaves y ella se sentaba al volante, no sin echar una mirada de reojo hacia el punto en que yo estaba antes de entrar en el coche. Al fin se fueron.

Quedé medio loco. Me di cuenta de que contaba con algo más que su cuerpo, que su cuerpo era algo imperfecto respecto de un nuevo elemento que acababa de aparecer: su automóvil. Y entonces empezó el gran período en el que yo esperaba verla aparecer en su automóvil; lo esperaba con tanta fuerza, con tanta convicción, que la vi aparecer dos veces. Una vez fue en la costanera, una tarde de lluvia: yo estaba acodado en la baranda, mirando cómo caía la lluvia sobre el río guarecido apenas bajo un árbol, pensando "Ahora va a llegar ella con el automóvil y va a llevarme. Ahora", y me di vuelta de golpe para ver el gran coche azul que avanzaba desde Guadalupe por la gran costanera desierta, lentamente. Tardó muchísimo en llegar, creciendo gradualmente desde el horizonte gris, y a medida que se aproximaba yo podía ver el movimiento regular del limpiaparabrisas arrasando las gotas que caían sobre el parabrisas enturbiando el rostro que vigilaba el camino a través del vidrio. Pasó de largo y no era ella. Y la segunda vez, una siesta de enero, yo cruzaba una calle también completamente desierta, y en el momento en que pienso "Ahora el coche de ella va a doblar en la esquina y va a venir hacia aquí", oí el chirrido de unos frenos y vi aparecer desde la esquina el coche azul a toda velocidad, bramando sobre el asfalto hirviente. También pasó de largo, y tampoco era ella. Pero me di cuenta de que estaba empezando a manejar el poder de evocar ese coche azul y traerlo hasta donde yo estaba, desde doquiera que el coche estuviese.

La vi cinco veces más en ese año, siempre a pie. De todas las largas guardias que hacía por los alrededores de su casa logré verla una vez sola. Salió de su casa, cruzó la calle corriendo, y entró en una casa de la vereda de enfrente. Estaba con los pantalones blancos y la blusa blanca. Esperé tres horas que volviera a salir pero no reapareció. Durante esas tres horas anocheció. Vi tantos manchones blancos cruzar la oscuridad fugazmente, entre los árboles negros, que la millonésima vez que me pareció verla decidí que estaba haciendo el papel de imbécil y me fui a dormir. La segunda vez fue en un cine: entré en la oscuridad y me senté y cuando se encendieron las luces vi que ella estaba en la butaca de al lado. Tenía un sacón de piel y el cutis más blanco, porque era pleno invierno. Me pareció que enrojecía cuando se dio cuenta quién era el tipo que tenía al lado. Después que apagaron las luces estuvimos toda la película rozándonos el codo en el apoyabrazos de la butaca y si a la salida alguien me hubiese preguntado cómo se llamaba la película que vi y de qué se trataba me habría quedado más mudo que una piedra. Diez minutos antes de que la película terminara ella se levantó y se fue. La tercera vez fue en el bar de la galería: llegamos juntos a la caja, ella desde el patio, yo desde la calle, y le cedí el lugar para que sacara el vale de consumición, aunque yo había llegado a la caja un segundo antes. Ella pidió una naranja Crush y un perro caliente. Se los llevó a la mesa y yo me quedé tomando mi café en el mostrador, echándole de vez en cuando alguna mirada disimulada, pero ella estaba de espaldas, de modo que no me veía. Cuando me di vuelta por última vez para mirarla, comprobé que había desaparecido. La cuarta vez que la vi, yo pasaba en colectivo y ella estaba parada en una esquina. La miré por el vidrio trasero hasta que desapareció de mi vista. Un mes después era yo el que estaba parado en una esquina y ella la que pasó en colectivo. Después no la vi más por muchos meses, y al fin me olvidé de ella.

Cuando el concierto para violín terminó, dejé de pensar en Perla Pampiglioni y me encaminé al ventanal. Ernesto apagó el tocadiscos.

– Qué silencio -dijo.

Estábamos en un cubo iluminado. Afuera estaban la llovizna, los árboles negros, y el lago del parque. Tuve la sensación, por un momento, de que el cubículo de luz flotaba en el vacío, sin derramar un solo rayo de su luz gélida hacia el espacio negro, dotado de una claridad sin titilaciones, y moviéndose en un lento errabundeo. Ernesto se sentó.

– ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? -dijo.

Me volví desde el ventanal y me senté frente a él.

– Nada -dije.

– ¿Has leído? -dijo Ernesto.

– Sí -dije.

– ¿Has hecho el amor? -dijo Ernesto.

– Sí -dije.

– Yo en cambio no he hecho más que tratar de traducir este maldito libro -dijo Ernesto.

– Y habrás mandado varios hombres a la cárcel, también, supongo -dije.

– No. En este tiempo, a ninguno -dijo Ernesto.

Después hicimos silencio otra vez, por unos diez minutos. Durante ese tiempo, Ernesto no dejó de mirarme ni un segundo. Estaba tan hundido en el sillón que me pareció que no iba a poder levantarse más. Que iba a quebrarse en dos y morirse ahí sentado. Lo contemplé con una especie de extrañeza; tenía los ojos entrecerrados y el vaso de whisky en la mano, y de pronto hizo un movimiento leve y el hielo tintineó contra las paredes del vaso. Ese tintineo me llenó de horror; no supe por qué, pero tuve un ataque de horror súbito y deseé hablar, decir algo para que ese tintineo se perdiera entre el sonido de las palabras. Ernesto me escuchaba, pero parecía ausente.

– He pasado un mal verano -le dije-. Muy mal verano. Me he quedado noches enteras sentado en el patio, mirando las estrellas, y he visto cosas extrañas en el cielo. He visto unos signos en el cielo que me llenaron de miedo. No se lo he dicho a nadie todavía. Es la primera vez que se lo cuento a alguien. He visto que las estrellas se movían y una noche vi la luna llena de tigres y de panteras que se hacían pedazos y ensangrentaban el cielo todo alrededor de la luna. Después vi una carroza que bajaba del cielo al infierno, cargada de gente conocida que todavía no ha muerto.

No había visto nada de eso, pero había esperado verlo. Lo único que había visto era un millón de mujeres desnudas flotando en el espacio negro y emitiendo un resplandor azulado.

– Se ven cosas todavía peores, y no precisamente en el cielo -dijo Ernesto, incorporándose algo en el asiento y tomando un trago de whisky.

Estuve una hora más en su casa y después me fui a dormir. Todavía lloviznaba. Atravesé una ciudad muerta y negra y cuando crucé en diagonal la Plaza de Mayo vi otra vez el edificio de Tribunales convertido en una masa negra llena de refulgencias. Los zapatos se me llenaron de un barro rojizo y tuve que secarme la cara y la cabeza y los píes húmedos cuando me acosté entre las sábanas heladas. Tirité durante media hora, sin poder conciliar el sueño, y me masturbé para entrar en calor. Lo único que conseguí fue manchar las sábanas, porque seguí helado. No sólo no había panteras y tigres en la luna, sino tampoco mujeres desnudas emitiendo una fosforescencia azulada en el espacio negro. Había solamente una negrura gélida, y lo único que podía ubicar en su centro -si es que tenía centro- era el cubículo iluminado errabundeando dentro, con Ernesto sentado en un sillón, haciendo tintinear apagadamente el hielo contra las paredes del vaso. Encendí la luz. Reconocí mi habitación y volví a oprimir la perilla para quedar otra vez en la oscuridad.

Pero yo no sabía eso cuando salí de los Tribunales el día anterior, alrededor de mediodía. Tenia que pasar todavía una tarde, una noche, y todo un día y parte de una noche para que yo comenzara a secarme la cabeza en mi habitación y me metiera después entre las sábanas heladas con la imagen del cubículo iluminado errabundeando en el espacio negro y vacío de mi mente. Toda la plaza estaba impregnada de la refulgencia gris de la llovizna y unos hombres borrosos y encogidos la atravesaban lentamente. Volví al diario y encontré a Tomatis tomando un café con el jefe de redacción, un tipo alto, de lentes, que nunca tragué. Tomatis puede andar bien con todo el mundo, porque no le importa nada de nadie. Con los fumadores de cigarros, él fuma cigarros; con los que toman el café con crema, él toma café con crema; con los que comen sin sal, él come sin sal. Pero no es un tipo acomodaticio, por mucho que parezca lo contrario. Da la impresión más bien de que no hay cosa en el mundo que pueda llegar a interesarle de verdad, siquiera mínimamente. Pienso que no le interesa nada, absolutamente nada. Y de ese modo, puede hacer cualquier cosa. Es la locura.

Cuando sale del despacho del jefe de redacción, Tomatis viene y me dice:

– Te desafío a una carambola y a dos rayas después de la comida.

– Hecho -le digo.

En el salón de billares, Tomatis sale con la lisa y me deja la de punto, era el tiro de salida y me carga con el trabajo de hacer todas las carambolas, para ponerse a hablar a sus anchas. Revuelve interminablemente su pocillo de café, de pie junto a una mesita. El enorme salón está lleno de conos de luz que hacen refulgir el paño verde de las mesas y llenan de reflejos las bolas que corren y chocan entre sí con su sonido peculiar. Cuento las carpas de luz: son seis. Después me inclino y apunto mi primera carambola.

– ¡Oiga! -grita Tomatis. Me doy vuelta sorprendido. Ha llamado a un vendedor de lotería: es un hombre canoso al que le falta una pierna y avanza haciendo sonar su muleta contra el mosaico.

– ¿Tiene el extracto? -dice Tomatis.

– Los diez primeros premios, únicamente -dice el vendedor de lotería.

– ¿Figura el dos cuarenta y cinco? -dice Tomatis.

El hombre saca una lista de números del bolsillo y se la da a Tomatis, que la estudia un momento.

– Nada -dice, devolviendo la lista.

El hombre se va. Tiro mi primera carambola y me preparo para la segunda. Tomatis mira la calle a través del ventanal.

– Va a llover todo el año -dice.

Termino el partido en seis boladas: una de doce, una de catorce, una de nueve, una de siete y una de ocho carambolas. La de catorce la hago en un rincón, porque Tomatis ha dejado las dos bolas contrarias juntas -creo que deliberadamente- y yo no dejo que se separen hasta la carambola número catorce. Cuando voy a tirar la número quince, el taco pifia por falta de tiza, y erro. Inmediatamente, el taco de Tomatis pifia y hago nueve carambolas más. No creo que el partido haya llegado a durar más de quince minutos. Creo que Tomatis no vio una sola de las carambolas que hice, y alguna de ellas no habría salido, muy deslucida en cualquier certamen internacional. La mirada de Tomatis pasaba del rectángulo del ventanal a deslizarse vagamente por el gran salón lleno de ruidos y de ecos.

– En Buenos Aires -dice- estuve todo el tiempo sin salir del hotel. Me hice subir una caja de cigarrillos norteamericanos y cada vez que venía el productor yo salía de una especie de marasmo que me daba apenas me quedaba solo. El productor venía acompañado del director. Me agarraban entre los dos, me desnudaban, me daban un baño, me ponían un pijama y un lápiz en la mano y me sentaban frente a una mesa. De vez en cuando, el director me abofeteaba. "Use la imaginación", me decía. "Está todo el equipo de filmación esperando. Hemos traído tres técnicos de los Estados Unidos", decía el productor. "Bueno", decía yo. "Qué es lo que quieren."Usted tiene que escribir un diálogo entre Fulano y Mengano; tiene que terminar ese diálogo", decía el director. "¿Dónde dejé?", decía yo. "Exactamente en la palabra dinero", decía el director. "Dinero", decía yo. "Sí, exactamente, dinero", decía el productor. En eso una rubia salía del dormitorio en salto de cama, con dos botellas vacías, una en cada mano. "¿No te he dicho una y mil veces que no dejes las botellas vacías en mi valija?", decía. A veces pasaba totalmente desnuda. Pero ni yo, ni el productor, ni el director, ni siquiera la mirábamos. Creo que ni la veíamos. "Dinero", decía yo. "Perfecto, dinero." Y empezaba a rascarme la cabeza pensando por qué razón había puesto la palabra dinero, el día anterior, y sobre qué cuernos trataba la película. "Denme el material que ya he escrito" decía yo. "Despídase de ese material" decía el productor. "Lo tiene el jefe de producción." La última frase decía algo así como: Necesito dinero. "El dinero no se nombra nunca", decía yo, con gran convicción, "se usan eufemismos para hacer referencia a él: se lo llama guita, cierta suma, ayuda material. Nunca se dice dinero. Yo no puedo haber escrito eso". El productor me daba entonces dos bofetadas: "No teorice, Tomatis. No le pago para que teorice, sino para que escriba un guión de cine". Por fin nos poníamos de acuerdo: Fulano le pedía dinero a Mengano y Mengano se lo prestaba con la siguiente condición: Fulano debía dejar el campo libre con cierta señorita. Escribíamos el diálogo. El productor, al salir, tropezaba en la puerta con la mucama que traía la primera botella del día. Me dirigía la palabra, y yo podía distinguir algo entre el canto de la rubia que llegaba desde el cuarto de baño, y el ruido de la ducha caliente cayendo sobre la bañera llena, lista para el baño de inmersión. Decía aproximadamente algo así: "Usted es un buen tipo, Tomatis. Un tipo piola. He visto muchos tipos piola, pero ninguno tan piola como usted. Si yo no tuviese montada una industria de doscientos millones de pesos, de la que viven tipos piolas como usted, y pudiera bastarme con mis dos fábricas y mi ganado vacuno, me pasaría el tiempo charlando con usted. Estoy seguro de que nos divertiríamos como locos. Incluso he pensado seriamente en asignarle una pensión vitalicia para que escriba sus novelas y me las mande por correo. Pero le juro por las cenizas de mi madre que nunca más una película que yo produzca va a llevar un guión escrito por usted". Después se iba. Yo me echaba a reír, sacudía la cabeza, y me zambullía en la bañera. Entre la rubia y yo la hacíamos rebalsar, y a veces nos divertíamos escupiendo chorritos en el traste de la mucama.

Después volví al diario y Tomatis dijo que iba no sé dónde. Del taller me pidieron un titular para la sección Estado del Tiempo, que me había olvidado de pasar, y después de dar mil vueltas alrededor del asunto, me decidí por el siguiente: "Mantiénense invariables las condiciones del tiempo en ésta". Lo pasé al taller y me fumé un cigarrillo tranquilo, sin que nadie se acercara a molestarme. Después bajé a la sala de máquinas y cuando salieron los primeros ejemplares, saqué uno para mí y me fui a leerlo al bar de la galería. Estaba repleto de gente, y cuando llegué a la última página del diario -la de las historietas y los avisos clasificados- eran ya más de las siete y media. Había oscurecido y seguía lloviznando. Los letreros luminosos se reflejaban sobre el pavimento y como era demasiado temprano para ir a lo de Tomatis y no tenía interés en encontrarme con mi madre en casa decidí seguir al primer tipo que me resultara sospechoso, por puro entretenimiento. Elegí uno vestido a la moda, con un impermeable blanco y un paraguas negro y finísimo que llevaba plegado y usaba como bastón. Tendría alrededor de treinta años.

Yo me había parado en una de las entradas de la galería, protegido de la llovizna que caía sobre la vereda, y vi venir al tipo por San Martín, de sur a norte. Se paró un momento frente a la vidriera de una zapatería y después entró a la cigarrería que divide los dos pasillos de la galería bien sobre el filo de la vereda. Compró tabaco para pipa y después salió. Empecé a seguirlo. Anduvo cuatro cuadras por San Martín hacia el norte dobló a la derecha hacia 25 de Mayo, y después de dar la vuelta manzana penetró otra vez en San Martín y retomó el camino de norte a sur, esta vez por la vereda de enfrente. Yo lo seguía a unos cuarenta metros de distancia, sin perderle pisada. En el umbral de un negocio iluminado se resguardó de la lluvia y encendió una pipa, dándole tres o cuatro chupadas profundas para asegurarse de que estaba bien encendida. Yo me detuve a no más de dos metros de distancia, simulando mirar la vidriera del negocio en cuyo umbral él se había detenido. Cuando advertí que se trataba de un comercio de ropa interior femenina, me separé bruscamente de la vidriera y me adelanté unos metros, pero me volví a detener porque el tipo andaba tan despacio que ya le llevaba como diez metros de ventaja. Esperé en la esquina y él pasó a mi lado, deteniéndose un momento para desplegar su paraguas negro, porque la lluvia estaba poniéndose cada vez más densa. El tipo siguió por San Martín de norte a sur unas seis cuadras, y después volvió de sur a norte, por la vereda de enfrente. Yo no le perdí pisada durante todo el trayecto. Caminaba tan despacio que era la locura. Volvió a pasar delante de los pasillos iluminados de la galería y en la primera esquina dobló en dirección a la estación de ómnibus. En la boca de los andenes se detuvo, se sacó la pipa que venía mordiendo todo el tiempo y contempló con la boca abierta el edificio de Correos en la vereda de enfrente, cuyas ventanas se hallaban completamente iluminadas. El tipo lo reconoció de arriba abajo con la mirada, siempre con la boca abierta, alzando tanto la cabeza que en un momento dado me pareció que se iba a caer de espaldas. Después fue a la ventanilla de los ómnibus que van a Rosario y sacó un pasaje. Me acerqué a la ventanilla y me puse lo bastante cerca como para oír que el pasaje era para el día siguiente, a las ocho y diez de la mañana. Después el tipo salió a los andenes, desplegó otra vez el paraguas, cruzó a la vereda de enfrente y empezó a recorrer la calle en sentido inverso. En la esquina de 25 de Mayo se detuvo frente a las vidrieras del bar Montecarlo y miró el interior, curioseando. Al parecer no vio nada interesante, ya que se dio vuelta y siguió caminando por 25 de Mayo hacia el norte. Al llegar a la esquina, plegó el paraguas y entró en el hotel Palace. Entré detrás de él. El hall del hotel estaba extraordinariamente iluminado y limpio. No tenía felpudo, y sin embargo no había huellas de barro o agua en el piso. El tipo fue hasta el mostrador del conserje y yo lo seguí.

– Doscientos doce -dijo el tipo.

El conserje le dio la llave. El tipo se volvió, sin siquiera mirarme, y se metió en el ascensor. Yo me quedé mirándolo a través de la reja del ascensor, mientras la caja de metal enrejado ascendía hasta que desapareció. Entonces el conserje me preguntó qué deseaba.

– Quisiera saber si se encuentra alojado en este hotel el señor Phillip Marlowe. Se lo esperaba esta mañana -dije.

– ¿Señor cómo? -dijo el conserje.

– Phillip Marlowe -dije yo.

El conserje comenzó a revisar el registro de pasajeros.

– ¿De qué procedencia? -dijo.

– Los Ángeles, California -dije yo.

El conserje revisó con sumo cuidado el registro de pasajeros.

– No ha llegado, señor -dijo.

– Gracias -dije yo, y salí a la calle.

El reloj de Casa Escassany toco nueve campanadas. Pasé por una rotisería, compré dos botellas de vino tinto y me fui para lo de Tomatis. Ahora había dejado de llover, pero había una humedad que era la locura. Tomé un taxi en la esquina del Mercado Central y le di la dirección de Tomatis. Cuando Tomatis lo invita a uno a su casa, quiere decir que uno debe ir a un departamento muy chico que ha alquilado para trabajar, en un barrio apartado, encerrado entre dos avenidas. Cuando dice que uno pase "por la casa de mi madre", quiere decir la casa en la que vive con su madre y su hermana, en el centro. A decir verdad, me gusta mucho más el cuarto que Tomatis tiene en la terraza de la casa de su madre, porque consta de un sofá-cama, un escritorio, una biblioteca chiquita y una reproducción del Campo de trigo de los cuervos sobre el sofá-cama, en la pared amarilla. El departamento de las afueras es más cómodo, pero en él rara vez se lo encuentra. Lo más probable es que no conteste las llamadas por estar trabajando o encamado. A veces me ha hecho ir hasta allí y no lo he encontrado. Por las ventanillas del taxi veía desfilar una ciudad oscura, llena de agua. La vereda de la casa de Tomatis estaba más negra que el fondo del océano, pero se colaba un resquicio de luz por debajo de la puerta. Toqué dos veces el timbre y esperé largo rato antes de que abrieran la puerta. El que atendió era Horacio Barco. Ocupaba la entrada con su corpachón, enfundado en un pulóver borravino de cuello alto y unos pantalones de franela que le pienso pedir prestados el día que decida salir a pedir limosna.

– Hola-dijo.

Me dio paso y atravesé el umbral y entré. Él cerró la puerta y me siguió hasta la primera pieza iluminada. Había dos sillones y varias sillas desparramadas, una biblioteca y un escritorio. Una cama turca servía como diván, y me di cuenta de que Barco había estado allí, porque solamente un tipo de esas dimensiones podía haber formado un hueco semejante en la cama. En el suelo estaba el diario de la tarde, totalmente desordenado. Dejé las botellas de vino sobre la mesa y le pregunté a Barco si tenía alguna idea de dónde podía estar Tomatis.

– Tengo la plena seguridad de que está en alguna parte -dijo Barco.

– Me invitó a cenar -dije yo. Barco extendió el brazo.

– Creo que hay algo en la cocina -dijo.

– Puedo esperar un rato todavía -dije yo.

Barco hizo un gesto que no significaba absolutamente nada y se tiró en la cama. Se estiró bocarriba y dos minutos después roncaba. Yo me acerqué al escritorio de Tomatis y vi un cuaderno abierto, lleno de garabatos en el margen, y un texto manuscrito que decía lo siguiente:

Para acorralar a la liebre, tiene que haber un
punto más adelante del cual
la liebre no pueda avanzar;
para que esté cansada, tiene que haber un campo
por el que haya corrido;
para que tenga que morir, tiene que haber un
sitio, a campo raso, o en una gruta de ramas,
donde pueda encontrar su muerte.
Únicamente la lucecita que él llevaba consigo
adentro era irreal.

Después seguían hojas en blanco; las hice deslizar con el pulgar; entre ellas había una hoja suelta, manuscrita, que decía:

El débil caserío fue borrándose, moviéndose hacia
atrás,
las habitaciones estrechas cálidamente iluminadas
en las que hombres de rostro pálido caminan
desde la mesa a la ventana,
las camas llenas de un olor animal,
los bares melancólicos de sucias baldosas en los
que resuena una música turbia,
la casa de gobierno y el cuartel de policía, el
palacio de justicia,
los parques abandonados a la lluvia,
mujeres tendidas bocabajo sobre alfombras con
arabescos de musgo,
el pavimento y el humo de las tristes chimeneas,
mezclado a la llovizna,
el municipio blanco, con sus ventanas apagadas
los lentos colectivos recorriendo la pasarela vacía
de las calles,
el rumor de un millón de mentes en continuo
ronroneo,
en lenta disgregación.

El ruido de la puerta de calle me sobresaltó y me hizo guardar el pedazo de papel entre las hojas del cuaderno. Dejé el cuaderno abierto sobre la mesa, tal como lo había encontrado. Tomatis apareció en la puerta de la habitación seguido de voces masculinas y femeninas. Oí el taconeo de zapatos femeninos en el pasillo. Tomatis se detuvo sorprendido al verme. Me di cuenta de que se había olvidado de la invitación, pero la recordó enseguida. Después echó una rápida ojeada a la mesa y a la cama, y al ver el cuaderno abierto me dirigió una mirada sospechosa y fue y lo cerró. Detrás de él entraron inmediatamente tres mujeres jóvenes y un tipo de lentes vestido con un saco azul y unos pantalones de franela. A las mujeres las conocía de vista. Al tipo no lo había visto en la perra vida. Llevaba una impermeable en la mano. Las mujeres estaban terminando de plegar sus paraguas y una de ellas, que llevaba un vestido verde que era la locura, se sacó un pañuelo de la cabeza y empezó a sacudirse el pelo, echándoselo para atrás. Tomatis fue y sacudió a Barco. Éste se sentó en la cama y miró a su alrededor; después se pasó varias veces las manos por la cara y se levantó. Una de las mujeres, que tenía un impermeable blanco ajustado en la cintura, traía un bolso de paja en la mano. Tomatis se lo quitó y lo puso sobre la mesa. Lo abrió y empezó a sacar cosas: dos botellas de whisky y un montón de latas de alimento en conserva. Del fondo del bolso sacó un pan casero. Dos de las mujeres desaparecieron en el interior de la casa y Tomatis las siguió, así que en la habitación no quedamos más que Horacio Barco, la chica de vestido verde, y el tipo con el impermeable doblado en el brazo. El tipo estaba parado cerca de la puerta, Barco al lado de la cama, con las manos en los bolsillos, yo con una mano apoyada sobre la mesa, cerca de las latas de conserva y las botellas de whisky, y la chica del vestido verde en medio de la habitación, con el paraguas verde en una mano y el pañuelo y la cartera en la otra. Yo estaba por decir algo, porque nadie hablaba y la situación se estaba poniendo algo difícil, pero en ese momento reaparecen Tomatis y las otras dos mujeres y empiezan a cargar las latas y las botellas y se las llevan para la cocina. Barco cruza la habitación detrás de ellos y desaparece, de modo que quedamos el tipo de saco azul con el impermeable doblado en el brazo, la chica de vestido verde, y yo.

– ¿Llovizna otra vez? -digo yo.

– Un poco -dice la chica de vestido verde.

El tipo de lentes mira pero no dice nada. Después de un momento, señalo la cama y las sillas y digo:

– ¿Nos sentamos?

La chica de verde se encoge de hombros y se sienta en un sillón, sin soltar el paraguas, ni la cartera ni el pañuelo. El tipo de lentes queda tan inmóvil en su lugar como si hubiese sido de piedra. Yo me siento en el borde de la mesa. Saco mi paquete de cigarrillos y ofrezco sin que nadie me acepte. Entonces enciendo un cigarrillo para mí y me guardo el paquete. Muerdo el filtro, con los labios separados y la cabeza algo alzada para impedir que el humo me vaya a los ojos. Si no tienen filtro para morder, los cigarrillos no me interesan. Lo que me gusta de verdad es morder el filtro, no fumar. La chica de verde me mira con los ojos muy abiertos. Yo estoy sentado sobre el borde de la mesa, con las piernas estiradas, las manos metidas en los bolsillos del impermeable, y mordiendo el filtro del cigarrillo. Tengo los ojos entrecerrados y la cabeza alzada. El otro tipo sigue parado inmóvil y yo estoy tentado de sacudirlo para ver si no se ha muerto. Entonces entra Tomatis, con un vaso en la mano.

– Pónganse cómodos -dice. Me mira-. Preferiría que no pongan el culo sobre la mesa.

La chica se echa a reír.

– Carlitos -dice- ¿Dónde has conseguido este sillón?

– Lo heredé de mi abuela -dice Tomatis. Va y le da una palmada a la estatua del tipo de impermeable sobre el brazo-. No estés ahí parado.

El tipo obedece y va y se sienta.

– Pueden ir a la cocina y servirse lo que quieran -dice Tomatis-. Gloria y la Negra están preparando la comida y Barco está empezando a comérsela. Siempre tiene hambre. Una vez se comió una vaca entera.

– No puedo creerlo -dice la chica de verde.

– Bueno, dejó los cuernos y la cola -dice Tomatis. Me señala con la cabeza- Angelito es compañero mío en el diario. Hace la sección Estado del Tiempo. Él es el responsable de esta lluvia que no quiere parar.

La mujer del impermeable blanco entró y empezó a desabotonarse el impermeable. Debajo tenía una pollera azul marino y un suéter del mismo color. Terminó de sacarse el impermeable y lo tiró sobre la cama. Vi que tenía vello en las sienes y en las muñecas y me pregunté si desnuda no sería demasiado peluda.

– En diez minutos comemos -dijo, antes de volver.

– Negra -dijo la chica de verde-. Puedo ir a ayudar si necesitan.

– Barco está ayudando -dijo la Negra y desapareció.

Sentado y todo, el tipo de lentes seguía con el impermeable doblado sobre el brazo. Estaba en el borde de la silla, inclinado hacia adelante, el impermeable doblado sobre el brazo y el brazo apoyado sobre el muslo. No se le movía un solo músculo de la cara. Pensé que si iba por detrás y le sacaba la silla, el tipo iba a quedar exactamente en la misma posición, en el aire. Tomatis sigue parado con el vaso en la mano. La barba le ha crecido algo desde la mañana y sus mejillas emiten unos reflejos azulados, metálicos. Su nariz ganchuda brilla en el arco.

– ¿Dónde estábamos? -dice.

– En que había dejado los cuernos y la cola-dice la chica de verde.

– Entonces estábamos hablando del demonio -dice Tomatis.

La chica de verde se echa a reír. Tomatis deja el vaso sobre la mesa y recoge las hojas del diario de la tarde, acomodándolas y doblándolas.

– Recién será viejo mañana -dice, y se incorpora con la cara enrojecida por el esfuerzo que le ha costado agacharse.

Horacio Barco entra y cubre el hueco de la puerta con su cuerpo. Viene masticando algo, y trae un vaso de vino en la mano.

– Carlos -dice-. No hay sal.

– Imposible -dice Tomatis.

Pero Barco ha desaparecido ya en dirección a la cocina. Tomatis sale detrás de él.

– ¿Usted también es escritor? -dice la chica de verde.

– No-le digo.

– ¿A qué se dedica, aparte del diario? -dice.

– A nada. A veces hago algún trabajo para la policía, pero muy esporádicamente -digo yo.

– ¿Qué tipo de trabajo? -dice la chica de verde.

– Seguir a alguien, algún allanamiento. Cosa de nada -digo yo.

– Apasionante -dice la chica de verde.

– No crea -digo yo-. Me aburro, muchas veces.

– Si, es verdad -dice la chica de verde, pensativa-. Todo resulta muy aburrido a la larga.

Tomatis entra en el momento en que yo estoy alzando su vaso de whisky para mandarme un trago. Espera hasta que tomo y después me saca el vaso.

– Hay dos botellas, en la cocina -dice.

Después se acerca al tipo del impermeable doblado sobre el brazo, que ya debe haber muerto.

– Podes servirte algo en la cocina, Nicolás -dice.

El tipo se levanta sin decir palabra y sale, llevando el impermeable en el brazo. Cuando desaparece me dirijo a Tomatis:

– ¿Lo tiene cosido al brazo? -pregunto.

– ¿Qué cosa? -dice Tomatis.

– El impermeable -digo yo.

Tomatis se ríe sin ganas y me dice que vaya a la cocina si quiero tomar algo, y que avise cuando esté lista la cena.

– No -digo yo-. Por ahora no quiero tomar nada. Con la comida, en todo caso.

– Ángel es todo un carácter -dice Tomatis.

– Pareciera -dice la chica de verde, mirándome con alguna curiosidad.

Tiro el cigarrillo al suelo y salto de la mesa aplastándolo con el zapato. El suelo está lleno de manchas de barro, y desde el centro de la habitación a la puerta que lleva para la cocina hay un rastro intrincado de huellas aguachentas. La chica de verde tiene las piernas abiertas y la pollera recogida dejando ver la mitad de unos muslos redondos que son la locura. Trato por todos los medios de no mirar en esa dirección, pero una fuerza loca me hace girar la cabeza una y otra vez. Ella ni siquiera se da cuenta. Incluso tengo la impresión de que apenas si sabe que estoy allí, y las preguntas que me hace salen en forma mecánica de sus labios, como si las formulara cada vez que está en presencia de alguien cuya cara no le resulta del todo familiar. La última mirada que me ha echado ha sido la más viva de todas, pero la ha dejado deslizar sobre mi cara con una levedad que me produjo una débil irritación.

– A usted le veo cara conocida -le digo.

– Puede ser -dice ella-. En esta ciudad, todo el mundo se conoce.

– No -le digo-. Tengo la impresión de que hemos estado hablando otra vez antes de ahora.

– Puede ser -dice ella-. Yo hablo tanto. Y con tanta gente.

– Pero tengo la sensación de que hemos hablado íntimamente -digo yo.

No surte el menor efecto. Hace un gesto de extrañeza y se encoge de hombros, admitiendo la posibilidad. Tomatis me mira muy fijamente. En ese momento entra el tipo de impermeable doblado en el brazo con un vaso de whisky en la mano libre. Se queda parado cerca de la puerta, inmóvil. Tiene unos zapatos marrones enormes, con una suela de goma tan gruesa que parecen ortopédicos.

– Te has munido de combustible, Nicolás, por lo visto -dice jovialmente Tomatis.

– Podemos pasar a la mesa -dice entonces Nicolás. De modo que habla. Es una gran cosa, teniendo en cuenta el aspecto enteramente humano que presenta. Pensé que existía la posibilidad de que fuese un objeto de material plástico al que Barco le hubiese improvisado rápidamente en la cocina un dispositivo destinado a permitirle formular la expresión: "podemos pasar a la mesa". O que Tomatis mismo emitió la respuesta, como un ventrílocuo. La chica de verde se levantó y salió.

– No te afanes, Ángel -me dijo Tomatis-. Pupé no tiene sexo. Ha venido así al mundo. Pero es muy divertida y resulta útil si uno tiene ganas de hablar de algo. De cualquier cosa: ella de todos modos no entiende de nada.

La comida resultó horrible. Habían abierto como cincuenta latas de arvejas y las habían puesto a hervir con cebollas, de modo que de todo eso salió un potaje verdoso y aguachento que no tenía gusto a nada. No sé quién convenció al tal Nicolás que dejara el impermeable en el respaldo de la silla, pero el brazo le quedó todo el tiempo en la misma posición en que lo había tenido mientras cargaba con el impermeable, de modo que su actitud no varió mucho. Como las sillas no alcanzaban, Gloria comió sentada en las rodillas de Barco, en el mismo plato que él. Se ve que habían intimado durante la preparación de la comida, o probablemente se conocían ya de antes. La tal Gloria tenía unos pantalones negros muy ajustados y el pelo recogido en una cola de caballo. Tenía un cuello delgado y largo como un palo, y Barco la sostenía por la espalda para que no se cayera. Yo me senté entre Tomatis y la Negra -Pupé estaba sentada del lado de Tomatis- y tuve la oportunidad de comprobar que el vello de la Negra crecía también detrás de las orejas. Me juego la cabeza de que era peluda como un mono. Cuando probó el primer bocado, Tomatis dijo que tal vez con cebollas podridas el potaje habría salido un poco mejor, pero que todavía estaban a tiempo de sacar algún condimento del tacho de la basura y agregárselo. Después dijo que un productor de cine es fácil de reconocer a primera vista por el grosor de su cigarro, pero que con un director la cosa se vuelve más difícil porque detrás del hueso frontal un director de cine no tiene más que aire, y se lo reconoce por eso. Después discutió con Barco que decía que Otelo no era un hombre celoso, que Yago no hacía más que presentarle evidencia de la traición de Desdémona, y que a lo sumo se trataba de una persona demasiado influenciable. Lo que saltaba a la vista, según Barco, era más bien su masoquismo, y la rudeza de Shakespeare empeñado en construir una tragedia en base al criterio popular de que todos los turcos son celosos e impulsivos. De ahí saltó a decir que la flema de los ingleses era producto de la gran humedad ambiente. Tomatis admitió que Otelo no era un hombre celoso, pero se burló de los argumentos de Barco, afirmando que saltaba a la vista que Otelo no era celoso porque su conducta no era la conducta habitual de un hombre celoso, ya que es archisabido que el hombre celoso no mata a puñaladas a la mujer que lo engaña sino que se dedica a calcular las dimensiones de su plantación de bananos y a contemplar cómo va corriéndose la sombra de la pilastra sudoeste de la galería de su bungalow. "Es elemental", gritaba Tomatis, dando puñetazos en la mesa. "Ningún celoso mata a su mujer a puñaladas. Eso es psicología barata. Un verdadero celoso es un maniático del detalle. Y la vez que sentí verdaderos celos en mi vida, experimenté el impulso irrefrenable de conseguir un metro de carpintero y salir a tomar las medidas de la cama de dos plazas donde yo suponía que se perpetraba el engaño."

A mi modo de ver, Tomatis exageraba, pero la teoría era original. Barco le respondió que mejor le hubiese valido usar el metro de carpintero para medir el objeto por el cual la mujer había sustituido a Tomatis. "Si es necesario desplegar todo el metro de carpintero para medirlo, ahí está la causa del engaño", dijo. Después dejaron de gritar y se hizo un silencio que duró más de cinco minutos durante el cual yo golpeaba el borde de mi plato con una cucharita. Como el silencio terminó por molestarme, me levanté y fui a orinar. Crucé un patiecito de mosaicos, que daba a un terreno lleno de árboles sin hojas, detrás de cuyas ramas negras vi, en el cielo, un montón de nubes que corrían rápidamente dejando ver el resplandor de la luna y una porción de cielo estrellado. Pero en el patio no había viento, y las ramas desnudas, negras, permanecían inmóviles. Ni siquiera llegué al baño. Oriné en el patio, parado sobre la franja de cemento que separaba el mosaico rojo del piso de tierra. Cuando volví a la cocina me pareció que habían estado hablando de mí, porque noté un silencio sospechoso, que no era el mismo que yo había dejado al salir al patio.

– Fui a cambiar el agua de las aceitunas -dije, cuando entré y noté el silencio. Tomatis me pidió que fuese hasta la pieza delantera a buscarle un paquete de cigarrillos del cajón de la mesa. Fui y abrí el cajón y vi que había dos cajas de cigarrillos norteamericanos. Me metí un paquete en el bolsillo y saqué otro para Tomatis. Cuando se lo di, Tomatis lo abrió y ofreció a todo el mundo, incluso a mí. Mordí el filtro y lo encendí, echando una bocanada de humo al centro de la mesa. Alcé la cabeza y entrecerré los ojos, con el filtro bien agarrado entre los dientes.

Después nos fuimos todos a la pieza delantera. Gloria y Barco se tiraron en el diván, en sentido inverso, de modo que Barco le decía a cada rato que le sacara los pies de la cara. El tal Nicolás se sentó en el borde de una silla y ahí quedó como muerto, sin abrir la boca y probablemente sin respirar. Yo estaba por sentarme otra vez en el borde de la mesa, pero Tomatis me detuvo diciendo: "No me gusta que las visitas pongan el culo donde yo trabajo", de modo que me senté en una silla y Tomatis se quedó parado contra la biblioteca. La Negra y Pupé ocuparon los dos sillones. Advertí que Pupé no se cuidaba para nada de mostrar las piernas, y que en cambio la Negra no hacía más que estirarse las polleras para cubrirse hasta las rodillas, de modo que mi convicción de que era más peluda que un chimpancé crecía cada vez más. Gloria se quejaba a cada rato de que Barco no le dejaba lugar en la cama, y que estaba a punto de venirse al suelo. Tomatis dijo que en el hotel donde había estado parando en Buenos Aires había una mucama tan alta que no entraba en el ascensor, y que una vez que él bajó a la administración ("porque la única vez que bajé de mi piso fui a la administración a pedir que me arreglaran el teléfono interno que se había descompuesto", dijo) abrió el ascensor y la encontró acuclillada en un rincón. "Le pregunté al administrador si no era demasiado trastorno tener una mucama de su altura", dijo Tomatis, "pero el tipo me contestó que limpiaba el cielo raso como ninguna y que era la amante del gerente, un tipo que se volvía loco por las mujeres altas". Pupé le preguntó si estaba escribiendo alguna cosa y Tomatis sacudió la cabeza varias veces, entrecerrando los ojos y dijo: "Sí. Alguna cosa estoy escribiendo". Pupé le preguntó qué era. "No sé bien, todavía", dijo Tomatis. "No llevo escritas más que trescientas páginas." "Pero es una novela ¿o qué?", dijo Pupé. "Hay un solo género literario", dijo Tomatis. "No hay más que un solo género literario, y ese género es la novela. Hicieron falta muchos años para descubrirlo. Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo." Yo aplaudí. Pupé sacudió la cabeza dos o tres veces, y el tal Nicolás abrió la boca por segunda vez en toda la noche. "Según Valéry", dijo, "ante ciertos estados interiores la disertación y la dialéctica deben ser reemplazadas por el relato y la descripción". "Exactamente", dijo Tomatis, "y lo dice a propósito de Swedenborg y el estado místico. Lo cual nos da ya un campo más amplio para la narración. Y digo yo, si el estado místico, el estado extático por excelencia, es pasible de relato y descripción, ¿qué pasa entonces con las impresiones fugaces de la conciencia y las aprehensiones de los sentidos? Y en cuanto la disertación y la dialéctica dejan de ser verdad científica o filosófica, se convierten en la narración del error y de la perspectiva de la conciencia que las imaginó".

Aplaudí otra vez. En cuanto al tal Nicolás, me convencí más que nunca de que se trataba de un robot de plástico, tamaño natural, ideado por Tomatis para hacerlo decir: "La cena está servida", e intercalar en la conversación la frase de Valéry como apoyatura a su disertación.

Al fin Barco logró tirar a Gloria de la cama y cuando ésta se levantó se sentó otra vez en el borde, junto a Barco y comenzó a darle golpecitos en la cara con la mano abierta. Su largo cuello se inclinaba hacia Barco, y al mover la cabeza la cola de caballo se sacudía locamente golpeándole los hombros. Me di cuenta de que era la mujer más completa de las que estaban presentes. No me podía olvidar de la advertencia de Tomatis respecto de Pupé, y en cuanto a la Negra la idea de acostarme en la oscuridad con una mona peluda me hacía estremecer de terror. Los pantalones ajustados de Gloria le marcaban un culito que era la locura y cuando vi que a Barco le estaba permitido pasarle la mano lo más orondamente por las caderas, la espalda, y todo eso, me di cuenta de que de un momento a otro me iba a encontrar con el pito parado. Me vuelvo loco cuando veo una mujer con pantalones. Pueden pasar un millón de mujeres desnudas emitiendo una fosforescencia azulada delante de mis ojos, y yo vacilaré con cuál acostarme primero, pero si entre el millón llega a andar una de pantalones soy capaz de lanzarme como un rayo sobre ella. Gloria le levantaba la cabeza a Barco y le daba whisky en la boca, de a cortos tragos, y después tomaba ella. En una hora de las dos botellas no quedaba ni rastro. De golpe Barco se paró y dijo que se iba. Tomatis ni siquiera se despidió de él. Creo que no cruzaron una sola palabra en toda la noche, y por lo que yo sé, desde que nacieron no han dejado de verse un solo día. La Negra le preguntó si iba para el centro y Barco le dijo que sí iba, y entonces le pidió que la esperara. Fue hasta el fondo de la casa, supongo que a echar una meada, y después se puso el piloto blanco que le quedaba bastante bien y debía servirle para camuflar esa pelambre negra de mona que con toda seguridad le cubría todo el cuerpo. "Nicolás", dijo Tomatis. "Ellos van para el centro. En todo caso te arriman a la estación de ómnibus, porque ya son las doce y media. Mañana es primero de mayo y más tarde va a haber dificultad para encontrar transporte." Nicolás se puso de pie, recogió su impermeable, doblándolo sobre el brazo, y se fue con Barco y la Negra.

Cuando quedamos los cuatro solos fui y me tiré en la cama con la esperanza de que Gloria viniese a darme whisky en la boca, pero ella se quedó sentada en el sillón que antes había ocupado la Negra, escuchando a Tomatis contar la historia del productor, el director y la rubia en el hotel de Buenos Aires. Si no oí mal, en la nueva versión las rubias eran dos, idénticas, hermanas mellizas que se paseaban las dos desnudas por la habitación del hotel mientras él y los tipos del cine trataban de escribir los diálogos de la película. De pronto, Gloria se quedó dormida. Tomatis y Pupé estuvieron hablando en voz baja cerca de diez minutos, no sé bien de qué, y después se levantaron y se fueron para el fondo de la casa. Me quedé dormido, cosa de diez minutos. Cuando abrí los ojos, encontré a Gloria acuclillada junto a la cama mirándome atentamente. Tomatis y Pupé no habían vuelto todavía. -Te estaba mirando -dijo Gloria. Me incorporé.

– Parecías muerto -dijo Gloria. Tenía una cara delgada, con algunas pecas. Todo su cuerpo era delgado, apretado, salvo ese culito sensacional. El pelo recogido bien ceñido al cráneo le redondeaba la cabeza. En la mejilla izquierda le divisé un lunar. -He resucitado -le dije. Me senté sobre el borde de la cama. -Voy a cambiar el agua de las aceitunas -dije. Salí de la habitación y al pasar frente al dormitorio oí la voz apagada de Pupé. La puerta estaba entreabierta y la habitación estaba tenuemente iluminada por el resplandor de un velador.

– Nos hemos desnudado y nos hemos metido en la cama -dijo la voz de Pupé-. ¿Y qué hemos ganado con eso?

Salí al patio. Se había nublado otra vez y hacía frío, pero no lloviznaba. Cuando regresé traté de no hacer ruido y me paré a escuchar al lado de la puerta,

– Uno debe probarlo todo -decía Tomatis-. ¿Cómo puede no gustarte?

– No me gusta, simplemente -decía la voz de Pupé.

Yo estaba pegado a la pared, escuchando, y de pronto alcé la cabeza y vi que Gloria me contemplaba desde el otro extremo del pasillo, con los brazos en jarras y sacudiendo la cabeza. Avancé hacia ella y entré con ella en la habitación.

– No puede convencerla -dije.

– Lo supongo -dijo Gloria.

Después reaparecieron Pupé y Tomatis y cuando yo me estaba por ir Tomatis me dijo que podía dormir allí si quería. Gloria y Pupé se fueron y Tomatis las acompañó. Tomatis me dijo que durmiera en el diván, que él iba a acostarse en el dormitorio. Me desvestí y me metí en la cama. Antes de irse, Gloria me dio un beso en la mejilla. Yo le dije al oído que se quedara y ella se echó a reír, y no dijo una palabra, pero se fue. Le dije a Tomatis que quería conversar con él antes de dormir, pero no lo oí volver. Cuando abrí los ojos nuevamente eran las diez de la mañana y Tomatis estaba sentado a la mesa, escribiendo. Una luz gris entraba a través de los vidrios de la ventana que daba a la calle. Era una claridad opaca y tensa.

Me quedé largo rato contemplando a Tomatis, sin que él se diera cuenta de que yo me había despertado. La habitación estaba completamente limpia y ordenada y Tomatis se había puesto un pulóver gris del que asomaba el cuello blanco de la camisa, y unos pantalones de franela. Parecía perfectamente limpio y tranquilo. Miraba el recuadro gris de la ventana, con los ojos muy abiertos, sin verlo, y después se inclinaba para escribir. Yo tenía los ojos entrecerrados para que él no me descubriera mirándolo si daba vuelta la cabeza hacia mí. Durante el largo rato en que estuve contemplándolo, habrá escrito unas veinte palabras. Después hablé y él se sobresaltó.

Volvió bruscamente la cabeza hacia mí. La barba le había crecido un poco desde la noche anterior, afinándole los rasgos.

– No sabía que estabas despierto -dijo. -Recién desperté -le dije. -Hay café hecho en la cocina -dijo. Me levanté y me vestí. Tomatis volvió a fijar la vista en el recuadro gris de la ventana. Después se inclinó y escribió dos o tres palabras. Salí de la habitación y oí que Tomatis cerraba la puerta detrás de mí. Fui al baño; estuve un rato sentado leyendo un diario viejo que había sobre el bidé; busqué la sección Estado del Tiempo y descubrí el titular "Mantiénense invariables las condiciones del tiempo en ésta". Después miré la fecha: era del quince de marzo. Después me lavé la cara y me peiné y fui para la cocina.

El café estaba frío, de modo que tuve que esperar que se calentara. Me serví una taza y la tomé. Después me serví otra. De una lata negra que había en un armario saqué unas masitas dulces y las fui sumergiendo en el café y después me las llevaba a la boca, donde se deshacían apenas se depositaban sobre la lengua. Me comí todas las masitas, y cuando sumergí la última en la taza de café, la saqué seca a medias porque la taza estaba vacía. Volví a la habitación delantera, y me detuve un momento delante de la puerta cerrada, vacilando. Por fin entré. Tomatis ni siquiera se volvió: miraba el rectángulo gris de la ventana, con los ojos ahora entrecerrados y la boca abierta. No sé qué cosa veía ahí que le llamaba tanto la atención. Me acerqué a la mesa para sacar un cigarrillo.

– ¡No lo toques! -gritó.

Pegué un salto. Tomatis se echó a reír.

– Perdón -dijo-. Estaba distraído. Se quedó mirándome sin hablar. Encendí un cigarrillo, mordí el filtro, y eché una bocanada de humo.

– Estoy por terminar -dijo Tomatis-. Media hora más y termino.

Salí de la habitación y cerré la puerta. Fui al patio a terminar de fumar el cigarrillo. Era un día gris, y un aire liso y frío, muy leve, me enrojeció la cara. El cielo estaba cubierto por una capa gris, densa y lisa. Cuando terminé el cigarrillo entré en la cocina y tomé más café. En el fondo de la cafetera no quedó más que un sedimento negro, y cuando bebí el último trago tuve que escupir un montón de borra. Después me levanté y abrí la puerta del dormitorio de Tomatis. Gloria estaba echada en la cama, con la cara aplastada contra la almohada. Se había desatado la cola de caballo y el pelo salía en mechones oscuros por encima de las frazadas. El pantalón negro y el suéter gris que había llevado la noche anterior colgaban de una silla. En el suelo, a los pies de la cama, estaban sus zapatitos negros. Me acerqué en punta de pie y me paré cerca de la cabecera; tenía la boca abierta aplastada contra la almohada, y al lado de la boca, sobre la funda, podía divisarse una manchita húmeda. Pisé algo blando y me incliné; eran unos calzones, pequeñísimos y negros. Tenían que ser los de ella, a menos que Pupé se hubiese olvidado los suyos la noche anterior.

Me encogí de hombros y volví a la cocina, cerrando la puerta del dormitorio. Casi en el mismo momento en que yo me sentaba en una de las sillas que rodeaban la mesa, Tomatis reapareció. Estaba eufórico, con ese tipo de euforia asordinada que yo le había observado la mañana anterior en el diario. Lavó la cafetera y puso a hervir agua para preparar más café. Me preguntó si había dormido bien. -Perfectamente -dije.

– ¿Qué te pareció la reunión? -me dijo.

– Oh, muy divertida. Faltaba un cadáver -dije.

– Y las chicas, ¿qué te parecieron? -dijo Tomatis.

– La Negra me llamó la atención, pero tengo miedo de que sea peluda -dije-. En las otras no me fijé mucho. Tomatis se llevó un dedo a los labios y cabeceó hacia el dormitorio.

– Ojo que Gloria está aquí -dijo.

– No sabía -dije.

Tomatis preparó el café y me ofreció una taza.

– Estoy lleno de café hasta la campanilla -dije. Me metí las manos en los bolsillos y aferré el paquete de cigarrillos que había sacado del cajón de la mesa la noche anterior. Estaba perfectamente cerrado y había ido achatándose. Lo apreté muy fuerte. Tomatis se sentó con la taza de café en la mano y comenzó a tomarlo de a traguitos.

– Hace una semana que quiero contarte algo que me está pasando, y no puedo lograr que me escuches -le dije.

– No hay que esperar demasiado de los demás -dijo Tomatis-. Por otra parte, yo no tengo la culpa de que le hayas pedido a Gloria que se quede, y ella no haya querido quedarse. Es ella la que decide si se queda o no, y con quién se queda, ¿no te parece?

Así que ella le había dicho. Me enceguecí durante un minuto y oía la voz de Tomatis, pero no sé qué decía. Sentí un temblor en el estómago y después le pedí a Tomatis un cigarrillo, por decir algo, porque él se había quedado otra vez en silencio, y si hay algo que yo no puedo soportar cuando estoy con otra persona es el silencio. Tomatis fue hasta su habitación y volvió con dos paquetes de cigarrillos norteamericanos. Tiró uno sobre la mesa.

– Te lo regalo -dijo.

Después me extendió un cigarrillo de su paquete. Encendí el cigarrillo, y después le conté todo el asunto de mi madre. "A mi modo de ver", le dije,"ella es injusta conmigo. La razón está de mi parte. Puedo admitirle que se vista como quiera, pero no que reciba poco menos que en pelotas a gente extraña. No me importa que sea mi madre ni nada. Pero no está bien. Pienso incluso que el lechero, por ejemplo, no debe sentirse nada cómodo cuando mi madre le abre la puerta en bikini para recibir la botella de leche. Además, está el asunto de la ginebra. Desde el vamos ella sabía que se trataba de mi botella, y no había ninguna razón para simular que era la de ella y era yo el que me encontraba en infracción. Por otra parte, aun cuando la botella hubiese sido de ella, entiendo que ella debió hacer la vista gorda, porque sabe muy bien que me roba cigarrillos de a montones y que me saca dinero, y yo hago como si no pasara nada. Otra cosa: ¿tiene derecho a venir a decirme a cada rato que mi imaginación se va a pudrir con tanta lectura, cuando ella no hace más que leer el libro de oro de El Tony y un montón de revistas verdes? Después de todo, yo no tengo la culpa si ella encendió la luz y me encontró con el pito parado. Yo no la llamé. No tengo la costumbre de llamar a mi madre para que venga a ver cada vez que se me para el pito. He estado haciendo la vista gorda desde que se enfermó mi padre, cada vez que ella hacía alguna de sus incursiones nocturnas quién sabe a dónde, de modo que me parece que no es exigir demasiado que ella respete mis derechos así como yo respeto los suyos. No tenía por qué venir y encender la luz de repente pensando que me iba a encontrar haciendo vaya a saber qué cosa y con quién. No me parece que haya oído algún ruido raro y haya salido encendiendo la luz de repente para sorprender a algún ladrón. O cosa por el estilo. No: la idea era espiarme a mí y sorprenderme infraganti en no sé qué delito imaginario que ella supone que yo cometo cada noche. Otra cuestión: ¿cómo va a venir y pegarme porque yo le diga que la botella de ginebra que ella tiene en su dormitorio y de la que se ha tomado ya dos tercios, no es de ella en realidad sino mía? Ella sabía muy bien que la botella era mía. No debió levantarse de la cama y venir y darme dos cachetadas. Yo me enfurecí y se las devolví. Entonces ella vuelve a darme dos cachetadas y yo no aguanto más, me saco el cinto, y empiezo a darle cintazos y trompadas hasta que ella no quiere más guerra y se queda echada en la cama llorando y todo y no mira ni nada ni dice nada cuando yo me sirvo un trago de ginebra en el vaso y me lo llevo para mi habitación".

– De modo que le has dado una paliza a tu madre -dice Tomatis.

– Exactamente -digo yo.

Como Tomatis no dice nada, agrego:

– Me estaba haciendo la vida imposible. Me pareció el mejor camino para conseguir que me dejara tranquilo.

– Tengo la impresión de que no asumiste la decisión con tanta serenidad como estás tratando de dármelo a entender ahora -dice Tomatis.

– Probablemente no haya estado pensando en el futuro cuando le pegué -dije.

– Sí -dijo Tomatis-. Ésa es la impresión que tengo.

– Y en cuanto a mi madre, ¿qué pasa? -dije yo-. ¿Te parece normal haberse enfurecido hasta el punto de cambiar toda nuestra relación el hecho de haberme encontrado en medio del patio con el pito parado?

– ¿Qué edad tiene tu madre? -dijo Tomatis.

– Treinta y seis, creo -dije yo.

– Deberías cuidarte más, en tu casa -dijo Tomatis. Después apareció Gloria y Tomatis le dijo que hiciera la comida. Gloria me miró y sonrió débilmente, pero parecía que no se había despertado del todo todavía, porque tenía ese rostro áspero y los ojos hinchados de los que recién se levantan de dormir, y no podía fijar la vista en nada. Tomatis sacudió la cabeza y me indicó que lo siguiera a la habitación de adelante, pero para eso yo ya me había olvidado de la cuestión de mi madre y tenía deseos de quedarme en la cocina para ver el culito de Gloria mientras ella se volvía a preparar la comida sobre el fogón. Se veía bien que Tomatis quería demostrarme interés en mis problemas, después de haberme hecho esperar más de veinticuatro horas para escucharme, pero cuando llegamos a la pieza delantera ya no tuve más ganas de hablar, y me puse a mirar la calle por la ventana. No pasaba un alma, y los ligustros que bordeaban las veredas estaban ateridos. El gris tenso del cielo parecía todavía más tenso y más gris sobre el esqueleto de una casa en construcción, en la vereda de enfrente. Tomatis esperó que yo decidiera hablar, y cuando comprendió que yo estaba dispuesto a quedarme todo el tiempo con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y mirando por la ventana, dijo:

– No pienso darte ningún consejo, Angelito. No acostumbro. Pero supongo que querrás encontrarle alguna explicación a lo que pasa. Si analizamos los hechos, capaz que podemos dar con alguna.

– Es una vieja puta -dije yo.

– En primer lugar, no es vieja -dijo Tomatis.

– No estarán hablando de mí, supongo -dijo Gloria entrando de golpe en ese momento.

– En lo de vieja, no -dije yo.

– Dame un cigarrillo, Carlos -dijo Gloria. Tomatis le alcanzó un cigarrillo y se lo encendió. Yo tenia un paquete cerrado en cada bolsillo del pantalón, y los apretaba con las manos.

– Pueden pasar a comer, si quieren -dijo Gloria, y desapareció.

Quedamos en silencio un momento, y yo sentía el ruido de los pasos de Gloria alejándose por el pasillo en dirección a la cocina. Se veía bien que había despertado completamente, y la cara delgada y llena de pecas, con el lunar en la mejilla y, los labios ligeramente curvados hacia arriba, había tomado otra vez la forma suave de la noche anterior.

Cuando fuimos hacia la cocina y empecé a oler cebolla frita al aproximarme me espanté pensando que íbamos a tener que comer otra vez el asqueroso potaje de arvejas en latas y cebolla, pero Gloria había cambiado esta vez las arvejas por unos pedazos de hígado de vaca que ya debían haber estado podridos cuando la vaca permanecía todavía viva. Si hubiese cocinado la fritanga con nafta de aviación en vez de aceite comestible, no me habría caído tan pesada. Y ella y Tomatis se lo tragaban todo con tanta naturalidad y con tanto gusto como si hubiesen estado comiendo puré de rosas. Me pareció que Gloría no sabía hacer nada, aparte de dejarse toquetear toda la noche por un tipo, y después meterse desnuda en la cama con otro. No podía sacarme de la cabeza el momento en que la había visto un par de horas antes con la cara aplastada contra la almohada, la boca abierta y la manchita redonda de saliva sobre la funda blanca. Pero sabía algo más que tener las piernas abiertas toda la noche, la podrida. Jugaba al poker mil veces mejor que Carlitos y yo, y nos ganó arriba de mil pesos a cada uno en menos de una hora, cuando nos fuimos a jugar una partida a la pieza delantera, después de comer, Y después que nos ganó y dijo que de no haber estado todo cerrado por ser primero de mayo habría comprado un kilo de bombas de crema para tomar con el té, se puso a leer en inglés, y en voz alta, unos poemas que había en una antología en lengua inglesa que Tomatis acababa de comprar en Buenos Aires. El libro tenía un olor particular, que no puedo recordar sin estremecerme. Ella me lo hizo notar. Cuando lo agarró por primera vez vi que se lo llevaba a la nariz y lo olía cerrando los ojos, y pensé que lisa y llanamente se estaba mandando la parte. Pero después me lo alcanzó para que lo oliera y comprobé que el olor era una locura. Después leyó un pedazo de Pompilia, de Robert Browning. The chambered nautilus, de Oliver Wendell Holmes, This Bread I Break de Dylan Thomas, To waken an old lady, de William Carlos Williams, Vacillation, de Yeats, Journey ofthe Magi, de Eliot, A study in aesthetics, de Ezra Pound, y medio millón más. Se veía que conocía bien todo, la tarada, y que tenía buen gusto. Eso me enfureció todavía más y entonces dije que no leyeran en inglés que yo no entendía una papa (pero yo había ido cuatro años a la Cultural Inglesa y leía inglés de corrido) y Tomatis se echó a reír.

– Está enojado porque me dijiste que te había pedido que te quedaras con él, anoche -dijo.

Salvaron su vida por un pelo, porque yo no llevaba encima una pistola cuarenta y cinco y media docena de balas dumdum. Ella se echó a reír y dejó el libro y vino y me dio un beso en la mejilla y me dijo que yo era un buen chico. Después se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y se puso a mirar el cielo gris por la ventana. Tomatis estaba echado en la cama, con la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando en el aire, y yo parado como un imbécil cerca de la mesa apretando los paquetes de cigarrillos en el interior de los bolsillos. Para vengarme de Tomatis le dije que me parecía que su teoría de que la novela es el género literario por excelencia (cosa que me había parecido cierta cuando Tomatis lo dijo) era un disparate y que en realidad todo era teatro, que el teatro era el único género que existía, y que el Discurso del Método era un largo monólogo en el cual hablaba un personaje que asumía el papel de filósofo y usaba un lenguaje que no tenía nada que ver con el lenguaje que hablaba todos los días, que al hablar se creía un filósofo y esperaba que los demás también se lo creyeran. Pero a Tomatis eso no lo molestó ni nada sino que le pareció interesante y vino y me dio una palmada y me dijo que yo era un tipo inteligente, que iba a llegar muy lejos. Después dije que yo no había leído el Discurso del Método, y él me respondió que no importaba, que él lo había leído y que la cuestión era más o menos así como yo la había planteado. Al fin me convenció y cuando Gloria fue y preparó té y lo trajo humeando hasta la pieza delantera, ya la rabia se me había pasado.

Oscureció y encendimos la lámpara. El cielo parecía una lámina de acero. La pieza estaba llena de humo pero no estaba sucia ni nada, porque Gloria había ido limpiando los ceniceros y las tazas a medida que los ensuciábamos. Estuvimos como media hora sentados, mirándonos unos a otros y me dio la impresión de que ellos querían que yo me hiciese humo, pero como no estaba muy seguro me quedé hasta cerca de las ocho. Me di cuenta de que no tenían ningún problema en que me quedara porque Tomatis me dijo que yo podía dormir allí otra vez si quería, pero yo le contesté que prefería irme a mi casa. Después Tomatis dijo que iba a tirarse un rato y Gloria lo siguió. Durante unos quince minutos oí sus voces y sus risas ahogadas y después todo quedó en silencio. Saqué el paquete que me había guardado la noche anterior; lo volví a dejar en el cajón de la mesa, y después grité desde el pasillo hacia el dormitorio que me iba. Gloria contestó que uno de esos días íbamos a volver a vernos y yo salí.

Caminé alrededor de treinta cuadras. Me costó unas diez llegar al bulevar, tomé después 25 de Mayo y cuando llegué a la esquina del Banco Provincial, en cuyo reloj eran exactamente las nueve, entré en San Martín. Tomé un cognac en la galería y después salí otra vez de San Martín y volví a entrar en ella cruzando en diagonal la Plaza de Mayo, frente a la cual el edificio de Tribunales estaba sombrío y negro, como una masa más densa de oscuridad aplastada sobre el cielo negro. Estuve en la casa de Ernesto hasta mucho después de medianoche, y después me fui a dormir.

El dos de mayo amaneció lluvioso, y me quedé en la cama hasta tarde, en una especie de entresueño, pensando en el doble. Desde la noche de la cuestión de la ginebra con mamá, no había vuelto a pensar en él. Me había olvidado completamente en los últimos diez días. Lo vi por primera vez el cinco de marzo, después de haber estado cinco días sin salir de mí casa. Tomé el colectivo a eso de las nueve de la mañana, y cuando el colectivo dobló por una transversal cruzando San Martín, al pasar la bocacalle vi a alguien con cara muy conocida que salía de una óptica. Su cara me resultaba muy familiar. Cuando el ómnibus llegó a la otra esquina salté del asiento y me bajé. Me había dado cuenta de que era yo mismo.

Cuando llegué a la esquina, no había rastro de él. Entré en la óptica y me quedé parado junto al mostrador, esperando que alguno de los empleados me reconociera. Se acercó uno solo para preguntarme si necesitaba algo, pero no pareció reconocerme. Le dije que venía a buscar unos lentes que habían traído para que les cambiaran uno de los vidrios, a nombre de un tal Phillip Marlowe, y el tipo buscó entre un montón de sobres llenos de anteojos que tenían el nombre del dueño escrito a lápiz en el dorso, pero no encontró el que buscábamos. Le dije que debía haberme equivocado de óptica y salí. Recorrí toda la cuadra y di dos vueltas a la manzana, pero no volví a verlo. Entonces me fui al diario.

Lo vi por segunda vez dos días después, saliendo de los Tribunales. Yo estaba bajando la escalinata de mármol de la entrada y veo un tipo en mangas de camisa esperando junto a un taxi que bajara un pasajero que en ese momento le estaba pagando al conductor. El tipo en mangas de camisa me daba la espalda, pero yo veía algo en él que me resultaba familiar. No lo relacioné con el que había visto salir dos días antes de la óptica, y cuando el pasajero bajó y el tipo se metió en el auto, yo estaba mirando el cielo porque no había hecho todavía la nota sobre el estado del tiempo, y hacía un calor que era la locura. Cuando bajé la vista, el taxi arrancaba y vi el perfil del tipo en el asiento de atrás, diciéndole algo al chofer. Era yo mismo. Empecé a gritar, bajando la escalinata. Lo único que me salía era la palabra taxi. El chofer, sin frenar ni nada, asomó la cara por la ventanilla y me gritó: "¿No ves que voy ocupado, pastenaca?". El tipo del asiento de atrás me echó una mirada fugaz (yo vi algo de maligno en ella) y después ya no le pude ver la cara, porque el automóvil aceleró, dobló en la esquina, y desapareció de mi vista. Corrí hasta la esquina, pero cuando llegué el coche había desaparecido. Me quedé como media hora en la esquina, duro como un poste, mirando en la dirección en que el coche se había perdido. No sé cómo no me insolé. Ese día puse en la sección Estado del Tiempo que había hecho 46 grados a la sombra, y no me equivoqué, porque según el informe meteorológico que dieron por la radio, había hecho, cuarenta y cuatro y ocho décimas. Después volví al diario y encontré a Tomatis hablando por teléfono. "Hágame el favor", le decía al tipo que hablaba con él del otro lado de la línea. "Fíjese en el extracto si figura el dos cuarenta y cinco." Cuando colgó se volvió hacia mí y debo haber tenido una cara muy extraña, porque me preguntó qué me pasaba.

– Me he visto a mí mismo dos veces por la calle -le dije.

– No seas narcisista, Ángel -dijo Tomatis, sin darle importancia, y se puso a escribir a máquina.

La tercera vez él no me vio y yo pude seguirlo durante dos cuadras. Fue para carnaval. Había un millón de personas mirando las murgas y el desfile de mascaritas y el tipo estaba en el borde de la vereda, tratando de cruzar la calle. Yo estaba metido entre la gente con el fin de hacer alguna nota pintoresca sobre el corso, cosa de ganarme un sobresueldo, y lo vi desde la vereda de enfrente, en el momento mismo en que el tipo empezaba a cruzar hacia mí. Me maravilló ver que llevaba un cigarrillo en la boca, apretando el filtro con los dientes y alzando la cabeza y entrecerrando ligeramente los ojos para que el humo no se los irritara. Sentí que mi corazón comenzaba a golpear, tan derecho caminaba el tipo en dirección hacia donde yo estaba parado. Pero no se detuvo, y al parecer no me vio, pero pasó tan cerca de mí que me rozó el hombro con el suyo. Yo estaba inmóvil, y me puse rígido cuando me tocó. Sentí una cosa rara en el estómago. Era tan igual a mí -estaba vestido con una camisa azul descolorida y un pantalón blanco, exactamente iguales a los que yo llevaba- que en el brazo derecho que dejaba descubierto la camisa de mangas cortas alcancé a descubrir una cicatriz idéntica a la mía, una mancha alargada y blancuzca que el sol del verano no había podido socarrar. Empecé a seguirlo. Sin dificultad, primero, porque el tipo caminaba arrimado a la pared y toda la gente se agolpaba hacia el borde de la vereda para ver mejor el paso de las mascaritas, dejando una pasarela vacía entre la mitad de la vereda y la pared. No había entre nosotros más de diez metros. El tipo se detuvo de golpe, porque una bombita de agua pasó por encima de su cabeza, estrellándose contra una vidriera y salpicándolo. Instintivamente, me llevé la mano a la cara para sacudirme las gotas. El tipo sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la cara y parte de la cabeza, y después volvió a guardar el pañuelo en el bolsillo trasero del pantalón. Yo lo observaba y empecé a caminar detrás de él cuando reanudó la marcha. Vi en la parte trasera de su pantalón, a la altura del bolsillo derecho, dos manchas oscuras. Comprendí que eran las dos manchas de tinta que yo me había hecho al guardar mi lapicera, un par de meses atrás, en el bolsillo trasero derecho del pantalón que llevaba puesto. El tipo cruzó la calle y yo lo seguí. En la otra cuadra decidí apurar el paso para hablar con él -no sabía bien qué le iba a decir, pero quería hablar con él- y ya iba acortando la distancia cuando de golpe algo me dejó ciego por un momento. Sentí un torrente de agua -un millón de litros o cosa así- que me dio en la cara. Por medio minuto no supe si estaba en la calle San Martín o en el fondo del Pacífico, y cuando abrí los ojos vi una mocosa de pantalones que me miraba desde el umbral de una puerta con un balde vacío entre las manos, y que cuando vio mi cara -Mr. Hyde debía haber parecido Joselito al lado mío, en ese momento- se metió volando dentro de la casa. Cuando alcé la vista escurriéndome la camisa y secándome la cara, el tipo ya no estaba más.

Registré mentalmente la dirección de la casa porque pensé que al vampiro de Dusseldorf podría interesarle, y después me fui para mi casa. Volví a ver a mi doble a mediados de abril, pero no lo seguí por miedo de que en el momento de alcanzarlo, al cruzar una calle, me llevase un camión por delante. Y además, porque estaba seguro de que no lo iba a alcanzar.

El dos de mayo pensé en todo eso, antes de levantarme. Me pregunte si el hecho de haber visto a mi doble varias veces por la calle, y al doble de mi camisa azul descolorida y al doble de mi pantalón blanco con dos manchas de tinta sobre el bolsillo trasero derecho, no había sido producto del sol enloquecedor de febrero dándome de lleno en la cabeza. Porque había sido un verano enloquecedor. Los techos de las casas se resquebrajaban y había que pasar el secador de los pisos por las paredes, de donde caían chorros de agua. Millones de mosquitos se comían vivos a los tipos que iban a hacer vida deportiva a la orilla del río -pondría contra la pared a todos los tipos que hacen vida deportiva y empezaría a disparar la ametralladora- y el pavimento de las calles se ponía negro en las esquinas por los cascarudos que chocaban contra las lámparas del alumbrado y caían al suelo con las alas rotas. Alrededor de los árboles, en pleno enero, había un colchón de hojas calcinadas, y el tipo que se quedaba más de una hora al sol terminaba por incendiarse. Pero yo estaba seguro, porque él me había rozado el hombro al pasar, la noche del corso. Existía, estaba seguro. Entonces imaginé a mi doble moviéndose en un círculo limitado, como era el círculo mismo en el que yo me movía. Nuestros círculos nunca se rozaban, salvo por algún accidente inesperado que había ocurrido tres veces. El círculo de él y el mío limitados como eran, iban corriéndose si uno se aproximaba al otro, y el campo de él era un campo para mí desconocido, pero familiar. Yo sabía que los hechos que a él pudiesen ocurrirle dentro de su círculo podían ser diferentes a los que ocurrían dentro del mío, pero eran semejantes. Y si tenían la apariencia de ser idénticos -que él levantara la mano para mirarse el dorso el siete de abril a las 10.35 de la mañana, por ejemplo, en el mismo momento en que yo efectuaba la misma acción- eran, sin embargo, hechos diferentes. Capaz que él me seguía a mí dentro de su campo, en un corso duplicado e invertido, en el que yo me hallaba traspapelado, la misma noche de carnaval en que yo lo seguí a él dentro de mi propio círculo. O tal vez vivíamos vidas diferentes. De una sola cosa estaba seguro: de que nuestros espacios -nuestros círculos- eran cerrados y sólo se tocaban por accidente. Podía suceder también que todo tuviese su doble: Tomatis, Gloria, mi madre, mi cuaderno, mi sección Estado del Tiempo, el diario La Región, el cubículo iluminado de Ernesto en el que resuena el Concierto para violín de Arnold Schônberg. De ser así, algo distinto debía suceder en el círculo del otro mundo, porque una réplica exacta me parecía absurda y enloquecedora, sobre todo porque amenazaba con una multiplicación infinita. No podía haber una cama idéntica repetida hasta el infinito en la que un tipo como yo, repetido también hasta el infinito, pensara en la posibilidad de que el tipo y la cama estén repetidos al infinito. Una cosa así era la locura. Pero al levantarme pensé que no era menos locura que hubiese una sola cama y un solo tipo, y que lo único terrible en la cuestión de mi doble era la posibilidad de que él estuviese viviendo una vida que yo no podía vivir. Así que me di un baño caliente y me fui para Tribunales.

Ramírez dijo que lloviznaba tanto por efecto de las manchas solares, las que a su vez se habían producido debido a las explosiones atómicas. Le dije que las manchas solares y las explosiones atómicas debían ser las que echaban a perder el café que se servía en la Oficina de Prensa, y Ramírez se rió lo mejor que pudo pero no logró ocultar esas dos sierras ínfimas y marrones que eran todo lo que quedaba de su dentadura podrida. Después fui a la oficina de Ernesto y pregunté por él. El secretario me dijo que el juez estaba en una audiencia. Le dije que le dijera que estaba el cronista de La Región y que le preguntara cuándo iba a tener esa indagatoria de la que me había hablado. El secretario volvió enseguida.

– Dice el juez que mañana a las cuatro de la tarde, porque antes tiene que conversar con los testigos -dijo.

Así que me fui para el diario. Redacté una información de Tribunales que Ramírez me había dado en una copia en papel transparente, pasé el titular de la sección Estado del Tiempo -"Mantiénense invariables las condiciones del tiempo en ésta"- y después me fui a comer. No vi rastro de Tomatis en el diario, pero cuando pasé por la administración a cobrar mi sueldo me dijeron que Tomatis había pasado a cobrar esa mañana y después se había ido no sabían dónde. Cuando volví, Tomatis estaba abriendo correspondencia dirigida al "Director de la Página Literaria".

– Desgraciadamente, todo el mundo tiene sentimientos -dijo-. Por lo tanto todo el mundo hace literatura,

– Conozco a un tipo que no tiene sentimientos y sin embargo hace literatura -dije yo.

– Ha de ser un buen escritor -dijo Tomatis.

– Escribe con el pito -dije yo-. Moja el pito en el tintero y escribe.

– Ha de tener trazos gruesos, su caligrafía -dijo Tomatis.

– No sé. Nunca vi sus originales-dije.

– Gloria te manda saludos -dijo Tomatis-. Dice que va a llamarte por teléfono una de estas tardes para jugar un poker y después invitarte a cenar con lo que te gane. Dijo además que no debiste pisotearle el calzón y que estaba esperando que te atrevieras a correr las cobijas para darte una cachetada.

– Algún día voy a meterles una bala en la cabeza a cada uno, a ustedes dos -dije yo.

Tomatis se echó a reír.

– Angelito viejo y peludo -dijo.

No me gusta escupir a la gente en la cara, de modo que me fui hasta el escritorio del cronista de policiales y le pregunté si sabía algo de un tipo que había matado a su mujer en Barrio Roma, la noche antes.

– Sí -dijo el tipo, y me leyó el parte en el que decía que un tipo le había destrozado la cara a su mujer a tiros de escopeta.

– Mañana a las cuatro es la indagatoria -dije yo-. Me lo dijo el Juez de Crimen.

– Parece que habían ido a cazar y de vuelta tuvieron una pelotera en un despacho de bebidas -dijo el tipo de la sección policiales.

– Así entiendo yo que se debe tratar a las mujeres -dije yo.

– No comparto -dijo el tipo de policiales-. Hay que darles una muerte lenta. Ya vas a casarte y saber.

– No voy a casarme -dije yo.

– Nunca se sabe -dijo el cronista de policiales.

Volví al escritorio de Tomatis y lo encontré sacudiendo la cabeza ante una hoja en la que había un poema escrito a máquina.

– Un tipo le metió dos balazos en la cara a la mujer -dije.

– ¿Quién es ese precursor? -dijo Tomatis, sin levantar la vista de la hoja de papel.

– No sé. Fue en un despacho de bebidas de Barrio Roma. Un tal Luis Fiore -dije yo.

– Conozco a un Fiore -dijo Tomatis.

Después fui y redacté la sección Estado del Tiempo. A las cinco me fui del diario; estaba por oscurecer. Fui a una librería y compré tres libros: La conducta sexual de la mujer, Técnicas sexuales modernas y El homosexual en el mundo moderno. A eso de las ocho me fui para casa con dos botellas de ginebra y, me instalé en mi cuarto. No habré estado ni dos minutos sentado, que me levanté y me fui para el dormitorio de mi madre.

– Mamá -dije-. ¿Puedo pasar?

Mi madre respondió enseguida.

– Un momento -dijo. Esperé en la puerta, y oí ruido de papeles y pasos dados con los pies desnudos sobre el piso de madera. Después oí crujir la cama y la voz de mi madre sonó nuevamente.

– Pase -dijo.

Mi madre estaba metida en la cama con las frazadas hasta el cuello.

– Lo recibo así porque estoy desnuda. Espero que no lo moleste. Me estaba cambiando para salir-dijo.

– No voy a entretenerte -le dije-. Vine por un minuto.

Hicimos silencio. El cuarto de mi madre era el mismo basural que yo había visto la noche de la pelea, sólo que con un poco más de basura. Yo no había vuelto a entrar desde entonces,

Yo no me atrevía a hablar.

– Usted dirá -dijo mi madre.

– Te he traído un regalo -le dije-. Pasé por el almacén y, como vi que no quedaba ginebra en la heladera, te traje una botella.

– Podía haber elegido una forma menos directa de llamarme borracha -dijo mi madre.

– No veo mal que tomes, ni siquiera que andes desnuda, si es tu gusto -dije yo.

– No sé por qué tendría que verlo mal -dijo mi madre-. No sé quién es usted para verlo mal. No creo que yo tenga que rendirle cuentas a usted de cómo me visto y que tomo.

– Quería decirte eso, únicamente -dije yo-. Una de las botellas es tuya. Está en la heladera, para cuando quieras usarla.

Volví a mi cuarto y seguí leyendo. La oí moverse por su dormitorio durante un largo rato y me quedé absorto oyendo los sonidos que producían sus tacos, el roce de sus vestidos, los crujidos de la cama, y los chirridos de la puerta de su ropero. Me distraje completamente de la lectura. Después la oí taconear hacia el cuarto de baño, encender la luz, y en el silencio que siguió yo la imaginé inclinada hacia el espejo, pintándose cuidadosamente la cara y colocándose pestañas postizas. Después oí que apagaba la luz del baño, y el golpeteo de sus tacos resonó más nítido al pasar frente a la puerta de mi cuarto, por la galería y fue desvaneciéndose mientras ella se alejaba hacia el dormitorio. Al entrar en él, el sonido, viniendo desde la madera, cambió de cualidad. Se hizo más profundo, menos seco que cuando venía desde el mosaico. Después oí que apagaba la luz y cerraba la puerta de su dormitorio y salía a la calle. Me tiré en la cama, con la luz encendida, y cerré los ojos, dejando previamente el vaso con ginebra al pie de la cama. De vez en cuando me incorporaba y tomaba un trago. Habré estado así cosa de una hora. Nunca sentí tanto silencio en mi casa. No crujía una sola madera, y la llovizna caía tan silenciosa que más parecía una niebla fina, en lenta rotación, girando sobre la ciudad negra. Salí a la galería y encendí la luz. Al resplandor de la lámpara de la galería la llovizna era una masa densa, blanquecina, de partículas en suspensión. Me quedé con los ojos fijos en ella durante unos minutos. Después fui y entré en el cuarto de mi madre.

La puerta estaba sin llave y eso me extrañó, porque yo tenía la idea de que ella la cerraba siempre con llave antes de salir. Moví el picaporte y enseguida estuve adentro. Sin ella, su olor seguía siendo el mismo, pero menos vivo. Encendí la luz y eché una mirada a mí alrededor: la cama estaba desordenada, con las frazadas y las sábanas retorcidas y medio caídas sobre el piso. Donde ella había estado acostada quedaba un hueco, del mismo modo que sobre la almohada en el sitio donde ella había apoyado la cabeza. Las dos mesas de luz, entre las que se extendía la cama de dos plazas, estaban llenas de botellas de remedios y de frascos de cosméticos, de vasos con cucharitas dentro que tenían un fondo de borra reseca. Había de cada lado un cenicero lleno de puchos y ceniza. Toqué el hueco de la cama y comprobé que todavía estaba tibio. Después fui al ropero y lo abrí. De las perchas colgaban un montón de vestidos de todos colores, y abriendo una puerta lateral vi un compartimiento con cuatro cajones y un pasador en el que había tres o cuatro pantalones doblados. En la parte interior de la puerta había un cordón sostenido con dos clavos, del que colgaban moños y cintas de colores. Sobre el cordón, pegado con cuatro chinches, había un retrato de Cary Grant que había sido recortado de una revista. Abrí uno de los cajones y vi un paquete de cartas, una estampita de San Cayetano, toda ajada, las perlas imitación de un viejo collar, desperdigadas en el fondo del cajón, un artefacto completamente indescriptible, de nácar o carey, que no era para el pelo pero que era demasiado estrecho como para haber sido una pulsera. Debajo del paquete de cartas descubrí un libro al que le faltaban las primeras páginas. Era una edición viejísima, ajada y amarillenta. Al leer el primer párrafo me di cuenta de que era un libro pornográfico -probablemente había pertenecido a mi padre- y al hojearlo comprobé que tenía ilustraciones. Cerré el primer cajón y abrí el otro. Estaba lleno de fotografías: en una de ellas estaba yo de primera comunión, con pantalones cortos. En otra mi padre me tenía sentado en sus rodillas y mi madre me miraba sonriendo. En una tercera, mi madre, muy joven, casi irreconocible, estaba con un traje de baño agarrada del pasamanos curvo de la escalera de una pileta de natación, saliendo del agua. Cerré el segundo cajón. Fui y me senté en el borde de la cama y me puse a imaginar a mi viejo leyéndole todas las noches un capítulo del libro a mi madre, en la cama, antes de hacer el amor. Me puso tan absorto esa imagen que acabé recostándome y mirando el cielo raso que tenía unas manchas de humedad en uno de los rincones. Después me levanté y abrí el tercer cajón. Estaba lleno de corpiños y calzones y lo cerré sin tocar nada. Después apagué la luz y salí, cerrando la puerta.

Me serví un vaso de ginebra, le eché hielo y me senté a leer el libro sobre la conducta sexual de la mujer. A la décima página estaba tan excitado y había aprendido tan poco sobre la conducta sexual de la mujer que fui al baño y me mojé la cabeza con agua fría y estuve un buen rato sin secarme para que se me fuese la calentura. Pero apenas me disponía a salir del baño me di cuenta de que estaba mucho más excitado que al entrar, de modo que me masturbé para no manchar las sábanas en la cama, porque sabía que después de todo iba a hacerlo apenas me metiera en la cama. Al fin empecé a tomar ginebra directamente de la botella y sé que me acosté porque al otro día cuando me desperté estaba en la cama, vestido, y con la luz encendida. Si la bomba atómica hubiese caído en mi dormitorio en vez de haber caído en Nagasaki, la cabeza me habría dolido menos. Me arrastré hasta el baño y me metí bajo la ducha caliente. Después me tomé una taza de café y me sentí mejor. Cuando fui a mirarme en el espejo para hacerme el nudo de la corbata vi que tenía barba de tres días y me afeité. Después me fui para el diario. Tomatis escribía a máquina, y se veía que también se acababa de afeitar. Me senté frente al escritorio, alcé el teléfono y le dije al telefonista que me comunicara con los Tribunales. Cuando atendieron del otro lado, pedí hablar con el juez de Crimen. Atendió el secretario y me comunicó con Ernesto.

– No pude atenderte ayer, Ángel -dijo Ernesto-. Tenía una audiencia.

– No es nada-dije yo-. ¿Se hace esta tarde la indagatoria?

– Sí, es a las cuatro. Estoy interrogando a los testigos -dijo Ernesto-. No creo que puedas venir. Está prohibido. Hice silencio. Ernesto tampoco habló del otro lado, durante un momento. Después oí su voz.

– Estás haciendo algo así como chantaje -dijo-. Chantaje emocional. Venite a las cuatro. Voy a ver qué puedo hacer.

Cortamos. Tomatis seguía escribiendo a máquina. Ni siquiera me miraba.

– Traté de hablar con mi madre -le dije-. Creo que la cosa va a ir mejor.

– Me alegro -dijo Tomatis, sin dejar de mirar el teclado.

– Le regalé una botella de ginebra y todo -dije yo.

– Buena medida -dijo Tomatis con voz distraída, mirando el teclado y revisando después con la vista lo que llevaba escrito.

– Conversamos un buen rato, anoche -dije yo.

– ¿Has visto? Todo tiene arreglo -dijo Tomatis, sin mirarme, con gran seriedad, y golpeando el teclado.

Ni me escuchaba. Así que pasé información al taller durante un largo rato y después me fui a comer. Tomatis me siguió y me alcanzó en la escalera.

– ¿Jugamos un billar, después de la comida? -dijo.

– Hoy no puedo -dije yo.

– Bueno -dijo Tomatis-. Comamos juntos. Así que comimos juntos. Después de comer me sentí como un rey. Tomatis fumó un cigarro y me dijo que fuese a visitarlo más seguido. Después me dijo que si se le hacía un programa para la noche iba a pasar por mi casa a avisarme.

– Probablemente yo esté en otro lado, pero anda, de todos modos -dije.

Después de comer volví al diario y le dije al director que había una indagatoria criminal importante en los Tribunales y que iba a ir a presenciarla. El director estaba leyendo el diario de la tarde anterior, marcando con un recuadro rojo las noticias que le interesaban por alguna razón; ni siquiera levantó la mirada cuando yo le expliqué por qué me iba a las tres y media en vez de irme a las cinco, como todos los días. Dijo que me fuese y que no dejara de cumplir con mis obligaciones, siempre, cualquiera fuese la situación, que eso me iba a foguear en la vida e iba a hacer de mí un hombre de bien. Lo dijo sin levantar una sola vez la cabeza hacia mí, recorriendo febrilmente con la mirada las páginas del diario y haciendo un recuadro rojo de tanto en tanto, con una energía loca. La impresión que tengo es que ni siquiera supo quién era yo ni qué me estaba diciendo. A las cuatro menos cuarto yo estaba en la oficina de Ernesto. Con él había un tipo rubio, de unos treinta y cinco años, de bigote rubio y cara de judío.

– El doctor Rosemberg-dijo Ernesto-. Un periodista.

El tipo me dio la mano.

– El doctor Rosemberg es el abogado de Fiore -me explicó Ernesto. Después se volvió hacia él-. Apenas él declare la incomunicación quedará levantada. De modo que puede esperar por aquí, si quiere.

– ¿Lo traen a las cuatro, verdad, doctor? -dijo el tipo rubio.

– A las cuatro, sí -dijo Ernesto.

– ¿A qué hora piensa terminar la indagatoria, doctor? -dijo el tipo rubio.

– Con una hora va a ser suficiente -dijo Ernesto.

El tipo rubio se paró. Era bajo y delgado.

– En una hora estoy aquí, entonces -dijo.

Me dio la mano y se fue.

– Es inusual que un extraño esté presente en la indagatoria -dijo Ernesto-, pero yo he arreglado la cuestión. De más está decir que el acusado no tiene que saber que vos no perteneces al personal de Tribunales. No debes tomar notas ni nada por el estilo.

– No quiero tomar nota -dije yo-. Lo que quiero es ver. Nunca he visto a un asesino de cerca, ésa es toda la cuestión.

– Por alguna especie de curiosidad malsana, supongo -dijo Ernesto.

– Supongo que sí -dije yo.

Quedamos en silencio un momento. Después me aproximé a la ventana. Nunca lo había hecho. Eran cuatro vidrios oblongos, más bien grandes, separados por una cruz negra de madera. Abajo estaba la Plaza de Mayo, y las palmeras inmóviles se lavaban en la lenta llovizna que volvía más lisas y tersas las grandes hojas afiladas. Una mujer cruzaba la plaza en diagonal, sobre el sendero rojizo de polvo de ladrillo, protegiéndose con un paraguas de un azul vivo. Desde el tercer piso, yo veía el círculo azul del paraguas y las piernas de la mujer achatadas contra el camino rojo. Podía sentir la mirada de Ernesto clavada en mí. Me di vuelta hacia él.

– ¿Dónde va a ser la indagatoria? -dije. -Aquí -dijo Ernesto.

En ese momento golpearon la puerta. Ernesto sacudió la cabeza hacia mí y después hacia la puerta, para indicarme que la abriese, pero en ese momento la puerta fue abierta desde el exterior. Asomó el secretario, un tipo con el pelo veteado de gris.

– Traen al acusado -dijo. -Quédese nomás, Vigo -dijo Ernesto. El secretario entró y dejó abierta la puerta que daba al corredor. Después fue y se sentó a la máquina y se puso a introducir un largo papel blanco en el rodillo, hasta que terminó su tarea y se recostó sobre el respaldo del asiento, cruzándose de brazos. Ernesto examinaba las hojas escritas a maquina, de modo que yo me volví a asomar a la ventana. La mujer del paraguas azul había desaparecido y en sentido inverso, cruzando en diagonal la plaza, otra mujer, esta vez protegiéndose con un paraguas lila, avanzaba lentamente, resbalando en el barro rojizo. Oí pasos que avanzaban hacia la oficina por el corredor y me di vuelta. El hueco de la puerta dejaba ver un fragmento de corredor vacío, y, más allá del espacio del tragaluz oval, el corredor de enfrente y una puerta cerrada. El secretario seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, y en el momento en que yo iba a decirle no sé qué cosa, un policía uniformado se asomó, haciendo una venia ligera.

– Permiso, doctor -dijo. Traía unos papeles en la mano y cuando Ernesto le hizo una seña con la cabeza el vigilante entró y los dejó sobre el escritorio. Ernesto los revisó, mientras el policía lo contemplaba inclinado respetuosamente hacia él.

– Tráigalo -dijo Ernesto. El policía salió. Después Ernesto me hizo sentar del otro lado del escritorio, más allá de él y del secretario. Desde donde estaba podía observar bien todo, especialmente el perfil del secretario y después el de Ernesto. En el momento en que yo me sentaba entró el tipo con el vigilante.

Entró primero, esposado, y detrás lo seguía el vigilante. Tenía la barba de por lo menos una semana, y los ojos apagados. Se veía bien que hacía por lo menos tres días que no se lavaba la cara. Tenía un pulóver que dejaba ver una camisa de lana por debajo del cuello en forma de v corta, y unos pantalones arrugados y sucios, no sé de qué color. Los zapatos estaban llenos de barro seco.

– Sáquele las esposas -dijo Ernesto.

El vigilante le sacó las esposas. El tipo ni lo miró, y cuando tuvo las manos libres dejó que colgaran como muertas a lo largo del cuerpo. Si miraba algo, miraba el cielo gris por la ventana. Pero no estoy seguro de que haya estado mirándolo. Más bien no miraba nada.

– Arrímele una silla -dijo Ernesto-. Ahí. Frente al escritorio.

El vigilante trajo una silla común, con asiento de esterilla, y la puso al lado del escritorio, frente a Ernesto. El tipo se quedó parado donde estaba, hasta que el vigilante le dio un golpecito en el hombro con las puntas de los dedos amontonados, y el tipo fue y se sentó. Ahora estaba más cerca de mí y del secretario, y estaba frente a Ernesto. Yo era el que estaba más lejos de todo, pero alcanzaba a verlo bien. Lo único, que la cara estaba oculta por ese montón de barba negra que emitía unos destellos rojizos. El tipo me echó una mirada, o por lo menos volvió la cabeza en la dirección en que yo estaba.

– Cuando termine lo llamo, agente -dijo Ernesto.

El vigilante hizo una venia y salió, cerrando la puerta. Ernesto revisó durante un momento los papeles que tenía sobre el escritorio y después alzó la cabeza hacia el tipo.

– Su nombre es Luis Fiore, ¿verdad? -dijo Ernesto.

El tipo no dijo nada. Los ojos parecían cubiertos por una pátina de un material transparente, una especie de laca sin brillo que los opacaba y los dejaba como ciegos. Ernesto estuvo mirándolo durante un momento, sin parpadear, directamente a los ojos, esperando. El secretario se había inclinado sobre la máquina de escribir y esperaba con las manos en el aire, los dedos separados apuntando hacia las teclas. La mirada del tipo -si a eso se podía llamar una mirada- estaba clavada en la de Ernesto, pero no se le movía un músculo de la cara.

– Le repito la pregunta: ¿es o no su nombre Luis Fiore? -dijo Ernesto.

El tipo sacudió la cabeza, pero tan débilmente y con expresión tan distraída-su mirada o como quiera llamarse a eso permanecía fija en el punto en el que hasta un momento antes habían estado los ojos de Ernesto- que era difícil considerar eso como una respuesta a algo.

– El acusado responde en forma afirmativa -dijo el secretario inclinando un poco más la cabeza entrecana y comenzando a golpear la máquina. Por un momento no se oyó en la habitación más que el golpe de las teclas y el estruendo de la máquina hasta que el secretario dejó de escribir y volvió el silencio. El secretario se refregó las manos durante unos segundos y después quedó otra vez inmóvil. Yo me incliné más hacia el tipo deslizándome sobre el asiento de la silla hasta quedar en el borde.

Ernesto escribió dos o tres palabras sobre un papel; pareció reflexionar sobre algo y después dijo:

– ¿Sabe de qué se lo acusa, Fiore?

La cara del acusado emitió una sonrisa débil, picara, y pude ver cómo las proximidades de los ojos se le llenaron de arrugas y de patas de gallo. Pero sus ojos no alcanzaron a brillar. O tal vez no se trataba de una sonrisa sino de la expresión facial de un esfuerzo de comprensión. Traté de adivinar la edad del tipo. Después me acordé que en el parte que me había leído el cronista de policiales decía que tenía treinta y nueve años. Lo miré atentamente y pensé que podía haber tenido treinta y nueve o un millón. Después abrió la boca y se vieron unos dientes blancos bajo los labios rojizos y la barba negra. El tipo quedó con la boca abierta pero no dijo nada. Ernesto entrecerró los ojos y se inclinó hacia él.

– ¿Sabe de qué se lo acusa, Fiore? -dijo.

Los tres -Ernesto, el secretario, yo- estábamos pendientes de él. Ahora también el tipo se inclinó hacia Ernesto y entrecerró los ojos. Tenía los dientes apretados, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo y yo comprendí que la expresión anterior no había sido una sonrisa, o si lo había sido en ese momento se había convertido en otra cosa, más turbia e indefinible. Cuando habló su voz sonó delgadísima, casi en falsete, y muy débil.

– Juez -dijo.

Ernesto no respondió. El tipo se inclinó todavía más y yo vi que sus ojos estaban ya cerrados y apretados.

– Juez -repitió, con su voz en falsete.

Comenzó a sacudir lentamente la cabeza.

– Los pedazos -dijo-. No se pueden juntar.

Después saltó. Ninguno de los tres -Ernesto, el secretario, yo- se movió hasta que se oyó el estruendo de los vidrios y el tipo desapareció de la habitación. Nos paramos los tres al mismo tiempo, pero el tipo ya no estaba; quedaban los vidrios rotos y las astillas del marco de la ventana, y en el silencio que quedó después -lleno todavía del eco del estruendo del cuerpo al chocar contra la ventana y desaparecer- el pedazo de vidrio que se descolgó y cayó en la habitación haciéndose polvo me hizo volverme más rápidamente que si el tipo hubiese reaparecido en la ventana, regresando desde el vacío. Entonces el secretario se puso a correr por la habitación, diciendo "Dios mío" a cada momento. Ernesto le dio un empujón cuando el secretario le cortó el paso mientras él avanzaba lentamente hacia la puerta del corredor. El secretario cayó sobre un sillón y empezó a echar espuma por la boca. Ernesto abrió la puerta y salió. Yo me acerqué al secretario y lo vi abrir los ojos, oyéndolo decir "Dios mío", dos veces, débilmente. Después salí al corredor y bajé los tres pisos en un segundo. Cuando llegué a la calle un círculo de tipos se había formado en la vereda de los Tribunales, debajo de la ventana. Otros venían corriendo desde la plaza. El doctor Rosemberg hablaba con Ernesto. Yo me abrí paso entre el círculo y me puse en primera fila. En el centro del círculo estaba el cuerpo del tipo, boca abajo, y tan encogido que parecía un enano, las baldosas amarillas estaban manchadas de sangre. El tipo no se movía. Me di cuenta de que cuando un tipo se estrella así contra una ventana y después vuela por el aire y va a dar contra el suelo desde el tercer piso, no se rompe nada en el momento de chocar contra los vidrios y caer, y chocar contra la vereda; nada, como no sea una cáscara vacía. Porque el tipo ya está hecho pedazos desde antes de tirar lo que queda de él, la cáscara vacía. El tipo se había estado pelando hasta el hueso y había tirado la cáscara por la ventana. La llovizna caía sobre la cáscara y el círculo de caras pálidas que la miraban sin hablar. Me abrí paso y me metí otra vez en Tribunales. Alejados del grupo, Ernesto y el doctor Rosemberg hablaban en voz baja. Los dos policías comenzaban a dispersar la gente a empujones. Cuando entré en el hall del tribunal fui derecho al cuartucho del telefonista. El telefonista me preguntó qué había pasado y yo le conté. Se levantó para salir, pero le dije que marcara el número del diario, antes. Me dio la comunicación y salió corriendo. El cronista de policiales me dijo que la página ya estaba cerrada y que iba haber que esperar hasta el otro día. Después dijo que salía para Tribunales. Cuando salí del cuartucho del telefonista atravesé el hall hacia la salida y en la escalinata me crucé con Ernesto y el doctor Rosemberg que venían subiendo rápidamente los escalones, de dos en dos. Toqué el brazo de Ernesto.

– Mañana. Mañana-dijo Ernesto, sin siquiera detenerse. El otro tipo ni me miró.

Cuando salí a la calle vi que el grupo de curiosos se había duplicado. Los vigilantes ya no se divisaban; me abrí paso y los vi en el centro del grupo, que se apretaba cada vez más en torno del cuerpo. Los vigilantes hacían espacio a empujones. El tipo seguía boca abajo, más encogido todavía. Ya ni parecía una cáscara; no parecía nada. Cuando salí otra vez del grupo apretado de tipos que tendía a cerrarse cada vez más sobre el cuerpo, vi al secretario solo, cerca de la pared. Se había puesto un impermeable y me miró.

– ¿Está muerto? -dijo.

– Creo que sí -dije yo.

Sobre el bigote entrecano tenía unas manchitas de espuma. Parecía que le hubiesen dado una mano de cal sobre la cara. Tenía los ojos muy abiertos.

– ¿El juez subió? -dijo.

– Sí-dije yo.

– Ni lo vi saltar -dijo el secretario-. Oí el ruido de los vidrios y ya no estaba más.

– Fue todo muy rápido -dije yo.

– Yo no oí más que el ruido de los vidrios -dijo el secretario.

– No sé cómo pudo haber hecho para saltar tan rápido -dije yo.

– El cuerpo no lo vi en ningún momento -dijo el secretario-.

Sentí el ruido, pero el cuerpo no lo vi. Oí cómo saltaron los vidrios. Saltaron los vidrios. Los oí cómo saltaron, y ya no estaba más en la oficina. Ha de estar lloviéndose todo ahora, adentro.

Se apoyó contra la pared.

– Estará todo lleno de vidrios -dijo.

Estaba oscureciendo. Era un crepúsculo azulado, sin sol. Me despedí del secretario y me fui al bar de la galería. Cuando llegué ya había oscurecido y en la galería las luces estaban encendidas. Tomé dos cognacs, pero no vi a nadie. El centro estaba casi desierto. Alrededor de las siete me fui para mi casa. La luz del dormitorio de mi madre estaba encendida. Un rectángulo de claridad emergía de la banderola. Fui a mi pieza y encendí la luz. Casi enseguida apareció mi madre.

– Vino a buscarlo un tal Tomatis -me dijo.

– ¿Le preguntaste qué quería? -dije yo.

– No. Como usted no estaba, se fue -dijo mi madre.

Después volvió a su habitación. Yo me metí en la cama y apagué la luz. No hubo forma de calentar las sábanas en toda la noche. Parecía metido entre dos barras de hielo. A eso de las diez y media oí salir a mi madre, y cuando me di cuenta de que estaba bien solo en la casa me sentí peor. Fui al dormitorio de mi madre y me metí en su cama, en la oscuridad. Estaba un poco más tibia que la mía, pero tuve que hacer unos esfuerzos terribles para no dormirme, por temor de que ella me encontrase allí a la vuelta. Estuve metido en su cama como dos horas, y después me volví a la mía. Fue como meterse en el congelador de una heladera. Si alguien me hubiese serruchado los pies no lo habría sentido. Podía habérmelos cortado y tirado a la basura y yo no me hubiese dado cuenta de nada hasta la mañana siguiente, en el momento de ponerme los zapatos. Después dormí lo suficiente como para ver caer un millón de veces el cuerpo encogido del tipo y oír un millón de estruendos de vidrios rotos en la oficina de Ernesto. Cuando me desperté eran las cinco de la mañana -prendí la luz y miré la hora- y estaba más helado que al acostarme. Fui a la cocina y me preparé una taza de café y me la traje para la cama. Dos minutos después lo estaba vomitando. Me di cuenta de que estaba enfermo y que ese día no iría a trabajar. Me puse el termómetro en el sobaco y lo dejé ahí cinco minutos; cuando lo saqué vi que marcaba treinta y ocho grados dos décimas. Me quedé con los ojos fijos en la banderola de la puerta, viendo cómo iba cambiando su color -del negro al azul, después a un verdoso pálido, hasta que por fin se volvió gris y quedó en eso- hasta que amaneció. Dormité. Cuando volví a despertarme la habitación estaba envuelta en una claridad débil y el rectángulo gris de la banderola relumbraba. Oí andar a mi madre por la cocina y pensé que me iba a morir. Eran las diez de la mañana. Llamé a mi madre.

– Tengo fiebre -le dije cuando entró.

Estaba con unos pantalones rojos y un suéter negro. Se había puesto un pañuelo en la cabeza. Tenía un cigarrillo colgando de los labios y la cara oval completamente lavada.

– Ha estado mojándose -dijo. Después quedó un momento en silencio-. ¿Estuvo en mi dormitorio, anoche?

– Fui a ver si encontraba algún antigripal -dije.

– No deje sus pañuelos mugrientos en mi cama -dijo mi madre.

– ¿Hay algún remedio contra la fiebre? -dije.

Mi madre no contestó y salió. Al rato volvió con una pastilla rosada y un vaso de agua. Me incorporé y me tragué la pastilla y dos o tres sorbos de agua. Tuve un par de arcadas pero no devolví ni el agua ni la pastilla. Mi madre vio mis vómitos en el piso y salió, regresando con un trapo y un balde de agua. Se inclinó y limpió las manchas. Después arregló mi cama y desapareció.

A la una en punto me trajo un plato de sopa. Apenas sí la probé. Le dije que llamara al diario y avisara que yo estaba enfermo. La oí salir cuando fue hasta el almacén de la esquina a hablar por teléfono. Cuando volvió y abrió la puerta de mi dormitorio la oí perfectamente, pero me hice el dormido. Había comenzado a sudar y la cama se estaba calentando bastante, de modo que una hora más tarde, cuando sentí la ropa pegada al cuerpo, volví a llamar a mi madre, le pedí una toalla, me sequé todo, y me puse ropa limpia. Volví a meterme el termómetro en el sobaco, y cuando lo saqué cinco minutos después comprobé que ya no tenía fiebre. A las seis oí el timbre de la puerta de calle y después oí la voz de mi madre aproximándose por la galería hacia mi habitación, hablando con alguien que refregaba las suelas de los zapatos contra el felpudo de alambre. La puerta de mi dormitorio se abrió y entró Tomatis, seguido por mi madre. Tomatis arrimó una silla y se sentó muy cerca de mi cama.

– Vengo a escuchar tus últimas palabras y a convencerte para que me incluyas en tu testamento -dijo Tomatis.

– Pueden irse todos a la mierda. Ésas son mis últimas palabras -dije yo.

– No seas grosero, Angelito -dijo mi madre.

– A eso llamo yo descuidar la posteridad -dijo Tomatis.

– ¿Qué va a tomar, señor Tomatis? -dijo mí madre.

– No se moleste. Nada -dijo Tomatis.

– Tome un café, señor Tomatis. No me cuesta nada hacerlo -dijo mi madre. Salió.

– Me ha tuteado -dije yo, en voz baja-. Hasta hace un momento me trataba de usted.

– ¿Qué es lo que te pasa? -dijo Tomatis-. Si ayer estabas lo más bien.

– No pude dormir en toda la noche y esta mañana amanecí con fiebre -dije yo.

Tomatis me puso la mano sobre la frente.

– Ya no tenés -dijo, retirando la mano.

– No. Se me ha ido -dije yo.

– Gloria está por venir -dijo Tomatis-. Teníamos que encontrarnos en el centro y le dije que estabas enfermo y que venía a verte, y entonces me dijo que ella también iba a pasar por acá.

– No vendrán con la intención de sacarme de la cama para meterse ustedes y empezar a hacer porquerías como acostumbran -dije yo. Tomatis se echó a reír.

– De ningún modo, Angelito -dijo.

– El tipo se tiró por la ventana -dije yo-. Pegó un salto y desapareció de la faz de la tierra.

– Me dijeron -dijo Tomatis-. ¿Qué estabas haciendo, si se puede saber?

– Me colé en la indagatoria. Quería verlo de cerca -dije yo.

– Fantasioso romántico -dijo Tomatis-. ¿Y cómo hiciste para entrar en la indagatoria, si está prohibido?

– Le dije al juez que el diario estaba muy interesado en el asunto y que corno yo estudiaba derecho y pensaba especializarme en penal, tenía por lo tanto un doble interés en presenciar la indagatoria -dije yo.

– ¿Y lo convenciste? -dijo Tomatis.

– Por lo visto, parece que sí -dije yo.

– ¿Quién es el juez? -dijo Tomatis.

– López Garay -dije yo.

– Sí -dijo Tomatis-. Lo conozco.

– ¿Así que Gloria va a pasar por aquí? -dije yo-. ¿No le has dicho que ésta es una casa decente?

– Se lo he dicho -dijo Tomatis-. Raro que López Garay te haya dejado entrar en la indagatoria porque sí nomás.

– Se tragó la píldora -dije yo.

– No es tonto -dijo Tomatis.

– No. Parece que no es -dije yo. Mi madre entró en el dormitorio.

– ¿Va a tomar una copita de ginebra con el café, señor Tomatis -dijo.

Se había pintado y se había cambiado de ropa. Tenía puesta una pollera ajustada y una blusa de todos los colores.

– Eso ni se pregunta -dije yo.

– Le pregunté al señor Tomatis, no a vos -dijo mi madre.

– Si no es molestia -dijo Tomatis.

– Ninguna. Todo lo contrario -dijo mi madre, y salió. En ese momento sonó el timbre y apareció el culito más extraordinario del mundo, acompañado de Gloria. Gloria traía el diario de la tarde y estaba vestida exactamente igual que en lo de Tomatis, pero traía un paraguas azul en la mano, ya plegado. Me acordé de la mujer del paraguas azul que había visto cruzar la Plaza de Mayo en diagonal, la tarde anterior. Me dio un beso y después sacó un paquete de la cartera y me lo entregó.

– Es un regalo -dijo.

Lo abrí. Era una edición barata de Tonto Kroeger, de Thomas Mann.

– Vacilé entre eso y un manual de urbanidad -dijo Gloria-. Pero al fin me decidí por esto porque llegué a la conclusión de que ya no hay forma de educarte.

– Raro que no me hayas traído un libro verde -dije yo.

– No quiero seguir pudriendo tu imaginación -dijo Gloria.

– Habla igual que mi madre -dije, mirando a Tomatis.

– Todas tienen un poco de madre, y un poco de puta -dijo Tomatis.

– No ha parado de llover en todo el día -dijo Gloria.

– Ya oscureció -dijo Tomatis.

Mi madre sirvió café y ginebra para Gloria y Tomatis, y ginebra sola para ella y a mí me trajo una taza de leche caliente. Estuvo con nosotros más de media hora y después se fue para su dormitorio. Gloria propuso que jugáramos al poker y yo me incorporé en la cama y me corrí hacia la pared y ellos arrimaron sus sillas y usarnos la cama como mesa y jugamos. Gloria volvió a ganar. A eso de las nueve, Tomatis dijo que iba a comprar algo para comer, pero se encontró con mi madre en la galería y mi madre le dijo que ella estaba preparando algo, de modo que Tomatis se fue con ella para la cocina y después de un rato volvió con un plato lleno de queso y otro que tenía un montón de sardinas. Mi madre apareció detrás de él con un pan y una botella de vino. Después mi madre anunció que ella iba a salir y dijo que cualquier cosa que hiciese falta podía encontrarse en la heladera. Después la oírnos despedirse desde la galería y yo alcancé a distinguir el ruido de la puerta de calle.

– Se está portando bien -dijo Tomatis.

– Está mejorando -dije yo.

– Deberías darle una paliza de vez en cuando -dijo Tomatis.

Después se paró y dijo que se iba. Gloria pareció sorprendida.

– Yo me voy -dijo Tomatis.

– Pensé que nos quedábamos un rato más -dijo Gloria.

– No he dicho que vos también tengas que irte -dijo Tomatis, con cierta dureza.

– He dicho que soy yo el que se va.

Le pedí a Gloria que se quedara. Gloria se encogió de hombros y dijo que podía quedarse un rato más, siempre y cuando yo consiguiera para ella un poco más de ginebra. Le dije que había dos botellas en la heladera, de modo que ginebra no le iba a faltar. Tomatis le dio un beso y antes de irse me preguntó si iba a levantarme al otro día.

– Creo que sí -dije yo.

– Te espero en el diario, entonces -dijo. Y se fue. Gloria lo acompañó hasta la puerta y quedé solo durante un momento. Los oí hablar en el corredor, pero no entendí lo que decían. Después Gloria volvió y se sentó en el borde de la cama.

– Puedo ir a buscarte la ginebra -le dije.

– No por ahora -dijo Gloria.

– Estuviste fenomenal trayéndome este libro -le dije, cabeceando hacia su regalo.

– Fue pura casualidad -dijo.

– Gloria -dije yo-. No estoy enojado ni nada porque te hayas quedado con Tomatis. Yo no estaba enterado de que pasaban cosas entre ustedes.

– Hasta esa noche no pasaba nada -dijo Gloria-. Y ahora no pasa casi nada.

– Nunca puede haber mucho con Tomatis -dije yo-. No se puede esperar mucho de él, ¿no es cierto?

– Eso es lo que él dice -dijo Gloria.

– Creo que está bien que la gente sea así -dije yo. Le agarré la mano y Gloria se soltó.

– No empieces, Ángel -me dijo. Después me preguntó si quería que ella me leyera trozos del libro. Le dije que sí.

– Abro al azar y leo -dijo.

Me leyó durante una hora. Después dejó el libro y dijo que estaba cansada y que se iba.

– Voy a quedarme solo y la fiebre va a subirme otra vez -dije.

– No si dormís de una vez por todas -dijo Gloria, y desapareció.

Me quedé un momento pensando, y después apagué la luz. Sentí durante cierto tiempo la sensación de no estar en ningún lugar preciso y después vi el desfile lento y nítido de todos los que me rodeaban y vivían conmigo lo que yo estaba llamando mí vida desde hacía cierto tiempo, y esa lenta procesión la cerraba yo mismo avanzando desde las zonas negras de mi mente hacia un círculo de claridad para internarme después en otra zona negra más allá del círculo iluminado y desaparecer. Después me dormí y me desperté casi al alba. El rectángulo de la banderola era ya de un color verde pálido. Me sentía eufórico. Fui a la cocina y me preparé una taza de café. Todavía lloviznaba. Volví al dormitorio, me metí en la cama, y me puse a leer Tonio Kroeger. Cuando lo terminé eran las nueve y media, y hacía rato que mi madre se había levantado. La oí andar por la casa, pero no entró en mi dormitorio. Me afeité, me di un baño, y me fui para el diario. No encontré a Tomatis, y el cronista de policiales me preguntó si yo había leído la noticia del tipo que se había tirado por la ventana del tribunal y me preguntó si era correcta. Le dije que no había leído el diario.

– Dicen que te enfermaste del julepe -dijo el cronista de policiales.

– Estuve engripado -dije yo.

– ¿Te cambiaste los calzoncillos? -dijo el cronista de policiales.

No le di una trompada porque lleva anteojos, pero le pregunté si él se creía Phillip Marlowe.

– ¿Quién? -dijo él.

– Un tío mío que anda siempre mezclado en toda clase de asesinatos.

Se encogió de hombros y me fui para Tribunales. No pude hablar con Ernesto, porque estaba declarando por lo de la tarde anterior, pero encontré al secretario en el corredor.

– El juez está muy ocupado -me dijo.

– ¿Arreglaron la ventana? -dije yo.

– No todavía -dijo el secretario-. ¿Vio cómo saltó ese bárbaro y rompió todos los vidrios?

– Vi, sí -dije yo.

Ramírez me recibió con una taza de café que ya había azucarado para él y me dijo que el juez de Crimen estaba de muy mal humor por el asunto del tipo de la ventana. Que todo el mundo hablaba de eso en Tribunales. Tomé ese menjunje asqueroso que Ramírez llamaba café y me fui. Encontré a Tomatis en pleno centro, frente a un extracto de lotería. Cuando me vio llegar me preguntó si conocía algún tipo de peor suerte que él.

– Viene y sale el dos cincuenta y cinco a la cabeza -dijo-. Y del dos cuarenta y cinco, ni noticia.

Almorzamos y jugamos al billar. Durante la partida Tomatis me preguntó si me había acostado con Gloria la noche anterior y cuando le dije que no se echó a reír.

– No has insistido lo suficiente -me dijo.

Se salvó de que lo matara con el taco del billar porque estaba del otro lado de la mesa. Después me dijo que mi madre era una buena persona y que yo tenía que portarme mejor con ella.

– No te hagas el niño terrible -dijo-. Ya no estás en edad para eso.

– Gloria te va a dar una puñalada por la espalda en cualquier momento, y yo voy a salir de testigo en favor de ella diciendo que fue en defensa propia -dije yo.

– Gloria está enamorada de mí, y me permite cualquier cosa -dijo Tomatis-. Por otra parte, no es mejor que yo, ni que nadie.

– ¿Has estado escribiendo? -dije yo.

– Algo -dijo Tomatis.

– Inmundicias, seguramente -dije yo.

– Algo por el estilo -dijo Tomatis.

Hice lo posible por dejarme ganar, pero no lo conseguí. Después volvimos al diario, y ya no cruzamos palabra esa tarde, salvo un saludo a la hora de salida. Anduve dando unas vueltas por el centro, tomé un cognac en el bar de la galería, y alrededor de las ocho me fui para mi casa. Mi madre estaba en la cocina, llenando un vaso de ginebra.

– ¿Vas a salir? -le dije.

– Sí -dijo.

Poco más y se echa la botella entera en el vaso.

– Tengo hambre -dije.

– Hay queso en la heladera -dijo mi madre.

– Hambre de comida. Comida caliente, como Dios manda-dije yo.

– Tengo que darme un baño y después irme -dijo mi madre.

Salió llevando su vaso y yo me quedé en la cocina. Abrí la heladera y saqué un pedazo de queso y la botella de ginebra. Mi madre se metió en el baño y al rato oí el murmullo de la ducha. La vi pasar después, envuelta en una toalla, caminando rápidamente. Su imagen atravesó la galería ante la puerta de la cocina y después desapareció. Estaba maravillosa. Cuando terminé mi queso me eché más ginebra en el vaso y me fui para su dormitorio. Le pedí permiso para entrar. Se había puesto su hermoso vestido amarillo y se estaba pintando los ojos delante del espejo.

– Deberíamos ir a comer juntos una de estas noches -dije.

– Ya veremos -dijo mi madre, con una débil hosquedad.

– Es hora de que empecemos a llevamos mejor -dije yo.

– Así espero -dijo mi madre. Después me fui para mi dormitorio, y al rato la oí salir. Me senté frente a la mesa, saqué mí cuaderno de notas, abrí el Tonio Kroeger en la última página y copié lo siguiente en mi cuaderno: "Miro al interior de un mundo inédito y en bosquejo, el cual reclama que se lo ordene y forme; veo un remolino de figuras humanas que me hacen señas para que las liberte y redima; son figuras ridículas algunas, y trágicas las otras; y no pocas son al mismo tiempo trágicas y cómicas… Y a estas últimas las estimo por encima de todo". Después cerré el libro y el cuaderno. No tenía ganas de quedarme en mi casa. Quería salir a la calle y estar con alguien, y si era posible con todo el mundo. La procesión de la noche anterior apareció patente ante mis ojos cuando salí a la galería y encendí la luz. La luz iluminó el patio en el que la llovizna flotaba en una masa blanca y lenta. No parecía caer, sino estar suspendida en el mismo lugar desde hacía muchos días. Pensé que casi ni le había dado importancia me sentí culpable. Había estado pasando algo en este mundo -la llovizna- que era de por sí un misterio y que a la vista se presentaba hermosa y llena de tristeza, y yo no la había ni siquiera mirado. Después recordé el cuerpo encogido sobre las baldosas amarillas, en la vereda del tribunal, y me pregunté qué cosas tan graves podían suceder como para obligar a un hombre a hacer de su cuerpo una cáscara vacía y tirarlo por la ventana de un tercer piso, para hacerlo pedazos contra el suelo. Había anochecido sobre su cuerpo: un crepúsculo azul y sin sol. Me puse el impermeable y salí a la calle. No se veía un alma. Caminé hasta el centro y entré en la galería. No había nadie. La cajera de guardapolvo verde miraba el vacío, con la mano puesta sobre la manija de la caja registradora. Tomé una ginebra sin separarme del mostrador y volví a salir. Anduve dos cuadras por San Martín y hacia el norte, y después doblé. Pasé frente al Banco Provincial y en su reloj circular vi que eran las once. Después llegué al parque del palomar y anduve un rato bajo los árboles cargados de agua. Pensé que estaba en una ciudad desierta, a la que todos habían abandonado. Se habían ido todos, dejándome solo. ¡Y qué bien se estaba! Andaba a mis anchas, en la oscuridad, y atravesaba las luces de las esquinas, unas esferas de claridad débil entorpecida por la llovizna, y después me internaba otra vez en las calles oscuras. Cuando menos me di cuenta estaba en la esquina de la casa de Tomatis. Se veía la gran claridad que arrojaba la ventana en la pieza delantera en la vereda. Me acerqué lentamente. La persiana estaba completamente alzada y a través de los vidrios se veía la habitación iluminada, con sus sillones, su biblioteca, la mesa y las sillas, Gloria estaba sentada en el diván, leyendo. Estaba con su ropa de siempre, la espalda apoyada contra la pared y las piernas estiradas hacia adelante. Sostenía la antología de poesía de habla inglesa en una mano, y en la otra un cigarrillo que humeaba. Vi que murmuraba lo que leía porque sus labios se movían. Estuve contemplándola durante un largo rato sin que ella se diese cuenta. Después me acerqué a la puerta y probé el picaporte, tratando de no hacer ruido. La puerta se abrió. Recorrí en puntas de pie el pasillo negro y entré en la pieza delantera. Estaba a tres metros de Gloria, frente a ella, en el hueco de la puerta, y ella todavía no había notado mi presencia. Un segundo después alzó la vista de golpe y dio un grito. Me eché a reír.

– No te asustes -dije-. Soy yo. Te vi por la ventana y entré.

Gloria estaba pálida.

– Carlitos no está -dijo.

– Espléndido -dije yo-. Voy a cambiar el agua de las aceitunas y vengo.

Salí de la habitación y comencé a recorrer el pasillo. Al pasar frente a la puerta entreabierta del dormitorio de Tomatis vi que salía una luz por ella y oí patente la voz de Tomatis, pero no escuché lo que decía, porque sonó demasiado débil. Me detuve de golpe, y abrí la puerta. Estaban los dos desnudos sobre la cama, Tomatis y mamá. El vestido amarillo de mamá estaba en el suelo hecho una pelota. Cerré la puerta tan de golpe que el ruido sonó como una explosión. Cuando salí corriendo le di un empujón a Gloria, que había salido de la habitación delantera al pasillo y me miraba, y después salí a la calle. Creo que Gloria me llamó, pero no me detuve. Ni siquiera miré cuando pasé delante de la ventana iluminada.

Las primeras tres cuadras las recorrí a toda velocidad. Después fui aminorando la marcha. A la quinta o sexta cuadra, andaba lo más tranquilo. La ciudad era un cementerio, y salvo las luces débiles de las esquinas, el resto estaba enterrado en la oscuridad. Cuando me puse a cruzar una esquina en diagonal, bajo la luz que dejaba ver las masas blanquecinas de la llovizna suspendidas en el aire, vi venir una figura humana en mi dirección. Fue emergiendo lentamente de la oscuridad, y al principio apareció borrosa por la llovizna, pero después fue haciéndose más nítida. Era un hombre joven, vestido con un impermeable que me resultó familiar. Era igual al mío. Venía tan derecho hacia mí que nos detuvimos a medio metro de distancia, exactamente bajo el foco de la esquina. Traté de no mirarle la cara, porque me pareció saber de antemano de quién se trataba. Por fin alcé la cabeza y clavé la mirada en su rostro. Vi mi propio rostro. Era tan idéntico a mí que dudé de estar yo mismo allí, frente a él, rodeando con mi carne y mis huesos el resplandor débil de la mirada que estaba clavando en él. Nunca nuestros círculos se habían mezclado tanto, y comprendí que no había temor de que él estuviese viviendo una vida que a mí me estaba prohibida, una vida más rica y más elevada. Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza.

MARZO, ABRIL, MAYO

Hay tres maneras de ganar al poker, hijo, me sabía decir mi abuelo en los años de su vejez. Con mucho resto, sabiendo jugar muy bien, o con las cartas marcadas. Pero el resto, por grande que sea, siempre termina por acabarse. Y por muy bien que uno juegue, siempre hay algún otro en este ancho mundo capaz de jugar mejor. Por lo tanto, el método más seguro es marcar las cartas. Así acostumbraba hablar mi abuelo en los años de su vejez, que fue muy larga.

Mi abuelo sabía. Murió a los ochenta y dos años. Los mocovíes lo habían llamado padre. Dos meses antes de cada elección, mi abuelo se sentaba en el escritorio de su almacén de ramos generales en San Javier, y esperaba. Los jefes políticos iban llegando, uno por uno. Mi abuelo los escuchaba sin abrir la boca, mascando su cigarro y escupiendo a la vereda unos gargajos de flema parda. Los jefes políticos se retiraban después de haber hecho su propuesta, sin esperar que mi abuelo dijese esta boca es mía. Una semana después mandaba llamar a uno de ellos. A veces era durante dos o tres elecciones seguidas el jefe del mismo partido, a veces el partido cambiaba de elección en elección. Conversaba diez minutos con el jefe político -escupiendo sus gargajos de flema parda a la vereda- y después se hacía preparar su volanta y salía a recorrer los ranchos de los mocovíes. Ese año, el jefe político que había sido mandado llamar ganaba la elección.

Así hizo mi abuelo alguna fortuna. El año cuarenta y cinco, en la elección de febrero, mi abuelo perdió un ojo.

Había mandado llamar al jefe radical, y después recorrió los ranchos de los mocovíes que lo llamaron padre, le pidieron remedios para la diarrea y lo acompañaron hasta la salida del rancherío, saludando la volanta hasta que la polvareda arenosa que levantó se esfumó completamente en el aire. Pero ganaron la elección los peronistas. A la madrugada, mi abuelo, que vivía solo en el inmenso galpón con su escritorio a la vereda donde tenía el almacén, oyó que llamaban a la puerta. Preguntó quién era y le dijeron que había un enfermo grave. Fue a abrir y desde la oscuridad recibió un tiro de revólver que le vació el ojo y de milagro no lo mató.

Así mí abuelo se retiró de la política, vendió el almacén, y se vino para la ciudad, a casa de mi madre. Me sabía tener en sus rodillas en San Javier, cuando yo era chico, pero cuando vino a la ciudad en el cuarenta y cinco, yo ya hacía rato que me afeitaba. Puso toda su fortuna a nombre de mi madre, diciendo que pronto se iba a morir. Pero en el cincuenta, mi madre, que era viuda de un hombre que yo no conocí, y que supongo fue mi padre, mi madre, que jamás había estado enferma de nada, estaba en la mesa sirviendo la sopa y dijo que iba hasta la cocina a buscar una cuchara que faltaba, y nunca más volvimos a verla viva. Como demoraba, me levanté para buscarla y la encontré muerta. Había tenido tiempo de abrir el cajón, pero no de sacar la cuchara, porque no tenía ninguna cuchara en la mano, ni había rastro de cuchara en toda la cocina, como no fuese en el cajón de los cubiertos.

Yo tenía entonces veintitrés años, y quedé solo con mi abuelo. El cincuenta y dos me recibí de abogado, y el cincuenta y cinco me casé. El sesenta quedé viudo. Yo había empezado a jugar alrededor del cincuenta y seis cuando salí de la cárcel. Me casé el dieciséis de septiembre de mil novecientos cincuenta y cinco. Acababa de decir que sí al jefe del Registro Civil, y salía a la puerta con mi mujer para sacarme unas fotografías con los testigos y con ella frente al edificio, cuando llega el Negro Lencina y me dice que hay una manifestación que quiere tomar la CGT. Le pregunto si hay tiempo de sacar la fotografía y me dice que no. Entonces dejo la ceremonia y me voy para la CGT.

Entramos por los techos. Bajamos al patio embaldosado de amarillo. Eran las diez de la mañana. Apenas si se dispararon tres o cuatro tiros, y no hubo ningún herido, salvo un tipo que tropezó con el cordón de la vereda cuando salió disparando al oír el primer tiro, y se vino al suelo, partiéndose la cabeza. Después llegó el ejército y nos metieron a todos presos.

Me largaron a los nueve meses. Mi mujer me esperó vestida con la ropa que había llevado en el civil la mañana del casamiento, y estaban todos los testigos, unos parientes, y mi abuelo. Yo invité por mi parte al Negro Lencina y a Fiore, de los molineros, que habían estado conmigo en el sur, durante nueve meses. Se habían pasado todo el tiempo diciéndome que salíamos a los nueve meses y yo iba a llegar a mi casa el día del nacimiento de mi primer hijo. Yo les decía que no había habido tiempo.

Empecé a jugar un mes después, en un asado que se hizo en La Fraternidad para celebrar la libertad de cinco ferroviarios que habían estado presos. Después del asado nos pusimos a jugar al siete y medio. Es un juego sencillo y familiar, y se juega con cartas españolas. Las negras valen medio punto; las blancas, del uno al siete, lo que marcan. El punto más alto es siete y medio. Una persona banca y reparte las cartas, dando una a cada uno, tapada. Uno empieza a pedir cartas para sumar el punto más alto, siete y medio. Se corre el riesgo de pasarse. Cuando uno ha recibido una negra, que vale medio punto, la destapa de modo tal que todos la vean y pide otra carta; si viene de cinco para arriba, uno generalmente se planta; si viene una menor, pide otra. A veces se pide hasta con seis y medio, porque es la banca la que da el valor de las cartas, llevando siempre medio punto de ventaja, de modo que si la banca tiene siete, pagará a los jugadores que tengan siete y medio. Los que tienen menos de siete y medio, deben pagar a la banca. Cuando uno se pasa, queda fuera de combate y debe pagar a la banca. Se entiende por pasarse excederse del puntaje máximo, siete y medio. Un dos y un seis, por ejemplo, hacen ocho. Si el jugador tiene un dos y pide una carta, y recibe un seis, paga a la banca.

Gané setenta pesos. No era nada. Pero me llamó la atención que yo pudiese ir previendo las cartas que iba a recibir. Me bastaba desearlas mucho para que vinieran. Si recibía una negra, y después un dos, me concentraba pensando: ahora tiene que venir un cinco, y venía. Llegué incluso a pedir cartas con seis y medio -punto altísimo en el cual cualquier jugador normalmente debe plantarse- por tener la seguridad de que vendría el as. Y el as venía.

Supe entonces que el juego me gustaba. Esperé dos días y averigüé donde se jugaba por sumas mayores. Me pasaron la información de que en un club del centro yo podía jugar al monte con puerta, en otro al punto y banca, y en un tercero a los dados. Elegí los dados. Saqué cinco billetes de mil pesos, comí algo en una parrilla, y me fui para el club. Había un montón de jugadores apretados alrededor de una mesa de pase inglés. El pase es un juego simplísimo: con dos dados y un cubilete el jugador tira los dos dados y después se pone a buscar el número que ha salido; si el primer tiro ha salido el seis, busca el seis en tiros sucesivos; si sale el siete antes que el seis, pierde. Pero si el siete o el once salen en el primer tiro, significa que ha echado buena y gana sin necesidad de buscar ningún número; y si echa tres, dos o doce en el primer tiro, quiere decir que ha echado mala y no tiene chance para buscar. Un tipo que estaba parado cerca de la mesa, sin jugar, me explicó el juego. Cuando el cubilete llegó donde yo estaba, puse dos mil pesos en la banca; tiré, y eché un siete; los dos mil pesos se hicieron cuatro. Volví a tirar y eché otro siete. En el tercer tiro, eché once; en el cuarto, once otra vez; en el quinto, otra vez once; en el sexto siete. Dejé el cubilete, retiré ciento veintiocho mil pesos de la banca, de los que me descontaron el interés, y me fui para mi casa. En el trayecto pensé que el pase inglés no era mi juego; que el caos lo regía, y que esos dados moviéndose en el interior del cubilete y corriendo después sobre el paño verde de la mesa, dependían demasiado del azar. Yo deseaba un juego en el que hubiese un mínimo de orden, un juego en que el azar estuviese ya congelado de antemano, aunque yo desconociese su ordenación. Necesitaba un pasado ya hecho.

Iba a encontrar ese pasado ya hecho en el punto y banca. De los ciento y pico de mil pesos que había ganado a los dados, a la noche siguiente separé veinte y me fui a jugar al punto y banca. Esta vez se trataba de una mesa larga, y los tipos estaban sentados en sillas alrededor. Sacaban cartas de un sabó que guardaba cinco mazos previamente mezclados, le daban dos al punto, y dos a la banca. Se jugaba con cartas francesas. Las negras y el diez valían cero. El que se aproximaba más a nueve, ganaba.

Mi ganancia llegó a los ochenta mil pesos, pero no fue tan fácil como a los dados. Tuve que trabajar mucho para ganar. No fui perdiendo en ningún momento, pero durante más de una hora no pude ir ganando más de cuatro o cinco mil pesos, hasta que el sabó llegó donde yo estaba y me tocó tirar la banca. Eché nueve pases, todos de nueve. No tenía más que pensar: Ahora echo un nueve, y echaba un nueve. Era fácil. No había más que saber desear, y creer en lo que se deseaba. De modo que a la segunda noche de haber empezado a probar suerte en el juego, ya me había hecho un capital.

No se lo conté a mi mujer, pero sí a mi abuelo. Hijo, me dijo, lo que viene fácil se va fácil. Es una perspetiva. (Mi abuelo decía perspetiva, no perspectiva, comiéndose la c, y usaba mucho esa palabra.) No niego que es una perspetiva. Pero la única forma segura de ganar es haciendo trampa.

Un tiempo después comprobé que él tenía razón. Los doscientos mil pesos que había ganado se fueron de una semana para la otra. Pero yo estaba embarcado. Iba a mi casa a la madrugada, solamente para dormir. Fui abandonando poco a poco mi profesión, y poco a poco también fui perdiendo la fortuna que mi abuelo había hecho en el escritorio de su almacén de ramos generales, desde donde ordenaba que prepararan su volanta para ir a recorrer las rancherías de los mocovíes.

Dos años después ya no tenía nada, salvo la casa, y un montón de deudas. Por suerte mi mujer resultó estéril, de modo que no tuve hijos que mantener. Mi mujer tampoco aprobaba que yo jugara; y lo que sucedió en el mes de junio del año sesenta puede servir como prueba. No lo aprobaba en absoluto, como va a quedar demostrado.

Yo estaba jugando al poker desde la noche anterior, a la vuelta de mi casa. Nos habíamos sentado para jugar una hora a las once de la noche, y eran las tres de la tarde del día siguiente. Llaman en eso a la puerta. Va el dueño de casa a atender, y vuelve diciéndome: Sergio, es tu abuelo. Le mando decir que pase. Para esa fecha estaba ya muy viejo y algo chiflado, y tenía un aspecto extravagante con un ojo de menos y los bigotes todos manchados de tabaco. Chicaba el santo día. Se inclina hacia mí y me dice al oído: Hijo, dice tu mujer que si no vas antes de media hora, se envenena. Dígale que se envenene, digo yo. Mi abuelo se va y vuelve treinta y cinco minutos después. Se inclina otra vez y me dice al oído: Hijo, se ha envenenado. De modo que pido permiso a la mesa para levantarme antes de la hora fijada, y voy a casa y la encuentro muerta. Se había arrepentido después de tomar el veneno de modo que salió del dormitorio en la planta alta y se paró en el borde de la escalera, llamando a mi abuelo. Pero ya era tarde, y mi abuelo estaba un poco sordo. La encontré al pie de la escalera, en la planta baja.

Un año después murió mi abuelo. Echó su último gallo pardo y se fue al otro mundo. Últimamente, no servía ni para los mandados. Yo le llevaba un paquete de toscanitos de vez en cuando. Él cortaba los toscanitos en dos o tres pedazos, con una tijera, y se ponía a mascarlos. Se sentaba en el umbral y escupía sobre la vereda. Una vez le escupió sin querer el pantalón a un tipo que pasaba y yo tuve que salir en su defensa. Otra vez vinieron de la Municipalidad a decirnos que debíamos conservar la vereda en condiciones más higiénicas. Entonces cambió de ubicación y se fue a la puerta de la cocina, que daba al patio trasero de la casa, de modo que con el tiempo la galería se llenó de unas manchas oscuras que no hubo forma de borrar. Murió sentado en el sillón mirando la higuera del fondo, al atardecer. Si vienen esta noche, diciendo que tienen un enfermo grave, no les abras, me dijo. Después murió. Cuando vinieron los del fúnebre, a eso de las nueve de la noche, me exigieron un adelanto de cinco mil pesos para iniciar el servicio. Yo no los tenía. Les dije que me esperaran hasta las dos de la mañana. En rigor de verdad no tenía un centavo. Fui a una mesa de juego y esperé hasta que alguno me tirara una ficha. Nadie me la tiró. Entonces me incliné a hablarle al oído a un tipo que estaba ganando cientos de miles. Le dije que me llevara mil pesos en su apuesta. Con eso le quería decir que en su apuesta de diez mil pesos, yo iba jugando mil. Si yo perdía tenía que entregarle los mil pesos. Si ganaba, él me daba los mil pesos a mí. Se suponía que yo tenía una ficha de mil en alguna parte para responder, en caso de que viniera la banca. Fue un golpe de audacia, porque esos tipos que van ganando no quieren saber nada de chistes de esa clase. Fue un golpe de audacia, y salió bien. Después fue tan fácil como bajar por un tobogán. A los diez minutos ya tenía para el adelanto del servicio fúnebre. No me hubiese gustado nada tener a mi abuelo sentado a la puerta de la cocina, muerto durante meses y meses.

Así que me quedé solo en la casa. No tenía que pagar alquiler, porque la casa era mía, y la electricidad y los impuestos eran charamusca. De vez en cuando comía. Salvo leer y jugar, no hacía otra cosa. Después empecé a escribir mis ensayos.

Creo que el título global con que pensaba agruparlos fue lo que más me costó. Primero los titulé Ensayos sobre el hombre contemporáneo, después Claves para la comprensión de nuestro tiempo, y más tarde, Momentos fundamentales del realismo moderno. Elegí el último, sin estar del todo satisfecho. Me pareció que las palabras momentos, fundamentales y moderno, no significaban nada. Cada vez que uno quería llenar una conversación, y redondear una frase de modo de hacerla parecer profunda, podía usar cualquiera de esas palabras, o algunas otras como dinámica, concreto y estructura. Pero todo eso podía pasar. La cosa grave se me planteaba con la palabra realismo. La palabra significaba algo: una actitud que se caracteriza por tomar en cuenta a la realidad. De eso estaba seguro. Me faltaba, únicamente, saber qué era la realidad. O cómo era, por lo menos.

Con cada uno de los seis ensayos resultó más fácil, porque los fui concibiendo estimulado por diversas lecturas. Cada uno de ellos tomaba como motivo las reflexiones que me sugerían los temas principales o los personajes más representativos de los textos que me encontraba leyendo. Me entregaba a la lectura con una actitud de total disponibilidad, tratando de hallar nexos secretos en las cosas que leía. Creo que el primer ensayo fue el mejor, porque lo concebí en forma inesperada y lo escribí de un tirón, en una tarde. Y el título, Murciélago y Robín: confusión de sentimientos, si bien en parte está tomado de una obra de Stephan Zweig, resume a mi juicio bastante bien el núcleo del problema.

El profesor Nietzsche y Clark Kent fue el segundo y creo que se resiente por hallar una analogía tal vez demasiado fácil entre dos célebres personajes homónimos de la imaginación moderna. Pero si tiene algún valor, a mi juicio ese valor está dado por la observación que juzgo la más inteligente del texto: la de que el fundamento ideológico que rigió la elaboración de los dos mitos es el mismo.

El realismo mágico de Lee Falk lo escribí persuadido de reencontrar en el mundo de Falk las pautas estéticas de la novela latinoamericana moderna. Los otros tres ensayos casi no merecen llamarse así. Son notas breves, comentarios de un par de páginas que fijan un tema preciso casi sin detenerse en comentarios. El primero, Flash Gordon y H. G. Wells, me parece el mejor. Los otros dos no me terminan de convencer. Tarzán de los monos: una teoría del buen salvaje, se aplica más a Juan Jacobo que a Rice Burroughs, porque a mi modo de ver las ideas más ricas sobre la cuestión ya están en Rousseau, y en cuanto a Evolución ideológica de Mickey Mouse, ni sé bien por qué lo escribí. No obstante el espesor psicológico de Mickey, creo que se trata de una obra menor, y al ensayista puede interesarle apenas desde un punto de vista: como expresión sistemática del pensamiento liberal norteamericano. Pero que eso lo exalten más bien los liberales, si es de su gusto.

Al año de morir mí abuelo, empecé a sentirme solo en la casa, así que puse un aviso en el diario buscando una mujer que se encargara de la limpieza y los mandados. Tomé a una chiquilina de catorce años, que vino con su madre. Eran del lado de la costa, y eso me gustó todavía más, porque yo había pasado toda mi infancia en ella. A la madre le faltaban todos los dientes, y era tan gorda que tuvo que ponerse de costado para poder entrar La hice sentar en un sofá doble y la chica quedo parada cerca de ella, sin abrir la boca. Le expliqué que yo vivía solo y que necesitaba una persona que estuviese dispuesta a vivir en la casa y a cobrar por mes. La madre me dijo que justamente eso era lo que ella quería. Dijo que tenía las cosas de la chica en la estación de ómnibus y que si nos poníamos de acuerdo en el sueldo, ella misma iba a ir a buscarlas. Al fin transamos en cierta cantidad, con la condición de que yo tenía que escribir una carta al pueblo una vez cada dos meses, para informar cómo estaba la chica. La chica acompañó a la madre a la estación y volvió en una hora. Traía un paquete envuelto en papeles de diario. Era muy delgada y no parecía sucia. Estaba empezando a desarrollarse y clavaba en mí los ojos de tal manera que me hacía desviar la mirada.

En dos años nunca había estado la casa tan limpia como al día siguiente del que ella llegó. Yo la había estado haciendo limpiar con sirvientas ocasionales, pero eso no era limpieza. Revolvió todo y el teléfono blanco, una chifladura de mi madre con la moda de los años cuarenta, que había estado tomando en los últimos años el mismo color de los gallos de mi abuelo, volvió a brillar. Ella misma se bañaba todas las noches, antes de acostarse. No cruzaba una palabra conmigo. Como no sabía leer ni escribir, una noche que tuve una ganancia grande en el punto y banca le compré una radio, pero que yo sepa nunca la encendió. Cuando terminaba la limpieza se iba a la cocina, se paraba con los brazos cruzados y el vientre apoyado contra el borde del fogón, y se quedaba mirando por la ventana hasta que oscurecía. Había otras ventanas mejores en la casa para mirar por ellas, la de mi escritorio, que daba a la calle, por ejemplo, pero ella miraba por la de la cocina, que daba al patio trasero. A través de ella no se veían más que unas pocas ramas de la higuera, el techo de paja medio podrida de una especie de lavadero, y, entre las ramas de la higuera, y especialmente en invierno, cuando estaba sin hojas, porciones de cielo. La chica se llamaba Delicia. Cada dos meses, yo le preguntaba qué quería mandar a decir en la carta a su madre, y ella me respondía: Que estoy bien.

En realidad, nos veíamos poco. Yo me levantaba muy tarde, generalmente después de mediodía, y comía lo que encontraba. Después me encerraba en mi estudio hasta el anochecer; salía para la cena y comíamos juntos lo que ella había preparado. Después me iba a jugar, y volvía a la madrugada.

Jugaba especialmente al punto y banca, porque allí tenía a mi disposición un pasado hecho. Está bien que a veces se lo podía modificar, pero era un terreno más firme que la loca agitación de los dados en el interior del cubilete y su carrera ulterior, ciega y sin sentido, hasta quedar inmóviles en algún punto del paño verde. Mi corazón se sacudía más que los dados cuando yo agitaba el cubilete y lo volcaba sobre la mesa. No se puede apostar al caos. Y no porque no se pueda ganar, sino porque no es uno el que gana, sino el caos el que consiente.

En el punto y banca yo veía otro orden, análogo al de las apariencias de este mundo, porque un mundo en el que en el reverso de cada presente no hubiese más que caos, y en el que el caos, al reiniciarse, borrase los presentes ya consumados y que eso fuese todo me parecía horrible. Eso sentía al sacudir el cubilete. En el punto y banca, mis ojos seguían minuciosamente los movimientos de los empleados que mezclaban las cartas, guardándolas después en el sabó. Primero las desparramaban en desorden y después iban acomodándolas en montoncitos de altura pareja que organizaban en tres o cuatro hileras. Después encimaban todos los montones hasta hacer una pila única con los cinco mazos, las doscientas sesenta cartas y las guardaban en el sabó. Ahí empezaba la partida. Había que considerar primero las cartas guardadas en el sabó. En el punto y banca, cuando el jugador de punto recibe un cinco, formado por una negra y un cinco, un tres y un dos, un nueve y un seis, o cualquier otra combinación, decide libremente si pide otra o no para mejorar su puntaje. Si el jugador pide, toda la disposición del sabó se modifica. He dicho que en el punto y banca yo tenía un pasado ya hecho. ¿No debí decir mejor un futuro hecho? Desde el punto de vista objetivo, las cartas guardadas en el sabó son en realidad un pasado. Para mí, que desconocía su ordenación, iban haciéndose presente y después pasado a medida que aparecían los pases, de dos en dos. Eran por lo tanto un futuro. Y las decisiones del jugador de punto al recibir cinco, y pedir o abstenerse, lo modificaban, ya sea como futuro, o como pasado. Pero era necesario e¡ presente para que esa modificación pudiese tener efecto.

Así que el sabó, con sus cartas ya ordenadas que una decisión subjetiva podía reorganizar completamente con sólo pedir una carta, era al mismo tiempo un pasado hecho y un futuro hecho, y al mismo tiempo hecho y modificable según los jugadores de punto pidieran otra carta o se abstuvieran al recibir el cinco.

Cada pase era un presente, pero con el sabó puesto allí delante, en el centro de la mesa, también el pasado y el futuro estaban presentes. Coexistían los tres. Estaban los tres juntos sobre la mesa. Una vez jugado, las dos cartas del pase iban a parar a un montón de cartas apiladas bocarriba a un costado del sabó, las cartas que iban utilizándose en los pases ya jugados. Formaban, de hecho, otro pasado. Había entonces varios pasados objetivos: el pasado de las cartas ya usadas o sea el montón de cartas bocarriba apiladas a un costado del sabó; el pasado del sabó, que era también futuro, los pasados de las modificaciones sufridas por el sabó según los jugadores de punto pidieran o se abstuvieran al recibir el cinco. Pidiendo, lo modificaban pero esa modificación no operaba como tal hasta que no se jugaba el pase siguiente y comenzaban las nuevas combinaciones de cartas.

También coexistían varios futuros: el futuro del sabó ordenado tal como al principio; y a cada modificación, según el punto pidiera o se abstuviese al recibir cinco, los futuros que iban creándose. Como la perspectiva de pedir el punto con cinco era siempre presente, siempre futura hasta el momento de pedir, absteniéndose, puede decirse que había también una modificación.

Cada pase era entonces una especie de puente, una encrucijada por la que pasaban, entrecruzándose, los distintos pasados y futuros, y en cuyo centro se condensaban también todos los presentes: el presente del pase mismo, fugaz, transitorio; el presente del pasado de la pila de pases ya utiliza-dos y el presente del pasado del sabó tal como había recibido su ordenamiento en el principio; el presente del futuro del sabó, ya que, objetivamente, el sabó era al mismo tiempo un pasado hecho y un futuro hecho, y al mismo tiempo un pasado y un futuro pasibles de modificación.

También a través del pase se concentraban y fluían los diferentes pasados y futuros: por ejemplo, las cuatro cartas básicas del pase, dos para el punto y dos para la banca, número que podía modificarse y llegar hasta seis si el punto y la banca no reunían el puntaje mínimo, cuatro, pertenecían al pasado, o futuro, del sabó; no tenían otro origen más que las doscientas sesenta cartas ordenadas en el interior del sabó. Y la pila de cartas acomodadas bocarriba a un costado del sabó, estaba formada con las cartas que tenían su origen en el sabó, y que por un momento habían sido el pase, el presente absoluto y condensador, que mis ojos habían visto sobre la mesa. Una relación estrecha unía por lo tanto todos los estados.

Había también un caos preexistente, un caos coexistente, y un caos futuro. Los tres eran coexistentes, en acto o en potencia. El caos preexistente era coexistente con el ordenamiento sufrido por las cartas en el sabó, y se materializaba otra vez con el caos coexistente representado por las pilas de cartas apiladas bocarriba al costado del sabó, con el que era coexistente. Y ese caos sería sometido otra vez a una operación similar a la del origen, en la que los dos empleados mezclarían todas las cartas, las ordenarían en varias hileras de pilas parejas y las amontonarían finalmente en un solo mazo de doscientas sesenta cartas antes de meterlas en el sabó. El caos preexistente era presente en acto, ya que el ordenamiento del sabó había surgido de el. El caos futuro, en acto y en potencia, ya que se formaría del caos de las barajas apiladas bocarriba al costado del sabó y desde luego formaba en sí parte de él, ya que no podría surgir más que de él, y permanecería indiferenciado respecto de él. Permanecería indiferenciado también del caos preexistente, ya que el caos es de por sí indiferenciado, y en esencia, uno solo. Todos los caos eran también el caos futuro, y el ordenamiento del sabó, y el presente transitorio del pase formaban parte también del caos futuro, ya que iban a convertirse en el. Por otra parte, los tres caos, coexistentes entre sí, eran coexistentes con el ordenamiento del sabó, el presente del pase, y todos los entrecruzamientos de pasado y futuro que se condensaban en él.

Al recomenzar cada sabó, después de pasar por el caos de origen, en que las manos distraídas de lo- empleados dispersan las barajas en un montón sin sentido sobre la mesa, se produce un nuevo ordenamiento. Hay tantas posibilidades de ordenamiento como posibilidades de ordenación entre las doscientas sesenta barajas, partículas del caos de origen que se someten a un ordenamiento bajo las manos reflexivas de los empleados. A mi modo de ver ningún ordenamiento puede ser igual a otro, y si en dos de ellos las doscientas sesenta cartas estuviesen colocadas en el mismo orden, de todas maneras el ordenamiento no sería el mismo, por la siguiente razón: sería, de hecho, otro. Por otro lado, no parecería el mismo. No habría modo de verificarlo. La tarea de hacerlo desalentaría desde el principio, por su aridez y su inutilidad. Y al mismo tiempo, únicamente el ordenamiento inicial sería parecido al otro ordenamiento. Es decir, un trayecto o parte del proceso, se parecería a un trayecto o parte del proceso del ordenamiento anterior.

Porque los otros trayectos o partes, no serían iguales. Para que eso pudiese suceder, tendrían que producirse las siguientes semejanzas: primero, el modo de mezclar de los empleados tendría que ser exactamente el mismo de la vez anterior, y el proceso de ordenamiento debería producirse por las mismas vías. Un cinco de diamante que apareciese en el sabó entre un tres de diamante y un ocho de trébol, debería ir a ocupar su lugar siguiendo el mismo itinerario, pasando por encima de un cuatro de pique, un rey de diamantes, por debajo de una dama de trébol, entre un as de corazón y un dos de corazón, por ejemplo, que la vez anterior, cosa que, desde luego, es imposible de verificar.

Segundo: la opción de cada jugador de punto que recibe el cinco debería ser la misma en cada caso, en uno y otro ordenamiento. Teniendo en cuenta que hay jugadores que tienen como norma abstenerse, jugadores que tienen como norma pedir, jugadores que tienen corno norma pedir una vez sí y una vez no, y jugadores que tienen como norma seguir su pálpito en el momento de dar vuelta las cartas, la perspectiva de repetición se vuelve prácticamente imposible.

Tercero: la pila de cartas bocarriba amontonadas al costado del sabó tendría que ir acomodándose de la misma manera que la pila formada con los pases del ordenamiento anterior. Pero esa acomodación es inverificable, ya que nadie la controla.

De modo que en el juego de punto y banca la repetición es imposible.

En cuanto a las barajas, tienen también su particularidad. Son al mismo tiempo significantes e insignificantes, y no tienen siempre la misma significación. Podemos decir que su significación varía según el contexto en que aparecen. Las cartas son significantes en el anverso, e insignificantes en el reverso. El rayado del reverso, idéntico en todas, no tiene significación, o tiene por lo menos una sola: la de su insignificancia respecto de las significaciones del anverso. A su modo, la insignificancia del reverso es un signo.

En cuanto a la significación del anverso, es variable. Los distintos valores, uno, cuatro, nueve, seis, cero, adquieren significación distinta según estén colocados. Un as tiene una significación distinta según esté con un ocho, o con un nueve. Con un ocho, significa nueve, con un nueve, cero. Un cero, con un nueve, significa nueve, con un cero, cero. De algún modo, el cero es el número capital, no el nueve. Se trata del cero: se sabe que el nueve es nueve desde el punto de vista del cero: hay nueve cuando el nueve, por sucesivas adiciones, va colmando el cero del que ha partido. Y el nueve, por otra parte, está en el borde del cero. Después del nueve no hay nada salvo el cero; y el cero, después del nueve, opera una anulación total, de modo que es necesario comenzar a contar nuevamente.

Ejemplo: un siete y un seis, sumados, hacen normalmente trece. En el juego del punto y banca no hacen más que tres. Cuento: seis, siete, ocho, nueve. He sacado tres del siete, agregándolos al seis, y he hecho nueve. Después no sigue diez, sino cero. Cuando he llegado al punto máximo, nueve, se opera la aniquilación y caigo otra vez en el cero. He usado cuatro puntos del siete; me quedan tres. Estos tres comenzarán a contar a partir del cero y llegarán hasta tres, sin exceder uno solo. Toda la significación de los anversos significantes pasa entonces a través del significado principal, que es el cero. El cero es el número capital en el juego del punto y banca. Da origen al número máximo, que es el nueve: pero toda vez que los números excedan el nueve, deberán pasar otra vez por el cero, anulando lo que ya se ha consolidado, y volver a recomenzar.

En pocas palabras, éste es el aspecto objetivo del juego. El aspecto subjetivo tiene también su importancia. Pero antes falta describir el lugar en el que se juega.

Es una mesa larga, rectangular, con dos pequeñas con-

cavidades en el centro, una frente a la otra, ubicadas como dos paréntesis enfrentados por la parte convexa. Frente a cada una de esas concavidades, en sillas colocadas sobre tarimas, a una altura mayor que las de los jugadores, se sientan los empleados, uno frente al otro. El sabó se coloca en el centro de la mesa. En algunos lugares se lo hace girar, pasando a cada jugador en el momento de tirar la banca, y siguiendo al jugador que se halla inmediatamente a su derecha cuando la banca del jugador anterior termina. Aquí queda en el centro de la mesa y uno de los empleados distribuye las cartas, sacándolas del sabó. Saca primero una para el punto, después una para la banca, después otra para el punto, y después una segunda para la banca. El punto recibe sus dos cartas primero, desconociendo las cartas de la banca. Todo el juego transcurre sobre la mesa, alrededor de la cual, en todo su perímetro, se hallan sentados los jugadores. Todo lo que pasa en el exterior de la mesa, en el espacio que la desborda, no atañe al juego. Las cartas deben darse vuelta sobre la mesa. El lugar donde se juega es ése y ningún otro. En la ciudad, en la misma noche, funcionan ocho o diez mesas de punto y banca, en distintos lugares. Lo que ocurre en uno de los lugares, en una de las mesas, no significa nada para el otro. Cada lugar está, por así decirlo, cerrado en sí mismo. Aun cuando dos mesas estuviesen pegadas una a la otra, lo que ocurriese en una no significaría nada para la otra. A cada mesa corresponde un orden de acontecimientos diferentes, con distinto ritmo, distinta duración, distinto valor y distinto significado.

Una persona que pudiese observar tres mesas al mismo tiempo, advertiría esas diferencias de estado. Aun cuando las tres se iniciasen en el mismo momento y terminasen a la misma hora, su desarrollo sería diferente. Después del primer pase, se hallarían las tres en distintos momentos de desarrollo. En la primera la dilación de los jugadores por hacer las apuestas, estoy dando un ejemplo, retardaría algo el proceso. En la segunda, lo retardaría un empate. En la tercera, un juego rápido y un triunfo por lo que se llama clavada, es decir, que el punto o la banca reciban de entrada ocho o nueve, lo que no da derecho al competidor a recibir otra carta si su punto es menor, haría que cuando en la tercera mesa se está tirando ya el segundo pase, en la primera no ha empezado todavía a tirarse el primero y en la segunda se ha tirado un pase de empate que obligará a los jugadores a replantear su apuesta.

Si yo estuviese jugando en dos mesas diferentes, a punto, por ejemplo, la cifra recibida en una de las mesas no tendría ningún valor en la otra, y viceversa. Por lo tanto, vistas desde el exterior, desde el espacio en el cual ya no rigen las leyes de la mesa, las significaciones internas se borran por completo.

Por otra parte, la mesa, si bien tiene todo el aspecto de una mesa de juego, fácilmente reconocible desde el exterior, no significa nada y en ella no pasa nada mientras el sabó no haya sido acomodado según el proceso que ya he descripto. Mientras las cartas no salgan del sabó y muestren su significado, en la mesa no pasa nada. No hay nada que valga. Sin el brillo fugaz de las cartas al volverse, hacerse patentes en su significación y después desaparecer, la mesa está como ciega e inerte. De por sí no es nada. Está ahí, eso es todo.

Falta ahora la parte subjetiva del juego. Tiene sus complicaciones. La única relación real que existe es la relación del jugador con el pase, una vez que el pase ha sucedido. El resto es todo especulación.

Esta relación del jugador con el pase tiene dos fases: la hipótesis y la verificación. La verificación es siempre posterior a la hipótesis. Digamos que en el nivel de las facultades humanas, la hipótesis corresponde a lo que se llama imaginación; la verificación, a lo que se llama percepción.

El jugador debe apostar según se lo indica su imaginación. Apuesta a la posibilidad de que lo que ha imaginado, que puede suceder, suceda. Percibe el pase en el momento de mostrarse, no en el de suceder. Porque una vez que las cartas han sido acomodadas en el sabó, el pase ya ha sucedido. Puede modificarse si en el transcurso de las jugadas anteriores el punto ha recibido cinco y ha pedido otra carta, pero esa modificación del ordenamiento interno del sabó es siempre anterior al momento en que el jugador lo percibe. Si el jugador observa que el punto ha pedido una carta al recibir el cinco, sabe que un cambio se ha producido, pero no sabe qué cambio.

La evidencia, por lo tanto, en el juego del punto y banca es un accesorio del acaecer, no el acaecer mismo. Es, además, subjetiva. El hecho se hace evidente para mí, pero no era menos real mientras permanecía oculto. El pase no cambia porque yo lo vea. Soy yo el que cambia. Cuando desaparece, volviendo a la pila indiferenciada acomodada a un costado del sabó, yo retengo su evidencia y también la evidencia de que había permanecido oculto y sin embargo era real por haber ya sucedido antes de que yo pudiese percibirlo. Manifiesta, entonces, una evidencia doble.

El jugador no puede percibir entonces más que el pase cuando se muestra. No puede, tampoco, hacer otra cosa que reconocer que lo único real para él es esa percepción tardía del acontecimiento. Pero el pase, no obstante, no vale nada para él en el momento de mostrarse. Es necesario que haga su apuesta a ciegas, o que invente un sistema de referencia para vertebrar en él cierto número de pases.

Durante el juego pueden suceder cosas muy diferentes, dentro de cierta rigidez absoluta de posibilidades. Ese esquema rígido, genérico, radica en que, en cada pase, no puede venir más que punto, banca, o un empate de punto y banca. Si viene el empate, el pase se tira de nuevo. Es como si no hubiese sucedido nada. En realidad, ha sucedido algo, pero yo hago como que no ha sucedido nada, simplemente porque nadie ha ganado ni perdido. Aquí se ve bien que el interés del jugador varía según los acontecimientos, y que el le asigna valor diferente a cada uno.

Las otras dos posibilidades que interesan al jugador son el punto y la banca. Apuesta a cualquiera de los dos1 según su interés. Juega, supongamos, mil pesos a punto. Si el punto alcanza la cifra más alta, gana. La cifra más alta es la que más se aleja del cero, o, por decirlo de un modo optimista, la que más se aproxima a nueve.

¿Que es lo que hace que un jugador apueste a una cosa y no a otra? Las razones que hacen que un jugador apueste a una cosa y no a otra, pueden ser de dos clases diferentes. Primero: razones irracionales. Segundo: razones racionales.

Pongamos mi caso: cuando hago una apuesta irracional significa que he hecho una apuesta fundándome en un pálpito de cualquier índole. Factores emocionales pueden incidir grandemente. No me gusta la cara del tipo que esta tirando la banca; juego, por lo tanto, a punto. Deseo fuertemente que salga la banca, y me siento seguro de que va a salir. Juego a banca. Le debo un favor al tipo que va a dar vuelta las cartas del punto. Eso hace que juegue a punto. Tengo la norma de que debe seguirse al ganador; el ganador ha tirado ya seis pases de banca. Corresponde, sostengo, jugar a banca, y juego a banca. Puede venir punto o banca, si descontamos el empate. No hay otra variante. Mi emoción ha predominado en las razones de mi apuesta. He hecho por lo tanto una apuesta irracional.

Pasemos ahora a las razones racionales. Establezco un esquema ideal de acontecimientos; si salió punto, seguirá saliendo punto. Debo apostar a la seguidilla de puntos. De salir banca, apuesto a la seguidilla de banca. Si sale un punto y una banca, un punto y una banca, etcétera, apuesto al juego llamado uno y uno, y juego alternativamente a punto y banca. Si observo que están saliendo dos puntos y dos bancas, juego dos veces a punto, y después dos veces a banca, y así sucesivamente.

Hay una segunda razón racional que me hace apostar, por ejemplo, a banca. Cuando han salido, supongamos, diez puntos seguidos, la lógica me hace suponer que corresponde que venga banca. Tiene ya más posibilidades el punto que la banca, porque en el pasado, la abrumadora mayoría de los casos ha demostrado que hay un límite para las seguidillas. Entonces, después del décimo pase de punto, juego a banca.

Siempre, mi referencia es el pasado. Cada jugada, sin embargo, preparada en el borde del futuro, sale hacia el pasado, atravesando la evidencia fugaz del presente. Cada presente es único. Ningún presente se repite; puede, a lo sumo, parecerse a algún otro presente ya confinado en el pasado, tener alguna semejanza con él. Creemos que porque en el pase anterior la banca le ganó al punto por nueve a seis, en este pase va a ocurrir lo mismo. Porque han salido ya veinte puntos; y tenemos la experiencia de que en el pasado jamás ha habido una seguidilla de puntos tan grande, que en el pasado siempre las seguidillas de punto son cortadas en una cifra prudencial por la aparición de una banca, en esta seguidilla de puntos, donde se han dado ya veinte, cifra completamente loca, una banca prudencial va a aparecer a tiempo para cortar la seguidilla.

Porque se han dado ya dos bancas, nuestra lógica nos dice que tiene, necesariamente, que darse una tercera. Porque ha habido cuatro pases de uno y uno, estamos seguros de que tiene que haber cuatro más.

Estas son las razones racionales por las que juego al punto y banca. Pero ya sabemos que la repetición no existe. Existe, a lo sumo, el parecido, la semejanza. Y de este modo, después de veinte puntos seguidos, pueden salir veinte más, treinta, cincuenta, mil, un millón mas de pases de punto. Puede suceder que diez generaciones de jugadores atónitos contemplen, transmitiéndose el fenómeno de padres a hijos, una seguidilla de puntos que dure mil años. Eso no impedirá que el jugador racional siga jugando a banca. Y puede suceder, también, que después de la seguidilla de un millón de pases de punto el jugador racional aprenda por fin y aproveche su experiencia, jugando a punto, y aparezca el pase de banca prudencial que han venido esperando diez generaciones.

En el juego de uno y uno jugaré a punto, después que ha salido banca, y a banca, después que ha salido punto. Eso no significa que no pueda venir banca después de banca, y punto después de punto. Al darme vuelta, viendo que el juego de punto se repite, jugaré a punto, lo cual no impide que aparezca otra vez la banca, reiniciándose otra vez el uno y uno. Que yo pueda seguir un juego durante diez pases, no significa que el pasado se esté repitiendo, sino que mi gesto, simplemente, ha coincidido con la realidad. Como cuando disparo un tiro al aire sin levantar la cabeza, y cae un pato salvaje.

Lo antedicho demuestra que, en el juego de punto y banca, todas las razones que rigen mis apuestas, tanto las racionales como las irracionales, son irracionales.

La singularidad de este juego reside en que se trata de un juego de naturaleza compleja que me impide desde todo punto de vista una conducta racional, un juego en cuyo interior, un espacio limitado, debo moverme con los manotazos de ciego de mi imaginación y mi emoción y en el que la única certeza que puedo verificar por medio de mis sentidos, se presenta ante mis ojos con un relumbrón rápido, cuando ya no me sirve porque he debido apostar a ciegas, y enseguida desaparece.

De esta manera, todas las apuestas, al punto y banca, son apuestas desesperadas. La esperanza es un accesorio edificante, pero inútil.

En su esfera, la experiencia no se capitaliza. Cada destello de evidencia está separado de cada destello de evidencia por un abismo, y la relación que existe entre ellos permanece fuera del alcance de nuestro conocimiento. No quiero decir que no haya una relación, sino sencillamente que no podemos conocerla. Digo que toda apuesta es desesperada, porque apostamos por un solo motivo: para ver. Dejamos en el lugar en que el espectáculo se manifiesta todo lo que tenemos porque, aunque ya no nos sirve, tenemos curiosidad por saber cómo era, qué había oculto detrás en el momento en que apostamos. Si la realidad coincide con nuestra imaginación, tenemos como premio un montón de excremento: dinero. No es raro que al salir de un pozo ciego traigamos con nosotros, adheridos a nuestra ropa de exploradores, cuajarones de mierda.

El primero de marzo llamé a Delicia al escritorio. Le dije que iba a pagarle la mensualidad. No dijo nada. Recogió los billetes de sobre el escritorio y se fue para la cocina. No hacía ni dos meses que había cumplido los quince años. Ahora tenía que usar unas blusas más amplias en la parte delantera y debajo de la espalda la pollera se le combaba. Me quedé hasta el anochecer en el escritorio, escribiendo mi séptimo ensayo: Sivana y la ciencia moderna: ¿conocimiento puro o compromiso? Al anochecer salí y me fui para la cocina.

Hacía calor. Delicia había terminado la limpieza y miraba el patio trasero a través de la puerta de tela metálica. Me preguntó si quería comer algo y le dije que era demasiado temprano. Después le pregunté si tenía en vista en qué iba a gastar su mensualidad. Me dijo en nada. Delicia, le dije entonces. ¿Me harías el favor de prestarme esos tres mil pesos hasta mañana? No dijo una palabra, fue hasta la pieza que ocupaba en la planta alta, un altillo, y volvió con una lata de té. Se paró al lado del fogón y la abrió.

Había un montón de billetes de mil adentro. Los contó, uno por uno, estirándolos, porque algunos estaban enrollados y otros hechos una pelota. Los fue amontonando en una pila y después los volvió a contar, humedeciéndose previamente el índice y el pulgar con la punta de la lengua. Eran cincuenta y cuatro mil pesos. Había trabajado durante dieciocho meses sin gastar un solo centavo. Se vestía con la ropa vieja de mi mujer que había quedado en el ropero desde el día de su muerte, sin que yo la hubiese siquiera tocado. Supuse que tendría puestos sus corpiños y sus calzones.

Me extendió el montón de billetes de mil y me dijo que podía usar lo que necesitara. Le pregunté cómo se las había arreglado durante dos años para vivir sin gastar ni siquiera diez centavos, y ella me contestó que no era así, que ella se había traído setecientos pesos que le habían quedado de un empleo anterior que había tenido. Después hice memoria y me acordé que en esos dieciocho meses no se había enfermado, no había salido más que hasta el mercadito de la esquina a hacer las compras, no había hablado con nadie que no fuese yo, salvo el carnicero o el panadero, y no había escuchado la radio o leído una revista (no sabía leer) ni había hecho otra cosa que no fuese limpiar la casa durante el día y pararse a mirar el patio trasero por la ventana de la cocina al atardecer. Le pregunté si no necesitaba la plata y me dijo que no. Entonces le dije que con diez mil pesos me alcanzaba y le devolví el resto. Me dio la caja con todo el dinero y me dijo que yo la guardara en el escritorio y que fuese poniendo allí todos los meses los tres mil pesos de su sueldo.

Después me dio de comer. No cruzamos una palabra durante la comida. Cuando me levanté, pasé al lado de ella y le acaricié la cabeza. Está en mi casa la más hermosa de todas las criaturas, le dije, y me fui para la partida.

Perdí los diez mil pesos, y diez mil más que prometí pagar al otro día. Me levanté a las dos de la tarde y fui derecho para el estudio, leí una historieta completa del Capitán Marvel, tildé los cuadros más importantes, y después me puse a escribir. Hacía todavía más calor que el día anterior. Sentía los párpados pesados, y la camisa hecha sopa, pegada a la espalda. Me quedé dormido sobre el escritorio. Cuando me desperté estaba anocheciendo. Fui y me di un baño y después me dirigí a la cocina. Delicia estaba sentada frente a la puerta de tela metálica. Miraba las manchas oscuras en el mosaico de la galería, las manchas que ni siquiera ella había podido borrar y eran la huella imperecedera de los gallos pardos de mi abuelo.

Delicia, le dije. He decidido enseñarte a leer y escribir. Todos los días a esta hora, vamos a dar una clase de lectura y escritura. ¿Te parece bien? Me dijo que le parecía bien. De acuerdo, Delicia, le dije. Manos a la obra, entonces. Fui al escritorio, traje un cuaderno y unos lápices, y los puse delante de ella. Tuve que enseñarle como se agarraba el lápiz. Con letra grande y muy prolija dibujé, más que escribí, el abecedario completo. Delicia miraba los trazos que yo iba dejando grabados sobre el papel rayado. Después hice una línea de separación debajo, y, dejando un renglón, dibujé la letra a. Ésta es la letra a, le dije. Llena ahora dos renglones con la letra a. Mientras tanto, dijo Delicia, vaya y aféitese.

Hacía tres días que no me afeitaba. Fui y me afeité. Cuando volví, Delicia había llenado dos renglones con la letra a. Algunas eran irreconocibles. Nadie hubiese dicho que algunas de ellas eran la letra a. No parecían la letra a de ningún modo. Después dibujé la letra b. Ésta es la letra b, le dije a Delicia. Llena ahora dos renglones con esta letra. Delicia se inclinó hacia el cuaderno y comenzó a dibujar, con gran aplicación y cuidado, la letra b. He sabido jugar cincuenta mil a una carta, y eran los últimos cincuenta mil que tenía. Y no deseé tan fuertemente que viniera mi carta como estaba deseando en ese momento que Delicia pudiese dibujar la letra b. Sacaba la lengua y se la mordía, y estaba tan inclinada sobre el cuaderno que pensé que en un momento dado su cara iba a chocar contra la hoja llena de garabatos. Por fin dibujó la primera. Debe haber demorado lo menos un minuto para hacerlo. Un minuto o más. Pero por fin la escribió. Y después se puso a llenar dos renglones con la letra b. Pensé que tenía tiempo de ir a darme un paseo por la otra punta de la ciudad y volver al otro día, y la iba a encontrar todavía llenando los dos renglones con la letra b.

Después le dije que por ese día bastaba y que me diera de comer. Durante la comida me preguntó sí no iba a darle deberes, de modo que cuando terminé de comer dibujé la letra c, dejé dos renglones en blanco y dibujé la letra d. Le dije que me llenara dos renglones de cada una para el otro día.

Fui al escritorio, saqué los cuarenta y cuatro mil pesos que quedaban, y me fui a jugar. Pagué los diez mil pesos que debía y perdí los otros treinta y cuatro mil. Esa noche no tuve crédito, así que me volví temprano y me fui a la cama. Al otro día temprano, salí al centro y gestioné una hipoteca sobre la casa. Cuando salí de la Inmobiliaria, encontré a Carlos Tomatis en la esquina del Banco Provincial. Estaba hablando con un vendedor de lotería. Me dio la mano y me preguntó si no jugaba a la lotería, y le dije que no jugaba contra Dios.

Estás cada día más flaco, Sergio, me dijo.

Le dije que podía tratarse de una opinión subjetiva de él, porque yo lo encontraba cada día más gordo.

Dijo que era posible. Después dijo que Dios no tenía nada que ver con el azar, que el Nuevo Testamento decía que Dios era capaz de ver hasta el último de los cabellos del último de los hombres. Y dijo que no uno por vez sino todos al mismo tiempo, y al mismo tiempo, uno por vez. Dije que todo eso era francamente aterrorizador, que no podía concebir que Dios lo estuviese vigilando tan al detalle. Pero que de todos modos, Dios tenía la pequeña desventaja de no poder jugar a la lotería. Vengo siguiendo el dos cuarenta y cinco desde hace un año, dijo después.

Yo le dije que por mi parte estaba fundido. Y que acababa de hipotecar mi casa.

Ideal para tirarte la manga, dijo Tomatis.

Después fuimos a un café a tomar un aperitivo. Tomatis insistió en ir al bar de la galería, así que caminamos hasta allá. Doblamos por San Martín y le dimos para el norte. El reino del azar es el reino del demonio, Sergio, hay que convencerse, me dijo Tomatis durante el trayecto.

Sergio. Es extraño, dije yo. Hace meses que nadie me llama Sergio.

Deberíamos vernos más seguido, dijo Tomatis.

En el bar de la galería me preguntó si había vuelto a escribir algún ensayo.

Estoy escribiendo uno, justamente, dije yo. Le conté de mi trabajo sobre Sivana. Tomatis sostuvo la tesis de que al lado de Sivana el Capitán Marvel era un personaje secundario. Que ya Superman había agotado la línea.

Le respondí que en parte tenía razón, y en parte estaba equivocado. Le dije que si analizábamos la cuestión desde el punto de vista ideológico, él podía tener razón pero que, de algún modo, los poderes de Superman, tenían un no sé qué de antihumanos. El hecho de que él venga de Cripton ya lo convierte en sapo de otro pozo. Cierra la puerta a las posibilidades humanas de cambio, dije yo. El Capitán Marvel, en cambio, se vale de la palabra. Es la apoteosis del poder de la palabra. Es la palabra mágica, Shazam, la que permite el alcance de los poderes. Está bien que la palabra Shazam no significa nada. Pero desde el punto de vista del comienzo del lenguaje, ninguna palabra significa nada. Shazam es al mismo tiempo una palabra mágica, y todas las palabras. En ese sentido, el Capitán Marvel es un personaje simbólico.

¿Y qué pasa con Sivana?, dijo Tomatis.

Sivana representa la ciencia moderna. El ansia de poder disimulada detrás del cuento de la ciencia pura, dije yo. Yo pongo en el título del ensayo un interrogante: ¿ciencia pura o compromiso? La tesis del ensayo es que Sivana simula estar por la ciencia pura, pero que estar por la ciencia pura es un compromiso, y un compromiso activo. Se trata de una coartada ideológica.

Inteligente. Mucho, dijo Tomatis. Después agregó que estaba citando.

Tomamos un aperitivo, y después otro. Después de pagar los aperitivos, Tomatís sacó del bolsillo un billete de cinco mil pesos y me lo extendió. Me dijo que era a cuenta de lo que me debía, pero, que yo supiese, no me debía nada.

Nos separamos e-n la esquina de Casa Escassany, justo cuando el reloj daba la una. Le dije que me llamara por teléfono una de esas tardes, que cuando tuviese listo el ensayo se lo iba a leer. Me contestó que iba a llamarme y se fue para el diario.

Hacía todavía más calor que los días anteriores. Había un sol matador. Las hileras de casas no proyectaban un centímetro de sombra. Compré unas uvas en una verdulería y me fui para mi casa. Cuando llegué Delicia me preguntó si quería comer y yo le dije que para eso llevaba las uvas. Las puse en el congelador de la heladera para que se pusiesen bien frías, me lavé la cara, y me fui para el escritorio. Estuve unos diez minutos releyendo unas tiras de Superman, porque la conversación con Tomatis me había dejado algunas dudas. Después llame a Delicia. Cuando entró, le dije que se sentara. Sentía que mi cara ardía, y no del calor.

Delicia, le dije. He estado jugando con tus cincuenta y cuatro mil pesos, y los he perdido.

Delicia permaneció callada. Me pareció notar una expresión de extrañeza en su rostro. Pensé que ella no sabía que yo jugaba, y que debí habérselo dicho antes de pedirle prestado. Pero no dijo ni una palabra.

Sí, Delicia, dije yo. Perdí todo, hasta el último centavo.

Ha tenido mala suerte, dijo Delicia.

Muy mala suerte,?, dije yo.

¿Y ahora no tiene más nada para jugar?, dijo Delicia. Tengo cinco mil pesos, dije yo. Me los ha prestado un amigo. Pero no pienso jugarlos sino ponerlos en tu caja de ahorros.

Abrí la caja, saqué el billete del bolsillo, y lo dejé caer en el interior de la caja. Después cerré la caja. No los guarde, dijo Delicia. Juéguelos.

¿Que juegue los cinco mil pesos, después de haber perdido todos tus ahorros?, dije yo.

Si se los di es porque pensé que me los pedía para jugarlos, dijo Delicia.

Así que ella sabía que yo jugaba. Debió haber escuchado alguna conversación telefónica, porque, que yo supiese, desde que ella entró a trabajar, nadie había pisado mi casa. Había limpiado mi casa enteramente, salvo las manchas oscuras de los gallos pardos de mi abuelo, imborrables, cobrando la mísera suma de tres mil pesos mensuales, sin gastar un centavo durante dieciocho meses, y después me había dado todos sus ahorros para que yo los perdiera en dos horas. Me levanté y le di un beso en la frente.

Que Dios te bendiga, le dije. Que Dios bendiga cada uno de tus cabellos y te tenga en la gloria, por toda la eternidad.

Delicia se echó a reír y después dijo que se iba a dormir la siesta. Le dije que comiera unas uvas, que las había comprado para ella, y que no lustrara la chapa de la puerta, que no valía la pena.

Es trabajo inútil, le dije.

Delicia dijo que no era inútil que todo estuviese limpio y después se fue. Oí el ruido de la puerta de la heladera, al abrirse, y después al cerrarse. Me puse a trabajar. Leí otra vez toda la tira de Superman, y releí los cuadros tildados del Capitán Marvel. Después rebusqué en el archivo y saqué una tira completa de Mary Marvel. Trasladada a un personaje femenino, la historia no tenía ningún atractivo. Mary Marvel no inspiraba ningún respeto, con su aire de universitaria norteamericana. La sospechaba machorra. Después me pregunté si Clark Kent y Luisa Lane se acostarían juntos. Me pregunté por la sexualidad de Superman, durante horas sin llegar a ninguna conclusión. Se veía que Clark sentía afecto por Luisa, pero no pude apreciar si ese afecto llegaba a ser atracción sexual. Al fin, sin saber por qué, me expedí por la negativa.

A las cinco, Delicia me trajo mate amargo. Sabía que yo tomaba mate a esa hora, pero nunca me había traído. Tomé el primero y le dije que me había retrasado tres días en enviar la carta bimensual a su madre, de modo que le pregunté si quería mandar a decir algo. Supuse que los últimos acontecimientos podían variar su mensaje, que durante los dieciocho meses había sido: Que estoy bien, pero me dijo exactamente lo mismo. Después le dije que me dejara la pava y el mate y escribí durante una hora.

Al anochecer nos ocupamos de la letra e y de la f. Ahora, Delicia escribía un poco más rápidamente, y los renglones de letras iban haciéndose más parejos y las letras más parecidas unas a otras. Después comí y me fui a jugar.

Llevaba el billete de cinco mil pesos hecho una pelota en el bolsillo del pantalón. Cuando llegué a la partida, acababa de comenzar. Un montón de jugadores parados se inclinaban hacia la mesa por encima de las cabezas de los jugadores sentados en primera fila. Me hice lugar detrás de uno de los empleados y me puse a contemplar la partida. Por las dudas, miré el cartón de anotaciones del jugador que se hallaba sentado a la izquierda del empleado. Acababan de salir dos bancas. Pensé que tenía que salir banca otra vez, pero me abstuve de jugar, y vino punto. Apreté el billete en el interior del pantalón y lo hice una pelota todavía más compacta y achatada. Mi mano sudaba, y la consistencia dura del billete, crocante, iba desapareciendo para convertirse en una cosa blanda y húmeda.

Pensé que si hacía diferencia a mi favor con los cinco mil pesos, iba a anular la hipoteca.

En el próximo pase vino la banca. La razón me dijo lo siguiente: se ha declarado un juego de dos pases de banca y uno de punto. Tiene que venir una banca más para que después venga el punto. Si viene la banca en el próximo pase, entonces, en el siguiente, corresponde jugar a punto.

Cuando vino la banca, tal como yo lo había calculado, cambié el billete de cinco mil por cinco fichas rojas de mil pesos. Puse tres a punto, y vino una tercera banca.

Por lo tanto, el juego de dos bancas, un punto, se había quebrado en favor de la banca. Puse las dos fichas de mil pesos a banca, y vino banca. Cobré los cuatro mil y esperé.

Vinieron otras dos bancas. Se habían dado, por lo tanto, seis bancas. Eran demasiado bancas. A mi juicio, correspondía jugar a punto. Por lo tanto, jugué los cuatro mil pesos a punto, y vino punto, de modo que cobré los ocho mil.

El próximo fue un empate de seis. La tradición dice que después del empate de seis, viene banca. Jugué cinco mil a banca. No vino banca, sino un empate de siete, y como la tradición dice que después del empate de siete no viene banca, sino punto, retiré lo que había puesto a banca, y los puse a punto. Vino banca.

Después jugué los tres mil pesos a banca, y vino banca, y enseguida jugué cinco mil a banca y vino otra vez banca. Tenía en la mano una ficha amarilla, ovalada, de cinco mil pesos, y seis fichas rojas rectangulares de mil pesos. Fui hasta el bar, tomé una taza de té, y volví a la mesa diez minutos más tarde. Me abrí paso entre los tipos parados alrededor de la mesa y me ubiqué otra vez detrás del empleado, inclinándome hacia la mesa por encima de su hombro izquierdo.

Ni siquiera miré el cartón del tipo que estaba sentado a la izquierda del empleado. Ahora tengo que jugar a punto, pensé. Jugué los once mil pesos a punto. Vino punto. El empleado me entregó una ficha rectangular, verde, que tenía grabada en el centro la cifra de diez mil, en números dorados. Me dio además una ficha ovalada de color amarillo y siete rectángulos rojos.

Si llego a treinta mil, pensé, anulo la hipoteca de la casa

Ahora tenía que venir punto otra vez. Algo me decía en el corazón que iba a venir punto por segunda vez, jugué ocho mil, entregándole al empleado la ficha amarilla, de forma ovalada, y tres fichas rectangulares de color rojo. Si viene punto, pensé mientras se las daba, hago con estos ocho treinta mil, y anulo la hipoteca de la casa. Algo volvía a decirme en el corazón que iba a haber un tercer punto. No es nada más que un tercer punto, no es demasiado pedir que venga. Hubo un empate de ocho, y después vino punto. Durante el empate pensé retirar las fichas que había puesto, pero algo me dijo que tenía que tener paciencia, y confiar. El empleado me dio una ficha verde, rectangular, con el número diez mil grabado en cifras doradas, una ficha amarilla ovalada, y un rectángulo rojizo. Yo tenía en la mano dos fichas con la cifra grabada en dorado, una ovalada amarilla, y cinco rectángulos rojizos. Me alejé de la mesa y me fui para el bar. Tomé una segunda taza de té. Saqué una ficha de mil del bolsillo del pantalón y pagué el té. Recibí el cambio en efectivo y me lo guardé en el otro bolsillo.

Sentía la camisa pegada a la espalda, y toda la cara húmeda. Cuando me incliné hacia la taza de té, una gota de sudor cayó de mi frente y se diluyó en el té. Cuando terminé de tomar el té, sudándolo en el acto, de modo que el sudor me corría por toda la cara y toda la camisa estaba hecha sopa, cuando dejé la taza vacía sobre la mesa y me entretuve un momento mirando las figuras extrañas que formaban las hojas en el fondo de la taza, ya había tomado una decisión, de modo que volví a la mesa de juego.

Hablan de vicios solitarios, y de vicios que no lo son. Todos los vicios son solitarios. Todos los vicios necesitan de la soledad para ser ejercidos. Asaltan en soledad. Y al mismo tiempo, son también un pretexto para la soledad. No digo que un vicio sea malo. Nunca puede ser tan malo como una virtud, trabajo, castidad, obediencia, etcétera. Digo sencillamente cómo es y de qué se trata.

Llegué a la mesa exactamente en el momento en que el tipo sentado a la izquierda del empleado se levantaba dejando la silla libre y haciendo una pelota con su cartón de anotaciones. Me senté en su lugar, saqué las fichas del bolsillo y las puse sobre el paño, contra el borde de la mesa. Las coloqué en orden: primero, apoyándose en el borde, una de diez mil, después la otra, después la ovalada de cinco mil y después los cuatro rectángulos rojizos. El empleado me dijo que era mi turno para la banca. Puse el óvalo amarillo. Mi plan era dejar en el casillero de la banca el óvalo amarillo hasta que se pudriera. Significaba que, después del primer pase, habría diez mil pesos, después del segundo, veinte, después del tercero, cuarenta, después del cuarto, ochenta, después del quinto, ciento sesenta, y así sucesivamente.

Cuando el punto dio vuelta las cartas, se vio que era un rey de diamante y una dama de trébol. Vale decir que tenía cero. Di vuelta las mías, y se vieron un ocho de corazones y un cuatro de diamante. Por lo tanto tenía dos, dos veces más que cero. Le dieron una tercera carta al punto, y se vio que era un as.

Yo le llevaba mil metros de ventaja. Con todas las cartas del mazo ganaba, salvo el nueve, con el que empataba, y el ocho, con el que hacía cero (dos más ocho, cero). Me dieron el ocho. Así que la banca pasó al próximo jugador, el tipo que estaba a la derecha de! empleado. Tengo que llegar otra vez a treinta mil, pensé, para anular mañana la hipoteca de la casa.

Erré cuatro paradas seguidas de cinco mil: en la primera, jugué a banca y vino punto, en la segunda volví a jugar a banca y volvió a venir punto, en la tercera, jugué a punto y vino banca, y en la cuarta jugué a banca, me arrepentí porque hubo un empate de siete, lo cual marcaba la posibilidad de que viniese punto, retiré la ficha de banca, la puse a punto, y vino banca.

Estaba sudando tanto, que en las orejas sentía unas gotas de sudor que vistas desde fuera debían parecer lágrimas. De vez en cuando, unas gotas caían sobre el paño y dejaban un redondel húmedo que después se evaporaba. Los cuatro últimos rectángulos rojizos no habían quedado apilados contra el borde de la mesa sino desparramados sobre el paño. Yo los juntaba, sin mirarlos, y los volvía a desparramar. No los miraba. Con los dedos de la mano izquierda realizaba la misma operación una y otra vez. Por fin me separé de ellos, apilándolos prolijamente y haciéndolos deslizar por el paño hasta las manos del empleado. A punto, dije.

Y vino banca. Pensé en la caja de té de Delicia, donde había estado guardando sus ahorros de dieciocho meses y decidí que no había la menor diferencia entre su conducta y la mía. Era exactamente lo mismo. Únicamente que uno lo cambiaba por unas figuras geométricas de nácar, de todos colores, y la otra los guardaba en una caja de tata. Me levanté, crucé la sala en dirección a la salida. En la escalera metí la mano en el bolsillo del pantalón y palpé los billetes que me habían dado como cambio de la ficha de mil. Me detuve en medio de la escalera, saqué los billetes del bolsillo, y los conté. Había novecientos cincuenta pesos. Todavía quedaban unas monedas en el bolsillo; eran todas de diez, y sumaban sesenta pesos. Tenía en total mil diez pesos. Así que volví a subir las escaleras. Fui directamente a la caja y cambié los mil pesos, entregando los novecientos cincuenta pesos en billetes y las cinco monedas de diez. Pedí fichas de quinientos. El cajero me dio dos redondeles plateados, del tamaño de monedas de veinticinco pesos. Ese plateado era un lujo, porque eran charamusca. Pura vistosidad. Por cabala, las guardé en el bolsillo superior de la camisa, en vez de guardarlas en el bolsillo del pantalón, como había hecho con las otras. Mi corazón golpeaba tan fuerte, que mientras caminaba hacia la mesa pensé que al dar sobre las fichas, que estaban en el bolsillo izquierdo, iba a hacerlas tintinear. Al primer pase ya no hubo peligro de que tintinearan, porque quedó una sola. Di la vuelta y me ubiqué detrás del empleado, jugando por encima de su hombro izquierdo. De modo que estaba exactamente en el punto opuesto del que había estado un rato antes.

Durante cinco o seis pases no jugué ni a punto ni a banca. No jugué a nada. Ni siquiera miré qué estaba pasando con las barajas. Me limité a esperar mi pálpito. Dejo que mi mente se vacíe, de todo, abro el tapón y dejo que todo se vaya al resumidero. Todo: recuerdos, deseos, cálculos, razones. Todo por el resumidero al pozo negro, de modo que la mente quede vacía como la hoja vacía en la que Delicia escribió su primera letra. Únicamente que el pálpito se escribe a sí mismo, se graba con letras de fuego capaces de horadar la roca, en el vacío de la mente. Si uno sabe vaciar la mente del todo, y sobre todo no engañarse, y sentirse capaz de esperar, el pálpito llega. Al llegar, dijo banca, así que saqué el redondel plateado del bolsillo de la camisa y le dije al empleado que lo jugara a banca. Recibí dos redondeles plateados y enseguida volví a jugarlos a banca; me devolvieron dos rectángulos rojos. Después jugué uno a banca y me devolvieron dos. Jugué dos, y me devolvieron cuatro. Tenía por lo tanto cinco rectángulos rojos. Iba a jugarlos, y en ese momento se cortó la luz.

Hicimos cola en la caja, y cambiamos nuestras fichas a la luz de un sol de noche. Recibí un billete de cinco mil pesos, tan arrugado y húmedo que pensé que era el mismo que yo había cambiado por fichas al llegar. Después bajé las escaleras, guiado por la linterna de un empleado, y salí a la calle. Atravesé la ciudad oscura y me fui a dormir, alumbrándome con fósforos para abrir la puerta de calle y encontrar mi dormitorio.

Al otro día me despertó Delicia golpeándome la puerta y diciendo que me llamaban por teléfono. Debía hacer seis meses que no recibía una llamada. Y creo que la última, seis meses antes, había sido un tipo que se había equivocado de número. Era Marquitos Rosemberg. Me dijo que quería hablar conmigo esa misma mañana. Le dije que se viniera para mi casa, colgué, y me di un baño. Hacía todavía más calor que los tres días anteriores.

Marquitos llegó media hora después, cuando yo estaba comiéndome las últimas uvas que habían quedado del día anterior. Estaba en mangas de camisa y traía un portafolios negro en la mano. Me di cuenta de que venía de Tribunales. En la Inmobiliaria me habían pedido referencias y yo había dado su nombre. Hacía tres años que no lo veía, y vivía a ocho cuadras de mi casa. La última vez nos habíamos encontrado de pasada, en la calle. Él iba por una vereda y yo por la otra, en dirección contraria. Nos saludamos sonriendo y alzando la mano. Eso había sido todo.

Lo llevé a mi escritorio y le alcancé unas uvas en un plato. No eran más de cinco o seis, y me privé de ellas para ofrecérselas. Marquitos fue tragándoselas una a una, escupiendo la cáscara y las semillas en el plato. Yo tenía en el bolsillo del pantalón el billete de cinco mil, hecho una pelota húmeda.

Así que vas a hipotecar la casa, dijo Marquitos, cuando terminó la última uva.

Le dije que efectivamente, así era.

Prueba de que estás muy mal, dijo Marquitos.

Le contesté que sí, que estaba muy mal. Que nunca, que yo recordase, había estado peor. Pero que no sabía de nadie que estuviese mejor que yo a menos que se hubiese vuelto loco, o acabara de morir. Después llamé a Delicia y le dije que, si tenía tiempo, nos hiciera café.

Marquitos me dijo que iba a tratar de encontrar algún medio de ayudarme. Le contesté que el único medio de ayudarme era darme medio millón de pesos.

¿Medio millón?, dijo Marquitos. Abrió los ojos y se inclinó hacía adelante. El sillón crujió.

Medio millón, sí, dije yo. Mi casa está en el centro, es nueva, y tiene dos plantas. Vale cinco millones de pesos, o más. La pongo de garantía. Quiero medio millón de pesos, y todo arreglado.

Medio millón de pesos, dijo Marquitos. ¿Para qué querés medio millón de pesos, Sergio?

Para jugar al punto y banca, dije yo. Marquitos se apoltronó en el sillón y se echó a reír. Como chiste, dijo, es de gusto dudoso. Será de gusto dudoso, dije yo, pero no es un chiste. He dicho que quiero medio millón de pesos para jugar a punto y banca y no lo he dicho por hacer un chiste. Desde luego, dijo Marquitos.

Me he jugado hasta los ahorros de dieciocho meses de mi sirvienta, dije yo.

No pretenderás que te haga un cheque por medio millón de pesos para que vayas a jugarlo. Ni que dé buenas referencias tuyas para que hipoteques tu casa, dijo Marcos.

No pretendo nada, dije yo. Estoy llegando a los cuarenta años. No tengo hijos ni parientes de ninguna clase. Vivo en una propiedad que no he robado con argucias a ninguna anciana paralítica incapaz de defenderse. ¿Soy o no dueño de hipotecarla, si se me da la gana?

Dueño, absolutamente, dijo Marquitos. Muy bien, dije yo. ¿Qué pasa entonces? El juego es autodestrucción, dijo Marquitos. Le dije que no había dado su nombre como referencia para que viniera a mi casa a mostrarme los progresos que había hecho en el Ejército de Salvación. Después entró Delicia con los cafés. Marquitos la miró. No le sacó la vista de encima hasta que desapareció de la habitación.

Te has jugado los ahorros de esa criatura, dijo después, mirándome.

Ella misma me los dio para que los jugara, dije yo.

La habrás engañado de alguna manera, dijo Marquitos.

No la engañé, dije yo. fui honradamente y le pedí que me prestara tres mil pesos y ella me dio todo lo que tenía diciéndome que hiciera lo que quisiese y que yo mismo se los guardara.

Marquitos se limitó a sacudir la cabeza y a echarle azúcar a su café. Durante algunos minutos no dijimos una palabra. Después lo miré a la cara.

¿Vas a dar o no esas referencias?, le dije.

Sí, dijo Marquitos, voy a darlas.

Después abrió el portafolios. Sacó el talonario de cheques.

No quiero nada, dije yo. Sos el segundo tipo que quiere darme plata en dos días, aparte de Delicia. Y no insistas, porque no puedo darme el lujo de vacilar demasiado en recibirlo.

Pequeño burgués podrido, dijo Marquitos.

Es mejor un pequeño burgués podrido que un pequeño burgués sano, dije yo. Es mejor una manzana podrida, que una sana, porque la manzana podrida está más cerca de la verdad que la manzana sana. La manzana podrida es un espejo en el que pueden mirarse un millón de generaciones antes de reventar.

Aforismo que no te honra, dijo Marquitos.

Probablemente, dije yo.

Después le dije que necesitaba que la hipoteca se arreglara lo antes posible. Me preguntó si estaban todos los papeles en regla y le respondí que sí.

Supongo que como todo jugador, tendrás la ilusión de algún método seguro para ganar, dijo Marquitos.

No tengo ningún método seguro para ganar, dije yo. Tengo incluso certeza de que voy a perder. Pero quiero jugar. Si tuviese algún método seguro para ganar, no jugaría más.

No entiendo nada, dijo Marquitos.

No juego para ganar. Mientras tenga para comer y pagar la luz, me alcanza y sobra. Y así tenga que alumbrarme a vela y comer una vez a la semana, voy a seguir jugando. El finado mi abuelo sostenía que la única manera segura de ganar al poker era haciendo trampas. En eso se ve que era hombre de otra generación. Y sobre todo, que no le gustaba el juego. Yo jugaría incluso contra un tipo que me esté haciendo trampas, si la trampa que hace me permite alguna chance. He jugado al poker contra tres tipos que estaban en combinación y habían pasado un mazo de cartas marcadas, y les he ganado. No hay trampa que valga cuando un tipo tiene la suerte de su lado. Y yo he optado por considerar la trampa como un margen mayor de suerte contraria, nada más. Quiero ese medio millón de pesos para estar tranquilo al menos durante quince días y gozar del juego sin angustiarme a cada momento durante la partida pensando de dónde voy a sacar plata para jugar al otro día, si me secan. Si yo anduviese buscando un buen pasar no jugaría: me dedicaría al comercio o seguiría siendo penalista.

No creo que la cuestión de la hipoteca pueda arreglarse antes de quince días, dijo Marquitos. Y eso porque yo conozco muy bien a los tipos de la Inmobiliaria, y me deben favores.

Ya lo sé, dije yo. Por eso recurrí a ellos.

Voy a tratar de que salga lo antes posible, dijo Marquitos.

Te lo agradecería, dije yo.

Marquitos guardó el talonario de cheques, cerró el portafolios, y se paró. Yo también me paré. Estuvimos mirándonos unos segundos sin parpadear.

Sergio, dijo Marquitos. Tendríamos que vernos de vez en cuando. Tendríamos que salir a tomar una copa.

Nos aburriríamos, dije yo. Después traté de sonreír. Seguirás en el partido, supongo, dije.

Sigo, sí, dijo Marquitos.

Es un vicio, como cualquier otro, dije yo.

Marquitos volvió a sacudir la cabeza. Se dio vuelta y avanzó hacia la puerta. De pronto se detuvo, quedó un momento de espaldas, y volvió a mirarme. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Pensé que se debía al dolor, que tenía los ojos enrojecidos y sudaba. Pero no, estaba llorando. No propiamente llorando, sino con los ojos llenos de lágrimas.

Habrás leído los diarios, la semana pasada, supongo, dijo, vacilando ante cada palabra.

Le dije que hacía años que no leía un diario.

César Rey, dijo Marcos. Se mató. En Buenos Aires.

¿El Chiche?, dije yo. No podía esperarse otra cosa de él.

No, dijo Marcos. Fue un accidente. Resbaló en el andén del subterráneo y lo pisó un tren.

Estaría borracho, supongo, dije yo.

Marquitos se pasó el dorso de la mano por los ojos. Ya no lagrimeaba.

¿Y Clara?, dije yo.

Está aquí otra vez, dijo Marcos.

Después se fue. Lo acompañé hasta la puerta y me quedé, viéndolo alejarse muy pegado a la pared, para aprovechar la franja de sombra que iba estrechándose a medida que avanzaba la mañana. Me quedé parado en la puerta hasta que dobló la esquina. También yo hubiese lagrimeado de llegar a enterarme que al tipo que se fugó con mi mujer lo pisó el subterráneo, y mi mujer está en vísperas de volverse para casa. Habría llorado a gritos, más que lagrimear. No porque el tipo haya sido mi íntimo amigo, sino porque mi mujer está por volver a casa. Lo habíamos pasado bastante bien con Marquitos y el Chiche, muchos años antes. Al Chiche hacía pilas de años que no lo veía. También él sabía jugar.

A la noche me fui otra vez para el club, después de enseñarle un par de letras más a Delicia y comer algo. Durante el día no trabajé nada. Después que Marquitos se fue me metí en la cama y dormí hasta el atardecer. En el club, perdí los cinco mil pesos y no conseguí un centavo de crédito. Al otro día me levanté tarde y me fui derecho para el escritorio. Delicia me trajo mate a las cinco.

Delicia, le dije. He notado que no escuchas la radio. ¿Puedo saber a qué se debe?

Delicia dijo que no le gustaba.

¿Estás segura de que no va a empezar a gustarte de ahora en adelante?, dije yo.

Dijo que estaba completamente segura.

Voy a llevarla para que le den una revisada, entonces, dije yo.

Así que envolví la radio con unos diarios viejos, a los que até con un hilo grueso, y salí a venderla. En dos horas fui a tantas casas de electricidad y la envolví y desenvolví tantas veces, que ya no quedó papel. Mi pretensión de venderla como nueva se desmoronó, así que fui directamente a una casa de empeños. Me dieron mil setecientos pesos por ella. Compré dos kilos de uvas blancas y me volví para casa. Fui pellizcando los racimos durante el trayecto, y cuando llegué encontré a Delicia en la cocina. Miraba en el corredor del patio trasero las manchas oscuras de los gallos de mi abuelo.

No salen con nada, dijo. Las hizo mi abuelo, y ya murió, dije yo. Esa noche, en el club me dieron tres fichas plateadas, redondas. Las perdí una detrás de la otra. No pude ni tener la satisfacción de decir después que había acertado una sola parada. Tampoco pude entretenerme a la salida, durante el trayecto de vuelta a mi casa, en las posibilidades que pudieron haberse dado en algún momento de la jugada. Erré los tres tiros consecutivos que jugué. No hubo ninguna posibilidad. Me acosté hecho sopa por el sudor, pero dormí de un tirón hasta después de mediodía. Hacía un calor matador. Me di un baño y me fui para el escritorio. Estuve dos horas hojeando una colección completa de Blondie, que había recortado o hecho recortar de la revista Vosotras durante los últimos quince años. Recortaba cada semana la tira completa, que salía en la última página, y la pegaba en una hoja de carpeta. Después pasaba la hoja por los cordones de una carpeta escolar y la archivaba. Las últimas tiras estaban recortadas, pero no las había pegado a ninguna hoja de carpeta. Estaban entre la última página de la carpeta y la tapa, encimadas unas a otras. Eran como cincuenta.

Después me quedé horas sin hacer nada, con todas las tiras desparramadas sobre el escritorio. Estuve todo el tiempo mirando un punto impreciso del vacío, sin verlo. De vez en cuando carraspeaba, entrecerraba los ojos, y nada más. A las cinco, Delicia entró con el mate. Reconocí en el vestido que llevaba puesto un viejo batón de entrecasa de mi mujer, floreado y todo descolorido. Vi que acababa de lavarse y peinarse, porque tenía el pelo húmedo y estirado hacia atrás, y una gota de agua le caía por la frente. El vestido le quedaba demasiado grande todavía, pero un tiempo más y tal vez le quedaría estrecho.

Delicia, le dije. Un par de días más, y voy a comprarte un libro de lectura.

Me dijo que primero tenía que aprender a leer, y yo le expliqué que un libro de lectura era justamente para aprender a leer. Después se fue y me dejó solo. Diez minutos después me puse a recorrer la casa, buscando qué vender. Encontré un revólver Ruby, treinta y ocho largo, que había sido de mi abuelo. Salí a venderlo y volví al anochecer, con el revólver metido en la cintura. No disparaba. Cuando entré a mi casa fui derecho al teléfono. Busqué el número de Marquitos Rosemberg y lo llamé. Atendió él mismo.

Marquitos, le dije. Sergio.

Sí, dijo Marquitos. He hablado justamente esta mañana con los tipos de la Inmobiliaria. Van a entregarte el dinero el cinco de abril.

¿El cinco de abril?, dije yo.

Sí, dijo Marquitos. El cinco de abril. Iba a llamarte justamente en este momento para avisarte. Supuse que estarías esperando mis noticias, o algo así.

Sí, dije yo. Pero no te llamaba por eso.

¿No?, dijo Marquitos. ¿Y por qué me llamabas?

Por la cuestión del cheque que ibas a darme ayer, dije yo.

¿Qué pasa con ese cheque?, dijo Marquitos.

Nada, dije yo. Lo estoy necesitando. ¿Por cuánto pensabas hacerlo?

No había decidido nada, dijo Marquitos. Iba a preguntarte cuánto necesitabas, y después lo iba a hacer.

¿Podes hacerlo por treinta mil pesos?, dije yo.

¿Treinta mil?, dijo Marquitos. Sí. Puedo. Mañana de mañana sin falta te lo llevo.

No, dije yo. Lo quiero ahora.

¿Ahora?, dijo Marquitos. Estoy propiamente en pelotas, y a punto de meterme en la bañadera.

Puedo pasar a buscarlo, dije yo.

Marquitos vaciló y después me dijo que iba a ser mejor encontramos en un bar del centro. Propuso el de la galería. Después colgué. Le di la lección de escritura a Delicia y después me fui al centro. Cuando llegué al bar de la galería eran las nueve. Marquitos estaba sentado a una mesa y tenía el cheque en la mano. Había una taza vacía de café sobre la mesa. El cheque estaba al portador y era por treinta mil pesos. La firma de Marquitos era un garabato ininteligible.

Está muy bien, dije yo, recibiendo el cheque. Faltaba resolver ahora un último problema: quién va a cambiármelo.

Eso es fácil, dijo Marquitos. Dame el cheque.

Se lo entregué y se levantó, fue hasta la caja, y se puso a hablar con la cajera. La cajera sacudió la cabeza, y Marquitos volvió, diciendo que el dueño del bar no estaba. Quedo parado cerca de la mesa, pensativo, con el cheque en la mano derecha y un llavero que hacía tintinear en la izquierda. Después dijo que volvía enseguida, y desapareció por quince minutos. Volvió con tres billetes de diez mil hechos un rollo, en la mano derecha. Mientras se sentaba los dejó sobre la mesa. Yo los recogí y los guardé en mi bolsillo. Marquitos me miraba con fijeza, con una especie de mueca alegre y asombrada en la cara.

Si no tuvieses la piel tan oscura, de nacimiento, dijo, la gente se daría cuenta al verte de que el sol del verano ni te ha rozado. Estás muy flaco, Sergio.

Después me preguntó si había comido y le dije que no, y entonces me invitó a comer.

Tenías un compromiso, dije yo.

Lo suspendí, dijo Marquitos.

Has hecho mal, dije yo. Vamos a aburrirnos.

Yo voy a encargarme de sacar adelante la conversación, dijo Marquitos.

Fuimos a una parrilla y nos sentamos en una de las mesas del patio. Desde donde yo estaba sentado, podía ver el fuego de la parrilla y el asador que manipulaba con el fuego y la carne sin acercarse demasiado a ellos. Cada vez que realizaba una tarea junto al fuego, se volvía hacia una especie de mostrador en el que atendía a los mozos y de vez en cuando se mandaba un trago de vino. Estuve mirando todo el tiempo lo que hacía. Después empecé a especular sobre si tomaría o no el vaso de vino cada vez que se volvía. Pensaba en qué momento el hecho iba a producirse: si después de haber atendido a un mozo, después de remover las brasas o después de retirar de un gancho que colgaba cerca de la parrilla una tira de carne, salarla y estirarla sobre la parrilla. Mentalmente, comencé a tratar de adivinar en qué momento preciso su mano se iba a estirar hacia el vaso de vino para agarrarlo y mandarse un trago. Acerté seis veces y erré dos. Marquitos me preguntó qué me pasaba, que no decía una palabra, y yo le dije que me sentía lo más bien y que estaba contento de que hubiésemos salido a comer. En el patio de la parrilla, el calor no se notaba. Corría una especie de brisa, y el humo de la parrilla espantaba a los mosquitos.

Marquitos me preguntó se había leído El jugador de Dostoievski, y cuando le dije que sí me preguntó qué opinaba. Le dije que me había parecido bueno. Terminamos de comer y fuimos a tomar un café al centro, en el auto de Marquitos. Era un coche chico, de color celeste. Tomamos un café en el bar de la galería, pero ya ni siquiera Marquitos trató de hablar. Me preguntó si quería ir a alguna parte y le dije que si iba de camino me dejara en la puerta del club. Cuando llegamos, Marquitos detuvo la marcha y apagó las luces del coche. Dijo que quería verme en acción y que bajaba conmigo. Le dije que se iba a aburrir pero me contestó que de todos modos no había posibilidad de que se aburriera más que durante la comida, y salió del coche. Cuando llegué al pie de la escalera que llevaba a la sala de juego, yo ya había empezado a sudar. Le dije a Marquitos que me esperara cerca de la mesa y fui a la caja. Entregué un billete de diez mil y me dieron un óvalo amarillo y cinco rectángulos rojizos. Los puse en el bolsillo superior de mi camisa y fui donde estaba Marquitos. Ni siquiera me oyó llegar: tenía los ojos clavados en el centro de la mesa.

No había una sola silla desocupada, y los jugadores se apretaban en torno de la mesa. Tuve que ponerme en segunda fila y ver lo que pasaba por encima de los hombros de los tipos parados detrás de las sillas. Comprobé que Marquitos estaba en puntas de pie, y que se balanceaba levemente. Tenía los ojos muy abiertos. Le pregunté qué había sido el último pase y me dijo que había sido banca. Por encima del hombro de uno de los tipos parados en segunda fila, me incliné hacia la mesa y tiré al centro el óvalo amarillo para jugarlo a banca. Después esperé el pase y vino punto. Marquitos me miró con desaliento. Al próximo pase, tiré los cinco rectángulos rojos, a punto. Vino punto. Dejé los diez mil a punto, y en el tercer pase vino banca.

Fui a la cola, cambié el segundo billete por dos óvalos amarillos, y volví a la mesa. Marquitos me miraba. Yo simulé no verlo. Desvié la mirada. Durante unos segundos supe que me estaba contemplando, aunque yo estaba mirando hacia el centro de la mesa. Después dejó de mirarme, se puso otra vez en puntas de pie, y fijó la mirada en el centro de la mesa. Yo tenía los dos óvalos amarillos en la mano derecha, apretándolos mucho. Estaban húmedos. Estaba por tirar uno al centro de la mesa, cuando vi que Marquitos se abría paso entre los dos tipos parados contra la mesa, y desaparecía; me asomé por entre los tipos y vi que acababa de sentarse. Me llamó y me dijo que me parara al lado de la silla. La cara rubia se le había enrojecido levemente. Pensé que estaba algo turbado. Me incliné hacia él y le dije qué pensaba hacer.

Ver todo un poco más de cerca, dijo.

Después tiré los dos óvalos amarillos a la vez, a punto. Fui a la caja, cambié el billete de diez mil por un rectángulo verde con la cifra grabada, en el centro, en números dorados, y volví a pararme al costado de la silla de Marquitos, abriéndome paso a codazos entre los tipos parados detrás de él. Me incliné hacia Marquitos y le pregunté cómo veía la cosa.

Oscura, me dijo. Su cara rubia había vuelto a empalidecer.

No volví a hablar con él durante por lo menos quince minutos. Defendí como pude mi rectángulo verde, pero al final me lo llevaron. Con los últimos cinco mil apelé al palpito, pero por más que vacié mi mente durante un minuto seguido, sin interrupción, no vino nada a ella para llenarla y tiré el óvalo amarillo a ciegas. No pasó nada. Me lo llevaron. Exactamente en ese momento, Marquitos se dio vuelta y me hizo inclinar hacia él. Me preguntó si había terminado y le dije que sí. Entonces me dijo si podía cambiar un cheque allí mismo. Le dije que se podía. Se paró, inclinó la silla sobre el borde de la mesa, para reservarla, y fue conmigo hasta la caja. Le dije al cajero que Marquitos quería cambiar un cheque. Le presenté a Marquitos y me mantuve a distancia. Marquitos habló dos o tres palabras con el cajero, se inclinó sobre la mesa, llenó un cheque y se lo extendió. El cajero le dio diez rectángulos verdes. Marquitos se los guardó en el bolsillo del pantalón y me miró, sacudiendo la cabeza para indicar que lo siguiera. Volvimos a la mesa y me dijo que me sentara. Por su tono, más bien me lo ordenó. Él se quedó parado a mi derecha. Después dejó caer tres rectángulos verdes sobre el paño, ante mis ojos. Alcé la cabeza y vi que miraba el centro de la mesa con una sonrisa malévola, pero que movía sin parar la pierna izquierda, golpeando con e! talón el suelo.

Le pregunté a qué quería que jugara.

No tengo ninguna clase de preferencia, dijo Marquitos.

Así que puse el primer rectángulo a punto, y vino punto. Dejé los dos rectángulos a punto y me devolvieron cuatro. Marquitos se inclinó hacia mí, me preguntó sí yo había visto lo fácil que era, y después recogió los seis rectángulos verdes y se los guardó en el bolsillo. Después empezó a alejarse de la mesa. Me levanté, incliné la silla para reservarla, y lo seguí. Iba en dirección a la caja. Lo alcancé a mitad de camino. Le pregunté qué estaba haciendo.

Voy a cambiar a la caja, dijo Marquitos. Llegó a la caja, pidió que le devolviesen el cheque, y lo cambió por diez rectángulos verdes de diez mil. Después entregó los tres últimos rectángulos y recibió tres billetes rojizos de diez mil pesos. Se guardó el cheque y me extendió los billetes.

Son los tuyos, me dijo.

Recibí los billetes y me los guardé en el bolsillo. Le pregunté a Marquitos si quería esperarme o si se iba, y él me dijo que se iba. Lo acompañé hasta la punta de la escalera y me quedé mirándolo cuando bajaba. Después le grité que me apurara el asunto de la hipoteca y volví para la mesa. Un tipo se había sentado en la silla que yo había reservado, así que le di un golpecito en el hombro derecho con la punta de los dedos y el tipo me dejó el lugar. No jugué un centavo hasta que llegó mi turno para la banca y en el momento en que iba a poner los primeros diez mil en la banca, terminó la partida. Así que me fui para mi casa y me acosté a dormir.

Los treinta mil de Marcos me duraron unos ocho días así que para alrededor del quince yo estaba seco. Me había defendido bastante bien, pero al fin me los llevaron. No alcancé ni siquiera a comprar el libro de lectura de Delicia, pero comida no nos faltó, y cada par de días yo me iba hasta el mercado central y elegía dos o tres kilos de las uvas últimas, que son dulces y duras, y tienen mejor gusto porque ya no va a haber más hasta el otro año. Venía pellizcando los racimos durante el trayecto desde el mercado hasta mi casa, y después las guardaba en el congelador. Después iba y me encerraba en el escritorio. El quince, a eso de las cinco de la tarde, mi séptimo ensayo estaba terminado. Decidí llamar a Carlitos Tomatis para leérselo.

Pero esperé todavía dos o tres días más, y el diecisiete, fue Tomatis el que me llamó, preguntándome si por fin había conseguido juntarme con el dinero de la hipoteca. Le dije que podían venir los bomberos a revisar mi casa que no iban a encontrar un solo centavo en ella. Y que la hipoteca la iba a cobrar recién el cinco de abril. Tomatis dijo que era una lástima, y estaba por cortar, cuando yo le conté que había terminado el ensayo sobre Sivana y que tenía deseos de leérselo.

Una de estas noches paso por tu casa, entonces, Sergio, dijo Tomatis.

Es raro que yo esté de noche, dije yo. La tarde es mi hora fácil.

Dijo que le parecía perfecto, que ya iba a venir a verme una de esas tardes, y cortó. Me quedé en el escritorio hasta el anochecer. Cuando oscureció abrí la ventana que daba a la calle de par en par, y apagué la luz. Estuve horas en la oscuridad, hasta que Delicia me golpeó la puerta y me dijo que fuera a comer.

Desde el quince hasta el cinco de abril fui a jugar al club una sola vez, la noche del día veintidós de marzo, en que vendí la máquina de escribir. Pasé a máquina el ensayo sobre Sivana, y después fui a venderla. Había usado esa máquina siete veces en los últimos tres o cuatro años: una por cada vez que terminaba un ensayo y los pasaba. Hacía tres copias de cada uno, y los guardaba en una carpeta rosada, de las que yo había hecho imprimir especialmente para mi estudio de abogado. La carpeta tenía un membrete en el ángulo inferior derecho, que decía: Doctor Sergio Escalante, abogado. Me dieron dieciocho mil por la máquina, y me duraron dos noches. Después ya no quedó nada que vender. A gatas si comíamos. Me pasaba las horas en el escritorio, revisando mi colección de tiras cómicas. Delicia venía a las cinco y me traía el mate. A las cinco en punto. No sé cómo lograba calcular la hora, porque, salvo mi reloj pulsera, no había otro en la casa, y yo lo llevaba siempre en mi muñeca. No necesitaba mirar la hora para saber que eran las cinco, cuando ella golpeaba la puerta del escritorio, y entraba con la pava de aluminio y el mate con su soporte plateado. Sabía que eran las cinco en punto. No llegaba ni un minuto antes, ni un minuto después. No; llegaba a las cinco en punto. Yo le había pedido la primera vez que me trajese el mate alrededor de las cinco, que siempre, alrededor de esa hora, me gustaba tomar unos amargos. Y en todo ese tiempo, ella no había dejado un solo día de golpear la puerta a las cinco. El veinticuatro de marzo yo no tenía un centavo así que el veinticinco vendí también mi reloj pulsera. No me dieron ni mil pesos por él. Con unas monedas que encontré en el fondo del cajón de la cómoda de mi mujer, que yo no había abierto desde el día en que tomó raticida y vino rodando por la escalera hasta la planta baja, complete mil pesos para poder canjearlos por dos redondeles plateados que me llevaron enseguida. Después, entre el veinticuatro de marzo y el cinco de abril, llegó el otoño.

Vino con mucha agua, pero no puede decirse que haya hecho demasiado frío. No hizo frío hasta mayo. El veintiocho fui a la Inmobiliaria a firmar un montón de papeles y el empleado me aseguró que el cinco iba a tener el cheque por medio millón. Cuando volví a mi casa, era más de mediodía, y encontré a Delicia en la cocina, comiendo unas galletas marineras que untaba con picadillo de carne. Untó una y me la ofreció, pero yo le dije que no tenía hambre, y me fui para el escritorio. Al anochecer salí y fui para la cocina. Le pregunté a Delicia si había para comer algo esa noche, y me dijo que no. Le pregunté si tenía hambre. Me dijo que no tenía. Después estuve pensando durante un rato y le dije que iba a enseñarle algo nuevo. Que por unos días íbamos a suspender las lecciones de lectura y escritura (Delicia aprendía rápidamente al principio, pero después empezó a volverse lerda hasta que me di cuenta de que había perdido todo el interés) para aprender otra cosa. Le pregunté si estaba de acuerdo y me dijo que sí. Entonces fui hasta el escritorio, saqué cinco mazos de cartas francesas del último cajón, alcé unas hojas de papel y un lápiz, y volví para la cocina.

Aprendió enseguida. Lo que más me costó fue enseñarle cómo, pasando el nueve, se caía otra vez en el cero y había que empezar a contar otra vez. Todo lo demás fue muy fácil. Primero hacíamos apuestas verbales, por poca cantidad, y las cantidades fueron creciendo, y haciéndose cada vez más complicadas, hasta que decidí comenzar a anotarlas en una de las hojas de papel. Delicia no controlaba mis anotaciones. Se limitaba a esperar la preparación del pase, y estaba de acuerdo por completo en la cantidad que yo fijaba para la apuesta. Después del pase, yo anotaba. No lo hacía poniendo hileras de cantidades parciales una debajo de la otra, cantidades que sumaría al final, sino que sumaba mentalmente la cantidad actual a la anterior, tachaba la anterior, y escribía la cantidad nueva, en la que había incorporado la apuesta actual o la había restado en caso de que Delicia o yo, según a quien correspondiese la cantidad, hubiésemos perdido la apuesta. Había por lo tanto dos hileras de cifras tachadas, que ocupaban una angosta franja vertical de la hoja, y que culminaban siempre en una cifra legible. A cada apuesta, esta cifra legible era a su vez tachada, y debajo de ella aparecía una nueva cifra, jugamos tantos pases la primera noche, que Delicia y yo éramos titulares de hileras de cifras tachadas que ocupaban el anverso y el reverso de dos hojas. Después abandonamos el sistema de apuestas, y nos limitábamos a adivinar.

Nos turnábamos para proponer. El que acertaba, seguía eligiendo. Cuando erraba, el derecho de elección pasaba al otro. Delicia no erraba nunca. Viéndola adivinar con absoluta naturalidad cada pase, adivinar incluso con qué cifra ganaría, y una vez incluso el color de los palos con que ganaría la cifra, y una vez con qué cartas iba a hacerse la combinación me acordé de Marcos y pensé que era necesario estar afuera para ver con claridad y acertar. Pero, para el que jugaba, no se podía estar afuera. No podía hacer apuestas infalibles y ocasionales. Tenía que someterse a un ejercicio continuo, desde el comienzo hasta el final, sin posibilidad de tomar distancia mediante alejamientos ocasionales. El distanciamiento podía servir para algún pase aislado, que en el conjunto de la jugada, o incluso de la vida entera del jugador, no tenía ningún valor. Para acertar siempre, había que estar fuera siempre. Pero, por otra parte, acertar siempre significaba jugar siempre, y el que jugaba siempre no podía, por el mismo ritmo de los acontecimientos, ponerse fuera. Era un círculo, aunque el que jugaba tendía a concebirlo como una espiral. No, de ninguna manera. No es una espiral, sino un círculo.

Por fin llegó el cinco de abril. Estuve en la Inmobiliaria a las ocho de la mañana, firmando papeles hasta después de las once. El empleado, de vez en cuando, me ofrecía café. Yo no aceptaba. Desde el hall de la Inmobiliaria, un quinto piso, se veía la ciudad hacia el río, por un ventanal. Cada vez que terminaba de firmar una tanda de papeles, me acercaba al ventanal y contemplaba la ciudad. Aparte de los cinco o seis edificios de más de cinco pisos, todo era chato. Pero había cierta armonía en todas esas terrazas de baldosas rojizas en las que de tanto en tanto se veía cruzar con pasos lentos alguna mujer diminuta, y en las que la llovizna lavaba incansable montones de objetos abandonados y estragados por la intemperie. Hacia el otro lado estaban el puerto, con sus dos diques, paralelos uno al otro, y más allá el río y todos los riachos que lo entrecruzaban, formando islas bajas en el medio. La llovizna borraba el horizonte. A las doce menos cuarto me llamaron por última vez a la administración y me dieron el cheque. Estaba mi nombre escrito, y debajo decía quinientos mil pesos. La cifra estaba escrita también en la esquina superior derecha de la franja de papel, pero en números. Doblé el cheque, lo guardé en el bolsillo de mi impermeable, me despedí del empleado, y salí al pasillo. Cuando salí del ascensor en la planta baja, y comencé a caminar hacia San Martín pensé que ya debían haber cerrado los bancos. Fui a mi casa y guardé el cheque en la lata de té que Delicia me había dado. Me encerré en el escritorio, y no salí hasta el anochecer. Cuando Delicia me trajo el mate, yo me dedicaba a tildar cuadros de Blondie. Después agarré una lapicera y escribí con letra lenta y pareja: Se dice que la comedia es superficial porque elude las evidencias de la tragedia. Pero no hay en sí tragedia. No hay más que comedia, en el sentido en que la realidad es superficial.

La tragedia es puramente imaginaria. Me pareció algo perfecto, pero cuando volví a leerlo, su sentido se había esfumado. Abrí el cajón del escritorio y saqué la lata. El cheque estaba todavía adentro. Lo extendí sobre la hoja escrita. Estuve mirándolo durante un buen rato. Comparé su letra con mi propia letra. Por un momento, sentí una especie de extrañamiento. Ese papel valía medio millón de pesos. Yo iría con él al banco, al otro día, y me darían un montón de papeles, todos completamente diferentes al papel del cheque, algunos parecidos entre sí, que valdrían también medio millón de pesos. Durante la noche, yo podría cambiar los papeles recibidos en el banco por los rectángulos verdes y los óvalos amarillos, y los rectángulos rojizos y los redondeles plateados. Todas esas figuras geométricas valían también medio millón de pesos. Pero su radio de acción era limitado. Las fichas no servían más que para la mesa de juego, el cheque, para el Banco de la Provincia, el dinero en efectivo, para el país. Es necesario creer en ciertos símbolos para que tengan valor. Y para creer en ellos, hay que estar dentro de su radio de acción. No puede creerse en ellos desde afuera. Incrédulo, el cajero del banco me creería loco si yo le llevase mis redondeles plateados y mis óvalos amarillos para canjearlos por dinero en efectivo. Esos círculos cerrados que trazan los símbolos al girar en torno de su radio de acción es posible que lleguen a tocarse a través de nuestra imaginación, pero en la realidad ni siquiera se rozan. Cuando salí, encontré a Delicia en la cocina. Me dijo que había pedido crédito en el mercadito, en mi nombre, y que se lo habían dado. Comimos carne frita, y papas. Después nos pusimos a jugar al punto y banca hasta la madrugada.

Durante cuatro días, el cheque estuvo intacto en la caja de té, pero el nueve de abril, alrededor de las dos de la tarde, llegó Tomatis. Dijo que venía a escuchar mi ensayo sobre Sivana. Cuando terminé de leérselo dijo que estaba muy bien, pero que yo estaba envenenado de trotzkismo, y yo le dije que no podía estar envenenado de trotzkismo, porque yo era peronista, no trotzkista, pero después me di cuenta de que me había dicho eso por decir algo, que ni siquiera había escuchado durante la lectura del ensayo. Sabía que había estado pensando en otra cosa, y cuando habló más tarde, supe en qué.

Me preguntó si había cobrado la hipoteca, y le dije que sí, y entonces me pidió veinticinco mil pesos prestados. Yo emití una sonrisa seca, abrí la caja de té, y le mostré el cheque. Tomatis lo miró con unos ojos grandes como monedas de veinticinco pesos. Después silbó.

Aparte de esto, dije yo, no hay en toda la casa una chirola.

Se encogió de hombros.

Por lo menos, dije yo, hubieses escuchado la lectura.

Me dijo que la había escuchado.

No la escuchaste, dije yo.

Escuché en partes, dijo Tomatis,

Ni en partes, dije yo. Mientras yo leía, pensabas en cómo ibas a hacer para pedirme los veinticinco mil.

Puede haber algo de verdad en eso, dijo Tomatis.

Me reí, y él se rió a su vez. Después dijo que no estaba de ánimo para escuchar nada, salvo el crujido particular de los billetes de diez mil. Porque tienen un crujido particular, distinto a todos, ¿no es así?, dijo.

Además, emiten un resplandor, dijo. Están como rodeados por un nimbo. Brillan con luz propia. Dondequiera que vayan los sigue esa claridad.

Rebordes por donde se derrama el significado, dije yo.

Sí, dijo Tomatis.

Nos reímos a carcajadas.

Pero queda un problema, dijo Tomatis. ¿Cómo hago para juntarme con la vigésima parte de ese cheque?

Voy a cambiarlo mañana a la mañana, dije yo.

Así que el diez a la mañana saqué el cheque de la caja de té y lo cambié en el banco. Me dieron cincuenta billetes de diez mil, y los metí en la caja de té. A las cinco de la tarde en punto, sé que eran las cinco porque Delicia entró en el escritorio con la pava y el mate, llegó Tomatis. Afuera lloviznaba. Como Tomatis no tenía vuelto, tuve que darle treinta mil. Me dijo que iba a devolvérmelos a fin de mes, cuando volviese de Buenos Aires, donde iba a trabajar en un guión de cine. Le dije que no los quería, pero que en cualquier momento, en el futuro, yo no sabía cuándo, estuviese preparado porque podía caer a pedírselos.

No quiero excusas cuando llegue ese momento, le dije. Si es que te los pido, es que ya no tengo de dónde sacar un centavo.

Trato hecho, dijo Tomatis. Después hizo un momento de silencio. Ahora estoy en condiciones de escuchar ese ensayo, dijo. Ahora has perdido tu oportunidad, dije yo. Ya te lo leí una vez, y no lo escuchaste.

Cuando Carlitos Tomatis se fue, salí del escritorio y llamé a Marcos.

Cobré la hipoteca, le dije, ¿Cómo puedo hacer para devolverte los treinta mil?

No te los di para que me los devuelvas, dijo Marquitos, No te pregunté para qué me los diste sino cómo puedo hacer para devolvértelos, dije yo.

Puedo esperar todo el tiempo que quieras, dijo Marquitos. No necesito esa plata.

¿Paso esta noche por tu casa y te los dejo?, dije yo. No es necesario, dijo Marquitos. En todo caso, voy a verte uno de estos días.

Le dije que tratara de que fuese lo antes posible y colgué. Después llamé a Delicia al escritorio. Saqué seis billetes de diez mil y se los extendí.

Aquí están los cincuenta y cuatro mil pesos que me diste, más tres mil del mes de marzo, y tres mil adelantados sobre el mes de abril, lo que hacen sesenta, dije yo.

Delicia dijo que los guardara en la caja de té. Saqué el resto de los billetes de la caja. Después guardé la caja en el primer cajón del escritorio.

No tiene llave, dije. Cuando quieras sacarlos, en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche, están ahí.

Después guardé el resto de los billetes en el segundo cajón. Para entonces, ya había oscurecido. Seguía lloviznando. Más tarde comimos. Cuando salí a la calle, eran más de las diez. Llevaba dos billetes de diez mil en el bolsillo. La noche estaba borrosa debido a la llovizna. Cuando llegué al club subí las escaleras lentamente y al llegar a la sala de juego comprobé que la partida no había empezado todavía. Había varias sillas desocupadas, de modo que fui hasta la caja, recibí dos óvalos amarillos y diez rectángulos rojos y me senté a la derecha de uno de los empleados. Apilé las fichas sobre el paño, frente a mí, y pedí un cartón. En el momento en que un empleado me lo alcanzaba, los dos de la mesa comenzaron a revolver los cinco mazos sobre el paño. Movían las manos al azar, preferentemente en círculo, y ponían especial cuidado en desordenar las barajas. Los doscientos sesenta reversos rayados, insignificantes, se mezclaban bajo las manos de los empleados. Después comenzaron a hacer las hileras de pilas bajas. Por último, las encimaron en una sola pila y el empleado me extendió el mono para que cortara. Tenía, entonces, que asumir la primera decisión a ciegas. Recorrí el borde de la pila, rozándolo en el filo del mono, y al final lo inserté. El empleado invirtió el orden de las dos porciones del mazo, en que yo lo había dividido al insertar el mono, poniendo la superior debajo de la inferior. Después guardó el mazo dentro del sabó y empezó la partida.

El primer pase no jugué a nada. Vino punto. El segundo pase tampoco jugué, y volvió a venir punto. En el tercer pase jugué, por lo tanto, a punto. Hubo un empate de ocho, y después volvió a venir punto. Había puesto un óvalo amarillo, de modo que me devolvieron dos. Volví a ponerlos a punto y volví a ganar. Me devolvieron, en vez de los dos óvalos amarillos, dos rectángulos de los grandes, color verde. Esperé un pase y ganó la banca. Entonces puse uno de los rectángulos verdes a banca y vino banca. Dejé los dos rectángulos a banca y me devolvieron cuatro. De los cuatro, jugué dos a banca y me devolvieron cuatro. Esperé un pase, y vino punto. Después puse dos rectángulos verdes a punto, y vino punto. Dejé los cuatro a punto, y volvió a venir punto. Me dieron ocho rectángulos verdes.

Esperé. Me sentía como debió de haberse sentido Jesucristo caminando sobre las aguas. Exactamente igual que él. Al caminar sobre las aguas, probó que era el hijo de Dios. Pero reinó sobre sus leyes. Por lo tanto obró contra Dios. Él era Dios también, pero yo no era más que Sergio Escalante, abogado. Yo podía caminar sobre las aguas, sin necesidad de que Dios me apadrinara. Sobre!a superficie expectante. En mi caso, era una simple coincidencia: las aguas no querían tragarme, Pero a esas coincidencias excepcionales las llamarnos milagros. Y nos llenan de asombro y alegría.

Así que esperé, y mientras yo esperaba, vino banca. Puse entonces tres rectángulos verdes a banca, y vino banca. Dejé los seis a banca, y vino banca. Me devolvieron los seis y volví a esperar. Vino otra vez banca. No había perdido, pero era una mala señal, una grieta sobre la superficie del agua que yo debía vigilar para no poner el pie sobre ella.

Durante todos los pases que esperé el juego se mezcló y se desarrolló sin orden de ninguna clase. Después comenzó a insinuarse un juego en favor de la banca, y cuando comprobé que se mantenía firme, jugué treinta mil a banca y vino banca. Dejé los sesenta, y volvió a venir banca.

Mientras recibía los doce rectángulos verdes, que tenían grabada la cifra en el centro, con números dorados, pensé que en el pase siguiente el juego iba a cambiar, y después puse cinco rectángulos verdes a punto. Vino punto. Me devolvieron diez. Volví a dejar cinco a punto, y volvieron a entregarme diez. Tenía un montón tan grande de rectángulos verdes y óvalos dorados, que cuando colocaba sobre ellos las palmas abiertas de las manos, con los dedos muy separados, no los podía cubrir.

Ahora van a venir tres puntos más, y después dos bancas, pensé. Voy a jugar cinco fichas por pase, y después del quinto me levanto y me voy.

Gané los tres primeros pases de punto, y en el cuarto jugué a banca. El tipo que daba vuelta las cartas las puso bocarriba sobre la mesa, y se vio que tenía nueve. Pensé entonces que la banca debía tener nueve. La banca dio vuelta las cartas y mostró un ocho y un as. Después del empate, vino banca, y enseguida volvió a venir. Ahora todo el círculo de jugadores miraba el montón de mis fichas verdes y amarillas. Empecé a ordenarlas y cuando tuve el montón listo me paré. Me estaba volviendo hacia la caja, con los bolsillos llenos de fichas y todavía un montón más en las manos cuando noté que un tipo parado al lado mío giraba bruscamente la cabeza hacia la escalera. Me di vuelta. Entonces vi que había entrado la policía.

Eran más de veinte, y tres o cuatro de ellos llevaban ametralladoras. Rodearon la mesa ordenando que nadie debía moverse. Detrás de uno que parecía el jefe, saltó un fotógrafo y sacó dos instantáneas, haciendo estallar el resplandor de los flashes. Después nos hicieron poner de espaldas a la larga pared del salón y nos empezaron a llamar a uno por uno. Cuando llegó mi turno, me sacaron hasta la última ficha y me tomaron el nombre y la dirección. Después me mandaron otra vez a la pared.

Cuando volví, uno de los empleados estaba hablando con un grupo de jugadores. Decía que era mejor tener una araña pollito en el bolsillo que la palabra de la policía. Después nos hicieron bajar por la escalera, en fila india, y nos metieron en un ómnibus que esperaba en la puerta del club. Apenas si entró la tercera parte de los jugadores el resto se quedó esperando en el hall. Nos llevaron a la jefatura de policía y nos metieron en una pieza de techo alto, con piso de madera. Un tipo iba haciendo una lista a máquina con nuestros nombres y direcciones. Cuando llegó mi turno, el tipo me preguntó si quería dejar algo en deparo. Le dije que no.

Cuando llegaron las otras dos tandas de jugadores, los hicieron poner en fila y les tomaron el nombre y la dirección. Después empezaron a distribuirnos en las seccionales. Me tocó ir a una comisaría de barrio, con otros cuatro tipos. Uno era un gordo que tenía un solo diente y era adicionista en el cabaret Copacabana. Otro era uno de los empleados que atendían la mesa, un tipo que no decía una sola palabra. El tercero era un vendedor de máquinas de escribir. El cuarto, ya ni recuerdo quién fue. Llegamos al alba a la comisaría, y nos distribuyeron por todo el edificio porque se suponía que estábamos incomunicados.

El vigilante que me encerró me dijo que si necesitaba algo golpeara las rejas. La puerta de la celda daba a un patio en el que había un motor para sacar agua. Detrás del tapial, se veía la parra sin hojas de la casa vecina. El borde del tapial estaba lleno de vidrios rotos de botellas. Cuando se fue el vigilante, me tiré en el piso de Pórtland me quedé dormido. Desperté porque alguien me estaba sacudiendo. Era un vigilante, pero distinto del de la mañana. Tenía anteojos. Me dijo que había venido a verme un familiar y que preguntaba si necesitaba algo. Le dije que ya salía. Salí detrás de él al patio y esperé ahí. Miré hacia la galería delantera del edificio, pero no pude ver ninguna cara conocida. Después el vigilante volvió y me habló en voz muy baja, diciendo que esperara un minuto. Volví a la celda. La puerta de reja estaba abierta. Enseguida volvió el vigilante y me dijo que lo siguiera.

Llegué a la galería delantera, detrás del vigilante, y lo seguí adentro de una oficina. Detrás de un escritorio había un oficial. Me dijo que habían venido a visitarme y que aunque estaba prohibido me iban a permitir hablar unos minutos con la visita. Dijo que yo estaba incomunicado, y que por lo tanto no debía comentar con nadie que me habían dado permiso. Me llamó doctor, de modo que supuse que me conocía de alguna parte. Me metieron en otra habitación y adentro estaba Marquitos, sentado en una silla. Sobre una mesa había una frazada doblada y un paquete envuelto en papel blanco. Marquitos me dio la mano y me preguntó cómo estaba.

Preso, dije yo.

Me dijo que en el paquete había pan y un pollo frío y me dijo que estaba tratando de sacarme. Le pregunté qué día era.

Sábado, dijo.

Le dije que no se molestara, que hasta el lunes no había nada que hacer y que le avisara a Delicia.

No le digas que estoy preso, dije.

¿Te parece que no es una razón demasiado boluda como para caer preso?, dijo Marquitos.

Le dije que todas las razones eran boludas, para caer preso. Que si él se abstenía de sermonearme, yo iba a soportar mejor el hecho de estar preso. Marquitos me dijo que yo tenía mala cara.

Perdí la buena al punto y banca, hace tiempo, dije yo.

Te confieso que no entiendo nada de tu vida, dijo Marquitos.

Le dije que le agradecía la frazada. Esta noche, a última hora, voy a volver para ver cómo marcha todo, dijo Marquitos.

Alcé la frazada y el paquete envuelto en papel blanco y me dirigí hacia la puerta. Ahí me detuve y me volví.

Lamento mucho no poder darte el gusto de estar en mi lugar, dije, y salí.

Cuando abrí la frazada para extenderla sobre el piso de portland vi que un libro caía de adentro. Lo alcé y comprobé que era El Jugador de Dostoievski. Dejé la frazada y el paquete y me senté cerca de la puerta, a leerlo. Al anochecer se encendió una lamparita. Como estaba refrescando, me envolví en la frazada y me senté en un rincón, cerca de la luz. A eso de las ocho ya había terminado de leerlo. Hablaba mucho de la codicia, la ambición, la debilidad, los rusos, los franceses, los ingleses. Hablaba, incluso, de jugadores. Pero del juego no decía una palabra. Al parecer, tenía demasiado claro de qué se trataba como para perder el tiempo hablando de él. O, como mi abuelo, era un hombre de otra generación. La última página me pareció lo mejor del libro. Después se apagó la luz. Cuando el vigilante vino a hablarme le pregunté qué hora era y me dijo que ya eran las diez. Me dijo que habían venido a verme. Yo le dije que dijera que no me había podido despertar. Durante la noche, me desperté varias veces, helado. Cuando abrí los ojos al otro día ya no lloviznaba y estaba saliendo el sol. Iba a hacer un día agradable. En el suelo, vi el paquete intacto envuelto en papel blanco. Lo abrí, le arranqué una pata al pollo, y empecé a comérmela. Después golpeé la reja y cuando vino el vigilante le dije que quería ir al baño. Era el mismo vigilante de la mañana anterior. Me preguntó cómo había pasado la noche y yo le dije que la había pasado durmiendo. Antes de las nueve, llegó Marcos. Me hicieron pasar otra vez a la habitación donde él me esperaba. Sobre la mesa había otro paquete envuelto en papel blanco y un termo anaranjado. Me preguntó cómo había dormido. Sentado, dije yo.

Fui a avisarle a la nena, dijo Marcos. En ese termo hay café con leche.

¿Qué te dijo?, dije yo.

Nada, dijo Marquitos. Le pregunté si necesitaba algo, y me dijo que no, que estaba bien.

Ella siempre dice que está bien, dije yo.

Sí, parece ser de esa clase de gente, dijo Marquitos.

Después le dije que no me trajera más de comer, que con ese pollo me alcanzaba y me sobraba.

¿No querés afeitarte?, dijo Marquitos.

No, dije yo.

De todos modos no te ofenderás si vuelvo esta tarde a preguntar cómo van las cosas, ¿no es cierto?, dijo Marquitos.

En absoluto, dije yo. A propósito, si volvés, ¿podrías hacerme el favor de traerme dos o tres revistas de historietas? El Tony, si fuese posible. Y si es posible, algún cuaderno, o cosa así, y un lápiz.

Sí, dijo Marquitos. El Tony, ¿no?

Eso, sí. El Tony, dije yo.

Después Marquitos se fue, y yo me volví al calabozo. Me serví dos vasos de café con leche y después cerré el termo. Por pura curiosidad abrí el segundo paquete y comprobé que estaba lleno de bollitos. Volví a envolverlos, y dejé el paquete en el suelo, junto al del pollo. Después me senté cerca de la puerta, y me puse a mirar el sol de la mañana.

Así que los dos círculos se habían tocado. Mientras yo iba duplicando mis rectángulos verdes, ellos hablaban por teléfono, se preparaban, recogían las ametralladoras, salían de jefatura, entraban en los automóviles, avanzaban hacia el club. Bajaban de los coches, subían las escaleras, entraban en la sala de juego. En ese momento yo me estaba parando. Había acertado un último pase a banca, un penúltimo, también a banca, había jugado un empate, y tres pases de punto. Hacia atrás, podía ir comparando el desarrollo interno de los dos círculos y ver cómo coincidían uno con otro, sin que no obstante no hubiese entre ellos ninguna relación. Cuando ellos llegaron, el allanamiento ya había sucedido. Pero había sucedido para ellos, no para nosotros. Gané todos los pases chicos, los de diez, veinte, cincuenta mil. Pero el pase más grande, el que me llevó todo, lo perdí. Ése era el pase que estaba jugándose esa noche, y yo aposté a ciegas por el contrario. De modo que perdí. Ellos atravesaron por un momento la superficie de nuestro círculo, pasaron como un vendaval, y bastó para que yo perdiera todo.

Cuando a las dos de la tarde Marcos volvió con las revistas, el cuaderno y el lápiz, le dije que no viniese más. Leí las revistas, pero no usé ni el lápiz ni el cuaderno.

Me largaron al otro día al anochecer, después de haber prestado declaración ante el secretario del juzgado. El secretario me conocía y me dijo que iba a ver cómo arreglaba la cuestión del proceso. Dijo también que todos éramos humanos.

Algunos más que otros, dije yo. Probablemente. Sí, dijo el secretario. Cuando un tipo no sabe qué hacer para hincharle las pelotas al prójimo, hay que recomendarle que se meta en la policía. No se preocupe, doctor, acá va a hacerse todo con discreción.

Le pregunté por qué había que tener discreción. Me miró, pero no me dijo nada. Yo le soporté la mirada. Cuando salimos de jefatura, el adicionista del cabaret me dio la mano y me dijo que fuera a visitarlo una de esas noches, para tomar una copa. Le dije que yo no tomaba.

Encontré a Delicia en la cocina, con su cuaderno abierto. Había empezado a dibujar otra vez la letra a. Le conté que había estado preso, y que hacía tres días que no me lavaba la cara. Después subí al baño, me afeité y me bañé. Mientras me afeitaba tuve oportunidad de mirarme en el espejo. Sí, estaba mucho más delgado, y la barba estaba comenzando a encanecer. También tenía algunas canas en el cabello. Pero para mí, yo seguía siempre igual. Eran los otros los que notaban los cambios, cuando ya habían sucedido. Así que estaba envejeciendo. Iba a pasar una vez más enteramente, hasta desaparecer. Alguien más que quería saber algo iba a sentir el apagón súbito, desapareciendo cuando apenas había entrevisto la posibilidad de encontrar un camino. Podía vivir treinta, cuarenta, cincuenta años más.

Daba lo mismo. Había llegado al punto en el cual se podía comprender que la zona que yo me había dedicado a esclarecer era desentrañable. Desde fuera, yo pasaba como un meteoro, dejando una cola verde que empezaba a esfumarse en el mismo momento de comenzar a arder. Un apagón, y todo iba a quedar en la oscuridad. Del relumbrón fugaz de la chispa, a lo negro. Me miré en el espejo. Ese soy yo, pensé. Soy yo. Yo.

Después me desnudé y me metí bajo la ducha. Cuando bajé, Delicia estaba preparando la comida. Nos habíamos sentado a comer, cuando sonó el timbre de la puerta de calle. Era Marquitos. Le dije que comiese algo y empezó a pelar una naranja. Me preguntó cómo estaba. ¿Realmente estás tan preocupado?, le dije. Terriblemente, me dijo. Bueno. No estés, dije yo.

Hay algo de autodestrucción en todo esto, Sergio, dijo Marcos. Estoy francamente preocupado.

No tengo alcohol, dije yo. Puedo ofrecerte un café. Acepto, dijo Marquitos.

Fuimos al escritorio, donde yo había dejado las revistas que Marquitos llevó a la comisaría. Las saqué de en medio y me senté. Marquitos se sentó en un sofá.

Ahí está tu frazada y el resto de tus chirimbolos, dije. Después que tomamos el café, dijo que quería dar una vuelta. Lo acompañé. Subimos al coche celeste, enfilamos para el centro, recorrimos San Martín hacia el sur, rodeamos toda la Plaza de Mayo, pasando frente a la Casa de Gobierno y al edificio de los Tribunales, y después volvimos a recorrer San Martín, esta vez hacia el norte. Pasamos delante de los corredores de la galería, y en la esquina doblamos hacia la estación de ómnibus. Enfrente estaba el Correo, todo iluminado. Después tomamos la avenida del puerto, en la que las palmeras brillaban a la luz de los globos del alumbrado, y llegamos al puente colgante. En la costanera nos detuvimos. Bajamos. Nos apoyamos en la baranda de cemento y miramos el río.

Ha de hacer dos años que no vengo por aquí, dije yo

– Sergio, dijo Marcos. Si no estás ni a veinte cuadras. Es verdad, dije yo. Pero no he venido. Noté que me estaba mirando fijamente. Hay algo en todo esto, algo… heroico, dijo Marquitos. No fabules, dije yo. Y algo de… de…, dijo Marquitos. Estúpido, dije yo.

No. No es eso, dijo Marquitos. Algo de… de-Absurdo, dije yo. No. De locura, dijo Marquitos. Sobre el río caía un haz de claridad, que lo dividía. Había esa franja amarillenta, quebradiza, y agua negra de los dos lados. Pero el agua no es nunca la misma, dijo Marquitos, cuando se lo hice observar. Por lo tanto, tampoco el reflejo es el mismo.

Es verdad, dije yo.

Me llevó de vuelta por el bulevar. En 25 de Mayo doblamos hacia el sur, y en el reloj del Banco Municipal, redondo, con números romanos, comprobé que eran las doce y veinticinco. Doblamos en Primera Junta, pasando frente al edificio donde estaba la oficina de la Inmobiliaria. El reloj de Casa Escassany dio las doce y media cuando pasamos delante de él. Cuando llegamos a la puerta de mi casa bajé del coche y le dije a Marquitos que me esperara un momento. Fui al escritorio, abrí el segundo cajón, y saqué tres billetes de diez mil pesos. Se los llevé a Marquitos y se los pasé por la ventanilla. Los agarró, diciéndome que no los necesitaba. Después me dijo que extrañaba a Rey. El Chiche fue siempre un rufián, dije yo. No, dijo Marcos. Era otra cosa. Siempre había que perdonarle todo, dije yo. ¿A quién no?, dijo Marcos.

Pensé que era una alusión a mi persona. Después puso en marcha el motor y se fue. Cuando me metí en la cama me acordé de que había visto una franja de luz por debajo de la puerta de la cocina. Me vestí otra vez y bajé. Al abrir la puerta vi a Delicia con los cinco mazos de naipes puestos sobre la mesa. Del otro lado del mazo había un montón de barajas bocarriba, en desorden. Delicia sacaba de dos en dos, y después daba vuelta las dos primeras para ver la cifra.

Dos días después me enteré de que tiraban dados en un club de las afueras. Era una partida clandestina. Me llamó por teléfono ese empleado del club que no hablaba nunca. Me dejó la dirección y me dijo que empezaba a las diez de la noche. Estuve yendo dos o tres veces por semana, y siempre perdía. No llevaba sumas muy grandes. Veinte, treinta mil. Mi corazón se ponía a palpitar cada vez que agarraba el cubilete y empezaba a sacudirlo. Sabía que el caos estaba golpeando contra las paredes de cuero, y era el caos el que rodaba por el paño verde bajo la forma de dos diminutos cubos amarillos. Después el caos cuajaba un momento, en una inmovilidad transitoria, y las manos del empleado que no hablaba nunca, borraban ese momento de estabilidad recogiendo los dados. Era como una fuerza loca emitiendo un grito y volviendo otra vez al ruido impreciso. Pensaba en los dados cuando miraba las nubes en el cielo. Tomaban una forma que duraba un segundo, y después, de golpe, bajo una apariencia de lentitud que confundía al ojo, eran otras. Perdí siempre. El veintitrés de abril, en plena lluvia, a las doce de la noche, tomé un taxi desde el club, fui hasta mi casa, y saqué tres billetes de diez mil. Ya había perdido tres. Volví en el mismo taxi. La ciudad se perdía en un montón de manchas brillantes, vista a través de los vidrios del taxi que chorreaban agua. El veintiocho de abril me quedaban cien mil pesos, aparte de los sesenta de Delicia que estaban guardados en la caja de té. El veintinueve, a las tres de la tarde, el empleado de la partida me llamó por teléfono. Me dijo que el dos de mayo iba a haber una partida clandestina de punto y banca.

Le pregunté si me estaba invitando. Lo estoy invitando, doctor, me dijo el empleado. Pero es una partida muy grande. Vienen cinco personas de afuera. Con usted serían seis.

Le dije que iba a ir. Sin embargo, no colgó. Tengo que hacerle una advertencia, doctor, dijo el empleado. Para tener derecho a entrar en la partida, hay que fichar cien mil pesos. ¿Cuánto?, dije yo.

Cien mil pesos, doctor, dijo el empleado. ¿Cien mil pesos?, dije yo. ¿Quién va a bancar? ¿Anchorena?

El empleado se rió.

Es la condición, doctor, dijo. Yo lo siento mucho pero me han dado órdenes.

Déme la dirección, dije yo.

No puedo dársela por teléfono, doctor, dijo el empleado. Venga a mi casa entonces, dije yo. Estuvo en casa a la media hora, y me dio la dirección. Le dije que tomara un café y se sentó en el sillón del escritorio. Eran unos tipos del Mercado de Abasto de Rosario, que iban a venir especialmente a jugar. Uno era un tal Capúa. Otro, un tal Méndez. Después nombró a otros tres que eran de Esperanza. Se juega sin límite, dijo el empleado. Se juega por millones de pesos.

Le pregunté si había garantías con la cuestión de la policía, y me dijo que de no haber garantías, ellos no iban a hacer la partida. Pero que de todos modos me iba a llamar el dos de mayo para darme la confirmación. Después se fue. Dejó un olor a colonia que no pude borrar con nada durante toda la tarde, y que duró hasta el otro día. No pude borrarlo ni siquiera abriendo la ventana. Me pareció que toda la casa se impregnaba con él. Me quedé mirando la llovizna por la ventana, hasta que Delicia me trajo el mate. Tenía puesto un suéter de mi mujer, color negro. Ya le estaba quedando estrecho. Me preguntó si no pensaba afeitarme y yo le dije que era muy posible que uno de esos días me afeitase. Después amago irse, y yo le dije que se quedara. Me preguntó para qué.

Simplemente, para que te quedes, dije yo.

Me miró fijamente y tuve que desviar la mirada. Después empecé a hablar.

Delicia, le dije. Sabrás que el juego es mi obsesión. Que si no puedo jugar, no puedo vivir. No sé si eso es malo o bueno, pero es así. Me han invitado a una partida grande de punto y banca. Con suerte, puedo ganar millones de pesos. Tengo algunos métodos, y si bien no es algo muy seguro, tengo tantas posibilidades de ganar como cualquiera de los otros. Depende de mi suerte. Ahora bien: de lo que me han dado por la hipoteca, mi último recurso, por otra parte, no me quedan más que cien mil pesos. Desgraciadamente, para poder entrar a esa partida tengo que fichar lo menos cien mil pesos. Eso significa que no puedo ir a jugar con menos de cien mil pesos, pero significa también que si ponen como mínimo cien mil, ésa es la cifra que se supone sirve para arrancar y nada más. Pienso que tengo que llevar ciento cincuenta, o más. Prácticamente, todo lo que pueda reunir de aquí al dos de mayo. Y lo único que puedo reunir de aquí a esa fecha son los cien mil pesos que me quedan de la hipoteca. Están también tus sesenta mil en la caja de té. Son tuyos. No tenés obligación de ninguna clase conmigo. Mi deseo es pedírtelos prestados. Para ser honrado, si los pierdo, me va a resultar algo difícil devolvértelos. Yo diría que hasta imposible. Puede pasar lo siguiente: que rematen mi casa, se cobren la hipoteca y me den el sobrante. Pero antes de que ocurra eso, va a pasar mucho tiempo. En esas condiciones, ¿estarías dispuesta a prestarme tus sesenta mil pesos? Te repito: va a ser algo difícil que yo pueda devolvértelos en caso de perderlos.

Yo le dije a usted que los guardara y usara lo que quiera en caso de necesitar, dijo Delicia.

Me paré y le di un beso en la frente. Criatura, le dije. Dios te guarde. Así que me puse a esperar el dos de mayo. Salvo el primero, lloviznó todo el tiempo. Y el primero, a eso de las nueve de la noche, también se puso a lloviznar. Me entretuve escribiendo mi octavo ensayo: Chic Young, un héroe de nuestro tiempo. Me basé especialmente en Blondie, pero saqué también mucho material de El Coronel Pipón y doña Cata. Mi tesis era que, teniendo en cuenta las observaciones que Young había hecho acerca de la vida cotidiana de la clase media, otro en su lugar se habría suicidado, o elegido el camino más fácil: la tragedia. Puse como acápite del ensayo la frase que había escrito unos días antes, acerca de la comedia y la tragedia. Estuve todo el primero de mayo pasándolo en limpio, y cuando llegó la noche, me sentí eufórico. Le pregunté a Delicia si no tenía ganas de comer afuera y me dijo que era un disparate, que estaba lloviznando. Que podíamos comer muy bien en la cocina, como de costumbre, sin ninguna necesidad de andar sacando la mesa a la galería. Estaba por explicarle que no me refería a eso, pero me pareció que no valía la pena. Que, después de todo, ella tenía razón.

Después de la comida la ayudé a lavar los platos. Cuando todo estuvo limpio, traje los cinco mazos de cartas, los mezclé, puse el nombre de Delicia y el mío en el borde superior de una hoja en blanco, y los separé con una raya vertical. Estuvimos adivinando los pases toda la noche y con tanta precisión que pasaba mucho tiempo antes de que llegara el momento de cedernos mutuamente el derecho de adivinar. Cuando nos dimos cuenta era la madrugada. Nos fuimos a dormir.

Al otro día me despertaron golpes en la puerta. La voz de Delicia me dijo que había un señor que me buscaba. Pensé que era el empleado de la partida. Le dije que lo hiciera esperar en el escritorio. Me vestí, me lavé la cara, y bajé. Cuando entré en el escritorio vi a un tipo gordo, con todo el cabello veteado de gris. Estaba de espaldas y yo le veía la piel oscura del cuello. Miraba la llovizna por la ventana. Cuando me oyó entrar se dio vuelta. Era el Negro Lencina. Estuvimos mirándonos un momento sin parpadear.

Engordaste, Negro, le dije.

Nos dimos la mano.

Luisito mató a la mujer, dijo el Negro.

Le dije que se sentara en el sofá de cuero. Yo me senté detrás del escritorio. Le pregunté si quería un café y me dijo que no. Entonces lo miré.

Está muy bien. Luisito mató a la mujer, dije. Pero ¿qué Luisito?

Luisito, dijo el Negro. Luisito Fiore.

¿Fiore?, dije yo. ¿Y cuándo?

Anoche, en Barrio Roma, dijo el Negro. Le metió dos chumbos en la cabeza. Está loco, de remate.

Insistí para que tomara café y al fin aceptó. Me asomé a la puerta del escritorio y le grité a Delicia que mandara café. Después volví a sentarme detrás del escritorio.

¿Dos tiros?, dije yo. ¿En la cabeza?

En la cabeza, sí, dijo el Negro. Le metió dos chumbos en la cabeza.

No supe qué decirle. Al fin encontré algo.

Gracias por venir a avisarme, dije.

No vine a avisarte, dijo el Negro. Vine para que lo defiendas en el Tribunal.

Yo ya no ejerzo la profesión, dije.

Estoy viendo, dijo el Negro.

¿Seguía en el sindicato?, dije yo.

Ya no, dijo el Negro. Trabajaba en el molino, pero no seguía en el sindicato.

Lástima, dije yo.

Yo sabia que iba a terminar así, dijo el Negro. Yo sabía. Yo le decía.

Se paró otra vez y se puso a mirar la llovizna por la ventana. Desde la calle entraba una luz gris. Después el Negro se volvió hacia mí.

Yo le decía. Siempre, dijo. Le dije que se tranquilizara.

Volvió a sentarse en el sillón de cuero. El sillón crujió bajo su cuerpo tenso, oscuro. Lo encontré tan saludable que por un momento me pregunté con qué diablos se alimentaba. Me miraba con los ojos muy abiertos. Su pelo entrecano estaba volviéndolo venerable. En otras épocas el Negro tomaba dos copas y se ponía a tocar el acordeón a piano.

¿Todavía tocas el acordeón a piano?, dije. De vez en cuando, dijo el Negro. Me miró severamente. Antes defendías a los trabajadores, dijo. Sí, antes sí, dije yo.

Me han dicho que vivís del juego, dijo el Negro. Es al revés, dije yo.

Después le pedí que me contara lo de Fiore. Me dijo que había ido a cazar con la mujer y la nena a Colastiné Norte, en la camioneta del molino. Que de vuelta habían parado en un despacho de bebidas. Que a la salida, después de una discusión, le pegó dos tiros. Le pregunté si la discusión había sido violenta. Me dijo que no sabía bien. Me dijo que le había tirado con la escopeta de caza.

En cierto sentido, dije yo, es un atenuante. Le van a dar lo menos veinte años, dijo el Negro. Va a estar cómodo en la cárcel, más cómodo que afuera, dije yo. En todo sentido siempre se está más cómodo en la cárcel.

El Negro me miraba sin parpadear. Tenía la piel del rostro gruesa y muy estirada, y de la base de la nariz arrancaban dos cordones curvos que bordeaban las comisuras de los labios para ir a morir a la mandíbula.

Nunca creí que iba a encontrarte así, dijo el Negro.

Vamos, Negrito, dije yo. Somos pocos y nos conocemos. Dame todos los detalles que puedas, que no te estoy preguntando por curiosidad.

Le pregunté si Fiore y la mujer se llevaban mal, y me dijo que peleaban de vez en cuando. Lo normal, dijo el Negro. Si sabía ir a cazar seguido y si siempre iba con la mujer y llevaba la escopeta. El Negro me dijo que le parecía que sí. Le pregunté si la mujer lo engañaba. Me dijo que le parecía que no y agregó que Fiore se emborrachaba seguido últimamente. Luisito es un buen muchacho, pero yo siempre le decía, dijo el Negro. Después le pregunté cuánto tiempo hacía que Fiore había dejado la secretaría del sindicato. Mucho tiempo, dijo el Negro. Empezó a andar cada vez más mal, hasta que dejó del todo. Le pregunté si lo habían sancionado y me dijo que no.

Chupar y cazar. Era todo lo que hacía, dijo el Negro.

Después me miró y me preguntó si iba a defenderlo.

No, le dije.

Se levantó para irse, y en ese momento entró Delicia con el café. Poco más y se llevan por delante. Al ver a Delicia, el Negro vaciló.

Voy a recomendarte un abogado, dije. Un abogado mejor que yo.

Se quedó parado cerca del escritorio. Delicia dejó la bandeja con el café y salió, cerrando la puerta. Puse azúcar en el café del Negro, lo revolví, y se lo alcancé. Me tomé el mío amargo. El Negro empezó a tomar su café; su piel era casi del color del café; sus grandes ojos brillaban mucho.

El doctor Rosemberg, dije yo.

¿Es compañero?, dijo el Negro.

No. Camarada, dije yo.

¿Se puede confiar en él?, dijo el Negro.

Completamente, dije yo.

El Negro volvió a sentarse, con el pocillo de café en la mano, haciendo crujir el sillón. Le dije que iba a llamarlo por teléfono y salí del escritorio. Disqué el número de Marquitos y atendió una voz de mujer. Dije quién era yo.

Ah, dijo la mujer. Habla Clara.

Clara, dije yo. Años que no oía tu voz.

Marcos no está, dijo Clara. Ha ido al Tribunal.

Su voz sonaba como ronca.

En todo caso, lo llamo más tarde, dije yo.

A mediodía, dijo Clara. Seguro viene a comer.

Bueno, hasta luego, dije yo.

Chau, dijo Clara.

Colgamos. Volví al escritorio, y encontré al Negro mirando la llovizna por la ventana. No se dio vuelta y yo me acerqué a él.

Estará incomunicado, supongo, dije.

Sí, dijo el Negro.

Después le pregunté si él también seguía en el Molino. Me dijo que no, que tenía un reparto de soda a domicilio. Dijo que tenía un camioncito. Le pregunté si tenía teléfono y me dijo que no, pero que podía llamarlo al almacén de la esquina. Anoté el número y le dije que lo iba a llamar a la una.

Ya no son los mismos tiempos de antes, me dijo el Negro, mirándome y sacudiendo la cabeza.

Le dije que efectivamente, no eran los mismos tiempos. Me preguntó si iba a ir al velorio de la mujer de Fiore y le dije que no. Me dijo que de todos modos me dejaba la dirección, y que si quería ir al cementerio, la enterraban al otro día a las diez de la mañana.

Luisito es muy cabeza dura, dijo en la puerta. Yo siempre le decía.

Después se fue. Lo acompañé hasta la puerta, y volví al escritorio. Me paré exactamente en su lugar, frente a la ventana, y me puse a mirar la llovizna en la calle. No era la misma llovizna, seguro, pero era difícil notar la diferencia. Estaba la misma vereda gris, la calle asfaltada, la vereda de enfrente con su árbol lleno de hojas verdes y lustrosas la casa en la vereda de enfrente con sus dos balcones de celosías y baranda de bronce. La llovizna parecía también la misma.

Después de las doce llamé a Marcos y le expliqué. Me dijo que le avisara al Negro que pasara a las tres de la tarde por su casa. Llamé al almacén y pedí hablar con el Negro Esperé diez minutos y al fin la voz del Negro se oyó, jadeante. Le di el mensaje de Marcos y la dirección y colgué. Después me metí en la cama y dormí una siesta. A las cinco Delicia me llevó el mate al escritorio, y a las seis me llamó el empleado de la partida. Me confirmó la dirección y me dijo que iba a empezar a las diez clavadas. Me quedé en el escritorio hasta después de las ocho y cuando salí encontré a Delicia tendiendo la mesa. Había olor a guiso en la cocina. Delicia se había lavado el suéter negro de mi mujer, que estaba quedándole estrecho; le venía muy bien. Por primera vez noté que tenía unas manos de dedos larguísimos, oscuras. No cruzamos una sola palabra durante la comida. Después me levanté de la mesa, saqué los ciento sesenta mil pesos del escritorio, y me fui para la partida.

Era en pleno centro, a la vuelta de San Martín, de modo que fui caminando en dirección a San Martín, doblé en la esquina de Casa Escassany a las diez menos cuarto y avancé por San Martín tres cuadras hacia el norte. Pasé frente a las pizarras de La Región y me paré a leerlas, pero no decían nada de lo de Fiore. Doblé en la primera esquina hacia el este, hice una cuadra y media, crucé a la vereda de enfrente y no tuve necesidad de buscar el número porque el empleado de la partida estaba parado en la oscuridad, en el umbral de una casa. Lo reconocí por el olor de su colonia. Me dio mano y me dijo que entrara.

No sé por qué, pero la habitación en la que entramos parecía un escenario. Había una mesa larga, cubierta con carpeta bordó de terciopelo, y cinco tipos sentados alrededor. Había también dos sillas vacías. En un rincón, sobre una mesita de madera, estaba la caja de las fichas y un tipo estaba revisándola. Detrás había una cortina descolorida, que cubría una arcada. Probablemente fue eso lo que me dio la sensación de escenario. Los tipos tenían montones de fichas en la mano. Me senté en una esquina, dando la espalda a la cortina. Llamé al fichero y le pedí cien mil pesos. El tipo me trajo diez rectángulos verdes. Metí la mano al bolsillo para darle el dinero, y el tipo me dijo que arreglábamos al final. Después me preguntó si quería tomar whisky, y yo le dije que no tomaba.

El empleado se sentó en una de las sillas vacías en el medio de la mesa, y comenzó a mezclar las cartas. Uno de los cinco tipos, al que le vi cara vagamente conocida, insertó el mono en el mazo que le ofrecía el empleado y cortó. El empleado separó las dos porciones del mazo, colocó abajo la que estaba arriba, y después metió el mazo en el sabó. Después anunció el remate de la banca.

Ofrecí diez mil, y el tipo que había cortado ofreció veinte. Así que dejé que se la llevara. Entonces puse veinte mil a punto y me preparé para recibir las cartas. Eran la dama y el nueve de corazón, y cuando se vio que el tipo tenía dos negras el empleado me tiró los cuatro rectángulos verdes. Volví a jugarlos a punto y vino punto. Dejé los ocho a punto y vino punto. Me dieron dieciséis rectángulos verdes, espere. Volvió a venir punto, pero en el próximo pase me correspondía la banca. Puse cuatro rectángulos verdes, cuando me dieron las cartas comprobé que tenía un nueve trébol y un nueve de diamante. El punto no tenía más. Eché tres bancas más; cuando llegaba el cuarto pase di suite. El empleado pidió cambio; el fichero trajo las plaquetas doradas, grandes, de cincuenta mil. El empleado me dio diez de ellas, y unos ocho o nueve rectángulos verdes. El tipo que había cortado pidió doscientos mil a la caja y recibió cuatro plaquetas doradas. Su cara vagamente conocida me distraía de tanto en tanto, fugazmente.

Remató la banca por cuarenta mil y puse los cuarenta a punto, de modo que me dieron las dos cartas. Empatamos en seis. Como después del empate de seis se supone que viene banca, pensé retirar las cuatro fichas de diez mil, pero me pareció descortés hacerlo teniendo en cuenta lo que iba ganando. Vino punto.

¿Se da cuenta?, dijo el tipo cuya cara me resultaba conocida. Echa cuatro pases de banca, da la suite, después juega a punto, y viene punto.

No habló con nadie en particular. Pensó en voz alta. Eso fue todo lo que dijo. Después de eso vinieron cuatro puntos más, una banca, otro punto, y el turno de la banca llegó otra vez a mi lugar. Eché cinco pases, y di la suite, y volví a jugar a punto y vino punto. A las once y media yo iba ganando tres millones de pesos. Parecía que a nadie le quedaba un solo centavo más en la mesa, salvo a mí. Todos tenían el aire de andar necesitando diez pesos para el colectivo. Entonces el tipo al que yo le había visto cara conocida se paró, se inclinó a la derecha del empleado, y le habló al oído. El empleado escuchó durante un momento y después de sacudir la cabeza me miró, preguntándome si yo aceptaría cheques. Dije que aceptaba cheques. Entonces el tipo de cara conocida me preguntó hasta qué suma aceptaría en cheques. Yo le dije que aceptaba cualquier suma, siempre que los cheques tuviesen fondos. El tipo me dijo que los cheques tenían fondos, pero que a esa hora iba a resultar un poco difícil de comprobar, ya que para hacerlo iba a haber que llamar por teléfono al jefe de cuenta comentes del Banco Provincial de Rosario, levantarlo de la cama, pedirle que se fuera hasta el banco y buscara su cuenta personal en el fichero. Le dije que prefería creerle antes que gastar ciento cincuenta pesos en una comunicación telefónica a Rosario. Entonces el tipo sacó una libreta de cheques del bolsillo interior de su saco, se sentó, y llenó un cheque. Después me lo extendió. Debo haber enrojecido algo. Era por un millón. Conté fichas, rectángulos dorados de cincuenta mil, y le alcancé veinte, guardándome el cheque. El tipo puso dos rectángulos dorados en su banca y yo copé la parada.

Echó seis bancas. Después dio la suite. Dos tipos que estaban quedándose completamente secos, le cambiaron cheques al que me había dado el del millón. A los diez minutos estábamos trenzados los cuatro en la partida más encarnizada que me ha tocado jugar en mi vida. A la una, yo no tenía una ficha, salvo los ciento sesenta en el bolsillo, de los que debía cien, y el cheque por un millón. Entonces le devolví el cheque al tipo que me lo había dado y el tipo me entregó veinte rectángulos dorados. Después él tuvo que devolver un cheque de trescientos que acababa de cambiar, y recibió seis rectángulos dorados. Los rectángulos verdes habían prácticamente desaparecido de la mesa. Servían para las propinas.

Las fichas fueron amontonándose frente a un tipo vestido de gris, que tenía un reloj de oro cuya pulsera le iba demasiado grande, de modo que cada vez que movía la mano izquierda el reloj se deslizaba hasta el borde de la muñeca. Era el que había recuperado el cheque de trescientos. Echó doce bancas seguidas, y después que giró toda la rueda y llegó su turno otra vez echó otras once. Cuando me acordé, no tenía más que los ciento sesenta en el bolsillo. Entonces pedí cien mil más en fichas, y los perdí.

Me levanté y me incliné a la izquierda del empleado hablándole al oído. Le dije que estaba debiendo cuarenta mil y que quería cien mil más. El empleado me contestó que podía dármelos, siempre y cuando yo dejara un cheque para la mañana siguiente. Le dije que no sólo no tenía cheques, sino que ni siquiera tenía cuenta en el banco, pero que para la tarde podía conseguírselos. Al final me dijo que sí. Terminé de perderlos, le dejé los billetes al cajero, y salí a la calle. Me vi envuelto en una llovizna fina y empecé a caminar lentamente. La llovizna me refrescó la cara. En la esquina me detuve, de golpe. La cara del tipo conocido se llenó de significado. Me había pedido doscientos pesos para comer, una noche, a la salida de una partida.

Volví. Entré sin hacer ruido y crucé el pasillo negro en puntas de pie. Podía oler la colonia del empleado antes de tantear la puerta. En el momento de hacer girar el picaporte y comenzar a empujar la hoja, comencé a oír la voz del empleado y risas. Cuando la puerta se abrió del todo vi la escena completa. Ya no jugaban. No había una sola ficha sobre la mesa. Estaban todos de pie, inclinados hacia el centro de la mesa. El empleado tenía todos mis billetes y los estaba repartiendo.

Oigan, muchachos, dije yo. ¿Por qué no salen de gira por los teatros del interior?

Se dieron vuelta todos al mismo tiempo y se quedaron inmóviles. Yo avancé. El tipo del reloj de oro me miraba con una especie de semisonrisa. Los otros estaban mudos y serios. Entonces el empleado metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una pistola. No por eso yo dejé de avanzar. Me estaba interfiriendo el paso.

Siempre terminan mal, estas cosas, doctor, dijo el empleado. Siempre terminan mal.

Ni siquiera me detuve para darle la cachetada. Iba a pegarle con el puño cerrado, pero no lo hice por dos razones: la primera, para no lastimarlo. La segunda, porque si le pegaba con el puño cerrado para hacerle daño y no lo conseguía, me iban a dar entre todos, hasta matarme. La cachetada surtió efecto, y el hecho de ni detenerme siquiera para pegarle, reforzó el efecto. La pistola cayó de su mano y él se hizo a un lado. Los otros rodeaban la mesa en semicírculo. Los billetes de diez mil estaban todos desparramados. Los junté con calma, los conté, y me los metí en el bolsillo. Cuando estaba saliendo, oí que el empleado decía: Siempre terminan mal, no hay nada que hacerle. Di un portazo, y en un segundo estuve en la calle. La llovizna me envolvió, otra vez. Caminaba tan despacio, que le puse más de media hora para llegar a mi casa. Entré en la oscuridad y fui hasta el escritorio. Encendí la luz, abrí el primer cajón y sacando la lata de té, guardé en ella los sesenta mil de Delicia. Después dejé mis cien mil dentro del cajón. Guardé la lata y lo cerré. Apagué la luz y comencé a subir las escaleras. Fui al baño, me desnudé, y me mojé la cabeza. Después entré en el dormitorio, en plena oscuridad, y me metí en la cama. Apenas estuve adentro comprendí que Delicia estaba allí, despierta, con los ojos abiertos, esperándome. No dijo una sola palabra. Cuando la toqué me di cuenta de que no tenía ninguna ropa puesta. Temblaba.

Juegan con trampas, Delicia, dije yo. No se atreven, y juegan con trampas. Mi abuelo sabía.

Después nos revolcamos hasta el amanecer, en silencio. Cuando desperté, era más de mediodía. Me di un baño, y bajé. Encontré a Delicia en la cocina. Estaba mirando las manchas oscuras de la galería, fijamente.

Alguna forma habrá de hacerlas salir, dijo. Le dije que me parecía difícil, y me fui para el escritorio. No hice nada de nada. Me puse a hojear mi colección de revistas, pero no encontré nada en qué pensar. Después releí el ensayo sobre Chic Young, y lo encontré algo presuntuoso. A las cinco, Delicia trajo el mate. Le dije que en el cajón estaban sus sesenta mil pesos, dentro de la caja de té. Que podía sacarlos cuando quisiera. Cuando anocheció, me fui para la cocina, comí algo, y después volví a encerrarme en el escritorio. Antes de medianoche me fui a dormir. Delicia estaba en la cama. Nos revolcamos como una hora, y después me quedé dormido. Me desperté antes del amanecer. Delicia dormía. Me levanté y fui a lavarme la cara.

Después bajé a la cocina y me preparé mate. Fui al escritorio y me puse a tomar mate mirando la llovizna por la ventana hasta que amaneció. El aire fue cambiando de color. Primero fue azul, después adquirió un tinte verdoso, y finalmente se inmovilizó en un gris acerado, que no se borró en todo el día. A las ocho busqué el número del Negro Lencina y lo llamé. Me atendió el almacenero y me dijo que esperara. Estuve como diez minutos sin oír nada, hasta que por fin la voz del almacenero sonó otra vez. Me dijo que el Negro estaba en un velorio. Yo le dije que no podía ser, que el entierro había sido el día antes. Pero el almacenero me dijo que él tenía entendido que no se trataba del mismo velorio, sino de otro, y cortó.

ABRIL, MAYO

Veo el limpiaparabrisas rasar con ritmo regular el parabrisas sobre el que las gotitas de llovizna estallan imperceptibles cayendo de la masa blancuzca que rodea el automóvil adensándose alrededor a medida que se distancia y dejando entrever apenas las fachadas húmedas que chorrean agua y se desvanecen por momentos para reaparecer después entre los desgarramientos de la niebla, y las dos hileras de fachadas separadas por la angosta calle reluciente por la que rueda el automóvil, desplazándose hacia atrás. Los vidrios laterales están empañados; si trato de mirar por ellos, no veo más que los manchones de niebla moviéndose lentamente, las miríadas destellantes de partículas húmedas y los manchones grises o amarillos de las fachadas. En la primera esquina, un gorila solitario, envuelto en un impermeable azul y con un sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después paso a su lado y queda atrás.

Doblo por Mendoza, hacia donde debiera estar saliendo el sol, y el coche se desliza lento, pasando por delante de la estación de ómnibus. Hay algunos gorilas en los andenes. Se pasean o están inmóviles, junto a montones de bultos y valijas. Abiertos en el fondo, los andenes se ciegan de niebla detrás, y la sombra de la noche, que todavía no se ha esfumado del todo, contrasta con la niebla y está como deslumbrante. Una sombra lisa, densificada, pulida. Y los gorilas que mueven la cabeza o levantan una mano para pasársela por los ojos o llevarse el cigarrillo a los labios, insertan unas manchas pálidas, que desaparecen enseguida, en la penumbra negra. No hay un solo colectivo en ninguno de los andenes, y las ventanillas cerradas me impiden escuchar nada del exterior. No sé sí los altoparlantes que anuncian la llegada y la salida de los colectivos se encuentran funcionando, ni si los pasos o las voces de los gorilas resonando sobre el cemento sucio de lubricante y el techo combo de los andenes, suenan altos o bajos. No escucho más que el ruido monótono del motor que cambia a veces cuando cambio la marcha para doblar en las esquinas o acelerar de golpe y apenas por un momento, ya que por distracción he oprimido un poco más el pedal del acelerador.

Doblo hacia la izquierda y paso frente al Correo que ya está iluminado. Gorilas se pasean detrás de los ventanales de la planta baja, detrás incluso de los largos mostradores. Al rasgarse la niebla, puedo ver sus bustos desplazándose como si un carril los impulsara sobre la superficie de los mostradores. El empedrado de la avenida del puerto reluce y el coche avanza ahora con una marcha menos regular. Veo a través del parabrisas venir hacia mí las altas palmeras que relucen, envueltas en niebla, y las columnas del alumbrado que rematan en los globos blancos que emiten una claridad débil, comida ya por la mañana. Las grandes hojas de las palmeras están inmóviles y se extienden por encima de las columnas del alumbrado. Los troncos chorrean agua. La avenida del puerto está completamente desierta. Las palmeras y los globos del alumbrado vienen hacia mí y enseguida desaparecen detrás. También el empedrado húmedo avanza hacia las ruedas del automóvil y cuando paso por un hundimiento de la calle en el que se ha formado un charco de agua viene desde debajo de las ruedas un rumor líquido que se mezcla al zumbido monótono del motor; durante un momento, el parabrisas se llena de unas gruesas salpicaduras que el limpiaparabrisas comienza a arrasar diseminándolas primero sobre el cristal en el lugar que han golpeado, y arrastrándolas después hacia los bordes del parabrisas, dejándome el espacio suficiente como para ver el camino, adelante. El espacio limpio del vidrio va borroneándose hacia los costados, y las gotitas que caen incansablemente sobre él permanecen intactas durante un momento, emitiendo una delgadísima franja de brillo, y después desaparecen.

Llego por fin a la boca del puente colgante, que he visto avanzar hacia mí, con sus mástiles envueltos en una niebla que los deja entrever, oscurecidos y relumbrantes por la humedad, por sus desgarrones y de tanto en tanto. Un gorila envuelto en un capote negro, la cabeza cubierta por una gorra de vigilante, está parado a la puerta de una garita gris. Tiene los ojos fijos en la niebla, y está completamente inmóvil. Después desaparece. Queda atrás. El puente también queda atrás. Se extiende ahora delante de mí la costanera vieja, con su asfalto lleno de grietas y resquebrajaduras, manchado de lubricante. La baranda de concreto muestra su hilera interminable de balaustres manchados por la intemperie. De tanto en tanto, la ausencia de alguno rompe la uniformidad. Y a veces, también, el balaustre roto ha caído en pedazos sobre la ancha vereda de enormes lajas grises. Del otro lado de la costanera, veo los álamos altísimos, ya deshojados, avanzar hacia mí y después desaparecer. Delante está la niebla. Forma un murallón blanco, cerrado. El automóvil va entrando en ella como una cuña reluciente, detrás de la cual la niebla se vuelve a cerrar. Al entrar en la costanera nueva, más amplia, sin puntos inmediatos de referencia, por un momento no hay más que el automóvil y la niebla, en una especie de inmovilidad. No hay más que el gran globo blancuzco cuyas partículas giran en su lugar, como planetas diminutos, y el automóvil moviéndose y dando la ilusión de no avanzar, tan uniforme es la densidad de la niebla. Pero de pronto a un costado la copa carcomida de un árbol que chorrea agua avanza lentamente y después desaparece, quedando atrás, de modo que se revela por un momento que he estado avanzando aunque el volver a entrar en la niebla más completa vuelva a tener la ilusión de la inmovilidad.

Los gorilas estarán a esta hora saliendo de sus guaridas, dejando sus jergones malolientes, observando sus dentaduras carcomidas frente al espejo del baño, deponiendo sus excrementos, mirando por la ventana la niebla, revolviéndose modosamente en las camas donde han copulado con sus hembras de sexo rojizo, entre rugidos apagados y lamentos brutales, las hembras han de estar mirando a los machos desde la cama, oyéndolos moverse por las cocinas mal iluminadas mientras se preparan el desayuno antes de salir a trabajar. Después entornarán los ojos, se harán un ovillo entre las frazadas calientes y volverán a dormirse hasta media mañana. Después se levantarán y saldrán al mercado a comprar alimentos, mientras los machos escriben unos trazos ininteligibles sobre grandes libros de caja en oficinas de techo altísimo y piso de madera. Los veo abrir la puerta de calle, lanzando los primeros eructos pasmados, mirar la niebla, y encorvarse después mientras caminan en la llovizna hasta la primera esquina, para tomar el colectivo. En el colectivo se aplastarán unos contra otros, refregándose los culos carnosos y echándose el aliento sobre la cara todavía hinchada por el sueño. Emitirán unos sonidos roncos, sacudiendo la cabeza, abriendo desmesuradamente los ojos y moviendo las manos en ademanes ininteligibles.

Un refugio en la parada del colectivo, de paredes amarillas, me saca por un momento de la inmovilidad ilusoria en que permanezco, y después pasa y queda atrás. Las primeras casas sobre la costanera nueva, del lado opuesto al río, se divisan mustias y borrosas. Sus techos de tejas rojas, no obstante, brillan por el agua. Del otro lado, el río ha desaparecido. En el lugar en que la costanera hace una curva amplia, avanzando sobre el río, detengo el automóvil. El silencio del motor apagado se vuelve para mí más monótono que el zumbido monótono del motor en marcha, que ha dejado una especie de eco que resuena un momento más en mi mente y después se esfuma. Miro fijamente la niebla hacia donde supongo está la orilla del agua. Desgarrones muy leves me dejan imaginar, más que ver, la superficie. De pronto, una mancha negra, brillante, aparece y se borra. Vuelve a aparecer y se vuelve a borrar. Después reaparece permaneciendo un momento. Alcanzo a distinguir la grupa y la cola de un caballo. La cola se sacude, y después todo vuelve a borrarse. Queda otra vez la niebla vacía, a través del parabrisas. La inmovilidad del limpiaparabrisas hace que el vidrie se llene de gotitas diminutas que presentan una línea muy delgada de destello. Hago funcionar otra vez el limpiaparabrisas y veo nuevamente las gotitas aplastarse y desaparecer de modo que el cristal queda limpio otra vez. Espero par; ver reaparecer la mancha oscura del caballo, pero durante tres minutos no pasa nada, de modo que pongo otra vez e motor en marcha, bruscamente, y continúo avanzando.

Llego a Guadalupe, rodeo la rotonda, y comienzo a re correr otra vez la costanera en sentido contrario. A no se por el recuerdo de haber llegado hasta el final de la costanera y haber rodeado la rotonda, ahora parece no sólo no haber movimiento, sino tampoco dirección. Ninguna dirección, salvo que doy el frente hacia alguna parte -mi cara mira hacia alguna parte, de igual modo que la parte delantera del automóvil- pero, si no recordara que he dado la vuelta a la rotonda de Guadalupe, no sabría hacia dónde. Después un árbol vuelve a emerger, fragmentario y húmedo, en la altura, la copa comida por la niebla, y avanza lentamente y queda atrás.

Retomo la costanera vieja, y al llegar a la boca del puente colgante -el gorila con gorra de policía ha desaparead y queda únicamente la garita gris- doblo por el bulevar e vez de seguir en dirección a la avenida del puerto. Ruedo por el bulevar hacia el oeste, paso las vías, y después veo el gran edificio de la vieja estación de trenes. Sus paredes pardas están húmedas, las grandes puertas y ventanas ciegas, sin que ninguna luz las ilumine desde el interior. Dos gorilas hembras, con paraguas lilas, idénticos, salen por la gran puerta principal. Una hilera de taxis vacíos permanece inmóvil en la calle, frente a la gran fachada. Percibo, en algunos, las medías figuras borrosas de los gorilas conductores. Apenas si se los distingue. Los grandes árboles del bulevar están quietos y mojados. Ahora hay un poco más de tránsito en el bulevar, un tránsito lento, de ómnibus y automóviles. Cuando llego al primer semáforo, diez cuadras después de la avenida, la niebla está ya disipándose, y la luz roja me induce a detenerme instintivamente. El motor queda en marcha, y el limpiaparabrisas se desliza en semicírculo con su rumor regular, arrasando las gotas. La luz roja se apaga, y en el momento en que se enciende la verde estoy ya atravesando la bocacalle, y la aguja gótica de las Adoratrices aparece semiborrada, en la altura, por la niebla. Cinco cuadras más adelante, antes de llegar al segundo semáforo, aminoro para pasar las vías frente al Molino, y como la luz verde está encendida, doblo hacia el norte, tomando la calle Rivadavia: la vereda izquierda presenta una hilera de casas antiguas y modestas, de una planta, y a la derecha tengo los baldíos del ferrocarril y más allá el largo paredón del Molino, al que distingo borroso a través del vidrio lateral. El paredón ciego, larguísimo, de ladrillos sin revocar, se deforma por momentos hacia el baldío en unas estructuras cilíndricas que vistas a través del vidrio lateral toman las proporciones más locas y las formas más extrañas. Después doblo otra vez hacia la izquierda, recorro una cuadra de grueso empedrado, que hace vibrar y retumbar la carrocería, y doblo hacia el sur, por 25 de Mayo. Recorro una cuadra y atravieso el bulevar, siempre en dirección al sur, por 25 de Mayo. Las calles están llenándose de gorilas, mientras la niebla se disipa, pero la llovizna continúa. Al pasar delante del Banco Provincial veo que sus puertas están abiertas, y que gorilas entran y salen apresurados. Veo primero el reloj redondo, marcando las ocho y doce minutos en sus números romanos, y después el reflejo fugaz de los vidrios de la puerta giratoria, que escupe y traga a los gorilas. Después queda todo atrás. Vienen, sucesivamente, la esquina del hotel Palace, y al final de la misma vereda, en la otra esquina, el bar Montecarlo, A la izquierda están los fondos del Correo, más allá de la plazoleta, y en la vereda de enfrente los andenes de la estación de ómnibus. Cruzo la bocacalle, siempre por 25 de Mayo hacia el sur, y todo eso queda atrás. En la primera esquina doblo hacia la derecha, hago una cuadra, y doblo después a la izquierda, tomando San Martín en dirección al sur. Hay cada vez más gorilas en la calle. Algunos manejan automóviles, otros miran mansamente desde las ventanillas de los colectivos, otros se alzan el cuello del impermeable al asomarse a la puerta de sus casas, disponiéndose a salir. San Martín aparece lavada por la lluvia; lavada, y al mismo tiempo sucia, ya que la larga llovizna de días y días ha hecho que los zapatos embarrados de los miles de gorilas que recorren las veredas las conviertan en unos charcos oscuros, viscosos y aguachentos. Seis cuadras más y llego a la Plaza de Mayo. Debo esperar unos momentos ante el semáforo, ya que la luz roja me impide pasar. Después la luz roja se apaga y se enciende la luz verde, y doblo hacia la derecha avanzando por la calle que rodea la plaza hacia los Tribunales. A mi izquierda están las palmeras y los naranjos, y los grandes robles, entre cuyos troncos mojados se entrecruzan los senderos rojizos. Enfrente el edificio de los Tribunales avanza hacia mí. Cruzo la bocacalle y entro en el patio trasero de los Tribunales. Estaciono el automóvil en la estrecha franja embaldosada y detengo el motor y el limpiaparabrisas. Quedo un momento en el interior del silencio del automóvil, oyendo todavía el eco del sonido del motor y el del murmullo rítmico del limpiaparabrisas que ya comienza a desvanecerse. Es un solo eco. Después recojo el portafolios de sobre el asiento trasero, bajo del coche -la llovizna me golpea en la cara-, cierro con llave la portezuela y entro en el edificio.

Gorilas se pasean por los fríos corredores, y entran y salen de las oficinas. Saludo a algunos, con una inclinación de cabeza. Llego al amplio vestíbulo y comienzo a subir las escaleras de mármol blanco, anchas. Están todavía limpias. En el primer piso me detengo y me apoyo en la baranda, mirando hacia abajo: cruzan el hall unos gorilas apresurados, llevando portafolios y grandes legajos en las manos, mientras grupos distribuidos en el vasto espacio cuadrado de mosaicos blancos y negros conversan en voz alta. Parecen piezas de ajedrez sobre un tablero. Continúo subiendo, a través de la amplia escalera blanca de mármol, y al echar un último vistazo hacia el vestíbulo, desde el tercer piso, las figuras de los gorilas se han reducido tanto, achatadas contra el tablero blanco y negro, que el efecto de ser unas rígidas piezas de ajedrez se hace de pronto perfecto. Sólo que de vez en cuando cruzan en diagonal, o vertical-mente, el tablero, unas manchas apresuradas. Sigo por el frío corredor y entro en mi oficina. En la antesala, el secretario está sentado frente a su escritorio, estudiando un legajo. Alza la cabeza entrecana y me saluda. "¿Tan temprano, juez?", dice. Le respondo que son casi las ocho y media, y paso a mi despacho. Dejo el portafolios sobre el escritorio, me saco el impermeable colgándolo de una percha, y voy y pliego las persianas. Entra la luz gris en el despacho. Los árboles de la plaza, las altas palmeras de hojas brillantes y los naranjos más reducidos, en los que los frutos manchan de amarillo la fronda verde, se ven achatados contra los senderos rojizos. Después voy y me siento al escritorio y abro el portafolios. Saco el libro, el cuaderno, los lápices, y el grueso diccionario. Después dejo el portafolios en el suelo, al lado de la silla.

La página está señalada con una hoja de papel blanco, doblada varias veces. Al abrir el libro, la hoja de papel cae sobre el escritorio y el libro queda perfectamente abierto, con sus dos partes perfectamente alisadas y dóciles. La página de la izquierda, señalada al pie, en el centro, con el número ciento ocho, aparece llena de marcas de lápiz y birome de todos colores. Algunas palabras están encerradas en un círculo, con una llamada hacia el margen blanco consistente en una línea nerviosa que acaba en alguna palabra en castellano o algún otro signo. Otras palabras aparecen subrayadas con tinta roja o verde. Uno de los párrafos, hacia el final de la página, aparece destacado con una línea roja, vertical, que lo acompaña en el margen izquierdo. La otra página, la derecha, signada con el número ciento nueve, sólo está marcada hasta el primer párrafo. El primer párrafo finaliza con una frase que aparece subrayada. Dice: Here was un ever-present sign of the ruin men brought upan their souls. Las palabras ever-present sign aparecen subrayadas y encerradas en un círculo achatado, hecho con tinta verde.

Hacia abajo, el resto del texto no presenta ninguna marca. Abro el cuaderno y lo dejo abierto sobre el escritorio, al lado del libro. En el cuaderno, la página de la izquierda está llena hasta la mitad con mi letra pequeñísima, escrita en tinta negra. A veces, alguna frase está subrayada con lápiz, o con tinta roja o verde, y alguna palabra encerrada en un círculo achatado hecho con tinta de uno de estos dos colores. El resto de la página, hacia abajo, está en blanco, lo mismo que la página derecha, salvo los delgados renglones azules y la doble línea, vertical, del margen. Pero en la parte escrita, la escritura no respeta el margen ni los renglones, de tal modo que en el espacio en blanco entre renglón y renglón, aparecen dos líneas manuscritas y a veces las correcciones correspondientes entre ellas. Después pongo el grueso diccionario al alcance de mi mano.

Alzo el tubo del teléfono, pido al telefonista el interno de la Oficina de Prensa y espero que atienda el llamado. Esto sucede después del cuarto timbrazo. Digo quién soy. El encargado de la oficina me pregunta qué es lo que necesito. "Si viene el cronista de La Región dígale que pase por mi despacho, que quiero verlo", digo yo. "Perfecto, juez", dice el encargado de la Oficina de Prensa. Cuelgo.

Alzo una de las lapiceras a bolilla de sobre el escritorio, y me dispongo a trabajar. La última frase escrita en el cuaderno es la siguiente: "Ahí había un imborrable (perenne) (siempre presente) (eterno) signo de la ruina (perdición) que los hombres llevaron (atrajeron) sobre sus almas". Después me inclino sobre el libro y voy leyendo:

Three o'clock struck, and four, and the half hour rang its double chime, but Dorian Gray did not stir. He was trying to gather up the scarlet threads of life, and to weave them into a pattern; to find his way througb the sanguine labyrinth of passion through which he was wandering.

Con la lapicera a bolilla de color rojo marco en el libro la palabra chime. Dice "armonía", "clave" "juego de campanas" "repique", "sonar con armonía", "repicar", "concordar". Busco después la palabra stir. Dice "removerse", "agitar", "revolver", "incitar", "moverse", "bullir", "tumulto", "turbulencia". Después paso a la letra í y busco la palabra threads. Dice "hilo", "fibra", "enhebrar", "atravesar".

Dejo la lapicera a bolilla de color rojo y agarro la negra. Escribo: "Dieron las tres y después las cuatro, y después la media hora hizo sonar su doble repique (teo) (campanada), pero Dorian Gray no se movió. Estaba tratando de reunir (juntar) (amontonar) (hilvanar) (enhebrar) (atravesar) los hilos (pedazos) (fragmentos) escarlatas (rojos) (rojizos) de su vida, y darles una forma, para hallar su camino a través del sanguíneo (sangriento) laberinto de pasión por el cual (que) había estado vagando".

Con la lapicera de tinta roja subrayo las palabras campanada, pedazos, y sangriento. Después me levanto y me asomo a la ventana. La llovizna cae sobre las palmeras y los naranjos, y los senderos rojizos de polvo de ladrillo relumbran. Tres gorilas atraviesan los senderos. Vienen de distintas direcciones; uno cruzando en diagonal de sudoeste a nordeste, otro a la inversa, y el tercero, de noroeste a sudeste. En el centro de la plaza se cruzan los tres, en el amplio círculo ronzo. Caminan trabajosamente y se inclinan, borrosos, en la llovizna, enfundados en sus impermeables. Uno de ellos, el que va hacia el norte, lleva un paraguas negro que medio oculta su figura. El círculo negro del paraguas se desplaza, rígido, contrastando con el suelo rojizo. Después vuelvo al escritorio y continúo la traducción. Escribo, tacho, hago marcas -cruces, líneas verticales u horizontales, círculos, flechas- en el cuaderno y en el libro. Vuelvo la página ciento nueve y comienzo a leer el texto escrito en la del dorso, la página ciento diez. La página, con su pareja escritura de imprenta, va llenándose con mis nerviosos y rápidos signos: cruces, rayas verticales u horizontales, flechas, círculos. Escribo en el cuaderno: "Hace dos días le he dicho a Sibyl que se case conmigo. No voy a quebrar mi promesa (faltar a mi palabra = to break my word to her)". Subrayo "faltar a mi palabra". Después escribo: "Ella va a ser" y en ese momento entra Ángel en la oficina. Cierro el diccionario y señalo la página del libro con un lápiz rojo, cerrándolo. Ángel tiene el impermeable empapado en los hombros y el cabello oscuro todo revuelto. Está muy delgado,

"No he podido llamarte", dice Ángel. "Tengo unos líos tremendos con mi familia". Después se inclina hacia el escritorio y toca el libro. Sus dedos flacos recorren la superficie lisa de la tapa en la que alguien ha dibujado, con líneas blancas, sobre un rectángulo marrón que ocupa gran parte de la superficie, el rostro deformado por unas líneas enloquecidas. Ángel me pregunta sí he avanzado mucho en la traducción. "Importa poco", le digo. "Ya ha sido traducido tantas veces que no importa si avanzo o no. No hago más que recorrer un camino que ya han recorrido otros. No descubro nada. Fragmentos enteros salen exactamente igual que las versiones de los traductores profesionales." Ángel se queda un momento en silencio, y después me pregunta si he mandado muchos hombres a la cárcel. "Muchos", le digo. "¿Has estado en la cárcel alguna vez? ", me dice. "He ido de visita algunas veces", digo yo. Estaba pensando que yo mandaba con toda comodidad hombres a la cárcel simplemente porque yo nunca había estado preso. "No emitas ideas vulgares", le digo. "Es un consejo. Pensar ideas vulgares es antiestético. Nadie es mejor que otro porque esté libre, o en la cárcel. No se está mejor afuera que adentro. Las personas vivas no son más felices que las personas muertas. Es todo una masa informe, gelatinosa, en la que nada se diferencia de nada. Todo es exactamente lo mismo." "Me han dicho que me estabas buscando", dice Ángel. "Quería invitarte a comer a mi casa mañana a la noche", digo yo. "Acepto", dijo Ángel. "Además", digo yo, "quería saber cómo estabas". "Estoy lo más bien", dice Ángel. "No se diría, por tu aspecto", digo yo. "Estás cada día más flaco y tenés unas ojeras terribles." "No estoy todo el día sentado detrás de un escritorio juzgando a la gente" dice Ángel. "Vivo mi propia vida." Me levanto y le paso la mano por la cabeza. El pelo está húmedo. "No hagas mala literatura y todo va a ir bien", le digo. Enrojece. Le pregunto si quiere un café. Me pregunta si el café de los jueces es el mismo que el de los presos y del de la Oficina de Prensa. "Del de los presos no", le digo, "pero sí del de la Oficina de Prensa". "Me abstengo de tomar, entonces", dice Ángel. Se pone de pie de golpe y dice que se va. Lo acompaño hasta la puerta, llevándolo de los hombros. "Te estás volviendo muy cínico y rebelde", le digo, en voz baja. Después se va.

Levanto el portafolios dejándolo sobre la mesa, y comienzo a guardar en él las cosas: el diccionario, los lápices, el cuaderno y el libro, del que saco el lápiz rojo en el que marco la página con la hoja doblada de papel blanco. Después cierro el portafolios, me pongo el impermeable, y salgo de la oficina. El secretario, que está revisando un expediente, alza su cabeza entrecana hacia mí: "¿Ya se va, juez?" me dice. "Me voy, sí. Ya es casi mediodía." "Tengo unos despachos para firmar", dice el secretario. "Pasado mañana, en todo caso", digo yo. "Sí, pasado mañana", dice el secretario, "no hay ningún apuro", dice. Me despido y salgo. Recorro el oscuro pasillo y me detengo en la baranda de la escalera para mirar hacia la planta baja. El vestíbulo está lleno de gorilas que conversan agrupados, o recorren el cuadrado de baldosas blancas y negras en todas direcciones. Comienzo a bajar las escaleras de mármol blanco, lentamente, hasta que llego a la planta baja. A medida que voy acercándome al amplio vestíbulo las voces de los gorilas suenan más fuertes, pero no menos ininteligibles. Producen sonidos extraños, de distinto registro, que se mezclan y chocan con el techo altísimo del vestíbulo. Es una mezcla informe de sonidos, y cuando comienzo a atravesar la muchedumbre de gorilas en dirección a la parte trasera del edificio, los sonidos llegan hasta mí cargados de resonancias y de ecos: algunos son chillones, otros graves, otros guturales, y la mezcla de los gritos y las risas produce un chisporroteo sonoro que nunca termina. Las caras pálidas, de ojos saltones, la pelambre que les recubre el cráneo humedecida por la llovizna, los brazos moviéndose en gesticulaciones extrañas, los gorilas están divididos en grupos y algunos no pertenecen a ningún grupo y recorren apresurados el cuadrado de mosaicos blancos y negros. La escalera está llena de marcas de pisadas barrosas, y las huellas dejadas por los zapatos sobre los mosaicos han formado también unos manchones aguachentos. Salgo por fin del vestíbulo y me interno en un corredor vacío y frío. Las puertas de las oficinas se abren al corredor, mostrando de cuando en cuando, a través de la abertura, estantes llenos de expedientes que se apilan hasta el techo. Después dejo atrás el corredor y salgo al patio trasero; la llovizna me moja la cara. Entro en e! automóvil. Dejo el portafolios y al poner en marcha el motor y el limpiaparabrisas comienzo a escuchar otra vez los sonidos: el zumbido monótono del motor y el arrasar rítmico del limpiaparabrisas sobre el parabrisas que se ha empañado durante las horas en que el coche ha estado estacionado en el patio trasero. Doy marcha atrás, lentamente, y después enfilo hacia la salida por el estrecho pasadizo hasta que llego a la calle. Doblo hacia la derecha y después de cruzar la bocacalle comienzo a bordear la plaza dejando atrás el edificio de los Tribunales. En la esquina, el semáforo me detiene. Aguardo con el motor en marcha. Cuando se enciende la luz verde, doblo hacia la izquierda y avanzo por San Martín hacia el norte. Los gorilas, hembras y machos, se desplazan por las veredas, en ambas direcciones, y su número crece a medida que me aproximo al centro. En la esquina del Teatro Municipal debo frenar de golpe ya que un colectivo sale bruscamente de la bocacalle, a toda velocidad, en el momento en que estoy cruzando; después reanudo la marcha, contemplando la vieja fachada del teatro con su escalinata curva de mármol que el agua lava. Después dejo atrás el teatro y continúo desplazándome hacia el norte. Dos cuadras y media más adelante paso frente a los corredores de la galería, cruzo Mendoza, y sigo por San Martín. El número de gorilas ha crecido considerablemente, y se arraciman ante los portales de los negocios y debajo de tos aleros de las casa para protegerse del agua. Los paraguas de colores de los gorilas hembras se desplazan rígidos llenando de manchas circulares -rojas, azules, verdes, lilas, amarillas, blancas, negras- las veredas. Más adelante, al pasar frente a las puertas del diario La Región veo que Ángel está entrando apresuradamente al edificio, pero él no me ve. Apenas si tengo tiempo de verlo saltar rápidamente los dos escalones de acceso a la puerta de entrada y después desaparecer. Sigo lentamente cuadras y cuadras, hasta llegar al bulevar. Doblo a la derecha. Después paso frente al edificio de la Universidad, amarillo pálido, con las ventanas pintadas de verde. Hacia el oeste, en la gran porción de cielo libre que deja al descubierto el bulevar, distingo un horizonte borroso, de un gris que se adensa a medida que va haciéndose más lejano. El limpiaparabrisas arrasa al cristal del parabrisas con ritmo regular, mientras las gotas finas caen y estallan formando unas extrañas figuras fugaces. Recorro el bulevar hacia su extremo oeste, y después -alrededor de unas quince cuadras- doblo hacia la izquierda otra vez, avanzando de nuevo en dirección al sur por la Avenida del Oeste. Gorilas impacientes y callados esperan en los refugios de las paradas de los colectivos. Puedo verlos a través del cristal delantero, y más borrosamente, por los vidrios laterales empañados por la llovizna. Sigo por la avenida aproximadamente unas veinte cuadras; paso sucesivamente por delante del cine Avenida, después el frente del Mercado de Abasto, más tarde los jardines del Regimiento, y por último llego otra vez a la Avenida del Sur, y doblo por fin a la izquierda. Avanzo hacia el este, por la Avenida del Sur. Ocho cuadras, y estoy pasando otra vez por delante del patio trasero de los Tribunales. Doblo en la esquina, hacia la derecha, rodando lentamente hacia el sur, por delante del edificio del Tribunal, y después doblo otra vez en la esquina, hacia el este otra vez, rodando entre la fachada gris de la Casa de Gobierno y la vereda sur de la Plaza de Mayo, en la que las palmeras y los naranjos cargados de agua relumbran fugaces por encima de los senderos rojizos que atraviesan la plaza en diagonal y en círculo. Después llego a San Martín y doblo hacia la derecha, en dirección al sur. Tengo a la derecha la fachada lateral de la Casa de Gobierno, a la izquierda el Museo Histórico, y después de la primera bocacalle, la iglesia de San Francisco a la izquierda y la hilera de casas de una planta a la derecha. Avanzo en medio de la llovizna, y el zumbido monótono del motor se mezcla al ritmo regular del limpiaparabrisas arrasando los cristales en los que las gotas finas de la llovizna chocan y estallan produciendo unas extrañas imágenes fugaces. Después del convento, comienza la arboleda del parque Sur. Paso la segunda bocacalle, hago media cuadra y detengo el automóvil a la izquierda, a mitad de la calle. Quedo un momento en el interior del coche, sin oír nada, salvo el eco y las resonancias del zumbido monótono del motor y el ritmo regular del limpiaparabrisas, que ya se han detenido, pero que continúan resonando durante un momento antes de desvanecerse del todo. Recojo el portafolios del asiento trasero, salgo del coche, cierro con llave la portezuela y abro la puerta de calle, entrando y cerrándola después detrás mío y comenzando a subir las escaleras. Voy directamente a mi estudio, colgando de una percha el impermeable que he venido sacándome ya al comenzar a subir las escaleras, y dejando el portafolios sobre el sofá. Descorro las cortinas y la claridad gris del exterior penetra en el estudio. En la altura, lavado por el agua, es un gris que relumbra. Contemplo los árboles, y más allá el lago. El lago está también gris, y también relumbra. Los árboles aparecen rodeados por un nimbo de claridad, y las gotas forman en torno de las frondas mojadas miríadas evanescentes y en suspensión que duran un momento y después se precipitan. El fragmento de parque que alcanzo a ver desde la ventana está completamente desierto. Me vuelvo porque en ese momento entra Elvira a preguntarme si es que voy a comer ya o si prefiero esperar un rato todavía. Le digo que voy a esperar todavía un rato, y me siento en el sofá doble, de espaldas al ventanal. Un rato más tarde estoy dormido.

Despierto casi enseguida. Creo que ha sido enseguida, pero miro mi reloj pulsera y compruebo que son las dos y diez. Me paro. Toso. Salgo del estudio, acomodándome la ropa y voy hacia el comedor. Elvira está sentada en la cabecera de la mesa, servida con el mantel que ocupa la mitad de la mesa, dos platos, cubiertos, y una copa. Hay también una panera con dos o tres galletitas. "Entré y vi que dormía y no quise despertarlo", dice Elvira. "Me quedé dormido", digo yo. La cabeza canosa de Elvira concentra la claridad gris que no puedo adivinar por dónde se cuela. O tal vez es la cabeza misma la que la propaga. Me siento en la cabecera. Elvira desaparece, renqueando, hacia la cocina, y vuelve con una sopera que echa humo. Sirve en mi plato un cucharón de un líquido dorado que hierve. Después desaparece en dirección a la cocina. Tomo tres o cuatro cucharadas de sopa y dejo la cuchara sumergida en el plato. Poco a poco, el líquido dorado deja de humear. En su superficie van formándose unos coágulos dorados que empalidecen lentamente. Con el filo del cuchillo hago tintinear la copa de alto pie, tres o cuatro veces. Elvira reaparece con un botellón de agua que deja sobre la mesa. Se lleva el plato con la sopa fría y regresa con una fuente que tiene dos o tres papas y un pedazo de carne. Sirve en mi plato una papa y el pedazo de carne y deja la fuente sobre la mesa. Después se va. Pruebo dos o tres bocados de la carne, pero la papa queda intacta, Golpeo otra vez el vaso, esta vez con el borde mocho del cuchillo, para no engrasar el cristal, y cuando Elvira reaparece alzo la cabeza y le digo: "Mañana tengo gente a comer conmigo, doña Elvira. Quiero que haga algo especial". Elvira me contempla durante un momento. "¿Un pollo estaría bien?", dice. "Sí", le digo. "Y algo más también." "Ya veré qué hago", dice Elvira. Después mira mi plato. Observa los cubiertos cruzados sobre los restos de alimento. "¿Esto es todo lo que ha comido?", dice. "No tengo hambre", digo yo. Elvira lanza un suspiro y recoge los platos. Me levanto, voy al cuarto de baño, orino, y después me lavo los dientes y las manos. Mi rostro se refleja durante un momento en el espejo del baño, mientras me lavo los dientes, pero cuando me inclino para escupir desaparece. Me enjuago la boca, y después me lavo las manos. Cuando me yergo para secármelas con la toalla que cuelga del toallero a un costado de la pileta, mi cara reaparece en el espejo. Después apago la luz y salgo. Me dirijo hacia el estudio y me siento en el sofá doble. Cuando me despierto, ya ha anochecido. Mejor dicho, está por anochecer.

A través del ventanal veo la atmósfera azul. Llovizna. Los árboles del parque están envueltos en la penumbra azul, y más allá, por entre la fronda, el lago está inmóvil y azul, pero de un azul negruzco, turbio. Dos figuras indiscernibles -gorila hembra y gorila macho, seguramente- pasean lentamente entre los árboles, en dirección al lago. Estoy rascándome la cabeza cuando suena el teléfono. Levanto el tubo. Es la voz de siempre, afalsetada, como la de una mascarita, que comienza a emitir rápidamente su larga sarta de insultos. Me llama ladrón, puto, miserable. Me dice que ya las voy a pagar todas juntas. Escucho impasible hasta que termina y cuando siento que ha colgado el auricular, cuelgo a mi vez. Después me sirvo un vaso de whisky y me lo tomo, puro.

Me pongo el impermeable, el sombrero para la lluvia, y salgo. Bajo sin ruido las escaleras. En la puerta, me detengo un momento, miro hacia el parque, la calle desierta, y después subo al automóvil. Ha llovido todo el día sobre él, de modo que el parabrisas está empañado. Apenas si distingo en el exterior una penumbra azulada, deforme, en la que algunas luces rotas se incrustan a lo lejos, Espero un momento, en silencio, antes de arrancar. El motor vacila dos o tres veces antes de ponerse por fin en marcha. Enciendo también el limpiaparabrisas y espero que haya alguna visibilidad antes de comenzar a andar. Al arrasar el agua que cubre el parabrisas, el limpiaparabrisas me deja ver la curva de San Martín hacia el sur y los árboles del fondo, que parecen cortar la calle debido a que la curva del parque acompaña también la curva de la cinta de pavimento azul. Enciendo los faros, que atraviesan la penumbra azulada. Una pareja de gorilas jóvenes viene por la vereda hacia mí, tomados del brazo. Parpadean a la luz de los faros. Espero que pasen junto al automóvil, y después comienzo a avanzar, tan lentamente, que me lleva muchísimo tiempo llegar a la primera esquina y doblar a la derecha. El empedrado grueso hace retumbar la carrocería del coche. La calle está desierta. En la primera esquina, doblo otra vez hacia la derecha y comienzo a rodar por el liso asfalto de San Gerónimo, en dirección al norte. En la tercera esquina desemboco en la Plaza de Mayo. Avanzo con la plaza a mi derecha y el edificio de los Tribunales, del que no se ve una sola luz, a la izquierda. Cruzo la bocacalle en la Avenida del Sur y en la primera esquina doblo hacia la derecha, recorro una cuadra, doblo hacia la izquierda, y entro en San Martín avanzando hacia el norte. Distingo al frente los letreros luminosos de San Martín, haciéndose cada vez más abigarrados y más densos. Manchan la oscuridad -que ya es casi negra- con su luz verde, roja, lila, amarilla, azul. También, están encendidas las luces del alumbrado público, y las vidrieras de las casas de comercio aparecen completamente iluminadas, El Teatro Municipal tiene también el hall iluminado, pero no distingo a nadie en él. De pronto, la lluvia se hace más gruesa. Ahora toda la calle es un manchón luminoso que distingo a través del parabrisas, un manchón que adquiere una forma precisa pero inestable durante un momento, y después vuelve a convertirse en el manchón luminoso en el que los colores se mezclan locamente. Voy muy despacio, detrás de una larga hilera de coches. Por la mano opuesta avanza también lentamente una larga hilera de automóviles en dirección contraria. Después de pasar frente a los corredores iluminados de la galería compruebo que el chaparrón de lluvia gruesa se ha convertido otra vez en la imperceptible llovizna de días y días. Recorro dos cuadras más, lentamente, siguiendo la hilera de lentos automóviles que me antecede y después doblo hacía la derecha, saliendo de San Martín. Cruzo 25 de Mayo en la esquina del Banco Provincial y sigo hacia el este. Tomo la avenida del puerto, cuyo grueso empedrado hace retumbar la carrocería, la recorro en toda su extensión, hasta llegar a la boca del puente colgante. La garita gris arroja por la puerta una claridad débil hacia el exterior lluvioso. Doblo hacia el bulevar y comienzo a recorrerlo hacia el oeste. Cruzo las vías, después paso frente a la fachada de la estación de trenes -el hall está iluminado-, me detengo a esperar ante el primer semáforo, arranco otra vez cuando se enciende la luz verde, bordeando el colegio de las Adoratrices, contemplo fugazmente el edificio del Molino antes de cruzar las vías y el segundo semáforo, y después recorro dos cuadras más y doblo otra vez en San Martín, rodando hacia el sur. A medida que avanzo hacía el centro, debo seguir cada vez más lentamente una larga hilera de automóviles. Después paso frente al edificio del diario La Región, en el que la única luz que se distingue es la de las pizarras de información; más adelante, ante los pasillos iluminados de la galería, que ahora están a mi izquierda, y cuyo hall se ha llenado ahora de gorilas vestidos con ropa oscura y peinados con brillantina, y gorilas hembras llenas de joyas y vestidos de fiesta, y después llego por fin a la Plaza de Mayo, bordeándola por su lado este. Avanza hacia mí el edificio de la Casa de Gobierno, y por los vidrios laterales de la derecha puedo ver, entre la fronda de la plaza, la masa oscura de los Tribunales. La Casa de Gobierno queda atrás. Cruzo la primera bocacalle, luego la segunda, y por fin detengo el coche a mitad de cuadra, frente a mi casa. El parque está oscuro, y cuando salgo del coche y lo cierro con llave puedo sentir la lluvia cayendo sobre mi cara y sobre mi sombrero. Por encima del techo del automóvil veo brillar un momento, y después oscurecerse otra vez, las aguas del lago, entre los troncos de los árboles. Trato de no manchar la suela de mis zapatos, cruzando la vereda en puntas de pie, y entro en la casa. Cierro la puerta con llave y comienzo a subir las escaleras.

Elvira está en el comedor. "¿Va a comer ya?", dice. Le digo que me deje algo preparado, que por el momento no tengo hambre. Elvira desaparece en dirección a la cocina. '"Lléveme hielo al estudio", le digo. Cuelgo el impermeable y el sombrero en la percha del baño, orino, y me dirijo al estudio. Las cortinas están descorridas, de modo que las vuelvo a correr. No queda más que la luz del escritorio, un círculo de claridad, encendida. De sobre el sillón recojo el portafolios, saco el diccionario, el cuaderno, el libro y los lápices, y los dejo sobre el escritorio. Arrojo el portafolios vacío sobre el sillón. Me sirvo un gran vaso de whisky y me siento ante el escritorio, con el vaso en la mano. Tomo un corto trago. Después abro el cuaderno en la primera hoja, y estudio el manuscrito lleno de tachaduras y marcas, hechas con tinta de diferente color -verde, roja, azul- al de la caligrafía, negra. Elvira golpea la puerta y después entra con la hiciera. "Le he dejado unos sandwiches preparados en la cocina", dice. Le pregunto si ha hecho las compras para el día siguiente y me dice que sí. Después me da las buenas noches y desaparece. Echo hielo en el vaso de whisky y tomo ahora un lento trago, después de sacudir el vaso y hacerlo tintinear, Después dejo el vaso a mi derecha, al alcance de mi mano sobre el escritorio, y abro el libro en la primera página, llena de marcas hechas con tinta de tres o cuatro colores, Leo lo escrito en el cuaderno. Hay una primera palabra, escrita con letra de imprenta en el centro de la página. Dice "prefacio". Después hay debajo una línea escrita con letra común. Dice: "El artista es el creador de cosas bellas". La palabra El aparece entre paréntesis. Vacilo un momento y después agarro una lapicera de tinta roja y tacho la palabra El, superponiendo después una a mayúscula a la a minúscula de la palabra artista. Entonces me queda: "Artista es el creador de cosas bellas". En la segunda línea dice "Revelar el arte y ocultar al artista es el fin (propósito) (finalidad) del arte". Vacilo un momento y después tacho la palabra fin, para evitar cualquier clase de malentendido.

Línea tras línea voy tachando y corrigiendo con lapiceras de distintos colores: verde, azul, rojo, sobre la escritura negra. Las marcas, cruces, círculos, líneas y flechas se superponen a las marcas ya hechas durante la redacción de la primera versión. A las doce y diez me levanto del escritorio, tomo el último trago de whisky, y me voy para la cama. Me desnudo lentamente, y me pongo mi traje pijama. Las frazadas están tibias y la luz del velador arroja un cono alargado de claridad sobre la pared blanca. Me cubro con las frazadas hasta el mentón y me quedo mirando el cielo raso. Después estiro la mano, dejando inmóvil el resto del cuerpo, y apago la luz. No empieza enseguida. Primero están los pensamientos comunes, los recuerdos, los fragmentos de percepciones visuales o auditivas adheridas todavía a la retina o al tímpano, el rumor cada vez más confuso, lento, débil del gran sonido diurno apagándose. Después comienza el propio rumor. Se mezcla al primero durante un lapso incalculable. Los dos al unísono me llenan de confusión. Es la hora en que los gorilas comienzan a deslizarse hacia el lecho, desnudándose. Los gorilas hembras esperan con las piernas abiertas, como grandes flores carnívoras, los ojos entrecerrados y las manos abiertas, con las palmas hacia arriba, sobre la almohada, a los costados de la cabeza. Estoy en plena oscuridad, oyendo los dos rumores mezclados. El rumor propio comenzará a crecer, mientras el otro se apaga, hasta reinar por completo en la oscuridad de mi mente. Del rumor comenzarán a partir unas manchas fosforescentes, pálidas, fosforescentes otra vez, hasta que la corriente de rumor comience a formar unas figuras vagas, o de fugaz nitidez, en la cámara oscura. Fragmentos de caras de gorilas ya muertos, enterrados hace tiempo. Manos de gorilas, de vello erizado. Un meteorito verde, incandescente, creciendo a medida que cae hacia la tierra, atravesando la oscuridad. Pero todavía permanece, apagándose gradualmente, el rumor de afuera. Veo el limpiaparabrisas rasar regularmente la superficie del cristal en el que caen las gotas, y la miríada de luces brillantes descomponerse en locas figuras sobre el cristal, mientras por los vidrios laterales las fachadas borrosas de las casas -manchones pardos, amarillos, grises, blancos- se deslizan lentamente hacia atrás. Ventanas apagadas, rostros pálidos. Papeles tirados en la calle, pisoteados y llenos de barro. Un paquete vacío de cigarrillos, retorcido, con el reborde plateado del envoltorio interno asomando; hojas podridas, amontonadas en un colchón húmedo bajo los árboles. Monedas apiladas sobre la mesa de luz, y un vaso de agua con una cucharita dentro. Las pilas de expedientes en las oficinas del Tribunal; gruesos, de bordes amarillentos, llenos de polvo, con las tapas de un rosado desteñido, sobre los escritorios, o en anaqueles, amontonados hasta el techo. La garita gris, vacía, reluciendo en la niebla, a la entrada del puente colgante. Paraguas silenciosos, de todos colores, deslizándose rígidos, horizontalmente, en varias direcciones. El edificio de la estación de trenes, solitario, con el vestíbulo iluminado. Un gorila envuelto en un impermeable azul, tosiendo, y desapareciendo después detrás. La luz verde del semáforo, encendiéndose. Las vías extendidas, atravesando la calle. El trayecto completo, inmóvil, cambiando, inmóvil, los naranjos y las palmeras de la Plaza de Mayo recibiendo la incansable llovizna y refulgiendo por un momento en la oscuridad.

Cuando el otro rumor comienza a crecer, llega un momento en que el rumor exterior que se apaga y el interno, que crece, tienen la misma intensidad, la misma calidad, el mismo ritmo. Son el mismo. Permanecen estables en su intensidad, en su calidad y en su ritmo, en suspensión, hasta que después el rumor externo comienza a decrecer en un grado que otro no percibiría, y el interno a crecer, de golpe, mostrando de ese modo la distancia entre ambos, como ayudan a crecer la distancia dos automóviles que se cruzan superponiéndose por un momento y después alejándose en dirección contraria. Estoy echado bocarriba, con las frazadas hasta el mentón, en la oscuridad. Tengo los ojos abiertos, y cada vez más abiertos, a medida que crece el rumor. Veo las manchas fosforescentes, las manchas pálidas, las formas brillantes y fugaces acompañadas de un estridor inaudible, tratando de fijar alguna imagen que saque a esas manchas del fuego puro y a ese estridor del puro sonido insignificante. Pero por un momento no consigo nada, salvo esperar en completa inmovilidad el errabundeo que se enciende, titila, y desaparece, y el estridor inaudible parecido a un rumor de años en brusca retirada y acumulación mortal en un lugar inalcanzable, pero bien visible. Salto de la dársena al buque en movimiento, y el buque se aleja, dejando ver la dársena cada vez más completamente, más nítidamente, hasta que puede abarcarse en totalidad. Pero después comienzan las imágenes convocadas, para llenar la oscuridad y el tiempo que abarca, el espacio negro.

Veo generaciones y generaciones de gorilas, avanzando desde la oscuridad. Hordas hostiles babeando en los primeros crepúsculos con mezcla de terror y extrañamiento. Unas moscas de color esmeralda se posan sobre las llagas abiertas en sus cuerpos por las desgarraduras de dientes y garras, producto de las últimas batallas. Las hordas se pasean inquietas por un claro del bosque, mirándose entre sí con extrañamiento, esperando la noche. Los genitales de los machos cuelgan entre sus extremidades inferiores, sacudiéndose. Los de las hembras, son un tajo rojizo y húmedo. Rechinan los dientes y entrecierran los ojos, mirando el espacio abierto a su alrededor, la sempiterna igualdad de los árboles y de las rocas que permanecen extáticos de noche y de día, obstruyendo la mirada. Y cuando llega la noche, los veo agruparse excitados, refregarse unos contra otros, alrededor de la gran hoguera que han encendido con ramas secas y que llena de sombra los huecos y las salientes de sus rostros brutales. Cuando comienza el tam-tam, los gorilas forman ruedas, anillos concéntricos, hileras que se lazan incesantemente con un ritmo torpe, hasta que los débiles se desploman jadeantes en el pasto, la lengua rosada a un costado de los labios negruzcos, relamiéndose la comisura. En el centro de la rueda a un costado de la hoguera que brama y cruje, expandiendo un gran resplandor que se desvanece a medida que asciende hacia las alturas negras, el gorila hembra y el gorila macho se abrazan y ruedan por el suelo, levantando nubes de polvo. El círculo de gorilas erguidos que los contempla los acompaña con batir de palmas. Producen un ruido seco, múltiple, que remeda el tam-tam fragoroso. Hembra y macho se levantan y vuelven a caer, abrazados, acompañando sus movimientos brutales con jadeos, gritos ahogados, suspiros, lamentos, risas, golpes. Después la hembra queda en cuatro patas, expectante, y el gorila macho entra en ella. La hembra grita. Ha entrado todo, salvo los testículos, que quedan golpeando debajo del trasero de la hembra. Sin salir de ella, con las piernas medio dobladas, los pies desnudos bien afirmados en el suelo, el gorila macho se incorpora todo lo que puede, alza los brazos, como para mostrar que no hay truco de ninguna clase, y saluda al círculo de caras expectantes que lo contempla. El batir de palmas se hace todavía más fragoroso, y los gorilas del círculo lo acompañan dando furiosos golpes de satisfacción contra el piso de tierra levantando unas nubes de polvo. El ritmo del tam-tam crece. Ahora a la mezcla de palmadas, golpes sordos de los pies contra el suelo y la resonante explosión continua del tambor, se incorpora un griterío enloquecido que suena lleno de voces, de risas, y llanto. La pareja del centro se confunde con un montón de parejas que se han formado con los miembros del círculo que están ya abrazándose y revolcándose en el suelo, levantando una nube de polvo que se vuelve rojizo al resplandor de las llamas.

En medio de ese polvo sanguinolento una pareja abrazada rueda por el suelo hasta caer en medio de la hoguera, levantando un loco chisporroteo. Ni siquiera allí se separan, sino que vuelven a rodar, cubriéndose de polvo las quemaduras durante la rodada. Ahora todo el claro se ha convertido en un montón informe de cuerpos que gimotean y se arrastran, se enciman unos con otros, se golpean, se lamen, se muerden, se acarician, penetran unos en otros a través de los genitales. Después, el tumulto, en medio de las nubes de polvo rojizo, va atenuándose. El polvo se disipa, vuelve a asentarse. Los gorilas van inmovilizándose, en las posiciones más extrañas: unos están echados bocabajo, la cara aplastada contra el suelo, mientras otro yace sobre él, también bocabajo, con el vientre apoyado en su espalda, formando una cruz. Otros están de costado, un brazo estirado a lo largo del cuerpo y el otro sirviendo de apoyo a la cabeza. Otros están bocarriba, con las piernas abiertas. Uno se masturba, silenciosamente, jadeando. Las respiraciones van haciéndose cada vez más profundas y rítmicas, se oyen suspiros, ronquidos. De golpe, una risa súbita suena y se apaga. Más tarde, no se oye más que la respiración. El alba los sorprende dormidos, lagañosos, bufando y resoplando. Se mueven inquietos y se encogen para ahuyentar el frío del sereno. La claridad comienza a incomodarlos, de modo que se incorporan a medías, mirando a su alrededor con perplejidad y extrañeza; tosen y escupen. Tienen las comisuras pegoteadas de baba reseca. La hoguera no es ahora más que un montón de ceniza blanquecina, en la que no queda un solo rescoldo. Unas manchas sanguinolentas se mezclan al pasto y al polvo, resecándose, las manchas de las heridas que se han producido durante la noche. Apenas si se cruzan unas señas fatigadas o ademanes. De vez en cuando emiten algunos sonidos con la boca. Algunos, más perezosos, remolonean antes de levantarse; otros acarician por última vez, de un modo mecánico, los brazos lisos de las hembras. Del interior de las cuevas -cavadas por la erosión en las rocas- sacan pedazos de carne cruda y se los comen llenándose las barbas de manchones sanguinolentos. A la luz del sol, parpadean, dando enormes mordiscones a los trozos de carne. Están otra vez en el mismo claro, con el horizonte de árboles y rocas por los cuatro costados, en los que la mirada rebota. Están las mismas piedras y los mismos árboles, y encima de sus cabezas el mismo cielo azul, y el disco amarillo, incandescente, que atraviesa el cielo con una lentitud exasperante, sorda, sin estridores, la pulida superficie azul que va llenándose de destellos y que al mediodía es imposible mirar. Es el mismo espacio de todos los días que los rodea. En él se mueven, sin entender. El que cruza la línea de roca o de árboles, el horizonte inmóvil y estable, perpetuo, desaparece, y no vuelve nunca más. Pasa con él lo mismo que con el animal que atraviesa el horizonte en dirección contraria y entra en el claro: los dientes, y las piedras, y las picas y las flechas que vigilan el espacio del claro del que se han adueñado caen sobre él y lo destrozan. Quedan entonces agazapados, armados con sus picas, sus piedras y sus flechas, en espera de que algo vivo cruce la línea de peligro para arrojarse sobre él y destrozarlo. Cuando el animal emite sus últimas palpitaciones cálidas y queda tieso, muerto, ellos lo llevan hasta la cueva y allí lo reparten. Las partes más suculentas para el jefe, los despojos para la muchedumbre. Las moscas esmeralda tienen todavía tiempo de amontonarse y zumbar sobre los restos. Cuando han llenado sus estómagos, los gorilas se acuclillan pensativos, a la sombra, y contemplan el horizonte, un brazo doblado sobre el abdomen, el codo apoyado sobre la palma y la cabeza apoyada por la mandíbula en la otra palma. De vez en cuando suspiran y entrecierran los ojos, para atisbar mejor la distancia nítida que los separa de la línea del horizonte en la que los árboles y las rocas parecen testimonios mudos del otro lado, testigos que hacen precisamente evidencia testimonial de su silencio. Otros gorilas contemplan alelados sus propios cuerpos; las rocas de las rodillas, la vegetación de los vellos, las protuberancias de los dedos, las cuevas secretas de los esfínteres, ¡a vida torva y lenta de los genitales creciendo o abriéndose húmedos por su propia cuenta. En esa melancolía extrañada pasan las horas de ocio, hasta que otra vez el sol comienza a declinar, y el horizonte se pone rojo, y la oscuridad cae por fin otra vez sobre la hoguera encendida al crepúsculo alrededor de la cual comenzarán otra vez las ceremonias nocturnas.

Estoy echado en la cama, en plena oscuridad, con los ojos abiertos. Permanezco inmóvil. Es una oscuridad sin grietas, sin fisuras; la habitación no tiene ventanas, y la puerta que da a la antecámara está cerrada, de modo que no entra un solo resquicio de luz. De nuevo el rumor comienza a ascender, entre formas fosforescentes. Ahora entre la oscuridad interna y la externa no hay barrera de división, y las imágenes flotan en la dirección -si es que hay alguna dirección- en que mis ojos enfocan, y después desaparecen.

Ahora veo a los gorilas en una gran procesión: visten ropas chillonas, y unas chafalonías doradas y plateadas, con piedras que emiten reflejos a la luz solar, cuelgan de sus cuellos, de sus orejas, se ciñen a sus dedos y a sus muñecas. Han sustituido el tambor por unos instrumentos de bronce que producen unos sonidos estridentes cuando se los llevan a la boca. Los jefes marchan a la cabecera, con grandes túnicas púrpuras que unos esclavos con el torso desnudo llevan por los extremos para impedir que se arrastren sobre el suelo empedrado. Después van los segundos funcionarios, con vestidos negros; detrás los terceros, con túnicas verdes; forman hileras parejas, y no caminan sino que marchan en una especie de danza al compás de la música. Detrás vienen las mujeres, con vestidos de todos colores, que dejan ver sus senos blancos hasta los círculos violados de los pezones. Y más atrás, después de las mujeres, la muchedumbre de gorilas rotosos que tratan de espiar la ceremonia y de vez en cuando son empujados a latigazos por capangas de a caballo. Al caer los primeros, los que vienen detrás tropiezan con ellos y caen a su vez; cuando los que han caído comienzan a incorporarse, la gran comitiva a cuya cabeza marcha la banda de música se ha alejado un gran trecho, de modo que los capangas hacen galopar los caballos sobre el empedrado para aproximarse a la retaguardia de la comitiva y resguardarla. La muchedumbre apura el paso, alcanza a la comitiva, y otra vez los capangas la emprenden a latigazos, de modo que la distancia ganada es perdida otra vez. Y de nuevo, mientras la muchedumbre de gorilas rotosos pugna por incorporarse, los cascos de los caballos de los capangas resuenan sobre el duro empedrado, galopando hacia la comitiva. Los rostros gordinflones de los jefes, envueltos en las togas púrpuras, permanecen elevados en una expresión de dignidad. Los segundos funcionarios miran fijamente las nucas de los jefes vestidos de púrpura; y los terceros, vestidos de verde, miran la nuca de los funcionarios negros. Las mujeres acomodan sin cesar sus ropas chillonas y sus chafalonías brillantes. Algunas acomodan sus corpiños de modo tal que sus senos blancos resalten todavía más. Y los caballos de los capangas, cuando se han acercado suficientemente a la retaguardia de la comitiva, pegan giros bruscos produciendo golpes sonoros sobre el empedrado. Los capangas miran con gestos amenazantes a la muchedumbre, aunque el montón de gorilas rotosos no ha logrado todavía incorporarse más que a medias. Llegan ahora al gran lugar de la ceremonia. Veo de golpe, desde la baranda de hierro trabajado del tercer piso, el vestíbulo cuadrado del Tribunal: el piso ajedrezado, vacío. La escalera blanca que desciende en una curva, también vacía. La baranda de hierro oscuro rodea también, formando un cuadrado con un lado de menos, el gran vacío que cae a pique sobre el vestíbulo de mosaicos blancos y negros.

La ceremonia se realiza en un enorme recinto de paredes altísimas, con ventanas muy altas cuyo huecos rematan en ojivas y cuyos vidrios tienen pintados sobre las superficies motivos que representan a los gorilas jefes en hermosos colores. Hay una larguísima mesa tendida. Cuenta con tres alas, una central y dos laterales que parten verticales desde los extremos de la mesa central. En el medio, un gran espacio vacío. Dos hileras de esclavos, con los torsos desnudos, llevando antorchas en alto, flanquean en la entrada el paso de la comitiva. Los músicos dejan de hacer sonar sus instrumentos y se retiran a un costado de la entrada. Los jefes, de púrpura la cabeza todavía más alzada en una expresión todavía más digna, entran en el enorme recinto y van a ubicarse en la mesa central. A su derecha, los funcionarios de negro. A su izquierda, los de verde. Las mujeres se amontonan en el espacio vacío del centro y esperan nerviosamente. La muchedumbre se ha amontonado ante la gran puerta de entrada, pugnando por contemplar la escena. Los capangas han bajado de sus caballos y los golpean desde el interior del recinto, empujándolos hacia atrás. Pero la orden es dejarlos ver. De modo que los golpean más suavemente de lo que parecen amenazar con sus expresiones, para que sepan que están queriendo acceder a un privilegio que no les está permitido, pero al mismo tiempo para que ellos se queden y los jefes puedan ser contemplados.

Después comienza el banquete. Esclavos con el torso desnudo traen las grandes fuentes a la mesa central y van despresando los animales sacrificados bajo la mirada vigilante de los jefes, que ordenan el tamaño de las porciones y el destinatario de cada una. Ellos, apenas si prueban bocado. El jefe máximo ni siquiera contempla el trabajo de los esclavos. Está en el centro exacto de la mesa, y a su túnica púrpura agrega un gran medallón de obsidiana que cuelga de una cadena dorada de su cuello. Su larga mano huesuda juguetea con el medallón. La muchedumbre de gorilas rotosos lo contempla extasiada, con una mezcla de asombro, furia, admiración y terror, ya que una especie de nimbo luminoso parece rodear su gran cabeza entrecana y su rostro pálido que emerge de entre una barba negra cuidadosamente ensortijada. Cuando los funcionarios terminan de comer, bajo la mirada negligente de los jefes, los esclavos de torso desnudo recogen las sobras y vienen hasta la puerta tirándolas hacia la muchedumbre de gorilas. En la rebatiña, los gorilas se golpean, se empujan, se muerden, se insultan. Hay corridas, escupitajos, sangre, lamentos. Dentro, mientras los gorilas se sientan al sol crepuscular a mordisquear los huesos de los que cuelgan unos filamentos de carne exangüe, el desfile de las mujeres ha comenzado, al son de la música. Cada una de ellas, del montón nervioso y expectante apretujado en un rincón de la sala, avanza hacia el espacio ahora otra vez vacío y comienza a efectuar contorsiones, movimientos de vientre, saltos, que hacen tintinear sus chafalonías multicolores. Algunas se desnudan mientras bailan. Otras, ya llegan desnudas al espacio vacío ante las largas mesas. Los funcionarios verdes y negros permanecen inmóviles, tiesos, callados, contemplando las contorsiones de las mujeres sin hablar. Únicamente los jefes de púrpura hacen comentarios entre ellos ante cada mujer. Algunos ríen y señalan a las bailarinas con el dedo. Otros hacen ademanes obscenos. Únicamente el gran jefe permanece callado, jugueteando incansablemente con su medallón de obsidiana. Por fin ante una de ellas, el jefe alza la mano, sin hablar, y la señala con el dedo. Los esclavos desaparecen por los largos corredores laterales y regresan con un gran diván que cargan por encima de sus cabezas. Ponen el diván en el centro del espacio vacío. La elegida se echa, desnuda, en el diván, con las piernas abiertas. El gran jefe se levanta y avanza hasta el centro del enorme recinto. Dos esclavos desnudos lo siguen desde cerca. Cuando el gran jefe se detiene junto al diván hace un gesto y los dos esclavos lo desnudan. Uno de ellos unta su miembro con ungüentos. Otro besa su medallón. El gran jefe echa una última mirada a su alrededor, para verificar que es contemplado por todos. Hace una señal imperceptible a los capangas para que dejen aproximarse a la muchedumbre hasta el hueco de la puerta. Después se inclina, y entra en la mujer. De la muchedumbre, de las dos hileras de funcionarios, de los esclavos y del montón de mujeres agrupadas en el rincón parte una exclamación y un vítor en el momento en que el gran jefe penetra en la mujer. Después suena la música.

Resuena en mí, inaudible, y la gran multitud abigarrada se esfuma. Quedo otra vez en la más completa oscuridad, con los ojos abiertos. Ahora, ni las manchas informes, fosforescentes, que titilan, la cruzan. No llega de la calle ningún rumor, la pieza está en completo silencio. Me muevo, sin desplazarme, sin girar, sino sacudiendo levemente las piernas, y la cama cruje. Ahora veo otra vez el vestíbulo ajedrezado de los Tribunales, los mosaicos blancos y negros. No se ve a nadie en el vestíbulo. Veo la baranda de hierro y la escalera.

El limpiaparabrisas arrasa rítmicamente las gotas que estallan sobre el parabrisas, produciendo un sonido monótono, regular. Por los vidrios laterales, la ciudad borrosa va desplazándose hacia atrás.

Veo emerger un manchón oscuro que restalla, en medio de la niebla, en donde creo adivinar que está la orilla del río.

Un pedazo de carne pálida, rodeado de papas hervidas, en el plato, sobre la mesa, y el rumor de la pollera de Elvira alejándose en dirección a la cocina.

Avanzo por San Martín en dirección al centro, viendo la loca miríada de colores de los letreros luminosos que forman unas imágenes brillantes y fugaces a través del cristal del parabrisas donde choca la lluvia gruesa estallando y enturbiando mi visión antes de que el limpiaparabrisas regrese en su parábola y arrase el agua dejando limpio el cristal otra vez.

Por un momento, la garita gris entra y sale de la niebla, en la boca del puente colgante.

Enciendo la luz. La escalera blanca de mármol, que desciende desde el tercer piso, se ilumina.

Me incorporo y contemplo mi habitación. Las paredes blancas no refulgen porque la luz del velador no llega hasta ellas, salvo el cilindro de claridad pálida que ilumina suavemente la pared en que se apoya la cabecera. Saco la cucharita del vaso y tomo un trago de agua. Apago la luz nuevamente, y cierro los ojos.

Veo los árboles del parque, y el lago refulgiendo súbito y después desapareciendo, detrás de la fronda; después otra vez la escalera de mármol de los Tribunales, y el vestíbulo ajedrezado, con mosaicos blancos y negros, desde la baranda del tercer piso; los corredores iluminados de la galería y los ventanales ciegos de la estación de trenes, y después otra vez la escalera de mármol blanco de los Tribunales y el hall ajedrezado, con mosaicos blancos y negros, y los árboles de la Plaza de Mayo, palmeras y naranjos. Las naranjas amarillean entre las hojas verdes que la lluvia ha puesto como laqueadas.

Ángel entra rápidamente en el diario La Región, Saluda y desaparece.

Veo la mano del gran jefe jugueteando con el medallón de obsidiana.

En el gran espacio amurallado de árboles y rocas, los gorilas se pasean y se detienen, apoyando perplejos las palmas de las manos contra las nalgas, mirando el horizonte mudo.

La garita gris entra y sale de la niebla, errabundeando. Veo el perfil del gorila uniformado, cortado verticalmente por el filo de la puerta.

En los andenes de la estación de ómnibus, gorilas tosen y se encogen, fumando. Sus caras pálidas y sus manos se mueven en la penumbra del amanecer.

Desde el tercer piso, el vestíbulo de los Tribunales aparece vacío. Los mosaicos blancos y negros están limpios, pulidos. La escalera blanca desciende, efectuando una curva pronunciada, hacia el segundo piso.

Veo el limpiaparabrisas arrasar las gotas finas de lluvia que caen sobre el cristal deformando las luces brillantes de los letreros luminosos, mientras avanzo hacia el norte por San Martín.

Despierto. Durante un momento, no sé que he despertado. La habitación está en penumbra. Después enciendo la luz. Miro el reloj sobre la mesa de luz. Son las dos. Me levanto y salgo de la habitación, en dirección al cuarto de baño. Por la claraboya del baño veo la luz del día, gris. Me desnudo, defeco, y después me meto bajo la ducha caliente. Después voy a mi habitación, envuelto en una salida de baño, y me seco y me visto en ella. Frente al gran espejo del ropero veo mi rostro. Mi barba ha crecido, en dos días. Después de vestirme, regreso al cuarto de baño, y me afeito, lentamente. La afeitadora eléctrica produce un zumbido apagado, monótono. Voy pasándome suavemente el dorso de la mano por la cara, a contrapelo. Después desenchufo la máquina, la guardo y salgo del cuarto de baño. "Ha hablado su señora madre", dice Elvira, cuando me encuentra en el comedor. "La llamo enseguida." "Doctor", dice Elvira. "Son las tres de la tarde. ¿Va a comer?" Le digo que me sirva un plato de sopa y que me lo lleve al escritorio. Al correr las cortinas, entra en el escritorio una luz gris, tensa.

Disco el número de mi madre. Escucho su voz. "Hace dos días que no venís a verme", dice. "He estado muy ocupado, mamá", digo. "¿Estás bien?" dice. "Estoy perfectamente. Nunca he estado mejor", digo. "Sabrás la última de tu mujer", dice. "No sé nada, ni quiero saber", digo. "Ha venido otra vez a la ciudad, esta vez para quedarse. Me han dicho en el club, ayer de tarde, que está paseándose lo más oronda por el Country con su nuevo macho" dice mamá. "No me interesa, mamá", digo yo. "Y se ha emborrachado, Ernesto. Se ha emborrachado y ha andado diciendo porquerías sobre nuestra familia", dice mamá. "No ha de ser ella" digo. "¿Cómo que no ha de ser ella?", dice mamá. "Sobre que te ha abandonado, todavía te atreves a defenderla." "No la defiendo", digo yo. "Digo simplemente que puede no ser ella." "¿Acaso las chicas no van a saber si se trata de mi nuera o no, después de haber estado casada ocho años con mi hijo?", dice mamá. "No sé qué va a venir a hacer a esta ciudad", digo yo. "Nunca sabes nada", dice mamá. "¿Cómo está papá?", digo yo. "Corno siempre", dice mamá. "Bueno", dice, "ya es hora de que te acuerdes de que tenés madre y vengas a verme. Ya ni sé cómo es tu cara". "Es la misma de siempre", digo yo. "Es probable que pase el cobrador del Country una de estas tardes por tu casa", dice mamá. "Págale que estoy debiendo dos meses." "¿Necesitan algo?", digo yo. "Por ahora, nada", dice mamá. Nos despedirnos y colgamos.

Casi enseguida llega Elvira con un tazón de sopa. Es el mismo líquido espeso y dorado de siempre, que humea. Me siento en el sillón doble, de espaldas al ventanal, y tomo lentamente la sopa. Después dejo el plato vacío sobre el escritorio y me paro al lado del ventanal, mirando el parque. La luz gris nimba las copas de los árboles, sobre el terreno que se extiende, en ligero declive, hacia el lago. Los senderos del parque son oscuros y están cubiertos de una hojarasca pútrida. Algunos árboles sin hojas atraviesan con sus ramas la fronda verde. Una pareja de gorilas está sentada, de espaldas al ventanal, y mirando por lo tanto hacia el lago, en un banco de piedra sin respaldo. La hembra tiene reclinada la cabeza sobre el hombro del macho. Están inmóviles. De pronto se levantan y comienzan a caminar en dirección al lago; luego doblan a la derecha, siguiendo el trayecto del sendero, y después desaparecen.

Continúo corrigiendo la traducción hasta que comienza a anochecer. Después corro las cortinas y enciendo la luz del escritorio. Trabajo un momento a la luz de la lámpara, que arroja un círculo de claridad cálida sobre el escritorio y sus alrededores. El resto de la habitación está en una especie de semipenumbra. Después me levanto, me pongo un saco sport y me dirijo hacia la cocina. "¿Está todo listo para la noche, doña Elvira?", digo. "Estoy preparando", dice Elvira. "Doy una vuelta y vuelvo", digo yo. Bajo las escaleras y ya estoy en la calle. Me sumerjo en una atmósfera fría y azulada; un poco más y se hará de noche.

Subo al automóvil y tengo que hacer girar la llave de arranque varias veces, antes de lograr ponerlo en marcha. Cuando arranca, quedo unos momentos acelerándolo. Después lo pongo en primera, y comienzo a avanzar lentamente. Doblo en la esquina, hacia la derecha, y cuando comienza a rodar sobre el empedrado grueso, el coche comienza a retumbar y a vibrar. Pasada la tercera esquina tengo ya a mi derecha la Plaza de Mayo y a mi izquierda la larga fachada de los Tribunales. Doblo en la Avenida del Sur, hacia el oeste. La avenida está iluminada con lámparas a gas de mercurio, que arrojan una luz blanquecina, gélida, desde las dos veredas, hacia el centro de la calle. También la Avenida del Oeste está iluminada con las mismas luces, que cuelgan de altas columnas curvas que se inclinan en la altura hacia la calle. Más allá del cantero central, a mi izquierda, están los jardines del Regimiento después, también a la izquierda, la fachada amarilla del Mercado de Abasto, más adelante el cine Avenida, todo oscuro, y después siguen las dos hileras de casas de una y dos plantas hasta que llego al bulevar. En el bulevar doblo a la derecha y avanzo lentamente hacia el este. Cuando llego al primer semáforo, después de haber pasado frente a la fachada amarillo pálido de la Universidad, con sus ventanas verdes, ya ha anochecido. Debo esperar en el semáforo hasta que se apague la luz roja y se encienda la verde, y cuando sigo avanzando, al pasar el semáforo, las vías del ferrocarril hacen trepidar apagadamente la carrocería. A mi izquierda esta el Molino. El segundo semáforo me deja el paso libre -la luz verde se apaga y se enciende la amarilla en el momento en que estoy cruzando la bocacalle- y acelero ligeramente. El hall de la estación de trenes está iluminado, y en el primer piso también hay luz, ya que las altas ventanas arrojan manchas de claridad a la oscuridad del aire. Paso las vías y llego a la rotonda del puente colgante. La garita gris está iluminada por dentro, y la silueta de un gorila de uniforme intercepta el paso de la luz por la abertura de la puerta. Tomo la costanera vieja que está casi desierta -apenas si me cruzo con dos o tres automóviles que vienen en dirección al puente colgante-, y acelero cuando llego al asfalto liso de la costanera nueva, lleno de cunas amplias. Los chalets de la costanera muestran sus techos rojos de tejas, entre la fronda negra de los árboles. A veces, alguna luz semioculta ilumina las hojas lavadas. Cuando llego a Guadalupe doy la vuelta a la rotonda y comienzo a avanzar en sentido contrario. Ahora el río está a mi izquierda. No lo distingo. En la distancia, los altos mástiles del puente colgante se distinguen claramente por las cuatro lucecitas rojas que se encienden y se apagan. Ahora voy solo por la ancha avenida. La luz de los faros ilumina un sector del pavimento y cuando hago algún cambio de luces, la luz alta hace que el haz de claridad pegue una especie de salto y se expanda bruscamente hacia adelante y en los costados. Al bajar la luz, el haz de claridad se reduce iluminando apenas el asfalto delante del coche. La luz roja del tablero, en el interior del automóvil, toca débilmente mi rostro. De vez en cuando, puedo ver reflejado, de un modo fugaz, un fragmento de mi rostro en el retrovisor, que a veces se llena bruscamente de luz cuando algún automóvil que viene detrás se adelanta y me pasa velozmente. Veo sus luces traseras, dos puntos rojos, achicarse hasta desaparecer. Después llego otra vez a la costanera vieja, y aminoro la marcha, ya que el asfalto es menos liso, lleno de remiendos de alquitrán, grietas y protuberancias. Al llegar a la boca del puente colgante, una camioneta celeste que sobre la caja trasera lleva la inscripción "Molino Harinero S.A.", sale velozmente del puente y me obliga a efectuar una frenada brusca. También la camioneta frena bruscamente. En el interior de la cabina en penumbra distingo la silueta de un hombre al volante y una mujer sobre cuya falda se halla sentada una niña. La camioneta arranca otra vez y desaparece velozmente por el bulevar. Yo sigo en línea recta, bordeo la plazoleta de la costanera, y entro en la avenida del puerto, que cruza en diagonal hacia el centro. A pesar de los globos blancos del alumbrado, de menor estatura que las palmeras, cuyas hojas brillan por momentos, la avenida está oscura, y salvo la complicada estructura de la usina central, toda llena de luces, no se ven más que unos paredones ciegos semiocultos por la fronda de los árboles. Del otro lado, a mi izquierda, están los grandes tanques de combustible, plateados, de los depósitos portuarios, y las playas de maniobras del ferrocarril del puerto. Llego al centro, paso frente al Correo oscuro, el costado y los fondos de la estación de ómnibus, y después doblo a la derecha, recorro dos cuadras, y doblando otra vez a la izquierda, entro en San Martín, hacia el sur. La calle está iluminada, pero casi desierta. Después está el Teatro Municipal, a oscuras, y unas cuadras más adelante el semáforo de la Avenida del Sur. Ahí me detengo, esperando que se apague la luz roja y se encienda la verde. Al arrancar, después que la luz verde se ha encendido, veo avanzar hacia mí la esquina de la Gobernación, y deslizarse hacia atrás, por el vidrio lateral a mi derecha, el lado este de la Plaza de Mayo, y más allá, oscura y borrosa, entre los árboles, la fachada de los Tribunales. Cruzo la bocacalle -la plaza y la Gobernación quedan atrás- recorro dos cuadras y media, y cuando a mi derecha han terminado las arcadas blancas del convento de los Franciscanos y comienza la arboleda del parque del sur, estaciono el coche junto al cordón de la vereda, frente a mi casa, y apago el motor. Apago también las luces. Salgo del coche, cierro la portezuela con llave, y entro en mi casa. No he terminado de subir las escaleras cuando oigo que comienza a sonar el teléfono. Apuro el paso y entro al estudio, y alzo el tubo en el mismo momento en que enciendo la luz del escritorio.

Es la voz afalsetada de siempre, parecida a la de una mas-carita. "¿Estás ahí?", me dice. "¿Estás oyendo bien, miserable? Quiero que oigas bien todo, que prestes atención. Tu padre fue ladrón, y tu madre una puta. Tu mujer, la más puta de todas. Y debería haber una ley que mandara quemar vivos a todos los invertidos. ¡Familia podrida! Habría que hacerla desaparecer de la faz de la tierra. Vergüenza de esta ciudad. Ya vamos a darle su merecido. Deberían aparecer en el diario con sus nombres y apellidos, para que todo el mundo se dé cuenta." Hace una pausa: "¿Estás ahí todavía, cobarde? Cobardón. Gallina. Hijo de una putísima madre. ¿Estás ahí? Sabrás que la puta de tu mujer ha andado armando otro de sus escandaletes en el Country. La poca gente decente que queda en esta ciudad va a tomar alguna iniciativa uno de estos días. Vamos a darte una emplumada uno de estos días, como se hace con los amorales. ¡Y pensar que estás allá arriba en los Tribunales administrando justicia! ¿Me oís, mariquita? Estás ahí. Estoy seguro de que estás ahí, oyendo todo y riéndote de mí y de toda la gente sana que tiene que aguantar de todo en esta ciudad podrida. Vamos a darte tu merecido, gallina. No es la primera vez que te lo advierto. Ahora cuelgo, pero ya vas a saber de mí, vos y todos los de tu casta de amorales". Cuelga. Cuando oigo el sonido del interruptor, cuelgo a mi vez. Después apago la luz y me echo en el sofá doble. Quedo un momento en la penumbra del estudio con la mente vacía, sin pensar en nada, respirando apagadamente. Después me incorporo y quedo sentado. Comienza el extrañamiento.

Viene de golpe. Es un sacudón -pero no es un sacudón- brusco -pero no es brusco-, y viene de golpe. Por medio de él sé que estoy vivo, que esto -y ninguna otra cosa- es la realidad y yo estoy dentro de ella enteramente, con mi cuerpo, atravesándola como un meteoro. Sé que ahora estoy completamente vivo, y no puedo eludir eso. Pero no es nada de eso tampoco, porque eso ya ha sido dicho, muchas veces, y si ha sido dicho no es esto. Me ha venido muchas veces el extrañamiento, pero nunca este extrañamiento, y éste no podía venirme sino ahora. Porque cada milímetro del tiempo está desde el principio en su lugar, cada estría en su lugar, y todas las estrías alineadas una junto a la otra, estrías de luz que se encienden y apagan súbitamente en perfecto orden en algo semejante a una dirección y nunca más vuelven a encenderse, ni a apagarse.

Levanto ahora mi mano derecha en la penumbra del estudio -tengo una mano derecha y estoy en un lugar al que llamo mi estudien- y sigo con la mente el movimiento, la mano derecha que se alza desde el muslo, donde había estado apoyada, con la palma hacia abajo, los dedos ligeramente encogidos, hasta la altura del pecho. Seguir con la mente ese movimiento, todo, paso por paso, es el extrañamiento. Algo que va contra el recuerdo, que lo agrieta, y deja que la realidad se cuele y ascienda en una marea lenta por sus fisuras, hasta cuajar plena. Así, pues, estoy en un lugar, y tengo una mano derecha, y una mente para seguir su movimiento desde el muslo hasta la altura del pecho, porque también tengo un muslo y un pecho. Y ahí acaba todo.

Me levanto y camino hacia el escritorio y enciendo la luz. Después llamo a Elvira. Cuando llega, le pregunto si ha preparado todo para la cena y me dice que sí. "Tráigame hielo, entonces, doña Elvira, y prepare una mesa con bebidas aquí en el estudio." Después me siento ante el escritorio, abro el cuaderno con la traducción, y comienzo a trabajar. A las nueve y veinticinco en punto, suena el timbre de la puerta de calle. Bajo las escaleras y encuentro a Ángel en la puerta, "Se te esperaba", le digo. "Está lloviznando otra vez", dice Ángel. "Lluvia podrida que no quiere parar." Me sigue por la escalera y vamos al estudio. Ángel va directamente hacia el escritorio y se inclina a mirar la traducción. "Letra difícil", dice. "Chica y apretada", digo yo. "¿Vas adelantado?", dice Ángel. "Yes, Harry, I know what you are going to say. Something dread ful about marriage. Don't say it. Don’t ever say things of that kind to me again. Two days ago I asked Sibyl to marry me. I am now going to break my word to her. She is to be my wife", digo yo. "Exactamente, en la palabra wife". "Interesante", dice Ángel. "Conviene que te sirva otro whisky", digo yo. "Tu vaso está vacío." "Sí, exactamente", dice Ángel. "Ángel", le digo. "¿Sabías que yo soy separado?" "Algo había oído decir", dice Ángel. "Mi mujer me dejó", digo. "¿Sabías?" "No sabía quién dejó a quién", dice Ángel. "Me habían pasado el chimento de que estabas separado, pero nada más." "No. Ella me dejó. Me abandonó. No por otro hombre ni por nadie. Me abandonó. Vine una noche, y ya no estaba. Dejó una nota donde decía que se iba porque yo no tenía alma. Y es verdad, no tengo alma", dije yo. "¿Qué es eso de alma?", dice Ángel. "No sé", digo yo. Ángel se acerca a la ventana y se pone a mirar los árboles del parque a través de los vidrios. Tiene el vaso de whisky en la mano y me da la espalda. Es delgado, pero no demuestra la menor fragilidad. "Es agradable, tu casa", dice. "Sí, es muy agradable", digo. "Cuando leí la nota, pensé que de todos modos ella esperaba que yo tuviese alma. Por lo tanto, pensaba que hay un alma", digo yo. "Posiblemente", dice Ángel, "era una manera de decir". "Entiendo", digo yo. "Pero de todos modos, esperaba algo. Si tuvieras que exigirle a alguien que tenga alma, ¿qué pretenderías?", digo yo. "No sé, que me guste, que me haga sentir bien, no sé", dice Ángel. "Los hombres no tienen alma, Ángel", digo. "No tienen más que cuerpo. Un cuerpo que comienza en la punta de los dedos y termina dentro del cráneo, en una explosión. Los hombres son un rebaño de gorilas salido de la nada. Y eso es todo."Tal vez son algo más que gorilas", dice Ángel. "No, nada más", digo yo. "Gorilas que buscan alimento y se devoran unos a otros, de mil maneras. La única bendición que los hombres han recibido es la muerte", digo yo. "Yo, en tu lugar, ya estaría muerto", dice Ángel, riéndose.

Después pasamos al comedor. Nos quedamos parados un momento cerca de la mesa. "He elaborado una teoría interesante", dice Ángel. "No hay más que un solo género literario: la novela. Todo puede concebirse como una novela: lo que hacemos, lo que pensamos, lo que decimos. Y también todo lo que se escribe. Todo es novela: la ciencia, la poesía, el teatro, los discursos parlamentarios, y las cartas comerciales. Algunas buenas, algunas regulares, algunas malas, pero siempre mejores que las novelas de Manuel Gálvez. ¿No te parece interesante, como teoría?" "No soy un hombre de teorías", digo yo. Oigo que suena el teléfono en el estudio. Dejo mi vaso de whisky sobre la mesa y voy al estudio. Oigo una voz completamente desconocida, que pregunta por el doctor Ernesto López Caray. "Soy yo", digo. "Doctor" dice la voz, "habla el suboficial Loprete, de la guardia de Tribunales. Han llamado de jefatura por un homicidio preguntando si usted no le puede tomar declaración al inculpado mañana de mañana, porque en jefatura no tienen lugar donde alojarlo". "¿Un homicidio?", digo yo. "Un hombre mató a la mujer", dice el suboficial. "Le dio dos tiros en la cara, en barrio Roma." "¿Cuándo fue el hecho?", digo yo. "Hace un par de horas nomás, en el patio de un almacén", dice el suboficial. "¿Se presentó detenido?", digo yo. "No sabría decirle, doctor", dice el suboficial. "Dicen de jefatura que si usted pudiera tomarle declaración esta noche, en vez de mañana de mañana, sería mucho mejor." "Esta noche, de ninguna manera", digo yo. "Y mañana de mañana tengo audiencia. Y por otro lado, tengo que interrogar a los testigos primero, si es que hay testigos." "No sabría decirle, doctor", dice el suboficial. "Dígale al que lo llamó de jefatura que yo no tengo la culpa si ellos no tienen lugar", digo yo. "Y diga que en todo caso le den una habitación en el Palace, si les parece. ¿O creen que yo puedo estar a disposición de lo que le parece a cada vigilante?" "Tiene razón doctor. Estoy de su parte. Tiene toda la razón", dice el suboficial. "¿Cómo me dijo que era su nombre, suboficial?", digo yo. "Loprete, suboficial Loprete", dice el suboficial. "Bueno", digo yo. "Informe lo que le dije. Y diga que es probable que hasta pasado mañana no voy a poder tomar declaración al inculpado. De todos modos, voy a ver qué puedo hacer mañana por la tarde." "A sus órdenes, doctor", dice el suboficial. "Está bien", digo yo. Cortamos. Vuelvo al comedor. Ángel está tomando un trago de su copa en el momento en que entro en el comedor. Nos sentamos a la mesa. Ángel no habla una palabra durante largo rato. Después le cuento la charla que he tenido por teléfono y me pregunta si no puede presenciar la indagatoria. "No es fácil", digo yo. "No está permitido." "Deberían permitir", dice Ángel. "No te pongas a hacer críticas a la justicia", digo yo. "Que es la que me da de comer". "¿De modo que este pollo proviene de la justicia?", dice Ángel. "De ahí mismo", digo yo. "Es como si me estuviese comiendo a un preso", dice Ángel.

Pasamos al estudio otra vez, después de la comida. Pongo el Concierto para violín y orquesta de Schönberg en el tocadiscos, y nos sentamos a escuchar. Ángel asume una expresión grave, hundido en el sillón, con las piernas abiertas y estiradas en mi dirección -estoy sentado en el sofá doble, de espaldas a la ventana-, y de vez en cuando toma un trago de whisky. Parece completamente sumergido en la música. No dejo de mirarlo un solo momento, pero él evita mi mirada. Cuando el concierto termina, se para y va hacia el ventanal. Yo lo sigo. Me paro detrás de él, muy cerca. "Ahora después de la música", digo, "hay un gran silencio". Le saco el vaso de whisky de la mano -rozo sus dedos con los míos- y tomo un trago. Después se lo devuelvo, y voy y lleno mi propio vaso y me siento. Él queda parado en el centro de la habitación, entre mi sillón, el sofá doble, y el escritorio. Me pregunta si en los últimos tiempos he mandado muchos hombres a la cárcel. "Ninguno", digo yo. Después volvemos a quedar en silencio. Lo contemplo, enteramente. Después comienza a hablar de cosas que ha visto en el cielo, en la luna.

Miente. Cuando se va, una hora más tarde, me acuesto y apago la luz. No se oye ningún murmullo, no entra ningún resquicio de claridad en la habitación. Estoy en la oscuridad y en el silencio más completos. Mi mente queda vacía.

Veo entonces grandes campos de trigo ardiendo calladamente.

Sus crepitaciones son inaudibles. Las llamas son bajas, parejas, y el incendio se extiende hasta el horizonte. No se ve un árbol, una ondulación, nada. Únicamente la planicie lisa cubierta del amarillo del trigal sobre e! que se extienden las llamas parejas, cuyas crepitaciones son inaudibles.

Despierto temprano, antes del amanecer. Me visto y salgo a la calle.

Llovizna. Está amaneciendo. Cuando entro en el coche, noto que su interior está helado. Debo intentar dos o tres veces antes de lograr encender el motor. Por fin se pone en marcha. La atmósfera azul del amanecer está atravesada por las finas gotas de la llovizna, que se adensan y giran lentamente alrededor de los focos de luz. El parque está desierto, y contra la penumbra azul los árboles estampan sus complicados manchones negros, inmóviles. Enciendo los faros, que iluminan la calle vacía, y cuyos haces de luz chocan, lejos, contra la curva de la calle. Después comienzo a andar. Doblo en la esquina, ruedo sobre el empedrado grueso que hace vibrar y resonar la carrocería, doblo a la derecha y tomo San Gerónimo hacia el norte. Cuando paso entre la Plaza de Mayo y el Tribunal veo la primera luz del día -gris- concentrarse alrededor de las altas copas de las palmeras, cuyas grandes hojas metálicas relumbran fragmentariamente. Doblo por la Avenida del Sur hacia el este, recorro una cuadra y doblo, entrando en San Martín, ya que la luz verde del semáforo me da libre tránsito. Avanzo hacia el norte, por la calle desierta. El limpiaparabrisas arrasa el cristal con su ritmo regular. Las gotas muy pequeñas, chocan contra el cristal y se rompen, manchándolo fugazmente. La vara del limpiaparabrisas pasa, con su ritmo regular y deja limpio el cristal otra vez, de modo que puedo ver claramente la calle que se extiende delante de mí. Si vuelvo la cabeza, puedo ver por los vidrios laterales, empañados y llenos de gotas de agua, deslizarse hacia atrás las fachadas de los edificios, a mi izquierda y a mi derecha. Paso delante del Teatro Municipal, a mi derecha; después, más adelante, frente a los corredores de la galería, desiertos y oscuros; más adelante, frente a las vidrieras ciegas del diario La Región, cuyas pizarras, ilegibles, aparecen sumidas en la penumbra. Cuando llego al bulevar, doblo hacia la derecha y avanzo lentamente. En la parada de taxis del bulevar y 25 de Mayo, hay cuatro taxis estacionados, con la luz roja encendida. Los gorilas conductores se divisan apenas en la semipenumbra del coche. El globo gris de la llovizna envuelve toda la ciudad, con su transparencia brumosa, y el agua fina, suspendida, se concentra alrededor de las copas de los árboles, adensándose. La luz roja del primer semáforo me obliga a detenerme. Alrededor de la señal, las gotas se tiñen de una coloración roja que se vuelve súbitamente verde cuando la luz cambia. Cruzo las vías abandonadas y veo al pasar, a mi derecha, el edificio del molino harinero, detrás de los altos árboles del paseo central del bulevar. El segundo semáforo me obliga también a esperar. Cuando la luz verde se enciende, un ómnibus cruza transversalmente, a toda velocidad, el bulevar, lo que me obliga a detenerme bruscamente cuando acabo de reiniciar la marcha. Vuelvo a marchar. Sobre uno de los bancos del paseo central, junto al tronco de un eucaliptus que lo protege de la llovizna, un gorila viejo, vestido con un sobretodo rotoso, hurga en el interior de una bolsa. Paso muy cerca de él, avanzando por la mano derecha, junto al cordón del paseo. La corteza de los árboles, negruzca, chorrea agua y por momentos relumbra oscuramente. Después está la estación de trenes, con las altas ventanas iluminadas y el hall iluminado que arroja luz a la vereda a través de la enorme abertura de la puerta principal. Su alta fachada, sólida, se desliza lentamente hacia atrás, a mi derecha. Cruzo las vías, viendo avanzar hacia mí el puente colgante, cuyos mástiles que alcanzo a divisar primero en toda su altura, envían las cuatro señales rojas, que se encienden y se apagan, coloreando con un círculo de resplandor rojizo la llovizna. A medida que avanzo, el borde superior del parabrisas va cortando los mástiles del puente. Primero desaparecen las altas luces rojas, luego la primera barra que une los mástiles laterales. Cuando llego a la boca del mismo puente, ya no quedan más que las barandas, la base de los mástiles, la entrada de piedra gris, los gruesos cables tensos que parten en un haz hacia la altura, y la garita gris, a la izquierda de la entrada, en la vereda, vacía. Arroja un resplandor débil hacia la llovizna del exterior. Cuando doblo hacia la costanera y comienzo a rodar por el asfalto lleno de grietas, hendiduras y parches de brea, ya ha amanecido. La luz diurna viene del lado del río, de modo que más allá de la baranda de balaustres idénticos que se interrumpe de tanto en tanto, a distancias regulares, con la abertura de una escalinata, veo por momentos la refulgencia argéntea del río, en cuya superficie el resplandor gris pareciera alisar las asperezas que producen la brisa levísima y la llovizna. Los álamos del paseo central de la costanera, más allá del cual los chalets muestran, entre la fronda, sus techos rojos mojados por la lluvia, contra el fondo gris del cielo, recortan sus agujas nítidas, pardas, mojadas. Después entro en la costanera nueva, y a mi derecha se expande el río gris, fundiéndose, más ancho, con el cielo, en el horizonte. Cielo y río parecen la misma superficie, sin ninguna transición. Acelero ligeramente. El zumbido del motor, monótono, se intensifica, y después se estabiliza, a mayor altura. En el refugio amarillo de la parada de colectivos, en medio de la ancha avenida, un gorila de impermeable fuma, lentamente. Otro está apoyado contra la pared, con las piernas cruzadas a la altura de las pantorrillas. Alzan la cabeza y siguen con la mirada, girando lentamente la cabeza, el desplazamiento del automóvil. Después me cruzo con un colectivo que avanza en dirección contraria, hacia el centro. Va casi vacío, pero alcanzo a distinguir borrosamente las caras abstraídas de tres o cuatro gorilas, machos y hembras, que miran en dirección al río por las ventanillas empañadas. La rotonda de Guadalupe avanza hacía mí, con el edificio de la parrilla detrás, pintado de gris. Las persianas metálicas acanaladas están bajas. La puerta gris tiene puestos los postigos, y la fachada mojada presenta en algunas partes unas manchas de humedad más densa, estacionaria. Giro por la rotonda, dejando atrás la fachada de la parrilla, y comienzo a rodar otra vez por la costanera nueva, en dirección al centro. Paso por la parte trasera del refugio amarillo, que ahora está a mí izquierda, del mismo modo que el río y las barrancas en las que una hilera de pinos, de un verde profundo, relumbra, destellando con el cielo gris, y condensa unas masas blancuzcas de llovizna a su alrededor. Los troncos negros de los pinos se yerguen rectos, y las frondas forman triángulos perfectos, los extremos de cuya base se curvan ligeramente hacia arriba. Detrás, los troncos tienen el río, que se confunde con el cielo. Cuando llego a la costanera vieja disminuyo ligeramente la velocidad. El sonido del motor, más bajo, se estabiliza después de haber disminuido, y continúa monótono. El rasar del limpia parabrisas continúa regular, arrastrando las gotas pequeñas que caen contra el parabrisas y estallan. Veo, a lo lejos, el puente, en toda su extensión, con los altos mástiles. Sobre el puente, diminuto, un camión pintado de verde avanza lentamente hacia la ciudad. Después lo veo salir del puente, doblar y dirigirse hacia la avenida del puerto, ahora a mayor velocidad. Paso después frente a la boca del puente -en la puerta de la garita gris hay ahora un gorila con gorra de vigilante y una capa impermeabilizada, negra-, y sigo en dirección a la avenida del puerto, viendo a través de los vidrios laterales cómo la plaza de la costanera, con sus glorietas cubiertas de hiedra, se desplaza hacia atrás. Los senderos rojos de la plaza están llenos de hojas secas, aplastadas por la lluvia. Cuando entro en la avenida del puerto, el empedrado grueso hace resonar y vibrar la carrocería. El camión verde me lleva dos cuadras de ventaja. Acelero un poco y voy aproximándome a su parte trasera. Un gran charco de agua que cubre la calle me obliga a aminorar la velocidad, y al cruzar puedo oír el rumor del agua resonar bajo las ruedas y veo cómo los vidrios, en especial los laterales, se llenan de salpicaduras. El camión verde ha ganado otra vez distancia. Acelero nuevamente y enseguida me pongo detrás. No nos separan ni seis metros. Después hago una leve maniobra, consistente en desviar el coche hacia la derecha, ya que avanzamos por la mano izquierda, junto a los canteros centrales en que se alzan las altas palmeras, y acelerando de golpe me pongo a la par del camión y después lo dejo atrás. Durante dos cuadras no disminuyo, sintiendo el intenso resonar y vibrar de la carrocería al rodar el coche sobre el empedrado grueso. Después disminuyo otra vez la velocidad. Al llegar al centro paso frente al Correo iluminado y los fondos de la estación de ómnibus, en las que se ven ya muchos gorilas, llevando valijas, o esperando en los andenes o ante las ventanillas de despacho de encomiendas. En la primera esquina doblo hacia la derecha. A las dos cuadras cruzo San Martín y sigo de largo. Después viene la esquina del Mercado Central; más adelante, el alto edificio blanco de la Municipalidad, cuya estrecha plazoleta delantera aparece ensombrecida por los grandes árboles. A mi izquierda, la ancha escalinata de entrada va desplazándose hacia atrás, más allá de los árboles de la plazoleta y de la desierta playa de estacionamiento. Sigo avanzando en línea recta hacia el oeste cruzando bocacalle tras bocacalle. Hay cada vez más gorilas en las veredas, en las puertas de los negocios, en las esquinas, en los umbrales; dos gorilas jóvenes, estudiantes secundarios sin duda, esperan en una esquina llevando libros y cuadernos bajo el brazo. Un gorila niño, de guardapolvo, cruza la calle, de la mano de su madre, que mira temerosamente en mi dirección, temiendo que yo pueda doblar hacia ellos, y que se decide a cruzar al verme seguir de largo. Un gorila viejo, en salto de cama, levanta un tacho de basura vacío y se lo lleva al interior de la casa. Una gorila, también vieja, mira la llovizna desde una ventana. Cuando llego a la Avenida del Oeste, y doblo a la izquierda, comienzo a rodar con los jardines del Regimiento a mi derecha. Más allá de los árboles que se alzan en medio de canteros de césped perfectamente cortado, está el edificio gris de la intendencia. La verja verde se interrumpe de golpe en el portón de entrada, en el que dos soldados, la carabina al hombro, montan guardia, paseándose frente al portón. Dejo atrás el Regimiento. A mi lado, en el asiento, está el portafolios cerrado. En la Avenida del Sur doblo hacia el este. Paradójicamente, la claridad ha disminuido. Espero un momento a que el semáforo cambie la luz roja por la verde y después cruzo la bocacalle. Antes de llegar a la primera esquina doblo, subo a la vereda de la derecha, y entro en el patio trasero de los Tribunales, estrecho y embaldosado. Hay dos o tres automóviles estacionados, vacíos y cerrados. Detengo el motor. Dejo de oír su zumbido al mismo tiempo que el limpiaparabrisas se detiene. Después recojo el portafolios y bajo. El agua me da en la cara; son gotas finas y frías, que estallan contra mi piel. Llego al hall, completamente vacío, salvo dos gorilas sentados en el banco junto a la escalera de la derecha, y paso junto al ascensor cuyas puertas están abiertas. El ascensorista, sentado en su taburete, la mano apoyada en la palanca de control, me mira pasar, saludándome con indiferencia. Comienzo a subir las anchas escaleras de mármol, apoyando la mano derecha en el pasamanos de madera, en que termina la baranda de hierro trabajado. Cuando llego al tercer piso me detengo y miro hacia abajo: el vacío cuadrado de mosaicos blancos y negros, ajedrezado, y las dos figuras sentadas en el banco, junto a la boca de la escalera. Después sigo por el corredor hasta mi oficina y entro en ella.

Está desierta. Detrás del marco en cruz de la ventana, en mi despacho, relumbra la oscuridad del día gris. Enciendo la luz, dejo el portafolios sobre el escritorio y sacándome el impermeable, lo cuelgo de la percha. Camino sobre el piso de madera encerado hasta la ventana. En la plaza, la lluvia moja las palmeras y los naranjos cuyos frutos amarillos manchan las duras hojas verdes. Los senderos rojizos están desiertos. Me vuelvo hacia el escritorio y me siento en mi sillón. Del portafolios saco el cuaderno, el libro, el diccionario y las lapiceras de todos colores. La página ciento diez, señalada con la hoja doblada de papel blanco, está llena de marcas y de líneas en su mayor parte. Abro también el cuaderno, en el que la escritura hecha con una apretada letra negra, presenta también señales de todas clases: cruces, círculos, rayas verticales u horizontales. La página ciento once del libro no muestra más que la pareja letra de imprenta, sin una sola marca adicional. Leo, subrayándolo débilmente y con una línea entrecortada, el primer párrafo limpio de la página ciento diez: "Your wife! Donan!… Dind't you get my letter? I wrote to you this mormng, and sent the note down, by my own man". "Yourletter? Oh, yes, I remember. I bave not read it yet, Harry. I was afraid there might something iit that I wouldn't like. You cut life lo pieces with your epigrams" En la palabra epigrams termina la página ciento diez. Subrayo también, con una línea débil y entrecortada, hecha con una lapicera a bolilla azul, la primera frase de la página ciento once: You know nothing then? Después escribo en el cuaderno en tinta negra y con una caligrafía apretada: "¡Tu esposa! ¡Dorian! ¿No has recibido mi carta?".

Cuando entra el secretario, he llegado casi hasta el final de la página ciento once. Estoy traduciendo el antepenúltimo renglón. Toda la página ciento once se ha llenado de señales y marcas hechas con lapiceras y lápices de todos colores. El secretario se acerca al escritorio inclinando su cabeza entrecana hacia mí. "Doctor", me dice."Han pasado un informe de jefatura sobre un homicidio ocurrido anoche en la seccional sexta." "Sí", digo. "Me llamaron por teléfono anoche." "Dicen que no tienen espacio en la jefatura, y si usted no puede tomarle declaración", dice el secretario. "Teníamos una audiencia esta mañana", digo yo. "Puede suspenderse", dice el secretario. "¿Y los testigos?", digo yo. "Hay algunos", dice el secretario. "No puedo tomar declaración al imputado si no hablo antes con los testigos", digo yo. "Es la pura verdad", dice el secretario. "Diga que me manden los testigos a primera hora de la tarde", digo yo."Y si puede suspender la audiencia de la mañana, suspéndala. Si me buscan o me llaman por teléfono, diga que estoy en la audiencia". "¿A qué hora quiere los testigos?", dice el secretario. "A las cuatro" digo yo. El secretario sale. Me inclino hacia el antepenúltimo renglón de la página ciento once y subrayo débilmente, con una lapicera a bolilla color verde, en una línea entrecortada: They ultimately found her lyin dead on the floor ofher dressing-room. Cuando el secretario vuelve a entrar, yo estoy subrayando la delgada línea entrecortada hecha con la lapicera a bolilla de color verde la antepenúltima, la penúltima, y la última frase de la página ciento trece: "Harry", cried Donan Gray, coming over and sitttng down beside him, "why is it that I cannot feel this tragedy as much as I want to? I don´t think I am heartless. Do you?". Entra exactamente cuando yo subrayo las últimas dos palabras. "Está el cronista de La Región, juez", dice. "Quiere hablar con usted." "Dígale que estoy ocupado, en la indagatoria", digo yo. "Me preguntó cuándo va a tener lugar la indagatoria de la que usted le habló", dice el secretario. "¿Cree que mañana a mediodía vamos a terminar con todos los testigos"?, digo yo. "Creo que sí", dice el secretario. "Dígale entonces que mañana a las cuatro" digo yo. El secretario sale. Me levanto y me asomo a la ventana. Ahora la atmósfera se ha aclarado algo, pero la llovizna continúa. En la plaza, las palmeras relumbran. Algunos gorilas, encogidos en la llovizna, caminan por los senderos rojizos, en dirección a la Gobernación. Mi reloj pulsera me indica que son las diez y cincuenta y cinco. Después me vuelvo a sentar ante el escritorio y continúo traduciendo hasta las doce. Guardo todas las cosas en el portafolios, me pongo el impermeable, paso por la oficina del secretario, le digo que a las cuatro en punto voy a comenzar a interrogar a los testigos, y salgo al corredor. Camino hasta el borde de la escalera, me apoyo en la baranda, y miro hacia abajo: el cuadrado de mosaicos blancos y negros, ajedrezado, está lleno de figuras achatadas que hormiguean en pequeños grupos que se rompen y vuelven a nuclearse, en distintos puntos de! damero. Después comienzo a bajar, oyendo las voces cada vez más nítidamente, hasta que se convierten en un estruendo incomprensible cuando llego a la planta baja y atravieso el vestíbulo en dirección al patio trasero. Cruzo los corredores del fondo, más vacíos, y llego al patio. La llovizna me golpea la cara. Cierro los ojos durante un momento, deteniéndome, pero sigo enseguida hasta el automóvil. Subo al automóvil, pongo el motor en marcha, y salgo reculando, lentamente, hacia la calle.

En la calle pongo la culata hacia el este, y después comienzo a avanzar por la Avenida del Sur. Cuando llego a la Avenida del Oeste doblo a la derecha y sigo recto por la avenida -el Regimiento, el Mercado de Abasto, el cine- hasta llegar al bulevar. Allí doblo otra vez hacia la derecha y avanzo hacia el este. Llego hasta San Martín, después de pasar frente a la fachada amarilla, con las incrustaciones de las celosías verdes, de la Universidad, y doblo hacia el sur. En San Martín, los gorilas se amontonan bajo los aleros, en los umbrales, bajo los toldos, para protegerse de la llovizna. Paso frente a las vidrieras de La Región -a mi derecha-, los corredores de la galería, iluminados -a mi izquierda-, el Teatro Municipal -a mi izquierda-, rodando lentamente, detrás de una larga hilera de automóviles, la marcha entorpecida de tanto en tanto por gorilas jóvenes que saltan por encima de los charcos y cruzan corriendo las calles para no mojarse. Después espero ante el semáforo de la Avenida del Sur, y cuando la luz verde se enciende, cruzo la bocacalle y marcho con la Plaza de Mayo a mi derecha, y la esquina gris de la Gobernación que avanza hacia mí hasta que queda atrás. Después viene el convento, y por fin los árboles del parque más allá del cual se vislumbran las aguas del lago. Detengo el coche junto a la vereda, a la derecha, frente a mi casa. Recojo el portafolios y bajo.

Subo las escaleras y entro directamente en el estudio. Casi enseguida, mientras estoy sacándome el impermeable, entra Elvira. Me pregunta si voy a comer. "Sí, algo", digo yo. "Sírvame aquí, en el estudio." Después le digo que si viene el cobrador del Country a cobrar las cuotas de mamá, que se las pague. Pongo en el tocadiscos el Concierto para violín y me siento en el sofá doble, de espaldas al ventanal, a escucharlo. Al rato, entra Elvira con una bandeja y atraviesa la habitación en puntas de pie. Con la cabeza, le hago una seña para que deje la bandeja sobre el escritorio y antes de salir recoge el impermeable de sobre un sillón y sale. Me levanto y miro la bandeja. Hay unas galletas en un plato y un tazón de sopa dorada, espesa, que humea. Mientras suena la música, tomo lentamente la sopa, y como tres o cuatro galletitas. Después me sirvo un vaso de whisky y me lo tomo, puro, de dos o tres tragos. Después me reclino en el sofá, hasta que el concierto termina. Entonces se oyen los ruidos del automático, y después nada más.

La habitación queda en completo silencio. De la calle no llega ningún ruido. Entra únicamente la claridad gris, que ahora se ha opacado algo, a través del ventanal. Comienzo a oír la crepitación apagada, y después veo la vasta extensión llana, comida por el incendio. Las llamas se extienden parejas hasta el horizonte. No se ve humo. Únicamente algún súbito chisporroteo excede por un momento la altura de las llamas, pero después desaparece.

Me levanto y me asomo al ventanal. El parque está desierto. Entre los troncos que se alzan del terreno en declive, se ve, abajo y por momentos, el agua del lago. Después vuelvo y me siento al escritorio, abriendo el portafolios. Cuando tengo todo preparado sobre el escritorio -el cuaderno, el libro, el diccionario y los lápices- me levanto, voy al baño, y después vuelvo al estudio a trabajar. A las cuatro menos diez subrayo la tercera, la cuarta y la quinta línea de la página ciento quince: One should absorb the colour of life, but one should never remember its details. Detaits are always vulgar. Después me levanto, dejando todo sobre el escritorio. Recojo el impermeable del baño, me lo pongo y salgo a la calle. Llovizna. El aire se ha oscurecido algo. Miro el cielo. El gris se ha hecho más profundo, más oscuro, y los nubarrones presentan bordes acerados. Entro en el coche y después de poner el motor en marcha, doy la vuelta lentamente, sobre San Martín, y avanzo hacia el norte. En el semáforo de San Martín y la avenida doblo hacia la izquierda y recorro una cuadra, paso por la esquina del Tribunal, dejando atrás el lado norte de la plaza, y subiendo a la vereda entro en el patio trasero. Estaciono el coche y bajo. Atravieso los corredores y el vestíbulo ajedrezado desierto y subo hasta el tercer piso. En el corredor veo un grupo de gorilas, dos de ellos uniformados. Los dos uniformados se cuadran al verme llegar. Hay dos machos, dos hembras y una criatura hembra. Entro en la oficina del secretario sin mirar el grupo. El secretario está escribiendo a máquina y alza su cabeza entrecana al verme entrar. "Están los testigos, juez", dice. "Y aquí está el sumario." Me extiende el legajo y paso con él -una carpeta delgada de tapas rosadas- al despacho. Me siento a leerlo. Dice que el primero de mayo, alrededor de las veintiuna, en un almacén de Barrio Roma, Luis Fiore, de treinta y nueve años, descargó dos tiros de escopeta sobre su mujer, María Antonia Pazzí de Fiore (a) "la Gringa", de treinta y cuatro años, produciéndole la muerte en el acto; que el imputado, después de cometer el homicidio, fue a un bar de las cercanías, tomó un par de copas, y después se encerró en su domicilio. Que permaneció en él hasta que la policía llegó a buscarlo, y que se entregó sin resistencias. Que según las declaraciones de los testigos -Pedro Gorosito, de cincuenta y cuatro años; Amado Jozami, de treinta y seis; Zulema Giménez de treinta; y Luisa Luengas, de treinta y dos-, si bien notaron alguna irregularidad en la conducta de los protagonistas del hecho, no hay causa aparente que pueda haber precipitado el homicidio. Dejo el legajo y me asomo a la ventana. En la plaza, los senderos rojizos están desiertos y la llovizna cae sobre las palmeras y los naranjos. Me saco el impermeable y lo cuelgo de la percha. Después llamo al secretario. "Quiero terminar hoy mismo", le digo. "Mañana vamos a pasar por el lugar del hecho."¿Hago pasar al primero, juez?", dice el secretario. "Sí, tráigalo", digo. Cuando el secretario sale, me siento detrás del escritorio. Después vuelve el secretario con uno de los gorilas machos. Es rubio y tiene las manos rojas, cubiertas de vello rubio en el dorso, y un diente de oro. Le digo que se siente. El secretario se sienta a la máquina. Lo mira. Yo siento, en cambio, la mirada del gorila rubio clavada temerosa en mí. "Su nombre es Amado Jozami y tiene treinta y seis años de edad, ¿verdad?", dice el secretario, amablemente. "Sí, señor", dice el gorila rubio. "Es argentino y tiene un almacén y despacho de bebidas en la calle Islas esquina Los Laureles, ¿verdad?, dice el secretario, con su voz amable. "Sí, señor", dice el gorila rubio. "Muy bien", digo yo. "Cuente entonces lo que sepa, diciendo la verdad." El gorila rubio se sienta en el borde de la silla y mira al secretario, y después hacia mí. "Estábamos en el almacén", dice, y en ese momento el secretario comienza a escribir a máquina, "cuando llegan ellos en la camioneta. Oímos el ruido de la camioneta desde el almacén y pensamos que quién sería. Entonces los vemos entrar a ellos, con la escopeta y dos patos muertos. Dejan los patos y la escopeta sobre el mostrador, y piden una caña cada uno. Después se ponen a conversar en voz baja entre ellos. Él se queda mudo, aparte, mirándonos, y ella se pone a hablar a los gritos. Él le dice que se calle. Ella abre el bolso y saca una linterna y empieza a encandilarlo. Él le dice que la apague. Ella deja la linterna sobre el mostrador y empieza a quejarse de su vida. Él después le dice que tienen que irse. Ella protesta, y salen. Cosa de un minuto después, oímos las explosiones. Cuando salimos, ella está en el suelo y él está poniendo en marcha la camioneta. Sale como un refucilo, y desaparece, y ahí nos quedamos nosotros con ella, muerta". El gorila rubio hace silencio. Un momento después, deja de oírse el golpeteo de la máquina y el secretario queda en suspenso, con las manos elevadas y los dedos apuntando hacia las teclas. "¿Conocía a Fiore y a su mujer?", digo yo. "Sí", dice el gorila rubio. "Eran del barrio. Pero no compraban en mí almacén. Él sabia venir de cuando en cuando a tomar unas copas." "¿Cómo se comportaba?", digo yo. "Bien. A veces, únicamente, se quedaba una o dos horas, parado cerca del mostrador, sin decir una palabra", dice el gorila rubio. "Se quedaba parado dos horas, mirando a los presentes, pero no decía una palabra." "¿Se ponía ebrio o algo parecido?", digo yo. "Bueno", dice el gorila rubio, "como todo el mundo. De vez en cuando, pero mucho no se le notaba". "¿Protagonizó algún desorden, aparte del de anoche, en su almacén?", digo yo. "Que yo sepa, ninguno", dice el gorila rubio. La máquina de escribir del secretario acompaña ruidosamente sus palabras y acaba siempre un momento después que la voz enmudece. "¿Cree que el homicida y la víctima se encontraban en estado de ebriedad, anoche?", digo yo. El gorila rubio encoge su rostro ancho, cierra la boca apretando los labios y ocultando el diente de oro. "No sabría decir", dice después. "Ella hablaba mucho y decía algunas cosas, bueno, impropias en una mujer, según se mire, pero él no dijo una palabra. Y cuando lo encandiló con la linterna, él ni se movió. Cerró los ojos y le dijo que la apagara, pero ni se movió. No sé. Pueden haber estado borrachos." "¿Qué hicieron usted y los otros testigos cuando oyeron las explosiones?", digo yo. "Salimos disparando para la puerta", dice el gorila rubio. "Y cuando llegamos, él estaba poniendo en marcha la camioneta, y ella estaba tirada en el suelo; no se movía. Cuando él se fue, a toda velocidad y con la puerta del lado del volante abierta, vimos que en el suelo estaban los patos, el bolso de ella, y la linterna encendida. Yo fui el primero que la toqué y vi que estaba muerta. Después fui y llamé por teléfono a la seccional. Y enseguida vino la policía. Yo dije todo en la declaración". Después dice que su negocio es una casa decente y trata de mostrar el certificado de buena conducta. Le digo que no hace falta, y que vaya a esperar en el pasillo. Vacila y después se levanta, mirando alternativamente al secretario y a mí. Cuando sale, noto la mirada del secretario clavada en mi rostro. Lo miro, pero no digo una palabra. Enseguida, el agente reaparece en la puerta del despacho. "Traiga otro", digo yo. El vigilante desaparece. Por un momento, en el interior del despacho no se oye nada. Vuelvo la cabeza y veo, a través de la cruz negra del ventanal, las refulgencias grises del cielo. Ahora está un poco más claro y más brillante, pero sigue lloviznando. El secretario se mueve en su silla, haciéndola crujir. Muevo los pies, y mis zapatos resuenan en el piso de madera. Entonces el vigilante reaparece en la puerta del despacho. Con él, viene la criatura. Tiene el pelo oscuro y es tan delgada que tengo la impresión de que la mano del vigilante, que se apoya sobre su hombro, puede hacerla pedazos a la menor presión. La nena avanza, con expresión seria. Le digo que se siente. El vigilante queda parado detrás de su silla. El secretario se inclina dulcemente hacia la criatura y le pregunta cómo se llama. "Lucía Fiore", dice la criatura. El secretario le pregunta cuántos años tiene y la criatura responde que diez años. Después me inclino hacia ella y le pregunto qué hizo el día anterior. "Fui con mí mamá y mi papá a cazar patos", dice la nena. Le pregunto dónde. "A Colastiné, y cazamos dos patos", dice la nena. "¿En qué fueron hasta allá?", digo yo. "Fuimos en la camioneta del molino que le prestaron a mi papá porque era primero de mayo y no había colectivo", dice la nena. "¿Oíste alguna discusión entre tu papá y tu mamá, ayer?", digo yo. "No", dice la nena. "Ninguna." "¿A qué hora volvieron de Colastiné", digo yo. "De noche", dice la nena. "Y mí papá y mi mamá me dejaron en casa porque dijeron que iban a devolver la camioneta. Pero después fueron al boliche del turco Jozami y mi papá la mató." La máquina del secretario resuena un momento más después de que la voz de la nena ha enmudecido y por fin se apaga. Oigo su eco resonar un momento todavía en el interior de mi cabeza. Estoy mirando a la nena, cómo ella me contempla con sus grandes ojos tranquilos. "¿Discutían, a veces, tu papá y tu mamá?" digo yo. "A veces", dice la nena. "¿Te pegaban?", digo yo. "A veces" dice la nena. "¿Qué pensaste cuanto tu papá y tu mamá te dijeron que iban a devolver la camioneta?", digo yo. "Qué mi papá la iba a matar" dice la nena. La máquina de escribir del secretario enmudece de golpe y veo que el vigilante gira bruscamente la cabeza y clava en mí una mirada de asombro. Simulo no advertir ni una cosa ni la otra. Dejo que pase un momento de silencio antes de preguntar. "¿Como lo sabías?", digo. "Porque lo había soñado esa noche. Había soñado que volvíamos de Colastiné con mi mamá y mi papá y que ellos decían que iban a devolver la camioneta, pero iban al almacén del turco Jozami y mi papá le pegaba dos tiros en la cara a mi mamá. Yo había soñado todo tal como pasó. Por eso, cuando me dijeron que iban a devolver la camioneta, yo sabía que él iba a matarla." "¿Y por qué no dijiste nada, cuando viste que él iba a matarla?", digo yo. "Porque así tenía que pasar", dice la nena. "¿Querías a tu mamá?", digo yo. "Sí", dice la nena. "Y a tu papá?" digo yo. "También" dice la nena. La máquina del secretario suena un momento y después se detiene. "¿Soñaste todo, tal como ocurrió?", digo yo. "Todo", dice la nena. "¿Te han dicho que aquí debe decirse toda la verdad?" dice el secretario. La nena ni siquiera lo mira. Los tres, el vigilante, el secretario y yo, nos hallamos inclinados hacia ella. Ella permanece erguida, sentada en el borde de la silla, flaca como un palo. Ahora sus ojos tranquilos no miran a ninguna parte. De nuevo hay un silencio total en el despacho, "Llévela", digo yo. La nena se levanta, dócil, y sale con el vigilante. Cuando desaparecen, el secretario me mira. "¿Qué piensa, juez?", me dice. "Nada", digo yo. El tercer testigo es una gorda hembra que dice llamarse Zulema Giménez. Dice que no es por decirlo, pero que ella sabía que algo malo estaba por ocurrir. Que esa mujer hablaba mucho. "Yo tengo mucha psicología", dice, "y me di cuenta de que algo malo iba a ocurrir. Me lo esperaba de un momento a otro". Le pregunto cuál es su profesión y se detiene de golpe. "Mis quehaceres", dice. "¿Cuáles son sus quehaceres?", digo yo. "Soy una mujer de mi casa", dice ella. "Una mujer de su casa no va a tomar copas a un despacho de bebidas", digo yo. Ella hace silencio. "Cuente lo que pasó y no dé ninguna opinión si nadie se la pide", digo yo. Miro al vigilante que está parado detrás de ella. "¿Tiene antecedentes esta mujer?", digo. "Ley de profilaxis" dice el vigilante. Después ella dice que Fiore había estado guiñándole el ojo todo el tiempo, y que la mujer se dio cuenta, y por eso empezó a encandilarlo con la linterna. El secretario hace resonar la máquina durante largo tiempo. Después se detiene. "¿Alguien más notó eso?" digo yo. "Mi amiga, el turco Jozami, todos se dieron cuenta. Y por eso ella empezó a provocarlo diciendo que él andaba con una y con otra." "¿Dijo expresamente eso: que andaba con una y con otra?", digo yo. "No sé", dice ella. "Lo dio a entender, eso es seguro." "¿Por qué?" digo yo. "Porque él empezó a guiñarme el ojo y ella lo encandiló con la linterna. Entonces él le dijo que la apagara y ella la apagó. Y entonces ella dijo que él andaba con una y otra", dice ella. "¿Conocía de antes al imputado o a la víctima?", digo yo. "De vista", dice ella. "¿Dónde los había visto?", digo yo. "No sé. Les veía cara conocida", dice ella. "Eran del barrio." "¿Vio algo de lo que ocurrió en el patio?", digo yo. "Algo vi", dice ella. "La luz de la linterna, encendiéndose y apagándose, y después algo que se movía." "¿Qué cosa se movía?", digo yo. "No sé, algo, un cuerpo, una persona", dice ella. "Él, capaz; o ella. Después se sintieron los tiros y salimos corriendo para el patio." "¿La puerta que daba al patio estaba abierta?", digo yo. "Un poco", dice ella. "Apenas. Porque era primero de mayo y el almacén tenía que estar cerrado." "Usted, ¿qué hacía en el almacén?" "Había ido a comprar una lata de picadillo y un poco de queso", dice ella. "¿Y se quedó una hora?", digo yo. "Nos pusimos a conversar con don Gorosito y el turco, y se nos fue pasando el tiempo", dice ella. Alzo la cabeza y miro al vigilante. "Traiga al señor Jozami" digo yo. El vigilante sale. Un momento después vuelve con el gorila rubio que queda parado junto a la mujer. "La señorita afirma que el imputado estuvo guiñándole el ojo todo el tiempo, y que eso enfureció a la víctima", digo yo. El gorila rubio se encoge de hombros. "Yo no vi nada", dice. "Estuvo guiñándome el ojo; a mí y a Zita", dice ella. "¿Quién es Zita?", digo yo. "Mi amiga", dice ella. "Y por eso ella, la 'víctima', se enfureció. Empezó a decir que ella era más mujer que cualquiera. Y cuando él le dijo que se callara la boca, ella empezó a encandilarlo con la linterna. Le ponía la luz en los ojos y él echaba la cabeza así, para atrás, así, y después le dijo que la apagara. Y ella la apagó." "El señor dice que él no vio nada respecto de que el imputado le estuvo guiñando el ojo", digo yo. "No habrá visto", dice ella, y se vuelve hacia el gorila rubio. "Vos capaz que no te diste cuenta, turco. ¿Pero no viste cómo ella empezó a decir que era más mujer que cualquiera, y él no decía nada y se quedaba parado en la punta del mostrador?" "Yo vi que él estaba callado, y oí las cosas que decía ella, pero no vi que guiñara el ojo a nadie", dice el gorila rubio. "¿Dónde estaba parado usted?", digo yo, mirando al gorila rubio. "Atrás del mostrador", me dice. "¿Había luz en el local?", digo yo. "Sí, había buena luz", dice el gorila rubio. "¿Puede haberle guiñado el ojo a la señorita sin que usted se haya dado cuenta?", digo yo. "Puede", dice el gorila, encogiéndose de hombros. Después dice que su negocio es un negocio decente y que él tiene patente municipal para despachar bebidas en el mostrador. Le digo al vigilante que lo lleve. Cuando desaparecen del despacho, me dirijo a ella. "Usted oyó los tiros y salió afuera. ¿Qué vio?" "Vi primero que la camioneta estaba arrancando y después vi cómo Jozami se inclinaba al suelo porque ella estaba tirada. Y estaba la linterna encendida apuntando al cuerpo de ella. Después la camioneta pegó una frenada, patinó, y desapareció. Llevaba la puerta abierta. Ah, también estaban los patos en el suelo. Y Jozami agarró la linterna y le iluminó la cara a ella y después se paró y dijo que estaba muerta." "Entonces, ¿qué hizo usted?", digo yo. "Magínese", dice ella. "Fue un momento de mucho nerviosismo. El desgraciado la había matado." "¿Llevaban algo en la mano, el imputado y la víctima, cuando entraron en el almacén?", digo yo. La máquina del secretario acompaña ruidosamente mis palabras. "Hila llevaba un bolso grande, y él entró con la escopeta y los dos patos y dejó todo encima del mostrador", dice ella. En ese momento, el vigilante vuelve y queda parado en la puerta que da a la oficina del secretario, mirándonos. "Llévela", digo. "¿Traigo a la otra, juez?", dice el vigilante. "Sí. Tráigala", digo yo. Desaparecen y enseguida vuelve a aparecer el vigilante, con la otra hembra. Tiene los labios pintados de rojo y el colorete no alcanza a disimular las venas azules que revela su piel traslúcida. Dice que se llama Luisa Luengas y que es casada, de treinta y dos años. Dice que lo que pasó la dejó fría. Que nunca lo hubiese imaginado. Así, de un momento para otro, ese hombre la había matado. Y habían dejado sola en el mundo a esa pobre criaturita inocente, ¿vio?, y si pasa cada cosa hoy día que no dan ganas de vivir. "¿De qué se ocupa?", digo yo. "Mis quehaceres", dice ella. Miro por encima de su cabeza al vigilante, que se halla parado detrás de su silla. "¿Tiene algún antecedente la testigo?", digo. "Ley de profilaxis", dice el vigilante. "Muy bien", digo yo. La miro: "¿Qué estaba haciendo en el almacén de Jozami?". "Fui con mi amiga a comprar unas cosas para la comida"¿Tomaron algo?", digo yo. "Una copa, que nos invitó Jozami", dice ella. "¿Había gente en el almacén, cuando entraron?" "Estaban Jozami y don Gorosito", dice ella. "¿Los conocía?", digo yo. "Claro que los conocía", dice ella. "Si mi amiga y yo vivimos a media cuadra del almacén y don Gorosito está siempre ahí." "¿Usted vive con su amiga?", digo yo. "Sí", dice ella. "Soy separada." "¿Cuánto hace que vive en el barrio?", digo yo. "Cuatro meses", dice ella. "¿Conocía a la víctima y al imputado?", digo. "Me parece que sí, que de vista los conocía", dice ella. "Pero no estoy muy segura." "Cuente lo que vio en el almacén", digo yo. "Estábamos ahí tomando una copa, y nos íbamos a ir en ese momento, cuando oímos el motor de la camioneta y después las puertas que se abren y se cierran. Don Gorosito le pregunta a Jozami que quién será, y Jozami dice que no sabe. Entonces se abre la puerta y entran, ella primero, con el bolso, y él después, llevando la escopeta y dos patos. Va y deja los patos, que estaban muertos, y la escopeta, sobre el mostrador. Saludan a todos, y piden dos cañas. Él se para en la punta del mostrador y no dice nada, pero ella habla a los gritos. En un momento dado miré y me pareció que él se estaba riendo, pero no estoy segura, porque estaba un poco barbudo. Le vi la dentadura, blanca. Ella se pone a decir que se siente más mujer que ninguna. Yo pensé que nos estaba provocando a Zully y a mí, pero no le dije nada. Él le dijo que se callara la boca. 'Callate, Gringa', le decía, 'callate, Gringa'. Ella entonces sacó la linterna del bolso y empezó a encandilarlo. Él le dijo que la apagara. Se veía que le estaba haciendo mal a la vista. Él echaba la cabeza para atrás y cerraba los ojos, diciéndole que apagara la linterna. Después ella apago la linterna y empezó a decir que él le daba mala vida. 'Anda siempre corriendo atrás de las negras', decía. 'Ve una negra y se vuelve loco.' Entonces él le dijo que se fueran y salieron. No pasó ni un minuto que oímos los tiros. Salimos corriendo para el patio y vimos que ella estaba tirada en el suelo. La linterna encendida le encandilaba la cara. Y él estaba poniendo en marcha el motor de la camioneta, y después se fue a toda velocidad. Pegó una patinada y desapareció. Iba con la puerta abierta. Jozami dijo que estaba muerta y fue y llamó a la seccional. Después vino la policía y nos llevó a todos a prestar declaración." "Aparte del incidente de la linterna, ¿pasó alguna otra cosa en el almacén como para que el imputado decidiera disparar sobre la víctima?", digo yo. La maquina del secretario acompaña mis palabras. Después se detiene, mientras ella vacila. "No sé. Capaz que venían cargados de otra parte", dice. "¿Cómo cargados? ¿Qué significa esa palabra?", digo yo. "Capaz que habían estado tomando en otro lado, o se habían peleado en el camino. Aparte de saludar, él no dijo una palabra. Capaz que estaba enojado", dice ella. "¿El imputado la miró en algún momento, o le hizo alguna seña con la cara, o algún ademán significativo?", digo yo. "¿A quién?", dice ella. "A usted o algún otro", digo yo. "A mí no, pero la Zully dice que a ella le estuvo guiñando el ojo. Que ella lo vio lo más bien y se hizo la desentendida porque no quería líos con la mujer. Pero parece que la mujer se dio cuenta y entonces empezó a decir que ella era más hem… más mujer que nadie", dice ella. "¿Usó exactamente esa palabra: mujer?", digo yo. "No: usó la palabra hembra. Dijo que ella era más hembra que cualquiera. Entonces él le dijo que se callara la boca y ella sacó la linterna y lo encandiló. Él le dijo que la apagara y después salieron. Y entonces apenas salieron se sintieron los dos balazos y cuando salimos todos corriendo la encontramos tirada en el suelo y vimos que él se iba con la camioneta a toda velocidad. La puerta de la camioneta estaba abierta, y yo vi que seguía cuando la camioneta pasó bajo la luz de la esquina." "¿Tocó alguien la escopeta mientras estuvo sobre el mostrador?", digo yo. "Yo no vi nada", dice ella. Alzo la cabeza y miro hacia el ventanal. Está oscureciendo. Es una semipenumbra verdosa. Todavía llovizna. Después la vuelvo a mirar. "Por esta vez, vaya", digo. Noto la mirada del secretario sobre mi rostro, pero simulo no percibirlo. Entonces el vigilante desaparece con ella, y después vuelve con el otro gorila. Tiene puesto un traje negro, viejísimo, lustroso en los codos y en las rodillas, y un sombrero negro. Es muy delgado y pálido. Cuando habla huele a alcohol. Sonríe continuamente y cuando llega hasta el borde del escritorio, se inclina hacia mí, estirándome la mano. "Mucho gusto", dice. No se la estrecho, y le digo que se siente. "¿Su nombre?", pregunta el secretario. "Pedro Gorosito, para servirle cincuenta y cuatro años, ex deportista", dice. "¿Nacionalidad?", dice el secretario. "Argentino, y a mucha honra", dice. Le digo que cuente todo lo que vio en el almacén de Jozami.

Se saca el sombrero y lo deja sobre su rodilla. Tiene el pelo peinado a la gomina, tan liso y pegado al cráneo que parece un casquete negro recubierto de laca. La cara, llena de arrugas finísimas, se mueve constantemente, fijando una mirada débil, ora sobre el secretario, ora sobre mí. Dice que él ha visto muchas cosas en su vida, que es un hombre muy experimentado. Que él ha sido goleador en el Club Progreso, en los años cuarenta y que con sus propios ojos ha visto muchas cosas, que podría escribirse un libro con toda la experiencia que él tiene para contar. Que, según él, y sin querer ofender a nadie, hay muchas cosas que marchan mal en este país, que haría falta una mano dura capaz de "llevar el caballo hasta el disco, cosa que no se desboque". Que a él le gusta la gente humilde, y que siendo él mismo una persona humilde, que sin embargo ha conocido la gloria, "sin jatancia", se da su lugar y sabe ser de pueblo con los del pueblo, manso con los mansos y bravo con los bravos. Que nadie como él conoce esta ciudad, que él ha hecho todos los oficios y ha andado por todos los barrios, y que por eso conoce a toda la gente que significa algo para la gente.y para el deporte. Con don Pedro Candioti, por ejemplo, él ha sabido andar como si fueran hermanos, y hasta lo acompañó nadando diez kilómetros cuando don Pedro unió a nado los puertos de Baradero y Santa Fe, "sin que por eso yo no sepa guardarme mi lugar". Que ya quedan pocos hombres experimentados, de la guardia vieja, y que los pocos que quedan miran escandalizados cómo marchan los tiempos "actuales". Que él se pone a disposición del señor juez y del señor secretario, porque no tiene nada que ocultar, y que no es la primera vez que el destino lo lleva a servir a la justicia. Que en punto a lo que pasó en el boliche del turco, tiene mucho que decir, porque lo que pasó allí fue una cosa verdaderamente "tremenda", que muestra a lo que conduce cuando las personas no tienen "conduta" y no saben guardarse su lugar. Que él ya los vio venir y notó que iba a pasar algo raro, pero no quiso abrir la boca porque no estaba en su casa y él ha sido siempre respetuoso en casa ajena. Que se veía bien que ese hombre llevaba algún propósito "malino", porque fue a pararse en la punta del mostrador mirando desde ahí con una cara muy fea y oyendo la conversación de la clientela allí presente sin decir una sola palabra. También había estado mal esa mujer diciendo cosas indebidas para una mujer de su casa, "másime" teniendo en cuenta que había otras damas presentes y que podía ofender. Dice que, a su juicio, también en lo de la linterna ella estaba buscando camorra, porque encandilar de ese modo al marido para hacerle pasar un papelón delante de los presentes, era demostrar muy mala entraña. Pero que con todo, él no juzga a nadie, porque, a su modo de ver, si la mujer se quejaba de que el marido le daba mala vida, por algo era. "Así que cuando oí los tiros, ni un pelo se me movió, porque yo ya me la estaba viendo venir", dice. Le pregunto qué es lo que vio al salir al patio.

"¿Y qué iba a ver?", dice. "Lo que yo ya había cantado que iba a pasar desde que entraron. 'Másime' que él la dejaba hablar y decir todas esas cosas, y mientras tanto se reía. Yo veía que él se reía. Y también ella se reía. Hasta que pensé que todo era puro teatro y nos estaban tomando el pelo. Cuando salí al patio, vi que la camioneta pasaba bajo la luz de la esquina, a todo lo que da, y desaparecía. El turco Jozami le estaba alumbrando la cara a la mujer, y después se levantó diciendo que estaba muerta. Yo ya soy un hombre fogueado para estas tragedias. Ni un pelo se me movió. Cuando se mató Domingo Bucci, yo era su mecánico. Y yo le digo: Domingo, tengo un pálpito feo para la 'prosima' vuelta. No me gusta nada. Y él me dijo: De algo hay que morir, Pedrito, y siempre se muere rápido. Así es, señores. Yo, desde que los vi entrar con la escopeta y esos patos muertos, no di un centavo por la vida de esa mujer." Miro al vigilante. "Llévelo, nomás", digo. Él se para, y se inclina, dándole forma al ala de su sombrero negro. "No es por 'jatancia'", dice, "pero el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Mucho gusto, Gorosito", y estira la mano hacia mí. "Vaya, está bien", digo. Sale. Después, el policía vuelve. "Tráigame mañana a las cuatro al inculpado", le digo. "A la mañana vamos a ir con el secretario al lugar del hecho." Cuando el vigilante sale, me levanto y camino hacia la ventana. Ha oscurecido completamente, sobre los árboles de la plaza. El secretario hace resonar la máquina de escribir a mis espaldas. Después me pongo el impermeable y salgo. El corredor está desierto. Llego hasta el borde de la escalera, y asomándome a la baranda, veo al grupo de testigos cruzar el cuadrado ajedrezado, de mosaicos blancos y negros, y después desaparecer en dirección a la salida. Bajo lentamente las escaleras. Cuando llego a la planta baja, el vestíbulo está desierto. Atravieso los corredores desiertos, oscuros, y salgo a la oscuridad del patio trasero. En la oscuridad, la lluvia me golpea la cara, levemente. El automóvil es una masa más densa de penumbra, pegada sobre la oscuridad lluviosa. Cuando toco el picaporte de la portezuela, lo percibo helado. Me siento frente al volante y enciendo el motor. La luz roja del tablero toca levemente mi rostro y alcanzo a percibir sus reflejos en el retrovisor. Después hago un medio giro, lentamente, y avanzo lentamente por el patio estrecho, saliendo a la Avenida del Sur. La llovizna se adensa en masas blancuzcas alrededor de las lámparas a gas de mercurio, que arrojan una luz blanca. Avanzo hacia el oeste y en el momento en que estoy llegando a la primera bocacalle la luz roja del semáforo se apaga y se enciende la verde, de modo que doblo a la izquierda y avanzo por la calle oscura, de empedrado grueso; a mi izquierda y a mi derecha comienzan a desfilar, incrustadas entre construcciones más modernas, pequeñas y antiguas casas coloniales, de paredes amarillas y ventanas enrejadas, agolpadas sobre el cordón de la vereda, o en esquinas sin ochavas. En la calle desierta veo cruzar un perro, lentamente, bajo la luz del foco de la esquina y detenerse en los escalones que acceden a la puerta de un almacén. La puerta del almacén, en la esquina, arroja una luz borrosa hacia la calle, y distingo, al pasar, las figuras vagas de dos o tres gorilas, machos y hembras, resaltando contra el fondo abigarrado de las estanterías Después veo como la masa arbolada del parque -siluetas negras de árboles pegadas sobre la oscuridad mas difumada de la noche- avanza hacia mi, desprendiéndose de! horizonte negro Al llegar al parque doblo hacia la izquierda, v avanzo, teniendo siempre el par que a mi derecha Sus senderos bajan escalonados entre los árboles, hacia el lago, y algunos globos del alumbrado expanden una luz débil que se incrusta entre la fronda de los árboles y a cuyo alrededor se condensa la llovizna. Bordeo suavemente la curva del parque y comienzo a rodar por San Martín hasta que a mi izquierda comienza la hilera de casas. Espero que pase un camión con acoplado que avanza por la mano opuesta en dirección contraria iluminando todo el interior del automóvil con sus faros, y después cruzo v estaciono a mitad de cuadra, la parte delantera del coche apuntando hacia el norte Apago el motor, salgo del auto, v comienzo a subir la escalera iluminada Después cuelgo el impermeable en la percha del baño y me dirijo al estudio Enciendo la luz del escritorio toda la zona del escritorio se sumerge en una esfera de claridad cálida, en tanto que el resto del recinto queda envuelto en una penumbra débil Me siento un momento en el sofá doble, de espaldas al ventanal cuyas cortinas están descorridas. Cierro los ojos, y apoyo la nuca en el borde del respaldo de terciopelo Quedo en esa posición durante un momento Entonces veo, otra vez, el incendio parejo de la vasta extensión plana, que se propaga, calladamente.

Veo el vestíbulo ajedrezado del Tribunal, desierto.

Las oficinas y los corredores desiertos.

Y, de nuevo, por segunda vez, las llamas de altura regular, ondeando suavemente, en una extensión lisa que abarca todo el horizonte visible, sin crepitaciones.

Abro los ojos, sacudiendo la cabeza y me incorporo. Me paro. Me sirvo dos dedos de whisky y me los tomo de un trago, puro. Después me siento ante el escritorio. Esta el cuaderno abierto con la última frase escrita en letra apretada, hecha con tinta negra. “Los detalles son siempre vulgares”. El tercero, cuarto y quinto renglón de la página ciento quince, aparecen subrayados con una línea débil, entrecortada, hecha con una birome de color verde. También el diccionario esta abierto, y los lápices aparecen desparramados sobre el escritorio, entre el diccionario y el cuaderno. Comienzo a trabajar. Hago marcas, cruces, líneas-verticales y horizontales-, círculos, con tinta de todos colores, mientras la caligrafía apretada va llenando, entre los pálidos renglones azules, el espacio blanco de la hoja. Cuando entra Elvira yo estoy escribiendo la frase: “El único encanto del pasado es que es el pasado” Alzo la vista después de escribir por segunda vez la palabra “pasado”. Elvira me dice que ha venido el cobrador del Country, que ha vuelto a llamar mi madre v me pregunta si voy a comer. Queda parada quietamente cerca del escritorio, las manos a los costados del grueso cuerpo, la cabeza canosa inclinada blandamente hacia un costado, en el límite exacto en el que la esfera de claridad cálida de la lámpara comienza a perder intensidad y a mezclarse con la penumbra del recinto. Le digo que me sirva algo en el escritorio. Cuando ella sale, subrayo dos frases: The allways want a sixth act, and as soon as the interest of the play in intirely over they propose lo continue it. If they were allowed their own way, every comedy would have a tragic ending, and every tragedy would culminate in a farce. En ese momento suena el teléfono.

Es la voz de siempre, aflautada, chillona, como la de una mascarita, esforzándose por no ser reconocida. Me llama lo de siempre: hijo do mala madre, ladrón, invertido. Me dice que hable, que no me quede callado, que sabe muy bien que estoy ahí, escuchando. No abro la boca. Dice que no esta lejano el día en que voy a pagarlas todas juntas, con sangre y lágrimas. Me dice que ésta tarde, mientras yo estaba en los Tribunales, todo el mundo vio con escándalo como mi mujer entraba en un hotelito, en compañía de uno de sus padrillos. Me dice que ya hubiese yo querido, ese padrillo para mí, "¿no es verdad?". Emite una risa aguda, entrecortada. Después cuelga. Cuelgo, a mi vez.

A las dos de la mañana, me asomo al ventanal, contemplo cómo la llovizna cae sobre el parque, y después me voy para la cama. Me tiendo bocarriba, en la más completa oscuridad. Me duermo en el acto. Tengo un sueño rápido, vertiginoso, fragmentario, en el que una horda de gorilas se apresta a un sacrificio ritual. Yo soy la víctima. Veo un cuchillo ensangrentado, brillando al sol, pero no percibo mi muerte. Sé que he muerto, porque el cuchillo ya está ensangrentado, pero no puedo verme a mí mismo, ni muerto ni vivo. Después veo un espacio vacío, rodeado por un horizonte de piedras y árboles. El sol cabrillea en los confines y resbala sobre las hojas de los árboles, destellando por momentos. Un cuerpo inclinado, confuso, se reclina, de espaldas, en el tronco de uno de los árboles, en la distancia. Soy yo el que mira el cuerpo y el horizonte, pero no puedo verme a mí mismo. Después despierto. Enciendo la luz. No son todavía las tres. Ya no vuelvo a dormir.

Me levanto cuando creo que son las cinco y media. Voy, lentamente, y me afeito, oyendo el zumbido monótono de la afeitadora. Después me baño. Me dejo estar largo rato bajo la lluvia caliente. Después me visto tomo una taza de leche caliente en la cocina, y salgo a la calle.

Llovizna. Veo, más allá de los árboles del parque, en el cielo, una franja de claridad. Debo intentar varias veces con la llave antes de que el motor se encienda. Al mismo tiempo que el motor, comienza a funcionar el limpiaparabrisas. Cada vez que el motor está por encenderse, fallando, el limpiaparabrisas se mueve en un aleteo tenso, tembloroso, y después queda inmóvil. Por fin arranca el motor y el limpiaparabrisas comienza a moverse. Recorro San Martín hasta el bulevar, doblo a la derecha, llego hasta el puente colgante, atravieso la costanera vieja, después la nueva, y en la rotonda de Guadalupe, doy un rodeo y comienzo a rodar en sentido inverso, avanzando otra vez hacia el centro. En la boca del puente colgante doblo a la derecha y tomo el bulevar, en dirección oeste. Llego hasta el final y doblo a la izquierda avanzando por la Avenida del Oeste hasta la Avenida del Sur. Allí doblo a la izquierda, avanzo hacia el este, y cuando llego al Tribunal subo a la vereda y penetro en el patio trasero. Detengo la marcha y salgo del coche, sintiendo cómo la llovizna fría golpea mi cara. Recorro los corredores desiertos, atravieso el vestíbulo ajedrezado, también desierto, y comienzo a ascender la blanca escalera de mármol blanco, apoyando la mano derecha en el pasamanos. En el tercer piso, miro el vestíbulo por encima de la baranda: está vacío y las baldosas blancas y negras aparecen diminutas, regulares, pulidas. Entro en mi despacho, pasando primero por la oficina del secretario, que está vacía, y enciendo la luz. Me asomo a la ventana y miro las palmeras y los naranjos del parque, que condensan a su alrededor masas blancas de llovizna. Las gotas blancas de llovizna parecen girar en lenta rotación. Entra una luz gris, exangüe, en el despacho. La Plaza de Mayo está desierta. Los senderos rojos se entrecruzan bajo la fronda de los árboles.

Cuando llega el secretario, se para delante del escritorio, inclinando su cabeza entrecana hacia mí. "Quiero decirle algo", dice. Lo miro. Vacila. "He notado… he notado cierto rigor excesivo en el tratamiento de los testigos. Y además, ciertas irregularidades de procedimiento", dice. "¿Y entonces?", digo yo. "Pienso, doctor, que usted está muy cansado y debería tomarse unas vacaciones. No tiene buena cara. Perdone mi atrevimiento, pero estoy seguro de que le está pasando algo malo", dice. "No se preocupe, Vigo", digo yo. "Estoy perfectamente bien." "Otra cosa, doctor", dice el secretario. "Hoy de mañana pagan el mes de abril." "Me alegro", digo yo. "Haga preparar uno de los coches oficiales y busque un escribiente. Vamos a ir al lugar del hecho dentro de un momento " "Esta todo listo", dice el secretario. "Usted es muy eficiente, Vigo", digo yo. "Debería estar en mi lugar".

Salimos para el lugar del hecho. Van en el asiento delantero el chofer y el escribiente, y en el trasero el secretario y yo. Subimos al automóvil frente a la puerta principal de los Tribunales -atravesamos, el secretario y yo, el vestíbulo cuadrado en el que los primeros grupos se amontonan, en el centro del espacio ajedrezado, conversando en voz alta- y el escribiente y el chofer ya están en el interior del coche, esperándonos. Doblamos en la primera esquina, en la Avenida del Sur, y comenzamos a rodar hacia el oeste. En la esquina nos detiene la luz roja del semáforo. Cuando la luz cambia, y el resplandor verde mancha las gotas arremolinadas a su alrededor, cruzamos la bocacalle y continuamos viaje. Doblamos hacia la derecha, en la Avenida del Oeste. Poco después, los jardines del Regimiento, con el edificio gris de la intendencia detrás de los árboles, se desplazan hacia atrás, a nuestra izquierda. Doblamos en la esquina del mercado, y después comenzamos a rodar junto a su muro lateral, por una calle empedrada. Veo a través del vidrio lateral del automóvil como el muro del Mercado de Abasto se interrumpe bruscamente en la abertura del gran portón de entrada. En el patio empedrado, sobre el que se abren dos largas hileras de puestos atestados de frutas y verduras, embolsadas o en cajones, o simplemente amontonadas en el suelo, veo un montón de carros detenidos o evolucionando en el patio, conducidos por gorilas sentados en los pescantes o parados sobre el piso de madera del carro con las piernas abiertas. Algunos, cargados, muestran gorilas sentados sobre pilas inmensas de hortalizas, de bolsas de papas, de cajones de frutas. Después el Mercado de Abasto queda atrás. Recorremos seis cuadras y doblamos a la izquierda otra vez En la próxima esquina nos detenemos. Ya no hay siquiera empedrado, sino desechos de construcción apisonados sobre la calle. De cada lado de la calle hay una zanja llena de agua, entre la que crecen yuyos. Bajamos. Llegamos a la vereda de tierra -de barro- pasando por un puentecito lo bastante ancho como para que un camión pueda pasar por el. Hay una construcción de ladrillos sin revocar, rectangular, con una pequeña puerta de madera abierta en el medio y un ventanuco muy pequeño, abierto en la altura, a la derecha de la puerta. Ante la puerta esta parado un vigilante. Entre la vereda y el frente de la construcción hay un vasto espacio de tierra, limpio, sin una sola mata de pasto, lleno de pisadas. Un caminito de ladrillos semienterrados en el barro conduce desde la vereda hasta la puerta de la construcción. Atravesamos el sendero de ladrillos haciendo equilibrio, bajo la llovizna. El secretario va delante, yo lo sigo, y siento detrás de mí las pisadas del escribiente y del chofer. Cuando llegamos a la puerta, el vigilante se cuadra, haciéndose a un lado, y nos deja pasar. Entramos en el almacén.

Es un recinto cuadrado, con techo de zinc, y unas vigas que lo atraviesan y lo sostienen, en la altura. A la izquierda de la entrada esta el mostrador, y detrás del mostrador la estantería. En el centro del recinto, a la derecha del mostrador y casi en dirección a la puerta de entrada, hay una pirámide de latas de conserva. Entre la estantería, se abre una pequeña abertura, cubierta con una cortina de cretona, que da acceso a las habitaciones interiores. El gorila rubio esta detrás del mostrador y se para de golpe al vernos entrar. Nos saluda y nos pregunta si queremos tomar algo. "El estaba parado ahí", dice después, señalando con la cabeza el extremo del mostrador, próximo a la pared del frente, sobre el que cae la luz magra del exterior, a través del ventanuco. "Los otros estaban mas o menos ahí, donde están ustedes. Y yo estaba parado en este mismo lugar." Miro al secretario: "Arregle la cuestión de la reconstrucción para mañana a la tarde", digo. Después me dirijo al escribiente: "Haga un plano del lugar" le digo. "Son dos cuadrados", dice el escribiente, sonriendo, y echando una mirada a su alrededor. "Uno lleno, y el otro vacío. Recién pasamos por el cuadrado vacío. Ahora estamos en el cuadrado lleno. Cuando salgamos, vamos a pasar otra vez por el cuadrado vacío." "Sí", digo yo. "Pero hágalo, de todos modos." Me vuelvo hacia el gorila rubio. "¿Nadie se movió de este lugar mientras ellos estuvieron?", digo. "Que yo sepa, nadie", dice el gorila rubio. "¿Cómo es que usted llegó antes que los demás al patio, si usted estaba detrás del mostrador?" "Yo corrí", dice el gorila rubio, "y ellos se quedaron parados y después me siguieron". Camino hacia la puerta. El vigilante, que nos contempla, se hace a un lado. Me asomo. Hay un grupo de curiosos en la vereda. El patio cuadrado está vacío, lleno de rastros que se arremolinan y entrecruzan más estrechamente, hasta formar un dibujo intrincado, en las proximidades del sendero recto de ladrillos semienterrados en el barro. Ahora el patio está vacío. El gorila rubio ha dado la vuelta al mostrador y se ha puesto a mi lado. Detrás está el secretario, y el escribiente se halla haciendo el bosquejo del plano, sobre el mostrador. "Él subió con el coche hasta el patio", dice, "y lo puso mirando para allá". Hace un ademán que indica que la camioneta quedó paralela a la pared de ladrillos sin revocar, atravesada sobre el sendero. "Cuando salimos, ella estaba tirada ahí", dice el gorila rubio, y señala un punto vacío a unos tres metros de la puerta, sobre el sendero de ladrillos. "Después él dio la vuelta con la camioneta, que estaba un poco más allá, cruzó el puentecito, y dobló en la esquina. Llevaba la puerta abierta."

El patio está vacío.

Llovizna. Cuando regresamos al automóvil y cruzamos el puentecito, veo cómo la llovizna fina horada la superficie sucia del agua de la zanja. El puentecito está lleno de barro. Los curiosos se hacen a un lado para dejarnos pasar. Entre ellos, de pasada, distingo al gorila de sombrero negro que prestó declaración. Subimos al coche y volvemos a Tribunales. Pasamos otra vez junto al muro lateral del Mercado de Abasto, esta vez a nuestra derecha, junto a la fachada principal del mercado y los jardines del Regimiento, a nuestra derecha, y cuando llegamos a la Avenida del Sur doblamos a la izquierda y avanzamos hacia el oeste. Cruzamos el semáforo, doblamos en la próxima esquina, y nos detenemos frente a la puerta principal de los Tribunales. Bajamos. El secretario camina a mi lado. Subimos la ancha escalinata de mármol, y cruzamos en línea oblicua el hall, hacia la escalera. El secretario sigue de largo y dice que sube por el ascensor. El estruendo de las voces que resuenan en el vestíbulo va apagándose a medida que comienzo a subir las escaleras. Cuando llego al tercer piso, ya no se oye. Me inclino al pasar ante la baranda y veo las figuras achatadas contra el piso blanco y negro, cubierto casi enteramente por la muchedumbre. Cuando llego a la oficina, el secretario está sentado ante su escritorio. Sigo de largo hasta mi despacho y me asomo a la ventana. En la Plaza de Mayo, unos gorilas achatados contra los senderos rojizos, protegidos con impermeables, caminan en distintas direcciones, borroneados por la llovizna. Después me siento ante el escritorio. Ángel me llama por teléfono y me pide que lo deje presenciar el interrogatorio. Insiste, y al fin accedo. Colgamos. Casi enseguida llega un empleado de la habilitación, con la planilla de pago, y me hace firmar tres copias. Después me entrega el sobre. Sin abrirlo, lo guardo en el bolsillo interior de mi saco. Después salgo del despacho y le digo al secretario que voy a volver a las tres y media en punto. Salgo al corredor, bajo las escaleras, cruzo el vestíbulo ajedrezado, entre el estruendo de las voces de la muchedumbre, y salgo al patio trasero. La llovizna me da en la cara. Subo al coche, reculo lentamente hacia la calle, y después tomo la Avenida del Sur hacia el este. Al llegar a San Martín doblo a la derecha, en el momento en que la luz verde se apaga y se enciende la amarilla, Avanzo hacia la esquina de la Gobernación, cruzo la bocacalle, paso frente al Convento de San Francisco, y una cuadra y media más adelante detengo el coche junto al cordón de la vereda, frente a mi casa. La llovizna cae sobre los árboles del parque. Los troncos de los árboles, negros y llenos de hendiduras, chorrean agua. Subo la escalera y voy en dirección al estudio. Estoy sacándome el impermeable cuando entra Elvira. Me dice que apenas son las once y cuarto; si voy a comer ya o prefiero esperar. Le digo que me lleve la comida al estudio.

Me siento ante el libro, el diccionario y el cuaderno, abierto, y el montón de lápices y lapiceras de todos colores, desordenados sobre el pupitre del escritorio. No tengo ni siquiera tiempo de comenzar a escribir, que me quedo dormido. Me despiertan los sacudones de Elvira, que llega con una fuente sobre la que ha puesto un pedazo de carne hervida, un poco de pan, y el tazón de sopa dorada, que humea. "Tiene que dormir un poco más, de noche", me dice. Deja la fuente y sale. Como la carne hervida y el pan, y tomo dos o tres cucharadas de sopa. Después dejo todo sobre el escritorio, corro las cortinas -veo en el parque dos gorilas jóvenes, machos, uno de lentes, las piernas torcidas, el otro más bajo y mayor, de vientre protuberante, que pasean lentamente, protegidos por un paraguas, leyendo un libro en voz alta, uno llevando el libro y otro el paraguas, el del libro, que lleva los lentes, haciendo ademanes como si recitara- y el estudio queda en penumbra. Me recuesto en el sofá doble de terciopelo. Cierro los ojos.

El extrañamiento llega -estoy recostado en el sillón de terciopelo, en este preciso momento- y después pasa.

Después veo las manchas fosforescentes errabundear y apagarse. Después no veo nada y oigo la crepitación apagada de las llamas crecer y después desvanecerse, sin las llamas. Las llamas aparecen después -el campo inmenso de trigo- ardiendo hasta el horizonte y se apagan calladamente.

Después quedo dormido. Cuando despierto, a las tres y cuarto, apenas si tengo tiempo de lavarme la cara y salir después para el Tribunal. Estaciono el coche en el patio trasero. Cuando subo a mi despacho, están el secretario y un gorila rubio, delgado, de bigote rubio, esperándome. Dice que es el abogado de Fiore. "Está incomunicado", le digo. Lo hago sentar en una silla, frente a mi escritorio, y espero. "Le han dado un pésimo alojamiento en la jefatura", dice. "Perdóneme", digo, "pero no me corresponde esa cuestión". "Sí, supongo que no", dice. Hacemos silencio. Oigo, en la oficina del secretario, la voz de Ángel. Después entra. Me da la mano y le presento al abogado. "Apenas él declare la incomunicación va a quedar levantada", digo yo. El gorila delgado y rubio, de bigote rubio, se levanta y se va, diciendo que vuelve dentro de una hora. Le digo a Ángel que la indagatoria no es pública y no debe decir una sola palabra ni tomar notas de ninguna clase. Después viene el secretario y me dice que traen al inculpado. De golpe, el asesino aparece en la puerta. Tiene una barba de muchos días y los ojos apagados; su pelo negro está completamente revuelto. Detrás está el vigilante. Le da un empujón leve y lo hace sentar. Me deja la cédula policial y se retira. El asesino mira la ventana, por la que entra la luz gris. "¿Su nombre es Luis Fiore?", le pregunto. Sacude la cabeza. Después me mira fijamente y me dice: "Juez". Después dice no sé qué cosa y salta por la ventana. Hay un estruendo de vidrios rotos, y después nada más. Me levanto y me dirijo al corredor, caminando rápidamente. Antes de llegar a la puerta del despacho, choco contra el secretario. Lo aparto de un empujón. Bajo las escaleras y salgo por la puerta principal. Hay un grupo de gente alrededor del cuerpo, que está encogido y ensangrentado. El gorila rubio que ha estado un momento antes en mi oficina se me acerca. "¿Cómo ha podido pasar esto?", dice. "Se tiró", digo yo. "Está muerto", dice él. "Esto es gravísimo, señor juez, vaya sabiéndolo". "Venga a mi oficina", le digo. En la puerta del Tribunal nos cruzamos con Ángel. Me dice no sé qué. Le respondo algo y sigo. El gorila rubio camina rápidamente, obligándome a seguir el ritmo de su marcha. Va derecho al ascensor y subimos en él hasta el tercer piso. Recorremos el pasillo oscuro y entramos en mi despacho. El secretario ha desaparecido. Quedamos parados en medio del despacho. "Yo estaba parado en el refugio de colectivos y lo vi caer desde allá arriba", dice. "Pude oír el ruido." "El habitual de un cuerpo al caer", digo. Súbitamente me da una bofetada. "Era el cuerpo de un hombre", dice, mirándome con sus ojos celestes, que fulguran. "Es su opinión", digo. "Usted es un cobarde", me dice, y sale.

Por el hueco en que antes habían estado los vidrios, entran las gotas de la llovizna, y un poco de frío. Cuando el secretario vuelve a subir, le digo que se encargue de todo y que no se me moleste hasta el día siguiente. "Capaz que quieren tomarle declaración hoy mismo, juez", me dice. "De todos modos, no me van a encontrar", digo. "Haga como le digo: arregle todo para mañana a la mañana." Después salgo, bajo las escaleras, y atravieso el vestíbulo ajedrezado; los mosaicos blancos y negros están limpios, pulidos, y el vestíbulo está desierto. Cruzo los corredores de la planta alta, y salgo al patio trasero. Está oscureciendo y llovizna. Salgo a la Avenida del Sur, avanzo hacia el este, con la Plaza de Mayo a mi derecha y doblo en la esquina del semáforo, cuya luz verde me da vía libre. Después dejo atrás la Gobernación y el convento y estaciono frente a mi casa. Dejo el impermeable en el baño y después me dirijo al estudio. Enciendo la luz del escritorio y me sirvo un vaso de whisky. Después me siento frente al cuaderno y el libro, abiertos, y tomo una de las lapiceras. El diccionario está cerrado. Suena el teléfono. Es la voz de siempre. Me insulta y me amenaza, se ríe de mí, y después deja de oírse. Cuelga y cuelgo a mi vez. Trabajo hasta después de medianoche. Subrayo la última frase -You call yesterday the past?- y me voy a la cama.

Me acuesto en la más completa oscuridad, bocarriba.

Al principio no pasa nada.

Después, casi inaudible, comienza la crepitación. Pero es más que la de un campo de trigo quemándose, por muy amplio que sea. Es una crepitación mucho mayor. Un incendio más grande. Ahora veo colinas, ciudades, llanuras, selvas, quemándose, ardiendo lentamente, con llamas de una altura pareja que se extienden como una capa amarilla sobre la superficie del planeta, consumiéndolo. Y no se oye nada, porque no hay nadie para contemplarlo, para saber que es una gran bola de fuego que arde calladamente, rotando lenta en el espacio negro, al que mancha con un débil resplandor. A veces, resuena, muy lejano, el estruendo de una explosión que llega completamente apagada, en un punto impreciso de la vasta superficie, o se distinguen las chispas fugaces de algún chisporroteo. Pero "distingue" está mal dicho, porque ya no hay nadie para distinguir. La horda de gorilas, surgida trabajosamente de la nada, aferrándose con dientes y garras a la costra reseca, ha entrado nuevamente en la nada, sin un solo lamento. Ha sido como un mal espejismo, una pesadilla turbadora debatiéndose contra las piedras inmóviles en medio de un espacio nítido y enloquecedor. Veo la bola de fuego girar y después el fuego disminuir hasta apagarse por completo y la primera brisa pura formar unos exangües remolinos con las cenizas ya frías de la antigua horda por fin apaciguada. El polvo blanco destellar en el aire a la luz débil de un sol ya muerto.

Cuando me levanto, ya es casi el alba. Salgo a la calle. Llovizna. No he dormido. Avanzo lentamente hasta la primera esquina, doblo a la derecha. Los faros iluminan las masas móviles de niebla que van adensándose a medida que se alejan del automóvil. Alrededor de las luces, el agua forma unos círculos irisados. Los árboles de la Plaza de Mayo muestran fragmentos de fronda, que surgen de entre las nubes blancas. Las luces del alumbrado reflejan masas densas en movimiento. El limpiaparabrisas arrasa el cristal con su ritmo regular. Tomo San Martín hacia el norte, doblo en el bulevar, llego hasta la boca del puente colgante. La garita gris, en la boca del puente, chorrea agua, y sus paredes de madera pintada apenas si se distinguen. Tomo la costanera vieja contemplando, por el borroso vidrio lateral derecho, la baranda de concreto con sus balaustres idénticos que se repiten infinitamente y que van deslizándose hacia atrás. Están mojados, rodeados de niebla. Tengo la sensación, por un momento, de no llevar ninguna dirección y hallarme en la más completa inmovilidad. No percibo más que el zumbido monótono del motor, y el rasar rítmico del limpiaparabrisas sobre el cristal en el que las gotas chocan y estallan, formando unas extrañas imágenes fugaces. De golpe, la monotonía del zumbido del motor se rompe, y oigo dos o tres explosiones leves que sacuden la carrocería. Después las explosiones se hacen continuas -ya no es un zumbido, sino una serie de explosiones- y el coche comienza a detenerse. Lo hago deslizarse hacia la derecha, aprovechando el impulso que ya trae. Después no se oye nada. El limpiaparabrisas se detiene y el coche se desliza unos metros más y también se detiene. Miro el marcador de la nafta: la aguja roja indica que el tanque está vacío. Apago el motor. Está amaneciendo, pero la niebla acuosa envuelve de tal modo, apretadamente, el automóvil, que no puedo distinguir nada, salvo la carrocería inerte del automóvil y las densas masas blanquecinas en lento movimiento que han borrado la costanera, si es que hay una costanera, y que entorpecen completamente mi visión, si es que hay algo -aparte de la niebla- en que yo pueda desplegar mi visión.

MAYO

"Debe matarme el primero que me encuentre." Me despierto. Quedo con los ojos cerrados. Estoy echado de costado, con las frazadas hasta el hombro. Al abrir los ojos veo la luz. Gris, se cuela por los intersticios de la ventana. Está el ropero con su espejo ovalado. Ella está en la cama, despierta, a mis espaldas. Oigo su respiración.

– ¿No tendrías ya que haberte levantado y preparado todas las cosas, si es que vamos a salir? -digo.

– Estás ahí haciéndote la que duerme -digo. Me incorporo. Quedo bocarriba. Está el techo, alto en penumbra, porque los rayos que se cuelan por los resquicios de la ventana no llegan hasta allí. Inclino la cabeza en su dirección. Está de espaldas a mí, echada de costado. Sus hombros suben y bajan, por la respiración.

– Estás haciéndote la dormida -digo. Se sacude.

– No te sacudas -digo-. No te sacudas porque sé muy bien que estás más despierta que yo y estás queriendo que yo tire la bronca.

Pongo la mano sobre su hombro y comienzo a zamarrearla. De golpe, se sienta en el borde de la cama. Gira la cabeza hacia mí. El pelo le cae sobre la cara y tiene los ojos entrecerrados.

– ¿Cómo vamos a salir a cazar si está lloviendo? -dice. -¿Quién dijo que está lloviendo? -digo.

– Hace una semana que está lloviendo. ¿Va a parar hoy, justamente? -dice.

– Anoche no llovía -digo yo.

Sale. Vuelve enseguida, dejando abierta la puerta que da al patio. Entra un resplandor gris. -No. No llueve -dice.

– Y qué te parece si en vez de ir a cazar nos quedamos en casa -dice-. ¿Vamos a cargar todo y salir, como los húngaros?

– Al pedo no he pedido la camioneta -digo yo-. He tenido que hablar con el gerente para que me la presten. El día que podemos aprovechar la camioneta no nos vamos a quedar en casa.

Se encoge de hombros y sale otra vez. Estoy echado bocarriba, en el dormitorio. Está el techo, al que la luz gris de la puerta del patio ahora ilumina un poco más. Las vigas se entrecruzan por debajo del zinc. Entra la nena. -Nos vamos a cazar -digo yo. -Vamos a ir a Colastiné y vamos a traer un montón de patos -digo.

– ¿Vamos a andar en canoa? -dice la nena. -Seguro que sí -digo yo.

La nena sale, rápidamente. Me siento en el borde de la cama. Ahora estoy reflejado en el espejo ovalado. Me paro y me visto. Salgo al patio. Hay una luz gris. Ella sale del cuarto de baño.

– ¿Vas a afeitarte? -dice.

– No -digo-. Hoy es el día de los trabajadores. Soy dueño de no afeitarme, si no quiero.

– No pienso salir, si no te afeitas -dice.

– He dicho que hoy es el día de los trabajadores -digo. Se va. El patio está vacío, sin un solo yuyo. Están los muñones negros de los dos árboles que he arrancado. He alisado otra vez el terreno donde estaban enterrados los árboles. Queda la tierra lisa del patio, el tapial ciego de ladrillos sin revocar, y los dos troncos mutilados. Voy al baño. Hago mis necesidades y después me lavo la cara y me peino. Salgo otra vez al patio.

– ¿Puedo tomar unos mates, antes de salir? -digo. Ahí están los muñones negros de los dos árboles que he arrancado. La lluvia ha caído sobre ellos durante la última semana. El suelo está alisado por el agua. No se ve una sola huella. Ahora no queda más que el patio vacío. -¿Puedo, o no? -digo.

– Mil cosas a la vez es imposible hacer -dice la voz de ella, desde la cocina.

– ¿Voy a tener que preparármelos yo, entonces? -digo. Ella se asoma a la puerta de la cocina.

– No soy tu sirvienta -dice.

En las manos tiene un paquete envuelto en papel de diario. Esta terminando de envolverlo.

– Te he dicho que no me gusta que envuelvas la comida en papel de diario -digo.

Me tira con el paquete, que golpea contra mi brazo. El papel se rompe y caen al suelo -los ladrillos de la galería, el barro del patio- cuatro panes. Ella quiere que yo la mate. Quiere eso. Me mira furiosa desde la puerta de la cocina. Es una furia que se muestra en los ojos porque la boca se ríe con una especie de mueca. Quiere eso. Me agacho y recojo los panes. El que ha caído sobre el barro está manchado, y ha dejado una marquita sobre el patio. Arrojo el pan al aire, en dirección al tapial. El pan atraviesa el aire gris, rígidamente, oscureciéndose a medida que se aleja, y después desaparece detrás del tapial.

– Tranquila, Gringa -digo.

Recojo el papel, pero está completamente destrozado. Ya no sirve. Me voy para la cocina. Ella entra detrás. Después entra la nena. Envuelvo los panes, y los guardo en la bolsa de lona de la comida. Después voy a buscar la escopeta y la cartuchera, que tengo lista desde anoche. La escopeta no tiene funda. Pesa, cuando la levanto. La tercio en mi espalda y llevo la cartuchera, con todos los cartuchos, en la mano. Vuelvo a la cocina. Entre ella y la nena están preparando unos envoltorios en repasadores blancos que después meten dentro de la bolsa de lona. Veo que han puesto la pava al fuego y que el mate y la bombilla están sobre el fogón. Dejo la cartuchera con los cartuchos sobre la mesa y lleno el mate de yerba.

Cuando la pava comienza a echar vapor por el pico, la saco del calentador y me la llevo para el patio. Dejo la escopeta apoyada contra la pared y me siento en la silla baja de la galería. Pasan a cargar las cosas en la camioneta. Ella delante, llevando la bolsa, y detrás la nena, con un paquete. Ahora el patio en su dirección está vacío. También está vacío hacia la parte trasera, salvo los muñones negros, mojados por!a lluvia de toda la semana, que están tirados uno cerca del otro. Dejan un espacio suficiente como para que uno pueda acostarse entre ellos y tocar uno con la coronilla de la cabeza y el otro con la planta de los pies. Ella reaparece, viniendo desde la calle.

– ¿Nos vamos, o no? -dice. -Vamos -digo.

Dejo el mate sobre la tapa invertida de la pava, que está en el suelo, alzo la escopeta apoyada contra la pared, y me levanto.

– ¿Llevaron los cartuchos? -digo. -Sí. Están ahí -dice.

En la calle está la camioneta. La nena espera en el interior de la cabina. Mira por el parabrisas la calle, delante. Está el terraplén del ferrocarril, que cruza la calle y la ciega. Hay árboles y zanjas de los dos lados, y están las casas, incrustadas entre el follaje y separadas por los baldíos.

Ella sube a la camioneta y sienta a la nena en su falda. Cruzo el puentecito y entro en la cabina de la camioneta por el otro lado. Entre los intersticios de los desechos de construcción con que han apisonado la calle se filtra un barro rojizo que me mancha los zapatos.

Pongo en marcha el motor y salimos. Damos vuelta en la esquina, trabajosamente, y después comenzamos a marchar en sentido inverso hasta que llegamos a la Avenida del Oeste. Avanzamos por la avenida hasta el bulevar, y enfilamos derecho en dirección al puente colgante. No se ve un alma. En la boca del puente hay una garita gris. Cruzamos el puente haciendo vibrar el maderamen, y oímos su estruendo.

– En cualquier momento se larga a llover -dice ella. Dejamos atrás el puente y empezamos a marchar por la carretera lisa, azul, dividida por una raya blanca que por momentos corre a la izquierda de la camioneta, por momentos a su derecha, y por momentos entre sus ruedas delanteras, hacia atrás.

– Dame la botella de ginebra -digo. -Dame la botella de ginebra, te digo -digo. -Te digo que me des esa botella -digo. Por fin desenrosca la tapa de lata y me da la botella. Aminoro la marcha y me tomo un trago, directamente del pico. Ella conserva la tapa en la mano. Le alcanzo la botella, sin dejar de mirar el camino delante, y después me aferró al volante con las dos manos. Cruzamos una alcantarilla. Los pilares de hierro y cemento se deslizan rápidamente hacia atrás, bailoteando. Ella se toma también un trago de ginebra, del pico, y después tapa la botella.

– Ni vas a ver los patos, de la borrachera -dice.

No digo nada.

– ¿Vamos a andar en canoa, papá? -dice la nena.

– Seguro que vamos a andar -digo yo.

– Cállese la boca -dice ella.

– Deja que la nena diga lo que quiera -digo yo-. No molesta a nadie.

Viene una segunda alcantarilla. Otra vez los pilares de hierro y cemento pasan rápidamente para atrás, bailoteando, y la raya blanca se interrumpe al comenzar la alcantarilla y recomienza cuando la alcantarilla queda atrás.

A los costados están los cañadones, con sus esteros y sus árboles enanos y la pajabrava que no se mueve ni esto. Los cañadones vacíos, hasta donde la tierra se toca con el cielo. Los esteros lisos ni siquiera relumbran. Por los dos costados, hasta que uno se canse de mirar. Le pongo el pie al acelerador, hasta que el pedal toca el piso.

– Un coche con más de treinta años y anda como un reloj -digo- Tiene un pique de primera. Los de hoy día son pura lata.

– Allá va una bandada de siriríes -dice ella.

Señala el cielo con el dedo, estirándolo hasta que la punta del dedo toca el parabrisas. La nena sentada sobre sus rodillas, se inclina hacia el parabrisas para mirar. Yo hago algo parecido, disminuyendo la velocidad. Contra el cielo gris, hacia el norte, una bandada de puntos negros, en ángulo, con el guía en el vértice, se desplaza aleteando lentamente, alejándose. Digo aleteando, pero no veo ningún aleteo. Veo únicamente el ángulo de puntos negros, desplazándose, y el cielo vacío.

– En cualquier momento se pone a llover -dice ella.

– No va a llover -digo.

Sigo inclinado, y vuelvo a mirar la bandada. Alto, el ángulo de puntos negros, ahora un poco más abierto, con el guía adelante, se desplaza hacia el norte, en el gran cielo vacío.

Pasamos el control caminero, donde se bifurca el camino. La línea blanca toma la curva, en dirección a la balsa, y se separa de nosotros. La camioneta sigue ahora por la cinta recta de camino azulado, lisa, sin raya blanca. Recorremos lo menos dos kilómetros, entre árboles sin hojas y campos quemados. Después, frente al edificio chato de un motel, desviamos. Salimos del asfalto, y la camioneta pega un salto al cruzar el borde que separa el asfalto del gran espacio arenoso que hay frente al motel. Pasamos al costado de un círculo de paraísos de hojas amarillas y nos internamos en un sendero de arena blanqueada y apisonada por la lluvia. Al principio, de los dos lados del sendero, hay algunas casas medio cubiertas por el follaje, pero después no queda más que el sendero que se angosta internándose en el campo. A veces macizos de plantas saltan delante de la camioneta y el sendero los elude con una curva brusca. De golpe, una tranquera nos para. Bajo de la camioneta, saco el gancho de la tranquera y la abro. Atravieso el hueco de la abertura con la camioneta, vuelvo a parar, y bajo otra vez; cierro la tranquera y subo, reanudando la marcha. Adelante no quedan más que el campo vacío, y hacia el fondo, un gran monte de eucaliptus. Avanzamos por el sendero, con los grandes espacios de campo vacío a nuestros costados. La camioneta adelanta trabajosamente, dando bandazos. Por fin llegamos y paramos al costado del monte, sobre el lado que veníamos viendo. Del otro lado hay un gran pastizal, más allá la laguna -que no puede verse-, y más allá de la laguna, y algo más alta, la ciudad. Pueden verse los mástiles del puente colgante, a la izquierda, y a la derecha las torres de la iglesia de Guadalupe. El cielo gris está límpido, pero tenso. Bajamos.

Ella da unas vueltas cortas, cerca de la camioneta, y después hurga en la cabina y saca dos fotonovelas. Se sienta en el estribo y se pone a hojearlas. Me ciño la cartuchera a la cintura y saco la escopeta de la cabina.

– Papi -dice la nena-. ¿Cuándo vamos a andar en la canoa?

– Después -digo, y me alejo.

Comienzo a caminar por el pastizal, en el que no hay senderos. Mis zapatos hacen chasquear los pastos. De vez en cuando, tropiezo con algunos charcos y me hundo en ellos. Me paro y me doy vuelta, viendo todavía la camioneta a corta distancia. Ella está sentada en el estribo, leyendo y la nena se ha trepado a la caja, mirando en mi dirección. Me hace señas con la mano. Me doy vuelta otra vez y sigo caminando.

Tuerzo el camino hacia la derecha, avanzando sin embargo en dirección a la laguna, así que cuando he recorrido un trecho no muy largo la camioneta ha desaparecido detrás del monte de eucaliptus. Camino todavía un poco más y después me quedo parado, inmóvil.

Me acuclillo. Apoyo la culata de la escopeta en el suelo, y toco el caño frío, de acero azul, con la mejilla. Por encima de los pastos, que por momentos entorpecen mi visión, como una bruma, miro en dirección a la ciudad. Hacia la izquierda, por donde se distinguen vagamente las chimeneas de la estación de trenes, se levantan dos columnas de humo negro. Está como inmóvil, fijo, el borde superior de las columnas más ancho y más desvanecido que la parte inferior. Del otro lado están las torres de la iglesia de Guadalupe, y un caserío diminuto, que se adivina, más que verse, se agolpa contra la franja de la costanera. Después, durante un momento, no veo más nada. Miro sin ver. No sé cuánto tiempo pasa. Estoy acuclillado, con la escopeta entre las piernas, la mejilla apoyada contra el caño frío, mirando sin ver. Cuando me incorporo, tengo las piernas acalambradas.

Cargo la escopeta y después comienzo a avanzar lentamente, medio agachado, en dirección a la laguna. Está frente a mí, visible ahora, a unos trescientos metros. De golpe, a la altura de mis ojos, a unos diez metros, sale algo de entre el pastizal. Aletea y comienza a tomar altura. Apunto, siguiendo lentamente el vuelo del pato con la mira de la escopeta. Como va tomando altura, elevo la mira cada vez más. Adelanto ligeramente la mira al cuerpo del pato y oprimo el gatillo. La explosión, cargada de olor a pólvora, hace una pequeña nube de humo y golpea levemente contra mi hombro, pero el pato sigue su vuelo. Vuelvo a apuntar, adelantando ligeramente la mira en relación al cuerpo del pato, y oprimo el gatillo. Erró otra vez. Un hilo de humo sale del caño de la escopeta, y al tocar el caño compruebo que está caliente. Queda el olor a pólvora. Saco los cartuchos vacíos y los guardo en la cartuchera. Las bases doradas de los cartuchos, sobresaliendo de las vainas de la cartuchera, se extienden parejas e idénticas a lo largo de mi cintura. Los dos que he vuelto a guardar en las vainas vacías, ya martillados, están llenos de machucaduras y el detonante aparece aplastado. Saco dos cartuchos intactos, dejando las vainas vacías, y cargo la escopeta. Después pongo el caño en su lugar y sigo avanzando en dirección a la laguna.

El pato ha desaparecido del cielo gris. Ha volado en sentido contrario a la ciudad, en dirección al monte de eucaliptus. Sigo avanzando hacia la laguna. Oigo el chasquido de los pastos que aplasto con los zapatos embarrados. Me paro y me doy vuelta. Ahora el monte de eucaliptus se ha reducido mucho, y no veo más que la masa verde -una franja verde, más transparente en el borde superior- de las hojas. Sigo avanzando hacia la laguna.

Ando más de una hora. Más. A veces me acuclillo, apoyando la culata de la escopeta en el suelo y tocando una y otra vez el caño de acero con la mejilla, y miro sin ver. Fijo la mirada en un espacio limpio, en el suelo, donde hay pasto ralo, y miro las hojas amarilleadas de la gramilla, pero sin verlas. A veces me detengo en una hoja, viendo cómo los bordes van siendo comidos y descoloridos por la quemazón del frío, más comidos cuando más expuestos están al aire destructor, en el espacio. Me he ido aproximando y alejando de la orilla de la laguna, sin llegar nunca hasta ella. Por fin llego, hasta que el agua casi me toca los pies. Desde ahí, la ciudad está como al alcance de la mano, y el monte de eucaliptus no se ve. El agua está lisa, gris.

Giro la cabeza, bruscamente, viendo a mi derecha cómo un pato levanta vuelo de entre los pastizales, en dirección opuesta a la laguna. Apunto y voy siguiéndolo con la mira, y adelantando ligeramente y rápido la mira lo espero una fracción de segundo y aprieto el gatillo. Lo veo estremecerse todo, retorcerse, aletear, y parar su vuelo de golpe, como si hubiese chocado contra una pared invisible, en el espacio. Después cae rectamente al suelo, a unos quince metros de donde estoy parado. Cuando llego, removiendo los pastos, todavía palpita y pega dos o tres aleteos. Después estira la pata y queda inmóvil. Le he dado en el cogote, y sobre las plumas azuladas del cuello tiene unas manchas sanguinolentas. Lo alzo de las patas y me lo llevo.

Ahora camino de espaldas a la ciudad y a la laguna, en dirección al monte de eucaliptus. Tengo que marchar mucho y después ir torciendo gradualmente a mi derecha, para poder ver la camioneta. Por fin reaparece, detrás del monte. Cuando voy llegando, distingo que ella está en la cabina y la nena viene a mi encuentro. Me arrebata el pato.

– ¿Está muerto? -dice.

– Completamente -digo.

Me siento en el estribo, dejando la escopeta en el suelo, a mis pies.

– Pásame la ginebra -digo.

Hablo en voz alta, dando la espalda a la cabina y mirando en dirección a la ciudad.

Después de un momento siento que me golpea suavemente en la cabeza con la base de la botella. Por la cantidad que queda en la botella, veo que ella ha estado tomando.

– Que no tenga que llevarte a la rastra, después -digo.

– Tengo hambre -dice la nena.

Deja el pato en la caja de la camioneta. Lo empuja por entre los tablones de la baranda. Después se pone a deletrear en voz alta el letrero pintado sobre una madera, entre los tablones.

– Mo-li-no ha-ri-ne-ro ese a -dice.

– Gringa -digo yo-. Esta chica tiene hambre. Y yo también. ¿Qué trajiste?

– Mierda -dice ella.

– Ya sé -diga yo-. ¿Pero cómo? ¿A la milanesa? ¿Estofada? ¿Cómo?

– Ladrón -dice-. Ladrón de sindicatos.

Ella quiere eso. Veo bien que quiere eso.

– Bueno, Gringa. Tranquila -digo.

– A ver -digo-. ¿Qué clase de mierda trajimos para comer?

– Ladrón de sindicatos -dice ella. -Mo-li-no ha-ri-ne-ro ese a -dice la nena.

Tomo un trago de ginebra, largo. Cierro los ojos. Me hago un buche largo con la ginebra, y después la dejo caer en el estómago. Me quema, al bajar. Mientras tanto, cierro la tapa a rosca. Después dejo la botella en el suelo, cerca de la escopeta.

– Gringa -digo. -Qué -dice ella.

– No vuelvas a decir eso del sindicato, que yo me enojo. No hagas que me enoje. ¿No estamos pasándola bien? Estamos pasando un día en el campo, en familia, lo más bien. ¿No es así? Pórtate bien y baja de la camioneta que llegó la hora de comer -digo.

– Hay milanesas y queso y un montón de cosas -dice. La oigo moverse en el interior de la cabina y después bajar, por la puerta del otro lado. Pasa delante de mí y se inclina sobre los tablones de la caja. Saca la bolsa de lona y viene a sentarse en el estribo. La nena viene y se sienta en el suelo, frente a nosotros.

– Cuidado con esa escopeta -digo.

Recojo la escopeta y la pongo entre mis piernas. Ella saca dos o tres paquetes de la bolsa de lona y los deja en el suelo, y después saca una botella de vino.

– Me olvidé el sacacorchos -dice.

Extiende un repasador blanco en el suelo y comienza a abrir los envoltorios de repasadores sobre él. Hay milanesas frías, queso, un salamín, y media docena de huevos duros. Están también los tres panes que yo envolví en la cocina.

Golpeo el culo de la botella de vino contra el suelo, hasta que el corcho salta. Con él sale un chorro de vino que nos salpica a todos. Nos reímos.

– Es alegría -digo.

Comemos y tomamos la botella de vino.

– Volvamos -dice.

– ¿Ya? -digo-. Quiero ver si cazo algún otro pato, antes.

– Va a llover -dice.

– No sigas con eso de que va a llover, porque no va a llover nada -digo yo.

– Quiero que me lleves a dar una vueltita en canoa, papi -dice la nena.

– Cállese la boca -digo.

– Anoche soñé que ibas a cazar este pato -dice la nena-. Soñé que mami y yo nos quedábamos aquí en la camioneta y que vos ibas para la laguna y se oían tres tiros, y después volvías con el pato. Lo soñé todo.

Doy un golpe suave, con el puño, contra la puerta de la camioneta.

– Máquina poderosa -digo.

– Si vas a cazar ese pato, anda de una vez -dice ella-. Voy a volverme loca aquí si me quedo una hora más.

– Estabas loca antes de llegar -digo yo-. Antes de nacer.

– Bueno -dice-. Anda de una vez.

– ¿Te acordas, Gringa, la vez que fuimos a Buenos Aires, aquel primero de mayo? -digo- Había un millón de trabajadores, por lo menos.

– Por la parte baja -dice.

Eructo y me paro.

– Capaz que traigo otro pato -digo.

Alzo la escopeta y apunto los cañones hacia ella.

– ¿Aprieto el gatillo? -digo.

– Saca de ahí. No te hagas el estúpido -dice. Desvío los cañones.

– Si van a callarse la boca y no van a hacer ruido, pueden venir conmigo -digo.

– Sí. ¿Y quién cuida las cosas? -dice ella.

– No pasa nadie por aquí -digo.

– ¿Vamos a dar una vuelta en canoa, papi? -dice la nena.

– Y bueno, vamos -dice ella, encogiéndose de hombros.

Nos ponemos a caminar por el pastizal, en dirección a la laguna, desviándonos, de modo que cuando avanzamos un par de centenas de metros la camioneta no se ve más, oculta por el monte de eucaliptus.

Avanzo adelante. Detrás vienen ella y la nena. Oigo el chasquido que hacen nuestros zapatos al aplastar el pasto. Por momentos, el pastizal nos llega más arriba de la rodilla, y a veces nuestros pies se hunden entre los charcos que se nos aparecen de repente, ocultos por la maleza.

– Esto es una porquería -dice su voz, detrás.

– Mientras menos abras la boca, mejor -digo, sin detenerme y sin mirar para atrás.

– Soy dueña de abrir la boca todo lo que quiero -dice.

Al pararme y darme vuelta, los cañones apuntan hacia ella. Los bajo, de modo que apunten hacia la tierra.

– Dije que para venir conmigo había que tener la boca cerrada -digo.

La Gringa hace una mueca, pero no dice nada. Llegamos hasta el borde mismo de la laguna, sin que se nos haya cruzado un solo pato. Ella y la nena se quedan con la boca abierta, mirando la ciudad.

– Allá está la iglesia de Guadalupe -dice ella.

– Y el puente colgante -dice la nena.

Caminamos a lo largo de la orilla. Ahora, ellas van adelante. De pronto se paran, mirando otra vez en dirección a la ciudad. Me dan la espalda. Están a unos cinco metros de distancia. Los cañones apuntan hacia ellas. Estoy un momento como absorto, mirándolas. No pasa nada. Está la laguna que refulge, más allá la ciudad, y más acá las siluetas de ellas, recortadas nítidas contra el gran espacio abierto. Me pregunto si hay algo capaz de borrarlas. Después de todo, aunque más tarde se borren, siempre van a estar ahí. No hay manera. Van a estar siempre ahí. Pero no puedo bajar los cañones. Están paradas, solitarias, en medio del espacio abierto. Sus contornos relumbran, nítidos. Están inmóviles.

Me acuclillo, dejando descansar la culata contra el suelo y apoyando la mejilla en el caño helado. Después ellas se dan vuelta y se dirigen hacia mí.

– ¿Qué estás mirando ahí como un idiota? -dice ella.

– Nada -digo.

– Nada, no. Ya veo -dice ella.

– No hay ninguna canoa por aquí -dice la nena.

– Después. Más tarde -digo yo, incorporándome.

Llegan hasta donde yo estoy, avanzando en sentido contrario a la laguna. La nena se inclina y recoge un caracol de sobre la franja de tierra rojiza húmeda que antecede inmediatamente al agua y sobre la que se imprimen nuestras huellas.

Después la nena se inclina y recoge otro caracol, y después corre unos metros más allá y recoge otro. La veo correr, nítida, dejando unas huellas pequeñas sobre la franja rojiza, y después curvarse hacia la tierra como si hubiese sido golpeada por algo, levantarse otra vez y volver a corretear, alejándose un poco más, disminuyendo ligeramente de tamaño, y después volver a curvarse. Y después venir rápido en dirección a nosotros, creciendo de tamaño, con los tres caracoles en la mano. Ella le pega en la mano y los caracoles saltan por el aire, cayendo otra vez sobre la franja de tierra rojiza.

– Deje esa porquería y no ande ensuciándose -dice.

– No hace mal a nadie, juntando caracoles -digo yo.

– No sos vos el que tiene que ir después y lavarle la ropa toda sucia, no -dice ella.

Me inclino y recojo los caracoles y vuelvo a dárselos a la nena, que junta las manos y los recibe en el hueco formado por las dos palmas.

– Si no me llevan en la canoa como me dijeron, no los suelto y me ensucio toda -dice la nena.

– Dale todos los caprichos -dice ella.

– Por una vez que junte tres caracoles no va a pasar nada ni nadie se va a morir -digo yo.

Ella se da vuelta y se pone a mirar en dirección a la ciudad.

– ¿No son los galpones del ferrocarril, aquéllos? -dice.

– Sí -digo yo-. Son los galpones. Y aquellos que se ven más allá son los elevadores de granos del puerto.

– ¿Y aquella no es la Municipalidad? -dice.

Señala una masa blanca, borrosa, que se eleva por encima del montón abigarrado de construcciones y follaje.

– No estoy seguro -digo yo.

– Bueno -dice ella-. ¿Volvemos o nos vamos a quedar aquí hasta el año que viene?

– Quedémonos, papi -dice la nena-. Hasta el año que viene.

– Eso -digo yo-. Nos quedamos hasta el año que viene.

– ¿Qué te parece, Gringa? -digo-. ¿Nos quedamos o no hasta el que viene?

– ¿Eh? -digo-. Hasta el año que viene. ¿Eh? ¿Qué te parece?

– Bueno -digo-. No pongas esa cara.

– No pongas esa cara, que no es más que una broma -digo.

Me acerco a ella y le toco la cara con la palma de la mano. Echa la cabeza para atrás, haciendo una mueca, y después da un saltito y queda fuera de mi alcance.

– No te hagas el vivo -dice.

– Bajamos un pato más y nos vamos -digo yo.

– ¿Puedo guardarme los caracoles, mami? -dice la nena.

– Está bien. Guárdeselos -dice ella-. Pero cuidadito con andar ensuciándose la ropa porque si no va a cobrar.

Me doy vuelta. Detrás, lejos, está la franja verde del monte de eucaliptus, y antes, anchísimo, el pastizal. Avanzamos en dirección contraria al río, hacia la izquierda de los eucaliptus. Ella y la nena vienen detrás. Puedo sentir el chasquido de sus zapatos contra los pastos. De golpe, aleteando, a unos doce metros, un pato se levanta del pastizal. Aletea ruidosamente, tomando altura, pero después sube en línea recta, como una bala. Apunto. El cuerpo negro, compacto, del animal se desliza oblicuamente en el aire gris sin salirse un milímetro de la muesca de la mira. Aprieto el gatillo, sintiendo en el hombro la sacudida de la explosión. El pato sigue deslizándose en línea oblicua hacia la altura. Vuelvo a insertarlo en la muesca de la mira, ya más lejano, y aprieto por segunda vez el gatillo. Por un momento da la impresión de estar clavado contra algo en el espacio, porque aletea un momento desesperadamente, sin progresar ni caer. Después se viene a pique como en tirabuzón, aleteando y moviendo las patas, y desaparece en el pastizal. Vamos los tres rápidamente, rastreándolo, haciendo chasquear los pastos con nuestra corrida. Ella jadea, mientras la nena se nos adelanta. Nos detenemos en el punto en que nos ha parecido verlo caer, y comenzamos a girar en redondo, separando las matas con los pies. Los pastos cimbran y se quiebran, y por momentos nos hundimos en ellos hasta las rodillas.

– No se puede venir a cazar sin perros -digo yo-. Es completamente al pedo.

– Ya va a aparecer -dice ella-. Tiene que estar en alguna parte.

– Se ve que le di con todo -digo yo.

– ¿Estás seguro de que cayó por acá? -dice ella.

– Segurísimo -digo yo.

– Vi patente que cayó por acá. Volaba en dirección a la laguna y fue por acá donde le di -digo.

– Capaz que se alejó caminando -digo.

– Donde lo agarre le retuerzo el pescuezo -dice ella- para que aprenda a no hacerse el vivo.

Seguimos girando en redondo, haciendo chasquear los pastos con nuestros zapatos. Cada cual traza su propio círculo en medio del espacio abierto, y por momentos los círculos se rozan. Entran uno en el otro, y se confunden.

– Tengo las piernas a la miseria -dice ella.

– ¿Lo dejamos? -digo yo.

– ¡Acá está! -dice la nena, agachándose y medio desapareciendo entre el pastizal.

Corremos hacia ella, dificultosamente, enredándonos con los pastos más altos. Al llegar nos inclinamos. Oigo el jadeo de ella contra mi oreja izquierda. El pato está echado, vivo, bajo una mata de pajabrava, mirándonos con desconfianza. Sacudo la cabeza hacia él.

– ¿Querías escaparte, eh? -digo. Tiene un ala rota. Le he dado justo en la articulación y muestra las plumas desgarradas y unas manchas de sangre que las tiñen cerca de la raíz.

– Pobrecito -dice ella.

Cuando estiro la mano hacia él, el animal aletea. Lo agarro de las patas y lo levanto; se retuerce desesperadamente, aleteando y tirando unos débiles picotazos furiosos.

– Yo lo llevo, papi -dice la nena, tirando los caracoles y sacudiéndose las manos.

– Con cuidado -digo yo.

Se lo entrego. Lo agarra de las patas y lo levanta hasta su cara para verlo mejor.

– ¿Viste, papi, los ojos que tiene? -dice.

– Bueno, ya tenemos el segundo pato -dice ella-. ¿Nos vamos o no nos vamos?

– No -digo yo-. Quedémonos hasta el año que viene.

– Hacete el gracioso -dice ella.

– Vamos a tomarnos una ginebrita que nos la hemos ganado -digo yo.

– Ya está él con su ginebrita -dice ella, riéndose.

– Papi, y si lo llevo del cuello, ¿qué pasa? -dice la nena.

– No pasa nada -digo yo-. Pero cuidadito con dejarlo escapar que si no soy capaz de sacarte la cabeza.

– No -dice la nena.

– Capaz que a esta altura ya nos han robado todo de la camioneta -dice ella.

– Por mucho que teníamos -digo yo.

– Estaban los platos y los repasadores y el reloj tuyo que yo puse en la guantera -dice ella.

– Vayan ustedes adelante, que yo las sigo -digo yo.

Ella me mira con desconfianza.

– ¿Vas a tenernos ahí hasta la noche, esperándote? -dice.

– Te digo que voy enseguida -digo.

– En un minuto estoy con ustedes -digo.

– Bueno, pero un minuto. Si pasa de un minuto, agarro a la nena y me voy caminando -dice.

– Está bien, Gringa -digo yo, riéndome.

Comienzan a alejarse en dirección al monte de eucaliptus. No avanzan en línea recta, sino oblicua. Van cortando desde el extremo izquierdo del pastizal hasta el borde derecho del monte de eucaliptus, detrás del cual está la camioneta. Las veo moverse dificultosamente en el gran espacio abierto, ella comida por momentos hasta la cintura por el pastizal, y la nena completamente. Después me agacho, bajándome los pantalones, y hago mis necesidades. Me limpio con unos pastos. Después me quedo acuclillado, mirando un punto fijo entre los pastos, sin verlo. La escopeta está tirada en el suelo, a mi costado. La culata de madera está pulida por el uso, y el peso de la escopeta aplasta el pasto. Cuando me incorporo, abrochándome los pantalones, recojo la escopeta y avanzo hacia el monte de eucaliptus, viendo las diminutas figuras de ella y la nena, en la distancia, estremecer el pasto hundiéndose en él, y reaparecer por momentos enteramente en las zonas en que el pasto es más ralo. A veces parecen debatirse en el mismo lugar, sin progresar. Son lo único móvil en el espacio inmóvil. No oigo ni siquiera los chasquidos de mis propios zapatos sobre los pastos. Una o dos veces me detengo, la primera para cargar la escopeta, la segunda para mirar en dirección a la laguna y, más allá, a la ciudad. El cielo está perdiendo luminosidad. El color gris se ha vuelto más humoso, y algunas nubes redondas aparecen ribeteadas de negro. Cuando me faltan unos trescientos metros para llegar al monte de eucaliptus, un pájaro negro sale de entre los pastos, volando en mi dirección y cambiando de rumbo enseguida, con un giro brusco, hacia la izquierda del monte, al verme. Apunto e inserto su figura negra, veloz, en la muesca de la mira. Aprieto el gatillo y lo veo caer de golpe, en la línea recta, sin un solo aleteo, como una piedra, aunque la piedra hubiese producido un tumulto de astillas al recibir las municiones, seguramente. Miro hacia el punto en que cayó y vacilo un momento, pero después sigo caminando en dirección al monte. Cuando llego la nena está sentada en la cabina, maniobrando con el volante, y ella lee una fotonovela, sentada en el suelo.

– Murió, papi -dice la nena, al verme llegar.

Voy y me tiro en el suelo al lado de ella. Ella ni siquiera alza la cabeza de la revista. La nena baja de la camioneta y viene hacia mí con el pato muerto. Lo pone delante de mi cara. El pato cuelga en el aire, sostenido del cogote por la mano de la nena.

– Murió, ¿viste? -dice.

Lo hace colgar delante de mi cara, sosteniéndolo del cuello. Le doy un manotazo y el pato muerto vuela en el aire y cae al suelo con un ruido seco, opaco.

– Vas a mancharme toda la ropa -digo.

La nena recoge el pato y lo tira en la caja de la camioneta, introduciéndolo entre los dos tablones y dejándolo caer. Ella vuelve una y otra vez las hojas de su revista para verificar el sentido de lo que ha leído anteriormente y empalmarlo con el sentido de la página que se encuentra leyendo. Después lee enteramente la página y da vuelta la hoja, disponiéndose a seguir con la siguiente.

– Dame esa ginebra, Gringa -digo.

– Sí -dice ella, con voz distraída, sin dejar de leer y sin hacer otro movimiento que el de girar lentamente la cabeza, siguiendo el orden de la lectura.

– Dame -digo yo.

– ¿Eh? -dice ella, sin levantar la cabeza de la revista.

Está a mi costado, al alcance de mi mano. Yo estoy estirado en el suelo, bocarriba. La botella verde está más allá, entre ella y la camioneta. La nena está detrás, matando el tiempo por la parte trasera de la camioneta.

– Que me des esa botella, digo -digo yo.

– Estoy podrido de decirte que me alcances esa botella de ginebra, Gringa -digo yo.

– ¿Me la vas a alcanzar, o no? -digo.

Le doy un manotazo a la revista, que vuela por el aire, sonoramente, y cae sobre el estribo de la camioneta, y después al suelo. Doy un giro brusco a tiempo, cuando la mano de ella va a caer sobre mi cara. La mano golpea en el suelo. Ruedo por el pasto, alejándome de ella.

Ella gatea hacia mí.

– Que no te agarre -dice.

– Fue una broma, Gringuita -digo, riéndome. Me incorporo. Ella también se levanta y comienza a correrme. Doy fáciles vueltas en redondo, y gambetas, riéndome. Cuando vuelvo la cabeza hacia ella, sin dejar de correr, alcanzo a distinguir su expresión furiosa. Marcho en dirección a la parte trasera de la camioneta, y me escudo detrás de la nena. Ella se acerca, corriendo. Me apoyo en los hombros de la nena y la empujo suavemente hacia ella. Ella se enreda en la nena, se desliga dándole un empujón, y después me persigue alrededor de la camioneta. Por fin se sienta en el estribo y recoge otra vez su revista jadeando. Yo me acerco, también jadeando y sonriendo. Me acuclillo delante de ella, recogiendo la botella verde.

– Bueno -digo-. Me dejo dar un coscorrón en la cabeza. Pero uno solo, ¿eh? No aprovecharse.

Cierro los ojos, esperando, pero no pasa nada. Cuando vuelvo a abrirlos, ella está mirándome con los ojos muy abiertos, extrañados. La furia se le ha ido.

Alzo la botella de ginebra y la miro en la luz gris que ya comienza a declinar.

– Apenas si has dejado un traguito -digo. Desenrosco la tapa y me tomo todo el contenido de la botella. Después me paro, camino unos pasos alejándome de la camioneta y tiro la botella con todas mis fuerzas, en dirección al pastizal. La botella verde hace una curva rígida en el aire, disminuyendo de tamaño a medida que se aleja, y después cae entre los pastos y desaparece.

Ella sigue leyendo. Me siento a su lado, en el estribo, y le rodeo los hombros con el brazo. Ella no parece ni siquiera darse cuenta de que tiene mi brazo rodeándole los hombros. Comienzo a hacer presión, tratando de inclinar su cuerpo pesado hacia mí.

– Venga aquí, conmigo -digo. -Venga, Gringuita -digo.

– Déjame -dice ella. -Que me dejes, te digo -dice.

– ¿Vas a dejarme o no? -dice.

Pero después se afloja y cae sobre mi hombro. Delante está el pastizal, extendiéndose hacia la laguna. Está vacío. Mi brazo se desliza desde el hombro hasta el cuello blanco, redondo. La boca de ella se aprieta, abierta, contra mi mandíbula dura. Siento la humedad de sus labios blandos contra la mandíbula. Difícil de borrar.

– Vamos a quedarnos despiertos hasta tarde, esta noche -dice, en voz muy baja.

– Sí -le digo.

Todo su cuerpo blando, cubierto con la ropa de lana, está aplastado contra mi costado.

– Vámonos -dice.

– Sí -digo.

– Ahora. Enseguida. Vámonos -dice.

– Sí -digo.

Se separa, bruscamente.

– Estoy cansada -dice.

Me paro. La escopeta está en el suelo. La recojo. Saco el cartucho vacío, lo guardo en la cartuchera, y pongo en su lugar otro intacto. Miro el cielo.

– Antes de un rato -digo- va a anochecer.

– Va a largarse a llover en cualquier momento -dice ella.

– A esta hora empiezan a caer los patos en la laguna -digo-. ¿Querés que vayamos a ver?

Le hago una mirada de inteligencia, muy fugaz. Ella está mirándome a los ojos. Después echa también ella una mirada fugaz en dirección a la nena.

– Va a oscurecer -dice, medio riéndose.

– Vamos -le digo.

Se da vuelta en dirección a la nena, que se ha trepado a la parte trasera de la camioneta y mira el horizonte, inmóvil, en dirección al pastizal.

– Su papá y su mamá van hasta la laguna y vuelven enseguida -dice-. Usted no se mueve de acá y se porta bien, ¿entendido?

– Voy yo también -dice la nena.

– No -dice ella-.

Su papá y su mamá tienen que hablar. Vos te quedas aquí en la cabina, que nosotros volvemos enseguida.

La nena sube a la cabina, con la revista en la mano. Comenzamos a caminar otra vez en dirección a la laguna. Ella va adelante. Se recorta nítida contra el cielo gris, que se va volviendo de un color parecido al de los cañones de la escopeta. La veo nítida, dos metros delante de mí. No hay más nada, salvo el pastizal que se extiende a nuestro alrededor y más allá la laguna, todavía invisible, y la ciudad, un poco más alta, borrándose ya en la bruma del crepúsculo. Llevo la escopeta bajo el brazo izquierdo, apuntando hacia la tierra. Nuestros zapatos hacen chasquear los pastos. Lentamente, voy levantando los, cañones, hasta que apuntan al centro de su espalda. Su cuerpo se recorta con tanta nitidez sobre el crepúsculo gris que por momentos me obliga a desviar la mirada. Se para de golpe, y se da vuelta bruscamente.

– No nos alejemos mucho que se va hacer de noche y está la nena sola -dice.

Mira de pasada los cañones de la escopeta. Me acuclillo. Apoyo la culata de la escopeta contra la tierra y dejo deslizar mi mejilla contra el acero azul de los cañones. Ella se sienta en el suelo, mirando con desconfianza a su alrededor. Ella está diciendo algo ahora, pero no sé qué es. Miro un punto fijo en el suelo, sin verlo.

– Aquí está bien -dice.

Se echa bocarriba y se levanta las polleras hasta la cintura. Sus piernas gordas, muy blancas, están atravesadas por unas débiles venas azules. Después se saca los calzones, dejándolos a un costado sobre la tierra, y puedo ver su sexo en el vértice de las piernas entreabiertas.

– Aquí está bien. Vení -dice.

Dejo la escopeta y me echo sobre ella

– Ahora Si. Eso. Bueno. No. -dice

– Ya Basta. No. Cuidado. Ahora. -dice

– Despacio. Pronto. No. Bueno. -dice

Un poco mas allá de su cabeza miro fijamente una mata de pasto Las hojas están amarilleadas ya por los primeros fríos, mas atacadas cuando mas expuestas están al aire. Oigo sus lamentos y su voz contra mi oreja. Después me incorporo. Ella queda echada, las piernas abiertas, cubriéndose los ojos con el dorso de la mano derecha. Me paro, abrochándome. Después recojo la escopeta. En el fondo esta la laguna, y la ciudad detrás, lanzando hacia la altura dos o tres columnas de humo que se borronean en un cielo cada vez mas oscuro Ella se limpia con sus propios calzones y después se los pone Se acomoda rápidamente la ropa y el cabello. Distraída, no me mira

– Gringa -le digo

– Que -dice

– Nada -le digo

Me doy vuelta y comienzo a caminar en dirección al monte de eucaliptus Siento sus pasos detrás, siguiéndome. Ella estará mirándome desde detrás, recortado contra el horizonte oscuro de los árboles. Ha de estar viendo mis contornos nimbados por el resplandor del atardecer Camino, moviendo primero la pierna derecha, después la izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha Me paro de golpe, y me doy vuelta Ella también se detiene

– ¿Que pasa? -dice

– Nada -digo

– Pasa algo -dice

– No -digo- Me pareció sentir un aleteo. Pero no…

– Basta de patos -dice- Vámonos de una vez. Estoy podrida.

Se pone a la par mía y caminamos juntos durante un trecho Por momentos nos hundimos en el pastizal hasta las rodillas, y a veces chapoteamos entre los charcos. La luz decae cada vez más rápidamente. Ahora vemos con claridad únicamente a nuestro alrededor, a unos pocos metros a la redonda. El resto esta envuelto en una penumbra azulada. Los eucaliptus son una franja negra. Cuando llegamos junto a la camioneta, la oscuridad es total. La nena espera en el interior de la cabina.

– Hay que juntar las cosas -dice la voz de ella

– ¿Cazaron otro pato, papa? -dice la nena

– No Ninguno -digo yo. Oigo que ella abre la portezuela de la camioneta -¿Donde esta mi bolso? -dice

– Aquí esta -dice

– Espera que ya voy con la linterna -dice

– Estoy aquí parado. No estoy haciendo nada -digo.

La oigo cerrar la portezuela otra vez, con un golpe. Después oigo sus pasos y, bruscamente, la luz de la linterna me da en la cara

– ¿Estabas ahí? -dice

– Tenés una cara de bestia, con esa barba -dice

– Apaga esa linterna de una vez -digo.

Estoy con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y los dientes apretados. Me tiene como clavado en el suelo con la luz.

– Te digo que apagues esa linterna -digo

– Apaga esa linterna, Gringa, o te pego un tiro -digo. Ella se ríe.

Cuando martillo la escopeta dispuesto a gatillar -se oye nítidamente el ruido metálico por encima del fondo de su risa que es por otra parte lo único que resuena en el silencio total- la luz se apaga. No la risa. Se convierte en una tos. Y después en su voz nítida, que resuena en la oscuridad

– Ayudame a buscar todas estas porquerías -dice.

El círculo de luz se proyecta en el suelo ilumina la botella de vino, unos repasadores retorcidos, la revista, contra el fondo de los pastos ralos que arrojan una sombra móvil que va desplazándose y estirándose en dirección opuesta al recorrido del circulo de luz. El círculo de luz se quiebra después contra el guardabarro de la camioneta y recorre el letrero cuyas letras blancas, sobre fondo azul, brillan y se llenan de reflejos. Ella va inclinándose y recogiendo las cosas y tirándolas en la caja de la camioneta. Después veo cómo el círculo de luz de la linterna lame el techo de la camioneta y va a incrustarse detrás, en la altura, contra el follaje de los eucaliptus. Algunos rayos atraviesan la primera hilera de eucaliptus y se quiebran en el interior del monte. De golpe la luz se apaga, y cuando comienzo a moverme en la oscuridad en dirección a donde supongo está la puerta de la camioneta, la luz vuelve a dar contra mi cara. Ella quiere eso. Quiere que yo… La luz se apaga, y oigo la risa de ella en la oscuridad. Estoy seguro de que quiere eso.

Tanteo en la oscuridad hasta que toco la chapa de la puerta y oigo la voz de la nena.

– Lo venía trayendo del cuello, y se murió -dice.

Palpo el picaporte y abro la puerta. Subo. La nena está sentada al volante.

– Correte -le digo, empujándola.

– ¿Qué mierda es lo que tenés ahí? -digo.

– Los patitos -dice la nena.

– ¿Tenés que andar llevando a todos lados esa porquería? -digo.

Enciendo la luz del tablero y pongo el motor en marcha.

– Eh, no me dejen -dice la voz de ella, desde detrás de la camioneta.

Acelero, sin hacer el cambio, para calentar el motor. Tengo los dientes apretados. El motor brama. El pedal del acelerador toca el piso de la cabina. Estoy así durante un momento, con los dientes apretados y los ojos cerrados, y después disminuyo gradualmente la acelerada. Arranco, moviendo la palanca de cambios, y empiezo a dar la vuelta.

– Cuidado, que yo estoy aquí -dice la voz de ella, viniendo desde algún punto en la oscuridad.

– Ya sé que estás ahí -digo.

Doy la vuelta. Avanzo muy lentamente hacia ella, que está parada con la linterna encendida apuntando hacia el suelo. El círculo de luz ilumina sus pies juntos, calzados con los zapatos llenos de barro. Hace un movimiento disponiéndose a subir, creyendo que voy a detenerme.

– -¿Dónde vas? -dice.

Paso de largo junto a ella. Los faros iluminan el sendero arenoso, entre cuyas huellas crece un pasto ralo. El sendero se interna en el campo, tortuosamente.

– ¿Dónde vas? -dice otra vez.

Avanzo unos treinta metros y me detengo. Cuando oigo que sus pasos se aproximan vuelvo a arrancar. Otros treinta metros más, y vuelvo a detenerme. La nena se ríe. Cuando oigo otra vez sus pasos, vuelvo a arrancar pero me detengo enseguida, antes de haber recorrido siquiera diez metros. Ella llega jadeando.

– Me la vas a pagar -dice.

Me tira un golpe a través de la ventanilla, alcanzándome en el hombro.

– Subí de una vez o te dejo -digo. Me tira otro golpe a través del hueco de la ventanilla y acelero, con el cambio en punto muerto. Ella pasa delante de los faros, trastabillando, rápidamente, y después desaparece otra vez en la oscuridad. Abre la puerta del otro lado y sube a la cabina. Apenas si se ha sentado que empiezo a marchar. La camioneta va dando bandazos a lo largo del sendero arenoso que va saliendo tortuosamente del pastizal.

– Me la vas a pagar -dice.

– Un día de éstos me la vas a pagar -dice.

– Ya vas a ver quién soy -dice.

– Me la vas a pagar como que hay Dios en el mundo -dice.

– Ésta, y muchas otras -dice.

Los faros iluminan el sendero arenoso y descubren bruscamente la tranquera. Freno de golpe, y nos vamos todos hacia adelante, bamboleándonos y entrechocándonos mutuamente.

Bajo. La tranquera se abre hacia adentro, y la trompa de la camioneta está demasiado cerca de su radio de acción, así que vuelvo a subir, doy marcha atrás y vuelvo a frenar con brusquedad. Bajo otra vez y abro la tranquera del todo. Después subo otra vez a la camioneta y atravieso el hueco de la tranquera. Sigo sin detenerme.

– ¿No vas a volver a cerrar la tranquera? -dice.

– Estás borracho -dice.

– El señor se cree dueño del mundo y no es más que un ladrón de sindicatos -dice.

– Tranquila, Gringa -le digo.

Porque ella quiere que yo la… Ahora hay un caserío escaso a los costados del sendero, y después veo en el cielo negro el resplandor verde y rojo del letrero luminoso del motel. Llego a la carretera y enfilo para la ciudad. Pasamos el control caminero y seguimos adelante, la raya blanca que divide en dos el camino ora a la izquierda, ora a la derecha, ora bajo las ruedas de la camioneta.

– Bajá la velocidad -dice.

– Bajá la velocidad -dice-. ¿No ves que está la nena?

– ¿No ves que está esta pobre criatura? -dice.

– ¿Es que ni de esta pobre criatura sos capaz de compadecerte? -dice.

– ¿Ni de esta pobre criatura? -dice.

Después se calla. Entro en el puente colgante, y a la salida tengo que frenar de golpe para no chocar contra un coche que me sale al cruce desde la costanera. Después seguimos recto por el bulevar hasta la Avenida del Oeste, doblamos por la avenida, entramos en la transversal, y después me meto en la calle rellenada con desechos de construcción. Freno de golpe. La casa está oscura.

– Bajen que tengo que ir a entregar la camioneta -digo.

– Mentira. ¿Dónde vas? -dice.

– Digo que bajen -digo.

– No me bajo -dice.

– Quiero bajarme -dice la nena.

– Cállese la boca -dice ella.

– Quiero hacer pis -dice la nena.

– Deja bajar esa criatura y llévala para adentro -digo.

– Yo no me bajo -dice ella.

– Me estoy haciendo pis, mami -dice la nena.

Saco las llaves del bolsillo de mi pantalón y se las doy a la nena.

– Toma -le digo-. Hace pichí y acostate.

La nena baja.

– Bajá de una vez -digo.

– No me bajo nada -dice ella.

Arranco y comienzo a avanzar a toda velocidad. Doblo en la primera esquina y sigo recto tres cuadras, sobre la calle apisonada con desechos de construcción. De golpe, veo luz que se cuela por la puerta del almacén de Jozami. Aminoro, cruzo el puentecito y atravieso la camioneta en el patio. Palpo buscando la escopeta y encuentro los patos sobre el asiento. Recojo los patos y la escopeta -el caño está frío- y bajo. Ella se ha bajado también.

– Hubieras dicho que querías tomar una copa, sin necesidad de hacer tanto lío -dice.

La luz que se cuela por la puerta entreabierta es muy débil. Resbalo en el barro y después tanteo con el pie hasta encontrar el sendero de ladrillos que lleva hasta la puerta. Ella va adelante. Entramos.

En el interior del almacén están el turco Jozami, don Gorosito, y dos mujeres. Toco a la Gringa en el brazo y le digo en voz baja:

– Ojo cómo te portas y con lo que decís.

– Ya vas a pagármelas -dice.

Saludamos en voz alta. Pido dos cañas. Dejo la escopeta y los patos encima del mostrador, cerca de la punta, y me quedo parado ahí. Veo nítidamente todo.

– ¿Anduvieron de caza? -dice Jozami.

– Saben salir muchos patos en esta época -dice don Gorosito-. Solíamos salir a cazar patos con los muchachos, en otros tiempos, y volvíamos con las bolsas llenas. Comíamos pato hasta cansarnos y todavía nos quedaba para repartirle a todo el barrio.

– Lo que es hoy -dice ella- no nos alcanza ni para nosotros. Mi marido anda mal del pulso, últimamente.

– ¿Por dónde fueron? -dije Jozami.

– Fuimos para el lado de Colastiné -dice ella.

Jozami sirve las dos cañas. Viene y deja la mía cerca de los patos y la culata de la escopeta.

– El pato al horno es muy sabroso -dice don Gorosito.

– Para usted, don Gorosito, ya irán quedando pocas cosas sabrosas en esta vida -dice una de las mujeres.

Ella me da la espalda. Los otros tres están parados en semicírculo, más allá de ella, de frente hacia mí. Jozami tiene las dos manos apoyadas sobre el mostrador.

– Pero vaya a saber lo que habrá sido don Gorosito en su juventud -dice la otra.

– Pregunte y le van a decir quién era Pedro Gorosito -dice don Gorosito.

– Lo que es los hombres de ahora -dice ella- no valen nada.

– Es la pura verdad -dice la mujer que habló primero.

– Es lo que yo siempre digo -dice la otra, que está parada más cerca del mostrador, casi rozando con su hombro el hombro de don Gorosito.

– Acérquese, amigo Fiore -dice don Gorosito-. Venga a compartir esta amable rueda con nosotros.

– Cuídese que anda con toda la bronca -dice ella.

– Es lo que yo siempre digo -dice otra vez la mujer que está parada cerca de Gorosito-. Los hombres, hoy día, no sirven para nada.

– No sirven más que para andar atrás de las negras -dice ella-. Coma éste que está atrás: todo el santo día corriendo atrás de las negras.

– Oh, ya va a ver qué le dicen, si pregunta quién fue Pedro Gorosito -dice don Gorosito-. No es jatancia, pero yo sabía empilchar muy bien en esa época, y no hay que olvidar que he sido goleador del Progreso en los años cuarenta.

– Anda todo el día corriendo atrás de las negras, como si yo no fuera tan hembra como cualquiera -dice ella-. Como cualquiera, y más todavía.

Tomo un trago de caña y dejo el vaso sobre el mostrador. La otra mujer, la que está cerca de la pila de latas de conserva, mira en dirección a donde yo estoy, mientras ella no para de hablar. Quiere eso, y me doy cuenta por el tono de su voz aunque esté de espaldas. Está de espaldas, del lado del mostrador. Si giro la cabeza en dirección a la pila de latas de conserva, y cierro un ojo, la borro. Ahora no oigo más que su voz, porque la he borrado. Abro el ojo, y reaparece. Vuelvo a cerrar el ojo, con la cara vuelta ligeramente hacia la pila de latas de conserva, y la vuelvo a borrar. Porque ella quiere eso, lo está buscando. No entiendo lo que dice. Sé que habla de mí. Para mí.

– Ahora hay que desconfiar mucho de los hombres -dice la mujer que está parada cerca de Gorosito-. Son muy interesados y no saben más que mentir.

– Éste que tengo atrás mío -dice ella- se vuelve loco cuando ve una negra. Se enloquece. La negra más sucia es capaz de hacerlo dejar todo. Capaz de hacerlo robar, cualquier cosa. Como si yo no fuese tan o más mujer que cualquiera.

La vuelvo a borrar, girando ligeramente la cabeza hacia la pila de latas de conserva, y cerrando el ojo derecho. Voy abriendo el ojo lentamente, y la imagen turbia se precisa cada vez más, hasta que ella reaparece moviendo los hombros y gesticulando.

– Yo he tenido un departamento en pleno centro, por ahí por donde ahora está la Municipalidad. Puede ir y preguntar en ese barrio quién es Pedro Gorosito -dice don Gorosito.

Veo la cabeza de ella moviéndose mientras habla. La nuca y la espalda acompañan sus movimientos, y alza los brazos y después los deja caer a lo largo del cuerpo.

– No les basta con una sola -dice la mujer que está parada cerca de Gorosito.

– Por una parte hacen bien -dice la otra, mirándome.

– Servirme otra ginebra, che, Jozami -dice don Gorosito.

– Van hacer bien -dice ella-. Son todos unas porquerías, eso es lo que son.

– A ver si te callas de una vez, Gringa -digo yo.

– No piensan más que en chupar y en polleras -dice ella-. Y éste que tengo atrás es el peor de todos.

– Callate la boca, Gringa -digo yo.

– Después la quieren hacer callar a una, cuando una les empieza a sacar los trapitos al sol -dice ella.

– Gringa -digo yo.

– Tranquila -digo.

Se vuelve hacia mí, sonriendo. Yo me sonrío.

– Está bien, corazón -dice.

Abre el bolso y saca la linterna. De golpe, mis ojos se llenan de luz. Cierro los ojos y echo atrás la cabeza. Enciende y apaga la linterna, la enciende y la apaga. Veo bien que quiere eso. Veo bien que está tratando de dármelo a entender.

– Apaga esa luz, Gringa, o ya sabes lo que te espera -digo.

La apaga. La escena reaparece ante mis ojos, plagada de astillas de luz y de manchas rojizas, hasta que todo vuelve a estar ahí como antes, nítido.

– Lo tengo así -dice ella-. A raya. Me da mala vida.

– Ya sabes lo que te espera -digo.

– Me da muy mala vida -dice.

– Vámonos -digo yo.

– La juventud de ahora no se acuerda, pero el nombre de Pedro Gorosito estaba en boca de todos, años atrás -dice don Gorosito.

Termino mi caña de un trago y dejo un billete de cincuenta pesos sobre el mostrador.

– Termina esa caña y vamos -digo.

– Soy dueña de quedarme, si quiero -dice ella.

– No. Vámonos -digo yo.

Ella toma su caña, de un modo lento, deliberado, para hacerme tirar la bronca. Tiene la linterna en la mano. Después recoge el bolso de sobre el mostrador y se apresta a salir. Alzo la escopeta y los patos.

– Buenas noches a todos -dice ella.

Saludo. Salimos. Ahora llovizna.

– ¿No dije yo que iba a llover? -dice ella.

– Sí. Dijiste -digo yo.

– Cuando yo digo una cosa, sé por qué la digo -dice.

Percibo en la oscuridad que se ha parado, interceptándome el paso hacia la camioneta.

– Camina de una vez -le digo.

– ¿Acaso no dije una y mil veces que iba a llover? -dice.

– Sí -digo-. Marcha de una vez.

– Cuando yo digo que una cosa se va a cumplir, se cumple -dice.

Llevo la escopeta bajo el brazo derecho, los patos en la mano izquierda.

– No marcho nada -dice.

Sigue parada entre mi cuerpo y la camioneta. Percibo su respiración en la oscuridad, y los tintineos y chasquidos de su bolso y la linterna. Por un momento no hago nada.

Después avanzo hacia ella y la toco, empujándola, y la siento trastabillar. Hace una exclamación y después enciende la linterna. El círculo de luz brillante estalla y me busca hasta que por fin, después de lamerme las manos, el pecho y el cuello, me da de lleno en la cara. Es un destello cegador, lleno de astillas brillantes que llamean alrededor de un núcleo de luz blanca que las expande, inmóvil. Me deja como clavado en la oscuridad.

– ¿No dije yo que iba a llover? -dice la voz de ella- ¿No dije? ¿Acaso no oíste lo que yo dije?

Entonces alzo los cañones de la escopeta, que queda en posición oblicua, apuntando hacia arriba No tengo mas que apretar los gatillos, uno después del otro, y cuando lo hago las explosiones resuenan una tan inmediatamente después de la otra que la segunda parece una vacilación de la primera, el eco algo demorado de la primera que llena el aire lluvioso de unos sonidos retumbantes impregnados de olor a pólvora En el momento de oprimir los gatillos mi mano izquierda se afloja y los patos caen al suelo. También la linterna cae al suelo, el círculo de luz proyectándose sin sentido en cualquier dirección y quedando después inmóvil. El haz de luz choca contra algo y se interrumpe, y después continua, quebrado en dirección a la calle oscura. Sorteo la linterna y subo a la camioneta.

Hago una maniobra brusca, paso el puentecito, y doblo en la esquina. El motor brama. Cuando llego a la avenida compruebo que he venido todo el trayecto con la puerta abierta, que ha estado golpeándose locamente contra el marco de metal. En la avenida encuentro un bar abierto y detengo la camioneta. Bajo y tomo dos ginebras en el mostrador, una atrás de la otra. Después salgo y me voy para mi casa. Dejo la camioneta estacionada en la oscuridad y entro en la casa, llevando la escopeta. Enciendo la luz del dormitorio de la nena. Esta dormida. Me acerco a su cama, y levanto la escopeta apuntando derecho a su cabeza. Gatillo, pero no se oye mas que un sonido metálico Entonces voy a mi dormitorio. Esta el ropero, con su espejo oval, que me refleja al pasar. Dejo la escopeta sobre la cama, me saco la cartuchera, y la dejo al lado de la escopeta. Después voy al patio, recojo la pava y el mate, fríos, de donde los he dejado a la mañana, y me voy para la cocina. Vacío el mate de la yerba vieja, le pongo yerba nueva, y cuando la pava comienza a chillar me la llevo con el mate y la bombilla a la galena. Me siento en la silla baja.

La llovizna cae sobre los árboles mutilados, negros, que están sobre el patio liso. La luz del patio los ilumina débilmente Deslumbran, sin embargo La corteza atravesada de hendiduras se llena de agua, y también algunas porciones del patio liso emiten de golpe algunos reflejos. Deslumbran. Cierro los ojos durante un momento, apretándolos fuertemente. Cuando los abro, los muñones mojados y el patio liso están todavía ahí.

Entonces comprendo que he borrado apenas una parte, no todo, y que me falta todavía borrar algo, para que se borre por fin todo.

NAM OPORTET HAERESES ESSE