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Vidas Escritas

Javier Marías

Hasta un total de veinte genios de la literatura resucitan en estas breves e insólitas biografías, que se leen como cuentos gracias a la precisión, amenidad y elegancia de la prosa de Javier Marías. Todos son extranjeros, todos están muertos y todos han sido tratados como personajes de ficción, con un afecto y una ironía no exentos de profundidad.

Javier Marías

Vidas Escritas

Prólogo

La idea inicial de este libro surgió de otro en el que tuve parte: en la antología de rarísimos relatos titulada Cuentos únicos y que publiqué en 1989 (Ediciones Siruela, Madrid), cada pieza iba precedida de una breve nota biográfica sobre los muy desconocidos autores. Tan desconocidos eran en su mayoría que a veces los datos de que disponía eran mínimos y no investigables, desde luego firagmentarios y a menudo tan extravagantes que parecían inventados, como creyó más de un lector que coherentemente dudó también de la autenticidad de los cuentos. La verdad es que si se leían todas seguidas, esas brevísimas biografías formaban un relato más, seguramente no menos único y espectral que los otros.

Creo, y creí entonces, que ello se debió no sólo a los dispersos y llamativos datos con que contaba acerca de esos autores malogrados y oscuros, sino a la manera de tratarlos, y pensé que lo mismo podía hacerse con los escritores más vigentes y renombrados, sobre los cuales, en cambio, el curioso puede saber hasta el último detalle, en consonancia con la época de erudición exhaustiva y tantas veces inútil en que llevamos viviendo casi un siglo. La idea era, en suma, tratar a esos literatos conocidos de todos como a personajes de ficción, que probablemente es la manera, por otro lado, en que todos los escritores desean íntimamente verse tratados, con independencia de su celebridad u olvido.

La elección de los veinte que aquí aparecen fue arbitraria (tres norteamericanos, tres irlandeses, dos escoceses, dos rusos, dos franceses, un japonés, una danesa, un italiano, un alemán, un checo, un polaco, un inglés de la India y un inglés de Inglaterra, si nos atenemos a sus lugares de nacimiento). Sólo me impuse como condición que todos estuvieran muertos, y descarté la posibilidad de ocuparme de españoles: por una parte, no quería invadir, ni siquiera tangencialmente, el territorio del que se nutren tantos de mis compatriotas expertos; por otra, son ya tan numerosas y variadas las ocasiones en que se me ha negado la españolidad por parte de algunos críticos y colegas indígenas (tanto en lo que se refiere a la lengua como a la literatura como casi a la ciudadanía) que a la postre, me doy cuenta, he llegado a sentir cierta inhibición a la hora de hablar de los escritores de mi país, entre los que sin embargo están algunos de mis preferidos (March, Bernal Díaz, Cervantes, Quevedo, Torres Villarroel, Larra, Valle-Inclán, Aleixandre, por no citar a los vivos) y entre los que me temo que pese a todo me voy contando. Pero es como si me hubieran convencido de que no tengo derecho a ello, y uno actúa según sus convencimientos.

Lo que se cuenta en este libro son vidas o retazos de vidas estrictamente: rara es la vez en que se emite algún juicio sobre las obras, y la simpatía o antipatía con que los personajes son tratados no se corresponde necesariamente con el aprecio o menosprecio que pueda sentir hacia sus escritos. Lejos de la hagiografía, y de la solemnidad con que a menudo se habla de los maestros artistas, estas Vidas escritas están contadas principalmente, creo, con una mezcla de afecto y guasa. Lo segundo está presente sin duda en todos los casos; lo primero reconozco que falta en los de Joyce, Mann y Mishima.

No tiene mucho sentido intentar extraer conclusiones ni reglas sobre las vidas de los escritores en general a partir de estos retratos: lo que yo muestro en ellos es muy parcial, y precisamente en lo escogido y en lo omitido reside en parte el posible acierto o desacierto de estas piezas. Y si apenas hay nada inventado en ellas (esto es, ficticio desde su origen), sí hay algunos episodios o anécdotas «adornados». En todo caso, lo único que salta a la vista al leer sobre estos autores es que la mayoría fueron individuos calamitosos; y aunque seguramente no más que cualesquiera otros de cuyas vidas supiéramos, su ejemplo no invitará en exceso a seguir la senda de las letras. Por suerte, al menos -y esto merece ser destacado-, se ve que casi todos ellos se tomaban poco en serio, quizá con las salvedades antes mencionadas y privadas de mi afecto. Aunque aquí me cabe la duda de si la falta de seriedad que estos textos transmiten estaba realmente en los personajes o más bien en la mirada del presente biógrafo, improvisado, ocasional y sesgado.

Para el lector suspicaz que quiera comprobar algún dato o detectar «ornamentos», incluyo al final una Bibliografía a la mayoría de cuyos títulos, por lo demás, tendrá muy difícil acceso. La serie de «Vidas escritas» se fue publicando en la revista Claves de razón práctica (números 2 al 21), mientras que el texto llamado «Artistas perfectos», que cierra el volumen a modo de negativo (en él se habla sólo de rostros y gestos), apareció en la revista El Paseante (número 17). Agradezco a los directores de la primera, Javier Pradera y Femando Savater, la alentadora y suave tiranía que sobre mí ejercieron y a la cual sin duda se debe en buena medida la escritura de estas vidas.

JM

Febrero de 1992

P. D. Siete años y siete meses después

Esta nueva edición de Vidas escritas presenta pocos cambios respecto a la existente hasta ahora, pero no está de más consignarlos.

Un par de «vidas» han sufrido leves retoques o añadidos, las demás se ofi-ecen sin variaciones. La mayoría de las fotos que las precedían son distintas que en la edición de 1992 (entonces fueron elegidas por Jacobo Fitz-James Stuart, el editor, y ahora lo han sido por mí).

Hay una sección nueva, o nueva en este libro (en su día la incluí en Literatura y fantasma, de 1993), la titulada «Mujeres fugitivas», escrita con posterioridad a la publicación de Vidas escritas en 1992 pero partícipe del mismo espíritu. De ahí que su lugar más adecuado sea este volumen de breves biografías. Esas piezas vieron por vez primera la luz en la revista Wo-man (números comprendidos entre mayo y octubre de 1993).

Respecto a lo escrito en el Prólogo de hace siete años y siete meses, sólo me resta añadir que el «convencimiento» a que en él me referí no ha hecho sino agrandarse y afianzarse en este tiempo transcurrido. Y que entre mis escritores españoles preferidos habría que agregar ahora -ya no vivo- a Juan Benet.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que, si he disfi-utado escribiendo todos mis libros, fue con este con el que me divertí más. Acaso porque, además de «escritas», estas «vidas» fueron leídas.

JM

Septiembre de 1999

William Faulkner a caballo

Quiere la leyenda cursi de la literatura que William Faulkner escribiera su novela Mientras agonizo en el plazo de seis semanas y en la más precaria de las situaciones, a saber: mientras trabajaba de noche en una mina, con los folios apoyados en la carretilla volcada y alumbrándose con la mortecina linterna de su propio casco polvoriento. Es un intento por parte de la leyenda cursi de hacer ingresar a Faulkner en las filas de los escritores pobres y sacrificados y un poquito proletarios. Lo de las seis semanas es lo único cierto: seis semanas de verano en las que aprovechó al máximo los larguísimos intervalos que le quedaban entre una paletada de carbón y otra a la caldera que tenía a su cuidado en una planta de energía eléctrica. Según Faulkner, allí nadie le molestaba, el ruido continuo de la enorme y vieja dinamo era «apaciguador» y el lugar «cálido y silencioso».

De lo que no cabe duda es de su capacidad para abstraerse en la escritura o en la lectura. El empleo en la planta de energía eléctrica se lo había conseguido su padre después de que lo despidieran de su anterior puesto, administrador de la oficina de correos de la Universidad de Mississippi. Al parecer, hubo algún profesor que elevó quejas razonables: la única manera de obtener su correspondencia era rebuscando en el cubo de la basura de la puerta trasera, donde con frecuencia iban a parar directamente, sin abrir, las sacas recibidas. A Faulkner no le gustaba que le interrumpieran la lectura, y la venta de sellos decayó alarmantemente: a modo de explicación, Faulkner dijo a su familia que no estaba dispuesto a levantarse continuamente para atender a la ventanilla y mostrarse agradecido con cualquier hijo de perra que tuviera dos centavos para comprar un sello.

Quizá fue allí donde incubó Faulkner una innegable aversión y desprecio por el correo. A su muerte se encontraron pilas de cartas, paquetes y manuscritos enviados por admiradores que jamás había abierto. En realidad sólo abría los sobres que le mandaban las editoriales, y éstos con muchas precauciones: hacía una pequeña ranura y los sacudía para ver si asomaba un cheque. Si no era así, la carta pasaba a formar parte de lo que puede esperar eternamente.

Su interés por los cheques fue siempre grande, pero no debe deducirse de ello que fuera un hombre codicioso o avaro. Era más bien un derrochador. Gastaba rápidamente lo que ganaba, luego vivía a crédito una temporada, hasta que llegaba un nuevo cheque. Pagaba sus deudas y volvía a gastar, sobre todo en caballos, tabaco y whisky. No tenía mucha ropa, pero la que tenía era cara. A los diecinueve años se ganó el sobrenombre de «El Conde» por su afectación en el vestir. Si la moda dictaba pantalones ceñidos, los suyos eran los más ceñidos de todo Oxford (Mississippi), la ciudad en que vivía. Salió de ella en 1916, para ir a Toronto a entrenarse con el Royal Flying Corps británico. Los americanos no lo habían aceptado por falta de estudios suficientes, y los ingleses no lo quisieron, por bajo, hasta que amenazó con volar para los alemanes.

En una ocasión un joven fue a visitarlo y lo encontró con la pipa apagada en una mano y la otra ocupada en sujetar la brida de un pony sobre el que montaba su hija Jill. El joven, para romper el hielo, preguntó desde cuándo montaba la niña. Faulkner no contestó en seguida. Luego dijo: «Desde hace tres años», y añadió: «¿Sabe usted? Hay solamente tres cosas que una mujer deba saber hacer». Hizo otra pausa y finalmente concluyó: «Decir la verdad, montar a caballo y firmar cheques».

Aquella no era la primera hija que Faulkner había tenido de su mujer, Estelle, quien ya aportaba dos hijos de un matrimonio anterior. La primera que fue de ambos murió a los cinco días de nacer. La habían llamado Alabama. La madre estaba aún débil, en cama, los hermanos de Faulkner no se hallaban en la ciudad y no llegaron a verla. Faulkner no vio motivo para celebrar un funeral, ya que en cinco días a la niña sólo le había dado tiempo a convertirse en un recuerdo, no en alguien. Así que el padre la metió en su diminuto ataúd y la llevó hasta el cementerio sobre su regazo. A solas la depositó en su tumba, sin avisar a nadie.

Al recibir el Premio Nobel en 1950, Faulkner empezó por resistirse a ir a Suecia, pero al final no sólo marchó, sino que, en «misiones del Departamento de Estado», viajó por Europa y Asia. No lo pasaba demasiado bien en los incontables actos a que era invitado. En una fiesta dada en su honor por los Gallimard, sus editores franceses, se recuerda que después de cada pregunta de un periodista, contestaba escuetamente y daba un paso atrás. Por fin, paso a paso, se vio contra la pared, y sólo entonces los periodistas se apiadaron de él o lo dejaron por imposible. Acabó refugiándose en el jardín. Algunas personas decidían adentrarse en él anunciando que iban a charlar con Faulkner, pero volvían al salón en seguida con la voz alterada y alguna excusa: «Qué frío hace ahí fuera». Faulkner era taciturno, adoraba el silencio, y al fin y al cabo sólo había ido cinco veces en su vida al teatro: Hamlet tres veces. El sueño de una noche de verano y Ben-Hur era cuanto había visto. Tampoco había leído a Freud, o al menos eso contestó en una ocasión: «Nunca lo he leído. Tampoco Shakespeare lo leyó. Dudo de que lo leyera Melville, y estoy seguro de que Moby Dick no lo hizo». El Quijote lo leía todos los años.

Pero también aseguraba que nunca decía la verdad. Al fin y al cabo, no era una mujer, con las que en cambio sí compartía la afición por los cheques y por montar a caballo. Siempre decía que había escrito Santuario, su novela más comercial, por dinero: «Lo necesitaba para comprar un buen caballo». También aseguraba que no visitaba mucho las grandes ciudades porque no podía ir hasta allí a caballo. Cuando ya empezaba a ser viejo y tanto su familia como los médicos se lo desaconsejaban seriamente, seguía saliendo a cabalgar y a saltar vallas, y se caía continuamente. La última vez que montó a caballo sufrió una de esas caídas. Su mujer vio desde la casa el caballo de Faulkner, ensillado, junto a la cancela, con las riendas sueltas. Al no ver por allí a su marido, llamó al doctor Félix Linder y los dos salieron en su busca. Lo encontraron a más de media milla, cojeando, casi arrastrándose. El caballo lo había tirado y él no había podido levantarse, había caído de espaldas. El caballo se había alejado unos pasos, luego se había detenido y había mirado hacia atrás. Cuando Faulkner pudo levantarse, el caballo se le había acercado y lo había tocado con el morro. Faulkner había intentado agarrar las riendas pero había fallado. Luego el caballo había desaparecido en dirección a la casa.

William Faulkner pasó tiempo en cama, muy malherido y con grandes dolores. Aún no se había recuperado del todo cuando murió. Estaba en el hospital, en el que se lo había ingresado para comprobar cómo evolucionaba su estado. Pero la leyenda no quiere que muriera de eso, de la caída de su caballo. Lo mató una trombosis el 6 de julio de 1962, cuando aún no había cumplido sesenta y cinco años.

Cuando le preguntaban quiénes eran los mejores escritores norteamericanos de su tiempo, decía que todos habían fracasado, pero que el mejor fracaso había sido el de Thomas Wolfe, y el segundo mejor fracaso el de William Faulkner. Lo dijo y lo repitió durante muchos años, pero no hay que olvidar que Thomas Wolfe llevaba muerto desde 1938, es decir, durante casi todos aquellos años en que William Fatdkner lo decía y estaba vivo.

Joseph Conrad en tierra

Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos. Aunque lo cierto es que no siempre trabajaba en las habitaciones en principio destinadas a ello: hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días. En otra temporada el problema fue indumentario, ya que Conrad se negaba a ir vestido más que con un descolorido albornoz a rayas originalmente amarillas, lo cual era un gran inconveniente cuando se presentaban sin avisar amigos, o bien turistas norteamericanos que decían estar extrañamente de paso.

Lo más grave para la seguridad familiar era, con todo, la inveterada manía de Conrad de tener siempre un cigarrillo en los dedos, por lo general durante pocos segundos, para dejarlo abandonado luego en cualquier sitio. Su mujer, Jessie, se resignaba a que los libros, las sábanas, los manteles y los muebles estuvieran llenos de quemaduras, pero vivió durante años en estado de alerta para evitar que fuera su marido quien se quemara en exceso, ya que Conrad, incluso después de acceder a sus ruegos y adquirir la costumbre de echar sus colillas en una gran jarra de agua dispuesta al efecto, tenía constantes contratiempos con el fuego. En más de una ocasión sus ropas estuvieron a punto de arder por sentarse demasiado cerca de una estufa, y no era raro que el libro que estuviese leyendo se incendiase de pronto por haber entrado en prolongado contacto con la vela que lo alumbraba.

No hace falta decir que Conrad era distraído, pero los principales rasgos de su carácter eran contradictorios, a saber: la irritabilidad y la deferencia. Aunque quizá puedan explicarse recíprocamente. Su estado natural era de inquietud rayana en la ansiedad, y su preocupación por los otros era tan grande que un mero revés sufrido por alguno de sus amigos solía acarrearle un ataque de gota, enfermedad que había contraído de joven en el archipiélago malayo y que lo torturó durante el resto de su vida. Cuando su hijo Borys estaba combatiendo en la Guerra del 14, su mujer, Jessie, llegó una noche a casa tras haber estado ausente todo el día y fue recibida por una criada llorosa que le informó de lo siguiente: el señor Conrad había comunicado al servicio que habían matado a Borys y llevaba horas encerrado en la habitación del hijo. Sin embargo, añadió la criada, no había llegado ninguna carta ni telegrama. Cuando Jessie George Conrad subió con las piernas temblorosas y se encontró a su marido demudado, y le preguntó por su fuente de información, éste respondió ofendido: «¿Acaso no puedo tener presentimientos, igual que tú? ¡Sé que lo han matado!». No mucho más tarde Conrad se calmó y se quedó dormido. Falló su presentimiento, pero al parecer, cuando la imaginación se le desataba no había forma de detenerla. Estaba siempre en un estado de extrema tensión, y de ahí venía su irritabilidad, que apenas podía controlar y que sin embargo, una vez pasada, no le dejaba huella ni tan siquiera recuerdo. Cuando su mujer estaba dando a luz a su primer hijo, el mencionado Borys, Conrad daba vueltas agitado por el jardín de la casa. De pronto oyó berrear a un niño, e indignado se acercó a la cocina para ordenarle a la criada que tenían entonces: «¡Haga el favor de despedir a ese niño! ¡Va a molestar a la señora Conrad!», le gritó. Pero al parecer la criada le gritó a él con aún mayor indignación: «¡Es su propio niño, señor!».

Tan irritable era Conrad que cuando se le caía la pluma al suelo, en vez de recogerla al instante y continuar, dedicaba varios minutos a tamborilear exasperado sobre la mesa a modo de lamento por el accidente. Su carácter fue siempre un enigma para los que lo rodearon. Su excitación interna lo llevaba a mantener a veces largos silencios, aun en compañía de amigos, quienes aguardaban pacientemente a que retomase la conversación, en la que, por lo demás, era animadísimo, con una increíble capacidad para narrar oralmente. Cuando lo hacía, cuentan que su tono era semejante al de su libro de ensayos El espejo del mar, más que al de sus relatos o novelas. Con todo, lo más frecuente era que al cabo de uno de esos interminables silencios, en los que parecía rumiar, brotara de sus labios alguna pregunta insólita que nada tenía que ver con lo hablado hasta entonces, por ejemplo: «¿Qué opináis de Mussolini?».

Conrad usaba monóculo y no le gustaba la poesía. Según su mujer, en toda su vida sólo dio su aprobación a dos libros de versos, uno de un joven francés cuyo nombre ella no recordaba, y otro de su amigo Arthur Symons. Aunque también hay quien asegura que le gustaba Keats y que detestaba a Shelley. Pero el autor que más detestaba era Dostoyevski. Lo odiaba por ruso, por loco y por confuso, y la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. Era un devorador de libros, con Flaubert y Maupassant a la cabeza de sus admirados, y tanto gusto tenía por la prosa que, mucho antes de pedir en matrimonio a la que sería su mujer (es decir, cuando aún no había mucha confianza entre ellos), apareció una noche con un paquete de hojas y propuso a la joven que le leyera en voz alta algunas páginas, pertenecientes a su segunda novela. Jessie George obedeció, llena de emoción y temor, pero el nerviosismo de Conrad no colaboraba: «Sáltate eso», le decía. «Eso no importa; empieza tres líneas más abajo; pasa la página, pasa la página.» O bien, incluso, la reñía por su dicción: «Habla claramente; si estás cansada, dilo; no te comas las palabras. Los ingleses sois todos iguales, hacéis el mismo sonido para todas las letras». Lo curioso del caso es que el exigente Conrad tuvo hasta el fin de sus días un fortísimo acento extranjero en la, lengua que, como escritor, llegó a dominar mejor que nadie en su tiempo.

Conrad no se casó hasta los treinta y ocho años, y cuando por fin, tras varios de amistad trato, hizo su proposición, ésta fue tan pesimista como algunos de sus relatos, ya que anunció que no le quedaba mucha vida y que no albergaba la menor intención de tener hijos. La parte optimista vino a continuación, y consistió en añadir que sin embargo, tal como era su vida, creía que él y Jessie podrían pasar juntos unos cuantos años felices. El comentario de la madre de la novia tras su primera entrevista con el pretendiente estuvo en consonancia: dijo que «no acababa de ver por qué aquel hombre quería casarse». Conrad, no obstante, fue un marido delicado: no faltaban las flores, y cada vez que terminaba un libro, le hacía a su mujer un gran regalo.

Pese a haber perdido a sus padres a edad temprana y guardar pocos recuerdos de ellos, era un hombre preocupado por su tradición y sus antepasados, hasta el punto de lamentar más de una vez que un tío-abuelo suyo, a las órdenes de Napoleón durante la retirada de Moscú, se hubiera visto tan acuciado por el hambre como para haberle puesto momentáneo remedio, en compañía de otros dos oficiales, a costa de un «desdichado perro lituano». Que un pariente suyo se hubiera alimentado de carne canina le parecía un baldón del que indirectamente, por cierto, culpaba a Bonaparte en persona.

Conrad murió bastante repentinamente, el 3 de agosto de 1924, en su casa de Kent, a los sesenta y seis años. Se había encontrado mal el día anterior, pero nada hacía presumir su inminente muerte. Por eso, cuando le llegó, estaba solo en su habitación, descansando. Su mujer, en el cuarto de al lado, le oyó gritar: «¡Aquí…!», con una segunda palabra ahogada que no distinguió, y luego un ruido. Conrad había caído desde su sillón al suelo.

Del mismo modo que le hubiera gustado borrar el episodio lituano de su tío-abuelo, Conrad solía negar, en sus últimos años, que hubiera escrito ciertas piezas (artículos, cuentos, capítulos redactados en colaboración con Ford Madox Ford) que eran suyas sin lugar a dudas y que incluso habían sido publicadas con su nombre. Aun así, decía no recordarlas y negaba. Y cuando se le mostraban manuscritos y se le probaba que las páginas en cuestión se debían irrefutablemente a su pluma, entonces se encogía de hombros, uno de sus gestos más característicos, y se sumía en uno de sus silencios. Cuantos lo trataron coinciden en afirmar que era un hombre de una gran ironía, aunque de una clase que sus adquiridos compatriotas ingleses no siempre captaban, o quizá no entendían.

Isak Dinesen en la vejez

La imagen verdadera de Isak Dinesen fue durante mucho tiempo la de una anciana espectral, elegante y teñida de enigma, hasta que el cine la suplantó, con excesivo romanticismo y algo de ñoñería, por la de una sufrida y colonial aristócrata. No es que la Baronesa Blixen no fuera romántica y aristocratizante, pero es más justo decir que jugaba a serlo, al menos desde que fue Isak Dinesen, esto es, desde que empezó a publicar, con ese y otros nombres, y regresó a Dinamarca tras sus largos y fracasados años en África. «En verdad llevamos máscaras según vamos envejeciendo, las máscaras de nuestra edad, y los jóvenes creen que somos como parecemos, lo cual no es el caso.»

Cuando en 1959 visitó por primera vez América, el país en el que sus libros habían tenido más éxito y consideración, su figura llegó precedida de rumores y misterios inacabables: ella es en realidad un hombre, él es en realidad una mujer, Isak Dinesen son dos, hermano y hermana, Isak Dinesen vivió en Boston en 1870, ella es en realidad parisina, él vive en Elsinore, ella pasa la mayor parte del tiempo en Londres, ella es una monja, él es muy hospitalario y recibe a jóvenes escritores, es difícil verla y vive como una reclusa, ella escribe en francés; no, en inglés; no, en danés; no, en… Cuando por fin se la vio, en las numerosas fiestas a que fue invitada y en las sesiones públicas y multitudinarias en las que relataba sus cuentos de viva voz sin ayudarse ni de un guión, se supo que era una anciana frágil y extravagante, llena de arrugas y con brazos como cerillas, vestida de negro, con turbantes en la cabeza, diamantes en las orejas y grandes cantidades de khôl alrededor de los ojos. Sin embargo, la leyenda continuó, aunque por cauces más concretos: según los americanos, sólo se alimentaba de ostras y champagne, lo cual no era exacto, pues también admitía de vez en cuando gambas, espárragos, uvas y té. Cuando Isak Dinesen expresó su deseo de conocer a Marilyn Monroe, la novelista Carson McCullers pudo arreglar un encuentro, y, en un famoso almuerzo, las tres mujeres mencionadas compartieron la mesa con Arthur Miller, el marido por antonomasia, quien, sorprendido por las costumbres de la Baronesa, le preguntó qué médico le había impuesto semejante régimen de ostras y champagne. Cuentan que la mirada de desprecio de Isak Dinesen no se había visto nunca en aquel país: «¿Médico?», dijo. «Los médicos están horrorizados, pero a mí me encanta el champagne y me encantan las ostras y me sientan bien.» Miller aún se atrevió a decir algo sobre las proteínas, y al parecer la nueva mirada de desprecio es seguro que no volverá a verse en suelo americano: «No sé nada de eso», fue la respuesta, «pero soy vieja y como lo que quiero». Con Marilyn Monroe la Baronesa se llevó mucho mejor.

Lo cierto es que Isak Dinesen vivía normalmente en Rungstedlund, la casa de su infancia danesa, y llevaba una vida muy sedentaria debido a sus múltiples males, entre los cuales nunca olvidaba el más antiguo y el que nada tenía que ver con la edad, la sífilis, que había contraído al año de su matrimonio con el Barón Bror Blixen, de quien se había divorciado en su día no sin grandes vacilaciones. Este marido era el hermano gemelo del hombre que ella había amado en su primera juventud, y quizá los vínculos por persona interpuesta sean los más difíciles de desatar.

Por causa de la sífilis hubo de renunciar a su vida sexual desde muy temprano, y al ver que para aquello no había posible ayuda de Dios, y considerando lo terrible que resultaba para una mujer joven verse privada del «derecho al amor», Isak Dinesen le prometió el alma al Diablo, y éste le prometió a cambio que cuanto ella experimentara a partir de entonces se convertiría en una historia. Eso fue al menos lo que le contó a un no-amante al que doblaba en edad y triplicaba en inteligencia, el poeta danés Thorkild Björnvig, con quien hizo un extraño pacto cuando ella tenía ya sesenta y cuatro años y a quien dominó y sometió de manera absoluta durante cuatro. A este no-amante le gustaba asustarlo con sus cambios bruscos, con sus calculados actos sorprendentes, con sus hechizos y sus opiniones desconcertantes pero siempre convincentes. En una ocasión lo asustó explicándole la índole de su ser: «Tú eres mejor que yo, ese es el problema», le dijo. «La diferencia entre tú y yo es que tú posees un alma inmortal y yo no la tengo. Así sucede con las sirenas o las hadas del agua, tampoco ellas la tienen. Viven más tiempo que los que poseen un alma inmortal, pero cuando mueren desaparecen completamente y sin dejar ningún rastro. Pero ¿quién puede entretener y agradar y extasiar a la gente mejor que el hada acuática cuando está presente, cuando juega y hechiza y hace a la gente bailar más enloquecidamente y amar más ardientemente de lo que nunca es posible? Pero mira, ella desaparecerá, y sólo deja tras de sí una línea de agua en el suelo.»

Cuando este poeta (al que ella instaba a dejar de lado a su mujer y su hijo para pasar largas temporadas «creando» en su casa de Rungstedlund) no se mostraba a la altura adecuada (y eso solía ser casi siempre), la Baronesa se indignaba y lo maltrataba, como asimismo hacía cuando él se atrevía a poner reparos a alguno de sus escritos. Pero Isak Dinesen no era nunca constante, y tras una descomunal reyerta era capaz de comportarse encantadoramente al siguiente encuentro, como si nada hubiera pasado, o aun de felicitar al no-amante por su sentido crítico insobornable. Eran muy propias de ella estas transformaciones, y el poeta Björnvig ha contado cómo una noche, por razones que a él mismo se le escaparon, Isak Dinesen montó en cólera y se convirtió en una furia gesticulante y decrépita, encogida por la ira, que lo dejó hundido y paralizado. Al rato, cuando el poeta ya se había acostado, la Baronesa se deslizó en su cuarto y se sentó al borde de su cama: pero ahora él la vio radiante, metamorfoseada, con la belleza de una joven de diecisiete años. Bien es verdad que el propio Björnvig confesó que, de no haber asistido a la transformación, no la habría creído posible.

La Baronesa, con todo, proporcionaba también, a su no-amante y a sus amigos, maravillosos ratos de placer y embeleso y trance. En una ocasión, y en medio de una velada dichosa, se levantó y salió de la habitación. Regresó al poco con un revólver, lo alzó y apuntó con él al poeta durante largo rato. Este no se inmutó, según sus propias palabras, porque en aquel estado de felicidad la muerte no habría importado. Quizá no esté de más añadir que el poeta Björnvig no logró publicar nada durante los cuatro años de su arrebato.

Isak Dinesen decía no tener muy buena vista, pero era capaz de distinguir tréboles de cuatro hojas por el campo a una distancia inconcebible, y de ver la luna nueva cuando ésta era aún invisible. Cuando la descubría, tenía por costumbre saludarla con tres reverencias, y aseguraba que había que discernirla sin cristal de por medio, pues eso traía mala suerte. Tocaba el piano y la flauta, preferentemente Schubert con el primero y Haendel con la segunda, y al atardecer rememoraba con frecuencia poemas de Heine, su favorito, y a veces de Goethe, a quien detestaba pero recitaba. A Dostoyevski lo aborrecía, aunque lo admiraba, y era incondicional de Shakespeare. De Heine citaba a menudo estos versos: «Quisiste ser feliz, infinitamente feliz o infinitamente desdichado, corazón orgulloso, y ahora eres desdichado».

Sus ojos rodeados de khôl estaban llenos de secretos, según cuantos los miraron: nunca parpadeaban ni se apartaban de lo que estuvieran mirando. El padre de Isak Dinesen se había suicidado cuando ella tenía diez años, y ella había contado cuentos desde la infancia. Su hermana menor le imploraba a veces al acostarse con sueño: «¡Oh, Tania, esta noche no!» En su vejez, en cambio, sus anfitriones o sus invitados le rogaban que contara alguna historia. Ella se prestaba a veces, como quien hace un regalo. Todos los jueves cenaba con un niño al que había comprado un traje apropiado para la ocasión; era el hijo de su cocinera, a quien una noche había sorprendido escondido, acechante, espiándola mientras ella cenaba a solas. Gustaba de provocar, pero suave e irónicamente, como cuando ponía objeciones a la democracia absoluta, temiendo por la suerte de las élites: «Ya saben, debería haber siempre unos pocos versados en los clásicos». Decía gobernarse en su vida por las reglas de la tragedia clásica, y según ellas habría educado a los hijos que nunca tuvo.

Al final pasaba varios meses al año en una clínica, y el resto, como siempre, en Rungstedlund, donde murió quedamente, tras haber escuchado a Brahms durante la tarde, el 7 de septiembre de 1962. Fumó sin parar hasta el fin de sus días, que dejó a la edad de setenta y siete años, y fue enterrada al pie de un haya que ella misma había escogido, junto a la costa de Rungsted. Según Lawrence Durrell, habría lanzado una mirada amable e irónica a quien se hubiera atrevido a llorar su muerte. «En realidad tengo tres mil años y he cenado con Sócrates.»

Isak Dinesen hizo suyas estas palabras: «En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver».

James Joyce en sus gestos

La gente solía decir de James Joyce que parecía triste y cansado, y él mismo se describió en una ocasión como «un hombre celoso, solitario, insatisfecho y orgulloso». Claro que esta descripción la hizo en privado, en una carta a su mujer Nora Barnacle, a quien confiaba cosas mucho más íntimas y atrevidas que a ninguna otra persona. No por ello, sin embargo, puede colegirse que no hiciera la descripción también para la posteridad, a la que confiaba cosas aún más atrevidas.

Ya de joven era un hombre algo pomposo y pagado de sí mismo, concentrado en lo que escribiría y en su temprano (luego perenne) odio a Irlanda y a los irlandeses. Cuando aún no había escrito más que algunos poemas, le preguntó a su hermano Stanislaus: «¿No te parece que existe cierta semejanza entre el misterio de la Misa y lo que yo estoy intentando hacer? Quiero decir que en mis poesías estoy intentando darle a la gente una suerte de placer intelectual o goce espiritual al convertir el pan cotidiano en algo que posea una permanente vida artística propia… para su elevación mental, moral y espiritual». Quizá cuando fue menos joven sus comparaciones fueron menos eucarísticas y más pudorosas, pero siempre estuvo convencido de la importancia extrema de su obra, incluso cuando aún no existía. James Joyce parece uno de esos casos de artistas que prodigan tanto el gesto de la genialidad que acaban por persuadir a sus contemporáneos y a varias generaciones más de que en efecto son y han sido genios sin vuelta de hoja ni remisión. En consonancia con ese gesto, era famoso porque le traía sin cuidado que le leyeran o no, y por supuesto las opiniones; sin embargo, cuando apareció su Ulises, tras grandes dificultades para su publicación, hizo cuanto estuvo en su mano para difundirlo, y hasta se le vio más de una vez empaquetando el ejemplar comprado en la célebre librería Shakespeare & Co., gracias a cuyos sello e imprenta se había editado por fin el libro inmortal. También se sabe que permanecía alerta a la espera de alguna mención o crítica en la prensa, y que escribió cumplidas notas de agradecimiento a cuantos se ocuparon de la novela. Cuando salió Finnegans Wake mucho después y tuvo una fría acogida, se sintió herido y descontento, y así pasó los últimos dos años de su vida, lo cual no es una manera agradable de pasarlos, sobre todo si son los últimos.

Pero a cambio gozó, durante casi todos sus demás años, de un respeto y una admiración que pocos autores logran antes de su muerte. Durante los que pasó en París era incluso reverenciado y temido, y nadie contravenía sus deseos ni sus costumbres, por ejemplo la de cenar todas las noches en el mismo sitio y a las nueve en punto, o la de no probar el vino blanco, por bueno que fuera. Al parecer, un oftalmólogo le había asegurado que esa clase de vino era muy perjudicial para la vista, y Joyce cuidaba mucho de sus delicados ojos. Amenazado de glaucoma, hubo de someterse a once operaciones a lo largo de su vida, y esa es la razón por la que algunas fotográficas lo muestran con un llamativo y abultado parche en el ojo izquierdo, y quizá por eso vio Djuna Barnes en ellos «la misma palidez de las plantas ocultas al sol durante mucho tiempo». El parche, así pues, no lo llevaba por hacerse notar: a Joyce le bastaba con su actitud genial, y no necesitaba disfrazarse de cazador ni correr los sanfermines. Al contrario, era todo menos un extravagante, y en una cena o reunión social resultaba una angustia quedar sentado a su lado, al menos para quien fuera sólo moderadamente hablador, ya que en tales circunstancias Joyce no se dignaba abrir la boca, sino que esperaba que se lo entretuviera con cháchara mientras él guardaba silencio, un silencio «cómodo pero absoluto» en palabras de Ford Madox Ford. Sus compañeros de mesa se esforzaban por encontrar temas que pudieran interesarle, pero Mr Joyce (todos menos Djuna Barnes le llamaban así) sólo contestaba «Sí» o «No». A diferencia de los personajes de sus novelas, charlatanes interiores, el autor era taciturno y despectivo siempre, al menos en sociedad.

En privado, a solas, era muy distinto aunque no menos altivo. Pero se emborrachaba hasta bien entrada la madrugada y se mostraba más amable y daba más charla, si bien con demasiada frecuencia proponía asuntos teológicos que no interesaban a nadie o se ponía a recitar, en sonoro italiano, largas tiradas de Dante como un sacerdote ante la grey. En una ocasión, estando en la Brasserie Lutétia, su compañero de mesa dijo haber visto una rata corriendo escaleras abajo, y la reacción de Joyce no fue muy serena. «¿Dónde, dónde?», preguntó alarmado. «Eso trae mala suerte.» Joyce tenía infinitas supersticiones, y un segundo después de pronunciar estas palabras se desmayó de terror. También temía mucho a los perros, desde que en la infancia le había mordido malamente un terrier irlandés. Pero a lo que tenía más pánico era a las tormentas, tanto en su niñez como en su edad adulta, aunque en ésta lo disimulaba más. De niño no le bastaba con cerrar ventanas, correr cortinas y bajar persianas, sino que acababa encerrado en un armario. De adulto, dicen las malas lenguas que se tapaba los oídos y se comportaba como un cobarde; las buenas lo niegan, y sólo admiten que si la tormenta le pillaba en la calle, se retorcía las manos, daba gritos y echaba a correr.

Además de muy bebedor cuando bebía (pasaba periodos abstemios), era un gran devorador de libros y había sido muy putero en su juventud. Aunque recurría a ellas, las putas le desagradaban, y tal vez por eso prefería imaginar, cuando le escribía a su mujer, Nora, escenas que quizá tuvieron su correspondiente en la realidad pese a lo teatral de las figuraciones. Al fin y al cabo, Joyce había dicho una vez que «anhelaba copular con un alma». Hace ya bastantes años se hicieron célebres estas cartas obscenas, en las que su autor solía prometérselas muy felices para cuando Nora y él volvieran a encontrarse (él estaba en Dublín, ella en Trieste, donde vivían habitualmente), y en las que incluso hallaba momentánea felicidad, ya que al final de más de una confiesa haberse corrido (son sus palabras) mientras le escribía cochinadas: sin duda uno de los pocos escritores que han logrado con su pluma gratificaciones tan intensas. James Joyce, a juzgar por esa correspondencia, deseaba que su mujer engordara para que lo golpeara, lo dominara y hubiera más excesos, tenía ideas muy precisas sobre el tipo de ropa interior que ella debía llevar (un poco manchada siempre, la preferencia era invariable) y mostraba abierta predilección por las capacidades aéreas o aun depositivas de la que había conocido como Nora Barnacle: en suma, era un coprófilo. Pero de tales cartas no es esto lo más chillón, sino el espíritu inquisitivo con que interrogaba a Nora sobre su pasado y sobre su presente, a fin de nutrir sus libros. El tipo de interrogatorio recuerda, más que nada, al de los curas católicos en el confesonario, como se ve en este extracto: «Cuando aquella persona… te metió la mano o las manos bajo las faldas, ¿te acarició sólo por fuera o te metió el dedo o dedos? Si lo hizo, ¿llegaron lo bastante arriba para tocarte esa pequeña polla al final de tu coño? ¿Te tocó por detrás? ¿Estuvo mucho rato acariciándote y te corriste? ¿Te pidió que le tocaras a él? ¿Lo hiciste? Si no le tocaste, ¿se corrió él contra ti y tú lo notaste?». O en este otro: «Esta noche… he estado tratando de imaginarte masturbándote el coño en el retrete. ¿Cómo lo haces? ¿De pie contra la pared acariciándote bajo la ropa o te sientas en el hueco con las faldas levantadas y la mano a toda máquina por la abertura de tus bragas? ¿Te entran ganas de cagar? Me pregunto cómo harás. ¿Te corres mientras cagas o te masturbas hasta el final primero y cagas luego?». No se puede negar que Joyce era un hombre puntilloso y con amor al detalle.

James Joyce sufrió varias desgracias en su vida, pero por lo general no mostraba sus sentimientos. Cinco de sus nueve hermanos (él era el mayor) no superaron la infancia, y su modo de reaccionar ante alguna de esas muertes hizo que hasta su madre lo considerara insensible. Cuando su hija Lucía tuvo que ser internada en hospitales psiquiátricos, Joyce, en cambio, se volcó lleno de solicitud y nunca perdió la esperanza de su recuperación. Le escribía numerosas cartas. Según su hermano Stanislaus, sin embargo, para James Joyce «la infelicidad era como un vicio». Era frío y distante excepto con los muy cercanos, pero cuando a la muerte de su madre descubrió un paquete de cartas que le había escrito su padre antes de casarse, se pasó una tarde entera leyéndolas «con tan poca compunción como un médico o un abogado… hacen preguntas». Cuando terminó, Stanislaus le preguntó: «¿Y bien?». «Nada», respondió James Joyce secamente y con algo de desprecio. Nada, pensó Stanislaus, para el joven poeta con una misión, pero evidentemente algo para la mujer que las había guardado durante todos aquellos años de dejadez y miseria. Stanislaus las quemó, sin leerlas él.

James Joyce tenía la costumbre de suspirar. Otra madre, la de su mujer Nora, se la observó y le dijo que así se destrozaría el corazón.

Pero Joyce no murió con el corazón deshecho por ninguna infelicidad, sino a causa de una úlcera perforada, en un hospital de Zürich, el 13 de enero de 1941 casi con cincuenta y nueve años. Lo enterraron dos días más tarde, tras una breve ceremonia, en el cementerio de esa ciudad.

Su propia mujer, Nora Barnacle, que no se dignó leer su Ulises, lo definió una vez. Dijo: «Es un fanático».

Giuseppe Tomasi di Lampedusa en clase

Lo más triste de la más bien triste historia de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es la publicación de su única y mundialmente célebre novela El gatopardo, porque puede decirse que es lo único extraordinario que le ocurrió en su vida, y en realidad le ocurrió en su muerte, dieciséis meses después de que dejara el mundo. Por eso es uno de los pocos escritores que nunca se sintió escritor ni vivió como tal, y lo fue todavía menos que otros que tampoco lograron publicar nada en vida porque él ni siquiera lo intentó hasta casi el final de sus días. Por no intentar, ni siquiera hasta entonces intentó escribir.

Fue más bien un lector, insaciable y obsesivo. Las pocas personas que lo trataron de cerca se quedaban asombradas de sus exhaustivos conocimientos de literatura e historia, materias de las que poseía sendas bibliotecas descomunales. No sólo había leído a todos los autores importantes o imprescindibles, sino también a los segundones y a los mediocres, que, sobre todo en novela, consideraba tan necesarios como los grandes: «También hay que saber aburrirse», decía, y leía, con interés y paciencia, la literatura mala. La compra de libros era casi su único gasto o su único lujo, aunque las posibilidades que ofrecía Palermo en este aspecto a un hombre que sabía inglés, francés, alemán y ruso (más español en el último año de su vida) eran desesperadamente limitadas. Con todo, en la desocupada existencia de señorín de provincias que llevaba, todas las mañanas había al menos un par de horas dedicadas a la inspección de librerías, principalmente la llamada Flaccovio, que visitó a diario durante diez años. La verdad es que las mañanas de Lampedusa debían de parecer a sus conciudadanos las mañanas del perfecto ocioso, lo que sin duda eran. Mientras Licy, su mujer psicoanalista y letona, recuperaba en la cama las horas que por su propio gusto dedicaba al trabajo de madrugada, Lampedusa se levantaba temprano y se llegaba a pie hasta una pastelería en la que desayunaba durante largo rato y leía: en una ocasión no se movió durante cuatro horas, las que le llevó una gruesa novela de Balzac, de cabo a rabo. Luego hacía su demorado recorrido por las librerías, para pasar después a un segundo café en el que se sentaba pero no se mezclaba con algunos conocidos de inquietudes semiintelectuales. Allí escuchaba («las estupideces») y apenas hablaba, para regresar en autobús tras sus tremendas sentadas y sus débiles caminatas. Se lo recuerda siempre trasladándose pesadamente, con aire distinguidísimo y descuidados andares, la mirada despierta y en la mano una bolsa de piel cargadísima de libros y de dulces y pastas con los que debía sobrevivir hasta la noche, ya que en su casa no se celebraba el almuerzo. Esa famosa bolsa la acarreaba con naturalidad, no importándole en absoluto que junto a los tomos de Proust asomaran golosinas o incluso calabacines. Al parecer, la bolsa albergaba siempre más libros de los necesarios, como si se tratara del equipaje de un lector que sale de largo viaje y teme quedarse sin lectura durante su ausencia. No faltaba nunca alguna obra de Shakespeare, según su mujer porque «podía consolarle si veía algo desagradable» en sus trayectos.

Tan encendido era el aprecio de Lampedusa por los libros que hasta los usaba como cajas fuertes: tenía por costumbre arrojar entre las páginas de diferentes volúmenes pequeñas cantidades de dinero, para luego olvidar, obligadamente, en cuáles se hallaban aquellos billetes. Por eso decía a veces que su biblioteca contenía dos tesoros.

El dinero, como puede suponerse, no constituyó nunca una preocupación para él, pero no tanto porque fuera muy rico cuanto por su falta de ambiciones. Bien es verdad que era lo bastante adinerado para no deber trabajar en toda su vida, pero una herencia repartida y las crisis del siglo hicieron de él un noble absolutamente venido a menos. Sus costumbres eran modestas: librerías aparte, consistían en ir mucho al cine y comer de vez en cuando en algún restaurante; ni siquiera viajaba, aunque lo había hecho con cierta frecuencia en su juventud. Anotaba en su agenda las películas que veía (dos o tres a la semana), junto con un adjetivo: cuando vio 20.000 leguas de viaje submarino, el elegido fue spettacolare.

En 1954, tres años antes de su muerte, señaló: «Soy una persona muy solitaria. De mis dieciséis horas de vigilia diaria, al menos diez transcurren en soledad. No pretendo, sin embargo, pasarme todo ese tiempo leyendo; a veces me divierto elaborando teorías literarias…» Esto no era del todo exacto, ya que lo que se dice teorías literarias no dejó tras su muerte. Lo que sí dejó fue alrededor de mil páginas sobre literatura inglesa y francesa, y lo asombroso del caso es que en principio esas páginas tenían un solo destinatario, Francesco Orlando. Éste era un joven de la burguesía (hoy eximio profesor y crítico) a quien Lampedusa se ofreció, en sus últimos años, a enseñar inglés y a darle un curso completo de literatura en esa lengua. En algunas ocasiones el único alumno no estuvo solo, pero fueron las menos. Tres veces por semana, a las seis de la tarde, Lampedusa recibía a Orlando en su casa y hacía que éste leyera en voz alta y pausadamente la lección que el príncipe había redactado al efecto, o bien llevaban a cabo lecturas conjuntas, sobre todo de Dickens y Shakespeare. Esta generosa, desinteresada y extravagante enseñanza cambió la vida de Lampedusa, y en ella puede estar, en parte, el origen de su tardía decisión de escribir. En todo caso, el contacto con personas jóvenes y la posibilidad de «transmitirles» algo (si no las clases, las charlas literarias se fueron extendiendo a otros amigos de la edad de Orlando) lo revivificó y le ocupó las tardes en algo que no fuera la mera y solitaria lectura. Estas lecciones se las tomaba muy en serio, hasta el punto de que se conservan anotaciones suyas en las que lamenta haber preparado alguna tan mal y tan apresuradamente: «las peores páginas jamás escritas por pluma humana», así calificó lo que había redactado sobre la vida de Byron, «una abominación infinita». Con su amable ironía, hacía creer a su discípulo que el destino de aquellos textos, una vez leídos por el propio alumno y en cuanto éste abandonara la casa, era el fuego inmediato y no otra cosa. Por fortuna Lampedusa los conservó, y recientemente han empezado a publicarse, páginas en modo alguno científicas pero llenas de sabiduría, humor, seriedad y finura.

Le interesaban mucho las vidas de los escritores, convencido, como Sainte-Beuve, de que en ellas, o en sus anécdotas más secretas, se hallaban las claves de sus obras. Tal vez por eso, y para dificultar la labor de exégetas, él no dejó demasiadas anécdotas, y si en su vida hubo secretos procuró que lo fueran, es decir, guardarlos de veras. De los aspectos maliciosos que él gustaba saber de sus ídolos, el único que podría comentarse de Lampedusa es su posible impotencia, insinuada por el hecho de que careció de descendencia (pero hay que pensar que cuando se casó su mujer tenía treinta y siete años) y por su aparente falta de pasión hacia Licy, con quien en los primeros años, cuando ella toleraba mal Sicilia y pasaba gran parte del año en su palacio natal de Letonia, mantuvo lo que se ha llamado un matrimonio epistolare. El resto de sus anomalías no le pertenecían a él, sino a sus antepasados, la más próxima el asesinato de una tía suya, apuñalada en un mísero hotel romano por un barón que era su amante.

Lampedusa era exagerado y maniático como todos los escritores, aunque él no supiera que era esto último: detestaba el melodrama y la ópera italiana, que consideraba un arte de zulúes; en realidad detestaba todo lo explícito. Su obra favorita de Shakespeare era Medida por medida, pero sobre ella aún prefería el soneto 129. Padecía de insomnio y de pesadillas, pero sólo al final de su vida se dignó relatarle una a su mujer psicoanalista: en ella recorría pasillos solicitando los datos de su inminente ejecución. Sólo bebía agua, pero comía bien (era grueso) y fumaba mucho, sin reparar jamás en la ceniza que iba lloviznando sobre su chaqueta. Estrechaba la mano de quien le presentaran sin mirarle a la cara, en sociedad era tímido, taciturno, solitario y triste, hasta el punto de que mucha gente creía que, en según qué circunstancias, simplemente se negaba a hablar. En privado, en cambio, con sus pocos íntimos y aún más escasos discípulos, tenía una conversación brillante y precisa, amable y siempre algo sarcástica. Podía ser pedante: a cada uno de sus perros le hablaba en una de las lenguas que conocía. Orlando dijo de él que tenía un aire de «enorme felino absorto».

Poco se sabe de sus ideas políticas, si es que las tuvo claras, pero sí de su odio a Sicilia y a los sicilianos, aunque era un odio superficial, esto es, con buena mezcla de amores. Pero condenaba a todas sus clases sociales. Era anticlerical, a la antigua usanza, y en todo caso creía que todo terminaba «aquí abajo». De maneras suaves, encajó con ironía y dolor los iniciales rechazos de su novela por algunas editoriales, mientras que su mujer anotaba expresivamente en su agenda: «Refus de ce cochon de Mondadori». Según Lampedusa, lo que por fin le hizo decidirse a escribir fue ver que uno de sus primos, Lucio Piccolo, asimismo tardío, obtenía un premio y el aplauso de Montale por un volumen de poesías: «Con la certeza matemática de no ser más tonto, me senté ante mi mesa y escribí una novela», dijo en carta a un amigo. Estaba convencido de que El gatopardo merecía ver la luz, pero le entraban dudas: «Es, me temo, una porquería», le dijo a Francesco Orlando, y, según éste, se lo dijo de buena fe.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa murió de cáncer de pulmón en casa de unos parientes en Roma, a donde había ido a tratarse, la madrugada del 23 de julio de 1957, a la edad de sesenta años. Estaba dormido, y fue su cuñada quien lo halló muerto.

Lampedusa creía que a los demás siempre había que dejarlos en sus errores. El, desde luego, quedó en el suyo, y no conoció el éxito que no quiso esperarle. Una de las desgracias de su vida, decía, había sido la dureza de corazón, y contra ella previno una vez a su querido primo Gioacchino, cuarenta años más joven que él y a quien acabó adoptando: «Ten cuidado», le dijo. «Cave obdurationem cordis

Henry James de visita

De Henry James puede decirse que fue desdichado y feliz por el mismo motivo, a saber: era un espectador de la vida, apenas participaba de ella, o al menos no de sus aspectos más llamativos y emocionantes. En cambio llevó durante muchos años una vida social intensísima y de lo más entretenida, hasta el punto de que en una sola temporada, la de 1878-79, fue invitado a cenar (y aceptó) ciento cuarenta veces computadas. Era la época en que no había en Londres estreno ni fiesta que no se viera deslucido sin su asistencia.

Sin embargo, la mayor parte de sus últimos dieciocho años los pasó en Lamb House, su casa provincial de Rye, donde no dejó, no obstante, de privarse de compañía: a sus cuatro criados, jardinero y secretaria se añadían numerosas visitas a lo largo de las estaciones, aunque en orden y sin promiscuidad, ya que nunca tuvo más de dos invitados al mismo tiempo. En las cercanías vivían también algunos colegas escritores, como Joseph Conrad y Ford Madox Ford, que entonces aún se apellidaba Hueffer. Con el primero no tenía mucho trato, pues aunque admiraba sus obras, la persona no acababa de satisfacerle, sobre todo porque «en el fondo» era polaco, católico romano, romántico, y además un pesimista eslavo. Sin embargo, cuando se encontraban, se hablaban con gran pompa y admiración y sólo en francés, y cada treinta segundos James exclamaba «Mon cher confrère!», a lo que Conrad respondía con la misma frecuencia «Mon cher maître!». En cuanto a Ford o Hueffer, mucho más joven que James, se veían casi incesantemente según aquél, pero tal vez eso era más de lo que James deseaba: hay constancia objetiva de que en una ocasión, yendo con su secretaria, James saltó una zanja para evitar encontrárselo en la carretera de Rye, donde Hueffer solía acechar su paso.

Henry James era grande, casi obeso, completamente calvo y con una terrible mirada, tan penetrante e inteligente que los criados de algunas de las casas que visitaba se estremecían al abrirle la puerta, con la impresión de estar siendo atravesados hasta el espinazo. Por la calva parecía un teólogo y por los ojos un hechicero. Esto no quita para que fuera muy circunspecto y levemente humorístico en su trato con todo el mundo, como si a propósito imitara a Pickwick. Pero si algo lo molestaba podía ser de una crueldad sin tasa y momentáneamente vengativo, aunque sólo con el verbo. Sus allegados recuerdan pocas ocasiones en las que su inglés se tornara brutal y directo, pero esas pocas no han logrado olvidarlas. Por lo general hablaba como escribía, hasta extremos desesperantes, fomentados por el hábito de dictar sus novelas durante sus últimos años. La más simple pregunta a una criada duraba en su formulación un mínimo de tres minutos, tal era su puntillosidad con la lengua y su horror a la inexactitud y al equívoco. Por un afán de claridad, su habla era totalmente indirecta y oscura, y en una ocasión, para referirse a un perro, y a fin de evitar el directo término, recurrió a definirlo como «algo negro, algo canino…». Tampoco se atrevió una vez a afirmar de una actriz que era abiertamente fea, y hubo de contentarse con matizar que «aquella pobre casquivana poseía cierta gracia cadavérica».

Hablaba con tantos incisos y paréntesis que eso le trajo algún contratiempo: una tarde salió a pasear por la carretera de Rye, como solía, en compañía de Hueffer y otro escritor y de su perro Maximilian, que gustaba de corretear ovejas por el camino y al que por tal motivo llevaba atado a una larguísima correa que le diera amplitud de movimientos. En un momento dado, y a fin de coronar con el debido énfasis una interminable frase, James se detuvo y clavó su bastón en el suelo, y en esa postura peroró durante largo rato mientras sus acompañantes le escuchaban en reverencial silencio y el perro Maximilian, corriendo de un lado a otro y dando vueltas a su antojo, enredaba con su correa bastón y piernas de los caballeros, dejándolos aprisionados. Cuando el Maestro concluyó su arenga y quiso proseguir el paseo, se encontró inmovilizado. Tras zafarse con dificultades, se volvió hacia Hueffer con una llamarada en los ojos, alzó su bastón con reproche y le gritó: «¡Hueffer! ¡Es usted dolorosamente joven, pero a la edad que ya ha alcanzado, si es que no antes, jugar a tales jueguecitos es una imbecilidad! ¡Una im-be-ci-li-dad!».

Pero exceptuando estos raros arrebatos. James era una persona que justamente se distinguía por su impecable comportamiento social y por no meter jamás la pata. Con la misma urbanidad y -esto siempre- circunloquios se dirigía a un diplomático y a un deshollinador, y su curiosidad era infinita sobre cuanto acertaba a pasar ante su mirada. Quizá por eso invitaba a la confidencia, y en modo alguno desdeñaba los cotilleos de aldea mientras estuvo en Rye. Escuchaba sin cesar y hablaba sin cesar también: llegó a oír una confesión de asesinato y llegó a pronunciarle una conferencia sobre los sombreros a un hijo de Conrad que, con cinco añitos, le había hecho una inocente pregunta acerca de la extraña forma del que él llevaba.

Cuando se hallaba inmerso en una de sus novelas podía ser muy olvidadizo y no recordar que tenía invitados a comer hasta que éstos le esperaban ya sentados a la mesa, pero era extremadamente cuidadoso y exigente con las reglas de la hospitalidad, y por eso, con él, el verdadero riesgo no estribaba en ser su huésped, sino su anfitrión, ya que a partir de las atenciones recibidas o del ambiente de un hogar sacaba conclusiones definitivas que su fabulación, además, desarrollaba con posterioridad. Y así como, por ejemplo, admiraba a Turgueniev tanto literaria como personalmente (lo veía poco menos que como a un príncipe), detestó siempre a Flaubert por haberlos recibido en bata una vez, al susodicho Turgueniev y a él. Al parecer se trataba más bien de una prenda de trabajo, lo que en francés se llamaba entonces un chandail, y seguramente por parte de Flaubert fue una manera de honrarlos y admitirlos a su intimidad. Pero para James aquello era una indudable bata y nunca se lo perdonó: es más, para él Flaubert era ya un hombre que lo hacía todo en bata, y sus libros eran por consiguiente un fracaso, salvo Madame Bovary, que, concedía James, quizá fue escrito en chaleco. Idéntica falta cometió el poeta y pintor Rossetti, quien lo recibió con su guardapolvo, para James de nuevo una bata a todos los efectos. Y recibir en bata era un oprobio que retrataba el alma de quien lo hiciera: el detalle le llevó a inferir que Rossetti tenía repugnantes costumbres, no se bañaba nunca y era intolerablemente lascivo. Sin duda desayunaba jamón grasiento y huevos sanguinolentos. Tampoco fue muy cordial su visita a Oscar Wilde, a quien vio en América, donde el apóstol estético pasaba una temporada. Al permitirse decir James que echaba de menos Londres, Wilde lo miró con desprecio y lo tachó de provinciano: «¡De veras! A usted le importan los sitios». Y añadió tópicamente: «¡Mi hogar es el mundo!». A partir de entonces James dudaba entre referirse a él como a «esa bestia inmunda», «ese fatuo idiota» o «ese ínfimo patán». En cambio, su entusiasmo por el individuo Maupassant no conocía límites gracias asimismo a una visita: el cuentista francés lo había recibido para almorzar en compañía de una mujer desnuda con un antifaz. Esto le pareció a James el colmo del refinamiento, sobre todo cuando Maupassant le informó de que no se trataba de ninguna cortesana, meretriz, sirvienta o actriz, sino de una femme du monde, lo cual James no tuvo inconveniente en creer a pie juntillas.

Como es sabido, sus relaciones con las mujeres fueron más bien inexistentes, por la razón que fuera, y varias se han apuntado. El sexo, sin embargo, no parece haberle sido del todo indiferente, ya que si bien en sus libros apenas se halla la menor referencia explícita a él, tenía a bien, cuando estaba en privado con determinadas personas, indagar sin ningún sonrojo y sin eufemismos acerca de las más tortuosas aberraciones de este tipo. Durante muchos años tuvo claro que no se casaría: por un lado, y pese a que vivió cuarenta años en Inglaterra, juzgaba ridícula la idea de una esposa británica; por otro, como una vez dijo a una amiga al hablar del matrimonio, «tal como estoy soy lo bastante feliz y lo bastante desdichado, y no deseo añadir nada a ningún plato de la balanza». Casarse no era una necesidad, según él, sino el último y más caro de los lujos. En todo caso, las mujeres debieron dejarle un par de sinsabores o desgracias. En una ocasión, serio y enigmático, contó a un amigo cómo en su juventud, en una ciudad extranjera, había pasado horas bajo la lluvia vigilando una ventana y aguardando la aparición de una figura en ella, o quizá un rostro que no dejó ver la lámpara que sólo brilló un segundo y luego quedó para siempre apagada. «Aquello fue el fin…», dijo James, y se interrumpió. Y cuando Hueffer le anunció que iba a viajar a América y a visitar Newport, en Rhode Island, le pidió que se diera un paseo hasta cierto acantilado y rindiera allí por él, vicariamente, honores al lugar en el que había visto por última vez y se había despedido de su prima muerta con la que, muy joven, se debía haber casado.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre despierto, alerta, hiperactivo, nervioso, gesticulante y a la vez pausado. En cuanto hacía o decía era precavido, pero no cauto; es decir, le costaba decidirse a actuar, y una vez que lo hacía -por ejemplo escribir- era imparable. Mientras dictaba sus libros paseaba de un lado a otro de la habitación, y cuando comía a solas se levantaba de la mesa con frecuencia y paseaba también por el comedor, masticando. Le gustaba mucho que lo llevaran en coche, y se preciaba erróneamente de conocer los contornos y tener un excelente sentido de la orientación, lo cual le llevó, a él y a los complacientes propietarios de diferentes coches, a llegar tarde y exhaustos a sus destinos tras dar infinitas e innecesarias vueltas guiados por Henry James. Casi nunca hablaba de sus obras, pero cuidaba mucho su biblioteca, que limpiaba en persona con un pañuelo de seda. No comprendía que sus libros no se vendieran mejor de lo que lo hacían, aunque Daisy Miller fue casi un best-seller. Su amiga Edith Wharton pidió una vez a su editor común que ingresara sus muy superiores ganancias en la cuenta de James. Él nunca lo supo.

Henry James murió por la tarde, el 28 de febrero de 1916, a los setenta y dos años, tras una larga enfermedad durante la cual sufrió delirios: un día dictó dos cartas como si fuera Napoleón, una de ellas dirigida a su hermano José Bonaparte, instándolo a que aceptara el trono de España. Pero meses antes, después de un primer ataque, pudo contar al recuperarse que en el momento de caer al suelo y creer que todo acababa, había oído en la habitación una voz que no era la suya y decía: «¡Así que al fin ha llegado, esa cosa distinguida!».

Arthur Conan Doyle ante las mujeres

Resulta inverosímil que un hombre tan intachable y querido como Arthur Conan Doyle pudiera perder al final de su vida buena parte de su consideración y aun de sus amigos. Sin embargo eso fue lo que le ocurrió cuando, once años antes de su muerte, se entregó al espiritismo, dejó muy de lado los escritos que no tuvieran que ver con esa fe y se dedicó a viajar por el mundo predicando su convencimiento. Escrupuloso como era, en 1924 calculó que en sus primeros cinco años de apostolado había recorrido más de cincuenta mil millas y se había dirigido a unas trescientas mil personas, algunas de ellas tan alejadas como para poseer nacionalidad australiana o sudafricana. El lo juzgaba su deber, pero, visto el hecho desde fuera, no era la primera vez en su vida que lo religioso le jugaba una mala pasada: cuando en 1900 se presentó a las elecciones al Parlamento por su ciudad natal, Edimburgo, llevaba todas las de ganar hasta el mismo día de la votación, que amaneció con una invasión de pasquines en los que se recordaba que Conan Doyle había nacido católico y se había educado con los jesuítas. Ambas cosas eran innegables, si bien hacía ya lustros que él había abandonado la religión de sus progenitores irlandeses. Los pasquines habían sido obra de un fanático protestante llamado Prenimer al que alguien había financiado, y fueron bastante para que Conan Doyle perdiera lo que, sin ellos, habría ganado a buen seguro. Aquel Prenimer fue uno más de los villanos con que hubo de vérselas a lo largo de su vida, incluyendo entre ellos al Profesor Moriarty y al mismísimo Sherlock Holmes.

Ya desde joven, y dado que practicaba el boxeo, se vio envuelto en reyertas con villanos por defender a mujeres: en el gallinero de un teatro golpeó a varios soldados porque uno de ellos había dado un codazo a una joven que se hallaba allí cerca; y nada más llegar a Portsmouth, donde pensaba establecerse como médico, le propinó una paliza a un sujeto al que vio patear a una mujer en la calle. Para su suerte o desgracia, aquel sujeto se presentó al día siguiente en su consulta y fue su primer paciente, aunque al parecer no reconoció en el médico a su agresor nocturno. La mano, en todo caso, siguió yéndosele a Conan Doyle cuando se trataba de defender mujeres: viajando por Sudáfirica en tren con su familia, uno de sus hijos, ya crecido, se permitió comentar lo fea que era una señora que pasó por el pasillo. Casi no pudo terminar la frase, pues al instante recibió un sopapo y vio muy cerca el rostro enrojecido de su viejo padre, que le decía con suavidad: «Recuerda que ninguna mujer es fea».

Un hombre como Conan Doyle tenía que ser un poco autoritario, en familia al menos. Pero durante los años en que su primera mujer, Touie, estuvo enferma de tuberculosis y él amaba ya a quien sería la segunda, Jean Leckie, sus nervios estaban a flor de piel y, más que respeto, acabó por inspirar terror a sus vástagos. No podían hacer el menor ruido mientras él estaba escribiendo, porque si lo hacían Conan Doyle salía de su estudio hecho una furia, vestido con una vieja y demoniaca bata color de orín, y los castigaba. A veces ni siquiera le era necesario gritar, sino que le bastaba con su petrificante mirada. Se sabe de una ocasión en que estaba leyendo el Times cuando su hija Mary empezó a hacerle inocentes preguntas sobre la fertilidad de los conejos. Por una esquina del periódico apareció un ojo, sólo uno, y eso fue suficiente para que a la niña se le congelara la pregunta en los labios y su curiosidad quedara aplazada.

En honor a la verdad hay que decir que con su segunda tanda de hijos, los que tuvo de Jean Leckie, fue mucho más benévolo: los dejaba corretear a su antojo mientras él jugaba al billar, sin darles con el taco ni nada si por su culpa erraba un golpe. Como puede imaginarse, con sus propias mujeres fue también muy caballeroso: a la segunda, de gran belleza, la hizo Lady Conan Doyle y le dio todas las comodidades y aun riquezas de su edad madura. Es de suponer que hizo lo posible para compensarle los diez años de adoración y espera que ella hubo de padecer hasta su matrimonio, ya que, amándola como la amaba, Conan Doyle no podía herir ni dejar a la primera, por cuya enfermedad llegó a exiliarse a Egipto y Suiza en busca de climas más benignos. Según se desprende de algunos testimonios, su amor por Jean Leckie fue tan grande que por complacerla aprendió a tocar (mal) el banjo, pero estrictamente platónico mientras Touie estuvo con vida. Precisamente por ser tan platónico, no tuvo el menor inconveniente en confesar sus sentimientos a su propia madre y familia y en hacer que Jean Leckie los frecuentara, como si fuera su novia, o, mejor dicho, su futura esposa ya prevista. Lo curioso es que la madre de Conan Doyle, con quien él mantuvo siempre un fuerte vínculo y una nutrida correspondencia, les dio la bendición inmediata y acogió a la novia de su casado hijo como a una nuera. Sólo su cuñado Hornung, el creador del ladrón Raffles, le espetó en una ocasión: «Me parece que concedes demasiada importancia a que esta relación tuya sea o no platónica. No veo gran diferencia. ¿Cuál es la diferencia?». La respuesta de Conan Doyle fue tajante: «Es toda la diferencia», rugió, «entre la inocencia y la culpabilidad».

Con ambas cosas tuvo mucho que ver, no sólo en su literatura sino también en su vida. Durante muchos años recibía cartas a nombre de Sherlock Holmes: admiradores aparte, muchas personas le pedían (a Holmes) que se ocupara de tal o cual caso, tal o cual problema que les angustiaba. Pero llegó un día en que la carta solicitando ayuda le fue dirigida a él, Conan Doyle. Se trataba de una joven cuyo novio danés había desaparecido justo antes de la boda; temía por su vida, no se explicaba su deserción a menos que le hubiera ocurrido algo grave. Siempre caballeroso con las damas, Conan Doyle aceptó el caso y lo resolvió: no sólo dio con el danés fugitivo, sino que además hizo ver a la joven lo poco que aquel extranjero merecía sus desvelos. Con posterioridad se encargó de al menos dos casos más, mucho más dramáticos y complicados, llevado no por su afán de descubrir a un criminal, sino de liberar y exonerar a quienes creía inocentes condenados. A partir de sus éxitos personales como investigador, le llovieron las ofertas, entre ellas la de un noble polaco bajo sospecha que le adjuntaba un cheque en blanco. Rehusó todas excepto las ya mencionadas.

Los cheques en blanco parecen haber sido moneda corriente en la vida de Conan Doyle, ya que él, cuando empezó a ganar fuertes sumas con Holmes y dejó de pasar apuros, enviaba con frecuencia talones de estas características a sus hermanos más jóvenes, que aún seguían en apuros. También le fue ofrecido alguno de procedencia literaria, por editores deseosos de que resucitara a Holmes después de haberlo hecho caer por las cataratas de Reichenbach en 1893. La idea de matarlo le había tentado ya con anterioridad, y fue la propia madre de Conan Doyle, devota lectora de sus aventuras y a quien su hijo enviaba las pruebas de imprenta para aplacar su impaciencia, la que salvó la vida del detective. Cuando Conan Doyle le anunció por carta su intención de acabar con él, alegando que su existencia le «distraía de cosas mejores», ella le contestó por correo urgente: «¡No harás tal cosa! ¡No puedes! ¡No debes!». Y Conan Doyle aplazó la muerte hasta dos años más tarde.

Es bien sabido que cuando cedió, en parte por dinero y en parte por indiferencia, primero hubo de escribir un nuevo caso de Holmes sin resucitarlo, esto es, dejando bien claro que lo relatado era algo acontecido antes de su extinción en Reichenbach, y que más adelante hubo de volverlo a la vida, explicando que en realidad el detective no había caído al agua. Pero durante mucho tiempo se resistió. No le apiadó que los jóvenes londinenses pasearan con crespones negros en sus sombreros en señal de luto por Holmes. Y en cambio lo reafirmó el indignante comentario de una tal Lady Blank: «Se me partió el corazón con la muerte de Holmes; disfrutaba tanto con los libros que él escribía…». En más de una ocasión sufrió Conan Doyle este tipo de confusiones o malevolencias: durante su campaña para la elección al Parlamento, la gente interrumpía sus discursos llamándole Mr Sherlock Holmes y haciéndole absurdas preguntas no políticas, sino criminales; cuando fue nombrado Sir tras mucha resistencia por su parte, recibió numerosas cartas felicitándole por haberse convertido en Sir Sherlock Holmes. Podría pensarse que le molestaba que lo confundieran, pero no era eso, y en todo caso lo que le molestaba era que no lo confundieran bastante, es decir, que mucha gente viera en él más a un Doctor Watson que a un Sherlock. Era consciente de que su físico contribuía a que lo emparentaran más con el cronista: Conan Doyle era alto y robusto, de cara ancha y nariz más bien chata, sin asomo de patillas y con ojos pequeños, con largos bigotes que en alguna época llevó puntiagudos y engominados; no era aquilino ni esbelto, y no bastaba con que fumara en pipa y tuviera sobre su mesa lupas de varios tamaños: no daba el tipo, y en cierto modo se le suponía incapaz de las hazañas de su criatura. Sin embargo no era esta cuestión la causa de su antipatía o desapego por el personaje, sino lo que escribió a su madre, o esto otro: «…creo que si nunca hubiera tocado a Holmes, quien ha tendido a oscurecer mi obra más alta, en la actualidad mi posición literaria sería más dominante». Lo que de verdad importaba al creador de una de las mayores maravillas de la historia de la literatura eran las novelas históricas (esa su «obra más alta») que escribía con gran esfuerzo y minuciosa documentación y sin tanto éxito. De Holmes también le cansaba que su personaje no admitiera «ni luz ni sombra»: lo veía como a una máquina calculadora, a la que no podía añadirse nada a riesgo de debilitar el «efecto», y para Conan Doyle el «efecto» lo era todo en la prosa.

Su autor predilecto era Poe, y R L Stevenson entre sus contemporáneos. Aunque nunca lo conoció, sí se carteó con él y sintió su muerte como la de un íntimo amigo. No se llevó mal con James ni con Oscar Wilde, y con Kipling tuvo amistad. Arthur Conan Doyle estaba convencido de su propia importancia, lo cual es una manera agradable de ir por la vida para quien logre creer tal cosa. Cuando se declaró la Guerra de los Boers, incitó a los deportistas a combatir, y, siendo él uno de los más completos, se ofreció en seguida como voluntario. Ante el estupor de su madre, dio la siguiente explicación: «Siento que quizá soy la persona con mayor influencia sobre los jóvenes ingleses, sobre todo los jóvenes deportistas, exceptuando a Kipling. Siendo esto así, es importante que yo les dé ejemplo». Lamentablemente, fue considerado demasiado viejo para luchar, y sólo pudo ir a la guerra en su condición de médico. Tenía unos cuarenta años y estaba muy enamorado por aquel entonces.

Arthur Conan Doyle murió el 7 de julio de 1930, a los setenta y un años, rodeado de su familia, con una mano en la de su mujer, Jean Leckie, y la otra en la de su hijo Adrián. Los miró a todos, uno por uno, pero no pudo decir nada. Mucho tiempo antes había dicho que el secreto de su éxito era que nunca había forzado una historia. Parece que aquel día tampoco forzó una frase.

Robert Louis Stevenson entre criminales

Quizá porque murió prematuramente o porque pasó toda su vida enfermo, quizá por sus viajes exóticos que en la época resultaban heroicos, quizá porque se lo empieza a leer de niño, lo cierto es que la figura de Robert Louis Stevenson se aparece casi siempre teñida de caballerosidad y angelical pureza, hasta el punto de producir empalago en cuanto se cargan un poco las tintas.

Es indudable que Stevenson era caballeroso, pero no a ultranza, o digamos que lo era de la manera justa: no hay auténtico caballero que no se haya comportado como un rufián al menos una vez en la vida. La vez de Stevenson pudo tener lugar en las cercanías de Monterrey, California, cuando sin querer prendió fuego a un bosque. Se había declarado ya un incendio en otra zona, y se extendía tan rápidamente que Stevenson, con curiosidad científica, se preguntó si la causa sería el musgo que adorna y cubre los bosques californianos. Para averiguarlo, no se le ocurrió otra cosa que aplicar una cerilla a un trozo, pero sin tener la precaución de arrancar antes del árbol el trozo de su experimento. En un instante el árbol se convirtió en una tea, con lo que sin duda Stevenson dio por concluida la prueba, y además satisfactoriamente. Pero su comportamiento poco caballeroso vino después: no muy lejos oyó los gritos de los hombres que combatían el fuego original, y comprendió que no le cabía hacer sino una cosa, a saber: huir del lugar antes de ser descubierto. Al parecer corrió como nunca lo había hecho en la vida y como sólo corren los hombres sabios y los cobardes.

Había ido hasta California para socorrer a la que habría de ser su esposa, Fanny van de Grift Osbourne, una americana diez años mayor que él, casada con un señor Osbourne que no le hacía caso ni la trataba con consideración, madre de dos hijos y a la que había conocido antes en Europa. Aunque no se sabe en qué términos, ella lo instó a visitarla, y Stevenson, sin decir una palabra a sus padres (era hijo mimado y único), se embarcó en Edimburgo y luego, desde Nueva York, recorrió el país entero en míseros trenes para emigrantes. La aventura le supuso un empeoramiento general de su siempre débil salud, ya que desde niño había padecido toses y hemorragias debidas a una mal diagnosticada tuberculosis, que le obligaban a pasar las noches en vela y lo tuvieron más de una vez al borde de la muerte. Sus relaciones iniciales con Fanny van de Grift son bastante oscuras, ya que después de tan largo viaje Stevenson no se quedó con ella, sino que, tras ayudarla en lo que quiera que fuese que debiera ayudarla, se marchó solo a un rancho de cabras, y no fue sino hasta más tarde, y en frío por así decirlo, cuando contrajeron matrimonio. A partir de entonces ella se convirtió no sólo en una muy conspicua y aun ubicua esposa, sino también en su enfermera y aya. Stevenson dijo en una ocasión que de haber sabido que viviría como un inválido no se habría casado. Dijo asimismo: «Una vez casado, a uno ya no le queda nada, ni siquiera el suicidio, sino ser bueno». Y añadió otra vez: «No era mi felicidad lo que me interesaba cuando me casé, fue una especie de matrimonio in extremis; y si estoy donde estoy, es gracias a los cuidados de esa dama que se casó conmigo cuando yo no era más que una complicación de tos y huesos, mucho más adecuado para emblema de la mortalidad que para novio». A su mujer, sin embargo, no parecía molestarle tanto esa «complicación»; o es más, le sirvió para sentirse útil, orgullosa y sacar algún provecho. La verdad es que, a excepción de Henry James, que siempre fue muy respetuoso con ella, los demás amigos de Stevenson la detestaban, ya que Fanny, con el pretexto de que todo era nocivo para la salud de Louis, se dedicaba a organizarle en exceso la vida y a apartarle de esos amigos, cuya compañía de vino, tabaco, canciones y charla consideraba peligrosa.

Aunque Stevenson le fue muy leal y la defendió con decisión cuando ella empezó a hacer sus ejercicios literarios y un amigo la acusó de plagio, no debió de resultarle fácil aceptar estas imposiciones, a juzgar por lo mucho que al final de su vida, ya en los Mares del Sur, se quejó en carta a James por no poder probar el vino y el tabaco (ante una vida sin ellos, dijo, no cabe sino «aullar, y dar patadas, y salir huyendo»). Y pese a su lealtad, una vez se permitió comentar una foto de su mujer en la que, admitía, Fanny había abandonado la categoría de «preciosidad» para ingresar en la de «pálidas, penetrantes e interesantes». A decir verdad, si uno mira esa y otras fotos desde un siglo después, se observa que Fanny van de Grift iba siempre vestida con una especie de saco y tenía un rostro tirando a antipático, autoritario, huraño y aun avinagrado.

Pero quizá, más aún que del tabaco y el vino, a Stevenson debió costarle prescindir de los amigos si tenemos en cuenta que antes de su matrimonio había llevado una vida francamente bohemia e incluso pandillera. Aparte de sus viajes varios, las más de las veces efectuados según el patrón de los vagabundos, y de su aspecto e indumentaria, tan desastrados que en América hizo huir a transeúntes que lo confundían con un pordiosero, Stevenson tuvo numerosas amistades que sus adinerados y estrictos padres habrían desaconsejado. Si se piensa en Long John Silver y en Mr Hyde, en el señor de Ballantrae y en el ladrón de cadáveres, no hay por qué sorprenderse de que su creador tuviera una moral ambigua, si no en lo referente a sus propios actos, sí al menos como espectador y oyente. El Mal le interesó siempre mucho, y no rehuía ciertas compañías por lo que éstas hubieran hecho.

Él mismo, siendo niño, y junto a fuertes sentimientos religiosos que le hacían perorar de noche, solo en su cama, sobre la Caída del Hombre y la Furia de Satanás, se había tomado el mayor interés en cometer actos ingenuamente «pecaminosos», un interés, según confesó, como no había vuelto a poner en ninguna otra cosa durante su edad adulta. Ya casi en ella tuvo a bien frecuentar prostitutas, a las que quería y defendió mucho, y participar en concursos de blasfemias de los que solía salir triunfante, y practicó lo que él mismo bautizó como Jink, consistente en «hacer los más absurdos actos por mor de su propio absurdo y de las risas consiguientes». Pero todo esto no era nada al lado de las fechorías de algunos de sus amigos: durante un tiempo acompañó a un satírico, la lengua más vitriólica que había pisado su Edimburgo natal, quien le ayudó a ver el aspecto negativo de todas las personas, todas las ideas y todas las cosas; aquel satírico inagotable era, al parecer, condescendiente hasta con Dios, a quien desdeñaba por la pésima concepción de uno o dos de los mandamientos; despachaba a San Pablo con un epigrama y hundía a Shakespeare valiéndose de una antítesis. Más graves eran, con todo, los delitos de su amigo Chantrelle, feliz solamente cuando estaba bebido. Era un francés que había abandonado Francia por asesinato; luego Inglaterra, por asesinato; y desde que se hallaba en Edimburgo, más de cuatro y cinco personas habían sido víctimas de «sus pequeñas cenas y su plato favorito de queso fundido y opio». El asesino Chantrelle era hombre, sin embargo, de inquietudes literarias, dispuesto a traducir a Molière de viva voz y de corrido. Según Stevenson, podría haber triunfado en esa profesión o en cualquier otra, deshonesta u honrada. Pero al parecer siempre abandonaba sus planes y volvía al «más simple proyecto» de matar a otros. Al final fue condenado, y sólo entonces supo Stevenson de sus hazañas. Es de suponer que hay que creerle y que, de haber estado él enterado, no lo habría tratado tanto, pero en todo caso la experiencia pareció dejarle una cierta tolerancia para con los crímenes más abyectos; de otro modo no se explica su comentario en una carta sobre el jefe Ko-o-amua, con el que se llevó muy bien en su exilio polinesio: «… gran caníbal en su día, ya se iba comiendo a sus enemigos mientras volvía andando a casa tras haberlos matado; y sin embargo es un perfecto caballero y excepcionalmente afable e ingenuo; ningún tonto, por lo demás».

Los últimos años de su vida, pasados en los Mares del Sur, provocaban la irritación de uno de sus mejores amigos positivos o al menos no delictivos, Henry James, quien en numerosas cartas le pedía que volviera a Europa para hacerle compañía y se dejara de necedades. Tras haber revocado Stevenson el anuncio de un regreso en 1890, James lo acusó de haber tenido un comportamiento cuyo único paralelo en la historia lo ofrecían «sus más famosas coquetas y cortesanas. Eres la Cleopatra varón o la Pompadour bucanera del Piélago, la Libertina errante del Pacífico». Lo cierto es que, aparte de sentirse mejor de salud gracias al clima, aguantar a su mujer, a su madre, a sus hijastros y demás séquito con el que siempre viajaba, y recibir por parte de los nativos nombres idiotas como Ona, Teriitera y Tusitala, poco más puede contarse de su estancia en las islas, la parte más anodina de su existencia. Echaba mucho de menos Edimburgo hacia el final de su vida, y sabía que nunca regresaría.

La figura de Stevenson es muy huidiza, como si su carácter no se hubiera definido del todo o fuera tan contradictorio como el de sus personajes ya mencionados. Era muy generoso, y se privó de comodidades, sobre todo a partir del éxito de La isla del tesoro, por enviar dinero a sus amigos más necesitados, que a veces resultaban serlo menos y no lo comunicaban. Este fue uno de sus más famosos proverbios: «Corazón Grande fue engañado. "Muy bien", dijo Corazón Grande». Tenía mucho sentido de la dignidad, pero también podía ser jactancioso e impertinente. En una ocasión, hablando del talento emergente de Kipling, le escribió a James: «Kipling es, con diferencia, el joven más prometedor aparecido desde que -ejem- aparecí yo». Y en otra misiva, todavía al principio de su amistad, exigió a James, siete años más viejo, que en la siguiente reedición de su novela Roderick Hudson tachara los adjetivos «inmenso» y «tremendo» de dos páginas concretas. Los dos se admiraban enormemente, y James consideraba a Stevenson uno de sus escasos interlocutores en el campo de la teoría. Pero casi nadie se molesta en leer los ensayos de Stevenson, que se cuentan entre los más penetrantes y vivos del pasado siglo. Cuando aún vivía en Bournemouth, tenía un sillón que nadie ocupaba porque era «el sillón de James»; y éste le echó en verdad de menos cuando se fue para no volver. En 1888 le escribió: «Te has convertido en un hermoso mito, una especie de antinatural, desasosegante e insepulto mort».

Robert Louis Stevenson se convirtió en un muerto natural, sosegado y sepulto el 3 de diciembre de 1894, en su isla, Samoa. Al atardecer abandonó el trabajo y jugó una partida de cartas con su mujer. Luego bajó a la bodega por una botella de borgoña para la cena. Salió al porche con Fanny, y allí, de pronto, se llevó las dos manos a la cabeza y gritó: «¿Qué es eso?». Y a continuación preguntó rápidamente: «¿Tengo un aspecto raro?». Al tiempo que decía esto cayó de rodillas al lado de Fanny, víctima de un derrame cerebral. Inconsciente, lo llevaron hasta su cama, pero ya no recobró el sentido. Tenía cuarenta y cuatro años.

Al escribir acerca de Stevenson se debe acabar con su «Réquiem», que había compuesto muchos años antes y está inscrito en su tumba en lo alto del Monte Vaea, en Samoa, a cuatro mil metros de altura: «Bajo el inmenso y estrellado cielo, / cavad mi fosa y dejadme yacer. Alegre he vivido y alegre muero, / pero al caer quiero haceros un ruego. / Que pongáis sobre mi tumba este verso: /Aquí yace donde quiso yacer; /de vuelta del mar está el marinero, /de vuelta del monte está el cazador».

Ivan Turgneniev en su tristeza

El pesimismo de las novelas y cuentos de Ivan Turgneniev, que algunos de sus colegas llegaron a reprocharle, debió de ser el tributo mínimo y menos dañino de cuantos pudo pagar a un entorno familiar ominoso, por no decir resueltamente malvado. Su acaudalada y célebre madre, Varvara Petrovna, era de una crueldad, mezquindad y barbarie sólo superadas por las de su propia madre, la abuela de Ivan, de quien éste relataba el siguiente episodio: aquejada de parálisis ya en la vejez, se pasaba la mayor parte del tiempo inmóvil en un sillón. Un día se enfadó enormemente con un muchacho, el siervo que la atendía, y en medio de su acaloramiento cogió un leño y le golpeó en la cabeza con tal fuerza que el chico quedó inconsciente en el suelo. Esta visión resultó tan desagradable a la anciana que atrajo al muchacho hasta sí, le colocó la sangrante cabeza en el sillón que ella ocupaba, le puso un almohadón encima y, sentándose sobre él, lo asfixió, es de suponer que para que dejara de perturbarla con su improcedente chorro de sangre.

Hay que reconocer que, con semejantes antepasados, Turgueniev tuvo mucho valor y mérito al escribir su primera obra narrativa, Notas de un cazador, sobre la que se forjó la leyenda de que el zar Alejandro había decretado la emancipación de los siervos tres días después de leerla. También se decía que la zarina, al menos en dos ocasiones, había ordenado a los censores que no intervinieran los libros de Turgueniev, aunque es difícil saber si esto último era también un mérito o un oprobio. Sin embargo, pese a estos inicios y a sus numerosos escritos sobre la cuestión rusa, Turgueniev hubo de sufrir a lo largo de su vida el frecuente odio y desprecio de sus compatriotas, quienes veían en él a un ruso anómalo, occidentalizado y distante, ateo y frívolo, que pasaba demasiado tiempo en Francia, Inglaterra o Alemania, ocupado principalmente en cazar perdices. Es cierto que adoraba la caza, pero no lo es menos que nunca se desentendió de los asuntos de su país natal, y por ello resulta injusto que un amigo le recomendara una vez la compra de un telescopio para observarlos.

La verdad es que a este respecto Turgueniev parecía un hombre escindido, o tal vez necesitaba hacerse perdonar su duplicidad por sus dobles allegados: en sus cartas a amigos eslavos se dedicaba a denostar el mundo occidental, con particular rechazo hacia las convicciones y convenciones francesas; en las que escribía a gente como Flaubert, Maupassant, Merimée o Henry James, se quejaba amargamente de lo que se han quejado todos los rusos, a saber, de lo ruso. En París pasaba casi por un autor francés, aunque con un elemento aristocrático que lo delataba como extranjero; en este sentido no había cambios cuando se hallaba en su propiedad de Spasskoye o en San Petersburgo, donde tanto los siervos como los demás escritores lo veían asimismo como a un extranjero. Tanto era así que en una ocasión, cuando llegó a Spasskoye acompañado de su traductor al inglés, Ralston, se produjo una confusión muy significativa. Ralston se parecía mucho físicamente a Turgueniev, ambos de gigantesca estatura y pelo y barba muy blancos. Cuando los siervos vieron aparecer a su amo acompañado de una especie de doble extranjero que sin embargo sabía ruso, y que para mayor pánico se dedicaba a visitar cada casa y cada choza haciendo preguntas meticulosas y anotando en una libreta toda clase de datos y vocablos, creyeron que todo aquello no podía sino obedecer a un propósito siniestro, maligno y aun sobrenatural. Acabaron por convencerse de que la misteriosa presencia era el anuncio de un castigo: muchos de ellos embalaron todas sus pertenencias y, con sus pobres carros, formaron fila en la carretera, a la espera de la orden de marcha: habían llegado a la conclusión de que iban a ser deportados a Inglaterra con el satánico doble del amo, para que sus lugares fueran ocupados por una población más sumisa, previsiblemente traída en extraño trueque de la propia Inglaterra.

Aunque Turgueniev fue un amo moderado y humanitario, no es raro que sus siervos fueran capaces de imaginar las más alambicadas represalias, dada la tradición familiar. La madre, Varvara Petrovna, no le iba a la zaga a la abuela: hablaba de «súbditos» y los trataba peor que a tales. A modo de ejemplo, y para no relatar demasiadas atrocidades, prohibía tener hijos a sus sirvientas, ya que les hacían descuidar sus obligaciones, y los pocos vástagos que pese a todo llegaban al mundo por un desliz, lo abandonaban inmediatamente, recién nacidos arrojados a una charca. A sus hijos (Nikolai e Ivan) no los trataba mucho mejor Varvara Petrovna, ya que los siguió azotando hasta que fueron casi hombres, ni tampoco a sus nietos, sobre todo a la ilegítima hija de Ivan y una costurera al servicio de la casa, a la que su abuela, aprovechando los continuos viajes de Turgueniev, torturaba y se entretenía en vestir a veces como a una señorita para mostrarla a sus invitados; cuando preguntaba a éstos a quién se parecía la niña y la respuesta unánime era que a su hijo Ivan Sergueyevich, hacía que la nieta fuera despojada de sus lindos vestidos y enviada de nuevo a penar en la cocina, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Con todo, Ivan era su favorito, como lo prueba el hecho de que, tras una descomunal discusión con él, Varvara Petrovna estampara contra el suelo el retrato juvenil de quien la había ofendido, impidiendo que ninguna criada lo rescatara de entre los cristales rotos durante todo un año.

La relación de Turgueniev con las mujeres no parece, así pues, haber sido nunca muy fácil, pero sería demasiado simple pensar que, detestando como detestaba a su madre, no tuvo más remedio que reproducir el mismo modelo de dominación y vehemencias. El gran amor de su vida fue la cantante Pauline Viardot, también conocida como «La García», sin duda su más verdadero nombre habida cuenta de que se trataba de una gitana (o sucedáneo) española. Estaba casada con Monsieur Viardot, veinte años mayor que ella y al que nunca abandonó, ni cuando rechazó durante un lustro los avances de Turgueniev ni cuando por fin los aceptó. Es más, fue Turgueniev quien hubo de amoldarse a la situación, y se sabe que llegó a pasar largas temporadas conviviendo con el matrimonio, en términos «fraternales» con Monsieur Viardot y más o menos conyugales con «La García». Ésta era una mujer fea pero magnética, de fortísimo carácter y no privada de talento, y de ella existe un retrato literario debido al mismísimo poeta Heine en el que su encendida admiración adquiere tintes de espanto si se piensa que Turgueniev, a diferencia del retratista o del pintor Delacroix, no se limitaba precisamente a admirarla en escena: «… hay momentos en sus apasionadas actuaciones», dice con entusiasmo Heine, «sobre todo cuando abre de par en par su enorme boca con su deslumbrante dentadura blanca, y sonríe con tan cruel dulzura y tan deliciosa ferocidad, en que uno tiene la sensación de que las monstruosas plantas y animales de la India y África estuvieran a punto de aparecerse». La Viardot o García acabó por serle infiel a Turgueniev con un pintor, y la relación quedó cortada, pero no para siempre ni mucho menos: hacia el final de su vida, el novelista escribía libretos para las operetas que ella componía e interpretaba, y no sólo eso, sino que actuaba en ellas, arrastrándose por el suelo rodeado de odaliscas y disfrazado de sultán turco. La Emperatriz Victoria, que asistió a una de estas representaciones familiares, disfrutó mucho, pero expresó sus dudas acerca de la «dignidad» del comportamiento de tan gran hombre.

Tales dudas las compartió Tolstoi con ella tras haber visto a Turgueniev bailar el cancán con una niña de doce años en el transcurso de una animada fiesta de cumpleaños. El conde Tolstoi, severo, anotó esa noche en su diario: «Turgueniev… el cancán. Triste». Claro que entre ambos había habido bastantes diferencias y bastante amistad. Las primeras tuvieron su punto culminante cuando, tras una encarnizada discusión sobre la conveniencia o no de la occidentalización de Rusia, Tolstoi lo retó a duelo y, para evitar que el lance acabara en rasguños y brindis con champagne, exigió que el arma fuera escopeta. Turgueniev se disculpó, pero al oír que Tolstoi andaba tachándolo de cobarde, fue él quien lo retó a su vez, postponiendo sin embargo el encuentro hasta su regreso de un viaje al extranjero, en aquel momento inminente. Fue Tolstoi quien se disculpó entonces, y así se pasaron diecisiete años, al cabo de los cuales dejaron de aplazar el duelo para cancelarlo por fin y reconciliarse. Tanto Tolstoi como Dostoyevski recurrieron a Turgueniev cuando, viajando por Occidente, lo perdieron todo en el juego (Dostoyevski hasta el reloj). Turgueniev les prestó dinero, lo cual no fue obstáculo para que Dostoyevski lo atacara frecuentemente, amén de tardar nueve años en devolverle el préstamo. Turgueniev lo disculpaba por sus ataques epilépticos y lo trataba como a un enfermo, esto es, con desdén y tolerancia.

No cabe duda de que Turgueniev se encontraba más a gusto con sus colegas franceses, que lo veneraban. Cuando visitaba a Merimée o Flaubert se pasaban las noches en vela, charlando. Algunos ingleses fueron menos cálidos: Carlyle se echó a reír cuando Turgueniev le relató una anécdota que él juzgaba triste, y lo mismo hizo el grosero Thackeray al oírle recitar en ruso un poema del adorado Pushkin. Cuando Maupassant fue a visitarlo dos semanas antes de su muerte, Turgueniev le pidió que la próxima vez le trajera un revólver: tenía cáncer de la médula espinal y sufría atroces dolores. Sus últimos días los pasó delirando, llamando Lady Macbeth a Pauline Viardot y reprochándole que le hubiera negado la dicha del matrimonio. De hecho se refería siempre a su relación con ella como a su «matrimonio oficioso». Entró en un coma del que sólo salió para decirle a Pauline: «Acércate más… más. Ha llegado la hora de despedirse… como los zares rusos… He aquí a la reina de reinas. ¡Cuánto bien ha hecho!». Es difícil saber si podía haber alguna ironía en estas últimas palabras. Ivan Turgueniev murió el 3 de septiembre de 1883, a la edad de sesenta y cuatro años, en Bougival, cerca de París. Su cuerpo fue llevado a San Petersburgo y enterrado, según su deseo, junto al de su viejo amigo Belinski, muerto muchos años antes.

Turgueniev era tan confiado que se pasó la vida dejándose engañar, sobre todo por sus compatriotas, a los que prestaba dinero y ayuda si los veía en apuros, aunque fueran desconocidos. Pese a ser considerado frívolo y ateo, practicaba la seriedad literaria y unas cuantas virtudes con bastante mayor rigor que sus contemporáneos. En su no muy conocido texto «La ejecución de Tropmann», sobre un ajusticiamiento que presenció en París en 1870, cuenta cómo al acercarse el momento de que el asesino Tropmann fuera guillotinado, «la sensación de alguna transgresión desconocida cometida por mí mismo, de alguna vergüenza secreta, creció dentro de mí con cada vez más fuerza», y añade que los caballos del carromato que esperaba para llevarse el cadáver le parecieron en aquel instante las únicas criaturas inocentes que allí había. Esa narración es uno de los más impresionantes alegatos jamás escritos contra la pena de muerte. O quizá, mejor, uno de los más tristes. No en balde Pauline Viardot o «La García», que tuvo que conocerlo bien, dijo de Ivan Turgueniev: «Era el más triste de los hombres».

Thomas Mann en sus padecimientos

Según Thomas Mann, toda novela resultaba insulsa sin ironía, y desde luego él creía que a las suyas las recorría ese don de arriba abajo, creencia un tanto extraordinaria si se conocen algunos de sus novelones más célebres. Quizá su afirmación se comprenda un poco más si se tiene en cuenta que Mann distinguía claramente entre el humor y la ironía, y que juzgaba a Dickens sobrado de lo primero y escaso de lo segundo. Tal vez eso explique que Mann sólo obligue a sonreír a veces (uno percibe que él se estaba sonriendo al escribir) y que Dickens haga reír abiertamente cada pocas páginas.

Lo cierto es que donde jamás parece haber hecho sonreír Thomas Mann (ni siquiera a la fuerza) es en su vida personal, a juzgar por sus cartas y diarios, de una seriedad temible. Estos últimos, como es sabido, sólo pudieron verse a los veinte años de su muerte, en 1975, y, una vez leídos, la demora sólo es explicable por tres motivos: para hacerse esperar y darse importancia; para que no se supiera demasiado pronto que se le iban los ojos tras cualquier jovenzuelo; para que no se supiera lo mal que andaba del estómago y lo fundamentales que le parecían sus vicisitudes (las del estómago, quiero decir).

Cualquier escritor que deja sobres cerrados que no deberán abrirse hasta mucho después de su muerte está convencido de su tremenda importancia, y eso suele corroborarlo la apertura de los dichosos y decepcionantes sobres al cabo de la paciente espera. En el caso de Mann y sus diarios, lo más llamativo es que todo lo que le ocurría le parecía sin duda digno de ser registrado, desde la hora a que se levantaba hasta el tiempo que hacía, pasando por lo que leía y sobre todo lo que escribía. Acerca de tales cosas rara vez, sin embargo, hace alguna reflexión sagaz, de modo que más parecen los diarios de alguien dispuesto a facilitar a la posteridad la minuciosa reconstrucción de sus incomparables jornadas que los de alguien interesado en relatar hechos secretos o verter opiniones privadamente. Dan la impresión de que Mann pensaba en un futuro estudioso que exclamaría tras cada entrada: «¡Caramba, caramba, así que el Mago escribió aquel día tal página de El elegido y a la noche leyó versos de Heine, cuán revelador es esto!». Más difícil resulta quizá prever la posible revelación y asombro que provocarían los insistentes informes sobre sus evoluciones estomacales: «Indispuesto; dolores de cintura causados por el colon y el estómago», anota un día de 1918. «Ligeros dolores abdominales», considera oportuno destacar en 1919, y el mismo año precisa: «Pude hacer mis necesidades después del desayuno». En 1921 las cosas no han mejorado, pero son igualmente dignas de reseñarse: «En la noche, taquicardia y retortijones de estómago», o bien: «Indisposición, irritación intestinal». Más adelante, en 1933, Mann sigue obsesionado, y con razón: «Desayuné en la cama. Propensión a la diarrea». No es de extrañar que un año después se queje: «Me duelen los intestinos», ni que en 1937 tenga la suficiente lucidez para reconocer: «Tengo el estómago sucio», para añadir: «Tuve dificultades al tragar la comida, que tuvo que ser pasada por el colador». En 1939 se han invertido las tornas, por lo que le parece juicioso señalarlo: «Estreñimiento». Menos mal que un año antes, en 1938, nos encontramos con un apunte más variado, aunque no menos asqueroso: «Pasé largo rato sin la dentadura postiza. Padecimientos».

No hay que creer, sin embargo, que los diarios se ocupen sólo de tan prosaicos malestares: amén de informarnos de si tomó o no un ponche, le devolvieron por fin del tinte sus alfombras o visitó al pedicuro tras pasar por la manicura, hay expresivos comentarios sobre la atormentada sexualidad de Mann. Por ejemplo: «Ternura». O bien: «Noche sexual. Pero no se puede, quand même, desear la calma en ese campo». O aún más problemático: «Ayer sufrí un ataque de índole sexual, poco antes de irme a dormir, lo que tuvo muy graves consecuencias nerviosas: gran excitación, miedo, insomnio pertinaz, fallo del estómago, manifiesto en acidez y náuseas». Y otra vez: «Excesos sexuales, los cuales, sin embargo, pese a que me impidieron durante mucho rato reconciliar el sueño debido a la excitación nerviosa, resultaron más bien soportables a un plano intelectual». Esa mención del «plano intelectual» tal vez ayude a descifrar este otro comentarlo, francamente enigmático: «Perturbación sexual y perturbación en mis actividades ante la imposibilidad de negarme a hacer el artículo necrológico sobre Eduard Keyserling». Finalmente, el estómago y el sexo aparecen de nuevo unidos en esta optimista o más bien crédula anotación: «Tuve que dejar de beber esa cerveza fuerte que se hace ahora, no sólo porque atacaba al estómago, sino porque actuaba también como afrodisiaco, excitándome y haciéndome pasar noches intranquilas». Sea como fuera, el tono general es este: «Anoche y también esta tarde: atormentado por el sexo».

Aunque, como se ve, Mann no especificaba mucho, es de suponer que los ataques, excesos y perturbaciones debían de estar relacionados con su mujer, Katia, madre de sus seis hijos. Sin embargo, las demás mujeres parecen haberle resultado del todo invisibles, a diferencia de los muchachos. Cuando fue a oír un recital de Rabindranath Tagore, se le confirmó la impresión que tenía de él: «Me parece una vieja dama inglesa muy distinguida», pero en cambio no le pasó inadvertido que su hijo era «moreno y musculoso, de aspecto muy viril». En el mismo acto quedó «cautivado por dos jóvenes que me eran desconocidos, guapísimos, quizá judíos». Unos días después la compañía de un «joven lozano de dorados cabellos» lo sumió «en un dulce embeleso», y unas semanas más tarde un joven jardinero, «lampiño, de brazos morenos y pecho descubierto, me dio mucho que hacer». Agradecía enormemente al cine alemán de los años treinta que, a diferencia del americano o el francés, ofreciera «el placer de contemplar cuerpos jóvenes, sobre todo del sexo masculino, en su desnudez». Aunque despreciaba en general ese arte, poco dado a la palabra y representativo sólo del hombre vulgar y corriente, por suerte le reconocía sus «efectos sensuales sobre el alma».

Es de temer que Thomas Mann, lejos del humor y la ironía que le atribuían algunos de sus lectores y conocidos, estaba siempre aquejado de melancolía, indolencia, ataques de nervios, pánico y torturas psicológicas de variada índole, entre las que ocupaba un lugar destacado la irritación. A excepción de Proust (pero tan de otro modo), nadie como él explotó la asociación entre enfermedad y artisticidad, y en ese sentido puede decirse que desde siempre fue un anticuado, ya que dicho vínculo tenía al menos un siglo de vida cuando él publicó su primera novela, Los Buddenbrook en 1901. Lo curioso del caso es que sus males y sus angustias eran de lo más estable: no lo abandonaban en ninguno de los lugares en que se vio obligado a vivir, exiliado de Alemania desde antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aunque después del Nobel, que recibió en 1929 con mucha naturalidad. Lo que hace a su figura más noble es, a la postre, su inequívoca oposición al nazismo, desde el principio y hasta el final, aun cuando sus ideas políticas o apolíticas no fueran nunca muy claras ni quizá muy recomendables: lo que le parecía más deseable, en oposición tanto al fascismo como al liberalismo, era una «dictadura ilustrada», expresión en la que el adjetivo es demasiado vago y connotativo como para que no sea el sustantivo lo que prevalezca en todo caso.

Lo malo de Thomas Mann es que creía no tomarse en serio, cuando si algo salta a la vista, tanto en sus novelas como en sus ensayos como en sus cartas como en sus diarios, es que se hallaba plenamente convencido de su inmortalidad. En una ocasión, para restarle méritos a su Muerte en Venecia, que un norteamericano le alababa hasta el sonrojo, no se le ocurrió otra cosa que rebajarlos diciendo: «Después de todo, yo era todavía un principiante cuando lo escribí. Un principiante de genio, pero un principiante al fin y al cabo». Una vez que ya no lo era, se consideraba capaz de los mayores logros, y en una carta al crítico Carl Maria Weber le hablaba con desparpajo de «la grandiosa historia que algún día puedo escribir, después de todo». Es conocida su admiración por el Quijote, ya que aprovechó su lectura a bordo del vapor Volendam, que lo llevaba a Nueva York, para redactar un tomito, Travesía marítima con Don Quijote. Sin embargo, el sobrio y magistral desenlace de la obra de Cervantes no sólo le decepcionó, sino que lo juzgó mejorable: «El final de la novela es más bien lánguido, no lo suficientemente conmovedor; yo pienso hacerlo mejor con Jacob». Se refería, claro está, al Jacob de su tetralogía José y sus hermanos, que en España sólo ha sido capaz de leerse entera el paciente (y rencoroso por ello) Juan Benet. Sorprende que Mann opinara que las grandes obras eran resultado de intenciones modestas, que la ambición no debía estar al principio ni anteceder a la obra, que debía estar unida a ésta y no al yo de su creador. «No hay nada más falso que la ambición abstracta y previa, la ambición en sí e independiente de la obra, la pálida ambición del yo. El que es así se comporta como un águila enferma», escribió. A la vista de sus propias ambiciones, tanto expresas como inexpresas, habría que concluir que la enfermedad que padecía el águila Mann no era otra que la ceguera. Al hablar de la muerte de un antiguo compañero de colegio, apostilló: «Inmortalizado por mí en La montaña mágica». No cabe duda de que tenía ambiciones y se tomaba en serio quien anotaba con seriedad en su diario un día de 1935: «Carta en francés de un joven escritor de Santiago de Chile, informándome de mi influencia sobre la joven literatura chilena». No puedo evitar llamar la atención sobre tres palabras: la primera es «informándome», la segunda es «influencia», la tercera es «chilena».

Thomas Mann tenía un porte solemne, sobre todo de espaldas, según los que lo trataron. De frente, la nariz, las cejas y las orejas (todas ellas picudas) le daban cierto aire de duende, reñido acaso con la solemnidad. Era vehemente en sus intervenciones públicas, hasta el punto de que en una ocasión se le pasó el tiempo durante una lectura radiofónica de su obra y no tuvo más remedio que interrumpirse en mitad de una frase y pedir disculpas. Su procedencia altoburguesa se manifestaba a veces en sus querellas con el servicio: «Ataque de rabia contra la criada Josefa»; «Cocinera desleal, criada sorda»; «Las nuevas criadas parecen servir para algo»; «Todos los criados amenazan de nuevo con marcharse. Náuseas y odio me produce esa canalla indigna», son algunos de los apasionados apuntes que al respecto pueden leerse en sus ocultos diarios.

Sus dos hermanas se suicidaron, como también su hijo Klaus, novelista más modesto y olvidado que él. Padeció mucho, por tanto, aunque en la muerte de su hermana Carla el dolor por la pérdida se mezcló con su reprobación por que se quitara la vida en la casa de la madre y no en otro sitio más adecuado. Padeció también el exilio y el salvaje odio de sus compatriotas, se hizo ciudadano checoslovaco y norteamericano, pero tuvo la satisfacción del más absoluto éxito literario a lo largo de su vida entera, lo cual pudo compensarle. Murió el 12 de agosto de 1955 en Zürich, a la edad de ochenta años, víctima de una trombosis. No hubo ironías en la hora de su muerte. Su familia tuvo el detalle de enterrarlo con una sortija de la que estaba muy orgulloso y nunca se separaba. La piedra era verde, pero no era una esmeralda.

Vladimir Nabokov en é xtasis

Es muy probable que Vladimir Nabokov no tuviera más manías y antipatías que cualquier otro colega escritor suyo, pero sin duda lo parece porque se atrevía a reconocerlas, proclamarlas y fomentarlas continuamente. Eso le valió una cierta fama misantrópica, como no podía por menos de sucederle en un país tan convencido de su rectitud y tolerancia como el que lo adoptó durante los años cruciales de su vida literaria: en Estados Unidos, sobre todo en Nueva Inglaterra, no está muy bien visto que los extranjeros tengan opiniones contundentes, menos aún que las expresen con desenvoltura. «Ese viejo desagradable» es un comentario que se repite entre quienes trataron a Nabokov superficialmente.

En esa región del país pasó Nabokov bastantes años, siempre como profesor de literatura. Primero enseñó en Wellesley College, una de las escasas universidades exclusivamente femeninas que en el mundo quedan, una reliquia apreciable. Se trata de un lugar idílico, dominado por el hermoso Lago Waban y el otoño perenne de sus inmensos árboles cambiantes poblados de ardillas. Aunque hay algunos profesores varones, por el campus no se ven más que mujeres, la mayoría muy jóvenes (alumnae son llamadas) y de familias conservadoras, exigentes y adineradas (también son llamadas princesas). Allí existe la vana ilusión de que Nabokov debió de inspirarse algo en aquellas multitudes cuasiadolescentes con faldas (aunque mucho short ya se llevaba) para su más famosa creación, Lolita; pero según él mismo explicó en numerosas ocasiones, el germen de esa obra maestra se encontraba ya en un relato de su época europea, El hechicero, todavía escrito en ruso. Sus más largos años de docencia los dedicó a Cornell University, que es mixta pero no más sabia, y al parecer Nabokov nunca tuvo una vocación muy fuerte, es decir, se tomaba demasiadas molestias y sufrimientos para dar sus clases, que siempre redactaba y leía luego pausadamente con el texto sobre un atril y como para sus adentros. Una de sus muchas manías era la llamada Literatura de Ideas, así como la Alegoría, por lo que sus lecciones sobre el Ulises de Joyce, La metamorfosis de Kafka, Anna Karenina o Jekyll & Hyde versaban principal y respectivamente sobre el plano exacto de la ciudad de Dublín, el exacto tipo de insecto en que se transformó Gregor Samsa, la exacta disposición de los vagones del tren nocturno Moscú-San Petersburgo hacia 1870 y la visualización exacta de la fachada y el interior de la mansión del Doctor Jekyll. Según aquel profesor, la única manera de hallar placer en la lectura de esas novelas pasaba por tener una idea muy precisa de tales cosas.

Con su fama de misántropo, es curioso que las palabras placer, dicha o éxtasis aparecieran tan frecuentemente en su boca. Confesaba que escribía por dos razones: por placer, dicha o éxtasis y para quitarse de encima el libro que estuviera haciendo. Una vez empezado, decía, el único modo de deshacerse de él es terminarlo. En una ocasión, sin embargo, estuvo tentado de recurrir a un método más rápido e irreversible. Un día de 1950 su mujer, Vera, logró detenerlo cuando iba camino del jardín de la casa para quemar los primeros capítulos de Lolita, agobiado por las dudas y las dificultades técnicas. En otra oportunidad achacó a su propia conciencia asustada la salvación del manuscrito, convencido, dijo, de que el fantasma del libro destruido lo acosaría durante el resto de su vida. No cabe duda de que Nabokov tuvo gran debilidad por ese título suyo, ya que, tras tanto denuedo como le costó, todavía encontró fuerzas para traducirlo personalmente al ruso, a sabiendas de que no podría leerse en su país de origen durante más años de los que él viviría.

Hay que pensar, además, que quien no pudo renunciar a esa novela era un hombre acostumbrado a la renuncia: según Nabokov, todos los artistas vivían en una especie de constante exilio, subrepticio o manifiesto, pero esas palabras resultan irónicas en su caso. Nunca se recuperó (por así decirlo) de la pérdida no tanto de su tierra natal cuanto del escenario de su niñez, y aunque estaba seguro de que jamás regresaría a Rusia, de vez en cuando acariciaba la idea de hacerse con un pasaporte falso y visitar como turista americano la antigua propiedad rural de su familia en Rozhestveno, convertida en escuela por los soviéticos, o su casa de la actual calle Herzen de lo que fue y vuelve a ser San Petersburgo. Pero en el fondo, como todo exiliado «manifiesto», sabía que el regreso no le daría nada y en cambio le dañaría, alterándolos, sus inmóviles recuerdos. Seguramente por causa de esa pérdida, Nabokov nunca tuvo una casa verdaderamente propia, ni en París, ni en Berlín (ciudades en las que pasó sus primeros veinte años fuera de Rusia), ni tampoco en América, ni al final en Suiza. En este último país vivía en el Hotel Palace de Montreux, asomado al Lago de Ginebra, en una serie de habitaciones intercomunicadas y, según varios visitantes, de aspecto tan provisional como si estuviera recién llegado. Uno de esos visitantes, el también escritor y lepidopterólogo Frederic Prokosch, mantuvo con él una larga conversación sobre mariposas, la gran pasión de ambos, y a pesar de que durante la charla aparecieron más de una vez las mencionadas palabras placer, dicha o éxtasis, la voz del huésped Nabokov le sonó «muy cansada, melancólica, desencantada». En la penumbra de un salón lo vio sonreír varias veces, «quizá divertido o tal vez con dolor».

Todas estas percepciones hubieron de ser muy sutiles, ya que Nabokov nunca se lamentaba abiertamente de su condición. Es más, durante sus años americanos y después (conservaba la nacionalidad), no dejó de proclamar lo feliz que se hallaba en Estados Unidos y lo bien que le parecía todo en su nuevo país. La insistencia resultaba sospechosa: en una ocasión llegó a declarar con inverosimilitud notoria que era «tan americano como abril en Arizona», y en sus aposentos del Hotel Palace se podía ver, extravagantemente, una bandera con barras y estrellas encima de una repisa. Pero también era consciente de que los exiliados «acaban por despreciar la tierra que los ha acogido», y recordaba cómo Lenin y Nietzsche odiaron la Suiza que ahora lo acogía a él, con una invencible nostalgia por sus lugares de infancia.

Sin embargo, y según contó en su extraordinaria autobiografía Habla, memoria, en el momento de dejar Rusia, a los veinte años, el mayor aguijón fue la conciencia de que todavía durante algunas semanas, o acaso meses, seguirían llegando cartas de su novia Támara a su abandonada dirección en el sur de Crimea, donde se había establecido durante un breve periodo antes de su partida y tras huir de San Petersburgo. Cartas nunca leídas ni respondidas, y eso así por los siglos de los siglos: sobres cerrados eternamente en el momento de pasar por ellos los labios queridos que los remitían.

Antes de París y Berlín, repletas de emigrados rusos durante los años veinte y treinta, Nabokov y su hermano Serguei pasaron tres cursos en Cambridge, en cuya universidad se graduaron. El recuerdo que Nabokov guardó de allí no es muy halagüeño, predominando en él el contraste entre la abundancia rusa dejada atrás y la miseria deliberada de las cosas inglesas. Sus recuerdos más afectuosos se referían al fútbol, deporte al que siempre fue aficionado y que practicó, con notable éxito tanto en su país natal como en Cambridge, en el puesto de portero. Al parecer salvó goles cantados, y en todo caso prestó encarnación perfecta a la figura misteriosa y ajena de los guardametas más legendarios. Según sus propias palabras, era visto como «un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en una lengua que nadie entendía sobre un país remoto que no conocía nadie». Nabokov debió de ser contenido en sus relaciones familiares, como si incluso en Rusia, antes de la dispersión y el exilio, no hubiera sido capaz de mantener mucho trato con sus dos hermanos y sus dos hermanas (quizá algo más con sus padres). Del más cercano en edad, Serguei, al que llevaba once meses, apenas si tenía recuerdos infantiles, y contaba con sobriedad excesiva su muerte en 1945 en Hamburgo, en un campo de concentración nazi al que había sido trasladado bajo la acusación de ser un espía británico y en el que pereció de inanición. Con algo más de estremecimiento hablaba de la de su padre, asesinado por dos fascistas a la salida de una conferencia pública en Berlín, en 1922: aunque atentaban contra el conferenciante, el padre de Nabokov se interpuso, derribó a uno de ellos y cayó abatido por las balas del otro.

Si bien es cierto que no logró celebridad mundial hasta los cincuenta y seis años con la absurdamente escandalosa publicación de Lolita, Nabokov estuvo siempre persuadido de su talento. Al disculparse por su torpeza oral, aprovechó para dictaminar: «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño». Le molestaba enormemente que le atribuyeran influencias, fueran de Joyce, Kafka o Proust, pero sobre todo de Dostoyevski, al que detestaba, considerándolo «un sensacionalista barato, torpe y vulgar». En realdad detestaba a casi todos los escritores, Mann y Faulkner, Conrad y Lorca, Lawrence y Pound, Camus y Sartre, Balzac y Forster. Toleraba a Henry James, a Conan Doyle y a H G Wells. De Joyce admiraba el Ulises, pero juzgaba Finnegans Wake «literatura regional», de la que asimismo abominaba en términos generales. Salvaba el Petersburgo de su compatriota Biely, la primera mitad de En busca del tiempo perdido, Pushkin y Shakespeare, poco más. El Quijote no lo entendió, y pese a estar él en su contra acabó emocionándolo. Pero por encima de todo aborrecía a cuatro doctores -«el doctor Freud, el doctor Zhivago, el doctor Schweitzer y el doctor Castro de Cuba»-, sobre todo al primero, una de sus bestias negras al que solía llamar «el matasanos vienés» y cuyas teorías consideraba medievales y equiparables con la astrología y la quiromancia. Sus manías y antipatías, no obstante, llegaban mucho más lejos: odiaba el jazz, los toros, las máscaras folklóricas primitivas, la música ambiental, las piscinas, los camiones, los transistores, el bidet, los insecticidas, los yates, el circo, los gamberros, los night-clubs y el rugido de las motocicletas, por mencionar sólo unos pocos ejemplos.

Es innegable que era inmodesto, pero en él su petulancia parecía tan genuina que a veces resultaba justificada y siempre burlona. Se preciaba de poder rastrear los orígenes de su familia hasta el siglo XIV, con Nabok Murza, príncipe tártaro rusianizado y supuesto descendiente de Gengis Khan. Pero aún más orgulloso se mostraba de sus rebuscados antecedentes literarios, no tanto reales (su padre escribió varios libros) cuanto legendarios: así, uno de sus antepasados había tenido algún tipo de relación con Kleist, otro con Dante, otro con Pushkin, otro más con Boccaccio. La verdad es que esas cuatro ya parecen demasiadas coincidencias.

Padecía de insomnio desde la niñez, fue mujeriego en su juventud y fidelísimo en su madurez (casi todos sus libros están dedicados a su mujer, Vera), y en conjunto quizá hay que verlo como a un solitario. El mayor placer, la mayor dicha, los mayores éxtasis los experimentó a solas: cazando mariposas, fraguando problemas de ajedrez, traduciendo a Pushkin, escribiendo sus libros. Murió el 2 de julio de 1977 en Montreux, a la edad de setenta y ocho años, y yo me enteré de esa muerte en la calle Sierpes de Sevilla al abrir un periódico mientras desayunaba en el Laredo.

Lo irritaba la gente que encomiaba el arte «sencillo y sincero», o que creía que la bondad del arte dependía de su sencillez y sinceridad. Para él todo era artificio, incluidas las emociones más auténticas y sentidas, a las que no fue ajeno. También lo dijo de otro modo: «En el arte elevado y en la ciencia pura el detalle lo es todo». No regresó nunca a Rusia ni volvió a saber de Támara. O acaso supo de ella tan sólo en las largas cartas que escribió a su pasado mientras se iba quitando de encima cada uno de sus emocionantes y artificiales libros.

Rainer Mar í a Rilke a la espera

Cuando Rainer María Rilke era muy joven, fue a visitar al viejo Tolstoi en su finca de Yasnaya Polyana. Caminaban por el campo en compañía de la ubicua Lou Andreas-Salomé, y Tolstoi le preguntó a Rilke: «¿A qué se dedica usted ahora?», a lo que el poeta contestó natural y tímidamente: «A la lírica». Según parece, lo que recibió en respuesta fue no sólo una sarta de insultos, sino una diatriba en toda regla contra todo tipo de lírica, algo a lo que en modo alguno podía dedicarse nadie.

No cabe duda de que al joven Rilke las palabras del anciano maestro ruso tuvieron que entrarle por un oído y salirle por otro, ya que pocos poetas ha habido en la historia que más se hayan dedicado, precisamente dedicado, de manera obsesiva y excluyente, no sólo a la lírica sino exactamente a todo tipo de lírica. Rilke hacía lírica en sus poemas, pero también en sus prosas, en sus diarios, en sus cartas, en sus crónicas, en sus cuadernos de viaje, en su teatro. Cada vez que cogía la pluma, aunque sólo fuera para pedir un favor, hacía lírica, y no siempre de la más elevada. A decir verdad, y al menos en sus comienzos, era bastante dado al halago, y no se limitaba a mostrar un interés desmedido por la obra de otros o a alabarla, sino que como mínimo en dos ocasiones se ofreció a escribir sendos volúmenes sobre dichas alabadas obras: cumplió con el ofrecimiento en el caso del escultor Rodin, de quien además fue secretario una temporada, y -quizá para su fortuna- no llegó a cumplirlo con el pintor español Zuloaga, si bien tuvo claro durante algún tiempo en qué iba a consistir el proyecto: «Ese libro ardiente lleno de flores y danzas». Quién sabe si la vehemencia de Rilke no se diluyó en parte debido a una fiesta española a la que asistió en casa de Zuloaga en París, con motivo del bautizo del hijo de éste en 1906, y de la que el cronista de un periódico madrileño dejó constancia: «El guitarrista Llovet asombró con sus primores de ejecución, y el guitarrista Palmero acompañó flamencamente a la "bailaora" Carmela, dislocada y dislocadora en tangos como el del "morrongo" ante el buen abate Brebain, que contemplaba el baile estupefacto». No se sabe de la reacción de Rilke, pero por lo menos después de la fiesta hizo lírica, esto es, escribió un poema previsiblemente titulado «La bailarina española».

Como es bien conocido gracias a los trabajos del insigne experto Ferreiro Alemparte, la conexión española de Rilke fue larga y fecunda, coronada por su estancia de cuatro meses en Toledo y Ronda principalmente, con breves pasos por Córdoba, Sevilla y Madrid. Estas dos últimas ciudades le desagradaron sobremanera: de la capital andaluza, «aparte del sol no esperaba nada, y nada me dio, no tenemos nada que reprocharnos». Sin embargo le reprochó la catedral, «antipática, por no decir hostil», y dentro de ella «el detestable órgano, con un ruido empalagoso». Con la capital del reino fue aún más duro, le disgustó «casi tanto como Trieste» a la ida, y a la vuelta fue menos enigmático y aún más tajante: «… y esta triste tierra de Madrid, que es como si no tolerara ninguna ciudad, y como si tampoco hubiera querido ser nunca de corazón tierra labrada». Pasó sus horas en el Museo del Prado y salió corriendo, sin que le bastaran los Goya, los Velázquez y los Greco para reconciliarse.

Con El Greco anduvo tan obsesionado una temporada como lo estuvo otra con Zuloaga y con la lírica todas las de su vida entera, allí donde se encontrase. Lo cierto es que nunca estaba en el mismo sitio: se sabe que entre 1910 y agosto de 1914 pasó temporadas en una cincuentena de lugares diferentes, por lo que hay que suponer que su vida de esos años transcurrió, más que en ninguno de esos lugares, de viaje entre unos y otros. La errabundia había comenzado pronto tras su Praga natal, con Munich, Berlín y Venecia. Luego vino el primer viaje a Rusia, y al cabo de un año el segundo, ya mencionado. París, Venecia, Viareggio, París, Worpswede en Escandinavia, Alemania, París, Roma, el Norte de África, la esperada España, Duino sobre el Adriático, Munich, Viena, Zürich, Venecia, París, Ginebra, un verdadero caos. Resulta difícil comprender de dónde sacaba el dinero para tanto desplazamiento, y más aún para ayudar, aunque fuera a distancia y en grado mínimo, a la manutención de su hija Ruth, nacida de su matrimonio efímero con la escultora Clara Westhoff: se casaron en la primavera de 1901 y se separaron en mayo de 1902, quizá por eso en buenos términos. Aparte del vástago, algo más le debió a Clara el poeta: fue ella quien lo puso en contacto con Auguste Rodin, al que Rainer Maria debió a su vez uno de sus escasísimos empleos conocidos: hay constancia de que trabajaba para él «dos horas todas las mañanas». A tenor de sus cartas y diarios, Rilke se pasó la existencia «esperando» a la lírica y compartiendo esa espera con diferentes mujeres, la mayoría aristocráticas (al menos de porte y nombre) y bien dispuestas a darle albergue en sus diversos castillos y propiedades para que esperara en ellos más cómodamente. Sintió pasiones amorosas o simplemente amistosas por la seductora Lou Andreas-Salomé, la desesperada Eleonora Duse, la Princesa Marie von Thum und Taxis, Baladine Klossowska, la Baronesa Sidonie Nádhemy de Borutin, Mathilde Vollmöller-Purrmann, la Contessina Pia Valmarana, la pianista Magda von Hattingberg, la escritora sueca Ellen Key, la Condesa Manon zu Solms-Laubach, Eva Cassirer-Solmitz, la Baronesa Alice Fähndrich von Nordeck zur Rabenau, Katharina von Düring Kippenberg, Elisabeth Gundolf-Salomon, Nanny Wunderly-Volkart, la Condesa Margot Sizzo-Noris Crouy, una tal Mimi de Venecia y por supuesto la Condesa y Poetisa de Noailles, hija del Príncipe Bassaraba de Brancovan, sin olvidar, faltaría más, a la Princesa de Cantacuzène. La verdad es que la lista parece y merece ser falsa, pero no lo era, y aún es más, al menos con un par de estas damas cosechó Rilke relativos fracasos: la Condesa de Noailles lo encontró feo, y además la primera frase que le dirigió, nada más ser presentados, fue muy grave: «Señor Rilke», le dijo, «¿qué piensa usted del amor… qué piensa usted de la muerte…?». En cuanto a la diva Duse, por la que Rilke sentía devoción pese a haberla conocido ya con mala salud, envejecida y desquiciada, vio fracasar su acercamiento por culpa de un pavo real que, en medio de un idílico picnic en una de las islas de Venecia, se aproximó astutamente hasta donde ellos estaban tomando el té y lanzó su espantoso chillido rauco al oído de la actriz, quien huyó despavorida no sólo del picnic sino de Venecia misma. Por alguna suerte de identificación caprichosa, Rilke se sintió solidario con el pavo, lo cual le acarreó extraños remordimientos y no pegar ojo durante toda la noche.

La compenetración de Rilke con los animales es bien conocida para cualquiera que haya leído la tan extraordinaria octava de sus Elegías de Duino. Probablemente en contacto con los perros dio el poeta lo mejor de sí mismo, siendo notable lo que vio en una perrita preñada y fea de Córdoba con la que compartió un azucarillo de su café y «celebramos en cierto modo la misa juntos». Ella le había solicitado una mirada, y, según Rilke, «en la suya se reflejaba toda esa verdad que trasciende más allá de lo individual, para dirigirse, yo no sé bien a dónde, hacia el porvenir, o hacia lo incomprensible». En cambio se sentía incómodo con los niños, aunque ellos lo adoraban. En cuanto a sus colegas escritores, es muy probable que su exagerado trato con las señoras no le dejara tiempo para alternar con ellos, aunque conoció levemente a algunos y durante una estancia en Venecia compartió con Gabriele d'Anmmzio un valet oportunamente llamado Dante. Al poeta de la voluptuosidad, sin embargo, no llegó a conocerlo personalmente. Rainer María Rilke, que antes se había llamado sólo Rene Rilke y a quien su amiga Taxis llamaría Doctor Seraphico, se pasó toda la vida aquejado de males tanto físicos como psíquicos mientras esperaba a la lírica. Sus allegadas no recuerdan haberlo visto casi nunca sin algún padecimiento o tormento, y él mismo no se recataba de mencionarlos en sus abundantes cartas y diarios: sus «desgracias constantes» le impedían «trabajar seriamente» allí donde se encontrara, y eso pese a estar siempre dispuesto a sacrificar la vida por el trabajo (el trabajo lírico, bien entendido). Valga un ejemplo: cuando se hallaba alojado en el fastuoso castillo de Berg am Irchel, en el cantón de Zürich, el ruido lejano de una serrería eléctrica al otro lado del parque le dificultaba la concentración y la concepción de sus versos. Según es sabido, la composición de las Elegías de Duino le llevó diez años, de los cuales la mayoría fueron sólo de espera. Cuando había suerte oía voces, como aquel día de enero en que, en medio del fragor de una tormenta, escuchó una que lo llamaba, una voz muy cercana que le decía al oído estas hoy famosas palabras: «¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes angélicos…?». Se quedó inmóvil, atendiendo a la voz del Dios. A continuación sacó su pequeño cuaderno lírico que llevaba siempre consigo, anotó estos versos y otros pocos que en seguida se formaron como involuntariamente. Luego, a la tarde, la primera elegía estaba acabada, pero al poco el Dios se calló, y durante diez años, con pequeños y provechosos intervalos parlanchines, sufrió cruelmente ese silencio, esperando. Habría que preguntarse, con todo, cuánto habría de verdad en esta legendaria espera del poeta Rilke que tan en vilo tenía a todas sus amigas aristocráticas, ya que André Gide, que lo trató poco pero en tiempos no muy feminizados, se acordaba de haberle oído contar que la mayoría de sus versos le salían de golpe y de corrido sin que después necesitaran apenas retoques. Le había mostrado el cuadernillo lírico, con bastantes poemas «improvisados en un banco del Jardín del Luxemburgo», sin una sola tachadura.

Como buen poeta, Rilke comulgaba mucho, no sólo con los animales sino con los astros, la tierra, los árboles, los dioses, los monumentos, los cuadros, los héroes, los minerales, los muertos (sobre todo con las muertas jóvenes y enamoradas), algo menos con sus vivos semejantes. El hecho de que un personaje tan sensible y comulgante resultara ser el más grande poeta del siglo (de eso hay escasa duda) ha traído consecuencias nefastas para la mayoría de los líricos que después de él han sido, quienes siguen comulgando indiscriminadamente con cuanto se les ofrece, con resultados, sin embargo, menos excepcionales y con grave menoscabo de sus personalidades. Dicho sea esto de paso.

Rilke era bajo y enclenque, feo al primer golpe de vista (luego menos), con una cabeza alargada y puntiaguda, gran nariz, labios muy sinuosos que acentuaban el mentón un poco fugitivo y su hoyuelo muy hondo, ojos hermosos y enormes, ojos de mujer con un brillo de infantil malicia, según la descripción de la Princesa Taxis. Es innegable que su compañía debía de resultar muy grata, al menos para esta clase de damas, que fueron quienes más se la beneficiaron. Pasó muchos apuros económicos, lo cual no le impidió ser crítico y selectivo hasta con la comida: seguía dietas vegetarianas y detestaba el pescado, que jamás probaba. No se sabe muy bien qué le gustaba, tanto en lo relativo a comidas como a otras cosas, a excepción de la letra j y, que escribía en cuanto podía, y amén, claro está, de los viajes y las mujeres. Confesaba que no podía hablar más que con ellas, que sólo a ellas comprendía y sólo con ellas estaba a gusto. Debía de ser, sin embargo, durante no mucho tiempo. «Qué quiere usted», dijo una vez su amigo Kassner para explicarle a la amiga Taxis una fuga de Rilke de la que se habían enterado; «todas esas mujeres acaban siempre por aburrirle…».

Rainer María Rilke murió de leucemia tras larga agonía en un hospital de Valmont, en Suiza, el 29 de diciembre de 1926, a la edad de cincuenta y un años. Cuatro días después fue enterrado en Raron, bajo el epitafio que con anterioridad había compuesto y elegido: «Rosa, contradicción pura, placer / de no ser sueño de nadie entre tantos / párpados». También la lápida lírica, quizá eran sólo tres versos los que estuvo esperando tanto.

Malcolm Lowry en la calamidad

Cuando Malcolm Lowry tuvo problemas durante su segunda estancia en México, en 1946, y en su intento por no ser expulsado del país preguntó al subjefe de Migración de Acapulco qué había contra él de su anterior visita en 1938, el funcionario sacó una ficha, la golpeó con un dedo y le contestó: «Borracho, borracho, borracho. He aquí su vida». La frase es tan brutal como exacta, aunque tal vez, en labios más compasivos, la palabra adecuada habría sido «calamidad», pues parece como si en efecto Lowry hubiera sido el escritor más calamitoso de la historia entera de la literatura, lo cual tendría indudable mérito habida cuenta de la tan nutrida competencia en ese campo.

La mayoría de las fotos que se conservan de Lowry lo muestran en traje de baño o con pantalones cortos, con el torso desnudo siempre -un torso como un huso, no gordo pero un poco abombado-. Parte de la explicación a esa costumbre podría encontrarse en sus numerosas estancias en lugares tropicales o bien de playa y en su extremada afición a la natación. Pero también es verdad que no debía de tenerle demasiado aprecio a su ropa: no mucho después de casarse por segunda vez perdió un dinero vital tras apostarlo mal a los caballos, y el remordimiento lo llevó a desaparecer en medio de la calle en un descuido de Margerie Bonner, su mujer. Cuando por fin ésta, al cabo de horas de vagar por Vancouver en su busca, dio con él en una casa de putas, lo encontró tirado en una cama sucia y en calzoncillos. La falta de ropa no era debida, sin embargo, a lo que podría pensarse en un primer momento dada la índole del local, sino a que Lowry la había vendido para procurarse una botella de ginebra que ya había casi vaciado para cuando Margerie lo encontró. También en ocasiones más dramáticas perdió todas sus ropas, por ejemplo en los varios incendios de cabañas o casas en las que habitaba. De uno de esos fuegos salvó milagrosamente Margerie el original de Bajo el volcán. Hay que decir que de haber ardido quizá no habría resultado demasiado grave, ya que eso era algo a lo que Lowry estaba más que acostumbrado, a perder originales o a que se los extraviaran, y por tanto a reescribir sus libros una y otra vez. Los borradores de esa novela son incontables, tanto por culpa de los editores, que se la rechazaban y le exigían que la revisara siempre una vez más, como de su propia insatisfacción. Diez u once años estuvo con ese texto, que por fin vio la luz (y con considerable éxito) tras negarse Lowry a los penúltimos cambios que sus editores le recomendaban. De no haberse negado en esa oportunidad, quién sabe si la novela por la que ha pasado a la historia no habría sido también póstuma, como casi toda su escasa obra.

El proceso de alcoholización de Lowry fue muy rápido, esto es, se inició en su extrema juventud, tras pasar unos meses embarcado en el Pyrrhus porque quería «ver el mundo» (del que, dicho sea de paso, volvió muy decepcionado), y concluyó con la ingestión de la loción de afeitar de un amigo y de su propio pis cuando estuvo internado en un sádico hospital. Ya con anterioridad al Pyrrhus había conocido el infierno, durante su infancia inglesa, o al menos eso gustaba de relatar: varias de sus niñeras se habían dedicado a torturarlo o habían tratado de asesinarlo. Una de ellas, por ejemplo, lo había llevado junto con su hermano Russell hasta un brezal solitario, donde le había bajado los pantalones y le había azotado los genitales ante la mirada atónita del otro niño; otra había intentado ahogarlo en un barril de agua de lluvia del que lo había salvado un jardinero benigno; y una tercera había jugado con su cochecito de niño al borde de un acantilado; no es seguro que no fuera una cuarta (o bien una de las tres precedentes) la que quiso asfixiarlo con una manta. Sea como fuera, tres o cuatro, en ambos casos parecen quizá demasiadas para haberlo querido tan mal, cada una por su cuenta.

Lowry, no cabe duda, gustaba de inventar historias, hasta el punto de que nadie daba crédito a algunas que eran muy ciertas. Tenía bastante mala suerte con los animales: una noche, caminando con su amigo John Sommerfield por «Fitzrovia», el barrio bohemio del Londres de los años treinta, vio dos elefantes en la esquina de Fitzroy con Charlotte Street. Los dos hombres salieron corriendo para avisar a otros, pero cuando regresaron los elefantes habían desaparecido y nadie les creyó, pese a que lograron descubrir en el pavimento una elefantina mierda todavía humeante, lo cual Lowry vio más como un desprecio que como una prueba o ni siquiera una suerte. En otra ocasión, al pasar junto a una carreta, el caballo que la tiraba dio un bufido que a Lowry le pareció de irrisión (hasta los objetos inanimados conspiraban contra él); su respuesta fue un puñetazo al caballo bajo la oreja que lo hizo tambalearse y caer de hinojos: aunque no le sucedió nada grave, el remordimiento de Lowry duró semanas. Más triste fue lo que le ocurrió con un pobre conejillo al que distraídamente acariciaba en su regazo mientras charlaba una noche con el dueño de la mascota y su madre: de pronto el conejillo se quedó tieso, Lowry le había roto el pescuezo con sus torpes manos pequeñas. Durante dos días vagó por las calles de Londres con el cadáver, sin saber qué hacer con él y lleno de odio para consigo mismo, hasta que, por indicación de otro amigo, el camarero de una taberna tuvo a bien ocuparse de lo que prometió que sería un entierro como manda el Dios de los animales.

Pese a tantos desaguisados, Lowry tenía numerosos amigos, los cuales coinciden todos en afirmar que aunque era un hombre imposible, tenía un enorme encanto y suscitaba invencibles deseos de protegerlo. Los hechos de su vida ponen los pelos de punta, pero incluso al hablar de esos hechos hay que recordar lo que él mismo decía a veces a sus allegados: «No me toméis demasiado en serio»; o bien lo que observó su mentor Conrad Aiken años después de su muerte: «Su vida entera fue una broma: jamás hubo bufón shakespeariano más jovial. Eso es algo que debemos recordar cuando todo el mundo anda diciendo ¡Qué Tiniebla. Qué Desesperación, Qué Enigmas! Tonterías. Era el más alegre de los hombres».

Aunque tocaba un ukelele que casi siempre llevaba consigo, y cuando algo le horrorizaba divertía a todos haciendo el gesto de dispararse en la boca o ahorcarse con una soga, hay que reconocer que los hechos pueden disimular esa alegría bastante bien, ya que aparte de sus continuas borracheras, sus incendios, sus pasos por hospitales psiquiátricos, sus breves encarcelamientos y sus tentativas de suicidio más o menos reales, se sabe que en los últimos tiempos probó a estrangular dos veces a su mujer, Margerie, quien pese a todo no lo abandonó jamás. En una ocasión, casi de modo experimental, como si dijéramos sin premeditación, se cortó las venas de una muñeca, y otra vez, en Acapulco, se adentró nadando en el Pacífico hasta no poder regresar. Su muñeca fue curada y las olas no colaboraron, como tampoco quiso el destino que sus manos se cerraran demasiado rápidas sobre el cuello de Margerie ni que entonces se encontraran aislados, donde los gritos de ella no podrían haberse oído.

A su primera mujer, Jan Gabrial, sí que habría tenido más motivos del orden clásico para asesinarla, ya que al mes de la boda empezó a ir abiertamente con otros hombres. Los amigos cuentan una patética escena en la que Lowry la despidió al pie del autobús mexicano en el que ella se iba a pasar una festiva semana con unos ingenieros y él le entregó unos pendientes de plata por su cumpleaños, que tendría lugar dos días más tarde y que no celebrarían juntos precisamente. Al parecer Jan los miró molesta y, casi con enfado, los arrojó en su bolso. Tanto su primera como su segunda mujer parecen haberse quejado de sus pobres o más bien nulas prestaciones sexuales, lo cual quizá explicaría su interés por la botella y su desinterés por las putas en aquella ocasión en que vendió sus ropas.

A Jan Gabrial la había conocido en España, donde pasó una temporada acompañando al poeta Aiken, a quien el adinerado padre de Lowry pasaba una cantidad mensual en concepto de tutoría. Durante su estancia en Ronda y sobre todo en Granada no dejó Lowry muy buena impresión: por entonces, aunque muy joven, estaba gordo, bebía vino sin parar y se empeñaba en ponerse sombreros cordobeses enormes de los que nadie ha llevado nunca. En Granada fue pronto conocido como «el borracho inglés», la gente se burlaba de él y le tenía echado el ojo la Guardia Civil. La mujer de Aiken lo recuerda paseando por la ciudad con un tropel de críos alrededor que se mofaban de él y de los que no sabía cómo zafarse. Se paró ante una tienda de discos, escuchó con una sonrisa idiota la música flamenca que de allí salía, luego prosiguió su zigzagueante camino. La primera vez que salió con Jan, Lowry tropezó y los dos cayeron rodando por los jardines del Generalife para aterrizar él sobre ella. Jan pensó que Lowry no desperdiciaría la ocasión para seducirla, pero en cambio él aprovechó tan sólo para contarle el argumento de su única novela publicada hasta la fecha, Ultramarina.

Malcolm Lowry era un hombre bromista y cordial y guapo. Varios homosexuales trataron de seducirlo a lo largo de su vida, y una noche se sabía tan borracho durante su visita a dos de ellos en Nueva York que al día siguiente tenía dudas sobre si habría sido poseído, aunque en ese caso su máxima preocupación eran sus posibilidades de contraer algún mal venéreo. En sus años de Cambridge otro homosexual joven lo amenazó con matarse si no le hacía caso. Lowry bajó a un pub y lo contó a otros compañeros, los cuales dijeron: «¡Que se muera el cabrón!». Fuera por Lowry o no, el joven se quitó la vida aquella noche en que el escritor se quedó en el pub.

Lowry padecía numerosos pánicos, y uno de los mayores era a cruzar fronteras, lo cual hubo de hacer incontables veces a lo largo de su itinerante vida. Cuando se acercaba el momento de un nuevo viaje, pasaba los días anteriores sudando y temblando ante la perspectiva de tener que vérselas con los aduaneros. También sufría manía persecutoria y, sobre todo en México, estaba convencido de que Oscuras Autoridades seguían siempre sus pasos de cantina en cantina entre la tequila, el mescal, el pulque y la cerveza negra.

El éxito de Bajo el volcán lo incomodó, acostumbrado como estaba a tantos fracasos, y al final de sus días no podía escribir, sólo dictaba a su mujer Margerie, y tenía que hacer lo primero de pie e inmóvil, lo cual le trajo problemas circulatorios en las piernas. Tras sus largos periplos regresó a Inglaterra, a la aldea de Ripe, donde murió la noche del 27 de junio de 1957, un mes antes de cumplir los cuarenta y ocho años. Durante algún tiempo se creyó que su muerte había sido by misadventure (literalmente «por accidente» o «por malaventura» o «por contratiempo»), pero hoy en día parece seguro que no fue tan aventurada, o acaso la tentativa fue menos experimental que las otras veces. Tras una bronca con Margerie, ella le tiró la botella de ginebra al suelo, rompiéndosela. El intentó golpearla y ella salió corriendo a refugiarse en casa de una vecina. No se atrevió a volver hasta la mañana siguiente, y entonces se lo encontró tirado en el suelo, muerto, la cena que ella le había preparado y él no había probado dispersa por la habitación, como si por fin hubiera ido a comer y se le hubiera caído el plato. Se había tomado unos cincuenta somníferos que pertenecían a Margerie, quien no hizo inscribir en su lápida el epitafio que él había compuesto: «Malcolm Lowry / Late of the Bowery / His prose was flowery / And often glowery / He lived, nightly, and drank, daily, / And died playing the ukulele». Que se podría traducir de manera infiel, y si prescindimos de la rima. «Malcolm Lowry / difunto de la calle Ebria / su prosa fue florida / y a menudo airada / vivió, noche a noche, y bebió, día a día, / y murió tocando el ukelele». Pero aquí no se debe prescindir de la rima.

Madame du Deffand ante los idiotas

La vida de Madame du Deffand fue sin duda demasiado larga para quien consideraba que la mayor desgracia era la de haber nacido. Sería erróneo, sin embargo, concluir que se pasó sus casi ochenta y cuatro años esperando la muerte. En más de una ocasión expresó el problema con claridad: «Vivir sin amar la vida no hace desear su fin, y apenas si disminuye el temor a perderla». Nunca fue una desesperada, como su amiga y enemiga Julie de Lespinasse, ni seguramente padeció heridas profundas de ningún género. Era solamente que se aburría.

Bien es verdad que la palabra francesa ennui no se corresponde enteramente con aburrimiento, pero en todo caso se le aproxima y desde luego lo incluye. Madame du Deffand se aburría y luchaba contra el aburrimiento, lo cual la aburría todavía más. No por ello se dejaba vencer, y a uno de los expedientes utilizados en este aburrido y encarnizado combate se debe su paso a la historia de la literatura: era una escritora de cartas infatigable, y ha resultado ser una de las mejores. Su correspondencia con Voltaire y con otros es cuantiosa, pero sólo la que mantuvo con el dandy, político y literato inglés Horace Walpole consta de ochocientas cuarenta misivas salidas de su pluma, y eso no debe ser todo, sino lo que nos ha llegado. Más asombroso resulta saber que todas esas cartas no salieron en realidad de su pluma, sino que fueron dictadas, ya que Madame du Deffand se había quedado ya ciega para cuando conoció a Walpole. Así, nunca vio al que fue el objeto de su casi único amor (bien que epistolar), un hombre de mediana edad pero veintiún años más joven que ella, que contaba sesenta y nueve cuando empezó el carteo por el Canal de la Mancha. Es posible que de haberlo visto, su entusiasmo y su nerviosa espera del cartero se hubieran apaciguado, ya que a juzgar por los retratos que del autor de El castillo de Otranto han dejado Reynolds y otros, Walpole tenía ojos de huevo duro, la nariz larga y demasiado separada de la boca y esta última bastante torcida. Al parecer, y aparte de su personalidad amena, lo que cautivaba era su voz, con el añadido de un ligero acento inglés en su francés que hacía aún más agradables sus superficialidades. Sea como fuera, la Marquesa du Deffand, a quien en su juventud y madurez no se le habían conocido pasiones débiles sino fuertes dominaciones, pasó a depender del correo para su supervivencia y también de sí misma, pues, como es sabido, recibir cartas no procura tanto placer por el hecho de leerlas cuanto por la oportunidad que brinda de contestarlas.

Madame du Deffand había sido muy descreída desde la niñez. Se sabe que, estando en el convento, predicaba la irreligión a sus compañeras, por lo que la abadesa hizo venir al entonces famoso y piadoso obispo Massillon para que la convirtiera. Al salir de la charla, el salvador de almas comentó tan sólo: «Es encantadora». Presionado por la abadesa, que quería saber qué libros santos podían dársele a leer a la niña, el obispo arrojó la toalla: «Un catecismo de cuatro cuartos», fue su derrotada respuesta. Al final de su vida, la Marquesa probó a hacerse un poquito devota, a ver si eso la distraía como a otras damas de su edad. Al ser menos frívola, no llegó a los extremos de la Mariscala de Luxembourg, de quien se dice que tras echarle una ojeada a la Biblia exclamó: «¡Qué tono, qué tono horroroso! ¡Ah, qué lástima que el Espíritu Santo tuviera tan poco gusto!». Pero se hacía leer las epístolas de San Pablo por su doncella, y se impacientaba enormemente con el estilo del apóstol, que juzgaba inconsecuente. «Pero, señorita», le gritaba a la doncella como si ella fuera la responsable, «¿es que vos entendéis algo de todo eso?» La manera en que recibió a su director espiritual durante su enfermedad postrera no pareció tampoco muy resignada. Cierto que lo admitió en su casa, pero con estas palabras: «Señor cura, quedaréis muy contento de mí; pero hacedme gracia de tres cosas: ni preguntas, ni razones, ni sermones».

Durante su juventud, ya casada y separada en seguida («No amar en absoluto al marido es una desgracia asaz general»), había participado en unas cuantas orgías, a las que la introdujo sin duda su primer amante, el regente Philippe d'Orléans. Así, Madame du Deffand inició su no muy prolongada carrera de libertina por lo más alto, y, según su propia confesión, la relación directa y tal vez exclusiva con el hombre más poderoso de Francia duró dos semanas, una eternidad en aquella corte. Un retrato exagerado y malintencionado de aquellas reuniones dice así: «Hacia la hora de la cena, el Regente se encerraba con sus amantes, a veces chicas de la ópera, u otras de parecida estofa, y diez o doce hombres de su intimidad, a los que él llamaba unánimemente sus libertinos… Cada cena era una orgía. Allí reinaba la licencia más desenfrenada; las inmundicias, las impiedades eran el fondo o el condimento de todas las conversaciones, hasta que la absoluta ebriedad dejaba a los comensales sin posibilidad alguna de hablar y oírse. Los que aún podían andar se retiraban; a los demás se los sacaba a cuestas».

La mala reputación de Madame du Deffand la persiguió durante algún tiempo, pero no el suficiente para su talento. Pasada la primera juventud, el prestigio que le interesó adquirir fue el de la inteligencia, y con el nacimiento de su salón nació también su leyenda: cuando ya era muy vieja, los extranjeros y los jóvenes franceses con futuro buscaban por todos los medios ser invitados a sus cenas para poder contar a sus descendientes que habían conocido a la amiga de Voltaire, de Montesquieu, de D'Alembert, de Burke y Hume y Gibbon y aun del pretérito Fontenelle. Uno de esos jóvenes fue Talleyrand, quien, con dieciocho años, tuvo de la Marquesa una visión algo ingenua: «La ceguera», dijo, «… confería a la suave placidez de su rostro una expresión cercana a la beatitud».

Parece ser cierto que sus ojos conservaron hasta el final su permanente hermosura, pero ver en aquella señora «bondad sin igual», «respetable belleza» o,«beatitud» era quizá otra forma de ceguera, ya que la edad no cambió nunca el carácter de Madame du Deffand, y si algo había sido es indiferente, a veces cruel. Lo segundo solía serlo con más o menos motivo, y lo primero en defensa propia: según creen los que la conocieron mejor (pero es difícil que nadie la conociera muy bien), temía tanto ser herida que se anticipaba a perder a quienes podían dañarla. En sus cartas se ve con qué contención reacciona más de una vez a la noticia de la muerte de algún allegado. En epístola a Walpole termina diciendo: «En verdad olvidaba un hecho importante, y es que Voltaire ha muerto; no se sabe ni la hora ni el día; unos dicen que fue ayer, otros que anteayer… Ha muerto de un exceso de opio que tomó para calmar los dolores de su estrangurria, y yo añadiría que de un exceso de gloria, que ha zarandeado demasiado su débil máquina». Un sospechoso exceso de frialdad por su parte para contar la muerte de quien había sido su íntimo amigo y corresponsal durante toda una vida y había escrito: «No quiero resucitar sino para arrojarme a las rodillas de Madame du Deffand». A la muerte por accidente de un criado llamado Colman, comentó: «Es una pérdida; hacía veintiún años que me servía, me era útil en diversas cosas, lo lamento, y además la muerte es un acontecimiento tan terrible que es imposible que no produzca tristeza. En esta disposición, he creído que no debía escribiros; cambio de opinión hoy…». Más dura fue la reacción ante la muerte, a los cuarenta y cuatro años, de Julie de Lespinasse. Su único comentario fue: «Habría debido morir quince años antes; yo no habría perdido a D'Alembert».

Pero así como Voltaire era un amigo y Colman un criado, Julie de Lespinasse era probablemente su sobrina ilegítima y sin duda una de las personas que más había querido. La había llevado a vivir a París con ella desde la provincia, la había introducido en su sociedad, y finalmente Julie, joven tan hermosa como lo había sido ella y tan inteligente como segnía siéndolo, había formado su propio salón y le había «robado» a algunos asiduos, incluido el enciclopedista y mencionado D'Alembert, por quien la Marquesa había hecho tanto cuando él era desconocido. D'Alembert, cuyo sino fue sarcástico, amaba a Julie, y eso explica en parte su defección, aunque no su grosería posterior: «Sé que esa vieja puta de Du Deffand os ha escrito», le dijo a Voltaire, «y tal vez os escribe aún contra mí y mis amigos, pero hay que reírse de todo y joder a esas viejas putas puesto que no sirven más que para eso». Da la impresión de que a D'Alembert, durante tantos años de trato, no se le contagió nada de la agudeza y elegancia expositiva de su protectora.

Madame du Deffand detestaba la artificialidad, aunque vista desde nuestros días su supuesta naturalidad, hay que pensar que en su círculo había, cuando menos, una distorsión de lo natural. Llevaba una vida un poco desordenada de horarios: se levantaba hacia las cinco de la tarde, a las seis recibía a sus invitados para cenar, que podían ser seis o siete o bien veinte o treinta según los días; la cena y la charla duraban hasta las dos, pero como ella no soportaba irse a la cama, era capaz de quedarse hasta las siete jugando a los dados con Charles Fox, y eso que el juego no le gustaba y por entonces tenía setenta y tres años. Si nadie aguantaba en su compañía, levantaba al cochero para que la llevara a pasear por los bulevares vacíos. Bien es verdad que su aversión al lecho se debía en gran parte al insomnio feroz que sufrió siempre: a veces esperaba hasta la matinal llegada de quien le leía, escuchaba unos pasajes de algún volumen y por fin conciliaba el sueño. Siempre le gustó gustar, pero no hasta el punto de callar ante los idiotas: en una ocasión famosa un cardenal se asombraba de que San Dionisio Aeropagita, tras su martirio, hubiera caminado con su cortada cabeza bajo el brazo desde Montmartre hasta la iglesia de su nombre, una distancia de nueve kilómetros que lo dejaba sin habla. «¡Ah, señor!», le interrumpió Madame, «en esa situación, sólo el primer paso cuesta.» Del embajador de Nápoles escribió: «Pierdo tres cuartos de lo que dice, pero como dice mucho, se puede soportar esa pérdida». Lo malo es que casi todo el mundo le parecía idiota, y no se excluía: «Ayer tuve doce personas, y admiré la diferencia de clases y matices de la imbecilidad: éramos todos perfectamente imbéciles, pero cada uno a su modo». O bien algo filantrópico: «Encuentro a todo el mundo detestable». O bien una optimista y confiada opinión: «Se está rodeado de armas y de enemigos, y los que llamamos amigos son aquellos por los que no se teme ser asesinado, pero que dejarían hacer a los asesinos». O bien algo más general: «Todas las condiciones, todas las especies me parecen igualmente desgraciadas, desde el ángel hasta la ostra; lo molesto es haber nacido…». O bien algo más personal: «Jamás estoy contenta conmigo misma… me odio a muerte».

Sus gustos literarios eran también impacientes: adoraba a Montaigne y a Racine, toleraba a Corneille; detestaba el Quijote y no pudo leer una historia de Malta que le recomendó Walpole porque mencionaba las Cruzadas, que la sacaban de quicio; le gustaban Fielding y Richardson, se apasionó por Otelo y Macbeth, pero Coriolano le pareció «falto de sentido común», Julio César de mal gusto y El rey Lear un horror infernal que ennegrecía el alma. No soportaba a los jóvenes.

Siguió cenando en sociedad hasta el fin de sus días, que llegó lentamente el 23 de septiembre de 1780, dos fechas antes de su cumpleaños. Así que pese a todo vivió como había querido: el momento central de la jornada, había dicho, era la cena, «uno de los cuatro fines del hombre; he olvidado los otros tres».

En su última carta a Walpole se había despedido de él: «Divertios, amigo mío, lo más que podáis; no os aflijáis en modo alguno por mi estado; nos habíamos casi perdido el uno para el otro; jamás habíamos de volver a vernos; lamentaréis mi marcha, porque gusta y contenta saberse amado». Da la impresión de que nada, y menos su propia muerte, hubiese sorprendido nunca a Madame du Deffand. Quizá no era sólo una broma cuando le escribió a Voltaire: «Enviadme, señor, algunas chucherías, pero nada sobre los profetas: tengo por acaecido cuanto han predicho».

Rudyard Kipling sin bromas

Pese a lo muchísimo que viajó, la figura de Rudyard Kipling se asemeja a la de un recluso o un ermitaño. Nació en la India, trabajó como periodista, muy joven alcanzó la fama, visitó el Japón, Canadá, Estados Unidos, Brasil, Ceilán, Sudáfrica (por mencionar sólo lugares distantes), y sin embargo la impresión que transmite su personalidad es la de un individuo recatado y huraño, ensimismado y desdichado sin causa. Uno de sus poemas se tituló «Himno al dolor físico», y su alabanza se fundamentaba en la capacidad de ese dolor para borrar y anular el remordimiento, la pena y otras miserias del espíritu. El hombre parecía hablar con conocimiento de causa, por lo que cabe deducir que estaba desesperado. En otro de sus poemas, titulado «Los inicios», lo que se puede leer es una apología del odio, y por mucho que las circunstancias de la Gran Guerra contribuyan a explicarlos, los siguientes versos no dejan de producir cierto escalofrío: «No se predicó a la masa, / ni lo enseñó el Estado. / Nadie lo pronunció en voz alta, / cuando empezaron a odiar los ingleses». El propio Kipling reconoció en una ocasión que era perfectamente capaz del odio personalizado y lento para olvidar, lo cual no quiere decir, por suerte, que llevara a la práctica sus aborrecimientos, esto es, que se dedicara a maquinar venganzas: más bien, en armonía con el resto de su personalidad, rumiaba sus aversiones y las alimentaba sólo en su reconcentrado pecho.

La verdad es que se le conocieron pocas amistades, tanto entre sus colegas escritores como entre laicos. Quizá su mejor amigo fue Wolcott Balestier, un americano que murió demasiado joven para que se cumpliera aquí el adagio de Wilde: «La amistad es mucho más trágica que el amor: dura más tiempo». Sin embargo Balestier le dejó en herencia un libro que escribieron en colaboración, El Naulahka, y el amor precisamente, en la forma de su hermana Caroline o Carrie, que se convirtió en la señora Kipling. No parece que este matrimonio, con el encantador cuñado ya muerto, fuera muy celebrado ni demasiado alegre, al menos en sus comienzos (el resto pertenece al misterio de los reclusos). Henry James, otro de los escasos amigos de Kipling y veintidós años mayor que él, fue el encargado de entregar a la novia durante la ceremonia, pero su informe posterior al respecto da a entender que actuó con bastante reluctancia, por emplear un anglicismo: «Era la hermana del pobre Wolcott Balestier, y es una personita dura, devota, capaz y sin carácter, con la que no entiendo en absoluto que él se haya casado. Es una unión cuyo futuro no pronostico, aunque la entregué en el altar: una espantosa y pequeña boda, con la sola asistencia de cuatro hombres, la madre y la hermana de la novia postradas con gripe». Más enigmático y preocupante resulta el comentario del padre de Kipling: «Carrie Balestier», dijo, «era un buen hombre demasiado consentido». James no era caritativo, y tras haber saludado a Kipling en sus inicios como a «un hombre de genio (lo cual es muy distinto de un hombre de "fina inteligencia")», luego se sintió defraudado y lo criticó públicamente y por escrito. Pese a todo no dejó de mantener cierta amistad, tanto con él como con la personita dura, si bien no exenta la amistad de ironía ni de un punto de crueldad: no sólo se burlaba de la casi senil pasión de los Kipling por los vehículos motorizados que entonces eran seminovedad, sino que le daba enorme pereza tratarlos. Un día de julio de 1908 James se hallaba muy fastidiado por haber aceptado una invitación del matrimonio a almorzar. Llovía, no le apetecía ir y no esperaba que su anfitrión enviara el envidiado coche a buscarlo. Pero Kipling lo hizo, aumentando así el fastidio de Henry James, que aunque no se mojó, se quedó sin escapatoria.

Más auténtica y menos forzada pareció su amistad con un tercer escritor, Rider Haggard, el autor de Las minas del rey Salomón, quizá propiciada por la coincidencia métrica de sus dos extravagantes nombres; el de pila de Kipling era el de un lago junto al que se habían conocido sus padres, y su apellido algo escandinavo traía a la memoria inevitablemente al vikingo; en cuanto a Haggard, de nombre Henry, sus dos apellidos quieren decir literalmente «Jinete Ojeroso», o no sé si peor, «Jinete Macilento». Sus visitas eran ansiadas en el hogar de los Kipling, sobre todo por los hijos, que le seguían «como sabuesos» para que les contara «más historias de Sudáfrica» (niños insaciables, dicho sea de paso, ya que siendo la ocupación favorita de su propio padre la de relatar cuentos a los niños, aún exigían más al señor Macilento). Pero ambos escritores descubrieron «por accidente» (palabras de Kipling) que cada uno podía trabajar cómodamente en la compañía del otro, de modo que a partir de entonces se visitaban con sus folios bajo el brazo, e incluso tramaban relatos juntos. Parece peligroso que de un mismo cuarto salieran tantas aventuras crueles y exóticas.

Una de esas historias, «El hombre que iba a ser rey», era al parecer el cuento favorito tanto de Faulkner como de Proust, lo cual bastaría para que su responsable hubiera pasado, si no necesariamente a la historia de la literatura, sí a la de los lectores y los escritores. Pero además de eso, y mucho antes, sus libros de relatos habían sido devorados primero en su India natal y luego en el resto del mundo de habla inglesa e incluso no inglesa. Su popularidad era tan inmensa que cuando en 1898 enfermó de pulmonía al poco de arribar a Nueva York y se temió por su vida, las masas se congregaban a la puerta de su hotel para recibir el parte, como si hubiera sido un padre de la patria. Se recuperó, no así en cambio su hija mayor Josephine, que a los seis años dijo adiós a la vida sin que las masas en realidad lo sintieran más que por persona paterna interpuesta. Muchos años después Kipling perdió en el frente a su hijo John, que acababa de ser reclutado con dieciocho años. Pasaron dos desde que se informó de que había sido herido y había desaparecido en Loos (pero Kipling lo dio ya por perdido) hasta que se supieron las valerosas circunstancias y la muerte fue oficial. El cuerpo no fue nunca encontrado.

Rudyard Kipling no se andaba con bromas: detestaba las intromisiones en su vida personal, evitaba que le hicieran fotografías (aunque se conservan bastantes), se negaba a dar opiniones sobre las obras de sus contemporáneos (por lo que se ignora a quién respetaba y a quién no literariamente) y no consentía en hablar de lo que no le interesaba. El escritor Frank Harris, «en quien descubrí al único ser humano con el que no podía llevarme bien bajo ningún concepto», no es tal vez, por esa misma razón, una fuente muy fidedigna, pero en todo caso contó cómo en una ocasión discutió con él acerca de la inverosimilitud, en uno de sus relatos, de un accidente provocado por la aparición repentina de un indio con una pareja de bueyes y un cargamento de leña al borde de un precipicio. La aparición causaba el despeñamiento inmediato de uno de los personajes y así acababa la historia. Según Harris, «poner fin a una discusión psicológica con un brutal accidente era un insulto a la inteligencia». «¿Por qué?», preguntó Kipling. «En la vida ocurren accidentes». Harris insistió, juzgando que aquel era demasiado improbable y que «en el arte lo improbable es peor que lo imposible». La respuesta de Kipling fue muy simple, pero bastó para poner fin a las objeciones: «Yo veo al indio», dijo.

Quizá no era tan extraño que él lo viera y no el americano Harris, ya que, según su propia confesión, los años más felices de su vida habían sido los de su primera infancia en Bombay, rodeado de sirvientes nativos que satisfacían sus caprichos y de un mundo de viveza y color que siempre echó de menos en Inglaterra, sobre todo cuando a los seis años fue trasladado a Southsea, cerca de Portsmouth, para su educación británica. El lugar en que él y su hermana Trix vivieron durante varios años, separados de sus padres que habían permanecido en la India, recibió en el texto autobiográfico postumo Algo de mí el nombre de «Casa de la Desolación», lo cual da una doble idea de la dickensiana infancia que también conoció el joven Rudyard en su país no natal. Tan torturado fue, al parecer, por la mujer que regentaba esa casa y su hijo (un matón) que cuando en una visita su madre se llegó hasta su cama para saludarlo en mitad de la noche, el pequeño Ruddy (así lo llamaban en la familia) tuvo por primera reacción protegerse el rostro con una mano. Es de suponer, por tanto, que allí se lo despertaba a golpes.

No se sabe bien por qué los padres de Kipling confiaron sus vástagos a tan dañina institución, pero cabe recordar (aunque eso no los exculpe) que en un cuento Kipling afirmó de un niño de seis años muy parecido a él: «No le entraba en la cabeza que ningún ser humano vivo pudiera desobedecer sus órdenes»; y una de sus tías señaló que era un crío destemplado y dado a chillar incontinentemente cuando estaba enfadado. Hay que decir, sin embargo, que de su posible despotismo infantil no le quedó, por fortuna, casi nada en la edad adulta, aunque, como antes se ha dicho, no se andaba con bromas: durante una de sus largas estancias en América, su otro cuñado, Beatty Balestier, aún más destemplado y ciertamente proclive a beber, se peleó con él y en el calor de la discusión lo amenazó de muerte. Tanto si la amenaza había de tomarse en serio como si no, lo cierto es que Kipling se fue derecho a la policía y el cuñado acabó entre rejas.

Kipling pareció siempre más viejo de lo que era: aunque en nuestro tiempo el aspecto juvenil tiende a perpetuarse más de la cuenta y no nos sirve para medir, hay una foto suya con dieciséis años (en el colegio aún) que casi asusta: lleva una gorrilla, gafitas metálicas y un bigote ralo, y se diría un hombre de cuarenta y cinco. Más nobles son sus retratos de la madurez y vejez, con el bigote abundante y blanco, la calva limpia y las gafas metálicas como signo de fidelidad.

Tenía sólo cuarenta y un años cuando en 1907 le fue concedido el Premio Nobel, que aceptó pese a haber declinado en su propio país el título de Poeta Laureado, la Orden del Mérito y otros honores más o menos nobiliarios. Tuvo sin embargo mala suerte, ya que durante su travesía hacia Estocolmo murió el rey de Suecia, por lo que se encontró con un país desolado y a todo el mundo en traje de etiqueta (el luto oficial), lo cual le impresionó y le aguó la fiesta.

No era un hombre vanidoso ni presumido, rara vez iba al sastre, aunque se cambiaba para la cena todas las noches, porque, «después de todo, era eso lo que se hacía, y lo que se hacía era probablemente lo más sensato que se podía hacer». Su poema «If» o «Si» fue tan famoso que le trajo más de un disgusto con sus favoritos, los niños, quienes a menudo, cuando iba de visita a los colegios, le reprochaban que lo hubiera escrito, tanta era la frecuencia con que se veían obligados a copiarlo como castigo. Ya en vida fue acusado de escritor «imperialista», a lo cual él respondía que quizá era más bien «imperial». Algunas de sus declaraciones públicas no lo ayudaron mucho, como cuando afirmó que «al final de la guerra no deben quedar alemanes». Padecía úlceras duodenales, y poco después de cumplir los setenta sufrió una grave hemorragia y fue trasladado al Hospital de Middlesex, donde murió el 18 de enero de 1936. Sus cenizas reposan en el Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster. Fue admirado y leído, tal vez no muy querido, aunque nadie dijo nunca nada en su contra como persona.

Arthur Rimbaud contra el arte

Apenas si se conservan retratos, y los que hay son fantasmales, de Rimbaud adulto, del hombre que no tenía nada que ver con la literatura y vivía en las costas de Somalia ejerciendo los más variados y poco remunerados oficios. Quizá esa es la segunda razón de que se siga pensando en él casi exclusivamente como en el adolescente terrible y rebelde de sus breves años de París y sus meses de Londres. Su abandono de la poesía a una edad incierta (digamos hacia los veinte años) ha hecho correr la imaginación huraña de todo escritor precoz posterior a él, tentándolo a hacer lo propio en algún momento, normalmente, helas, a edades más avanzadas: después de él todo escritor precoz en realidad ha sido tardío.

La razón principal de que Arthur Rimbaud haya pasado a la memoria de la literatura como niño atroz y prodigio es justamente ese abandono y lo misterioso de sus causas. No era, sin embargo, el primer cambio radical de su vida. Parece como si Rimbaud se hubiera cansado cada pocos años de ser el que era, lo cual vendría poéticamente apoyado por su celebrado «Je est un autre», que tanta fortuna ha hecho en la carrera de las citas. Pasó de ser niño estudioso y alumno sobresaliente a convertirse en un gamberro iconoclasta, sin duda imposible al trato. Sus hagiógrafos se lamentan con frecuencia de la incomprensión que recibió por parte del mundo literario (bohemio o no) parisiense, pero a decir verdad resulta fácil de entender que quienes podían haber sido colegas o compañeros suyos lo rehuyeran en persona como a la peste y en cambio leyeran cómodamente sus poemas unos años más tarde de conocerlo, como de hecho hace la posteridad (la posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de las obras de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos). Según las descripciones de la época, Rimbaud no se cambiaba nunca de ropa y por lo tanto olía fatal, dejaba llenas de piojos las camas por las que pasaba, bebía sin cesar (preferiblemente ajenjo) y no brindaba a sus conocidos otro trato que la impertinencia y la afrenta. A un tal Lepelletier lo ofendió gravemente al llamarlo «saludador de muertos» cuando se descubrió al paso de un cortejo fúnebre. La cosa en sí no habría sido tan hiriente de no ser porque Lepelletier acababa de perder a su madre. A otro individuo llamado Attal, que se le acercó y le dio a leer unos versos para entablar amistad, le correspondió, tras una breve ojeada, con un escupitajo sobre sus poemas pulcramente medidos, rimados y caligrafiados. A otro poeta llamado Mérat, al que había admirado desde la distancia de su aldea natal, Charleville, y que acababa de publicar unos cuantos sonetos cantando el bello cuerpo de la mujer, Rimbaud y Paul Verlaine le respondieron con otro soneto obsceno titulado expresivamente «El soneto del agujero del culo». En una velada literaria, honrada por los escritores más considerados del momento, Rimbaud se dedicó a gritar la palabra Merde! al final de cada verso leído por los próceres en voz alta. Un fotógrafo llamado Carjat perdió la paciencia, lo zarandeó y amenazó con abofetearlo, pero el niño prodigio, pese a su constitución más bien frágil, no se arredraba: desenvainó el bastón-espada de su amigo Verlaine y a punto estuvo de ensartar a aquel adelantado del todavía dudoso arte.

No fue esa, desde luego, la única ocasión en que Rimbaud se vio envuelto en la violencia, aunque en la mayoría de las demás estuvo también Verlaine de por medio, lo cual podría inducir a pensar que era este poeta amigo o amante, diez años mayor que él, quien la llevaba en la sangre. Las respectivas madres de ambos autores solían echar la culpa al «otro» de la vida irregular o de crápula a que los dos se entregaban, pero en el caso de Verlaine el rencor adquiría tintes más graves por parte de sus allegados, ya que él, además de madre, tenía mujer, hijo y suegros. Había mantenido correspondencia con Rimbaud y lo había invitado a París, a su propia casa de recién casado, o mejor dicho, a la de sus suegros. El título de genio provincial que ya le otorgaba Verlaine no hacía esperar a un Brummell, pero tampoco obligadamente a quien encontraron: un patán con el rostro curtido por el sol y el viento, en plena e ingrata edad del crecimiento, con unas ropas que ya le quedaban pequeñas, el pelo hirsuto como si nunca hubiera conocido peine y, a modo de corbata, una especie de cuerda gastada ciñéndole el cuello de la camisa. Se presentó sin ningún equipaje: ni cepillo de dientes ni una sola muda para alternar con la que era de suponer que llevaría puesta. La irrupción de semejante elemento en el ambiente fastidioso y cursi de los Mauté de Fleurville fue vista como un mal presagio, que, dicho sea en seguida, se cumplió con creces.

No es que Verlaine hubiera llevado con anterioridad y posterioridad a su amañado matrimonio una vida responsable y reposada: se había dado con incontinencia a un par de vicios no muy bien vistos por las familias, la embriaguez y la sodomía. Pero en aquellos momentos, con la anunciada llegada del hijo y una esposa asimismo adolescente (Mathilde tenía por entonces diecisiete años), estaba intentando ponerse firmes. Nada más inadecuado para su intento que la aparición de aquel niño salvaje que además traía como propósito practicar el también citado sin cuento «déréglement de tous les sens». Al nacer el hijo, Verlaine pasó los tres días siguientes observando una conducta que él juzgaba modelo, consistente en volver a cenar a casa y pasar la velada con su mujer. Pero ya al cuarto día regresó a las dos, borracho y amenazante: durmió tirado sobre la cama de la nueva madre, con los pies sobre la almohada, lo cual significa -habida cuenta de que no se quitó las botas- que Mathilde tuvo durante horas barro junto a su cara.

La relación de Rimbaud con Verlaine fue una sucesión de incidentes, con Mathilde en medio o al lado demasiadas veces. Verlaine necesitaba a ambos y a ninguno de ellos le era posible prescindir de él completamente, pese a su brutalidad (con ella) y sensiblería (con él), una mezcla insoportable. A título de ejemplo de lo primero, cabe mencionar que cuando Verlaine llegaba ebrio tenía la obsesión de prender fuego al armario en que su suegro guardaba la munición para la caza y que estaba contiguo a la alcoba de Mathilde. En una ocasión la amenaza del fuego sobre su cabeza fue más directa: «¡Te voy a quemar el pelo!», le dijo con una cerilla encendida en la mano. Al parecer el fósforo se apagó antes de que pudieran arder más que unos mechones. También le puso un cuchillo en la garganta, otro día le llegó a hacer cortes en las manos y en las muñecas. Rimbaud compartía con él la afición a las incisiones, sólo que le hacía su víctima: una noche le dijo en el Café du Rat Mort: «Extiende las manos sobre la mesa; quiero hacer un experimento». Verlaine se las ofreció confiado. Rimbaud sacó una navaja y se las rajó varias veces. Verlaine abandonó el café indignado, pero Rimbaud lo persiguió y volvió a pincharle. Del mismo modo que Verlaine hería e insultaba a Mathilde, Rimbaud insultaba y hería a Verlaine, pero nadie se iba del todo. La violencia se vio coronada por los famosos tres disparos del revólver de Verlaine en Bruselas. Falló dos, el tercero alcanzó a Rimbaud en la muñeca. La cosa no habría tenido trascendencia de no ser porque tan sólo unas horas más tarde, camino de la estación desde la que Rimbaud pensaba regresar solo a París, Verlaine, en presencia de su propia madre, que los acompañaba insensatamente, de nuevo perdió los estribos y esgrimió el arma que incomprensiblemente nadie le había confiscado. Ante el temor de que esta vez no fallara, Rimbaud pidió auxilio a un policía, y de ese gesto natural de cobardía resultó la condena del yerno de los Mauté de Fleurville a dos años de trabajos forzados, pese a que Rimbaud, demasiado tarde, quiso retirar la denuncia. Al menos lograron que la acusación pasara de «intento de asesinato» a meras «lesiones». Con todo, parece una ironía que en una carta de Rimbaud a Verlaine poco antes de este episodio, aquél le dijera a éste: «Sólo conmigo puedes ser libre».

Rimbaud era un superdotado que jamás sacó provecho de sus superdotes, si bien le sirvieron para aprender rápidamente cosas no muy útiles, entre ellas numerosas lenguas como el alemán, el árabe, el indostaní y el ruso, o ya luego las más útiles de los indígenas que rodearon su vida adulta o de exilio. También aprendió en poco tiempo a tocar el piano, que primero practicó durante meses imaginariamente. Esto es: como su madre se negaba a alquilar el instrumento, Rimbaud dibujó a cuchillo un teclado sobre la mesa del comedor, y en él se ejercitaba durante horas en completo silencio. La anécdota al parecer es cierta, o al menos más que alguna otra incorporada a su leyenda: se cuenta (pero se sospecha que él era la fuente) que nada más nacer la enfermera lo depositó en un cojín un momento mientras salía a buscar unos pañales. Al regresar se encontró con que la criatura no estaba en su sitio, sino que se dirigía ya a gatas hacia la puerta en busca de aventuras y vagabundeos.

Desde que apareció la excelente biografía de Enid Starkie se sabe bastante de su vida post-literaria y casi nómada: del exportador de café, del capataz, del colono, del explorador, del expedicionario, del traficante de armas y seguramente de esclavos. Se conservan numerosas cartas de sus años abisinios, y en ellas da la impresión de que Rimbaud, por segunda o tercera vez, se había cansado de ser quien era. Su aspecto cambió, se hizo robusto, lució bigote y barba y sólo se mantuvieron inalterados sus llamativos ojos azules, que incluso en sus días de mayor tosquedad y dejadez le conferían la facción poética que todo versificador juvenil ha necesitado siempre. Quiso hacerse rico rápidamente, luego limitó sus aspiraciones y simplemente deseó hacer algún dinero que le permitiera pararse, es decir, establecerse en Abisinia sin grandes apuros. Deseó casarse y tener descendencia, pero nunca contó con una candidata firme. En una carta a su madre le preguntaba: «¿Sería posible casarme en tu casa la primavera próxima?». Era un deseo fuerte pero inconcreto, ya que añadía: «¿Crees que encontraría una mujer dispuesta a regresar aquí conmigo?». Algo antes, a los treinta y tres años, había escrito a su familia: «Tengo el cabello completamente gris y la sensación de que mi vida camina hacia su fin… Estoy terriblemente cansado. No tengo trabajo y me aterra perder lo poco que me queda». Llevaba una existencia frugal, austera, y en todos sus proyectos lo acompañó el fracaso. Ahorraba como un campesino a base de renuncias, luego invertía en una empresa arriesgada y que requería enorme esfuerzo, era engañado en las transacciones o se apiadaba de quienes iban a hacerlo, lo perdía todo, volvían a empezar el ahorro y los lentos proyectos. Nada le salió bien.

Mientras tanto, su prestigio y su fama crecían en París, donde se convertía en una leyenda viva que todo el mundo creía muerta. Un día se le inflamó una rodilla, y ese fue el comienzo de la enfermedad que lo llevó a la tumba, un carcinoma que le hizo peregrinar, con terribles sufrimientos, desde el desierto hasta un hospital de Marsella. Se le amputó la pierna, caminó con muletas, ansiaba una pierna ortopédica. Pero la enfermedad avanzó inmovilizándole todos los miembros, «como ramas secas de un árbol que todavía no ha muerto por completo», según el limpio símil de su biógrafa Starkie. Tomaba té de adormideras y contaba historias lejanas a los vecinos. Un día antes de su muerte dictó, semiinconsciente, una carta a su hermana Isabelle, dirigida a una compañía naviera: «Me hallo enteramente paralizado y desearía por ello subir pronto a bordo. Tengan a bien comunicarme a qué hora se me podrá embarcar». El 10 de noviembre de 1891, murió sin haber cumplido los treinta y siete. Lo enterraron en su detestada aldea natal, Charleville, sin ningún discurso. Cuando, ya muy enfermo, un conocido le habló de su poesía y de literatura, Rimbaud contestó con un gesto de desagrado: «Qué más da todo eso. Mierda para la poesía». La idea no era nueva en él, ni producto de la agonía. Muchos años antes, en el borrador de Una temporada en el infierno, había anotado: «Ahora puedo decir que el arte es una tontería». Quizá dejó de escribir tan sólo por eso.

Djuna Barnes en silencio

La larguísima vida de Djuna Barnes no cundió demasiado, al menos a su literatura, pese a que exceptuando un periodo de su juventud en el que se dedicó al periodismo, fue la actividad a la que más se entregó, amén de a guardar prolongados silencios. Sus silencios fueron tanto escritos como verbales. En el París de los expatriados, el de entreguerras, el de Joyce y Pound y Hemingway y Fitzgerald y otros ochocientos mil aspirantes a artistas bohemios (preferentemente norteamericanos), hay algunos testigos que la recuerdan siempre callada en las multitudinarias reuniones, mirando a su alrededor con aire de tímida superioridad. Otros, en cambio, la recuerdan como a una de las mujeres más brillantes y más capaces de animar una velada, dada a las imitaciones perfectas de conocidos personajes, a la impertinencia, a la risa (una risa llamativa, fuerte, rara, que no duraba mucho: al parecer se cortaba en seco), a los airosos desplantes y a las medianas borracheras.

A juzgar por las fotos de aquella época, era una mujer más elegante que guapa, lo cual, unido a su gran estatura, hacía de ella una mujer imponente, no en el sentido vulgar del término, sino en el sentido de que imponía. Muchas fueron sus aventuras con hombres y mujeres, pero mayor fue el número de hombres y de mujeres cuyas tentativas fracasaron por los más variados motivos, incluso meramente literarios. El entonces famosísimo crítico Edmund Wilson, al que ella en principio admiraba, la invitó a cenar una noche de 1921, cuando ella tenía veintinueve años. A los postres le propuso que se fuera a vivir con él y que viajaran de inmediato a Italia como primer paso plausible para un intelectual romance. Puede que Djuna Barnes lo estuviera considerando cuando Wilson empezó a discursear lleno de entusiasmo incontrolado sobre la novelista Edith Wharton. Y ese fue su gran error, porque Barnes no soportaba a Wharton. Quizá no lo descalificó como crítico, pero sí como posible amante.

En alguna otra ocasión las cosas fueron menos civilizadas: se sabe de un portero de un hotel de la rue Saint-Sulpice que intentó violarla en su habitación, y de un periodista borracho que se metió con ella y con su amante Thelma Wood en un café. Alguien procuró llevárselo, pero Djuna Barnes ya había oído lo suficiente: siguió al periodista en su camino hacia la calle, le dijo cuatro cosas y en respuesta recibió un puñetazo en el mentón que la derribó por tierra. No se arredró sin embargo, y contribuyó en no escasa medida a que el borracho fuera finalmente reducido y luego vapuleado. Pocos meses después, las crónicas de sociedad más malévolas dieron cuenta de cómo había salvado durante un altercado a su acompañante masculino «de los más duros camareros».

Ni siquiera en la madurez se salvó de algunos asedios, aunque para entonces las más insistentes eran mujeres. Dos escritoras más jóvenes que ella, las hoy muy célebres Anaïs Nin y Carson McCullers, la sometieron -cuando aún no eran tan célebres- a un verdadero hostigamiento lejano y cercano respectivamente. Si Nin lo hizo a distancia y por la vía literaria, dando entrada en sus obras de manera recurrente a un personaje llamado «Djuna», lo cual irritaba y desquiciaba a la verdadera Djuna, McCuUers montó guardia ante su apartamento durante toda una temporada. La leyenda cuenta que aquella joven entonces desconocida pasaba horas gimiendo y sollozando a la puerta e implorando ser admitida. Pero Barnes era inflexible y sabía preservar su soledad. Pese a los torpes elogios de Nin (quien había dicho de ella: «Ve demasiado, sabe demasiado, es intolerable»), Barnes la consideraba una muchachita idiota y una escritora viscosa: nunca se dignó recibirla. En cuanto a McCullers, cuya obra seguramente no podía conocer aún, la obsequió siempre con el más impenetrable silencio, salvo una tarde en que debió perder la paciencia ante los timbrazos del cazador solitario y dijo: «Quienquiera que esté llamando a ese timbre, que haga el favor de irse al infierno». Las palabras surtieron momentáneo efecto, y quién sabe si también a la larga, ya que la pobre McCullers murió años después pero algo prematuramente, con sólo cincuenta años.

Aunque la infancia y la adolescencia de Djuna Barnes son raras y confusas o confusas por raras y no se sabe demasiado de ellas, puede que desde muy joven estuviera acostumbrada a los asedios y situaciones anómalas, sobre todo si es cierto lo que se cree saber a medias, y es que a la edad de diecisiete o dieciocho años fue «entregada» por su padre y su abuela (como a veces sucede en la Biblia con las hijas de los patriarcas) a un hombre de cincuenta y dos llamado Percy Faulkner, hermano de la amante de su padre. Este Faulkner se la llevó a Bridgeport una breve temporada, y quién sabe si el apellido no tuvo algo que ver con el escaso aprecio que Djuna tuvo siempre por el novelista William, a quien juzgaba sensiblero. Bien es verdad que Faulkner (el novelista) tampoco le tuvo a ella mucho, al menos oficialmente, ya que en dos de sus obras la cita con cierto reproche. Muchos críticos, sin embargo, han señalado que la prosa de Faulkner le debe a Barnes más de un rasgo estilístico.

Otros contemporáneos sí la elogiaron abiertamente, desde T S Eliot, quien escribió la introducción a su obra maestra, El bosque de noche, y fue su valedor en Inglaterra, hasta Dylan Thomas, Joyce (que nunca elogiaba nada) y Lawrence Durrell. A este último su encendido entusiasmo (llegó a decir: «Uno se alegra de vivir en la misma época que Djuna Barnes») no le salvó de ser acusado de plagio por la escritora, quien detectó una escena demasiado parecida a una suya en un texto de Durrell. Sin duda lo era, pero se trataba menos de un plagio que de un homenaje. Esto sucedía en los años sesenta, cuando ella ya había dejado atrás sus setenta y al parecer veía robos por todas partes. Algo antes, en los cincuenta del siglo, recibió a Malcolm Lowry en su apartamento y éste contó la visita en una carta. Siendo él tan desastroso, ella le pareció aún más perdida: la encontró pintando «un demonio masculino semifemenino» en la pared; ella le regañó rotundamente por el éxito de Bajo el volcán, le dio seis botellas de cerveza una tras otra y confesó temer a su novela El bosque de noche, que se había publicado dieciséis años antes y desde la que, según dijo, no había vuelto a escribir nada. Pese a que ese libro le producía sentimientos encontrados (una obra maestra técnica, pero algo monstruoso), Lowry admitió que «ella o él o Ello» le había parecido un ser admirable, aunque aterradoramente trágico, «en posesión tanto de integridad como de honor». Es de suponer que Lowry salió del apartamento algo confuso, o quizá fueron las generosas cervezas.

No es de extrañar que Djuna Barnes considerara su nombre de pila inequívocamente suyo cuando Anaïs Nin se permitió utilizarlo, ya que la mayoría de los de su familia parecían puestos a propósito para que nadie pudiera usurparlos. Cabe mencionar que entre sus propios hermanos o antepasados había las siguientes extravagancias, que en muchos casos no permitían ni adivinar el sexo de quienes las portaban: Urlan, Niar, Unade, Reon, Hinda, Zadel, Gaybert, Culmer, Kilmeny, Thurn, Zendon, Saxon, Shangar, Wald y Lleweilyn. Este último es al menos un nombre conocido en Gales. Quizá se comprende que, llegados a la edad adulta, algunos miembros de la familia Barnes decidieran adoptar apelativos banales como Bud o Charlie. Es posible que los nombres se debieran a algún misterio, habida cuenta de que en la familia había una cierta tradición de espiritismo excéntrico. Uno de los abuelos de Djuna tuvo hasta acólitos: pocos, pero entre ellos el gran Houdini, famoso por sus espectáculos en los que se zafaba milagrosamente de pesadas cadenas o escapaba de cajas fuertes adecuadamente blindadas.

Djuna Barnes no tuvo hijos y se casó una sola vez, con un individuo llamado Courtenay Lemon que le duró unos tres años, y malamente. Al parecer era un tipo tranquilo con tendencia a la obesidad. Bebía mucha ginebra, era socialista, redactaba aburridos panfletos llenos de tópicos, aspiraba a establecer una «filosofía de la crítica» que nunca llegó a terminar. Fueron más numerosos los amantes masculinos de Djuna Barnes que las femeninas, pero si tuvo un gran amor -cosa dudosa- fue la escultora Thelma Wood. Vivieron juntas en París durante bastantes años, y el paso de ambas por los bulevares nunca resultaba inadvertido: dos mujeres extranjeras, elegantes, decididas, despectivas, Thelma Wood con unos pies enormes en los que repararon cuantos la conocieron y -sobre todo- cuantos alguna noche bailaron con ella y hubieron de vigilarlos. Wood era aún más cortante que Barnes, y más jactanciosa: cuando el autor canadiense John Glassco admiró descaradamente su cuerpo mientras bailaban (los pies gigantescos) y le propuso sin más que se fuera con él a la cama, añadió: «Lo siento, espero no estarte asustando». Ella le respondió: «¿Asustarme? Nadie asusta a Thelma Wood». Quizá era uno de esos extraños seres que hablan de sí mismos en tercera persona. Thelma era borracha y derrochadora, y, lo que es peor, solía perder, antes de poder derrocharlo, el dinero que le sacaba a Djuna, quien muchas noches tenía que echarse a la calle en su busca, tan celosa como preocupada, hasta dar con ella en alguna situación apurada y llevarla de vuelta a casa en estado derrotado.

Entre los hombres, cabe destacar su amorío con Putzi Hanfstaengl, un alemán que había estudiado en Harvard y que veinte años después se convirtió en el bufón oficial de la corte de Adolf Hitler. Pese a que Djuna lo detestaba (a Adolf, no a Putzi), mantuvieron algún contacto, y gracias a ello Barnes fue una de las primeras personas aliadas en saber de la escasez abdominal congénita del por otra parte inconmensurable Führer. Se conserva una foto de 1928 en la que se los ve juntos (a Djuna y a Putzi, no a Adolf): él es un hombre con pajarita, nariz grande y ojos muy bizcos: la verdad es que se diría un asesino.

Pero la vida de Djuna Barnes duró noventa años, y le tocaron en suerte demasiados en los que ya no quiso o no pudo tener amantes y no le quedó más remedio que guardar silencio. Su apartamento de Nueva York era un refugio inaccesible. En él recibía cartas y los cheques con que su amiga la multimillonaria Peggy Guggenheim la financió durante lustros; también algunas llamadas de editores que querían relanzar sus escasas obras y con los que acababa indignada invariablemente. (También la indignaba Henry Miller, al que juzgaba basura.) A veces trabajaba ocho horas diarias durante tres o cuatro días para producir dos o tres versos, cualquier sonido le arruinaba la concentración durante el resto del día, y se desesperaba. En su apartamento de Patchin Place pasó más de quince mil días según uno de sus biógrafos, es decir, más de cuarenta años. Y se sabe que la mayoría de ellos, tanto días como años, pasaron en absoluto silencio, sin que cruzara una sola palabra con ninguna otra persona. Sólo el ruido de la máquina y versos que aún nadie ha leído. Mucho antes de que dieran comienzo esos cuarenta años, en 1931, había escrito: «Me gusta mi experiencia humana servida con un poco de silencio y contención. El silencio hace ir a la experiencia más lejos y, cuando muere, le confiere esa dignidad propia de lo que uno ha tocado y no se ha llevado».

En su interminable vejez se la veía poco, por tanto. Le daban miedo los adolescentes callejeros. Le horrorizaban las barbas hasta el punto de exigirle por teléfono a un futuro visitante que se la afeitara (le interrogó sobre su aspecto) antes de ir a verla. Consideraba que el envejecimiento era un ejercicio de interpretación, pero a la vez pensaba que había que matar a los viejos. «Debería haber una ley», dijo. La ley se cumplió en ese apartamento la noche del 18 de junio de 1982, seis días después de que su inquilina se convirtiera en nonagenaria. Las pocas personas que la visitaron antes de esa fecha pasaron largas horas con ella y sufrieron dolor de cabeza. «Me han dicho que se lo produzco a todo aquel con quien hablo», reconoció. La respuesta del visitante afectado fue: «¡Es usted tan intensa!». Y ella dijo: «Sí. Lo sé».

Oscar Wilde tras la c á rcel

Según los testimonios de cuantos lo conocieron, la mano que daba Oscar Wilde para saludar era mullida como un cojín, o más bien fofa como plastilina gastada y algo grasienta, y uno tenía la impresión de haberse manchado después de estrechársela. También se ha dicho que su piel era «sucia y biliosa», y que al hablar tenía la fea costumbre de pellizcarse y tirarse levemente de la papada, que no era de por sí inexistente. Mucha gente, prejuiciada o juiciada, lo halló repelente al primer golpe de vista, pero todos coinciden en señalar que tal sensación se desvanecía en cuanto Wilde empezaba a hablar, y aún es más, se veía sustituida por otra, de vago maternalismo o abierta admiración, de simpatía incondicional. Hasta el Marqués de Queensberry, que lo llevaría a la cárcel y a no escribir más, sucumbió a su encanto personal cuando lo conoció en el transcurso de un almuerzo en el Café Royal, a donde había acudido con su hijo Lord Alfred Douglas con vistas a apartarlo del dañino influjo de Wilde. Según ha contado el propio Douglas, que en aquella época respondía más bien por el apelativo de «Bosie» a quienes le tenían cariño, Queensberry llegó lleno de odio y desprecio hacia Wilde y muy mal dispuesto, pero a los diez minutos «comía en la palma de su mano» y al día siguiente envió una nota a su hijo «Bosie» retirando cuanto había dicho o escrito en contra de su amigo: «No me extraña», le decía, «que le tengas tanto aprecio, es un hombre maravilloso».

Bien es verdad que esta segunda impresión no le duró demasiado, y ya antes de que ambos caballeros se llevaran mutuamente a juicio con la desgraciada derrota de Wilde que todo el mundo conoce, tuvieron al menos otro encuentro, mucho más tenso. En esta ocasión el Marqués, que ha pasado a la historia por haberle dado carta de deporte de caballeros al boxeo además de por haber privado al público inglés de algunas de sus -previsiblemente- comedias favoritas, se presentó en casa de Wilde acompañado por un púgil no sólo profesional, sino además campeón. El propio Marqués había sido un notable peso ligero aficionado, y por entonces aún destacaba como brioso jinete y cazador furioso. A esta ruda pareja se oponían Wilde y su criadito, un muchacho de diecisiete años que parecía una miniatura. Pero no hizo falta llegar a las manos. El «chillón Marqués escarlata», como lo llamaba Wilde, soltó cuanto tenía que soltar en su misión de rescate del corrompido vástago, y entonces Wilde hizo sonar la campanilla y, cuando reapareció su mayordomo mínimo y niño, le indicó: «Este hombre es el Marqués de Queensberry, el más infame bruto de la ciudad de Londres; no vuelvas a dejarlo entrar en esta casa», tras lo que abrió la puerta y le ordenó: «Salga». El Marqués obedeció, y al púgil, que por lo visto era de buen corazón y respetuoso, no se le ocurrió intervenir en una discusión entre dos caballeros.

Oscar Wilde era, pues, hombre firme pese a su aparente blandura, ya iniciada, según la leyenda, en su más tierna infancia, cuando su madre, la activista y poetisa irlandesa Lady Wilde, decepcionada por haber dado a luz a un segundo varón en vez de a la niñita que deseaba, no se conformó fácilmente y vistió a Oscar con atuendos feminoides durante más tiempo del quizá aconsejable. De su firmeza y poderío físico existe a su vez otra leyenda, según la cual, cuando era estudiante en Oxford, recibió en sus habitaciones la indeseada visita de cuatro gamberros de Magdalen College salidos de una fiesta etílica y dispuestos a pasar a su costa el mejor de los ratos. Los menos bravucones de la partida, que se habían quedado al pie de las escaleras como espectadores, vieron, para su sorpresa, rodar por ellas uno tras otro a los cuatro fornidos adelantados que habían subido a destruir el disfraz estético y la porcelana china del amanerado hijo de Irlanda.

Al parecer es mucha la gente que en su día mintió sobre Wilde, y a ello hay que achacar los considerables contrastes en la información que sobre él se posee. Aunque puede que en realidad no entre en contradicción con su fama de temerario la siguiente anécdota, relatada por Ford Madox Ford: después de salir de la cárcel, en sus últimos años parisinos, Wilde era frecuente objeto de burla por parte de los estudiantes cuando paseaba por Montmartre. Un apache llamado Bibi La Touche solía acercarse a él acompañado de otros matones y le decía a Wilde que se le había antojado su bastón de ébano con incrustaciones de marfil y mango en forma de elefante, y que, si no se lo entregaba en el acto, lo asesinaría de camino a casa. Según Ford, Wilde lloraba con gruesas lágrimas que empapaban sus mejillas enormes y rendía el bastón invariablemente. A la mañana siguiente los apaches se lo devolvían a su hotel, sólo para exigírselo de nuevo a los pocos días. Es posible que todas las leyendas sean ciertas, habida cuenta de lo mucho que había cambiado el Wilde ex-convicto. Quizá en la cárcel aprendió a tener miedo, en todo caso era un hombre prematuramente envejecido, sin más dinero que el que le iban procurando sus más fieles amigos, perezoso ante el trabajo (esto es, ante la escritura), quejoso hasta la exasperación y un poco cómico. En esa época adoptó el nombre de Sebastian Melmoth, sólo dio a la imprenta su famosa Balada de la cárcel de Reading, estaba cada vez más sordo, tenía la piel enrojecida y vulgarizada y caminaba como si los pies le dolieran, apoyado siempre en su bastón tan arrebatado. Sus ropas no eran tan fúlgidas como en el pasado, había cedido por fin a la obesidad que tanto lo había acechado, y existe una foto de él, ante San Pedro de Roma, tres años antes de su muerte, en la que la figura entera se ve dominada y ridiculizada por un sombrero minúsculo que subraya cruelmente su muy gorda cabeza, aquella cabeza que en su juventud había lucido largas melenas artísticas y generosos sombreros ornados de plumas.

Lo único que no perdió fue su capacidad conversadora, y se dice que dirigía las reuniones y las cenas con el mismo firmísimo pulso y variadísimo anecdotario que durante sus años de mayor gloria en Londres, los años en que fue dramaturgo. No era sólo que tuviera infinitas ocurrencias, inventara juegos de palabras inverosímiles y lanzara máximas a cual más brillante, sino que al parecer contaba extraordinariamente, mucho mejor de lo que lo hiciera por escrito nunca. En cualquier ocasión mundana era él quien hablaba, casi el único que hablaba, lo cual no impedía, sin embargo, que cuando se hallaba a solas con alguien, ese alguien tuviera la sensación de no haber sido jamás escuchado con mayor atención, interés y piedad, si esto último le hacía falta. Bien es verdad que en sus retruécanos se lo acusaba a menudo de plagio: tal cosa la había dicho antes Pater, tal otra Whistler, tal otra Shaw. Sin duda era así en muchos casos (sobre todo copió del pintor Whistler, a quien primero reverenció y con quien luego se enemistó), pero lo cierto es que las ingeniosidades, pertenecieran en su origen a quien pertenecieran, se hacían célebres sólo tras pasar por sus labios.

El bisexualismo de Wilde es cosa probada, aunque por culpa del escándalo de sus procesos tiende a pensarse en él como en el puro apóstol y protomártir moderno de la homosexualidad. Pero no sólo se casó con Constance Lloyd, de la que tuvo dos hijos, sino que se ha hablado mucho de una sífilis contraída con una puta en su juventud y de un temprano desengaño con una joven irlandesa a la que cortejó muy en serio durante dos años, al cabo de los cuales ella se casó con Bram Stoker. (Hay que concluir, dicho sea de paso, que la joven en cuestión gustaba de las emociones fuertes, habiendo oscilado entre los futuros autores de El retrato de Dorian Gray y de Drácula, prefiriendo a la postre el inmortal vampi-ismo sobre un pictórico y no tan duradero pacto con el demonio.) Y más de un amigo o conocido suyo se quedó perplejo cuando se desató el escándalo y supo cuáles eran las acusaciones: jamás habrían sospechado en él semejantes tendencias, dijeron, pese a la insistente profesión de helenismo que Wilde había hecho desde sus años estudiantiles y su viaje a Grecia, del que resultaron una fotografía del viajero con traje típico local de amplias faldas y su abrazo formal del paganismo, en detrimento del catolicismo al que había dudado si entregarse justo antes: llegó a decorar sus aposentos oxonienses con retratos del Papa y del Cardenal Manning, pero cuando le tocó visitar al primero, en una audiencia romana procurada por su catoliquísimo y adinerado amigo Hunter Blair, se mantuvo en huraño silencio y el encuentro le pareció un espanto; después se encerró en la habitación de su hotel y salió con un soneto alusivo. Pero lo peor vino luego: al pasar junto al cementerio protestante, Wilde insistió en detenerse y allí se postró ante la tumba del poeta Keats con mucha más devoción de la que había ofrecido al no tan pío Pío IX.

De Constance Lloyd Wilde no se sabe demasiado, aparte de que miraba a su marido a la vez con desaprobación y dulzura. De Lord Alfred Douglas o «Bosie», en cambio, se sabe mucho, sobre todo por los varios libros que él mismo escribió a lo largo de su prolongada vida (murió en 1945, con setenta y cinco años), a partes iguales versos y volúmenes más o menos autobiográficos y justificatorios. De joven era largo de bucles y corto de luces, y en su madurez perdió los bucles y no ganó en luces: se hizo católico y puritano, y sus juicios sobre lo sucedido parecen confusos en el mejor de los casos. Le tocó en suerte vivir demasiados años marcado por un escándalo del que él era sólo reacio coprotagonista, pero nunca hizo méritos para pasar a primer plano por ningún otro motivo. Dos años después de la muerte de Wilde se casó con una poetisa, con lo que se puede decir que estableció un matrimonio curioso, de versificadores. Su bête noire fue Robert Ross, quien no sólo manipuló y se quedó con la larga carta que Wilde había escrito a «Bosie» desde la cárcel y que hoy se conoce como De Profundis, sino que además, según parece, fue el instigador remoto de toda aquella tragedia al haber sido el iniciador sexual de Wilde en su juventud, en la vertiente más helenística.

Las ocurrencias de Wilde son legión, y la mayoría han tenido suficiente acogida en el cielo de las citas como para insistir ahora en ellas. Aún es más, todavía hoy se le atribuyen ingeniosidades que nunca pasaron por su cabeza. Sí le pertenece esta descripción de un día muy atareado en la vida de un escritor: «Esta mañana», dijo, «quité una coma, y esta tarde la he vuelto a poner».

En sus últimos años pareció tomarse al pie de la letra estas palabras, tras abandonar la cárcel en la que había permanecido durante dos, con trabajos forzados. Aunque era evidente que si creaba una nueva comedia o novela le llovería el dinero y su penuria se acabaría, se sentía sin fuerzas para escribir y sin ganas de hacerlo. Según decía, había conocido el sufrimiento, y eso no podía cantarlo; lo detestaba, pero lo conocía, y por eso tampoco podía cantar ahora lo que siempre le había inspirado, el placer y la alegría. «Todo lo que me sucede», dijo, «es simbólico e irrevocable». En esos años André Gide lo describió como a «una criatura envenenada». Bebía de más, lo cual contribuía a irritarle la piel enrojecida de todo el cuerpo: tenía que rascarse a menudo, por lo que pedía disculpas: «La verdad», le dijo a un amigo, «es que parezco más que nunca un gran simio, pero espero que no te limites a invitarme a nueces, sino a un almuerzo».

Seis años antes de su caída en desgracia había escrito esto sobre la vida: «La vida lo vende todo demasiado caro, y nosotros compramos sus más mezquinos secretos a un precio monstruoso e infinito». Ese precio dejó de pagarlo el 30 de noviembre de 1900, en que murió en París a los cuarenta y seis años tras una agonía de más de dos meses. La causa de la muerte fue una infección del oído (más tarde generalizada) de origen remotamente sifilítico. Vuelve a contar la leyenda que poco antes de expirar pidió champagne y cuando le fue traído declaró con humor: «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades». Yace en el cementerio parisino de Père Lachaise, y a su monumento, presidido por una esfinge, no suelen faltarle las flores que se ganan todos los mártires.

Yukio Mishima en la muerte

La muerte de Yukio Mishima fue tan espectacular que casi ha logrado hacer olvidar las numerosas majaderías en que incurrió a lo largo de su vida, como si el constante exhibicionismo previo hubiera sido sólo la manera de asegurarse la atención en el momento culminante, el único que probablemente le interesaba de veras. Así hay que entenderlo, al menos, a raíz de su inveterada fascinación por la muerte violenta, que -si el muerto era joven y tenía buen cuerpo- consideraba la cumbre de la belleza. Bien es verdad que esta idea no era enteramente original suya, y menos aún en su país, el Japón, donde, como es sabido, ha habido siempre una apreciada tradición consistente en sacarse las entrañas con gran aparato y perder a continuación la cabeza de un solo tajo propinado por un amigo o un subordinado. En épocas no muy lejanas, al final de la Segunda Guerra Mundial, fueron no menos de quinientos los oficiales que se suicidaron (así como un buen puñado de civiles) para «responsabilizarse» de la derrota y «presentar disculpas al Emperador». Entre ellos se encontraba un amigo de Mishima, Zenmei Hasuda, quien antes de honrar «la cultura de mi nación, que es morir joven» y saltarse la tapa de los sesos, aún tuvo tiempo de asesinar a su inmediato superior por haber éste criticado al Emperador divino. Quizá se comprende que todavía veinticinco años después el Ejército japonés siguiera deprimido, vendido y sin capacidad de reacción, según las acusaciones del propio Mishima.

Su deseo de muerte, nacido a temprana edad, no era sin embargo indiscriminado, y si bien puede entenderse su terror a ser envenenado, ya que la definición por este procedimiento difícilmente podía ser «bella», resulta menos explicable que cuando con veinte años fue llamado a filas, en 1945, aprovechara la momentánea fiebre de un proceso gripal para mentir al médico militar que le hizo el reconocimiento y presentarle tal historial de síntomas ficticios que propició un erróneo diagnóstico de tuberculosis incipiente y lo libró del servicio. No es que Mishima no fuera consciente de lo que eso suponía para la veracidad de sus ideales: antes al contrario, en su famosa novela autobiográfica Confesiones de una máscara se preguntó larga y vanidosamente al respecto. Como no podía ser menos en un hombre de considerable astucia, al final encontró una justificación estética para haber evitado lo que en principio deseaba tanto (a saber, «Lo que quería era morir entre desconocidos, sin intromisiones, bajo un cielo sin nubes…»), y concluyó que «en lugar de eso, prefería con mucho pensar en mí mismo como en alguien que había sido abandonado hasta por la Muerte… Me deleitaba imaginando los curiosos dolores de alguien que quería morir pero a quien la Muerte había rechazado. El grado de placer mental que así obtenía parecía casi inmoral». Sea como fuera, lo cierto es que Mishima no padeció grandes ni curiosos dolores hasta el día de su verdadera muerte, lo cual quiere decir que cuando le llegó la prueba tenía sus fuerzas y su determinación intactas gracias a la ignorancia. Con anterioridad, en cambio, su pavor a ser envenenado era tan obsesivo que cuando iba al restaurante sólo pedía platos poco aptos para la ponzoña y luego se lavaba los dientes frenéticamente con sifón o soda.

Todo esto no le impidió fantasear cuanto quiso, no sólo sobre su propia supresión erótica (esto es, violenta), sino sobre la de muchos otros entes de ficción, todos ellos muy bien parecidos: «El arma de mi imaginación mató a muchos soldados griegos, a muchos esclavos blancos de Arabia, príncipes de tribus salvajes, ascensoristas de hoteles, camareros, jóvenes matones, oficiales del ejército, trotamundos circenses… Besaba los labios de los que habían caído y aún se movían espasmódicamente». Como es natural, tampoco se privó de ensoñaciones caníbales, de las cuales hizo predilecto objeto a un compañero de colegio bastante atlético: «Le clavaba el tenedor directamente en el corazón. Un chorro de sangre me golpeaba de lleno el rostro. Con el cuchillo en la mano derecha, empezaba a cortar la carne del pecho, suavemente, ligeramente al principio…». Hay que dar por sentado que en estas figuraciones alimenticias desaparecía el temor a ser envenenado, lo cual sin duda era una suerte.

Esta fascinación erótica por los viriles cuerpos torturados, despedazados, despellejados, trinchados o asaeteados marcó a Mishima desde la adolescencia. Fue un escritor lo bastante impúdico para poner a la posteridad al tanto de sus eyaculaciones, por lo que hay que colegir que les otorgaba extremada importancia; y así, no nos queda más remedio que estar enterados de que su primera eyaculación la tuvo contemplando una reproducción del torso de San Sebastián que pintó Guido Reni con unas cuantas flechas horadándolo. No es de extrañar, por tanto, que cuando ya adulto le dio por hacerse fotografías artístico-musculares, Mishima se representara en una de ellas con el mismo atuendo, es decir, un pañolón atado a la cintura y un par de saetas hincadas en los costados, los brazos en alto y las muñecas atadas por cuerdas. Este último detalle no carece de trascendencia, habida cuenta de que la imagen preferida de sus masturbaciones (de las que asimismo tuvo a bien dejar constancia) eran las axilas muy pobladas y es de temer que malolientes. Esa célebre fotografía, así pues, debió de prestar considerables servicios a su narcisismo.

No menos cómicos resultan otros retratos que legó a los entusiastas más infantiles del sexo de calendario: Mishima observándose el aún escuálido pecho ante un gran espejo, Mishima con mirada pirómana y una rosa blanca entre los dientes, Mishima haciendo pesas para procurarse unos bíceps decentes; Mishima semidesnudo y metiendo estómago, con una cinta en el pelo y espada de samurai en las manos, la cara al borde de una falsa apoplejía; Mishima con uniforme paramilitar, sorprendentemente discreto para tratarse de un modelo ideado por él mismo para su ejército privado, el Tatenokai. También hizo algunos papeles en películas propias o de tres al cuarto, de yakuza o gangsters japoneses; grabó canciones, y un disco en el que interpretaba a los cuarenta personajes de una de sus obras de teatro. Su imagen le preocupaba hasta el punto de lograr que en las fotos en las que aparecía junto a hombres mucho más altos que él, fuera él quien pareciera un gigante.

No debe inferirse, no obstante, que Yukio Mishima se pasara la vida ocupado en estos folklorismos y zarandajas. Tenía necesariamente que escribir sin parar, ya que a su muerte dejó más de cien títulos, y se sabe que uno de ellos, de ochenta páginas, lo redactó durante un encierro de tan sólo tres días en un hotel de Tokyo. A esta actividad hay que añadir la de su promoción en el extranjero, que lo llevó a hacer numerosos viajes a Europa y América y a preparar una cuidadosa y frustrada escenificación cuando en 1967 se rumoreó que el Premio Nobel iba a recaer en un autor japonés por vez primera. Hizo coincidir su regreso de un periplo con la fecha en que debía anunciarse el fallo y alquiló una lujosa habitación en un hotel céntrico. Pero cuando aterrizó el avión y él salió antes que nadie con una enorme sonrisa, se encontró con un aeropuerto alicaído, ya que el galardonado había sido un molesto escritor guatemalteco. Un año después su depresión aumentó: el Nobel fue por fin al Japón, pero a manos de su amigo y maestro Yasunari Kawabata. Mishima hizo gala de reflejos: salió corriendo a casa de Kawabata para ser el primero en felicitarlo y por lo menos aparecer en las fotos. No hace falta decir que Mishima se consideraba no sólo digno del Nobel, sino -sin más- un genio. «Quiero identificar mi propia obra literaria con Dios», le dijo una vez a un fanático de la extrema derecha, posiblemente acostumbrado a los delirios de grandeza.

Según cuentan los que lo trataron, Mishima era un hombre de gran simpatía y con sentido del humor, muy activo, aunque su risa resultaba bestial y estridente y la prodigaba en exceso. Sus relaciones con las mujeres fueron más bien escasas, excepción hecha de su abuela (que prácticamente lo secuestró en la infancia para desesperación de la nuera), su madre, su hermana, su mujer y su hija, el elemento femenino imprescindible hasta para los más misóginos. Si se casó fue por una falsa alarma: se creyó que su madre iba a morir pronto de cáncer, y Mishima pensó en hacerle como último obsequio su matrimonio: ella moriría más tranquila suponiendo asegurada la descendencia. El cáncer resultó una fantasmagoría y la madre sobreviviría al hijo, pero para cuando lo primero se supo Mishima ya se había desposado con Yoko Sugiyama, joven de buena familia que, es de suponer, cumplió con los seis requisitos previos impuestos por el novio a los casamenteros, a saber: la novia no debía ser ni una marisabidilla ni una cazafamosos; debía querer casarse con el ciudadano particular Kimitake Hiraoka (su verdadero nombre), no con el escritor Yukio Mishima; no debía ser más alta que su marido, ni siquiera con tacones; debía ser bonita y con la cara redondeada; debía prestarse a cuidar de sus suegros y ser capaz de llevar la casa; por último, no debía molestar a Mishima mientras éste trabajara. La verdad es que poco más se ha sabido de ella después de la boda, aunque los hagiógrafos del escritor (entre ellos la tan babeante como luego babeada Marguerite Yourcenar) cuentan con fervor cómo Mishima llevaba frecuentemente a Yoko en sus viajes al extranjero, lo cual no era la costumbre entre los japoneses de su tiempo. Con eso, en opinión de Yourcenar y otros, parece haber cumplido: al fin y al cabo, podía perfectamente haberla dejado en casa.

Fue en el último periodo de su vida cuando Mishima creó la organización paramilitar Tatenokai, a la que gustaba referirse por sus siglas en inglés, SS (Shield Society o Sociedad del Escudo). Se trataba de un pequeño ejército de cien hombres, tolerado y fomentado por las Fuerzas Armadas japonesas. Los cien eran sobre todo estudiantes y admiradores incondicionales, devotos todos del Emperador y del Japón más rancio. Durante un tiempo se limitaron a hacer acampadas, ejercicios tácticos, maniobras pseudomilitares y a abrirse la piel para entremezclar y beber sus sangres. Su primera y última acción verdadera tuvo lugar el 25 de noviembre de 1970, cuando Mishima y cuatro acólitos se presentaron con sus uniformes amarillentos en la base de Ichigaya, en Tokyo. Allí tenían cita con el general Mashita, al que iban a cumplimentar y a mostrar una valiosa espada antigua de samurai, en posesión de Mishima y sin duda muy digna de verse. Una vez en el despacho del general, los cinco falsos soldados maniataron a éste, se hicieron fuertes con sus armas blancas y exigieron que las tropas se concentraran ante el balcón para escuchar una arenga de Mishima. Algunos oficiales desarmados (el Ejército japonés tiene prohibido el uso de las armas contra civiles) intentaron reducirlos y se llevaron unos cuantos sablazos (a un sargento Mishima casi le cortó la mano). Cuando por fin pudo dirigirse a las tropas, el discurso de Mishima no fue muy bien recibido: los soldados le interrumpían continuamente gritándole barbaridades como «¡Bésate el culo!», o bien Bakayaro!, de difícil traducción, aunque al parecer lo más aproximado sería «¡A joder a tu madre!» (hay quien, sin embargo, le da sólo un valor equivalente a «tarugo»).

Las cosas no salieron del todo como había planeado. Entró de nuevo en el despacho y se preparó para el harakiri. A su hombre de confianza y posible amante, Masakatsu Morita, le había pedido que lo decapitara con la valiosa espada en cuanto él se hubiera abierto las tripas, sin dejarlo sufrir demasiado. Pero Morita (que también iba a hacerse el harakiri luego) falló el golpe nada menos que tres veces, rajándole los hombros, la espalda, el cuello, pero sin acertar con la cabeza. Otro de los acólitos, Furu Koga, más ducho o menos nervioso, le arrebató la espada y se encargó de la decapitación. Luego hizo lo propio con Morita, quien, falto de fuerzas desde el principio, sólo logró hacerse un arañazo en el estómago con la daga. Las cabezas quedaron sobre la alfombra. Mishima tenía cuarenta y cinco años, y se dice que, siempre teatral, esa misma mañana había entregado al editor su última novela. En una ocasión había dicho del harakiri que era «la masturbación definitiva». Su padre se enteró de lo ocurrido por la televisión: al oír la noticia del asalto a Ichigaya pensó: «Ahora tendré que ir a pedir disculpas a la policía y demás. ¡Vaya lata!». Luego oyó el resto, harakiri y decapitación, y confesó más tarde: «No me sentí muy sorprendido: mi cerebro rechazaba la información».

Laurence Steme en la despedida

Aunque procedente de una buena familia en su conjunto, con arzobispo incluido entre los antepasados, a Laurence Steme le tocó ser el hijo de uno de sus miembros más desafortunados, Roger, quien habiendo elegido la carrera de las armas, no llegó a ser más que abanderado. Viajaba sin cesar con su maltrecho regimiento, acompañado de su mujer y de los variables niños que iban teniendo: variables porque unos nacían y otros morían, siendo Laurence, que vio la luz en Irlanda, uno de los pocos permanentes. Su padre, por tanto, apenas le dejó nada más que el innegable sentido del humor que poseía y demostró hasta el fin: durante el asedio de Gibraltar de 1731 se enzarzó en un duelo con un camarada, motivado al parecer por una absurda disputa acerca de un ganso. El capitán Philips y Roger Sterne se batieron en una habitación, y el primero ensartó al segundo con tanta fuerza que no sólo lo atravesó de parte a parte, sino que dejó la punta de su sable clavada en la pared. Haciendo gala de una muy notable presencia de ánimo, el pobre abanderado le rogó con gran cortesía que antes de retirar el instrumento tuviera la gentileza de limpiar el yeso que pudiera haberse adherido a la punta, ya que le resultaría sumamente desagradable verlo introducido en su sistema. Sobrevivió unos pocos meses al lance, los suficientes para ser destinado a Jamaica, donde murió a causa de unas fiebres que no toleró su quebrantado esqueleto. Laurence tenía entonces diecisiete años.

Con la ayuda de parientes más adinerados, cursó sus estudios en Cambridge y entró en la iglesia, no tanto por devoción cuanto por tradición y conveniencia, y durante muchos años llevó una vida modesta y anónima como vicario en Yorkshire. Se casó con una mujer más bien fea, Elizabeth Lumley, a la que no obstante tardó en conquistar dos años, y ante las noticias (falsas) de que se había desposado con una heredera, su madre, que se había ocupado poco de él y vivía en Irlanda, intentó que ahora se ocupara él de ella, con poco éxito, dicho sea de paso. La verdad es que los medios del hijo eran escasos, lo cual no le impedía llevar una vida divertida, sobre todo durante las temporadas que pasaba en Skelton Castle (rebautizado por sus frecuentadores como Crazy Castle), propiedad de su indolente y acaudalado amigo John Hall-Stevenson. En imitación provinciana de los «monjes» de la Abadía de Medmenham, un grupo de aristócratas famosos entonces por sus escándalos en el sur de Inglaterra, crearon el Club de los Demoniacos. Este club era aún más inocuo que su modelo y quizá por eso duró más, ya que los «monjes» de Medmenham se disolvieron al poco, cuando uno de sus miembros, en plena misa negra, tuvo la azarosa idea de soltar a un babuino que, con gran espanto de los presentes, saltó sobre los hombros del celebrante, Lord Sandwich, y fue tomado por el mismo Diablo que para horror de todos se había dignado por fin visitarlos. Los Demoniacos de Sterne y Hall-Stevenson, en cambio, se limitaban a beber borgoña, tocar instrumentos (Sterne el violín preferentemente) y bailar zarabandas. El pasatiempo favorito del alegre vicario y su perezoso amigo era, con todo, llegarse hasta Saltburn y hacer allí carreras de carros por la playa, con una rueda metida en las aguas del mar a lo largo de cinco millas.

El primer escrito de Steme fue un sarcástico panfleto local, provocado por unas fuertes querellas político-vecinales con un ridículo partero de York. El inesperado éxito fue tal que sólo entonces se le ocurrió la posibilidad de hacer una obra destinada a la publicación, su incomparable Tristram Shandy. Esta actividad tardía no quita para que con anterioridad Sterne hubiera tenido enorme interés no sólo por la literatura (con adoración por Cervantes, Rabelais, Luciano, Montaigne y Robert Burton, a los que plagió aquí y allá confesa y descaradamente), sino por toda suerte de libros extravagantes: en su biblioteca lo mismo había tratados de fortificación que de obstetricia, estudios sobre las narices largas o una de sus obras predilectas, Le Moyen de parvenir, del canónigo de Tours Béroalde de Verville.

En todo caso su existencia cambió a raíz de la aparición e insospechado éxito de los dos primeros volúmenes de Tristram Shandy: con cuarenta y seis años, Sterne empezó a llevar la vida que más podía complacerle, una vida de diversión y agasajos. A partir de entonces sus visitas a Londres fueron frecuentes, y allí hizo inmediata amistad con algunos de los personajes más influyentes de la época, sobre todo con el príncipe de los actores, David Garrick, y con el pintor Reynolds, que se tomó la molestia de retratarlo tres veces con su alargada figura, aunque el último de los cuadros quedó inacabado. La curiosidad por aquel ingenio era inmensa, todo el mundo quería conocerlo y Sterne se dejó conocer, con el asombroso resultado de que de él hablaban bien muchos y nadie mal. Sterne, según parece, no sólo era un hombre excepcionalmente divertido, capaz de hacer bromas y digresiones sobre cualquier asunto, lo conociera o no, sino que además su espíritu era cordial y amable. Eso no le impedía, sin embargo, enfadarse cuando sus chanzas no eran comprendidas o disfrutadas ni enfrentarse a los idiotas solemnes con un sarcasmo suave que sólo hería cuando ya era demasiado tarde para que la reacción del burlado llegara en caliente. Cenó hasta con el Duque de York, hermano del Príncipe de Gales, y quizá no es de extrañar que ese Duque deseara su compañía amena, si tenemos en cuenta cómo murió, unos años después en Francia, a causa de un fuerte resfriado cogido por pasarse bailando la noche entera y la consiguiente fiebre. La fama de Sterne llegó a tal punto que recibió en su casa una carta en cuyo sobre podía leerse sólo «Tristram Shandy, Europa».

Sin embargo, no todo el mundo gustó de la novela ni de la persona, y entre los más desdeñosos estuvo Horace Walpole, el hombre al que Madame du Deffand tanto quiso. Tal vez por ese motivo Sterne no visitó su salón cuando viajó a París en diversas ocasiones, pero sí el de su rival Julie de Lespinasse y el no menos célebre del Barón d'Holbach, donde hizo gran amistad con Diderot, a quien enviaba libros ingleses. La primera vez que cruzó el Canal lo hizo, según sus propias palabras, «en una carrera con la Muerte» de la que saldría victorioso en aquella primera etapa: su salud no fue nunca muy buena, y, enfermo de tuberculosis, padecía frecuentes hemorragias que una y otra vez lo ponían al borde de la despedida. Puede que también huyera un poco de Inglaterra, como han hecho tantos de sus compatriotas mejores: el eminente y poderoso Doctor Johnson le había vuelto la espalda, no sólo por sus escritos, que despreciaba, sino porque en una reunión en casa de Reynolds Sterne se había atrevido a sacar en su presencia «un dibujo demasiado indecente y grosero para haber deleitado a un burdel». Quizá no debe sorprender, por tanto, que mientras Sterne estaba en París corrieran en Londres nuevas sobre su muerte, hasta el extremo de que se publicaron necrológicas y en la aldea de Coxwold, donde entonces vivía cuando no se hallaba en la capital, sus parroquianos lo lloraron debidamente. Unas semanas después Sterne se limitó a comentar que la noticia era «prematura». En el continente, en cambio, se ganaba la admiración de Voltaire, asistía a las representaciones de la Comedie Française (que le aburrían) y a los sermones del predicador privado del rey de Polonia, sacerdote que al parecer superaba al mismísimo Garrick en sus interpretaciones. También daba largos paseos llamando la atención con su larga figura vestida de negro y su nariz también larga, y se sabe que en una ocasión obligó a una muchedumbre que lo seguía a arrodillarse con él en el Pont-Neuf ante la estatua de Enrique IV.

De sus periplos por el continente habló en su obra maestra, Viaje sentimental por Francia e Italia, y tanto gusto tomaron los Sterne a esos países y a sus climas que su mujer Elizabeth y su hija Lydia se quedaron a vivir en el sur del primero, sancionando así de hecho la separación oficiosa entre los esposos. Más adelante un marqués francés, aspirante a yerno, le escribió comunicándole brevemente su amor por Lydia, para pasar a continuación a la pregunta fundamental: «¿Cuánto podéis darle a vuestra hija ahora y cuánto a vuestra muerte?». Sterne respondió: «Señor, le daré diez mil libras el día del casamiento. Mis cálculos son los siguientes: ella no ha cumplido los dieciocho, vos tenéis sesenta y dos, ahí van cinco mil; luego, señor, por lo menos no la juzgáis fea; ella tiene muchos talentos, habla italiano, francés, toca la guitarra; y como me temo que vos no tocáis ya instrumento de ninguna clase, creo que os contentaréis con tomarla según mis condiciones, pues aquí termina la cuenta de las diez mil libras». Sterne nunca perdía la calma, y cuando su casa de Yorkshire ardió en un incendio y se convirtió en cenizas, lo que más lo alteró no fue la pérdida, según dijo, «sino la extraña e inexplicable conducta de mi pobre y desdichado coadjutor, no por prenderle fuego a la casa, pues no lo acuso de eso, Dios lo sabe, ni a él ni a nadie; sino por prenderse a sí mismo una mecha en cuanto ocurrió, y salir escapado como Pablo hacia Tarso, temiendo una persecución por mi parte».

Y en efecto, se hace difícil imaginar a Sterne persiguiendo a nadie. Era un hombre bondadoso y ligero, que una vez quiso «heredar» los dos niños que dejaba a su muerte una viuda indigente, y que, a petición de un negro llamado Ignatius Sancho, incluyó en los más tardíos volúmenes de Tristram Shandy algunas páginas contra el esclavismo. Él puso de moda en la sociedad de su tiempo ahuyentar suavemente a las moscas en vez de matarlas cuando molestaban, como hacía su personaje el tío Toby. Tuvo varios amoríos, y en una carta a la que fue el último y más idealizado, Eliza, mostraba humor en medio de la agonía que le iba ganando terreno: «Me voy», le escribió a modo de despedida (ella estaba con el marido en la India); pero al avanzar el día y no encontrarse tan mal, añadió: «Estoy un poco mejor, así que no partiré como había anunciado». Un conocido suyo describió su espíritu de este modo: «Todo adquiere el color de la rosa para ese feliz mortal; y lo que a otros se aparece oscuro y melancólico, para él presenta tan sólo un aspecto jovial y alegre. Su única búsqueda es el placer; pero no es como la mayoría, que no saben cómo disfrutarlo cuando está a su alcance; pues él bebe del cuenco hasta la última gota y aun así su sed no se sacia».

A juzgar por sus cartas, luchó hasta el final en aquella carrera que había emprendido en el Canal de la Mancha, años atrás. A una amiga le escribió: «Estoy enfermo, muy enfermo, y sin embargo siento mi Existencia con fuerza, y con ella algo parecido a la revelación, que me dice que no voy a morir, sino a vivir; y sin embargo cualquier otro hombre pondría su casa en orden». Poco antes de morir empezó a escribir un «romance» cómico, y en ello vio una ventaja: «Cuando muera, se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes, que murieron bromeando», la lista que encabezaba Cervantes, seguido por Scarron y por su querido Verville. De ese «romance» no ha quedado nada, y finalmente Sterne perdió su carrera en Londres, a las cuatro de la tarde, el 18 de marzo de 1768, a la edad de cincuenta y cuatro años.

Las vicisitudes que sufrió su cadáver son dignas de sus dos novelas. Fue enterrado con poco acompañamiento en el cementerio de una iglesia de Hanover Square, y de allí fue robado unos días después para ser vendido al profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge, precisamente donde él había estudiado. Al parecer, cuando ya estaba acabando la disección del cuerpo, uno de dos amigos a quienes el profesor había invitado a presenciar la sesión, descubrió por azar el rostro del muerto y reconoció a Sterne, a quien de hecho había sido presentado no hacía mucho. El invitado se desmayó, y el profesor, al enterarse de a qué ilustre gloria había sometido al escalpelo, se cuidó de que al menos el esqueleto fuera conservado. En la colección de huesos cantabrigense se ha intentado identificar más de una vez su calavera, pero sin éxito, por lo que en verdad se ignora dónde yace el buen Laurence Sterne. Probablemente a él no le habría importado, pues si bien dijo, al echársele la muerte encima, que le «habrían gustado otros siete u ocho meses… pero sea como Dios lo quiera», también es verdad que en Tristram Shandy había expresado su deseo de morir lejos de casa, «en alguna posada decente», sin causar preocupación ni molestias a los amigos. Se cumplió su deseo en Londres, donde un testigo relató su último aliento: «Ya ha llegado», dijo Sterne, y levantó la mano, como para parar un golpe.

MUJERES FUGITIVAS

Lady Hester Stanhope, la reina del desierto

Lady Hester Stanhope pagó cara su vena satírica, aunque también podría decirse que a ella debió indirectamente su leyenda y su fama. El periodo más satisfactorio de su vida fue el de los años en que vivió y estuvo al frente de la casa de su tío William Pitt, primer ministro de Jorge lV. AI parecer se convirtió en alguien imprescindible, por su discutible belleza, su conversación tan brillante como abrumadora y su capacidad para organizar y amenizar cenas políticas de muy altos vuelos. Sin embargo su inclinación por la sátira le creó tantos enemigos que a la muerte de Pitt, en 1806, se encontró con un gran vacío a su alrededor, si bien con la bolsa bastante llena: el Estado le concedió una generosa pensión vitalicia, es de suponer que para compensar en la sobrina los desvelos patrióticos del muy leal tío.

William Pitt no fue el único hombre, consanguíneo o no, que se vio subyugado por Lady Hester. Aunque gigantesca para la época (medía casi un metro ochenta), su vitalidad y su talento la hicieron irresistible en sus años jóvenes y menos jóvenes, hasta el punto de permitirle no contraer matrimonio. Ella negaba su propia hermosura, y afirmaba poseer más bien «una fealdad homogénea». No tuvo suerte con sus principales amores, pues el famoso general John Moore, de quien pasaron a depender sus noches y días tras la muerte del benefactor, pereció en La Coruña durante la Guerra Peninsular, para nosotros de la Independencia.

Fue en parte esto y en parte la insoportable pérdida de su influjo y sus politiqueos lo que la hizo abandonar Inglaterra a los treinta y tres años, una edad que para una mujer soltera de hace dos siglos no era otra que la de la resignación y el retiro. A partir de ese momento, sin embargo, se empezó a forjar la leyenda de una dama riquísima que viajaba incesantemente por Oriente Medio con un séquito extravagante y siempre creciente -una verdadera caravana en algunas etapas abundantes de su vida- sin meta ni propósito determinados. Grecia, Turquía, Egipto, el Líbano y Siria fueron testigos de su paso o su estancia, vestida a la oriental y de hombre, rodeada de sirvientes, secretarios, damas de compañía, parásitos, generales franceses fascinados por su carácter, el doctor Meryon que escribió sus hazañas y unos u otros amantes, casi siempre más jóvenes y más apuestos que ella. Su prestigio entre los jeques y emires le permitió llegar hasta Palmira, lugar del todo inaccesible para los occidentales en aquel tiempo. Se estableció entre los drusos en el Monte Líbano, y allí ejerció por sus propios medios la influencia que en su país no logró heredar por la vía del parentesco.

Bien es verdad que en sus ingeniosas cartas -principal fuente de sus andanzas junto con los volúmenes biográficos de su devoto Meryon- Lady Stanhope no era nada modesta y quizá no fidedigna. En una de ellas proclamaba: «Soy el oráculo de los árabes y la favorita de todas las tropas, que al parecer me creen una deidad porque sé montar». Lo cierto es que montaba sin pausa, viajando sin fin y sin aparente objeto, y además a horcajadas, lo cual no estaba permitido a las mujeres en aquellas tierras. Pero Lady Hester tenía bula, y llegó con el tiempo a ser en parte lo que afirmaba: no hay nada como estar convencido de algo para persuadir a los demás de ello, y en sus últimos años fue considerada una pitonisa o adivina y se solicitaba en seguida su neutralidad ante cualquier conflicto, sabedores los contendientes de que una toma de partido suya podría arrastrar a demasiadas tribus indecisas.

Se hizo construir en Djoun una especie de laberíntica fortaleza, llena de pabellones y dependencias destinados a albergar a los ilustres fugitivos que antes o después le pedirían asilo huyendo de las numerosas revoluciones que, según creía, se sucedían en Europa. Y en efecto contó con muchos refugiados, pero no tan ilustres ni precisamente europeos: aquel lugar se convirtió en el techo protector de los desheredados y perseguidos de toda la zona.

Lady Hester Stanhope podía ser encantadora, pero era colérica y tiránica las más de las veces, incluso en su solicitud: se sabe que obligaba a sus invitados a tomar pócimas y sales extrañas durante sus visitas para protegerlos de enfermedades y fiebres, y a veces repartía las dosis de siete en siete. Fumaba en pipa continuamente, y en los últimos meses de su vida, cuando apenas salía de sus aposentos, se dice que éstos despedían una permanente humareda y que no había mueble u objeto en ellos que no estuviera marcado a fuego por las chispas y las pavesas. Toleraba mal a las demás mujeres, se jactaba de conocer el carácter de un hombre tras una sola mirada, y su charla infatigable versaba sobre cualquier sujeto: astrología, el zodiaco, filosofía, política, moral, religión o literatura. Era temida por sus imitaciones burlescas, y una de las más celebradas era la del penoso ceceo de Lord Byron, con quien se había cruzado en Atenas.

En los últimos días de su existencia vio, ya debilitada en su lecho de muerte, cómo sus sirvientes iban robando cuanto podían y esperaban a su expiración para llevarse el resto. Era en 1839 y tenía sesenta y tres años. Cuando su cadáver fue encontrado por dos occidentales que iban a visitarla, descubrieron que ese cadáver estaba solo en la fortaleza: sus treinta y siete sirvientes habían desaparecido y allí no quedaba nada, ni siquiera en su alcoba: sólo los adornos que llevaba puestos, ya que nadie se había atrevido a tocarla. Así pues, quizá no mintiera cuando dijo en otra carta: «No bromeo: bajo el arco triunfal de Palmira, yo he sido coronada Reina del Desierto».

Vernon Lee, la gata montes

Pese a lo mucho que escribió Vernon Lee, parece que su mayor talento lo ponía en la conversación, ese don efímero del que se apropian los supervivientes para relatar y hacer suyas las anécdotas y las ocurrencias de quien, una vez muerto, ya no puede acusar de plagio. Su verdadero nombre era Violet Paget, y aunque de nacionalidad y expresión inglesas, no visitó Londres hasta los veinticinco años. Había nacido en Francia y se había pasado la niñez y la adolescencia viajando por lo que sus compatriotas llaman «el Continente». Pero más que viajar, los Paget practicaban el nomadismo, cambiando de residencia cada seis meses y estableciéndose en diferentes puntos de Alemania, Francia, Suiza, Bélgica o Italia. Los cuatro miembros de la familia, de hecho, tenían a gala no contemplar ninguna vista, ni consultar ninguna guía, ni visitar ningún monumento o museo durante sus trayectos, y llevar exactamente la misma vida en cada localidad elegida (enemigos declarados del turismo), hasta que en 1873 acabó el traqueteo y se detuvieron en una villa llamada II Palmerino, cerca de Florencia, donde Vernon Lee pasó casi toda su vida adulta.

No cabe duda de que su familia tenía poco de convencional, ya que su madre (casada con su padre en segundas nupcias) era una diminuta mujer de un metro cincuenta, tan despótica como vivaracha, antirreligiosa y megalómana (solía burlarse de las genealogías de la Biblia y en cambio se reclamaba descendiente de los reyes de Francia); las relaciones con su marido no parecían demasiado estimulantes, ya que los visitantes de la villa lo tomaban a menudo por el jardinero, y su sola obligación para con su esposa (algo sin embargo infalible) consistía en acompañarla con una linterna durante el paseo nocturno, tras la cena que cada uno había tenido por separado. En cuanto al medio hermano de Vernon o Violet, Eugene Lee-Hamilton, once años mayor que ella, cayó enfermo de los nervios para evitar un traslado diplomático a Buenos Aires y a continuación se pasó dos decenios postrado en un sofá o en un colchón, metido en casa, incapaz de mover las extremidades y escribiendo de vez en cuando algunos versos.

Aunque a ella no se le permitió salir sin la compañía de una doncella hasta los veintitrés años, fue precoz en el aspecto literario: a los trece publicó su primera pieza en un periódico («La biografía de una moneda», en francés), y a los veinticuatro su primer libro, Estudios del siglo XVIII en Italia, que deslumbró por lo desusado del tema entonces y la gigantesca erudición que encerraba. Fue poco después, en 1881, cuando se presentó en Londres e intentó ir consolidando su carrera por medio tanto de nuevas obras como de relaciones personales, con las cuales, no obstante, tuvo mala fortuna. No es de extrañar si se comprueba la dureza de sus juicios y la pésima impresión que le hacían las más ilustres personalidades: William Morris le pareció «un mozo de estación o un barquero»; a su maestro Walter Pater lo encontró, pese a la admiración, «feo, pesado e insípido»; al pintor Whistler lo describió como «una especie de cosita negra y mezquina, criticona y viperina»; de D'Annunzio dijo que parecía «un inferior conde ruso; más bien sospecho que sea… bueno, napolitano»; y a Berenson lo llamó «un asno egocéntrico y malhumorado». A Oscar Wilde lo juzgó «amable», pero él la evitaba, y en cuanto a Henry James, a quien veneraba y dedicó una novela, no tuvo suerte con él: James la alabó y se interesó por sus obras («Tiene una cerebración prodigiosa», dijo), pero se volvió esquivo tras la publicación de un cuento de Lee en el que él aparecía retratado sin disimulo (el mayor pecado no era que lo hubiera utilizado, sino que lo hubiera hecho sin el suficiente filtro literario). Y aunque James no se dignó leerlo, las referencias le fueron bastante para prevenir por carta a su hermano William, el filósofo: «Es tan peligrosa y extraña como inteligente, lo cual equivale a decir muchísimo. Su vigor y la envergadura de su intelecto son de lo más infrecuente y su conversación absolutamente superior. Pero sé moderado en materia de amistad. ¡Es una gata montés!».

La mayoría de las amistades de Vernon Lee fueron femeninas y más bien obsesivas por su parte, aunque basadas tan sólo, según parece, en la comunión de intelectos, lo cual significa que el suyo abrumaba al de esas amigas. Cuando supo que una de ellas se casaba con un hombre al que sólo había visto tres veces, sufrió un ataque de neurastenia que fue sólo el primero de una insistente serie que le duró hasta la muerte. Otra amiga dijo que al verla por vez primera se sintió como la Virgen ante el Ángel de la Anunciación. Y en efecto Vernon Lee debió de ser una mujer asexuada: desde luego no se casó ni se le conoció amor confesado, y respecto a estos asuntos fue clara: «Amar a las personas hasta el punto de estar dispuesta a hacer cualquier cosa por ellas me resulta intolerable. No puedo amar a costa de que me arranquen la piel a tiras. Puedo prescindir de las personas. Me parece más cómodo prescindir de ellas».

Llevaba trajes sastre, a veces corbata, a veces un sombrero flexible de fieltro, gafas que suavizaban sus encendidos ojos verdigrises -«de tigresa», según otra amiga-. Su labio inferior y su dentadura eran protuberantes, su nariz desagradecida: se dijo que poseía «una fealdad barroca». Su charla era deslumbrante, su ingenio cáustico y su cantidad de argumentos en las discusiones tan excesiva que a veces acababa por contradecirse o se hacía difícil segarla. Sus numerosos y originales estudios de estética han quedado algo anticuados y sus novelas nunca fueron muy buenas, pero sus libros sobre «el espíritu de los lugares» y sobre todo sus relatos de fantasmas o sobrenaturales la acercan a la maestría de Isak Dinesen.

Al final de su vida leyó a Freud sin provecho: lo consideraba un oscurantista, su bestia negra. Murió en 1935, a los setenta y ocho años. Durante los últimos no oía nada, luego los pasó aún más aislada del mundo de lo qué siempre lo había estado: le faltaron las dos cosas que más prefería, la conversación en la que fue excelente y la música que la consolaba.

Adah Isaacs Menken, la poetisa ecuestre

Resulta extraño que al final de su vertiginosa vida la mayor preocupación de Adah Isaacs Menken fuera la publicación de su único libro de poemas titulado Infelicia, que por otra parte no logró ver, ya que murió una semana antes de su aparición, el 10 de agosto de 1868. Bien es verdad que a lo largo de todos sus años más conocidos (una docena aproximadamente) no fue ajena a las letras ni sobre todo a los literatos, pero la mayor parte de su tiempo lo pasó atada a un caballo sobre un escenario, y fue más a eso y a sus continuos escándalos a lo que debió convertirse en la primera dama norteamericana internacional del teatro y en la favorita de los periódicos de dos continentes.

Muchos de sus contemporáneos ya pusieron en duda los términos «dama» y «teatro» que acabo de utilizar, relacionados con su persona. A sus cuatro maridos (entre ellos un boxeador y un tahúr, este último muerto de mala manera en Denver) hubo que añadir numerosos amantes, entre los cuales se contaron obligadamente escritores, como Alexandre Dumas père al final de sus días y el poeta masoquista por excelencia, Algernon Charles Swinburne, pelirrojo, diminuto, victoriano, borracho, homosexual y adicto a los latigazos. Adah Isaacs Menken mantuvo también trato con otros, pero de diferente índole: Walt Whitman fue su amigo y tuvo en ella a su primera discípula; George Sand fue la madrina de su único hijo, pomposamente bautizado Louis Dudevant Victor Emmanuel y que vivió muy poco; el malogrado Fitz-James O'Brien, amigo de Poe y quizá con tanto talento como él, fue su compañero de juergas; Charles Dickens, cuando ya era un hombre muy respetable y acomodaticio, dio su consentimiento para que La Menken (como ella misma gustaba llamarse) le dedicara su tomito de poesías; Gautier la alabó durante su estancia en París, Verlaine se burló de ella en unos versos malintencionados; y en cuanto a su compatriota Mark Twain, cuando aún se llamaba Clemens dejó para la posteridad la más completa descripción de sus actuaciones. Lástima que a aquel periodista sureño no le convencieran las artes de Menken, y sobre todo lástima -para ella- que Clemens hubiera de hacerse célebre por su capacidad para la sátira. El número fuerte de Adah Menken, el que la hizo famosa en medio mundo, consistía en la cabalgada del final de la obra Mazeppa, una adaptación libérrima de la pieza de Byron en la que ella daba vida al héroe del título. Pese a la malevolencia de Twain, parece fuera de duda que las facultades interpretativas de aquella estrella eran cuando menos originales: en una ocasión encarnó a Lady Macbeth y cambió -involuntariamente- todo el texto de Shakespeare sin que el público lo acusase (en este tipo de representaciones más clásicas sus compañeros de reparto, menos dotados para la improvisación, naufragaban todos por culpa de ella). En Mazeppa, sin embargo, lo que la gente iba a ver era su aparición final amarrada a los lomos del caballo y vestida con una ajustada malla de color carne que ya a escasa distancia creaba la ilusión de que la actriz iba desnuda (no importaba mucho que La Menken luciera un ridículo bigotillo en consonancia con su papel masculino). Según Twain, que se lamentaba de no haber llevado prismáticos al teatro, más que una malla lo que le pareció que llevaba Menken fue «una prenda blanca de insignificantes dimensiones cuyo nombre he olvidado, pero que resulta indispensable para los niños de muy tierna edad». El comportamiento de la intérprete y héroe lo consideró «lunático» a lo largo de la función entera, y se congratuló de que en la segunda pieza más explotada de su repertorio, El espía francés, La Menken incorporara a ese espía, «mudo como una ostra», por lo que las «extravagantes gesticulaciones» de la actriz parecían más pasables. Si hemos de creer al cronista, resulta inexplicable que una artista tan limitada pudiera llenar las salas de ambos lados del Atlántico durante años. Algo más había de tener. En persona era sin duda una gran seductora, capaz de domar e incluso enamorar a los más acerbos críticos, entre ellos el periodista Newell, que la denostó brutalmente para acabar siendo su esposo durante una semana (pero otro marido le duró sólo tres días). Y, al parecer, su talento para la provocación y la publicidad no ha tenido igual en el mundo hasta bien entrado el siglo XX: cuando Baltimore estaba a punto de caer en manos de la Unión durante la Guerra de Secesión, decidió recordar sus orígenes (había nacido cerca de Nueva Orleans y quizá era cuarterona), y exigió que el decorado del teatro fuera pintado de gris, como el uniforme confederado que ya perdía la plaza; cuando tuvo tiempo para ello (dio conferencias), se mostró como una de las más aguerridas, irónicas y sabias feministas de su tiempo, clamando contra la esclavitud de la mujer y haciendo siempre lo que se le antojaba, hasta cuando se vio detenida por las tropas nordistas: según contó en una carta, «… querían enviarme al Sur, pero sin dejarme llevar más que cien libras de equipaje. Por supuesto que no acepté semejante cosa… No iba a cruzar las líneas sin llevar ninguna ropa».

De la verdad de su vida se sabe poco y mucho de sus leyendas: se llegó a decir que era una judía española natural de Madrid (judía quizá sí era), que en su adolescencia había sido prostituta en La Habana (pervertida antes por un barón austríaco) y que, siendo ya famosa, se presentó ante el emperador Francisco José, en la corte de Viena, con una capa que se quitó al saludarlo dejando al descubierto lo único que llevaba debajo, el disfraz de Mazeppa ecuestre que la hacía figurar desnuda (al parecer no llevó el caballo a palacio). Sus fotos son numerosas, casi siempre en poses plastiques, y la más encantadora es la que la muestra sobre las rodillas de un viejo Dumas gordo y casi descamisado, la cabeza apoyada contra su pecho convexo.

Aunque sufrió más de una caída desde el caballo y una de ellas poco antes de su muerte, parece que murió de otra cosa, aunque los médicos no se pusieron de acuerdo ni estuvieron muy interesados en conseguirlo. No se sabe bien cuándo nació, pero tenía treinta y tantos años: los últimos los había pasado cada vez más mohína, escribiendo sobre la figura de Shylock y, como dije al principio, pendiente sobre todo de sus poesías. Aunque dicen las malas lenguas que si no llegó a ver el volumen fue sólo por culpa suya, ya que lo que más le preocupaba era el retrato que ilustraría el libro y que obligó a cambiar decenas de veces, retrasando tanto su estreno como poetisa que éste acabó siendo póstumo. Puede que fuera mejor así, ya que si las críticas a sus actuaciones hacía tiempo que la dejaban indiferente, las muy virulentas que recibieron sus versos quizá le habrían hecho demasiado daño.

Violet Hunt, la indecente babilonia

No puede decirse de Violet Hunt que fuera muy coherente, al menos en lo relativo a su vida sentimental, ya que tuvo gran afición a las «situaciones irregulares» y a la vez frecuentes y aparatosos ataques de respetabilidad. El mayor de éstos lo sufrió en el curso de sus relaciones con el famoso hombre de letras Ford Madox Ford, autor de la magistral novela El buen soldado e íntimo amigo y colaborador de Conrad. Ford, ante la negativa de su mujer a concederle el divorcio y la insistencia de su amante Hunt, en dejar de serlo, estuvo a punto de recuperar la ciudadanía germana de sus ancestros para casarse según las leyes alemanas e incluso llegó a celebrar un deprimente remedo de boda, oficiado por un sacerdote desposeído del hábito, para darle gusto a la descontenta. El resultado de toda la operación fue un escándalo y un pleito -con dos señoras Ford por medio- que al novelista le acarreó unos días de cárcel y a Violet Hunt, además de un breve exilio por Europa, la reacción contraria de uno de los hombres que más admiraba, el muy precavido y formal Henry James, quien calificó la situación de «lamentable, lamentable, ¡oh, lamentable!».

Fue Violet Hunt una más de sus protegidas con las que, a diferencia de lo que suele implica el término, James no tuvo más que castas relaciones. En este caso, además, no por falta de oportunidades, ya que en una ocasión, estando invitada en la casa de campo de James, Violet se sintió mal después de la cena, que vomitó. Aprovechó la circunstancia para cambiarse y presentarse luego en el salón vestida tan sólo con una bata china y «el talante coqueto», según sus propios diarios. James, sin embargo, inició una larga disquisición sobre las novelas de la señora Humprhy Ward, autora a la que al parecer leía y apreciaba más que a quien nunca llegó a ser señora, para su doble chasco.

No fue James el primer hombre maduro con el que Violet estuvo bien dispuesta a aventurarse: a los trece años se ofreció en matrimonio al apóstol de la estética John Ruskin, que por entonces tenía cincuenta y seis. Lo compadeció mucho por la muerte de Rose La Touche, a quien Ruskin había anhelado durante largo tiempo, pues se había prendado de ella cuando la joven contaba tan sólo diez: hombre paciente, había tenido el buen gusto de esperar a que cumpliera dieciocho, pero sólo para recibir calabazas, y esa muerte años después. Por fortuna para Violet, su generoso ofrecimiento se vio asimismo aplazado y más tarde olvidado. Parece ser que también un joven Oscar Wilde le propuso matrimonio cuando su sexualidad era abarcadora, y es seguro que Violet fue una de las pocas mujeres que logró seducir a un ingenuo y luego más restringido Somerset Maugham, mientras que fue ella la seducida por H G Wells, conocido mujeriego. No debe inferirse tras la mención de todos estos nombres célebres que Violet Hunt fuera una megalómana, pues algunos de sus amoríos más sufridos y duraderos fueron con individuos que no han pasado a la historia, como un diplomático que no sólo la tuvo a la vez que a otras cinco o seis amantes, sino que además le contagió la sífilis. Antes ya había padecido y gozado por causa de otro, sólo tres años más joven que su padre y pintor como él.

Lo más llamativo de todo esto es sin duda la época, pues si Violet Hunt disfrutó plenamente del breve reinado eduardiano de gran permisividad (siempre que no fueran descubiertas las «irregularidades»), también vivió gran parte del victoriano, tan mojigato, al haber nacido en 1862. Eso quiere decir, por cierto, que Violet Hunt tenía cuarenta y seis años cuando inició sus amores con Ford Madox Ford, once más joven que ella. No muchas mujeres de su tiempo podían vanagloriarse de haber hallado al hombre de su vida a semejante edad. Hay que deducir que Violet, aunque madura, seguía siendo algo ingenua, ya que cayó en las redes de Ford de modo un tanto teatral: «gracias a la Providencia», según ella (pero parece que más bien gracias a un hábil codazo de él), su mano fue a parar al bolsillo de la chaqueta de Ford y en él descubrió un frasco con el letrero «VENENO» burdamente escrito en la etiqueta. Se lo arrebató, le preguntó si pensaba ingerirlo, él respondió que sí y ella juzgó que le había salvado la vida y que por tanto debía amarlo. Según quienes conocían a la verdadera señora Ford, ésta, de haberse visto en la misma situación, más bien habría animado al marido a tomar del frasco.

Violet Hunt aún hallaba tiempo para bastantes más cosas entre tanta pasión, tales como apoyar el movimiento sufragista, esquivar las proposiciones de lesbianas notorias, asistir a mil y una fiestas y escribir artículos y libros, hasta un total de treinta y uno de éstos, contando novelas, relatos, poemas, teatro y traducciones. De todas estas obras las que más han perdurado son sus cuentos neogóticos y de fantasmas, en verdad espléndidos, para los que Henry James sugirió el título (por desgracia no aceptado) Cuentos fantasmales de una mujer de mundo, lo cual desde luego ella era, hasta el punto de tener a veces la sensación de que sus admirados colegas la querían y trataban más por su inagotable capacidad para el chismorreo y para abrirles puertas sociales que por sus talentos literarios. Ella siempre buscó padrinos, y sólo consiguió tenerlos a medias -por no decir un poco reacios- en James y Conrad y Wells y Hudson. El primero, muy dado a poner apodos, la llamaba de dos maneras: «la indecente babilonia» y «la mancha morada», por el color del abrigo y el sombrero con los que la conoció.

Al final de su vida, ya sin amantes después de Ford, dio en crear personajes masculinos maquinadores y traicioneros, nunca con demasiado éxito. La progresión de la sífilis la hacía perder la cabeza y meter la pata sin posible arreglo: al novelista Michael Arlen le dijo una vez: «Hay que ver lo agradable y listo que es Michael Arlen. Me pregunto a qué se deberá que sus libros sean tan espantosos». No es de extrañar que se fuera quedando sola y triste hasta su muerte a los setenta y nueve años, en 1942. Su carácter fuerte y contradictorio pervive en algunos personajes memorables de aquellos escritores más importantes que fueron amigos o amantes suyos: ella los inspiró, ellos no lograron hacerla muy feliz. Sólo alguien muy ingenuo podría decir que a cambio la inmortalizaron.

Julie de Lespinasse, la amorosa amada

La vida de Julie de Lespinasse fue corta, doliente y enrevesada, lo cual hace aún más meritoria su extraordinaria capacidad para conciliar y hacer sentirse bien a los demás. Todos los asistentes a las largas tertulias diarias en su salón de la rue de Bellechasse (entre ellos el enciclopedista D'Alembert, Diderot, Condorcet, Marmontel, prelados, nobles, diplomáticos y señoras de toda índole, hasta mariscalas) han dejado testimonio de su increíble habilidad para, sin intervenir apenas en la conversación, conducir magistralmente las reuniones entre tan privilegiadas mentes y tan exigentes cabezas. No es de extrañar, por tanto, que cuando su protectora Madame du Deffand la acusó de traicionarla y apropiarse de sus amigos y la echó de su casa, la mayoría de esos amigos ya comunes, obligados a elegir entre el salón de una y otra, optara por seguir a la menos ingeniosa pero más placentera. Tal era la armonía que sabía crear entre sus invitados que uno de ellos, Monsieur de Guibert, lo dijo con claridad a la muerte de la anfitriona: «Nos han separado». Y en efecto, aquella gente no vio ya motivo para volver a encontrarse, sabedores todos de que no serían los mismos sin su presencia.

Los orígenes de Julie de Lespinasse habían sido turbios y no muy prometedores: hija ilegítima de la Condesa d'Albon, no se tiene absoluta certeza de quién fue su padre, pero parece casi seguro que lo era el Conde de Vichy, hermano mayor de la mencionada Madama du Deffand. La Condesa d'Albon tenía otra hija legítima, la cual, con el tiempo (en 1739), se casó precisamente con Vichy, quien así pasó a ser cuñado de su hija oculta, además de marido de su sobrina y ex-amante de su suegra. De poco le sirvió todo ello a Julie de Lespinasse cuando murió esa suegra, es decir, su madre: fue a vivir con sus dobles parientes, quienes la trataron como a una sirvienta o aún peor, hasta el punto de que Madame du Deffand (tía y concuñada a la vez, me parece) se apiadó de ella y fue entonces cuando decidió llevársela a París, con los posteriores resultados ya comentados. La propia Julie, que fue siempre discreta respecto a estos orígenes, confesaba sin embargo que nada podía sorprenderla en las alambicadas novelas de Richardson y Prévost, tan llenas de complicaciones consanguíneas, y tal vez por eso su autor favorito era Sterne, a quien descifró, imitó y posiblemente recibió en algún viaje parisiense.

Pese a ello su vida más pareció sacada de Pamela o de Manon Lescaut que de Tristram Shandy, y si Julie de Lespinasse ha pasado a la historia de la literatura es por sus cartas, al igual que su protectora y rival. Ambas correspondencias no tienen mucho que ver: si Madame du Deffand destacaba por su pesimismo, su causticidad y su escepticismo, Mademoiselle de Lespinasse era todo ardor y apasionamiento, al menos en lo principal que nos ha llegado, las cartas dirigidas a Monsieur de Guibert, al que amó a su pesar y con frenesí y un poco tardíamente. Con anterioridad había amado, con menos pesar pero frenesí parecido, a un brillante español, el Marqués de Mora, de quien todos sus contemporáneos decían que era indigno de España, como aún sigue ocurriendo con cualquier compatriota de algún talento, al que invariablemente aquí se maltrata. Este Mora, que le escribió veintidós misivas durante una ausencia de diez días en Fontaineblau, hubo de abandonar París por motivos de salud, regresó y hubo de marchar de nuevo, para no volver, habida cuenta de que murió en Burdeos en 1774. Pero ya antes de esa muerte Julie de Lespinasse había conocido a Monsieur de Guibert, a la sazón un joven coronel de veintinueve años, tan seductor que las señoras se molestaban en leer su única obra impresa, un Essai de tactique más bien árido y que las hacía exclamar: «Oh, Monsieur de Guibert, que votre tic-tac est admirable!». Como era de temer, Julie de Lespinasse, por entonces casi cuarentona, no era la única mujer con la que Guibert se trataba, y aún es más, al cabo de un tiempo el coronel tuvo a bien contraer matrimonio con otra sin que eso mermara el amor y la entrega de Mademoiselle Julie, toda incendio. Sus cartas al volandero soldado se cuentan sin duda entre los grandes monumentos literarios que con relativa frecuencia las mujeres de talento han erigido a los tarambanas.

Con todo, tal vez el personaje más triste de esta historia sea Monsieur d'Alembert, el gran enciclopedista. Durante muchos años convivió con Mademoiselle de Lespinasse, según parece en términos de castidad que sin embargo no siempre (esto es, antes de la convivencia) habían sido observados. Comoquiera que fuese, él estaba convencido de ser el primer destinatario de los pensamientos de su gran amiga, como lo era sin duda ella de los de él. Enciclopedia aparte. A su muerte, descubrió que Julie lo había nombrado albacea y hubo de encargarse de sus papeles, para su desgracia: ni una sola de sus misivas había sido conservada, y en cambio allí estaban las toneladas de Mora. Deshecho, fue en busca de Guibert (quien recibía muchas, pero no debía de contestarlas) y le dijo: «¡Estábamos todos equivocados! ¡Era a Mora a quien amaba!». No hace falta decir que, en siglo tan educado, Guibert guardó silencio. D'Alembert la sobrevivió siete años, durante los cuales aceptó un alojamiento en el Louvre, en su calidad de secretario de la Academia Francesa. No tuvo consuelo, y cuando su amigo Marmontel le recordaba el comportamiento de la amiga amorosa y muerta, él respondía: «Sí, ella había cambiado, pero yo no; ya no vivía por mí, pero yo siempre viví por ella; ahora que no está, ya no sé por qué vivo. ¿Qué me queda ahora? Cuando regreso a casa, en vez de a ella encuentro a su sombra. Este alojamiento del Louvre es como una tumba; en él nunca entro más que con horror».

Julie de Lespinasse había muerto el 23 de mayo de 1776, a los cuarenta y tres años, rodeada de sus amigos más íntimos. Los últimos tres días los pasó en tal estado de consunción que casi ni pudo hablar. Las enfermeras la reanimaron con cordiales y la hicieron incorporarse un momento en la cama. Y sus últimas palabras fueron de sorpresa, dijo: «¿Todavía vivo?».

Emily Brontë , el mayor silencioso

La vida de Emily Brontë fue tan corta y callada y es ya tan remota que no muchas cosas se saben de ella, lo cual no es obstáculo para que sus compatriotas biógrafos la relaten en gruesos volúmenes por lo general muy vacuos. Aunque las hermanas Brontë son siempre tres para la historia, en realidad fueron cinco, a las que se olvida añadir con demasiada frecuencia al hermano Branwell, no por calamitoso y alcohólico menos importante en la vida de la más célebre. Las dos hermanas con las que nunca se cuenta se llamaban Maria y Elizabeth, y murieron aún niñas una tras otra a causa de la tuberculosis. En un episodio más bien dickensiano, fueron maltratadas por sus profesoras poco antes del desenlace, obligadas a levantarse de la cama, castigadas e insultadas estando ya enfermas. La posteridad ha hecho a Emily un extraño reproche: que, siendo la niña mimada de todo el colegio, no intercediera por las víctimas, sino que guardara silencio ante la injusticia. El reproche es particularmente antojadizo porque la autora de Cumbres borrascosas no tenía ni seis años, cinco y cuatro menos, respectivamente, que sus dos vejadas hermanas. Detrás de ellas venía Charlotte y luego Branwell, y a continuación de Emily, Anne, la más pequeña, novelistas todas las supervivientes, Branwell sólo poeta frustrado. La madre había muerto cuando Emily Brontë tenía tres años y todas se educaron con un padre de origen irlandés, no reñido con las letras ya que escribía sermones. Otros miembros menos piadosos de la familia las iniciaron en la tradición oral, con la habitual preferencia por las historias de fantasmas y demonios y duendes de los cuentistas de Irlanda. Sin duda ahí estableció contacto Emily por vez primera con lo sobrenatural, que sobrevuela desde la primera hasta la última página de su única novela.

Parece ser que el silencio le fue causa de más de un disgusto y le trajo fama de arrogante: a partir de la adolescencia Emily contestaba mucho con monosílabos o no contestaba nada, lo cual hacía que alguna gente la rehuyera y sus hermanas se le quejaran. Ella era, sin embargo, la favorita de su padre, como lo demuestra el hecho de que la enseñara a disparar un arma y con frecuencia se la llevara por ahí a tirar salvajemente a voleo (ella se convirtió en adicta). El señor Brontë -que exotizó su original Brunty a su paso, cómo no, por Oxford (tal vez porque Brontë significa «trueno» en griego)- tenía fama de excéntrico y de austero, y aunque los informes existentes provienen de fuentes no muy fidedignas (por resentidas), se afirma que en su celo se negaba a dar carne a sus hijas y las condenaba a un régimen de patatas; una noche de lluvia, se dice, tras descubrir que las niñas se habían puesto unas botitas que les había regalado un amigo, las quemó por encontrarlas demasiado lujosas; rasgó en pedazos un vestido de seda que su mujer guardaba en un cajón, más para mirarlo que para ponérselo; y en una ocasión serró los respaldos de varias sillas hasta convertirlas en taburetes. De ser todo esto cierto, hay que reconocer que bastante hicieron las hermanas Brontë con no darse a la bebida como su hermano. Lo fuera o no, lo que sí parece seguro es que el señor Brontë también era muy afectuoso con ellas, y además se molestó en adiestrarlas: las hacía ponerse una máscara y a continuación las interrogaba, considerando que con el rostro tapado se acostumbrarían a responder con libertad y osadía. A Emily le preguntó una vez qué debía hacer con Branwell cuando éste se ponía imposible: «Razonar con él, y cuando no atienda a razones, azotarlo». La niña contaba seis años, de manera que siempre tuvo proclividad hacia las medidas drásticas. Siendo ya mayor dio de puñetazos en la cara y los ojos a su perro Keeper -se los infló- antes de que, tras regañarlo, el animal pudiera saltarle a la garganta. En otra ocasión separó al mismo perro y a otro callejero que se habían enzarzado en una pelea echándoles pimienta en los hocicos, lo cual indica que pese a su taciturnidad era una mujer decidida. No en balde sus hermanas la apodaban «El Mayor». Sin embargo, y aunque era la más alta de la familia, a veces se la describía como un ser más bien frágil y de salud precaria. Después de una estancia de ocho meses con las hermanas en Bélgica empezó a temerse también un poco por su salud mental, pero esa es una acusación coloquial frecuente en las discusiones familiares. Le gustaba mucho Walter Scott y era devota de Shelley y de la noche, por lo que dormía poco, para disfrutarla.

Fue su hermana Charlotte quien, no sin grandes insistencias, la convenció de publicar sus poemas. Más adelante las tres, bajo los pseudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, enviaron a los editores sus respectivas primeras novelas. La única que momentáneamente no fue aceptada fue la de Charlotte, pero sí su segunda, Jane Eyre. Las críticas de Cumbres borrascosas fueron más bien positivas, aunque ninguna se atrevió a saludarla como luego la ha señalado el tiempo, es decir, como una obra maestra.

En 1848, un año después de su publicación, Emily tenía que ir a menudo a la taberna del Toro Negro a recoger a Branwell y ayudarlo a volver a casa. Su preocupación era sólo cotidiana, y ni ella, por falta de visión de futuro, ni Charlotte, por espíritu justiciero, hicieron nada serio por curar a Branwell, que en poco tiempo acabó en la tumba, tras pasar periodos de terroríficas toses y espantoso insomnio. Emily tardó sólo tres meses en seguir sus pasos, y aunque una criada de la casa sentenció que había muerto «con el corazón roto por amor a su hermano», dando pie a algunas especulaciones incestuosas, cabe más bien suponer que Emily Brontë no conoció en vida las pasiones que tan bien supo representar en sus Cumbres borrascosas y semiincestuosas.

Durante su enfermedad se negó a tratarse o a que la viera un médico y guardó una vez más largos silencios, dispuesta a dejarse llevar por la naturaleza, que no se mostró benigna. El 19 de diciembre se empeñó en levantarse y vestirse, luego se sentó junto al fuego de su habitación a peinarse los abundantes y largos cabellos. El peine se le cayó entre las llamas, y no tuvo fuerzas para recogerlo, la alcoba se fue llenando de olor a hueso quemado. Luego bajó al salón, y allí, sentada en el sofá, murió a las dos de la tarde tras negarse una vez más a volver a la cama. Tenía sólo treinta años, y ya no escribió más nada.

ARTISTAS PERFECTOS

Nadie sabe la cara que tuvo Cervantes, y tampoco hay certeza sobre la que tuvo Shakespeare, por lo que el Quijote y Macbeth son textos a los que no acompaña ninguna expresión personal, ningún rostro definitivo, ninguna mirada que los ojos de los demás hombres hayan podido congelar y hacer propia a través del tiempo. Si acaso sólo los que la posteridad ha tenido necesidad de otorgarles, con vacilaciones y mala conciencia y mucho desasosiego, expresión y mirada y rostro que seguramente no fueron de Shakespeare ni de Cervantes.

Parece como si los libros que aún leemos nos resultaran más ajenos e incomprensibles cuando no podemos echar un vistazo a las cabezas que los compusieron; parece como si nuestro tiempo, en el que nada carece de su correspondiente imagen, se sintiera incómodo ante aquello cuya responsabilidad no puede atribuirse a un rostro; parece, incluso, como si las facciones de los escritores formaran parte también de su obra. Tal vez por eso, anticipándose, los autores de los últimos dos siglos han dejado numerosos retratos, en cuadro o en fotografía, y tal vez por eso yo he ido desarrollando la costumbre, a lo largo de los años, de coleccionar postales con esos retratos. La colección, hecha sin método y meramente acumulativa, consta hoy de unas ciento cincuenta imágenes. Son las que estoy acostumbrado a ver, aquellas con las que estoy familiarizado. Es con estos retratos, y no con otros (quizá mejores o más llamativos), con los que identifico e identificaré siempre a Dickens, a Faulkner o a Rilke, porque los tengo a mano y a veces los miro. Es significativo que no haya entre ellos el de ningún español, pero da la impresión de que en nuestro país esas imágenes no han interesado, no se venden postales de nuestros escritores, o yo no he logrado encontrarlas. Inglaterra es lo opuesto, ya que Londres cuenta con un museo de retratos tan sólo, la National Portrait Gallery, de la que inevitablemente proceden muchos de estos rostros. En este texto me limitaré a mirarlos una vez más, brevemente, no todos sino unos cuantos, pero ahora con la pluma en la mano. Sería iluso tratar de extraer lecciones ni leyes, o meros rasgos comunes. El único que salta a la vista es que todos son escritores; y por fin artistas perfectos, ya que ahora están todos muertos.

Pero quizá se podría observar que no son demasiados los que se muestran de cuerpo entero, ni siquiera muchos los que enseñan algo más que su cabeza aislada, como si sólo de ella, y no también de sus manos, hubieran salido las palabras por las que los conocemos. De los pocos que aparecen sentados o incluso de pie o echados y dejan ver parcial o totalmente sus cuerpos por lo general inútiles, tal vez sea Dickens el más extraordinario, pese a que sus poses no parecen demasiado estudiadas y tienen mucho de cotidianas. No cabe duda de que el autor posó, pero podría no haberlo hecho. Las tres veces está sentado, y en dos de las fotos lo está del revés en una silla, esto es, a horcajadas. En la primera, a solas, podría pensarse que la postura es artificial, preparada. Apoya los brazos sobre el respaldo, el derecho elevado hasta conseguir que la mano le sostenga la cabeza, melancólica y graciosamente inclinada. Tiene la mirada ida, pero con coquetería, y es al mismo tiempo una mirada de acero, como si estuviera ante un espectáculo que no le agradara. El pelo algo revuelto, la barba de chivo, los pantalones no tan arrugados. En la segunda foto está con sus hijas, leyéndoles de un volumen tan exiguo que no podría tratarse de ninguno suyo. También aquí está sentado en silla, el respaldo por delante, y dos veces son demasiadas para no pensar que Dickens, efectivamente, tenía que sentarse así casi siempre. En esta segunda foto el pelo y la barba están más canosos y apaciguados, y se le ven los pies, bien pequeños, la ropa más de andar por casa. En ambos retratos está muy erguido, como si fuera de escasa estatura o muy nervioso. En ambos, contra lo esperable, se nos muestra serio, no parece hombre jocoso, ni siquiera alegre, sino un poco respingón y atildado. Sus hijas lo veneran, lo adoran, le aguantan toda manía y toda impaciencia. Tiene algo de petimetre, y sin embargo no logra engañarnos: el hombre que dio vida a Pickwick, a Micawber, a Weller, a Snodgrass y a tantos otros deja ver su verdadero carácter ocurrente y festivo en ese detalle: es un hombre al que no le importa posar con las piernas abiertas y descompuestas, es un hombre que se sienta a horcajadas. No lo hace así en la tercera foto, en la que no obstante ofrece otro rasgo de inteligencia y astucia, ya que no finge estar escribiendo, lo cual sería una vulgaridad y difícil de fingir además, sino que finge estar pensando con la pluma en la mano, ambas tocan el papel. Dickens está parado, cavilando sobre la siguiente frase que no escribirá, con los ojos perdidos y un poco risueños, lo cual no es de extrañar, ya que lo último que podemos creer de él, ni seguramente podía creer él de sí mismo, es que cuando escribía sus velocísimos e inmensos tomos se detuviera nunca a pensar tanto rato.

Mallarmé mantiene alzada una pluma que no toca el papel, y por tanto él sí finge estar escribiendo, pero lo hace muy mal, con su chal doblado sobre los hombros, ante sí la mesita contra un fondo blanco delator. A diferencia de Dickens, que logra desentenderse y dominar a la cámara que lo retrata, Mallarmé no sólo está pendiente de ella, sino fascinado y esclavizado. Para él ese momento es un momento de eternidad, una representación confesa y además histórica, la mirada es la de alguien que ya ha recibido y aún espera instrucciones con complacencia, es una mirada de obediencia, gratitud e infantil ilusión. El hombre que la sostiene admira el progreso con ingenuidad, del mismo modo que se admira de un soneto con la rima en -yx. Por eso resulta mucho más realista el óleo que pintó Manet, en el que un cigarro ocupa el lugar de la pluma, y la mano izquierda, que en la foto aguardaba sólo el advenimiento del instante eterno sin saber qué hacer, se esconde en el bolsillo de la chaqueta en un gesto habitual. En el óleo Mallarmé es más joven y está más delgado, se recuesta tranquilo y no mira nada: aún no cree en la existencia de momentos de eternidad.

Por el contrario Oscar Wilde creyó siempre en ellos y sólo en ellos, y por eso, uno a uno, los va cuidando. Pero su capacidad para engalanarse es tan exagerada que el disfraz acaba por convertirse en lo más auténtico y en lo descontado, o en lo que menos cuenta. Lo que más le preocupa es su propio rostro, y en sus dos retratos Wilde ansia ser un hombre guapo y logra mirar como si en verdad lo fuera: como lo hacen hoy en día los modelos de publicidad. El gesto de la boca es el mismo en las dos ocasiones, como si su dueño supiera de sobra ante el espejo que es el único aceptable, el único favorecedor. Lo curioso de las dos fotos es que toda la ironía y el humor de que estaba dotado Wilde han ido a parar a la vestimenta y están del todo ausentes de la cara, a la que se toma muy en serio. Las fosas nasales demasiado abiertas indican que Wilde está en vilo, conteniendo la respiración. Se trata de un hombre que, pese a todo, está convencido de que la belleza sólo puede venir del rostro y de la expresión. La sortija, el bastón, la melena, los guantes, las pieles, el sombrero, la capa y el lazo en realidad le traen sin cuidado, son sólo el inicial y más tarde prescindible reclamo, lo que obligará al espectador a reparar en sus fotos, requisito previo para que después pueda fijarse en lo que de verdad importa, en la mirada y el rostro de quien, lejos de bromas, desea alcanzar por encima de todo la belleza de la seriedad.

Eso es algo que no parece preocuparle a Baudelaire, quizá porque a él no le es necesario con unos rasgos tan nobles. Mira esquivo con los puños en los bolsillos cuando es más joven y tiene más pelo, y airado o expectante -impaciente- cuando es más viejo y está más calvo. Es un elegante natural, pero ha añadido deliberación, aún más con la edad, y la oreja que en ambas fotos asoma es notable, subraya con su agudeza la intensidad del conjunto, como también los pliegues que se harán arrugas. La expresión es casi idéntica en los dos retratos, más dura y harta en el segundo, como quien quiere que todo acabe de una vez y está ya ocupándose de lo que no puede estar ni estará en la imagen, de lo que queda fuera de cualquier imagen. Es sobre todo un hombre con prisas, mientras lo retrataban ya ha desaparecido, quizá porque lo que más le interesa no está en su rostro, o no lo tiene.

Henry James puede decirse que no lo tuvo nunca, ni siquiera cuando llevaba barba, en su ya calvísima juventud. En todo caso, no es esa imagen pilosa la que de él ha quedado, sino la del cuadro de Sargent, muy parecida a la de la foto en que se lo ve acompañando a su hermano William, mayor que él. La cara de James es un todo uniforme, las mejillas y el cráneo formando un continuum indivisible de político o de banquero. Sin embargo, en el cuadro de Sargent, de mirada opaca, se ve un detalle que le impide ser ninguno de esos personajes, por mucho que todo tienda hacia la respetabilidad: el pulgar introducido en el bolsillo de su chaleco, con torpeza y con timidez, sin aplomo y con incomodidad, la mano entera, azorada, se cuelga de él. En la foto son en cambio los ojos lo único que se salva de ser pasado por alto, junto con la corbata de lazo jovial, una extraordinaria concesión a la fantasía en individuo tan aséptico. Pero esa mirada es de una inteligencia que produce espanto, pues es una inteligencia volcada hacia el exterior, mucho más inquisitiva que la de su hermano, tan filosófico, cuyo rostro parece tener más personalidad a primera vista y engaña: basta con mirar las miradas para comprobarlo, la de William al frente, casi sin ver, la de Henry sesgada, viendo seguramente hasta lo que no hay.

La de Sterne no ofrece dudas: es una de las más vivas de un siglo repleto de miradas vivas, y pertenece a un hombre consciente de su gran talento, pero no presumido. El sí muestra sus manos con desenvoltura en el cuadro de Reynolds, el dedo índice de la derecha en la sien, señalando su ingenio, la izquierda sobre la cadera, bien asentada, segura de sí misma y de la conveniencia de la posición, tan distinta de aquella otra de Mallarmé. Con el codo aplasta sin escrúpulos las hojas por las que se le recordará (mientras viva estará por encima de ellas), y los labios esbozan una sonrisa de malévola amenidad, la de quien sabe qué va a responder en cuanto su interlocutor haga pausa, pues parece que estuviera escuchando por cortesía (su turno) a alguien de retórica muy inferior. El busto de mármol, en cambio, es una idealización fallida: el peinado romano y la desnudez incongruente se ven desmentidos por los ojos como dos brasas y la enorme nariz: parece todo lo contrario de un hombre en reposo, es más, no parece que ese rostro pudiera descansar jamás, ni siquiera apresado en un bloque de mármol por el que pese a todo se cuela su agitada respiración.

Gide, como antes James, también introduce el pulgar en el bolsillo de su chaleco, pero el gesto es de muy diferente signo, casi contrario. En ese Gide joven con barba, capa y sombrero hay buenas dosis de chulería y una clara predisposición al agravio, en él se ve casi a un duelista profesional. Los ojos son tacaños, huidizos y despreciativos, y toda la figura (el cuello alzado, la barba, el decidido paso) está llena de aristas, es afilada. Casi todo ha desaparecido, milagrosamente, en la foto de su madurez: en ella se ve a un individuo comprensivo y doliente, la dureza sólo perceptible en los labios tan dibujados y finos y negada en cambio por las generosas cejas y por los lentes que suavizan una mirada quizá aflictiva que parece conmiserativa. Si se contempla cada retrato por separado, se estará en ambos casos ante un hombre misterioso, pese a cuanto contó en sus diarios. Si se contemplan los dos al tiempo, nos encontramos con un enigma.

Conrad, a quien Gide tradujo, se ve muy serio, en butaca, no sabe dónde colocar las manos y por eso una de ellas es puño cerrado y la otra está abierta, cubriéndola y disimulándola. Le preocupa mucho su apariencia, como si fuera un hombre que habitualmente no vistiera tan bien como aquí, es decir, no con la pulcritud conseguida para la ocasión. Su retrato se pretende un monumento a la respetabilidad, por la que tanto se afanan los emigrantes y los exiliados, que antes de nada deben demostrar que son gente de bien. La barba está cuidadísima, pero difícilmente podría ser la de un genuino súbdito inglés, con las guías del bigote tan punzantes y esa forma tan picuda y triangular. Los ojos sin pestañas son muy severos, podrían ser los de un hombre justo incubando cólera, alguien inocente a quien se está juzgando. O quizá sean sólo los de un oriental.

Aunque no orientales, pertenecen a la misma familia los de William Faulkner, quien también aparece de punta en blanco en la primera foto, con aire de padrino de boda por culpa de ese pañuelo que se destaca tan insolentemente y del pelo blanquísimo y tan bien peinado. Con la frente arrugada, da la impresión de haber abandonado a regañadientes la idea de pegarle unos tiros a su inminente yerno para resignarse a verlo convertido en tal, pero parece tan reciente el descarte que en la mano izquierda aún se intuye el ademán de quien empuñaría un rifle con serenidad y determinación. En la segunda foto Faulkner se rasca un brazo en mangas de camisa rodeado de perrillos enanos, pero la imagen carece de toda informalidad, por supuesto de carácter idílico e incluso de apacibilidad: el perfil tan severo como el frente de la primera foto, la nuca bien rasurada, un hombre tímido y aun huraño. En ambas ocasiones mira como quien ve llegar a unas visitas molestas e inoportunas a las que no quisiera ni dirigir la palabra. Faulkner, sin duda, preferiría seguir con sus perros o encaminarse hacia la boda de su hija de una vez, aunque fuera sin llevar el rifle.

El pobre Borges parece paciente y lleno de lástima: con cincuenta y tres años, está sobre un taburete y se ha quitado las gafas, menos por coquetería que para facilitar la labor del fotógrafo, a quien debe ofrecerse un rostro sin accidentes. Las sostiene en las manos, muy provisionalmente. Es alguien sin picardía, casi cándido, aparentemente desvalido. No sabe que sentarse en un taburete exige erguirse o cruzar las piernas con desenvoltura, ni que unas gafas recién quitadas deben al menos esconderse del objetivo, ni que la chaqueta abrochada es excesivo signo de probidad (yo diría que es color teja). Está acicalado, pero un poco cómo si le hubieran hecho el retrato en domingo. Y sus ojos, por efecto de la miopía súbitamente recuperada, anuncian el que ahora sabemos que fue su destino: sin las gafas ya no ven, si bien no dejan de mirar por eso.

Rilke no tiene el rostro que se le supondría, tan delicado e insoportable era en sus hábitos y necesidades como gran poeta cuando escribía venciendo los hábitos y colmando las necesidades. La cara es sin más peligrosa, con esas cuencas de los ojos hundidas, y el bigote caído y poco poblado le da un inverosímil aspecto de mongol; los ojos tan fríos y tan oblicuos lo hacen hasta cruel, y son sólo las manos -éstas sí entrelazadas como es debido, al contrario que las indecisas de Conrad- y la calidad de la ropa -excelente corbata y excelente paño- las que le prestan una apariencia de reposo o corrigen levemente la crueldad. La verdad es que podría tratarse de un médico visionario aguardando el resultado de algún experimento prohibido e infame en su laboratorio.

El desdichado Poe, por el contrario, parece enteramente inofensivo pese a la mirada torva, el cráneo abombado y los cabellos raquíticos y mal colocados: tiene una mano escondida en el pecho, como si fuera Napoleón, pero para lograrlo ha tenido que abrirse nada menos que cuatro botones de su chaleco, parece un descamisado. Aunque quizá convencido de estar dando una buena imagen: un ingenuo con la ropa gastada, pero es la mejor que tiene.

Pertenece seguramente a la estirpe de Nietzsche, quien, desaliñado, sujeta en su mano izquierda un sombrero de cochero y lleva del otro brazo colgada a su madre, a la que no ha aprendido a ver como a una señora antipática, aún le tiene estima, si no algo más. El pelo tan alborotado como el bigote, y el abrigo se diría prestado por un pariente más grande que él. En la otra foto, a solas, se lo ve más cuidado, el abrigo más justo, el bigote más recogido, el cabello menos alocado. Sin embargo ese pelo que aparece húmedo sube un poco de más hacia arriba, como si se lo hubiera alejado de la frente tan sólo un instante, el que se precisaba para la fotografía. La mano derecha apretada contra la mejilla y cara de velocidad: es como si toda su compostura estuviera prendida con alfileres.

Poco compuesto se aparece en general T E Lawrence cuando no era Lawrence de Arabia sino un soldado de la RAF llamado Ross o Shaw, tan distinto de su imagen idealizada en los cuadros, con el disfraz. Sin él no sabe cómo colocarse, la barbilla sobre la mano, la mano sobre el brazo vertical, ese codo sobre la otra mano, esta mano cerrada, y todo ello con el individuo en pie. De escasa estatura y con los pantalones demasiado cortos, recuerda a Stan Laurel en la primera foto, mientras que en la segunda sus piernas tan flacas y su estrecho pecho inspiran piedad, y de nuevo vemos aparecer una mano por el lugar menos recomendable, para ello ha tenido que retorcer el brazo. Las facciones son plebeyas; en efecto, de lo que quiso ser: un soldado, un proletario. En la tercera lee tirado en el catre con su nuca conspicua, uno de los raros momentos de no sufrimiento, los que quizá no contó en su libro El troquel.

Djuna Barnes, con el abrigo echado sobre los hombros y hermoso turbante, es la más distinguida de la galería. Posa a conciencia y se ha vestido a conciencia, pero en ella es la mera reproducción de una costumbre diaria. A diferencia de Wilde, que se empeñaba en serlo y aparentarlo, sabe que no es guapa y no cree poder parecerlo, por eso no busca la expresión más soñadora que beneficia a casi todos los rostros, sino que mira al frente descreída y sarcástica, confiando sólo en el atuendo (sobre todo en el cuello del abrigo alzado) y en el aplomo de la postura. El collar no la adorna, la protege. Es una mujer a la que domina el pudor mucho más que el aprecio por su propia imagen.

Poco pudorosos eran Mark Twain y Nabokov, o bien histriones. El primero, en camisón o camisa, escribe metido en la cama, y en su caso hay que pensar que, a diferencia de Mallarmé o Dickens, ni siquiera finge, sino que en verdad está escribiendo, aplicado, alguna palabra, pues él no está para perder el tiempo. Es imposible que no supiera que lo estaban retratando, pero esa es la impresión que da, de no saber o de no importarle. La cama está en orden, no semeja la de un enfermo, pues las de éstos están siempre hundidas y desarregladas, las almohadas planas. Al espectador, por eso, no le queda más remedio que preguntarse si acaso Mark Twain vivía en el lecho.

En cuanto a Nabokov, es un bromista que no quiere reconocerlo abiertamente y por eso el gesto es de pasión y hallazgo. Pero se atreve a mostrar unas espantosas o dañadas rodillas y a calarse una gorra inadmisible para quien nunca llegó a ser verdadero americano. Hace como que caza una mariposa con sus bermudas, pero lleva el bolsillo de la camisa lleno de plumas o gafas o algo: algo impropio, en todo caso, para ir de caza. Es ya un hombre mayor, pero ello se percibe menos en el rostro excitado que en el uso de la rebeca. Por otra parte, nadie cobra una pieza con un brazo en jarras.

Si Djuna Barnes era la más distinguida y Lawrence el más plebeyo, Thomas Hardy es el más campesino de la colección. Dejando a James de lado (por el otro extremo), es el único que no parece escritor en modo alguno, al menos en esta foto de su vejez, en la que el grueso chaleco abotonado de lana y la piel cuarteada (parece madera), los ojos sin una pestaña y las cejas demasiado crecidas y el bigote de paja lo convierten en un médico rural cuya expresión insatisfecha podría deberse tanto a una obligatoria e indeseada jubilación como a haber asistido a demasiadas historias sombrías, «ironías de la vida», como él las llamó. Para esta época Hardy ya había abandonado la prosa por la poesía, y sin embargo parece cualquier cosa menos un poeta. Si se piensa que aún viviría catorce años más, estremece imaginar a qué estado llegaría esa piel surcada. O quizá hay que pensar que por campesina fue siempre así, desde la juventud.

Quien sí es un poeta innegable es Yeats, pese a que en la foto tiene ya los cabellos blancos y a los hombres de edad no suele asociárselos fácilmente con la producción de versos. Al ver ese gesto se ve a un fanático o a un iluminado, alguien de carácter demasiado fuerte convencido de cuanto hace y opina, es un gesto de autenticidad. El pelo revuelto lo salva de ser un viejo y casi parece rubio, dota de movimiento y brío a toda la cara, es un individuo al que le sobra el vigor. Pero llaman también la atención las cejas más oscuras; y esa mirada invisible, solamente adivinada detrás de los lentes, hace que en realidad sea con los labios firmes con lo que mire, como si todo él fuera tan sólo voz.

Contrariamente al suyo, el rostro de Eliot podría muy bien ser el de un ensayista, por no decir, haciendo trampa, el de un empleado de banca, ya que sabemos que eso es lo que fue. Es un hombre que lleva lustros peinándose de la misma manera, y no le importa en absoluto que el cabello tan planchado le acentúe las orejas de soplillo, ya que es consciente de que son lo que da singularidad a su cabeza. Se trata de un individuo perfeccionista y meticuloso, y no le cuesta esfuerzo mantenerse tan pulcro, es sólo la costumbre. Tiene la mirada confiada y serena de quien apenas alberga dudas sobre el orden del mundo, porque esencialmente está de acuerdo con él y contribuirá a mantenerlo. Sin embargo, el conjunto de ese rostro exhala una extraña esperanza, casi vehemente, y por eso podría tratarse asimismo de un inventor.

La verdad es que Melville defrauda un poco: parece una caricatura de sí mismo, es decir, del hombre que uno apostaría que escribió Moby Dick y no tanto Bartleby o Billy Budd. El tórax está sombreado, o mejor difuminado, como para hacer resaltar aún más lo único que cuenta en realidad de esa cara, la barba larguísima y patriarcal, excesivamente patriarcal.

Este caballero venerable, cuyo retrato es estrictamente contemporáneo de los dos de Oscar Wilde, es su absoluto opuesto, su condena y su negación, con el pelo tan corto, tan gris y tan crespo, el indisimulado entrecejo menos canoso y esa mirada turbia en el ojo izquierdo y autoritaria en el ojo derecho, tan difusa en la suma como la modesta chaqueta de la que sólo alcanza a distinguirse un botón, un botón muy alto. Melville es en esta foto un abuelo, o un cuáquero, o un peregrino, o una gloria nacional, o lo que es peor, un personaje simbólico salido de sus propias obras.

Mayakovski, en cambio, no resulta autoritario pese a la mirada feroz, sino desamparado. Parece un plano sacado de una película más americana que rusa, un delincuente mayúsculo ante el objetivo de la ley. Está retratado contra la pared, como si fuera el enemigo público número uno, o mejor, como el enemigo ya acorralado, justo en el momento previo a su legalísima ejecución callejera y sin juicio. Entre las manos sostiene unos papeles en lugar de un arma, como debería, y eso es lo único que desentona en la por lo demás armoniosa figura, a menos que las hojas no sean poemas, como sería de lamentar y temer, sino panfletos que estuviera leyendo subido a un estrado y ante la multitud. Es un hombre malhumorado o quizá acosado, pero dispuesto a no claudicar ni rendirse aunque lo acribillen, como demuestran las piernas abiertas con determinación. Pero lo más llamativo y lo más resuelto de todo son los zapatos, que de tan conspicuos invaden ligeramente el dobladillo de los pantalones tan bien planchados: esos son zapatos a los que ni en la hora de la muerte se podría renunciar.

También en Beckett son lo principal, sólo que su dueño parece un poco aterrado por ellos, sentado casi en el suelo y en un rincón. Se trata asimismo de un hombre acosado, pero al menos no se ve sorprendido por el acoso, sino que está ya instalado en él: fuma con la mano derecha, y la izquierda parece adornarla, incongruentemente en alguien tan sobrio, con una pulsera más que con un reloj. La ropa es indiferente, aunque parecen gemelos lo que abrocha los puños de la camisa. Pero si no fuera por los zapatones, lo único que importaría, como en cualquier otro retrato de Beckett, serían la cabeza y los ojos de águila, que miran al frente con expresión efectivamente animal, como si no comprendieran a qué se debe la búsqueda de ese momento de eternidad, por qué alguien lo quiere fotografiar. Beckett es un muerto reciente, y por eso, creo, sus ojos todavía se aparecen más vivos que los de los demás.

Casi igual de reciente es el muerto Thomas Bernhard, de quien aún no hay postal, aunque esta foto lo parezca, una de las más conmovedoras de la colección. Pese a sus facciones no muy agraciadas y un poco toscas (de más viejo se le afinaron) y a las patillas demasiado largas que hoy delatan la fecha en que debió hacerse el retrato, el rostro, gracias a la mirada, es uno de los más piadosos, humorísticos, inteligentes y comprensivos de la galería. La mano izquierda que lo acaricia parece, a primera vista, haber adoptado una postura excesivamente artificial, pero ese inicial efecto se ve anulado por la observación posterior, esto es, por ese dedo meñique que está a punto de introducirse entre los labios, subrayando la autenticidad de la apacible meditación. Esa mirada no es de extrañeza, sino de aprendizaje, y resulta tan limpia que de golpe lo borra todo, la considerable calva y la gruesa nariz. «Así que esto es así», parece estar pensando la mirada despierta.

Pero el más muerto de todos es William Blake, que ni siquiera es él, sino su propia máscara. Esa máscara, sin embargo, no fue hecha a partir del cadáver, sino realizada en vida, según denuncia la postal: Plaster-cast from a life-mask, 1823, cuatro años antes de su verdadera muerte. Del mismo modo que otros fingían escribir o reflexionar para hacerse el retrato, Blake lo que finge es morir. Pero tampoco lo hace demasiado bien, pues si se mira con atención el rostro sobre la peana, esos ojos cerrados no pueden ser los de un hombre muerto, porque se aprietan con fuerza, como si aún pudieran ver, y no quisieran. Las fosas nasales aguantan la respiración. La frente está estirada, como recorrida por palpitantes venas. Los labios no existen, son sólo una raya alargada, firme, dibujada de un solo trazo, en esa raya hay tensión. Blake se hizo el muerto cuando estaba vivo, y ahora que en verdad está muerto consigue engañarnos: es un hombre que controla su posteridad. Es una mezcla de vivo y muerto, por eso su retrato es el del artista más perfecto.

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Javier Marias

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