/ Language: Spanish / Genre:prose_contemporary

Trás-os-Montes: Un viaje portugués

Julio Llamazares


Julio Llamazares

Trás-os-Montes: Un viaje portugués

Con esta obra centrada en la comarca de Tras-os-Montes, Julio Llamazares regresa a la literatura de viaje, donde su talento narrativo y su profunda capacidad de observación del paisaje brillan con toda su fuerza. Sus dos primeros libros, Memoria de la nieve y La lentitud de los bueyes marcaron un hito imborrable en la historia de la poesía española reciente. Luego, la publicación de Luna de lobos (1985) y La lluvia amarilla (1988) hizo de su autor un verdadero nombre clave en la novelística española mas reciente. Traducido a otras lenguas europeas y muy querido de los lectores, con quienes se mantiene en contacto permanente gracias a sus colaboraciones periodísticas, Llamazares es en este momento uno de los autores españoles vivos más importantes.

A Nemesio Alonso

"La escuela, al final del pueblo, tenía mimosas alrededor. Por delante pasaba la carretera de alquitrán, en reparación desde hacía años, que salía de Oporto y llegaba hasta Bragança. Bordeada de montones de cascajos, arsenal inagotable y siempre a mano para amedrentar a pedradas a los de Anta, era por donde Canca, encaramado en su moto, aparecía y desaparecía a cien por hora, en una nube de polvo.

-¡Por ahí va el diablo montando a su padre! -gritábamos desde la explanada del viejo caserón rectangular, de un solo piso, que en sus traseras servía también de casa al maestro. Tenía ventanas abiertas todo alrededor. Por uno de los lados dejaban ver de lejos el Marão, muy azul en verano y muy blanco en invierno, y mal se le notaba que en tiempos hubiera estado encalado. En la fachada central, entre dos rodrigones. se balanceaba la campana.

Piojoso… Piojoso… Piojoso…

Si tiene piojos, lo raparán… Si tiene piojos, lo raparán…, respondía la de Fermentões, cuando el viento soplaba a favor.

(Miguel Torga, La creación del mundo)

Los reyes de Portugal

Desde la lejanía, viniendo de España, Bragança es una estrella de piedra en la llanura, una luciérnaga inmensa que desaparece y reaparece, a cada curva de la carretera, entre las sombras de las colinas y de los pinos que la rodean. El viajero, que atravesó la raya en Portelo y ya ha dejado atrás França, Rabal, Oleirinhos, Meixedo, pequeños pueblos oscuros, dormidos bajo la noche, divisa la ciudad y acelera el coche por ver si llega a ella antes de que amanezca. Al viajero le gusta llegar a las ciudades a esa hora, bien la del alba, bien la del anochecer, en la que todavía nada es concreto.

Pero, contra su deseo, cuando el viajero llega a Bragança ya ha amanecido y la vieja ciudad ha despertado de su sueño; del de la noche, que del de su larga historia de reyes y de batallas no despertará ya nunca por más que así lo quisieran sus habitantes. No en vano un rey la fundó, en 1187, sobre las piedras de un antiguo castro ibérico, y no en vano aquí nació, en 1640, la dinastía que reinaría en Portugal y en Brasil mientras ambos países fueron reinos. Hasta principios de siglo en el caso de aquél y hasta finales del anterior en el de éste. Aunque hoy, aquí, quizá ya nadie recuerde, por lo menos los que ahora el viajero se cruza con su coche por las calles, ni a João IV, ni a Alfonso VI, ni a Pedro V, ni a Luis I, ni a ninguno de los reyes que de Bragança se apellidaron o que en Bragança nacieron.

Los que ahora el viajero se cruza con su coche por las calles (todavía pocos: aparte de ser temprano, hoy es 14 de agosto) son gente humilde, medio dormida, que se dirige a sus trabajos en el campo o camina sin prisa por las aceras. El viajero atraviesa dos semáforos, se pierde en uno de ellos, da marcha atrás, desemboca en un paseo (aquí, si, empieza ya a ver gente) y, con ayuda de un plano y de las indicaciones de un policía que pasea aburrido entre los coches, se dirige hacia el castillo, cuyas torres se divisan ya a lo lejos. Aparte de ser temprano, al viajero le gusta comenzar a visitar las ciudades por arriba, tanto en su topografía como en el tiempo.

El castillo de Bragança, hasta el que el viajero llega subiendo por estrechas y míseras callejas, impresiona más aún de cerca que desde lejos. Erguido sobre la roca, dominando la ciudad y la cercana frontera, para cuya defensa fue construido como la mayoría de los castillos de Trás-os-Montes, se rodea de torres y de murallas y constituye en realidad una ciudad dentro de otra. Viejas casitas blancas adosadas a los muros, como si formaran ya parte de ellos, y una iglesia también blanca, pero más alta que aquellas, se esconden dentro de las murallas rodeando el castillo y evocando los tiempos en los que Bragança era sólo esto: una pequeña ciudad medieval temerosa de Dios y de sus reyes. Hoy, al cabo de los siglos, algunas casas están cerradas, con el deterioro y el abandono adueñados ya de ellas, pero en la mayoría macetas en las ventanas y carteles para turistas (Vénde-se mel, Restaurante, Artesanía de Trás-os-Montes) indican al viajero que siguen habitadas, aunque, a juzgar por su tamaño y por su altura, sus habitantes deben de ser liliputienses.

Por contra, los antiguos habitantes del castillo debieron de ser más altos, a juzgar cuando menos por la altura de sus muros y por las gigantescas dimensiones de sus puertas. La fortaleza, bien conservada y con lechas señalando sus entradas y salidas, se alza en una explanada, separada de las casas y de la iglesia, y en su torre del homenaje, que mide 18 metros -al menos, según las guías-, ondean las banderas de la ciudad y la portuguesa. Por lo que dice un letrero, el castillo es ahora un museo militar y, a la vuelta de una esquina, al asomarse a una puerta, el viajero lo comprueba por sí mismo al ver a un guarda que lee el periódico mientras espera la llegada de los primeros turistas. Todavía son las nueve y diez de la mañana y, según dice el cartel, el museo abrió a las nueve.

Pero al viajero no le gustan los museos. Y menos los militares. Para guerras ya tiene él suficientes con las suyas y antes prefiere ir a mirar la ciudad desde las murallas y pasear entre las casitas, algunos de cuyos dueños ya han empezado a dar señales de vida. Son bajos, como pensaba, pero ninguno es liliputiense.

– Lo que somos es muy viejos.

La señora se ríe y mira a sus compañeras. La señora lleva aquí cuarenta años, de los 63 que tiene, y está encantada en la Vila, como le llaman los bragantinos al casco antiguo, aunque no haya más que viejos. Los novos prefieren, dice, la ciudad nueva.

Nova, aunque ya con hijos, es, no obstante, una de ellas. Se llama Irene y es rubia y sonríe todo el rato. Como sus compañeras de charla, vive aquí desde hace años, desde que se casó en Bragança con un peón de albañil, aunque es de Mirandela. Añora, por supuesto, su ciudad, que está a 60 kilómetros, pero dice vivir a gusto en la Vila porque es, dice, como un pueblo. Y porque, además, añade, ante la complacencia de sus vecinas más veteranas, como vienen muchos turistas, se entretiene hablando con ellos.

El viajero, aunque no es turista, o al menos así lo cree (turista es el que viaja por capricho y viajero el que lo hace por condición), también está entretenido hablando con Irene y sus vecinas, pero, después de un rato, se despide y reanuda su paseo por la Vila, entre los callejones llenos de flores y gatos, hasta que sin darse cuenta desemboca otra vez en la explanada del castillo, al lado del edificio que se alza junto a la iglesia. Una mujer ya mayor, con una llave en la mano, se dispone en ese instante a enseñarlo a unos turistas y el viajero se une a ellos. Al viajero, al contrario que a Irene y a sus vecinas, no le gustan los turistas, pero quiere saber lo que hay ahí dentro.

– Ésta es la Domus Municipalis, también conocida como la Casa del Agua, joya única del románico portugués y la Domus más antigua del país -recita de corrido la señora mientras agita la llave, joya única también, al menos por su tamaño, de la forja portuguesa, en el centro de este enorme cobertizo de granito abierto a todos los vientos y bordeado de un largo poyo al que el viajero ya ha ido a sentarse. El viajero está cansado después de su paseo por la Vila y, como además entiende mal el portugués, sobre todo cuando lo hablan tan rápido, prefiere enterarse por sus guías de lo que la señora dice: que el edificio fue construido sobre una cisterna de agua allá por el siglo XII; que es, en efecto, la más antigua Domus de Portugal; que tiene planta pentagonal; que es de raís griega o romana y que, mientras estuvo en activo, era el foro comunal de las gentes de Bragança.

– ¿Y cómo se llama usted? -le pregunta el viajero a la señora cuando acaba de leerlo.

– Matilde -responde ésta.

– Pues muchas gracias, Matilde -le dice, dándole la propina y saliendo otra vez a la explanada.

No es que el viajero no sea educado. El viajero lo es, y mucho, al menos para los tiempos que corren, pero, como ya sabe lo que es la Domus, y como además no entiende bien el portugués de la señora (como tampoco cree que lo entiendan los turistas), prefiere seguir su ruta e ir a fumar un cigarro junto a la porca que ha visto antes, al llegar junto al castillo. Es un berraco de piedra, quizá de la Edad del Hierro (al menos, según las guías), y cuya profusión en Tras-os-Montes hacen suponer a éstas que fuera un animal especialmente temido o venerado en la región. La porca, partida en dos por una picota, a la que sirve de base, parece, sin embargo, ya bastante muerta y el viajero se sienta a fumar su cigarro al lado, a la sombra de los tilos que han plantado en torno a ella, mientras observa el ir y venir de la gente que despierta -ya tarde- a la mañana de verano en esta ciudad dormida, como la porca, en la leyenda de su castillo y en el tiempo. Ellos son los verdaderos bragantinos, los verdaderos reyes. de Portugal, aunque sus vecinos de allá abajo no lo sepan.

Segunda feira en Bragança

En las calles de Bragança (la ciudad nueva, aunque tampoco es tan nueva), hay ya mucha animación cuando el viajero regresa a ella. Son las diez de la mañana y la gente viene y va de un sitio a otro o se agolpa en los comercios y en las tiendas. Hoy es segunda feira, día de mercado en Bragança, y como además es fiesta (Nossa Senhora das Graças, cuya festividad se conmemora mañana, pero cuyas celebraciones empiezan hoy al decir de los carteles), los bragantinos están todos en la calle comprando o haciendo recados o, simplemente, matando el tiempo. Hay también mucha gente de los pueblos, campesinos que han venido a la ciudad a hacer sus compras o a ver al médico o al abogado y emigrantes que han venido a visitarla aprovechando que están de vacaciones en sus pueblos y a los que se les nota en seguida su condición y su procedencia. Mientras que aquellos visten de pobre y llegan en autobuses o en camionetas atiborradas de gente hasta lo imposible, éstos visten de turistas y circulan por las calles de Bragança en sus flamantes coches de importación y con matrículas extranjeras.

El viajero, después de abrirse paso entre ellos, consigue al fin aparcar el suyo, en una acera frente a la Sé, y, tras desayunar frugalmente en el Café A Chave D'Ouro, un enorme cafetón situado en una esquina de la plaza, se dedica a pasear por la ciudad confundido entre la gente. Primero va hacia la catedral, una modesta iglesia encalada que antaño fue de los jesuitas, sin mayores atractivos desde fuera (y, por lo que dicen las guías, tampoco dentro: el interior posee algunos azulejos notables, un órgano con carpintería policromada y los altares del coro en madera esculpida y dorada), y, luego, sin visitarla, da media vuelta y se pierde por las calles que confluyen en la plaza frente a aquélla. Al viajero le gustan las catedrales, pero las de verdad.

El viajero va contento. El viajero acaba de desayunar y, como, además, hoy es su primer día de viaje y está fresco todavía -pese a que el sol ya empieza a pegar-, pasea por las calles de Bragança feliz por estar aquí y deseoso de conocerla. Aunque, a decir verdad, lo que menos le atraen son sus monumentos. Lo que al viajero le atrae, y lo que mira al pasar, es la gente, esos hombres y mujeres que hablan en los portales o entretienen la mañana en las terrazas de los cafés o ante los escaparates de los comercios. El viajero no sabe portugués, pero entiende lo que dicen, aunque sea solamente por sus gestos. Por gestos se explica él, aparte de en español, cuando quiere saber algo o cuando, como ahora, entra a comprar a una tienda comida y agua para el camino, y todos le entienden perfectamente. Al fin y al cabo -piensa mientras camina-, el portugués y el español son dos idiomas hermanos, aunque Portugal y España hayan estado enfrentados durante tanto tiempo.

Hay algunos, sin embargo, que, aunque les gustaría, ya no pueden entenderle. Doña María da Piedade Pires, por ejemplo, o don João Alberto Dias, apodado Bicheiro, no podrán ya hacerlo nunca porque murieron ayer, según anuncian en las paredes unas esquelas enormes, tan grandes como carteles, que acompañan al viajero en su paseo por Bragança y que le dan a sus calles un aire fúnebre, sobre todo ahora que han empezado a tocar las campanas, a pesar del bullicio que hay en ellas. Aunque la mayor esquela, y la más antigua de 1920-, la encuentra frente a una iglesia en cuya fachada principal un gran mural de azulejos recuerda a o heroico bragantino teniente general Manuel Jorge Gomes de Sepúlveda, al que los azulejos muestran arengando a sus paisanos, la tarde del 11 de junio de 1808, desde las escalinatas de esta misma iglesia (la misma iglesia, por cierto, aunque reconstruida, en la que, según la historia, se casaron siglos antes en secreto el rey Pedro I de Castilla y su amante la gallega Inés de Castro, aquella que reinaría después de muerta), con ocasión de la liberación de Portugal de los franceses. La iglesia se llama de São Viçente y la esquela es un monolito que se alza enfrente de aquélla y que recuerda a los bragantinos muertos en Francia y en África, pero no en lucha con los franceses, sino con los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial. La lista, que encabeza por un lado el capitán Mario Lopes Saldanha y por el otro -el de África- el cabo Alfredo Santos, está esculpida en la piedra y la integran una treintena de hombres, de alguno de los cuales sólo se recuerda el nombre. No es extraño que a esta calle, una de las más viejas de la ciudad -aparte, claro está, de las de la Vila-, la bautizaran los bragantinos con el sonoro nombre de Rúa dos Combatentes da Grande Guerra.

Aunque, para combatientes, los santos de la iglesia. El viajero se asoma un instante a verlos y los encuentra solos en sus altares, sin nadie que los mire o que les rece. Ni siquiera hay turistas en esta iglesia en la que, según la historia, pasaron cosas tan importantes y tan trascendentales para los portugueses. Debe de ser el destino de esta ciudad y esta tierra que, por quedar a desmano de todos los caminos importantes, sigue dormida en el tiempo.

– ¿Me compra una tirita? -le aborda un niño gitano cuando, después de mirar los santos, vuelve a salir a la calle.

– ¿Y para qué quiero yo una tirita? -le pregunta el viajero, sorprendido.

– Por si se hiere -le dice el niño, muy serio.

Con la tirita en el bolso (por si se hiere), el viajero se despide de la iglesia (y del monolito, y del heroico general Manuel Jorge Gomes de Sepúlveda, que continúa arengando al pueblo en los azulejos) y se aleja calle arriba entre ferreterías y barberías y comercios tan antiguos como sus dueños. Algunos tienen de todo, como el de doña María Fernanda da Punficação Pires Texeira.

– ¿Cuánto cuesta esa aceitera?

– Mil escudos.

– ¿Y las jarras?

– Cuatrocientos.

– ¿Y las peonzas?

– Noventa -responde la dueña cogiendo una, como si calculara su precio al peso.

– Bueno, pues déme tres.

– ¿Tres jarras?

– No. Tres peonzas.

Doña María Fernanda da Purificação Pires Texeira es una profesional. Doña María Fernanda da Punfícação Pires Texeira, 82 años a las espaldas y 60 detrás del mostrador, sonríe a cada pregunta, y cuando no sabe un precio lo inventa. Doña María Fernanda da Purificação Pires Texeira es vieja y tiene mala memoria, pero sigue siendo una profesional.

– ¿Quiere cuerdas?

– ¿Para qué?

– Para los trompos.

– Bueno.

La vieja corta las cuerdas con una enorme tijera y las enrolla luego con las peonzas en un papel de envolver. Es un papel gordo, muy basto, de la edad seguramente de la tienda. En el comercio de María Fernanda todo es de la misma época.

– ¿Cuántos años tiene esto?

– ¡Uf! ¡Moitos! -exclama la mujer como si le abrumara sólo el pensarlo.

– Más o menos.

– No sé, muchos, más que yo dice la vieja riendo-. Ya era del padre de mi marido, y mi marido tiene noventa años…

– ¿Y dónde está su marido?

– Deitado -dice la vieja.

María Fernanda da Purificação Pires Texeira tiene a su marido enfermo. Está en la cama desde hace años (deitado, lo llama ella), pero ella sola se basta y sobra para atenderle a él y llevar la tienda. Aunque cada día, dice, le cuesta más hacerlo.

– ¿Me enseña la palangana?

– ¿Cuál?

– Aquélla, la de latón -le señala el viajero en la estantería que hay al fondo de la tienda.

La vieja, con una escoba, le va indicando en la estantería, pero no acierta. Aparte de estar muy torpe, hay tantas cosas en su comercio que ni siquiera ella sabe ya lo que tiene. Al final, cansada de intentarlo, la mujer deja la escoba y le abre el mostrador para que entre.

– Cójala usted -le dice, como si le conociera ya de toda la vida.

El viajero, una vez dentro, aprovecha la confianza para buscar en la estantería más cosas que le interesen. Hay de todo: palanganas, cazuelas, ollas, flaneras, hasta caretas de carnaval y jarrones de aluminio de la época de la Grande Guerra. El viajero coge lo que le interesa y lo va dejando en el mostrador ante la mirada complacida de la dueña. Hacía tiempo quizá que no tenía tan buen cliente.

Cuando termina, la vieja le hace la cuenta:

– Tres peonzas, a 90 escudos cada una, 270 escudos… Tres cuerdas, a 20 escudos el metro, 60… La palangana, 300…

– Aquí pone 35.

– Ya, pero ese precio es antiguo -dice la vieja sonriendo.

Tan antiguo como ella. La vieja le hace la cuenta, anotando en un papel con letra torpe y menuda cada cosa con su precio, y después hace la suma repasándola cien veces. Cada una de ellas le da una cifra distinta.

– A ver, que mire otra vez.

– Déjelo, no se preocupe -dice el viajero, pagándole la mayor ante el temor de que le dé allí la noche.

– Obrigadiña -responde ella.

Con su cargamento a cuestas (a la tirita del niño ha sumado tres peonzas, tres cuerdas, dos aceiteras, la palangana, una ensaladera, dos fuentes y dos jarrones, más el papel en que van envueltos), el viajero se despide de la vieja y abandona su comercio con la satisfacción del deber cumplido y con la sensación de haber hecho la obra buena del día, aunque no sabe con quién, si con él o con la vieja. Lo más fácil, imagina, es que haya sido con ésta. En cualquier caso, piensa mientras camina, ya se puede ir de Bragança sin que le echen los perros.

El barbero don Manuel Antonio Costa

Echarle los perros no, pero afeitarle la barba sí, y de qué modo. El viajero, de vuelta hacia su coche, va andando tranquilamente cuando, de pronto, ve aparecer a su lado un minúsculo vehículo con un hombrecillo dentro. El vehículo se para unos metros más allá y, ante el asombro de aquél, el hombrecillo se tira de la cabina y comienza a arrastrarse por la acera como si fuera un reptil hasta que desaparece por la puerta de una tienda. El hombrecillo, aparte de diminuto, no tiene ni piernas.

El viajero, estupefacto, se queda un rato mirándolo, incluso después de que ya ha desaparecido, y piensa que lo que ha visto ha sido una ilusión óptica provocada por el sueño. Hoy ha madrugado mucho y anoche no durmió bien.

Pero no. No ha sido una ilusión óptica. Lo que ha visto ha sido cierto. Tan cierto como Bragança. El viajero lo comprueba asomándose a la tienda, que en realidad es una barbería, a tiempo de ver aún cómo el hombrecillo trepa a uno de los dos asientos que la barbería tiene para atender a la clientela. El barbero está solo en este instante y el reptil no tiene que esperar.

– ¿Quería algo?

El viajero tarda en apercibirse de que es a él y no al otro al que pregunta el barbero. El viajero, sin darse cuenta, al asomarse a la barbería, ha entrado casi hasta dentro.

Sí, afeitarme -responde instintivamente.

Siéntese ahí -le dice el barbero, señalándole el otro asiento y cogiendo una toalla limpia para ponérsela. Al parecer, el reptil es amigo del barbero y ha venido simplemente a estar con él.

Así que, sin pretenderlo y casi sin darse cuenta, el viajero es ahora el único cliente del maestro don Manuel Antonio Costa, que así se llama el barbero, según él mismo le dice, pues en la puerta no hay ningún letrero. Don Manuel Antonio Costa, un hombre muy corpulento, como de setenta años y con la camisa abierta (hace calor en la barbería), le pone la toalla al cuello, y luego, con movimientos precisos, como de cirujano, le enjabona la cara y comienza a afeitarle sin dejar de hablar mientras tanto con su amigo el quasimodo. Don Manuel Antonio Costa, por lo que también se ve, es un profesional como todos en Bragança.

El viajero, como no entiende nada de lo que hablan -y como está preocupado por no mover la cabeza (al viajero, al contrario que al barbero, le falta práctica en estas lides)-, se dedica a observar la barbería y al quasimodo por el espejo. Como está justo detrás, sólo le ve la cabeza; debe de ser aún más bajo de lo que le pareció al principio, cuando le vio reptar por la acera. La barbería, por su parte, tampoco es grande y parece tan antigua como el dueño… Una vitrina con frascos, un par de espejos en las paredes, una mesa y un lavabo es todo su mobiliario aparte de los asientos. Aunque la decoración tampoco es más abundante: una imagen de la Virgen, un calendario del café A Chave d’Ouro (con otra virgen en la portada, aunque de muy distinto calibre), un cartel de propaganda de colonia y un banderín de la Sociedad Deportiva Braga, el equipo favorito del barbero (fundado en 1920) es todo lo que hay en las paredes. Eso y la radio que suena en alguna parte y que al viajero, lejos de mantenerle atento, le duerme.

– Bueno, ya está -le sobresalta el barbero cuando termina, quitándole la toalla y sacudiéndola.

– ¿Ya? -le pregunta el viajero, sorprendido.

– Ya dice el barbero, sonriendo.

El viajero se levanta y se mira de reojo en el espejo. A simple vista parece que el maestro don Manuel Antonio Costa ha hecho un buen trabajo con él.

– ¿Qué le debo? -le pregunta, acariciándose la cara y comprobando al tacto que, en efecto, ha sido así. No le ha dejado ni un pelo.

– Trescientos escudos dice el barbero.

El viajero le da los trescientos escudos, más otros cien de propina, y por si quedaran dudas, para demostrar su satisfacción por el afeitado, se despide del barbero prometiéndole que cuando vuelva a Bragança volverá aquí a que le afeite.

– Obrigado -dice el barbero, impasible, mientras el reptil le mira como si el raro fuera el viajero.

Los bañistas del Tuela

Hecho un pincel, con la cara como un niño y el alma llena de espuma, el viajero vuelve al coche y abandona la ciudad, que está en plena ebullición (son ya las doce del mediodía), con la satisfacción del deber cumplido y con la convicción de haber hecho otra obra buena -ésta, sí, para con él- poniéndose en las manos del maestro don Manuel Antonio Costa, aunque fuera sin querer. Hasta pasados unos kilómetros, cuando se mire en el retrovisor, el viajero no verá las patillas que le ha dejado ni los cortes que le ha hecho por el cuello.

El viajero, ahora, va por las afueras de Bragança ocupado en seguir las indicaciones de los letreros y atento a no atropellar a ninguno de los cientos de ciclistas, motoristas, inválidos y peatones que circulan por las calles a esta hora. A los que ya había en ellas por la mañana se han unido por lo menos otros tantos. Poco a poco, sin embargo, la gente empieza a desaparecer, a medida que el viajero va alejándose del centro, y la ciudad deja paso a una sucesión de casas y de chalés de dudoso gusto -algunos en construcción- entre los que se alternan huertos y descampados. En uno de ellos hay un mercado de ropa hecho con lonas y furgonetas; es un mercado para turistas, pero apenas se ve gente.

Por fin, la ciudad se acaba y la carretera de Chaves, hacia donde el viajero va, se interna en campo abierto bajo el sol del mediodía, que ya está en todo lo alto y levanta destellos del horizonte y de los campos resecos. A lo lejos, a la derecha del coche, la sierra de Montezinho, con sus montañas peladas, le señala al viajero la frontera de España y el lugar por donde la cruzó hace horas. Aunque con la cantidad de cosas que ha hecho desde ese instante, le parezca que ya lleva en Portugal dos o tres días.

El primer pueblo, Grandais, está a sólo tres kilómetros, pero es bastante pequeño; apenas ocho o diez casas al pie de la carretera. El viajero lo cruza sin ver a nadie, ni en el pueblo ni en los campos que hay en torno. O no vive nadie en él o los que viven están comiendo. Más allá el monte se llena de robles y matorrales; también algunos castaños y algún chopo en las umbrías. La carretera va dando curvas, como la de esta mañana, pero es un poco más ancha y está mejor asfaltada. No en vano, según las guías, sigue el antiguo trazado de la calzada romana que unía Braga y Astorga, las dos ciudades más importantes del noroeste de la península en aquella época (y, con el tiempo, también, sus dos primeras sedes episcopales), y no en vano sigue uniendo las dos más grandes de Trás-os-Montes junto con Vila Real. A pesar de lo cual la carretera de Bragança a Chaves no es ninguna vía rápida, ni especialmente transitada, entre otras cosas por lo deshabitado e inhóspito de la región que atraviesa. La terra fría la llaman los portugueses, y a fe que debe de serlo, a juzgar por la pobreza del paisaje y de los bosques que la cubren (bosques raquíticos, de monte bajo y escobas), aunque hoy, 14 de agosto, a las doce y media del mediodía, el sol caiga como fuego sobre ella.

Con la ventanilla abierta, el viajero va mirándola y anotando en su memoria los nombres de las aldeas que se cruza en su camino o divisa allá, a lo lejos: Portela, Fontes, Formil, Espinhosela, Castrelos… Son pueblos pobres, pequeños, viejas aldeas de piedra perdidas entre los montes y rodeadas de algún castaño y algún campo de centeno. Desde la carretera, cuando están lejos, parecen abandonados y quizá alguno lo esté. Aunque, de vez en cuando, también, alrededor de los pueblos, se ven las blancas paredes de un chalé de nueva planta construido seguramente con el dinero ganado en la emigración por algún nativo de los que ahora andarán por Bragança luciendo sus automóviles y sus modernos atuendos traídos del extranjero.

Fuera de eso, apenas nada. El viajero da vueltas y más vueltas, cruza montes y más montes y sólo ve soledad a un lado y otro del coche. Ni siquiera hay ya pueblos desde hace rato. La sierra de Montezinho, según el mapa, está dejando paso a la de Coroa y, por lo que parece, ésta es aún mas inhóspita y más áspera que aquélla. Al menos, la carretera se ha hecho más tortuosa y el bosque más solitario. En una curva, además, tras el cartel que señala el comienzo del concejo de Vinhais (el de Bragança ya quedó atrás), una señal de peligro anuncia amenazadora la presencia de máquinas en movimiento y, en efecto, a partir de ella, el viajero empieza a verlas. Son las de los obreros que están arreglando la carretera. Están ensanchando el firme y haciendo nuevas cunetas. Así que, a partir de allí, al calor del mediodía y a las continuas curvas y cuestas se unen el polvo y el ruido y los bandazos que pega el coche al circular ahora sobre la tierra. El viajero sube la ventanilla, pero no escapa de ellos. En el maletero, las aceiteras y los cacharros que compró a María Fernanda bailan al ritmo del coche como si se hubiesen vuelto locos. El viajero pone la radio, pero no deja de oírlos. Durante varios kilómetros, las aceiteras y el coche son también máquinas en movimiento.

Pero no hay mal que cien años dure, y menos en carretera. El viajero lo sabe por experiencia y lo comprueba de nuevo cuando, al doblar una curva -la enésima desde Bragança-, avista el pretil de un puente y, tras él, en el barranco, el río que lo sostiene. Es el Tuela, que viene de Montezinho y trae aires de la sierra. Y que, antes de seguir su ruta, seguramente cansado de pelearse con las montañas, se detiene un instante a descansar bajo el puente.

No es el único, no obstante, que lo ha hecho esta mañana. Al otro lado del puente, en la ladera contraria, unas pequeñas casitas señalan la presencia de personas (aunque no se vea a nadie a su alrededor) y, más allá, en una curva, un caminillo conduce por el terraplén abajo hasta la orilla del río donde docenas de coches vigilan entre los árboles la comida o el baño de sus dueños. Hay muchos, quizá doscientos, dispersos entre los coches o bajo las salgueras de las orillas, que algunos han convertido, ayudándose de toallas y sombrillas, en improvisados toldos y campamentos. Otros, los más osados, están sentados directamente sobre la arena. Es falsa (en realidad son piedras), pero desde la carretera da la impresión de una playa que el río hubiese formado en el fondo de esta hoz estrecha y breve, pero que constituye un oasis en medio de tanta aspereza. Al viajero, por lo menos, después de lo que ha pasado, y con el calor que hace, así se lo parece.

Y lo demuestra. Por el terraplén abajo, cuando llega al otro lado, se lanza a tumba abierta hacia el barranco (ahora, sí, las aceiteras se vuelven locas del todo) y, tras aparcar el coche en el primer sitio libre que encuentra, cosa que no le resulta fácil, coge la toalla y el bañador y se va en busca de un árbol que esté a la orilla del agua y todavía no tenga dueño. Tampoco resulta fácil (hay gente por todas partes), pero lo encuentra: en una roca pelada, pero a la sombra, en el estrechamiento que el río forma en el medio de la poza donde se bañan y se solazan los que aún no están comiendo. Es ya la una del mediodía, que es la hora del almuerzo en Portugal.

El viajero, aunque español, saca también su comida (la que se procuró en Bragança: melocotones de Oporto y uvas e higos de Trás-os-Montes) y, antes de tirarse al agua, da buena cuenta de ella. Tenía hambre desde hace rato. Luego se baña en la poza y, a continuación, ya fresco, enciende un cigarrillo y, desde su observatorio en la roca, observa el mundo que le rodea. Está más en calma ahora con el sopor del almuerzo. Cerca de él, entre dos árboles, una pareja ha puesto una hamaca (que, por supuesto, comparte: el amor lo puede todo) y, alrededor, varios chicos sestean sobre las rocas como si fueran una colonia de cocodrilos en un río de la selva. Son de los pueblos de alrededor, pero algunos deben de vivir en Francia a juzgar por sus nombres y por su acento. De vez en cuando, alguno se mueve y se desliza hasta el agua para refrescarse, pero, por lo general, permanecen quietos como los cocodrilos que imaginó el viajero. Sobre todo, las chicas, que son las que este mira con especial atención, amparado en su puesto de privilegio.

De repente, sin embargo, un ruido rompe la paz del río. El ruido se despeña por el terraplén abajo, envuelto en una gran nube de polvo, y tras ésta aparecen dos motoristas enfundados de arriba abajo en sendos trajes de cuero negro. Los motoristas -gafas de sol, patillas de hacha, botas de caña y pañuelos de pirata en la cabeza- irrumpen con sus motos en la orilla, casi en el agua, y, tras acelerarlas a fondo dos o tres veces (por si acaso alguien aún no se había fijado en ellos), las abandonan bajo los árboles y atraviesan el río por una tabla que hace las veces de pasarela, ante la curiosidad de las cocodrilas, que han despertado de su letargo y se incorporan para mirarlos, cosa que ni siquiera han hecho aún con el viajero. Aunque ya está acostumbrado a esos desprecios, sobre todo en el verano, que es cuando un hombre de verdad da la medida, en bañador y a pelo, el viajero no puede menos que sentir un odio sordo hacia aquéllos. Por la discriminación y por interrumpirle el sueño. El viajero, mirando las cocodrilas, se había quedado traspuesto.

Los motoristas, que resultan ser amigos de los dueños de la hamaca, para mayor oprobio, acampan justo a su lado. Lo hacen con gran escándalo, sabedores del impacto que su llegada ha causado entre los bañistas y de que todos están ahora pendientes de ellos. Sobre todo, las cocodrilas, que parecen muy contentas y animadas de repente (alguna, incluso, ha vuelto a tirarse al agua y chapotea dando grititos junto al viajero). Al final, desesperado -y, aunque no lo reconozca, humillado en lo más hondo de su orgullo-, éste recoge sus cosas (la fruta que le sobró)y se va en busca del coche antes de que sea tarde. Con el revuelo que se ha formado con su llegada, el viajero no quiere ni imaginarlo que pasará en el río cuando los motoristas se queden en bañador.

Clotilde Graça, sacristana de Vinhais

Hasta Vinhais, el paisaje siguió siendo igual de pobre que entre Bragança y el Tuela. Robles, chaparros y escobas y algún olivo junto a los pueblos. Tan sólo uno, y pequeño, en la carretera: Vilaverde; los demás, desperdigados por los montes o adivinados apenas tras las leyendas de los carteles. Así que llegar a Vinhais fue como hacerlo a- otro oasis para el viajero.

Vinhais es pueblo grande y con historia, aunque no tanta como Bragança. Echado en una loma frente al Tuela, cuyo curso tortuoso domina desde lejos, tiene un castillo y un par de iglesias -la de Sâo Facundo y la de Santo Antonio-, aparte de un convento -e1 de Sâo Francisco-, y conserva todavía algunos restos de la muralla que le mandara hacer Don Dinis, el rey que fortificó todo Trás-os-Montes y el único al que los portugueses llaman así, sin el número, con una extraña mezcla de familiaridad y de respeto. Fue, sin embargo, el abuelo de éste, Sancho II, el que, según los libros, fundó Vinhais allá por el siglo XIII.

Pero el viajero, ahora, no tiene muchas ganas de historias. El viajero lleva ya mucho rato conduciendo y, con los 34 grados que hay ahora en los termómetros, lo único en lo que piensa es en aparcar el coche y en tomar una cerveza en el primer bar que encuentre. Bares en Vinhais hay muchos, pero aparcamientos pocos, entre otras cosas porque la calle principal del pueblo es la propia carretera de Bragança, que se estrecha al adentrarse entre sus casas para poder dejarles sitio a las aceras. Al final, tras muchas vueltas, el viajero encuentra uno, seguramente prohibido (está justo en una esquina), y regresa caminando hasta la plaza que vio al entrar en el pueblo. Es una plaza moderna (aunque Vinhais tiene mucha historia, su caserío es bastante nuevo), con un jardín en el centro y atestada de cafés desde cuyas terrazas y soportales cientos de hombres miran pasar los coches mientras escuchan la música que suena a todo volumen en los altavoces del ayuntamiento. A simple vista, parece que en Vinhais todos están ociosos.

En el café Leão, por ejemplo, un local amplio y oscuro en el que el viajero entra para tomar su cerveza, docenas de parroquianos están jugando a las cartas ajenos a la música y al ruido que suena fuera. Ruido hacen ellos también bastante cantando cada jugada y golpeando las mesas. El viajero aguanta un rato -hasta que se repone de los 34 grados-, pero al final sale del café y se va en busca de paz hacia la iglesia que está enfrente de la plaza, en la parte alta del pueblo, y que imagina estará más tranquila que los alrededores de la carretera.

En efecto. Aunque la música se sigue oyendo, en cuanto el viajero se alejó de aquélla -y, por extensión, de la carretera-, deja atrás el bullicio de Vinhais y se sumerge de golpe en un mundo de callejas en las que el tiempo se ha detenido hace varios siglos y en las que sólo los perros y algún coche despistado interrumpen con su paso el silencio de la siesta. Hay casas muy bien cuidadas, como la del abogado don José de Freitas, y otras cuajadas de flores, algunas hasta parecer palacios si no fuera por lo humilde de sus piedras. Ante una de ellas, la más florida, están jugando dos niños con un perro tan pequeño que parece sacado de un cuento

de Gulliver.

– ¿Cómo te llamas tú?

– Tiago.

– ¿Y tú?

– Pedro.

– ¿Y el perro?

El perro no tiene nombre o, por lo menos, los niños no lo saben o no quieren decírselo al viajero. El perro mira al viajero con miedo y se esconde acobardado tras los niños. Sabe que están hablando de él.

Tiago y Pedro, en cambio, no le tienen ningún miedo. Al revés: dejan sus juegos y le acompañan hasta la iglesia por la pequeña calleja que bordea la muralla (los trozos que aún sobreviven) y desde la que se domina todo Vinhais y los bancales de vides que bajan hacia el Tuela. La iglesia, de granito, está encalada, como la mayoría de las iglesias de Tras-os-Montes, y tiene una gran torre con campanas y un pelourinho a la puerta. Aunque la gravedad de la picota y del granito se vea hoy atenuada por los cientos de bombillas de colores que recorren la fachada Y el tejado de la iglesia y que se encenderán esta noche para iluminar la fiesta.

– ¿Que fiesta?

– La de la padroeira -le dicen muy contentos al viajero sus amigos Tiago y Pedro.

Los niños, en su papel de guías improvisados, y el perro, que al parecer le ha perdido el miedo, le acompañan serviciales hasta el interior del templo. La puerta está

abierta de par en par y se oyen voces cercanas, pero no se ve a nadie dentro. Sólo los santos, que contemplan Impasibles su llegada y ni siquiera se inmutan por ver a un perro en la iglesia.

Tampoco se sorprenden las mujeres que, tras recorrerla entera, el viajero encuentra al fin en la sacristía y que son las propietarias de las voces que venía oyendo desde que cruzó la puerta. Son tres, y están barriendo la iglesia y preparando las flores que adornarán el altar en la misa que se celebrará mañana en honor de la padroeira. La Virgen de la Asunción, según le explican a coro las tres mujeres.

Una de ellas, la más vieja, en seguida se ofrece para enseñarle la iglesia. Se llama Clotilde Graça y es la sacristana de ésta, aunque, como ya tiene muchos años, está adiestrando a una sustituta, que es la mayor de sus compañeras. Clotilde, pese a todo, conoce bien su iglesia:

– Éste es San Sebastián… Ésta la Crucifixión… Ésta, la virgen… Éste de las barbas, Judas… -le va diciendo al viajero, mostrándole las imágenes, mientras recorren el templo.

– ¿Judas? -dice el viajero, extrañado.

– Judas Tadeo. El bueno -precisa ella.

– ¡Ah! Pensé que era el Iscariote -dice el viajero riendo.

La mujer se ríe también (con sus dos únicos dientes) y sigue nombrando santos mientras recorren la iglesia. Anda por ella como si fuera su casa. Se le nota que está orgullosa de ella.

– ¿Y le pagan por cuidarla? -le pregunta el viajero, más pragmático.

– ¿Quién?

– No sé, el cura…

– ¡Qué! dice la vieja, sonriendo-. Si el pobre no tiene ni para él… Lo hago yo porque quiero.

– Pues irá al cielo.

– ¿Quién, el cura?

– No, usted.

– ¡Ah! -se ríe la sacristana cuando por fin le entiende-. Si soy buena…

Buena lo es, y mucho, y el viajero da fe de ello. Hasta que no le enseña toda la iglesia no para, y lo hace con interés y cariño, aunque sin muchos conocimientos. De la iglesia sólo sabe, por ejemplo, que es la más vieja del pueblo, y del confesionario, una magnífica pieza labrada, posiblemente del XVIII, que hace años que ya no se utiliza porque los curas de ahora son muy modernos.

– Será que ya no hay pecados -insinúa el viajero, poniendo cara de bueno.

– ¡Uff¡ Si yo le contara… -exclama la sacristana, enseñándole al reírse los dos dientes.

Tiago y Pedro, mientras tanto, les siguen entre los bancos, subiéndose a los altares y jugando con el perro. Al fondo, en la sacristía, se oye hablar a las otras, que siguen con su trabajo mientras su compañera le hace de guía al viajero. Ya han llegado ante la puerta.

– Bueno, Clotilde, pues muchas gracias.

– De nada -responde la sacristana mientras recoge la escoba para volver a su puesto.

Pero el viajero tiene aun una última pregunta para ella:

– ¿Y éste, cómo se llama?

– ¿Cuál?

– El perro.

– ¡Ah! Guilherme -le dice la mujer, mientras el aludido, asustado, se esconde al oír su nombre entre las piernas de la mujer, que resulta que es su dueña.

– Pues hasta luego, Guilherme -saluda el viajero al perro, despidiéndose a través de él de la mujer y de sus amigos Tiago y Pedro.

Señales de humo

La música de Vinhais, que cada vez se escucha más alta, acompaña al viajero hasta las afueras del pueblo. Es una música alegre, de fiesta, que anuncia a los que se acercan la que empezará esta noche cuando se enciendan los arcos de bienvenida y las luces de la iglesia de Clotilde Graça. Aunque para esa hora, quizá, la sacristana ya esté durmiendo.

El que se duerme, y ahora, es, sin embargo, el viajero. Entre el calor de la siesta, que cada vez es mayor, y con el runrún del coche, comienza poco a poco a adormilarse a medida que se aleja de Vinhais hasta quedarse, como en el Tuela, prácticamente traspuesto. La verdad es que hoy ha madrugado mucho para lo que es habitual en él.

Para evitarlo pone la radio. Las emisoras tienen ahora programas de variedades salpicados de canciones y de anuncios; son programas parecidos a los que también le llegan del otro lado de la frontera. Los anuncios varían según la cobertura de aquéllas (de Coca-Cola o de coches en las nacionales y de pequeños comercios o fiestas en las locales), pero las canciones no. Son los discos del verano en Portugal, canciones de amor y fados que cantan voces oscuras, normalmente de mujeres, y que impregnan el paisaje de una profunda tristeza. O quizá sea al revés. Desde que dejó Vinhais, el viajero no ha vuelto a cruzar un hombre ni una casa ni una huerta. Sólo algún coche de cuando en cuando y las montañas, que se suceden una tras otra hasta donde la vista alcanza y que se convierten en transparencias en dirección hacia la frontera.

La frontera, aunque lejana, va paralela a la carretera. Lo viene haciendo desde Bragança y lo seguirá haciendo hasta Chaves, según comprueba el viajero en su mapa y en los letreros que encuentra a través de aquélla: a Moimenta, 21; a Seixas, 15; a Santalha, 19… Pueblos todos, los nombrados, encaramados en las montañas, al borde mismo de la frontera. Incluso traza, al pasar Sobreira de Cima, el primer pueblo desde Vinhais -prácticamente desierto-, una curva hacia la izquierda, que es la misma que hace la carretera siguiendo el espinazo de los montes en dirección hacia Rebordelo. De haber seguido como hasta ahora, habría acabado en España.

El sol está quieto, inmóvil. Las montañas reverberan como espejos bajo él y, a lo lejos, hacia el sur, una columna de humo se eleva en el horizonte como la fumarola de un volcán. Es lo único que se mueve en el paisaje, el único signo de vida que alcanza a ver el viajero en este inmenso desierto, en el que apenas se ven ni pájaros. La verdad es que hace tanto calor ahí fuera que los que hay deben de estar durmiendo.

La fumarola se va agrandando a medida que el viajero empieza a acercarse a ella. Parece ya un hongo atómico más que el humo de un volcán. De todos modos, no es la única señal de humo que se avista en el paisaje. A lo lejos, en la dirección de Chaves, otra columna de humo se eleva de entre los montes y aún se ve otra más allá, en dirección hacia la frontera. Son más pequeñas que aquélla, pero igual de amenazantes.

En una curva, un ensanchamiento y cuatro árboles solitarios aconsejan al viajero hacer un alto. Aunque apenas lleva andados 10 kilómetros, le vendrá bien para espantar el sueño. El lugar, además, es estratégico: en lo alto de una loma, en medio del ancho páramo, le permite dominar todo el paisaje hasta la misma raya de la frontera. Con la ayuda de su mapa, y mientras fuma un cigarro, el viajero se entretiene en buscar por las montañas las aldeas cuyos nombres ha ido viendo en los letreros. Hay más de las que parece. Alguna, incluso, quizá sea ya de España, aunque en la lejanía todas parezcan iguales. El viajero está mirándolas, sentado contra una acacia, cuando un coche se detiene junto a él. Lleva adosada una caravana y lo conduce un corsario, a juzgar por los tatuajes que luce por todo el cuerpo. Que el viajero recuerde ahora, dos cruces (una entre rayos divinos), un corazón, un triángulo y un casco con un fusil bajo la tetilla izquierda.

El hombre, que viaja con su mujer y con dos niños pequeños, le pregunta en francés los kilómetros que faltan para Chaves.

– Sesenta -dice el viajero, consultándolo en el mapa.

– ¿Cuántos?

– Sesenta -vuelve a decirle al viajero.

El corsario le ha entendido a la primera. Si lo ha vuelto a preguntar no es porque no le hubiera entendido, como creía el viajero, sino porque le parecen muchos. Al parecer, el francés lleva viajando 10 horas y pensaba que Chaves estaba ya más cerca.

– Si quiere, le digo menos -le dice aquél, sonriendo.

– ¿Cómo dice?

– Digo que, si le parecen muchos -repite-, le digo menos kilómetros. -No entiendo dice el francés.

– No importa dice el viajero. Y, sin insistirle más, vuelve a desplegar el mapa para ver lo que a ambos les espera.

Lo que les espera a ambos es lo mismo que ya han visto: montañas, curvas, calor y algún perro atropellado y tirado en la cuneta. Hasta Curopos, que es el siguiente pueblo en el mapa, la carretera sigue subiendo y bajando montes y retorciéndose por las cuestas. Es como una montaña rusa, pero de polvo y asfalto. Desde Sobreira, además, apenas hay ya letreros. Aparte del de Curopos, que está muy viejo, y del de la carreterilla que va a Candedo -y a la ermita o santuario de su nombre-, durante varios kilómetros el viajero sólo encuentra una pintada, y además, incongruente: Viva Espanha ha escrito alguien en un muro en correcto portugués.

Curopos, como Sobreira de Cima, está en lo alto de un monte, al pie de la carretera, pero, a pesar de su situación, parece también desierto. Al viajero, en cualquier caso, le llama más la atención el nombre de otro que queda cerca: Vale de Janeiro. Debe de ser, como aquél, un pueblo insignificante, quizá incluso más pequeño todavía (Vale, al revés que Curopos, queda fuera del camino), pero al viajero le hace pensar, quizá para no dormirse, en la hipotética relación que el pueblo Pudiera tener con Río, aunque Brasil quede ahora tan lejos. Al fin y al cabo, piensa mientras conduce, de aquí salieron muchos de los pioneros que fundaron y dieron nombre a las ciudades del país americano, a partir muchas veces de los nombres de sus pueblos.

Las fumarolas siguen creciendo. En tamaño y en el número. A las tres que ya había antes, se han unido por lo menos otras tantas. Parece como si toda la terrafría estuviera ardiendo hoy. El viajero las mira mientras conduce, temeroso de encontrarse alguna de ellas en su ruta. Sobre todo el hongo atómico, que cada vez lo tiene más cerca.

El paisaje, mientras tanto, sigue pelado y desértico. La carretera de Chaves, que ahora busca Rebordelo, avanza entre matorrales y alguna encina raquítica sin dejar a sus costados otra cosa que el silencio. A lo lejos, hacia el norte, aún se ven algunos pueblos (Candedo, quizá Sandim, puede que Soutochao, ya en España), pero, alrededor de aquella, la soledad va en aumento. El viajero, adormilado, cruza montes y más montes, sube cuestas y más cuestas, dobla docenas de curvas (siempre con la esperanza de hallar algo al otro lado) y lo único que encuentra, aparte de nuevas curvas, son las señales de humo, que cada vez son más grandes. El viajero mira al cielo esperando cuando menos que una nube rompa la monotonía, pero tampoco la encuentra. Sólo el sol, que sigue inmóvil como si fuera un tatuaje grabado en mitad del cielo.

Poco a poco, sin embargo, la carretera empieza a cambiar. Tímidamente al principio y, luego ya, abiertamente a medida que se acerca a Rebordelo, los montes van suavizándose y comienza a aparecer algún olivo y alguna viña por las laderas. Son viñas pobres, raquíticas, como quemadas por los incendios, pero que dan al paisaje un poco de humanidad y de esperanza al viajero. Junto a una de ellas, de hecho, una familia ha detenido su coche, quizá para merendar, al lado de una caseta. En otra, en cambio, alguien abandonó definitivamente el suyo, incapaz seguramente de volver a ponerlo en marcha. El coche, irreconocible, está ya tan oxidado que parece, como las viñas, quemado por los incendios.

Por fin, después de varios kilómetros, un hombre que viene andando y tres o cuatro tractores anuncian al viajero la cercanía de Rebordelo. El pueblo se le aparece de pronto, al coronar una loma, como si estuviera escondido detrás de ella para que nadie lo viera.

Rebordelo, sin ser grande, tiene ya empaque de villa, comparado sobre todo con los pueblos que el viajero ha visto desde Vinhais. El pueblo, de casas grandes, muchas de ellas de granito -un poco al uso gallego-, se agolpa en una colina, al pie de la carretera, y, aunque el calor todavía aprieta (son las cinco de la tarde), la gente está sentada por las calles mirando pasar los coches y las columnas de huno de los incendios. Una de ellas, la más grande, está justo frente al pueblo.

– ¿Qué es lo que se está quemando? -le pregunta el viajero al primer hombre que encuentra al bajar del coche.

– El mundo -le dice éste.

Su compañero de charla, que está sentado en el suelo (con un niño entre las piernas), le corrige, sin embargo:

– Esto ya no es el mundo -dice, mirando al viajero.

– ¿Usted cree?

– Por supuesto que lo creo -dice el hombre, que al parecer vive en Francia y está aquí de vacaciones como muchos otros vecinos, aunque, a lo que se ve, no parece muy contento-. Esto es el culo del mundo dice sin rastro de pena.

El hombre es tan contundente que el viajero no se atreve a llevarle la contraria. El hombre es de Rebordelo y tiene todo el derecho a opinar lo que quiera de su pueblo y, además, el viajero está de acuerdo. Aunque, evidentemente, él no se atreva a decir lo mismo. Una cosa es que lo diga un vecino, aunque sea un emigrante, y otra que lo diga un forastero.

– ¿Y por qué vuelve? -le dice.

– Por la querencia -responde el hombre, encogiéndose de hombros, como si la querencia fuera una maldición.

Pero no todos en Rebordelo parecen tan aburridos ni tan arrepentidos de haber nacido aquí. Al revés: por las callejas del pueblo, que el sol castiga con fuerza, el viajero encuentra hombres y mujeres que charlan amablemente a la puerta de sus casas mientras sus hijos juegan al fútbol o van y vienen en bicicleta. Otros, más solitarios, pasean tranquilamente o sestean a la sombra de algún árbol. Muchos deben de ser emigrantes, pero parecen felices de estar ahora en su pueblo. Al menos, matan el tiempo, cosa que el viajero duda que puedan hacer en Francia, o en Alemania, o en Suiza, por más que estos países sean el centro del mundo y el lugar donde encontraron solución a su pobreza. Al fin y al cabo, piensa el viajero, como la tierra de uno no hay nada, aunque sea tan pobre como ésta.

Por lo demás, el pueblo tampoco es muy diferente de los que el viajero ha visto desde que cruzó la raya: un puñado de calles tortuosas, una iglesia de granito o de pizarra, una plazuela con árboles, unos cuantos huertecillos y chalés y un camino que conduce al cementerio o a una ermita solitaria y olvidada. En el caso de Rebordelo, la de la Peña.

– ¿Qué? ¿Le gustó? -le dice el de la querencia cuando regresa a su coche.

– ¿El qué?

– El pueblo.

– A mí sí -dice el viajero.

El burro de Lebuçao

Muy cerca de Rebordelo, a apenas dos kilómetros del pueblo, está el mojón que separa el distrito de Bragança del de Vila Real. El hito está a la entrada de un puente, en el fondo de un barranco profundísimo, y la línea invisible que señala es la que sigue el río que pasa debajo de él: el río Rabaçal. Por eso, y porque el sitio es fresco y umbrío y está a cubierto del sol, muchas familias han aparcado sus coches y contemplan desde el puente la corriente del río y el paisaje sin preocuparse de los coches que lo cruzan con grave riesgo para los que están en él. El puente, aunque no es muy largo, es demasiado estrecho.

Desde la ladera opuesta, se vuelve a ver Rebordelo. Con el tajo del río y el puente en primer plano, el pueblo es mucho más bello delo que pensó el viajero. Sin duda hay que verlo desde aquí, rodeado de viñas y erguido en la colina y recortado en el cielo como lo ven los que vienen en la dirección contraria. Aunque en el retrovisor quizá parezca más bello: por el reflejo del sol y porque siempre lo es más lo que se deja atrás que lo que se descubre por vez primera.

Pero la visión del río -y del puente, y de las viñas, y de las casas y el cielo de Rebordelo- enseguida se evapora, engullida otra vez por las colinas que cierran por el oeste el cauce del Rabaçal y que dan paso de nuevo al mismo paisaje hosco, desolado y polvoriento que forma la terrafría y que el viajero ha venido viendo prácticamente desde Vinhais. El Rabaçal, como el Tuela, era solo un espejismo, un paréntesis de agua en medio del alto páramo.

La carretera, además, desde que cambió de orilla, se ha vuelto mucho peor. No por las curvas, que son las mismas, como las cuestas, sino por el pavimento, que aquí parece pavés. Se ve que a Vila Real le importa menos la carretera que a sus vecinos los bragantinos. Todo lo contrario que le sucede al viajero, quien lleva ya muchas curvas y cuestas a su espalda como para tener que escuchar de nuevo el baile de las aceiteras. Así que, antes de que vaya a más, y a la vista de que el pavés no se acaba (al revés: parece que ya va a seguir así seguramente hasta Chaves), esta vez para el coche y las separa. Unas las pone en el asiento de atrás y otras las deja en el maletero. Como los niños: para que no se peguen.

Pero, aunque las aceiteras callan, el coche sigue botando. La carretera esta cada vez peor, llena de baches y de remiendos, y el coche va dando tumbos como un borracho al que el sol se le hubiera subido a la cabeza. Por si le faltara algo, los matorrales aquí crecen con tal profusión que parecen una selva. Algunos son tan enormes que no sólo le persiguen con sus ramas, sobre todo cuando se cruza con otro coche, sino que, en algunos tramos, invaden directamente la carretera. El viajero va despacio, sorteándolos como si fueran personas o presencias fantasmales, y, cuando los deja atrás, pisa el acelerador como si temiera que le pudieran seguir igual que a veces hacen sus sombras e igual que viene haciendo la nube en la que se ha convertido ya el hongo atómico a medida que el volcán que lo alimenta se ha ido quedando detrás, en dirección a Sonim, hacia donde se desvía ahora una carreterilla que parte en una curva hacia la izquierda. Es la carreterilla que va a Valpaços, la capital de la tierra de las castañas y, según dicen las guías, lugar de residencia real allá por la alta Edad Media. Aunque ni siquiera eso haga desviarse al viajero.

El primer pueblo de Vila Real (viniendo de Rebordelo), por no tener, no tiene ni letrero. Es un montón de casas arracimadas, como los matorrales, en torno a la carretera. El viajero lo atraviesa sin ver más que un perro cojo, una mula en un hangar, una máquina de brea abandonada y tres o cuatro personas que miran pasar el tiempo desde la terraza del bar del pueblo. O Camionista se llama, sin duda porque fue hecho, más que para los vecinos de éste, que no deben de ser muchos, para el descanso de los camiones que cruzan este desierto. El viajero, pese a todo, prefiere detenerse más allá, a la salida del pueblo, al amparo de unos pinos y de un tilo gigantesco, que son los únicos árboles que se ven en torno a aquél y que dan sombra a una fuente y a una piedra de granito que las 5 familias que van de paso deben de usar como mesa. Aunque el viajero está tan cansado -y la piedra es tan enorme que se tumba encima de ella para fumar un cigarro mientras contempla los árboles y escucha pasar el tiempo.

Pero la carretera sigue. Y el tiempo (aunque no lo vea). El viajero, con pesar, acabado su cigarro, deja tan plácido lecho, se lava un poco en la fuente, mea al amparo de un pino y vuelve a su condición, que no es otra que seguir a donde le lleve aquélla. Aunque le lleve, como esta tarde, por lugares tan desiertos y perdidos como éste.

A donde le lleva ahora es hacia Lebuçao, que está, según dice el mapa, a apenas cinco kilómetros, pero que, de no ser por éste, nunca habría imaginado. Por delante, hacia el Oeste, el viajero sólo ve tomillos y matorrales, los mismos que viene viendo desde Bragança y que cada vez son más grandes y más espesos. En muchos tramos, de hecho, ni siquiera le permiten ver los montes que le escoltan por el norte y por el sur y que también son las mismos que lo hacen desde hace rato. Aunque, al revés que los matorrales, cada vez son más pequeños.

Tras uno de ellos, precisamente, aparece Lebução, un pueblo tan solitario como el que quedó ya atrás, pero que al menos tiene letrero. Está a la izquierda, según se llega, junto a la parada del autobús en la que varios niños están sentados, no se sabe si esperando el autobús o a que alguien se los lleve. Quizá sería lo mejor que les pudiera pasar a la vista del futuro que les espera en el pueblo. Que se lo pregunten si no a ese viejo que está sentado junto a su casa, a la sombra de una parra retorcida, y que tiene grabados en su rostro todos los vientos de Trás-os-Montes. Aunque, posiblemente, el que mejor lo sabe -aunque no pueda decírselo- es ese burro negro, impávido y esquelético que el viajero encuentra solo en una era, a la salida del pueblo, y que le mira pasar con una inmensa tristeza. Es el mismo burro viejo, tristísimo y somnoliento que el viajero ha visto siempre en lugares como éste y que le hace recordar una vez más el lamento que otro viajero lanzara atravesando un lugar tan vacío como éste. Era Ortega, y recorría los montes de Guadalajara, en España: "Pobres gentes de Soria y de Guadalajara. ¿Habrá en el mundo una tierra más pobre que ésta?".

Quizá haya sido el silencio, o el lugar, o la tristeza. Puede que también a él el sol y la soledad se le hayan subido ya a la cabeza. Pero al viajero, mientras se iba, le ha parecido escuchar al burro, que le respondía a Ortega:

– Sí. Trás-os-Montes, en Portugal.

La piedra bolideira

Al contrario que Lebução, la piedra de Bolideira es uno de los parajes más singulares de Portugal. Al revés que Lebuçao, la piedra de Bolideira no figura ni en los mapas, pero debería venir en todos los anuncios y las guías no sólo de Portugal, sino de Europa y del mundo entero. El viajero la vio por casualidad, que es como se suelen ver estas cosas, pero se la recomienda a todos los viajeros y los físicos y sobre todo a los levantadores de piedras. A aquéllos, por la sorpresa, y a éstos, por humildad.

La piedra bolideira (que baila) está en Bolideira, un villorrio desolado y moribundo a tres leguas de Pedhome y a cinco de Lebuçao, que le debe a la piedra el nombre, lo que indica hasta qué punto el lugar depende de ella. Bolideira, de hecho, no es ni siquiera un pueblo; es un conjunto de casas, la mayoría de ellas deshabitadas y con el cartel de en venta colgando de sus ventanas, que antaño fueron quizá posadas de carreteros, pero que ahora semejan un poblado abandonado del Oeste. De no ser por el garaje que todavía subsiste al pie del camino y de tres o cuatro casas con geranios, nadie diría que en Bolideira viviera alguien. El viajero, de hecho, cuando llegó, no vio a nadie, y pensaba seguir sin detenerse, pero cambió de opinión al ver en una pared un cartel escrito a mano: Pedra bolideira. A 100 metros. El viajero no sabía qué era aquello, pero su sexto sentido, ése que siempre le guía, le advirtió de que quizá podía valer la pena.

¡Y vaya si la valía!. El viajero, después de andar los cien metros, ve gente entre unos arbustos y, tras ella, en un montículo, el objeto de sus pasos: una roca de granito, como una hogaza invertida, apoyada sobre otra y partida por el medio. Al principio, el viajero no la entiende; quiere decir: no entiende cuál es su gracia. Piedras iguales que ésta las ha visto hoy por millares y ninguna le ha llamado la atención, ni mucho menos venía anunciada. Ni siquiera es la más grande o la más original. Poco a poco, sin embargo, a medida que la observa, comienza a ver algo extraño, sobre todo cuando uno de los hombres se despoja del reloj y la camisa y comienza a empujarla con los hombros, como queriendo emular a los héroes de la mitología griega. El viajero, sorprendido, observa con atención. ¿Cómo va a mover siquiera, por mucha fuerza que tenga, una mole como ésa? Para lograrlo harían falta dos mil hombres como él. Pero el hombre no parece que esté loco; como tampoco parece estarlo la gente que le acompaña y que le observa con atención mientras él sigue en su empeño. ¿Cuál es el misterio entonces?

– Se mueve -le dice el hombre, descansando y limpiándose el sudor después de tan arduo esfuerzo-. ¿No lo ha visto?

– Pues no -le reconoce el viajero.

El hombre, que no está loco, como tampoco lo están sus acompañantes (su mujer, sus suegros, sus hijos y unos amigos, todos vecinos de Chaves), le dice que mire bien, pues va a repetir el número.

– ¿Ve este palo? -le señala, apoyándolo en la piedra de forma que queda fijo entre la curva de esta y el suelo-. Pues fíjese bien en él.

El viajero observa con atención. El hombre, después de tomar aliento, vuelve a ponerse en cuclillas y comienza a pujar contra la roca como si pretendiera darle la vuelta. La vuelta no se la da (la roca, de unos diez o doce metros de diámetro y otros dos o tres de altura, debe de pesar muchísimas toneladas), pero, ante la estupefacción del viajero, el palo empieza a moverse y se desliza varios centímetros por la barriga de aquélla, prueba evidente de que la roca se mueve. Al final, cuando el hombre abandona, el palo, que es una vara, y por tanto es flexible, queda combado hacia adentro, aplastado como un arco por el peso de la piedra.

– ¿Y ahora? -dice el titán, victorioso.

– Ahora sí -dice el viajero.

La verdad es que es curioso. El viajero, por más que mira, no ve moverse la roca, pero lo que está claro es que se ha movido. Ahí está el palo para probarlo si alguien tiene alguna duda. Mientras el hombre sigue empujando (se ve que le gusta hacerlo), el viajero rodea la roca buscando en alguna parte el misterio que ésta encierra. Porque de lo que está seguro es de que algún misterio hay. Si no, ¿cómo va a moverse?

Pero, por más que la mira, el viajero no ve nada. La piedra bolideira es una roca de granito igual que tantas, tan grande y firme como cualquiera. Si acaso, lo único que la distingue de otras es que está puesta al revés, es decir, apoyada sobre su parte más curva, y que está partida en dos justo por el mismo medio. Pero eso no explica que un solo hombre pueda moverla. Aunque sea tan fornido como el que lo estaba haciendo.

– ¿Quiere intentarlo usted? -le cede el honor el hombre cuando la ha dado la vuelta.

– ¿Yo?

– Es muy fácil, ya verá -le dice el hombre, animándolo-. Ni siquiera hay que hacer fuerza.

Obligado, más que animado, a intentarlo, el viajero se decide a dar el paso y a comprobar por sí mismo si es cierto lo que le cuentan. Es cierto. Incluso más de lo que pensaba. Aunque el viajero no es ningún Hércules (al revés: es más bien flojo, sobre todo hoy, que no ha comido), en cuanto empieza a empujar la roca, comienza a notar su peso a la vez que ve también cómo los palos se mueven. Primero se destensan brevemente, como si fueran ballestas, y luego empiezan a deslizarse, como ya había visto antes, por lo menos un centímetro hacia adentro. Cuando termina, los palos están más curvos, prueba evidente de que se han vuelto a mover y de que, por tanto, la roca también lo ha hecho. El viajero se separa y resopla satisfecho.

– ¿Lo ve? -le dice el hombre, sonriendo.

– Lo veo dice el viajero.

Pero, aún así, no termina de creerlo. Los palos se curvan, sí, y los de Chaves siguen mostrándoselo, pero el viajero no termina de creer que un solo hombre pueda mover esa roca; tiene que haber un misterio. Así que, después de mirar un rato, y mientras los otros siguen pujando (ahora ya hasta las mujeres y los niños), el viajero vuelve al pueblo en busca de alguien que se lo explique, si es que hay alguien que lo sepa.

Que lo sepa o no lo sepa, el único que se lo puede contar es el dueño del garaje, un hombre de edad mediana, pero con el pelo blanco, que trabaja en ese instante con la cabeza metida dentro del motor de un coche y que parece ser la única persona que hay ahora en Bolideira.

– No lo sé. Yo siempre la he visto ahí y lo cierto es que se mueve; pero por qué no lo sé -le confiesa abiertamente el del garaje, interrumpiendo su trabajo para atenderle.

Pero alguna teoría habrá -vuelve a insistir el viajero.

– Teorías, muchas -le dice el hombre-; pero fiables, ninguna.

– Por ejemplo…

– Por ejemplo, que es un meteorito. O que la puso ahí el diablo. O que está hueca por dentro.

– Pues hueca no parecía -dice el viajero, muy serio.

– Ni lo está, se lo aseguro -le dice el otro, sonriendo.

El hombre enciende un cigarro y mira la carretera. No pasa nadie por ella. El pueblo, o lo que sea, está tan solitario que da hasta miedo.

Pero es sólo en apariencia. Mientras continúan hablando (de la piedra y del garaje y de la ciudad de Chaves, que al parecer ya está cerca), aparece por la calle un vecino de paseo. El hombre, que ya es muy viejo, no sabe de lo que hablan, pero en seguida interviene. Según dice a preguntas del mecánico, que ahora hace de intérprete entre el forastero y él (no tanto por el idioma como porque el viejo está sordo), su abuelo y su bisabuelo ya conocieron la piedra, y ya entonces se movía igual que ahora. Incluso, afirma, se mueve sola cuando el viento sopla fuerte.

– ¿Y usted por qué cree que es? -vuelve a insistir el viajero.

– ¿Cómo dice?

– ¿Que por qué baila la piedra?

– ¿Y quién lo sabe? -responde el viejo. El viejo, como el mecánico, no sabe por qué se mueve. El viejo, como el mecánico, no sabe cuál es su origen, ni por qué baila, ni quien bautizó la piedra y, de rebote, a su pueblo. Pero lo que sí sabe el viejo, al contrario que el mecánico, que ya ha vuelto a su trabajo después de hacerles de intérprete, es por qué está rota al medio. Se lo dice al viajero cuando se alejan, señalando hacia el lugar donde se alza y donde todavía se oyen las voces de los de Chaves. No fue por causa de un rayo, como le dijeron éstos:

– La partió de un puñetazo un español -le dice el viejo, muy serio.

– ¿Cómo dice?

– Que la partió de un puñetazo un español -repite el viejo gritando como si el sordo fuera el viajero y no él.

Y, luego, con gran confianza, como si éste no lo supiera:

– Los españoles son muy brutos, ¿sabe usted?

El castillo de Monforte

A partir de Bolideira, justo al final de las casas, la carretera empieza a bajar y se comienza a ver ya, en efecto, como decía el mecánico, la vega del río Támega, sobre la que se asienta Chaves. La vega todavía está lejos, sumida bajo la bruma y el humo de los incendios, pero por la carretera se ven ya viñas y cultivos de maíz. Son el anuncio de aquélla.

El viajero, al volante de su coche, baja la ventanilla, se recuesta en el respaldo de su asiento y empieza a pensar que al fin se terminó el largo páramo por el que viaja desde hace horas. Incluso empieza, a pesar del polvo, a sentirse ya más fresco. Una dulce y agradable sensación que hacía ya tiempo que no sentía y a la que contribuye el verde (de los viñedos y del maíz), pero también el sol, que ya ha empezado a caer y lo tiene ahora justo enfrente de sus ojos.

Curva a curva, mientras baja, el viajero va mirando los maizales y las viñas y los pueblos que se alzan entre ellos. Están más diseminados, pero hay muchos más que antes; y, a su alrededor, los prados y los sotos de castaños sustituyen poco a poco al matorral y al centeno. Como los que dejó ya atrás, son pueblos pobres, pequeños, tendidos en las solanas como la ropa en los huertos, pero, al contrario que aquéllos, sus casas son de granito y tienen hórreos y galerías al más puro estilo gallego. Se nota que están ya cerca de la raya con Orense. Aunque, si se lo dijera, sus habitantes corregirían, y con razón, al viajero. Al estilo trasmontano, le dirían, con orgullo de su tierra.

El orgullo de esta tierra, que todos los portugueses cantan, pero que pocos conocen, viene de lejos. El orgullo de esta tierra quedó sobradamente mostrado a lo largo y a lo ancho de su historia (una historia accidentada y turbulenta, como la de todas las tierras de la frontera), y todavía se nota en los blasones de sus escudos y en el aire y el empaque de sus gentes. No en vano durante siglos Trás-os-Montes fue la avanzada de Portugal por el norte y el muro de contención frente a los numerosos intentos anexionistas de castellanos y leoneses. De todo ello queda en la memoria de esta tierra, a pesar de su aislamiento, un gran sentido de libertad, un gran amor a su independencia y, erguidos en sus colinas, como vigías del tiempo, innumerables castillos que continúan mirando a España, su sempiterna enemiga, como este de Monforte del Río Libre (¡qué bello nombre para unas piedras!) que guarda desde un crestón la vega del río Támega y la frontera de Chaves, de la que fue centinela, y hacia el que el viajero sube, un poco por admirarlo y otro poco para ver, antes de llegar a ella, la ciudad desde lo alto. El viajero ya dejó dicho en Bragança que le gusta comenzar a conocer las ciudades desde arriba, especialmente a esta hora en que la luz de la tarde empieza a desvanecerse.

El castillo de Monforte, al que el viajero llega por fin después de muchas revueltas, siempre mirando hacia el cielo, impresiona, empero, menos que el paisaje que domina. El castillo, todo entero de granito, como los pueblos cercanos, está a medias derruido, pero desde sus alrededores se ve toda la vega del Támega y las colinas de Trás-os-Montes prácticamente hasta el infinito: hacia el norte, las montañas de Galicia, rotundas y amenazantes, ya casi a tiro de piedra; al oeste, el río Támega, con Chaves en sus orillas, entre canales y huertos; hacia el sur, las colinas de Valpaços, por donde discurre el Túa, y al este la carretera que va a Vinhais y a Bragança, y por la que llegó el viajero. Todo un mundo de colores y sonidos tendido al pie del castillo como si fuera un mantel para la contemplación de quien quiera subir a verlo.

El viajero, que está solo ahora aquí arriba, lo hace durante un rato mientras consulta sus mapas sentado sobre unas piedras; son sillares desprendidos del castillo, quién sabe desde hace cuánto, y que nadie se ha preocupado de volver a colocarlos en sus sitios. Otros, por contra, se los llevaron, como pasó en tantas partes, para construir las casas o para hacer carreteras. El resultado ahí está: salvo la torre del homenaje, que es la única que sigue en pie, y parte de las murallas, el castillo de Monforte es un montón

de ruinas lleno de zarzas y helechos. Lo que no impide que todavía conserve el aire adusto y guerrero que le dio el rey Don Dinís, que fue quien lo construyó, y que durante siglos le hizo temible a ambos lados de la raya.

Pero lo único temible ahora de este castillo es el viento. Aunque la tarde es serena y el sol pega todavía (aunque cada vez ya menos), el viento aquí es tan violento que amenaza con llevarse el cigarrillo y los mapas de las manos del viajero. Ni siquiera le deja admirar con calma el paisaje que se extiende en torno a él. Así que, en cuanto termina, recoge todas sus cosas, mira por última vez el castillo y, por el sendero abajo, regresa en busca del coche, que está al final de la cuesta, junto a los merenderos construidos en la campa del castillo (quizá con sus propias piedras) para el descanso de los turistas y de los lugareños que suben los días de fiesta a disfrutar del paisaje y de la merienda. Aunque, como hoy es lunes y el castillo está cerrado, los merenderos están desiertos.

Pero no solos. Ni sin custodia. El viajero ya se iba cuando ve un hombre a lo lejos. El hombre, que ya le ha visto hace rato, le saluda con la mano. Es flaco, de edad mediana, como la mayoría de los que ha visto por estas tierras.

– ¡Buenas tardes! -le contesta el viajero desde el coche, bajando la ventanilla para enterarse-. ¿Es usted el guarda del castillo?

Pero el otro no le entiende. O no le entiende o no oye, quizá por culpa del viento. Así que deja lo que está haciendo y se acerca, servicial, hasta el camino.

– ¿Qué me dice?

– Digo que si es usted el guarda del castillo -vuelve a decirle el viajero.

– No -sonríe el hombre-. Yo sólo cuido de esto -dice por los merenderos.

El hombre, aparte de servicial, es risueño. El hombre, aparte de servicial y risueño, tiene unos ojos azules y un porte tan distinguido como los de Don Dinís. Aunque su traje de pana y el sombrero del Chaves Club de Fútbol con que se cubre del sol no ayuden precisamente a realzar su presencia.

– ¿Y vive aquí?

– No, en el pueblo.

El pueblo al que se refiere es Monforte, donde el viajero cogió el desvío para el castillo. Allí vive también el guarda, que al parecer hoy descansa, como todas las segundas feiras. Por eso, dice su compañero, no hay nadie.

Pero no importa. El hombre, aparte de servicial, es amable y, como el guarda no está, le cuenta lo que él sabe del castillo, que no es mucho, como en seguida advierte el viajero. A saber: que el castillo es muy antiguo, cosa que salta a la vista; que lo mandó hacer Don Dinís, cosa que aquél ya sabía; que fue el primer solar de Monforte, cosa que se imaginaba, y que, cuando él era pequeño (el hombre, no Don Dinís), subía a jugar al castillo con sus amigos del pueblo. Pero lo que el viajero no sabía ni podía imaginar es que desde este castillo bombardearan, y destruyeran, tal como el hombre asegura, el castillo gallego de Verín.

– ¿El de dónde? dice el viajero, extrañado.

– El de Verín -dice el hombre. En España. ¿Nunca lo ha oído nombrar?

Claro que lo ha oído nombrar. El viajero no sólo lo ha oído nombrar, sino que lo conoce, por lo que le sorprende todavía más:

– ¿Pero a cuánto está Verín de aquí?

– Cerca -responde el hombre-. Detrás de aquellas montañas -dice indicándole con la mano las que azulean al fondo, hacia la raya de la frontera.

El viajero no sale de su asombro. El viajero sabía que estaba cerca de España, pero no tanto como para alcanzarla de un cañonazo, por mucha fuerza que tengan los cañones y las bombas portugueses. Sobre todo, teniendo en cuenta la época en que debió de ocurrir aquello.

– ¿Y cuando fue?

– No sé. Cuando la guerra dos mouros sería -dice el hombre por decir.

– Sería cuando la de los españoles -le corrige el viajero, sonriendo.

– Sería -concede el hombre, que se ve que le da igual.

Pero al viajero no le da igual. El viajero aún no comprende por qué sus antepasados lucharon contra los mouros, así que menos contra los portugueses. El viajero, quizá por su condición, nunca ha entendido las guerras, cuanto menos entre hermanos y vecinos. Sobre todo cuando son tan amables como éstos.

– Lo mejor es llevarse bien dice, mirando el castillo.

– Sí -le da la razón el hombre.

– Y que no haya guerras.

– Sin duda.

– Ni fronteras.

– Quizá -considera el hombre, que además de servicial es complaciente.

Pero el viajero aún no está contento.

– ¿Firmamos la paz? -dice, dándole la mano.

– ¿Cómo dice?

– Digo que si firmamos la paz.

– Si usted quiere… -dice el hombre, que no sabe si va en serio.

– ¿Cómo se llama?

– Emilio Artur Queiroz, para servirle -responde el hombre, sonriendo.

Aquae Flaviae

Los últimos kilómetros antes de llegar a Chaves son como un sueño. Lo eran ya desde el castillo de Monforte, con el monte en primer plano y la vega allá, a lo lejos, pero lo son aún más a medida que el viajero se aproxima a la ciudad, que resplandece como un espejo bajo el resol de la tarde.

Para empezar, los últimos kilómetros antes de llegar a Chaves son ya todos de bajada. La carretera, que en Bolideira cambió su rumbo, quizá por mor de la piedra, se desliza suavemente por las cuestas de Monforte entre maizales y viñas y paredes de granito por las que trepan las parras y las hiedras de los huertos. Hay también flores silvestres. Y bojes. Y madreselvas. Y diminutos jardines con acequias y cisternas para el riego. La carretera va dando curvas. ciñéndose a la montaña y dejando a su derecha una cortina de árboles, castaños principalmente, entre los que se cuela el cielo y el sol verde de la vega. La vega, de hecho, no está muy lejos; al contrario, va surgiendo poco a poco, como el estuario de un mar, entre los pinos y los castaños y alrededor de los pueblos que va cruzando la carretera. Monforte, por ejemplo, aunque todavía en el alto, es tan verde como aquéllos. Como Falhões, ya a media cuesta, con su iglesia de granito y su tilo centenario y su viejo cementerio, también de losa y granito; y, por supuesto, con su cruzeiro. Porque, desde que empezó a bajar, aparte de maizales y de postes de granito (los de los kilómetros que va cumpliendo), la carretera se ha ido llenando de cruces, algunas ya muy antiguas, como esta de los Sagrados Milagros que mira al valle desde una curva y que tiene una hornacina con un Cristo que parece pintado por su peor enemigo.

Por lo demás, las casas, como la tierra, empiezan ya a ser más ricas; incluso hay pazos entre los pueblos. Pocos, porque el terreno es escaso y el que hay se lo reparten los jardines y las viñas que cultivan en terrazas desde tiempo inmemorial los dueños de estas haciendas. En algunas se ven hombres trabajando, pero, por lo general, la gente viene ya de regreso. Pronto será la hora de ir a cenar y a acostarse o de bajar a Chaves a divertirse (los jóvenes, sobre todo), pues mañana es día de fiesta.

Por fin, después de unas cuantas curvas, la carretera llega a la vega. Irrumpe en ella de pronto tras una hilera de árboles y continúa ya en línea recta. Es como si se relajara, como si después de todo lo que ha visto y ha pasado hasta este instante se entregara en cuerpo y alma al abrazo de los huertos. La verdad, no es para menos. En las riberas del Támega, cuya cinta azul y blanca se divisa ya a lo lejos, los huertos y los jardines se funden directamente. No se sabe si hay más vides, más flores o más acequias. Como tampoco se sabe dónde termina la vega. Un resplandor vegetal asciende desde la tierra y un olor verde y caliente invade la carretera. Un resplandor y un olor que al viajero le golpean y le ciegan brevemente y que le obligan a reducir la velocidad del coche hasta que se acostumbra a ellos. Después de la nitidez de la luz de las montañas, a los ojos les cuesta volver a mirar el verde.

La carretera sigue entre huertos y prados recién segados. Hay también campos de flores e invernaderos en torno a ellos. En algunos se ven hombres trabajando, inclinados tras la azada o agachados en la tierra. Otros, por contra, están sentados, mirando pasar los coches o descansando, a la sombra de algún árbol o a la puerta de las casas que se alzan entre los huertos y que salpican toda la vega. Son casas pobres, pequeñas, edificadas en sus orígenes para guardar los aperos y utensilios de labranza, pero que algunos han ampliado hasta convertirlas en almacenes o en pequeños chalecitos de una planta donde ir a merendar con la familia en las tardes de verano como ésta. La vega entera, de hecho, hasta donde la vista alcanza, está sembrada de ellas.

En los alrededores de Chaves, hacia donde el viajero se acerca ya después de desembocar en la carretera, más importante y mejor, que viene de la frontera (A Espanha 8, dice un cartel), el agua es tanta y el calor es todavía tan intenso que algunos niños se bañan en las acequias. Hay también gente mirándolos. Y caballos. Y cometas. Y coches que van y vienen en dirección a Chaves o a la frontera. La ciudad va apareciendo poco a poco, junto al espigón del río, como una continuación de las pequeñas casas huertanas que va enhebrando la carretera. El viajero, de hecho, no se da cuenta de que está en ella hasta que descubre el puente, que constituye su imagen más conocida, y su puerta de entrada más hermosa y más antigua…