/ Language: Español / Genre:thriller

El Buen Alemán

Joseph Kanon

El fin de la guerra en Europa culmina con la entrada de los ejércitos aliados en un Berlín que ha aceptado una rendición sin condiciones y cerca del cual celebran la Conferencia de Potsdam Churchill, Stalin y Truman. Pero haber acabado definitivamente con el Reich no pone fin a todos los problemas. En una zona controlada por los rusos acaba de aparecer el cadáver de un soldado del ejército estadounidense con los bolsillos repletos de dinero. Jake Geismar, periodista estadounidense que ya había estado en la capital alemana antes de la guerra, vuelve allí para cubrir el triunfo aliado y culminar su campaña particular, pero también para encontrar a Lena, una mujer de su pasado. El asesinato del soldado norteamericano se cruza en el camino de Geismar, quien irá descubriendo que hay muchas cosas en juego. Más de las que imaginaba.

Joseph Kanon

El Buen Alemán

Traducción de Anuvela

Título original: The Good German

© del texto: 2001, Joseph Kanon

© de la traducción: 2006, Anuvela

Para mi madre

NOTA DEL AUTOR

El buen alemán transcurre en Berlín, entre julio y agosto de 1945. Cualquier historia ambientada en el pasado corre un inevitable riesgo de incurrir en errores. Esto es especialmente cierto en el caso de Berlín, cuyo mapa fue transformado varias veces por la historia durante el siglo pasado, y sin lugar a dudas también durante los meses que siguieron a la ocupación de los Aliados, un período en que los acontecimientos se sucedieron con tanta precipitación que su cronología suele ser confusa incluso en los informes de la época, y mucho más en la falibilidad del recuerdo. No obstante, el lector atento tiene derecho a saber cuándo se ha hecho un uso premeditado de ciertas libertades por motivos argumentales. Los Aliados llegaron a incautarse de grandes cantidades de documentos nazis, pero pasó casi un año entero antes de que el Centro de Documentación de Wasserkafersteig, descrito en el libro, estuviera en pleno funcionamiento. En realidad, el desfile triunfal de los Aliados tuvo lugar el 7 de septiembre y no tres semanas antes, como sucede aquí. Los lectores conocedores de la historia sabrán que la autoridad estadounidense de la ocupación fue la OMGUS (siglas inglesas de la Oficina del Gobierno Militar de Estados Unidos en Alemania), pero esa denominación no fue oficial hasta octubre de 1945, de modo que aquí se utiliza una forma más sencilla, GM (Gobierno Militar), en lugar de la más farragosa aunque correcta USGCC (siglas del Consejo de Mando del Grupo de Estados Unidos). Cualquier otro error, por desgracia, será del todo involuntario.

PRIMERA PARTE

ESCOMBROS

1

La guerra lo había hecho famoso. No tanto como a Murrow, la voz de Londres, ni como a Quent Reynolds, en aquel momento la voz de los documentales, pero sí lo suficiente para conseguir primero una prometedora oferta de cuatro artículos para el semanario Collier's y después un pase de prensa para entrar en Berlín. Al final había sido Hal Reidy quien le había encontrado el codiciado pase haciendo malabarismos con las vacantes para reporteros, como si estuviera sentando a los invitados de una cena formal: la United Press junto al servicio de noticias Scripps-Howard, pero en el extremo de la mesa de Hearst, el magnate de la información, quien de todos modos ya había destinado a demasiada gente allí.

– Aunque no puedo hacerte salir antes del lunes. No nos darán plaza en otro avión, y menos ahora que se va a celebrar la conferencia. A no ser que conozca a alguien influyente.

– Sólo te tengo a ti.

Hal sonrió burlón.

– Pues estás en peor forma de lo que creía. Saluda de mi parte al capullo de Nanny Wendt. -Su censor de los viejos tiempos, de antes de la guerra, cuando ambos trabajaban en la emisora de la Columbia, un hombrecillo nervioso y mojigato como una institutriz al que le gustaba retocar con su pluma la copia de las noticias justo antes de que salieran al aire-. El Ministerio de Propaganda e Información Pública -dijo Hal con su tonillo de siempre-. Me pregunto qué habrá sido de él. Goebbels envenenó a sus propios hijos, según tengo entendido.

– No, fue Magda -corrigió Jake-. La gnädige Frau. Con chocolatinas.

– Ya, dulces para los más dulces. Qué gente más agradable… -Le dio a Jake sus órdenes de viaje-. Toma, que lo pases bien.

– Deberías venir conmigo. Es un momento histórico.

– Éste también lo es -dijo Hal señalando otro pliego de órdenes-. Dos semanas más y volveré a casa. Berlín, hay que joderse… Yo estaba impaciente por salir de allí, ¿y tú quieres volver?

Jake se encogió de hombros.

– Será la última gran historia de la guerra.

– ¿Que esos tres se sienten alrededor de una mesa a repartirse el botín?

– No, lo que sucederá después.

– Lo que sucederá es que volverás a Estados Unidos.

– Todavía no.

Hal lo miró.

– Crees que la encontrarás allí -dijo con un tono de voz inexpresivo.

Jake se guardó las órdenes en el bolsillo y permaneció callado.

– Ya ha pasado mucho tiempo, ¿no crees? La vida sigue.

Jake asintió con la cabeza.

– Estará allí. Gracias por esto, te debo una.

– Más de una -repuso Hal sin insistir en el tema-. Tú escribe buenos artículos, y no pierdas el avión.

El avión, sin embargo, llegó a Francfort con horas de retraso y aún permaneció varias horas más en tierra, descargando y dando la vuelta, de modo que ya era media tarde cuando despegaron hacia Berlín. El C- 47 era un transporte militar destartalado y equipado con bancos laterales. Los pasajeros, una partida de periodistas que, igual que Jake, no habían conseguido plaza en vuelos anteriores, tenían que gritarse por encima del ruido de los motores si querían conversar. Jake dejó de intentarlo al cabo de un rato, se reclinó en el asiento y cerró los ojos sin dejar de sentir náuseas cada vez que el avión daba una sacudida en su trayecto hacia el este. Habían estado tomando algo mientras esperaban, y Brian Stanley -el inglés del Daily Express que se había colado en el grupo estadounidense a saber cómo- ya estaba elocuentemente borracho. Casi todos los demás lo seguían muy de cerca: Belser, de la agencia de noticias Gannett; Cowley, que había llevado la oficina de prensa del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas desde un taburete de la barra del Scribe; y Cimbel, que había seguido a Patton hasta Alemania, igual que Jake. Todos ellos llevaban una eternidad en la guerra, con sus uniformes caquis y su insignia circular de corresponsales. Incluso Liz Yeager, la fotógrafa, que llevaba una enorme pistola en la cadera al más puro estilo vaquero.

Jake los conocía bien a todos, sus rostros eran como alfileres en su personal mapa de la guerra. Londres, después dejar la Columbia en el cuarenta y dos porque quería ver la contienda. El norte de África, donde por fin la presenció y acabó con un fragmento de metralla en el cuerpo. El Cairo, donde se estuvo recuperando y pasó largas noches bebiendo junto a Brian Stanley. Sicilia, desde donde echó de menos Palermo pero donde, de forma sorprenderte, acabó llevándose tan bien con Patton que, más adelante, después de Francia, volvió a unirse a él en su rápido avance hacia el este. Atravesaron Hesse y Turingia a una velocidad, días de avance y retroceso, de esperas intermitentes, al fin una guerra de pura adrenalina. Weimar y después, ya al final, Nordhausen y el campo de Dora, donde todo se detuvo. Allí pasaron dos días observando sin ser capaces de hablar siquiera. Al principio Jake había ido apuntando números, doscientos al día, pero luego también lo dejó. Una cámara filmó para los noticiarios las montañas de cadáveres con huesos protuberantes y genitales de trapo. Los vivos, con sus harapos de rayas y la cabeza afeitada, no tenían sexo.

El segundo día, en uno de los campos de trabajo de esclavos, un esqueleto lo cogió de la mano, se la besó y después se aferró a ella con una gratitud obscena mientras farfullaba algo en eslavo. ¿Polaco? ¿Ruso? Jake se quedó petrificado, intentando no oler, mientras sentía que su mano se combaba bajo el peso de ese fiero apretón.

– No soy soldado -dijo.

Sintió ganas de echar a correr, pero fue incapaz de apartar la mano, avergonzado, atrapado también; la historia que todos habían pasado por alto, la mano que no podías quitarte de encima.

– Una semanita en tu antiguo hogar, ¿eh, chaval? -comentó Brian, haciendo bocina con las manos para que Jake lo oyera.

– ¿Ya habías estado en Berlín? -preguntó Liz con curiosidad.

– Vivió aquí. Fue uno de los chicos de Ed Murrow, encanto, ¿no lo sabías? -explicó Brian-. Hasta que los kartoffel lo echaron. Claro que… echaron a todo el mundo. En realidad no tuvieron más remedio, si te paras a pensarlo.

– ¿O sea que hablas alemán? -preguntó Liz-. Gracias a Dios que alguien habla el idioma.

– Deutsch de Berlín -respondió Brian por él, medio en burla.

– No me importa qué clase de Deutsch sea -repuso ella-, mientras sea Deutsch. -Le dio unas palmaditas a Jake en la rodilla-. Tú no te separes de mí, Jackson -dijo con voz radiofónica, y después añadió-: ¿Cómo era la ciudad?

Sí, ¿cómo era? Como una mordaza que se cerraba lentamente. Al principio todo eran fiestas, días calurosos junto a los lagos y cierta fascinación ante los acontecimientos. Jake se había trasladado allí para cubrir los Juegos Olímpicos de 1936. Su madre conocía a alguien que conocía a los Dodd, y eso le permitió disfrutar de cócteles en su embajada y de un asiento especial en el palco que los diplomáticos tenían en el estadio. Y de la gran fiesta de Goebbels en Pfaueninsel: árboles engalanados con miles de farolillos en forma de mariposas, oficiales pavoneándose por los senderos, borrachos de champán e importancia, vomitando entre los arbustos. Los Dodd estaban horrorizados. Él decidió quedarse. Los nazis proporcionaban titulares, y hasta un corresponsal a tiempo parcial podía vivir de rumores mientras veía cómo la guerra se acercaba un poco más cada día. Cuando firmó con la Columbia, la mordaza ya se había cerrado del todo y los rumores no eran más que pequeñas bocanadas de aire. La ciudad se había contraído tanto a su alrededor que al final acabó siendo un círculo cerrado: desde el Club de Prensa Extranjera de Potsdamerplatz, subiendo por la lúgubre Wilhelmstrasse hasta el ministerio, para asistir a las dos sesiones informativas diarias, y luego más arriba, hasta el hotel Adlon, donde la Columbia tenía una habitación para Shirer y en cuyo bar elevado se reunían a comparar sus notas y contemplar a los oficiales de las SS, que holgazaneaban en la fuente de abajo con sus relucientes botas apoyadas en el borde, mientras las ranas de bronce escupían chorritos de agua en dirección al tragaluz. Después, por el Eje Este-Oeste hasta la emisora, en Adolf Hitler Platz, y las interminables discusiones con Nanny Wendt; más tarde en taxi hasta su casa, un apartamento con el teléfono intervenido y la vigilante mirada de Herr Lechter, el Blockleiter, que vivía en un piso arrebatado a unos desdichados judíos al final del pasillo. No se podía respirar. Pero eso había sido al final.

– Era como Chicago -respondió.

Rotunda, enérgica y pagada de sí misma, una ciudad nueva que intentaba ser antigua. Torpes palacios de estilo guillermino que siempre parecían bancos, pero también chistes irónicos y el olor de la cerveza derramada. Una atmósfera mordaz, como en el Medio Oeste estadounidense.

– ¿Chicago? Pues ahora no se parecerá en nada a Chicago.

Esto último, sorprendentemente, acababa de decirlo el voluminoso civil vestido de traje que en el aeropuerto había sido presentado como congresista del norte de Nueva York.

– No, en nada -repuso Brian con malicia-. Estará todo patas arriba. Aunque, ¿qué no lo está? Todo el país ha quedado arrasado por las condenadas bombas. ¿Le importa que le haga una pregunta? Nunca lo he sabido. ¿Cómo hay que hablarle a un congresista? Quiero decir que si hay que dirigirse a usted con «el honorable».

– Técnicamente sí. Al menos eso es lo que dice en los sobres, pero en realidad sólo utilizamos el «congresista» o el «señor».

– Señor. Muy democrático.

– Sí, lo es -convino el congresista sin ningún sentido del humor.

– ¿Participa usted en la conferencia o ha venido sólo a curiosear? -preguntó Brian, jugando con él.

– No, no participo en la conferencia.

– Entonces sólo viene a ver el raj.

– ¿Qué quiere decir?

– Oh, no se lo tome a mal. Aunque eso es lo que parece, ¿no cree? El Gobierno Militar. Son como pukkah sahibs.

– No sé de qué está hablando.

– La mayor parte del tiempo yo tampoco -dijo Brian en tono afable-. No es más que un pequeño concepto mío. No importa. Tenga, eche un trago -ofreció al tiempo que hacía lo propio, la frente sudada.

El congresista no le hizo caso. Muy al contrario, se volvió hacia el joven soldado que estaba apretado junto a él, un pasajero llegado en el último minuto y sin talego. Un mensajero, tal vez. Calzaba un par de botas de montar altas y sus manos se aferraban al banco como si fueran riendas. Tenía el semblante pálido bajo una profusión de pecas.

– ¿Tu primera vez en Berlín? -preguntó el congresista.

El soldado asintió con la cabeza y se agarró aún con más fuerza al banco; el avión había dado un bandazo.

– ¿Tienes nombre, hijo? -continuó, sólo por charlar.

– Teniente Tully -repuso el muchacho, después tragó saliva y se tapó la boca.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Liz. El soldado se quitó el sombrero. Tenía el pelo pelirrojo y mojado-. Toma, por si acaso -le dijo mientras le daba una bolsa de papel.

– ¿Cuánto falta? -preguntó el chico, casi en un lamento, sosteniendo la bolsa a la altura del pecho con una mano.

El congresista lo miró y apartó involuntariamente la pierna en el apretado espacio que había para no sufrir ningún percance. Al hacerlo, volvió un poco el cuerpo, de modo que se vio obligado a mirar otra vez a Brian.

– ¿Ha dicho que era de Nueva York?

– De Utica, Nueva York.

– Utica -repitió Brian fingiendo que intentaba ubicarlo-. Fábricas de cerveza, ¿verdad? -Jake sonrió. Lo cierto es que Brian conocía muy bien Estados Unidos-. Allí hay bastantes alemanes, si no me equivoco.

El congresista lo miró con disgusto.

– Mi distrito es americano al cien por cien.

Sin embargo, Brian ya se había aburrido de él.

– Lo que usted diga -comentó, y miró para otro lado.

– De todas formas, ¿cómo ha conseguido subir a este avión? Me parece que era sólo para reporteros americanos -insistió el congresista.

– Ahí tienes, una muestra del sentir aliado -le dijo Brian a Jake.

El avión bajó un poco, no mucho más que si descendiera una pendiente en una carretera, pero bastó para que el soldado lo notara y soltara un gemido.

– Voy a vomitar -masculló, y casi no logró abrir la bolsa a tiempo.

– Con cuidado -exclamó el congresista, atrapado.

– Tú sácalo todo -le dijo Liz con voz de hermana mayor-. Eso, enseguida te encontrarás mejor.

– Lo siento -dijo él medio atragantándose, a todas luces abochornado y con aspecto de no ser más que un adolescente.

Liz apartó la atención del chico.

– ¿Llegaste a conocer a Hitler? -le preguntó a Jake, y con su pregunta atrajo la atención de todos, como si corriera una cortina para conferir intimidad al soldado.

– A conocerlo, no. A verlo, sí -contestó Jake-. Muchas veces.

– De cerca, quiero decir.

– Una vez.

Una tarde sofocante, él volvía del Club de Prensa, la calle estaba casi en penumbra, aunque la nueva Cancillería retenía aún las últimas pinceladas de luz del día. Los amplios escalones que bajaban hasta el coche que lo esperaba eran de estilo prusiano moderne. Sólo un ayudante y dos guardias; iba curiosamente desprotegido. De camino al Sportpalast, casi seguro, a pronunciar otra arenga contra los taimados polacos. Se detuvo un segundo cerca del final de la escalera y miró a Jake, en la calle vacía. «Podría meter la mano en el bolsillo -pensó Jake-. Un disparo y pondría fin a todo esto, así de fácil.» ¿Por qué no lo había hecho nadie? Entonces, como si el aire hubiera transportado ese pensamiento igual que un aroma, Hitler alzó la cabeza, olfateó inquieto como una presa y le sostuvo la mirada a Jake. Un disparo. Lo observó un instante, tanteándolo, apenas con un nimio gesto del bigote, alzó la mano en un lánguido heil de despedida y avanzó hacia el coche. Con una sonrisa de satisfacción. Allí no había ningún arma y él tenía cosas que hacer.

– Dicen que tenía una mirada hipnótica -comentó Liz.

– No lo sé. Nunca estuve tan cerca -explicó Jake, cerrando los ojos y haciendo desaparecer así el resto del avión.

Ya no faltaba mucho. Primero iría a Pariserstrasse. Vio la puerta, las pesadas cariátides de arenisca que sostenían el balcón que colgaba sobre la entrada. ¿Qué le diría? Cuatro años. Aunque a lo mejor se había trasladado. No, estaría allí. Sólo unas horas más. Tomarían una copa en el café que había calle abajo, en Olivaerplatz, se pondrían al día, años de historias. A menos que decidieran quedarse en el apartamento.

– ¿Dulces sueños? -preguntó Liz.

Jake se dio cuenta de que estaba sonriendo, ya estaba allí. Berlín. No faltaba mucho.

– Estamos llegando -dijo Brian con el rostro pegado a la minúscula ventanilla-. Dios mío. Tenéis que ver esto.

Jake abrió los ojos y dio un respingo, como un niño. Todos se apretaron en la ventanilla, con el congresista a su lado.

– Dios mío -repitió Brian casi en un susurro, sobrecogido por el panorama-. Joder, Cartago.

Jake miró abajo, a tierra, y de pronto el estómago le dio un vuelco. Se sintió vacío, su entusiasmo desapareció como si se hubiese desangrado. ¿Por qué no lo habían avisado? Ya había visto otras ciudades bombardeadas: Londres, desde tierra, casas adosadas convertidas en ruinas y calles llenas de cristales; después Colonia y Francfort, desde el aire, con sus profundos cráteres y sus iglesias destrozadas. Sin embargo, nada era semejante a aquello. Cartago, una destrucción venida de la Antigüedad. Allí abajo no parecía existir el movimiento. Estructuras de casas, vacías como tumbas saqueadas, miles y miles, y áreas completamente pulverizadas donde ni siquiera se veían muros. Habían llegado desde el oeste sobrevolando los lagos, por lo que Jake sabía que aquello debía de ser Lichterfelde, luego Steglitz y el acceso a Tempelhof, pero los puntos de referencia habían desaparecido bajo cambiantes dunas de escombros. A medida que perdían altura, algunos edificios dispersos fueron tomando forma, destrozados, aunque aún permanecían en pie, unas cuantas chimeneas, incluso un chapitel. Debía de quedar alguna clase de vida. Una nube ocre se cernía sobre toda la ciudad; no era humo, sino una espesa neblina de hollín y polvo de yeso, como si las casas se negaran a marcharse del todo. Aun así, Berlín había desaparecido y los Tres Grandes se habían reunido para repartirse los escombros.

– Bueno, han recibido su merecido -dijo de pronto el congresista con una discordante voz estadounidense. Jake lo miró: un político en un velatorio-. ¿No es así? -insistió en un tono algo desafiante.

Brian volvió la cabeza desde la ventana, despacio, con una mirada llena de desprecio.

– Chaval, todos recibimos lo que merecemos. Al final.

Los alrededores del aeropuerto de Tempelhof estaban destruidos, pero habían limpiado alguna pista y la terminal seguía estando allí. Después de la ciudad cementerio que habían visto desde el aire, el aeropuerto les pareció vertiginoso y lleno de vida, no dejaban de distinguir rostros nuevos mientras desembarcaban. El soldado mareado fue el primero en bajar y salir corriendo a trompicones hacia e! servicio de caballeros, según imaginó Jake.

– ¿Geismar? -Un teniente le tendía una mano-. Ron Erlich, de la oficina de prensa. Vengo a por usted y a por la señorita Yeager. ¿Iba a bordo?

Jake asintió.

– Con todo esto -contestó señalando las maletas que había descargado del avión-. ¿Quiere echarme una mano?

– ¿Qué lleva ahí, su ajuar?

– El equipo -contestó Liz, detrás de él-. ¿Piensa seguir haciendo chistes o va a echarle una mano?

Ron vio entonces el uniforme, con sus inesperadas curvas, y sonrió.

– Sí, señor -dijo, parodiando un saludo militar. Después cogió todas las maletas a la vez como si no requiriera esfuerzo, como si quisiera impresionar a una chica-. Por aquí. -Los condujo hacia el edificio-. El coronel Howley le envía saludos -le dijo a Liz-. Dice que la recuerda de cuando él trabajaba en publicidad.

Liz sonrió con incomodidad.

– No se preocupe. Dígale que le sacaré una fotografía.

Ron le devolvió la sonrisa.

– Me parece que usted también lo recuerda a él.

– Como si fuera ayer. Eh, cuidado con eso. Son objetivos.

Subieron la escalera de la puerta detrás del congresista, que parecía haber encontrado un séquito, y llegaron a la sala de espera, con las mismas paredes de mármol tostado y los mismos techos altísimos de antaño, cuando volar era algo romántico y la gente iba al restaurante del aeropuerto sólo para ver los aviones. Jake apretó el paso para no quedarse atrás. Ron se movía igual que hablaba, abriendo una estrecha senda entre las hordas de militares que aguardaban allí.

– Se han perdido al presidente Truman -comentó-. Se ha ido a la ciudad después de comer. Llevaba a toda la Segunda Acorazada alineada en la Avus, la autopista. Menuda imagen. Siento que su avión se retrasara tanto, seguramente se han quedado sin imágenes de él en la ciudad.

– ¿No estaba en la conferencia? -dijo Liz.

– Todavía no ha empezado. El tío Stalin llega tarde. Dicen que está resfriado.

– ¿Resfriado? -preguntó Jake.

– Cuesta hacerse a la idea, ¿verdad? Truman se ha cabreado, tengo entendido. -Miró a Jake-. Eso es extraoficial, por cierto.

– ¿Qué dice la versión oficial?

– No mucho. Tengo unos comunicados de prensa para ustedes, pero seguramente los tirarán a la basura. Como los otros. De todas formas, no habrá nada que decir hasta que se sienten a la mesa. En el centro de prensa tenemos un horario de sesiones informativas.

– ¿Y dónde está el centro?

– Bajando por la calle que lleva a la sede central del Gobierno Militar. Argentinischeallee -dijo de corrido, como si fuera un nombre de chiste.

– ¿En Dahlem? -preguntó Jake, para ubicarse.

– Todo está en Dahlem.

– ¿Por qué no más cerca del centro de la ciudad?

Ron se lo quedó mirando.

– Porque ya no hay centro.

Estaban subiendo el gran tramo de escaleras que conducía a la entrada principal.

– Como decía, el centro de prensa está justo al lado de la sede central del GM, así que es fácil de encontrar. Su alojamiento también. Le hemos buscado a usted un buen lugar-le dijo a Liz, casi con cortesía-. El horario de las sesiones fotográficas es diferente, pero al menos podrá estar allí. En Potsdam, quiero decir.

– ¿La prensa no? -preguntó Jake.

Ron negó con la cabeza.

– Quieren que las sesiones sean a puerta cerrada. Sin periodistas. Se lo digo ya para no tener que oírle protestar más adelante, como con todos los demás. Yo no hago las normas, así que si quiere quejarse vaya a los que están por encima, a mí no me importa. En el centro haremos cuanto podamos. Todo lo que necesiten. Desde allí pueden realizar envíos, pero sus paquetes pasarán por mí, eso también debe saberlo.

Jake lo miró y se obligó a sonreír. Un nuevo Nanny Wendt, esta vez con chicle y mucho empuje.

– ¿Y qué pasa con la libertad de prensa?

– No se preocupe, tendrá mucho material. Realizaremos una rueda informativa después de cada sesión. Además, todo el mundo habla.

– ¿Y qué hacemos entre esas ruedas informativas?

– Beber, sobre todo. Al menos eso han estado haciendo los demás. -Se volvió hacia Jake-. No es que Stalin se dedique a conceder entrevistas, ¿sabe? Vamos allá -dijo al tiempo que abría las puertas del aeropuerto-. Los llevaré a su alojamiento. Querrán asearse.

– ¿Hay agua caliente? -preguntó Liz.

– Claro. Todas las comodidades del hogar.

Fuera, estaban subiendo al congresista a un Horch requisado con una bandera estadounidense pintada en la puerta. A los demás los montaban en jeeps descubiertos. Más allá se veían las primeras casas, en el cruce, ninguna de ellas intacta. Jake se las quedó mirando y volvió a sentirse vacío. Esta vez ya no era una vista aérea, era mucho peor. Unos cuantos muros en pie, agujereados por los impactos de proyectiles. Montañas de escombros, hormigón y tuberías destrozadas. Había un edificio partido en dos: una tira de papel de pared colgaba de una habitación descubierta y se veían marcas de calcinación en los huecos de las ventanas. ¿Cómo conseguiría encontrarla en aquel lugar? El mismo polvo que había visto desde el avión, suspendido en el aire, oscurecía la luz del atardecer. Allí abajo, además, olía a mampostería mojada y tierra revuelta, como en un solar en obras, y también a algo más. Jake intuyó que eran los cadáveres atrapados aún bajo los escombros.

– Bienvenidos a Berlín -dijo Ron.

– ¿Está todo así? -preguntó Liz en voz baja.

– La mayoría. Si falta el tejado, fueron bombas. Si no, los rusos. Dicen que lo peor fueron los ataques aéreos. Lo volaron todo por los aires, un infierno. -Lanzó las maletas al jeep-. Suban.

– Id vosotros -le dijo Jake a Liz, mirando aún la calle-. Antes quiero hacer una cosa.

– Suba -repitió Ron, era una orden-. ¿Qué cree que va a hacer? ¿Parar un taxi?

Liz miró a Jake a los ojos, después se volvió hacia Ron y le sonrió.

– ¿Qué prisa hay? Llévelo adonde quiera ir, y de camino puede hacerme a mí un recorrido turístico. -Dio unos golpecitos a la cámara que le colgaba del cuello, después se la llevó al ojo y se agachó un poco-. Sonría.

Sacó una foto de Ron con el concurrido Tempelhof al fondo. El teniente miró el reloj, fingiendo que no posaba.

– No tenemos mucho tiempo.

– Sólo una vuelta -insistió Liz mientras pasaba el carrete para hacer unas cuantas fotografías más-. ¿No forma eso parte del servicio?

Ron suspiró.

– Supongo que querrá ir a ver el búnker. Todo el mundo quiere ir al bunker, aunque no haya nada que ver. Además, los rusos no dejan entrar, dicen que está inundado. A lo mejor Adolf anda flotando por allí abajo, quién sabe. Pero, como está en su sector, pueden hacer lo que les dé la gana. -Le devolvió la sonrisa a Liz-. Podemos ir al Reichstag, eso sí. Todo el mundo quiere una fotografía, y a los rusos no les importa.

– Usted manda -repuso ella, y bajó la cámara.

– Si consigo encontrarlo… Sé llegar desde Dahlem, pero…

Liz hizo un gesto con el pulgar hacia Jake.

– Él vivió aquí.

– Pues usted dirige -dijo Ron, encogiéndose de hombros, y ayudó a Liz a subir al jeep-. Puede ir delante. -Otra gran sonrisa.

– Qué suerte, pero no quite las manos del volante. Todo el ejército de Estados Unidos tiene el mismo problema con las manos.

Jake no los escuchaba, los coqueteos no eran más que un rumor inofensivo. Vio que alguien salía de detrás de un montón de escombros. Eran dos mujeres. Las vio buscar un camino con cuidado entre los ladrillos, indiferentes, como si todavía estuvieran conmocionadas por los bombardeos. Llevaban puesto el abrigo a pesar del calor de pleno mes de julio, tenían miedo de dejarlo en casa, en el sótano de ese edificio derruido, donde todo, tal vez incluso ellas, quedaba expuesto a convertirse en posesión de cualquiera. ¿Cómo habrían sido esos últimos meses? Cartago. Puede que también ella estuviera escondida en alguna madriguera como esas mujeres. ¿Dónde? Mientras las contemplaba, Jake se dio cuenta por primera vez de que quizá no lograría encontrarla, de que las bombas debían de haber diseminado también a las personas como si fuesen ladrillos. O tal vez no fuera así. Se volvió hacia el jeep. De pronto estaba impaciente, sentía una urgencia absurda, como si todo lo que pudiera haberle sucedido a ella no hubiese sucedido aún.

Se sentó en la parte de atrás, junto a las maletas de Liz.

– ¿Adonde vamos primero? ¿Al búnker? -le preguntó Ron a Liz, que asintió. Después se volvió hacia Jake-. ¿Por dónde?

No era allí adonde quería ir, pero ya estaba metido en aquello. Un favor a Liz.

– Tuerza a la derecha al final de la calle.

Ron levantó el pie del embrague.

– No se moleste en tomar notas, en realidad todo el mundo dice lo mismo. Un paisaje lunar. Eso es lo que más se oye. Y dientes. Hileras de dientes podridos. Associated Press salió con lo de «muelas putrefactas», aunque a lo mejor a usted se le ocurre algo original. Sea bueno y encuentre algo nuevo.

– ¿Cómo lo describiría usted?

– Yo soy incapaz -repuso Ron, ya sin frivolidad-. Nadie puede. Es… Bueno, usted mismo lo verá.

Jake los condujo hacia el norte por Mehringdamm, pero se vieron obligados a desviarse hacia el este y al cabo de unos minutos ya se habían perdido. Las calles estaban bloqueadas o eran impracticables, todo el mapa había sido trazado de nuevo por los escombros. A los cinco minutos de intentar regresar volvieron a perderse. Mientras se abrían camino entre las ruinas, Ron se volvía para mirar a Jake como si fuera una brújula estropeada, hasta que, por suerte, otro desvío los dejó de nuevo en Mehringdamm. Esta vez era un tramo despejado que los llevó hasta el Landwehrkanal, una ruta más sencilla de seguir, el canal, que las imprevisibles calzadas. Sólo las calles principales tenían carriles practicables, las demás habían quedado reducidas a sinuosos senderos, si es que había alguno visible. Berlín, una ciudad plana, tenía por fin relieves, nuevas colinas de ladrillos. No había vida. Jake vio por un instante a unos niños saltando como grillos por encima de los escombros, y luego una escena de trabajo, mujeres que recogían ladrillos con pañuelos anudados a la cabeza para protegerse del polvo. Por lo demás, las calles estaban desiertas. El silencio lo desconcertaba. Berlín siempre había sido una ciudad ruidosa, los trenes elevados del S-bahn rugían sobre sus puentes de caballetes, las radios resonaban con sus interferencias en los patios de los edificios, los coches chirriaban al frenar en los semáforos en rojo, los borrachos discutían. De pronto lo único que se oía era el motor del jeep y el espeluznante rechinar de una solitaria bicicleta que iba delante, nada más. Un silencio de ultratumba. Por la noche estaría oscuro como boca de lobo, como la cara oculta de la luna. Ron tenía razón: los inevitables clichés.

En el Landwehrkanal había un poco más de actividad, pero también el hedor era más intenso, olía a cloaca y a los cadáveres que aún flotaban en el agua. Los rusos llevaban dos meses en la ciudad. ¿A tantos habían tenido que sacar del canal? Sin embargo, allí seguían, cuerpos atascados en los montículos de los puentes derruidos, o simplemente flotando boca abajo en mitad del canal, sostenidos sólo por el agua estancada. Liz había dejado la cámara y se tapaba la boca con un pañuelo para evitar el olor. Ninguno de ellos decía nada. En la otra orilla, la Hallesches Tor había desaparecido.

Siguieron el canal hacia el puente de Potsdam, por el que se podía circular. En uno de los puentes peatonales, Jake vio hombres por primera vez. Arrastraban los pies y vestían uniformes grises de la Wehrmacht, aún en retirada.

No pudo evitar rememorar aquella tarde en que había visto los vehículos de transporte que partían hacia Polonia, una gran exhibición pública que bajó por Unter den Linden, caras de mandíbulas cuadradas salidas de un noticiario. Esta vez los rostros tenían una expresión vacía, no estaban afeitados, eran casi invisibles; las mujeres simplemente caminaban a su alrededor sin dirigirles la mirada.

Por fin encontró puntos de referencia: el Reichstag a lo lejos y, allí, en Potsdamerplatz, los restos irregulares de los grandes almacenes Wertheim. Wertheim ya no existía. Un camión carbonizado yacía a un lado de la calzada, apartado, aunque el único tráfico que podía bloquear eran unas cuantas bicicletas y unos soldados rusos en un carro tirado a caballo. El cruce, antaño concurrido, irradiaba ahora cierto aire de película muda sin su acostumbrado ajetreo. En lugar de eso, todo sucedía como a cámara lenta, incluso las bicicletas avanzaban con miedo a pinchar y el carro se movía con pesadez por una calle tan desierta como la estepa. ¿Cuántas noches de bombardeos habían hecho falta? Cerca del camión había una familia sentada en unas maletas, mirando hacia la calle. Quizá acababan de llegar a Anhalter Station y esperaban a un autocar fantasma, o puede que estuvieran demasiado cansados y desorientados para seguir.

– Es imposible no sentir lástima por esos pobres idiotas -dijo Ron-. Imposible.

– ¿Por quiénes, los alemanes? -preguntó Liz.

– Sí, ya lo sé. Aun así…

Torcieron por Wilhelmstrasse. El nuevo Ministerio del Aire de Goering, o su estructura, había sobrevivido, pero el resto de la calle, esa larga hilera de ostentosos edificios gubernamentales, yacía en montículos carbonizados. Los ladrillos se derramaban por la calle como salidos de heridas abiertas. Allí había empezado todo.

Cerca de la Cancillería se había reunido un grupo de gente; unos inesperados fogonazos de lámparas de flash. Aplausos dispersos.

– Mira, es Churchill -dijo Liz al tiempo que cogía la cámara-. Pare.

– Supongo que todo el mundo quiere hacer el recorrido turístico -comentó Ron, fingiendo aburrimiento pero sin dejar de mirar hechizado hacia el edificio.

Jake bajó. En ese mismo lugar había visto a Hitler sonriendo. Esta vez era Churchill, con un fresco uniforme de verano y el puro apretado entre los dientes, rodeado de reporteros. Brian estaba junto a él. ¿Cómo había llegado tan deprisa? Sin embargo, Brian tenía una legendaria habilidad para aparecer de repente en cualquier sitio como por arte de magia. Churchill se había detenido en los escalones de la entrada, desconcertado por el aplauso. Levantó dos dedos haciendo la señal de la victoria, un acto reflejo, pero enseguida los bajó, aturdido, de súbito consciente de dónde se encontraba. Jake miró a los reunidos. Los que aplaudían eran soldados británicos. Los alemanes habían permanecido en silencio y después se alejaron, abochornados quizá por su propia curiosidad, como el que se detiene a mirar en un accidente. Churchill frunció el ceño y se apresuró al coche.

– Vamos a echar un vistazo -dijo Jake.

– ¿Es que han perdido el juicio? ¿Quieres dejar un jeep lleno de cámaras?

El coche de Churchill se estaba alejando, y la muchedumbre se iba con él. Ron encendió un cigarrillo y se reclinó en el asiento.

– Vayan ustedes, yo guardaré el fuerte. Tráiganme un souvenir, si es que queda algo.

En la entrada había unos guardias rusos, mongoles achaparrados armados con fusiles que no parecían más que una exhibición de fuerza, ya que la gente entraba y salía a voluntad y, en cualquier caso, tampoco había nada que custodiar. Jake dejó pasar primero a Liz al vestíbulo de la entrada, con su techo derrumbado, y después la acompañó por la alargada sala de recepciones. Había soldados rondando por todo el edificio, y entre todo aquel caos rebuscaban medallas, algo que llevarse consigo. Las grandes arañas de techo yacían por los suelos, una de ellas colgaba todavía a unos metros por encima de los destrozos. No habían limpiado nada. En cierto sentido era más espantoso que el desastre provocado fuera por el bombardeo: la furia visible del asalto final, una orgía de destrucción. Muebles hechos pedazos, tapicerías desgarradas a tajos de bayoneta, cuadros rajados. Cajones saqueados y luego tirados por ahí. En el despacho de Hitler habían volcado el gigantesco escritorio de mármol y habían desconchado los bordes para llevarse fragmentos como recuerdo. Por todas partes había papeles marcados por huellas de botas lodosas. Las inquietantes pruebas del pillaje. La horda mongola. Jake imaginó a los guardias de fuera soltando alaridos mientras recorrían esas salas a la carrera, devastando y apoderándose de cuanto podían.

– ¿Qué crees que será esto? -preguntó Liz sosteniendo en alto un puñado de tarjetas, papeles en blanco con los bordes dorados y el águila nazi y la esvástica grabadas arriba.

– Invitaciones.

Tocó una. El Führer solicita su presencia. Color sepia. Cajas llenas de tarjetas. Suficientes para toda la eternidad.

– Igual que la señora Astor -dijo Liz, guardándose unas cuantas en el bolsillo-. Mejor es esto que nada, ¿no te parece?

– Vamos -dijo él, nervioso entre aquel destrozo.

– Deja que saque unas cuantas fotos -repuso ella mientras enfocaba la sala.

Dos soldados estadounidenses, al oír hablar inglés, se acercaron a Liz ofreciéndole su cámara.

– Eh, ¿le importaría sacarnos una?

Liz esbozó una gran sonrisa.

– Claro que no. ¿Allí, junto al escritorio?

– ¿Puede sacar también la esvástica?

Había una enorme esvástica ornamental caída boca abajo en el suelo. Ambos pusieron una pierna encima, uno le pasó el brazo al otro por el hombro y sonrieron a la cámara. Niños.

– Otra -dijo Liz-. La luz no es muy buena. -Presionó el obturador y luego miró la cámara-. ¿De dónde la habéis sacado? No había visto ninguna de éstas desde la guerra.

– ¿Me toma el pelo? Prácticamente las regalan. Pruebe en el Reichstag. Con un par de botellas de Canadian Club le bastará. Acaba de llegar, ¿verdad?

– Hace sólo un rato.

– ¿Qué le parece si la invito a una copa? Podría enseñarle la ciudad.

– Bueno, pero ¿qué diría tu madre?

– ¡Eh!

– Tranquilo -dijo Liz, sonriendo, y luego señaló con la cabeza en dirección a Jake-. Además, a él no le sentaría muy bien.

El soldado lo miró y le guiñó un ojo a la fotógrafa.

– A lo mejor la próxima vez, preciosa. Gracias por la foto.

– Apunta ésa para los anales -le dijo Liz a Jake mientras los soldados se alejaban-. Jamás pensé que intentarían ligarme en el despacho de Hitler.

Jake la miró con sorpresa, no se le había ocurrido que pudieran estar ligando con ella. De pronto vio que, cubierta de la mugre del combate y directa como era, Liz resultaba atractiva.

– Preciosa -repitió, divertido.

– ¿Dónde está el bunker?

– Allí, supongo.

Señaló por una ventana hacia el oscuro patio, donde un grupo de soldados rusos montaba guardia. Un pequeño cobertizo de hormigón y una parcela de tierra vacía y llena de piedras. Los rusos estaban echando de allí a los dos soldados estadounidenses, pero los muchachos ofrecieron cigarrillos a todos hasta que los guardias se hicieron a un lado para dejarles sacar una fotografía. Jake pensó en Egipto, en aquel valle de búnkeres donde se habían hecho enterrar los faraones, enamorados de la muerte. Sin embargo, ni siquiera ellos se habían llevado consigo toda su ciudad.

– Dicen que al final se casó con ella -comentó Liz.

Mientras los rusos enloquecían en las calles, en el último instante.

– Esperemos que para ella significara algo.

– Siempre significa algo -repuso Liz en voz baja, y luego lo miró-. Ya volveré otro día. Veo que no estás de humor.

«Todo el mundo quiere ir al bunker», había dicho Ron. El último acto, hasta la macabra boda y, por fin, demasiado tarde, ese único disparo. Ahora era una historia para las revistas. ¿Tuvo flores Eva? Un brindis con champán antes de sacrificar al perro y de que Magda asesinara a sus hijos.

– No es un santuario -dijo Jake, que seguía mirando por la ventana-. Deberían demolerlo.

– Después de que le haya sacado una fotografía -dijo Liz.

Regresaron a la penumbra de la larga sala de recepciones. Allí estaban de nuevo las sillas destrozadas por las bayonetas, con el relleno saliéndose por los rotos. ¿Por qué se habían ensañado así los rusos? ¿Había sido una especie de lección bárbara? ¿Qué había que aprender de ella? Los dos soldados estadounidenses se hacían fotografías como alegres turistas junto a las arañas caídas. Cerca de la pared había un montoncito de medallas sacadas de los cajones. Cruces de Hierro. Al inclinarse para recoger una -un souvenir para Ron-, Jake se sintió como un sepulturero escarbando entre restos mortales.

Esa sensación de incomodidad lo siguió por las calles. Las montañas de escombros ya no eran un paisaje impersonal, sino el Berlín que él había conocido. También una parte de su vida había quedado arrasada. En la esquina se veía Unter den Linden, gris de ceniza. Incluso el Adlon había sido bombardeado.

– No -corrigió Ron-. Lo incendiaron los rusos después de la batalla. Nadie sabe por qué. Seguramente estarían borrachos.

Apartó la mirada, aunque ¿qué era un solo edificio en comparación con todo lo demás, todas esas manos que no podías quitarte de encima? La puerta de Brandeburgo seguía en pie al otro lado de la plaza, pero la cuadriga se había salido de su montura, un carro volcado en plena carrera. Banderas rojas y carteles con la efigie de Lenin cubrían las columnas y ocultaban algunos agujeros de proyectil. Cuando cruzaron hacia el Tiergarten, vieron una gran muchedumbre reunida alrededor del Reichstag: soldados estadounidenses que intercambiaban sus botellas de Canadian Club, soldados rusos que examinaban relojes de pulsera. Algunos alemanes, como las dos mujeres que habían visto cerca de Tempelhof, llevaban abrigos pese al calor de la tarde, seguramente para esconder lo que fuera que habían ido a vender. Cigarrillos, alimentos enlatados, antiguos relojes de porcelana. El nuevo Wertheim. Unas cuantas muchachas con vestidos de verano iban colgadas del brazo de unos soldados. Los soldados posaban para sacarse una foto frente al Reichstag, con sus paredes carbonizadas cubiertas de pintadas en cirílico, otra parada obligada en el nuevo circuito turístico.

En el parque, Jake se quedó sin aliento. Los edificios eran bajas esperables en cualquier guerra, igual que los soldados, pero los árboles también habían desaparecido. Todos. El frondoso bosque del Tiergarten y las sinuosas sendas con sus curiosas estatuas medio escondidas se habían quemado y habían quedado convertidos en un extenso campo repleto de basura, oscuros tocones carbonizados y el metal retorcido de las farolas. El jeep se dirigía al oeste por el Eje, y a lo lejos, más allá de Charlottenburg, los últimos rayos del sol enrojecían el cielo, de modo que por un momento Jake imaginó los incendios ardiendo aún e ilumi nando la noche para guiar a los bombarderos. Un fragmento de uno había caído en el parque y una única hélice sobresalía clavada en la tierra, un despojo surrealista, como esos viejos frigoríficos y esas partes de tractor oxidadas que a veces se ven en los patios delanteros de las granjas pobres.

– Por Dios santo -dijo Liz-. Míralos.

Un paisaje repleto de gente que se movía despacio a su alrededor. Maletas. Prendas de ropa convertidas en hatillos. Unas cuantas carretillas y cochecitos de bebé. Movimientos exhaustos, un paso cada vez. Ancianos y familias sin equipaje. «Desplazados», el nuevo eufemismo. Nadie les suplicaba ni les gritaba nada, sólo avanzaban penosamente junto a ellos. ¿Adonde irían? ¿Al sótano de unos parientes? ¿A otro campo, un despioje y un cuenco de sopa, sin dirección futura? Personas estupefactas al encontrar en pleno centro de la ciudad una devastación mayor que la que acababan de dejar atrás. Aun así, avanzaban hacia algún lugar, una expedición de supervivientes como los de los grabados antiguos, vagando por el paisaje arrasado de la guerra de los Treinta Años.

«No debía haber terminado así», pensó Jake. Sin embargo, ¿qué había esperado? ¿Desfiles? ¿Un Berlín tan animado como siempre, ahora que habían quitado de en medio a los nazis? ¿Cómo sí no? Lo extraño era que jamás había imaginado que habría un final. La vida después de la guerra no había existido para él, tan sólo una historia que lo llevaba a la siguiente, y luego a otra más. De pronto tenía ante sí la última, ¿qué sucedería cuando se hubiera acabado? «Volverás a Estados Unidos», había dicho Hal. Adonde hacía diez años que no iba. En lugar de eso había regresado a Berlín, un desplazado más en el Tiergarten. Sólo que él iba en un jeep y pasaba a toda velocidad junto a los rezagados, con una chica descarada que sacaba fotografías y un chófer que encendía otro cigarrillo que para ellos valía lo mismo que una comida. Todas aquellas personas se limitaban a mirarlos sin expresión y seguían andando. Con un repentino estremecimiento, Jake se dio cuenta de que lo que veían en él era un conquistador, uno de esos fogosos adolescentes en busca de souvenirs, y no un berlinés que regresaba a casa. También esa ilusión había desaparecido ya, igual que todo lo demás.

Sin embargo, tenía que quedar algo. Años de su vida. La gente sobrevivía, incluso a aquélla. Le dijo a Ron que torciera por la columna de la Victoria y los llevó hacia las torres de fuego antiaéreo del zoo mientras seguía inventariando mentalmente todo lo que faltaba. La iglesia del Káiser Guillermo, cuyo chapitel había volado por los aires. El café Kranzler's hecho pedazos. Ahora se veía a más gente. La Kurfürstendamm destrozada aunque reconocible. Los aparadores y los escaparates de las aceras no tenían cristales, pero sí algún que otro edificio, los ganadores de la ruleta del bombardeo. A lo lejos, a la izquierda, Fasanenstrasse.

– Eso no nos queda de camino -dijo Ron.

– Ya lo sé, pero quiero ver una cosa -repuso Jake con la voz crispada, expectante.

A la derecha, después de la iglesia de San Luis, una ruta que habría podido seguir con los ojos vendados después de todas esas noches de caminar a oscuras, la ciudad oculta a los aviones enemigos. Como ya no había castaños, la calle irradiaba una especie de resplandor antinatural, despejada hasta Olivaerplatz.

– Pare aquí -dijo de repente.

Habían pasado de largo porque allí no había nada. Por un momento Jake se quedó mirando sin saber dónde, después bajó del jeep y caminó despacio por la montaña de escombros. Nada. Cinco pisos derrumbados; la fachada marrón claro yacía ahora en losas. Incluso la pesada puerta de hierro forjado y cristal había volado por los aires. Buscó como un loco las cariátides a su alrededor. Ni rastro. Había un lavamanos en lo alto de uno de los montones de yeso destrozado.

– ¿Es aquí donde vivías? -preguntó Liz con una voz que sonó estridente en medio de la calle desierta.

Jake oyó el clic de la cámara.

– Yo no -repuso-. Otra persona.

Sólo habían estado allí unas cuantas veces, cuando Emil no iba a estar. Por la tarde, las frondosas ramas de fuera dibujaban formas en las cortinas corridas. Las sábanas mojadas de sudor. El le tomaba el pelo porque, después de hacerlo, se tapaba con la sábana hasta los pechos, aunque su cabello yaciera todavía enredado y húmedo sobre el cojín, tan ilícito como el calor de la tarde en esa habitación en la que no debían estar, juntos.

– Antes no te importaba.

– Eso era antes. No puedo evitarlo, soy recatada. -Lo había mirado a los ojos y después se había echado a reír, una risa de cama, íntima como una caricia. Se había vuelto de lado-. ¿Cómo puedes hacer bromas?

El se había dejado caer a su lado.

– Se supone que es divertido.

– Divertido para ti -había dicho ella con una mano en la mejilla de él, pero sonreía, porque el sexo era un juego, formaba parte de la aventura, de su secreto.

Al principio, antes de la culpabilidad.

Jake avanzó por un estrecho sendero que encontró entre los escombros. A lo mejor aún vivía alguien en el sótano, pero el camino no llevaba a ninguna parte. No había más que cascotes y ese olor empalagoso. ¿De quién sería el cadáver? Vio un poste con un trozo de papel sujeto entre varios pedazos de yeso, como si fuera una lápida. Se inclinó para leerlo. Frau Dzuris, la señora oronda de la planta baja, seguía con vida y se había trasladado a una calle de Wilmersdorf que Jake no conocía. «Frau Dzuris reside ahora en…», lenguaje pomposo y formal de tarjeta de visita. Sacó su cuaderno de notas y apuntó la dirección. Una mujer agradable y con debilidad por los pasteles de semillas de amapola cuyo hijo trabajaba en Siemens e iba a comer con ella todos los domingos. Las cosas que se recuerdan. Regresó al jeep.

– ¿Nadie en casa? -preguntó Ron.

Jake se detuvo, pero luego lo dejó correr y se limitó a menear la cabeza.

– Aquí no, al menos. -Pero sí en algún otro lugar-. ¿Cómo se puede encontrar a alguien? ¿En medio de todo esto?

Ron se encogió de hombros.

– Preguntando por ahí. Hablando con los vecinos. -Jake miró a la calle vacía-. O por los tablones de anuncios. Los encontrará en muchas esquinas. «Se solicita información sobre el paradero de…» Ya sabe, como en un club de corazones solitarios. -Ron vio entonces la expresión de Jake-. No sé cómo -dijo, aún en un tono despreocupado-, pero la gente se encuentra. Los que siguen con vida.

Un silencio incómodo. Liz, que había estado mirando a Jake, se volvió hacia Ron:

– ¿Lo crió su madre o ha llegado a ser así usted solito?

– Lo siento -le dijo a Jake-. No pretendía…

– Déjelo -dijo Jake, con desaliento.

– ¿Es esto lo que quería ver? Se está haciendo tarde.

– Sí, era esto -respondió Jake mientras subía de nuevo al jeep.

– Muy bien, pues a Dahlem.

Jake miró una última vez los escombros. ¿Por qué había esperado que quedara algo en pie? Un cementerio.

– ¿De verdad hay agua caliente? Me muero por darme un baño.

– Eso es lo que dice todo el mundo -repuso Ron, de nuevo alegre-. Después. Es por este polvo.

Los habían alojado en una gran villa de Gelferstrasse, una calle de las afueras que quedaba detrás del cuartel general de la Luftwaffe, en Kronprinzenallee, donde se había instalado el Gobierno Militar. Los edificios de la Luftwaffe eran del mismo estilo que el ministerio de Goering: mampostería gris y de líneas rectas, aquí con águilas decorativas que sobresalían de las cornisas prestas a alzar el vuelo, aunque el recinto estaba repleto de banderas estadounidenses que ondeaban en los tejados y en las antenas de los coches que bordeaban el camino de la entrada. Aquella zona también había sufrido daños, había solares calcinados que antaño habían sido casas, pero no era nada en comparación con lo que acababan de ver. Gelferstrasse, en concreto, estaba en bastantes buenas condiciones. Era una calle casi apacible y refrescada aún en parte por la sombra de los árboles.

Jake nunca había pasado mucho tiempo en Dahlem. Sus calles tranquilas y alejadas del centro le recordaban a Hampstead. Sin embargo, la sensación de alivio que sintió al ver casas en pie, con sus tradicionales tejados de tejas y sus aldabas de latón, hizo que le pareciera más familiar de lo que era. La mayoría de las ventanas seguían sin cristales, pero ya habían limpiado los añicos de la calle. Todo estaba recogido, por fin los abandonaba el hedor que los había acechado por toda la ciudad; la limpieza general también se había ocupado de los cadáveres.

La villa era un edificio de tres pisos de estuco amarillo pálido, no tan suntuosa como las mansiones millonarias de Grunewald, pero sí sólida, seguramente hogar de algún profesor del Instituto Káiser Guillermo, a unas pocas calles de distancia.

– He tenido que darle al congresista la habitación principal -dijo Ron, como si fuera un posadero, mientras los acompañaba al piso de arriba-, pero al menos no tendrán que compartir cuarto. Puedo trasladarla más adelante -le dijo a Liz-. Ese hombre sólo estará aquí unos días.

– Un ataque relámpago, ¿eh? -comentó Liz.

– Nadie se queda mucho tiempo. Sólo el personal del GM, y están todos en la segunda planta. Un piso más arriba. Por cierto, la cena se sirve a las siete.

– ¿Dónde se hospedan los soldados rasos?

– Por todas partes. La mayoría en barracones en la antigua fábrica de Telefunken. Algunos en Onkel Toms Hütte -explicó Ron, pronunciando a la inglesa.

– ¿La cabaña del tío Tom? -dijo Liz, divertida-. ¿Desde cuándo?

– Desde siempre. La población se llama así. Supongo que les gusta el nombre.

La habitación de Jake debía de haber pertenecido a la niña de la casa. Tenía una cama individual con una colcha de chenilla rosa, papel de flores en las paredes y un tocador con un espejo redondo y un faldón rosa con volantes. Incluso los cortinajes para ocultar la luz estaban forrados de rosa.

– Qué monada.

– Sí, bueno -repuso Ron-. Como le decía, podremos cambiarlo dentro de unos días.

– No importa. Tendré pensamientos virginales.

Ron esbozó una sonrisa.

– Eso es algo que no tendrá que preocuparlo en Berlín. -Se volvió hacia la puerta-. Deje cualquier cosa para lavar encima de la silla. Más tarde lo recogerán.

Cerró la puerta y desapareció.

Jake se quedó mirando aquella habitación con volantes. ¿Que lo recogerían más tarde? ¿Quiénes? Un personal doméstico para recoger y transportar cosas, el botín de la victoria. ¿Qué habría sucedido con esa niña a quien habían arrebatado su nidito rosa? Dio unos pasos hacia el tocador con tablero de cristal. Aún se veía un rastro de polvo, pero por lo demás estaba limpio. Fue abriendo los cajones para pasar el rato, todos vacíos salvo por unas cuantas postales de Viktor Staal con agujeros de alfileres en las esquinas; seguramente había dejado de ser su amor platónico. Sin embargo, al menos la niña había tenido tiempo de dejar su habitación. ¿Y Lena? ¿Había recogido ella sus frascos de perfume y sus polveras, había tenido la suerte de lograr salir a tiempo o había permanecido allí hasta que el techo se derrumbó?

Encendió un cigarrillo y caminó hacia la ventana desabrochándose la camisa. En el patio de abajo había habido una huerta, pero sus surcos se habían convertido en un lodazal, Jake supuso que pisoteados por soldados rusos en busca de alimento. Aun así, allí se podía respirar. A sólo unos kilómetros de distancia, la ciudad herida había empezado a desvanecerse, olvidada gracias a los árboles y las casas de las afueras, igual que un anestésico amortigua el dolor. Debería haber tomado notas, pero ¿qué había que decir? La historia ya había sucedido. Edificio a edificio, según parecía, ancianos y adolescentes habían disparado desde todas las puertas. ¿Por qué habían opuesto resistencia? Porque esperaban a los estadounidenses, le habían dicho. A cualquiera menos a los rusos. «La paz será peor…» La última advertencia de Goebbels, la única que se había cumplido. Y, entonces, la locura final. Calles enteras incendiadas. Se habían visto patrullas errantes de las SS colgando de farolas a los desertores, apenas niños. Para dar ejemplo. En los campos habían matado a gente hasta el último momento. En la capital se habían vuelto incluso contra los suyos. Ya no era una guerra, era sed de sangre.

Hacía dos meses que Jake no recogía una historia de verdad, desde los campos. Había estado esperando a Berlín, pero de pronto tenía la sensación de que Berlín también lo derrotaría, que todo lo que escribiera terminaría en los paisajes lunares y los dientes podridos de Ron, intentos fallidos. Se había quedado sin palabras. «Personalízalo. No hables de miles de personas, sólo de una.» Ella había estado allí. No era demasiado descabellado esperar encontrar a una sola superviviente. Miró de nuevo al jardín. Cerca de un cobertizo, en la parte de atrás, una anciana de pelo cano tendía la colada mojada en una cuerda improvisada. Una Hausfrau.

– Pero ¿qué vas a hacer? -le había dicho Jake-. Ven conmigo, lo prepararé todo. Te sacaré de aquí.

– Sacarme… -había repetido ella, rechazándolo, como si la sola palabra fuese ya improbable. Después había sacudido la cabeza-: No, es mejor así. -Sentada en su tocador, todavía en enaguas, de nuevo impecable, las uñas rojas-. Seré una Hausfrau -había dicho casi con alegría mientras se ponía carmín-. Una buena Hausfrau alemana. -Y entonces había mirado al suelo-. No esto, todas estas mentiras.

– No son mentiras -había sido la contestación de Jake, con las manos sobre sus hombros.

Ella lo había mirado a la cara en el espejo.

– Mentiras para él.

La anciana de pelo gris de abajo lo había descubierto mirando por la ventana. Vaciló, después inclinó la cabeza en un gesto servicial y recogió la cesta de mimbre. Jake la contempló atravesar el patio lodoso. «Personalízalo.» ¿Cómo había sido la guerra de esa mujer? A lo mejor había sido una de las fieles, a lo mejor había gritado a pleno pulmón en el Sportpalast, y ahora le hacía la colada al enemigo. O puede que no fuera más que una Hausfrau con suerte de haber conservado la vida. Jake fue hasta la cama y se quitó la camisa. De todos modos, ¿qué importaba? Eso eran historias de los perdedores. En Estados Unidos querían el glamour de la conferencia, a Truman haciendo chanchullos con Stalin, el gran mundo que habían ganado, y no los escombros y las personas sin futuro que vagaban por el Tiergarten.

Acabó de desnudarse y se envolvió una toalla alrededor de la cintura. El baño estaba al final del pasillo. Abrió la puerta y se encontró una nube de vapor y una exclamación de sorpresa.

– Oh.

Liz estaba en la bañera, sus pechos apenas rozaban el agua jabonosa y se había apartado el pelo mojado de la cara.

– ¿Es que no sabes llamar?

– Lo siento, es que… -dijo Jake, pero no se movió.

Vio cómo Liz se dejaba resbalar dentro del agua para taparse; su piel era tan rosada como los volantes del tocador.

– ¿Ya has echado un buen vistazo?

– Lo siento -repitió él, azorado.

Un cuerpo suave de mujer, sin su uniforme ni su funda de pistola, que ahora colgaban de una percha.

– No importa -dijo Liz, sonriendo, veterana de las tiendas compartidas y las letrinas de campaña-. Mientras no te quites la toalla. Salgo dentro de un segundo.

Hundió la cabeza en el agua para aclararse, luego se alisó el pelo hacia atrás y alcanzó una toalla.

– ¿Piensas darte la vuelta o quieres un espectáculo de cabaret?

Jake le dio la espalda mientras salía de la bañera. Un chapoteo en el agua y susurros de tela, sonidos íntimos en sí mismos.

– Supongo que debería tomármelo como un cumplido -soltó Liz, envolviéndose en una bata-. Antes no te habías fijado.

– Claro que sí -repuso Jake, aún de espaldas.

– Conque sí… -Jake oyó el agua que se colaba a borbotones por el desagüe-. Muy bien, ya estoy decente.

Se había envuelto el pelo con un pañuelo de seda a modo de toalla. Jake la miró y después ladeó la cabeza como el joven soldado estadounidense de la Cancillería.

– ¿Qué le parece si la invito a una copa?

– ¿Vestida? No puedo, tengo una cita.

– Qué rápida. ¿No será con el joven Ron?

Liz sonrió.

– No sabría de dónde sacar los ánimos. -Se hizo un turbante con el pañuelo de la cabeza-. Son negocios. Tengo que reunirme con un tipo. Otro día te tomo la palabra. -Hizo un gesto en dirección a la bañera-. Será mejor que abras el grifo. Tarda un rato.

Recogió sus cosas del taburete y luego se sentó.

– ¿Piensas quedarte?

– Jake, dime una cosa. Todo eso de esta tarde… ¿Quién era ella?

– ¿Por qué ella?

– Porque era una mujer. ¿Cuál es la historia? Sabes que acabaré sonsacándotelo.

– No hay ninguna historia -respondió él mientras abría los grifos-. Volvió con su marido.

– Ah -dijo Liz-, esa clase de historia. ¿Te dejó?

– Me fui de Berlín. A petición del doctor Goebbels. Tenía un problema de actitud.

– Apuesto a que sí. ¿Cuándo fue eso?

– En el cuarenta y uno. Me hizo un favor, supongo. Unos meses más y habría quedado atrapado. -Hizo un gesto con la mano para abarcar toda la ciudad-. En todo esto.

– O sea que sólo quedó atrapada ella.

Jake la miró un instante, luego siguió regulando los grifos.

– Se quedó con su marido -se limitó a repetir él.

– Yo no lo habría hecho -dijo ella, intentando sonar informal, una tímida disculpa-. ¿Quién era él? ¿Uno de la raza superior?

Jake sonrió para sí.

– No tan superior. Era profesor, en realidad. Catedrático.

– ¿De qué?

– Liz, ¿a qué viene todo esto?

– Es por darte conversación. No suelo pillarte en desventaja muy a menudo. Un hombre sólo habla cuando no lleva puestos los pantalones.

– Eso es cierto. -Jake se detuvo un momento-. De matemáticas, ya que lo preguntas.

– ¿De mates? -dijo ella, riendo a medias, verdaderamente sorprendida-. ¿Una lumbrera? No es muy sexy.

– Debía de serlo. Se casó con él.

– Y se acostaba contigo. Matemáticas. No sé, podría entenderlo si fuera un monitor de esquí o algo así…

– De hecho, esquiaba. Así se conocieron.

– ¿Ves? -repuso ella, bromeando-. Lo sabía. ¿Dónde sucedió?

Jake la miró con fastidio. Otro artículo de revista femenina, un encuentro en las laderas, tan sugerente como la última copa de champán de Eva Braun.

– No lo sé, Liz. ¿Acaso importa? No sé nada sobre su matrimonio. ¿Por qué habría de saber algo? Se quedó con él, eso es todo. A lo mejor creía que ganarían la guerra. -Lo último que pensaba ella. ¿Por qué lo había dicho? Jake cerró los grifos, molesto consigo mismo esta vez-. Ya tengo el baño listo.

– ¿Estabas enamorado de ella?

– Esa no es una pregunta de reportera.

Liz lo miró y asintió con la cabeza, después se puso de pie.

– Buena respuesta.

– Esta toalla va a caer al suelo dentro de dos segundos. Estás invitada a quedarte…

– De acuerdo, de acuerdo, ya me voy. -Sonrió-. Quisiera dejarle algo a la imaginación.

Recogió sus cosas, se echó al hombro el cinto de la funda de la pistola y se dirigió hacia la puerta.

– No olvides que has prometido tomarme la palabra otro día -dijo Jake.

Liz se volvió.

– Por cierto, un consejo. La próxima vez que invites a una chica a tomar una copa, no le hables de la otra. Por mucho que te pregunte. -Abrió la puerta-. Ya nos veremos por ahí.

2

La cena fue sorprendentemente formal. La sirvieron la mujer de pelo gris y un anciano, que Jake supuso que sería su marido, en una enorme sala de la esquina del edificio, en la planta baja. Habían puesto la mesa con un mantel blanco y almidonado, porcelana y copas de vino. Incluso la comida -raciones B estándar de sopa de guisantes, carne estofada y peras en lata- parecía haberse engalanado para la ocasión: la sirvieron de modo ceremonioso en una sopera de porcelana y la decoraron con una ramita de perejil, el primer vegetal que Jake veía desde hacía semanas. Imaginó a la mujer cortando briznas en el jardín lodoso, decidida a poner una buena mesa a pesar de todo. Los comensales, todos hombres, eran una mezcla de periodistas de visita y oficiales del GM, que estaban sentados a un extremo de la mesa con sus propias botellas de whisky, igual que los habituales de las casas de las posadas del Oeste. Jake llegó justo cuando servían la sopa.

– Vaya, qué lamentable espectáculo tenemos aquí. -Tommy Ottinger, de la Mutual, le tendió la mano-. ¿Cuándo has caído del cielo?

– Qué hay, Tommy.

Más calvo aún, como si todo su pelo hubiese emigrado al espeso mostacho que era su rasgo más característico.

– No sabía que estabas aquí. ¿Vuelves a trabajar con Murrow?

Jake se sentó y saludó con la cabeza al congresista, que estaba sentado al otro lado de la mesa entre Ron, claramente en calidad de acompañante, y un oficial del GM de mediana edad que era el vivo retrato de Lewis Stone en su papel de juez Harvey.

– Ya no retransmito, Tommy. Ahora soy gacetillero.

– ¿Sí? ¿Quién te subvenciona?

– Collier's.

– Oh -dijo Tommy alargando el sonido, fingiendo estar impresionado-. Qué profundo. Buena suerte. ¿Has visto el programa? Reparaciones. Podrías quedarte dormido sólo con pensar en ello. Bueno, ¿de qué te has enterado?

– No de mucho. Acabo de llegar. He dado una vuelta en coche por la ciudad, nada más.

– ¿Has visto a Truman? Ha llegado esta tarde.

– No, pero he visto a Churchill.

– Churchill no me sirve. Quieren a Truman, ¿cómo le va? Venga, ¿cómo cojones voy yo a saberlo, si todavía no ha hecho nada?

Jake le sonrió.

– Invéntate algo. No sería la primera vez.

El anciano le sirvió un plato de sopa y se sorprendió cuando Jake le dio las gracias en alemán.

– ¿Sabes qué ha dicho hoy? ¿En Berlín? «Esto es lo que pasa cuando un hombre se extralimita.»

Jake pensó en los kilómetros y kilómetros de escombros, resumidos en la lección del día.

– ¿Quién es tu informador? ¿Jimmy Byrnes?

– Es una frase típica de Truman, ¿no te parece?

– Lo será, si tú la usas.

– Hay que llenar las ondas con algo. Recuérdalo.

– El viejo turno de cementerio.

Las retransmisiones de las dos de la madrugada, calculadas para coincidir con las noticias de la noche en Estados Unidos.

– Peor aún. En Berlín se rigen por el horario ruso, así que es aún más tarde. -Bebió un trago y sacudió la cabeza-. Los rusos… -Se volvió hacia Jake, de pronto serio, como si le estuviera confiando un secreto-. Convirtieron esto en un infierno. Violaron a todo lo que se movía. Ancianas. Niñas. No darías crédito a las historias que cuentan.

– No -dijo Jake, pensando en las sillas rajadas por las bayonetas.

– Ahora quieren reparaciones-siguió explicando Tommy con su grave voz radiofónica-. No sé qué creen que queda aún. Ya han echado mano de todo lo que no estaba asegurado con clavos. Lo han desmontado todo y lo han enviado a su país. Todo: fábricas, tuberías, lavabos. Por el amor de Dios. Claro, cuando lo recibieron allí no supieron cómo volver a montarlo, así que todo el material está en vagones de tren, según he oído decir, oxidándose. Inservible.

– Ahí tienes tu historia.

– Tampoco quieren eso. No podemos reírnos de los rusos. Tenemos que llevarnos bien con ellos, ya sabes. Esos cabrones son muy susceptibles.

– ¿Qué quieren, entonces?

– A Truman. La partida de póquer. ¿Quién es mejor jugador, él o el tío Stalin? El póquer de Potsdam -dijo, para ver cómo sonaba-. No está mal.

– Y nosotros tenemos las de ganar.

Tommy se encogió de hombros.

– Nosotros queremos volver a casa y ellos quieren quedarse. Esas cartas no están nada mal.

El anciano, que no dejaba de moverse de un lado a otro con su traje raído, sustituyó la sopa por un estofado gris. Salado, seguramente ternera.

Tommy lo toqueteó un poco, después lo retiró y echó otro trago.

– Bueno, ¿tú qué vas a hacer?

– Todavía no lo sé. Pensaba buscar a algunas personas que conocía aquí y averiguar qué ha pasado con ellas.

– Corazones y flores, ¿eh?

Jake extendió las manos, no quería entrar en el tema.

– Pues me dedicaré a la partida de póquer, supongo.

– En otras palabras, que te quedarás por aquí sentado con nosotros y harás lo que dice Ron -repuso el otro alzando la voz-. ¿Verdad?

– Si tú lo dices, Tommy… -terció Ron, lanzándole una mirada asesina desde el otro lado de la mesa.

– Comunicados de prensa. Ni siquiera podemos acercarnos. Stalin tiene miedo de que alguien vaya a cargar contra él. ¿Es eso, Ron?

– Yo diría que le asusta más que lo citen fuera de contexto.

– Vaya, y ¿quién haría algo así? ¿Tú harías eso, Jake?

– Jamás.

– No puedo decir que le eche la culpa -comentó el congresista, sonriendo-. También yo he tenido mis experiencias en ese terreno.

Su forma de hablar era ahora más relajada, destilaba una simpatía de campaña. Jake se preguntó por un momento si la rigidez del avión no se habría debido simplemente a un miedo a volar mejor disimulado que el del joven soldado. Su ancha corbata, de un cachemir mareante, era como un cartel luminoso de neón en medio de la mesa uniformada.

– Usted es Alan Breimer, ¿verdad? -preguntó Tommy.

– Así es -contestó el congresista asintiendo con la cabeza, satisfecho de que lo hubieran reconocido.

– Del Consejo de Producción para la Guerra -dijo Tommy haciendo gala de su retentiva-. Nos conocimos cuando cubrí las vistas antimonopolio del treinta y ocho.

– Ah, sí -dijo Breimer, que estaba claro que no lo recordaba.

– ¿Qué lo trae a Berlín? -se interesó Tommy, con una voz tan suave que Jake se percató de que se lo estaba trabajando y de que la frase dirigida a Ron no había sido más que una forma de hacer que Breimer mordiera el anzuelo.

– Sólo unas investigaciones para mi comisión.

– ¿En Berlín?

– El congresista ha estado contemplando las condiciones de la zona -dijo Ron, incorporándose a la conversación-. Técnicamente, eso nos incluye también a nosotros.

– ¿Por qué no en Berlín? -dijo Breimer a Tommy con curiosidad.

– Bueno, su campo es el rendimiento industrial, y por aquí no queda mucho de eso.

– No queda mucho en toda nuestra zona -repuso Breimer intentando ganarse a los presentes-. Ya saben lo que dicen: los rusos se han quedado con los alimentos, los británicos con las fábricas y nosotros con el paisaje. Supongo que eso también tenemos que agradecérselo a Yalta. -Miró a Tommy esperando una contestación, pero después cambió de estrategia-. De todas formas, no he venido a ver fábricas, sólo a visitar a los oficiales del GM. Mañana tenemos al general Clay, ¿verdad, teniente?

– A primerísima hora -repuso Ron.

– Querrá ver también a Blaustein, de Economía -dijo Tommy, como si ayudara a llenarle la agenda-. ¿Lo recuerda? Fue el abogado de Justicia en las vistas antimonopolio.

– Recuerdo al señor Blaustein.

– Por otro lado, no es que fueran ustedes muy amigos.

– El tenía sus ideas y yo las mías -dijo Breimer en un tono informal-. ¿Qué está haciendo aquí?

– Lo mismo que hacía allí. Descartelización. Una de las cuatro des.

– ¿Las cuatro des? -preguntó Jake.

– La política del GM para Alemania -respondió Ron con su voz de noticiario-. Desmilitarización, desnazificación, descartelización y democratización.

– Y la última de todas ellas será la descartelización. ¿No es cierto, congresista? -dijo Tommy.

– No estoy seguro de saber a qué se refiere.

– A Tinturas y Productos Químicos de Estados Unidos, que está en su distrito. Me parece recordar que tenían las patentes de North American Farben. Creía que a lo mejor había venido usted a ver si…

Esperó que Breimer picara en el anzuelo, pero el congresista se limitó a suspirar.

– Va usted muy desencaminado. Igual que el señor Blaustein. -Meneó la cabeza-. Cuanto más éxito tenía un negocio, más se empeñaba él en hacerlo picadillo. Nunca logré entenderlo. -Miró directamente a Tommy-. Tinturas de Estados Unidos es sólo una de las empresas del distrito, sólo una.

– Pero la única con un socio alemán.

– Eso fue antes de la guerra, ¿señor…? ¿Cómo ha dicho que se llamaba?

– Tom Ottinger. De la Mutual. No se preocupe, esto es extraoficial.

– Por mí, podemos hablar con carácter oficial si quiere. No he venido de parte de Tinturas de Estados Unidos ni de nadie. Estoy aquí por el pueblo estadounidense.

Tommy esbozó una sonrisa amarga.

– Me ha puesto nostálgico. Aquí se olvida uno de cómo habla la gente en Washington.

– Me alegro que le parezcamos divertidos. -Se volvió hacia Ron-. Bueno, ya veo que aquí no me estoy ganando ningún voto. -Una salida inesperadamente airosa. Después, incapaz de contenerse, se dirigió otra vez a Tommy-: Verá, es fácil atacar a la industria. Lo he oído durante toda mi vida, casi siempre en boca de gente que no sabe lo más mínimo al respecto. A lo mejor deberíamos tener en cuenta que esas empresas que ustedes quieren desmantelar han ganado la guerra por nosotros.

– Aquí casi la ganan también, y ahora son criminales de guerra. Me pregunto dónde estarían los chicos de Tinturas de Estados Unidos si la cosa hubiera acabado al revés.

– Eso es algo espantoso de decir viniendo de un estadounidense.

Tommy alzó su vaso.

– Pero usted defendería hasta la muerte mi derecho a decirlo. -Se percató de la expresión de desconcierto de Breimer y añadió-: Oliver Wendell Holmes. Otro agitador del Departamento de Justicia.

– No, lo dijo Voltaire -dijo con serenidad el doble del juez Harvey; su primera intervención-. Si es que lo dijo. Seguramente también a él lo citaron mal. -Y le dirigió a Tommy una sonrisa taimada.

– Bueno, alguien lo dijo -siguió Tommy-. De todas formas, la idea es buena. ¿No le parece? -le dijo a Breimer con la copa aún levantada.

Breimer se lo quedó mirando unos instantes, un político valorando a un espontáneo. Después levantó su copa con una sonrisa forzada.

– Por supuesto que sí. Por el Departamento de Justicia, y por los caballeros de la prensa.

– Benditos sean sus corazoncitos -dijo Ron.

Bebieron. Breimer se volvió hacia Ron y posó su mano carnosa sobre un papel que había en la mesa.

– Aunque los informes de Clay van directos a Ike -dijo, como si no los hubiesen interrumpido en todo ese rato.

– Exacto -repuso Ron enseguida, antes de que Tommy pudiera intervenir de nuevo-. Aquí el ejército está para ofrecer apoyo, pero el GM informa directamente a Ike. Al Consejo de Control Aliado, técnicamente, que son Ike, Ismay y Zhukov. Nosotros somos el USGCC, el Consejo de Control del Grupo de Estados Unidos.

Dibujaba recuadros en el papel, un organigrama.

– El Consejo de Control es la máxima autoridad del país, al menos hasta la firma del acuerdo, pero el verdadero trabajo está aquí, en el Comité de Coordinación, que son Clay, como representante de Ike, y los demás representantes de los Aliados. Por debajo de Clay está todo el personal ejecutivo, como el coronel Muller, aquí presente -dijo volviéndose hacia el juez Harvey, que asintió con la cabeza.

– Es agradable ponerle cara a un recuadro -dijo Breimer con entusiasmo, pero Ron ya estaba avanzando página abajo.

– Después vienen los despachos funcionales: Asuntos Políticos, Servicios Secretos, Control de Información, etcétera.

Jake contemplaba las líneas y los recuadros que se repartían por toda la página como una especie de árbol genealógico burocrático.

– Las divisiones funcionales de aquí abajo son las que trabajan con los alemanes: Transporte, Recursos Humanos, Justicia, etcétera.

Breimer estudiaba el organigrama con atención, estaba familiarizado con la visión del mundo como pirámide de recuadros.

– ¿Dónde entra Francfort?

– Bueno, eso es la sección G-cinco del USFET, el Teatro de Operaciones Europeo de las Fuerzas de Estados Unidos, sección de asuntos civiles.

– USFET. Joder, el ejército tiene más sopas de letras que el New Deal -comentó Breimer.

Estaba claro que ésa era su idea de un chiste, porque levantó la mirada. Ron le sonrió con cortesía.

– Dicho de otra manera, solapamiento de competencias -añadió Breimer.

Ron volvió a sonreír.

– Eso no sabría decírselo.

– No hace falta. -Sacudió la cabeza-. Si dirigiéramos así un negocio, nunca haríamos dinero.

– No estamos aquí para hacer dinero -dijo Muller con su voz calmada.

– No. Para gastarlo -repuso Breimer, aunque con afabilidad-. Tal como pintan las cosas, tenemos a todo un país que necesita ayuda, y el que paga la cuenta es el contribuyente norteamericano. Menuda paz.

– No podemos dejar que se mueran de hambre.

– Que yo vea, aquí nadie se está muriendo de hambre.

Muller se volvió para mirarlo con una expresión grave y bondadosa, el juez Harvey que alecciona a su hijo Andy:

– La ración oficial es de mil quinientas calorías diarias. En la práctica se acerca más a las mil doscientas, a veces incluso menos. Eso es poco más que en los campos de concentración. Se mueren de hambre. -Su voz, tan precisa y racional como uno de los recuadros de Ron, acalló a Breimer-. A menos que trabajen para nosotros -prosiguió con calma-. Entonces tienen asegurada una comida caliente todos los días y cuantas colillas de cigarrillo puedan gorrear. -Hizo una pausa-. Es a ésos a quienes vemos.

Jake miró al hombre que recogía los platos en silencio y se dio cuenta de lo mucho que le bailaba el cuello de la camisa. Le quedaba enorme.

– Aquí nadie quiere que los alemanes se mueran de hambre -dijo Breimer-. No soy de la línea dura en cuanto a la paz. Eso el loco de Morgenthau, del Tesoro. -Miró a Tommy-. Otro de sus antimonopolios, por cierto. Quiere convertirlos a todos en granjeros y desmontar el país. Lo más idiota que he oído en la vida. Claro que esa gente tiene sus propios planes.

– ¿Qué gente? -preguntó Tommy, pero Breimer hizo caso omiso y siguió con su discurso:

– Yo soy realista. Lo que tenemos que hacer es conseguir que este país vuelva a ponerse en pie, no que viva de ayudas. Cuidado, no le estoy diciendo que su gente no esté haciendo un buen trabajo. -Eso se lo dijo a Muller, que asintió con cortesía-. Llevo dos semanas en Alemania y puedo decirle que nunca me había sentido tan orgulloso de ser estadounidense. Todo lo que he visto… Pero, joder, mire esto. -Señaló al organigrama-. No se puede hacer mucho si se tiene una presencia tan dispersa en el terreno. Un grupo aquí, otro en Francfort…

– Creo que el general Clay tiene intención de aunar los esfuerzos de las diferentes organizaciones -dijo Ron.

– Bien -dijo Breimer, molesto por la interrupción-. Por algo se empieza. Y aquí veo todo otro grupo sólo para Berlín.

– Bueno, verá, la ciudad se gestiona conjuntamente, así que no hay otra opción -dijo Ron, aún con su organigrama-. El Comité de Coordinación creó la Kommandatura para el gobierno de Berlín. Ese es Howley… Lo veremos después de a Clay.

– Kommandatura -repitió Breimer-. ¿Eso es en ruso?

– Es más internacional que ruso, me parece -contestó Ron, con evasivas-. Todo el mundo estuvo de acuerdo.

Breimer soltó un bufido.

– Los rusos. Le diré una cosa, aún no habremos conseguido que esta gente vuelva a ponerse en pie y ya estarán aquí los rusos, eso seguro.

– Bueno, es una forma de detener el desgaste del contribuyente norteamericano -dijo Tommy-. Que se encargue Iván de la cuenta.

Breimer lo fulminó con la mirada.

– La cuenta no es lo único de lo que se encargará. En fin, ustedes diviértanse -dijo, reclinándose en el respaldo-. Ya me he puesto a dar discursos y les estoy aguando la fiesta. Mi mujer siempre dice que no sé cuándo parar. -Ofreció una sonrisa calculada, pensada para desarmar al público-. Es sólo que, no sé, detesto ver tanto desperdicio. Eso es algo que se aprende en los negocios. -Volvió a mirar a Tommy-. A ser realista. -Sacudió la cabeza-. Las cuatro des. Lo que habría que hacer es poner a esa gente a trabajar en lugar de darles panfletos, desmantelar sus empresas y perder el tiempo buscando nazis debajo de todas las camas.

Un plato cayó al suelo y se rompió; todos se volvieron hacia la puerta. El anciano, alterado, miraba los añicos mientras el estadounidense bajo y nervudo que acababa de tropezar con él lo sostenía por el codo. Durante unos instantes nadie se movió, todos quedaron paralizados como en un fotograma de película, y después el rollo volvió a girar y todos se precipitaron hacia delante como en una escena cómica: la mujer de pelo gris llegó corriendo con las manos en las mejillas, el anciano empezó a lamentarse, el estadounidense se disculpaba en alemán. Al agacharse para ayudar a recoger los añicos, los expedientes que llevaba bajo el brazo se le cayeron al suelo y formaron una montaña de papeles sobre la vajilla rota. Más disculpas azoradas en alemán por parte del anciano. A Jake le pareció demasiado alboroto sólo por un plato. Tal vez fuera el miedo a perder un trabajo con una comida caliente al día. Al final la mujer apartó a los dos hombres del plato roto y, con una reverencia, dispuso una silla para el recién llegado.

– Lo siento, caballeros -dijo éste en la sala callada mientras apilaba las carpetas sobre la mesa.

Tenía una nariz afilada de terrier, desprendía una energía nerviosa y su rostro estaba cubierto por una oscura sombra de barba vespertina que no había tenido tiempo de afeitarse. En su presencia, incluso el aire parecía ir con retraso. También la corbata aflojada alrededor del cuello de la camisa parecía deberse a ese trajín.

– Congresista, su cita de mañana a las tres en punto -dijo Ron con ironía-. El capitán Teitel, de la División de Seguridad Pública. Bernie, el congresista Breimer.

– Encantado de conocerlo -dijo Teitel con presteza al tiempo que extendía la mano y casi volvía a chocar con un plato de estofado que traía el anciano.

Jake, divertido, miró cómo el hombre dudaba detrás de Teitel a la espera de un momento seguro para acercarse.

– Seguridad Pública -repitió Breimer-. ¿Eso es la policía?

– Entre otras cosas. Soy de desnazificación… e! tipo que desperdicia nuestro tiempo buscando debajo de las camas -dijo Teitel.

– Ah -repuso Breimer, sin saber por dónde seguir. Después se puso en pie.

– No, no se levante.

Breimer sonrió y señaló al soldado alto que aguardaba en la puerta.

– Mi chófer.

Sin embargo, Bernie no estaba dispuesto a dejarlo marchar así como así.

– Francfort me ha dicho que tiene usted un problema con el programa -dijo, agachando la cabeza como si se dispusiera a embestir.

Breimer bajó la vista para mirarlo, preparándose para lidiar con otro inoportuno espontáneo, pero Tommy lo había agotado.

– No tengo ningún problema -dijo con ánimo conciliador-. Sólo unas cuantas preguntas. Estoy seguro de que todos ustedes hacen una espléndida labor.

– Lo haríamos aún mejor si tuviéramos más personal.

Breimer sonrió.

– Esa parece ser una queja generalizada por aquí. Todo el mundo que conozco quiere otra secretaria.

– No me refiero a más secretarias, sino a investigadores cualificados.

El anciano dejó un plato en la mesa entre ambos y se retiró, como si sintiera que se estaban cuadrando.

– Bueno, ya hablaremos mañana de eso -dijo Breimer, disponiéndose a marcharse-. He venido aquí a aprender. Aunque me temo que no puedo hacer nada respecto al personal. Eso depende del GM.

– Pensaba que redactaba usted una especie de informe.

Breimer levantó un dedo hacia su chófer para indicarle que aguardara un segundo.

– No. Sólo me aseguro de que se cumplan nuestras prioridades.

– Esto es una prioridad.

Breimer volvió a sonreír, de nuevo en terreno conocido.

– Bueno, eso dicen todos los departamentos, pero, verá, no podemos hacerlo todo. -Señaló al organigrama-. A veces creo que nos dejamos llevar por nuestras buenas intenciones. -Le puso una mano en el hombro a Bernie, como un tío que da un consejo-. No podemos procesar a todo un país.

– No, sólo a los culpables -repuso Bernie mirándolo con firmeza.

Breimer bajó la mano, había perdido la salida fácil.

– Es cierto, sólo a los culpables. -Volvió a mirar a Bernie-. No queremos montar una inquisición. El pueblo norteamericano no quiere eso.

– ¿De verdad? ¿Y qué queremos? -preguntó Bernie, utilizando la primera persona del plural como pulla.

Breimer retrocedió un paso.

– Creo que todos queremos lo mismo -dijo Breimer con ecuanimidad-. Que este país vuelva a funcionar. Eso es lo importante ahora, y no se logrará encerrando a todo el mundo. Los peores casos, sí. Estoy de acuerdo en atrapar a los peces más gordos y llevarlos a juicio, pero después tenemos que seguir adelante, no perseguir a todos los de poca monta. -Se detuvo, otra vez con ese aire de tío aleccionador-. No queremos que la gente crea que una minoría está utilizando este programa para vengarse. -Sacudió la cabeza-. No queremos eso.

Era una voz instructiva, anodina y segura de sí misma. En el incómodo silencio que siguió, Jake sintió que Tommy cambiaba de postura en su asiento y se inclinaba hacia delante en espera de la respuesta de Bernie.

– Somos una minoría aún más pequeña -dijo Bernie con calma-. La mayoría estamos muertos.

– No me refería a usted personalmente, desde luego.

– Claro, sólo a todos los demás judíos del programa. Sin embargo, algunos de nosotros hablamos alemán, una de esas pequeñas ironías que tiene la vida, así que dependen ustedes de nosotros. Nací aquí. Si mis padres no se hubieran marchado en el treinta y tres, también yo estaría muerto. Personalmente. Así que me parece que es una prioridad. -Tocó el montón de documentos que había dejado en la mesa-. Siento que esto interfiera con la recuperación económica. Por lo que a mí respecta, lo puede archivar en la M de «Mala suerte». En Estados Unidos soy fiscal de distrito, por eso me han designado para este trabajo. Los fiscales de distrito no se cobran venganza. La mayoría de las veces tenemos suerte si conseguimos que se haga un poco de justicia.

Breimer, que se había puesto colorado, farfulló:

– No me refería a…

– Ahórreselo. Ya sé a qué se refería. De todas formas no quiero entrar en su club de campo. Limítese a enviarme más personal y estaremos en paz. -Acercó la silla que tenía detrás, se sentó e inclinó la cabeza hacia la puerta-. Me parece que su chófer lo espera.

Breimer se quedó inmóvil un momento, furioso. Después recobró el dominio de sí mismo e hizo un gesto con la cabeza en dirección a la silenciosa mesa.

– Caballeros. -Miró a Bernie-. Hablaremos mañana, capitán. Espero hacerme comprender mejor.

Toda la mesa lo vio marchar. Jake miró en derredor esperando a que alguien hablara. Sintió que la temperatura de la sala iba subiendo, como si el silencio dejase entrar el bochornoso aire nocturno. Al final, Muller, mirando su copa, dijo con sequedad:

– Ha venido aquí a aprender.

Tommy le sonrió y encendió un cigarrillo.

– Me pregunto qué habrá venido a hacer en realidad. Ese tío no echa una meada a menos que Tinturas de Estados Unidos le diga que vaya al baño.

– Eh, Tommy -dijo Ron-, hazme un favor. Déjalo correr. El que recibe las quejas soy yo.

– ¿Y qué harás tú por mí?

Sin embargo, la atmósfera de antes había quedado sustituida por una sensación de incomodidad, ni siquiera Ron quería jugar ya.

– Muy bien -le dijo a Bernie-. Tenemos que vivir con ese tipo, ¿sabes?

Bernie levantó la mirada de su estofado.

– Lo siento -dijo, aún arisco.

Ron bebió de su copa, mirando a Tommy.

– Parece sacar lo mejor de todo el mundo.

– Los de poca monta -repitió Bernie, imitando la voz de Breimer-. ¿Quiénes serán ésos?

– Todos menos Goering -dijo Tommy.

– De poca monta -repitió Bernie-. Aquí tengo a uno. -Alargó la mano hasta el montón de expedientes y sacó unas cuantas hojas de color crema-. Otto Klopfer. Quiere trabajar de chófer para nosotros. Con experiencia. Dice que condujo un camión durante la guerra, sólo que no explica de qué clase. Resulta que era una unidad móvil. El tubo de escape desembocaba directamente en la parte de atrás. Cargaban a unas cincuenta o sesenta personas allí dentro y el viejo Otto sólo tenía que mantener el motor en marcha hasta que morían. Lo hemos descubierto porque le escribió una carta a su comandante. -Sostuvo una hoja en alto-. Los gases del tubo de escape tardaban mucho. Recomendaba que sellaran el tubo para que fuera más rápido. La gente intentaba escapar, presa del pánico. Otto tenía miedo de que destrozaran el camión.

Otro silencio, esta vez tan sepulcral que hasta el aire parecía haberse detenido alrededor de Bernie. Miró el plato y lo apartó.

– Joder -soltó, avergonzado.

Después se levantó, recogió los expedientes y salió de la habitación.

Jake miraba el mantel blanco. Oyó al anciano, que recogía los platos poco a poco, después el sordo rumor de sillas que se produjo cuando Muller y el extremo de la mesa ocupado por el GM se levantaron para irse. Tommy aplastó el cigarrillo en el cenicero.

– Bueno, tengo una partida de póquer esperando -dijo, ya más contenido-. ¿Te vienes, Jake? Estarán todos allí.

El juego ambulante de la guerra, que aún seguía en marcha: tiendas de reporteros llenas de humo, máquinas de escribir maltratadas y el constante rumor de la baraja de cartas.

– Esta noche no -dijo Jake mirando a la mesa.

– Venga, Ron. Tráete tu dinero. -Se levantó de la mesa y luego miró a Jake-. Si sales, coge una pistola. Hay rusos por todas partes. En cuanto se achispan, lo de ahí fuera se convierte en la Ciudad Sin Ley.

Sin embargo, los rusos eran muy escandalosos, recorrían las calles en bandas y su jolgorio advertía de su presencia. Eran los otros, las sombras que se escurrían entre los escombros, los que podían tender emboscadas desde la oscuridad.

– ¿Adonde iba Breimer? -preguntó a Ron.

– Ni idea. Yo estoy en el turno de día. Esperemos que logre echar un polvo.

– Hablando de castigar a los alemanes… -comentó Tommy, y entonces también ellos se marcharon.

Jake se quedó solo en la sala. Se sirvió un poco más de vino. El anciano regresó y, tras dirigirle a Jake una mirada burlona, empezó a vaciar los ceniceros teniendo cuidado de enderezar las colillas e irlas dejando en un plato aparte. La moneda de la ocupación.

– ¿Querrá usted algo más? -preguntó en alemán mientras limpiaba el mantel.

– No. Sólo me acabaré esto.

– Bitte -dijo el hombre con toda la cortesía de un camarero del Adlon, y se fue.

Jake encendió un cigarrillo. ¿Habría fumado Otto Klopfer en la cabina mientras mantenía el motor en marcha, escuchando los golpes detrás de él? Debió de oír gritos y sentir violentas sacudidas. Y él allí sentado, con el pie en el pedal. ¿Cómo pudieron hacer algo así? Todas las preguntas se reducían a ésa. Lo había visto en los rostros de los soldados estadounidenses que habían detestado Francia y, después, desconcertados, en Alemania se habían sentido como en casa. Buena fontanería, carreteras amplias, niños rubios que les agradecían los caramelos, incansables madres que recogían los escombros. «Gente limpia. Trabajadora. Como nosotros.» Después habían visto los campos, al menos en los noticiarios. ¿Cómo habían podido? La respuesta, la única que tenía sentido para todos, era que no lo habían hecho ellos… que habían sido otros. Sin embargo, allí no había nadie más. Así que al final dejaron de preguntar. A menos que, como en el caso de Teitel, la estocada hubiese llegado demasiado adentro.

Jake miró en derredor, a la sala vacía en la que aún se sentía la tensión. En Chicago había trabajado una vez en la sección de sucesos, y allí aprendió que el escenario del crimen siempre desprende esa sensación, siempre se percibe el silencio perturbador que sigue al asesinato: el cadáver cubierto, pero todo lo demás desordenado. Recordó a los fotógrafos indiferentes, a los policías que recorrían la habitación buscando huellas con sus polvos, los rostros estupefactos de las demás personas, que no te devolvían la mirada sino que seguían sentados mirando el arma etiquetada, aturdidos, como si se hubiera disparado sola. Entonces se dio cuenta de que ese día había vuelto a verlo todo, que la ciudad no se había convertido en un solar arrasado por las bombas, sino en un gigantesco escenario del crimen, conmocionado, a la espera de que alguien trajera la camilla, borrara las marcas de tiza y recolocara los muebles. Sólo que ese crimen ni siquiera así se podría olvidar. Siempre habría un cadáver en mitad del suelo. ¿Cómo pudieron hacerlo? Sellar tubos, candar puertas, desoír gritos. Ésa era la única pregunta, pero ¿quién podía responderla? No un reportero con cuatro artículos para Collier's. Esa historia iba mucho más allá, una retorcida parodia de la gran mentira de Goebbels: si logras que el crimen sea lo bastante grande, nadie lo ha cometido. Todos los artículos que pudiera redactar, llenos de colorido local, con sus historias de la guerra y los chanchullos de Truman, no llegarían a ser siquiera notas para el fichero policial.

Se levantó de la mesa. Tenía la cabeza espesa por la bebida y el bochorno estival. En el vestíbulo, el anciano estaba de pie ante una puerta abierta, escuchando un piano. Una música suave, apenas más alta que el reloj de pared. Al ver a Jake se apartó, como si le cediera su asiento en el concierto. Jake quedó un momento parado intentando ubicar la melodía: delicada, ligeramente melancólica, algo del siglo XIX, igual que la casa, un mundo delicado y ajeno a la desagradable cena. Miró a través de la puerta y vio a Bernie inclinado sobre las teclas, iluminado por un foco de luz tenue, con su tirante pelo ondulado apenas visible al otro lado de la caja del piano. A esa distancia, su cuerpo quedaba escorzado y, por un instante, Jake vio el niño que debió de ser, un estudiante aplicado cuya madre escuchaba a escondidas desde el pasillo. «Es algo que tendrás toda la vida», le habría dicho. Un niño bueno, sin un don especial, que no apartaba la vista de las teclas. Todavía no era el terrier propenso a sentirse ofendido. Sin embargo, tal vez fuera sólo por la habitación, la primera habitación de verdad que Jake había visto en Berlín, con su alta estufa en un rincón y el piano cerca de la ventana para que le diera la luz. En los viejos tiempos habrían servido café y bizcocho.

Bernie no levantó la cabeza al terminar, de modo que Jake ya estaba junto al piano cuando lo vio.

– ¿Qué era? -preguntó.

– Mendelssohn. Una de las Canciones sin palabras.

– Muy bonito.

Bernie asintió con la cabeza.

– También ilegal, hasta hace unos meses. Por eso me gusta tocarlo. Aunque estoy algo oxidado.

– A tu público le ha gustado -comentó Jake señalando con la cabeza en dirección al pasillo, desde donde había escuchado el anciano.

Bernie sonrió.

– Sólo vigila el piano. La casa es de ellos. Viven en el sótano.

Jake comprendió.

– Por eso la preocupación por el plato.

– Es cuanto les ha quedado. Lo escondieron, supongo. Los rusos se llevaron todo lo demás.

Abarcó toda la sala con un gesto de la mano, y Jake vio entonces que había sido despojada de todos los muebles. Las tardes de café y el bizcocho no habían sido más que fruto de su imaginación. Miró al piano, lleno de quemaduras de cigarrillo y cercos de líquido de los vasos mojados de vodka.

– No nos han presentado. Soy Jake Geismar. -Le tendió la mano.

– ¿El articulista?

– A menos que haya otro -repuso Jake, halagado aun a su pesar.

– Escribió usted el artículo sobre Nordhausen. El campo de Dora -dijo Bernie-. Jacob… ¿Por ascendencia judía?

Jake sonrió.

– No, por la Biblia. A mi hermano le pusieron Ezra.

Bernie se encogió de hombros.

– Bernie Teitel -dijo, y al fin estrechó la mano de Jake.

– Eso he oído.

Bernie lo miró, desconcertado, hasta que Jake inclinó la cabeza hacia el comedor.

– Ah, antes. -Apartó la mirada-. Cabrón.

– En realidad haces bien en no ingresar en su club de campo.

Bernie esbozó una sonrisa.

– Lo sé. Aunque me gustaría mearme en su piscina. -Se levantó y cerró la tapa del piano-. ¿Qué has venido a hacer a Berlín?

– La conferencia. Busco una historia, como todos los demás.

– Supongo que no lograré que te intereses por el programa, ¿verdad? No nos vendría mal algo de prensa. Life estuvo aquí, pero sólo querían saber cómo les iba a nuestros muchachos.

– ¿Y cómo les va?

– Ah, bien, muy bien. Nadie confraterniza, así que nadie pilla la sífilis. Nadie saquea. Nadie se gana un sobresueldo en el mercado negro. Sólo reparten chocolatinas Hershey y evitan meterse en líos. Cualquier madre estaría orgullosa. Según Life.

Recogió sus expedientes para marcharse. Jake encendió un cigarrillo y lo miró con detenimiento a través del humo. Era un fiscal de distrito, no un chico que tocaba Mendelssohn.

– ¿Qué le pasará a Otto Klopfer?

Bernie se detuvo.

– ¿A Otto? Un juicio sumario. No es lo bastante importante para el equipo de Nuremberg. De tres a cinco años, seguramente. Después volverá a conducir un camión, pero no para nosotros.

– Creía que habías dicho…

– No podemos demostrar que los matara. No quedaron testigos en la camioneta. Si no hubiera enviado esa carta, no podríamos demostrar nada. Aquí insistimos mucho en la correcta aplicación de la ley. No queremos montar una inquisición -dijo, imitando al congresista-. Preferiríamos dejarles pasar alguna cosilla a los nazis.

– ¿Juicios sumarios? ¿Eso haces?

Bernie sacudió la cabeza.

– Intentamos que los representantes de minorías nacidos en el extranjero no participen en los tribunales. Por si no son… imparciales. Yo sólo soy el sabueso. Ahora mismo estoy con los Fragebogen. -Tocó los expedientes-. Cuestionarios -tradujo-. «¿Fue usted miembro del Partido? ¿De la Liga de Muchachas Alemanas?» Algo así. Tienen que rellenarlo si quieren trabajo o una cartilla de racionamiento.

– ¿No mienten?

– Claro, pero tenemos los archivos del partido, así que lo comprobamos. A esa gente se le daba muy bien dejar constancia de todo.

Jake miró los gruesos expedientes; como un centenar de postes con mensaje en los escombros.

– ¿Se podría localizar a alguien con eso?

Bernie lo miró.

– Puede. Si estaba en la zona americana -dijo, a modo de pregunta.

– No lo sé.

– Los expedientes británicos tardarán aún un tiempo. Los rusos… -Dejó la frase colgada. Después, con afabilidad, añadió-: ¿Algún pariente?

– Alguien a quien conocía.

Bernie sacó una pluma y garabateó algo en un trozo de papel.

– Veré qué puedo hacer -dijo, y le dio un número de despacho-. Ven a verme mañana. Tengo la sensación de que me habrán cancelado la cita de las tres. -Se alejó del piano y luego se volvió hacia Jake-. Tendrían que estar vivos, ¿sabes?

– Sí. Gracias. -Se guardó la dirección en el bolsillo-. ¿Puedo invitarte a una copa?

Bernie lo rechazó con la cabeza.

– Tengo que volver al trabajo.

Volvió a guardar los expedientes bajo del brazo, otra vez llegaba tarde.

– No podrás cogerlos a todos -dijo Jake con una leve sonrisa.

El rostro de Bernie se endureció.

– No. Sólo de uno en uno. Igual que hicieron ellos. De uno en uno.

A la mañana siguiente, Jake tardó más de una hora en encontrar a Frau Dzuris en una de las calles destrozadas que había no muy lejos del cuartel general británico de Fehrbelliner Platz. El yeso de la fachada del edificio se había desplomado; y había dejado parches de ladrillo visto, la escalera olía a moho y cubos de excrementos, indicios de una cañería rota. Un vecino lo acompañó hasta el segundo piso y se quedó en el descansillo por si había algún problema. Dentro se oían unos niños, pero se callaron en cuanto Jake llamó a la puerta. Cuando Frau Dzuris abrió, algo asustada, se percibió un leve aroma a patatas cocidas. La mujer lo reconoció enseguida, sus manos se alzaron para alisarse el pelo y hacer entrar a Jake, pero la bienvenida fue nerviosa, y él, en los rostros de los niños, vio que era por el uniforme. La mujer no sabía muy bien qué hacer, así que se lo presentó a todo el mundo -una nuera y tres niños- y lo sentó a la mesa. En la habitación contigua habían dispuesto dos colchones juntos.

– Vi su nota en Pariserstrasse -explicó Jake en alemán.

– Para mi hijo. No sabe que estamos aquí. Se lo llevaron a trabajar al este. Unas cuantas semanas, dijeron, y mire ahora…

– ¿Tuvieron que marcharse por las bombas?

– Oh, fue terrible. Los británicos de noche, los amis de día… -Una mirada rauda, para ver si lo había ofendido-. ¿Por qué querían bombardearlo todo? ¿Creían que todos éramos Hitler? A nuestro edificio lo alcanzaron dos veces. La segunda vez…

La nuera le ofreció agua y se sentó. Los niños miraban desde la puerta de la otra habitación.

– ¿Estaba Lena allí?

– No, estaba en el hospital.

– ¿En el hospital?

– No estaba herida, trabajaba allí. En el Elisabeth. Ya sabe, el de Lützowstrasse. Ya le dije yo que Dios la protegía por sus buenas acciones. Los demás estaban en el sótano y no sobrevivieron. Herr Bloch, su Greta, todo el mundo. Los mataron a todos. -Otra mirada-. Herr Bloch no quiso ir al refugio público. Él no. Yo nunca confié en el sótano. «No es lo bastante profundo», le dije, y ya ve que no lo era. -Había empezado a retorcerse las manos, y Jake vio que la carne del brazo le colgaba en pliegues, como tiras de masa-. Tantísimos muertos. Terrible, no puede hacerse una idea, toda la noche…

– Pero Lena… ¿sobrevivió?

La mujer asintió con la cabeza.

– Regresó, aunque luego tuvimos que trasladarnos.

– ¿Adonde fue?

– Tenía una amiga en el hospital. Después de eso, no lo sé. También lo alcanzaron, oí decir. Un hospital. Bombardearon incluso a los enfermos. -Meneó la cabeza.

– Pero ¿no dejó una dirección?

– ¿A mí? No, yo ya me había ido. Verá, no había tiempo para dejarse direcciones. Una buscaba lo que podía. A lo mejor tenía familiares, no lo sé. Nunca me dijo nada. No puede hacerse una idea de cómo fue. El ruido. Aunque ¿sabe lo más extraño? Los teléfonos funcionaron hasta el final. Eso es lo que recuerdo de Pariserstrasse. Las bombas, todo el mundo corriendo, y los teléfonos sonando. Incluso en ese momento.

– ¿Y su marido?

– En alguna parte. En la guerra. -Sacudió la mano-. A las mujeres nos dejaron para los rusos. Oh, fue terrible. Gracias a Dios que yo… -Miró a su nuera-. Tuve suerte.

– Pero tiene que estar en alguna parte -dijo Jake.

– No lo sé. Ya se lo dije a su amigo.

– ¿Qué amigo?

– El soldado de ayer. No sabía qué pensar. Ahora lo comprendo. No quería venir usted en persona, eso lo explica todo. Siempre fue usted muy cuidadoso, lo recuerdo. Por si Emil… -Se inclinó hacia delante y le puso una mano en el brazo, como una confidente inesperada-. Pero, verá, nada de eso importa ya. Tantos años.

– Yo no he enviado a nadie.

La mujer retiró la mano.

– ¿No? Bueno, entonces, no sé.

– ¿Quién era?

Frau Dzuris se encogió de hombros.

– No lo dijo. Nunca lo hacen, ¿sabe? Sólo preguntan: ¿Cuántos viven aquí? ¿Tienen cartillas de leche para los niños? ¿Dónde trabajó durante la guerra? Es peor que con los nazis. A lo mejor estaba haciendo recuento de los muertos. Lo hacen para que nadie pueda usar sus nombres para las cartillas de racionamiento.

– ¿Qué le dijo?

– Que si sabía dónde vivía, si había visto a Emil, nada más. Como usted. -Se lo quedó mirando-. ¿Sucede algo? Aquí somos buena gente. Tengo niños a los que…

– No, no. Nada. No vengo de parte de la policía. Sólo quiero encontrar a Lena. Éramos amigos.

La mujer esbozó una ligera sonrisa.

– Sí. Siempre lo creí. Ella nunca me dijo una palabra -comentó, como si aún esperara una charla tomando café-. Siempre tan correcta. En fin, ¿qué importa ahora? Siento no poder ayudarlo. A lo mejor en el hospital sabrán algo.

Jake sacó su bloc de notas y apuntó la dirección de Gelferstrasse.

– Si sabe algo de ella…

– Claro. No es probable, ¿sabe? Muchos se fueron de Berlín antes del final. Muchos. Era difícil encontrar un sitio, incluso como éste.

Jake contempló la habitación desvencijada y se levantó.

– No sabía lo de los niños. Les habría traído chocolate. ¿A lo mejor le va bien esto? -Le ofreció un paquete de cigarrillos.

La mujer abrió mucho los ojos, después le cogió la mano y la estrechó entre las suyas.

– Gracias. ¿Ves? -le dijo a su nuera-, siempre te he dicho que no eran los amis. Ya ves lo amables que son. Eran los británicos los que querían bombardearnos. Ese Churchill. -Se volvió hacia Jake de nuevo-. Recuerdo que usted siempre era muy cortés. Ojalá estuviéramos todavía en la zona americana y no aquí, con los británicos.

Jake se dirigió hacia la puerta y luego se volvió.

– El soldado de ayer… ¿Era británico?

– No, americano.

Se quedó quieto unos instantes, desconcertado. Entonces no había sido una visita oficial.

– Si regresa, ¿me lo hará saber?

La mujer asintió sin soltar los cigarrillos, otra vez nerviosa.

– ¿Está seguro de que no ha pasado nada?

Jake negó con la cabeza.

– A lo mejor no es más que otro viejo amigo. Puede que sepa algo.

– No -repuso ella, contestando a otra cosa-. Sólo estaba usted.

Jake pensó que en el hospital habría archivos, pero al llegar allí se encontró con que un incendio había arrasado todo ese tramo de Lützowstrasse y se había tragado el Elisabeth y todos sus papeles. No quedaban más que unos cuantos muros, negros, sin techos, otra de las muelas putrefactas de Ron. Una brigada de trabajo de mujeres estaba limpiando el solar. Se pasaban cubos de ladrillos en una fila que serpenteaba entre las montañas de vigas caídas y somieres carbonizados. La brisa que se había levantado durante la noche se había convertido ya en un viento cálido y constante que hacía volar la ceniza, de modo que las mujeres tenían que cubrirse la boca con pañuelos, como bandidos. Jake se quedó allí un rato, mirándolas e intentando no pensar en el intenso hedor que inundaba la calle. ¿Cuánto pasaría hasta que dejara de percibir el olor?

Se preguntó qué habría hecho Lena allí. Emil era un marido tradicional y no había querido que trabajara, así que Lena había dejado la Columbia para pasar las tardes muertas en casa. Para sustituirla tuvieron que contratar a Hannelore, una chica algo torpe que hablaba muy mal inglés y, según suponía Jake, tenía línea directa con Nanny Wendt. Sin embargo, Lena siguió acudiendo a las fiestas hasta que empezó a ser peligroso tratar con extranjeros y Emil le pidió que dejara de ir. Después de eso sólo veía a Jake. ¿Había sospechado algo Emil? Frau Dzuris parecía creer que no, pero ¿cómo iba a saberlo ella? Se habían visto muy pocas veces en Pariserstrasse, sólo cuando no podían ir al apartamento de él porque Hal estaba allí. Siempre con cuidado, alertados incluso por el movimiento de una cortina en la ventana de un vecino. No obstante, Frau Dzuris lo había sabido, a saber cómo, quizá sólo por la expresión de sus rostros.

Emil, sorprendentemente, fue a la Anhalter Station cuando todos fueron a despedir a Jake. Fueron una comitiva insolente y escandalosa, Hal y el resto del grupo estuvieron engullendo champán mientras Emil miraba con inquietud a los guardias del andén. Lena le había llevado flores, una despedida respetable para un antiguo jefe, y no cruzó con él ni una sola mirada hasta que uno de los presentes empezó a encontrarse mal y, entre la confusión que reinó mientras se lo llevaron a rastras al lavabo, por fin tuvieron un momento a solas.

– ¿Por qué lo has traído? -había preguntado Jake.

– Estaba allí cuando llamaron de la oficina. No podía venir sola. ¿Qué habría parecido? -Calló un momento y bajó la mirada-. Quería venir. Le caes bien.

– Lena -había dicho él, alargando una mano hacia ella.

– No, sin escenas. Quiero que me vea beber champán y decirte adiós con la mano, como los demás. Después volveremos a casa en taxi y todo habrá terminado.

– Volveré -había añadido él, deprisa, mientras oía los escandalosos gritos en inglés que procedían del lavabo de caballeros.

– No, no volverás. Ahora ya no -había dicho ella al tiempo que hacía un gesto con la cabeza en dirección a los uniformes del andén.

– Volveré por ti -había insistido él, mirándola hasta que ella levantó de nuevo la vista y su expresión se suavizó, sin la máscara pública.

Lena negó con la cabeza, despacio, mirando para ver si los demás seguían lejos. Después le puso una mano en la mejilla y la dejó allí un momento, mirándolo a la cara, como si intentara memorizar su rostro.

– No, pero piensa en mí alguna vez.

Jake se quedó allí de pie, mirándola.

– Lena -dijo, empujando la mejilla contra su mano, pero entonces ella la bajó.

Apenas un leve roce mientras miraba por encima de su hombro.

– Dios mío, es Renate -exclamó Lena, apartándose de él-. ¿También la han llamado a ella? Está loca… Aquí no está segura.

Jake volvió a oír las voces de sus compañeros en el andén, los instantes de intimidad habían acabado. Cuando se volvió, vio la perspicaz mirada de complicidad de Renate, que había visto la mano de Lena. Renate siempre lo veía todo. Su mejor informadora, sin papeles, porque no se podía contratar a judíos. Sin embargo, Renate se limitó a sonreír fingiendo no haberlos visto.

– ¿Qué hay de nuevo, forastero? -La jerga yanqui era una broma inagotable.

– ¡Eh, es Renate!

Los muchachos volvieron al andén y los rodearon. Berlín volvía a cerrarse sobre sí mismo. Jake intentó cruzar una mirada con Lena, pero ella lo evitaba, se quedaba junto a Emil, ayudaba a Hal a servir copas de champán. Más bebida y más chistes. Renate gorroneaba con descaro un cigarrillo de un policía con un coqueto «gracias». Sólo para demostrar que era capaz de hacerlo mientras Hal la miraba, horrorizado. Con el silbato del tren se produjo una última ronda de abrazos que aplastaron las flores. Emil le estrechó la mano a Jake, parecía sentirse aliviado de que la fiesta llegara a su fin.

– ¿Alguna novedad con el visado? -preguntó Jake a Renate al abrazarla.

Ella negó con la cabeza.

– Pronto -dijo, aunque no lo creía.

Ojos brillantes, una melena de rizos oscuros. El revisor estaba cerrando ya las puertas.

– Jacob. -La voz de Lena, luego su cara junto a la de él, un beso formal en cada mejilla, besos tenues que sólo le dejaron el aroma de su piel.

El la miró, pero no había nada que decir, ni siquiera su nombre. Unas manos tiraban de él hacia el vagón por la espalda. Se quedó de pie en la escalerilla mientras el tren empezaba a moverse, oyendo etílicos auf Wiedersehen, y entonces Lena dio un paso hacia delante y él creyó por un segundo, exultante, que lo haría, que correría tras el tren y se iría con él, pero sólo fue un paso, una forma de separarse de la multitud para que lo último que viera de Berlín fuera a ella de pie en el andén, con el brazo de Emil en su hombro.

Las mujeres de los escombros habían dejado de pasarse cubos y de encaramarse por los ladrillos para entrar en el edificio. Una de ellas gritó calle abajo, donde otras sacaban una camilla de un carro y se disponían a seguirla. Jake vio cómo desenterraban un cadáver de los escombros, apartando la cara para evitar el hedor y lanzándolo a la camilla con tanta indiferencia como si fuera otra carga de ladrillos. Las mujeres de la camilla regresaron con pasos pesados, tropezando a causa de la carga, y después la volcaron en el carro. Una mujer, con el pelo quemado. ¿Adonde llevaban todos los cadáveres? ¿A algún cementerio de pobres de los pantanos de Brandeburgo? Un horno era más probable, para completar la incineración. Renate habría muerto así. Su mirada perspicaz apagada al fin. A menos que hubiese logrado sobrevivir de algún modo y se hubiese convertido en uno de los esqueletos vivientes que Jake había visto en el campo de concentración, también con la mirada apagada, vivos a medias. Un crimen tan grande que nadie lo cometió. En los campos, no obstante, todo había quedado registrado en largas listas de nombres. Sólo allí, bajo los ladrillos, un cuerpo sin numeración podía desaparecer sin dejar rastro.

Jake corrió hacia el carro y miró en su interior. Un cuerpo fornido y sin rostro; no era Lena, no era nadie. Dio media vuelta. Aquello era tan inútil como lo había sido preguntar a Frau Dzuris. Los vivos no desaparecían. Emil había trabajado en el Instituto de Ciencia y Cultura, allí sabrían algo. En los archivos militares, si es que había participado en la guerra. En las listas de prisioneros de guerra. Lo único que hacía falta era tiempo. Ella estaría en algún lugar, no en un carro. A lo mejor incluso lo esperaba en uno de los cuestionarios de Bernie.

Sin embargo, Bernie había tenido que salir. Lo habían convocado a una reunión inesperada, según decía un mensaje clavado con chinchetas en la puerta de su despacho, así que Jake decidió acercarse al centro de prensa. Allí estaban todos, bebiendo cerveza con aspecto de aburridos. Las mesas con sus máquinas de escribir estaban llenas de insulsos comunicados de Ron. Stalin había llegado. Churchill había llamado a Truman. La primera sesión plenaria empezaría a las cinco. Los rusos habían preparado una recepción.

– No es gran cosa, ¿no te parece, chaval? -dijo Brian Stanley con un vaso de whisky en la mano.

– ¿Qué haces tú aquí? ¿Te has cambiado de bando?

– Tenéis mejor alcohol -repuso, y echó un trago-. Esperaba conseguir algo de información, pero como ves… -Dejó caer uno de los comunicados sobre la barra.

– Te vi con Churchill. ¿Dijo algo?

– Claro que no, pero al menos me lo dijo a mí. En exclusiva para Express. Muy amable.

– No tan amable con los demás.

Brian sonrió.

– Están que se suben por las paredes, así que he pensado que me pasaría un rato por aquí. Para evitar caer en desgracia. -Bebió otro trago-. Verás, no hay ninguna historia, deberíamos olvidarnos de todo esto, y en lugar de eso tenemos que preocuparnos por mañana. ¿Quieres ver lo que nos están repartiendo a nosotros?

Se metió la mano en el bolsillo y le dio un comunicado de prensa.

– Tres mil sábanas, quinientos ceniceros… ¿Qué es esto?

– Preparativos para la conferencia. La última gran juerga de la guerra, por lo que parece. Intenta sacar una historia de eso.

– Tres mil rollos de papel higiénico -dijo Jake.

– Todo de Londres. Bueno, te preguntarás dónde lo habrán tenido escondido. Yo hace años que no veo un papel higiénico decente. -Se guardó el papel, sacudiendo la cabeza-. Esta sí que es buena, ciento cincuenta botellas de cera para limpiar insignias. En la ruina, pero relucientes.

– ¿No pensarás publicar esto?

Brian se encogió de hombros.

– ¿Y tú qué? ¿Tienes algo?

– Hoy no. He ido a la ciudad. Aún están desenterrando cadáveres.

Brian hizo una mueca.

– No tengo estómago para eso, en serio.

– Te estás ablandando. En África nunca te importó.

– Aquello era la guerra. Esto no sé lo que es. -Bebió de su vaso con un semblante amargado-. Sería fantástico volver a El Cairo, ¿verdad? Sentarse en la terraza a ver pasar los barcos. Sería ideal después de esto.

Falucas al pairo, triángulos blancos esperando atrapar una tenue brisa, a un millón de kilómetros de distancia.

– Estarías en Londres en menos de una semana.

– Pues, verás, creo que no -dijo Brian con seriedad-. Ahora lo mío son los barcos.

– El que habla es el whisky. Cuando un hombre está cansado de Londres… -citó Jake.

Brian miró al interior del vaso.

– Eso era cuando subíamos. No quiero vernos caer, poco a poco. También aquello se ha acabado. Sólo quedan los rusos aquí. Esa es la historia que buscas. Por mí, puedes quedártela. Yo ya no tengo estómago. Son una gente horrible.

– También estamos nosotros.

Brian suspiró.

– Los afortunados estadounidenses. Vosotros no tenéis que contar los rollos de papel higiénico, ¿verdad? Os sobra. Me pregunto qué haréis después.

– Irnos a casa.

– No, tú te quedarás. Querrás arreglar las cosas. Esa es tu estupidez particular. Querrás arreglar las cosas.

– Alguien tiene que hacerlo.

– ¿Ah, sí? Bueno, pues te designo a ti para eso. ¿Por qué no? -Puso la mano sobre la cabeza de Jake-. Buena suerte y que Dios te bendiga. Yo me voy con los barcos.

– Pero ¿vosotros trabajáis alguna vez? -Una voz llegó desde atrás.

– Liz, encanto -exclamó Brian, efusivo al instante-. La dama del objetivo. Ven a beber algo. He oído decir que la señorita Bourke-White viene de camino con su cámara.

– Que te den a ti también.

Brian se echó a reír.

– Oooh. -Se levantó del taburete-. Ven, encanto, siéntate. Será mejor que me retire. Me iré a pulir mis insignias. Seguramente será la última ocasión que tendremos de sentarnos a la mesa de las autoridades, así que habrá que estar como nunca.

– ¿De qué está hablando? -preguntó Liz mientras Brian se marchaba.

– Sólo está siendo él mismo. Ten.

Jake sacó una cerilla para encenderle el cigarrillo.

– ¿Qué has estado haciendo? -preguntó Liz tras dar una calada-. ¿Aguantar la barra?

– No, he estado en la ciudad.

– Santo Dios, ¿por qué?

– He ido a buscar en los tablones de anuncios.

Cadáveres chamuscados.

– Ah. -Lo miró a los ojos-. ¿Ha habido suerte?

Jake negó con la cabeza y le dio un comunicado.

– Los rusos celebran un banquete esta noche.

– Ya lo sé. También va a haber sesión de fotos. -Miró su reloj-. Dentro de una hora más o menos.

– ¿En Potsdam? Llévame contigo.

– No puedo, me cortarían el cuello. Nada de prensa, ¿recuerdas?

– Te llevaré la cámara.

– No conseguirás entrar. Pase especial -dijo, enseñando el suyo.

– Claro que entraré. Tú pestañea con esos ojazos azules. Los rusos, de todas formas, no pueden leerlo. Vamos, Liz.

– Ella no estará en Potsdam, Jake -dijo Liz mirándolo a los ojos.

– No puedo quedarme aquí sentado. Es desesperante. Además, todavía no he encontrado nada sobre lo que escribir.

– Vamos a sacar fotografías, nada más.

– Pero estaría allí, al menos lo vería. Cualquier cosa es mejor que esto -repuso alzando el comunicado-. Vamos. Después te invito a una copa.

– Me han hecho ofertas mejores.

– ¿Cómo lo sabes?

Liz se echó a reír y se levantó.

– Nos vemos fuera dentro de cinco minutos. Si hay problemas, no te conozco, ¿entendido? No sé cómo te has subido al jeep. Te estará bien empleado si se te llevan detenido.

– Eres una amiga.

– Ya. -Le dio la cámara-. Y los tengo marrones, por cierto, no azules. Por si no te habías dado cuenta.

Otro fotógrafo iba al volante, así que Jake se apretó en la parte de atrás con todo el equipo, y desde ahí veía el pelo de Liz ondear al viento junto a la banderita de la antena. Fueron en dirección sur, hacia Babelsberg, por la vieja ruta que llevaba a los estudios de cine, y en el Lange Brücke se encontraron con el primer centinela ruso, que comprobó el pase del conductor, fingiendo que sabía inglés, y les hizo una señal con la ametralladora para que siguieran adelante.

Toda la ciudad de Potsdam había sido acordonada. Había líneas de soldados rusos apostados a intervalos regulares hasta Wilhelmplatz, que parecía haberse llevado la peor parte del bombardeo. La rodearon y luego siguieron por la ruta marcada a lo largo del Neuer Garren, con esas enormes villas que daban al parque, vacías pero intactas, afortunadas supervivientes. Después de Berlín, aquello parecía un santuario, un lugar ajeno a la guerra. Jake casi esperaba ver a las típicas ancianas con sombrero paseando a sus perros por los cuidados senderos. En lugar de eso, había más rusos con ametralladoras repartidos por la orilla del lago, como si esperasen un ataque anfibio.

El palacio de Cecilienhof estaba al final del parque. Era una gran mole residencial estilo Tudor con chimeneas de ladrillo y ventanas emplomadas, un inesperado pedazo de la campiña inglesa a orillas del Jungfernsee. En las puertas del parque había apostados unos guardias, más amenazadores pero no más rigurosos que los del puente. Después, un largo camino de grava los llevó hasta el jardín de la entrada del palacio, donde a los anfitriones rusos se les unían policías militares y soldados británicos. Aparcaron cerca de una hilera de vehículos oficiales negros. Por la entrada abierta al patio interior vieron que los rusos, en una muestra de ostentación, habían plantado cientos de geranios en forma de una enorme estrella de flores rojas. Sin embargo, antes de que Liz pudiera sacar una fotografía, un oficial de enlace los hizo rodear el edificio y los llevó al jardín de atrás, que daba al lago. Allí, en la terraza que había junto a un pequeño jardín de arbustos podados con formas artísticas, habían dispuesto tres sillones de mimbre para la sesión de fotos. Un pequeño ejército de fotógrafos y cámaras de noticiario ocupaban ya sus puestos. Fumaban, colocaban trípodes y dirigían miradas incómodas a los guardias que patrullaban el recinto.

– Ya que estás aquí, más vale que me sirvas de algo -dijo Liz, y le dio a Jake dos cámaras mientras ella cargaba una tercera.

Uno de los guardias se acercó para inspeccionar las maletas.

– Bueno, ¿dónde se han metido?

– Seguramente estarán dándose el toque final con el peine -repuso Liz.

Jake imaginó a Stalin frente a un espejo, alisándose la parte de atrás del pelo para la posteridad.

Lo único que se podía hacer era esperar, así que empezó a fijarse en los detalles del edificio: las ventanas saledizas de doble altura con vistas al lago serían seguramente las de la sala de la conferencia; los ladrillos de dos colores de las numerosas chimeneas formaban curiosos dibujos. Sin embargo, nada de todo aquello escondía una historia, sólo era arquitectura. Habían cortado el césped y podado los setos, todo estaba tan pulcro como si fuera un decorado enviado desde los estudios cinematográficos de Babelsberg. A pocos kilómetros de allí, las mujeres lanzaban cadáveres a un carro entre los escombros. En el lago soplaba una leve brisa, las olas destellaban al sol como reflectores en miniatura. La vista era preciosa. Jake se preguntó si el príncipe heredero Guillermo solía cruzar el jardín, toalla en mano, para darse un chapuzón matutino. Sin embargo, el pasado le parecía tan improbable como el peine de Stalin. Ya no había allí barcas de vela, junto a la orilla sólo se veían centinelas rusos con las manos sobre sus fusiles.

Churchill fue el primero. Salió a la terraza con su uniforme caqui y su puro, hablando con un grupo de ayudantes. Después Truman, con un desenfadado traje gris cruzado, intercambiando chistes con Byrnes y el almirante Leahy. Por último, Stalin, con una deslumbrante guerrera blanca, su baja estatura empequeñecida aún más por los guardias que lo rodeaban. Se hicieron unas cuantas fotografías informales estrechándose la mano, después tomaron asiento con ánimo distendido mientras los ayudantes se arremolinaban a su alrededor para disponerlos a cada cual en su sitio. Churchill le dio el puro a un soldado. Truman se tiró de la chaqueta para que no se le subiera al sentarse. ¿Habían decidido con antelación dónde se sentaba cada cuál? Truman estaba en el medio, sus gafas de alambre reflejaban la luz cada vez que volvía la cabeza de un hombre al otro. Todos sonreían con despreocupación, como si estuvieran posando para una fotografía de grupo en una reunión de clase. Truman cruzó las piernas y dejó ver un par de calcetines de cordoncillo de seda. Las cámaras disparaban.

Jake se volvió al oír el grito. Fuerte y claro, en ruso. ¿Qué estaba pasando? Un soldado gritaba a la orilla del lago y señalaba a algo que flotaba allí cerca. Para sorpresa de todos, se metió en el agua mojándose las botas y volvió a pedir refuerzos. Algunos de los ayudantes de la terraza miraron hacia el agua y después se volvieron de nuevo hacia los fotógrafos, claramente molestos por la interrupción. Jake, fascinado, vio que los soldados rusos empezaban a tirar del cadáver hacia la orilla. Otro cuerpo flotante, como los del Landwehrkanal. Sin embargo, éste iba de uniforme, aunque a tanta distancia no se veía de qué bando. De todas formas, era más interesante que las chimeneas. Echó a andar por el césped.

Nadie lo detuvo. Todos los guardias habían dejado sus puestos y corrían hacia el cadáver, desconcertados, mirando al palacio por si recibían órdenes. El primer soldado, mojado ya hasta las rodillas, tiraba del cadáver por el barro, pero entonces dejó caer el brazo sin vida, lo agarró del cinturón para sujetarlo mejor y dio un último tirón que lo dejó sobre la hierba. El cinturón cedió de pronto. Jake vio que llevaba una especie de cartuchera que se abrió y dejó caer su contenido. Con el viento empezaron a volar sobre la hierba trozos de papel desde el lago. Jake se detuvo. No era papel, era dinero: billetes que flotaban y daban vueltas en el aire como cientos de pequeñas cometas. Durante unos instantes surrealistas, del cielo llovió dinero.

Al principio los rusos se quedaron quietos, estupefactos, pero después se lanzaron a coger al vuelo cuantos billetes podían. Una ráfaga de viento los hizo subir más alto, de modo que los guardias empezaron a saltar. Ya no eran soldados, sino niños entusiasmados recogiendo caramelos. En la terraza, todo el mundo se puso de pie para mirar. Algunos oficiales rusos corrieron a restablecer el orden entre los billetes que se esparcían ya por todo el césped. Les gritaban a los guardias, pero ellos no prestaban atención. Al contrario, se gritaban unos a otros mientras perseguían los billetes voladores o los pisaban con fuerza para atraparlos y llenarse con ellos los bolsillos. Todo ese dinero flotando como confeti. Jake cogió un billete. Marcos de la ocupación. Cientos, tal vez miles. Cuánto dinero.

Los fotógrafos empezaron entonces a romper filas y acercarse también al lago, hasta que los oficiales rusos corrieron hacia ellos y los detuvieron apuntándolos con los fusiles. Sin embargo, Jake ya estaba allí. Se acercó al cadáver. Un uniforme estadounidense, el cinturón roto en el barro, algunos billetes en el agua. Pero ¿cómo era posible que un norteamericano llegase flotando a la deriva a la orilla del jardín más vigilado de todo Berlín, y en zona rusa? Se arrodilló junto al cuerpo. Un rostro enfermizamente blanco e hinchado a causa del agua, la cadena con la identificación colgando a un lado del cuello. Jake alargó la mano para ver el nombre, pero se detuvo, estupefacto. No hacía falta. No era un soldado cualquiera. La conmoción de ver un cadáver conocido. El chico del vuelo de Francfort, el de los nudillos blancos de tanto aferrarse al banco muerto de miedo, tenía ahora los dedos estirados y arrugados.

Jake vio entonces el agujero de bala, el tejido oscurecido y apelmazado donde había estado la mancha de sangre. No salía de su asombro.

Aún oía los gritos en ruso de los guardias por detrás, pero de pronto él volvía a estar en Chicago, en un escenario del crimen, en una habitación desbaratada. Tenía los ojos abiertos y una sola bota; la otra se la había llevado el agua. ¿Cuánto tiempo llevaba muerto? Jake le palpó la mandíbula, cerrada con fuerza, pero no tenía a ningún forense a quien preguntar, nadie buscaría huellas dactilares. Entonces sintió la punta roma de un arma en la espalda.

– Schnell -ordenó el ruso, estaba claro que era la única palabra que sabía en alemán.

Jake miró hacia arriba. Otro soldado, que también lo estaba apuntando, le hacía señas para que se alejara de allí. Al ponerse en pie, le cogió la cámara y le dijo algo en ruso. El primer soldado lo empujó con el arma hasta que Jake levantó las manos y dio media vuelta. En la terraza, los ayudantes hacían entrar a los Tres Grandes a empujones. Sólo Stalin permaneció plantado en su sitio, valorando la situación con una mirada inquieta como aquélla de los escalones de la Cancillería. Una brusca ráfaga de fuego de fusil sobresaltó el aire. Unos cuantos pájaros espantados emprendieron el vuelo desde las cañas. Los hombres de la terraza se quedaron quietos un segundo y después se apresuraron a entrar en el edificio.

Jake miró al lugar del que procedían los tiros. Un oficial ruso disparaba al aire para contener el caos. En el silencio que siguió, los guardias permanecieron inmóviles mirando cómo el resto del dinero volaba hacia el Neuer Garten. De pronto parecían avergonzados, temerosos de lo que pudiera pasar a continuación; la velada que tan a la perfección habían organizado había acabado siendo infame, una deshonra. Los oficiales les ordenaron formar y se incautaron de los billetes. El ruso de Jake señaló de nuevo hacia la casa. El teniente Tully, que tenía miedo a volar. Cuatro rusos lo estaban recogiendo. Le dejaron el cinturón del dinero sobre el pecho como si fuera una prueba, pero ¿de qué? Cuánto dinero.

– ¿Podría devolverme la cámara? -dijo Jake, pero el ruso le gritó una orden y lo empujó con el arma hacia donde estaban los demás fotógrafos.

El césped estaba repleto de ayudantes que hacían volver a todo el mundo a los coches, igual que guías turísticos. Se disculpaban por la interrupción como si Tully fuera un borracho que hubiese aguado la fiesta. Los guardias rusos, apesadumbrados, contemplaban cómo se desvanecía su único golpe de buena suerte.

– Lo siento -le dijo Jake a Liz-. Se han llevado la cámara.

– Tienes suerte de que no te dispararan a ti. ¿Qué estabas haciendo allí abajo?

– Era el chico del avión.

– ¿Qué chico?

– Tully. El chico de las botas.

– Pero ¿cómo…?

– Vamos, vamos. -Un brusco policía militar-. Se acabó la diversión.

Eran los últimos del grupo que iba hacia el aparcamiento. Antes de llegar a la grava, Jake se volvió para contemplar el lago.

– ¿Qué demonios estaba haciendo en Potsdam? -se preguntó.

– A lo mejor estaba con la delegación.

Jake negó con la cabeza.

– ¿Acaso importa? Puede que se cayera al agua.

Jake se volvió hacia ella.

– Tenía un disparo.

Liz se lo quedó mirando, y luego miró a los coches con nerviosismo.

– Venga, Jake. Vayámonos de aquí.

– Pero ¿por qué Potsdam? -En el parque, unos cuantos billetes aún saltaban por la hierba como hojas esperando a ser rastrilladas-. Y con todo ese dinero.

– ¿Has conseguido algo?

Jake desarrugó el único billete que había logrado esconder en la mano.

– Cien marcos -dijo Liz-. Qué suerte. Diez dólares, nada más y nada menos.

Sin embargo, en total eran más. Miles más. Y un hombre con una bala en el pecho.

– Vamos, los demás ya se han marchado -dijo Liz.

Otra vez al centro de prensa a beber cerveza. Jake sonrió para sí, la cabeza no dejaba de darle vueltas, se había acabado recorrer la ciudad en ruinas en un estado de aturdimiento. Un crimen. El camino de entrada. Su historia de Berlín.

SEGUNDA PARTE

OCUPACIÓN

3

Cuando Jake llegó al centro de prensa, ya había corrido la noticia.

– El hombre que estaba buscando -dijo Tommy Ottinger apareciendo sobre la máquina de escribir en la que Jake tecleaba unas anotaciones-. Lo primero que sucede en toda la semana, y tú estabas allí, sobre el terreno. ¿Cómo, por cierto?

Jake sonrió.

– Estaba sacando unas fotografías.

– ¿Y?

– Y nada. Apareció un soldado muerto en la orilla del lago.

– Venga ya, tengo que retransmitir esta noche. Tú puedes tomarte tu tiempo con Collier's. ¿Quien era?

– ¿Cómo quieres que lo sepa?

– A lo mejor le has mirado la identificación -dijo Tommy, esperando.

– Ojalá se me hubiera ocurrido.

Tommy se lo quedó mirando.

– De verdad -reiteró Jake.

– Menudo reportero.

– ¿Qué dice Ron?

– Un fulano. Sin identificación.

Jake lo miró un instante, pensando.

– Entonces, ¿por qué me lo preguntas?

– Porque no me fío de Ron. De ti sí.

– Mira, Tommy, esto es lo que sé. Ha llegado un fiambre a la orilla, yo diría que muerto desde hacía un día. Llevaba dinero encima, lo cual ha puesto a los rusos como locos. Los Tres Grandes se han marchado a toda prisa. Te daré mis notas. Aprovecha lo que quieras. El rostro de Stalin… Es una bonita nota de color. -Se interrumpió y su mirada se cruzó con la de Tommy-. Sí llevaba placas de identificación, sólo que no las miré. ¿Por qué habrá dicho Ron…?

Tommy le sonrió y se sentó.

– Porque eso es lo que hace Ron: salvar culos. De los suyos. Del ejército. Nadie quiere dejar al ejército en evidencia. Sobre todo ante los rusos.

– ¿Por qué iba a quedar en evidencia?

– Porque todavía no saben lo que tienen. Sólo que han encontrado a un soldado en Potsdam.

– ¿Y eso los deja en evidencia?

– Puede -dijo Tommy mientras encendía un cigarrillo-. Potsdam es el mayor mercado negro de todo Berlín.

– Pensaba que era el Reichstag.

– El Reichstag, Zoo Station… pero Potsdam es el principal.

– ¿Por qué?

– Porque está en zona rusa -dijo Tommy con rotundidad, sorprendido ante la pregunta-. No hay policía militar. A los rusos no les importa, ellos son el mercado negro. Compran lo que sea. En las demás zonas, la policía militar hace una redada de vez en cuando y arresta a unos cuantos alemanes sólo para guardar las apariencias. No es que importe mucho, pero los rusos ni siquiera se molestan. Todos los sábados, en la calle mayor de Potsdam.

Jake sonrió.

– Así que no había ido allí por la conferencia.

– Ni hablar.

– Y Ron no quiere que la madre lea lo de su chico en los periódicos.

– Así no. -Tommy miró al hombre que acababa de aparecer detrás de Jake-. ¿Verdad, Ron?

– Quiero hablar contigo -le dijo Ron a Jake, visiblemente molesto-. ¿De dónde has sacado el pase?

– De ninguna parte. Nadie me lo ha pedido -respondió Jake.

– Verás, hay lista de espera para conseguir un pase de prensa, y puedo hacer que tu plaza quede vacante en cuanto me dé la gana.

– Relájate. No he visto nada. ¿Ves? -Señaló al papel que estaba en la máquina de escribir-. Una estrella de geranios. Muchas chimeneas. Colorido local, nada más. A menos que tengas un nombre para darme.

Ron suspiró.

– No me presiones con eso, ¿entendido? Si los rusos descubren que había un periodista, presentarán una queja formal y tendré que sacar tu culo de aquí en el primer camión.

Jake alzó las manos.

– No volveré a ir a Potsdam, ¿de acuerdo? Ahora tómate una cerveza y dinos dónde está el cadáver.

– Lo tienen los rusos. Estamos en trámites para que nos lo entreguen.

– ¿Por qué tanta demora?

– No hay ninguna demora. Es que son rusos, joder. -Se detuvo-. Seguramente es por el dinero. Estarán intentando ver con cuánto consiguen quedarse. -Miró a Jake-. A lo mejor puedes sernos útil, ya que estuviste allí. ¿Cuánto dinero llevaba encima?

– Ni idea. Mucho. Miles de marcos. Dobla la cantidad que te digan.

– Yo salgo al aire esta noche -dijo Tommy-. ¿Vas a hacer declaraciones oficiales?

– No tengo nada oficial -dijo Ron-. Que yo sepa, el tipo se emborrachó y cayó al lago. Si crees que eso es noticia, que te aproveche. -Jake lo miró. Ni una palabra sobre la identidad del soldado. Tampoco sobre la bala. Sin embargo, Ron seguía hablando sin parar-: Daremos un comunicado en la primera sesión, dentro de un par de horas. Por si le interesa a alguien.

– Los Aliados intercambiaron afables saludos -dijo Tommy-. El generalísimo Stalin hizo unas declaraciones en las que expresó su deseo de paz perdurable. Se aprobó el orden del día de la conferencia.

Ron esbozó una sonrisa.

– Y pensar que ni siquiera estuviste allí… No me extraña que seas el mejor.

– Un soldado cayó al lago por accidente.

– Eso me han dicho. -Se volvió hacia Jake-: No salgas de la ciudad. Lo digo muy en serio.

Jake lo miró mientras se alejaba.

– ¿Cuándo acordonaron Potsdam los rusos? -le preguntó a Tommy.

– Durante el fin de semana. Antes de la conferencia. -Miró a Jake-. ¿Qué pasa?

– Que no llevaba más de un día en el agua.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Tommy, alerta.

Jake hizo un gesto vago con la mano.

– No lo sé con seguridad, pero no estaba muy abotargado.

– ¿Y qué?

– Pues que ¿cómo llegó a Potsdam, si estaba acordonado?

– Qué narices. Tú también llegaste -repuso Tommy sin quitarle ojo-. Aunque, claro, tú tienes cara de buena persona.

La música del piano salía por las ventanas abiertas. Esta vez no era Mendelssohn, sino canciones festivas estilo Broadway. En el interior, la casa estaba llena de uniformes, humo y el tintineo de las copas. Gelferstrasse era pura diversión. Jake se quedó un minuto en el recibidor contemplando la escena. El habitual murmullo de las conversaciones se entremezclaba con la música, y también se oían algunas voces rusas procedentes de un grupo situado cerca de la mesa de los embutidos. Con todo, era un cóctel sin mujeres, extrañamente desanimado a falta de alguien con quien coquetear. Los hombres estaban reunidos en grupos, unos charlando, otros sin decirse nada. Cogían copas de las bandejas que les ofrecían la pareja de ancianos y las vaciaban deprisa, como si supieran ya que no iba a haber nada mejor. El coronel Muller parecía ser el anfitrión, su canosa cabeza se movía entre la concurrencia mientras iba haciendo presentaciones. De vez en cuando algún ruso lo agarraba del hombro con afabilidad, y él se mostraba tan incómodo y fuera de lugar en ese papel como lo habría estado el juez Harvey en persona. Jake se dirigió a la escalera.

– Geismar, adelante -dijo Muller al tiempo que le daba una copa-. Siento que hayamos tenido que ocupar el comedor, pero hay muchísima comida. Sírvase cuanto guste.

En la mesa del comedor, que habían retirado contra la pared, quedaban aún montañas de jamón, salami y pescados ahumados: todo un banquete.

– ¿Qué se celebra?

– Hemos invitado a los rusos -explicó Muller. Parecía que hablase de una pareja-. Les gustan las fiestas. Ellos nos invitan a Karlshorst, nosotros los invitamos aquí. Una vez cada uno. Engrasa los engranajes.

– Con vodka.

Muller sonrió.

– Tampoco le hacen ascos al whisky.

– Mejor lo dejamos para otro día. No hablo una palabra de ruso.

– Algunos hablan alemán. De todas formas, dentro de un rato importará bien poco. Siempre resulta algo incómodo al principio -dijo, contemplando la fiesta-, pero después de unas cuantas copas ellos te dicen algo en ruso, tú les asientes, ellos se ríen y todos somos buenos amigos.

– Aliados y hermanos.

– La verdad es que sí. Para ellos esto es importante. No les gusta que les demos de lado, así que intentamos no hacerlo. -Cogió una copa-. Esto no es lo que parece, es trabajo.

Jake levantó su copa.

– Y alguien tiene que ocuparse de ello.

Muller asintió con la cabeza.

– Eso es, alguien tiene que ocuparse de ello. Nadie me dijo nunca que acabaría dando de beber a un grupo de rusos, pero es lo que hay, así que eso hago. No me vendría mal una cara nueva para animar un poco la reunión. -Sonrió-. Además, me debe usted un favor. El teniente Erlich dice que es deber mío vigilarlo, pero yo pienso dejarlo correr.

– ¿Su deber?

– ¿Me pregunta que quién soy? Supongo que no nos han presentado, con el congresista dando discursos… Coronel Muller. Fred -dijo, tendiendo una mano-. Trabajo para el general Clay.

– ¿En calidad de qué?

– Estoy al cargo de algunos departamentos funcionales. Los pongo a raya cuando hace falta. El teniente Erlich es uno de ellos.

Jake sonrió.

– Alguien tiene que ocuparse.

Muller volvió a asentir con la cabeza.

– Los cambiaría por los rusos sin pensármelo dos veces. Son susceptibles, pero no escriben a casa. Ustedes dan muchos más quebraderos de cabeza.

– Entonces, ¿por qué piensa dejarlo correr?

– ¿Que fuera usted a Potsdam? Normalmente no lo haría, pero no veo que le haya hecho daño a nadie. -Hizo una pausa-. Serví con el general Patton, y él decía que veláramos por usted, que era un buen amigo del ejército.

– Todo el mundo es amigo del ejército.

– A juzgar por la prensa de Estados Unidos, nadie lo diría. Vienen aquí sin la menor idea de nada y se dedican a señalar con el dedo para hacerse notar.

– A lo mejor yo también soy como ellos.

– A lo mejor, pero un hombre que ha pasado meses con el ejército sabe pararse a considerar todas las implicaciones en lugar de intentar hacer una montaña de un grano de arena -repuso Muller.

Jalee miró por encima del borde de su copa.

– He encontrado un cadáver, y hasta ahora nadie me ha preguntado nada al respecto. ¿Es ése el grano de arena en el que está pensando?

Muller le devolvió la mirada.

– De acuerdo, yo le preguntaré. ¿Hay algo que debiéramos saber?

– Sé que murió de un tiro. Sé que llevaba un dineral en metálico. Puede que sea un buen amigo del ejército, pero si intenta hacerme callar será como azuzar a un perro con un trozo de carne roja. Empiezo a sentir curiosidad.

Muller suspiró.

– Nadie intenta ocultar nada. -Miró la fiesta, luego otra vez a Jake-. Pero tampoco piensan hacer nada. Hay casi doscientos reporteros destinados en Berlín, y todos buscan algo sobre lo que escribir. Van a visitar el bunker, se acercan a Zoo Station para hacer negocios con cigarrillos y, sin saber muy bien cómo, ya se han metido en el mercado negro. A lo mejor todo el mundo está un poco metido. Lo que es corriente aquí no tiene por qué serlo en Estados Unidos.

– ¿Es corriente morir de un disparo?

– Más de lo que cree -contestó Muller con desaliento-. Aquí la guerra no ha acabado. Mírelos -dijo señalando a los rusos-. Están brindando. Sus hombres siguen aún por toda la ciudad, borrachos casi siempre. La semana pasada, un grupo de rusos que iban en un jeep empezaron a hacer señas con los fusiles en Hermannplatz, en nuestra zona, y en un abrir y cerrar de ojos uno de nuestros policías militares se puso a disparar y aquello acabó en un tiroteo. Tres muertos. Uno nuestro. Así que presentamos una queja a los rusos y ellos presentan otra a su vez, pero sigue habiendo tres muertos. Es corriente.

Se volvió para mirar a Jake con ojos afables.

– Mire, aquí no somos santos. ¿Sabe qué hace un ejército de ocupación? Ocupar. Los soldados realizan labores de vigilancia apostados frente a edificios. Lo único que tienen es tiempo. Así que refunfuñan, persiguen a las chicas y se ganan un dinero extra vendiendo sus raciones del economato militar, cosa que se supone que no deben hacer. Pero ellos se creen con derecho, han ganado la guerra, y a lo mejor tienen razón. A veces se meten en líos. A veces incluso acaban recibiendo un tiro. Esas cosas pasan. -Se interrumpió un instante-. No tiene por qué ser un incidente internacional. Tampoco tiene por qué dar mala imagen del ejército. Es lo que sucede aquí.

– Pero redactarán un informe, ¿verdad? Tampoco es tan corriente.

– Y usted querrá leerlo.

– Siento curiosidad, nada más. Nunca había encontrado un cadáver.

Muller le dirigió una mirada inquisitiva.

– Puede que tarde un tiempo. Todavía no sabemos quién es.

– Yo sí lo sé.

El coronel lo miró fijamente.

– Pensaba que no llevaba ninguna identificación.

– Lo conocía. Vinimos en el mismo avión. Teniente Tully.

Muller se lo quedó mirando sin decir nada, después asintió lentamente con la cabeza.

– Venga mañana a mi despacho. Veré qué puedo hacer. Elssholzstrasse.

– ¿Dónde está eso?

– En Schöneberg, detrás de Kleist Park. Los chóferes lo sabrán.

– ¿En el antiguo Tribunal Supremo?

– Eso es -contestó Muller con asombro-. Es lo mejor que hemos podido encontrar, no sufrió muchos daños. A lo mejor Dios siente debilidad por los jueces. Aunque sean jueces nazis.

Jake esbozó una sonrisa.

– Por cierto, ¿le han dicho alguna vez que…?

– Sí, ya lo sé, el juez Harvey. Supongo que podría ser peor. No lo sé, no he visto sus películas. -Miró a Jake-. Mañana, entonces. Con eso ya son dos los favores que me debe. Ahora venga a conocer a algunos rusos, parece que la noche se está animando. -Hizo un gesto en dirección al comedor, donde el piano había cambiado a Cole Porter por una grandilocuente tonada rusa-. Ellos son la auténtica historia de Berlín, ¿sabe? Hace dos meses que lo dirigen todo, es su ciudad. Y mire cómo está. Recuérdeme que mañana le enseñe otro informe, sobre mortalidad infantil. Seis de cada diez bebés morirán durante este mes. Puede que más. Morirán. Claro, eso es política. El escándalo vende periódicos.

– Yo no busco escándalos -dijo Jake con una voz calmada.

– ¿No? Pues puede que los encuentre -repuso Muller, de nuevo cansado-. Supongo que ese teniente suyo no se traía nada bueno entre manos, pero, si quiere saber mi opinión, el auténtico escándalo no es ése. Seis de cada diez, y no un solo soldado. En Berlín la vida vale muy poco. ¿Por qué no prueba con esa historia? De ésa tengo todos los datos que necesita. -Se detuvo, recobró la compostura y vació su vaso-. Bueno, vayamos a fomentar un poco la cooperación entre Aliados.

– No parece que les vaya nada mal -dijo Jake con ánimo conciliador-. Esto se está convirtiendo en una fiesta rusa.

– Siempre es así-dijo Muller-. Nosotros sólo ponemos la comida.

Sin embargo, el idioma había dividido la fiesta en sus dos propias zonas de ocupación. Los rusos le dirigían a Jake educados gestos de cabeza, intentaban pronunciar un par de palabras en alemán y volvían otra vez a beber sin parar. El piano estaba de nuevo en territorio estadounidense con The Lady is a Tramp, pero el músico ruso no se apartaba de la espalda del pianista, dispuesto a reclamar otra vez las teclas para su bando. Incluso las risas, cada vez más sonoras, parecían provenir de distintos focos, separadas por chistes intraducibies. Sólo Liz, que llegó deslizándose entre los presentes y le dedicó un rápido guiño a Jake, logró reunidos a todos. De pronto, unos y otros arrastraron sus ansiosos uniformes aliados y la rodearon como si fuera Escarlata O'Hara. Jake miró en derredor con la esperanza de encontrar a Bernie y sus cuestionarios, pero, en lugar de eso, fue interceptado por un ruso fornido y cubierto de medallas que sabía hablar inglés y que, de forma sorprendente, también lo conocía a él.

– Viajó usted con el general Patton -dijo con ojos resplandecientes-. Leí sus reportajes.

– ¿De veras? ¿Cómo es eso?

– Verá, no está prohibido leer a nuestros aliados. -Asintió con la cabeza-. Sikorsky -dijo a modo de presentación. Su voz tenía acento pero era animosa y segura, dones conferidos por el rango de oficial-. En este caso, confieso que nos interesaba saber dónde estaban ustedes. Un soldado enérgico, el general Patton. Llegamos a pensar, incluso, que seguiría avanzando hasta Rusia. -Su rostro, carnoso pero sin papada, adoptó una expresión de buen humor-. Leí su descripción del campo de concentración de Dora. Antes de que el general se retirara otra vez a su zona.

– No creo que por aquel entonces pensara mucho en qué zona estaba. Sólo pensaba en los alemanes.

– Desde luego, dice bien -apuntó Sikorsky con cortesía-. Vio usted Nordhausen. Yo también. Un lugar extraordinario.

– Sí, extraordinario -dijo Jake.

Una palabra absurdamente inapropiada.

La fábrica subterránea de misiles: dos gigantescos túneles que se internaban en la montaña, surcados de pozos abiertos por cadáveres vivientes con pijama a rayas.

– Muy ingenioso, ubicar la fábrica allí, a salvo de las bombas. «¿Cómo lo habrán hecho?», nos preguntamos.

– Con trabajo de esclavos -apuntó Jake con una voz átona.

– Sí -dijo el ruso, asintiendo con solemnidad-. Aun así, es extraordinario. Lo bautizamos como «la cueva de Aladino».

Líneas de producción enteras, algunos misiles V-2 todavía allí, ya montados, talleres de maquinaria y túneles llenos de componentes, con paredes de roca que goteaban a causa de la humedad. Cadáveres tirados en rincones oscuros porque nadie se había molestado en sacarlos de allí en la desesperación de los últimos días.

– Claro está que -iba diciendo el ruso-, cuando llegamos nosotros, en la cueva ya no había ningún tesoro. ¿Qué cree usted que sucedería?

– No lo sé. Los alemanes debieron de llevárselo todo a otra parte.

– Hmmm. ¿Adonde? ¿Usted no llegó a ver nada?

Sólo la interminable hilera de camiones estadounidenses que transportaban el botín al oeste: cajas de documentos, toneladas de equipo, componentes de misiles cargados en los tráilers. Lo había visto todo, no había informado de nada; petición del general. Así se convirtió en buen amigo del ejército.

– No. Vi dónde ejecutaban a los prisioneros. Con eso me bastó. Y los campos de concentración.

– Sí, lo recuerdo. La mano que no se podía quitar de encima.

Jake se lo quedó mirando, atónito.

– Sí que leyó el artículo.

– Bueno, verá, es que Nordhausen nos interesaba. Menudo enigma. Tanto material, y desaparecer así… ¿Cómo se dice? ¿Como por ensalmo?

– En tiempos de guerra suceden cosas extrañas.

– También en tiempos de paz, creo yo. En nuestra fábrica de Zeiss, por ejemplo, cuatro personas. -Levantó cuatro dedos-. Desaparecieron, sin más. Otro truco de magia.

– ¿Contando batallitas, Vassily? -dijo Muller, que se les unió entonces.

– El señor Geismar no estaba enterado de lo de la fábrica de Zeiss. Me ha parecido que podía interesarle.

– Bueno, Vassily, eso mejor lo reservamos para la reunión del Consejo. No podemos controlar lo que hace la gente. A veces deciden marcharse por su cuenta.

– A veces les facilitan el transporte -repuso enseguida el ruso-. Nacht und Nebel. -«Noche y niebla», como los antiguos arrestos nocturnos.

– Esa técnica era de Himmler -adujo Muller-. No del ejército norteamericano.

– Aun así, uno oye historias. Y desaparece la gente.

– También nosotros oímos cosas -dijo Muller con precaución-, en la zona americana. Berlín está lleno de rumores.

– Pero ¿y si fueran ciertos?

– Este no lo es -contestó el coronel.

– Ah -repuso el ruso-. O sea que es un misterio. Igual que Nordhausen -dijo dirigiéndose a Jake, después levantó la copa vacía en un extraño brindis y se marchó educadamente a por una llena.

– ¿A qué ha venido eso? -preguntó Jake.

– Los rusos nos acusan de secuestrar a algunos científicos de su zona.

– Cosa que no haríamos jamás.

– Cosa que no haríamos jamás -repitió Muller-. Ellos sí, no obstante, de modo que siempre sospechan lo peor. No han dejado de secuestrar a gente, sobre todo por motivos políticos. Ya no tanto como al principio, pero siguen haciéndolo. Nosotros presentamos quejas, así que ellos también.

– Como lo de invitarse a unas copas unos a otros.

Muller sonrió.

– En cierta forma.

– ¿Qué es Zeiss?

– Material óptico. Miras de bomba, lentes de precisión. En eso los alemanes están mucho más avanzados que nosotros.

– No por mucho tiempo.

Muller se encogió de hombros.

– Usted nunca descansa, ¿verdad? Esta vez no puedo ayudarlo. Unos ingenieros decidieron marcharse, eso es cuanto sé de la historia, si es que hay una historia. Personalmente, no culpo a nadie que quiera salir de la zona rusa.

– De modo que nuestro amigo está jugando al despiste.

– Es lo que se le da mejor. No se deje engañar. El hecho de que hable inglés no implica que sea un amigo.

– ¿Quién es exactamente?

– ¿Vassily? El general Sikorsky. Está en el Consejo. Hace un poco de todo, igual que todos los camaradas, pero nuestros chicos de contraespionaje lo conocen, así que siempre he pensado que está metido ahí. Puede que incluso haya secuestrado él mismo a un par. De él, no me extrañaría.

– O sea que será mejor que me ande con cuidado.

– ¿Usted? -Muller sonrió, divertido-. No se preocupe. Ni siquiera los rusos querrían a un reportero.

Un grupo de soldados se habían puesto a cantar. Jake recorrió el salón y se acercó a la cristalera, que estaba abierta para dejar salir el humo. Todavía había luz, la noche era tardía en el verano septentrional. Jake miró el jardín de barro en el que debiera haber césped y sillas de lona, pero que estaba pisoteado y sin rastro de vegetación, como todo Berlín. También en Nordhausen había visto lodo, tanto que los camiones resbalaban en él y salpicaban a los equipos de trabajo cuando arrancaban para llevarse los tesoros de Aladino. Nada de Nacht und Nebel, sólo unidades enteras de soldados que mascaban chicle mientras cargaban en convoys el botín de acero para llevarlo al oeste. ¿Dónde estarían ya? En algún lugar al otro lado del Rin, o puede que en Estados Unidos, preparándose para la siguiente guerra. Si preguntase ahora, le dirían que jamás había sucedido. Un truco de magia. Él había dejado pasar la noticia sin remordimientos, gustoso de complacer, porque siempre había otras. Hasta que de pronto todas las grandes historias de la guerra desaparecieron y no dejaron más que escombros.

– Eh, Jackson -dijo Liz, de pie en el umbral, indecisa, como si temiera interrumpir algo-. ¿Qué pasa?

– Nada. Discutía conmigo mismo.

– ¿Quién ha ganado? -preguntó ella al tiempo que se acercaba.

Jake sonrió.

– Mis mejores instintos.

– Debe de haber sido por poco. -Encendió un cigarrillo y le ofreció uno a él-. ¿Has sido blanco de muchas críticas?

– No demasiado. Nadie parece creer que sea nada especial. No entienden por qué me importa.

– ¿Por qué te importa?

Jake se encogió de hombros.

– Una vieja superstición. Si te cae del cielo una historia, da mala suerte desperdiciarla.

– Una vieja superstición.

Liz resopló.

– Siento lo de la cámara.

– No, la he recuperado. Un ruso muy simpático la ha llevado al centro de prensa. Por lo visto creía que saldría con él en señal de gratitud.

– Tengo entendido que antes ni preguntaban. -La miró-. Ojalá la hubiera usado, por si necesito pruebas de que murió de un disparo.

– ¿Lo niegan?

– No, pero tampoco lo pregonan, y no sé por qué. Un soldado muerto de un disparo en la zona rusa… Yo diría que tendrían que estar subiéndose por las paredes. Se pasan la mitad del tiempo gritándose unos a otros. -Señaló con el pulgar en dirección a la fiesta-. ¿Por qué esta vez no?

Liz sacudió la cabeza.

– No quieren armar escándalo mientras se celebra la conferencia.

– No, conozco el ejército. Aquí hay algo… raro. No disparan a nadie sin motivo. ¿Qué estaba haciendo allí? Tú lo conociste. ¿Te dijo algo en el avión?

– No -respondió ella-. Estaba demasiado ocupado intentando que no se le volviera el estómago del revés.

– También he pensado en eso. ¿Por qué volaría, si tanto lo detestaba? ¿Qué era tan importante para hacerlo subir a un avión?

– Venga, Jake, hay mucha gente que vuela. A lo mejor era una orden. Está en el ejército, ¿no?

– Estaba. Si cumplía órdenes, ¿por qué no fue nadie a recibirlo? ¿Lo recuerdas, en el aeropuerto?

– Francamente, no.

– ¿Dónde se metió? Todo el mundo tenía un coche esperando. -Tomó aliento-. Aquí pasa algo.

Liz suspiró.

– Está bien, como tú quieras, Sherlock. ¿Vas a necesitar fotografías? Es algo fuerte para Collier's.

Jake sonrió.

– A lo mejor. También tengo otra cosa en mente. -Liz enarcó las cejas-. Localizar al antiguo personal de la radio y ver qué ha sido de ellos. Historias de Berlín. Esas fotos sí que las querrán publicar, si te interesa.

– Buena idea. Viejos amigos -comentó-. ¿No sólo una?

– No -repuso él, sin hacer mucho caso-. A todos a los que pueda encontrar. Quiero saber qué sucedió en la ciudad, no sólo en el búnker. En cuanto al otro asunto… No sé, a lo mejor tienes razón y no es nada. -Hizo una pausa para pensar-. Salvo por el dinero. Donde hay tanto dinero, siempre hay una historia.

Liz tiró el cigarrillo y lo apagó con el pie.

– Bueno, tú sigue discutiendo contigo mismo. Ya me dirás cómo acaba la cosa. Me parece que tengo que irme -dijo mirando al interior.

– ¿Otra vez?

– ¿Qué voy a hacerle si soy popular? -Justo en ese momento, un soldado alto y de rostro ligeramente familiar se acercó a la puerta-. Enseguida estoy contigo -le dijo Liz, dejando claro que no quería que saliera.

El soldado levantó su botella de cerveza y volvió a la sala.

– ¿El afortunado?

– Todavía no, pero dice que conoce un buen club de jazz.

– Seguro que sí. -Jake miró por la puerta-. Ah -dijo, cayendo en la cuenta-, el chófer del congresista. Liz.

– No seas esnob -repuso ella, algo aturullada-. De todas formas, no es chófer, es oficial.

– Y caballero.

– ¿Lo es alguno de vosotros? Al menos éste no habla con la boca llena.

Jake se echó a reír.

– Suena muy prometedor.

– No -dijo Liz mirándolo-. Eso es cuando alguien vuelve a por ti cuatro años después, pero me conformaré con él.

Jake se dispuso a seguirla al interior, pero una ráfaga de carcajadas lo interceptó en la puerta como una racha de aire caliente, y decidió dar media vuelta. Quería estar de nuevo en su Berlín y beberse una cerveza en un jardín de luces tenues, no en esa extraña reunión de buena voluntad aliada y copas que entrechocaban como espadas de esgrima. Sin embargo, a lo mejor ese Berlín había desaparecido hacía años. Debía de estar empaquetado en los sótanos, junto con los farolillos de jardín.

Atravesó el lodazal y abrió la verja de atrás. Un sendero que apenas era lo bastante ancho para ser un callejón lo llevó hasta la siguiente. Todas las casas estaban en silencio, por las ventanas no se oían las conversaciones de la cena ni ninguna radio, como si los edificios estuvieran agazapados a la espera de que el ruido de la fiesta de Gelferstrasse se convirtiera en una reyerta, otro ataque que pasaría. En ese silencio podía uno oír sus propios pasos.

Enfiló una de las estrechas calles que llevaban a la zona del Instituto, donde las calles no tenían nombres de generales ni de Hohenzollern, sino de científicos. Farradayweg. Allí había trabajado Emil, a kilómetros de distancia de Pariserstrasse, en su propio mundo. El barrio conservaba aún ese aire de frondoso enclave universitario, pero ahora las ventanas estaban rotas y el edificio de Química había quedado medio carbonizado y sin tejado. Al final de la calle vio un moderno edificio de ladrillos en el que había luz. El Instituto estaba a oscuras, pero el edificio principal seguía en pie. Thielallee. Un disparate de edificio, enorme, con torreones redondos acabados en punta en todas las esquinas, como yelmos de kaiser, Pickelhauben, Subió los escalones para verlo más de cerca. A lo mejor seguía abierto, quizá pudiera preguntar allí al día siguiente.

– Nein, nein!

Jake se quedó helado. En aquel silencio, una voz era tan alarmante como un disparo. Se volvió y vio a un anciano que paseaba a un perro escuálido. Llevaba chaqueta de tweed y sombrero de cazador, como si esperase que la noche estival fuese a refrescar. El animal, una perra, profirió un ruido que no llegó a ser un gruñido y después, sin fuerzas para nada, se apoyó en la pierna de su amo. El hombre dijo que no con el dedo en dirección a Jake, como corrigiéndolo, y luego señaló al edificio de ladrillo que había al otro lado del cruce.

– Kommandatura -dijo en voz alta, señalando de nuevo-. Kommandatura. -Pronunció despacio cada sílaba, instrucciones para un extranjero perdido.

– No, busco el Instituto -dijo Jake en alemán.

– Está cerrado -dijo el hombre automáticamente, aunque esta vez fue él quien se quedó atónito al oír alemán.

– Sí. ¿Sabe cuándo abre por la mañana?

– No abre. Está cerrado. Kaputt. -Agachó la cabeza en un acto reflejo de cortesía-. Perdóneme, me había parecido que… Creía que un americano buscaría la Kommandatura.

– ¿ La Kommandatura de Berlín? -preguntó Jake, acercándose antes de que el anciano pudiera marcharse-. ¿Es aquello? -Miró hacia el edificio de ladrillo y entonces reparó en las banderas y las luces que iluminaban el interior. Delgados pilares cuadrados guardaban la entrada-. ¿Qué era antes?

La perra empezó a olisquearle la pierna, y Jake se inclinó un poco para acariciarla. Ese gesto pareció sorprender más al anciano que el hecho de que hablara alemán.

– Una compañía de seguros -explicó-. Seguros contra incendio. Como ve, parece un chiste. Fue el único edificio que no ardió. -Miró a la perra, que seguía olfateando la mano de Jake-. No se preocupe, no le hará nada. Ya no le quedan muchas energías. Es por la comida, ¿sabe? Tengo que compartir mi ración con ella, y no nos basta.

Jake se levantó y vio entonces la delgadez extrema del hombre, un cruel ejemplo de ese viejo dicho de que los amos se parecen a sus mascotas. Sin embargo, las sobras de Gelferstrasse quedaban a manzanas de distancia. En lugar de eso, sacó una cajetilla.

– ¿Un cigarrillo?

El anciano aceptó uno y se inclinó.

– Gracias. ¿No le importa que lo reserve para más tarde? -dijo mientras lo guardaba con cuidado en un bolsillo.

– Tenga. Reserve ése y fúmese uno conmigo -comentó Jake, que de pronto necesitaba compañía.

El anciano se lo quedó mirando con asombro, era un regalo caído del cielo. Asintió con la cabeza y se inclinó hacia el mechero.

– Está usted a punto de ver algo interesante en Berlín: un cigarrillo que alguien acaba fumando de verdad. Otro chiste. Uno se lo vende a otro, ese otro a otro más, pero ¿quién se lo fuma? -Dio una calada y después le puso una mano en el brazo a Jake-. Perdóneme. Estoy algo mareado. Gracias. ¿Cómo es que habla usted alemán? -preguntó, por dar conversación. El tabaco le había soltado la lengua.

– Viví en Berlín antes de la guerra.

– Ah. Su alemán deja mucho que desear, ¿sabe? Tendría que estudiar. -Voz de aula.

Jake se echó a reír.

– ¿Cuánto me cobraría?

– Cinco marcos, a lo mejor. Es para ella. -Miró a la perra-. Yo no me quejo. Las cosas son como son, pero me resulta difícil verla así. «¿Cómo puede dar de comer a un perro -me dicen- cuando la gente pasa hambre?» Pero ¿qué voy a hacer? ¿Dejarla morir? ¿A una inocente? ¿Quién más es inocente en Berlín? Eso es lo que les digo yo: «Cuando eres inocente, alguien te da de comer». Con eso les callo la boca. Son los peores, los faisanes dorados.

Jake se lo quedó mirando, perdido, preguntándose si no se habría encontrado en la calle a un loco y no a un anciano.

– ¿Los faisanes dorados?

– Los miembros importantes del partido. Ahora, por supuesto, no saben nada. «Vosotros nos habéis hecho esto -les digo yo-, «¿y queréis comer? Antes le daría de comer a un perro. A un perro.»

– O sea que aún andan por ahí.

El anciano esbozó una sonrisa torcida.

– No, en Berlín ya no hay nazis. Ni uno. Sólo socialdemócratas. Muchísimos, todos estos años. ¿Cómo pudo sobrevivir el partido con tanta gente en contra? Bueno, hay que preguntárselo. -Dio otra calada y se quedó mirando la brasa candente-. Ahora todos son socialdemócratas. Qué cabrones. A mí me echaron. -Miró hacia el edificio del Instituto-. Años de trabajo. Ahora ya no lograré acabarlo, jamás. Está kaputt.

– ¿Es usted judío?

El viejo resopló.

– Si fuese judío, estaría muerto. Tuvieron que marcharse enseguida. A los demás nos dejaron respirar un tiempo con la esperanza de que nos uniéramos a ellos. Después fue una orden: o miembro del partido o fuera. Así que me despidieron. Yo sí que era socialdemócrata. -Sonrió-. Claro que seguramente no me creerá, pero puede comprobarlo en los archivos 1938.

– ¿Trabajaba en el Instituto? -preguntó Jake con súbito interés.

– Desde 1919 -respondió el hombre con orgullo-. Verá, después de la epidemia de gripe quedaron plazas vacantes, así que tuve suerte. Por aquel entonces estar ahí dentro sí era algo. Qué tiempos. Recuerdo cuando nos trajeron las mediciones del eclipse. Para comprobar la teoría de Einstein -añadió, como un profesor benévolo, al ver la expresión de incomprensión de Jake-. Si la luz tenía masa, la gravedad combaría los rayos. La luz de las estrellas. El eclipse hizo que fuera posible realizar la medición. Einstein dijo que la desviación sería de 1,75 segundos de arco. Y ¿sabe de cuánto fue? De 1,62. Así de cerca estuvo. ¿Se lo imagina? En ese instante, todo cambió. Todo. Newton se equivocaba. El mundo entero cambió, aquí, en Berlín. Justo ahí. -Extendió el brazo en dirección al edificio mientras su voz continuaba hablando como en una ensoñación particular-. Y, después, ¿qué? Champán, claro, pero también conversación… Pasamos toda la noche conversando. Creíamos que seríamos capaces de cualquier cosa. Eso sí que era ciencia alemana. Hasta que llegaron esos gángsters y, entonces, todo por la ventana…

– Yo tenía un amigo en el Instituto -dijo Jake, interrumpiendo al anciano antes de que pudiera seguir su disertación-. Estoy intentando dar con él. Por eso… Tal vez usted lo conociera. ¿Emil Brandt?

– ¿El matemático? Sí, claro. Emil. ¿Era usted amigo suyo?

– Sí -dijo Jake. Su amigo-. Esperaba que alguien supiera dónde se encuentra. ¿No sabrá usted…?

– No, no. Han pasado muchos años.

– Pero ¿sabe qué fue de él?

– No sabría decirle. Me fui del Instituto, como comprenderá.

– Y él se quedó -dijo Jake despacio, reconstruyendo las fechas-. Pero él no era nazi.

– Amigo, cualquiera que estuviera allí después de 1938… -Al ver la expresión de Jake, se detuvo y apartó la mirada-. Aunque a lo mejor él fue un caso especial. -Tiró el cigarrillo-. Gracias de nuevo. Ahora tengo que darle las buenas noches. Por el toque de queda.

– Yo lo conocía -dijo Jake-. El no era así.

– ¿Así cómo? ¿Como Goering? Mucha gente se afilió, no sólo los canallas. La gente hace lo que tiene que hacer.

– Usted no.

El anciano se encogió de hombros.

– ¿Y de qué sirvió? Emil era joven. Una mente privilegiada, eso lo recuerdo. Veía los números mentalmente, no sólo sobre el papel. ¿Quién puede decir que esté bien dejar el trabajo por cuestiones políticas? A lo mejor él amaba más la ciencia. Y al final… -Se interrumpió para mirar de nuevo al edificio, después otra vez a Jake-. A usted eso le incomoda. Me doy cuenta. Deje que le diga una cosa, por el precio de un cigarrillo. ¿Lo del eclipse? ¿En 1919? El Freikorps luchaba por entonces en las calles. Yo mismo vi cadáveres de espartaquistas en el Landwehrkanal. ¿Quién lo recuerda ahora? Es política pasada, una nota al pie. En ese edificio, sin embargo, cambiamos el mundo. Así que ¿qué es lo importante? ¿Un carnet de partido? Yo no juzgo a su amigo. No todos somos criminales.

– Sólo los faisanes dorados.

Una leve sonrisa que le daba la razón.

– Sí. A ellos no los perdono. Tampoco soy un santo.

– De todas formas, ¿qué quiere decir eso de faisanes dorados?

– Quién sabe. Plumas relucientes, los uniformes. Sus esposas se marcharon con sus abrigos de pieles antes de que llegaran los rusos. A lo mejor es porque salieron volando de los arbustos en cuanto oyeron los primeros disparos. Ja -rió su propio chiste-. A lo mejor por eso ya no hay nazis en Berlín. -Se detuvo y volvió a mirar a Jake-. Era una formalidad, ¿comprende? Sólo una formalidad. -Inclinó el sombrero-. Buenas noches.

Jake se quedó un minuto frente al lúgubre Instituto, intranquilo. Emil debió de afiliarse. No habría muchas excepciones. ¿Por qué se sorprendía? Millones de personas lo habían hecho. Era una formalidad. Sólo que Jake no lo había sabido. Fue algo que nunca le dijo, durante todo aquel tiempo. Un hombre agradable y de ojos dulces, callado en las fiestas, cohibido, que veía los números mentalmente… Alguien en quien Jake no pensaba nunca. No un nazi, sino uno de los alemanes buenos. De pie, rodeando a Lena con un brazo. ¿Lo había sabido ella? ¿Cómo pudo no contárselo a su mujer? ¿Cómo pudo ella quedarse con él, sabiéndolo? Sin embargo, es lo que había hecho.

Estaba oscureciendo, así que echó a andar por Thielallee. Un jeep aparcó frente a la Kommandatura y de él bajaron dos soldados con maletines que subieron corriendo los escalones de la entrada. Política actual, que pronto estaría tan pasada como el Freikorps. ¿Qué era lo importante? La gente hacía lo que tenía que hacer. Ella se había quedado. Jake se había ido. Así de simple. Sólo que Emil ya no era tan simple, lo cual cambiaba las cosas. ¿Lo había sabido Lena todas esas tardes, cuando corrían las cortinas para aislarse de Berlín?

De pronto Jake se sintió desorientado. Su mapa mental adquiría un nuevo trazado, igual que las calles de la ciudad, que ya no estaban donde se suponía que debían estar. Torció a la derecha desde Thielallee y, desconcertado, vio que se había perdido, literalmente. Aquella bocacalle no conectaba con Gelferstrasse, como él pensaba. «Y además tu alemán deja mucho que desear», se dijo, sonriendo. Sin embargo, él nunca había conocido bien esa parte de la ciudad, allí las calles siempre habían estado donde estaban. Era en el otro Berlín, el que él había conocido, donde hacía falta brújula para no perderse, una aguja atraída por esa gravedad lo bastante fuerte para doblegar la luz de las estrellas.

4

Casi todos los demás edificios de Elssholzstrasse se habían derrumbado, así que la sede del Consejo de Control parecía más enorme todavía. Un gigantesco bloque de piedra, de estilo prusiano, con una sombría fachada que debió de parecer una parada apropiada en los viejos tiempos de los tribunales, cuando los jueces del interior, todos ellos miembros del partido, sentenciaban a sus víctimas a cárceles peores. La entrada principal, no obstante, la del camino que daba a Kleist Park, presentaba un rostro más amable. Altas puertas con vidrieras flanqueadas por tallas de ángeles flotantes que miraban hacia abajo, donde en tiempos había habido un jardín bordeado de setos, en dirección a dos columnatas simétricas que había al otro lado; un inesperado pedazo de París. En aquel lugar reinaban el bullicio y el ajetreo -los coches hacían crujir la grava, un grupo de trabajadores reparaban el tejado, caía alguna que otra teja abajo-, parecía una casa de campo preparándose para una gran fiesta de fin de semana. Encima de la entrada ondeaban las cuatro resplandecientes banderas de los Aliados, y en la puerta había apostados guardias de la 82ª División Aerotransportada, con polainas blancas y cascos relucientes. Estaban arreglando incluso el jardín polvoriento: un destacamento de prisioneros de guerra alemanes, con letras estarcidas en la espalda, pasaban el rastrillo mientras un puñado de aburridos soldados estadounidenses montaban guardia a su alrededor, tomando el sol. Jake siguió a un grupo de fornidas rusas de uniforme por un vestíbulo con arañas de luces, y subió con ellas una majestuosa escalera de mármol digna de la entrada de un teatro de la ópera. Para su sorpresa, Muller en persona salió a recibirlo.

– Me ha parecido que le gustaría echar un vistazo -dijo Muller mientras lo guiaba pasillo abajo-. Aún estamos intentando ponerlo todo en orden. El edificio estaba muy dañado.

– Puede que no lo suficiente, teniendo en cuenta lo que era.

– Bueno, hay que aprovechar lo que se puede. Es el edificio más grande que hemos encontrado. Más de cuatrocientas salas, dicen, aunque no sé quién las ha contado. Aquí estará el Consejo.

Abrió la puerta de una estancia enorme, convertida ya en una sala de reuniones con largas mesas dispuestas en cuadrado. En cada esquina, cerca de sus respectivas banderas, había una mesa con una máquina de taquigrafía para las secretarias. Un montón de ceniceros y cuadernos de notas esperaban a ser distribuidos.

– Nadie ha estado aquí todavía -dijo Muller-. Es usted el primero, puede que le guste saberlo.

Jake miró a la sala vacía con la sensación de estar de nuevo en Cecilienhof, contando chimeneas.

– ¿No hay sección de prensa?

– No hay sección de prensa. No queremos dar pie a discursos… y es difícil resistirse cuando la prensa anda cerca. Les das un público y no pueden evitarlo. Queremos sesiones de trabajo.

– Agradables y en privado.

– No. -Señaló con la cabeza a las mesas de los taquígrafos-. Habrá actas. El consejo se reunirá una vez al trimestre -prosiguió-. El Comité de Coordinación una vez al mes, los subcomités… bueno, continuamente. Hay mucho que hacer.

Jake pasó un dedo por el montón de cuadernos de notas.

– Está todo organizado.

– Sobre el papel -apuntó Muller, y se apoyó en la mesa de espaldas a la ventana, de manera que su pelo plateado pareció adquirir un halo luminoso-. En realidad nadie sabe cómo funcionará. Hasta que empecemos. Vamos improvisando a medida que avanzamos. Nadie había planeado esto de gobernar el país. -Reparó en que Jake enarcaba las cejas-. Así no. Habían formado a unas cuantas personas, en algún lugar de Virginia, para ayudar a los alemanes con la transición -dijo, alargando la palabra-. Transición. No sé qué esperaban. Lo mismo que en la última guerra, supongo. Un tratado de paz, entregar el país a los buenos y volverse a casa. Pero esta vez no será así. Aquí no había nadie a quien entregárselo. Doce años. Hasta los carteros eran nazis. Y el país… ya lo ha visto, se ha ido al infierno. Nadie esperaba que lucharan hasta el final. ¿Por qué iban a hacerlo? Nadie espera que un país entero se suicide.

– Tuvieron ayuda del Mando de Bombardeo.

Muller asintió con la cabeza.

– No digo que no lo estuvieran pidiendo, pero ahora está todo arrasado y es nuestro. No hay comida, nada funciona, el cuartel general de Berlín no da abasto solo con arreglar las cañerías de distribución del agua. -Respiró hondo y miro a Jake de frente-. Tenemos veinte millones de personas que alimentar sólo en nuestra zona. Los que no se mueren de hambre roban bicicletas para desplazarse. Se avecina un invierno sin carbón. Y epidemias, si no tenemos suerte, que seguramente no tendremos. Los desplazados… -Agito la mano como si, abrumado, se hubiese quedado sin palabras-. No queríamos nada de todo esto -dijo con una voz tan cansada como sus ojos-, pero es lo que tenemos. Así que hay mucho que hacer. -Miró la sala-. ¿Ya ha visto suficiente.

Jake asintió.

– Gracias por la visita, y por el discurso -añadió en tono informal-. ¿No estaría intentando decirme algo, por casualidad?

Muller sonrió con paciencia, volvía a ser el juez Harvey.

– Puede que un poco. Toda la vida he pertenecido al ejército y estamos acostumbrados a proteger nuestros flancos. A lo mejor la gente que escribe sobre el Gobierno Militar debería tener cierta idea de qué tenemos entre manos. Un poco de perspectiva. No todos somos… Bueno, venga, le daré lo que ha venido a buscar.

– ¿Cómo ha acabado aquí, por cierto? -preguntó Jake, siguiendo lo por el largo pasillo.

– Como todo el mundo. Ya no nos necesitan en el campo de batalla, así que tenemos que servir en otro lugar. No me presenté voluntario, si se refiere a eso. Las unidades tácticas no recurren mucho al GM. creen que no somos más que oficinistas. Yo antes era como ellos. A nadie lo ascienden por arreglar el alcantarillado. Aunque ahora tampoco ascienden a nadie en el campo. La guerra ha acabado, según me han dicho, y a mí aún me queda mucho por delante antes de que me retiren, así que… Los civiles son otra cosa, casi siempre se trata de algún abogado que ha pasado la guerra en Omaha, lejos de la batalla, y ahora quiere una comisión para poder considerarse capitán. No se alistan en rangos inferiores. Lo que los demás hemos tenido que ganarnos en años. Escuece un poco, si uno lo permite.

– Pero usted no lo permite.

– Sí lo hice, pero es como todo lo demás. El trabajo te absorbe. Sirves a tu país -dijo sin ninguna emoción ni una pizca de ironía-. Yo no lo pedí, pero ¿sabe una cosa? Creo que aquí estamos haciendo un trabajo de mil demonios, dadas las circunstancias. ¿O eso también le suena a discurso?

– No. -Jake sonrió-. Suena a que deberían ascenderlo.

– No lo harán -repuso Muller con ecuanimidad, se detuvo y se volvió hacia él-. Verá, seguramente éste será mi último puesto. No querría encontrarme con… ningún escándalo. Si va a empezar a remover el barro, le agradecería que me lo advirtiera.

– No pretendo…

– Ya sé, sólo siente curiosidad. Nosotros también. Ha muerto un hombre, y lo cierto es que no tenemos forma de descubrir qué sucedió. Aquí no contamos con Scotland Yard, sólo con unos cuantos policías militares que arrestan a borrachos. Así que tal vez no lleguemos a saberlo nunca. Sin embargo, si hay algo que, bueno, pueda ser un problema para nosotros, eso sí que deberíamos saberlo.

– ¿Qué le hace pensar que será así?

– No es que lo piense, pero es lo que anda usted buscando, ¿verdad? -Echó a andar de nuevo-. Mire, lo único que le pido es que lleguemos a un acuerdo. No tengo porque darle ninguna información. Si no hubiera estado en Potsdam… Pero el caso es que estuvo allí y conocía al hombre. De manera que ahora tengo una situación peliaguda. No puedo fingir que no sucedió, pero tampoco puedo dejar que el tema se preste a muchas especulaciones. Lo informo a usted, a nadie más. Si descubre algo, está bien, tendrá usted una noticia.

– Pero si no…

– No haga conjeturas en voz alta. No hay ningún cadáver misterioso. No hay nada que resolver. Puede que usted obtuviera con ello cierto protagonismo en los periódicos, pero lo único que recibiríamos nosotros serían un montón de preguntas que no podríamos responder. Así sólo se malgasta tiempo. No podemos permitírnoslo. Hay demasiadas cosas que hacer. Lo único que le pido es discreción.

– Y que informe con antelación de lo que voy a escribir.

– No he dicho que no pueda escribir, sólo que me avise de lo que se avecina.

– ¿Para que usted pueda negarlo?

– No -respondió Muller, inexpresivo-. Para esquivar el golpe. -Se detuvo frente a una puerta de cristal translúcido-. Ya estamos. Jeanie debería tener listas las copias.

Jeanie pertenecía al Cuerpo Femenino del ejército. Sus uñas rojas parecían demasiado largas para mecanografiar. Estaba guardando unas hojas de papel carbón en dos carpetas color beige y le dirigió a Muller una sonrisa que Jake, divertido, consideró más que de secretaria. Muller, sin embargo, se mantuvo del todo profesional.

– ¿Tiene los informes?

La chica le dio una de las carpetas y después un mensaje:

– El general quiere verlo a las diez.

– Vamos, entonces -le dijo a Jake, y lo llevó a un despacho sencillo, con una bandera estadounidense en el rincón.

Muller era de los que prefieren un escritorio limpio: lo único que había sobre la mesa vacía era un juego de estilográficas y una fotografía enmarcada de un joven soldado.

– ¿Su hijo? -preguntó Jake.

Muller asintió.

– Lo alcanzaron en Guadalcanal.

– Lo siento.

– No, no murió. Lo hirieron. Al menos ahora ya no está allí. -Para evitar más confidencias, abrió la carpeta, sacó dos papeles de copia y se los pasó a Jake por encima de la mesa-. Hoja de servicios. Informe de baja.

– ¿Lo considera una baja?

– Así llamamos al informe -repuso Muller, ligeramente molesto-. Sólo es un impreso. De todas formas, ahora ya sabe lo que sabemos nosotros.

Jake echó una ojeada a la primera página, una sobria lista de fechas y misiones. Patrick Tully. Natick, Massachusetts. Algo mayor que el chico de la fotografía del escritorio. El propio Jake podría haber redactado ese informe de baja.

– No dice mucho, ¿verdad? -comentó.

– No.

– ¿Qué es lo que no se ha incluido? ¿Algún problema que sucediera con anterioridad?

– No que yo sepa. La hoja de servicios está limpia, no hay incidentes. Miembro distinguido de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Eso es lo que le escribiremos a su madre.

– Sí -dijo Jake. Una persona, no un número, un chico con familia que no había tenido tanta suerte como el joven Muller-. ¿Y el dinero?

– También lo recibirá ella, junto con sus efectos personales. Un envío monetario de Correos del Ejército. Era suyo, por lo que sabemos. Esperemos que su madre piense que estuvo ahorrando sus atrasos.

– ¿Cuánto había? Aquí no lo dice.

Muller lo miró y luego asintió con la cabeza.

– Cincuenta y seis mil marcos. Se cambian diez a uno. Así que unos cinco mil dólares. Al menos eso es lo que nos dieron los rusos. Dicen que algunos billetes volaron.

– O sea que más o menos el doble. Eso son muchos atrasos.

– A lo mejor se le daban bien las cartas -dijo Muller.

– ¿Qué da tanto dinero en el mercado negro?

– Relojes, sobre todo. Si hace tictac, los rusos lo compran. Uno de Mickey Mouse puede venderse por quinientos pavos.

– Eso siguen siendo un buen montón de relojes.

– Depende de cuánto tiempo llevara dedicándose a ello. Si es que es eso lo que hacía. Mire, ¿la versión oficial? No existe el mercado negro. A veces los depósitos de suministros se quedan cortos. Las cosas desaparecen. Estas cosas pasan, en la guerra. Los alemanes pasan hambre, compran alimentos como pueden. Es por la comida. Naturalmente, hacemos cuanto podemos por detenerlo.

– ¿Y la extraoficial?

– La extraoficial es que todo el mundo lo hace. ¿Cómo se detiene a un niño en una tienda de caramelos? ¿Quiere unos cálculos rápidos? Un soldado estadounidense recibe un cartón de cigarrillos a la semana en el economato militar. Cinco centavos la cajetilla, cincuenta el cartón. En la calle vale cien dólares: eso son cinco mil dólares al año. Añada un poco de chocolate y cuatro botellas de licor al mes: otros cinco mil dólares. ¿Un paquete con comida que le envían desde casa? ¿Atún, tal vez, una lata de sopa? Más. Mucho más. Vaya sumando. Cualquiera puede sacarse el salario de un año sólo con vender sus raciones. Intente poner fin a eso. Oficialmente tampoco existe la confraternización. ¿Cómo se explican entonces todas las enfermedades venéreas?

Jake miró la hoja.

– Sólo llevaba en Alemania desde mayo.

– ¿Qué quiere que le diga? Algunos de nuestros chicos son más emprendedores que otros. No hay que ser un gran empresario para hacer dinero aquí. El mes pasado nuestras tropas recibieron un millón de dólares en pagas, y ellos enviaron a casa tres. -Hizo una pausa-. Extraoficialmente.

Jake se quedó boquiabierto, pasmado por la cifra.

– No pensaba que los alemanes tuvieran tanto dinero.

– Los alemanes. Están vendiendo cuberterías de plata por una barra de margarina. Es cuanto les queda. El dinero lo tienen los rusos.

Jake pensó en la pandilla de guardias de la Cancillería, en los campesinos que empujaban carretillas por Potsdamerplatz, tan primitiva como un pueblo embarrado.

– ¿Los rusos tienen tanto dinero? -preguntó con ciertas dudas-. ¿Desde cuándo?

Muller se lo quedó mirando.

– Desde que se lo dimos. -Vaciló-. ¿Con cuánta extraoficialidad estamos hablando?

– Cada vez con más.

Muller se reclinó en su silla.

– Tendré que creerle. Verá, el plan originario era acuñar marcos de la ocupación. Una moneda que pudieran utilizar todas las fuerzas y que aceptaran también los alemanes, para no paralizar los trabajos con cuatro monedas diferentes. Bien. El Tesoro fabricó las planchas de impresión y, como idiotas, les entregaron un juego a los rusos. El mismo dinero. La idea era que los rusos llevaran un recuento estricto de cuánto acuñaban, claro, ya que tendría que cambiarse por divisas fuertes: dólares, libras, lo que sea. En lugar de eso, se han dedicado a hacer impresiones sin parar. Nadie sabe cuánto han acuñado. La mayoría de sus soldados no habían recibido una paga en los últimos tres años. De pronto lo cobraron todo en marcos de la ocupación. El problema es que no se los pueden llevar a su país, porque allí no los cambian. Ahora ya tiene usted a todo un ejército con más dinero del que han visto en la vida y un solo lugar para gastarlo. Aquí. O sea que compran relojes y todo lo que puedan llevarse a casa. A cualquier precio. Para ellos es dinero de Monopoly. Mientras tanto, puesto que la moneda es de curso legal, nuestros muchachos reúnen todos los marcos que pueden y los envían a casa para cambiarlos por dólares, con lo que ahora el Tesoro tiene un agujero de mil demonios. Ya pusimos el grito en el cielo, por supuesto, pero hasta me apostaría dinero con usted, dólares, a que jamás veremos un rublo por esas planchas. Los rusos dicen que sus marcos sólo circulan en Alemania para mantener en marcha los engranajes locales. Nosotros, además, tenemos un pequeño problema para explicar la avalancha de marcos que llega a Estados Unidos, dado que no hay mercado negro… Así que pagamos. De hecho, estamos pagando la ocupación rusa, pero nadie quiere meterse a investigar eso. -Sonrió-. Y usted tampoco.

– Ni siquiera estoy seguro de haberlo entendido.

– Nadie entiende de dinero. Sólo de cuánto se tiene en el bolsillo. Lo cual es una suerte para el Tesoro. Si nosotros hubiésemos hecho algo semejante, nos habrían formado un consejo de guerra en un abrir y cerrar de ojos.

– ¿Qué van a hacer al respecto?

– Esa es la reunión de las diez. El general Clay quiere limitar la cantidad que un soldado puede enviar a casa a la paga que recibe en realidad. Será un quebradero de cabeza para Correos del Ejército, tenerlo todo controlado, y no solucionará nada, pero al menos detendrá la mayor parte de la sangría. Por supuesto, podrán seguir enviando mercancías, pero el dinero se quedará aquí, donde tiene que estar. Al final lo único que funcionará es una nueva moneda, pero no se haga ilusiones. ¿Cree que los rusos accederán enseguida?

– Me refería a qué están haciendo sobre el terreno. ¿Cómo se controla algo así?

– Es un problema. La policía militar hace redadas de vez en cuando en los puntos más conflictivos, pero es como ponerle puertas al campo. Berlín es una ciudad abierta, la gente va y viene por todas partes, las zonas sólo son administrativas. No podemos patrullar en Zoo Station, eso es de los británicos. Alexanderplatz está en zona rusa.

– Como Potsdam.

Muller lo miró a los ojos.

– Como Potsdam. Allí no podemos hacer nada.

– ¿Y fuera de la calle? Con tanto dinero… alguien tiene que estar haciendo negocios.

– ¿Piensa en bandas organizadas? ¿Profesionales? Eso no lo sé. Lo dudo. Se oyen rumores sobre los desplazados, pero a la gente le gusta culpar a los desplazados de todo. Nadie los controla. Para encontrar algo como lo que dice usted habría que irse a Baviera o a Francfort, donde todavía queda algo que robar. Almacenes. Grandes reservas. También sucede, y supongo que Francfort debe de tener a alguien en ello, si le interesa. Pero ¿en Berlín? Lo han dejado bien limpio. Aquí lo que tenemos es un montón de calderilla que va sumando.

– También es una buena descripción de ese lío de números.

Una sonrisa reacia.

– Supongo que sí. -Muller se interrumpió y extendió las manos encima del escritorio-. Mire. Un soldado vende un reloj. A lo mejor no debería, y a lo mejor a usted le parece que no hacemos lo suficiente por detenerlo, pero le digo una cosa: he visto a muchísimos hombres morir en los últimos años. Hechos pedazos, sujetándose las tripas. Hombres buenos. Niños. Nadie creía entonces que fueran criminales. Ahora están sacando unos cuantos dólares. A lo mejor está mal, pero ¿sabe una cosa? Sigo siendo un soldado y creo que merecen esos dos millones al mes.

– También yo -dijo Jake despacio-. Sólo que no me gusta verlos morir de un tiro, no me parece bien. Por un reloj.

Muller se lo quedó mirando, desconcertado, y agachó la cabeza.

– No. Bien. ¿Algo más?

– Mucho más, pero usted tiene una reunión -dijo Jake levantándose-, y yo no quiero dejar de ser bien recibido.

– Cuando quiera -repuso Muller con afabilidad, y también se levantó, aliviado-. Para eso estamos.

– No, para esto no. Le agradezco su tiempo. -Jake guardó las copias dobladas en un bolsillo-. Y los papeles. Ah, una cosa más. ¿Podría ver el cadáver?

– ¿El cadáver? -repitió Muller, dando literalmente un paso atrás de asombro-. Pensaba que ya lo había visto. ¿No es eso por lo que estamos aquí? Ya no lo tenemos. Lo enviaron de vuelta a Francfort.

– Qué rápido. ¿Sin autopsia?

– No -contestó Muller, algo desconcertado-. ¿Por qué habría que hacerle una autopsia? Sabemos cómo murió. ¿Era necesario?

Jake se encogió de hombros.

– Al menos un informe del forense. -Reparó en la expresión de Muller-. Ya lo sé, no son ustedes Scotland Yard. Es que me parece un poco escueto, nada más -dijo, dando unas palmaditas a las hojas que tenía en el bolsillo-. A lo mejor habría servido de algo examinar el cuerpo. Me gustaría que hubiesen esperado.

Muller se lo quedó mirando y soltó un suspiro.

– ¿Sabe qué me gustaría a mí, Geismar? Me gustaría que no hubiese estado usted en Potsdam.

Jeanie estaba organizando sus copias de papel carbón cuando Jake salió. La chica lo miró y le sonrió sin dejar lo que estaba haciendo, como un crupier en un casino: colocaba la tercera hoja al final y luego dejaba la carpeta en una bandeja para archivarla más tarde.

– ¿Todo listo?

Jake correspondió a su sonrisa. El ejército nunca cambiaba, era un mundo gestionado por duplicado. Se preguntó si habría otra chica para archivar y no estropear así esas fantásticas uñas.

– De momento -repuso, aún sonriente, pero ella lo tomó por una insinuación, enarcó las cejas y le dirigió una mirada dura.

– Estamos aquí de nueve a cinco -dijo, para despedirlo.

– Está bien saberlo -contestó Jake, siguiéndole la corriente-. ¿El coronel la hace trabajar mucho?

– Todo el santo día. La escalera está al final del pasillo, a su derecha.

– Gracias -dijo Jake, y se llevó los dedos a la frente a modo de saludo.

En la entrada le cegó la luz de la mañana y tuvo que hacerse pantalla con la mano para orientarse. Los rayos del sol, que ya calentaban, llegaban desde el este filtrándose a través del polvo que se cernía sobre las ruinas, más allá de las gráciles columnatas. Los prisioneros de guerra, inclinados sobre sus rastrillos, se habían quitado la camisa pero, como vio entonces Jake, no las iniciales: P en una pernera, G en la otra. La guerra había marcado a todo el mundo, incluso a Tully, que ya era sólo unas iniciales en una copia de carbón.

Se quedó allí un minuto pensando en planchas de impresión y precios de relojes, cosas que no lo llevaban a ninguna parte; seguramente era allí donde Muller quería que acabara. Sonrió pensando en Jeanie: dos jarros de agua fría en una sola mañana, uno más directo que el otro. Era Muller quien le había hecho dar un rodeo que lo había vuelto a dejar en la entrada, sin estar muy seguro de haber pasado por la puerta. Salvo porque algo lo molestaba: una pieza perdida del rompecabezas que saltaría a la vista si la buscaba el tiempo suficiente. Le dijo al chófer que quería ir andando.

– ¿Andando? -preguntó el soldado, asombrado-. ¿Hasta su alojamiento?

– No, recójame en Zoo Station dentro de una hora más o menos. ¿Sabe dónde está?

El soldado asintió.

– Claro. Tiene una buena caminata.

– Lo sé. Me gusta caminar. Me ayuda a pensar -explicó.

Mentalmente apuntó pedirle a Ron un jeep propio.

Sin embargo, el soldado había vivido lo suyo, igual que Jeanie.

– Ya lo capto. ¿Está seguro de que no quiere que lo lleve hasta allí? Vamos, a mí no me importa, es asunto suyo.

«Todo el mundo lo hace -pensó Jake mientras cruzaba el malogrado parque-. Un montón de calderilla que va sumando.» ¿Con quién había hecho negocios Tully? ¿Con un ruso de gatillo fácil? ¿Con un desplazado que no tenía nada que perder? Con cualquiera. Cinco mil dólares, o más. En Chicago cada día morían personas asesinadas por menos. La vida valdría aún menos que en Berlín. Sin embargo, ¿por qué habría ido allí? Porque allí estaban los rusos, forrados de dinero. Nada de chismes de porcelana y vieja plata para intercambiar. Efectivo. Miel para los osos. «Todo el mundo lo hace.»

Las puertas del parque se abrían a Potsdamerstrasse, donde había unos cuantos camiones militares y civiles en bicicletas desvencijadas, todo lo que quedaba del tráfico que solía rugir en el centro. A pie, Berlín era una ciudad diferente del panorama que había visto desde el jeep en su primer recorrido. Era una vista más cruda, un primer plano de un naufragio. Antaño le había encantado pasear por la ciudad y explorar los kilómetros de calles llanas e irregulares como si sólo el roce físico de la suela del zapato lo hiciera partícipe de la vida de la ciudad. Domingos en Grunewald. Tardes recorriendo barrios a los que los demás periodistas no iban nunca, Prenzlauer o las calles de bloques de pisos de Wedding, sólo para ver cómo eran, para dejar pasear la mirada de un edificio a otro sin que nada lo detuviera. Esta vez tenía que pisar con atención, esquivar pedazos de cemento roto y abrirse paso entre el yeso y los cristales que crujían bajo sus pies. La ciudad se había convertido en una pista de senderismo llena de obstáculos y objetos punzantes ocultos bajo las piedras. Varas de acero retorcidas con formas puntiagudas, aún negras por el fuego. Ese olor a podrido ya tan familiar. En la esquina de Pallasstrasse encontró los restos del Sportpalast, por cuya pista ovalada solían pasar silbando las bicicletas, donde Hitler prometió mil años a los leales. Sólo la gigantesca torre de fuego antiaéreo seguía en pie, como las del zoo, demasiado sólidas para las bombas. Un soldado se apoyaba con una mano en la pared y le hablaba a una chica mientras le acariciaba el pelo, el mercado negro más antiguo del mundo. Al otro lado de la calle, unas cuantas muchachas con vestidos ligeros se apoyaban en un muro que había sobrevivido y hacían gestos en dirección a unos camiones de soldados. Las diez en punto de la mañana.

Las calles laterales estaban atascadas por los escombros, así que siguió por las vías principales. Torció a la izquierda por Bülowstrasse para llegar al zoo por el largo paseo. Conocía muy bien esa parte de la ciudad, la estación elevada se cernía sobre Nollendorfplatz. Una marquesina de un cine había caído casi intacta al pavimento, como si hubiesen hecho desaparecer el edificio de debajo con el truco de magia del mantel. Había unas cuantas personas fuera, una mujer empujaba un carrito de bebé lleno de enseres domésticos. Jake se dio cuenta de que el movimiento aturdido, lento y pesado que había visto desde el jeep dos días antes era el nuevo paso de la ciudad, tan cauteloso como el del propio Jake. Nadie caminaba deprisa sobre los escombros. ¿Por qué habría de ir nadie a Berlín? ¿Había estado Tully antes allí? Debía de tener órdenes de viaje, una misión. El ejército se gestionaba por duplicado.

Más bloques de edificios desplomados, más grupos de mujeres con pañuelos en la cabeza y viejos pantalones de uniforme recogiendo ladrillos. Una mujer con tacones salió de un edificio, iba vestida con elegancia, como si fuera a la calle como de costumbre para ir a hacer unas compras al KaDeWe. En lugar de eso, pasó tambaleándose sobre unos pedazos de yeso para llegar a un coche del ejército que la estaba esperando y se enderezó las medias de nailon al subir las piernas; otra clase de paseo. El KaDeWe, además, había desaparecido, las bombas lo habían despedazado, se había desplomado sobre Wittenbergplatz, no había quedado ni un solo maniquí de escaparate. Solían quedar allí, a veces junto a los puestos de Wurst de la planta baja, donde no era extraño que dos personas se encontraran por casualidad, y luego iban por separado hacia el piso de Jake, al otro lado de la plaza. Caminaban por lados diferentes para que Jake pudiera verla entre el gentío mientras esperaba en un semáforo, pendiente de comprobar que no los siguiera nadie. Nadie los seguía. Era un juego que lo hacía aún más excitante. Conseguir que no los pillaran. Después subían la escalera, donde ella lo había esperado, llamaban al timbre para asegurarse de que Hal no estuviera y entraban, a veces abrazándose ya antes de haber cerrado la puerta. También el piso habría desaparecido, igual que aquellas tardes, un recuerdo.

Sin embargo, no era así. Jake miró al otro lado de la calle protegiéndose del sol con una mano. Una parte de su antiguo edificio había caído, pero el resto seguía en pie y el piso de la esquina daba aún a la plaza. Dio un paso, entusiasmado, y luego se detuvo. ¿Qué diría? «¿Viví en este piso y me gustaría verlo otra vez?» Imaginó a otra Frau Dzuris con expresión de desconcierto y esperando conseguir chocolate. Una mujer se asomó a la ventana y la abrió para dejar que entrara el aire, y Jake, por un instante, dejó de respirar al tiempo que aguzaba la vista. ¿Por qué no iba a ser? Pero no era Lena, no se parecía en nada a Lena. Un camión le tapó la vista y, cuando hubo pasado, las anchas espaldas de la mujer estaban vueltas hacia la ventana, de modo que no logró verle el rostro. De todas formas, estaba claro que la habría reconocido, sólo por el movimiento de su brazo en la ventana, aun desde el otro lado de la plaza. Bajó la mano, se sentía ridículo. Debía de ser alguna amiga del propietario, seguro, encantada de quedarse con el apartamento cuando Hal al fin se fue. Alguien que no lo conocería, que a lo mejor ni siquiera creería que había vivido allí. ¿Por qué iba a creerlo? El pasado había quedado arrasado junto con las calles. Sin embargo, el piso seguía allí, era real, era una prueba de que todo lo demás también había sucedido. Si se quedaba mirando el tiempo suficiente, puede que viera resurgir el resto de la plaza, el ajetreo, la vida que solía inundarla.

Se volvió y vio un reflejo de sí mismo en un pedazo de cristal roto de un escaparate. Nada era como antes, ni siquiera él. ¿Lo reconocería Lena? Miró el reflejo. No era un extraño, pero tampoco el hombre que ella había conocido. Un rostro afable, mayor, con dos profundas líneas que le enmarcaban la boca. El pelo oscuro más ralo en las sienes. Un rostro que él veía todos los días al afeitarse sin darse cuenta de que había cambiado. La imaginó mirándolo y suavizando sus arrugas con los dedos para reencontrarlo. Sin embargo, tampoco los rostros se recuperaban. Quedaban marcados por las misiones, por telegramas desesperados, rasgos endurecidos por haber visto demasiado. Habían sido unos niños. Hacía sólo cuatro años, pero cuántas marcas. Su rostro seguía estando allí, igual que el piso, pero también tenía cicatrices. No era el mismo de antes. No obstante, la guerra cambiaba a todo el mundo. Al menos él estaba allí, no había muerto ni se había convertido en unas iniciales. PG, prisionero de guerra. DD, desplazados.

Se detuvo; una leve sacudida nerviosa. Iniciales. Sacó las copias de papel carbón y volvió a mirarlas. Eso era. Pasó la primera hoja, miró la segunda y luego, automáticamente, la pasó en busca de la tercera y se detuvo, con las manos vacías. Sin embargo, Jeanie hacía tres copias. Entrecerró los ojos intentando recordar. Sí, tres, una pequeña pila. Se quedó pensando unos momentos, después guardó las hojas y echó a andar de nuevo en dirección al zoo, donde la gente ganaba pequeñas fortunas.

El chófer lo llevó al despacho de Bernie, una pequeña sala en el antiguo edificio de la Luftwaffe. Estaba repleto de archivadores y cuestionarios que se desparramaban desde el sofá y que ascendían en pilas del suelo, un caos de papeles. ¿Cómo podía encontrar nada? El escritorio era peor aún. Más pilas y recortes sueltos, tazas de café de hacía días, incluso una corbata olvidada… De todo, en realidad, menos Bernie, que había salido. Jake abrió uno de los expedientes, un Fragebogen de color crema como el que tal vez Lena habría rellenado, una vida entera en seis páginas mecanografiadas. Aquél, sin embargo, era Herr Gephardt, cuyo inmaculado historial merecía, según afirmaba él, un permiso de trabajo.

– No toque nada -dijo un soldado desde la puerta-. Se dará cuenta, aunque no lo crea.

– ¿Tiene idea de cuándo volverá? No consigo dar con él.

– ¿Es usted el tipo de ayer? Me ha dicho que a lo mejor volvía. Pruebe en el Centro de Documentación. Suele estar allí. Wasserkafersteig -dijo, pronunciando sílaba a sílaba.

– ¿Dónde?

El soldado sonrió.

– Complicado, ¿eh? Si espera un segundo de nada, yo lo llevo. Ahora mismo salía para allá. Sé dónde está, aunque no pueda deletrearlo.

Fueron en coche hacia el oeste, más allá del centro de prensa, hasta la estación de metro de Krumme Lanke, donde había unos cuantos soldados y unos civiles reunidos en una versión en miniatura del mercado del Reichstag. Después torcieron a la derecha por una calle tranquila. Jake vio los árboles del parque de Grunewald al final. Pensó en aquellos domingos de verano con paseantes en pantalones cortos que salían hacia las playas en las que el Havel se ensanchaba y formaba todas esas bahías que en Berlín llamaban lagos. Ese día, con el mismo calor estival, sólo había unas cuantas personas que recogían ramas caídas y las cargaban en carretillas. Un hacha golpeaba contra un gran tocón.

– Patético, ¿verdad? -comentó el soldado-. Talan los árboles cuando no los ve nadie. En invierno ya no quedará nada.

Un invierno sin carbón, según Muller.

En la linde del bosque torcieron por una estrecha calle de villas de clase media, una de las cuales había quedado convertida en una fortaleza con una doble valla de alambre de espino, focos y patrullas de centinelas.

– No quieren arriesgarse -apuntó Jake.

– Los desplazados acampan en el bosque. Cuando es de noche…

– ¿Qué hay ahí dentro, oro?

– Aún mejor. Para nosotros, al menos. Los archivos del partido.

El soldado mostró un pase en la entrada y condujo a Jake hasta un libro de firmas que había en el vestíbulo. Otro guardia inspeccionaba el maletín de un soldado que salía. Nadie decía nada. En el cuartel general del Consejo se oía el ajetreo de pasos de una oficina gubernamental; allí había más silencio, reinaba la calma de la seguridad de un banco. Tras otro control de identificación, pasaron a una sala revestida de archivadores.

– Dios santo, esto es Fort Knox -dijo Jake.

– Bernie estará en la cámara -dijo el soldado, sonriendo-. Contando los lingotes. Por aquí.

– ¿De dónde han sacado todo esto? -preguntó Jake mirando los archivadores.

– De todas partes. El partido lo conservó todo hasta el último momento. Solicitudes de afiliación, antecedentes. Supongo que nunca creyeron que perderían. Después no tuvieron tiempo de destruirlo. -Extendió una mano hacia los archivadores mientras caminaban-. También tenemos los archivos de las SS, incluso uno personal de Himmler. Pero la gran cámara está abajo. Fichas. El registro central del partido guardaba en Munich duplicados de todas las fichas locales: absolutamente todos los nazis. Ocho millones y cada vez más. Al final enviaron las fichas a una fábrica de papel de Baviera para hacerlas papilla, pero antes de que pudieran ponerse a ello llegó el Séptimo de Caballería. Así que, voilá. Ahora lo tenemos nosotros. Allá vamos. -Empezó a bajar una escalera que conducía al sótano-. Teitel, ¿está usted aquí? He encontrado a su hombre.

Bernie estaba encorvado sobre una amplia mesa cuya superficie era un vivo reflejo del desorden de su escritorio. Las paredes de la sala, un sótano que tal vez antaño fuera una bodega, estaban cubiertas del suelo al techo por grandes cajones de madera, como los catálogos de fichas de una biblioteca. Bernie levantó la vista con una mirada de desconcierto, como si no tuviera ni idea de quién era Jake.

– Siento irrumpir así -dijo Jake-. Sé que estás ocupado, pero necesito tu ayuda.

– Ah, Geismar. Sí. Buscabas a una amiga. Lo siento, se me había olvidado.

Cogió un bolígrafo, dispuesto a ponerse a ello.

– No se olvide de hacer que firme a la salida -le dijo el soldado a Bernie, y luego subió por la escalera.

– ¿Cómo se llamaba?

– Brandt, pero también necesito otra cosa.

Bernie lo miró aún con el bolígrafo listo para escribir. Jake acercó una silla.

– Ayer mataron a un soldado en Potsdam. Bueno, debieron de matarlo anteayer. Ayer apareció en el recinto de la conferencia. ¿Lo sabías?

Bernie negó con la cabeza.

– No, supongo que no -dijo Jake-. Si estabas aquí abajo. Sea como fuere, yo estaba allí, así que me interesa. Llevaba bastante dinero encima, mucho, cinco mil, puede que casi diez mil. Eso también me parece interesante, pero por lo visto soy el único. El GM se me ha quitado de encima esta mañana, con cortesía, pero se han deshecho de mí, y con discurso incluido: que sucede todos los días, que el mercado negro es un juego de poca monta, que no hay grandes jugadores, que nadie se inquieta si un ruso dispara a uno de los nuestros, sólo cuando hacen alguna otra cosa. Así que váyase, por favor. Y ahora el asunto me interesa más aún. Después me entero de que ya han enviado el cadáver a Francfort, lo cual me ha parecido demasiado eficiente, sobre todo tratándose del GM. ¿Hasta ahora me sigues?

– ¿Quién se te ha quitado de encima?

– Muller -respondió Jake.

Bernie frunció el ceño.

– ¿Fred Muller? Es un buen hombre. Del viejo ejército.

– Lo sé. Le dicen que lo mantenga en secreto y él lo mantiene en secreto. Mira, no le culpo a él. Es un contemporizador y no quiere problemas. Seguramente piensa que soy un grano en el culo.

– Seguramente.

– Pero ¿por qué hay que mantenerlo en secreto? Primero me promete una exclusiva y luego me da un informe de baja al que le falta una hoja. -Jake hizo una pausa-. Es la clase de truco que solían hacer en la oficina del fiscal del distrito.

Bernie sonrió.

– Entonces, ¿por qué acudes a mí?

– Porque tú fuiste fiscal de distrito, y todavía no he conocido a un fiscal de distrito que haya dejado de serlo nunca. Aquí pasa algo. Es de esas cosas que uno huele.

Bernie sonrió.

– Yo todavía no huelo nada.

– ¿No? Pues espera. Muller quiere hacerme creer que se trata de un soldado raso que intentaba sacarse unos cuantos pavos extra. De acuerdo, no es bonito, pero tampoco nada extraordinario. Sin embargo, no era un soldado cualquiera. DSP, eso es la División de Seguridad Pública, ¿verdad?

– Es lo que dice el cartel -dijo Bernie, despacio.

– Bueno, también es lo que dice el informe de baja. DSP. Era uno de los vuestros. ¿Dónde se ha visto un departamento de policía que no se moleste cuando matan a un compañero? Es una organización que se preocupa de los suyos.

Bernie apartó la mirada y alargó el brazo para coger la taza de café.

– No somos exactamente un departamento de policía -aclaró con cautela-. No es lo mismo.

– Pero sois los responsables de la policía militar, dirigís la policía local, sois responsables de la ley y el orden. Aunque no sea mucho.

– Yo no dirijo nada. Hablas con el hombre equivocado. Soy de la Sección Especial. Yo sólo…

– Persigues ratas, ya lo sé. Aun así, eres del departamento. Seguro que conoces a alguien. De todas formas, eres el único al que conozco, así que…

Bernie bebió un poco más de café.

– ¿DSP de Berlín?

– No, vino de Francfort. Otro detalle interesante, por cierto.

– Entonces no es de extrañar que Frank lo enviara de vuelta allí. Le ha pasado el problema a otro. Así se hacen las cosas en el GM. -Hizo una pausa-. Mira, no tengo tiempo para esto. Buscas a alguien de la DIC, Investigación Criminal.

Jake negó con la cabeza.

– La DIC es del ejército, no del GM. Peleas callejeras. Esto es cosa de Seguridad Pública. -Sacó las hojas que llevaba en el bolsillo-. Ten, míralo tú mismo.

Bernie levantó una mano para detenerlo.

– No, lo digo en serio. No tengo tiempo.

– Le pasas el problema a otro -dijo Jake.

Bernie dejó la taza y suspiró.

– Pero ¿que es lo que quieres descubrir?

– Por qué nadie investiga. Quieren hacernos creer que los rusos saquean, pero que nosotros sólo nos hacemos con unos cuantos souvenirs. Yo mismo lo he explicado así. ¿Y Seguridad Pública? El último lugar en el que esperaría encontrarse una manzana podrida. No en ese cesto. Sin embargo, sospecho que ese chico estaba metido en algo más que en la venta de un par de cartones de cigarrillos, y apostaría lo que fuera a que Muller sospecha lo mismo. La diferencia es que él no quiere investigar y esta vez yo sí. Igual que un fiscal de distrito. Ha muerto un hombre.

Bernie se pasó la mano por los tirantes rizos de su pelo y se levantó como si la silla lo hubiese estado reteniendo. Colocó una carpeta encima de una pila y luego se acercó a otra, fingiendo estar ocupado.

– Aquí no soy fiscal -dijo por fin-. También soy del GM. A lo mejor Fred tiene razón, ¿sabes? Ese tipo cerró su propio caso. Puede que sea lo mejor para todos.

– Salvo por una cosa. ¿Y si no actuaba en solitario? Un hombre viene a Berlín para cerrar un trato y acaba muerto. ¿A quién venía a ver?

– A un ruso, según tú. -Y Bernie cambió de sitio unos expedientes.

– Seguramente, pero ¿quién lo preparó? ¿Operaba él solo? Tiene que haber más manzanas en ese cesto. Es probable que tuviera amigos. Estos negocios se hacen entre amigos.

– ¿Amigos de Seguridad Publica? -dijo Bernie. alzando la vista.

– De algún sitio. Así solía ser en Chicago.

– Chicago es Chicago -dijo Bernie, desestimándolo con un gesto de la mano.

– Y Berlín. Siempre es mas o menos lo mismo. Estamos en una gran ciudad sin policía y con un montón de dinero flotando por ahí. Cuando se tiene esa clase de queso, en todas partes aparecen los mismos ratones. Enseguida alguien tiene que organizarlo y asegurarse de conseguir un poco más que los demás. Siempre es igual, la única duda es si Patrick Tully era uno de los ratones humildes o una de esas ratas que sacan más tajada.

– ¿Quien?

– Patrick Tully, la victima. -Jake le dio las hojas a Bernie-. Veintitrés años. Con miedo a volar. ¿Por qué iba a venir a Berlín? ¿A quien venía a ver?

Bernie miro el papel, luego a Jake.

– Ese es el informe -dijo Jake-. O la mitad, al menos. A lo mejor la otra mitad nos lo diría.

– Y puedo decírtelo -dijo Bernie sin alterarse, dejando de moverse al fin-. Venia a verme a mí.

– ¿Qué?

Una pregunta para ganar tiempo. Estaba demasiado atónito para nada más. Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Bernie miró otra vez la hoja.

– Ayer-dijo con serenidad, pensando en voz alta-. No se presentó. Le dije a Mike que estuviera al tanto. Seguramente ha pensado que tú eras él. Por eso te ha traído aquí… No se permite entrar a la prensa.

– ¿Tully venía a verte? -dijo Jake sin acabar de asimilarlo-. ¿Quieres decirme por qué?

– No tengo ni idea. -Levantó la vista-. No es que quiera quitarme el problema de encima, de verdad que no lo se.

– ¿No se lo preguntaste?

Bernie se encogió de hombros.

– Todos los días llega gente de Francfort. Alguien de la DSP me pide una reunión, ¿qué voy a decirle? La mayor parte del tiempo sólo buscan una excusa para venir a Berlín. Todo el mundo quiere ver la ciudad, pero hay que tener un motivo para estar aquí. Así que vienen a colaborar y a perder el tiempo en reuniones para las que nadie tiene tiempo y luego se vuelven a casa.

– Con cinco mil dólares.

– No se los di yo, si es eso lo que preguntas -repuso, molesto-. No se presentó, ¿o quieres que Mike lo corrobore?

– No te sulfures. Sólo intento descubrir qué ha sucedido. ¿No lo conocías?

– De nada. De la DSP de Francfort, nada más. Nunca trabajé con el en ningún caso. Ni siquiera sé si era de la Sección Especial. Supongo que podría averiguarlo.

Una rendija abierta. Bernie seguía siendo fiscal de distrito, después de todo.

– Pero ¿qué crees que querría? Así, de buenas a primeras.

Bernie se sentó y volvió a toquetearse el pelo.

– ¿Alguien de Francfort que quiere verme? ¿De buenas a primeras? Podría haber sido cualquier cosa. Normalmente complicaciones. La última vez fueron los de Legal quejándose de mis métodos -dijo, pronunciando la palabra con retintín-. Les gusta hacerlo en persona, poner a la gente a raya. En Francfort creen que soy una bomba de relojería. No es que me importe una mierda.

– ¿Una bomba de relojería por qué?

Bernie esbozó una sonrisa.

– Soy conocido por haberme saltado las reglas. Un par de veces.

– Pues sáltatelas otra vez -dijo Jake, mirándolo fijamente.

– ¿Porque tú te hueles algo? Tampoco a ti te conozco de nada.

– No, pero alguien viene a verte, hace una alto en el camino y acaba muerto de un disparo. Ahora somos dos los que estamos intrigados.

Bernie le sostuvo la mirada, después volvió el rostro.

– Verás, no he venido a Alemania para atrapar a soldados corruptos.

Jake asintió con la cabeza sin decir nada, esperaba que Bernie volviera a estallar. En lugar de eso, no obstante, dejó de retorcerse y se inclinó hacia delante, como un negociador en Cecilienhof, entrando al fin en materia.

– ¿Qué quieres?

– La otra página. Aquí no hay nada. -Jake señaló al informe -Ni siquiera las pruebas de balística. Debe de haber alguien a quien puedas preguntar. Con discreción, tanteando el terreno.

Bernie asintió.

– Llama a Francfort. Es natural que sientas curiosidad, esperabas a un hombre que no se ha presentado. ¿Quién era, qué quería? Hay rumores. A estas alturas seguro que no se habla de otra cosa. Uno de sus hombres ha regresado en una caja. Ah, ¿lo conocía usted? ¿Qué demonios ha sucedido?

– ¿Intentas decirme cómo tengo que hacerlo?

– Cualquier rumor nos sirve -prosiguió Jake-. A lo mejor se ha perdido algo de valor. Algún souvenir. Dudo que resulte, pero nunca se sabe. Una fotografía tampoco estaría mal.

– ¿Para publicarla? -dijo Bernie, receloso.

– No, para mí. Tiene que haber una en su expediente, si pudieras conseguirla sin despertar a la fiera… No sé cómo, pero a lo mejor das con algo.

Bernie sonrió.

– A lo mejor sí.

– ¿Quién autorizó las órdenes del viaje? ¿Con qué motivo? Es normal que quieras saberlo, venía a verte.

– Sí -dijo Bernie, pensativo otra vez; después se levantó de un respingo y empezó a andar por la habitación haciendo sonar las monedas que llevaba en el bolsillo-. ¿Y qué sacas tú de todo esto?

– No mucho. Tampoco te pido demasiado. Sólo lo que querrías saber, aun sin haber hablado conmigo, si alguien a quien esperabas apareciera muerto.

– ¿Y qué más?

– Necesito un socio. No puedo hacerlo solo.

Bernie levantó la mano.

– Olvídalo.

– Tú no. Dame un nombre. ¿Quién cubre el mercado negro para Seguridad Pública? ¿Quién conoce a los soplones, a la gente de la calle? Si Tully traía algo grande para vender, ¿a quién habría ido a ver? Joder, está claro que no vino a Berlín a esperar de pie en una esquina. Necesito a alguien que conozca a los protagonistas.

– En eso no puedo ayudarte.

– ¿No?

– No tenemos a nadie así. No que yo sepa. ¿Quieres un infiltrado? Sigues en Chicago.

– Podrías preguntar -adujo Jake, y también se puso en pie, la inquietud de Bernie era contagiosa.

– No, no puedo. Estoy en Seguridad Pública, técnicamente, y no se muerde la mano que te da de comer, Al menos no por mucho tiempo. Nadie querrá ayudarte, en cuanto sepan qué pretendes. Tully también era de la DSP. Dices que tenía amigos. ¿Dónde crees que los tenía? Tengo cosas que hacer, no puedo jugar a polis y ladrones con mi propio departamento. Hazlo solo. -Lo miró, esbozando una sonrisa-. Ya veremos qué tal se te da.

– Pero harás esa llamada. ¿Eso sí?

– Sí, llamaré -dijo, ocupándose otra vez de la pila de carpetas-. Detesto que la gente no se presente. -Se detuvo y miró directamente a Jake con ojos afables-. Llamaré. ¿Ahora qué te parece si te esfumas y me dejas trabajar en paz?

Jake se acercó a los ficheros y rozó los tiradores de latón de los cajones.

– Para atrapar a criminales de verdad -dijo-. Aquí dentro.

– Eso es, criminales de verdad. Los que se preocupan por la mercancía. Eso es lo más valioso de Berlín.

– Me he enterado de lo de la fábrica de papel. Qué suerte.

– A lo mejor a Dios le pareció que nos debía una. Por fin -repuso Bernie con voz áspera.

– ¿Te importa que eche un vistazo? ¿Para ver cómo son? -dijo Jake, y abrió un cajón antes de que Bernie pudiera impedírselo.

La B estaba hacia el final, había toda una hilera de Brandt. Helga, Helmut, ninguna Helene. Apartó la mano con una sensación de alivio y vergüenza a partes iguales. ¿Cómo podía haber pensado que la encontraría allí? Aunque ¿podía estar seguro de quién era quién? Recordó la noche de su llegada, cuando se había hecho esas mismas preguntas mirando a la anciana del jardín. ¿Qué hizo? ¿Fue una de ellos? Las chicas de Potsdamerstrasse, las bicicletas que pasaban frente al KaDeWe, la mujer de su antiguo piso… En Berlín todos eran sospechosos. ¿Quién fue usted? Pero Bernie lo sabía, estaba todo allí, en letra de imprenta, en fichas mecanografiadas. Sus dedos volvieron a moverse. Aquel profesor había dicho que a lo mejor él había sido un caso especial. Berthold. Dieter. Allí estaba: Emil. No había sido especial. Quizá era otro Emil Brandt. Sacó la ficha. No, llevaba su dirección. La dirección de ella también. 1938. Desde que Jake lo conocía. Su mirada recorrió la ficha. Una condecoración del partido. ¿Por qué? Un nombramiento de las SS, en 1944. Emil. Un hombre afable que veía números mentalmente.

Alzó la mirada y se encontró a Bernie junto a él.

– ¿Tu amiga?

– No, su mando. Joder.

– ¿No lo sabías?

Jake negó con la cabeza.

– Dice que lo condecoraron. No figura por qué.

– Eso estará en su expediente del partido. Estas son las fichas del registro. ¿Quieres que lo averigüe? -Atrapar a las ratas.

Jake volvió a negar con la cabeza.

– Sólo quiero saber dónde está.

– Te refieres a si ella sigue con él -dijo Bernie, escrutando su rostro con la mirada.

– Sí. Si esta con él.

Aunque nunca los había imaginado juntos. Sólo a Lena, abriendo la puerta, la expresión de sorpresa en sus ojos al rodearle el cuello con los brazos. Dejó la ficha en su sitio y cerró el cajón.

– ¿Cómo se llamaba?

– Helene Brandt. Vivía en Pariserstrasse. Te lo apuntaré. -Se acercó al escritorio para buscar un papel-. ¿Puedo darte algunos nombres más? -preguntó mientras escribía-. Quisiera localizar al personal de la antigua oficina. Para un artículo. Ya sé que estás ocupado…

Bernie extendió las manos en un gesto que decía: «Menuda novedad…», después cogió la lista.

– Pondré a Mike a trabajar en ello. Así tendrá algo que hacer. Tendrían que estar en Berlín.

– Sí -repuso Jake-. Ya me dirás qué te ha contestado Francfort.

– Vete antes de que cambie de opinión -dijo Bernie, y se retiró tras el escritorio.

– Pero ¿harás la llamada?

Bernie lo miró.

– Puedes ser un verdadero grano en el culo, ¿lo sabías?

Jake subió la escalera y atravesó la silenciosa sala del archivo. Allí había constancia de todo, millones de cuentas que saldar. A lo mejor habían condecorado a Emil como miembro de un grupo, en una ceremonia con familias, aplaudidos por los servicios prestados al Estado. ¿Por hacer qué? ¿Enseñar matemáticas? Y había acabado en uno de esos archivadores para terminar siendo otro caso que procesar.

– Firme antes de salir, por favor -dijo el guardia, mascando chicle con indiferencia.

Jake hizo un garabato en el libro y salió. Justo entonces oyó el clic de una cámara fotográfica.

– Vaya, mira quién está aquí.

Liz estaba apoyada sobre una rodilla, fotografiando la entrada y al alto soldado rubio que posaba de pie frente a ella. El de la cita de la noche anterior. Jake se apartó mientras Liz sacaba otra. El soldado echó los hombros hacia atrás. Buenos ojos, mandíbula de ensueño, el aspecto ario que les habría gustado a Emil y a sus amigos.

– Muy bien -dijo Liz al acabar-. Jake, éste es Joe Shaeffer. Como las plumas. Joe…

– Ya sé quién es -repuso el soldado mientras le daba la mano-. Un placer. -Se volvió hacia Liz-. Cinco minutos -dijo, después le dirigió a Jake un gesto rígido y entró.

– ¿Para tu colección personal? -dijo Jake, señalando a la cámara.

– Pues sí.

– ¿Qué tal el jazz?

– No quieras saberlo. ¿Qué hay dentro? ¿Algo interesante?

Jake pensó en los expedientes, cada uno entendía una historia, y después se dio cuenta de que Liz se refería a cuestiones fotográficas.

– Es como una biblioteca.

– Genial. -Una mueca-. Aun así, menudo trofeo, ¿eh? ¿Sabes que lo habían llevado todo a una fábrica de papel? -explicó con una voz tan emocionada como la de Mike.

Jake la miró. La guerra se había convertido en una especie de caza de carroña. Misiles en Nordhausen. Ingenieros en la Zeiss. Ahora incluso trozos de papel, condecoraciones y ascensos. En el desplegable de la revista aparecería Joe, cuan alto era, abriendo un archivador.

– Sí, me lo han contado -repuso antes de marchar-. Ten cuidado ahí dentro. Hay un montón de rincones oscuros.

– Muy gracioso.

Jake esbozó una sonrisa y se disponía ya a bajar los escalones cuando oyó que alguien gritaba su nombre desde dentro.

– ¡Geismar! -Un segundo grito, seguido de Bernie corriendo como un loco, tanto que estuvo a punto de chocar con Liz, otro añico de porcelana de Gelferstrasse-. Bien. Llego a tiempo.

Jake sonrió.

– ¿Conoces a Liz? Compartís baño.

Bernie apenas logró hacerle un gesto confuso con la cabeza, después agarró a Jake del brazo.

– Necesito hablar contigo. -Tenía el rostro congestionado por el esfuerzo de la carrera-. Tu lista.

– Qué rápido -dijo Jake con alegría, pero después vio la mirada de Bernie, que lo inmovilizaba tanto como la mano que lo agarraba del brazo-. ¿Qué?

– Ven aquí -dijo Bernie, bajando con él los escalones para que nadie los oyera-. Naumann -dijo, sosteniendo la lista en alto-. Renate Naumann. ¿Cómo la conociste?

– ¿A Renate? Trabajaba para mí en la Columbia. Como los demás:

– Es la primera noticia que tengo.

Jake se lo quedó mirando con desconcierto.

– Extraoficialmente. La utilizaba como corresponsal local. Tenía muy buen ojo.

Bernie puso una expresión extraña, como si Jake le hubiera explicado un chiste malo, y después apartó la mirada.

– Muy buen ojo, sí -repuso con una voz llena de asco.

– ¿La conoces? -preguntó Jake, aún perplejo.

Bernie asintió.

– Creía que estaría muerta. ¿Sabes dónde está?

– En la cárcel.

Bernie miró alrededor, después volvió a coger a Jake del brazo y echó a andar más allá de los centinelas.

– Detesto esta mierda de alambre de espino. Me da escalofríos.

Cuando llegaron al jeep, Bernie se apoyó en él, se había quedado sin energía.

– ¿Qué quieres decir con que está en la cárcel? -preguntó Jake.

– Algunos de estos amigos tuyos… -Bernie sacó un cigarrillo-. La chica era una Greiferin. ¿Sabes qué es un Greifer?

– Un localizador, un delator. ¿De qué?

– De judíos.

– Imposible. Ella era…

– Judía, lo sé. Una judía para delatar a judíos. Lo tenían todo pensado. Incluso eso.

– Pero es que… -empezó a decir Jake, pero Bernie levantó una mano.

– ¿Quieres oírlo? -Dio una calada al cigarrillo-. La primera gran redada fue en el cuarenta y dos. En febrero. Después de eso, cualquier judío era ilegal en Berlín, clandestino. Los llamaban «submarinos». Seguía habiendo miles, imagínate. Algunos tenían casa… si un gentil los protegía. Los demás tenían que irse trasladando. De una casa a otra. Durante el día tenían que deambular constantemente para que los vecinos no sospecharan. Para que no los denunciaran -explicó, escupiendo casi la palabra-. Berlín es una ciudad grande. Podía uno perderse entre la muchedumbre si no se detenía mucho en ningún lugar. A menos que alguien te reconociera. Un Greifer.

– No me lo creo.

– ¿No? Pregunta a los judíos a quienes delató tu amiga. Unos cuantos sobrevivieron. Pocos. Si no, no la habríamos atrapado. Fue entonces cuando tuve que saltarme algunas normas. -Alzó la mirada-. Mereció la pena. ¿Atraparla? Mereció la pena. -Se alejó del jeep, caminando en un pequeño círculo-. ¿Cómo funcionaba? Algunos cubrían las estaciones del tren. A Renate le gustaban las cafeterías. Normalmente Kranzler's, o el Trumpf, cerca de la iglesia de la Memoria. La más grande, en Olivaerplatz, el Heil. Tomabas algo, observabas a la gente. A veces era algún judío que conocías de los viejos tiempos. A veces alguien de quien sólo sospechabas, así que hablabas un poco, tanteabas, insinuabas que tú mismo eras un submarino. Y ya estaba. Una visita al lavabo de señoras para llamar por teléfono. Normalmente los cogían en la calle, para no armar ningún escándalo en la cafetería. Tú te terminabas la bebida, sólo era una redada contra los judíos. Contra todos menos Renate. Al día siguiente, otra cafetería. Como verás, tenía muy buen ojo -dijo mirando a Jake-. Decía que los identificaba sólo con verlos. Ni siquiera Streicher podía hacer eso… Para él todos tenían narices de caricatura. Renate era mejor que los nazis, no necesitaba los parches de estrella. Sólo su buen ojo. ¿Y sabes?, la gente es idiota. Tanta cautela, un día tras otro. ¿Puedes imaginar lo que es eso? De pronto el alivio de ver un rostro amable. Si no puedes confiar en otro judío… Algunos incluso la invitaron a salir. Una cita, en esas circunstancias. «Deje que me retoque el maquillaje en el lavabo.» -Tiró el cigarrillo al suelo.

– ¿Y después? -preguntó Jake con impotencia, ansioso por saber.

– Al centro de recogida. Un edificio de la Gestapo, allí ya no tenían que preocuparse por el alboroto. Había muchos gritos. Los metían en camiones, y de allí los llevaban a los trenes para transportarlos al este. Los vecinos dicen que los ruidos eran espantosos. Tenían que cerrar las ventanas hasta que se iban los camiones.

– A lo mejor ella no lo sabía -dijo Jake, despacio.

– Vivía allí. Con los demás delatores. Los tenían atados en corto. Tal vez les recordaban «Tú podrías ser el siguiente», pero a ella nunca le tocó. Se salvó. -Hizo una pausa-. He visto la habitación donde vivía. Daba al patio. Veía cómo cargaban los camiones, a lo mejor también ella cerraba la ventana. -Miró a Jake con más dureza-. Lo sabía.

El día parecía haberse detenido a su alrededor, la calle vacía estaba tan calma como los archivos del edificio. Los centinelas aguardaban inmóviles al sol.

– Eso es… -balbució Jake, pero se le extinguió la voz, como una vela sin aire.

– ¿Lo peor que has oído en tu vida? -apuntó Bernie-. Quédate en Alemania. Cuando crees haber oído lo peor, siempre hay algo más. Siempre hay algo peor.

Cargados en camiones mientras ella miraba.

– ¿A cuántos? -preguntó Jake.

– ¿Importa eso?

Jake negó con la cabeza. Una chica de ojos resplandecientes y pelo rizado, pero ¿quién era quién?

– ¿Puedo verla? ¿Podrías conseguirme una visita?

– Si quieres. Aunque no serás el primero, te lo advierto. Tus colegas ya han estado por allí. Una nazi son noticias pasadas, pero ¿una judía? Eso sí que les interesa. Bah. -Hizo un gesto con la mano, como si los aplastara a todos igual que a un mosquito-. Pronto empezará el juicio. Si es que tienes aguante.

– ¿Ha confesado?

– Con ésta no hay dudas -repuso Bernie mirándolo fijamente-. Tenemos testigos.

– Pero si la obligaron…

– Lo hizo. Eso es lo que importa, ¿de acuerdo? Lo hizo. -Cogió aliento-. Las personas a quienes delató están muertas. Nadie buscó excusas para toda esa gente.

– No.

– No -repitió Bernie, espirando la palabra, caso cerrado-. No es lo que esperabas, ¿verdad?

– No.

– No -dijo Bernie-. Lo siento. Todo esto es un horror. Limítate al mercado negro.

– Aun así, quisiera verla.

Bernie asintió con la cabeza.

– A lo mejor a ti te dirá algo. Por qué. Jamás lo entenderé.

– Nosotros no estábamos, no sabemos cómo era esto.

– Yo tenía familia aquí -espetó Bernie-. Sé cómo fue para ellos.

Jake miró otra vez a la tranquila villa a través del alto alambre de espino que estremecía a Bernie.

– ¿Qué le sucederá?

– La cárcel -dijo Bernie, inexpresivo-. Es una mujer, no la colgarán. A lo mejor es peor, tendrá que vivir con ello.

– En una celda, con los nazis que la obligaron a hacerlo.

– Lo decidió ella misma al convertirse en una de ellos. Ya te he dicho que era asqueroso. ¿Cómo crees que me siento? Yo he sido su Greifer. Otro judío. ¿He hecho bien? Dímelo tú.

Jake agachó la cabeza.

– No lo sé.

– Tampoco yo -repuso Bernie con serenidad, aunque un ligero quebranto en su voz hizo que bajara la guardia y por un instante volvió a ser el niño que practicaba Mendelssohn-. Haces tu trabajo.

– ¿La detuviste tú?

– ¿Personalmente? No. Gunther Behn. Nuestro sabueso. -Se quedó callado y después agarró a Jake por el brazo-. Espera un momento, antes no se me había ocurrido. Pensaba en alguien dentro Seguridad Pública. ¿Buscas a una persona que conozca las calles? Gunther era agente de policía, conoce todos los callejones. Prueba con él. Suponiendo que quiera. ¿Tienes dinero para derrochar?

– A lo mejor. ¿Policía de Berlín?

– Detective. Bueno, cuando está sobrio.

– ¿Cómo lo conociste?

– Ya te lo he dicho, me ayudó con el caso Naumann.

– Creía que los policías eran nazis.

– Lo eran, pero ahora ya ni siquiera son policías. Al menos los que tenían una graduación de teniente o superior.

– O sea que estaba sin trabajo y tú le diste un empleo. Creía que no trabajabais con ellos.

– En teoría no. Sigue sin trabajo. Sólo me ayudó con el caso. -Alzó la mirada-. Me salté las normas.

– Utilizaste a un nazi.

Bernie alzó el rostro con un gesto imperioso de la mandíbula.

– La atrapamos.

– ¿Cuánto le pagaste?

– Nada. El hombre tenía un interés especial. Renate delató a su mujer.

– ¿Estaba casado con una judía?

– Se divorciaron para que él pudiera conservar el trabajo. Después… -Calló y dejó que las piezas se fueran uniendo por sí solas. ¿La había escondido o la había dejado deambular por las calles a la espera de la emboscada?-. Estás en Berlín. Siempre hay algo peor.

– ¿Crees que me ayudará?

– Eso depende de ti. Llévale una botella de coñac, le gusta. A lo mejor logras convencerlo.

– ¿Conoce el mercado negro?

– De eso se trata -dijo Bernie, con el primer atisbo de sonrisa de toda la conversación-. A eso se dedica.

5

Gunther Behn vivía lo más al este que se podía estar dentro del barrio de Kreuzberg sin salir del sector estadounidense. En los viejos tiempos habría estado a un pequeño paseo de la jefatura de policía de Alexanderplatz. Ahora, el camino estaba bloqueado por una montaña de ladrillos y un tranvía destripado que habían volcado como barricada contra tanques y que nunca habían quitado de allí. La parte superior del edificio de Behn había volado por los aires, sólo quedaban la planta baja y el primer piso, medio abierto al cielo. Jake tuvo que llamar varias veces para conseguir que le abriera la puerta. Unas gafas gruesas lo miraron con suspicacia desde el marco.

– ¿Gunther Behn? Me llamo Geismar. Me envía Bernie Teitel.

Una mirada de asombro al oír hablar alemán, después un gruñido.

– ¿Puedo pasar?

Gunther abrió la puerta.

– Es americano, puede hacer lo que le dé la gana -dijo, y se arrastró con indiferencia hasta un sillón junto al que ardía un cigarrillo.

La sala estaba abarrotada: una mesa, un sofá cama, una vieja consola de radio, estanterías de libros y un mapa gigantesco del área metropolitana de Berlín que cubría toda la pared. En un rincón había una pila de latas del economato militar que no se había molestado en esconder.

– Le he traído esto -dijo Jake, mostrándole el coñac.

– ¿Un soborno? -repuso el hombre-. ¿Qué quiere saber Teitel? -Cogió la botella-. Francés. -Se había puesto una chaqueta de lana pese a que en la habitación hacía calor. Llevaba el pelo casi tan rasurado como la incipiente barba gris que le cubría la mandíbula sin afeitar. Aún no era viejo, tendría unos cincuenta y tantos. Tras las gafas, ojos vidriosos de bebedor. Sobre el sillón había un libro abierto-. ¿De qué se trata? ¿Ya hay fecha para el juicio?

– No. Me ha dicho que a lo mejor podía usted ayudarme.

– ¿Con qué? -preguntó al tiempo que abría la botella y la olfateaba.

– Con un trabajo.

El hombre miró a Jake, después volvió a poner el tapón y le devolvió la botella.

– Dígale que no. Ya no hago esos trabajos. Ni siquiera por coñac.

– No es para Bernie. Es un trabajo para mí. -Jake hizo un gesto en dirección a la botella-. Quédesela de todas formas.

– ¿Qué es esta vez? ¿Otro greifer?

– No, un americano.

Su mejilla se movió con un tic de sorpresa que intentó disimular caminando hasta la mesa y sirviéndose dos dedos de coñac en un vaso.

– ¿Por qué que habla alemán? -preguntó.

– Una vez viví en Berlín.

– Ah. -Echó un buen trago-. ¿Qué te parece?

– Conocí a Renate -dijo Jake a su espalda, con la esperanza de encontrar un punto en común.

Gunther dio otro trago.

– Como mucha gente. Ese es el problema.

– Bernie me lo ha contado. Siento lo de su esposa.

Sin embargo, Gunther pareció no oírlo; una sordera voluntaria. En el silencio incómodo que siguió, Jake reparó por primera vez en que no había cuadros en la habitación, ningún recuerdo, debían de estar ocultos en el fondo de algún armario, o quizá los había tirado después del divorcio.

– Bueno, ¿qué es lo que quiere?

– Ayuda. Bernie me ha dicho que es usted detective.

– Retirado. Los amis me retiraron. ¿Eso no se lo ha dicho?

– Sí, y también que era bueno. Intento resolver un asesinato.

– ¿Un asesinato? -Resopló-. Un asesinato en Berlín. Amigo, ha habido millones. ¿A quién le importa uno más?

– A mí.

Gunther se volvió y lo miró de arriba abajo con apreciación policial. Jake no dijo nada. Después el hombre se acercó de nuevo a la botella.

– ¿Una copa? -ofreció-. Ya que lo ha traído.

– No, es temprano.

– ¿Un café, entonces? Café de verdad, no sucedáneo. -Era una invitación a que se quedara.

– ¿Tiene?

– Otro regalo -dijo, levantando el vaso-. Un minuto. -Se fue a la cocina, pero dio un rodeo para mirar por la ventana-. ¿Ha inutilizado el motor? ¿El tapón del distribuidor?

– Me arriesgaré.

– No se arriesgue en Berlín -le dijo el hombre-. Ya no. -Negó con la cabeza-. Americanos.

Jake vio cómo abría la puerta de la cocina. Más cajas de embalaje, una pila de productos enlatados, cartones de cigarrillos. Regalos. Seguía dando tragos de coñac, pero se movía por la pequeña habitación con una eficiencia tranquila. Era uno de esos bebedores que no parecen afectados por el alcohol hasta que por la noche pierden el conocimiento. Jake se acercó a las estanterías. Hileras de novelas del Oeste. Karl May, el Zane Grey alemán. Tiroteos en Yuma. Sheriffs y pelotones avanzando entre artemisas. Una afición insólita en Kreuzberg.

– ¿De donde ha sacado ese mapa? -preguntó Jake.

La ciudad entera, marcada con alfileres.

– De mi despacho. Con las bombas no estaba a salvo en la Alex. La jefatura de Alexanderplatz. A veces me gusta mirarlo. Me recuerda que Berlín sigue estando ahí fuera. Todas las calles. -Volvió a la sala con dos tazas-. Es importante saber dónde se está cuando se es policía. El dónde es muy importante. -Le dio una taza a Jake-. ¿Dónde ha tenido lugar ese asesinato?

– En Potsdam -dijo Jake. mirando al mapa en un acto reflejo, como si el cuerpo fuese a aparecer en las líneas dibujadas por los lagos de la esquina interior izquierda.

– ¿En Potsdam? ¿Un americano? -Siguió la mirada de Jake hasta el borde del mapa-. ¿De la conferencia?

– No. Llevaba diez mil dólares encima -dijo Jake para cebar el anzuelo.

Gunther se lo quedo mirando, luego le hizo un gesto en dirección a una silla de la mesa.

– Siéntese. -Él se desplomo en el sillón, apartando el libro-. Cuénteme.

Tardó diez minutos. No había mucho que explicar, y la expresión de Gunther desalentaba cualquier especulación. Se había quitado las gafas y sus párpados habían quedado convertidos en ranuras. Escuchaba sin inmutarse, la única señal de vida que daba era el movimiento constante de su mano: de la taza de café al vaso de coñac.

– Sabré más cuado Bernie me dé noticias -terminó de relatar Jake.

Gunther se pellizcó el puente de la nariz y se lo frotó, reflexionando, después se puso otra vez las gafas.

– ¿Qué es lo que sabrá? -preguntó.

– Quién era, cómo era.

– Cree que eso será útil -comentó Gunther-. Quién era.

– ¿Usted no?

– Normalmente sí -dijo, y bebió-. Si esto fuera como antes. ¿Ahora? Deje que le cuente una cosa. Salvé el mapa. -Ladeó la cabeza en dirección a la pared-. Pero todo lo demás se perdió. Archivos de huellas dactilares. Archivos de fotografías de delincuentes. Archivos generales. En Berlín ya no se sabe quién es nadie. No hay archivos con direcciones. Se han perdido. Cuando roban algo, ya no se puede buscar en las casas de empeño ni en los lugares habituales. Han desaparecido. Si le venden la mercancía a un soldado, él la envía a su país. Sin dejar pistas. En Berlín ya no hay policías capaces de resolver un crimen. Ni siquiera uno retirado.

– No es un crimen alemán.

– Entonces, ¿por qué ha venido a verme?

– Porque usted conoce el mercado negro.

– ¿Eso cree?

– Tiene muchos regalos.

– Sí, nado en la abundancia -dijo el hombre, levantando una mano hacia la habitación-. Carne de ternera en conserva. Una fortuna.

– Usted sabe cómo funciona, o no tendría qué comer. Sabe cómo funciona Berlín.

– Cómo funciona Berlín -repitió Gunther, gruñendo de nuevo.

– Incluso ahora, el mercado lo dirigen alemanes. Seguramente los mismos que controlaban las cosas antes. Usted los conocerá. Así que ¿a quién conocía Tully? No iba a cerrar un trato cualquiera. No estaba destinado en Berlín, vino a Berlín.

Gunther sacó un cigarrillo, despacio, y miró a Jake mientras lo encendía.

– Bien. Ésa es la primera clave. Ya la ha encontrado. ¿Qué más?

Parecía un detective poniendo a prueba a un recluta. Jake se inclinó hacia delante.

– La clave es el dinero. Llevaba demasiado dinero.

Gunther meneó la cabeza.

– No, ahí no encontrará la clave. La clave es que aún lo llevaba encima.

– No le sigo.

– Herr Geismar. Un hombre vende algo. El comprador le pega un tiro. ¿No recuperaría el dinero? ¿Por qué iba a dejarlo allí?

Jake se reclinó en el respaldo, desconcertado. La pregunta más evidente, la que todos habían pasado por alto excepto un policía corrupto que seguía ejerciendo tras la bruma del coñac.

– ¿Qué quiere decir?

– Quiero decir que el comprador y el asesino no tienen por qué ser la misma persona. De hecho, no lo son. ¿Cómo iban a serlo? Busca al hombre equivocado.

Jake se levantó y se acercó al mapa.

– Lo uno lleva a lo otro. Tiene que ser así. Aún está lo del dinero.

– Sí, el dinero -dijo Gunther, siguiéndolo con la mirada-. Eso le interesa a usted. A mí me interesa el otro punto clave. El dónde.

– Potsdam -dijo Jake sin entusiasmo, mirando el mapa.

– Potsdam -repitió Gunther-. Que está acordonado por los rusos. Hace días que nadie va allí. Ni siquiera la gente que cree usted que conozco. -Echó otro trago-. Para ellos es una verdadera molestia. Si no hay día de mercado, tienen muchas pérdidas. Pero no pueden entrar, y su soldado pudo. ¿Cómo?

– A lo mejor lo invitaron.

Gunther asintió con la cabeza.

– La clave definitiva. Para usted, también el final. ¿Un ruso? Niños con armas. No necesitan una razón para disparar. Nunca lo encontrará.

– El mercado negro no funciona por sectores. Está por toda la ciudad. Con tanto dinero, aunque fuera un ruso, alguien sabría algo. La gente habla. -Jake regresó a su silla y volvió a inclinarse hacia delante-. Con usted hablarían. Lo conocen.

Gunther alzó la cabeza.

– Puedo pagar -dijo Jake.

– No soy un soplón.

– No, es policía.

– Retirado -dijo Gunther con amargura-. Con pensión.

Levantó el vaso hacia las cajas del rincón.

– ¿Cuánto cree que le durará eso? En cuanto la policía militar empiece… Ha muerto un americano, tendrán que hacer algo al respecto. Limpiarán el mercado, al menos durante un tiempo. Le iría bien un pequeño seguro.

– De los americanos -dijo Gunther, inexpresivo-. Para encontrar a alguien que ellos no quieren que se encuentre.

– Sí querrán. Tendrán que encontrarlo si alguien se pone a armar jaleo. -Calló, sosteniéndole la mirada-. Nunca se sabe cuándo un favor puede resultar útil.

– Es usted el alborotador, ya veo. -Gunther miró hacia otro lado y se quitó otra vez las gafas-. ¿Y yo qué salgo ganando? Por mis servicios. ¿Un Persilschein?

– ¿Persil? -preguntó Jake, desconcertado, intentando traducir-. ¿Como el detergente?

– Persil lo lava todo -explicó Gunther, limpiando las gafas con la. chaqueta-. ¿Recuerda los anuncios? El Persilschein también lo lava todo, incluso los pecados. Un norteamericano firma un certificado y… -chasqueó los dedos-… la hoja de servicio queda limpia. Sin pasado nazi, podría volver a trabajar.

– Eso no puedo conseguirlo -dijo Jake, aunque luego dudó-. A lo mejor podría hablar con Bernie.

– Herr Geismar, no lo digo en serio. No me hará un Persil. Pertenecí al partido y él lo sabe. Ahora estoy metido en… negocios. Mis manos están… -Se interrumpió, se las miró-. Sea como sea, no quiero volver a trabajar. Esto está acabado. Cuando se vayan ustedes, los rusos se harán con el control. Ni siquiera un Persilschein me haría trabajar para ellos.

– Pues trabaje para mí.

– ¿Por qué? -preguntó el hombre, más como declinación que como pregunta.

Jake contempló la habitación mal ventilada. No estaba muy lejos de su antigua oficina; los teletipos y las llamadas de la radio ya no eran más que un mapa en la pared.

– Porque aún no está para retirarse, y sin usted pasaré por alto todas las claves. -Hizo un gesto en dirección al libro-. Puede quedarse sentado todo el día leyendo a Karl May. Ya no escribe libros.

Gunther lo miró un instante con el ceño fruncido de agotamiento, después se puso las gafas y cogió el libro.

– Déjeme en paz -espetó, y volvió a retirarse tras la bruma.

Sin embargo, Jake permaneció sentado, esperando. Durante unos minutos sólo se oyó el sonido del quedo tictac del reloj de pared, un silencio de callejón sin salida, como el de la portada del libro, con un revólver de seis tiros. Al fin, Gunther miró por encima de las gafas.

– Puede que haya otra clave.

Jake enarcó las cejas, seguía esperando.

– ¿Hablaba alemán?

– ¿Tully? No lo sé. Lo dudo.

– Sería una dificultad añadida en una transacción de ese tipo -dijo Gunther con cautela, como si comprobara puntos de una lista-. Si iba a ver a un alemán. Que son quienes dirigen el mercado. Según usted.

– Está bien. ¿Quién más?

– Esta conversación ¿es privada? Tengo que proteger mi pensión -comentó el hombre.

– Como en un confesionario.

– ¿Conoce Ronny's? ¿En la Ku'damm?

– Puedo encontrarlo.

– Vaya allí esta noche. Pregunte por Alford -dijo, pronunciando correctamente en inglés-. Le gusta ir a Ronny's.

– ¿Americano?

– Inglés. No es alemán, así que a lo mejor se ha enterado de algo. Quién sabe. Es un comienzo. Déle mi nombre.

Jake asintió.

– Pero usted estará allí.

– Eso depende.

– ¿De qué?

Gunther miró a la página y dejó de hacerle caso.

– De si termino el libro.

Al regresar a Gelferstrasse se encontró con una muchedumbre a mitad de la manzana de su alojamiento. Había policía militar en jeeps y un camión lleno de soldados reunidos alrededor de dos mujeres que estaban de pie mirando una casa con las manos en las mejillas, como si estuvieran presenciando un accidente. En la parte de atrás del camión también estaba Ron, de pie junto a unos cuantos cámaras de noticiarios, abandonado por el resto de los reporteros, que contemplaban el espectáculo desde la acera. Los policías militares intentaban sin mucho éxito que las mujeres se apartaran, les gritaban en inglés mientras ellas se lamentaban en alemán. De las ventanas salía polvo de yeso flotando como si fuera humo.

– El habla alemán -le dijo Tommy Ottinger a un policía mientras le hacía señas a Jake para que se acercara.

– Dígales en kartoffel que no pueden entrar -dijo el policía militar, frustrado-. Ya se ha desplomado un piso y el resto está a punto de caer.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Jake a Tommy.

– Una bomba debilitó la parte de atrás del edificio y ahora toda la estructura es inestable. El techo de la cocina acaba de derrumbarse, hay otra pared a punto de caer y ellas aún intentan entrar.

Las dos mujeres se pusieron a gritar a Jake.

– Quieren recuperar sus cosas -tradujo éste-. Antes de que se venga abajo.

– No puede ser -dijo el policía-. Joder, no saben la suerte que han tenido. Podrían haber estado ahí dentro. Hay que darles en la cabeza para lograr que comprendan cualquier cosa.

– Mi ropa -decía una de las mujeres en alemán-. Tengo que recuperar mi ropa. ¿Cómo voy a vivir sin ropa?

– Es peligroso -le dijo Jake-. Espere a que se asiente. A lo mejor no pasa nada.

La casa respondió con un quejido, un sonido casi humano, las vigas aplastadas por el peso. Dentro cayó un trozo de yeso que provocó otra nube de polvo.

– Helmut -exclamó la otra mujer, conteniéndose, esta vez alarmada de verdad.

– ¿Quién es, su perro? -preguntó el policía militar.

– No lo sé -dijo Jake-. ¿Va a venir alguien a ayudar?

– ¿Está de broma? ¿Qué cree que vamos a hacer?

– Apuntalar las paredes.

Había visto hacerlo en Londres. Se colocaban vigas de soporte contra una casa dañada, como arbotantes improvisados. Sólo unas piezas de madera.

– Amigo… -dijo el policía, y se detuvo ahí, le parecía una idea demasiado absurda para merecer contestación.

– Entonces, ¿qué están haciendo? -pregunto Jake señalando a los soldados.

– ¿Esos? Iban de camino al partido. ¿Por qué no se relaja un poco y les dice a estas kartoffel que se aparten de ahí antes de que nadie se haga daño? Que les jodan a sus pertenencias.

Jake miró hacia el camión y vio a Ron con los brazos en jarras, claramente molesto por el retraso.

– Vamos a llegar tarde -les dijo a los hombres.

– ¿Qué partido?

– El de fútbol americano -respondió Ron-. Venga, chicos. Vámonos.

Unos cuantos se movieron y subieron al camión a regañadientes.

– Los ingleses esperarán -dijo Tommy.

– No puedo dejarlo ahí-dijo la mujer.

– Esto podría llevarnos todo el día -adujo Ron, pero la casa volvió a gemir, tan fascinante como una hoguera, avanzando hacia algún fin.

– Helmut -dijo la mujer al temer el derrumbe y, antes de que nadie pudiera detenerla, echó a correr por la acera hacia la puerta y entró.

– ¡Eh! -gritó el policía militar, pero nadie se movió, petrificados como si los amenazaran a punta de pistola-. Joder -dijo al verla desaparecer-. Bueno, una menos de la que preocuparse.

Esas palabras parecieron empujar a Jake por los hombros. Fulminó con la mirada al policía y luego, sin pensarlo, echó a correr tras la alemana. La entrada estaba llena de yeso.

– Meine Dame! -gritó-. Vuelva, no es seguro.

No hubo respuesta. Se detuvo en la casa quejumbrosa intentando oír el gemido de algún animal, el aterrado Helmut al que iban a rescatar. En lugar de eso, oyó un tranquilo «Un momento» desde el salón. La mujer estaba en el centro de la sala, mirando en derredor con un marco de fotografía en las manos.

– Tiene que salir -le dio Jake con dulzura mientras se le acercaba-. No es seguro.

Ella asintió.

– Sí, lo sé. Es todo lo que tengo, ¿sabe? -dijo mirando la fotografía. Un chico con uniforme de la Wehrmacht.

Jake la agarró del codo.

– Por favor -dijo, llevándosela de allí.

La mujer empezó a caminar con él, pero se detuvo en una mesa cerca de la puerta y cogió una figurita de porcelana, una de esas pastorcillas de mejillas sonrosadas que acumulan polvo en los salones.

– Para Elisabeth -dijo, como si se disculpara por recoger sus propias cosas.

La casa, que llevaba unos minutos conteniendo el aliento, espiró entonces de nuevo con un fuerte golpetazo procedente de la parte de atrás. La mujer se sobresaltó y Jake la cogió del hombro para hacerla avanzar, de modo que cuando salieron encorvados a la calle la rodeaba con su brazo.

– ¡Alto! -Una extraña voz de policía deteniendo a unos saqueadores.

Sin embargo, era Ron, que estaba junto a un cámara de noticiario. En ese instante, aún encorvado, Jake se dio cuenta de que la cámara estaba en marcha y, peor aún, que habían esperado grabar su muerte. «Periodista americano muerto en Berlín», al fin algo que merecía la pena filmar.

– ¡Anna! -gritó la otra mujer, histérica-. ¿Estás loca? ¿Estás loca?

Sin embargo, nada podía perturbar a Anna, que aferraba la fotografía contra su pecho. Se apartó de Jake, bajó con calma los escalones y le dio la figurita a la otra mujer.

– Boy scout de mierda -dijo el policía militar.

– ¿A que sí? -comentó Tommy-. Seguramente haría lo mismo por un gato.

– ¿Y dónde está Helmut, joder? -preguntó el policía, asqueado.

– Es su hijo -contestó Jake. Se volvió hacia el camión-. ¿Has conseguido buenos planos? -le preguntó a Ron-. Siento que no se haya desplomado para que pudieras grabarlo.

– A lo mejor la próxima vez. -Ron esbozó una sonrisa burlona-. Vamos, salta. Próxima parada, los juegos de los Aliados. Los muchachos que luchan juntos juegan juntos. A Collier's le encantará.

Jake le lanzó una mirada fría. Lo cierto era que a Collier's le encantaría. Aliados en tiempos de paz; de la mesa de la conferencia al campo de juego. Nada de policías nazis y berlineses sin hogar. Podría entregarlo esa misma semana, antes de que empezaran a llegar los impacientes telegramas.

– ¿Los rusos también?

– Los hemos invitado.

– Eh, amigo -dijo el policía, ya más tranquilo-. Pregúnteles si tienen adonde ir.

Jake habló con las mujeres, que se habían dado del brazo y se apartaban de los soldados.

– Esa mujer tiene otra hermana en Hannover.

– Para eso necesitará un permiso de viaje. Dígale que la llevaremos al campo de desplazados de Teltowerdamm. No está mal.

Sin embargo, al traducir, la palabra hizo que se sobresaltaran como si oyeran el estrépito de la puerta de una celda al cerrarse.

– ¡A un campo no! -gritó la mujer de la figurita-. A un campo no. No pueden obligarnos.

Se aferró al brazo de Jake.

– ¿Qué quiere decir Lager? -preguntó el policía.

– Campo. Tienen miedo. Creen que es un campo de concentración.

– Sí, como los suyos. Dígales que es un campo americano -repuso, convencido de que eso las tranquilizaría.

– ¿Le parece que estas dos mujeres se dedicaran a eso?

– Qué cojones. Son kartoffel.

Antes de que Jake pudiera decir nada, el muro lateral de la casa cedió al fin, cayó hacia dentro y, con un rugido, se llevó consigo toda la débil estructura. Se oyó un estrépito, madera astillándose, mampostería derrumbándose. Sonidos propios de una explosión. Por eso, cuando la enorme nube de polvo se levantó desde el centro del edificio, pareció que acababan de bombardearlo. Una de las mujeres ahogó un grito y se llevó la mano a la boca. Todos se quedaron quietos, estupefactos. Las cámaras del camión volvieron a ponerse en marcha, agradecidas al tener un poco de espectáculo después del rescate fallido. Algunos vecinos habían llegado corriendo y se habían unido a la muchedumbre, algo apartados de las dos mujeres, como si su mala suerte fuera contagiosa. Nadie decía nada. Una parte de la pared trasera se combó. Otro estruendo, más polvo, después una serie de sacudidas, como réplicas, a medida que pedazos de la casa se separaban y resbalaban hacia el montón del centro. Al final el ruido cesó; ante sí, tras la fachada, que aún seguía en pie, tenían otra de las muelas putrefactas de Ron. La mujer de la figurita se echó a llorar, pero Anna simplemente se quedó mirando el desastre sin ninguna expresión en el rostro y después dio media vuelta.

– Muy bien, de acuerdo -dijo el policía militar, agitando su vara blanca-, todo el mundo a casa. El espectáculo ha terminado.

Jake miró a la casa. Cientos de miles de casas.

El conductor del camión puso el motor en marcha, una señal. Los soldados empezaron a subir entre bromas y empellones jocosos.

– ¿Y las mujeres? -dijo Jake al policía-. No puede dejarlas aquí.

– ¿Usted quién es, el Ejército de Salvación?

– Vamos, Jake -dijo Tommy-. Aquí ya no puedes hacer nada.

Era cierto. ¿Qué podía hacer? ¿Llevárselas a casa y pedirles que le explicaran sus problemas para Collier's? La pareja de ancianos de la casa donde se alojaba ya se las estaba llevando. Un par de noches en un sótano incómodo, tal vez, viviendo de las raciones B de los pisos superiores. Después un permiso para viajar a Hannover, y a otro sótano. O tal vez no. A lo mejor sólo les aguardaba caminar por el Tiergarten con los demás, desplazadas a causa de un breve derrumbe de yeso.

– Mire, nosotros no empezamos esta condenada guerra -dijo el policía, que había leído la expresión de su rostro.

– No. Fueron ellos -repuso Jake, desconcertándolo, y subió con Tommy al camión.

Se internaron en el sector británico, pasaron la torre de radio desde la que Jake había realizado retransmisiones para la Columbia, y llegaron al estadio olímpico. La zona presentaba los destrozos habituales, árboles convertidos en tocones, pero el estadio, pese a haber quedado marcado por el bombardeo, estaba tal como Jake lo recordaba. Puede que fuese la mejor de las monumentales construcciones nazis, engañosamente horizontal hasta que cruzaba uno la entrada y veía la larga escalera que bajaba hasta el anfiteatro hundido. Reconoció el lugar en el que había visto tantos partidos junto a los Dodd. Su primer trabajo en Berlín. Habían conectado kilómetros de altavoces que salían del estadio y recorrían toda la ciudad para anunciar las novedades de todos los eventos. Había sido idea de Goebbels, una maravilla de la modernidad para impresionar a los visitantes. Aquélla fue la primera vez que vio a Hitler, respondiendo al saludo desde su palco imperial. Recién llegado de Chicago, años antes de Lena.

Ahora había grupos de soldados sin camisa tumbados en la hierba estropeada, bebiendo cerveza y tomando un poco el sol antes del partido,. Las innumerables filas de asientos que antaño albergaran a miles de espectadores contenían sólo a unos cuantos cientos. Aun así, eran más de lo que había esperado Jake, más o menos como en un partido de instituto en Estados Unidos. Estaban todos reunidos en un extremo del gran óvalo, donde habían pintado con cal las líneas de un campo de fútbol americano. Británicos y estadounidenses juntos, y unos cuantos franceses al fondo, reconocibles por sus sombreros de borlas rojas. No había rusos. Unos cuantos soldados jugaban a las cartas sentados en círculo cerca de las bandas, y protestaron cuando tuvieron que moverse para dejar sitio a un equipo de cámaras de noticiarios. En el campo, los jugadores, con jersey y pantalón corto, saltaban de aquí para allá haciendo calentamientos. Un ejército de ocupación que no tenía nada que hacer más que ocupar.

– ¿Así que los rusos no se han presentado? -le dijo Jake a Ron-. ¿Quién juega contra los franceses?

– Han venido para las pruebas de atletismo. Es lo único a lo que se han apuntado también los rusos, así que seguramente aparecerán. ¿Quieres entrevistar a algún jugador?

– Sólo vengo a mirar. ¿Dónde han aprendido a jugar los ingleses?

Ron se encogió de hombros.

– Dicen que es parecido al rugby. Estamos mezclando los equipos, por si acaso. Para que sea justo.

– Eres un diplomático nato.

– No. Tenemos que pensar en los rollos de película ingleses -dijo, y señaló a otro equipo con trípodes-. No les gustará filmar cómo les dan una paliza a sus muchachos, ¿verdad? ¿Quién querría ver eso? Son los juegos de los Aliados, ¿recuerdas?

No obstante, de hecho, después del saque inicial se produjo un recital estadounidense. Los soldados americanos, como mariscales de campo, dirigían el juego mientras los británicos bloqueaban. Todos acabaron llenos de rasguños a causa de la dureza del terreno en los placajes. El público jaleaba todas las jugadas, incluso cuando los árbitros sacaban banderines rojos de falta. El dinero de las apuestas cambiaba de manos, se oían alaridos, al final la alegría resultaba tan contagiosa como en un sábado cualquiera de la liga estadounidense. Un pedazo de patria. También los jugadores, sanos y rosados al sol, parecían estar en un país diferente, a kilómetros de distancia de los cuerpos pálidos y sombríos de las calles de fuera.

Hacía años que Jake no veía fútbol americano, y en ese momento, de improviso, los sonidos del campo le trajeron a la memoria aquellas tardes soleadas en que sólo importaban las siguientes diez yardas y a quién vería después del partido. En Estados Unidos, donde todas las casas seguían intactas. Sin embargo, era la nostalgia de un exiliado: lo que echaba de menos no era un lugar, sino su juventud. Desde que se sentara por primera vez en ese estadio sólo había regresado una vez a Estados Unidos, una semana entre dos trabajos. Después de eso, sólo había recibido noticias del Estados Unidos de la guerra, al otro lado del océano, los envíos de alimentos y las películas para levantar la moral de las tropas. Allí ahora sería un extranjero.

¿Acaso no le sucedía eso a todo el mundo? Todos ellos llevaban fuera demasiado tiempo, habían cambiado mucho. Incluso el policía militar de aquella casa, tal vez un jugador de fútbol americano que ahora creía que una mujer muerta era un alemán menos del que preocuparse. Cambió de postura en su asiento, abochornado por su propia nostalgia. Que se quedara Quent Reynolds con toda la gloria. El lo veía claro. El Estados Unidos del que se había marchado, las ediciones de última hora y los policías dispuestos a dejarse sobornar, era la misma basura que se encontraba en cualquier otro lugar. Sin embargo, no podía evitar sentir ese anhelo inesperado, desencadenado por un partido de fútbol americano. Su identidad, tan ineludible y permanente como una marca de nacimiento.

Touchdown. El público saltó gritando y dándose palmadas en la espalda. Alguien le pasó una cerveza. Jake vio entonces que Ron se alejaba de los cámaras para ir a saludar al congresista Breimer. Se lo presentó a un pequeño grupo de soldados -chicos de Utica, por lo visto- que le dieron la mano y posaron para los fotógrafos del ejército. Souvenirs para los viejos. Después se llevó a Breimer ante los periodistas, lo dispuso frente al partido y comprobó el micrófono. Jake se levantó y avanzó por la banda. Breimer ya había empezado a hablar.

– En este estadio, donde el gran americano Jesse Owens demostró que la superioridad racial era un embuste nazi, vemos hoy la prueba de otra victoria. Esta gran coalición de Aliados que ha ganado la guerra está ahora ganando la paz, juntos aún, decididos aún a demostrarle al mundo que podemos trabajar unidos. Y también jugar un buen partido de fútbol. -Hizo una pausa mientras los soldados que había a su alrededor reían-. Nuestro cometido aquí no es sencillo, pero ¿acaso puede dudar nadie, al ver a estos espléndidos muchachos, de que lo vamos a conseguir? Ayudaremos a este país a resurgir de las cenizas, tenderemos las manos a los buenos alemanes que rezaron por la democracia durante todos esos años oscuros, y construiremos un mundo en el que la guerra no volverá a tener lugar. Por eso luchamos ahora. Hoy, estos hombres están jugando, pero mañana volverán al trabajo. Un trabajo duro. Construir nuestro futuro. Si pudieran verlos aquí, en Berlín, como yo, sabrían que también van a ganar esa batalla.

Espontáneo, sin notas, la clase de discurso que se puede recitar de un tirón sin pensarlo. Bombos y platillos. Otro pedazo de patria. Jake lo miró y se preguntó cómo habría sido de pequeño; seguramente el niño que levantaba la mano en clase y se presentaba voluntario para limpiar los borradores y repartir las botellas de leche, destinado ya entonces a cosas mejores.

– Y ahora, según me cuentan, la Octogésima Segunda División Aerotransportada nos ha preparado un espectáculo para la media parte.

Ron hizo una señal de director de escena y las cámaras viraron hacia una abertura que había bajo las gradas. Una hilera de cascos blancos salió desfilando e interpretando una marcha de Sousa. Los soldados los vitorearon. Las cámaras siguieron a la banda hasta el campo de juego, cubierto de maleza: los metales brillaban en formación, el ruido era ensordecedor.

– ¿Dónde están las chicas con los pompones? -le dijo Jake a Ron.

– Muy gracioso -repuso éste. Señaló a los asientos-. Les encanta.

Era cierto. Jake miró al público, que pataleaba y silbaba ganando la paz para Movietone News. Entonces vio a Brian Stanley unas cuantas gradas más arriba, apoyado sobre los codos en un lugar donde daba el sol, con los ojos cerrados, el único personaje inmóvil de toda la gradería. La banda se había arrancado con otra marcha. Jake subió la escalera.

– ¿Disfrutas del partido?

Brian abrió los ojos un instante, después los volvió a cerrar.

– Hasta que ha llegado el Honorable.

Jake se sentó a su lado y miró a la banda, allá abajo. La música resonaba por todo el estadio.

– Dios mío -dijo Brian-. ¿Crees que podrían bajar un poco el volumen?

– ¿Trasnochaste ayer?

Brian consiguió emitir un gruñido y después se fue recobrando despacio mientras se frotaba la frente.

– ¿Sabes?, estoy preocupado por Winston. Últimamente no dice más que tonterías sobre las fronteras de Polonia. ¿Por qué?

– ¿Por qué no? -repuso Jake, dejando de mirar el campo.

La conferencia, casi se había olvidado de ella tomándose aquel café con Gunther.

– Porque quedaron decididas en cuanto el tío Stalin las cruzó. Tanto alargar el tema no es típico de él.

– A lo mejor intenta ganar tiempo.

– No, está distraído. Las elecciones, supongo. Una pena que coincidan con la conferencia. Creo que está afectando a su juego. No como tu Honorable. -Hizo un gesto en dirección a Breimer, que aplaudía a la banda mientras salía ya del campo sin dejar de atronar al público-. Todo un profesional, ¿no te parece? Cómo tiende la mano -dijo al tiempo que realizaba una imitación nada desdeñable.

– Tender la mano es lo que suele hacer. Siempre que tengas algo que dejar en ella.

Brian sonrió.

– Pues con eso los alemanes quedan excluidos. «Tenderemos las manos.» En el avión, creo recordar que habían recibido su merecido. Ah, paz, al fin. -Eso lo dijo mirando al campo, donde la banda había quedado finalmente sustituida por el pito de un árbitro que daba comienzo al tercer cuarto; apenas un ruido de fondo, en comparación. Brian volvió a apoyarse en los codos.

– ¿Y tú dónde has estado, por cierto? Te he buscado en la sesión informativa.

– Estoy con un artículo sobre el mercado negro.

– No lo dices en serio -repuso Brian cerrando los ojos-. Eso está pasado, pasadísimo.

– Como las fronteras de Polonia.

Brian suspiró y volvió a centrarse en el sol. Abajo, en el campo, Breimer se apartó de los periodistas y se dirigió hacia un soldado que lo aguardaba: el ligue de Liz, esta vez solo y con pose enérgica y grave. Breimer le puso una mano en el hombro y se lo llevó aparte en un abrazo de privacidad. Jake los observó unos minutos mientras sus cabezas gesticulaban, conversando. Era algo más que un chófer.

– Uña y carne, ¿verdad? -comentó Brian al seguir la mirada de Jake.

– Hmmm.

– ¿Por qué ese interés?

– Está saliendo con Liz.

– No puedes tomárselo a mal. A mí tampoco me importaría una oportunidad.

El público empezó a gritar de repente -otro touchdown-, pero las dos cabezas no se volvieron.

– Bueno, y ¿qué hace con Breimer?

Brian bostezó, indiferente.

– Construir nuestro futuro. Llevan días en ello, los dos. Lo fue a recoger al aeropuerto.

– ¿Ah, sí? -Jake miró a Brian, inmóvil como un lagarto-. No se te pasa ni una, ¿verdad?

– Bueno, es mi trabajo, ¿no? Lo único que hay que hacer es tener los ojos abiertos -respondió, y volvió a cerrar los suyos.

Los dos hombres se separaron entonces, habían concluido sus negocios. Breimer le hizo una seña a un soldado para comunicarle que estaba listo para marchar. Shaeffer se apresuró a salir del estadio sin mirar siquiera el partido.

– Eh, Brian -dijo Jake, reflexivo-. Tú ibas en el avión. ¿Recuerdas al chico que tenía miedo a volar?

– ¿El de las botas?

– ¿Quién fue a recogerlo? ¿Lo viste?

– No. ¿Por qué?

– ¿Hablaste con él en el avión? ¿Te fijaste en algo en concreto?

Brian abrió los ojos.

– Supongo que lo preguntas por algo.

– Ha aparecido muerto. En Potsdam.

– ¿Qué? ¿El que pescaron del agua?

Jake asintió.

– ¿Y qué?

– Pues que me gustaría descubrir por qué. Creo que ahí hay una historia.

– Querido Jake. Tú de vuelta a las andadas, y la pobre Polonia pendiendo de un hilo…

– Bueno, ¿sí o no? ¿Hablaste con él?

– Ni una palabra. No creo que nadie hablara. Por lo que recuerdo, fue el Honorable quien no paró. ¿Es ésa tu historia del mercado negro?

– Vino a hacer negocios. Se llevó unos cuantos billetes.

– ¿Ese agradable jovencito? -comentó Brian.

– A lo mejor no tan agradable. Entre cinco y diez mil dólares.

– ¿En serio? -dijo Brian, esta vez con interés-. ¿Con qué?

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, no llevaba equipaje. ¿Con qué hizo negocios?

– ¿No llevaba equipaje? -preguntó Jake intentando evocar la escena de Tempelhof.

– No. Me fijé porque me pareció extraño. Después pensé: «Bueno, será de Berlín».

– No, no era de aquí. ¿Te fijaste en algo más?

– Chaval, ni siquiera había reparado en ello hasta que has sacado el tema. Un tipo sin equipaje… ¿Qué más da?

Jake guardó silencio. ¿Qué vería Gunther, cuál era la clave evidente que se le pasaba por alto? Un negocio en el que no había nada que vender. Pero a nadie le daban diez mil a cambio de nada. Algo lo bastante pequeño, entonces, para que cupiera en un bolsillo.

– Mierda -exclamó Brian al oír otro rugido desde el campo-. También una de las nuestras, ahora tendré que escribir algo. -En las gradas inglesas, unos soldados enarbolaban una bandera del Reino Unido.

– Supón que le disparara un ruso.

– Ah -empezó a decir Brian, despacio-. Un poco extraño, justo ahora, ¿no te parece? -Hizo un gesto en dirección al partido-. Justo cuando todos nos llevamos tan bien. ¿Es ahí adonde quieres llegar con eso? ¿Una pequeña bomba fétida para la conferencia?

– No lo sé.

– No les gustará.

– ¿A quiénes?

– A ninguno de ellos.

Jake paseó la mirada por el estadio. A ninguno de ellos. El artículo que nadie quería que escribiera. Lo cual significaba que era el único que merecía la pena escribir. Miró a los equipos de los noticiarios, casi esperando ver otra vez a Breimer ganando la paz. En lugar de eso, vio a Bernie, que se acercaba mirando al suelo con su acostumbrada presteza de terrier. Entonces buscó entre el público, sonrió y le hizo a Jake una seña para que bajara. Jake tomó aliento. Lo había ido a buscar hasta allí: una noticia que no podía esperar. Entusiasmado, dejó a Brian solo y corrió escalera abajo.

– ¿La has encontrado?

– ¿Qué? Ah, a la mujer -dijo Bernie algo aturdido-. No. Lo siento. No figura.

Sin embargo, seguía sonriendo.

– ¿Has buscado bien?

– No hay constancia. He solicitado información sobre el marido. Puede que con él sea más fácil si es prisionero de guerra. -Hizo una pausa para dejar que Jake asimilara la idea mientras escrutaba su rostro-. Podrías intentarlo en los tablones de anuncios. A veces da resultado.

Jake asintió, no le prestaba demasiada atención. Todo el mundo rellenaba un Fragebogen si quería una cartilla de racionamiento. A menos que estuviera enterrada bajo algún muro caído. No había constancia.

– Bueno, gracias de todas formas -dijo, perdiendo la voz-. Supongo que ya está.

¿Qué había esperado?

– La gente acaba apareciendo. Ya te dije que era…

– Lo sé. De todas formas, has sido muy amable al venir.

– No -repuso Bernie, abochornado de nuevo-. No era eso. Quiero decir, hay otra cosa.

Jake levantó la mirada.

– Algo interesante -añadió Bernie mientras su sombra de barba esbozaba otra sonrisa-. He descubierto por qué Muller no quería que vieras la tercera hoja. Tenías razón. Había un informe de balística. -Sacó una copia de papel carbón del bolsillo e hizo una pausa para impacientar a Jake-. Era una bala americana.

6

No fue difícil encontrar Ronny's. A los ingleses les había tocado la ostentosa Kurfurstendamm en la partición, y el enjambre de vehículos del ejército británico que había a la entrada del club lo distinguía como una señal de neón. Los chóferes fumaban sentados en los guardabarros, montando guardia, y oían jirones de música cada vez que los oficiales entraban por la puerta con una chica agarrada de la cintura, algunos pidiendo ya una copa con la mano. Muy pocos coches pasaban por delante de los escaparates destrozados y los hoteles destruidos. Las bicicletas habían desaparecido con la luz del crepúsculo. Al cabo de una hora, la Ku'damm estaría tan oscura como un camino vecinal, iluminada apenas por una delgada luna y los resquicios de luz de las ventanas tapadas.

Jake aparcó detrás de un jeep británico y caminó por la acera vacía hasta la entrada. La tienda de al lado estaba en ruinas, el cristal del escaparate había sido sustituido por un tablón de contrachapado cubierto de trozos de papel y pedazos de cartón con mensajes, dispuesto por la parte de dentro para proteger la tinta de la lluvia. Había la luz justa para poder leer. Algunos mensajes estaban cuidadosamente redactados con la formal caligrafía gótica de los institutos, pero la mayoría eran notas garabateadas a toda prisa cuyos trazos contenían una urgencia descorazonadora. «Botas de invierno. Forradas de fieltro. En muy buen estado. Las cambio por zapatos de niño.» «Quisiera cualquier noticia de Anna Millhaupt, vivía en el 18 de Marburgerstrasse.» «Leo el futuro. Madame Renaldi. Cartas personalizadas. 25 marcos o cupones.» «Viuda de guerra, dos hijos. Atractiva. Busca marido alemán. Piso imprescindible. Excelente cocinera.» Jake se alejó de allí y abrió la puerta a un torrente de música.

Había esperado encontrar una cueva en un sótano, algo salido de los viejos dibujos de Grosz, pero Ronny's era un local bien iluminado y bullicioso, engalanado con manteles blancos y cuadros en las paredes. Los camareros, vestidos con camisas almidonadas, pasaban como anguilas entre las mesas apiñadas, sosteniendo bandejas y cuidando de no acercarse a los empujones de la pequeña pista de baile.

Una banda de cinco músicos tocaba Sweet Lorraine a ritmo rápido, y un buen número de uniformes aliados y chicas con vestidos de verano brincaban por la abarrotada pista en un apresurado foxtrot. Las chicas se habían arreglado para salir: vestidos de verdad, carmín brillante y zapatos con los dedos al descubierto; no los pantalones de uniforme y el pañuelo de las limpiadoras de escombros. Sin embargo, aquel olor familiar había penetrado incluso allí, se percibía inconfundiblemente por debajo del humo y el perfume. A Jake se le ocurrió pensar, como detalle para un artículo, que en esa pista llena y estridente bailaban literalmente sobre tumbas.

Gunther estaba sentado en medio de una espesa neblina de humo al final de la barra elevada que recorría todo un lateral. Jake pasó junto a una explosión de carcajadas y el ruido de vasos al chocar. Un pequeño grupo de rusos se puso a golpear la mesa para que los sirvieran. La banda empezó con This Year's Kisses sin pausa alguna.

Gunther estaba con otro civil y apenas dio muestras de reconocer a Jake cuando llegó a la barra, después asintió levemente y le indicó con la cabeza una mesa de un rincón.

– Está allí.

Jake siguió su mirada hasta la mesa. Un joven soldado de pelo ralo peinado hacia atrás, como el de Noel Coward, estaba sentado entre dos rubias de bote que cenaban con la cabeza inclinada sobre el plato.

– Pero tengo noticias -dijo Jake.

– Déjeme acabar mi trabajo -repuso Gunther-. Enseguida me reúno con usted. Un momento.

– El arma -prosiguió diciendo Jake-. Era americana.

Gunther lo miró fijamente y con ojos despiertos detrás de la película de coñac.

– Vaya -dijo, evasivo.

– ¿Quién es éste? -preguntó el otro alemán.

Gunther se encogió de hombros.

– Uno nuevo de la Alex -dijo, la vieja jefatura-. Lo estoy ayudando a entrar.

Al otro le pareció gracioso.

– De la Alex. -Se echó a reír-. Qué bueno.

– Estaré con usted dentro de un minuto -dijo Gunther, y volvió a hacer una señal hacia la mesa de las rubias.

Jake se abrió camino entre las mesas hasta llegar al soldado inglés. Un niño, flacucho y de mirada despierta, no el matón entrecano que había imaginado.

– ¿Alford?

– Danny. ¿Eres el amigo de Gunther? Tómate algo -propuso, y le sirvió una copa-. Gunther me ha dicho que te consiga lo que se te ofrezca.

– ¿Podemos hablar? -preguntó Jake mirando a las chicas mientras tomaba asiento.

– ¿Qué, por ellas? Perfectamente. La única palabra que saben en inglés es «joder». ¿Verdad, Ilse?

– Hola -dijo una de las chicas.

Esa debía de ser la otra palabra que conocía, y siguió con su plato, un pedazo de carne gris y dos patatas del tamaño de una pelota de golf. Danny debía de haber cenado en algún otro lugar; frente a él no había más que una botella de whisky escocés.

– No sé de dónde saca ese apetito -dijo Danny-. Alegra el corazón, ¿verdad?, verla comer así. Bueno, ¿querías algo especial? ¿Algo sólo un poco fuera de lo común, o de otra galaxia? Eres un oficial, ¿verdad? -preguntó mirando las charreteras de Jake-. No se animan si no es con un oficial, pero son todas muy limpias. Siempre insisto en ello. Pasan una revisión todas las semanas. No queremos llevarnos ninguna sorpresa a casa, ¿verdad? ¿Era algo especial?

– No -dijo Jake, avergonzado-, no es eso. No vengo por las chicas.

– Ya -comentó Danny, y levantó el vaso sin perder el ritmo-. Error mío. Bueno, los chicos cuestan un poco más, como comprenderás. Sólo salen una vez por noche. Si no, se agotan. Ya sabes. -Miró a Jake-. De las Juventudes Hitlerianas. Con uniforme, si lo prefieres. -Alegre como un vendedor ambulante de Whitechapel.

Jake, aturdido, negó con la cabeza.

– No, no lo entiendes. Busco información.

– ¿Eres de la pasma? -preguntó Danny con recelo.

– No.

– Bueno, un amigo de Gunther. Serás de fiar, ¿verdad? -Encendió un cigarrillo mirando a Jake mientras prendía-. ¿Qué clase de información?

– El lunes un hombre ganó diez mil dólares. ¿Habías oído algo por el estilo?

– Diez mil -repitió, impresionado-. ¿De una sola vez? No está nada mal. ¿Amigo tuyo?

– Conocido.

– ¿Por qué no se lo preguntas a él?

– Ha regresado a Francfort. Quiero saber de dónde lo sacó.

– También quieres hacer negocios por tu cuenta. ¿Qué vendes?

Jake volvió a negar con la cabeza.

– Quiero saber qué fue lo que vendió.

Tras ellos sonó un aplauso cuando la banda paró para hacer un descanso, el vacío del repentino silencio se llenó de conversaciones a mayor volumen.

– ¿Por qué has venido a verme? Diez mil. Con las chicas no se gana eso, imposible.

– Gunther me ha dicho que sabes cosas.

– No había oído hablar de nada así -dijo Danny con firmeza, y aplastó el cigarrillo en el cenicero.

– ¿Querrías preguntar por ahí? Puedo pagar.

Danny lo miró de reojo.

– También puedes descolgar un teléfono y llamar a Francfort.

– No. Está muerto.

El inglés se lo quedó mirando.

– Podrías haberlo dicho, eso demuestra falta de confianza. Será mejor que te largues. No quiero problemas.

– Nada de problemas. Mira, empecemos otra vez. Un hombre al que conocía vino a Berlín el lunes para cerrar un negocio, y lo mataron. Quiero descubrir quién fue.

– ¿Gunther también lo conoce?

– No. Me está ayudando. El hombre sólo hablaba inglés. Gunther ha creído que a lo mejor tú sabías algo. Muere un hombre, la gente habla.

– Conmigo no ha hablado nadie. Largo.

– Sólo quería saber si habías oído algo.

– Pues ya lo sabes. -Danny sacó otro cigarrillo-. Oye, aquí me gano la vida más o menos bien. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin problemas. No tengo diez mil dólares y no mato a nadie. Tampoco me meto donde no me llaman. Aquí hay gente de toda clase. Vive y deja vivir, así vivirás más. ¿Verdad que sí, Ilse?

La chica alzó la mirada y sonrió sin comprender nada.

– Si alguien tuviera diez mil dólares, ¿qué podría comprar? -preguntó Jake, cambiando de táctica.

– ¿De una sola vez? No sé, nunca he tenido tanto. -Sin embargo, ya estaba intrigado-. Con la mercancía grande se hacen trueques, sobre todo. Un amigo mío consiguió una remesa de fábrica de una tela preciosa, calidad de paracaídas, y enseguida tuvo camiones bajando desde Dinamarca. Jamón enlatado. Ahora sí que tiene algo bueno. Eso puede venderse en cualquier lado. Pero de dinero nada hasta que se llega a la calle, ¿entiendes lo que quiero decir? ¿En metálico? Antigüedades, quizá, pero yo no sería capaz de distinguir una buena de una falsa, así que me mantengo al margen.

– ¿Qué más?

– Medicamentos, se pagan en metálico. Pero eso es algo sucio. Yo no lo tocaría.

Jake lo miró con fascinación. Jamón sí, pero penicilina no; una nueva clase de sutileza.

– Lo llevaba encima, lo que fuera -explicó Jake-. Nada de camiones, ni siquiera una caja. Era lo bastante pequeño para llevarlo consigo.

– Joyas, entonces. Eso sí que es algo especial -dijo Danny, como si se estuviera refiriendo a una de sus chicas-. Hay que saber qué tiene uno entre manos.

– ¿Preguntarás por ahí?

– Podría. Como favor a Gunther, cuidado. Ahí van de nuevo -dijo al ver subir a los músicos al escenario. Le sirvió otro trago a Jake y siguió entrando en materia-: ¿Lo bastante pequeño para llevarlo consigo? Oro no… Pesa demasiado. Papel, quizá.

– ¿Qué clase de papel?

La banda se arrancó con Elmer's Tune y provocó un nuevo asalto a la pista de baile. Alguien empujó la silla de Jake por detrás. Un ruso pasó maniobrando con la mano firmemente pegada al trasero de una chica. Otro se acercó a la mesa, sonrió a Ilse e hizo girar un dedo, el signo internacional del baile.

– Largo, amigo. ¿No ves que la señorita está comiendo?

El ruso retrocedió, sorprendido.

– No se ha dado cuenta de que estaba con usted -dijo en inglés una voz con acento-. Discúlpelo. -Jake se volvió-. Ah, señor Geismar.

– General Sikorsky.

– Sí, qué buena memoria. Disculpen a mi amigo. Creía…

– ¿Lo conoces? -le preguntó Danny a Jake-. Bueno, entonces está bien. Ilse, sé buena chica y dale unas vueltas.

– ¿Baila? -le dijo la chica al ruso mientras se levantaba y lo cogía del brazo.

– Gracias -dijo Sikorsky-. Muy amable.

– No tiene importancia -repuso Danny, todo simpatía-. ¿Y usted?

– En otra ocasión -dijo el general mirando a la otra rubia-. Un placer volver a verlo, señor Geismar. Una fiesta de otra clase. -Miró hacia la pista de baile, donde Ilse y el ruso ya estaban abrazados-. Me gustó hablar con usted.

– La cueva de Aladino -dijo Jake, intentando recordar.

– Sí. A lo mejor podemos volver a discutirlo otro día, si le apetece visitar nuestro sector. No es tan animado como esto, me temo. Buenas noches. -Se volvió hacia Danny e hizo una pequeña reverencia, antes de irse-. Mi camarada le agradece su ayuda.

– Más le vale volver a traerla aquí -dijo Danny, por fastidiar.

Sikorsky lo miró, después sacó un fajo de billetes, desprendió unos cuantos y los dejó caer junto al vaso de Danny.

– Con eso debería bastar -apuntó, y se marchó.

Danny miró los billetes, resentido, como si le hubieran dado un bofetón. Jake apartó la mirada y siguió los movimientos de Sikorsky por la sala, hasta la barra, donde saludó al amigo de Gunther.

– Pues no basta, ni de lejos, joder -estaba diciendo Danny-. Rojos de mierda.

– ¿Qué clase de papel? -preguntó Jake al volverse otra vez.

– ¿Qué? Ah, de cualquier clase. Me preguntas qué compraría con diez mil dólares, y lo que pienso es: «Ya lo he hecho». Comprar papel. Ya sabes, escrituras.

– ¿Tienes propiedades aquí?

– Un cine. Eso fue lo primero. Después pisos. Claro que hay que es coger buenas zonas. Un cine, por el contrario, siempre vale algo. ¿No crees?

– ¿Qué pasará cuando vuelvas a Inglaterra? -preguntó Jake con curiosidad.

– ¿A casa? No. Esto me gusta. Aquí hay montones de chicas… que parece que nunca hagan bastante por ti. Y tengo propiedades. ¿Qué me espera en Londres? ¿Cinco libras semanales y gracias? En Londres no hay nada, y aquí tengo todas las oportunidades del mundo.

Jake se quedó sentado en silencio un minuto, sin palabras. Otro artículo que Collier's no querría: el soldado irreverente con mesa en un rincón de Ronny's.

– Dudo que vendiese escrituras -opinó.

– Es sólo un ejemplo, ¿no? Ten, bebe un poco más -dijo mientras le servía con entusiasmo-. Es pura malta, no como vuestras mezclas. -Dio un trago-. Hay muchísimas cosas de valor en papel. Documentos de identidad. Documentos exculpatorios que lo hacen a uno honorable. Falsos, pero ¿quién se va a enterar? Claro que los compradores son siempre alemanes.

– Persilscheine-dijo Jake-. Para lavar los pecados.

– Eso es. Se pueden pedir hasta dos mil por uno de ésos, si es bueno. Se venden unos cuantos y… -Se detuvo, dejó el vaso-. Espera un momento. Te diré lo que sí ha estado circulando. Yo no he visto ninguna, claro, pero he oído que… Y muy buenos precios, además.

– ¿Qué?

– Cartas de los campos. Testimonios personales. Un judío escribe que tal persona estaba en el campo con él, o que tal otra intentó evitar que se lo llevaran. El mejor Persilschein de todos, el que limpia todo el historial de un plumazo.

– Si es auténtico.

– Bueno, quienes las escriben lo son. La mayoría no quiere hacerlo, claro, es comprensible. Pero si de verdad necesitas el dinero, para salir del país, pongamos, o algo así, en fin, ¿qué es una carta?

Jake miró su vaso, abatido. Exonerar a tu propio asesino. Siempre hay algo peor.

– Dios santo -dijo, un suspiro de indignación casi inaudible a causa del ruido de la banda.

Danny cambió de postura, volvía a estar incómodo, como si Jake hubiese lanzado dinero a la mesa.

– Yo no lo veo así. En esta vida no puede guardarse rencor. Vamos, mírame a mí. Tres años en un campo de prisioneros de guerra, y puedo decirte que fue un infierno. Esto nunca será lo mismo. -Se tocó la oreja-. Sordo como una tapia. Me sucedió allí, pero también aprendí algo de alemán. Esa es la parte buena, no sabía que me sería útil, pero ahora todo ha terminado y está zanjado, ¿de qué sirve darle vueltas? Hay que seguir adelante, eso creo yo.

Por un descabellado instante, Jake oyó la voz de Breimer, un eco improbable.

– Era otra clase de campo -dijo Jake.

– Déjame decirte una cosa, amigo. Cuando pases tres años como prisionero de guerra, ya me dirás lo diferente que es.

– Lo siento. No pretendía…

– No pasa nada -dijo Danny con afabilidad-. No me lo he tomado a mal. A decir verdad, no es que me vayan mucho las cartas de los campos. Apesta, en realidad, después de todo lo que han tenido que pasar. No es que se presenten voluntarios precisamente, ¿entiendes? Necesitan el dinero, es por eso. Pobres tipos. A veces se los ve por aquí, aún con esos pijamas, se queda uno destrozado. Así que las cartas… Yo no tocaría esa clase de mercancía. Es aprovecharse.

Jake lo miró; el hombre que ofrecía chicos con uniforme de Hitler.

– ¿Podrías descubrir quién las pasa?

– ¿Por qué?

Una cita con un abogado de Seguridad Pública. Puede que fuera un contacto, después de todo. Pensó en el despacho de Bernie, lleno de montañas de papeles.

– Una corazonada. No eran joyas, no lo creo. Sigamos la pista del papel. -Vio la expresión dudosa de Danny-. Te pagaré, por supuesto.

– Te diré una cosa, amigo de Gunther. Me encantaría ayudarte, hasta aquí está claro. Deja que sondee un poco. No prometo nada, cuidado. Si me encuentro con algo, le pondré un precio. No puedes pedir un trato más justo, ¿no te parece?

– No.

– Hola, Rog -dijo Danny mirando a un soldado británico-. ¿Todo listo?

– Tengo al comandante esperando fuera.

– Bien. Ése es para ti, cariño -le dijo a la rubia, que dejó la servilleta y sacó un pintalabios-. Sé tú misma, cielo. No tiene mucho sentido pintarse los labios sabiendo cómo van a acabar. Vete ya.

– Wiedersehen -se despidió cortésmente de Jake antes de levantarse y seguir al soldado.

– Llega a salvo a casa -exclamó Danny tras ella-. Esa tiene muchas posibilidades. Le gusta. ¿Seguro que no quieres probar?

– ¿Puedo preguntarte una cosa? ¿Por qué…? -empezó a decir Jake, pero luego se interrumpió sin saber muy bien cómo formular la pregunta-. En fin, yo creía que bastaba con un par de cigarrillos. ¿Por qué…?

– Bueno, algunos caballeros son tímidos, no sé. Así empezó. Verás, yo no soy nada tímido, empecé haciendo algunas presentaciones. Hay quien te lo agradece. Es por la comodidad. Los oficiales no quieren pillar nada en las calles. Nunca sabes dónde te metes, ¿no? Menuda sor- presita para la mujer. Vaya, ¿qué es esto? Muy desagradable. En realidad es por la higiene. Tengo a un médico que las examina. Un tipo decente. También se ocupa de los accidentes, ya sabes a qué me refiero. Desde luego, las chicas lo prefieren. Les ahorra mucho desgaste, tanto caminar por ahí.

– ¿Por qué sólo oficiales?

Danny sonrió.

– Para empezar porque son los que tienen dinero. Pero, verás, en realidad es por las chicas. Son todas iguales, ¿no? Buscan amor, y un billete para salir de aquí. A Londres, ¿por qué no? A cualquier lugar que no sea esto. Un soldado raso no va a hacer nada por el estilo, ¿verdad? Tiene que ser un oficial.

– ¿Y lo hacen?

– ¿El qué? ¿Llevárselas de aquí? Qué va. Lo que quieren es una mamadita y un polvo rápido. Aun así, nunca se sabe. Yo les digo a las chicas que miren el lado positivo. Siempre cabe la posibilidad. Sólo hay que entregarse en cuerpo y alma, y a lo mejor sale algo.

– ¿Y se lo creen?

Danny se encogió de hombros.

– Bueno, no son putas, son buenas chicas. Algunas de ellas ocasionales. Sólo intentan salir adelante. Hay que darles cierta esperanza.

– Y a los chicos ¿qué les dices?

– Eso es caso aparte -dijo Danny. Se pasó la mano por el pelo alisado, avergonzado otra vez-. Hay gente para todo.

– ¿De verdad son de las Juventudes Hitlerianas?

– Desde luego. Por lo menos Viktor. Es hermano de Ilse.

– Vaya familia.

– Bueno, verás, creo que él ya era así antes. Los demás, no sé. Al principio se mostraban un poco reacios, pero agradecen el dinero y ¿quién sabe, en realidad? Los busca Viktor, son amigos suyos. Como te digo, es cosa aparte. Mira a ése. Sí que es bueno, todo un Benny Goodman.

Señaló al escenario, donde un clarinetista se había levantado y chupaba la lengüeta mientras esperaba su introducción. Cuando empezó a tocar, sonó Goodman, Memories of You. Las tristes notas introductorias eran melosas, casi líquidas. Otro sonido de la patria, una música tan inesperadamente hermosa que parecía una especie de reproche en esa sala llena de humo. En la pista de baile, las parejas se abrazaron más y empezaron a balancearse en lugar de saltar, como si el clarinete los hubiera hechizado. También el músico se balanceaba, con los ojos cerrados para olvidar esa espantosa sala iluminada y dejar que la música se lo llevara a otro lugar.

«Everything seems to bring…» Música romántica, no de toqueteos y achuchones rápidos; una canción para chicas en busca de amor. Jake miraba cómo se movían por la pista, igual que en un sueño, con las cabezas apoyadas en hombros uniformados, dándose esperanzas. En las mesas, los presentes estaban más callados. Fingían mirar al solista cuando en realidad era otra cosa lo que cautivaba su atención: el mundo que habían conocido antes de Ronny's estaba allí de nuevo, casi podían tocarlo gracias a esas notas sentimentales. «… memories of you.» Aun en ese lugar. Ahí estaba el vestido de Lena, al otro lado de la sala. El mismo azul intenso, su vestido de salir. Jake recordó la forma en que se alisaba la parte de atrás al levantarse, un roce raudo para quitar las arrugas, de modo que la tela se pegaba a su cuerpo, se movía con ella. En la parte de delante llevaba unas vetas de lentejuelas relucientes que le subían hasta el hombro, como una lluvia de estrellas. Aunque el de Lena era de lana, demasiado cálido para una noche de verano en una sala abarrotada, y ese que estaba viendo quedaba muy tirante entre los omoplatos, le estaba muy pequeño a una chica demasiado grande, una chica con la melena rubia recogida en lo alto de la cabeza como Betty Grabie. Aun así, era el mismo azul intenso.

Cuando la banda se puso a tocar y puso fin al solo de clarinete, en las mesas se produjo cierta agitación, una especie de alivio por haber salido del hechizo y volver a disfrutar solamente de música.

– ¿Qué te decía? -preguntó Danny con los ojos brillantes, pero Jake seguía mirando el vestido.

La mano de un soldado estadounidense tapaba ahora ese trozo de tela tirante. Fragebogen. Tablones de anuncios. ¿Por qué no allí, bailando en Ronny's? Sin embargo, tenía una cintura demasiado ancha que sobresalía del cinturón.

Gunther avanzaba por la sala con tranquilidad, esquivando a los bailarines. Se oyó un repentino clamor en la puerta, era un gran grupo que buscaba mesa. Memories of you se desvaneció.

– Gunther, viejo zorro -dijo Danny, y se levantó como muestra de respeto-. Siéntate.

Ofreció una silla.

Gunther se sentó y se sirvió una copa.

– ¿Le han presentado al general? -preguntó Jake con un gesto en dirección a Sikorsky.

– Conozco al general. A veces es una fuente útil.

– Pero no esta vez -dijo Jake, interpretando la expresión de su rostro.

– Todavía no. -Dejó el vaso y se apoyó en el respaldo-. Bueno. ¿Han charlado a gusto?

– Danny me ha estado hablando de sus bienes inmuebles. Es un terrateniente.

– Sí. Un Kino a cambio de seda de paracaídas -dijo Gunther sacudiendo la cabeza, divertido.

– Frena un poco -dijo Danny-. No cuentes batallitas.

Gunther, que no le hizo caso, levantó el vaso.

– Vestirás a la mitad de las mujeres de Berlín. Te aplaudo. Paracaídas.

– No hay seda de mejor calidad -repuso Danny.

Sin embargo, la seda todavía no había llegado a la pista de baile, allí sólo había baratos estampados de algodón del último suministro de guerra. El vestido de Lena había desaparecido de la pista y se había escondido entre las concurridas mesas. La banda tocaba una versión jazz de Chicago.

– ¿Tiene el informe de balística? -preguntó Gunther.

Jake se sacó la copia del bolsillo de la pechera y vio cómo Gunther lo examinaba, dando algún trago mientras leía.

– Una Colt -dijo, asintiendo, fan de los westerns-. Modelo 1911.

– ¿Eso es especial?

– No, es muy corriente. Calibre cuarenta y cinco. Muy corriente.

Le devolvió el papel.

– ¿Y ahora qué?

– Ahora buscamos una bala americana. Eso lo cambia todo.

– ¿Por qué?

– No por qué, Herr Geismar. Dónde. Potsdam. Eso ha sido un problema desde el principio. Los rusos cerraron el mercado, pero en Potsdam hay dos cosas. El mercado, sí, pero también la conferencia. Con muchos americanos.

– No estaba en la conferencia.

– Pero a lo mejor sí en el recinto de Babelsberg. Invitado. ¿Qué otra cosa podría ser? Todos los americanos están allí, incluso Truman. Sólo hay que bajar por la carretera desde el emplazamiento de la conferencia. En el mismo lago de hecho. -Miró a Jake fijamente-. Lo encontraron en Cecilienhof, pero ¿le dispararon allí? ¿La noche anterior a la conferencia? ¿Cuando no había nadie, sólo los guardias? -Sacudió la cabeza-. Los cadáveres flotan. Una clave muy evidente.

– Como esos cabrones de Scotland Yard, ¿eh? -dijo Danny, admirándolo con sinceridad-. Eres un tío raro, Gunther. No cabe duda.

– Pero lo que no es tan evidente es el dinero -dijo Jake.

– Usted siempre con el dinero -dijo Gunther.

– Porque lo llevaba. Digamos que tenía un pase para entrar en el recinto y que se reunió con un norteamericano. Aun así, cogió diez mil dólares. Esa cantidad sólo se gana en el mercado negro. Así que tenemos a un americano del mercado… ¿que también está en la conferencia? La mayoría de ellos acaban de aterrizar. No se les permite salir. Aquí no se ve a ninguno. -Hizo un gesto con la mano en dirección a la sala ruidosa.

– Cosa que dice mucho y bien de ellos -comentó Gunther con sequedad-. Aun así, estaba en Potsdam. Como la bala americana.

– Sí -dijo Jake.

– Bien, ¿a quién tenemos en la conferencia? Podemos ahorrarnos a Herr Truman.

– Gente de Washington. Del Departamento de Estado. Ayudantes -enumeró Jake.

– No en la reunión. En Babelsberg.

– De todo -dijo Jake, pensando en la lista que le había enseñado Brian. La última gran juerga de la guerra-. Cocineros. Camareros. Vigilantes. Incluso tienen a alguien para podar el césped. De todo menos periodistas.

– Una red muy amplia -adujo Gunther sombríamente-. Tendremos que ir eliminando. No todo el mundo puede conceder un pase. Primero hay que descubrir quién le proporcionó los papeles. Después… -Se quedó ensimismado con su propia lista.

– Pero eso sigue sin aclararme qué fue lo que vendió.

– O compró -terció Danny como si nada.

– ¿Qué has dicho? -preguntó Gunther, muy despierto, con la mano en el brazo de Danny.

– Bueno, en cualquier transacción siempre hay dos partes, ¿no?

Por un instante Gunther no dijo nada, después le dio unas palmaditas en el brazo.

– Gracias, amigo. Una clave simple. Sí, dos partes.

– Quiero decir -prosiguió Danny, envalentonado- que es normal que llevara dólares, ¿no? Era estadounidense. ¿Qué…?

– No eran dólares -corrigió Jake-. Eran marcos. Marcos de la ocupación.

– Ah, podrías haberlo dicho. ¿Rusos o americanos?

– Pensaba que eran iguales.

Las mismas planchas de impresión.

– Valen lo mismo, claro, pero no son iguales. Mira. -Danny cogió uno de los billetes que había dejado Sikorsky-. ¿Ves? Este es ruso. ¿Ves esa pequeña raya delante del número de serie? Los americanos no la llevan.

Al final resultaba que en el Departamento del Tesoro alguien había ido con cuidado. Jake se preguntó si Muller lo sabía.

– ¿Estás seguro?

– Estas cosas se ven -dijo Danny-. Al principio pensaba que eran falsos, ¿sabes?, por eso pregunté. En realidad no influye en nada, sólo sirve para seguirles la pista, supongo.

– ¿Quién tiene el dinero? -le preguntó Gunther a Jake.

– Yo tengo un billete, pero no lo llevo encima. -Estaba en el cajón del tocador con volantes rosa, junto a una postal de Viktor Staal.

– Pues compruébelo -dijo Gunther.

– Pero pasan de un lado al otro, ¿no?

Gunther asintió.

– Podría indicarnos algo, no obstante. -Se volvió hacia Danny y levantó el vaso-. Bien, amigo mío, por tu buen ojo. Nos ha sido de gran ayuda.

– Invita la casa, Gunther, invita la casa -dijo Danny, satisfecho consigo mismo, mientras hacían chocar los vasos.

– Pero, si iba a comprar, ¿qué compraba? -preguntó Jake con insistencia.

– Interesante pregunta -repuso Gunther mientras Danny les llenaba los vasos-. Más compleja.

– ¿Por qué?

– Porque, fuera lo que fuese, no lo consiguió. Aún tenía el dinero -dijo Gunther, como si repitiera un punto anterior a un pupilo lento.

Jake sintió que se cerraba una puerta. ¿Cómo podía seguirse la pista de algo que no había llegado a cambiar de manos?

– Y ahora ¿qué?

– Averiguaremos quién era, qué querría comprar. ¿Teitel ha hablado ya con Francfort?

– No lo sé.

– Entonces esperaremos -dijo Gunther, reclinándose y entrecerrando los ojos-. Un poco de paciencia.

– De modo que no hacemos nada.

Gunther abrió un ojo.

– No, usted jugará a policías. Descubra quién autorizó ese pase. Yo estoy retirado. Voy a tomarme un coñac.

Jake dejó el vaso, dispuesto a irse. La sala estaba aún más llena, casi no se veía la barra tras el muro de personas, y el ruido aumentaba con el humo y ahogaba a la banda. Sleepy Time Down South, otra vez el clarinete, pero con más garra, luchando por hacerse oír. En alguna parte chilló una chica, que después se echó a reír. Jake tomó aliento, sentía claustrofobia. Sin embargo, a nadie más parecía pasarle. Todos eran jóvenes, algunos tanto como Danny, que daba golpecitos en la mesa al ritmo de la música. Jake nunca había sacado a Lena a bailar con su vestido azul. Los clubs, por entonces, se habían convertido ya en algo oscuro, apagado por los nazis, que tomaban notas entre el público durante los números cómicos. Ya no era divertido, sólo algo que enseñar a los turistas que querían ver el Femina, con los teléfonos en las mesas. Nadie había podido ser joven entonces, no así, y eso sólo sucedía una vez.

– Enseguida vuelvo -dijo Danny mientras se levantaba-. Hay que ir a vaciar el depósito, ¿verdad? Vigílame a Gunther… Se descontrola cuando se queda medio dormido.

Jake vio cómo la cabeza de pelo alisado avanzaba entre la muchedumbre. ¿Cuántas noches pasaría Gunther allí sentado, finalmente ajeno incluso al olor? Los contornos de las parejas de la pista se habían vuelto borrosos. Quizá fuera eso lo que veía, siluetas saltando entre la bruma, la música casi reducida a un eco. Jake pensó entonces que a lo mejor también él estaba un poco borracho. Otra canción de ensueño, I’ll Get By. Allí volvía a estar el vestido azul, inclinado en un soldado. La rubia entrada en carnes.

Entornó los ojos. Si cerraba los ojos a todo lo demás, tal vez pudiera ver el vestido tal como había sido, sin esas protuberancias ni esas tiranteces, moviéndose con ella. Recordó aquella fiesta del Club de Prensa en la que él la había estado mirando desde otra sala, su vestido se volvió al fin y sus ojos le sonrieron en secreto con un fugaz destello, como las lentejuelas.

La rubia se volvió entonces y el vestido quedó oculto por el uniforme. Jake sólo veía el hombro, lleno de lentejuelas relucientes. Al ver que la rubia alzaba la mirada con expresión de alarma, Jake comprendió la impresión que debía de dar: un borracho que avanzaba pesadamente entre la gente con paso resuelto y seguro, igual que un sonámbulo. La chica miró a otro lado, asustada. No, no estaba asustada, lo había reconocido. No estaba tan regordeta como en los tiempos de la Columbia, pero seguía siendo una chica robusta. Fräulein Schmidt. Mala mecanógrafa, espía de Goebbels.

– Hannelore -dijo Jake al acercarse.

– Vete. -Brusca, nerviosa. -¿De dónde has sacado el vestido? -preguntó Jake en alemán.

El soldado, molesto, había dejado de bailar.

– Eh, usted, piérdase.

Jake la cogió del brazo.

– El vestido. ¿De dónde lo has sacado? ¿Dónde está ella?

La chica se zafó de él.

– ¿Qué vestido? Déjame.

– Es de ella. ¿Dónde está?

El soldado se interpuso entre ambos y agarró a Jake del hombro.

– ¿Qué le pasa, es usted sordo o algo así? Largo.

– La conozco -dijo Jake, intentando quitarlo de en medio.

– ¿Sí? Bueno, pues ella no quiere verlo. Aire -dijo el soldado, y le dio un empellón.

– Que te jodan.

Jake lo empujó también, y el soldado se tambaleó un poco. Jake volvió a coger a la chica del brazo.

– ¿Dónde está?

– Déjame en paz. -Un alarido lo bastante fuerte para llamar la atención. La gente que estaba alrededor se detuvo a medio paso de baile. La chica alargó un brazo hacia su soldado-. ¡Steve!

El soldado cogió a Jake de un hombro y le hizo girar sobre sí mismo.

– Esfúmate o te dejo KO, capullo.

Jake le apartó la mano y volvió a avanzar hacia la chica.

– Sé que es de ella.

– ¡Es mío! -gritó la muchacha, alejándose.

Jake no dejaba de mirarla, por lo que no vio venir el puñetazo, un golpe directo al estómago que lo hizo doblarse, sin respiración.

– Y ahora largo.

Detrás de ellos se oyó cómo corrían sillas. La boca de Jake se llenó de un sabor a whisky amargo. Sin pensarlo, se abalanzó sobre el soldado para intentar empujarlo, pero el chico lo estaba esperando. Se hizo a un lado, le plantó el puño en la cara y lo envió hacia atrás. Jake oyó gritos a su alrededor mientras estiraba los brazos intentando asirse al aire. Una ingravidez pasmosa, mientras caía. Y sintió que su cabeza golpeaba contra el suelo. Oyó otro golpe cuando la gente se retiró contra una mesa, después todos se inclinaron sobre él y apartaron al soldado con el puño aún alzado. Cuando Jake intentó levantar la cabeza, la boca se le llenó de sangre y sintió náuseas, cerró los ojos para controlarlas. «No te desmayes.» La banda dejó de tocar. Más gritos. Unos hombres se llevaban al soldado a rastras. Otro soldado se inclinó sobre él.

– ¿Está bien? -Después se dirigió a la gente-: Dejen que corra el aire, por el amor de Dios. -Jake intentó levantarse otra vez y volvió a cerrar con fuerza la boca sobre otra bocanada de bilis, mareado-. Tranquilo.

Rostros inclinados hacia él: una chica con pintalabios rojo, pero no era Hannelore.

– Espere. No los dejen marchar -dijo Jake, intentando ponerse de pie-. Tengo que…

El soldado lo retuvo.

– ¿Está loco o qué?

– Ha empezado él -dijo alguien-. Yo lo he visto.

Entonces llegó Gunther, alerta, y le limpió la comisura de los labios con un pañuelo. Se levantó, cogió una botella de la mesa de al lado y empapó la tela con whisky.

– Eh. Malgasta tu propia bebida, joder.

Un latigazo intenso y cauterizante, tan sorprendente como el primer puñetazo. Jake se estremeció.

– Heroicidades -dijo Gunther mientras le limpiaba la boca-. ¿Puede mover la cabeza?

Jake asintió, otro dolor agudo, después se agarró al brazo de Gunther para levantarse.

– No los deje marchar -dijo mientras miraba desesperado en torno a él y se dirigía ya a la puerta.

Una docena de manos lo retuvieron por los brazos.

– Siéntese, joder. ¿Quiere que venga la policía militar?

Lo sentaron en una silla. Alguien le hizo una señal a la banda para que volviera a tocar.

– Era su vestido -le dijo Jake a Gunther, que lo miraba sin abrir la boca.

– ¿Está con usted? -le preguntó el soldado a Gunther-. Aquí no queremos problemas.

– No lo entiende -dijo Jake mientras se ponía en pie.

El soldado lo obligó a sentarse una vez más.

– No, el que no lo entiende es usted. Se acabó. Verstebenf. Como se mueva, también yo lo dejo KO.

– Lo llevaré a casa -dijo Gunther con calma, apartando la mano del soldado-. No dará más problemas.

Lo agarró del brazo y lo obligó a caminar despacio hacia la puerta. La gente los miraba mientras avanzaban entre las mesas.

– Tengo que encontrarla -dijo Jake.

Fuera, los mismos coches aparcados y los chóferes de antes, la calle negra. Jake miró en ambas direcciones, la oscuridad se lo había tragado todo.

– Bueno, amigo, ¿qué ha sucedido?

Jake se tocó la nuca, un reguero de sangre.

– No tengo mucho tiempo. Vuelva. Estaré bien. -Se acercó a uno de los chóferes-. ¿Ha visto a una rubia vestida de azul?

El chófer lo miró con recelo.

– Vamos, es importante. Una chica grande con un soldado.

– ¿A usted qué le importa?

– Dígaselo -ladró Gunther. De pronto le salía el policía.

El chófer apuntó con el pulgar hacia el este, hacia la iglesia de la Memoria. Gunther lo detuvo.

– Se han marchado -dijo sin más-. Es peligroso.

Sin embargo, Jake ya se había deshecho de su mano y había echado a correr. Oía a Gunther gritar detrás, pero también ese sonido se desvaneció enseguida, ahogado por el ruido irregular de su respiración.

Las nubes habían cubierto la poca luna que había, así que la oscuridad parecía tangible, como una niebla que se podía apartar con la mano. Se habían marchado hacía pocos minutos, no podían haber desaparecido, pero en la calle no había ni un alma. ¿Y si el chófer le había mentido? Corrió más deprisa, pero metió el pie entre unos adoquines sueltos del pavimento. El dolor lo recorrió de arriba abajo y se sumó a la sorda molestia de la cabeza. Se detuvo con las manos en el estómago para recobrar el aliento. No podían estar muy lejos. Se habrían quedado en la Ku'damm con la esperanza de encontrar las luces de un bar en algún sótano. Las calles laterales eran imposibles, impracticables, a causa de los escombros invisibles. Suponiendo que hubieran seguido ese camino.

Por delante, una pequeña luz titilaba en un umbral. Jake echó a andar de nuevo cojeando un poco, el pie dolorido lo frenaba.

– Hola, soldadito -llamó una voz melosa desde donde había visto la luz.

Después vio otro resplandor, una linterna debajo de la barbilla de la puta, que bañaba todo su rostro cansado con una luz fantasmal.

– ¿Has visto pasar a una pareja? -preguntó en alemán-. Una rubia.

– Ven conmigo. ¿Por qué no? Cincuenta marcos.

– ¿Los has visto? -repitió Jake con insistencia.

– Vete al cuerno.

La mujer apagó la linterna para ahorrar pilas y desapareció en la oscuridad.

Jake logró distinguir la silueta irregular de la iglesia bombardeada contra el cielo nocturno cuando un camión pasó por el cruce. El viejo corazón del oeste de la ciudad, lleno de luces de teatros que ahora eran sombras oscuras. Recordó Londres sumida en la oscuridad, autobuses que aparecían de la nada, con los faros reducidos a ranuras, como ojos de cocodrilo. Siempre había detestado esa ceguera, tropezar en las aceras, pero las ruinas lo hacían aún peor. Inquietantes y retorcidas formas de pesadilla. Un jeep salió desde la amplia Tauentzienstrasse e iluminó unos instantes la acera. Un grupo de soldados salían de un bar y, entre ellos, sosteniendo una linterna, vio a un soldado alto con una rubia.

Jake apretó el paso sin hacer caso al dolor que sentía en el pie. Caminaban en dirección a Wittenbergplatz, la ruta que Jake solía seguir para ir a su casa, por delante de los escaparates del KaDeWe. No podía perderla. Habían ido a pie, de modo que no podían ir muy lejos. Quizá otro club. Hannelore Schmidt, espía de Goebbels, no quería reconocerlo. Cogida del brazo con el nuevo orden. Se preguntó qué habría explicado Hannelore en su Fragebogen. Seguro que no las llamadas a Nanny Wendt. ¿De dónde habría sacado el vestido? Desvalijando el viejo piso de Pariserstrasse. Quizá lo había cambiado por cupones de alimentos. La chica sabía algo. Esta vez no era una búsqueda ciega en los archivos de Bernie, sino una conexión real.

Jake los vio entonces cruzar la calle guiados por la zigzagueante luz de la linterna, que iluminó a un grupo de desplazados acurrucados en la plaza. Hannelore estaría a salvo con Steve, un hombre que resultaba útil en una pelea. Jake se tocó la comisura de los labios, dolorida, aún ensangrentada. Ya habían cruzado Wittenbergplatz.

Fue entonces cuando se detuvo frente al escaparate roto mirando cómo el pequeño haz de luz avanzaba hacia la conocida puerta maciza. Casi le pareció un chiste; iban precisamente allí. Su viejo piso, por el que había pasado todo el personal de la Columbia, hasta que al final también Hal Reidy se había marchado. ¿Se lo habría pasado Hal como gratificación de despedida? ¿O se habría instalado ella sin más, haciéndose con otro botín, como con los coñacs franceses y los jamones daneses que habían llegado en grandes cantidades a la ciudad aquel último año? Los mansos heredaban, al fin y al cabo, incluso Hannelore Schmidt. ¿Y ahora qué? ¿Subía corriendo la escalera para tener otra sesión de boxeo con Steve? Ya sabía dónde vivía la chica. Podía regresar al día siguiente, llevarle café como ofrenda de paz y hablar con ella de forma serena. Se encendió una luz en la ventana. La ventana de Jake. Imaginó a Hannelore tendida con el soldadito en su sofá, el vestido de Lena tirado por ahí, las lentejuelas por el suelo. ¿De dónde lo habría sacado?

Cruzó la plaza teniendo cuidado de evitar a los desplazados y entró en su calle, un camino que había recorrido un millón de veces. Abrió la gran puerta de madera. Reinaba una oscuridad total, la luz del vestíbulo había desaparecido, o la habían robado. Oyó agua goteando en un cubo en un rincón, pero era su casa, una escalera que podía subir con los ojos cerrados. Fue caminando a tientas, rozando la barandilla. Un giro en el descansillo, luego su piso y siguiendo la barandilla hasta la puerta. Llamó, no muy fuerte, la fuerza de la costumbre. El sonido más aterrador de toda Alemania, un golpe en la puerta. Esta vez más fuerte.

– Hannelore.

¿Y si se negaba a abrir? Intentó con el pomo. Cerrado. Su piso. Volvió a llamar, aporreó la puerta con toda la palma de la mano, unos golpes constantes.

– ¡Hannelore!

Por fin el sonido de la cerradura que se abría, la puerta que abría una rendija, luego más ancha. Una mujer de mirada asustada, a contraluz. No era Hannelore, sino una mujer demacrada, de pelo ralo, palidez, enfermiza, otra ruina. Sin embargo, sus ojos se abrieron más sobre las oscuras ojeras.

– Lo siento -dijo Jake, abochornado, y dio media vuelta.

– Jacob -susurró ella.

Jake volvió a mirar, desconcertado. Esa voz. También el rostro, familiar, iba cobrando forma bajo esa piel pálida. No fue como Jake había imaginado. De nuevo la sensación de ingravidez que había sentido al caer entre las mesas de Ronny's.

– Lena. Dios mío. -También su voz fue un susurro, como si el sonido pudiera hacerla desaparecer, un fantasma, no del todo real.

– Jacob. -Alzó una mano y le tocó la sangre de la boca, y entonces Jake se dio cuenta de que el fantasma era él, ensangrentado y con ojos desorbitados, venido de otro mundo-. Has vuelto.

Jake le apartó la mano de la herida ensangrentada y se la llevó a la boca, la besó, acarició sus dedos, todavía incapaz de asimilar nada más. Sólo los dedos, reales, vivos.

Ella recorrió sus labios como si leyera Braille, intentando comprender sus relieves.

– Has vuelto.

Él asintió, demasiado feliz para decir nada, ingrávido pero aún en pie. Esta vez flotaba, como un globo, al ver que los ojos de ella se llenaban de lágrimas, demasiado asombrada aún para sonreír.

– Estás herido -dijo, tocándolo, pero él le apartó los dedos y los apretó en su mano mientras negaba con la cabeza.

– No, no. No importa. Lena, Dios mío.

La abrazó, la estrechó contra su pecho, la estrechó entre sus brazos. Le besó las mejillas, moviendo su cabeza con la de ella, besándola por todas partes como si todavía tuviese miedo de que fuera a evaporarse en cuanto dejara de tocarla.

– Lena.

No podía decir otra cosa.

Entonces la estrechó con fuerza, hundió su rostro en la melena de ella y sintió cómo Lena se apretaba contra él, cómo lo sostenía, hasta que de pronto, se desplomó como un peso muerto, y Jake comprendió que Lena se había desmayado.

7

Jake la llevó dentro. Había un cojín en el sofá en el que Hal solía tumbarse; la cama de Lena, sin duda. Pasó por delante del baño con ella a cuestas y llegó a la puerta del dormitorio. No tenía manos para abrirla, así que dio una patada. Steve abrió la puerta de golpe, en placas de identificación y calzones, con los calcetines aún puestos. Detrás de él, Hannelore, en combinación, soltó un gritito.

Steve avanzó hacia él.

– ¿Es que no te rindes?

– Se ha desmayado. Ayúdame a dejarla en la cama.

Steve no salía de su asombro.

– No pasa nada, soy un viejo amigo. Pregúntale a ella. -Inclinó la cabeza hacia Hannelore-. Venga, échame una mano.

Steve se hizo a un lado.

– ¿Quién es? -le preguntó a Hannelore.

– Lo conozco de antes de la guerra. No -le dijo a Jake, que entraba con Lena-. Ésa es mi cama. Ella está en el sofá. Dijo que serían sólo unos días, y mira ahora.

– Por mí podéis iros a joder al descansillo. Está enferma, necesita la cama. -La dejó con cuidado, pisando el vestido azul que estaba en el suelo-. ¿Tienes coñac?

– ¿Coñac? ¿De dónde voy a sacar coñac?

Steve sacó una petaca de su uniforme y se la dio. Unas gotas en los labios de Lena, un pequeño ahogo, los ojos medio abiertos. Jake le enjugó el sudor de la frente. Febril.

– ¿Vas a explicarme qué está pasando aquí? -dijo Steve.

– ¿Qué le pasa a Lena? -le preguntó Jake a Hannelore.

– No lo sé. Dejé que se quedara, estaba bien. Bueno, pensé que tendríamos dos raciones. Una ayuda. Y ahora esto. Se pasa el día ahí tumbada. Siempre pasa lo mismo cuado se tiene buen corazón. La gente se aprovecha. -Su voz sonaba dura y ofendida.

– ¿La ha visto un médico?

– ¿Quién tiene dinero para médicos?

– Parece que te va bien.

– No me hables así. ¿Qué sabes tú de nada? Te presentas así, ya no es tu piso. Ahora es mío.

– ¿Ésta casa es tuya? -preguntó Steve.

– Lo era. Ella trabajaba para mí -dijo Jake, mirando a Hannelore-, y para el doctor Goebbels. ¿Ya te lo ha dicho?

– Eso no es verdad. No puedes demostrar nada. -Miró a Steve, después se acercó a la mesita de noche y encendió un cigarrillo en actitud desafiante-. En cuanto te he visto he sabido que traerías problemas. Nunca te caí bien. ¿Qué mal he hecho? Acoger a una amiga, con buen corazón, y ahora me vas a meter en un lío.

– Jacob -dijo Lena sin apenas voz, después le apretó la mano y se la sostuvo con los ojos cerrados.

– Tráele algo para beber. Está ardiendo. Un poco de agua. Eso sí puedes permitírtelo, ¿verdad?

Hannelore lo fulminó con la mirada y fue a la cocina.

– A lo mejor está bien que hayas aparecido, ahora la alimentarás tú. Yo ya he hecho bastante.

– Una buena chica -comentó Jake cuando salió-. ¿Amiga tuya?

Steve se encogió de hombros.

– De vez en cuando. No está mal.

Jake lo miró.

– Seguro que sí.

– Toma -dijo Hannelore, alcanzándole un vaso de agua.

Jake le levantó la cabeza a Lena y la obligó a beber, después mojó su pañuelo en el agua y se lo puso en la frente. Lena abrió los ojos.

– Has vuelto -dijo-. Jamás creí que…

– Ahora está todo bien. Te traeré a un médico.

– No, no te vayas -dijo Lena, aferrando aún su mano.

Jake miró a Steve.

– Oye, necesito que me ayudes. Tenemos que encontrar a un médico.

– Es alemana, ¿verdad? Los médicos del ejército no tratan a civiles.

– En Ronny's hay un hombre que me conoce. Pregunta por Alford.

– ¿Alford? Yo conozco a Alford -dijo Hannelore.

– Bien, pues ve con él. Dile que es urgente… esta misma noche, y que su médico traiga medicamentos. Penicilina, supongo, todo lo que tenga. Dile que es un favor especial para mí. -Se levantó y sacó la cartera-. Ten. Dile que es un anticipo. Si cuesta más, se lo pagaré mañana. Lo que él quiera.

Los ojos de Hannelore se abrieron mucho al ver el dinero.

– Ni se te ocurra -apuntó Jake-. Ni un solo marco. Lo comprobaré.

– Vete al cuerno -dijo la chica, ofendida-. Ve a buscarlo tú.

– Escucha, Hannelore, te delataría por dos céntimos, y ellos te convertirían en una dama de los escombros. Es un infierno para las uñas. -Miró su manicura roja-. Vístete y ve.

– Eh, no puedes hablarle así…

– Y a ti te denunciaré por confraternizar con una nazi y asaltar a un oficial. Eso también puedo hacerlo.

Steve se lo quedó mirando.

– Qué tipo más duro.

– Por favor -pidió Jake-. Está enferma, por el amor de Dios, ¿no lo ves?

Steve miró la cama, asintió con la cabeza y empezó a ponerse los pantalones.

– Yo no soy nazi -adujo Hannelore-. Nunca fui nazi. Nunca.

– Calla y vístete -dijo Steve lanzándole el vestido.

– Siempre me trajiste problemas -le dijo a Jake, aún contrariada, mientras se ponía el vestido-. Siempre. ¿Qué te hacía tan perfecto? Siempre a escondidas con ella por todas partes. Lo supe desde el principio. Todos lo sabíamos.

– Toma -dijo Jake tendiéndole el dinero a Steve-, llévalo tú. Es un chico joven con el pelo alisado hacia atrás. -Se sacó una llave del bolsillo-. Tengo el jeep allí, por si quieres volver en coche.

Steve negó con la cabeza.

– Hannelore puede caminar.

– ¿Qué quieres decir con que puedo caminar? ¿Adonde vas? -preguntó la chica, discutiendo con él, mientras salían por la puerta.

– No te enfades con ella -dijo Lena en el repentino silencio-. Lo ha pasado muy mal.

Jake se sentó en la cama, mirándola, sin poder creerlo aún.

– Estabas aquí. Todo este tiempo -dijo, como si fuera algo extraordinario-. El otro día pasé…

– Sabía que Hannelore tenía el piso. No sabía adonde ir. Las bombas…

Jake asintió.

– Pariserstrasse, lo sé. Te he buscado por todas partes. Vi a Frau Dzuris. ¿Te acuerdas?

Lena sonrió.

– Pasteles de semillas de amapola.

– Ahora ya no está gorda. -Le limpió la frente y dejó la mano sobre su mejilla-, ¿Has comido algo?

– Sí, me trata bien. Comparte su ración, y además consigue algo más de los soldados.

– ¿Desde cuándo lo hace?

Lena se encogió de hombros.

– Comemos.

– ¿Cuánto hace que estás enferma?

– Un tiempo. No sé. La fiebre, esta semana.

– ¿Quieres dormir?

– No puedo dormir. Ahora no. Quiero oír… -Pero se le cerraban los ojos-. ¿Cómo me has encontrado?

– He reconocido el vestido.

Lena sonrió con los ojos todavía cerrados.

– Mi vestido azul bueno.

– Lena -dijo Jake mientras le acariciaba el pelo-. Dios mío.

– Oh, debo de estar horrible. ¿Puedes siquiera reconocerme?

Jake le besó la frente.

– ¿Tú qué crees?

– Es una bonita mentira.

– Estarás mejor aún en cuanto el médico te cure. Ya verás. Mañana traeré comida.

Ella apretó la mano de él contra su cara, mirándolo.

– Pensaba que no volvería a verte. Nunca. -Reparó en el uniforme-. ¿Eres soldado? ¿Has estado en la guerra?

Jake se volvió un poco y señaló la charretera del hombro.

– Corresponsal.

– Dime… -Lena se interrumpió y parpadeó, como si hubiese sentido un dolor repentino-. ¿Por dónde empezar? Cuéntame todo lo que te ha pasado. ¿Volviste a América?

– No. Una vez, de visita. Después Londres y por todas partes.

– Y ahora aquí.

– Te dije que volvería. ¿No me creíste? -La cogió de los hombros-. Todo será como antes.

Lena apartó la cabeza.

– No es tan fácil que todo sea como antes.

– Sí lo es. Ya verás. Nosotros somos los de antes.

Sus ojos, brillantes a causa de la fiebre, se humedecieron más aún, pero sonrió.

– Sí, tú eres el de antes.

Jake se frotó la cabeza.

– Casi. -La miró-. Ya verás. Será igual.

Lena cerró los ojos y él mojó otra vez el pañuelo, desconcertado ante sus propias palabras. Nada era como antes.

– Así que encontraste a Hannelore -dijo Jake, intentando darle conversación. Luego preguntó-: ¿Dónde está Emil?

– No lo sé -respondió ella con una voz curiosamente impersonal-. Muerto, quizá. Esto fue horrible, al final.

– ¿Estaba en Berlín?

– No, en el norte. Con el ejército.

– Ah -repuso él sin atreverse a decir más. Se levantó-. Voy a por más agua. Intenta dormir un poco antes de que llegue el médico.

– Como una enfermera -dijo ella, y cerró los ojos.

– Eso es, voy a ocuparme de ti. Duerme. No te preocupes, estaré aquí.

– Me parece imposible. Sólo he abierto la puerta.

Su voz se fue desvaneciendo.

Jake se volvió para ir a la cocina, pero se detuvo.

– ¿Lena? ¿Qué te hace pensar que está muerto?

– Habría sabido algo. -Levantó la mano para taparse los ojos-. Todos están muertos. ¿Por qué no él?

– Tú no lo estás.

– No, aún no -dijo con cansancio.

Jake la miró.

– Hablas así por la fiebre. Ahora vuelvo.

Cruzó el salón y entró en la cocina. Todo estaba igual. En el dormitorio, con la ropa de Hannelore y frascos de loción por todas partes, podía imaginar que estaban en algún otro lugar, pero lo de ahí fuera seguía siendo su piso: el sofá contra la pared, la pequeña mesa junto a la ventana. Ni siquiera los habían cambiado de sitio, como si sólo hubiese estado fuera un fin de semana. Los estantes de la cocina estaban vacíos: tres patatas y unas cuantas latas de raciones C, un bote de sucedáneo de café. No había pan. ¿Cómo vivían? Al menos Hannelore cenaba en Ronny's. Sorprendentemente, el hornillo de gas funcionaba. Un hervidor para preparar café. No había té. La cocina misma parecía hambrienta.

– Está frío -comentó Lena cuando le puso otro paño húmedo en la frente.

– Te bajará la fiebre. Sostenlo ahí.

Se quedó sentado mirándola un minuto. Una vieja bata de algodón llena de manchas de sudor, las muñecas tan delgadas que parecían a punto de quebrarse. Era como los adustos desplazados que había visto caminar con esfuerzo por el Tiergarten. ¿Dónde había estado Emil?

– Fui al Elisabeth -dijo-. Frau Dzuris me dijo que trabajabas allí.

– Con los niños. No había nadie para ayudarlos, así que… -Se estremeció-. Fui.

– ¿Lograste salir? ¿Antes del bombardeo?

– No fueron bombas. Proyectiles. Los rusos. Después el fuego. -Volvió la cabeza, los ojos anegados en lágrimas-. Nadie pudo salir.

Jake le dio la vuelta al paño, se sentía impotente.

– No pienses en eso ahora.

– Nadie pudo salir.

Ella sí, no obstante, de algún modo. Otra historia de Berlín.

– Ya me lo contarás más tarde -le dijo él con dulzura-. Duerme un poco.

Volvió a acariciarle el pelo, como si así pudiera evitar que recordara, y al cabo de unos minutos pareció funcionar. Los pequeños suspiros empezaron a suavizarse y se volvieron casi inaudibles, de modo que sólo el leve movimiento de su pecho indicaba que seguía respirando. ¿Dónde se había metido Hannelore?

Jake estuvo mirando un rato cómo dormía, después se levantó y curioseó por la habitación revuelta. Había ropa encima de la silla, un par de zapatos en el asiento. Sin pensarlo, se puso a recoger para llenar el tiempo. «Una habitación desordenada es señal de una mente desordenada», el viejo dicho de su madre, que se le había quedado grabado. Se dio cuenta de que estaba recogiendo por el médico, qué absurdo. Como si importara.

Abrió la puerta del armario. Le había dejado a Hal unas cuantas cosas suyas, pero ya no estaban, seguramente las habrían cambiado en los tablones de anuncios. En su lugar colgaba un abrigo de pieles junto a algunos vestidos. Pieles, un poco ajadas, pero pieles a fin de cuentas. Jake había oído decir que las habían recogido todas para enviarlas a las tropas del frente oriental. Sin embargo, Hannelore había conservado su abrigo. Un regalo, sin duda, de algún amigo del ministerio. O puede que lo rescatara después de algún bombardeo, cuando su propietaria ya no estaba.

Fue al salón. Allí no había mucho que arreglar: el sofá desvencijado bajo el que había una maleta guardada, algunas tazas sueltas que nadie había fregado. Cerca de la mesa de la ventana encontró algo nuevo: una jaula vacía, la contribución de Hannelore a la decoración. Por lo demás, todo como antes. Fregó las tazas con agua fría, limpió la encimera y el fregadero. Cuando no quedó más por hacer, se puso a fumar junto a la ventana, pensando en el hospital. ¿Qué más habría visto Lena? Todo aquel tiempo la había imaginado en el viejo piso, vistiéndose para salir, poniendo caras en el espejo, a salvo bajo la campana de cristal del recuerdo. Los últimos cuatro años sólo le habían sucedido a él.

Unos cuantos cigarrillos después, Jake oyó a Hannelore en la escalera.

– Deja la puerta abierta -dijo la chica, y apagó la linterna-. Si no, no lo encontrará.

– ¿Dónde está el médico?

– Ahora viene. Han tenido que ir a buscarlo. ¿Cómo está?

– Dormida.

Hannelore gruñó algo y se fue a la cocina, donde sacó una botella que estaba escondida en el estante más alto.

– ¿Dónde está Steve? -preguntó Jake.

– Me lo has fastidiado -dijo la chica mientras servía una copa-. No volverá.

– No te preocupes, hay muchos más donde encontraste a ése.

– ¿Crees que es fácil? ¿Qué voy a hacer ahora?

– Te lo compensaré. También te pagaré la habitación. No puede dormir aquí fuera.

– No, pero yo sí, ¿verdad? ¿Cómo voy a traer a nadie a un sofá?

– Te he dicho que te pagaré. Puedes tomarte vacaciones, descansar. Te sentará bien.

– Vete al cuerno -repuso ella, y entonces reparó en que había recogido las tazas de la encimera-. Vaya. Además, servicio de limpieza. Me ha tocado el premio gordo. -Esta vez sonaba aplacada, como si ya contase el dinero-. ¿Tienes un cigarrillo?

Jake le dio uno y lo encendió.

– Me la llevaré en cuanto esté mejor. Toma, acepta esto. -Le dio algo de dinero-. Ahora no puedo moverla.

– Está bien, está bien, nadie la está echando. Aprecio a Lena. Siempre se portó bien conmigo. No como otros -dijo, mirándolo-. Durante la guerra venía a veces, traía café, me hacía una visita. No por mí. Yo sabía por qué venía. Quería estar aquí, en el piso. Quería asegurarse de que seguía existiendo. Le traía recuerdos, supongo. Qué tontería. Todo tenía que estar igual. «Hannelore, has movido la silla. ¿No te gustaba ahí?» Yo sabía lo que pretendía, pero ¿qué importaba, con bombas todas las noches, dónde estuviera la silla? «Si te hace feliz, vuélvela a colocar donde estaba», decía yo, y ¿sabes?, lo hacía. Qué tontería. -Terminó la copa.

– Sí -dijo Jake. Otra campana de cristal-. ¿Te dejó Hal el apartamento?

– Claro. Era amigo mío, ¿sabes?

– No, no lo sabía -repuso Jake con verdadera sorpresa.

– Ah, es que tú no te dabas cuenta de nada. Sólo tenías ojos para ella. No veías nada más. Hal era muy amable. Siempre me gustaron los americanos. Incluso tú, un poco. No erais un mal grupo. A veces… -añadió, pero se detuvo-. No me traigas problemas. No fui nazi, no me importa lo que pienses. Nunca. Sólo de la Liga de Muchachas, todas las chicas del colegio tenían que inscribirse, pero nazi no. ¿Sabes qué harían? Me darían una cartilla de racionamiento V. Eso es una sentencia de muerte. No se puede vivir con eso.

– No quiero causarte problemas. Te estoy agradecido.

– Hmmm -masculló ella mientras apagaba el cigarrillo-. Pero sigo en el sofá. Bueno, espera a que vaya por mis cosas.

Cuando salió del dormitorio llevaba puesto un camisón de seda que dejaba ver la gran prominencia de sus grandes pechos. La amiga de Hal.

– ¿Te incomoda? -preguntó casi con coquetería-. Bueno, si tengo que estar aquí fuera, no puedo evitarlo.

Extendió una sábana sobre el sofá.

– ¿Sigue durmiendo?

Hannelore asintió con la cabeza.

– No tiene buena cara -dijo.

– ¿Cuánto hace que está enferma?

– Una semana, puede que dos. Cuando llegó, creí que sólo estaba cansada. Ahora todo el mundo está cansado. No me di cuenta. ¿Qué podía hacer? No había mucho que comer.

– Mañana traeré comida. Para las dos.

– ¿Y cigarrillos?

Se estaba limpiando la cara con un paño húmedo; se quitaba años al borrar el carmín. ¿Cuántos debía de tener, veinticinco?

– Claro.

– Herr Geismar -dijo para sí, sacudiendo la cabeza-. Otra vez en Berlín. ¿Quién lo habría dicho? Y en el piso de siempre, ¿eh?

– Esperaré despierto -dijo Jake-. Tú duerme, si quieres.

– Con un hombre en la habitación, lo dudo. Quizá descanse un poco.

Sin embargo, al cabo de un rato ya estaba dormida, con la boca abierta y la sábana tapándole apenas los pechos: el sueño despreocupado de una niña. La espera se alargaba. Escrutaba la siniestra oscuridad de Wittenbergplatz. Hacía listas mentales: comida, medicamentos, si lograba que le dieran algo en el dispensario fingiendo una enfermedad. Si no, Gunther podría conseguir de todo. Aunque ¿qué medicamento? Miró su reloj. La una y media. ¿Qué clase de médico se presentaba a las dos de la madrugada?

Llegó a las tres. Unos golpecitos en la escalera y luego un cuerpo esquelético en el umbral. Se aclaró la garganta como si estuviera llamando al timbre. Grotescamente delgado, tenía los ojos hundidos de campo de concentración. ¿De dónde lo había sacado Danny? Llevaba mochila en lugar de maletín de médico.

– ¿Es usted el médico?

– Rosen. -Asintió con formalidad-. ¿Dónde está la chica?

Jake señaló hacia el dormitorio y vio que Rosen reparaba en Hannelore, dormida en el sofá.

– Primero necesito un sitio donde lavarme las manos.

Jake supuso que era un eufemismo, pero Rosen se las lavó en el baño y luego las secó metódicamente, como un cirujano.

– ¿Hiervo agua? -preguntó Jake, perdido.

– ¿Por qué? ¿Está de parto?

En el dormitorio, Jake la despertó con dulzura y se apartó mientras Rosen le tocaba la garganta con las manos limpias en busca de alguna hinchazón. En lugar de termómetro, la palma de la mano en su frente.

– ¿Cuánto hace?

– No lo sé. Dice que hace una semana, más o menos.

– Demasiado. ¿Por qué no han avisado antes?

Era demasiado complicado de explicar, así que Jake se quedó allí de pie, no muy lejos.

– ¿Puedo hacer algo?

– Puede preparar café. No suelo estar despierto a estas horas.

Jake fue a la cocina, el médico se lo había quitado de encima como a un impaciente futuro padre que está de más. Llenó el hervidor y oyó la pequeña explosión del gas al encenderse. En el salón, Hannelore protestó y se dio la vuelta.

Jake regresó al dormitorio, pero se detuvo en la puerta. Rosen le había abierto la bata, así que estaba desnuda sobre la cama, y las manos del médico le separaban las piernas para examinarla con una inesperada intimidad. El cuerpo que Jake había visto tantas veces, al que había acariciado para despertarlo, estaba siendo manipulado como en una mesa de autopsias. «¡No es una de las chicas de Danny!», quería gritar, pero Rosen ya había reparado en su mirada de consternación.

– Ya lo llamaré -dijo con brusquedad-. Vaya a hacer café.

Jake se apartó del umbral. ¿Por qué la examinaba ahí abajo? Debía de ser lo único que hacía el médico de Danny, pero ¿a quién más podría haber avisado? Vio las manos sobre sus muslos blancos.

En la cocina se puso a darle vueltas al sucedáneo de café en una taza. Sin azúcar, sin nada. Los oía desde el pasillo; preguntas, las débiles respuestas de Lena. Cogió la taza para llevársela al médico, pero Rosen no lo quería allí. Jake dejó el café en la mesa y se sentó a mirar cómo se enfriaba. Hannelore se había despeinado, era una chica descuidada incluso durmiendo.

Cuando Rosen salió por fin, volvió a lavarse las manos en el grifo de la cocina. Jake se acercó al dormitorio.

– No. Le he dado algo para que duerma. -Vertió un poco de agua del hervidor en una taza y metió dentro una aguja hipodérmica-. Debería estar en un hospital. ¿Por qué ha esperado?

– ¿Qué le sucede?

– Estas chicas -dijo Rosen, negando con la cabeza-. ¿Quién le practicó el aborto?

– ¿Qué aborto? -dijo Jake, perplejo.

– ¿No lo sabía? -Se acercó a la mesa y dio un sorbo al café-. No tendrían que esperar tanto.

– ¿Está bien?

– Sí, ya ha pasado, pero tiene una infección. Falta de higiene, seguramente.

Jake se sentó, mareado. Otra cama y otras manos que la examinaban, no tan limpias.

– ¿Qué clase de infección?

– No se preocupe. No es venérea. Podrá volver a trabajar.

– No lo entiende. Ella no…

Rosen levantó la mano.

– Eso es cosa suya. Yo no hago preguntas, pero necesitará más penicilina. Sólo me quedaba una dosis. ¿Sabe poner inyecciones? No, eso pensaba. Volveré. Mientras tanto, déle esto. -Dejó unas pastillas en la mesa-. No son tan fuertes, pero hay que bajarle la fiebre. Que se las tome, no importa cómo sepan.

– Gracias -dijo Jake, y las guardó.

– Son caras.

– Eso no importa.

– Una chica valiosa -dijo Rosen con ironía.

– No es lo que cree.

– No importa lo que yo crea. Déle las pastillas. -Miró al sofá-. ¿Tiene a dos?

Jake apartó la mirada. Se sentía como Danny, insultado por el dinero de Sikorsky. Aunque ¿a quién le importaba lo que pensara Rosen?

– ¿Le ha dicho ella lo del aborto? -preguntó Jake.

– No ha sido necesario, me dedico a eso.

– ¿Es médico de verdad?

– Menudo es usted para pedir credenciales -dijo Rosen, después suspiró y bebió algo más de café-. Estudiaba medicina en Leipzig, pero me echaron, claro. Me hice médico en el campo. Allí nadie me pedía el título. No se preocupe, sé lo que me hago.

– Y ahora trabaja para Danny.

– Hay que ganarse la vida. Eso también se aprende en el campo. -Dejó la taza, preparado para irse-. Bien, las pastillas, no se olvide -dijo mientras se levantaba-. Vendré mañana. ¿Tiene algo para darme a cuenta?

Jake le dio algún dinero.

– ¿Bastará?

El médico asintió.

– La penicilina costará más.

– Lo que sea. Consígala. Pero ¿se pondrá bien?

– Si la mantiene alejada de las calles. Al menos de los rusos. Están todos enfermos.

– No es una prostituta.

– Bueno, tampoco yo soy médico. Sutilezas. -Se dispuso a marchar.

– ¿Mañana, a qué hora?

– Por la noche, pero no tan tarde como hoy, por favor. Ni siquiera por Danny.

– ¿Cómo puedo agradecérselo?

– No tiene que agradecerme nada. Págueme.

– Se equivoca con ella -dijo Jake, preguntándose por qué importaba-. Es una mujer respetable y la quiero.

Las facciones de Rosen se suavizaron ante esas inesperadas palabras de un idioma olvidado.

– ¿Sí? -Se volvió de nuevo con ojos cansados-. Entonces no pregunte por el aborto. Sólo déle las pastillas.

Jake esperó hasta que los pasos dejaron de oírse en la escalera y entonces cerró la puerta. «No pregunte.» ¿Cómo no iba a preguntar? Había puesto su vida en peligro. Cuestión de higiene. Dejó la taza en el fregadero, apagó la luz y cruzó el pasillo, agotado.

Lena estaba dormida, su rostro suave a la tenue luz de la lámpara. Tal como lo había imaginado, los dos en la cama, en su propia cama, abrazándose como si la guerra no hubiera sucedido. Pero todavía no. Se dejó caer en el sillón y se quitó los zapatos. Esperaría hasta que fuera de día, después despertaría a Hannelore para que la cuidara. Sin embargo, los muelles del sillón lo mortificaban tanto como sus pensamientos. Se levantó y se tumbó en su lado de la cama con el uniforme puesto. Por encima de la sábana, para no molestarla. Cuando alargó el brazo para apagar la luz, Lena se movió con inquietud, en sueños. Después, mientras miraba la oscuridad tumbado, ella le cogió la mano y se la sostuvo.

– Jacob -susurró.

– Chsss. No pasa nada, estoy aquí.

Lena se agitó un poco, su cabeza se movía a un ritmo lento, de modo que Jake se dio cuenta de que estaba dormida, de que él formaba parte del sueño.

– No se lo digas a Emil -dijo ella. Su voz perturbó el silencio de la habitación-. Lo del niño. Prométemelo.

– Te lo prometo -repuso él, y entonces el cuerpo de Lena se relajó, su mano aún en la de él, en paz, mientras Jake seguía mirando el techo, muy despierto.

Lena pasó casi todo el día siguiente dormida, como si el hecho de que Jake estuviera allí le hubiera permitido al fin enfermar de verdad y no tener que hacer el esfuerzo de levantarse. Jake aprovechó el tiempo para ir a buscar cosas: el jeep, que seguía allí milagrosamente; dinero de su cuenta del ejército; suministros en el economato militar, productos que abarrotaban los estantes y se apilaban en el suelo; una muda en Gelferstrasse. Recados cotidianos. Metió su maltratada máquina de escribir en la bolsa de la ropa, les dijo a los ancianos que estaría fuera un par de días y les pidió algo de comida para llevarse. Más latas. El anciano le dio algo del tamaño de una pastilla de jabón envuelto en papel.

– En Alemania hace mucho que nadie tiene mantequilla -dijo, y Jake asintió cual conspirador.

Fue al centro de prensa a recoger sus mensajes. Había bocadillos y rosquillas. Llenó otra bolsa.

– Vaya, veo que alguien ha tenido suerte -comentó Ron mientras le pasaba un comunicado-. El programa de hoy, por si te interesa, con detalles sobre la cena estadounidense: todos pasaron una agradable velada. Y así fue. He oído decir que Churchill se enfadó. Llévate bocadillos de jamón, es lo que más les gusta. Las Fräulein nunca se cansan del jamón. ¿Necesitas gomas?

– Alguien debería darte unos azotes.

Ron esbozó media sonrisa.

– Me lo agradecerás, créeme, no querrás volver a casa con pus entre las piernas. Por cierto, a los del noticiario les encantó tu actuación. A lo mejor aprovechan las tomas.

Jake se lo quedó mirando con desconcierto, pero después se encogió de hombros. No le apetecía discutir.

– No nos abandones -exclamó Ron mientras se marchaba a toda prisa.

Ya lo había hecho. Potsdam, incluso el bueno de Churchill, parecían quedar a un millón de kilómetros. Cuando pasó frente a las banderas del edificio de la sede central, sintió que salía de un país extranjero y lo aplaudió, pues lo había provisto de latas. Miró las bolsas llenas del asiento del acompañante. Comerían de lata, pero comerían. Las villas y los árboles de Grunewald estaban tan bonitos como siempre bajo la reluciente luz del sol. ¿Por qué no se había fijado antes? No vio escombros al recorrer la Kurfürstendamm a toda velocidad, sólo la alegre luz de la mañana. Por un momento tuvo la sensación de que seguía estando llena de tiendas. Lo importante era que bebiera líquido para no deshidratarse. Sopa, el remedio de todas las madres.

Tal como había predicho Ron, Hannelore se abalanzó sobre los bocadillos.

– Jamón, Dios mío, y pan blanco. No me extraña que ganarais la guerra si comíais así. Nosotros nos moríamos de hambre.

– Deja uno, ¿quieres? -dijo Jake mientras la veía engullir-. ¿Cómo está Lena?

– Dormida. Cómo duerme, menuda es. ¿Qué es eso?

– Sopa -contestó Jake, y puso un cazo al fuego.

– Sopa -repitió ella, como una niña en Navidad-. ¿No tendrás otra lata? Mi amiga Annemarie te lo agradecería mucho.

Al pensar que saldría de la casa, Jake se sintió generoso. Le dio dos latas y un paquete de cigarrillos.

– Esto es para ti.

– Lucky -dijo, pronunciando en inglés-. No eres mala gente.

Cuando entró con la sopa, Lena se había despertado y miraba por la ventana. Seguía pálida. Jake le puso una mano en la frente. No estaba tan caliente como antes, pero aún tenía fiebre. Empezó a darle la sopa, pero ella le quitó la cuchara y se sentó.

– No, puedo comer sola.

– Me gusta hacerlo.

– Me convertirás en una inválida. Me siento como una holgazana.

– No importa, no tengo nada mejor que hacer.

– Deberías trabajar -comentó ella, y se echó a reír; una señal de vitalidad.

La misma forma en que solía regañarlo para que volviera a la máquina de escribir.

– ¿Quieres algo?

– Un baño, pero no hay agua caliente. Es horrible cómo olemos.

– No me había dado cuenta -dijo Jake, y le dio un beso en la frente-. Déjame ver qué puedo hacer.

Tardó una eternidad. El agua hirviendo parecía enfriarse en cuanto tocaba la porcelana, así que tuvo que ir llevando cazos desde el hornillo, como si fuera una lenta cinta transportadora, hasta que al final consiguió llenar un poco la bañera, no con agua del todo caliente, pero sí algo más que tibia. Pensó en Gelferstrasse y su baño humeante.

– Jabón -dijo Lena-. ¿De dónde lo has sacado?

– Del ejército de Estados Unidos. Venga, métete.

Sin embargo, Lena dudó un instante, el viejo pudor.

– ¿No te importa? -preguntó señalando la puerta.

– Antes no eras tan tímida.

Esa misma bañera, burbujas que le cubrían los pechos, risas de Jake mientras la secaba a ella y se mojaba él.

– Por favor, estoy muy flaca.

Él asintió, salió, cerró la puerta y se fue al dormitorio. Olía a humedad, a pesar de que la ventana estaba abierta; sábanas arrugadas que Hannelore no debía de haber cambiado en semanas. Aunque ¿cómo lavarlas? La más insignificante tarea doméstica se había convertido en toda una hazaña. Jake encontró otro juego en el armario y cambió la cama mientras oía los chapoteos de la bañera. Cama de hospital, sábanas bien estiradas.

Ya estaba recogiendo la cocina cuando Lena salió secándose el pelo con una toalla. Parecía más alegre, como si las oscuras ojeras de debajo de los ojos no hubieran sido más que suciedad.

– Déjame hacerlo a mí -dijo.

– No, métete en la cama. Voy a mimarte unos cuantos días.

– Tu máquina de escribir -dijo ella, se acercó a la mesa y tocó las teclas.

– No es la de antes. Aquélla se quedó en algún lugar de África. Me costó una barbaridad conseguir ésta.

Lena volvió a tocar las teclas. Jake vio que le temblaban los hombros, se acercó a ella y la volvió hacia sí.

– Qué bobada -dijo Lena, llorando-, una máquina de escribir.

Después se dejó caer sobre su hombro y lo abrazó. El rostro de Jake se hundió en su melena, que ahora olía a limpio.

– Lena -comentó al sentirla estremecerse contra él, aún llorando, tal como debería haber sido en la estación del tren, un arrebato involuntario.

Lena asintió con la cabeza. Permanecieron así un minuto, abrazados, hasta que él sintió el calor de su frente, se apartó un poco y le limpió las lágrimas de los ojos con los dedos.

– Descansa un rato, ¿eh?

Ella volvió a asentir.

– Es por la fiebre -dijo mientras se enjugaba los ojos y recuperaba el control de sí misma-. Qué bobada.

– Sí, es por la fiebre.

– Abrázame, como solías hacer.

Por un instante, Jake no quiso nada más. Estaba tan feliz que la habitación pareció desvanecerse. El pelo de Lena, sin embargo, volvía a estar húmedo de sudor, y sintió que se quedaba sin fuerzas.

– Vamos, te llevaré a la cama -dijo, y la abrazó mientras la acompañaba por el pasillo-. Sábanas limpias -dijo, ufano, aunque ella no pareció darse cuenta.

Se metió en la cama y cerró los ojos.

– Te dejaré dormir.

– No, háblame. Es como una medicina. Cuéntame algo de África. No de la guerra. Cómo era.

– ¿Egipto?

– Sí, Egipto.

Jake se sentó en la cama y le acarició el pelo.

– El río es precioso, ¿sabes? Hay barcas de vela.

Lena entornó los ojos como si quisiera verlas.

– ¿Barcas? ¿En el desierto?

– Y templos. Enormes. Algún día te llevaré -dijo y, al ver que no respondía, continuó y le describió El Cairo, el viejo zoco, las pirámides de especias, hasta que vio que el sueño se la había llevado lejos, como una barca en la corriente.

Terminó de recoger y, después, por costumbre, se sentó a la máquina de escribir. Lena tenía razón; tenía que trabajar, esperarían recibir algo al cabo de un par de días, y allí tenía la vieja mesa donde solía escribir sus artículos contemplando el ajetreo de la plaza. Ahora la calle estaba casi desierta. Sólo el escaso flujo de camiones y refugiados. Pero Jake estaba hechizado por ese escenario que tan bien conocía. Empezó a escribir y el repiquetear de las teclas llenó la sala como un viejo disco de fonógrafo encontrado en el fondo de un cajón.

«Potsdam de cerca», algo que pudiera extraer de los rumores y las fotografías, pero que le diera ocasión de colocarse cara a cara con los Tres Grandes, como si también él hubiera estado en la mesa de juego, hablando con ellos, el único periodista presente. Algo que le gustara al Collier's. A lo mejor incluso conseguía un titular en portada. Adornado con detalles de testigos oculares: la estrella roja de geranios, las chimeneas, las patrullas de rusos. Después, el contraste con el centro de Berlín: su recorrido del primer día, Churchill en la Cancillería. Se pondría en el lugar de Brian Stanley, a quien no le importaría nada y puede que ni siquiera llegara a enterarse. Nuestro hombre en Berlín. No era lo que había sucedido en realidad -un vil asesinato, su antigua vida reencontrada-, pero sí lo que importaba en Collier's. Bastaría para que no le rescindieran el contrato. El partido de fútbol americano como colofón: mientras los Tres Grandes negociaban, se construía la paz. Al terminar le sobraban mil palabras, pero ya se ocuparían de eso. El volvía a estar en marcha. Que recortaran a Quent Reynolds.

Rosen llegó antes de la cena, esta vez no de manera furtiva, sino incluso disculpándose.

– El señor Alford me ha explicado la situación. Perdone si…

– Qué más da. Está usted aquí, eso es lo que importa. Ha estado durmiendo.

– Sí, bien. ¿No le ha dicho nada… de lo que le dije? A veces es un tema delicado, después de lo que han sufrido. Sus novios regresan, creen que todo el mundo espera. Es difícil.

– A mí no me importa.

– ¿No? No siempre es el caso.

Otra historia de Berlín que no llegaría a imprenta, discusiones y lágrimas. Pensó en los soldados que cruzaban el Landwehrkanal aquel día, casi en casa.

Esta vez Rosen había traído un termómetro.

– Está algo mejor -dijo-. La penicilina debe de estar haciendo efecto. Un fármaco milagroso. Extraído del moho. Imagínese.

– ¿Hasta cuándo lo necesitará?

– Hasta que mejore -repuso el médico con vaguedad-. La infección no se cura con una única inyección, por muy milagrosa que sea. Y usted, gnädige Frau, beba, y duerma, nada de salir de compras. -Una afable frase para reconfortar a una enferma, como si aún quedaran tiendas-. Piense en cosas bonitas. A veces eso es lo mejor.

– El me cuida -dijo Lena-. Ha cambiado las sábanas.

Sí se había dado cuenta.

– Vaya -dijo Rosen, asombrado, alemán después de todo.

Jake le dio el dinero en el salón.

– ¿Quiere algo de comida? -preguntó, y señaló las latas que había en la encimera-. Del economato.

– Quizás algo de carne enlatada, si puede.

Jake le ofreció una lata.

– Las recuerdo -dijo Rosen, mirándola-. Los americanos nos dieron de éstas cuando nos sacaron de allí. No podíamos digerir, la comida era demasiado fuerte. No se quedaba dentro. Lo devolvíamos todo, allí, delante de ellos. Creo que se ofendieron. ¿Cómo iban a saberlo? Discúlpeme por ayer noche. A veces no sólo vomita el cuerpo, al espíritu también le pasa.

– No tiene que explicarme nada. Estuve en Buchenwald.

Rosen asintió y se dirigió a la puerta.

– Siga con las pastillas, no se olvide.

Lena insistió en levantarse para cenar, así que los tres se sentaron a la mesa. Hannelore rebosaba buen humor, como si el bocadillo de jamón también hubiese sido una inyección para ella.

– Espera a ver lo que he conseguido en Zoo Station, Lena. Por diez cigarrillos. La mujer quería la cajetilla entera, y yo le he dicho: «¿Quién cambia una cajetilla por un vestido?» Diez ya me parecían muchos, pero no he podido resistirme. Además, está en buen estado. Te lo enseñaré.

Se levantó y se pegó el vestido al cuerpo.

– ¿Ves qué buen corte? Creo que esa mujer conocía a alguien. Ya sabes. Mira cómo me sienta. No es nada estrecho por aquí.

Se desnudó sin una pizca de pudor y se puso el vestido nuevo encima de la combinación.

– ¿Ves? A lo mejor se podría meter un poco de aquí, pero por lo demás es perfecto, ¿no te parece?

– Perfecto -dijo Lena, tomándose la sopa. Ya tenía mejor color.

– No me creo la suerte que he tenido. Me lo puedo poner esta noche.

– ¿Vas a salir? -preguntó Jake.

Un regalo inesperado, el piso para ellos solos.

– Claro que voy a salir. ¿Por qué no? Han abierto un cine nuevo en Alexanderplatz.

– Los rusos -dijo Lena con gravedad.

– Bueno, algunos son simpáticos. Además, tienen dinero. ¿A quién más tenemos?

– A nadie, supongo -dijo Lena con indiferencia.

– Exacto. Los americanos son más agradables, claro, pero no hablan alemán, sólo los judíos. ¿Vas a terminarte eso?

Jake le pasó su pedazo de pan.

– Pan blanco -dijo, como una niña con un dulce-. Bueno, será mejor que me arregle. Van con el horario de Moscú y lo hacen todo muy temprano. ¿No es una locura, con todos esos relojes que tienen? Deja los platos, ya lo haré yo después.

– No pasa nada -repuso Jake, que sabía que no lo haría.

Al cabo de un minuto oyeron el grifo del baño, después un pulverizador de perfume. Al terminar, Lena se recostó en la silla y miró por la ventana.

– Voy a hacer café -dijo Jake-. Tengo un regalo para ti.

Lena le sonrió y luego volvió a mirar por la ventana.

– No hay nadie en Wittenbergplatz. Antes estaba llena de gente.

– Toma, prueba -dijo Jake dándole un café con una rosquilla-. Está mejor si la mojas.

– Es de mala educación -repuso ella, riendo, pero la hundió con delicadeza y dio un mordisco.

– ¿Ves? Jamás dirías que están secas.

– ¿Qué tal estoy? -preguntó Hannelore, peinada otra vez igual que Betty Grable-. ¿No me queda bien? Con una pinza aquí. -Se recogió el costado y luego cogió el bolso-. Que te mejores, Lena -dijo con despreocupación.

– No traigas a nadie -dijo Jake-. Lo digo en serio.

Hannelore hizo una mueca de adolescente rebelde y dijo:

– ¡Ja! -Demasiado engreída para molestarse-. Miraos, menuda pareja de viejos. No me esperéis levantados -dijo, y se fue.

– Pareja de viejos -repitió Lena mientras removía el café-. Aún no tengo treinta.

– Treinta no son nada. Yo tengo treinta y tres.

– Tenía dieciséis cuando llegó Hitler. Piénsalo. Toda mi vida, sólo nazis. -Volvió a mirar las ruinas de fuera-. Nos lo han robado todo, ¿verdad? -comentó con ánimo sombrío-. Todos estos años.

– Todavía no necesitas bastón -bromeó Jake y, cuando Lena logró sonreír, le cogió la mano desde el otro lado de la mesa-. Empezaremos de nuevo.

Ella asintió.

– A veces no es tan sencillo. Pasan cosas.

Jake apartó la mirada. ¿Por qué sacar el tema? Sin embargo, parecía una invitación.

– Lena -dijo, aún sin mirarla-. Rosen dice que te han practicado un aborto. ¿Era de Emil?

– ¿Emil? -Fue casi una carcajada-. No. Me violaron -se limitó a decir.

– Ah -repuso él, sólo un sonido.

– ¿Te molesta?

– No. -Una mentira instantánea, sin perder ni un solo segundo-. ¿Cómo…?

– ¿Cómo? Como siempre. Un ruso. Cuando atacaron el hospital, violaron a todo el mundo. Incluso a las embarazadas.

– Cielo santo.

– No es tan extraño. Al final era lo habitual. Qué aprensivos sois los hombres. Violan, pero nunca quieren hablar de ello. Las mujeres sí. Era lo único de lo que hablábamos por aquel entonces… ¿Cuántas veces? ¿Te han contagiado algo? Durante semanas tuve miedo de haberme contagiado de alguna enfermedad. Pero no, en lugar de eso tenía un pequeño ruso. Después, cuando me deshice de él, cogí otra clase de infección.

– Rosen dice que no es venérea.

– No, pero creo que no podré tener hijos.

– ¿Dónde te lo hicieron? -preguntó, imaginando un callejón oscuro, el tópico de su juventud.

– En una clínica. Éramos tantas que los rusos montaron una clínica. «Excesos de las tropas.» Primero violan y luego…

– ¿No había un médico?

– ¿En Berlín? No había de nada. Mis padres estaban en Hamburgo. Sabe Dios si seguirán vivos. No tenía adonde ir. Una amiga me habló de ese sitio y dijo que era gratis. Otro regalo de los rusos.

– ¿Dónde estaba Emil?

– No lo sé. Muerto. Aquí no, en cualquier caso. Su padre sigue vivo, pero no se hablaban. No podía acudir a él. Culpa a Emil de todo esto, ya puedes imaginarte.

– ¿Porque se afilió al partido?

Lena asintió.

– Por su trabajo. Sólo fue por eso, pero su padre… -Levantó la vista-. ¿Lo sabías?

– Nunca me lo dijiste.

– No. ¿Qué habrías dicho?

– ¿Crees que me habría importado?

– A lo mejor a mí sí, no sé. Esta habitación, además… Cuando veníamos aquí, estaba muy lejos de todo aquello. De Emil, de todo. Era un mundo aparte. ¿Lo entiendes?

– Sí.

– De todas formas no era uno de ellos. No estaba metido en política. El Instituto, eso era lo único que le importaba. Sus números.

– ¿Qué hizo durante la guerra?

– Nunca me lo dijo. No le permitían hablar de ello, pero está claro que eran armas. Es lo que hacían todos los científicos, fabricar armas. Incluso Emil, con la cabeza siempre metida en un libro. ¿Qué otra cosa podían hacer? -Levantó la mirada-. No lo disculpo. Era la guerra.

– Lo sé.

– «Quédate en Berlín, es mejor», me dijo. No quería que participara en todo aquello, pero los bombardeos se hicieron tan terribles que al final dejaron que las mujeres nos fuéramos con ellos. Para que los maridos no se preocuparan. Pero ¿cómo iba a irme entonces? -dijo, mirando la taza mientras los ojos se le llenaban de lágrimas-. ¿Qué importaba? No podía irme de Berlín. No después de lo de Peter… -Se le ahogó la voz, perdida en algún pensamiento íntimo.

– ¿Quién es Peter?

Lena lo miró.

– Se me olvidaba. No lo sabes. Peter era nuestro hijo.

– ¿Un hijo? -preguntó Jake, herido aun a su pesar. Una familia, con otro hombre-. ¿Dónde está?

Lena volvió a mirar a la taza.

– Murió -dijo sin emoción en la voz-. En un bombardeo. Con casi tres años. -Volvieron a afluirle lágrimas a los ojos.

Jake le cogió la mano.

– No tienes por qué explicármelo.

Sin embargo, ella no lo oía. Las palabras salían solas, como si fuera una purga.

– Lo dejé en la guardería. ¿Por qué lo hice? Lo había tenido toda la noche en el refugio conmigo. Dormía en mi regazo, no lloraba como los demás niños. Bueno, pensé, ya se ha acabado, una noche más, pero llegaron los americanos. Fue entonces cuando empezó: los británicos de noche, los americanos de día. Sin tregua. Eran las once, lo recuerdo. Estaba comprando cuando sonó la alarma y, por supuesto, volví corriendo, pero los guardias me detuvieron, todo el mundo al refugio. Pensé que en la guardería estaría a salvo, tenían un sótano profundo. -Calló unos instantes, mirando por la ventana-. Después del bombardeo fui allí. Todo había desaparecido. No quedaba nada. Todo estaba derruido. Las madres… tuvimos que desenterrarlos. Pasamos todo el día cavando, aún quedaba una posibilidad. Luego todos esos gritos cuando los íbamos sacando, uno a uno. Tuvimos que identificarlos, ¿sabes? Entre gritos. Perdí la cordura. «Calma, calma, los vais a asustar.» Imagínate, decir algo así. Lo más descabellado fue que… Peter no tenía ni un rasguño, nada de sangre, ¿cómo podía estar muerto? Pero estaba muerto, claro. Estaba azul. Después me explicaron que había sido por asfixia, que dejas de respirar, sin dolor. ¿Cómo lo sabían? Me quedé sentada en la calle con él todo el día. No podía moverme, aunque me lo ordenaran los guardias. ¿Por qué? ¿Sabes lo que es perder a un hijo? Mueres con él. Nada vuelve a ser lo mismo.

– Lena -la interrumpió.

– Lo único que piensas es: «¿Por qué lo dejé allí? ¿Por qué lo hice?».

Jake se levantó, se quedó de pie detrás de ella y le pasó las manos por los hombros para tranquilizarla.

– Pasará -dijo con calma.

Ella sacó un pañuelo y se sonó la nariz.

– Sí, ya lo sé. Al principio no lo creía, pero está muerto, lo sé, y eso es todo. A veces ya ni siquiera lo pienso. ¿No te parece horrible?

– No.

– No pienso en nada. Así es ahora. ¿Sabes qué solía pensar durante la guerra? Que vendrías y me rescatarías, de las bombas, de todo esto. ¿Cómo? No sé. Que caerías del cielo, a lo mejor, alguna locura semejante. Que aparecerías en la puerta, como ayer, y me llevarías contigo. Un cuento de hadas. Como la princesa del castillo. Ahora estás aquí y es demasiado tarde.

– No digas eso -repuso Jake. Volvió la silla y se inclinó para mirarla de cerca-. No es demasiado tarde.

– ¿No? ¿Todavía quieres rescatarme? -Le pasó los dedos por el pelo.

– Te quiero.

Lena se detuvo.

– Volver a oír eso. Después de todos estos horrores.

– Se ha terminado. Ya estoy aquí.

– Sí, estás aquí -dijo Lena, con las manos en las mejillas de él-. Creía que nunca volvería a pasarme nada bueno. ¿Cómo voy a creerlo? ¿Aún me quieres?

– Nunca he dejado de quererte. Es imposible.

– Pero todo este horror… y ahora soy una vieja.

Jake alargó una mano y le tocó el pelo.

– Somos una pareja de viejos.

Esa noche durmieron muy juntos. Jake la abrazó como si fuera un escudo que ni siquiera las pesadillas podían atravesar.

8

Lena mejoraba día a día, así que el siguiente fin de semana ya pudo salir. Hannelore había encontrado «temporalmente» un nuevo amigo, y Jake y Lena habían pasado días enteros solos, en un feliz aislamiento que al final se había convertido en reclusión. Jake había escrito un segundo artículo -«Aventuras en el mercado negro», rusos y relojes de Mickey Mouse, la escasez de alimentos, siempre omitiendo con discreción a Danny y a sus chicas-, y Lena había dormido y leído mientras se recuperaba.

Sin embargo, los días se habían vuelto bochornosos; el húmedo verano berlinés que solía llevar a todo el mundo a los parques arremolinaba el polvo de los escombros y cubriría las ventanas de arenilla. Incluso Lena estaba inquieta.

Ninguno de los dos había visto el sector ruso; Lena se negaba a ir allí sola. Así que Jake la hizo subir al jeep y fueron en dirección este, cruzando el barrio de Mitte, por Gendarmenmarkt y luego Opernplatz, donde habían tenido lugar las quemas de libros. Todo había desaparecido. Al ver la catedral de Berlín desplomada a lo lejos, se desalentaron tanto que decidieron cambiar de planes y dar un paseo por Unter den Linden, la vieja actividad de los domingos. Nadie paseaba ya. Encontraron una cafetería improvisada entre las ruinas, justo antes del tramo en que Friedrichstrasse se llenaba de rusos sudando al sol.

– No se irán nunca -dijo Lena-. Todo se ha acabado.

– Los árboles volverán a crecer -comentó Jake mirando los tocones negros.

– Dios mío, mira el Adlon.

Jake, sin embargo, miraba al personaje que cruzaba la puerta del hotel. Por lo visto el edificio sólo estaba medio derruido. Sikorsky lo vio a él en ese mismo instante y se les acercó.

– Señor Geismar, al final se ha decidido a hacernos una visita -dijo mientras le daba la mano-. Para el té de la tarde, quizá.

– ¿Todavía lo sirven?

– Por supuesto, es una tradición, según me han dicho. Ahora no es tan elegante, pero sí más democrático, ¿verdad?

De hecho, todos los hombres que Jake veía en la puerta lucían refulgentes medallas y condecoraciones. Un paraíso de generales.

– En la parte de atrás aún quedan algunas habitaciones. Desde la mía se ve el jardín de Goebbels, o eso me han dicho que era. Discúlpeme -dijo, volviéndose hacia Lena-. Soy el general Sikorsky. -Una cordial reverencia.

– Lo siento -dijo Jake-. Fräulein Brandt. -¿Por qué no Frau?

– ¿Brandt? -repuso el general, mirándola con atención-. Es un nombre muy común en Alemania, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Es berlinesa? ¿Tiene familia aquí?

– No. Murieron todos. Cuando llegaron los rusos -dijo Lena, una inesperada provocación.

Sin embargo, Sikorsky se limitó a asentir con la cabeza.

– Los míos también. Mi esposa, dos hijos. En Kiev.

– Lo siento mucho -dijo Lena, avergonzada esta vez.

El general respondió con otro gesto de la cabeza.

– La suerte de la guerra. ¿Cómo es que una mujer tan hermosa sigue sin casarse?

– Estuve casada. El murió.

– Entonces, lo siento. Bueno, disfruten del paseo. Una triste vista -dijo Sikorsky mirando a la calle-. Hay mucho que hacer. Adiós.

– Hay mucho que hacer -repitió Lena cuando el general se hubo alejado-. ¿Quiénes lo han dejado así? Los rusos. ¿Has visto cómo me ha mirado?

– No le culpo, sabe reconocer a una chica guapa. -Jake se detuvo, le puso la mano en la mejilla y le tocó el pelo-. Eres guapa, ¿sabes? Mírate. Te ha vuelto el color a la cara. Como antes.

Lena lo miró y luego negó con la cabeza, tímida otra vez.

– No, no es eso. Recelo. Los rusos lo miran todo con recelo.

– Me han dicho que era de los servicios secretos. Miran a todo el mundo así. Vamos.

Cruzaron la puerta de Brandeburgo, forrada aún de carteles gigantescos de los Tres Grandes.

– No hay árboles -dijo Lena-. Oh, Jake, volvamos.

– Iremos a Grunewald a dar un paseo por el bosque. ¿Te apetece?

– ¿No está como esto?

– No, y seguro que allí no hace tanto calor -dijo mientras se enjugaba el sudor de la cara.

– ¿Algo para la dama? -preguntó un alemán con abrigo y sombrero tirolés que se les había acercado desde el Reichstag.

– No -dijo Lena-. Váyase.

– Tejido de antes de la guerra -dijo el hombre, abrió el abrigo y sacó una prenda doblada-. Muy bonito. De mi esposa. Casi no se lo ha puesto. ¿Ven? -Desdobló el vestido.

– No, por favor. No me interesa.

– Piense en lo guapa que estará -le dijo a Jake-. Para el verano, fresco. Tenga, toque.

– ¿Cuánto cuesta?

– No, Jake, no lo quiero. Mira qué viejo, es de antes de la guerra.

Sin embargo, eso era lo que había llamado la atención de Jake, era como los vestidos que solía llevar ella.

– ¿Tiene cigarrillos? -preguntó el hombre con avidez.

Jake sostuvo el vestido frente a Lena. La cintura fruncida, la parte de arriba ablusada; tal como Lena había vestido siempre.

– Es bonito -dijo-. No te vendría mal.

– No, de verdad -insistió Lena, azorada, como si la estuvieran vistiendo en público y todo el mundo pudiera verla. Miró en derredor con la esperanza de ver a la policía militar con sus silbatos-. Lléveselo.

– Te sentaría muy bien.

Jake sacó un paquete de cigarrillos. ¿Cuál había dicho Hannelore que era la tarifa? Sin embargo, justo entonces apareció la policía militar, soldados británicos con porras blancas que dispersaban a la multitud como si fueran gallinas. El alemán agarró el paquete y le tiró el vestido a Jake.

– Mil gracias -dijo a toda prisa-. Una ganga, no lo lamentará. -Y echó a correr hacia el gran arco con el abrigo ondeando al viento.

– Oh, qué estupidez. Además, es demasiado. Un paquete entero.

– No pasa nada. Me siento rico. -La miró-. Hacía mucho que no te compraba nada.

Lena dobló el vestido.

– Mira, está arrugado.

– Te lo plancharé, estarás preciosa. -Le puso la mano en el pelo-. Con la melena suelta.

Ella lo miró.

– Ya no lo llevo así.

– A lo mejor un día, con horquillas -dijo, quitándole una.

Ella le apartó la mano.

– Ay, eres imposible. Ya nadie lo lleva así.

Regresaron al jeep. Pasaron por Charlottenburg, recorrieron largas avenidas en ruinas y con el aire lleno de polvo, hasta que al final vieron los árboles de las lindes de Grunewald y, más allá, el agua, donde el río se ensanchaba y formaba los lagos. Allí hacía menos calor, aunque no mucho menos. Las nubes cubrían el sol y el agua parecía una pizarra. La atmósfera seguía cargada de apático bochorno. En el viejo club de yates había banderas británicas, pero la leve brisa no lograba moverlas. Vieron dos barcas en el agua, quietas, con las velas tan inmóviles como dos pinceladas blancas en un cuadro. Sin embargo, por fin habían dejado atrás la ciudad. Frente a ellos no sólo estaban los amplios lagos y, al otro lado, las villas residenciales de Gatow, que se vislumbraban entre los árboles. Siguieron la carretera que bordeaba la orilla sin prestar atención a las zonas carbonizadas del bosque, oliendo los pinos, el aire limpio de antes.

– Esas barcas deberían volver, va a caer una tormenta. Dios santo, qué calor. -Lena se secó el rostro con un pañuelo.

– Vamos a meter los pies.

Sin embargo, el pequeño tramo de playa desierta estaba lleno de botellas y trozos de proyectiles que habían quedado varados en la orilla, una marea de escombros, así que cruzaron la carretera hacia los bosques. El aire era bochornoso pero apacible, no había excursionistas gritándose ni caballos chacoloteando por los caminos de montar. Estaban solos como nunca antes lo habían estado, siempre escondiéndose del gentío de los domingos. Una vez habían hecho el amor allí, detrás de unos arbustos, entre el trotar de los caballos a sólo unos metros de distancia y el peligro de ser descubiertos, que los excitaba tanto como la desnudez.

– Recuerdo aquel día… -empezó a decir él.

– Sí. Ya sé en qué piensas. Estaba muy nerviosa.

– Te gustó.

– Y a ti.

– Sí -repuso él, mirándola, sorprendido al sentirse excitado sólo con recordarlo.

– Seguro que nos vieron.

– Ahora no hay nadie -dijo Jake, e impulsivamente la apoyó contra un árbol y la besó.

– Oh, Jake -lo reprendió ella-, aquí no. -Pero dejó que la besara otra vez. Abrió la boca y de pronto lo sintió contra su cuerpo, ahogó un suspiro y se apartó-. No, no puedo.

– No pasa nada. No hay nadie…

– No es eso -dijo Lena, negando con la cabeza, angustiada-. Cualquiera que me toque…

– Yo no soy cualquiera.

– No puedo evitarlo. -Agachó la cabeza-. Da igual. Por favor.

Jake le acarició la mejilla.

– Lo siento.

– No sabes cómo fue -dijo, aún mirando al suelo.

– No será así -repuso él con suavidad, pero ella se apartó y se alejó del árbol.

– Como un cuchillo -dijo, asfixiándose-. Desgarrador…

– Calla.

– ¿Cómo voy a callar? Tú no lo sabes. Crees que todo acaba pasando. Pues no pasa. Aún veo su cara. Me tocas y veo su cara. ¿Es eso lo que quieres?

– No -dijo él despacio-. Quiero que me veas a mí.

Lena no dijo nada más, corrió hacia él y le puso la mano en el pecho.

– Te veo, pero es que… no puedo. -Jake asintió-. No me mires así.

¿Cómo la miraba? ¿Con un arrebato de vergüenza y decepción? El primer día soleado después de su enfermedad se había vuelto tenebroso como el cielo encapotado.

– No es importante -dijo Jake.

– No lo crees.

El le puso un dedo bajo la barbilla y se la levantó.

– Quiero hacer el amor contigo, es diferente. Esperaré.

Lena apoyó la cabeza en su pecho.

– Lo siento. Es que aún…

– Iremos poco a poco. -Un beso suave-. ¿Ves? -Paró y la cogió por los hombros-. No será así.

– Para ti no -espetó ella, hiriéndolo, y así consiguió que se apartara un poco.

Una voz nueva, que Jake nunca le había oído, pero ¿quién la conocía mejor que él, quién conocía cada pequeña parte de ella?

– Poco a poco -repitió, y le dio otro beso para tranquilizarla.

– ¿Y después qué? -preguntó ella, de mal humor.

– Después un poco más -repuso él. Sin embargo, antes de poder besarla, en el cielo estalló al fin un estruendoso trueno seguido de un destello de luz. Jake sonrió, qué oportuno-. Después esto. Esto es lo que pasa. ¿Ves?

Lena lo miró.

– ¿Cómo puedes bromear con algo así?

Jake le acarició el rostro.

– Se supone que es divertido. -Empezaron a caer las primeras gotas-. Vamos, no deberías mojarte.

Lena miró al suelo y se mordió el labio.

– ¿Y si nunca ocurre? -Se detuvo y lo cogió de la camisa sin hacer caso de la lluvia-. Lo haré si tú quieres -dijo, sin ninguna emoción-. Aquí mismo, como la otra vez. Si quieres.

– Con los ojos cerrados.

– Lo haré.

Jake negó con la cabeza.

– No quiero que veas la cara de otro.

Lena miró hacia otro lado.

– Te has enfadado. Pensaba que querías…

– Como antes, no así. -Le pasó un dedo por el pelo-. De todas formas, me estoy mojando, y no hay nada como una ducha fría para quitarse esas ideas de la cabeza -dijo en un intento de quitarle hierro al asunto, aunque todavía la notaba incómoda.

– Lo siento -dijo Lena, cabizbaja.

– No lo sientas -repuso él, limpiándole la lluvia de las mejillas-. Tenemos mucho tiempo. Todo el tiempo que queramos. Vamos, estás empapada.

Lena seguía con la cabeza gacha, ensimismada, mientras él la llevaba de vuelta a la carretera. La lluvia arreciaba, había inundado el jeep y azotaba sus rostros cuando se pusieron en marcha. Jake salió de la carretera principal y se internó en los bosques, como si los árboles fueran a cobijarlos, menuda locura, olvidando que en esa parte del parque los caminos eran de tierra, llenos de surcos y charcos. Cuando llegaron a la carretera recta que iba al este aceleró más, le preocupaba que Lena cogiera frío con la lluvia y enfermara otra vez. Ella iba agachada tras el parabrisas, acurrucada para evitar la lluvia, la excusa perfecta para recluirse en sí misma.

Los bosques eran inhóspitos y sombríos, y Jake se maldijo por haber tomado ese atajo, que no estaba más seco y además estaba lleno de sombras, igual que el resto del día. ¿Qué había esperado, praderas soleadas y una manta de picnic húmeda de sexo? Era demasiado pronto. ¿Y si siempre era demasiado pronto? Con Lena temblando junto al árbol, Jake se había sentido igual que en aquella casa a punto de derrumbarse: llena de crujidos, demasiado débil para apuntalarla y mantenerla en pie. Un grito ahogado, sólo un roce. No sería así… ¿Qué sabía él? Era ella quien lo había pasado. Jake había intentado presionarla, puede que lo hubiera estropeado todo, como un chaval impaciente por echar un polvo. Sólo que no lo había planeado, había ocurrido sin más en un intento por recuperar el pasado, una de aquellas tardes en las que todo había sido hermoso, cuando ambos lo habían deseado. Era demasiado pronto.

Se detuvieron para refugiarse bajo el paso a desnivel de la Avus mientras los camiones del ejército rugían en el puente de hormigón encima de ellos. Lena seguía tiritando, no entraba en calor, no más que bajo la lluvia. Las paredes goteaban de humedad. Lo mejor sería darse prisa y cambiarse de ropa, no quedarse allí acurrucados y mojados. Sin embargo, ¿dónde? Wittenbergplatz quedaba a kilómetros de distancia. Al menos tenían que salir del bosque. Pasaron por Krumme Lanke, ya no quedaba mucho, y entonces Jake vio la calle que llevaba al Centro de Documentación. A lo mejor Bernie estaba allí, acurrucado en su sótano lleno de fichas, pero ¿de qué les serviría? Miró a Lena sobresaltado. Seguía encogida, tiritando. El reposo de la semana anterior no habría servido de nada. Un baño caliente. Recordó lo mucho que había costado calentar el agua de la bañera cargando cazos calientes. Pasó por delante del centro de prensa a toda velocidad. A lo mejor Liz tenía algo seco que prestarle. No estaba permitido llevar a civiles al alojamiento, pero ¿quién lo detendría? ¿La pareja de ancianos?

Tuvo suerte. En Gelferstrasse no había nadie, la casa estaba tan vacía que se podía oír el reloj de pared. Lena dudó antes de entrar.

– ¿Vives aquí? ¿Puedo pasar?

– Diremos que eres mi sobrina -dijo Jake tirando de ella.

Los zapatos mojados rechinaron en la escalera y dejaron huellas mojadas.

– Es ahí -dijo Jake señalando su puerta-. Te prepararé un baño.

Un agua tan caliente que desprendía vapor. Abrió el grifo al máximo, después vio el bote de sales de baño que Liz había dejado en el estante y echó un poco en el agua. Espuma, olor a lavanda… Quizá fuera un regalo del apuesto Joe.

Lena miraba a su alrededor desde la puerta. Tenía el vestido empapado.

– Tu habitación es muy divertida. Rosa, como la de una niña.

– Era de una niña. Toma. -Le dio una toalla-. Será mejor que te quites eso. El baño es todo tuyo.

Jake se acercó al armario, se desnudó e hizo un montón con la ropa mojada. Sacó una camisa limpia y fue a la cómoda a por ropa interior. Cuando se volvió, encontró a Lena mirándolo y, pudoroso de pronto, levantó la camisa para cubrirse.

– Aún estás vestida -dijo.

– Sí -repuso ella.

Jake se dio cuenta de que esperaba que la dejara sola, que de nuevo se mostraba tímida, temerosa de revelar nada.

– Está bien, está bien -dijo al tiempo que cogía unos pantalones-. Esperaré abajo. Tómate el tiempo que quieras, el calor te sentará bien.

– Se me había olvidado -dijo ella- cómo eras.

Jake la miró, desconcertado, cogió unos zapatos secos y se fue hacia la puerta.

– Así tendrás algo en qué pensar en la bañera. Venga, quítate eso -dijo señalándole el vestido-. No te preocupes, no miraré. Aquí al lado se hospeda una chica, no le importará que cojas algo prestado.

– No, tengo el vestido nuevo -repuso ella mientras lo desdoblaba-. Sólo está un poco mojado por aquí.

– ¿Ves? Una ganga -dijo Jake, y cerró la puerta.

Una vez abajo, se calzó y se sentó a mirar la lluvia por la ventana. Poco a poco. No obstante, acababan de estar desnudos en una habitación, mirándose. Jake oía el grifo, ahora a menos presión, sólo para mantener el agua caliente mientras ella se bañaba. Como extraños, como si nunca hubieran estado juntos en la cama. Tumbados, mirándola en el espejo. Todo eso había sido antes.

Se sirvió una copa de una de las botellas etiquetadas del comedor -de Muller, que seguramente podía permitírselo- y se la llevó a la ventana. La lluvia caía a plomo, ni siquiera mojaba el alféizar de la ventana abierta, era esa clase de lluvia constante que podía durar horas, buena para las cosechas y para quedarse en casa. Cerca del piano había un fonógrafo, se acercó y ojeó la pila de discos. Vinilos del Nat Cole Trio, a todas luces el preferido de alguien. Sacó un disco de la funda y lo puso. Straighten Up and Fly Right, música ligera y animosa, muy estadounidense. Se sentó con un cigarrillo y apoyó los pies en el alféizar, melancólico a pesar de la música. Aquello era lo último que había imaginado, siempre había estado seguro de cómo iba a ser.

La canción volvió a empezar. Jake frunció el ceño y se levantó para quitar el disco. Ya no se oía el agua, no había ruidos en el piso de arriba. Estaría secándose, pasándose una toalla por el pelo, recogiéndoselo. Jake oyó un suave movimiento, como de ratones, y supo que Lena había cruzado el pasillo. Estaba en su habitación. Cogió unos cuantos discos y los puso todos para no oír nada más, ningún crujido, nada que le hiciera pensar. Sólo un piano, un bajo, una guitarra y la lluvia incesante. Volvió a poner los pies sobre el alféizar. Antes, las tardes nunca se habían hecho tan largas; se vestían deprisa, volvían a la ciudad. Ahora los minutos se alargaban sin ningún lugar al que ir, tan informes y perezosos como el humo del cigarrillo que ascendía en volutas por la casa vacía.

No la oyó entrar, sólo sintió un cambio en la atmósfera tras el telón de la música, y el aroma a lavanda. Volvió la cabeza y encontró a Lena de pie, muy quieta, esperando a que la viera. Entonces entró, insegura. Jake se puso de pie sin dejar de mirarla, pensando en mil cosas. El baño le había devuelto el color, rosado como su habitación, el antiguo rostro de Lena. Sin embargo, había algo más. El vestido le quedaba un poco grande, así que se había apretado el cinturón y se lo había ablusado por la parte de arriba; un vestido de 1940. También se había peinado como entonces, con la melena suelta al viejo estilo. Todo dispuesto, como una invitación. Todo lo que él le había pedido. Lena sonrió con timidez, tomando el silencio de él por aprobación, y se le acercó unos pasos. Después se volvió hacia el fonógrafo. Parecía una chiquilla en una cita, sin saber qué decir.

– ¿Qué significa You´re the cream in my coffee? -preguntó, leyendo el disco.

– Que hacen buena pareja -contestó Jake, distraído, mirándola aún.

– ¿Es un chiste? -preguntó Lena, sólo por charlar.

El asintió al tiempo que escuchaba la letra, ahora que ella parecía prestar atención.

– Igual que eso de My Worcestershire, decir.

– ¿Worcestershire? -repitió Lena en inglés, tartamudeando.

– Una salsa.

Volvió a mirarlo.

– ¿Estoy bien? -Sí.

– Le he cogido unos zapatos.

No dijo más, se lo quedó mirando, expectante, mientras el disco cambiaba. Una lenta, I'll String Along with You, como las que hacían soñar en Ronny's. Lena se le acercó, tambaleándose un poco por los zapatos prestados, y le puso la mano en el hombro.

– ¿Aún te acuerdas? Creo que a mí se me ha olvidado.

Jake sonrió, le puso la mano en la cintura y empezó a moverse con ella.

Bailaron en un pequeño círculo, no muy juntos, dejándose llevar por la canción. A través de la fina tela, Jake sintió que Lena no llevaba nada debajo y se sorprendió, como si estuviera desnuda. No habría que luchar con cierres y corchetes para desvestirse, Lena estaba lista. Se apartó un poco, no sabía muy bien qué querría ella, pero Lena lo retuvo sin dejar de mirarlo, apretada contra él. Sólo se oía la lluvia.

– No tenías por qué hacerte esto -dijo mientras le acariciaba el pelo.

– Pero quería. A ti te gusta así.

Lena sonreía con satisfacción. Seguía mirándolo. Jake no sabía qué había sucedido arriba, sólo sabía que lo estropearía si preguntaba, y que se estaban moviendo juntos. Bailaban, con lentitud. El disco cambió. Lena se acercó más, su cuerpo era cálido. Jake sintió el monte de su pubis, el leve roce de su vello a través de la tela, provocándolo. Empezó a retroceder.

– No pasa nada -dijo Lena-. Quiero sentirte.

Sin embargo, igual que en el árbol había ahogado un grito, esta vez había parpadeado. Al descansar la cabeza en su hombro fue para cerrar los ojos y obligarse a tocarlo.

– Lena, no tienes que…

– Abrázame.

Bailaron toda la canción sin escucharla, sólo era una excusa para estar cerca. Sus pies se movían solos, la música daba resultado. Jake sintió que ella se dejaba llevar y se recostaba contra él. Un poco más. Sin embargo, Lena volvió a sorprenderlo y se apretó aún más para sentirlo, le pasó los brazos por la espalda y llevó la boca a su oreja.

– Vamos arriba -susurró.

– ¿Estás segura?

No respondió, pero empezó a andar llevándolo de la mano, de modo que su partida pareció un pase de baile, rítmico y soñador, un pie tras otro, escalera arriba. Esta vez era él quien se sentía inseguro, quien no sabía qué hacer. La seguía a ella. Vio cómo se detenía a media escalera a quitarse los zapatos, un gesto lento y erótico, se desnudaba para él. Se agachó a recogerlos. A Jake, sus pies descalzos, pálidos, le parecieron la parte más íntima de su cuerpo. La siguió hasta lo alto de la escalera contemplando cómo la falda le rozaba las piernas, y de pronto estaban en su habitación, la música había quedado lejos, sólo se oía su respiración. Jake seguía esperando sin saber qué hacer, y entonces Lena dejó caer los zapatos, se volvió hacia él y le desabrochó el primer botón de la camisa, después el siguiente, con movimientos tan lentos como sus pasos. Le abrió la camisa y apoyó ambas manos en su pecho. A Jake se le tensó toda la piel. Después siguió desabrochándole los botones, casi hasta el último. Entonces se detuvo y apoyó la cabeza contra su piel desnuda.

– Ayúdame -le dijo.

Jake le tocó el cuello, le apartó el pelo y la acarició con suavidad, hasta que Lena echó la cabeza hacia atrás para mirarlo de nuevo. Le hizo un gesto para que siguiera. Él le desabrochó el cinturón y lo oyó caer al suelo, empezó a subirle el vestido, lo fue recogiendo hasta que ella levantó los brazos, como en trance, y se lo quitó. La tela cayó al suelo, y Lena estaba desnuda. Jake le acarició el cuello con las dos manos mientras le besaba la cabeza y hundía el rostro en su melena. Sus manos bajaron por la espalda y permanecieron quietas al final. Caminaron juntos hasta la cama, y Jake la sentó sobre la colcha rosa.

Empezó a desabrocharse la hebilla del cinturón, pero ella terminó por él. La camisa cayó al suelo. Después le bajó la cremallera y puso las manos en sus caderas para bajarle pantalón y ropa interior al mismo tiempo. Se libró de ellos. Lena se lo quedó mirando. Le acarició el pene con suaves movimientos de la mano, familiarizándose con él. Jake seguía rígido, con los ojos cerrados, intentando no sentirla. Al final Lena apartó la mano y él se dejó caer en la cama, a su lado, frente a ella, con la mano en su cadera mientras se besaban.

Despacio, poco a poco. Empezó a acariciarla suavemente. Cada centímetro de su piel le resultaba familiar, la curva de su espalda, la depresión justo antes de la cadera, la parte inferior de sus pechos, que acarició con el dorso de la mano hasta que se alzaron junto con su respiración. Intentaba imaginar cómo lo sentiría ella, quería hacerlo todo por ella. Todo era familiar. Excepto el placer, la sensación misma, que siempre era nueva y diferente, como el cielo, algo demasiado inmediato para retenerlo en la memoria. Podías recordar la piel o la forma de una curva, pero el resto desaparecía, y te pasabas la vida repitiéndolo, una y otra vez, para descubrir que nunca era igual, que cada vez era una sorpresa. Algo tan íntimo que nadie más podía sentirlo. Jake intentó contenerse, no pensar en nada, pero ella se apretó contra él con insistencia para volver a sentirlo. No; poco a poco, disfrutaría del grato placer de tocarla y nada más. Cuánto tiempo, y sólo recordaba sus contornos, lo suficiente para seguir deseándola.

– Lena -susurró-, ¿estás segura?

Lena le tapó la boca con un beso húmedo, dispuesta a hacerlo callar, y Jake se preguntó dónde estaría ella. No se había perdido en el mismo sentimiento que él, se había recluido en algún lugar de su mente, tal vez en el pasado, un lugar al que ya no tenían por qué ir.

Jake le acarició el muslo intentando excitarla. La suave cara interna, el lugar más vulnerable del mundo, con suavidad, con la delicadeza necesaria para ganársela de nuevo. Cuando le pasó el dedo por el vello, intentando abrirle los labios, sintió que seguía seca, encerrada a pesar de todos los besos y las caricias. No estaba preparada. Un poco más. Se metió el dedo en la boca para humedecerlo, después lo bajó hasta el clítoris y lo dejó descansar allí hasta que la oyó tomar aire, una conexión, y empezó a moverlo en un suave círculo, un levísimo roce, con movimientos cada vez más amplios y muchísima delicadeza, logrando que se mojara con su propia humedad. Lena empezó a mover la pelvis contra él, como si intentara cerrar las piernas, pero en lugar de eso se aflojaron, se abrieron a su dedo.

– Oh.

Un suspiro involuntario cuando Jake bajó más el dedo, sin dejar de acariciarla suavemente, hacia atrás y hacia delante, hasta que estuvo lo bastante húmedo. Después le abrió los labios, entró al fin en ella y sintió el calor de su cuerpo cerrándose a su alrededor. Se detuvo un instante para dejar que Lena recobrara el aliento, pero ella puso su mano sobre la de él y lo obligó a seguir moviéndola, su dedo siguió acariciando atrás y adelante, rezagándose cerca del clítoris para rodearlo antes de volver hacia abajo, mientras los labios se abrían cada vez más, hasta que estuvo del todo abierta y húmeda al tacto de su dedo. Lena se volvió, le ofreció de nuevo la boca abierta, tan húmeda como su sexo, y le agarró la nuca con la mano para apretarlo contra sí mientras seguía moviendo las caderas. Se separó un poco, intentando recuperar el aliento, temblando ligeramente, y le cogió el pene.

– Contigo -dijo.

Lo acercó hacia sí y sintió el estremecimiento de la cabeza al tocar su suave piel expuesta.

Despacio. Jake se apoyó en los brazos para ponerse encima, y Lena lo guió hasta su interior. El sintió que las paredes cedían y se obligó a frenar, a dejarse resbalar despacio, poco a poco, para sentir que era ella quien lo hacía penetrar cada vez más. Cuando sus cuerpos se encontraron del todo, ella lo rodeó con sus brazos y le sostuvo la cabeza contra la suya. Así permanecieron inmóviles un instante, escuchando la respiración del otro. Jake notó un leve movimiento, tan pequeño que parecía imposible que pudiera causar la sensación que lo recorrió, y se sintió dispuesto a hacerlo durar, a no abandonarse, porque la quería a ella con él. Despacio, como un bailarín practicando pasos, sin acelerar el ritmo, oyendo su respiración, casi un jadeo. Una larga caricia hacia dentro y hacia fuera, lenta, después breves movimientos continuos en su interior, uno tras otro, tan profundos que se sintieron unidos y, entonces, de pronto, Jake sintió que ella se estremecía, que ya no podía esperar más, y oyó un gemido junto a su oído que le dijo que se estaba corriendo, agarrándole la espalda. Permaneció inmóvil un momento para asegurarse, Lena volvió la cabeza hacia otro lado mientras su interior lo asía con un espasmo inconfundible.

Lena volvió de nuevo la cara para besarlo, su respiración seguía siendo irregular, abrió los ojos. Te veo. Cuando se besaron, él empezó a moverse otra vez, todavía despacio porque no había prisa, allí estaban los dos, y sintió que jamás tendrían que separarse si él no aceleraba el ritmo, que jamás tendrían que dejar escapar ese instante. Su rostro estaba ahora enmarcado por las manos de ella, que lo besaba, su cuerpo suspendido aún por encima, y entonces se dio cuenta de que Lena se movía más deprisa, lo apresuraba, cada vez más húmeda.

– Estoy bien -dijo ella-, estoy bien.

Casi un sollozo, pero sonriente, dándole libertad para disfrutar.

Pero aquello era ya todo cuanto Jake deseaba, esa intimidad, estar allí los dos, y siguió moviéndose igual, sin ser ni siquiera consciente de que tenía el miembro a punto de explotar. «Sigue moviéndote. No pares.» Sintió las manos de ella en las nalgas, aterrándolo, empujándolo más al fondo porque también ella se movía, se balanceaba, algo que Jake no había esperado, y entonces tuvo que aguantar porque oyó unos tenues gritos y sintió que ella se envolvía a su alrededor. Una sensación que ya no era individual, que se extendía a ambos y. así, cuando Lena volvió a correrse con una serie de estremecimientos, también él estalló y vio que lo que había creído desear no lo era todo, a fin de cuentas, que también deseaba aquello, por fugaz que fuera.

No supo cuándo cayó junto a ella, abrazándola todavía, tampoco de cuándo salió su pene. Sólo veía los hombros de Lena, que temblaban a su lado.

– No llores -le dijo, acariciándole el pelo.

– No estoy llorando. No sé qué es. Nervios.

– Nervios.

– Hacía tanto tiempo…

Jake le pasó la mano por el hombro y sintió que los temblores empezaban a remitir.

– Te quiero. ¿Lo sabes?

Ella asintió mientras se frotaba los ojos.

– No sé por qué. Hago cosas horribles. ¿Cómo puedes querer a una persona que hace cosas horribles?

Balbuceos. Siguió acariciándole el hombro.

– Será por tus chistes -dijo él en voz baja.

– Mis chistes. Si dices que nunca hago chistes…

– Entonces no sé por qué.

Lena sonrió un poco, después estornudó.

– ¿Tienes un pañuelo?

– En los pantalones.

La vio levantarse, lánguida, caminar hasta la montaña de ropa, sacar su pañuelo y sonarse la nariz con delicadeza, con todo su cuerpo aún con partes enrojecidas, marcas del amor. Se quedó de pie un minuto, dejando que él la mirara, y luego sostuvo en alto los pantalones.

– ¿Quieres un cigarrillo? Siempre te gustaba fumarte uno.

– Me los he dejado abajo. No importa. Ven.

Se acurrucó junto a él, con la cabeza en su pecho.

– No te has dado cuenta de que las cortinas estaban abiertas.

– No, no me he dado cuenta -repuso ella, y tampoco hizo ningún movimiento para cubrirse ni intentar taparlos a los dos con la colcha.

– ¿Por qué has…?

– Cuando te he visto antes -contestó ella-. Tan blanco. Como un niño.

– Un niño.

– Mi amante -dijo, y le puso la mano sobre el pecho-. He pensado: «Lo conozco. Lo conozco, es mi amante».

– Sí.

– A lo mejor puedo volver a sentirlo. -Volvió la cabeza para mirarlo-. Cómo era estar contigo.

Esas palabras lo recorrieron por dentro en una oleada de bienestar tan completo que no deseó más que quedarse allí tumbado, abrazándola y escuchando la lluvia.

– Solía darme miedo -explicó Lena-, sentirme así. Pensaba que estaba mal. Quería tener una vida normal. Ser una buena mujer. Me criaron para eso.

– No -dijo él, acariciándola-. Para esto.

– De todas formas ahora, esa vida ha desaparecido. Ya no importa. -Echó la cabeza hacia atrás, se tumbó apaciblemente y miró la habitación por encima del pecho de él-. ¿Qué va a pasar ahora? -preguntó.

– Nos iremos a América.

– ¿Los alemanes son bien recibidos?

– La guerra ya ha terminado.

– Me parece que no para nosotros. Incluso aquí, los americanos te miran… ¿Qué creen que hicimos?

– No te preocupes por ellos. Iremos a alguna otra parte, donde nadie sepa quiénes somos. A África -dijo, medio en broma.

– África. ¿Qué harías allí?

– Esto. Todo el día. Si hace calor, cerraremos las persianas.

– Esto podemos hacerlo en cualquier lugar.

– Esa es la idea -dijo él.

La atrajo hacia sí y la besó. Ella se recostó sobre él y dejó caer la melena en su rostro.

– Un lugar nuevo -dijo.

– Eso es. -Le acarició las nalgas-. Sin más horrores.

Esas palabras ensombrecieron el rostro de Lena, que miró hacia la pared.

– Ese lugar no existe.

– Sí existe. -Le besó el hombro-. Olvidarás.

– No puedo -repuso ella, y volvió a mirarlo-. He matado. ¿Sabes lo que significa eso? No puedo olvidar la sangre. Estaba por todas partes, en mi pelo…

– Chsss -hizo él, y le puso la mano en la cabeza para acariciarla-. Ya no está ahí. Ha desaparecido.

– Pero es que maté a una persona…

– Tuviste que hacerlo.

– No. Ya había terminado. Ya no podía impedírselo y lo maté de todos modos. Con su pistola, mientras aún estaba encima de mí. Lo maté, y no tenía por qué hacerlo. Crees que soy la misma persona. -Ocultó el rostro-. Querría serlo. Querría fingir ser como antes, pero esto ya no es como antes.

– No, esto es ahora. Lena, escúchame. Te violó. Podría haberte matado. Todos hemos tenido que hacer cosas horribles en la guerra.

– ¿Tú también?

– Sí.

– ¿Qué cosas?

Jake tomó su rostro con ambas manos y la miró de frente.

– Las he olvidado.

– ¿Cómo puedes olvidar?

– Porque te he encontrado otra vez. El resto lo he olvidado.

Lena apartó la mirada.

– Y quieres que yo haga lo mismo.

– Lo harás. Seremos felices. ¿No es eso lo que quieres?

Ella esbozó una sonrisa.

– Empezaremos aquí. -Jake le cogió el rostro y empezó a besarlo, primero las mejillas, luego los labios, dibujando un mapa de ese nuevo lugar-. Ya hemos empezado. Todo se olvida cuando se hace el amor. Por eso lo inventaron.

Por fin se relajaron. No llegaron a dormirse pero sí se quedaron traspuestos, cobijados por el vapor que flotaba fuera después de la lluvia. Seguían allí tumbados, abrazados, cuando Jake oyó una puerta que se cerraba y pasos en la habitación de al lado. El mundo regresaba.

– Deberíamos vestirnos -dijo Lena.

– No, espera un poco -repuso él sin dejar de abrazarla.

– Tengo que lavarme -insistió, pero tampoco se movió, satisfecha con estar allí tumbada, aún medio dormida, hasta que oyeron unos breves golpes en la puerta.

– Oh -exclamó ella, y enseguida tiró de un extremo de la colcha para taparlos a los dos, aunque sólo a medias, cuando Liz abrió la puerta y se detuvo, sorprendida, avergonzada.

– Oh, lo siento -dijo, tragó saliva, retrocedió y cerró la puerta.

– Dios mío -dijo Lena mientras se levantaba de la cama, cogía su ropa y hacía con ella un bulto-. ¿No has cerrado con llave?

Jake la miró desde la cama con una sonrisa.

– ¿Cómo puedes reírte?

– Mírate, tapándote. Ven aquí.

– Esto es absurdo -comentó Lena, sin hacerle caso-. ¿Qué va a pensar?

– ¿Qué te importa?

– No es agradable -repuso Lena y, entonces, al oírse, se echó a reír también-. Soy una mujer respetable.

– Lo eras.

Lena se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa, un gesto infantil, después le tiró los pantalones a la cama y empezó a vestirse.

– ¿Qué vas a decirle?

– Que la próxima vez llame más veces -dijo Jake, que ya se había levantado y se estaba poniendo los pantalones.

– Pasa a menudo, ¿es eso?

– No -repuso él, acercándose para besarla-. Sólo esta vez.

– Vístete -insistió Lena, pero con una sonrisa. Se volvió hacia el espejo-. Oh, mírame. Llevo el pelo hecho un desastre. ¿No hay un peine?

– En el cajón. -Jake hizo un gesto en dirección al tocador de volantes. Se abotonó la camisa y empezó a atarse los cordones de los zapatos mientras la miraba en el espejo con la misma concentración absorta de siempre. Lena abrió el cajón y buscó dentro-. A la derecha -comentó él.

– No deberías dejar el dinero por aquí -advirtió Lena-. No es seguro.

– ¿Qué dinero?

Lena le enseñó el billete de cien marcos de Tully.

– Y sin cerrojo. Cualquiera podría…

Jake se acercó al tocador.

– Ah, eso. No es dinero. Es una prueba -dijo sin más, una palabra que quedaba tan lejos de su pensamiento como Tully y todo lo sucedido.

– ¿Qué quieres decir con una prueba?

Sin embargo, Jake ya no la escuchaba, miraba el billete. ¿Qué había dicho Danny? Una raya antes del número. Lo giró. Una raya, dinero ruso. Se quedó de pie un segundo, intentando pensar qué podía significar, después se rindió, todavía tenía la mente adormilada y no quería que nada le estropeara el día. Volvió a guardar el billete en el cajón y se inclinó para darle un beso a Lena en la cabeza. Aún olía a lavanda, mezclada con el aroma de ambos.

– Bajaré dentro de un par de minutos -dijo ella, ansiosa por marcharse, como si estuvieran en una habitación de hotel que habían reservado esa la tarde.

– Está bien. Nos iremos a casa -dijo Jake, contento al oír cómo sonaba eso.

Recogió los zapatos de Liz al salir. Llamó a su puerta y esperó en el pasillo a que le abriera.

– Hola, Jackson -dijo ella, aún avergonzada-. Lo siento mucho. La próxima vez cuelga una corbata en el pomo.

– Tus zapatos -dijo él al tiempo que se los devolvía-. Te los he cogido prestados.

– Seguro que estabas fenomenal con ellos.

– Los suyos estaban mojados.

Liz lo miró.

– Te has saltado las reglas de la casa, lo sabes, ¿no?

– No es lo que crees.

– ¿No? Podrías haberme mentido.

– Bueno, ¿qué era lo que querías? -preguntó, se sentía demasiado bien para querer explicar nada.

– Sobre todo, saber si estabas vivo. Todavía vives aquí, ¿verdad?

– He estado ocupado.

– Ajá. Y yo aquí, preocupada. Hombres. Ha venido gente preguntando por ti, por cierto.

– Después -repuso él, despreocupado-. Gracias por los zapatos, de verdad.

Liz se llevó uno a la frente a modo de saludo.

– Cuando quieras. Eh, Jackson -dijo, y lo retuvo un instante sin dejarlo marchar-. No te dejes acaramelar, es…

– No es lo que piensas -repitió él.

Liz sonrió.

– Pues deja de sonreír.

– ¿Eso hago?

– De oreja a oreja.

¿Eso hacía? Bajó la escalera preguntándose si su rostro sería como un letrero luminoso que los delataba. Qué descuidados. Aunque ¿qué importaba?

Apagó el fonógrafo y por fin se fumó ese cigarrillo, de pie en lugar de en la cama; el ritual de siempre pero reinventado, como todo lo demás. ¿Cuánto había tardado Lena en bajar vestida así, deseándolo? Fuera, las hojas mojadas brillaban con la nueva luz, relucientes como monedas. Dinero ruso. Tully llevaba dinero ruso. Su mente, aún algo ida, jugaba con esa idea cuando oyó fuertes pisadas en la entrada. Era Bernie, que se limpiaba los pies en la estera y sacudía un paraguas, un chico cuidadoso que practicaba al piano.

– ¿Dónde demonios te habías metido? -espetó, apremiándolo-. Hacía días que te buscaba. -Una pequeña acusación.

– He estado trabajando -dijo Jake, su única excusa legítima. ¿Sonreía?

– Tengo más cosas que hacer, ¿sabes?, aparte de ser tu chico de los recados. Y encima desapareces -dijo Bernie con una voz tan chirriante como un despertador.

– ¿Has recibido noticias de Francfort? -preguntó Jake, cayendo en la cuenta.

– Muchas. Tenemos que hablar. No me dijiste que las dos cosas estaban relacionadas.

Dejó los expedientes que llevaba encima del piano, como si estuviera a punto de arremangarse y ponerse a trabajar.

– ¿Puede esperar? -preguntó Jake, que seguía en otro planeta.

Bernie lo miró sin salir de su asombro.

– Está bien -cedió Jake-. ¿Qué te han dicho?

Sin embargo, Bernie seguía mirando fijamente a su espalda, a Lena, que bajaba la escalera con el pelo recogido otra vez, otra vez decente, aunque el vestido se balanceaba con ella: otra gran entrada. Se detuvo en la puerta.

– Lena -dijo Jake-. Quiero presentarte a alguien. -Se volvió hacia Bernie-. La he encontrado. Bernie, ésta es Lena Brandt.

Bernie no dejaba de mirarla, después asintió con torpeza, tan cohibido como Liz.

– Nos ha pillado la lluvia -dijo Jake, sonriendo.

Lena masculló un educado saludo.

– Deberíamos irnos -le dijo a Jake.

– Espera un momento, Bernie me ha estado ayudando con un artículo. -Lo miró-. ¿Qué te han dicho?

– Puede esperar -repuso Bernie sin apartar la mirada de Lena, azorado, como si hiciese semanas que no veía a una mujer.

– No, no pasa nada. ¿Que relación hay? -Ya sentía curiosidad.

– Hablaremos después -dijo Bernie, mirando a otro lado.

– Después no estaré aquí. -Entonces, al reparar en el azotamiento del fiscal de distrito, añadió-: No pasa nada. Lena… está conmigo. Vamos, habla. ¿Ha habido suerte?

Bernie asintió, muy a su pesar.

– Un poco -dijo, pero la miraba a ella-. Hemos localizado a su marido.

Por unos instantes, Lena permaneció inmóvil. Después se dejó caer en la banqueta del piano, sosteniéndose en el borde.

– ¿No está muerto? -dijo al fin.

– No.

– Pensaba que estaba muerto -dijo con una voz inexpresiva-. ¿Dónde está?

– En Kransberg. O allí estaba, al menos.

– ¿Es una cárcel? -preguntó Lena, con su voz aún impasible.

– Un castillo. Cerca de Francfort. No es exactamente una cárcel. Es más bien una casa de huéspedes, para gente con la que queremos hablar. El cubo de la basura.

– No lo entiendo -repuso ella, desconcertada.

– Así lo llaman. Hay otro cerca de París: Ashcan. Ambos de basura en los que han confinado a los científicos. ¿Sabe que formó parte del equipo de los misiles?

Lena negó con la cabeza.

– Nunca me hablaba de su trabajo.

– ¿De verdad?

Lo miró fijamente y repitió:

– Nunca. Yo no sé nada.

– Entonces le parecerá interesante -dijo Bernie con crudeza-. A mí me lo pareció. Se encargaba de los cálculos numéricos. Trayectorias. Capacidad de combustible. Todo excepto las bajas de Londres.

– ¿Lo culpa por eso? También hubo bajas en Berlín.

Jake estaba de pie, como si siguiera un partido de tenis, y en ese momento la miró a ella, sorprendido ante la firmeza de su réplica. Una guardería cubierta de lápidas de cemento.

– No causadas por proyectiles dirigidos -adujo Bernie-. Nosotros no contábamos con sus conocimientos.

– Pero ahora se los sacarán -dijo Lena con inesperada amargura-. En la cárcel. -Se levantó y caminó hasta la ventana-. ¿Puedo verlo?

Bernie asintió.

– Si lo encontramos.

Esa frase dejó a Jake atónito.

– ¿Qué quieres decir?

Bernie se volvió hacia él.

– Ha desaparecido. Hace unas dos semanas. Un buen día se marchó. Los tiene a todos subiéndose por las paredes. Por lo visto era uno de los elegidos de Von Braun -dijo, mirando a Lena-. No podía prescindir de él. He querido hacer unas averiguaciones rutinarias y medio Francfort se me ha echado encima. Por lo visto creen que ha venido a buscarla a usted -le dijo a Lena-. Por lo menos Von Braun. Dice que ya lo había intentado antes, que estaban en Garmisch, seguros y a salvo, esperando el desenlace, y él vino a Berlín para sacar de aquí a su esposa antes de que llegaran los rusos. ¿Es eso cierto?

– No me sacó de aquí -repuso Lena con calma.

– Pero ¿estuvo aquí?

– Sí. Vino a por mí… y a por su padre, pero ya era demasiado tarde. Los rusos… -Miró a Jake-. No consiguió entrar. Pensé que lo habían matado. Esos últimos días… Era una locura arriesgarse así.

– A lo mejor él creyó que valía la pena -dijo Bernie-. De todas formas, eso es lo que creen ahora. De hecho, la buscan a usted.

– ¿A mí?

– Por si están en lo cierto. Quieren dar con él.

– ¿Quieren detenerme a mí también?

– No, creo que la idea es que sea usted el señuelo. El vendrá a buscarla. ¿Para qué otra cosa querría salir de allí? Todos los demás intentan entrar. Kransberg está reservado a huéspedes especiales. Nos gusta tener cómodos a los grandes nazis.

– El no es un nazi -dijo Lena sin entusiasmo.

– Bueno, eso es cuestión de opiniones. No se preocupe, no puedo tocarlo. Los de las unidades técnicas han restringido el acceso a Kransberg. Los científicos resultan demasiado valiosos para ser nazis. No importa lo que hicieran. Debería haberse quedado donde estaba, a gusto y bien cómodo. Jugando al ping-pong por las tardes, según me han dicho. Da que pensar, ¿verdad?

– Bernie… -empezó a decir Jake.

– Sí, ya lo sé, que lo deje. No se puede luchar contra ellos. Cada vez que nos acercamos a algo, los chicos de las unidades técnicas nos quitan el expediente de las manos y dicen que es un caso especial. He oído que ahora quieren llevárselos a Estados Unidos, a todo el condenado equipo. Negocian sueldos. Sueldos. No me extraña que quisieran rendirse. -Le hizo un gesto a Lena-. Esperemos que la encuentre pronto, no querrá usted perder el barco. -Hizo una pausa-. O a lo mejor sí -dijo, mirando a Jake.

– Eso está totalmente fuera de lugar-dijo Jake.

– Lo siento. No me haga caso -le dijo a Lena-. Son gajes del oficio, nos falta personal. -Volvió a mirar a Jake-. Aunque, las unidades técnicas son otra cosa. Allí les sobra gente. -Se dirigió otra vez a Lena-. Si aparece, llame a alguno de ellos. Se alegrarán de recibir noticias.

– ¿Y si no aparece? -preguntó Jake-. Has dicho que hace ya dos semanas.

– Pues empezad a buscar. Supongo que queréis encontrarlo.

Jake lo miró con desconcierto.

– ¿De qué lo acusan exactamente?

– En sentido estricto, de nada. Sólo de marcharse de Kransberg. Una falta de respeto, viniendo de un huésped honorable. Sin embargo, ha hecho que los demás se pongan algo nerviosos. Les gusta estar juntos, supongo que porque así tienen una posición más fuerte para negociar. Además, los chicos de las unidades técnicas han tenido que reforzar la seguridad, claro, lo cual va en detrimento de la atmósfera de club de campo que exuda el lugar. Así que les gustaría que volviera.

– ¿Se fue sin más?

– No. Esa es la parte que te interesará. Tenía un permiso, todo era oficial.

– ¿Por qué va a interesarme?

Bernie se acercó al piano y abrió un expediente.

– Mira la firma -dijo mientras le pasaba a Jake una copia de papel carbón.

– Teniente Patrick Tully -leyó Jake en voz alta, con gran esfuerzo.

Alzó la vista y vio que Bernie lo estaba mirando.

– Me preguntaba si lo sabías -dijo Bernie-. Veo que no. Por tu cara. ¿Te interesa ahora?

– ¿Quién es? -preguntó Lena.

– Un soldado al que mataron la semana pasada -dijo Jake sin dejar de mirar el documento.

– ¿Y está acusando a Emil? -le preguntó angustiada a Bernie.

Él se encogió de hombros.

– Lo único que sé es que dos hombres desaparecieron de Kransberg y que uno de ellos está muerto.

Jake meneó la cabeza.

– Te equivocas. Lo conozco.

– Ah, eso lo hará todo mucho más agradable.

Jake lo miró, pero lo dejó correr.

– ¿Por qué le firmaría Tully un permiso para salir?

– Ésa es la cuestión, ¿no te parece? Se me había ocurrido que un documento así debe de ser muy caro. El único problema es que los huéspedes de Kransberg no tienen dinero, o al menos no deberían. ¿Quién necesita dinero en metálico cuando se tiene servicio de habitaciones por cortesía del gobierno de Estados Unidos?

Jake volvió a negar con la cabeza.

– El dinero no era de Emil -dijo pensando en la raya de delante del número de serie, pero Bernie ya había pasado a otra cosa.

– Pues sería de otro, pero entre ellos había negocios. Tully no era un filántropo. -Abrió otra carpeta-. Toma, para antes de dormir. Se metió en un chanchullo tras otro desde que cruzó el Canal. Claro que, por este informe, nadie lo diría. Sólo aparecen una serie de traslados. La habitual solución del GM: pasarle el problema a otro.

– Entonces, ¿por qué lo enviaron a un sitio como Kransberg?

Bernie asintió con la cabeza.

– Ya lo he preguntado. Querían apartarlo de los civiles. Fue el representante del GM en una ciudad de Hesse, y las cosas se pusieron tan feas que los alemanes llegaron a presentar quejas. Hauptmann Sobornos, lo llamaban… Una locura. Se paseaba por ahí con sus botas, y hasta con una fusta. La gente creía que habían vuelto las SS. Así que el GM tuvo que llevárselo a otra parte. Después lo castigaron al campo de detenidos de Bensheim. Allí no había mercado negro, puede que sólo unos cuantos cigarrillos, pero ¿qué demonios? Según me han dicho, empezó a vender papeles de descargo. No te molestes en leer nada, el informe sólo dice que lo «relevaron». Precioso. Lo descubrieron porque se quedó sin clientes y empezó a arrestarlos de nuevo cuando ya estaban fuera. Creía que volverían a pagarle. Uno de ellos puso el grito en el cielo y, de pronto, ya lo habían trasladado a Kransberg. Seguramente pensaron que allí no podría hacer de las suyas. Nadie quiere largarse de Kransberg.

– Excepto Emil -apuntó Jake.

– Evidentemente.

– Pero ¿qué dijeron cuando vieron que Emil no estaba? ¿La gente va y viene como si nada?

– Como tenía los papeles en regla, los guardias no creyeron que hubiera nada raro. Además, el propio Tully lo sacó en coche. Verás, la idea es que no se trata de una cárcel, y de vez en cuando los científicos van a la ciudad escoltados. Así que nadie pensó que hubiera nada extraño. Después, al ver que no volvía, Tully dijo que él era el primer sorprendido.

– ¿No tendría que haberlo vigilado?

– ¿Qué se le va a hacer? Tully tenía un permiso de fin de semana, no quería hacer de niñera. Dijo que confiaba en él, que Emil le dijo que era algo personal, un asunto de familia, y él no quiso entrometerse -explicó Bernie, y miró de nuevo a Lena.

– ¿Y nadie dijo nada?

– Sí, claro, pero no se le puede montar un consejo de guerra a un hombre por ser estúpido. No si cree que le está haciendo un favor a un huésped respetable. Lo mejor es trasladarlo a otra parte. Me jugaría un buen dinero a que sólo era cuestión de tiempo que le cambiaran el destino, pero entonces se fue a Potsdam. Y ahí entras tú.

Jake había abierto el expediente y estaba mirando la fotografía grapada en la primera hoja: un rostro joven, y no abotargado tras una noche flotando en el Jungfernsee. Intentó imaginar a Tully paseándose por un pueblo de Hesse con una fusta, pero su rostro era anodino y franco, como el de los chicos que se ven en los taburetes de las cafeterías de Natick, Massachusetts. La guerra, no obstante, cambiaba a todo el mundo.

– Sigo sin entenderlo -dijo al fin-. Si había tan poca seguridad, ¿por qué pagar para salir? Tal como lo explicas, podría haber saltado por una ventana y haber echado a correr.

– En teoría. Lo que pasa es que nadie intenta escapar de Kransberg, no sé les ocurre. Son científicos, no prisioneros de guerra. Quieren conseguir un pasaje a la tierra prometida, no huir. A lo mejor él quería el permiso… Ya sabes cómo son con los documentos. Para no «ausentarse sin permiso».

– Era muchísimo dinero para un permiso. De todas formas, ¿de dónde lo sacó?

– No lo sé. Pregúntaselo a él. ¿No era eso lo que querías saber desde el principio?

Jake apartó la vista de la fotografía.

– No, quería saber por qué mataron a Tully. Por lo que dices, podría haber cientos de motivos.

– Puede -dijo Bernie, despacio-. O puede que sólo uno.

– ¿Porque un hombre firmó un trozo de papel?

Bernie volvió a extender las manos.

– Podría ser una coincidencia, o podría estar relacionado. Un hombre sale de Kransberg y se dirige a Berlín. Una semana después, el hombre que lo sacó de allí viene a Berlín y aparece muerto. Yo no creo en las coincidencias, tiene que estar relacionado. Si sumas dos más dos…

– Conozco a ese hombre, no ha matado a nadie.

– ¿No? Pues a mí me encantaría oír su versión. Pregúntale por la medalla de las SS, de paso, puesto que lo conoces tan bien. -Se acercó al piano-. De todas formas, es tu única pista, y ni siquiera tendrás que salir a buscarlo, él acudirá a ti.

– Todavía no ha aparecido.

– ¿Usted sabe dónde está? -le preguntó a Lena, que había vuelto a desplomarse en la banqueta y miraba al suelo.

– Tal vez su padre lo sepa.

– Pues prepárese. Aparecerá. Aunque a lo mejor preferirías que no fuera así -le dijo a Jake-. Sería algo embarazoso, pensándolo bien.

– Pero ¿qué te ha picado? -espetó Jake, molesto por su tono.

– No me gusta alojar a nazis en hoteles, sólo eso.

– El no lo hizo -repuso Jake.

– A lo mejor no, o a lo mejor tú ya no quieres sumar. Haz los cálculos. Dos más dos. -Recogió los expedientes del piano-. Llego tarde. Frau Brandt -dijo, y le dirigió un gesto cortés que se convirtió en una despedida. Se volvió hacia Jake-: Hay relación.

Había cruzado ya media sala cuando Jake lo detuvo.

– ¿Bernie? Prueba con esto. Dos más dos. Tully viene a Berlín, pero el único a quien sabemos que venía a ver eres tú.

Bernie se quedó callado unos instantes.

– ¿Qué quieres decir?

– Que los números mienten.

Cuando Bernie se fue, la sala quedó tan silenciosa y con tan poco oxígeno como un tubo de vacío. El único movimiento era el tictac del reloj del pasillo.

– No le hagas caso -dijo Jake-. Le gusta hablar con dureza, enfurecerse.

Lena no dijo nada. Se levantó y fue a la ventana, cruzó los brazos en el pecho y miró fuera.

– Así que ahora todos somos nazis.

– Es sólo Bernie. Para él todo el mundo es nazi.

– ¿Será diferente en Estados Unidos? Tu novia alemana. «¿También ella fue nazi?» Así me mira él, y es amigo tuyo. Frau Brandt -dijo, imitándolo.

– Es sólo él.

– No, soy Frau Brandt. Por un momento lo había olvidado. -Se volvió para mirarlo-. Ahora es otra vez como antes. Somos tres.

– No. Dos.

Lena sonrió débilmente.

– Sí, ha sido bonito. Deberíamos irnos, ya ha parado de llover.

– No le quieres -dijo él, una pregunta.

– Quererlo… -repuso ella. Se volvió hacia el piano-. Apenas lo veía. Siempre estaba fuera. Además, después de Peter todo cambió. Era más fácil no vernos. -Apartó la mirada-. Pero tampoco lo enviaré a la cárcel. No puedes pedirme eso.

– No lo estoy haciendo.

– Sí. Soy el señuelo, ¿no es eso lo que ha dicho? He visto tu expresión de policía. Todas esas preguntas.

– No va a ir a la cárcel. No ha matado a nadie.

– ¿Cómo lo sabes? Yo lo he hecho.

– Eso es diferente.

– A lo mejor también para él fue diferente.

Jake la miró.

– Lena, ¿qué sucede? Sabes que no lo ha hecho.

– ¿Crees que a ellos les importa? ¿Un alemán? Nos culpan de todo. -Calló y apartó otra vez la mirada-. No lo enviaré a la cárcel.

Jake se acercó y, con un dedo, le volvió el rostro para que lo mirara.

– ¿De verdad crees que yo te pediría algo así?

Lena se apartó.

– Yo ya no sé nada. ¿Por qué no podemos dejarlo todo como está?

– Porque las cosas están así -repuso él con calma-. Ahora deja de preocuparte. Todo saldrá bien, pero tenemos que encontrarlo. Antes que ellos. ¿Eso lo comprendes?

Asintió.

– ¿De verdad acudiría a su padre? Has dicho que no se hablaban.

– Pero no tiene a nadie más. Vino a buscarlo, ¿comprendes?, aun después de todo. Así que…

– ¿Tú dónde estabas? ¿En Pariserstrasse?

Lena negó con la cabeza.

– Ya lo habían bombardeado. En el hospital. Dijo que lo esperara allí, pero luego no consiguió entrar.

– De modo que no sabrá dónde buscarte. Probará con su padre.

– Sí, eso creo.

– ¿Alguien más? Frau Dzuris no lo había visto.

– ¿Frau Dzuris?

– Fue a quien acudí yo, ¿recuerdas? No eres fácil de encontrar. -Se interrumpió-. Espera un momento. Dijo que había ido a verla un soldado. A lo mejor para eso vino Tully, para buscarte.

– ¿A mí?

– A Emil. Para obligarlo a volver. Eso explicaría por qué quería ver también a Bernie, para buscarte en los Fragebogen del departamento de Bernie. A lo mejor creyó que encontraría el tuyo. Sólo que tú no rellenaste ninguno. ¿Por qué no, por cierto?

Lena se encogió de hombros.

– ¿La esposa de un miembro del partido? Me habrían puesto a trabajar en los escombros, y no podía, estaba demasiado débil. Además, ¿para qué? ¿Por una cartilla de raciones V? Eso ya lo tenía con Hannelore.

– Pero Tully no podía saberlo. Yo no lo sabía. Así que quería comprobarlo.

– Si es que me estaba buscando.

– Tiene sentido. Encontrar a Emil lo habría librado de muchísimas complicaciones.

– Pero si ya había pagado…

Jake sacudió la cabeza.

– Bernie se equivoca. El dinero no era de Emil, en Francfort no abundan los marcos rusos. Lo consiguió en Berlín.

– Entonces, ¿por qué lo dejó salir?

– Eso es lo que quiero preguntarle a Emil.

– Ya vuelves a ser un policía.

– Un reportero. Bernie lleva razón en una cosa. Emil es la única pista que tengo. Tiene que haber alguna relación… sólo que no la que el cree.

– Quiere buscarte problemas a Emil. Es evidente. ¿Tan importante es ese soldado? ¿Quién era?

– Nadie. Sólo una historia. Antes, al menos. Ahora ya es otra cosa. Si de verdad quieres evitarle problemas a Emil, será mejor que descubramos quién mató a Tully.

Lena asimiló la información con tristeza. Se acercó al fonógrafo y tocó uno de los discos como si esperase que la música empezara a sonar otra vez.

– Hace un rato nos íbamos a África.

Jake se le acercó y le tocó el hombro.

– Nada ha cambiado.

– No. Sólo que ahora tú eres policía y yo un señuelo.

9

Al día siguiente volvía a hacer calor. Berlín era literalmente un baño de vapor. La lluvia había limpiado el polvo del aire y el aire que ascendía en volutas sobre las ruinas mojadas intensificaba el hedor. El padre de Emil vivía en Charlottenburg, a unas cuantas calles del palacio, en lo que quedaba de un edificio modernista con apartamentos divididos en habitaciones para familias desahuciadas por las bombas. La calle seguía llena de escombros, así que tuvieron que dejar el jeep en Schloss Strasse y avanzar como pudieron por un sendero salpicado de postes con números de edificios plantados a modo de indicadores entre los restos de mampostería. Cuando llegaron, estaban sudando. El profesor Brandt, sin embargo, vestía un traje, con el cuello alto y almidonado de la época de Weimar, envarado aun en aquel calor que hacía languidecer. Su estatura dejó a Jake atónito. Emil no era tan alto como Jake, pero el profesor Brandt le sacaba un buen palmo. Era tan alto que, al besar a Lena en la mejilla, se inclinó por la cintura como en una reverencia oficial.

– Lena, me alegro de que hayas venido -dijo, más con cortesía que con afabilidad, como si recibiera a una antigua alumna.

Entonces reparó en el uniforme de Jake y se le crispó la mirada.

– Está muerto -dijo sin ninguna emoción.

– No, no. Es amigo de Emil -explicó Lena, y los presentó.

El profesor Brandt ofreció una adusta mano.

– De días más felices, supongo.

– Sí, de antes de la guerra -repuso Jake.

– Entonces es usted bienvenido. Creía que se trataba de una visita oficial. -Un atisbo de alivio que ni siquiera su rostro contenido logró ocultar-. Lo siento, no tengo nada que ofrecerles. Ahora se hace difícil -dijo, y señaló a la sala apretada, donde la luz entraba en rayos irregulares a través de una ventana rota y parcheada con tablones-. ¿A lo mejor les gustaría dar una vuelta por el parque? Es más agradable, con este tiempo.

– No podemos quedarnos mucho.

– Un paseo corto, entonces -dijo, claramente abochornado por el aspecto que ofrecía la habitación e impaciente por salir de allí. Se dirigió a Lena-: Pero antes tengo que decirte lo mucho que lo siento. El doctor Kunstler estuvo aquí. Ya sabes que le pedí que hiciera averiguaciones en Hamburgo. Tus padres. Lo siento -dijo, pronunciando sus palabras con tanta formalidad como si fueran un panegírico.

– Oh -dijo ella. El sonido quedó atrapado en su garganta en forma de gemido-. ¿Los dos?

– Sí, los dos.

– Oh -repitió.

Se dejó caer en una silla y se cubrió los ojos con una mano.

Jake esperaba que el profesor Brandt se acercara a consolarla, pero el hombre, por el contrario, se apartó y la dejó a solas con la noticia. Jake la miró con torpeza, atrapado con impotencia en su papel de amigo de la familia, incapaz de hacer otra cosa que guardar silencio.

– ¿Un poco de agua? -ofreció el profesor Brandt.

Lena negó con la cabeza.

– Los dos. ¿Seguro?

– Los archivos… Había mucha confusión, ya puedes imaginarte, pero los identificaron.

– Así que ya no queda nadie -dijo para sí en voz baja.

Jake recordó a Breimer mirando por la ventanilla del avión aquel paisaje desolado. Su merecido. Edificios destrozados.

– ¿Estás bien? -preguntó Jake.

Lena asintió, después se puso en pie y se alisó la falda, para recuperar la compostura.

– Sabía que tenía que ser así. Pero al oírlo… -Se volvió hacia el profesor Brandt-: Quizá me vendría bien dar una vuelta. Un poco de aire.

El hombre cogió el sombrero con alivio y los hizo salir por el pasillo, pero en dirección contraria a la entrada principal. Lena iba algo rezagada y no hacía caso del brazo que le ofrecía Jake.

– Iremos por la parte de atrás. El edificio está vigilado.

– ¿Quién lo vigila? -preguntó Jake con sorpresa.

– El joven Willi. Le pagan, creo. Siempre está en la calle, él o alguno de sus amigos. Con cigarrillos. ¿De dónde los sacan? Ese chico siempre ha sido un chivato.

– ¿Quién le paga?

El profesor Brandt se encogió de hombros.

– Ladrones, quizá. Claro que puede que no me estén vigilando a mí, sino a alguien más del edificio. Esperan una oportunidad, pero yo prefiero que no sepan dónde estoy.

– ¿Está seguro? -comentó Jake mirando su pelo blanco. Imaginaciones de un anciano que protege su habitación de ventanas tapiadas.

– Señor Geismar, todos los alemanes somos expertos en estos temas. Hace doce años que vivimos vigilados. Lo sabría hasta con los ojos cerrados. Ya hemos llegado. -Abrió la puerta trasera y dejó pasar la luz cegadora-. Nadie, ¿lo ve?

– ¿Deduzco que Emil no ha estado aquí? -preguntó Jake, dándole aún vueltas a la cabeza.

– ¿Por eso ha venido? Lo siento, no sé dónde está. Quizá muerto.

– No, está vivo. Ha estado en Francfort. El profesor Brandt se detuvo.

– Vivo. ¿Con los americanos?

– Sí.

– Gracias a Dios. Pensaba que los rusos… -Echó a andar de nuevo-. Así que logró salir. Dijo que el puente de Spandau seguía abierto. Pensé que estaba loco. Los rusos estaban…

– Se fue de Francfort hace dos semanas -lo interrumpió Jake-. Vino a Berlín. Esperaba que hubiera venido a verlo.

– No, a mí no vendría a verme.

– Para encontrar a Lena, quiero decir -añadió Jake con torpeza.

– No, sólo el ruso.

– ¿Lo buscaba un ruso?

– A Lena -respondió el hombre con ciertas dudas-. Como si yo fuera a ayudarlo. El muy cerdo.

– ¿A mí? -terció Lena, que sí seguía la conversación. El profesor Brandt asintió con la cabeza, pero evitó su mirada.

– ¿Para qué? -preguntó Jake.

– No hice preguntas -contestó el profesor con voz casi remilgada.

– Pero no quería nada de Emil -insistió Jake, pensando en voz alta.

– ¿Por qué habría de querer a Emil? Pensaba que…

– ¿Dejó algún nombre?

– No dan nombres. Ellos no.

– ¿Usted no preguntó? ¿Un ruso que hace averiguaciones en el sector británico?

El profesor Brandt se detuvo, molesto, como si lo hubieran pillado haciendo algo indecente.

– No quería saberlo. Verá… Creía que era personal. -Miró a Lena-. Lo siento, no te ofendas. Pensé que a lo mejor era amigo tuyo. Hay tantas alemanas que… Se oye todos los días.

– ¿Qué creías? -preguntó ella, enfadada.

– No soy quién para juzgar estas cosas -repuso el hombre en un tono correcto y distante.

Lena se lo quedó mirando con una expresión dura.

– No, pero las juzgas. Lo juzgas todo. Ahora a mí. ¿Eso pensaste? ¿La puta de un ruso? -Apartó la mirada-. Oh, no sé de qué me sorprendo. Siempre piensas lo peor. Mira cómo juzgaste a Emil, tu propia sangre.

– Mi propia sangre. Un nazi.

Lena hizo un gesto con la mano.

– Nada cambia. Nada -dijo, y echó a andar por delante de ellos para calmar su enfado.

Cruzaron la calle con tranquilidad. Jake se sentía como un intruso en una pelea familiar.

– Ella no es así -dijo al fin el profesor Brandt-. Debe de ser por las malas noticias. -Miró a Jake-. ¿Ha pasado algo? Ese ruso… ¿Tiene que ver con Emil?

– No lo sé, pero avíseme si vuelve.

El profesor Brandt miró a Jake con atención.

– ¿Puedo preguntar qué hace usted exactamente en el ejército?

– No estoy en el ejército. Soy reportero. Nos hacen llevar uniforme.

– Por su trabajo. Eso es también lo que decía Emil. ¿Lo está buscando como amigo? ¿Nada más?

– Como amigo.

– ¿No está arrestado?

– No.

– Pensé que a lo mejor… esos juicios. ¿No van a juzgarlo?

– No, ¿por qué iban a hacerlo? Que yo sepa, no ha hecho nada.

El profesor Brandt lo miró con curiosidad y luego suspiró.

– No, sólo esto -dijo, y señaló en dirección al palacio derruido-. Esto es lo que han hecho, él y sus amigos.

Se estaban acercando al palacio desde el oeste, donde el terreno seguía cubierto de añicos de cristal del invernadero destrozado. El Versalles de Berlín. El edificio había recibido un impacto directo, el ala este había quedado demolida y los pálidos muros amarillentos que seguían en pie estaban tiznados de negro. Lena caminaba por delante, hacia los jardines que ahora eran irreconocibles: un lodazal yermo lleno de restos de metralla.

– Estaba claro que acabaría así -dijo el profesor Brandt-. Eso lo veía cualquiera. ¿Por qué él no? Destruyeron Alemania. Primero los libros, después todo lo demás. No era suyo, no podían destruirlo así. También era mío. ¿Dónde está ahora mi Alemania? Mírela. Ha desaparecido. Asesinos.

– No fue Emil.

– Trabajó para ellos -repuso el hombre, y su voz subió de tono, como si estuviera en un tribunal con un caso que llevaba años defendiendo-. Tenga cuidado al ponerse un uniforme. En eso te conviertes. Siempre el trabajo. ¿Sabe qué me dijo? «No puedo esperar a que la historia cambie las cosas. Tengo que hacer mi trabajo. Después de la guerra podremos hacer maravillas. El espacio.» Podremos. ¿Quiénes, la humanidad? Después de la guerra. Me lo decía mientras caían las bombas. Mientras hacinaban a personas en trenes. No veía la relación. «¿Qué vais a hacer en el espacio? -le decía yo-. ¿Contemplar desde allí a los muertos?» -Se aclaró la garganta y se tranquilizó un poco-. Usted piensa como Lena. Cree que soy muy duro.

– No lo sé -adujo Jake, incómodo.

El profesor Brandt se detuvo a mirar el palacio.

– Me partió el corazón -dijo, con tanta sencillez que Jake se estremeció, como si al anciano le hubieran quitado una venda y su herida hubiese quedado al descubierto-. Lena cree que lo juzgo. Ni siquiera lo conozco -dijo, y sus palabras parecieron desmoronarse con él. Sin embargo, cuando Jake levantó la mirada, el hombre estaba tan erguido como antes, el cuello de la camisa mantenía firme el suyo. Echó a andar por el parque-. Bueno, ahora lo harán los americanos.

– No hemos venido a juzgar a nadie.

– ¿No? ¿Quién lo hará, entonces? ¿Cree que podemos juzgarnos nosotros mismos? ¿A nuestros propios hijos?

– A lo mejor nadie puede.

– Entonces se habrán salido con la suya.

– La guerra ha terminado, profesor Brandt. Nadie se ha salido con la suya.

Jake miró los restos carbonizados del edificio.

– La guerra no. La guerra no. Sabe lo que sucedió. Todos lo sabían. En Grunewald Station. ¿Sabe que los enviaban desde allí y no desde el centro, donde la gente podía verlos? Miles de personas, en vagones. Niños. ¿Acaso creíamos que se iban de vacaciones? Lo vi con mis propios ojos. Dios mío, pensé, ¿cómo pagaremos por esto, cómo? ¿Cómo pudo suceder? ¿Aquí, en mi país, un crimen así? ¿Cómo pudieron hacerlo? No los Hitler ni los Goebbels, a esos tipos se los puede ver cualquier día. En un zoológico. En un manicomio. Pero ¿Emil? Un chico que jugaba con trenes. Con bloques. Siempre construyendo algo. Un millón de veces me he preguntado, una y otra vez, cómo pudo ese chico participar en todo eso.

– Y ¿qué respuesta ha encontrado? -preguntó Jake con serenidad.

– Ninguna. No hay respuesta. -Se detuvo para quitarse el sombrero, sacó un pañuelo y se enjugó la frente-. No hay respuesta -repitió-. Verá, su madre murió cuando él nació, así que estábamos sólo nosotros dos. Los dos solos. Quizá fui muy estricto. A veces creo que fue por eso, pero él no daba problemas, era tranquilo. Tenía una mente extraordinaria. Se la veía en funcionamiento mientras jugaba: un bloque tras otro, así. A veces me quedaba sentado, contemplando sólo su mente.

Jake intentó imaginar al hombre sin el alto cuello almidonado, estirado en el suelo de una habitación infantil entre un montón de bloques de construcción.

– Después, en el Instituto, un prodigio, claro. Todos predecían grandes cosas para él, todos. Y en lugar de eso, esto. -Extendió la mano para abarcar el pasado junto con el jardín revuelto-. ¿Cómo? ¿Cómo pudo no verlo una mente como la suya? ¿Cómo pueden verse sólo los bloques y nada más? Le faltaba una pieza. Igual que a todos los demás, les faltaba una pieza. A lo mejor nunca la tuvieron. Pero ¿Emil? Un buen chico alemán. ¿Qué pasó? ¿Por qué se fue con ellos?

– Al final regresó a por usted.

– Sí, ¿sabe cómo? Con las SS. «¿Esperas que me suba a ese coche? -le dije-. ¿Con ellos?»

– ¿Las SS vinieron a buscarlo?

– ¿A mí? No. Unos documentos. Aun entonces, con los rusos aquí ya, venían a buscar documentos. Para salvarse. ¿Acaso creían que no sabíamos lo que habían hecho? ¿Cómo puede ocultarse algo así? Qué tontería. «Es la única forma de hacerlo -dijo Emil-. Ellos tienen coche, te llevarán.» -Le cambió la voz-. «Dile a esa vieja mierda que se dé prisa o le pegamos un tiro a él también», dijeron. Borrachos, creo, pero eso hacían, disparaban a la gente, incluso en esos últimos días, cuando todo estaba ya perdido. «Muy bien -les dije-. Disparadle a esta vieja mierda. Así habrá una bala menos.» «No digas eso -dijo Emil-. ¿Estás loco?» «El loco eres tú -le dije yo-. Los rusos te colgarán si te ven con estos cerdos.» «No, Spandau está abierto, podemos marcharnos al oeste.» «Prefiero los rusos a esta escoria», le dije. Incluso entonces discutimos. -Otra vez la voz de las SS-: «Déjelo. No tenemos tiempo para esto.» Era verdad, desde luego, ya se oía el fuego de artillería por todas partes. Así que se marcharon. Ésa fue la última vez que lo vi, subiéndose a un coche de las SS. Mi hijo.

Su voz se fue desvaneciendo hasta que dejó de oírse, como si su recuerdo estuviera rebobinando un carrete de película para visionar de nuevo la escena.

– Intentaba salvarlo -dijo Jake.

El profesor Brandt, sin embargo, retomó la conversación anterior.

– ¿De qué lo conoce?

– Lena trabajaba conmigo en la Columbia.

– La radio, sí, lo recuerdo. Hace mucho tiempo. -Miró a Lena, que los estaba esperando cerca del borde del jardín, donde las lentas aguas del Spree formaban un recodo-. No tiene buen aspecto.

– Ha estado enferma, se está recuperando.

El profesor asintió con la cabeza.

– Por eso no había venido. Antes venía, después de los bombardeos, a ver si estaba bien. La leal Lena. No creo que se lo dijera a Emil.

Lena se volvió mientras ellos se acercaban.

– Mirad los patos -dijo-. Siguen ahí. ¿Quién les dará de comer? -Una especie de disculpa por su arrebato, simplemente sin mencionarlo-. Bueno, ¿habéis terminado?

– ¿Terminado? -preguntó el profesor Brandt, y luego miró a Jake de soslayo-. ¿Qué era lo que quería?

Jake sacó la fotografía de Tully del bolsillo de la pechera.

– ¿Ha estado aquí este hombre? ¿Lo ha visto?

– Un americano -dijo el profesor, mirándola-. No. ¿Por qué? ¿También busca a Emil?

– Puede que lo haya hecho. Lo conoció en Francfort.

– ¿Es de la policía? -preguntó el profesor enseguida, tanto que Jake lo miró sorprendido. ¿Cómo sería vivir doce años vigilado?

– Lo era. Está muerto.

El profesor Brandt se lo quedó mirando.

– -Y por eso quiere encontrar a Emil. Como a un amigo. -Miró a Lena-. ¿Es eso cierto? ¿No quiere detenerlo?

– ¿Crees que lo ayudaría a hacer algo así? -repuso ella.

– No -terció Jake, respondiendo por ella-, pero estoy preocupado. Hoy en día, dos semanas son mucho tiempo para estar desaparecido en Alemania. Este hombre fue el último que lo vio, y está muerto.

– ¿Qué me está diciendo? ¿Cree que Emil…?

– No, no lo creo, pero no quiero verlo acabar de la misma forma. -Hizo una pausa para asimilar la expresión de asombro del profesor Brandt-. Puede que sepa algo, nada más. Tenemos que dar con él. No ha ido a casa de Lena. El único lugar al que también acudiría es a su casa.

– No, a mi casa no.

– Lo hizo una vez.

– Sí, y ¿qué le dije? Ese día de las SS -dijo, volviendo a ver la película-. «No vuelvas.» -Apartó la mirada-. No vendrá aquí. Ahora no.

– Si lo hace, ya sabe dónde está Lena -dijo Jake mientras guardaba la fotografía.

– Lo eché de aquí -insistió el profesor Brandt, perdido aún en sus recuerdos-. ¿Qué otra cosa podía hacer? Las SS. Hice bien.

– Sí, hiciste bien. Siempre haces lo correcto -dijo Lena, cansada, mirando a otra parte-. Y ahora mira.

– Lena…

– No, ya no. Estoy cansada de discutir. Siempre política.

– No es política -repuso él, negando con la cabeza-. No es política. ¿Crees que lo que hicieron fue política?

Lena le sostuvo unos instantes la mirada, después se volvió hacia Jake:

– Vayámonos.

– ¿Volverás? -preguntó el profesor Brandt con una voz de pronto frágil y anciana.

Lena se acercó y le puso una mano en el hombro. Le limpió la solapa del traje como si estuviera a punto de enderezarle la corbata, un gesto de inesperada ternura. Él permaneció bien erguido y dejó que le alisara la chaqueta, en lugar de darle un abrazo.

– La próxima vez te lo plancharé -dijo-. ¿Necesitas algo? ¿Comida? Jake puede conseguir comida.

– A lo mejor un poco de café -dijo él con ciertas dudas, reacio a pedir nada.

Lena le dio una última palmadita al traje y se apartó sin esperar que ninguno de los dos hombres la siguiera.

– Daré un pequeño paseo -dijo el profesor Brandt, y miró la espalda de Lena-. Para mí es como una hija.

Jake se limitó a asentir con la cabeza sin saber qué decir. El profesor Brandt se enderezó, echó los hombros hacia atrás y se puso el sombrero.

– ¿Señor Geismar? Si encuentra a Emil… -Se interrumpió para escoger con cuidado las palabras-. Sea buen amigo. Con los americanos creo que hay problemas, así que ayúdelo. ¿Le sorprende que se lo pida? Este viejo alemán, tan estricto. Pero uno siempre lleva a un hijo en el corazón. Aunque se convierta en… en lo que se ha convertido. Aun así.

Jake lo miró: erguido, alto y solo en aquel lodazal.

– Emil no metió a nadie en un tren. No es lo mismo.

El profesor Brandt alzó la cabeza hacia el edificio carbonizado, después miró otra vez a Jake y bajó el ala de su sombrero.

– Eso júzguelo usted.

Cuando regresaron al jeep, Jake se tomó un minuto para observar la calle del profesor Brandt, pero no vio a nadie, ni siquiera al joven Willi montando guardia por unos cigarrillos.

En casa de Frau Dzuris no había cambiado nada: el mismo pasillo con goteras, las mismas patatas hervidas, los mismos niños de ojos hundidos que espiaban furtivamente desde la habitación.

– Lena, Dios mío, eres tú. Veo que la ha encontrado. Niños, mirad quién está aquí, es Lena. Venid.

Sin embargo, fue Jake quien cautivó su atención al ofrecerles unas chocolatinas que ellos le arrebataron de las manos. Antes de que Frau Dzuris pudiera impedirlo estaban arrancando los brillantes envoltorios de Hershey.

– Qué modales. Niños, ¿qué se dice?

Un «gracias» mascullado entre mordiscos.

– Vengan, siéntense. Oh, a Eva le dará mucha pena no haber estado. Ha vuelto a ir a la iglesia. Va todos los días. «¿Por qué rezas? -le digo yo-. ¿Por maná? Dile a Dios que nos mande patatas.»

– ¿Está bien, entonces? ¿Y su hijo?

– Sigue en el este -repuso la mujer en voz más baja-. No sé dónde. A lo mejor reza por él, pero en Rusia no hay Dios.

Jake había esperado estar allí sólo un par de minutos, hacer una pregunta sencilla, pero se encontró sentado a la mesa y rindiéndose ante la inevitable visita de cortesía. Fue una conversación muy berlinesa, compararon listas de supervivientes. Greta, la del piso de abajo. La presidenta de escalera, que escogió un mal refugio. El hijo de Frau Dzuris, que escapó del ejército pero quedó atrapado en la planta de Siemens, de donde se lo llevaron los rusos.

– ¿Y Emil? -preguntó la mujer mirando a Jake de reojo.

– No lo sé. Mis padres han muerto -contestó Lena, cambiando de tema.

– ¿Un ataque aéreo?

– Sí, acabo de saberlo.

– Tanta gente, tanta gente -comentó Frau Dzuris sin dejar de sacudir la cabeza. Después se alegró un poco-. Pero veros a vosotros juntos otra vez es toda una suerte.

– Sí, para mí -dijo Lena con una débil sonrisa, mirando a Jake-. Me ha salvado la vida. Me consiguió medicamentos.

– ¿Ves? Los americanos. Siempre dije que eran buenos, aunque el de Lena es un caso especial, ¿eh? -le dijo a Jake, casi bromeando.

– Sí, especial.

– Oye, a lo mejor no vuelves a verlo -le dijo a Lena-. Las mujeres tienen la culpa. Los maridos hacen la guerra y las mujeres tienen que esperarlos, pero ¿cuánto tiempo? Eva sigue esperando. Bueno, él es mi hijo, pero no sé. ¿Cuántos vuelven de Rusia? Además, tenemos que comer. ¿Cómo va a alimentar a sus hijos sin un hombre?

Lena miró a los niños, que seguían comiendo chocolate. Se le suavizó la expresión.

– Han crecido. No los habría reconocido.

Por un momento pareció otra persona. Ésa era una parte de su vida que Jake no había conocido, que había tenido lugar sin él.

– Sí, ¿qué va a ser de ellos? Vivir así, sólo de patatas… Es peor que durante la guerra, y ahora, además, tendremos a los rusos. Jake aprovechó eso para intervenir.

– Frau Dzuris, ¿el soldado que buscaba a Lena y a Emil era ruso?

– No, era ami.

– ¿Era este hombre? Le alcanzó la fotografía.

– No, no, ya se lo dije. Era alto, rubio, como un alemán. Incluso tenía nombre alemán.

– ¿Le dijo cómo se llamaba?

– No, aquí -dijo, y señaló con un dedo sobre su pecho, donde habría estado la placa identificativa.

– ¿Cómo se llamaba?

– No me acuerdo, pero era alemán. Pensé que es cierto lo que dicen. No es de extrañar que ganaran los americanos, con todos esos oficiales alemanes. Mire a Eisenhower -dijo, como si fuera un chiste.

Jake guardó la fotografía, decepcionado. Había perdido la pista.

– Así que no buscaba a Emil -dijo Lena con cierto alivio, refiriéndose a la fotografía.

– ¿Sucede algo? -quiso saber Frau Dzuris.

– No -contestó Jake-. Sólo pensaba que podía ser este hombre. ¿El americano que estuvo aquí le dijo por qué había venido a verla?

– Igual que usted, por el cartel de Pariserstrasse. Pensé que sería amigo tuyo -le dijo a Lena-. De antes, cuando trabajabas para los americanos. Oh, no como usted -le dijo a Jake con una sonrisa. Se volvió hacia Lena-: Ya sabes que siempre lo supe. Una mujer sabe estas cosas. Y, ahora, volver a encontraros… ¿Puedo decirte algo? No esperes como Eva. Hay muchísimos que no vuelven. Tienes que vivir, y éste… -Para bochorno de Jake, le dio unas palmaditas en la mano-. Se ha acordado del chocolate.

Tardaron otros cinco minutos en salir de allí. Frau Dzuris no dejaba de hablar mientras Lena se entretenía con los niños y les prometía que volvería a verlos.

– Frau Dzuris -dijo Jake en la puerta-, si viniera alguien…

– No se preocupe -dijo la mujer en tono conspirativo-. No los delataré. -Hizo un gesto en dirección a Lena, que ya bajaba la escalera-. Llévesela a Estados Unidos. Aquí no queda nada.

En la calle, Jake se detuvo y miró el edificio sin salir de su asombro.

– ¿Qué sucede? -preguntó Lena-. No era él. Eso es bueno, ¿verdad? No hay ninguna relación.

– Pero debería. Tiene sentido. Ahora vuelvo a estar como al principio. De todas formas, ¿quién vino?

– Tu amigo dijo que a Emil lo buscan los americanos. Alguien de Kransberg, a lo mejor.

– Pero no Tully -insistió él con obstinación, aún ensimismado.

– Crees que todo el mundo anda buscando a Emil -dijo Lena mientras subía al jeep.

Jake dio la vuelta hasta el asiento del conductor, pero se detuvo con la vista fija en el suelo.

– Menos el ruso, que te buscaba a ti.

Lena lo miró.

– ¿Qué quieres decir?

– Nada. Intento sumar dos más dos. -Subió al jeep-. Pero para eso necesito a Emil. ¿Dónde demonios estará?

– Nunca habías tenido tantas ganas de verlo.

Jake giró la llave.

– Nunca habían asesinado a nadie.

Emil no aparecía. Pasaron los siguientes días sumidos en una especie de espera apática, mirando por la ventana y oyendo pasos en el silencioso descansillo. Cuando hacían el amor, se daban prisa, como si esperasen que alguien apareciera en cualquier momento en la puerta, que se les acabara el tiempo. Hannelore había vuelto, su ruso había seguido camino, y su presencia y su parloteo incesante, tan ajeno a la espera, acrecentaba la tensión. Jake tenía la sensación de estar caminando de un lado para otro incluso cuando estaba sentado, mirando cómo la chica se echaba las cartas en la mesa durante horas, hasta que el futuro le sonría.

– ¿Lo ves? Ahí vuelve a aparecer él. Las picas simbolizan fuerza, eso dice Frau Hinkel. Lena, tienes que ir a verla, no creerás todo lo que ve. Yo pensaba que, bueno, que sería divertido, pero esa mujer sabe cosas. Sabía lo de mi madre. ¿Cómo podía saberlo? Yo no le dije una palabra. Además, no es que sea una gitana… es alemana. Imagínate, todo este tiempo ha estado justo detrás del KaDeWe. Tiene un don. Mira, otra vez la jota. ¿Lo ves? Dos hombres, como dijo ella.

– ¿Sólo dos? -comentó Lena con una sonrisa.

– Dos matrimonios. Yo le digo que con uno basta, pero no, ella dice que siempre me salen dos.

– ¿De qué sirve saber todo eso? Durante el primer matrimonio no dejarás de preguntarte por el segundo.

Hannelore suspiró.

– Supongo que sí. Pero deberías ir.

– Ve tú -dijo Lena-. Yo no quiero saberlo.

Era cierto. Mientras Jake esperaba y trabajaba en el crucigrama que ocupaba su pensamiento -Tully vertical, Emil horizontal; cómo encajarlos-, Lena parecía extrañamente satisfecha, como si hubiese decidido dejar que las cosas se solucionasen solas. La noticia de sus padres la había entristecido, pero enseguida pareció olvidarla, con una especie de fatalismo que Jake suponía que había llegado con la guerra, cuando bastaba con despertar con vida. Por la mañana, Lena iba a una guardería de desplazados a ayudar con los niños; por la tarde, cuando Hannelore salía, hacían el amor; por la noche, convertía las latas de raciones en un banquete. Se mantenía ocupada con la vida cotidiana sin mirar más allá. Era Jake quien esperaba sin saber qué hacer.

Salieron. Había música en una iglesia sin tejado, la noche era húmeda y los cansados civiles alemanes movían la cabeza al ritmo de un rasgueante trío de Beethoven. Jake tomaba notas para un artículo, seguro que a Collier's le gustaría la idea de que surgiera música de entre las ruinas, una ciudad que revivía. Luego fueron a Ronny's para ver a Danny, pero cuando llegaron allí los gritos de los borrachos se oían hasta en la calle y Lena se plantó. Jake entró solo, pero no encontró a Danny ni a Gunther, así que siguieron camino a lo largo de la Ku'damm hasta un cine que habían abierto los ingleses. En la sala, calurosa y abarrotada, proyectaban Un espíritu burlón y, para su sorpresa, al público -todo soldados- le encantó. Clamaban cuando salía Madame Arcati, silbaban al ver el vaporoso camisón de Kay Hammond. Vestirse para la cena y luego tomar el café y el coñac en el salón… Todo aquello parecía salido de otro planeta.

No se sintieron otra vez en Berlín hasta que el exuberante color cambió al blanco y negro granulado del noticiario: Attlee llegaba para ocupar el lugar de Churchill, otra sesión fotográfica en Cecilienhof, los nuevos Tres dispuestos en la terraza igual que los antiguos Tres la primera vez, antes de que empezara a volar dinero por todo el jardín. Después se vio el partido de fútbol americano entre Aliados, con Breimer al micrófono, ganando la paz, y puños alzados al fondo cuando los británicos lograron su único tanto. Jake sonrió. En aquella amalgama de escenas empalmadas, al menos, habían ganado el partido. La siguiente escena era la de una casa derrumbándose. «Otra clase de touchdown: un periodista americano ha protagonizado un arriesgado rescate…»

– Dios mío, eres tú -dijo Lena mientras lo agarraba del brazo.

Jake se vio en la entrada de la casa con el brazo alrededor de la alemana, como si acabasen de salir del derrumbe, y por un instante él mismo llegó a olvidar lo que había sucedido en realidad, pues la cronología de la película resultaba más convincente que el recuerdo.

– No me lo habías dicho.

– No sucedió así -susurró él.

– ¿No? Pero si se ve…

¿Qué iba a decirle? ¿Que sólo parecía que estuviera allí? La película lo hacía real. Cambió de postura en el asiento, incómodo. ¿Y si nada era lo que parecía? Un partido, un héroe del noticiario. La forma en que se miraban las cosas determinaba lo que eran. Un cadáver en Potsdam. Un fajo de billetes. Una cosa llevaba a la otra, pieza a pieza, pero ¿y si estaban mal ordenadas? ¿Y si la casa se había derrumbado después?

Cuando se encendieron las luces, Lena tomó su silencio por modestia.

– Y no me lo habías dicho. De modo que ahora eres famoso -dijo, sonriendo.

Jake la llevó hasta el enjambre de uniformes caquis británicos del pasillo.

– ¿Cómo la sacaste de allí? -preguntó Lena.

– Salimos andando. Lena, eso no sucedió.

Sin embargo, en la expresión de ella vio que sí había sucedido, y se rindió. Llegaron al vestíbulo, junto al grupo de oficiales británicos y sus Hannelores.

– Vaya, el hombre del momento en persona. -Brian Stanley, tirándole de la manga-. Un héroe, nada menos. No salgo de mi asombro.

Jake esbozó una sonrisa.

– Yo tampoco -dijo, y le presentó a Lena.

– Fräulein -dijo Brian mientras le daba la mano-. ¿Qué pensamos ahora de él? Muy de héroe de película, debo decir. ¿Os apetece una copa?

– En otra ocasión -dijo Jake.

– Ah, conque ésas tenemos. ¿Te ha gustado la película? Aparte de tu aparición, quiero decir.

Cruzaron la puerta para salir al tibio aire nocturno.

– Claro. ¿A ti te ha puesto nostálgico?

– Querido chaval, ésa es la Inglaterra que nunca existió. Ahora somos la tierra del hombre de a pie, ¿no te habías enterado? El señor Attlee insiste en ello. Claro que yo mismo soy muy de a pie, así que no me importa.

– Aun así, en la película se ve una Inglaterra bastante fastuosa -dijo Jake.

– Como ha de ser. La filmaron antes de la guerra, ¿no lo sabías? No podían estrenarla mientras la estuvieran representando en el teatro y, como estuvo una eternidad en cartel, ahora empiezan a proyectarla. Ya ves lo joven que se ve a Rex.

– Cuánto sabes -apuntó Jake. Otro truco cronológico.

Brian encendió un cigarrillo.

– ¿Cómo llevas tu caso del chico de las botas?

– No lo llevo. He estado entretenido.

Brian miró a Lena.

– Con la conferencia no, desde luego. Nunca te veo por allí. El caso es que has logrado que le dé vueltas a la cabeza. Sobre el equipaje y todo eso. Lo que me intriga, para empezar, es cómo subió al avión.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, las plazas estaban muy disputadas, como recordarás. Había que mover todos los hilos posibles para subir a ese trasto.

– ¿Qué hilos movió él? -dijo Jake para terminar el razonamiento.

– Algo así. Allí estábamos todos como sardinas en lata. El Honorable y todos los demás. De repente sube uno más. En el último momento. Sin maletas, como si no hubiese esperado viajar. Más bien como si lo hubiesen convocado, no sé si me sigues.

Sin embargo, Jake ya había ido mucho más allá, hasta algo completamente diferente: ¿cómo lo había logrado Emil? Nadie subía a un avión como si tal cosa, y menos aún un alemán.

– Supongo que no encontrarían órdenes de viaje -estaba diciendo Brian.

– No que yo sepa.

– Claro que pudo recurrir a la vieja treta de untar a alguien… Yo mismo lo he hecho. Pero ¿y si alguien lo hubiera autorizado? Si tanta curiosidad sientes, a lo mejor te sería útil saberlo.

– Sí-dijo Jake.

¿Quién habría autorizado a Emil?

– Con el ejército nunca se sabe. Guardan registros de todo menos de lo que es útil, pero tiene que haber alguna clase de manifiesto. De cualquier forma, sólo era una ocurrencia.

– Pues sigue pensando un poco más -dijo Jake-. ¿Cómo entraría aquí un alemán?

– ¿Cómo entra cualquier persona? Con transporte militar. Tendría que conseguir que lo llevaran. El transporte civil no existe. Supongo que podría intentarlo en bicicleta, si no le importara que los rusos lo echaran de la carretera. Tengo entendido que lo hacen por diversión.

– Sí-dijo Lena.

Brian la miró sorprendido al ver que seguía la conversación.

– ¿Tienes en mente a alguien en concreto? -preguntó.

– Un amigo mío -contestó Jake enseguida, antes de que Lena pudiera decir nada-. Hace más de una semana que debería haber llegado.

– Bueno, no es nada raro. ¿Tienes idea de lo que son las cosas ahí fuera? -Hizo un amplio gesto con la mano que abarcó el espacio oscuro de más allá de la ciudad-. El caos. Un maldito y absoluto caos. ¿Has visto las Autobahnen? Refugiados que van en una dirección y en otra. Polacos que regresan a casa. Buena suerte para ellos. Duermen donde pueden. Tu amigo estará seguramente en algún pajar, frotándose los pies.

– Un pajar.

– Bueno, algo de colorido local. Yo no me preocuparía, aparecerá.

– Pero si llegó en avión… -dijo Jake, aún reflexionando.

– ¿Un alemán? Para eso tendría que mover unos hilos muy gordos. De todas formas, estaría aquí, ¿no?

Jake suspiró.

– Sí, estaría aquí.

Miró al gentío, cada vez menos numeroso, como si Emil pudiera aparecer de pronto paseando por la Ku'damm.

– En fin, tengo una copa esperando. Fräulein. -Le hizo un ademán a Lena-. Y tú cuídate de las casas con peligro de derrumbe -añadió, guiñándole el ojo-. Ya has tentado una vez a la suerte. Una maravilla cómo ganamos el partido, ¿no te parece?

– Una maravilla -repuso Jake con una sonrisa.

– Otra cosa, por cierto. ¿Qué está tramando el Honorable?

– ¿Por qué iba a estar tramando nada?

– Sigue aquí. No sé, los peces gordos suelen hacer visitas relámpago. No es que yo se lo eche en cara. El Honorable, sin embargo, se queda, se queda. Pica la curiosidad, ¿no?

Jake lo miró.

– ¿Sí?

– ¿A mí? No, pero sí a Tommy Ottinger. Dice que no es más que un enviado de Tinturas de Estados Unidos.

– ¿Y qué?

– Pues que Tommy se vuelve a casa, y yo no soporto ver cómo se desperdicia un buen artículo. A lo mejor te apetece investigarlo un poco. Bueno, si encuentras tiempo. -Otra rauda mirada a Lena.

– ¿Ahora Tommy regala historias?

– Ya conoces a Tommy. Unas copas y te cuenta lo que sea. Se tr