/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Juegos De Ingenio

John Katzenbach

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51. En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza. Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.

John Katzenbach

Juegos De Ingenio

– Quería un animal ideal para cazarlo -explicó el

general.

Así que dije:

– ¿Qué características tendría una presa ideal?

La respuesta fue, por supuesto:

– Debe ser valiente, astuta y, por encima de todo,

capaz de razonar.

– Pero si ningún animal es capaz de razonar

– objetó Rainsford.

– Mi querido amigo -dijo el general-, existe uno

que sí lo es.

Richard Connell,

The Most Dangerous Game

Prólogo. La mujer de los acertijos

Su madre, que estaba agonizante, dormía con un sueño intranquilo en una habitación contigua. Era casi medianoche, y un ventilador de techo removía el aire en torno a la hija, al parecer sin otro resultado que el de redistribuir el calor que quedaba del día.

La anticuada ventana de celosía estaba ligeramente abierta a la noche color regaliz. Una polilla se golpeaba desesperada contra el cristal, decidida por lo visto a matarse. Ella la observó por un momento, preguntándose si la atraía la luz, como creían los poetas y los románticos, o si en realidad detestaba la claridad y se había lanzado a un ataque furioso contra el origen de su frustración.

Notó que una gota de sudor le resbalaba entre los pechos e intentó secársela con la camiseta, sin apartar en ningún momento la vista de la hoja de papel que tenía en el escritorio, ante sí.

Era de un papel blanco barato. Las palabras estaban escritas en sencillas letras de imprenta.

LA PRIMERA PERSONA POSEE AQUELLO QUE LA SEGUNDA PERSONA ESCONDIÓ.

Se reclinó en su silla de trabajo, tamborileando en el escritorio con un bolígrafo como un percusionista que busca un ritmo. No era extraño que recibiese notas y poemas por correo, cifrados según claves de lo más variadas, con algún tipo de mensaje secreto. Por lo general se trataba de declaraciones de amor o deseo, o bien una forma de forzar un encuentro. A veces eran obscenos. Ocasionalmente constituían un reto para ella, eran mensajes tan complicados, tan crípticos que la dejaban perpleja. Al fin y al cabo, se ganaba la vida con eso, así que no le parecía del todo injusto que alguno de sus lectores le volviese las tornas.

Sin embargo, lo más inquietante de ese mensaje en particular era que no se lo habían enviado a su buzón de la revista, ni lo había recibido en el ordenador de la oficina como correo electrónico. Habían metido la carta ese día en el buzón maltratado y cubierto de herrumbre que estaba al final del camino particular de su casa, para que ella lo encontrase esa tarde, en cuanto regresara del trabajo. Además, a diferencia de los mensajes que estaba acostumbrada a descifrar, éste carecía de firma y de la dirección del remitente. No había ningún sello pegado al sobre.

No le hacía gracia la idea de que alguien supiera dónde vivía.

La mayoría de la gente que se distraía con los juegos de ingenio que ella inventaba era inofensiva; programadores informáticos, académicos, contables. Entre ellos había algún que otro policía, abogado o médico. Ella había aprendido a reconocer a muchos de ellos por la manera tan característica en que funcionaba su mente cuando resolvían sus pasatiempos y que a menudo resultaba tan única como una huella digital. Incluso había llegado a un punto en que sabía de antemano cuáles de sus asiduos darían con la solución de ciertas clases de enigmas; algunos eran expertos en criptogramas y anagramas; otros sobresalían por su habilidad para desentrañar acertijos literarios, identificar citas oscuras o relacionar autores poco conocidos con acontecimientos históricos. Era la clase de personas que resolvían los crucigramas del domingo con pluma.

Desde luego, también había algunos de los otros.

Ella siempre estaba alerta ante la gente que proyectaba su paranoia en cada mensaje oculto, o que descubría odio y rabia en todos los rompecabezas que ella creaba.

«Nadie es realmente inofensivo -se dijo-. Ya no.»

Los fines de semana se llevaba una pistola semiautomática a un manglar que no estaba muy lejos de la casa de bloques de hormigón ligero, desvencijada, de una sola planta y dos habitaciones que había compartido durante casi toda su vida con su madre, y practicaba hasta convertirse en una experta.

Bajó la vista hacia la nota que alguien le había llevado hasta allí y notó una presión desagradable en el estómago. Abrió el cajón de su escritorio, extrajo un revólver Magnum.357 de cañón corto de su funda y lo depositó en el tablero, junto a la pantalla del ordenador. Era una de la media docena de armas que poseía, entre las que se encontraba un fusil de asalto automático que colgaba, cargado, de un gancho al fondo de su armario ropero.

– No me gusta que sepas quién soy ni dónde vivo -dijo en voz alta-. Eso no forma parte del juego.

Hizo una mueca al pensar que había sido descuidada y se fijó el propósito de averiguar cómo se había producido la filtración -qué secretaria o ayudante de redacción había filtrado su dirección- y de tomar las medidas necesarias para remediarlo. Era muy celosa de su privacidad y no sólo la consideraba parte necesaria de su trabajo, sino también de su vida.

Se quedó mirando las palabras de la nota. Aunque estaba bastante segura de que no estaban en clave numérica, realizó unos cálculos rápidos, asignando un número a cada letra del alfabeto, después restando y sumando e introduciendo variaciones para intentar descubrir el sentido de la nota. Casi al instante comprendió que sería inútil. Todos sus intentos arrojaban resultados sin pies ni cabeza.

Encendió el ordenador e insertó un disquete que contenía citas célebres, pero no encontró ninguna remotamente parecida.

Decidió que necesitaba un vaso de agua. Se puso de pie y se dirigió a la pequeña cocina. Había un vaso limpio puesto a secar junto al fregadero. Ella le echó hielo y lo llenó de agua del grifo, que tenía un sabor ligeramente salado. Se tapó la nariz con los dedos y pensó que era uno de los inconvenientes menores de vivir en los Cayos Altos. Los mayores inconvenientes eran el aislamiento y la soledad.

Se detuvo en el vano de la puerta, con la mirada fija en la hoja de papel, al fondo de la habitación, y se preguntó por qué esa nota en particular le quitaba el sueño. Oyó a su madre gemir y revolverse en la cama, y supo en el acto que la mujer mayor estaba despierta antes de oírla hablar.

– Susan, ¿estás ahí?

– Sí, madre -respondió ella despacio.

Fue a toda prisa a la habitación de su madre. En otro tiempo, allí había habido color; a su madre le gustaba pintar, y durante años había tenido sus cuadros apilados contra las paredes, y sus pinturas, sus vestidos y pañuelos exóticos, vaporosos y multicolores caprichosamente desperdigados o colgados en un caballete. Sin embargo, todo eso había cedido el paso a bandejas de medicamentos y un aparato de respiración asistida, y se encontraba arrumbado en armarios, reemplazado por signos de decrepitud. A ella le parecía que la habitación ya ni siquiera olía a su madre, sino a antisépticos, a recién fregado. Era un sitio limpio, desinfectado y lúgubre donde morir.

– ¿Te duele? -preguntó la hija. Se lo preguntaba siempre, pese a que conocía la respuesta y sabía que la madre no respondería la verdad.

La mujer mayor se esforzó por incorporarse.

– Sólo un poquito. No estoy muy mal.

– ¿Quieres una pastilla?

– No, no hace falta. Estaba pensando en tu hermano.

– ¿Quieres que lo llame y te ponga con él?

– No, sólo conseguiríamos preocuparlo. Seguro que está muy ocupado y necesita descansar.

– Lo dudo. Yo creo que preferiría hablar contigo.

– Bueno, mañana, tal vez. Estaba soñando con él. Y contigo también, cielo. Soñaba con mis hijos. Ahora él tiene que dormir. Y tú también. ¿Qué haces levantada?

– Estaba trabajando.

– ¿Ideando otro concurso? ¿De qué será esta vez? ¿De citas, de anagramas? ¿Qué clase de pistas piensas dar?

– No, no se trata de algo mío. Estaba trabajando en un acertijo que alguien me ha enviado.

– Tienes tantos admiradores…

– No es a mí a quien admiran, mamá, sino los pasatiempos.

– No tendría que ser así. Deberías dejar que reconocieran tu mérito, en vez de esconderte.

– Tengo muchas razones para usar un seudónimo, mamá, ya las conoces.

La mujer mayor se recostó sobre su almohada. No era tanto la vejez como la enfermedad la que había hecho estragos en ella. Tenía la piel flácida, colgante en torno al cuello, y el cabello suelto desparramado sobre las sábanas blancas. Aún tenía la cabellera de color castaño rojizo; su hija la ayudaba a teñírsela una vez por semana en un rito que ambas esperaban con ilusión. A la mujer mayor apenas le quedaba vanidad; el cáncer se la había arrebatado casi por completo. Aun así, no había renunciado a teñirse el pelo, y su hija se alegraba de ello.

– Me gusta el nombre que elegiste. Es sexy.

– Mucho más sexy que yo -dijo la hija con una carcajada.

– Mata Hari. La espía.

– Sí, pero no fue la mejor. La pillaron y la fusilaron.

A su madre se le escapó una risotada, y su hija sonrió, pensando que, si encontrara otras maneras de hacerla reír, la enfermedad no se extendería tan rápidamente.

La mujer mayor volvió la vista hacia arriba, como buscando un recuerdo en el techo.

– ¿Sabes? Hay una historia que leí en un libro cuando era pequeña -dijo con entusiasmo-. Según ésta, antes de que el oficial francés diese al pelotón de fusilamiento la orden de disparar, Mata Hari se desabrochó la blusa y se quedó con los pechos al aire, como retando a los soldados a estropear aquella perfección…

La madre cerró los ojos por unos instantes, como si le costase evocar aquello, y la hija se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano.

– Pero aun así dispararon. Qué triste. Hombres tenían que ser, supongo.

Las dos mujeres sonrieron juntas por un momento.

– No es más que un nombre, mamá. Un buen nombre para alguien que hace pasatiempos para revistas. La madre asintió con la cabeza.

– Creo que me tomaré esa pastilla -dijo-. Y mañana podemos llamar a tu hermano. Le haremos preguntas sobre los asesinos. Quizás él sepa por qué esos soldados franceses obedecieron la orden de disparar. Seguro que tendrá alguna teoría. Eso será divertido. -La madre tosió al soltar una carcajada.

– Estaría bien. -La hija alargó la mano hacia una bandeja y abrió un frasco de cápsulas.

– Quizá dos -apuntó la madre.

La hija vaciló y acto seguido dejó caer dos píldoras sobre su mano. La madre abrió la boca, y ella le colocó con delicadeza las pastillas en la lengua. A continuación, la ayudó a incorporarse y acercó su propio vaso de agua a los labios de la mujer mayor.

– Sabe a rayos -comentó la madre-. ¿Sabes que cuando yo era joven podíamos beber directamente de los arroyos de las Adirondack? Nos agachábamos y recogíamos con la mano el agua más transparente y fresca a nuestros pies para llevárnosla a los labios. Era espesa y pesada; beberla era como comer. Estaba fría; preciosa, clara y muy fría.

– Ya. Me lo has contado muchas veces -respondió la hija con suavidad-. Eso ha cambiado. Como todo. Ahora, intenta dormir. Necesitas descansar.

– Aquí todo es tan caliente… Siempre hace calor. ¿Sabes?, a veces no distingo entre la temperatura de mi cuerpo y la del aire que nos rodea. -Hizo una pausa y al cabo añadió-: Sólo por una vez me encantaría volver a probar esa agua.

La hija le bajó la cabeza hasta apoyársela sobre la almohada y esperó mientras los párpados le temblaban y finalmente se le cerraban. Apagó la lámpara de la mesita de noche y regresó a su habitación. Miró en torno a sí por un momento, deseando que hubiera en ella objetos que no fueran sólo corrientes, de uso práctico o tan inhumanos como la pistola que la esperaba sobre la mesa de su ordenador. Le habría gustado que hubiese algo revelador de quién era ella o quién quería ser.

Pero no encontraba nada. En cambio, la nota atrajo su mirada.

LA PRIMERA PERSONA POSEE AQUELLO QUE LA SEGUNDA PERSONA ESCONDIÓ.

«Sólo estás cansada -se dijo-. Has estado trabajando duro, y hace mucho calor para esta época tan tardía de la temporada de huracanes. Demasiado calor. Y todavía hay tormentas grandes girando sobre el Atlántico, alejándose de la costa de África, absorbiendo energía de las aguas del océano, con vistas a tomar tierra en el Caribe o, peor aún, en Florida -pensó-. Quizá llegue hasta aquí una tormenta de final de temporada, una tormenta devastadora. Los más veteranos habitantes de los Cayos siempre dicen que ésas son las peores, pero en realidad no hay ninguna diferencia. Una tormenta es una tormenta.» Se quedó mirando la nota de nuevo. «No hay razón para inquietarse por un anónimo -insistió para sí-, aunque sea tan críptico como éste.»

Por un momento dedicó energía a convencerse de esa mentira, luego se sentó frente a su escritorio y cogió un bloc de papel tamaño oficio amarillo.

«La primera persona…»

Podía tratarse de Adán. Quizás el tema fuera bíblico.

Empezó a pensar de manera más transversal.

La «primera familia»… bueno, era la del presidente, pero ella no sacaba nada en limpio de eso. Entonces le vino a la mente el famoso panegírico a George Washington -«el primero en la guerra, el primero en la paz…»- y encaminó sus esfuerzos en esa dirección, pero enseguida se dio por vencida. Que ella recordara, no conocía a nadie llamado George. Y menos aún Washington.

Exhaló un hondo suspiro, deseando que el aire acondicionado de la casa funcionara. Se dijo que su buena mano para los acertijos estaba basada en la paciencia, y que sólo tenía que ser metódica para descifrar éste. De modo que mojó los dedos en el agua con hielo, se frotó con ellos la frente y luego el cuello y decidió que nadie le enviaría un mensaje en clave que ella no pudiese descifrar: no tendría el menor sentido enviárselo.

De cuando en cuando alguno de los lectores de la revista que solían resolver sus pasatiempos le mandaban notas, pero siempre a su seudónimo en la oficina. Invariablemente figuraba la dirección del remitente -a menudo también cifrada-, pues sus admiradores estaban más ansiosos por demostrarle su brillantez que por conocerla en persona. De hecho, a lo largo de los años, unos cuantos habían logrado dejarla en blanco, pero esas derrotas siempre iban seguidas de éxitos.

Observó de nuevo las palabras.

Recordó algo que había leído una vez, un proverbio, un retazo de sabiduría transmitido de padres a hijos en una familia: «Si corres y oyes ruidos de cascos a tu espalda, lo más sensato es suponer que se trata de un caballo y no de una cebra.»

No una cebra.

«Recurre a la simplicidad. Busca la respuesta fácil.»

Bien. La primera persona. La primera persona del singular.

Es decir, «yo».

«La primera persona posee…»

¿La primera persona, con un sinónimo de «poseer»?

«Yo he…»

Se inclinó sobre su bloc y asintió con la cabeza.

– Estamos avanzando -dijo en voz baja.

«… aquello que la segunda persona escondió».

La segunda persona. Es decir, «tú».

Escribió: «Yo he espacio a ti.»

Se fijó en la palabra «escondió».

Por un momento pensó que se había mareado por el calor. Respiró hondo y extendió el brazo para coger el vaso de agua.

El antónimo de «esconder» era «encontrar».

Bajó la vista hacia la nota y dijo en alto:

– Yo te he encontrado a ti…

La polilla frente a la ventana abandonó por fin sus embates suicidas y cayó sobre el alféizar, donde se quedó agitando las alas hasta morir, dejándola a ella sola, reprimiendo un grito, presa de un miedo nuevo y repentino, en medio de un silencio sofocante.

1 El Profesor de la Muerte

Se acercaba el final de su decimotercera hora de clase y no estaba seguro de que alguien lo estuviera escuchando. Se volvió hacia la pared donde antes había una ventana que habían entablado y después tapiado. Se preguntó por un momento si el cielo estaría despejado, luego supuso que no. Se imaginaba un mundo extenso, gris y encapotado al otro lado de los bloques de hormigón con que estaban construidas las paredes de la sala de conferencias. Miró de nuevo a la concurrencia.

– ¿Nunca se han preguntado a qué sabe en realidad la carne humana? -preguntó de pronto.

Jeffrey Clayton, un joven vestido con una estudiada indiferencia hacia la moda que le confería un aspecto poco atractivo y anónimo, estaba dando una clase sobre la propensión de ciertas clases de asesinos en serie a caer en el canibalismo, cuando vio con el rabillo del ojo bajo su mesa la luz roja y parpadeante de la alarma silenciosa. Contuvo la repentina oleada de ansiedad que le subió por la garganta y, con sólo un breve titubeo al hablar, se apartó disimuladamente del centro del pequeño estrado y se situó tras la mesa. Se sentó despacio en su silla.

– Así pues -dijo mientras fingía rebuscar alguna nota en los papeles que tenía delante-, podemos apreciar que el fenómeno de devorar a la víctima tiene antecedentes en muchas culturas primitivas, en las que se creía, por ejemplo, que al comerse el corazón del enemigo, uno adquiría su fuerza o su valor, o que al ingerir su cerebro, aumentaría su inteligencia. Algo sorprendentemente parecido le sucede al asesino que se obsesiona con los atributos de su presa. Intenta transformarse en la víctima elegida…

Mientras hablaba deslizó la mano cuidadosamente bajo el escritorio. Escudriñó cautelosamente a los cerca de cien alumnos que se removían en su asiento ante él en la sala mal iluminada, paseando la vista por sus rostros oscuros como un marinero solitario que escruta el océano en tinieblas en busca de una boya conocida.

Sin embargo, no veía más que la bruma habitual: aburrimiento, dispersión y algún destello ocasional de interés. Clayton buscaba odio. Rabia.

«¿Dónde estáis? -dijo para sus adentros-. ¿Quién de vosotros quiere matarme?»

No se preguntó por qué. El porqué de tantas muertes había pasado a ser una cuestión irrelevante, intrascendente, casi eclipsada por lo frecuentes y comunes que eran.

La luz roja continuaba parpadeando bajo su mesa. Con el dedo índice, Clayton pulsó el botón que activaba la alerta de seguridad media docena de veces. En principio, una alarma se dispararía en la comisaría del campus, que enviaría automáticamente a su unidad de Operaciones Especiales. Pero, para ello, el sistema de alarma tendría que funcionar, cosa que él dudaba. Ninguno de los retretes en el servicio de caballeros funcionaba esa mañana, y a Clayton le parecía improbable que la universidad se ocupase de tener en buen estado un circuito electrónico endeble cuando ni siquiera mantenía la instalación de agua en condiciones.

«Puedes manejar la situación -se dijo-. Ya lo has hecho antes.»

Continuó recorriendo la sala con la mirada. Sabía que el detector de metales instalado en la puerta trasera tenía la mala costumbre de fallar, pero también era consciente de que a principios del semestre otro profesor había hecho caso omiso de la misma señal y como resultado había recibido dos disparos en el pecho. El hombre había muerto desangrado en el pasillo, balbuciendo algo sobre los deberes para el día siguiente, mientras un alumno desquiciado de posgrado bramaba obscenidades de pie junto al cuerpo agonizante del profesor. Al parecer, un suspenso en un examen parcial había sido el detonante de la agresión; una explicación tan comprensible como cualquier otra.

Clayton ya nunca ponía notas inferiores a notable precisamente para evitar enfrentamientos de ese tipo. No valía la pena jugarse el pellejo por suspender a un estudiante de segundo. A los alumnos que a su juicio estaban al borde de la psicosis asesina les ponía automáticamente notables altos por sus trabajos, independientemente de si los entregaban o no. El responsable de gestión académica del Departamento de Psicología sabía que todo estudiante que obtuviese esa nota del profesor Clayton debía considerarse una amenaza e informaba sobre ello al cuerpo de seguridad del campus.

El semestre anterior, había puesto esas notas a tres alumnos, todos ellos matriculados en su curso de Introducción a las Conductas Aberrantes. Los estudiantes habían rebautizado el curso como «introducción a matar por diversión», nombre que, si bien no del todo exacto, al menos le parecía creativamente rítmico.

– … pues, a fin de cuentas, convertirse en su víctima es lo que motiva las acciones del asesino. Entra en juego una extraña dualidad entre el odio y el deseo. A menudo desean lo que odian, y odian lo que desean. También los mueven la fascinación y la curiosidad. La mezcla da lugar a un volcán de emociones diferentes. Esto, a su vez, se traduce en perversión, que trae consigo el asesinato…

«¿Es eso lo que te está pasando a ti?», preguntó en su fuero interno a la amenaza invisible.

Su mano palpó la parte inferior de la mesa hasta cerrarse en torno a la culata de la pistola semiautomática que tenía allí escondida, en su funda. Acarició el gatillo con el dedo mientras quitaba el seguro con el pulgar. Desenfundó el arma lentamente. Permaneció ligeramente encorvado, como un monje atareado con un manuscrito, intentando ofrecer un blanco más pequeño. Notó una punzada de rabia; el proyecto de ley para asignar fondos a la compra de chalecos antibalas para el profesorado aún estaba pendiente de aprobación por la comisión legislativa, y el gobernador, alegando limitaciones presupuestarias, había vetado hacía poco una partida para modernizar las cámaras de videovigilancia en aulas y salas de conferencias. En cambio, al equipo de fútbol americano se le proporcionarían uniformes nuevos ese otoño, y al entrenador de baloncesto le habían concedido una vez más un aumento, mientras que a los profesores no se les hacía el menor caso, como de costumbre.

La mesa era de acero reforzado. El Departamento de Edificios y Terrenos del campus le había asegurado que sólo podía atravesarla la munición de alta velocidad recubierta de teflón. Sin embargo, tanto Clayton como todos los demás profesores sabían perfectamente que esas balas podían adquirirse en varias tiendas de artículos de caza desde las que se podía llegar caminando a la universidad. También había balas explosivas y de punta hueca disponibles para quienes estuviesen dispuestos a pagar los precios inflados de los establecimientos próximos al campus.

Jeffrey Clayton era un hombre más joven, aún en la etapa optimista de la mediana edad, y libre todavía de la inevitable barriga, los ojos legañosos y desilusionados, y el tono de voz nervioso y asustado tan comunes entre los profesores mayores. Las expectativas de Clayton en la vida, que ya eran mínimas de entrada, no habían empezado a reducirse sino hasta hacía poco tiempo, marchitándose como una planta apartada de la luz en algún rincón sombrío. Todavía conservaba los músculos de brazos y piernas enjutos pero fuertes que le proporcionaban la rapidez de una liebre, y una actitud alerta disimulada por un tic ocasional en la comisura del párpado derecho y las gafas anticuadas de montura metálica que llevaba. Tenía andares de atleta y porte de corredor, pues lo era desde su época de instituto. Algunos profesores apreciaban su sarcástico sentido del humor, un antídoto que contrarrestaba, según él, los efectos de su estudio concienzudo de las causas de la violencia.

«Si me tiro hacia la izquierda -pensó-, el arma quedará en posición de disparo, y mi cuerpo protegido por la mesa. El ángulo para devolver el fuego no será óptimo, pero tampoco quedaré del todo indefenso.»

Se esforzó por hablar con voz monótona.

– … Algunos antropólogos sostienen la teoría de que varias culturas primitivas no sólo producían individuos que en la sociedad actual se convertirían con toda probabilidad en asesinos en serie, sino que los veneraban y los elevaban a categorías sociales destacadas.

No dejó de escrutar a la concurrencia con la mirada. En la cuarta fila, a la derecha, había una joven que se revolvía inquieta. Se retorcía las manos sobre el regazo. «¿Síndrome de abstinencia de anfetaminas? -se preguntó-. ¿Psicosis inducida por la cocaína?» Sus ojos continuaron explorando y se fijaron en un chico alto sentado justo en el centro del auditorio que llevaba gafas de sol, a pesar de la penumbra que reinaba en la sala, tenuemente iluminada por los mortecinos fluorescentes amarillos del techo. El joven estaba sentado muy rígido, con los músculos tensos, como si la soga de la paranoia lo mantuviese atado a su silla. Tenía las manos ante sí, apretadas, pero vacías, tal como Jeffrey Clayton vio de inmediato. Manos vacías. Había que encontrar las manos que ocultaban el arma.

Se oyó a sí mismo dar la conferencia, como si su voz emanara de un espíritu separado de su cuerpo.

– … Cabe suponer, a modo de ejemplo, que el antiguo sacerdote azteca que se encargaba de arrancar el corazón aún palpitante a las víctimas de los sacrificios humanos, bueno, seguramente disfrutaba con su trabajo. Se trataba de asesinatos en serie socialmente aceptados y promovidos. Sin duda el sacerdote se iba a trabajar alegremente cada mañana después de darle un beso en la mejilla a su esposa y alborotarles el pelo a sus pequeños, con el maletín en la mano y el Wall Street Journal bajo el brazo para leerlo en el tren suburbano, ilusionado con pasar un buen día ante el altar de sacrificios…

En la sala resonó un murmullo de risitas ahogadas. Clayton aprovechó el momento para introducir una bala en la recámara de la pistola sin que se oyera el ruido metálico.

A lo lejos sonó una sirena que marcaba el final de la clase. Los más de cien estudiantes que estaban en la sala se rebulleron en sus asientos y comenzaron a recoger sus chaquetas y mochilas, afanándose durante los últimos segundos de la clase.

«Éste es el momento más peligroso», pensó él. De nuevo habló en voz alta.

– No lo olviden: les pondré un examen la semana próxima. Para entonces, tendrán que haberse leído las transcripciones de las entrevistas a Charles Manson en prisión. Las encontrarán en el fondo de reserva de la biblioteca. Esas entrevistas entrarán en el examen…

Los alumnos se levantaron de sus asientos, y él empuñó la pistola sobre sus rodillas. Unos pocos estudiantes empezaron a caminar hacia el estrado, pero él les hizo señas con la mano que le quedaba libre para que se alejaran.

– El horario de despacho está pegado fuera. No habrá más conferencias ahora…

Vio vacilar a una joven. A su lado había un muchacho muy desarrollado, con brazos de culturista y acné galopante, debido sin duda a un exceso de esteroides. Ambos llevaban téjanos y sudaderas con las mangas recortadas. El chico tenía el pelo corto como el de un presidiario. Sonreía de oreja a oreja. Al profesor lo asaltó la duda de si las tijeras romas con que había operado a su sudadera eran las mismas que había usado para su corte de pelo. En otras circunstancias, seguramente se lo habría preguntado. Los dos dieron un paso hacia él.

– Salgan por la puerta trasera -les indicó Clayton en alto, haciendo un gesto de nuevo.

La pareja se detuvo por unos instantes.

– Quiero hablar del examen final -dijo la chica, con un mohín.

– Pídale hora a la secretaria del departamento. La atenderé en mi despacho.

– Será sólo un momento -insistió ella.

– No -contestó él-. Lo siento. -Miraba detrás de la joven, y a ella y al chico alternadamente, temeroso de que alguien se estuviese abriendo paso contra el torrente de alumnos, arma en mano.

– Venga, profe, dele un minuto -pidió el novio. Exhibía su actitud amenazadora con tanta naturalidad como su sonrisa, torcida por el pendiente de metal que llevaba clavado en el labio superior-. Ella quiere hablar con usted ahora.

– Estoy ocupado -replicó Clayton.

El joven dio otro paso hacia él.

– Dudo que tenga tantas putas cosas que hacer como para…

Pero la chica extendió el brazo y le tocó el hombro. Eso bastó para contenerlo.

– Puedo volver en otro momento -dijo ella, dejando al descubierto sus dientes amarillentos al sonreírle a Clayton con coquetería-. No pasa nada. Necesito una nota alta, y puedo ir a verle a su despacho. -Se pasó la mano en silencio por el pelo, que llevaba muy corto en la mitad de la cabeza que se había afeitado, y que le crecía en una cascada de rizos exuberantes en la otra mitad-. En privado -añadió.

El chico giró sobre sus talones hacia ella, dándole la espalda al profesor.

– ¿Qué coño significa eso? -preguntó.

– Nada -respondió ella sin dejar de sonreír-. Concertaré una cita. -Pronunció la última palabra en un tono demasiado preñado de promesas y le dedicó a Clayton una sonrisita provocativa acompañada de un ligero arqueo de las cejas. Acto seguido, cogió su mochila y dio media vuelta para marcharse. El culturista soltó un gruñido en dirección al profesor y luego echó a andar a toda prisa en pos de la joven. Clayton lo oyó recriminarla con frases como «¿A qué coño ha venido eso?» mientras la pareja subía las escaleras hacia la parte posterior de la sala de conferencias hasta desaparecer en la oscuridad del fondo.

«No hay luz suficiente -pensó-. Los fluorescentes siempre se funden en las últimas filas, y nadie los cambia. Debería estar iluminado hasta el último rincón. Muy bien iluminado.» Escudriñó las sombras próximas a la salida, preguntándose si alguien se ocultaba en ellas. Recorrió con la mirada las hileras de asientos ahora vacíos, buscando a alguien agazapado, listo para atacar.

La luz roja de la alarma silenciosa seguía parpadeando. Clayton se preguntó dónde estaría la unidad de Operaciones Especiales y luego llegó a la conclusión de que no acudiría.

«Estoy solo», repitió para sí.

Y de inmediato cayó en la cuenta de que no era así.

La figura estaba encogida en un asiento situado muy al fondo, al borde de la oscuridad, esperando. Clayton no podía ver los ojos del hombre, pero, incluso agachado, se notaba que era muy corpulento.

Clayton alzó la pistola y apuntó con ella a la figura.

– Te mataré -dijo en un tono categórico y duro.

Como respuesta, oyó una risa procedente de las sombras.

– Te mataré sin dudarlo.

Las carcajadas se apagaron y cedieron el paso a una voz.

– Profesor Clayton, me sorprende. ¿Recibe a todos sus alumnos con un arma en la mano?

– Cuando es necesario -contestó Clayton.

La figura se levantó de su asiento, y el profesor comprobó que la voz pertenecía a un hombre maduro, alto y robusto con un terno que le venía pequeño. Llevaba un maletín pequeño en una mano, y Clayton reparó en él cuando el hombre abrió los brazos de par en par en un gesto amistoso.

– No soy un alumno…

– Ya se ve.

– … pero me ha gustado eso de que el asesino se transforma en su víctima. ¿Es cierta esa afirmación, profesor? ¿Puede documentarla? Me gustaría ver los estudios que respaldan esa teoría. ¿O sólo se lo dice la intuición?

– La intuición -respondió- y la experiencia. No hay estudios clínicos satisfactorios. Nunca los ha habido, y dudo que los haya en un futuro.

El hombre sonrió.

– Habrá leído sobre Ross y su innovadora investigación relativa a los cromosomas anómalos, ¿no? ¿Y qué me dice de Finch y Alexander y el estudio de Michigan sobre la composición genética de los asesinos compulsivos?

– Estoy familiarizado con ellos -dijo Clayton.

– Claro que lo está. Usted fue ayudante de investigación de Ross, la primera persona que él contrató cuando se le concedió una asignación federal. Y tengo entendido que usted escribió en realidad el otro artículo, ¿verdad? Ellos firmaron, pero usted realizó el trabajo, ¿no? Antes de doctorarse.

– Está usted bien informado.

El hombre empezó a acercarse a él, bajando despacio por los escalones de la sala de conferencias. Clayton alineó la mira situada en la punta de la pistola y la sujetó firmemente con ambas manos, en posición de disparar. Advirtió que el hombre era mayor que él, de entre cincuenta y cinco y sesenta años, y tema el cabello entreverado de gris y muy corto, al estilo militar. Pese a su corpulencia, parecía ágil, casi ligero de pies. Clayton lo observó con ojos de deportista; el hombre no serviría como corredor de fondo, pero resultaría peligroso en distancias cortas, pues seguramente era capaz de alcanzar velocidades considerables durante lapsos breves.

– Avance despacio -le indicó Clayton-. Mantenga las manos a la vista.

– Le aseguro, profesor, que no soy una amenaza.

– Lo dudo. El detector de metales se ha disparado cuando ha entrado usted.

– De verdad, profesor, que no soy yo el problema.

– Eso también lo dudo -replicó Jeffrey Clayton, cortante-. En este mundo hay amenazas y problemas de toda clase, y sospecho que usted encarna unos cuantos. Ábrase la chaqueta. Sin movimientos bruscos, por favor.

El hombre se había detenido y se encontraba a unos cinco metros de él.

– La educación ha cambiado desde que yo estudiaba -comentó.

– Eso es una obviedad. Enséñeme su arma.

El hombre dejó al descubierto la sobaquera en la que llevaba una pistola similar a la que empuñaba Clayton.

– ¿Me permite enseñarle también mi identificación? -preguntó.

– Luego. Llevará otra de refuerzo, ¿no? ¿En el tobillo, quizás? ¿O en el cinturón, a la espalda? ¿Dónde está?

El hombre sonrió de nuevo.

– A la espalda. -Se levantó lentamente el faldón de la chaqueta y dio media vuelta, mostrándole una pistola automática más pequeña que llevaba enfundada, al cinto-. ¿Satisfecho? -inquirió-. Por favor, profesor, vengo por un asunto oficial…

– «Asunto oficial» es un eufemismo maravilloso que puede aplicarse a varias actividades peligrosas. Ahora, levántese las perneras. Despacio.

El hombre suspiró.

– Vamos, profesor. Déjeme enseñarle mi identificación.

Por toda respuesta, Clayton le hizo una seña con la pistola, para conminarlo a obedecer. El hombre se encogió de hombros y se remangó primero la pernera izquierda, luego la derecha. La segunda reveló una tercera funda, que en este caso contenía un puñal de hoja plana.

El hombre sonrió una vez más.

– Toda protección es poca para alguien de mi profesión.

– ¿Y qué profesión es ésa? -quiso saber Clayton.

– Pues la misma que la suya, profesor. Me dedico a lo mismo que usted. -Vaciló por unos instantes, dejando que otra sonrisa se le deslizara por el rostro como una nube por delante de la luna-. La muerte.

Jeffrey Clayton señaló con la pistola un asiento de la primera fila.

– Puede enseñarme su identificación ahora -dijo.

El visitante de la sala de conferencias se llevó la mano cautelosamente al bolsillo de la chaqueta y extrajo una cartera de piel sintética. Se la tendió al profesor.

– Tírela aquí y luego siéntese. Póngase las manos detrás de la cabeza.

Por primera vez, el hombre dejó que la exasperación asomara a las comisuras de sus ojos, y casi al instante la disimuló con la misma sonrisa burlona y desenfadada.

– Tanta precaución me parece excesiva, profesor Clayton, pero si así se siente más cómodo…

El hombre ocupó el asiento en la primera fila, y Clayton se agachó para recoger la cartera de identificación, sin dejar de apuntar al pecho del hombre con la pistola.

– ¿Excesiva? -repuso-. Entiendo. Un hombre que no es un estudiante pero lleva al menos tres armas diferentes entra en mi sala de conferencias por la puerta trasera, sin cita previa, sin presentarse, informado al parecer sobre quién soy, ¿y me asegura rápidamente que no representa una amenaza y me intenta convencer de que no sea precavido? ¿Tiene idea de cuántos profesores han sufrido agresiones este semestre, cuántos tiroteos causados por estudiantes se han producido? ¿Sabe que una orden judicial nos obliga a abandonar los tests psicológicos de admisión, gracias a la Unión Americana por las Libertades Civiles? Lo consideran violación de la privacidad y demás. Encantador. Ahora ni siquiera podemos descartar a los chalados antes de que vengan con sus armas de asalto. -Clayton sonrió por primera vez-. La precaución -dijo- es una parte esencial de la vida.

El hombre del traje asintió con la cabeza.

– Donde yo trabajo, eso no constituye un problema.

El profesor continuó sonriendo.

– Esa afirmación es una mentira, supongo. De lo contrario, no estaría usted aquí.

El hombre abrió su cartera, y Clayton vio un águila grabada en oro sobre las palabras SERVICIO DE SEGURIDAD DEL ESTADO. El águila y la inscripción tenían como fondo la inconfundible silueta cuadrada del nuevo territorio del Oeste. Debajo, con cifras rojas bien definidas, estaba el número 51. En la tapa opuesta figuraba el nombre del individuo, Robert Martin, junto con su firma y su cargo, que, según constaba, era el de agente especial.

Jeffrey Clayton nunca había visto antes una placa de identificación del territorio propuesto como estado número cincuenta y uno de la Unión. Se quedó mirándola durante un rato.

– Bien, señor Martin -dijo despacio, al cabo-, ¿o debería llamarle agente Martin, suponiendo que sea su verdadero nombre? ¿De modo que trabaja usted para la S. S.?

El hombre frunció el entrecejo por unos instantes.

– Nosotros preferimos llamarlo Servicio de Seguridad, profesor, a emplear las siglas, como sin duda comprenderá. Las iniciales tienen alguna connotación histórica siniestra, aunque a mí, personalmente, eso no me preocupa. Sin embargo, otros son, por así decirlo, más sensibles a estos temas. Por otra parte, tanto la placa como el nombre son auténticos. Si lo prefiere, podemos buscar un teléfono y le daré un número para que haga una llamada de verificación. Quizás así se tranquilice.

– Nada relacionado con el estado cincuenta y uno me tranquiliza. Si pudiera, votaría contra su reconocimiento como estado.

– Por suerte, está usted en franca minoría. ¿Nunca ha estado en el nuevo territorio, profesor? ¿No ha notado la sensación de seguridad que impera allí? Muchos creen que representa los auténticos Estados Unidos, un país que se ha perdido en este mundo moderno.

– También hay muchos que creen que son una panda de criptofascistas.

El agente volvió a sonreír de oreja a oreja con una expresión de autosuficiencia que sustituyó la sombra de ira que había pasado por su rostro unos momentos antes.

– ¿No se le ocurre nada mejor que ese tópico manido? -preguntó el agente Martin.

Clayton no respondió al instante. Le devolvió la cartera con la placa al agente. Se percató de que el hombre tenía cicatrices de quemaduras en la mano y que sus dedos eran fuertes y gruesos como garrotes. El profesor se imaginó que el puño del agente debía de ser un arma poderosa por sí solo, y se preguntó qué marcas tendría en otras partes del cuerpo. Bajo aquella luz tan tenue, sólo alcanzaba a distinguir una franja rojiza en el cuello del hombre, y sintió curiosidad por la historia que habría detrás, aunque sabía que, fuera cual fuese, seguramente había engendrado una rabia que permanecía latente en el cerebro del agente. Bastaban conocimientos elementales de las psiques aberrantes para sacar esta conclusión. Aun así, Clayton había investigado a fondo la relación entre la violencia y la deformidad física, así que decidió tomar buena nota de ello.

Bajó su arma muy despacio, pero la depositó sobre la mesa, ante sí, y tamborileó brevemente con los dedos contra el metal.

– No sé lo que va a pedirme, pero la respuesta es no -dijo tras un momento de titubeo-. No sé qué necesita, pero no lo tengo. No sé qué le ha traído aquí, pero me da igual.

El agente Martin se agachó y recogió el maletín de piel que había dejado a sus pies. Lo arrojó a la tarima, donde cayó con un ruido como el de una bofetada, que resonó en la sala. Se deslizó hasta detenerse junto a una esquina de la mesa.

– Échele un vistazo, profesor.

Clayton hizo ademán de recogerlo, pero se detuvo.

– ¿Qué pasa si no lo hago?

Martin se encogió de hombros, pero la misma sonrisa de gato de Cheshire que había desplegado antes le curvaba las comisuras de la boca.

– Lo hará, profesor. Lo hará. Necesitaría una fuerza de voluntad muy superior a la que tiene para devolverme ese maletín sin examinar lo que contiene. No, dudo que se resista. Lo dudo mucho. Ahora he despertado su curiosidad, o al menos, cierto interés «académico». Está usted ahí sentado, preguntándose qué me ha hecho salir del mundo seguro en que vivo para venir a un sitio donde puede pasar casi de todo, ¿verdad?

– Me da igual por qué ha venido. Y no pienso ayudarlo.

El agente hizo una pausa, no para reflexionar sobre la negativa del profesor, sino como planteándose un enfoque diferente.

– Usted estudió literatura, ¿no, profesor? Cursó la licenciatura, si mal no recuerdo.

– Está usted sumamente bien informado. Así es.

– Es corredor de fondo y aficionado a los libros poco comunes. Son actividades muy románticas. Pero también algo solitarias, ¿no?

Clayton se limitó a mirar con fijeza al agente.

– En parte profesor, en parte ermitaño, ¿me equivoco? Bueno, a mí me iban los deportes más físicos, como el hockey. La violencia que me gusta es la que está controlada, organizada y debidamente regulada. En fin, ¿recuerda el principio de la gran novela La peste, del difunto monsieur Camus? Un momento delicioso, justo allí, en una soleada ciudad norteafricana, en que el médico que no ha sido más que un benefactor para la sociedad ve a una rata salir tambaleándose de las sombras y morir en medio de todo ese calor y esa luz. Entonces se da cuenta de que algo terrible está a punto de ocurrir, ¿no es verdad, profesor? Porque las ratas nunca emergen de las alcantarillas y los rincones oscuros para morir. ¿Recuerda esa parte del libro, profesor?

– Sí -contestó Clayton. Cuando estudiaba en la universidad, había utilizado justo esa imagen en su trabajo final para la asignatura de Literatura Apocalíptica de Mediados del Siglo XX. De inmediato supo que el agente que tenía ante sí había leído ese trabajo, y lo invadió la misma oleada de miedo que cuando había visto encenderse la luz de alarma de debajo de la mesa.

– Ahora está en una situación parecida, ¿no? Sabe que hay algo terrible a sus pies, pues, de lo contrario, ¿por qué iba yo a poner en peligro mi seguridad personal para venir a su aula, donde incluso esa pistola semiautomática quizá llegue a resultar insuficiente algún día?

– No habla usted como un policía, agente Martin.

– Pero lo soy, profesor. Soy un policía de nuestro tiempo y nuestras circunstancias. -Señaló con un gesto amplio el sistema de alarma de la sala de conferencias. Había videocámaras anticuadas instaladas en los rincones, cerca del techo-. No funcionan, ¿verdad? Parecen de hace una década, o quizá de hace más tiempo.

– Tiene razón en ambas cosas.

– Pero las dejan allí con la esperanza de sembrar la duda en la cabeza de alguien, ¿verdad?

– Seguramente ésa es la lógica.

– Me parece interesante -comentó Martin-. La duda puede dar lugar a la vacilación. Y eso le daría a usted el tiempo que necesita para… ¿para qué? ¿Para escapar? ¿Para desenfundar el arma y protegerse?

Clayton barajó varias respuestas y al final las descartó todas. Bajó la vista hacia el maletín.

– He ayudado al Gobierno en varias ocasiones. Nunca ha sido una relación muy provechosa para mí.

El agente reprimió una risita.

– Quizá para usted no. El Gobierno, en cambio, quedó muy satisfecho. Le ponen por las nubes. Dígame, profesor, ¿la herida de su pierna ha cerrado bien?

Clayton asintió con la cabeza.

– Era de esperar que estuviese usted enterado de eso.

– El hombre que se la infligió… ¿qué ha sido de él?

– Sospecho que ya conoce usted la respuesta a esa pregunta.

– En efecto. Está en el corredor de la muerte, en Tejas, ¿no es así?

– Sí.

– Ya no puede presentar más apelaciones, ¿estoy en lo cierto? -Dudo que pueda.

– Entonces cualquier día de éstos le pondrán la inyección letal, ¿no cree?

– No creo nada.

– ¿Le invitarán a la ejecución, profesor? Imagino que bien podría ser un invitado de honor en esa velada tan especial. No lo habrían pillado sin su colaboración, ¿verdad? ¿Y a cuántas personas mató? ¿Fueron dieciséis?

– No, diecisiete. Unas prostitutas en Galveston. Y un inspector de policía.

– Ah, cierto. Diecisiete. Y usted habría podido ser el número dieciocho de no haber tenido buenos reflejos. Usaba un cuchillo, ¿correcto?

– Sí. Usaba un cuchillo. Muchos cuchillos diferentes. Al principio, una navaja automática italiana con una hoja de quince centímetros. Luego la cambió por un cuchillo de caza con sierra, después pasó a utilizar un bisturí y finalmente una cuchilla de afeitar recta como las de antes. Y en una o dos ocasiones empleó un cuchillo para untar afilado a mano, todo lo cual causó una confusión considerable a la policía. Pero no creo que asista a esa ejecución, no.

El agente hizo un gesto de afirmación con la cabeza, como si hubiese captado algún sobreentendido.

– Lo sé todo sobre sus casos, profesor -dijo crípticamente-. No han sido muchos, ¿verdad? Y siempre los ha aceptado de mala gana. Eso consta también en su expediente del FBI. El profesor Clayton siempre se muestra reacio a poner sus conocimientos al servicio de la causa que sea. Me pregunto, profesor, ¿qué es lo que le decide a abandonar estas elegantes y deliciosamente sagradas salas para ayudar de verdad a nuestra sociedad? Cuando se ha prestado a ello, ¿ha sido por dinero? No. Al parecer no le preocupan demasiado los bienes materiales. ¿La fama? Es evidente que no. Por lo visto rehuye usted la notoriedad, a diferencia de algunos colegas académicos suyos. ¿La fascinación? Eso parece más verosímil; al fin y al cabo, cuando usted se ha decidido a salir a la luz, ha tenido éxitos notables.

– La suerte me ha favorecido un par de veces, eso es todo. Lo único que hice fue conjeturas más o menos fundadas. Ya lo sabe. El agente respiró hondo y bajó la voz.

– Es demasiado modesto, profesor. Lo sé todo sobre sus éxitos y estoy seguro de que, por mucho que lo niegue, es usted mejor que la media docena de expertos académicos y especialistas cuyos servicios contrata el Gobierno a veces. Estoy al corriente de lo que ocurrió con el hombre de Tejas, y de cómo le dio usted caza, y de la mujer en Georgia que trabajaba en la residencia para ancianos. Estoy al corriente del caso de los dos adolescentes de Minnesota y su pequeño club de asesinos, y de la barca que encontró usted en Springfield, no muy lejos de aquí. Es un villorrio de mala muerte, pero ni siquiera ellos se merecían lo que ese hombre les estaba haciendo. Fueron cincuenta, ¿verdad? Al menos, ésa es la cifra que usted consiguió que confesara. Pero hubo más, ¿verdad, profesor?

– Sí, hubo más. Dejamos de contar al llegar a cincuenta.

– Eran niños pequeños, ¿verdad? Cincuenta niños pequeños abandonados, que se pasaban el día en los alrededores del centro de juventud, que vivían en la calle y murieron en la calle. Nadie se preocupaba mucho por ellos, ¿no?

– Tiene razón -dijo Clayton en tono cansino-. Nadie se preocupaba mucho por ellos. Ni antes ni después de su asesinato.

– Estoy informado sobre él. Un ex asistente social, ¿verdad?

– Si dice que está informado, no tendría que preguntármelo.

– Nadie quiere saber por qué alguien comete un crimen, ¿no es así, profesor? Sólo quieren saber quién y cómo, ¿correcto?

– Desde que se aprobó la enmienda No Hay Excusas a la Cons titución, es como usted dice. Pero es policía y debería saber esas cosas.

– Y usted es el profesor que aún conserva su viejo interés por el trasfondo emocional de los delincuentes; la obsoleta pero a veces desafortunadamente necesaria psicología criminal. -Martin aspiró a fondo-. El perfilista -dijo-. ¿No es así como debo llamarle?

– No le servirá de nada -repitió Clayton.

– El hombre que puede explicarme por qué, ¿verdad, profesor?

– Esta vez no.

El agente sonrió una vez más.

– Estoy al corriente de cada una de las cicatrices que esos casos le dejaron.

– Lo dudo -replicó Clayton.

– No, no, lo estoy.

Clayton señaló el maletín con un movimiento de cabeza.

– ¿Y éste?

– Este es especial, profesor.

Jeffrey Clayton prorrumpió en una sola andanada de carcajadas sarcásticas que retumbaron en la sala vacía.

– ¡Especial! Cada vez que han acudido a mí (y siempre es lo mismo: un hombre con un traje azul o marrón no especialmente caro y un maletín de piel que me habla de algún crimen que sólo puede resolverse con la ayuda de un experto), cada vez me dicen exactamente lo mismo. Da igual que sea un traje del FBI, del Servicio Secreto o de la policía local de alguna gran ciudad o de algún pueblo apartado, siempre me aseguran que se trata de algo especial. Pues bien, ¿sabe qué, agente Martin de la S. S.? No son especiales, en lo más mínimo. Los casos son simplemente terribles. Eso es todo. Son desagradables, sórdidos y nauseabundos. Siempre están relacionados con la muerte en sus aspectos más repugnantes e inmundos. Víctimas de abusos sexuales cortadas en rebanadas o en pedacitos, evisceradas o reducidas a carne picada de muchas maneras tan imaginativas como repugnantes. Pero ¿sabe lo que no son? No son especiales. No, señor. Lo que son es iguales. Son la misma cosa en envoltorios ligeramente distintos. ¿Especial? ¿No? En absoluto. Lo que son es corrientes. Los asesinatos en serie son tan comunes en nuestra sociedad como los resfriados. Son tan habituales como que el sol salga y se ponga a diario. Son una diversión. Un pasatiempo. Un entretenimiento. Joder, deberían publicar las tablas de puntuaciones en la sección de deportes de los periódicos, junto a la clasificación. Así que, quizás esta vez, por muy perplejos y desconcertados que estén ustedes, por mucha frustración que les cause, esta vez pasaré.

El agente se removió en su asiento.

– No -murmuró-. No lo creo.

Clayton observó al agente Martin levantarse despacio de su silla. Por primera vez, advirtió un brillo amenazador en los ojos del hombre, que se achicaron y se clavaron en él con la mirada intensa que un tirador experto posa en su objetivo milisegundos antes de apretar el gatillo. Al hablar, su voz sonó fría y rígida como un estilete, y cada palabra fue como una puñalada.

– Quédese con el maletín. Examine su contenido. Encontrará el número de un hotel local donde podrá localizarme después. Espero su llamada esta tarde.

– ¿Y si me niego? -preguntó Clayton-. ¿Y si no llamo?

El agente, sin despegar la vista de él, respiró hondo antes de contestar.

– Jeffrey Clayton, profesor de Psicología Anormal en la Uni versidad de Massachusetts. Nombrado para el puesto poco después del cambio de siglo. Se le concedió la cátedra tres años después por mayoría. Soltero. Sin hijos. Un par de novias ocasionales entre las que le gustaría decidirse para sentar la cabeza, pero no lo hace, ¿verdad? Quizás hablemos de eso en otro momento. ¿Qué más? Ah, sí. Le gusta la bicicleta de montaña y jugar partidos rápidos de baloncesto en el gimnasio, además de correr entre diez y doce kilómetros diarios. Su producción de escritos académicos es más bien modesta. Ha publicado varios estudios interesantes sobre conductas homicidas, que no han despertado un interés generalizado, pero que sí han llamado la atención de las autoridades policiales de todo el país, que tienden a respetar su erudición mucho más que sus colegas del mundo universitario. Daba conferencias de vez en cuando en la Di visión de Estudios Conductuales del FBI en Quantico, antes de que la cerraran. Malditos recortes de presupuesto. Ha sido profesor invitado en la Escuela John Jay de Justicia Criminal en Nueva York…

El agente hizo una pausa para recuperar el aliento.

– Veo que tiene usted mi currículo -lo interrumpió Clayton.

– Grabado en la memoria -contestó el agente con aspereza.

– Puede haberlo conseguido en el Departamento de Relaciones Públicas de la universidad.

El agente Martin asintió con la cabeza.

– Tiene una hermana que vive en Tavernier, Florida, y que nunca ha estado casada, ¿me equivoco? En eso se parece a usted. ¿No es una coincidencia intrigante? Ella cuida de su anciana madre. De su inválida madre. Y trabaja para una revista de allí. Inventa juegos de ingenio. Qué trabajo tan interesante. ¿Tiene ella el mismo problema con la bebida que usted? ¿O consume algún otro tipo de sustancia?

Clayton enderezó la espalda en su asiento.

– Yo no tengo un problema con la bebida. Ni tampoco mi hermana.

– ¿No? Mejor. Me alegro de oírlo. Me pregunto cómo se habrá colado ese pequeño detalle en mi investigación…

– Eso no puedo saberlo. -No, supongo que no.

El policía se rio otra vez.

– Lo sé todo sobre usted -dijo-. Y sé mucho sobre su familia. Es usted un hombre que ha conseguido algunos logros. Un hombre con una reputación interesante en el campo de los asesinatos.

– ¿A qué se refiere?

– Me refiero a que su colaboración en varios casos ha sido fructífera, pero usted no muestra el menor interés en hacer un seguimiento de dichos éxitos. Ha trabajado con las figuras más eminentes de su especialidad, pero parece satisfecho con su propio anonimato.

– Eso -repuso Clayton con brusquedad- es asunto mío.

– Tal vez. Tal vez no. ¿Sabe que a sus espaldas los alumnos le llaman «el Profesor de la Muerte»?

– Sí, lo había oído.

– Pues bien, Profesor de la Muerte, ¿por qué se empeña en continuar trabajando aquí, en una universidad estatal grande, con fondos insuficientes y en muchos aspectos destartalada, relativamente en secreto?

– Eso también es asunto mío. Me gusta este sitio.

– Pero ahora también es asunto mío, profesor.

Clayton no respondió. Sus dedos se deslizaron sobre el acero de la pistola que descansaba en la mesa, ante él.

El agente habló con voz áspera, casi ronca.

– Va usted a recoger el maletín, profesor. Va a examinar su contenido. Luego me llamará y me ayudará a resolver mi problema.

– ¿Está seguro? -dijo Clayton, en un tono más desafiante del que pretendía.

– Sí -respondió el agente Martin-. Sí, estoy convencido. Y no sólo porque sé todas esas cosas sobre su currículum vítae, esas chorradas sobre las biografías de toda esa gente y la información de relleno de las relaciones públicas, y no sólo porque me he leído el expediente del FBI sobre usted, sino porque sé algo más, algo más importante, algo que esas agencias, universidades, periódicos, alumnos, profesores y el resto de la gente no sabe. Yo mismo me he convertido en estudiante, profesor. Estudio a un asesino. Y, de rebote, ahora le estudio a usted. Y eso me ha llevado a descubrimientos interesantes.

– ¿Qué descubrimientos, si puede saberse? -preguntó Clayton, esforzándose por disimular el temblor en su voz.

El agente Martin sonrió.

– Verá, profesor, sé quién es usted en realidad. Clayton no dijo nada, pero notó que un frío glacial le recorría todo el cuerpo.

– Hopewell, Nueva Jersey -susurró el agente-. Allí pasó usted sus primeros nueve años de vida… hasta una noche de octubre de hace un cuarto de siglo. Entonces se marchó para no volver. Fue entonces cuando empezó todo, ¿estoy en lo cierto, profesor?

– ¿Cuando empezó qué? -espetó Clayton.

El agente hizo un gesto de afirmación con la cabeza, como un niño en un patio de colegio que comparte un secreto.

– Ya sabe a qué me refiero. -Hizo una pausa para observar el impacto de sus palabras en el semblante de Clayton, como si éste no esperase una respuesta a su pregunta. Dejó que el silencio que invadió el espacio entre ellos envolviese al profesor como bruma matinal en un día fresco de otoño. Luego asintió con la cabeza-. De verdad espero recibir noticias suyas esta tarde, profesor. Hay mucho trabajo por hacer y me temo que poco tiempo para realizarlo. Lo mejor será poner manos a la obra cuanto antes.

– ¿Se trata de una especie de amenaza, agente Martin? En ese caso, más vale que sea más explícito, porque no tengo la menor idea de lo que me habla -dijo Clayton rápidamente, demasiado para resultar convincente, como comprendió en el momento en que las palabras salieron de manera atropellada de su boca.

El agente se sacudió ligeramente, como un perro al despertar de su siesta.

– Ah -contestó pasivamente-. Sí, creo que sí que tiene idea. -Titubeó por unos instantes-. Creía que podía esconderse, ¿verdad?

Clayton no respondió.

– ¿Creía que podría esconderse para siempre?

El agente hizo un último gesto en dirección al maletín, que estaba apoyado contra una esquina de la mesa. Luego se volvió y, sin mirar atrás, subió a paso veloz los escalones con movimientos ágiles y enérgicos. Dio la impresión de que la oscuridad del fondo de la sala se lo tragaba. Un torrente de luz invadió la estancia cuando la puerta trasera se abrió al pasillo bien iluminado, y la silueta de las anchas espaldas del agente apareció en el vano. La puerta se cerró con un golpe seco, dejando por fin al profesor solo en la tarima.

Jeffrey Clayton se quedó sentado inmóvil, como fusionado con su asiento.

Por un instante miró en torno a sí con ojos desorbitados, respirando con dificultad. De pronto le pareció insoportable que no hubiera ventanas en la sala de conferencias. Era como si le faltase el aire. Con el rabillo del ojo, vio que la luz roja de la alarma continuaba parpadeando apremiante, desatendida.

Clayton se llevó la mano a la frente y lo comprendió: «Mi vida se ha acabado.»

2 Un problema persistente

Atravesó el campus andando despacio, haciendo caso omiso de los grupos de estudiantes que bloqueaban el paso en los caminos, distraído por pensamientos fríos y una angustia gélida que parecía proceder de un rincón desconocido de su interior.

El anochecer acechaba en los confines de aquella tarde de otoño, filtrando la oscuridad a través de las ramas desnudas de los pocos robles que aún salpicaban el paisaje de la universidad. Una breve racha de viento frío penetró a través del abrigo de lana de Jeffrey Clayton, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Irguió la cabeza por un momento y dirigió la mirada hacia el oeste, donde la veta morada rojiza del horizonte se arrugaba en las colinas lejanas. El cielo mismo parecía desvanecerse en una docena de tonos de gris claro, cada uno de ellos un anuncio del invierno que se acercaba inexorable. Para Clayton era la peor época del año en Nueva Inglaterra, cuando la sinfonía de colores otoñales se había apagado y aún no caían las primeras nevadas. El mundo parecía replegarse en sí mismo, vacilante como un anciano cansado de la vida, avanzando trabajosamente sostenido por huesos viejos y quebradizos que duelen con cada paso, cumpliendo los deberes rutinarios, consciente de que la primera helada de la muerte estaba próxima.

A unos cincuenta metros de distancia, frente a la sala Kennedy, uno de tantos edificios desangelados de cemento que habían reemplazado los antiguos ladrillos y la hiedra, estalló una trifulca. La brisa fría transportaba las voces airadas. Jeffrey se agachó y se parapetó tras un árbol. Más valía no ser alcanzado por una bala perdida, pensó. Aguzó el oído, pero no logró dilucidar el motivo de la discusión; no oía más que torrentes de obscenidades lanzadas de un lado a otro como hojas secas arrastradas por un remolino.

Vio a un par de policías del campus dirigirse a toda prisa hacia el alboroto. Llevaban botas pesadas con puntera metálica y coraza de cuerpo entero. Sus pisadas sonaban como cascos de caballos contra el pavimento de macadán. No se les veían los ojos tras la visera opaca de su casco. Advirtió que un segundo par de agentes se acercaba a toda prisa desde otra dirección. Cuando pasaron corriendo, una farola se encendió de pronto, arrojando una luz amarilla que destelló en sus armas desenfundadas. Ahora la policía del campus sólo patrullaba en parejas; Clayton tenía entendido que desde el incidente que se había producido en el semestre de invierno, cuando varios miembros de una hermandad universitaria habían apresado a un secreta que trabajaba en una operación antinarcóticos y le habían prendido fuego en el sótano después de arrancarle la ropa y perpetrar toda clase de vejaciones contra su cuerpo inconsciente. Un exceso de alcohol y de drogas, un poco de queroseno, y una absoluta falta de escrúpulos.

El agente había muerto y la casa de la hermandad había quedado reducida a cenizas. Los tres estudiantes responsables de lo ocurrido nunca fueron juzgados por el crimen, pues el incendio había acabado con casi todas las pruebas, aunque en el campus todo el mundo sabía quiénes eran. Ahora sólo quedaba uno de los tres. Uno había muerto antes de la graduación en circunstancias extrañas en una de las torres donde vivían los estudiantes. O se había caído o lo habían empujado desde la planta vigésimo segunda por un hueco de ascensor vacío. El otro se había matado en un accidente de tráfico una noche de agosto en el cabo Cod, cuando su coche deportivo cayó en una ciénaga en la que crecían arbustos de arándanos y se ahogó.

Había pruebas, según le habían contado a Jeffrey, de que había habido otro vehículo involucrado, y de que se había producido una persecución a gran velocidad y a altas horas de la noche. Sin embargo, la policía del estado en aquella jurisdicción lo había declarado un accidente de un solo coche. El cuerpo de seguridad del campus era, naturalmente, una delegación de la policía estatal.

Se rumoreaba que el tercer estudiante había regresado para cursar el último año de carrera, pero nunca salía de su habitación y enloquecía por momentos o se estaba muriendo lentamente de inanición, atrincherado en la residencia.

Ahora, a la vista de Clayton, los cuatro policías se abrían paso entre la multitud. Uno de ellos blandía una porra de grafito describiendo un arco amplio. A su izquierda se oyó el ruido de un vidrio que se hacía añicos seguido de un agudo alarido de dolor. Clayton salió de detrás del árbol y vio que el tumulto se había dispersado y perdido intensidad, y que varios estudiantes se alejaban a paso veloz. Los cuatro agentes tenían a sus pies a un par de jóvenes esposados y tirados en el frío suelo. Uno de los adolescentes arqueó la espalda para escupir a los policías, que respondieron propinándole una fuerte patada en las costillas. El chico pegó un grito que resonó entre los edificios del campus.

El profesor se fijó entonces en un puñado de mujeres jóvenes que observaban la escena desde una ventana en la primera planta de la Facultad de Gestión Racial. Por lo visto el espectáculo les parecía divertido, pues señalaban y se reían, a salvo tras el cristal antibalas de la ventana. Sus ojos se desplazaron hasta la planta baja del edificio de aulas, que estaba a oscuras. Esta era la norma para casi todos los departamentos en el recinto universitario; se consideraba demasiado difícil y caro mantener abiertas las oficinas y las aulas situadas a nivel del suelo. Había demasiados robos, demasiado vandalismo. Así pues, las plantas bajas habían quedado abandonadas y ahora estaban llenas de pintadas y vidrios rotos. Se habían instalado puestos de seguridad al pie de las escaleras que conducían a las plantas superiores, lo que impedía la entrada de la mayor parte de las armas en las aulas. No obstante, el problema que había surgido recientemente era la propensión de algunos estudiantes a provocar incendios en las habitaciones vacías situadas debajo de las aulas donde debían examinarse. Ahora, durante la época de exámenes, el cuerpo de seguridad hacía pruebas soltando perros guardianes en los recintos desocupados. Los animales tendían a aullar mucho, lo que dificultaba la concentración durante el examen, pero, por lo demás, el plan parecía funcionar.

Los policías habían levantado a los dos estudiantes detenidos y ahora caminaban en dirección a Clayton. Éste se percató de que se mantenían vigilantes, volviendo la cabeza a izquierda y derecha, mirando hacia las azoteas.

«Francotiradores», pensó Clayton. Prestó atención por si oía el zumbido de un helicóptero que también estuviese guardándoles las espaldas.

Por un momento supuso que sonarían disparos, pero no ocurrió. Esto le sorprendió; se creía que más de la mitad de los veinticinco mil estudiantes de la universidad iban armados casi todo el tiempo, y practicar el tiro al blanco de vez en cuando con policías del campus era un rito iniciático, tal como lo era un siglo atrás darse ánimos antes de un partido. Los sábados por la noche el Servicio Sanitario para Estudiantes atendía de promedio a una media docena de víctimas de tiroteos al azar, además de los casos habituales de apuñalamientos, palizas y violaciones. En general, sin embargo, sabía que las cifras no eran terroríficas, sólo constantes. Le recordaban la suerte que tenía de que la universidad estuviese en una ciudad pequeña y aún eminentemente rural. Las estadísticas en los centros educativos importantes de las grandes urbes eran mucho peores. La vida en esos mundos era realmente peligrosa.

Enfiló el camino, y uno de los policías se volvió hacia él.

– Hola, profesor, ¿cómo le va?

– Bien. ¿Ha habido algún problema?

– ¿Lo dice por estos dos? Qué va. Son estudiantes de Empresariales. Se creen que ya son dueños del mundo. Sólo pasarán la noche en el trullo. Así se les bajarán los humos. Tal vez así aprendan la lección. -El policía dio un tirón a los brazos torcidos del adolescente, que soltó una maldición por el dolor. Pocos agentes de seguridad del campus habían cursado siquiera una asignatura universitaria en su vida. En su mayoría eran producto del nuevo sistema de formación profesional del país, y en general despreciaban a los universitarios entre los que vivían.

– Bien. ¿Nadie se ha hecho daño?

– Esta vez no. Oiga, profesor, ¿está solo?

Jeffrey movió la cabeza afirmativamente.

El policía vaciló. Su compañero y él sujetaban a uno de los combatientes entre los dos, y lo iban arrastrando por el camino. El agente negó con la cabeza.

– No debería andar solo, sobre todo al anochecer, profesor. Ya lo sabe. Debería llamar al servicio de escolta. Podrían enviarle a un guardia que le acompañe hasta el aparcamiento. ¿Va armado?

Jeffrey dio unas palmaditas a la pistola semiautomática que llevaba al cinto.

– Vale -dijo el policía despacio-. Pero, profesor, lleva la chaqueta abotonada y con la cremallera subida. Tiene que poder echar mano del arma rápidamente, sin necesidad de quedarse medio desnudo antes de poder disparar un solo tiro. Joder, para cuando consiga sacar la pistola, uno de esos estudiantes estirados de primero con un fusil de asalto y una buena dosis de mala baba y de pastillas le convertirá en un queso Gruyere…

Los dos policías prorrumpieron en carcajadas, y Jeffrey asintió con la cabeza, sonriendo.

– Sería una forma bastante desagradable de morir. Convertido en un psicosándwich o algo así -comentó-. Un poco de jamón, un poco de mostaza y Gruyere. Suena bien.

Los policías seguían riendo.

– Vale, profesor. Tenga cuidado. No quiero acabar metiéndole en una bolsa de cadáveres. Procure ir por caminos distintos cada vez.

– Chicos -replicó Jeffrey, con los brazos abiertos en un gesto amplio-, no soy tan tonto. Así lo haré, por supuesto.

Los agentes asintieron con la cabeza, pero él sospechaba que estaban convencidos de que cualquiera que enseñara en la universidad era, sin lugar a dudas, tonto. Con otro tirón a los brazos de sus prisioneros, reanudaron la marcha. El joven gritó que su padre los demandaría por brutalidad policial, pero sus quejas y chillidos quedaron disipados por el viento de primera hora de la noche.

Jeffrey los observó alejarse por el patio interior. Su camino estaba iluminado por el resplandor amarillento de las farolas, que tallaban círculos de luz en la oscuridad creciente. Luego echó a andar de nuevo a toda prisa. No se detuvo a mirar un coche incendiado con un cóctel Molotov que ardía sin control en uno de los aparcamientos que no tenían vigilancia. Unos momentos después, una estudiante prostituta surgió de las sombras para ofrecerle sexo a cambio de créditos académicos, pero él rehusó enseguida y siguió adelante, pensando de nuevo en el maletín que llevaba y el hombre que al parecer sabía quién era él.

Su apartamento estaba a varias manzanas del campus, en una calle lateral relativamente tranquila donde antes se encontraban las llamadas residencias para el personal docente. Se trataba de casas más antiguas de tablas, encaladas, con estructura de madera y unos ligeros toques Victorianos: amplias galerías y vidrieras biseladas. Una década atrás tenían gran demanda, en parte por su interés nostálgico y su solera de siglos. Sin embargo, como todo lo que era antiguo en la comunidad, el sentido práctico había disminuido su valor; se prestaban a allanamientos, pues estaban aisladas, bastante retiradas de las aceras, a la sombra de árboles y arbustos, lo que las hacía vulnerables, junto con un cableado obsoleto e inadecuado para los sistemas de alarma con detección de calor. El apartamento del propio Clayton contaba con un dispositivo de videovigilancia más anticuado.

Por costumbre, era lo primero que comprobaba al llegar. Un visionado rápido de la grabación le mostró que los únicos que habían visitado su casa eran el cartero del lugar -acompañado, como siempre, por su perro de ataque-, y, poco después de marcharse éste, dos mujeres jóvenes con pasamontañas para que no las reconocieran. Habían intentado accionar el picaporte -buscando la forma fácil de entrar-, pero el sistema de choques eléctricos que él mismo había instalado las hizo cambiar de idea. No era lo bastante potente para matar a una persona, pero sí para que quien tocase el picaporte sintiera que le machacaban el brazo con un ladrillo. Al ver a una de las mujeres caer al suelo, aullando de rabia y dolor en las imágenes grabadas, experimentó cierta satisfacción. Él había diseñado el sistema, basándose en sus conocimientos de la naturaleza humana. Es probable que cualquiera que intente entrar por la fuerza en algún sitio pruebe primero con el picaporte, sólo para asegurarse de que la puerta esté efectivamente cerrada con llave. La suya, por descontado, no lo estaba. En cambio, estaba electrificada con una corriente de setecientos cincuenta voltios. Volvió a poner en marcha la cámara de vídeo.

Sabía que al final del día debía tener hambre, pero no era el caso. Exhaló un suspiro lento y sonoro, como si estuviera exhausto, entró en su pequeña cocina y sacó una botella de vodka finlandés del congelador. Se llenó un vaso y bebió un sorbo de la parte superior. Dejó que aquel líquido amargo y frío estimulara su espíritu mientras descendía por su interior. A continuación, se dirigió a su sala de estar y se dejó caer en un sillón de cuero. Vio que tenía un mensaje en el contestador automático, y supo también que haría caso omiso de él. Se inclinó hacia delante y luego se detuvo. Tomó otro trago de su vaso y echó la cabeza atrás.

«Hopewell.

»Yo sólo tenía nueve años.»

No, había algo más.

«Yo tenía nueve años y estaba aterrorizado.»

«¿Qué sabe uno cuando tiene nueve años? -se preguntó de repente. Volvió a soltar el aire despacio, y se respondió-: No sabe nada, y a la vez lo sabe todo.»

Jeffrey Clayton se sintió como si alguien le clavara un alfiler en la frente. Ni siquiera el alcohol le aliviaba el dolor.

Fue en una noche como aquélla, aunque quizá no tan fría, y la lluvia preñaba el aire. «Me acuerdo de la lluvia -pensó- porque, cuando salimos, me caía encima como escupitajos, como si yo hubiese hecho algo malo. La lluvia parecía ocultar todas las palabras airadas, y él estaba de pie en el umbral, callado por fin después de todos aquellos gritos, mirándonos marchar.»

¿Qué fue lo que dijo?

Jeffrey se acordó: «Te necesito, a ti y a los niños…»

Y la respuesta de ella: «No, no nos necesitas. Te tienes a ti mismo.»

Y él había insistido: «Formáis parte de mí…»

Luego Jeffrey había notado que la mano de su madre lo empujaba hacia el interior del coche y lo sentaba con brusquedad en su asiento. Recordó que ella llevaba en brazos a su hermana pequeña, que lloraba, y sólo habían tenido tiempo de meter un poco de ropa en una mochila pequeña. «Nos metió en el coche a toda prisa -pensó- y dijo: "No miréis atrás. No le miréis."» Acto seguido, el coche arrancó.

Evocó la imagen de su madre. Aquélla había sido la noche en que había envejecido, y el recuerdo lo asustaba. Intentó convencerse de que no tenía por qué preocuparse.

«Nos fuimos de casa, eso es todo.

»Habían tenido un altercado. Uno de tantos. Este resultó peor que los demás, pero sólo porque fue el último. Yo me había refugiado en mi habitación, intentando no oír sus palabras. ¿Por qué discutían? No lo sé. Nunca se lo pregunté. Nadie me lo dijo. Pero ese día todo había terminado, y eso sí que lo sabía. Subimos al coche, nos marchamos y nunca volvimos a verlo. Ni una sola vez. Jamás.» Tomó otro trago largo.

«En fin. Otra triste historia, pero nada tan fuera de lo común. Una relación con malos tratos. La mujer y los hijos se van antes de que alguien salga perjudicado de forma irreparable. Ella fue valiente. Hizo lo correcto. Lo abandonó, en un mundo diferente, para que nos criáramos en un lugar donde él no pudiese hacernos daño. No es algo atípico. Evidentemente, tiene secuelas psicológicas. Lo sé por mis propios estudios, mi propia terapia. Pero está superado, todo superado.

»No quedé traumatizado de por vida.»

Paseó la vista por el interior de su apartamento. En un rincón había un escritorio cubierto de papeles. Un ordenador. Muchos libros apretujados desordenadamente en estantes. Muebles funcionales, nada que no pudiera olvidarse o reemplazarse fácilmente si lo robaban. Tenía algunos de sus títulos y diplomas expuestos en una pared. Había un par de reproducciones enmarcadas de clásicos comunes del arte moderno del siglo XX, incluidas la lata de sopa de Warhol y las flores de Hockney. Las había puesto ahí para salpicar un poco de color en la habitación. También había colgado unos pósters de películas, porque le gustaba la sensación de acción que transmitían, pues a menudo su vida le parecía demasiado reposada, seguramente demasiado gris, y no estaba muy seguro de cómo cambiarla.

«Entonces -se preguntó a sí mismo-, ¿por qué cuando un desconocido alude a la noche en que, cuando eras niño, dejaste tu hogar, te dejas llevar por el pánico?»

De nuevo insistió: «No he hecho nada malo. -Entonces le vino a la memoria-. Ella dijo: "Nos vamos…", y nos fuimos. Y luego empezamos una nueva vida, muy lejos de Hopewell.»

Se sonrió. «Nos fuimos al sur de Florida. Igual que los refugiados que llegaban allí de Cuba y Haití. Nosotros éramos refugiados de una dictadura parecida. Era un buen lugar para perderse. No conocíamos a nadie. No teníamos parientes allí, ni amigos, ni contactos, ni trabajo, ni escuela. No se daba una sola de las condiciones por las que habitualmente alguien se muda a una nueva localidad. Nadie nos conocía, y nosotros no conocíamos a nadie.»

De nuevo le vinieron a la mente las palabras de su madre. Un día -¿un mes después, quizá?-, dijo que ése era el lugar donde él nunca los buscaría. Se había criado en el norte, por lo que detestaba el calor. Odiaba el verano, y sobre todo la densa humedad de los estados del Atlántico medio. Ocasionaba que le salieran unas ronchas rojas en la piel y que el asma se le agudizara de modo que el menor esfuerzo la hacía jadear. Así pues, les había dicho a él y a su hermana pequeña: «Nunca se le pasará por la cabeza que me he ido al sur. Creerá que me he trasladado a Canadá, yo siempre hablaba de Canadá…» Y ésa fue la explicación.

Jeffrey pensó en Hopewell, una población rural rodeada de granjas; eso es lo que sabía y recordaba de ella. Estaba próxima a Princeton, que había albergado una universidad prestigiosa hasta que los disturbios raciales de principios de siglo en Newark se habían propagado sin control, como una llama en un reguero de gasolina, y habían recorrido ochenta kilómetros de carretera hasta la universidad, que había acabado asolada por los incendios y los saqueos. Por otra parte, la ciudad era célebre porque, años antes de que él naciera, había sido escenario de un secuestro famoso.

«Pero nos marchamos -se recordó a sí mismo-. Y ya nunca volvimos.»

Apuró el vaso de vodka de un trago, echándose al gaznate lo que quedaba del aguardiente. De pronto lo invadió una rabia desafiante. «Ya nunca volvimos -se repitió tres o cuatro veces-. Que te den, agente Martin.»

Tenía ganas de tomarse otra copa, pero no le pareció apropiado. Luego pensó: «¿Por qué no?» Pero esta vez sólo se sirvió medio vaso, y se obligó a beber a sorbos, despacio. Se agachó, recogió el teléfono del suelo y marcó rápidamente el número de su hermana en Florida.

La señal de llamada sonó una vez, y colgó. No le gustaba telefonearlas a menos que tuviera algo que decir, y hubo de admitir que de momento no tenía más que preguntas.

Se reclinó hacia atrás, cerró los ojos y visualizó la casita donde habían vivido juntos. «La marea está bajando -pensó-. Estoy seguro de ello. La marea está bajando, y puedes alejarte cien, no, doscientos metros de la orilla e intentar oír el sonido de una raya leopardo al liberarse saltando de uno de los canales para caer con un sonoro chapuzón en el agua azul celeste. Eso estaría bien. Volver a los Cayos Altos, caminar por el agua poco profunda.» Quizá vería emerger la cola de un pez zorro, reluciente a la luz mortecina de la tarde, o la aleta de un tiburón cortando la superficie cerca de un banco de arena, en busca de un bocado fácil.

«Susan sabría adónde ir, y seguro que pescaríamos algo.»

Cuando eran jóvenes, los dos hermanos pasaban horas juntos, de pesca. Jeffrey tomó conciencia de que ahora ella iba sola.

Se dio el lujo de revivir la sensación del suave vaivén de la tibia agua de mar en torno a sus piernas, pero cuando abrió los ojos, no vio más que el maletín de piel del agente, tirado en el suelo de cualquier manera ante él.

Lo recogió y se disponía a lanzarlo al otro extremo de la habitación, pero se detuvo cuando estiraba el brazo hacia atrás para tomar impulso.

«Seguro que no contienes más que otra pesadilla -pensó-. He permitido que mi vida se infeste de pesadillas, así que una más no significará nada.»

Jeffrey Clayton se recostó en el sillón, suspiró y abrió el cierre de metal barato del maletín.

Dentro había tres carpetas de papel de Manila de color habano. Les echó un vistazo rápido a las tres y vio que todas contenían más o menos lo que él esperaba: fotos de escenas del crimen, informes policiales truncados y un protocolo de la autopsia de cada una de las tres víctimas. «Estas cosas siempre empiezan así -se dijo-. Un policía me pasa unas fotografías convencido de que, por arte de magia, las miraré y al instante podré decirle quién es el asesino.» Exhaló un suspiro hondo, abrió una carpeta tras otra y esparció los documentos en el suelo, frente a sí.

En cuanto vio las fotografías a la luz, comprendió la preocupación del agente Martin. Tres chicas muertas, todas, a primera vista, de menos de quince años, con cortes similares en su cuerpo desnudo, y colocadas tras su muerte en posturas parecidas. ¿Las habían matado con una navaja de barbero?, se preguntó de inmediato. ¿Con un cuchillo de caza? Yacían boca arriba en el suelo, sin ropa, con los brazos extendidos hacia los lados. Era la posición en que se tumban los niños cuando quieren dejar la silueta de un ángel en la nieve reciente. Recordaba haber trazado esas figuras de pequeño, antes de que se mudaran al sur. Sacudió la cabeza. «Un simbolismo religioso evidente», anotó mentalmente. Era como si las hubiesen crucificado; supuso que eso era, de un modo extraño, lo que les habían hecho en realidad. Echó otra ojeada a las fotografías y observó que a todas las víctimas les habían cortado el dedo índice de la mano derecha. Sospechaba que les faltaba también alguna otra parte del cuerpo, o quizás un mechón de cabello.

– Seguro que te gusta llevarte recuerdos -le dijo en voz alta al asesino que inexorablemente comenzaba a cobrar forma en su imaginación, casi como si se estuviera materializando de la nada a una persona sentada ante él.

Examinó por encima las zonas en que se encontraban los cadáveres. Uno parecía estar en un bosque; la joven yacía con los brazos abiertos sobre una superficie plana de roca. La segunda se hallaba en un terreno considerablemente más pantanoso, con un lodo espeso y cenagoso, y lianas y zarcillos retorcidos. «Cerca de un río», pensó Clayton. Le costó más determinar dónde estaba la tercera; aparentemente se trataba también de una zona rural, pero el crimen se había cometido a todas luces a principios del invierno; la tierra se hallaba cubierta de nieve limpia en algunas partes, y el cuerpo sólo estaba parcialmente descompuesto. Clayton estudió la imagen un poco más de cerca, buscando rastros de sangre, pero no había muchos.

– Así que las metiste en tu coche y las llevaste a esos lugares después de matarlas, ¿no?

Meneó la cabeza. Sabía que eso supondría un problema. Siempre resultaba más fácil sacar conclusiones de una escena del crimen cuando el asesinato realmente se había cometido allí. El desplazamiento de los cadáveres constituía una dificultad añadida para las autoridades.

Se levantó de su asiento, esforzándose por pensar, y regresó a la cocina, donde se sirvió otro vaso de vodka. Tomó de nuevo un trago largo y asintió para sí, complacido con el aturdimiento que el alcohol empezaba a causarle. De pronto, se percató de que el dolor de cabeza había desaparecido y volvió a los documentos esparcidos en el suelo de su pequeña sala de estar.

Continuó hablando en voz alta, con un sonsonete, como un niño que se divierte solo en su habitación con un juego.

– Autopsia, autopsia, autopsia. Apuesto veinte pavos a que violaste a todas las chicas una vez muertas y a que no eyaculaste, ¿verdad, colega?

Cogió los tres informes y, deslizando el dedo rápidamente por el texto de cada uno, encontró la información del patólogo que buscaba.

– He ganado -dijo, de nuevo en alto-. Veinte pavos. Dos billetes de diez. Veinte machacantes. En realidad, estaba cantado. Yo tenía razón, como de costumbre.

Tomó otro trago.

– Si eyaculaste, fue al matarlas, ¿no, chaval? Es el momento más intenso. Tu momento. ¿El momento de la luz? ¿El destello de una gran explosión detrás de los ojos, directo al cerebro, que llega hasta el alma? ¿Algo tan maravilloso y místico que te deja sin aliento?

Hizo un gesto de afirmación. Miró al otro extremo de la sala de estar y, gesticulando hacia una silla vacía, se dirigió a ella, como si el asesino acabara de entrar en la habitación.

– ¿Por qué no te sientas? Aligera la carga de tus pies.

Comenzó a trazar un retrato en su mente. «No demasiado joven -pensó-. De aspecto anodino. Blanco. Nada amenazador. Quizás un poco tímido, o un cerebrito. Sin duda un solitario.» Soltó una carcajada cuando los rasgos del asesino empezaron a definirse ante sus ojos, tal vez porque no sólo estaba describiendo a un asesino en serie absolutamente típico, sino también a sí mismo. Continuó hablándole a su fantasmal visita en tono sarcástico y ligeramente cansino.

– ¿Sabes qué, colega? Te conozco. Te conozco bien. Te he visto docenas, cientos de veces. Te he observado durante los juicios. Te he entrevistado en tu celda. Te he sometido a una serie de pruebas científicas y medido tu estatura, peso y apetito. Te he aplicado el test de Rorschach, inventarios multifásicos de Minnesota y he determinado tu cociente intelectual y tu tensión arterial. Te he extraído sangre del brazo y he analizado tu ADN. Joder, incluso he asistido a tu autopsia tras tu ejecución, y examinado con el microscopio muestras de tu cerebro. Te conozco al derecho y al revés. Tú te crees único y superpoderoso, pero, sintiéndolo mucho, chaval, no lo eres. Presentas las mismas tendencias y perversiones de mierda que otros mil tipos que son como tú. Los registros están llenos de casos que en nada difieren del tuyo. Carajo, también lo están las novelas populares. Hace siglos que existes, en una forma u otra. Y si crees que has hecho algo verdaderamente único y demoníacamente extraordinario, te equivocas de medio a medio. Eres un tópico. Algo tan corriente como un resfriado en invierno. No te gustaría oír eso, ¿verdad? Esa voz furiosa de tu interior se pondría a escupir bilis y a exigirte todo tipo de cosas, ¿no? Sentirías el impulso de salir a aullarle a la luna llena y quizás a raptar a otra joven, sólo para demostrar que voy errado, ¿verdad? Pero ya sabes, macho, que en realidad lo único que tienes de especial es que no te han pillado todavía y que probablemente nunca te pillarán, no porque seas una jodida lumbrera, como sin duda te crees, sino porque nadie tiene tiempo ni ganas, porque hay cosas mejores que hacer que ir por ahí persiguiendo a chalados, aunque no tengo ni puta idea de cuáles pueden ser esas cosas. En fin, casi siempre eso es lo que ocurre. Te dejan en paz porque a nadie le importa tanto. No causas el impacto acojonante que tú te crees…

Suspiró, rebuscó en el interior de la carpeta el número de teléfono que el agente Martin le había asegurado que estaba allí y lo encontró en un trozo de papel amarillo. Echó otro vistazo rápido a las fotografías y los documentos, sólo para cerciorarse del todo de que no hubiera pasado por alto algún detalle evidente o revelador, y dio otro trago al vaso de vodka. Se reprochó a sí mismo la aprensión y el horror que se habían apoderado de él cuando el policía lo había amenazado de forma tan indirecta.

«¿Quién soy yo en realidad?»

Respondió con un suspiro: «Soy quien soy.»

«Un experto en muertes atroces.»

Con la mano con que sostenía el vaso, señaló con un gesto suave y desdeñoso los tres expedientes que estaban en el suelo, delante de él.

– Previsible -dijo en voz alta-. Totalmente previsible. Y, a la vez, seguramente imposible. No es más que un asesino enfermo y anónimo más. No es eso lo que usted quiere oír, ¿verdad, señor policía?

Sonrió mientras alargaba el brazo hacia el teléfono.

El agente Martin contestó al segundo timbrazo.

– ¿Clayton?

– Sí.

– Bien. No ha perdido el tiempo. ¿Tiene conexión de vídeo en su teléfono?

– Sí.

– Pues úsela, joder, para que pueda verle la cara. Jeffrey Clayton obedeció: encendió el monitor de vídeo, lo conectó al teléfono y se acomodó enfrente, en su sillón.

– ¿Mejor así?

En su pantalla, la imagen nítida del agente apareció de golpe. Estaba sentado en la esquina de una cama, en un hotel del centro. Todavía llevaba corbata, pero su americana colgaba del respaldo de una silla cercana. También llevaba puesta aún su sobaquera.

– Bueno, ¿tiene algo que contarme?

– Poca cosa. Seguramente cosas que usted ya sabe. Sólo he mirado por encima las fotografías y los documentos.

– ¿Y qué ha visto, profesor?

– Todo es obra del mismo hombre, evidentemente. Hay un claro trasfondo religioso en el simbolismo de la posición de los cadáveres. ¿Podría tratarse de un ex sacerdote? Tal vez de alguien que fue monaguillo. Algo por el estilo.

– He contemplado esa posibilidad.

A Jeffrey se le ocurrió otra idea.

– Quizás un historiador, o alguien relacionado de alguna manera con el arte religioso. ¿Sabe? Los pintores del Renacimiento casi siempre representaban a Cristo en una posición similar a la de esos cadáveres. ¿Será un pintor que oye voces? Es otra posibilidad.

– Interesante.

– Ya lo ve, inspector: una vez que uno introduce el componente religioso, se ve empujado en ciertas direcciones específicas. Pero, a menudo, se requiere una interpretación ligeramente más indirecta. O una mezcla de ambas. Por ejemplo, podría ser un ex monaguillo que al cabo de los años llegó a ser historiador del arte. ¿Entiende por dónde voy?

– Sí, eso tiene algo de sentido.

Otra idea le vino a Clayton a la cabeza.

– Un profesor -barbotó-. Tal vez sea un profesor.

– ¿Por qué?

– Los sacerdotes tienden a ir a por hombres jóvenes, y estamos hablando de tres chicas. Podría haber un elemento de familiaridad. Se me acaba de ocurrir.

– Interesante -repitió el inspector tras la breve pausa que necesitó para digerir lo que acababa de oír-. ¿Un profesor, dice?

– Exacto. Es sólo una idea. Tendría que saber más para estar más seguro.

– Continúe.

– Aparte de eso, no he sacado mucho más en claro. La ausencia de pruebas de eyaculación, aunque hay indicios de actividad sexual, me lleva a sospechar que debemos seguir la pista religiosa en este caso. La religión siempre trae consigo toda clase de sentimientos de culpa, y quizá sea eso lo que le impide a su hombre llegar hasta el final. A menos, claro está, que haya llegado hasta el final antes, que es lo que yo me imagino.

– Nuestro hombre.

– No, me parece que no.

El agente sacudió la cabeza.

– ¿Qué más ha visto?

– Es un cazador de souvenirs. Debe de tener el tarro con los dedos en algún lugar accesible, para poder revivir sus triunfos.

– Sí, yo también lo sospechaba.

– ¿Qué más se llevó?

– ¿Qué?

– ¿Qué otra cosa, agente Martin? ¿Aparte de los dedos índices, qué se llevó?

– Es usted muy astuto. Lo esperaba. Se lo diré más tarde. Jeffrey suspiró.

– No me lo diga. No quiero saberlo. -Titubeó antes de añadir-: Es pelo, ¿verdad? Un mechón de la cabellera, y algo de vello púbico, ¿me equivoco?

El agente Martin hizo una mueca.

– Ha acertado, en ambas cosas.

– Pero no las mutiló, ¿verdad? No hay cortes en los genitales, ¿correcto? Sólo en el torso, ¿no?

– ¡Ha vuelto a acertar!

– Se trata de un patrón poco común. No es algo sin precedentes, pero sí bastante atípico. Un modo extraño de expresar su ira.

– ¿Eso despierta su interés? -inquirió el agente.

– No -contestó Jeffrey sin rodeos-. No despierta mi interés. Sea como fuere, su problema gordo es que cada víctima parece haber sido asesinada por una persona distinta, y después trasladada al lugar donde la descubrieron. Así que tendrá que encontrar el medio de transporte que utilizó. Creo que en el informe policial no se mencionan fibras ni otros indicios del tipo de vehículo en el que viajaron. Quizás el tipo las envolvió en una lámina de goma. O quizá forró el interior de su maletero con plástico. Hubo un tipo en California que hizo eso. Llevaba a la pasma de cabeza.

– Me acuerdo del caso. Creo que tiene usted razón. ¿Qué más?

– A primera vista, el tipo presenta más o menos las mismas características de muchos otros asesinos.

– A primera vista.

– Bueno, usted probablemente cuenta con mucha más información que no estaba dispuesto a compartir. Me he dado cuenta de que los protocolos de autopsia y los informes policiales eran más bien parcos. Por ejemplo, la ausencia de heridas claramente defensivas indica que todas las víctimas estaban inconscientes cuando abusaron de ellas y las asesinaron. Es un detalle intrigante. ¿Cómo las dejó inconscientes? No constan señales de traumatismo craneal. Y eso no es todo. Por ejemplo, no figuran datos que identifiquen a las jóvenes, ni fechas ni información sobre las escenas del crimen o investigaciones posteriores. Ni siquiera hay una lista de sospechosos interrogados.

– No, tiene razón. Eso no se lo he enseñado.

– Pues eso viene a ser todo. Siento no poder serle de más ayuda. Ha venido de tan lejos sólo para que le diga un par de cosas que usted ya sabía.

– No está usted formulando las preguntas adecuadas, profesor.

– No tengo preguntas, agente Martin. Soy consciente de que tiene un problema y de que no se solucionará fácilmente, pero eso es todo. Lo siento.

– No lo entiende, ¿verdad, profesor?

– ¿No entiendo qué?

– Le contaré algo que no figura en los informes que obran en su poder. ¿Se ha fijado en el distintivo impreso en la carpeta del tercer caso, una bandera roja?

– ¿El caso de la chica hallada en la roca? Sí.

– Pues bien, encontraron su cadáver hace unas cuatro semanas, en un lugar del Territorio del Oeste. ¿ Comprende lo que eso significa?

– ¿Dentro del Territorio? ¿Era residente de nuestro próximo estado número cincuenta y uno?

– Exacto -respondió el agente, en tono cortante y airado.

Jeffrey se reclinó en su sillón, reflexionando sobre lo que acababa de oír.

– Creía que esas cosas no debían pasar. En teoría, se han erradicado los delitos del Territorio, ¿no?

– Sí, maldita sea -farfulló el agente con amargura-. En teoría.

– Pero eso no es de recibo -repuso Jeffrey-. Es decir, la razón de ser del estado número cincuenta y uno es que allí esas cosas no ocurran. ¿No es así, inspector? Se supone que es un mundo sin crímenes, ¿no? Sobre todo sin crímenes como éstos.

De nuevo, el agente Martin dio muestras de que se esforzaba por contenerse.

– Tiene razón -dijo-. En realidad, ésa es la base de su existencia. Es la razón por la que se está estudiando la posibilidad de concederle la condición de estado. Piense en ello, profesor: el estado número cincuenta y uno, un lugar donde uno puede ser libre, llevar una vida normal, sin miedo. Como en otro tiempo.

– Un lugar donde uno tiene que renunciar a la libertad para ser libre.

– Yo no lo expresaría precisamente en esos términos -replicó el agente Martin con frialdad-, pero, en esencia, ésa es la idea.

Jeffrey asintió con la cabeza. Ahora vislumbraba el alcance del problema al que se enfrentaba el agente.

– O sea que su dilema tiene una doble vertiente, criminal y política.

– Veo que empieza a entender, profesor.

Jeffrey notó una punzada de compasión hacia el fornido policía, una sensación provocada principalmente por el vodka, según reconoció para sus adentros.

– Bueno, creo que ahora comprendo por qué tiene tanta prisa. La votación en el Congreso se celebrará justo antes que las elecciones, ¿verdad? Faltan sólo tres semanas. Lo que pasa es que los crímenes de este tipo no suelen solucionarse rápidamente, a menos que uno tenga un golpe de suerte y aparezca un testigo con una descripción o algo parecido. Pero, por lo general, si el caso llega a resolverse (y eso ya es mucho suponer, inspector), es más o menos de forma fortuita, y meses después de los hechos. Así que… -Tomó otro trago de vodka e hizo una pausa.

– ¿Así que qué? -preguntó Martin con aspereza.

– Así que me alegro de no estar en su pellejo.

El inspector achicó los ojos y clavó en el profesor una mirada hosca a través de la pantalla de televisión. Habló con una voz inexpresiva, serena, sin el menor asomo de nerviosismo.

– Pues lo está, profesor. -Martin señaló la pantalla con un gesto-. Le explicaré por qué en persona.

– Oiga, he examinado sus carpetas -lo interrumpió Jeffrey-. Ahora estoy en casa. Ya he hecho bastante por hoy.

– No le estoy pidiendo un favor. Piense por un momento en la facilidad con que yo podría complicarle la vida, profesor. Con Hacienda, por ejemplo. Con otras agencias de policía. Con su adorada universidad de los cojones. Deje volar su imaginación por unos instantes. ¿Lo ha captado? Bien. Ahora, piense en algún lugar tranquilo y seguro donde podamos encontrarnos. Dios sabe si alguien está escuchando esta transmisión, o si su teléfono está pinchado. Seguramente algunos de sus alumnos más emprendedores le han intervenido la línea para obtener información confidencial sobre los exámenes o algún dato que les sirva para hacerle chantaje. Pero quiero que nos reunamos, y cuanto antes. Esta noche. Traiga consigo los expedientes de los casos. Le repito una vez más que no disponemos de mucho tiempo.

Jeffrey, vestido con ropa oscura, se deslizaba sigilosamente de una sombra a otra bajo los reflejos de las luces de neón en el centro de la pequeña población universitaria. Delante de Antonio's Pizza había la aglomeración habitual de gente que esperaba su turno para entrar; Clayton reparó en el guarda armado con una escopeta que vigilaba a los estudiantes hambrientos. Otra cola serpenteante se había formado frente a las taquillas del cine de Pleasant Street, donde se proyectaban las películas del género que los chicos denominaban «viboporno», palabra que combinaba dos de los temas más recurrentes en esos filmes.

Arrimó la espalda a la pared de ladrillo de un videoclub para dejar pasar a un puñado de preadolescentes de aspecto salvaje. Los niños marchaban en formación militar, gritando cada cierto tiempo una cantinela y coreando la respuesta. El grupo constaba de unos doce chicos, que seguían a un líder larguirucho y granujiento que, con una actitud malévola que parecía amenazar con cosas terribles, fijaba la vista en todo aquel que tuviera el mal gusto de mirarlos. Llevaban chaquetas idénticas con el logotipo de un equipo de baloncesto profesional, gorros de punto y zapatillas de alta tecnología. Los más jóvenes, de unos nueve o diez años, cerraban la marcha. Sus piernecitas, que pugnaban por seguirle el paso al cabecilla, le habrían parecido cómicas al profesor si no hubiera sabido lo peligrosa que podía llegar a ser la banda. De vez en cuando el líder se volvía bruscamente hacia el grupo y, mientras trotaba hacia atrás, gritaba:

– ¿Quiénes somos?

Sin vacilar, con sus voces agudas, los miembros de la banda que avanzaban tras él contestaban a voz en cuello:

– ¡Somos los perros de Main Street!

– ¿De qué somos los amos?

– ¡Somos los amos de la calle!

A continuación, todos daban tres palmadas, que resonaban como disparos entre los establecimientos del centro.

Hasta los estudiantes que esperaban frente a Antonio's les hacían mucho espacio; se apartaban como las orillas de un río para que la pandilla desfilara rápidamente entre ellos. El guarda de la pizzería encañonó con su escopeta al líder, que se limitó a reírse y dedicarle un gesto obsceno. Jeffrey advirtió que un coche patrulla seguía al grupo a una distancia prudencial. «Todo el mundo teme a los niños -pensó Clayton-, más que a nadie. Puedes tomar ciertas precauciones sencillas para protegerte de asesinos en serie, violadores, ladrones y animales rabiosos; puedes vacunarte contra la viruela, la gripe y el tifus, pero cuesta esconderse de las decenas de niños abandonados que no albergan más que odio hacia el mundo al que los han traído.» Se preguntó si los políticos que habían revocado todas las leyes que permitían el aborto se fijaban alguna vez en las bandas de niños que vagaban por las calles y se preguntaban de dónde habían salido.

Jeffrey salió a toda prisa de las sombras donde se había ocultado y cruzó la calle detrás del coche patrulla. Vio que uno de los agentes se volvía de golpe, como si lo hubiera sobresaltado la aparición de aquella figura a sus espaldas, y luego el vehículo se alejó, acelerando poco a poco. Clayton torció por entre las farolas en dirección a la biblioteca municipal.

«¿Qué es lo que sé sobre el estado número cincuenta y uno?», se preguntó. Acto seguido, cayó en la cuenta de que no sabía gran cosa, y lo que sabía lo incomodaba, aunque le habría costado explicar exactamente por qué.

Hacía poco más de una década, dos docenas o más de las empresas más importantes de Estados Unidos habían empezado a comprar grandes extensiones de territorio de propiedad federal en media docena de estados occidentales. También habían adquirido terrenos que pertenecían a los propios estados; de hecho, éstos se los habían cedido a las empresas. La idea era simple, una extrapolación de un concepto que la Disney Corporation había introducido en la zona central de Florida en la década de 1990: consistía en empezar de cero, en construir ciudades y pueblos, viviendas, escuelas y comunidades totalmente nuevos, pero que a la vez evocaran recuerdos de los Estados Unidos de antaño. En un principio, las poblaciones corporativas se diseñaron para alojar a las personas que trabajaban en esas empresas en el entorno más seguro posible. Sin embargo, ese mundo que se estaba creando ejercía una atracción considerable. En más de una ocasión, Jeffrey Clayton había visto entera la serie de anuncios de televisión del estado número cincuenta y uno. Lo pintaban como un lugar acogedor y seguro en que imperaban los valores de otros tiempos.

Unos cinco o seis años atrás la zona se había declarado oficialmente el Territorio del Oeste, y, tal como había ocurrido en el caso de Alaska y Hawai más de cincuenta años antes, se había iniciado el proceso que llevaría a convertirlo en un nuevo estado de la Unión. Nuevo y muy distinto.

A Jeffrey le había sorprendido que tantos estados vecinos hubiesen cedido parte de su territorio, aunque, por otro lado, el dinero y las oportunidades eran alicientes poderosos, y las fronteras no constituían realmente una prioridad para nadie.

Así pues, el mapa de Estados Unidos había cambiado.

En algunas carreteras se instalaron vallas publicitarias que ensalzaban la calidad de vida en el nuevo estado. Se publicaron páginas web con información sobre ello. Uno podía realizar también un recorrido virtual del estado en ciernes, lo que incluía una visita en 3D a sus zonas urbanas y su campiña.

Por supuesto, eso tenía un precio.

Muchas de las familias más pobres se habían visto desarraigadas, aunque aquellos cuya propiedad se encontraba dentro de los límites de una nueva demarcación habían obtenido un beneficio económico imprevisto. Había también quien se había resistido, como los milicianos, unos chalados ecologistas y asilvestrados, pero incluso ellos habían dado el brazo a torcer, forzados por las autoridades locales o sobornados. Muchas de esas personas se habían retirado al norte de Idaho y a Montana, donde disponían de espacio y poder político.

El estado número cincuenta y uno se había convertido en un refugio de otro tipo.

Había algunos inconvenientes: impuestos elevados, costes de edificación inflados y, lo más importante, en el estado número cincuenta y uno regían leyes que constreñían la privacidad, las entradas y las salidas, y ciertos derechos fundamentales. No es que se hubiese derogado la Primera Enmienda, sino más bien que la habían recortado. Voluntariamente. A las enmiendas Cuarta y Sexta también se les había dado un nuevo sentido.

«No es lugar para mí», decidió Jeffrey, aunque no estaba muy seguro de por qué lo pensaba.

Se arrebujó en la chaqueta con los hombros encorvados y avanzó rápidamente por la calle. «No sabes mucho sobre el Nuevo Mundo -se dijo. Luego, cayó en la cuenta-: Estás a punto de descubrir muchas cosas más.»

Se preguntó por unos instantes qué clase de persona accedería al trueque que el Territorio exigía: el de la libertad por protección.

Sin embargo, lo que uno realmente obtenía a cambio era una promesa seductora: la seguridad.

Seguridad garantizada. Seguridad absoluta.

Los Estados Unidos de Norman Rockwell.

Los Estados Unidos de Eisenhower, de la década de 1950.

Unos Estados Unidos olvidados hacía tiempo. Y en eso, comprendió Jeffrey, residía el dilema del agente Martin.

Sujetó con fuerza el maletín que contenía los informes de los tres asesinatos bajo el brazo y pensó: «Se trata de un problema antiguo. El problema más viejo de la historia. ¿Qué sucede cuando se cuela un zorro en un gallinero?»

Se sonrió. Se arma el lío más gordo jamás visto.

Varios indigentes vivían en el vestíbulo de la biblioteca. Cuando entró por la puerta lo reconocieron y lo saludaron a voces.

– ¿Qué hay, profe? ¿Viene de visita? -preguntó una mujer. Allí donde habrían tenido que estar sus dientes delanteros, había una mella. Terminó su pregunta con una carcajada estridente.

– No, sólo a documentarme un poco.

– Dentro de poco no le hará falta documentar nada. Estará tan muerto como la gente que estudia. Entonces sabrá la verdad, de primera mano, ¿no, profe? -Se rio de nuevo y le dio unos golpecitos con el codo a un anciano que tenía al lado y que sacudió el cuerpo, de modo que su ropa raída y mugrienta hizo un ruido de rozamiento mientras él cambiaba de posición.

– El profe no estudia a gente muerta, vieja bruja -repuso el hombre-. Estudia a la gente que mata, ¿verdad?

– En efecto -asintió Jeffrey.

– Ah -dijo la mujer, sonriendo de oreja a oreja-. Así que él mismo no tiene que estar muerto. Sólo convertirse en un asesino un par de veces. ¿Es eso lo que tiene que estudiar, profesor? ¿Cómo matar?

A Jeffrey la lógica de la mujer le pareció tan vacilante como su voz. En vez de contestar, sacó de su bolsillo un billete de veinte dólares.

– Tengan -dijo-. No había demasiada cola en Antonio's. Cómprense una pizza. -Dejó caer el billete sobre el regazo de la mujer, que lo agarró rápidamente con una mano que parecía una garra.

– Con esto sólo nos darán una pizza pequeña -rezongó en un súbito ataque de rabia-, con sólo un ingrediente. A mí me gusta el salchichón, y a éste los champiñones. -Le propinó un codazo a su compañero.

– Lo siento -se disculpó Jeffrey-. No puedo darles más.

La anciana emitió de pronto un sonido que estaba a medio camino entre una risita y un chillido.

– Pues entonces nada de champiñones -cacareó.

– Me gustan los champiñones -protestó el hombre con aire lastimero, y los ojos se le llenaron de lágrimas enseguida.

Jeffrey les dio la espalda y pasó por una puerta metálica doble que daba al puesto de control a la entrada de la biblioteca. Tras una mampara de cristal antibalas, la bibliotecaria lo saludó con una sonrisa y un gesto de la mano, y él le dejó su arma en consigna. Ella señaló a una habitación lateral.

– Su amigo le espera allí dentro. -Su voz, que salía de un inter-comunicador metálico, sonaba distante y extraña-. Su amigo que va armado hasta los dientes -añadió con una ancha sonrisa-. No le ha hecho muy feliz dejarme todo su arsenal.

– Es policía -explicó Jeffrey.

– Pues ahora es un policía desarmado. Nada de armas en la biblioteca. Sólo libros. -La bibliotecaria era mayor que Clayton, quien sospechaba que dedicaba su tiempo libre entre las estanterías a leer relatos del pasado con espíritu romántico-. Érase una vez, había más libros que pistolas -dijo, más para sí que para que Jeffrey la oyese. Levantó la vista-. ¿No es así, profesor?

– Érase una vez -respondió él.

La mujer negó con la cabeza.

– Las ideas son incluso más peligrosas que las armas, sólo que su efecto no es tan inmediato.

Él asintió con una sonrisa. La mujer volvió a sus tareas simultáneas de supervisar los monitores de videovigilancia y registrar libros en el ordenador. Jeffrey atravesó el portal del detector de metales y entró en la sección de periódicos y revistas de la biblioteca.

El agente estaba solo en la habitación, incómodamente sentado en un sillón de cuero demasiado fofo. Pugnó durante unos instantes por levantarse del asiento y se dirigió al encuentro de Clayton.

– No me gusta despojarme de mis armas, aunque estemos en un templo del saber -comentó mientras una expresión irónica le asomaba a la cara.

– Eso me ha dicho la señora de la entrada.

– Lleva una Uzi colgada del hombro. Ya puede decir lo que quiera..

– No le falta razón -señaló Jerrrey. A continuación, deslizó el maletín de piel que contenía las tres carpetas hacia el agente Martin-.Aquí tiene sus dossieres. Como ya le he dicho, si no me proporciona toda la información disponible sobre los asesinatos, no estoy seguro de poder ayudarle.

El agente no respondió a eso.

– He hablado antes con el decano del Departamento de Psicología -dijo en cambio-. Ha accedido a concederle un permiso extraordinario. He anotado los nombres de los profesores que le sustituirán en sus clases. He imaginado que querría usted hablar con ellos antes de irnos.

Jeffrey se quedó boquiabierto. Tartamudeó por un momento al contestar:

– Y una mierda. Yo no me voy a ningún sitio. Usted no tiene derecho a contactar con nadie ni a hacer ni un maldito preparativo por mí. Le he dicho que no pienso ayudarle, y hablaba en serio.

– No sabía muy bien cómo resolver el tema de sus novias -prosiguió el agente, haciendo caso omiso de las palabras de Jeffrey-. He supuesto que usted preferiría hablar antes con ellas, inventarse alguna mentira convincente, porque pobre de usted si le informa a alguien del trabajo que se trae entre manos o del lugar adónde va. El catedrático de su departamento cree que se va usted a la Vieja Washington. Dejemos que lo siga creyendo, ¿de acuerdo?

– Que le den -lo interrumpió Jeffrey, furioso-. Yo me largo de aquí.

El agente Martin sonrió lánguidamente.

– Dudo que lleguemos a ser amigos -dijo-. Intuyo que usted acabará por admirar, o por lo menos apreciar, algunas de mis cualidades más singulares, pero no, no basándose en lo que ha pasado hasta ahora. No, no creo que nos hagamos amigos. Claro que eso no importa en realidad, ¿o sí, profesor? No es de lo que se trata.

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Llévese sus putas carpetas. Buena suerte.

Dio media vuelta para marcharse, pero notó que el agente lo asía del brazo. Martin era un hombre fornido, y la presión con que le estrujaba los músculos parecía denotar que era capaz de mucho más, pero que el dolor que infligía en ese momento era adecuado a la situación. Jeffrey intentó soltarse de un tirón, pero no pudo. El agente Martin lo atrajo hacia sí.

– No más debates, profesor -le susurró acaloradamente en la cara-. No más discusiones. Va usted a hacer lo que yo le diga porque creo que es el único en este país de mierda con las aptitudes que yo necesito. Así que ya no se lo pido; se lo ordeno. Y, por ahora, usted se limitará a escuchar. ¿Lo pilla, profesor?

La sensación de amenaza se extendió por la piel de Jeffrey como una quemadura del sol en un día veraniego. Con un gran esfuerzo logró dominarse y mantener la calma.

– Muy bien -respondió despacio-. Dígame lo que crea que debo saber.

El agente retrocedió un paso e hizo un gesto en dirección a la mesa de lectura situada junto a su sillón de cuero. Jeffrey se colocó frente a él, acercándose una silla.

– Empiece -dijo escuetamente al sentarse.

Martin se acomodó de cara a Clayton en una silla de madera de respaldo rígido, abrió el maletín y extrajo las tres carpetas. Miró brevemente a Jeffrey con el entrecejo fruncido y arrojó el primer informe sobre la mesa, frente al profesor.

– Ése es el caso en el que estamos trabajando ahora -dijo con amargura-. Una noche, ella volvía a su casa procedente de la de un vecino, donde había estado haciendo de canguro. El cadáver se descubrió dos semanas después.

– Continúe.

– No, dejémoslo ahí. ¿Ve a esta chica? -Empujó la segunda carpeta hacia Jeffrey-. ¿Le resulta familiar, profesor?

Jeffrey se quedó mirando la fotografía de la joven. «¿Por qué habría de conocerla?», se preguntó.

– No -dijo.

– Tal vez el nombre le dé una pista. -El agente tenía la respiración agitada, como si intentara contener una ira intensa en su interior. Cogió un lápiz y garabateó «Martha Thomas» en la tapa del dossier-. ¿Le suena, profesor? Fue hace siete años. Su primer año en esta venerable institución de educación superior. ¿La recuerda ahora?

Jeffrey asintió. Notaba un frío inusitado en su fuero interno.

– Sí, claro que la recuerdo, ahora que me ha dicho su apellido. Era una alumna de primero que estaba en uno de mis cursos introductorios. Una entre doscientos cincuenta. En el semestre de invierno. Fue a clase durante una semana y luego desapareció. Asistió a una conferencia. Por lo que recuerdo, nunca me dirigió la palabra. Desde luego, no mantuvimos conversación alguna. Eso es todo. La encontraron tres semanas después en el bosque estatal que no está muy lejos de aquí. Era una excursionista entusiasta, si la memoria no me falla. La policía dictaminó que la habían secuestrado en una de esas salidas. No hubo detenidos. No recuerdo que me interrogaran siquiera.

– ¿Y no se ofreció a ayudar cuando se enteró de que habían matado a una alumna suya?

– Sí, me ofrecí. La policía local rechazó la oferta. No tenía entonces la misma reputación que ahora. Nunca me mostraron informes de la escena del crimen. No sabía que había sido víctima de un asesino en serie.

– Los idiotas locales tampoco -contestó Martin con aspereza-. La chica estaba eviscerada y colocada en el suelo como un símbolo religioso, con un dedo cortado y… esos imbéciles no tenían la menor idea de lo que tenían entre manos.

– Demasiadas personas mueren asesinadas últimamente. Los inspectores de Homicidios tienen que utilizar algún criterio de selección para decidir qué casos investigar, cuáles de ellos son susceptibles de resolverse.

– Lo sé, profesor, pero eso no significa que no sean idiotas.

Jeffrey se reclinó hacia atrás.

– Así que una joven que apenas llegó a ser alumna mía hace siete años muere asesinada de una forma parecida a la del caso en que usted trabaja. Sigo sin entender por qué esto exige que yo me implique en el asunto.

El agente Martin deslizó la tercera carpeta sobre la mesa, donde topó con la mano derecha de Jeffrey.

– Éste es un caso viejo -dijo Martin lentamente-. Muy viejo y olvidado. Joder, estamos hablando de historia antigua, profesor.

– ¿Qué intenta decirme?

– El FBI tiene bien documentados estos homicidios -prosiguió Martin- en el VICAP, su Programa de Detención de Criminales Violentos. Cotejan los detalles de los asesinatos sin resolver de formas muy interesantes. La posición del cadáver, por ejemplo. Los dedos índices cortados. Es el tipo de cosa que un programa de ordenador que analiza los archivos de los casos puede aislar fácilmente, ¿no le parece? Naturalmente, por lo general los cotejos informáticos no le sirven de un carajo al FBI ni a nadie más, pero de vez en cuando arrojan combinaciones curiosas. Pero todo eso ya lo sabe, ¿verdad, profesor?

– Estoy familiarizado con los procesos de identificación de los asesinatos en serie. Empezaron a desarrollarse hace un par de décadas, como ya sabrá.

El agente Martin, que se había levantado de su silla, caminaba de un lado a otro de la habitación. Finalmente se dejó caer de nuevo en el gran sillón de lectura de cuero, al otro lado de la mesa de donde estaba Jeffrey Clayton.

– Así es cómo los relacioné. Este último, ¿sabe cuándo se produjo? Hace más de veinticinco putos años. Joder, es como la edad de piedra, ¿no, profesor?

– Tres asesinatos en un cuarto de siglo es un patrón poco común.

El agente se apoyó en el respaldo con fuerza y se quedó mirando al techo por unos instantes antes de bajar la mirada y posarla en Clayton.

– Hostia, no me diga -farfulló-. Pero, profe, esa última resulta de lo más interesante.

– ¿Y por qué?

– Por el momento y el lugar en que sucedió y por una de las personas interrogadas por la policía del estado. Nunca detuvieron al hijo de puta (sólo era uno del puñado de sospechosos principales), pero su nombre y el interrogatorio constaban en el viejo informe. Me costó un montón, pero al final lo encontré.

– ¿Y qué tiene de interesante? -inquirió Jeffrey.

El agente Martin hizo ademán de levantarse y luego pareció cambiar de idea. De pronto, se inclinó hacia delante, acercando el voluminoso torso a sus rodillas, como un hombre que describe una conspiración, en voz baja, ronca y cargada de una ferocidad malévola.

– ¿Interesante? Le diré qué tiene de interesante, profesor. Puesto que el cadáver de esa chica fue encontrado en el condado de Mercer, Nueva Jersey, a las afueras de un pueblo llamado Hopewell, unos tres días después de que usted, su madre y su hermana pequeña abandonaran su hogar para siempre… y porque el hombre a quien la policía interrogó pocos días después de la desaparición de esta joven, y de que su familia y usted se diesen el piro de allí, era su jodido padre.

Jeffrey no contestó. Tenía calor, como si la habitación hubiese estallado en llamas de repente. La garganta se le secó de inmediato, y la cabeza le daba vueltas. Se agarró a la mesa para estabilizarse, y pensó: «Lo sabías, ¿verdad? Lo has sabido desde el principio, durante todos estos años. Sabías que algún día se presentaría alguien para decirte lo que acabas de oír.»

Le dio la sensación de que no podía respirar, como si se le hubiesen atragantado las palabras.

El agente Martin reparó en todo ello y achicó los ojos, que tenía clavados en el Profesor de la Muerte.

– Bien. Ahora -murmuró- estamos listos para empezar. Le he dicho que no queda mucho tiempo.

– ¿Por qué? -barbotó Jeffrey.

– Porque hace menos de cuarenta y ocho horas desapareció otra chica en el Territorio del Oeste. Ahora mismo, en una oficina supuestamente segura y confortable, donde en teoría la vida transcurre con normalidad, maldita sea, un hombre, una mujer, un hermano pequeño y una hermana mayor están sentados, intentando entender lo incomprensible. Escuchando una explicación sobre lo inexplicable. Enterándose de que lo único que les habían garantizado categóricamente que nunca les sucedería les ha sucedido. -El agente Martin frunció el ceño, como si esta idea lo asqueara-. Usted, profesor. Usted va a ayudarme a encontrar a su padre.

3 Preguntas poco razonables

Jeffrey Clayton se sintió mareado por unos momentos y las mejillas le escocían como si le hubiesen propinado un bofetón.

– Eso es ridículo -contestó de inmediato-. Usted no está en sus cabales.

– ¿De verdad? -preguntó el agente Martin-. ¿Le parece que actúo como un loco, que hablo como un loco?

Jeffrey inspiró hondo, despacio, e hizo una pausa al espirar, de modo que el aire que expulsaban sus pulmones siseó al pasar entre sus dientes.

– Mi padre -dijo con una ponderación con la que intentaba poner en orden los pensamientos que se le agolpaban en la cabeza-. Mi padre murió hace más de veinte años. Se suicidó.

– Ya. ¿Está seguro de eso?

– Sí.

– ¿Vio usted el cadáver?

– No.

– ¿Asistió al entierro?

– No.

– ¿Leyó algún informe policial, un dictamen forense?

– No.

– Entonces, ¿cómo puede estar tan seguro?

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Sólo le repito lo que me dijeron y lo que yo creía. Que él murió. Cerca de la que había sido nuestra casa, en Nueva Jersey.

Pero no recuerdo exactamente cómo, ni dónde. Nunca he querido conocer las circunstancias concretas.

– Eso tiene mucho sentido -comentó Martin en voz baja, volviendo los ojos hacia arriba con una expresión irónica.

El agente sonrió, pero se trataba de nuevo de un gesto forzado, que reflejaba más ira amenazadora que otra cosa. Jeffrey abrió la boca para añadir algo, pero decidió quedarse callado.

Al cabo de unos segundos, Martin arqueó las cejas.

– Entiendo -dijo-. No recuerda dónde murió su padre, ni exactamente cuándo, ni conoce los detalles. Hay muchas maneras de suicidarse. ¿Se pegó un tiro? ¿Se ahorcó? ¿Se tiró a una vía de tren? ¿Dejó alguna nota escrita, o un último mensaje grabado en vídeo? ¿Un testamento, tal vez? Usted no tiene idea, ¿verdad? Y aun así está convencido de que en efecto se mató y de que lo hizo en algún sitio distinto pero no muy lejano de allí donde había vivido. ¿Es ésa una certeza científica? -preguntó con sarcasmo.

El profesor dejó que la pregunta quedara flotando en el aire entre los dos por unos instantes antes de responder.

– Todo lo que sé lo oí de boca de mi madre durante una conversación que tuvimos. Me dijo que la habían informado del suicidio, y que ella desconocía las causas. No recuerdo que me haya hablado de cómo se enteró, ni recuerdo haberle preguntado cómo lo sabía. De todos modos, ella no tenía ninguna razón para mentirme o engañarme de alguna manera. No hablábamos de mi padre a menudo, así que no había ningún motivo para que me mostrara interesado por los pormenores. Simplemente seguí con lo mío: mis estudios, mis clases, mis títulos. Él ya no era un factor relevante en mi vida. Había dejado de serlo cuando yo aún era pequeño. No lo conocía, ni sabía gran cosa de él. Era mi padre exclusivamente como consecuencia de una cópula y no porque yo tuviera relación con él. La noticia de su muerte me dejó más bien indiferente. Era como si me hubiesen relatado algún incidente lejano y secundario de escasa trascendencia. Algo que hubiese ocurrido en un rincón remoto del mundo. Para mí, él no significaba nada. No existía. Un recuerdo vago de una infancia que había dejado atrás hacía mucho tiempo. Ni siquiera llevo su apellido.

El agente Martin se reclinó en el sillón de piel, tan grande que envolvía su corpulencia considerable. Por un momento intentó ponerse cómodo, cambiando varias veces de posición.

– Joder -farfulló-. Este sillón es como una casa. Se podría instalar una cocina. -Volvió la vista hacia Jeffrey-. Nada de lo que acaba de decir se ajusta ni remotamente a la realidad, ¿verdad, profesor? -preguntó con brusquedad.

Jeffrey clavó la mirada en el hombre que tenía enfrente, tratando de verlo con mayor claridad, como un topógrafo que, al no fiarse ya de las lecturas de sus instrumentos y de su equipo, estudia el terreno a simple vista para asegurarse. Cayó en la cuenta de que apenas era consciente de las dimensiones de Martin, así que decidió que lo más prudente sería formarse un nuevo juicio sobre él. Reparó en que las cicatrices de quemaduras que el inspector tenía en manos y cuello parecían emitir un tenue brillo rojizo cuando Martin reprimía la furia de su interior, como si delataran sus emociones inadvertidamente.

– Bueno -prosiguió Martin con suavidad-, tal vez una cosa sea verdad. Tengo entendido que su madre sí le dijo que él había muerto, y seguramente incluso que había sido un suicidio. Eso no dudo que sea cierto. Me refiero a que ella se lo dijera. -Tosió, quizá con la intención de ser cortés, aunque sonó más como una expresión de burla-. Pero eso viene a ser lo único, ¿no?

Jeffrey negó con la cabeza, lo que sólo sirvió para arrancarle otra sonrisa a Martin. Al parecer, cuanto más se enfadaba el inspector, más sonreía.

– Ocurre constantemente, ¿no es así, profesor? Don Experto en la Muerte. A los asesinos en serie con frecuencia les remuerde tanto la conciencia por la depravación de sus asesinatos que, al no soportar más su existencia patética y maligna, se suicidan, ahorrándole con ello a la sociedad la molestia y el esfuerzo que supone darles caza y llevarlos a juicio. ¿Estoy en lo cierto, profesor? Es algo que sucede comúnmente, ¿no?

– Sucede -admitió Jeffrey con aspereza-, pero no es algo común. La mayoría de los asesinos en serie que hemos estudiado no muestran remordimiento. Ni por asomo. No todos, desde luego, pero la mayoría.

– Entonces, ¿tendrían algún otro motivo para cometer uno de esos suicidios infrecuentes?

– Lo que tienen es un acuerdo con la muerte. Ya sea la suya propia o la de otro, aparentemente se sienten cómodos con ella.

El agente asintió, complacido con el impacto que su pregunta sarcástica parecía haber tenido.

– ¿Cómo es -inquirió Jeffrey despacio- que ha venido usted aquí? ¿Cómo es que me ha relacionado con ese hombre que quizás o quizá no perpetró algún crimen que otro hace más de veinte años? ¿Cómo es que cree que mi padre, que en realidad está muerto, ha vuelto de algún modo a este mundo y es el supuesto asesino que usted busca?

El agente Martin apoyó la cabeza en el respaldo.

– No son preguntas irrazonables -dijo.

– Yo no soy un hombre irrazonable.

– Yo creo que sí que lo es, profesor. Eminentemente irrazonable. Notablemente irrazonable. Delirante y extraordinariamente irrazonable. Igual que yo, en ese aspecto. Es la única manera de sobrellevar cada día que pasa, ¿verdad? Ser irrazonable. Cada segundo que pasa usted en este bonito entorno académico es irrazonable, profesor. Porque si fuese usted razonable, no sería la persona que es, sino el hombre que teme que vive en su interior. Igual que yo, como ya le he dicho. Aun así, intentaré responder a algunas de sus preguntas.

A Jeffrey le pareció de nuevo que debía replicar, negar vehementemente todo lo que acababa de decir el inspector, levantarse, marcharse, dejarlo allí solo. Pero no hizo nada de eso.

– Por favor -dijo con frialdad.

Martin se removió en su asiento y se agachó para recoger su maletín de piel. Rebuscó en los papeles que contenía y extrajo unos informes grapados. Los hojeó rápidamente hasta encontrar lo que buscaba y sacó de un bolsillo interior de la americana unas gafas para leer con montura de pasta, en forma de media luna. Se las colocó sobre la nariz y levantó la vista una sola vez hacia el profesor antes de posarla en el texto que tenía delante.

– Me hacen mayor, ¿no? Tampoco me favorecen mucho, ¿verdad? -El inspector se rio, como para recalcar la incongruencia de su aspecto-. Es una transcripción de la entrevista entre un inspector de la policía estatal de Nueva Jersey y un tal J. P. Mitchell. ¿Le suena ese nombre?

– Por supuesto que me suena. Así se llamaba mi padre. Mi difunto padre.

El agente Martin sonrió.

– Claro. El caso es que el inspector sigue el procedimiento habitual, redacta el informe, explica el caso que tiene entre manos, consigna la fecha, el lugar y la hora del día… todo muy minucioso y muy oficial, incluidas las advertencias de rigor antes del interrogatorio. Luego le pide los números de teléfono, de la seguridad social, las direcciones y toda clase de datos a su viejo, que parece responder sin reservas…

– Tal vez no tenía nada que ocultar.

El agente volvió a sonreír de oreja a oreja.

– Claro. Bueno, luego el inspector entra en detalles sobre el asesinato de la chica, y su amado padre los niega todos, uno tras otro.

– Exacto. Fin de la historia.

– No del todo.

Martin pasó las páginas del informe y arrancó tres de las centrales, que le tendió a Jeffrey. El profesor notó de inmediato que su numeración estaba en el noventa y pico. Hizo un cálculo rápido -dos páginas por minuto- y concluyó que el policía llevaba para entonces cerca de una hora interrogando a su padre. Sus ojos se deslizaron por las palabras. Saltaba a la vista que un estenógrafo había transcrito la entrevista a partir de una grabación; sólo figuraban las preguntas y respuestas, sin adornos de ninguna clase, sin descripciones de los dos hombres que hablaban entre sí, sin pormenores sobre la entonación o el nerviosismo. «¿Estaba de pie el policía? -se preguntó-. ¿Caminaba por la habitación, en círculos como un ave de presa? ¿Tenía mi padre la frente perlada de sudor, se humedecía los labios con la lengua tras cada respuesta? ¿Dio el inspector alguna palmada en la mesa? ¿Permanecía muy cerca de mi padre, en actitud amenazadora, o se conducía con frialdad, arrojándole serenamente preguntas como dardos? Y mi padre, ¿se reclinaba en la silla con una leve sonrisa, parando cada estocada con el juego de piernas de un esgrimista, disfrutando con el juego conforme aceleraba en torno a él?»

Jeffrey imaginó un cuarto reducido, probablemente con sólo una lámpara de techo. Una habitación pequeña, casi sin muebles, con las paredes desnudas, aislamiento moderno para insonorizar y una nube de humo de cigarrillo flotando sobre una mesa cuadrada y funcional. Dos sillas sobrias de acero. Su padre no estaba esposado, pues no lo habían detenido. Un magnetófono encima de la mesa, recogiendo en silencio las palabras, con los cabezales girando como si aguardaran pacientemente una confesión que nunca llegaría.

¿Qué más? Un espejo en la pared que en realidad era una ventana de observación, pero él la habría reconocido y habría hecho caso omiso de ella.

Jeffrey se detuvo de golpe. «¿Cómo puedes saber eso? -se exigió una respuesta a sí mismo-. ¿Cómo puedes saber nada acerca de la pinta, la actitud y la voz que tenía tu padre esa noche, hace tantos años?»

Notó un ligero temblor en las manos cuando se puso a leer las páginas de la transcripción. Lo primero que le llamó la atención fue que no constara el nombre del policía.

P. Señor Mitchell, dice que, la noche que desapareció Emily Andrews, usted estaba en casa con su familia, ¿correcto?

R. Sí, correcto.

P. ¿Podrían ellos corroborar esa información?

R. Sí, si da usted con ellos.

P. ¿Ya no viven con usted?

R. Así es. Mi mujer me ha dejado.

P. ¿Por qué? ¿Adónde han ido?

R. No sé adónde han ido. En cuanto al porqué, bueno, supongo que eso tendría que preguntárselo a ella. No le resultaría fácil, claro está. Sospecho que se habrá ido para el norte. A Nueva Inglaterra, tal vez. Siempre decía que le gustaban los climas más fríos. Es raro, ¿no cree?

P. ¿Así que no hay nadie que confirme su coartada?

R. «Coartada» es una palabra que tiene ciertas connotaciones en este contexto, ¿no, inspector? No acabo de entender por qué necesito una coartada. Las coartadas son para los sospechosos. ¿Soy un sospechoso, agente? Corríjame si me equivoco, pero la única relación que ha establecido entre esa desafortunada joven y yo es que asistía a mi clase de historia de tercero. La noche en cuestión, yo estaba en casa.

P. La vieron subirse a su coche, señor Mitchell.

R. Si no me equivoco, la noche de su desaparición llovía y estaba oscuro. ¿Tiene la certeza de que era mi coche? No, lo suponía. De todas formas, ¿qué tendría de malo que acompañase en el coche a una alumna en una noche fría y tormentosa?

P. ¿O sea que admite que ella subió a su coche la última noche que fue vista con vida?

R. No, no es eso lo que he dicho. Lo que digo es que no tendría nada de raro que un profesor acercase a una alumna a algún sitio en coche. Esa noche en particular, o cualquier otra noche.

P. ¿Su mujer lo ha dejado de buenas a primeras?

R. ¿Recuperando un tema anterior? Esa clase de cosas nunca sucede de buenas a primeras, inspector. Nos habíamos distanciado desde hacía algún tiempo. Discutimos. Ella se marchó. Una historia tristemente vulgar. Quizá no somos idóneos el uno para el otro, ¿quién sabe?

P. ¿Y sus hijos?

R. Tenemos dos. Susan, de siete años, y mi tocayo Jeffrey, de nueve. Ella volverá, inspector. Siempre vuelve. Y si no, bueno, la encontraré. Siempre la encuentro. Y entonces todos volveremos a estar juntos. ¿Sabe?, a veces uno tiene la corazonada, una sensación de inevitabilidad, tal vez, de que, por muy difícil y desalentadora que resulte la vida en común, estamos absolutamente destinados a seguir juntos, para siempre. Unidos.

P. ¿Ella le había dejado en ocasiones anteriores?

R. Hemos tenido problemas antes. Alguna que otra separación temporal. La encontraré. Es todo un detalle por su parte mostrar tanto interés por mi situación familiar.

P. ¿Cómo la encontrará, señor Mitchell?

R. A través de sus familiares, sus amigos. ¿Cómo se las arregla uno para encontrar a alguien, inspector? En el fondo, nadie quiere desaparecer realmente. Nadie quiere borrarse del mapa. Al menos, nadie que no sea un criminal. Quienes se marchan sólo quieren irse a algún sitio nuevo para hacer algo distinto. Y así, tarde o temprano, acaban por tirar de un hilo que los conecta con su vida anterior. Escriben una carta, hacen una llamada… lo que sea. Basta con estar al otro lado, sujetando el otro extremo del hilo y notar ese tirón cuando se produce. Pero eso usted ya lo sabe, ¿no, inspector?

P. ¿Cuál es el apellido de soltera de su esposa?

R. Wilkes. Su familia es de Mystic, Connecticut. Le anotaré su número de la seguridad social, si quiere. ¿Está interesado en hacer el trabajo por mí?

P. ¿Por qué he encontrado un par de esposas en su automóvil?

R. Entiendo. Ahora estamos saltando a un tema nuevo. Las ha encontrado porque ha registrado ilegalmente mi coche, sin una orden judicial. No puede efectuar un registro sin una orden judicial.

P. ¿Para qué las tenía allí?

R. Soy muy aficionado a todo lo relacionado con el crimen y el misterio. Colecciono objetos policiales como hobby.

P. ¿Cuántos profesores de historia llevan esposas consigo?

R. No lo sé. ¿Algunos? ¿Muchos? ¿Unos pocos? ¿Es ilegal tener unas esposas?

P. El cadáver de Emily Andrews presentaba en las muñecas marcas que podrían ser de esposas.

R. «Podrían» es una palabra endeble, ¿no, inspector? Una palabra floja, pusilánime, patética, que en realidad no significa nada. Quizá presente marcas, pero no son de mis esposas.

P. No le creo. Me parece que me está mintiendo.

R. Entonces no se prive de demostrar que lo que digo es falso. Pero no puede, ¿verdad, inspector? Porque si pudiera, no estaríamos perdiendo el tiempo de esta manera, ¿no?

La respuesta del inspector no constaba en las páginas que Jeffrey tenía entre las manos. Permaneció con la vista baja por un momento, aunque notaba que Martin lo estaba mirando. Volvió a leer algunas de las frases de su padre y se dio cuenta de que podía oír las palabras en boca de su padre, tantos años después, y en su mente lo veía sentado frente al inspector de policía tal como en otro tiempo se había sentado frente a él, a la mesa del comedor, en su casa, casi como si estuviera viendo una vieja película casera y rayada que avanzaba a saltos. Sobresaltado, alzó la vista de repente y tendió bruscamente las páginas de la transcripción al agente Martin.

Jeffrey se encogió de hombros, confundido como un pobre actor que de pronto se ve bajo un foco que debía iluminar a otro, en otra parte del escenario.

– Esto no me dice gran cosa… -mintió.

– Yo creo que sí.

– ¿Tiene más páginas?

– Unas cuantas, pero es más de lo mismo. Un tono provocador y evasivo, pero rara vez hostil. Su padre es un hombre astuto.

– Era.

El agente sacudió la cabeza.

– Él era claramente el mayor sospechoso. Se vio a la víctima subir a su coche, o quizás a uno parecido, y se encontraron restos de sangre bajo el asiento del pasajero. Además, estaban las esposas.

– ¿Y?

– Eso es todo, más o menos. El inspector de policía iba a detenerlo (se moría de ganas de detenerlo), pero entonces llegaron del laboratorio los resultados de los análisis de sangre. Su gozo en un pozo. La sangre de las muestras no coincidía con la de la víctima. En las esposas no había el menor resto de tejido. Yo creo que las habían limpiado con vapor. El registro de la casa donde usted vivió arrojó resultados interesantes pero negativos. Ya sólo quedaba la posibilidad de arrancarle una confesión. Era un procedimiento habitual en aquella época. Y el inspector hizo lo que pudo. Lo retuvo ahí casi veinticuatro horas, pero al final su padre parecía estar más fresco y despierto que el poli.

– ¿A qué se refiere con eso de «resultados interesantes pero negativos» del registro de la casa?

– Me refiero a pornografía de una índole particularmente sórdida y violenta. A instrumentos sexuales normalmente relacionados con el sado y la tortura. A una nutrida biblioteca especializada en el asesinato, aberraciones sexuales y la muerte. Un kit casero de utensilios para depredadores sexuales.

Clayton, que notaba seca la garganta, tragó saliva con dificultad.

– Nada de eso demuestra que fuese un asesino.

El agente Martin asintió con la cabeza.

– Tiene más razón que un santo, profe. Nada de eso prueba que cometiese un crimen. Lo único que demuestra es que sabía cómo hacerlo. Las esposas, por ejemplo. Fascinante. En cierto modo, me parece admirable lo que hizo. Es obvio que se las puso a la chica en algún momento, y no menos obvio que en cuanto llegó a casa tuvo el acierto de echarlas en agua hirviendo. No hay muchos asesinos que presten tanta atención a los detalles. De hecho, la ausencia de restos de tejido le ayudó en sus discusiones con la policía del estado de Nueva Jersey. Su incapacidad para establecer una relación entre las esposas y el crimen alimentó su confianza en sí mismo.

– ¿Y qué hay del móvil? ¿Qué vínculo tenía con la chica muerta?

El agente Martin se encogió de hombros.

– Ninguno que sea indicativo de nada. Ella había sido alumna suya, como él dijo. Tenía diecisiete años. No se pudo probar nada. Fue algo así como decir: «Camina como un pato, hace cua cua como un pato, pero…» Ya me entiende, profesor. -Martin tamborileó contrariado con los dedos sobre el cuero del sillón-. Es evidente que el maldito poli se vio desbordado desde el principio. Se ciñó a las normas desde el primer momento del interrogatorio, tal como le habían enseñado en cada curso y seminario. Introducción a la Obtención de Confesiones. -El agente suspiró-. Eso era lo malo de los viejos tiempos de leyes garantistas y reconocimiento de los derechos del delincuente. Y la policía… ¡Dios santo! La policía del estado de Nueva Jersey era una panda de tipos pulcros y estirados que observaban una disciplina casi militar. Incluso a los secretas y los que iban de paisano les habría quedado de maravilla uno de esos uniformes estrechos. Si llevas ante ellos a un asesino común y corriente (ya sabe, uno de esos que le vuelan la cabeza a su mujer cuando descubren que le ha puesto los cuernos, o que le disparan a alguien en un atraco a una tienda de autoservicio), se ocupan de él rápidamente. Las palabras brotan como si lo exprimieran con un rodillo: «Sí, señor, no, señor, lo que usted diga, señor.» Fácil. Pero en este caso fue distinto. El pobre pardillo del policía no era rival para su viejo. Al menos intelectualmente. No le llegaba ni a la suela de los zapatos. Entró en esa sala convencido de que su padre se reclinaría en la silla y le contaría sin más cómo, por qué, y dónde lo había hecho y le aclararía todas las putas dudas que le plantease, tal como había hecho cada uno de los asesinos idiotas a los que había echado el guante hasta entonces. Ya, claro. En cambio, no hicieron más que dar vueltas. Do, si, do, como en un vals de dos pasos.

– Eso parece -comentó Jeffrey.

– Y nos dice algo, ¿no es así?

– No deja usted de hablar de manera críptica, agente Martin, como dando por sentado que poseo unos conocimientos, una capacidad y una intuición de los que yo nunca me he jactado. No soy más que un profesor de universidad especializado en los asesinos en serie. Sólo eso. Nada más, nada menos.

– Bueno, eso nos dice que era infatigable, ¿no, profesor? Venció en resistencia a un inspector desesperado por resolver el caso. Y nos dice que era astuto y no tenía miedo, cosa de lo más intrigante, pues un criminal que no tiene miedo cuando se ve cara a cara con la autoridad siempre resulta interesante, ¿verdad? Pero, sobre todo, me dice algo diferente, algo que me tiene realmente preocupado.

– ¿De qué se trata?

– ¿Ha visto esas fotos de satélite que tanto les gustan a los meteorólogos de la tele? ¿Esas en que se aprecia cómo una tormenta se forma, se intensifica y acumula fuerza de la humedad y de los vientos, incubándose antes de estallar?

– Sí -respondió Jeffrey, sorprendido por la contundencia de las imágenes evocadas por el agente.

– Hay personas que son como esas tormentas en ciernes. No muchas, pero algunas. Y creo que su padre era una de ellas. La emoción del momento le daba energías. Cada pregunta, cada minuto que pasaba en esa sala de interrogatorio lo hacía más fuerte y peligroso. Ese poli intentaba conseguir que confesara… -Martin hizo una pausa para respirar hondo-, pero él estaba aprendiendo.

Jeffrey se sorprendió a sí mismo asintiendo con la cabeza. «Debería estar aterrorizado», pensó. En cambio, sentía un frío extraño en su interior. Volvió a inspirar a fondo.

– Parece usted saber mucho sobre esa confesión que nunca se produjo.

El agente Martin hizo un gesto de afirmación.

– Oh, desde luego. Porque ese inspector novato y estúpido que intentaba hacer hablar a su padre era yo.

Jeffrey se inclinó sobre el respaldo rápidamente, retrocediendo.

Martin lo observó, reflexionando al parecer sobre lo que acababa de decir. Luego se inclinó, acercando mucho la cara a la de Clayton, de modo que sus palabras tuviesen la fuerza de un grito.

– Uno se convierte en aquello que absorbe durante la infancia. Eso lo sabe todo el mundo, profesor. Por eso yo soy yo, y usted es usted. Quizá negar esto le haya dado resultado hasta ahora, pero eso se ha acabado. De eso me encargaré yo.

Jeffrey se meció de nuevo hacia delante.

– ¿Cómo me ha encontrado? -preguntó de nuevo.

El agente se relajó.

– Por medio de una labor detectivesca a la vieja usanza. Me acordé de todo eso que su padre decía sobre los apellidos. Como bien sabe, la gente detesta renunciar a su apellido. Los apellidos son algo especial. Las raíces. Lo que nos conecta con el pasado, ese tipo de cosas. El apellido le da a la gente una noción del lugar que ocupa en el mundo. Y su padre me proporcionó la pista cuando mencionó el apellido de soltera de su madre. Yo sabía que sería lo bastante lista para no recuperarlo; él la habría encontrado demasiado fácilmente. Pero, como le digo, la gente no renuncia a los apellidos de buen grado. ¿Sabe de dónde viene el de Clayton?

– Sí -respondió el profesor.

– Yo también. Después de que su padre hablara del apellido de soltera de su madre, pensé que eso sería demasiado sencillo y obvio, pero que a la gente no le gusta nada renegar de sus orígenes, aunque intente esconderse de alguien que cree que podría ser un monstruo. Así que, en un arrebato, hice unas pesquisas y averigüé el apellido de soltera de la madre de su madre. Clayton. Eso ya no resulta tan obvio, ¿verdad? Y pim pam: lo junté con el nombre («mi tocayo Jeffrey»; bueno, dudaba que una madre les cambiara el nombre de pila a sus hijos, por muy prudente que fuera la medida), y, oh maravilla, obtuve «Jeffrey Clayton». Y se encendió una luz en mi cabeza. Así se llamaba el Profesor de la Muerte, no del todo célebre pero tampoco del todo desconocido para los policías profesionales. ¿Y le sorprende que esa coincidencia me llamara la atención cuando me enteré de que otra de nuestras víctimas despatarradas, crucificadas y sin dedo índice resultó ser alumna de usted en otro tiempo? El apellido de soltera de su madre. Buena jugada. ¿Cree que su papaíto ató cabos también?

– No. Al menos no volvimos a verlo ni a tener noticias de él. Se lo he dicho. Dejó de formar parte de nuestra vida cuando lo dejamos en Nueva Jersey.

– ¿Está seguro de eso?

– Sí.

– Pues me temo que no debería estar tan seguro. Creo que debería dudar de todo cuando se trata de su viejo. Porque, si yo logré encontrarle pese a ese pequeño e ingenioso engaño, quizás él también.

El inspector extendió el brazo, cogió la fotografía de la alumna asesinada de Clayton y la lanzó de modo que se deslizó girando sobre la mesa hasta que se detuvo delante del profesor.

– Creo que sí tuvo usted noticias de él.

Jeffrey negó con la cabeza.

– Está muerto.

El agente Martin alzó la vista.

– Me encanta su seguridad, profesor. Debe de ser bonito eso de estar seguro de absolutamente todo. -Suspiró antes de proseguir-. De acuerdo. Bien, si consigue usted demostrarlo, recibirá mis disculpas y un cheque que le compensará generosamente por las molestias de parte de la oficina del gobernador del Territorio del Oeste, así como un viaje seguro, cómodo y tranquilo en limusina de vuelta a su casa.

«Qué locura», pensó Jeffrey.

Y entonces se preguntó: «¿Lo es?»

Casi sin darse cuenta dirigió la vista más allá del agente, a la sala central de la biblioteca. Unas pocas personas leían en silencio, en su mayoría gente mayor, abstraídas en las palabras que tenían ante sí. Le pareció que la escena tenía algo de pintoresco, un toque antiguo. Casi le daba la impresión de que el mundo exterior era un lugar seguro. Dejó vagar su mirada por las estanterías de libros alineados, aguardando pacientemente el momento en que alguien los sacase de la balda y los abriese para mostrar la información que guardaban a los ojos de algún indagador. Se preguntó si algunos de los volúmenes permanecerían cerrados para siempre, y las palabras que contenían entre sus cubiertas se volverían obsoletas de alguna manera, inútiles con el paso de los años. O tal vez, pensó, pasarían inadvertidos, pues los conocimientos que encerraban no se encontraban en un disco, disponibles al instante con sólo pulsar unas teclas de ordenador. No eran modernos.

Volvió a visualizar a su padre con los ojos de su infancia.

Acto seguido, pensó: «Las nuevas ideas no resultan verdaderamente peligrosas. Son las viejas las que llevan siglos existiendo y absorben energías en cualquier entorno. Ideas vampiro.»

Vio el asesinato como un virus, inmune a todo antibiótico.

Sacudió la cabeza y advirtió que Martin sonreía de nuevo, observándolo mientras se debatía. Al cabo de un momento, el agente se desperezó, apoyó las manos en los brazos del sillón de cuero y se impulsó para ponerse de pie.

– Vaya a buscar sus cosas. Se hace tarde.

Martin juntó los informes y las fotografías, los guardó en su maletín y se encaminó a grandes zancadas a la salida. Clayton lo siguió a toda prisa. Cuando llegaron ante los detectores de metales, ambos hicieron un gesto de asentimiento a la bibliotecaria, que le devolvió al inspector sus armas, pero mantuvo una mano muy cerca del botón de alarma mientras se colocaba las sobaqueras bajo el abrigo.

– Vamos, Clayton -dijo Martin con gravedad y salió por las puertas a la noche color negro azabache, próxima al invierno, de aquel pueblo de Nueva Inglaterra-. Es tarde. Estoy cansado. Mañana nos espera un largo viaje, y alguien a quien tengo que matar.

4 Mata Hari

Susan Clayton observaba una estrecha columna de humo que se elevaba a lo lejos, enmarcada por el sol del ocaso, una raya negra que se arremolinaba perfilada contra el azul del cielo diurno. Apenas tomó conciencia de que algo se estaba quemando incontroladamente; en cambio, le chocó el insulto que el humo lanzaba contra el horizonte perfecto. Aguzó el oído, pero no percibió el sonido insistente de ninguna sirena que traspasara las ventanas de su despacho. Aquello no le parecía tan insólito; en algunas zonas de la ciudad era mucho más común, y considerablemente más razonable, por no decir económico, dejar simplemente que el edificio incendiado quedase reducido a cenizas, antes que poner en peligro la vida de bomberos y agentes de policía.

Giró en su silla y paseó la vista por el ajetreo vespertino que reinaba en la oficina de la revista. Un guardia de seguridad con un fusil de asalto al hombro se preparaba para escoltar al aparcamiento a los empleados que estaba reuniendo en un grupo pequeño y compacto. Por un instante, le recordaron a Susan un banco de peces que se arracimaban en una masa densa para protegerse de un depredador. Sabía que era el pez lento, el solitario, el que dejaban atrás todos los demás, el que acababa devorado. Esta idea hizo que sonriese y dijese para sus adentros: «Más vale nadar deprisa.»

Uno de sus compañeros, el redactor de las páginas de sociedad, asomó la cabeza por la abertura del pequeño cubículo donde trabajaba Susan.

– Vamos, Susan, recoge tus trastos. Es hora de irse.

Ella negó con la cabeza.

– Antes quiero terminar un par de cosas -repuso.

– Las tareas que parece necesario terminar hoy bien pueden ser las que comencemos mañana. Un poco de sabiduría para nuestras condiciones actuales. Una máxima que rija nuestras vidas.

Susan sonrió, pero hizo un leve gesto de rechazo con la mano.

– Sólo me quedaré un ratito más.

– Pero te quedarás sola -señaló él-, y eso nunca es bueno. Más vale que los de seguridad sepan que estás aquí. Y no olvides cerrar las puertas con llave y activar las alarmas.

– Ya conozco el paño -aseguró ella.

El redactor vaciló. Era un hombre mayor, con mechones blancos y una barba entreverada de canas. Ella sabía que era un profesional consolidado y que había tenido un puesto destacado en el Miami Herald hasta que su adicción a las drogas se lo había arrebatado y lo había relegado a escribir notas sobre la clase alta de la ciudad para la revista semanal en la que ambos trabajaban. Él realizaba esta labor con una minuciosidad tenaz pero desprovista de pasión, aunque no de un humor sarcástico muy valorado. Cobraba por ello un sueldo que repartía rápida y diligentemente en partes iguales: una para su ex mujer, otra para sus hijos y el resto para la cocaína. Susan sabía que en teoría él se había desenganchado, pero más de una vez lo había visto salir del aseo de caballeros con unas motas de polvo blanco en los pelos del bigote. Ella fingía no darse cuenta, como habría hecho con cualquier otra persona, pues era consciente de que comentar algo al respecto implicaría meterse en su vida, aunque sólo fuera un poco, y no estaba dispuesta a caer en eso.

– ¿No te preocupa el peligro? -preguntó él.

Susan sonrió, como para decirle que no había por qué preocuparse, cosa que por supuesto ambos sabían que era mentira.

– Lo que tenga que pasar, pasará -sentenció-. A veces pienso que nos pasamos tanto tiempo tomando precauciones contra eventualidades terribles que no nos queda gran cosa que valga la pena.

El redactor sacudió la cabeza, pero soltó una risita. -Ah, una mujer aficionada a los acertijos y a la filosofía -observó-. No, creo que te equivocas. En otra época uno podía dejar las cosas más o menos al arbitrio del destino, y lo más probable era que no pasara nada malo. Pero eso fue hace años. Las cosas ya no funcionan así.

– Aun así, prefiero correr el riesgo -replicó Susan-. Puedo manejarme sola.

El redactor se encogió de hombros.

– ¿Qué es lo que tienes que hacer? -preguntó, molesto-. ¿Qué te impulsa a quedarte aquí cuando todos los demás se han largado? ¿Qué atractivo tiene para ti esta mierda de lugar? No puedo creer que la benevolencia de nuestro jefe te tenga tan embelesada como para arriesgar el pellejo a mayor gloria de la Miami Magazine.

– Tienes razón. Dicho así… -respondió ella-. Pero quiero añadir un enigma especial a mi último pasatiempo, y todavía estoy trabajando en él.

El redactor asintió con la cabeza.

– ¿Un enigma especial? ¿Algún mensaje para un nuevo admirador?

– Supongo.

– ¿De quién se trata?

– He recibido en casa una carta en clave -explicó ella-, y he pensado seguirle el juego a esa persona.

– Suena interesante, pero peligroso. Ten cuidado.

– Siempre lo tengo.

El redactor miró el humo que seguía elevándose tras ella, aparentemente casi al alcance de la mano, justo al otro lado del cristal de la ventana, como si esta escena fuera una naturaleza muerta que plasmaba el abandono urbano.

– A veces me da la impresión de que no puedo seguir respirando -comentó.

– ¿Cómo dices?

– A veces creo que no podré tomar aliento, que hará demasiado calor para inspirar. O que habrá demasiado humo y me ahogaré. O que el aire estará infestado de alguna enfermedad virulenta y que me pondré a toser sangre de inmediato.

Susan no contestó, pero pensó: «Entiendo muy bien a qué te refieres.»

El redactor no apartó la vista de la ventana que ella tenía a su espalda.

– Me pregunto cuánta gente morirá ahí fuera esta noche -dijo en un tono suave y ausente que daba a entender que no esperaba respuesta. Luego echó la cabeza adelante y atrás repetidamente, como un animal que intenta espantar un insecto fastidioso-. No vayas a convertirte en una estadística -le advirtió de pronto, adoptando un tono paternal-. Cíñete a los horarios establecidos. No salgas sin escolta. Permanece alerta, Susan. Permanece a salvo.

– Ésa es mi intención -afirmó ella, preguntándose si realmente lo pensaba.

– Al fin y al cabo, ¿dónde encontraríamos a otra reina de los rompecabezas? ¿Qué nos ofrecerás esta semana? ¿Algún enigma matemático o literario?

– Literario -contestó ella-. He ocultado media docena de palabras clave de parlamentos célebres de Shakespeare en un diálogo inventado entre un par de amantes. El juego consistirá en reconocer qué palabras son del Bardo y en identificar las obras en las que aparecen.

– ¿Un personaje dirá algo así como «no seré yo quien lo niegue», donde la frase oculta sería «no ser», del «ser o no ser»?

– Sí -respondió ella-, sólo que esa frase en particular sería demasiado fácil de detectar para mis lectores.

El redactor sonrió.

– «Si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o…» ¿Cómo sigue? Nunca consigo acordarme.

– ¿Nunca?

– Así es -dijo él, sin dejar de sonreír-. Soy demasiado tonto. Demasiado inculto. Y demasiado impaciente. No tengo suficiente capacidad de concentración. Seguramente debería tomar algo para remediar eso. Soy sencillamente incapaz de sentarme y resolver los acertijos como haces tú. Resulta demasiado frustrante.

Ella no supo qué contestar.

– En fin -dijo él, encogiéndose de hombros-, no te vayas a dormir muy tarde. Este año todavía no han violado ni asesinado a ninguno de los que trabajamos aquí, al menos hasta donde se sabe, y a dirección le gustaría que eso no cambiara. Cuando termines, envía un mensaje de busca junto con tu archivo, para que los encargados de composición no la caguen de nuevo. La semana pasada pasaron por alto tres correcciones que les mandamos tarde.

– Así lo haré, pero a esos chicos les caigo bien, ¿sabes? No me conocen, pero creo que me aprecian. Recibo constantemente mensajes de admiración por correo electrónico.

– Es por tu seudónimo, misterioso, con un toque exótico al estilo de Oriente Medio, velado y esquivo. Evoca en la gente imágenes de secretos perdidos en el pasado. Resulta de lo más sexy, Mata Hari.

Susan sacó del cajón del escritorio unas gafas para leer que usaba rara vez pero que necesitaba de cuando en cuando. Se las puso, apoyándolas en la punta de la nariz.

– Ya me ves -dijo-. Tengo más pinta de institutriz antigua que de espía, ¿no crees?

El redactor se rio y se despidió agitando ligeramente la mano antes de marcharse.

Poco después, el guardia de seguridad asomó la cabeza al interior del cubículo.

– ¿Va a quedarse hasta tarde? -preguntó con un deje de incredulidad en la voz.

– Sí. No mucho rato. Le llamaré cuando necesite escolta.

– Nos vamos a las siete -dijo él-. Después sólo queda el vigilante nocturno, y no está autorizado para realizar labores de escolta. De todos modos, lo más probable es que le pegue un tiro cuando baje en el ascensor, porque estará cagado de miedo cuando se dé cuenta de que hay alguien más en el edificio.

– No tardaré mucho. Y le avisaré antes de bajar.

El hombre se encogió de hombros.

– Es su pellejo -dijo, y la dejó sentada a su escritorio.

«Ya no debe uno quedarse solo -pensó ella-. No es seguro.

»Y la soledad es sospechosa.»

De nuevo echó un vistazo por la ventana. Los atascos del atardecer ya empezaban a formarse; largas colas de vehículos que pugnaban por alejarse del centro. El tráfico de aquella hora le recordó escenas de viejas películas del Oeste, en las que el ganado que se dirigía al norte, hacia su muerte sin saberlo, se asustaba de pronto, y el mar de reses lentas y mugidoras, presa de un pánico repentino, arrancaba a correr desbocadamente por el terreno mientras los vaqueros, héroes de esa versión estilizada de la historia, luchaban por recuperar el control de los animales. Observó los helicópteros de policía que sobrevolaban los embotellamientos como aves carroñeras en busca de cadáveres. A su espalda oyó un sonido metálico y supo que era el de las puertas del ascensor al cerrarse. De pronto podía palpar el silencio en la oficina, como una brisa procedente del mar. Cogió un bloc de notas amarillo y escribió en la parte de arriba: «Te he encontrado.»

Estas palabras volvieron a provocarle un escalofrío. Se mordió con fuerza el labio inferior y se dispuso a formular una respuesta, intentando decidir cuál sería la mejor manera de cifrar las frases que eligiera, pues quería comenzar a trazar en su cabeza un retrato de su corresponsal, y hacer que esta persona resolviera un acertijo ideado por ella la ayudaría a averiguar quién era ese que la había encontrado.

Susan Clayton, como su hermano mayor, todavía conservaba una figura atlética. Su deporte preferido había sido el salto de trampolín; le gustaba la sensación de abandono que experimentaba de pie en el extremo de la plataforma de tres metros, sola, en peligro, preparándose mentalmente antes de precipitar su cuerpo al vacío. Cayó en la cuenta de que muchas de las cosas que hacía -como quedarse en la oficina hasta tarde- eran muy similares. No entendía por qué se sentía atraída por el riesgo tan a menudo, pero era consciente de que gracias a esos momentos de alta tensión era capaz de llegar al final del día. Cuando conducía, casi siempre circulaba por los carriles sin límite de velocidad, a más de 160 kilómetros por hora. Cuando iba a la playa, se adentraba en las corrientes apartadas de la costa, poniendo a prueba su capacidad de resistir la fuerza de la resaca. No tenía novio formal, y rechazaba casi todas las propuestas de citas, pues sentía un vacío extraño en su vida e intuía que un desconocido, por muy entusiasta que fuera, constituiría una complicación añadida que no necesitaba. No ignoraba que, debido a su comportamiento, sus probabilidades de morir joven eran muy superiores a sus probabilidades de enamorarse, pero curiosamente estaba a gusto con esa situación.

A veces, cuando se miraba en el espejo, se preguntaba si las marcas de tensión en las comisuras de sus ojos y su boca eran consecuencia de su visión de la vida, propia de un paracaidista, en caída libre a través de los años. Lo único que temía era la muerte de su madre, que sabía inevitable y más inminente de lo que podía asimilar. En ocasiones le parecía que cuidar de su madre, una tarea que la mayoría habría considerado una carga pesada, era lo único que la motivaba a conservar su empleo y ese burdo remedo de vida normal.

Susan odiaba el cáncer con toda el alma. Habría deseado enfrentarse a él cara a cara, en un combate justo. Le parecía un cobarde, y disfrutaba los momentos en que veía a su madre luchar contra la enfermedad.

Echaba de menos a su hermano lo indecible.

Jeffrey provocaba en ella una maraña de sentimientos encontrados. Ella había llegado a contar hasta tal punto con su presencia durante su infancia compartida que cuando su hermano se marchó de casa el resentimiento se apoderó de ella. Había llegado a albergar una mezcla de envidia y de orgullo, y nunca había logrado entender del todo por qué ella nunca se había animado a dejar el nido. La erudición y la obsesión de su hermano por los asesinos la inquietaban. Se le antojaba complicado sentir miedo y a la vez atracción hacia la misma cosa, y la preocupaba que, de alguna manera desconocida para ella, resultara ser igual que él.

En los últimos años, cuando conversaban, ella se percataba de que se mostraba reservada, reticente a expresar sus emociones, como si quisiera que él la comprendiese lo menos posible. Le costaba contestar a sus preguntas sobre su trabajo, sus expectativas, su vida. Se limitaba a dar respuestas vagas, escondida tras un velo de medias verdades y detalles incompletos. Aunque se consideraba una mujer de personalidad bien definida, se presentaba ante su hermano como una figura etérea y anodina.

Y, lo que resultaba más curioso, había convencido a su madre de que ocultase a Jeffrey el alcance de su enfermedad. Había alegado algo así como que no quería causar trastornos en su vida con esa información, y que no debían implicarlo en el irregular pero inexorable avance de su muerte. Había asegurado que su hermano se preocuparía demasiado, que querría volver a Florida para estar con ellas, y que no había espacio para todos. Se empeñaría en replantear todas las decisiones terribles y dolorosas -sobre medicamentos, tratamientos y clínicas- que ellas ya habían tomado. Su madre había escuchado todos estos argumentos y de mala gana se había mostrado conforme, con un suspiro. A Susan este consentimiento tan rápido le pareció extraño. Llegó a la conclusión de que pretendía imponerse a la muerte de su madre. Era como si creyera que se trataba de algo amenazador, contagioso. Susan se mintió a sí misma al persuadirse de que algún día Jeffrey le daría las gracias por protegerlo de los horrores del declive.

De vez en cuando la asaltaba la idea de que se equivocaba al hacer eso. Entonces se sentía tonta también, e incluso, brevemente, desesperada en su aislamiento, y no sabía de dónde venía ese sentimiento ni cómo vencerlo. En ocasiones pensaba que había llegado a confundir la independencia con la soledad, y que ésa era la trampa en la que había caído.

Se preguntaba además si Jeffrey estaría atrapado también, y creía que se aproximaba rápidamente el momento en que tendría que preguntárselo.

Susan, sentada a su mesa, se puso a hacer garabatos con su pluma, dibujando círculos concéntricos una y otra vez, hasta que se encontraban rellenos de tinta y se habían convertido en manchas oscuras. En el exterior, la noche había envuelto por completo la ciudad; se divisaba algún que otro brillo anaranjado ahí donde se habían declarado incendios en el centro urbano, y el cielo se veía desgarrado con frecuencia por los reflectores de los helicópteros de la policía que rastreaban la delincuencia siempre presente. Se le antojaban pilares de luz celestial, proyectados hacia la tierra desde las tinieblas de lo alto. Al borde del campo de visión que le ofrecía la ventana, vislumbró unos arcos luminosos de neón que delimitaban las zonas acordonadas y, a través de la ciudad, un flujo continuo de faros en la autovía, como agua a través de los cañones de la noche.

Se volvió de espalda a la ventana y posó la mirada en su bloc.

«¿Qué necesitas saber?», se preguntó.

Y acto seguido, con la misma rapidez, se respondió: «Sólo hay una pregunta.»

Se concentró en esa única pregunta e intentó expresarla matemáticamente, pero descartó esa idea a favor de un enfoque narrativo. «La cuestión -pensó- es cómo formular la pregunta con sencillez y a la vez con dificultad.»

Se sonrió, ilusionada por la tarea.

Fuera, la guerra urbana nocturna proseguía sin tregua, pero ella ahora se hallaba ajena a los sonidos y las imágenes propios de aquella rutina de violencia, recluida en la oficina a oscuras, oculta entre sus libros de consulta, enciclopedias, anuarios y diccionarios. Cayó en la cuenta de que se estaba divirtiendo al esforzarse en expresar la pregunta de formas diferentes y conseguirlo por medio de citas célebres, aunque sin quedar del todo satisfecha con el resultado.

Se puso a tararear fragmentos de melodías reconocibles que se difuminaban y se desintegraban en sonsonetes mientras ella tomaba rumbos distintos en su intento de construir un rompecabezas. «La base es siempre lo que se conoce -pensó-: la respuesta. El juego consiste en construir el laberinto a partir de ella.»

Se le ocurrió una idea, y casi tiró al suelo su lámpara de escritorio al extender el brazo hacia uno de los muchos libros que rodeaban su espacio de trabajo.

Pasó las páginas rápidamente hasta que encontró lo que buscaba. Entonces se apoyó en el respaldo, meciéndose con la satisfacción de quien se ha dado un buen banquete.

«Soy una bibliotecaria de lo trivial -se dijo-. Historiadora de lo críptico. Erudita de lo oscuro. Y soy la mejor.»

Susan anotó la información en su bloc amarillo y se preguntó cuál sería la mejor manera de ocultar lo que tenía delante. Estaba absorta en su tarea cuando oyó el ruido. Tardó varios segundos en cobrar conciencia de que un sonido había penetrado en el aire que la rodeaba. Era una especie de chirrido, como de una puerta al abrirse o un zapato al rozar el suelo.

Se enderezó de golpe en su asiento. Se inclinó despacio hacia delante, como un animal, intentando captar el sonido en aquel silencio.

«No es nada», se dijo.

Sin embargo, alargó lentamente el brazo hacia abajo y extrajo una pistola de su bolso. La empuñó con la mano derecha e hizo girar su silla para quedar de cara a la entrada del cubículo.

Contuvo la respiración, aguzando el oído, pero lo único que percibió fue el repentino palpitar de sus sienes con la sangre que su corazón bombeaba a toda prisa. Nada más.

Escrutando en todo momento la oscuridad de la oficina, alzó con cuidado el auricular del teléfono. Sin mirar el teclado, marcó el código de seguridad del edificio.

La señal de llamada sonó una vez y contestó un guardia.

– Seguridad del edificio. Al habla Johnson.

– Soy Susan Clayton -susurró ella-, de la planta trece, oficinas de la Miami Magazine. Se supone que estoy sola.

La voz del guardia de seguridad habló en tono enérgico al otro lado de la línea.

– Me han pasado una nota que decía que usted sigue aquí. ¿Cuál es el problema?

– He oído un ruido.

– ¿Un ruido? En teoría ahí no hay nadie aparte de usted.

– ¿Personal de limpieza, tal vez?

– Antes de medianoche, no.

– ¿Alguien de otras oficinas?

– Ya se han ido todos a casa. Está usted sola, señora.

– ¿Podría usted comprobarlo en sus pantallas y sus sensores de calor?

El guardia soltó un gruñido, como si lo que ella le pedía implicara mayor complicación que accionar unos pocos interruptores en un teclado de ordenador.

– Ah, estoy viendo la imagen de la planta trece, ahí está usted. ¿Eso que lleva es una automática?

– Siga buscando.

– Estoy girando la cámara. Joder, con toda la mierda que tienen ustedes ahí, podría haber un tipo escondido bajo una mesa y no habría forma de que yo lo viera.

– Compruebe los sensores de calor.

– Eso hago. Vamos a ver… Bueno, tal vez… nah, lo dudo.

– ¿Qué?

– Bueno, la percibo a usted y a su lámpara. Y varios compañeros suyos se han dejado encendido el ordenador, lo que siempre da una lectura engañosa. Ahora detecto una fuente de calor que podría ser otra persona, señora, pero no hay nada que se mueva. Seguramente no es más que el calor residual de otro ordenador. Ojalá la gente se acordara de apagar esos trastos. Desbarajustan los sensores una barbaridad.

Susan se percató de que los nudillos se le estaban poniendo blancos por sujetar el arma con tanta fuerza.

– Siga comprobando.

– No hay nada más que comprobar. Está sola, señora. O bien quien quiera que se encuentre allí con usted está escondido tras un terminal de ordenador sin mover un dedo, casi sin respirar y esperando, porque sabe cómo funciona nuestro sistema de seguridad y además nos está oyendo hablar. Eso es lo que yo haría -aseguró el guardia-. Hay que ser muy sigiloso. Pasar de una fuente de calor a otra sin hacer nada de ruido y despachar el asunto enseguida. Quizá le convenga cargar esa pistola, señora.

– ¿Puede usted subir?

– Eso no forma parte de mis obligaciones, es cosa de los escoltas. Puedo acompañarla al aparcamiento, pero para eso tiene usted que bajar por su cuenta. Yo no subiré hasta que lleguen los de limpieza. Esos chicos van bien armados.

– Mierda -musitó Susan.

– ¿Cómo dice? -preguntó el guardia.

– ¿Sigue sin ver nada?

– En la imagen de vídeo, nada, pero tampoco es que funcione muy bien. Y el detector de calor sólo me da las mismas lecturas dudosas. ¿Por qué no se va caminando despacito hacia el ascensor mientras yo la vigilo a través de la cámara?

– Antes tengo que terminar una cosa.

– Bueno, usted misma.

– ¿Puede seguir vigilándome? Será sólo un par de minutos.

– ¿Lleva usted cien pavos que le sobren?

– ¿Qué?

– La vigilaré mientras termina. Le costará cien pavos.

Susan reflexionó por unos instantes.

– De acuerdo. Trato hecho.

El guardia se rio.

– Dinero fácil.

Ella oyó otro sonido.

– ¿Qué ha sido eso?

– Yo, que he hecho girar otra cámara a distancia -explicó el guardia.

Susan depositó la pistola sobre el escritorio, junto al teclado de su ordenador, y, a su pesar, soltó la culata. Le costó más aún dar media vuelta en su asiento y volver la espalda a la entrada de su cubículo y a lo que fuera que había hecho el sonido que había oído.

Quizá fuera una rata, pensó. O incluso sólo un ratón. O nada. Inspiró lentamente, intentando controlar su pulso acelerado, y notando el sudor pegajoso en la parte posterior de su delgada blusa. «Estás sola -se dijo-. Sola.» Encendió la pantalla del ordenador e introdujo rápidamente la información necesaria para enviar un mensaje al departamento de composición electrónica. Puso como encabezamiento su identificación, «Mata Hari», y escribió rápidamente las instrucciones para los cajistas.

Acto seguido, tecleó:

Dedicado especialmente para mi nuevo corresponsal: Rock Tom setenta y uno segunda cancha cinco.

Hizo una pausa, mirando las palabras por un momento, satisfecha de su creación. Acto seguido, envió el mensaje. En cuanto el ordenador le indicó que el documento había sido expedido y recibido, giró en su silla y, en el mismo movimiento, cogió la pistola automática.

La oficina parecía en calma, y ella repitió para sus adentros que se encontraba sola. Sin embargo, no logró convencerse de ello, y pensó que el silencio, al igual que un espejo deformante, a veces podía ser engañoso. Levantó la vista hacia la cámara de videovigilancia que la enfocaba e hizo un leve gesto al guardia, que esperaba que estuviese atento. Con su mano libre empezó a recoger sus cosas y a meterlas en una mochila que se echó al hombro. Mientras se levantaba de su asiento, alzó la pistola, sujetándola con ambas manos, en posición de disparar. Respiró hondo, para relajarse, como un tirador un milisegundo antes de apretar el gatillo. Luego, con movimientos lentos y la espalda pegada a la pared siempre que le era posible, inició cautelosamente el trayecto de vuelta a casa.

5 Siempre

A poco más de un kilómetro de la casa donde vivía con su madre, Susan Clayton mantenía su lancha amarrada a un muelle destartalado. El embarcadero tenía un aspecto encorvado e inestable, como un caballo camino de la fábrica de cola, y daba la impresión de que la próxima vez que soplara el viento o se desatara una tormenta sus piezas saldrían volando. Sin embargo, ella sabía que había sobrevivido a cosas peores, lo que, a sus ojos, era todo un logro en aquel mundo efímero en que vivía. Para ella el muelle era como los mismos Cayos: tras una imagen de decrepitud escondían una resistencia, una fuerza muy superiores a las que parecía tener. Ella esperaba ser así también.

La lancha también estaba anticuada, pero inmaculada. Tenía cinco metros y medio de eslora, el fondo plano, y era de un blanco radiante. Susan se la había comprado a la viuda de un guía de pesca jubilado que había muerto lejos de las aguas donde había trabajado durante décadas, en un hospital de Miami para enfermos terminales, semejante a aquel en que ella se negaba a ingresar a su madre.

Bajo sus pies, la arena pedregosa y los trozos de conchas blanqueadas que recubrían el camino crujían con cada paso. Aquel sonido familiar le resultaba reconfortante. Faltaban pocos minutos para el amanecer. La luz despuntaba amarilla, como teñida de indecisión o remordimiento por desprenderse de la oscuridad; un momento en el que lo que queda de la noche parece extenderse por el agua, tornándola de un color negro grisáceo y brillante. Ella sabía que el sol tardaría aún una hora en elevarse lo suficiente para bañar de luz el mar y transformar los canales poco profundos de los Cayos en una paleta cambiante, líquida y opalescente de azules.

Susan dobló la espalda para protegerse del aire fresco y húmedo, un falso frío que ella atribuía a la hora de la madrugada y que no encerraba promesas de aliviar el calor sofocante que pronto se apoderaría del día. En los últimos tiempos siempre hacía calor en el sur de Florida, un bochorno constante que daba lugar a tormentas más fuertes y violentas e impulsaba a la gente a guarecerse en refugios con aire acondicionado. Ella recordaba que, cuando era más joven, incluso notaba los cambios de estación, no como en el nordeste, donde había nacido, o más al norte, en las montañas de las que su madre le hablaba con tanta nostalgia mientras se preparaba para la muerte, sino a la manera característica del sur, reparando en un leve decrecimiento de la intensidad del sol, una insinuación en la brisa, que le indicaba que el mundo estaba en un momento de cambio. Pero incluso esa modesta sensación de transformación había desaparecido en los últimos años, perdida en historias interminables sobre cambios climáticos a escala mundial.

La ensenada que tenía salida a los extensos bancos de arena estaba desierta. Había marea muerta, y el agua oscura estaba en calma, como una bola negra de billar. Su lancha flotaba a un costado del muelle, y las amarras de proa y de popa se hallaban laxamente enrolladas sobre la cubierta reluciente de rocío. El motor grande de doscientos caballos centelleaba, reflejando los primeros rayos de luz. Al mirarlo, le recordó la mano derecha de un buen púgil, en guardia, inmóvil, apretada en un puño, aguardando la orden de salir disparada hacia delante.

Susan se acercó a la lancha como si de una amiga se tratara.

– Necesito volar -le dijo en voz baja-. Hoy quiero velocidad.

Colocó a toda prisa un par de cañas de pescar en soportes bajo la regala de estribor. Una era corta, con carrete de bobina giratoria, que llevaba por su eficacia y simplicidad; la otra era una caña de pesca con mosca, más larga y estilizada, que satisfacía su necesidad de darse un capricho. Revisó a conciencia la pértiga de grafito, sujeta a unos soportes retráctiles de cubierta y que era casi tan larga como la misma lancha de cinco metros y medio. Luego repasó rápidamente la lista de seguridad, como un piloto minutos antes del despegue.

Razonablemente convencida de que todo estaba en orden, soltó las amarras, apartó la embarcación del muelle de un empujón y accionó el mecanismo eléctrico que bajó el motor al agua con un zumbido agudo. Susan se acomodó en su asiento y tocó automáticamente la palanca de transmisión para asegurarse de que estuviese en punto muerto y arrancó el motor. Traqueteó por un momento haciendo el mismo ruido que una lata llena de piedras agitada violentamente, y luego se puso en marcha con un gorgoteo agradable. Ella dejó que la lancha avanzara despacio por la ensenada, deslizándose por el agua con la suavidad con que unas tijeras cortan la seda. Alargó la mano hacia un compartimento pequeño para sacar un par de protectores auditivos que se colocó en la cabeza.

Cuando la embarcación llegó al final del canal y dejó atrás la última casa construida junto al brazo de mar, empujó el acelerador hacia el frente, y la proa se levantó por un instante mientras el motor, situado justo detrás de ella, rugía a placer. Después, casi tan rápidamente como se había elevado, la proa descendió y la lancha salió propulsada, planeando sobre las aguas que semejaban tinta negra, y de pronto Susan se vio completamente engullida por la velocidad. Se inclinó hacia delante contra el viento que le inflaba los carrillos mientras respiraba a grandes bocanadas el frescor de la mañana; los protectores de los oídos amortiguaban el ruido del motor, que quedaba reducido a un golpeteo de timbales sordo y seductor a su espalda.

Imaginó que algún día lograría correr más que el amanecer.

A su derecha, en los bajíos que rodeaban el islote de un manglar, divisó a un par de garzas totalmente blancas que acechaban a unos sargos, moviendo sus patas larguiruchas y desgarbadas con un sigilo exagerado, como un par de bailarines que no se sabían muy bien los pasos. Delante de ella, alcanzó a vislumbrar el dorso plateado de un pez que saltaba fuera del agua, asustado. Con un leve toque de timón, la lancha prosiguió su carrera, alejándose de la costa hacia la campiña del otro lado, surcando las aguas entre islotes cubiertos de una vegetación verde y exuberante.

Susan navegó a toda velocidad durante casi media hora, hasta asegurarse de estar lejos de cualquiera lo bastante osado para exponerse al calor del día. Se hallaba cerca del punto en que la bahía de Florida se curva tierra adentro y se encuentra con la ancha boca de los Everglades. Es un lugar de lo más incierto, que da la impresión de no saber si forma parte de la tierra o del mar, un laberinto de canales e islas; un lugar en el que los inexpertos se pierden fácilmente.

A Susan le llamaba la atención la antigüedad de los espacios vacíos donde el cielo, los manglares y el agua se juntaban. En el paisaje que la rodeaba no había un solo elemento moderno, únicamente la vida tal y como se había desarrollado hacía millones de años.

Redujo gas, y la lancha vaciló en el agua como un caballo súbitamente refrenado. Apagó el motor, y la embarcación se deslizó hacia delante en silencio. El agua bajo la proa cambió cuando la lancha pasó sobre el límite de un bajío que se extendía una milla a lo largo de un islote de manglar poco elevado. Una bandada de cormoranes echó a volar desde las ramas retorcidas de la costa. Eran unas veinte aves, y sus negras siluetas se recortaban contra la luz de la mañana mientras revoloteaban y remontaban el vuelo. Susan se puso de pie y se quitó los protectores auditivos, escudriñando con la mirada la superficie del agua, para después alzarla hacia el cielo. El sol se había hecho amo y señor; la claridad iridiscente y pertinaz casi resultaba dolorosa al reverberar en las aguas que rodeaban la lancha. Notaba el calor como si un hombre la asiese del cogote.

Extrajo de un compartimento situado bajo el tablero de transmisión un tubo de protector solar, y se lo aplicó generosamente en el cuello. Llevaba un mono de algodón color caqui, un atuendo de mecánico. Se desabrochó los botones del peto y dejó caer el traje sobre la cubierta, quedándose desnuda de repente. Dio unos pasos, dejando tras de sí la ropa en el suelo, y se entregó al sol como a un amante ávido, sintiendo que sus rayos intensos incidían en sus pechos, entre las piernas y le acariciaban la espalda. Luego untó más protector solar sobre toda su desnudez, hasta que su cuerpo relucía tanto como la superficie del bajío.

Estaba sola. No se oía sonido alguno, salvo el chapoteo del agua contra el casco de la embarcación.

Se rio en voz alta.

Si hubiese existido una manera de hacerle el amor a la mañana, ella la habría puesto en práctica; en cambio, dejó que se le acelerase el pulso de la emoción, volviéndose a medida que el sol la cubría.

Permaneció así durante unos minutos. En su fuero interno, les habló al sol y al calor. «Seríais peor que cualquier hombre -decía- me amaríais, pero luego os llevaríais más de lo que os corresponde, me quemaríais la piel y me haríais envejecer antes de tiempo.» De mala gana, llevó la mano al compartimento y sacó una capucha de polipropileno negro fino, como las que usan los aventureros en el Ártico debajo de otras capas de ropa. Se la puso en la cabeza, de modo que sólo sus ojos quedaban al descubierto, lo que le daba aspecto de ladrona. Rebuscando, encontró una vieja gorra de béisbol verde y naranja de la Universidad de Miami y se la encasquetó hasta las orejas. Acto seguido, se puso unas gafas de sol polarizadas. Se dispuso a vestirse de nuevo con el mono, pero cambió de idea.

«Un pescado -se dijo-. Pescaré uno desnuda.»

Consciente de su apariencia ligeramente ridícula, con la cabeza y el rostro totalmente tapados y el resto del cuerpo en cueros, soltó una fuerte carcajada, extrajo las dos cañas de sus soportes, las dejó a mano, cogió la pértiga y trepó a la plataforma de popa, una superficie elevada y pequeña situada sobre el motor, que le proporcionaba un mejor control de la embarcación. Poco a poco, sirviéndose de la larga vara de grafito, maniobró para impulsar la lancha por el agua poco profunda.

Esperaba ver algún que otro pez zorro sacar la cola mientras escarbaba en la arena cenagosa del fondo en busca de camarones o cangrejos pequeños. Eso le habría gustado; eran peces muy honorables, capaces de alcanzar velocidades increíbles. Siempre podía aparecer también una barracuda; permanecían en el agua opaca prácticamente inmóviles, agitando sólo de vez en cuando las aletas para indicar que no formaban parte de aquel medio líquido. Se le figuraban gánsteres, con sus dientes afilados y amenazadores, y luchaban con fiereza cuando quedaban prendidos al anzuelo. Sabía que avistaría tiburones medianos merodeando por los alrededores del banco de arena como matones de patio de colegio, buscando un desayuno fácil.

Hundió la pértiga en el agua silenciosamente, y la lancha continuó su avance.

– Vamos, peces -dijo en voz alta-. ¿Hay alguien aquí esta mañana?

Lo que vio la hizo inspirar con fuerza y mirar dos veces para confirmar su primera impresión.

A unos cincuenta metros, nadando en un paciente zigzag en aguas que no llegaban a un metro de profundidad, estaba la inconfundible silueta en forma de torpedo de un tarpón grande. Medía cerca de dos metros de largo, y debía de pesar más de cincuenta kilos. Era demasiado voluminoso para estar en el bajío, y tampoco era temporada; los tarpones emigraban en primavera, en bancos numerosos que se dirigían hacia el norte sin detenerse. Ella había pescado unos cuantos, en canales ligeramente más profundos.

Pero éste era un pez grande, fuera de lugar y de tiempo, que iba directo hacia ella.

Rápidamente hincó la punta aguzada de la pértiga en el fondo arenoso y ató una cuerda al otro extremo, de modo que sujetase la lancha como un ancla. Con cautela, bajó de un salto de la plataforma y agarró la caña para pescar con mosca, cruzó la embarcación y subió a la proa en un solo movimiento. Alcanzó a ver la enorme mole del pez antes de que se sumergiera, propulsado inexorablemente por la cola en forma de guadaña. De cuando en cuando, el sol le arrancaba algún destello al costado plateado del animal, como explosiones submarinas.

Soltó hilo. La caña que empuñaba era más adecuada para un pez diez veces más pequeño que el que nadaba hacia ella. Tampoco creía que el tarpón fuera a tragarse el pequeño cangrejo artificial sujeto al extremo del sedal. Aun así, eran los únicos instrumentos que llevaba que podrían dar resultado y, aunque el fracaso fuera inevitable, quería intentarlo.

El pez se hallaba a treinta metros, y, por unos instantes, Susan se maravilló de la incongruencia de la situación. Notaba que el pulso redoblaba en su interior como un tambor.

Cuando el animal estaba a veinticinco metros, se dijo: «Demasiado lejos todavía.»

Cuando estaba a veinte, pensó: «Ahora estás a mi alcance.» Echó hacia atrás la caña ligera y semejante a una varita, que lanzó al cielo un leve silbido mientras el sedal describía un arco extenso sobre su cabeza. Sin embargo, se obligó a esperar unos segundos más.

El pez se encontraba a quince metros de ella cuando soltó el hilo con un pequeño gemido y lo observó volar sobre el agua, ponerse tirante y finalmente posarse sobre la superficie, al tiempo que el cangrejo de imitación caía al agua a cerca de un metro del morro del tarpón.

El pez se abalanzó hacia delante sin dudarlo.

La súbita acometida sobresaltó a Susan, que soltó un gritito de sorpresa. El pez no sintió el anzuelo de inmediato, y ella tragó saliva, esperando, mientras el sedal se le tensaba en la mano. Entonces, con un alarido, tiró de él con fuerza, echando la caña hacia atrás y hacia su izquierda, en dirección contraria al pez. Notó que el anzuelo prendía.

Ante ella, el agua estalló y surgió una masa de blanco plateado.

El pez se retorció una vez, reaccionando al insulto del anzuelo; Susan vio las fauces abiertas del tarpón. Acto seguido, el animal dio media vuelta y se alejó a toda velocidad, en busca de aguas más profundas. Ella sostuvo la caña por encima de su cabeza, como un sacerdote con un cáliz, y el carrete empezó a emitir chillidos de protesta mientras de él salían metros y metros de un hilo fino y blanco.

Con la caña en alto en todo momento, Susan se dirigió trabajosamente a la parte posterior de la lancha y soltó la cuerda que la sujetaba a la pértiga, de modo que la embarcación dejó de estar anclada.

Cayó en la cuenta de que, al cabo de un minuto, el pez se habría llevado todo el sedal, y pocos segundos después ya no quedaría nada que llevarse. El pez continuaría su avance imparable y escupiría el anzuelo, rompería la parte más fina del aparejo o simplemente se robaría los doscientos cincuenta metros de hilo. Luego, se alejaría nadando, con la mandíbula un poco dolorida, pero apenas cansado, a menos que ella lograse hacerlo girar de alguna manera. Dudaba que fuera posible, pero, si el pez remolcaba la lancha en vez de hacer fuerza contra el ancla, ella quizá podría arreglárselas para forzarlo a detenerse y luchar.

Susan sentía la energía del tarpón palpitar a través de la caña, y aunque no albergaba esperanzas, pensó que incluso cuando se está condenado al fracaso, vale la pena poner en práctica todo lo que uno sabe para que, cuando llegue la derrota inevitable, tenga al menos la satisfacción de saber que hizo cuanto estaba en su mano por evitarlo.

La lancha había virado, arrastrada por el pez.

Todavía desnuda, notando que le corrían gotas de sudor bajo los brazos, se encaramó de nuevo a la proa. Advirtió que ya no quedaba sedal en el carrete, y pensó: «Ahora es cuando pierdo esta batalla.»

Entonces, para su sorpresa, el pez volvió la cabeza a pesar de todo.

Ella vio un geiser elevarse a lo lejos cuando el tarpón se lanzó hacia el cielo, para cernerse en el aire, retorciéndose al sol, antes de caer al agua con gran estrépito.

Susan se oyó a sí misma proferir un grito, pero esta vez no de sorpresa, sino de admiración.

El tarpón siguió saltando, girando y dando volteretas, agitando la cabeza adelante y atrás mientras se debatía en el extremo del sedal.

Por un momento ella se dio el lujo de narcotizarse con la esperanza, pero luego, casi con la misma rapidez, desechó esta idea. Aun así, comprendió algo: «Es un pez fuerte, y en realidad yo no tenía derecho a mantenerlo cautivo ni siquiera durante este rato.» Se inclinó hacia atrás, tirando de la caña para intentar recuperar algo de sedal, rezando por que el pez no se precipitase de nuevo hacia delante, pues eso pondría fin a la lucha.

No fue consciente de cuánto tiempo permanecieron los dos enzarzados en ese forcejeo: la mujer desnuda en la cubierta de la embarcación, gruñendo por el esfuerzo, el pez plateado emergiendo una y otra vez entre grandes columnas de agua. Ella luchaba como si los dos estuvieran solos en el mundo, resistiendo cada tirón distante del pez hasta que los músculos de los brazos le dolían de forma casi insoportable y temió que le diera un calambre en la mano. El sudor le picaba en los ojos; se preguntó si habrían transcurrido quince minutos, luego recapacitó y se dijo que no, que había pasado una hora, o quizá dos. Después, al borde del agotamiento, intentó persuadirse de que no podía ser tanto rato.

Con un sonoro quejido, continuó batallando.

Notó que un estremecimiento recorría todo el sedal y el cuerpo de la caña, y a lo lejos divisó de nuevo al pez plateado, que saltaba rodeado de un manto de agua blanca. Luego, curiosamente, percibió cierta laxitud, y la caña, que estaba curvada en una C trémula, se enderezó de golpe. Susan profirió un grito ahogado.

– ¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Se ha ido!

Entonces, casi en el mismo segundo, se dio cuenta: no.

Y se alarmó: «Viene hacia mí a todo trapo.»

La mano izquierda que tenía sobre el carrete estaba rígida a causa de los calambres. La golpeó tres veces contra su muslo, intentando doblarla, y acto seguido se puso a recoger frenéticamente el sedal. Enrolló cincuenta metros, cien. Alzó la cabeza y, al ver al pez acercarse con rapidez, continuó dando vueltas a la bobina desesperadamente.

El animal se encontraba a unos setenta y cinco metros cuando vislumbró por fin una segunda figura que lo perseguía. En ese instante entendió por qué el pez había emprendido esa carrera de vuelta hacia la lancha. Notó una terrible sensación de quietud en su interior mientras medía a ojo aquella enorme mancha oscura en el agua, el doble de grande que su tarpón. Era como si alguien hubiese arrojado tinta negra sobre el paisaje perfecto de algún viejo maestro de la pintura.

El tarpón, presa del pánico, se elevó de nuevo en el aire y se recortó contra el cielo, quizás a dos metros por encima del azul ideal del agua.

Ella dejó de devanar el sedal y se quedó mirando, paralizada.

La figura ganaba terreno inexorablemente, de modo que durante un segundo el plateado prístino del pez pareció fundirse con el negror del pez martillo. Se produjo otra explosión en la superficie, otra masa de agua se elevó en el aire, seguida de una espuma blanca, según alcanzó a ver ella, teñida de rojo.

Bajó la caña, y el hilo quedó colgando del extremo.

El agua continuaba hirviendo, como una cacerola puesta al fuego. Después, casi con la misma celeridad, se apaciguó, como una balsa de aceite sobre la superficie. Se colocó la mano en la frente a modo de visera, pero apenas logró entrever la figura negra, que volvía a las profundidades, difuminándose hasta desaparecer como un pensamiento perverso en medio de un jolgorio. Susan se quedó de pie sobre la proa, respirando agitadamente. Tenía la sensación de haber presenciado un asesinato.

Luego, despacio, acometió la tarea de recoger el sedal. Notaba un peso en el otro extremo, que arrastraba por el agua, y sabía con qué se iba a encontrar. El pez martillo le había cercenado el cuerpo al tarpón unos treinta centímetros por debajo de la cabeza, que seguía enganchada al anzuelo. Izó el macabro trofeo. Se agachó sobre el costado de la embarcación con la intención de desprender el anzuelo, aún clavado en la resistente mandíbula del pez muerto. Sin embargo, no soportaba la idea de tocarlo. En cambio, retrocedió hasta el tablero de mandos y encontró un cuchillo de pesca, con el que cortó la parte más fina del hilo. Por un instante, vio la cabeza y el torso del tarpón descender hacia el fondo hasta perderse de vista.

– Lo siento, pez -dijo en alto-. De no haber sido por mi ambición, seguirías vivo. No tenía derecho a atraparte ni a agotarte. Para empezar, ni siquiera tenía derecho a luchar contigo. ¿Por qué simplemente no has escupido el maldito anzuelo, como te convenía, o roto el sedal? Eras lo bastante fuerte. ¿Por qué no has hecho lo que sabías que debías, en vez de convertirte en una presa? Yo te he ayudado, y lamento sinceramente, pez, haber ocasionado que te devorasen. Ha sido culpa mía; tú no lo merecías.

«No tengo suerte -pensó-. Nunca la he tenido.»

De prono Susan tuvo miedo, y con un gemido ahuyentó la visión de su madre medio devorada también. Sacudió la cabeza con fuerza y respiró hondo. Súbitamente avergonzada por su desnudez, se irguió y escrutó el horizonte desierto, temerosa de que hubiese alguien allá, a lo lejos, observándola a través de prismáticos de gran aumento. Se dijo que eso era absurdo, que el sol, el cansancio y el desenlace de la batalla habían conspirado para alterarla. Aun así, se agachó sobre cubierta para recoger el mono que había lanzado a un rincón de una patada y se lo llevó al pecho, mientras paseaba la mirada por la inmensidad del mar. «Siempre hay tiburones -pensó- ahí fuera, donde no puedes verlos, y se sienten inevitablemente atraídos por las señales de lucha desesperada. Perciben cuándo un pez está herido y exhausto, sin fuerzas para eludirlos o combatirlos. Es entonces cuando emergen de las oscuras profundidades y atacan. Cuando están seguros del éxito.»

La cabeza le daba vueltas a causa del calor. Notó que el sol le quemaba la piel de los hombros, así que se vistió a toda prisa con el mono y se lo abrochó hasta el cuello. Guardó rápidamente su equipo y luego puso rumbo hacia casa, aliviada al oír que el motor cobraba vida a su espalda.

Hacía menos de una semana que había enviado su acertijo especial para que lo publicaran en la parte inferior de su columna semanal en la revista. No esperaba recibir noticias de su destinatario anónimo tan pronto. Había pensado que respondería al cabo de unas dos semanas. O quizá de un mes. O tal vez nunca.

Pero se equivocaba respecto a eso.

En un principio no vio el sobre.

En cambio, cuando llegó andando al camino de acceso a su casa, la invadió una sensación de tranquilidad que la hizo pararse en seco. Supuso que la calma era una consecuencia de la luz crepuscular que empezaba a desvanecerse en el patio, y acto seguido se preguntó si algo no marchaba bien. Negó con la cabeza y se dijo que seguía alterada por el ataque del tiburón contra su pez.

Para asegurarse, dejó que sus ojos recorriesen el sendero que conducía al edificio de una planta, de bloques de hormigón ligero. Era una casa típica de los Cayos, no muy agradable a la vista, sin nada de especial salvo sus ocupantes. Carecía de todo encanto o estilo; estaba construida con los materiales más funcionales y un diseño anodino, de molde para galletas; un inmueble cuyo objetivo era servir de vivienda a personas de aspiraciones limitadas y recursos modestos. Unas pocas palmeras desaliñadas se balanceaban en un lado del patio, que el fuego había dejado recubierto de tierra, aunque había algunas zonas de hierba y maleza pertinaces, y que nunca, ni siquiera cuando ella era niña, había sido un lugar que invitase a jugar. Su coche estaba donde lo había dejado, en la pequeña sombra circular que ofrecían las palmeras. La casa, otrora rosa, un color entusiasta, había adquirido, por el efecto blanqueador del sol, un tono coralino apagado y descorazonador. Oyó el aparato de aire acondicionado bregar con fuerza para combatir el calor, y dedujo que el técnico había venido por fin a arreglarlo. «Al menos ya no será el maldito calor el que mate a mamá», pensó.

Repitió para sus adentros que no ocurría nada fuera de lo normal, que todo estaba en su sitio, que ese día no se diferenciaba en nada de los mil días que lo precedían, y continuó caminando, no muy convencida de esto. En aquel falso momento de alivio, reparó en el sobre apoyado en la puerta principal.

Susan se detuvo, como si hubiera visto una serpiente, y se estremeció con una oleada de miedo.

Inspiró profundamente.

– Maldición -dijo.

Se acercó a la carta con cautela, como si temiese que explotara o encerrase el germen de una enfermedad peligrosa. A continuación, se agachó despacio y la recogió. Rasgó el sobre y extrajo rápidamente la única hoja de papel que contenía.

Muy astuta, Mata Hari, pero no lo suficiente. Tuve que pensar bastante para descifrar lo de «Rock Tom». Probé una serie de cosas, como ya se imaginará. Pero luego, bueno, uno nunca sabe de dónde le viene la inspiración, ¿verdad? Se me ocurrió que tal vez se refiriese usted al cuarteto británico de rock entre cuyos éxitos de hace tantas décadas estaba la «ópera» Tommy. Así pues, si hablaba de The Who, y who significa quién en inglés, ¿qué decía el resto del mensaje? Bueno, «setenta y uno» podría ser un año. ¿ «Segunda Cancha Cinco»? Eso no me costó mucho ponerlo en claro cuando vi el nombre de la pista número cinco de la segunda cara del disco que sacaron en 1971. Y, oh, sorpresa, ¿con qué me encontré? Who Are You?, es decir «¿quién eres?».

No sé si estoy del todo preparado para responder a esa pregunta. Tarde o temprano lo haré, por supuesto, pero por ahora añadiré una sola frase a nuestra correspondencia: 61620129720 Previo Virginia con cereal-r.

Seguro que esto no le resultará muy difícil a una chica lista como usted. Alicia habría sido un buen nombre para una reina de los acertijos, especialmente si es roja.

Al igual que el mensaje anterior, éste no llevaba firma.

Susan forcejeó con la cerradura de la puerta principal mientras profería un grito agudo:

– ¡Mamá!

Diana Clayton estaba en la cocina, removiendo una ración de consomé de pollo en una cacerola. Oyó la voz de su hija pero no percibió su tono de urgencia, de modo que contestó con naturalidad:

– Estoy aquí, cielo.

Le respondió un segundo grito procedente de la puerta:

– ¡Mamá!

– Aquí dentro -dijo más alto, con una ligera exasperación.

Levantar la voz no le dolía, pero le exigía un esfuerzo que no estaba en condiciones de hacer. Dosificaba sus fuerzas y la contrariaba todo gasto inútil de energía, por pequeño que fuera, pues necesitaba todos sus recursos para los momentos en que el dolor la visitaba de verdad. Había conseguido llegar a algunos acuerdos con su enfermedad, en una suerte de negociación interna, pero le parecía que el cáncer se comportaba constantemente como un auténtico sinvergüenza; siempre intentaba hacer trampas y llevarse más de lo que ella estaba dispuesta a cederle. Tomó un sorbo de sopa mientras su hija atravesaba con zancadas sonoras la estrecha casa en dirección a la cocina. Diana escuchó las pisadas de Susan e interpretó con bastante certeza el estado de ánimo de su hija por el modo en que sonaban, así que, cuando la vio entrar en la habitación, ya tenía la pregunta preparada:

– Susan, querida, ¿qué ocurre? Pareces disgustada. ¿No ha ido bien la pesca?

– No -respondió su hija-. Es decir sí, no es ése el problema. Oye, mamá, ¿has visto u oído algo fuera de lo normal hoy? ¿Ha venido alguien?

– Sólo el hombre del aire acondicionado, gracias a Dios. Le he extendido un cheque. Espero que no se lo rechacen.

– ¿Nadie más? ¿No has oído nada?

– No, pero me he echado una siesta esta tarde. ¿Qué sucede, cielo?

Susan titubeó, insegura respecto a si debía decir algo. Ante esta vacilación, su madre habló con dureza.

– Algo te molesta. No me trates como a una niña. Tal vez esté enferma, pero no soy una inválida. ¿Qué pasa?

Susan vaciló durante un segundo más antes de responder.

– Han traído otra carta hoy, como la de la otra semana, que metieron en el buzón. No tiene firma, ni remitente. La han dejado frente a la puerta principal. Eso es lo que me tiene disgustada.

– ¿Otra?

– Sí. Incluí una respuesta a la primera en mi columna de siempre, pero no imaginé que la persona la descifraría tan rápidamente.

– ¿Qué le preguntabas?

– Quería saber quién era.

– ¿Y qué ha contestado?

– Ten. Léelo tú misma.

Diana cogió la hoja de papel que su hija le tendió. De pie frente a los quemadores, asimiló rápidamente las palabras. Luego bajó el papel despacio y cerró el gas con que estaba calentando el caldo, que estaba hirviendo, humeante. La mujer mayor respiró hondo.

– ¿Y qué está preguntando esta persona ahora? -dijo con frialdad.

– Aún no lo sé. Acabo de leerlo.

– Creo -dijo Diana con voz inexpresiva a causa del miedo- que deberíamos averiguar cuál es la clave y qué dice esta vez. Entonces podremos determinar el tono de toda la carta.

– Bueno, seguramente podré descodificar la secuencia de números. No suelen ser muy difíciles.

– ¿Por qué no lo haces mientras yo preparo la cena?

Diana se volvió de nuevo hacia la sopa y comenzó a bregar con los utensilios. Se mordió con fuerza el labio inferior, esforzándose por seguir su propio consejo.

La hija asintió y se acomodó frente a la mesita que había en el rincón de la cocina. Por un momento observó a su madre en plena actividad, y esto la animó; para ella, toda señal de normalidad era un signo de fortaleza. Cada vez que la vida adquiría visos de rutina, ella creía que la enfermedad había remitido y se había estancado en su proceso inevitable. Exhaló profundamente, sacó un lápiz y un bloc de notas de un cajón y escribió: 61620129720. Luego apuntó todas las letras del alfabeto, asignó a la A el cero, y así sucesivamente hasta llegar a la Z, el número 25.

Ésta, por supuesto, sería la interpretación más sencilla de la secuencia numérica, y ella dudaba que funcionara. Por otro lado, tenía la curiosa impresión de que su corresponsal no quería ponerle las cosas demasiado complicadas con este mensaje. El objetivo del juego, pensaba ella, era simplemente demostrar lo listo que era él, además de transmitirle la idea que contenía la nota, fuera cual fuese. Algunas de las personas que le escribían empleaban claves tan crípticas y enloquecidamente enrevesadas que incluso habrían supuesto un reto para los ordenadores criptoanalíticos del ejército. Por lo general nacían de la paranoia a la que la gente se aferraba. Sin embargo, este corresponsal albergaba otros planes. El problema era que ella no sabía aún cuáles.

A pesar de todo, daba la impresión de que él quería que lo averiguara.

Su primer intento dio como resultado GBGCA… y fue en ese punto donde lo dejó. Centrándose de nuevo en los cinco primeros dígitos, probó a agruparlos como 6-16-20, lo que dio como resultado GQU… Como esto no significaba nada, prosiguió, hasta llegar a GQUBC, y luego a GQUM.

Su madre le llevó un vaso de cerveza y volvió a ocuparse de la comida, que ahora estaba cocinando sobre los quemadores. Susan tomó despacio un trago del líquido marrón y espumoso, dejó que el frío de la cerveza se propagase por su interior, y continuó trabajando.

Escribió de nuevo las letras del alfabeto: le asignó el 25 a la A, y a los números descendentes las letras sucesivas. Con esto obtuvo TYTXZ en un principio, y después, agrupando las cifras de manera distinta, TJF…

Susan infló los carrillos y resopló como un pez globo. Garabateó la pequeña figura de un pez en una esquina de la página, luego dibujó la aleta de un tiburón cortando la superficie de un mar imaginario. Se preguntó por qué no había avistado el pez martillo antes, y acto seguido se dijo que los depredadores suelen mostrarse cuando están listos para atacar, no antes.

Este pensamiento la llevó a centrarse de nuevo en la secuencia numérica.

«La clave estará oculta -pensó-, pero no demasiado.» «Adelante, atrás, ¿y ahora qué?» «Sumar y restar.»

Recordó algo de golpe, y cogió la carta.

«… añadiré una sola frase…»

Decidió reescribir la secuencia, sumando uno a cada cifra. Esto le dio como resultado 727312310831, y lo convirtió al instante en HCHDBCDKIDB, lo que no le resultó de mucha ayuda. Probó con la secuencia inversa, que no arrojó más que otro galimatías.

Sosteniendo la hoja de papel ante sí, se inclinó sobre ella para estudiarla con atención. «Fíjate en los números -se dijo-. Prueba con combinaciones distintas. Si reorganizo 61620129720 en secuencias diferentes…», pensó, y al hacerlo llegó a la serie 6-16-20-12-9-7-2-0. Advirtió que también podía escribir los últimos dígitos como 7-20. A continuación, siempre sumando uno, obtuvo 7-17-21-13-10-8-21. Esto se tradujo en HRVNKIV, y deseó tener un ordenador programado para buscar pautas numéricas.

Siguiendo en la misma línea, invirtió la secuencia de nuevo, lo que le dio como resultado más incoherencias. Entonces probó a cambiar los números de nuevo. «Está ahí-dijo-. Sólo tienes que encontrar la clave.»

Tomó otro trago de cerveza. Le entraron ganas de ponerse a elegir números al azar, aunque sabía que eso la conduciría a una maraña frustrante de letras y dígitos, y a olvidar dónde había empezado, de modo que tendría que volver sobre sus pasos. Eso había que evitarlo; como buena experta en rompecabezas, sabía que la solución estaba en la lógica.

Miró de nuevo la nota. «Nada de lo que dice carece de sentido», pensó. Estaba segura de que él le indicaba que sumara uno, pero la pregunta era exactamente cómo. Combatió la sensación de frustración.

Respiró hondo y lo intentó de nuevo, reexaminando la secuencia. Despachó con una señal a su madre, que se le había acercado con un plato de comida, y se enfrascó en su tarea. «Él quiere que sume -pensó-, lo que significa que ha restado uno a cada número. Eso, por sí solo, es demasiado sencillo, pero lo que da lugar a combinaciones de letras sin sentido es la dirección en que fluyen.» Echó un nuevo vistazo a la nota. Primero «Alicia» y luego «reina roja». A través del espejo. Pequeña referencia literaria. Se reprochó a sí misma el no haberla descubierto antes.

Cuando reflejas algo que está al revés en un espejo, lo ves con mayor claridad.

Cogió la secuencia, invirtió el orden de los números y sumó uno a cada cifra: 218101321177.

¿Era 2-18-10… o 21-8-10?

Siguió adelante, embalada, y separó los dígitos como 21-8-10-13-21-17-7, lo que dio como resultado ERPMEIS.

Su madre observaba el papel por encima de su hombro.

– Ahí está -señaló Diana con frialdad. Le robó al aire una bocanada, y su hija lo vio también.

SIEMPRE.

Susan contempló la palabra escrita en la página y pensó: «Es una palabra terrible.» Oyó la respiración brusca de su madre, y en ese instante decidió que se imponía una demostración de coraje, aunque fuera falsa. Era consciente de que su madre se daría cuenta, pero, aun así, la ayudaría a conservar la calma.

– ¿Esto te asusta, mamá?

– Sí -respondió ella.

– ¿Por qué? -preguntó la hija-. No sé por qué, pero también me asusta a mí. Sin embargo, no encierra amenaza alguna. Ni siquiera hay nada que indique que no se trata simplemente de un interés desmedido por entregarse a un juego intelectual. Ha ocurrido antes.

– ¿Qué decía la primera nota?

– «Te he encontrado.»

Diana sintió que se abría un agujero negro en su interior, una especie de torbellino enorme que amenazaba con engullirla por completo. Luchó por librarse de esa sensación diciéndose que aún no había pruebas de nada. Se recordó que había vivido tranquila desde hacía más de veinticinco años, sin que la encontraran; que la persona de quien se había ocultado con sus hijos había muerto. Así pues, formándose un juicio precipitado y seguramente incorrecto de los acontecimientos que les habían sobrevenido a ella y a su hija, Diana decidió que las notas no eran otra cosa que lo que parecían: un intento desesperado de llamar la atención por parte de uno de los numerosos admiradores de su hija. Esto en sí podía resultar bastante peligroso, así que no mencionó sus otros temores, convencida de que ya se preocupaba bastante por las dos, y de que más valía dejar enterrado un miedo oculto y más antiguo. Y muerto. Muerto. «Un suicidio -se recordó-. Él te liberó al matarse.»

– Deberíamos llamar a tu hermano -dijo.

– ¿Por qué?

– Porque tiene muchos contactos en la policía. Quizás algún conocido suyo pueda analizar esta carta, sacar las huellas, realizar pruebas, decirnos algo sobre ella.

– Me imagino que el que la ha enviado seguramente ya habrá pensado en todo eso. De todos modos, no ha infringido ninguna ley. Al menos de momento. Creo que conviene esperar a que yo descifre el resto del mensaje. No debería tardar mucho.

– Bueno -murmuró Diana-, de una cosa podemos estar seguras.

– ¿De qué? -preguntó la hija.

La madre la miró, como si Susan fuese incapaz de ver algo que tenía delante de las narices.

– Bueno, dejó la primera carta en el buzón. Y ésta ¿dónde la has encontrado?

– Frente a la puerta principal.

– Pues eso nos dice que se está acercando, ¿no?

6 Nueva Washington

El cielo del oeste tenía un brillo metálico y parecía de acero bruñido, una gran extensión de claridad, fría e implacable.

– Se acostumbrará -comentó Robert Martin como sin darle mucha importancia-. A veces, aquí, en esta época del año, a uno le da la impresión de que le enfocan la cara con un reflector. Nos pasamos mucho rato mirando al horizonte con los ojos entornados.

Jeffrey Clayton no contestó directamente. En cambio, mientras circulaban por una calle ancha, se volvió y paseó la vista por los edificios de oficinas modernos que se sucedían a lo largo de la carretera, a cierta distancia. Todos eran diferentes, y a la vez iguales: amplios patios ajardinados y cubiertos de verde con arboledas aquí y allá; lagunas artificiales de un azul vibrante y estanques reflectantes al pie de formas arquitectónicas grises y sólidas que decían más sobre el dinero que habían costado que sobre creatividad en el diseño, una unión entre la funcionalidad y el arte en que no hay lugar a dudas sobre el elemento predominante. Su mirada no dejaba de vagar, y Clayton se percató de que todo era nuevo. Todo estaba esculpido, espaciado y ordenado. Todo estaba limpio. Reconoció los logotipos de una multinacional tras otra. Telecomunicaciones, entretenimiento, industria. Las empresas que figuraban en el Fortune 500 desfilaban ante sus ojos. «Todo el dinero que se hace en este país -pensó- está representado aquí.»

– ¿Cómo se llama esta calle? -preguntó.

– Freedom Boulevard -respondió el agente Martin.

Jeffrey esbozó una sonrisa, convencido de que el nombre encerraba cierta ironía. El tráfico era fluido, y avanzaban a un ritmo moderado pero constante. Clayton continuó asimilando el paisaje que lo rodeaba, y la novedad de todo ello le pareció algo vacía.

– ¿No era esto un páramo antes? -se preguntó en voz alta.

– Sí -contestó Martin-. No había prácticamente nada salvo matorrales, algún que otro arroyo y plantas rodadoras. Montones de tierra y arena, y mucho viento hace una década. Represaron algún río, desviaron algún curso de agua, quizá se saltaron algunas leyes sobre el medio ambiente, y este lugar floreció. La tecnología es cara, pero, como ya se imaginará, eso no representó un gran obstáculo.

A Jeffrey la idea de reemplazar un tipo de naturaleza por otro le pareció interesante; crear una visión idealizada, empresarial, de cómo debería ser el mundo, e imponerla en el mundo desordenado, sucio y de mala calidad que nos ofrece la realidad. Un territorio dentro de otro. No era irreal, pero en modo alguno era auténtico, tampoco. No estaba seguro de si esto lo incomodaba o más bien lo inquietaba.

– Si se cortara el suministro de agua, supongo que dentro de unos diez años este lugar sería una ciudad fantasma -dijo Martin-. Pero nadie va a cortar el suministro de agua.

»¿ Quién vivía aquí? Me refiero a antes…

– ¿Aquí, en Nueva Washington? Aquí no había nada. O casi nada. Unos cientos de kilómetros cuadrados de casi nada. Serpientes de cascabel, monstruos de Gila y auras. En tiempos inmemoriales, una parte del territorio pertenecía al Gobierno federal, otra parte era una vieja reserva india que fue anexionada, y la otra parte se la arrebataron a sus propietarios en virtud del derecho de expropiación. Algunos ganaderos adinerados se lo tomaron un poco mal. Lo mismo ocurrió en el resto del estado. La gente que vivía en las zonas recalificadas para su urbanización recibió su indemnización y se marchó antes de que llegaran las excavadoras. Fue como las otras épocas de la historia en que este país se ha expandido; algunos se enriquecieron, otros fueron desplazados, y algunos se vieron abocados a la misma pobreza en que vivían, pero en otro sitio. No fue distinto de lo sucedido en la década de 1870, por ejemplo. Tal vez la única diferencia es que ésta fue una expansión hacia dentro, no hacia tierras inexploradas del exterior, sino hacia un territorio que no le importaba mucho a nadie. Ahora les importa a muchos, pues han visto lo que somos capaces de hacer. Y lo que vamos a hacer. Es una región muy amplia. Todavía queda mucho terreno desocupado, sobre todo hacia el norte, cerca de la cordillera de Bitterroot. Hay lugar para llevar a cabo otra expansión.

– ¿Hace falta otra expansión? -preguntó Jeffrey.

El inspector se encogió de hombros.

– Todo territorio intenta crecer, sobre todo si su principal meta es la seguridad. Siempre hará falta una nueva expansión. Y siempre habrá más gente que quiera participar de la auténtica visión americana.

Clayton se quedó callado de nuevo y dejó que Martin se concentrara en la conducción.

No habían hablado del motivo de su presencia en el estado número cincuenta y uno; ni por un momento durante el largo vuelo hacia el oeste, sobre la parte central del país, ni al sobrevolar la gran espina dorsal de las montañas Rocosas, para finalmente descender sobre lo que había sido la aislada zona septentrional del estado de Nevada.

Mientras avanzaban en el coche, a Jeffrey lo asaltó un recuerdo repentino y desagradable.

La ordenada procesión de edificios se disipó ante sus ojos y cedió el paso a un mundo duro de hormigón, un lugar que había conocido los excesos de la riqueza y el éxito pero que, como tantas otras cosas en la última década, había caído en un estado de decaimiento, abandono y deterioro: Galveston, Tejas, menos de seis años atrás. Clayton recordaba un almacén. Alguien había abierto por la fuerza la puerta, que batía con un ruido metálico movida por un viento incesante, frío y penetrante procedente de las aguas color barro del golfo. Todas las ventanas de la planta baja presentaban un contorno irregular de cristales rotos; había llovido temprano por la mañana, y los reflejos de la luz mortecina proyectaban grotescas serpientes de sombra sobre las paredes.

«¿Por qué no esperaste?», se preguntó de repente. Era una pregunta habitual que acompañaba este recuerdo concreto cada vez que se colaba en su conciencia cuando estaba despierto o, como sucedía con frecuencia, en sus sueños.

No había necesidad de precipitarse. Se recordó que, si hubiera esperado, habrían llegado refuerzos, tarde o temprano. Una unidad de Operaciones Especiales con gafas de visión nocturna, armamento pesado, coraza de cuerpo entero y disciplina militar. Había bastantes agentes para rodear el almacén. Gas lacrimógeno y megáfonos. Un helicóptero sobre sus cabezas, con un reflector. No era necesario que él entrase con esos agentes antes de que llegaran los refuerzos.

«Pero ellos querían entrar», respondió a su propia pregunta. Estaban impacientes. La caza había sido larga y frustrante, intuían que estaba tocando a su fin, y él era el único que sabía lo peligrosa que podía llegar a ser la presa, acorralada en su guarida.

Hay un cuento para niños, de Rudyard Kipling, sobre una mangosta que sigue a una cobra al interior de su agujero. Es una historia con moraleja: libra tus batallas en tu propio terreno, no en el del enemigo. Si puedes. «El problema -pensó- es cuando no se puede.»

Ya lo sabía entonces, pero aquella noche no había dicho nada, pese a que la ayuda venía en camino. Se preguntó por qué, aunque conocía la verdadera razón. Había estudiado muchos casos de asesinos y sus asesinatos, pero nunca había presenciado el momento de poder luminiscente en que tenían a alguien en su poder y estaban concentrados en la tarea de crear una muerte. Era algo que había deseado ver y experimentar en primera persona: estar presente en el instante glorioso en que la razón y la locura del asesino se conjugan en un acto de salvajismo y depravación extraordinarios.

Había visto demasiadas fotos. Había grabado cientos de testimonios de testigos oculares. Había visitado docenas de escenas del crimen. Sin embargo, había asimilado toda esa información a posteriori, paso a paso. Nunca había presenciado el momento justo en que ocurría, no había visto por sí mismo aquella demencia y aquella magia actuando juntas. Y ese impulso -no se atrevía a llamarlo curiosidad, pues sabía que se trataba de algo significativamente más profundo y poderoso que ardía en su interior- lo llevó a mantener la boca cerrada cuando los dos agentes municipales desenfundaron sus armas y entraron sigilosamente por la puerta del almacén, muy pocos metros por delante de él. Primero avanzaron con cautela, y luego a un paso más rápido, dejando de lado la prudencia, cuando oyeron el primer grito agudo de terror que desgarró la oscuridad lúgubre que reinaba en el interior.

Fue una equivocación, un capricho, un error de cálculo.

«Deberíamos haber esperado -pensó-, al margen de lo que le estuviera pasando a esa persona. Y no deberíamos haber hecho tanto ruido al irrumpir en los dominios de ese hombre, al penetrar en esa madriguera que él llamaba su hogar, donde estaba familiarizado con cada recoveco, cada sombra y cada tabla del suelo.»

«Nunca más», insistió.

Respiró hondo. El resultado de esa noche era un recuerdo de luz estroboscópica que le palpitaba en el pecho: un agente muerto, otro cegado, una prostituta de diecisiete años viva, pero por poco, y sin lugar a dudas con la vida destrozada para siempre. Él mismo resultó herido, pero no lisiado, al menos en un sentido ostensible y evidente.

El asesino acabó detenido, escupiendo y riéndose, no demasiado enfadado por el fin de su carnicería. Más bien era como si le hubiesen ocasionado algunas molestias, sobre todo dada la satisfacción única que le había proporcionado lo sucedido en el interior del almacén. Era un hombre de baja estatura, albino, de cabello blanco, ojos rojos y rostro macilento, como el de un hurón. Era joven, casi de la misma edad que Clayton, con el cuerpo delgado pero musculoso, y un enorme tatuaje rojo y verde de un águila extendido sobre su pecho blanco lechoso. La matanza de aquella noche le había causado un gran placer.

Jeffrey ahuyentó de su mente la imagen del asesino, negándose a evocar la voz monótona con que éste había hablado cuando se lo llevaban entre las luces parpadeantes de los vehículos policiales reunidos.

– ¡Me acordaré de ti! -había gritado, mientras transportaban a Jeffrey en una camilla hacia una ambulancia.

«Ya no está -pensó Clayton ahora-. Se encuentra en Tejas, en el corredor de la muerte. No vuelvas a ir allí -se dijo-. Jamás entres en un almacén como ése. Nunca más.»

Le echó un vistazo breve y furtivo al agente Martin. «¿Sabrá por qué opté por el anonimato -se preguntó-, por qué ya no hago precisamente lo que él me ha pedido que haga?»

– Ahí está -dijo Martin de pronto-. Hogar, dulce hogar. O al menos mi lugar de trabajo.

Lo que Jeffrey vio fue un edificio grande, de índole inconfundiblemente oficial. Un poco más funcional, de diseño menos elaborado que las oficinas frente a las que habían pasado. Su aspecto era algo menos fastuoso; en absoluto mísero, sino simplemente más austero, como el de un hermano mayor en medio de un patio lleno de niños más pequeños. Se trataba de una construcción sólida, imponente, de hormigón gris, con las esquinas afiladas de un cubo y una uniformidad que llevó a Clayton a sospechar que las personas que trabajaban allí eran tan rígidas y anodinas como el edificio en sí.

Martin entró con un viraje brusco en un aparcamiento que estaba a un lado de las oficinas y redujo la velocidad.

– Eh, Clayton -dijo rápidamente-, ¿ve a ese hombre ahí delante?

Jeffrey avistó a un hombre vestido con un modesto traje azul que llevaba un maletín de piel e iba caminando solo entre las filas de coches último modelo.

– Obsérvelo un rato y aprenderá algo -agregó el agente.

Jeffrey miró al hombre, que se detuvo junto a una ranchera pequeña. Vio que se quitaba la chaqueta del traje y la echaba al asiento trasero junto con el maletín. Dedicó unos momentos a remangarse la camisa blanca de cuello abotonado y a aflojarse la corbata antes de sentarse al volante. El vehículo salió de la plaza de aparcamiento marcha atrás y se alejó. Martin ocupó a toda prisa el hueco que acababa de quedar libre.

– ¿Qué ha visto? -preguntó el inspector.

– He visto a un hombre que tenía una cita. O que tal vez se dirigía a su casa, por estar incubando una gripe. Eso es todo.

Martin sonrió.

– Tiene que aprender a abrir los ojos, profesor. Le creía más observador. ¿Cómo ha entrado en su coche?

– Ha caminado hasta él y se ha subido. Nada del otro mundo.

– ¿Le ha visto abrir el seguro de la puerta?

Jeffrey negó con la cabeza.

– No. Debe de tener uno de esos cierres centralizados con mando a distancia. Como prácticamente todo el mundo…

– No lo ha visto apuntar al vehículo con una luz infrarroja, ¿verdad?

– No.

– Es un detalle difícil de pasar por alto, ¿no? ¿Sabe por qué?

– No.

– Porque las puertas no tenían el seguro puesto. En eso reside justamente el sentido de todo esto, profesor. Las puertas no tenían el seguro puesto, porque no hacía falta. Porque si había dejado algo dentro, no corría el menor peligro, pues nadie vendría a este aparcamiento a robárselo. Ningún adolescente con una pistola y una adicción iba a salir de detrás de otro coche para exigirle su cartera. ¿Y sabe qué? No hay cámaras de videovigilancia. No hay guardias de seguridad que patrullen la zona. No hay perros dóberman ni detectores de movimiento electrónicos ni sensores de calor. Este lugar es seguro porque es seguro. Es seguro porque a nadie se le ocurriría siquiera llevarse algo que no le pertenece. Es seguro por el sitio en el que estamos. -El inspector apagó el motor-. Y mi intención es que siga siendo seguro.

En el vestíbulo del edificio había una placa grande con estas palabras:

BIENVENIDOS A NUEVA WASHINGTON LAS NORMAS LOCALES DEBEN CUMPLIRSE EN TODO MOMENTO TODA IRREGULARIDAD EN EL PASAPORTE ESTÁ PENADA CON LA CÁRCEL PROHIBIDO FUMAR LES DESEAMOS UN BUEN DÍA

Jeffrey se volvió hacia el agente Martin.

– ¿Normas locales?

– Hay una lista considerablemente larga. Le facilitaré una copia. Refleja bastante bien nuestra razón de ser.

– ¿Y lo de las irregularidades en el pasaporte? ¿A qué se refieren con eso?

Martin sonrió.

– Ahora mismo está usted infringiendo las normas relativas al pasaporte. Aquí eso forma parte del paquete. El acceso al estado en ciernes está controlado, tal como lo estaría en cualquier otro país o terreno privado. Necesita permiso para estar aquí. A fin de conseguirlo, debe acudir al Control de Pasaportes. Pero no hay problema. Es usted mi invitado. Y en cuanto le concedan el permiso, podrá viajar libremente por todo el estado.

Jeffrey se fijó en un letrero que indicaba el camino a la oficina de Inmigración y dirigió la vista a una sala espaciosa situada al final de un pasillo, repleta de mesas, ante cada una de las cuales había un oficinista sentado, trabajando diligentemente frente a una pantalla de ordenador. Se quedó mirando trabajar a la gente por unos instantes y luego tuvo que echar a andar a toda prisa para alcanzar a Martin, que avanzaba a paso ligero por un pasillo contiguo, siguiendo una indicación que rezaba: SERVICIOS DE SEGURIDAD. Un tercer letrero señalaba la dirección de la guardería. Sus pasos sonaban como bofetadas contra el pulido suelo de terrazo y resonaban entre las paredes.

Poco después, entraron en otra sala grande, no tanto como la de Inmigración, pero aun así de tamaño considerable. Un resplandor blanco y limpio inundaba la estancia, y la luz de los fluorescentes del techo se fundía con el omnipresente verde de las pantallas de ordenador. No había ventanas, y el rumor del aire acondicionado se mezclaba con las voces mitigadas por las mamparas de vidrio y el aislamiento acústico. Clayton pensó que así era como se imaginaba las oficinas de una empresa, no de una comisaría, por muy moderna que fuera. La atmósfera no estaba contaminada por la suciedad del crimen. No había rabia o ira latentes, ni una locura oculta, ni furia ni contención. No había sillas rotas ni mesas rayadas por detenidos desquiciados al forcejear con las esposas que les sujetaban las muñecas. No se oían ruidos estridentes ni obscenidades; sólo el murmullo prolongado de la eficiencia y la síncopa del trabajo incesante.

Martin se detuvo frente a una mesa, y una joven vestida con una elegante blusa blanca y pantalones oscuros lo saludó. Un jarrón pequeño con una sola flor amarilla descansaba sobre una esquina del escritorio.

– Por fin ha vuelto, inspector. Se le echaba de menos por aquí. El agente Martin se rio.

– Seguro que sí-respondió-. ¿Puede llamar al jefe para que sepa que estoy aquí?

– Veo que le acompaña el famoso profesor.

La secretaria alzó la vista hacia Jeffrey.

– Tengo algo de papeleo para usted, profesor. Primero, un pasaporte y una identificación temporales. Luego, algunos documentos que debe leer y firmar cuando lo considere oportuno. -Le alargó una carpeta-. Bienvenido a Nueva Washington -dijo-. Estamos seguros de que será usted de gran ayuda para… -Se volvió hacia el agente Martin y añadió, con una sonrisa tímida-. Con el problema que el inspector no consigue resolver solo y que no comenta con nadie.

Jeffrey miró la carpeta de documentos.

– Bueno -empezó a replicar-, el agente Martin es más optimista que yo, pero eso es porque yo sé más sobre…

El corpulento inspector lo interrumpió.

– Nos esperan dentro. Vamos.

Asió a Clayton del brazo para apartarlo del escritorio de la secretaria y atravesar con él la puerta de un despacho. En ese momento lo atrajo hacia sí y le espetó, en susurros:

– Nadie, ¿lo entiende? ¡Nadie lo sabe! ¡Mantenga la boca cerrada!

En el interior del despacho había dos hombres sentados ante un escritorio de palisandro pulido. Dos sillones de cuero estaban dispuestos delante del escritorio. En contraste con el aspecto pulcro y utilitario de la sala principal que habían atravesado, ese despacho tenía un regusto más antiguo y definitivamente más lujoso. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de roble repletas de textos legales, y en el suelo había una alfombra oriental. Un sofá verde de piel gruesa estaba arrimado contra una pared, entre un asta con la bandera de Estados Unidos y otra con la enseña del futuro estado cincuenta y uno. Colgadas en una pared había numerosas fotografías enmarcadas que Clayton no tuvo tiempo de examinar con atención, aunque sí reconoció un retrato del presidente de Estados Unidos, elemento que, según creía, era obligatorio en todas las oficinas gubernamentales.

Un hombre alto y delgado como un junco con la cabeza calva estaba sentado justo en el centro del escritorio. A su lado había un hombre mayor, más bajo y de constitución más robusta, con la mandíbula cuadrada y el rostro torcido como el de un boxeador retirado. El calvo les indicó por señas a Jeffrey y al agente Martin que se sentaran en los sillones. A la derecha del profesor, se abrió otra puerta, y entró un tercer hombre. Parecía más joven que Jeffrey y llevaba un traje caro azul, de rayas finas. Se sentó en el sofá.

– Sigan con lo suyo -dijo simplemente.

El calvo se inclinó hacia delante con un movimiento suave, de depredador, como un águila pescadora posada en la rama desnuda de un árbol, observando a los roedores corretear por la hierba.

– Profesor, soy el superior del agente Martin en el Servicio de Seguridad. El hombre a mi derecha también es un experto en seguridad. El caballero del sofá es representante de la oficina del gobernador del Territorio.

Algunas cabezas asintieron, pero ninguna mano se tendió para saludar.

El hombre bajo y fornido situado a un costado del escritorio dijo, sin rodeos:

– Quiero repetir, para que quede constancia, que no apruebo la decisión de convocar aquí al profesor. Me opongo a implicarlo en este caso bajo ningún concepto.

– Ya hemos tratado ese tema -repuso el calvo-. Tomamos nota de su objeción. Sus opiniones constarán en los informes del cierre del caso y en los documentos del sumario.

El hombre mostró su conformidad con un resoplido.

– Con mucho gusto me iré -dijo Jeffrey-, ahora mismo, si así lo desean. Si ni siquiera deseo estar aquí.

El calvo hizo caso omiso de sus palabras.

– El agente Martin le habrá puesto en antecedentes, supongo.

– ¿Tienen ustedes nombre? -preguntó Jeffrey-. ¿Con quién estoy hablando?

– Los nombres son irrelevantes -aseguró el hombre joven, removiéndose en su asiento, haciendo crujir el cuero del sofá-. Toda la información sobre esta reunión está estrictamente controlada. De hecho, hay órdenes de que su presencia aquí se mantenga en el más estricto secreto.

– Quizás a mí los nombres me parezcan relevantes -dijo Jeffrey con terquedad. Le echó una ojeada rápida al agente Martin, pero el corpulento inspector se había hundido en el sillón, ocultando su expresión. El calvo sonrió.

– Muy bien, profesor. Ya que insiste, le diré que yo me llamo Tinkers, él es Evers y el hombre del sofá, allí, se llama Chance.

– Muy gracioso. Así que esto va de jugadores de béisbol -comentó Jeffrey -. Pues yo soy Babe Ruth. O Ty Cobb.

– ¿Le gustan más Smith, Jones y esto… Gardner?

Jeffrey no contestó.

– ¿Tal vez -prosiguió el calvo- podríamos llamarnos Manson, Starkweather y Bundy? Casi suena como el nombre de un bufete de abogados, ¿verdad? Y son apellidos más relacionados con su especialidad profesional, ¿no?

Jeffrey se encogió de hombros.

– De acuerdo, señor Manson. Lo que usted diga.

El calvo hizo un gesto de asentimiento y sonrió de oreja a oreja.

– Bien, llámeme Manson, pues. Ahora, permítame que intente hacer más fácil esta conversación, profesor. O como mínimo, menos tensa. Le expondré los parámetros financieros de su visita, que sin duda serán de su interés.

– Continúe.

– Sí. Bien, si su investigación aporta información que más tarde pueda utilizarse como prueba para llevar a cabo una detención, le pagaremos un cuarto de millón de dólares. Si consigue identificar y localizar a nuestro objetivo, así como colaborar en la aprehensión de dicho individuo, nosotros le pagaremos un millón de dólares. Ambas sumas, o cualquier suma intermedia que consideremos justificada por el alcance de su contribución a solucionar nuestro problema, se le entregarán libres de impuestos y en efectivo. A cambio, usted debe prometer que se abstendrá de dejar constancia alguna, ya sea por medios físicos o electrónicos, de toda información que reúna, toda impresión que se forme, todo recuerdo de su visita; y que no comentará ni dará a conocer en modo alguno su estancia aquí o el propósito de la misma. No concederá entrevistas a periódicos, ni firmará contratos con editoriales. No redactará artículos académicos, ni siquiera para el circuito limitado de las agencias encargadas del cumplimiento de la ley. En otras palabras: los sucesos que le han traído aquí, y aquellos que se produzcan en adelante, no existirán oficialmente. Se le recompensará con creces por guardar esta confidencialidad.

Jeffrey aspiró despacio, por entre los dientes.

– Realmente deben de tener un problema muy gordo -dijo lentamente.

– Profesor Clayton, ¿tenemos un acuerdo?

– ¿Qué ayuda me darán? ¿Qué hay del acceso a…?

– El agente Martin es su compañero. El le proporcionará acceso a todos los registros, documentos, escenas, testigos… lo que necesite. Él correrá con los gastos, y se encargará de conseguirle alojamiento y transporte. Aquí sólo hay un objetivo, que tiene prioridad sobre cualquier otra cuestión, especialmente de índole económica.

– Cuando usted dice «nosotros le pagaremos», ¿a quién se refiere exactamente?

– Será dinero procedente de los fondos reservados del gobernador.

– Debe de haber alguna trampa. ¿Cuál es, señor Manson?

– No hay ninguna trampa oculta, profesor -aseveró el calvo-. Estamos bajo una presión considerable para llevar esta investigación a buen término a la mayor brevedad. No carece usted de inteligencia. Dos funcionarios del servicio de seguridad y un político deberían dejarle claro que hay mucho en juego. He aquí el porqué de nuestra generosidad. Sin embargo, también está la cuestión de la impaciencia. Del tiempo, profesor. El tiempo es de fundamental importancia.

– Necesitamos respuestas, y las necesitamos cuanto antes -terció el hombre más joven, de la oficina del gobernador.

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Usted es Starkweather, ¿verdad? ¿Tiene novia? Porque, si la tiene, debería empezar a llamarla Caril Ann. Bien, señor Starkweather, ya se lo he dicho al inspector, y ahora se lo repetiré: estos casos no se prestan a explicaciones fáciles ni a soluciones rápidas.

– Ah, pero sus pesquisas resultaron particularmente eficaces en Tejas. ¿Cómo lo logró, y encima con resultados tan espectaculares?

Jeffrey se preguntó si había un atisbo de sarcasmo en las palabras del hombre. Fingió no percibirlo.

– Sabíamos que era una zona frecuentada por las prostitutas entre las que nuestro asesino elegía a sus víctimas. Así que, discretamente, sin montar escándalo, empezamos a detener a todas las fulanas; nada emocionante que atrajese la atención de la prensa, sólo las típicas redadas antivicio del sábado por la noche. Pero, en lugar de multarlas, las reclutamos. Equipamos a un porcentaje significativo de ellas con dispositivos pequeños de rastreo. Eran miniaturas, con un alcance limitado, y se activaban con un solo botón. Les indicamos a las mujeres que se los cosieran en la ropa. El plan se basaba en la suposición de que, al final, nuestro hombre raptaría a alguna de las mujeres, quien entonces podría poner en marcha el rastreador. Monitorizábamos los aparatos las veinticuatro horas del día.

– ¿Y dio resultado? -preguntó el hombre bajo y fornido, ansioso.

– En cierto modo sí, señor Bundy. Hubo unas cuantas falsas alarmas, tal como esperábamos. Luego, tres mujeres fueron asesinadas pese a llevar el dispositivo antes de que una de ellas lograra hacerlo funcionar. Era más joven que las demás, y nuestro objetivo debió de sentirse menos amenazado por ella, porque por una vez se lo tomó con calma antes de inmovilizarla, lo que le dio a la chica la oportunidad de enviarnos una señal. Como él no la vio pulsar el botón de alarma, cosa que lo habría puesto en fuga, llegamos allí a tiempo para salvarla, pero por muy poco. Yo diría que fue un éxito relativo.

El hombre bajo y fornido, Bundy, lo interrumpió.

– Pero proactivo. Eso me gusta. Usted tomó iniciativas. Fue creativo. Eso es lo que deberíamos hacer. Algo por el estilo. Tender una trampa. Eso me gusta: una trampa.

El joven también intervino, hablando atropelladamente.

– Estoy de acuerdo. Pero toda iniciativa de ese tipo deberá someterla a la aprobación de cada uno de nosotros tres, agente Martin. ¿Entendido?

– Sí.

– No quiero que albergue la menor duda sobre esto. Todos y cada uno de los aspectos de este caso tienen ramificaciones políticas. Debemos decantarnos siempre por la opción que nos permita mantener el máximo control y confidencialidad y que al mismo tiempo elimine nuestro problema.

Jeffrey sonrió de nuevo.

– Señor Starkweather, señor Bundy, por favor, recuerden que la probabilidad de identificar siquiera al hombre responsable de su problema político es mínima. Crear las circunstancias que nos permitirían tenderle una trampa resultará incluso más difícil. A menos que quieran que les ponga un rastreador a todas las mujeres que hay dentro de las fronteras de su estado, después de lanzar una especie de alerta general.

– No, no, no… -replicó Bundy rápidamente.

Manson se inclinó hacia delante y habló en un tono bajo, como conspirando.

– No, profesor, evidentemente, no queremos sembrar el pánico generalizado que su sugerencia traería consigo. -Hizo un gesto amplio de rechazo con la mano antes de proseguir-: Pero, profesor, el agente Martin nos ha dado a entender que podría haber un vínculo entre nuestro escurridizo objetivo y usted que nos facilitaría la tarea de localizarlo. ¿Es eso correcto?

– Tal vez -respondió Jeffrey, con una rapidez que no concordaba con la incertidumbre que denotaban sus palabras.

El calvo asintió y se reclinó despacio en su asiento.

– Tal vez -dijo con una ceja arqueada. Se frotó las manos, como lavándoselas-. Tal vez -repitió-. Bueno, sea como fuere, profesor, el dinero está sobre la mesa. ¿Cerramos el trato?

– ¿Acaso tengo elección, señor Manson?

La silla de despacho sobre la que estaba sentado el calvo chirrió cuando la hizo girar por un momento.

– Es una pregunta interesante, profesor Clayton. Intrigante. Una pregunta con un gran peso filosófico. Y psicológico. ¿Tiene usted elección? Examinemos la cuestión: desde el punto de vista económico, por supuesto, la respuesta es no. Nuestra oferta es de lo más generosa. Aunque ese dinero no le hará fabulosamente rico, es mucho más del que, siendo razonables, puede aspirar a ganar dando clase en aulas atestadas, a alumnos de licenciatura aburridos hasta rayar en la psicosis. Ahora bien, ¿emocionalmente? Teniendo en cuenta lo que sabe (y lo que sospecha), lo que es posible… ah, no sé. ¿Puede usted elegir dejar eso atrás, sin respuestas? ¿No estaría condenándose a vivir atormentado por la curiosidad para el resto de sus días? Por otra parte, naturalmente, está el aspecto técnico de todo esto. Una vez que le hemos traído hasta aquí, ¿cree que estamos ansiosos por verle partir, sin prestarnos ayuda, tanto más cuanto que el agente Martin nos ha persuadido de que usted es la única persona en el país verdaderamente capaz de solucionar nuestro problema? ¿Espera que sencillamente nos encojamos de hombros y le dejemos marchar?

La última pregunta quedó flotando en el aire.

– Esto es un país libre -soltó Jeffrey.

– ¿Lo es, ahora? -repuso Manson.

Se inclinó hacia delante de nuevo, con el mismo aire de depredador en que Jeffrey había reparado antes. Pensó que, si al calvo de pronto le diera por ponerse un hábito oscuro con capucha, tendría el estilo y el aspecto idóneos para desempeñar un cargo importante en la Inquisición española.

– ¿Acaso alguien es realmente libre, profesor? ¿Lo somos nosotros ahora, en esta habitación, ahora que sabemos que esta fuerza del mal actúa en nuestra comunidad? ¿Nuestro conocimiento no nos hace prisioneros de ese mal?

Jeffrey no contestó.

– Plantea usted preguntas interesantes, profesor. Por supuesto, no esperaba menos de un hombre de su reputación académica. Pero, por desgracia, no es momento de discutir estos temas tan elevados. Quizás en circunstancias distintas, en un ambiente más cordial, podríamos intercambiar ideas al respecto. Pero, por ahora, nos ocupan asuntos más apremiantes. Así que se lo pregunto de nuevo: ¿cerramos el trato?

Jeffrey respiró hondo y asintió con la cabeza.

– Por favor, profesor -dijo Manson con severidad-. Responda en voz alta. Para que quede constancia.

– Sí.

– Imaginaba que ésa sería su respuesta -aseguró el calvo. Hizo un gesto en dirección a la puerta, para indicar que daba por finalizada la reunión.

7 Virginia con cereal-r

A Diana Clayton ya no le gustaba salir de casa. Una vez por semana, porque no le quedaba otro remedio, se acercaba a la farmacia local para abastecerse de analgésicos, vitaminas y ocasionalmente algún fármaco experimental. Nada de eso parecía ayudar gran cosa a frenar el avance deprimente y continuo de su enfermedad. Mientras esperaba a que le entregaran las pastillas, entablaba charlas superficiales y falsamente animadas con el farmacéutico inmigrante de origen cubano, quien tenía aún un acento tan marcado que ella apenas entendía lo que decía, pero cuya compañía le era grata por su eterno optimismo y su empeño en que algún mejunje extraño u otro le salvaría la vida. Después cruzaba con cautela los cuatro carriles de la autopista 1, evitando cuidadosamente los vehículos, y luego caminaba una manzana por una calle lateral hasta llegar a la biblioteca pequeña y bien protegida del sol, hecha de bloques de hormigón, apartada de los chabacanos centros comerciales que había desperdigados a lo largo de la carretera de los Cayos.

Al bibliotecario auxiliar, un señor mayor que le debía de llevar unos diez años, le gustaba coquetear con ella. La esperaba encaramado en un asiento alto tras una de las ventanillas con barrotes, y pulsaba sin dudarlo el timbre que abría la puerta de seguridad doble. Aunque el bibliotecario estaba casado, se sentía solo y alegaba que su esposa estaba demasiado ocupada con sus dos pitbull y las vicisitudes de los protagonistas de los culebrones que seguía compulsivamente. Era un donjuán casi cómico, que seguía obstinadamente a Diana por entre las estanterías medio vacías, invitándola con susurros a cócteles, a cenar, al cine… a cualquier actividad que le diese la oportunidad de expresarle que ella era su único amor verdadero. A Diana sus atenciones le resultaban halagadoras y también agobiantes, casi en igual medida, de modo que lo rechazaba, aunque procurando no desanimarlo del todo. Se decía a sí misma que estaba decidida a morirse antes de tener que pedirle al bibliotecario que la dejara en paz de una vez por todas.

Sólo leía a los clásicos. Al menos dos por semana. Dickens, Hawthorne, Melville, Stendhal, Proust, Tolstói y Dostoievski. Devoraba las tragedias griegas y las obras de Shakespeare. Lo más moderno que llegaba a leer era, de vez en cuando, algún libro de Faulkner o Hemingway, este último por una especie de lealtad hacia los Cayos y porque a Diana le gustaba especialmente lo que escribía sobre la muerte. En sus textos ésta siempre parecía tener algo de romántico, de heroico, de sacrificio altruista, incluso en sus aspectos más sórdidos, y esto le infundía ánimos, aunque sabía que se trataba de ficción.

Una vez que elegía los libros que iba a llevarse, se despedía del bibliotecario, una separación que solía requerir cierta diligencia por su parte para rehusar sus últimas súplicas. A continuación, caminaba otra manzana por otra calle lateral bañada de sol hasta una vieja iglesia baptista, deteriorada por los elementos. Una palmera espigada y solitaria se alzaba en el patio delantero del edificio de madera pintada de blanco. Era demasiado alta para dar sombra, pero al pie tenía un banco astillado. Diana sabía que el coro estaría practicando, y que sus voces emanarían como un soplo de viento del interior penumbroso de la iglesia hacia el banco, donde ella acostumbraba a sentarse a descansar y escuchar.

Junto al banco, había un letrero que rezaba:

IGLESIA BAPTISTA DE NEW CALVARY OFICIOS: DOMINGO A LAS 10 DE LA MAÑANA Y AL MEDIODÍA CATEQUESIS: 9 DE LA MAÑANA EL SERMÓN DE ESTA SEMANA: CÓMO HACER DE JESÚS TU MEJOR Y MÁS ESPECIAL AMIGO, POR EL REVERENDO DANIEL JEFFERSON

En varias ocasiones durante los últimos meses, el pastor había salido a intentar convencer a Diana de que estaría más cómoda y considerablemente más fresca dentro de la iglesia, y de que a nadie le molestaría que ella escuchara los ensayos del coro en la mayor seguridad del interior. Ella había declinado su invitación. Lo que le gustaba era escuchar las voces elevarse en el calor, hacia el sol que brillaba sobre su cabeza. Disfrutaba del esfuerzo de intentar distinguir las palabras. No quería que le hablaran de Dios, como sabía que el pastor, de apariencia bondadosa, haría inevitablemente. Y, lo que es más importante, no quería ofenderlo al negarse a escuchar su mensaje, por muy sincera que fuese al expresarlo. Lo que deseaba era escuchar la música, porque había descubierto que, mientras se concentraba en el jubiloso sonido del coro, olvidaba el dolor que sentía en el cuerpo.

Eso, pensó, era por sí solo un pequeño milagro.

Puntualmente, a las tres de la tarde, concluía el ensayo del coro. Diana se levantaba del banco y echaba a andar despacio de regreso a casa. Sabía que la regularidad de sus salidas, la uniformidad del itinerario que seguía, el paso de hormiga al que avanzaba, todo ello la convertía en un objetivo evidente y moderadamente atractivo. Que ningún atracador ávido por arrebatarle sus escasos fondos o ningún yonqui desesperado por conseguir calmantes la hubiese descubierto ni asesinado aún la sorprendía un poco. Pensaba, con cierto asombro, que quizás ése fuera el segundo milagro que se producía durante sus excursiones semanales.

A veces se permitía el lujo de pensar que morir a manos de algún vagabundo de ojos vidriosos o de un adolescente drogadicto no sería tan terrible, y que lo verdaderamente terrorífico era seguir viva, pues su enfermedad la torturaba con un entusiasmo paciente que a ella le parecía diabólicamente cruel. Se preguntaba si experimentar unos momentos de espanto no sería preferible en cierto modo a los interminables horrores de su dolencia. La libertad casi estimulante que percibía en su actitud la impulsaba a seguir adelante, a continuar tomando la medicación y a luchar y batallar internamente contra la enfermedad durante cada instante de vigilia. Creía que esta combatividad derivaba del sentido del deber, de la obstinación y del deseo de no dejar solos a sus dos hijos, aunque ya eran adultos, en un mundo en el que nadie confiaba ya en nada.

Le habría gustado que al menos uno de ellos le hubiera dado un nieto.

Estaba convencida de que tener un nieto sería una auténtica gozada.

Sin embargo, era consciente de que eso no iba a pasar a corto plazo, así que, mientras tanto, se daba el capricho de fantasear sobre cómo serían sus futuros nietos. Inventaba nombres, imaginaba rostros y fabricaba recuerdos del porvenir con los que reemplazar los reales. Se representaba escenas de vacaciones, mañanas navideñas y obras escolares. Casi percibía la sensación de sujetar en brazos a un nieto y enjugarle las lágrimas causadas por un rasguño o desolladura, o la de la respiración constante y embriagadora del niño o niña mientras ella le leía en voz alta. Esto se le antojaba un mimo quizás excesivo por su parte, pero no perjudicial.

Y el nieto ficticio que ella no tenía le ayudaba a aliviar las preocupaciones por los hijos que sí tenía.

A menudo, el extraño alejamiento y la soledad que ambos habían abrazado le parecían a Diana tan dolorosos como su enfermedad. Pero ¿qué pastilla podían tomarse para reducir la distancia que habían puesto el uno respecto al otro?

En esa tarde concreta, mientras recorría los últimos cinco metros de su camino de entrada, pensando con inquietud en sus hijos, con las notas de Onward Christian Soldiers resonándole aún en los oídos, y los ejemplares de Por quién doblan las campanas y Grandes esperanzas bajo el brazo, advirtió que un nubarrón enorme y furioso estaba formándose al oeste. Unas nubes grandes y de color gris oscuro se habían aglomerado en una masa de energía intensa que se cernía siniestra en el cielo como una amenaza lejana. Ella se preguntó si el cúmulo se dirigiría hacia los Cayos, trayendo consigo relámpagos y cortinas de lluvia peligrosos y cegadores, y esperó que su hija llegara a casa sana y salva antes de que estallara la tormenta.

Susan Clayton salió de la oficina aquella tarde en una falange compuesta por otros empleados de la revista, bajo la mirada atenta y la protección de las armas automáticas de los guardias de seguridad. La escoltaron hasta su coche sin que se produjeran incidentes.

Por lo general, el trayecto desde el centro de Miami hasta los Cayos Altos le llevaba poco más de una hora, aunque circulara por los carriles de velocidad libre. El problema, por supuesto, era que casi todo el mundo quería utilizar esos carriles, lo que requería cierta sangre fría a ciento sesenta kilómetros por hora y a una distancia de un solo coche entre los vehículos. A su juicio, la hora punta se parecía más a una carrera de stock-cars que a un desplazamiento vespertino benigno; sólo faltaban unas gradas repletas de paletos deseosos de presenciar una colisión. En las autovías que partían del centro, no se habrían llevado muchas desilusiones.

Susan disfrutaba con ello, por la descarga de adrenalina que le provocaba, pero sobre todo porque ejercía un efecto purificador sobre su imaginación; sencillamente no había tiempo para concentrarse en otra cosa que no fuera la calzada y los coches que tenía delante y detrás. Le despejaba la cabeza de ensoñaciones diurnas, de preocupaciones relacionadas con el trabajo y de temores sobre la enfermedad de su madre. En las ocasiones en que no era capaz de abismarse exclusivamente en la conducción había desarrollado la disciplina mental necesaria para dejar el carril de alta velocidad e incorporarse al tráfico lento, donde el riesgo no era tan elevado y le permitía dejar vagar la mente.

Hoy era uno de esos días, lo que le resultaba frustrante.

Lanzó una mirada cargada de envidia a su izquierda, donde vehículos borrosos relucían bajo la luz residual de la zona comercial del centro. Pero, casi en ese momento, mientras la invadían los celos por la libertad ilimitada con que circulaban a su izquierda, cayó en la cuenta de que no dejaba de dar vueltas a las palabras del mensaje del corresponsal anónimo que aún no había descifrado. Previo Virginia cereal-r.

Estaba convencida de que el estilo del acertijo era el mismo que el del anterior, y más o menos el mismo que el de la respuesta que ella había ideado: un simple juego verbal en que cada palabra guardaba una relación lógica con alguna otra que constituiría la solución al enigma y desvelaría la respuesta del remitente.

El truco residía en desentrañar cada una; en preguntarse si eran independientes o estaban relacionadas entre sí; si había alguna cita oculta o alguna vuelta de tuerca añadida que oscurecería aún más el mensaje que el hombre intentaba transmitirle. Lo dudaba. Su corresponsal quería que ella llegase a entender lo que le había escrito. Sólo pretendía que fuera un acertijo ingenioso, razonablemente difícil y lo bastante críptico para incitarla a elaborar otra respuesta.

«Es manipulador», pensó.

Un hombre que quería tener el control.

¿Qué más? ¿Un hombre con una intención oculta?

Sin lugar a dudas.

¿Y qué intención era ésa?

No lo sabía con certeza, pero estaba segura de que sólo había dos motivaciones posibles: sexual o sentimental.

Un coche que iba delante dio un frenazo brusco y ella pisó el pedal con fuerza. Al instante notó que el pánico le subía por la garganta mientras el mecanismo de freno vibraba, y sin articular la palabra «choque», notó la picazón del calor que se apoderaba de ella. Oyó los neumáticos en derredor chirriar de dolor, y temía oír el ruido del metal al aplastarse contra el metal. Sin embargo, eso no ocurrió; se produjo un silencio momentáneo, y acto seguido el tráfico comenzó a avanzar de nuevo, cada vez más deprisa. Un helicóptero de policía pasó rugiendo por encima de sus cabezas; ella alcanzó a ver al artillero de la parte central, inclinado sobre el cañón de su arma, observando el flujo de vehículos. Susan imaginó que tendría una expresión de aburrimiento, tras el plexiglás ahumado de la visera de su casco.

«¿Qué es lo que sé?», se preguntó.

«Todavía muy poco», respondió.

«Pero el juego no consiste en eso -insistió-, sino en que yo lo descifre al final. Después de todo, no sería un rompecabezas si él no quisiera que lo resolviera. Lo único que quiere es controlar el ritmo.»

«Es peligroso», hubo de admitir.

A medio camino entre Miami e Islamorada había un bar, el Last Stop Inn, situado a las afueras de un centro comercial de postín en el que hacían sus compras los vecinos de las zonas residenciales amuralladas más elegantes. El bar era el tipo de local que a ella le gustaba frecuentar, no todos los días, pero lo bastante a menudo para saludarse con algunos de los camareros y reconocer de vez en cuando a algunos de los otros clientes habituales. No compartía nada con ellos, desde luego, ni siquiera conversación. Simplemente le gustaba la falsa familiaridad de los rostros sin nombre, las voces sin personalidad, la camaradería sin pasado. Cruzó la autovía en dirección a la salida que la llevaría hasta el bar.

El aparcamiento estaba a unas tres cuartas partes de su capacidad. La luz dibujaba un extraño claroscuro sobre el macadán negro y brillante; el primer resplandor de la tarde se mezclaba con el baile irregular de los faros de la autovía contigua. El centro comercial cercano contaba con senderos cubiertos con suelo de madera y zonas verdes bien cuidadas, en las que había plantados sobre todo helechos y palmeras para crear una jungla artificial y dar a los clientes la impresión de que habían viajado a la versión de diseño de una selva tropical que en lugar de animales salvajes incontrolables estaba repleta de boutiques caras. Los guardias de seguridad vestían en los tonos caquis de los aficionados a la caza mayor y llevaban salacots, aunque sus armas eran de tendencia más urbana. El Last Stop Inn se había contagiado en parte de la pretenciosidad de su vecino, pero sin los mismos recursos económicos. Sus propias zonas verdes habían creado sombras y rincones oscuros en los alrededores del aparcamiento. Susan pasó caminando a toda prisa junto a una palmera rechoncha y densa que se erguía como un centinela ante la puerta de entrada del bar.

La sala principal del lugar estaba en penumbra, mal iluminada. Había unas cuantas mesas pequeñas y un par de camareras que se movían afanosamente entre los grupos de hombres de negocios sentados con sus Martinis y las corbatas aflojadas. Un solo barman, a quien ella no reconoció, trabajaba sin descanso tras la oscura y larga barra de caoba. Era un joven de pelo enmarañado y unas patillas que le daban un aire de estrella del rock de la década de 1960, por lo que parecía un poco fuera de lugar. Claramente era alguien que habría preferido tener un empleo distinto, o quizá lo tenía, pero se veía obligado a preparar copas para ganarse la vida. Una veintena de personas ocupaban los taburetes frente a la barra, las suficientes para darle a la zona un aspecto abarrotado pero no opresivo. El establecimiento no cumplía con todas las características de un bar de ligue -aunque probablemente una tercera parte de la clientela estaba integrada por mujeres-; era más bien un lugar donde lo principal era beber, si bien siempre cabía la posibilidad de relacionarse con gente del sexo opuesto. Dedicaba menos energías que otros bares a establecer lazos; el volumen de las voces era moderado, la música ambiental permanecía en un segundo plano, sin imponerse. Al parecer, era un local acondicionado para albergar cualquier actividad que pudiera realizarse con una copa en la mano.

Susan se sentó hacia el final de la barra, a tres sillas de distancia del parroquiano más próximo. El barman se acercó discretamente, limpió la superficie de madera pulida con una toalla de mano y asintió con la cabeza cuando ella le pidió un whisky con hielo. Regresó casi de inmediato con la bebida, la colocó delante de ella, cogió el dinero que le tendía y se desplazó de nuevo a lo largo de la barra.

Ella sacó su libreta y un bolígrafo, los dispuso junto a su copa y se encorvó sobre ellos para ponerse a trabajar.

«Previo», se dijo. ¿A qué se refería? A algo que pasó antes.

Hizo un gesto de afirmación para sí misma: algo referente al mensaje anterior. «Te he encontrado.»

Anotó esta frase en la parte superior de la página, y debajo escribió: «Virginia con cereal-r.»

«Se trata de nuevo de un sencillo juego de palabras -se dijo-. ¿Quiere quedar como un tipo listo? ¿Qué grado de complejidad tendrá esto? ¿O quizás empieza a impacientarse, y por tanto lo ha hecho lo bastante fácil para que yo no pierda demasiado el tiempo antes de dar con la respuesta?

«¿Conocerá mis fechas límite de entrega en la revista? -se preguntó-. En ese caso, sabrá que tengo hasta mañana para desentrañar esto y elaborar una respuesta adecuada que pueda publicar en la columna de pasatiempos habitual.»

Susan tomó un sorbo largo de whisky, notó cómo le quemaba la garganta, y luego lamió el borde del vaso con la punta de la lengua. El aguardiente descendió por su interior como la promesa de una sirena. Hizo un esfuerzo por beber despacio; la última vez que había visto a su hermano, lo había observado despachar un vaso de vodka como si fuese agua, echándoselo al cuerpo sin disfrutar, simplemente ansioso por notar los efectos relajantes del alcohol. «Él hace footing -pensó Susan-. Corre y hace deporte dejando de lado toda prudencia, y luego bebe para aliviarse de los desgarros musculares. -Tomó otro sorbo de su bebida y pensó-: Sí. "Previo" hace referencia al primer mensaje. Y ya he descifrado lo de "siempre".» Contempló las palabras, las sopesó, y de pronto dijo en voz alta:

– Siempre he…

– Yo también -respondió una voz a su espalda.

Ella se volvió en su asiento, sobresaltada.

El hombre que se le había acercado por detrás sujetaba una copa en una mano y sonreía confiadamente, con una avidez agresiva que produjo en ella una reacción de rechazo instantánea. Era alto, fornido, unos quince años mayor que ella, con una calva incipiente, y reparó en el anillo de casado que llevaba en el dedo. El sujeto pertenecía a un subtipo que ella reconoció al momento: un ejecutivo de bajo rango, último candidato al ascenso, con ganas de ligar. Buscando un rollo fácil de una noche; sexo anónimo antes de regresar a casa para tomar una cena de microondas, junto a una esposa a quien le importaba un bledo a qué hora volvería, y un par de adolescentes huraños. Seguramente ni siquiera el perro se molestaría en menear el rabo cuando él entrara por la puerta. Un breve escalofrío recorrió a Susan. Vio al tipo sorber de su bebida.

– Siempre he deseado lo mismo -añadió éste.

– ¿A qué te refieres? -preguntó ella.

– Sea lo que sea lo que tú siempre has, yo también siempre lo he -contestó él rápidamente-. ¿Te invito a una copa?

– Ya tengo una.

– ¿Quieres otra?

– No, gracias.

– ¿Qué es eso que te tiene tan concentrada?

– Cosas mías.

– Quizá podría hacer que fueran también cosas mías, ¿no?

– No lo creo.

Dejó al hombre ahí de pie y giró en su taburete al advertir que daba un paso hacia ella.

– No eres muy agradable -señaló el tipo.

– ¿Eso es una pregunta? -inquirió Susan.

– No -dijo él-. Una observación. ¿No te apetece hablar?

– No -respondió ella. Intentaba ser cortés, pero firme-. Quiero estar sola, acabar mi bebida y marcharme de aquí.

– Venga, no seas tan fría. Deja que te invite a una copa. Charlemos un poco, a ver qué pasa. Nunca se sabe. Apuesto a que tenemos mucho en común.

– No, gracias -dijo ella-. Y no creo que tengamos una mierda en común. Y ahora, disculpa, estaba ocupada haciendo algo.

El hombre sonrió, tomó otro trago de su bebida y asintió con la cabeza. Se inclinó hacia ella, no como un borracho, pues no lo estaba, ni con una actitud abiertamente amenazadora, pues hasta entonces sólo se había mostrado optimista, quizás un poco esperanzado, pero con una intensidad que la hizo retroceder.

– Zorra -siseó-. Que te den por el culo, zorra.

Ella soltó un grito ahogado.

El hombre se acercó aún más, de modo que ella percibió el fuerte olor de su loción para después de afeitarse y el licor en su aliento.

– ¿Sabes lo que me gustaría hacer? -preguntó él en un susurro, pero era una de esas preguntas que no exigen respuesta-. Me gustaría arrancarte el puto corazón y pisotearlo delante de ti.

Antes de que tuviera oportunidad de contestar, el hombre se volvió bruscamente y se alejó por el bar, sin detenerse, hasta que su ancha espalda desapareció en el mar cambiante de trajeados y regresó al anonimato del que había salido.

Susan tardó unos momentos en recuperar la entereza.

La ráfaga de obscenidades le había sentado como otras tantas bofetadas. Respirando agitadamente, se dijo: «Todo el mundo es peligroso. Nadie es de fiar.»

Se sentía torcida por dentro, con un nudo en el estómago, que notaba apretado como un puño. «No lo olvides -se recordó-. No bajes la guardia, ni por un instante.»

Se llevó el vaso a la frente, aunque no la tenía caliente, luego tomó un trago largo y alzó la vista hacia el camarero, que estaba trabajando de espaldas a ella. Echaba café molido en una máquina exprés. Susan dudaba que él hubiese visto al hombre abordarla. Se volvió en su asiento, pero aparentemente nadie prestaba atención a otra cosa que no fuera el espacio de pocos centímetros que tenían delante. Las sombras y el ruido parecían contradictorios, inquietantes. Ella se inclinó hacia atrás y, con cautela, recorrió la barra con la mirada, escudriñando el gentío para intentar averiguar si el hombre seguía allí, pero no lo localizó. Trató de grabarse la imagen de su rostro en la mente, pero no recordaba más que el sonido y la furia súbita de su susurro. Se volvió de nuevo hacia el bloc que tenía enfrente, miró las palabras y luego otra vez al barman, que había colocado una cafetera bajo la salida de la máquina y retrocedido para contemplar el goteo constante de líquido negro.

«Un estado -pensó Susan de pronto-. Virginia es un estado.»

«Siempre he estado.»

Escribió la frase y acto seguido irguió la cabeza.

Se sentía observada, de modo que se volvió de nuevo, buscando al hombre. Sin embargo, tampoco esta vez pudo distinguirlo entre la multitud.

Por un momento intentó ahuyentar esa sensación, pero no lo consiguió. Recogió con cuidado su bloc y su lápiz y se los guardó en el bolso, junto a la pistola automática de calibre.25 que acechaba en el fondo. Bromeó para sus adentros, al tocar el metal azul, frío y reconfortante del arma: «Al menos no estoy sola.»

Susan examinó su situación: un local atestado, docenas de testigos poco fiables, seguramente ninguno que recordaría que ella había estado allí. Mentalmente volvió sobre sus pasos hacia el aparcamiento, midiendo la distancia hasta su coche, acordándose de cada sombra o recoveco oscuro donde el hombre que había dicho querer arrancarle el corazón podría estar esperándola. Pensó en pedirle al barman que la acompañara afuera, pero dudaba que él accediese. Estaba solo tras la barra y se jugaría el empleo si dejara su puesto.

Tomó otro sorbo de su bebida. «Estás perdiendo la cabeza -se dijo-. Vete por donde haya luz, evita las sombras, y no te pasará nada.»

Apartó de sí lo poco que quedaba de su whisky y cogió su bolso. Se echó la larga correa de cuero sobre el hombro derecho de tal manera que le permitió dejar caer la mano disimuladamente en el interior del bolso y rodear el gatillo con el dedo.

La muchedumbre del bar prorrumpió en carcajadas como consecuencia de algún chiste contado en voz alta. Ella se levantó con decisión de su asiento y se abrió paso a toda prisa por entre la aglomeración de gente, con la cabeza ligeramente gacha y paso resuelto. Al final de la barra, a su izquierda, había una puerta doble con un letrero que indicaba el aseo de señoras. Por encima de las puertas, en rojo, estaba la palabra SALIDA. Trazó un plan rápidamente; se detendría por un momento en el servicio para darle al hombre más tiempo de perderse en el aparcamiento, aguardando a que ella saliese por la puerta principal, y luego se escabulliría por la salida trasera, fuera la que fuese, hasta su coche, cambiando su itinerario, acercándose desde una dirección distinta.

Si él estaba esperándola, eso le daría a ella ventaja. Quizás incluso conseguiría burlarlo del todo.

Tomó la decisión al instante, y atravesó las puertas, que daban a un angosto pasillo posterior. No había más que una bombilla solitaria y desnuda, que arrojaba una luz difusa sobre las paredes sucias y amarillentas. Había varias cajas de bebidas alcohólicas apiladas en el pasillo. En una pared, un segundo letrero, más pequeño y escrito a mano, con una flecha negra gruesa y toscamente dibujada que señalaba el camino a los aseos. Ella supuso que la salida estaría justo al otro lado. El pasillo estaba más silencioso, y cuando las puertas insonorizadas se cerraron tras ella, el ruido del bar se atenuó. Susan avanzó por el pasillo a paso veloz y torció a la izquierda. El estrecho espacio se prolongaba poco más de cinco metros, y desembocaba en dos puertas enfrentadas; una marcada con un letrero que decía HOMBRES, y la otra con la palabra MUJERES. La salida estaba entre las dos. Sin embargo, se le cayó el alma a los pies al ver dos cosas más: la advertencia SÓLO PARA EMERGENCIAS / SE ACTIVARÁ LA ALARMA y una gruesa cadena sujeta con candado al tirador de la puerta y a la pared contigua.

– Pues menos mal que esto no es una emergencia -musitó para sí.

Titubeó por un momento, retrocedió un paso hacia el pasillo que conducía al bar y, tras volver la cabeza en derredor para cerciorarse de que estaba sola, decidió entrar en el servicio de señoras.

Era una habitación reducida, en la que sólo cabían un par de retretes y dos lavabos en la pared opuesta. De manera incongruente, había un solo espejo instalado entre los dos lavamanos gemelos. Los servicios no estaban especialmente limpios, ni bien equipados. La luz de los fluorescentes le habría conferido a cualquiera un aspecto enfermizo, por muchas capas de maquillaje que llevara. En un rincón había una máquina expendedora combinada de condones y Tampax de color rojo metálico. El olor a exceso de desinfectante le inundaba las fosas nasales.

Exhaló un profundo suspiro, se dirigió a uno de los compartimentos y, con cierta resignación, se sentó en la taza. Acababa de terminar y se disponía a accionar la palanca de descarga de la cisterna cuando oyó que la puerta de los servicios se abría.

Se detuvo y aguzó el oído, esperando percibir el repiqueteo de unos tacones contra el manchado suelo de linóleo. En cambio, lo que oyó fue el sonido de unos pies que se arrastraban, seguido del golpe seco de la puerta al cerrarse de un empujón.

Entonces sonó la voz del hombre:

– Zorra -dijo-. Sal de ahí.

Ella se arrimó al fondo del compartimento. Había un pequeño cerrojo en la puerta, pero dudaba que resistiera la más leve patada. Sin responder, introdujo la mano en el bolso y sacó la automática. Le quitó el seguro, alzó la pistola hasta una posición de disparo y aguardó.

– Sal de ahí -repitió el hombre-. No me obligues a entrar a por ti.

Ella se disponía a contestar con una amenaza, algo así como «lárgate o disparo», pero cambió de idea. Haciendo un gran esfuerzo por controlar su corazón desbocado, se dijo, serenamente: «No sabe que vas armada. Si fuera listo, lo sabría, pero no lo es. En realidad no ha bebido lo bastante para perder la cabeza, sólo para enfadarse y portarse como un idiota.» Probablemente no merecía morir, aunque si ella se parase a pensar sobre ello, llegaría a una conclusión distinta.

– Déjame en paz -dijo, con sólo un ligero temblor en la voz.

– Sal de ahí, zorra. Tengo una sorpresa para ti.

Ella oyó el sonido de su bragueta al abrirse y cerrarse.

– Una gran sorpresa -añadió él con una risotada.

Ella cambió de opinión. Afianzó el dedo en torno al gatillo. «Lo mataré», pensó.

– De aquí no me muevo. Si no te marchas, gritaré -lo previno. Apuntaba con el arma a la puerta del retrete, justo delante de ella. Se preguntó si una bala podría atravesar el metal y conservar el impulso suficiente para herir al hombre. Era posible pero poco probable. Se armó de valor. «Cuando eche la puerta abajo de una patada, no dejes que el ruido ni la impresión afecten a tu puntería. Mantén el pulso firme, apunta bajo. Dispara tres veces: reserva algunas balas por si fallas. No falles.»

– Venga -la apremió el hombre-, vamos a pasarlo bien.

– Que me dejes en paz -repitió ella.

– Zorra -espetó una vez más el hombre, de nuevo en susurros.

La puerta del compartimento se combó ante la fuerte patada que le asestó el hombre.

– ¿Crees que estás a salvo? -preguntó él. Dio unos golpecitos a la puerta como un vendedor que visita una casa-. Esto no me va a detener.

Ella no contestó, y él llamó de nuevo. Se rio.

– Soplaré y soplaré, y tu casa derribaré, cerdita.

La puerta retumbó cuando le dio una segunda patada. Ella apuntó, con la vista fija en la mira. Le sorprendía que la puerta aguantase aún.

– ¿Tú qué crees, zorra? ¿A la tercera va la vencida?

Susan amartilló la pistola con el pulgar e irguió la espalda, lista para disparar. Sin embargo, la tercera patada no llegó de inmediato. En cambio, oyó que la puerta de los servicios se abría de pronto, también con violencia.

El hombre tardó unos segundos en reaccionar.

– Bueno, ¿y tú quién coño eres? -le oyó decir Susan.

No hubo respuesta.

En cambio, Susan percibió un gruñido grave seguido de un gorgoteo y una respiración rápida y entrecortada. Sonaron un golpe seco y un siseo, después un estrépito y un pataleo que recordaba a unos pasos frenéticos de claque y que cesó al cabo de unos segundos. Hubo un momento de silencio, y luego ella oyó un silbido prolongado como el de un globo al que se le escapa el aire. No podía ver lo que ocurría ni estaba dispuesta a abandonar la pose de tiradora para agacharse y echar un vistazo por debajo de la puerta.

Oyó unos jadeos breves de esfuerzo. Del grifo de uno de los lavabos salió un chorro de agua que se interrumpió con un rechinido. A continuación, unas pisadas y el sonido pausado de la puerta al abrirse y cerrarse.

Susan siguió esperando, sujetando la pistola ante sí, intentando imaginar qué había sucedido.

Cuando el peso del arma amenazaba con doblegarle los brazos, Susan exhaló y notó el sudor que le empapaba la frente y la sensación pegajosa del miedo en las axilas. «No puedes quedarte aquí para siempre», se dijo.

No tenía idea de si habían transcurrido segundos o minutos, un rato largo o corto, desde que la persona había entrado y salido de los servicios. Lo único que sabía es que el silencio había invadido la habitación y que, aparte de su propio resuello, no se oía nada más. La adrenalina comenzó a palpitarle en la cabeza de forma abrumadora mientras bajaba la pistola y alargaba la mano hacia el cerrojo de la puerta del retrete.

Lo descorrió despacio y entreabrió la puerta con sumo cuidado.

Lo primero que vio fueron los pies del hombre. Apuntaban hacia arriba, como si estuviera sentado en el suelo. Llevaba unos zapatos caros de piel marrón, y ella se preguntó por qué no había reparado antes en ello.

Susan salió del compartimento y se volvió hacia el hombre.

Se mordió el labio con fuerza para ahogar el grito que pugnaba por salir de su garganta.

Estaba desplomado, en posición sedente, apretujado en el espacio reducido que había bajo los lavamanos gemelos. Sus ojos abiertos la miraban con una especie de asombro escéptico. Tenía la boca abierta de par en par.

Le habían cortado la garganta, que presentaba un tajo ancho, de color rojo negruzco, una especie de sonrisa secundaria y particularmente irónica.

La sangre le había manchado la pechera de la camisa blanca y formado un charco en torno a él. Tenía la bragueta abierta y los genitales al aire.

Susan retrocedió para apartarse del cuerpo, tambaleándose.

La conmoción, el miedo y el pánico le recorrieron el cuerpo como descargas eléctricas. No sólo le costó aclarar en su mente lo que había ocurrido, sino también lo que debía hacer a continuación. Por unos momentos se quedó mirando la automática que aún empuñaba en la mano, como si no recordase si la había utilizado, si de alguna manera le había pegado un tiro al hombre que ahora yacía con la mirada perdida, sorprendido por la muerte. Susan guardó el arma en el bolso mientras las arcadas le convulsionaban el cuerpo. Tragó aire y combatió las ganas de vomitar.

No cobró conciencia de que había reculado, casi como si hubiera recibido un puñetazo, hasta que sintió la pared a su espalda. Tomó la determinación de mirar el cadáver y, para su sorpresa, descubrió que ya lo estaba mirando, y que no había sido capaz de despegar la vista de él. Intentando recobrar la calma, se propuso intentar averiguar los detalles, y de pronto se le ocurrió que su hermano sabría exactamente qué hacer. Sabría reconstruir con precisión lo sucedido, el cómo y el porqué, además de examinar este asesinato en concreto a la luz de las estadísticas pertinentes para valorarlo en un contexto social más amplio. Sin embargo, estas reflexiones sólo sirvieron para marearla aún más. Apoyó la espalda contra la pared con todo su peso, como si quisiera atravesarla para poder marcharse sin tener que pasar por encima del cadáver.

Lo observó con atención. La billetera del hombre estaba abierta, a su costado, y le dio la impresión de que se la habían registrado. «¿Un atraco?», se preguntó. Sin pensar, alargó el brazo hacia ella, luego la retiró, como si hubiera estado a punto de coger una serpiente. Decidió que lo más conveniente era no tocar nada.

– No has estado aquí -musitó para sí. Respiró hondo y añadió-: Nunca has estado aquí.

Intentó poner en orden sus pensamientos, pero se le agolpaban en la cabeza, llevándola al borde del pánico. Empeñada en recuperar el control, logró que el ritmo de su corazón volviese a algo parecido a la normalidad al cabo de unos segundos. «No eres una niña -se recordó-. Ya has visto la muerte antes.» Sin embargo, sabía que esa muerte era la que había presenciado más de cerca.

– ¡El retrete! -exclamó.

No había tirado de la cadena. ADN. Huellas digitales. Entró de nuevo en el compartimento, cogió un trozo de papel higiénico y limpió con él el cerrojo. Luego, accionó la palanca de la cisterna. Mientras la taza borbotaba, volvió a salir y echó una ojeada al cuerpo. La frialdad se apoderó de ella.

– Te lo merecías -dijo. No estaba del todo segura de creerlo de verdad, pero le pareció un epitafio tan adecuado como cualquier otro-. ¿Qué tenías pensado hacer con eso?

Susan se obligó a mirar una vez más la herida en el cuello del hombre.

¿Qué había pasado? Le habían seccionado la yugular con una navaja, supuso, o con un cuchillo de caza. Seguramente había pasado por unos momentos de pánico al comprender que iba a morir, y luego se había desplomado como un fardo.

Pero ¿por qué? ¿Y quién?

Estas preguntas le aceleraron el pulso de nuevo.

Moviéndose con cautela, como si temiera despertar a una fiera dormida, abrió la puerta de los servicios y salió al pasillo. En el suelo vio una huella de zapato solitaria e incompleta, estampada en sangre. Pasó por encima sin pisarla y, mientras la puerta se cerraba a su espalda, se aseguró de no estar dejando tras de sí un rastro parecido. Sus zapatos estaban limpios.

Susan avanzó por el pasillo, giró a la derecha, en dirección a la puerta doble e insonorizada del bar y apretó el paso, aunque procurando no darse demasiada prisa. Por unos instantes, contempló la posibilidad de acudir al barman y decirle que llamara a la policía. Luego, tan rápidamente como la idea le había venido a la cabeza, la desechó. Había sucedido algo de lo que ella formaba parte, pero no sabía con certeza de qué forma, ni qué papel había desempeñado en ello.

Ocultó sus emociones bajo una capa de hielo y entró de nuevo en el bar.

El ruido la envolvió. La multitud había crecido durante los minutos que había pasado en los servicios. Echó un vistazo a las pocas mujeres que había en el bar y pensó que, más temprano que tarde, alguna de ellas tendría que hacer una visita al aseo también. Escudriñó a los hombres con la mirada.

«¿Quién de vosotros es un asesino?», se preguntó.

¿Y por qué?

Ni siquiera se atrevió a aventurar una respuesta. Deseaba huir de allí.

A velocidad constante, en silencio, casi de puntillas, procurando no llamar la atención, se encaminó hacia la salida principal. Un puñado de ejecutivos se dirigía también hacia la puerta, y ella los siguió, aparentando que formaba parte de su grupo. Se apartó de ellos en cuanto salieron a la oscuridad del exterior.

Susan tomó grandes bocanadas de aquel aire negro como si fuera agua en un día caluroso. Alzó la cabeza e inspeccionó los bordes del edificio del bar, dejando que su vista trepara por las pocas farolas que arrojaban una luz amarilla y mortecina sobre el aparcamiento. Buscaba cámaras de videovigilancia. En los mejores establecimientos siempre se monitorizaba, tanto el interior como el exterior, pero no logró vislumbrar cámara alguna, y agradeció entre dientes a los propietarios del Last Stop Inn, estuvieran donde estuviesen, que fueran tan tacaños. Se preguntó si quizás una cámara habría captado su encuentro con el hombre en el bar, pero lo dudaba. De todos modos, si a pesar de todo había un sistema de videovigilancia, la policía acabaría por localizarla y ella podría contarles lo poco que sabía. O mentir y callárselo todo.

Sin darse cuenta, había apretado el paso y caminaba a toda prisa por entre los coches, hasta que llegó junto al suyo. Abrió la puerta, se dejó caer en el asiento del conductor y metió la llave en el contacto. Deseaba arrancar y largarse de ahí de inmediato, pero, tal como había hecho antes, se esforzó por dominar sus impulsos y obligarlos a obedecer el sentido común y la cautela. Lenta y pausadamente, puso en marcha el motor y metió la marcha atrás. Echando algún que otro vistazo a los retrovisores, maniobró para sacar el coche del espacio en que estaba aparcado. A continuación, sin dejar de reprimir sus pensamientos y emociones como si fueran a traicionarla en cualquier momento, huyó de allí de manera contenida y parsimoniosa. En aquel momento no era consciente de que a un criminal profesional le habrían parecido admirables la firmeza de su mano sobre el volante y la serenidad de su partida, aunque este pensamiento le vino a la cabeza muchas horas después.

Susan condujo durante unos quince minutos antes de decidir que se había alejado lo bastante del hombre degollado. Una debilidad voraz empezaba a apoderarse de ella, y sintió que sus manos tenían la necesidad de soltar el volante para echarse a temblar.

De un bandazo metió el coche en otro aparcamiento y se detuvo en una plaza vacía y bien iluminada situada justo enfrente del bloque sólido y cuadrado de un gran almacén que pertenecía a una cadena nacional de aparatos electrónicos. En la fachada, la tienda tenía un enorme rótulo de neón rojo que despedía una mancha de color contra el cielo oscuro.

Quería reconstruir en su mente lo sucedido en el bar, pero no conseguía sacar nada en claro. «Me he encerrado en los servicios de señoras -se dijo-, cuando el hombre ha entrado con la intención de violarme, tal vez, o tal vez sólo de exhibirse, pero sea como sea me tenía acorralada, y entonces otro hombre ha entrado y, sin decir nada, ni una palabra, lo ha matado sin más, le ha robado su dinero y me ha dejado ahí. ¿Sabía que yo estaba allí? Por supuesto. Pero ¿por qué no ha abierto la boca, ni siquiera después de salvarme?»

Esta idea le resultaba difícil de digerir, de modo que le dio vueltas en su mente: «El asesino me ha salvado.»

Se sorprendió a sí misma contemplando el gigantesco letrero de la tienda de electrodomésticos. El rótulo le estaba diciendo algo, pero parecía distante, como cuando alguien a lo lejos toca una y otra vez el mismo acorde en algún instrumento musical. Continuó mirando el letrero, dejando que la distrajese de sus reflexiones sobre lo acontecido aquella noche en el bar. Por último, pronunció la frase publicitaria de los almacenes en voz alta pero suave:

– Llévatelo contigo.

«¿Qué es lo que te pasa?», se preguntó.

Notó que la garganta se le secaba de golpe.

«Cereal-r.»

El trigo era un cereal.

Sacó el bloc de notas de su bolso, tras apartar bruscamente la pistola, que estaba por en medio. «Número/siempre Previo Virginia con cereal-r.»

La inundó un torrente de sensaciones: miedo, curiosidad, una extraña satisfacción. «La última palabra -pensó-. Debería haberla descifrado antes. Era casi tan fácil como la primera.» No había tantos cereales; sólo era cuestión de pensar en el nombre de cada uno de ellos. El trigo, por ejemplo. Y luego, quitarle una letra. La erre.

– Número Previo Virginia con cereal menos erre -dijo en voz alta.

Y escribió en su bloc: «Siempre he estado contigo.»

El repentino temblor de sus manos ocasionó que el lápiz se le cayera al suelo del coche. Susan aferró el volante para que dejaran de moverse. Respiró hondo, y durante ese segundo no fue capaz de determinar si lo que sentía era el miedo residual de lo sucedido hacía un rato aquella noche, o un nuevo terror que emanaba de las palabras que acababa de anotar en la página que tenía delante, o una combinación aún más siniestra de ambas cosas.

8 Un equipo de dos

El agente Martin había conseguido un despacho pequeño, situado aparte del cuartel general del Servicio de Seguridad del Estado, una planta por encima de la guardería, en el edificio de las Oficinas del Estado. Era allí donde los dos hombres debían poner en marcha su investigación. El inspector había mandado instalar ordenadores, ficheros, una línea de teléfono segura y un sistema de acceso por identificación de la palma de la mano diseñado para que nadie pudiera entrar excepto ellos dos. En una pared, había colocado un mapa topográfico grande del estado número cincuenta y uno, y al lado, una pizarra. Había un escritorio sencillo, de acero, pintado de color naranja, para cada hombre; una mesa de reunión pequeña, de madera, una nevera, una cafetera y, en una habitación contigua, dos camas plegables, un aseo y una ducha. Era un espacio funcional, minimalista. A Jeffrey Clayton le gustó que no estuviese atestado de cosas. Y cuando se sentó frente a su pantalla de ordenador por la mañana, cayó en la cuenta de que los revoltosos sonidos de los niños al jugar penetraban la capa de aislamiento acústico bajo sus pies y llegaban hasta sus oídos. Le resultaba reconfortante.

Le parecía que tenía un problema doble.

La primera incógnita, por supuesto, era si el hombre que había dejado tres cadáveres con las extremidades extendidas a lo largo de veinticinco años en zonas desoladas era su padre. A Clayton lo invadió una especie de mareo, como el causado por la embriaguez, cuando se planteó esa pregunta mentalmente. El erudito pedante que llevaba dentro inquinó: «¿Qué sabes tú de esos crímenes?» Él respondió para sí: sólo que se encontraron tres cadáveres en una posición muy característica que, en un mundo regido por las probabilidades, demostraba casi sin lugar a dudas que el mismo hombre los había colocado así. Sabía también que su compañero en la investigación estaba obsesionado con el primer asesinato, que, por algún motivo que guardaba en secreto, le había dejado una huella profunda hacía veinticinco años.

Jeffrey exhaló un suspiro largo, soltando el aire como un globo dado de sí.

Se sentía acosado por las preguntas. Sabía poco de ese primer asesinato, de la relación del agente Martin con los hechos, de la posible implicación de su padre. Tenía miedo de buscar respuestas en cualquiera de esos ámbitos, pues el miedo a lo que podría descubrir prácticamente lo paralizaba. Jeffrey se sorprendió a sí mismo debatiendo interiormente, manteniendo conversaciones enteras entre facciones enfrentadas de su imaginación, intentando negociar con las pesadillas más atroces que llevaba dentro.

Centró sus pensamientos en la reunión que había mantenido con los tres funcionarios, Manson, Starkweather y Bundy. «Al menos me pagarán bien por desvelar mi pasado.»

La ironía de su situación resultaba casi cómica, y casi imposible también.

«Encuentra a un asesino. Encuentra a tu padre. Encuentra a un asesino. Exculpa a tu padre.»

De pronto le entraron ganas de vomitar.

«Menuda herencia me dejó», pensó.

– «Y ahora -dijo en voz alta-, mi última voluntad es legar a mi hijo, a quien hace muchos años que no veo, todos mis…»

Se interrumpió a media frase. ¿Qué? ¿Qué le había legado su padre?

Se quedó mirando los documentos que empezaban a amontonarse sobre su escritorio. Tres crímenes. Tres carpetas. Sólo ahora comenzaba a entender cuan profundo era realmente su dilema. La cuestión secundaria a la que se enfrentaba era igual de problemática: independientemente de quién fuera el autor de los asesinatos, ¿cómo iba a dar con él? El científico que llevaba dentro le exigía que estableciese un protocolo, una lista de tareas, una serie de prioridades.

«Eso puedo hacerlo -insistió-. Tiene que haber algún plan para descubrir al asesino. El secreto está en determinar qué puede funcionar.»

Entonces cayó en la cuenta: dos planes. Porque encontrar a su padre -su difunto padre, el padre que una parte de él creía desterrado de su vida hacía un cuarto de siglo y muerto de forma anónima y apartado de la familia- requeriría una investigación distinta que encontrar a un asesino desconocido y por el momento indefinido.

«Otra ironía -pensó-. Les facilitaría mucho las cosas al agente Martin y al Servicio de Seguridad del Estado que el responsable de esos crímenes fuera de verdad mi padre.» Tomó nota mentalmente de que los funcionarios aprovecharían la menor oportunidad para llevar la investigación por ese camino. Después de todo, era la razón aparente de que lo hubiesen llevado allí. Y la alternativa -que se tratara únicamente de un tipo nuevo, anónimo y terrorífico- representaría la peor de dos pesadillas posibles para ellos, pues alguien sin identificar resultaría mucho más difícil de detener.

Él sabía, por supuesto, que para atrapar a cualquiera de los dos tendría que familiarizarse con ciertos datos, los detalles de los asesinatos, a fin de llegar a entender al asesino. Si lograse llegar a esa comprensión, podría cotejar ese conocimiento con las pruebas recogidas y ver adónde lo conducía todo ello.

El proceso lo fascinaba tanto como lo horrorizaba. Se comparaba a sí mismo con los científicos enloquecidos pero entregados que se inoculaban cuidadosamente alguna enfermedad tropical virulenta para estudiar a fondo sus efectos y llegar a comprender del todo la naturaleza de ese mal.

«Deberás infectarte de esos asesinatos y luego comprenderlos.»

Con el entusiasmo de un estudiante que se prepara para un examen final tras un curso en el que su asistencia a clase fue cuando menos irregular, Jeffrey se puso a leer de principio a fin los expedientes de los casos, dejando para el final la entrevista entre el agente Martin y su padre.

Cuando llegó a esas últimas páginas, sintió un vacío interior. Oía la voz de su padre -locuaz, sarcástica, sin asomo de miedo, siempre con un toque de rabia-, que resonaba en su mente, inmune al paso de las décadas. Hizo una pausa por un momento para examinar su propia memoria. «¿Qué recuerdo de esa voz? Recuerdo que siempre humeaba con una especie de ira contenida. ¿ Gritaba? No. Una rabia exteriorizada habría sido muy preferible. Sus silencios resultaban mucho peores.»

Las palabras del hombre se destacaban sobre el papel.

«¿Qué le hace pensar que puedo ayudarle, inspector? ¿Qué le hace pensar que yo participo en este juego?»

«¿Acaso no es el asesinato un medio de encontrar la verdad, sobre uno mismo, sobre la sociedad? ¿La verdad sobre la vida?»

«¿No es usted también un filósofo, inspector? Yo creía que todos los policías eran filósofos del mal. Tienen que serlo. Forma una parte esencial de su territorio.»

Y, finalmente: «Me sorprende, inspector. Me sorprende que no tenga usted nociones elementales de historia. Mi campo, la historia. La historia europea moderna, para ser exactos. El legado de hombres blancos y brillantes. Grandes hombres. Visionarios. ¿Y qué nos enseña la historia de esos hombres, inspector? Nos enseña que el impulso de destruir es tan creativo como el deseo de construir. Cualquier historiador competente le diría que, en definitiva, seguramente se han construido más cosas a partir de las cenizas y los escombros que sobre los cimientos de la paz y la opulencia.»

Las réplicas del agente Martin -y sus preguntas- habían sido neutras, breves. Sólo buscaba respuestas, sin entrar en el debate. A Clayton le pareció una buena técnica. De libro, como Martin le había dicho antes. Una técnica que habría debido dar resultado. Que probablemente había dado resultado en noventa y nueve de cada cien casos.

Pero esta vez no.

Cuanto más interrogaba a su padre, más indirectas y abstrusas eran sus respuestas. Cuantas más preguntas le hacía, más distante y elusivo se volvía. No mordió uno solo de los anzuelos que el inspector le lanzó a lo largo de la entrevista, ni hizo declaraciones comprometedoras.

A menos, pensó Jeffrey, que uno considerase que todo lo que decía era comprometedor.

Se meció en su asiento, repentinamente nervioso. Notaba las gotas de sudor que le corrían por debajo de los brazos. De pronto, extendió el brazo y agarró un bolígrafo que tenía sobre el escritorio.

Lo tiró al suelo, levantó el pie y lo aplastó de un fuerte pisotón. La furia se había apoderado de él. «Está ahí-pensó-. Lo que decía era sencillo: "Sí, soy quien usted cree… pero no puede demostrarlo."»

Jeffrey dejó caer la entrevista sobre la mesa, incapaz de seguir leyendo. «Te conozco», pensó.

Pero, casi en el acto, lo puso en duda para sus adentros: «¿De verdad lo conozco?»

Se produjo una ligera corriente cuando la puerta de la oficina se abrió a su espalda. Dio media vuelta en su silla y vio al agente Martin entrar a toda prisa y dar un portazo. La cerradura electrónica emitió un sólido chasquido.

– ¿Ha hecho progresos, profe? -preguntó-. ¿Se está ganando ya su sueldo? ¿Va camino de amasar su primer millón?

Clayton se encogió de hombros, intentando disimular la oleada de emociones que acababa de invadirlo.

– ¿Dónde ha estado?

El inspector se desplomó en una silla, y su tono cambió.

– Investigando la desaparición de nuestra segunda adolescente. Aquella de quien le hablé en Massachusetts. Diecisiete años, bonita como una animadora: rubia, de ojos azules, una piel tan tersa que debía de parecer recién salida de la cuna, y desaparecida el martes de hace dos semanas. Los agentes que llevan el caso no han conseguido nada que se asemeje remotamente a la prueba de un crimen. No hay testigos presenciales, ni señales de lucha, ni marcas de neumáticos reveladoras, huellas dactilares sospechosas ni chaquetas manchadas de sangre. No se ha encontrado una bolsa de libros tirada junto a la carretera, ni una nota de rescate de algún secuestrador. Iba camino de casa, y al momento siguiente se esfumó. La familia todavía espera una llamada lacrimógena de una hija descarriada, pero creo que usted y yo sabemos que eso no sucederá. Varios boy scouts y voluntarios rastrearon el bosque adyacente durante un par de días, pero no encontraron nada. ¿Quiere oír algo patético? Después de que se diera por concluida la búsqueda a pie, la familia contrató un servicio de helicóptero privado con un detector de infrarrojos para peinar de manera sistemática la zona en la que desapareció. Se supone que la cámara capta cualquier fuente de calor. Tecnología militar aplicada. El caso es que debía detectar la presencia de animales silvestres, cuerpos en descomposición, lo que sea. De momento, han encontrado algún que otro ciervo y un par de perros salvajes mientras vuelan por allí cobrando más de cinco mil por día. Un buen trabajo, para quien puede conseguirlo. Patético.

Jeffrey tomó algunas notas.

– Quizá debería entrevistarme con la familia. ¿En qué circunstancias desapareció la chica?

– Iba caminando de regreso a casa, del colegio. La escuela está en una zona poco urbanizada del estado, una de esas áreas de expansión de las que le hablaba, en las que apenas se ha empezado a edificar. Una bonita campiña. En dos años será el típico barrio residencial de las afueras, con un campo de béisbol para chavales, un centro social y un par de pizzerías. Pero todo eso está todavía en proyecto. Hay un montón de planos de diseñadores en diferentes fases de desarrollo. Ahora mismo está todo bastante verde. No hay mucho tráfico en las carreteras cercanas, sobre todo después de que enviaran a los trabajadores de la construcción locales a sus barracones. Ella se había quedado trabajando hasta tarde en la decoración para un baile del instituto y había declinado la oferta de sus amigos de llevarla en coche. Dijo que necesitaba algo de aire fresco y estirar las piernas. Aire fresco. Eso la mató. -Martin soltó estas palabras removiéndose en su asiento con frustración-. Por supuesto, nadie está seguro de eso todavía. El hecho de que ese maldito helicóptero no haya dado con el cadáver anima a todo el mundo a pensar que está viva, pero en otro sitio. La familia está sentada en la cocina intentando determinar si llevaba alguna vida secreta adolescente, con la esperanza de que se haya fugado con un novio, tal vez a Las Vegas o a Los Ángeles, y de que lo peor que pueda pasarle sea que acabe con un tatuaje morado de un dragón, o quizá de una rosa, grabado a fuego en la piel del muslo. Han puesto la habitación de la niña patas arriba, intentando encontrar un diario oculto en el que figure una expresión manida de amor eterno hacia algún chico que ellos no conocen. Quieren creer que se ha escapado. Rezan por que se haya escapado. Insisten en que se ha escapado. De momento, no ha habido suerte.

– ¿Se había escapado alguna vez?

– No.

– Pero, aun así, es posible, ¿no?

El inspector se encogió de hombros.

– Sí. Y tal vez algún día los cerdos vuelen. Pero lo dudo. Y usted también.

– No se lo niego. Pero ¿cómo sabemos que la raptó nuestro… -titubeó- sospechoso? Hay equipos de construcción por la zona, ¿no? ¿Los ha interrogado alguien?

– No somos idiotas. Sí. Y se han comprobado los antecedentes. Una de las pequeñas medidas de seguridad adicionales que tenemos aquí es que a todos los trabajadores que vienen de fuera se les exige una fianza. Además, los de seguridad los vigilan constantemente mientras están allí. Todos los que vienen a trabajar a este estado tienen que llevar una de esas prácticas pulseras electrónicas, para que sepamos dónde están en todo momento. Por supuesto, les pagamos a los obreros de la construcción cerca del doble de lo que suelen cobrar en los otros cincuenta estados, y eso les compensa por las molestias. Aun así, pese a las precauciones de todo tipo, fue el primer sitio que investigamos. Hasta ahora, los resultados han sido negativos, negativos, negativos. -El agente Martin hizo una pausa y luego prosiguió con su estilo sarcástico y desenfadado-: Así pues, ¿qué tenemos? Una adolescente que desaparece un buen día sin dejar rastro y de forma inexplicable. ¡Abracadabra! ¡Señoras y señores, tachan! El asombroso número de la desaparición. No nos engañemos, profesor. Está muerta. Tuvo una muerte dura, tras unos momentos de terror insoportables para cualquiera. Y, ahora mismo, está en algún lugar lejano, con los brazos extendidos como si la hubieran crucificado, el maldito dedo cercenado y un mechón de pelo cortado de su cabellera y de la entrepierna. Y ahora mismo, como no se me ocurre otra gran idea, albergo la creencia de que su padre… ah, perdón: su difunto padre, el tipo que seguramente usted sigue dando por muerto… es la persona que buscamos.

– ¿Alguna prueba? -preguntó Jeffrey. Sabía que había hecho la misma pregunta antes, pero aun así se le escapó de los labios, cargada de buena parte del sarcasmo escéptico que debió de mostrar su padre cuando se abordó el tema de una adolescente desaparecida-. Aún no he oído nada que vincule de manera fehaciente a mi viejo con este caso, o con ninguno de los otros.

– Vamos, profesor. Sólo sé que ella encaja en el perfil general de mujer joven, y que ha desaparecido sin otra explicación verosímil. Es como esas viejas historias de abducciones extraterrestres que abundaban en la prensa amarilla. ¡Zap! Luces cegadoras, un ruido ensordecedor, ciencia ficción y se acabó. El problema es que no hay ningún ser venido de otro mundo. Al menos del tipo de mundo al que se referían esos plumíferos. Jeffrey asintió con la cabeza.

– Tiene que entender el lugar donde se encuentra, profesor -continuó el inspector-. Cuando todos esos peces gordos de las multinacionales concibieron la idea de crear un estado libre de crímenes hace más de una década, su objetivo era simple y precisamente eso: la seguridad. Aquí, tiene que haber una explicación evidente para cualquier suceso que se salga de lo normal, pues ésa es la base sobre la que se sustenta todo el Territorio. Joder, incluso legislamos lo que es normal. La normalidad es la ley que rige esta tierra. Está en cada bocanada de aire que respira aquí. Es lo que hace que este lugar resulte tan jodidamente atractivo. Así que, en cierto modo, sería más razonable para mí presentarme ante los padres de esa adolescente y decirles: «Sí, señora, y sí, señor, su tesorito realmente fue abducida por alienígenas. Estaba caminando al aire libre cuando de repente la succionó un puto platillo volante enorme.» Y es que eso al final tendría mucho más sentido, pues nuestra razón de existir es la de ser lo contrario al resto del país. Los padres lo comprenderían… -Se interrumpió para tomar aliento y añadió-: Apuesto a que en su pequeña población universitaria, cuando esa chica desapareció de su clase, por muy desagradable que fuera lo ocurrido, no le hizo perder el sueño, ¿verdad, profesor? Porque al fin y al cabo no se trataba de algo tan raro. Sucede todos los días, o tal vez no todos, pero sí muy a menudo, ¿me equivoco? No fue más que una desgracia al viejo estilo. La chica tuvo mala suerte. Le tocó sufrir en carne propia una pequeña muestra de la versión corriente y local del salvajismo y la tragedia. Algo cotidiano. Nada excepcional, en un sentido u otro. La vida sigue tal como es. Seguramente ni siquiera saltó a los titulares, ¿verdad?

– Correcto.

– En cambio aquí, profesor, garantizamos la seguridad. Garantizamos que es seguro volver andando a casa a solas, de noche; que uno no tiene por qué cerrar la puerta con llave, que puede dejar las ventanas abiertas. De modo que, cuando el estado no consigue estar a la altura de su promesa, bueno, eso debería salir en primera plana, ¿no? ¿No cree que a algún periodista del New Washington Post le parecería una noticia sensacional?

– Entiendo adónde quiere llegar.

– ¿Ah, sí? Bueno, aunque no sea verdad, pronto lo entenderá. Lea las ordenanzas, lea las normas que debemos cumplir los que vivimos aquí. Se hará una idea. La gente no desaparece. Aquí no. No sin una explicación procedente del resto del mundo.

– Pues esa chica desapareció -señaló Jeffrey-, y eso nos dice algo importante, ¿no?

– ¿Qué nos dice, profe?

Jeffrey bajó la voz de modo que parecía surgir de algún rincón profundo y ronco de su interior.

– Alguien se está saltando las normas.

El agente Martin frunció el entrecejo.

Jeffrey respiró hondo.

– Por supuesto, si al final resulta que la joven se fugó con algún novio que lleva chaqueta de cuero y conduce una moto grande, se anulan las apuestas. En el caso de la otra chica, aquella cuyo cadáver sí consiguieron encontrar, ¿cuánto tiempo transcurrió entre la desaparición y el hallazgo?

– Un mes.

– ¿Y en los otros dos casos?

– Una semana.

– ¿Y hace veinticinco años?

– Tres días.

Jeffrey hizo un gesto de afirmación.

– Supongamos, inspector, que es el mismo hombre quien comete estos crímenes. Es una suposición basada en indicios de lo más endebles. Aun así, la daremos por buena unos instantes. Entonces, podríamos deducir que él ha aprendido algo, ¿no es así?

El agente Martin asintió.

– Eso parece. -Tosió con fuerza una vez, antes de agregar una frase aterradora-: A tener paciencia.

Jeffrey se frotó la frente con una mano. Se notó la piel fría y pegajosa al tacto.

– Me pregunto cómo ha aprendido eso -dijo.

Martin no contestó.

El profesor se levantó de su asiento ayudándose con las manos y, sin hablar, entró en el reducido cuarto de baño situado al fondo del despacho. Cerró la puerta tras de sí, echó el cerrojo y se inclinó sobre el lavabo. Creía que iba a vomitar, pero lo único que salió de su boca fue una bilis nociva y amarga. Se echó agua fría en la cara y, mirándose a los ojos en el pequeño espejo, se dijo: «Estoy en un lío.»

Jeffrey tardó unos momentos en recuperar la compostura. Estudió con atención su reflejo, como para cerciorarse de que no quedaran restos de angustia en sus ojos, y salió al despacho, donde Martin se movía de un lado a otro en su silla, sonriendo ante su desazón.

– Ya ve que el cheque que le espera al final de todo esto difícilmente podría considerarse dinero fácil, profe. No, no le resultará fácil en absoluto…

Jeffrey se sentó en su propia silla y por un instante hizo un esfuerzo por pensar.

– Supongo que no tendremos suerte, pero se me ha ocurrido algo. Esta última chica salía de un colegio, y la primera víctima, hace un cuarto de siglo, iba a un colegio privado, y la chica secuestrada de mi clase también era una estudiante. O sea, inspector Martin, que en lugar de quedarse ahí sentado sonriendo y pasándoselo bomba por la situación en que usted me ha metido, quizá debería empezar a actuar como un investigador.

Martin dejó de balancearse en su asiento.

Jeffrey señaló el ordenador.

– Dígame. Esa máquina suya, ¿qué cosas fantásticas sabe hacer?

– Es un ordenador del Servicio de Seguridad. Tiene acceso todos los bancos de datos del estado.

– Pues echemos un vistazo a los profesores y al personal del colegio en el que se quedó hasta tarde. Supongo que usted podrá hacer que aparezcan fotos y biografías en la pantalla. ¿Puede clasificarlas por edades? Al fin y al cabo, buscamos a alguien de sesenta y tantos años, quizá de poco menos de sesenta. Un varón de raza blanca.

Martin se volvió hacia el monitor y comenzó a introducir códigos.

– Puedo cotejar los datos con los del Control de Pasaportes y el Departamento de Inmigración -dijo.

– ¿Exactamente qué datos recoge Inmigración? -preguntó Jeffrey mientras el inspector trabajaba.

– Fotografía, huellas digitales, mapa de ADN… aunque esto llevan pocos años haciéndolo… declaraciones de Hacienda de los últimos cinco años, referencias personales, historial familiar verificable, informes sobre coche y casa e historia clínica. Si quieres vivir aquí, tienes que poner a disposición del estado buena parte de tu vida personal. Es la principal razón por la que algunos tipos ricos no se animan a establecerse aquí. Prefieren vivir, por ejemplo, en San Francisco, con guardaespaldas y en el interior de muros con alambradas, pero sin tener que desvelar su vida privada ni el origen de su fortuna.

El agente Martin alzó la vista de la pantalla de ordenador.

– Según esto hay veintidós nombres que responden más o menos a esa descripción: varón de raza blanca, de más de cincuenta y cinco años y relacionado con ese colegio.

– Tal vez esto resulte fácil. Muéstreme las fotos en la pantalla, una detrás de otra, despacio.

– ¿Usted cree?

– No, no lo creo. Pero reconozca que quedaríamos como unos idiotas si nos saltáramos los pasos más obvios. La respuesta a la pregunta que aún no ha formulado es no. No creo que reconociera a mi padre después de veinticinco años. Pero quizá podría. ¿Una posibilidad de un millón contra uno? Vale la pena intentarlo, supongo.

El inspector soltó un gruñido y pulsó otras teclas. Una por una, imágenes acompañadas de información personal aparecieron en el monitor de ordenador.

Por unos instantes, Jeffrey estuvo fascinado.

Eso era el no va más en voyeurismo, pensó.

Los pormenores de las vidas destellaban en colores electrónicos en la pantalla. Un subdirector había atravesado un complicado proceso de divorcio hacía más de una década, y su ex esposa había presentado una denuncia por malos tratos que fue desestimada; el entrenador del equipo de fútbol americano no había declarado unos ingresos por venta de acciones, y Hacienda lo había pillado; un profesor de Ciencias Sociales tenía un problema con la bebida, o al menos eso parecía desprenderse de sus tres condenas por conducir bajo los efectos del alcohol a lo largo de los últimos doce años, y había seguido un programa de rehabilitación. Pero las biografías iban más allá y ofrecían datos secundarios; el profesor de lengua inglesa tenía una hermana internada por esquizofrenia, y el hermano del conserje principal había muerto de sida. Los detalles se sucedían en la pantalla, ante sus ojos.

Cada informe llevaba adjunta una foto frontal del rostro, una del perfil derecho y otra del izquierdo, junto con el historial clínico completo. Trastornos cardiacos, renales y hepáticos, descritos brevemente en jerga médica. Pero eran las fotografías de cada sujeto lo que le interesaba. Las estudió minuciosamente, como midiendo el largo de la nariz, la prominencia del mentón, intentando determinar la arquitectura de cada rostro y comparándola con la visión de su infancia que mantenía guardada al fondo de algún armario emocional de su interior.

Jeffrey se dio cuenta de que respiraba despacio, con inspiraciones poco profundas. Se tranquilizó y exhaló a través de unos labios ligeramente fruncidos. Le sorprendió descubrir que se sentía aliviado.

– No. No está ahí. Hasta donde yo sé. -Se frotó los párpados con los dedos-. De hecho, no hay nadie que se le parezca ni remotamente. O que se parezca a la imagen que tengo en la cabeza.

El inspector hizo un gesto de asentimiento.

– Habría sido un auténtico golpe de suerte.

– De todos modos, no sé si sería capaz de reconocerlo.

– Claro que sí, profe.

– ¿Eso cree? Yo no. Veinticinco años es mucho tiempo. La gente cambia. A la gente se la puede cambiar.

Martin no respondió enseguida. Estaba contemplando la última fotografía en la pantalla. Era de un administrador escolar de cabello cano cuyos padres habían sido detenidos en su adolescencia en una manifestación contra la guerra.

– No, ya lo recordará -aseguró-. Quizá no quiera, pero se acordará. Y yo también. El no lo sabe, ¿verdad? Pero hay dos personas en el estado que le han visto la cara y saben lo que es. Sólo nos falta encontrar un modo de hacer aparecer esa imagen en esta pantalla para ir bien encaminados. -El inspector apartó la mirada del ordenador-. Bueno, ¿y ahora qué, profesor? -Se reclinó en el asiento-. ¿Quiere echar un vistazo a todos los varones blancos de más de cincuenta y cinco años que hay en el territorio? No debe de haber más de un par de millones. Podríamos hacerlo.

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Lo imaginaba -comentó Martin-. Entonces, ¿qué?

Jeffrey vaciló, luego habló en voz baja y cortante.

– Déjeme hacerle ahora una pregunta estúpida, inspector. Si está tan convencido de que el hombre que lleva a cabo estos actos es mi padre, ¿qué ha hecho usted para localizarlo? Es decir, ¿qué pasos ha dado para encontrarlo aquí? Debe de estar registrado en su Departamento de Inmigración, ¿no? Desplegó usted una astucia acojonante para dar conmigo. ¿Qué hay de él?

El inspector hizo una ligera mueca.

– No habría acudido a usted, profesor, si no hubiese agotado esas vías. No soy idiota.

– Entonces, si no es usted idiota -dijo Jeffrey, no sin cierta satisfacción-, tendrá usted en algún sitio un dossier que no me ha facilitado, con los detalles sobre todo lo que ha hecho usted hasta ahora para encontrarlo y los motivos de su fracaso.

El inspector movió la cabeza afirmativamente.

– Quiero que me lo dé -dijo Jeffrey-. Ahora.

El agente Martin titubeó.

– Sé que es él -dijo con suavidad-. Lo sé desde el momento en que vi el primer cadáver.

Se agachó y abrió despacio la cerradura del cajón inferior de su escritorio. Extrajo un sobre amarillo cerrado de papel de Manila y se lo tiró a Clayton.

– La historia de mi frustración -dijo el inspector con una risita-. Léala cuando le venga bien. Descubrirá que su viejo dominaba una técnica que al parecer me ha derrotado. Al menos hasta ahora.

– ¿Qué técnica?

– Desaparecer -respondió el inspector-. Ya lo comprobará. En fin, volvamos al presente. ¿Qué desea hacer primero, profesor? Estoy a su disposición.

Jeffrey reflexionó por un instante mientras toqueteaba la cinta adhesiva que mantenía el sobre cerrado.

– Quiero ver el sitio donde encontraron el último cadáver. El que figura en el tercer lugar de la lista. Luego, elaboraremos un plan de investigación. Y, como ya le he dicho, podríamos hablar con los familiares de la desaparecida más reciente.

– ¿Para averiguar qué?

– Todas tienen algo en común, inspector. Algo las une. ¿La edad? ¿El aspecto? ¿El lugar? O quizás algo más sutil, como, por decir algo, que todas sean rubias y zurdas. Sea lo que sea, hay algo que llevó al asesino a convertirlas en sus presas. El reto está en descubrir de qué se trata. En cuanto lo sepamos, quizá comprendamos las reglas de juego por las que se rige. Y entonces, quizá podamos jugar con él.

El inspector asintió con la cabeza.

– De acuerdo -dijo-. Suena como el principio de un plan. Además, así podrá conocer usted un poco el estado.

Jeffrey recogió el expediente de la víctima de asesinato. Advirtió que su nombre, Janet Cross, estaba escrito con rotulador negro en el exterior de la carpeta que contenía el análisis de la escena del crimen, el informe de la autopsia y notas sueltas de la investigación policial. «No quiero saber cómo te llamabas -se dijo-. No quiero saber quién eras. No quiero saber nada de tus ilusiones, tus sueños o tus creencias, ni si eras la querida hija de alguien, o quizá la esperanza de alguien para el futuro. No quiero que tengas un rostro. Quiero que seas la número tres, y nada más que eso.» Guardó el expediente y el sobre cerrado en una cartera de piel.

El profesor se puso en pie y se acercó a la pizarra. Trazó una línea vertical en medio de la superficie verde con un trozo romo de tiza amarilla. Le dio la impresión de que había algo vagamente divertido en lo que estaba haciendo; en un mundo que dependía en gran medida de la instantaneidad electrónica de los ordenadores, una pizarra al viejo estilo seguramente seguía siendo el mejor utensilio para esbozar teorías; retroceder unos pasos, contemplarlas y luego borrar las ideas que no dan fruto. El había solicitado la pizarra; había utilizado una en la investigación de Galveston, y también en Springfield. Le gustaban las pizarras; eran una reliquia, como el asesinato en sí.

Jugueteó con el trozo de tiza por unos instantes, consciente de que el inspector lo observaba. Luego, en la parte superior derecha de la pizarra, escribió: «SOSPECHOSO A: Si el asesino es alguien a quien conocemos.» a continuación, en el lado izquierdo, escribió: «SOSPECHOSO B: Si el asesino es alguien a quien no conocemos.» Subrayó la palabra «no».

El agente Martin asintió con la cabeza, acercándose a la pizarra.

– Eso tiene sentido. Llegará un punto en el que tendremos que borrar uno u otro lado. Para empezar, encontremos algo que nos ayude a hacerlo. -Dio un golpecito con el dedo en la mitad izquierda, levantando una nubecilla de polvo de la palabra «no -. Apuesto a que borraremos esta parte primero.

9 La chica encontrada

Los dos hombres se dirigían en coche al norte a través del estado número cincuenta y uno, hacia las estribaciones rocosas donde, unos meses atrás, se había descubierto el cadáver de la joven designada con el número tres. Jeffrey Clayton escuchaba distraídamente el golpeteo rítmico de las ruedas del automóvil contra los sensores electrónicos incrustados en el asfalto de la carretera. Avanzaban deprisa, aunque en una sala de control lejana, su velocidad y su posición podían leerse en un mapa informático de todo el sistema viario del estado. Aun así, los dejaron en paz. Al principio del viaje, el agente Martin había dado un código de tráfico a la oficina central por teléfono para que ningún helicóptero del Servicio de Seguridad apareciera sobre sus cabezas exigiéndoles que redujesen la velocidad para ceñirse al límite que normalmente se hacía cumplir a rajatabla.

De cuando en cuando pasaban zumbando junto a salidas que conducían a zonas pobladas. Todas ellas tenían nombres agresivamente optimistas como Victoria, Éxito o Valle Feliz, o bien los tipos de nombres inventados con el fin de suscitar imágenes de una vida pura en plena naturaleza, según la visión de algún ejecutivo en su despacho, como Río Viento o Trote del Ciervo. La entrada a cada una de estas zonas se anunciaba con un letrero distinto, codificado con colores. Al final, Clayton preguntó por qué.

– Muy sencillo -respondió el agente Martin-. Cada color indica un tipo distinto de vivienda. Hay cuatro niveles dentro del estado: amarillo, las casas y apartamentos urbanos; marrón, casas unifamiliares de dos o tres habitaciones; verde, residencias de cuatro o cinco habitaciones; y azul, fincas grandes. Todo se basa en un concepto urbanístico ideado por Disney para la primera de sus ciudades privadas, erigida a las afueras de Orlando, pero llevado un poco más lejos.

Clayton dio unos golpecitos con el dedo a un adhesivo rojo pegado a la ventana lateral.

– ¿Y el rojo? -inquirió.

– Significa que tengo acceso a todas partes.

Cuando pasaron junto a una señal verde que anunciaba un sitio llamado Cañada del Zorro, Clayton lo señaló.

– Enséñeme.

Con un gruñido, el inspector dio un bandazo para enfilar la rampa de salida.

– Buena elección -comentó crípticamente.

Casi al instante se encontraban en medio de una urbanización residencial de las afueras, un barrio de patios amplios y de pinares. El sol se colaba por entre las ramas y ocasionalmente arrancaba destellos al capó metálico de algún coche último modelo bien pulido aparcado en algún camino particular. Se formaban arcos iris pequeños cuando la luz daba de lleno en el rocío de los aspersores que regaban automáticamente el césped. Las casas en sí parecían espaciosas, cada una de ellas rodeada por cerca de media hectárea de terreno y bastante apartadas de la modesta carretera. Más de una estaba equipada con una piscina cubierta.

A Clayton le dio la impresión de que había varios diseños básicos para cada casa; reconoció los estilos colonial, del Oeste y mediterráneo. Todas las viviendas estaban pintadas de blanco, gris o beige, o bien teñidas con una capa translúcida que resaltaba el revestimiento de tablas de madera. En el trazado de cada modelo, sin embargo, sólo había diferencias menores -un atrio, una galería con vidrieras o ventanas en forma de media luna-, de manera que los barrios parecían iguales, pero no del todo; similares, pero ligeramente distintos. O quizá, pensó él, únicos pero no demasiado, lo que tuvo que reconocer que era un contrasentido, aunque resultaba bastante adecuado. La arquitectura de la urbanización era sutil: aparentemente proclamaba que cada hogar era diferente pero que el conjunto era uniforme. Clayton se preguntó si podría decirse lo mismo de quienes vivían en las casas.

Era mediodía y la temperatura templada empezaba a subir levemente conforme el sol ascendía en lo alto. El barrio estaba tranquilo. Salvo por alguna que otra mujer que vigilaba pacientemente a unos niños pequeños que jugaban en los columpios y las estructuras de barras de madera en un patio lateral, las calles estaban desiertas. Clayton miraba en torno a sí, buscando atisbos de deterioro o abandono, pero todo era demasiado nuevo. Unas manzanas más adelante, avistó a un par de mujeres vestidas con atuendos de corredoras de colores vistosos, haciendo footing despacio tras unos relucientes cochecitos de tubos de acero con sendos bebés en su interior. Las dos eran jóvenes, quizá de la edad del propio Jeffrey, aunque de repente se sintió mayor. Las mujeres saludaron con un gesto cuando pasaron junto a ellas en el coche.

Clayton reparó en otra cosa: no había cercas de seguridad.

– No está mal, ¿no? -preguntó el inspector.

– No -admitió Clayton-. Parece agradable. ¿Hay normas que regulen los estilos de las casas?

– Por supuesto. Hay normas sobre el color, normas sobre el diseño, normas sobre lo que uno puede y no puede instalar. Hay normas de todo tipo, sólo que no las llamamos normas. Las llamamos pactos, y todo el mundo firma el acuerdo necesario antes de establecerse aquí.

– ¿Nadie protesta?

El inspector negó con la cabeza.

– Nadie protesta.

– Pongamos que tienes una colección de objetos artísticos caros que requiere sensores de presión y alarmas. ¿Te los dejarían instalar?

– Sí. Tal vez. Pero todos los sistemas tienen que registrarse, someterse a la inspección y la aprobación del Servicio de Seguridad. Cualquier arquitecto autorizado por el estado puede encargarse del papeleo. Forma parte del paquete.

Martin frenó poco a poco y detuvo el coche frente a una construcción grande y de diseño moderno. No obstante, estaba claramente vacía, y un letrero de SE VENDE colgaba junto al camino de acceso. El césped del patio era un poco más tupido que el de otros patios de la misma manzana, y los setos no estaban podados. Al profesor la casa le recordaba a un adolescente desgarbado, presentable en general, pero despeinado y sin afeitar, como si se hubiera ido a dormir muy tarde la noche anterior, tras ingerir demasiadas cervezas ilegales.

– Ahí es donde vivía Janet Cross -dijo el inspector en voz baja, señalando con un gesto las carpetas que Clayton tenía sobre las piernas-. Era hija única. La familia acabó por mudarse a otro sitio hace dos, tal vez tres semanas.

– ¿Adónde fueron?

– Tengo entendido que a Minneapolis. El lugar del que habían venido. Tenían parientes allí.

– ¿Y los vecinos? ¿Ellos qué opinan?

El agente Martin metió la marcha y avanzó lentamente por la calle.

– ¿Quién sabe? -contestó al cabo de un momento.

Clayton se disponía a hacer otra pregunta, pero cambió de idea. Echó una ojeada al inspector, que mantenía la vista al frente. Al profesor le pareció que acababan de darle una respuesta sorprendente. Tendrían que haber interrogado a los vecinos a fondo. ¿Habían visto u oído algo? ¿Se habían fijado en si algún desconocido rondaba por allí durante los días previos al secuestro de la joven? ¿Y después? ¿No se habían quejado a las autoridades? ¿No habían formado asociaciones vecinales anticrimen, ni celebrado reuniones para asignar turnos de guardia? ¿No, habían insistido en reforzar la seguridad ni hablado de instalar cámaras de videovigilancia en la calle? En un segundo se le ocurrió más de media docena de posibles reacciones típicas de la clase media frente al crimen violento. Tal vez fueran reacciones inútiles, pero reacciones al fin y al cabo.

Exhaló despacio y preguntó en cambio:

– ¿En qué circunstancias desapareció?

– Regresaba a casa caminando de una casa en la que había estado haciendo de canguro, a menos de tres calles de distancia. Justo lo bastante cerca para que no tuviera que pedirle a nadie que la llevara en coche. Y justo lo bastante temprano, también. La pareja para la que estaba trabajando había hecho una reserva de primera hora en un restaurante para cenar y luego ir al cine a la sesión de las ocho de la tarde. Llegaron a casa, le pagaron un par de pavos, y ella salió por la puerta después de las once. Ya nadie la volvió a ver.

– Vamos a la casa donde había estado trabajando -le pidió Jeffrey a Martin, que gruñó en señal de asentimiento.

Clayton se reclinó en su asiento y dejó funcionar la imaginación. Contempló la tranquila calle de la zona residencial y le resultó fácil visualizarla envuelta en un denso velo nocturno. ¿Había habido luna esa noche? «Averigúalo», se dijo. Los grupos de árboles habrían proyectado sombras, bloqueando toda la luz del cielo. Y había pocas farolas, que no eran, desde luego, de alta intensidad ni de vapor de sodio como las que iluminaban gran parte del resto del país. Seguramente no hacían falta, y los propietarios de las casas se quejarían con toda probabilidad del resplandor que se colaría por sus ventanas.

Clayton lo entendía. Si uno se traga el mito de la seguridad, no le interesa que una luz brillante le recuerde todas las noches que podría estar equivocado.

Continuó reconstruyendo el momento en su mente. Así pues, ella iba andando, sola, mucho después del anochecer, dándose algo de prisa, porque incluso allí la noche debía de resultar inquietante y porque, aun cuando creyera no tener nada que temer, estaba sola. A paso ligero, oyendo las suelas de sus deportivas repiquetear la acera, sujetando los libros contra su pecho, como alguien en algún retrato pintado por Norman Rockwell. Y después, ¿qué? ¿Un coche acercándose despacio por detrás, con los faros apagados? ¿La había acechado él como un depredador nocturno?

Jeffrey podía responder a esa pregunta: sí.

Clayton tomó nota para sus adentros: la agresión tuvo que ser rápida, silenciosa y repentina. Una sorpresa absoluta, porque un grito habría dado al traste con la operación. Por tanto, ¿qué había necesitado él para conseguir eso?

¿Aquélla había sido una noche idónea para la caza y número tres simplemente había pasado por allí en el momento equivocado por azar o porque así lo había querido el destino? ¿O era ella la presa que él ya había elegido y estudiado, y la noche simplemente le había brindado la oportunidad que había estado esperando pacientemente?

Clayton asintió para sí. Era una distinción interesante. Un tipo de cazador se mueve sigilosamente por el bosque, rastreando. El otro se agazapa en su escondrijo, aguardando a la víctima que sabe que se dirige hacia allí. Había que encontrar la respuesta.

Tras toda muerte violenta siempre hay un nexo. Un motivo oculto. Un conjunto de reglas y de respuestas que, como una ecuación matemática diabólica, tienen como resultado el asesinato.

¿De qué se trataba esta vez? En la mente de Jeffrey Clayton se agolpaban las preguntas, algunas de las cuales no estaba ansioso por responder.

Llegaron al final de la manzana y torcieron por una segunda calle flanqueada por casas que desembocaba en una calle cerrada cerca de un kilómetro más adelante. Mientras daban la vuelta a la pequeña rotonda ajardinada, el inspector señaló una cuesta que descendía hacia una casa un poco más apartada de la calle que las demás. Por un capricho del trazado, la siguiente casa en la calle cerrada había quedado orientada hacia el exterior de la manzana, y su camino particular discurría por entre unos setos verdes y enmarañados. Una tercera casa, situada al otro lado de la línea divisoria, también estaba construida de tal manera que sus ventanas daban a la calzada y no a la rotonda. Se encontraba también en lo alto de un promontorio, tras un par de pinos grandes.

– Pare el coche -dijo Clayton de pronto.

Martin lo miró extrañado y luego obedeció.

Clayton se apeó y se alejó unos pasos, volviéndose para mirar cada casa, tomando medidas a ojo.

El inspector bajó su ventanilla.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Justo aquí -respondió Clayton. Notaba una sensación fría y pegajosa en la piel.

– ¿Aquí?

– Aquí es donde él esperó.

– ¿Cómo lo sabe? -inquirió Martin.

Clayton hizo un gesto rápido en dirección a las tres casas.

– En este punto nadie alcanzaría a verlo desde ninguna de las tres casas. Es como un punto ciego. No hay farolas. Un coche oscuro, después del anochecer. Simplemente aparcó aquí y se puso a esperar.

El inspector bajó del coche y miró en derredor. Se alejó caminando por unos instantes, se volvió, se quedó mirando el sitio en que se encontraba Clayton y regresó. Frunció el ceño, volvió a contemplar los ángulos que formaban las casas, midiendo mentalmente la intersección. Al cabo de un momento asintió y soltó un silbido.

– Seguramente está en lo cierto, profesor. No está mal. No está nada mal. Todas estas casas están ocultas a la vista. Treinta metros más adelante, en la calle, ella habría estado en la acera, visible desde ambos lados. Y también más cerca de las casas, desde donde se habrían podido oír sus gritos. Si es que gritó. Si es que pudo gritar. -El inspector hizo una pausa y dejó que sus ojos recorrieran la zona de nuevo-. No. Quizá tenga usted razón, profesor. No entiendo cómo lo he pasado yo por alto. Me quito el sombrero.

– ¿Se llevó a cabo una batida después de la desaparición? ¿En esta zona?

– Claro. Pero debe usted entender que no fue sino hasta el momento en que vimos el cadáver cuando comprendimos a qué nos enfrentábamos. Y para entonces… -Su voz se apagó.

Clayton movió la cabeza afirmativamente y volvió a subir al coche. Echó otro vistazo alrededor, con mil preguntas rondándole la cabeza. Los clientes de la canguro llegaron seguramente en su coche. ¿Cómo se las arregló él para evitar que lo vieran a la luz de los faros? Muy fácil. Llegó después. ¿Cómo sabía que ella se iría a casa a pie y que no la acompañarían? Porque la había visto antes. ¿Cómo sabía que no habría vecinos entrando o saliendo? Porque conocía sus horarios también.

Clayton respiró hondo en silencio e intentó convencerse de que no era una cosa terrible estar recorriendo una apacible calle residencial y descubrir de inmediato el mejor lugar donde podía aguardar un asesino. Se dijo que era necesario ver el barrio a través de los ojos del asesino, pues de lo contrario no tendrían la menor posibilidad de dar con él, por lo que su habilidad era algo que debía causar admiración y no espanto. Él sabía, claro está, que eso era mentira. Aun así, se aferró a ello en su fuero interno, pues la alternativa era algo que no deseaba contemplar.

Avanzaron durante unos minutos más en el coche y dejaron atrás la exclusiva urbanización. Clayton divisó un parque pequeño. Vio que había una pista de arcilla para hacer footing en torno al perímetro, unas canchas de tenis, una canasta de baloncesto y una zona de juegos en la que había varios niños pequeños. Un corrillo de mujeres sentadas en unos bancos conversaban mientras prestaban a sus hijos una atención intermitente que denotaba seguridad. Al pasar junto al parque, advirtió que las casas del otro lado eran más pequeñas, estaban más juntas y próximas a la acera. Ahora las señales de la calle eran marrones.

– Estamos en Ecos del Bosque -le informó Martin-. Una urbanización marrón. De clase media, pero en el otro extremo de ese espectro. Justo en el límite de la ciudad.

Del barrio residencial pasaron a un bulevar amplio con centros comerciales de una sola planta a ambos lados. Todos eran de estilo suroeste, con techumbre de tejas rojas y paredes de estuco beige claro, incluida la tienda de comestibles que ocupaba casi una manzana entera en el centro del complejo. Clayton se puso a leer los nombres de los establecimientos y cayó en la cuenta de que también estaban agrupados: las boutiques de ropa fina y las tiendas de objetos curiosos estaban en una punta del centro comercial, mientras que las de saldos y las ferreterías estaban en el extremo opuesto. Los restaurantes, las pizzerías y los locales de comida rápida estaban repartidos por todo el lugar.

– Ya hemos acabado las compras -comentó el inspector-. Bienvenido a Evergreen, zona residencial de las afueras de Nueva Washington.

El centro de la pequeña ciudad tenía un regusto anticuado, como de Nueva Inglaterra. Todo estaba dispuesto en torno a un parque extenso, verde y recubierto de césped. En un extremo Clayton divisó el chapitel blanco de una iglesia episcopaliana recortado contra el azul claro del cielo del oeste. A su derecha había otro campanario, rematado con una cruz: una iglesia metodista. Al otro lado del parque, había una sinagoga frente a las iglesias, con una estrella de David desacomplejadamente instalada en lo alto del tejado. Todas tenían un diseño moderno, abstracto. Cerca, Jeffrey vio un grupo de tres edificios con paredes de tablas pintadas de blanco. Uno tenía una placa que decía OFICINAS MUNICIPALES, el de al lado era la SUBCOMISARÍA DEL SERVICIO DE SEGURIDAD 6, y el tercero rezaba: CENTRO INFORMÁTICO.

Había también un letrero pequeño que señalaba una calle lateral con la indicación ESCUELA Y CENTRO DE SALUD REGIONALES DE EVERGREEN.

El agente Martin asintió con la cabeza y detuvo el coche a la orilla del parque. Clayton reparó en una estatua situada en un extremo, un soldado de la época de la Segunda Guerra Mundial en una pose heroica que se alzaba sobre un par de cañones antiguos pintados de negro. Se preguntó si el ayuntamiento habría importado a algún héroe de ficción para rendirle homenaje.

– ¿Lo ve, profesor? Todo cuanto se puede necesitar, ordenado y a mano. ¿Se va haciendo una idea?

– Creo que sí.

– Hay al menos tres lugares de culto en cada comunidad. No siempre son los mismos, claro está. Pueden ser mormones o católicos. Incluso pueden ser musulmanes, por el amor de Dios. Pero siempre son tres. Una sola iglesia implica exclusividad. Dos, competitividad. Pero tres implica diversidad, y sólo la suficiente para dar fuerza sin crear divisiones, no sé si me explico. Una mezcla étnica que fortalece en lugar de dividir. Lo mismo ocurre con la manera en que se organizan las comunidades. Todos los grupos económicos están representados, pero se relacionan entre sí en la ciudad o en el centro comercial. Podemos pasar junto a las fincas, si le interesa. Si a esto le sumamos un solo edificio que alberga desde el jardín de infancia hasta el instituto y otro que es una combinación de gimnasio y mini hospital, ¿qué más se puede necesitar?

– ¿Un centro informático?

– Todas las casas están conectadas por medio de fibra óptica. Si uno lo desea, puede hacer sus compras, votar en las elecciones municipales, presentar la declaración de impuestos, chismorrear, intercambiar recetas o vender acciones, lo que sea, desde casa. Enviar o recibir correo electrónico, fijar el horario de clases de música, lo que sea. Todo lo que figuraría en un tablón de anuncios municipal. Joder, los profesores pueden poner deberes por medio del ordenador y los niños pueden enviar sus ejercicios por el mismo procedimiento. Todo está conectado hoy en día. La biblioteca, la tienda de comestibles, el horario del equipo de baloncesto escolar y las actuaciones de la clase de danza. Cualquier cosa que se le ocurra.

– ¿Y el Servicio de Seguridad puede intervenir cualquier transmisión u operación?

Martin vaciló antes de contestar.

– Por supuesto. Pero no lo proclamamos a los cuatro vientos. La gente es consciente de ello, pero al cabo de un año o dos se olvidan. O les da igual. Seguramente, a un matrimonio típico le trae sin cuidado que el Servicio de Seguridad lea todas las invitaciones a su cena o monitorice sus tratos con la empresa de catering. Probablemente ni siquiera les importe que sepamos cuándo extendieron un cheque para pagar por bebidas alcohólicas o arreglos florales. Y cuando ese cheque se cobra, también nos enteramos.

– No sé… -repuso Clayton. Estaba estupefacto. Su propio mundo parecía disiparse como el último sueño antes de despertar. De pronto le costaba recordar qué aspecto tenía la universidad, o a qué olía su apartamento. No se acordaba más que de una sensación de miedo. Frío, miedo y suciedad. Pero incluso eso le parecía distante. El inspector viró, y una explosión momentánea de luz del sol deslumbró a Clayton. Se puso una mano a modo de visera, entornando los párpados. Sus ojos tardaron un momento en adaptarse, pero al final pudo ver con claridad de nuevo.

– ¿Quiere que pasemos junto a algunas de las fincas? Se encuentran a las afueras de la ciudad, pero están más aisladas. Por lo general, las separan de la carretera cuatro o cinco hectáreas. Gozan de más privacidad. Ese viene a ser el único privilegio de las capas altas de la sociedad. Pueden vivir en un mayor aislamiento. Pero ¿sabe qué? Hemos descubierto que algunos de los más ricos prefieren las zonas verdes, más propias de la clase media alta. Les gusta vivir al lado de un campo de golf o cerca del centro recreativo de la ciudad. Es curioso, supongo. En fin, ¿quiere intentar ver una zona de grandes fincas? Cuesta más contemplarlas desde la calle, pero uno puede formarse una idea de todos modos.

– ¿Están construidas a partir de los mismos diseños básicos que las otras viviendas?

– No. Las hacen todas por encargo. Pero, como el número de arquitectos y contratistas está limitado por la normativa de concesión de licencias por parte del estado, existen algunas similitudes.

A Jeffrey le vino una idea a la mente, pero optó por no comentarla. En cambio, señaló la rampa de acceso a la autopista.

– Quiero ver el lugar donde se encontró el cadáver -dijo.

Con un gruñido de asentimiento, Martin enfiló la rampa.

– ¿Qué me dice de usted, inspector? ¿Es usted marrón? ¿Amarillo? ¿Verde o azul? En este orden social, ¿dónde encajan los polis?

– En el amarillo -respondió despacio-. Tengo una casa urbana cerca del centro de Nueva Washington, lo que no me obliga a hacer grandes desplazamientos. Ya no tengo esposa. Nos separamos hace poco más de diez años. Fue un acuerdo amistoso, al menos tanto como pueden serlo estas cosas, supongo. Ocurrió antes de que yo viniera a trabajar aquí. Ahora ella vive en Seattle. Tengo un chaval en la universidad. El otro trabaja fuera. Los dos son mayorcitos. Ya no necesitan demasiado a su viejo. No los veo muy a menudo. En resumen, vivo solo.

Clayton movió la cabeza afirmativamente porque le pareció lo más educado.

– Claro que eso no es muy habitual por aquí.

– ¿A qué se refiere?

– En este estado no están bien vistos los varones adultos solteros. Aquí todo gira en torno a la familia. Los hombres solteros, en su mayoría, sólo lo joden todo. Tenemos que admitir a algunos (hombres en mi situación, por ejemplo, y por muchos estudios preinmigratorios que realicemos, sigue habiendo algunos divorcios, aunque sólo la décima parte que en el resto del país), pero, por lo general, no entran. Para venir y quedarse, hace falta una familia. Se te deniega el permiso si eres un solitario. No hay muchos bares para solteros en el estado. De hecho, debe de haber cerca de cero.

Jeffrey asintió de nuevo, pero esta vez porque se le había ocurrido algo. Abrió la boca para decir algo, pero acto seguido la cerró con fuerza, siguiendo su propio consejo. «Hay muchas cosas que no sé todavía -pensó-, pero empiezo a enterarme un poco.»

Se reclinó en su asiento mientras el inspector aceleraba. Las estribaciones, que parecían ostensiblemente más cercanas, se elevaban sobre la llanura, verdes, marrones y ligeramente más oscuras que el resto del mundo. Al principio le dio la impresión de que se hallaban a sólo unos pocos kilómetros, pero luego comprendió que aún les quedaban varias horas de trayecto. Se recordó a sí mismo que en el Oeste las distancias son engañosas. Las cosas suelen estar más lejos de lo que uno cree. Pensó que lo mismo ocurría con la mayor parte de las investigaciones de homicidios.

A primera hora de la tarde llegaron a la zona donde se había encontrado el cuerpo número tres. Hacía más de una hora que habían pasado por la última población, y las señales de la autopista les advertían de que se hallaban a unos 150 kilómetros de la frontera recién trazada que separaba el territorio del sur de Oregón. Era un terreno agreste, densamente arbolado, y en él reinaba una calma opresiva. Había pocos vehículos que adelantar. Clayton se dijo que estaban en medio de uno de los parajes inhóspitos del mundo: un lugar donde dominaban el silencio y la soledad. La región apenas estaba urbanizada; había un vacío inmenso que resultaría difícil de llenar artificialmente. Las montañas a las que se aproximaban se alzaban imponentes, grises como el granito, coronadas de blanco y escarpadas. Un territorio implacable.

– No hay mucha cosa por aquí -comentó Clayton.

– Sigue siendo tierra salvaje -convino Martin-. No lo será siempre, pero aún lo es. -Titubeó antes de añadir-: Hay estudios psicológicos, y algunas encuestas supuestamente científicas que dicen que la gente se siente a gusto y está a favor de las zonas salvajes siempre y cuando estén limitadas en su extensión. Declaramos bosques estatales y áreas de acampada, y luego apenas los tocamos. Eso hace felices a los fanáticos de la naturaleza. La civilización gana terreno despacio, inadvertidamente. Eso ocurrirá aquí también. Dentro de cinco años, quizá diez. -Hizo un gesto con el brazo derecho-. Ahí delante hay una carretera que usaban los madereros. Ya no se talan árboles, por supuesto. Los ecologistas han ganado esa batalla. Pero el estado mantiene los caminos transitables para los excursionistas. Es un lugar estupendo para la caza y la pesca. Además, resulta cómodo. Se tarda sólo tres horas en llegar en coche desde Nueva Washington, y menos todavía desde Nueva Boston y Nueva Denver. Están en vías de crear todo un sector económico nuevo. Se puede ganar un montón de pasta con la naturaleza controlada.

– Fue así como la encontraron, ¿verdad? ¿Un par de pescadores?

El inspector asintió.

– Un par de ejecutivos de seguros que se habían dado un día libre para buscar truchas salvajes. Encontraron más de lo que esperaban.

Tomó una salida de la autopista, y el coche de pronto iba dando tumbos y cabeceando como una barca en un mar picado. El polvo se arremolinaba tras ellos, y la grava repiqueteaba contra la parte inferior del vehículo como una ráfaga de disparos. A causa de los bandazos, los dos hombres se quedaron callados. Avanzaron así durante unos quince minutos. Clayton se disponía a preguntar cuánto faltaba cuando el inspector detuvo el coche en un pequeño apartadero.

– A la gente le gusta -dijo Martin-. Para mí es un coñazo, pero a la gente le gusta. Yo por mí mandaría asfaltar el puto camino, pero me dicen que, según los psicólogos, la gente prefiere la sensación de aventura que les da el ir botando. Les hace creer que los treinta de los grandes que se gastaron en su cuatro por cuatro valieron la pena.

Clayton bajó del coche y de inmediato vio un sendero angosto que discurría entre matorrales y árboles. A la orilla del apartadero, allí donde arrancaba el camino, había una placa de madera color castaño con un mapa plastificado.

– Ya estamos llegando -dijo el inspector.

– ¿Él la dejó aquí?

– No, más lejos. A un kilómetro y medio de aquí, tal vez un poco menos.

El sendero bordeado de árboles había sido despejado, por lo que no costaba caminar por él. Era justo lo bastante ancho para que los dos hombres pudieran andar uno al lado del otro. Bajo sus pies, el suelo del bosque estaba recubierto de agujas de pino marrones. De cuando en cuando se oía un correteo, cuando espantaban a alguna ardilla. Un par de mirlos protestaron por su presencia con un canto discordante y se alejaron aleteando ruidosamente entre los árboles.

El inspector se detuvo. Aunque hacía algo de fresco a la sombra, sudaba a mares, como el hombretón que era.

– Escuche -dijo.

Clayton se detuvo también y sólo alcanzó a distinguir el murmullo de agua que corría.

– El río está a unos cincuenta metros. Suponemos que los dos tipos debían de estar encantados. No es una excursión tremenda, pero llevaban botas de pescador e iban cargados con cañas, mochilas y todas esas cosas. Además, ese día hacía bastante calor. Más de veintiún grados. Póngase en su lugar. Así que iban a toda prisa, seguramente sin fijarse mucho en lo que pudieran encontrar por el camino.

El inspector hizo un gesto hacia delante, y Clayton reanudó la marcha.

– Janet Cross -dijo Martin entre dientes, un paso por detrás del profesor-. Así se llamaba.

El sonido del río se hacía más intenso conforme se acercaban, hasta que Clayton prácticamente no oía otra cosa. Atravesó un último grupo de árboles y de pronto se vio en lo alto de un ribazo, unos dos metros por encima del agua que burbujeaba y corría en unos rápidos salpicados de rocas. Parecía sinuosa, viva. Era un agua veloz, vigorosa, que bajaba con ímpetu por una cuenca estrecha como un pensamiento rabioso. El sol se reflejaba en la superficie, tiñéndola de una docena de tonos distintos de azul y verde veteados de espuma blanca

Martin se detuvo a su lado.

– Un lugar de primera para los pescadores. Hay truchas casi en todas partes. Son difíciles de pescar, según me cuentan, porque van a toda pastilla y se mueven mucho. Además, si uno resbala en una de esas rocas, bueno, digamos que se lía una buena. Pero no deja de ser un sitio estupendo.

– ¿Y el cadáver?

– El cadáver, sí. Janet. Buena chica. Siempre son buenas chicas, ¿no, profesor? Todo sobresalientes. Iba a matricularse en la universidad. Tengo entendido que también era gimnasta. Quería estudiar el desarrollo en la primera infancia. -El inspector levantó los brazos despacio y apuntó a una roca grande y plana situada en la margen-. Justo allí.

La roca medía al menos tres metros de ancho y parecía el tablero de una mesa inclinado ligeramente hacia donde ellos se encontraban. Jeffrey pensó que el cuerpo casi debía de parecer allí enmarcado o engastado, como un trofeo.

– Los dos pescadores… joder, al principio creyeron que ella sólo estaba tomando el sol desnuda. Una primera impresión, ¿sabe? Porque estaba ahí, abierta de brazos, cómo decirlo, como en un crucifijo. En fin, le gritaron algo y ella no reaccionó, de modo que uno se acercó caminando por el agua, subió de un salto, y lo demás ya se lo imaginará. -Sacudió la cabeza-. Ella debía de tener los ojos abiertos. Los pájaros se los habían sacado. Pero el cuerpo no presentaba más daños causados por animales. Y el estado de descomposición era mínimo; llevaba allí entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas antes de que aparecieran esos tipos. Dudo que vuelvan a pescar mucho en este tramo del río.

Jeffrey bajó la vista y advirtió que la roca en la que habían encontrado el cadáver estaba a cierta distancia de la orilla. Descansaba sobre una base de grava, en menos de treinta centímetros de agua. Dominaba una charca de modestas dimensiones; un par de peñas más grandes en la cabecera de la charca dividían la energía del río, lanzando el agua más furiosa hacia el ribazo opuesto y creando una corriente más lenta tras la roca plana.

Clayton no sabía mucho de pesca, pero sospechaba que la roca era un lugar privilegiado. Desde su borde posterior se podía lanzar fácilmente el anzuelo hasta el otro lado de la charca. Pensó que el hombre que había dejado el cuerpo allí seguramente se había fijado en eso también.

– Cuando rastrearon ustedes la zona… -empezó a decir, pero el inspector lo interrumpió.

– Todo roca. Roca y algo de agua. No hay huellas. Además, la tarde anterior había llovido. Tampoco hubo la suerte de que se encontraran trozos de ropa enganchados en alguna espina. Revisamos toda la zona hasta el lugar donde hemos dejado el coche, con lupa, como suele decirse. Tampoco había huellas de neumáticos. No teníamos nada excepto un cadáver, justo aquí, como si hubiera caído directamente del cielo.

Martin tenía la mirada fija en la orilla opuesta, en el sitio exacto.

– Yo iba con el primer equipo que llegó aquí, así que sé que la escena no sufrió ningún tipo de contaminación. -Sacudió la cabeza. Hablaba en tono neutro, inexpresivo-. ¿Alguna vez ha visto algo que le recuerde a una pesadilla? No me refiero a un sueño que haya tenido o a una fantasía. Ni siquiera a una de esas situaciones de deja vu que todos conocemos. No, yo estaba justo ahí, de pie, y allí estaba ella, y fue como si estuviera reviviendo una pesadilla que había tenido una vez y que creía haber olvidado hacía tiempo. La vi con los brazos extendidos y las piernas juntas, sin sangre ni señales de lucha evidentes. Entonces supe, en cuanto recuperé el aliento, que no íbamos a encontrar una puta pista que nos sirviera. Y cuando nos acercamos, supe que iba a ver ese dedo cortado… y supe, profesor, justo en ese momento lo que tenía que saber, es decir, quién lo hizo. -La voz del inspector se apagó, ahogada por el ruido de la corriente impetuosa que pasaba junto a ellos.

Jeffrey no confiaba demasiado en su propia voz, y desde luego fue lo bastante sensato para no hacer algún comentario de listillo. Al observar a Martin contemplando la roca plana, supo que el agente veía aún el cuerpo de la chica tendido allí con la misma nitidez con que lo había visto aquel día.

– Él quería que encontraran el cadáver -dijo Clayton.

– Eso pensé yo también -respondió Martin-. Pero ¿por qué aquí?

– Buena pregunta. Seguramente tenía una razón.

– Un lugar aislado, pero no precisamente oculto. Por estos pagos habría podido encontrar algún sitio donde nadie la descubriese nunca. O, al menos, donde pasara suficiente tiempo antes de que la descubriesen como para quedar reducida a una pila de huesos. Joder, podría haberla tirado al río. Desde el punto de vista forense, eso incluso habría tenido más sentido, si lo que pretendía era evitar que hallásemos algún indicio revelador que lo relacionara con la víctima. En cambio la trajo hasta aquí, lo que, por muy menuda que fuera ella y muy fuerte que sea él, sería un buen tute, y dispuso su cadáver como si se tratara de un plato especial del día.

– Él debe de ser considerablemente más fuerte de lo que parece a simple vista -señaló Jeffrey-. ¿Cuánto pesaba ella? ¿Unos cincuenta kilos, tal vez?

– Era delgada. Bajita y delgada. Seguramente cincuenta es demasiado para ella.

Jeffrey dejaba que sus ideas se derramasen en forma de palabras.

– La transportó por el camino un kilómetro y medio y luego la colocó aquí porque quería que la encontrasen justo así. No es que la haya dejado aquí tirada sin más. Quería transmitir un mensaje.

Martin movió la cabeza afirmativamente.

– Yo pensé lo mismo, pero no es el tipo de opinión que conviene expresar en voz alta. Por razones políticas, no sé si me entiende. -Se cruzó de brazos y se quedó mirando la roca plana y el flujo incesante de agua que se rizaba en torno a sus bordes.

Jeffrey estaba de acuerdo con las palabras del inspector. Le vino a la memoria una frase de un político muy conocido en Massachusetts, que decía que todos los políticos son locales, y se preguntó si lo mismo valía para el asesinato. Comenzó a analizar la escena en su mente y luego a sumar, a restar, a reflexionar profundamente sobre lo que revelaba de sí mismo un hombre capaz de cargar con un cuerpo a través del bosque desierto, sólo para depositarlo sobre un pedestal en el que lo encontrarían al cabo de uno o dos días.

No lo dijo en voz alta, pero pensó: «Es un hombre cuidadoso. Un hombre que hace planes y luego los pone en práctica con precisión y seguridad. Un hombre que comprende exactamente cuáles serán las repercusiones de sus actos. Un hombre que conoce la ciencia de la detección y la naturaleza de la medicina forense, pues sabe cómo evitar dejar información sobre sí mismo junto a la víctima. Lo que deja es un mensaje, no un rastro.»

A continuación añadió, de nuevo en su fuero interno: «Un hombre peligroso.»

– Los dos tipos que la encontraron, los pescadores… ¿a qué conclusión llegaron?

– Les dijimos que había sido un suicidio. Se quedaron hechos polvo.

En ese momento sonó el busca que el inspector llevaba al cinto, con un pitido electrónico que parecía ajeno a los árboles y los ruidos acuáticos del río. Martin lo miró con expresión de extrañeza por un instante, como si le costara volver al presente desde sus recuerdos. Entonces lo apagó y, casi en el mismo movimiento, extrajo un teléfono móvil del bolsillo de su americana. Marcó un número en silencio y de inmediato se identificó. Luego escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza.

– De acuerdo -dijo-. Vamos para allá. Calculo que tardaremos una hora y media. -Cerró el teléfono de un golpe-. Es hora de marcharnos -anunció-. Han encontrado a nuestra fugitiva.

Jeffrey advirtió que las cicatrices de quemaduras en las manos del inspector se habían puesto rojas.

– ¿Dónde? -preguntó.

– Ya lo verá.

– ¿Y?

Martin se encogió de hombros con amargura.

– Le he dicho que la han encontrado. No he dicho que haya vuelto por su propio pie a casa para abrazar a sus padres enfadados pero rebosantes de alegría.

Dio media vuelta y echó a andar rápidamente por el sendero en dirección al camino y al apartadero donde habían dejado el coche. Clayton lo siguió a toda prisa, y el murmullo de la corriente se extinguió a su espalda.

El profesor vislumbró el resplandor de las luces a más de un kilómetro de distancia. Los reflectores parecían desgarrar el manto de oscuridad. Bajó la ventanilla y alcanzó a oír la impasible disonancia de los generadores eléctricos que colmaba la noche. Habían atravesado a toda velocidad y sin detenerse una extensión desértica, en dirección oeste, hacia la frontera con California. El inspector no habló durante el trayecto salvo para informarle de que se dirigían de nuevo a una zona no urbanizada del estado. Sin embargo, la topografía había cambiado; las colinas rocosas y los árboles habían cedido el paso a un matorral llano. Era el tipo de paisaje que los escritores del Oeste loaban tan elocuentemente, pensó Clayton; a sus ojos inexpertos de la Costa Este les parecía un territorio en el que Dios debió de distraerse momentáneamente mientras se dedicaba a crear el mundo.

A varios cientos de metros de los generadores y los reflectores, había un control de carretera solitario. Un policía uniformado del Servicio de Seguridad, de pie junto a un conjunto de conos de tráfico color naranja y varias señales luminosas, les indicó por gestos que se detuvieran, y al ver el adhesivo rojo en la ventanilla del coche les hizo señas de que siguieran adelante.

El agente Martin paró el vehículo de todos modos. Bajó el cristal de la ventana.

– ¿Qué le están diciendo a la gente? -preguntó sin rodeos.

El agente asintió, le dedicó un breve saludo y respondió:

– Que un escape en una cañería de distribución ha anegado la carretera. Estamos desviando a todos los vehículos a la Sesenta. Por suerte, de momento sólo han sido un puñado.

– ¿Quién la ha encontrado?

– Un par de topógrafos. Siguen aquí.

– ¿Son residentes del estado o forasteros con permiso?

– Forasteros.

Martin hizo un gesto de afirmación y arrancó.

– Mantenga la boca cerrada -le avisó a Clayton-. Es decir, puede hacer preguntas en caso necesario, para llevar a cabo su trabajo, pero no llame la atención más de la cuenta sobre sí mismo. No quiero que nadie pregunte quién es usted. Y si lo hacen, simplemente les diré que es un especialista. Ésa es la clase de descripción genérica que suele satisfacer a todo el mundo, pero que en realidad no significa gran cosa si uno se para a pensar sobre ello.

Jeffrey no contestó. El coche salió disparado hacia delante, y luego el inspector se detuvo tras un par de furgonetas sin ventanas, blancas y resplandecientes, que lucían el logotipo del Servicio de Seguridad en los costados, pero ningún otro distintivo. Jeffrey echó un vistazo a los vehículos y supo qué eran: unidades de análisis de la escena del crimen. En un estado en el que supuestamente no se cometían crímenes, claro está, no les interesaba dar a conocer su presencia. Clayton se sonrió. Era un pequeño acto de hipocresía, sin duda, pero supo valorarlo. Sospechaba que habría otros en el estado cincuenta y uno en los que él no habría reparado. Se apeó del coche del inspector. La noche empezaba a refrescar, de modo que se subió el cuello de la chaqueta.

Otro agente les hizo señas y apuntó con el dedo.

– Cuatrocientos metros más allá -dijo, señalando hacia el origen de las luces.

Martin se adelantó a zancadas rápidas, y Clayton tuvo que trotar para seguirle el ritmo.

Los haces de los grupos de luces de arco voltaico hendían la oscuridad. Jeffrey vio enseguida que había varios equipos trabajando en el área delimitada por las luces. Distinguió tres grupos de búsqueda distintos que examinaban cuidadosamente la tierra arenosa y la roca en busca de fibras, huellas de pies o de neumáticos o cualquier otra pista que pudiera indicar quién había pasado por ahí antes. Clayton los observó por unos instantes, como un entrenador presente en las pruebas de selección de un equipo. Le pareció que se movían demasiado deprisa. No tenían suficiente paciencia, y probablemente tampoco suficiente experiencia. Si había algo allí que pudieran pasar por alto, lo pasarían por alto. Volvió la mirada hacia otro equipo que trabajaba en torno al cadáver, ocultándoselo a la vista en un principio. Este grupo estaba en lo alto de una meseta pequeña y polvorienta. Entre ellos avistó a un hombre que iba en mangas de camisa pese al fresco de la noche, agachado, con unos guantes de látex blancos que, cuando los iluminaba algún rayo procedente de los palpitantes reflectores, brillaban con un resplandor que parecía de otro mundo. Jeffrey supuso que era el jefe de forenses.

Siguió al agente Martin, que mientras tanto estaba reconociendo el terreno. Un pensamiento fugaz y doloroso le vino a la cabeza: «Es lo que debería haberme esperado. De hecho, quizá me lo esperaba.»

Sacudió la cabeza mientras caminaba hacia delante. «No encontrarán nada», se dijo.

Los agentes de seguridad se apartaron para dejar pasar a los dos hombres, y Clayton atisbo por primera vez el cadáver casi en el mismo momento en que el inspector profería una obscenidad breve y rotunda.

La adolescente estaba desnuda. La habían colocado sobre una superficie extensa, llana y pedregosa. Estaba boca abajo, con el rostro en sombra, los brazos extendidos ante ella y las rodillas encogidas debajo del torso. Esta posición le recordó a Jeffrey el modo en que los musulmanes se postraban cuando rezaban en dirección a La Meca. Advirtió que ella también estaba orientada hacia el este.

Al mirarla más de cerca vio que le habían grabado algo en la piel de la espalda descubierta. Después de muerta, advirtió: no había sangre en torno a los bordes de los cortes. De hecho, apenas había sangre en ningún sitio; sólo una mancha oscura que se había formado bajo el pecho de la chica, un residuo de la muerte y, él lo sabía, simplemente el último insulto líquido. La habían matado en otro sitio y luego la habían llevado allí.

Se fijó en sus manos y vio que le faltaba el índice de la mano izquierda. No el derecho, como en el caso de las otras víctimas, sino el izquierdo. Esto ocasionó que enarcara una ceja involuntariamente. No pudo determinar de inmediato qué otros daños había sufrido el cuerpo. No alcanzaba a verle el rostro; estaba apoyado contra el suelo, bajo sus brazos extendidos.

«Una súplica», pensó.

– ¿Causa de la muerte? -preguntó Martin en voz alta y autoritaria a un técnico de guantes blancos, señalando el torso-. ¿Cómo la han matado?

El técnico se inclinó y le mostró una pequeña zona rojiza en la base del cráneo de la joven, donde su cabellera larga y castaña estaba apelmazada por la sangre.

– El agujero de entrada -dijo el hombre-. Ahora veremos el de salida, por el otro lado. Parece ser grande. Lo bastante grande, al menos. Nueve milímetros, seguramente. Quizás una.357. Sabremos más cuando le demos la vuelta. Tal vez la bala siga allí.

Jeffrey contempló la figura tallada en su espalda y la reconoció. Retrocedió un paso. Las luces lo hacían sentirse acalorado, sofocado. Quería refugiarse en la oscuridad, donde estaría más fresco y podría respirar. Se alejó unos metros del cadáver, luego se volvió hacia todos los hombres allí agolpados. Se agachó para tocar la tierra arenosa y frotó unos granos entre sus dedos. Cuando alzó la vista, vio que Martin se dirigía hacia él.

– No es nuestro hombre, maldita sea -espetó el inspector-. Dios santo, qué desastre. Resultará ser un novio o quizás el vecino cuyos niños cuidaba la chica o algún pervertido del instituto que da clase de gimnasia o trabaja de conserje y consiguió burlar de alguna manera los controles de inmigración, maldita sea, pero no es nuestro hombre. ¡Mierda! ¡Esto no tendría que pasar! Aquí no. Alguien la ha cagado de verdad.

Jeffrey se reclinó contra una roca grande.

– ¿Por qué cree que no ha sido nuestro hombre? -preguntó.

Martin clavó en él la mirada por un momento antes de contestar.

– Joder, profesor, usted lo ve tan claro como yo. Posición del cuerpo distinta. Causa de la muerte, un disparo: eso es distinto. Algo grabado en la espalda, eso es distinto. Y el puto dedo que falta es de la otra mano. En las otras tres, era el de la mano derecha. En ésta, es el de la izquierda.

– Pero la mataron en otro sitio y la trajeron aquí. ¿Qué hacían los topógrafos que la han encontrado?

Martin frunció el entrecejo por un instante.

– Mediciones preliminares para la construcción de una nueva ciudad -contestó-. Hoy es el primer día que vienen. Llevaban toda la mañana trabajando en ello y estaban a punto de dejarlo por hoy, pero han decidido hacer algunas mediciones más, y entonces la han encontrado. Guy la ha visto directamente a través del visor. ¿Y qué?

– Pues que en algún sitio habrá un calendario de trabajo, ¿no? ¿O algo que indicase a la gente que ellos vendrían tarde o temprano?

– Así es. Salió en los periódicos. Siempre ocurre, cuando se inicia la planificación de una nueva ciudad. También se anuncia en las vallas electrónicas.

– ¿Sabe qué es eso que lleva grabado en la espalda? -preguntó Clayton.

– Ni idea. Algún tipo de figura geométrica.

– Una estrella de cinco puntas.

– Sí, vale, eso ya lo he visto. ¿Y qué?

– Suele relacionarse con el demonio y con cultos satánicos.

– ¿De veras? Tiene razón. ¿Cree que estarán celebrando algún aquelarre desenfrenado por aquí? ¿Desnudos y aullándole a la luna y follando entre ellos y hablando de degollar gallinas y gatos? ¿Algún tipo de chaladura del sur de California? Es todo lo que necesito saber.

– No, aunque es posible, incluso probable, que el asesino diera por sentado que usted lo interpretaría así. Hacer las averiguaciones correspondientes le llevaría tiempo y energía. Mucho tiempo y mucha energía.

– ¿Adónde quiere llegar, profesor?

Jeffrey titubeó, mirando al cielo. Parpadeó ante aquella inmensidad entre azul y negra, tachonada de estrellas. «Debería aprender astronomía -pensó-. Me gustaría saber dónde están Orion y Casiopea y todo lo demás. Así, al contemplar la bóveda celeste tendría la sensación de que lo entiendo todo, de que existe el orden y la armonía en el firmamento.»

Bajó la vista y miró al inspector.

– Es nuestro hombre -aseguró Jeffrey-. Simplemente está siendo astuto.

– Explíqueme por qué.

– Las otras eran ángeles, con los ojos abiertos a Dios y los brazos abiertos para recibirlo. Ésta lleva la marca de Satán en la espalda y le reza a la tierra. Y le falta un dedo de la mano izquierda, la mano del diablo. La derecha es la mano del cielo, al menos según algunas tradiciones. Lo único que ha hecho es darles la vuelta a algunos elementos. Son los mismos, pero distintos. El cielo y el infierno. ¿No es ésa la dualidad entre la que nos debatimos siempre? ¿No es precisamente lo que usted intenta impedir justo aquí? Martin soltó un resoplido de disgusto.

– Todo eso me suena a palabrería religiosa -dijo-. Chorradas sociorreligiosas. Dígame: ¿por qué con una pistola y no con un cuchillo, como en los otros casos?

– Porque no es el asesinato lo que lo excita -respondió Jeffrey con frialdad-. Dudo que le importe el instrumento que utiliza para cargarse a las chicas. Es el acto en su totalidad: raptar a la niña y poseerla, física, emocional, psicológicamente, y luego dejarla en algún sitio donde la encuentren. ¿Qué emoción tiene pintar un cuadro si luego uno no se lo muestra a nadie? ¿Qué satisfacción proporciona escribir un libro que uno no dejará que nadie lea?

Se le ocurrió otra pregunta. «¿Cómo deja uno su impronta en la historia si muchos otros ya han dejado una igual a lo largo de tantos siglos?»

– ¿Cómo lo sabe? -inquirió Martin, despacio-. ¿Cómo puede estar tan seguro?

«Lo sé porque lo sé», dijo Jeffrey para sí, pero no se atrevió a responder a la pregunta en voz alta.

Ya era pasada la medianoche cuando Martin dejó a Clayton delante del edificio de las oficinas del estado. Habían intercambiado frases del tipo «duerma un poco, nos pondremos con ello por la mañana», y luego el inspector se había alejado en el coche, dejando al profesor solo frente a la imponente estructura de hormigón. Los edificios de las multinacionales estaban cerrados de noche, y sólo alguna que otra luz iluminaba el nombre y el logotipo de la empresa. Los aparcamientos estaban vacíos; a lo lejos se divisaba el tenue resplandor del centro de Nueva Washington, pero incluso esta mínima señal de humanidad se veía neutralizada por el silencio que envolvía al profesor. Encorvó los hombros, en parte para protegerse del aire frío que lo había perseguido durante toda la noche, y en parte por la sensación de aislamiento que lo invadió.

Dio la espalda a la oscuridad y entró a paso rápido por las puertas de las oficinas del estado. En el centro del vestíbulo había un puesto de seguridad e información, con un solo agente uniformado tras un gran mostrador. Le iluminaba el rostro el brillo de una pantalla de televisión pequeña. Saludó a Clayton con un gesto de la mano.

– Trabajando hasta tarde, ¿no? -comentó, sin esperar en realidad una respuesta-. ¿Me echa una firma en el registro?

– ¿Quién gana? -preguntó Jeffrey.

La hoja que le tendió el guardia estaba en blanco. No había habido otras visitas a altas horas de la noche. Su nombre sería el único que figurase en aquella página.

– Van empatados -respondió el hombre. No especificó qué equipos estaban jugando mientras recuperaba el sujetapapeles del registro de entradas y volvía a concentrarse en el partido.

Por un momento Jeffrey acarició la idea de darle conversación, pero al valorar su grado de agotamiento decidió que, por muy solo que se sintiera, era preferible dormir a conocer las opiniones del guardia de seguridad sobre la vida, el deporte y el deber, fueran las que fuesen. Caminó penosamente hasta el ascensor, subió hasta la planta en que se encontraba su despacho, y avanzó despacio por el pasillo mientras las pisadas de sus zapatillas resonaban en el corredor desierto.

Colocó la mano en el sistema de apertura electrónico, y el cerrojo de la puerta se descorrió con un chasquido seco. La empujó para abrirla, entró en el despacho y se encaminó hacia el dormitorio contiguo, intentando despejar su mente de lo que había visto y oído ese día, así como de sus hipótesis al respecto. Se dijo que había muchas cosas que debía poner por escrito, pues era importante tomar nota de sus observaciones e ideas, para que, cuando llegara el momento de presentar los argumentos de la acusación ante los tribunales, él tuviese la ventaja de contar con una exposición clara de todo lo que había asimilado. Como remate de los deberes que se había fijado para el día siguiente, Clayton cayó en la cuenta de que había obtenido información pertinente para su pizarra. Recordó las dos columnas que había trazado, y se volvió para echar una ojeada a la pizarra mientras se dirigía hacia la habitación.

Lo que vio lo hizo pararse en seco.

Se recostó contra la pared, respirando agitadamente.

Miró en torno a sí con rapidez, para comprobar si faltaba algo, y luego sus ojos se posaron de nuevo en la pizarra. «Debe de ser fruto de la casualidad -pensó-. Alguien del personal de limpieza, tal vez. Tiene que haber una explicación sencilla.»

Pero no se le ocurría ninguna excepto la más evidente.

Jeffrey dio un silbido lento y prolongado y se dijo: «No hay lugar seguro.»

Permaneció así, contemplando la pizarra durante varios minutos, sin despegar la vista de un espacio vacío. La categoría: «Si el asesino es alguien a quien no conocemos» había sido borrada.

Moviéndose despacio, como si estuviera a oscuras y temiera tropezar con algo, se acercó a la pizarra. Jugueteó con un trozo de tiza y dio media vuelta bruscamente, como si creyera que alguien lo observaba. A continuación, luchando contra la vorágine que se había desatado en su interior, volvió a escribir con todo cuidado las palabras borradas, sin dejar de repetir para sus adentros: «Procuremos que nadie aparte de ti y de mí sepa que has estado aquí.»

10 Las preocupaciones de Diana Clayton

Diana Clayton miró a su hija y pensó que, aunque había mucho que temer, en cierto modo era importante no mostrar abiertamente su miedo, por muy profundo que fuera. Se sentó imperturbable en un rincón del raído sofá de algodón blanco en su sala de estar pequeña y decididamente estrecha, bebiendo con parsimonia de una botella de cerveza fría de importación. Cuando la apartó de sus labios, se la apoyó en el muslo y se puso a deslizar los dedos arriba y abajo por el cuello de la botella, un movimiento que en la mujer más joven habría resultado auténticamente provocativo, pero que en ella sólo delataba los restos de su nerviosismo.

– No hay manera de saber realmente si hay una conexión -dijo de pronto-. Puede haber sido cualquiera.

Susan estaba de pie. Se había dejado caer en un sillón, luego había cruzado la habitación para sentarse en una mecedora de respaldo rígido; después, al no sentirse cómoda allí, se había levantado de nuevo y caminado de un lado a otro de la habitación con un estilo que recordaba la dolorosa frustración de un pez grande que forcejea contra un sedal tirante.

– Claro -dijo en un tono sarcástico y empleando un lenguaje que sabía que, más que ofender a su madre, la inquietaría-. Puede haber sido cualquiera. Sólo un tipo cualquiera que casualmente nos siguió a ese pobre gilipollas y a mí a los aseos de mujeres, que casualmente llevaba encima un cuchillo de caza y que, al hacerse cargo de la situación de inmediato, decidió usarlo contra ese pobre imbécil, cosa que hizo con gran pericia y entusiasmo. Después, convencido de que me había rescatado de un destino peor que la muerte, salió a toda prisa porque sabía que no era momento para largas presentaciones y porque al fin y al cabo tampoco tiene mucho don de gentes normalmente. -Lanzó una mirada dura al otro extremo de la sala-. Venga ya, mamá. Tiene que haber sido él. -Exhaló despacio-. Sea quien sea. -La hija sostuvo en alto la página del bloc en que constaba el mensaje críptico del hombre-. «Siempre he estado contigo» -dijo con hosquedad-. Es una suerte que haya estado allí esta noche.

A Diana le pareció que las palabras de su hija reverberaban en el reducido espacio de la habitación.

– Ibas armada-señaló-. ¿Qué habría ocurrido?

– Ese pobre borracho cabrón iba a echar la puta puerta abajo de una patada, y yo iba a pegarle un tiro entre los ojos o entre las piernas, lo que fuera más apropiado según las circunstancias.

Susan masculló un par de palabrotas y se dirigió a la ventana para escrutar la oscuridad del exterior. Apenas veía nada, de modo que ahuecó las manos en torno a sus sienes para bloquear la luz de la sala y apretó la cara contra el cristal. La noche refulgía con el bochorno resultante de la tormenta que había estallado esa tarde y que no había dejado tras de sí más que algunas hojas de palmera caídas en la calzada, los baches y otras concavidades de la calle encharcados, y un calor residual que la tormenta parecía haber intensificado, reforzándolo o imprimiéndole más fuerza. Dejó que sus ojos escudriñasen la penumbra, no muy segura en ese momento de si prefería ver la desolación, que ponía de relieve su aislamiento, o la silueta de un hombre al moverse furtivamente entre las sombras, acechando justo al borde de su patio, que es lo que creía más probable.

No vio a nadie, lo que no la convenció de nada. Al cabo de un momento extendió el brazo y tiró de la persiana, que bajó con un breve repiqueteo.

– Lo que de verdad me molestaba -dijo pausadamente, volviéndose hacia su madre-, conforme más vueltas le daba, no era lo que había ocurrido sino la manera en que había ocurrido.

Diana asintió con la cabeza para animar a su hija a continuar, creyendo que eso era precisamente lo que la molestaba también.

– Prosigue -dijo la mujer mayor.

– Verás, actuó sin vacilar ni por un momento -dijo Susan-, o al menos, esa impresión me dio. Ahí está ese borracho, sabe Dios con qué intenciones en la cabeza, pero como mínimo la de violarme, insultándome y aporreando la puerta. Luego oigo que se abre la otra puerta, y al cabrón apenas le da tiempo de decir «¿Y tú quién coño eres?» y entonces, ¡zas!, ese cuchillo o navaja o lo que sea que tiene en la mano está listo para entrar en acción. Cuando él entró en los aseos, ya sabía lo que iba a hacer, y no perdió ni un segundo en calibrar la situación, ni en preocuparse, preguntarse qué estaba pasando, pensárselo dos veces o hacer algún amago o tal vez simplemente amenazar al tipo. Debió de dar un paso al frente y ¡pum!

Susan avanzó un paso hacia el centro de la sala y describió un arco rápidamente con el brazo, como si asestara una cuchillada.

– «Pum» no es la expresión adecuada -murmuró-. No hubo un «pum». Todo sucedió más deprisa.

Diana se mordió con fuerza el labio antes de hablar.

– Piensa -dijo-. ¿Había algo allí que pudiera indicar que el crimen fue una cosa distinta de la que tú describes? ¿Había algo…?

– ¡No! -la interrumpió Susan. Luego hizo una pausa y se quedó pensativa, visualizando la escena en el servicio de señoras del bar. Recordaba el color carmesí de la sangre que formó un charco debajo del muerto y el contraste tan fuerte con el linóleo de tonos claros del suelo-. Le robó -añadió despacio-. Al menos, su cartera estaba desplegada y tirada en el suelo, a su lado. Eso es algo. Y tenía la bragueta abierta.

– ¿Algo más?

– Que yo recuerde, no. Salí de allí con bastante rapidez. Diana reflexionó sobre la cartera vacía.

– Creo que deberíamos llamar a Jeffrey -aseveró-. Él sabría decirnos con certeza qué pasó.

– ¿Por qué? Esto es mi problema. Sólo conseguiremos asustarlo. Innecesariamente.

Diana abrió la boca para decir algo, pero luego cambió de idea. Contempló a su hija, intentando ver más allá de su expresión de rabia y sus hombros tensos, y un enorme y lúgubre abatimiento se apoderó de ella, pues comprendió que en otro tiempo había estado tan obsesionada con salvarlos físicamente que no había sido consciente de otras cosas que también había que salvar. «Daños colaterales -se dijo-. La tormenta derriba un árbol que cae encima de un cable de alta tensión, que a su vez cae en un charco y carga el agua de una electricidad letal que mata al hombre que pasea a su perro sin sospechar nada cuando escampa y aparecen las estrellas en el cielo. Eso es lo que les ha ocurrido a mis hijos -pensó con amargura-. Los salvé de la tormenta, pero nada más.» La duda imprimió dureza a su voz.

– Jeffrey es un experto en homicidios. En toda clase de homicidios. Y, si de verdad nos están amenazando (cosa que no sabemos con seguridad pero que es una posibilidad real), tiene derecho a saberlo, porque quizá posea conocimientos que nos ayuden en esa situación también.

Susan soltó un resoplido.

– Tiene su propia vida y sus propios problemas. Deberíamos estar seguras de que necesitamos ayuda antes de pedírsela.

Pronunció estas palabras como estableciendo una verdad irrebatible, como demostrando algo, aunque su madre no sabía muy bien qué.

Diana se disponía a replicar algo, pero notó una punzada repentina y aguda en las entrañas y tomó una bocanada anhelosa del aire de la habitación para mitigarla. El dolor fue como una descarga que estremeció su organismo, poniéndole las terminaciones nerviosas de punta. Esperó a que la oleada se estabilizase y luego remitiese, cosa que ocurrió al cabo de unos momentos. Se recordó a sí misma que al cáncer que la corroía por dentro le preocupaban poco los sentimientos, y desde luego le importaban un bledo los otros problemas que pudiera tener. Era justo lo contrario del homicidio que su hija había presenciado esa noche. Era lento y cruelmente paciente. Podía causar tanto dolor como el cuchillo del hombre, pero se tomaría su tiempo antes. No habría nada rápido en ello, aunque pudiera resultar tan singularmente letal como una cuchillada o un tiro.

Se sentía un poco mareada, pero se recuperó con una serie de respiraciones profundas, como las de un buceador que se dispone a sumergirse.

– De acuerdo -dijo con cautela-. ¿Qué te dice esa cartera abierta que viste?

Susan se encogió de hombros y, antes de que pudiera responder, su madre prosiguió:

– Lo que tu hermano te diría es que vivimos en un mundo violento en que hay demasiado poco tiempo y demasiadas pocas ganas como para que alguien realmente llegue a resolver un crimen. La función de la policía es intentar mantener el orden, cosa que hace de forma algo despiadada. Y cuando se comete un crimen que tiene una solución fácil, lo solucionan, porque así consiguen que la rutina continúe su accidentada marcha. Pero casi siempre, a menos que el muerto sea importante, hacen caso omiso de él y simplemente lo entierran como una víctima más de esta época anárquica. Y el asesinato de algún ejecutivo de segunda categoría obseso y medio borracho no me parece un caso al que la policía vaya a darle mucha importancia. Además, aunque supongamos por un momento que algún inspector se interesaría en el caso, ¿qué es lo que encontraría? Una cartera abierta y una cremallera de pantalón bajada. Un homicidio por robo, y ya está. Bingo. Y su conclusión sería que había algunas chicas del oficio en ese bar que no es precisamente de clase alta, y que una de ellas, o su chulo, se cargó al tipo. Y para cuando ese inspector agobiado de trabajo se dé cuenta de que eso que parece tan obvio no fue lo que pasó en realidad, el interés por el asunto se habrá enfriado mucho ya y tendrá pocas ganas de hacer otra cosa que archivarlo debajo de una pila de casos. Sobre todo cuando descubra que no había ninguna cámara de seguridad que grabase imágenes útiles de todas las idas y venidas. En fin, esto es lo que tu hermano te diría que el asesino consiguió con sólo embolsarse el dinero del hombre y dejar la cartera ahí tirada. Así de sencillo.

Susan la escuchó, y luego vaciló antes de responder.

– Todavía podría acudir yo misma a la policía.

Diana negó con la cabeza enérgicamente.

– ¿Y cómo crees que nos ayudarán si les pones en bandeja a una sospechosa perfecta del asesinato? Me refiero a ti, porque ni en broma se van a creer que había alguien más que te vigilaba de forma anónima, a escondidas; alguien sin una cara, un nombre o algo que lo identifique salvo un par de mensajes crípticos que te dejó delante de nuestra casa, y que resulta ser lo bastante hábil para quitar de en medio a alguien que se presenta y te amenaza. Es como una especie de ángel guardián excepcionalmente diabólico.

Entonces Diana se interrumpió de golpe.

La cabeza le daba vueltas y el dolor le atenazaba el cuerpo.

Había un frasco de píldoras en la mesa de centro que tenía delante. Lenta y pausadamente extendió el brazo hacia él y lo sacudió para dejar caer dos cápsulas sobre la palma de su mano. Se las tragó y las bajó con el resto amargo y tibio de cerveza que quedaba en el fondo de la botella.

Pero lo que de verdad le dolía no era que la enfermedad hiciese notar su presencia, sino las últimas palabras que había pronunciado: «un ángel guardián excepcionalmente diabólico». Y es que sólo se le ocurría una persona con las características necesarias para encajar en esta descripción.

«¡Pero está muerto, maldita sea! -gritó para sus adentros- ¡Murió hace años! ¡Estamos libres de él!»

No dijo nada de esto en voz alta. En cambio, dejó que este temor súbito se instalara en su interior, en un lugar desagradablemente cercano a las punzadas constantes que la atormentaban.

Esa noche cenaron en relativo silencio, sin mencionar los mensajes ni el asesinato y, por supuesto, sin hablar más sobre lo que debían hacer. Luego se retiraron a sus respectivas habitaciones de la pequeña casa.

Susan se quedó a los pies de su cama, consciente de que estaba agotada y a la vez pletórica de energía. Era esencial que durmiese, pensó, pero no le resultaría fácil. Se encogió de hombros, se apartó de la cama y se dejó caer en su silla de trabajo. Toqueteó el teclado de su ordenador y se dijo que debía componer otro mensaje para quien ella creía que la había salvado.

Apoyó la cabeza en las manos y la meció adelante y atrás.

«Salvada por el hombre que me amenaza.»

Sonrió con ironía, pensando que seguramente aquello la divertiría mucho más si le estuviera pasando a otra persona. A continuación, alzó la cabeza y encendió el ordenador.

Jugueteó con palabras y frases, pero no encontró nada que le gustara, principalmente porque no sabía qué quería comunicar.

Llena de frustración, se apartó del escritorio y se dirigió a su armario. En la pared del fondo guardaba todas sus armas, el fusil de asalto, varias pistolas y cajas de cartuchos. En un estante adyacente había varias bobinas de hilo de pescar, un cuchillo para filetear en una funda y tres cajas transparentes con cebos de colores llamativos y moscas para tarpones, camarones artificiales, anzuelos con plumas de colores y cangrejos artificiales parduzcos que utilizaba cuando pescaba palometas. Cogió una caja y la agitó.

Le pareció curioso: las moscas que daban mejor resultado rara vez eran las que tenían un aspecto más real. A menudo el cebo que atraía al mejor pez sólo tenía una forma y un color vagamente similares a los del original; era un espejismo, no una realidad, que ocultaban un anzuelo de acero endurecido por el agua salada y mortífero.

Susan devolvió la caja al estante y alargó la mano para coger el largo cuchillo para filetear. Lo sacó de la funda negra de piel artificial y lo sujetó frente a sí. Deslizó el dedo por el borde romo. La hoja era angosta, ligeramente curva, como la sonrisa ufana de un verdugo en el momento de la muerte, y estaba afilada como cuchilla de afeitar. Le dio la vuelta al cuchillo y tocó delicadamente el filo con el dedo, procurando no moverlo hacia uno u otro lado, pues se haría un corte profundo. Mantuvo la mano en esta posición precaria durante varios segundos. Luego, de golpe, movió el cuchillo hacia arriba y lo blandió a pocos centímetros de su rostro.

«Algo así», se dijo. Lanzó una cuchillada al aire ante sí, con un gesto parecido al que había hecho en la sala de estar, delante de su madre. Sin embargo, ahora escuchó con atención mientras esa hoja, que era de verdad, hendía el aire inmóvil.

«No hace ruido -pensó-. Ni siquiera un susurro que te advierta que la muerte se acerca.»

Se estremeció, guardó el cuchillo en su funda y lo depositó en el estante. Luego, volvió a su ordenador. Escribió rápidamente:

«¿Por qué me sigues?

»¿Qué es lo que quieres?»

Luego añadió, en un tono casi lastimero:

«Quiero que me dejes en paz.»

Susan contempló las palabras que acababa de escribir y, tras respirar hondo, comenzó a traducirlas en un acertijo que pudiera publicar en su columna de la revista. «Mata Hari -le musitó a su álter ego-, busca algo realmente críptico y difícil que le lleve un tiempo descifrar, porque necesito unos días libres para decidir qué debo hacer a continuación.»

Diana yacía en el borde de la cama, meditando sobre el cáncer que le devoraba imparable las entrañas. Pensaba que era interesante, de una manera perversa, esta enfermedad extraña que se había aferrado a su páncreas en lo que a ella le parecía fruto de una decisión arbitraria y caprichosa. Después de todo, se había pasado buena parte de su vida preocupándose por muchas cosas, pero nunca se le había ocurrido imaginar que ese órgano situado en lo profundo de su cuerpo acabaría por revelarse como un traidor. Se encogió de hombros, preguntándose, como tantas veces antes, qué aspecto tendría en realidad su páncreas. ¿Sería rojo, verde, morado? Las minúsculas motas de cáncer ¿eran negras? ¿De qué le había servido antes de empezar a matarla lentamente? ¿Para qué lo necesitaba, de entrada? ¿Por qué necesitaba el resto de las cosas, el hígado, el colon, el estómago, los intestinos, los riñones? ¿Y por qué no se habían infectado? Intentó visualizar sus propios tejidos y órganos como una especie de máquina, un motor que no funcionaba bien a causa de la mala calidad del combustible. Por un instante, deseó poder introducir la mano en su cuerpo, arrancar el órgano díscolo y luego tirarlo al suelo y desafiarlo a que la matara. La llenaba de rabia, de una furia virulenta y atronadora, que un órgano oculto e insignificante pudiera arrebatarle la vida. «Debo tomar las riendas -se dijo-. Tengo que tomar el control.»

Recordó el momento en que se había hecho cargo de su futuro y pensó: «Debo hacer lo mismo con mi muerte.»

Se levantó y atravesó su pequeña habitación.

«La lluvia en los Cayos es torrencial -pensó-. Cae como una descarga repentina y violenta, como esta tarde, y entonces parece que el cielo esté furioso y desata un diluvio totalmente negro que ciega y sacude al mundo entero.» Había sido distinta la noche que había huido de su marido: caía una lluvia fría e inclemente que repiqueteaba alrededor de ella, inquietante, alimentando los temores que surgían en su interior. Carecía de la contundencia de las tormentas de los Cayos, que tan familiares habían llegado a resultarle con el tiempo; la noche que había escapado de su hogar, de su pasado y de todo vínculo que había tenido jamás con nadie o con nada durante sus primeros treinta años, había caído una lluvia de dudas.

En un rincón del armario de su dormitorio tenía un pequeño cofre de seguridad que rebuscó detrás de los lienzos, los viejos tubos de pintura y los pinceles. Dedicó unos segundos a reprenderse: «No hay razón para dejar de pintar -dijo-. Aunque te estés muriendo.»

No era consciente de que sus movimientos imitaban inadvertidamente los de su hija, pero mientras Susan sacaba un cuchillo de su armario, Diana cogía una caja pequeña llena de recuerdos bien guardados.

La caja era de un metal negro y barato. En otro tiempo se cerraba con un pequeño candado, pero Diana había perdido la llave y se había visto obligada a cortarlo con una lima. Ahora sólo tenía un simple cierre. Pensó que probablemente ocurría lo mismo con la mayor parte de los recuerdos: por más que uno crea que los tiene guardados bajo llave, en realidad sólo están protegidos por una tapa de lo más frágil.

De pie junto a su cama, abrió la caja y esparció su contenido sobre el cubrecama, delante de sí. Hacía años que no metía ni sacaba nada de allí. Encima de todo había algunos papeles, una copia de su testamento -en el que repartía todas sus posesiones, que sabía que no eran muchas, a partes iguales entre sus hijos-, una póliza de un seguro por una cantidad bastante pequeña, y una copia de la escritura de la casa. Debajo de estos documentos había varias fotografías sueltas, una lista breve y escrita a máquina de nombres y direcciones, una carta de un abogado y una página de papel satinado arrancada de una revista.

Diana cogió primero la hoja de papel y se sentó pesadamente. En el margen inferior de la página había un número: el 52. Junto a él, escritas con una caligrafía primorosamente pequeña, estaban las palabras: «Boletín de la academia St. Thomas More. Primavera de 1983.»

En la página había tres columnas escritas a máquina. Las dos primeras tenían por encabezamiento «Bodas y nacimientos». La tercera se encontraba bajo la palabra «Necrológicas». No había más que una entrada en la columna, y Diana posó la mirada en ella:

Ha causado un hondo pesar a la Academia la noticia del fallecimiento reciente del ex profesor de Historia Jeffrey Mitchell. Muchos alumnos y colegas recuerdan al profesor Mitchell, violinista notable, por la energía, la diligencia y el ingenio que de mostró durante los pocos años en que dio clases en la Acade mia. Todos los amantes de la historia y de la música clásica lo echarán en falta.

A Diana le vinieron ganas de escupir. La boca le sabía a bilis.

– Lo echarán mucho en falta todos aquellos a quienes no tuvo la oportunidad de matar -susurró con rabia para sí.

Sujetando la página de la revista, recordó las sensaciones que la habían asaltado el día que vio el artículo. Asombro. Alivio. Y luego, curiosamente, había esperado sentirse libre, eufórica, como si se hubiera quitado un peso enorme de encima porque la nota le decía que su peor temor -que la encontraran- ya no tenía razón de ser. Sin embargo, la angustia no la había abandonado. Por el contrario, la duda había perdurado en su interior. Las palabras le indicaban una cosa, pero ella no se permitía el lujo de creérselas del todo.

Dejó la hoja de papel y cogió la carta.

En la parte superior aparecía el membrete de un abogado que tenía un bufete pequeño en Trenton, Nueva Jersey. La destinataria era una tal señora Jane Jones, y la carta había sido enviada a un apartado de correos en el norte de Miami. Había conducido hacia el norte durante dos horas desde los Cayos con el único propósito de alquilar una casilla en la oficina de correos más grande y concurrida de la ciudad, sólo para recibir esa carta.

Querida señora Jones:

Tengo entendido que éste no es su nombre verdadero, y por lo general sería reacio a comunicarme con una persona ficticia, pero, dadas las circunstancias, intentaré cooperar.

El señor Mitchell, su marido, del que estaba separada, se puso en contacto conmigo dos semanas antes de su muerte. Curiosamente, me dijo que había presentido su muerte y que por eso quería asegurarse de disponer de forma adecuada de sus escasos bienes. Preparé un testamento para él. Legó una colección sustanciosa de libros a una biblioteca local, y los beneficios de la venta del resto de sus posesiones se donaron a la asociación de música de cámara de una iglesia local. Tenía algunas inversiones, así como unos ahorros modestos.

Me avisó de que tal vez llegaría un día en que usted buscase información sobre su muerte, y me indicó que revelara lo que sabía sobre su fallecimiento y que hiciese una declaración adicional.

Esto es lo que he averiguado respecto a su muerte: fue repentina. Murió al colisionar su coche con otro vehículo a altas horas de la noche. Ambos circulaban a gran velocidad, y chocaron de frente. Fue necesario consultar la ficha dental para identificar a las víctimas. La policía de la pequeña población de Maryland donde se produjo el suceso concluyó, basándose en los testimonios de supervivientes, que su marido interpuso su vehículo en la trayectoria del tractor remolque que circulaba en la dirección contraria. El caso se clasificó como el de un conductor suicida.

El cuerpo del señor Mitchell se incineró posteriormente, y las cenizas se enterraron en el cementerio de Woodlawn. No había tomado disposiciones previas sobre una lápida, sólo respecto a unos servicios funerarios mínimos. Hasta donde tengo conocimiento, nadie asistió al entierro. El había dejado claro que no le quedaban parientes vivos ni amigos de verdad.

Durante nuestras breves conversaciones, nunca mencionó que tuviera hijos ni dio a entender en modo alguno que deseara dejarles algo.

La declaración que me pidió que tuviese lista para presentarle a usted en caso de que algún día se pusiera en contacto con este bufete es, de acuerdo con sus instrucciones, su legado para usted. Dicha declaración dice: «Para bien o para mal, en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.»

Lamento no poder facilitarle más información.

El abogado había firmado la carta con rúbrica: H. Kenneth Smith. Ella había querido telefonearlo, pues le parecía que en la carta había más insinuaciones que respuestas, pero había resistido la tentación. En cambio, en cuanto hubo leído la misiva, dio de baja su apartado de correos sin indicar otra dirección para que le enviaran la correspondencia.

Ahora, depositó la carta en la cama junto a la nota necrológica de la academia St. Thomas More y se quedó mirando las dos cosas.

Le vinieron imágenes a la memoria. En cierto modo, sus hijos todavía parecían bebés cuando llegaron al sur de Florida. Eso había deseado ella; quería encontrar una manera de erradicar todos los recuerdos de los primeros tiempos en la casa de Nueva Jersey. Había hecho un esfuerzo consciente por cambiarlo todo: la ropa que llevaban, los alimentos que comían. Se había deshecho de toda tela, todo sabor y todo olor que pudiera recordarles el lugar del que habían huido. Incluso había cambiado su acento. Se había esmerado por adoptar algunos de los localismos que se usaban en los Cayos Altos. El habla bubba, como la llamaba la gente del lugar. Hizo todo cuanto pudo por conseguir que, al crecer, tuvieran la impresión de que llevaban allí toda la vida.

Metió la mano en la caja de seguridad y extrajo una lista escrita a máquina de nombres y un pequeño fajo de fotografías. Las manos le temblaron al ponérselas sobre el regazo. Hacía muchos años que no las miraba. Las sostuvo en alto, una por una.

Las primeras eran de sus padres, de su hermana y de su hermano, de cuando ellos mismos eran jóvenes. Las habían hecho en una playa de Nueva Inglaterra, y tanto los trajes de baño como las tumbonas, las sombrillas y las neveras portátiles se veían ahora pasados de moda y, por tanto, resultaban ligeramente ridículos. Había un foto de su padre con una caña larga, botas de pescador y una gorra con el dibujo de un pez espada echada hacia atrás de modo que le dejaba la frente al descubierto, luciendo una sonrisa de oreja a oreja y señalando la enorme lubina americana que sujetaba por las branquias. «Ahora está muerto -pensó ella-. Debe de estarlo. Han pasado demasiados años. Ojalá lo supiera con seguridad, pero tiene que estarlo. Le enorgullecería saber que su nieta es una pescadora tan experta como lo era él. Le encantaría que ella lo llevara consigo, al menos una vez, en esa barca que tiene.»

Dejó esta fotografía a un lado y examinó otra, en la que aparecía su madre de pie junto a sus dos hermanos. Estaban cogidos del brazo, y saltaba a la vista que ella había logrado apretar el disparador justo en el momento en que alguien contaba el final de un chiste, porque los tres tenían la cabeza hacia atrás, riendo de forma inconfundible y desenfadada. Eso es lo que le gustaba a Diana de su madre, que parecía capaz de reírse de cualquier situación, por muy dura que hubiese sido. «Una mujer que plantaba cara a las malas noticias -pensó Diana-. Seguro que he salido a ella en lo tozuda. Seguramente ella también es tara muerta dentro de poco, o quizá será muy mayor y tendrá problemas de memoria.» Al bajar la vista para mirar la fotografía por segunda vez, la invadió una sensación de soledad absoluta y, por un instante, deseó poder recordar el chiste que habían contado en ese momento. «No pediría ninguna otra cosa -pensó-; me conformaría con saber cómo era ese chiste.»

Exhaló un suspiro profundo. Contempló a sus hermanos y les susurró «lo siento» a los dos. Por un momento se preguntó si el hecho de que ella desapareciera había sido más duro para ellos. Cumpleaños, aniversarios, Navidades. Seguramente también bodas, nacimientos, entierros, los avatares habituales en la vida de una familia, le habían sido arrancados de un tajo psicológicamente letal. No les había dirigido ni una palabra a título de explicación, ni siquiera una sílaba para dar señales de vida. Era lo único que ella sabía con toda certeza que ocurriría la noche que había huido de Jeffrey Mitchell y de la casa en que había convivido con él.

Si quería una nueva vida para sí y para sus hijos, debía buscarla en algún sitio seguro. Y la única manera en que podía garantizar su seguridad era permanecer siempre a la sombra, pues de lo contrario él la encontraría. Lo sabía con toda certeza.

«Morí aquella noche. Y volví a nacer también.»

Dejó las fotografías y echó un vistazo a la lista escrita a máquina. Contenía los nombres y las últimas direcciones que conocía de sus parientes. Algún día sus hijos la heredarían, o eso esperaba. Creía que llegaría un día en que sería posible recuperar el contacto.

Pensaba que tal vez ese día llegaría pronto cuando recibió la carta del abogado. Una prueba de su muerte. Llevaba décadas guardada en la caja de metal. Y era lo que tanto había estado esperando. De pronto se preguntó por qué no había salido a la luz cuando la había recibido.

Sacudió la cabeza.

Porque una parte de ella no se lo creía. Una parte lo bastante importante como para que ella no pusiera en riesgo la vida de sus hijos ni la suya propia, por muy convincente que pareciera la carta del abogado.

En el fondo de la caja había un sobre pequeño de papel de Manila, el último objeto que quedaba. Lo retiró con cuidado, como si fuera frágil. Lo abrió despacio, por primera vez en muchos años.

Se trataba de otra fotografía.

En ella, Diana aparecía mucho más joven y sentada en un sillón. Frunció el entrecejo cuando se fijó en su cara. Parecía muy poquita cosa. Oculta tras unas gafas. Tímida e indecisa. Débil. Susan, con cinco años de edad, se aferraba a su regazo, toda ella energía contenida. Jeffrey, de siete años, estaba de pie a su lado, pero inclinado hacia ella, con expresión muy seria y preocupada, como si ya supiese de algún modo que había madurado mucho para su edad. Le sujetaba la mano con fuerza a su madre.

De pie a la espalda de los tres, tras el respaldo de la silla, ligeramente separado, estaba Jeffrey padre. La cámara, accionada por medio del disparador automático, estaba colocada frente a ellos, y, por haberse situado él unos centímetros por detrás de ellos, aparecía con las facciones borrosas.

Nunca quería que le hicieran fotos. Diana contempló su rostro por un momento. «Cabrón», pensó.

«Jeffrey sabría cómo», se dijo, dándose cuenta de repente. El sabría cómo escanear la imagen y procesarla de modo que los rasgos quedaran más nítidos y mejor definidos. Después podrían envejecerlo digitalmente para saber qué aspecto tendría en la actualidad.

Interrumpió estos pensamientos.

– Pero si estás muerto -dijo en voz alta. El rostro de la fotografía no respondió.

Ella había hecho todo cuanto había podido, pensó. Había intentado, en la medida de sus posibilidades, seguirle la pista a él; leía diligentemente los boletines de la academia St. Thomas More, y se había suscrito en secreto al Princeton Packet, el semanario que publicaba noticias de Hopewell. Había acariciado la idea de contratar a un detective privado, pero, como siempre, había sido consciente de un hecho fundamental: la información puede fluir en dos direcciones. Todo paso que ella diera para saber de él, por muy sutil que fuera, podría acabar por volverse en su contra. Así pues, a lo largo de los años, se había limitado a seguir las pocas vías en las que se sentía relativamente segura. Se trataba sobre todo de medios a disposición del público, como periódicos y boletines. Seleccionaba las revistas de ex alumnos de todos los centros de enseñanza a los que él había asistido o en los que había impartido clases. Leía esquelas y diarios y prestaba especial atención a las transacciones de bienes inmuebles. Pero, en general, todo ello había resultado infructuoso, especialmente en los muchos años que habían transcurrido desde que el abogado le enviara aquella carta. Aun así, perseveró. Estaba orgullosa de ello. La mayoría de la gente habría concluido que estaba a salvo, pero ella no, ni por asomo.

Alzó la vista y se dirigió a su marido como si se encontrara en aquella habitación con ella. Que fuera un fantasma o un hombre de carne y hueso le daba igual.

– Creías que podrías engañarme. Pensabas en todo momento que yo haría precisamente lo que querías, lo que esperabas, lo que deseabas. Pero no lo hice, ¿verdad?

Sonrió.

«Eso debe de dolerte lo indecible», pensó.

«Si estás vivo, debe de ser una herida abierta y terrible para ti.

«Y si efectivamente estás muerto, espero que eso te haga rabiar en ese infierno con que te hayas encontrado, esté donde esté.»

Diana Clayton respiró hondo otra vez.

Se levantó y juntó los objetos esparcidos sobre su cama para guardarlos de nuevo en la caja de seguridad. Reflexionó sobre lo que le había ocurrido a su hija y sobre los mensajes que había recibido.

«Todo es un juego», pensó con amargura. Siempre era un juego.

En ese momento decidió llamar a Jeffrey, por mucho que se enfadara su hija. «Si quien está enviando los mensajes es quien yo me temo -se dijo-, si al cabo de todos estos años nos ha encontrado al fin, Jeffrey tiene derecho a saberlo, pues corre el mismo peligro que nosotras. Y tiene derecho a participar también en este juego.»

Se acercó a una mesita de noche y descolgó el auricular del teléfono. Vaciló por unos instantes y marcó el número de su hijo en Massachusetts.

Los tonos de llamada sonaron repetidamente y de forma exasperante. Contó diez, y luego esperó a que sonaran otros diez. Después colgó.

Se dejó caer sobre la cama.

Diana sabía que no podría dormir esa noche. Alargó el brazo para coger sus pastillas para el dolor y se tomó un par sin agua, tragando con dificultad, consciente de que no aliviarían el dolor que de verdad la embargaba por dentro, un miedo repentino, terrible, teñido de negro.

11 Un lugar de contradicciones

Jeffrey Clayton se removió incómodo en el banco de madera noble pulida de la iglesia mientras los fieles que lo rodeaban rezaban en silencio con la cabeza gacha. Hacía muchos años que no se encontraba en un templo durante la celebración de los oficios, y se sentía incómodo con el entusiasmo que veía en torno a sí. Estaba sentado en la última fila de la iglesia unitaria en la población donde había vivido la joven a quien mentalmente no podía identificar más que como la número cuatro.

La ciudad, llamada Liberty, todavía estaba en plena construcción. Había varias excavadoras inactivas alineadas en una extensión de tierra marrón claro que pronto se convertiría en la plaza principal de la ciudad. En otros puntos se alzaban pilas de vigas de metal y bloques de hormigón ligero.

El día anterior el ruido de las obras había sonado ininterrumpidamente: los pitidos y bramidos de las excavadoras, el zumbido agudo de la maquinaria, el rugido sordo de los motores diesel de los camiones. Hoy, sin embargo, era domingo, y las bestias del progreso guardaban silencio. Y en el interior de la iglesia, le parecía encontrarse en las antípodas de las sierras, los clavos y los materiales de construcción. Todo era nuevo y reluciente aquella mañana soleada, y rayos de luz coloreada se filtraban por un gran vitral que representaba a Cristo en la cruz, si bien el artesano había concebido un Salvador menos transido por el dolor de su muerte prematura que pletórico de dicha ante el paraíso que lo esperaba. El resplandor que iluminaba el dibujo de la corona de espinas de Jesús proyectaba destellos multicolores e iridiscentes sobre las paredes de un blanco inmaculado de la iglesia.

Jeffrey paseó la vista por la concurrencia. La iglesia estaba completamente llena y, salvo por él, no había más que familias. En su mayoría eran blancos, pero el profesor vio entre ellos algunos rostros negros, hispanos y asiáticos. Calculó que gran parte de los adultos eran ligeramente mayores que él, y que la media de edad de los niños era la correspondiente a los tres primeros años de la escuela secundaria. Había personas con bebés en brazos, y algunos adolescentes mayores que parecían más interesados los unos en los otros que en los oficios. Todos llevaban ropa bien lavada y planchada, e iban pulcramente peinados. Jeffrey recorrió con la mirada las caras de los niños, intentando descubrir a alguno a quien le molestara tener que llevar sus galas dominicales, pero, pese a unos pocos posibles candidatos -un chico con la corbata torcida, otro con los faldones de la camisa fuera del pantalón y un tercero que no dejaba de moverse en su asiento pese a que su padre le había echado el brazo sobre los hombros-, no logró encontrar a uno que fuera evidentemente un rebelde en potencia. «No hay ningún Huckleberry Finn por aquí», pensó.

Jeffrey deslizó la mano sobre el pulido banco de caoba marrón rojizo y se percató también de que la sobrecubierta negra del himnario apenas estaba gastada. Se volvió de nuevo hacia la vidriera de colores y pensó: «Debe de haber una lista de prioridades y un calendario de trabajo en algún sitio para que un artesano dedicara tanto tiempo a idear y elaborar tan meticulosamente esa imagen. Así que recibió el encargo, con sus dimensiones y otras especificaciones, meses antes de que la primera excavadora se pusiera en marcha, antes de que se construyesen el ayuntamiento, el supermercado o el centro comercial.»

El coro se puso en pie. Sus miembros llevaban una túnica de color burdeos intenso ribeteada de dorado. Sus voces inundaron la iglesia, pero él no les prestó mucha atención. Estaba esperando que comenzara el sermón, y posó la vista en el pastor, que buscaba algo entre unas notas, sentado a un lado de la tribuna. Se puso de pie justo cuando las últimas notas del himno resonaban bajo las vigas antes de apagarse.

El pastor llevaba unas gafas colgadas al cuello de una cadena y de vez en cuando las levantaba para colocárselas sobre el tabique de la nariz. Curiosamente, gesticulaba sólo con la mano derecha, mientras que mantenía la izquierda rígida, a su costado. Era un hombre de baja estatura con una cabellera rala y más bien larga que parecía alborotada por la brisa, pese a que el aire en el interior de la iglesia estaba en calma. Su voz, sin embargo, era más imponente que su aspecto, y atronaba sobre las cabezas de los fieles.

– ¿Cuál es el mensaje de Dios cuando dispone que se produzca un accidente que nos arrebata a un ser querido?

«Por favor, dígamelo», pensó Jeffrey cínicamente, pero escuchó con atención. Era por eso por lo que estaba en la iglesia.

Ese oficio en particular no estaba dedicado específicamente a la número cuatro. Se había celebrado un funeral íntimo y familiar en una iglesia católica a unos metros de allí, al otro lado del terreno aún polvoriento que, una vez regado y sembrado, se cubriría de verde a medida que avanzara la temporada de crecimiento. Le había insistido al agente Martin en la necesidad de grabar en vídeo a todos los que asistieran a los oficios celebrados por la chica asesinada, y de identificar todos los vehículos, incluidos los que pasaran junto a la iglesia aparentemente por otros motivos. Quería saber el nombre y los antecedentes de toda persona relacionada con el funeral de la joven, de todo aquel que mostrase interés en su muerte, por pequeño que fuera.

Esas listas se estaban preparando, y él planeaba cotejarlas con las de profesores, trabajadores, jardineros… cualquiera que pudiese haber tenido algún contacto con ella. Luego cotejaría de nuevo la lista, esta vez con la de todos los nombres recopilados durante la investigación del asesinato de la víctima número tres. Sabía que éste era un procedimiento bastante habitual para examinar los asesinatos en serie. Era un proceso frustrante que llevaba demasiado tiempo, pero ocasionalmente -al menos según la bibliografía sobre asesinos múltiples- la policía, en un golpe de suerte, identificaba un solo nombre que aparecía en todas las listas.

Depositaba pocas esperanzas en que esto sucediera.

«Las conoces, ¿verdad? -se preguntó de pronto en referencia a su imagen mental del asesino-. ¿Conoces todas las técnicas de rigor? ¿Conoces todas las vías tradicionales de investigación?»

La voz del pastor lo arrancó de sus reflexiones.

– ¿Acaso los accidentes no son la manera que tiene Dios de elegir entre nosotros, de imponer su voluntad sobre nuestra vida?

Jeffrey había apretado los puños con fuerza. «Necesito saber cuál es la conexión -pensó-. ¿Qué te atrae hacia esas jóvenes? ¿Qué es lo que intentas decir?»

No se le ocurrió respuesta alguna a esa pregunta.

Jeffrey irguió la cabeza y empezó a prestar más atención al oficio. No había acudido a la iglesia en busca de inspiración divina. Su curiosidad era de naturaleza distinta. El día anterior había reparado en el letrero que anunciaba el sermón del domingo, titulado «Cuando sobrevienen los accidentes de Dios». Le había parecido curioso que eligiesen esa palabra: accidente.

¿Qué tenía que ver con la depravación cuyos frutos finales había contemplado hacía unos días?

Eso es lo que estaba ansioso por averiguar.

¿Qué accidente?

Se había guardado esta pregunta, sin compartirla con el agente Martin, que ahora aguardaba impaciente frente a la iglesia.

Jeffrey continuó escuchando. El pastor continuaba perorando con voz de trueno, y el profesor esperaba oír una sola palabra: asesinato.

– Así que nos preguntamos: ¿cuál es el designio de Dios cuando se lleva de nuestro lado a alguien tan joven y prometedor? Pues podéis estar seguros de que hay un designio…

Jeffrey se frotó la nariz. «Un designio cojonudo», pensó.

– … Y a veces comprendemos que, al acoger a los mejores de nosotros en su seno, en realidad nos está pidiendo a los que nos quedamos que redoblemos nuestra fe, renovemos nuestro compromiso y consagremos nuestra vida a hacer el bien y a propagar el amor y la devoción. -El pastor hizo una pausa, dejando que sus palabras fluyeran sobre los rostros levantados hacia él-. Y si seguimos ese camino que Él nos señala con tanta claridad, podremos, pese a nuestras penas y aflicciones, acercarnos y acercar a todos los que permanecen en este mundo a Él. ¡Eso es lo que nos exige, y debemos estar a la altura de ese reto!

La mano izquierda que el pastor mantenía pegada al costado apuntó ahora al cielo con afán, como señalando al ser que estaba en lo alto, escuchando la conclusión a la que había llegado. El pastor vaciló por segunda vez, para dar a sus palabras un mayor peso, y luego finalizó:

– Oremos.

Jeffrey agachó la cabeza, pero no para rezar.

«A partir de lo que no he oído he descubierto algo importante», se dijo. Algo que le formaba en el estómago un pequeño nudo de angustia extrema que no tenía nada que ver con los asesinatos que estaba investigando y sí mucho que ver con el lugar donde los estaba investigando.

El agente Martin estaba sentado a su escritorio, jugando a la taba. La bola botaba con un golpe sordo, y de vez en cuando el corpulento inspector fallaba, soltaba una palabrota y volvía a empezar, haciendo sonar las piezas contra la superficie metálica de la mesa.

– Una… dos… tres -farfullaba para sí.

Jeffrey se volvió hacia él desde donde estaba escribiendo en la pizarra.

– Hay que decir «uno, dos, tres, al escondite inglés» -le informó-. Apréndase bien la terminología. Martin sonrió.

– Usted dedíquese a su juego -repuso-, que yo me dedicaré al mío. -Arrastró todas las piezas con un movimiento repentino del brazo para dejarlas caer sobre su mano derecha y dirigió su atención a lo que escribía Clayton.

Las dos categorías principales seguían en la parte superior de la pizarra. Jeffrey, no obstante, había añadido datos sueltos bajo el encabezamiento «Similitudes», detalles sobre la posición del cuerpo de cada víctima, el emplazamiento y los dedos índices cortados. La víctima número cuatro, por supuesto, presentaba varios problemas en este apartado. Jeffrey había notado cierto escepticismo por parte de Martin, cierta resistencia a considerar -como consideraba él- que las diferencias en la cuidadosa colocación del cadáver y el hecho de que le faltara el dedo índice izquierdo y no el derecho, como a las otras víctimas, apuntaban a un mismo asesino. El inspector había demostrado su faceta más tozuda al negar con la cabeza y decir: «Las semejanzas son semejanzas, y las diferencias son diferencias. Usted pretende que lo diferente sea semejante. La cosa no funciona así.»

El lado de la pizarra con la anotación «Si el asesino es alguien a quien no conocemos» tenía considerablemente menos información. Clayton no le había contado al inspector que la habían borrado y él la había vuelto a escribir; que alguien había violado la seguridad de la oficina.

Clayton no había tomado ninguna medida para ocultar los documentos sobre los asesinatos -informes de la escena del crimen, resultados de autopsias, declaraciones de testigos y cosas por el estilo- que atestaban los ficheros del despacho. La mayor parte de ellos existían también como archivos informáticos, y Jeffrey suponía que cualquiera con la capacidad para abrir la cerradura electrónica de la oficina también podría acceder a cualquier texto guardado en el ordenador.

En cambio, había pasado por una papelería local y había comprado una libreta pequeña encuadernada en cuero. En una era de blocs electrónicos inteligentes y comunicaciones a alta velocidad, la libreta casi parecía una antigüedad, pero tenía la cualidad excepcional de ser lo bastante modesta para caber en el bolsillo de su chaqueta, de modo que podía llevarla consigo en todo momento. Por lo tanto, era privada y no dependía de un circuito eléctrico o una clave informática para ser segura. Estaba llenándose rápidamente de las inquietudes y observaciones de Jeffrey, que parecían poner de relieve una duda que aún no había conseguido formular pero que empezaba a tomar cuerpo en su interior.

En una de las primeras páginas, había escrito: «¿Quién ha borrado la pizarra?» y debajo había anotado cuatro posibilidades:

1. Un empleado de limpieza, por error.

2. Alguien de la esfera política, p. ej. Manson, Starkweather o Bundy.

3. Mi padre, el asesino.

4. El asesino, que no es mi padre pero quiere hacerme creer que lo es.

De hecho, ya había descartado la primera posibilidad tras encontrar el horario de limpieza del edificio y entrevistarse brevemente con el personal de turno. Le habían revelado dos datos interesantes: que el agente Martin les había dado instrucciones de que toda limpieza en la oficina se llevase a cabo exclusivamente bajo su supervisión directa, y que el Servicio de Seguridad podía invalidar prácticamente cualquier sistema de cierre controlado por ordenador en cualquier parte del estado.

También había descartado a los políticos, al menos en teoría. Aunque el mensaje implícito en la borradura era justamente el que ellos querían que aceptara, era demasiado pronto en la investigación para ejercer ese tipo de presión sobre él. Sabía que la presión no tardaría en llegar. Siempre llegaba; a los políticos casi lo único que les importaba era que todo sucediese en el tiempo previsto. Y dudaba que esa presión fuera tan sutil como el sencillo acto de borrar algo que él había escrito en la pizarra.

Lo que, claro está, dejaba dos posibilidades. Las mismas que lo asediaban desde el principio.

Como siempre, lo rondaban innumerables preguntas, muchas de las cuales había garabateado en su libreta a altas horas de la noche. Si el asesino, fuera quien fuese, se había molestado en hacer algo como borrar unas palabras de una pizarra, ¿qué significaba?

Había respondido a esta pregunta en su libreta con una sola palabra, escrita con un lápiz negro y subrayada tres veces: «Mucho.»

– Bueno, ¿y ahora qué, profesor? ¿Más entrevistas? ¿Quiere ir a hablar con el forense para contar con información de primera mano de cómo murió la última? ¿Qué tiene usted en mente?

Martin sonreía, pero con una expresión que Clayton había aprendido a relacionar con la ira. Asintió con la cabeza.

– No es mala idea. Vaya a ver al forense y dígale que necesitaremos su informe definitivo esta tarde. Despliegue todas sus dotes de persuasión. El hombre parece un poco reticente.

– No está acostumbrado a estas tareas. Los forenses del estado suelen dedicarse más bien a asegurarse de que todos los colegiales estén vacunados y de que el Departamento de Inmigración no deje entrar enfermedades infecciosas alegremente procedentes del resto del país o del extranjero. Las autopsias de víctimas de asesinato no forman parte de su rutina. Al menos habitualmente.

– Pues vaya a encender una fogata.

– ¿Y usted a qué se dedicará, profesor, mientras yo estoy fuera incordiando con mi insistencia característica?

– Me quedaré aquí enumerando a grandes rasgos todos los aspectos forenses de cada asesinato, para que podamos centrarnos en las semejanzas.

– Eso suena fascinante -comentó el inspector mientras se levantaba de su silla-. Y también muy importante.

– Nunca se sabe -respondió Jeffrey-. En esta clase de investigaciones, el éxito surge a menudo a partir de algún elemento descubierto en el transcurso de horas de trabajo pesado y mecánico.

Martin sacudió la cabeza.

– No -replicó-, no lo creo. Eso es lo que ocurre en muchas investigaciones de asesinatos, por supuesto. Es lo que te enseñan en las academias. Pero aquí no, profesor. Aquí hará falta algo más. -El inspector se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo-. Por eso está usted aquí. Para averiguar qué es ese «algo más». Procure no olvidarlo. Y trabaje en ello, profesor.

Jeffrey asintió, pero Martin ya había salido. El profesor esperó unos minutos, luego se puso de pie rápidamente, cogió su libreta y su chaqueta y se marchó, sin la menor intención de hacer lo que le había dicho a Martin que haría, y con una idea clara de lo que necesitaba averiguar.

Las oficinas del New Washington Post se encontraban cerca del centro de la ciudad, aunque Jeffrey no estaba seguro de que «ciudad» fuese la palabra más adecuada para describir la zona céntrica. Desde luego no se parecía a ningún barrio urbano que hubiese visitado; era un lugar donde reinaba un orden casi rígido disfrazado de organización rutinaria. La cuadrícula de calles era uniforme, el césped y las plantas que crecían junto a la calzada estaban bien cuidados. Las aceras eran amplias y proporcionadas, casi como un paseo. Apenas se hallaba presente la mezcolanza de diseño y deseo que caracteriza a la mayor parte de las ciudades. Y el desorden frenético causado por el apiñamiento de lo moderno y lo antiguo estaba del todo ausente.

Nueva Washington era un lugar meticulosamente planificado, esbozado, medido y modelado antes de que se excavara una sola palada de tierra. No es que todo fuera igual. En apariencia, al menos, no lo era. Diferentes diseños y formas distinguían cada manzana. No obstante, el hecho de que todo fuera tan nuevo lo abrumaba. Aunque arquitectos distintos habían proyectado edificios diferentes, saltaba a la vista que, en algún momento, todos los planos habían pasado por las manos de la misma comisión y de este modo la ciudad había impuesto, más que la uniformidad, una visión común. Eso es lo que le resultaba opresivo.

Sin embargo, también reconocía que esta repugnancia seguramente sería transitoria. Al caminar por Main Street, advirtió que la acera estaba limpia de toda basura del día anterior, y cayó en la cuenta de que no tardaría mucho en acostumbrarse al nuevo mundo creado en Nueva Washington, aunque sólo fuera porque era un sitio pulcro, no recargado y tranquilo.

Y seguro, se recordó Jeffrey. Siempre seguro.

La recepcionista del vestíbulo de las oficinas del periódico le sonrió cuando entró por unas puertas batientes de cristal. En una pared había números destacados del periódico ampliados a un tamaño gigantesco, con unos titulares que pedían atención a gritos. Esto no le pareció a Clayton una entrada atípica de un periódico, pero lo que le sorprendió fue la selección de ampliaciones. En otras publicaciones lo habitual era ver ediciones famosas del pasado que reflejaban una mezcla de éxitos, desastres e iniciativas, todo ello de gran importancia para el país -Pearl Harbor o el día de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de Kennedy, el crac de la bolsa, la dimisión de Nixon, la llegada del hombre a la Luna -, pero aquí los titulares eran absolutamente optimistas y considerablemente más restringidos al ámbito local: SE ALLANA EL TERRENO PARA NUEVA WASHINGTON, LA CATEGORÍA DE ESTADO ES PROBABLE, ANEXIÓN DE TERRITORIO NUEVO EN EL NORTE, SE CIERRAN ACUERDOS CON OREGÓN Y CALIFORNIA.

«Sólo noticias buenas», pensó Jeffrey.

Apartó la vista de la pared y le devolvió la sonrisa a la recepcionista.

– ¿Tiene morgue su periódico?

La mujer abrió los ojos como platos.

– ¿Que si tiene qué?

– Un departamento de archivo, donde se guardan ediciones anteriores.

La recepcionista era joven e iba bien peinada y mejor vestida de lo que cabría esperar de una persona de su edad y posición.

– Ah, por supuesto -respondió rápidamente-. Es que no había oído a nadie emplear esa expresión. La que se refiere al depósito de gente muerta.

– En los viejos tiempos, así es cómo llamaban a los archivos de los periódicos -le explicó él.

Ella sonrió de nuevo.

– No te acostarás sin saber una cosa más. Cuarta planta, a la derecha. Que pase un buen día.

Encontró el archivo sin mayor dificultad, al fondo de un pasillo que salía de la sala de redacción. Se detuvo por un momento a contemplar a los hombres y mujeres trabajando ante sus mesas, frente a monitores de ordenador. Había una fila de pantallas de televisión sintonizadas con las cadenas de noticias por cable, colgadas del techo sobre una mesa de redacción central. La sala estaba en silencio, salvo por el omnipresente tecleteo de los ordenadores y alguna que otra voz que estallaba en carcajadas. Los teléfonos emitían zumbidos bajos. Todo le pareció elegante y eficiente, desprovisto de todo el encanto del periodismo de otros tiempos. No tenía el aspecto de un sitio propicio para la pasión, para lanzar cruzadas, para la rabia ni la indignación. No había nadie remotamente similar a Hildy Johnson o el señor Burns de Primera Plana. No se respiraba un ambiente de ajetreo. El lugar era como cínicamente se imaginaba las oficinas de una compañía de seguros grande; unos oficinistas grises procesando información para homogeneizarla con vistas a su difusión.

El archivero era un hombre de mediana edad, unos años mayor que Jeffrey y con un ligero sobrepeso, que resollaba un poco al hablar, como si trabajara constantemente bajo los efectos de un resfriado o del asma.

– El archivo está cerrado al público ahora mismo -dijo-, a menos que haya concertado una cita. El horario general está expuesto en la placa de la derecha. -Hizo un gesto con la mano como para despachar al visitante.

Jeffrey extrajo su pasaporte de identificación provisional.

– Se trata de un asunto oficial -aseguró en el tono más profesional del que fue capaz. Sospechaba que el archivero era el tipo de persona que adoptaba una actitud protectora de su territorio durante unos momentos pero que acababa por ceder e incluso por mostrarse servicial.

– ¿Oficial? -El hombre se quedó mirando el pasaporte-. ¿Oficial de qué tipo?

– Seguridad.

El archivero alzó la vista con curiosidad.

– Le conozco -dijo.

– No, no lo creo -repuso Jeffrey.

– Sí, estoy seguro -insistió el hombre-. Segurísimo. ¿Ha estado antes por aquí?

Jeffrey se encogió de hombros.

– No, nunca. Pero necesito ayuda para encontrar unos archivos.

El hombre volvió a mirar el pasaporte, luego al visitante y finalmente asintió con la cabeza. Le señaló al profesor un asiento desocupado frente a una pantalla de ordenador y arrimó una silla para sentarse junto a él. Jeffrey se percató de que el hombre parecía estar sudando, aunque el ambiente era fresco en la sala. Además, el archivero hablaba en voz baja pese a que no había nadie más por ahí, actitud que a Jeffrey le pareció de lo más normal en un bibliotecario.

– Muy bien -dijo el hombre-. ¿Qué necesita?

– Accidentes -contestó Jeffrey-. Accidentes en los que se hayan visto envueltos mujeres jóvenes o adolescentes. En los últimos cinco años, más o menos.

– ¿Accidentes? ¿De tráfico, quiere decir?

– De lo que sea. De tráfico, ataques de tiburones, impactos de meteoritos, lo que sea. Toda clase de accidentes sufridos por mujeres jóvenes. Sobre todo casos en los que la chica haya permanecido desaparecida durante algún tiempo antes de que la encontraran.

– ¿Desaparecida? ¿Así, zas, sin más?

– Exacto.

El archivero puso los ojos en blanco.

– Extraña petición -gruñó-. Palabras clave. Siempre se necesitan palabras clave. Así es como está archivado en la base de datos. Identificamos palabras o frases comunes y luego las registramos electrónicamente. Cosas como «ayuntamiento» o «Super Bowl». Probaré con «accidente» y «adolescente». Déme más palabras clave.

Clayton reflexionó por un instante.

– Pruebe con «fugitiva» -dijo-. También con «desaparecida» y «búsqueda». ¿Qué otras palabras emplean los periódicos para describir los accidentes?

El archivero movió afirmativamente la cabeza.

– «Suceso» es una de ellas. Además, se aplica automáticamente un adjetivo a casi todos los accidentes, como «trágico». Lo introduciré también. ¿Los últimos cinco años, dice? En realidad, sólo llevamos una década en circulación. Ya puestos, podemos hacer la búsqueda desde el principio.

El archivero pulsó varias teclas. Al cabo de unos segundos el ordenador había procesado la orden, y para cada palabra clave había una respuesta con el número de artículos en que aparecía. Al escribir «Detalles» en el teclado, el ordenador mostraba el titular, la fecha y la página del periódico en que cada uno de ellos se había publicado. El archivero le enseñó cómo abrir los artículos para leerlos y cómo dividir la pantalla para cotejar dos textos.

– Bueno, todo suyo. -El archivero se levantó-. Estaré por aquí, por si tiene alguna duda o necesita ayuda. Conque accidentes, ¿no? -Clavó una vez más los ojos en Jeffrey-. Sé que he visto su cara antes -comentó antes de alejarse arrastrando los pies.

Jeffrey hizo caso omiso de él y se concentró en la pantalla de ordenador. Estudió los artículos metódicamente sin encontrar nada que le pareciera útil hasta que se le ocurrió lo obvio e introdujo un par de palabras clave: «muerte» y «letal».

Esto dio como resultado una lista más manejable de setenta y siete artículos. Los examinó y descubrió que cubrían veintinueve incidentes distintos acaecidos a lo largo del período de diez años. Se puso a leerlos de principio a fin, uno por uno.

No tardó mucho en darse cuenta de lo que tenía delante. En el transcurso de una sola década, veintinueve mujeres -la mayor de ellas una joven de veintitrés años recién licenciada que iba a visitar a su familia, y la menor una niña de doce que se dirigía a su clase de tenis- habían fallecido como consecuencia de algún suceso en el estado número cincuenta y uno. Ninguno de esos «accidentes» había sido uno de esos actos corrientes de un Dios caprichoso que podría colocar a una adolescente en bicicleta ante un coche en marcha cualquier tarde. En cambio, Jeffrey leyó historias de mujeres jóvenes que habían desaparecido misteriosamente en viajes de acampada, o que habían decidido de pronto fugarse de casa mientras realizaban alguna actividad de lo más normal, o que nunca habían llegado a su destino, una clase o cita de rutina. Había algunos titulares estrambóticos que aseguraban que perros salvajes o lobos reintroducidos en las zonas forestales por ecologistas obsesionados por conservar el medio ambiente habían atacado a un par de aquellas jóvenes. Una serie de sucesos se había producido al aire libre: despeñamientos, ahogamientos en ríos e hipotermias desafortunadas que habían acabado con varias. Según los artículos, unas cuantas estaban deprimidas, y se insinuaba que habían huido de su familia para quitarse la vida, como si se tratara de una decisión absolutamente normal en una adolescente, a diferencia de los impulsos autodestructivos sistemáticos como por ejemplo la bulimia o la anorexia.

El Post informaba de todos los casos con el mismo estilo aburrido. Artículo uno: CHICA DESAPARECE INESPERADAMENTE (página tres). Artículo dos: LAS AUTORIDADES INICIAN LA BÚSQUEDA (página cinco, una sola columna, a la izquierda, sin foto). Artículo tres: RESTOS DE CHICA DESCUBIERTOS EN ZONA RURAL SIN URBANIZAR. LA FAMILIA LLORA A LA VÍCTIMA DEL ACCIDENTE.

Había unos pocos textos que se apartaban de este enfoque tan poco imaginativo, casos que en vez de terminar con la triste variante JOVEN ENCONTRADA finalizaban con un LAS AUTORIDADES DAN POR TERMINADA LA BÚSQUEDA INFRUCTUOSA. Ni uno solo de los sucesos había aparecido en primera plana junto con las noticias de empresas nuevas que se trasladaban al estado número cincuenta y uno. Ninguna crónica ahondaba en el tema más allá de las declaraciones de los portavoces del Servicio de Seguridad. Ningún reportero intrépido mencionaba semejanzas entre un incidente y alguno que se hubiera producido anteriormente. Ningún periodista había confeccionado tampoco una lista como la que estaba elaborando él.

Esto le sorprendió. Si él había reparado en el número de casos similares, a un periodista tampoco le habría costado mucho descubrirlo. La información se encontraba en su propio archivo digitalizado.

A menos, claro está, que lo hubieran descubierto pero hubiesen optado por no publicarlo.

Jeffrey se reclinó en su silla de oficina, con la vista fija en la pantalla de ordenador. Por un momento deseó que la sala de redacción por la que había pasado estuviera realmente repleta de empleados de una compañía de seguros, porque al menos ellos estarían al corriente de las tablas actuariales con los porcentajes de probabilidades que tenía una chica adolescente de morir a causa de alguna de estas presuntas calamidades.

«Ni de casualidad -se dijo-. Y por qué no también abducciones extraterrestres», se mofó, acordándose de que ésta era la misma comparación que el agente Martin había hecho.

Lo repitió para sí, en un susurro: «Ni de coña.»

Se preguntó cuántas de aquellas muertes se habían producido tal como informaba el periódico. Supuso que un par. Seguramente alguna de aquellas adolescentes se había fugado realmente de casa, y alguna realmente se había suicidado, y tal vez había sobrevenido realmente algún accidente de acampada. Quizás incluso dos. Calculó rápidamente. Un diez por ciento equivaldría a tres muertes. Un veinte por ciento, a seis. Esto aún dejaba veinte muertes a lo largo de una década. Al menos dos por año.

Continuó meciéndose en la silla.

A los asesinos metódicos de la historia les habría parecido un balance razonable para una inversión de energía homicida. No espectacular, pero aceptable. En el polo opuesto, los asesinos psicópatas sedientos de sangre sin duda considerarían insuficiente este número desde su posición privilegiada en el infierno. Ellos preferían la cantidad y la satisfacción instantánea. La voracidad de la muerte. Por supuesto, resultaba mucho más fácil pillarlos gracias a sus excesos.

Sin embargo, los asesinos constantes, silenciosos y entregados que ocupaban la siguiente esfera infernal asentirían con la cabeza en señal de admiración hacia un hombre que controlaba sus impulsos y sabía contenerse. Eran como el lobo que elige a los caribúes enfermos o heridos de la manada, procurando no matar a demasiados para no poner en peligro su fuente de sustento.

Jeffrey se estremeció.

Comenzó a imprimir las crónicas de los casos que creía que encajaban en esa pauta, y mientras tanto comprendió por qué lo habían mandado llamar. Las autoridades estaban quedándose sin excusas creíbles.

Perros salvajes y lobos. Mordeduras de serpiente y suicidios. Al final alguien se negaría a creerlo, y eso supondría un problema considerable. Se sonrió, como si una parte de él lo encontrara divertido.

«No tienen a dos víctimas», pensó.

«Tienen a veinte.»

Entonces la sonrisa se le borró de los labios cuando se planteó la pregunta obvia: «¿Por qué no me lo dijeron desde un principio?»

La impresora que tenía al lado comenzó a escupir las páginas con los artículos. Los papeles se apilaban en la bandeja mientras esperaba. Al alzar la mirada vio al archivero del periódico caminando hacia él con un ejemplar del Post.

– Sabía que le había visto antes -resolló el hombre con aire ufano-. Pues ¿no salió en la primera página de la sección «Noticias del estado» la semana pasada? Es usted una celebridad.

– ¿Qué?

El hombre le tiró el periódico, y Jeffrey bajó la vista. Ahí estaba su fotografía, de dos columnas de ancho y tres columnas de alto, en la parte inferior de la primera página de la segunda sección. El titular encima de la imagen y del artículo que la acompañaba rezaba: LAS AUTORIDADES CONTRATAN ASESOR PARA INCREMENTAR LA SEGURIDAD. Clayton echó una ojeada a la fecha del periódico: era del día que había llegado al estado número cincuenta y uno.

Leyó:

… En su continuo afán por preservar y mejorar las medidas de protección de los ciudadanos del estado, el Servicio de Seguridad ha encomendado al reputado profesor Jeffrey Clayton, de la Universidad de Massachusetts, que lleve a cabo una inspección a gran escala de los planes y sistemas actuales.

Clayton, que según un portavoz espera cumplir pronto los requisitos para instalarse en el estado, es un experto en diversos procedimientos y estilos criminales. En palabras del portavoz, «todo esto forma parte de nuestros esfuerzos incesantes por adelantarnos a las intenciones de los criminales e impedir que lleguen hasta aquí. Si saben que no tienen la menor posibilidad de vencer en su juego aquí, es muy probable que se queden donde están, o que se vayan a algún otro sitio…».

Había algo más, incluida una frase que le atribuían y que él nunca había pronunciado, algo sobre lo mucho que le complacía estar allí de visita, y las ganas que tenía de volver en el futuro.

Dejó el periódico, sobresaltado.

– Se lo he dicho -señaló el archivero. Echó un vistazo a las hojas de papel que salían de la impresora-. ¿Esto tiene algo que ver con el motivo por el que está aquí?

Jeffrey asintió con la cabeza.

– Este artículo -dijo-, ¿qué difusión tuvo?

– Se publicó en todas nuestras ediciones, incluida la electrónica. Todo el mundo puede leer las noticias del día en el ordenador de su casa sin mancharse los dedos de tinta de periódico.

Jeffrey asintió de nuevo, mirando su fotografía en aquella plana del diario. «Vaya con la confidencialidad -pensó-. Nunca tuvieron la intención de mantener en secreto mi presencia aquí. Lo único que quieren ocultar al público es el auténtico motivo por el que estoy aquí.»

Tragó saliva y sintió que una grieta serena, glacial y profunda se abría en su interior. Pero al menos ahora sabía por qué estaba allí. No le vino a la mente justo la palabra «cebo», pero lo invadió la desagradable sensación de ser una lombriz que se retorcía en un anzuelo mientras alguien la sumergía despiadadamente en las frías y oscuras aguas en que nadaban sus depredadores.

Cuando salió a la calle, la puerta doble del periódico se cerró detrás de Jeffrey con un sonido como de succión. Por un momento, quedó cegado por el sol del mediodía, que se reflejaba en la fachada de cristal de un edificio de oficinas, y apartó la vista de la fuente de luz, llevándose instintivamente la mano a la frente para protegerse los ojos, como si temiese sufrir algún daño. Echó a andar por la acera y apretó el paso, moviéndose con rapidez. Antes, se había desplazado hasta el centro desde las oficinas del Servicio de Seguridad en autobús. No era una distancia muy grande, apenas unos tres kilómetros. Caminó más deprisa mientras los pensamientos se le agolpaban en la cabeza, y al cabo de un rato corría.

Iba esquivando el tráfico de peatones de la hora del almuerzo, sin hacer caso de las miradas o los insultos ocasionales de algún que otro oficinista que se veía obligado a apartarse de un salto para dejarlo pasar. La espalda de la chaqueta se le inflaba, y su corbata se agitaba al viento que él mismo generaba. Echó la cabeza hacia atrás, aspiró una gran bocanada de aire y corrió con todas sus fuerzas, como si estuviese en una carrera, intentando dejar atrás a los demás competidores. Sus zapatos crujían contra la acera, pero desoyó sus quejidos y pensó en las ampollas que le saldrían después. Comenzó a mover los brazos como pistones, para ganar velocidad, y al cruzar una calle con el semáforo en rojo oyó un pitido furioso tras de sí.

A estas alturas ya no prestaba atención a su entorno. Sin aminorar el paso, enfiló el bulevar para alejarse del centro en dirección al edificio de las oficinas del estado. Notaba el sudor que le corría desde las axilas y le humedecía la parte baja de la espalda. Escuchaba su respiración, que desgarraba roncamente el límpido aire del Oeste. Ahora estaba solo en medio del mundo de las sedes empresariales. Cuando avistó la torre de las oficinas del estado, se detuvo bruscamente para quedarse jadeando a un lado de la calle.

Pensó: «Vete. Vete ahora mismo. Coge el primer vuelo. Que se metan el dinero por donde les quepa.»

Sonrió y negó con la cabeza. No iba a hacer eso.

Apoyó las manos en las caderas y se puso a dar vueltas, intentando recuperar el resuello. «Demasiado tozudo -pensó-. Demasiado curioso.»

Recorrió unos metros, intentando relajarse. Se detuvo ante la entrada del edificio y alzó la vista para contemplarlo.

«Secretos -se dijo-. Aquí se guardan más secretos de los que imaginabas.»

Por un instante se preguntó si él mismo era como el edificio; una fachada sólida y poco llamativa que escondía mentiras y medias verdades. Sin dejar de mirar el edificio, se recordó algo que era evidente: no hay que confiar en nadie.

De un modo extraño, esta advertencia le infundió ánimos, y aguardó a que su pulso volviera a la normalidad antes de entrar en el edificio. El guardia de seguridad levantó la mirada de sus monitores de videovigilancia.

– Oiga -dijo-, Martin le está buscando, profesor.

– Pues aquí estoy -respondió Jeffrey.

– No parecía muy contento -continuó el guardia-. Claro que nunca se le ve demasiado contento, ¿verdad?

Jeffrey asintió con la cabeza y prosiguió su camino. Se enjugó el sudor que le empapaba la frente con la manga de la chaqueta.

Imaginaba que se encontraría al inspector caminando furioso de un lado a otro del despacho cuando cruzase el umbral, pero la habitación estaba vacía. Echó una ojeada alrededor y vio un aviso de mensaje en la pantalla de su ordenador. Abrió su cliente de correo electrónico y leyó:

Clayton, ¿dónde diablos anda? Se supone que debe mantenerme informado de su paradero las veinticuatro horas del día. En todo puto momento, profesor. Sin excepciones. Incluso cuando vaya al cagadero. He salido a buscarle. Si regresa antes que yo, encontrará el informe preliminar de la autopsia de la última presunta víctima en el archivo «nuevamuerta 4» de su ordenador. Léalo. Vuelvo enseguida.

Jeffrey se disponía a examinar dicho archivo cuando se percató de que el indicador de mensajes en la parte superior de la pantalla señalaba que había recibido otro. «¿Qué más quejas tiene, inspector?», se preguntó mientras desplazaba el texto hacia abajo para abrir el segundo mensaje.

Pero todo resto de irritación se disipó de inmediato en cuanto lo leyó. No constaba de firma ni encabezamiento, sólo de una serie de palabras que parpadeaban en verde sobre un fondo negro. Lo leyó entero dos veces antes de retroceder unos centímetros de la pantalla, como si la máquina fuese peligrosa y capaz de echarle la zarpa.

Decía: DE BEBÉ, LO QUE MÁS TE GUSTABA ERA JUGAR A TAPARTE LA CARA, REAPARECER DE PRONTO Y GRITAR: «¡TE PILLÉ!» CUANDO ERAS UN POCO MAYOR, TU JUEGO FAVORITO ERA EL ESCONDITE. ¿TE ACUERDAS TODAVÍA DE CÓMO SE JUEGA A ESO, JEFFREY?

Jeffrey intentó contener el súbito torrente de emociones que penetró a través de todos los años de soledad que había acumulado en torno a sí. Sintió una agitación por dentro, una mezcla de miedo, fascinación, terror y excitación. Todos estos sentimientos se arremolinaban en su interior, y luchó por mantenerlos a raya. No se permitió pensar en otra cosa que en una respuesta dirigida a sí mismo y a nadie más; menos aún a sus empleadores. Sospechaba que su presa -aunque de pronto no estaba seguro de que éste fuera el término más apropiado para designar al hombre a quien buscaba- ya conocía esa respuesta.

«Sí -dijo para sus adentros-, me acuerdo de cómo se juega.»

12 Greta Garbo por dos

Cuando creían que estaban solas en el mundo, ambas desarrollaron una curiosa sensación de seguridad, convencidas de que podían brindarse apoyo, camaradería y protección la una a la otra. Ahora que estaban menos seguras de su aislamiento, la rutina de su relación se había visto trastocada; de pronto madre e hija estaban nerviosas, casi con desconfianza mutua, a todas luces temerosas de lo que las esperaba fuera de las paredes de su pequeña casa. En un mundo que a menudo parecía haber sucumbido a la violencia habían conseguido erigir unas barreras sólidas, tanto emocionales como físicas.

Ahora Diana y Susan Clayton, cada una por su cuenta, sentían que esas barreras empezaban a desmoronarse debido a la presencia no definida del hombre que enviaba los anónimos, como un pilar de hormigón medio sumergido, batido constantemente por las olas, disolviéndose poco a poco, descascarillándose, desintegrándose y desapareciendo bajo el mar gris verdoso. Ninguna de las dos entendía del todo la naturaleza de su miedo; era cierto que un hombre las acechaba, pero la índole de este acecho las confundía.

Diana se negaba a compartir su temor más absurdo con su hija; pensaba que necesitaba más pruebas, lo que en sí era una media verdad. Ante todo, se negaba a escuchar la intuición que la había impulsado a sacar la caja de metal de su armario para buscar las endebles pruebas que tenía de la muerte de quien había sido su marido. Intentaba convencerse de que lo que contenía la caja eran datos concretos, pero eso provocaba en ella una lucha interior, la sensación que embarga a quien se debate entre lo que quiere creer y lo que le da miedo creer.

Los días posteriores al incidente del bar, la madre se había sumido en un silencio exterior, mientras una cacofonía de ruidos discordantes, dudas y malestar retumbaba en su interior.

El fracaso de sus intentos por ponerse en contacto con su hijo no habían hecho sino agravar esa inquietud. Había dejado varios mensajes en su departamento de la universidad, había hablado con una cantidad mareante de secretarias, ninguna de las cuales parecía saber con exactitud dónde se encontraba, aunque todas le aseguraron que pronto le pasarían el recado y entonces él devolvería la llamada. Una incluso llegó a decir que pegaría una nota con cinta adhesiva a la puerta de su despacho, como si eso fuera una garantía de éxito.

Diana se resistía a presionar más, porque pensaba que ello conferiría a su petición un toque de urgencia, casi de pánico, y no quería dar esa impresión. No le habría importado reconocer que estaba nerviosa, incluso alterada, desde luego preocupada. Pero el pánico le parecía un estado extremo, y esperaba hallarse aún lejos de él.

«Todavía no se ha producido ninguna situación que no podamos manejar», se dijo.

Pero a pesar de la actitud falsamente positiva de esta insistencia, ahora recurría a menudo -mucho más que antes- a la medicación para tranquilizarse, para conciliar el sueño, para olvidar las preocupaciones. Y le había dado por mezclar sus narcóticos con dosis generosas de alcohol, pese a que el médico le había advertido de que no lo hiciera. Una pastilla para el dolor. Una pastilla para aumentar el número de glóbulos rojos, que estaban perdiendo inútil y microscópicamente su batalla contra sus homólogos blancos en las profundidades de su organismo. No tenía la menor esperanza en que la quimioterapia diera resultado. También tomaba vitaminas para mantenerse fuerte. Antibióticos para evitar infecciones. Colocaba las pastillas en fila y evocaba imágenes históricas: la ofensiva de Pickett. Un esfuerzo valeroso y romántico contra un ejército bien atrincherado e implacable. Estaba destinado a fracasar desde antes de comenzar.

Diana regaba el montón de píldoras con zumo de naranja y vodka. «Al menos -se decía, no sin ciertos remordimientos-, el zumo de naranja se fabrica aquí y seguramente me hará bien.»

Más o menos al mismo tiempo, Susan Clayton se dio cuenta de que estaba tomando precauciones que antes desdeñaba. Durante los días siguientes al incidente en el bar, no subía ni bajaba en ascensor a menos que hubiera varias personas más. No se quedaba a trabajar hasta tarde en la oficina. Siempre que iba a algún sitio, pedía a alguien que la acompañara. Se preocupaba de cambiar su rutina diaria lo máximo posible, buscando la seguridad en la variedad y la espontaneidad.

Esto le resultaba difícil. Se consideraba una persona obstinada y no precisamente espontánea, aunque los pocos amigos que tenía en el mundo seguramente le habrían dicho que se equivocaba de medio a medio en su valoración de sí misma.

Cuando conducía de casa a la oficina y viceversa, ahora Susan había adquirido la costumbre de moverse entre los carriles rápidos y los lentos; durante unos minutos circulaba a ciento cincuenta kilómetros por hora y de pronto aminoraba la marcha hasta casi avanzar a paso de tortuga, pasando de un extremo al otro de una manera que creía que frustraría incluso al perseguidor más tenaz, pues al menos a ella la frustraba.

Llevaba una pistola en todo momento, incluso por casa, después de llegar del trabajo, escondida bajo la pernera de los vaqueros, sujeta al tobillo. Sin embargo, no engañaba a su madre, que sabía lo del arma, aunque le parecía más prudente no comentar nada al respecto, y que, por otra parte, aplaudía en su fuero interno esa precaución.

Ambas mujeres miraban con frecuencia por la ventana, intentando vislumbrar al hombre que sabían que andaba por ahí, en algún sitio, pero no veían nada.

Mientras tanto, las preocupaciones que embargaban a Susan se intensificaban por su incapacidad para idear un acertijo apropiado para enviar su siguiente mensaje. Juegos de palabras, acrósticos literarios, crucigramas… nada de eso le había resultado útil. Quizá, por primera vez, Mata Hari había fracasado.

Esto le daba cada vez más rabia.

Después de pasarse varias tardes muy tensa, sentada en casa con un bloqueo mental incontrolable, con la fecha de publicación cada vez más próxima, dejó caer la libreta y el lápiz al suelo de su habitación, le asestó una palmada a la pantalla de su ordenador, envió varios libros de consulta a un rincón de una patada y decidió salir a navegar en su lancha.

Caía la tarde, y el potente sol de Florida empezaba a perder su dominio sobre el día. Su madre había cogido un bloc grande de papel de dibujo y estaba abstraída, haciendo un bosquejo con carboncillo, sentada en un rincón de la habitación.

– Maldita sea, mamá, necesito tomar un poco el aire. Voy a dar una vuelta en la lancha y a ver si cojo un par de pescados para la cena. No tardo.

Diana alzó la vista.

– Pronto oscurecerá -señaló, como si ésa fuera una razón para no hacer nada.

– Sólo me alejaré media milla, a un lugar resguardado que conozco. Está casi en línea recta desde el embarcadero. Me llevará poco rato, y necesito ocuparme en algo que no sea quedarme por aquí pensando en cómo responderle a ese cabrón diciéndole algo que lo expulse de nuestras vidas.

Diana dudaba que hubiese algo que su hija pudiese escribir para alcanzar esa meta. Pero la animó ver la actitud decidida de su hija; le resultaba reconfortante. Se despidió con un leve gesto de la mano.

– Un poco de mero fresco no vendría mal -comentó-. Pero no tardes. Vuelve antes de que anochezca.

Susan le dedicó una amplia sonrisa.

– Es como hacer un pedido a la tienda de comestibles. Estaré de vuelta dentro de una hora.

Aunque se acercaban los últimos meses del año, hacía un calor veraniego al final del día. En Florida las altas temperaturas pueden llegar a ser sobrecogedoras. Esto ocurre sobre todo en verano, pero en ocasiones llegan rachas de viento del sur en otras estaciones del año. El calor tiene una presencia que debilita el cuerpo y enturbia la mente. Se avecinaba una noche de ese tipo: serena, húmeda, inmóvil. Susan era una pescadora avezada, una experta en las aguas a cuya orilla había crecido. Cualquiera puede mirar al cielo y prever la violencia que pueden desatar de pronto los nubarrones y las trombas, con sus vientos huracanados y su velocidad de tornado.

Pero a veces los peligros del agua y de la noche son más sutiles y se ocultan bajo un cielo en el que no corre una brizna de aire.

Antes de soltar amarras vaciló por un segundo, luego se sacudió la sensación de riesgo, recordándose que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo, una excursión de lo más común, y sí mucho que ver con el miedo residual que el hombre y sus mensajes le habían inspirado. Pilotó la lancha por la estrecha vía de agua hacia la bahía, y luego empujó el acelerador a fondo. Los oídos se le llenaron de ruido y el viento le azotó el rostro de repente.

Susan se encorvó contra la velocidad, disfrutando con el embate y el zarandeo que traía consigo, pensando que había salido a ese mundo que conocía tan bien precisamente para librarse de su ansiedad.

Decidió de inmediato pasar de largo la zona resguardada de la que le había hablado a su madre, e hizo un viraje brusco, notando cómo el casco largo y angosto se hincaba en la superficie azul claro mientras se dirigía a un lugar más lejano y productivo. Sintió que sus cadenas quedaban atrás, en tierra firme, y casi le entristeció llegar a su destino.

Después de apagar el motor, dejó la embarcación cabeceando sobre las olas diminutas durante un rato. Luego, con un suspiro, se concentró en la tarea de pescar la cena. Soltó un ancla pequeña, cebó un anzuelo y lo lanzó. Al cabo de unos segundos notó un tirón inconfundible.

Media hora después, había llenado hasta la mitad una nevera portátil con pagros y meros más que suficientes para cumplir con la promesa que le había hecho a su madre. La pesca había surtido en ella el efecto que esperaba; le había despejado la cabeza de temores y le había conferido fuerzas. De mala gana, recogió el sedal. Guardó su equipo, se levantó, paseando la mirada en derredor, y cayó en la cuenta de que tal vez había estado allí más tiempo de la cuenta. Allí de pie, le pareció que los últimos rayos grises del día se extinguían en torno a ella, escurriéndosele entre los dedos. Antes de que pusiera rumbo a su casa, se vio envuelta en la oscuridad.

Esto le causó desasosiego. Sabía cómo regresar, pero también que ahora le sería mucho más difícil. Cuando el último resplandor se desvaneció, estaba atrapada en un mundo transparente, silencioso, viscoso y resbaladizo, y donde antes se encontraba la frontera habitual entre tierra, mar y aire, ahora había una masa informe, negra y cambiante. De pronto se puso nerviosa, consciente de que había traspasado el límite de la prudencia, con lo que el mundo que amaba se había convertido súbitamente en un lugar inquietante y tal vez incluso peligroso.

Su primer impulso fue el de llevar la lancha directa a tierra y arrancar a correr durante unos minutos hasta encontrar algún punto de referencia entre los diferentes tonos de sombras que tenía ante sí. Hubo de obligarse a reducir la velocidad, pero lo logró.

Más adelante entrevió las sinuosas siluetas de un par de islotes y recordó que había un canal estrecho entre ellos que la conduciría a aguas más despejadas. Una vez allí, podría avistar luces a lo lejos, quizás alguna casa o faros en la carretera; cualquier cosa que la guiase a la civilización.

Siguió adelante despacio, intentando encontrar el paso entre los dos islotes. A duras penas consiguió distinguir parte de la maraña formada por las ramas de los árboles del manglar mientras se acercaba, temerosa de encallar antes de salir a aguas más profundas. Trató de tranquilizarse, diciéndose que lo peor que podía ocurrir es que tuviera que pasar una noche incómoda en la lancha batallando contra los mosquitos. Gobernaba la embarcación con cuidado, deslizándose hacia delante mientras el motor burbujeaba a su espalda. Su confianza en sí misma aumentó cuando se introdujo en el espacio entre los islotes. Se estaba felicitando por haber dado con el canal cuando el casco de la lancha tropezó con la arena lodosa de un bajío invisible.

– ¡Mierda! -gritó, consciente de que se había desviado demasiado hacia uno u otro lado. Metió marcha atrás, pero la hélice ya rozaba el fondo, y fue lo bastante inteligente para apagar el motor por completo antes de que se soltara.

Maldijo la noche, furiosa, dejando que su invectiva le brotara de los labios, una sucesión ininterrumpida de «mierdas» y «hostias putas», pues el sonido de su voz la reconfortaba. Después de cagarse durante un rato en Dios, las mareas, el agua, los traicioneros bancos de arena y la oscuridad que lo había hecho todo imposible, se interrumpió y escuchó por unos momentos el sonido de las olas pequeñas que chapaleaban contra el casco. Luego, sin dejar de hablarle en voz alta a su lancha, activó el mecanismo eléctrico que izó el motor con un zumbido agudo. Esperaba que esto bastara para quedar a la deriva, pero no fue así.

Maldiciendo y quejándose en todo momento, Susan empuñó la pértiga y empujó con ella para intentar desencallar la embarcación. Le pareció que ésta se movió un poco, pero no lo suficiente. Seguía varada. Volvió a colocar la pértiga en su soporte y se desplazó a un lado de la lancha. Contemplando el agua que la rodeaba calculó a ojo que debía de tener sólo unos quince centímetros de profundidad. El calado de la embarcación medía veinte. Sólo se mojaría hasta los tobillos. Pero tenía que bajar, colocar ambas manos contra la proa y empujar con todas sus fuerzas. Necesitaba sacudir la lancha para liberarla de la arena. Y si eso no daba resultado, pensó, bueno, se quedaría atrapada allí hasta que, al amanecer, la marea empezara a subir y el agua del mar fluyese por encima del bajío, haciendo subir la embarcación hasta desembarrancarla. Por un instante, mientras se encaramaba a la borda, lista para abandonar la seguridad de la lancha, contempló la posibilidad de esperar y dejar que la naturaleza se encargara del trabajo duro. Sin embargo, se reprendió a sí misma por ser tan remilgada, y con un movimiento resuelto saltó al agua.

Templada como un baño, ésta se arremolinó en torno a sus pantorrillas. El fondo bajo sus zapatos era un lodo blando. Al instante se hundió unos cuantos centímetros. De nuevo prorrumpió en imprecaciones, un torrente constante de palabrotas. Apoyó el hombro en la proa y, tras respirar hondo, se puso a empujar. Soltó un gruñido a causa del esfuerzo.

La lancha no se movió.

– Oh, venga -imploró Susan.

Volvió a apretar el hombro contra la proa, intentando esta vez empujar hacia arriba para mecer la embarcación. La frente se le perló de sudor. Se le escapó un fuerte gemido, y notó que los músculos de la espalda se le tensaban como un cordón al ceñir la cintura de unos pantalones, y la lancha se deslizó hacia atrás unos centímetros.

– Mejor -dijo.

Lo intentó otra vez, aspirando hondo y aplicando presión con todo su empeño. El fondo plano de la barca raspó el fondo al recular unos quince centímetros más.

– Un avance, joder -masculló ella.

Un empujón más y pondría la lancha a flote.

No sabía cuántas fuerzas le quedaban, pero estaba decidida a gastarlas en ese intento. La arena del fondo le había succionado los pies y le llegaba a una altura considerable de las piernas. Tenía una marca en el hombro por apretarlo contra la lancha. Empujó de nuevo y soltó un gritito cuando la barca retrocedió con un chirrido y luego quedó libre. Susan trastabilló a causa del impulso y perdió el equilibrio. Jadeando, se tambaleó hacia delante mientras la lancha se alejaba de ella, flotando. El agua salada le mojó el rostro cuando cayó de rodillas. La embarcación se acercó un poco, como un cachorro temeroso de que lo castiguen, y se quedó cabeceando sobre la superficie a unos tres metros de donde estaba ella.

– Mierda, mierda -refunfuñó, disgustada por haberse mojado, pero en realidad encantada de haber logrado desencallar. Se puso de pie, se sacudió de la cara y las manos toda el agua de mar que pudo y, tras liberar los pies del cieno del bajío, echó a andar en dirección a la barca.

Sin embargo, allí donde esperaba encontrar el fondo blando bajo los pies, no había nada.

Susan se precipitó de nuevo hacia delante, perdió el equilibrio y se zambulló en el agua oscura. Supo al instante que se había metido en el canal. Alzó la cara para hacerla emerger de aquella extensión de negrura y respiró una gran bocanada de aire. Los dedos de sus pies buscaron un fondo donde apoyarse, pero no lo encontraron. El agua oscura parecía arrastrarla hacia abajo. Exhaló con fuerza, luchando contra una oleada repentina de pánico.

La lancha se mecía sobre la superficie tranquila, a poco más de tres metros.

No se permitió imaginar realmente su situación, en el agua, sin hacer pie, a oscuras, mientras una corriente suave alejaba de ella a velocidad constante la seguridad que representaba la lancha. Mantuvo la sangre fría, aspiró profundamente el aire sedoso de la noche y dio varias brazadas rápidas y vigorosas por encima de la cabeza, pataleando con fuerza, levantando pequeñas explosiones de fósforo blanco tras sí. La embarcación flotaba provocadoramente delante de Susan, que nadó enérgicamente hasta alcanzar el costado, extender los brazos y asirse a la borda con ambas manos.

Permaneció un rato así, sujeta de un flanco de la lancha, con la mejilla apretada contra la lisa fibra de vidrio de la embarcación como una madre contra la mejilla de un niño perdido. Los pies le colgaban en el agua, casi como si ya no formaran parte de ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo terriblemente cansada que estaba. Se quedó un momento allí, reposando. A continuación reunió las pocas fuerzas que le quedaban, se aupó y pasó una pierna por encima de la borda, intentando aferrarse a la lancha con el vientre. Durante un segundo permaneció allí en precario equilibrio, luego se agarró con más firmeza, se impulsó con la pierna que aún tenía en el agua y finalmente rodó por el suelo de la barca.

Susan se quedó tendida, mirando al cielo, intentando recuperar el resuello.

Notaba que la adrenalina le palpitaba en las sienes, y que el corazón le latía desbocado en el pecho. Se apoderó de ella una sensación de agotamiento mucho mayor de la que correspondía a la energía que había empleado, un cansancio que tenía más que ver con el miedo que con el esfuerzo.

En lo alto, las estrellas titilaban con benevolencia. Las contempló y dijo en voz alta:

– Nunca, nunca, nunca, nunca bajes de la lancha de noche. Nunca pierdas el contacto. Nunca dejes que se te escape. Nunca, nunca jamás dejes que esto vuelva a ocurrir.

Se incorporó trabajosamente, con la espalda contra la borda. Cuando recobró el aliento, al cabo de un momento, se puso en pie, temblando.

– Muy bien -dijo en voz alta-. Vuelve a intentarlo. Encuentra el canal, maldita sea, no la arena. Avante, despacio.

Le vinieron ganas de reír, pero se recordó a sí misma que todavía no había recorrido el canal.

– Aún no hemos salido de ésta -murmuró.

Se dejó caer junto al tablero de mandos y, cuando se disponía a darle al contacto, una gran masa de agua gris negruzca saltó a su lado, salpicándole el rostro y las manos y arrancándole un grito de sorpresa. Se oyó un golpe sordo cuando una aleta impactó contra el costado de la lancha, un estallido de energía blanca y espumosa a unos centímetros de su cabeza.

La explosión la derribó de su asiento sobre la cubierta de la lancha.

– ¡Dios santo! -exclamó.

El agua se arremolinó alrededor de la barca y luego quedó quieta.

El corazón le dio un vuelco.

– ¿Qué demonios eres? -gritó, poniéndose de rodillas con dificultad.

La única respuesta a su pregunta fue el silencio y el retorno de la noche.

Escudriñó las corrientes pero no vio rastro del pez que había emergido junto a la lancha. De nuevo se esforzó por calmarse. «Dios mío -pensó-, ¿qué era eso que estaba en el agua conmigo? ¿Un tiburón tigre grande, o un pez martillo? Cielo santo, debe de haber estado allí, justo al borde del bajío, buscando su cena, y yo metida en el agua, junto a él, chapoteando. Joder.» De pronto imaginó al pez debajo de ella todo el rato, observándola, esperando, sin saber qué era ella exactamente, pero acercándose a pesar de todo. Susan exhaló rápidamente, soltando el aire con fuerza.

Se estremeció, intentando desterrar el miedo que aún tenía en su interior. Era consciente de que no podía hacer nada más y, con la mano ligeramente trémula, bajó despacio el motor, le dio al encendido y empujó la transmisión hacia delante. Casi sin acelerar, viró en la dirección que creía que la llevaría a la orilla.

«Llegaremos a casa esta noche -se dijo-, y luego se acabó la pesca durante un tiempo.» Mientras avanzaba a una velocidad apenas superior al gateo de un bebé por un suelo desconocido para él, reflexionó sobre el hecho de que su madre no seguiría a su lado mucho tiempo y de que ella tendría que empezar a prepararse para esa realidad cuanto antes. No obstante, no tenía la menor idea de cómo prepararse.

Diana Clayton había estado absorta en su bosquejo, y cuando la luz perdió intensidad en torno a ella, de modo que le costaba ver los últimos trazos y sombreados del dibujo, alzó la mirada para pulsar el interruptor de la luz y se percató de que su hija estaba tardando mucho en regresar.

Su primer impulso fue acercarse a la ventana, pero en los últimos días se había sorprendido a sí misma mirando hacia fuera en demasiadas ocasiones, como si ya no confiase en el mundo que le era familiar. Esta vez no se comportaría como una anciana decrépita y agonizante, que es como se veía a sí misma, y confiaría en que su hija sería capaz de volver a casa sana y salva. De modo que, en lugar de echar un vistazo al exterior, recorrió deprisa la casa, encendiendo las luces, muchas más de las que habría encendidas en circunstancias normales. Al final, no quedaba una sola bombilla en todas las habitaciones de la casa que no estuviese despidiendo luz. Incluso encendió las de los armarios.

Cuando regresó a donde estaba dibujando, posó la vista en el boceto en carboncillo y de pronto preguntó en voz alta:

– ¿Qué querías de mí?

El rostro que había esbozado en el bloc sonreía con los labios apretados y una expresión en los ojos que denotaba que sabía algo que nadie más sabía, una especie de diversión arrogante que ella sólo podía reconocer como perversa.

– ¿Por qué me escogiste a mí?

En el dibujo él aparecía como un hombre joven, y ella se consideraba a sí misma una mujer envejecida por la enfermedad. Se preguntó si el mal que padecía él lo había avejentado tan precipitadamente también, pero por alguna razón lo dudaba. Era más probable que su enfermedad actuase como una especie de elixir de Ponce de León, pensó ella con rabia. Tal vez, con los años, los carrillos se le hubiesen puesto más carnosos, y ahora tuviese entradas en el pelo. Quizá se le habían profundizado las arrugas de la frente y de las comisuras de la boca y los ojos. Pero eso sería todo. Seguiría siendo fuerte y siempre seguro de sí mismo.

No le había dibujado las manos. Acordarse de ellas le provocaba escalofríos. El tenía dedos largos y delicados que escondían una gran fuerza física. Tocaba el violín bastante bien y sabía arrancar del instrumento sonidos de lo más evocadores.

Siempre tocaba solo, en una habitación que tenía en el sótano, donde tanto ella como los niños tenían prohibida la entrada. Las notas del instrumento se colaban por toda la casa como el humo, y más que un sonido eran como un olor, una sensación de frío.

Diana cerró los ojos y le rechinaron los dientes cuando pensó que esas manos habían tocado su cuerpo. De forma profunda e íntima. Sus atenciones hacia ella eran curiosamente infrecuentes, pero cuando se producían, eran insistentes. Sus relaciones sexuales no consistían en la unión de dos personas, sino simplemente en que él la utilizaba cuando tenía ganas.

Diana sintió un nudo en la garganta.

Sacudió la cabeza enérgicamente, en desacuerdo consigo misma.

– Estás muerto -dijo en alto, plantando cara al boceto-. Te mataste en un accidente de tráfico, y espero que te doliese.

Cogió el bloc de dibujo, clavó la mirada en la caricatura que tenía ante sí y luego cerró la libreta. Pensó que su hija había heredado la forma de la boca, y su hijo, la de la frente. Los tres tenían la misma barbilla. Ella esperaba que los ojos -y lo que habían visto- fueran sólo de él. «Yo era joven y me sentía sola -recordó-. Era callada y retraída, y no tenía amigos. Nunca fui popular ni bonita, así que los chicos no me rondaban ni me llamaban para salir. Llevaba gafas, y el pelo recogido y aplastado hacia atrás, y nunca me maquillaba, ni era graciosa, divertida, o atlética, ni tenía ninguna otra cualidad que me hiciese atractiva a los ojos de nadie más. Tenía mala coordinación y no sabía hablar de otra cosa que de mis estudios, no tenía nada que decir sobre nada ni sobre nadie. Y antes de que él apareciera, yo creía que eso era todo lo que me ofrecería la vida, y en más de una ocasión pensé que tal vez acabaría con todo antes de que hubiera comenzado. Deprimida y con tendencias suicidas. ¿Por qué? -se preguntó de repente-. Porque mi propia madre era una mujer apocada, de espíritu débil, adicta a las pastillas para adelgazar, y mi padre era un profesor de universidad entregado a su trabajo, un poco frío, un poco distante, que la quería pero la engañaba y, cada vez que lo hacía, se avergonzaba más y se distanciaba más de nosotras. Vivíamos en una casa llena de secretos y yo no estaba ansiosa por averiguar verdades. Cuando crecí, estaba deseando marcharme y, al hacerlo, descubrí que el mundo exterior tampoco tenía gran cosa que ofrecerme.»

Bajó la vista al bloc de dibujo, que había resbalado al suelo.

«Excepto tú.»

De pronto se agachó para recoger el bloc y lo abrió por la página del retrato.

– ¡Los salvé! -gritó sin pararse a tomar aire-. ¡Maldita sea, los salvé y me salvé a mí misma de ti!

Diana Clayton se levantó parcialmente y lanzó el bloc al otro extremo de la habitación, donde golpeó la pared y cayó dando vueltas al suelo. Ella se desplomó en la silla, se reclinó y cerró los párpados. «Me muero -pensó-. Me muero, y ahora, cuando merezco algo de paz, me veo privada de ella. -Abrió los ojos y los posó en el boceto, que le devolvía la mirada-. Por culpa tuya.»

Se puso de pie, cruzó la habitación despacio y recogió el bloc. Le quitó el polvo, lo cerró, luego juntó los carboncillos y el trapo que había utilizado para difuminar las sombras, lo llevó todo al armario de su dormitorio y lo arrojó a un rincón, esperando que allí quedara oculto.

Retrocedió un paso y cerró de un golpe la puerta del armario. «No pensaré más en ello -se exigió-. Todo terminó aquella noche. De nada sirve acordarse de estas cosas.»

Sin creer una sola de las mentiras que acababa de decirse, Diana regresó a la sala de estar de su refugio a esperar a que su hija volviese a casa con la cena prometida. Aguardó en silencio, envuelta en aquel brillo intenso, hasta que oyó el sonido familiar de las pisadas de su hija acercándose por el camino de entrada en la oscuridad del exterior.

Los filetes de pescado frescos, salteados con un poco de mantequilla, vino blanco y limón estaban deliciosos y las reanimaron a las dos. Madre e hija se tomaron una copa de vino por cabeza con la cena e intercambiaron algunos chistes subidos de tono, lo que llevó risas a una casa en la que hacía tiempo que no se oía ninguna. Diana no comentó nada del retrato que había bosquejado. Susan no explicó por qué había llegado tan tarde. Durante una hora, las dos se las arreglaron para que las cosas parecieran casi como eran antes, una ilusión aceptable.

Una vez que los platos estuvieron lavados y guardados, Diana se retiró a su habitación y Susan a la suya, donde encendió el ordenador y retomó la frustrante tarea de idear un acertijo para el hombre que creía que la acechaba. Este pensamiento la hizo sonreír, pero sin una pizca de humor: la idea de que el hombre podía perfectamente estar justo al otro lado de la puerta, o bajo su ventana, o merodeando en las sombras junto a cualquiera de las palmeras que montaban guardia en el patio…, pero que, aunque se encontrara al alcance de la mano, su forma de comunicarse era mediante juegos de palabras ingeniosos.

Se le ocurrió algo e insertó una tabla en la pantalla del ordenador. Dentro, escribió:

¿Fuiste tú quien me salvó?

¿Qué es lo que quieres?

Yo quiero que me dejes en paz.

Contempló el mensaje por un momento y vio que lo que tenía eran dos preguntas y una afirmación. Separó los dos elementos del mensaje, de modo que quedó, por un lado:

¿Fuiste tú quien me salvó? ¿Qué es lo que quieres?

Y, por otro:

Yo quiero que me dejes en paz.

Decidió que podía revolver y cifrar el primer par de frases. Comenzó a trasponer las letras y al cabo de un rato obtuvo este resultado:

¿Si ven tufo sume tequila? ¿Quisque queso leeré?

Le gustaban los anagramas. Meditó sobre la última frase del mensaje y le vino una idea a la mente. Sonrió una vez, impresionada por su astucia, y susurró para sí:

– No has perdido del todo tus facultades, Mata Hari.

Escribió:

En la antigua isla del toro cometes un error que te hace vomitar y te recuerda la frase más famosa que ella dijo nunca.

Quedó complacida. Envió por correo electrónico el texto a su oficina, sólo una hora antes de que se cerrara el plazo para remitir material a la revista, y seguramente minutos antes de que algún editor agobiado se pusiese en contacto con ella, presa del pánico. A continuación, apagó su ordenador y se fue a la cama con la satisfacción del deber cumplido. Se durmió al instante y, por primera vez en días, no soñó nada.

Susan despertó unos segundos antes de que sonara la alarma de su despertador. Apagó el aparato antes de que comenzase a pitar, se levantó y se fue directa a la ducha. Después de secarse se vistió rápidamente, ansiosa por llegar a su oficina y ver las pruebas de imprenta de la columna del concurso de esa semana y lo que traería consigo. Recorrió el pasillo de puntillas, abrió la puerta de la habitación de su madre y echó un vistazo sigilosamente. Diana aún dormía, lo que su hija supuso que era algo bueno, pues imaginaba que el reposo la ayudaría a recuperarse. Si la enfermedad la debilitaba era en buena parte porque el dolor le arrebataba horas de descanso, de modo que la carga del agotamiento se sumaba a la serie de sufrimientos que la aquejaban.

Susan vio en la mesita de noche los frascos de pastillas que eran una constante en lo que quedaba de la vida de su madre. Moviéndose sin hacer ruido, se acercó, los juntó y se los llevó a la cocina.

Estudió las etiquetas con atención, luego extrajo la dosis matinal indicada de cada envase y las alineó en un plato de porcelana blanca como un pelotón al que van a pasar revista. Media docena de píldoras para empezar el día. Una roja, una ocre, dos blancas, dos cápsulas de dos colores distintas. Unas eran pequeñas, otras grandes. Permanecían en posición de firmes, esperando órdenes.

Susan se dirigió a la nevera, sacó un poco de zumo de naranja recién exprimido, sirvió un vaso y esperó que su madre no lo llenase de vodka después de beberse la mitad. Colocó el vaso junto a las pastillas. A continuación sacó un cuchillo, encontró un melón cantalupo y uno dulce, los cortó en rodajas con cuidado y dispuso elegantemente los trozos en forma de media luna en otro plato. Por último, encontró una hoja de papel y escribió una nota prosaica:

Me alegro de que hayas dormido un poco. Me he ido a trabajar temprano. Aquí te dejo el desayuno y las medicinas para hoy. Nos vemos por la noche. Podemos terminarnos el pescado para cenar.

Besos,

Susan

Paseó la vista por la cocina para comprobar que todo estuviera en su sitio, decidió que sí, y salió de la casa por la puerta trasera.

Cerró con llave y alzó la mirada al cielo. Ya estaba azul y soleado. Unas pocas nubes blancas y bulbosas vagaban sin rumbo fijo. «Un día perfecto», pensó.

Aproximadamente una hora después de que su hija se marchara, Diana Clayton despertó sobresaltada.

El sueño todavía le empañaba la visión, y ahogó un grito de terror, lanzando golpes al aire con los dos puños a la vez.

Tosió con fuerza y cayó en la cuenta de que estaba incorporada en la cama. Miró alrededor con los ojos desorbitados, temiendo ver a alguien escondido en un rincón. Aguzó el oído como si estuviera en condiciones de percibir el sonido de la respiración del intruso y distinguirlo de sus propios jadeos entrecortados. Quería inclinarse para echar un vistazo debajo de la cama, pero le faltó valor para ello. Fijó la vista en la puerta del armario, creyendo que quizás el intruso se ocultaba allí, pero luego recordó que tras esa puerta se escondían ya bastantes horrores, en el interior de la caja de metal o esbozados en el bloc de dibujo, y se dejó caer sobre las almohadas, respirando agitadamente.

Había sido el sueño, se dijo. En el último sueño que había tenido esa noche, estaba con su hija y, al bajar la mirada, descubría que a ambas les habían cortado de pronto la garganta, como al hombre del bar. Esta visión la había devuelto a la vigilia bruscamente. Se llevó la mano al cuello y notó el sudor resbaladizo que le goteaba por entre los senos.

Esperó a que su respiración volviera a la normalidad y a que el golpeteo de su corazón en el pecho remitiese antes de bajar los pies de la cama. Deseaba que hubiese una pastilla contra el miedo y, al volverse, advirtió que su provisión de frascos no estaba en su mesita de noche. Por un momento esto le causó confusión. Se levantó, se echó un albornoz blanco de algodón sobre los hombros y caminó con pasos suaves sobre el entarimado del suelo hacia la cocina. Avistó la hilera de frascos casi antes de que le diera tiempo de preocuparse.

También vio las rodajas de melón, se llevó una a la boca y reparó en el zumo y en la nota. Leyó lo que su hija le había escrito y sonrió. «He sido una egoísta -pensó- al retenerla a mi lado. Es una hija especial. Los dos son hijos especiales, cada uno a su manera. Siempre lo han sido. Y ahora que son adultos, siguen siendo especiales para mí.»

En el plato que tenía delante había una docena de pastillas bien ordenadas. Se disponía a cogerlas. Acostumbraba a ponérselas todas en la mano, metérselas en la boca como un puñado de cacahuetes y bajarlas con un trago de zumo.

No estaba segura de qué fue lo que la impulsó a detenerse. Quizás el traqueteo que oyó y que no identificó de inmediato. Algo que se rompía, pensó. ¿Qué podía romperse?

Miró a través de la ventana al azul brillante del cielo. Vio que una de las palmeras se cimbreaba movida por la enérgica brisa matinal. Oyó de nuevo aquel ruido, que esta vez sonó más próximo. Dio un par de pasos por la cocina y vio que la puerta trasera parecía estar abierta. Era lo que producía el traqueteo, cuando la corriente tiraba de ella y luego la cerraba de golpe.

Eso no era normal, y frunció el ceño.

«Susan siempre cierra con llave cuando se va temprano», pensó. Atravesó la cocina y se paró en seco.

El pestillo estaba echado, pero la puerta no estaba cerrada. Al examinarlo más de cerca descubrió que alguien había usado un destornillador o un martillo de orejas pequeño para arrancar la madera en torno al pestillo. Como solía ocurrirle a este material en los Cayos de Florida, la exposición constante al calor, la humedad, la lluvia y el viento había hecho estragos en el marco de la puerta, ablandándolo, desgastándolo, casi pudriéndolo. Haría las delicias de un ratero.

Diana reculó, como si la prueba de que habían forzado la puerta fuese infecciosa.

«¿Estoy sola?»

Se puso muy alerta. «La habitación de Susan», se dijo. Se dirigió hacia allí entre caminando y corriendo, temiendo que alguien se abalanzase hacia ella de pronto. Cruzó la habitación a toda prisa, abrió violentamente la puerta del armario y cogió una de las pistolas que su hija tenía sobre un estante. Dio media vuelta en la posición de disparar que Susan le había enseñado, amartillando el pequeño revólver y quitando el seguro con el mismo movimiento.

Estaba sola.

Diana escuchó atentamente pero no oyó nada, al menos nada que indicase que el intruso seguía por allí. Con una cautela exagerada en todo momento, fue de una habitación a otra, revisando cada armario y rincón, debajo de las camas, cualquier hueco donde pudiera esconderse un hombre. Nadie había tocado nada. Todo estaba en su sitio. No había el menor indicio de que alguien más hubiera estado en la casa, por lo que empezó a relajarse.

Regresó a la cocina y se acercó a la puerta a fin de inspeccionar el marco con más atención. Tendría que llamar a un carpintero ese mismo día, pensó, para que viniera y lo arreglara de inmediato. Sacudió la cabeza y, por unos instantes, sostuvo el frío metal de la pistola contra su frente. El susto de muerte que se había llevado un momento antes quedó rápidamente reducido a una irritación moderada mientras repasaba mentalmente la lista de carpinteros que ofrecían servicios de urgencia. Examinó de nuevo la madera arrancada.

– La madre que los parió -masculló en voz alta.

Seguramente había sido un vagabundo. O quizás unos adolescentes que habían dejado el instituto. Había oído que un par de chicos emprendedores de la zona habían amasado una cantidad considerable de dinero a los diecisiete años robando televisores, cadenas de música y ordenadores durante el día, mientras las familias estaban en el colegio o trabajando. Las marcas de rascaduras en el marco revelaban que el que había forzado el cerrojo era un aficionado. Había clavado una palanca de metal en la madera y había aplicado la fuerza bruta. Había obrado con prisas, sin el menor cuidado. Debía de pensar que no había ninguna persona en la casa y que un poco de ruido no alertaría a nadie.

Diana concluyó que los allanadores debieron de llegar un rato después de que se marchara Susan. Probablemente ya habían recorrido media casa cuando oyeron que ella se despertaba y habían salido huyendo.

Se sonrió y levantó la pistola.

Si lo hubieran sabido… Ella no se consideraba una guerrera, y desde luego no sería rival para un par de jóvenes. Contempló el arma. Tal vez habría equilibrado las cosas, pero sólo si hubiese podido cogerla a tiempo. Intentó imaginarse corriendo por la casa perseguida por dos adolescentes. Difícilmente resultaría ganadora de esa carrera.

Diana negó con la cabeza.

Suspiró y se esforzó por no pensar en lo cerca que había estado de morir. No había sucedido nada. Aquello no había sido más que una molestia, y además una molestia común y corriente, no sólo en los Cayos y en las ciudades, sino en todas partes. Un momento peliagudo y significativo de rutina en que nada había pasado. Un fiasco apenas digno de mención o de atención, pero que podría haberle costado la vida. Ellos habían oído el ruido que hacía al levantarse y se habían espantado, por fortuna, pues si se hubieran adentrado un poco más en la casa, seguramente habrían decidido matarla, además de robarle.

Imaginó al par de jóvenes. Cabello largo y grasiento. Pendientes y tatuajes. Manchas de nicotina en los dedos. «Gamberros», pensó. Se preguntó si esta palabra seguía siendo de uso común.

Diana se apartó de la puerta y se dirigió de nuevo a la mesa de la cocina. Depositó la pistola en el tablero y se llevó a la boca otro trozo dulce de melón. Los jugos azucarados le infundieron nuevo vigor. Cogió el vaso de zumo de naranja y extendió otra vez la mano hacia las pastillas que su hija le había dejado.

Entonces se detuvo.

Su mano vaciló en el aire a pocos centímetros de las píldoras.

«¿Qué sucede?», se preguntó de repente.

Una oleada de frío le recorrió el cuerpo.

Contó las pastillas. Doce.

«Son demasiadas -pensó-. Lo sé. Por lo general no son más de seis.»

Cogió los frascos, leyó la etiqueta de cada uno y contó de nuevo.

– Seis -dijo en alto-. Deberían ser seis.

Había doce en el plato.

– Susan, ¿te has equivocado?

No parecía posible. Susan era una persona muy cuidadosa, ordenada, sensata. Y le había preparado su medicación muchas veces.

Diana se acercó a un rincón de la cocina donde había un ordenador pequeño conectado a la línea telefónica. Introdujo el código de la farmacia más cercana y, unos segundos después, apareció en la pantalla la imagen del farmacéutico.

– ¡Eh, buenos días, señora Clayton! ¿Cómo se encuentra hoy? -la saludó el hombre con un marcado acento.

Diana respondió a su saludo con un gesto de la cabeza.

– Bastante bien, Carlos. Sólo tengo una pregunta sobre mis medicamentos…

– Tengo sus datos aquí mismo. ¿Qué sucede?

Ella miró las pastillas.

– ¿Está bien así? Dos megavitaminas, dos analgésicos, cuatro clomipraminas, cuatro renzac…

– ¡No, no, no, señora Clayton! -la interrumpió Carlos-. Las vitaminas están bien, incluso lo de tomar el doble de analgésicos, pero no se acostumbre. Seguramente se quedará dormida enseguida. Pero la clomipramina y el renzac son muy fuertes. ¡Son medicinas muy potentes! Eso es demasiado. ¡Una de cada! ¡Ni una más, señora Clayton! ¡Esto es muy importante!

Una sensación fría y pegajosa se apoderó de su estómago.

– O sea que cuatro de cada una sería…

– ¡Ni se le ocurra! Con cuatro de cada se pondría muy enferma.

– ¿Cómo de enferma? -lo cortó ella.

El farmacéutico hizo una pausa.

– Probablemente la mataría, señora Clayton. Cuatro de golpe sería muy peligroso. Ella no respondió.

– Sobre todo si las mezcla con esos analgésicos, señora Clayton. La dejarían K.O. y entonces no se enteraría de los efectos dañinos de la clomipramina y el renzac. Menos mal que ha llamado, señora Clayton. Si alguna vez tiene alguna duda sobre estas medicinas (ya sé que es difícil mantener siempre la cuenta de todas) no dude en llamar, señora Clayton. Y si no me encuentra, no se tome nada. Tal vez el analgésico, pero nada más. Esos fármacos para el cáncer, señora Clayton, son muy fuertes.

A Diana le temblaba la mano ligeramente.

– Muchas gracias, Carlos -consiguió balbucir-. Has sido de mucha ayuda. -Pulsó unas teclas y cerró la conexión. Con delicadeza, devolvió las pastillas de más a sus frascos respectivos, intentando ahuyentar la imagen del rostro otrora familiar del hombre que había entrado en la casa, leído la nota de su hija y visto al instante la oportunidad que presentaba. Esto debía de parecerle una broma colosal. Debió de marcharse sonriendo de oreja a oreja, quizás incluso riéndose a carcajadas al salir a la calle después de disponer una dosis letal de los medicamentos que en teoría la mantenían con vida sobre la mesa del desayuno, listos para que ella se los tomara.

13 Te pillé

Jeffrey Clayton, paralizado en su asiento, sin saber muy bien de entrada qué hacer, seguía contemplando el mensaje en la pantalla del ordenador cuando el agente Martin irrumpió por la puerta, furioso y con el rostro congestionado.

– Te pillé -murmuró Clayton para sí mientras el inspector daba un portazo y acto seguido prorrumpía en improperios.

– ¡Clayton, hijo de puta, le expliqué las normas! ¡Tenemos que ir juntos siempre, como culo y mierda! ¡Nada de excursioncitas sin llevarme a mí también! Maldita sea, ¿adónde ha ido? Le he estado buscando por todas partes.

El profesor no respondió de inmediato a la pregunta ni a la rabia de Martin. Dio media vuelta en su silla y clavó la vista en el inspector. Entendía los motivos de su ira. Después de todo, ¿de qué sirve una carnada si uno no la vigila más o menos constantemente, de modo que, cuando la presa surja de las profundidades en que se esconde y quede al descubierto, uno esté preparado para aprovechar la oportunidad? Su propia furia ante el hecho de que lo utilizaran de ese modo le formó un nudo en la garganta, pero tuvo la capacidad de contenerla. Supo por instinto que no le convenía desvelar que había averiguado la auténtica razón por la que se encontraba allí, en el estado número cincuenta y uno. Por otra parte, la prueba de que el plan de Martin no era una tontería estaba allí, bien a la vista, en el monitor sobre el escritorio. Por un momento pensó en ocultar el mensaje que había recibido, pero sin haber tomado una decisión consciente, alzó la mano lentamente e hizo un gesto hacia las palabras que tenía delante.

– Está aquí -dijo Jeffrey en voz baja.

– ¿Qué? ¿Quién está aquí?

Jeffrey señaló. A continuación se levantó, se acercó a la pizarra y, mientras el inspector se sentaba en su silla para leer el texto en la pantalla del ordenador, borró la mitad que tenía el título: «Si el asesino es alguien a quien no conocemos.»

– No lo necesitaremos -comentó, más para sí que para Martin. Se percató de que estaba borrando lo que ya había sido borrado, como un mensaje para él, que se había negado a asimilar. Cuando se volvió, advirtió que las marcas de quemaduras en el cuello y las manos del inspector habían enrojecido y se ponían más oscuras por momentos.

– Carajo -farfulló Martin.

– ¿Puede averiguar desde dónde se envió? -preguntó Jeffrey de pronto-. El mensaje llegó a través de una línea telefónica. Deberíamos poder rastrear el número del que proviene.

– Sí -respondió Martin, ansioso-. Sí, maldita sea, creo que puedo hacer eso. Es decir, debería poder. -Se encorvó sobre el teclado y comenzó a pulsar teclas-. Las autopistas electrónicas son complicadas, pero casi siempre circulan en ambas direcciones. ¿Cree usted que él lo sabe?

Jeffrey creía que era posible, pero no estaba seguro.

– No lo sé -dijo-. Seguramente algún genio de los ordenadores de catorce años del instituto local no sólo lo sabe, sino que podría hacerlo en diez segundos. Pero ¿hasta dónde llegan sus conocimientos de informática? No hay forma de saberlo. Pruebe a ver qué descubre.

Martin continuó tecleando, y vaciló por un momento.

– Ahí está -dijo de repente-. Creo que ya tenemos al maldito cabrón. -Soltó una risotada desprovista de humor-. Ha sido más fácil de lo que pensaba -aseguró el inspector. Levantó los dedos del teclado y los agitó en el aire-. Magia -afirmó.

Jeffrey se inclinó sobre su hombro y vio que el ordenador mostraba un número de teléfono bajo las palabras «origen del mensaje». El agente colocó el cursor sobre el número e introdujo otra orden. A continuación el ordenador le pidió una contraseña, que Martin escribió.

– Es para que el sistema de seguridad nos dé acceso a la información -explicó.

Mientras hablaba, el ordenador arrojó una respuesta, y Clayton vio aparecer un nombre y una dirección debajo del número de teléfono.

– Te tenemos, cabronazo -dijo de nuevo Martin con aire triunfante-. ¡Lo sabía! ¡Ahí tiene a su puto papaíto! -exclamó, enfadado.

Clayton leyó los datos:

Propietario: Gilbert D. Wray; copropietaria/esposa: Joan D. Archer; hijos residentes: Charles, 15, Henry, 12; dirección: Cottonwood Terrace, 13, Lakeside.

Se quedó mirando la dirección. Le resultaba extrañamente familiar.

Había información adicional sobre la ocupación del hombre, que era asesor empresarial, y de la madre, que figuraba simplemente como ama de casa. Constaba la fecha de su llegada al estado número cincuenta y uno, seis meses atrás, y su domicilio anterior, un hotel de Nueva Washington. Antes de eso, la familia había vivido en Nueva Orleáns. Jeffrey se lo señaló al inspector. Martin, que ya estaba cogiendo el teléfono, repuso rápidamente:

– Eso es normal. La gente vende su casa y se muda aquí, se aloja en un hotel mientras formaliza su situación migratoria y consigue una casa nueva. ¡Vamos, joder!

La persona al otro extremo de la línea debió de contestar en ese momento, porque el inspector dijo:

– Aquí Martin. Nada de preguntas. Quiero que un equipo de Operaciones Especiales se reúna conmigo en Lakeside. Ahora mismo. Prioridad máxima.

La impresora instalada junto al ordenador emitió un zumbido, y cuatro hojas de papel salieron por la rendija. El inspector las cogió, las contempló brevemente y se las pasó a Clayton. La primera imagen era una foto de carnet de un hombre de poco más de sesenta años, cuello recio, el cabello muy corto, al estilo militar, y gruesas gafas de pasta negra. La siguiente fotografía era de una mujer más o menos de la misma edad, de rostro demacrado y una nariz ligeramente desviada, como la de un boxeador. También había retratos de los dos hijos. El mayor destilaba una rabia y una hosquedad apenas disimuladas. Debajo de cada imagen constaban la estatura, el peso, las señas particulares y un historial médico moderadamente detallado, los números de la Seguridad Social y de carnet de conducir. También figuraban los números de cuentas bancarias e informes de crédito, así como los expedientes académicos de los chicos. Jeffrey cayó en la cuenta de que había información suficiente para que cualquier policía competente investigase a la persona o diese con ella, si se dictaba una orden de búsqueda.

– Salude a su padre -dijo Martin con brusquedad-. Salúdelo y luego despídase.

Mientras Jeffrey contemplaba las fotos con expresión vacía, sin dar la menor muestra de reconocer a nadie, el inspector se levantó de la silla y cruzó el despacho hacia un archivador de seguridad que estaba en un rincón. Batalló con la combinación por un momento antes de abrir un cajón, introducir la mano y sacar una metralleta Ingram negra y reluciente.

– De fabricación americana -dijo-, aunque algunos de los otros agentes prefieren modelos extranjeros. No entiendo por qué. Yo no. Me gusta que mis armas estén hechas en Estados Unidos, como Dios manda. -El inspector sonrió de oreja a oreja mientras insertaba con un sonoro «clic» un cargador lleno de balas de calibre.45, rechonchas, de aspecto diabólico, con punta de teflón, y se echaba el arma al hombro con un gesto rebosante de seguridad.

La subcomisaría del Servicio de Seguridad de Lakeside tenía un diseño tradicional, al estilo de Nueva Inglaterra; por fuera una oficina de policía de ladrillo rojo, con contraventanas blancas, y por dentro un observatorio moderno e informatizado, un mundo de taquillas de acero gris y ordenadores de plástico beige, todo ello bajo fluorescentes empotrados en el techo y sobre unas moquetas marrones, gruesas, de resistencia industrial, que amortiguaban todos los sonidos. Las ventanas que daban al exterior no eran más que accesorios decorativos, pues el sistema auténtico que se seguía en la subcomisaría para observar el mundo que se hallaba fuera de las paredes era electrónico. Ordenadores, monitores de videovigilancia y dispositivos sensores. Martin aparcó en una zona trasera oculta y se dirigió a toda prisa a la entrada, donde se abrieron unas puertas con un zumbido para franquearle el paso a un pequeño vestíbulo donde se encontraba reunido el equipo de Operaciones Especiales, esperándolo.

El equipo constaba de seis miembros, cuatro hombres y dos mujeres. Iban vestidos de paisano. Las mujeres lucían modernos atuendos de corredoras de colores vivos. Uno de los hombres llevaba un traje conservador azul marino y corbata; otro, un chándal gris raído que había humedecido para que pareciera que había estado haciendo ejercicio. Los otros dos hombres iban vestidos como técnicos de compañía de teléfonos, con téjanos, camisas de trabajo, cascos y cinturones portaherramientas de cuero. Todos estaban ocupados con sus armas cuando Jeffrey los vio, acoplando el cerrojo a sus Uzis, comprobando que los cargadores estuviesen llenos. Advirtió, asimismo, que todas las armas podían llevarse ocultas: el ejecutivo guardó la suya en un maletín; las dos mujeres escondieron las suyas en cochecitos de bebé parecidos, y los operarios en sus juegos de herramientas.

Martin repartió al equipo copias de las fotografías. Se acercó a una pantalla de ordenador y al cabo de unos segundos había introducido la dirección y había aparecido en el monitor una representación topográfica en tres dimensiones de la finca situada en el número 13 de Cottonwood Terrace. Otra orden dio como resultado planos arquitectónicos de la casa. Una tercera entrada produjo una imagen de satélite de la vivienda y su terreno. Los agentes de seguridad se reunieron en torno a ellas y, momentos después, habían decidido dónde se apostaría cada miembro del equipo.

– Llevaremos a cabo un acercamiento estándar de alta precaución -dijo Martin.

– ¿Algún modelo en particular? -preguntó uno de los agentes disfrazados de técnicos.

– El modelo tres -respondió Martin enérgicamente.

Todos los integrantes del equipo asintieron. Martin se volvió hacia Clayton y le explicó:

– Se trata de un modelo de asalto habitual. Varios objetivos, una sola ubicación, diversas salidas. Probabilidad moderada de que dispongan de armas. El riesgo para los agentes es medio. Hemos ensayado estas operaciones un huevo de veces.

El jefe del equipo, el hombre del traje azul, tosió mientras estudiaba el plano de la casa en la pantalla y se arregló la corbata como si se preparase para asistir a una reunión de ejecutivos. Hizo una sola pregunta:

– ¿Detenemos o eliminamos?

Martin miró de reojo a Clayton.

– Los detenemos. Por supuesto -contestó.

– Bien -dijo uno de los operarios, moviendo el mecanismo de su pistola atrás y adelante con un chasquido irritante-. ¿Y qué nivel de fuerza estamos autorizados a utilizar en el transcurso de esta detención?

Martin respondió atropelladamente:

– El máximo.

– Ah. -El técnico movió la cabeza afirmativamente-. Lo suponía. ¿Y de qué se acusa a nuestro objetivo?

– De crímenes del nivel máximo. Rojo uno.

Esta respuesta ocasionó que algunas cejas se arquearan.

– ¿Crímenes de nivel rojo? -preguntó una de las mujeres-. Que yo sepa, nunca he participado en la detención de un criminal de nivel rojo. Desde luego no del nivel rojo uno. ¿Qué hay de su familia? ¿Son también de nivel rojo? ¿Cómo lidiamos con ellos?

Martin tardó unos instantes en contestar.

– No hay pruebas concluyentes de su implicación en actividades criminales, pero debemos dar por sentado que tienen conocimiento y han prestado apoyo. Después de todo, son la familia de ese cabrón. -Miró a Clayton, que no respondió-. Eso los convierte en cómplices de un nivel rojo. Deben ser detenidos también. Tenemos muchas preguntas que hacerles. Así que neutralicemos a todo aquel que se encuentre en la casa, ¿de acuerdo?

El jefe del equipo asintió y comenzó a repartir chalecos antibalas. Una de las mujeres observó que era día de colegio y que seguramente los chicos estaban en clase, por lo que quizá podrían ir a buscarlos allí. Sin embargo, una comprobación informática de la lista de asistencia del instituto de Lakeside reveló que ninguno de los dos había ido a clase. El agente Martin se conectó también con la base de datos de armas, y descubrió que no había ninguna registrada a nombre del sujeto Wray ni de su esposa, Archer. Realizó otras consultas rápidas sobre los tipos de vehículo y los horarios de trabajo. El ordenador mostró que el sujeto trabajaba desde su despacho en casa, cosa que Martin señaló al equipo como indicio de que seguramente se hallaba en su hogar en ese momento. Comprobó rápidamente si el sujeto Wray había llevado a cabo planes de viaje, pero su nombre no figuraba en las listas de las líneas aéreas ni de trenes de alta velocidad. Tampoco encontró en los registros del Departamento de Inmigración pruebas de que hubiese salido o entrado al estado en coche recientemente. Cuando el ordenador arrojó todos esos resultados negativos, Martin se encogió de hombros.

– Al carajo con todo esto -dijo-. Por lo visto es un tipo de lo más hogareño. Vayamos a por él, que ya averiguaremos lo demás después.

Martin, al levantarse de su asiento, le alargó a Jeffrey una pistola de nueve milímetros cargada.

– Bueno, profesor -le dijo con sarcasmo mientras le tendía el arma-, ¿está seguro de que quiere participar en esta pequeña juerga? Ya se ha ganado su sueldo, o al menos parte de él. ¿Prefiere pasar esta vez?

Jeffrey negó con la cabeza y levantó la pistola, como para calcular su peso. En su fuero interno le agradecía a Martin que le hubiese dado la semiautomática. Las metralletas que llevaban los agentes lo hacían saltar todo en pedazos, y él prefería dejar tanto a las personas como el escenario intactos en el número 13 de Cottonwood Terrace.

– Quiero verlo.

Martin sonrió.

– Por supuesto. Ha pasado mucho tiempo.

Jeffrey adoptó un tono académico.

– Podemos aprender mucho de esto, inspector. -Apuntó con la mano a la Ingram que colgaba del hombro de Martin por medio de una correa-. Procuremos no olvidarlo.

El detective hizo un gesto de indiferencia.

– Claro. Lo que usted diga. Pero contribuir al progreso de la ciencia no es mi prioridad. -Sonrió de nuevo-. Aun así, comprendo su preocupación. Ésta no es exactamente la clase de reencuentro familiar que yo habría elegido, pero en fin, uno no puede limpiar su propia sangre, ¿verdad?

Martin giró sobre los talones, le hizo una seña al equipo y salió a paso veloz de la silenciosa subcomisaría. El sol empezaba a ponerse al oeste, y cuando Jeffrey se volvió hacia él, tuvo que protegerse los ojos del deslumbrante resplandor final. Al cabo de pocos minutos, media hora como máximo, habría oscurecido. Primero lo envolvería todo un manto gris que se iría desvaneciendo para dejar paso a la noche. Debían moverse con rapidez para aprovechar la luz que quedaba.

El equipo se distribuyó en dos vehículos. Sin una palabra, Jeffrey se colocó en el asiento junto a Martin, que ahora tarareaba sin venir al caso una vieja melodía que Clayton reconoció, Cantando bajo la lluvia. No llovía, y Clayton no estaba muy seguro de que hubiese motivos para estar tan alegre. El inspector aceleró y los neumáticos chirriaron cuando salieron del aparcamiento de la subcomisaría. A Clayton se le ocurrió entonces que la detención seguramente era un asunto de menor importancia para el inspector. Por un momento recordó intrigado la conversación que había escuchado sobre los niveles de los crímenes.

– Bueno, ¿y qué demonios significa eso de «crimen de nivel rojo»? -preguntó.

Martin tarareó unos compases más antes de contestar.

– Del mismo modo que las diferentes zonas de viviendas se clasifican por colores, lo mismo ocurre con las actividades antisociales en el estado. El color define la respuesta del estado. El rojo, obviamente, es el más alto. O el peor, supongo. Es poco frecuente por aquí. Por eso los miembros del equipo estaban tan sorprendidos.

– ¿Qué es un crimen rojo?

– De índole económica, por lo general. Como desfalcar dinero de tu empresa. O social, como que un adolescente consuma drogas en el centro social. Son delitos lo bastante graves para que el delincuente reaccione violentamente a la detención. De ahí la necesidad de actuar en equipo. Pero en la historia del estado, sólo se han cometido una docena de homicidios más o menos, y siempre han sido entre cónyuges. Todavía tenemos problemas con los casos de atropellamiento en que el conductor se da a la fuga, que, según el viejo sistema judicial, se consideran homicidio sin premeditación. También son crímenes rojos, pero de nivel más bajo. Dos o tres.

Jeffrey movió la cabeza afirmativamente, consciente de las mentiras que acababa de oír, pero sin decir nada al respecto.

– Lo que ocurre -prosiguió el inspector- es que se supone que el Departamento de Inmigración debe detectar esa propensión a la violencia y al alcoholismo por medio de tests psicológicos que realiza a quienes solicitan permiso para residir en el estado. También ha habido casos de adolescentes que se pelean, por chicas o durante partidos de baloncesto en el instituto, donde hay una fuerte rivalidad. Eso puede resultar en crímenes de nivel rojo.

– Pero mi padre…

– Deberíamos tener un color especial sólo para él. Escarlata, tal vez. Eso le daría un bonito toque literario, ¿no cree?

– ¿Y la detención? ¿A qué se refería el jefe del equipo con «eliminar»? Me parece que ha preguntado algo…

Martin no respondió enseguida. Se puso a tararear de nuevo y se interrumpió en medio de un verso.

– Clayton, no sea ingenuo. El meollo de la cuestión es que su viejo no se va. Si alguien tiene que recurrir a la fuerza letal, pues que lo haga. Ya ha vivido usted esto antes en otros casos. Conoce las reglas. En esta situación, no se diferencian una mierda de las de Dallas, Nueva York, Portland o cualquiera de esos sitios donde a los malos les gusta joderle la vida a la gente. Lo entiende, ¿verdad? Así que, en cuanto usted me lo pida, lo dejaré a un lado de la carretera para que se quede esperándome en esta bonita zona verde a la agradable sombra de un árbol, matando el tiempo mientras yo voy a aprehender al cabrón de su padre. Si quiere echarse atrás, no tiene más que decirlo. Si no, pasará lo que tenga que pasar.

Jeffrey cerró la boca y no hizo más preguntas. En cambio, contempló las sombras que proyectaban los altos pinos en los patios bien cuidados de aquel mundo residencial tranquilo, remilgado y perfecto.

El inspector Martin detuvo el coche a media manzana de la casa. Se puso un auricular de radio, realizó una comprobación rápida con los miembros del equipo de Operaciones Especiales y ordenó a todos que ocuparan sus puestos. Los dos operarios debían situarse frente a un cuadro de conmutación telefónica al norte de la casa; el ejecutivo y el hombre del chándal en el extremo sur. Las dos mujeres con cochecitos de bebé cubrían la parte posterior mientras paseaban despacio, aparentemente enfrascadas en chismorreos superficiales. Martin y Clayton debían llegar en coche hasta la puerta principal y llamar a la puerta mientras el equipo se acercaba. Sería una operación sencilla, rápida, de libro. Si la ejecutaban debidamente, ni siquiera los vecinos se darían cuenta de que se estaba llevando a cabo una detención hasta que llegaran las unidades de refuerzo. Cuatro vehículos del Servicio de Seguridad con agentes uniformados aguardaban órdenes, alineados a una manzana de distancia.

– ¿Listo? -preguntó Martin, pero avanzó sin esperar respuesta.

A Jeffrey se le aceleró la respiración.

Era consciente de que, en algún rincón recóndito de su ser, lo castigaban los sentimientos. También era consciente de que su excitación creciente prevalecía sobre todas las dudas que se planteaba y eclipsaba sus emociones. Notaba una frialdad extraña, casi como la de un niño en el momento en que descubre que Papá Noel no existe y no es más que un mito inventado por los adultos. Rebuscó en su interior tratando de encontrar algún sentimiento razonablemente concreto al que aferrarse, pero fue en vano.

Se sentía como si apenas le corriese sangre por las venas, helado y rígido.

El inspector enfiló con el coche un camino de acceso circular que conducía a una casa moderna de dos plantas y cuatro habitaciones que, como la población de la que venían, imitaba el estilo colonial de Nueva Inglaterra. El mundo era de un color gris poco definido, y la claridad a su alrededor se apagaba a ojos vistas, de modo que los faros de los coches de policía sin marcar, más que iluminar la casa, simplemente se fundían con la penumbra del ocaso.

El interior de la casa estaba a oscuras. Clayton no veía nada que se moviera dentro.

Martin frenó bruscamente.

– Vamos allá -dijo, apeándose con presteza.

Se echó la metralleta a la espalda de manera que alguien que estuviera mirando por la ventana no alcanzase a verla, y se acercó a toda prisa a la puerta principal.

– ¡Estoy frente a la puerta! -susurró a su micrófono-. Iniciad la aproximación.

Le indicó por señas a Clayton que se colocara a un lado y dio unos golpes contundentes a la puerta con los nudillos.

Con el rabillo del ojo, Jeffrey vio a los otros miembros del equipo abalanzarse hacia la casa. Martin llamó de nuevo, con fuerza. Esta vez gritó:

– ¡Servicio de Seguridad! ¡Abran!

Seguía sin oírse sonido alguno procedente del interior.

– ¡Mierda! -exclamó Martin. Echó un vistazo por la ventana que estaba junto a la puerta-. ¡Todos adentro!

El inspector retrocedió un paso y le asestó una patada a la puerta principal, que retumbó como un cañonazo. La puerta se bamboleó y se combó, pero no se vino abajo.

– ¡Joder! -Se volvió hacia Clayton-. ¡Vaya al coche a buscar el puto rompepuertas! ¡Ahora!

Mientras Jeffrey se dirigía hacia el vehículo para recoger el mazo con que derribarían la puerta, oía a los miembros del equipo gritar a lo lejos, y al mismo tiempo el crepitar de sus voces a través del auricular que llevaba el inspector, lo que producía algo parecido a un efecto estereofónico como el de un sistema de altavoces. Martin se arrancó el receptor de la oreja y gesticuló exageradamente hacia Jeffrey.

– ¡Vamos, maldita sea!

Clayton agarró el ariete de hierro del asiento trasero y se lo llevó al inspector.

– ¡Deme eso de una puta vez! -gritó Martin, arrebatándoselo a Jeffrey. Reculó un par de pasos frente a la puerta y, enfurecido, tomó impulso con el mazo hacia atrás, para acto seguido estamparlo contra la madera. Esta vez salieron volando astillas. Martin gruñó por el esfuerzo y descargó un segundo mazazo. La puerta se abrió de repente con gran estrépito. El rompepuertas cayó al suelo con un golpe sordo, y Martin deslizó la metralleta hacia delante, atravesando el umbral de un salto.

– ¡Estoy dentro! -gritó-. ¡Estoy dentro!

Jeffrey entró a pocos centímetros de él.

Martin arrimó bruscamente la espalda a una pared, girando mientras cubría el vestíbulo oscuro con su arma, accionando a la vez el mecanismo de carga de la metralleta, que emitió un fuerte chasquido metálico.

Y resonó.

Ese eco fue la primera impresión que se llevó Jeffrey. Lo dejó perplejo, hasta que entendió qué significaba. Se dejó caer junto al inspector.

– Puede tranquilizarse -le musitó-. Dígales a los demás que entren por la puerta principal.

Martin no dejaba de apuntar con el cañón del arma a diestro y siniestro.

– ¿Qué?

– Dígales que vengan aquí y que bajen las armas. Aquí no hay nadie excepto nosotros.

Jeffrey se enderezó y comenzó a buscar a tientas un interruptor de luz. Tardó unos segundos en encontrar uno, conectado a las lámparas correderas del techo, y las encendió. El resplandor que los envolvió les permitió ver lo que Clayton ya había intuido: la casa estaba vacía. No sólo no había personas, sino tampoco muebles, alfombras, cortinas ni vida.

Martin dio unos pasos vacilantes hacia delante, y sus pisadas sobre el entarimado repercutieron en el espacio vacío, al igual que el sonido de su arma momentos antes.

– No lo entiendo -dijo.

Jeffrey no respondió, pero pensó: «Bueno, inspector, ¿de verdad imaginaba que sería tan sencillo? Un par de averiguaciones con el ordenador y ¡bingo! Ni en broma.»

Los dos hombres entraron en la sala de estar vacía. A su espalda, oían los ruidos del equipo de Operaciones Especiales, que se había congregado a la entrada principal. El jefe del equipo, con su traje, entró en la habitación.

– Nada, ¿no?

– Por ahora, no -respondió Martin-, pero quiero que se registre este sitio por si hay indicios de actividad.

– Rojo uno -dijo el hombre trajeado-. Sí, claro.

Martin lo fulminó con la mirada, pero el jefe del equipo hizo caso omiso de él.

– Pediré que se anule el envío de refuerzos. Les diré que vuelvan a sus patrullas habituales.

– Gracias -dijo Martin-. Joder.

Jeffrey caminó despacio por la sala vacía. «Aquí hay algo -pensó-. Hay una lección que aprender. Este vacío es tan significativo como cualquier otra cosa. Sólo hay que saber cómo interpretarlo.»

Cuando hacía estas reflexiones, oyó voces procedentes del vestíbulo. Al volverse vio que Martin estaba de pie, en el centro de la sala de estar, con la metralleta colgando al costado y el rostro enrojecido de rabia. El inspector se disponía a decirle algo cuando el jefe del equipo asomó la cabeza.

– Oigan, ¿quieren hablar con uno de los vecinos? Han venido alegremente por el camino particular para ver qué demonios era todo este jaleo.

– Sí, yo sí quiero -contestó Jeffrey enseguida y pasó junto a Martin, que soltó un resoplido y lo siguió a la puerta.

Un hombre de mediana edad con pantalones color caqui, un suéter morado de cachemira y una correa por la que llevaba sujeto un terrier pequeño y escandaloso que saltaba de un lado a otro a sus pies estaba hablando con dos de los miembros del equipo. Una de las mujeres con atuendo de corredora alzó la vista mientras se desabrochaba el chaleco antibalas.

– Oiga, Martin -dijo-, seguramente le interesará oír esto.

El inspector se acercó.

– ¿Qué sabe usted sobre el propietario de esta casa? -preguntó. El hombre se volvió e intentó hacer callar al perrito, sin resultado.

– No tiene propietario -repuso-. Lleva casi dos años en venta.

– ¿Dos años? Eso es mucho tiempo.

El hombre asintió.

– En este barrio por lo general las casas no permanecen vacías más de seis meses. Ocho, como máximo. Es una urbanización muy agradable. Salió una reseña en el Post, justo después de que estuviera terminada. Muy buen trazado, muy bien comunicada con el centro, muy buenos colegios.

Jeffrey se aproximó también.

– Pero ¿dice que el caso de esta casa es distinto? ¿Por qué?

El vecino se encogió de hombros.

– Me parece que muchos creen que está gafada. Ya sabe lo supersticiosa que puede ser la gente. Por estar en el número trece y todo eso. Les dije que bastaría con que cambiaran el número.

– ¿Gafada? ¿En qué sentido, exactamente?

El hombre asintió.

– No sé si es la palabra más adecuada. No es que esté embrujada ni nada por el estilo, sólo que da mal rollo. Y no entiendo por qué a los demás nos tiene que afectar un pequeño incidente.

– ¿Qué pequeño incidente? -inquirió Jeffrey.

– A todo esto, ¿qué hacen ustedes aquí? -inquirió el hombre con brusquedad.

– ¿Qué pequeño incidente? -insistió Jeffrey.

– La niña que desapareció. Salió en los periódicos.

– Cuénteme.

El hombre suspiró, dio un tirón a la correa cuando el perrito se puso a olisquearle la pierna a un miembro del equipo de Operaciones Especiales y se encogió de hombros.

– La familia que vivía aquí, bueno, se mudó a otro sitio después de la tragedia. Cuando la gente se entera de eso, se desanima. Hay muchas otras casas bonitas en la manzana o en Evergreen, aquí al lado, así que nadie quiere quedarse con la que tiene un pasado sórdido.

– ¿Qué pasado sórdido? -preguntó Jeffrey, cuya paciencia estaba llegando a su límite.

– Una familia agradable. Robinson, se llamaban. -Sin duda. ¿Y?

– Una tarde, justo después de cenar, la niña se alejó por ahí detrás. Estamos al borde de una zona natural protegida muy grande, con mucho bosque y mucha fauna salvaje. A sus catorce años, debería haber tenido el sentido común de quedarse cerca de casa, sobre todo después de la hora de la cena. Nunca he entendido por qué no lo hizo. El caso es que ella se aleja, los padres empiezan a gritar su nombre, todos los vecinos salen con linternas, e incluso llega un helicóptero del Servicio de Seguridad, pero nadie encuentra ni rastro de ella. Ya nadie volvió a verla. No se hallaron pruebas de nada, pero la mayoría de la gente supuso que se la llevaron los lobos, o tal vez unos perros salvajes. Algunos piensan que fue un animal tipo Pie Grande. Yo no, por supuesto. No creo en esas tonterías. Me imagino que simplemente huyó por despecho hacia sus padres tras alguna discusión. Ya sabe cómo son los adolescentes. Entonces se marcha, se pierde y fin de la historia. Hay algunas cuevas en las estribaciones, así que todo el mundo supuso que fue allí adónde se llevaron su cadáver o la devoraron o lo que sea, pero, joder, se necesita un ejército para peinar toda la zona. Al menos, eso dijeron las autoridades. Mucha gente se fue del barrio después de eso. Creo que tal vez soy el único que queda en el vecindario que se acuerda de aquello. No me afectó mucho. Mis hijos ya son mayores.

Jeffrey retrocedió y se reclinó en una de las paredes blancas y desnudas de la casa. Ahora recordaba dónde había visto esa dirección antes: aparecía en una de las crónicas del Post que había recopilado. Conservaba en la mente la imagen vaga y esquiva de una niña sonriente con aparatos en los dientes. La foto también se había publicado en el periódico.

El hombre volvió a encogerse de hombros.

– Los agentes inmobiliarios deberían callarse esa parte de la historia cuando enseñan la casa. Es un lugar agradable. Debería haber gente viviendo aquí. Otra familia. Supongo que tarde o temprano la habrá.

El hombre tiró de nuevo de la correa del perro, aunque esta vez el terrier estaba sentado en el suelo sin hacer ruido.

– Y, joder, si se queda vacía, se desvalorizan las casas de todos los demás.

– ¿Ha visto a alguien por aquí recientemente? -preguntó Martin de pronto.

El vecino negó con la cabeza.

– ¿A quién creían que encontrarían aquí?

– ¿Albañiles, quizás? ¿Agentes inmobiliarios, jardineros, cualquier persona? -inquirió Clayton.

– Pues no lo sé. Tampoco me habría llamado la atención ver a alguien así.

El inspector Martin puso las fotografías impresas por ordenador de Gilbert Wray, su esposa e hijos ante las narices del hombre.

– ¿Le resultan familiares? ¿Ha visto a estas personas alguna vez?

El hombre las contempló por unos instantes y luego sacudió la cabeza.

– No -contestó.

– ¿Y los nombres? ¿Le dicen algo?

El hombre hizo una pausa y luego volvió a negar con la cabeza. -No me suenan de nada. Oiga, ¿de qué va todo esto?

– ¿A usted qué cojones le importa? -espetó Martin, quitándole con un movimiento brusco las fotos al hombre.

El terrier se puso a ladrar y a abalanzarse agresivamente hacia el corpulento inspector, que se limitó a bajar la vista hacia el perro.

A Jeffrey le pareció que Martin se disponía a formular otra pregunta, cuando uno de los miembros del equipo lo llamó desde el interior de la casa.

– ¡Agente Martin! Creo que tenemos algo.

El inspector le indicó por gestos a una de las agentes femeninas, que estaba de pie a un lado, que se acercara.

– Tómele declaración a este tipo. -Y añadió, con un deje de amargura-: Y gracias por su colaboración.

– De nada -respondió el vecino con aire altivo-. Pero sigo queriendo saber qué pasa aquí. También tengo mis derechos, agente.

– Claro que los tiene -dijo Martin con hosquedad.

A continuación, con Clayton siguiéndolo a paso veloz, se encaminó hacia el agente que lo había llamado. Su voz procedía de la zona de la cocina.

Era uno de los hombres disfrazados de técnicos de la compañía de teléfonos.

– He encontrado esto -dijo.

Señaló una encimera de piedra gris pulida situada enfrente del fregadero. Encima había un ordenador portátil pequeño y barato conectado a un enchufe en la pared y a la toma de teléfono que estaba al lado. Junto a la máquina había un temporizador sencillo, de los que se conseguían en cualquier tienda de artículos electrónicos. En la pantalla del ordenador brillaban una serie de figuras geométricas que se movían constantemente, formándose y reformándose en una danza digital irregular, cambiando de color -de amarillo a azul, verde o rojo- cada pocos segundos.

– Con esto me envió el mensaje -murmuró Jeffrey.

El agente Martin hizo un gesto afirmativo.

Jeffrey se acercó al ordenador cautelosamente.

– Ese temporizador -dijo el técnico-, ¿cree que está conectado a una bomba? Tal vez deberíamos llamar a los artificieros.

Clayton negó con la cabeza.

– No. Puso el temporizador aquí para poder dejar esto de modo que enviase el mensaje automáticamente cuando él ya estuviera lejos. Aun así, una unidad de recogida de pruebas debería analizar el ordenador y rastrear toda la zona para buscar huellas digitales. No las encontrarán, pero es lo que habría que hacer.

– Pero ¿por qué lo ha dejado aquí, donde podíamos encontrarlo? Podría haberle enviado el mensaje desde cualquier sitio público.

Jeffrey echó una ojeada al temporizador.

– Se trata de otra parte del mismo mensaje, supongo -respondió, aunque, desde luego, no estaba suponiendo nada en realidad. La elección de ese lugar en particular había sido de todo punto deliberada, y él tenía una idea bastante sólida de cuál era el mensaje. Su padre había estado allí antes, tal vez no dentro de la casa, pero sin duda en los alrededores; con los animales salvajes a los que culparían de la desaparición de la niña, se dijo con sarcasmo. Aquello le debió de parecer tremendamente divertido. Jeffrey pensó que a muchos de los asesinos con los que había estado en contacto a lo largo de los años les haría mucha gracia saber que las autoridades del estado número cincuenta y uno estaban mucho más preocupadas por ocultar las actividades del criminal que por el criminal en sí. Exhaló despacio. Todos los asesinos que había conocido y estudiado en su vida adulta lo habrían considerado algo maravillosamente irónico. Tanto los más fríos como los más desequilibrados, calculadores o impulsivos. Todos sin excepción se habrían desternillado, se habrían revolcado en el suelo con las manos en la barriga y lágrimas en las mejillas, riéndose a carcajadas de lo hilarante que resultaba todo aquello.

Clayton bajó la mirada hacia la pequeña pantalla de ordenador y contempló las figuras móviles y cambiantes. «Algunos asesinos son así -pensó con frustración-. Justo cuando llegas a la conclusión de que son de cierta forma y cierto color, se transforman lo suficiente para desconcertarte.» Presa de una rabia súbita, extendió el brazo rápidamente y pulsó la tecla Intro del ordenador para librarse de las irritantes imágenes que se arremolinaban ante sus ojos. Las figuras geométricas danzantes se esfumaron al instante y en su lugar apareció, con fondo negro, un solo mensaje que parpadeaba en amarillo.

Te pillé.

¿Te habías creído que soy idiota?

14 Un personaje histórico interesante

Una vez más, el agente Martin precedió a Clayton a través del laberinto antiséptico de cubículos en la oficina central del Servicio de Seguridad del estado número cincuenta y uno. Su presencia causó cierto revuelo; los empleados sentados frente a sus mesas, al teléfono o mirando su pantalla de ordenador, interrumpían lo que estaban haciendo para observar a los dos hombres que atravesaban la sala, de modo que dejaban a su paso una estela de silencio. Jeffrey imaginó que tal vez ya se había corrido la voz del asalto abortado a la casa vacía. O quizá la gente se había enterado de por qué estaba él allí, en el nuevo estado, y eso lo había convertido, si no en una celebridad, sí al menos en objeto de cierta curiosidad. Notaba que las miradas se posaban en ellos al pasar.

La secretaria que custodiaba la puerta del despacho del director, sin decir nada, les indicó con un gesto que entraran.

Al igual que en la ocasión anterior, el director estaba sentado a su mesa, meciéndose suavemente en su silla. Tenía los codos apoyados en la superficie pulida y brillante de madera y las puntas de los dedos juntas, lo que le confirió un aspecto de depredador cuando se inclinó hacia delante. A la derecha de Jeffrey, sentados en el sofá, estaban los otros dos hombres que se hallaban presentes en la primera reunión: el calvo y mayor a quien Clayton había bautizado como Bundy, que llevaba la corbata aflojada y cuyo traje parecía ligeramente arrugado, como si hubiera dormido en el sofá; y el hombre más joven y elegantemente vestido de la oficina del gobernador, a quien había dado el apodo de Starkweather. Éste apartó la vista cuando Jeffrey hizo su entrada.

– Buenos días, profesor -saludó el director.

– Buenos días, señor Manson -respondió Jeffrey.

– ¿Le apetece un café? ¿Algo de comer?

– No, gracias -dijo Jeffrey.

– Bien. Entonces podemos pasar directamente a los asuntos de trabajo. -Señaló las dos sillas colocadas frente al amplio escritorio de caoba, invitándoles a sentarse.

Jeffrey ordenó unos papeles sobre su regazo y luego miró al director.

– Me alegro de que haya podido venir para ponernos al día sobre sus progresos -comenzó Manson.

– O falta de progresos -farfulló Starkweather, cortándolo, lo que ocasionó que el director lo fulminase con la mirada. Como la vez anterior, el agente Martin estaba sentado impertérrito, aguardando a que le hicieran alguna pregunta para abrir la boca, desplegando todo el instinto de conservación de un funcionario experimentado.

– Oh, creo que está usted siendo muy injusto, señor Starkweather -dijo el director-. Tengo la impresión de que el buen profesor sabe bastantes más cosas que cuando llegó aquí…

Jeffrey asintió con la cabeza.

– La cuestión que debemos dilucidar es, como siempre, cuál es la mejor manera de aprovechar los conocimientos del profesor. ¿Cómo puede sernos útil? ¿Qué ventajas tiene para nosotros? ¿Estoy en lo cierto, profesor?

– Sí -respondió.

– Y estoy en lo cierto al pensar que hemos tomado al menos una decisión crítica, ¿verdad, profesor?

Jeffrey titubeó, se aclaró la garganta y asintió de nuevo.

– Sí-dijo despacio-. Por lo visto, nuestro objetivo guarda, en efecto, relación conmigo.

No era capaz de pronunciar la palabra «padre», pero el señor Bundy lo hizo en su lugar:

– ¡Así que el cabrón enfermo que lo está jodiendo todo es su padre!

Jeffrey se volvió parcialmente en su asiento.

– Eso parece. Aun así, yo no descartaría un engaño extremadamente astuto. Es decir, quizás alguien que tuvo un trato personal con mi padre reunió información y detalles que él conocía. Pero las probabilidades de que ocurra algo así son sumamente escasas.

– ¿Y, qué sentido tendría, al fin y al cabo? -preguntó Manson. Tenía una voz balsámica, suave, como el lubricante sintético, que contrastaba en sumo grado con el tono bravucón y frenético de los otros dos hombres. Jeffrey pensó que Manson debía de ser un tipo que sabía imponerse, a juzgar por el modo en que se contenía-. Es decir, ¿por qué fraguar un engaño semejante? No, creo que podemos dar por sentado sin temor a equivocarnos que el profesor ha cumplido al menos con la primera tarea que le encomendamos: ha identificado con exactitud la fuente de nuestros «problemas». -Manson hizo una pausa tras la que añadió-: Le doy la enhorabuena, profesor.

Jeffrey asintió, pero pensó que habría sido más correcto afirmar que la fuente de sus problemas lo había identificado con exactitud a él, una posibilidad que ellos podrían haber previsto razonablemente después de publicar su nombre y fotografía en el periódico de manera tan ostentosa. No comentó esto en voz alta.

– Yo creía que había venido a encontrar a ese hijo de puta para que pudiéramos encargarnos de él -señaló Starkweather-. Me parece que las felicitaciones podrían esperar a que llegase ese momento.

Bundy, el hombre del traje arrugado, se mostró de acuerdo enseguida.

– Entender no es lo mismo que progresar -dijo-. Me gustaría saber si estamos más próximos a identificar a ese hombre para que podamos detenerlo y seguir adelante con nuestras vidas. ¿O hace falta que le recuerde que, cuanto más tardemos, mayor será la amenaza para nuestro futuro?

– ¿Se refiere a su futuro político? -preguntó Jeffrey con un deje de sarcasmo-. ¿O quizás a su futuro económico? Claro que probablemente van muy unidos.

Bundy se removió en el sofá y se inclinó hacia delante, irritado, y se disponía a replicar cuando Manson alzó la mano.

– Caballeros, le hemos dado muchas vueltas a esta cuestión. -Se volvió parcialmente hacia Clayton y al mismo tiempo cogió un abrecartas de los de antes que estaba sobre el escritorio. El mango era de madera tallada y la hoja reflejaba la luz del sol. Manson apretó el borde agudo contra la palma de su mano, como para poner a prueba el filo-. Nunca hemos considerado que sería una detención fácil, ni siquiera con la inestimable ayuda del buen profesor. Y seguirá siendo una misión difícil, a pesar de lo que hemos descubierto, incluso aquí, donde la ley nos da tanta ventaja. Aun así, hemos hecho grandes avances en poco tiempo, ¿no es cierto, profesor? -Creo que eso es exacto, sí.

Pensó que en esa sala se estaba abusando un poco de la palabra «cierto», pero tampoco lo dijo en voz alta.

Manson sonrió y se encogió de hombros, mirando a los otros dos hombres.

– Esta investigación, profesor… ¿Recuerda algún caso parecido en los anales de la historia? ¿En la bibliografía sobre esta clase de asesinos? ¿O en esos archivos del FBI con los que está usted tan familiarizado, tal vez?

Jeffrey tosió, intentando concentrarse. No esperaba esta pregunta y de pronto se sintió como uno de los alumnos a los que les ponía un examen oral sin previo aviso.

– Percibo elementos de otros casos, de casos famosos. Después de todo, Jack el Destripador supuestamente se puso en contacto con la policía y la prensa. David Berkowitz enviaba sus mensajes como el Hijo de Sam. Ted Bundy (no se ofenda, señor Bundy) tenía la habilidad de confundirse con su entorno, como un camaleón, y sólo pudieron detenerlo cuando perdió todo el control sobre su compulsión. Estoy seguro de que se me ocurrirían otros…

– Pero se trata sólo de similitudes, ¿no? -preguntó Manson-. ¿Se le ocurre algún asesino que haya dado a conocer su identidad… y, encima, a su propio hijo?

– No me viene a la memoria ningún ejemplo en que los hijos hayan sido utilizados para dar caza al asesino, no. Pero a lo largo de la historia ha habido asesinos que tenían… bueno, «tratos» con sus perseguidores en la policía, o bien con los periodistas que les daban publicidad.

– Ése no es precisamente el caso que tenemos entre manos, ¿verdad?

– No, por supuesto que no.

– ¿Y eso a qué conclusión le lleva, profesor?

– Parece indicar varias cosas. Cierta megalomanía. Cierto egotismo. Pero, sobre todo, parece indicar que el sujeto ha creado muchas capas, un manto de información errónea, que ocultan el vínculo entre lo que fue y lo que es ahora. Me refiero únicamente a su identidad actual, es decir, su trabajo, su casa, su vida. El núcleo esencial de su personalidad no ha cambiado, o en todo caso ha cambiado a peor. Sin embargo, su fachada, su vida de cara a la sociedad, será distinta. También su apariencia física. Imagino que habrá introducido cambios en su aspecto. Y debe de creer que no corre el menor peligro al hacer lo que ha hecho hasta ahora. -Se quedó callado unos instantes y agregó-: «Arrogancia» es la palabra que me viene a la mente.

– Bueno, y entonces ¿qué se supone que debemos hacer? -preguntó Bundy, casi gritando-. ¡Ese cabrón enfermo no deja de matar, y no podemos hacer nada para impedirlo! Si se corre la voz, apaga y vámonos. La gente se marchará del estado en desbandada. Será como la fiebre del oro, pero a la inversa.

Nadie dijo una palabra.

«Todo gira en torno al dinero -pensó Jeffrey-. La seguridad es dinero. La protección es dinero. ¿Qué precio tiene poder salir de tu casa sin poner una alarma o sin cerrar siquiera las puertas con llave?»

La habitación permaneció en silencio un momento más, y entonces Jeffrey habló.

– Dudo que la gente siga tragándose el cuento de que a sus hijas adolescentes se las llevaron los lobos.

Starkweather soltó un resoplido.

– Se tragarán todo lo que les digamos -aseveró.

– O perros salvajes, o accidentes en excursiones. ¿No se les están acabando las explicaciones creíbles, o incluso semicreíbles?

Starkweather no dio propiamente una respuesta. En cambio, dijo:

– Siempre me han parecido penosas esas historias de perros.

– ¿Cuántos asesinatos ha habido? -exigió saber Jeffrey con voz suave-. He encontrado posibles indicios de más de veinte. ¿Cuántos son?

– ¿Cuándo ha averiguado eso? -estalló Martin.

Clayton se limitó a encogerse de hombros. El silencio volvió a imponerse en la sala.

Manson giró en su silla, que emitió un leve chirrido, para mirar por la ventana, dejando que la pregunta flotara en el aire. Jeffrey oyó a Martin mascullar una obscenidad entre dientes, y supuso que estaba dedicada a él.

– No sabemos cuántos exactamente -contestó Manson al fin, sin apartar la vista de la ventana-. Como mínimo, tres o cuatro. Como máximo, veinte o treinta. ¿Importa mucho el número? Los crímenes no son similares por la disposición y aspecto de los cadáveres, sino por las características de la víctima y el estilo de los secuestros. Sin duda sabrá usted comprender, profesor, lo excepcional que es la situación en que nos encontramos. Los asesinos en serie se identifican por el origen de su interés o por los resultados de su depravación. Es ese elemento secundario el que nos llevó hasta usted y a nuestras conclusiones sobre los tres cuerpos con los brazos extendidos, colocados en una posición tan parecida y provocadora. Pero luego están las otras desapariciones, de naturaleza tan semejante. Sin embargo, los cadáveres se encuentran (cuando se encuentran) dispuestos… ¿cómo expresarlo? Con estilos diferentes. Como el más reciente, que usted cree obra del mismo hombre, aunque hay quienes… -sin moverse en su asiento, le dirigió una breve mirada por encima del hombro al agente Martin- no están de acuerdo. Aquella joven desapareció de forma parecida, y luego la encontraron en posición de rezar. Eso es de todo punto diferente. Plantea muchas dudas. -Manson se volvió rápidamente hacia Jeffrey-. Todo tiene su explicación, profesor, pero debe usted descubrir cuál es. Hay asesinatos y desapariciones, y todos creemos fervientemente que están causadas por un solo hombre. Pero ¿cuál es la pauta? Si lo supiéramos, podríamos tomar medidas. Denos las respuestas, profesor.

De nuevo se apoderó de la habitación el silencio, roto al cabo de un rato por Bundy, que suspiró desalentado antes de hablar.

– Así que supongo que esta última identidad, la del tal Gilbert Wray, la de su esposa, Joan Archer, y sus hijos son todas ficticias, ¿no? No nos aportan nada. Seguimos donde estábamos, ¿verdad?

El agente Martin respondió a esa pregunta, con voz monótona de policía.

– Después del asalto frustrado a la casa de Cottonwood, hicimos más pesquisas en el Departamento de Inmigración y descubrimos que muchos de los informes y documentos oficiales de la familia Wray faltan o no existen. La investigación preliminar parece indicar que los datos de estas supuestas personas se introdujeron en las bases de datos desde un terminal desconocido situado dentro del estado previendo que nosotros nos dirigiríamos a ese lugar en particular. Es posible que nuestro objetivo creara esas identidades y las instalase en los sistemas informáticos como maniobra de distracción. Tal vez lo hizo días, o quizás horas, antes de que llegásemos a la casa de Cottonwood. A juzgar por esta y otras informaciones que hemos recabado… -en este punto, el inspector hizo una pausa y echó un vistazo rápido a Jeffrey- cabe suponer que tiene acceso en un grado significativo a la red de ordenadores del Servicio de Seguridad y conoce nuestras contraseñas actuales.

Jeffrey recordó su propia sorpresa al percatarse de que habían borrado la pizarra de su propio despacho.

– Creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que nuestro objetivo posee los conocimientos necesarios para violar casi cualquiera de los sistemas de seguridad implementados en el estado -dijo, sin respaldar su afirmación con un ejemplo concreto. Señaló una pila de papeles sobre el escritorio de Manson-. Yo no daría por sentado que esos documentos han estado fuera de su alcance, señor Manson. Tal vez ha hurgado en los cajones de su escritorio.

Manson asintió con gravedad.

– Maldición -exclamó Starkweather-. Lo sabía. Lo he sabido desde el principio.

– ¿Qué ha sabido? -preguntó Jeffrey al joven político.

Starkweather se encorvó con rabia.

– Que el cabrón es uno de nosotros.

Este comentario provocó un silencio de varios segundos en la sala.

A Jeffrey se le ocurrieron de inmediato un par de preguntas, pero no las formuló en alto. No obstante, tomó buena nota de las palabras de Starkweather.

Manson se meció en su silla y soltó un silbido entre los dientes.

– ¿De dónde, profesor, supone usted que nuestro objetivo sacó ese nombre? Gilbert D. Wray. ¿Significa algo para usted?

– Repítalo -dijo Jeffrey con brusquedad. Manson no contestó. Se limitó a inclinarse hacia delante en su silla.

– ¿Qué? -inquirió Bundy, como si hablara en nombre de Manson.

– El nombre, maldita sea. Dígalo de nuevo, rápido.

El hombre del traje arrugado se rebulló en el sofá.

– Gilbert D. Wray. Wray se pronuncia como «rayo» en inglés. ¿No había una actriz en los viejos tiempos, hace casi un siglo, que se llamaba Kay Wray, creo? No, Fay Wray. Eso es. Salía en la primera versión de King Kong. Era rubia y recuerdo que se hizo famosa por su forma de gritar. ¿Hay otra forma de pronunciar su nombre?

Jeffrey se reclinó en su silla. Negó con la cabeza.

– Le pido disculpas -murmuró, dirigiéndose a Manson-. Tendría que haber reconocido el nombre en cuanto lo he visto, pero no lo había pronunciado en voz alta. Qué tonto he sido.

– ¿Reconocerlo? -preguntó Manson-. ¿A qué se refiere?

Jeffrey sonrió, pero por dentro sintió náuseas.

– Gilbert D. Wray. Si uno lo dice con un ligero toque afrancesado, se parece a Gilíes de Rais, ¿no?

– ¿Y ése quién es? -preguntó Bundy.

– Un personaje histórico interesante -contestó Jeffrey.

– ¿Ah, sí? -dijo Manson.

– Y Joan D. Archer. Los hijos llamados Henry y Charles. Y vinieron aquí de Nueva Orleáns. Qué obvio. Tendría que haberme dado cuenta en el acto. Pero qué idiota soy.

– ¿Haberse dado cuenta de qué?

– Gilíes de Rais fue una figura importante en la Francia del siglo XIII. Se convirtió en un famoso caudillo militar en la lucha contra los invasores ingleses. Fue, según nos dice la historia, mariscal y uno de los más fervientes seguidores de Juana de Arco. Santa Juana, también conocida como la Doncella de Orleáns. ¿Y las facciones enfrentadas? Como dos niños enrabietados, Enrique de Inglaterra y el delfín, Carlos de Francia.

Una vez más, todos callaron en la habitación por un momento.

– Pero ¿eso qué tiene que ver…? -empezó Starkweather.

– Gilíes de Rais -lo interrumpió Jeffrey-, además de un militar excepcionalmente brillante y, un noble adinerado, fue también uno de los más terribles y prolíficos infanticidas que se han conocido. Se creía que había asesinado a más de cuatrocientos niños en ritos sexuales sádicos dentro de las murallas de su propiedad, antes de que lo descubriesen y finalmente lo decapitasen. Era un hombre enigmático. Un príncipe del mal, que luchó con devoción y un valor inmenso como mano derecha de una santa.

– Cielo santo -se admiró Bundy-. Acojonante.

– Gilíes de Rais desde luego lo era -comentó Jeffrey en voz baja-, aunque seguramente presentó un dilema fascinante a las autoridades competentes del más allá. ¿Qué se hace exactamente con un hombre así? Tal vez cada siglo o así le den un día libre del tormento eterno. ¿Es ésa recompensa suficiente para un hombre que en más de una ocasión le salvó la vida a una santa?

Nadie respondió a su pregunta.

– Bueno, ¿y qué le sugiere que el sujeto haya utilizado ese nombre? -quiso saber Starkweather, enfadado.

Jeffrey no contestó al momento. Había descubierto que disfrutaba con el desasosiego del político.

– Creo que a nuestro objetivo, es decir, a mi padre… bueno, le interesan las cuestiones morales y filosóficas relacionadas con el bien y el mal absolutos.

Starkweather se quedó mirando a Jeffrey con una rabia considerable derivada de la frustración, pero no dijo nada. Jeffrey, sin embargo, rellenó esa pausa momentánea.

– Y a mí también -añadió.

Durante unos segundos, Jeffrey pensó que su aseveración marcaría el final de la sesión. Manson había bajado la barbilla hacia el pecho y parecía estar sumido en profundas reflexiones, aunque continuaba acariciándose la palma con la hoja del abrecartas. De pronto, el director de seguridad plantó el arma sobre el escritorio, que dio un chasquido como la detonación de una pistola de pequeño calibre.

– Creo que me gustaría hablar con el profesor a solas durante un rato -dijo.

Bundy hizo ademán de protestar, pero enseguida cambió de idea.

– Como quiera -dijo Starkweather-. Nos pondrá al corriente de nuevo dentro de unos días, como máximo una semana, ¿de acuerdo, profesor? -Esta última frase encerraba tanto una orden como una pregunta.

– Cuando quieran -dijo Jeffrey.

Starkweather se puso de pie e hizo un gesto a Bundy, que se levantó con dificultad del acolchado sofá y salió en pos del hombre de la oficina del gobernador por la puerta lateral.

El agente Martin también se había levantado.

– ¿Quiere que yo me quede o que me vaya? -preguntó.

Manson apuntó a la puerta.

– Esto no nos llevará más de unos minutos -dijo.

Martin asintió con la cabeza.

– Esperaré justo al otro lado de la puerta.

– Me parece muy bien.

El director aguardó a que el agente saliese para proseguir en voz baja sin inflexiones:

– Me preocupan algunas de las cosas que dice, profesor, pero sobre todo lo que da a entender de forma implícita.

– ¿En qué sentido, señor Manson?

El director se levantó de su asiento tras el escritorio y se acercó a la ventana.

– No tengo suficiente vista -comentó-. No es exactamente lo que quisiera, y eso siempre me ha molestado.

– Perdón, ¿cómo dice?

– La vista -repitió, señalando la ventana con un gesto del brazo derecho-. Abarca las montañas que están al oeste. Es un paisaje bonito, pero creo que preferiría tener vistas a construcciones, o a edificios en obras. Acerqúese, profesor.

Jeffrey se puso de pie, rodeó el escritorio y se colocó al lado de Manson. El director parecía más bajo visto de cerca.

– Es muy hermoso, ¿no? Una vista panorámica. De postal, ¿no?

– Estoy de acuerdo.

– Es el pasado. Es antiguo. Prehistórico. Desde aquí se divisan árboles que datan de hace siglos, formaciones que se originaron hace millones de años. En algunos de aquellos bosques hay lugares que el hombre nunca ha pisado. Desde donde me encuentro, puedo mirar hacia fuera y contemplar la naturaleza casi como era cuando las primeras personas cruzaron el continente pasando muchas penalidades.

– Sí, eso veo.

El director dio unos golpéenos en el cristal.

– Lo que ve es el pasado, También es el futuro

Apartó la mirada, le indicó por señas a Jeffrey que volviese a ocupar su asiento y se sentó a su vez.

– ¿Cree usted, profesor, que Estados Unidos ha perdido un poco el norte, que los consabidos ideales de nuestros antepasados se han desgastado? ¿Desvanecido? ¿Olvidado?

Jeffrey movió la cabeza afirmativamente.

– Es una opinión cada vez más generalizada.

– Allí donde usted vive, en la América que se desintegra, reina la violencia. Se ha perdido el respeto, el espíritu familiar. Nadie aprecia la grandeza que tuvimos, ni la que podemos alcanzar, ¿verdad?

– Se enseña. Forma parte de la historia.

– Ah, pero enseñarla y vivirla son cosas muy distintas, ¿no?

– Desde luego.

– Profesor, ¿cuál cree que es la razón de ser del estado número cincuenta y uno?

Jeffrey no respondió.

– En otro tiempo, Estados Unidos fue una tierra de aventura. Rebosaba seguridad y esperanza. América era un lugar para soñadores y visionarios. Eso se acabó.

– Muchos estarían de acuerdo con usted.

– Así que, la cuestión, para aquellos que esperan que nuestros siglos tercero y cuarto de existencia sean tan grandiosos como los dos primeros, es cómo recuperar ese orgullo nacional.

– El Destino Manifiesto.

– Exacto. No he vuelto a oír esa expresión desde mis tiempos de estudiante, pero es precisamente lo que necesitamos. Lo que debemos restituir. Al fin y al cabo, ya no se puede importar, como hicimos en otras épocas, acogiendo a las mejores mentes del mundo en este crisol inmenso que es nuestro país. Ya no se puede inculcar una sensación de grandeza concediendo más libertades a las personas, porque es algo que se ha intentado y lo único que se ha conseguido con ello es una mayor desintegración. En un par de ocasiones conseguimos avivar la esperanza y la gloria, así como un sentimiento de destino y unidad nacionales participando en una guerra mundial, pero eso ya no es factible porque hoy en día las armas son demasiado potentes e impersonales. En la Segunda Gue rra Mundial combatieron individuos dispuestos a sacrificarse por

unos ideales. Eso ya no es posible ahora que el armamento moderno permite que los conflictos sean antisépticos, robóticos, que las batallas las libren ordenadores y técnicos a distancia, teledirigiendo dispositivos que surcan los cielos. Así pues, ¿qué nos queda?

– No lo sé.

– Nos queda fe en una sola cosa, y todos aquí, en el estado número cincuenta y uno, nos consagramos por entero a hacerla realidad. Es la fe en que la gente redescubrirá sus valores, el espíritu de sacrificio y de superación, y volverán a ser pioneros, si se les da una tierra tan virgen y prometedora como lo fue este país en otro tiempo. -Manson se inclinó hacia delante en su asiento, con las manos abiertas-. No deben tener miedo, profesor. El miedo da al traste con todo. Hace doscientos años, la gente que se encontraba donde estamos nosotros, contemplando esas mismas montañas y esos mismos paisajes, sabía afrontar los desafíos y las dificultades. Y superó el miedo a lo desconocido.

– Cierto -dijo Jeffrey.

– El reto hoy en día es superar el miedo a lo conocido. -Manson hizo una pausa, reclinándose en su asiento-. Así pues, ése es el ideal en el que se basa nuestro estado: el de un mundo dentro del mundo. Un país dentro de un país. Fabricamos oportunidades y seguridad. Ofrecemos de nuevo lo que en otra época se daba por sentado en este país. ¿Y sabe qué ocurrirá después?

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Se propagará. Hacia el exterior. A paso constante, inexorable.

– ¿Qué me está diciendo?

– Le estoy diciendo que lo que tenemos aquí se impondrá lento pero seguro en el resto del país. Quizás hayan de sucederse varias generaciones para que el proceso se complete, como en el pasado, pero al final nuestro estilo de vida acabará con el horror y la depravación que conocen quienes viven fuera de este estado. Ya están surgiendo comunidades justo al otro lado de nuestras fronteras que empiezan a adoptar algunas de nuestras leyes y principios.

– ¿Qué leyes y principios?

Manson se encogió de hombros.

– Ya conoce muchos de ellos. Restringimos algunos de los derechos que establece la Primera Enmienda. Se respeta la libertad de culto. La libertad de expresión… bueno, no tanto. ¿Y la prensa? Nos pertenece. Limitamos algunos de los derechos reconocidos por la Cuarta Enmienda; ya no se puede cometer un delito y comprar la libertad por medio de algún abogado astuto. ¿Y sabe qué, profesor?

– ¿Qué?

– La gente renuncia a ello sin rechistar. La gente está dispuesta a ceder su derecho a la libertad a cambio del sueño sin garantías de un mundo donde no tengan que cerrar con llave la puerta de su casa cuando se van a dormir. Y los que estamos aquí apostamos a que hay muchos más como nosotros fuera de nuestras fronteras, y a que nuestro sistema se extenderá poco a poco por todo el país.

– ¿Como una infección?

– Más bien como un despertar. Un país arrancado de un largo sopor. Nosotros simplemente nos hemos levantado un poco más temprano que los demás.

– Hace que parezca algo atractivo.

– Lo es, profesor. Permítame preguntarle: ¿cuándo ha apelado usted, en persona, a alguna de esas garantías constitucionales? ¿Cuándo ha pensado: «Ha llegado el momento de ejercer los derechos que me otorga la Primera Enmienda»?

– No recuerdo haberlo hecho nunca. Pero no estoy seguro de que no los quiera, en caso de que algún día los necesite. Tengo mis dudas acerca de renunciar a las libertades fundamentales…

– Pero si esas mismas libertades le esclavizan, ¿no estaría mejor sin ellas?

– Es una pregunta complicada.

– Pero si la gente ya está accediendo a vivir encarcelada. Reside en comunidades amuralladas. Contrata servicios de seguridad. Va por ahí armada. La sociedad es poco más que una serie de vallas y cárceles. Para cerrar el paso al mal, uno tiene que recluirse. ¿Eso es libertad, profesor? Las cosas no funcionan así aquí. De hecho, ¿sabía, profesor, que somos el único estado del país con leyes eficaces de control de armas? Aquí ningún supuesto cazador posee un rifle de asalto. ¿Sabía que la Asociación Nacional del Rifle y su viejo grupo de presión en Washington nos detestan?

– No.

– ¿Lo ve? Cuando le digo que hemos derogado derechos constitucionales, usted me toma automáticamente por un conservador de derechas. Al contrario. No necesito adherirme a ninguna tendencia política porque puedo buscar las soluciones desde cualquier extremo del espectro político. Aquí en el estado cincuenta y uno, la Segunda Enmienda de la Constitución se interpreta literalmente y no como algún miembro de un lobby con los bolsillos llenos se empeña en interpretarla, pese a que todo indique lo contrario. Y podría seguir hablándole de esto, profesor. Por ejemplo, en el estado número cincuenta y uno no hay leyes que restrinjan los derechos reproductivos de la mujer. Pero es un tema muy polémico. Por consiguiente, el estado regula el aborto. Establecemos directrices. Directrices razonables. De este modo, no sólo evitamos que el debate sobrepase los límites de esta cuestión, sino que protegemos a los médicos que prestan este servicio.

– Veo que también es usted filósofo, señor Manson.

– No, soy pragmático, profesor. Y creo que el futuro está de mi parte.

– Quizá tenga razón.

Manson sonrió.

– ¿Ahora entiende la amenaza que supone su padre, el asesino?

– Empiezo a hacerme una idea -respondió Jeffrey.

– Lo que está consiguiendo es sencillo: aprovecha los fundamentos mismos del estado para hacer el mal. Se burla de todo aquello en lo que creemos. Nos hace quedar como hipócritas incompetentes. No sólo atenta contra esas adolescentes, sino contra la esencia de nuestras ideas. Nos utiliza para perjudicarnos a nosotros mismos. Es como levantarse una mañana y descubrir un tumor canceroso en los pulmones del estado.

– ¿Cree que un solo hombre puede representar un peligro tan grande?

– Ah, profesor, no lo creo: estoy seguro. La historia nos enseña que es posible. Y su padre, el otrora historiador, lo sabe. Un hombre, actuando sin ayuda de nadie, con una visión única y retorcida, y la dedicación necesaria para materializarla, puede ocasionar la caída de un gran imperio. Ha habido muchos asesinos solitarios a lo largo de la historia, profesor, que han logrado cambiar el curso de los acontecimientos. Nuestra propia historia está llena de Booths y Oswalds y Sirhan Sirhans cuyos disparos han matado ideales, además de hombres. Debemos impedir que su padre se convierta en uno de esos asesinos. Si no lo detenemos, asesinará nuestro proyecto. Él solo. Hasta ahora, hemos tenido suerte. Hemos conseguido acallar la verdad sobre sus actividades…

– ¿Y aquello de «la verdad os hará libres»?

Manson sonrió y negó con la cabeza.

– Ése es un concepto pintoresco y anticuado. La verdad no trae consigo más que sufrimiento.

– ¿Por eso está tan controlada aquí?

– Por supuesto. Pero no en aras de un ideal orwelliano consistente en proporcionar información falsa a las masas. Nosotros somos… bueno, selectivos. Y, por supuesto, no deja de haber rumores. Pueden ser peores que cualquier verdad. Hasta ahora, parece que hemos conseguido evitar que se hable sobre las actividades de su padre. Esta situación no durará, ni siquiera aquí, donde el estado guarda sus secretos más eficientemente que las autoridades del resto del país. Pero, como le he dicho, soy pragmático. El único secreto que está verdaderamente a salvo es el que está muerto y enterrado. El que ha pasado a la historia.

– La seguridad es frágil.

Manson suspiró profundamente.

– He disfrutado con esta conversación, profesor. Hay otros asuntos que reclaman mi atención, aunque ninguno es tan urgente. Encuentre a su padre, profesor. Muchas cosas dependen de que lo consiga.

Jeffrey asintió con la cabeza.

– Haré lo que pueda -dijo.

– No, profesor. Debe conseguirlo. A cualquier precio.

– Lo intentaré -aseguró Jeffrey.

– No. Lo conseguirá. Lo sé, profesor.

– ¿Cómo puede estar tan seguro?

– Porque estamos hablando de muchas cosas, de capas y capas de verdades e intrigas, profesor, pero hay una cosa sobre la que no me cabe la menor duda.

– ¿Cuál es?

– Que un padre y un hijo compiten siempre por el mismo objetivo, profesor. Ésta es su lucha. Siempre lo ha sido. Tal vez la mía sea diferente. Pero la suya… bueno, surge del fondo de su ser, ¿no es cierto?

Jeffrey se dio cuenta de que respiraba agitadamente.

– Y el momento ha llegado, ¿no es así? ¿Cree que puede llegar al final de su vida sin enfrentarse a su padre?

Jeffrey notó que la voz le salía áspera.

– Creía que ese enfrentamiento sería puramente psicológico. Una lucha contra un recuerdo. Creía que él había muerto.

– Pero no ha resultado ser así, ¿verdad, profesor?

– No. -Jeffrey tuvo la sensación de que la lengua empezaba a fallarle.

– De modo que la lucha adquiere dimensiones distintas, ¿no?

– Eso parece, señor Manson.

– Padres e hijos -prosiguió Manson en un tono suave, ligeramente cantarín, como si todo lo que decía se le antojase tremendamente divertido-. Siempre forman parte del mismo rompecabezas, como dos piezas que se encajan por la fuerza en un espacio que no acaba de tener la forma adecuada. El hijo pugna por aventajar a su padre, y éste intenta limitar a su hijo.

– Quizá necesite ayuda -barbotó Jeffrey.

– ¿Ayuda? ¿Y quién puede prestársela en la más elemental de las batallas?

– Hay dos componentes más en la maquinaria, señor Manson. Mi hermana y mi madre.

El director sonrió.

– Muy cierto -dijo-, aunque sospecho que tendrán sus propias batallas que librar. Pero haga lo que deba, profesor. Si necesita pedir refuerzos, por favor, no dude en hacerlo. En esta lucha, goza usted de una libertad total y absoluta.

Por supuesto, Jeffrey supo al instante que esta última aseveración era mentira.

El agente Martin no le preguntó a Jeffrey de qué había hablado con su supervisor. Los dos hombres recorrieron pensativos el edificio, uno al lado del otro, como si analizaran la tarea que tenían ante sí. Cuando se encontraban cerca de su despacho, una secretaria con un sobre de papel de Manila salió de un ascensor. Tuvo que esquivar con sumo cuidado a una docena de niños de cuatro años atados entre sí con una cuerda naranja fluorescente, un grupo de la guardería que se dirigía al patio de juegos. La joven secretaria sonrió, se despidió de los niños con un gesto y luego se encaminó a paso rápido hacia los dos hombres.

– Esto es para usted, agente -dijo sin más preámbulos-. Urgente, confidencial, todas esas cosas. Un par de detalles interesantes. No sé si le ayudarán en el caso que está investigando, pero los del laboratorio lo han despachado con prisas y sin formalidades. -Le tendió el sobre a Martin-. De nada -dijo ante el silencio del inspector. Tras evaluar a Jeffrey con una mirada rápida, dio media vuelta y se alejó en dirección a los ascensores.

– ¿Y eso es…? -preguntó el profesor mientras observaba a la joven desaparecer con un zumbido neumático.

– Un informe preliminar del laboratorio sobre el ordenador que requisamos en Cottonwood. -El inspector rasgó el sobre-. Mierda -farfulló.

– ¿Qué pasa?

– No hay huellas identificables, ni fibras capilares. Si el tipo hubiera cogido el maldito trasto con las manos sudadas, quizás habríamos podido obtener una muestra de ADN. No ha habido suerte. El maldito trasto estaba limpio.

– El tipo no es idiota.

– Sí, lo sé. Ya nos lo ha dejado claro, ¿recuerda?

Jeffrey lo recordaba.

– ¿Qué más?

Martin continuó estudiando el informe. -Bueno -dijo, al cabo de un momento-. Aquí hay algo. Quizá su viejo no sea el asesino perfecto, después de todo.

– ¿Por qué lo dice?

– Dejó intacto el número de serie del ordenador. Los del laboratorio han hecho algunas pesquisas.

– ¿Y?

– Pues que el número corresponde a una remesa de ordenadores enviada por el fabricante a varias tiendas del sureste. Ya es algo. Por lo visto, a su viejo no le convencían demasiado las condiciones de la garantía, pues nunca mandó por correo el papel firmado.

– Sabía que no se lo quedaría durante tanto tiempo.

El agente Martin sacudió la cabeza.

– Seguramente pagó el puto trasto en efectivo.

– Supongo que sí.

Martin enrolló el informe y se golpeó la pierna con él.

– Ojalá descubriésemos una cosa, un solo detalle, que el mamón de su padre pasara por alto.

Los dos hombres se hallaban ante la puerta de su despacho, a punto de entrar. Martin desplegó de nuevo el informe y se quedó mirándolo mientras abría la cerradura de la puerta. Alzó la vista hacia Jeffrey.

– ¿Qué motivos supone que tenía el cabrón para irse a comprar el ordenador hasta el sur de Florida? Al fin y al cabo, hay muchos sitios más cercanos, y nos costaría el mismo trabajo seguirle la pista hasta allí. ¿Cree que a lo mejor estuvo allí de vacaciones? ¿Por negocios, tal vez? Esto nos dice algo, ¿no?

– ¿Dónde? -preguntó Jeffrey de pronto.

– El sur de Florida. Allí es adónde enviaron los ordenadores con esos números de serie. Al menos, según la empresa fabricante. Debe de haber unas cien tiendas en esa zona a las que pudieran enviar ese ordenador, casi todas al sur de Miami. Homestead. Los Cayos Altos. ¿Por qué? ¿Significa algo para usted?<