/ Language: Español / Genre:thriller

La Sombra

John Katzenbach

En el Berlín de 1943 pocos vieron su cara. Nunca nadie supo su nombre. Entre susurros era conocido como Der Schattenmann, La Sombra, un despiadado delator judío que colaboraba con la Gestapo. Miami, finales del siglo xx. La vida del detective retirado Simon Winter da un giro repentino cuando recibe la visita de una vecina aterrorizada. La anciana cree haber visto a un fantasma de su pasado: La Sombra. Cuando a la mañana siguiente aparece estrangulada, Winter es el único que sospecha la terrible verdad: un escurridizo asesino está exterminando a los supervivientes del Holocausto que viven en Miami.

John Katzenbach

La Sombra

Título original: The Shadow Man

Traducción: Cristina Martín, Laura Paredes y Raquel Sola

La Historia es una pesadilla de la que intento despertar… -dijo Stephen

James Joyce, Ulises

Ninguna novela se concluye sin recibir alguna ayuda. Algunas veces esta ayuda es técnica, como la de los lectores que revisan los primeros borradores o el manuscrito y señalan los errores cometidos. Otras veces es menos tangible pero igualmente importante (los niños que te dejan tranquilo cuando preferirían que salieras con ellos a lanzar unas canastas). Para completar este libro he contado con la inestimable ayuda de mis amigos Jack Rosenthal, David Kaplan y Janet Rifkin, Harley y Sherry Tropin, cuyos comentarios han contribuido a mejorar la versión final.

Hay muchos libros extraordinarios que tratan sobre el Holocausto, cada uno de ellos más desgarrador, más conmovedor, más frustrante, más sorprendente, si cabe, que el anterior. No pretendo hacer una lista con todos los que he examinado, pero hay uno que merece la pena mencionar. Cuando empecé a cultivar las semillas de las ideas que finalmente se convirtieron en esta novela, el difunto Howard Simon de la Universidad de Hardware me dio su ejemplar de una obra realista extraordinaria: The Last Jewis In Berlin, de Leonard Gross. Las personas que estén interesadas en conocer lo que es la verdadera inventiva y valentía harían bien en leerlo.

Como siempre, mi mayor deuda es para con mi familia, por lo que este libro está dedicado a ellos: Justine, Nick y Maddy.

1 Una muerte interrumpida

A primera hora del atardecer de lo que promet ía ser una noche sofocantemente calurosa de pleno verano en Miami Beach, Simon Winter, un anciano cuya profesión durante años había estado relacionada con la muerte, decidió que ya era hora de acabar con su vida. Por un instante no le agradó ser la causa del sucio trabajo que iba a dejar a los demás; aun así, se dirigió sin prisa hacia el armario de su habitación y sacó un revólver detective special calibre 38 de cañón recortado, lleno de rasguños y rozaduras, de una pistolera de piel marrón, ajada y manchada de sudor. Abrió con un chasquido el tambor y sacó cinco de las seis balas, que a continuación metió en un bolsillo. Estaba convencido de que, con este acto, despejaría todas las dudas que cualquiera pudiera plantearse respecto a cuáles habían sido sus intenciones.

Con la pistola en la mano, empezó a buscar papel y bolígrafo para escribir una nota de suicidio. Esto le llevó varios frustrantes minutos, puesto que tuvo que apartar sábanas, estrujar pañuelos y revolver corbatas y gemelos en un cajón de la cómoda. Finalmente, encontró una única hoja pautada que quedaba en un cuaderno de notas y un bolígrafo barato. «Muy bien -se dijo-, sea lo que sea lo que tengas que decir, tendrá que ser breve.»

Intentó pensar si necesitaba algo más y, mientras lo hacía, se detuvo ante el espejo para examinar su aspecto. No estaba mal. La camisa a cuadros que vestía estaba limpia, como el pantalón caqui, los calcetines y la ropa interior. Consideró si debía afeitarse y se frotó la mejilla con el reverso de la mano que sostenía el arma, sintiendo a contrapelo la barba incipiente, aunque al final decidió que no era necesario. Necesitaba un corte de pelo, pero se encogió de hombros mientras se mesaba su mata de cabello blanca. «No tengo tiempo», se dijo. De pronto, recordó que cuando era joven le habían comentado que el pelo de la gente continúa creciendo aun después de muerto. El pelo y las uñas. Era aquel tipo de información que se transmitía entre cuchicheos de un niño a otro con absoluta autoridad y que, invariablemente, conducía a historias de fantasmas contadas en habitaciones a oscuras entre murmullos. «Parte del problema de crecer y hacerse mayor es que los mitos de la infancia desaparecen», pensó Simon Winter.

Se apartó del espejo y echó un rápido vistazo al dormitorio: la cama estaba hecha y no había ropa sucia amontonada en los rincones; sus lecturas nocturnas, novelas baratas de crímenes y relatos de aventuras, estaban apiladas junto a la mesilla de noche; aunque no estaba exactamente limpio, al menos estaba presentable, lo mismo que se podía decir, más o menos, de su propio aspecto. Ciertamente, no había más desorden del que sería normal en un solterón o, en realidad, un niño, observación que momentáneamente le interesó y le confirió un abrupto sentido de plenitud.

Asomó la cabeza en el baño, vio un frasco de somníferos y por un breve instante consideró utilizarlos en lugar de su vieja arma reglamentaria, pero decidió que sería una forma cobarde de hacerlo. Se dijo: «Debes ser suficientemente valiente para mirar sin temor el cañón de tu arma y no simplemente tragar un puñado de píldoras y abandonarte suavemente al sueño eterno.» Se dirigió a la cocina. Vio los platos sucios del día en el fregadero. Mientras los miraba, una gran cucaracha broncínea que se arrastraba por el borde de un plato se detuvo, como a la espera de ver lo que haría Simon Winter.

– Bichos asquerosos. Eres una cucaracha con pretensiones -le espetó. Alzó la pistola y apuntó a la cucaracha-. ¡Bang! Un disparo. ¿Sabías, bicho, que siempre obtuve la categoría de tirador experto?

Eso le hizo suspirar hondo mientras colocaba el arma y el papel sobre la encimera de linóleo blanco. Vertió un poco de lavavajillas y empezó a lavar los platos.

– Esperemos que la limpieza me acerque a la santidad -dijo.

Era bastante ridículo que uno de sus últimos actos en este mundo fuese lavar los platos, pero no quería cargar con esa tarea a nadie. Esta forma de obrar formaba parte de su naturaleza. Nunca dejaba cosas por hacer para cargárselas a los demás.

La cucaracha, captando una vaharada de jabón, reconoció que estaba en peligro y huyó a toda prisa por la encimera mientras el anciano intentaba con desgana aplastarla con la esponja.

– Muy bien. Puedes correr cuanto quieras pero no puedes esconderte.

Se agachó bajo el fregadero y encontró un bote de insecticida, que agitó antes de rociar la zona por donde la cucaracha había desaparecido.

– Sospecho que pronto nos reuniremos, bicho.

Recordó que los antiguos vikingos solían matar a un perro y lo colocaban a los pies del hombre que iba a ser enterrado; pensaban que así el guerrero tendría un compañero en el camino al Valhalla, y qué mejor camarada que un perro fiel, que seguramente ignoraría el hecho de que su vida había sido segada por una costumbre bárbara. «Así pues -pensó-, si yo tuviera perro, tendría que matarlo primero, pero no lo tengo y tampoco lo haría si lo tuviera, por lo que mi compañero de viaje será una cucaracha.»

Rió para sus adentros, preguntándose de qué hablarían él y la cucaracha, y sospechó que, en cierta extraña manera, sus vidas no habían sido tan distintas, ambos dedicados a husmear en los restos que dejaba la vida cotidiana. Dejó el fregadero completamente limpio haciendo una última floritura, colocó la esponja en un rincón y recogió la pistola y el papel. Regresó al modesto salón del pequeño apartamento. Se sentó en un raído sofá y depositó el revólver en una mesilla auxiliar delante de él. Luego cogió el papel y el bolígrafo y, tras pensar un momento, escribió:

A quien pueda interesar:

Esto me lo he hecho yo.

Soy viejo y estoy cansado. Hace años que no hago nada útil. No creo que el mundo me eche demasiado de menos.

«Bien -se dijo-, eso es cierto, pero el mundo parece que se las apaña bastante bien sin importarle quién muere; por lo tanto, en realidad no has dicho nada.» Se dio unos golpecitos en los dientes con la punta del bolígrafo.

«Di lo que en realidad quieres decir», se insistió, como si fuese un maestro de colegio frustrado con las redacciones de sus estudiantes. Entonces garabateó rápidamente:

Me siento como un huésped que se ha quedado más de la cuenta.

«Eso está mejor -pensó y sonrió-. Ahora los negocios.»

Tengo algo más de 5.000 dólares en una cuenta de ahorros en el banco First Federal, parte de los cuales deberían usarse para freír estos viejos huesos. Si alguien fuese tan amable de recoger mis cenizas y lanzarlas a las aguas del Government Cut cuando la marea las expulse por el canal, se lo agradecería mucho.

Hizo una pausa y pensó: «Estaría bien si lo hicieran cuando los grandes bancos de tarpones que viven en el canal empiezan a saltar por la superficie, resoplando, tragando aire y alcanzando velocidad mientras se preparan para alimentarse de besugos y caballas pequeñas. Son animales bellos, con enormes escamas plateadas como una armadura sobre sus flancos que las hacen parecer caballeros medievales errantes del mar, con unas colas grandes, poderosas como guadañas, que las impulsan por el agua. Pertenecen a una antigua tribu que ha permanecido intacta, inalterada por ningún cambio evolutivo durante siglos, y algunos de ellos probablemente son tan ancianos como yo.» Se preguntó si un tarpón alguna vez se cansa de nadar y, en caso afirmativo, entonces qué hace. «Tal vez simplemente nada más despacio y no huye tan rápido cuando un gran pez martillo acecha el banco. No estaría del todo mal regresar como un tarpón.» Continuó escribiendo:

El dinero sobrante deberá entregarse al fondo de viudas del Departamento de Policía de Miami Beach o comoquiera que se llame actualmente. No tengo parientes a quien llamar. Tenía un hermano, pero murió y no sé nada de sus hijos desde hace años.

He disfrutado de la vida y he logrado hacer algunas cosas buenas. Si alguien está interesado, en el dormitorio hay un álbum con algunos recortes de prensa sobre mis antiguos casos.

Decidió permitirse un pequeño punto de engreimiento y una disculpa:

Hubo un tiempo en que fui de los mejores.

Siento causar tantas molestias.

Hizo una pausa, examinó la nota y luego la firmó con una floritura: «Simon Winter. Detective retirado.»

Respiró hondo y alzó la mano delante de sus ojos. Estaba firme. Miró de reojo la nota manuscrita. «Ni un temblor en la letra tampoco -pensó-. Muy bien. Te has enfrentado a cosas mucho peores. No hay razón para esperar más.»

Sujetó el arma y colocó el dedo en el gatillo. Podía sentir todas y cada una de las acciones que realizaba, como si de pronto cada movimiento cobrara un significado especial por sí mismo. La presión del dedo alrededor del gatillo tensaba el tendón del reverso de la mano. Sentía el músculo del brazo trabajando mientras alzaba el revólver, reforzando su muñeca para que pudiera sostener el arma inmóvil. Su corazón se aceleró y su mente se llenó de recuerdos. Ordenó a sus ojos que se cerrasen, intentando eliminar cualquier duda residual.

– Muy bien -dijo-. Muy bien. Ya es hora.

Simon Winter introdujo el cañón en su boca, contra el paladar, y se preguntó si sentiría el disparo que le mataría. Y durante aquel breve instante de duda, aquella única y momentánea demora, el silencio a su alrededor fue bruscamente alterado por una fuerte e insistente llamada a la puerta de su apartamento.

El sonido estalló a través de su determinación suicida, sobresaltándole.

Al mismo tiempo, fue consciente de docenas de pequeñas sensaciones, como si el mundo hubiese requerido bruscamente su presencia. La presión sobre el gatillo parecía lastimarle el dedo; allí donde había esperado una rápida mortaja de abrasadora inconsciencia, ahora notaba el sabor de la dureza metálica del revólver y se atragantó con el intenso olor aceitoso de los líquidos con que limpiaba el arma. Su lengua se deslizó por el suave acero helado del seguro del gatillo y oyó el vaho de su aliento.

A lo lejos, el motor diesel de un autobús pasó zumbando. Se preguntó si sería el A-30 que se dirigía a Ocean Drive o el A-42 de camino a Collins Avenue. Una mosca atrapada aleteaba frenéticamente en la ventana y recordó que había una persiana que tenía un listón suelto. Abrió los ojos y bajó la pistola.

Llamaron de nuevo a la puerta, esta vez con más insistencia.

El apremio de aquel ruido acabó con su determinación. Dejó el revólver en la mesilla auxiliar, encima de su nota de suicidio, y se levantó del sofá.

Escuchó una voz:

– Por favor, señor Winter…

Era una voz aguda y asustada, y le pareció familiar.

«Ya ha anochecido -se dijo-. Nadie ha llamado a mi puerta después de la puesta de sol en veinte años.» Moviéndose rápidamente y olvidando por un momento la lentitud que la edad imponía a sus extremidades, corrió hacia el sonido.

– ¡Ya voy, ya voy! -gritó, y llegó a la puerta sin saber exactamente con qué se encontraría, pero tuvo la vaga esperanza de que fuese algo de importancia para su vida.

El miedo iluminaba como un halo de luz a la anciana que había delante de la puerta. Su rostro estaba rígido, pálido, tenso como un nudo, y miró a Simon Winter con tal desesperación que éste retrocedió como si le hubiese golpeado una repentina y fuerte ráfaga de viento. Le costó un momento reconocer a su vecina de al menos diez años.

– Señora Millstein, ¿qué sucede?

La mujer alargó la mano y sujetó a Simon por el brazo sacudiendo la cabeza, como dando a entender que no podía hablar sin sentirse aterrada.

– ¿Se encuentra usted bien?

– Señor Winter -dijo la anciana lentamente, las palabras rechinando entre sus labios apretados-. ¡Gracias a Dios que está en casa! Estoy sola y no sé qué hacer…

– Pase, pase, por favor. Pero ¿qué ocurre?

Sophie Millstein entró temblorosa. Sus uñas se hincaron en el brazo de Simon Winter, su presa como la de un escalador a punto de caerse por un profundo precipicio.

– No puedo creerlo, señor Winter… -empezó vacilante, pero de pronto sus palabras cobraron velocidad y habló en un torrente de ansiedad-: Pienso que ninguno de nosotros lo creía de verdad. Parecía algo tan lejano… Tan imposible… ¿Cómo es posible que él esté aquí? ¿Aquí? No, simplemente parecía una locura, ninguno de nosotros lo creía. Ni el rabino ni el señor Silver ni Frieda Kroner. Pero estábamos equivocados, señor Winter. Él está aquí. Yo lo he visto hoy. Esta noche. Justo delante de la tienda de helados del Lincoln Road Mall. Salí y allí estaba él. Él simplemente me miró y, créame, le reconocí al instante. Sus ojos son como cuchillas, señor Winter. No sé qué hacer. Leo sí lo habría sabido, habría dicho: «Sophie, tenemos que llamar a alguien», y entonces habría encontrado el número enseguida, lo tendría a mano. Pero Leo se ha ido y yo estoy sola y él está aquí.

Miró desesperada a su vecino.

– Él también me matará a mí -añadió entrecortadamente.

Simon la acompañó hasta la salita del pequeño apartamento e hizo que se sentase en el vencido sofá.

– Nadie va a matar a nadie, señora Millstein. Ahora le serviré una bebida fría y luego me explicará por qué está tan asustada.

La mujer le miró como una posesa:

– ¡Tengo que avisar a los demás!

– Está bien, está bien. La ayudaré, pero por favor, beba algo y luego cuénteme qué sucede.

Abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin habla y no salió ningún sonido. Se puso la mano en la frente, como si se tomase la temperatura, y por fin dijo:

– Sí, sí, gracias, té helado, si tiene. Hace tanto calor… Algunas veces en verano parece que el aire vaya a arder.

Simon apartó la nota de suicidio y el arma de la mesilla auxiliar que había delante de la anciana y corrió a la cocina. Cogió un vaso y lo llenó de agua, cubitos y una mezcla de té instantáneo. Dejó la nota en la encimera, pero antes de llevar el vaso se detuvo y cargó de nuevo el revólver con las cinco balas que llevaba en el bolsillo. Alzó la vista y vio a la anciana mirando al frente con la mirada perdida, como si contemplase algún recuerdo. Sintió una extraña excitación, unida a un sentido de urgencia. El miedo de Sophie Millstein parecía algo físico, espeso y asfixiante, llenaba la habitación como si fuera humo. Respiró hondo y se apresuró a ir junto a ella.

– Beba esto -dijo en el mismo tono que usaría con un niño enfermo-. Y después tómese su tiempo y explíqueme qué ha sucedido.

Sophie Millstein asintió, sujetó el vaso con ambas manos y bebió un buen sorbo del espumoso líquido marrón. Luego se apretó el vaso contra la frente. Simon Winter vio que los ojos se le humedecían.

– Me matará y yo no quiero morir -dijo de nuevo.

– Señora Millstein, por favor, ¿quién?

La anciana se estremeció y susurró en alemán:

– Der Schattenmann.

– ¿Quién? ¿Es el nombre de alguien?

Ella le miró con desesperación.

– Nadie sabe su nombre, señor Winter. Al menos nadie que esté con vida.

– Pero quién…

– Era un fantasma.

– No comprendo…

– Un demonio.

– ¿Quién?

– Era malvado, señor Winter, lo más malvado que se pueda imaginar. Y ahora está aquí. No lo creíamos, pero estábamos equivocados. El señor Stein nos previno, pero no le conocíamos, así que ¿cómo podíamos creerle? -Se estremeció visiblemente-. Soy vieja. Soy vieja, pero no quiero morir -susurró.

Él tomó su mano.

– Por favor, señora Millstein, tiene que explicarse. Cuénteme quién es esta persona de la que habla y por qué está usted tan asustada.

La anciana bebió otro trago de té helado y dejó el vaso en la mesilla. Asintió lentamente, intentando recuperar la compostura. Se llevó de nuevo la mano a la frente y se acarició las cejas suavemente como si quisiera librarse de unos recuerdos terribles; luego se secó las lágrimas. Inspiró profundamente y lo miró. Él observó cómo su mano bajaba hasta su garganta y por un instante acariciaba con los dedos el collar que lucía. La joya era singular: una fina cadena de oro con la inicial de su nombre. Pero lo que distinguía aparentemente aquel colgante de los del mismo tipo que solían llevar las adolescentes era la presencia de un par de pequeños diamantes en cada extremo de la S de Sophie. Simon sabía que su difunto esposo había echado mano a los ahorros de su modesta pensión y le había regalado el collar por su cumpleaños, antes de que su corazón fallase. Igual que el anillo de boda que llevaba en su dedo, la anciana no se lo quitaba nunca.

– Es una historia muy difícil de explicar, señor Winter. Sucedió hace tanto tiempo que a veces me parece un sueño. Pero no fue un sueño, señor Winter, sino una pesadilla. Hace cincuenta años.

– Adelante, señora Millstein.

– En 1942, señor Winter, mi familia (mamá, papá, mi hermano Hansi y yo) estaba aún en Berlín. Escondidos…

– Prosiga.

– Era una vida tan terrible, señor Winter… Nunca había un momento, ni un segundo, ni siquiera el tiempo entre dos latidos de corazón, en que pudiésemos sentirnos a salvo. La comida escaseaba, siempre teníamos frío y cada mañana, al despertar, lo primero que pensábamos era que tal vez había sido la última noche que pasábamos juntos. A cada segundo que transcurría el riesgo parecía aumentar. Un vecino podría sentir curiosidad. Un policía podría pedirte tu documentación. ¿Y si subías a un tranvía y veías a alguien que te reconociese de antes de la guerra, antes de las estrellas amarillas? Tal vez dirías alguna palabra, harías algo, cualquier detalle. Un gesto, un tono de voz, algo que te mostrase ligeramente nervioso, algo que podría traicionarte. No hay gente más suspicaz en el mundo que los alemanes, señor Winter. Yo debería saberlo. En un tiempo fui una de ellos. Era lo único que bastaba, sólo una mínima vacilación, tal vez una mirada asustada, algo que indicase que estabas fuera de lugar. Y entonces sería el fin. En 1943 lo supimos, señor Winter. Me refiero a que tal vez no lo sabíamos todo pero lo sabíamos. La captura significaba la muerte, así de simple. Algunas veces por la noche solía echarme en la cama, incapaz de dormir, rezando para que algún bombardero británico dejase caer su carga directamente sobre nosotros y así podríamos partir todos juntos y acabar con el miedo. Yo temblaba, rezando por morir, y mi hermano Hansi venía y me cogía la mano hasta que me dormía. Él era fuerte y hábil. Cuando no teníamos nada que comer, encontraba patatas. Cuando no sabíamos adónde ir, buscaba un nuevo piso o un sótano en alguna parte donde no hacían preguntas y así podíamos pasar una semana más, aún juntos, aún sobreviviendo.

– ¿Qué le sucedió a…?

– Murió. Todos murieron. -Sophie Millstein respiró hondo-. Él asesinó a todos. Nos encontró y todos murieron.

Él empezó a formular otra pregunta, pero ella alzó una temblorosa mano.

– Deje que termine, señor Winter, mientras aún me queden fuerzas. Había muchísimas cosas a las que temer pero lo peor eran los cazadores.

– ¿Cazadores?

– Judíos como nosotros, señor Winter. Judíos que trabajaban para la Gestapo. Había un edificio en Iranische Strasse, uno de esos horribles edificios de piedra gris que tanto gustan a los alemanes. Lo llamaban la Oficina de Investigación Judía. Allí era donde él trabajaba, donde todos ellos trabajaban. Su libertad dependía de que nos cazasen.

– Y este hombre que cree haber visto hoy…

– Algunos eran famosos, señor Winter. Rolf Isaaksohn era joven y arrogante, y la hermosa Stella Kubler, rubia, bella y con aspecto de doncella nórdica. Entregó a su propio marido. También había otros. Se quitaban sus estrellas y se movían por la ciudad, observando como aves de presa.

– El hombre de hoy…

– Der Schattenmann. Era nuestra principal pesadilla. Se decía que podía distinguirte entre una multitud, como si fuese capaz de distinguir algún brillo en tu piel, alguna mirada en tus ojos. Tal vez era nuestra forma de andar, o el olor que desprendíamos. No lo sabíamos. Lo único que sabíamos era que si él te encontraba, la muerte llamaría a tu puerta. La gente decía que estaría en la oscuridad cuando fueran a por ti y seguiría allí oculto cuando, entre las brumas matutinas, te hiciesen subir al tren de Auschwitz. Pero tú no lo sabrías, porque nadie había visto su rostro ni nadie sabía su nombre. Si veías su cara, se decía que te llevaban a los sótanos de Alexanderplatz, donde siempre era de noche, y nadie salía jamás de esos sótanos, señor Winter. Y él estaría allí, viéndote morir, de manera que los últimos ojos que verías en este mundo serían los suyos. Él era el peor. El peor con diferencia, porque se decía que disfrutaba con lo que hacía y porque era el mejor haciéndolo…

– Y hoy…

– Está aquí, en Miami Beach. Y esto no es posible, señor Winter. Tiene que ser imposible y aun así lo creo. Estoy convencida de que hoy le he visto.

– Pero…

– Fueron sólo unos segundos. Había una puerta abierta y nos estaban trasladando por las oficinas, porque había que hacer papeleo. ¡Papeleo! Los alemanes incluso hacían papeleo cuando iban a matarte. Cuando el oficinista de la Gestapo terminó con nosotros, selló los documentos y nos llevaron abajo, a las celdas, para esperar el transporte, pero pude echar un vistazo a un despacho durante una milésima de segundo, señor Winter, y él estaba allí, entre dos oficiales con aquellos horribles uniformes negros. Se estaban riendo de alguna broma y supe que era él. Llevaba el sombrero calado pero alzó la vista, me vio, gritó algo y entonces cerraron la puerta de un portazo. Yo creí que seguramente iban a dejarme en el sótano, pero sin embargo me metieron en un tren aquel mismo día. Supongo que pensó que yo moriría en el campo. Yo era muy menuda, tenía dieciséis años pero apenas abultaba más que una niña, y aun así los sorprendí a todos, señor Winter, porque sobreviví.

La anciana hizo una pausa, tomando aliento deprisa.

– No quería morir. No entonces y tampoco ahora. No aún.

Sophie Millstein era una mujer minúscula, apenas de metro cincuenta, incluso con las alzas que llevaba en sus zapatos ortopédicos, y ligeramente regordeta. Se veía muy pequeña al lado de Simon Winter, que a pesar de su edad aún medía más de metro noventa. Llevaba su blanco pelo recogido en un moño, que se añadía a su estatura, provocando un efecto que rozaba el ridículo, especialmente cuando salía de su apartamento vestida con coloridos pantalones pirata de poliéster y blusas floreadas, arrastrando su carrito de la compra camino de la tienda de comestibles. Simon Winter la conocía de saludarse con la cabeza y eludir las conversaciones demasiado prolongadas que invariablemente se centraban en alguna queja sobre la ciudad, el calor, los adolescentes y la música a todo volumen, sobre su hijo que no la llamaba con la suficiente frecuencia, sobre hacerse viejo, sobre sobrevivir a su marido, todo lo cual él prefería evitar. Pero si su actitud hacia la anciana hasta ese momento había sido la de una cortesía distante, el temor que ahora inundaba sus ojos le arrastró a algo completamente distinto.

No sabía qué creer, porque el detective que había en su interior le incitaba a dudar; nada era cierto hasta que él mismo lo confirmase. Y de momento lo único que podía confirmar era el miedo que sentía Sophie Millstein.

Cuando la miró, vio que un temblor recorría su cuerpo, arrugándolo aún más si cabe. Ella le dirigió una mirada interrogante.

– Cincuenta años. Y sólo le vi un momento. ¿Puedo haberme equivocado, señor Winter?

Decidió no responder a esta pregunta, porque según su experiencia, la probabilidad de que Sophie Millstein estuviera en lo cierto era casi inexistente. Pensó: «Ese hombre debía de ser joven, de unos veintitantos, hace cincuenta años. Y ahora debe de ser un anciano.» El pelo y la piel tendrían que haberle cambiado, así como su rostro, con las mejillas caídas y flojas. Su forma de andar sería distinta y también su voz. No sería el mismo de medio siglo atrás.

– ¿Este hombre le ha dicho algo hoy?

– No. Sólo me miró fijamente. Nuestros ojos se encontraron, era última hora de la tarde y el sol parecía brillar justo detrás de él, y se fue, como si sencillamente hubiese desaparecido entre el resplandor. Y yo corrí, señor Winter, corrí. Bueno, no como corría antes, pero sentí lo mismo, y me alegré mucho al ver las luces encendidas en su apartamento, porque tenía muchísimo miedo de estar sola en mi casa.

– ¿Él le dijo algo?

– No.

– ¿La amenazó o hizo algún gesto?

– No. Sólo me miró. Sus ojos eran como cuchillas, ya se lo he dicho.

– ¿Y qué aspecto tenía?

– Alto, pero no tanto como usted, señor Winter. Y fornido, fuerte. Los brazos y hombros de un hombre aún joven.

Simon asintió con la cabeza. Su escepticismo iba ganando terreno. El hecho de reconocer a un hombre que has visto sólo unos segundos al cabo de cincuenta años no entraba en lo que él solía denominar «los reinos de la posibilidad del detective de Homicidios», aun cuando estos reinos fuesen muy flexibles. Lo que él sospechaba era que la anciana, cuyo contacto con el mundo se había visto muy mermado desde su enviudamiento, había caminado bajo un sol de justicia en un día muy caluroso, perdida en recuerdos dolorosos, cuando alguien le llamó la atención en medio de uno de esos recuerdos y se había desorientado y asustado porque era anciana y estaba sola. Y pensó también: «¿Acaso yo soy tan diferente?»

Pero en lugar de decir lo que realmente pensaba, aseveró con firmeza:

– Señora Millstein, creo que se repondrá del mal trago. Lo que necesita es descansar un poco.

– Debo prevenir a los demás -dijo ella con súbita ansiedad-. Debo avisarles. El señor Stein tenía razón. Oh, señor Winter, deberíamos haberle creído, pero ¿qué podíamos hacer? Somos viejos. No lo sabíamos. ¿A quién podíamos llamar? ¿A quién contárselo? Ojalá Leo estuviera aquí.

– ¿Qué otros? ¿Y quién es el señor Stein?

– Él también le vio y ahora está muerto.

Simon arrugó el entrecejo.

– No comprendo lo que me está contando, señora Millstein, por favor, explíquese mejor.

Pero ella se limitó a mirar el arma.

– ¿Es su pistola? ¿Está cargada?

– Sí.

– Gracias a Dios. ¿Todos estos años de policía ha tenido la misma arma?

– Pues sí.

– Debería tenerla cerca, señor Winter. Mi Leo quería conseguir un arma, porque decía que a los negros… en realidad usaba otra palabra, no es que tuviera prejuicios, pero estaba asustado y eso hacía que usase aquella terrible palabra…, decía que a los negros les gustaría ir a la playa y robar a todos los viejos judíos que viven por allí. Y eso es lo que somos, simplemente viejos judíos, y supongo que si yo fuese un criminal, también pensaría en eso. Pero yo no le dejé tener una pistola, porque me daba miedo un arma en casa, Leo no era un hombre cuidadoso. Era un buen hombre, pero era… cómo decirlo… descuidado, sí. Y no habría sido inteligente dejarle tener una pistola, podría haberse hecho daño, así que le prohibí que la comprase. Ahora me gustaría que lo hubiese hecho, para poder protegerme. Ya no debo dudar más, señor Winter. Tengo que llamar a los demás y contarles que él está aquí y decidir qué vamos a hacer.

– Señora Millstein, por favor, cálmese. ¿Quién es el señor Stein?

– Tengo que llamar.

– Enseguida habrá tiempo para ello.

Ella no respondió. Estaba sentada rígidamente con la vista al frente, mirando el vacío. Él recordó un tiroteo en el cual se había involucrado, hacía algunos años, un robo a un banco que había derivado en un violento fuego cruzado. No fue su disparo el que detuvo al ladrón, pero había sido el primero en alcanzarlo, y luego le arrancó el arma que empuñaba de un puntapié. Entonces bajó la vista y vio los ojos de aquel hombre abiertos de par en par mientras su vida se escapaba a borbotones por un orificio en el pecho. Era un joven de poco más de veinte años, Simon no era mucho mayor, y el chico se había quedado mirándolo. En aquella mirada había implícita una cascada de preguntas desesperadas que terminaban con la única que importaba: «¿Viviré?» Y antes de que Simon pudiese responder, vio que los ojos del joven se quedaban en blanco y murió. Aquel momento preciso en que se pierde la conciencia es lo que Simon creyó estar viendo en el rostro de Sophie Millstein y no pudo evitar que algo de su pánico se le contagiara.

– Él me matará -dijo inexpresivamente, quizá con un punto de resignación-. Tengo que avisar a los demás. -Sus palabras sonaron secas, como piel tensada a punto de rasgarse.

– Señora Millstein, por favor, nadie va a matarla. Yo no lo permitiré.

Ella parecía haberse ensimismado completamente, como si Simon ya no estuviera allí. Al cabo de un instante se estremeció, como si le hubiese impactado físicamente algún recuerdo. Se volvió lentamente hacia el viejo detective y movió la cabeza apesadumbrada.

– Era tan joven y estaba tan asustada… Todos lo estábamos. Fueron tiempos terribles, señor Winter. Todos nos ocultábamos y nadie pensaba que pudiera sobrevivir más allá del minuto siguiente o poco más. Es espantoso, señor Winter, experimentar eso cuando eres joven. Después, allá donde te escondas la muerte parece seguirte.

Simon asintió con la cabeza. Necesitaba que ella siguiera hablando, porque tal vez así acabaría volviendo al presente.

– Por favor, continúe.

– Hace un año Herman Stein, un hombre que vivía en Surfside, se suicidó -continuó con tono monocorde-. Al menos eso dijo la policía, porque se había disparado con un arma…

«Igual que yo», pensó Simon.

– Después de morir, después de que la policía viniese y la funeraria y sus parientes terminaran la shivá, el duelo, y se llevasen a cabo todas esas cosas, llegó una carta al hogar del rabino Rubinstein. ¿Conoce usted al rabino, señor Winter?

– No.

– Es viejo, como yo. Está retirado. Y recibió una carta de un hombre muerto, enviada pocos días antes. Era del señor Stein, al que yo no conocía, me refiero a que él vivía en Surfside, que está a muchas manzanas de aquí, señor Winter. ¿Setenta? ¿Ochenta? Como en otro mundo. Este hombre envía una carta al rabino, al que apenas conoce, porque en una ocasión se enteró de que el rabino también procedía de Berlín, igual que él, y que asimismo era un superviviente de los campos, algo casi imposible. Y este hombre al que no conocí, Stein, dice en su carta: «He visto a Der Shattenmann.» Y el rabino conoce a este nombre, y por tanto se pone en contacto conmigo y con unos pocos más, con la señora Kroner y el señor Silver, que en otro tiempo fuimos berlineses. Somos los únicos que pudo encontrar porque ahora todos nos estamos haciendo demasiado viejos, señor Winter, quedamos muy pocos y éramos ya tan pocos los que sobrevivimos a aquellos días… Nos reunió y nos leyó la carta, pero ¿quién sabía qué hacer? No podíamos acudir a la policía. Nadie iba a ayudarnos y, por supuesto, tampoco sabíamos qué creer. ¿Quién iba a pensar que él estaba aquí, señor Winter? De todos los lugares que hay en el mundo, ¿por qué iba a venir a éste? Y así han pasado los meses; a menudo voy a casa del rabino y todos nos sentamos y hablamos, pero no son cosas que la gente quiera recordar mucho, señor Winter. Hasta hoy, porque igual que el pobre señor Stein de Surfside, al que yo no conocía y que ahora está muerto, yo también le he visto aquí, y ahora él también me matará.

Las mejillas de la anciana estaban surcadas de lágrimas y su voz era un susurro de temor.

– ¿Dónde está Leo? -dijo-. Ojalá Leo estuviese aquí.

– ¿Ese hombre, ese señor Herman Stein, se suicidó?

– Sí. No. Es lo que dijo la policía. Pero ahora, esta noche, en este momento estoy pensando algo diferente.

– Y los demás, el rabino…

– Tengo que hablar con ellos. -De pronto miró alrededor con ansiedad.

– Mi libreta. Mi agenda con todos mis números. Está en mi apartamento.

– Yo la acompañaré. Todo irá bien.

Sophie Millstein asintió con la cabeza y sorbió lo que quedaba de su té helado.

– ¿Puedo haberme equivocado, señor Winter? Usted era policía. Ocurrió hace cincuenta años y tan sólo le vi un momento antes de que cerrasen la puerta de un portazo. En cincuenta años la gente cambia mucho. ¿Puedo haberme equivocado? -Meneó la cabeza-. Quisiera estar equivocada, señor Winter. Rezo por estar equivocada.

Él no supo qué decir. Pensó: «Lo más probable es que se haya equivocado.» Pero la historia que le había contado era inquietante y no estaba seguro de qué pensar acerca del suicidio de Herman Stein. ¿Por qué un anciano se suicidaría después de enviar una carta? «Tal vez simplemente era viejo y se sentía inútil igual que yo. Tal vez estaba loco. O enfermo. Quizás estaba cansado de la vida. Podría haber un centenar de razones cuando a uno lo supera la tristeza y no se derrama ni una sola lágrima.» Él no sabía qué habría podido ser, pero de pronto quiso averiguarlo. Y experimentó una sensación que daba por desaparecida, borrada por la jubilación y el implacable paso del tiempo. Algo había espoleado lo más profundo de su alma, allí donde las palabras y la mirada de pánico de su vecina se habían convertido en factores de una ecuación. Y se sintió obligado, como un ordenador alimentado con información, a dar con la respuesta.

– Señora Millstein, si está equivocada o no ahora no es importante. Lo que importa es que se ha asustado y necesita hablar con sus amigos. Después necesita dormir toda la noche y, por la mañana, cuando todos estemos despejados, llegaremos hasta el fondo de todo esto.

– ¿Me ayudará?

– Por supuesto. Para eso están los vecinos.

La anciana asintió agradecida y alargó el brazo para coger la muñeca de Simon. Él bajó la vista y, por primera vez en todos los años que hacía que la conocía, se fijó en el tatuaje borroso que había en su antebrazo: «A-1742.» El siete estaba escrito en estilo alemán, serpentino, con una marca cruzada.

Ya era noche cerrada.

Ambos cruzaron el patio cubierto por la implacable oscuridad. El calor les envolvía como si fuese lazos de seda. En el centro del patio había una pequeña estatua de un querubín semidesnudo tocando una trompeta. En otro tiempo, el querubín había adornado una pequeña fuente, pero hacía años que estaba seca. El complejo de apartamentos era pequeño, un par de edificios gemelos de dos pisos estucados en beis y alzados uno frente al otro. Construidos durante el boom de Miami Beach en los años veinte, tenían algunos toques de art déco: una entrada arqueada, ventanas redondas y una curva casi sensual en la fachada que les confería cierta feminidad, como el suave abrazo de un antiguo amante.

La edad y un sol implacable habían tratado duramente a los apartamentos: zonas de pintura desconchada, aparatos de aire acondicionado que repiqueteaban en lugar de zumbar, puertas que chirriaban y se atascaban, las jambas hinchadas por la humedad tropical. En la entrada de la calle había un cartel borroso: «The Sunshine Arms.» Simon siempre había apreciado la metáfora y se había sentido cómodo en la familiar decrepitud de los edificios.

Sophie Millstein se detuvo delante de su puerta.

– ¿Quiere entrar primero? -preguntó.

Él cogió la llave de su mano y la encajó en la cerradura.

– ¿No debería sacar su arma?

Simon negó con la cabeza. Ella había insistido en que llevase el arma consigo y lo había hecho, pero sería una locura blandirla; tenía suficiente experiencia para saber que el miedo de la anciana también le había puesto nervioso y susceptible. Si empuñaba el revólver era probable que disparase al señor o la señora Kadosh o al viejo Harry Finkel, sus vecinos del piso de arriba.

Abrió la puerta y entró en el apartamento.

– El interruptor está en la pared -dijo ella, aunque él ya lo sabía porque aquel apartamento era un espejo del suyo. Alargó la mano y encendió las luces.

– ¡Joder! -exclamó, sorprendido por una forma gris y blanca que se escurrió entre sus piernas-. ¡Qué demonios…!

– ¡Oh, Boots, mira que eres malo!

Simon se dio la vuelta y vio a su vecina reprendiendo a un gato grande y gordo, que a su vez se frotaba contra las piernas de la anciana.

– Siento que le haya asustado, señor Winter. -Alzó al gato en brazos. El animal observó a Simon con irritante complacencia felina.

– No importa -dijo, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

Sophie Millstein se quedó en la entrada, acariciando al minino mientras Simon inspeccionaba el apartamento. Sin duda allí no había nadie, a excepción de un periquito en una jaula colocada en un rincón de la salita. El pájaro dejó escapar un chirriante graznido cuando él pasó por su lado.

– ¡Todo en orden, señora Millstein! -anunció.

– ¿Ha mirado en el armario? ¿Y debajo de la cama?

Simon suspiró y dijo:

– Ahora lo hago.

Se dirigió al pequeño dormitorio y observó. Sintió una extraña incomodidad al estar en la habitación que Sophie Millstein había compartido con su esposo. Vio que era una mujer ordenada; un camisón y una bata de color marfil yacían bien doblados a los pies de la cama, y la superficie de la cómoda estaba limpia. Vio un retrato de Leo Millstein en un marco negro y otra fotografía en que aparecía el hijo de la señora Millstein y su familia. Era una fotografía de estudio, todos vestían traje y corbata, las mejores prendas de domingo. Reparó en un pequeño joyero sobre la cómoda, una cajita elegante de latón labrado al que algún artesano había dedicado su tiempo. ¿Alguna reliquia familiar? Seguramente.

Abrió la puerta del armario y vio que Sophie Millstein había conservado los adustos trajes de Leo, marrón oscuro y azul marino, uno junto al otro, colgados en medio de lo que parecía un muestrario de vestidos estampados y floreados. En un extremo había un sedoso abrigo de visón marrón; Simon pensó que no era el tipo de prenda que uno llevaría en Miami Beach, pero que probablemente valía su peso en recuerdos. Los zapatos de la anciana estaban cuidadosamente colocados en el suelo, bien alineados junto a los de su difunto esposo.

Se apartó del armario, miró de nuevo el retrato de Leo Millstein y se disculpó por lo bajo:

– Perdona, Leo. Husmear no es mi intención, pero tu mujer me lo pidió…

Flexionó una rodilla artrítica que inmediatamente se quejó, y comprobó que nadie acechaba bajo la cama. Se fijó también en que no había ni una mota de polvo ni revistas viejas metidas allí debajo, como habría encontrado en su propio apartamento. Con toda probabilidad, Sophie Millstein reaccionaría ante una mota de polvo o una mancha de suciedad con el mismo rigor que un general pasando revista a un soldado desaliñado.

– Todo en orden, señora Millstein… -repitió en voz alta, y se dirigió a la cocina.

En el lado opuesto del fregadero había una puerta corredera de cristal que conducía a un pequeño patio trasero enlosado. El patio medía unos diez metros hasta el callejón trasero, donde se colocaban los cubos de la basura. Probó la puerta para asegurarse de que estaba cerrada y luego regresó a la salita.

Sophie Millstein seguía con el gato en brazos. El color había vuelto a sus mejillas.

– Señor Winter, no sabe cuánto se lo agradezco.

– No es nada, señora Millstein.

– Debería llamar a los demás ahora.

– Sí, sería lo más adecuado.

La anciana atravesó la salita, donde, entre los familiares objetos que la decoraban -las fotografías con el gato, los cojines recargados del sofá, los muebles y otras cosas-, probablemente la sensación de amenaza que la había asaltado remitiría rápidamente.

– Siempre guardo mis números de teléfono aquí -dijo mientras se dejaba caer en una gran y mullida butaca. Había un teléfono amarillo en una mesilla auxiliar junto a la butaca. Abrió su único cajón y sacó una agenda de direcciones barata forrada de plástico rojo.

De pronto él se sintió como un intruso.

– ¿Quiere que me vaya mientras hace las llamadas? -preguntó.

Ella negó con la cabeza mientras marcaba el primer número. Hizo una pausa, luego una mueca.

– Salta el contestador -murmuró, y un segundo después dijo en voz alta-: ¿Rabino? Soy Sophie. Por favor, llámeme en cuanto pueda.

Las palabras parecieron devolverle algo de ansiedad. Respiraba agitadamente cuando colgó el auricular. Miró a Simon, que seguía allí de pie, torpemente.

– ¿Dónde puede estar? Ya es de noche y debería estar en casa.

– Tal vez ha ido a comer algo.

– Sí. Debe de ser eso.

– O a ver una película.

– Ya. O a una reunión en la sinagoga. Algunas veces aún va allí para recaudar fondos.

– Seguramente.

La inocencia de estas explicaciones no pareció aliviar su ansiedad.

– ¿Va usted a llamar a los demás? -preguntó Simon.

– Tengo que esperar. Es martes, y los martes el señor Silver lleva a la señora Kroner al club de bridge del centro de la tercera edad. Lo hace desde que empezamos nuestras reuniones con el rabino.

– ¿Tal vez quiera hacer otra llamada?

– ¿A quién?

– ¿A su hijo? Quizá si habla con él se sienta mejor.

– Es usted muy amable, señor Winter. Ahora mismo lo iba a hacer.

– ¿Tiene algo que la ayude a dormir? Se ha llevado un buen susto y tal vez le sea difícil…

– Oh, sí, tengo unas píldoras. No se preocupe.

– Y debería comer algo. ¿Tiene algo preparado?

– Señor Winter, es usted demasiado cortés. Estaré bien. Me siento mucho mejor ahora que estoy en casa y a salvo.

– Ya le dije que se encontraría mejor.

– Y mañana, ¿me ayudará? A mí y a los demás a…

– … a llegar al fondo del asunto. Por supuesto.

– ¿Qué hará?

Era una buena pregunta y no precisamente de fácil respuesta.

– Bien, señora Millstein, creo que lo menos que puedo hacer es investigar las circunstancias que rodearon la muerte del señor Stein. Y también podríamos considerar qué es exactamente lo que quieren hacer. Tal vez sus amigos y yo podamos reunirnos y planear algo.

Esta perspectiva pareció animar a Sophie Millstein, que se apresuró a asentir con la cabeza.

– Leo… -dijo-. Leo era como usted. Tomaba decisiones. Pero, ya sabe, al fin y al cabo era mercero, no detective, de modo que ¿cómo podría resolver este misterio, verdad, señor Winter?

– Entonces ya la dejo. Asegúrese de cerrar con llave. Y no dude en llamarme si sigue asustada. Una buena noche de sueño reparador será lo mejor para mañana empezar con nuevas fuerzas.

– Señor Winter, es usted todo un caballero. En cuanto se vaya me tomaré una píldora.

Se levantó y le acompañó a la puerta. Él vio que el gato saltaba al sillón, enroscándose en el cojín que ella había calentado con su cuerpo.

– Cierre la puerta con llave -insistió él.

– Quizá me he equivocado. Es posible. Puedo haberme equivocado, ¿verdad?

– Todo es posible, señora Millstein. La cuestión es que lo averiguaremos.

– Hasta mañana, entonces -repuso ella, asintiendo con la cabeza con gesto agradecido.

Él salió al corredor y se dio la vuelta justo a tiempo de captar que la sonrisa de su vecina se desvanecía mientras cerraba la puerta. Esperó hasta oír el sonido del cerrojo.

Salió al patio de los apartamentos The Sunshine Arms y dejó que el pegajoso aire nocturno le cubriese. Una farola que había un poco más allá de la entrada del apartamento lanzaba un débil rayo de luz a la estatua del querubín, haciéndola brillar como si estuviese húmeda. La oscuridad era densa, espesa como el café. Tuvo un pensamiento gracioso: «Bueno, si esta noche no vas a suicidarte, será mejor que comas algo. Elige el menú: ¿muerte o pollo?»

La ocurrencia no le resultó particularmente divertida y decidió ir a algún sitio donde conseguir algo de comida. Dio unos pasos y se detuvo. Se dio la vuelta y miró el apartamento de Sophie Millstein. Las cortinas estaban echadas. Escuchó el sonido de un televisor con el volumen demasiado alto que surgía de otro apartamento. Todo eso mezclado con voces risueñas que provenían del final de la calle. Oyó una moto acelerando con un estridente ronquido desde una manzana más allá. Todo en orden, pensó. No un orden perfecto pero sí familiar. «Es una noche como cualquier otra. Hace calor. La brisa no refresca nada. El cielo estival tachonado de estrellas.»

Se obligó a pensar que no había nada fuera de lo corriente en el entorno, excepto la pesadilla de los recuerdos de una anciana. «Pero todos los tenemos», pensó. Intentó tranquilizarse con la cotidianidad del mundo que lo rodeaba, pero sólo lo logró en parte. Escrutó entre las sombras, buscando formas, escuchando ruidos reveladores, comportándose como un hombre de pronto asustado de que le estuvieran espiando o siguiendo. Sacudió la cabeza para librarse de esa sensación de temor y se reprendió por mostrar la inseguridad de la edad. Pasó andando con zancadas decididas junto al querubín de la fuente seca. Le habían entrado ganas de andar, de ponerse a prueba, y alejarse de los miedos de su vecina.

Apretó el paso, y por un instante se preguntó si la muerte, cuando llegaba, era como la noche.

2 Sueño

Sophie Millstein se asomó por detrás de las cortinas para ver cómo Simon Winter desaparecía en la oscuridad del patio. Luego se dio la vuelta y se dejó caer en su butacón. De inmediato el gran gato gris y blanco saltó a su regazo.

– ¿Me has echado de menos, Boots? -Le acarició el suave pelaje mientras el minino se acomodaba-. No deberías ponerte tan cómodo -le advirtió-, aún tengo cosas que hacer.

El gato, como todos los gatos, pasó por alto su comentario y simplemente empezó a ronronear.

La anciana descansó su mano sobre su mascota y se sintió de pronto exhausta. Se dijo que se sentiría mejor si cerraba los ojos un momento, pero cuando lo hizo se vio asaltada por una maraña de nervios, como si cerrar los ojos reavivara el temor, en lugar de brindarle descanso. Se llevó la mano a la frente y se preguntó si estaría enfermando. Pensó que tal vez tendría fiebre y se aclaró la garganta varias veces ásperamente, como buscando indicios que delatasen un constipado incipiente.

Inspiró hondo.

– Has tenido una vida fácil, Boots -dijo-. Siempre ha habido alguien que cuide de ti. Un hogar calentito y seco. Mucha comida. Diversión. Cariño. Todo lo que un gato puede desear.

Deslizó la mano por debajo del gato y lo empujó para que abandonase su regazo. Se obligó a levantarse.

Miró al gato que, a pesar de su brusca expulsión, se frotaba contra su pierna.

– Te salvé -dijo con amargura, sorprendida de sí misma-. Aquel hombre te puso a ti y al resto de la camada en aquella bolsa e iba a lanzarte al agua. No quería gatitos. Nadie quiere gatitos. Hay demasiados gatitos y todo el mundo los odia, ningún hogar os quería, así que aquel hombre iba a mataros, pero yo le detuve y te saqué de la bolsa. Pude haber escogido cualquier otro. Palpé con la mano a los demás, pero los solté porque me arañaron. Así que te saqué a ti y por eso has tenido una vida fácil mientras los demás se quedaron en el saco, y el saco fue a parar al agua y se ahogaron.

Empujó al felino con el pie.

– Gato afortunado -susurró con acritud-. El gato más afortunado del mundo.

Sophie fue a la cocina y empezó a arreglar los estantes, asegurándose de que las etiquetas de todas las latas miraran hacia delante y estuvieran alineadas por tamaños y ordenadas por grupos, de manera que una lata de aceitunas estuviese junto a una lata de sopa de tomate. Cuando todo esto estuvo correctamente colocado, hizo lo mismo con los productos perecederos, imponiendo una precisión militar en el frigorífico. Lo último que inspeccionó fue un filete de platija que había pensado asar para cenar, pero ya no tenía apetito. Por un momento dudó, por miedo a que el pescado se pasase.

Decidió que podría cocinarlo por la mañana y tenerlo listo para el almuerzo.

El gato la había seguido y maullaba. Aquello la irritó.

– Está bien. Vale. Ya voy.

Abrió una lata de comida para gatos. Manipular el abridor le costaba porque hacer fuerza le provocaba punzadas de dolor en la mano. Se dijo que por la mañana bajaría al almacén y compraría un abrelatas eléctrico. Puso la comida al gato y lo dejó comiendo.

Ya en el dormitorio, se quedó mirando fijamente el retrato de su marido.

– Deberías estar aquí. No tenías ningún derecho a dejarme sola -le reprochó.

Regresó a la salita y se sentó de nuevo. Se sentía como si los momentos previos a una tormenta la hubiesen sorprendido en la calle, como si las impetuosas y ásperas ráfagas de viento la lacerasen a través de la húmeda quietud, asaltándola sin piedad.

– Estoy cansada. Me tomaré una píldora y me iré a la cama -dijo en voz alta.

Pero en cambio fue pesadamente hasta la cocina, cogió el teléfono y marcó el número de su hijo en Long Island. Lo dejó sonar una vez y colgó. En realidad no quería hablar con su único hijo. «No hará más que insistir de nuevo en que me mude a alguna residencia de ancianos llena de desconocidos -se dijo-. Ésta es mi casa y aquí me quedaré.»

Fue al grifo, llenó un vaso de agua y bebió un trago. Sabía salobre, metálica. Hizo una mueca.

– «Miami Beach especial» -ironizó. Ojalá se hubiese acordado de comprar agua embotellada en la tienda. Vació un poco en el fregadero y con el resto llenó el recipiente del agua de la jaula del periquito, que gorjeó alegremente. Se preguntó fugazmente por qué nunca se había tomado la molestia de ponerle nombre al pájaro, como sí había hecho con el gato. Pensó que tal vez era un poco injusto, y regresó a la cocina para lavar el vaso y ponerlo a secar en la rejilla de los platos. Había una pequeña ventana sobre el fregadero y miró hacia fuera. Todas las formas y sombras que veía le eran familiares; todo estaba exactamente en el mismo lugar que había estado la noche anterior y la anterior y todas las noches desde hacía más de diez años. Aun así, continuó escudriñando la oscuridad, observando cada rincón del patio en busca de algún movimiento sospechoso, como un centinela alerta.

Cerró el grifo y aguzó el oído.

Se escuchaban esporádicos sonidos del tráfico en la distancia. En el piso de arriba, Finkel iba de un lado a otro arrastrando los pies. Un televisor tenía el volumen demasiado alto, debía de ser el de los Kadosh, pensó, porque eran demasiado testarudos para subirse el volumen del audífono.

Siguió mirando por la ventana. Dejó que sus ojos estudiasen cada rincón oscuro. Entonces se sorprendió ante la cantidad de rincones en los que alguien podría esconderse sin ser visto: el rincón del naranjo cerca de la alambrada, las sombras donde estaban los cubos de basura…

«No; todo está como siempre», se dijo.

Nada era diferente.

Nada estaba fuera de lugar.

Inspiró hondo y regresó al salón. Encendió el televisor y se acomodó en una silla. Estaban dando una comedia y, durante unos minutos, intentó seguir los chistes y se obligó a unirse a los estallidos de risas enlatadas. Apoyó la cabeza en las manos y, mientras el programa proseguía delante de ella, la recorrió un escalofrío, como en una noche invernal, pero no había ninguna razón para ello.

«Está muerto -se dijo-. No está aquí.»

Se le ocurrió si alguna vez había existido realmente. «¿Quién era la persona que vi? -se cuestionó-. Podía haber sido cualquiera, con aquel sombrero calado sobre la frente y el abrigo oscuro. Y cerraron la puerta con tanta rapidez después de que él gritase, que apenas tuve ocasión de verle.»

Pero sabía que se estaba engañando. Era él.

La inundó una furia amarga. Siempre era él. Día tras día. Hora tras hora. Había estado allí incluso cuando ellos se sentían relativamente a salvo. Pero no lo estaban. Les había acechado como cualquier cazador paciente y de sangre fría, esperando, calculando el momento adecuado. Y entonces primero les quitaba el dinero, luego la libertad y finalmente sus vidas.

El odio reverberó en su interior y dijo en voz alta:

– Tenía que haberle matado si lo hubiese sabido.

Pero no había tenido oportunidad. «Eras sólo una niña; qué sabías tú de matar», pensó. Se respondió ásperamente: «No mucho entonces. Pero aprendiste pronto lo suficiente, ¿verdad?»

En la televisión apareció un anuncio de cerveza y, por un instante, miró a unos jóvenes musculosos y unas jóvenes núbiles retozando alrededor de una piscina. «Nadie tiene ese aspecto», pensó. Cuando ella tenía la edad de las modelos del anuncio pesaba menos de treinta y dos kilos y parecía una muerta en vida.

«Pero no morí -se recordó-. Él debió de pensar que todos moriríamos, pero yo me salvé.»

Apoyó la cabeza en las manos de nuevo.

– ¿Y por qué él no murió? -se preguntó en voz alta.

¿Cómo podía haber sobrevivido a la guerra? ¿Quién le habría salvado? Desde luego no los alemanes, para los que trabajaba; cuando ya no les fuera útil, le habrían enviado también a Auschwitz. Los Aliados y los rusos tampoco, porque le habrían perseguido como un criminal de guerra. Y menos aún los judíos, a los que con tanto entusiasmo había ayudado a recorrer el camino hacia la muerte. ¿Cómo podía haber sobrevivido?

Sacudió la cabeza ante esos pensamientos angustiosos.

Él tenía que haber muerto, todos lo hicieron. Tenía que haber ocurrido así. Repitió una y otra vez:

– Tiene que estar muerto. Tiene que estar muerto…

Luego lo abrevió mentalmente: «Está muerto. Está muerto… No puede estar vivo. Aquí no. No en Miami Beach. No entre los pocos que consiguieron sobrevivir.»

Por un momento pensó que iba a enfermar.

Sophie Millstein, embargada por un antiguo y deformado terror, se puso de pie. Los personajes que aparecían en la pantalla del televisor reían y el público los imitaba.

– Leo -dijo en voz alta.

Cogió el teléfono y rápidamente marcó el número del rabino. Cuando saltó el contestador, colgó. Bajó la vista y consultó su reloj de pulsera. «Aún es demasiado temprano para encontrar al señor Silver y a Frieda Kroner. No regresarán hasta pasada la medianoche.» Su dedo dudó y luego marcó el número de Simon Winter. Esperaba que contestase enseguida e intentó pensar qué le diría, aparte de que aún estaba asustada, pero sólo podía pensar en aquel revólver y en cómo podría protegerla.

El teléfono siguió sonando hasta que se disparó un contestador: «Ha llamado a Simon Winter. Deje el mensaje después de oír la señal.»

Ella esperó y, tras la señal, dijo:

– ¿Señor Winter? Soy Sophie Millstein. Sólo quería… Oh, es sólo que… bueno, señor Winter, sólo quería darle las gracias de nuevo. Ya hablaré con usted mañana.

Colgó ligeramente aliviada. Él le daría buenos consejos, pensó. «Es un hombre muy amable, con la cabeza en su sitio y muy inteligente. Tal vez no tanto como Leo, pero él sabrá qué hacer.»

¿Adónde habría ido? Probablemente había salido a comer algo, se dijo. «Volverá enseguida. Ha salido, igual que el rabino Rubinstein. Todo es normal esta noche, igual que cualquier otra.»

De pronto pensó: «Señor Herman Stein, ¿quién era usted? ¿Por qué escribió aquella carta? ¿A quién vio en realidad?»

Inspiró hondo para mitigar su nerviosismo.

De pronto le entró pánico. «Estoy sola», se dijo. Pero al punto se repitió una y otra vez que estaba equivocada. Los Kadosh y el viejo Finkel estaban arriba, y pronto Simon Winter regresaría de cenar; todos estarían a su alrededor y ella estaría segura.

Asintió con la cabeza varias veces para convencerse de ello. Miró el televisor. El programa cómico había sido reemplazado por un sombrío drama.

– ¿Quién más podría ser si no? -se cuestionó de pronto.

La pregunta le agitó la respiración y le avivó la imaginación otra vez. Intentó tranquilizarse: «Pudo haber sido cualquiera. Otro anciano en Miami Beach, donde pululan. Además, todos se parecen. Y tal vez éste pensó que te conocía, por la forma como le miraste, y por eso te sostuvo la mirada tan fijamente. Y cuando él se dio cuenta de que no eras nadie conocido, para evitarte la vergüenza simplemente se fue. Eso pasa muchas veces. Vas por la vida conociendo a cientos de personas y, claro, cabe confundirse de vez en cuando.»

Sin embargo, ella no se sentía como si hubiese sido una mera confusión.

«¿Y por qué aquí? -se preguntó-. No lo sé. ¿Por qué vendría aquí? No lo sé. ¿Qué hará? No lo sé. ¿Quién es?» Ella sí sabía la respuesta a esta pregunta, pero no podía articularla para sí misma.

Intentó dominarse mientras se paseaba por el pequeño apartamento. Decidió que por la mañana iría al Centro del Holocausto y hablaría con alguien. Siempre eran muy amables, incluso los jóvenes, y se mostraban interesados por todo lo que ella tenía que decir. Estaba segura de que la escucharían una vez más. Ellos sabrían qué hacer.

De inmediato se sintió reconfortada.

«Es un buen plan», se dijo.

Cogió el teléfono y marcó el número del Centro del Holocausto. Esperó a que el contestador terminase de recitar las horas de funcionamiento del centro y luego, después de la señal, dijo:

– ¿Esther? Soy Sophie Millstein. Tengo que hablar contigo, por favor. Iré mañana por la mañana y te contaré algo más sobre cómo fui arrestada. Ha sucedido algo. Me he acordado…

Se detuvo, sin saber cuánto podía explicar. Mientras dudaba, la grabadora se desconectó con un pitido. La anciana mantuvo el auricular en la mano, considerando llamar otra vez y añadir otro mensaje, pero finalmente se abstuvo.

Colgó. Todo saldría bien.

Fue hasta la ventana delantera y apartó una esquina de la cortina para atisbar de nuevo, como lo había hecho cuando contempló cómo se alejaba Simon Winter. Las luces de su apartamento estaban apagadas. Observó el patio, forzando la vista para ver la calle más allá. Un coche pasó a toda velocidad. Echó un vistazo a una pareja que caminaba rápidamente acera abajo.

Abandonó la ventana delantera y fue a la puerta trasera del patio. La comprobó tal como había hecho Simon Winter, para asegurarse de que estaba cerrada. Sacudió un poco la puerta corredera. Se lamentó de que la cerradura fuese tan endeble y decidió que otra de las cosas que haría por la mañana era llamar al señor González, el propietario de The Sunshine Arms. «Soy vieja -pensó-. Todos somos viejos aquí; deberíamos instalar mejores cerrojos e incluso algunos de esos modernos sistemas de alarmas como tiene mi amiga Rhea en Bellevue. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón y la policía acude como por ensalmo. Deberíamos tener algo así. Algo moderno.»

Miró hacia fuera otra vez y sólo vio oscuridad.

Boots estaba a sus pies.

– ¿Lo ves, gatito? No hay nada de qué preocuparse.

El gato no respondió.

Sintió que el cansancio se debatía con el temor en su interior. Por un momento se permitió pensar que la residencia de ancianos, a la que su hijo siempre intentaba convencerla para que se mudase, no era tan mala idea.

Pero, como todo lo demás, decidió que podía esperar al día siguiente. Se tranquilizó con la lista mental de cosas para hacer por la mañana: llamar al señor González, comprar un abrelatas eléctrico, llamar a su hijo, visitar el Centro del Holocausto, hablar con el rabino y el señor Silver y la señora Kroner, reunirse con Simon Winter y tomar una decisión. «Un día ajetreado», pensó. Entró en el pequeño baño y abrió el botiquín. Contenía una serie de medicamentos pulcramente ordenados. Algo para el corazón, algo para la digestión, algo para los achaques y dolores. En un pequeño recipiente en el extremo del estante había lo que necesitaba: algo que la ayudara a dormir. Echó una píldora blanca en la mano y se la tragó sin más.

– Ya está -dijo a su reflejo en el espejo-. Ahora unos diez minutos y te apagarás como una vela.

Volvió al dormitorio y se quitó la ropa, tomándose su tiempo para colgar cuidadosamente el vestido en el armario y dejar caer su ropa interior en un cesto blanco de mimbre. Se puso un camisón de rayón y se ajustó el escote; recordó que era el preferido de Leo, quien la provocaba y le decía que con esa prenda lucía sexy. Echaba de menos todo aquello. Ella nunca había pensado que fuese sexy, pero su marido la hacía sentir deseada, lo que era muy agradable. Echó un último vistazo al retrato de Leo y se deslizó entre las sábanas. Una cálida y vertiginosa sensación le recorrió el cuerpo mientras el somnífero surtía efecto.

El gato saltó sobre la cama y se acomodó a su lado. La anciana alargó la mano y lo acarició.

– He sido mala contigo; lo siento, Boots. Sólo necesito un sueño reparador. -El gato se acurrucó más cerca de ella.

Cerró los ojos. Era lo único que quería en el mundo, pensó: una sola noche de descanso confortable sin pesadillas.

La noche se cerró como una caja alrededor de Sophie Millstein. Ni siquiera se movió, horas después, cuando Boots se alzó de pronto con la espalda arqueada, resoplando y bufando ante los ásperos sonidos de una intrusión.

3 El contable de los muertos

Pasaban nueve minutos de la medianoche y la operadora número 3 del teléfono de Emergencias de Miami Beach estaba irritada porque su compañera del cambio de turno se retrasaba por tercera vez aquella semana. Sabía que el bebé de la número 17 había tenido bronquitis, pero aun así, nueve minutos eran nueve minutos y ella quería irse a casa para no estar completamente exhausta cuando su propio hijo la despertase, como hacía casi cada mañana, armando barullo en el pequeño baño y la cocina de su casa en Carol City. Le constaba que una de las ventajas de ser un adolescente es olvidar que no se debe hacer ruido cuando alguien duerme. Por esta razón contaba los minutos, además del retraso de su sustituta, que tardaba en conducir a través de la playa por la carretera elevada, pasar por el centro y subir por la autopista, bordeando Liberty City hasta que, finalmente, llegaba a su casita en una polvorienta parte del condado, ni ciudad ni suburbio, un enclave de clase media-baja que ofrecía una modesta seguridad y ligeramente menos sobresaltos que el mundo situado a escasos tres kilómetros de distancia. Tardaba menos de una hora en realizar el recorrido en su Chevy de ocho años de antigüedad.

A su derecha e izquierda, las operadoras 11 y 14 ya se habían instalado en su rutina nocturna. La 11 estaba enviando un camión de bomberos a un edificio de apartamentos de tres plantas incendiado en las afueras de Collins Avenue, y la 14 estaba conectada con un policía estatal que solicitaba una orden de búsqueda y captura mientras perseguía a un BMW por el paso elevado de Julia Tuttle. Había sido una noche agotadora. Un robo en una tienda de horario nocturno, una denuncia de violación, una pelea en la entrada de un night club. Mucho trabajo para ella y nada que fuese a salir en los periódicos de la mañana. La operadora 3 estiró el cuello por encima de los tableros de líneas telefónicas, buscando a la 17. En ese momento uno de sus pilotos rojos parpadeó y, maquinalmente, pulsó la conexión:

– Emergencias de Miami Beach.

Tan pronto oyó las primeras palabras supo que era una persona mayor:

– ¡Oh, Dios mío, por favor, envíe a la policía enseguida! ¡Alguien la ha asesinado! ¡Oh, pobre señora Millstein! ¡Envíe una ambulancia! ¡Ayuda! ¡Por favor!

Su trabajo incluía manejar los ataques de histeria.

– De acuerdo, señora. Enseguida. Déme una dirección.

– Sí, sí, oh, The Sunshine Arms, 1290. Thirteenth Court. Por favor, dense prisa…

– Señora, ¿qué clase de asistencia necesita? ¿Qué ha sucedido? -prosiguió la operadora 3 con tono perfectamente monocorde.

– ¡Mi Henry y yo oímos ruidos y él bajó a investigar y el señor Finkel también bajó y ella estaba muerta! ¡Oh, Dios mío, cómo está el mundo! Envíe a la policía, por favor. Alguien la ha matado. ¡Oh, señor, adónde iremos a parar!

– No cuelgue, por favor. -Dejó la línea en espera y pulsó otro botón-: Atención. Posible diez-treinta en 1290 Thirteenth Court. Código Tres. Personas en el escenario del crimen. Oficial, por favor, responda… -Pulsó otro botón y se conectó con la central de ambulancias-. Tenemos un diez-treinta en el 1290 de Thirteenth Court, y hay ancianos implicados. Probablemente alguien necesite asistencia. -Éste no era precisamente el protocolo, pero hacía más de diez años que era operadora del 911 y sabía que, en más de una ocasión, las sirenas y la excitación causaban alteraciones cardíacas en los ancianos.

Después, con calma, volvió a la mujer frenética:

– Señora, la ayuda ya va de camino. Policía y ambulancia llegarán enseguida.

– Mi Henry lo vio en la parte trasera. Era un negro y Henry lo atrapó en el callejón, seguro, pero luego escapó y yo corrí a telefonear. ¡Oh, pobre señora Millstein!

– Señora, ¿el autor del crimen aún sigue ahí?

– ¿Qué? ¿Quién? No; escapó por el callejón.

– Señora, no cuelgue. Necesito su nombre y dirección.

De nuevo dejó la línea en espera mientras marcaba otro número.

– Miami Beach, Homicidios, soy el detective Robinson -contestó una voz.

– Detective, soy la operadora 3 del 911. Creo que ya no tendrá una noche tranquila. Acabo de recibir un posible diez-treinta en el complejo de apartamentos The Sunshine Arms, South Beach. Un coche patrulla ya va en camino, pero tal vez querrá enviar a alguien allí antes de que lo revuelvan todo.

Walter Robinson reconoció la voz.

– Lucy, mi noche no habría sido completa sin una llamada tuya.

Ella sonrió, deseando por un instante ser más joven, más atractiva y que su marido no estuviese en casa roncando en la gran cama de matrimonio, y luego repuso:

– Bien, detective, pues ya está completa. Tengo a una anciana histérica en línea, diciendo que el asesino ha escapado del escenario del crimen. Tal vez tenga suerte si se da prisa.

– ¿Suerte? -repuso Robinson-. Últimamente esta palabra escasea.

La operadora asintió. Alzó la mirada y vio que la número 17 entraba en la sala; parecía avergonzada por llegar tarde.

– Bien, detective, si no necesita suerte…

– No digo que no la necesite, Lucy. Sólo digo que no hay mucha disponible. Especialmente por la noche en esta ciudad.

– Amén -dijo ella mientras volvía a conectarse a la mujer y por el auricular oía una sirena distante que se acercaba, su aullido insistente alzándose por encima de los sollozos de la anciana.

Walter Robinson colgó y anotó la dirección en un papel, pensando que fuera hacía calor, un calor pegajoso como el aceite, asqueroso y espeso, que dificultaba la respiración. Ya sabía lo que encontraría cuando abandonase el frescor artificial de la oficina de Homicidios: un mundo compacto impregnado de una humedad oleosa que se pegaría a su pecho como una chaqueta ceñida.

Inspiró hondo y metió en un cajón los manuales de derecho que estaba estudiando; luego cogió su radioteléfono del cargador eléctrico. «Es una noche horrible para morir», pensó vagamente.

A Robinson, envejecido menos por los años que por el permanente cinismo callejero, le faltaba muy poco para conseguir licenciarse en derecho, un título que pensaba sería su pasaporte para dejar el trabajo de policía. Condujo a toda velocidad a través de las amarillentas luces de sodio que conferían a la ciudad un resplandor sobrenatural. Aunque no se consideraba nativo de Miami, ya que ésta era una categoría reservada a los chiflados que hablaban arrastrando las sílabas y los sureños de clase baja del condado de Dade, él había nacido y crecido en Coconut Grove, hijo de una maestra de escuela primaria.

Su segundo nombre de pila era Birmingham, aunque nunca lo usaba. Era demasiado difícil explicar a los policías de Miami Beach, sobre todo blancos e hispanos, por qué le habían puesto el nombre, al menos en parte, de una ciudad. Su madre era prima lejana de uno de los niños muertos en el atentado con bomba en una iglesia de Birmingham en 1963, de manera que cuando él nació, poco tiempo después, ella había aliviado parte de su frustración poniéndole el nombre de aquella ciudad de Alabama, algo que haría que, como a menudo le recordaba, nunca olvidase sus orígenes.

No obstante, olvidar sus orígenes no le parecía nada terrible. Walter Robinson nunca había estado en su homónimo de Alabama, y no le apetecía regresar a la parte de la ciudad donde había crecido. El Grove es una curiosa zona de Miami. Por un accidente del tiempo y el desarrollo, uno de los peores barrios bajos quedó ensamblado directamente en una de sus áreas más prósperas, creando un constante flujo y reflujo de miedo, furia y envidia. Robinson había vivido con todo ello y no disfrutaba especialmente al recordarlo.

Por otra parte, a pesar de llevar ocho años en el departamento de policía de Miami Beach, primero de uniforme y luego tres como detective, tampoco lo consideraba su hogar. Pensaba que su desarraigo no era normal y eso le preocupaba, aunque generalmente trataba de ignorarlo.

Bajó por Thirteenth Court y vio los coches patrulla aparcados delante del Sunshine Arms. Se alegró de que los uniformados ya hubiesen extendido la omnipresente cinta amarilla por gran parte de la zona. Salió de su coche sin distintivos y pasó andando junto a un grupo de ancianos reunidos en una esquina del patio. Un sargento le saludó por su nombre cuando se acercó al edificio, a lo cual respondió con un movimiento de la cabeza.

– Bien, ¿qué tenemos?

– Una víctima anciana, en el dormitorio. La puerta trasera parece forzada; da a un patio y es una de esas correderas que mi hijo de seis años podría abrir.

– Ya. ¿Signos de lucha?

– No demasiados. Al parecer, el sujeto arrambló con todo lo que pudo antes de que los vecinos llegaran. Debió de echar a correr cuando los oyó acercarse. Uno de ellos, un tal Henry Kadosh, del piso de arriba, lo alcanzó en el callejón y le vio bastante bien. Su mujer llamó al 911.

– ¿Y bien?

– Hombre de raza negra. Joven, de veintitantos. De uno sesenta a uno ochenta. Complexión delgada, tal vez unos 70 kilos. Zapatillas deportivas altas y camiseta oscura.

– Parece que me estés describiendo a mí -dijo Walter Robinson-. Antes de que me vaya de aquí alguien va a decir: «pero es que todos se parecen», seguro -añadió imitando la voz de un anciano.

El sargento sonrió burlonamente y dijo:

– Cuando te has acercado alguien ha gritado: «¡Ahí, es ése!»

Robinson rio.

– Probablemente. No sería la primera vez.

– Bien, he radiado una orden de búsqueda. Tal vez tengamos suerte.

– Eres la segunda persona que me dice esto en la última media hora, y esta noche no me siento precisamente afortunado.

El sargento se encogió de hombros.

– Sospecho que ella tampoco. -Hizo un gesto hacia el apartamento.

– ¿Crees que los testigos podrán trabajar con un dibujante para hacer un retrato robot?

– El anciano dice haberlo visto bien. Pero después de decirlo su mujer le dio sus gafas.

– Fantástico. ¿Están allí? -Robinson señaló un grupo de ancianos.

– Justo delante.

– Muy bien, primero echaré un vistazo.

– Ya he llamado al forense y su equipo. Están a punto de llegar.

– Bien hecho. Gracias.

El detective se dirigió al edificio. Dudó un momento y luego entró despacio en el apartamento de Sophie Millstein. Dejó de lado el aire de camaradería empleado fuera y se centró en todos los detalles. Un oficial uniformado estaba en la salita, junto a una jaula de pájaros cubierta, tomando notas en un bloc. Le indicó con la cabeza la parte trasera, aunque no había necesidad porque Robinson ya iba hacia allí. Se alegró de haber llegado antes que el equipo forense y también de que los primeros agentes que habían llegado no estuviesen arremolinados alrededor del cadáver, como solían hacer. Él prefería estar un rato a solas con las víctimas; eran momentos en los que su mente podía interpretar los minutos previos a la muerte. Sólo en esas circunstancias podía establecer cierta comunicación con la víctima. En el áspero mundo de los detectives de Homicidios, donde sólo contaban los hechos, esto era una especie de relación mística que le ayudaba a comprender, y cualquier cosa que estimulase la comprensión era útil.

Mientras se movía silenciosamente por el dormitorio, como un padre cuidando de no despertar al niño dormido, pensó, como siempre en aquellas ocasiones, que detestaba ser detective de Homicidios. Era una sucesión interminable de noches calurosas, cadáveres y papeleo. Calor, hedor y monotonía. Aunque aún era joven, hacía tiempo que había perdido la romántica noción de que, de alguna manera, era un descendiente de Sherlock Holmes o Hercules Poirot, y tampoco se veía, como algunos de los más experimentados hombres de su oficio, como un ángel vengador cuya misión era enderezar la interminable sucesión de infamias que la gente cometía contra los demás. Había llegado a verse a sí mismo como un contable de los muertos. Su trabajo era ordenar y organizar sus últimos y terribles momentos y presentar la verdad de aquéllos a la autoridad competente, fuere un Gran Jurado o un tribunal.

El cuerpo estaba sobre la cama con los brazos y las piernas extendidos, retorcido de una forma poco natural, enredado entre ropa de cama desgarrada. «Debe de haber luchado con todas sus fuerzas contra el asesino.»

Robinson realizaba su trabajo con un obstinado estilo rutinario; prefería dejar de lado las emociones y resistirse a la imaginación cuando se concentraba en un asesino. Prefería creer que la excitación que sentía era el resultado de la simple tenacidad, mientras que sus camaradas, que le observaban trabajar, hubiesen hablado de arte. Como fuere, su estilo daba resultados. Había resuelto tantos casos como cualquier otro detective del cuerpo y estaba muy bien considerado por su jefe, un tipo al que le importaba muy poco cómo se resolvían los crímenes pero que valoraba las estadísticas. Y pensaba que Walter Robinson tenía grandes posibilidades de promoción profesional.

Él pasaba por alto las etiquetas y pensaba que la promoción era algo parecido a una enfermedad, y prefería trabajar solo.

Se acercó a la víctima despacio, cuidando dónde ponía los pies, manteniendo las manos pegadas al cuerpo. Se fijó rápidamente en las marcas rojas que había en su cuello, y vio que tenía los ojos abiertos de par en par. Existía el viejo mito de que en los ojos de una víctima quedaba impresa la imagen de su asesino. Más de una vez había visto víctimas con los ojos arrancados por asesinos supersticiosos. Le habría gustado que el mito fuese verdad, eso facilitaría mucho las cosas.

Lo único que vio en ellos fue terror. Normal, pensó, ya que el agresor la había despertado presionándole la tráquea. Si la anciana se hubiese despertado antes, entonces el asesinato habría ocurrido en otra parte. Miró alrededor, buscando somníferos. «Comprueba en el baño», se dijo, sabiendo que los encontraría en el botiquín.

Robinson dejó de contemplar el cuerpo y estudió la habitación como un tasador antes de una subasta. Cajones volcados, con su contenido desparramado por el suelo; una lámpara de mesilla hecha añicos. «Ha habido lucha», pensó, pero descartó la idea. No, la lucha había sido en la cama, entre las sábanas y el camisón desgarrado, y terminó rápidamente. Eso significaba que el asesino tenía prisa. Vio una almohada en el suelo, sin la funda. ¿Una anciana que dormía entre sábanas recién lavadas pero sin una funda para la almohada haciendo juego? No, el asesino había utilizado la funda para llevarse el botín. Tomó nota mentalmente, memorizando el dibujo floral de las sábanas. «¿Serás lo suficientemente listo para librarte de ella? Lo dudo.»

Exhaló un largo y lento suspiro. Hacía calor en la habitación; el bochorno que penetraba por la puerta forzada del patio y por la puerta delantera estaba superando al aire acondicionado. Sintió el sudor que empezaba a formarse en su frente, y una desagradable sensación pegajosa en las axilas.

Movió la cabeza lentamente.

Todo le resultaba terrible, horriblemente familiar, pensó.

Una anciana sola. Un apartamento ajardinado sin un buen cerrojo en la puerta trasera. Un vecindario lleno de sombras y callejones, y gente mayor que cobraba cheques de la Seguridad Social. Unas pocas joyas y algunos billetes de veinte dólares representaban la promesa de un atraco rápido y fácil. Un lugar donde no se instalaban sistemas de alarmas, ni había guardias de seguridad y dóbermans. El mundo periférico, pensó.

«La típica pesadilla urbana», se dijo.

Sucedía en cualquier parte, todas las noches. Pocas variaciones sobre un tema común: eres viejo y vulnerable e intentas conservar lo poco que tienes en este mundo, y hay alguien más joven, más fuerte y más desesperado que vendrá y te lo arrebatará. Si tienes suerte, sólo te dejará inconsciente o te golpeará en la cabeza. Sobrevivirás con una contusión, un brazo fracturado o una cadera rota. Si tienes menos suerte, morirás. Intentó recordar cuántos casos similares había visto. ¿Una docena? ¿Un centenar? ¿Sospechaba aquella anciana, cuando se acostó, que era una presa fácil?

Habló pausadamente, dirigiéndose al asesino:

– Así que entraste, lo que no te costó demasiado, la sorprendiste en su cama, dormida, y la estrangulaste. Pero ella hizo demasiado ruido, así que cogiste lo que pudiste y escapaste a toda pastilla, pero no lo suficiente, bastardo, porque alguien te vio.

Oyó voces en la salita. El equipo forense y los técnicos habían llegado. El fotógrafo de la policía llamó:

– ¡Eh, Walter! ¿Dónde estás?

– Aquí dentro -respondió.

Echó otro vistazo al cuerpo y algo le pareció fuera de lugar, aunque no logró identificar qué era.

Intrigado, fue a reunirse con los hombres que entraban en el dormitorio. Enseguida adoptó la actitud de forzada jocosidad con que se protegen todos aquellos que se encargan de investigar asesinatos.

– ¡Eh, Walter! -exclamó un menudo técnico que arrastraba un grueso maletín-. ¿Qué tenemos aquí?

– No mucho, vivía sola, Ted. Tiene que haber huellas. Asegúrate de mirar bien en estos cajones. Bonny, saca fotos de todo, incluso de ese montón que el agresor dejó ahí. Y saca fotos de la puerta forzada. ¿Ha llegado ya el Doctor Muerte, Ted?

– Ahora sube. Sólo es uno de sus ayudantes. El jefe debe de estar durmiendo.

– ¡Qué va! ¡Seguro que está trabajando en aquel triple asesinato de Liberty City! -terció el fotógrafo mientras ajustaba el fotómetro y el flash-. Ha habido un problemilla en una casa de traficantes de crack, eso he oído mientras venía hacia aquí. Ya sabes. «¡Ésa es mi pipa! ¡No, no lo es! ¡Bang, bang bang!» Al menos eso leeremos mañana en los periódicos. Seguro que está ahí.

Robinson sabía que al jefe de forenses le gustaba ocuparse de las muertes que concitaban el interés del Herald y las cadenas de televisión locales. Pero negó con la cabeza.

– Debe de haber empezado por allí, pero ya verás cómo aparece. Vendrá aquí antes de que hayamos terminado, y con él también la prensa y la televisión. Llegará aquí probablemente justo cuando todos hayan acabado. Me gustaría decir que se está matando a trabajar, pero no me parece muy apropiado.

Los otros policías que había en la habitación se echaron a reír. El fotógrafo empezó a tomar instantáneas y los chasquidos de su cámara se mezclaron con la actividad que envolvió la habitación cuando los técnicos pusieron manos a la obra.

Robinson decidió salir fuera y hablar con los vecinos que habían acudido y visto al asesino. Pensó que eran ancianos, se estaba haciendo tarde y muy pronto las horas harían mella en ellos. Era mejor que le contasen su versión mientras aún estaban frescos.

Desde la puerta, escrutó atentamente la habitación de nuevo, intentando descubrir qué era lo que le hacía sentir incómodo. Echó otro vistazo al cuerpo. Aún no se había grabado su nombre en la mente; algo que muy pronto sucedería. Por el momento, ella sólo era un elemento más para catalogar.

4 Esperanza

Cuando vio las destellantes luces de los coches de policía desde el otro extremo de la manzana, Simon Winter se detuvo en seco. Sus pies parecieron enraizarse en el asfalto y su mandíbula se abrió de puro asombro.

Avanzó hacia las luces, con una serie de imágenes pesadillescas agolpándose en su mente. «Ha habido un incendio. Un asalto. Un ataque al corazón. Un accidente…» Con cada posibilidad que se planteaba, su paso se aceleraba, por lo que cuando alcanzó la cinta amarilla policial ya estaba corriendo a toda prisa, sus zapatos marcando la cadencia de su preocupación al resonar contra el cemento. No dejaría que en su mente se formasen las palabras que más temía: «Un asesinato.»

Se detuvo en la entrada del complejo The Sunshine Arms, respirando agitadamente. Al menos había media docena de coches patrulla aparcados en la estrecha calle y sus luces inundaban la zona con estridentes rojos y azules. Vio un par de furgonetas de televisión y los cámaras charlando en la acera. Reparó en el vehículo del forense del condado y en varios oficiales de uniforme junto a la fuente vacía del patio. Advirtió que todos parecían tranquilos, y eso le dio el peor presentimiento. La gente se mueve deprisa cuando se trata de un ataque cardíaco, pero se toma su tiempo cuando ya no hay nada que hacer.

Tragó saliva, sintiendo de pronto reseca la garganta, y se agachó para traspasar la cinta amarilla. Su movimiento captó la atención de un agente, que le hizo un gesto con la mano.

– ¡Eh, usted! ¡No se puede pasar!

– Vivo aquí. ¿Qué ha sucedido?

– ¿Cómo se llama? -preguntó el policía, acercándose a él. Era un hombre joven, que parecía más corpulento a causa del chaleco antibalas que vestía.

– Winter. Vivo en el 103, justo ahí. ¿Qué ha sucedido?

– ¿Vive solo, señor Winter?

– Sí. ¿Qué ha ocurrido?

– Ha habido un robo con allanamiento. Una señora anciana ha sido asesinada.

Simon pronunció con voz ahogada el nombre:

– ¿Sophie Millstein?

– Pues sí. ¿La conocía?

– S-sí -tartamudeó-. Precisamente esta noche… La vi esta misma noche. La ayudé a volver a su…

– ¿La vio esta noche?

Winter asintió, el estómago agarrotado de dolor.

– Quisiera hablar con el detective al mando -pidió.

– ¿Sabe usted algo, señor Winter? ¿O sólo es por curiosidad?

– Quiero hablar con el detective al mando.

Se quedó mirando fijamente al joven patrullero procurando ocultar su agitación interior.

El joven dudó y luego dijo:

– Venga, le acompañaré.

Echaron a andar por el patio, y entonces vio a los otros vecinos allí plantados en pijama y camisón, formando un grupo más allá de la fuente. La señora Kadosh enseguida empezó a hacerle señas con la mano.

– ¡Señor Winter! ¡Señor Winter! ¡Dios mío, es terrible!

Simon se dirigió rápidamente hacia ellos. El señor Kadosh sacudía la cabeza.

– Ha sido terrible, desde luego -repitió lo mismo que su esposa.

– Pero ¿cómo ha sido? He salido a cenar algo y luego he dado un paseo. Acabo de regresar y…

La señora Kadosh le interrumpió rápidamente. Era una mujer regordeta que llevaba el pelo rubio de bote recogido bajo una redecilla suficientemente grande para atrapar un banco de peces, y vestía una acolchada bata roja con una enorme flor bordada en la pechera; seguramente sería sofocante llevarla puesta aquella noche cálida y húmeda.

– Era casi medianoche y Henry se estaba preparando para irse a la cama después de ver unos minutos el programa de Jay Leno, sólo la parte de las bromas, no la parte que hablan y hablan, y yo estaba sentada esperándole, cuando de pronto oí un grito, como un alarido de terror, así de pronto, que provenía de no sé dónde, pero después de un momento me pareció que era la pobre señora Millstein. Creí que estaba teniendo una de sus pesadillas, porque hace mucho que no duerme bien y a menudo la oigo llamar a Leo, que en paz descanse. Así que no le presté mucha atención, pero mi Henry vino y me dijo: «¿Has oído eso?», y por supuesto yo le dije: «Sí.» Y él dijo: «Tal vez deberíamos ir a ver a la señora Millstein.»

– Así es -murmuró Henry Kadosh-. Era preciso ir a comprobar si le sucedía algo a la señora Millstein.

Simon quería urgirles a que abreviasen el relato, pero sabía que los Kadosh eran húngaros; en otro tiempo Henry había sido Henrik, y entre su edad y su entrecortado inglés, la prisa era algo bastante ajeno a ellos. Así que simplemente asintió.

– Así que mi Henry se calza las zapatillas, se pone la bata y va a la cocina a buscar la linterna, y luego va a la puerta de al lado y golpea fuerte para que el viejo Finkel venga también…

El señor Finkel asintió con la cabeza.

– Es verdad -dijo.

La señora Kadosh le lanzó una rápida mirada, como para decirle que ella estaba acostumbrada a las interrupciones de su marido, pero que su vecino debería esperar su turno. Luego prosiguió:

– Así que Finkel, que se había quitado su audífono y no había oído nada ni sabía nada, también se pone su bata y los dos bajan las escaleras y llaman a la puerta de la señora Millstein, pam, pam, pero nadie responde. «¿Señora Millstein, señora Millstein, está usted bien?» Y nada. De modo que Henry y el señor Finkel suben las escaleras y me dicen: «¿Qué debemos hacer? No responde.» Yo les digo que den la vuelta por detrás, por la puerta del patio, y así que de nuevo bajan para hacerlo. ¿Y sabe usted qué?

– La puerta del patio estaba forzada. La habían abierto -respondió Henry Kadosh.

La señora Kadosh continuó:

– Así que Henry y el señor Finkel regresan a la puerta principal donde estaba yo esperando y me dicen: «¡María, María, llama a la policía, llama al 911! ¡Enseguida!» Y entonces escuchamos otro ruido, éste directamente de la parte trasera. Ese ruido venía del patio, así que fuimos allí. Y Henry lo vio enseguida…

– ¡No eran ni gatos ni perros hurgando en la basura! ¡Era un negro que huía corriendo del apartamento de la señora Millstein!

La señora Kadosh sacudió la cabeza.

– Henry lo pilló en el callejón. Y el viejo Finkel y yo nos asomamos al dormitorio y vimos a la pobre señora Millstein. Sin vida, asesinada.

Todo empezó a darle vueltas a Winter y una oleada de calor le subió por la garganta y lo embargó un mareo. El joven agente le tocó la espalda y Winter se volvió hacia él.

– Ahora ya sabe lo que ha pasado. ¿Aún quiere ver a un detective?

– Sí. La víctima… -empezó, pero se calló. «La víctima ¿qué?», pensó.

Su mente se colapso intentando resolver una ecuación abrasadora. Una anciana viene a tu puerta, asustada porque teme ser asesinada. Y luego, al poco rato, en efecto es asesinada.

Necesitaba tiempo para reflexionar, pero ya estaba cruzando el patio, siguiendo al joven patrullero, dirigiéndose hacia el apartamento de Sophie Millstein. Pasó junto al querubín trompetista. La estatuilla recibía cada pocos segundos haces de luz roja y parecía bañada en sangre. Se detuvo ante la puerta y miró dentro, donde la actividad parecía reverberar en toda la casa. Un hombre con un maletín repleto de objetos recogía huellas en la cocina. Otro estaba tomando muestras de la alfombra.

El joven patrullero se acercó a un enjuto negro que se estaba aflojando la corbata apoyado contra la pared, agobiado por el bochorno de la habitación, y seguidamente señaló a Simon Winter, el viejo detective. Éste esperó a que el hombre más joven se acercase a él. Observó un poco más la actividad dentro del apartamento y contuvo las emociones que parecían arremolinarse en su interior. Intentó tranquilizarse con recuerdos. «Has pasado muchas veces por esto antes -se dijo-. Analiza el escenario del crimen. Te lo contará todo si consigues tomarte tu tiempo y dejas que te hable en su propio lenguaje, con su propia voz, en el primitivo lenguaje de la muerte violenta.»

Por un momento observó a Simon Winter y reparó en cómo sus ojos escrutaban la habitación. Malinterpretó su atento estudio y lo confundió con nerviosismo. Walter Robinson se dirigió al agente que había escoltado al anciano hasta allí.

– A ver, ¿qué quiere este vejete? -preguntó.

– Se llama Winter, vive al otro lado del patio. Dice que vio a la difunta esta noche. Probablemente es la última persona que la vio con vida. Dice que oyó cómo echaba el cerrojo en la puerta. Pensó que tal vez usted querría una declaración.

– Hummm… Sí. Tómele declaración -repuso Robinson.

El agente asintió y añadió:

– Tal vez pueda ayudarnos a identificar a la víctima.

Robinson consideró la sugerencia.

– Buena idea -dijo, y ambos se acercaron adonde esperaba Simon Winter.

Walter Robinson se identificó como el detective al mando y dijo:

– Nos gustaría que este agente le tomara declaración, y si está dispuesto, que intentase identificar a la víctima. Si se siente preparado, por supuesto. Sólo para el papeleo, ya sabe. Nos gustaría estar seguros antes de llamar al pariente más cercano. Pero sólo si usted quiere, no es algo demasiado…

Simon Winter siguió taladrando con la mirada el escenario del crimen y luego, finalmente, fijó la vista en el detective.

– Ya he visto todo esto antes -dijo pausadamente.

– ¿A qué se refiere?

– Lo he visto muchas veces. Veintidós años en el Departamento de Policía de Miami. Los quince últimos en Homicidios.

– ¿Era policía?

– Así es. Retirado. Hace mucho desde la última vez que estuve en la escena de un crimen. Al menos una docena de años.

– No se ha perdido mucho -dijo Robinson.

– Ya -repuso Winter en voz baja-. No me he perdido mucho.

Robinson pasó por alto el doble sentido y alargó el brazo para estrecharle la mano, por cortesía profesional.

– Las cosas debían de ser distintas antes -dijo.

– No -repuso Winter-. La gente muere de la misma forma. Lo que es distinto es la ciencia. No teníamos ni la mitad de todo ese material que hoy día tenéis los jóvenes. Perfiles científicos, pruebas de ADN, ordenadores. No teníamos ni ordenadores. ¿Es bueno con los ordenadores, detective?

– Sí, lo soy.

– ¿Cree que podrán resolver este crimen?

Robinson se encogió de hombros.

– Tal vez. -Y tras pensar un momento añadió-: Es más que probable.

Observó a Winter, cuyos ojos habían empezado a barrer de nuevo la escena del crimen, absorbiendo todo lo que veía. El joven detective pensó dos cosas: una, que no estaba seguro de que le gustase Simon Winter y, dos, que estaba seguro de que no quería terminar sus días como un viejo amargado, retirado en la playa, viviendo de recuerdos de sus años en el cuerpo. Docenas de asesinatos, violaciones y asaltos recordados en edad avanzada como los buenos viejos tiempos. Su mente se desvió abruptamente hacia un problema de agravios legales debatidos en una clase hacía un par de noches. Él había redactado un resumen de prácticas sobre el tema, y había sido su esfuerzo lo que el profesor destacó para alabarle.

Walter Robinson estaba decidido a no cambiar simplemente su placa y revólver por una cartera y un traje ligeramente más caro y trabajar en la acera limpia de la calle de la ley, como habían hecho otros policías que conocía, que se habían convertido en abogados defensores o en fiscales. Se repetía que él aterrizaría en algún bufete de prestigio, estrecharía manos de ejecutivos y hombres de negocios y, muy pronto, olvidaría los escenarios de crímenes y la desesperación de la muerte repentina.

– Muy bien -dijo, sacudiéndose las agradables imágenes-. Procedamos a la identificación y luego le contará su historia al agente.

Simon Winter lo siguió por el apartamento, y recordó que había hecho el mismo recorrido un poco antes, ese mismo anochecer. Pero ahora el pequeño espacio estaba atestado de técnicos y policías, habían encendido todas las luces y los dibujos estroboscópicos que proyectaban los coches patrulla marcaban las paredes, desorientando a Winter, casi como si el apartamento que había inspeccionado mientras Sophie Millstein esperaba en la puerta fuese otro, lejano y distante, como un recuerdo de su infancia. Los ángulos, los colores, los olores, todo le parecía ahora extraño. Buscó al gato, pero había desaparecido. Llegaron al dormitorio.

Sophie Millstein estaba echada de espaldas sobre la cama.

El camisón estaba desgarrado por la lucha y la flácida curva del pecho al descubierto. Tenía el pelo suelto y desparramado como si estuviese dentro del agua. La nariz había sangrado y el labio superior presentaba una mancha oscura allí donde la sangre se había secado. Una rodilla estaba metida bajo la otra, casi tímidamente, y la cadera desnuda estaba a la vista. Las sábanas aparecían enredadas entre los pies. Sintió el impulso de alargar la mano y cubrir con aquel camisón de color crudo la piel de alabastro de Sophie Millstein.

Simon Winter echó un rápido vistazo alrededor. Vio a un fotógrafo tomando una instantánea del bolso de la anciana, que había sido desgarrado y abandonado en el suelo. Otro estaba empolvando la cómoda en busca de huellas. Los cajones habían sido abiertos y volcados y la ropa estaba esparcida por todas partes. Simon recordó el pequeño joyero junto al retrato del marido fallecido. Pero ahora la fotografía estaba en un rincón de la cómoda, con el cristal roto, y el joyero había desaparecido.

Se dirigió al detective Robinson.

– Tenía un joyero, una especie de cajita de metal, ya sabe. Era de color dorado rojizo con un pequeño diseño cincelado en la tapa. Guardaba sus anillos, pendientes y esas cosas ahí. Estaba allí.

Él señalaba y el detective tomó notas.

– Ya no está -observó retóricamente.

– ¿Lo reconocería? -preguntó Robinson.

– Creo que sí. -Se dio la vuelta hacia Sophie Millstein. Un segundo técnico en huellas estaba trabajando en su cuello, empolvando cuidadosamente su piel-. ¿Huellas en el cuerpo? -preguntó Winter.

– Sí. Siempre es un tiro a ciegas. Sólo una de cada cien resulta útil, pero que no quede por no intentarlo.

– Nosotros solíamos probarlo de vez en cuando. Pero nunca nos funcionó.

– Ahora tenemos un papel nuevo cuyo resultado al levantar la cinta es mucho mejor. A veces usamos una técnica con luz ultravioleta. Y ya sabe, están desarrollando ese láser que lee las irregularidades de las huellas. Aun así… -Se encogió de hombros.

El técnico se inclinó sobre el cadáver, ocultándolo a la vista de Simon Winter. Llevaba un pequeño trozo de cinta en la mano, que presionó contra la piel de la mujer y luego alzó con sumo cuidado. Colocó la cinta contra una hoja de papel blanco especial, depositando la huella.

– Tal vez haya suerte -masculló el técnico-. Se ve bien.

El técnico se separó del cuerpo.

– ¿Quiere proceder a la identificación ahora? -dijo Robinson.

Winter se adelantó y bajó la vista para mirar a Sophie Millstein.

«Estrangulada», pensó. Grabó en su memoria las marcas de la contusión roja y azulada del cuello. La piel de la tráquea estaba aplastada, deformada por la fuerza que la había constreñido. Midió mentalmente la distancia entre las marcas.

«Manos grandes y fuertes», pensó.

– ¿Es Sophie Millstein? -preguntó Robinson.

Simon continuó mirándola. Los ojos de la mujer aún estaban abiertos de par en par, contemplando con mirada inerte el techo. Winter vio el miedo grabado en el rostro de su vecina. Debía de haber sabido, aunque sólo fuera por una fracción de segundo, que estaba muriendo allí y en aquel instante. Se preguntó si él habría tenido aquel mismo aspecto unas horas antes al anochecer, cuando se había llevado su arma a la boca. Y también se preguntó si la anciana habría conseguido pensar en Leo en medio del pánico final.

Miró de nuevo los ojos de Sophie Millstein. «No -pensó-. Lo único que vieron fue terror.»

Apreció un rasguño, en realidad un largo rasguño en la piel del cuello, que extrañamente no presentaba sangre. Recordó el collar de oro que lucía la anciana. Tampoco estaba. «Le fue arrancado post mórtem -se dijo-. Por eso la piel no sangró.»

– ¿Señor Winter? -la voz de Robinson era inquisitiva.

Simon miró los dedos de su vecina. ¿Se había defendido? ¿Arañó y pateó para defender los días que le quedaban del hombre que intentaba robárselos? La piel del asesino debía de estar bajo sus uñas. Pero Sophie Millstein las llevaba muy cortas.

Sus ojos se posaron en el antebrazo derecho. Apenas se distinguía el número tatuado en azul deslucido.

En ese momento el joven detective tocó su brazo. Simon se dio la vuelta y lo miró con ceño.

– Por supuesto -dijo despacio-. Es Sophie Millstein. Su collar ha desaparecido. Era una cadenilla de oro con su inicial grabada en el colgante, del mismo tipo que suelen llevar las adolescentes, pero el suyo era especial. Tenía dos diminutos diamantes a cada extremo de la S. Su marido se lo había regalado hacía año y medio y nunca se lo quitaba.

Inspiró hondo, observando cómo Robinson lo anotaba en su libreta.

– ¿Reconocería el collar? -preguntó el detective.

– Sí. Tal vez debería intentar recoger muestras de debajo de las uñas…

– Lo hacen en la morgue. Es el procedimiento estándar. ¿Sabe quién es su familiar más cercano?

– Tiene un hijo llamado Murray Millstein, abogado en Long Island. Tenía una pequeña agenda de direcciones en la salita, en la mesilla del teléfono. Allí es donde decía que siempre lo guardaba.

– ¿En la salita?

– Así es. Se lo mostraré.

Robinson se dispuso a acompañarlo por la habitación.

– Gracias por su ayuda en este asunto, señor Winter. Se lo agradecemos sinceramente…

– Ella estaba asustada -dijo Simon con brusquedad-. Por eso fue a verme.

– ¿Asustada?

– Sí. Dijo estar muy asustada. Hoy había viso a alguien. Se sentía asustada y amenazada.

– ¿Y usted cree que esa persona que la asustó tiene algo que ver con el crimen?

– No lo sé. No era normal. Estaba muy asustada.

– ¿Acaso no era normal en ella estar asustada?

– No -repuso Winter un poco exasperado-. Bueno, es decir, era anciana y estaba sola. Siempre estaba asustada.

– Ya. Muy bien, entonces preste declaración al agente y cuéntele qué sucedió.

– Esa persona era alguien que…

– Él le tomará declaración. Yo tengo que asegurar este escenario y contactar con la familia.

– Pero esa persona…

– Señor Winter, usted era detective. ¿Qué opina que ha sucedido aquí?

Simon no miró alrededor, sino que fijó sus ojos en Walter Robinson.

– Diría que alguien forzó la entrada, la mató, le robó y echó a correr cuando escuchó a los vecinos. Esta sería la explicación obvia, ¿no es así?

– Eso es. E incluso tenemos varios testigos que vieron huir al sospechoso. El señor y la señora Kadosh y el señor Finkel. Sus vecinos. De manera que obviamente ha sido así. Ahora permita que el agente le tome declaración. Dígale de quién tenía miedo la señora. -Y no terminó su pensamiento en voz alta: «Quienquiera que fuese ese pobre diablo, estaba en el lugar y el momento equivocados.»

Se detuvieron en el centro de la salita. Simon habría querido enfurecerse, pero estaba intentando controlarse. Maldijo su edad y su indecisión interiormente.

– Ahora dígame dónde está la agenda.

– En el cajón. -Lo señaló, y Robinson cruzó la salita y abrió el cajón que había bajo el teléfono.

– No está aquí.

– Yo la vi antes. Ahí es donde siempre la guardaba.

– Pues ya no está. ¿Cómo es?

– De plástico rojo. Barata y normal. Con la palabra «Direcciones» en letras doradas grabadas en la cubierta. Del tipo que se compran en unos grandes almacenes.

– La buscaremos. No es la clase de cosas que un yonqui se llevaría.

Winter asintió.

– Ella la sacó esta noche cuando la acompañé hasta aquí.

– Bien, preste su declaración, señor Winter. Y no dude en llamar si se acuerda de algo más.

Robinson le alargó una tarjeta. El viejo detective se la guardó en el bolsillo. Luego el joven se alejó, dejando a Simon para que el agente le condujese fuera. Simon fue a decir algo, pero se abstuvo y se guardó los pensamientos para sí. Seguido de mala gana por el agente, dejando a Sophie Millstein atrás. Miró por encima del hombro y vio que la escena estaba siendo registrada por un fotógrafo de la policía. El hombre se acercaba y oscilaba, como si danzase alrededor de Sophie Millstein, con la cámara chasqueando con cada fogonazo, mientras los de la morgue esperaban en un rincón, hablando en voz baja. Un hombre abría la larga cremallera de una bolsa para cadáveres, negro brillante y plastificada, que hacía un sordo ruido desgarrador.

Walter Robinson buscó por el suelo del dormitorio la agenda, pero no la encontró. Tomó nota de ello y regresó al teléfono en la salita y marcó información telefónica de Long Island. El número del hijo constaba en Great Neck, pero antes marcó el del servicio permanente de la Oficina del Fiscal del Condado de Dade y pidió el número del ayudante de guardia aquella noche.

Marcó y esperó una docena de llamadas antes de que una voz somnolienta balbuceara:

– ¿Diga?

– ¿Es la ayudante del fiscal Esperanza Martínez? -preguntó.

– Sí.

– Soy el detective Robinson. Homicidios de Miami Beach. No nos conocemos…

– Pero ahora nos vamos a conocer, ¿verdad? -repuso la soñolienta voz.

– Exactamente, señorita Martínez. Tengo a una anciana asesinada por un agresor desconocido en su apartamento, bloque mil doscientos de South Thirteenth Terrace. Podría encajar en el perfil de una serie de asaltos que ha habido por aquí, excepto que el asesino ha estrangulado a la víctima.

»Tenemos un testigo que lo ha visto. Descripción provisional: individuo de raza negra, de dieciocho a veintipocos, complexión delgada, no muy alto, de uno ochenta como mucho y unos setenta kilos. Se movía rápido.

– ¿Considera necesario que vaya? ¿Hay algún asunto legal sobre el que necesite consejo?

Robinson pasó por alto el matiz de irritación en la voz.

– En principio no. No veo ningún problema legal. El delito en sí es bastante rutinario. Pero lo que tenemos es una víctima anciana blanca y judía y un joven asesino negro. Intuyo que será un caso que alcanzará notoriedad rápidamente, si a esto le suma que es año de elecciones para su jefe, y que hay una docena de periodistas y cámaras que van a maldecirles si tienen que pasarse aquí toda la condenada noche y luego no consiguen que la noticia se encarame directamente a los titulares de la prensa y los telediarios. ¿Me entiende?

– ¿Usted cree que…?

– Creo que tiene usted un caso racial con resultado de muerte, un cóctel que no sienta demasiado bien en este condado, señorita Martínez.

Este era el procedimiento habitual de la policía del condado de Dade: invocar los disturbios raciales de los años ochenta e, instantáneamente, conseguir la atención de la gente. Se produjo un silencio en la línea telefónica antes de que la mujer, bastante más despierta, repusiese:

– Lo he entendido, detective. Estaré ahí enseguida y agitaremos la bandera juntos.

– Suena divertido.

Colgó con una sonrisa burlona en los labios. Ocasionalmente, despertar a los jóvenes fiscales ambiciosos era uno de los incentivos de los detectives de Homicidios. Imaginó que al menos tardaría una media hora en llegar y ponerse ante la prensa. Mientras esperaba, supervisaría al equipo que estaba trabajando en el callejón trasero de The Sunshine Arms. «Tal vez hayan encontrado algo», pensó. El joyero. Tenía que estar cerca. El sospechoso probablemente lo había lanzado en algún contenedor de basura, después de cubrirlo convenientemente de huellas digitales y de la inconfundible pista del pánico.

Los pocos amigos de Esperanza Martínez la llamaban por el apodo de Espy. Se vistió rápidamente en la penumbra de su habitación. Sacó unos vaqueros pero los descartó a favor de un vestido moderno, algo más holgado, cuando consideró que tal vez tendría que enfrentarse a las cámaras. Aunque vivía sola en su apartamento, tuvo cuidado de no hacer ruido: la otra mitad del dúplex estaba ocupado por sus padres, y su madre era en extremo sensible a los movimientos de su hija; probablemente, a pesar de los tabiques y el material aislante que les separaba, estaría escuchando despierta en su cama.

Comprobó un par de veces su aspecto en un pequeño espejo que colgaba junto a un crucifijo junto a la puerta delantera. Se aseguró de llevar consigo su placa de la oficina del fiscal y una pequeña pistola automática del calibre 25 y salió al encuentro del pegajoso aire de la noche. Cuando ponía en marcha el motor de su modesto y anodino coche compacto, alzó la vista y vio luz en el interior de la casa de sus padres. Arrancó y maniobró rápidamente para adentrarse en la calle.

En las noches estivales de Miami parece como si el calor diurno dejase un resplandor residual, como la vaharada que se alza de un incendio recién extinguido. Las inmensas torres de oficinas y rascacielos que dominan el centro de la ciudad permanecen iluminados, dispersando la oscuridad como si fuese un cúmulo de gotitas de negro. Pero a pesar de todo su carácter tropical, la ciudad tiene un pulso inquietante, como si al bajar por las autopistas brillantemente iluminadas que cruzan el condado, se descendiese a un sótano, o tal vez a una cripta.

Espy Martínez tenía miedo a la noche.

Condujo rápidamente por las tranquilas calles de las afueras hasta Bird Road, luego subió por la autopista Dixi en dirección a Miami Beach. Había poco tráfico, pero cuando circulaba por la carretera 95, de cuatro carriles, un Porsche rojo con las ventanillas tintadas la adelantó a unos 180 kilómetros por hora. La velocidad del deportivo pareció dejarla clavada en el sitio, como si una repentina ráfaga de aire la hubiese zarandeado por detrás.

– ¡Joder! -protestó, y una oleada de miedo le hizo afluir adrenalina a la boca por un desagradable instante, mientras observaba el coche desaparecer rápidamente, destellando bajo las farolas amarillentas del arcén.

Un rápido vistazo al retrovisor le mostró el coche patrulla que se le acercaba velozmente por detrás. Venía sin luces de emergencia ni sirena, intentando atrapar a su presa antes de que ésta reparase en su presencia. Desde luego eso iba contra el procedimiento establecido, y pensó que el patrullero mentiría si se lo preguntaban en un tribunal. Sin embargo, también era la única forma de que hubiera alguna posibilidad de atrapar al potente Porsche, así que mentalmente le exoneró mientras la adelantaba rugiendo.

– Buena suerte. La vas a necesitar -musitó.

Esperaba que el conductor del Porsche fuese algún doctor o abogado de mediana edad o un promotor inmobiliario que intentaba impresionar a su ligue, cuya edad sería la mitad de la suya, y no un jodido traficante de drogas de veintiún años, con el cerebro frito por los narcóticos y el machismo, que llevara un arma en el asiento del pasajero.

Pensó que la noche era peligrosa. La furia se ocultaba con demasiada frecuencia después de anochecer, acechando, oscurecida por el calor y el intenso aire negro. Se apartó el pelo del rostro nerviosamente y siguió conduciendo.

A una manzana de distancia divisó las luces destellantes y los vehículos de la televisión, y aparcó en el primer sitio libre que vio. Caminó presurosa por la acera. Se agachó para traspasar la cinta amarilla antes de ser vista por una docena de periodistas y cámaras que pululaban por allí, esperando pescar alguna declaración.

Un agente iba a hacerle un gesto, pero ella le enseñó su placa.

– Busco al detective Robinson -dijo.

El agente repasó la placa.

– Disculpe, señorita Martínez, la he confundido con una de esas reporteras de la televisión. Robinson está dentro.

Se lo indicó con un gesto y ella atravesó el patio sin reparar en el querubín. Al entrar, se detuvo como si de pronto se hubiese quedado sin aliento.

Éste era solamente el tercer asesinato en que se había requerido su presencia en el lugar de los hechos. Las otras dos habían sido muertes de narcotraficantes anónimos; jóvenes hispanos sin identificación, probablemente inmigrantes ilegales de Colombia o Nicaragua. Ambos tenían una sola herida de bala en la nuca, provocada por una pistola pequeña. Asesinatos pulcros y limpios, casi delicados. Sus cuerpos habían sido abandonados en unos descampados: alhajas valiosas, carteras con dinero, ropas caras, todo intacto. En muchos lugares las similitudes habrían despertado el interés de la prensa y el público, preguntándose si aquello era obra de un asesino en serie.

Pero no en Miami. Los fiscales del condado de Dade designan a estos homicidios como crímenes basura. Entre los fiscales y la policía se barajaba la macabra teoría de que cuanto más cerca del centro de la ciudad se encontrase un cuerpo, menos importante era la víctima. Los narcotraficantes importantes acababan descomponiéndose bajo el cenagoso estercolero de los Everglades, o ahogados, encadenados a un bloque de hormigón bajo las aguas de la corriente del Golfo. Así pues, aquellos dos hombres a los que Espy Martínez apenas había echado un vistazo eran don nadies. Sus muertes probablemente habían sido el resultado de una desafortunada lucha de ambición en la que cruzaron alguna línea mortal invisible. El asesinato como forma de organizar los asuntos propios. Incluso sus verdugos no se habían molestado con la engorrosa tarea de disponer llevar los cadáveres donde no fuesen descubiertos. No se esperaba que hubiese arrestos ni juicios. Tan sólo un par de cifras que cuadrar en las estadísticas de la muerte.

Espy ni siquiera había tenido que acercarse a los cuerpos. Se había requerido su presencia sólo porque los detectives se empeñaban en que el fiscal del condado comprendiese que era inevitable que el fracaso acompañase a la investigación de aquellos crímenes.

Sin embargo, sabía que este caso era distinto.

La víctima era una persona real, con un nombre, una historia y relaciones personales. No alguien que simplemente pasa sin pena ni gloria por la vida.

Se adentró en el apartamento, controlando sus miedos. Un técnico la apartó al pasar junto a ella llevando un puñado de raspaduras y otras muestras. Espy Martínez se hizo a un lado. Otro policía le echó un vistazo inquisitivo y ella rebuscó su placa en el bolso. Cuando alzó la vista vio que el agente señalaba con el dedo hacia el dormitorio. Respirando hondo, cruzó el apartamento intentando no ver nada y verlo todo al mismo tiempo. Se entretuvo un segundo en el umbral del dormitorio. Varios hombres a los pies de la cama le bloqueaban la visión. Uno se movió ligeramente y ella vio un pie de Sophie Millstein, con las uñas pintadas de un rojo intenso. Se mordió el labio al verlo y respiró hondo otra vez. Temiendo los roncos sonidos que pudiese emitir, dijo:

– ¿Detective Robinson?

Un enjuto joven negro se volvió y asintió con la cabeza.

– ¿La señorita Martínez?

– Sí. ¿Puede informarme? -Ella creyó que le temblaba la voz y echó los hombros bruscamente atrás, mirándolo a los ojos.

– Por supuesto -dijo él. Señaló el cuerpo-. Ésta es Sophie Millstein, blanca de sesenta y ocho años. Viuda. Vivía sola. Aparentemente estrangulada. Aquí, mire las marcas.

El detective hizo un gesto y Espy Martínez dio un paso adelante. Entornó los ojos para limitar su visión, como si al observar a la víctima por partes -garganta, manos, piernas-, no toda de golpe, pudiese minimizar el miedo que sentía.

– Al parecer se echó encima de ella, con una rodilla aplastándole el pecho, y la estranguló. Un par de morados en la frente, aquí y aquí; seguramente golpes. Estamos buscando huellas alrededor de la tráquea, donde apretó los pulgares, en esta zona aplastada. Los vecinos sólo oyeron un leve grito.

Robinson vio que la fiscal palidecía. Se puso rápidamente en su línea de visión.

– Venga, le mostraré por dónde entró. -Tomó por el brazo a la joven y la sacó del dormitorio-. ¿Quiere un vaso de agua? -ofreció.

– Sí, gracias. Y algo de aire fresco.

Él señaló la puerta del patio arrancada de sus goznes.

– Espere ahí fuera.

Cuando Robinson se reunió de nuevo con ella y le tendió el vaso de agua del grifo, Espy estaba respirando profundamente el aire nocturno, como si quisiera tragárselo todo. Bebió el agua de golpe. Luego dejó escapar un largo suspiro y asintió con la cabeza.

– Lo siento, detective. Parezco un estereotipo, ¿verdad? La joven mareada ante la visión de una muerte violenta. Deje que me reponga y luego entraremos para que usted pueda terminar.

– No se preocupe. Puedo informarla aquí mismo.

– No, está bien. Quiero echar un vistazo más. También es mi trabajo.

– Pero no es necesario…

– Sí lo es -repuso ella, y sin más volvió a entrar en el apartamento.

Atravesó la salita en dirección al dormitorio. Intentó despejar la mente de cualquier pensamiento, pero era casi imposible. Preguntas, hechos, la rabia contenida, todo se arremolinaba en su interior. «Por esta razón te hiciste fiscal, por personas como esta pobre mujer», se dijo. Los dos funcionarios forenses estaban listos para alzar a Sophie Millstein de su cama.

– Sólo un segundo -pidió Espy Martínez.

Se acercó al cadáver y miró a Sophie Millstein a los ojos. «Qué forma tan extraña de conocer a alguien -pensó-. ¿Quién eras?» Continuó mirándola y reconoció el mismo miedo que había percibido Simon Winter, y eso la enfureció. «Cobarde -le espetó mentalmente al asesino-. Miserable rata cobarde. Robarle la vida a una anciana como si fuese un simple bolso que se arranca del hombro… Te veré en el infierno.» Mantuvo la vista fija un instante más y luego asintió.

Los dos hombres se miraron. Lo que para Espy era tan especial, para ellos era el monótono trabajo de cada día. Aun así alzaron a Sophie Millstein lenta y cuidadosamente.

– ¡Coño! -exclamó uno de los hombres y casi dejó caer el cuerpo de nuevo en la cama.

– ¡Joder! -soltó su compañero.

Espy Martínez tuvo la presencia de ánimo de cubrirse bruscamente la boca para que no se le escapase un grito.

– ¡Maldita sea! ¡Mira eso! -el otro hombre murmuró.

– ¡Eh, detective! ¡Tal vez quiera ver esto!

Robinson se acercó presuroso y vio lo que había quedado al descubierto. Lo observó un momento y luego hizo un gesto al fotógrafo, que ya se estaba preparando para otra serie de instantáneas. Luego se dirigió a Espy Martínez, que había retrocedido un paso pero se mantenía firme.

Sus ojos se encontraron y Robinson se encogió de hombros.

– Lo siento. No lo sabía.

Ella asintió con la cabeza, insegura de que le saliese la voz en ese momento.

El detective bajó la vista a la cama otra vez y miró los pequeños colmillos blancos que el terror había dejado a la vista.

– Nunca había visto un gato estrangulado -comentó en voz baja.

– Ni yo -dijo Espy Martínez gravemente.

Simon Winter estaba fuera, junto al joven agente, pero alcanzó a distinguir las miradas del detective Robinson y de aquella mujer, con las cabezas juntas hablando en la salita de Sophie Millstein.

– ¿Quién es? -preguntó.

– La ayudante del fiscal del condado. Martínez, me parece.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– Son las normas, ya sabe. Hay un ayudante del fiscal asignado a cada escenario del crimen, pero sólo los llaman un diez por ciento de las veces o en casos en que los detectives creen que van a salir en las noticias vespertinas o en la primera página del Herald.

– ¿Este crimen tendrá notoriedad?

– Sí, es más que probable. Será noticia un par de días, al menos hasta que suceda algo más.

– Ya.

– Vamos a ver -dijo el policía-. Seguramente usted querrá ir a su casa y dormir algo, ¿no es así, veterano? A mí aún me quedan unas cuatro horas de servicio. Cuénteme su historia.

– ¿A qué se refiere?

– Usted vio a la víctima esta noche, ¿verdad?

– ¿Quiere mi declaración ahora?

El policía sostenía un pequeño bloc y un lápiz. Parecía impaciente.

– De eso se trata.

Winter pensó un momento y luego habló con rapidez.

– A última hora de la tarde, tal vez las siete, la señora Millstein llamó a la puerta de mi apartamento. El 103, justo ahí. Después de hacer algunas compras, se había asustado y quería que la acompañase a su casa para asegurarse de que no corría peligro.

– ¿Y lo hizo?

– Así es. El apartamento estaba vacío, y comprobé que las puertas y las ventanas estuviesen cerradas. Pero lo que le asustó…

– ¿No vio a nadie merodeando por los alrededores, especialmente a nadie que encaje con la descripción del sospechoso?

– No.

– Cuando fue a la parte de atrás, a comprobar la puerta del patio, ¿había alguien por allí?

– Acabo de decirle que no. No vi a nadie. No había nadie allí cuando estuve en el apartamento de la señora. Pero ella me describió al hombre que la había asustado.

– Siga.

– Dijo que era alguien que conocía de la guerra…

– ¿Qué guerra?

– La mundial. En Berlín, 1943.

– ¿Berlín?

– Alemania.

– Oh. Bien. Así que este alguien no era un joven negro, ¿correcto?

Simon se quedó mirándolo como si acabase de oír la pregunta más estúpida del mundo, lo que sin duda así era.

– No -confirmó-. No era un joven de color. Era un hombre mayor, pero ella lo describió como particularmente cruel y despiadado. Le llamó Der Schattenmann.

– ¿Shotaman, qué clase de nombre es ése, o se refería en inglés a que habían disparado a alguien? -preguntó el policía confundiendo las palabras.

– No, no es inglés, lo dijo en alemán. Der Schattenmann. Es un tratamiento, no un nombre.

– ¿Un título? ¿Como qué? ¿Alcalde? ¿Comisionado del condado?

– No estoy seguro. -Vio que el lápiz del agente se detenía sobre la libreta y luego escribía algo rápidamente.

– ¿Sabe si ella conocía el nombre del tipo?

– No. Era alguien relacionado con su arresto y posterior deportación. A Auschwitz. Él era un…

– Ya, a un montón de esos viejos que hay por aquí en la Beach les trincaron entonces y cumplieron condena.

– En Auschwitz no se cumplía condena. No era una prisión sino un campo de exterminio.

– Vale, vale. Ya lo sé. Así que el tipo ese que reconoció…

– No estaba segura.

– ¿No estaba segura de haberle reconocido?

– Han pasado cincuenta años.

– Bien, así que ella tenía miedo de ese tipo, el tal Shotinmin. Si es que era el mismo, al fin y al cabo. Usted no está seguro y ella tampoco lo estaba. Bien. ¿Cree que él tiene algo que ver con el crimen?

– No lo sé. Es todo muy extraño. Tal vez sea coincidencia.

– ¿La señora siempre estaba asustada? Me refiero a que si era normal en ella.

– Claro. Era anciana y estaba sola. Estaba nerviosa con frecuencia. Cambió su rutina para no tener que salir por la noche.

– Bien. Pero usted no ha visto nada extraño o diferente esta noche. Y su comportamiento no era tan diferente, ¿correcto?

Winter fulminó al joven con la mirada.

– Sí. Correcto.

El joven cerró su libreta de golpe.

– Bien. Creo que eso es todo. Si recuerda algo más, llame al detective Robinson, ¿de acuerdo?

Winter se tragó una réplica airada y asintió con la cabeza. El agente sonrió.

– Bien, ya puede irse a su casa, señor Winter. Esa pandilla de reporteros pronto empezará a incordiar. Tal vez el asunto atraiga la atención por aquí un par de días. Los de la prensa puede que le fastidien, pero mándelos al infierno si le apetece. Normalmente funciona. Me aseguraré de que el detective reciba un informe de su declaración.

El policía regresó a la calle, dejando a Simon Winter solo, con el rostro surcado por los destellos de las luces estroboscópicas.

En la cocina, Espy Martínez observó cómo Robinson alzaba el auricular y comprobaba dos veces cada dígito antes de marcarlo. Luego tapó el auricular con la palma de la mano y susurró:

– En mitad de la noche suena el teléfono. Tu madre ha sido asesinada. ¡Menuda pesadilla! -Y se encogió de hombros como para distanciarse de la tragedia que estaba a punto de comunicar.

La joven fiscal le observó, ligeramente incómoda con su propia fascinación, la clase de culpabilidad que uno siente cuando contempla embobado el accidente que ha dejado la autopista tachonada de cristales rotos y manchas de sangre.

Robinson articuló la palabra «llamando» y se enderezó ligeramente cuando oyó que al otro lado descolgaban el auricular.

– ¿Sí?

– Murray Millstein, por favor.

– Soy yo. Qué…

– Señor Millstein, le habla el detective Walter Robinson de la policía de Miami Beach, Florida. Lo siento pero tengo malas noticias.

– ¿Qué? ¿Qué ha ocurrido?

– Su madre, la señora Sophie Millstein, ha muerto esta noche. Ha sido víctima de un atracador que entró en su apartamento poco antes de la medianoche.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Que mi madre…? Pero…

– Lo siento, señor Millstein.

– ¿Pero qué está diciendo? ¿Que mi madre… qué? No…

– Lo siento, señor Millstein. Su madre ha muerto esta noche.

Robinson dudó mientras Millstein parecía intentar articular alguna palabra. Oyó otra voz de fondo, preguntas frenéticas, súbito pánico. «La esposa del letrado -pensó Robinson-. Está sentada en la cama y ha encendido la lámpara de la mesilla donde tiene el despertador y una fotografía de sus hijos, y ahora ha extendido la mano para sujetar el brazo de su marido, apretando fuertemente, y le está preguntando por qué ha sacado los pies de la cama y se ha quedado como petrificado, pálido y aterrado.»

– Detective…

– Robinson. ¿Tiene papel y lápiz, señor Millstein? Le daré un número de teléfono.

– Sí, sí, pero…

– Es el número de mi despacho en la comisaría central.

– ¿Pero qué ha pasado? Mi madre…

– Aún no hemos detenido a ningún sospechoso, señor Millstein. Pero tenemos una descripción y varias pruebas recogidas en el apartamento de su madre. Estamos iniciando la investigación y contamos con la total cooperación de la fiscalía y otros cuerpos de segundad del condado de Dade. Tengo esperanzas de que pronto procederemos a un arresto.

– Pero mi madre, cómo… ella siempre cerraba…

– El autor del crimen ha forzado la puerta trasera.

– Pero entonces, no comprendo…

– La investigación preliminar sugiere que fue estrangulada. Pero todo eso lo confirmará el forense.

– Ella va a…

– Sí. Sus restos serán transportados al depósito de cadáveres. Después de que le hayan practicado la autopsia, usted deberá contactar con una funeraria local. Si llama a la morgue por la tarde, un funcionario le proporcionará información.

– ¡Oh, Dios mío!

– Señor Millstein, siento ser portador de tan malas noticias. Pero es mi deber. Le proporcionaré todos los detalles que necesite, pero ahora mismo aún tengo mucho trabajo por delante. Por favor, telefonéeme cuando quiera al número que le he dado. Estaré allí hacia las ocho de la mañana.

El abogado contestó con una mezcla de sollozo y resoplido, y Robinson colgó.

Espy Martínez le observaba. En parte, se sentía como una voyeur, fascinada y asqueada, todo sucediendo delante de ella como en una extraña cámara lenta. Por un segundo vio desánimo e impotencia en los ojos del detective, sólo lo justo para que le pulsase una fibra íntima. De repente pensó: «Los dos somos muy jóvenes.» En cambio, musitó:

– Debe de ser muy duro tener que hacer eso.

Robinson se encogió de hombros con impostada indiferencia y movió la cabeza.

– Bueno, en realidad te acostumbras -intentó hacerse el duro, y ella lo supo.

Ambos salieron al exterior. Espy Martínez pensó que la oscuridad estaba diluyéndose. Echó un vistazo a su reloj de pulsera: el amanecer se aproximaba rápidamente. Distinguió a un puñado de ancianos en una esquina del pequeño patio, pero antes de que preguntara, Robinson respondió con detalle:

– Son vecinos. El anciano que vio al tipo escapando callejón abajo se llama Kadosh. Su mujer llamó al 911. El tipo alto es Simon Winter. Acompañó a la señora Millstein a su casa a primera hora de la noche, y comprobó dos veces que los cerrojos estuviesen echados. El propietario del apartamento es un tal González, pero aún no ha llegado. Está de camino. ¿Quiere saber una condenada cosa? Uno de los vecinos me ha contado que ya había instalado nuevas cerraduras en la mitad de los apartamentos y tenía previsto volver este fin de semana a cambiar los de la señora Millstein. Tal vez no habría servido de mucho, pero nunca se sabe. Eso es lo que se leerá en todos los periódicos mañana.

Robinson hizo un rápido gesto con la mano hacia los periodistas y cámaras para indicarles que ya iba. Luego bajó la voz y dijo a la fiscal:

– Muy bien, nos abstendremos de mencionar lo de la cadena de oro con su inicial y la huella que el técnico ha recogido del cuello, al menos hasta que podamos cotejarla con la de alguien.

Robinson vio a un par de detectives y varios agentes que regresaban por la esquina de The Sunshine Arms desde la parte trasera.

Uno de los detectives se acercó a la pareja.

– ¡Eh, Walter, hemos dado con la cajita! -dijo.

Robinson se lo presentó a Espy Martínez y luego dijo:

– ¿En el fondo del callejón?

– Eso es. En un cubo de la basura. Hemos tomado fotos y el tipo del laboratorio lo ha metido en una bolsa. Me parece que tendremos suerte, creo haber visto un poco de sangre en una esquina.

– ¿De qué se trata? -preguntó Espy Martínez.

– Un joyero de latón. Tampoco lo mencionaremos a la prensa, ¿de acuerdo? -dijo Robinson.

– Bien. De todos modos preferiría que hablase usted con ellos.

Robinson afirmó con la cabeza.

– Está bien -sonrió de nuevo e hizo una broma-: Eh, no es peor que ir al dentista.

El detective le dio un ligero toque en el codo y luego los dos se adentraron en el repentino resplandor de los focos de las cámaras.

5 Cazadores y cazados

Simon Winter estaba sentado junto al teléfono, marcando con un dedo los dígitos de aquella difícil llamada. Aunque la luz del sol de mediodía era espléndida, tenía la sensación de estar a punto de entrar en una habitación a oscuras sin saber dónde está el interruptor. No había dormido mucho, sólo un par de horas con intermitencias y pesadillas. El cansancio se mofaba de él, entorpeciendo sus movimientos. Miró otra vez por la ventana, a través del patio, donde una ligera brisa hacía vibrar la cinta amarilla de policía. Aquella tira de plástico, junto con un letrero rojo («Escena de un crimen – No pasar») pegado a la puerta de Sophie Millstein, eran la única indicación externa de lo que había ocurrido la pasada noche.

No sabía si estaba iniciando o finalizando algo, pero se consideraba obligado a hacer aquella llamada. Se sentía aturdido, casi mareado, pero intentó concentrarse cuando oyó la señal en el otro extremo.

Le respondió un distante «¿Sí?»

– ¿Es usted el rabino Chaim Rubinstein? -preguntó Winter.

– El mismo. Fui rabino pero ahora estoy retirado. ¿Y usted es…?

– Me llamo Simon Winter. Soy… -intentó pensar exactamente quién era- soy un amigo de Sophie Millstein.

– Siento informarle que Sophie ha muerto. -La voz del rabino sonó singularmente fría-. Fue asesinada anoche por un atracador. Un hombre que entró en su casa en busca de dinero para drogas. Eso es lo que pone el periódico.

– Lo sé. Soy su vecino.

– Entonces usted debe de saber más que yo. Y que los periódicos. ¿Qué quiere?

– La señora Millstein vino a verme apenas unas horas antes de su muerte. Estaba asustada y tenía la intención de contarle a usted algo. A usted y a dos amigos, el señor Silver y la señora Kroner. ¿No habló con usted ayer noche?

– No, no hablé con ella. ¿Contarnos algo? ¿Sabe qué era? -La voz del rabino se elevó ligeramente, impulsada por una súbita inquietud.

– Que había visto… -Se corrigió-: Que creía haber visto a un hombre al que llamó…

El rabino le interrumpió:

– Der Schattenmann.

– Sí, exacto.

Hubo un silencio en la línea.

– ¿Rabino? -preguntó Winter.

Winter percibió una tensa vacilación antes de que el rabino pronunciase una frase lapidaria:

– Acabará matándonos a todos.

El rabino Chaim Rubinstein vivía en un modesto piso de un edificio enclavado en la acera equivocada de Ocean Drive, puesto que sus vistas al mar quedaban casi completamente bloqueadas por dos edificios más grandes e imponentes. Winter vio que incluso desde los mejores apartamentos sólo se podía vislumbrar una fina línea azul pálido. Por otra parte, no había nada que distinguiese al viejo edificio de las docenas iguales que se alzaban por doquier en Miami Beach, extendiéndose por Fort Lauderdale y Delray hasta Palm Beach, excepto su nombre: The Royal Palm. Por supuesto, no había nada de realeza en el edificio, ni ninguna alta palmera, excepto una pequeñita que, plantada en una maceta, se inclinaba en el vestíbulo.

Winter subió en el ascensor hasta el sexto piso y salió a un pasillo. Una música irritantemente insulsa sonaba por los minúsculos altavoces de un hilo musical instalado en el techo. El pasillo mostraba una uniformidad deprimente: alfombra beis, empapelado floreado en las paredes, una serie interminable de puertas blancas que se distinguían sólo por los números de latón dorado que tenían en el centro.

Llamó a la puerta del 602 y esperó. Escuchó cómo quitaban los cerrojos y la puerta se abrió unos centímetros, asegurada con una cadena.

– ¿Señor Winter?

– ¿Rabino?

– ¿Puede mostrarme alguna identificación que incluya una foto suya?

Simon asintió y le enseñó su permiso de conducir.

– Gracias -dijo el rabino tras examinarlo. Cerró la puerta y quitó la cadena. Luego la abrió.

– Pase. Gracias por venir.

Se estrecharon la mano. Rubinstein era un hombre bajo y delgado, pero de ojos vivaces. Lucía una enmarañada melena gris que le caía por encima de las orejas, y unas gafas de montura negra ajustadas en la punta de su nariz. Observó a Winter un momento y luego lo condujo al salón.

La anciana pareja estaba sentada en un sofá blanco, detrás de una mesilla de cristal, esperándole. Se levantaron cuando entró.

– Le presento al señor Irving Silver y la señora Frieda Kroner -dijo el rabino.

Winter se adelantó y les estrechó la mano. La señora Kroner, de complexión robusta, vestía pantalones blancos y un jersey voluminoso que la hacía parecer que doblase en tamaño al rabino. Se sentó enseguida otra vez y le sirvió una taza de café. Silver era un hombre bajo y rechoncho, casi calvo, y empezó a tamborilear nerviosamente los dedos sobre la rodilla cuando volvió a sentarse en el sofá. Winter miró alrededor disimuladamente. Vio unas estanterías llenas de libros y rápidamente leyó algunos títulos. Había algunos en hebreo, muchos versaban sobre diversos aspectos del Holocausto, y también había algunas novelas de misterio. El rabino le miró con el rabillo del ojo y dijo:

– Ya ve, paso la mayor parte del tiempo estudiando y aprendiendo, señor Winter. Intento comprender aquellos acontecimientos de los que formé una minúscula parte. Es a lo que dedico mi retiro. Pero a veces también me gusta leer algo de Stephen King. Sus obras no son tan terribles. Todos los monstruos sobrenaturales y las cosas malvadas que escribe no existen en la realidad, ¿sabe? No son reales y, aun así, hace que lo parezcan y por ello son más interesantes. A todos nos gusta un buen susto de vez en cuando, ¿no es así? Es entretenido.

– Supongo -repuso Winter.

– Algunas noches es más fácil leer novelas de terror salidas de la imaginación y la fantasía de un hombre, que estudiar los horrores ocurridos en la realidad -dijo señalando la hilera de libros acerca del Holocausto.

El viejo detective asintió.

– O que aún suceden -añadió el rabino, y le indicó que se sentase en una silla.

La señora Kroner le alargó la taza de café solo. No le preguntó si le apetecía azúcar o crema. Irving Silver se removía en su asiento y se inclinaba hacia delante. Su mano temblaba ligeramente cuando depositó nerviosamente su taza en la mesilla. Winter vio una lívida contención en el rostro de Silver cuando miró al rabino con gesto de apremio. El rabino asintió y luego preguntó:

– Entonces, explíquenos, señor Winter. Explíquenos lo que Sophie le contó a usted.

El rabino tenía una voz extraña, de aquellas que empiezan en tono grave y van agudizándose con cada palabra, de modo que al final de su pregunta su voz era aguda e insistente.

– Sólo puedo repetirle lo que ya le conté por teléfono, rabino. Acudió a mí presa del pánico. Creía haber visto a aquel hombre que ella recordaba de hace cincuenta años. Sentía que era responsabilidad suya prevenirles a ustedes tres. Y después, horas más tarde, fue asesinada…

– Sí, el yonqui -interrumpió Silver. Su voz era estridente-. ¿No es así como llaman a los drogadictos? Lo hemos leído en el periódico. También lo han dicho en las noticias del mediodía. ¡Forzó la entrada, entró y luego la mató para robarle su dinero! La policía le está buscando. ¡No hacen mención alguna de Der Schattenmann!

El rabino fulminó con la mirada a Silver y preguntó a Winter:

– Entonces, qué seguridad tenía Sophie, que en paz descanse, acerca del hombre que vio.

Winter dudó antes de responder, viendo la ansiosa expectación reflejada en los tres rostros. Tenía la impresión de estar adentrándose en un argumento ya iniciado y cuyas claves él desconocía, lo cual era precisamente el caso.

– Al principio, cuando llamó a mi puerta presa del temor, parecía muy segura de ello. A medida que se fue calmando también pareció menos segura.

Fue interrumpido bruscamente:

– ¿Lo veis? -exclamó Irving Silver-. ¡Ella no estaba segura! ¡Ninguno de nosotros lo sabe con seguridad!

El rabino movió la cabeza lentamente.

– Por favor, Irving, deja que el señor Winter termine. Tenga paciencia con nosotros, señor Winter. Nos cuesta creer que ese hombre esté aquí.

– Tendría que estar muerto -dijo Silver-. Y en caso contrario, ¿por qué está aquí? ¡No, él tiene que estar muerto! ¡No puede haber sobrevivido!

Frieda Kroner frunció el ceño al señor Silver. Luego habló con un ligero acento alemán.

– ¡Él está aquí, viejo chocho! ¿Dónde más podría estar?

– Pero nosotros somos la gente que él una vez…

– Así es -dijo ella fríamente-. Hace tiempo mató a muchos de nosotros y ahora lo está haciendo de nuevo. Era de esperar. ¿Por qué te sorprende? ¿Acaso crees que un hombre que odia tanto se detiene alguna vez? Pobre Sophie. Cuando él la vio, ya no tuvo ninguna oportunidad. Nadie la tuvo nunca.

Una lágrima resbaló por su redonda mejilla. Se reclinó en el respaldo del sofá, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho, y rompió en quedos sollozos.

Winter alzó una mano.

– Señora Kroner… no hay ningún indicio de que otra persona, aparte del sospechoso que la policía está buscando, esté implicada en la muerte de Sophie…

– Si él la vio, él la mató. Y eso es lo que sucedió.

La mujer habló con amarga rotundidad, obligando a Winter a dudar. Un cúmulo de preguntas se agolpó en su mente, mientras se aconsejaba ir con pies de plomo, paso a paso.

– Había una carta. Sophie me dijo que un tal Herman Stein se había suicidado. ¿Él también había visto a ese hombre?

De nuevo se produjo un silencio.

El rabino asintió con la cabeza levemente.

– Lo hablamos, pero no nos pusimos de acuerdo. Cuesta mucho creerlo.

– ¿Conserva usted la carta?

– Sí. -Alargó el brazo y cogió La destrucción de los judíos europeos, de Raul Hilberg, que descansaba junto al servicio de café. La carta estaba en el interior del libro. Se la entregó a Winter, que rápidamente leyó:

Rabino:

Tengo noticias suyas a través del rabino Samuelson del templo Beth-El. Él fue quien me dio su nombre y me dijo que usted había sido en otro tiempo berlinés, como yo fui hace muchos, muchos años.

Tal vez recuerde a un hombre que conocimos en aquellos tristes días: Der Schattenmann. Fue quien descubrió a mi familia cuando nos ocultamos en la ciudad en 1942. Él se quedó observando cómo nos deportaban a Auschwitz.

Pues bien, suponía que ese hombre había muerto, junto con los demás. ¡Pero no es así! Hace dos días asistí a una gran reunión de la Asociación de Copropietarios de Surfside y le vi entre el público, ¡sentado dos filas detrás de mí! Él está aquí. Estoy completamente seguro.

Rabino, ¿a quién debo llamar?

¿Qué debo hacer?

No está bien que este hombre siga vivo y me siento en la obligación de hacer algo. Las preguntas oscurecen mi mente y la nublan de temores. ¿Puede usted ayudarme?

La carta manuscrita estaba firmada por Herman Stein, e incluía su dirección y número de teléfono.

Simon alzó la vista.

– ¿Cuándo llegó esta carta?

– Tres días después de la muerte del señor Stein. Desde Surfside, que no está lejos, no es Alaska ni el polo Sur, pero el servicio postal no entregó la carta hasta tres días después de que fuera franqueada. Así es como sucedió. -Los labios del rabino temblaron ligeramente-. Y ya era demasiado tarde para ayudar al pobre señor Stein.

– ¿Y usted qué hizo?

– Me puse en contacto con la policía. Y llamé al señor Silver y la señora Kroner, y por supuesto a su vecina.

– ¿Y qué dijo la policía?

Hablé con un detective que se quedó una fotocopia de la carta, pero me explicó que el señor Stein, al que yo no conocía, vivió solo muchos años y todos sus vecinos estaban preocupados por él porque últimamente se lo veía muy triste y alicaído. Hablaba solo…

– Actuaba como un chiflado, como si ya no le importara vivir -dijo Frieda Kroner.

El rabino asintió.

– El detective me contó que el señor Stein escribió una nota de suicidio antes de dispararse y que eso era todo. No podía ayudarme más. Era un hombre agradable, aquel detective, pero creo que estaba demasiado ocupado con otros asuntos más urgentes. Me mostró la nota de suicidio del señor Stein.

– ¿Se acuerda qué ponía?

– Por supuesto. ¿Cómo podría olvidarme de una cosa así? Conservo aquellas palabras en mi memoria. Era una sola frase: «Estoy cansado de vivir, echo de menos a mi amada Hanna y por eso ahora voy a reunirme con ella.» Se disparó en medio de la frente.

– ¿La frente?

– Eso me dijo el detective. Aquí. -Se golpeó ligeramente encima del entrecejo.

– ¿Está usted seguro? ¿Leyó usted el informe del detective acerca de la escena del crimen? ¿Le mostraron alguna fotografía? ¿Vio el protocolo de la autopsia?

El rabino alzó una ceja ante la rápida batería de preguntas.

– No. Simplemente me lo dijo. No me mostró nada. ¿Un protocolo?

Simon Winter fue a formular otra pregunta, pero se detuvo. Pensó: «La frente, no la sien.» Tampoco la boca, como había escogido él en aquellos momentos que ya le parecían tan lejanos. Intento visualizarse sosteniendo una pistola en esa posición, contra el entrecejo. Era extraño, no imposible ni improbable, pero era extraño. Y ¿por qué alguien cometería un suicidio extraño? Probablemente el rabino había entendido mal la explicación del detective.

El rabino le miró con ceño.

– ¿Usted entiende de estas cosas, señor Winter?

– Sí. Durante veinte años fui policía de la ciudad de Miami. Me retiré a Miami Beach hace unos años. Ya hace mucho tiempo de eso, pero sí, aún entiendo de estas cosas, rabino.

– ¿Era policía? -Silver se asombró-. ¿Y ahora?

– Ahora sólo soy un anciano más en Miami Beach, señor Silver.

El rabino dejó escapar un bufido.

– Por eso Sophie acudió a usted.

– Sí, supongo. Ella estaba asustada y sabía que yo tengo un revólver. -Inspiró hondo-. Pensó que tal vez yo podría ayudarla.

– Yo también quiero un revólver. ¡Y creo que todos deberíamos procurarnos uno para defendernos! -dijo Silver desafiante.

– ¿Y qué sé yo de armas? -terció Frieda Kroner-. ¿Y qué sabes tú, viejo loco? Lo más probable es que acabaras pegándote un tiro, o a tu vecino, o al chico de los recados de la farmacia que te trae la medicación para el corazón.

– ¡Sí, pero tal vez le dispare primero a él, cuando venga a por mí!

Esta afirmación produjo un denso silencio en la habitación.

Simon observó atentamente los tres rostros que tenía ante él.

El rabino parecía exhausto por el temor y la tristeza. Los ojos de la señora Kroner reflejaban una mezcla de desesperación y desafío, mientras que Silver, con su carácter irascible, ocultaba el miedo que sentía.

– Tiene que perdonarnos, señor Winter -dijo el rabino-. Sophie era nuestra amiga y estamos de duelo por ella. Pero también estamos muy preocupados, y ahora creo que también asustados.

– No tiene que disculparse, rabino. ¿Pero por qué está usted tan convencido de que aquel hombre del pasado la asesinó? La policía tiene un testigo, un vecino que vio al agresor escapando del lugar. Un joven negro.

– ¿Y usted se lo cree? -saltó Irving Silver.

– Tienen a un testigo presencial. Vio al hombre en un callejón -repuso Winter.

El rabino meneó apesadumbrado la cabeza.

– Estoy confuso, señor Winter. Y la confusión sólo parece llevarme hacia más incertidumbres y miedos. El señor Stein dice que ve a Der Schattenmann y luego muere. Un suicidio. Sophie dice que ve a Der Schattenmann y muere. Asesinada por un desconocido de raza negra. Eso para mí es un misterio, señor Winter. Usted es el detective. Díganos: ¿pueden ocurrir estas extrañas coincidencias?

Simon reflexionó antes de responder.

– Rabino, durante muchos años fui detective de Homicidios…

– ¡Sí, sí, pero responda la pregunta! -se soliviantó Silver. Y fue a proseguir, pero Kroner le dio un codazo en las costillas.

– ¡Deja hablar a este hombre! -siseó ásperamente.

Simon dejó que la tranquilidad volviese a reinar mientras consideraba su respuesta.

– Le diré algo: las coincidencias ocurren. Fantásticas e increíbles coincidencias. Todos los detectives recuerdan sucesos sorprendentes, cosas que nadie podría haber anticipado ni en un millón de años. Para quienes trabajan en Homicidios estas cosas, aunque no comunes, por lo menos son familiares. No obstante, ustedes deberían comprender que la inmensa mayoría de las muertes son perfectamente explicables. Es importante que primero siempre busquemos la respuesta más sencilla, porque suele ser la verdadera causa de la muerte.

– Así que lo que está diciendo es que… -repuso Silver.

– ¡Deja que termine, caramba! -le espetó Frieda y de nuevo le dio un codazo-. ¡Eres un viejo maleducado!

– Gracias, señora Kroner, pero ya había terminado.

Rubinstein asentía con la cabeza.

– Lo que está diciendo es que sí, que podría ser lo que parece: un suicidio y un asesinato cometido por un marginado.

– Así es.

De nuevo se hizo el silencio en la estancia.

– ¿Se ha formado una opinión al respecto, señor Winter? -preguntó Frieda.

– Tengo algunas preguntas, señora Kroner. Y creo que sería conveniente despejar todas las dudas posibles, porque en estos momentos hay demasiadas. Al margen de cómo murieron Sophie y el señor Stein, creo que a los tres les será difícil seguir con su rutina cotidiana si, a cada momento, piensan que están siendo acechados por ese tipo. Si es que existe.

Ella asintió y el rabino también.

– Yo aún quiero una pistola -murmuró Irving Silver.

Todos lo miraron. Winter vio que afloraban lágrimas en los ojos de Silver, que empezó a mover la cabeza lenta, casi imperceptiblemente, como si intentase librarse de todos los miedos que lo acuciaban.

El rabino se inclinó hacia delante, mesándose su enmarañada mata de pelo con ambas manos. Hinchó sus mejillas y luego soltó el aire despacio. Entonces miró a Simon.

– ¿Nos ayudará, señor Winter?

Simon sintió un súbito rechazo interior. Miró a aquellos tres ancianos y recordó la mano temblorosa que su vecina había apoyado en la suya, cuando había interrumpido su propia muerte para ir a abrirle la puerta. Vio un tatuaje azul parecido al de Sophie en el antebrazo del rabino, y sospechó que bajo el holgado jersey blanco de la señora Kroner y de la camisa suelta a cuadros del señor Silver también encontraría lo mismo. Pensó: «Prometí ayudarla y luego no lo hice.» Y aquella promesa aún persistía en su interior. Por tanto, respondió:

– Lo intentaré, rabino. Aunque no estoy muy seguro de qué puedo hacer…

– Usted sabe cosas que nosotros ignoramos. Muchas cosas.

– Ya hace mucho tiempo de eso.

– ¿Acaso se olvidan esa clase de cosas? ¿Esas técnicas?

– No.

– Entonces podrá ayudarnos.

– Eso espero.

Los tres ancianos intercambiaron rápidas miradas.

– Creo que necesitamos ayuda. Tal vez más de lo que nos imaginamos, señor Winter -aseveró la señora Kroner.

– Pues yo quiero un arma -se obstinó Silver-. Si entonces hubiésemos tenido armas…

– ¡Entonces los nazis nos habrían disparado allí mismo!

– ¡Tal vez habría sido mejor!

– ¡Qué cosas dices, viejo loco! ¡Sobrevivimos! ¡Y ahora el mundo no olvida!

– Tal vez no olvida, pero ¿acaso ha aprendido algo?

Irving Silver y Frieda Kroner se miraron. El rabino suspiró.

– Siempre están así -dijo a Winter-. Tiempo atrás, cuando éramos demasiado jóvenes, nos vimos atrapados en aquellos terribles acontecimientos y ahora discutimos. Incluso los eruditos discuten. Pero nosotros estábamos allí, y formamos parte de algo que es más que sólo historia.

– Y él también… -gruñó Irving.

El rabino miró a los demás.

– Eso es cierto -dijo-. Él forma parte de esa historia tanto como cualquiera de los que murieron o sobrevivieron.

– Y él tampoco ha olvidado -añadió Irving.

– No, creo que no.

Frieda empezó a secarse los ojos dándose toquecitos con una servilleta.

– Si él está aquí…

– Y si nos encuentra… -añadió Silver.

– Lo más probable es que nos mate.

Simon alzó una mano.

– ¿Pero por qué? ¿Y por qué mataría o quería matar a Sophie y al señor Stein? Aún no lo han explicado. -Tan pronto hubo formulado la pregunta, se dio cuenta de que había entrado en un terreno regido por la historia y los recuerdos, oscuro por los bordes, negro como boca de lobo en su núcleo.

– Porque… -empezó el rabino tras un momento de silencio- porque somos las únicas personas que podemos levantarnos y señalarle con el dedo.

– Llevarlo ante la justicia -aclaró Frieda.

– ¡Si es que está aquí! ¡Pero no puedo creerlo! ¡No lo creo en absoluto! -Irving se palmeó la rodilla, rabioso. Los otros le miraron severamente.

– Pero en el supuesto caso de que así sea, ¿usted le reconocería? -le preguntó Simon.

Irving Silver se tomó su tiempo para responder. El ex detective vio que se agitaba, pasando apuros para responder.

– Pues sí -afirmó por fin-. Yo también vi su rostro durante unos segundos. Nos quitó el dinero a mi hermano y a mí.

– Fue mi padre -dijo el rabino en voz baja-. Fue mi padre quien lo reconoció cuando íbamos en un tranvía. Mi padre me obligó a apartar la cara pero yo también le vi. Yo era tan joven…

Frieda Kroner movió la cabeza apesadumbrada.

– Yo era muy joven también, como el rabino y Sophie. Éramos poco más que unos niños. Nos atrapó en el parque. Era primavera y la ciudad estaba llena de escombros y muerte, pero aun así era primavera y mucha gente había salido a la calle, para disfrutar de un día hermoso. También mi madre y yo salimos, porque era importante comportarnos como los demás. Antes de la guerra, al buen tiempo lo llamaban «el tiempo del Führer», ¡como si el mismo Hitler pudiese gobernar los cielos!

Un nuevo silencio se adueñó de la habitación.

– Es difícil hablar de estas cosas -dijo el rabino.

Simon asintió.

– Ya -dijo-. Pero necesito saber más si he de ayudarles.

– Es razonable.

– Hay algo que no entiendo.

– ¿Qué es, señor Winter?

– Por qué quiere matarles. Por qué no se esconde simplemente. No sería difícil. No correría ningún riesgo. ¿Por qué no se contenta con desaparecer?

– Yo responderé a esto -dijo Frieda. Simon la miró-. Porque es un amante de la muerte, señor Winter.

Los otros dos asintieron con la cabeza.

– Mire, señor Winter, lo que le diferencia de los demás, el motivo de que nos tuviera aterrorizados a todos, era que sabíamos que él lo hacía no porque creyese que si colaboraba conservaría la vida, ni para proteger a su familia (otra excusa que se oía por entonces), sino porque disfrutaba haciéndolo. -Se estremeció-. Y porque haciéndolo era mejor que cualquier otro.

– Iranische Strasse -murmuró el rabino Rubinstein. Esta vez su voz no se elevó, sino que permaneció grave y áspera-. La Oficina de Investigación Judía. Allí era donde la Gestapo vigilaba a los cazadores, que a su vez nos vigilaban a nosotros.

– Se quitaban sus estrellas y luego salían a cazarnos -recordó Irving.

– Verá, en Berlín el propio Himmler prometió en un programa de radio que convertiría la capital del Reich en una ciudad Judenfrei, libre de judíos -añadió el rabino-. Pero no lo fue. Nunca lo fue. ¡Cuando llegaron los rusos había aún unos mil quinientos de nosotros escondidos en los escombros! ¡Mil quinientos de ciento cincuenta mil! Pero estábamos allí cuando los tanques soviéticos entraron atronadores y los nazis fueron barridos a plomo y fuego. ¡Berlín nunca fue Judenfrei! ¡Nunca! ¡Aunque sólo hubiese habido uno de nosotros, no habría sido una ciudad Judenfrei!

Simon asintió.

– Pero este hombre…

Frieda habló rápidamente.

– Der Schattenmann cubría su rastro mejor que cualquier otro cazador. Se decía que si le veías, después morías. Si escuchabas su voz, después morías. Si le tocabas, después morías… -dudó un instante y añadió-: en los sótanos de la prisión Plotzensee. Era un lugar terrible, señor Winter, un lugar donde la muerte más horrible era la norma, y donde los nazis crearon incluso formas peores de morir. Potros de tortura, ganchos para la carne, guillotinas y garrotes, señor Winter.

– Se decía que los suyos serían los últimos ojos vivos que verías. Su aliento en tu mejilla sería tu último recuerdo -explicó Irving con voz átona.

– ¿Y cómo lo sabían?

– Una palabra por aquí, una conversación por allá -dijo Frieda-. Se rumoreaba. La gente hablaba. Un tendero a un cliente. Un inquilino a un casero. Una palabra suelta oída en un parque o un tranvía. Y luego las madres advertían a sus hijas, como hizo la mía. Los padres a sus hijos. Así es como supimos de Der Schattenmann. -Respiró hondo, como si aquellas palabras le doliesen físicamente.

– Pero ustedes y el señor Stein… Y Sophie. Todos ustedes sobrevivieron…

– Mera suerte -dijo el rabino-. ¿Accidente? ¿Error? Los nazis eran sumamente eficientes, señor Winter. Ahora, algunas veces, revisando la Historia, nos parecen superhombres. ¡Pero muchos eran burócratas, oficinistas y chupatintas! Y así, en lugar de ir a parar a los sótanos, algunos de nosotros fuimos metidos en trenes con destino a los campos.

Irving Silver estalló en un sollozo. Tenía los ojos enrojecidos y se tapó la boca con la mano, como si quisiera evitar pronunciar lo que iba a decir. De nuevo respiraba con dificultad.

– Mi hermano… -farfulló, tras un puño cerrado tapándose los labios- fue a parar al sótano.

Los otros permanecieron en silencio.

– Oh, pobre Martin… Mi pobre hermano Martin. -Tras un instante, paseó su mirada por los demás-. Lo siento -se disculpó-. Es muy duro recordarlo, pero tenemos que recordar. -Inspiró profundamente-. Todo radica en conservar la memoria -prosiguió-. Nosotros recordamos, y también Der Schattenmann. Él debía de creer que nos había matado a todos, y ahora querrá terminar su trabajo. Por entonces éramos casi unos niños, señor Winter, y tal vez eso nos salvó de él. Mi hermano mayor era una amenaza, así que…

– Y mi padre -murmuró el rabino.

– Y mi madre -añadió Frieda Kroner.

– Tenga por seguro, señor Winter, que no es tan sorprendente -observó Rubinstein-, como bien dice Frieda. Si nosotros no conocemos la paz porque aún está vivo en nuestras memorias, ¿por qué en su caso habría de ser distinto?

Irving alargó la mano y estrechó la de Frieda. Ella asintió con la cabeza.

Simon se sintió como si de pronto le hubiera atrapado una fuerte corriente que le arrastrase hacia mar abierto, lejos de la costa. Pensó: «Todos los detectives trabajan con la memoria, puesto que un crimen se parece a otro. Incluso cuando se trata del crimen más excepcional, hay rasgos comunes con alguno anterior: un móvil como la avaricia; un arma como un cuchillo; pruebas: huellas digitales, rastros de sangre, fibras o muestras de pelo, lo que sea. Y todos esos cabos sueltos conducen al punto común de los crímenes en general.» Pero lo que acababan de contarle era una clase de crimen que desafiaba cualquier clasificación.

Hizo una pausa antes de decir:

– Creo que necesitaré saber más cosas de ese hombre. ¿Quién era? Seguramente alguien sabía su nombre, de dónde procedía, algo sobre su familia…

Se produjo otro silencio antes de que Frieda respondiese:

– Nadie estaba seguro de ello. Era diferente de los demás.

– Era diferente -añadió el rabino Rubinstein despacio-, porque era como un cuchillo en la oscuridad. A los otros la gente los conocía, ¿entiende? Si el cazador te conocía, entonces lo más probable es que tú conocieses al cazador. Tal vez de la sinagoga o del edificio de apartamentos, o de la consulta del doctor o del patio de la escuela, de alguna parte antes de que la promulgación de las leyes raciales se llevara a efecto. De esta manera, si estabas alerta, tal vez podías permanecer… ¿cómo decirlo? ¿Un paso por delante? Tenías la posibilidad de esconderte. O echar a correr, o sobornarles. Eran traidores, pero algunos, incluso casi al final, algunos aún conservaban alguna clase de sentimientos… -El rabino exhaló el aire lentamente- Pero nadie sabía quién era él. Era como si los nazis hubiesen inventado un golem. Un espectro, una especie de sombra.

– ¿Puede describirle?

– Era alto como usted… -empezó Frieda, pero Irving negó con la cabeza y agitó la mano.

– No, Frieda, no. Era un hombre menudo como un hurón. Y más mayor, más maduro que…

– No -terció el rabino-. Tenía que ser joven para seguir vivo hoy en día. Joven y fuerte, inteligente y ambicioso.

Se miraron y guardaron silencio.

– Éramos casi unos niños -explicó Rubinstein-. Nuestros recuerdos…

– Yo era pequeña, como Sophie -dijo Frieda-. Todos los hombres me parecían altos.

– Mi hermano Martin era fuerte y alto, y por eso yo pensaba que todos los que no eran como él eran bajos.

– ¿Se da cuenta, señor Winter? -dijo el rabino-. Der Schattenmann era mejor que cualquiera de la Gestapo. Era como un fantasma. Allá por donde anduviese había oscuridad, incluso en pleno día. Justo como un… ¿cómo lo dirías, Irving?

– Una quimera.

– Y todos sabíamos -dijo el rabino fríamente- que si te encontraba, entonces no podrías esconderte.

– ¿Pero no podían sobornarle?

– Sí y no -dijo Irving-. Tal vez escuchabas una voz en algún callejón oscuro y le prometías tu dinero, y tenías que entregárselo a él. Pero luego la Gestapo venía de todas formas, y la persona que creía haber comprado a Der Schattenmann era llevada a los sótanos y su familia metida en el siguiente tren a los campos. Él cubría sus pistas. Si te encontraba, eras hombre muerto.

Frieda Kroner lanzó una exclamación al recordar algo, pero levantó la mano y no habló cuando los demás se volvieron hacia ella.

– Pero Sophie. Ustedes tres. El señor Stein. Ustedes sugieren que…

– Errores. Errores -dijo el rabino-. Se suponía que no iba a sobrevivir nadie, pero algunos lo hicimos. Somos un error. Y ahora, cincuenta años después, ese error va a ser enmendado.

Irving se estremeció y Frieda se secó los ojos.

Simon asintió. Le costaba entender aquel miedo casi palpable, pero sabía que llenaba la habitación. Miró alrededor y se fijó en todas las cosas simples y cotidianas que había en el apartamento del rabino: una gran menorah de latón, fotografías de amigos y familia, un mantel de elegante bordado… Pero todos esos objetos parecían oscurecidos por un turbio recuerdo, y el aire impregnado por un hedor tóxico.

El rabino se reclinó pesadamente.

– Es muy duro ser viejo y tener que recordar estas cosas -dijo-. Es como descubrir una nueva dolencia… Había olvidado lo que era sentirse cazado.

Los otros asintieron con pesadumbre.

Simon quiso tocar el brazo del rabino para confortarlo un poco, pero no lo hizo.

– Hay algo más que no comprendo -dijo entonces-. ¿Por qué ha venido aquí? En Miami Beach hay muchos supervivientes del horror nazi, es el lugar donde hay más probabilidades de que alguien lo reconozca. ¿Por qué no está en Argentina o en Rumania u otro lugar más seguro?

Irving Silver negó con la cabeza.

– Es aquí donde él se siente más seguro.

– ¿Pero cómo?

– Usted no lo entiende -dijo Rubinstein, empezando lentamente pero acelerando sus palabras mientras hablaba-. ¡Der Schattenmann no era un nazi! ¡No era de la Gestapo ni de las SS! ¡Era un judío como nosotros! ¡No había ninguna organización Odessa ni ningún grupo Cruz de Hierro que le ayudase a llegar a un lugar seguro después de la guerra! ¡Sólo se tenía a sí mismo!

– Pero, ciertamente, hubo organizaciones. La Cruz Roja. Grupos que ayudaron a personas desplazadas…

– ¡Por supuesto! ¡Así es como yo llegué aquí!

– Y yo -dijo Frieda.

– Yo no. Yo tenía parientes lejanos que me ayudaron -dijo Irving-. Pero ¿quién ayudó a Der Schattenmann? No fueron los rusos. Ellos le habrían fusilado sin juicio. Entonces ¿quién?

– Díganmelo ustedes -dijo Winter.

– Su propia gente. La misma gente a la que había traicionado -dijo Silver.

– Pero no si sabían quién era él, ¿verdad?

– Por supuesto. ¿Acaso los Kapos de los campos no fueron entregados a las autoridades? -replicó Silver.

Rubinstein asintió dándole la razón.

– Pero él habría sido consciente de aquel peligro -añadió.

– ¿Entonces qué me están diciendo que hizo?

Los tres ancianos se removieron en sus asientos y se miraron entre sí. Por un momento Winter pudo escuchar sus respiraciones. Era como si estuviesen debatiendo y evaluando su pregunta, pero sin palabras ni gestos. Simplemente dejando que sus pensamientos se mezclaran y resultase una única conclusión.

El rabino se pasó una mano por el mentón.

– Se hizo pasar por uno de nosotros. Un superviviente.

Frieda Kroner asintió con la cabeza.

– Por supuesto. Era su única escapatoria.

– ¿Pero cómo podía fingir eso?

Irving Silver frunció el ceño.

– ¡Él era Der Schattenmann! ¡Podía hacer lo que quisiera!

– Pero… -Winter dudó- seguro que había otros como él. ¿Les capturaron?

– ¿Usted cree? No como él, desde luego.

– ¿Pero por qué aquí?

– Porque nosotros somos su gente.

– Nadie nos conoce mejor que él. Por esa razón tuvo tanto éxito. ¿Por qué habría de temernos?

El rabino se levantó y cogió La destrucción de los judíos europeos de la mesa. La carta de Stein cayó al suelo, pero nadie se movió para recogerla. El pesado libro se balanceó en sus manos. No lo abrió, y Winter se dio cuenta de que el anciano rabino podía recordar de memoria todo lo que se contaba en aquel libro.

– Si recuerdas aquellos tiempos… -empezó- recuerdas confusión y depravación. El Holocausto, detective, era como una gran maquinaría dedicada al exterminio de judíos. Pero para que los nazis pudieran llevar a cabo esta tarea (seguían hablando en todos sus discursos, propaganda y escritos acerca de la tarea «monumental» que llevaban a cabo) necesitaban ayuda. Y recibieron todo tipo de ayuda, desde todos los ámbitos…

– Empezando por el Papa, que no les condenó… -dijo Irving Silver.

– Y siguiendo por los Aliados, que no bombardearon los campos ni las líneas ferroviarias de Dachau y Auschwitz… -añadió Frieda Kroner.

– Y también de la gente no judía, los polacos, checos y rumanos, italianos, franceses y alemanes que observaban todo aquello. Realmente, de todo el mundo, detective; de una forma u otra, todos ayudaron. Inclusive algunos del mismo pueblo que intentaban exterminar.

Simon Winter permaneció sentado en silencio, escuchando.

– Así que considere Auschwitz, detective. Después de que los nazis hacían la selección, alguien tenía que cerrar las puertas de las cámaras de gas, y después alguien tenía que sacar los cadáveres. Alguien tenía que alimentar los hornos y alguien tenía que dirigir el trabajo de toda esa gente para que funcionase. Y a menudo, algunos de ellos éramos nosotros mismos.

El rabino se sentó pesadamente, con el libro apoyado en el regazo.

– Ayudamos, ya ve. Sólo para sobrevivir, haciendo lo que fuese para conservar la vida, y así ayudábamos perversamente a que aquel infierno funcionara… -Miró a la señora Kroner y al señor Silver-. ¿Habría sido más correcto, más ético, simplemente morir frente a tanta maldad, detective? Éstas son preguntas que aún quitan el sueño a los filósofos, y yo soy sencillamente un viejo rabino.

Calló y movió apesadumbrado la cabeza, respirando trabajosamente antes de proseguir.

– Todo es una locura, todo, detective. Mire el mundo en que vivimos. Algunos días piensas que todo aquello está tan lejano y tan atrás que puede que en realidad nunca haya sucedido, pero otros días, bueno, entonces sabes que todo está aquí mismo, aún vivo, igual de malvado y terrible, y esperando alzarse de nuevo… Der Schattenmann era el peor de todos nosotros -prosiguió el rabino-. Era peor que los nazis. Peor incluso que esas extrañas cosas malignas que a Stephen King le gusta pergeñar en su fantasía.

– Y ahora está aquí, entre nosotros. Como una infección -dijo Silver.

– ¿Acaso no ha habido siempre alguien como Der Schattenmann entre nosotros? -preguntó en voz baja el rabino. Nadie respondió.

– ¿Podrá encontrarle, detective? -suplicó Frieda Kroner suavemente.

– No lo sé.

– ¿Lo intentará?

– Si él está aquí. Si lo que ustedes sugieren es cierto…

– ¿Le buscará, señor Winter?

Simon sintió un vasto eco de tristeza en su interior. Y la respuesta pareció brotar a través de aquella oscuridad personal.

– Sí. Lo intentaré.

– Bien. Entonces le ayudaré, señor Winter -dijo Frieda.

– Yo también -dijo Irving.

– Y por supuesto yo también -dijo el rabino-. Haremos lo que podamos.

Frieda Kroner asintió, se inclinó hacia delante y se sirvió otra taza de café. Simon la observó beber un largo sorbo de la oscura infusión. Ella sonrió, aunque fríamente.

– Muy bien. Y cuando le encuentre, detective, con nuestra ayuda, entonces le matará.

– ¡Frieda! -exclamó Rubinstein-. ¡Piensa en lo que dices! ¡Nuestra religión habla de perdón y comprensión! ¡Ésta ha sido siempre nuestra forma de ser!

– Tal vez sea así, rabino. Pero mi corazón habla por todos los que él traicionó y murieron por su culpa. Piense primero en ellos, y luego hábleme de perdón. -Se dirigió a Simon-. Preferiría hablar de justicia. Encuéntrele y mátelo -pidió.

Irving se inclinó hacia delante.

– Yo le ayudaré y haré lo que sea. Todos lo haremos. Pero Frieda tiene razón. Encuéntrele y mátelo, señor Winter. -Inspiró hondo y añadió-: Por mi querido hermano Martin y mis padres y todos mis primos…

Frieda Kroner añadió su propia enumeración:

– Y mi hermana, su marido, mis dos sobrinas y los abuelos y mi madre, que intentó con todas sus fuerzas salvarme a mí y a los demás…

Simon no respondió. Miró al rabino, que estaba observando a los otros dos, y vio que su mano parecía temblar mientras sujetaba el libro en su regazo.

Irving Silver habló sin rodeos:

– Mátelo, detective. Y entonces habrá una pesadilla menos en el mundo. Mátelo.

Y el rabino asintió con la cabeza.

6 Oraciones para los muertos

Simon Winter se removió incómodo en la silla plegable metálica mientras un joven rabino hablaba en el cementerio. Aunque los asistentes estaban protegidos bajo un dosel verde oscuro proporcionado por la funeraria, el persistente calor del mediodía se abría paso inoportunamente entre los asistentes al funeral. En su mayoría eran ancianos y los oscuros y gruesos trajes que vestían parecían desprender vapor al sol de mediodía. Simon sintió un apremiante impulso de aflojarse la corbata, ceñida bajo el blanco cuello almidonado de la camisa, la única de vestir que le quedaba. Al mirar alrededor pensó: «Parece que todos estemos a punto de reunirnos con Sophie Millstein en su ataúd.» Le asombró ligeramente la irreverencia de su ocurrencia, pero se perdonó con la irónica constatación de que no pasaría mucho tiempo antes de que él mismo estuviese vestido de aquella manera en una caja o reducido en alguna urna, con alguna otra persona que no conociese y que no le importaría que reposase sobre su cabeza.

El rabino, un hombre bajo y rechoncho que bregaba duramente contra el sudor que se acumulaba en su apretado cuello, alzó la voz:

– Esta hermana, Sophie Millstein fue empujada al infierno sólo para resurgir de nuevo a través de la divinidad y la devoción, como un fénix; fue la amada esposa de Leo y la adorada madre de un hijo brillante, Murray…

La voz del joven religioso era afilada como una aguja. Las palabras parecían clavarse en el aire inmóvil. Los ojos de Winter recorrieron la extensión de cielo azul apagado, buscando en el horizonte algún cúmulo de nubes que pudiesen traer la promesa de una tormenta vespertina y el alivio de una lluvia persistente. Pero no vio nada e inhaló profundamente, respirando un aire tan caliente y pesado como el humo.

Puesto que estaba sentado solo, cerca de la última fila de los congregados, se reprochó el hecho de permitir que el calor le distrajese.

«Él podría estar aquí -se dijo-. Por ahí, justo fuera del alcance de tu vista, oculto en la sombra de aquellos árboles. O sentado cabizbajo en una fila lateral, actuando como un doliente profesional. Si él está cazando, éste sería el primer lugar que inspeccionaría, entre los viejos amigos de Sophie. Pero lo que no sabe es que alguien le está buscando.»

Interrumpió sus elucubraciones y dejó que cierta duda penetrara en sus pensamientos: «Si es que en realidad existe.»

Junto a él, el señor Finkel y los Kadosh prestaban una arrobada atención a las palabras del rabino. La señora Kadosh estrujaba un pañuelo blanco de lino en la mano, que alternativamente utilizaba para secarse los ojos y el sudor de la frente. Su marido sostenía un programa impreso, enroscándolo fuertemente y luego extendiéndolo, alisando sus páginas. Ocasionalmente lo movía ante él para darse aire en un vano intento por mitigar el bochorno.

Los otros residentes de los apartamentos The Sunshine Arms estaban también presentes. Winter vio que el señor González, el casero, mantenía la cabeza inclinada durante la eulogia del rabino. Su hija le había acompañado al servicio religioso; tan alta como su padre, vestía un fino vestido negro que, pensó Simon, habría servido tanto para asistir al estreno de una ópera como a un funeral.

Suspiró. Durante seis meses, la hija de González había ocupado el apartamento vacío junto al de Sophie Millstein. Había entretenido con entrega y entusiasmo a un buen número de novios en aquel lugar, por lo general olvidando cerrar las cortinas del salón, lo cual permitía que él la observase. Pensaba que ella sabía que él la veía, y que dejaba las cortinas abiertas adrede. Sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos. Cuando ella se mudó a un sitio más elegante en Brickell Avenue, se había llevado consigo gran parte de la energía de The Sunshine Arms.

Antes de sentarse junto a su padre, había mirado por encima del hombro y sus ojos se habían encontrado por un instante, lo suficiente para dirigirle una leve y triste sonrisa con un ligero movimiento de la cabeza, como dándole a entender que ella bien sabía que él echaba en falta aquellos numeritos; y a pesar de la solemnidad de la ocasión y sus atormentados pensamientos acerca de su vecina asesinada, consiguió hacerle sonreír para sus adentros, alegrándolo por un momento.

– Y por ello todos sentimos hoy la pérdida de esta hermana… -El sermón del rabino proseguía predeciblemente.

Apartó con esfuerzo la mirada de la hija del señor González y, una vez más, escudriñó a los dolientes sentados. «Si él se encuentra aquí, sin duda estará observándolos detalladamente, buscando rostros para hacerlos coincidir con los de su memoria», pensó Winter.

Se centró en un hombre, un poco apartado, sentado a su derecha. El hombre miraba intensamente al rabino. El viejo detective sintió una súbita sospecha. «¿Por qué muestras tanto interés?», se preguntó.

Pero entonces, con igual rapidez, vio que el hombre se inclinaba y susurraba algo a la anciana que tenía a su lado. La mujer le tocó el brazo.

«Falsa alarma. Si te encuentras aquí, estás solo. ¿Acaso no estás siempre solo? Si es que existes», pensó Winter.

Inclinó la cabeza ligeramente, apoyando la barbilla contra el pecho para pensar. Les había aconsejado a Irving Silver, Frieda Kroner y al rabino Rubinstein que no asistieran al funeral. No quería darle al hombre que tanto temían la ventaja de verles antes de que ellos estuviesen preparados. Ellos habían puesto objeciones, pero él había insistido.

Observó a la multitud otra vez, buscando rostros desconocidos, pero había demasiados. Sophie Millstein había pertenecido a muchísimas asociaciones de mujeres, clubes de bridge, asambleas de la sinagoga. Había casi un centenar de ancianos cociéndose en las sillas de metal.

Las palabras del rabino parecían reverberar en el calor.

– Pasar por tantas cosas, para acabar de esta manera casi al final de sus días, es un sinsentido demasiado doloroso, muy difícil de aceptar, pero aun así…

Winter echó un vistazo alrededor, buscando al detective Robinson o a aquella joven fiscal, pero no les vio. Suponía que habría alguien de la policía de Miami Beach mezclado entre los dolientes; era el procedimiento habitual en cualquier homicidio, incluso cuando el sospechoso principal era de diferente edad y raza. No se podía predecir quién podría aparecer, movido por la curiosidad. Pensó que Robinson habría enviado a un subordinado, ya que su color de piel le impedía disfrutar del anonimato necesario para observar a la gente reunida bajo el dosel.

Por supuesto, quienquiera que fuese la persona que el detective había enviado, lo más probable es que estuviese buscando a la persona equivocada.

Simon Winter exhaló el aire lentamente y estrujó en su mano el programa impreso. Sentía una furia difícil de controlar, una frustración martilleándole las entrañas.

«Aún no tengo nada -se dijo-. Sólo extrañas coincidencias, tres viejos y una pesadilla de otra época.»

Alzó de nuevo la vista al cielo. La frustración iba trocándose en un sentimiento de culpa. «¿Te acordarás realmente de cómo hacerlo? ¿Cómo detectar pistas y convertirlas en algo tangible, frío y real? -Apretó los dientes-. Empieza a actuar como lo hacías en tus tiempos -se ordenó-. ¿Quieres que te llamen detective de nuevo? Pues entonces compórtate como uno de ellos. Haz preguntas y encuentra respuestas.»

En la primera fila, junto a la tumba, un niño de unos cuatro o cinco años no dejaba de moverse nerviosamente, intentando hablar mientras el rabino pronunciaba el sermón, y su madre le hacía callar suavemente. El rabino hizo una pausa, sonrió al niño y luego continuó:

– Así pues, ¿quién era Sophie Millstein, esta mujer que dio tanto de sí misma, que consiguió tantos logros en su vida? Deberíamos saber más de esta extraordinaria mujer, para aprender de las lecciones de su vida, de la misma forma que han aprendido su hijo, su nuera y su amado nieto…

Simon Winter veía a Murray Millstein de espaldas. Pero mientras el rabino hablaba vio que el abogado extendía su brazo y rodeaba los hombros de su esposa y de paso abrazaba a su hijo, en el que reposó su mano. El rabino prosiguió, finalmente cambiando sin esfuerzo al hebreo, para pronunciar el kaddish sobre el ataúd, pero Winter ya no escuchó y ya no sintió el calor opresivo. Lo único que veía era la mano del joven padre apoyada en el hombro de su hijito, y al niño que reposaba suavemente su mejilla en la mano, donde encontraba la seguridad necesaria para disipar los miedos terribles que los niños experimentan ante la muerte y extinción.

Winter se puso a un lado de la cola de quienes iban a dar el pésame después del servicio religioso. Esperaba el momento oportuno, quería que fuese más de un segundo, deseaba pronunciar más que un simple murmullo de consuelo y marcharse. Cuando los asistentes empezaron a irse y vio que el joven abogado buscaba con la mirada a su esposa y su hijo, Winter se adelantó.

– Señor Millstein, soy Simon Winter. Era uno de los vecinos de su madre…

– Por supuesto, señor Winter. Mi madre hablaba de usted a menudo.

– Lamento mucho su pérdida…

– Gracias.

– Sin embargo, me preguntaba si… si la policía ha…

– Dicen que están haciendo progresos y que me mantendrán informado. Usted era policía, ¿no es así? Me parece recordar que mi madre…

– Sí, aquí mismo en Miami. Detective.

– Mi madre hablaba muy bien de usted. Y de todos sus vecinos. ¿Cuál era su especialidad?

– Homicidios.

Murray Millstein hizo una pausa, como si sopesase las connotaciones de aquella respuesta. Era un hombre bajo y delgado, de aspecto enjuto, como un corredor de fondo, y parecía prestar atención a todos los detalles.

El ex detective pensó que las lágrimas que Murray Millstein destinase a llorar el asesinato de su madre serían derramadas en privado. Éste observó a Winter atentamente antes de responder en voz baja.

– La policía de Miami Beach parece bastante competente. ¿Opina lo mismo?

– Sí, seguro que sí. Simplemente es que… ¿podría hacerle algunas preguntas? ¿En alguna parte que no sea aquí? -Simon hizo un gesto y entonces vio que el rabino y el director de la funeraria se acercaban a ellos.

– Pensamos iniciar el duelo cuando regresemos a Long Island. Tenemos previsto volar de regreso esta noche. ¿Hay algo en concreto que quiera usted preguntarme?

– Pues… es algo que su madre me dijo poco antes de su muerte.

– ¿Algo que ella dijo?

– Sí.

– ¿Y usted cree que tiene alguna relación…?

– No estoy seguro, pero me preocupa. Tal vez es que simplemente soy viejo y tengo exceso de imaginación. Debe confiar en la policía de Miami Beach. Estoy seguro de que a su caso le darán prioridad.

Millstein dudó y luego respondió rápidamente.

– Esta tarde tengo que reunirme con los que se ocuparán de la mudanza, a las cuatro. ¿Qué le parece si hablamos entonces?

Winter asintió. El joven se dio la vuelta y se alejó para recibir a los dos hombres que se acercaban.

Simon estaba esperando junto al querubín en el patio de The Sunshine Arms, cuando llegó Murray Millstein, acompañado por un hombre que vestía un traje beis que le sentaba mal. El hijo de la mujer asesinada miró rápidamente alrededor antes de entrar en el apartamento. Había un gran letrero rojo pegado a la puerta: ESCENA DE UN CRIMEN – ENTRADA NO AUTORIZADA. Millstein se detuvo con la llave en la mano, se volvió hacia el hombre del traje beis y dijo:

– No entraré. Hágalo usted y dése prisa, y recuerde no tocar nada. Luego hablaremos.

El hombre asintió con la cabeza y el abogado Millstein abrió la puerta. Después se dirigió a Winter y se sentó en los escalones de la entrada.

– Yo quería que se mudara a una residencia de la tercera edad. Ya sabe, uno de esos lugares en Fort Lauderdale especializados en ancianos. En particular en los que están solos. Una comunidad planificada. Seguridad las veinticuatro horas del día. Juegos de mesa, entretenimientos…

– Ella lo mencionó alguna vez.

– Pero no quería hacerlo. Le gustaba esto.

– A veces cuando te haces anciano, el cambio asusta más que cualquier amenaza del entorno.

– Tal vez. Pero sólo si tu entorno no se materializa una noche y te asesina en tu propia cama mientras duermes. -Su voz rezumaba amarga culpabilidad-. ¿Usted también es así, señor Winter?

– Sí y no. ¿Quién sabe? No me gustaría mudarme a una de esas residencias. Pero cuando finalmente vaya a una, probablemente me guste.

– Ése es el problema, ¿verdad?

– Me temo que sí. -Winter se sentó a su lado.

– No puedo entrar, ¿sabe? Pensé que podría. Pensé que lo necesitaba, ver dónde sucedió. Pero no puedo. -Inspiró hondo-. ¿Hay manchas de sangre?

Simon negó con la cabeza.

– No. Sólo que todo está un poco revuelto. Todas las escenas de crimen lo están. Polvo para las huellas digitales en los muebles, rastros de gente entrando y saliendo… Su madre se habría puesto furiosa. Ella siempre tenía su casa muy limpia.

Murray sonrió.

– Se habría sentido mortificada si hubiera sabido que moría en desorden. -La tristeza acompañó cada palabra, a pesar de la forzada sonrisa.

– Ya.

El joven suspiró lentamente.

– Es muy duro -dijo en voz baja-. Tienes un tipo de relación que atañe a los aspectos difíciles y cotidianos de la vida. Intentas que tu madre haga algo que no quiere hacer. Discutes con tu mujer. Después tu madre intenta suavizar las cosas enviándole regalos a su nieto… Yo sabía que se estaba haciendo mayor, y supongo que sabía también que no le quedaba mucho tiempo. Había muchas cosas que quería decirle. Cuando mi padre murió me di cuenta. Vi lo terrible que era querer decir cosas y no tener la oportunidad de hacerlo. Así que me prometí decirle todo lo que me había guardado. Pero primero por una cosa y luego por otra, también por culpa de mi trabajo, el tiempo transcurrió inexorablemente, señor Winter. El tiempo se escapa a toda prisa, no importa lo que hagas. Y luego todo se frustra porque un yonqui de mierda necesita unos dólares para chutarse o lo que sea y cree que matando a mi madre tiene el problema resuelto…

La voz de Murray Millstein se había alzado como un turbulento río de angustia, sus palabras resonaron en el patio.

– Algún jodido yonqui, un maldito drogadicto, una escoria. Se chuta la vida de mi madre en su jodido brazo o se la fuma en su puta pipa. Espero que cuando lo atrapen me dejen arrancarle el corazón.

Hizo una pausa para tomar aliento.

– Esa bestia pagará su crimen… -espetó.

Luego calló, como si de pronto se sintiese incómodo dejándose llevar por sus emociones con tal intensidad. Miró al frente un momento antes de volverse hacia Winter y preguntar:

– ¿Usted cree que atraparán a ese bastardo?

– No lo sé. Las técnicas policiales han mejorado. Tal vez sí.

– Pero tal vez no, ¿verdad?

– Quizá no. La mayoría de los homicidios que se resuelven son los que sabes enseguida quién los ha cometido. Un marido, una esposa, un socio, otro traficante, el que sea… Pero cuando dos vidas sólo se encuentran por azar…

– Es más difícil.

– Así es.

– ¿Habló usted con el detective? ¿Aquel tipo negro?

– Sí. Parecía bastante competente.

– Eso espero. Veremos.

– Siga presionándoles -aconsejó Winter.

– ¿Qué?

– No deje de llamar por teléfono. Escriba cartas al fiscal del condado. Escriba a los condenados periódicos, a las cadenas de televisión. Siga recordándoselo. Eso ayudará. Mantendrá el caso en lo alto del montón de expedientes del despacho de alguien, en lugar de quedar sepultado abajo.

– ¿Suele suceder? ¿Casos que sencillamente se traspapelan?

– Todos los detectives lo saben. Siga haciendo que piensen en su caso. Tal vez obtenga resultados.

– Es un buen consejo.

Ambos se quedaron en silencio unos instantes y luego Murray Millstein hizo un amplio gesto con el brazo abarcando todo lo que veía.

– Tengo treinta y nueve años y quiero irme de aquí para siempre. Quiero que el tipo de las mudanzas termine con su tarea y quiero subir a un avión y regresar a casa… -Se giró un poco hacia Winter-. Así que ya puede preguntarme lo que quería.

– El día que su madre fue asesinada vino a verme. Estaba asustada. Había visto a alguien de su pasado, en Berlín, 1943.

– ¿De veras?

– ¿Der Schattenmann significa algo para usted?

Millstein hizo una pausa y contestó:

– No. No que yo recuerde. Der Schattenmann… No. No me suena de nada.

– ¿Su madre hablaba mucho de sus experiencias durante la guerra?

Millstein negó con la cabeza.

– ¿Sabe algo de las relaciones entre los supervivientes del Holocausto y sus hijos, señor Winter?

– No.

– Son, como lo diría… problemáticas. -Se frotó la frente, como si quisiera despejar algún pensamiento difícil, antes de continuar-. Ella no quería hablar de los campos ni de su vida antes de los campos. Tampoco de su vida antes de conocer a mi padre. Solía decir que su vida realmente empezó cuando él la trajo a Estados Unidos. ¿Sabía que ella no hablaba inglés cuando vino? No sólo aprendió el idioma, sino que se empeñó en borrar completamente cualquier rastro de su acento alemán. Mi padre contaba que se quedaba hasta altas horas de la noche practicando delante de un espejo.

– Comprendo.

– No, no lo comprende -repuso Millstein, como si se irritase-. Nada de coches alemanes. Nada de productos alemanes, nada que tuviera que ver con los alemanes. Si daban algún programa en la televisión sobre Alemania la apagaba. Sin embargo, pese a que nunca se hablaba de ello, sus experiencias durante la guerra dominaban nuestro hogar. Todo lo que hizo mi padre y todo lo que hice yo, hasta el día que fue asesinada, tenía alguna relación no dicha con lo que le sucedió a ella. Siempre estaba allí. Siempre. -Murray movió la cabeza-. Crecí entre fantasmas -añadió amargamente- Seis millones de fantasmas.

– Pero ella no hablaba de sus experiencias…

– No a mí. Pero el año pasado hizo una cinta de vídeo para la biblioteca del Centro del Holocausto aquí en Miami Beach. Yo no la he visto, pero ella la hizo.

– Y cómo…

– Lo averigüé porque me enviaron una solicitud para recaudar fondos. Querían una contribución. Les envié dinero y la llamé y le dije que quería ver la cinta y discutimos. Probablemente fue la única discusión que tuvimos en años. Me lo prohibió… hasta que ella hubiese muerto.

– ¿La verá ahora?

– No. Sí. No lo sé.

Murray Millstein se puso de pie al ver que el hombre del traje beis salía del apartamento.

– ¿Cuánto me costará? -preguntó.

– ¿A Long Island? ¿Todo el contenido? Dos mil doscientos, empaquetado y marcado. Éste es nuestro servicio especial de mudanzas.

– De acuerdo -dijo Millstein-. Estoy seguro de que es muy especial. -Le entregó la llave al hombre-. La policía tardará un par de semanas en dejar libre el apartamento…

– No se preocupe, señor Millstein. No tiene más que llamar y enseguida vendremos. Le enviaré un contrato.

El abogado asintió y luego consultó su reloj.

– Ya me marcho. Vaya usted -dijo a Winter.

– ¿Qué?

– Vaya a ver la cinta, señor Winter. Y luego me comenta qué le ha parecido.

Murray Millstein se dio la vuelta y anduvo un par de pasos en el patio antes de detenerse y mirar por encima del hombro a Simon Winter.

– Hice alemán, ¿sabe?

– ¿Cómo dice?

– Estudié alemán en el instituto. Teníamos que estudiar idiomas y yo escogí alemán. Ella lo odiaba. Apenas me habló durante todo el año académico. No me permitía ni tener un diccionario de alemán en casa. Tuve que estudiarlo todo en la escuela. Obtuve un sobresaliente.

Winter no supo qué responder. Pensó que a veces el mundo parece acumular una horrible gama de dolor y sufrimiento y soltarla injustamente, de forma desigual, directamente en el corazón de los desafortunados.

Millstein pareció pensar intensamente por un momento antes de añadir:

– ¿Sabe usted lo que significa?

– ¿El qué? -Simon alzó la vista, casi sorprendido, como si todos sus pensamientos hubiesen sido succionados por un fuerte viento y sólo la voz del abogado lo hubiera traído de regreso a la tierra.

– Der Schattenmann -dijo Murray Millstein, encogiéndose de hombros-. ¿Sabe qué significa?

Simon negó con la cabeza. No se le había ocurrido traducir la frase.

– Significa la Sombra. -Hizo una pausa y luego dijo-: Me pregunto qué querría decir con esto. -Sin embargo, Millstein no esperaba una respuesta.

Simon lo vio darse la vuelta y cruzar rápidamente el patio, pasando junto al querubín trompetista, cuya música, imaginó el ex detective, en esta ocasión era un canto fúnebre.

7 Urgencia

Cuando Espy Martínez llegó a la Oficina del Fiscal del condado de Dade la mañana siguiente al funeral de Sophie Millstein, tenía un par de mensajes esperándola: uno de Walter Robinson, y el otro era un requerimiento para que se reuniese con el jefe de la fiscalía del departamento de Delitos Mayores. Supo al instante que su jefe querría que le pusiese al corriente de los progresos que se estaban haciendo en el caso; sin embargo, a pesar de que él había marcado su nota con la palabra «Inmediatamente» en rojo, corrió entre el laberinto de los cubículos de los fiscales hacia el suyo y telefoneó al departamento de Homicidios de la policía de Miami Beach.

Tras unos momentos de espera, Walter Robinson se puso al aparato.

– Señorita Martínez, me alegro de que telefonee -dijo.

– Detective, acaba de llamarme el jefe de la fiscalía para que le presente un informe de situación sobre el caso Millstein. ¿Qué puede decirme?

– Bien, lo primero que tengo que decirle es que no se preocupe demasiado por Abe Lasser. Puede parecer Drácula, pero en el fondo no es tan horrible. Especialmente durante el día.

Espy Martínez quiso sonreír ante la descripción que hizo el detective de su jefe, pero impuso rigidez en sus palabras para enmascarar su nerviosismo.

– Querrá saber en qué punto estamos. ¿Dónde estamos concretamente, detective?

Robinson empezó a decir algo, pero hizo una pausa y preguntó:

– ¿Le están apretando las clavijas con este caso?

– No. No aún. Pero me parece que están a punto.

Robinson asintió con la cabeza, aunque ella no podía verlo.

– Ya, lo suponía. Bien, esta mañana me han entregado los resultados preliminares de la autopsia y los informes de la escena del crimen. Esto es lo que tenemos. La muerte se produjo por estrangulamiento manual. Las marcas en las zonas de la laringe y la arteria carótida sugieren que la distancia entre el pulgar y el dedo índice del asesino es de cinco pulgadas y media. No hay signos de agresión sexual. Los análisis preliminares de sangre muestran rastros de Dolmane, una sustancia común en los somníferos. Hay indicios de que fue golpeada aunque no demasiado, y creo que sólo los primeros segundos. Los somníferos tuvieron que haberla dejado fuera de combate, así que es muy probable que la primera cosa de la que se enterara fuese que aquel tipo estaba estrangulándola. No tuvo mucho tiempo de defenderse. No había ninguna herida defensiva de relevancia en manos o brazos.

Robinson repasó todos los detalles que acompañaron los segundos finales de Sophie Millstein con tono rutinario. Espy Martínez escuchó, intentando vincular las palabras de los informes oficiales abreviados, al terror de la vida real que los había engendrado, pero no lo consiguió.

– En realidad, es del tipo de crímenes que me preocupa -añadió Robinson.

– ¿A qué se refiere?

– Bueno, un tipo entra y asesina a una anciana dormida, seguidamente saquea el lugar lo más rápido que puede y luego se larga. ¿Ve el problema?

– Pues no.

– ¿Por qué matar a una anciana dormida? ¿Por qué no se limitó a llevárselo todo sin hacer ruido y luego marcharse tranquilamente?

– Probablemente la señora se despertó.

– Sí, probablemente. Pero si hubiese sido así, ¿acaso no habría gritado? ¿O luchado con fuerza?

– Los vecinos dijeron que habían oído ruidos.

– Sí, pero no gritos de verdad, sino sólo un chillido. ¿Y qué me dice del gato? ¿Por qué matar al condenado gato?

– ¿Tal vez el gato hizo ruido?

– ¿Un gato? Tal vez Fluffy o Fido o cualquiera de estos estúpidos caniches de juguete que ladran o algo así, pero ¿un gato? ¡Vamos! Ese animal listo simplemente se habría escurrido por la puerta del patio y nunca hubiésemos vuelto a verlo.

– Así pues, ¿qué quiere decirme? -preguntó ella ya con impaciencia.

– Nada. Sólo que me preocupa.

Espy Martínez recordó el cuerpo rígido del gato, con los ojos desorbitados y los dientes al descubierto. Se estremeció. «También me preocupa -pensó-, pero ¿qué tiene que ver con el crimen en conjunto?» Pasó por alto esto y dijo:

– De acuerdo. ¿Entonces qué?

– Entonces nada -dijo el detective.

– Pues continúe.

Robinson suspiró y dirigió su atención de nuevo al fajo de informes que había sobre su mesa. A veces pensaba que estaba pasando la mayor parte de su vida adulta leyendo informes o preparándolos.

– De acuerdo, veamos. Ah, sí, hay un corte post mórtem en el cuello de la víctima.

– ¿Y bien?

– Hace un par de semanas hubo una serie de robos con allanamiento por todo el vecindario de la anciana. Los robos se envían a delitos menores y tal vez en los expedientes de los casos pueda encontrar alguna relación con el agresor.

– Tiene sentido. ¿Qué más?

– ¿Qué más?

Espy echó un vistazo al reloj y se dio cuenta de que su jefe la estaría buscando.

– Detective…

– Puede llamarme Walter. La mayoría de sus colegas lo hace.

– Tengo que hablar con Lasser.

– ¿Usted quiere saber si soy optimista? Pues bien, en este tipo de casos, señorita Martínez, estadísticamente, bueno, a nivel nacional resolvemos tal vez uno de cada tres. Localmente, un poco menos. Pero lo estoy intentando. Lasser conoce las estadísticas, no deje que se meta con usted.

– De acuerdo, Walter. Lo intentaré… -se echó a reír- pero es que la sangre que gotea de sus colmillos me desconcentra. Así que, por favor, dígame algo que pueda ayudar a encerrar en el corredor de la muerte al tipo que mató a Sophie Millstein.

– Quiere saber cómo vamos a condenar a su asesino, ¿no?

– Sí. -La joven no pudo ocultar el nerviosismo que impregnaba su voz.

– Bien, la mala noticia es que no hay rastro de pistola. Esto pone las cosas más difíciles. Las armas son fantásticas. Hacen ruido, producen un estropicio, son fáciles de rastrear en un laboratorio y la gente, por lo general, no es suficientemente inteligente para librarse de ellas cuando les descubrimos. Tampoco hay cuchillo. ¿Sabía usted que el estrangulamiento es una forma muy inteligente de asesinar a alguien? Generalmente, deja muy poco tejido que pueda relacionar al asesino y la víctima. Pero, en el lado positivo, los forenses encontraron dos huellas en su tocador y una tercera en el joyero hallado en el fondo del callejón. También consiguieron extraer una huella parcial de un pulgar, sólo un pequeño fragmento, del cuello de la víctima, no sabría decirle aún si va a sernos útil. Esto es muy raro, señorita Martínez, pero si podemos cotejarla, pues bien, entonces incluso el fiscal más incompetente podrá trincar a ese hijo de perra.

– Yo no soy una incompetente, detective.

– No pretendía decir eso…

Se produjo un silencio momentáneo. Robinson pensó que le habría costado decirle algo más estúpido a Espy Martínez.

– Está bien, detective. Así que ahora ya sé cómo conseguir una condena. Fantástico. Sólo hay un problema: ¿Qué va a hacer usted para atrapar al asesino?

– Bueno, primero cotejaremos las mejores huellas que tenemos con alguna de las obtenidas en los robos con allanamiento en la zona durante los últimos meses, a ver si podemos encontrar la muestra de aquel bastardo. Luego trabajaré las casas de empeños y peristas, por si encuentro algunas de las joyas robadas. El hijo de Sophie me dio una descripción bastante buena de varias. Ya he enviado un parte con los detalles a algunos lugares pertinentes. Intensificaremos la búsqueda de aquel collar con la inicial de Sophie.

Espy iba a hacerle notar que referirse a la víctima por su nombre de pila sonaba bastante impío, pero se contuvo.

– ¿Y luego qué?

– Rogar que tengamos suerte. Introduciremos la huella en el Gotcha Computer del condado pero no sé si…

– ¿El qué?

– El Gotcha Computer. Ese ordenador tan moderno que compraron el año pasado con dinero federal. Se supone que es capaz de cotejar las huellas de la escena de un crimen con las huellas almacenadas en la memoria del ordenador.

– ¿Funcionará?

– Ya lo ha hecho otras veces. Pero sólo si nuestro chico malo ha sido arrestado y le tomaron las huellas el año pasado más o menos. Ya veremos.

Espy se levantó y se quedó junto a su mesa.

– ¿Hay algo más que quiera contarme antes de que hable con Lasser?

– Acerca de qué caso; tengo otros seis abiertos.

– Pues éste se queda en el podio de la clasificación -respondió antes de colgar.

Walter Robinson permaneció con el auricular pegado a la oreja escuchando el monótono tono. Se preguntó cómo sería Espy Martínez cuando no estaba asustada, y luego pensó que tal vez sería mejor preguntarse si es que alguna vez no lo estaba.

Abraham Lasser era un hombre robusto. Lucía un mostacho que caía a ambos lados de su boca y una melena despeinada de pelo negro con vetas grises que parecía explotar de su cuero cabelludo de forma incontrolada. Esto contrastaba con su predilección por vestir elegantes trajes italianos cruzados y zapatos con brillo de espejo. Acechando por el laberinto de oficinas de la sexta planta del Palacio de Justicia metropolitano, parecía una especie de pesadilla de un diseñador de moda. Cuando hacía su aparición en alguna sala del cuarto piso, mostraba su lado gruñón y sarcástico, rutinariamente impostado y rutinariamente temido por los abogados defensores. Era un hombre que concedía un gran valor a la intimidación, tanto de sus oponentes como de la gente que trabajaba para él.

Espy Martínez había sido asignada a su departamento de Delitos Mayores hacía ocho semanas. Durante aquel tiempo sólo se había reunido con él media docena de veces, más o menos, y en todas simplemente para obtener autorización para llegar a un acuerdo con la defensa. Éste era el procedimiento habitual en la oficina, desde que un desafortunado ayudante había negociado con la defensa sin autorización en un caso poco sólido de esposa contra marido maltratador, y el acusado había salido directamente de la sala en busca de un fusil automático que llevaba en su coche. Se disparó a bocajarro después de abatir a tiros a su ex mujer y a sus dos hermanas, delante del Palacio de Justicia. Las bromas que corrían por la oficina sugerían que habría sido mejor para el ayudante que había aceptado negociar si le hubiesen matado también, puesto que la muerte era mejor opción que enfrentarse a la furia volcánica de Abe Lasser.

Cuando la joven llegó ante su oficina, inspiró hondo, llamó a la puerta y entró.

La secretaria de Lasser alzó la vista y le sonrió.

– Pase, la está esperando -le indicó, y consultó su reloj de pulsera de forma significativa.

– Tenía que hablar con un detective de Homicidios -se justificó Espy Martínez.

– Entre de una vez, querida -la urgió la secretaria.

La joven lo hizo. Lasser estaba tras su mesa, al teléfono. Le hizo un gesto con la mano para que se sentase y siguió hablando. Ella dejó que sus ojos se paseasen por la habitación. Había varios diplomas enmarcados y membresías de varios Colegios de Abogados. También había las consabidas fotografías de Lasser con diversos políticos locales y estatales, incluida una instantánea ampliada a todo color del jefe de la fiscalía y el gobernador, bronceados, sonrientes, en camiseta y pantalón corto, de pie al borde de un embarcadero, ambos sosteniendo un gran pescado.

Separadas a poca distancia de estas fotografías, había siete fotografías más, cada una cuidadosamente emparejada y enmarcada en acero negro brillante. En ellas no había políticos, sino que eran fotografías de fichas policiales de rostros de frente, de perfil izquierdo y derecho, tomadas en la cárcel del condado. Espy observó aquellos rostros, que parecían mirarla hoscamente. Cuatro eran hombres de raza negra, dos aparentemente hispanos, uno con un tatuaje de una lágrima bajo un ojo y el otro con una cicatriz que recorría su ceja. Sólo había un hombre blanco, cuya mirada denotaba una inquietante y malévola indiferencia. Miró aquel rostro y luego a uno de los hombres negros. Tenía una apariencia adormilada, casi despreocupada, con los ojos entrecerrados, como si el hecho de ser fotografiado en prisión fuese una rutina diaria para él.

Abe Lasser de pronto empezó a hablar a gritos:

– ¡Maldita sea! Mira, si publicas esto antes de que entre en el tribunal, esos bastardos se escaparán. ¡Se escaparán! ¿Entiendes? Quieres cargar eso en tu conciencia?

Cubrió el auricular con la mano, sonrió a Espy Martínez y susurró:

– Es el jodido Herald, que ha localizado a un testigo del Gran Jurado en la pelea del caso Abella.

Espy asintió. Enrique Abella era un motorista borracho que había provocado una persecución a toda velocidad en la que se vieron implicados media docena de policías. Cuando finalmente lograron acorralarle, le redujeron de forma brutal y abusiva, y, posteriormente, éste llegó a los calabozos del condado con tres costillas fracturadas, múltiples contusiones, una mandíbula rota y seis dientes menos, una conmoción de segundo grado y un ojo probablemente irrecuperable.

Él se giró rápidamente en su asiento.

– No, joder, escucha. Mantenlo hasta que se hayan presentado los cargos, te prometo que van a estar sellados. Te garantizo que tú, y sólo tú, sabrás cuándo vamos a entregar a estos bastardos para que les tomen las huellas y las fotos. Serás el único que podrá entrar una cámara allí, ¿de acuerdo? Éste es el trato.

Hizo una pausa y escuchó, antes de espetar:

– ¡No, joder, no vas a hablar con ningún maldito redactor! ¡Hace diez años que nos conocemos! Y después de tanto tiempo no puedes hacer un trato para conseguir dos jodidas exclusivas sólo si mantienes…

Abe Lasser empezó a asentir con la cabeza. Sonreía. Su voz se suavizó al instante.

Por supuesto que confío en ti. Y tú confías en mí. Ambos confiamos el uno en el otro; y tú consigues algo y yo también consigo algo y todos contentos, ¿de acuerdo?

De pronto, se inclinó hacia delante y habló sosegadamente pero con tono frío y amenazador.

– Jódeme en este tema y no verás ninguna otra historia salida de esta oficina en los próximos cien años. Y tampoco la verá el nuevo gilipollas que te reemplace en el Herald. Ni quien le reemplace a él. Y tú acabarás en Opa-Locka cubriendo las reuniones de la junta de compensación urbanística.

Hubo una pausa y luego Lasser se inclinó bruscamente y estalló en risas.

– Está bien, qué diablos, probablemente tengas razón. De acuerdo.

Volvió a tapar el auricular y dijo:

– Este hijo de puta dice que tendré suerte si acabo ocupándome de casos de peatones imprudentes y de gente que tira basura en las carreteras de las pocas zonas rurales que quedan.

Volvió al teléfono.

– ¿Así que cerramos el trato? De acuerdo. ¿Te parece que almorcemos juntos algún día? ¿Invito yo? Diablos, tendrías que invitar tú. Llama a mi secretaria.

Y por fin colgó.

– ¿Puede hacer eso? -preguntó Espy-. Me refiero a prometerle que será el único periodista que estará presente cuando los polis sean…

– Por supuesto que no -repuso Lasser.

Sonrió y cambió unos papeles de sitio en su mesa. Por un momento, se dio la vuelta como si se alejase de ella, y miró por la ventana con vistas a la parte menos favorecida del centro urbano de Miami y se extendía más allá de la impasible y achaparrada cárcel del condado.

– Dígame, Espy, ¿sabe dónde vivo?

La pregunta la pilló por sorpresa.

– No, señor. No creo que yo…

– Tenemos una casa realmente bonita que da al campo de golf de La Gorce Country Club, justo en el centro de Miami Beach. Es antigua, construida en los años veinte. Ya sabe el tipo de casa que quiero decir: techos altos, suelos de baldosas cubanas, ventanas art déco. Mi esposa se pasa la mayor parte del tiempo reparándola porque cada semana se rompe algo. Las cañerías, las goteras, el aire acondicionado. El aparato se estropeó ayer por la mañana. ¿Sabe el jodido calor que hizo ayer noche?

– Sí. Pero…

– Y yo estoy sentado aquí, Espy, preocupado principalmente por cómo voy a trincar a estos cuatro polis y pensando en lo afortunado que soy de que este puñetero Enrique Abella no sea negro, así no tendremos disturbios raciales, pero también pensando que, por el hecho de ser cubano, esos bastardos van a buscarnos las cosquillas políticas del caso; y que en casa estamos a mil grados y que me va a costar tres de los grandes arreglar el condenado aire acondicionado; y que hay gotas de sudor, que caen de mi frente, en la sección de deportes que estoy intentando leer, y entonces adivine quién me llama por teléfono.

Espy Martínez no contestó. Pensó que no sería apropiado interrumpir el soliloquio de su jefe con una mera conjetura.

Él se inclinó hacia delante, sonriendo sin gracia alguna.

– Me ha llamado mi maldito rabino.

– ¿Perdón?

– Mi rabino. El rabino Lev Samuelson, del templo Beth-El. Sólo hablo con él una vez al año, cuando recauda dinero vendiendo bonos del Estado de Israel. Pero ayer noche no llamó para colocarme bonos. ¿Sabe qué quería saber?

– ¿Cuándo vamos a arrestar al asesino de Sophie Millstein?

– Exactamente. Al parecer, un amigo del rabino, de un templo de South Beach, le llamó porque de alguna manera averiguó que el rabino Samuelson me conoce, y ¡adivine qué! -Abe Lasser dio un fuerte palmetazo sobre la mesa-. ¡No pude decírselo! Así que explíquese: ¿cuándo vamos a proceder a un arresto? ¿Quién está a cargo de este caso?

– Walter Robinson.

Lasser sonrió.

– Bien. Al menos ese tipo tiene alguna idea de lo que se hace y no es un gilipollas integral. ¿Y qué dice al respecto?

– Está trabajando en ello.

Lasser sacudió la cabeza.

– Tendrá que hacerlo un poco mejor.

– Los informes forenses y de la autopsia sugieren que…

– Me da igual lo que sugieran. Usted lo único que tiene que hacer es encontrarme al asesino. Después yo podré ir a mi rabino y decirle que la fiscalía del condado de Dade sigue el mismo principio establecido en el Éxodo 21:12. ¿Conoce ese pasaje, Espy?

– No, señor.

– Pues búsquelo. -Se puso de pie e hizo un gesto hacia la puerta-. Es su primer caso real, ¿no?

– Bueno, en realidad me ocupé de la acusación de Williams, señor, los robos con allanamiento de morada. Salió en los periódicos…

– Lo sé. Por esa razón fue asignada a mi departamento.

Salió de detrás de su mesa y se dirigió hacia la pared donde colgaban las siete fotografías de archivo de los reclusos.

– Antes usted observaba estas fotografías. ¿Sabe quiénes son?

– No, señor.

– A estos siete hombres les llevé personalmente al corredor de la muerte. Ahora tendría que quitar la de éste porque fue ejecutado el año pasado. Este caballero llamado Blair Sullivan mató a tanta gente que he perdido la cuenta. Dos mil doscientos voltios cortesía del estado de Florida y adiós muy buenas. Fue a reunirse con su Creador maldiciendo y sin arrepentirse, una manera nada recomendable de acercarse a Él. De todos modos, le mantendré aquí con sus colegas por razones sentimentales.

Espy Martínez no pudo imaginar cuáles podrían ser aquellas razones, pero de lo que sí estuvo segura fue de que no eran precisamente sentimentales.

– Usted encuentre al asesino de Sophie Millstein y luego podrá colgar una foto de archivo policial en la pared de su oficina y yo llamaré a mi rabino y todo el mundo tan contento, excepto el asesino, por supuesto. Y Sophie Millstein.

Miró fijamente a Espy Martínez.

– Éxodo, 21:12. A finales de semana quiero otro informe. Y asegúrese de que haya progresos, ¿de acuerdo? Péguese a Walter Robinson y hágalo hoy mismo. Y por Dios bendito, que no le escuche quejarse sobre los otros jodidos casos que tiene. Dígale que a partir de ahora será su único caso. El caso de mi rabino.

Y con un movimiento cortante del brazo, el jefe de la fiscalía la despidió y regresó al papeleo que tenía sobre la mesa.

Espy Martínez salió rápidamente del despacho y cerró la puerta tras ella. Se dirigió hacia la secretaria de Abe Lasser.

– ¿No tendrá por casualidad una Biblia? -preguntó.

La mujer asintió, alargó la mano hacia un cajón y sacó una con tapas de piel y se la entregó a Espy Martínez.

– Página setenta -dijo la secretaria, regresando a su trabajo.

Espy ojeó las delgadas y arrugadas páginas rápidamente. No le costó encontrar el pasaje: estaba marcado con un rotulador fluorescente amarillo:

«El que hiera mortalmente a otro hombre, morirá sin remisión.»

Walter Robinson pasó por alto la densa humedad opresiva del atardecer mientras permanecía en el callejón situado detrás de The Sunshine Arms junto al cubo de la basura donde se había encontrado el joyero de Sophie Millstein.

Empezó a hablar para sí en voz baja y monótona mientras diseccionaba el crimen, deteniéndose de vez en cuando para hacer una breve anotación en una libreta. Regresó andando hacia el lugar desde donde Kadosh, el vecino, había visto al asesino. «Kadosh debió de verle cuando se dio la vuelta y tiró el joyero. Debieron de cruzar la mirada sólo un segundo. El rostro iluminado por aquella luz de la calle. Después echó a correr. ¿Sabía que alguien le había visto? Sí. Entonces le entró pánico. No pensó. Sólo se le ocurrió salir pitando de aquí presa del pánico», caviló el detective, y se trasladó del final del callejón a una acera de la calle.

«Está bien, amigo, seguro que la presión sanguínea se te disparó por las nubes, con la adrenalina martilleándote los oídos. Respirabas entrecortadamente bocanadas rápidas y superficiales. No tuviste siquiera tiempo de pensar en la bolsa de crack que podrías comprarte. Sólo querías salir de aquí como alma que lleva el diablo, ¿verdad? Estabas cagado de miedo y sólo querías desaparecer. Ponerte a salvo. Así pues, ¿qué hiciste?»

Sus ojos recorrieron toda la manzana hacia Jefferson Avenue.

«¿Tenías coche? Probablemente. Algún trasto viejo que tal vez vendiste hace unas semanas porque necesitabas pasta, ¿verdad? Así que seguramente alguien te prestó uno esa noche. ¿Quién prestaría un coche a un yonqui? ¿Tal vez te trajo un amigo hasta aquí? ¿Algún otro drogata buscando una presa fácil? Tal vez. Pero lo dudo, los adictos al crack no suelen tener relaciones duraderas.»

En la distancia se oyó el traqueteo de un autobús que bajaba por la avenida. Robinson escuchó con atención, aún pensando.

«¿Tal vez utilizaste nuestro fantástico y seguro sistema de transporte público y luego te fuiste a casa? ¿Subiste al J-50? Te habría llevado a la calle 42 y luego pudiste cambiarte al G-75, que te conduciría por la carretera elevada de Julia Tuttle, directamente de regreso al corazón de Liberty City. De nuevo en casa y sintiéndote seguro, ¿eh?»

Robinson advirtió que la noche estaba ganando terreno a lo poco que quedaba de día.

«¿Es eso lo que hiciste, amigo? ¿Usaste un maldito autobús para escapar? Si el asesinato de Sophie Millstein se te ocurrió después de robar, entonces sí, sin duda.»

Regresó andando despacio hasta su coche. Pensó que un mundo donde los asesinos viajan en transporte público era terriblemente grotesco. Pero quizá no era tan descabellado, después de todo. El asesinato era una rutina como cualquier otra, se dijo, tan corriente como una parada de autobús. Subió al coche sin distintivos y, después de consultar el reloj, se dirigió hacia la terminal de autobuses.

Los gases de los tubos de escape parecían mezclarse con los restos del calor del día, creando una espesa atmósfera pegajosa y nociva. A Robinson le pareció estar avanzando por un sótano o un ático, luchando para adentrarse en una maraña de telarañas. Se preguntó cómo alguien podía respirar en aquella terminal, aun cuando tenía cubierta y grandes espacios abiertos donde debería haber paredes, evidentemente para que el aire corriera, aunque Robinson pensó que ninguna ráfaga de aire que se preciase mínimamente entraría en aquel espacio ponzoñoso.

Dentro de una pequeña oficina, la expendedora nocturna ojeó las páginas de un registro. Era una mujer brusca, de mediana edad, de pelo rojo zanahoria, que hablaba dirigiéndose alternativamente a sí misma y al detective. Mientras ella buscaba la página en el registro, Robinson observaba un calendario colgado en la pared. Agosto estaba ilustrado con una rubia teñida no particularmente bonita, ligeramente regordeta, con unos pechos oscilantes que se ofrecían a la cámara y una ligera expresión bobalicona. Se preguntó por qué la expendedora permitía que agosto siguiera en la pared, casi burlándose de ella.

– Aquí está. Caray, ¿por qué estos estúpidos conductores no saben rellenar esto siempre correctamente? Ya tengo lo que necesita, oficial.

Él se inclinó hacia el diario de registros y la regordeta pelirroja explicó:

– Éstas son las rutas más cercanas a su homicidio. Cielos, adonde irá a parar el mundo, ya ve, esa pobre viejecita, Dios mío, lo leí en los periódicos. Aquella noche hicimos un solo cambio, pero había un aprendiz que condujo el número seis. Ah, pero nadie informó de ningún incidente, excepto un tipo, ese de ahí, que dice que hizo bajar a un par de adolescentes cerca de Jefferson porque tenían demasiado alto el aparato de música que llevaban. Yo odio ese tipo de música, y de todos modos no sé qué ven en ella. A mí que me den country y western, no esa mierda de rap. Es sorprendente…

– ¿Qué es sorprendente? -preguntó Robinson.

La expendedora le miró como si él fuese tonto.

– Dos adolescentes y un aparato de música de ésos. A saber qué clase de armas pueden llevar chicos así. ¿Usted cree que yo voy a detener mi autobús y echarles para que tal vez un gamberro de ésos me meta una bala en el pecho? No, gracias, oficial. Yo simplemente dejaría que se quedasen ahí y escuchasen esa mierda ruidosa cuanto quisieran…

– ¿Aquella noche sólo hubo eso?

– Creo que sí. Pero ¿sabe?, se tarda una dichosa eternidad en rellenar estos condenados formularios de incidentes, no terminas nunca con ellos, y por triplicado. O sea que tal vez alguien recuerde algo que pueda ayudarle. Los conductores de autobuses ven muchas cosas, ya sabe. Vemos mucho.

El asintió con la cabeza y la mujer señaló la lúgubre sala de los conductores, que contenía una máquina de refrescos, una de cigarrillos y otra de golosinas, todas con un letrero manuscrito pegado: AVERIADA. Dos conductores estaban sentados en un raído sofá de imitación de piel, esperando que empezase su turno. Miraron a Robinson cuando entró y se identificó.

El mayor, calvo y con una breve coronilla de pelo gris, asintió cuando le explicó lo que estaba buscando.

– El chico y yo conducíamos por aquella ruta -repuso el conductor.

– E-e-es cierto -tartamudeó el más joven, que vestía un uniforme más nuevo y más limpio.

– ¿Recuerdan aquella noche? -preguntó Robinson.

– Casi todas las noches son iguales. Ida y vuelta una y otra vez. A última hora de la noche, los viajeros en su mayoría son gente cansada. Borrachos. No sé si recuerdo algo especial.

– Un joven negro. Nervioso. Con prisas…

– No…

– S-s-s-seguro que s-sí, ¿recuerdas? Tuviste que gritarle q-que se se-se-se-sentase… -terció el joven.

El conductor mayor puso los ojos en blanco.

– No me gusta meterme en líos -se justificó-. No es mi problema. Yo sólo conduzco.

– Cuénteme -pidió Robinson.

– No hay mucho. Un tipo subió y tiró de cualquier manera unas monedas en la caja. El bus estaba casi vacío pero se quedó allí plantado, mirando hacia fuera, parecía nervioso, sí, y me mete prisas para que me ponga en marcha. Le dije que se sentase y respondió que me jodieran, y yo le dije que iba a arrancarle su jodida cabeza, y entonces se empecinó durante un par de minutos, ya sabe… que así te jodan, que así jódete tú, y al cabo de un par de paradas le dije que o se sentaba o bajaba. Y se sentó. No fue nada del otro mundo, detective. Pasa todos los días.

– ¿Y dónde bajó?

– En Godfrey Road, donde hay un enlace con otro bus. No sé adónde iba pero lo sospecho.

Robinson asintió.

– ¿Lo reconocería si lo viese de nuevo?

– Tal vez. Sí, probablemente.

– S-s-seguro que s-sí.

– Si lo ve, llámeme. Estaremos en contacto, tal vez le llamaré para que examine algunas fotos de archivo.

– Muy bien.

Robinson condujo a través de algunas manzanas por Collins Avenue, aparcó y atravesó el paseo marítimo entarimado que el cuerpo de ingenieros del ejército había construido para que los ancianos pudiesen pasear por la playa. Se quedó allí de pie, apoyado en la barandilla, contemplando las aguas. Había un leve oleaje, tan sólo una simple insinuación del poder del océano, rompiendo contra la arena y la piedra de áspero coral de la playa. Dejó que el cálido aire límpido y salado oxigenase sus pulmones, y luego se dijo un tanto sorprendido: «Tenías razón, joder. Subió al maldito autobús. Ahora tal vez tengas una oportunidad.» Inhaló hondo y se dijo: «A la mierda las estadísticas.»

Walter Robinson habló al cielo nocturno, a la extensión de oscuras aguas y al hombre que había matado a Sophie Millstein: «Pensaste que podrías venir hasta aquí, robar y matar a una pobre ancianita impunemente. Pues bien, chaval, estabas condenadamente equivocado. Voy a encontrarte.»

8 La mujer que mintió

La joven bajó los estores de la ventana y dejó la habitación en penumbra. Se produjo un momento de espera mientras manipulaba un aparato de vídeo. Una serie de interferencias electrónicas hizo saltar las imágenes del televisor y, un segundo después, Simon Winter vio a Sophie Millstein en la pantalla.

Se inclinó hacia delante en su silla, escuchando atentamente. La joven se sentó a su lado.

La anciana tenía una expresión mezcla de ansiedad e incomodidad. Winter se fijó en que vestía uno de sus vestidos más elegantes, el de ir a los servicios religiosos, y en que se había recogido el pelo pulcramente. Llevaba guantes blancos y sujetaba un bolso haciendo juego. Por un momento se preguntó cómo no se había fijado en su aspecto el día que salió de The Sunshine Arms vestida de aquella manera, como si fuese a una boda.

– ¿Estoy bien? -preguntó ella nerviosamente.

Una voz en off repuso:

– Está muy bien.

– Estaba preocupada. Nunca he salido en televisión y quería estar bien vestida. Este vestido… -La frase quedó suspendida con tono de pregunta.

– Está usted muy elegante, descuide.

Simon Winter reconoció la voz de la joven que estaba sentada silenciosamente a su lado.

– No sé exactamente qué se supone que debo hacer -dijo Sophie Millstein.

– Sólo relájese y no se preocupe por la cámara.

La anciana se removió en su asiento.

– No estoy segura de que esto sea buena idea…

– Sólo olvídese de la cámara, Sophie. Se acostumbrará enseguida. Todo el mundo se pone nervioso al principio.

– ¿De veras? ¿Todos?

– Todos.

– Bueno, eso me hace sentir mejor. Pero no sé qué se supone que tengo que decir.

– ¿Qué desea decir?

– En realidad no mucho. En absoluto.

– Pero usted ha venido aquí -conminó la joven con tono suave-. Algo le ha incitado a venir y contarnos algo. ¿Qué era?

Sophie Millstein dudó de nuevo y Winter vio que entornaba los ojos concentrándose.

– Todos deberían saberlo -repuso.

– ¿Quién debería saberlo?

– Toda la gente que ahora es demasiado joven para recordar.

– ¿Qué es lo que deberían saber?

– Lo que sucedió. La verdad. Porque todo aquello sucedió de verdad. -Sophie Millstein apretó la mandíbula y cruzó los brazos sobre el pecho.

Tras un instante de silencio, la voz de la joven, tranquilizadora y persuasiva, preguntó:

– ¿Por qué no empieza por contarme lo que le sucedió a usted? Sería un buen comienzo.

Sophie Millstein abrió la boca pero volvió a cerrarla con fuerza. Winter vio que el labio superior le temblaba ligeramente. Permaneció así durante casi un minuto, con el vídeo registrando su silencio.

Luego, al fin, cogió aire como si hubiese estado conteniendo el aliento. Las palabras empezaron a surgir como en cuentagotas:

– Se trata de cosas que quería olvidar, de manera que no he hablado de ellas, ni siquiera con Leo. Me gustaría que él estuviese aquí, porque él me ayudaría…

– Pero él no está aquí y usted debe hacerlo sola.

Sophie Millstein asintió. Las lágrimas afloraban a sus ojos y ella se esforzaba por mantener la compostura. De nuevo, el silencio se apoderó de la imagen, excepto por la áspera respiración de la anciana.

– Sola -dijo por fin, y miró directamente a la cámara.

Winter vio que su vecina se recomponía. Se dio un golpecito en Su tembloroso labio, enderezó la espalda y siguió mirando al objetivo, superó la incomodidad y empezó a hablar. Un torrente de palabras e imágenes estallaron, una vorágine de recuerdos. Rompió como una ola sobre Simon Winter, que se sujetó a la silla para mantener el equilibrio.

– …Estuvimos tres días metidos en un tren. Hacinados como animales junto con nuestra inmundicia y suciedad. La gente moría a nuestro alrededor; una señora, de la cual nunca supe el nombre, murió y durante ocho horas su peso apretó mi espalda, hasta que el anciano que estaba a su lado también murió y entonces pude empujarla hacia atrás; los dos cadáveres cayeron el uno sobre el otro. Aún recuerdo sus facciones pálidas, como esculpidas en piedra. Durante largo rato pensé que debía averiguar su nombre para poder decírselo a alguien. Pero no lo hice. Aún puedo sentir la fetidez que había en el aire de aquel tren. Cada mañana lo recuerdo. Tal vez por esto vine a Florida, porque aquí el aire es limpio y no tendría que recordar la pesadilla de aquellos tres días. Era como si estuviésemos comprimidos con el mal, espeso y áspero, como una enfermedad que nos cubría. Hansi me sostenía, mi hermano Hans, tenía catorce años, dos menos que yo, pero era fuerte. Siempre fue muy fuerte. Yo era baja pero él era alto y me sostenía, de manera que no podía ayudar a mamá o papá, que cada vez tosía más y se debilitaba por momentos. Pensé que moriría, pero no dejó de hacerme gestos con la mano y de decirme «estoy bien, no te preocupes por mí, todo irá bien», pero por supuesto no era así, porque yo sabía que todos moriríamos cuando llegásemos a destino, a Auschwitz. No obstante, cuando abrieron las puertas y entró aire fresco, pensé que no me importaría morir a cambio de respirar aquel aire, pero incluso en el frío, el hedor de los muertos era tan intenso que no podía respirar. Y ellos gritaban Raus! Raus! Tuvimos que agruparnos fuera del tren, pegados unos a otros, intentando permanecer juntos, pero yo no pude seguir con Hansi porque nos separaron en dos filas, mujeres a un lado y hombres al otro. Le vi sujetando a mi padre y yo no sabía dónde estaba mi madre y ellos seguían gritando, obligándonos a formar las filas, los perros ladraban y gruñían. Nadie intentó escapar, todos estábamos demasiado débiles, y avanzamos dando traspiés hacia una mesa. El oficial de las SS sólo nos miraba y formulaba una pregunta o dos, y luego señalaba un lugar u otro, pero por supuesto, ya sabes todo aquello. Se ha dicho una y otra vez, pero sucedió y me sucedió a mí. Él estaba allí sentado con su abrigo gris y su gorra, de aquellas con la insignia de la muerte en la cabeza. Y llevaba guantes negros, de forma que era aquella mano negra la que indicaba un lugar u otro, era muy rápido. Cuando mi fila avanzó. Vi a Hansi y a mi padre, que tosía y Hansi le sujetaba, y el SS apuntó a la izquierda para mi padre y a la derecha para Hansi, pero mi hermano negó con la cabeza y ayudó a mi padre a avanzar hacia la izquierda, y eso fue todo. ¡Oh, Dios mío! Él no quería abandonarle, así que fue hacia su muerte. Hansi era tan fuerte, él habría sobrevivido… Él lo habría conseguido, siempre lo he pensado. Era enjuto y fuerte, con músculos firmes aunque no hubiese comido nada durante días. Y siempre sonreía, ¿sabe? Se tomaba la vida con optimismo, catorce años, y siempre estaba feliz y sonriente, incluso cuando todo era horrible y alrededor sólo había muerte y destrucción. Él me miró en aquel breve instante, y entonces supe que él sabía que debía dejar ir a papá pero que no lo haría; sostuvo su brazo y le ayudó a ser fuerte también. Era sólo un crío, pero lo sabía. Me sonrió. Oh, Dios mío, me sonrió como diciéndome «está bien morir por una buena causa aunque todavía no haya tenido tiempo de vivir». Tenía catorce años pero era el más fuerte. Así que ayudó a nuestro padre y por ello murió y yo me quedé sola para siempre. Oh, Hansi, ¿por qué no fuiste hacia la derecha?

Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Sophie Millstein, y Winter pensó: «¿Cuántas lágrimas puedes acumular en cincuenta años?»

En la pantalla, la voz de la joven preguntó:

– ¿Necesita descansar un poco?

– Sí -repuso la anciana, pero luego añadió-: No.

Miró fijamente a la cámara.

– Cuando llegué a la mesa donde estaba el hombre de las SS, ¡vi que era un doctor! ¡Un doctor! ¿Cómo un médico podía hacer aquello? Me preguntó cuántos años tenía y yo dije que dieciséis. Pensó un momento y luego empezó a alzar la mano. Supe que señalaría a la izquierda, así que añadí rápidamente: pero soy electricista. Se me quedó mirando y expliqué que mi padre era electricista y yo su ayudante, pero que me lo había enseñado todo, y entonas él debió de pensar que podría ser útil, y señaló a la derecha.

– ¿Sabía usted…?

– Nada. Nada en absoluto. Mentí y viví. -Hizo una pausa y luego añadió-: Siempre me ha preocupado, ¿sabe? Por supuesto no había nada malo en ello, pero nuestros padres, él era profesor de lingüística en la universidad, nos habían enseñado que mentir era pecado, como una pequeña mancha en tu alma que nunca podrías acabar de limpiar y que siempre, siempre, siempre era mejor decir la verdad que poner esta pequeña marca en tu corazón. Y yo odié que aquel, ya sabe, aquel hombre de las SS me hiciese mentir para salvar la vida. Y todo lo que me sucedió después, todo parecía formar parte de aquella mentira. Y yo les odié y sospecho que me odio también por esa razón.

– Pero si usted hubiera dicho la verdad…

– Habría muerto, lo sé.

– ¿Así que usted se hizo electricista?

Sophie Millstein hizo otra pausa y Simon Winter vio que entornaba los ojos al recordar con odio. Luchó con las palabras, pero enseguida brotaron.

– No… -dijo lentamente-. No. Eso es lo que le conté a Leo. Y a todos los que preguntaron. Pero también era mentira. Me raparon la cabeza, me rasuraron todo el cuerpo y me convertí en una puta. -Inspiró hondo-. Y así fue como sobreviví. Siendo una puta.

Sophie Millstein alargó el brazo y sacó un pañuelo de encaje del bolso que tenía a sus pies. Se secó los ojos y miró a la joven que estaba al otro lado de la cámara.

– Supongo que estuvo mal -dijo amargamente-. Tengo mucho que decir.

Miró de soslayo hacia la cámara con los ojos aún brillantes por las lágrimas. De nuevo respiró lenta y profundamente.

– Ha sido muy duro perdonarme a mí misma -musitó-. Todos estos años he sentido que hice algo terriblemente malo. Y no podía hacerlo desaparecer como si fuese polvo o pelusa.

Otro silencio, hasta que la voz de la joven dijo:

– Sophie, usted sobrevivió y eso es lo único que importa. No cómo o por qué o qué tuvo que hacer para ello. Usted vivió y no debería sentirse culpable.

– Sí. Es cierto. Me lo he repetido miles de veces todos estos años.

La anciana dudó de nuevo. Las lágrimas anegaron sus ojos, emborronando el maquillaje que se había aplicado con esmero.

– Creo que todo este tiempo pensé que estaba mal vivir cuando tantos otros murieron. -Otra pausa-. ¿Puedo beber algo, por favor? -preguntó con una leve y delicada sonrisa, como una niña que se da cuenta de que acaba de leer su primera palabra-. ¿Un poco de té helado?

Sophie Millstein desapareció abruptamente de la pantalla reemplazada por interferencias electrónicas seguidas de un fondo azul con su nombre, la fecha y un número de registro.

Esther Weiss se levantó y apagó el televisor. Luego se dirigió a la ventana. Los estores repiquetearon al ser alzados. La luz inundó la habitación y Simon Winter parpadeó. La joven vacilaba junto a la ventana, como si intentase recuperarse.

Se volvió hacia él. Vestía unos vaqueros y una camisa holgada de algodón. Su melena rizada caía sobre sus hombros, enmarcando la cara.

– ¿Sabía usted que Sophie era una mujer excepcional, señor Winter?

Simon sintió un nudo en la garganta y negó con la cabeza.

– Era una mujer extraordinaria. No se puede cuantificar la valentía, la perseverancia, la dedicación, las ganas de vivir: todas estas cosas que son sólo palabras, señor Winter. Las palabras que describen conceptos que parecen lejanos y perdidos en la sociedad actual. Todos los supervivientes tienen algo de ellas en algún grado, pero Sophie destacaba especialmente entre un grupo de gente ya especial, señor Winter. ¿Sabía esto de su vecina?

Él negó con la cabeza de nuevo.

Weiss continuó:

– Todo esto es extrañamente engañoso. Parecía solamente una viejecita. Un poco aturdida, tal vez. Un poco loca, quizá. -Miró a Winter-. La típica abuelita judía. Sopa de pollo y quejándose de esto y aquello, ¿verdad?

Él no respondió.

– Eso es lo que usted pensaba, ¿no?

Él asintió con la cabeza lentamente.

– Pues bien, usted estaba muy equivocado -dijo. La mujer le miró con dureza-. Maldita sea, completamente equivocado.

Esther se restregó los ojos para evitar que las lágrimas se derramaran. Inspiró hondo.

– Esto era sólo el principio, ¿sabe?, para romper un poco el hielo y poder hablar. Teníamos grandes esperanzas. Pero su vecina sólo pudo completar otro vídeo antes de ser… -Calló abruptamente-. Maldita sea, asesinada.

Simon permaneció en silencio.

– Es totalmente injusto. ¿Qué clase de mundo es éste, señor Winter? ¿Es que no hay justicia en absoluto?

Él no respondió, porque la entendía; además, ¿qué iba a decir? Ella tenía razón.

– ¿Comentó algo acerca de su época en Berlín, antes de que la deportasen? -preguntó por fin.

La joven consultó unas notas. Cuando alzó la vista, Simon vio que sus ojos buscaban en su antebrazo. Buscaba un tatuaje.

– ¿Qué exactamente? Usted no es un superviviente, ¿no, señor Winter?

– No -dijo, y al instante pensó que de alguna manera era una respuesta equivocada-. Fui policía.

– ¿Y por qué le interesa la historia de Sophie ahora?

– Por algo que ella dijo horas antes de su asesinato. Sobre un hombre que la había entregado.

– U-boot, submarinos alemanes -dijo Weiss.

– ¿Perdón?

– U-boot. Era uno de los apodos que usaba la gente que intentaba esconderse, porque estaban bajo la superficie. Era una vida muy difícil. Le prestaré algunos libros sobre lo que intentaban conseguir. Excepcional, sin duda. Esconderse de un estado policial dedicado a tu completa destrucción. Creo que en la Historia ha habido poca gente capaz de demostrar este tipo de creatividad, recursos, valentía, no sé… Fueron personas extraordinarias, y muy pocas sobrevivieron para contarnos sus historias. Por eso estábamos todos tan emocionados cuando Sophie acudió a nosotros y empezó a grabar vídeos. No creo que entendamos realmente hoy día la clase de valor que esta gente tuvo, sin que ellos nos den su testimonio de primera mano. ¿Y la vida que sufrieron? Hambruna. Miedo. Siempre miedo. No podían estar más de unos días en cada sitio. Tenían que trasladarse, frecuentando lugares de los que no podían salir. Cuando podían, sobornaban a la gente. Normalmente con joyas. Si tenían alguna moneda de oro, mucho mejor. Algunas veces incluso podían sobornar a los cazadores y tal vez conseguían unos días más de sufrimiento, antes de ser capturados y ser enviados a la muerte.

– Eso es lo que he sabido.

– ¿Con quién ha hablado usted?

– Con el rabino Chaim Rubinstein. Con la señora Kroner y el señor Silver.

– Los conozco. Eran U-boots, como Sophie. -La joven dudó y movió levemente la cabeza-. Los cazadores eran judíos utilizados por la Gestapo para cazar a otros judíos. En una sociedad que parecía alimentarse de ironía y traición en cantidades iguales, ellos fueron tal vez los más… No sé… ¿qué? ¿Moralmente únicos?

Hizo una pausa y Winter respiró hondo. Ella desvió la vista hacia la ventana, siguiendo con la mirada el haz de luz que se extendía por la habitación.

– ¿Cree que alguien así va a parar a algún lugar especial del infierno, señor Winter?

Él no respondió, aunque pensó que tenía una buena respuesta. Por el contrario, empezó a preguntar:

– ¿Alguna vez describió…?

– Es un tema muy importante, señor Winter. Es una especie de canibalismo moral. Traicionar a tu propia gente y entregarla a monstruos para salvar tu vida. Durante años han visitado nuestro centro importantes estudiosos para estudiar esas cintas.

Esther lo miró.

– Ella grabó otro vídeo. Se lo mostraré.

Fue a una estantería y empezó a buscar entre las cintas. Comprobó un par de veces uno de ellos con una lista.

– Aquí lo tiene -dijo-. ¿Quiere que corra las cortinas?

El negó con la cabeza. De alguna forma sentía que las pesadillas que contenían aquellas cintas estaban más seguras a la brillante luz diurna. Ella puso la cinta en el aparato de vídeo.

Sophie Millstein apareció de nuevo en la pantalla. Esta vez llevaba un vestido menos formal, uno de flores estampadas que Winter reconoció. Un par de barras de interferencias cruzaron la pantalla y los movimientos de Sophie Millstein fueron sacudidos por la velocidad de la cinta mientras la joven la avanzaba hasta el punto en que comenzaba la conversación.

– Creo que es aquí… -dijo. Apretó un botón y la voz de la anciana resonó en la habitación.

La voz en off preguntó:

– Sophie, ¿cómo los capturaron?

La señora Millstein se tapó la boca con la mano, como si quisiera evitar que las palabras salieran de su boca. Luego se irguió en la silla con rigidez, como un testigo en un juicio, y habló:

– Recuerdo que fue la única vez que vi a Hansi asustado, porque él llegó a casa aquel día diciendo que le parecía que alguien le había visto. No estaba seguro, ¿sabe?, la gente cambiaba mucho en aquellos años. Podías mirar a alguien que conocías de toda la vida y no reconocerle. La guerra hizo esto. Y el hambre y las bombas de los Aliados todo el tiempo. Pero Hansi estaba preocupado. No obstante, el día siguiente salió a buscar trabajo. Teníamos que comer y no había elección, además era posible que Herr Guttman de la imprenta le diese un poco de pan a cambio de un día de trabajo, y el pan era muy importante. Entonces salió. Regresó mucho después de anochecer, eludiendo a los guardias nocturnos del toque de queda, que era algo que no había hecho nunca, porque si le hubiesen capturado sin papeles, todo habría terminado, e incluso si ellos hubiesen visto sus documentos todo habría terminado igualmente. Llegó asustado de nuevo, y habló en privado con papá, que no permitió que mamá y yo escuchásemos. Papá fue al abrigo donde guardábamos todo nuestro dinero cosido en el forro y volvió con un anillo que entregó a Hansi. Un anillo de oro. El anillo de boda de papá. Hansi lo cogió y volvió a salir por la trampilla del sótano. Regresó al cabo de unos minutos y le dijo a papá que todo iba a ir bien, pero tal vez sólo por unos días, y entonces hablaron de trasladarnos. Yo no quería irme. El sótano era cálido y muy seguro durante los bombardeos aéreos. Tal vez por esta razón no nos trasladamos a tiempo. Ellos vinieron dos días después. La Gestapo llamó a la puerta y nos sacó fuera. Recuerdo a la pobre Frau Wattner de pie con un soldado a cada lado. Parecía tan asustada… Ella decía: ¡Pero yo no sé, no sé, yo pensaba que sólo eran Bombengeschädigte! ¡Se giró hacia papá y le escupió en la cara! Schweinjude!, dijo, y aunque todos sabíamos que para salvarse tenía que decirlo, aun así, la palabra hirió. Nos metieron en un coche; miré hacia atrás y vi que los soldados lanzaban a la pobre Frau Wattner contra la pared de la casa. Papá me hizo volver la cabeza, pero oí el ruido de la metralleta y, cuando miré otra vez atrás, ya no la vi…

Sophie Millstein estaba de nuevo luchando por contener las lágrimas. Levantó la mano.

– Lo siento Esther -dijo-. Pobre Frau Wattner. Ella nos traía sopa cuando no teníamos nada que comer. No sé si podré hablar de aquel día ahora.

– Sophie, estas cosas son importantes.

La anciana asintió hacia la cámara y prosiguió.

– Hansi no habló mucho. No aquella noche. Después de que papá y mamá se durmiesen, me arrastré hacia donde estaba echado bajo su abrigo, puesto que no teníamos mantas, y le pregunte: Hansi, ¿qué sucede? ¿Qué es esto? Al principio él no quería contestar, pero le di un codazo y él levantó la mano lo justo para que la poca luz que penetraba por el único ventanuco proyectase una sombra en la pared, y entonces lo supe…

– Supo qué.

– Supe que él estaba ahí fuera. Y supe que nos había denunciado a la Gestapo. Seguramente me puse rígida o lancé una exclamación o algo, porque Hansi dijo: «No, no te preocupes. Le he dado algo y nos dejará ir…» Pero yo no le creí y no creo que Hansi lo creyese tampoco.

– Aquel hombre. El que se encontró…

– El que nos entregó.

– Sí. Cómo fue…

– Del instituto, creo. No era compañero de clase de Hansi sino alguien un poco mayor. Debía de ser así, porque mi hermano maldijo, algo que nunca había hecho, y recuerdo que dijo que habría sido mejor no haber aprendido a leer ni escribir. -Hizo una pausa y luego añadió fríamente-: Él lo sabía. Aquella noche en la oscuridad. ¿Sabe?, recuerdo que había empezado el bombardeo en las afueras de Templehof, como era habitual, y se oía en la distancia, acercándose, y normalmente me asustaba, pero aquella noche no.

Aquella noche recuerdo haber rezado para que uno de los bombarderos británicos soltase su carga sobre nosotros y todo terminase de forma rápida e indolora.

Respiró hondo y prosiguió en voz baja:

– Hansi lo sabía, y yo lo sabía, y supongo que papá y mamá también sabían que ya estábamos todos muertos. Estuvimos muertos en el preciso instante en que él vio por primera vez a Hansi. Muertos cada vez que siguió a mi hermano por la ciudad, cada parada del tranvía, cada paso en la acera. Muertos cada segundo que observaba y esperaba su oportunidad. Muertos cuando atrapó a mi hermano en un callejón y le susurró: «¡Judío! ¡Yo te conozco!», con voz de serpiente. Estuvimos muertos cuando Hansi le suplicó. Y cuando obligó a Hansi a que le llevase al sótano de Frau Wattner y también cuando le pidió un soborno. Nos estaba matando cuando Hansi le dio el anillo y nuestro dinero y le escuchó decir aquella gran mentira. No, estábamos todos muertos, aun cuando había prometido que no nos denunciaría.

Sophie Millstein hizo una pausa. Respiraba entrecortadamente y su rostro estaba encendido de rabia.

– Pero usted vivió, Sophie. -Esther Weiss intervino suavemente.

La anciana entornó los ojos y su voz sonó ronca al responder:

– ¿Viví? ¿Usted cree que alguien que pasa por todo esto vive? ¡Ah, usted no sabe nada! ¡Todos morimos allí dentro! Tal vez el cuerpo siga funcionando. Tal vez aún respiremos, nos levantemos cada mañana y veamos la luz del día, pero por dentro estamos muertos. ¡Muertos!

– Sophie, eso no es cierto -argumentó la joven con afecto-. Usted vivió, otros vivieron. Hay una razón para ello. Es muy importante que ustedes sobreviviesen.

Sophie Millstein iba a responder, pero se abstuvo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo.

– Lo siento, Hansi. Lo siento por mamá y papá. Lo siento por todos los que murieron -dijo despacio, y asintió con la cabeza-. Esther, lo cierto es que yo quería vivir. Tal vez no debí hacer algunas cosas que hice, o decir algunas cosas que dije, pero lo hice y no hay vuelta atrás, ¿no?

– No, no la hay.

Sophie Millstein empezó a decir algo pero se calló. Pareció reflexionar y luego susurró:

– Y pensar que… que era uno de nosotros. Necesito hacer una pausa -dijo moviendo la cabeza.

– Sophie, esto es muy importante. ¿Qué sabe del hombre que les entregó? Necesitamos saberlo todo de él.

– Lo sé. Tal vez mañana, o la semana que viene. Pero ahora necesito pensar en cosas más alegres, Esther, porque a veces estos recuerdos hacen que mi corazón quiera detenerse.

Hubo una pausa y luego la voz de la joven repuso:

– Está bien, Sophie. Tenemos mucho tiempo, todo el tiempo que necesite.

Luego apareció otro fondo azul con una fecha y un número de registro.

Esther Weiss apagó el televisor y movió la cabeza significativamente.

– Me equivoqué. Ella no tuvo tiempo -aseveró. Suspiró y miró a Winter-. Así que no hay más que esto. Su hermano pagó al cazador, tal vez un antiguo compañero de clase, un profesor, quién sabe. No era como la mayoría de los buenos alemanes que escondían judíos a cambio de un soborno. Con él no funcionó. Les denunció de todos modos. Denunciados y enviados a la muerte. ¿Le ayuda en algo saber todo esto?

Simon estaba reflexionando sobre todo lo que había escuchado. Recordó las palabras de Sophie en su apartamento el día de su muerte: «Sólo le vi una vez, y por tan poco tiempo…» «¿Yo habría olvidado aquel rostro? -se preguntó de pronto-. ¿Reconocería aquel rostro no importa los segundos que le hubiera visto cincuenta años atrás, no importa cómo los años le hubieran cambiado? ¿Podría olvidarlo? -Y se respondió-: No.»

Luego invirtió la pregunta en su cabeza. «¿Aquel hombre olvidaría alguna vez lo que había hecho?: No.»

La joven dudó un momento. Winter vio que fruncía el ceño antes de añadir:

– ¿Sabe lo que es extraño? Que quería hablar con nosotros la noche que fue asesinada.

– ¿Qué?

– Dejó un mensaje en el contestador del Centro del Holocausto. Era tarde y ya no había nadie aquí. Sólo dijo que iba a venir y que quería hablar de su detención.

– ¿Y qué dijo exactamente?

– Sólo eso. Fue muy breve.

– ¿Se lo ha dicho a…?

– Sí, llamé a la policía, pero no parecieron demasiado interesados.

Winter asintió.

– Ellos creen que la ha asesinado un yonqui. Alguien que ha cometido otros robos cerca del apartamento de Sophie -explicó.

– Eso es lo que me dijeron -asintió ella-. Pero usted parece preocupado, señor Winter. ¿Usted no les cree?

Él hizo una pausa, recordando las palabras en alemán que había oído pronunciar a Sophie Millstein a lo largo de los años. Nunca se había dado cuenta, pensó. Todos esos años, viéndola ir y venir, viviendo justo delante de su apartamento, y nunca se había enterado. «Vaya detective que eres», se reprochó.

– Por supuesto que les creo -dijo lentamente.

– Así pues, ¿por qué ha venido aquí? -preguntó la mujer.

Pensó en lo estúpido que era. Todos aquellos años de policía, un día tras otro, conviviendo diariamente con la muerte, con todas las formas de asesinato. Y la muerte había entrado directamente en The Sunshine Arms justo cuando él había cogido su arma para quitarse la vida, y por alguna malvada razón se había llevado a la persona equivocada. No a él sino a su vecina.

– Estoy aquí porque alguien asesinó a una persona conocida -dijo con tono cortante.

Echó un vistazo a la ventana como si la luz del sol pudiese disolver el frío que impregnaba su corazón. Entonces, con cuidado y precisión, preguntó:

– La noche que ella murió, cuando ella llamó aquí… ¿usó las palabras Der Schattenmann?

La joven meneó la cabeza.

– No. No lo creo. ¿ La Sombra? No. Me habría acordado de ello.

Simon apretó los dientes.

– ¿Significa algo para usted?

– No lo recuerdo, pero…

– Podría haber sido el cazador.

– Tal vez. Todos eran conocidos por seudónimos o apodos. Y su hermano le dio a entender algo haciendo sombra en la pared con la mano…

– ¿Alguno sobrevivió a la guerra?

– Tal vez uno o dos. Uno, una mujer, fue juzgada por los rusos, cumplió condena algún tiempo y ahora vive tranquilamente en Alemania.

– ¿Y los otros?

– Desaparecieron en los campos. O bajo los escombros. ¿Quién sabe?

«Es cierto, ¿quién sabe? Ésta es la cuestión», pensó Simon.

9 El Helping Hand

Walter Robinson siguió el autobús G-75 mientras aceleraba por el paso elevado de Julia Tuttle, dejando atrás la playa en dirección al centro de Miami. Era mediodía y el autobús desprendía eructos humeantes por el tubo de escape, que eran absorbidos por el calor como una esponja. Giró y a continuación subió por la autovía de tres carriles.

Miami tiene una fisonomía lineal. La ciudad se extiende hacia el norte y el sur a lo largo de la costa, aferrada a la bahía Vizcaíno con tenacidad urbana, adoptando no sólo la imagen que quiere mostrar al mundo, sino también una especie de porte interno proveniente de las aguas azules y brillantes. Estos últimos años ha empezado a expandirse hacia el oeste hacia la empapada extensión de los Everglades, donde se alzan urbanizaciones y centros comerciales como un montón de forúnculos en la espalda infectada de un hombre. Pero estas erupciones son inevitables a causa de las tendencias cambiantes de la población. No obstante, en actitud y esencia, Miami continúa siendo una ciudad costera, orientada hacia los prados siempre cambiantes del océano verdiazul.

A pesar de ello, Walter Robinson odiaba el agua.

No es que no le gustase disfrutar de su contemplación, una vista que buscaba con frecuencia, especialmente cuando estudiaba algún caso difícil. Hacía tiempo había descubierto que el ritmo del mar tenía un sentido sutil y alentador y que el machacón sonido de los rompientes le ayudaban a concentrarse. Por ello, apreciaba el mar y la bahía como herramientas de ayuda profesional. Su odio, sin embargo, era más de tipo político.

Pensaba que el agua era algo que pertenecía a los ricos. En Miami hay docenas de muelles, puertos deportivos y rampas de embarcaciones, pero muy lejos de los barrios donde viven los negros. Él lo había advertido a muy temprana edad, cuando quería escapar de la pobreza del Black Grove, y atravesaba zonas de creciente prosperidad a medida que se acercaba al agua, donde observaba las embarcaciones de vela, las lanchas rápidas, o los cruceros de amplias cabinas propiedad de blancos ricos e influyentes, que pasaban ociosos por delante de la costa hacia la bahía. Y era consciente de que su color le hacía distinto de casi todos los que se dirigían hacia el agua. Una vez se había quejado de esto a su madre, que era maestra de escuela, pero ella sólo le dijo que debía aprender a nadar si iba a frecuentar las playas del condado de Dade. Sólo cuando fue adulto se dio cuenta de que muchos de sus compañeros del colegio nunca se habían molestado en aprender a nadar, tan interiorizado tenían el prejuicio de que el agua pertenecía a los blancos y no a ellos.

De este modo, Walter Robinson se obligó a convertirse en un experto nadador, rápido, fuerte y seguro de sí mismo incluso cuando las corrientes tiraban de él con peligrosas intenciones.

Mientras conducía por el paso elevado, siguiendo el rápido autobús, echó un vistazo a la bahía, que brillaba a ambos lados. Siempre le alteraba el ánimo el recorrido entre la playa y Liberty City; la bahía parecía mofarse de la deprimida zona urbana que se alzaba a un kilómetro tierra adentro. Seis manzanas, tal vez nueve y cualquier rastro del agua se disipaba en un calor polvoriento e implacable. Se acercó al G-75 cuando el autobús redujo la marcha en una rampa de salida, soltando otra vaharada de humo sucio y gris, y descendía a la zona de la ciudad más deprimida.

Él intuía que el G-75 existía con un único propósito. Recorría el circuito entre una media docena de paradas en Liberty City y un número parecido en Miami Beach, de manera que las mujeres de la limpieza, los lavaplatos, los jardineros y las canguros que vivían en la zona deprimida pudiesen levantarse temprano y subir al autobús entre el calor hacia sus trabajos difíciles y mal pagados en la zona de los ricos, sin quejas ni esperanzas, y luego realizar el trayecto de regreso por la noche, balanceándose entre el ruido y la velocidad, mientras el autobús cruzaba el paso elevado.

Llevaba un plano de la ciudad extendido en el asiento del pasajero cuando el bus maniobró para bajar por la Vigésimo Segunda Avenida, anotó la ubicación de todas las casas de empeños y las casas de cambio donde hacer efectivos los cheques. La frecuencia de este tipo de establecimientos era deprimente, al menos había uno por manzana.

Las casas de empeño le interesaban en particular.

«¿Pero cuál de ellas? -se preguntó-. ¿Cuál de ellas te abrió en mitad de la noche? ¿En cuál entraste para librarte de los últimos restos de pánico? ¿En cuál te ofrecieron un trato rápido, fácil y sin preguntas?»

Sólo era una conjetura. Él sabía que los cacos experimentados realizaban sus transacciones fraudulentas en un lugar que frecuentaban a menudo. Con alguien de confianza y al margen de la ley. O con un perista que pudiese ocuparse de joyas caras.

Pero los peristas se cuidaban de tener tratos con los enganchados al crack, pensó Robinson. Así pues, siguió conjeturando, su presa no tenía en Liberty City un sitio habitual donde llevar su mercancía. Siguió conduciendo.

– No, tío -dijo en voz alta-. Estabas completamente colgado y querías librarte de todo cuanto antes, así que una casa de empeños ya te iría bien. Una que tú supieses que lleva dos contabilidades. Una donde simplemente te aflojasen unos billetes de diez o de veinte sin hacer preguntas. Lo justo para que no te hagas rico pero no tan poco como para que vayas a otro sitio, ¿correcto?

En la ruta del G-75 había unas siete tiendas de ese tipo.

Robinson aparcó y sonrió para sí.

«Seguro que no querías andar demasiado, sólo pensabas en librarte de aquellas cosas rápidamente, coger algo de efectivo y olvidarte del gran paso que habías dado. ¿Sabes a qué paso me refiero, tío? El que separa a un ratero de un verdadero delincuente. El paso que te llevará al corredor de la muerte en Raiford, donde te preguntarás qué coño has hecho con tu vida y por qué te será arrebatada.»

Robinson se apeó y el calor que se alzaba de la acera lo envolvió. Cerró el coche y se puso a tararear una canción.

Respiró hondo y pensó: «No, amigo, seguro que no sabes lo cerca que estoy. Y aún voy a estarlo más, y antes de que te des cuenta te echaré el guante.»

Dejó que su mirada recorriese unos edificios al otro lado de la calle. Tres niños jugaban con una bicicleta de plástico rosa chillón en un lugar donde las aceras de cemento tenían zonas de arena oscura. Detrás de ellos había dos edificios de apartamentos rectangulares de dos pisos. Los grafitos estropeaban la descolorida pintura blanca de las paredes. La mayoría de las puertas y ventanas estaban abiertas; si había aparatos de aire acondicionado, o no funcionaban o era demasiado caro ponerlos en marcha. De vez en cuando salían gritos de furia repentina, improperios que surcaban el aire tórrido sobre las cabezas de los niños que jugaban fuera, ajenos a todo. Robinson sabía que cuando el día fuese desapareciendo, esas mismas voces furiosas irían acompañadas del inevitable sonido de botellas de licor estrellándose contra el suelo y con frecuencia de algún disparo.

El detective dudó y dos niños se detuvieron y le miraron. Le señalaron y se dio cuenta de que su apariencia no encajaba allí, con su traje beis, camisa abotonada, corbata y zapatos lustrados. Los niños lo observaron un momento, comentaron algo y luego reanudaron sus juegos.

Él movió la cabeza y pensó: «Tienen siete años y ya detectan a un policía. ¿Tal vez dentro de diez años vendremos a por ellos pistola en mano?» Miró alrededor buscando a alguien que vigilase a los niños mientras jugaban en la calle, pero no vio a nadie. «Al menos, cuando yo era niño, mi madre me vigilaba», pensó. Aquel recuerdo le produjo un sentimiento de tristeza y soledad; trató de alejarlo rápidamente y concentrarse en su trabajo.

La brisa alzó un remolino de polvo a sus pies. Se dirigió hacia la manzana donde había visto la primera casa de empeños. Hizo una pausa antes de entrar. Cuando alargó la mano hacia la puerta, oyó que un coche tomaba la curva que había detrás de él y se giró rápidamente.

Era un coche patrulla blanco de Miami City. El sol que se reflejaba en el coche casi le deslumbró. Una ventanilla bajó y escuchó una voz familiar:

– Vaya, pero si es el famoso detective de Miami Beach que viene a buscarse problemas.

Walter Robinson se hizo visera con una mano y repuso:

– Bueno, sólo porque vosotros, vagos y perezosos, dejáis que vuestros chicos malos se metan en problemas en mi territorio.

Oyó risas provenientes del asiento del pasajero y al acercarse al vehículo otra voz dijo:

– Bueno, mejor allí que aquí.

La puerta del conductor se abrió y se apeó un negro corpulento, que vestía el uniforme azul marino de la policía de la City, con galones de sargento. Se dieron un rápido apretón de manos.

– Hey, Walter, muchacho, ¿cómo te va?

– Bien, Lionel, muy bien.

Por el otro lado bajó otro sargento, éste hispano, delgado y bastante más bajo.

– Eh, Walt, amigo, ¿cómo estás? -dijo en español al estrecharle la mano.

– ¿Qué extraña lengua extranjera hablas, John? -repuso Robinson con una sonrisa.

– Me llamo Juan, no lo olvides, viejo gringo negro. Eres tan malo como mi compañero. Y ya verás, algún, día se convertirá en el idioma oficial de este país y os obligaremos a hablarlo.

Los tres hombres se echaron a reír.

– Qué te cuentas, tío importante, ¿algún caso especial? -preguntó el sargento. Su nombre era Lionel Anderson y en la calle le apodaban Lion-man, en parte por su porte imponente y fiero, pero también por su comportamiento incorruptible. Había sido compañero de Robinson en la academia, lo mismo que Juan Rodríguez, el otro sargento.

– ¿Y por qué si no iba yo a visitar un lugar como éste? -repuso Robinson.

– ¿Tal vez porque echas de menos el espíritu de comunidad y las actitudes solidarias?

– Me parece que es la comida, socio. El detective no encuentra cocina negra de su gusto allí en la Beach. Se ha cansado de la sopa de pollo y las bolas de matzha. Necesita una dosis de berzas y codillos de jamón.

– Sí, será eso. Seguro que sabe mejor que esas cosas de banana frita que siempre estás devorando y que me haces comer. Es asqueroso -respondió Lionel Anderson.

– Los plátanos fritos son buenos para ti. Te ayudan a aprender un idioma nuevo y comprender toda una cultura.

Robinson movió la cabeza y dijo:

– Diablos, Juan, pero si Lion-man apenas entiende la suya, ¿cómo vas a hacerle comprender otra? ¿Y además nueva?

– Bueno, Walt, amigo, reconozco que en eso llevas razón…

Los tres rieron de nuevo.

– ¿Entonces qué estás husmeando en la pintoresca Liberty City?

– ¿Os habéis enterado del asesinato de la otra noche?

– ¿El de la ancianita?

– Así es.

– Recibimos un parte. Joyas robadas. Llegó de vuestra oficina.

– Es este caso. Creo que el sospechoso utilizó el G-75 de ida y vuelta.

– ¿Piensas que fue en autobús a matar a alguien?

– No creo que tuviese la intención de matar a nadie. Tal vez tuvo suerte un par de semanas cometiendo robos con allanamiento.

– Pero la otra noche cometió un asesinato.

– Ya, pero imagino que igualmente necesitaba regresar aquí, pese a que la patata caliente que estaba acostumbrado a traer estaba más caliente que de costumbre.

– Así pues -intervino Rodriguez-, crees que vino aquí para quitársela de encima rápidamente a cambio de lo que le dieran, ¿es eso?

– Exactamente, Juan.

– Tiene sentido. Me refiero a que nada de esto tendría sentido para una persona razonable. Pero en este mundo, puedes estar seguro de que sí tiene sentido.

– Estoy buscando algún lugar que abra a horas raras, ¿sabéis de alguno? Uno que abra a medianoche…

Ambos sargentos se miraron un momento y luego casi al unísono dijeron:

– El Helping Hand.

– ¿Cómo?

– La casa de empeños. Está un poco más arriba, a tres manzanas…

– Un nombre muy apropiado, ¿no? -dijo Rodriguez-. «La mano que ayuda.»

Anderson movió la cabeza.

– Los muchachos de mi turno se han quejado del tío que lleva el negocio. Dicen que el lugar está abierto día y noche, y no son tontos, saben lo que significa. El propietario se llama Reginald Johnson. Tiene una chica trabajando para él, una tal Yolanda; dice que es una sobrina de Georgia, pero no me lo trago y tampoco nadie de por aquí. Ninguna sobrina de nadie tiene este aspecto. Es una de esas lolitas que hacen babear a los tíos. Lo tiene todo: unas tetas que apuntan al cielo, un culo respingón, unas piernas largas y bien torneadas y algo realmente especial esperando entre las ingles, puedes apostar tu sueldo. Es más dulce que el azúcar. En cuanto al tipo, se comenta que está intentando expandir su negocio. Le han arrestado un par de veces por tenencia de propiedad robada, pero siempre se libra. Suelta unos pavos a su abogado y logra que todo se alargue hasta el siglo que viene, va de tribunal en tribunal, finalmente alega delito menor, paga una multa y regresa a su negocio ufanándose de ser más listo que los polis, el fiscal y el resto del mundo. He oído por ahí que se ha mudado a una casa nueva y la ha llenado de muebles de diseño, porque Yolanda quiere una casa de verdad. Me han dicho que ha puesto el ojo en un Buick para la chica. Uno muy bonito, rojo. Desde luego, Walter, a mí también me gustaría tener una sobrina que hiciese lo que ella sabe hacer.

El policía se echó a reír y su compañero lo imitó, haciendo muecas y palmeándose la pierna con la mano.

– Es evidente que va a hacer lo imposible por tenerla contenta, y ya sabes cómo van estas cosas, la pequeña y dulce Yolanda es muy avispada. Tal vez no sea una lumbrera en física nuclear, pero aprenderá rápidamente quién es quién y qué es qué, y pedirá las cosas más bonitas y más elegantes.

– Qué dulce es la vida -añadió Juan Rodriguez.

– Y ya sabes, todo eso cuesta dinero… -Anderson puso los ojos en blanco y elevó las palmas al cielo, como rogando que llovieran billetes.

– Ya me lo imagino -sonrió Rodriguez.

– Me encantaría ver cómo le jodes el negocio. Si tu sospechoso es de esta zona, entonces lo más seguro es que haya ido derecho al Helping Hand. Sólo hay un problema…

– ¿Cuál?

– Que el viejo Reginald sabe que no puede tener en su tienda esa mierda robada, porque incluso nosotros los polis tontos iríamos a por él. No sé cuáles son sus conexiones, pero creo que se está librando de la mercancía muy rápido.

Anderson asintió.

– Tal vez sea muy tarde para que encuentres ese material en la tienda. Y no vas a obtener una orden de registro por una corazonada.

El grandullón sonrió a su compañero.

– Aún así no haremos ningún mal si ayudamos a este hermano detective y vemos cómo el viejo Reg se retuerce un poco. Es probable que incluso él comprenda la diferencia entre recibir propiedad robada y ser cómplice de un asesinato en primer grado. Tal vez podamos ilustrarle al respecto.

Robinson acompañaba el tono divertido de los sargentos con una expresión adecuada, pero por dentro sentía urgencia y ansiedad: tal vez estaba recorriendo el camino correcto.

– Id delante -dijo en voz baja.

El Helping Hand tenía una fachada estrecha y ventanas protegidas con gruesos barrotes negros. La propia puerta estaba reforzada con planchas de acero y varios cerrojos, lo cual le confería a la entrada apariencia de sombría fortaleza medieval. Robinson vio que una serie de espejos evitaba que nadie entrase allí sin ser visto, puesto que no quedaba ninguna sombra donde esconderse. Una cámara de vídeo enfocada a la puerta se encendía cuando ésta se abría, un detalle que señaló Juan Rodríguez.

– Eh, Reginald, amigo -exclamó-. Tienes una mierda muy moderna. Alta tecnología, sí señor. Me gusta, de veras. Muy bueno.

– Tengo que proteger mi mercancía -dijo una voz hosca detrás del mostrador.

Reginald Johnson era un hombre bajo y fornido, ceñudo, de ojos muy juntos. Sus brazos de culturista llenaban las mangas de la camiseta que vestía. Llevaba una pistola de 9 mm enfundada en su cadera derecha para desalentar a los clientes belicosos y Robinson supuso que guardaba una escopeta del 12 en el estante del mostrador, fuera de la vista pero al alcance de la mano.

– ¿Qué se os ha perdido por aquí? Necesitáis una orden para registrar este sitio -dijo.

– Pero qué pasa, Reggie, si sólo estamos mirando la mercancía. Nos gusta ver lo que los comerciantes locales ofrecen. Es nuestra manera de ayudar a promocionar las buenas normas y las relaciones entre la comunidad -ironizó Juan Rodríguez-. Como esta vitrina llena de armas, Reg. Ya ves, ya sé que puedes sacar la documentación correspondiente a cada una de ellas, ¿verdad que sí?

Rodríguez tamborileó los dedos en el cristal del mostrador.

– ¡Vete a la mierda! -murmuró.

– Reg, ¿necesitas el archivo de registro de las armas? -se oyó en la oscura trastienda.

– Ahí tienes a Yolanda -susurró Anderson a Robinson-. ¡Eh, cariño, sal a saludarnos!

– ¡Yolanda! -le advirtió Reggie rápidamente, pero no lo suficiente.

– ¿Es usted, sargento Lion-man? -preguntó ella dejándose ver.

Walter Robinson vio que su amigo no había exagerado acerca de los atributos de Yolanda. Tenía una piel de color café con leche y una melena azabache que caía en cascada sobre sus hombros. Vestía una ceñida camiseta blanca de cuello en uve, que obligaba a mirar directamente su escote. La muchacha sonrió a Anderson, cuya atención estaba centrada en sus apenas contenidos pechos.

– Vaya, sargento, ¿cómo es que no le vemos nunca por aquí? Le he echado de menos.

Anderson puso los ojos en blanco buscando inspiración para responder.

– Mira, cariño, si quisieras pasar todo el día con este viejo poli, tendrías la mejor protección policial que esta ciudad puede ofrecer. Me refiero a protección continua, las veinticuatro horas del día…

Yolanda rió y meneó la cabeza. Robinson se preguntó si tendría catorce o veinticuatro años. Ambas posibilidades cabían perfectamente.

– ¡Yolanda! ¡Ve a sacar esos documentos de la caja fuerte! -terció Reginald Johnson, exasperado.

La joven lo miró con ceño.

– ¡Antes te he preguntado si era eso lo que querías! -protestó.

– Ve a por ellos, así estos polis podrán marcharse de aquí.

– Ya voy.

– Vamos, muévete, chica.

– Te he dicho que ya voy. Enseguida vuelvo, sargento Lion-man -le dijo a Anderson, y miró de soslayo a Robinson-. A su pequeño compañero ya lo conozco, pero aún no me ha presentado a su nuevo amigo -añadió.

– Me llamo Walter Robinson, de la policía de Miami Beach -se presentó él.

– Miami Beach -repitió Yolanda como si se refiriese a algún lugar lejano y exótico-. Reggie nunca me ha llevado allí a ver las olas. Apuesto a que es realmente bonito, ¿verdad, señor detective?

– Tiene su atractivo -repuso Robinson.

– ¿Lo ves, Reggie?, te lo he dicho mil veces -dijo Yolanda dándose la vuelta con un mohín.

– ¡Yolanda! -se impacientó más Johnson, en vano.

– ¡Pequeño compañero! ¿Pequeño? ¡Yolanda, me has destrozado el corazón! -bromeó Juan Rodríguez-. Tal vez no sea un armario como éste, pero no tienes ni idea. ¿Has oído hablar de los amantes latinos, Yolanda? Son los mejores. ¡Lo hacen perfecto!

– ¿De veras? -dijo la joven sonriéndole-. Apuesto a que te gustaría demostrarlo.

Rodríguez se llevó teatralmente ambas manos al corazón y Yolanda soltó una risita.

– Ve a por esos malditos papeles de una puñetera vez -masculló Johnson y, tras adelantarse hecho un basilisco, la cogió por el brazo y se la llevó hacia la trastienda, situada tras una puerta de tela metálica y triple candado-. No he hecho nada malo y no dejáis de joder alrededor de Yolanda -les espetó a los policías.

– Tu sobrina Yolanda -le recordó Anderson.

Johnson frunció el ceño de nuevo.

Robinson empezó a inspeccionar los objetos expuestos en varias vitrinas, un batiburrillo de armas, cámaras, tostadoras, video-cámaras, cuberterías, una sandwichera, varias guitarras y saxofones, ollas y sartenes. «Los accesorios de la vida cotidiana», pensó. Se acercó a una vitrina que contenía un surtido de joyas y examinó cada pendiente, collar y brazalete. Sacó la lista de objetos robados a la señora Millstein y empezó a comprobarlo con los expuestos.

Johnson se acercó a Robinson e, inclinándose por encima del mostrador, le dijo:

– Yo también tengo una lista con la procedencia de toda esta mierda, detective. No va a encontrar nada de lo que está buscando.

– ¿De verdad la tiene? -repuso Robinson con suave frialdad.

– Así es.

– Me han dicho que abre hasta muy tarde.

– A veces en este vecindario la gente necesita hacer alguna transacción por la noche. Tengo mucha competencia, ¿o no se ha dado cuenta? Sólo intento servir a mi clientela, detective.

– Apuesto a que sí. ¿Qué me dice del pasado martes?

– ¿Qué pasa con ese día?

– ¿Abrió hasta tarde?

– Tal vez, probablemente.

– ¿Algún cliente de última hora? ¿Tal vez a medianoche?

– No me acuerdo.

– Inténtelo.

– Lo estoy intentando, pero no recuerdo a nadie.

– ¿Te burlas de mí, Reg?

Johnson frunció el ceño.

– Deje de acosarme o llamo a mi abogado -amenazó.

Los dos hombres se miraron fijamente, y después Robinson dijo:

– De quince años a toda la vida, Reg. Eso para empezar.

– ¿Qué coño dice?

– Estoy hablando de cómplice en un asesinato en primer grado, Reg. Tal vez ahora sí recuerdes el pasado martes y quién estuvo aquí a últimas horas de la noche.

– No me asusta. No sé nada de ningún asesinato. Creo que voy a llamar a mi abogado ahora mismo. Tal vez querrá interponer una denuncia por acoso.

Reginald Johnson parecía orgulloso de la palabra «acoso». Se la repitió dos o tres veces a Robinson.

El detective echó otra ojeada a la vitrina de las joyas y lamentó no disponer de fotografías de las joyas robadas. Todas las piezas le parecían más o menos iguales y pensó que era el resultado de ser soltero y no prestar atención a las chucherías que atraen la mirada de las mujeres. Intentó que su desánimo no se le reflejase en el rostro.

– Sería mejor que se procurase una orden judicial si quiere verlas mejor -dijo Johnson, pagado de sí mismo.

En ese momento Yolanda salió de la trastienda portando un montón de papeles.

– Aquí tienes todo el papeleo de las armas -dijo extendiéndolo sobre el mostrador.

Los dos sargentos se acercaron.

– Lo tenemos todo en orden -añadió ella-. Aquí no hay armas ilegales, sargento. Mire ese grande y viejo treinta y ocho que hay allí -señaló inclinándose demasiado sobre el mostrador- Pues aquí está la licencia y el registro. ¿Ve como están en orden?

Ninguno de los policías miró el arma que ella señalaba, sino que se centraron en realizar una meticulosa inspección visual de sus pechos.

– Te creo, bomboncito -musitó Anderson lascivamente.

– ¡Yolanda! -saltó Johnson furioso.

La joven se enderezó de forma coqueta. Sonrió al sargento y luego de nuevo a Robinson.

Sin embargo, éste ya no miraba el escote de la joven, sino su cuello. Los fluorescentes del local hacían que la cadena de oro que llevaba puesta destellase. Robinson se volvió hacia Johnson y, entornando los ojos, dejó que una furia apenas controlada tiñese su voz amenazadoramente:

– Tu sobrina tiene un nombre muy bonito.

Johnson no respondió, desconcertado.

Yolanda miró alrededor, de pronto asustada.

– Pues gracias -repuso ella dudando.

– Un nombre muy bonito -repitió Robinson.

Hubo un súbito y tenso silencio. Anderson y Rodríguez se pusieron a ambos lados del detective y se llevaron la mano a sus respectivas armas. Entonces Robinson se inclinó abruptamente por encima del mostrador, le quitó las armas a Johnson y las apartó, haciendo perder el equilibrio al fornido propietario de la tienda, que se golpeó contra el mostrador con un sonido sordo y exclamó un «¡Eh!» sorprendido.

Robinson lo sujetó por el cuello con una mano y le obligó a bajar la cabeza mientras le retorcía el brazo. Rodríguez había inmovilizado la mano que quedaba libre al perista contra la caja.

– ¡Tío, te has vuelto loco! ¡Quiero a mi abogado! ¡Yo no he hecho nada! ¡Suéltenme! -exclamó el hombre.

– No, tú no has hecho nada -masculló Robinson. Respiraba entrecortadamente y acercó su cara a unos centímetros de la del perista-. Yolanda, mira qué nombre tan bonito -masculló con fiereza-. Así que dime, cerdo hijo de puta, rata de alcantarilla, por qué lleva un collar de oro con la inicial de Sophie?

Robinson alzo la vista hacia la joven, que lanzó una exclamación y se llevó la mano al cuello, recordando de pronto. Miró a Anderson e intentó explicar:

– Sí, pero es tan bonito que…

Johnson gruñó y Rodríguez sacaba sus esposas, que produjeron un agradable y musical sonido metálico.

10 Cómo funcionan las cosas

Espy Martínez mostró su identificación ante la mesa del sargento de recepción, que le indicó la hilera de ascensores con un críptico «Tercer piso. La están esperando», antes de volver a sumirse en la lectura de una novela barata que descansaba sobre un montón de papeles. El libro exhibía en la portada una voluptuosa mujer, semidesnuda y blandiendo una pistola antigua en la chaqueta. La joven se dirigió hacia los ascensores y sus zapatos resonaron con un sonido monótono e impaciente en el suelo de linóleo.

El ascensor subió silenciosamente hasta la mitad del edificio. Salió mientras las puertas acababan de abrirse del todo. Buscaba a Walter Robinson, pero en su lugar vio a un detective del departamento de Robos que unos meses atrás había sido su testigo principal en un juicio. El hombre alzó la vista de un bloc de notas y sonrió.

– ¡Hola, Espy! Has subido a primera división, ¿eh?

Ella se encogió de hombros y él añadió:

– El espectáculo ya ha empezado allí. Aprovechan el tiempo.

A ella no le costó adivinar a qué se refería y sonrió, a la expectativa. Siguió hacia donde apuntaba el dedo del detective, hasta el fondo de un estrecho pasillo iluminado por fluorescentes que conducía al núcleo de la jefatura de policía, que daba la impresión de estar sellado y apartado del calor implacable y el sol del exterior. Los conductos del aire acondicionado soltaban aire helado en el pequeño espacio y la joven se estremeció. El repiqueteo de sus pasos había desaparecido, apagado por una moqueta gris; todo lo que podía escuchar era su propia respiración. Por un instante, se sintió completamente sola y pensó que ésta era precisamente la sensación que los sospechosos debían de tener en aquel sitio.

En mitad del pasillo había un par de puertas una frente a otra. Un pequeño letrero de plástico en cada una rezaba INTERROGATORIO 1 e INTERROGATORIO 2. Había ventanas en las paredes, de modo que podías quedarse en el pasillo y mirar a los sujetos que había en cada sala. Espy Martínez reparó en que era cristal de un solo sentido: podías ver dentro, pero el de dentro no podía verte. Vio también que había un intercomunicador junto a la ventana.

Dudó un instante al ver que Walter Robinson estaba sentado en una habitación, delante de una joven mulata sorprendentemente atractiva y con los ojos enrojecidos, sin duda de llorar. Se dio la vuelta y vio a un hombre negro robusto, sentado en una mesa en la sala del lado opuesto. Estaba repiqueteando los dedos en la mesa de fórmica, mirando a un par de policías uniformados de Miami City, que le ignoraban de forma estudiada. Vio que el hombre encendía un cigarrillo y aplastaba la cerilla en un cenicero lleno de colillas. El detenido se removió impaciente en su asiento, un movimiento que provocó que ambos policías lo mirasen con ceño hasta que se quedó quieto de nuevo. Seguidamente procedieron a ignorarle de nuevo. La boca de aquél lanzó un escupitajo que no causó ningún efecto en los policías.

La joven se dio la vuelta y entró en la sala donde estaba Robinson.

Él se levantó rápidamente.

– Hola, señorita Martínez, encantado de que haya venido.

– Detective -repuso ella con afectada formalidad.

Robinson esbozó una media sonrisa y miró a la joven mulata.

– Yolanda, quiero que observes atentamente a esta mujer.

La joven alzó sus enrojecidos ojos hacia Espy Martínez.

– ¿Ves qué traje tan bonito lleva, Yolanda? Mira sus zapatos. Bastante finos, ¿eh? ¿Ves su maletín? Es de piel auténtica. Nada barato. ¿Ves todo esto, Yolanda?

– Sí, lo veo -replicó la chica de forma hosca.

– Está claro que no es una poli, ¿verdad, Yolanda? ¿Lo ves o no lo ves?

– No tiene aspecto de policía.

– Exactamente, Yolanda. Es la ayudante del fiscal del condado, Esperanza Martínez. Señorita Martínez, Yolanda Wilson.

Espy hizo un gesto de asentimiento con la cabeza a la joven, cuyos ojos sólo reflejaban temor.

– Yolanda -prosiguió Robinson, con un tono mezcla de amenaza y seducción-, intenta causarle una buena impresión; intenta causarle la mejor impresión que puedas, porque la señorita Martínez… ¿Sabes cómo se gana la vida? ¿Sabes lo que hace cada día, uno tras otro? ¿Sabes lo que hace, Yolanda?

– No -dijo la joven mirando a Espy Martínez y luego de nuevo al detective. Se limpió los ojos con un arrugado pañuelo de papel.

– Mete a la gente como tú en el trullo -soltó Robinson con rudeza. Se levantó e hizo un gesto hacia la fiscal-. Piensa en ello, Yolanda.

La expresión de la joven mulata se demudó.

– Yo no quiero ir a la cárcel, señor Robinson.

– Lo sé, Yolanda. Pero entonces tienes que ayudarme a sacarte de aquí. Tienes que decirme todo lo que sabes.

– Lo intento. Ya le he dicho todo lo que sé.

– No, Yolanda, creo que no. Y no me he enterado de lo que necesito saber. Un nombre, Yolanda, quiero un nombre.

– No lo sé… -insistió la chica, al borde del llanto-. No lo sé. Reggie nunca me dice nombres.

– ¿A una chica lista como tú? Yolanda, no te creo.

La joven ocultó la cabeza entre las manos y se balanceó adelante y atrás. Sus hombros se agitaban. Robinson dejó que el silencio se prolongase, para aumentar el miedo de Yolanda, hasta que ella dijo:

– Yo no sé nada de ningún asesinato, detective. Por favor, tiene que creerme. Yo no sabía que habían hecho daño a alguien. ¿Dónde está el sargento Lion-man? Él se lo dirá. Por favor.

– El sargento Lion-man no puede ayudarte, Yolanda, pero esta mujer sí que puede. Piensa en ello. Ahora volvemos.

Acompañó a Espy Martínez al pasillo y cerró la puerta, dejando a la desesperada Yolanda sorbiéndose la nariz.

– Ésta es la parte que más me gusta -dijo Robinson, aunque Martínez tuvo la impresión de que le gustaban todas las partes de su trabajo.

– ¿Qué ha averiguado…? -preguntó ella.

Robinson sacó una pequeña bolsa de plástico que contenía un collar de oro. Se lo entregó a la fiscal, que vio la inicial de Sophie y el par de pequeños diamantes que adornaban la S.

– Esto llevaba puesto Yolanda.

– ¿Está seguro…?

– ¿Cree que pertenecía a otra Sophie?

– No. Pero…

– Bien, obtendremos la confirmación de los forenses después. Tal vez el hijo o los vecinos podrán identificarlo. Pero era el suyo. Confíe en mí.

– Está bien, Walter. ¿Cuál es el procedimiento?

Robinson sonrió.

– Muy bien, ya ha conocido a la pequeña miss lágrimas y contrición. El problema es que dice la verdad. En realidad no sabe mucho de todo el asunto, aunque podría saber el nombre. Pero todavía no estoy seguro. Yolanda es más lista de lo que imagina. Alguna de esas lágrimas podrían ser de cocodrilo. Bien, ya veremos. Los polis son una cosa, pero un fiscal real en persona es una experiencia nueva para ella; apuesto que está pensando y haciendo memoria en estos momentos. Por otra parte, allí, en la otra sala, tenemos al tipo listo «quiero a mi abogado». Pero yo sé que tiene la información que necesitamos. El procedimiento es simple. Es jugar el uno contra el otro.

– Pero si él ha solicitado a su abogado, entonces estamos obligados…

Robinson hizo una mueca.

– Espy, vamos. Claro que ha solicitado a su abogado. Ha estado gritando que quiere a su abogado desde que entramos en su tienda de empeños. Sólo tengo que asegurarme que comprende, cómo le diría…, las ramificaciones de su renuencia. Démosle la oportunidad de que vea la luz, la oportunidad de hacer lo correcto. Aún no le hemos formulado ninguna pregunta realmente dura.

– Pero…

– Espy, así es como funcionan las cosas. Observe.

– No estoy segura de entenderlo.

– Lo entenderá enseguida. Y apuesto a que aprenderá rápido.

– Ya lo veremos. ¿Qué quiere que haga?

Robinson sonrió irónicamente.

– Quiero que le asuste como si hubiese visto al demonio en el mismo infierno.

Antes de que Espy Martínez respondiera que no estaba segura de poder asustar a nadie, Robinson golpeó la ventana de cristal de la sala 2. Los dos policías salieron y el dueño de la casa de empeños se puso a gritar:

– ¡Eh! ¿Adónde vais?

Robinson hizo las presentaciones en el pasillo.

– Espy Martínez, éstos son los sargentos Juan Rodríguez y Lionel Anderson.

– ¿Sargento Lion-man?

– En persona. -La manaza del sargento envolvió la mano de la joven, sacudiéndola arriba y abajo-. ¿Usted es la que puso entre rejas a aquellos chicos de los robos con allanamiento?

– Mi salto a la fama -repuso Martínez.

– Fue un buen trabajo -dijo Rodríguez-. Aquellos chicos habrían acabado matando a alguien, seguro.

– Ya no podrán -dijo ella.

Ambos sargentos sonrieron.

– Eso es cierto -dijo Rodríguez-. Al menos hasta que salgan.

Anderson preguntó al detective:

– ¿Cuál es el siguiente paso?

– Escuchad, chicos. Vais a entrar y haréis que Yolanda se sienta mucho mejor y piense sobre sus oportunidades si coopera con nosotros. Hacedle pensar que todo va a salir bien si habla. Sin mentiras. ¿Entendéis?

– Será un placer, Walt, viejo amigo.

– Si hay algo que Lionel sepa hacer, es que una jovencita en apuros se sienta mejor… -dijo Rodríguez a Espy, dándole un codazo a su compañero.

– Tengo alguna experiencia, señora -afirmó Anderson con aire burlón.

Luego ambos sargentos entraron en la primera sala de interrogatorios. Robinson sonrió a Martínez.

– No es que sea una misión muy difícil -dijo-. Está bien, ¿lista para infundir el temor a Dios y al sistema penal en el señor Reginald Johnson? Vamos.

Robinson entró directamente en la habitación. Martínez apresuró el paso para permanecer junto a él.

Johnson alzó la vista y frunció el ceño.

– ¿Ha llamado a mi abogado?

– ¿Qué número has dicho que tenía, Reggie? -preguntó Walter Robinson.

El perista gruñó.

– ¿Y ésta quién es? -preguntó-. No la he visto antes.

– ¿Estás seguro?

– Claro que estoy seguro. ¿Quién es?

Robinson sonrió y se inclinó hacia delante, acercando su rostro al del perista como un padre a punto de darle un bofetón a un crío.

– Vamos a ver, Reggie -susurró-, estoy seguro de que la has visto en tus pesadillas, porque representa un problema muy grande para tu gordo culo. Ella es la persona que te va a meter entre rejas, Reggie. Directamente a la prisión de Raiford. A la sombra las veinticuatro horas, y allí no habrá nadie tan dulce como tu Yolanda. De hecho, estarás de suerte si no acabas convirtiéndote en la Yolanda de alguien. ¿Lo captas, Reggie?

Aquellas palabras parecieron clavar al fornido hombre al respaldo de la silla. Miró rápidamente a la joven fiscal.

– Tu peor pesadilla, Reggie -repitió Robinson.

– Yo no he hecho nada. No sé nada de ningún asesinato.

– ¿Eso es cierto?

– ¿Acaso cree que pregunto a todos los tipos que entran por mi puerta de dónde sacan lo que me traen? Todo lo que hago es inventarme el precio y rellenar el impreso. No necesito hacer preguntas.

– Tal vez no, pero sí que sabes quién te trajo ese collar. El que Yolanda pensó que era tan bonito que tuvo que colgárselo al cuello.

Johnson no respondió enseguida.

– No estoy obligado a hablar con la policía de mis negocios. Si lo hiciera, no habría negocios -dijo por fin, balanceándose hacia atrás en su silla y cruzando los brazos sobre el pecho, como si aquella afirmación fuese su última palabra.

– Oh, sí que puedes -replicó Robinson-. Porque tu negocio es ahora mi negocio y tu problema.

Johnson frunció el ceño pero guardó silencio.

Espy Martínez, sentada en una silla en un extremo de la mesa, observaba la actuación del detective: cómo andaba por detrás del sospechoso, se inclinaba sobre él sin pronunciar palabra, luego retrocedía y finalmente arrastraba una silla cerca de él. Observó a Robinson como si éste fuera un actor experimentado en un escenario. Cada movimiento que hacía, cada gesto, cada tono que asignaba a cada palabra, estaba calculado para conseguir un efecto. Observó cómo desestabilizaba al sospechoso, despojándole hábilmente de su arrogancia y obstinación. Estaba fascinada, preguntándose cuándo se suponía que tenía que intervenir en la actuación y dudando si estaría a la altura de las mismas habilidades que mostraba el detective.

Walter Robinson siguió mirando fijamente a Reginald Johnson; entornó los ojos, sin parpadear, hasta que el hombre apartó la cara abruptamente espetando una obscenidad.

– ¡Mierda! ¡Que no sé nada de ningún asesinato, joder! -exclamó con un ligero temblor en su voz.

El detective dejó que su silencio se prolongase, sin quitar la vista del sospechoso. Al cabo exhaló aire lentamente, haciendo que su aliento silbase en el aire enrarecido de la sala.

– Tal vez esté equivocado… Tal vez esté equivocado contigo, Reggie -dijo Robinson con calma.

Jonhson se dio la vuelta, sorprendido por el repentino cambio de actitud del policía.

– Tal vez estaba equivocado. ¿Tú qué crees, Reggie? ¿Estaba equivocado?

– Sí. Estaba equivocado -asintió el hombre, impaciente.

Sin quitar los ojos al perista, Robinson preguntó:

– ¿Y usted qué piensa, señorita Martínez? ¿Cree que estoy equivocado con Reggie?

Ella no estuvo segura de qué se suponía que tenía que responder, pero, con la voz más impersonal y fría que pudo impostar, dijo:

– Usted nunca se equivoca, detective.

– Ya, pero tal vez esta vez sí lo haya hecho con el viejo Reggie.

– No lo creo, detective -afirmó Martínez.

– ¿Estoy equivocado, Reggie? -preguntó de nuevo.

– ¡Que sí, mierda! ¡Está equivocado!

Robinson siguió mirando duramente al sospechoso. Dejó que las falsas esperanzas cobrasen vida en la pequeña sala.

– Todo este tiempo he pensado que Reggie sólo había cogido algo de mercancía robada del hombre equivocado. Y ¿sabe?, señorita Martínez… ¿Sabe?, tal vez me haya equivocado en este punto -Frunció el ceño mirando a Johnson-. Tal vez no hubo ninguna persona que entrara en su tienda a últimas horas de la noche del pasado martes, impaciente, ansioso, jadeando y dispuesto a hacer cualquier trato, ¿verdad, Reg? No, tal vez no hubo ningún cliente de última hora. Quizás me he equivocado de medio a medio en este punto, Reggie… -Hizo una pausa para que sus palabras inquietasen al sospechoso-. No, tal vez no hubo ningún otro hombre. Tal vez mantener el ritmo de vida que Yolanda te impone con sus vestidos de diseño, para poder conducir un coche caro y comprar bonitos muebles para una casa nueva y elegante, bueno, tal vez pensaste que sería necesario trabajar un poco más. Tal vez pensaste que tu vieja caja registradora pedía estar un poco más llena. Y para lograrlo lo único que tenías que hacer era coger el viejo G-75 que te llevaría directamente a Miami Beach, y entonces empezaste a cometer todos aquellos robos. Lo hiciste bastante bien, ¿verdad, Reggie? Hasta que la anciana del pasado martes se despertó de golpe y entonces te buscaste un problema, ¿eh, Reg? Un problema serio. La mataste, ¿no es así, Reggie? ¿No fue así como sucedió?

Robinson apuntó con un dedo al rostro del estupefacto Johnson.

– ¡Tú la mataste, bastardo hijo de puta!

Reginald Johnson lo miró con los ojos como platos, retrocediendo de miedo.

– ¡Yo no he matado a nadie! ¡Ya se lo he dicho! ¡Yo no sé nada de eso!

De repente, Robinson se inclinó y agarró las manos de Johnson, obligándolo a colocarlas con las palmas hacia arriba sobre la superficie con un sonoro golpe.

– Eres fuerte, Reg. Tienes unas manos muy grandes. No tendrías ningún problema para estrangular a una ancianita, ¿no? ¡Lo hiciste!

– ¡No sé nada de ningún asesinato, ni de ninguna anciana!

Intentó retirar las manos pero el detective tiró de él hacia delante, haciéndole perder el equilibrio y mirándolo de nuevo fijamente, aún con más dureza.

En el silencio que se produjo en aquel instante, Espy Martínez sintió una súbita oleada de calor. Las palabras parecían surgir de otra persona y no de ella, pero oyó cómo resonaban en la sala:

– Recibir bienes robados, de dos a cinco años. Una condena fácil, seguridad media. Luego tenemos el robo con allanamiento, de cinco a diez. Esto es un poco más serio, pero al cabo de un tiempo podrás salir por buen comportamiento, tal vez sólo cumplirás tres años. Pero luego está la agresión. Te has metido en un buen lío, Reggie. Dios, no conoces al fiscal del condado, realmente odia que los ancianos sean agredidos. Así que con esto te caen de diez a quince. Y tal vez el juez crea oportuno retener la jurisdicción del caso y no acceda a concederte la libertad condicional, dada la situación. Así que el buen comportamiento no va a…

Espy hizo una pausa para recuperar el aliento. Vio que el sospechoso se revolvía en su silla. Era como si todas las palabras y cifras de su intervención hubiesen provocado otros tantos nudos alrededor del pecho del hombre. Continuó en voz más baja, más dura, extrañamente consciente de que en algún rincón de sí misma estaba disfrutando.

– Pero luego te has superado a ti mismo, Reggie. Cómplice de asesinato en primer grado, de quince años a la perpetua. Pero nadie consigue los quince, Reggie, cuando la víctima es una viejecita. Todos cumplen la perpetua allí en Raiford. No es un lugar agradable, ya lo creo que no… -Lo miró fríamente-. Y ahora llegamos al final de tu ranking: asesinato en primer grado. Ya sabes lo que funciona en este estado, Reggie. Dos mil doscientos voltios. -Lo apuntó como si su mano fuese una pistola-. ¡Zas! Fulminado.

Johnson, con las manos aún sujetas sobre la mesa por el detective, intentó zafarse revolviéndose hacia Martínez.

– ¡Pero qué dice! -exclamó con desesperación-. ¡Ya le he dicho que no he asesinado a nadie!

Espy se inclinó hacia él.

– Ya tengo pruebas suficientes para abrir un caso, Reggie. Más que suficientes. Pero eso tampoco es tan importante. Aunque no tuviese pruebas sólidas…

– ¿Qué quiere decir?

– Una ancianita que nunca hizo daño a nadie. ¿Tú qué crees Reggie? ¿Qué piensas que va a decir un jurado de ciudadanos de Miami, blancos de clase media, cuando entres en la sala del tribunal? Un negro furioso y duro. ¿Tú crees que van a necesitar alguna prueba? Qué va. Y menos después de que yo me levante y les diga que tú estrangulaste a esa pobre viejecita. ¡Que fueron tus dedos los que la asfixiaron hasta la muerte! Sólo pensarán que podía haber sido su madre, o su tía Mabel. ¿Crees que después de oír esto les va a importar que yo no presente ninguna prueba? Solo querrán ver cómo tu maldito culo se achicharra. Así pues, ¿qué crees que va a decidir ese fantástico jurado blanco?

– ¡No lo sé!

– ¡Culpable! ¡Culpable de todos los cargos! -Y observó cómo las palabras golpeaban al hombre como si fuesen puños-. ¿Y el juez? Reggie, ¿qué crees que un juez de clase media blanco dirá al respecto? Alguien que necesita que todos esos blancos lo voten en las próximas elecciones.

– ¡Ya se lo he dicho! ¡No he hecho nada!

– Pero todos esos tipos blancos no se lo creerán, Reggie.

De nuevo un silencio tenso.

Espy Martínez inspiró hondo y apuntó con el dedo a Reginald Johnson:

– ¡Zas! ¡Adiós, Reggie! -repitió.

Walter Robinson finalmente soltó las manos del sospechoso.

Martínez lo contempló con el gesto más altivo que pudo componer.

– Detective, quédese con esta escoria. Iré a hablar con Yolanda. Ella y yo a solas, para conocernos mejor. Si voy a proponerle a alguien un buen trato, el tipo de trato que te lleva a casa por la noche y te deja recuperar tu vida, pues bien, estoy pensando en esa bonita joven. Sé que al sargento Lion-man le gustará que ella tenga una oportunidad, y no esta basura negra…

– ¡No puede ofrecerle a Yolanda ningún trato! ¡Ella no sabe nada!

– Te sorprenderías de lo que sabe, Reggie. Nos ha dado valiosa información.

– Ella no sabe…

– Pero ella será la que saldrá de aquí -repuso la ayudante del fiscal con tono desagradable.

Robinson sonrió y asintió con la cabeza. Le costaba no aplaudir la actuación de la joven. Johnson parecía calcular deprisa sus posibilidades, presa del pánico.

– Yo sólo sé que un tipo me llamó a altas horas de la noche para venir a la tienda por un negocio -se derrumbó por fin-. Yo no hago preguntas. Sólo bajé y nos encontramos fuera. ¡Esa es la verdad! Yo no sé nada de ningún asesinato.

– ¿Quién, Reggie? -preguntó Robinson.

– Se lo diré si me promete que…

– ¡Quién! ¡Maldita sea! ¡No te voy a prometer nada, negro mierdoso! ¿Quién? -le espetó a voz en cuello.

Johnson se retorció en la silla una vez más, como un hombre atrapado bajo una ola intentando salir a la superficie. Entonces se dobló hacia delante y dijo:

– Leroy Jefferson.

– ¿Es un yonqui?

– Al tío le gusta la pipa, me han contado.

– ¿Es cliente regular tuyo?

– Lo ha sido en el último mes, más o menos.

– ¿En la calle le apodan de alguna manera?

– Le llaman Hightops porque siempre lleva zapatillas chulas, de las altas de baloncesto.

– ¿Dónde vive Hightops?

– Apartamentos King, número trece, creo.

– El de la mala suerte -observó Robinson mientras se levantaba de la mesa y el interrogado se sujetaba la cabeza entre las manos.

11 Un hombre preciso

Casi en el mismo instante que Walter Robinson y Espy Martínez salían de la sala de interrogatorios con el nombre del supuesto asesino de Sophie Millstein, Simon Winter estaba sentado frente al escritorio de un joven inspector de Homicidios llamado Richards, que parecía incapaz de decidirse entre ser educado con aquel hombre mayor o mostrarse impaciente con sus preguntas.

– Gracias por recibirme tan rápido, inspector -empezó Simon.

– Es un caso cerrado, señor Winter. Tuve que sacar el expediente de los archivos.

– Le agradezco que se tomara la molestia.

– Sí, bueno, no tiene importancia, pero no acabo de entender su interés por la muerte de este hombre.

Winter decidió mentir.

– Verá, Stein era pariente mío; un pariente político lejano. Y ya sabe cómo le cuesta a la gente que no ha visto a alguien en años aceptar que haya muerto, y mucho más que se haya suicidado. De modo que, como yo estoy aquí, me encomendaron comprobarlo todo, aunque ya han pasado unos meses. Ya sabe cómo es la gente. Quisquillosa, incrédula. Nunca pasa página, y finalmente acaba pidiendo a alguien que recabe información…

– Ajá.

– A veces la familia puede ser…

– Una lata. Sí, lo sé.

– Pues eso -asintió Winter con un encogimiento de hombros.

Esta mentira pareció aplacar en parte el mal humor de Richards por que un viejo metomentodo hubiera venido a interrumpirlo en su trabajo.

– Sí, supongo que sí. Bueno, en cualquier caso, es un caso cerrado, señor Winter. Fue bastante claro. Un disparo. Dejó una nota. No tuvimos que hacer gran cosa, salvo recoger el cadáver. No hubo ningún misterio.

– ¿Estuvo usted en la escena del crimen?

– Sí. El caso era mío. Sólo fue cuestión de recopilar los datos y redactar un informe. La verdad es que no lo recuerdo demasiado bien.

– ¿Quién encontró el cuerpo?

– La señora de la limpieza, creo. Puede que veinticuatro horas post mórtem. Está en mi informe.

El joven deslizó un clasificador de acordeón por la mesa hacia Simon.

– Échele un vistazo. No había nada especial ni fuera de lo corriente. Le advierto que las fotografías no son nada agradables.

– Gracias, inspector.

– Bueno, mírelo y después le contestaré cualquier pregunta, si puedo. Las muertes como ésta se confunden bastante unas con otras, ¿sabe? Es difícil recordar los detalles. ¿Quiere un café?

– No, gracias.

– Bueno, volveré en un rato.

Se levantó y dejó a Winter con el clasificador. Este vaciló un momento mientras recorría la áspera tapa de cartón marrón con los dedos, como un ciego que lee braille. Pensó en todos los expedientes que había llenado de fotografías, documentos, informes y pruebas en sus tiempos y sonrió, encantado de volver a tener uno en las manos. Lo levantó para sopesarlo. No demasiado. Luego, con un entusiasmo que consideró totalmente fuera de lugar pero aun así irreprimible, desató las cintas y lo abrió.

Empezó por las fotografías del lugar. Sólo había media docena de veinte por veinticinco, en color, quizás una décima parte de las que habría habido en la escena de un homicidio. Las dos más destacadas mostraban a un anciano echado hacia atrás en un sillón de piel marrón, los brazos extendidos hacia fuera, casi como en un gesto de sorpresa. Un reguero de sangre, procedente de una herida de bala en la frente, le había resbalado entre los ojos y manchado el cuello de la camisa. En la pared, detrás de Herman Stein, había una salpicadura con restos de masa encefálica y hueso. Tenía los ojos abiertos, bajo un orificio de entrada escarlata, ennegrecido por la pólvora, y la boca ligeramente abierta, como asombrado. Era un hombre prácticamente calvo, con sólo unos mechones de pelo blanco alrededor de las orejas. La sangre que le surcaba la cara le hacía parecer una gárgola. Simon examinó detenidamente las fotografías.

«Dime algo», le dijo mentalmente a Stein.

Pasó a otra fotografía. Esta mostraba un revólver del 38 en el suelo, debajo de la mano de Stein. Le seguía un primer plano de la cara de Stein. Y, después, una máquina de escribir eléctrica situada junto al escritorio; en el rodillo estaba la nota de suicidio. Otro primer plano mostraba que los recuerdos del rabino Rubinstein eran exactos.

Simon leyó: «Estoy cansado de vivir, echo de menos a mi querida Hanna y voy a reunirme con ella.»

Dejó a un lado las fotografías y pasó al informe del inspector. Había una breve descripción de la escena, y una lista de los vecinos que habían contado las circunstancias de la última depresión del señor Stein. También el número de teléfono del pariente más cercano de Stein, un hijo con el insólito nombre de George Washington Stein, y una dirección en una conocida universidad de Nueva Inglaterra. Hojeó el informe de la autopsia, que describía una muerte de lo más evidente. Lo que ocurre cuando se dispara una bala expansiva del 38 a quemarropa en la frente de una persona depara pocas sorpresas clínicas. El análisis toxicológico era negativo, salvo por rastros de ibuprofeno, lo que hizo pensar a Simon Winter en una artritis. Vio una breve anotación en un formulario adicional, donde se mencionaba la visita del rabino al inspector Richards, y vio una copia de la nota de Stein. No había mención de ella en las conclusiones del inspector, que eran simples: suicidio debido a una depresión y a la edad.

Pensó que habrían escrito lo mismo sobre él.

A continuación hojeó de nuevo el expediente, intentando encontrar algo. Aparte de la mención en la carta que había escrito, no había nada que relacionara a Herman Stein con Der Schattenmann.

Simon frunció el ceño y en ese momento el inspector Richards regresó con una taza de café en la mano.

– No hay gran cosa, ¿verdad? -comentó el joven.

– No, no mucho.

– En un caso como éste no investigamos demasiado. Fue un suicidio de manual. Un hombre sin enemigos conocidos; hasta sus vecinos decían que era siempre amable y educado. Tenía antecedentes de depresión desde la muerte de su esposa seis años atrás. Encontré algunos antidepresivos en el armario del cuarto de baño. Consta en el informe… -El inspector suspiró y continuó-: Y dejó una nota. Una nota y una única herida de bala en la cabeza. No hace falta ser un genio para…

– ¿El revólver era de Stein?

– Pues no. O por lo menos no constaba. No estaba registrado. Un arma ilegal más. Debe de haber millones en el condado de Dade. Anoté el número de serie…

Simon Winter copió la cifra.

– ¿Algún informe de balística? ¿Huellas dactilares?

– ¿Para qué?

– ¿Dijo la señora de la limpieza que hubiera visto alguna vez el arma? ¿O alguien la identificó como suya?

El inspector hojeó rápidamente los informes.

– No hay nada. Pero no sería tan extraño. Nadie quiere que la mujer de la limpieza sepa dónde guarda el revólver. Podría desaparecer.

– Cierto -asintió Simon, y preguntó-: ¿No le pareció un poco rara la postura del fallecido?

– ¿Y eso?

– Bueno, si vas a dispararte, supongo que lo normal es poner el revólver así… -Se llevó un dedo a la sien-. O así… -Se introdujo el índice en la boca.

– Ya. Ahora que lo dice, es lógico. Nunca he querido matarme, así que no he pensado demasiado en ello.

– Pero sujetar un pesado revólver para apuntarte a la frente, como hizo Stein, es más bien raro. Verá, tienes que sostenerlo así y, entonces, apretar el gatillo. Y puede que tengas que ayudarte con el pulgar.

– Sí, es verdad. ¿Qué insinúa?

– Nada. Sólo que es raro.

– Bueno, un suicidio es un suicidio. También podría haber saltado por la ventana; vivía en un décimo piso. O haberse ahogado en el mar; lo tenía a una manzana. O haberse lanzado delante de un autobús. Hemos tenido de todo. De modo que sí, puede que sujetar así ese revólver del treinta y ocho no fuera cómodo, pero bueno, sobre gustos…

Richards lo observó con suspicacia.

– ¿Tiene experiencia en esta clase de asuntos, señor Winter?

– Fui policía en Miami City. Me retiré hace años.

– Vaya, mi padre también lo era. Pero le dieron en la pierna a finales de los sesenta. Tuvo que retirarse también.

Winter pensó un instante y recordó a un hombre corpulento y rubicundo.

– Lo recuerdo. En un atraco a un banco, ¿verdad? Persiguió al hombre seis manzanas, sangrando todo el camino. Al final lo atrapó.

– Pues sí, oiga -se alegró el inspector-. ¡Joder! ¡Menuda memoria tiene!

– ¿Cómo está su padre ahora?

– Sigue llevando un barco de pesca en Islamorada. Mucha cerveza fría y chicas que quieren broncearse. Le va muy bien.

– Me alegro.

– Oiga, señor Winter, ¿quiere que le haga copias del expediente? Quizá de esta forma se le ocurra algo más.

– Sí, gracias. Pero me gustaría hacerle otra pregunta rápida.

– Dispare.

– El revólver lo encontraron justo debajo de la mano, ¿verdad?

– Sí. Justo debajo. Faltaba una bala. Y quedaban cinco en el tambor.

– Pero, con la fuerza del disparo y las manos que se le fueron hacia atrás… -Simon abrió despacio los brazos y se echó hacia atrás en la silla para mostrarle lo que quería decir-. Bueno, ¿no sería de esperar que el revólver hubiera caído bastante más lejos?

– Es usted muy agudo, señor Winter -comentó el otro con una sonrisa-. Sí, podría ser si hubiera sido un arma pequeña del veintidós o del veinticinco. Pero un revólver del treinta y ocho pesa una tonelada. Como una piedra. No iría demasiado lejos.

Simon asintió.

– ¿La puerta estaba cerrada con llave cuando llegó la señora de la limpieza? -quiso saber.

– Sí. Entró con una llave maestra. Como le he dicho, no hay nada raro.

– Aun así, me gustaría tener esas copias -afirmó Simon.

– Ningún problema. Pero no se las enseñe a nadie. Son documentos oficiales de la policía, ya sabe.

– Hombre, las normas no han cambiado tanto desde que yo me sentaba en una mesa como la suya.

Richards sonrió y se dirigió a la fotocopiadora mientras Winter esperaba sentado, pensando en los últimos instantes de Herman Stein. Concluyó que todo estaba en orden y totalmente claro… y también rematadamente dudoso y oscuro. Ambas cosas a la vez.

Le costó varios intentos orientarse en el laberinto telefónico de la Universidad de Massachusetts; cada vez que marcaba la extensión directa del profesor G. W. Stein, iba a parar a un limbo telefónico. No consiguió que le pasaran la llamada hasta que logró hablar con la secretaria del departamento de Literatura Inglesa. Detestaba hacer esa clase de llamadas, ya desde que era inspector de policía. Pero le alivió pensar que habían pasado unos meses desde la muerte de Herman Stein, y quizá parte de la herida causada por aquel balazo habría cicatrizado.

– ¿Profesor Stein?

– Sí. No concedo prórrogas. Los trabajos finales deben presentarse el miércoles a más tardar. ¿Con quién hablo, por favor?

– Profesor, me llamo Simon Winter…

– ¿No es estudiante?

– No. Soy investigador. Le llamo desde Miami.

– ¿Investigador? ¿Y qué está investigando?

Winter buscó una respuesta concisa para esta pregunta. No se le ocurrió ninguna.

– Profesor, le pido disculpas por llamarlo para hablar sobre un tema difícil, pero antes de su muerte, su padre escribió una carta a mis… -buscó una palabra que describiera a aquellos tres ancianos- a mis clientes.

– ¿Mi padre escribió una carta? ¿A quién?

– A un rabino que no conocía. Otro hombre que vivió en Berlín durante la guerra hasta que lo atraparon y lo enviaron a un campo de concentración.

– No me diga. ¿Una carta a un hombre que no conocía? ¿Y qué decía en ella?

– Que había reconocido a un hombre al que no había visto desde…

– La guerra.

– Exacto. Este hombre…

– La Sombra -dijo el profesor con frialdad.

Winter dio un respingo.

– Correcto -dijo.

El profesor guardó silencio un momento. Después prosiguió con sequedad:

– Mi padre solía ver a Der Schattenmann, señor Winter. Lo veía en sueños que se convertían en pesadillas, y se despertaba gritando y sudando, y mi madre tardaba horas en tranquilizarlo. Lo veía haciendo cola en el banco, entre los espectadores del cine y en el pasillo del supermercado. Veía a Der Schattenmann en los coches que nos adelantaban en la autopista y en la parada del autobús. Una vez lo llevé a un partido de béisbol en el Fenway Park, y vio a Der Schattenmann en los servicios. Otra vez lo vio en las gradas de un partido de los New York Knicks que estábamos viendo por televisión. La Sombra estaba en todas partes, señor Winter. Mi padre lo imaginaba en todas partes.

Simon se hundió en el asiento. Estaba en el salón de su casa, sentado en su raído sofá con un bloc de papel y varios lápices en la mesilla, y de repente se sintió ridículo.

– Así que si justo antes de su muerte… -dijo vacilante.

– ¿Contó a alguien que había visto a Der Schattenmann? Sólo sería ligeramente extraño, señor Winter.

– ¿Ligeramente?

– Sí. Lo único fuera de lo corriente es que casi siempre, y no se me ocurre ninguna vez que fuera distinto, me llamaba a mí, o a mi hermano o a mi hermana, para explicarnos que lo había visto. Y uno de nosotros repasaba con él las circunstancias y los recuerdos hasta que lográbamos quitarle de la cabeza lo que creía haber visto. No recuerdo que nunca se pusiera en contacto con un desconocido para hablar de ese asunto.

– ¿No cree que alguna vez viera realmente…?

– No, claro que no. Además, hablé con él un día antes de su muerte y no me mencionó nada. Estaba alterado. Más nervioso más ansioso, más deprimido que nunca. Pero todo el rato habló sobre nuestra madre, no sobre Der Schattenmann. Creo que me lo habría mencionado si lo hubiera visto.

– ¿Y usted habría podido tranquilizarlo y convencerlo de que no lo había visto en realidad?

– Exacto.

– ¿Parecía asustado?

El profesor tardó un momento en contestar.

– Quizá. Quizá pudiera añadirse miedo a la mezcla de todas las cosas que sentía. Recuerdo que me quedé preocupado y llamé a mis hermanos. Decidimos que uno de nosotros debería ir a verlo a Miami, pero, para cuando lo tuvimos todo organizado, ya era demasiado tarde.

El profesor vaciló de nuevo antes de añadir:

– ¿Le parezco frío, señor Winter? ¿Insensible?

– No -mintió Winter.

– Es extraño, señor Winter, odiar a alguien a quien amas por hacerse algo a sí mismo. Sientes muchas cosas contradictorias.

– Lamento habérselo recordado de esta forma.

– No; descuide. En cierto modo, es más fácil hablar con un desconocido que con alguien a quien conoces. ¿Conocía a mi padre, señor Winter?

– No.

– Era un hombre excepcional.

– ¿En qué sentido?

– Tenía muy presentes sus deudas. Siempre estaba intentando pagar sus deudas.

– ¿Monetarias?

– No. Deudas del alma, señor Winter. -El profesor rió, como si recordara algo divertido-. Le pondré un ejemplo. Mi nombre completo es George Washington Woodburn Stein. No es un nombre normal y corriente, ¿eh?

– Pues no.

– Le contaré cómo me pusieron este nombre, y eso le permitirá conocer un poco a mi padre. Lo atraparon, junto con mi tía, mi tío y mis abuelos, en 1942. Ellos estaban clandestinamente en Berlín…

– ¿Der Schattenmann?

– Sí. Reconoció a mi tío, o eso decía mi padre. Lo vio en un refugio durante un ataque aéreo.

– ¿Y?

– Llegó la Gestapo y se los llevaron. Murieron todos en los campos.

– Lo siento.

– Pero mi padre logró sobrevivir. Tenía diecisiete años cuando la guerra tocaba a su fin. En aquel momento, la situación era caótica. Los SS los llevaban de un campo a otro a medida que el frente iba cambiando. Supongo que, en cierto sentido, era tan terrible como todo lo demás que les había ocurrido hasta entonces. Después de haber sobrevivido tanto tiempo a tantas cosas, los llevaban al límite del agotamiento con las tropas aliadas a apenas unos kilómetros de distancia. Mi padre decía que muchos murieron entonces; caían desplomados en la carretera, casi como si la mera esperanza de sobrevivir pudiera matarlos.

– Él sobrevivió.

– Sí, pero a duras penas. Contaba que se desplomó en unos barracones. Era de noche y habían caminado docenas de kilómetros inútiles, absurdos. Caminado hacia la muerte. Llevaban días sin comer. El tifus, la gripe, la neumonía, todas las enfermedades habidas y por haber los estaban matando, uno tras otro. Se oía el fragor de la artillería a lo lejos, y una vez me dijo que aquel sonido era como si cientos de personas llamaran a las grandes puertas del cielo. Esperaba la muerte. Cuando se despertó por la mañana, le sorprendió ver la luz del sol. Sabiendo que sería la última vez que vería el día, se arrastró fuera de la cama (no una cama, por supuesto, sino una tabla de madera en un barracón infecto) y cruzó la puerta, sin importarle, como estaba seguro de que ocurriría, que un SS le disparara a los pocos pasos, porque habría valido la pena poder sentir el sol en la cara una última vez. Pero los guardias habían huido por la noche. El campo estaba en silencio, salvo por las exclamaciones de desconcierto. Mi padre llegó como pudo al patio central. Arbeit Macht Frei. Ese era el eslogan. Decía que decidió esperar ahí la muerte. Diecisiete años, señor Winter. Diecisiete años y esperaba la muerte al sol.

El profesor inspiró hondo.

– Yo quería a mi padre -aseguró-. Pero ¿sabe qué? A veces era como si, desde los diecisiete años, siempre hubiera estado esperando la muerte. -Vaciló, recordó otra cosa y añadió-: Fue lo que dijo cuando se trasladó a Miami Beach. Seguía queriendo morir al sol. Parecía el lugar ideal para él.

– Pero ¿y su nombre? -le recordó Simon.

– Mi padre decía que se quedó dormido mientras acababa de salir el sol. Y, pasado un rato, oyó cómo un ángel le hablaba inclinado sobre él. Siempre contaba que se sorprendió mucho, porque el ángel hablaba en inglés. Mi padre sabía inglés porque había crecido en… bueno, eso es otra historia. Pero conocía el idioma, y contaba que oyó decir al ángel: «Pero si aquí hay uno vivo…» Abrió los ojos esperando ver el cielo, pero, en cambio, se encontró con la cara del sargento George Washington Woodburn. Una cara muy negra, señor Winter. Un ángel negro. El sargento Woodburn pertenecía al 88° Batallón de Tanques norteamericano. ¿Sabe cómo se apodaban a sí mismos? «Los negros de Eleanor Roosevelt», pero eso también es otra historia. De modo que Herman Stein, mi padre, alargó la mano para tocarle la mejilla al sargento Woodburn y le preguntó: «¿Estoy muerto?», y el sargento le respondió: «No, hijo, no lo estás.» A mi padre eso siempre le resultó gracioso. El sargento le habló con el acento de Alabama más marcado que pueda imaginarse, y hacía cinco o seis años que mi padre no oía una palabra en inglés, y siempre con un refinado acento británico, ya me entiende, muy de clase alta, pero aseguraba recordar cada palabra pronunciada por el sargento. De modo que Woodburn se agachó, recogió a mi padre del suelo y lo cargó por todo el campo gritando: «¡Un médico! ¡Un médico!» Y mi padre siempre decía que lo único que recordaba eran aquellos brazos fuertes que lo llevaban (entonces sólo pesaba treinta kilos) y aquel negro grandullón que pedía a gritos un médico y decía: «No te vas a morir, chico. No señor, no te vas a morir…»

La voz del profesor parecía cargada de emoción.

– De modo que el sargento lo llevó a la enfermería sin dejar de repetir todo el tiempo: «No te vas a morir, no señor.» Y cuando se despertó de nuevo, mi padre estaba en un hospital, y así fue como sobrevivió. Y es así como yo acabé llamándome George Washington Woodburn. Cuando era pequeño, cada dos años, mis padres nos subían a todos en el coche y nos llevaban a Jefferson City, Alabama, a visitar a los Woodburn. El sargento se convirtió en jefe de bomberos. Tuvo seis hijos, y el más pequeño estudia aquí, en la universidad. Cuando nos reuníamos, mi padre y el jefe Woodburn contaban siempre la misma historia. Y bromeaban y reían, y el jefe intentaba cargar a mi padre en brazos como había hecho aquel día, pero ya no podía, y todo el mundo reía. Murió hace poco más de un año. Asistimos todos a su entierro en Jefferson City, Alabama. Hacía mucho calor y mi padre pasó horas llorando. Todos lo hicimos.

El profesor volvió a inspirar hondo. Simon captó el tono de tristeza que adquirió su voz.

– Como ve, mi padre sabía pagar las deudas, señor Winter.

Winter no supo qué decir. Pero tuvo suerte, porque el profesor no parecía haber terminado.

– Estoy divagando -dijo-. Discúlpeme.

– No, en absoluto. ¿Se dedicaba su padre a la enseñanza universitaria, como usted?

George Washington Woodburn Stein soltó una carcajada, como aliviado de cambiar de tema.

– ¡Oh no, en absoluto! Era joyero. La familia, en Berlín, comerciaba con joyas antiguas. Por eso había aprendido inglés de pequeño. Y también francés. Viajaban muchísimo, eran muy cosmopolitas. Eran de esos judíos de Alemania que no podían comprender el alcance del mal que les iban a infligir. El árbol genealógico de la familia se remontaba a siglos. Mi abuelo debía creerse más alemán que la gente que finalmente lo mandó a la muerte.

– ¿Era joyero?

– Sí. Un hombre de una precisión increíble cuando trabajaba las piedras. Mi padre tenía delicadeza, un don. Era un artista de la exactitud, señor Winter. Aseguraba que le encantaban las joyas porque duraban para siempre. Como una obra de Shakespeare (ése es mi campo), un cuadro de Rembrandt o un concierto para piano de Mozart. Inmortales. Decía que las piedras preciosas formaban parte de la Tierra y podían vivir una eternidad. Para él, las piedras preciosas tenían vida, personalidad y carácter. Hablaba con los engastes cuando los trabajaba. Tenía manos de cirujano (a eso se dedica mi hermana) y ojos de tirador experto. Incluso al final de su vida, conservaba una vista extraordinaria… -De pronto vaciló.

– ¿Pasa algo? -preguntó Simon Winter.

– Bueno, sí y no.

– ¿Le preocupa algo?

– Sí. Señor Winter, no sé si… -Se detuvo.

– ¿De qué se trata, profesor Stein?

– Pues que no lo conozco, señor Winter. -Sonó vacilante-. No puedo verle la cara. Me cuesta expresar mis dudas a un desconocido. -El tono del profesor sonaba cada vez más formal.

– Yo también soy viejo -indicó Winter-. Como su padre. Soy un hombre mayor que fue inspector de policía y a quien otras personas mayores han pedido que averigüe si ese hombre, la Sombra, está aquí, en Miami Beach. Están asustadas, y todavía no tengo una respuesta a su miedo, profesor. No saben si creer o no a su padre cuando les dijo que había visto a Der Schattenmann. No quieren creer que esté aquí, pero alguien más lo vio. Y hubo otra muerte. Por eso lo he llamado.

– ¿Otra?

– Sí. Sólo que esta vez fue un asesinato.

– ¿Mataron a alguien? ¿Cómo?

– Un robo con allanamiento. Al parecer, lo hizo un drogadicto.

– ¿Así que no fue nadie parecido a la Sombra?

– Eso creen.

– ¿Y qué relación hay con la muerte de mi padre?

– Sólo ésta: tanto su padre como la persona asesinada creían haber visto a la Sombra poco antes de morir.

El profesor dudó. Al hablar, su voz reflejó sorpresa:

– Es increíble. -Se detuvo un instante y añadió-. Es la clase de cosa que a mi padre le habría gustado, ¿sabe, señor Winter?

– ¿Gustado?

– Sí. Era un gran aficionado a las novelas de misterio. No sé exactamente cómo adquirió este gusto, pero lo hizo. Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y P. D. James. Le encantaba especialmente la serie de Harry Kemelman sobre el rabino que investiga crímenes. ¿Lo conoce?

– No, me temo que no.

– Son historias realmente interesantes. Una vez me obligó a leer algunas, más o menos cuando me doctoré. Decía que estaba en peligro inminente de volverme aburrido. Demasiados textos académicos y eruditos, demasiado estudio. Recuerdo que me dio un puñado de novelas y me dijo que estaban llenas de dilemas, elementos de suspense y pistas falsas. Tengo que admitir que son muy ingeniosas. -El profesor hizo otra pausa-. Pregúnteme lo que quiera, señor Winter -dijo por fin-. Después le explicaré lo que me preocupa.

Simon inspiró hondo.

– El revólver. Se suicidó con uno del treinta y ocho…

– Mi padre aborrecía las armas, señor Winter. Me sorprendió saber que tenía una. Era un hombre apacible. Pero estaba en Miami, que es un lugar violento, así que imaginé que, simplemente, no se lo había dicho a nadie.

– La manera en que lo hizo…

– Sí, un disparo justo sobre los ojos. Eso me inquietó, señor Winter. A mi padre le encantaban sus ojos. Eran el instrumento de su arte. Jamás pensé que haría algo que los dañara.

– Entiendo…

– Y otra cosa. La forma en que la policía de Miami Beach describió cómo sujetaba el arma.

– ¿Sí?

– Bueno, le habría costado hacerlo así. Por las manos, ¿sabe? Todos esos años trabajando con joyas finas. Todos esos grabados precisos, esos toques delicados. Al final le produjeron artritis en las manos. Apretar un gatillo, especialmente con el pulgar, le habría resultado muy doloroso.

– ¿Se lo comentó a la policía?

– Por supuesto. Pero respondieron que mi padre estaba deprimido y solo, y que los suicidas se sobreponen a sus limitaciones físicas. Imagino que es cierto.

Hubo un silencio y los dos esperaron, como pendientes de que el otro lo rompiera.

– ¿Qué más? -preguntó por fin Simon.

– Puede que no fuera nada, pero me extrañó muchísimo.

– ¿Qué?

– La policía no le dio importancia, pero los familiares ven estas cosas con otros ojos, ¿sabe?

– ¿De qué se trata, profesor?

– La nota de suicidio.

– ¿Qué pasa con ella?

– Bueno, estaba escrita en el estilo de mi padre. Directo y al grano. Como le dije, preciso. Era exactamente lo que habría escrito si hubiera decidido matarse. Estaba en paz con sus hijos desde hacía mucho tiempo. Nosotros sabíamos que nos amaba y él sabía que le amábamos. No había nada que añadir a eso, a no ser que se enrollara, y ése no era su estilo, señor Winter. No, él era directo. Directo y conciso.

– Comprendo.

– No -soltó con brusquedad el profesor-, no lo comprende. La nota… esa maldita nota… -La amargura impregnó su voz. Aun así, prosiguió-. ¿Qué es una nota de suicidio, señor Winter? Un mensaje. Una declaración final. Las últimas palabras. Puede que sólo incluya unas pocas palabras, pero son fundamentales, ¿no?

– Por supuesto.

– De modo que acepta la premisa de que mi padre intentaba decir algo. Que era su último mensaje para mí, mis hermanos y sus nietos, a quienes amaba. Y en medio de la tristeza y la soledad en que vivía a pesar de nuestros intentos de acercarlo más a nosotros, era su declaración final en este mundo.

– Sí.

– Entonces dígame por qué -preguntó despacio el profesor, que había bajado el tono de voz debido a la desesperación y la confusión renovadas-, dígame por qué después de tantos años de matrimonio, no escribió la h final en el nombre de mi madre.

– ¿Perdón?

– Es Hannah, con h final, señor Winter. No Hanna. «Mi querida Hanna»… pero mal escrito. Mal escrito por un hombre exacto y preciso. Dígame, pues, ¿qué mensaje contiene esta omisión? ¿Le dice algo a usted?

Lo hacía. Pero Simon Winter no respondió las preguntas angustiadas del profesor.

12 En un mundo perfecto

El plan era sencillo: Lion-man sería el policía uniformado. Llamaría una vez, anunciaría su presencia y se apartaría mientras un inspector cedido por el departamento de Robos de South Beach arrancaría los cerrojos de uno o dos mazazos. Éste era un culturista a tiempo parcial apodado Leñador y estaba acostumbrado a que lo llamaran para participar en las detenciones que requerían la destrucción rápida de una puerta cerrada. Después, el equipo de detención, dirigido por Walter Robinson, entraría en el número 13.

Espy Martínez pensó que, en un mundo perfecto, el sospechoso se encontraría medio atontado -ya que estaría drogado o dormido-, y además desorientado debido al ruido y al miedo. Se mostraría dócil y pasivo, y dispuesto a rendirse sin ofrecer resistencia.

Estaba sentada en el oscuro asiento trasero de un coche de policía sin distintivos, contemplando el mundo nocturno teñido de negro y gris que formaba el deteriorado bloque de edificios de viviendas protegidas. Nunca había estado en ningún sitio parecido a Apartamentos King, especialmente pasada la medianoche. Las farolas abrían surcos lastimosos en la noche, como si al arrebatarle porciones diminutas de oscuridad pudieran retrasar el deterioro que minaba los bajos edificios de tres plantas. A pesar de la hora que era, podía oír palabrotas gritadas y el llanto esporádico de un niño. Un momento después de haber llegado, le pareció oír un disparo que, procedente de algún lugar más allá de la hilera de farolas, pasaba silbando como un mal pensamiento perdido. Apenas alcanzaba a distinguir un grafito pintado en una pared del edificio de pisos:

«En la 22 mandan los Sharks.» Supuso que ésa era la banda callejera que extorsionaba a los comercios y controlaba el tráfico de drogas en la Vigésima Segunda Avenida.

«En un mundo perfecto», pensó otra vez.

Y se estremeció a pesar del calor asfixiante.

Robinson se volvió justo entonces y vio cómo lo miraba expectante.

– ¿Seguro que quiere estar aquí? -le preguntó.

– Es mi trabajo -asintió.

– Su trabajo es encerrar a Leroy Jefferson. Su trabajo está en una sala de justicia, a partir de mañana por la mañana, cuando se haga la lectura de cargos a ese cabrón por el asesinato de esa pobre anciana, vestida con un elegante traje azul de raya diplomática y ese viejo maletín de piel, y diciendo «Señoría esto, señoría aquello y la fiscalía solicita que se le deniegue la fianza»… No tiene por qué estar aquí.

– No -negó con la cabeza-. Sí que tengo que estar. Quiero estar.

Robinson sonrió y señaló los apartamentos.

– Espy, ¿por qué querría alguien estar aquí, en este mundo olvidado de Dios, si no es por obligación?

Le sonrió y ella le correspondió.

– Vale -dijo-, tomo nota. -Acto seguido, dejó de sonreír y añadió en voz baja-: Necesito ver todo el proceso. De cabo a rabo. De principio a fin. Desde que empieza hasta que acaba. Es mi forma de trabajar.

– Bueno, si insiste…

– Insisto.

– Entonces, espere aquí hasta que lo hayamos esposado. Suba y observe cómo le leo sus derechos. Si presencia la detención, tal vez podamos evitar las acusaciones habituales de brutalidad policial de la Oficina del Defensor Público.

Ella asintió de nuevo. Robinson la miró detenidamente y se preguntó qué intentaría demostrar. Estaba claro que no pretendía impresionarlo: eso ya lo había hecho. Pero se dio cuenta de que Espy Martínez tenía algún otro motivo para estar allí, y sospechó que no tardaría mucho en averiguarlo. La siguió contemplando cuando giró un poco la cabeza para recorrer con la mirada el patio abierto de los Apartamentos King. Se permitió fijarse un instante en su perfil, en la curva que describió su cabello al deslizársele hacia la mejilla y en la forma juvenil con que se lo apartó de la cara. Luego, se volvió en su asiento y desenfundó el arma, una pistola de 9 mm. Comprobó el cargador y se aseguró de llevar el arma de reserva.

– Muy bien -dijo.

– ¿Cuál es? -preguntó Espy.

– El último de la izquierda -respondió Robinson y alzó la vista hacia el edificio-, cerca de la escalera. Segundo piso.

Ella siguió su mirada con los ojos. Había una escalera exterior en cada extremo del bajo edificio rectangular. Un pasillo al aire libre recorría longitudinalmente cada una de las tres plantas. Pensó que era un conjunto de edificios especialmente feo, y se preguntó cómo habría conseguido su distinguido nombre de Apartamentos King.

«Es la política del abandono», pensó.

Desvió la mirada justo cuando Robinson volvía a enfundarse la pistola en la sobaquera. Intentó imaginar por un instante cómo sería para él o para el sargento Lion-man, o para cualquier otro policía negro, ir en mitad de la noche a ese lugar a detener a otro hombre negro por el homicidio en primer grado de un blanco. Quería preguntárselo a Robinson, pero no podía. No en ese momento. Así que dijo unas palabras que parecieron surgirle de algún lugar olvidado en su interior:

– Oye, Walter -susurró cuando él salía del coche-, ten cuidado.

– No hago otra cosa -contestó con una carcajada.

El Leñador y otro inspector bajaron de otro coche sin distintivos y se acercaron a Robinson. Al otro lado de la calle, dos sargentos de Miami City daban instrucciones a varios agentes uniformados. Eran los refuerzos. Pasado un momento, ambos sargentos cruzaron la calle a toda prisa.

Juan Rodríguez fue el primero en hablar.

– Lion-man está preparado, Walter. Habrá un par de hombres en la parte trasera. El resto, detrás de ti. Hagámoslo rápido. Entrar y salir. Atrapemos a ese pringado antes de que sus vecinos la armen buena. Después podremos registrar tranquilamente su casa. ¿Vale?

– De acuerdo. ¿Quién estará en la parte trasera?

– He pensado en los dos chicos.

– Joder, Juan, ¿los novatos?

– Oye, tienen que aprender. Son buenos. Unas fieras. Llevan casi un año en la calle. Y, además, en la parte trasera sólo está la ventanita del cuarto de baño. El sospechoso tendría que tener alas para huir por ese lado. Estos edificios son como una cárcel, hombre. Pero si la mayoría de los pisos incluso tiene barrotes en las ventanas. La única diferencia es que son para dejar fuera a la gente en lugar de para tenerla encerrada, pero el resultado es el mismo. Sólo tenemos que quitar la puerta de la celda trece y llevarnos lo que hay dentro. No tiene escapatoria.

– Haces que parezca muy sencillo. Me gusta -comentó Robinson-. Muy bien. ¿Todo el mundo preparado? Lion-man, ¿llevas el chaleco?

– Sí. Me he puesto el chaleco de gala. Da mucho calor, es incómodo y me hace parecer gordo. Y eso no me gusta.

– ¿Qué prefieres, tener buen tipo o una bala en el pecho? -bromeó Rodríguez.

– Oiga, sargento -se sumó Espy Martínez-, a muchas mujeres les gustan los hombres de grandes dimensiones. No sé si me entiende…

Los demás policías sonrieron cuando Lionel Anderson ladeó la gorra hacia Martínez para disimular su embarazo.

– Sí, señorita, por supuesto. Pero el tamaño debe estar donde cuenta.

Espy se inclinó hacia el sargento y le dio un puñetazo cariñoso en el pecho.

– Lleve puesto el chaleco y olvídese de lo demás -dijo.

– Lo haré por usted.

– Y quizá también por esa joven, Yolanda.

– Oh, no me había planteado esa cuestión, señorita.

– Todo el mundo debe llevar puesto el chaleco -pidió Martínez. Hubo asentimientos-. Excepto yo, porque yo me quedo aquí, donde no hay peligro.

Los hombres rieron, como si agradecieran que el buen humor de Martínez disipara la tensión. A ella le habría gustado poder decirles que la jocosidad, la sonrisa y el aire despreocupado de que hacía gala en medio del grupo eran fingidos, pero no lo hizo. En cambio, se volvió hacia Robinson, que asintió con la cabeza. Y se dio cuenta de que él lo sabía.

El inspector levantó una mano para captar la atención de todos.

– No queremos cagadas -dijo-. Volved a mirar la fotografía de Jefferson.

Entregó una a cada hombre.

Lionel Anderson observó el retrato.

– ¿Sabes qué? Me parece recordar a este tipo. ¿Cuál es su apodo?

– Hightops.

– Tiene que ser él. Jugaba a veces en el equipo de baloncesto del instituto Carol City High hará unos diez años. Tenía un buen lanzamiento, pero no manejaba bien la pelota.

– Ahora maneja otra clase de cosas -indicó Robinson-. Agresión, robo, allanamiento de morada, tenencia ilícita de armas, posesión de drogas… Estamos hablando de una lista de antecedentes larguísima. El delincuente típico, probablemente armado. Pero qué digo: sin duda armado. Atrapémoslo rápido. ¿Alguna pregunta?

No hubo ninguna. No esperaba que la hubiera. La situación era rutinaria para un policía: alguien que llevaba años delinquiendo había dado finalmente un paso más y asesinado a alguien. Lo único sorprendente era que no lo hubiera dado antes. Aunque, como Robinson pensó con sarcasmo, no había visto sus antecedentes juveniles, claro. Se encogió de hombros para sus adentros.

– ¿Todo el mundo preparado? Vamos allá.

Entregó la orden de detención a Lionel Anderson, y los policías se dirigieron hacia el edificio. Espy Martínez sintió una inquietud repentina. Metió la mano en el bolso y sujetó la pequeña pistola semiautomática que llevaba. Cargó la recámara, espiró despacio y sostuvo con fuerza el arma junto a su costado, a la espera de que ocurriera algo para no tener que seguir demasiado rato envuelta en la oscuridad que tanto detestaba.

Leroy Jefferson, un joven que no esperaba llegar a viejo, estaba sentado en ropa interior ante una mesa tambaleante con la superficie rayada y manchada en la cocina de su casa, imaginando cómo mejoraría su vida si pudiera empezar a traficar con drogas en lugar de limitarse a consumirlas. Era un sueño habitual; se imaginaba con ropa nueva, conduciendo un coche grande. Le gustaba el color rojo, y se preguntaba si el traje o el vehículo serían de ese tono; tras reflexionar un momento, decidió que ambos.

Jugueteó con la cánula de cristal que había en la mesa. Leroy Jefferson tenía unas manos largas y huesudas. Manos de deportista: los dedos estaban curvados como garras, las venas sobresalían en el dorso, como si los tendones y los músculos las levantaran. Seguramente un artista las habría considerado hermosas, en un sentido tosco y vulgar.

Pasó una uña resquebrajada por el borde de la cánula.

Su novia dormía en un cuarto contiguo; oyó un ligero ronquido, casi como un resuello, cuando se dio la vuelta, enredada desnuda en una sábana cubierta de sudor. No llevaban demasiado tiempo juntos, y no esperaba que fueran a estarlo mucho más. Los había unido más su afición por las drogas que el afecto. Su emparejamiento era un acto esporádico de conveniencia mutua.

La fricción hizo que la cánula de cristal se calentara en contacto con el dedo, pero, bien pensado, el mundo entero abrasaba. Su novia volvió a cambiar de postura y él se preguntó cómo podía dormir cuando la temperatura del reducido piso no dejaba de subir constantemente la mayor parte de la noche.

¿A cuánto estarían? ¿A treinta? ¿A treinta y dos? Ni siquiera se podía respirar, dada la humedad del calor. Le apetecía una cerveza de la pequeña nevera, pero sabía que no había ninguna. No había ni siquiera un refresco, ni una bandeja de cubitos de hielo. El agua del grifo era salobre y tibia. Pensó en ponerse bajo la ducha, pero no le era fácil desdoblar las piernas de debajo de la mesa y caminar en esa dirección. Culpó también de su letargia al calor. Observó enfadado la ventana de celosía graduable del salón, abierta para dejar paso a la ligera brisa que serpenteaba por Liberty City.

«Aire fresco», pensó. Eso era lo que más deseaba en el mundo. Un poco de aire fresco que le cubriera el cuerpo como una camisa ligera. Se llevó una mano a la nuca y secó parte del sudor acumulado en ella. Le brilló en la palma. Reflexionó que en Miami los ricos nunca sudan, a no ser que quieran hacerlo.

Esta idea lo enfureció, porque sabía que era cierta.

Siguió mirando la ventana abierta, como si pudiera obligarla a proporcionarle alivio, casi como si esperara ver cómo el viento se colaba entre sus lamas de cristal. Su frustración lo puso alerta, de modo que cuando lo que entró por la ventana fue ruido en lugar de aire fresco, no le costó nada percatarse de lo que estaba ocurriendo.

Unos pasos vacilantes por la escalera significaban que algún vecino volvía a casa borracho. Los pasos de dos personas que se movían despacio, pausadamente, significaban que algún camello y su matón iban a cobrar una deuda. Pero el toc-toc-toc de varios zapatos pesados que corrían por la escalera sólo significaba una cosa. Leroy Jefferson se levantó de un brinco, con lo que lanzó la cánula al suelo, y tras tropezar con la silla cruzó la habitación de una zancada. Su novia soltó un ronquido y abrió los ojos sorprendida cuando la empujó a un lado para alcanzar el revólver que guardaba bajo el colchón. Susurró con premura la palabra «policía» a la vez que un puño golpeaba la puerta y Lion-man gritaba la misma palabra. El policía y el sospechoso de asesinato habían hablado prácticamente al unísono.

La chica tiró de la sábana para cubrirse hasta los pechos y gritó:

– ¡Leroy, no!

Pero Leroy Jefferson no le hizo caso. Se giró medio agachado junto al colchón y, tras levantar el revólver, disparó dos veces, a través del salón, hacia la puerta principal, justo cuando se combaba abruptamente debido a un mazazo.

En cuanto hubo llamado y anunciado su presencia, el sargento se había hecho a un lado para que el Leñador tuviese espacio para maniobrar con la maza. El fornido inspector bramó como un animal herido cuando, justo al asestar el primer golpe al marco de la puerta, la segunda bala de Jefferson rebotó en el cerrojo y se le incrustó en el brazo izquierdo. Hubo un estallido de piel, sangre y músculo, convertidos en una masa de un vivo escarlata. El Leñador se retorció y la maza cayó al suelo con un ruido sordo, golpeando la reja de la barandilla. El Leñador siguió aullando mientras movía las piernas de forma espasmódica, como un corredor que intenta en vano acelerar con los pies hundidos en la arena. Sus alaridos, puras manifestaciones de dolor, se elevaron por encima del repentino griterío de los demás policías, que se lanzaban al suelo para protegerse o se apretujaban contra las paredes del edificio.

Los dos novatos que estaban atrás oyeron los disparos y los gritos atormentados del Leñador, y corrieron con las armas preparadas hacia la parte delantera del edificio.

Al ver al inspector retorcerse de dolor, el sargento Lion-man se agachó para tomar la maza sin dejar de soltar juramentos. La echó atrás con el movimiento de un bateador y la descargó contra la puerta. La madera se astilló al tiempo que se oyó otro disparo procedente del interior del piso. Esta bala atravesó también la puerta y zumbó por encima de la cabeza del sargento, que encadenó una segunda tanda de juramentos a la vez que descargaba de nuevo la maza contra la madera.

Robinson sujetó al Leñador y lo apartó de la posible línea de fuego. Oyó cómo, detrás de él, Juan Rodríguez renegaba en español y, tras mezclar piadosamente un «mierda» tras otro con algún «ave María Purísima», gritaba a Lion-man que se quedara donde estaba. Oyó cómo otro miembro del equipo comunicaba un 10-45 (agente abatido) por radio. Lion-man bramó otra vez, furioso como un poseso, y levantó la maza para asestar el golpe final que arrancaría la puerta del marco. En la fracción de segundo que el sargento tardó en dirigir su último ataque, Robinson escuchó, en medio del estruendo de gritos, pasos, maldiciones y ruido de cristales rotos, un tono que no alcanzó a discernir.

Cuando el marco se partió y la puerta se abrió de repente tras una violenta patada del sargento, Robinson se enderezó y entró rápidamente.

Cruzó la abertura, seguido por Rodríguez y dos policías más. Todos gritaron «¡Policía!» y «¡No se muevan!» y apuntaron sus armas, que sujetaban con ambas manos, a izquierda y derecha, como les habían enseñado. Lo primero que vieron fue a la novia de Leroy Jefferson, desnuda y de pie en el centro de la habitación, chillando fuera de sí. Les lanzó un vaso de agua que se hizo añicos contra la pared, y uno de los agentes de Miami City se agachó y le disparó. Falló. La bala se incrustó en la pared detrás de ella, a apenas quince centímetros de su oreja, lanzando un hilo de polvo de yeso al aire. Juan Rodríguez tuvo la presencia de ánimo de alargar la mano para sujetar la del agente y bajársela para que no volviera a disparar, a la vez que, enfadado, gritaba incoherentemente en dos lenguas distintas.

Robinson echó un vistazo alrededor. Había tanta confusión y tanto ruido que le dificultaban la visión. Fue casi como si pudiera notar la ausencia repentina del sospechoso. Se volvió hacia la novia desnuda, que estaba muy rígida, con los ojos desorbitados, sin intentar cubrirse, como si le sorprendiera haber recibido un disparo y seguir viva.

– ¿Dónde está? -gritó Robinson.

Ella lo miró sin comprender.

– ¿Dónde está? -bramó Robinson.

Esta vez la cabeza de la joven se ladeó y Robinson siguió con los ojos la breve mirada que dirigió al cuarto de baño.

– ¡Mierda! -masculló.

Cruzó de un salto la habitación, como un saltador de altura que se acerca al listón, y se apretujó contra la pared, junto a la puerta cerrada. Alargó con cautela la mano hacia el pomo y lo giró. No se abrió. Inspiró hondo y retrocedió para dar un puntapié enérgico a la endeble puerta. Ésta se combó y se abrió de golpe.

Robinson entró en el reducido cuarto de baño y vio al instante la ventana rota. Apartó la silla que se había utilizado para romper el cristal y se metió en la bañera de un salto. Tras casi caerse de un resbalón, se aferró al alféizar. Se asomó al exterior y vio el lugar donde tendrían que estar los dos novatos. Pero sólo vio la figura vaga y fantasmagórica de Leroy Jefferson, dos pisos más abajo, incorporándose tambaleante en el patio trasero bajo una tenue luz, revólver en mano.

– ¡Quieto! -gritó.

Jefferson alzó la vista hacia la ventana y al punto se giró y huyó corriendo.

– ¡Maldita sea! -soltó Robinson-. El muy cabrón ha saltado. -Y en ese momento se percató de que no había nadie en el exterior del edificio, salvo Espy Martínez-. ¡Joder! -exclamó-. ¡Espy! ¡Ten cuidado! -chilló impotente a través de la ventana rota.

Luego se dio la vuelta y corrió desesperadamente hacia la puerta principal.

Sola, donde empezaba la oscuridad, Espy empezó a avanzar Pero se detuvo. Apenas distinguió la advertencia que le gritó Robinson, al surgir de la noche y el ruido, y sólo sirvió para aumentar la confusión que ya sentía.

¿De qué debía tener cuidado?

Había visto el asalto al piso desde su punto de observación, donde estaban estacionados los vehículos policiales; se había desarrollado como una obra de teatro lejana, interpretada en una lengua desconocida. Los disparos, los gritos, los golpes resonantes de la maza contra la puerta… Sabía que algo había salido mal, pero, desde su posición, no sabía qué.

Empezó de nuevo a avanzar. Le pareció importante hacer algo: moverse, actuar. La obstinación le recorría el cuerpo armando revuelo en su interior, enfrentándose con las repentinas sensaciones de duda y miedo que querían encadenarle las extremidades. Mientras estas emociones encontradas luchaban por hacerse con el control, vio que una figura se dirigía a toda velocidad hacia ella.

Leroy Jefferson corría descalzo por la tierra y las zonas de cemento que formaban la entrada de los apartamentos. No tenía una idea clara de hacia dónde se dirigía, ya que sólo pensaba en escapar. Unos trozos de cristal roto le lastimaron la planta de los pies, pero no les prestó atención.

De repente, le pareció estar en la cancha, delante de todo el mundo, con la pelota en las manos, elevándose hacia el aro. Los gritos de los policías se desvanecían tras él, mezclados con distantes vítores recordados de un gimnasio hasta los topes.

El aire le silbaba cerca de los oídos, como un viento tormentoso, y le sorprendió sentir, por primera vez en lo que parecían meses, que hacía fresco.

La figura que surgió ante él semejaba una aparición.

Era una mujer, agachada, y tenía algo en las manos. Vio que ese algo era un arma. Vio también que la mujer tenía la boca abierta, y comprendió que le estaba gritando algo, pero se limitó a correr más rápido.

Viró bruscamente, pero el arma de la mujer lo siguió. Intentó esquivarla, cambiar de dirección, pero el impulso le hizo continuar precipitadamente hacia delante, y en ese instante advirtió que había levantado su revólver y estaba apretando el gatillo. Le quedaban tres balas, y las disparó todas. Las detonaciones retumbaron en medio de la noche.

Espy Martínez vio el arma de Jefferson, vio también que parecía apuntarla directamente, y gritó «¡Alto!» por enésima vez. De repente, la palabra se le antojó ridícula, porque no producía el menor efecto en la figura alta y enjuta que se le venía encima.

Dudó, y entonces él disparó.

«Estoy muerta», pensó ella.

Y sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, empezó a apretar una y otra vez el gatillo de su propia arma. No sabía si había cerrado o no los ojos, si había levantado o no una mano para protegerse, si se había agachado o desplazado hacia un lado, o si en realidad había permanecido rígida, en posición de disparo, esperando que una bala la lanzara con brusquedad a los ávidos brazos de la muerte.

Las tres balas de Jefferson no le dieron de milagro. Una le arrancó el bolso del brazo, cortándole la correa. Otra le tiró de la manga de la chaqueta como un niño majadero y pasó de largo. La tercera, silbando con lo que después supuso que sería frustración, dio en la ventanilla del coche que tenía detrás e hizo estallar el cristal.

El sudor le resbalaba por la cara y le escocían los ojos. No daba crédito: estaba viva.

Se percató de que seguía apretando el gatillo del arma, aunque ya hacía mucho que había vaciado el cargador. No era consciente de haber disparado. Debería haber oído ruido, notado el retroceso de la pistola en la mano. Olfateó un tenue olor de cordita, como un perfume poco grato. Tuvo que obligarse a dejar de mover el dedo sobre el gatillo. Se miró todo el cuerpo, haciendo un inventario rápido, atónita de ver que no sangraba por ninguna parte. En ese instante le entraron súbitamente unas tremendas ganas de reír, y alzó la vista. Sólo entonces pudo concentrarse en Leroy Jefferson.

Éste se retorcía en el suelo, a unos seis metros de ella, levantando tierra con los pies. Se sujetaba la pierna y Espy vio que la sangre le brotaba a borbotones entre los dedos. Intentó levantarse y, sin soltarse la rodilla destrozada, avanzó tambaleante unos pasos antes de volver a caer, como un purasangre cuyo instinto lo impulsa a terminar la carrera a pesar de tener una pata rota y que es incapaz de entender por qué no puede correr.

Se quedó observándolo, sin poder moverse tampoco, igual de incapacitada que él en ese momento. Escuchó, vacía como el cargador de su pistola, los gritos de dolor de Jefferson mientras la sangre manchaba el pavimento polvoriento.

El tiempo posee una curiosa elasticidad; no estaba segura de si llevaba mirando al sospechoso herido unos minutos o unos segundos cuando Walter Robinson cruzó el patio y se abalanzó sobre el hombre, que no cesaba de chillar. El sargento Lion-man lo seguía a sólo unos pasos, lo mismo que los demás agentes. Los disparos, los de él y los propios, le seguían resonando en los oídos. Le costó percatarse del crescendo de sirenas que rasgaba la noche, de los destellos de las luces rojas y azules de otros vehículos de policía y de ambulancias, del chirrido de neumáticos.

Observó cómo Robinson aporreaba a Jefferson, hasta que por fin le sujetó los brazos a la espalda y le puso las esposas bruscamente. Desvió la mirada cuando el inspector se levantó y le pegó un puntapié al hombre esposado. Cruzó una mirada con Lion-man, que estaba delante de ella, y tardó un instante en darse cuenta de que él le estaba hablando.

– ¿Está bien? ¿Le ha dado? ¿Está herida?

Sacudió la cabeza.

– No, estoy bien -respondió con naturalidad.

Anderson le rodeó los hombros con un brazo enorme y la empujó con cuidado unos metros hacia atrás. La llevó hacia el asiento del coche con la ventanilla rota y la introdujo en él tras apartar los trozos de cristal.

– Siéntese. Voy a buscar al sanitario.

– No -dijo ella-. Estoy bien.

Contempló cómo volvían a Jefferson boca arriba, como si fuera un animal a punto de ser marcado. Dos paramédicos con monos azules le atendían la pierna. Otro, un joven rubio, se acercó a ella.

– Estoy bien -repitió por tercera vez, antes de que se lo preguntara. Vio a Walter Robinson detrás del hombre. Su expresión reflejaba rabia y miedo-. Falló -le dijo con una sonrisa.

– Dios mío, Espy, yo…

– Yo en cambio le di. ¿Se va a morir?

– No, a no ser que me dejen a solas con él. El muy cabrón…

– Corría y falló. No sé si…

– No le dé más vueltas. Está bien. -Se agachó junto a ella-. Dios mío -dijo. Tenía ganas de rodearla con el brazo, como había hecho el sargento, pero se contuvo. Parecía muy pequeñita allí sentada, con medio cuerpo fuera del coche de policía.

Y entonces, para su sorpresa, ella lo miró y se echó a reír. Tras una vacilación, la imitó, dejándose llevar después. Lion-man y Rodríguez se acercaron y también rieron, y todos sintieron que la tensión se disipaba. Parecía la mejor broma del mundo: estar vivo cuando deberías estar muerto.

Cuando dejaron de reír, Espy soltó un suspiro enorme.

– La llevaré a casa -indicó Robinson.

– De acuerdo -contestó la joven. Notaba cómo le bajaba la adrenalina y un agotamiento generalizado se apoderaba de ella. Vio que los sanitarios ponían a Jefferson en una camilla y lo llevaban hacia una ambulancia. Otra ambulancia se iba con la sirena abriéndose paso entre las luces.

– Ahí va el Leñador. El pobre ya no levantará más pesas -comentó Anderson, y dirigió una mirada a la camilla-. ¡Un momento, espere! -gritó-. Walter, ¿por qué no haces los honores? Ahora mismo. Y que la señorita Martínez sea testigo de cómo le lees los derechos, por favor. Así quizá podamos largarnos de aquí antes de que haya disturbios.

Espy Martínez alzó los ojos y vio que se estaba empezando a congregar una multitud que se apiñaba donde empezaba la luz.

Robinson asintió y se situó al lado de la camilla.

– Leroy Jefferson -dijo en tono monocorde, conteniendo la rabia-, queda detenido. Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga podrá utilizarse en su contra. Tiene derecho a un abogado…

– Ya me sé toda esa mierda -lo interrumpió Jefferson, que apretaba los dientes de dolor-. ¿Qué creen que hice?

Robinson lo miró con una ira que sólo podía dominarse con un autocontrol extremo.

– Tuviste que matarla, ¿verdad, Leroy? No podías limitarte a robarle. O incluso a dejarla sin sentido. Habrías podido hacerlo sin problema, ¿no?, un tipo fuerte como tú. Sólo era una anciana y tuviste que matarla…

– ¿De qué está hablando?

– Ni siquiera sabías su nombre, ¿verdad, Leroy?

– ¿De quién me habla? ¿Qué anciana?

– Se llamaba Sophie Millstein, Leroy. Esa anciana que vivía sola en Miami Beach. Procuraba acabar sus días tranquila y sin problemas, no le hacía daño a nadie. Y tú, cabronazo, tuviste que matarla. Y ahora vas a pagarlo, negro hijoputa.

Leroy Jefferson parecía confundido y afligido a la vez. Y de repente medio gruñó y medio rió, y dijo:

– Son más tontos de lo que creía. Yo no maté a ninguna anciana.

– Claro que no -aseguró Robinson con un sarcasmo gélido.

– Todo esto… -replicó Jefferson a la vez que sacudía la cabeza-. Todo esto para nada, porque no fui yo. Mierda. -Parecía verdaderamente confundido y apenado-. Han hecho todo esto por la persona equivocada.

Recostó de nuevo la cabeza en la camilla, y los sanitarios la levantaron, la metieron sin miramientos en la parte posterior de la ambulancia y cerraron las puertas de golpe.

– No, nadie es culpable -comentó Robinson en voz baja, casi para sí mismo, pero Espy lo oyó. Se volvió hacia ella-. Por supuesto que no fue él -ironizó-. Nos vamos. Ya.

La fiscal asintió. Estaba exhausta. Si no fuera por una sensación extraña similar al miedo que la seguía perturbando tras las palabras de negación del sospechoso, se habría quedado dormida ahí mismo.

13 Un tercero

Contempló las sombras en la pared encalada del pasillo del hospital; el brillo de los fluorescentes del puesto de enfermería captaba el contorno de todos los que pasaban por allí y proyectaba una silueta oscura, vagamente humana, que se deslizaba en la superficie plana delante de él. En cierto momento, levantó la mano para ver si podía sumarse a las fantasmagóricas siluetas grises, pero el ángulo de la luz no era el adecuado.

Walter Robinson se movió en su asiento para intentar encontrar una postura cómoda, aunque sabía que no había ninguna. Echó un vistazo al reloj y vio que la noche había quedado prácticamente atrás, así que supuso que no pasaría demasiado rato antes de que la luz del día penetrara en los pasillos del hospital y las sombras desaparecieran.

Estaba agotado, pero la rabia, como la adrenalina, lo mantenía despierto.

Procuró seguir concentrado en el hombre que estaba en la sala de recuperación, porque pensaba que sería más sencillo culpar a Leroy Jefferson de todo lo que había salido mal esa noche. Pero, por dentro, su rabia iba dirigida también hacia sí mismo. Repasó la secuencia de los hechos para tratar de deducir en qué momento se había torcido todo, en qué momento había cometido el error que había tenido como resultado un tiroteo. El procedimiento había sido modélico y la organización había sido perfecta. Pero que un policía acabara herido de bala en lo que debería haber sido una detención rutinaria, aunque compleja, exacerbaba su frustración. El diagnóstico inicial del Leñador no era bueno; lesiones de pronóstico reservado en el músculo y el tejido óseo. Una carrera profesional que se había evaporado en un instante. Había pasado unos minutos con la mujer del policía, pero sus palabras trilladas de disculpa habían sido ignoradas. Había informado a las autoridades policiales de South Beach y éstas habían emitido un comunicado de prensa. Había estado perdiendo el tiempo en el fondo de una sala mientras dos docenas de reporteros y cámaras hacían preguntas y, después, se había marchado despacio por el pasillo hasta el sitio donde estaba sentado entonces. No sabía qué le esperaba a Leroy Jefferson; en ese momento, deseaba que Espy Martínez le hubiera volado la cabeza. Eso habría motivado algo de papeleo molesto, pero seguramente habría sido más satisfactorio para todas las partes implicadas.

Dejó que esta idea persistiera. A pesar de todo lo que había salido mal, admitió que debería sentir cierta satisfacción. Después de todo, había resuelto el caso: Jefferson estaba acusado del homicidio en primer grado de Sophie Millstein. En el departamento de Homicidios de South Beach había una gran pizarra con una lista de los casos abiertos. El asesinato de Sophie Millstein desaparecería de la pizarra. Había hecho su trabajo.

Robinson dejó que un juramento saliera de sus labios en un susurro.

Recostó la cabeza en la pared y cerró los ojos un momento para volver a ver mentalmente el caos de los Apartamentos King como en una pantalla, pero en lugar de ello se vio a sí mismo tomando a Espy Martínez por el codo para acompañarla hacia su dúplex con la formalidad encorsetada de un cortesano del siglo XVIII. Durante el largo recorrido en coche por la ciudad, hubo momentos en los que ella había balbuceado, mostrado una gran agitación o mezclado un montón de improperios en sus palabras, y otros momentos en los que había permanecido en un silencio lúgubre. En cierta ocasión soltó: «La madre que me parió. No me lo puedo creer; le disparé a ese cabronazo. Le di en la pierna, joder. Es increíble. El muy desgraciado me disparó y yo le di, joder. Ya lo creo que le di.» Y cuando él le contestó: «Sí, le dio», se había sumido en un silencio tenso, como si el interior del coche vibrara sin emitir ningún sonido. Había intentado encontrar algo que decirle, pero había sido incapaz. Una vez, Espy había soltado un grito ahogado, y cuando él se volvió hacia ella vio que sacudía la cabeza y se quedaba mirando por la ventanilla las luces de la ciudad a su paso.

En su casa, una vez en el umbral, le preguntó: «¿Está bien?», «¿Seguro que está bien?», «¿Quiere que llame a alguien?», «¿Estará bien sola», y ella le contestó que estaba bien. Todo el rato había querido entrar con ella en su casa pero no se había atrevido. Como un maldito adolescente durante la primera cita, se recriminó. Puede que la peor primera cita de la historia de la humanidad.

Murmuró otra palabrota y abrió los ojos. Cerró el puño y lo levantó a la altura de la cara.

– ¿Vas a pegarme, o eso se lo reservas a mi cliente?

Robinson alzó los ojos, sorprendido. Era un hombre larguirucho, de cabello rizado y una sonrisa fácil que contradecía la intensidad de sus ojos. Llevaba vaqueros, zapatillas de deporte sin calcetines y un polo blanco con una mancha, y Robinson supo que se había levantado corriendo de la cama para venir al hospital. Pero no por ello dejaba el abogado de mostrar cierta indiferencia en la forma de apoyarse en la pared delante del inspector, justo donde sólo había habido sombras un momento antes.

– Hola, Tommy -dijo Robinson despacio-. ¿Qué haces aquí? -Conocía la respuesta, pero lo preguntó igualmente.

Thomas Alter tenía más o menos la misma edad que Walter Robinson. El inspector imaginaba que si no fuera ayudante de la Oficina del Defensor de Oficio del condado, lo que lo convertía en adversario natural de todos los inspectores de Homicidios de la policía local, probablemente serían amigos. Rara vez se aprecia demasiado a las personas cuyo trabajo consiste en destrozar, en el claustro protegido de una sala de justicia, lo que uno hace. Se las respetaba, por supuesto. A menudo se admitía a regañadientes que formaban parte del mismo proceso. Pero era imposible tenerles un afecto genuino.

– Estoy aquí para asegurarme de que nuestro señor Jefferson recibe un tratamiento médico adecuado, lo que no incluye declarar sin haber hablado antes con su abogado, quien, para bien o para mal, resulta que es un servidor.

– No es nuestro señor Jefferson…

– De acuerdo, mi señor Jefferson…

– Vamos, Tommy. Tiene que comparecer ante el juez para la lectura de cargos y hacer una declaración de insolvencia antes de que puedas verlo. Mientras tanto, si quiere hablar conmigo…

– Sí, normalmente sí, Walt. Eso es cierto. Pero esta vez no. Jefferson compareció ante el tribunal hace menos de una semana acusado de posesión, pero la fiscalía va a retirar los cargos porque pulvericé la orden de registro. Pero todavía no lo ha hecho oficialmente, de modo que Walt, amigo mío, lo sigo representando. Ya ves. No puedes hablar con él sin que yo, o alguien de mi oficina, esté presente en todo momento. ¿Entendido?

– Si él quiere…

– En todo momento. Le leíste sus derechos, y te estoy diciendo que no renuncia a ninguno de ellos. -Thomas Alter siguió sonriendo, pero su voz había perdido toda suavidad.

Robinson se encogió de hombros para ocultar la irritación que sentía.

– En todo momento -repitió Alter-. ¿Entendido, Walt?

– Entendido.

– Eso significa las veinticuatro horas del día. Los siete días de la semana.

– ¿No te fías de mí, Tommy?

– Pues no.

– Muy bien, porque yo tampoco me fío de ti.

– Ya -dijo Alter con una sonrisa lánguida-, pues supongo que estamos igual.

– No. Si hay algo que tú y yo no estaremos nunca es igual, porque yo no estaría aquí intentando proteger a un bastardo como Jefferson.

– De acuerdo. Supongo que no. Eres demasiado recto para eso, ¿eh? -La voz de Alter contenía una nota de sarcasmo burlón-. ¿Cómo te va, por lo demás? Me han dicho que la noche ha sido dura…

– Pues sí.

– Lástima lo del policía herido. ¿Es amigo tuyo?

– No.

– ¿Espy está bien?

– Sí -respondió Robinson tras dudar un instante-. Puede que algo afectada, pero bien.

– Estupendo. No es como algunos de los hijos de puta que hay en la fiscalía. Es razonable. Dura pero razonable. Y bonita, además. Me alegro de que no la palmara ahí, en la jungla. Por lo visto, estuvo a punto. Yo, personalmente, no me acercaría a los Apartamentos King. Sobre todo de noche. ¿Se puede saber qué hacía allí?

Robinson no contestó.

El joven abogado defensor lo observó.

– Vete a dormir, Walter -sugirió con una sonrisa-. Pareces cansado. Este lío esperará a que vuelvas. De hecho, durará bastante tiempo.

Robinson se levantó. Miró a Alter, que seguía apoyado en la pared. El abogado dirigió la vista pasillo abajo, hacia un par de agentes uniformados que estaban sentados junto a la puerta de la sala de recuperación. Ambos contemplaban al inspector.

– Díselo, Walt.

– Vete a la mierda, Tommy.

Alter sonrió otra vez, pero había dureza en sus ojos.

– No, vete tú a la mierda, Walter. -Y a continuación levantó la voz para advertir a los dos policías-: Escuchen. Nadie puede hablar con Jefferson salvo el personal médico autorizado y los representantes de la Oficina del Defensor de Oficio del condado de Dade. Y cuando terminen su turno, asegúrense de que sus reemplazos lo sepan. ¿Entendido?

Las palabras retumbaron en el pasillo, y los dos hombres miraron a Robinson, que asintió a regañadientes.

– Bueno, gracias, Walt -soltó Alter-. De todas formas, creo que colgaré una orden en su puerta. -Sacó un formulario que llevaba el sello de la Oficina del Defensor de Oficio-. El juez de la lectura de cargos, Espy Martínez y su jodido jefe, Lasser, recibirán el mismo formulario por la mañana -añadió.

– ¿Estás cubriendo todos los frentes, Tommy?

Alter lo fulminó con la mirada.

– ¿Crees que sería la primera vez que representamos a un desgraciado que ha creído que un inspector de Homicidios era su mejor y único amigo de verdad en todo el puñetero mundo, y enseguida ha abierto la boca y ha ido a parar al corredor de la muerte? ¿Crees que sería la primera vez que un inspector de Homicidios que quizá no tenía las mejores pruebas del mundo ha ido al juicio y, una vez en el estrado, ha dicho: «Sí, señoría, el acusado renunció verbalmente a todos sus derechos constitucionales y me confesó este asesinato. Sí, en privado, señoría, sin ningún problema…» ¿Pues sabes qué te digo, Walter?

– ¿Qué, Tommy?

– Que esta vez no pasará.

Robinson se sintió sin fuerzas. Ansiaba aire fresco, una brisa constante que lo llevara como a un marinero a la deriva hasta su casa y su cama. Se sintió de repente como un hombre que al final de una partida de póquer que ha durado toda la noche baja los ojos y ve que el dinero le ha disminuido y que las cartas que tiene delante no son más que un farol inútil.

Aun así, no pudo evitar añadir con rabia:

– ¿Sabes qué, Tommy? Este tipo es el malo de la película. Es un toxicómano, un psicópata y un mal bicho. Caerá. ¿No tienes ya un par de clientes en el corredor de la muerte? ¿Cuántos, Tommy? ¿Dos, tres?

– Sólo uno -susurró Alter con amargura.

– ¿De veras, Tommy? Habría jurado que tenías más…

– Sí, los tenía.

– Oh, claro. Ya lo recuerdo. Supongo que deberíamos decir que uno de esos clientes fue víctima de la corrosión natural, ¿no, Tommy? ¿No te parece una forma bonita, segura y razonable de describir a alguien que ha acabado en la silla eléctrica?

– Vete a la mierda, Walter.

– ¿Verdad que había matado a un policía?

– Sí.

– El sistema no tiene demasiada simpatía por los asesinos de policías, ¿verdad? Debió de resultarte difícil presentar el alegato final al jurado. Intentar que doce personas miren con buenos ojos a un cabrón que le metió una pistola en la boca a un policía después de desnudarlo y que le dio tiempo para rezar una oración. Una oración antes de morir, ¿no fue eso lo que dijo ese cabrón? Pero apretó el gatillo antes de que el policía llegara a la mitad del Padrenuestro. ¿No fue así, Tommy?

– Lo sabes muy bien.

– Bueno, supongo que ya has empezado a preparar el alegato final para el jurado de Jefferson. ¿Has pensado algo especial que explique la buena razón que tenía ese hijoputa para estrangular a una anciana? Y diría que Jefferson ha tenido suerte de que lo único que hizo esta noche fue destrozar el brazo de un policía y acabar con su carrera. Pero el resultado es el mismo, ¿no?

– ¿Qué quieres decir?

– Que va a ir a parar al mismo sitio.

– ¿Al corredor de la muerte? No estés tan seguro.

– No. Me refería al infierno.

– No estés tan seguro -repitió Thomas Alter con frialdad. Sus labios habían perdido su media sonrisa habitual y habían adoptado una dureza que Robinson reconoció de haberle visto en una docena de repreguntas. Notó que perdía el control, como un coche que patina en una carretera mojada por la lluvia. Sabía que Alter era un adversario formidable y que enfadarlo era un error. Pero dejó que el agotamiento y la frustración de la noche guiaran sus respuestas y le replicó.

– No, Tommy. Me apuesto lo que quieras. Es ahí donde irá a parar.

– Puede. Pero no por esta mierda de caso.

– ¿Ah, no? Tengo el móvil, la oportunidad, un cómplice encubridor y un testigo presencial, y te apuesto cincuenta dólares a que estás totalmente equivocado, letrado.

Robinson había tratado de morderse la lengua, pero no había podido. El cansancio y la decepción lo dominaban y le habían obligado a dejar escapar información que debería haberse guardado.

– ¿De veras, inspector? -El abogado imitó la voz de Robinson-. Así que lo tienes todo cubierto.

– Bueno, ya lo veremos, ¿no crees?

– Sí, Walter. Ya lo veremos.

Se miraron desafiantes. Alter habló primero.

– Le han salvado la pierna, ¿sabes? Pero sólo eso. Salvado y nada más. Quizá pueda andar algo, pero no volverá a moverla como antes… -Suavizó su tono como si quisiera disminuir la gravedad de lo que estaba diciendo.

– Se me parte el alma.

– Sí. Bueno, yo no esperaría que un hombre que va a pasarse el resto de la vida cojeando y con dolores cooperara demasiado con quienes le hicieron eso.

– No necesitamos su cooperación. Lo único que necesitamos es que vaya adonde debe estar: el corredor de la muerte.

– No podrías estar más equivocado, Walter -sonrió de nuevo Alter, que habló con la seguridad pomposa de un estafador.

Robinson sacudió la cabeza y se volvió, pensó que ya casi era de día y que, si tenía suerte, cuando se dirigiera en coche a su casa por la carretera, el sol estaría saliendo en South Beach y llenaría el aire a su alrededor de franjas de luz clara que disiparían la rabia acumulada durante la noche, lo que le permitiría pensar libremente en Espy Martínez.

En la fiscalía del condado todos se habían pasado dos días aclamándola. Ser dura en un juicio era una cosa; serlo en el mundo real te hacía ganar un nivel de respeto totalmente distinto. Los demás ayudantes se habían dedicado a buscarle motes (Señorita Cok, Pistola Rápida, Alégrame el Día Martínez), procurando encontrar uno que cuajara.

Hasta Abraham Lasser había hecho uno de sus escasos peregrinajes desde su oficina por el laberinto de mesas y puestos de trabajo para aplaudir a Espy Martínez por su éxito, lo que, si lo pensaba bien, era extraño: su jefe y sus compañeros de trabajo la felicitaban por estar sana y salva. Lasser había asomado su cabeza rizada por la puerta y había entonado con voz cantarina:

– Ah, la joven Annie Oakley, supongo.

Y después de estrecharle la mano y darle una palmadita en la espalda, le había levantado el brazo como si fuera un boxeador que ha ganado un combate y le había susurrado que debería asegurarse de que Leroy Jefferson recibiera la máxima condena; una pena que obstaba mencionar. Luego, ese mismo día, había hecho circular por toda la oficina un memorando en el que alababa a Espy Martínez por haber pensado con rapidez (aunque ella se preguntaba qué había pensado con rapidez) y recordaba a los demás ayudantes que ellos también eran miembros de las fuerzas de seguridad del país y deberían ir armados de forma adecuada en los momentos adecuados para poder actuar de modo adecuado en las circunstancias adecuadas tras una valoración adecuada de la situación, como ella había hecho. No aclaraba a qué se refería con «adecuado».

A Espy le gustaba toda esa atención, que la distraía de lo que estaba haciendo. Cuando Robinson la llamó, sintió una gran agitación, como si él fuera un elemento clave de lo que había ocurrido.

– ¿Cómo va todo, Espy?

– Bueno, los compañeros insisten en silbar la melodía de Solo ante el peligro cada vez que paso por su lado. Por lo demás, todo bien.

El inspector soltó una carcajada.

– Tenemos que vernos para empezar a atar el caso.

– Lo sé -contestó Espy-. Es que no he podido concentrarme.

– ¿Ha hablado con Tommy Alter?

– Aún no. Bueno, de hecho, una vez. La lectura de cargos de Jefferson se hizo in absentia. El hospital no le dará el alta para que lo transporten a la cárcel hasta dentro de una semana.

– Esta mañana le tomé las huellas dactilares. Alter estaba ahí, pero no dijo nada, se limitó a observar. Jefferson parecía sufrir fuertes dolores, lo que no está mal. Todavía tiene la pierna en tracción, pero mañana se la escayolarán. El médico dijo que con el tiempo tendrá que someterse a dos o tres operaciones más. Le comenté que sería una pérdida de tiempo, en voz muy alta para que Jefferson y Alter me oyeran.

– ¡Qué barbaridad! -exclamó la ayudante del fiscal entre risas.

– Ya sabe lo que se dice. Todo vale en el amor y en la guerra, y en este caso…

– ¿Y ahora qué?

– Bueno, voy a llevar las huellas al laboratorio. Deberíamos poder situarlo en el piso de la anciana. Le tomé una fotografía y cuando la enseñé, junto con otras, a los conductores de autobús para que lo identificaran, situaron a Jefferson en el autobús adecuado a la hora adecuada. Mañana por la mañana enseñaré las fotografías al señor Kadosh para que lo identifique también. Como ese cabrón está en el hospital, queda descartado hacer una rueda de reconocimiento. Además, está el propietario de la casa de empeños, que declarará sobre los objetos robados. Presenté un montón de cargos contra el pobre Reginald, y también contra Yolanda. La mayoría de ellos era una chorrada, pero bastó para que los dos claudicaran. De todas formas, Lion-man hará el seguimiento para asegurarse. En el registro del domicilio de Jefferson no se encontró nada procedente de la casa de la víctima. Debió de haberse deshecho de todo en el Helping Hand. Pero, aun así, me parece bastante claro.

Espy Martínez asintió, pero su tono cambió.

– Alter me pareció muy seguro.

– A mí también.

– ¿Porqué?

– No lo sé. No veo que tenga motivos para estarlo, salvo el hecho de que es un arrogante que siempre se muestra de lo más seguro hasta que se da cuenta de que no tiene defensa. Entonces corre a suplicar un trato. Eso será en un par de semanas. Déjelo que disfrute hasta entonces.

– No habrá trato. Son órdenes directas del jefe.

– Estupendo. Querrá uno, ¿sabe? Ésa será la estrategia de la defensa: encontrar algún punto débil que pueda explotar para preocuparnos de tal modo que, en lugar de arriesgarnos ante un jurado, lleguemos a un acuerdo por los veinticinco años de condena mínima.

– No creo que la fiscalía vaya a aceptar eso.

– Es lo que él intentará. Cualquier cosa que evite que Jefferson vaya al corredor de la muerte será una victoria para él.

– Ojalá hubiera confesado.

– Sí. Sería perfecto, ¿verdad? Y le habría arrancado una confesión al muy cabrón si no hubiera aparecido Alter.

– A los jurados les gusta tener una confesión en los casos de asesinato. Les da la certeza de que están haciendo lo correcto. Especialmente cuando tienen que votar por la pena de muerte.

– Ya lo sé. Pero tenemos casi todo lo demás.

– ¿Podríamos repasarlo otra vez? Quizá podamos anticiparnos a cualquier problema si lo comentamos con calma. Preferiría estar preparada para cuando Alter ataque.

Robinson aprovechó la ocasión.

– ¿Por qué no quedamos para cenar? Llevaré el expediente del caso y podemos comer algo mientras lo examinamos despacio…

Espy dudó y se ruborizó un poco.

– Walter, no sé si debemos mezclar el trabajo con…

No terminó, y Robinson se apresuró a hablar de nuevo.

– Oiga, no se preocupe por eso. Una cita de verdad sería ir al cine, al teatro, a un concierto, a un partido o a algo así. Ya me entiende, la iría a buscar a su casa con corbata, le llevaría flores y una caja de bombones, y le abriría la puerta del coche. En una cita de verdad te pones nervioso, charlas educadamente sobre temas intrascendentes y muestras buenos modales. Esto es otra cosa. Siento como si le debiera algo por lo de la otra noche. Verá, no se suponía que tuviera que terminar disparando a alguien. Me siento culpable por eso.

– No fue culpa suya -respondió ella con una sonrisa.

– Ya, pero lo cierto es que las cosas no salieron como había previsto.

– Oiga -bromeó-, ¿cree que me importa que de repente todo el mundo me considere peligrosa?

– ¿Peligrosa y decidida?

– Exacto. Resuelta a todo. Una mujer de armas tomar.

Ambos rieron.

– Muy bien -dijo-. Mañana por la noche.

– ¿Paso a recogerla por su oficina?

– No, por mi casa. ¿Recuerda cómo llegar?

Él lo recordaba.

Naturalmente, sólo hablaron del caso de forma superficial al principio de la velada, casi como si fuera un estorbo necesario. La llevó a un restaurante al aire libre que daba a la bahía de Vizcaíno, la clase de sitio en que el camarero se mueve dándose aires y sirve una comida mediocre disimulada con salsas fuertes y una vista espectacular. Mientras estaban ahí sentados, Robinson veía cómo las tonalidades azules del agua se iban oscureciendo desde alta mar hasta la costa; pasaban de un azul cielo a uno más oscuro y, finalmente, a un azul marino intenso que casi no se distinguía del negro y que anunciaba la noche veraniega. Las luces de la ciudad parpadeaban y parecían salpicar la superficie del agua como si un artista impresionista las hubiera pintado en las ondulantes olas.

Ella estaba sentada delante de él, y sabía que la situación contenía el proverbial romanticismo de los trópicos. Notaba una ligera brisa que le atravesaba los pliegues del vestido holgado que llevaba y le acariciaba lugares ocultos con la familiaridad de un viejo amante. Echó la cabeza atrás y se pasó la mano por el pelo. Miró a Robinson, pensó que era guapísimo, y pensó también que si sus padres la vieran sentada con un negro, no le hablarían en días, a no ser que se tratara exclusivamente de una reunión de trabajo. Así que, en deferencia a esta imagen y para dar por lo menos la impresión de trabajar, preguntó:

– ¿Hablamos un poco de Jefferson?

– Claro -sonrió Robinson-. Una cena de trabajo. Diría que el futuro de Leroy Jefferson se ve negro, lo que podría ser un juego de palabras, pero no mezclaremos la raza en esto.

– ¿Y qué tenemos?

– Bueno, esta tarde, antes de irme del trabajo, recibí una llamada de Harry Harrison (¿cómo es posible que alguien se llame así?), de Huellas Dactilares. ¿Adivina de quién aparecieron huellas en un cajón de la cómoda de Sophie Millstein?

– ¿De nuestro hombre?

– Exacto.

– Bueno, pues ya está, ¿no?

– Sí. Podría decirse que sí. Harry dijo que todavía tiene que comprobar las huellas del joyero y de la puerta corredera de cristal, y también la que obtuvieron del cuello de la víctima, pero pensaba que nos gustaría saber los resultados obtenidos hasta ahora.

– Jefferson está acabado.

– Y Kadosh hizo una identificación bastante buena a partir de las fotografías.

– ¿Qué quiere decir «bastante buena»?

– Eligió la fotografía de Jefferson y dijo que no podía estar completamente seguro sin ver al hombre en persona, pero que estaba bastante seguro de que era él. La clave es mantenerlo separado de su mujer. Es la clase de hombre acostumbrado a que ella le diga qué debe pensar, y tiene una opinión sobre todo.

– ¿Todo?

– Todo. Te lo aseguro.

– ¿Y?

– Y no veo el problema. Si es que lo hay.

– ¿Adónde nos lleva eso?

– Pues aquí -sonrió Robinson-. ¿Una copa de vino?

Espy asintió. Observó cómo le llenaba la copa y después bebió despacio, saboreando su aroma fresco y afrutado. Dirigió los ojos hacia la bahía y se le ocurrió que lo que estaba pensando era cómo sumergirse en las olas al anochecer.

– Dígame, Walter, ¿quién es usted?

– ¿Quién soy? -sonrió-. Soy un inspector de policía que casi se licenció en Derecho y…

– No. -Levantó una mano-. No qué es. Quién es.

A Robinson le pareció captar ansiedad en su voz, y de repente se dio cuenta de que le preguntaba más de lo que se había imaginado. Sintió una reticencia momentánea, pero empezó a hablar despacio, en voz baja, casi como si estuviera conspirando algo.

– Nado -explicó a la vez que señalaba la bahía con una mano-. Nado solo, cuando nadie me ve, lejos de la costa. En aguas profundas. A kilómetro y medio como mínimo. A veces, incluso a tres.

Se detuvo. No describió lo que le gustaba hacer, que era conducir hasta la punta del cayo Vizcaíno, donde estaba el parque nacional, en cabo Florida, a última hora de la tarde, cuando todos los turistas colorados como gambas y los adolescentes borrachos de cerveza ya habían recogido las cosas y trataban de llegar a casa antes del anochecer. Entonces se metía en el agua y, dando potentes brazadas, nadaba contra las olas hasta pasar las boyas rojas y blancas, más allá del límite, donde notaba cómo las corrientes de marea tiraban de sus brazos y sus piernas en distintas direcciones. Luego se volvía para mirar hacia el cayo y sus hileras de bloques de pisos, o hacia más allá del antiguo faro de ladrillo abandonado, donde el océano se une a la bahía. Dejaba que las aguas lo mecieran, como si quisieran convencerlo de que eran seguras, cuando sabía que no lo eran. Pasados unos instantes, inspiraba hondo y reanudaba la lucha contra los flujos y las corrientes, esquivando alguna que otra carabela portuguesa con su picadura mortal, evitando pensar en los tiburones, tentando al agotamiento y la muerte que éste conllevaba de modo inevitable, hasta que tocaba la arena con los pies y llegaba a la playa, de nuevo a salvo, respirando con dificultad.

– ¿Por qué nada? -preguntó ella en voz baja.

– Porque cuando era pequeño, en Coconut Grove, ningún niño negro aprendía a nadar. No había piscinas y la playa estaba a tres transbordos de autobús. Vivíamos en el condado con más agua de todo el país (¿sabía eso?), pero nunca aprendíamos a nadar. Recuerdo que, más o menos cada año, en el periódico salía la historia de algún niño negro que se había ahogado en un canal, donde estaba pescando o capturando ranas, o simplemente jugando. Había resbalado y se había caído en metro y medio de agua. Presa de pánico, había forcejeado y gritado, pero no había nadie y se había ahogado. Los niños blancos no se ahogaban nunca. Tenían piscinas en los patios de sus casas y les enseñaban a nadar, ¿sabes? Braza crol, espalda y mariposa. Ellos sólo se habrían mojado, y quizás habrían tenido que oír una reprimenda por llegar a casa empapados. -Dejó la copa de vino en la mesa-. Sueno enfadado, y no quiero sonar enfadado.

Ella sacudió la cabeza. Se dio cuenta de que él le había contado algo importante, casi como una pista escondida en una página de una novela de misterio y que más adelante comprendería su importancia.

– No -dijo-. Me lo hace más fácil.

– ¿Qué le hace más fácil?

Ella no contestó. Intentaba comprender lo que estaba pasando.

– Bueno, Espy, ahora quiero hacerle yo una pregunta -indicó Robinson tras un silencio.

– Dispare. -Rió un poco-. Puede que no sea una buena elección de palabras para mí.

– Dígame por qué está sola.

– ¿A qué se refiere?

Robinson hizo un pequeño gesto con la mano, como para decir: eres joven, bonita, culta e inteligente, y deberías estar rodeada de pretendientes. Lo que ella se tomó como un cumplido.

– Porque no he encontrado a nadie que…

Se detuvo, sin saber muy bien cómo seguir. Por un instante, esperó que Robinson rompiera el silencio con otra pregunta, pero comprendió que no lo haría, de modo que prosiguió con una ligera vacilación en la voz.

– Supongo que es por mi hermano. -Inspiró hondo-. Mi pobre hermano muerto. El tonto de mi pobre hermano muerto.

– No lo sabía, lo siento.

– No. No pasa nada. De eso hace casi doce años. El fin de semana del día del Trabajo. La semana siguiente iba a empezar el nuevo curso en la facultad de Derecho.

– ¿Un accidente de coche?

– No, nada tan inocente. Regresaba de un viaje para hacer snorkel en los cayos con un par de amigos de la universidad. Se estaba haciendo tarde, y se pararon en una tienda para comprar algo de comida. Ya sabe, chorradas: patatas fritas, cervezas, tentempiés y todas esas cosas que los varones de veintidós años consumen con tanto entusiasmo. El caso es que ahí estaban, en una tienda que era medio bodega, medio supermercado, a la salida de la carretera South Dixie, mucho más abajo de Kendall, cargados con todas esas chucherías. Mi hermano estaba bromeando con la señora cubana que llevaba la tienda. Le preguntaba si tenía una hija y, de no ser así, si estaba soltera. Ya sabes, todo muy amistoso. Y los dos reían y hablaban en español, y él tomaba el pelo a sus amigos porque eran anglosajones y no entendían lo que se decían la mujer y él. Entonces entró un hombre con una media en la cabeza, armado con un Magnum del cuarenta y cuatro. Gritó que todo el mundo se echara al suelo y que le dieran el dinero que había en la caja. Y todos se quedaron petrificados e hicieron lo que les ordenaba, pero el tipo estaba nervioso, ¿sabe? Supongo que porque iría colocado, o puede que tuviera malas entrañas, o que no le gustaran los latinos, no lo sé, pero cuando la mujer dudó, le golpeó la cara con el revólver. Hacía un momento que estaba bromeando y coqueteando con mi hermano, con el tonto de mi pobre hermano, y antes de darse cuenta estaba sangrando con la nariz reventada y la mandíbula rota. Y mi hermano se incorporó hasta quedarse de rodillas, nada más, y le gritó al hombre que parara, que la dejara en paz, y el hombre lo miró un segundo, soltó una carcajada como si no supiera quién estaba más loco, si mi hermano o él, y le disparó en pleno pecho. Una vez. ¡Pum! La mujer gritó y empezó a rezar, y los amigos de mi hermano se quedaron pegados al suelo imaginando que ellos irían después. Y tenían razón, porque el hombre se volvió hacia ellos, los apuntó con el Magnum y apretó el gatillo. Una vez. Dos veces. Luego se giró y apuntó a la mujer, y apretó el gatillo una tercera vez. Y tampoco nada. Clic, clic, clic. Estaban demasiado impresionados y asustados para darse cuenta de que aquel cabrón sólo tenía una bala. El hombre soltó una carcajada y se marchó de la tienda con el dinero de la caja y una bolsa de Doritos… -Volvió a inspirar hondo-. Una bala y una bolsa de Doritos.

– Lo siento… -empezó él, pero la joven levantó la mano.

– El tonto de mi pobre hermano, que debería haberse quedado callado, aunque él no era así; ni siquiera llegó con vida al hospital de South Miami.

– Está bien, si no quiere… -dijo Robinson, sin saber si quería o no que ella continuara.

– No -replicó Martínez en voz baja-. Debo sacar todo esto fuera. Tenía quince años y estaba en la cama, durmiendo. Oí que mis padres lloraban y después se fueron al hospital. Me dejaron sola en casa. Pasé la noche sentada en la oscuridad esperando su regreso. No volví a ver a mi hermano, excepto en el funeral, y entonces no parecía él, ¿sabe? Quiero decir que no sonreía ni me chinchaba como hacía siempre. Fue tres días antes de que celebrara mi decimoquinto cumpleaños. ¿Sabe qué es eso?

– Bueno, más o menos. Es una fiesta que las chicas latinas celebran cuando cumplen esa edad.

– Sí, bueno, es una fiesta, pero también es más que eso. Supongo que no es tan importante como un bar mitzvah para un niño judío, porque eso es una cuestión religiosa, pero se le acerca mucho. En esta celebración se anuncia que ya eres una mujer. Es una tradición, y tienes la sensación de formar parte de algo. Está llena de vestidos recargados, risas nerviosas, música lenta y acompañantes, ya sabes, padres que vigilan a todos esos niños que se comportan como adultos. En la comunidad cubana es un evento importante. Estás meses organizándolo. A los quince años, es lo único en que piensas durante días y días. Pero el mío se convirtió en el funeral de mi hermano.

– Debió de resultarle muy difícil -comentó Robinson, y entonces pensó que eso habría sonado estúpido porque era evidente. Así que alargó la mano sobre la mesa para tocar la de Espy, que se la sujetó con fuerza.

– Verá, en mi casa, mi hermano lo dominaba todo. Tenía que haber sido abogado. Encargarse del negocio de mi padre. Llegar a ser importante e influyente. Tener familia y ser alguien en la vida… Nunca lo dijeron, pero cuando murió todo eso recayó en mí. Pero también algo más.

– ¿Qué?

– La venganza.

– ¿Qué quiere decir?

– En la sociedad cubana, mejor dicho, en casi todas las sociedades latinas, una muerte así supone una deuda. A mis padres, este asesinato los envejeció. Y cobrar la deuda recayó en mí.

– Pero ¿qué podía hacer usted?

– Bueno, no podía coger una pistola y disparar a alguien. Tenía que encontrar otra forma de cobrar la deuda.

– ¿Y el asesino?

– Jamás lo atraparon. Por lo menos, no de modo oficial. Dos semanas después detuvieron a un hombre que encajaba con su descripción al salir de una tienda Dairy Mart en Palm Beach con lo que había en la caja, pero los amigos de mi hermano y la mujer de la tienda no lograron identificarlo en una rueda de reconocimiento. El modus operandi era el mismo, también llevaba una media en la cabeza, profirió las mismas palabras, reía igual… Encajaba. Pero no pudieron procesarlo por la muerte de mi hermano.

– ¿Qué pasó?

– Le cayeron quince años, pero cumplió cinco. Ahora vuelve a estar en la cárcel. Lo sigo de cerca. Pido a los funcionarios de la prisión que le vayan poniendo informadores en la celda para ver si habla, quizá por casualidad. Tal vez mencione qué fue de ese Magnum del cuarenta y cuatro que desapareció. O tal vez se vanaglorie de haber escapado impune de un asesinato. Tengo el expediente del caso de mi hermano en un cajón de mi mesa, al día, ¿sabe?, con direcciones y declaraciones. Cueste lo que cueste, si alguna vez puedo relacionarlo concretamente, el caso estará a punto. -Inspiró hondo-. El homicidio en primer grado no prescribe. La venganza tampoco. -Lo miró-. Supongo que parezco obsesiva, pero lo llevo en la sangre.

Se detuvo de nuevo, y Robinson trató de pensar en algo que decir. Pero cuando se le trabó la lengua con sus propias palabras, ella prosiguió:

– Así que supongo que él es la razón de que yo estudiara derecho. Lo hice en lugar de mi pobre hermano. Y él es la razón de que me hiciera fiscal, para poder ponerme algún día delante de un jurado, señalar a ese cabrón y decir que fue él quien lo mató. También mató a la propietaria de la tienda, de hecho. Tenía el corazón delicado y murió seis meses después.

– Lo siento -dijo Robinson-. No lo sabía. -Desde luego era lo más estúpido y más trillado que podía decir, pero no pudo contenerse.

Espy se tocó la frente con la mano libre.

– No, tranquilo -aseguró-. Ya ve. Nos lo estábamos pasando bien y yo voy y le suelto todo esto, y ahora tiene el aspecto de alguien a quien han pillado blasfemando en la iglesia. -Alargó la mano y bebió un largo sorbo de vino-. Me gustaría bromear sobre algo para que volviéramos a reírnos.

Robinson reflexionó un momento, se preguntó por qué tenía la impresión de que faltaba algo, y entonces se dio cuenta de lo que era. Antes de poder contenerse, hizo la pregunta:

– El sospechoso de disparar a su hermano… era negro, ¿verdad?

Martínez no respondió enseguida, pero al final asintió. Él suspiró y se reclinó en la silla pensando: «Ya está; se acabó.» Empezó a enfadarse, no con Espy ni consigo mismo ni con nada que no fuera el mundo entero, pero entonces ella alargó la mano y volvió a tomarle la suya, con fuerza, como si estuviera colgando de lo alto de un precipicio.

– No -dijo despacio-. Él era él y usted es usted.

Robinson volvió a inclinarse hacia ella, agitado.

– Mi nombre -dijo Espy con una sonrisa-. ¿Sabe qué significa?

– Sí, claro. Esperanza.

Ella fue a responder, pero llegó el camarero con la cena. Se quedó plantado a su lado con los platos de comida en equilibrio, sin poder dejarlos en la mesa porque ellos tenían los brazos extendidos sobre ella.

– Disculpen -dijo tras aclararse la garganta, y los dos alzaron la vista y rieron.

Comieron deprisa, se saltaron el postre y pasaron del café. Era como si las confesiones que se habían hecho les hubieran liberado de las poses, los rodeos, los amagos y las farsas habituales en estos casos. Ella estuvo callada mientras él la conducía a través de la ciudad hasta la puerta de su casa. Una vez ahí, detuvo el coche y apagó el motor. Ella se quedó sentada con la vista puesta en el dúplex que ocupaban sus padres. Supuso que estarían mirando.

Robinson empezó a decir algo, pero no lo escuchaba.

En lugar de eso, se volvió hacia él y le susurró con una intensidad que la sorprendió incluso a ella:

– Llévame a otro sitio, Walter. Adonde sea. A cualquier sitio. A tu casa. O a un hotel, un parque, la playa. Me da igual. Pero que sea otro sitio.

Se la quedó mirando un momento. Y entonces se abrazaron y sus labios se juntaron ardorosamente, y ella tiró de él, pensando que estaba sacudiéndose la soledad y los problemas de toda su vida, y esperaba que, de algún modo, el peso de aquel hombre apretujado contra ella estabilizara el huracán de emociones que sacudían su interior.

La llevó a su piso. Cerró la puerta tras ellos, y se aferraron el uno al otro en el suelo del salón con la urgencia escurridiza de un par de delincuentes que temen ser descubiertos. Se quitaron mutuamente la ropa con una excitación frenética que se transformó en una cópula rápida, casi como si no tuvieran tiempo para conocer el cuerpo del otro. Espy tiró de Walter para que se situara sobre ella e intentó envolverlo; él, por su parte, se sentía como un globo hinchado a punto de estallar. La curva de sus pechos pequeños, la tersura de su piel, el contorno de su sexo, el sabor de su cuello… todo eso eran informaciones y datos de los que sólo fue vagamente consciente mientras la penetraba con una avidez primaria, puramente instintiva, y que ella recibía acompasando su pelvis.

Cuando terminó, se echó a un lado y respiró jadeante, boca arriba, con el antebrazo sobre los ojos.

– Dime, Walter -dijo ella pasados unos segundos-, ¿tienes, no sé, dormitorio? ¿Cuarto de baño? ¿Cocina?

Abrió los ojos y vio que estaba a su lado, apoyada en un codo e inclinada hacia él, sonriendo abiertamente.

– Pues sí, Espy. Tengo todas las comodidades habituales de la vida moderna. Nevera, televisión por cable, aire acondicionado, moqueta…

– Sí, la moqueta ya la he encontrado -le interrumpió ella riendo y dejando que su pelo le acariciara el tórax-. La tenía justo debajo.

Le acercó los labios al tórax y luego recostó en él la mejilla, de modo que oía los rápidos latidos de su corazón.

– Es el entusiasmo -dijo Robinson.

– Dime, Walter… ¿quién eres?

En esta ocasión él no respondió, sino que le tomó la cara entre las manos y la besó despacio. Después la levantó con cuidado y se agachó para cargarla en brazos.

– Al dormitorio -anunció.

– ¡Qué romántico! -contestó ella, todavía riendo-. Procura que no me golpee la cabeza.

Esta vez se lo tomaron con calma y dejaron que sus dedos y sus labios se exploraran mutuamente.

– Tenemos tiempo -indicó el inspector-. Todo el tiempo del mundo.

Después se durmió. Pero Espy sentía una extraña inquietud. Estaba exhausta y, a la vez, saciada de la satisfacción que provoca el enamoramiento. Observó un rato cómo dormía Robinson y examinó los ángulos relajados de su rostro, iluminado por un rayo de luna que se colaba por la ventana. Le acercó una mano a la mejilla para ver cómo la luz tenue iluminaba su piel pálida y hacía brillar la piel oscura de él. Tenía la impresión de haber saltado una especie de barrera y, acto seguido, se reprendió por utilizar clichés raciales; si esperaba pasar otra noche junto a Walter Robinson, debería desprenderse de esos pensamientos del mismo modo que se había quitado la ropa: rápidamente.

Se levantó de la cama y fue con sigilo hacia el salón. Era un piso pequeño en un bloque mediocre. Tenía una bonita vista de la bahía y la ciudad. Encontró el escritorio en un rincón, situado de forma que podía ver Miami a través de las ventanas. En una esquina, había un marco con la fotografía de una mujer mayor de raza negra. En la pared, diplomas de la Academia de Policía y la Universidad Internacional de Florida. Otra foto mostraba a un Walter Robinson mucho más joven, manchado de tierra, con un hilo de sangre en una mejilla y vestido con un uniforme de fútbol americano, sujetando un balón; era del instituto Miami High. Se giró y sobre su mesa vio una mezcla desordenada de textos jurídicos, investigaciones e informes del departamento de policía. Vio sus notas sobre el asesinato de Sophie Millstein.

Siguió moviéndose con sigilo, desnuda, a la luz de la luna.

– ¿Quién eres, Walter Robinson? -susurró para sí.

Como si pudiera encontrar algún papel, algún documento, que se lo explicara. Fue hacia la cocina y sonrió al examinar el surtido de cervezas frías y fiambres típicos de un soltero que había en los estantes. Volvió al salón y se fijó por primera vez en una acuarela colgada de una pared. Se acercó y vio que el artista había dibujado una extensión de océano iluminado por el sol, pero a lo lejos había formado unos nubarrones que conferían una sensación de amenaza a todo el cuadro. Era difícil distinguir en la penumbra la firma del artista, así que se inclinó hacia la acuarela y leyó dos iniciales: «W. R.» Estaban en una esquina, medio escondidas justo donde los colores cambiaban de claros a oscuros.

Sonrió y se preguntó dónde guardaría el caballete y las pinturas.

Regresó al dormitorio y se deslizó bajo la sábana, a su lado. Respiró hondo para inhalar los olores del intercambio amoroso y cerró los ojos con la leve esperanza de que habría otras noches como la que se iba transformando en mañana a su alrededor.

Robinson dudó antes de tocarla, y después, con un solo dedo, le apartó un mechón de pelo de la frente.

– Espy -susurró mientras le movía con suavidad el hombro-, vamos a llegar tarde. Ya es de día.

– ¿Cómo de tarde? -preguntó sin abrir los ojos.

– Son las ocho y media. Tarde.

– ¿Tienes prisa, Walter? -Seguía con los ojos cerrados.

– No -respondió él con una sonrisa-. Algunas mañanas puedes tomarte las cosas con calma.

Ella alargó ambos brazos, como imitando a un ciego que tantea el aire, hasta que encontró los suyos y lo atrajo hacia ella.

– ¿Tenemos tiempo?

– Seguramente no -contesto él a la vez que retiraba la sábana y se apretujaba contra ella.

Después se ducharon y se vistieron deprisa. Él preparó café y se lo ofreció. Ella dio un sorbito e hizo una mueca.

– Dios mío, Walter. ¡Qué asco! ¿Es instantáneo?

– Pues sí. No se me da demasiado bien la cocina.

– Bueno, tendremos que pararnos a tomar un buen café cubano de camino al Palacio de Justicia.

– ¿Quieres que te lleve a tu casa para recoger tu coche?

– No. Llévame al trabajo.

Robinson vaciló y después señaló alrededor con un gesto del brazo. Fue un movimiento indefinido para expresar unas palabras que eran difíciles de pronunciar.

– Bueno -comentó por fin-. ¿Cuándo podemos…? Quiero decir que me gustaría…

– ¿Que volviéramos a vernos? -sonrió ella.

– Correcto.

– No sé, Walter. ¿Iremos a alguna parte con esto?

– Yo quiero ir más lejos -respondió Robinson.

– Yo también.

Se sonrieron como si hubieran sellado alguna clase de acuerdo.

– Mañana, pues -dijo Robinson-. Hoy tengo turno hasta tarde.

– Muy bien.

Bromearon y rieron la mayor parte del trayecto hasta la fiscalía. Se pararon a tomar un café y una pasta, lo que les pareció muy divertido. Un cormorán pasó volando bajo por delante del coche cuando circulaban por la carretera elevada, lo que les pareció divertidísimo. El tráfico de media mañana tenía un aire alegre y divertido. Cuando pararon delante del Palacio de Justicia, apenas podían contener las risitas.

Espy bajó del coche y se inclinó hacia la ventanilla.

– ¿Me llamarás?

– Por supuesto. Esta tarde. No quiero olvidarme del señor Jefferson. Ya deben de tener los resultados de las otras huellas dactilares. Te llamaré para comentarte el informe de Harry Harrison.

– Unidos por Leroy Jefferson. Si lo supiera…

– Me pregunto qué diría -comentó Robinson tras soltar una carcajada.

Se miraron un instante, sintiendo lo mismo, que estaban en la línea de salida de algo. Y en medio de ese silencio oyeron que alguien la llamaba por su nombre.

– ¡Espy!

Ella se giró y Robinson se inclinó hacia el asiento del pasajero para ver quién gritaba. Y en lo alto de la escalinata del enorme Palacio de Justicia vieron la figura larguirucha de Thomas Alter, que los saludó con la mano y bajó los peldaños de dos en dos.

– Hola, Walt, qué suerte encontrarte aquí.

– Hola, Tommy. ¿Has soltado algún asesino hoy?

– Yo también me alegro de verte. Todavía no. Pero nunca se sabe, aún es temprano. -Sonrió de oreja a oreja.

– Dime, Espy, ¿habéis preparado el caso? ¿Vais a apretarle las clavijas a Jefferson?

– Ya sabes la política de la fiscalía sobre las conversaciones, Tommy. Tienen que ser formales, con taquígrafo. Pero extraoficialmente puedo decirte que te va a costar llegar a algún acuerdo, especialmente con Lasser. No le gusta que estrangulen a ancianas, le estropea el día. Así que me da la impresión de que será imposible. Totalmente imposible.

– ¿De verdad?

– Ya me has oído.

No pareció que la noticia lo afectara.

– Bueno, imagino que no os gustará ver esto, entonces. -Sacó un fajo de papeles del maletín.

– ¿Qué es? -preguntó Robinson. Había salido del coche para ponerse al lado de la ayudante del fiscal.

– La prueba del polígrafo -respondió Alter con brusquedad.

– ¿Y?

– ¿A que no sabéis qué?

– Ve al grano, Tommy. ¿Qué quieres decirnos?

– Quiero deciros que, en esta prueba concreta, mi cliente no mostró signos de engaño. Ninguno. ¿Y sabéis qué le preguntamos?

– ¿Qué?

– Una pregunta clara y sencilla: «¿Mató usted a Sophie Millstein en su casa?» ¿Y adivináis qué? Dijo que no, y la máquina indica que respondió la verdad.

– ¡Sandeces! -explotó Robinson-. Se puede engañar a esas máquinas.

– Bueno -contestó Alter-, imaginé que dirías eso. Así que utilicé la misma empresa que utiliza la fiscalía, y también tu departamento: Vogt Investigations. ¿Cuánto tiempo hace que Bruce y su máquina mágica trabajan para vosotros?

– ¡Tonterías! Me da igual que haya pasado la prueba, sigue…

– Todavía no has pasado por el departamento, ¿verdad, chico?

– No.

– Has estado ocupado, ¿eh? -Y sonrió de oreja a oreja a Espy.

– Todo esto son tonterías, Tommy -estalló ésta, furiosa-, y tú lo sabes. ¡Pasar la prueba del polígrafo no significa nada! No sirve de prueba. No es nada. Así que deja de decir tonterías…

– Esta mañana llegó un informe interesante al departamento de Homicidios de South Beach -prosiguió Alter, sin prestar atención al enojo que reflejaban las caras de la fiscal y el inspector-. La clase de cosa que te hace pensar si podría haber algo más extraño en este mundo…

– Corta el rollo, Tommy, antes de que te dé un puñetazo.

– ¿De qué hablas, Tommy? ¿Qué informe?

El abogado sonrió de nuevo de oreja a oreja.

– Es divertido ver a dos justicieros moralistas como vosotros tan desconcertados. Quizá me permitáis disfrutar del espectáculo un momento.

– ¿Qué informe?

– El informe de las jodidas huellas, gilipollas.

– ¿Cómo has…?

– Tengo amigos en tu departamento.

– ¿Qué estás diciendo, Tommy? -saltó Martínez con voz estridente.

– Lo que estoy diciendo, Espy: que otra persona mató a Sophie. Esto es lo que estoy diciendo.

– ¡Menuda gilipollez! -intervino Robinson. Iba a abalanzarse sobre el abogado pero consiguió controlarse en el último segundo.

– ¿Un tercero? -se asombró la ayudante del fiscal-. Por Dios, Tommy, venga ya. Puedes hacer algo mejor que la vieja defensa de culpar a un tercero. ¿Crees que soy tan joven que no conozco esa artimaña? Elige algo más original, más creativo, no la vieja defensa de «lo hizo un tercero».

Alter se giró hacia ella y agachó la cabeza enojado, sin rastro de la jocosidad que había mostrado hasta entonces.

– Oh, ¿te parece aburrido? ¿Te parece poco original?

– ¡Exacto!

– Pues adivinad qué, muchachos -replicó en voz baja, con tono de conspiración pero con sarcasmo-. Resulta que, además, es verdad. -Se volvió hacia Robinson-. La huella que había en el cuerpo, justo en el cuello, procedente de los dedos que estrangularon la garganta de Sophie, esa bonita huella parcial de un pulgar que tus hombres recuperaron de su piel. Pues bien: pertenece a alguien, pero no a Leroy Jefferson. -Retrocedió-. Pensad en eso, chicos. Y echad un buen vistazo a la prueba del polígrafo. Y cuando estéis preparados para pedirnos con mucha educación ayuda para encontrar al verdadero asesino de esa anciana, ya sabéis dónde estaré esperando. -Hizo una pausa y añadió-: Y Walter, amigo, trae los cincuenta que me debes, ¿quieres?

Thomas Alter dejó caer la prueba del polígrafo en la acera, donde una ligera brisa alborotó las hojas mientras él se alejaba con paso decidido.

14 La H omitida

«Está aquí -pensó Simon Winter-. Delante de mí, en algún sitio, tal vez bajando por el paseo marítimo entarimado o comiendo un helado comprado en el puesto de la esquina. Quizás esté en ese grupo, haciendo cola para tener una mesa en el News Café. Podría ser aquel hombre que lee el Herald en el banco de la parada de autobús. Podría ser cualquiera. Pero está aquí y ha matado por lo menos una vez, puede que dos. Todavía no sé cómo. Pero lo ha hecho. Y ha conseguido que un asesinato parezca el suicidio de un hombre mayor, y que otro asesinato parezca obra de un drogata, y creo que si es necesario volverá a matar, porque no le importa nada asesinar. Nada en absoluto.»

Winter inspiró hondo y masculló entre dientes:

– ¿Cómo puedo encontrarte, Sombra?

Una pareja de adolescentes pasó a pocos metros de él. Los dos llevaban gafas de espejo que centelleaban al sol, y se volvieron al oír su voz. Comentaron algo en español, riendo, y se alejaron.

Eso lo hizo enfadar. Otro viejo que habla sólo, eso habían pensado. Vio cómo dos chicas con patines serpenteaban entre las personas que había a última hora de la tarde en Ocean Drive. Las aceras estaban llenas de gente que caminaba entre los restaurantes y los cafés al aire libre que dominan el distrito art déco de South Beach. Era un lugar de coches rápidos y luces de neón; de música alta (salsa con graves profundos, o heavy metal estridente y guitarrero) que competía con chirridos de neumáticos y sonoros cláxones. Nadie hablaba, todo el mundo gritaba.

«Miami, y por extensión Miami Beach, venera lo inmediato -pensó Winter-. Si es nuevo, ruidoso y de colores vivos, es aceptado al instante como parte de la imagen tópica de la ciudad.»

Las chicas patinadoras vestían unos ajustados pantalones cortos de licra negra idénticos y unos tops sin espalda rosa fluorescente. Una tenía el pelo oscuro y la otra rubio. Se movían con una elegancia sinuosa; se impulsaban con las piernas para ganar velocidad y después se relajaban, deslizándose sin esfuerzo. La gente se apartaba para dejarlas pasar y, a continuación, cerraba filas como un ejército educado pero desorganizado.

Estaba sentado en un banco al otro lado de la calle, de espaldas al agua azul celeste que se extendía sobre una amplia extensión de arena calcárea. El clamor de la calle tapaba el fragor del oleaje en la costa. Olía el aire salado, mezclado con el aroma de doce menús distintos preparados en otras tantas cocinas. Se preguntó cómo alguien podía creer que los sonidos o los olores producidos por el hombre eran preferibles a los de la naturaleza. Dirigió la vista a la playa.

«¿Cómo puedo encontrarlo?», se preguntó.

Desde donde estaba veía el pequeño quiosco de música del parque Lummus, y también las personas mayores que se alejaban despacio de la playa; la retirada al final del día. Llevaban sillas plegables de aluminio y sombrillas. El quiosco de música era un lugar muy popular que a menudo estaba de bote en bote, aunque parecía que con cada mes que pasaba se congregaba menos gente en él. Era un sitio extraño: una losa de cemento que irradiaba el calor abrasador del verano situada junto a un edificio bajo, pintado de verde, que servía de almacén. Todos los días, unos empleados municipales colocaban fuera un micrófono y un pequeño amplificador. Entonces, uno tras otro, los jubilados que vivían en South Beach subían a entretener a los demás cantando. Un cartel en la pared limitaba a tres los números de cada persona. Las canciones fluían a través del aire caliente en varios idiomas de la Europa del Este, incluido el yidis, junto con algún que otro intento en inglés. Tenía algo de absurdo: muy a menudo los ancianos hacían el ridículo canturreando, confundiendo estrofas, omitiendo frases, tarareando los trozos olvidados. Los cantantes gesticulaban y adoptaban poses, con los brazos extendidos, imitando las actuaciones en salas de fiestas. Sólo en contadas ocasiones las melodías se correspondían con las palabras. Las voces viejas poseen una aspereza y un temblor que resquebraja y estropea las canciones. Unos cantantes chillaban, otros gemían, algunos emitían gorgoritos lúgubres, pero todos seguían adelante, sin tener en cuenta sus gazapos, porque eran recuerdos lo que estaban evocando. Muchas veces, el ruido y los sonidos estridentes que emitían las máquinas de discos y los potentes casetes a lo largo de Ocean Drive impedían oír a los cantantes. Pero ellos seguían actuando, sin importarles la competencia. Y cuando terminaban, recibían aplausos entusiastas y elogios generosos, tanto si se había podido oír alguna palabra como si no.

Simon Winter sacudió la cabeza y se levantó. Bajó despacio por la calle y adelantó a los ancianos con las sillas plegables, en la misma dirección que las dos chicas patinadoras, a las que vislumbró entre un par de relucientes deportivos rojos antes de que desaparecieran entre los grises del crepúsculo.

Siguió con los ojos un coche patrulla de Miami Beach que avanzaba despacio en medio del tráfico. De repente, recordó una vez que estaba pescando en las aguas poco profundas de los Cayos Altos y divisó la silueta solitaria de un águila pescadora que describía lentos círculos utilizando el viento y las corrientes cálidas ascendentes. Enseguida vio que el ave no estaba cazando, pues su búsqueda carecía de energía. Pero era oportunista: cuando veía una cojinúa carbonera nadando demasiado cerca de la superficie, se lanzaba en picado con las garras extendidas, golpeaba el agua con un sonoro estallido de espuma y se elevaba de nuevo con un reguero de gotas plateadas chorreándole de las alas blancas. Aquel día, tuvo tan poca suerte pescando como ella. Aun así, mientras pasaban las horas sin que aparecieran peces, parecía feliz de estar allí describiendo círculos elegantes en el aire, como si formara parte del mismo cielo.

Pensó que hacía mucho tiempo que no estaba junto al agua con una caña de pescar en la mano. Diez años quizá. Procuró recordar por qué lo había dejado, pero no encontró ninguna razón. Tuvo la sensación de que, de alguna forma, había dejado de hacer todas las cosas que lo convertían en quien era, y que tal vez si empezaba a hacerlas de nuevo no tendría tantos deseos de pegarse un tiro.

Sus zapatos resonaban en la acera polvorienta. Se guardó de nuevo el águila pescadora en la memoria y se concentró en el hombre que había omitido la letra final del nombre de su esposa.

«Sé quién te mató, Herman Stein. Eras más listo de lo que él creía, ¿verdad? Aunque estabas aterrado y sabías que ibas a morir fuiste lo bastante inteligente como para dejar un mensaje. La h omitida. Pasó mucho tiempo antes de que alguien descifrara lo que tratabas de decir, pero ahora yo lo sé.»

Winter pensó en la muerte de Stein para intentar repasar los hechos mentalmente. Era una técnica sencilla y efectiva que había perfeccionado al examinar cadáveres a lo largo de los años: rueda una película mental de lo que ocurrió y verás una manera de encontrar al asesino.

«Muy bien, primera pregunta: acceso; ¿cómo entró en el piso? La puerta principal. ¿Se la abriste? No, no harías eso. Eras mayor y estabas alterado y asustado. No abrirías la puerta sin echar antes un vistazo por la mirilla. ¿Cómo, entonces? El pasillo de la escalera. ¿Tenías hábitos regulares y rutinarios como tantas personas mayores? Eras un hombre preciso, Herman Stein. ¿Ibas todas las mañanas a desayunar a la cafetería de la esquina y regresabas a la misma hora después de comerte el mismo bollo con queso untado, cereales y un café, puntual como un reloj? Sí, seguro que eras así. Debió de ser fácil acecharte, a pesar de que estabas asustado y puede que hasta pensaras en tomar precauciones. De modo que sólo habría tenido que esperar a que salieras y después, tomar posiciones en ese pasillo para atraparte a la vuelta. ¿Hay algún hueco de escalera? ¿Una salida de emergencia? ¿Un cuartito?» Winter sabía, sin necesidad de ir a casa del fallecido, que había algún espacio donde una persona pudiera esperar sin ser vista.

Espiró despacio. Parte del terror que Herman Stein había sentido se le había metido en el cuerpo.

«Sabías que estaba ahí fuera, y sabías que esta vez no te serviría de nada llamar a tus hijos, ¿verdad? Siempre pasaba lo mismo. Cuando hablabas de Der Schattenmann, te lo quitaban de la cabeza. Como el niño que gritaba que venía el lobo, sabías que no te creerían, aunque esta vez era distinto y estabas muerto de miedo. Así que escribiste una carta al rabino y la echaste al buzón. Porque estabas solo y te enfrentabas con la muerte ¿Cómo te enteraste de la existencia del rabino?»

Winter tomó nota mental de esta pregunta. Debía encontrar una respuesta, porque si Herman Stein había podido descubrir lo del rabino, también la Sombra podía hacerlo.

«De modo que estabas allí. Te atrapó en el pasillo y te obligó a entrar en casa. Luego te sentó ante el escritorio. ¿Te hizo escribir la nota de suicidio? Creo que sí, porque entonces fue cuando tuviste la idea de omitir la h. ¿Te dio eso un momento de satisfacción? ¿Te dio algo de fuerzas, te ayudó a encararte al revólver cuando te lo puso en la frente?… Herman Stein, me descubro ante ti. Eras un hombre valiente, y nadie, excepto yo, lo sabe.»

El viejo policía se detuvo un momento. Había llegado a la entrada de The Sunshine Arms.

«¿Habló contigo, Herman Stein? ¿Qué dijo?»

Winter visualizó al hombre mayor sentado con rigidez ante su escritorio, con los ojos muy abiertos, segundos antes de morir. Vio su miedo, percibió su misma angustia mareante. Haber llegado tan lejos para, finalmente, encontrarse cara a cara con una pesadilla.

Se quedó plantado en la acera. El calor del día seguía propagándose, pero no lo notaba. Empezó a poner mentalmente las caras de los asesinos que había conocido sobre la figura vaporosa que veía frente a Herman Stein. Rebuscó en su memoria la larga lista de criminales: un psicótico que había usado un cuchillo de carnicero con su esposa y sus hijos; un asesino a sueldo que prefería disparar en la base del cráneo con una pistola de pequeño calibre; un matón de banda al que le gustaba usar un bate de béisbol, empezando por las piernas para ir subiendo metódicamente a la vez que aumentaba la brutalidad de los golpes. Introdujo en esta colección a varios asesinos en serie, un par de adolescentes violentos que mataban por morbo y unos cuantos violadores que habían descubierto una excitación mayor, más nociva. Situó a estos personajes, uno tras otro, en la figura, y los fue descartando y guardando de nuevo en la memoria.

Se llevó la mano a la frente y se secó el sudor acumulado justo debajo de la badana de la gorra.

«No estás ahí, ¿verdad, Sombra? No figurarás en el recuerdo de ningún policía, ¿verdad?»

Dirigió una mirada hacia el piso vacío de Sophie Millstein mientras se dirigía con dificultad hacia el suyo.

«Dime algo, lo que sea», pidió en silencio. Pero el piso no le reveló nada. Un rayo crepuscular iluminaba una pared. Abrió la puerta de su casa y entró tras dejar que el aire fresco lo reconfortara como una buena idea. Se felicitó de haber dejado el aire acondicionado en marcha, y sólo se preocupó un momento por la factura de la electricidad, que reflejaría inevitablemente sus hábitos derrochadores. Cuando entró en el salón, vio que había un mensaje en el contestador automático. Sediento de repente, le apetecía beber algo. Le pareció recordar que tenía limonada en la nevera y dio un paso en esa dirección, pero se detuvo y se volvió hacia el aparato.

Pulsó la tecla de reproducción y, tras unos pitidos y unos ruidos electrónicos, oyó la voz del rabino. Sonaba distante, metálica, pero la ansiedad que contenía cada palabra resultaba evidente.

«¿Señor Winter? Llámeme en cuanto pueda, por favor…» Hubo un momento de duda antes de que el rabino añadiera: «Se trata de Irving Silver. Ha desaparecido.» Hubo otra pausa y, a continuación, de nuevo su voz: «Me equivoqué. ¡Oh, Dios mío! Deberíamos haberle dejado conseguir una pistola…» Ahí acababa el mensaje.

15 El hombre desaparecido

Podía ver en sus rostros cómo la rabia y el miedo se disputaban el control.

Simon Winter saludó a Frieda Kroner y al rabino Rubinstein con un pequeño gesto y se acercó rápidamente a ellos. Estaban en el largo porche del Columbus, un viejo hotel residencial situado a una manzana del mar. Sus paredes blancas parecían brillar contra la negrura reluciente de la noche, como los rescoldos grises de un fuego casi extinguido. Sabía que en pleno día, el porche habría estado ocupado por los residentes más ancianos tomando el sol, pero ahora estaba vacío, salvo por dos docenas de sillas plegables esparcidas y las dos personas que lo esperaban ansiosas.

El rabino se frotaba la frente, nervioso, como si intentara borrar algún pensamiento. Con la otra mano sujetaba contra el pecho un ejemplar del Antiguo Testamento encuadernado en negro. Vio que Winter se había fijado en eso y, sin más, comentó:

– En momentos como éste, la palabra de Dios reconforta, detective.

– ¿Y qué dice?

– Que confiemos en Su sabiduría.

«Eso es lo que siempre dice», pensó Simon.

Frieda Kroner señaló la entrada del hotel.

– Irving debería estar ahí -dijo-. Se ha ido. -Dudó un instante y añadió-: La Sombra lo ha encontrado.

– ¿Por qué está tan segura? -quiso saber Winter.

La mujer no le respondió, y tampoco el rabino. En lugar de eso, se volvió y se abalanzó escalones arriba, con tal ímpetu que pareció arrastrar a los demás tras ella. Winter se detuvo cuando los tres entraron en el vestíbulo. En una pared había un mural descolorido que mostraba a Colón llegando al Nuevo Mundo, retratado con el aspecto estilizado y ficticio de los años treinta: todos los gestos eran heroicos, todos los personajes, tanto nativos como españoles tenían un aire tranquilo y reverencial, como si supieran el momento histórico que estaban protagonizando. No había el menor indicio de lucha, de sangre, de miedo, ni de ninguna de las cosas que ocurrirían poco después. Delante del mural había un viejo sofá de piel negro. Sentado en su centro, un hombre delgado y canoso leía un periódico en yiddish. Alzó los ojos hacia ellos cuando entraron y después volvió a concentrarse en su lectura. Pero Simon Winter se fijó en que había dejado las gafas en el asiento, de modo que en realidad los estaba escuchando y observando. Pensó que a veces la curiosidad parece propia de los muy jóvenes o de los muy mayores.

– Por aquí -indicó Frieda. Lo cogió por el codo y lo llevó hacia el rincón del vestíbulo, donde había un hombre sentado ante un pequeño mostrador adornado con una anticuada centralita telefónica de clavijas. Era más joven que ellos, e hispano. Cuando se acercaron, se encogió de hombros.

– Señora Kroner -dijo en un inglés con marcado acento-. ¿Qué puedo decir? No sé nada del señor Silver. Nada en absoluto.

– ¿Habló con usted la policía?

– Sí. Sí, claro. Justo después de que usted los llama. Me preguntan si es normal que el señor Silver no está aquí y yo digo sí, y me preguntan si noto algo anormal o extraño, pero no noto nada, y me dan un número y tengo que llamar si sé algo, pero ya está.

– Ridículo -masculló la mujer-. Der Schattenmann nos está matando y la policía quiere saber si notamos algo anormal. ¡Por Dios! -Sacudió la cabeza-. Quiero que nos deje entrar al piso del señor Silver.

– Señora Kroner, yo…

– Inmediatamente.

– Pero esto es…

– José -dijo muy erguida, con una expresión de exigencia inapelable-, ahora mismo. -Señaló con la mano al rabino-. Este hombre es rabino. No puede hacerle esperar.

Habló con tanta autoridad que el recepcionista se levantó y saludó con la cabeza al rabino Rubinstein.

– Pero sólo un minuto, señora Kroner, por favor.

El reducido piso de Irving Silver estaba inmaculado. Unos cuantos libros ordenados por altura en un estante, revistas dispuestas con cuidado en una mesita de centro, como en una exposición, de modo que pudieran leerse los títulos con facilidad. Sobre una cómoda había las habituales fotografías de familiares lejanos. Simon Winter pasó una mano por la superficie. Tras él, el rabino y la señora Kroner lo observaban expectantes, como si esperaran algún veredicto. Recorrió deprisa el reducido espacio; era un piso de un solo dormitorio, más pequeño aún que el de Sophie Millstein o el suyo. La cama estaba meticulosamente hecha. Se detuvo junto a una barata mesa de cocina que estaba puesta para dos. Silver había estado esperando compañía. No había ningún indicio de lucha, ni de que hubieran forzado la entrada ni de que se hubieran llevado a Silver por la fuerza. En resumen, lo que Winter vio era el piso de un hombre que podría haber salido a comprar algo a la tienda de la esquina y que podría regresar en cualquier momento.

Se volvió hacia los demás.

– ¿Lo ve? -comentó Frieda a la vez que señalaba los cubiertos para dos. Acto seguido, el dedo empezó a oscilarle en el aire y Simon vio cómo empezaba a temblarle la mandíbula al pronunciar las siguientes palabras-: Irving está muerto.

El rabino se giró y rodeó los hombros de la anciana con un brazo mientras ésta sollozaba de nuevo. Pero dirigió los ojos hacia Winter y asintió.

En el pasillo, José, el recepcionista, se movía de un lado para otro, impaciente.

– Por favor, señora Kroner, no es necesariamente posible cierto -dijo-. Tengo que cerrar la llave, por favor.

De vuelta en el vestíbulo, Winter vio que el hombre que leía delante del mural había desaparecido. Frieda Kroner seguía llorando mientras el rabino la llevaba hacia la salida. Pero cuando llegaron a la acera, se enderezó de repente y se soltó del brazo de Rubinstein. Miró con los ojos desorbitados a los dos hombres, se hizo a un lado, se volvió hacia la calle vacía y con voz fuerte, furiosa, gritó en su alemán nativo:

– ¡Esta vez no te saldrás con la tuya! -Las palabras resonaron huecas calle abajo.

Winter trató de consolarla.

– Señora Kroner, no veo nada que sugiera que…

Ella se giró hacia él hecha un basilisco.

– ¿Era detective y no puede verlo? -le reprochó.

El rabino dio una palmada de frustración.

– Así era entonces. ¡Así sigue siendo ahora!

– Deberíamos haberlo sabido -comentó la anciana con amargura-. Nosotros más que nadie. Si esperas, si no haces nada, si te quedas de brazos cruzados, vendrán a por ti… -Vaciló y sacudió la cabeza-. No. No vendrán; vendrá. Él vendrá a por ti. Esta vez sólo es él. Pero es lo mismo, detective. Si uno no hace nada…

– Morirá -sentenció con frialdad el rabino-. Nada ha cambiado. Nos encontrará, y moriremos.

– Como hizo con la pobre Sophie y al señor Stein, y ahora Irving. -Estaba situada bajo la luz tenue de la entrada del hotel, observando las franjas de oscuridad que se fusionaban con el paisaje urbano-. Irving se ha ido -dijo-. La Sombra lo encontró.

– Se lo dije -añadió en voz baja el rabino Rubinstein-. Se lo dije. Tiene la intención de matarnos a todos.

Frieda Kroner suspiró hondo y asintió con la cabeza. Contuvo medio grito ahogado, medio sollozo, y Simon Winter vio que tenía los ojos enrojecidos.

– Debe de pensar que Irving no es un hombre demasiado agradable, señor Winter -comentó-, pero se equivoca. Es muy amable, y una buena compañía, especialmente para una vieja viuda solitaria como yo. Y ahora ya no está. No creí que ocurriría. -Por un instante pareció tambalearse al borde del dolor, y luego emitió un gruñido furioso, gutural, como de animal herido-. Pero siempre fue así -añadió con voz áspera-. Los tenías ahí, a tu lado, y de repente, sin que te dieras cuenta, ya no estaban. Habían desaparecido. Se habían desvanecido como si se los hubiera tragado la tierra.

– Es verdad, detective -corroboró el rabino-. Pronto no quedará ninguno de nosotros y nadie recordará a la Sombra.

– Retrocedamos -pidió Simon-. Empecemos por el principio. ¿Por qué están tan seguros de que el señor Silver ha desaparecido? ¿A qué se refieren cuando dicen que se ha ido?

– Que se ha ido significa que está muerto -contestó Frieda Kroner con brusquedad-. Siempre fue así.

– ¿Cómo?

El rabino levantó la mano con gesto conciliador.

– Cuéntale al señor Winter para que lo entienda, Frieda.

La mujer observó un instante al rabino antes de hablar:

– Irving era un hombre de costumbres fijas. Los lunes iba a la pescadería, a la frutería y, por último, al supermercado. Después llevaba las compras a casa y las guardaba. A continuación, iba a la biblioteca a leer los periódicos y, acto seguido, daba un paseo corto por el paseo entarimado hasta que, finalmente, regresaba a casa y me telefoneaba, y a lo mejor íbamos al cine porque los lunes no hay tanta gente como los fines de semana. Los miércoles Irving asistía al club de bridge por la tarde, después de venir a mi casa a recogerme, y a veces se quedaba ahí hasta tarde. Los jueves tenía una tertulia en la biblioteca. Los viernes hay servicio religioso por la tarde. Éstas son las cosas que constituían la vida actual de Irving, lo mismo que la mía, y la del rabino también. No es distinta de la de muchos supervivientes, señor Winter. Vivimos con orden y disciplina. Es como si, de algún modo, los nazis nos hubieran instalado un reloj. Así, si llego a casa de Irving y no está ahí para asistir al bingo del centro cívico, como todos los martes, sé que está en un apuro. Y sólo hay tres clases de apuros para la gente como nosotros, señor Winter.

– ¿Cuáles, señora Kroner?

– Uno es la enfermedad. La enfermedad y la edad, señor Winter. A veces parecen lo mismo. A lo mejor Irving tuvo un ataque o un accidente…

– Pero llamamos a los hospitales, y no tienen constancia de él -terció el rabino.

– Y otro, la violencia. A lo mejor alguno de estos jóvenes que se están apoderando de South Beach con su bullicio y sus coches rápidos lo asaltó en algún callejón…

– Pero la policía no tiene constancia de ello -intervino de nuevo el rabino.

– Y después, claro, está Der Schattenmann.

– ¿Han hablado con la policía?

– Sí, por supuesto. De inmediato -respondió Rubinstein-. Nos dijeron que no puedes denunciar la desaparición de una persona hasta pasadas veinticuatro horas, pero tuvieron la amabilidad de comprobar los accidentes y delitos para informarnos. Y nos comentaron que, de todos modos, no pueden hacer gran cosa.

– No hasta que no encuentren un cadáver. O indicios de que se haya cometido un crimen -añadió Frieda con amargura-. Una persona mayor de Miami Beach que no está en casa a las horas habituales no les parece el crimen del siglo, detective. No lo tratan como el secuestro del hijo de Lindbergh. Son educados pero nada más. Sólo educados. -A continuación, siseó para sí misma-: ¡ La Sombra vive entre nosotros, y ellos son educados!

Simon Winter asintió. Conocía la situación. A falta de una nota de secuestro, una escena del crimen con manchas de sangre u otro indicio manifiesto e inconfundible, la policía se limitaría a enviar un teletipo a las demás fuerzas del orden locales y a informar a los agentes para que estuvieran atentos, tal vez con la distribución de una fotografía al pasar lista.

– Díganme, ¿podría tener alguna otra explicación su desaparición?

– ¿Como cuál?

– El miedo. A lo mejor fue a visitar a algún familiar…

– ¿Sin decírnoslo?

Parecía poco probable.

– ¿Ha tenido despistes? ¿Alguna pérdida temporal de memoria?

El rabino sacudió la cabeza, enfadado.

– ¡No chocheamos! ¡Ninguno de nosotros sufre demencia senil, gracias a Dios! ¡Si Irving ha desaparecido sólo puede haber una explicación!

Simon Winter reflexionó. Todos los ancianos de South Beach eran animales de costumbres, algunos en extremo, como Irving Silver, Sophie Millstein y Herman Stein. Todos ellos habían construido sus vidas alrededor de momentos de certeza, como si la exigencia inflexible de una cita, de un horario, de un encuentro, de una comida o una medicación impidiera que la espontaneidad de la muerte accediera a sus vidas.

«¿Y quién puede ser más vulnerable que alguien de costumbres fijas?», pensó.

– Bueno, aunque estuviera aquí la Sombra -comentó tras sacudir la cabeza-, a Sophie la atacaron en su casa, Herman Stein murió en su casa. La pauta parece clara…

Esta vez fue el rabino quien interrumpió negando, exasperado, con la cabeza.

– ¡Todavía no lo entiende, señor Winter! ¿Tiene forma una sombra? ¿Tiene sustancia? ¿No es algo que se mueve y cambia con cada movimiento del Sol, la Luna o la Tierra? Por eso era tan aterrador, señor Winter. En aquel entonces, en Berlín… Si hubiéramos sabido que le gustaba ir en tranvía, bueno, los habríamos evitado. Si hubiéramos sabido qué calles transitaba, o qué metro frecuentaba… Si hubiéramos sabido en qué parque tomaba el fresco… Pero todas estas cosas se desconocían. Cada día era distinto. ¿Por qué iba a ser diferente ahora? Si ha matado a Sophie y al pobre señor Stein en su casa, la Sombra cambiará entonces de apariencia y encontrará otro sitio, y allí es donde está Irving ahora. ¡Lo sé!

Estas últimas palabras restallaron en el aire húmedo y enrarecido de la calle. El viejo rabino estuvo callado un instante y después añadió ferozmente:

– Irving habría luchado. Y lo habría hecho con todas sus fuerzas y durante un buen rato. Habría mordido y arañado, y usado todo lo que tuviera a mano. Irving era fuerte, era un hombre duro. Daba paseos a diario. Levantaba pesas y nadaba en el mar los días calurosos. Todavía tenía musculatura, y desde luego habría luchado con todas sus fuerzas, como un tigre, porque Irving amaba la vida.

– No había señales de lucha.

– Ya. Eso significa que la Sombra se lo llevó de la calle.

– Habría sido difícil. La mayoría del tiempo este sitio está lleno de gente. Miren el porche. Por lo general, hay decenas de personas contemplando la calle…

– Sería difícil para la mayoría de los criminales. Sí, inspector, tiene razón -dijo el rabino pacientemente-. Pero debe recordar que esto es lo que hizo muchas veces durante todos los años que duró la guerra. Terminaba con tu vida silenciosa y discretamente. Dígame, señor Winter, ¿no ha notado alguna vez que se le escapaba la mano mientras sujetaba una navaja de afeitar y, cuando se ha mirado en el espejo, ha visto un corte? ¿Que tenía sangre en la mejilla? Pero ¿había sentido algún dolor? No, diría que no. Y ésta es la clase de hombre que él es.

Frieda Kroner asintió con la cabeza.

– Tenemos que encontrarlo -gruñó en voz baja y airada-. Tenemos que encontrarlo hoy, mañana, esta semana o la que viene pero tenemos que encontrarlo. Si no, él nos encontrará a nosotros. Tenemos que defendernos.

– Aunque sea de una sombra -añadió el rabino.

Simon Winter asintió. Pensó que ese hombre era algo diferente. Notó que su mente empezaba a trabajar, mecánicamente, analizando los distintos factores.

– ¿Qué fue lo que dijo la última vez, señora Kroner? ¿Es uno de ustedes?

– Exacto. Tiene que ser también un superviviente.

– Pues empezaré por ahí. Y ustedes también. Estará ahí fuera, en una sinagoga, o en el Memorial del Holocausto, o en una reunión de una comunidad de propietarios, como el señor Stein. Tiene que haber nombres, listas de nombres. De organizaciones y reuniones. Empezaremos por ahí.

– Sí, sí, de acuerdo -dijo el rabino-. Puedo ponerme en contacto con otros rabinos.

– Estupendo. Eliminen a cualquiera que tenga menos de sesenta…

– Será mayor. ¿Por qué no lo fijamos en sesenta y cinco? ¿O sesenta y ocho?

– Sí, pero todos somos mayores, y sabemos que no todo el mundo lleva los años igual de bien. Hay quien parece más joven y quien parece más viejo. Creo que para cometer dos (quizá tres) asesinatos, la Sombra tendrá la fuerza y el aspecto de un hombre más joven. Tengámoslo presente.

– Como el hombre al que están juzgando en Israel -asintió el rabino-. Hoy volvió a salir en los periódicos.

Simon recordó rápidamente la fotografía de un hombre acusado de haber sido guardia en un campo de la muerte. Había salido en los noticiarios de televisión y los periódicos. Era un hombre corpulento, panzudo, ancho de hombros y con unos brazos como columnas. Se estaba quedando calvo, y tenía un aire violento que resultaba inquietante. Flanqueado por un par de policías, siempre llevaba un mono de recluso, pero no poseía ni la actitud ni el aspecto de un recluso.

– ¿Ha visto a este hombre, a este Iván el Terrible? -preguntó el rabino, y Winter asintió-. ¿Verdad que se nota que no lo han quebrantado nunca? ¿Que no lo han aplastado? ¿Que no lo han apaleado ni matado de hambre? No ocurre exactamente lo mismo con nosotros, ¿verdad?

– No lo sigo.

– No es que los supervivientes seamos menos… No sé muy bien cómo decirlo, pero permítame que le sugiera algo, detective: un verdadero superviviente lleva una marca, tan seguro como que yo llevo este tatuaje.

Levantó el brazo y se subió la manga de la camisa.

– ¿Ve cómo se ha ido borrando con el tiempo? Pero sigue ahí, ¿no? Pues no somos diferentes por dentro. Tenemos una marca que se va desvaneciendo a medida que pasan los años. Pero sigue ahí, y jamás desaparecerá del todo. Puede verlo en los hombros caídos, o quizás en la mirada. Creo que nos pasa a todos.

– ¿Qué quiere decirme?

– Este hombre, Der Schattenmann, dirá una cosa. Pero será falso por dentro. Y si observamos con la atención suficiente, podremos verlo.

– Tiene razón -afirmó Frieda Kroner. Hubo una pausa y después prosiguió con la eficiencia de una secretaria-: Conozco todas las actividades de Irving. El club de bridge y las tertulias… Puedo conseguir las listas.

– Excelente. Y direcciones y descripciones, si puede obtenerlas. Recuerde el detalle. Cualquier pequeña cosa podría decirnos lo que necesitamos saber.

– ¿A qué se refiere con eso del detalle? -preguntó la mujer.

– Tiempo atrás fue berlinés. ¿Hablará con acento como usted, señora Kroner? Sólo es una posibilidad. Puede que no lo haga.

– Ya lo entiendo. Tiene sentido. Y mientras tanto, ¿cómo nos protegemos?

– Cambien su rutina. Si han estado yendo al supermercado a las tres de la tarde todos los miércoles los últimos diez años, no lo hagan más. Vayan a las ocho de la mañana. Empiecen a seguir rutas distintas. Si quieren ir a pasear al paseo marítimo entarimado, pueden hacerlo, pero giren y vayan dos manzanas en sentido contrario antes de volver. Si salen, llamen antes a su destino, avisen que van. Si siempre se desplazan en autobús, tomen un taxi. Encuentren a alguien que los acompañe. Muévanse en grupo. Viajen de forma imprevisible. Zigzagueen. Deténganse delante de escaparates y observen la gente que tienen detrás. Dense la vuelta de repente y miren la calle que acaban de recorrer. Estén atentos.

– Muy acertado -comentó el rabino.

– Puede intentar acercarse a ustedes como alguien familiar: un repartidor o un cartero. No se fíen de nadie. Aunque haga diez años que van a la misma tienda y que comen la misma carne en conserva, ahora deben hacer otra cosa. No confíen más en el dependiente, aunque sea el mismo que han visto todos los días desde que llegaron a South Beach. Piensen que nada es seguro. Cualquier cosa podría ocultar a la Sombra.

Frieda Kroner entrecerró los ojos al comprenderlo.

– ¿Nos permitirá esto seguir con vida? -quiso saber.

– Tal vez. Pero no hay nada que lo garantice. No lo garantiza una pistola ni un pitbull.

– Ni la policía -replicó la mujer con amargura.

– Tiene razón. La policía resuelve crímenes ya cometidos. Rara vez consigue impedir que se cometan.

– Podríamos irnos -sugirió el rabino-. ¿Tal vez dejar la ciudad?

– ¿Para siempre?

– No. Este es mi hogar ahora.

– Entonces, creo que es más acertado defenderlo.

– Sí. Si hace cincuenta o sesenta años hubiéramos pensado de esta forma, a lo mejor… No, no pensemos estas cosas. Pensemos en seguir con vida ahora. Hoy. Esta noche. Mañana.

Winter dudó antes de seguir al ver cómo la expresión del rabino retrocedía un momento en el tiempo, al observar cómo el recuerdo del mal marcaba cada línea y cada arruga alrededor de sus ojos, en su frente y en las comisuras de sus labios.

– Hay algo más -añadió Winter despacio. Vio cómo los ojos del rabino volvían lentamente de décadas atrás y llegaban al presente, donde recobraban su nerviosismo.

– ¿Qué más, señor Winter?

– Vamos a suponer que sabe quiénes son ustedes -contestó Winter en voz baja-. Y dónde viven. Y que ahora mismo está seguro de sí mismo porque no cree que nadie lo ande buscando. Y que en este momento puede estar planeando su siguiente ataque.

Frieda Kroner soltó un gritito ahogado. El rabino dio un paso atrás.

– ¿Usted cree, señor Winter? -preguntó con una nota de pánico en la voz.

– No lo sé, pero creo que hay que ponerse en lo peor.

– Pero ¿cómo podría saberlo? -quiso saber Frieda.

– Quizás el señor Silver se lo dijera.

– No. Seguro que no. Por muy grande que fuera el dolor. No.

– De acuerdo -asintió Winter-. Pero hay otra cosa que acabo de recordar.

– ¿Qué?

La idea lo hacía sentir indefenso, impotente y estúpido. Si Irving Silver estuviera ahora con ellos, se habría acordado de este detalle unos días antes. De repente, se vio de pie junto al joven inspector negro en medio de la tensión y las voces que había en la escena del crimen mientras los de la policía científica trabajaban en el apartamento de Sophie Millstein. Recordó su propio dedo al señalar el teléfono y las palabras que había dicho al inspector.

– La noche que mataron a la señora Millstein, observé que en su casa faltaba su agenda -explicó.

– ¿Qué?

– Su libreta de teléfonos y direcciones. No estaba en su sitio habitual. Había desaparecido.

– Y cree que Der Scbattenmann…

– Si la vio, podría habérsela llevado. Y ustedes dos estaban en ella, porque vi que la señora la abría para buscar sus números de teléfono.

– Pero no sabemos si… -empezó el rabino, y se detuvo en seco. Se balanceaba adelante y atrás con una ligera sonrisa en los labios-. Esto es como una partida de ajedrez, ¿no es así, detective?

– En cierto sentido, sí.

– Él ha hecho movimientos. Ha controlado el tablero. Es como si nosotros no hubiéramos sido capaces de ver cómo sus piezas se movían de una casilla a otra. Pero ahora tal vez nos toque mover a nosotros. Somos tres y nos quedan algunos trucos, ¿no cree?

– Sí -respondió Winter.

– No tengo miedo -dijo el rabino a la mujer-. Da igual lo que suceda, no puedo tener miedo. No creo que Irving lo tuviera tampoco, cuando fue a por él. Y no creo que tú vayas a tenerlo. ¿Acaso no hemos visto ya lo peor que puede engendrar el mundo? ¿Hay algo más aterrador que Auschwitz?

Curiosamente, Frieda también sonrió entonces.

– Sobrevivimos a aquello…

– Podemos afrontar esto.

Simon vio cómo Rubinstein alargaba la mano para sujetar la mano de su amiga y darle un pequeño apretón de aliento. Pensó que debería decir algo, pero no se le ocurrió nada. Pasado un momento, Frieda se volvió hacia él. No habló, pero por su expresión supo que los tres estaban preparándose para el movimiento siguiente, fuera cual fuese.

Esther Weiss se reclinó en la silla de su pequeña oficina en el Centro del Holocausto. No parecía sorprendida de verlo.

– ¿Tiene más preguntas, señor Winter?

– Sí -respondió.

– Era de esperar. Cuando se destapa la caja de Pandora, salen muchas preguntas. ¿Qué quiere saber?

– ¿Tienen algún registro o lista de los supervivientes del Holocausto, ya sabe, una especie de directorio?

La joven arqueó las cejas un momento y luego sacudió la cabeza.

– ¿Una lista de supervivientes? -repitió.

– Exacto.

– ¿Como la lista de miembros de un club o una agrupación?

– Sí, aunque me doy cuenta de que suena extraño.

– Sería abominable, señor Winter.

– Perdone, no entiendo por…

– Señor Winter -lo interrumpió ella-, esta gente fue víctima del Holocausto precisamente porque figuraba en listas. Registros, guías, directorios. Existe toda clase de palabras inocentes que adquieren significados horrendos cuando los relacionas con las redadas y los transportes a los campos. No, señor Winter. Se acabaron las listas, gracias a Dios.

– Pero aquí, en el Centro del Holocausto, y en los demás organismos dedicados a conservar la memoria histórica…

– Conservamos los nombres de las personas que han hablado y hablan con nosotros, pero confidencialmente. La privacidad es una cuestión importante para esta gente, señor Winter. Es difícil entender que estas personas pueden ser únicas y especiales al mismo tiempo que terriblemente corrientes. Muchas han llevado una vida sencilla, nada excepcional, salvo por esos años en los campos. Por consiguiente, estos recuerdos, aunque los comparten, tienen para ellos un carácter íntimo que nosotros protegemos. Los centros de Washington y Los Ángeles actúan del mismo modo. La Universidad de Yale guarda bajo llave su colección de recuerdos grabados en vídeo. Tienen más de dos mil.

– ¿Cuántos supervivientes del Holocausto están aquí, en South Beach?

– ¿En South Beach? No sabría decirle. Hace unos años, se calculó que en el sur de Florida vivían quince mil supervivientes. Desde Boca Ratón y Fort Lauderdale hasta South Beach. Pero se están haciendo mayores. Cada mes la cantidad se reduce. Por eso sus recuerdos son tan cruciales. -Lo observó con cierta aprensión-. No tenemos ninguna lista, señor Winter. Estas personas acuden a nosotros.

Winter reflexionó un momento y probó otra táctica.

– Supongamos que retrocedo en el tiempo. Que voy a Inmigración y Nacionalización. ¿Sabe si encontraría algún registro de los años cuarenta o principios de los cincuenta…? -Su pregunta quedó sin acabar al ver que Esther Weiss sacudía la cabeza.

– Lo dudo. Por supuesto que tienen registros de las personas que entraron en Estados Unidos y sobre cómo se gestionó su llegada. Pero ¿una compilación general? ¿De los supervivientes del Holocausto? No. Además, había rutas distintas, una vez que habían llegado aquí. Desde Lower East Side hasta Skokie, Illinois, o Detroit, o Los Ángeles, y finalmente hasta Miami Beach. No eran viajes oficiales, señor Winter. Sólo están registrados en los recuerdos de las personas que recorrieron el trayecto.

– Pero seguro que debe…

– ¿Seguro que qué? En Israel han intentado documentar los nombres de las personas fallecidas en el Holocausto. Han llegado a tres millones, algo menos de la mitad. No, señor Winter, no existen listas. Sólo caos y recuerdos de pesadilla. -Se detuvo para examinar la consternación que reflejaba el rostro de Simon-. Tiene una pregunta, pero no la hace. Sabe algo, pero no lo dice. Quiere que lo ayude, pero no me cuenta por qué.

Simon se movió nervioso en su asiento. Estaba consternado, sí. Se reprochaba haber pensado que el Holocausto sería una especie de gran departamento de tráfico, con nombres, direcciones, números de teléfono y fotografías actuales. Miró a Esther Weiss, que lo contemplaba expectante. No tenía por costumbre proporcionar información. Permaneció callado un instante, hasta que la joven revolvió unos documentos en la mesa.

– La otra vez que vine… -empezó a explicar despacio.

– Después de la muerte de Sophie Millstein -precisó la joven, y él asintió.

– …Recordará que estaba interesado por un hombre que Sophie conocía sólo como Der Scbattenmann.

– Por supuesto. El delator. Estaba hablando de eso con los demás berlineses. Lo recuerdo.

– Me temo que este hombre, la Sombra, vive aquí, en Miami Beach.

La mujer abrió la boca como para decir algo, pero se detuvo. Inspiró hondo antes de preguntar:

– ¿Aquí? -La pregunta pareció tan lánguida como su aspecto.

– Eso creo.

– Pero eso sería… -vaciló y, tras sacudir la cabeza, terminó la frase-: increíble. Horrible. Me parece imposible que…

– Creo que ha asesinado, señorita Weiss. Creo que acecha a supervivientes. Creo que acechó a Sophie. Y a otro hombre, un tal Herman Stein…

– Conocía al señor Stein.

– Y puede que a otro. Irving Silver.

Negó con la cabeza.

– No. Irving Silver estuvo aquí hace dos semanas. Hablando para la cámara, grabando sus recuerdos. -Esther Weiss alargó la mano hacia el teléfono, como si quisiera tenerla ocupada en algo.

– Pues ha desaparecido.

– ¿Ha hablado con la policía?

– Yo no. Otros, sí.

– ¿Y qué han dicho?

Se encogió de hombros al responder:

– Si no hay indicios de ningún crimen…

– Pero ¿ la Sombra? ¿Aquí? Alguien debería…

– ¿Qué, señorita Weiss? ¿Alguien debería investigar? Por supuesto. ¿La policía? ¿El Departamento de Justicia? ¿El maldito Tribunal Supremo?

– Sí, sí. El Departamento de Justicia lleva a cabo investigaciones especiales. Han encontrado nazis…

– ¿Es este hombre un criminal de guerra, señorita Weiss? Sí lo fuera, sería más fácil.

– Claro que lo es -confirmó sin vacilar.

– ¿Está segura?

– Colaboró y ayudó. Sin él… -Miró con dureza a Simon Winter-. Seguro que eso constituye un crimen de guerra.

– Tengo mis dudas.

Ella espiró despacio.

– Creo que entiendo lo que quiere decir. ¿Y dónde estarían esos indicios? ¿Las pruebas?

– Sospecho que las pruebas están, en su mayoría, muertas.

– Ya veo -asintió. Se reclinó en la silla y se frotó la frente con la mano. Se volvió un momento hacia la ventana y luego giró la silla de nuevo para mirarlo de frente.

– ¿Qué está pasando, señor Winter? Por favor, dígame qué está pasando.

Pero ésa era una pregunta que todavía no estaba dispuesto a responder.

Simon Winter salió del Centro del Holocausto con la promesa de que lo ayudarían y con los nombres de unos veinte expertos en el estudio de los supervivientes. Casi todos eran académicos y sociólogos, pertenecientes a universidades. Algunos estaban vinculados a organizaciones judías legítimas y conocidas. Unos cuantos eran autores que trabajaban en diversos libros sobre el Holocausto. El problema era, como pensó Simon al repasar la lista en su casa con una mano sobre el teléfono, que podrían contarle muchas cosas sobre el pasado, mientras que él procuraba investigar el presente y anticipar el futuro. Miró su lista y comprobó los tres que vivían en el sur de Florida.

Una secretaria del departamento de Estudios Europeos de la Universidad de Miami apuntó su nombre y su número, pero parecía dudar que un catedrático devolviera la llamada de un inspector de policía retirado especialmente ambiguo sobre la naturaleza de su investigación. El segundo hombre era escritor, vivía en Plantation y estaba trabajando en un libro sobre la colaboración del gobierno de Vichy en el envío de millares de judíos franceses a la muerte en Alemania.

– Puedo hablarle sobre el sur de Francia -indicó el hombre con pesar-, pero no de Berlín. -Dudó un instante, y añadió-: Bueno, como todo el mundo que estudia el Holocausto, puedo hablarle sobre la muerte, claro. Murieron centenares de miles de personas. El asesinato era tan corriente como la salida del sol por la mañana y su puesta por la tarde. El asesinato era rutinario, regular, como el horario de un tren. ¿Es esto lo que le interesa, señor Winter?

Simon colgó. Necesitaba otra cosa, algo único: una observación o una conexión, algo que lo sacara de la oscuridad de los recuerdos y le proporcionara los detalles para encontrar a la Sombra. Tenía que haber alguna relación que pudiera detectar entre el pasado y el presente. Algo físico, palpable.

No veía ninguna. Golpeó la mesa con el puño.

La impaciencia lo dominaba.

Inspiró hondo y marcó el tercer número. Iba a colgar cuando una voz mecánica de un operador automático le informó de que el número había cambiado. Anotó el nuevo y llamó. Casi colgó al quinto tono sin contestar, pero en el séptimo oyó un «Diga» ronco.

– ¿El señor Rosen? ¿L. Rosen?

Hubo un momento de duda y a continuación dijo:

– Louis Rosen. ¿Con quién hablo? Si vende suscripciones o seguros, o pide donaciones, olvídelo.

– No -lo tranquilizó Winter, que se presentó rápidamente y le explicó-: Me dieron su número en el Centro del Holocausto.

– Se supone que esos números son confidenciales -comentó el hombre tras otra pequeña pausa.

– Creo que lo son, pero se trata de circunstancias excepcionales.

– ¿Excepcionales? ¿Qué podría ser tan excepcional como para incumplir un deber de confidencialidad? -La voz no se suavizó, pero adquirió una nota de curiosidad.

– Tengo razones para creer que un hombre que ejercía de delator en Berlín vive ahora en el sur de Florida.

Rosen vaciló y hubo un silencio antes de que contestara en un tono monocorde y frío:

– Muy interesante. ¿Un delator? Sólo sobrevivieron unos cuantos. Como los kapos de los campos. Si encontrara a ese hombre, sería realmente interesante. Hay muchas preguntas por contestar.

– ¿Qué clase de preguntas?

– Todas las que empiezan por «por qué», señor Winter.

– ¿Cuál supone que podría ser la respuesta, señor Rosen?

– Estaría especulando. Mi especialidad es Polonia, el gueto de Varsovia.

– ¿Tenía familia allí?

– Por supuesto. Y yo también estuve.

– Comprendo.

– Pero eso es otra historia, ¿no cree, señor Winter?

– Sí. Pero ¿podría hacer conjeturas sobre qué clase de personalidad estoy buscando?

Rosen pareció reflexionar antes de hablar.

– Es una pregunta interesante. ¿Qué clase de personalidad? ¿De veras quiere abrir esa puerta concreta, señor Winter?

– Necesito saberlo. Necesito algo a lo que agarrarme.

– Se trata, por supuesto, del gran «cómo» subyacente en todas las preguntas sobre el Holocausto -dijo Rosen, bajando un poco de tono-. Está sólo un paso más cerca de la superficie que el gran «por qué».

– Sólo estoy empezando a comprenderlo -dijo Winter.

– Nadie llega a comprenderlo nunca de verdad -aseguró Rosen con frialdad-. Y menos si no estuvo allí. Las cifras eran enormes. La crueldad, habitual. La maldad, absoluta.

Simon guardó silencio. Notó que el hombre al otro lado de la línea pensaba.

– ¿Y usted quiere saber algo sobre un delator? No sobre un fanático ni sobre un nazi, sino sobre alguien similar a lo que los periódicos suelen llamar criminal psicópata. Despiadado. Implacable. ¿No le parece que su primer pretexto sería argumentar que hicieron lo que hicieron para salvar sus vidas y las de sus familias?

– Sería razonable.

– Pero, naturalmente, es falso. La mayoría no salvó a nadie, ni siquiera a sí mismos. Supongo que sólo se salvaron los realmente inteligentes. Y es muy probable que fueran de una raza especial. Para sobrevivir, me refiero.

– Ya.

– Así que, de entrada, ha de saber que se está enfrentando con un montón de mentiras sistematizadas, señor Winter. Con una persona inmune al autoengaño, porque sólo alguien que viera con claridad lo que estaba pasando podría haber tomado las medidas necesarias para seguir con vida. Pero es alguien que se siente cómodo con las tergiversaciones, alguien que adopta el engaño. Aunque eso no sería todo.

– Le escucho.

– Tendría que haber algo más que una simple conveniencia. También una ferocidad, una voluntad férrea de vivir. El delator sería alguien que jamás consideraría que la vida de nadie es, ni siquiera remotamente, tan importante como la suya. Así que quizás esté buscando también a un hombre con cierto ego, que cree que ha hecho cosas importantes. No será un hombre tonto. No como el guardia corpulento y lerdo de un campo. Ni siquiera tendrá la mentalidad de contable de algún burócrata de las SS que se aseguraba de que los trenes circularan según el horario previsto. Para sobrevivir, un delator necesitaba ser un auténtico genio. Tener creatividad. ¿Entiende?

– Sí. Pero ¿cómo podría encontrarlo? ¿Aquí, entre los supervivientes?

Rosen hizo otra pausa y, después, soltó una carcajada.

– Oh, le sería imposible, señor Winter. Como una aguja en un pajar. Entre millares, habría uno que no sería exactamente quien dice ser, pero sería un experto. Sabría todo lo que saben los supervivientes. Tendría memorizados todos sus horrores, porque participó en ellos. Tendría acceso a las mismas pesadillas, sólo que no se despertaría en mitad de la noche gritando el nombre de un familiar muerto hace mucho en una cámara de gas. Estaría intacto, sería completamente auténtico, pero intrínsecamente erróneo. Y en algún lugar de su interior habría un odio tan violento… Sería fascinante. Fascinante.

– Tengo que encontrarlo.

– ¿Es un hombre? Hubo mujeres delatoras. ¿Tiene un nombre?

– Sólo un nombre de guerra. Der Schattenmann.

El nombre no pareció decirle nada.

– ¿Y cree que está aquí?

– Sí.

– Y quiere encontrarlo con todas sus fuerzas. -La voz de Rosen se mantuvo inalterable al hablar-. ¿Por qué?

– Creo que ha asesinado.

– Ah, qué interesante. ¿A quién ha asesinado?

– A alguien que podría haberlo reconocido.

– Tiene mucho sentido. ¿Y por qué está usted implicado?

– La víctima era vecina mía.

– Ah, también tiene sentido. ¿Quiere vengarse?

– Quiero detenerlo.

Rosen volvió a quedarse callado al otro lado del teléfono, y Winter creyó por un segundo o dos que debería decir algo, pero no lo hizo, hasta que finalmente el otro hombre dijo en voz baja y pausada:

– No creo que pueda.

– ¿Porqué?

– Porque sin duda es un experto en muertes. En toda clase de muertes.

– Yo también lo soy.

– Y también lo es el Tiempo, señor Winter. Y el Tiempo tiene más probabilidades que usted.

Simon se levantó de la mesa y se acercó a la ventana. El sol de última hora de la tarde llenaba el jardín de The Sunshine Arms. El querubín de la trompeta parecía muy contento, sumergido en el calor del final del día, antes de que la sofocante humedad nocturna se apoderara de la ciudad. Por primera vez desde que Sophie Millstein había llamado a su puerta, Simon tuvo una sensación de derrota. Lo único que le había dicho todo el mundo era: muerte e imposibilidad. Se frotó la frente con fuerza, hasta que le quedó colorada de frustración.

«Esto me va a matar -pensó-. Moriré de inutilidad e impotencia.»

Esto le hizo sonreír con tristeza al percatarse de que cuando Sophie Millstein había llamado a su puerta, se estaba preparando precisamente para eso.

Decidió dar un paseo para ver si el movimiento lograba estimularle alguna idea sobre una línea de investigación productiva, así que cogió su desgastada gorra de los Dolphins y, cuando tenía la mano en el pomo, sonó el teléfono. Se detuvo, pensando si debería dejar que saltara el contestador automático. Decidió que no, y cruzó rápidamente la habitación, con lo que consiguió descolgar justo cuando la máquina empezaba a reproducir su mensaje grabado.

– No; estoy aquí, espere -dijo sobre su propia voz metálica en la cinta.

– ¿Señor Winter? -Era Frieda Kroner.

– Sí, señora Kroner, ¿qué sucede?

– Irving -contestó con crudeza-. En la caseta de socorrismo de South Point. La última antes del embarcadero. Nos reuniremos allí con usted.

Vio tres coches patrulla estacionados en una franja arenosa junto a la entrada de acceso a la playa. A un lado había un pequeño parque con una pista deportiva que lo recorrería serpenteante; disponía de media docena de áreas de picnic, y de una zona de columpios y balancines; era un lugar concurrido los fines de semana, ya que muchas de las familias inmigrantes que ocupaban pisos pequeños en el extremo de South Beach lo usaban como lugar de recreo. También era uno de los parques favoritos de los indigentes, porque no estaba bien vigilado de noche, y también de los paparazzi, ya que daba al Government Cut, el ancho canal que utilizaban los cruceros para salir a mar abierto. Algunas veces, contaba con momentos teatrales, cuando algún hombre, cuyas esperanzas y cuyas ropas estaban igualmente hechas trizas, observaba hambriento cómo se asaban pollos y plátanos, y cómo los niños jugaban a pocos metros de donde una modelo que lucía un traje de noche y unas joyas que costaban miles de dólares se contoneaba y pavoneaba ante una cámara.

Desde el largo embarcadero, uno podía ver kilómetros de mar, o volverse para admirar el claro perfil de rascacielos de la ciudad. Al otro lado del Government Cut estaba Fisher Island, un complejo urbanístico que disponía de su propio servicio de ferry y en el que vivía la gente rica, la muy rica y la escandalosamente rica. El embarcadero era también muy frecuentado por los pescadores, aunque la playa recibía menos atención que los demás puntos de South Point. Debido a que estaba en el extremo de Miami Beach, tenía el agua más embravecida y las corrientes de retorno más peligrosas. A algunos surfistas les gustaba. Solía advertirse a los turistas que iban a la playa que se situaran a un kilómetro y medio de allí más o menos. Había un paseo marítimo entarimado que conducía al embarcadero. Una vez que estuvo en él, vio enseguida la solitaria caseta de socorrismo al final de la playa.

Observó que había media docena de agentes de policía arremolinados cerca de la caseta de madera verde descolorido. Al mismo tiempo, divisó a Frieda Kroner y al rabino Rubinstein a unos cinco metros de distancia, contemplando a los policías, que no parecían saber muy bien qué hacer. Un único técnico de la policía científica, de chaqueta y corbata a pesar del calor, estaba agachado en la arena, pero no podía ver qué estaba examinando. Había otro hombre trajeado, inclinado, pero estaba de espaldas a Winter, que no pudo descifrar qué estaba buscando.

Avanzó deprisa, y sus zapatillas deportivas resonaban en la tarima de madera como si fuera un caballo trotando en el pavimento.

El rabino se giró cuando se acercó, pero Frieda Kroner siguió observando a los policías.

– Señor Winter -dijo el hombre-, gracias por venir.

– ¿Qué pasa?

– Nos han llamado. A Frieda, para ser exactos.

– ¿Han encontrado al señor Silver?

– No -respondió Frieda Kroner sin apartar los ojos de los policías-. Han encontrado su ropa.

– ¿Cómo?

– El policía la llamó -explicó el rabino tras sacudir la cabeza-. Al parecer, un chico, un adolescente, intentó pagar en un centro comercial con una tarjeta de crédito, y la dependienta que vendía los videojuegos no creyó que el muchacho, cuyo nombre era Ramón o José o Eduardo, tuviera demasiado aspecto de Irving, así que llamó a la policía. Y el adolescente dijo esto y aquello, y mintió en esto y en aquello, pero cuando se pusieron un poco duros con él, dijo la verdad enseguida, y explicó que había encontrado una cartera con la tarjeta de crédito. No le creyeron, pero él insistió, y la policía lo trajo hasta aquí y él se lo enseñó.

– ¿Qué?

– La ropa de Irving. Justo en la playa, como si la hubiera dejado allí.

– ¿Y la cartera?

– Estaba encima.

Simon asintió.

– Aquí es donde lo mató -dijo Frieda en voz baja.

«Creo que no», pensó el viejo policía mientras inspiraba hondo, y se alejó de ambos por la arena. A cada paso, se iba enfadando más, molesto consigo mismo, sintiendo otra vez la misma incompetencia y estupidez. Y con cada paso enojado, otra voz en su interior trataba de tranquilizarlo, de obligarlo a mantenerse atento, porque tal vez habría allí algo que descubrir, y sabía que la frustración le impedía, quizá más que ninguna otra cosa en el mundo, ver las cosas con claridad.

Dos agentes uniformados se separaron del grupo y se plantaron delante de él.

– La zona está cerrada, abuelo -soltó uno de ellos con la arrogancia de la juventud.

– ¿Quién está al mando? -preguntó Winter con brusquedad.

– El inspector. ¿Quién lo pregunta? -repuso el agente, ceñudo.

Winter quiso alargar la mano y apartar al hombre joven, pero vaciló, y en ese instante oyó una voz que le resultó familiar:

– Yo estoy al mando, señor Winter.

Miró más allá del agente y vio a Walter Robinson en la arena dorada de la playa. Robinson hizo un gesto al agente.

– Déjelo pasar -le ordenó.

Simon avanzó por la arena.

– Me imaginaba que vendría -dijo Robinson en lugar de ofrecerle la mano-. Si no, habría ido yo a buscarle.

– ¿Porqué?

El inspector contestó con otra pregunta:

– ¿Conocía al señor Silver?

– Sí.

– Y Sophie Millstein también.

– Es evidente, inspector.

Robinson lo cogió por el codo y lo llevó donde el técnico de la científica estaba tomando unas fotos.

– Venga, Walt -comentó el hombre en dirección a Robinson-. Déjame guardar estas cosas y volvamos al mundo real.

Robinson sacudió la cabeza.

– Muy bien, señor Winter -dijo en voz baja-. Usted era inspector de policía. ¿Qué ve?

El de la científica oyó la pregunta y los interrumpió con su propia respuesta:

– Venga, Walter. ¿No te parece evidente? El anciano quiere acabar con todo, baja hasta aquí por la noche, cuando no hay nadie, deja la ropa bien doblada y se dirige hacia el mar. El cuerpo aparecerá en un par de días en la playa, a unos kilómetros de aquí, o dondequiera que las corrientes quieran dejarlo. Deberías llamar a la Guardia Costera para que estén pendientes.

Robinson lo fulminó con la mirada.

– Eso es lo que tú ves -indicó con frialdad-. A mí me interesa lo que ve este caballero.

Winter estaba examinando atentamente la playa. Vio la ropa de Irving Silver, doblada como había dicho el de la científica, dispuesta como si el hombre no quisiera dejar las cosas hechas un desastre al morir.

– ¿La cartera estaba encima?

– Sí -respondió Robinson.

– ¿Algo en la playa?

– De momento, nada.

– ¿Ninguna nota?

– No.

– ¿Han examinado la ropa?

– Sólo en su posición actual.

Winter se arrodilló junto a las prendas.

– ¿Puedo? -preguntó.

Robinson se puso en cuclillas a su lado. Tomó una bolsa de plástico para la recogida de pruebas.

– Adelante -dijo.

Había un sombrero de paja. Simon lo levantó y le dio la vuelta. Vio las iniciales I. S. marcadas en la badana. Se lo señaló a Robinson y éste metió el sombrero en la bolsa para pruebas. Luego, recogió una camisa floreada de poliéster; las flores eran verdes y azules, y estaban entrelazadas de modo que configuraban un estampado de formas y colores abigarrados. Empezó a examinar despacio la tela con la mirada, a la vez que la palpaba entre dos dedos, hasta que llegó al cuello, y ahí se detuvo. Notó que el corazón se le aceleraba y se mareó un momento.

– Aquí -indicó casi en un susurro.

Robinson se inclinó hacia él y tocó la tela donde Winter señalaba. Levantó la camisa y la sostuvo contra la tenue luz con los ojos entornados para examinar la textura. El inspector asintió y soltó el aliento en un largo siseo.

– Quizá -comentó-. Creo que puede tener razón.

Winter se levantó y observó el mar. Cada ola parecía alargarse para capturar un trozo de noche y lanzar después la oscuridad a la orilla.

– Es sangre -dijo Winter-. La sangre de Irving Silver.

– No hay mucha -indicó Robinson despacio-. Puede que sólo sea que se cortó al afeitarse. -Se volvió hacia el técnico de la científica-. Recójalo todo con mucho cuidado. -Luego hizo un gesto a los uniformados y ordenó-: Precintad toda esta zona. Podría ser la escena de un crimen.

Simon contempló el océano un momento, sintiendo cómo la brisa marina empezaba a menguar para ceder su lugar a la sofocante noche estival.

– No está aquí -anunció en voz baja.

– ¿Quién? -preguntó Robinson.

– Irving Silver. -Extendió una mano hacia el océano-. Es lo que tiene que parecer. Que se ahogó allí y desapareció. Que se lo tragó el mar. Pero no.

– ¿Dónde está entonces? -quiso saber el inspector.

– En otro sitio, lejos y perdido. Puede que en los Everglades.

– El cadáver en un sitio ¿y la ropa aquí?

– Exacto.

Robinson silbó por lo bajo y fijó también la vista en el océano.

– Sería ingenioso. Nos jodería de verdad. -Vaciló un instante y añadió-: Creo que puede tener razón.

Winter lo miró.

– Dijo que iba a ir a buscarme -soltó-. ¿Por qué?

– Porque últimamente ha empezado a interesarme la historia -respondió Robinson.

16 El gallina de la sala

Había un teléfono de pago frente al puesto de enfermería del pabellón penitenciario del hospital Jackson Memorial, y Espy Martínez se detuvo ante él. Marcó deprisa el número del departamento de Homicidios de Miami Beach. Por tercera vez esa tarde, tuvo que dejar un mensaje para Walter Robinson. Colgó el auricular con un movimiento brusco de la muñeca. Luego inspiró hondo y observó el pasillo que conducía a la habitación de Leroy Jefferson.

Se preguntó si estaba cerca de la verdad o a punto de perderla de vista. A continuación, recorrió el pasillo escuchando el repiqueteo de sus tacones en el suelo de linóleo encerado. Había alguien llorando en una de las habitaciones frente a las que pasó, pero no pudo ver quién era. Los sollozos parecían seguir el ritmo de sus pasos rápidos pasillo abajo.

El guardia de prisiones que vigilaba la reja metálica era mayor. Lo había visto muchas veces en las salas de justicia; tenía una mata de pelo gris que llevaba cortada al uno, y unos antebrazos adornados con tatuajes intrincados. Al verla acercarse, le dirigió un breve saludo con la mano y una sonrisa torcida.

– Hola, Mike -dijo ella-. Me imagino que esto será más fácil que transportar gente de la cárcel al Palacio de Justicia, y viceversa.

– Bueno -contestó el guardia-, lo único que tengo que hacer aquí es procurar no pillar nada y sentarme a leer el periódico.

– ¿Alguna buena noticia?

– Nunca la hay.

– ¿Se encuentra bien?

– Perfectamente.

– Pues me da la impresión que le va bien el turno.

– Ya lo creo, señorita Martínez.

– ¿Está Alter dentro?

– Desde hace un par de minutos. Entró con el médico.

Cuando empezaba a firmar en una hoja de registro sujeta a una tablilla, el guardia susurró:

– Creo que hoy el pobre Leroy está teniendo problemas con el dolor, ¿sabe, letrada? Se ha pasado toda la mañana tocando el timbre para llamar a la enfermera. Puede que el disparo que le pegó en la pierna y el hecho de no poder tomar crack le haya puesto un poco tenso. No sé si me entiende, señorita Martínez.

– Ajá -asintió ésta con la cabeza.

– Quiero decir que a lo mejor hoy está algo vulnerable -prosiguió el guardia con una sonrisa enorme-. Podría presionarlo un poquito si tiene ocasión, ¿sabe a qué me refiero?

Espy consiguió sonreír, a pesar de tener la sensación de que la presionada iba a ser ella y no Leroy Jefferson. Se llevó la mano a la sien para efectuar un saludo militar. Pensó que los guardias de prisiones lo sabían todo y tenían la extraordinaria habilidad de notar la dirección en que soplaba cualquier viento que recorriera el sistema de justicia.

Cuando iba a entrar en la habitación del hospital, oyó unas arcadas, seguidas de un largo y quejumbroso «jooooder». Adoptó una expresión irónica, burlona e inquisitiva, y cruzó la puerta. Miró de inmediato a Jefferson, que seguía con la pierna inmovilizada en tracción, y vio que se esforzaba por incorporarse en la cama.

Una vez que lo consiguió, se volvió hacia ella y se secó los labios con el dorso de la mano.

– ¿No nos encontramos bien, señor Jefferson? -preguntó al observar que el acusado tenía la frente sudada.

Jefferson frunció el ceño, se inclinó hacia delante y escupió a una papelera que había junto a la cama.

– La puta que me disparó se interesa por mi salud -masculló.

– Está bien -terció Thomas Alter tras levantarse de una silla plegable-. ¿Verdad, doctor?

Había un médico joven de pie junto a Jefferson.

– Las molestias son normales.

– Y una mierda, normales -se quejó Jefferson-. Quiero otra inyección.

El médico echó un vistazo a su reloj y después a los datos clínicos del paciente, y negó con la cabeza.

– No hasta dentro de una hora y media o dos -dijo con frialdad.

Martínez vio una oleada de dolor y náuseas reflejada en el rostro de Jefferson. Éste empezó a inclinarse hacia la papelera, pero Consiguió contenerse y se dejó caer de nuevo hacia atrás, como exhausto.

– No me queda nada dentro -murmuró.

El catéter que tenía en el antebrazo desde un gotero vibró. Espy apartó la mirada un momento y observó lo austera que era la habitación. Paredes blancas; una gruesa cortina en una ventana sucia, de modo que la luz del sol parecía borrosa al colarse en la habitación; una cama individual y una mesilla de noche; un vaso y una jarra de plástico para el agua. Tan lúgubre como la celda de la cárcel que lo esperaba a una manzana de distancia.

Alter miró irritado al joven médico, que dejó la tablilla del paciente a los pies de su cama.

– Tendrían que darle algo -sugirió.

El médico alzó los ojos.

– Usted es el abogado, ¿verdad?

– Así es.

– Pues cíñase a las leyes -dijo en voz baja, y se dirigió a Espy-: Mi cuñado es policía. -Señaló con el dedo a Jefferson-. Está bien. La pierna le duele muchísimo y tiene síndrome de abstinencia. Así que se encuentra muy mal, y cada vez que se mueve hacia la papelera, debe sentirse como si alguien le hurgara la rodilla con un cuchillo. Pero no es algo que vaya a matarlo. Es sólo que no le hace feliz. Pero mi trabajo no consiste exactamente en hacerlo feliz, sino en mantenerlo con vida.

Y salió de la habitación.

Leroy Jefferson había cerrado los puños.

– Por su culpa jamás volveré a andar bien -le espetó a Martínez.

– Se me parte el alma -contestó ella sacudiendo la cabeza-. Te ordené que te detuvieras. Y tú me disparaste. Jódete.

Jefferson frunció otra vez el ceño y empezó a hablar, pero Alter lo interrumpió.

– Ésta no es la finalidad de esta reunión -dijo.

– Cierto -corroboró la ayudante del fiscal-. Su finalidad es decidir si creo o no que el acusado puede decir la verdad, lo que de momento dudo mucho.

Alter movió el brazo aparatosamente, como un actor sobreactuando en el escenario.

– De acuerdo, pues, llévalo a juicio. Haz lo que quieras, pero no obtendréis su ayuda, y tengo la impresión de que la vais a necesitar.

Espy logró controlarse, y habló con tranquilidad.

– Mira, la prueba del polígrafo resulta convincente, pero no es concluyente.

– ¿Meterá a un inocente en la cárcel? -preguntó Jefferson, incrédulo, pero Martínez no le prestó atención.

– ¿Y la huella dactilar? -quiso saber Alter-. ¿Qué vais a hacer con eso?

– Bueno, puede que no fueran sus manos las que rodearon el cuello de Sophie Millstein. Pero tenemos pruebas claras de que estuvo en la habitación de Sophie y de que robó varias cosas. Así que tal vez tenía un cómplice, quizás eran dos esa noche. De modo que sigue siendo culpable de homicidio preterintencional. -Miró a Jefferson-. Por si no lo sabes, en este estado la pena por homicidio preterintencional es la silla eléctrica.

– Mierda -masculló Jefferson-. Yo no maté a nadie y no había nadie conmigo.

Alter fulminó con la mirada a su cliente.

– Cállate -ordenó-. Deja que la ayudante del fiscal y yo hablemos. ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que antes de seguir quiero saber a qué te refieres cuando hablas de ayuda. Dime cuál es la oferta de tu cliente.

– No sin una garantía.

– ¿Qué clase de garantía?

– De que le ofreceréis un trato. No irá a la cárcel.

– Olvídalo.

– Pues idos al infierno. Encontrad al asesino de esa anciana sin su ayuda.

– Lo haremos.

– Claro que sí. Buena suerte. ¿Tenéis alguna idea de quién le dejó esa huella parcial en el cuello?

– No responderé a esa clase de pregunta.

– Ya me imaginaba que no lo harías -dijo Alter con una sonrisa, relajado. Se volvió hacia su cliente-. Mantén la boca cerrada, Leroy. Tratar con la fiscalía es como esperar que te inyecten un calmante. Duele, te encuentras mal, pero al final llega. Y entonces todo vuelve a estar bien.

Jefferson estaba pálido. Asintió.

– Le vi -soltó.

– ¿A quién vio? -saltó Espy.

– ¡Te dije que tuvieras la bocaza cerrada! -se soliviantó Alter.

Leroy Jefferson se recostó en una almohada. Unas gotas de sudor le resbalaron por la mejilla, pero dirigió una sonrisa burlona a Espy Martínez.

– Va a necesitarme, señora ayudante del fiscal -dijo-. No van a encontrar al asesino si no les enseño quién es. Le vi bien. Le vi matar a esa anciana.

– He presentado cargos en tu contra como para que te encierren mil años en la prisión de Raiford, ¿sabes? -comentó ella-. Diez mil años. Toda la vida. Hasta que te pudras. Y es allí donde vas a estar.

Jefferson sacudió la cabeza y repitió:

– Van a necesitar a Leroy. Pregúnteselo al inspector; él se lo dirá.

Ella se volvió hacia Alter, que se encogió de hombros.

– ¿Qué puedo decir, Espy? Te está diciendo lo que hay.

– ¿De veras? ¿Por qué, entonces, me resulta difícil creer al señor Jefferson? Puede que sea porque tiene el mono y es un mentiroso que…

– Vas a tener que creerle, Espy, porque estaba allí.

– Sí, con uno de sus amigos toxicómanos. El único trato que haré con él será el de cadena perpetua. Podrá salvar el pellejo si declara en contra de ese amigo suyo que mató a Sophie Millstein.

– No era amigo mío, ya se lo dije -replicó Jefferson, y su resentimiento pudo con el dolor-. Era un hombre blanco. Un viejo blanco.

– Creo que ya hemos ayudado bastante a la señorita Martínez -sonrió de nuevo el abogado.

– Estáis diciendo que…

– Mi cliente estaba allí. Vio el asesinato y vio huir al asesino. ¿Qué más necesitas saber, Espy? Ahí tienes tu maldita oferta.

– ¿Quieres decir que este desgraciado fue testigo de un asesinato y después robó a la víctima antes de que llegaran los vecinos? ¿Es eso lo que me estás diciendo? -No pudo ocultar el asombro en su voz.

– Ya lo ves -contestó Alter encogiéndose de hombros-. Qué cosas tiene la vida.

Hubo un tenso silencio.

– Ha sido un placer verte, letrada -dijo al fin el abogado-. Ya me dirás algo, ¿de acuerdo? Y ahora ya sabes cómo está la cosa.

Espy lo miró con dureza hasta que él finalmente borró su sonrisa de autosuficiencia.

– ¿Crees que haré un trato con este cerdo después de que casi matara a un policía y a mí misma? ¿Crees que quedará impune de esos cargos?

Alter se sentó con tranquilidad exasperante en la silla, como si sopesara tanto lo que había dicho como lo furiosa que estaba.

– No creo nada, Espy. Lo único que creo es que el señor Jefferson sabe algo que necesitáis saber, y que el precio de esta información es alto. Pero, claro, el coste del conocimiento siempre es elevado. ¿Has visto? Puedo ser un filósofo cuando quiero.

– Exacto. El precio es así de alto. ¿Lo ve? Yo también soy un puto filósofo -se mofó Jefferson, aunque torció el gesto debido a una punzada de dolor.

– Es mejor no valorarse por encima del mercado, Tommy -aconsejó la ayudante del fiscal.

– Por favor, cierra la puerta cuando salgas -respondió el abogado.

Como de costumbre, la nota para que fuera a la oficina de Abe Lasser estaba escrita con tinta roja para subrayar la urgencia de la petición. Pensó que todas las llamadas de Lasser eran urgentes, tanto si lo eran realmente como si no. Repasó deprisa los demás mensajes, con la esperanza de encontrar uno de Walter Robinson, pero no había ninguno. Logró distanciarse lo suficiente para preguntarse si estaba ansiosa por tener noticias de su amante o del inspector que trabajaba en el caso. No supo responderse, pero sospechaba que cada uno de estos dos deseos vibraba como un diapasón en su interior, cada uno en un tono distinto pero igual de insistente.

Cuando entró en su despacho, Lasser estaba de pie junto a la ventana contemplando la ciudad.

– ¿Sabes que durante los disturbios estaba aquí, en esta misma ventana, y podía verlo todo hasta la tienda de neumáticos, la de saldos de la Vigésima Primera Avenida? Tenía unos prismáticos y vi incluso a los hombres que la incendiaron. Corrieron hacia un lado del local, amontonaron unos escombros, y vi cómo les vertían gasolina encima. Como una especie de grupo de malvados boy scouts urbanos. -Señaló en esa dirección con el dedo y se rió, aunque no de nada que fuera particularmente gracioso-. Pasó a cuatro manzanas de aquí y era como si lo estuviera viendo por televisión.

Se giró hacia ella.

– Hay que joderse -prosiguió-. Esas figuras que vistas desde aquí parecían hormiguitas incendiaron el viejo almacén. El local ardió casi dos días. Y yo, el jefe de la fiscalía, estaba aquí, viéndolo todo desde mi puñetera ventana sin poder hacer nada al respecto.

La joven asintió, segura de que esa historia llevaría a alguna parte.

– Fue como ver pasar un accidente, pero peor, porque esto no fue ningún accidente, fue un delito. Mucho peor. Deliberado, destructivo. No fue obra de Dios sino del hombre.

Se alejó de la ventana.

– Dejamos las obras de Dios en manos de autoridades más elevadas, Espy. Pero las obras del hombre son, precisamente, el motivo de que estemos aquí. Constituyen nuestro trabajo. -Sonrió-. Parezco un filósofo -soltó.

– Tommy Alter me dijo lo mismo hace apenas una hora.

– ¿De verdad? -Su sonrisa se volvió burlona-. Supongo que es lógico.

Se situó detrás de su mesa. Se había quitado la chaqueta del traje, y Martínez vio, por lo entallada que le quedaba, que la camisa blanca que llevaba tenía que estar hecha a medida. Guardó silencio mientras Lasser levantaba la copia de la prueba del polígrafo.

– No soporto estos malditos trastos -comentó antes de dejarlo caer sobre la mesa como si fuera contagioso. Las páginas se agitaron un momento-. Dime, Espy, ¿cómo te sientes cuando estás en una ventana a punto de ver cometer un crimen y no puedes hacer nada al respecto? Si ese desgraciado de Leroy Jefferson queda impune, será un crimen. Como me llamo Abraham Lasser que será como un incendio provocado. Será como acercar una cerilla a un material inflamable. Puede arder sin llama y humear cierto tiempo claro. Una semana, un mes, puede que seis meses. Pero entonces irá y hará exactamente lo que esta jodida prueba dice que no hizo: matará a alguna anciana inocente. ¿Lo captas, Espy?

– Sí, señor.

– Has conocido al señor Jefferson. ¿Qué posibilidades tiene de convertirse en un miembro útil a la sociedad? -Pronunció estas últimas palabras con un sarcasmo extremo.

– Muy pocas, señor.

– Muy pocas -sonrió Abe Lasser-. Sí. Diría que más bien ninguna. -Se sentó de repente e inclinó la silla hacia atrás-. A lo mejor tenemos suerte, Espy. A lo mejor, ese cabrón de Leroy Jefferson mata a otro desgraciado como él en lugar de a un miembro inocente y temeroso de Dios de nuestra comunidad, aunque lo dudo, porque al muy canalla parece gustarle robar a las ancianas, e imagino que volverá a ejercer esa actividad en cuanto pueda. -Vaciló un momento antes de añadir-: Aunque cojee gracias a tu detención del calibre veinticinco. Dime, pues, Espy, ¿eres afortunada? ¿Hay algún duende hispano que guíe el destino de la familia Martínez y se dedique a enviar buena suerte en tu dirección? ¿O quizás un hada madrina que cante bidibi-bidibi, agite su varita mágica y mande a Leroy Jefferson a matar a uno de su propia calaña en lugar de a una pobre abuelita?

– Creo que no, señor.

– ¡Oh, qué pena! -exclamó Lasser mientras hacía girar la silla. -Se detuvo y se inclinó hacia la mesa para golpear con un dedo la prueba del polígrafo-. Tengo que admitir que Tommy Alter sabe lo que hace. Pidió a nuestro propio hombre que le haga la jodida prueba, desde luego un buen detalle. Tengo que recordarlo, ¿sabes? Para que el día que Tommy entre aquí humildemente, se la cobremos. Será algo entre filósofos.

Se recostó, echó la silla hacia atrás y se puso las manos en la nuca.

– Muy bien, ¿qué vas a hacer, Espy? -preguntó.

– Perdón, ¿qué voy a…?

– Sí. ¿Qué vas a hacer? El caso es tuyo. Tú decides. Yo sólo estoy aquí para… ayudarte.

Espy notó que se ruborizaba.

– Yo creía… -empezó.

– ¿Creías que yo decidiría qué hacer?

– Pues sí.

– No -replicó él meneando la cabeza-. El caso es tuyo y tú decides. Yo sólo te presento ciertas directrices. Como ésta: Jefferson está acusado de dos cargos de intento de homicidio por dispararte a ti y a ese inspector de policía. En mi opinión, eso no tiene nada que ver con el asesinato de Sophie Millstein.

– No.

– Pero, por otra parte, un asesinato consumado, especialmente cuando es tan atroz como el de Sophie Millstein, bueno, tiene una precedencia considerable sobre un tiroteo, aunque sea tan desafortunado como el que efectuó el señor Jefferson.

– Entiendo.

– ¿De veras, Espy?

La joven notaba una rabia creciente y no le pareció que fuera a poder evitar exteriorizarla.

– Sí, veo que mi silla peligra -afirmó.

– Es una manera poco elegante, aunque acertada, de decirlo -asintió Lasser.

Ella inspiró con fuerza. Era como si, de repente, hiciera mucho calor en aquel despacho.

– Si Jefferson nos conduce al asesino de Sophie…

– Eres una heroína, con titulares incluidos.

– Pero si todo es una triquiñuela y cierro un trato con él, y después sale y mata a alguien…

– Entonces los periódicos no serán tan elogiosos, ¿verdad?

– No. No lo serán.

– Sería mejor que Robinson pudiera cerrar el caso sin Jefferson -dijo Lasser, que seguía balanceando la silla-. ¿Alguna posibilidad de que lo haga?

– No lo sé. Es como empezar de cero. No creo que tenga una pista siquiera. Teníamos todo preparado para llevar a Jefferson a la silla eléctrica cuando esta prueba lo desbarató todo.

– Un aparato asqueroso, el polígrafo. Lo vuelve todo vago y confuso, no claro y nítido.

– Así que no sé qué podrá conseguir Walter.

– El caso ya se ha enfriado. ¿Has visto alguna vez las estadísticas sobre resolución de homicidios? Cada día que pasa sin una detención…

El fiscal jefe levantó la mano y empezó a describir una línea descendente, como si mostrara la caída desde un acantilado.

– ¿Quizás esa huella parcial de un pulgar que dejó el asesino? -prosiguió.

– Creo que ya la ha pasado por el ordenador sin resultado. Creo que fue lo primero que hizo.

– Mala señal. Parece que el asesino de la señora Millstein no es un delincuente al que se le hayan tomado las huellas dactilares hace poco.

– Parece que no.

– Pues la cosa está difícil. Alter y Jefferson están de parabienes, claro. Pero si Robinson consigue de algún modo, mágicamente, tomar la dirección adecuada, el valor del testimonio de ese toxicómano homicida disminuirá rápidamente.

– Ya.

– Me gustaría ver eso -comentó Lasser, y echó la cabeza hacia atrás como si soñara despierto mientras repasaba el techo con la mirada-. Me gustaría ver la cara del engreído de Tommy cuando le dijéramos que no necesitamos al señor Leroy Jefferson. Eso me encantaría.

– Jefferson asegura ser testigo del asesinato.

– ¿Ah, sí? Vaya. Ojalá todos los testigos del mundo fueran santos, vírgenes o boy scouts. Esto lo complica, ¿verdad?

– ¿Por qué?

– Bueno, será difícil explicarlo a la familia Millstein y a alguna reporterilla metomentodo del Miami Herald que lo averigüe y nos telefonee con un montón de preguntas puñeteras. Habrá que admitir que la fiscalía rechazó la declaración de un testigo porque, cómo podríamos decirlo… ¿no era de nuestro agrado? Y no creo que esta explicación suene bien una vez publicada.

– No, señor. Yo tampoco.

– Lo averiguarán, Espy. Lo sabes, ¿verdad? El Herald lo averiguará. Esos cabrones se enteran de todo. -Carraspeó-. Es una situación peliaguda, Espy. Muy peliaguda. -Bajó los ojos hacia un expediente que tenía en la mesa. Lo tomó y lo hojeó al azar, como distraído-. Me informarás de lo que decidas, ¿verdad?

– Sí, señor -respondió Espy Martínez controlando su enfado-. En cuanto tome una decisión.

– No vaciles.

– No, señor.

– Y, Espy, ten en cuenta una cosa mientras cruzas el campo de minas. Una prioridad…

– ¿Cuál, señor?

– Vamos a encontrar, procesar y condenar al asesino de Sophie Millstein. Lo prometí a un rabino, nada más y nada menos. ¿En qué estaría yo pensando? Toma nota, Espy. Si vas a prometer algo que pueda ser casi imposible, más vale que se lo prometas a alguien que no cuente demasiado ni en esta vida ni, especialmente, en la otra. Así que, por inoportuno que parezca, tengo intención de cumplir esta promesa. -Levantó la mirada de los papeles y la señaló con un dedo-. Tú la cumplirás por mí.

Espy Martínez asintió, aunque sentía que estaba ante una resbaladiza capa de hielo invisible.

Lasser soltó una carcajada que redujo ligeramente la tensión de la habitación.

– Anímate, Espy -dijo, aunque no había ningún motivo para ello-. Esto es lo que hace que el derecho penal sea tan fascinante. -Sonrió-. Tiene algo de existencial. A mí me gusta llamarlo «apuestas de la vida». Es como si jugáramos a ver quién es el gallina en una de esas carreras con coches trucados en las que hay que apostar por quién se rajará primero, sólo que disputada con traje y corbata, en salas de justicia con entarimados de madera, con normas y jueces, y con todo lo que conlleva la civilización, pero en realidad se trata de algo casi primitivo y ancestral.

– ¿Qué cosa? -preguntó Martínez con amargura. Se sentía completamente sola.

– La justicia -contestó Lasser con brusquedad.

17 Algo ajeno al mundo que él conocía

Cuando llevaba más o menos una hora escuchando cómo aquellos dos ancianos le contaban una historia tan difícil de imaginar que hasta el hastiado inspector de Homicidios que llevaba dentro se rebelaba, Walter Robinson levantó la mano para que pararan de hablar. Se dio cuenta de que necesitaba un momento para pensar, un momento para absorber lo que había oído, de modo que se ofreció para ir a buscarles café o un refresco.

Frieda Kroner frunció el ceño.

– ¡Él planeando, y nosotros tomando café! -espetó.

– Creo que deberíamos continuar -añadió el rabino Rubinstein.