/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Caligrafía De Los Sueños

Juan Marsé

A mediados de los cuarenta, Ringo es un chiquillo de quince años que pasa las horas muertas en el bar de la señora Paquita, moviendo los dedos sobre la mesa, como si repasara las lecciones de piano que su familia ya no puede pagarle.En esa taberna del barrio de Gracia, el chaval es testigo de la historia de amor de Vicky Mir y el señor Alonso: ella, una mujer entrada en años y en carnes, masajista de profesión, ingenua y enamoradiza; él, un cincuentón apuesto que ha acabado instalándose en su casa. Allí viven junto a Violeta, la hija de la señora Mir, hasta que sucede algo inesperado: un domingo por la tarde, Vicky se echa a las vías muertas de un tranvía intentando un suicidio imposible y patético, y el señor Alonso desaparece para no volver. Lo único que queda de él es una carta que prometió escribir y que Vicky estará esperando y deseando hasta la locura, mientras Violeta mueve sus espléndidas caderas por el barrio, hosca e indiferente a los halagos.La vida entera discurre por el bar de la señora Paquita y bajo la mirada de Ringo, que escucha, lee y finalmente empezará a escribir, llenando de luz la triste caligrafía de toda una generación que alimentó sus sueños en los cines de barrio y en las calles grises de una ciudad donde el futuro parecía algo improbable.Espléndido relato de iniciación al deseo y a la escritura, Caligrafía de los sueños es la primera novela que Juan Marsé publica tras la concesión del Premio Cervantes en 2009.

Juan Marsé

Caligrafía De Los Sueños

Así es como imaginamos al ángel de la historia. Vuelto hacia el pasado. Donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que no hace más que amontonar escombros ante sus pies. El ángel desearía quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que se ha venido abajo.

WALTER BENJAMIN, 1940

1 La señora Mir y las vías muertas

Torrente de las Flores. Siempre pensó que una calle con este nombre jamás podría albergar ninguna tragedia. Desde lo alto de la Travesera de Dalt inicia una fuerte pendiente que se va atenuando hasta morir en la Travesera de Gracia, tiene cuarenta y seis esquinas, una anchura de siete metros y medio, edificios de escasa altura y tres tabernas. En verano, durante los días perfumados de fiesta mayor, adormecida bajo un techo ornamental de tiras de papel de seda y guirnaldas multicolores, la calle alberga un grato rumor de cañaveral mecido por la brisa y una luz submarina y ondulante, como de otro mundo. En las noches sofocantes, después de la cena, la calle es una prolongación del hogar.

Todo esto sucedió hace muchos años, cuando la ciudad era menos verosímil que ahora, pero más real. Poco antes de las dos de la tarde de un domingo del mes de julio, el sol esplendoroso y un súbito chaparrón se funden durante unos minutos dejando suspendida en el aire una luz encrespada, una transparencia erizada y engañosa a lo largo de la calle. Este verano está siendo muy caluroso y la piel negruzca de la calzada se calienta tanto a esta hora que la llovizna se evapora antes de llegar a tocarla. Sobre la acera del bar-bodega Rosales, cuando ya el chubasco ha pasado, una barra de hielo dejada allí por la camioneta de reparto y mal envuelta en una arpillera empieza a fundirse bajo el sol inclemente. No tarda en salir el gordo Agustín, el tabernero, con un cubo y un punzón, y, en cuclillas, se apresura a trocear la barra.

Al filo de las dos y media, un poco más arriba del bar y en la acera de enfrente, en el tramo de la calle más propenso al espejismo, la señora Mir sale del portal 117 corriendo visiblemente conturbada, como si escapara de un incendio o de alguna alucinación, y se planta en medio de la calzada en zapatillas y con su blanca bata de enfermera mal abrochada, sin cuidado de enseñar lo que no debe. Durante unos segundos parece no saber dónde está, girando sobre sí misma y tanteando el aire con las manos, hasta que, quieta y con la cabeza gacha, suelta un grito largo y ronco, como salido del vientre, que poco a poco deviene en suspiros y termina en maullidos de gatito. Camina un trecho calle arriba dando traspiés y luego se para, se gira buscando en el entorno algún apoyo, y acto seguido, cerrando los ojos y cruzando las manos sobre el pecho, se agacha replegándose sobre sí misma lentamente, como si en ello encontrara un sosiego o un alivio, hasta recostarse de espaldas sobre los raíles del tranvía incrustados en lo que queda del viejo adoquinado.

Vecinos y algunos viandantes ocasionales, pocos y cansinos a esta hora y en este tramo alto de la calle, no dan crédito a lo que ven. ¿Qué le ha dado de repente a esta mujer? Estirada sobre las vías cuan larga es, que no es mucho, con las rodillas rechonchas y soleadas en la playa de la Barceloneta asomando por la bata entreabierta, con los ojos cerrados y los pies tan juntitos calzados con zapatillas de raso de borlas no muy limpias, ¿qué demonios se propone? ¿Hay que suponer que quiere acabar con su vida bajo las ruedas de un tranvía?

– ¡Victoria! -chilla una mujer desde la acera-. ¡¿Qué haces, desgraciada?!

No obtiene respuesta. Ni siquiera un parpadeo. Enseguida se forma en torno a la yacente un grupito de curiosos, la mayoría temiendo ser víctimas de una broma macabra. Un anciano tantea con su bastón la generosa cadera varias veces, como si no acabara de creerse que esté viva.

– Eh, usted, ¿qué bobada es esa?-refunfuña, hostigándola-. ¿Qué diablos se propone?

Dar que hablar, como siempre, pensará más de una convecina: qué no haría esta pelandusca para llamar la atención de su hombre. Cuarentona rubia de chispeantes ojos azules, de natural expansiva y muy popular en el barrio, la gordita señora Mir, que había sido Dama Enfermera formada en un Colegio de la Falange y ahora ejercía como sanadora y quinesióloga de profesión, según decían sus tarjetas de visita, había dado y seguía dando bastante que hablar a causa de sus atrevidas manos aplicando friegas corporales y aplacando ardores diversos, ambiguas destrezas que propiciaban frecuentes devaneos amorosos, sobre todo desde que su marido, ex alcalde de barrio muy mandón y bravucón, había sido recluido en el sanatorio de San Andrés a finales del año anterior. En el bar bodega Rosales, las habilidades manuales de la señora Mir siempre se habían comentado con burlón regocijo, cuando no con despiadado sarcasmo, pero con todo, verla tumbada panza arriba en medio de la calle parodiando un suicidio o deseándolo de verdad, llevada tal vez por un trastorno mental, pero tan firme y decidida en su postura, verla allí tirada en el arroyo con su carita redonda de piel muy clara orlada de rizos y con los morritos atolondrados, siempre sobrados de carmín, superaba cualquier expectativa. Parecía toda ella tan entregada, tan convencida de su fin inminente y horrible bajo la rueda que iba a cercenar su cuello, que costaba creer que tanta serenidad y tan laborioso afán descansara sobre una descomunal incongruencia. Algo terrible y a la vez risible, en efecto, se estaba cociendo debajo de aquellos rizos oxigenados, porque, aunque la primera impresión de los transeúntes, viéndola recostada sobre los raíles con las manos cruzadas sobre el pecho, había sido una mezcla de estupor y de compasión, la terrible escena, contemplada ahora fríamente, era para echarse a reír, pues nadie en sus cabales habría imaginado un dislate semejante, una muerte por atropello más imposible. Años atrás, esa postración habría suscitado mucha más alarma y hasta gritos de horror, y acarreado tal vez consecuencias fatales -aunque, pensándolo bien, la lentitud del tranvía girando en ese tramo lo haría muy improbable-, pero es que hoy sencillamente nada de eso podía ocurrir de ninguna de las maneras, dado que la señora Mir parecía haber olvidado un detalle importante: el raíl sobre el que su cabecita anhelaba el sueño de la muerte, y el otro raíl paralelo sobre el que descansaban sus generosas pantorrillas, era lo único que quedaba en esta calzada del antiguo trazado de la vía, dos barras de acero laminado de apenas un metro de largo cada una, herrumbrosas y casi enterradas entre un bloque de adoquines. Hacía mucho tiempo que la calle había sido asfaltada en su totalidad, pero, inexplicablemente, respetaron ese pequeño tramo adoquinado de unos tres metros de ancho y con los dos pedazos de riel engastados. En el último palmo de su breve y truncada trayectoria calle abajo, los carriles muertos iniciaban un leve giro a la derecha, disponiéndose a doblar la próxima esquina. Eran el testimonio mudo de una ruta abolida y olvidada. Nadie en el barrio sabría explicar por qué no fueron arrancados en su día junto con el resto del trazado vial, qué razón o qué sinsentido dejó abandonados allí esos hierros para que se fueran oxidando y hundiendo un poco más cada día junto con la sucinta muestra del desaparecido empedrado, pero ahora la pregunta más pertinente, la que se hacen algunas vecinas, es: ¿de verdad esa cantamañanas de Victoria Mir espera que pase un tranvía y la mate?¿Es que también ella, al igual que su marido, ha perdido la chaveta? Bastaría que abriera los ojos para ver que arriba no hay ningún cable eléctrico para enganchar el trole de ningún tranvía.

– ¡Jesús y María! ¡Miren esto, por el amor de Dios! -clama una anciana parada al borde de la acera con mantilla negra en la cabeza y un rosario entre los dedos-. ¡Miren a esta infeliz!

La presunta suicida permanece inmóvil sobre las vías y con las manos cruzadas sobre el pecho, la naricilla pimpante y la carnosa boca chupona exhalando quién sabe qué fervor o anhelando qué gracia descendida del cielo azul, pero la tremenda expresividad de los párpados fervorosamente cerrados y untuosos, le prestan al rostro la gravedad de una máscara mortuoria. Un viandante endomingado se inclina sobre ella con expresión compungida.

– Eso no está bien, señora -dice-. Qué ocurrencia, poner en peligro su vida.

– ¡Pero qué te pasa, Vicky! -grita una mujer en bata y zapatillas que se acerca presurosa-. ¿Qué haces tirada en la calle? ¿Es una broma? ¡Debería darte vergüenza!

La señora Mir no se digna contestar, pero de pronto se sobresalta y para la oreja, como si le fuera dado escuchar el chirrido de las ruedas del tranvía girando en la curva, y hasta lo viera echársele encima con su estruendo de hierros, porque abre los ojos y sus pupilas reflejan repentinamente un espanto. Entonces, volviendo la cabeza del otro lado y hacia lo alto, lanza ojeadas furtivas al balcón de su casa, en la primera fila de barandillas sobre la calle, y su mirada se vuelve escrutadora y maligna, como queriendo devolver un agravio a quienquiera que pudiera asomarse allí para verla en el trance de ser arrollada por el tranvía. Pero no hay nadie asomado al balcón, y ella vuelve a rendir la cabeza sobre el raíl cerrando los ojos. Alguien comenta que el hombre con el que está liada actualmente, era o había sido conductor de tranvías.

– Ideas de bombero, eso es lo que tiene -gruñe a su lado la peluquera Rufina, que dice conocerla bien-. ¿Estás mal de la cabeza, Vicky? ¿Qué quieres demostrar? ¡Haz el favor de levantarte! ¡Venga ya, mujer! -La coge por los sobacos, pero no consigue moverla-. ¡Mira lo que te digo: si lo que andas buscando es que te pille el tranvía, ya puedes esperar sentada, pero bien sentada, hija mía! -Y cerrando los ojos con expresión lastimera susurra al oído de la mujer que tiene al lado-: Es por ese mangante que se le metió en casa, me juego lo que quieras…

– Ya.

– Déjenla ahí, si es su deseo -propone otra anciana muy entristecida-. Qué más da. La vida es para los jóvenes.

– ¿Tu hija está en casa, Vicky? Que alguien vaya a avisarla…

– ¡No! -corta ella al instante-. No está en casa… Violeta se fue a la playa con su amiga Merche…

Un muchacho de unos quince años, en mangas de camisa y con un libro en la mano, se para y atisba como quien no quiere los pechos de la yacente que asoman por el escote de la bata, sin rastro de sujetador o cosa parecida, unos pechos de piel rojiza y áspera que le recuerdan la cara fea y pecosa de Violeta. Un podenco flaco y sucio se acerca y olisquea las borlas de las zapatillas de raso descolorido y las manos cruzadas que huelen a embrocación, y luego se pone a dar vueltas en torno al grupo, cuyos comentarios siguen cayendo sobre la señora Mir sin afectarla aparentemente lo más mínimo. Dos convecinas, las señoras Grau y Trías, intercambian sonrisas melifluas mientras hacen por levantarla del arroyo.

– ¿Qué te pasa, Victoria?-desliza la señora Grau en su oído-. ¿No quieres decírmelo? Has estado llorando… ¿Te ha pegado ese cojo del demonio?

– ¿Por qué miras tanto el balcón?-pregunta la señora Trías-. ¿Está él en tu casa, ahora? ¿Es que todavía le permites la entrada a un sujeto como este? ¿No decías que ibas a dejarle?

– Si es que no escarmientas, mujer.

– ¡Ay, Vicky. cuándo bajarás de las nubes!

– Al cabronazo de su marido le gustaría verla así, como está ahora -comenta en tono de guasa el dueño del colmado, parapetado detrás del corro de mujeres-. Así, esperando el tranvía panza arriba. ¡Seguro que le gustaría al mamón del alcalde, si es que le queda un poco de entendimiento!

– Cállese, hombre -le reprochan-, ¿no ve que la pobre ha sufrido algún disturbio cerebral?

– Venga, levántese, haga un esfuerzo -dice el hombre que acudió el primero-. ¿No se da cuenta de dónde está?-señalando con el dedo el raíl sobre el que reposa la cabeza y mirándola con severidad. Parece decidido a imponer la lógica, proponer lo sensato y necesario, decirle por ejemplo, oiga, esta vía no vale para lo que usted se propone, señora, por aquí no pasa ningún tranvía desde hace años, pero sólo añade-: No tiente a la suerte, señora. No lo haga, créame.

– ¡Atención, que viene! -exclama el tendero dejando escapar una risita.

– Sáquenla de ahí, a qué esperan ustedes -dice alguien.

– Estás labrando tu propia desgracia, Vicky -le susurra la señora Grau-. Te aviso. A quién se le ocurre una cosa tan vergonzosa y tan horrible.

Cabecea compungida la anciana con mantilla y la reprende:

– Pero mujer, ¿que no sabe usted que el suicidio es pecado mortal, aunque sea en una vía como esta?

– ¡Vaya un espectáculo, señora Mir! -exclama con sorna una voz masculina-. ¿No le da vergüenza?

– ¡Cuidado, ahora sí que viene el tranvía! -se pitorrea un gracioso asomado a una ventana. El aviso es recibido con risas y algún aplauso, pero no pocos de los presentes que están pisando las vías truncas se sobresaltan.

– Levántese, por favor, sea razonable -suplica una mujer, y añade en tono persuasivo-: ¿Quiere que le diga una cosa? No pasará ningún tranvía hasta dentro de una hora por lo menos.

– ¿Está usted segura?-dice otra mujer a su lado-. ¿Y si han cambiado el horario?

– A mí no me consta.

– ¿Por qué iban a cambiar nada esos mangantes? -tercia un señor malhumorado-. ¿Desde cuándo el Ayuntamiento se preocupa de las necesidades del ciudadano de a pie?

– Diga usted que sí. Este barrio siempre estuvo dejado de la mano de Dios.

Ahora el muchacho está lo bastante cerca y podría jurar que lo ha oído. Un tanto perplejo, con el manoseado libro bajo el brazo y la camisa blanca oliendo suavemente a tomillo, por un instante cree oír incluso el tintineo metálico del tranvía al girar en la esquina, así que, obedeciendo a un impulso repentino, asegurándose el libro en el sobaco y la mata de tomillo liada con un cordel y colgada al hombro, se acerca un poco más al grupo y para la oreja en un estado casi hipnótico: ¿dicen tales cosas para seguirle la corriente a la pobre pirada, simulando, para conseguir que se levante, que el peligro que corre es real e inminente si persiste en su temeraria actitud, o es que también ellos perciben ya de algún modo ese peligro? Porque viene observando desde hace un rato que algunas personas del grupo que rodean a la insidiosa suicida y fingen sentirse muy angustiadas y horrorizadas, afanándose en la engañifa de apartarla de las vías cuanto antes para salvarla de una muerte estúpida, no pueden reprimir ellas mismas cierto recelo, algunas miradas de soslayo a la esquina, hasta tal punto que, de pronto, toda esta simulación y esta tramoya, lo más convencional y risible de una bienintencionada puesta en escena, lo que hasta ahora había sido espectral y absurdo, parece que se estuviera revelando precisamente como lo más cierto, natural y convincente: que las vías muertas empezaran a comportarse como si estuvieran vivas y en activo, que el tranvía que nunca había de llegar estuviera a punto de asomar en la esquina y arrollarles a todos, y que esto se manifestara así de terrible e inevitable no solamente para la señora Mir, sino para muchos de los congregados en torno a ella. Algunos, rindiéndose ante su terca negativa a levantarse de las vías, han preferido abandonar la calzada y subirse a la acera y desde allí, apretujados, arrimándose unos a otros, insisten todavía en el burdo simulacro, sin poder evitar furtivas miradas a la esquina de vez en cuando.

Adelante, pobre loca, pon el cuello bajo la rueda, haz que lo vean, demuéstrales que puede ocurrir, se oye musitar para sí mismo en un impulso repentino: acaso sea esta la primera vez que este chico intuye, siquiera de una forma imprecisa y fugaz, que lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido.

Sentándose sobre los raíles con gran esfuerzo, la mujer parece escuchar una sola voz entre las muchas que la abruman con reproches y preguntas. Un tipo apuesto y bien trajeado, de voz amable y prestancia felina, se inclina ofreciéndole gentilmente su brazo, ánimo, señora, ¿se encuentra bien?, y ella, mientras se incorpora apoyándose en él, sonríe agradecida y recuerda unas friegas a este hombre, o algo más que unas friegas, porque se la oye musitar sin el menor reparo ¿qué tal andan sus hermosas piernas con su rubia pelambre, señor Reich?¿Mejora la circulación?, y se desentiende de cualquier otra ayuda. Inestable pero erguida, se ajusta la bata sobre el pecho con dedos ateridos y perfumados de esencia de trementina, y enseguida esos mismos dedos tantean los rizos sobre la frente con un gesto característico de coquetería que sus amigas conocen bien. Sin embargo, sus grandes ojos repentinamente acuosos y afligidos, muy separados, de mirada un poco estrábica y párpados parsimoniosos, no expresan nada y miran en torno como si no conocieran a nadie. A él lo mira una sola vez.

– Tú, muchacho -susurra-, tú que sabes leer música, tú me comprendes.

Es un adolescente algo pasmarote y de mirada sombría. Gasta alpargatas de suela de neumático, lleva un lápiz prendido en la oreja y luce abundante pelo rizado que le cae sobre la frente. Sorprendido por las palabras de la señora Mir, da un paso atrás y el libro se le escurre del sobaco, pero lo pilla antes de caer al suelo. Ocurre sencillamente que las brujas saben, eso es todo, se dice. Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y de absurdo. Ahora, al observar a la sanadora tanteando el entorno con mano temblorosa, probando un precario equilibrio en medio de la gente, esta mujer se le antoja de pronto una impostora, alguien que se ha apropiado del trastorno mental, la desesperación y los sueños de otra persona. Minutos antes, la fervorosa entrega de su cuerpo a la fatalidad de las vías le había parecido sincera, pero al cabo de un rato ya no sabe qué pensar. Aparentemente la buena señora está como una regadera y ha querido matarse, pero él está aprendiendo a no fiarse de las apariencias. Pensando en los raíles truncados y en el desvarío o la añagaza que la mujer acaba de escenificar para esa gente que ahora se aparta hacia la acera un tanto compungida y amedrentada, siente que otra realidad se le está escurriendo entre los dedos. ¿Podría algún día retener esa otra realidad, se le ofrecería tal cual y sin componendas, desnuda, sin espejismos ni señuelos? Como si formulara con ello una promesa, aprieta con fuerza el maltrecho volumen bajo el brazo para sentirlo vivo, convocando secretamente cerca del corazón el esqueleto seco y helado del leopardo que yace sobre la nieve.

Ajena a los comentarios y a los consejos de las vecinas -no deberías andar sola por ahí, a casita ahora mismo y déjate de bromas, Victoria, imagínate que un tranvía te corta las piernas, qué horror, vaya usted a Las Ánimas a confesarse y se sentirá mejor, que avisen a tu hija y mientras llega tómate una tila-, indiferente a sus cuidados, la señora Mir mira de soslayo el empedrado gris y las vías cortadas como quien mira un signo indescifrable. También él acecha las vías. Mutiladas, girando hacia ninguna parte, paralelas hasta el fin y pudriéndose semienterradas, recibiendo pasivamente los rayos de un sol de castigo que brilla en lo alto del cielo azul, ¿cuál puede ser el reclamo de unos hierros inservibles y olvidados, y qué significa el equívoco o la impostura que han suscitado?¿El hálito de la muerte alcanzó realmente a esta mujer durante los pocos minutos que ha permanecido recostada sobre tal falacia?

Una mano generosa roza su codo y por un instante la señora Mir se cree sostenida en el aire. No parece escuchar ninguna voz y tampoco parece sentirse desvalida. Mira insistentemente los raíles y su truncado destino, su extraño reclamo incrustado en el arroyo, y finalmente aparta los ojos, rechaza a una vecina que quería acompañarla y se encamina sola, despacio y cabizbaja, hacia su casa. Pero pasa de largo y cruza la calle, enfilando la acera contraria, que la lleva al bar bodega Rosales. El podenco vagabundo que había olisqueado sus zapatillas la sigue a cierta distancia, hasta que se para y se queda mirándola sentado sobre los cuartos traseros y rascándose la oreja con la pata, mientras lo acomete una súbita erección. Desde la puerta del bar, pisando sin darse cuenta el charquito de agua que dejó la barra de hielo, la frustrada suicida se gira para mirar a su vez al perro, ladeando la cabeza como él, y después entra.

No hay que ser adivino para saber que la señora Mir pedirá en la barra una copita de coñac y un vasito de sifón, del que apenas probará un sorbo.

2 Una plaga de ratas azules

– ¡Este país de todos los demonios!

Su padre en calzoncillos enciende y apaga la linterna eléctrica por tercera vez verificando su mal funcionamiento, y por tercera vez maldice su suerte. Diríase que el contacto anómalo de una pila desajustada en la vieja linterna obra en su ánimo como una afrentosa metáfora del malhadado país que tanto aborrece. También se podría pensar que lanza señales en clave para alguien oculto en la sombra, si no fuera porque está solo en el dormitorio y con las contraventanas cerradas. Y es que incluso visto así, desgreñado y soñoliento, sentado al borde de la cama, en calzoncillos y con ligas y calcetines en las piernas peludas, persiste en él la imagen del hombre de acción que reniega de la rutina cotidiana y no se resigna a la derrota. Su perfil alerta parece husmear la adversidad, y, presto una vez más a afrontarla, se yergue súbitamente y resopla, guarda la linterna en el maletín abierto a su lado y comienza a vestirse.

Ese maletín ya debe contener el revólver, el veneno y los cepos, piensa su hijo mirando por la rendija de la puerta entreabierta. El chaval espera un minuto, indeciso, y al cabo entra en el cuarto con los puños en los bolsillos y haciéndose el duro.

– Quiero ir contigo, padre. Te ayudaré a matarlas.

– Ni hablar.

Deja pasar unos segundos e insiste con voz lastimera: -Por favor. Me gustaría mucho.

– No. No te gustaría. No tienes edad para un trabajo como este.

– Podría vigilar la puerta. Siempre hay alguna rata espabilada que intenta escapar. Ya no me dan miedo, ¿sabes?

– Que no, hijo. Además, ya están muertas. Sólo hay que recogerlas.

– ¿Todas muertas, seguro? Siempre se escapa alguna…

– ¡¿Es que hablo en chino?! Te digo que no.

Es un sábado por la tarde y el chico no tiene colegio. Tiene clase de solfeo y piano, pero, aunque leer partituras y teclear escalas es lo que más le gusta en el mundo, por una vez estaría dispuesto a perderse la lección.

– ¿Por qué no quieres que vaya?-lloriquea.

– Te desmayarías nada más entrar.

– ¡Qué va! Podría sostener la linterna, mientras tú las rematas…

Su padre ha vuelto a sentarse en la cama con la camisa a medio poner y se rasca la palma de la mano con las uñas grandes y oscuras. Mientras lo hace, cuelga en el vacío una mirada tan repentinamente ajena y pasmada que de pronto no parece la misma persona.

– ¿Te pasa algo, padre?

Reacciona en el acto y se incorpora.

– Me pasa que estoy hasta el gorro de muchas cosas. Te he dicho que no, y es que no. -Consulta su reloj y farfulla entre dientes-: Me quedé dormido, me cago en la hostia.

– Lo habías prometido. Dijiste que me enseñarías a cazar ratas azules.

Su padre es el jefe de una brigada de los Servicios Municipales de Higiene, Desinfección y Desratización de locales públicos. Cines, teatros, restaurantes, mercados, almacenes. Cuando el niño lo supo, el mismo día que cumplía ocho años, su madre le previno para que no se lo dijera a sus amigos del colegio y de la parroquia, porque podían burlarse de él por tener un padre matarratas. Por aquel entonces, él se imaginaba a su padre trabajando con una mascarilla antigás en la cara y un garrote en la mano, persiguiendo grandes ratas entre las butacas de un cine, y había alimentado esta idea durante un par de años, pero ahora sospecha que, además de los cebos envenenados y los pesticidas, el exterminador utiliza métodos más contundentes y expeditivos, sobre todo con las ratas azules. A menudo le oye maldecir y blasfemar sobre la terrible y asquerosa plaga de roedores azules que infesta la ciudad por completo, desde el puerto y Montjuich hasta el Tibidabo, pero nunca ha tenido ocasión de encontrarse cara a cara con una rata azul, ni viva ni muerta.

Vuelve a ver a su padre frente al mostrador de la taberna Rosales girándose hacia él muy despacio, enhiesto y achispado, empuñando el vaso de vino sobre el pecho como si temiera que fueran a quitárselo y farfullando al verle abrir la puerta:

– Aquí está mi hijo muy querido -con una sonrisa taimada-. Te gusta Barcelona, ¿verdad, nano? Te sientes muy seguro en la gran ciudad, junto a tu segunda madre que te salvó del hospicio y te quiere mucho y te mima. A que sí.

Él pasa por alto lo del hospicio y la segunda madre. Sigue en el umbral y mantiene la puerta del bar abierta, sin entrar.

– Madre te espera.

– Prefieres vivir aquí, ¿no es cierto? Aquí, en esta hermosa y aborrecida capital de Cataluña. Y todo porque acerté a ver pasar aquel taxi bajo la lluvia…

– Madre dice que vengas a casa, que la mesa está puesta.

– ¡No me interrumpas! Vivimos en el culo del mundo, en la última mierda del caballo de Santiago, pero tú la mar de contento. Esta es la ciudad que te vio nacer casi de milagro, y aquí estás, vivito y coleando, y me alegro, hijo, pero que sepas que aquel taxi lo cacé yo… Sí, aquí te harás un hombre de provecho, un famoso pianista admirado por todos los ciudadanos de pro, eso crees, ¿no es cierto?¡Pues no es exactamente eso, calabacín con patas! ¡Tu ciudad no es más que una cloaca apestosa llena de ratas azules! Te conviene saberlo, los virtuosos del piano de cola sois demasiado sensibles.

Y nuevamente se gira de cara al mostrador, alargando el vaso para que la señora Paquita se lo llene, y van quién sabe cuántos. Yo no llevo la cuenta, dice, la cuenta de los vinos la lleva la conspiración judeomasónica. Oh, vaya, suele soltar esa clase de palabrejas, el temerario Matarratas, y cosas aún más raras, mientras la tabernera y los clientes se ríen e intercambian guiños de complicidad y el chico se pregunta por qué le ríen la gracia, por qué le hacen caso.

– Nunca he visto una rata azul, padre -dice ahora-. Un día, en la sacristía de Las Ánimas, vi una rata gorda que se ponía de pie y mordisqueaba una sotana colgada de una percha. Pero era una rata gris, más bien negra.

– ¡Sí, ratas y sotanas, menuda peste! -gruñe su padre mientras se enfunda el mono de trabajo-. Pero no es lo mismo, hijo. ¿Alguna vez has visto una rata gorda y lustrosa reventando envenenada? Se arrastran y chillan como condenadas vomitando sangre por la boca y por el culo. No podrías soportarlo.

– Sí que podría.

– No podrías. Te mearías en los pantalones, seguro.

De un tiempo a esta parte, le fastidia mucho que su padre le considere todavía un niño. Mira el maletín sobre la cama pensando en los misterios que encierra. Su padre agita la cabeza violentamente, como desprendiéndose de un mal sueño. Sus cabellos revueltos, verdosos y como enfurecidos, desprenden un fuerte aroma a torrefacto, y ese es otro misterio. Un secreto, le han dicho, uno más. A veces ha llegado a pensar que la pobreza y todos los males que aquejan a la familia provienen de tantos secretos en la vida de su padre.

– Quédate en casa y repasa tu lección de solfeo -le aconseja-.Do-re-mi-fa-sol, eso es lo tuyo. ¿No dices siempre que de mayor quieres ser músico? Pues hala, a estudiar. Además, tu madre no tardará en volver de la clínica.

– Oh, mierda -se lamenta él en voz baja, y alarga el brazo para acariciar el maletín con la punta de los dedos, imaginando su contenido letal-. ¿Puedo llevarte el maletín de los venenos, por lo menos?

Su padre se calza las botas de agua y resopla impaciente.

– Está bien, pesado. Pero no te hagas ilusiones, me esperarás en la calle.

– ¿Todo el rato?

– Todo el rato. No entrarás. Así que te llevas tus partituras y aprovechas el tiempo.

– ¿Puedo coger tu revólver un momento?

– ¿Qué revólver? ¿Crees que estamos en una película de tiros? ¡Vaya con el famoso pianista aclamado en el mundo entero!

La sombra de la nube remontando despacio la fachada del cine Selecto se le antoja un telón escénico subiendo, cuando, ya solo y resignado a la espera, hinca la rodilla en la acera para atarse el cordón del zapato. Una tarde de abril, soleada y ventosa. El tráfico es escaso y la gente que sube o baja por la calle Salmerón no parece detectar el olor del veneno que sin duda, piensa él, ahora mismo se filtra silencioso y verde como un gas mortífero por debajo de la puerta precintada del cine y por entre las junturas de la ventana de la cabina de proyección. Ve a los hombres de la brigada matarratas entrar uno tras otro por una pequeña puerta lateral. Llega cada uno por su lado a intervalos de medio minuto; son tres, dos con ropa de faena y uno de paisano. Pasan por su lado deprisa y sin fijarse en él, que conoce a los dos primeros. El de paisano se llama Luis y suele venir a desayunar con su padre cuando este pasa temporadas en casa, el otro es Manuel y llega en bicicleta; al último lo incluye en la brigada porque al caminar gasta el mismo aire furtivo que los otros, las manos en los bolsillos del mono azul deslucido y la cabeza hundida entre los hombros, como si se avergonzara públicamente de sus habilidades raticidas. Tiempo atrás, cuando era un crío, había imaginado a los hombres matarratas moviéndose igual que seres metálicos y achaparrados de ojos verdes y con dedos como cuchillos.

Entretiene la espera en la calle cantando con voz nasal y pelma «Soy el rata primero, y yo el segundo, y yo el tercero», parodiando la tonadilla zarzuelera a la que su profesor de solfeo tiene mucho apego y suele entonar al sentarse al piano. Al poco rato se aburre a morir, y entonces se dedica de forma obsesiva y detallada a figurarse lo que está pasando dentro del cine: imagina sentir en la nariz el cosquilleo de los pesticidas flotando sobre la platea, ve las ratas azules estirando la pata con la barriga inflada y vomitando espumarajos sanguinolentos, arrastrándose debajo de las butacas y al pie de la pantalla y también entre bastidores, en los urinarios y en los camerinos de los artistas; ve a su padre con un ejemplar asido por el rabo, una rata grande con papo y un mechón de pelos blancos como la nieve sobre el ojo sanguíneo, enrabietado por el veneno; lo ve todo desde la calle y lo vive intensamente sin que se le escape un detalle, igual que si escuchara una aventi descabellada y macabra del gordo Cazorla.

Está saltando a la pata coja delante del cine, siguiendo escrupulosamente el laberinto que dibujan las baldosas en la acera, y al final del recorrido le espera la tapa de una alcantarilla con su grafía en relieve desgastada y borrosa. Se da media vuelta, siempre sobre un solo pie; repite el viaje una y otra vez, y a cada nuevo giro espera ver a su padre en la puerta del cine haciéndole señas para que entre a ver de cerca la caza y exterminio de las ratas azules. Su padre no aparece, pero desde el cartel multicolor que anuncia la actuación de los artistas de variedades, un bastidor de poco más de dos metros de alto apoyado en la misma fachada del cine, una esbelta y sonriente bailarina con malla negra ajustada al cuerpo reclama imperiosamente su atención.

Chen-Li, la Gata con Botas

bailarina excéntrica y acróbata

La Gata luce bonitas piernas pintadas con purpurina dorada y se exhibe de costado, como sentada en el aire o más bien cayéndose de culo pero sin haber llegado todavía al suelo, la espalda arqueada increíblemente hacia atrás, una pierna estirada y en tensión y la otra encogida debajo de las nalgas. Lleva un gorro negro con antifaz y orejitas, calza botas de media caña acharoladas y rojas y su trasero respingón luce un rabo también rojo. El Selecto es un cine de programa doble con varietés tronadas, y acoge a cantantes melódicos, rapsodas y humoristas que alguna vez gozaron de cierto renombre en las populares y exitosas revistas musicales del Paralelo, pero cuyos días de gloria ya pasaron. Los menores tienen prohibida la entrada, y él lo sabe. En otro panel, clavados con chinchetas, hay fotogramas ampliados de las dos películas de esta semana,El séptimo cielo con Simone Simon y El gato y el canario con Paulette Goddard, dos estrellas gatunas de las que está enamorado y cuyos encantos le han provocado no pocas calenturas entre sábanas, pero ahora sólo tiene ojos para la Gata con Botas. ¿Por qué se le recoge tan dulcemente el vientre entre las ingles? La línea combada de muslos y nalgas le parece extrañamente inmaculada y conmovedora, superior en belleza a cuanto ha visto hasta ahora en carteles de cine o en los programas de mano que colecciona. Con el dedo orilla lentamente el contorno del muslo y luego roza la piel dorada y capta el brío interior que anima el salto en el aire. El reflejo del sol, rebotando desde el cristal de una ventana del otro lado de la calle, chisporrotea un instante en la purpurina, pero no emborrona ni atenúa la vehemente tensión de la cara interna del muslo, una generosa delicadeza muscular que le conturba.

– ¿Qué haces, muchacho?¿Qué miras?

Se vuelve. Un señor menudo, encorvado y de hombros alicaídos, está parado sobre la tapa de la alcantarilla, cortándole el paso. Un doble parpadeo mágico, pero el hombrecito sigue ahí, mirándole severamente.

– ¿Yo?

– Tú, sí. ¿Qué estás mirando, se puede saber?

– Yo nada, señor.

– Conque nada. Embobado estás con los meneos de esta chinita.

Ringo vuelve a mirar el cartel.

– Si no se mueve…

– ¿Que no? ¿Es que no guipas? Las bailarinas excéntricas nunca están quietas, niño. Y menos si son chinas del Paralelo.

Otro parpadeo, y en efecto, los muslos se mueven. El hombrecito es apenas un poco más alto que él. Entre los dedos de su mano esquelética alzada a la altura del mentón, con gesto delicado y displicente, como si sostuviera un cigarrillo, sujeta una correa que va unida a algo que gruñe a sus pies, un perrito escuálido, de hocico ratonil y rabo escaso, al que le falta una pata trasera.

– ¿Qué es eso que asoma en tu bolsillo?

– Mi cuaderno de solfeo.

– Vaya. Eres un chico sensible, ya veo -dice el desconocido en voz casi inaudible-. ¿Verdad que eres un chico sensible? ¿Verdad?

– No sé.

– Y el día de mañana serás un joven guapo, atento y respetuoso. Seguro.

– No, señor. Seré pianista.

– Ah, eso está muy bien. Pianista. -El perro levanta la cabeza y mira al amo con sus ojos amarillos y legañosos-. ¿Y qué haces aquí?

– Estoy esperando a mi padre.

– Pensando cositas feas, eso es lo que haces. Venga, no digas que no. -Debajo de la tapa de la alcantarilla suenan ruidos, como de lija raspada o uñas arañando hierro. Alertado por algo, el hombrecito se vuelve repentinamente y su perfil de pájaro se recorta sobre la soledad gris de la plaza Trilla, que se abre al otro lado de la calle-. Conste que no te lo reprocho, pillastre. Pero escucha lo que te digo -acercándose más al chico, y ahora la voz le sale raspando el aire-: Ella seguramente hace cositas que tú ni siquiera podrías imaginar, aunque estuvieras aquí mirándola durante mil años.

– No diga eso, señor. ¡Ondia! ¡Mil años! ¿Habla en serio, señor?-inquiere impostando la voz-. ¿Podría estar mirándola durante mil años?¿Y ella podría estar aquí bailando durante mil años, bailando como Salomé la danza de los siete velos?¿De verdad podría?

Así es como le ven algunos: un chaval despierto y observador, sensible a ciertos desatinos, dotado de una aguda percepción para las expectativas ajenas más extravagantes e imprevisibles y dispuesto a colaborar en cualquier impostura o tramoya que le amplíe el mundo. Así lo recordarán, aplicado, formal, embebido de futuro. No se sonroja ni se traba ni se embarulla con las palabras, en todo momento sabe lo que dice y por qué, y hasta le complace cruzar decididamente el umbral de lo improbable o lo imperceptible. Se queda muy quieto y muy atento frente a su interlocutor, mira los ojos descarnados y sin pestañas en un rostro largo y chupado, mira la boca pequeña y fruncida, el cuello arrugado de la camisa y el terno negro con rodilleras lustrosas en los pantalones demasiado anchos y largos, caídos sobre la triste mansedumbre de unas zapatillas caseras, mira también el perrito cojitranco, y dispone la cara y la voz en consonancia melodramática con lo que ve:

– Es mi hermanastra, ¿sabe?-y se queda pensando, dispuesto a añadir que el verdadero nombre de esta artista es Diana Palmer, que fue la otra novia fiel de Edmundo Dantés y después la novia secreta de Winnetou y ahora es la novia del malvado Rupert de Hentzau, y que podía haber sido su propia hermana, pero de madre china, y que escapó de casa para ser bailarina porque quería ver mundo y se avergonzaba de tener un padre matarratas cuyas manazas huelen siempre a zotal o azufre o a cosas peores. Pero todo eso lo piensa solamente. Lo único que añade es-: Mi pobre hermanastra mayor. Tengo cinco más…

El hombrecito lo ataja con la mano en alto y lo mira con un brillo repentino en los ojos estragados.

– ¡Conque mentirosillo! -Contrariado, patea la tapa de la alcantarilla por tres veces, como si hiciera una señal convenida a las ratas que viven en las tinieblas malolientes de la cloaca. Indicando el cartel, el desconocido añade con voz meliflua-: En fin, vamos a lo que importa. Además de bailarina excéntrica, esta monada es contorsionista. ¿Sabes qué significa ser contorsionista?

– Claro.

– Que sabe moverse de un modo especial.

– Claro.

– Y es bonita la chinita, ¿verdad? Tan bonita, que mirarla es un sufrimiento, ¿verdad?

– Oiga, señor, este perro, con tres patas solamente, hay que ver lo bien que se aguanta. ¿Cómo se llama?

– Tula. Es una perrita. ¿Y tú cómo te llamas, chico?

– Ringo. No le doy la mano porque he tocado veneno para ratas, señor. Ringo Kid, ese es mi nombre.

Se agacha para mirar a la perrita simulando un repentino interés. El animal tiene los ojos rasgados y las orejitas tiesas, una de las cuales luce una garrapata redonda y lustrosa como una perla, y tan gorda que habría que arrancarla con unas tenazas, piensa.

– ¡Vaya garrap…!

– Aléjate de productos tóxicos que no sean comestibles -corta el hombrecito-. Es un consejo que te doy. Y de la chinita… -duda un instante, la mirada contrita y el dedo escuálido señalando a la bailarina en el cartel-, de la chinita aléjate también. Has de saber que el programa de esta semana no es apto para menores. ¿Cuántos años tienes?

– Once, casi doce, señor.

– Además, fumigaron el local y ahora está cerrado y precintado.

– Ya lo sé.

– ¿Entonces qué haces aquí solito?

– Se lo acabo de decir, estoy esperando a mi padre.

– ¿Y dónde está tu padre?

– En el cine, cazando ratas.

– Ah, eso está bien. Las ratas traen la peste negra.

– Esta peste de ahora no es negra, señor. Es azul. Me lo dijo mi padre.

Ahora mismo él y su brigada estarán inspeccionando los cebos con veneno que dispusieron días atrás, dice, cuando rociaron el local con pesticidas y lo cerraron por orden gubernativa. Mi padre conoce los trámites oficiales, es una autoridad, sabe cómo se lucha contra las ratas. No, ahora ya no se cazan con la ratera y el trocito de queso, ya no valen el gato ni el escobazo, no señor, tampoco los polvos Nogat el terror de las ratas, eso quedó anticuado; mi padre tiene un Colt 45. Cuando sea mayor, él también se dedicará al exterminio de toda clase de alimañas, ratones, chinches, pulgas, cucarachas y el piojo verde.

La perrita se sostiene paciente y un poco escorada sobre la acera, su dueño escruta el entorno de reojo y se hace el distraído mientras escucha, y el chico observa su estabilidad también precaria y la casposa adherencia que se ha posado en sus hombros, como una ceniza. El hombrecito asiente, está al corriente de lo que pasó en el cine. Durante la actuación del mago Fu-Ching, dice, una pareja de roedores salida de no se sabe dónde apareció en el escenario como por arte de magia y muchos espectadores pensaron que era un truco del ilusionista y aplaudieron, pero él no, él estaba en primera fila y se dio cuenta enseguida, eran dos enormes y asquerosas ratas de verdad, grandes como conejos, que se plantaron desafiantes frente a las candilejas enseñando los dientes y acabaron provocando gran espanto y confusión en la platea.

– ¿Te das cuenta lo ciega y estúpida que se ha vuelto la gente, muchacho?-farfulla mirando en torno como si buscara referentes visuales-. ¿Dónde se ha visto una cosa igual? Fíjate, el público viendo claramente que eran ratas, estaban allí mismo, rabiosas y peludas, ¡y todos empeñados en que era un truco del ilusionista! ¡Y es que ya nadie se atreve a ver las cosas tal como son!

Intentando imaginar el gran alboroto, el espanto y las carreras en el patio de butacas, Ringo cierra los ojos, pero bajo sus párpados brillan todavía los hermosos muslos de oro de Chen-Li, la Gata con Botas, y de momento no hay sitio para nada más.

– Es que son ratas azules, señor. Mi padre me explicó que las ratas azules te chupan la sangre. Y cuando ya la han diñado -añade frunciendo el ceño-, se van a hacer guardia donde los luceros…

– Tu padre. Vaya, vaya.

– Usted porque no las ha visto, pero hay una plaga. Y otra cosa. Cuando el mago Fu-Ching saca el conejo del sombrero, es porque el conejo ya estaba allí, ¿verdad?

– ¡Ah, quién sabe! Pero te diré una cosa. Esta linda Chen-Li tiene de china lo que yo de japonés. Palabra.

– Por favor, señor, dígame la verdad.

– ¡La verdad, la verdad! Eso no vale nada hoy en día.

Con la mano yerta sacude la caspa que florece sobre el luto alicaído de sus hombros y se queda pensativo mirando la nada que tiene delante y haciendo extrañas muecas con la boca abierta, como si fuera a estornudar, luego se encorva, acaricia el lomo de su esmirriada perrita de tres patas, se queda pensando y finalmente pierde el dominio de sí mismo y se le escapa un sollozo. Es una efusión instantánea, dura apenas una fracción de segundo y podría confundirse con un estornudo. Enseguida se contiene, se incorpora, da un suave tirón a la correa y le susurra algo a la perra. Con un chispazo desmesurado y fugaz, el sol rebota en otra ventana y vuelve, más dócil y apagado, a la purpurina que cubre el soberbio muslo volandero de la Gata con Botas.

Él se ha girado a mirarla cuando oye, remota, resignada, la voz del hombrecito:

– Adiós, niño, pórtate bien. La semana que viene -añade al ponerse en marcha- anuncian un programa que te gustaría, seguro, si pudieras entrar. Si ya no hay ratas, pondránLa pareja invisible y La garra escarlata.

– Ya la he vistoLa garra escarlata. El asesino es el cartero del pueblo.

Niebla y pantanos, la nariz ganchuda de Sherlock Holmes, una garra metálica ensangrentada y cadáveres destrozados, con aspecto de haber sido mordisqueados por las ratas, recuerda muy bien la sombría película mientras observa al hombrecito alejarse calle abajo renqueando levemente, acoplándose al descompás de la perrita y bajando la mano solícita para acariciarle la cabeza, escorados ambos y con pisadas inciertas que parecen esquivar obstáculos invisibles, y después se vuelve para admirar una vez más a la Gata Chen-Li suspendida en el aire. Todo es fugaz y volátil en ese cuerpo que salta sentado, casi intangible, prendido en el instante de subir y aspirando a no caer, a fijarse así para siempre en la memoria y el deseo. Ringo escruta la cara interna del muslo, esa delicada zona en tensión que le conmueve profundamente, y que ahora muestra algo que antes no había visto. Parece un pequeño desgarro en la piel, pero al mirar más de cerca advierte que se trata de un gusano amorrado a la purpurina, chupándola. Es velludo y tiene el lomo verdoso con pequeñas motas de color violeta. Podría ser un gusanito engañosamente atraído por la purpurina dorada, que ha tomado por miel, piensa, pero resulta extraño verle en semejante escenario. Si trepara un poco más, alcanzaría la ingle por debajo del pantaloncito de raso y no tardaría nada en llegar a la pelvis, y enseguida podría meterse dentro del mismísimo conejito de la bailarina, piensa. Oscuro y húmedo y dulce. Pero el bicho está demasiado quieto. Cautelosamente, lo tantea y lo empuja con la uña, y el gusano se desprende y cae al suelo, acartonado, muerto.

Hasta aquí ha llegado el potente matarratas del jefe, piensa.

Está sentado en el tranvía con el maletín en el regazo y su padre permanece de pie a su lado, en mitad del pasillo. El tranvía es un 24, va completo y sube por Salmerón a la altura de Carolinas. Con excusas y mirada sumisa, un sacerdote se abre paso entre las apreturas de la plataforma, porfiando con los hombros y colgando jaculatorias en sus labios gordos y sonrosados. Accede al pasillo, pero no hay ningún asiento libre, muchos pasajeros viajan de pie. El mosén es robusto y rubicundo y luce una gran papada y una airosa cabeza de níveos cabellos alborotados. El tipo de clérigo campechano y carota que mi padre se come con patatas cada día, piensa, presagiando el follón que se avecina y la vergüenza que va a pasar. En su mente fulguran todavía los muslos de miel de la Gata con Botas, cuando lo ve acercarse muy decidido por el pasillo. Un parpadeo mágico para ahuyentarlo, pero el cura sigue adelante y además ahora con la mirada risueña fija en él, como si diera por hecho que este niño bueno y educado se levantará enseguida para cederle el asiento.

Su padre sigue de pie al lado y apoya la mano en su hombro con una leve pero persistente presión, un gesto que él interpreta de posesión y dominio y que le incomoda en público. Esa mano es grande y nervuda, de piel cuarteada y verdosa como de lagarto, y el chico siempre ha visto en ella, aun estando posada amigablemente en su hombro, o ciñendo el cuello de una botella de vino, a veces sacudiendo unas migas sobre el mantel o colgando inerte al borde de la mesa o en el brazo de una butaca, incluso viéndola muy quieta y apaciguada sobre la rodilla sumisa de su madre, una furia latente en los nudillos, una permanente crispación. Ahora la tiene tan cerca que capta el acre olor a matarratas enquistado entre las uñas de los dedos, la misma suave pestilencia con resabios de zotal que impregna las botas de agua, el mono azul y alguna herramienta muy rara que lleva colgada al cinto junto con la linterna eléctrica que debe servir para deslumbrar e inmovilizar a las ratas antes de matarlas, piensa, aunque lo más raro e incongruente es el efecto que produce la americana azul marino a rayas sobre el sucio mono de trabajo, una americana perfectamente entallada y en buen estado, como si de cintura para arriba su padre viniera de una fiesta de postín y de cintura para abajo saliera de alguna maloliente alcantarilla llena de ratas muertas. Sin saber por qué, acude a su mente el hombrecito golpeando reiteradamente con el pie la tapa de la alcantarilla en compañía de su perra de tres patas.

El mosén lleva un botón de la sotana desabrochado a la altura del pecho, a causa seguramente de los achuchones en la plataforma. Sus cejas hirsutas, ensortijadas y con pelos disparados en todas direcciones, compiten en blancura con su vistosa cabellera. Ya está cerca y le sigue mirando, y el chico sensible ya está pensando en levantarse para cederle el asiento; en el colegio le han enseñado que debe tener esa deferencia con las señoras, sobre todo con las ancianas y las embarazadas, pero también con las monjas y los sacerdotes. Es lo que se espera de los niños buenos y educados que asisten a las catequesis. La callosa mano de saurio se retira de su hombro y él lo interpreta como una señal de aprobación y se levanta, pero apenas ha despegado las nalgas del asiento cuando la mano cae nuevamente sobre su hombro con tanta fuerza que le obliga a permanecer sentado.

– Tú quieto -oye decir a su padre en voz alta y clara-. Ni es una señora ni está embarazada.

El clérigo dedica al chico una sonrisa beatífica.

– Se agradece el gesto, hijo -dice entornando los párpados. Y al padre-: El muchacho está bien educado.

– Procuramos que lo esté, mosén.

– Su intención era buena.

– Oh, sí. Pero de las buenas intenciones del muchacho me ocupo yo.

– Es natural, sí, señor.

El mosén asiente y pestañea afablemente. Recogiendo las manos y parando la oreja como un padre confesor, parece sumido en una reflexión compasiva, cuando oye decir a su interlocutor:

– Y también me ocupo de las hostias, si las merece.

– Claro. Se preocupa usted por su hijo. Eso está bien.

– Es que, verá, reverendo padre, mis hostias contienen más Dios, bastante más Dios que las que reparten ustedes y el obispo Modrego.

Los pasajeros más próximos, testigos de la escena, empiezan a mirar para otro lado. No es exactamente que no quieran oír, es que desearían estar lejos de aquí. Hay un breve silencio, y el temerario Matarratas vuelve a la carga:

– El vino que usan ustedes para consagrar no vale nada. Lo he probado.

– ¿Ah, sí?

– Sí, no vale una mierda.

– Vaya. De todos modos -entona el cura, con una inesperada pachorra episcopal- no vamos a discutir por eso, ¿verdad? Aunque me da usted mucha pena, señor, créame, muchísima pena.

– Eso a mí me la bufa.

– Ignoro qué se propone usted, pero tengo que pedirle que no dé mal ejemplo a su hijo. Se lo pido por favor.

– ¿Mal ejemplo?¿Yo mal ejemplo? Mire, en sus colegios enseñan la asignatura de Formación del Espíritu Nacional, una cagarruta bendecida por la Iglesia que faltó poco para que me dejara idiota al chico. Así que no me hable de mal ejemplo, mosén.

Tierra trágame, piensa él. Lleva el veneno raticida enquistado en las uñas, en la voz, en los ojos y en las palabras, y además ya no hay quien lo pare.

– En mi parroquia enseñamos también otras cosas -apunta el clérigo.

– Es que tampoco creo en la parroquia como salvadora de almas y todo eso.

– Ya.

– Mi mujer, sí. Ella sí cree.

– Vaya.Laus Deo.

– Sí, tiene amistad con sacerdotes. Pero con el obispo no quiere tratos. Nuestro desprecio va de canónigos y obispos para arriba.

– Vaya. Pero no se altere, hombre de Dios.

– A la parroquia mi mujer sólo va para rezar. Ya sabe, Kyrie Eleison y todo eso.

– Por lo que veo, hijo mío, suerte tiene usted de su esposa…

– Yo no creo -lo ataja el Matarratas- que ustedes nos ayuden a ganar el cielo. De verdad, no lo creo. -Y con voz nasal y canóniga, descaradamente impostada, añade-: ¡Tannnta sotana por las calles! ¡Tannnta sotana! ¿Adónde iremos a parar con tannnta sotana?

– ¡Ay, Señor, Señor! -Cabecea cansinamente el cura con talante conciliador y resopla con el belfo apuntando hacia arriba, agravando aún más con sus bufidos el desbarajuste canoso de las pobladas cejas. Mira fijamente a su interlocutor y por un momento parece que va a soltar un exabrupto. Se atiborra el pecho de aire y de paciencia y, dejando caer humildemente los párpados, añade-: Pero mire, yo juraría que, en el fondo, usted es un buen cristiano. Lo que pasa es que no lo sabe.

El gran cazador de ratas echa la cabeza para atrás, como esquivando la farisaica halitosis del clérigo, mientras observa sus manos pálidas y rollizas sobre la abultada barriga. Ahora está riéndose por dentro, piensa él.

– Es posible, reverendo, es posible. ¿Me creerá si le digo que a veces me veo en sueños cayendo de rodillas a los pies de su obispo exclamando: ¡Eminencia Reverendísima, estoy perdido! ¡Perdido sin remisión, Eminencia! -Hace una pausa y cambia de tono-. En fin, mi sumisa genuflexión, mosén. La verdad es que no sé si soy un buen cristiano. Lo que no soy, puede usted darlo por seguro, es siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio.

Ya está, ya soltó eso, se lamenta el chico cerrando los ojos con fuerza ante la carcajada que sigue al consabido desahogo anticlerical, la gran fanfarronada tontamente sacrílega, temeraria y de lo más imprudente, según el reiterado reproche que le dedica madre, que afortunadamente no está aquí para ver la escena.

– No andará usted buscándose problemas, ¿verdad?-se oye musitar al cura-. Pero el incorregible lenguaraz ya ha soltado lo que quería y se queda tan pancho riéndose por dentro, ahora a esperar que no insista, piensa, que todo esto no acabe en la comisaría, mientras siente la mano enorme merodeando otra vez en torno a sus hombros, así que opta por distraerse leyendo detenidamente los pequeños anuncios sobre las ventanillas del tranvía, Cerebrino Mandri si padeces jaqueca y neuralgias nunca perjudica y bla bla bla. Gabardinas Tobías Fabregat elegancia y confort a plazos y al contado y bla bla bla. Ramos para Novias Luis Griera y bla bla bla. C. Borja se forran botones en el acto. Prohibida la blasfemia y la palabra soez. Juventud, belleza y lozanía con Bella Aurora cada día y bla bla bla, un anuncio que siempre le hace pensar en una amiga de su madre, la señora Mir y su lustrosa y bronceada cola de pez entre los pechos.

Cuando vuelve la cabeza topa con la mirada ladina y de refilón del cura, que se lleva un dedo a los labios requiriendo silencio: No hagamos caso, hijo, es lo mejor. La gran cabeza del clérigo luce un aire bronco y asilvestrado, como si un viento invisible incordiara sus blancos cabellos y sus cejas, pero la expresión de su cara no deja entrever la menor contrariedad ni agravio, sino una risueña y taimada benevolencia, una pachorra que despierta cierta simpatía en el chico. Observa en el extremo de una de sus cejas un pelo albo y larguísimo que se ha disparado hacia arriba, ensortijándose, mientras el tranvía gira rechinando en la plaza Lesseps y enfila con mucho traqueteo los maltrechos raíles de Travesera de Dalt. Los viajeros más próximos hace rato que se han convertido en estatuas, ofreciendo sólo espalda y nuca.

El histriónico y temerario comportamiento de su padre frente al mosén no es para él ninguna novedad, y tampoco le sorprende que decida apearse una parada antes de la que les corresponde. Recibe la señal y se levanta y le sigue con el maletín en la mano hasta la plataforma trasera, desde cuyo estribo ambos se disponen a saltar a la acera aprovechando que el tranvía aminora la marcha al tomar una curva. El chico se descuelga primero y lo hace lentamente, sujetando el asidero con la mano izquierda y tanteando el suelo con el pie, presumiendo de estilo, por lo que su padre, al saltar detrás, se ve obligado a corregir bruscamente su trayectoria para no llevárselo por delante, y se tuerce ligeramente el tobillo. Enseguida se resiente al andar y lanza una blasfemia y unos cuantos ¡ay! de dolor muy teatrales. Para llegar a casa deben caminar un buen trecho y él va con el maletín a la espalda y su padre cojeando, pero con zancada larga, impetuosa, sin concesiones y con algo de guasa en el desmedido braceo acompasado al glu-glu de las botas de goma.

– Sé lo que estás pensando -resopla, renqueando y conteniendo los gemidos-. Que el cielo me ha castigado jodiéndome el tobillo. A que sí.

– Ha sido la mala suerte, padre.

– ¡Y un huevo! Has sido tú, que has saltado dormido. Pero bueno, no pasa nada. -Sonríe, le alborota el pelo con la mano-. Ya sabes. Ratas negras como sotanas, sotanas negras como ratas. No lo olvides, hijo.

– Sí, pero, a ver… -se corta, apenas sin voz, remiso, mirando con rabia los grandes pies del cojitranco pisando avasalladores-. Es que, con todo eso, madre siempre acaba por llorar… ¿Por qué?¿Por qué siempre tienes que hacerla llorar?

– Bueno, ya sabes cómo es nuestra Alberta flor de mi vida. Sufriendo por todo y por todos. Siempre. Pero ella me comprende… ¿Qué te pasa, hombre?

– Nada.

– Venga ya, Mingo, no te enfades conmigo…

– ¡Me llamo Ringo!

– Está bien. Anda, ven acá.

La mano de uñas verdinegras tantea su hombro buscando, como tantas veces, no solamente apoyo para el quebranto físico, sino también camaradería y complicidad; la mano tosca y ponzoñosa se desliza desde el hombro a la mejilla esquiva para dedicarle un pellizco amistoso. Pero él rehúye el contacto, aviva el paso y se adelanta varios metros con la cabeza gacha y los ojos arrasados. Lo que más detesta es que su padre no empiece ya de una vez a tratarle como un adulto. Camina cada vez más deprisa, el maletín rebotando en su espalda y el cuaderno de teórica y las partituras asomando enrolladas en el bolsillo del pantalón, y de pronto no puede contener las lágrimas y echa a correr. Corre sujetando firmemente el maletín de los venenos y con la otra mano los papeles pautados, y no para de correr y llorar hasta llegar a casa.

– Benedictus Domine, hijo -oye a lo lejos la voz tabacosa de su padre-. Maldita sea.

– ¿Qué es Música?

– El arte de los sonidos.

– ¿Cómo se escribe la música?

– Por medio de signos, llamados principales unos y secundarios otros.

– ¿Cuáles son los signos principales?

– Cuatro: las notas, las claves, los silencios y las alteraciones.

– ¿Dónde se escriben?

3 Apaches galopando en las playas de Arizona

Llegas al galope y disparas sin bajarte del caballo, un revólver en cada mano y sujetando las riendas con los dientes. Tú eras un jinete de la pradera que viene de muy lejos para vengar la honra de tu hermana. ¿Te sitúas? Terminó la guerra y no volvió a salir el sol ni volvió a reír la primavera ni nada de eso. Y tú galopas por el desierto de Arizona en busca de venganza, galopas, galopas, galopas… ¿Te sitúas?

El narrador apunta ahora con el dedo al pequeño de los Cazorla, y añade:

– Y tú eras el copiloto de Bill volando en su avión y miras abajo, y ¿qué ves? Ves un furioso y terrible tornado que avanza sobre el desierto arrasándolo todo, y, de pronto, en medio del imponente remolino de arena, un piano. Los indios de la reserva han robado el piano de algún salón de Dodge City, o de una caravana de pioneros que pasaba por allí, o de una orquesta de la fiesta mayor del barrio, por ejemplo la orquesta de Gene Kim, quién sabe… Está el piano completamente nuevo y reluciente, es un Steinway and Sons y dan ganas de llevárselo a casa, pero cómo hacerlo. Hay una flecha clavada en el teclado. Las señales de humo de los apaches suben al cielo y silban las balas y las flechas, y entonces, de repente, una lluvia de fuego cae sobre el Valle de la Muerte, sobre las praderas y los ríos y las cañadas y el mar y todo lo que hay al otro lado de las Colinas Negras.

Planea sobre el desierto el avión de Bill Barnes, el Aventurero del Aire, añade el muchacho después de una pausa estratégica, y entonces el piano se deja ver a ratos en medio de la ventisca de arena como un brillante escarabajo negro, o mejor, como una fulgurante estrella negra derribada y acosada por ráfagas de tormenta -aunque esta acotación alternativa y esforzadamente lírica no es en absoluto apreciada por el auditorio-. Alguien pregunta dónde para Arizona en el mapa, pero la cuestión tampoco parece interesar a nadie. Están sentados en corro al estilo indio en la ladera sur de la Montaña Pelada, con los ojos al acecho y el oído atento, son elChato Morales, Roger, los hermanos Cazorla, el Quique Pegamil, Julito y él mismo. Todos, a excepción de Julito Bayo, son mucho más pobres que él, llevan cuerdas en lugar de cinturones, jerséis apolillados, pantalones cortos remendados y sandalias de goma. Algunos lucen la cabeza rapada, la tez famélica y las rodillas roñosas, y, en invierno, ardientes sabañones en los dedos y en las orejas, y en los pies el sempiterno frío como una fiebre helada o como la Bota Malaya apretando. No van a la escuela, salvo Julito, y aunque no alcanzan la edad legal, trabajan ocasionalmente de recaderos, monaguillos, dependientes de colmado o mozos de taberna. Se han lanzado chorros de agua desde la fuente de la Atzavara de la calle Camelias y han mendigado un vaso de leche en el cercano local de Auxilio Social, y esa ha sido su merienda; después, en el Camino de la Legua, han peloteado junto a la pared del Centro San Estanislao de Kostka, y finalmente, remontando el barrio y la carretera del Carmelo desde la plaza Sanllehy, cubiertos de polvo y pateando una descosida pelota de trapos, han recalado en la vertiente meridional de la colina desnuda, cerca de la entrada norte del parque Güell.

– ¿Te sitúas?-Ahora señala al Quique-. Galopas y galopas.

– ¿Y mientras yo qué hago?-inquiere Julito, impaciente-. ¿Pido ayuda a Winnetou, nada más que eso hago? ¿O vas a dejarme tirado otra vez?

Hace rato que está esperando protagonizar alguna acción sonada que le permita lucirse, pero el narrador parece haberle olvidado. El reparto de papeles no siempre complace a la audiencia. Julito Bayo luce un peinado con onda y fijapelo y es el menos zarrapastroso de los siete, lleva calcetines a cuadros y un escapulario debajo de la camiseta, y los domingos y días de fiesta gasta pantalones bombacho. Su madre tiene una tintorería en la calle Rabassa, su padre hace mudanzas con un camión que en los costados lleva escrito en letras azules «Mudanzas Bayo Más Veloz Que El Rayo», y él es alumno del Palacio de la Cultura, un colegio finolis de Travesera de Dalt, con jardín y un eucalipto grande y desgarbado que se yergue como una señal disuasoria por encima de la tapia, cinco ramas que parecen cinco dedos de una gigantesca mano abierta y alzada para cerrar el paso a los chavales legañosos del Carmelo y del Guinardó.

– Tu revólver se ha quedado sin balas, tienes que esperar ayuda -aclara el narrador, y dirigiéndose al QuiquePegamil-: ¿Dónde estábamos…?Ah, sí. Salimos de la tormenta de arena. Los apaches cabalgan a pelo por la playa. ¿Te sitúas? Hay que salvar a Violeta. Wungo-Lowgha la tiene atada de pies y manos al poste en medio del campamento. Le pintan la cara y el pecho con pinturas de guerra, después encienden una hoguera y la van a quemar viva.

– ¿Le han arrancado la cabellera?

– No. Para hacer eso primero tienen que matarla.

– ¿Y el vestido?-pregunta elPegamil-. ¿Le han arrancado el vestido?

– No, todavía no.

– Pero se lo han estripado bastante, a que sí -insiste con su sonrisa torcida y mellada-. Un poco, hóstima. Y por eso se le ven las tetas, a que sí.

– ¿Y yo qué hago?-pregunta Sito, el menor de los Cazorla-. ¿Me quedo vigilando el piano todo el rato?¿De qué nos sirve un piano si no tenemos balas?

Un diminuto saltamontes, de un verde delicado y translúcido, se ha posado en su rodilla tiñosa y el narrador cierra los ojos para no verlo despanzurrado de inmediato por alguna mano no menos tiñosa. Prosigue luego desde las sombras y señalando al Quique, confirmando su protagonismo:

– Galopas al pie del acantilado sin perder de vista la playa, galopas sin parar. Taca-tac, taca-tac, taca-tac. -Se demora imitando el sonido de los cascos para ganar tiempo y rumiar la continuación-. Te vas acercando a la chica, ya estás llegando a la hoguera… ¿Te sitúas?

– Sí, pero oye una cosa -inquiere el QuiquePegamil-. ¿La prisionera está desnuda?

– Descalza. Y tiene una venda en el tobillo.

– Sí, vale, una venda, pero, ¿la chavala ya está desnuda, o todavía no?

– Te he dicho que no.

– ¿No? ¿Cómo es que las mujeres indias no le han arrancado el vestido?

– Esta vez no.

– ¡Pero hombre, si siempre lo hacen! -insiste el Quique-. Es para vengar a la hermana muerta de Winnetou.

– ¡Que noooo!

– Pero ahora sí que se lo han estripado. La falda, por lo menos.

ElChato interviene para precisar que las indias de la reserva apache no hacen eso con la mujer blanca, no son tan salvajes, eso lo hacen las indias comanches. El narrador no aclara la cuestión, no parece interesarle, pero avisa de que Violeta, que sigue atada al poste, podría tener una flecha envenenada clavada en el pecho. Todavía no lo sabéis, añade, porque tú y Roger vais en el avión de Bill Barnes, que vuela muy alto, y no podéis distinguir la flecha. Desde arriba sólo se ve el humo negro de la hoguera cubriendo el campamento apache. Decís adiós a Bill y os tiráis de cabeza al mar a través de las nubes y del humo y vais nadando hasta la playa de Arizona, allí cogéis los mejores caballos y a galopar. Entonces, en mitad del camino, aparece Ringo con la silla de montar al hombro y haciendo un molinete con el rifle -cuando Rafa Cazorla interrumpe para inquirir sobre algo que ha estado reflexionando un buen rato:

– Si lleva una venda en el tobillo, es que la chica tiene la mala semana.

– Mentira, nen -dice Julito-. Que una chica lleve una venda en el tobillo no tiene nada que ver con la mala semana. Burro.

– Ya -tercia el Quique, arrastrando animosamente el trasero sobre la tierra para estar más cerca de Ringo-. Pues yo, lo primero que hago al llegar es arrancarle la flecha envenenada y chupar la sangre, y claro, para chupar…

– ¡Anda la órdiga, lo que pide este! -corta elChato.

– ¡Puaff! -protesta Roger-. Otra vez el cuento de la flecha envenenada y el Quique amorrado a la teta.

– ¡Y qué! ¡Me toca hacerlo a mí porque llego el primero!

– Oye, ¿tú en quién piensas cuando te la pelas, Ringo? -dice elChato.

– Yo pregunto una cosa -dice Julito Bayo con su voz afilada-. A ver, nen. ¿Qué hace un piano en medio del desierto?

Él esperaba esa pregunta y responde en el acto.

– Es como un espejismo. ¿Nunca has visto un espejismo?

– Oh, por favor, claro que sí. Pero es que tú, como ahora te ha dado por aprender solfeo, en todas las aventis metes el dichoso piano. Y otra cosa. ¿Por qué la prisionera ha de ser Violeta, con lo fea que es?

– Tú no carburas, chaval. Los indios no saben que es fea.

– Siempre la metes en tus aventis, porque siempre te la pelas pensando en ella, nen, no digas que no. Pero es muy fea y patosa. Y sorda, además.

– De eso nada -dice Roger-. Si te fijas, la chavala tiene su qué.

– Es un poco guarringona -tercia elChato.

– ¿Y eso qué es?

– Gorrina. Le cantan los sobacos.

– Un poco sorda sí es -dice Roger-, pero yo la he visto bailar agarrao y, ¡ondia, nano! ¡Se deja!

– ¿Por qué los apaches no cogen a Virginia en lugar de Violeta?-dice Julito-. ¡Córcholis ¿la habéis visto con el suéter amarillo?!

– ¿Y por qué no a Jane Parker, la chica de Tarzán?-sugiere elChato.

– Pues yo pondría a Diana Palmer, la novia del Hombre Enmascarado -dice el Cazorla pequeño.

– Pues yo a June Duprez -dice Rafa-. O a Esmeralda la Zíngara.

– A mí Violeta ya me está bien -dice el QuiquePegamil, boca mellada, cresta de pájaro loco-. Hemos empezado con ella ¿no? Además, el que cuenta es el que manda.

El Quique siempre ha mostrado preferencia por la hija de la señora Mir. Un domingo del verano anterior coincidió con ella en la plataforma abarrotada de un 39 que iba a la playa de la Barceloneta y maniobró hasta conseguir arrimarse a su trasero, y estando así los dos, prensados en el tranvía como sardinas en lata y sin poder moverse, según contó luego, le había endilgado el rabo entre las nalgas y la chica se dejó un buen rato. Aunque después en la playa ella ni siquiera le miró, y desde ese día empezó a llamarle elPegamil.

Violeta sigue atada al poste con la flecha clavada cerca del pecho, de acuerdo, concede el narrador, pero no exactamente en medio del pecho, no en el pezón, porque entonces se podría mezclar la sangre envenenada con la leche y moriría en el acto. La tiene clavada un poco más arriba, casi en el hombro. Estamos de bruces sobre el techo de la diligencia y rodeados de apaches a caballo, yo soy Ringo Kid y disparo mi rifle contra Wungo-Lowgha… Hace una pausa y recapitula: No sabemos si a Violeta le han roto el vestido al apresarla, ni qué le van a hacer, ya veremos, dice, y no suelta prenda sobre ese particular que tanto interesa a algunos. Lo único cierto es que los apaches de Gerónimo la han raptado y nadie ha podido impedirlo, ni Winnetou, ni Wild Bill Hickok, ni Destry, ni Ringo Kid, ni tú, le dice alChato, ni vosotros tampoco, advierte a los resignados hermanos Cazorla, y tampoco tú, Julito, añade mirando con dureza al alumno del Palacio de la Cultura. Y remata en tono misterioso:

– Pronto ocurrirá algo extraordinario. Fin de la primera parte.

– ¡Cáspita! -exclama Julito, muy descontento-. ¿Sabes qué te digo? Que yo le doy un puñetazo a Winnetou y me las piro.

– De eso nada. Winnetou es nuestro amigo y aliado.

– ¡Yo podría llegar donde la chica y salvarla! -se ofrece elPegamil.

– No. Tu caballo se ha roto una pata.

– Pero salto rápido y la desato del poste, y ella corre por la playa y se desnuda y se tira al mar para quitarse las pinturas de guerra, pero entonces viene una ola gigante y yo la salvo…

– Que no, Quique -corta él-. Que no pasa nada de eso. Tienes que esperar.

Recapitula nuevamente: han seguido el rastro con la ayuda de Bill y su avión y luego, después de alcanzar la costa de Arizona nadando, todos juntos cabalgan a pelo caballos blancos por la extensa playa de la reserva india, donde los apaches tienen el campamento, y de pronto el Quique se queda atrás. Nubes amarillas descienden por la Montaña de Oro, dice fijando la vista en las matas de ginesta. Estamos en mayo, y la floración de la ginesta circunda la colina con anillos de oro. Por debajo de la neblina y a lo lejos, más allá del Cottolengo del Padre Alegre, Barcelona se tiende hacia el mar como agua de lluvia encharcada y sucia, y arriba, por encima de sus cabezas, en el cielo blanquecino, una pesada cometa roja con topos amarillos se balancea y cruje al viento con una risa de cristal, dando bruscas cabezadas porque el bramante lo manejan torpemente desde la cumbre de la Montaña Pelada manos inexpertas.

– ¿Te sitúas?-inquiere de nuevo el narrador-. Al saltar del acantilado a la playa, tu caballo se rompe una pata. Y hay que matarlo, ya lo sabes. Y enn-toon-ceees…

– Esto no pita, Ringo -protesta el Quique-. ¿Por qué ha de ser mi caballo? ¿Por qué no el tuyo, o el delChato?

– ¡Carambolas, que no es eso, que no! -protesta Julito Bayo meneando la cabeza con la impecable crencha a un lado-. Aquí hay muchas más cosas que no pitan, nen.

Es su segunda objeción a cómo transcurre una aventi en la que hasta ahora él apenas ha intervenido, no se le ha asignado ninguna misión audaz, y por tanto no le gusta. La verdad es que las aventis del chico de Berta no son muy apreciadas en el corro, no suelen ser como las que gustan a la mayoría: siempre repletas de peligros y de furiosos embates del destino o del azar, descomunales catástrofes, ciclones y tornados, gigantescas olas y naufragios en alta mar, traicioneras arenas movedizas o refinados tormentos chinos a los que deben enfrentarse continuamente con valentía y riesgo de la propia vida para salvar a la chica en el último minuto. Casi nunca, en las puntillosas invenciones de Ringo, se ven físicamente implicados en hazañas y desafíos a lo grande, afrontando peligros al borde de despeñaderos y acantilados de vértigo, o metidos en terremotos devastadores como el de San Francisco, pavorosos incendios como el de Chicago o furiosos huracanes como el de Suez, que tantas veces han disfrutado en el cine. Hay algo de eso en todas ellas, pero siempre aparecen puntualmente cosas raras, como un piano en medio de la tormenta del desierto, un pájaro que habla, ratas azules brincando entre las piernas de su padre, el señor Sucre y el capitán Blay bebiendo carajillos en la cubierta de la Bounty o en el jardín parroquial de Las Ánimas, o incluso él mismo huyendo por los pasillos del lujoso Hotel Ritz perseguido por ladrones de diamantes al ir a entregar a una huésped rica y hermosa joyas muy valiosas. Secretos nexos, insidiosos y perdurables, lastran persistentemente todos sus relatos con lances demasiado enquistados en la realidad, siempre inoportunos y extravagantes, sin la menor lógica aventurera, hazañas erizadas de cabos sueltos y de personajes que finalmente devienen fantasmales. Cuanto más reales y reconocibles, más raros y espectrales.

– Entonces -prosigue, mirando al descreído Julito-, tú saltas del camión de tu padre, que lleva una carga de rifles Winchester, y te juntas con Winnetou. Y Winnetou dice: Old Shatterhand y su caballo de plata nos esperan para el gran combate en la Montaña de Oro. Esta montaña es sagrada para los apaches…

– Ya sabemos que es sagrada -corta Julito.

– … y Old Shatterhand, en lenguaje indio, quiere decir puño fuerte…

– Ya lo sabemos. -Julito cada vez más cabreado-. Sigue. ¿Qué pasa conmigo?

– Enseguida sales disparando tu Winchester y con tu puñal al cinto.

– Entre los dientes, nen. Yo siempre llevo el puñal entre los dientes.

– Bueno, entre los dientes. Pero tú no cabalgas por la playa para juntarte con nosotros.

– ¿Ah no?¿Y eso por qué?

– Porque tú cabalgas día y noche hasta Fort Apache en busca de ayuda. Y enn-toon-ceees -prosigue cerrando de nuevo los ojos, demorándose al no ver una salida-, enn-toon-ceees, un gran viento huracano levanta…

– Se dice huracanado.

– … levanta la tapa del piano, y el piano toca solo. No hay nadie tocando, pero se le oye, suena elConcierto de Varsovia y por encima del teclado se pasea una araña negra. Entonces, Winnetou empuña el hacha Tomahawk, porque la hora del malvado Wungo-Lowgha ha sonado. ¡Winnetou! ¡Demonios! -exclama Ringo, copiando de memoria un pasaje de la novela-. ¡Sólo el gran jefe de los apaches es capaz de seguir al Pegamil por la playa sin que este se entere!

QuiquePegamil escucha con expresión recelosa y, abrazado a las rodillas, avanza un poco más arrastrando la culera del pantalón por la tierra gris. ¿Me va a tocar el papel de traidor?, se pregunta alarmado, y sugiere un cambio:

– Oye, Ringo, mira una cosa, si cabalgo muy cerca del mar, donde la arena mojada es más dura, mi caballo no se rompería la pata…

– Sí, vale, buena idea.

– ¡Hóstima, nano, la pata rota qué más da! -protesta Julito. Y encarándose al narrador con sonrisa burlona-: Lo que no funciona es otra cosa que yo me sé.

– ¿Qué cosa?

– Pues una pifia de las tuyas.

– ¿Pifia?¿Qué pifia? -y, alertado, lanza rápidamente la mano a la cadera.

– Que los apaches no pueden acampar frente al mar.

– ¿Ah no? ¿Y por qué no pueden, listo?

– Porque Arizona no tiene mar ni playa. Lo he visto en un mapa.

Él le clava una mirada centelleante y se queda unos segundos en silencio. Se siente repentinamente desvalijado, usurpado. Una vez más Julito Bayo, que siempre tuvo ínfulas de cabecilla, quiere desprestigiarle ante los demás. ¿Qué hacer? Escondido en el barril de manzanas, Jim Hawkins asoma la cabeza y le sonríe: ¡No permitas que este panoli te chafe la aventi! Ringo saca del bolsillo un cortaplumas y traza cinco misteriosas rayas paralelas en la tierra de nadie, en medio del corro.

– Y qué -dice por fin-. Yo puedo hacer que haya una playa donde yo quiero que haya una playa.

– No puedes, nen.

– Sí puedo.

– No puedes. -Julito le mira fijamente-. ¿Cuántas patas tiene un caballo?

– ¿Un caballo?¿Por qué?

– Contesta.

– Cuatro.

– Exacto. Tiene cuatro patas. Y no puedes hacer que tenga cinco. ¿Lo entiendes?

– Bueno, y qué.

– ¿Cómo y qué? ¡Ondia, que la has pifiado, nen! ¡Si no hay mar, no tenemos playa, y entonces la reserva apache no puede estar donde tú dices, ¿capiscas?, y la chica tampoco puedes tenerla atada a un poste clavado en la arena, porque no hay arena! ¿Capiscas?¡Y entonces tampoco hay ningún acantilado, ni nadamos en medio de las olas ni cabalgamos cerca del mar ni nada de eso, hóstima! -Julito se da un respiro, sonriendo burlón y victorioso-. ¿Es que nunca has visto un mapa, o piensas que somos tan borricos como tú, que no sabes ni dónde está América?

Ringo siente que la realidad irrumpe en su territorio como la onda expansiva que sigue a la explosión, aunque sea una explosión muy lejana e inaudible, y le arrebata algo de las manos. Se guarda el cortaplumas y mira las rayas en el polvo. Cinco. Nadie en el corro sabe que el pentagrama tiene cinco líneas, nadie más que él. Calla y cierra los ojos. Pero no está pensando en un remiendo urgente en el paisaje de la aventura, ya no hay tiempo para eso; está pensando en este empollón y resabiado alumno del Palacio de la Cultura que tiene enfrente, este niño de cabeza repeinada y hablar relamido, y se lo imagina embobado frente a un mapamundi de colores colgado en la pared de su clase. Sabe que el empollón se dispone ahora mismo a delimitar el territorio real presumiendo ante el corro, y se resigna a ello tranquilamente.

– Arizona limita al sur con México, al norte con Utah, al este con Nuevo México y al oeste con California -entona orgullosamente Julito Bayo, y le pone la guinda-: Y la capital es Phoenix. Es verdad que hay un desierto y muchos tornados y tormentas de arena, pero mira, ahora tu aventi la vamos a continuar nosotros porque como la cuentas no se entiende, nen, no sabes lo que te empatollas. -Y a los demás, con la barbilla enhiesta-: Venga, no seáis bobos. A que Ringo no sabe lo que dice.

Se encogen de hombros. Les importa un bledo que Arizona tenga o no tenga playa, a fin de cuentas el Salvaje Oeste es un territorio de cine que ellos han hecho suyo y en el que pueden hacer lo que les dé la gana. Déjalo estar, dicen con el gesto, ¿qué más da que la playa esté en el mapa o no esté en el mapa? Sospechan que Julito se está vengando por haber sido enviado al Fuerte en busca de ayuda, y seguramente también por temerse que al final, después que se hayan enfrentado a los apaches y rescatado a Violeta, el traidor resulte ser él. Siempre hay un traidor, pero lo único que de verdad interesa es saber quién será el escogido para liberar a la prisionera atada al poste.

– Tendrás que llevar a la chica a otra parte, ahí no te vale, no hay ninguna playa -añade Julito.

– Pues no me da la gana.

– Entonces esta mierda de aventi se acabó y empezamos otra.

El Quique insta a Ringo a que siga, pero él ya se levanta sacudiéndose el pantalón, y el corro vuelve a cerrarse dejándole fuera.

– Está bien, pues ahí os quedáis.

Con las manos en los bolsillos y una fría altivez, el narrador se aparta del grupo y enfila uno de los senderillos remontando muy despacio la ladera, sin alejarse mucho. Volverá, pero antes quiere sentirse excluido y repudiado durante un rato, quiere saberse víctima de un malentendido y verse desterrado, solitario, saboreando una insobornable independencia con su mezcla de rabia y melancolía mientras, desde arriba, observa a sus amigos sin ser visto. Desprecia al presumido heredero de «Mudanzas Bayo Más Veloz Que El Rayo», merecía una lección y ahora mismo le daría de hostias, pero siente por los demás, estos charnegos cándidos y analfabetos que no temen desentenderse de la geografía real, ni en las aventis ni en la vida, una secreta fraternidad.

Situada entre las frondas del parque Güell y las estribaciones deprimidas del Monte Carmelo, esta colina que llaman Montaña Pelada es un oscuro promontorio de escasa vegetación y desprovisto de árboles, con alguna covacha ocasionalmente habitada por vagabundos. De su inhóspita desnudez emana un aire de marginación y castigo, como si la colina no fuera otra cosa que una sumisa tierra de aluvión a la vera de las pintureras y celebradas formas del vecino parque Güell. En mayo florece en sus laderas el espliego y la ginesta y en junio unas pocas matas de tomillo y romero, pero el resto del año es un secarral del que huyen incluso los lagartos. Ahora ya no lo hacen, pero el año pasado la pandilla aún buscaba caracoles de mar y conchas y moluscos incrustados en algunas rocas, porque Julito Bayo había jurado que el profesor de Historia de su colegio decía que la Montaña estaba llena de fósiles de mamíferos, caparazones de tortuga y restos de mamut. Algunas cuevas son prehistóricas de verdad, decía Julito, alardeando de estudios. Un viento suave y cálido transporta hasta aquí arriba un acre olor a goma quemada que proviene, probablemente, del humo que planea sobre el enjambre de chabolas que se divisan no muy lejos, debajo de la última revuelta de la carretera del Carmelo. Piensa en chavales de cabeza rapada y ojos furiosos quemando neumáticos de camión y colchonetas podridas. Un parpadeo mágico, y el humo se expande amenazador, negro como el hollín, sobre el corro del que ha sido expulsado.

Conforme sigue subiendo, pisa una tierra cada vez más cenicienta y yerma. No se ve a nadie. A media altura de la colina, donde el terreno es más abrupto, en el dorso liso de una roca caliza semienterrada que se confunde con la tierra, hay tres escalones labrados a mano.

– Hola, enigma -susurra.

Junto al último de los peldaños brota una mata de espliego. Perfectamente simétricos, de algo más de dos palmos de ancho y bastante desgastados por las lluvias y los pies retozones de la pandilla, los tres escalones surgen improvistamente de la nada y trepan en la colina, hacia nada y para nada. Siempre que se topa con ellos, se para sintiéndose en el umbral de un laberinto cuya salida podría ser una tumba. Algo se extinguió no muy lejos de aquí, algo cuyo secreto yace enterrado bajo la sosegada simetría de estos solitarios peldaños y su rigidez de lápida. El padre de los Cazorla, que es albañil y años atrás había trabajado en las canteras a los pies del Carmelo, contaba medio en serio medio en broma que hace mucho tiempo oyó hablar de un joven campesino recién llegado de un pueblo andaluz para trabajar en la misma cantera, hoy abandonada, y que ese peón adolescente, llevado de una repentina cabezonería, había empezado a labrar con el cincel y el martillo los primeros peldaños de una escalera que llegaría hasta la casita que pensaba construir algún día para él y su familia, pero tuvo que dejar la faena para ir a la guerra; y que unas navidades que vino del frente con permiso reanudó el trabajo vestido de soldado, pero justo cuando había terminado el tercer peldaño llegó el enemigo a las puertas de la ciudad y el joven picapedrero fue muerto a tiros aquí mismo con el martillo en la mano.

Una tarde estuvo toda la pandilla buscando casquillos de bala y manchas de sangre en los tres peldaños y en las rocas del entorno, pero las manchas se habían borrado o no supieron verlas. Otro día, al arrancar una mata de tomillo, el mayor de los Cazorla desenterró la suela de un zapato o de una bota podrida y un par de botones. Escarbaron mucho rato pero no sacaron nada más. Tiempo después el Cazorla pequeño anunció que había encontrado un martillo roto debajo de unas piedras. Claro, podría estar enterrado por aquí, aventuró Ringo, y Julito protestó: ¿Quién se va a creer este cuento, nen? Y el Quique, expectante: ¿Dónde podría estar el muerto, Ringo?¿Aquí, debajo de mis pies?¡Debajo de tus pies, sí, aquí mismo!

Ahora pasa de largo para sentarse un poco más arriba abrazado a sus rodillas y observar allá abajo el corrillo de cabezas rapadas, salvo la acicalada y untuosa de Julito Bayo, al que todos escuchan en silencio. Seguro que Julito ha empezado su aventi con una música de película de miedo, tontamente amenazadora, tipoAgárrame ese fantasma, piensa. Seguro que es de noche y hay una gran tormenta con truenos y relámpagos, seguro que un siniestro dakoi esgrimiendo un puñal se cuela sigilosamente dentro del dormitorio de Virginia Franch en su torre de la calle de las Camelias, y que el Quique se esconde detrás de una cortina, al acecho del dakoi. El propio Julito escala la fachada en pos del pérfido oriental, y los Cazorla también están al quite. Seguro que suena el teléfono y Virginia se despierta en la cama y la sombra del chino maligno con el puñal se cierne sobre ella, que se incorpora y lanza un grito… Y me juego un huevo que el Quique pregunta si la chavala lleva un camisón transparente.

Contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y aprieta los dientes. Aquí arriba está en guerra con el mundo, no con los malignos dakois ni con los guerreros apaches. Por un momento, reparando en la borrosa línea del horizonte que cubre los edificios, le parece estar contemplando una ciudad sumergida bajo el mar, más remota e improbable que una playa de Arizona. Por encima de su cabeza, en el cielo azul, la corneta roja con topos amarillos está perdiendo altura y sigue dando bandazos, agitando la cola con violencia y amenazando caer en picado. El largo bramante, sujeto por la invisible mano que no hace nada por dominarlo, se tensa o se comba según los embates del viento. Manos de niña, piensa, y en ese momento, al bajar la vista, descubre a la señora Mir subiendo animosamente por el sendero con su falda estampada muy ceñida, su blusa negra escotada y sin mangas y su capacho de palma. Lleva zapatos planos, un pañuelo verde en la cabeza y gafas de sol de montura blanca. Va remontando la colina despacio, sin resuello, regordeta y con la mano en la cadera, parándose a ratos. En torno a sus tobillos gruesos, mullidos y sonrosados, dos pequeñas mariposas blancas revolotean persiguiéndose. Pasa por su lado sin mirarle y sigue su camino cuesta arriba.

– Hola, señora Mir.

No oye, o no quiere oír el saludo. Desaparece de pronto cerca de la cima, después de pararse para cortar una rama de ginesta. Cuando él sube poco después, ya no la ve por ninguna parte. Podría estar en la otra vertiente de la colina, donde abundan el tomillo recién florecido y el orégano, pero para eso tendría que haber caminado muy ligera, así que lo más seguro es que ya esté en alguna cueva con el hombre que la esperaba. No hay nadie más en el entorno. Desde esa vertiente de la Montaña puede ver la zona de Vallcarca y el puente de los suicidas, y ahora también descubre, no sin sorpresa, que el bramante de la cometa que divisaba desde abajo no lo sujeta nadie, sino que está atado a una piedra bastante grande en un extremo de la pequeña solana que corona la cima. Pero no hay nadie cerca. Oye crepitar sobre su cabeza el papel de la corneta abandonada al aire, como si el fuerte viento la hiciera arder. Atisba los alrededores y sigue sin ver a nadie. Saca la navajita del bolsillo y corta el bramante. La corneta liberada retrocede impulsada por el viento y se precipita al suelo de cabeza.

Mientras baja acaba de atar cabos, y al llegar interrumpe la aventi de Julito Bayo y reclama la atención del corro.

– ¿Estáis ciegos o qué?-Se planta frente a su rival, los brazos en jarras-. ¿No habéis visto pasar por aquí a la madre de Violeta? Pues en este momento está en la cueva del Mianet con un hombre… ¿A que no sabéis cómo lo hacen para encontrarse en secreto y sin que nadie se entere?-Una pausa para sentarse cruzando las piernas, haciéndose un hueco entre los hermanos Cazorla-. Pues muy sencillo. Él hace volar una cometa roja y amarilla, y cuando la tiene muy alta, ata la cuerda a una piedra y se va a la cueva a esperar tranquilamente.

– ¿A esperar qué?-pregunta Julito, mosqueado.

– Adivina.

– ¿Qué tengo que adivinar?

– Cuando la señora Mir ve esa corneta amarilla y roja en el cielo, sabe que la están esperando y viene lo más deprisa que puede. ¡La corneta es la señal, chavales! Sí, claro, ella viene a coger hierbas para sus friegas y todo eso, pero no es más que una excusa. Viene para juntarse con este hombre, que es su amante secreto.

– ¡Ondia! -exclama el Quique-. ¿Y qué hacen ahora en la cueva?

– Tú qué crees. Están follando, chaval. Con estos ojos lo he visto.

– ¡¿En serio?!

– Bah. Ella es una furcia, lo sabe todo el mundo, y además está como una regadera -dice Julito Bayo desdeñosamente, sabiéndose derrotado.

– ¿Y el fulano quién es?-pregunta Roger-. ¿Le conocemos?

– Podría ser aquel picapedrero que hizo la escalera -dice Ringo.

– ¡Hala, nen! -corta Julito-. ¿Que no decías que está enterrado allá arriba? No le hagáis caso, se lo está inventando todo… Además, no sería ninguna novedad. ¿Ya no os acordáis de aquel día que subimos a ver las baterías antiaéreas en el Turó de la Rovira y la vimos morreándose con un tío detrás del muro…?

– Sí, pero deja hablar a Ringo -corta Roger.

– Eso, eso. ¿Qué ha pasado en la cueva?-inquiere elChato.

– Bueno, no sé si debo contaros todo lo que he visto…

– ¿Le has visto el perrús y las tetas?¿Estaba desnuda?

– Más que eso. Mucho más. Pero si no vais a creerme…

– Yo no -se apresura a decir Julito-. Ni una palabra.

– Pues yo sí -replica el Quique-. Te creemos, Ringo. ¡Cuenta!

Los demás comparten la curiosidad del Quique y de repente son todo oídos, pero, aunque se esfuerzan por imaginar algunos detalles que el narrador sólo deja entrever, ocurre que, al tratarse de la madura y ajamonada señora Mir, cuyo culo y andares provocativos sólo les mueve a risa, la escena ofrece escasas posibilidades para una calentura, y el testimonio de Ringo no tarda en agotarse. En cualquier caso, el crédito que Julito Bayo le había negado acababa de ser nuevamente restituido.

Poco después, Roger propone una incursión a las ruinas de Can Xirot, situadas un poco más arriba en la colina y lindantes con el parque Güell.

– ¡Maricón el último!

En la antigua masía abandonada, sumida en el silencio de los derruidos muros de argamasa y de las carcomidas vigas de madera invadidas por zarzas y resecos matorrales, la pandilla se reagrupa al borde de un talud empinado al que se adhiere una inhóspita maraña de arbustos y convoca peligros, confusas emociones y pactos secretos con el futuro, vengándose cruelmente en lagartijas y saltamontes y confabulándose para atraer hasta aquí, algún día no muy lejano, a una novia que se dejará tocar. Un poco más arriba, junto a las derruidas piedras del establo, un tilo profusamente florecido, luminoso como una lámpara al tocarle la luz del ocaso, se inclina sobre la ciudad. Sentada bajo este árbol los chicos han visto alguna vez a la gorda ordenando sus hierbajos en el capazo y seguramente esperando a alguien. Ahora, en julio, el frondoso ramaje del tilo emite el zumbido constante y poderoso de miles de abejas e insectos atraídos por las corolas, y ellos ni se acercan. Entre las paredes negruzcas de lo que fue la cocina de la masía crece un laurel silvestre, y Ringo corta una ramita para su madre y la prende del cinturón.

Al atardecer bajan de nuevo a la carretera del Carmelo. Desde la explanada frente a la entrada norte del parque, demorándose un rato más para seguir pateando lo que queda de la pelota de trapos, la ven allá arriba en la colina, sentada en los tres escalones que suben a ningún sitio, con su capazo de palma en el que asoma el tomillo florecido y mirándose en un espejito de mano mientras se pinta los labios con la barra de carmín. Luego se atusa el pelo y lo expurga cuidadosamente de alguna adherencia, se cubre la cabeza con el pañuelo verde y lo ata bajo la barbilla, se pone las gafas de sol y se levanta, sacude la falda y emprende el descenso de la colina mirando atentamente dónde pone los pies.

Cuando poco después pasa junto a ellos camino de la plaza Sanllehy, una larga parábola de la deshilachada pelota chutada expresamente por Roger acaba impactando en su pimpante trasero. Buena puntería, chaval, dice el Quique, y todos se tronchan de la risa. Pero la señora Mir ni siquiera se vuelve a mirarles; se para un instante y responde con un burlón meneo de caderas. Entonces Ringo afina la puntería y lanza otro pelotazo al insolente pompis. Y ahora sí, ahora se para, se quita las gafas de sol y dedica a los chicos la mirada errática de unos ojos que ya venían llorando cuando bajaba de la colina. Cabeceando suavemente y con una sonrisa tristona les afea su conducta, mientras Ringo se hace el distraído mirando las nubes.

4 Un sobre de color rosa

Será durante varios días la comidilla del barrio. ¿Tan grande fue el disgusto de esta mujer, tan tremendo y tan insoportable el desaire amoroso, que hasta le hizo perder el sentido de la realidad sobre unos pedazos de raíl inservibles? El despropósito parecía demasiado evidente. Que escenificara públicamente un suicidio no quiere decir que deseara espicharla de verdad, decían en el bar-bodega Rosales; no de aquel horrible modo, por lo menos. Habida cuenta que en asuntos del corazón la señora Mir carecía del menor sentido del ridículo, se convino que lo sucedido era otra de sus tretas melodramáticas destinada a atar más corto al querido, encelarle y hacerle volver al redil; se había marcado un farol con una rabieta de amante despechada, una artimaña teatral y desde luego muy llamativa, pero no había por qué alarmarse. Ciertamente debía sentirse muy ofendida y apenada, y todo parecía indicar que ella misma daba por seguro que el fulano no volvería a su lado, pero aun así, por muy desesperada que estuviera y por grande que fuera el desengaño y el desvarío después de la disputa, costaba creer que pensara ni por un momento que iba a ser arrollada por un tranvía en esa calle donde no pasaba ninguno desde hacía años. Se comentó también que el aturdimiento al salir de casa le había hecho perder la orientación y se fue calle arriba en lugar de ir calle abajo, hasta la cercana plaza Rovira, donde sí circulan tranvías: el 30, el 38 y el 39. En cualquier caso, la infeliz artimaña sólo podía tener una finalidad: hacer llegar a su amante, dondequiera que pudiera encontrarse en aquel momento -en el piso de ella donde acababan de pelearse, según algunas vecinas, y por eso la muy cuca dirigía tantas miradas al balcón, aunque después se dijo que para entonces ya lo había echado a la calle-, un dramático aviso de lo que pensaba hacer de verdad algún día por su culpa. Es decir, que de ningún modo quería dejarse aplastar por un tranvía, sólo deseaba fervientemente que él supiera que estaba muy dispuesta a hacerlo.

Pero todo eso a Ringo le importa bien poco. En realidad, durante estos días tan repletos de inesperados acontecimientos, no ha tenido ocasión ni ganas de pararse a pensar en los ridículos amoríos de esta señora. La vida de los demás, si los demás no están en las novelas o en las películas, le merece apenas un vistazo por encima del hombro y una consideración aburrida. En cambio sí ha reflexionado mucho sobre el machacado dedo del destino, el dedo que se perdió. Está sentado a una mesa del Rosales con el brazo derecho en cabestrillo y la mano vendada, leyendo con mucha atención el libro que acaba de abrir sobre el cuaderno de solfeo, también abierto. Ha pedido una caña y bebe sin apartar los ojos del libro. A esta hora, las tres de la tarde, no hay nadie más en el bar, salvo Francis Macomber y Wilson y Margot que discuten a su lado con la boca seca, y sudan copiosamente y beben gimlets, mezclando sus voces fantasmales y sus inconfesables anhelos con los rumores de la selva.

La señora Paquita, hermana del tabernero, una solterona madura y animosa de rostro hombruno y ojos vivaces, se afana detrás del mostrador limpiando anchoas bajo el chorro del grifo, y de vez en cuando mira con curiosidad al solitario parroquiano. Chico raro, piensa, poco sociable, rudo, tal vez tímido, casi nunca se deja ver con otros muchachos de su edad cuando vienen, al caer la tarde, a jugar al futbolín o a la garrafina. Siempre que lo ve, como ahora, sentado en esta mesa junto a la ventana y absorto en la lectura, con sus quince años y tan serio, cree que se ha puesto a leer porque se aburre, o porque se siente solo, y se ve obligada a darle conversación.

– Qué. Qué te cuentas. ¿Cómo está tu madre?

– Bien -responde él hundiendo la cabeza entre las páginas del libro.

– Trabajando mucho, supongo. Qué remedio, la pobre. Y mientras, el caradura de tu padre, ¿qué? ¿Qué hace esta buena pieza?-insiste la tabernera, risueña, mirándole con picardía-. ¿Ya está en casa, o sigue por ahí cazando ratones y armando jarana? ¡Vaya un elemento! Aunque simpatía le sobra a este hombre, eso sí.

Prefiere no contestar y adentrarse más en la llanura salvaje y remota.

A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite…

El bar bodega Rosales es una de las tabernas más antiguas del barrio. Tiene un suelo maltrecho y desnivelado de baldosas negras y blancas y un viejo mostrador de obra revestido de cerámica, cuyos ángulos y borde superior imitan rugosos troncos de pino hechos con argamasa y pintados de color marrón, con nudos y vetas muy convincentes. El mostrador lo remodeló con sus manos el mismo tabernero, el señor Agustín, que había sido albañil con ideas y gusto para la decoración, y en su día la obra mereció encendidos elogios de la parroquia por su gran parecido con troncos de verdad, pero la señora Paquita detesta esos troncos porque la corteza leñosa, tan admirada, acumula polvo y mugre y está más que harta de frotarlos con lejía y un cepillo. A un lado del mostrador hay cinco grandes toneles de vino, tres abajo y dos encima, y algunas barricas de licores igualmente para la venta a granel, y al otro lado, tres mesas de mármol rectangulares con patas de hierro colado y arrimadas a la pared con azulejos a media altura, donde una ventana, provista de una vieja persiana descolorida, se abre a la calle Torrente de las Flores. Al fondo, el local se estrecha y se oscurece en torno a un futbolín bajo una lámpara de pantalla verde, ahora apagada, que hace dos años alumbraba una mesa de billar. El negocio se sustenta más en la venta a granel que en el servicio y consumo en mesas, y los parroquianos habituales que vienen a pasar el rato son contados, sobre todo los días de entre semana. Desde la calle, echando una ojeada al pasar, suele verse en la penumbra el encorvamiento predador de una silueta frente a la barra, la sombra inestable de algún bebedor solitario y paciente con su vaso de vino en la mano, pero, salvo los cuatro o cinco vecinos adictos al dominó y al subastado los sábados y domingos por la tarde, los mismos que en las noches de verano cogen su taburete y una cerveza fría y se sientan en la acera, o los jóvenes pandilleros que se juntan ruidosamente en torno al futbolín antes de acudir al baile de La Lealtad o al Verdi, la taberna es un oloroso nido de sombras y de silencio.

Cuando entra la señora Mir, Ringo inclina aún más la cabeza sobre el libro y termina el párrafo del león herido.

Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar.

– Qué tal, Vicky, cómo va eso -dice la tabernera.

La señora Mir deposita un sifón y una botella vacía sobre el mostrador.

– Tirando.

– Días sin verte, caray. ¡Y si supieras lo que tengo que decirte!

– Este sifón que le diste a mi hija no pita.

– Tengo una sorpresa para ti, Vicky. Te estaba esperando…

– Aprietas y no sale nada, mira.

– Yo no se lo di, seguro. Yo siempre los pruebo antes.

– Pues tu hermano sería, qué más da.

– Bueno, te daré otro. Pero escucha…

– Y me pones en esta botella un litro de blanco.

– ¡Que sí, mujer! -Y con la voz melosa, en tono confidencial-: Antes he de decirte algo que te interesa, chatita, y mucho.

La señora Mir parece no oírla. De pronto ha echado la cabeza hacia atrás, doblando la espalda y enroscándose un poco en un rebuscado gesto de abandono y coquetería, toda una tramoya equilibrista para mirarse la pantorrilla, sacar la lengua, ensalivar el dedo corazón y restregar una mancha en la tersa piel por debajo de la corva. Lo hace con una afectación cansina y melindrosa, con un parpadeo de los ojos que a Ringo se le antoja descacharrante. No debería permitirse tales cosas una mujer así, piensa: es paticorta, es fea, tiene pliegues en la nuca, tiene demasiado culo, demasiado pelo en las axilas y demasiado carmín en los labios. Y esas pestañas imposibles con su pringue violeta, y esa disposición pechugona al piropo callejero, y ese amago de frustración y desengaño que asoma a sus ojos cuanto más se esfuerza por agradar. Ha pasado una semana desde que se hizo la muerta sobre unas vías del tiempo de Maricastaña, y sigue viviendo en tiempos de Maricastaña y haciendo el ridículo.

Al incorporarse descubre al chico agazapado sobre el libro.

– Tú eres el hijo de Berta ¿no?-El pestañeo cordial y frenético de sus ojos precede a una especie de disculpa-: Bueno, quiero decir el hijo adoptivo de Berta… Estudiabas para músico y tuviste que dejarlo, ya lo sé. -Su voz carrasposa contrasta con el semblante risueño de muñequita rolliza. Repara en el brazo en cabestrillo y el vendaje de la mano-. ¿Qué es eso?¿Qué te ha pasado?

Él cierra los ojos y el libro al mismo tiempo, postergando la suerte del león herido para mejor ocasión. Con aire de fastidio se pone a teclear sobre el mármol de la mesa con los dedos de la mano izquierda.

– ¡Ufff…! -resopla-. Una laminadora me pilló el dedo.

– ¡Dios mío! ¿Cómo ocurrió, dónde?

Un parpadeo, no deseado esta vez, y la contorsión lenta y ondulada del oro laminado atrapa nuevamente el dedo y los dos rodillos de acero se lo tragan.

– En el taller -responde de mala gana.

– ¡Oh, qué barbaridad! Vaya, cuánto lo siento, hijo. Pero ya te encuentras mejor, ¿verdad?

No contesta. Le gustaría dejar bien sentado que él no transige con la ordinariez y la fealdad, y menos con esas ínfulas de heroína de novela rosa que gasta la señora.

– Vicky -tercia la tabernera-, ¿quieres oír lo que tengo que decirte, sí o no?

– Que sí, ya voy. -Mira los dedos del chico tecleando veloces junto al vaso de cerveza-. Deberías beber horchata.¿Cuántos años tienes?

– Voy a cumplir dieciséis.

– ¿Tu madre está bien? Qué mujer tan buena y atenta. Dale recuerdos de mi parte. Que si me necesita, para lo que sea, no tiene más que decirlo.

Levanta los brazos ajustándose la profusión de ruidosos brazaletes y finalmente se vuelve hacia la tabernera mediante un animoso cruce de piernas, y, aunque sufre un ligero traspiés, se rehace en el acto y sin merma en el estilo, en la disposición festiva y musical de las piernas, en esa peculiar manera suya de permanecer de pie ante el mostrador, igual que si apoyara el gordo trasero sobre un invisible y alto taburete en la barra de un bar elegante. Se cree que vive en una película, piensa él, y constata una vez más lo que no le gusta de este monumento a la afectación y a la cursilería; no le gusta el color amarillo de sus rizos, no le gustan su boca de piñón, su voz carnosa, sus hombros redondos y antiguos, no le gusta cómo sujeta la botella en la axila, ni sus manos volatineras y omnipresentes, ni ese ancho cinturón blanco que realza sus ancas y aúpa sus pechos, ni sus zapatos de fulana con tiritas doradas que dejan ver las uñas de los pies pintadas de color morado…

– Vicky, ¿te encuentras bien?-pregunta la señora Paquita, viéndola abstraída.

– Oh, sí. ¿Qué me decías…?

– ¡Se trata de algo que ni te imaginas! -Ha terminado de lavar las anchoas y las dispone cuidadosamente alineadas en los platillos. Dirige al adolescente que simula leer junto a la ventana una mirada preventiva, lamentando tenerle tan cerca, y ahueca la voz-: Algo que te va a alegrar, mujer.

– ¿De veras?

– ¡Ayer estuvo aquí!

– ¿Quién?

– ¿Cómo quién?-Baja aún más la voz-: Tu hombre. Se sentó a aquella mesa del fondo y estuvo mucho rato callado. Y muy desanimado, mucho.

– No me digas. -La señora Mir se queda pensativa. Aún no ha decidido si debe mostrarse impresionada o no-. Juró que nunca jamás volveríamos a verle.

– Pues vino. Eran poco más de las tres y media de la tarde, Agustín había ido a echarse un rato y yo estaba ordenando la nevera, cuando le vi entrar por esa puerta. Y mira lo que te digo, Vicky: no parecía el mismo hombre. Estaba muy abatido. Dijo hola, se sentó, pidió su picón y un vaso de agua y estuvo más de media hora con la cabeza entre las manos. Daba pena, de verdad. Me preguntó si te había visto pasar, o si tu hija había venido por aquí, y le dije que no. Me contó que estuvo llamando a la puerta de tu piso durante una hora y que no quisiste abrir.

– Mentira y gorda. No salí de casa en todo el día y no oí nada, así que es mentira. Lo que pasa es que no se atreve a dar la cara…

– Sería por eso. Porque le dije que probara a llamar otra vez, que seguro que estabas en casa, pero ni me escuchó. Sacó del bolsillo una pluma estilográfica y me preguntó si tenía papel de carta y un sobre, y yo le dije sí tengo, pero quizá no le gusten, porque son de color rosa. Es el único capricho que me doy, le dije al verle una mueca… Bueno, el caso es que subí a mi cuarto y me vine con media docena de hojas y un sobre. Y entonces va y me pregunta si podía hacerle el favor de entregar yo la carta…

La señora Mir no deja entrever ninguna emoción.

– ¿Por qué puñeta haría eso? ¿Y dónde está esa carta?

– Pues verás, cuando ya casi tenía escrita una hoja, después de pararse a pensar cantidad de veces, va y la coge, hace una bola de papel y se la mete en el bolsillo. Escribió dos más, esforzándose muchísimo, y también las arrugó y se las guardó. Se ve que la carta no le salía como él quería, por la mala letra o por lo que fuera. Yo no me moví de aquí, pero lo vi todo. El picón ni lo probó, y hasta se le olvidó que lo había pedido, porque al final se vino a la barra, me pidió un coñac y dijo no me sale, Paquita, no me sale, la escribiré en casa. Se bebió el coñac, y antes de irse ¿sabes qué me dijo?

– ¿Cómo voy a saberlo, mujer?

– Pues que mandaría a alguien con la carta, y si podía hacerle el favor de entregarla yo personalmente.

– ¿Eso te dijo?

– Como lo oyes. Tuve que prometerle que no te diría nada, ni siquiera que había venido. Pero ya está bien de secretitos, ¿verdad, cariño?-La señora Mir asiente con una sonrisita de complicidad-. Y enseguida se marchó, llevándose el sobre y las tres o cuatro cuartillas que quedaban…

– ¿Ah sí?¿Y para quién era esa carta?

– ¡Pero bueno ¿serás tonta?! ¡Para ti! ¿Para quién si no? Yo se lo pregunté, claro, pero no hizo falta ni que abriera la boca. En el sobre vendrá el nombre, creo que dijo. El sinvergüenza quería discreción, y es normal ¿no? Y fíjate, el coñac que pidió es el que a ti te gusta. ¡Nunca antes había pedido ese coñac de garrafa!

La señora Mir parpadea, confusa, acariciándose el lóbulo de la oreja.

– Sí, creo recordar que algo dijo… Después de aquella horrible trifulca en casa, cuando le pedí que no volviera a hablarme en la vida, ¿sabes qué dijo? Pues tranquilamente dijo que, bueno, que se iba a marchar muy lejos y que un día me lo explicaría todo. Pero en ese momento no le creí.

– ¿Por qué no? Dale ocasión de hacerse perdonar, mujer.

– Ningún hombre merece hacerse perdonar por eso.

– ¿Y qué fue eso, Vicky?

Sumida en sus pensamientos, siempre mirándose en un espejo complaciente, la señora Mir no la escucha.

– Sí, ahora recuerdo… Es que hubo una gran escandalera, ¿sabes?, me puse a gritar y mi hija se encerró en el cuarto de baño con la toalla en la cabeza, asustadísima… Le vi ponerse la americana y recoger sus cosas de la mesa del comedor, su tabaco, sus gafas de sol, su tubo de Efedrina para el asma, y las camisetas y las medias para sus niños futbolistas, que le hacíamos el favor de lavar y remendar cada semana, fíjate si nos portábamos bien con él… Y entonces fue cuando dijo eso: será mejor que me vaya, adiós, te escribiré. Sí, lo dijo. Yo estaba en mitad del pasillo, sin poder moverme del susto, y noté que me faltaba el aire, que me iba a desmayar… ¡Y mira, cogí la puerta y salí pitando escaleras abajo!

– Pero ¿la discusión por qué fue? ¿Qué te hizo, Vicky?

La curiosidad chisporrotea en los grandes ojos negros de la señora Paquita, que espera en vano una respuesta, mientras el chico baja los suyos con una tediosa resignación, oyendo sin escuchar. Fija la mirada en el teclado imaginario y pulsa eldo, el mi y el sol con el pulgar, el corazón y el meñique, tecleando los tres a la vez con bastante dificultad, porque ahora tiene grabada en la mente la mano nudosa y oscura del señor Alonso posada fugazmente en el trasero de la señora Paquita, una noche lluviosa del invierno pasado que ambos salieron a la puerta del bar con un paraguas que ella le prestó para que no se mojara al cruzar la calle yendo a casa de la señora Mir, y que él abrió a su espalda antes de despedirse, ocultándoles a ambos, aunque no lo bastante.

– Lo que está claro es que te hizo mucho daño -añade la tabernera-. Tú merecías algo mejor, chica.

– Sí, claro -suspira la señora Mir-. Merecía mejor suerte, es verdad. Pero la felicidad hay que buscarla, Paqui, siempre, cueste lo que cueste… La culpa fue mía, ¿sabes? Le dije ahí tienes la puerta, pero mira, ¡fui yo la que echó a correr! Culpa mía, te digo. Nunca debí permitirle que se tomara tantas confianzas en mi casa…

– ¿Puedo hacerte una pregunta, cariño? No te enfades, pero es que no lo entiendo. ¿Quién tiene que perdonar a quién?¿Él a ti, o tú a él?

– Oh, Paqui, yo le habría disculpado, de veras. Que Dios me perdone, pero sólo con que me hubiera dado un poco de tiempo… ¡Debes creerme! ¡Cometí un error, una pifia de las mías! Lo que necesito es que él lo sepa y me perdone, por insultarle y abofetearle de aquel modo.

– ¿Le soltaste una torta? Pues vaya, sí que fue gorda la cosa.

– ¡Oh, sí, lo fue, lo fue!

– Chica, qué mala suerte. Y ahora que ya pasó, ¿cómo lo ves, qué piensas de lo ocurrido, Vicky?

– Nada.

– ¿Nada?

– Bueno, te lo acabo de decir. La pifié. Aquel día volvía a casa con la espalda rota, venía de manejar a la pobre María Terol, ya sabes, ciento diez kilos y con su celulitis y su humor de perros… Total, que venía hecha polvo y perdí el oremus. ¡Y luego estas vías del demonio! ¿Para qué las dejarían ahí, para acabar de confundirme? Habría que arrancarlas, y también los adoquines.

– No me refiero a eso, Vicky. -Vacila antes de decirlo-: Juraría que se trata de otra mujer… ¿Estoy en lo cierto?

– Siempre hay otra mujer.

– ¿Cómo lo supiste? ¿Te lo dijo él?

La señora Mir niega con la cabeza.

– Claro que no. Pero una chica casada sabe cuándo ocurren estas cosas. Sobre todo si ya dejó atrás los cuarenta.

– ¡Ja! En eso no estás sola, guapa. Pero bueno, lo malo sería que fuera algo serio, quiero decir… que le durara. Si sólo fue un capricho…

– Es que al parecer no hubo nada. Ya te lo he dicho, me figuré cosas… y él se lo tomó muy mal. Qué le vamos a hacer. No hay amor verdadero sin sufrimiento, mi vida, es bien sabido.

– Esto que dices es una burrada, Vicky. Una burrada. A tu edad.

– Quizá pensó que nuestra relación no daba ya más de sí, puede ser, nunca se sabe con los hombres… En todo caso yo se lo puse a huevo. ¡Y se las piró!

– No me lo puedo creer. Mientes. Seguro que mientes.

– ¡Que no, Paqui, te lo juro! ¡Nunca debí soltarle aquel bofetón!

La tabernera se queda mirándola, recelosa.

– Bueno, allá tú. En cualquier caso ¿sabes qué te digo? Que deberías ir a buscarle enseguida.

– ¡Dios mío, ¿dónde?! Nunca me dijo dónde vivía. ¿Alguna vez te lo dijo a ti, o a tu hermano?

– A mí nunca.

– Pues a mí tampoco -suspira la señora Mir.

– ¿En serio? Qué hombre tan raro, ¿verdad?

– ¡Más que un perro verde, querida!

Más raro que un perro verde, en efecto. La tabernera recuerda que en sus primeras visitas se había mostrado dicharachero y simpático, y bastante fresco también, sobre todo con ella, pero nunca había modo de saber si hablaba en serio o en broma. Un día dijo muy seriamente que le intrigaba la acción del paso del tiempo sobre las patatas. No, no era campesino ni lo había sido nunca, no estaba interesado en productos agrícolas y en su evolución; explicó que había sido entrenador de un equipo juvenil de fútbol en la barriada del Carmelo y que masajeaba las piernas de los chavales con un ungüento a base de aceite y patatas arrugadas, previamente trituradas. Tenía dudas acerca del tiempo idóneo que requería la patata para agostarse y arrugarse, y parece que un día oyó hablar de la señora Mir, una sanadora experta en la cuestión, y alguien le dio una tarjeta que extravió aquel día de lluvia y por eso entró en el bar a preguntar dónde vivía.

– Y otra cosa que ayer me extrañó. Cuando ya se iba… -La tabernera se interrumpe al entrar un señor gordo y muy acalorado que recala en el mostrador pidiendo con cierta urgencia una cerveza de barril bien fría. La señora Mir aprovecha la pausa para pedir a su vez una copita de coñac de garrafa y un vasito con sifón. El cliente no es del barrio y la tabernera evita entablar conversación con él. Sirve la cerveza en una jarra y luego la copa de coñac junto con un sifón. Acto seguido abre la espita de una barrica de vino blanco y con la ayuda de un embudo llena la botella, vuelve a situarse detrás del mostrador, deja la botella encima, pone el tapón y lo golpea con el puño. El hombre engulle ruidosamente la cerveza, se seca el sudor del cogote con un pañuelo y observa de refilón a la clienta gordita, que a su vez mira con mucha atención la estampa de un calendario colgado en la pared, detrás del mostrador. La estampa reproduce una vieja fotografía, virada en sepia, de un antiguo equipo de fútbol posando en el campo de juego antes de un partido. Meneando un poco la cabeza, en voz baja, la señora Mir dice:

– Estaría mejor de rodillas.

Un tanto confuso, el cliente termina su jarra, paga y se va.

Agazapado detrás de su mesa, Ringo repasa las instrucciones sobre ejercicios para cinco dedos en el cuaderno que acaba de abrir sobre el libro. Todavía el pentagrama se impone a la ficción literaria reclamando la atención del lector, y así será durante todo el verano y hasta bien entrado el otoño. Pero ahora cuesta concentrarse porque las mujeres recobran el hilo de la conversación:

– Y cuando ya se iba -prosigue la tabernera sin más preámbulos, mientras retira la jarra y frota el mostrador con un paño- estuve a punto de preguntarle por qué no mandaba la carta por correo, en vez de traerla aquí. Me pareció extraño que me la confiara a mí…

– Por la niña -corta rápido la señora Mir, y su cara de luna se contrae fugazmente, a punto de echarse a llorar-. Es porque piensa en la niña, seguro. Porque mira lo que te digo, Paqui. Si este hombre habla en esa carta de lo que yo me temo, por nada del mundo quisiera que llegara a manos de mi hija. Hay ciertas cosas que una niña no debe saber… Por eso no la manda por correo. Así que cuando vuelva con la carta, la guardas bien y me la das. Y a Violeta ni una palabra.

– Descuida.

La señora Mir apura su coñac y acto seguido se moja el paladar con un sorbito de sifón. Paga la cuenta, sujeta la botella de vino bajo la axila y se dispone a salir con el sifón colgando de un dedo.

– Sobre todo, Paqui, por lo que más quieras, si llega la carta, no se te ocurra dársela a Violeta. Yo la recogeré.

– Que sí, mujer. Vete tranquila.

Ejercicio 1.º: Ponga usted el antebrazo y las manos, con los dedos estirados, sobre una mesa ante la cual esté usted sentado, y un rato con la mano derecha, otro con la mano izquierda y, finalmente, con las dos juntas, vaya levantando los dedos que a continuación se indican. Baje usted el dedo que levantó, antes de elevar el siguiente y repita varias veces cada fórmula: 1-2-3. 3-2-1. 1-4-2. 1-2-4. 2-1-3…

Practica un rato sobre el mármol con la mano izquierda y luego para y se queda mirando a través de la ventana. Un parpadeo, evocando aquella artimaña de los ojos del deseo y la ensoñación infantil y pandillera, y en la pared leprosa al otro lado de la calle aparece el cartel que anuncia en letras rojas el primer concierto de EL GRAN PIANISTA DE NUEVE DEDOS. Podría ser un buen reclamo, por qué no. ¿Quién sabe lo que te reserva el dedo del destino, incluso cuando este dedo ha sido arrojado al limbo de los pianistas nonatos? Pasan algunos hombres frente al letrero, van o vienen de sus casas a otros bares y tabernas con aire decidido o desganado, algunos caminan arrimados a los muros y uno de ellos se detiene de pronto con la cabeza gacha y los ojos mirando el suelo, como si de pronto se abriera un abismo bajo sus pies. En la misma calle y un poco más arriba, en medio de la pequeña isla de adoquines melancólicos y verdosos, perviven las vías truncas que vienen del ayer abolido y van a ninguna parte. Con un repentino y punzante dolor en la uña que ya no está en su dedo, ni el dedo en su mano, Ringo cierra el cuaderno de solfeo y abre nuevamente el libro de relatos.

El león todavía está vivo, luchará hasta el final. La señora Mir y la señora Paquita aún parlotean un rato en la puerta del bar. Él apoya el codo en la mesa y se tapa la oreja con la mano libre, recuperando la protectora espesura y la fragancia salvaje de las hierbas altas en las praderas de Kenia junto con el león que sangra agazapado contra el suelo, solo y con las orejas gachas, esperando su oportunidad para atacar.

5 El dedo del destino

En el verano de 1948 el muchacho tiene quince años, calderilla en los bolsillos y un dedo fantasma en la mano derecha. Trabajando en el taller, una mañana desapacible y gris que le venía pesando insidiosamente en el ánimo, se quedó unos segundos alelado frente a la laminadora eléctrica, tarareando sin acierto los primeros compases de una sencilla melodía que se le resistía en la memoria, y ¡plan!, visto y no visto, la máquina se tragó el dedo índice.

La fatal distracción, el inoportuno embeleso musical que propició el accidente se debió sobre todo, piensa él, a la frustración que lo aquejaba desde el día que, tres años antes, se vio privado de las clases de solfeo y piano -su madre tuvo que recordarle que eran pobres-, y también a su creciente desapego al taller y al oficio, al oro y al platino, a los diamantes y a sus destellos. Recuerda que esa fatídica mañana, al salir de casa muy temprano llevando bajo el brazo el almuerzo envuelto en una hoja de periódico, sintió una especial amargura al repasar mentalmente, como suele hacer yendo por la calle, las preguntas y respuestas de su querido librillo del Conservatorio Municipal de Música. Media hora después, de pie ante la laminadora, tercamente empeñado en recordar la melodía, algo en inglés que empezaba conlong-ago-and-far-away, oído en una peli en color dos días antes, enrabietado al no conseguirlo y sin cuidado de prestar la atención debida a lo que estaba haciendo, él mismo propició la desgracia. Pero lo ocurrido se debió a su caprichosa obstinación melódica sólo en parte. Aunque no quiera admitirlo, el fatal descuido que había de costarle el dedo tuvo su origen en el desinterés por su futuro laboral, en una secreta renuncia que venía incubando desde tiempo atrás. Después de pasarse dos años barriendo el taller, concluido su periodo de aprendizaje y de cumplidor chico de recados, cuando llevaba tres meses trabajando en el banco de los oficiales, manejando el soplete y las limas y la sierra y esforzándose por hacerlo bien, su inicial entusiasmo por el oficio se había enfriado, y desde entonces, en su fuero interno, empezó a dudar de sus habilidades como orfebre. Ahora, además, ya sólo recibe simplones y aburridos encargos de composturas, soldar cadenitas, alguna alianza lisa, fundir y laminar y preparar alguna aleación para soldaduras. No puede decir que aborrezca todo el trabajo, pero algo no anda como debiera. Se siente preparado para dar forma a delicadas piezas del más alto valor artístico, y estos menesteres sencillos le aburren y los despacha deprisa y sin la debida atención. Y encima, tantas horas encerrado en el taller, esto no es vida: de las nueve de la mañana a la una de la tarde y luego de tres a siete, o sea ocho horas al día de lunes a viernes, más las cinco horas de la mañana del sábado, es decir, cinco días a ocho horas diarias que en total suman cuarenta, y con las cinco del sábado ya dan cuarenta y cinco, más las cuatro horas de las tardes también del sábado, dedicadas, mientras eres aprendiz, a barrer el taller y limpiar los bancos de los operarios, pues entonces dan un total de cuarenta y nueve horas a la semana. No, joder, esto no es vida.

Está trabajando de pie en la laminadora eléctrica, alternando estas sombrías perspectivas con preguntas y respuestas aprendidas de memoria en el viejo cuadernillo

– ¿Qué es el pentagrama?

– Una pauta compuesta de cinco líneas, horizontales, paralelas y equidistantes.

– ¿Cómo se cuentan las líneas del pentagrama?

– Empezando por la más baja.

reviviendo la escena en la que Gene Kelly canta mientras coloca sillas patas arriba en su local, pero no consigue atrapar el arranque de la melodía, tercamente se le escurre en medio de la afanosa respiración del taller, el rumor de sierras y limas y martillazos y sopletes de gas en acción. La pieza de oro que está laminando tiene inicialmente la forma y el tamaño de una pastilla de jabón bastante usada, y todo consiste en poner la máquina en marcha con la pieza entre los dos rodillos de acero para que vaya adelgazando a cada pasada, sacándola por el otro lado y volviéndola a meter por este cautelosamente y procurando mantener los dedos a distancia, porque el peligro aumenta conforme disminuye su grosor. Esto él lo sabe, conoce la sinuosa y temible ondulación de serpiente que muy pronto adquiere la lengua de oro al ser laminada y los bruscos coletazos que suelta al ser engullida por los rodillos, pero se queda pensando en otra cosa y el dedo se le ha dormido, parado encima de la nota más baja del pentagrama.

Apenas unos segundos antes del trance, incluye a Gorry en su pasatiempo musical. Lleva un rato sintiendo que el puñetero pájaro que mató años atrás con una escopeta de balines, anda merodeando cerca; primero le oye piar dentro de la sinfonola de su cabeza y cierra los ojos, y enseguida, al fijar la mirada tras el cristal del tiempo, siempre empañado por la lluvia sobre el huerto del abuelo, lo ve debajo del banco de trabajo picoteando la hoja de periódico manchada de aceite que había envuelto su propio almuerzo, un bocadillo de anchoas de lata. Después de cinco años bajo tierra, el ojito de plomo del gorrión se ha oscurecido más, pero el pájaro ya no aparece bajo ninguna luz cenital, no lo circunda ningún resplandor, ninguna falsa aureola luminosa, no proviene de una alucinación, sencillamente está aquí trotando como un pajarito mecánico con su lombriz viva en el pico, y él tiene otra vez el dedo en el gatillo, porque ¿no es un consuelo que esté zampándose una lombriz?, piensa el arrepentido cazador: el gorrión también caza y mata, así que aquí cada cual caza a quien puede… Sí, pero tú no cumples tus promesas, niño, juraste venir a verme a mi humilde tumba, y aún te espero.

– Habla solo -comenta alguien a su espalda-. Siempre está en Babia, este chaval. ¡Despierta, nano!

Demasiado tarde. Para los operarios, la laminadora se come el estúpido dedo porque Ringo habla solo ante la máquina y porque el estúpido dedo está justo donde no debe, temerariamente apoyado en la lengua de oro que se desliza entre los rodillos, una lengua que ha ido tomando una forma cada vez más ondulada, que se dobla sobre sí misma hacia arriba y hacia abajo sin que fuerza alguna pueda controlarla, convertida repentinamente en un mortífero cepo. Él siempre ha preferido creer que ocurrió simplemente porque el dedo, obedeciendo a un secreto impulso suicida de índole melómano depresivo, no quiso retirarse a tiempo. Seré elre y el sol en el teclado marfileño de la fama o no seré nada en esta vida, le habría dicho el dedo antes de inmolarse, una entelequia verbal enredada en el pentagrama, pero que él percibe como algo más real que el mismo taller con todo lo que contiene, más real incluso que su casa y la parroquia y el corro de chavales contadores de aventis en el jardín de Las Ánimas o en las laderas de la Montaña Pelada. Era el suicidio lejos del teclado y las partituras, lejos del piano y del cuaderno Cósumb, todo eso que maldiciendo su suerte hubo de abandonar porque en casa no había dinero para más clases. Mecido por este resentimiento y por la ensoñación melódica, apenas nota el tirón en el metacarpo del dedo índice y el consiguiente estropicio de las tres falanges, súbitamente tragadas y trituradas por los rodillos junto con el oro.

La sangre no brota de inmediato, lo hace unos segundos después de desaparecer el dedo, y nadie en el taller lo oye gritar o lamentarse, entre otras cosas porque, sorprendentemente, no le duele. Desconecta la máquina y no quiere mirar la mano todavía, no se atreve; la levanta a la altura de los ojos pero no quiere verla, y cuando por fin se decide, la contempla como si fuera una cosa ajena a él, un apéndice carnal extraño a su cuerpo. Con la mano alzada se vuelve despacio hacia el operario más cercano, que se horroriza al ver brotar el chorro de sangre. Él no ha sentido nada, apenas un pellizco, pero enseguida, al tomar conciencia de que le falta un dedo, le invade un súbito mareo, se le aflojan las piernas y empieza a sudar copiosamente. Gritos y maldiciones en torno suyo y carreras hacia el botiquín. Con un vendaje improvisado y el brazo en alto, se lo llevan a urgencias del Hospital Clínico y después le dan la baja.

¿Adónde van a parar los dedos muertos de los pianistas?, se pregunta con amargura. Y acto seguido, en voz alta:

– ¿Cómo es que me duele el dedo que no tengo, madre?

– Si te estás quieto un momento, te lo explico -responde ella mientras le corta el vendaje de la herida manejando las tijeras con la mano izquierda-. Dios mío, mira esto. ¿Cómo has dejado que se infecte, qué has hecho?

– Yo nada.

– Pero mira cómo está. ¿Es que no te ha dolido?

– Bueno, ya que lo dices… Podría tener algo de fiebre.

– ¿Otra vez con eso? Se diría que estás deseando tener fiebre.

– Lo que me duele a rabiar es la uña. ¿Por qué me duele la uña, si ya no tengo uña?

– Y mira esta bufanda, toda manchada de sangre. Para tirar.

– ¿No podrías hacerme el cabestrillo con un pañuelo, en lugar de una bufanda? Uno de esos pañuelos tan bonitos que tienes.

La mano es un amasijo de gasas sanguinolentas y su madre le cambia el vendaje con frecuencia porque la herida supura, pero el horario intensivo en la Residencia no le permite ocuparse de todo en la casa, así que suele dejar preparada la comida, arroz hervido y boniatos o una tortilla de cebolla o de judías, y el chico come solo escuchando música en la radio y con una novela abierta junto al plato. TerminóLa piel de zapa y ha empezado Hambre. Por la noche espera a su madre para cenar juntos, a veces la espera pelando patatas o boniatos, o despellejando habas o guisantes, y ella le regaña porque podría infectarse la herida. Hace una semana del accidente en el taller y quince días que la brigada matarratas se fue a limpiar unos almacenes a orillas del río Oñar, en Gerona, eso le ha dicho su madre, y que había mucho trabajo en la zona y su padre tardaría en volver de ese viaje.

De tanto en tanto, el dedo que ya no existe le duele a rabiar. Sobre todo la uña, dondequiera que ahora esté. La pérdida del índice le ha dejado en un estado permanente de estupor y melancolía, al que a menudo se añade una inquietud expectante por lo que la vida pueda depararle en adelante. Cree que ese dedo amputado reduce muy considerablemente sus opciones de trabajo en el taller; es más, empieza a estar convencido que su vida ha dado un vuelco decisivo. ¿Qué futuro laboral puede haber para esta mano después de la mutilación? ¿Cómo se las apañarían cuatro dedos manejando la sierra en un fino y complicado calado para un colgante con esmaltes y pedrería, por ejemplo? Ya nunca más podría agarrar correctamente la lima o los alicates, incluso puede que no fuera capaz de sostener unas pinzas, y ni siquiera el pincel del bórax. Limas y limaduras, alicates, taladro, broca, tas, troquel, soplete, sierra, perruca, astillera, palabras que hasta entonces habían sido para él las credenciales del oficio, ya no reclamaban sus cuidados y empezaban a estar quietas en el ámbito de la memoria artesanal, cubriéndose con el mismo orín que corroía los raíles truncos entre los viejos adoquines de la calle.

Y luego está la otra dolorosa consecuencia del accidente, para él mucho más importante que la laboral: imaginar su mano derecha recorriendo el teclado del piano como una grotesca araña mutilada, coja y repulsiva, la mano que guarda memoria de las primeras notas y compases, de los ejercicios para cinco dedos y del inicio de algunas piezas sencillas aprendidas con tanto esfuerzo, como «Para Elisa» o el «Vals de las olas».Dooo-re-mi-sol-dooo, si-do-re-do-si-do-mi-sol-siii… Siempre esperó poder reanudar algún día sus interrumpidas clases de solfeo y piano, y ahora, a pesar de lo ocurrido, con sólo nueve dedos y contra viento y marea, mantendría esa esperanza. De ningún modo pensaba renunciar a los acordes ni a las veloces escalas a dos manos en el viejo teclado amarillento del maestro Emery -quemaduras de cigarrillo en las teclas más bajas, chillidos de pájaro en las más altas-, un pianista que había tocado en orquestas populares y cultivaba una querencia por la música culta dando clases de solfeo dos veces a la semana por doce pesetas al mes en el cochambroso comedor en penumbra de un pisito de la calle Tres Señoras. Algo le dice que el viejo maestro, con su calva reluciente y sus ojitos grises como rajas detrás de gafas metálicas, con su nariz de gaviota en la cara sin afeitar, con sus tranquilas manos de piel translúcida manchada por la vejez y con su perfil incisivo sobre la negrura del piano y la pobreza del entorno doméstico, sólo se ha esfumado de su vida provisionalmente. Había que despedirse del dedo que se tragó la laminadora, pero no del pentagrama ni del teclado, que pensaba recuperar algún día junto con las lecciones. Mientras tanto, ¿adónde van a parar los dedos muertos de los pianistas?, anota con letra diminuta en su cuaderno secreto de tapas negras.

Su relación con la música ha sido desde siempre intuitiva, y está lejos de ser selectiva. Tararea con el mismo respeto y agrado una melodía de Cole Porter o la música de fondo de películas que le han gustado -se sabe de memoria el trepidante tema deLa diligencia, o de El ladrón de Bagdad, o el vals de Jezabel- que algunos compases de una sonata de Mozart. Piensa en las partituras que tiene guardadas y en los sueños que había depositado en ellas hasta ayer mismo, y espera tiempos mejores. La fatalidad ha querido que el dedo sacrificado sea el índice, el veleidoso dedo del destino, el mismo que apretó el gatillo en el huerto del abuelo cinco años atrás, el responsable del re en los añorados ejercicios para cinco dedos. No hubo tiempo para aprender gran cosa, fueron apenas diez meses, una hora cada lunes y jueves acariciando las teclas y leyendo música en voz alta al compás del tres por cuatro, pero lo poco que aprendió lo considera un tesoro, un raro privilegio. «Levanta la cabeza, no mires tanto el teclado», flota aún en el aire la voz de humo del maestro: «La música no está en las teclas, la música está en la memoria de los dedos y en el corazón».

La memoria de los dedos. No sabría explicarlo, pero juraría que ante aquel maltrecho teclado con manchas de nicotina había aprendido algunas lecciones para andar por el mundo. No es que el profesor Emery le aleccionara expresamente acerca de nada -salvo una vez que se burló de un compañero de clase, al que aventajaba, y el profesor le dijo que ser bueno con el piano exigía ser mejor persona-, pero en su manera de serenarle las manos obligándole a dejarlas quietas sobre el teclado, reposadas y dóciles pero atentas, rozando apenas con las yemas de los dedos el marfil alabeado y el negro barniz de los bemoles, sin permitirle presionar antes de haber cantado la partitura por completo y de memoria, él había intuido un magisterio que iba más allá de las rudimentarias lecciones de solfeo y piano, una determinada forma de entender y asumir todo lo que le pasaba, y recuerda que fue en aquella vorágine de notas bailando en el pentagrama y en su cerebro donde un día percibió de pronto el aroma de una nueva y extraña disciplina que estaba muy dispuesto a abrazar en el futuro. Así, costumbres tan simples como levantar el brazo iniciando el compás, atrapando las notas en el aire como si fueran mariposas de luz bailando en la oscuridad, y el hábito de las manos apaciguadas y expectantes sobre el teclado convocando el milagro del acorde armónico, tendían misteriosamente, un día tras otro, a convertirse en pequeños preceptos de moralidad. Después de las reiteradas y veloces escalas, al dar por terminada la clase, el maestro le dejaba cerrar el piano al alumno, y cada vez que él, con las manos aún encendidas, bajaba cuidadosamente la pesada tapa sobre el teclado y en el último instante la dejaba caer, la entraña del viejo piano le obsequiaba con una honda resonancia que era como una señal amistosa y una promesa de futuro. Era como si, durante aquellos días felices, la música fuera la única urdimbre con la que se trama la vida, y entre las cinco pautas del pentagrama estuviera cifrada la belleza que le reservaba el mundo. En esa adolescencia tan precaria, memorizar una partitura deviene algo más que cumplir un trámite para educar el oído musical; también, aunque él no podía saberlo entonces, el espíritu y el ritmo que anidaba en el pentagrama habría de penetrar en la sangre y convertir en memorables algunas lecturas de sus autores predilectos.

¿Y ahora todo ha terminado?, se pregunta. ¿El pianista de nueve dedos está condenado a ser un fenómeno de feria? Tal vez ni siquiera eso cabía esperar, puesto que en casa seguía sin haber dinero para más clases -suponiendo que el profesor Emery quisiera retomar algún día al alumno de nueve dedos- y mucho menos para alquilar un piano, y no digamos para comprarlo. Ya veremos si puede ser más adelante, le había dicho su madre al quitarle las clases. No hay mal que cien años dure, hijo, y de momento, si tanto te gusta la música, ¿por qué no te entretienes con una armónica?

Con estas mismas palabras lo soltó, Gorry. ¡Hay que joderse!

No juzgues a tu madre.

No es mi madre.

¡Jamás digas eso, desgraciado!

Si entonces me aconsejó la armónica, ¿qué me aconsejará ahora? ¿Que pruebe con una flauta?

El gorrión está dentro del lavabo y le mira de soslayo con su ojo muerto, sin dejar de picotear unos insectos que salen del desagüe: así es como a Ringo le gusta verle en cualquier lugar y momento, depredador, parlanchín y vengativo, picoteando con la mayor desvergüenza todo lo que puede. Mientras, sentado en un taburete frente al lavabo y mirándose en el espejo, él se deja quitar el vendaje sin una queja. Rojas estrellas de yodo salpican la loza blanca de la pileta y finalmente ahuyentan al pardal.

– ¿Qué estás murmurando?-dice su madre, de pie a su lado con un imperdible en la boca-. Levanta el brazo. Luego te lavaré el pelo, que no veas cómo lo tienes.

– Es que no me puedo duchar.

– Claro que puedes, dejando el brazo fuera.

– Podría caerme.

– Podrías dejar de decir tonterías.

Ha tirado la venda sucia a un cubo debajo del lavabo. Con una gasa presiona las amarillentas zonas de pus en torno a la sutura del muñón, corta un punto y limpia la herida con agua oxigenada, pero en ningún momento se quita la aguja imperdible de la boca. Cada vez se parece más a la abuela, piensa él mirando el imperdible. Imagen del permanente quehacer doméstico, la abuela Tecla, haga lo que haga, esté barriendo o cosiendo o pelando habas, siempre lleva un imperdible en la boca.

– ¿Te ha dolido? Tenías un punto infectado.

– No me ha dolido -miente él-. Lo que me duele es la uña. ¿Por qué me chincha de este modo? ¿Cómo puede ser que me duela la uña, si ya no la tengo?

– Ya sabes, duele aquello que no tenemos. Tú siempre has creído en fantasmas, y además hablas con ellos, ¿no? Pues no sé de qué te extrañas. La uña te duele porque ya no la tienes.

– Es que a veces me duele mucho. Y también este hombro.

– Te creo, hijo.

Examina la hinchazón de los nudillos y aplica más tintura de yodo en los puntos. El chico arruga la nariz ante esa mano amoratada que ofrece un aspecto tan deplorable, como si la hubieran machacado y después inflado con aire, y observa el delicado revoloteo de las manos enrojecidas de su madre en torno al dedo perdido.

– ¿Desde cuándo eres zurda, madre?

– Desde que nací, supongo. Estate quieto.

– Jack el Destripador y san Pablo también eran zurdos.

– Pues no es ningún consuelo, la verdad -sonríe, busca la cara del chico reflejada en el espejo y añade-: Pero a tu padre le divertirá saberlo.

El Matarratas lleva ahora mucho tiempo fuera de casa y él no desea en absoluto preguntar cuándo volverá. Hace poco andaba por la comarca del Panadés con tío Luis y su brigada raticida, cumpliendo muchos encargos en bodegas y almacenes y hasta en algunas masías, según le dijo su madre, había una plaga de topillos en los sembrados, y él sospecha que son encargos no autorizados oficialmente, es decir, comisiones a particulares al margen de la legalidad laboral, y seguramente por eso más lucrativas. También sabe que el Matarratas trabaja a menudo solo y por su cuenta. Ha empezado a pensar en ello, recelando aún no sabe de qué, y dos noches seguidas ha tenido el mismo sueño: vestido como el mago Fu-Ching, su padre introduce en un sombrero de copa una pistola todavía humeante y acto seguido extrae una rata muerta con espumarajos verdes en la boca… En todo caso no espera ni desea que su madre le aclare los recelos, pues intuye que, de algún modo, y no sabría decir por qué razón, hablar de eso la haría llorar. Espera oírla decir a ella también algún día: Ya no me verás llorar nunca más, ni por eso ni por nada.

– Los Biosca tienen un piano en su casa. Son buenos vecinos, ¿verdad, madre?

– Pues sí.

– ¿Crees que me dejarían practicar escalas, un ratito cada día, si tú se lo pides?

– No. ¿Olvidas que tienen a la pobre Rosita muy enferma? Lo que debes hacer ahora -dice su madre mientras aplica una gasa limpia sobre el muñón- es tener más cuidado con esa mano. Déjala quieta, espera al menos a que la herida cicatrice…

– No me pidas eso -suplica él-. Debo seguir practicando. Es bueno hacer dedos, aunque sea sobre la mesa, ya que no tengo piano. También podríamos comprar un teclado, no son muy caros, me lo dijo el profesor Emery.

Ella menea la cabeza, contrariada.

– No te entiendo. ¿Quieres explicarme por qué siempre llevas encima tus cuadernos de solfeo, dondequiera que vayas?-Busca las palabras adecuadas, el tono más dulce al añadir-: ¿Por qué sigues estudiando esas partituras, hijo? ¿De verdad crees que algún día podrás tocar el piano, con esta mano?

– ¡Pues claro! Seré un pianista con nueve dedos. Y qué.

Pasen y vean, señoras y señores. DOMINGO KID, EL GRAN PIANISTA DE 9 DEDOS. Ya ve los carteles que lo anuncian en las salas de concierto. «Rapsodia húngara número 2» con 9 dedos. ¿Por qué no iba a ser un buen reclamo? Así es como se ve en el escenario, el joven virtuoso saludando y el piano de cola abierto a su lado como una dalia negra, saludando al público una y otra vez con la cabeza gacha, despeinado, ojeroso, arrebatado, recibiendo los aplausos con la famosa mano mutilada en el pecho después de interpretar la sonata número 14 en do menor de Mozart, su preferida. Y quién sabe si no habrá algún concierto para la mano izquierda solamente, quién sabe.

Mientras, su madre coge la mano privilegiada y frota con el pulgar los dedos entumecidos, estimulando la circulación.

– Esto me lo enseñó Victoria Mir. -Suavemente, uno por uno, masajea los cuatro dedos. Al cabo de un rato añade-: ¿Es verdad lo que dicen, hijo? ¿Que salió de casa medio desnuda y quería tirarse debajo de un tranvía?

Contrariado, él chasquea la lengua.

– ¿Qué tranvía? Allí no había ningún tranvía.

– Entonces, la cosa no iba en serio.

– Pues claro que no. Fue un camelo, una tomadura de pelo, pero a mí no me engañó. Si hasta se durmió un ratito sobre las vías, y roncaba…

– ¡Anda ya! -Se queda un rato pensando-. Pobre Victoria, siempre la han criticado… ¿Y su hija qué hizo? Saldría a ayudarla.

– Había ido a la playa con una amiga. Bueno, eso dijo su madre entonces. Porque al cabo de un tiempo, en el bar, la oí decir a la señora Paqui que Violeta aquel domingo estaba en casa… O sea, que la pobre señora no se aclara, está pirada, no carbura.

– ¡Tú sí que no carburas! ¿Y qué decía la gente, al verla tirada en la calle de aquel modo?

– Bueno, no sé, es que yo iba leyendo -responde con desgana, sin ningún interés por el asunto. Se ve allí de nuevo, entre los mirones, pero con el pensamiento lejos y un viento helado en la cara, el libro predilecto en la axila y fascinado por una pregunta: ¿qué fue a buscar el leopardo allá arriba? De algún modo percibe detrás de esta pregunta germinal el sentido y el fulgor del lejano enigma sobre la nieve como algo mucho más cercano e interesante que el grotesco espectáculo de la señora Mir tumbada sobre las vías truncas.

– Entonces, no es verdad que se desmayara -dice su madre.

– Qué va. ¡Estaba bien despierta! Pero verás, sí que pasó una cosa rara… Madre, ¿alguna vez le dijiste a la señora Mir que yo estudiaba música?

– No creo. ¿Por qué?

– Porque esta bruja lo sabe. Me lo dijo allí mismo, así de pronto.

– ¿Y qué tiene eso de raro? ¿No andas siempre de acá para allá con tus partituras?-De nuevo se queda pensativa-. Pero caray, eso, lo de tumbarse en medio de la calle… ¿Por qué lo haría?

– Porque está mochales, madre. Está como una cabra.

– No hace falta insultar a nadie ¿me oyes? Y además no es verdad. Pobre Victoria, no ha sabido preservar su vida privada, es cierto, pero ¿quién puede hoy tener vida privada? Esta mujer ha pasado lo suyo, ¿sabes? Ha estado varias veces a punto de abandonar a su marido para irse a vivir a Badalona con su suegra, que siempre le dio la razón frente a su hijo y la aprecia mucho. Y en Francia tiene un queridísimo hermano que tuvo que irse porque aquí lo querían matar por rojo. Se llama Ramiro. Yo lo traté, es una buena persona, pero Victoria ni siquiera lo podía nombrar en su propia casa. Ahora, de vez en cuando, recibe noticias suyas por mediación de amigos, tu padre está al corriente…

– ¡Lo sabía! -Ringo ensaya una mirada incisiva sobre su madre-. Ese Ramiro debe de ser el que le vende a padre el veneno francés, que es mejor y más barato que el que gasta la brigada. ¡A que sí!

Sorprendida y risueña, ella se encoge de hombros.

– Pues no sé, hijo, tu padre nunca me habla del trabajo… Lo que iba a decir es que a Victoria, su marido le dio mucho maltrato. Y que, si bien ella no le vio empuñar la pistola delante de la iglesia cuando a ese sinvergüenza le dio aquel terrible ataque, no me extrañaría que la pobre, entre una cosa y otra, se hubiera trastornado un poco.

– Fue el día de la serpiente, ¿verdad? Detrás del altar había una serpiente venenosa que se alimentaba de ratones…

– No digas bobadas. No había ninguna serpiente.

– ¡Claro que sí! Por eso él estaba allí. ¿A qué habría ido sino? Nunca habría entrado en una iglesia, de no ser porque había ratones y una serpiente.

Recuerda que el día antes del suceso su padre había regresado de Canfranc con un veneno más potente que ninguno, tres botellas de coñac francés, cartones de tabaco rubio, una bolsa de piedras de mechero y un frasco de perfume para su Alberta flor de mi vida. Y que al ser requerido para el servicio comentó: Parece que una culebrilla ha asustado a las monjas.

– Bueno, sí, fue por eso -concede ella-. Pero nunca sabremos lo que pasó realmente, porque tu padre lo cuenta a su manera… Ya sabes cómo le gusta burlarse de estas ceremonias.

Fantochadas imperiales, paparruchas azules, mostrencas genuflexiones y aleluyas y biliosos ritos cuarteleros de unos mamarrachos en connivencia con el clero, entonaba ya de entrada el Matarratas. El marido de la sanadora, el falangista mejor peinado que has visto en tu vida, un domingo del pasado invierno se plantó al pie de la escalinata del templo y esperó la salida de los feligreses de misa de doce con la pistola en la mano porque, al parecer, una voz interior le había dado la orden de disparar… Así empezaba una funesta historia que el chico oyó contar en dos ocasiones, y en ambas acababa siendo ciertamente lo que su madre decía: un relato blasfemo y torticero, manipulado sin escrúpulos por su padre, con las costuras rotas para provocar la risotada y la complicidad de los oyentes afines a su ideario y también con una secreta furia interior, a ratos mal reprimida. Era incapaz de contarlo como no fuera empleando la sorna revanchista y bronca que había acabado por enronquecer su voz.

La primera vez que el chico oyó contar la tragicómica hazaña del alcalde Mir fue en la taberna, y la segunda durante una alegre comida con el tío Luis y tres compinches más de la brigada, invitados a una paella casera en cuya elaboración no dejó intervenir a su Alberta flor de mi vida y faltó un pelo para que se le quemara el arroz. Contó el Capitán Matarratas ese día, empleando el tono más socarrón y campanudo -aunque, a ratos, detrás de esa voz impostada parecía querer asomar otra que Ringo recordaba con temor y tristeza, una voz confidencial teñida de amargura, ahogada por el odio, la desesperanza y la fatalidad-, contó, mientras rascaba el arroz pegado en el fondo de la paella jurando que allí quedaba lo mejor, que nuestro alcalde de barrio, el año anterior, cuando todavía aparentaba buena salud, solía acudir a la misa de doce en el monasterio de San José de la Montaña, que está un poco más arriba de la Travesera de Dalt. Iba siempre solo y luciendo sus galas frentejuveniles más vistosas, camisa azul y boina roja prendida al hombro, guantes negros y correajes bien lustrosos, con su pistola de escuadrista en la funda sujeta al cinto. Cosidos en la camisa lucía el águila alemana y el escudo divisionario. También llevaba colgando sobre el pecho sus viejas antiparras de campaña, como si viniera directamente de otear bolcheviques en la estepa rusa bajo las banderas del III Reich, en el frente arrasado del lago Ilme, por ejemplo, entre Novgorod y el río Weresha. ¿Nunca habéis visto comulgar a un ex combatiente de la Wehrmacht con antiparras en el pecho y pistolón al cinto? ¡Hostia, vale la pena!, decía el impune fabulador después de reclamar el porrón a sus invitados, para trasegar, sin perder la sonrisa, el chorrito de vino tinto previamente estrellado sobre los dientes, como hacía la abuela Tecla en el pueblo, y luego proseguir con la voz más lubricada y jocosa:

En realidad no había motivo para toda esa parafernalia, porque en toda la campaña rusa el voluntario Altamirano no disparó un solo tiro: se apuntó como pinche de cocina y volvió como tal. Pero esto sólo lo sabían su mujer y unos pocos más. Veamos ahora qué pasó este sombrío y desapacible mediodía de finales de noviembre durante la misa de doce en el monasterio de San José. Había crespones negros en el templo y en el cielo y en los ojos de la feligresía; en verdad la piadosa gente parecía estar viviendo un interminable Día de Difuntos un día sí y otro también, y el camarada imperial estaba postrado en el reclinatorio del banco, en primera fila, y nada más empezar la misa le vieron incorporarse, hacer una genuflexión y abandonar la iglesia, compungido y con los ojos húmedos. No era ninguna puñetera novedad. Según diversos testimonios recogidos in situ por menda poco después, pues casualmente ese mismo día fui enviado allí por nuestro excelentísimo Ayuntamiento a inspeccionar, a petición de las monjas del monasterio, una de las capillas laterales del templo -el día antes una anciana beata se había desmayado del susto al ver allí una enorme rata, o una serpiente dormida, no estaba segura-, el camarada Mir incurría en ese extraño comportamiento por segundo domingo consecutivo. Justo en el momento del confitero deo, ¿se dice así?, cuando los devotos fieles responden en voz baja mea culpa, mea culpa, mea máxima y grandísima culpa, ¿se dice así?, el piadoso ex combatiente abandonaba el reclinatorio y la misa, bajaba por una de las dos escalinatas que dan a la explanada y se quedaba quieto al pie de la misma, ensimismado e inaccesible como un centinela, erguido, guapetón, fúnebre y oscuro, con una oscuridad resplandeciente, canturreando alguna majadería falangista, según dicen, hasta que, terminado el oficio, veía bajar a los feligreses. Entonces, el ex divisionario se plantaba ante ellos susurrando confusas jaculatorias y sacaba la pistola de la funda, apoyaba el cañón en la sien, gritaba ¡Viva Cristo Rey! y acto seguido hacía ¡pum, pum! sonriendo con su boca llena de dientes de oro y adornada con el fino bigote de alférez provisional-cadáver definitivo, según la sarcástica acotación del narrador destinada a arrancar risotadas del auditorio, un detalle nuevo que venía a adornar un relato que llegaría a ser archisabido. El chico creía recordar que en la primera versión ofrecida en la barra del Rosales, mientras el señor Agustín le llenaba su vaso de vino por enésima vez, no había mencionado para nada el bigote ni los dientes de oro.

Los chillidos de algunas feligresas de San José pudieron oírse en el Tibidabo. Había indicios suficientes para suponer que nuestro hombre se estaba volviendo majara, pero aquella buena gente que salía de purificarse prefería mirar discretamente hacia otro lado, y además ni el Ayuntamiento del distrito ni la sede local del partido, que el señor alcalde frecuentaba en razón de su cargo, tampoco parecían haberse dado por enterados. Ya andaba un poco tocado del ala cuando regresó de Rusia; según declaró después su mujer, desde que se había recortado aún más el bigote derrochaba en todo lo que hacía una extraordinaria vehemencia y resolución, pero ciertamente actuaciones más extravagantes e imprevisibles se han visto y se ven casi todos los días entre los miembros de esta aguerrida milicia, argumentaba el Matarratas, porque así son ellos, compañeros, así son estos mequetrefes azules, así son estos tiempos de infamia y sacristía. Y hasta veía probable que los responsables del santuario y la misma feligresía interpretaran aquel disciplinado alarde del atildado ex divisionario como una viril ofrenda guerrera en tiempo de paz, un rito o una costumbre castrense inspirada tal vez en un piadoso voto, en alguna secreta querencia expiatoria. Este hombre está purgando algo, pensaron algunos. Pues entonces, quizá por eso, se afeitó el bigotito.

En cualquier caso, alguien lo consideró inapropiado y ofensivo y lo denunció, y el camarada Ramón Mir Altamirano fue requerido en la Delegación Local de Falange de la plaza Lesseps para que se explicara ante el jefe, que era amigo suyo. Allí se encogió de hombros, se agarró la bragueta con ambas manos y se encomendó a los luceros, jurando que se trataba de un asunto de honor, un homenaje personal a una valiente amiga que estaba jugándose la vida por una buena causa. Ya no es la hora del épico afán, camaradas, es la hora de la íntima expiación, dicen que dijo. Y que ese era su estilo y que no pensaba disculparse, y que, joder, camaradas, su adhesión seguía siendo inquebrantable y no estaba dispuesto a añadir nada más al respecto. ¿De qué puñetera expiación hablaba? ¡El diablo lo sabe! Fue amonestado seriamente y conminado a no andar por ahí presumiendo de uniforme y asustando a la gente, de lo contrario la próxima vez tendría que rendir cuentas en la Jefatura Provincial del Movimiento y podía verse expulsado del partido y desposeído de la alcaldía de barrio.

Sin embargo, la vistosa pantomima se repitió puntualmente el domingo siguiente, con una estruendosa variante que nadie esperaba. Paseando el rostro demudado, como en actuaciones anteriores, el hombre abandonó el templo al iniciarse el mea culpa colectivo, y, una vez afuera, volvió a descender la escalinata situándose muy tieso al pie de la misma. Quienes desde la explanada le vieron plantarse allí con su fúnebre uniforme y sus correajes, erguido, asilvestrado, con la belicosa mandíbula al viento, como un heraldo negro imperturbable anunciando años de plomo al servicio de una causa inaplazable e ineludible, dijeron que permaneció en esa actitud no menos de media hora, lo que duró la misa. Y que durante un breve instante, tan breve que muy pocos de los presentes acertaron a verlo, se arrodilló y rezó con fervor y con un tembleque tan acusado que parecía un hombre arrodillado en mitad de la blanca y desolada estepa rusa; juraría que en este momento, mientras se encomendaba a Dios y a la patria, pensó que la nieve de Novgorod crujía bajo sus rodillas. Poco después, alguien le preguntó si se encontraba mal, y él con gesto avisado respondió: ¿le importaría repetir la pregunta,krysij?, y acto seguido, viendo a los feligreses salir de misa y bajar por la escalera, empuñó la pistola con la mano izquierda, lanzó el ¡Viva Cristo Rey!, apoyó el cañón en la sien y apretó el gatillo, pero no pudo decir ¡pum! La palabra se le quedó trabada en la garganta y la cabeza se le fue violentamente hacia un lado, porque esta vez la pistola escupió una bala de verdad.

El resto ya no tiene gracia, concluye el Matarratas. Avisaron a su mujer, pero ¿sabéis quién acudió de parte suya a ocuparse de aquel guiñapo azul que se voló la oreja y parte de los sesos? El fulano que se entendía con su mujer, el cojo, un tipo esquinado. Él lo acompañó en la ambulancia. Mir salvó el pellejo después de no sé cuántas operaciones en la mollera, y cuando salió del hospital tenía menos cerebro que una cucaracha. La bala le mordió el lóbulo izquierdo del cerebro y lo dejó lelo. Decía incoherencias, iba mamado todo el día y se caía por la calle. Su madre, una viuda de la guerra que vive sola en Badalona, y que lo odia desde que se hizo falangista, no quiso ni verlo. Tal vez él mismo se buscó esa bala, tal vez esa bala siempre estuvo en la recámara, esperándole, incluso cuando usó la culata para clavar la placa del Sagrado Corazón en la puerta de su casa. En cualquier caso, seguro que su gentuza se haría algunas preguntas… ¿Fue su mano la que metió la bala en la recámara? Las carga el diablo, siempre se ha dicho, pero ¡Virgen Santísima!, ¿es que también carga las armas de nuestros heroicos cruzados? ¿También nuestras armas, bendecidas por los obispos, las carga el Maligno?

– No era su pistola reglamentaria -añade el Matarratas-. Era una Welther del 6,35 que se trajo de Alemania. Pero el dedo que apretó ese gatillo no era el suyo, era el nuestro.

– Ya estás diciendo barrabasadas, Pep -protesta Alberta flor de mi vida mientras le sirve otra ración de arroz al más joven de la brigada-. Tú come y no le hagas caso, Manuel.

– No sé. Tratándose del camarada Altamirano…

– ¡El falangista mejor peinado que has visto en tu vida, nano!

El tío Luis dice que alguien le aseguró que estuvo en Málaga, cuando la guerra, y que participó con las falanges de Queipo en las represalias.

– Tratándose de él, todo es posible -opina Manuel. Y recuerda al sujeto presuntuoso y pechugón, de negros cabellos planchados, recia mandíbula y ya sin bigote; pero que cuando hablaba, y sobre todo cuando gritaba, se diría que aún lucía bigote-. No he vuelto a ver a este cabrón desde que me tropecé con él en la calle, hará cosa de un año. Lo acompañaba una fulana despampanante, una china. Se disponían a entrar en la comisaría de Travesera de Dalt y la mujer se paró en la acera para pintarse los labios, y eso a él lo cabreó de tal modo que le arrebató el pintalabios de mala manera y quería hacérselo tragar…

– Esa que dices -corta el Matarratas-, no tiene de china ni las pestañas. Es una puta confidente de la bofia, ya os hablé de ella. Es peligrosa.

– Lo sabemos -dice el tío Luis. Y añade con sorna-: Bueno, ¿y qué hay de la serpiente? ¿No has dicho que fuiste por una serpiente que se coló en la iglesia y asustó a una anciana beata? Creo recordar que hay huertas y una alberca, al lado de ese monasterio…

– Era una serpiente de escayola. Puro yeso pintado de verde. Parecía de verdad, la cabrona. Estaba detrás del confesionario, se había desprendido de una imagen de la Inmaculada Concepción, una reliquia tan antigua que se caía a trozos. Un pedazo de escayola, ya sabes, esa culebra enroscada bajo los pies de la Virgen. Cuando la vi en el suelo estaba igual de enroscada y quieta, con el dedo gordo del pie de la Virgen sobre uno de sus anillos. Todo el jodido asunto no era más que puro yeso roto, y estaba allí, en el suelo. Las monjitas creían que se podía solucionar con algún pegamento, pero la cosa no tenía arreglo… Pásame el porrón. ¿No quieres postre? Prueba este melocotón, anda. Córtalo en trocitos y échalos en el vaso de vino. El mejor postre es el que te permite seguir bebiendo, lo demás son mariconadas. ¡Que no sabéis comer como Dios manda, hostia!

– Bueno, a ver. Estábamos hablando de la pobre Victoria.

– La señora Mir está un poco locatis, madre, lo sabe todo el mundo.

– ¿Por qué le tienes tanta manía, hijo? Es una mujer extremada, pero es buena persona. No debes creer todo lo que dicen de ella.

Todo no, claro, piensa él, porque ciertamente se oyen cosas increíbles; por ejemplo, una tarde de domingo, un parroquiano del bar Rosales dijo que a esta mujer le faltaba un tornillo y le sobraba un chumino, lo que provocó grandes risotadas en los adictos al pitorreo de baja estofa. Por supuesto, eso no se lo va a contar ahora a su madre, ya que al parecer ella y la señora Mir habían sido buenas amigas. Pero a esta mujer se le atribuían chuscas historias con tipos más bien impresentables, que nunca eran del barrio, y él había oído hablar de un vendedor ambulante que ya no sabía lo que vendía, un haragán y borrachuzo que presumía de orgullo y hombría negándose teatralmente y a grandes voces -pero sólo durante un rato- a que ella abonara su consumición en el Rosales; según la propia señora Mir le comentó un día a la tabernera, era un guarro que nunca se lavó los dientes y sus besos estaban llenos de semillas de tomate. Y luego hubo otro que tal, un antiguo conocido, enfermero jubilado y diabético, un pobre diablo que le duró poco porque se murió; y decían de más tíos así, a cuál más derrotado y fantasmón, hombres como sombras que parecían buscar una taberna donde esconderse del mundo.

Y no es que él preste oídos a las chafarderías del barrio ni comulgue con este cachondeo tabernario, pero, aunque en su vertiente humorística y rijosa la maledicencia podía no tener la menor gracia y ser muy injusta y muy grosera, con todo él prefiere eso al chismorreo hipócrita y a las habladurías envidiosas que circulaban acerca de los romances risibles y apolillados de la reina de las friegas, esta presumida que empieza a ser un vejestorio y a comportarse como tal, que va pintada como un cromo y gasta una coquetería y un aroma de pasiones rancias, insustanciales e improbables: el personaje se le antoja tan chusco, chabacano y ridículo, que le parece inverosímil. No le interesa, no se lo cree. El mero hecho de verla cruzar la calle y pararse para enderezar la costura de las medias le provoca la risa; se enrosca en sí misma muy despacio, con un estudiado aire de abandono y complacencia, y se demora tanto en el balanceo del brazo hasta alcanzar a tocar la media, que la costura, antes de que la mano llegue a ella y como por arte de magia, se ha enderezado sola. Y verla acto seguido dirigirse al bar contoneándose sobre sus insensatos zapatos de altísimo tacón y meneando el pandero, eso ya se le antoja el colmo. Pero precisamente porque el personaje es tan real, tan próximo y cotidiano, le irrita y le conturba; lo ve demasiado ligado a la grisura del barrio, a las pequeñas simulaciones, añagazas y miserias que el trato con los demás impone irremediablemente todos los días.

¿Y qué maldades dicen ahora, por dónde va el chismorreo, hijo, qué se comenta en el Rosales?, inquiere su madre mientras le examina las uñas. Bueno, pues no sé, parece que esta chifladura que le dio en la calle fue porque un señor casado y bastante mayor, un tal Alonso, había roto su idilio con ella. Se decía que durante una sesión de friegas tuvo una terrible disputa con este hombre, que venía tratándose de fuertes dolores en la pierna coja, y hubo gritos y bofetadas, no se sabe si de él a ella o al revés, y que acto seguido él habría decidido plantarla allí mismo. ¡Ahí te quedas con tus manitas de plata y tus pomadas y tus celos, rubia presumida!, dicen que le dijo, yo no me invento nada. Y que ahora ella esperaba una carta, no había día que no pasara por el bar preguntando si había llegado la carta, en fin, eso es lo que cuenta la señora Paquita a quien quiera escucharla. Por lo demás, acerca de su querido, se sabía muy poco; que no vivía en el barrio, y que era o había sido futbolista y tranviario. Llevaba un anillo de hueso que se hizo él mismo, por lo que el señor Agustín decía que era un hombre que había salido de la cárcel…

– ¡Caray, y dices que no te enteras! -comenta su madre-. No sé, no conozco a este hombre, pero me consta que ha sido muy amable y considerado con Vicky.

– Oh, sí, claro -recuerda divertido-. Le llevaba rosas.

– ¿Rosas?

– Rosas de papel. Azules. Cada domingo le veías en el bar con su rosa azul, haciendo tiempo para la cita con la señora Mir… Yo no me invento nada.

– Pero no dices más que tonterías. ¿Cómo iban a ser de papel? No se regalan rosas de papel.

– ¿Que no? ¿Has vistoEl ladrón de Bagdad, madre? ¿No sabes que el que huele la Rosa Azul del Olvido ya no recuerda nada de su vida pasada…?

– Déjame de películas. Y estate quieto o te haré daño. -Procede a recortarle las uñas antes de vendarle la mano, y añade reflexivamente, como si hablara para sí misma-: ¿Y cómo puede decir la gente que Victoria abofeteó a este hombre, quién la vio hacerlo? Y luego, porque él le dice que va a dejarla, ¿por eso tiene que sentarse en las vías y organizar una escandalera en medio de la calle? Victoria siempre fue un poco rara, pero tanto como para eso…

No se conforma con las apariencias. Tiene que haber algo más, dice, o no se habría expuesto a una situación tan absurda y tan previsiblemente condenada a convertirse en la rechifla del vecindario. ¿O tal vez no había por qué recelar de una verdadera tentativa de suicidio, aunque las vías estuvieran en desuso? Familiarizada con el lenguaje médico, apunta la posibilidad de que su antigua compañera de trabajo hubiera sufrido una especie de psicopatía, un trastorno transitorio de la personalidad.

Ringo no muestra interés en aclarar las dudas de su madre. Respecto al señor Alonso, sólo podía decir que era un tipo raro que hablaba poco, y que ya no frecuentaba el bar. Lo recuerda sin ganas: solía sentarse a una mesa del fondo con la americana echada sobre los hombros, bebía picón o carajillos de anís y a veces hacía solitarios, o bien observaba con expresión hosca a los muchachos jaraneros que, antes de decidir si irían a bailar al Verdi o a La Lealtad, mataban el aburrimiento de la tarde del domingo en torno al futbolín. ¿Cómo era el señor en cuestión? Huy, el parroquiano más listo del Rosales necesitaría un millón de palabras para explicar lo que este hombre daba a entender con una mirada. Pero bueno, así a primera vista parecía más bien una birria de tío que cojea de una pierna, entrado en años, bastante feo, alto y flaco y un poco patizambo; podía añadir unos ojos claros y el narizón aguileño, muchas arrugas en la cara, una boca de pez que da grima y cabello blanco muy abundante peinado hacia atrás, pero su madre ya tiene suficiente.

– Vaya, nadie diría que no te has fijado.

– Bueno, es que el tío se hacía notar, ¿sabes? Todo el rato gastándole bromas a la señora Paquita… Que yo no me invento nada.

No quiere ser más explícito, las rancias galanterías del cojo con las mujeres le importan un pimiento. Pero en su fuero interno le tiene por uno de esos hombres que seguramente vale la pena escuchar cuando hablan de mujeres. Un tipo taciturno pero de mirada elocuente, pausado en el habla y en los gestos, incluida la sonrisa, acaso lo más parsimonioso y grato de su persona. Solía llevar una flor en el ojal. Se dejaba ver siempre los domingos por la tarde, llegaba quince o veinte minutos antes de las seis y se sentaba a la misma mesa. Cuando daban las seis se levantaba, devolvía la baraja en el mostrador, cambiaba con Agustín o con su hermana algunas palabras en voz baja, sobre todo con ella, que solía escuchar sonriendo azorada, pagaba su picón y se largaba a casa de la rubia a por sus fricciones de espalda y de la pierna mala, o de la entrepierna o quién sabe qué, que los chismes daban para mucho. A veces, entre semana, también venía.

Así había sido durante casi un año, desde un lluvioso domingo de mayo que le vieron por vez primera entrar en el bar con un diario mojado sobre la cabeza y preguntar dónde vivía una enfermera o sanadora que le habían recomendado encarecidamente, una tal doña Victoria López Ayala, natural de un pueblo de Segovia y casada con un tal Ramón Mir, y que no tenía teléfono. Sabía todo eso de ella, y aún parecía saber más, y llamó la atención desde el primer momento. Aparentaba unos cincuenta y pico, pero visto de cerca uno se daba cuenta de que era bastante más viejo. Con todo, había un brillo juvenil, malicioso, en su mirada. Llevaba una americana de hilo azul claro de buenísima calidad, pero bastante desgastada y derrengada, con desfondados bolsillos, y todo en él, a pesar de su natural elegancia y pulcritud, tenía una impronta marginal, un aire de suburbio. Me dieron una tarjeta de esta señora y no sé dónde diablos la he metido, sólo sé que vive en esta calle, gruñó mientras hurgaba en sus bolsillos. La señora Paquita salió del mostrador y le indicó la casa, veinte metros más arriba y en la acera de enfrente, mire, desde aquí se ve, el portal ciento diecisiete.

El hombre arrojó el periódico empapado en un cubo donde algunos parroquianos dejaban sus paraguas, rebuscó la tarjeta en los bolsillos durante un rato, la dio por perdida definitivamente, pidió un café y, sonriendo, murmuró:

– Le va bien el nombre.

– ¿Cómo dice?-inquirió la señora Paquita.

– La calle. Estamos en el Torrente de las Flores, ¿no? Pues el nombre de la taberna, Rosales, le va que ni pintado a la calle.

– Ah, bueno -sonrió ella, halagada-. Es que nuestro apellido es Rosales.

Aquel primer día se bebió su café ardiente de un trago, sin una mueca, y luego se metió de nuevo bajo la lluvia cruzando la calle hacia el portal 117. La tarjeta de la señora Mir apareció después, detrás del cubo con los paraguas.

Su madre guarda una igual, junto con una estampita de la Virgen, dentro de un libro de Apel.les Mestres con dibujos de hermosas hadas y ondinas.

Victoria Mir

Quinesióloga y Quiromasajista. Experta en dolencias

lumbares y dorsales. Tratamiento de las neurastenias del tejido

muscular, nervioso y emocional. Horas convenidas.

Eso dice la extravagante tarjeta, que ella misma se inventó. Es de fabricación casera, una pequeña cartulina escrita a mano con tinta verde y una caligrafía primorosa y apretujada. Su madre opina que la palabra quiromasajista parece un tanto rebuscada y pretenciosa, pero quién no presume de algo hoy en día con tal de salir adelante. La buena mujer dice haber sido alumna del doctor Ferrándiz, el naturalista fundador de la Escuela Quiropráctica, se las da de psicóloga y cultiva resabios de una terapia basada en el palpo. Incluso el Matarratas, tiempo atrás, recuerda el chico, pensó en solicitar sus buenos oficios para aliviarse de un persistente dolor en las cervicales. Le gusta parlotear mientras machaca músculos y tendones, comenta su madre, y juraría que no es ajena a ciertas prácticas de curandera, pero con eso no hace mal a nadie. Al parecer consigue algo más que curar un simple dolor de espalda. Dicen que detecta tumores antes de que se formen, sobre todo en las mujeres. Se conocieron en los turnos de noche de la Clínica Nuestra Señora del Remedio, cuando Victoria Mir trabajaba todavía de enfermera. El título se lo habían dado gracias a una maniobra de su marido falangista, pero sabía manejar muy bien a los enfermos.

– El doctor Goday opinaba que sus friegas y sus tratamientos herbarios no había que tomarlos a broma. Un día se ofreció a darme un masaje capilar que me dejó como nueva -dice mientras empieza a vendarle la mano-. Por cierto, ¿tú no habías salido con su hija?

– ¿Violeta? ¡Qué va! Es muy mayor.

– Dos años más que tú tendrá. Diecisiete, no más.

– Bueno, pero es una birria de chica. -Cierra los ojos y la ve en la taberna, esperando de pie y como alelada que le llenen la botella de vino o le entreguen el sifón. Cuello largo, encías descomunales y rosadas al sonreír, pelo rojizo, tetas menudas y culo pimpante. Nunca confesará que ese aparente desarreglo, esa descompensación entre culo y tetas, es precisamente lo que más le atrae de la chica-. Y además es un poco sorda. No vale nada.

– ¿Ah, no? Mira el guapito. Pues me dijeron que el verano pasado, en la fiesta mayor, la sacaste a bailar más de una vez.

– Pero no me gusta, madre. ¡Brrrrr!

No, esta chavala no le gusta, por supuesto que no. Es rara, es antipática, es un callo, y sin embargo, no hay día que no piense en sus nalgas moviéndose al cruzar la calle o girándose firmes detrás del mostrador de la papelería donde trabaja. En la zona más tórrida de sus sueños convoca una y otra vez aquella noche de verano, cuando la muchacha se refugió en sus brazos cabizbaja y callada, resignada a los furtivos achuchones en muslos y pelvis: levantó hacia él sus ojos indolentes, demasiado pegados a una nariz cuyas aletas dilatándose son lo único en su cara que parece tener vida, mientras él, al oír los primeros compases de la orquesta y sólo con rozar su cintura de avispa con la mano, ya no podía pensar en otra cosa que en ese trasero respingón que un día el QuiquePegamil tuvo tan cerca en la plataforma abarrotada de un tranvía.

– Cada domingo -añade Ringo en el mismo tono desabrido-, en invierno como en verano, aunque llueva, su madre la acompaña al baile del Verdi, a veces van al Salón Cibeles o a la Cooperativa La Lealtad. Salen de casa siempre muy juntitas, pintadas como monas y cogidas del brazo. Da risa verlas así por la calle, tan emperifolladas y arrimándose la una a la otra como si tuvieran frío o temieran caerse…

– Tú sí que das risa.

– Violetacalientabraguetas, la llaman los chicos en el bar… ¡Ay!

Se gana una colleja y la reprimenda.

– Que no te vuelva a oír semejante grosería. Pobre chica. Ninguna chica es fea, suele decir su madre, cuando se es joven no se puede ser feo. De eso nada, piensa él, aunque todavía no acierta a explicarse por qué, frente a Violeta, se siente irremediablemente atraído por esa combinación de cara fea y piernas bonitas, por qué ese desajuste resulta tan excitante.

– El vendaje más arriba, por favor, madre, hasta la mitad del brazo.

– No hace falta, así está bien.

– ¿Me prestas tu pañuelo de seda, el que te regaló don Víctor? Para el cabestrillo, en vez de la bufanda… ¡Por favor! Así es como llevaría el brazo Bill Barnes, el as de la aviación, si le hubieran derribado con su aparato…

– Presumido, además de tonto -dice su madre. Recuerda lo mucho que presumió de cabestrillo durante días y días con apenas diez años, cuando se rajó la muñeca saltando la tapia erizada de cristales de la Clínica del Remedio-. Si luego quieres merendar, hay un bote de leche condensada sin abrir y queda algo de membrillo. ¿Qué vas a hacer hoy? ¿Irás a leer al parque Güell, o te pasarás la tarde sentado en esa taberna?

– Todavía no lo sé.

– Si subes al parque, mira si encuentras orégano. Y me traes una ramita de laurel.

– No lo sé, madre, de verdad. Es que si el dedo me duele mucho, me mareo. Entonces prefiero quedarme en el Rosales, que está cerca. Es el dedo del destino ¿sabes?

– ¿Y qué haces tantas horas encerrado en esta taberna de mala muerte?-inquiere ella por enésima vez-. Con la mano así no puedes jugar al futbolín.

– No me gusta el futbolín.

Observa cómo su madre corta el sobrante de la venda manejándose con dificultad, doliéndose de los dedos metidos en los ojos de unas tijeras que no están hechas para la mano izquierda.

– Cuando sea mayor me haré rico, madre.

– ¿Ah, sí? Qué bien.

– Ya no seré joyero, seguramente ya no podré trabajar con oro ni con platino ni con diamantes ni nada de eso, pero igualmente me haré rico.

– Vaya. ¿Y cómo piensas hacerte rico?

– Además de pianista, seré fabricante de tijeras.

– ¿De tijeras?

– Inventaré unas tijeras para personas zurdas. Sí, las venderé y me haré rico.

Su madre le hace un nuevo cabestrillo con un fular de seda color verde pálido, regalo de don Víctor Rahola, y se lo anuda en la nuca dejando la mano bien alta sobre el pecho para atenuar la presión de la sangre.

– Listo -dice-. A ver si tienes cuidado o se volverá a infectar. Y ya sabes, la mano siempre arriba y te dolerá menos.

Así que la mayor parte del día está solo, sin ninguna obligación ni cuidado salvo el del dedo mutilado y la provisión de novelas que alquila en una librería de viejo de la calle Asturias. Cultiva secretamente una nostalgia de futuro y una creciente hostilidad hacia el entorno, suma tiempo y libertad para vivir intensamente cada palabra de los libros que lee, va y viene de casa a la taberna o al parque Güell con la novela en el sobaco y el brazo en cabestrillo, con mirada desapasionada pero sombría y con ojeras románticas, arrebatadamente despeinado y vistiendo con cierto desaliño, pero siempre con una tiesa y perseverante cortesía interior, una fervorosa gentileza que no tarda en convertirse en la expresión de un sentimiento de desarraigo y soledad. Ya no es un niño, ya sabe que el tiempo de las aventis nunca estuvo parado, nunca detuvo la ciega marcha del mundo, pero tiene la sensación de estar viviendo un intermedio, un paréntesis entre el taller definitivamente abandonado y el ansiado piano. La convalecencia, más larga de lo previsto, al liberarle del trabajo favorece las lecturas más caprichosas, diversas y disparejas. De Karl May a Balzac y a Dostoyevski, de Julio Verne a Edgar Wallace y a Papini, Zane Grey, Curzio Malaparte, Stefan Zweig y Knut Hamsun. De la larga mesa de saldos de la librería de la calle Asturias, del revoltijo de libros sobados y maltrechos en el que su mano todavía con los cinco dedos empezó el año pasado a hurgar en busca de tesoros, y donde una tarde había topado casualmente con la cresta helada del Kilimanjaro -un pequeño y alargado volumen de relatos de tapas blancas con tres cagadas de mosca en la cubierta-, surgía repentinamenteHistoria de dos ciudades («Era la mejor y la peor de las épocas, era el siglo de la razón y de la locura, era la época de la fe y de la incredulidad…») y, sobre todo, Hambre.

Por el día escribía con las manos envueltas en trapos, lee devotamente y subraya con lápiz el párrafo. Sin la menor inquietud, más bien con una grata sensación de alivio, considera seriamente por vez primera la posibilidad de verse obligado a ganarse la vida de otro modo, apartado de joyas y piedras preciosas, pero manteniendo la esperanza de un futuro rico en emociones, salvaguardando aquel maltrecho ideal del atormentado y aclamado concertista de piano que viaja por el mundo cosechando éxitos y enamorando a mujeres hermosas, triunfando sobre la fatalidad. Todavía llega a sus oídos de vez en cuando la respuesta armoniosa del piano del maestro Emery al caer la tapa sobre el teclado, una resonancia sostenida, honda y quejumbrosa, como si también el entramado de cuerdas y macillos en la entraña del viejo Steinway lamentara su forzoso aunque provisional alejamiento de la música. En cualquier caso, es prácticamente seguro que el día de mañana no será un orfebre asalariado en ningún oscuro taller, resignado para siempre al soplete y al cajón forrado de zinc sobre las rodillas, y de hecho su madre y su padre ya están considerando otras opciones laborales para cuando esté curado.

¿Podía el destino haberse manifestado de otra forma, menos cruenta y dolorosa? Podía, piensa, pero tal vez ha sido mejor así, de golpe y por sorpresa.

6 El gorrión bajo la lluvia

La historia de este chico no es muy ejemplar.

Para empezar, en el verano de 1943, durante las vacaciones escolares en casa de los abuelos paternos en el pueblo tarraconense de San Jaime de los Domenys, su actividad predilecta, aquella a la que dedica más tiempo y entusiasmo, además de los alegres chapuzones en las balsas de regadío y de las correrías con los muchachos del pueblo por los trigales bajo el sol radiante de julio, es disparar a los pájaros con una escopeta de balines en el huerto del abuelo. Todavía no ha conseguido matar a ninguno, pero no ceja en su empeño. Agazapado y con la vista fija en la frondosa higuera, acecha durante horas cualquier fugaz aleteo o movimiento de las ramas. Por menos de nada, dispara. Tiene el chico poco más de diez años y esos disparos de aire comprimido le suenan igual de festivos que el descorche de botellas de champán en las manos de su padre durante la celebración, en el piso de Barcelona, de discretas y muy especiales fechas cuyo significado ignora, pero cuyo excitante aroma de clandestinidad y peligro nunca dejó de percibir.

Tampoco sabe que el próximo disparo penetrará en su oído como una culebrilla ponzoñosa y anidará allí eternamente. El cielo ha estado toda la tarde cubierto de nubes plomizas y ahora caen las primeras gotas, espaciadas y gruesas. Mal día para la caza, Ringo, se dice. Permanece apostado cerca de la higuera con la escopeta preparada, cuando empieza a llover con intensidad. Le gusta la lluvia en la cara, la siente como una promesa de futuro, pero hoy quiere cazar y se refugia debajo de la higuera. Sobre su cabeza, el aguacero golpea las ásperas hojas con estruendo. Al cabo de un rato, un gorrión se desprende de la fronda que chorrea y se posa en tierra, espolvoreándose el plumaje. Apoyado en el tronco, él se echa la culata a la cara. El olor húmedo de las hojas y el fragor de la lluvia le estimulan, la dureza de la culata en su mejilla le excita. Un parpadeo, y, de bruces sobre el techo de la diligencia, Ringo Kid dispara su rifle contra los apaches que le persiguen al galope por la pradera. Cierra un ojo y apunta, tanteando el gatillo con el dedo. A menos de dos metros del punto de mira, el gorrión picotea la tierra dando saltitos, se para, levanta la cabeza y lo mira, después da otro saltito, vuelve a pararse y lo mira otra vez. Lleva apresada en el pico una lombriz diminuta que se retuerce viva. El ruido de la lluvia golpeando las hojas de la higuera siempre le había alegrado el corazón, pero ahora es Ringo el que acecha, y su ojo es implacable y su puntería infalible, y además no tiene corazón. La frialdad y la inesperada resistencia del gatillo a la presión del dedo, es algo que no olvidará en mucho tiempo. Tendrá que disparar una segunda vez, porque a la primera, aunque le da, el pájaro no se cae, sólo se estremece por el impacto y se encoge, arrebujándose en sus plumas y girando la cabeza muy despacio hacia su verdugo. Entre el primer disparo y el segundo, mientras el cazador se apresura de nuevo a cargar el arma con otro balín, el gorrión lo mira fijamente con su ojito redondo, velado ya por la muerte, y suelta la lombriz.

Cuando todo ha terminado le da la espalda, espera que pare de llover y acto seguido, sin dirigir una sola mirada al pájaro muerto -sabe que el parpadeo mágico que transforma las cosas no tendrá efecto esta vez- se aparta de la higuera con la escopeta pesándole en las manos como si fuese de plomo y se dirige a casa con la barbilla clavada en el pecho. A medio camino se para y observa en el cielo un apelotonamiento de nubes rojizas que parecen devorarse a sí mismas, alternándose en una persecución compulsiva hacia un horizonte de fuego y esmeralda, pero en realidad están igual de quietas que en el truculento decorado del teatrillo de Las Ánimas, en la funciónLos Pastorcillos de Belén que todos los años se representa por Navidad. Una extraña desazón lo mantiene allí clavado y sin poder apartar los ojos de las nubes.

A los pocos minutos, mientras esconde la escopeta en el armario ropero donde la abuela Tecla guarda olorosos membrillos, los ojos se le llenan de lágrimas. Al principio llora movido por un engorroso sentimiento de autocompasión, pero eso enseguida se convierte en una honda tristeza. Y de vuelta al huerto sigue llorando sin parar, y también llora mientras recoge el pájaro. Ya no es más que un manojo de plumones que se esponja entre sus dedos. Lo envuelve en un pañuelo y lo entierra debajo del almendro, poniendo sobre su tumba una pequeña cruz hecha con cañas en la que escribe un nombre, Gorry. Siente que las lágrimas brotan de lo más hondo y negro de su despiadada alma asesina, así que decide formular un juramento secreto. Cada año, cuando en febrero florezca el almendro, vendré a verte. Sólo se calma dos horas después, viendo a la abuela Tecla haciéndole cosquillas a un conejo blanco cogido por las patas traseras y hablándole al oído con voz mimosa y cantarina, antes de desnucarlo con un golpe seco y certero del canto de la mano. ¡Ondia con el golpe de jiu-jitsu de la abuela, menudo estilo! Más tarde la ve con esta misma mano en el culo y levantando con la otra el porrón para beber un trago a espaldas del abuelo, y el chorrito del vino resbalando sobre sus dientes le deja maravillado. Pero esa noche, en la cama, al cerrar los ojos, vuelven los remordimientos; su mirada penetra la negrura de los sueños y se hunde en la tierra del huerto para rescatar el pequeño cadáver del pardal que empieza a ser devorado por las lombrices y las raíces del almendro. Imaginando los balines incrustados en el cuerpo diminuto, y, sobre todo, pensando que uno de esos balines pudiera haberse alojado en la mismísima conciencia viva del pájaro, por efímera y fugaz que haya sido esa conciencia un instante antes de morir, vuelve a sus manos la cabecita que pende como si tuviera plomo, una y otra vez, hasta que la imagen se convierte en una pesadilla.

No volverá a coger la escopeta como no sea con intención de deshacerse de ella, y desde entonces no ha pasado un solo día de su vida que no haya recordado a este pájaro. Su ojito de plomo, mirándole desde el umbral de la muerte, lo acompañará hasta el fin de sus días.

– Hoy irás a la viña tú solito, Mingo -le dice la abuela al día siguiente-. Coge tus tebeos de indios, y hala. No tendrás miedo de ir solo ¿verdad?

– Claro que no. Ya no necesito la escopeta.

– Muy bien, fuera escopetas. Y cuando vuelvas a Barcelona, te la llevas.

Se conoce palmo a palmo el antiguo camino de carro que va del pueblo a la viña, subiendo con meandros hasta más arriba del caserío llamado misteriosamente La Carroña, y le gusta sumergirse en el polvo blanco de esta vereda solitaria y aturdirse con el chirrido de las cigarras. Es un día de julio luminoso y con viento. El camino apenas alcanza los tres kilómetros, pero contiene una expansión del tiempo y de los sueños que cubrirá más de cuarenta años. Donde sea que vaya en el futuro, desde esa mañana en la que, solo, pero a trechos flanqueado por Mowgli y luego por Winnetou, emprende el camino llevando colgada del brazo la cesta de la comida para el abuelo, que le espera sulfatando la viña, dondequiera que el día de mañana la vida le lleve, sus pies estarán pisando este camino y volverán a levantar hasta su nariz un polvo con aromas de esparto y estiércol y uvas aplastadas, y algo de ese polvo germinal lo acompañará siempre. No hay ni puede haber ningún otro camino en el mundo como este, piensa todavía hoy, ninguno que haya emprendido tantas veces con la memoria.

Masticando un almendruco o un tallo de hinojo, se para al borde de los campos a contemplar el majestuoso oleaje de los trigales bajo el sol, el sosegado vaivén de las espigas en un mar de oro que se prolonga de un bancal a otro hasta las zonas boscosas al pie de la lejana serranía de Castellví de la Marca, más allá de las tierras de barbecho, los extensos viñedos y las suaves lomas de almendros y algarrobos. A veces, al atardecer, de regreso al pueblo, una efusión rosada que llega de poniente cabalga pausadamente sobre las ondas de los trigales en dirección a un sombrío horizonte. Bajo un cielo estriado de nubes, escucha el silbido del viento en los cables del tendido eléctrico y también el silencio sobre los campos labrados, observa la simétrica languidez y continuidad de los surcos umbríos, el levísimo polvo rojo que flota inmóvil sobre los caballones, y entonces cree captar la fugacidad del tiempo y piensa en el misterio y la certeza de la muerte.

Cumplido el encargo y de vuelta al pueblo, en las cercanías del bosque de Sant Pau se reencuentra con Winnetou y Old Shatterhand y juntos deciden otra ruta en la pradera sin límites, barrida también por el viento, hasta llegar a casa donde la abuela, muy seria, le espera para comer en un santiamén y llevarlo a la escuela en busca del señor Benito, el maestro. Se acabó eso de andar por ahí todo el santo día sin hacer nada de provecho, dice la abuela, se acabaron las escapadas con la pandilla de tu amigo Ramón Bartra para ir a nadar desnudos en las albercas, robar melocotones y sandías y esconderse en los trigales con pinturas en la cara y plumas en la cabeza, se acabó.

– Mientras estés aquí conmigo, irás a la escuela. Te guste o no. Me quedaré más tranquila.

La abuela Tecla es una anciana bajita, fornida y decidida, de ojos muy negros con espesas pestañas y nariz chata sobre un amago de bigote lacio, como de bandido mexicano, una sombra disuasoria que fascina al chico. Otras cosas tiene la abuela, además del bigote y el terciopelo negro de los ojos, que reclaman a menudo su atención, como la lenta y cuidadosa y muy tiesa manera de levantar el porrón en alto y mantener el chorrito rojo golpeando sus dientes pequeños y blanquísimos sin derramar una gota, la cabeza echada hacia atrás y la mano en el trasero, como para no dejar escapar el vino por ahí. Así lo hace ahora, plantada frente a la gran chimenea de la cocina donde gime el viento, antes de coger al chico de la mano y salir con él a la plaza.

Estaba escrito que ese día tan claro y ventoso, tan propenso a la ensoñación y a la aventura, aquí en tierras del Panadés lo mismo que en las praderas de Arizona donde Old Shatterhand cabalga en busca de Winnetou, sería el día de la revelación del secreto mejor guardado, una confidencia aplazada durante años y que ocasionalmente él había visto asomar en la mirada triste de su madre después de oírla sancionar algún comentario inoportuno de su padre o de quien fuera. Y la primera señal de ese secreto aparece repentinamente en la persona de una vieja y chismosa payesa que surge igual que una aparición en medio de la nube de polvo caliginoso que levanta el viento cuando abuela y nieto cruzan la plaza cogidos de la mano, él frotándose los ojos.

– ¡Ay qué niño más guapo, Tecla! -exclama la vieja con una sonrisa esquinada-. ¿A quién se parece? Porque, a ver, no tiene nada ni del Pep ni de la Berta, como es natural… Vaya, que se nota que no es hijo suyo, no hay más que verle. Quiero decir que es natural que no se parezca a ellos, como es natural, vaya…

– ¿¡Por qué no te rascas la patata en vez de hablar tanto, Domitila!?-es la furiosa respuesta de la abuela, que tira con fuerza de la mano del niño para seguir camino.

Este nombre, Domitila, se le antoja misterioso y divertido, parece salido de un tebeo de Monito y Fifí, aunque no tan chungo como Tecla, nombre que celebra como un anticipo del anhelado piano que un día sin duda será suyo. Pero ahora no quiere pensar en eso, y tampoco en la patata de la vieja Domitila, otro misterio todavía más insondable, sino en sus extrañas palabras.

– ¿Qué ha querido decir esta señora, abuela? ¿Por qué ha dicho… eso que ha dicho?

– ¡Porque la Domitila es muy burra!

– Pero ¿qué ha querido decir?

– Nada. No sabe lo que dice. Tú ni caso, cariño.

Un día, hace mucho tiempo, la abuela le dijo que al cumplir los diez años su madre le revelaría un gran secreto. Se lo dijo con las negras pestañas humedecidas y sonriendo, y él no lo ha olvidado, pero, por alguna razón que no sabría explicar, no ha vuelto a recordárselo, ni a ella ni a su madre.

La escuela es grande y luminosa y está en las afueras del pueblo, junto a la carretera que va a Llorens y al Vendrell, y está cerrada por vacaciones. El señor Benito Ruiz y Montalvo, el maestro, ha venido a comprobar si el carpintero ha cumplido el encargo que le hizo de reponer unas tablas de la tarima y reparar una ventana. La abuela podía haber buscado al maestro en la farmacia, cualquier día después de comer, cuando él y el boticario Granota juegan al ajedrez en la rebotica, o al salir de misa de doce cualquier domingo, pero lo que tiene que decirle no quiere que lo oiga nadie más. Aunque falta mucho para el nuevo curso, desea solicitar el ingreso del niño cuanto antes, sólo por tres o cuatro meses, dice, este invierno lo tendré a mi cuidado, sus padres están pasando una mala racha en Barcelona…

– Y quién no, querida Tecla -se lamenta el maestro presionando la tarima con el pie, comprobando su resistencia-. Quién no, en estos tiempos.

– Haga usted el favor de sentarlo con los demás niños, señor Benito. No es bueno que ande solo por ahí a todas horas.

– Claro, Tecla, no es conveniente. -Y mirando al chico con fingida severidad-: Es un buen elemento, lo sabemos, le hemos estado vigilando. Humm, un chico con una rica vida interior, ¿eh?

La abuela responde a eso con un gruñido. Una rica vida interior, vaya tonterías se le ocurren a este hombre. El chico mira la gran pizarra, la estufa de leña con el tiro negro y retorcido, el mapa de España, los pupitres con manchas de tinta, la camisa azul del señor Benito, con la araña roja bordada en el bolsillo, y los retratos del Caudillo y de José Antonio en la pared, escoltando al Crucificado, al que le falta un pie.

– Bueno, sólo habría un inconveniente -añade el maestro-. Por lo que yo sé, este mozalbete todavía no ha sido adoptado legalmente. Así que…

– No pudo hacerse antes -dice ella en voz baja-. La guerra tuvo la culpa.

– Así que tendremos que inscribirle con sus apellidos verdaderos…

– ¡Chisssttt! -corta la abuela, y el señor Benito se muerde la lengua, aunque ya es demasiado tarde. Y la excusa inmediata y en voz alta empeora las cosas: pensaba él que el niño ya debía estar al corriente de su verdadero origen familiar. ¡Chisssttt!, insiste la abuela, y ordena al nieto que salga fuera a jugar. Él se agarra a sus faldas negras y se niega a obedecer. ¿Por qué le falta un pie?, pregunta mirando el crucifijo. Entonces el maestro, apuntándole hasta casi tocarle la nariz con un dedo imperioso y descomunal, manchado de tinta pero con la rosada uña impoluta y bien recortada, le asigna un pupitre al fondo del aula y le ordena que se siente. Después coge a la abuela del brazo y ambos se apartan a un rincón, aunque no consiguen gran cosa. Por bajito que se hable, las voces resuenan en el aula vacía, y además Winnetou puede leer el lenguaje del hombre azul observando el movimiento de los labios. Eso está tirado.

– Cuando cumpla diez años le pondremos al corriente, no antes -susurra la abuela-. Así lo quiso su madre. Si ella estuviera aquí, a día de hoy ya se lo habría explicado, pero no ha podido venir.

– ¿Qué es vida interior, abuela?-pregunta él desde el pupitre-. ¡¿Dónde está el otro pie?!

– Calla, hijo, no te busques líos.

– De modo que todavía no le han dicho nada al pobre chico -se lamenta el señor Benito-. ¡Muy mal hecho, Tecla, muy mal hecho! Y encima, aún no ha sido adoptado legalmente. Por la razón que sea, y es algo que a mí no me incumbe, claro está, en su día no se hicieron los trámites pertinentes, así que a todos los efectos este niño sigue llevando los apellidos de sus padres biológicos…

– ¡¿Qué es biológicos, abuela?!

– ¿Quieres callarte un momento, por favor?

– Por lo tanto tendremos que inscribirle con sus apellidos verdaderos -prosigue el señor maestro-. No puedo hacer otra cosa, lo siento mucho. Y francamente, Tecla, me extraña que el Pep y la Berta todavía no le hayan dicho la verdad al muchacho.

– ¡¿Qué es padres biológicos?!

– ¡Puñeta, nada! El señor Benito me está diciendo los libros que vas a necesitar…

– Cierto -el maestro adopta un tono doctoral-, hablamos de la biogénesis, muchacho, arduas materias cuyo estudio todavía no te corresponde por edad, ¿entiendes?

El señor Benito tiene una boca fina, delicadas mandíbulas de rumiante y la mirada inane de Zampabollos. Se cae hacia atrás como una tabla y con los ojos en blanco, y Ringo sopla una vez más la boca del revólver y lo vuelve a enfundar. Agazapado en la última fila, se agarra firmemente con ambas manos a los lados del pupitre, como si este fuera a levantar el vuelo, y escruta la mueca cerril y desdeñosa del señor maestro con los ojos sagaces de Old Shatterhand. Ahora mismo me largo de nuevo a la pradera con el fiel Winnetou y sus cuatro guerreros…

– ¿Me está diciendo que para entrar en la escuela mi nieto tiene que cambiar de apellidos?-dice la abuela ahuecando la voz-. ¿Que cuando pasen lista tendrá que oír su nombre con otros apellidos? ¿Unos apellidos que él nunca ha oído antes, y sus amigos tampoco…?

– Lo que te estoy diciendo, Tecla, es que yo, sintiéndolo mucho, estoy obligado a inscribirle con sus apellidos. Sólo así puedo tenerlo en la escuela, es condición sine qua non.

– ¿Y no podría hacer la vista gorda por tres meses, señor Benito? Quién se lo iba a reprochar, con estos amigos falangistas tan importantes que tiene usted…

– ¡Ay, Tecla, hoy en día se necesitan amigos para todo! Me gustaría ayudarte, pero ¿te das cuenta de lo que me pides? No puedo cerrar los ojos ante un asunto tan irregular, y de tanta responsabilidad para mí. Si viene una inspección, ¿qué? Porque se trata de una, digamos, anomalía consanguínea…

– ¡Pero qué cosas dice usted! ¡Ni que fuera una enfermedad, o algo que va contra el Régimen!

– Nada de eso, mujer. Me refiero a que el parentesco no es consanguíneo, y por tanto es anómalo, y eso debe ser consignado… Los que mandan ahora llevan un control muy estricto, tú lo sabes. Además, ¿de quién es la culpa de esta situación?-Mira de reojo al chico, agazapado en el pupitre como una fiera dispuesta a saltarle encima, y baja un poco más la voz-. Después de tanto tiempo, ¿cómo es que su padrastro todavía no ha solicitado oficialmente la adopción?

– ¿Qué es padrastro, abuela?-inquiere pateando el suelo.

– Tiene frío en los pies -le excusa ella-. Este niño siempre anda con frío en los pies. A media tarde ya tengo que encender el fuego para él. -Se vuelve y le mira severamente-: ¡Pórtate bien o me enfado de verdad! No te busques líos ni hagas el indio.

Ella sabe cuándo Winnetou está con su nieto. ¿Cómo lo sabe? Siempre que oye al chico musitar cosas caminando a su vera, rumiando ensimismado y con los ojos entrecerrados, yendo o viniendo de la viña a lo largo del camino blanco, o mientras la ayuda en silencio a acarrear leña en el huerto, a coger hierba para los conejos o a pelar almendras sentado muy cabizbajo en la cocina; siempre que para matar la rutina o el aburrimiento deja aflorar en sus labios un bisbiseo que ella no entiende, sabe que habla por boca de unos indios que están en los libros y tebeos que su madre le trae de Barcelona.

– Los trámites para la adopción son muy costosos y ahora la familia no puede afrontar gastos, señor Benito -está diciendo la abuela-. Se hará en cuanto se pueda.

El hombre se muestra preocupado, y él no le quita ojo. De vez en cuando le ve respirar hondo, cogiendo aire con una forzada altanería, y entonces la araña roja se agiganta en su pecho y amenaza con poner en movimiento las patas, como si fuera a encaramarse por la camisa azul. ¡El movimiento de la araña en el pecho del maestro, nunca había viso una cosa igual! Con aire cansado manifiesta el señor Benito que esta mañana ha tenido que asistir con todas sus galas a una asamblea en la Delegación de la FET y las JONS en Vendrell. La boina roja que luce prendida sobre el hombro parece un tanto descolorida y acartonada, pero por lo demás viste con extrema pulcritud, calza zapatos negros acharolados, se peina con fijapelo y fuma un cigarrillo de hebra muy delgado, corvo y perfumado.

– Complicado asunto -concluye-. Mientras no se formalice la adopción, aquí en clase habrá que llamarle, siento tener que decirlo, Tecla, pero habrá que llamarle por sus patronímicos biológicos…

– Delante del niño podría usted callarse esas palabras tan… feas y raras, ¿no le parece?

– A ver si me entiendes, mujer. Hablo de cumplir un simple trámite burocrático. Además, no sé, no me fío, alguien escurre el bulto en este asunto… Me temo que tal como se ha planteado hay una clara alteración paterno-filial, una renuncia, una sospechosa dejación de identidad, digamos…

– ¡Usted quiere confundirme! ¡En su colegio de Barcelona, el niño no ha tenido ningún problema con los apellidos! -Resopla, pero enseguida se contiene y suaviza el tono-. Bueno, no sé, tiene que haber una solución… ¿Qué podemos hacer, estimado señor maestro?

– Tú decides, Tecla. Vete a casa y piénsalo con calma.

Antes de llegar a casa ya lo ha decidido: esta criatura no puede perder tres o cuatro meses zanganeando por ahí, debe ir a la escuela como sea, con los apellidos propios o los que le hemos prestado, qué más da. Pero, ¿cómo explicarle que tiene cuatro apellidos en vez de dos, y por qué?

Sentada en una silla baja frente al hogar, con la mirada fija en las llamas, la abuela libera en silencio los demonios familiares que propiciaron tantos errores: si doce años atrás su hijo y la Berta no hubiesen preferido la ciudad y las imprudentes alegrías de la República a la paz y tranquilidad de este pequeño pueblo; si en Barcelona el Pep no se hubiera metido en política; si la pobre Berta no hubiera perdido a su hijo en el parto, si al salir llorando de La Maternidad no hubiese cogido aquel taxi, si el médico hubiera esperada un día más a decirle que no podría tener más hijos… Había muchas cosas que entonces torció el azar, y ahora volvía a suceder lo mismo: si no se encontrara retenida en Barcelona por causa del trabajo, Berta estaría hoy aquí explicándole al chico, con mucho tacto y dulzura, tal como se propuso años atrás -tenía desde un principio, en espera de verle alcanzar la pubertad, cuidadosamente escogido el momento y las palabras que le diría-, quién lo trajo al mundo hace diez años, qué misterioso designio llevó aquel taxi hasta la puerta de la clínica justo cuando… Pero Berta no está aquí y el chico hace preguntas, y el momento de contarlo ha llegado. Hace poco, mientras le oía trajinar arriba en su dormitorio ayudando al abuelo a guardar los melones de invierno debajo de la cama, ella en la cocina se ha apresurado a encender fuego en el hogar a pesar del calor, y no sólo para cocer coles y patatas en la olla renegrida, de modo que cuando su nieto vuelve y se sienta en el suelo a contemplar las llamas -lo que más le gusta cuando oscurece, sea invierno o verano-ya ha decidido lo que va a decirle.

– Hoy te contaré un secreto si me prometes no decírselo a nadie. De todos modos, tarde o temprano tenías que enterarte… No te asustes, no es nada malo. Escucha.

Pese al poderoso magnetismo del bigote mexicano, en la voz ahora adelgazada y mimosa de la abuela, extrañamente aniñada, resulta un cuento de fantasmas que no da miedo ninguno, trufado de enredos y casualidades y contado con muchos remilgos y dulzainas. Por vez primera se desarrolla ante sus ojos una confusa secuencia de viñetas que le hace ver, en este orden: un taxi que circula por las calles de Barcelona bajo la lluvia, un médico y una monja atendiendo a una joven parturienta en una sala de La Maternidad, un cuchitril en la barriada de Sarriá donde otra joven madre también está a punto de parir, un niño que viene de culo a este mundo y otro niño que se va de cara, la primera madre que alumbra un bebé muerto y la segunda madre que muere al dar a luz al bebé que venía de culo. Ahora vamos a imaginar por un momento, añade la abuela, sólo por un momento -él ya lo está viendo: en medio de una efusión de luz y de sangre asoman los pies, pequeños y arrugados como pasas, luego las piernas enteras y seguidamente el culito-, que el niño que vino a este mundo del revés… eres tú. ¿Verdad que a veces juegas a figurarte que eres un indio con una liga de tu madre en la frente y con pinturas en la cara?, pues ahora nos figuramos que eres el niño que vino de culo a este mundo, y que, en el momento de nacer tú, se muere tu madre, porque así lo ha dispuesto el destino… Y ese taxi que lleva horas recorriendo la ciudad bajo la lluvia sin que lo pare ningún cliente, ¿no será porque también así lo ha dispuesto el destino? En la puerta de La Maternidad, una monja y una enfermera despiden y dan los últimos consejos a la madre que se dispone a volver a casa después de perder a su niño. Su marido, que la protege de la lluvia con un paraguas, al ver pasar el taxi frente a la clínica, levanta el brazo y lo para… Ella siempre ha dicho que lo vio primero porque, aunque era de día, el taxi llevaba las luces encendidas, y eso le llamó la atención. Bueno, lo cierto es que subieron a ese taxi. ¿Y quién es el chofer del taxi?, pues casualmente es el viudo de aquella señora que ha muerto de parto hace una semana. ¿Y qué pasa mientras lleva a su casa al desdichado matrimonio, ella llorando en brazos de su marido porque encima de perder al niño los médicos han dicho que no podrá tener más hijos? Pues pasa que el taxista, al oírla llorar y lamentarse de su desgracia, no puede por menos de referirse a la suya propia. ¡Tristes casualidades de la vida, señora!, dice que dijo, y entonces el hombre cuenta que también él acaba de sufrir la pérdida de un ser querido a causa de un parto desafortunado, sólo que en su caso ha ocurrido al revés, pues ha sido su mujer la que ha muerto, dejándole un niño… Y según ha contado mil veces la misma Berta, entonces ella va y le dice: ¿por qué no me lleva a ver ese niño, por favor, señor taxista?, y el chofer se compadece y se desvía del trayecto, y lleva a la pareja a ver al bebé, que está al cuidado de unos parientes que, sintiéndolo mucho, no se lo pueden quedar. Y una vez allí, ocurre que Berta saca al bebé de la cuna y lo coge en brazos por primera vez…

– Y ya está, ya no hubo manera de que te soltara -concluye la abuela-. Quedaron en que la Berta se haría cargo solamente durante un tiempo. Como un ama de cría… ¿Sabes qué es un ama de cría? Bueno, pues pasó un año y luego otro, y otro, y la situación se fue alargando y las cosas quedaron así, de modo que ya ves, ahora resulta que tienes dos madres. ¡Caray, caray, vaya chiripa la tuya! ¿No sabes que tener una madre en el cielo es una bendición? ¡Eres un niño afortunado, sí, eso es lo que eres, un niño afortunado! Porque aquel hombre no podía criarte y habrías ido a parar al hospicio, seguro, así que lo mejor que puedes hacer es dar gracias al cielo por ser un niño tan afortunado… -Escruta su cara y añade-: ¿O todavía no estás convencido? ¿Y si mañana te coso una pelota con unos viejos pantalones de pana del abuelo? Venga, a ver esa cara… Está bien, si tienes ganas de llorar, no te contengas.

Ni ganas de llorar ni nada parecido. Ni un amago de lloriqueo, nada, y menos aún lo de sentirse afortunado. Maliciarse de todo lo que acaba de oír, eso es lo único que bulle en su cabeza, y es como una necesidad inmediata, como una salvaguarda ante nuevos e imprevistos avatares: el repentino y extraño convencimiento de que, en el fondo de su corazón, eso que acaba de oír siempre lo supo. Y una reflexión que le brinda la propia abuela y que le hará sonreír conforme pase el tiempo: si ese taxi con los faros encendidos hubiera pasado un minuto antes, solamente un minuto antes, con toda seguridad él ahora no estaría aquí contemplando las llamas del hogar, nunca habría venido a este pueblo, nunca habría entrado en esta casa, no habría ninguna escopeta de aire comprimido escondida en un armario y en el huerto tampoco habría ningún pájaro enterrado con dos balines en el cuerpo… Así que todo había sido causado por una chiripa, una fantástica chiripa, y en consecuencia su yo más inestable y especulativo gustará a partir de hoy de transitar a menudo por la vertiente más azarosa de esta historia, en la que siempre brillarán unos faros de taxi entre ráfagas de lluvia.

– Y cuidado con eso que tanto le gusta repetir al señor maestro -concluye la abuela con el mayor recelo-. Eso de una rica vida interior. ¡Vida interior! Mucho cuidado. No te busques líos.

– Claro, abuela. Y mira -dice él para despistar y cambiar de tema-, si la forramos de pana, la pelota, aguantará más. Y hasta parecerá de verdad.

Incluso las pelotas de trapo que tan primorosamente le cosía la abuela, ahora que lo piensa, ¿qué eran sino bondadosas falacias? A través del tiempo ella sigue mirándole muy de cerca y fijamente con una luz risueña en los ojos húmedos, bizqueando un poco por la cercanía y por el escozor ambiguo de un convencimiento que no sabría formular con palabras aunque quisiera: tan malaventurada, imprevisible y precaria puede ser la vida, tan marcada por la pérdida y el abandono, que a veces bien merece alguna compensación en forma de chiripa o de balsámico cuento chino.

Esa noche dormirá mecido por el perfume de los amarillos melones de invierno debajo de su cama. De madrugada, Gorry se posa silenciosamente sobre uno de los melones, clava las garras en la cáscara sedosa, encoge el cuerpo y dispara por el culo su pequeña metralla, oscuras culebrillas de mierda que dedica a Ringo mirándole torvamente a través del somier y el colchón. Se dispone a reemprender el vuelo cuando Ringo le dice:

No te vayas todavía. Espera un poco.

¿Para qué? ¿Para que me endilgues otro perdigón?

No. Para que podamos hablar un rato amistosamente…

¿Hablar yo contigo? ¡Pero qué dices, nano! ¿Alguien puede creerse que yo hable amistosamente contigo, con mi asesino?

Mañana la abuela le coserá otra pelota con la aguja gruesa de coser sacos, otra que acabará destripada entre los pies de los chicos jugando en la plaza. Pero a partir de este día él prefiere muchas tardes estar solo, leyendo en el huerto. Cuando venga su madre, le ha dicho la abuela, ella le contará toda la historia, porque hay muchas cosas que ni yo misma sé, que todavía no han querido decirme. Sin embargo, la tantas veces aludida mala racha que están pasando el Matarratas y la Berta allá en la ciudad, paliada de vez en cuando con viajes de la abuela llevando una cesta con huevos y aceite y un conejo o una gallina, hará que su madre tarde mucho en volver, y durante todo el invierno él pasará muchas horas solo en el huerto, en el columpio improvisado bajo el almendro, y también en la escuela.

En la primavera su madre le trae de BarcelonaGenoveva de Brabante, La isla del Tesoro y las nuevas aventuras de Winnetou y Old Shatterhand, y escoge la ocasión propicia para hablarle. Con los ojos alegres, con delicadeza y sabiduría, junta los azares dispersos de la historia hasta fabricar un artefacto verbal que contiene según ella la verdad verdadera y que la obliga a admitir, ante la insistencia del chico por aclarar este punto, que fue ella, efectivamente, y no su padre, la primera en distinguir desde lejos las luces del taxi en medio de la tormenta.

– ¿Por qué te interesa tanto eso?

– Pensé que la abuela se lo había inventado. Porque de día los coches no llevan los faros encendidos. A que no.

– Pues este los llevaba. Quizá porque llovía un poco, o por descuido del taxista… ¿Lo ves?, todo tiene una explicación. Pero lo importante para mí no es eso. Lo importante es que tú me creas. ¿Me crees, hijo?

Su cara y su boca cariñosa tan cercana, el suave aroma del carmín rojo cereza en sus palabras, los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, la presteza alada y cómplice de sus manos ásperas y enrojecidas, la lluvia y los faros del coche y el regalo de nuevos libros, nuevos tebeos y almanaques tan deseados, más y mejores que otras veces, leídos junto al fuego del hogar en días de lluvia. Asiente en silencio, por no gritarlo: Sí, te creo.

Más tarde, en el huerto, viéndole echado de bruces debajo del almendro con sus libros y tebeos, ella le recuerda una vez más lo conveniente que es forrar los libros, que así los tendrá siempre nuevos, y se refiere otra vez a su buena estrella.

– Menos mal que algunos no se quemaron con todo lo demás, ¿verdad?-Y añade sonriendo-: Por si las moscas, ¿te acuerdas, hijo?

Y la memoria de una gran hoguera en medio de la noche, con las llamas más altas y voraces que él jamás había visto, le devuelve por un instante a una escenografía fantasmal en su propio barrio, dos años atrás, a un pequeño y sombrío jardín particular donde una pila de libros, cuadernos, fotografías y documentos chisporrotean y arden por si las moscas.

7 Héroes en la hoguera

– ¡Pues claro! ¡Lo hacemos solamente por si las moscas! -dice su padre mientras arroja los libros al fuego, uno tras otro y sin apenas echarles una ojeada, sin verificar título ni el nombre del autor y bromeando todo el rato para animar al personal-: ¡Por si las moscas y las ratas azules, hijo, claro que sí! ¡No lo hacemos por gusto!

Si tuviera una pala lo haría mejor y más rápido, piensa él, y se acuerda de Harpo Marx echando paletadas de libros a las llamas del hogar en una peli de risa. Pero aquí no ve nada que le dé risa. Algunos señores miran la fogata con aire severo y solemne y llevan el resplandor pintado en sus caras como una máscara de yeso.

De modo que el señor Gaspar Huguet está quemando parte de su biblioteca por si las moscas, eso es lo que deduce chico escuchando los comentarios de los mayores. La hoguera la ha improvisado su padre con ramas secas y troncos astillados en el jardín del mismo señor Huguet, detrás del cobertizo que de día es un trastero y de noche un tostadero clandestino de café, y no se parece en nada a las hogueras festivas de la noche de San Juan. Sabe que ningún niño vendrá a saltar por encima de las llamas ni a tirar petardos. Esta es una aburrida ceremonia oficiada por personas mayores afligidas por alguna causa, y encima, por si no bastara con el aburrimiento, si te apartas de la fogata hace un frío que pela. Igualmente sabe que su padre trabaja con el señor Huguet tostando café en este cobertizo tres o cuatro noches a la semana, de las dos a las cinco de la madrugada y a escondidas de todo el mundo, sobre todo del sereno, y también sabe cuándo ha estado aquí porque al día siguiente su jersey de lana y su bufanda huelen a torrefacto azucarado. Ahora el señor Huguet, acercándose al muchacho y procurando dotar a su voz de una jovialidad que está lejos de conseguir, le pregunta, al verle tan cerca de las llamas y como hipnotizado, si también le gustaría quemar algo suyo, y él responde sí señor, y piensa en su odiado libro de aritmética y también en la hija de Fu-Manchú y después en las ratas azules, una marabunta de ratas azules retorciéndose entre las llamas.

– Apártate o te quemarás la nariz -le previene su padre-. Busca alguna rama seca por ahí, anda.

Pero donde se está mejor es junto al fuego, el corazón caliente de una noche inhóspita poblada de rojizos resplandores y caras largas de personas preocupadas hablando en susurros. Las caras se contraen y dicen cosas que no entiende, comentan en voz baja un registro de la policía efectuado por sorpresa en casa del señor Oriol, la gran cantidad de libros requisados, un expolio vergonzoso, Berta, ¿y aplicando qué criterios, acusándolo de qué delitos? Ay, Dios mío, puedes figurártelo. Tampoco entiende que alguien amparado en la oscuridad declame con sorna: ¿Quién enciende las hogueras donde antes no las había?, mientras de la imponente fogata salen llamas moviéndose como manos de largos dedos que piden y reciben ansiosamente más libros. El humo espeso y ondulante le recuerda al genio Djinn surgiendo de la botella que las olas del mar arrojan a la playa, la humareda negra que alzándose contra el cielo de repente se convierte en el gigante cuyas carcajadas retumban ante el pequeño y asombrado Sabu.

Estas son las postrimerías de un largo invierno en Barcelona con la bufanda liada hasta las orejas y los pies siempre fríos, en la calle y en el cine, en la escuela y en el coro de la parroquia, en las frondas del parque Güell y en la falda de la Montaña Pelada. Ocho años recién cumplidos, la nariz encendida, el pelo rizado, buenos orejones y patizambo como los cowboys, y siempre con el frío en los pies, pero no esta noche en el sombrío y descuidado jardín donde arden retorciéndose libros y cuadernos, agendas y fotografías, documentos diversos y cartas y postales y carnets de su padre, del señor Huguet y de algunos vecinos que también se han apuntado a la quema. Lamenta ver cómo las llamas devoran una libreta de espiral casi nueva, con sus hojas cuadriculadas y su tapa dura de color crema, que lleva escrito a mano CNT cuotas. Siempre quiso tener una libreta de espiral. Una semana antes había visto a su padre sentarse a la mesa del comedor con esta libreta abierta y ponerse a raspar pacientemente con una cuchilla de afeitar algunos nombres y cifras en sus páginas, hasta que se cansó y arrojó furioso la cuchilla dentro del vaso de vino exclamando: ¡A la hoguera con todo, es más seguro!

Alentado por ráfagas de aire, el fuego levanta hojas que se han soltado de algún volumen y las mantiene en la cresta de las llamas un instante, revoloteando como grandes mariposas negras en medio de una erizada constelación de pavesas. También arden algunos papeles de la biblioteca privada del anciano don Víctor Rahola, vecino y amigo del señor Huguet. El chico oye comentarlo al propio don Víctor, que se ríe de manera jovial y por cierto sin que parezca importarle mucho que vengan o no vengan moscas: ¡No vas errado, nano, porque mis papeles están zumbando en el aire como moscas! Y recuerda que su madre el verano pasado había procurado sus cuidados de enfermera de noche a este hombre en su bonita torre del Paseo del Monte, atendiéndole en su lecho debajo de una gran mosquitera, y que le contó que don Víctor era un señor sabio y gentil y muy bromista, un escritor que ya no escribe y que solía pedirle que se sentara junto a la cama y le leyera un libro.

– No te quites la bufanda, hijo.

A veces se pregunta por qué su madre no acaba de ser exactamente una enfermera como las demás. Ella misma se lo dijo un día: no soy exactamente una enfermera, soy una cuidadora de enfermos, y amiga de las monjas. Sólo cuida ancianos en clínicas, residencias y casas particulares, pero no tiene título de enfermera. Hace turnos de noche y le pagan mal.

La furiosa combustión de la hoguera hace que los libros se abran, y llamas como dedos pasan las hojas rápidamente. Por si las moscas, por si vienen, oye de nuevo susurrar a su espalda. Y también por si vienen las cucarachas, piensa, y las ratas y los piojos. En algunas esquinas del barrio se apilan basuras que frecuentan ratas enormes, él ha visto algunas, son basuras que también atraen a las moscas, pero estas moscas de aquí, de las que tanto se habla, no entiende qué vienen a buscar. Bueno y qué, se dice, que vengan, mi padre puede matarlas rápidamente con su potente raticida, y a todos los mosquitos y polillas y chinches que se atrevan a venir. ¿Acaso las ratas de biblioteca no son más feroces que las moscas, y acaso no las ha liquidado también? Nunca ha necesitado encender ningún fuego para acabar con ellas, y sin embargo aquí está, vigilante y afanoso, atizando los rescoldos con el bastón cuando hace falta, arrimando a las llamas las encuadernaciones que saltan y las hojas que se desprenden chamuscadas. Ahora bien, ¿por qué ahora está quemando sólo libros catalanes por si las moscas? ¿Significa que son libros que atraen a las moscas, madre, libros y documentos infectados y contaminados por cagadas de mosca, y que han de ser quemados por eso, porque nos podrían infectar a todos?

Pero ella no atiende o no oye, no sabe de qué le habla. La ve cogida del brazo de una vecina, la señora Rius, las ve juntar sus cabezas mirándose con tristeza, envueltas en sus ceñidos abrigos negros con las solapas levantadas. Esa conocida disposición de su madre para la tristeza… ¿Qué clase de moscas asquerosas son estas, madre? ¿Son las moscas Tse-Tse, las que traen la enfermedad del sueño? Pues en cierto modo, sí, querido niño, sueños que ahora podrían convertirse en pesadillas, tercia la señora Rius con un amago de sonrisa bonachona. ¿Es que son libros gravemente peligrosos para los niños, libros pecaminosos, llenos de estampas de ninfas desnudas con transparentes alas de mosca en la espalda, de hadas de hermosa cabellera que enseñan los pechos y duermen en los lagos y flotan en el bosque, dulces espíritus del aire y del agua, como en ese pequeño libro que guardas en casa con dibujos tan bonitos y que tanto te gusta, madre? ¿Es que las moscas que han de venir son muy peligrosas? ¿Por eso hemos entrado de noche en el jardín del señor Huguet, para ayudar a padre y sus amigos, por si las moscas? Sí, hijo, hemos venido a ayudar. Ponte bien la bufanda. ¿Y dónde están las moscas?, insiste él.

El crepitar apenas audible de las páginas es la respuesta, el rumor de las palabras convertidas en ceniza, un siseo incesante en los oídos del niño. Cuántas veces volverá a oírlo, hasta derivar en persistente silbido.

– No tan cerca, calabacín con patas, o te vas a quemar -le previene su padre.

Le gastan bromas, su padre sobre todo, pero no le pasa por alto una propensión al desánimo en todos los presentes. Alguien habla asombrado, compungido y en voz baja, del hermano muerto de don Víctor, hace apenas dos años, y él entiende que a este hombre lo mataron moscas azules que primero habían destruido sus libros. Plantado ante las llamas, observa fascinado los volúmenes que se abren como flores negras, las páginas que se curvan y ennegrecen y las chispas como insectos de luz subiendo hacia la noche estrellada. Le parece ver que la acción del fuego hace que las palabras se desprendan de las páginas y se eleven ardiendo un instante para convertirse inmediatamente en remolinos de pavesas, palabras y pavesas mezcladas subiendo hacia la noche, y siente la necesidad de retroceder unos pasos y recuperar la mano acogedora de su madre y el susurro de su voz, destinada ahora más a su amiga vecina que a él: Tu padre sabe lo que hace, vendrán con una orden de registro y es mejor que no encuentren nada, ¿verdad, María? También en su rostro contrito y soñoliento se reflejan las afanosas llamas, mientras su marido, el implacable y alegre capitán de la Patrulla Matarratas, bromea y maldice blandiendo el bastón: Somos el culo del mundo, hijo, cuántas veces te lo he dicho, pues mira, nos lo vamos a calentar, el culo, y la mano izquierda de su madre, delgada y fría, largos dedos y pálidas uñas sin pintar, aprieta la suya con un leve temblor que le entristece.

– Quédate conmigo, hijo.

Ha visto esos dedos clavando la aguja hipodérmica en la piel gruesa y rugosa de una naranja, de muchas naranjas, probando el pinchazo una y otra vez con gesto inseguro y tembloroso, ensayando, perfeccionando el golpe. ¿Por qué no pruebas con la mano derecha, madre?, ha preguntado alguna vez. Ella ensaya todos los días unos minutos antes de acudir al trabajo y un rato cada noche antes de acostarse, sentada al borde de la cama con la mantilla sobre los hombros y dando la espalda al marido que esconde la cabeza debajo de la almohada. En la mesilla de noche, la pequeña imagen del Niño Jesús de Praga, y, para no turbar el sueño del Matarratas, la lámpara cubierta con una tela roja, como cuando él pasó el sarampión en la grata compañía deEl libro de la selva. Después de unos tanteos inseguros, con la naranja en la mano derecha y la aguja en la izquierda, prueba el pinchazo, brusco y delicado a la vez, rápido pero suavizando el golpe. Así es como aprende pacientemente a poner inyecciones, cuando las monjas de las Darderas ya la han aceptado para cuidar ancianos en su Residencia de la calle Sors o a domicilio. Enseguida sabrá también poner vendajes y lavar culos de viejos, acostarlos y darles de comer y entretenerles jugando con ellos a las cartas o al parchís o leyéndoles un libro, pero clavar inyecciones es lo que más le cuesta aprender porque teme hacerles daño. En ocasiones se queja de tener poca fuerza para meter y sacar de la bañera alguna abuela gorda y tullida, pero está agradecida a las monjas por el trabajo y siempre encuentra algún motivo para alegrarse:

– Hoy he aprendido a jugar a la brisca.

Y en tales ocasiones es cuando se siente más unido a ella, cuando la oye hablar de los ratos buenos que le depara el trabajo y cuenta las travesuras y manías de los ancianos, sus miedos y flaquezas y caprichos, y sobre todo cuando la ve practicar infatigablemente con la aguja y la naranja y observa, con el ánimo en suspenso, su mano temblorosa tanteando una y otra vez el golpe sin dolor. ¡Pobre naranja!, la risa del Matarratas debajo de la almohada: Alberta flor de mi vida, si practicaras con el culo de un obispo, aprenderías antes.

La rechifla inoportuna y grosera de siempre. ¿Por qué se lo consiente?, piensa él. ¿Y por qué se deja llamar Alberta, cuando todo el mundo la llama Berta, y ella siempre dijo que prefería que la llamaran Berta?

Ahora voy a decirte algo acerca de nuestra Alberta, le explicará su padre en cierta ocasión, la copa de coñac en la mano y el gesto displicente, pero la voz firme, así que escucha con atención y no te confundas: Tu madre no es crédula, es creyente. Y recuerda: ser creyente y querer serlo a pesar de todo, serlo para sí misma y en silencio, sin contar con nuestra hipócrita y pomposa jerarquía eclesiástica, serlo de espaldas a los fastos de una Iglesia y unos clérigos encanallados que corrompen el alma de los niños en las catequesis y en el confesionario, que ofenden la memoria de los muertos en los funerales y la de los vivos en rabiosas homilías, serlo por encima de tanta infamia bendecida por obispos y cardenales, y sabiendo además disculpar el pitorreo y los chascarrillos a su costa en su propia casa y en boca de su propio marido, todo eso constituye ni más ni menos la otra existencia ejemplar que esta mujer discreta deja como testimonio, y que tú harás bien en recordar. El cantamañanas de su marido no comparte su fe ni sus prácticas piadosas, es cierto, es un blasfemo y un hereje, pero no es menos cierto que jamás, con todo y la mala sombra de sus bromas, se las reprochó ni mucho menos prohibió, que conste…

El humo blanquecino cada vez más cuajado de chispas y pavesas se enrosca subiendo hacia la noche, y en lo alto, durante una fracción de segundo, se resuelve en lívidas calaveras que fascinan al chico. Por un momento cree ver a Mowgli y al tigre Shere Khan retorciéndose achicharrados entre las llamas, pero no, aunque insiste en mirar y no tarda en distinguir fugazmente un volumen cuyo título,La conquista del pan, arde con sus muchachas que se vuelven cloróticas en las manufacturas de Manchester, las únicas palabras pilladas al azar un día que, solo en casa, abrió el sobado libro por curiosidad y pensó que era una novela de misterio y crímenes. En otro flanco desmoronado de la hoguera, un ejemplar de la colección Hombres Audaces, a 60 cts. y con llamativas letras en colores anunciando la aventura, Las alas de la muerte, súbitamente abre también sus páginas como un erizo ante el peligro y resbala y rueda hasta el borde de la pira. Las llamas ya han devorado la mitad de la ilustración en vivos colores de la cubierta, un avión surgiendo de una nube tormentosa y enfrentándose a un gigantesco cóndor con las alas desplegadas que amenaza derribarlo. Ringo reconoce en el acto al piloto en su cabina.

– ¡Oh, no, por favor! ¡Noooo!

Es una novelita de Bill Barnes, el famoso Aventurero del Aire. La falta de atención de su padre vaciando a toda prisa la estantería ha condenado al héroe de la aviación a morir achicharrado en una hoguera improvisada detrás de un cobertizo, en el recóndito jardín de una barriada pobre de la Barcelona de la posguerra. Bill nunca habría imaginado un final tan fulminante y poco lucido. ¡Mierda y mierda! Con el tembloroso dedo índice el niño señala el libro que injustamente se consume entre las llamas y le recrimina a su padre el tremendo error. ¡Bill no debería estar aquí, Bill y su avión no merecen acabar de esta forma, convertidos en ceniza y precisamente delante de sus ojos! Le arrebata el bastón a su padre e intenta apartar el libro del fuego, pero es demasiado tarde, el héroe y su hazaña se convierten en una rosa oscura que se contrae y se arruga rápidamente, una ceniza impresa en doble columna que aún se mantiene compaginada y fibrosa por un breve instante.

– ¡Se está achicharrando!

– Lo siento, hijo, habré cogido el tebeo sin darme cuenta.

– ¡No es un tebeo!

– Te dije que no pusieras nada tuyo en aquel estante…

– ¡¿Por qué no te has fijado?! ¡Por qué?!

– No hay que llorar por tan poca cosa. Ahora mismo se queman historias mucho más importantes, y mira, nadie se lamenta. Ya te he dicho que lo siento.

Mentira podrida, ¿cómo va a sentirlo, si en la cabeza en lugar de conciencia tiene una rata con el vientre lleno de veneno y soltando espumarajos verdes por la boca?, piensa detalladamente mientras fija la mirada en las páginas del libro carbonizadas y todavía enhiestas, hasta verlas desmoronarse y deshacerse del todo. ¡Desde las alturas, Bill te maldice, ratonero sin entrañas! Siente la mano de su madre de nuevo en la suya, pero ningún tirón, ninguna señal o gesto de querer apartarle de allí. El fuego no crepita, los libros consumiéndose no emiten ninguna queja, si acaso un débil silbido, y a su alrededor se mueven cautamente el señor Sucre y el señor Casal, que se han reído de su berrinche, de su gran disgusto por tan poca cosa. Los libros prohibidos huelen ciertamente a chamusquina, se lamenta el señor Sucre, siempre con su risita burlona en la garganta ávida de carajillos. Entonces ve acercarse al anciano señor Pujol, el vendedor de humo. Viene del otro lado de la fogata, de las sombras que se extienden más allá del rojo resplandor, y camina con las manos formando un cuenco delante del pecho. ¿Ves este humo, niño?, dice, abriendo y cerrando las manos por encima de una llama. Enseguida se vuelve hacia él con las manos fervorosamente juntas, pero no como si rezara, sino como si hubiese pillado una mariposa y no quisiera hacerle daño, o como si las manos fueran portadoras de una pequeña lámpara encendida. Y, mirándole a los ojos con media sonrisa, las abre muy despacio y libera un humo blanco.

– Este libro de humo que he cogido lo vamos a esconder en lugar secreto y seguro, ¿te parece?-dice en tono ceremonioso-. Y cuando seas mayor podrás recuperarlo. Ji ji.

Don Víctor pasea cabizbajo por las sombras del jardín y parece hablar solo. Camino sobre las cenizas de palabras muy queridas, cree oírle susurrar como en una plegaria, aunque también podría ser una gansada de las suyas. Por su parte, el señor Casal, que había sido maestro de escuela y ahora trabaja de portero en una finca de la calle Camelias, se acerca a la hoguera con un fajo de papeles en una mano y en la otra un carnet que se queda mirando un rato, y donde se leeA.F.A.R.E. Ejército del Interior. Bruscamente, como si le quemara en los dedos, lo arroja todo a las llamas, se aparta y se refugia en las sombras. ¿Cuándo has vuelto de Canfranc?, pregunta alguien a su padre. Estaba en La Carroña, responde su madre. ¿Dónde está Canfranc, mamá? Estos papeles comprometedores, dice el señor Roura conteniendo las ganas de reír, han estado escondidos hasta hoy en un sótano de la calle Fahrenheit, en la barriada del Clot, ¿no os parece una ironía del destino? El señor Falcón también anda por ahí como sonámbulo, es muy alto y delgado y el grueso cristal de sus gafas de miope refleja las llamas, hasta que se las quita para limpiarlas con el pañuelo y entonces en sus ojos enfermos y compungidos el fuego se refleja aún mejor, brilla más intensamente, igual que si tuviera un rubí encendido del tamaño de un garbanzo en cada pupila.

– ¿Qué clase de avión era ese que tanto te gustaba?-La voz de su padre, en un tono dominado por el tedio, lo saca de sus reflexiones-. ¿Un caza, un hidroavión, un bombardero? Buscaremos otro igual, venga, no te lamentes más.

No importa, yo haré que el avión de Bill vuele otra vez. Lo piensa y se dispone a decirlo, lo va a decir bien clarito y fuerte para que lo oigan los que se han reído bondadosamente de él, los que han venido aquí esta noche dispuestos a quemar lo que sea por si las moscas. Pero no se le oye decir nada de eso, es probable que no llegara a decirlo. Quizá sólo lo pensó, sin lograr apartar los ojos de las llamas. Se pasará la vida pensando cosas así, sin llegar a decirlas. Por ejemplo, que ve el avión escapando de las llamas una vez más y elevándose hacia la noche estrellada, dejando atrás el tumulto de humo negro y esa extraña ceremonia de fuego, destrucción y muerte. Desde la carlinga, envuelto en llamas, el héroe le sonríe y le saluda con la mano.

Ringo rememora hoy otra situación conflictiva con su padre, sufrida tiempo después de que Bill Barnes se salvara sobrevolando la gran hoguera. Con mucho retraso, el Matarratas supo de su hazaña con la escopeta en el huerto de los abuelos, pero abordó el asunto como si no lo supiera.

– Por cierto, hijo, ¿qué se hizo de la escopeta de balines que te regaló el tío Luis?

– Ya no la tengo.

– ¿Ah, no? ¿Qué ha pasado?

– La cambié porLa sombra que ríe y La amenaza roja.

– ¿Y eso qué es?

– Novelas.

– ¿Has cambiado la escopeta por un par de noveluchas de quiosco? Vaya, al tío Luis no le gustará enterarse de eso.

El tío Luis no es tío suyo ni nada parecido. Sólo es un compañero de trabajo de su padre, un ratonero más de la brigada. Un tabernario muerto de hambre, un pelanas, un funcionario del Ayuntamiento con empleo temporal que le da al morapio a base de bien. Ambos, él y su padre, se han empeñado en que el chico le llame tío. Lo hacen para fastidiarle.

– Lástima -añade su padre-. Era una buena escopeta, camarada.

Lo de camarada también es para fastidiarle. Lo dice amigablemente y en tono de chunga, pero esa palabra tiene como dos caras. Porque a ver, los falangistas también se llaman camarada. ¿Y qué significa camarada cuando lo dicen los falangistas, eh? Conforme pasa el tiempo empieza a darse cuenta de algunas cosas. Odia que a su padre le divierta tanto encabronar a la gente, le revienta que sea tan pavero, que delante de su madre y de los compinches de la brigada raticida presuma de ser más rojo y más insumiso y más libertario que el mismísimoSeisdedos, que por cierto, según le contó el tío Luis, lo mataron justo tres días después de nacer tú, chaval, el once de enero del treinta y tres. Y sobre todo le fastidian su desmemoria interesada y trapacera y sus descaradas contradicciones; presumía ante sus amigos de haber sido un libertario implacable y al mismo tiempo alardeaba de que su Alberta, durante la guerra, trabajó de telefonista de la centralita del PSUC. Hoy en día los anarquistas ya no muerden, decía el pavero, están domesticados y amaestrados como ratitas de circo, como esos charnegos agradecidos del Campo de la Bota que besan la mano de los curas. Te endilga cosas así, el Matarratas fullero, las suelta como si tal cosa.

– Así que le cogiste manía a la escopeta -añade-. ¿Se puede saber por qué?

– Porque sí. No quiero volver a verla, eso es todo.

– Está bien, no quieres volver a verla. ¿Y a quién se la diste, quién fue el afortunado?

– Un chaval que me hice amigo. Un monaguillo de Las Ánimas.

– Ya. -Su padre le mira fijamente y él baja los ojos-. Así que no querías. No querías de ningún modo.

– ¿El qué?

– Matar más palomas con esa escopeta.

– Nunca he tirado a las palomas.

– Pues a los pájaros. Piensas que nunca deberías haber disparado, ¿verdad?

– Sí.

– Y te has librado de la escopeta por eso.

– Sí.

– Y crees haber resuelto el asunto.

¡Mierda, sí!, grita para sus adentros.

– Pues has de saber una cosa, camarada -añade su padre-. Han visto al vicario de Las Ánimas disparando en el jardín parroquial con la escopeta. Apuntando alegremente a los pardales, mira por dónde. Tu amigo el monaguillo se la prestaría, o el mosén se la quitó, o se la compró, vete a saber. Sí, no pongas esa cara, no sería el primer cabrón de cura que anda por ahí disparando. Así que ya lo ves, aunque tú no aprietes el gatillo, tu escopeta sigue matando pájaros. Si lo piensas bien, no has resuelto nada.

Él nota de pronto que la rabia le sube por la garganta como un vómito. Lo habría estrangulado, al raticida hipócrita, arrogante y metomentodo.

– Yo no tengo la culpa de eso.

– No he dicho que la tengas, hijo.

– Es que ya me cansé de la escopeta.

– ¿De la escopeta o de matar pájaros?

– Es lo mismo.

– No es lo mismo.

– ¿Ah no? ¿Para qué sirve entonces?

– Bueno, quizá para que uno vaya aprendiendo a ser un poco responsable. Y en todo caso, podías habérmela dado a mí.

– ¿Para matar ratas? Porque tú te dedicas a matar ratas y ratones, ¿no?

– Sí, ese es mi trabajo.

– ¿Con una escopeta?

– Bueno, hay métodos más seguros y expeditivos, pero una escopeta, aunque sea de balines -dice despeinándole con la mano- también vale. No te enfades, puñeta. Te digo todo eso para que pienses un poco por tu cuenta, para que entiendas que para conseguir lo que deseas hay que hacer algo más que empuñar o dejar de empuñar escopetas.

También odia que le despeine. Matar ratas y ratones con una escopeta no es lo mismo que matar pájaros, piensa, no es algo que te vaya a doler toda la vida. Seguro, no lo es. Una asquerosa rata azul es una asquerosa rata azul, y un pajarito que busca cobijo en una higuera cuando llueve es otra cosa. Aunque sea un pardal depredador que está devorando cruelmente a un gusano. En todo caso no soporta que le llamen camarada ni que le alboroten el pelo con la mano.

– Además, no te creo -replica-. El vicario de la parroquia es una buena persona.

– ¿Te refieres a ese cura de pelo de cepillo que fue el primero en enseñarte solfeo, mosén Amadeo Oller, el amigo de tu madre?

– Me enseñó a mí y a un montón de chicos en Las Ánimas. Mosén Amadeo nunca cogería una escopeta.

– No era él quien disparaba. Era un curita joven y guapetón, una ratita presumida.

– Bueno, me da igual. La escopeta ya no es mía.

8 Aventuras en otro barrio

Durante tres años, los que van de los trece a los dieciséis, le suceden muchas cosas cuya importancia no sospecha. Poco tiempo después de cumplir los trece, una luminosa tarde otoñal, embutido en el guardapolvo gris que aborrece porque lo delata como aprendiz y recadero, está plantado en la esquina de las calles Valencia y Bruch, en el selecto distrito del Ensanche, contemplando con embeleso la fachada del Conservatorio Municipal de Música. Nadie, y menos que nadie los estudiantes de música que pasan por su lado, entrando o saliendo del Conservatorio, podría imaginar que con sólo trece años y con jornadas de trabajo de más de nueve horas, con su paga de doce pesetas semanales y con su feo guardapolvo demasiado largo, este mocoso transporta sobre la barriga un collar de esmeraldas y rubíes y un broche de oro en forma de salamandra lleno de esmaltes, perlas, ópalos y diamantes, dos piezas valoradas en más de treinta mil pesetas. Deberá entregarlas en una importante joyería cercana, sin entretenerse en la calle ni embobarse ante nada. Y para que no se las roben en el tranvía o en el metro, las lleva dentro de una bolsita de lona con lazo corredizo sujeto al cinturón y metida entre los calzoncillos y la pelvis, muy cerca de la minga. De vez en cuando tantea con la mano el bulto debajo de la ropa para asegurarse de que sigue allí, pero ahora mismo no piensa en eso, sólo escucha una música que cree que le estaba destinada desde siempre.

Con las manos en los bolsillos del guardapolvo y el corazón compungido, admira los filarmónicos relieves sobre la gran portalada del Conservatorio, las dos torres rematadas con el cucurucho y los ventanales que expanden al aire notas de piano y de clarinete de alumnos practicando. Desde la calle puede ver también la escalinata del vestíbulo, diez escalones, los tiene contados, y un poco más arriba la otra escalera que lleva a las clases. ¿Por qué no estoy yo también subiendo por esta escalera?, se pregunta, ¿por qué la mala suerte se interpone una vez más entre el piano y yo? Sabe la respuesta -alguien le dijo que exigían el bachillerato para matricularse, y él no lo tenía-, pero siempre que pasa por aquí, habitualmente cumpliendo algún encargo del taller, se para delante del imponente edificio y se hace la misma dolorosa pregunta. Qué muros tan altos y persistentes, tan inexpugnables, ha pensado alguna vez.

En esta ocasión se lamenta y se demora más de la cuenta, hasta que se siente observado. Parada junto a la puerta, detrás de un grupito de alumnos que salen alborotando, una muchacha con gafas de abuelita y gabardina blanca con capucha lo está mirando sin el menor disimulo. Por su expresión compungida, a pesar de la distancia y de las gafas, cuyos cristales emiten reflejos, el chico juraría que ha estado llorando y también juraría que a ella no le importa que se note. Aparenta un par o tres de años más que él, unos dieciséis, su frente muy blanca luce una orla de rizos negros y abraza sobre el pecho un estuche de violín y una carpeta. Su pequeña mano de nieve posada sobre la negrura del estuche parece decirle ven. De pronto se le cae la carpeta, abriéndose, y se esparcen sobre la acera algunas partituras y un cuaderno. Él acude y se agacha ayudándola a recoger las hojas y el cuaderno, y ella se lo agradece con una sonrisa que le conturba. Sus cejas y pestañas son muy negras y sus pupilas grises.

– Gracias.

Le mira tan de cerca, mientras ambos se incorporan, que sus cabezas se tocan. Al soñador aprendiz no se le escapa la piadosa mirada de ella al grotesco guardapolvo, y piensa: todo está perdido. Pero la oye decir con voz risueña:

– ¿Eres un mago? ¿De dónde sales, mago?

– No soy ningún mago.

– Para mí lo eres. ¿Cómo te llamas?

Rápido, piensa un nombre, se dice mientras sigue mirándola embobado.

– Mi… Mi Menor.

– ¡Pero qué dices, ¿me tomas el pelo?! -La muchacha lo envuelve en una sonrisa luminosa-. Está bien, Mi Menor. De acuerdo. ¿Querrías hacerme otro favor? ¿Podrías entrar un momento conmigo en el Conservatorio?

– ¿Yo? ¿Para qué…?

– Se trata de un favor muy especial. Necesito un mago.

– ¿Un mago? Yo no soy un mago.

– Pero puedes serlo por un rato. ¿Quieres? ¿Harías eso por mí?

Su boca entreabierta deja aflorar una ansiedad de asmática, y en el labio superior tiene una pupa, una calentura rosada que acentúa esa ansiedad, sobre todo cuando, con la punta de la lengua, moja el labio para aliviar el escozor.

– ¿Sólo un minuto?-farfulla él, todavía con el cuaderno en la mano. Empieza a hojearlo, repentinamente interesado, o más bien desconcertado. Ella le deja hacer, no se lo reclama.

– Me harías un gran favor, Mi Menor. ¿Quieres?

En uno de los altos ventanales suena un trombón.

– Pero, ¿por qué? ¿Por qué yo?

– Luego te cuento. Te voy a presentar a una persona como si fueras mi primo y le dices: he sido yo. Sólo eso. He sido yo. Y acto seguido te vas.

Para animarle, anticipando el agradecimiento, le tiende la mano, y él, que hasta ese momento ha estado viendo una mano blanca y delicada, al tomarla en la suya tiene la impresión de tocar el ala de un pájaro, un manojo de plumas que se esponja entre sus dedos. Algún día será una violinista famosa en el mundo entero, piensa, reteniendo un buen rato en su mano la seda huidiza, el suave tacto de los plumones.

– ¿Lo harías por mí?-susurra ella-. No nos conocemos, pero se nota que eres un buen chico… Nadie te preguntará nada, ni tendrás que explicar nada. Sólo tienes que decir eso: he sido yo. No es nada malo, te lo juro. Vuelves a salir, me esperas aquí y te cuento… ¿Me escuchas, niño?

– Te escucho.

La muchacha se baja la capucha y libera una oscura y hermosa cabellera rizada, al tiempo que amplía su sonrisa.

– Entonces, ¿harás eso por mí? ¡Por favor!

Él está diciendo sí con la cabeza mientras lee en la cubierta del cuaderno que aún retiene en sus manos:Escuela Municipal de Música de Barcelona. Clases de Solfeo y Teoría Musical. Grupo Elemental.

– Si me regalas este cuaderno, hago lo que me pidas.

– Es tuyo.

Tiene tiempo de considerar fugazmente el riesgo que implica llevar encima joyas tan valiosas y meterse en lo que no debe, algo contra lo cual siempre le previene el señor Munté, el dueño del taller, pero desecha enseguida cualquier temor. Imposible que esta chica con pinta de empollona y de princesa de las nieves, destinada sin duda a ser la virtuosa del violín más afamada de todos los tiempos, y que además parece haber llorado, pueda implicarse en un atraco aquí y ahora, frente al Conservatorio y en medio precisamente de esta discreta algarabía estudiantil y musical en la que él siempre deseó participar. Respecto a su extraña solicitud lo acosan varias preguntas, pero no formula ninguna por temor a romper el encanto y tener que devolver el cuaderno de solfeo; así que encaja el cuaderno en el sobaco, hunde las manos en los bolsillos del guardapolvo y, armándose de valor, se deja guiar y penetra en el interior del templo de la música que no podía aceptarlo como alumno.

Sube los primeros peldaños de la fama en la escalera del vestíbulo sin perder de vista en ningún momento la airosa cabellera de la muchacha o la funda del violín apoyada en su cadera, dejándose llevar por la enigmática voluntad que a ella la anima y la empuja decididamente quién sabe hacia dónde y para qué. Le tiemblan las rodillas y su cabeza es una sinfonola. Enseguida van por un corredor mal iluminado sorteando alumnos en medio de un rumor de voces infantiles entonando partituras en alguna parte, cruzan la sala de pianos donde se confunden en el aire escalas y arpegios y luego enfilan otro pasillo menos transitado, hasta que la oscura melena se hace a un lado y el chico se encuentra en el umbral de lo que parece un despacho, pequeño y sombrío, con las paredes forradas de carteles -Menuhin. Royal Albert Hall. Concierto para violín y orquesta n.° 2 en sol menor de Prokofiev-, y ve, sentado detrás de una mesa, a un hombre joven y guapo con jersey negro de cuello alto y un aire profesoral, las gafas por encima de la frente y frotándose los párpados con gesto de fatiga.

Nada más entrar, la muchacha se hace a un lado, agacha la cabeza y se cubre con la capucha.

– Profesor, este es mi primo. -Los ojos en el suelo y la voz conmovida, añade-: Mi primo tiene algo que decirle.

El joven profesor levanta la cabeza y la mira, y al hacerlo muestra un rictus arrebatado en la boca y una pulsión en las sienes. Parece querer decir algo y no acaba de decidirse. Verdaderamente es un hombre muy guapo, piensa el aprendiz. Ahora se cerrará la puerta a mi espalda y me robarán las joyas, piensa. Pero el profesor ni siquiera parece haberle visto, sólo tiene ojos para su encapuchada alumna; con mano torpe ordena unas partituras sobre la mesa y finalmente lo mira a él. El falsario espera una señal de la muchacha, pero no se atreve a mirarla por temor a descubrir el juego y comprometerla. La siente inmóvil a su lado, un poco atrás, tensa, expectante, cerca de la puerta que mantiene abierta.

– He sido yo -dice por fin, alto y claro. Y sin poderlo evitar, dejándose llevar por un impulso repentino, con una voz rasposa que se le antoja de otro, añade-: ¡Y volvería a hacerlo!

Cierra los ojos y se apresura a cumplir con el resto de lo acordado: efectuar una rápida media vuelta sobre los talones y salir de allí. Lo hace sin atreverse a mirar a la muchacha y con la mano en la ingle, tanteando bajo la tela del guardapolvo y los pantalones la bolsa con las joyas. Casi en el acto, la puerta se cierra a su espalda con un fuerte golpe. Dada la inmediatez y violencia del portazo, ha tenido que cerrarla ella, piensa: ¿por qué esa prontitud, esa urgencia? Se queda un par de minutos plantado en el pasillo con el oído atento a las voces al otro lado de la puerta, pero lo único que capta es el silencio.

Ya en la calle, mientras espera paseando frente al portal, después de preguntarse inútilmente qué demonios le indujo a decir más de lo que debía, se queda pensando en esa puerta que casi golpea su espalda al ser cerrada de forma tan inmediata y elocuente. He sido yo. ¿Eran esas las palabras mágicas? Lo eran sin duda, y dejaban traslucir un secreto y perturbador ajuste de cuentas entre la joven violinista y el profesor. Una vez obtenido su propósito, a ella le urgía naturalmente cerrar la puerta y dejarle fuera. Ahora piensa también en la rosada calentura que adorna la boca de la muchacha, en la lenta caída de sus párpados, en los suaves plumones de su mano tanteando la suya, y de pronto se le revela la evidencia. Es inútil que la espere, ya no vendrá a explicarle nada, nunca pensó hacerlo. Con todo, se queda allí durante más de una hora, arriesgándose a recibir una bronca del joyero por el retraso en la entrega del pedido.

Ha vuelto tres veces expresamente, en días y horas distintas, y siempre que va al centro con algún encargo del taller, se acerca al cruce de Bruch y Valencia y se para un rato frente al Conservatorio con la esperanza de verla entrar o salir con su capucha, su funda de violín y esas manos que acarician como plumones. Pero nunca más volverá a verla.

9 El culo del mundo en 1945

– ¿Y el cine Roxy?

– El Roxy sí, por supuesto -responde su padre.

– ¿Y el cine Bosque?

– El Bosque también.

– ¿Y el Proyecciones, y el Mundial?

– El Proyecciones, no. El Mundial, sí.

– Padre, ¿y el Capitol y el Metropol?

– No, ninguno de los dos.

– ¿Y el cine Kursaal? ¿Y el Fantasio?

– Tampoco, camarada. Ni el Windsor, ni el Montecarlo, ni el Coliseum. Cines de estreno, ninguno, ¿conforme?

– ¿Y el Maryland?

– El Maryland claro que sí. Pero nos queda un poco lejos. Y los hay más cerca. El Delicias, el Rovira, el Iberia, el Moderno. Los acomodadores son amigos míos. Iremos a verles para que te conozcan y te dejarán entrar sin pagar siempre que quieras.

– ¿De verdad? ¿Cuándo iremos?

– Más adelante.

– ¿Cuándo vuelvas de Canfranc?

– Nunca he ido a Canfranc. No se me ha perdido nada en Canfranc. No existe ningún lugar llamado Canfranc, ¿entendido?

¡Hala, vaya trola!, piensa. Sabe que viaja cada dos por tres a Canfranc porque allí es donde, según le ha explicado su madre, se provee de raticidas infalibles y baratos para la brigada. Pero por alguna misteriosa razón prefiere negar esos viajes, negar la existencia misma de Canfranc y lo que le haya llevado hasta allí. Y es que la trola más grande, la tergiversación y las contradicciones se agazapan permanentemente detrás de las palabras del Matarratas. De todos modos, en medio de tanto embuste y simulación siempre cae alguna estupenda verdad, por ejemplo esa fantástica lista de cines desinfectados por la brigada y con amables acomodadores dispuestos a dejarle entrar sin pagar.

Un auténtico regalo que le llega inesperadamente un día muy frío de primeros de diciembre, a un mes de cumplir trece años y a punto de dejar el colegio para entrar de aprendiz en el taller Munté. Desde primera hora de esta aburrida tarde de domingo ha estado dudando de si pedirle a su madre dinero para el cine, pues intuye que hoy en casa no hay ni una peseta. Su padre lo ha enviado al dormitorio a por un paquete de Chesterfield que se dejó en la americana colgada en el armario, y ha fisgado en todos los bolsillos y husmeado con delectación -le gusta el olor a tabaco rubio que impregna el forro de los bolsillos-, hallando sólo calderilla, que se ha guardado, y ahora no sabe si es por eso o por otra causa que su madre, como si le hubiera visto cometer el pequeño hurto, se muestra tan silenciosa y abatida mientras plancha camisas sobre la mesa del comedor. Conoce y presiente los abatimientos que afloran puntuales y discretos, esa espuma del miedo en las laboriosas manos descarnadas de su madre cosiendo botones, plegando camisas y pañuelos, pinchando naranjas o abrochándose apresuradamente la bata blanca, ese miedo suyo a quedarse sin trabajo por ejercer de enfermera sin título, miedo a que se apague la estufa o a extraviar la cartilla de racionamiento, a que llamen a la puerta de noche, miedo a que se lleven al comecuras a una comisaría y que este chico acabe en un hospicio si ella falta algún día. La lámpara de flecos rojos expande su luz sobre las paredes empapeladas y la sombra de los flecos se proyecta, en el otro extremo de la mesa, sobre las manos de piel de lagarto de su padre, plegadas y yertas la una sobre la otra, y esa luz desfallecida se repite sobre la botella y el vaso de vino, sobre el cenicero de bronce con las dos espigas doradas y sobre el humo de la colilla mal apagada, y se diluye en las sombras del entorno. Un sutil sistema de resonancias domésticas, de hábitos pactados y asumidos en silencio y de mutuo acuerdo, gravita sobre su padre y su madre y sugiere agravios una vez más aplazados, una discusión acaso violenta que de antiguo ambos retienen a flor de labios y que nunca estallará en su presencia.

Se le ha dicho que no se quede en casa poniendo la oreja, que salga a jugar a la calle. Podría ir a Las Ánimas a ver la nueva función del Cuadro Escénico o a jugar al pimpón con el Quique y los Cazorla, pero él prefiere quedarse en casa con Jim Hawkins y el pobrecito Ben Gunn, que sueña con comerse un queso. Le gusta mucho este episodio, le de mucha risa. Después, sentado a la mesa camilla junto a la ventana, mira las ilustraciones deLa fuga del príncipe Hassin y La derrota de James Brooke, los dos últimos capítulos de Los piratas de la Malasia.

– Somos el culo del mundo, Alberta flor de mi vida -masculla su padre con la voz calculadamente dolida-. Desde La Carroña se ve clarísimo. Y desde Canfranc mucho más… En fin, será mejor que nos vayamos, nano -le guiña el ojo recabando su complicidad y se levanta de la mesa repentinamente animado-. Antes de que tu madre se decida a romperme la crisma con la plancha, larguémonos a la calle a tomar viento.

– Ponte la bufanda, hijo -dice ella sin dejar de planchar, sin mirar a ninguno de los dos-. Y que el tarambana de tu padre se lleve el paraguas. Va a llover.

Así es como, desde ese día, paseando por Gracia para matar una sombría tarde de domingo que amenaza lluvia, en algunos cines de programa doble se le abrirán las puertas sin necesidad de pasar por taquilla. Su padre se para a saludar a porteros y acomodadores, y el chico es presentado formalmente. Primero recalan en el Roxy de la plaza Lesseps. Ponen una españolada yBuffalo Bill, con Gary Cooper, que ya ha visto en otro cine.

– Este local es la hostia de grande. Míralo bien -dice su padre, apoyando la pesada mano en su hombro mientras contempla la fachada-. Nos llevó más de una semana dejarlo limpio, pero dentro no quedó ni una pulga, ni una chinche. ¿Y gracias a quién? ¿Eh?

– A la brigada ligera matarratas.

– Eso es. Ven, te presentaré al portero, es un buen amigo

En todas partes, sin traspasar la cortina de la entrada, la misma confiada solicitud de su padre: Si viene el chico, déjalo pasar, hazme ese favor, le gusta mucho el cine, se pasaría la vida viendo películas. Ven cuando quieras, chaval, le dicen. En la pantalla del Roxy, al fondo del inmenso local, suenan tiros. Un parpadeo mágico, y ya está viendo otra vez a Wild Bill Hickok cuando lo matan disparándole por la espalda, y también el último beso que su chica le da en los labios, sin que esta vez Bill Hickok lo pueda borrar con el dorso de la mano, porque ya está muerto en el suelo.

Más tarde pasan por delante del Selecto y su padre recuerda que hasta hace poco esto era una pocilga.

– Piojos y sarna y cosas peores, podías pillar en el vestuario de los artistas. Pero cuando nos fuimos, se podía comer sobre cualquier butaca.

– Hiciste un buen trabajo, padre.

– Pero este no nos vale. El local no es apto para menores.

– Ya lo sé.

– Pues andando.

Se ha parado a mirar el panel de fotos.Las cuatro plumas. June Duprez le gusta mucho. En el cartel que anuncia las varietés ya no aparece Chen-Li, la Gata con Botas, y otras piernas de purpurina y otro nombre se grabarán en su memoria: la Supervedette Lina Lamarr, bailarina cómica.

– ¿Crees que dentro queda alguna rata azul, padre?

– Quién sabe. Sigue andando.

– Tantas ratas azules como hay, y todavía no he visto ninguna.

– Yo no diría eso.

– ¿Crees que antes que la brigada acabe con todas podré ver alguna?

– Te has cruzado con ellas un montón de veces.

– Que no, que todavía no he visto ninguna…

– ¿Qué haces ahí parado? Anda, vamos. -Se mira las uñas, las frota en la solapa-. Si te dieran un duro por todas las que has visto, serías millonario.

– Te digo que no, padre.

– Y yo te digo que sí. -Esquiva la mirada inquisitiva del chico y con la mano tantea de nuevo su hombro-. Verás, estas ratas, a veces, destiñen con la lluvia. Es normal, si lo piensas un poco. En cambio, las ratas pardas, que tienen un pelaje muy delicado…

– ¡Hala! Te estás burlando de mí.

– No te pares, sigue andando.

Tiene que hacerme ver una rata azul, piensa, si no, ya nunca le creeré.

– ¿No me oyes? Sigue andando -insiste su padre-. Y no creas que el riesgo de infecciones está sólo en las ratas. No hace mucho, en algunos cines, meando en los urinarios, uno podía pillar purgaciones. -Señala con el dedo un vetusto balcón al otro lado de la calle, junto al metro de Fontana-. Mira, cuando tú tenías cinco años vivíamos detrás de ese balcón, en el primer piso. Allí murió el hermano pequeño de tu madre, Francisco, con diecisiete años. Era de la quinta del biberón. Lo trajeron del Ebro con tifus y lleno de piojos y sin haber disparado un solo tiro. No puedes acordarte, eras muy pequeño, pero desde ese balcón, un día de enero de hace ahora siete años, tú y yo vimos pasar las tropas nacionales, cuando entraban en Barcelona… Bueno, a lo que iba. ¿Sabes qué es una blenorragia? ¿Sabes qué son unas purgaciones, hijo?

– Es una enfermedad venerosa…

– Venérea.

– Eso.

– ¿Pero sabes cómo se pillan las purgaciones? -Cruzan la calle frente a la joyería Cuesta y siguen bajando por la acera izquierda-. ¿O la sífilis? Te estás haciendo mayor y ya va siendo hora de que sepas algunas cosas, ¿no te parece?

– Pero si todo eso ya lo sé, padre.

– Tú qué vas a saber. Mira, aquí tenemos el cine Smart.

– Ya no se llama Smart, ahora se llama Proyecciones.

– Es una enfermedad infecciosa en la minga que se coge yendo de burilla con mujeres del Barrio Chino. -Se han parado frente al cine y el chico mira los carteles-. Furcias. ¿Sabes lo que es eso? Claro que furcias las hay en todas partes, no sólo en el Chino, que conste… Además -añade con un deje lastimero-, hoy ese distrito ya no es lo que era, ni mucho menos. Tenías que haber visto aquello hace quince años, cuando íbamos a La Criolla en la calle Cid… Bueno, yo sólo fui una vez. Callejuelas miserables llenas de tascas, con fulanas y maricones y chulos de la peor calaña… De todos modos no hay otro sitio para ir de burilla. Pero no es recomendable, ¿sabes?, y es bueno que lo sepas. Supongo que todavía no se te ha ocurrido ir a fisgar por allí con tus amiguitos, algún sábado por la noche…

– Yo no.

– ¿Sabes qué significa ir de burilla, hijo?

– Claro.

– Son cosas que te conviene saber. Ponte bien la bufanda. Tu madre es partidaria de que tú y yo hablemos de eso, así que tenemos que hacerlo.

– Está bien.

– No hay más remedio. Te conviene saber algunas cosas.

– Ya.

– Mejor hoy que mañana, eso dice tu madre. Y puede que tenga razón. ¿No te parece?

– Bueno, no sé…

Recuerda ahora a su padre de pie en el herrumbroso balcón que han dejado atrás, le ve todavía allí embutido en un grueso abrigo con las solapas alzadas, llorando en silencio y con un puro sin encender en los labios mientras mira los soldados que bajan desde la plaza Lesseps agobiados bajo pesados capotes y mantas enrolladas, con sus fusiles colgados del hombro y sus botas retumbando en los adoquines. Él está acuclillado entre dos macetas de geranios y con la cara pegada a los barrotes del balcón. De lo ocurrido ese día, su padre siempre contaba que el niño, mientras lo miraba llorar y triturar el puro con los dientes, de pronto se echó también a llorar, no porque sintiera impotencia y rabia viendo desfilar a los nacionales, no por eso, claro, era demasiado pequeño para entender que se había perdido una guerra y cuántas esperanzas, pero en cierto modo sí podía decirse que lloraba con la misma pena, por empatía, ya que no por otra cosa veía por vez primera llorar a su padre. Pero lo que mejor recuerda es el paso de la tropa calle abajo, aquella extraña y convulsa oruga de espaldas erizadas de fusiles con bayoneta, correajes y cantimploras, y sobre todo, colgando en una de las espaldas de la última fila, tres pajarillos muertos balanceándose ensartados con un alambre prendido en un macuto.

– Sigamos -dice su padre dándole con el codo-. Nunca hemos trabajado en este cine, no me conocen… Cuidado, que viene un buitre ensotanado. -Subía por la misma acera un cura joven y animoso removiendo los faldones de la sotana con sus zancadas y balanceando una abultada cartera de mano. Cuando hubo pasado, el Matarratas se volvió a mirarle-. Es una maricona, no hay más que verle andar.

– Ya -concede Ringo bajando la cabeza.

Ahora mismo daría cualquier cosa por verse en compañía de los amigos del pueblo en alguna verdosa alberca entre viñedos, nadando entre ranas saltarinas; suele pensarlo en momentos como este porque es lo que más le gusta, además de leer libros y partituras: nadar, bucear, llenarse los oídos de agua y de música y de nada más.

– Bueno, dime una cosa -insiste el Matarratas-. ¿Qué es lo primero que tú le miras a una chica?

– ¿Yo?

– Tú, sí.

– Pueeees… No sé. Los ojos.

– Los ojos. Muy considerado de tu parte. -Deja pasar unos segundos y añade-: Los ojos. Has quedado la mar de bien, hijo. Ahora dime qué es lo primero que le miras a una chica. Vamos, vamos.

– ¿Qué…?

– Me refiero a un pimpollo de esos, ya me entiendes, un bombón, que dicen ahora. Ya sé que es una pregunta boba. Pero te habrás fijado en algo que te guste, no sé, por ejemplo el culo… No es nada malo, ¿sabes?, es lo normal. Sí, hombre, no pongas esa cara, a todo el mundo eso le parece normal.

– Ya, pero… es que…

– ¡El culo de las chicas, puñeta! ¿Te gustan o no las chicas? ¡Pero bueno, no sé de qué te extrañas! ¡Es una pregunta bien sencilla!

Él tarda una eternidad en responder, cabizbajo, ocultando la boca y la nariz en la bufanda, y casi también los ojos.

– Es que no me he fijado.

– ¡Venga ya! Cómo no te vas a fijar en eso, un chico normal. Conste que es tu madre la que se ha empeñado en que hablemos. En mi opinión, esta charla deberíamos tenerla cuando cumplas quince o dieciséis años, pero tu madre ha estado dándome la tabarra… Mira, a la derecha tenemos el cine Mundial. Saludaremos a la señora Anita, la taquillera. Es una buena mujer. Te dejará entrar sin pagar, y hasta podrás venir con un amigo, si quieres. O invitar a una chavala. ¿Qué te parece?-Se ríe y le suelta un manotazo amistoso en la espalda que casi lo dobla-. Estupendo, ¿no?

– Estupendo, estupendo.

– Bueno, pues ya está -concluye su padre aliviado y bajando la voz-. Ya hemos hablado de lo que había que hablar.

Poco después se para al borde de la acera, repentinamente abrumado por algo que atañe a sus cosas. Con la mirada perdida sobre el reluciente empedrado y una extraña parsimonia en las manos se lleva a los labios un cigarrillo bastante torcido y lo enciende con una cerilla vacilante y mal orientada.

Hace frío y parece como si la calle prolongara la tristeza y el olor de los pasillos del metro. Pesadas gabardinas y largos abrigos de entretiempo que se diría deambulan colgados de sus perchas, ancianas con negra mantilla, niños de luto con ojos muy abiertos que interrogan, viandantes presurosos y ateridos y parejas endomingadas que entran y salen del bar Monumental se cruzan a su lado y se esfuman en la hora más gris, y su padre permanece clavado allí al borde de la acera con una joroba de pesadumbre en la espalda, viendo caer la tarde sobre los mojados adoquines. Se mueven a piñón fijo, ¿no te parece?, le oye mascullar. El chico conoce estos altibajos en su ánimo: en el momento más inesperado puede ponerse a hacer el ganso, pero, del mismo modo imprevisible, el zángano, el alegre comecuras, el cantamañanas, que le dice madre, desaparece de pronto para dejar paso al cascarrabias intratable y amargado, al tipo duro e insensible, y entonces cualquier cosa relacionada con él, los viajes imprevistos, el maletín con los venenos, los compañeros de la brigada municipal, las herramientas de trabajo, se convierte en algo clandestino, vagamente peligroso. Ahora mismo, ensimismado, parado en el bordillo y de espaldas a la gente que circula arriba y abajo por la acera, su corpachón enfundado en la gabardina de solapas alzadas propicia una sugestión de clandestinidad, lo mismo que la voz que le sale enredada en el humo del cigarrillo y en su propia ronquera, como un eructo que se trocara en íntima jaculatoria: Estamos en el culo del mundo, hijo mío, somos el culo del mundo.

Volverá a aliviarse media hora después con estas mismas palabras en el Maryland de la plaza Urquinaona, el cine que les pilla más lejos de casa, y cuyo nombre de resonancias anglófilas, cuando oficialmente predominan las germanófilas, le explica su padre, ha sido cambiado por el de cine Plaza, aunque él siempre lo llama Maryland. Esta semana ponenSangre, sudor y lágrimas y Buffalo Bill, la misma del Roxy. En el vestíbulo, después de ser presentado al señor Batallé, portero y acomodador, él asoma la cabeza al patio de butacas por entre las cortinas y constata que aún no han matado a Wild Bill Hickok, mientras su padre ahueca la voz, ahogando su cabreo: ¿A quién le importa lo que ocurre aquí, Batallé? ¿Aún crees que la solución a nuestros males ha de venir de fuera? Y responde el señor Batallé en un cauteloso susurro: ¿De dónde si no, Pep? Ya puedes ir buscándote otro trabajo porque la guerra contra los boches se acabó, por si no te has enterado, y Canfranc pronto dejará de ser la rica despensa de Europa. Han cerrado la frontera y han tapiado el túnel, hay por lo menos diez mil soldados en la zona y construyen búnkers en todo el Pirineo, pero ya no es como antes, cuando la Gestapo vigilaba la frontera del lado de allá, y la Falange del lado de acá. ¿A qué sigues yendo al consulado británico, aquí cerca, si ya no necesitan enlazar con la frontera para nada? Ahora paso por Pont de Rei y duermo en Vilella, dice su padre. Marcelino te manda un abrazo. Y digas lo que digas, queda mucho por hacer… Claro, pero ya no es lo mismo, ahora hay que esperar lo mejor, insiste el portero: ¿No sabes que las Naciones Unidas acaban de repudiar al Régimen? ¿Y qué? ¿Por eso crees que vendrán, alma cándida?, gruñe su padre. Pues claro que sí. Y en la misma cloaca que han metido a los nazis meterán al puto Generalísimo, ¡y nosotros lo veremos, Pep! ¿Ah sí? ¿De verdad piensas que les importamos mucho a estos señores de las Naciones Unidas? ¡Mira que llegas a ser ingenuo, hostia puta! ¿Has olvidado que hace apenas dos años teníamos en el valle de Arán a cuatro mil hombres esperando a esos jodidos aliados hijos de su padre, y nunca llegaron?¡Vivimos un espejismo, Batallé, y lo malo es que nos gusta! ¡No vendrán, coño, no te hagas ilusiones!

Encabronados ambos, creen estar descifrando las corrientes que llevan los grandes flujos de la historia en estos últimos años, pero una vez más y sin poderlo remediar no hablan de otra cosa que de su irredenta melancolía y sus íntimas derrotas, y es entre esas reiteradas charlas y discrepancias donde el chico aprenderá a convivir con los humores de una cotidiana amargura y una tristeza cuyo origen se le había antojado una maldición. Con todo, él no quiere tener nada que ver con la Historia, no necesita ajustar cuentas con nada de eso, de modo que prefiere meterse de nuevo dentro de la película y hacerse con el sombrero negro y el revólver plateado de Bill Hickok después que la traicionera bala en la espalda lo ha abatido, mientras oye la voz desarmada del Matarratas susurrando a su amigo Batallé: ¡Nunca vendrán, hostia! ¿No ves que no pintamos nada, hombre, no ves que somos el culo del mundo?

Este culo del mundo en boca de su padre manifiesta siempre el mismo sentimiento de pérdida y de nula autoestima, por mucha coña y sarcasmo que le eche y por diversas que sean las variantes que tome la expresión: somos la última mierda que ha parido la historia; somos la cloaca de Occidente; somos la más grande escoria habida y por haber sobre la faz de la tierra; somos el no va más de la nada más absoluta. Fuera cual fuera el motivo que le inducía a soltar cada dos por tres el consabido latiguillo, Ringo no piensa que en ese autoinculpatoriosomos estén incluidos él y su madre; piensa más bien en el círculo casi clandestino de las amistades paternas, en sus compañeros de la brigada raticida y en los sucios y apestosos antros donde a veces tenían que ejercer su trabajo, en sus obligadas y prolongadas ausencias, fueran legales o no las comisiones que percibía por los viajes a Canfranc -misterioso enclave que al parecer no existía-o al caserío de La Carroña; pensaba en la pobreza y en las dificultades que habría compartido con su Alberta desde tiempo atrás, los infortunios pasados y presentes de la familia… No, él nunca habría equiparado a su Alberta flor de mi vida con el culo del mundo, suponiendo que el mundo tuviera culo. No directamente, cuando menos, porque a pesar de comportarse a menudo como un tarambana y un cantamañanas -eran los calificativos que ella le dedicaba habitualmente-, nunca eludió la que consideraba su máxima responsabilidad como padre y marido: traer de vez en cuando dinero a casa, poco o mucho, del modo que fuera y a costa de lo que fuera.

El culo del mundo. Durante mucho tiempo el niño ha tomado estas palabras como un simple desahogo, un exabrupto tabernario convertido en costumbre, el bufido de un hombre asqueado y cansado de sus propios retruécanos, blasfemias y mentiras, hasta comprender que este culo tantas veces mentado no es otra cosa que el país en el que vive, y que la relación establecida en términos tan despectivos entre el país y el culo refleja un sentimiento general de exclusión, desestima y derrota, un desprestigio sabido y asumido por todos, la triste conclusión de que no pintamos nada en el mundo. Así que somos la última mierda, y hasta peor que eso, al decir de su padre, y también del señor Sucre y del capitán Blay, siempre despotricando lo suyo en un banco de la plaza Rovira o en el mostrador de la taberna. En la ciudad gris y en medio de tanta penitencia y ceniza, cuando nada de lo que pasa aquí interesa al resto del mundo, cuando, según oyó comentar al señor Sucre, hasta los embajadores extranjeros se van con viento fresco y sufrimos un aislamiento internacional de narices y sin precedentes, ¿cómo demonios van a hacernos algún caso en ninguna parte, con esta rata de cloaca que tenemos en el Pardo presumiendo de guardia mora y de ser el centinela de Occidente -el señor Sucre es muy leído y se hace escuchar cuando habla- rodeado siempre de yugos y flechas como arañas negras y de oraciones y canciones azules? Si es que no somos nada, muchacho, si es que hasta nuestra selección nacional de fútbol ya sólo puede jugar contra Portugal, si hemos acabado tan malamente que el resto del mundo no sabe ni que existimos, si somos la rechifla, nano.

El domingo siguiente está sentado en primera fila del cine Delicias en compañía del Quique y elChato. Sólo ha tenido que decirle al portero soy el hijo del Pep Matarratas y los tres han entrado sin pasar por taquilla. Al Quique ya se le conoce desde hace tiempo como el Pegamil y últimamente no hace más que hablar de chavalas que de seguro se dejarían tocar si las llevamos a la Montaña Pelada, y de lo mucho que Violeta Mir en bañador y con la toalla como un turbante se parece a María Montez, aunque tú no te hayas dado cuenta, le dice a Ringo, porque tú cuando ves una peli te fijas en otras cosas, pero de verdad que se parecen un montón.

– ¡Será por el culo! -exclama elChato.

El Quique presume de haber sido el primero al que le vino el gusto cuando la pandilla se hizo una paja colectiva en las ruinas de Can Xirot; todos se la pelaron pensando en María Montez, pero él se puso a pensar en Violeta y por eso le vino enseguida, y explicó que fue como si le hubiera sacudido una dulce descarga eléctrica. Ringo tiene al Quique por su mejor amigo, aunque no sabría decir por qué, y a menudo le invita al cine gratis. Para mantenerle callado y que no incordie durante la proyección, siempre le promete una aventi con Violeta secuestrada y a punto de ser torturada por los dakois o por los sioux, y con él solo para salvarla, sin ayuda de nadie. Esta deferencia tiene su origen en una de sus primeras invenciones protagonizada por el Quique, y luego convertida por este en un sueño recurrente: Violeta Mir vive en la jungla en estado semisalvaje y es acosada por mil peligros, la persigue una pantera, se le echa encima, le desgarra el vestido y está a punto de devorarla. Armado con su arco, el Quique llega a tiempo para matar a la pantera clavándole una flecha entre los ojos. Entonces coge a Violeta en brazos, le cura los rasguños y se la lleva a nadar en el lago con Tarzán y Jane. Durante mucho tiempo esta fue la aventi preferida delPegamil, y la solicitaba a menudo. Un día, inesperadamente, el narrador introdujo una variante: el Quique falla con su primera flecha y la pantera se come una pierna de Violeta. Una segunda y certera flecha mata a la fiera y el Quique consigue salvar a la chica, a la que enseguida vemos en el lago nadando con una sola pierna y, pese a ello, ganando a Jane en una carrera.

– Bueno, pero más adelante se encuentran al Mago Merlín, que le devuelve la pierna -remató Ringo el episodio al advertir el desconsuelo de su amigo, que no se conformó y exigió no fallar con la primera flecha. Ringo no quiso cambiar nada y acabaron peleados. La mala conciencia aconsejaba a Ringo restituir el muslo a Violeta y hacer las paces con el Quique, pero la soberbia se lo impidió durante un tiempo. Cuando finalmente lo hizo, recuperando la primera versión, el muslo devorado ya se había convertido en una obsesión para el Quique: en sus propias aventis, siempre aturulladas y rematadas de cualquier manera, en el momento menos apropiado surgía de pronto la pantera a punto de morder el muslo moreno de Violeta, ella gritando socorro y él acudiendo con su arco y sus flechas…

Ahora, agazapado en la butaca del Delicias, guarda silencio un buen rato, pero hacia la mitad de la película ya no puede contenerse y le susurra al oído:

– Que no sean los dakois, Ringo. Esta vez la secuestran los cheyennes del jefe Mano Amarilla.

– Bueno.

– Y yo soy un explorador de la jungla y me llamo Alan Baxter. Y la salvo cuando ella está a punto de ahogarse en el lago.

– Está bien.

– Y va vestida como María Montez enLas mil y una noches, y con el turbante en la cabeza…

– Vale, lo que quieras, pero ahora estamos viendo la peli, así que cállate.

Basil Rathbone pincha una naranja con su cuchillo y Tyrone Power le observa con una sonrisa irónica mientras cenan en casa del alcalde felón de Los Ángeles, un pelele rechoncho y cobarde en manos de su ambicioso capitán de la Guardia. Entre los comensales también está la guapísima Linda Darnell, pero de momento los chicos sólo tienen ojos para Tyrone Power y Basil Rathbone. Este todavía no sabe que su invitado Diego Vega es el mismísimo Zorro, el justiciero enmascarado. Los chicos conocen muy bien a Basil Rathbone, lo han visto haciendo de villano enEl capitán Blood, en Robin de los bosques, en Aventuras de Marco Polo y hasta en David Copperfield como el malvado señor Murdstone, siempre con esa mirada de siniestro pajarraco y su nariz ganchuda. Ahora es el capitán Esteban Pasquale y se pasa la peli jugueteando con el florete en la mano, ensayando estocadas mortales. Acentúa su mueca sádica mientras tortura la naranja con el cuchillo y observa con desprecio a Tyrone Power, el cual, bordando su máscara de petimetre amariconado para que nadie sospeche que es el Zorro, le dice:

– Estoy viendo que tratáis a esa fruta como a un enemigo.

– O a un rival -responde el capitán, y entonces el alcalde regordete y servil va y suelta lo increíble:

– Mi gran Esteban no pierde ocasión de batirse con alguien. ¡Por algo fue profesor de esgrima en Barcelona!

Estupefacto, Ringo pega un bote en la butaca del Delicias y acto seguido, sin reponerse del asombro, golpea con el codo a su amigo.

– ¡Quique! ¡¿Has oído eso?! ¡¿Lo has oído?!

– Me parece que sí.

– Ha dicho ¡en Barcelona! ¡A que sí, a que lo ha dicho!

– Sí, lo ha dicho -confirma elChato a su izquierda-. ¡Lo juro, lo juro! Ha dicho en Barcelona.

Increíble, resulta fantásticamente increíble. Menuda sorpresa, chavales. Qué emocionante, qué extraña sensación oír el nombre de esta ciudad en boca de famosos artistas de Hollywood, tan lejos de aquí, de esta parroquial y consagrada tristeza del domingo por la tarde. Fantástico. Piensa decírselo al resto de la pandilla que todavía no ha visto la peli y también a su madre nada más llegar a casa, y sobre todo a su padre cuando vuelva de Canfranc. ¡Saben que existimos, no somos tan poca cosa, padre, no se han olvidado de nosotros! ¡En Hollywood saben que esta ciudad existe! ¡Basil Rathbone fue profesor de esgrima en Barcelona!

El asombro y la exaltación no son compartidos en absoluto por su padre, que se muestra jocosamente sorprendido ante tanta euforia y confiesa no saber quién es Basil Rathbone ni haber visto la película en cuestión. Al chico le decepciona que su padre no se acuerde de tantas veces como se ha quejado con amargura precisamente de eso, de ser o estar en el culo del mundo, él y todos nosotros y nuestra ciudad y España entera con su selección nacional de fútbol, considerada también el culo del mundo porque ya sólo Portugal quiere jugar contra ella, pero lo disculpa porque sabe que nunca le ha prestado al cine la menor atención, ni siquiera como entretenimiento; le gusta tan poco que sólo haciendo un esfuerzo es capaz de aguantar una película hasta el final.

En cuanto a su madre, al oírle contar el episodio sonríe ligeramente ocultando la cara, pero él percibe su leve cabeceo de placer, como si escuchara una música lejana y grata.

10 Caligrafía de los sueños

En la vertiente sur de la colina, cerca de la cumbre, hay tres peldaños de una escalera labrada en una roca.

– Hola, Paqui. ¿Llegó la carta?

El saludo y la pregunta irrumpen en la taberna unos segundos antes de que lo hagan las opulentas curvas embutidas en la bata blanca. Ha salido de casa sólo un momento para tomarse la copita de coñac y de paso preguntar si hay novedad. Como siempre a esta hora, mediada la tarde, la taberna está vacía y la discreción asegurada, aunque es bien sabido que ella no le teme al chismorreo. Viene la sanadora con su habitual y hogareño atuendo de trabajo, en zapatillas y con rulos en el pelo, las cejas depiladas y el conocido aroma a linimento que sus manos esparcen por el aire, porque no paran de moverse dejando oír el ruido de quincalla de las pulseras, como no tarda en comprobar el hijo de Berta sentado junto a la ventana, muy quieto, camuflado bajo la luz verdosa que se filtra por la persiana. Al irrumpir en el local la ronca y fastidiosa voz, deja caer un poco más la cabeza sobre el libro.

– ¿No me oyes, Paqui?-dice la señora Mir, lanzándose en línea recta hacia el mostrador-. ¿Llegó, o me tiro debajo de un tranvía, pero esta vez de verdad?

– ¡Hay que ver cómo te gusta liarla, Vicky! -responde la tabernera.

– Bueno, ¿sí o no?

De pie sobre un taburete, ocupada en la limpieza del estante más alto repleto de botellas polvorientas, la señora Paquita suspende la faena y se vuelve hacia su amiga.

– ¿Sabes una cosa, cariño? Lo estás llevando fatal…

– ¿Quieres hacer el favor de contestar, Paqui? ¿Qué hay de lo mío? ¡La carta ya tendría que estar aquí! ¿No te dijo que la iba a traer al día siguiente?

– No, ricura, eso no me lo dijo. Primero la tenía que escribir. Además, ya sabes, las cartas de amor siempre tardan una eternidad en llegar… -Sacude el paño que ha acumulado polvo y, con un mohín desdeñoso, añade-: Bueno, eso dicen.

– Tú no atiendes aquí todo el día. Por la mañana está tu hermano. A lo mejor él sabe algo. Pregúntale.

– Me lo habría dicho.

– ¿Le has preguntado?

– Pues claro.

– ¿Dónde anda ahora?

Sin esperar respuesta, la señora Mir se dirige con paso decidido al fondo del local. Al pasar junto al chico levanta el brazo rollizo y le enmaraña el pelo.

– ¿Cómo va esa mano, artista?-dice sin pararse-. ¿Estás escribiendo una carta a la novia?

Él da un respingo y esconde la mano vendada y el lápiz dentro del cabestrillo en un rápido acto reflejo, como si le hubiera picado un bicho, y con la otra mano tapa el pequeño cuaderno escolar de hojas pautadas colocado sobre el libro. Qué lejos está de estas confianzas y zalamerías, de esta mano regordeta y perfumada en sus cabellos y de esta soñadora mirada azul. Encorvado, con la cabeza metida entre las páginas deLa piedad peligrosa, sujeta el lápiz amarillo con el pulgar y el corazón, no sin cierta dificultad a causa de la espectral ausencia del dedo índice. Que le vean con el lápiz entre los dedos le causa una sensación de impotencia y de ridículo; se cree descubierto, pillado en una mentira, intentando coger humo con la mano o algo así. Mientras esta fisgona ande merodeando cerca, prefiere dejarlo todo como está, la mano y el lápiz escondidos, la cabeza agachada sobre la novela y esta cubriendo la libreta escolar, donde la otra mano tapa la última anotación.

– ¡Agustín, sal un momento! -grita la señora Paquita desde el mostrador-. ¡¿Algún recado para Vicky?!

Con su enorme barriga sólo equiparable a su enorme desgana de todo, el tabernero, cincuentón afable y rubicundo, de ojos saltones y gran bigote canoso, se deja ver en la puerta de la cocina con su mandil a rayas negras y grises y una aceitera de cristal en la mano, exclamando ¡presente! en tono cansino y socarrón. Antes que la señora Mir llegue a su lado, el hombre ya dice que no, que en toda la mañana no ha venido nadie con ninguna carta.

– Estoy preparando unos pajaritos fritos de chuparse los dedos, señora Mir -añade sonriendo-. ¿Quiere probar uno?

– ¡Ni regalado! -Y dando media vuelta con todas sus redondeces y un ostensible aire de reproche, desanda rápidamente el trayecto y regresa al mostrador, donde ya tiene servida la copa de coñac-. Qué horror, Paqui. ¿De dónde salen esos pobrecitos gorriones?

– Calla, calla, que estoy furiosa. Es cosa del mayorista de vinos, compra los pájaros a un cosechero del Panadés. Le he dicho a mi hermano que la próxima vez se los daré al gato. -Y en tono resignado-: Bueno, ya lo has oído. Todavía nada. Y estamos al tanto, que conste. Igual te llega por correo…

– ¡Y dale! ¿Por qué crees que él prefiere dejarla aquí? ¿No recuerdas que te dije que esa carta no debe caer en manos de la niña?-Apura el coñac en dos rápidas acometidas y se queda mirando el vacío. Parece muy contrariada-. ¿Sabes qué, bonita? Ponme otro.

¡Esos pobrecitos gorriones, ha dicho! ¿Se puede ser más cursi? Por no tener que verla tan de cerca ni más de lo necesario, ya que no oírla es imposible, Ringo vuelve la cara poniendo atención en la calle a través de la persiana. Al otro lado de la calzada, junto al bordillo de la acera de enfrente, un niño de unos seis años, en camiseta y con el pelo alborotado, pedalea esforzadamente una pequeña bicicleta amarilla de dos ruedas, la trasera con el refuerzo de ruedines laterales para mantener el equilibrio. Lo conoce, es Tito, el hijo pequeño de la peluquera Rufina. El niño se apea de la bici y, en cuclillas, examina con expresión ceñuda el artilugio de los ruedines mal atornillados que le impide coger velocidad.

Aunque mantiene la mirada en la calle, con el rabillo del ojo y a pesar suyo no puede dejar de ver cómo la señora Mir se atusa el pelo con su mano regordeta, cómo se muerde el carnoso labio inferior y cómo fija la mirada en la pared detrás del mostrador diciendo en tono lastimero:

– Estaría mejor arrodillado.

Allí cuelga el calendario cuyo amplio soporte de cartón anuncia una bebida refrescante mediante el reclamo de la vieja fotografía, ampliada y coloreada artificialmente, en la que once rudos futbolistas de antes de la guerra posan antes de disputar un inmemorial partido. Eso es lo que mira la señora Mir, esta antigualla deportiva de musculosas piernas. El calendario es del año pasado y su permanencia en la pared, con la hoja de diciembre sin arrancar, se atribuye a la predilección del tabernero por la histórica entidad futbolística tan vinculada al barrio. Al pie de la fotografía, que ya es casi una reliquia, y en grandes letras, se lee:C.D. Europa, temporada 1924-25. Cinco robustos jugadores posan hombro con hombro y rodilla en tierra, el central con el balón en las manos, y detrás, de pie, con los brazos cruzados y el rostro crispado, seis más, incluido el portero con su gorra y rodilleras, todos con pantalones hasta las rodillas y apretadas camisetas luciendo la uve azul sobre el pecho. Los aguerridos jugadores miran al objetivo con fiereza, peleones y asilvestrados, como enfrentados a una ventisca. El extremo izquierdo, con un pañuelo atado a la frente y los cabellos enhiestos como un plumero, es tan patizambo que podría pasar un tranvía por entre sus piernas.

– No seas cabezota -dice la señora Paquita-. No es él.

La señora Mir vacía la segunda copita de un trago y la deja sobre el mostrador diciendo con la voz deprimida: Apúntalo, reina, y seguidamente se dirige hacia la puerta. Antes de salir se vuelve con los brazos en jarras.

– Yo juraría que sí. -Y añade-: ¿Tú qué harías, Paqui? Dime la verdad.

– ¿Qué haría acerca de qué…?

– ¿Esperarías?

– Yo sí. Desde luego que sí.

– ¿Cuánto tiempo?

La tabernera tarda un poco en responder, y lo hace bajando la voz.

– Está loco por ti, Vicky. ¿O es que todavía no te has enterado?

– ¿Te dio esa impresión? ¿De verdad?-inquiere ella con ojos chispeantes.

– Tenías que haberle visto sentado allí, escribiendo. Lo mal que lo pasó. Y prometió que te haría llegar esa carta. ¡Eres su novia, su amada novia…!

– Pero tú, ¿cuánto tiempo esperarías?

– Antes dime una cosa. ¿Qué pasó aquel día que te tiraste en la calle? ¿Malas noticias de Francia? Me habías dicho que tu hermano estaba enfermo…

– No. Eso fue cuando estaba en el campo de concentración… Eso ya pasó, ahora está bien. No, fui yo, que perdí el oremus… No sé cómo explicarlo.

– Pero, a ver, ¿qué pasó para que salieras a la calle de aquel modo?

– ¡Ay, no sé, Paqui! Algún día te contaré. -Pensativa, mientras se lleva la mano al pecho izquierdo para auparlo y acomodarlo mejor al sujetador, parpadea con los ojos maliciosamente entrecerrados y susurra-: La asquerosa toalla liada a la cabeza, para disimular… Ojalá me lo hubiera creído, ojalá.

– ¿El qué, Vicky? ¿Qué has querido decir?

– Nada. A ver, no cambies de tema. Te he preguntado cuánto tiempo esperarías.

– ¡Pues el que haga falta, mujer! -Se queda mirándola, contrariada al no conseguir aclarar nada, y suaviza el tono-. No te equivoques con él, Vicky. No es un hombre corriente. No habla por hablar.

– ¿Ah, no? Tú qué sabes.

– Nunca he visto a nadie tan dispuesto a cumplir una promesa. Está colado por ti, Vicky.

– ¿De verdad lo crees? ¿O lo dices para animarme?

Sin esperar respuesta, la señora Mir frunce la boquita de piñón con aire pensativo, se palpa las caderas, se encoge de hombros y se despide con un gesto vago que lo mismo puede decir qué más me da o que Dios te oiga.

Él no puede por menos que constatar una vez más lo ridículo del asunto. ¡Vaya con los amores contrariados de doña floripondio! Sencillamente, cuesta creer que esta caricatura de mujer sea capaz de vivir una verdadera historia de amor, y también cuesta creer que la señora Paquita, que no pocas veces se ha burlado de ella, ahora le siga el juego animándola a esperar esa carta. ¿Cómo ha podido la tabernera solterona decir que este vejestorio es la novia de alguien? ¿Qué entenderá por novia la señora Paquita? ¿Alguna vez la ha visto morrearse con alguno de sus anteriores fulanos en el parque Güell, o dejándose meter mano en una cueva de la Montaña Pelada?

En el balance de las querellas cotidianas del chico pesa mucho más lo imaginado que lo vivido, y aunque es muy imprecisa la frontera entre lo que ve y lo que pugna por ver, no suele dudar en el momento de elegir: aun sin saber bien si la voluptuosa señora merece compasión o risa, en esa disyuntiva se siente muy poco indulgente. Por mórbidas que puedan resultar las expectativas que ella suscita con sus tribulaciones amorosas, esas expectativas estarán siempre en el nivel más bajo de lo que para él representa lo grotesco y lo risible.

Una vez que la señora Mir se ha ido, el mirón involuntario desteje su atención y permanece un rato escrutando la calle tranquila y soleada a través de las rendijas de la persiana. Hace un rato ha visto pasar al señor Sucre y al capitán Blay conversando camino de la plaza Rovira, parándose alternativamente cada dos metros para puntualizar algo en su interminable controversia, pero sin gritos ni aspavientos, las cabezas muy juntas, las manos a la espalda y la vista en el suelo. Al otro lado de la calle, en la desconchada pared frontal donde no se abre ninguna puerta ni ventana, hay una mancha de humedad que parece un tornado girando vertiginoso y amenazador sobre el niño que pedalea arrimado al bordillo de la acera. Arriba y abajo con su pequeña bici, cabeceando encorvado sobre el manillar, el chaval parece cumplir un trámite aburrido o un castigo. La bicicleta es un trasto viejo de piñón fijo, sin frenos. Los ruedines laterales aseguran el equilibrio y la integridad física del ciclista, pero frenan su carrera y anulan su esfuerzo, impidiéndole esprintar y cruzar victorioso la imaginaria meta. El chaval se apea de la bicicleta y empieza a darle patadas.

Sus ojos vagan de la calle a la escritura. La mano vendada aún sostiene el lápiz con esfuerzo, y la otra mano persiste en tapar pudorosamente la primera anotación cuando, prestando atención a otros ecos y a otro ritmo, otras lecturas, decide corregir y precisar más.

En su vertiente sur, labrados sobre una roca, hay tres solitarios peldaños de una escalera que nunca se terminó, que nadie sabe adónde quería subir.

Cree que solamente en ese territorio ignoto y abrupto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repeler el entorno hostil y reinventarse a sí mismo. Le gustaría ser capaz de proclamar que la mayor parte del día su espíritu no está donde suele dejarse ver en persona, sentado en la plaza ondulada del parque Güell con un libro en las manos o en esta mesa junto a la ventana de una sombría taberna, sino mucho más lejos del barrio y de la ciudad, en parajes muy diversos y a menudo en un precario equilibrio sentimental, cultivando su extrañamiento en largos y solitarios paseos sobre la nieve crujiente de la Perspectiva Nevski, por ejemplo, o viajando en una diligencia por los caminos de Yormouth, o acaso deambulando por las brumosas callejuelas de Blackfriars a orillas del Támesis, por los desolados páramos de Yorkshire donde siempre silba el viento, o entrando en la pensión Vauquer de la rue Neuve-Sainte-Geneviève, o tumbado en las praderas de Kenia próximas al Kilimanjaro, bajo los sombríos árboles de Thornfield o acaso vagando por las colinas de Balaklava sembradas de metralla y jinetes muertos. Porque fuera de estos muros, fuera de la taberna, todo lo que hay ha sido despojado de sentido y de belleza y de futuro, sólo es un trajín de seres acogotados y de pobres afanes que no importan, que no merecen atención; porque a quién puede contentar día tras día esta monótona e interminable sucesión de fachadas grises y amedrentadas, estas calles de aceras reventadas o todavía sin pavimentar y estas calzadas de tierra apelmazada donde los chavales dibujan calaveras y tibias cruzadas con sus cortaplumas, estos solares yermos y estas esquinas melladas y roñosas con la araña negra estampillada. Lo poco que le retiene aquí es lo mucho que echa en falta. Cada vez que levanta la vista del libro se siente fuera de lugar, desplazado por un imprevisto golpe del destino, y ese sentimiento de desarraigo es más patente cuanto más cavila sobre su fortuito origen familiar; también él, si uno se para a pensarlo, es una patraña tramada por el destino, una bola monumental, pues aparenta ser hijo de quien en realidad no es su madre, y no digamos ya del padre, precisamente el rey de la patraña. Y uno no tarda en descubrir cantidad de cosas que podrían haber sido de otra manera, porque su padre biológico quizás todavía vive quién sabe dónde y a saber cuántos hermanastros, primos y sobrinos y tíos podría tener, y a buen seguro no llegará a conocerlos nunca, aunque lo más conveniente sería aceptar que tiene cuatro padres y ocho abuelos y una fantasmal parentela consanguínea y otra no menos fantasmal, por ficticia, y que todo es naturalmente así de extraño, contingente y engañoso. Por ejemplo, lo que ahora mismo está mirando sin ver a través de la ventana del bar, esta calle soleada y en suave pendiente que un niño remonta pedaleando con esfuerzo en su pequeña bicicleta: también esta calle esconde una impostura, una engañifa que mucha gente ignora, pues no se llama como debería llamarse, según el señor Sucre le explicó detalladamente al capitán Blay una noche de verano, sentados ambos en la puerta del bar con un porrón de vino refrescándose dentro de un cubo con hielo. Conocida como Torrente de las Flores, dijo el señor Sucre, nuestra querida calle, que baja rectamente desde la Travesera de Dalt hasta la Travesera de Gracia para toparse de frente con el cine Delicias, es creencia popular que en tiempos remotos fue un torrente de aguas cristalinas y orillado de flores, y de ahí el origen del patronímico. Pero tal creencia se basa en una engañifa, tal como explicó esa noche el señor Sucre a quien quisiera oírle -es decir, nadie salvo el capitán Blay, fumando pensativo a su lado, y el chico de Berta parando la oreja como de costumbre, fascinado ante la estrafalaria memoria de la pareja-, esta barriada de La Salud que hoy habitamos tan ufanos, en su remoto origen, hace miles de años, debió de ser efectivamente un vergel inmaculado y fantástico, un florido y esplendoroso Edén, pero en honor a la verdad había que decir que la calle fue bautizada con los apellidos de un señor oriundo de El Ferrol llamado Manuel Torrente Flores, propietario de los terrenos que cedió para urbanizar esta zona y su torrentera a finales del siglo XIX.

– Así que de Torrente de las Flores, nada de nada. Hoy por hoy, como tantas cosas en esta ciudad ratonera -concluyó con sorna el señor Sucre-, nuestra calle tampoco se libra de ser una puñetera falacia.

– ¿Y qué dirías tú, muchacho?-entonó zumbón el capitán Blay al ver al chico escuchándoles asombrado-. ¿Dirías que la calle va de montaña a mar, o de mar a montaña?

Risas y toses de vejetes ociosos y estrambóticos. Entendió que ambos querían tomarle el pelo una vez más, pero aun así optó por una respuesta basada en la lógica. Siempre deseó merecer su confianza.

– De montaña a mar, señor, porque la calle va de bajada.

Este tramo de la calle es el más propenso a los espejismos, diría en cierta ocasión el señor Blay escrutando los viejos raíles. Acaso ahora mismo el chaval de la bici experimenta lo mismo, piensa él: basta dejarse ir calle abajo para ganar el equilibrio y la apuesta. Se trata de una experiencia muy corriente, algo que viven muchos niños a esa edad -si la suerte o sus padres quiso obsequiarles con una bici, claro, que no fue su caso-, y que en esta ocasión, no acierta a saber por qué, le parece significante. Muchas cosas se le antojan significantes desde hace algún tiempo, pero hoy tardará un poco en descubrir que el pequeño y furioso ciclista no se propone destrozar su bici, sino solamente aquello que le amarga la victoria y le impide disfrutar del viento en la cara, frustrando la gran aventura del equilibrio ganado a pulso y por su cuenta, sin ayuda ni apaños de ninguna clase. Sentado en el bordillo de la acera, junto a la boca de la cloaca, el niño se enfrenta enrabietado al problema agarrando los soportes metálicos de las ruedecillas supletorias y zarandeándolos a un lado y a otro con el fin de aflojar las tuercas. Lleva pintada en el rostro la firme decisión: acabará con los malditos ruedines aunque sea a dentelladas. Pero al cabo de un rato no ha conseguido gran cosa. Ve pasar a un conocido, un pintor de brocha gorda con su escalera al hombro, y pide ayuda. ¿Tiene un martillo, por favor, señor? El hombre sonríe sin pararse, va con prisas, le enmaraña cariñosamente el pelo con la mano y sigue su camino. En el transcurso de la siguiente media hora solicita ayuda a varios viandantes, conocidos o no. Algunos ni le miran y otros ni se paran, le escuchan sonriendo y alegan excusas diversas. ¿Una llave inglesa?, no tengo, se me han acabado. Y otro: ¿Por qué no te vas a casa y le dices a tu madre lo que te propones, valiente? El niño se levanta, se la saca por un lado del pantalón y mea contra la pared donde el tornado parece avanzar bailando. El último en pararse a su reclamo es un cerrajero de la calle Martí que le explica que estas ruedecillas satélites que quiere quitar están ahí para guiarle mejor en la carrera e impedir que se rompa la crisma. El niño detesta también el piñón fijo, y pregunta si se puede cambiar, pero no obtiene respuesta. ¡No quiero ir a piñón fijo!, se lamenta una vez solo. De vez en cuando se levanta para patear y aporrear la bici, y luego vuelve a sentarse.

Deja de mirarle un instante al darse cuenta que los dedos entumecidos de la mano vendada todavía sostienen el lápiz. Lo suelta por fin y repara en lo que ha escrito. Apunta una corrección, pero no le acaba de gustar y la descarta; se entretiene garabateando en un imaginario pentagrama un grupeto con alas, y cuando levanta la cabeza de nuevo, Tito está zarandeando furiosamente los ruedines, más empecinado y rabioso que antes, a punto de romper a llorar. La cabezonería, el interminable desacuerdo entre el chaval y su bici acerca de quién debe a partir de hoy ser el dueño del equilibrio y el hacedor de la victoria, retiene su atención un buen rato. Finalmente Tito logra desenroscar los brazos metálicos y los arroja a la cloaca junto con las ruedecillas satélites. Enseguida arrima la bicicleta al bordillo y monta, y entonces, con un pie en el pedal y el otro en la acera, antes de dejarse ir calle abajo, lanza por encima del hombro una mirada triunfal en dirección a la ventana del bar, sabiendo que alguien le observa.

Seguramente se dará unos cuantos batacazos antes de conseguirlo y volverá a casa con las rodillas peladas y algún chichón, piensa al apartar los ojos de la calle y dejar caer la persiana. Poco después la vuelve a levantar al oír un estrépito de hierros. No, ningún coche lo ha pillado, y nadie parece haberlo visto. Nadie más que él. El chico se está levantando junto al bordillo y dirige una torva mirada a la ventana del bar, se lame una peladura en la mano, se sacude el pantalón, remonta la calle a pie con su bicicleta al lado y al llegar a la altura del bar lanza otra mirada esquinada y desafiante al único testigo de su hazaña. Y esta vez el testigo ha comprendido. Soltando el lápiz sobre la hoja emborronada, con una atención intensa y sin desmayo, inesperadamente escrupulosa en captar los detalles, observa al niño lanzándose una y otra vez con su bici a tumba abierta calle abajo, resuelto y veloz a pesar de los bandazos y las trompadas, la barbilla pegada al manillar y una fijación maniática en la mirada, una poderosa tensión que se nutre a partes iguales de optimismo y frustración, y que el rostro no deja de reflejar hasta caer estampado en medio de un enredo de ruedas y piernas y brazos, para volver a levantarse en el acto con las rodillas despellejadas y sangre en los morros y regresar calle arriba a pata, sentarse en el sillín y emprender nuevamente la marcha desde el bordillo, impulsándose con un pie y con un empeño que anula el temor al batacazo. Desde el bar, con la mano herida parada en el aire, sintiendo en los dedos la ausencia del lápiz, él no puede dejar de mirar el pedaleo persistente y desesperado que se trunca una y otra vez en las caídas, esa reiterada presión mental sobre los pedales, esa enrabietada cabeza gacha embistiendo el aire y todo lo que se le ponga por delante. Algunos viandantes le aconsejan que lo deje, pero el chaval no atiende a nadie, no le da la gana de descabalgar. Lo suyo es una lucha contrarreloj, porque sabe que alguien acabará avisando a su madre. La caída más dura se la reservan las vías muertas: inadvertidamente introduce la rueda delantera en el surco de uno de los raíles, la bicicleta se traba y Tito sale disparado por encima del manillar. Se levanta y vuelve a montar y sigue, y poco después, perdida la cuenta de los morrazos, los últimos ya bastante controlados, repentinamente consigue el equilibrio y empieza a dar vueltas en círculo un buen rato, sonriendo con toda la boca y mirando a Ringo por encima del hombro. Sin dejar de mirarle y de sonreír, gira en la esquina de la calle Martí lanzando un grito de victoria y desaparece en dirección a la plaza del Norte.

El factor germinal de la escritura ha hecho mientras tanto su trabajo, y algo le induce de pronto a arrancar la hoja garabateada de la libreta y disponer de otra limpia, tantear nuevamente el lápiz con los dedos doloridos y estar atento a la melodía de las palabras que ahora vuelven. No es una tonadilla corriente como las que suele tararear distraído y ayudándose inconscientemente, por un reflejo adquirido frente la partitura, con el compás imaginario del cuatro por cuatro; desde el principio, desde el primer tímido esbozo, había sido como una melodía conocida y oída mil veces pero sin completar, un mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras; un fraseo musical con resonancias que esta vez no cabía buscar en las pautas de ningún pentagrama -sobre eso no cabía engañarse, las resonancias eran bien claras y conscientemente asumidas-, sino en las alturas de un monte cubierto de nieves perpetuas. Así, la mano vendada que un rato antes se había quedado inmóvil, vuelve a tomar el lápiz, y, con renovado esfuerzo y algunas punzadas en el dedo sacrificado, corrige y concluye el que será, aunque él todavía no lo sepa, párrafo seminal.

La Montaña Peladaes una colina desnuda y árida de 266 metros de altura, y su nombre tiene un origen confuso. En su ladera oriental se han hallado fósiles de tortugas prehistóricas y huesos de mamut. Cerca de la cumbre hay una gran roca plana con tres peldaños de una escalera que nunca se terminó. Nadie ha podido explicarse adónde iba a conducir una escalera en semejante lugar, tan yermo y desolado.

11 Un lugar no muy limpio ni bien iluminado

– Ringo, ¿te vienes al Chino?

Es el tercer sábado consecutivo que el Quique se presenta en el bar Rosales después de cenar y con la misma sugerencia. Si aún no te has colado en alguna casa de putas del Barrio Chino, nano, es que no te has enterado de qué va la vida. En la calle Robadors hay tres casi juntas, El Recreo, El Jardín y La Gaucha, y es fácil colarse. Aunque al Quique le está prohibida la entrada por edad, y suele acabar de patitas en la calle con algún sopapo o una patada en el culo, fisgar en los burdeles se ha convertido en su diversión favorita.

– ¡No veas qué furcias tienen en El Jardín, parecen de antes de la guerra! Pero hay una, la Manoli… ¡Guau! Nada más verla, ya estoy empalmado.

– Ya. No hace falta que lo jures.

– Bueno, ¿te vienes o qué?

Él está sentado tomando el fresco en la acera del bar, la silla recostada contra la pared, la americana echada sobre los hombros y una cerveza en la mano útil, viendo pasar a la gente, y no parece tener ganas de nada. Hace un rato estaba leyendo el muy sobado pero predilecto libro de cuentos y ahora lo lleva en el bolsillo más desfondado de la chaqueta.

– Si vais en pandilla, no -responde-. Demasiado follón.

– Tú y yo solos.

Es una noche con neblina y bochorno de finales de septiembre. El Quique ha irrumpido en el bar embutido en un sofocante traje marrón a rayas de americana cruzada, con corbata de lunares, un litro de brillantina en el pelo y gafas de sol de aparatosa montura, porque las gafas de sol te hacen mayor, nano, dice, y es más fácil colarte. Del bolsillo superior de la americana asoman cuatro cigarrillos Lucky Strike que habrá birlado a su padre. Muy pincho, acalorado y sonriente, deja caer la cara redonda y grasienta sobre la de su amigo y espera la respuesta. Pero le ve tan absorto que una vez más se queda mirándole intrigado, preguntándose cómo puede dejar pasar la noche del sábado aquí sentado, o dentro del bar, volcado durante horas sobre un libro o escuchando las aburridas conversaciones de los viejos y el golpeteo de las fichas de dominó en el mármol. A veces piensa que Ringo no se está haciendo mayor como los demás, de manera normal, como él y Roger, le parece que todavía sigue rumiando alguna de sus estrambóticas aventis tumbado de bruces en el techo de la diligencia y disparando contra los apaches que le persiguen a galope por la pradera. Dan ganas de decirle: Ringo, aquellos caballos eran de cartón.

– ¡Hosti, no seas tarugo! ¡Venga, hombre, anímate!

– Búscate a otro -dice él-. No tengo ni para el tranvía.

Antes de salir de casa, después que su madre se fue a La Esperanza a cumplir su turno de noche, había mirado dentro de una tacita de café del aparador; algún sábado, ella solía dejarle dos o tres pesetas en esa tacita. Esta vez había calderilla. La visión de la calderilla manejada por su madre lo afligía siempre; veía la mano flaca y pálida rebuscando para él unas monedas del fondo del pequeño monedero, sólo para él, y eso le hacía sentirse egoísta, inútil y derrochador. Debajo de un platillo había un billete de cinco, pero era para el pan y la leche y un kilo de boniatos que él mismo debía comprar mañana temprano, antes de que ella se levantara, y, si el dinero alcanzaba, también para un cuenco de nata espolvoreada con azúcar.

– No te va a costar ni una pela -insiste el Quique, animoso-. Yo pago. ¡Estoy forrado, chaval, esta tarde he ganado a la garrafina! Venga, hombre. Nos damos un garbeo por El Jardín y a ver qué pasa.

– Qué va a pasar. Nada.

– Bueno, sólo podemos mirar, pero…

– Ya. Vamos de florero.

– Y qué más se puede hacer. Tocar no te dejan. Y follar, por ahora, ni lo sueñes… En El Recreo, quince pelas el polvo. Pero puedes verlas de cerca. Luego en casa te la pelas, y ya está.

– No nos dejarán entrar

– ¡Que sí, ¿qué te juegas?! Nos colamos cuando quieras, chaval, te lo digo yo. Los sábados por la noche aquello está a tope de tíos y no se fijan mucho, sólo hay que ponerse en la cola y entrar. El único sitio donde no me dejaron entrar fue en la Carola, y tampoco en la Madame Petit, allí las tías son muy caras… Oye, te enseñaré cosas que nunca has visto, Ringo. En un escaparate de la calle San Ramón hay un consolador que parece la tranca de un burro, te troncharás de la risa cuando lo veas… Pero antes nos tomamos unas cañas en Los Cabales, para entonarnos. Yo invito. ¿Eh, qué me dices?

Él se excusa alzando la mano vendada.

– Ni siquiera puedo meter la mano en el bolsillo para pagar una ronda.

– Te repito que eso corre de mi cuenta. ¡Venga ya, hombre!

En esos atolondrados ojos saltones se le nota que sigue pensando en mujeres desnudas todo el tiempo, se dice Ringo. De la pandilla que formaban cuatro años atrás, el Quique, Roger y Rafa Cazorla son los únicos que siguen frecuentando el Rosales, al principio por el futbolín más que nada, luego por las partidas de garrafina y por ir juntos al baile cada domingo. El Quique, que no oculta su predilección por Ringo y presume de ser su mejor amigo, y de entender y respetar su querencia por los pianos y las novelas, incluso por las novelas que no son de misterio ni de vaqueros, ha intentado muchas veces arrastrarle al Verdi o a la Cooperativa La Lealtad, las dos salas de baile que Violeta frecuenta con su mamá de carabina, pero él siempre ha rehusado.

Esta noche se deja llevar por la curiosidad, y al cabo, visto lo que había que ver, se le ocurre que de algún modo aquella fantasía del Quique demandando en todas las aventis tetas y culos a ser posible bajo transparencias orientales, siempre pidiendo odaliscas detrás de gasas y tules de brillante tecnicolor a lo Yvonne de Carlo o María Montez, finalmente su amigo ha conseguido hacerla realidad en sus incursiones sabatinas fisgando en los burdeles más tronados, sobre todo en ese concurrido habitáculo de El Jardín escasamente iluminado y con ocho o diez mujeres en el centro dando vueltas como en un mercado árabe de esclavas. Se exhiben en combinación o sólo con bragas y sostén, acaloradas y atropellándose un poco por falta de espacio, sonámbulas, sobradas de carnes y abanicándose, con los cabellos cayendo grasos y crinados sobre los hombros desnudos, una de ellas con una toalla liada a la cabeza igual que un turbante. Calzan raídas zapatillas de raso y zapatos verdes y rojos de tacón altísimo, alguna luce medias negras con ligas y moretones y la más joven lleva calcetines blancos y sandalias de goma. Se contonean aburridamente con sus culos gordos y sonríen a los hombres que las miran con una mueca burlona de deseo o de sumisa tristeza, la mayoría de pie y algunos sentados en el banco corrido que circunda las paredes pintadas de un verde amarillento y grumoso como un vómito. Hay una puerta pequeña que da acceso a una escalera en penumbra y escupideras desbordadas de colillas y salivazos en los rincones. Una delgada lámina azulosa de humo de cigarrillos flota en el aire, saturado de tufos de sudor rancio y polvos talco, y se oyen murmullos y alguna risa, pero predomina un silencio espeso de toses, muchas y variadas toses, carraspeos insidiosos y frotar de pies, un rumor desasosegante, cohibido y reverente que a él le devuelve por un momento a los Viernes Santos en la capilla de Las Ánimas abarrotada de fieles que avanzan hacia el altar como sonámbulos. Algunas putas canturrean en voz baja mientras dan vueltas y más vueltas, aparentemente ajenas al reclamo de sus encantos, una de ellas con las manos ocupadas en una labor de ganchillo, y la más joven y menos fea, pero fea de todos modos, con cejas muy espesas y hoyuelos como tajos en las mejillas de muñecona, llama su atención al avistarle por encima del hombro con mirada dolorida, como diciéndole: ¿qué haces aquí, criatura, cuántos años tienes?

Aquella invención privada que años atrás nunca se atrevió a contar a la pandilla, la de una prostituta joven y bonita maltratada por la vida, marcada por un destino trágico (él sería su amante consentido, un paria entregado al libertinaje y al vicio, y ella lo redime con su amor), aquella excitante posibilidad de una experiencia canalla que alguna vez había imaginado con pelos y señales, una morbosa historia en la que le gustaba verse a sí mismo aventurero y crápula y gran pianista de talento incomprendido, hundido en la perversión y el fracaso, resulta que aquí y ahora, al evocarla emboscado en este cochambroso burdel entre mirones ociosos e inermes que sólo aspiran a pasar el rato, se le antoja una ridícula calentura infantil y el colmo de los despropósitos, y le hace sentirse un iluso. Este no es lugar para aventis, chaval, esto es una casa de putas y aquí se viene a follar. Palpa en el bolsillo el libro de relatos y ya piensa en largarse, cuando oye a su espalda una voz que le resulta familiar.

– No te vuelvas -le susurra el Quique-. Adivina quién está detrás de ti.

– Era demasiado terrible para ser verdad, señor Anselmo -está diciendo la voz-: Ella no trabaja en un sitio como este, véalo usted mismo. He preguntado y ni siquiera la conocen. Estamos perdiendo el tiempo. Olvide a esta mujer, por lo que más quiera, no se torture más.

Es una voz desguarnecida, oscura, que repentinamente se carga de una paciente conmiseración para con alguien. Sí, es la suya, no hay otra voz como esta. Espera unos segundos y luego se gira discretamente para constatar con el rabillo del ojo, apenas dos metros atrás, entre los mirones que permanecen de pie, la conocida actitud reverencial, el aire furtivo y depredador de la espigada figura inclinando el albo esplendor de sus cabellos sobre su bajito interlocutor, y tan encima, tan considerado y envolvente que se diría que está maniobrando para robarle la cartera: la misma solícita deferencia, las mismas atenciones de hombre alto y renqueante que prodigaba en el bar Rosales. Su acompañante, un señor de mediana edad y bien vestido, calvo, rechoncho y de expresión lastimera, lo escucha sin mirarle y estirando el cuello para no perderse las evoluciones de las putas en la pista. El señor Alonso, en cambio, no se muestra interesado en el espectáculo; girando el cuerpo como lo hacen los cojos, despegando el pie del suelo con alguna dificultad, parece más bien ansioso por salir de aquí.

En cualquier otro sitio no le habría prestado atención. Han pasado más de tres meses desde la última vez que se dejó ver en el Rosales, y su indecoroso idilio con la señora Mir ya sólo pervivía en las confidencias de esta con la señora Paquita, aquellas pláticas de cotorritas en la barra del bar. A no ser que la señora Mir animara el asunto con otro espectáculo en plena calle, el vecindario y los parroquianos adictos al chisme no tardarían en olvidarse del cojo y de sus merodeos por el barrio. Sin embargo, aunque Ringo se habría negado a admitirlo, el personaje nunca ha dejado de intrigarle secretamente. Erguido como siempre, cargado de espaldas y con la nariz afilada y ganchuda que le recuerda al siniestro Fagin, ahora gasta un bigote espeso y blanco como su cabellera y un rictus de cansancio en los labios gruesos. El rostro largo y cetrino, con profundas arrugas de una rara simetría, mantiene su magnetismo y su armonía pétrea, pero algo, la novedad del bigote tal vez, los párpados sobrados y pesarosos sobre los ojos grises, empieza a otorgarle los años que realmente debe tener. Un hombre de una lozana vejez, recuerda haberle oído al señor Sucre en cierta ocasión. Viste con la pulcritud y formalidad habituales, de veterano deportista con su modesta impronta de suburbio, un polo azul desleído y abierto en el pecho, una holgada cazadora de lino color tabaco, con grandes bolsillos y con las solapas alzadas, y un pañuelo negro anudado al cuello.

– ¿Qué? ¿Te extraña?-susurra el Quique-. A mí no. Aquí te puedes encontrar hasta con tu padre. Un día vi entrar al marido de la señora Rufina, y otro día al dueño del colmado de la calle Argentona.

– Bueno, ya lo hemos visto todo. ¿Nos vamos?

– ¡Qué dices! ¡Si acabamos de llegar! ¿Te has fijado en la Manoli? ¡Ñam!

– No, no me he fijado. Esto está muy oscuro y huele mal. Yo me largo.

– Hostia, nano, ¿pero qué esperabas ver? Ya sé lo que te pasa. Temes que algún conocido te vea y lo vaya diciendo por ahí, y se entere tu madre…

– ¿Te vienes o qué?

Todo el rato ha llevado la mano herida escondida en el bolsillo y el fular alrededor del cuello, y antes de irse quiere recuperar el brazo en cabestrillo, y con él, le gusta pensarlo, su identidad secreta y más auténtica. Mientras le pide al Quique que le anude el pañuelo en la nuca, capta la mirada que le clava por encima del hombro la Manoli, la morena opulenta con las tetas al aire; una mirada severa que le adivina los poco más de quince años.

– Mierda, ¿pero qué prisa tienes?-le reprocha el Quique-. Pues yo, nano, hasta que me echen. Y luego me pasaré por el bar Cádiz o por el Kentucky, que estará lleno demeucas

– Pues abur -dice él, y mientras se escurre hacia la salida se vuelve y echa una ojeada al señor Alonso, que sigue empeñado en convencer a su interlocutor que aquí no va a encontrar a la que busca.

Ya en la calle tiene que abrirse paso entre la riada de hombres que circulan despacio en doble dirección, apretujados y sin mirarse a la cara, haciéndose los distraídos. El Quique le había contado que los sábados por la noche la calle Robadors recibe tal cantidad de tíos que casi no se puede andar y losgrises tienen que acudir de vez en cuando y despejar la calzada repartiendo porrazos, y entonces el personal se refugia en portales y tascas, para volver a salir cuando la policía ya se ha ido y proseguir la visita a los tres burdeles. Mientras se abre paso a empellones, dejando atrás las silenciosas aglomeraciones de hombres entrando y saliendo de bares abarrotados, aquellas palabras purulentas, sífilis, purgaciones, chancro, gonorrea, que oyó un día por vez primera en boca de su padre y que le habían causado tanta aprensión, le salen ahora al paso deslizándose sobre el húmedo empedrado donde se reflejan luces de neón, Vías urinarias, Camas, Gomas, Lavajes. Poco después deambula por callejones oscuros y menos transitados, pisando escombros y aguas malolientes en un recorrido que debe llevarle de vuelta a las Ramblas.

No tiene ninguna prisa y además no le importaría extraviarse, consciente del estigma y la infamia de un barrio legendario. En cierto momento redobla la emoción al creer que alguien le sigue, y se vuelve, pero no advierte nada raro; la sombra tambaleante de un borracho, una botella vacía que rueda sobre los adoquines, un perro escarbando en las basuras. La curiosidad lo lleva a prolongar la incursión dando un rodeo, enfilando primero la calle San José Oriol para hundirse luego en la calle de las Tapias, donde un polvo rápido con una puta, de pie en lo más oscuro y arrimada a una tapia, según había oído comentar a los mayores en el taller, le costaría solamente una peseta… ¿O se referían a otro lugar aún más tronado, un antro llamado la Terra Negra, al pie de Montjuich? Dos mujeres de culo gordo están platicando en la acera con un tipo esmirriado y en camiseta, y otra se asoma desde un portal mirándose en un espejito de mano. Pasa deprisa y sin pararse, evitando las farolas y oyendo tras de sí alguna risita, y tuerce a la izquierda hacia la calle San Pablo. Su intención es alcanzar Conde del Asalto pasando antes por la calle San Ramón, con su oferta de gomas y lavajes y tascas de mala muerte, y en cuya esquina se para un momento y comprueba bajo la luz de un farol que no le queda dinero para una última caña ni para el tranvía de vuelta a casa. A pocos metros, en la misma esquina, hay una taberna abierta y dentro suenan palmas y música rumbera. Está mirando el rótulo, Bar Los Joseles, cuando nuevamente oye a su espalda la voz oscura:

– ¡Hombre, qué es lo que veo! A este chaval yo le conozco.

Podría tratarse de una casualidad, pero ya sería la segunda en una sola noche. Se vuelve despacio, mosqueado, sin saber a qué atenerse, y afronta la conocida sonrisa ladeada y la mirada gris bajo los párpados rugosos.

– ¿Es a mí?

– Te llamas… -Se queda pensando-. A ver, era algo que sonaba como un timbre… ¡Ah, sí, ya recuerdo! Ringo. Así te dicen los muchachos en el bar Rosales. ¿Estoy en lo cierto o no?

– Sí, señor, pero ese no es mi nombre.

Nunca habría imaginado que un día renunciaría a llamarse Ringo, y ahora mismo se pregunta por qué ha hecho tal cosa.

– ¿Qué te trae por aquí, tan lejos de tu barrio? No te habrás perdido.

– No señor.

– Vaya, vaya. Te acuerdas de mí, supongo.

– Claro. El señor Alonso.

– Eso es. ¿Qué tal te va, chaval?

Con algún retraso advierte que el hombre le tiende la mano, con una muy trabajada sortija de hueso en el dedo corazón. Una mano de piel sedosa y cálida, y un apretón fuerte. Cuánta formalidad. Ni que acabaran de conocerse.

– Te he visto pasar y me he dicho, pero bueno, si es aquel chico que estudia música y se pasa la vida sentado en el Rosales, siempre solo y tan formalito, siempre leyendo, estudiando o parando discretamente la oreja cuando los mayores hablan. -Sus palabras son pausadas y destilan un sonsonete amigable, una sorna discreta que busca complicidad. Sus ojos fatigados sonríen al sacar del bolsillo un paquete de Lucky-. Vaya, vaya. ¿Fumas?

Niega con la cabeza y observa cómo el hombre lleva el pitillo a los labios sin necesidad de cogerlo: un par de golpecitos con los dedos en el dorso de la mano que sostiene el paquete abierto, el cigarrillo salta y los labios lo pillan casi en el aire y sin dejar de sonreír. No está mal, piensa, aunque ha visto a William Powell hacerlo con mucho más estilo. Pero no podría negar que siente cierta curiosidad. Quizá debería haber aceptado el cigarrillo y mostrarse más amable y receptivo, implicarse en sus intenciones, cualesquiera que sean; puede que el hombre lamente haber sido visto en una casa de putas tan tronada y quiera justificarse. Ahora, mientras le mira fijamente, se pasa un nudillo por el bigote y enseguida repara en la mano vendada que asoma por el cabestrillo.

– ¿Y eso? ¿Te pilló los dedos la tapa del piano?

Acepta la broma a regañadientes. Explica brevemente y de mala gana lo sucedido en el taller, sin dejar entrever la menor señal de melancolía por haber tenido que renunciar a los estudios de solfeo, sin mirarle a los ojos y vuelto un poco hacia la otra esquina de Conde del Asalto, dejando claro que se dispone a seguir su camino. Quiere y no quiere parecer hostil, cuando se sorprende diciendo con la voz dura y sin vacilar:

– He acompañado a una chica a su casa, vive cerca de aquí. Su madre trabaja de noche en la calle Arco del Teatro, en la Madame Petit, pero en su casa no lo saben… Antes había trabajado en la Emilia, pero al hacerse mayor… Bueno, son bastante pobres. Su abuelo tiene un piano Steinway y ella me dijo que lo vendía, y esta noche yo quería ver el piano, porque mi madre prometió comprarme uno, pero está muy viejo y desafinado, y además le faltan tres teclas, así que no sé… -Se toma un respiro y sigue-: ¿Usted también vive cerca de aquí, señor Alonso?

El señor Alonso niega con la cabeza. Con un brusco tirón, cambia la posición de la pierna mala sobre la acera y fija la mirada en el bar de la esquina.

– Estuve con un amigo. Oye ¿tienes prisa? ¿Puedo invitarte a una gaseosa, o a una cerveza?

– Es que es muy tarde…

– Cinco minutos, va. Mira, aquí mismo -señala el rótulo de Los Joseles-. ¿Te parece?-Y al verle indeciso-: Ya sé, te estás preguntando qué he venido a buscar de noche por estos andurriales… No es lo que te figuras. He venido por un amigo que lo está pasando mal. Una triste historia. -Calla un instante, mira el cigarrillo humeando entre sus dedos como si mirara una rareza y añade-: Estuvo casado con una mujer joven que lo dejó, y todavía no se ha repuesto. De vez en cuando le da por buscarla, donde sea, sobre todo si alguien le dice que cree haberla visto. Un día tuve que sacarlo de la playa de mujeres de la Barceloneta. No veas el follón que armó. Es un buen hombre, ¿sabes?, un benefactor. Hace poco regaló un balón de reglamento, botas y camisetas nuevas a los chavales que yo entreno en mi barrio… Ha tenido mala suerte.

Está mintiendo, piensa. Cuentos chinos del Barrio Chino. Paparruchas. Algo quiere de mí. Siente su mano tocándole ligeramente el codo, instándole a ir con él hacia la tasca, mientras prosigue con voz lijada, plana:

– Aunque la suerte, en esta vida, uno debe saber buscársela. Eso es lo que yo pienso. ¿Tú qué opinas?-Él se encoge de hombros. «Y a mí qué me cuentas»-. Mi buen amigo se equivocó. Él no quiere admitirlo, pero se equivocó. En primer lugar, nunca debió casarse con una mujer tan joven, ¿no te parece? En segundo lugar, ya que lo hizo, nunca debió comportarse como un viejo que no soporta que le recuerden que se casó con una mujer demasiado joven. No sé si me explico…

– ¿Es verdad lo que dice el señor Agustín, que usted jugó de delantero con el equipo del Europa? ¿Y que tuvo que dejarlo por una lesión en la pierna?

– Me mordió un oso. Un defensa del Júpiter. -Y con sonrisa socarrona-: Mordía, el puñetero, de verdad. Un día me hizo caer malamente, y se acabó.

Cojea bastante más que antes y sigue igual de escurridizo y enigmático. Turbias conjeturas pasan por la mente del chico: haberle visto tan tranquilo en el burdel de la calle Robadors, tan asociado al ambiente y a la clientela, tan acoplado a las torvas expectativas de aquel mustio mercado y a la vez tan indiferente, despachando sus asuntos y sin mostrar el menor interés por las putas, hace que ahora piense que podría vivir por aquí cerca. Nunca quiso este hombre decir dónde vivía, así que estas calles encanalladas y malolientes bien pudieran ser su secreto campo de operaciones, fueran estas las que fueren…

Sin embargo, una vez en la taberna, pisando con manifiesto desagrado la sucia alfombra de serrín y cáscaras de gambas y huesos de aceitunas al pie del mostrador, respirando una atmósfera cargada de tufos agrios a vinazo y a cochambre, de repente el cojo no parece estar en absoluto acordado ni familiarizado con el barrio ni con sus habitantes. A pesar de la cojera y del pie ligeramente torcido hacia dentro, al entrar en la tasca sus pasos son suaves y elásticos, como los de un felino en movimiento.

– Mira esto -dice en tono de reproche-. La cueva de Alí Babá.

Los Joseles es una pequeña tasca que esta noche ha sido tomada por un clan de gitanos endomingados y jaraneros celebrando algo en familia. Ocupan las dos únicas mesas bajo una techumbre de jamones y embutidos que penden de las vigas junto con ristras de ajos, manojos de hierbas y pringosas tiras cazamoscas. Los hombres lucen camisas blancas con chorreras, abultadas sortijas en los dedos y voces aguardentosas, y las mujeres largos pendientes y flores en el pelo. Una muchacha que parece dormida, sentada en una silla con el respaldo apoyado en una barrica, da el pecho a un bebé cuya cabecita pelona asoma por encima de la toquilla que lo envuelve. Nadie atiende en el mostrador, pero nada más entrar ellos se levanta rápidamente de una de las mesas un joven moreno con el pelo planchado y untado de brillantina y se sitúa detrás del variado surtido de tapas. Acodados ambos en la barra, el señor Alonso examina la oferta y pide dos cañas y unos pinchos.

– ¿O prefieres otra cosa, Ringo?-pregunta amigablemente-. ¿Unos boquerones, tal vez?

Hay chipirones, ensaladilla, gambas, callos, caracoles, mejillones en salsa. Por un momento, en una de las bandejas, cree ver pajaritos fritos con sus patitas estiradas. Pero son pimientos morrones con palillos ensartados.

– No sé, da igual.

– Mira, estas patatas bravas tienen buena pinta.

– Pues venga.

Acaba de darse cuenta de que tiene hambre. El señor Alonso pide también una de gambas. Más arriba de los estantes y la botellería, detrás del mostrador, un vetusto espejo colgado en la pared y muy inclinado sobre la barra refleja a la muchacha que se adormece amamantando al crío, sordos al guirigay de la parentela que trasiega cerveza y sangría con gran alboroto de palmas y cante. Ella es muy joven, parece una niña con la blusa de flores y su cabellera negra y rizada, donde se enreda una ramita de jazmín.

El sonriente mozo tira más cerveza fuera del vaso que dentro y se disculpa desganado, dice que lleva pocos días en eso y que su tío, el dueño, está enfermo. Tiene una cara guapa picada de viruela, lleva camisa negra y chaleco blanco y sonríe todo el tiempo con los dientes podridos. El señor Alonso cambia de parecer:

– Mira, a mí dame un sol y sombra. -Se vuelve y palmea la espalda del chico-. Bueno, bueno, ¿qué te cuentas? ¿Qué hay de nuevo por tu barrio?

– Todo sigue igual… Más o menos.

– ¿Qué tal por la bodega, cómo anda la señora Paquita?

– Bien.

– ¿Y el baranda de su hermano, el gordito Agustín?

– El señor Agustín ha comprado una radio nueva para el mostrador.

– ¿De veras? Estupendo. -Se queda sonriendo, pensativo-. Y qué me dices de Violeta, ¿eh? Te gusta esa niña, a que sí.

– ¿A mí? ¡Qué va!

– Lo sé por cómo la mirabas. Le echaste el ojo, no digas que no.

Él se encoge de hombros. Ya empezamos a fastidiar, piensa. Se mantiene desconfiado, distante. El señor Alonso guarda silencio un rato y luego añade:

– ¿Y cómo está su madre? ¿Cómo le va a la sanadora Mir?

– Ah, esa. Pues no sé… Bien.

– ¿No se fueron ella y su hija a vivir a Badalona?-Ringo niega con la cabeza-. ¿No? Siempre decía de irse, no estaba a gusto en el barrio. Su suegra, la señora Aurora, tiene un puesto de flores en un mercado de Badalona, y vive sola…

– ¿Ah, sí? No lo sabía.

– Entonces no se fueron, y todo sigue igual.

– No, señor. Pasó algo. -Y con aire sombrío-: La señora Mir se quiso matar.

– Joder, chico, ¡qué dices!

– Se tiró debajo de un tranvía. Sí señor, de verdad, lo hizo. ¿Usted no se enteró?-inquiere destripando una gamba-. Lo vio todo el mundo en la calle…

– ¿Cuándo ocurrió? ¿Dónde?

– Dicen que la rueda frenó a un palmo de su cabeza. En serio. A menos de un palmo, sí señor. -Y en tono de alivio-: Bueno, al final todo acabó en un susto terrible. Pero no me pregunte, porque yo no sé nada más. Se dicen tantas cosas, hay gente que sólo vive para eso. Y a la señora Mir parece gustarle que hablen de ella… Todo el día vengan chismes y más chismes sobre lo que hace o deja de hacer. Ella misma no habla de otra cosa, pero yo, la verdad, no me entero. Y además no me importa. Y no me creo nada de nada.

El señor Alonso se queda mirando el suelo con expresión sombría.

– ¿De verdad lo hizo?

– Pues sí, bueno, más o menos. -Y sintiéndose obligado a desviar la vista, carraspea, y añade-: Hace tiempo que no le vemos por allí, señor Alonso.

El hombre reacciona, respira hondo y desliza las manos sobre la superficie del mostrador, lentamente.

– ¡Uf, ya no trasnocho como antes! -entona con media sonrisa-. Esto se acabó. A mi edad, uno tiene altibajos. Estoy bastante oxidado, como puedes ver.

No tiene sentido lo que dice, piensa él, ya que ni en el bar Rosales ni donde la señora Mir, cuando estaban liados, se le vio nunca trasnochar. Observa sus manos huesudas y largas, con venas duras y azules entre los nudillos, tranquilamente posadas sobre la madera del mostrador roída por la lejía, y tras ellas al hombre en el momento de rendir la cabeza, sumida otra vez en sombríos pensamientos. Pero sólo es un instante. Se yergue y dice con la voz animosa, pero impostada:

– ¿Sabes qué pasa, chico? Pues que siempre pasa lo que ha de pasar, ni más ni menos, y ya está, punto. Pasa que últimamente he decidido que se acabaron las malas noticias, las cabronadas y lo que venga. Sí, joder, ya basta de tristezas, me dije, ya vale, chaval. Me gusta llamarme chaval a mí mismo, aunque ya no tengo edad, pero me gusta, ¿sabes? Será porque me paso días enteros entre un montón de chavales -concluye casi en voz baja, y permanece callado un rato. Súbitamente se da una cachetada en la frente y exclama-: ¡Caramba, se me olvidaba! ¿Te importa esperar aquí unos minutos? He de resolver un asunto, pero vuelvo enseguida… Pide otra caña, lo que quieras, va de mi cuenta. Oye, tú -busca al mozo con la mirada-, sírvele al chico lo que quiera. -Y dirigiéndose a la puerta-: ¡No tardo ni cinco minutos!

Media hora y tres cañas después se pregunta cómo ha podido ser tan ingenuo y le asaltan toda clase de suspicacias, pero el encantamiento del espejo puede más que todo y lo mantiene amarrado al mostrador frente a cinco platillos ya limpios; se ha zampado una de gambas, otra de berberechos, dos de patatas bravas y la última de ensaladilla rusa. Hace un recuento y en total esta noche se ha bebido cinco cañas, tres aquí y dos con el Quique, más un par de chatos de propina en Los Cabales, sin contar la cerveza en la puerta del Rosales antes de emprender la aventura. Se siente algo más que achispado y secretamente trasgresor, casi eufórico, y piensa que ya debía llevar la trompa encima cuando el señor Alonso se le acercó ahí afuera haciéndose el encontradizo. ¿Con qué propósito? A lo mejor ninguno. El caso es que, si este hombre no vuelve, él no sabrá cómo apañárselas para pagar las consumiciones. ¿Y por qué iba este cojo oxidado a dejarle en la estacada, qué iba a sacar con eso? Para dar una sensación de normalidad, le encarga al mozo otra caña y otra ensaladilla rusa.

– Y oiga, ¿tendría un poco de pan, por favor?

El trato informal del mozo con la parroquia gitana, sirviéndoles y a ratos participando en la juerga, con ocasionales atenciones al lactante y a la joven madre, sugiere algún parentesco con ellos. El espejo urdidor de sombras y manchas de azogue encierra un aire arcano, un ámbito y una penumbra que no parecen corresponder a la taberna ni reflejar lo que hay en ella, salvo la muchacha que duerme con el crío amorrado al pecho. Le recuerda una extraña e inquietante película en la que el espejo de un dormitorio, un espejo más grande y limpio que este, de pronto no reflejaba la habitación en la que estaba colgado, sino otra muy distinta, con otra atmósfera y otra decoración, otra cama de matrimonio y muebles de otra época, una alcoba silenciosa perdida en el tiempo y donde al parecer se había cometido un crimen.

Cuanto más se fija, más increíblemente hermosa y sensual le parece la muchacha y más confuso el entorno; la oscura barrica en la que apoya el respaldo de la silla no se distingue en el espejo, y tampoco el viejo cartel de una corrida de toros clavado en la pared, sólo ella y su retoño pegado al pecho y la maternal solicitud de sus manos meciéndole en el sueño. Pero el espejo les acoge sólo en parte, así que se desplaza ligeramente en la barra para enmarcar correctamente la imagen, fijarla y grabar en la memoria lo que sabe ha de devenir inolvidable: la azarosa transfiguración de la belleza en el rostro de la muchacha, la cabeza ladeada con los labios entreabiertos y los párpados cerrados, morados y pesarosos, sus brazos de niña rodeando al bebé, la persistente dulzura y tensión de las manos sujetándole, el precario equilibrio de la silla. En torno a ella, su gente sigue parloteando incesantemente y sus voces gangosas son como el zumbido de un enjambre de abejas. El bebé habrá dejado ya de mamar y también estará dormido, piensa, ya no parece amorrado a la teta y ahora se destaca un poco el inicio del pecho detrás de la cabecita pelona un tanto desplazada. Todo está en el espejo y permanece estable y real, mucho más allá de las engañosas manchas de azogue y de la fantasmagoría de la taberna con su atmósfera inesperadamente cañí, todo parece hallarse más allá de lo contingente, incierto y neblinoso, y él siente en la sangre la fascinación irresistible del mañana, algo indefinible pero más tangible, intenso y vívido que la vida real, una exaltación interior que se nutre de buenos augurios y azares futuros. Ha imaginado muchas veces cuán emocionante puede llegar a ser la vida gracias a su buena estrella, pero nunca lo había sentido tan naturalmente posible como esta noche, tan seguro y evidente. Aquí están los signos que un día habrán de jalonar sus afanes y sus logros, lo cree firmemente y lo percibe y asume de manera tan intensa y desasosegante que hasta recela del entorno, como si alguien desde la sombra pudiera acechar tales expectativas y arrebatárselas.

De pronto la muchacha del espejo abre unos ojos grandes, intensamente negros, los clava en él sonriendo y le saca la lengua. Casi al mismo tiempo, la mano huesuda y oscura del señor Alonso se posa en su hombro.

– Lo siento, chico, me han entretenido más de la cuenta. -Con mirada esquinada reprueba la ruidosa tertulia rumbera y flamenca-. Ya veo que no te has aburrido.

– Qué va.

– Joder, vaya una tabarra. Y no se les cae el pelo.

– ¿No le gustan los gitanos, señor Alonso?

El hombre le mira fijamente un instante con los ojos risueños.

– Querido muchacho, los gitanos son mis amigos de toda la vida. Vivo rodeado de gitanos y charnegos analfabetos que le dan al balón o a los puños, chavales como tú, que sueñan con ser alguien en la vida y escapar de la miseria lo más deprisa posible. -Su voz no suena como antes de irse, las palabras le salen ensalivadas y envueltas en un fuerte aroma a carajillos de anís-. Pero no soporto las parrandas de esa gente. Sé lo que me digo… En fin, como ves, esto no se parece en nada a nuestra bodega, ¿verdad?

– Pues no.

– Nos vamos cuando tú digas. ¿O quieres algo más?-Se queda mirándole, calibrando su estado-. Es muy tarde ya, y van a cerrar. Te acompañaré hasta la parada del tranvía.

– No, no hace falta.

– Yo creo que sí. Mira, si pierdes el último tranvía tendrás que volver a casa a pata, y hay una buena tirada hasta Gracia. Y yo lo mismo, pero antes he de pasar otra vez por casa de mi amigo.

– Pensé que usted vivía por aquí… ¿Sabe una cosa? A mí me gustaría vivir en este barrio.

– No digas eso. A nadie puede gustarle vivir en la mierda. Bueno, mañana hay que madrugar. ¡Eh, chaval! -Chasquea los dedos reclamando la atención del mozo, y al hacerlo deja ver una mancha de tinta azul repartida entre el pulgar y el índice-. Dame un paquete de rubio y dime qué se debe.

– Pues a mí me gustaría -insiste él con la voz deprimida, mirando la mano que abre la cartera. Antes de irse no tenía esa mancha, piensa, y de pronto se siente mal. Le duele la cabeza y las manos le sudan. Apura la caña y farfulla-: De todos modos, gracias por la invitación, señor Alonso.

– ¿Te encuentras bien?

– Estupendamente. Estupendamente.

En el espejo, la muchacha de la blusa de flores mece al bebé y vuelve a tener los ojos cerrados. Nuevamente la luz en torno a ella disminuye, la taberna se desvanece, también los toneles y las dos mesas con los gitanos, el cartel de la corrida y lo que cuelga del techo, todo alrededor de ella se vuelve oscuro y recóndito, y desaparece. La mira por última vez al despegarse del mostrador.

Poco después se encuentra en las Ramblas esperando el 30 frente a la terraza de la cafetería Cosmos y con el señor Alonso siempre a su lado, prestándole una atención constante, incisiva: al amparo de las sombras, su austero rostro ha adquirido de improviso un vago relieve fáustico, una mirada postiza y una nariz de cartón. La parada está desierta y la cafetería cerrada. Él se disculpa en la boca de los urinarios públicos y baja solo, porque siente que va a vomitar. Casi no le da tiempo a apoyar las manos en la pared leprosa del mingitorio y, en medio de fuertes retortijones, arroja una primera bocanada que salpica sus zapatos. Luego se limpia la boca con agua del grifo y la puntera de los zapatos con papel higiénico. Cuando regresa persiste el mareo y tiene todo el rato la sensación de ir con la bragueta abierta y con el cordón suelto de un zapato, pero no se atreve a bajar la vista ni agacharse por temor al vértigo. Está claro que el cojo no le dejará solo hasta verle subir al tranvía. Y no para de darle conversación.

– ¿Y esa mano qué? No te impedirá hacer sortijas y pendientes, supongo.

Él se encoge de hombros y se mira el cabestrillo. Mueve los dedos, pero no los siente. La sangre se ha dormido, piensa.

– Mi madre me está buscando trabajo -dice como en sueños.

– Eso está bien. -Los labios gruesos y morenos amplían la sonrisa-. Tendrás que aprender otro oficio, pero saldrás adelante, seguro.

– Claro.

– ¿Qué te gustaría hacer?

Vuelve a encogerse de hombros.

– El otro día vi un cartel en una tienda de música, pedían un dependiente. No sé, igual me presento. Podría ser afinador de pianos…

Dos empleados municipales de la limpieza cruzan el paseo central con una manga de riego cargada sobre el hombro como si fuera -piensa anotarlo en su bloc de tapas de hule negro- una gran serpiente muerta. Flexionando un poco la cintura, como si amagara la jugada con una finta, el ex futbolista cojo despega el pie de la acera y se acerca más a él con la mano en el bolsillo de la cazadora.

– Ahora te vas directo a casita y mañana será otro día, ¿de acuerdo?-Parece dudar un instante, y luego dice-: Mira, ya que te he encontrado… ¿Puedo pedirte un favor? ¿Querrías dejar un recado en el bar Rosales, de parte mía?-Retiene la mano en el bolsillo de la cazadora mientras le interroga con los ojos-. Sigues yendo por allí, eso me has dicho, ¿no?

– Pues sí.

– Tengo algo para la señora Paquita. ¿Podrías dárselo de parte mía? Ella está al corriente. ¿Me haces este favor?

¡Aggggh! Un nuevo retortijón, y a punto de vomitar otra vez.

– ¿Un recado para la señora Paquita? Claro, sí señor.

– ¿Podrías dárselo mañana, y con la mayor discreción? La señora Paquita lo espera desde hace tiempo…

– Bueno, por la mañana ella casi nunca está. Pero atiende su hermano, el señor Agustín.

– No, al señor Agustín no. Es algo para entregar en mano a su hermana. Iría yo mismo, pero no me es posible, mañana salgo de viaje a primera hora. -Saca del bolsillo un sobre de correos, de color rosa pálido, cerrado y con un nombre, escrito en el ángulo superior, que empieza con una gran V, y que Ringo no alcanza a leer del todo, aunque sabe muy bien a quién va destinado-. Procura dárselo sin que te vean, ¿eh?, cuando haya poca gente en el bar. -De pronto está inquieto, le asalta alguna duda, y, apelando a su complicidad, añade sonriendo-: Así evitamos chismorreos, ¿no te parece? Incluso estaba pensando… Tú sabes dónde vive… -Se corta otra vez, vacila-. Pero no, te haría demasiadas preguntas. Es mejor que se encargue la señora Paquita. Como te he dicho, ella sabrá lo que debe hacer. Aquí tienes.

Vaya, conque era eso, piensa. Así pues, el famoso idilio parece que no ha terminado. Sintiéndose mal, reprimiendo algún vahído y trasegando abundante saliva agridulce, toma el sobre con la mano vendada, porque la otra está ocupada tanteando calderilla en el bolsillo izquierdo de la americana: un par de monedas se han colado por un agujero del forro, no acaba de alcanzarlas y teme no disponer de los cuarenta céntimos para el tranvía. Y de pronto, con la carta en la mano anestesiada, pinzada suavemente con dedos entumecidos, le invade el desánimo y un fastidio enorme. En el mundo alternativo que está forjándose, contrapuesto en todo a lo real -salvo, tal vez, lo que está en el espejo-, no puede haber lugar para cuitas tan sórdidas y deprimentes como las de la opulenta rubia y su achacoso amante. Uno procura ser amable y educado, estar siempre dispuesto a hacer un favor, y mira lo que ocurre, hostia. Nota por el tacto el escaso espesor del sobre: contiene una hoja doblada, una carta seguramente muy breve. Pero, junto con el sobre, ¡un billete de cinco pesetas!

– Ahí va. ¡Un duro!

– Es tuyo. Para que invites a tu chica al cine.

– ¡Oh, gracias! Pero no hacía falta…

– No me repliques. Y cuidado con perderlo. -Le quita el sobre y el duro de la mano, mete ambas cosas en el bolsillo interior de su americana y se la abrocha con gestos nerviosos-. Ahí va mejor. No sé si servirá de algo, la verdad, hace tiempo que esta carta debía haber llegado a su destino… Le pedí a la señora Paqui que fuera discreta, y lo mismo te pido a ti. Es un asunto privado, ¿comprendes?

– Claro, claro. Yo la lle… varé.

– ¿Te encuentras bien?

– Estupendamente -farfulla con la cabeza dándole vueltas.

De nuevo se encara mentalmente con el tenebroso espejo allá en la taberna, donde ahora el azogue es como una lepra que ha empezado a devorar el rostro de la muchacha, mientras aquí asiente con la cabeza gacha y mirándose los pies, asumiendo la pérdida y el desencanto, y ahora sí, ahora constata que el cordón del zapato está totalmente suelto. Tantea un asidero en el vacío pensando si me agacho me voy a caer de morros, cuando ya los dedos largos y afilados del señor Alonso se querellan prestamente allá abajo con el cordón igual que los ligeros dedos de su madre cuando le hace un nudo en el vendaje o le abrocha la camisa, con una endiablada y cariñosa agilidad, y, visto y no visto, la lazada vuelve a brotar sobre el zapato. Pero no es tanto la diligente prestación de estas manos lo que le sorprende y le incomoda, ni la evidencia de su propia borrachera, que le obliga a aceptar ayuda si quiere llegar a casa sano y salvo, sino el hecho de ver a este hombre como si de pronto hubiera caído de hinojos a sus pies después de mendigar un favor.

– Es lo mío, soy un experto atando botas de futbolista y guantes de púgil -dice al incorporarse-. Ahí viene tu tranvía… Ah, una última cosa. La señora Paquita seguramente te preguntará dónde me has visto. No hace falta que menciones este barrio, que a ti tanto te gusta -añade con una sonrisa cómplice-. Ni la calle Robadors ni la calle San Ramón, ni nada de eso, ¿no te parece?

– Oh, claro, no señor.

Tiene la garganta rasposa y amarga, la cabeza le da vueltas, los pies son de otro. Salta a la plataforma trasera cuando el tranvía aún no ha parado. Adiós y si te he visto no me acuerdo, señor Alonso. Se vuelve tendiendo una mano que se queda en el aire porque el tranvía arranca, y, durante un buen trecho, permanece de pie en la plataforma, dejándose mirar por el hombre plantado bajo la sucia luz de la farola con las manos en los bolsillos y muy formal, erguido a pesar de la cojera o gracias a la cojera, la pierna mala un poco a la zaga y como si porfiara por desengancharse del suelo, la noche ganando terreno en torno a él y haciéndole cada vez más pequeño, solitario y emboscado, hasta que le ve girarse y caminar cojeando Ramblas abajo.

¡Un duro! Antes de llegar a la altura de la calle Santa Ana se descuelga sigilosamente del tranvía en marcha y cruza corriendo el paseo central hasta la otra acera. Se tropieza con un grupo jaranero frente al teatro Poliorama. Tantea el billete de cinco pesetas en el bolsillo junto con el sobre y mientras acelera el paso intenta orientarse. No necesita mirar el sobre, pero sí el duro; lo saca y lo vuelve a guardar en el bolsillo. Un duro no alcanza para ir al Jardín, o a la Gaucha, aunque tal vez, si alguna puta joven se encariñara con él y le hiciera una rebaja… Pero no, nada de putas. Calcula que el trayecto más seguro para volver a Los Joseles sin toparse con el señor Alonso -ya no le cabe duda que vive en el Chino, probablemente en algún oscuro callejón, en una buhardilla en lo alto de una escalera estrecha y pringosa- es coger Pintor Fortuny, dar un rodeo por el interior de la zona y salir a la calle Hospital, cruzarla y bajar hasta San Pablo en busca de la esquina con San Ramón.

El mozo de cara picada anuncia que va a echar el cierre, pero lo acoge sonriente y le sirve la última caña. Esforzadamente tieso, testarudo y aturdido, recupera en la barra su puesto de soñador solitario y fantasioso, y súbitamente le envuelve un suave aroma a jazmín. Tarda un poco en hacerse cargo de la situación. Ella ha descendido del espejo y del encantamiento y está fregoteando vasos detrás del mostrador con las mangas remangadas y la negra mata de pelo cubriéndole el rostro. Perorando por lo bajo y muy enfurruñada, lanza torvas miradas al mozo que va y viene de las mesas a la barra acarreando jarras y vasos y platos sucios. En uno de sus viajes, el mancebo se inclina sonriente a decirle algo al oído y ella le esquiva mascullando confusos agravios: Tus muertos, malaje,jartaíta de llorar me tienes… Mientras, la cuadrilla da por terminado el jolgorio y está por irse, ya se han levantado todos y recogen sus cosas, el bebé llora en brazos de una vieja que espera en la puerta y los dos gitanos de mayor edad están echando cuentas en la barra. Él apura su caña, y a partir de este momento el tiempo se vuelve extrañamente retráctil. Cuando, con mano cautelosa y pedigüeña, empuja sobre el mostrador el vaso vacío hacia ella, que lo coge rápido y sin mirarle, sus dedos se rozan, y, por entre la maraña de negros cabellos, alcanza a ver una sonrisa fugaz en la hermosa boca despectiva, pero para entonces ya ha penetrado en la repentina tiniebla del espejo y se encuentra en el suelo con la mejilla pegada al serrín sembrado de cáscaras de gambas, escupitajos y mondadientes. Oye como en sueños las voces de los gitanos que lo espabilan con suaves cachetes en la cara, no será nada, niño, vuelve p'acá, arriba. También ella está muy encima, mirándole amistosamente a los ojos por vez primera y ofreciéndole un vaso de café frío y amargo. Al acercarle una y otra vez el vaso a la boca, mientras él sorbe despacio y obediente, sus pequeñas manos oscuras desprenden un acre olor a lejía. ¿Qué me ha pasado?, farfulla, y su mano quiere comprobar si el sobre y el dinero siguen en el bolsillo, pero en este momento un gato negro se acerca cruzando el local con paso elástico, ella lo acaricia y el felino se para y arquea el lomo perezosamente, y eso lo distrae de su intención. Ahora a casita, mi niño, oye decir con la voz constipada más dulce que ha oído jamás, mientras las manos ágiles y mimosas le remeten el brazo en el cabestrillo, sacuden el serrín de su pelo y acomodan la chaqueta sobre los hombros. El mancebo no quiere cobrarle la caña y muy amable y atento lo acompaña a la puerta. Diez metros más allá, en la misma acera de la taberna, oye a su espalda la puerta metálica cayendo con un estrépito que se confunde con un trueno que retumba en dirección al puerto. El empedrado de la calle San Ramón brilla como plata sucia.

Antes de alcanzar las Ramblas caen las primeras gotas. No hay ni tranvía ni metro a estas horas de la madrugada. Mejor, Ringo, a pata hasta casa bajo la promesa de la lluvia. Primero Ramblas arriba y luego cruzar la plaza de Cataluña desierta y espectral, subir por el desierto paseo de Gracia y girar en la Diagonal hasta el paseo de San Juan, y de allí hasta la Travesera para volver a girar a la derecha y enfilar la calle Escorial. Al fondo de algunos portales emerge de entre las sombras la muchacha del espejo haciéndole señas, abriéndose la blusa. Lluvia en los zapatos. Nubes grises en la boca. El mensaje rosado en el bolsillo. A mí qué hostias me importa la dichosa carta. Por Escorial hacia arriba y todo recto, no te distraigas, a la derecha evito las sombras de la avenida del General Mola-Mulo-Mola, así es como le llama el Matarratas, y siempre arriba manteniendo los pies y el tipo sobre el bordillo que casi desborda el agua, subir en equilibrio todo el tiempo hasta la jodida barriada de La Salud y hasta más allá de tu futura y regalada vida de famoso pianista, eso es lo que te toca hacer, chaval, eso es lo que harás, deja de lamentarte. La lluvia arrecia repentinamente al cruzar la plaza Joanich. Se quita la chaqueta y se cubre con ella la cabeza empapada, y de paso, hombre, de paso cubro también el tenebroso espejo que cuelga ante mis ojos.

Dejando atrás la plaza, se cae tres veces por empeñarse tres veces en caminar sobre el bordillo de la acera impelido por una euforia incontenible. Incluso la lluvia se le antoja una bendición. ¿No son los ojos enrojecidos de una rata esos dos puntos brillantes que le miran fijamente desde la negra boca de una cloaca? ¡Salud, camarada rata, hagamos las paces, pronto nadaremos juntos en las tinieblas! Poco después se para a orinar arrimado a la tapia del solar de Can Compte, en la zona más oscura de la calle Escorial, y antes de que sus dedos lleguen a la bragueta ya sabe que la ha tenido desbotonada todo el rato, tal vez toda la noche, desde mucho antes de bajar a los urinarios de las Ramblas, puede que desde que salió de casa para ir a sentarse en la puerta del Rosales… Bueno, y qué, recibiendo la lluvia en la cara con los ojos cerrados y la boca abierta, ya has vivido tu primera noche de putas en el Barrio Chino y casualmente con más sorpresas y emociones de las que podías imaginar. Todo el rato persiste la náusea y el extravío, pero el futuro sigue estando en su sitio, todo sigue estando en su sitio, incluido el volumen de relatos que palpa instintivamente en el desbocado bolsillo de la chaqueta: puede oír otra vez el trueno retumbando en la sabana infinita, en el horizonte iluminado por remotos relámpagos, puede oír el rugido del leopardo extraviado en la cumbre y olfateando su propia muerte solitaria y gélida, y también el crujido de sus pisadas en la nieve… Lleva una melodía en la cabeza, pero, una vez más, no la identifica. Encapuchado y acogotado bajo el aguacero, trata de distinguir la orina dorada que se confunde con la lluvia, y bajo los pies encharcados vuelve a notar un mundo subterráneo de ratas y túneles verdinegros, de aguas regurgitadas y pestilentes, y otra vez se busca a sí mismo velando el sueño de la turbadora muchacha dormida ya para siempre en el tiempo futuro. Le gusta pensar que esta imagen contiene tal vez la respuesta a todo, la explicación del mundo, cuando nota súbitamente un vacío en la boca del estómago y le asalta desde las sombras un presentimiento que le dispara la mano hacia el bolsillo interior de la chaqueta.

Una décima de segundo después, al girar la cabeza bajo el parpadeo de un relámpago, cree haber visto el sobre rosado flotando en el reguero de agua sucia que corre junto al bordillo de la acera. Espectral y fugaz, arrastrado por la corriente, el sobre se detiene y se balancea un rato frente a la boca de la alcantarilla y luego gira vertiginosamente sobre sí mismo, a punto de ser engullido. Está bocabajo y de pronto boca arriba y el agua ha borrado casi totalmente el nombre de la destinataria. El remolino lo retiene un instante, el tiempo suficiente para que él pueda agacharse y cogerlo, pero, sin que acierte a explicarse por qué, permanece quieto bajo la lluvia, viéndolo dar vueltas como en un tiovivo, girando y girando sin cesar, amortajado por el agua turbia, hasta que repentinamente la cloaca se lo traga y desaparece en la negrura.

– Hasta siempre, señora Mir.

12 El turbante de María Montez

¡Detente, bala!, dice el Sagrado Corazón de Jesús mirando al visitante con sombría dulzura desde la placa en la puerta del piso. La clavó el ex divisionario Ramón Mir Altamirano en acción de gracias, hace seis años, cuando volvió del frente del Este milagrosamente sano y salvo. Con la culata de su pistola y una mezcla de fervor patriótico y hombría lastimada, susurrando jaculatorias por haberse librado de la metralla bolchevique, aquel día remachó los clavos de un resentimiento inconfesable, secreto y vengativo, y luego frotó la placa con una gamuza hasta sacarle brillo. Hoy la imagen salvífica está algo abollada y descascarada en los cantos, y el dedo que señala el rojo corazón en llamas soporta un poco de herrumbre. Los vivos colores se han apagado y el divino dedo contamina con su punta de orín a la radiante víscera, y también a los ojos afables que ahora dicen no debes preocuparte, muchacho, no te atormentes, que nadie en esta casa te pedirá cuentas por lo ocurrido, pues nadie lo sabrá nunca, y menos que nadie la propia destinataria de la carta, que sin duda se moriría del disgusto si lo supiera.

Acomoda el brazo en el cabestrillo y se dispone a pulsar el timbre. Nunca pudo imaginar que un día llamaría a esta puerta para ponerse en manos de la señora Mir, ciertamente la persona que ahora menos desea ver en el mundo. Aunque ella no tiene por qué enterarse de su encuentro nocturno con el señor Alonso, y menos aún del puñetero encargo de este, ya que no se lo ha contado ni siquiera al Quique, y aunque piensa que lo sucedido tiene fácil arreglo -podría ir mañana mismo en busca del cojo y seguro que comprendería y le disculparía, y quizá escribiría otra carta y volvería a confiársela-, no consigue librarse de un vago malestar, una fastidiosa melancolía. Por eso, cuando le comenta a su madre que el hombro y la espalda le duelen cada vez más, y ella le sugiere unas buenas friegas con alcohol, se pone en guardia.

– ¡No necesito friegas para nada! ¡Pronto estaré bien del todo!

Según él, ese dolor persistente se debe a la costumbre de dormir sobre el costado derecho. Su madre no piensa lo mismo. El dolor se debe, entre otras cosas, a su terco empeño en llevar el brazo en cabestrillo más tiempo del debido, por el gusto que le ha tomado a salir así a la calle, seguramente por presumir tontamente delante de alguna chica. ¿Por qué sigue con esta comedia? La herida ha cicatrizado, la hinchazón de la mano ha desaparecido, y el escaso vendaje, que últimamente se cambia él mismo y deja mucho que desear, ya tampoco hace ninguna falta. Él responde que ahora es precisamente cuando más necesita el apoyo del cabestrillo, porque le duele terriblemente el hombro y también la espalda, terriblemente.

– Al revés -replica su madre-. Te duele terriblemente porque llevas el brazo terriblemente encogido desde que te levantas hasta que te acuestas. Esta postura no es normal, hijo. Ayer me encontré a Victoria saliendo de la clínica, se lo dije y quedamos en que irías a verla.

– ¡Oh, no!

– ¡Oh, sí! Y no hagas comedia, venga. Unas buenas fricciones y se te quitarán las ganas de ir por ahí presumiendo con mi bonito pañuelo. Y Victoria encantada de que vayas. Me dijo que precisamente estaba deseando hablar contigo.

– ¿Conmigo? ¿Para qué?

– Ah, no sé.

No puede querer nada de mí, piensa apresuradamente, y una vez más, para tranquilizarse: de ningún modo puede saber que vimos al cojo en el Chino… a menos que esa picha-loca del Quique se haya ido de la lengua en el bar.

– No quiso decírmelo -añade su madre-, pero me guiñó el ojo mientras se empolvaba la nariz, y me lo imaginé…

– ¡Sea lo que sea, no quiero ir!

– ¡Pero bueno, ni que te fuera a comer! -Sonríe al añadir-: ¿Sabes una cosa? Juraría que pensaba en su hija. Seguro que ya le busca novio, así que deberías sentirte halagado…

– ¡Pero qué dices! ¿Y para eso me obligas a ir a su casa? ¡Si el hombro apenas me duele, mira! ¡Mira cómo muevo el brazo!

– Bueno, no quiero oír ni una queja más. -Su madre endurece el tono-.Victoria se ha ofrecido generosamente y debes mostrarte agradecido. Mal no pueden hacerte unas friegas, al contrario. Además -añade con un ademán cansino-, he oído decir que está perdiendo clientela. En la Residencia hace tiempo que no la llaman para ningún servicio, dicen que ya no atiende como antes. La pobre está pasando una mala racha, y no quiero que piense que ya no confiamos en ella. Así que irás a verla… Venga, hijo, ponte en razón por una vez.

Ponte en razón. ¿Cómo se hace eso? Tres días después de la incursión nocturna a los bajos fondos y del accidentado retorno bajo la lluvia y los relámpagos, todavía no se aclara. Dejando de lado el encantamiento que propició la cerveza, el azogue y otras sombras del omnipresente espejo, y aquel prometedor no-sé-qué apuntando a los sentidos, a la ansiada aventura sexual, conserva de esa noche un recuerdo confuso que no acierta a completar por más que lo intente, y que le hace sentirse burlado y estúpido. ¡Tu primera noche de putas, y te enamoras! ¡Serás panoli! Enredándose en brumas exculpatorias, achacando lo sucedido a la cogorza que llevaba encima, la primera que agarraba en su vida y que le dejó sonado y tambaleante al final de la noche, le cuesta admitir que realmente viera el sumidero tragándose la carta bajo el fuerte aguacero, que tomara conciencia de ello y que no hiciera nada por evitar que esa carta fuera a parar al fondo de la alcantarilla. A ratos prefiere creer que se la quitaron del bolsillo junto con el duro; aquellas manos pequeñas y aladas de la muchacha revoloteando alrededor de su cara, manos impregnadas de lejía y de una gesticulación envolvente que expresaba a la vez urgencia y mimos… Pero ¿por qué habrían de trincarle del bolsillo un sobre sin señas? ¿A quién podía interesarle? ¿Pensarían que contenía dinero? ¿O tal vez ocurrió que la rápida y sigilosa mano, de quienquiera que fuese de los allí presentes -pero no de ella, por favor, de ella no-, al encontrarse con el duro y el sobre en lugar de una cartera, decidió que era mejor esto que nada? En todo caso, se resiste a imaginar cómo, dónde y quién pudo hurgar en el bolsillo.

Pero tanto si el sobre y el duro le fueron robados o se perdieron, y aun persistiendo la sensación de que todo había ocurrido en el ámbito recurrente de los espejos tenebrosos y los sueños, lugares no habitables, salvo en las novelas y en las películas, y aunque se empeñe una y otra vez en restarle importancia al asunto, prevalece cierta desazón. El error, no haber hecho nada por evitar que la cloaca se tragara la carta -aunque no esté seguro de haberlo vivido, aunque a veces crea haberlo soñado-, ese simple y desafortunado error, achacable solamente a su muy cultivada indiferencia, se ha enquistado en su ánimo. Por más que quiere convencerse de que lo ocurrido no tiene importancia, de que si la maldita carta se ha perdido para siempre pues bien perdida está y que los zurzan a los pelmazos amantes de la Montaña Pelada, por más que quiere olvidarlo, no puede dejar de pensar en ello. Ciertamente, podía haberla guardado debajo de la camiseta o dentro de los calzoncillos, podía haberla controlado solamente con sentir todo el tiempo su contacto con la minga, ahí abajo. ¿Y cómo no se aseguró que la llevaba consigo al abandonar la taberna? Ante sus ojos aún se desliza sigiloso el gato negro, arrogante y arqueado vestigio de la noche bajo la mano mimosa de la muchacha, pero no sabe si estaba despierto o lo vio dormido. A menudo el sentimiento de culpa es el simple crujido de un papel sobre su corazón, como si aún llevara el sobre en el bolsillo interior de la americana, y entonces se pregunta qué le costaba haberla escondido mejor, como había hecho siempre con las joyas cuando cumplía tantos recados viajando en el metro y en tranvías abarrotados, o transitando por los callejones oscuros del barrio gótico hasta el pequeño taller de un grabador o un engastador, o por los desiertos y mullidos pasillos del Hotel Ritz para llamar a la puerta de una suite y alegrar a una querida de lujo hospedada allí, entregándole un maravilloso collar de esmeraldas y aguamarinas… En cualquiera de esos trámites había llevado y protegido con su cuerpo y con su ánimo, constantemente alerta y responsable, cosas mucho más valiosas que una ridícula carta de amor o de desamor, tesoros de platino y diamantes cuya pérdida habría acarreado graves consecuencias para él y quizá sólo un disgusto pasajero para la destinataria, un aplazamiento del ansiado regalo, pero en ningún caso habría causado, prolongado ni agravado esa espera patética de la señora Mir entrando un día sí y otro también en el bar Rosales para preguntar si había llegado la carta, llevara esta un mensaje conciliador o un adiós definitivo.

La resaca del día siguiente, mientras cumplía medio sonámbulo encargos de su madre, ir a por el racionamiento y el pan con la cartilla y comprar una lechuga y dos pimientos verdes y un kilo de tomates para ensalada -evocando a la abuela Tecla en su última visita a Barcelona con la cesta llena de tomates y berenjenas del huerto, huevos y albaricoques y melocotones de viña y un conejo desollado, y preguntándose por qué diablos rehusó marchar con ella al pueblo mientras aquí su madre le busca una ocupación que él ya sabe que no le va a gustar-, lo había momentáneamente excusado de ponerse a analizar lo ocurrido y calibrar las consecuencias. Fue en el transcurso de la semana, al advertir que el malestar persistía, cuando empezó a plantearse interrogantes y buscar excusas: ¿por qué preocuparse si es muy probable que la puñetera carta no trajera la buena noticia que la señora Mir espera? Es más, ¿y si no fuera precisamente lo que se dice una carta de amor? ¿Y si era una cobarde despedida y no la disculpa tan deseada, ni el deseo de una nueva cita, de un apasionado reencuentro? Recuerda las palabras del señor Alonso y cierta resignación en el semblante cuando le entregó el sobre: Un asunto muy privado. ¿Y si le decía que no quería volver a verla, que había dejado de amarla, que daba por terminada definitivamente la relación, lo nuestro no tiene futuro, gordita mía, estuvo bien y fue bonito mientras duró, no te lo tomes a mal pero adiós, etcétera?¿No era eso lo que de verdad se correspondía con un idilio tan rancio y estrafalario, con unos viejos amantes desacreditados, marchitados y rebotados desde un pasado de Dios sabe qué malquerencias y fracasos, que ambos seguramente se conjuraron olvidar?¿No eran justamente estas palabras: no hay futuro para lo nuestro, las más adecuadas al caso? Ambos lo llevaban escrito en el rostro, como tanta gente que él conoce, como los amigos de su padre en la brigada raticida, como el señor Sucre y el capitán Blay, como los viejos jugadores del subastado o la garrafina en la taberna durante los interminables domingos por la tarde, como su propia madre, y, a ratos, cuando se queda inmóvil mirando el vacío, en casa o en cualquier parte, creyendo que nadie le ve, como el mismo Matarratas, siempre tan burlón y deslenguado.

Quería incluso convencerse de que en el transcurso de aquella azarosa noche, en algún momento -vivido o soñado, ya daba lo mismo-, al verificar con la mano que la carta permanecía segura sobre el pecho, los dedos mojados de lluvia habían percibido con el tacto la condición maligna del mensaje, la funesta noticia indeseada y el consiguiente dolor que iba a causar a la señora Mir. Y si pensaba en su anhelo de verse muy pronto perdonada y reconciliada con su hombre, un sentimiento tantas veces públicamente manifestado y que ella alimentaba día tras día, y que parecía tan hondo y persistente, tan exento de pudor, tan indiferente a la maledicencia y al propio ridículo, si pensaba en eso y en que finalmente el mensaje era tal vez la ruptura, la muerte de la esperanza mantenida hasta aquí, es decir, una cruel despedida en lugar de una renovada promesa de amor, entonces abrigaba la certeza de que esta mujer habría preferido que la carta no llegara nunca a sus manos, y por tanto se había ahorrado un disgusto de muerte.

Tenía que ser así, estaba convencido. Si no, si lo que traía el mensaje era el perdón y el cariño renovado, ¿por qué el señor Alonso tenía que ocultarse detrás de un mensajero, por qué no entregar el sobre él mismo? ¿Por qué no quería dar la cara, por qué no quería ni acercarse al bar Rosales? Pues para no tener que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a la señora Paquita. Ahora veía claro por qué lo dejó solo durante tanto rato en aquella tasca: para ir a escribir deprisa y corriendo la vergonzante despedida, seguramente en su propia casa -¿de dónde si no habría sacado el papel y el sobre?, era imposible que los llevara encima- y liquidar el asunto sin necesidad de dejarse ver por el barrio, aprovechando aquel encuentro casual, o quizá no tan casual, en una esquina del Chino… Porque debía ser verdad que aún sentía alguna pena por la señora Mir. Nada de lo que este hombre dijo o hizo aquella noche había ocurrido porque sí; nada, salvo, tal vez, el haberse agachado para atarle el cordón del zapato y de paso limpiar alguna salpicadura del vómito, y eso, el recuerdo de eso precisamente, sus rápidos dedos frotando discretamente el zapato, es lo que más le incordia y a ratos le hace sentirse mal. ¿Por qué un hombre hecho y derecho, un ex futbolista de un club histórico que dicen conoció años de gloria, alguien que en la taberna siempre se hizo respetar por su autoridad y su discreción hablando de mujeres o de juegos de azar o de sucesos que traía la prensa o de lo que fuera, por qué un hombre así tenía que mostrarse de pronto tan desvalido y servicial con un chico al que apenas conocía?¿Tan necesitado estaba de un mensajero, tan difícil y complicado se le hacía despachar una asquerosilla aventura amorosa con este saldo de amante?

Tres días antes de que su madre le obligue a visitar a la señora Mir, una tarde que vuelve a casa después de cambiar un libro por otro en la tienda de la calle Asturias, subiendo desde la plaza Rovira ve al Quique, a Roger y a los Cazorla parados en la esquina de la calle Argentona, a unos treinta metros de la puerta del Rosales. Doblándose de la risa, el Quique le hace señas de que se acerque deprisa, porque algo divertido va a ocurrir de inmediato. Con ellos está Tito, el chico de la peluquera montado en su pequeña bicicleta con un caramelo en la boca, un pie apoyado en el bordillo de la acera, el otro en el pedal alzado y la mirada vivaz fija en la puerta del bar, dispuesto para salir esprintando. Tiene una mano sobre el manillar y en la otra lleva un sobre de carta arrugado.

– Espera, Tito -dice Roger-. No ataques hasta que la veas salir.

– Se lo entregas y escapas corriendo -dice Rafa-. Y te habrás ganado otro caramelo.

Ringo quiere hacerse con el sobre, pero Roger se lo impide esgrimiendo los puños y riéndose, simulando una pelea con golpes bajos. Él esquiva los puños con el cuerpo, preservando el brazo en cabestrillo.

– Déjame ver eso, chaval -le dice al niño.

– No hay tiempo, está a punto de salir del bar -dice Roger.

– ¿No hay tiempo para qué?

– ¡Le hemos preparado un regalito! -le informa el Quique, exultante-. Ahora está hablando con la señora Paqui, lloriqueando, preguntando una vez más por la carta… ¡Para troncharse, nano! Cuando salga del bar, Tito le llevará nuestro regalito ¡y cuando lo vea nos vamos a tronchar de la risa!

– ¿Y por qué no me habéis avisado?-Se deshace del acoso pugilístico de Roger empujándole con violencia-. ¡Cuidado con mi brazo, animal!

– ¡Si no te he tocado!

– Pero bueno, ¿qué te pasa, nano?-El Quique le mira con los ojos muy abiertos y sin dejar de sonreír, pero su sonrisa mellada y jaranera, entre las dos abundantes patillas que ahora luce su cara redonda, ya no es la sonrisa de un niño ávido de aventuras con culos y tetas. Lleva tres meses trabajando de aprendiz de tornero, y los demás han empezado también a tirar cada uno por su lado: Roger limpia tranvías en las cocheras de la plaza Lesseps, elChato Morales es aprendiz de mecánico en un garaje de Vallcarca y apenas se deja ver por aquí, Rafa Cazorla trabaja en una cerrajería de la calle Torrijos y su hermano es botones en un hotel de las Ramblas. De pronto a Ringo le vienen ganas de soltar un par de hostias a cada uno de ellos, condenados aprendices de nada, sobre todo el Quique.

– A ver, tarugos, ¿qué estáis tramando?

– ¡Nada! -dice Rafa-. Sólo queremos ver qué cara pone la tía.

– ¿Qué es eso que lleva Tito en la mano?

– Es una broma, hostia -dice el Quique-. Una coña sandunguera para la madre de Violeta. ¿Qué pasa, tienes algo en contra?-Lo acomete otro ataque de risa-: Ji, ji, ji. ¡Además, fue idea tuya!

– Sí, ¿ya no te acuerdas?-dice Roger-. Un día que la tía estaba mamando en el Rosales dibujaste una gran polla voladora en un papel y se la querías meter en el bolsillo de la bata…

– No me acuerdo. Dame eso, Tito. Quiero verlo.

No le da tiempo. El niño, que no le ha quitado el ojo a la puerta del bar, se impulsa apoyando el pie en el bordillo de la acera y sale disparado sobre la bici hacia la siguiente esquina. La señora Mir acaba de salir del bar y cruza la calle en bata y zapatillas, atusándose el pelo y contoneándose con su habitual cachaza. El pequeño ciclista la alcanza en mitad de la calzada, efectúa un par de vueltas alrededor de la mujer pedaleando frenéticamente y ella se para y lo mira sonriendo, hasta que ve el sobre en su mano. El chico alarga el brazo y se lo entrega con la cabeza gacha y sin dejar de pedalear, y seguidamente enfila calle abajo y desaparece en la plaza Rovira. La señora Mir alcanza la acera con el sobre en la mano, lo abre y saca un papel, lo desdobla y se queda mirándolo entre precavida y asustada. Su cara se contrae, enseguida levanta la vista, apoya un instante la mano en la pared y mira en torno con ojos lastimeros, sin ver a nadie y sin entender la razón del escarnio, mientras Ringo ya se ha ocultado detrás del Quique y Roger, que se retuercen en la esquina muertos de risa, igual que Rafa. La señora Mir sigue parada en la acera y vuelve a tantear la pared con la mano, mirando el papel y meneando tristemente la cabeza. Casi en el acto, Ringo se sorprende agarrando al Quique por el cuello de la camisa.

– ¿Qué habéis hecho?

– ¡Eh, suéltame! ¿Qué te ocurre? No es más que un dibujo…

– Una polla con alas, Ringo -dice Rafa Cazorla-. ¡Y con pelos y todo!

– ¡Y dos huevos duros! -exclama Sito Cazorla.

– ¿Y debajo sabes qué hemos escrito? ¡Voy volando, señora!

– ¡Hostia puta, Ringo, ¿qué mierda te pasa?! -dice el Quique-. Nos habíamos hartado de pintar pollas voladoras, ¿no te acuerdas?

– Esto no es lo mismo, idiota. Que eres un idiota.

– ¡Vale, hombre, gracias! -Se ríe-. Pero mira la cara que pone la gorda, ¡mira!

Asomados a la esquina, la ven ahora estrujar el papel con el puño pegado al vientre, girarse cabizbaja y mirar hacia donde suenan las risotadas. Se apartan enseguida, pero los ha visto, aunque él cree librarse escudándose en los demás. Despacio, asegurando los pies dentro de las zapatillas rosadas y meneando la cabeza con aire tritón y resignado, la mujer reemprende la marcha por la acera hasta alcanzar el portal de su casa.

Tito reaparece con su bici y reclama el segundo caramelo, y los tres amigos miran sonrientes a Ringo, satisfechos del efecto de la gamberrada y esperando su aprobación.

– Sois unos malparidos -gruñe dando media vuelta y alejándose.

– ¡El malparido lo serás tú! -grita el Quique. Y en voz baja, confuso y para sí mismo-: ¿Qué mosca le habrá picado?

Ahora, frente a la placa abollada del Sagrado Corazón, acomoda el brazo en el cabestrillo y se decide finalmente a pulsar el timbre. Unos segundos de espera, el chasquido de unos pasos al otro lado y Violeta le abre la puerta despacio, con la misma lentitud suspicaz que deja entrever su mirada abatida y lánguida, con ojeras levemente moradas. Lleva liada a la cabeza, a modo de turbante, una toalla que fue azul y que luce varios desgarros, calza chancletas y viste una bata sin mangas de paño gris tan fino y raído que parece una telaraña adherida al cuerpo.

– ¿Qué quieres?

– Tu madre me espera.

– ¿Ahora?

– Sí, ahora.

La muchacha le dedica un lento parpadeo, inclina un poco la cabeza y con la mano en la nuca se toca unas mechas mojadas que asoman bajo la toalla. A él no le sorprenden en absoluto su mirada artera ni los gestos furtivos.

– ¿Qué pasa, no me crees? Tu madre dijo que viniera a las siete.

Ella acentúa la curva de la cadera al apoyarse en el quicio de la puerta y lo mira con aburrida benevolencia. Tarda un poco en decir:

– No son las siete -con una voz húmeda y casi inaudible.

Entrecerrando los ojos con parsimonia y en un tono tan desganado que apenas se la entiende, le informa que en este momento su madre atiende a la señora Elvira, la madre del carnicero, y que la pobre mujer está medio paralítica y hay que hacerle estiramientos de piernas, así que tiene para rato; que mejor vuelva dentro de media hora o tres cuartos, pero si quiere pasar al comedor y hacerle compañía al carnicero…

¿De palique con el señor Samsó? Ni hablar. Menudo pelma. Nunca ha estado en este comedor que hace de sala de espera, pero se imagina al carnicero sentado ahí, solo y aburrido, al cuidado de las muletas de su anciana madre y encantado de que alguien se siente a su lado para charlar matando la espera. Ni hablar.

– Esperaré aquí fuera.

Violeta se encoge de hombros, pero no cierra la puerta. Se queda mirándole un rato y luego, con la misma voz apagada, dice:

– Se puede arreglar. Anda, pasa.

Cansinamente abre del todo y cuando él ya está en el vestíbulo cierra de golpe, ajusta las solapas de la bata sobre el pecho y se gira despacio dándole la espalda, moviendo el cuerpo como si fuera un incordio, una pesada carga o un tedioso reclamo cuyos llamativos atributos no fueran con ella. Se adentra en el pasillo con desganados andares mientras suena un bailable en alguna radio de la casa. Las chancletas, bajo el pálido marfil de los talones desnudos, restallan en el mosaico. Y tú, quién sabe por dónde andarás, quién sabe qué aventura tendrás, qué lejos estás de mí…, dice la canción. Un piso grande y recargado con mobiliario vetusto, con un olor dulzón y agostado en la atmósfera, un pasillo sombrío que al fondo culmina en la suave explosión de luz invadiendo el comedor desde la galería trasera con cristalera de plomo y colores desvaídos. Pero Violeta no lo conduce hasta allí, sino a un cuarto pequeño cuya puerta se halla a mitad del pasillo.

Se diría el cuarto de la plancha, pero parece algo más. No hay mucho espacio para la tabla desplegada y con una pila de ropa encima, el estrecho catre de hierro arrimado a la pared y cubierto con un edredón verde, dos sillas de enea y una mesa camilla con frascos de cristal vacíos. Flota un leve aroma a almendras tostadas. No es una radio lo que emite música, sino un pequeño tocadiscos precariamente instalado sobre una silla plegable. En el catre hay cojines de varios colores, una muñeca de porcelana desnuda y sin pelo, dos revistas de cine, algunos viejos ejemplares deFlechas y Pelayos, un costurero abierto y un abanico. Clavado con chinchetas en la pared, Errol Flynn con el brazo en cabestrillo, igual que él, le sonríe solidario desde una foto de La carga de la Brigada Ligera , flanqueado por dos programas del Salón Cibeles anunciando las orquestas de Mario Visconti y de Gene Kim.

– Puedes esperar aquí -dice Violeta apagando el tocadiscos y recogiendo algunas fundas y vinilos desparramados sobre el catre.

– ¿Este es tu cuarto?-No obtiene respuesta-. Tienes un cuarto para ti sola, qué suerte. Yo duermo en el pasillo, en un catre como este. En casa sólo hay un dormitorio, somos realquilados, ¿sabes?-Silencio-. ¿Qué estabas escuchando?

– No estaba escuchando.

– Mentira. Es una canción que yo sé que te gusta mucho.

– Puedes sentarte en la cama, si quieres. Hay para rato.

– El año pasado, en la fiesta mayor, la bailaste conmigo.

Violeta se encoge de hombros.

– ¿Ah, sí? Pues yo ni me acuerdo.

– Mentira podrida. -Se deja caer sentado en el catre y al mismo tiempo lanza con rapidez la mano a la cadera, como si fuera a desenfundar-. Churro, mediamanga y mangotero. «Perfidia», niña, así se llama la canción.

Como siempre, la observa con un sentimiento contradictorio. Puesto que ella ha reparado varias veces en su brazo en cabestrillo replegado sobre el pecho, si bien con una luz fría y distante en sus profundos ojos oscuros, espera que le pregunte algo al respecto, le gustaría. Pero Violeta no habla. Permanece de pie y cruzada de brazos junto a la puerta y lo mira de soslayo de vez en cuando, desdeñosa y consciente de atraer furtivas miradas a sus piernas y al triángulo que marca la tela de la bata entre los muslos y el vientre, una confluencia de livianas arrugas abarquilladas sobre la pelvis, mientras Ringo entorna maliciosamente los ojos bajo la sombra imaginaria del sombrero, secretamente disgustado consigo mismo al no poder evitar las imágenes que suscita esta-chica-que-no-le-gusta-nada, de modo que, dejándose llevar por una reacción automática de defensa, se apresura a constatar una vez más el clamoroso desacuerdo de las formas: estas caderas cumplidas no se avienen con unas tetas tan pequeñas ni con la estrechez y fragilidad del torso de niña, pero ese desarreglo -no puede dejar de percibirlo una vez más, aunque no quiera-, esa disonancia entre lo infantil y las formas adultas a punto de ser opulentas, es justamente lo que más le atrae de la muchacha.

– ¿Y el cojo?-dice Ringo finalmente, con aire distraído-. ¿Ya no viene por aquí el cojo, ya está curado de la pierna?

– Yo qué sé.

– ¿Es verdad que se la mordieron en un partido de fútbol, y que por eso la tiene más corta, y con el pie torcido para dentro…?

– A mí qué me cuentas.

Se mira las uñas concienzudamente, como para desentenderse del asunto. Pero él necesita insistir, provocar; ha venido con muchas prevenciones, temiendo enfrentarse a la señora Mir, y ahora no quiere verse intimidado por su hija.

– Un tío raro. Pero en el bar yo me hice amigo suyo. Bueno, casi amigo. Y tu madre lo aprecia, lo sabe todo el mundo. Hasta hace poco eran más que amigos, eran como novios y todo eso… Su querido, vamos. ¿O no? ¿Tú qué dices, Violeta?

– Digo mierda.

– También dicen, y no te enfades, ¿eh?, pero dicen que tardará poco en buscarse a otro, y que eso sería lo mejor para ella… -Calla y aguarda expectante su respuesta: le gustaría que ella lo corroborara, que efectivamente su madre se buscara otro hombre-. ¿Qué opinas?

– Opino mierda. -Con mano rápida tantea la toalla azul liada a la cabeza, asegurando su estabilidad, mientras le mira fijamente. Durante un rato toquetea las mechas húmedas de la nuca, pero no parece nerviosa. Finalmente añade-: ¿Te importa mucho lo que haga o deje de hacer mi madre?

– Me importa un rábano, qué te crees. Es lo que se oye por ahí. Que si le saliera otro querido, se olvidaría deprisa y corriendo del cojo, y que sería lo mejor para ella. Seguro que sí. No lo digo yo, ¿eh?, que conste, lo oí decir en el Rosales. ¿Tú qué piensas?

Violeta lo mira ahora con expresión dolida.

– ¿Por qué me vienes a mí con esos chismes? ¿Por qué hablas de novios y queridos, y haces esas preguntas tan… no sé, tan… sucias?

– Chica, perdona, no pensé que te lo tomarías así.

– ¿Quieres callarte, por favor?-Cierra los ojos como si le picaran. Al abrirlos repara en la venda un poco desliada que cuelga por debajo del cabestrillo-. ¿Quién te ha hecho esta birria de vendaje? Vaya pingajo. Tu madre no, seguro.

– Le puse un imperdible, pero se me ha soltado…

– Me contaron lo que te pasó en el taller con la mano. Estarías embobado. Para variar.

– A lo mejor.

Cruzándose de brazos, Violeta recuesta la espalda en la puerta, levanta la rodilla para apoyar un pie desnudo en la jamba y deja que la bata se abra un poco.

– ¿Y qué vas a hacer ahora? Tendrás que aprender otro oficio.

– No lo sé. -Lo poco que deja ver la bata abierta por encima de la rodilla, un triángulo de piel morena, augura unos hermosos muslos-. Me gustaría trabajar en un circo… Podría ser mago, o ventrílocuo. Sé hacer toda clase de voces. Llevaría frac y pajarita y un sombrero de copa y haría voces de animales y de personas… Es muy fácil. Pero bueno, lo más seguro es que sea afinador de pianos.

– Ya. Afinador de pianos. Y mientras tanto, ¿qué haces? Nada, gandulear por ahí. Es una lástima, pero eso es lo que te gusta. Gandulear.

– No es verdad. Estudio música. Todavía no tengo piano, pero estudio por mi cuenta. Y además ayudo a mi madre, en la compra, y también en la cocina…

– Un chico hacendoso, ¿eh? ¿Dónde has aprendido, en los cursillos de la Sección Femenina, como yo?-Sonríe con malicia-. Eres un gandul. Qué lástima. ¿Y por qué te dicen Ringo? ¿Tu nombre no es Mingo?

– ¡No!

Negar su verdadero nombre había sido siempre algo más que un juego o una ocurrencia divertida. Si ella no fuera una chica tan rara, y casi dos años mayor que él, se lo explicaría gustosamente. Mi nombre es Domingo, muñeca, pero de pequeño me quitaron el do, la primera nota de la escala musical, y se quedó en Mingo, que no me gusta nada. Nombre mutilado, como mi dedo. Me quitaron la nota musical, pero yo cambié una letra, una sola, y desde entonces hay que buscarme por las praderas de Arizona, lejos de este cochino barrio…

– Suena lo mismo, pero no es lo mismo -dice, y su mirada oscila entre la descarada rodilla y el sombrajo en torno a los ojos insolentes de la muchacha, formas dispares que el deseo reconcilia. Se demora en los ojos por gentileza, pero no por mucho rato.

– Es una lástima -opina Violeta.

– ¿Por qué una lástima?

– Porque le gustas bastante a una chica que conozco. Bastante.

– ¿Ah sí? ¿Quién es?

Violeta calla y sostiene su mirada hasta obligarle a bajar los ojos, que recuperan la rodilla y lo demás decididamente, sin disimulo y sin poderlo remediar: está seguro que le sobra energía para lograr cualquier objetivo que se proponga en la vida, incluido el de convertirse en un gran pianista con sólo nueve dedos, pero en este momento se ve incapaz de una cosa tan sencilla como apartar los ojos de ese muslo alzado y del pliegue de la bata en la ingle.

– No soy ningún zángano -dice-. Me están buscando trabajo, ¿sabes? Podría ser en una casa importante de pianos… -Señala la foto de Errol Flynn-. Mira, lleva el brazo como yo, y el pañuelo es muy parecido… ¡Por el Valle de la Muerte cabalgaron los seiscientos! ¿Te acuerdas, has visto la peli?

Violeta ha girado la cabeza ofreciendo la oreja derecha para oír mejor, y de pronto Ringo recuerda que el año pasado, bailando con la chica en la calle, la misma noche que ella sería proclamada Pubilla de la fiesta mayor, cada vez que se le ocurría decirle algo, esa pequeña y perfumada oreja acudía inmediatamente a sus labios. Al principio pensó que simulaba oír mal para arrimarse un poco más, hasta que advirtió que realmente era dura de oído, y entonces fue él quien se aprovechó: cada dos por tres le hablaba en voz baja, propiciando la proximidad de la oreja y pillando de vez en cuando el lóbulo con los labios; y acto seguido, ella, con una prontitud y generosidad desconcertantes, le entregaba el vientre y los muslos. Y fue bailandoPerfidia en lo más alto y oscuro de la calle, bajo el techo de tiras de papelitos de colores con sus flecos y su rumor de hojas movidas por la brisa, cuando él respondió a los furtivos frotamientos con la primera erección de la noche. Y ella tenía que acordarse, seguro, aunque ahora simulara interés por otras cosas:

– ¿Cómo tienes la herida? ¿Te duele?

– Pues sí, a veces… ¿Pero de verdad te importa eso?

Cierra el puño y entorna los ojos, convocando una punzada en el dedo fantasmal. Con la boca entreabierta, como si respirara mal, Violeta le observa con una sonrisa displicente.

– ¿Me la dejas ver?

– ¿Para qué?-Los ojos asilvestrados de Ringo recelando bajo el ala ladeada del sombrero, la mano izquierda rondando la culata del revólver en la cadera-. ¿Por qué quieres mirar ahí, Frenchi?

– Porque entiendo un poco. Bobo. Estoy haciendo un curso de enfermera en la Escuela de Santa Madrona, en la calle Escorial. -Se le queda mirando-. ¿Y cómo me has llamado…?

– Qué más da, es un nombre que me gusta. ¿Y ya sabes poner inyecciones? ¿Y sabes curar con las manos, como tu madre?

– No señor. Quiero ser enfermera de verdad. Llevo un mes de prácticas con las monjas de la Clínica del Remedio. ¿No te habías enterado? Bueno, ¿qué? ¿Me la dejas ver, si o no?

Ringo sigue sentado en la cama, la mano vendada y yerta sobre el muslo. Sonríe, deslía la venda y enseña el dedo que no tiene.

– Mírala. ¿Te gusta?

Violeta se agacha, mira con atención y se encoge de hombros.

– Ni fu ni fa. Una herida bastante fea.

– Es que aún no está curada. Acércate más y fíjate bien.

Obedece para ver más de cerca el centro replegado del muñón, la pequeña y lívida cicatriz en forma de estrellita rodeada de bultitos, y al hacerlo apoya distraídamente la mano en la rodilla de Ringo. Él mira las uñas pintadas del color de la plata oxidada en la mano cálida y sosegada, repentinamente adulta, posada en su rodilla.

– Es que aún me duele, ¿sabes?-añade-. Y noto sensaciones raras. A veces me pongo a hurgar la nariz con este dedo que ya no tengo, o me rasco la oreja…

– ¡Hala, qué embustero!

– Bah, no mereces que te lo cuente. -Mientras ciñe nuevamente el vendaje en la mano, con poca maña y esperando inútilmente que Violeta se ofrezca a hacerlo, un imaginario tirón muscular en el brazo pone en su boca un falso rictus de dolor-. No es nada. Molestias en el hombro, seguramente un esguince… La mala suerte que me persigue. Y para colmo, el otro día mi madre y la tuya se encuentran casualmente delante de la clínica y no se les ocurre otra cosa que ponerse a hablar de mi dolor de espalda. ¿Y qué deciden? ¡Que necesito unas friegas! He venido por eso, sólo por eso, no vayas a pensar que he venido por otra cosa…

– Ya.

– Sí, algún sortilegio maligno me ha traído hasta aquí.

– Qué cosas dices, qué presumido eres.

– Ni siquiera pensaba encontrarte en casa. Sé que en la papelería donde trabajas no cierran hasta las ocho.

– Algunas tardes no voy, ya te he dicho que hago unos cursillos. Bueno, le diré a mamá que estás aquí.

Sale dejando la puerta entornada y enseguida llega del lado de la galería la rocosa voz de su madre, sofocada esta vez, como si hablara desde el fondo de una cueva:

El chico que espere -y casi sin transición, furiosa: ¡¿Quieres quitarte esta toalla de la cabeza, hija, quieres hacerme el puñetero favor de tirarla a la basura?! ¡¿No ves que ya no vale para nada?! ¡¿Cuántas veces he de decírtelo?! ¡No quiero verla en mi casa nunca jamás! ¡Estoy más que harta de tus impertinencias! ¡Te la quitas ahora mismo o te doy una bofetada…! ¡Y ponle otro cojín aquí a la señora Elvira!

Y enseguida, con la voz melosa:

Ay, señora Elvira, perdone. Pero le he cogido manía a esta vieja toalla. Tanta manía le tengo, que si no fuera porque no quiero ni tocarla, yo misma la habría hecho trizas con estas manos.

Son cosas de la edad, Vicky. Yo le he cogido manía a los canelones, mira. ¡Con lo que me gustaban!

Era de su padre, siempre usaba esta toalla -dice la señora Mir, y seguidamente recupera el tono severo: ¡Violeta, ¿cuánto hace que no has ido a Badalona a ver a tu abuela Aurora?! ¡¿Y a tu padre, has ido a ver a tu padre?!

No he tenido tiempo, mamá. Y me duele la cabeza.

¡Pamplinas, te duele! Y el melón ya estará para tirar…

Mañana iré.

Mañana dirás lo mismo.

¡Pero si ya no me conoce, mamá! Se pasa el día haciendo ganchillo, y ya no quiere melones ni chocolate, ahora pide madejas de lana…

¡Da lo mismo, quiero que vayas a verle una vez a la semana! ¿Qué le parece a usted, señora Elvira? ¿Es pedirle demasiado a una hija que vaya a visitar a su padre enfermo una vez a la semana por lo menos? A mí ya no me conoce, el pobre…

El golpe de una puerta al cerrarse apaga la enojosa voz. Se recuesta en la silla y deja vagar la mirada por el pequeño cuarto. En la pared del fondo hay tres estanterías de madera de pino sin pintar conteniendo más frascos y cajas de hojalata, algunas piedras oscuras de superficie muy lisa y pulida y manojos de hierbas secas y tallos agrupados por tamaño y atados con cintas azules y rojas y especial esmero en los lazos, una gentileza que trasciende lo estrictamente laboral y tiene que ver con el deseo de alegrarle la vista a quien los mira. Cada uno de esos ramilletes lleva un papelito con un nombre escrito a mano con tinta verde y una caligrafía primorosa. Orégano, lavanda, saúco, té de roca, camomila, belladona, ginesta, eucalipto, tomillo, hojas de olivo, regaliz. Colgada en la pared también hay una fotografía enmarcada de Violeta en el baile de la fiesta mayor, posando muy seria junto a su padre sobre el tablado de la orquesta segundos antes de echarse a llorar. Va a cumplir dieciséis años y todavía lleva coletas y calcetines blancos. No es muy agraciada, luce un vestido blanco de falda vaporosa y la banda azul de Pubilla de las Fiestas, y sostiene un ramo de rosas blancas. Intenta sonreír y sólo consigue una mueca. Se ha interrumpido la música, acaban de ponerle una corona plateada en la cabeza y la han proclamado Pubilla, y hay una gran expectación en torno al tablado, parejas que permanecen enlazadas a la espera de que se reanude el baile y vecinos que miran desde los balcones, todos dedicándole de repente una sonora pitada, y el espanto y la tristeza en la cara de Violeta, que ya no recoge la foto, y recuerda que él y Roger, camuflados en alguna parte entre el personal, también silbaron con ganas, también se apuntaron al repudio general, porque la elegida no es, ni de lejos, la muchacha más bonita del barrio. Todo el mundo piensa que otras concursantes, más guapas y también más populares y simpáticas, merecían el título y la corona antes que ella, saben que ha sido elegida Pubilla gracias a los chanchullos de su padre, alcalde del barrio y presidente de la junta de festejos. Un tipo fardón, engreído, colérico. En medio del abucheo y los silbidos de la gente, Violeta salta del tablado llorando, escondiendo la cara en el ramo de rosas y con una nube de confeti revoloteando en torno a ella, y corre a refugiarse en la oscuridad del portal de su casa.

Alguna puerta abierta permite que llegue nuevamente la voz pedregosa:

¿… y ahora duerme bien, por lo menos? ¡¿No me oyes?! Te pregunto si tu padre por fin duerme bien… ¡¿Me oyes, Violeta?!

Dice que cada día se despierta cansado y con las uñas sucias.

¿Las uñas sucias?

Dice que cada noche se las limpia antes de acostarse, pero que siempre se despierta con las uñas sucias, y que no puede soportarlo… Eso dice.

¡Pues ya sabes! ¡A limpiarle las uñas, hija! Ahora vete a la cocina y pon los eucaliptos a hervir. ¡Y deshazte de ese pingajo de toalla si no quieres que haga una barbaridad peor que la de tu padre…!

¡Uffff…! ¿Y de quién sería la culpa si lo haces, mamá, de quién?

¡Que te vayas he dicho! ¡Descarada! ¡Y ponte a limpiar los estantes y me haces una lista de lo que falta!

Poco después, el tono se vuelve taimado y lastimero, desprovisto de crispación. Pero aun así, él siempre percibe en esa voz honda y carrasposa, casi viril, tan chocante en una gordita casquivana y sandunguera como la señora Mir, una vibración malsana, una fibra perversa:

… y era una pistola que se trajo de allá, señora Elvira, de aquellas lejanas tierras dejadas de la mano de Dios. El médico dijo que le sacó la bala de la cabeza limpiamente… ¡Pamplinas! Siempre he creído que la puñetera bala sigue clavada en su mollera, y allí da vueltas y más vueltas y no le deja dormir. ¡Prusia es culpable!, dicen que grita por las noches. El pobre ya no sabe lo que dice, porque no estuvo en Prusia, sino en Rusia. No, yo juraría que la bala no se la sacaron…

Pero mujer, no seas burra. Si no se la sacan ya estaría muerto.

¡Me he equivocado tantas veces en esta vida, señora Elvira! Que Dios me perdone, pero a veces pienso que habría sido mejor que Ramón se muriera allí mismo, frente a la iglesia… El hombre que está en el sanatorio no es mi marido. Ya no lo era los últimos días que vivió en esta casa.

Y como si la hubiese oído y quisiera decir algo al respecto, el señor Mir emerge repentinamente en medio de las sombras del pasillo con el dedo en alto, como reclamando atención para decir algo importante, y avanza tembloroso y en calzoncillos hacia las dos mujeres cojeando lo mismo que el señor Alonso, con un vendaje sanguinolento en la cabeza, el pistolón en la mano y los anteojos de campaña colgados sobre el pecho… Así es como se lo figura Ringo matando la espera sentado en el catre y con el oído atento. Luego fija la vista en un frasco grande lleno de eucaliptos y sabe que son de un árbol del parque Güell; aún ve a la señora Mir cogerlos de las ramas bajas, morcillones brazos desnudos en alto y rodeada de hojas como puñales curvos, cuando vuelven las voces desde la galería:

… y es que tengo las venas muy feas, Vicky. Y no sé qué hacer, no me atrevo ni a mirarme las piernas. Ni con medias elásticas, ni de nylon, ni con muletas ni sin muletas…

Lo que tiene usted, señora Elvira, son varices y pequeñas arañas vasculares, nada grave. Le daré una pomada. Si hubiera usted visto la pierna del señor Alonso la primera vez que vino, y sobre todo su pie…

Qué extraño que este hombre, con su cojera, no usara bastón, ¿verdad?

No lo necesita. Es una cojera muy leve, y además, le favorece mucho. Es como muy elegante, ¿no le parece? No, no me lo parece.

Como es tan esbelto y guapo, y con su buen gusto por la ropa y su airosa melena blanca…

¡Mira que llegas a ser cándida, Vicky! ¡Mira que llegas a decir tonterías! Todo eso no te ha traído más que disgustos. ¿Cómo has permitido que tantos hombres te amarguen la vida?

Ay, señora Elvira, qué quiere que le haga. Mire, yo he sido siempre una mujer apasionada. Sin un poco de cariño extra no se puede vivir, ¿no cree?

– Diez minutos más y pasas tú -anuncia Violeta entrando con los ojos bajos, el pelo suelto y la toalla en las manos, doblándola con parsimonia. Cuando termina de hacerlo, se agacha a los pies del catre, y, en cuclillas, durante unos segundos, demorándose ensimismada en un gesto que más parece una caricia, desliza la mano de uñas lívidas por la superficie azul y deshilachada de la toalla perfectamente doblada antes de meterla debajo del colchón y sentarse encima. Del bolsillo de la bata saca un cepillo y, con una leve sonrisa enigmática en los labios, empieza a pasarlo frenéticamente por el pelo enmarañado y húmedo.

– ¿No acaban de decirte que tires esa toalla a la basura? ¿Por qué no obedeces a tu madre?-inquiere Ringo en tono de chunga, aunque se le cuela una observación no prevista-: Todos tenemos algo que esconder, a que sí.

– Yo no escondo nada que no sea mío.

– ¿Quieres saber una cosa? Un día yo volvía a casa, de noche, y estaba lloviendo a base de bien, con rayos y truenos, y entonces vi una cloaca que se tragaba un pájaro muerto…

– Y qué.

– Nada. Cosas mías. Caca de la vaca.

– Hablas por hablar. Estás un poco lelo, niño.

– Y tú qué. ¿Guardas más secretos debajo del colchón? ¿Un pintalabios? ¿Una foto delColetes…?

Se muerde otra vez la lengua, aunque ella parece no haberle oído. Recuerda que el año pasado Violeta anduvo medio enamoriscada de un chaval de la calle Legalidad que le decían, nunca supo por qué, elColetes. Después de pegarse el lote con ella durante casi dos meses, el Coletes la dejó plantada. Con ella, según el Quique, que alguna vez vio a la pareja dándose el lote en un callejón oscuro, el chaval lo había hecho todo menos metérsela. Ahora Violeta ni siquiera ha pestañeado al oír su nombre, y él se queda mirando los estantes con hierbas y frascos, simulando un repentino interés:

– Óndima, mira esto. ¿Qué son estas piedras, para qué sirven?

– Piedras calientes. Mamá te pondrá alguna sobre la espalda, y no veas lo que te espera. Porque queman, ¿sabes, listo?

– Ya. Que me lo voy a creer. Piedras como estas, en la Montaña Pelada las hay a montones… Y aquí me parece que hay mucho cuento. La señora Paquita cree que tu madre ya no prepara las hierbas con aceite, que ella dice que sí pero es mentira, porque el aceite de oliva es muy caro, y que ahora estos mejunjes los hace con Dios sabe qué.

– Sí, vete a saber. Con rabos de cabrito, a lo mejor. Listo. Más que listo.

Tira el cepillo sobre la cama y se levanta, saca del bolsillo de la bata un pequeño bloc y un trozo de lápiz y anota algo observando los frascos de cristal en los estantes. El lápiz tiene mina de tinta, y al chuparlo, antes de cada anotación, le deja los labios morados. Ringo la observa en silencio. Enseguida termina y vuelve a sentarse en al catre para seguir cepillando su melena con mano furiosa y los labios morados y entreabiertos. Se incorpora de pronto al oír la llamada de su hijo hasta la puerta del piso. ¡Violeta! Esta hija mía nunca está cuando la necesito. Las pacientes recomendaciones a la anciana se mezclan con el toc-toc de las muletas y un comentario del carnicero sobre el calzado inadecuado de su madre. Se oye la puerta al cerrarse, y otra que se abre y se

– La tortura te espera en el dispensario, niño -dice Violeta-. Ya puedes ir.

– ¿Adónde?

– A la galería. Siéntate allí y espera.

– ¿Y tu madre?

– Irá enseguida. -Abre la puerta y se aparta para dejarle pasar, los ojos bajos y arqueando la cadera-. Ya puedes irte.

– ¿Vienes conmigo?

Violeta niega con la cabeza y regresa al catre despacio, erguida sobre las nalgas desafiantes y agitando su melena rojiza con la mano. Con aire aburrido explica que su trabajo está en la cocina, ocupada en mezclar hierbas, machacarlas en el mortero y hervirlas a fuego lento. Prepara guindillas para la tintura, pela patatas y boniatos, tritura semillas, limpia lentejas.

– También hago mermeladas. ¿Te gusta la mermelada de moras?

– No. Acompáñame, por favor.

La muchacha lo mira con una vaga sonrisa y calla. Se ha sentado otra vez en la esquina del catre donde esconde la toalla, y sigue cepillando su melena con energía, dejando al descubierto la pelambrera de la axila. Parece una flor negra, o un erizo cobijado allí. Y no es bonita, constata una vez más, no lo es. Entonces ¿por qué el más trivial de sus gestos resulta atrayente? ¿Qué hay debajo de la mansedumbre de los párpados, por qué son tan embarazosos sus silencios y su mirada?

Ajena ahora a cualquier cosa que no tenga que ver con el cuidado de sus cabellos, Violeta baja los ojos y comienza a canturrear:El mar, espejo de mi corazón…, mientras él revive el abucheo del vecindario en la noche de fiesta mayor y la ve correr huyendo de la nube de confeti que revolotea en torno a su cabeza.

Había pensado que sería en un ámbito más o menos privado, a resguardo de miradas indiscretas, y no en ese extremo luminoso de la galería, detrás de unos cristales de colores, alguno roto, y con vistas a la trasera de otros edificios, todos ellos mostrando parecidas galerías herrumbrosas de cristales también rotos y persianas carcomidas. Llega desde alguna de aquellas galerías traseras machacadas por el sol de mediodía el cacareo de gallinas domésticas. Una camilla con ruedas, como las que había visto en los pasillos de la Clínica Nuestra Señora del Remedio, un armario blanco y estantes de madera sin pintar conteniendo toallas, almohadillas, cuencos de barro y frascos con pomadas y ungüentos, y un perchero con una bata blanca y al lado una silla de enea bastante maltrecha en la que lleva sentado varios minutos envuelto en un suave olor a cuero recalentado y a hierbas tratadas con alcohol, y oyendo discutir a la señora Mir con su hija en alguna parte del piso. Después se oye otro portazo.

– Así que ya tenemos aquí a este chico tan formalito y bien educado, y tan mimado por su madre -entona la señora Mir segundos antes de aparecer en la galería enfundada en la bata blanca, con sus zapatillas con borla color de rosa y el pelo rubio recogido en un moño alborotado. Lleva las pestañas saturadas de rímel azul y los labios de piñón sin pintar, pálidos y bulbosos, extrañamente juveniles y con un resto de carmín corrido en la comisura de la boca, que da a su sonrisa un toque de fatiga-. A ver qué te pasa, a ver.

– Hola, señora Mir.

– Tienes a tu madre muy enfadada, ¿sabes? Pero bueno, primero nos ocuparemos de ese cabestrillo. No queremos ya ni verlo. Fuera, ¿de acuerdo?

– No sé, yo creo que me ayuda…

– De eso nada, cariño. Guarda el pañuelo en el bolsillo y quítate la chaqueta, la camisa y las sandalias. Déjame ver esa mano. -Se la coge, le quita el vendaje de forma brusca y expeditiva y examina la cicatriz-. Tranquilo. Le pondremos un poco de aceite de semillas de maíz y tendrá mejor aspecto. ¡Mira que arruinar un pañuelo tan bonito para hacer un cabestrillo! ¿Y para qué? Crees que así el brazo estará quieto y más descansado, ¿verdad? Pues no, porque el brazo va bajando sin darse uno cuenta, se va descolgando y se vuelve perezoso, y al final se produce una contractura. Siéntate aquí, en la camilla. Eso es. A ver, levanta el brazo derecho tú solito, poco a poco… No, así no -se le escapa una risita ronca-, como el saludo de mi Ramón no, hijo, de eso ya hemos tenido bastante en esta casa. El brazo recto para arriba, como si levantaras algo a pulso, y dime si al subirlo te duele aquí, en el hombro. ¿Te duele?

– No.

– Ahora haz lo mismo, pero con el pico del codo hacia arriba, manteniendo la mano abajo… Eso es. ¿Qué tal?

– Así me duele.

– Ah, pues ahí tenemos otro problema. Desabróchate el cinturón y ponte bocabajo. La barbilla sobre el cojín, los brazos estirados en los costados. Así.

La almohadilla le reserva un tufo rancio de aromas trabados y agostados. De bruces sobre la camilla, sus ojos descubren un fino jarrón de cristal casi oculto detrás de la bata colgada en el perchero, con una esbelta rosa azul entre un manojo de espliego. Demasiado esbelta, demasiado perfecta y demasiado azul para no ser de papel. ¡La rosa azul del olvido en casa de la señora Mir! Y no son precisamente fragancias de rosa lo que ahora capta su nariz, sino un intenso olor a alcohol alcanforado. Poco a poco, el aire arcano de la galería comienza a destilar sustancias más densas y turbadoras, más afines a los secretos del sexo adulto que a las hierbas aromáticas y a los aceites y mixturas. Puede ver de reojo las manos pequeñas y regordetas de la sanadora lubricándose con el contenido amarillento de un bote de cristal, y enseguida, por un breve instante, las ve acercarse colgando junto a sus caderas con los dedos agarrotados como los de un águila perdicera. Para atenuar los malos presagios cierra los ojos y se entretiene repasando someramente su particular colección de risibles estampas de la rechoncha señora revolcándose por ahí con el cojo… ¿Dónde se lo harían, aquí mismo, en esta camilla? ¿En el suelo y con mucha prisa y mucha risa, con sofocados arrumacos y gritando, ella encima y él debajo, sí? No te lo pierdas, chaval. Se desnuda y le dedica a su hombre una sonrisa meliflua. Se arrodilla complaciente y levanta el culo. Rollitos de carne en los muslos y bulbosas nalgas sonrosadas. ¿Pero dónde, en el cuarto de Violeta, o en la mismísima cama de matrimonio, con la foto del delegado local y ex divisionario mirándoles sonriente desde la mesita de noche? La boca despintada y besucona cuelga ahora a menos de un palmo sobre su espalda indefensa, y nota su aliento.

– Aflójate el cinturón, cariño -ordena la señora Mir, y él nota los dedos viscosos tanteando los tendones alrededor del cuello-. Estás tenso, criatura. Relájate o me enfadaré. -Un cachete en el trasero y entona-: ¡Cura sana, culito de rana! Cuando eras pequeño y te ponían una inyección te decían eso, a que sí. Pues no tengas miedo, que Vicky tampoco te hará daño.

– No tengo miedo.

En todo caso no es por supuesto el miedo o la prevención que se imagina esta romántica irremediable y cursi, eternamente apresada en su propia telaraña sentimental; es algo muy difuso que hurga en la conciencia, un resquemor, una melancolía intermitente y machacona. Bajo la presión incesante de los perfumados dedos, ahora tan incisivos, tan sorprendentemente fuertes, él mismo quiere y no quiere sentirse culpable. Le tienta la idea de que una situación tan fastidiosa, verse de repente a merced de estas manos y estos potingues, no sea sino la respuesta a su desidia de la otra tarde escondido tras la esquina, y, sobre todo, un merecido castigo por su irresponsable y delirante fantasmada bajo la lluvia… No ha podido librarse de esa prevención al tumbarse en la camilla, un cierto temor a las palabras que inevitablemente tendrá que escuchar y que atender, algo parecido a lo que siente cuando sentado en la barbería le cortan el pelo: no hay manera de librarse de la consabida charla con el barbero, que suele ser una mortecina nadería y una lata. Aquí podría ser algo mucho peor. Aunque cree que ella sabe, o debería saber, que un chico de poco más de quince añitos es un receptor inadecuado para las confidencias de una señora de más de cuarenta, no puede dejar de pensar lo poco que siempre le importó a esta mujer escandalizar a grandes y a chicos en el vecindario, convirtiendo sus ridículos amoríos en descacharrante materia de conversación. Variaciones chistosas, bastante ordinarias y gorrinas la mayoría de las veces, de una misma historia. Eso que ella llama «un poco de cariño extra» podría ser la expresión de su actual desasosiego ante la tan esperada carta y la reconciliación pendiente con el último hombre que ha salido de su vida por piernas, de modo que prepárate para decir mentiras, chaval; o, si lo prefieres, a no decir la verdad.

– Si te hago daño, dímelo.

– No, no…

Siente las viscosas manos presionando insistentemente. Desde la rabadilla avanzan tanteando la espina dorsal, deteniéndose y aplastando cada vértebra, y de pronto aceleran el paso y la presión hasta alcanzar la nuca y entretenerse en ella, para luego volver a la rabadilla y hundir allí los dedos en la parte superior de las nalgas.

– A que da un gustito. Ahora ponte de lado. Sobre el costado izquierdo.

Amplias y rollizas muñecas de pepona, manos pequeñas y regordetas que no alcanzan una octava -lo sabe con solamente sentirlas abiertas sobre su espalda-, dedos bulbosos que liberan una fuerza insospechada y que durante un rato parecen empeñados en deshacer o desplazar su omoplato derecho, removiéndolo bajo la piel. Enseguida le ordena ponerse otra vez bocabajo, y ahora las manos aceitadas recorren suavemente la espalda partiendo del espinazo hacia los flancos y de la nuca hasta casi las nalgas, presionando con los pulgares como si porfiaran por abrir la carne. Los dedos, como tenazas de acero, amasan los nudos y tendones en torno al cuello. A ratos siente los labios regordetes pegados a la nuca, su aliento cálido y abrupto.

– ¿Te duele aquí?

– No, no…

– ¿Y aquí, en este hombro?

– Un poco…

Una tanda de rápidos pellizcos, como si una araña se paseara por su piel, y el aire impregnado de un nuevo olor, esta vez a almendras tostadas. Recuerda a su madre comentando que la señora Mir creía sinceramente en el tratamiento emocional de la musculatura, y que por ello aplicaba normas muy personales en su trabajo, como por ejemplo sonreír todo el tiempo mientras frota la zona más dolorida. ¿Que por qué lo hace?, pues porque la buena mujer está convencida de que esa sonrisa, una sonrisa de cortesía, aunque tú no la veas tumbado bocabajo, tiene efectos benéficos que se transmiten a tu cuerpo a través de sus manos… ¡Hostia con los mágicos poderes de la señora!, diría el Matarratas en alguna ocasión. En todo caso, hasta ahora nada especial le han transmitido las manos. Los dedos se aplican cada vez con más fuerza, sobre todo el pulgar, pero el ritmo lento, sosegado, propicia un silencio expectante, la antesala de lo que él viene temiendo desde un principio: la charleta, el parloteo. Están a punto de cumplirse los peores augurios.

– Este chico amigo tuyo, ¿cómo se llama?, ese que juega al dominó con los viejos en el Rosales, bajito él y cabezón, sí, hombre, uno de esos que van al parque Güell a espiar a las parejas de novios, a escondidas… La verdad es que me dan pena los mirones, mucha pena. Bueno, pues ese chico dijo haber visto casualmente al señor Alonso no hace mucho, en un jardín… ¿Tú sabes algo de eso, hijo? ¿No? ¿No le oíste decirlo? Pues el domingo pasado ese infeliz lo comentó en el bar, dijo que vio al señor Alonso con una manguera, regando un jardín. Parece que todos se rieron mucho, como si fuera un chiste. Claro, la manguera en la mano… La Paqui, que lo oyó, le preguntó dónde y cuándo lo había visto, y dice que el chico se azoró y se hizo el distraído, primero dijo que no se acordaba, y después que era broma… A mí, si quieres que te diga la verdad, siempre me ha parecido muy atolondrado ese chico, además de cochino. Por eso prefiero hablar contigo. Tú eres un muchacho formal y responsable. ¿Puedo preguntarte, sólo por curiosidad, si has oído algo de eso, si te lo han contado…? ¿No? ¿Crees que ese chico se lo ha inventado? Tú conocías al señor Abel Alonso, ¿verdad?, lo habrás visto muchas veces en el bar, seguro… ¿Sabes que te apreciaba?-Las manos taimadas siguen haciendo su trabajo con una cadencia calculada, que acompaña la voz. A ratos siente la boca de gruesos labios rozando su espalda-. Se había fijado en ti, le caías bien, le gustabas. ¿Sabes qué me dijo un día? Pues me dijo: este chico llegará lejos. De veras me lo dijo. Tenía mucho ojo para ciertas cosas, el muy sinvergüenza… Vaya si tenía ojo…

Daría cualquier cosa por no tener que seguir oyendo y aplasta la oreja derecha en el cojín durante un rato, luego la oreja izquierda, alternando el ojo en la visión parcial de la mujer volcada sobre él, su cara redonda y reluciente de sudor con los rizos pegados a la frente, la piel fruncida asomando en el escote y el bailoteo de los pechos a los embates de las manos. Los poderosos pulgares siguen hurgando en la honda indefensión del espinazo cuando nota el impacto de algunas gotas de sudor sobre la espalda; son gotas gruesas y cálidas, caen espaciadas y puntuales, y con cada una se le contrae el vientre.

– ¡¿Y eso qué ha sido, cariño?! -exclama la señora Mir con su risa gutural y carnosa-. ¡¿Se te ha escapado un pedito?! Bueno, no pasa nada, ¿eh?, no tienes por qué avergonzarte ni ponerte colorado por eso… A mí se me escapó uno el otro día en el bar, bien es verdad que era tan pequeñito que casi no se oyó. Pero hablemos de cositas más elevadas, ¿no te parece…? Me dijo tu madre que ya no volverás a la joyería. Vaya, vaya. ¿Y qué dice tu padre? Hay que ver, el Pep siempre por ahí, con su brigada, tu madre afanándose día y noche en la Residencia o en la clínica, y tú siempre solo… Un chico de tu edad, tantas horas en la taberna, y siempre solo, eso no puede ser bueno, cariño. Por mucho que te guste leer y todo eso. Deberías estar más en casa, criatura, y que tu padre se ocupara más de ti.

– En casa no hay nadie -gruñe amorrado a la almohadilla-. Mi padre nunca está en casa.

– Por tu modo de hablar, se diría que no le tienes a tu padre el debido respeto… Sí, es un tarambana y un hereje, ya lo sabemos. A tu madre le habrá hecho las mil y una, pobre mujer, y encima va por ahí presumiendo de rojo y blasfemo… Todo el mundo le tiene por un carota, pero, ¿sabes cómo lo veo yo? Pues yo a tu padre lo veo como una castaña pilonga. ¿Te has fijado cómo es la cáscara de la castaña por dentro? Seguro que sí. Tiene una pelusilla suave, como esos estuches para sortijas. Tú haces joyas y sabes qué es eso. Bueno, pues tu padre es como la cáscara de la castaña, caradura por fuera y por dentro suave como el terciopelo… Sí, has oído bien. Y gracias a él tengo noticias de mi pobre hermano, que Dios guarde, el pobre tuvo que irse al exilio. Mira, te voy a contar algo que muy pocas personas saben. ¿Te acuerdas de cuando mi Ramón empezó a perder la memoria, después que lo operaron, y que a veces se extraviaba yendo por la calle y no sabía volver a casa? Pues una noche que salía del Rosales, ya muy tarde, se cayó de morros en la acera y empezó a sangrar. Llevaba una buena cogorza encima. ¿Sabes quién lo vio y se acercó a levantarlo? ¡El parrandero de tu padre! No sé volver a casa y no tengo a dónde ir, dicen que le dijo mi marido, déjame aquí, y el coñón del Pep va y le dice: claro que tienes a dónde ir, alcalde, ¡al infierno!, y lo levantó. Se burlaba, sí, pero lo levantó y lo acompañó a casa. ¿A que no lo sabías? Pues ya ves, hay personas amables y generosas que no lo parecen, y mira, me acuerdo ahora del señor Alonso, que también él… Bueno, qué, ¿no dices nada?

Asiente, hundiendo la cara en el cojín todo lo que puede, sofocando la voz:

– Estoy… Estoy emocionado, señora Mir.

– ¿Lo ves, criatura?-Cabecea complacida y entona-: ¡Mecachis en la mar salada!, me parece a mí que tu madre tiene razón, que lo único que te gusta es estudiar para músico y presumir con este cabestrillo… ¿Nunca vas a bailar? A ver, ¿me dejas que te diga una cosa, cariño? Pero es un secreto ¿eh?, tienes que jurarme que no se lo dirás a Violeta. Porque a ella le gustas un poco… Sí, no te extrañe que lo sepa, las madres sabemos estas cosas. No está bien que yo lo diga, pero ¿no te parece una chica dulce y cariñosa con todo el mundo? Si vieras el respeto que le guarda a su pobre padre. Pero no tiene suerte con los novios. -Una pausa, se unta nuevamente los dedos en el bote de cristal y reanuda las fricciones con suavidad-. ¿Nunca vas a bailar al Verdi, o a la Cooperativa La Lealtad? Tus amigos sí van, no faltan ningún domingo, y si vieras cómo rondan a mi Violeta… Pero últimamente ella prefiere La Lealtad. A ti no te vemos nunca por allí. ¿Cómo es eso, cariño?

– Es que a mí no me gusta bailar…

– ¡Pamplinas! -Le atiza otra palmada en el trasero-. No me vengas con mentirijillas, ¿eh? En las fiestas de la calle, el año pasado, bailaste con Violeta, y por cierto me pareció veros a los dos bastante… Ya me entiendes.

– Es que bailo muy mal -consigue farfullar con la voz ahogada.

– Si no lo digo como reproche, que conste. Que un hombre no sepa bailar, a las mujeres no nos importa mucho, ¿sabes? Lo que de verdad valoramos es un compañero formal y cariñoso. Pero a veces una lo tiene tan cerca que no lo ve… ¿Por qué digo eso? Pues porque una chica dulce y romántica ha de reconocer en el acto al joven atento y discreto que ha estado esperando desde siempre. Y mi Violeta es esa clase de chica. Mira, en La Lealtad tiene que espantar a los moscones todo el rato, ya me entiendes, aburrida de tanto decir que no, con este no bailo, mamá, y con este tampoco, vaya una lapa. Y es que se arriman groseramente, ya me entiendes… Resultado: se pasa la tarde sentada, la pobre. Como si todos le hubieran cogido manía. A ti te haría caso, lo sé… Venga, hombre, tienes que prometerme que un domingo vendrás al baile. Como un favor especial, a ver si así la animamos un poco. ¿Me lo prometes? Bájate un poco más el pantalón o te lo voy a ensuciar… ¿No me oyes?

– Sí, señora -dice aplastando todavía más la boca en el cojín.

– ¡Pero de verdad, ¿eh?! ¡Tienes que prometerlo de verdad!

– Bueno, sí. Lo… prometo.

¿Por qué lo has hecho, panoli? Dentro de poco te dirá que te bajes los pantalones y los calzoncillos del todo, empezará a deslizar las garras vengativas hasta el mismísimo ojete y te clavará las uñas de bruja. Sin defensas para el oído, lo único que puede hacer es persistir tenazmente en ese aplastamiento de boca y nariz y ojos contra la almohadilla donde se mezclan olores rancios con ráfagas de mala conciencia, mientras recibe en la espalda una tanda de golpes con el canto de las manos que se alternan velozmente y con una precisión asombrosa, un golpeteo cálido y relajante, arriba y abajo desde la nuca hasta casi las nalgas. Y una nueva y repentina efusión de sudor cayendo desde su cara de luna, gotas gruesas y calientes que puntual y rápidamente las manos aplastan y mezclan sobre la piel.

– ¡Con lo bonito que es enamorarte de joven! -opina la señora Mir con la voz algo quebrada-. Te veo a veces en el bar, siempre solito, y francamente, me impresiona muchísimo esta afición tuya por los libros… Es algo muy bonito, de verdad. Sentado allí toda la tarde, sin levantar la vista y pasando página tras página, ¡qué mérito tiene eso! ¡Qué bonita esta afición en un chico tan joven, ¿verdad?! Yo me compré una novela de Vargas Vila que se llama…Aura o las violetas, no sé si la conoces, es una novela muy fuerte, muy dramática, la compré para Violeta por el título, pero aún no se la he dejado leer, es demasiado joven. -Nuevo suspiro, a saber, piensa él, si debido al esfuerzo continuado de sus taimadas manos o a otra cosa-. Y antes de que se me olvide, sólo por curiosidad… ¿Has oído de alguien que por un casual se lo haya encontrado últimamente por ahí, por el Carmelo o por el Guinardó…? Al señor Alonso, me refiero. A lo mejor, querido niño, si tú acertaras, y no digo que te obligues a ello, desde luego, ni que sea indispensable, pero si tú acertaras un día a verle y quisieras venir corriendo a decírmelo… O si supieras de alguien que le ha visto. Hace tiempo me dijeron que vivía por allí, por donde hubo las baterías antiaéreas del Carmelo, pero él lo negaba… ¿Tú crees que es normal que este hombre nunca me dijera dónde vive?

Más gotas de sudor cayendo sobre su espalda, una tras otra, espaciadas, densas y cálidas, fundiéndose al instante bajo las manos vigorosas que esparcen el linimento.

– ¡Qué bien que vengas a La Lealtad! Tus amigos del Rosales andarán también por allí, armando jarana, pero no les hagas caso… Por cierto, ¿sigues yendo de excursión a la Montaña Pelada con ellos?-pregunta con un deje melancólico-. ¿No habéis vuelto a por moras a Can Xirot, o al Turó de la Rovira…? Ya no, claro, ya sois mayorcitos. Ahora vas tú solo, a leer, a estudiar, a pensar en tus cosas. Mejor, más tranquilo. Se está tan bien allá arriba, ¿verdad?, al ladito mismo del parque Güell, es tan bonita la vista… ¡Mecachis en la mar serena, cariño, ¿sabes qué se me acaba de ocurrir?! Que un día podríamos ir con Violeta a merendar, los tres juntos, ¿no te gustaría? Te has hecho mayor, criatura, ya eres un hombre, ¡hasta tienes un poco de bigote…! ¿Sabes?, si yo fuera un hombre me dejaría bigote. Ah, y antes de que se me olvide quería pedirte una cosa… ¡Bueno, pensarás ya vale, ya está bien de pedirme cosas esta señora tan pesada, ¿no?! Pero no tengo a quién pedírselo… ¿Serías tan amable de traerme un poco de romero y de hinojo, cuando subas a la Montaña Pelada? Yo voy de vez en cuando, pero es que la subida ya me fatiga mucho, y mi herbario casero se está quedando en nada… El orégano ya ha florecido. Y mira, de pasada, si yendo por allí, o por Can Xirot, vieras por casualidad al señor Alonso paseando, como solía hacer antes, ¿querrás decirle que tengo que darle una noticia importante…? Su pie necesita cuidados, ¿sabes?

Él asiente, hundiéndose cada vez más no sabe dónde y sin capacidad de reacción. Nota las fuertes manos agarrar los tendones alrededor del cuello y tratarlos como si quisiera darles la vuelta, retorcerlos y cambiarlos de sitio, y ahora los dedos se le antojan armados con dedales metálicos. Enseguida ella se sitúa en la cabecera de la camilla, volcada sobre la espalda, restregando una y otra vez las manos desde los hombros hasta las nalgas, por lo que ahora la cabeza de Ringo, que sobresale un poco del borde de la camilla, recibe los suaves embates del regazo, y una generosa y cálida benevolencia, acumulada allí, en las turgentes formas que oculta la bata, acoge a su abrumada frente.

– Si te hago daño me lo dices, cariño -la oye ronronear, mientras nuevas gotas de sudor salpican puntualmente su piel en la nuca, en los omoplatos, en el canalillo del espinazo-. Una antigua lesión, jugando al fútbol, una fractura muy puñetera. Tiene mala circulación y sufre dolores de día y de noche, ¿sabes?, y necesita cuidados, muchos cuidados. -Su voz gruesa y conmovida resuena en la oquedad de la garganta de un modo que a él le parece impúdico-. ¡Ay, cómo le gustaban las friegas en ese pie, al muy sinvergüenza! ¡Si supieras, hijo! La pobre señora Paytubí tiene unos pies grandes y deformes, con unos callos horribles, siempre me pide fricciones bien fuertes, y mira, la pobre mujer está cargada de puñetas y es una cascarrabias insufrible, pero la soporto sólo por eso, porque esos pies de futbolista tan grandotes y feos que tiene… me… me parecen los… me recuerdan…

Una efusión excesivamente húmeda de la piel, como si las manos se hubieran calentado de repente, y un estremecimiento al intuir lo que ocurre. No son gotas de sudor lo que cae sobre su espalda, pues claro que no. Lleva un buen rato gimoteando y tú sin enterarte, tanto se parecen sus jeremiadas y su risita. Músculos y tendones se contraen bajo las manos ahora sin fuerza, flojas, casi inertes aunque siguen moviéndose con una persistencia maniática, mientras una tras otra las lágrimas caen sobre la piel, cada vez más abundantes y calientes, y se dejan oír los primeros sollozos, todavía muy contenidos. ¿Cuándo empezó esta monserga, en qué momento las lágrimas sustituyeron las gotas de sudor? ¿O nunca hubo sudor y fueron lágrimas desde el primer momento, liberadas sigilosamente, camufladas bajo el parloteo para ser inmediatamente mezcladas con la esencia de trementina o cualquier otro mejunje sobre la espalda? Él no quiere abrir los ojos y mantiene la boca pegada al cojín, hasta que nota las ardorosas manos resbalando extraviadas desde los hombros hasta los dorsales, y luego, temblorosas como bestezuelas heridas, abandonar la espalda para coger su pie izquierdo, descalzo, rígido y frío de pronto, sin sangre, y empezar a tratarlo con los pulgares presionando fuertemente la planta y masajeando el empeine y los dedos, uno por uno. Aturdido por la sorpresa, habiendo ya entregado el pie sin la menor resistencia, hundida totalmente la cara y la conciencia en el machacado cojín y llegándole los sofocados sollozos como desde otro mundo, se pregunta qué hacer ahora, si no sería conveniente llamar a Violeta. Las manos tratan el pie con una vengativa mezcla de brutalidad y posesión, de maltrato y caricias, estrujándolo y retorciéndolo tan insistentemente y con tanta energía que acaba por causarle un dolor insoportable. Durante un rato se niega a admitir que la señora Mir pueda estar enganchada a un pie de ese modo tan posesivo y enfermizo y prefiere pensar que está haciendo su trabajo a su manera y que él debe aguantarse; que hay tal vez una conexión real entre los nervios del pie y los de la espalda dolorida, tanto para este pie como para el pie enfermo del señor Alonso, pero enseguida, ante una nueva y brusca torcedura, esta vez como si las manos quisieran de verdad hacerle daño, encoge la pierna y se dispone a protestar, y justo en ese momento un grito sofocado y el estrépito de un cristal rompiéndose contra el suelo le hace levantar bruscamente la cabeza y abrir los ojos.

La ve echada a los pies de la camilla, de lado y en posición fetal, toda ella un mar de lágrimas y tapándose los ojos con los puños igual que una niña enrabietada y desconsolada reclamando atención a su desdicha, a ese merengue amoroso que constituye su vida, a toda esa pringue romántica, arraigada y persistente como la sarna, que constituye su vida. Tiene un hilo de sangre en la rodilla y él la está mirando sin saber qué hacer, sin bajarse aún de la camilla, cuando la puerta de la galería se abre de golpe y Violeta entra en tromba. Evitando pisar los afilados cristales, se agacha sobre su madre, y, sin preguntar qué ha pasado, sin dedicarle una palabra de consuelo ni pedirle que deje de llorar, rápidamente la ayuda a levantarse. Dedica a Ringo una severa mirada.

– Vístete y vete.

Sentado en la camilla, él mueve la pierna aireando el pie dolorido y enrojecido. Por debajo del pie, el cristal más afilado del frasco roto luce una etiqueta medio desprendida:Esencia de eucalipto.

– Yo no he hecho nada, no le he dicho nada… Se ha caído.

Violeta vuelve a mirarle y esta vez lo hace achicando los ojos como si le escocieran, como si ráfagas de viento dificultaran su visión y tensaran su boca y las aletas de la nariz.

– Vete, por favor. ¡Vete!

– No sé qué le ha pasado… De pronto estaba en el suelo. Mira cómo tengo el pie…

Hecho papilla, está a punto de decir. Gimoteando y tapándose la cara con las manos, la señora Mir se deja llevar por su hija. Cuando ya han salido de la galería, Ringo se queda mirando el frasco hecho añicos en el suelo. Mientras se calza las sandalias y se pone la camisa, decide que antes de irse recogerá los cristales sin dejar ni uno, ni el más pequeño, pero enseguida se pincha con una esquirla el dedo gordo de la mano útil, la izquierda, y opta por juntar los cristales en un montoncito, empujándolos con la punta de la sandalia. Sale de la galería, cruza el comedor cojeando y enfila el pasillo hacia la puerta del piso. El pie embadurnado de linimento con esencia de eucalipto patina sobre la suela de la sandalia. Calambres a lo largo de la pierna, los dedos rabiando y agujas clavadas en el tobillo, mereces tenerlo roto, por imbécil, mereces quedarte con el pie torcido para adentro, igual que el cojo… Desde alguna habitación le llega un siseo de discretos reproches entre madre e hija y algún gemido. Cada vez que mueve el pie izquierdo siente dolorosas punzadas y casi no puede apoyarlo. Me la sudan los problemas de esta mujer, se dice, y algo le induce de pronto a exagerar la cojera arrastrando el pie, procurando un ruido rememorativo, burlón y siniestro, para que lo oigan madre e hija, dondequiera que se hayan refugiado. Está a punto de alcanzar el recibidor cuando se abre una puerta que da al pasillo y Violeta se asoma.

– ¡No hagas eso, por favor!

– ¿El qué?

– No arrastres el pie de este modo. No lo hagas.

– ¿Por qué no?-dice él sin detenerse. Detrás de la muchacha y de la puerta apenas entreabierta vislumbra una alcoba desordenada, sumida en una cálida penumbra propicia a los revolcones-. ¿Qué pasa? ¿No has dicho que me vaya?

– Pero no cojeando así, por favor.

– ¡Y qué si lo hago! ¡¿A quién puede molestarle, a quién le importa?!

Aunque se sabe injusto y se siente mal por ello, antes de alcanzar la puerta del piso acentúa la cojera y le dedica a Violeta una mirada entre burlona y triste que dice estoy enterado del merdé que hubo aquí, no creas, del lote que se pegaban tu madre y su querido, pero no puede evitar que súbitamente se le aparezca la carta empapada de lluvia girando en el sumidero vertiginoso frente a la cloaca, apresada en la dinámica de las aguas revueltas y en la de su propia desidia. Y durante un instante, al hundirse la carta una vez más en el remolino que en su mente no para de girar, intuye por vez primera la imperceptible génesis de alguna catástrofe, la silenciosa mutación de algo que traerá un daño irreparable.

– No es por mí -oye susurrar a Violeta cuando cruza el umbral-. No lo hagas más, por favor… Te lo ruego… No es por mí.

Anochece cuando sale a la calle. Los días han menguado, la luz es más difusa y engañosa, el aire más cortante. Una tenue neblina sofoca el amarillento alumbrado de las farolas. El chirrido de un tranvía girando en la cercana plaza, el timbre de una bicicleta que se aleja, el estrépito de una puerta metálica bajando. Se para un instante frente a los dos raíles que en la esquina persisten en su giro truncado hacia ninguna parte. Más abajo, la puerta acristalada del bar Rosales deja salir una luminosidad débil y azulosa que apenas toca la espalda rendida de un hombre parado al borde de la acera con las manos en los bolsillos, balanceándose un poco y mirándose los zapatos con la perplejidad de quien no los reconoce como suyos. La calle Martí está desierta. En las grietas de la vieja acera desventrada la hierba crece verde y lustrosa. Mientras Ringo camina de regreso a casa vuelve la desazón, la sensación casi física de haberse dejado en la camilla de la sanadora algo más que el machacado pie. ¿Por qué sigues cojeando, tarugo, si ya no te duele? La mano de cuatro dedos tantea el fular arrugado en el bolsillo de la chaqueta buscando la caricia de la seda, cuya textura le transmite a la pequeña cicatriz un pálpito suave y cálido de plumón durante un rato, hasta que finalmente se decide a deshacer el nudo del tan distinguido cabestrillo.

13 El perfume del torrefacto

Un domingo a media mañana, a la hora en que ya debería estar en la cocina calentando leche y tostando pan para el desayuno de su madre en la cama, hallándose todavía acostado con la sábana hasta la nariz y sumido en la mayor confusión, oye como en sueños la imperiosa voz de su padre llamándole y salta del catre poniéndose rápidamente los pantalones y la camisa.

Sentado a la mesa del comedor frente a una botella de coñac Martell de las que suele traer de Canfranc y con el lápiz en la mano, el Matarratas anota algo en la esquina superior del reverso de tres cartas sin franqueo y bastante arrugadas. En una de ellas escribe una A, en la otra una P y en la tercera una V. En la otra mano, mientras se rasca la frente pensativa con las uñas verdosas, mantiene pegada a la palma una panzuda copa de coñac como si fuera un apéndice natural, acoplada a la dinámica del gesto y sin que constituya el menor estorbo para maniobrar.

– Buenos días, dormilón.

Ringo responde con un gruñido mientras se pone el jersey. Su padre deja las cartas y el lápiz a un lado, agita el coñac dentro de la copa, bebe un trago y seguidamente levanta del suelo su viejo maletín de trabajo y comprueba los cierres, muy desgastados. Con la misma mano que sostiene la copa se acaricia la barbilla, pensativo. Llegó ayer mismo de otro viaje rápido, y esta mañana, recién duchado pero sin afeitarse, con su grueso jersey gris de cuello vuelto, como de guardameta, y el chaquetón de cuero echado sobre los hombros, se dispone a partir de nuevo. Con el corpachón adelantado y el trasero en el borde de la silla, parece dispuesto a marcharse ahora mismo. Las cosas no cambian, piensa Ringo: por mucho que diga qué bien se está en casa, el Matarratas siempre parece a punto de irse otra vez.

– Vas a ir corriendo a un recado.

– ¿Ahora?

– Ahora.

– Tengo que prepararle el desayuno a madre…

– Yo me ocuparé. Hoy dejaremos que duerma un poco más.

– El hornillo eléctrico no funciona. Y le gusta el café muy fuerte y muy caliente. Y también le gustan las tostadas con miel…

– Ya sé lo que le gusta.

– Sí, pero nunca te acuerdas.

Su padre se queda mirándole un instante.

– Está bien, hijo, desembucha. ¿Alguna otra queja? Vamos, vamos, no dispongo de mucho tiempo. -Otro sorbo de coñac y vuelve a poner su atención en los cierres del maletín-. Dejémoslo por ahora. Irás al bar Mirasol echando leches. ¿Sabes dónde está?

– Creo que sí.

– En la plaza Gala Placidia, frente a las Atracciones Caspolino. Fuiste una vez conmigo y con el tío Luis. -Lo mira fijamente, suaviza el tono y prosigue-: Ahora escucha con atención, hijo. Llevarás este maletín al bar, y harás exactamente lo que yo te diga. No contiene nada que pueda interesarte, así que no pierdas el tiempo abriéndolo. Cuando llegues al Mirasol verás al tío Luis sentado en la terraza, pero no debes saludarle. Como si no le conocieras. Tampoco él dará muestras de conocerte ni te dirá nada. Entras directamente en el bar y pides una gaseosa en la barra. No debes soltar el maletín en ningún momento. Mientras bebes tu gaseosa, el tío Luis entrará para ir al váter, pero tú como si no le vieras. Cuando vuelva a sentarse en la terraza, preguntas al camarero dónde está el váter, pagas la gaseosa y te vas a mear. Debajo del lavabo verás otro maletín igual, lo coges y dejas el tuyo en su lugar. Y al salir ya no te paras en la barra, te vas derechito a la calle y corriendo para casa, le das el maletín a tu madre y la ayudas en lo que ella te pida. ¿Has entendido?

– Claro.

– Pues ahí tienes, y mucho cuidado. Lávate la cara y péinate un poco antes de salir.

Contrariamente a lo que esperaba, el peso del maletín es liviano. Está a punto de preguntar qué hay dentro, pero intuye que no debe hacerlo. Su padre lo mira como si le leyera el pensamiento. Tiene otro encargo y más instrucciones:

– A ver cómo te portas. Deberás entregar estas cartas. -Se abanica con ellas, la copa en la misma mano, mirándole ahora con aire dubitativo-. No me gusta tener que pedirte eso, y tu madre se enfadará cuando lo sepa. Pero tal como están las cosas, es mejor que ella se quede en casa.

Le entrega las cartas. Ninguna lleva nombre ni dirección.

– ¿Dónde hay que llevarlas…?

– Tu madre te lo dirá en su momento. Mientras tanto recuerda esto: lo que uno no sabe, si le preguntan, no lo dice.

– ¿El qué?

– Lo que sea.

Este encargo es para más adelante, añade; primero está lo del bar Mirasol, donde deberá comportarse en todo momento de manera natural, sin llamar la atención.

– ¿Sabrás hacerlo, hijo, puedo confiar en ti?

– Claro.

– Cuando vuelvas, yo me habré ido. -Se ha levantado por fin y revisa el contenido de los bolsillos del pantalón, del chaquetón y la gabardina, poniéndolo todo sobre la mesa, cigarrillos, el mechero de hojalata, pañuelo, llaves, billetero y calderilla, antes de meterlo de nuevo rápidamente en los bolsillos-. Supongo que tu madre te contará algunas cosas, si lo considera oportuno… Recibirás instrucciones para la entrega de estas cartas y para lo que haga falta. Probablemente no volveré en bastante tiempo, así que deberás ocuparte de nuestra Alberta. Sé que lo harás, y que te portarás bien… Más adelante hablaremos de tu futuro, del trabajo que te conviene y todo eso. ¿Conforme?

Asiente agachando la cabeza. Sigue pensando que lo que vaya a depararle el futuro, cualesquiera que sean sus aspiraciones, a su padre le tienen sin cuidado, y que sólo su madre se preocupa de veras. Por otra parte, desde hace rato sospecha que esta vez se trata de una despedida en toda regla, y ya está pensando en un fastidioso abrazo y hasta, quién sabe, tal vez un beso. No recuerda que su padre le haya dado nunca un beso y tampoco recuerda que él deseara o esperara recibirlo en ninguna ocasión. Jamás echó de menos ningún asqueroso beso y tampoco le gustaría que se lo diera ahora, pues ya se ha acostumbrado al puñetero cachete, a la palmada en el hombro o a un simple guiño. Sin embargo, el Matarratas le sorprende con una especie de afectuoso achuchón rodeando repentinamente sus hombros con el brazo, sin mirarle y muy rápido, y él sólo tiene tiempo de percibir una vez más el aroma residual del torrefacto en el grueso jersey.

– Sé que puedo confiar en ti, calabacín con patas. Toma, para la gaseosa y el tranvía. -Le da tres pesetas-. ¿Te acordarás de hacerlo todo como te he dicho?

– Claro.

– Pues andando. Te bajas en Rambla del Prat y tienes el Mirasol a un tiro de piedra.

Ocurre todo según lo previsto, menos coger el tranvía. Decide ir y volver a pie, a trechos corriendo, y gastar lo justo para la gaseosa. Es un día de otoño soleado, casi caluroso. Todo parece normal e inalterable, los tranvías chirrían en la plaza Lesseps, el tráfico es escaso, hay dos mendigos cabeceando sentados en la escalinata de la iglesia, en la calle Salmerón y en la Rambla del Prat la gente va o viene a lo suyo con desgana o con premura, espaldas grises y cabezas gachas compartiendo el mismo peso del silencio.

En la pequeña terraza del bar Mirasol está sentado el tío Luis leyendo un periódico junto a un señor mayor con un perro atado a una pata de la mesa. Simula no verle con tanto énfasis que tropieza con una silla y al caer se da de morros en el canto de una mesa, pero sin soltar el maletín. Antes de alcanzar la barra ya tiene el labio superior inflado y maldice su suerte. Una vez hecho lo que debe, pedir una gaseosa en la barra y pagarla, ve al tío Luis entrar en el bar y dirigirse al fondo del local; enseguida le ve pasar de vuelta, y entonces pregunta al camarero dónde está el servicio. Termina de beber la gaseosa, entra en el lavabo y, sin soltar todavía el maletín, orina deprisa y nervioso mojándose la bragueta; maldice su suerte, tira de la cadena, deja su maletín y coge el otro, que es idéntico y pesa más o menos lo mismo, pero con un leve tintineo metálico -quizás en este sí que va la linterna y algún otro utensilio, piensa, incluso algún bote de veneno-, vuelve a tirar de la cadena porque el ruido del agua le tranquiliza, sale y se encamina directamente a la calle tapándose la bragueta mojada con la mano libre. Con el rabillo del ojo ve al tío Luis despegarse de la barra y dirigirse de nuevo a los servicios con premura. Se había quedado allí de pie, esperando para entrar él inmediatamente.

PROHIBIDO DAR CON LOS PIES A LOS COCHES, lee en el rótulo de la pista de autos de choque, al pasar por delante de las Atracciones Caspolino. Prohibido mearse en los pantalones, hostia.

El maletín que se lleva a casa no contiene la linterna ni nada que tenga que ver con el utillaje de un matarratas; sólo una madeja de lana verde traspasada por dos agujas de ganchillo, un bote de guisantes y un fajo grueso de revistas y periódicos enrollados para hacer bulto. Su madre tira a la basura los papeles y se queda con la madeja y los guisantes.

– Luis siempre tiene un detalle, el pobre -la oye decir con la voz triste. Y al cabo de un rato-: ¿Dónde tienes las cartas? Dámelas, yo me encargo.

– Dijo que tú no debías.

– ¡Dámelas ahora mismo! Tu padre debe de haberse vuelto loco. Mira que mandarte al Mirasol. Y encima las cartas.

– ¿Por qué llevan una letra?

– Por nada que te importe. Son noticias de amigos para sus familias… Trabajos y favores que coordina tu padre, una cadena de manos amigas que llega hasta aquí.

Al atardecer del día siguiente sabrá que tío Luis ha sido detenido por la policía, y que alguno más de la brigada podría correr la misma suerte, incluido su padre. La noticia le espera a la vuelta de un largo y solitario deambular por la Montaña Pelada conAmok bajo el brazo, un paseo tan errático en la andadura como en la cavilación para encontrarse a su madre en casa cuando ya debería estar en la clínica. No parece angustiada al darle la noticia, ni siquiera nerviosa; está revisando el contenido de su bolso de mano mientras termina de ponerse el abrigo con muchas prisas y sólo añade que se ha pasado la tarde intentando localizar al cuñado de tío Luis, un taxista con amigos en la Jefatura Superior de Policía, sin conseguirlo, y que tiene la cena en la cocina, empanadillas de atún y lentejas o arroz hervido, a escoger, sólo hay que calentarlo en el hornillo.

Esa noche, en la cama, abandona la lectura deAmok porque no puede dejar de pensar en el Matarratas. Pero tampoco consigue conciliar el sueño; no hace más que dar vueltas y más vueltas, y en una de estas, al dejar caer por enésima vez la aturdida cabeza sobre la almohada, siente de pronto como si se asomara al borde del vacío, abocado repentinamente a su propio vértigo. Despertando en otro ámbito, la conciencia intuye el fin de un tiempo cumplido y le dice salgamos de aquí, Ringo, fumiga esas dudas y acepta la verdad: tu padre es un contrabandista, o tal vez algo peor. Entonces, con las primeras brumas del sueño, recupera la memoria de un caluroso día de agosto de hace dos o tres años, cuando aún trabajaba de aprendiz. Después de comer, antes de volver al trabajo, se había acercado al quiosco de la plaza Rovira a examinar la nueva oferta de tebeos cuando escuchó a su espalda esas voces carrasposas y llenas de sorna que a menudo le confunden, la petulancia verbal del extravagante dúo de ancianos cotillas y coñones, aquellos reyes de la trola zanganeando a todas horas por el barrio. Esta vez discuten sentados en el banco junto al quiosco y a la sombra de un frondoso plátano.

– ¡Naranjas de la China, Blay! -exclama el señor Sucre-. Si te dedicas al contrabando y al estraperlo, y te pillan, te juzgarán por estraperlista y por contrabandista, es decir, por delincuente, por malhechor, no por otra cosa.

– Pero él es más que eso -dice el viejo Blay.

– Ya. Pero ese plus suele estar a cargo de los hombres de la frontera. Y él no es un hombre de la frontera. Es un honrado viajante de comercio, digamos. O sea, entre comillas.

– Aquí la cuestión es fumigar bien sin que te vean. Y el Pep sabe fumigar.

– Da igual que fumigue o que conspire. Llámalo como quieras. Si lo trincan, será un malhechor.

– Yo me entiendo. Fumigar es la palabra, amigo Sucre. Hay que fumigar todo lo que se pueda. Esa es la cuestión.

Callan un rato. Y nuevamente la voz pastosa del señor Sucre:

– ¿Qué opinas, Blay? Estoy pensando en volver a exponer en el Salón de Octubre de este año. He dejado pasar tanto tiempo sin enseñar nada, que muchos amigos deben de creer que ya no pinto, que me dedico a otra cosa.

– ¡Ah, ¿lo ves?! Lo que yo te decía. Pues eso.

Están hombro con hombro sentados en el banco de piedra, el capitán Blay con su carajillo de anís en una copa del bar Comulada y el señor Sucre abanicándose con un paipay. De pie ante uno de los flancos del quiosco donde cuelgan las novelas, Ringo los capta con el rabillo del ojo. Dicen más de lo que saben y encima lo dicen con pitorreo, piensa, pero no puede dejar de escuchar su charleta mientras simula interés por el reclamo semanal de nuevas aventuras, la colorista exposición de tebeos, novelas y almanaques colgados con pinzas en los costados del quiosco.

– Ciertamente, el Pep es un hombre de múltiples facetas -dice el señor Sucre-. La invisibilidad es una de ellas. A veces pienso en él como si ya no estuviera, como si ya se hubiese muerto… Blay, ¿has oído hablar del asfódelo, la planta que hace visibles a los muertos?

– No. Ni Dios, ni amo. Ese es mi lema.

– Es una planta que nace de la mismísima roca.

– ¡Recollons! ¿Cómo puede una planta nacer de una roca?

Ringo, al oírlo, piensa en la roca plana de la Montaña Pelada.

– El Pep es una especie rara de asfódelo -añade el señor Sucre-. En el Rosales y en cualquier taberna resulta imprescindible. Creo conocerle bien, aunque nunca deja de sorprenderme. Una noche, en el bar Comulada, invitó a beber a ese mostrenco de Ramón Mir y estuvo bromeando amigablemente con él… Por cierto, dicen que el señor alcalde está cada día peor. Al parecer perdió el huevo izquierdo luchando en la División Azul.

– ¿Ah, sí? Más se perdió en Cuba.

– ¡Mucho más, hombre, no vamos a comparar! ¡Ah, las glorias imperiales del pasado ya se fueron, Blay, y las infamias del presente se irán igualmente, pero a saber qué futuro de mierda nos aguarda! Creo que yo también me pediré un carajillo… Vaya, mira esto. ¿No es el hijo del Pep el chico que está ahí de pie, a punto de descolgar un tebeo del quiosco?

– Sí que lo es. ¿Crees que se dispone a mangar un tebeo? Ya es mayorcito para eso, ¿no?

– Humm. Conozco hombres de cuarenta años que leen tebeos. Fíjate: el chico lleva mucho rato quieto y disimulando.

Él nota sus ojitos como alimañas en el cogote. El chirrido de un tranvía frenando en la parada, zureo de palomas trotando por la plaza, Rip Kirby atizándole un puñetazo a un hampón, un conejo y una pistola saliendo del sombrero de copa del Mago Merlín en la cubierta de su almanaque.

– Así que -de nuevo la voz cantarina del señor Sucre-, detrás de tantas incursiones a la frontera, tú piensas que hay algo importante.

– ¿Importante? Eso no lo sé -dice el capitán Blay-. Hace tiempo que ya nada es demasiado importante para mí.

– ¿Ah, no? Vaya. ¿Cuántos años tienes, Blay?-Demasiados. ¡Puñeta, muchos más que tú!

– No deberías quejarte. Nos vas a enterrar a todos, estoy seguro. ¿Sabes una cosa, Blay? ¿Alguna vez te has parado a pensar que a principios de siglo la media de vida de los hombres era solamente de treinta y cinco años?

En esta hora el sol de agosto muerde el cogote pelado de Ringo, que aguanta impávido y con el oído atento.

– De todos modos -añade el señor Sucre-, teniendo en cuenta el país, treinta y cinco años es más que suficiente, ¿no crees? En fin, iré por mi carajillo. Pero yo lo quiero de ron, es más sano… Estaba pensando que últimamente ha venido poco por el Comulada, el Pep. Una lástima, ¿no te parece?

– Fumiga todo el tiempo, ya te lo he dicho. Pásate al carajillo de anís, puñeta, me lo agradecerás… Bueno, no sé si sabes que en el paso fronterizo de Canfranc puedes obtener un raticida francés más potente que todos los que venden aquí, y más barato. Lo pasan de estranquis por la aduana. Aquí no tenemos buenos raticidas, es cosa sabida. Por supuesto, se traen muchas otras cosas. Sé de un tal Massana que, esquivando a la Gestapo y a la Guardia Civil, pasaba medias de nylon y kilos de sacarina, y aprovechaba el viaje para pasar judíos, espías y aviadores… Pero hoy las cosas han cambiado. Ahora pasan este raticida infalible.

– ¡Hombre! ¡Mira que llamar raticida a lo que trae el Pep! ¡Eres grande, querido Blay!

– Sí, puedes reírte. Pero pregunta a Gaspar Huguet, el tostador de café. Te dirá que lo único que hace falta es la señal.

– ¿Qué señal?

– Un día recibirás una postal del Valle de los Caídos con el sello del Caudillo cabeza abajo. Será la señal.

– ¿La señal de qué, Blay?

– Ah, todavía no se sabe. Pero será la señal, tenlo por seguro.

El tintineo de la cucharilla en el cristal de la copa, removiendo el carajillo, el siseo acompasado del paipay en el aire caliente y enseguida la llamada del señor Sucre:

– ¡Eh, tú, muchacho!

Echa las manos en los bolsillos del pantalón, hunde la cabeza entre los hombros y se vuelve despacio achicando los ojos, desconfiado y erizado de presagios como un gato.

– Tú, sí -dice el señor Sucre-. Ven un momento… ¿Quieres hacerme un favor? Acércate al bar Comulada y pide un carajillo de ron para mí. Di que luego pasaré a pagar.

Cumple el encargo remolón y expectante y el carajillo pasa a las manos flacas con manchas de color pastel, tonos anaranjados, azules y malva. Ringo se las mira intrigado mientras intenta formular una pregunta acerca del actual paradero de su padre, cuando ya está despierto y bocabajo sobre la almohada.

No pienses más en eso, por favor, hijo, no seas tozudo, no le des más vueltas, le aconseja su madre al día siguiente. No anda metido siempre en lo que tú crees, de ningún modo, ni solo ni acompañado ni mucho menos con la mochila a la espalda y con pasamontañas, de dónde sacas eso, y todavía menos portando armas, Dios mío, eso sí que no, nunca hubo nada de eso, no es así como hay que verle, ni ahora ni antes, cuando aún había alemanes por allá… Y de la brigada no sabemos nada, y tampoco de Manuel.

– Conviene no dejarse ver por un tiempo, eso es todo -añade-. Hay que esperar. Después ya veremos. Confórmate con saber eso, por ahora. Porque la verdad es que todo sigue igual. Tu padre está de viaje por causa del trabajo, y aquí en casa no se le espera, ¿comprendes? Eso es lo que dirás si te preguntan.

Ella tampoco sabe si esto va a durar mucho. Si hay suerte, tal vez unos meses. En cuanto a lo que había en el maletín que llevó al bar Mirasol, no debe preocuparle. Lo único que ha de saber es que su padre y algunos amigos han estado ayudando a muchas personas, dentro y fuera del país, asumiendo riesgos.

– Nada de lo que debamos avergonzarnos, hijo -añade-. Al contrario. Aunque te cueste creerlo, casi todo lo que ha hecho tu padre ha sido por el bien de alguien. Me gustaría que no lo olvidaras. Y no me preguntes más, por favor.

– Sí, ya sé. Te ha prohibido que me cuentes nada.

– Te equivocas. Sabrás lo que hay que saber a su debido tiempo. Pero antes de irse me pidió que te ponga al corriente de algunas cosas…

– No hace falta -corta él secamente-. Ya me las sé. Contrabando, a que sí. Él y el tío Luis, y también Manuel, y seguro que alguno más de la brigada. En la frontera o por allí cerca, que lo he buscado en el mapa. Le traen café de contrabando al señor Huguet y lo tuestan juntos, a escondidas. Y por eso lo van a detener, por contrabandista, ¿verdad?

– Ojalá fuera sólo por eso, hijo. Ojalá.

Parece muy cansada. Ahora hace turnos de día cuidando a una anciana en una antigua torre en la plaza Lesseps, y suele acostarse temprano. Pero hoy no lo hará antes de tranquilizar a su hijo. Ojalá se dedicara solamente a eso, repite, aunque a tu padre no le gustaría oírmelo decir. Porque lo hace solamente para ganarse unas pesetas aprovechando el viaje. Tabaco rubio, medias de cristal, coñac francés, perfumes caros… Ya me dirás si vale la pena arriesgarse a ir a la cárcel por tan poca cosa.

– Lo que sí vale la pena -añade-, lo que de verdad muchas personas le agradecen, es lo otro, su trabajo de cartero.

– ¿Cartero?

– Recadero, si lo prefieres. Lleva y trae noticias de compañeros a sus familias. Paquetes, cartas, dinero… Hace de intermediario, digamos.

Pero no lo cuenta todo, ni mucho menos, porque no es tiempo todavía. No le habla de Ramiro López, el hermano tan querido y añorado de la señora Mir, viejo amigo de su padre y del tío Luis, no le dice que Ramiro había sido miembro de una red de evasión en la frontera francesa, empleado en la estación de Canfranc y colaborador íntimo del jefe de la Aduana, cuando este estaba vinculado a un grupo de la Resistencia con agentes aliados que operaba en España. No menciona para nada la relación del Matarratas con gente de la frontera, no le dice que sus actividades ya no son las que eran seis años atrás, mucho antes de que cerraran el túnel ferroviario, con el mundo en guerra; no rememora para nada las incursiones que entonces sí eran peligrosas, cuando el tren unía Canfranc con Zaragoza y Madrid y Lisboa, y su padre y tío Luis recogían correspondencia clandestina en la frontera y la entregaban en Zaragoza para que fuera enviada a la embajada inglesa en Madrid, o la traían al consulado de Barcelona; tampoco le dice que se hacían pasar por ajetreados viajantes de comercio con documentación falsa, transportando perfumes y medias de nylon y también fotos y cartas camufladas entre los calzoncillos, y tampoco menciona los mensajes y los visados que el consulado inglés de aquí les encargaba hacer llegar al grupo de Ramiro López y al jefe de la Aduana, visados falsos para la entrada y el tránsito de militares aliados y civiles hacia Portugal o Gibraltar, ni le revela que muchos eran judíos que huían de la ocupación alemana en Francia. No menciona nada de todo eso porque ya pasó y hoy no quiere leer aquel miedo en los ojos del chico; ya lo sabrá algún día, si su padre tiene a bien contárselo. Lo único que le cuenta es que él y tío Luis empezaron así, llevando y trayendo noticias y dinero destinado a familiares de amigos que no podían volver, y que lo hacían mediante enlaces en la frontera vinculados al hermano de la señora Mir, y que todavía andan en eso, haciendo favores, aunque ya cerraron el túnel de Canfranc y la guerra se acabó hace más de tres años. Y que, bueno, pues sí, se habían dedicado al contrabando, en realidad eso fue lo único que les motivó en un principio, algo que desde luego ella nunca aprobó, algo que fue y seguía siendo motivo de sordas desavenencias y disgustos. Y de todos modos, hijo, no vayas a creer que es gran cosa lo que se traen a casa, unos apaños para ir tirando, desde luego con eso no vamos a salir de pobres…

Una semana después se presentan dos policías con una orden de registro, que sólo cumplen a medias y rutinariamente. Ese día Ringo no está en casa. Su madre se lo contará por la noche sin mostrar la menor inquietud. Todo esto era previsible, hijo, y lo tengo asumido desde hace mucho tiempo. Al día siguiente es requerida en la Jefatura Superior de Policía de la Vía Layetana y sometida a un interrogatorio, que a ella le parece igualmente rutinario y hasta considerado. No parecían agentes de la Social, dirá luego. Diversas preguntas sobre el paradero y las actividades ilegales de su marido y de otros miembros de los Servicios Municipales de Higiene, Desinfección y Desratización, obtendrían la misma respuesta: la brigada se fue a cumplir un servicio en Gerona, en una fábrica de tejidos a la orilla del río Oñar, y desde entonces no ha tenido más noticias de su marido y tampoco sabe cuándo va a volver. No le conviene mentir, señora, se lo digo por su bien. Verá usted, es que mi marido suele comportarse así, es bastante desconsiderado y tarambana, pero no puedo creer que haya hecho mal a nadie, eso no. De esos viajes a Zaragoza y a Canfranc no sé nada y mi hijo tampoco, y aún menos de su relación con gente del estraperlo o del exilio.

– Y tú dirás lo mismo si te preguntan, hijo. Que no sabes nada -le previene mientras zurce unos calcetines sentada en su cama, junto a la mesilla de noche y con la lamparita como un pálpito de luz roja al lado de la imagen del Niño Jesús de Praga. Como de costumbre, la entereza y la discreción animan sus palabras, preservando del miedo y la desesperanza el precario orden de la casa, este frágil remedo de hogar a cubierto de la inclemencia de noches como esta, cuando, demasiado cansada para salir, le pide a su hijo que vaya a casa de la señora Mir a llevarle de parte suya una bolsa con ropa usada.

– Victoria recoge ropa cada invierno y la lleva a la parroquia y al Auxilio Social, donde tiene amigas enfermeras que la reparten. Es para gente necesitada. Las monjas de la Residencia me han dado algunas prendas en buen estado. Ponte la bufanda y ten cuidado, hijo. Ya es de noche y hace frío.

Es una bolsa de lona con franjas blancas y azules y asas de madera en forma de aros, abultada y bastante pesada, una bolsa que nunca antes había visto en casa. Se pone en marcha y a mitad de camino, cerca de Sors esquina Martí, junto a la boca de la cloaca, una lata de conservas vacía y abollada le espera para recibir la patada. Siempre le gustó patear latas, pero esta vez pasa de largo amparado en las sombras, con un vago sentimiento de clandestinidad y peligro. Hasta el punto de que, un poco más allá se para bajo la luz de un farol y sigilosamente abre la bolsa y examina su contenido. Dos pantalones y un viejo jersey, una bufanda, blusas y una falda plisada, prendas con algún remiendo y sin planchar, pero limpias. Y debajo de todo, tres camisas planchadas y perfectamente plegadas y abrochadas, tres camisetas y tres calzoncillos igualmente plegados, cuatro pares de calcetines y un pijama a rayas. Su mano todavía está tanteando el fondo de la bolsa cuando tropieza con un frasco de masaje Floïd, una cajetilla de hojas de afeitar, un cartón de tabaco rubio marca Chesterfield y una crujiente bolsita de torrefacto, de las que el Matarratas se trae a casa al volver del tostadero.

Ha rogado para que sea Violeta quien le abra la puerta. Pero es su madre, en bata y zapatillas, rulos en el pelo y con la cara redonda sin pintar flotando entre las sombras del vestíbulo como una luna pálida y fantasmal. Al ver al chico se sorprende, pero le sonríe enseguida. No enciende la luz. Está desgajando una mandarina con los dedos y en la muñeca lleva un enorme brazalete de quincalla dorada.

– ¿Dónde vas a estas horas y con este frío, criatura?

– Le traigo esto de parte de mi madre.

– Ah, muy bien, cariño. -Rápidamente se hace cargo de la bolsa y se queda unos segundos esperando que él diga algo más, mirándole con su sonrisa de muñeca de celuloide-. ¿Cómo anda nuestra querida Berta?

– Quería venir ella, pero no se encuentra muy bien. -Asoma la cabeza y la mitad del cuerpo, escrutando el vestíbulo y el pasillo a oscuras-. ¿Violeta no está?

– Se fue a dormir ahora mismo. Se aburría, la pobre. -Mantiene la mano en la puerta, sin abrirla del todo-. Estábamos las dos solitas, escuchando la radio… ¿Querías decirle algo, corazón?

La mano regordeta prueba una carantoña en su barbilla. El olor de la mandarina en sus dedos. ¿Por qué tiene hoy esa voz de gatita herida y más melosa que de costumbre? Al fondo del piso, del lado de la galería, suenan voces exultantes en una radio.

– No, da igual.

– Le diré que has preguntado por ella. Se alegrará. -Deposita la bolsa en el suelo y suena el clinc del frasco de Floïd. Su mirada risueña y perspicaz no se altera-. No te digo de entrar, porque ya estará durmiendo. Pero si quieres que le dé algún recado… Ya sabes que cada domingo la llevo al baile de La Lealtad. Prometiste venir un día, cariño, lo prometiste, ¿o ya no te acuerdas?

– Sí que me acuerdo. Bueno, me tengo que ir.

Pero no se mueve, y no sabe muy bien por qué. La mira como esperando que ella diga algo más. Bruscamente encoge la pierna derecha y, con el puño en la bragueta, simulando un apremio vergonzante, baja la vista y entona con voz lastimera:

– ¡Oh, señora Mir! ¡Oh, por favor! -improvisando una grotesca tramoya de caricato, ocultándose tras una máscara doliente-. Oh, perdone usted, pero ¿me dejaría ir un momento al váter? ¡Es que no puedo más, se me está escapando…!

– ¡Pues claro, hijo, faltaría más! Ven conmigo.

El cuarto de baño está al fondo de un recodo que se abre a la derecha del pasillo, antes de llegar a la habitación de Violeta. Ella le enciende la luz y luego cierra la puerta. Un cuarto limpio y ordenado, y con detalles en atención a las visitas. La tapa del váter forrada con una piel de cabra. La alfombrita de felpa frente al bidet. El espejo impoluto y orlado de calcomanías de flores de vivos colores. La alcachofa de la ducha reluce sobre la inmaculada bañera. Un armario blanco con toallas plegadas, dos albornoces detrás de la puerta, uno blanco y otro rosa, gorros de baño, una caja de cartón llena de rulos y mucha utilería femenina de cepillos y pinzas y botes alineados en una repisa de cristal. Y metida en un vaso, una maquinilla de afeitar… que bien podía ser de ella, para depilarse las piernas. Pero hay algo más sospechoso: al levantar la tapa del váter -porque de pronto siente verdaderas ganas de mear, y recuerda que en el simulacro del bar Mirasol le pasó lo mismo-, en el agua estancada ve una colilla flotando, deshaciéndose en medio de una tenue efusión amarillenta. No puede imaginarse a Violeta fumando cigarrillos aquí, encerrada y a escondidas, pero su madre quién sabe… Tira de la cadena y duda de si lavarse las manos. Lo hace y oye la voz de la señora Mir al otro lado de la puerta: ¡Coge una toalla limpia! Al salir se topa con ella, que lo mira con una sonrisa atenta y sosteniendo la bolsa. No se ha movido de aquí.

– ¿Todo bien?

– Sí, señora… Bueno, ya me voy.

No lo percibió al entrar en el piso tan deprisa y simulando la urgencia, pero ahora, cuando alcanza de nuevo el recibidor y se dispone a salir, su nariz capta el suave aroma a torrefacto que desprende la ropa colgada en la percha, muy cerca de la puerta, varias prendas de abrigo que la oscuridad no le permite distinguir. Entonces se para con las fosas nasales dilatadas, y nota en el brazo la mano de ella.

– Espera, hijo. -Lo retiene en el umbral, mirándole con ojos risueños y perspicaces-. Te veo un poco atolondrado, ¿sabes?-Le enrolla la bufanda alrededor del cuello, le aparta el mechón sobre la frente-. Quería preguntarte una cosa, si no te importa… Sé por tu madre que todavía te gusta ir a pasear al parque Güell y a la Montaña Pelada. Qué bonito… Bueno, el caso es que quería preguntarte si por casualidad has visto por allí al señor Alonso. Te acuerdas de él, ¿verdad? Es que tengo que darle un recado, se me olvidó decirle a este hombre algo importante, ¿sabes?

– No, señora, no le he visto. Además, últimamente voy poco…

– Ya. Es por si te lo encontraras algún día. Podría ser, quién sabe… Y ahora vete corriendo a casita. Y descuida, cariño, le diré a Violeta que has preguntado por ella.

– Sí, gracias. Adiós.

– Mucho cuidado en la escalera, que hay poca luz. ¡Y recuerda tu promesa!

Empieza a bajar y se vuelve antes de que ella, que sigue mirándole y sonriendo detrás de la puerta entreabierta, termine de cerrarla muy despacio. El inesperado perfume del torrefacto y la sugestión del enigma lo acompañan en la oscuridad hasta el último escalón de la planta baja, despacio y tanteando la barandilla, de modo que le da tiempo de figurarse a la señora Mir regresando al comedor con la bolsa en la mano después de cerrar la puerta del piso, puede verla vaciar la bolsa sobre la mesa y separar las camisas planchadas de la ropa usada y con remiendos, poner a un lado el cartón de Chesterfield y el frasco de masaje Floïd y las hojas de afeitar, abrir la bolsita de torrefacto para olerlo y finalmente sonreír al hombre que hace un solitario sentado en un ángulo de la mesa, seguramente en camiseta y envuelto en una frazada; y también a ella la ve sentada con el molinillo de café en el regazo y dándole a la manivela, sonriendo todo el rato, contenta de poder ayudar a su desdichada amiga Berta y de ofrecerle al huésped clandestino otra taza de auténtico y oloroso café-café… Sí, en el hogar de un falangista, por qué no. Lo está viendo sentado a la mesa y barajando las cartas una y otra vez, pensativo, el humo del cigarrillo enroscándose en su cabeza rendida, despeinado, sin afeitar, huraño, blasfemo y más clandestino que nunca. ¡Ahora sí que estamos en el culo del mundo, padre! Coñac de garrafa en un vaso, colillas de rubio en un cenicero repleto. Sólo estaré un par de días, querida Vicky. A ratos amable, a ratos cabreado. La buena mujer ronca toda la noche y sólo tiene coñac de garrafa. La ayuda en la cocina. A ratos se duerme de bruces sobre la mesa en la que comía el ex alcalde. Escuchando la radio. Mirando el bonito trasero de Violeta cuando se adentra por el pasillo ajustándose la bata. Escondido en el dormitorio cuando viene una paciente a por sus friegas o por una receta de hierbas o un alivio para los juanetes. Una foto de José Antonio de perfil en un marco plateado. Un par de días solamente, hospitalaria amiga… Sí, bien mirado, ¿qué mejor sitio que este? ¿A quién se le ocurriría buscarle en casa de un alcalde ex combatiente, un hogar bendecido por el Sagrado Corazón?

– ¡Pero qué dices! -Su madre se ríe de buena gana, pero dándole la espalda-. ¡Esta sí que es buena! ¡Qué cosas se te ocurren, hijo!

Todavía no se ha acostado, aunque ya lleva puesto el camisón. Está en el dormitorio, ordenando el armario ropero.

– He visto lo que iba en la bolsa, madre…

– ¿Ah sí? Todo es para una obra de beneficencia.

– … y el piso entero olía a café tostado, del que padre se trae a casa.

– Y qué. No es la primera vez que le regalo a Victoria un poco de café. ¿Qué hay de raro en eso?-Cierra el ropero y se vuelve hacia él, un tanto enfurruñada-. Mira, tú y yo no podemos saber dónde está tu padre. Lo único que sabemos, ya te lo dije, es que se fue de viaje y aún no ha vuelto.

– Eso ya lo sé, no hace falta que lo digas…

– Lo mejor sería que no supieras ni eso, que está de viaje. -Con mirada vivaz y un tanto socarrona, mientras se recoge el pelo en la nuca, le sonríe-. No sé si me entiendes, hijo… Verás, los primeros días son los peores. Hay que irse de casa, y lo más deprisa posible. Cualquier otro sitio es bueno… siempre que cuentes con la amistad y la confianza de la persona que te lo ofrece. ¡Pero no en casa de Victoria! Es sólo por unos días, mientras se decide un lugar más seguro… ¡Y vaya, pobre Victoria, si llegara a saberse! ¡No le faltaría más que eso, con la reputación que tiene! ¿Me entiendes, hijo?

Pero más adelante ella admitirá que tal vez, en efecto, su padre pudo haberse alojado provisionalmente en casa de la señora Mir. Dos días y una noche, no más. Después se fue de allí para refugiarse no se sabe dónde, y a partir de este momento se niega a responder a sus preguntas y no le informa de nada. Sin embargo, en el transcurso del mes siguiente, un noviembre sombrío y desapacible, observando el comportamiento de su madre, interpretando sus obstinados silencios y sus recaídas en la tristea, Ringo llegará a la conclusión de que ella y el Matarratas se han citado secretamente en el piso de la señora Mir, después que él lo abandonara, por lo menos un par de veces, siempre de noche y en domingo.

Todo empezó el día que su madre, mientras ordenaba cosas en una bolsa a espaldas suyas -él alcanzó a ver un cartón de tabaco rubio y unos sobres de carta-, se quejó de fuertes dolores de cabeza y cervicales y anunció que esa noche iría a ver a su amiga Victoria. Necesito alguna pomada milagrosa de las que ella prepara, dijo. Repetirá la visita dos semanas después, también en domingo y de noche, y en ambas ocasiones, por su estado de ánimo al volver a casa, más desalentada y angustiada que al ir, Ringo deduce que se ha entrevistado con él. Deja entender que lo sabe, e inmediatamente se siente arropado por una mirada escrutadora y cariñosa que niega los encuentros y le prohíbe terminantemente, con los ojos húmedos, hablar de su padre en casa y en cualquier parte, por el bien de todos, de mucha gente, y hasta acaba diciéndole que lo mejor es que no piense más en él, o que piense en él como si ya estuviera muerto o como si se hubiera ido para no volver. Ringo lo interpreta como el deseo de librarle de cualquier sentimiento hacia el Matarratas que implique la obligación de justificarle o protegerle, o de indagar en sus actividades secretas y en su paradero actual.

Sin embargo, y como desmintiendo con ello sus propios recelos y prevenciones, se apresura a informarle de otras urgentes obligaciones. La primera y más importante, salvaguardar el puesto de trabajo de su padre en el tostadero nocturno del señor Huguet, buen amigo y protector de la familia. Y le explica: previniendo lo que podía pasar, hace ya tiempo que su padre había llegado a un acuerdo con el señor Huguet para que, en caso de tener que ausentarse más tiempo del previsto, permitiera que el chico lo sustituyera, en espera de su vuelta.

– No me gusta que tengas que ir, hijo, pero necesitamos el dinero. Son cincuenta pesetas a la semana que nos vienen muy bien. Es un precio de favor que nos hace el señor Huguet. Serás un buen ayudante, el señor Huguet no tendrá queja de ti, estoy segura.

– Pues claro. No te preocupes.

Sabe lo que le espera, aunque no por cuánto tiempo. Alguna vez su padre le había hablado de este trabajito extra que se debía a la generosidad y a la confianza que le dispensaba el señor Huguet. Viudo y con dos hijas solteras, el señor Huguet había sido factor de la RENFE en la estación de Sants, trabajo que perdió al ser denunciado por su pasado anarcosindicalista. Un cuñado suyo, que tiene un colmado importante en la calle Aragón, le metió en el negocio del torrefacto. La puesta a punto y el manejo de la tostadora no exige un gran esfuerzo, le había comentado alguna vez el Matarratas, sólo un poco de maña. Hace años el señor Huguet lo hacía solo, pero ya está viejo y necesita ayuda. Cuatro días a la semana, lunes, miércoles, sábados y domingos, hay que levantarse a las dos de la madrugada y salir a la calle bien abrigado, aunque la casa del señor Huguet está cerca, tres minutos andando hasta el pasaje Oliveras, un callejón recóndito cerca del campo de fútbol del Europa. El señor Huguet te abrirá la cancela del jardín envuelto en un viejo albornoz y una gran bufanda. Con la linterna en la mano y dando traspiés, te guiará hasta el cobertizo, donde ya tiene encendido el petromax que todo el rato emite un silbido rencoroso. Deberás preparar la leña para el fuego y los soportes de hierro que sostienen el tambor donde irá la mezcla de café y azúcar. Esa mezcla la hace Huguet pesando cuidadosamente las partes en una balanza mientras yo me ocupo del fuego. No esperes muchas palabras de Huguet, no es hombre dado a la conversación. Luego, cuidando que las llamas se mantengan siempre igual, para que no se altere el calor, ya todo será darle vueltas y más vueltas a la manivela haciendo girar sobre el fuego la esfera metálica donde se van tostando los granos de café azucarados. La masa del torrefacto gira y gira dentro del tambor con un rumor de olas en una playa pedregosa, y, jolines ¿quieres creer que eso es lo único que oyes durante tres horas metido en aquel barracón?, le explicará Ringo al Quique. Pero no es un trabajo matador. Puedes hacerlo sentado en una banqueta o en el suelo, y mientras tanto el señor Huguet dispone el cedazo donde volcaremos el humeante torrefacto, cuando esté bien tostado, y donde lo dejamos enfriar un rato, y luego sólo queda coger los granos con una pequeña pala e ir rellenando las bolsitas de papel satinado, un cuarto de kilo en cada una de ellas, y ya está. Cuando me voy, el señor Huguet me regala una bolsa para mi madre.

De vuelta a casa con la bufanda tapándole nariz y orejas, caminando solo por las calles desiertas, solitario y furtivo y lleno de furia bajo la macilenta luz de las farolas y de las ramas peladas de los tilos del paseo del Monte, los dedos perfumados por el torrefacto se ponen a teclear en el aire limpio de la madrugada.

A mediados de diciembre y de improviso, el frío se hace tan intenso que al atardecer las vidrieras empañadas del Rosales sólo permiten ver una mancha de luz difusa y amarillenta en el interior. La ventana junto a la que Ringo se sienta a leer recoge de vez en cuando figuras que pasan dobladas y presurosas por la calle, borrosas siluetas confundiéndose con las persistentes sombras de la imaginación. Porque en cuestión de unos pocos días, además de la llegada del frío y del trabajo nocturno en el tostadero, se han producido algunas novedades que en la taberna adquieren una especial resonancia. La primera es que, gracias a su mejorada salud y a su buen comportamiento en el manicomio de San Andrés, al ex alcalde Mir le conceden quince días de permiso para que pase las fiestas de Navidad y Año Nuevo en casa, en compañía de su mujer y su hija. Se dice desde hace tiempo que ya no reconoce a ninguna de las dos, que está majara del todo y sin arreglo posible, pero no va a ser verdad; no del todo, cuando menos. Un atardecer lluvioso lo ven bajar de un taxi frente a su casa apoyándose en el brazo de Violeta, pálido, mucho más delgado y con la mirada mortecina, pero con el mismo perfil belicoso y rapiñador de siempre, impecablemente peinado y con más brillantina y tenebrosa viscosidad en el pelo que antes. La señora Paquita dice que se mareó en el taxi y por eso parecía enfermo, pero que de la cabeza está la mar de recuperado, que el tratamiento le va de maravilla y por eso le permiten celebrar estas fiestas tan entrañables en familia. Por eso y por su buena conducta.

– No es verdad -dice el gordo Agustín detrás de la barra, donde nunca se sabe si está de pie o sentado-. A ningún loco peligroso lo sueltan por buena conducta.

– Lo han soltado con permiso de la autoridad militar -comenta el señor Carmona en la mesa del subastado-. O de los falangistas. Los suyos, vaya.

– ¡Tampoco! -refuta el tabernero, disponiendo tres copas de grueso cristal para los carajillos-. A ver quién lo adivina.

– El permiso lo daría su loquero particular -opina el señor Rius sirviendo cartas de la baraja con la mayor parsimonia-. Tratándose de un alcalde que fue cocinero en la División Azul, tendrá su loquero particular, digo yo, y sólo él puede dar el visto bueno…

– ¡Pues no! El permiso y el visto bueno los da su mujer. ¡Si está más que claro! -insiste el señor Agustín sirviendo las copas en la mesa de los jugadores-. ¿Por qué? Pues porque cree que su marido ya no se entera de nada, de lo pirado que está. Si no, de qué lo iba a traer a casa, cuando todavía espera repescar al fulano… ¿Has visto tú una familia más tronada que esa, que todo se lo debe a que el marido se fue a Rusia a pegar tiros?

– ¡Ya está bien, Agustín, por favor! -protesta su hermana-. Pobre Vicky. Ha sido su hija la que lo ha sacado de allí. Y digáis lo que digáis, lo han curado. No parece el mismo.

– Yo nunca he creído que estuviera loco del todo, Paqui -dice el señor Carmona-. Pero es verdad que parece otra persona.

– ¡Qué otra persona ni qué hostias en vinagre! -suelta el señor Agustín-. Es el mismo fachendoso de siempre. Ya no va fardando por ahí, ni grita ni se mete con nadie, es verdad, pero aquí le tienes dos veces al día reclamando su copita de Tío Pepe y haciéndose el distraído a la hora de pagar. Siempre se fue sin dar ni siquiera las gracias y pretende seguir haciéndolo, por su cara bonita y su camisa azul, el muy cabrito. Será otra persona, pero en cuanto puede se aprovecha de uno… Ayer vino con la idea de seguir cobrando la cuota del Auxilio Social y la voluntad para sus Campamentos Juveniles a cambio de no denunciarme por vender tabaco rubio. La misma cabronada de antes, cuando era alcalde. Y me consta que anda reclamando en otras tabernas del barrio.

En el trato directo, insiste el señor Agustín, muestra resabios del sujeto abusivo y mandón que nos tocó las pelotas, vestigios de una chulería que muchos dieron por felizmente liquidada con aquel pistoletazo en la escalinata del santuario de San José de la Montaña, y se equivocaron.

– Hay todavía quien baja la vista ante él, señores, por si no se han dado cuenta. Porque chiflado o cuerdo, es el mismo de siempre.

Viéndole caminar por la calle, despacio y con talante pensativo, o parado delante del mostrador del Rosales, mirando con fijeza su copita de manzanilla y sin mostrar interés por la parroquia ni deseos de hablar con nadie, ni siquiera de reprender la algarabía juvenil en torno al futbolín, se diría en efecto que es un hombre nuevo. Su mirada es más sombría, está más flaco y viste ropas holgadas que no le son propias, una americana de pana que parece de otra persona y a ratos una boina negra calada hasta las orejas, pero lo más novedoso en él es una actitud ensimismada, una gestualidad retardada y reflexiva, como si leyera en el aire las instrucciones de lo que debe hacer o decir. Sin embargo, según tarda muy poco en saberse, esa aparente formalidad no le impide disfrutar de los quince días de libertad que le han sido concedidos, y sorprender con algunas escapadas de casa. Asiste a los cultos religiosos de Las Ánimas y a la misa del gallo acompañado por su hija, incluso a la solemne ceremonia de la Navidad del Pobre, erguido al pie del altar y rodeado por la Congregación de Damas Pías, y también a la representación teatral deLos Pastorcillos de Belén a cargo del Cuadro Escénico parroquial, pero a pesar de esas puntuales comparecencias piadosas, que la feligresía comenta y celebra, otros testimonios y rumores, de origen tabernario y maldiciente, eso sí, pretenden que el ex alcalde siempre fue un hipócrita y un meapilas y al mismo tiempo un golfo y un mujeriego, o para ser más precisos, un redomado putero. Pocos días antes de la festividad de Reyes, en el Rosales se comenta jocosamente que ha sido visto en el bar Quimet de la Rambla del Prat en compañía de una meuca, con una guitarra en las manos y comiendo cacahuetes que ella le iba tirando a la boca. Roger y el mayor de los Cazorla lo confirman, estaban allí y se troncharon de la risa con su actuación. También se dice que otra noche lo vieron entrar en el Panam's, un cabaretucho de las Ramblas, y el Quique, bueno, el Quique afirma que tan majara no estará, porque lleva en el bolsillo dos o tres condones, que él los ha visto.

Pasadas las fiestas navideñas, una tarde lluviosa, Violeta y su padre se dirigen bajo un paraguas calle abajo hasta la plaza Rovira, donde esperan que pase un taxi. Ese día el ex alcalde sí que parece otra persona: triste y abatido bajo el paraguas que sostiene Violeta, con la boina hasta las cejas y mirándose las manos obsesivamente, deja que su hija lo arrope con la bufanda y le abroche un botón de la gabardina. Poco después toman un taxi y desaparecen bajo la lluvia en dirección a San Andrés. A los tres días, aquejado de una dolencia hepática, el señor Mir es ingresado de urgencia en el hospital del Mar.

Más o menos en torno a estas mismas fechas, exactamente tres días después de cumplir los dieciséis años, un once de enero al caer la tarde, Ringo está leyendo en su mesa del Rosales cuando entra Roger diciendo que en el cine Delicias han matado a una mujer. Pero no en la platea, tampoco en los lavabos o en el vestíbulo, sino en la cabina de proyección. Una historia extraña, un misterio, según se irán conociendo más detalles. La víctima es una prostituta y la han encontrado estrangulada con una corbata negra sobre una pila de bobinas enlatadas junto al proyector. Dicen que el asesino es el proyeccionista, y que la policía lo encontró sentado en la última fila de la platea cuando aún no había terminado la película. De momento no se sabe nada más. Han desalojado el cine y lo han cerrado y precintado por orden gubernativa. El Quique y un chaval de su calle, que se colaron en la primera sesión de la tarde, dicen que hubo un corte de película que duró más de la cuenta. PoníanLa calle sin sol y Gilda, que se cortó cuando ella en el casino empieza a descorrer la cremallera de su vestido diciendo no se me dan bien las cremalleras, pero si alguien quiere ayudarme… y entonces un admirador de entre el público se ofrece. Ahí fue cuando la película se cortó, explicó el Quique, y añadió que él ya se lo esperaba, porque cómo no iban a cortar una peli así, con una tía tan buena quedándose en pelota viva…

En el transcurso de los días siguientes se sabrían más cosas; que lameuca era una china muy guapa, ex acróbata y artista de varietés, que había sido algo más que amiga del ex alcalde Mir y que no fue estrangulada con una corbata, sino con una media negra.

– Con una película -afirma el señor Agustín-. La taquillera la vio cuando se la llevaban. Dice que el mismo asesino llamó a la policía, pero que luego no supo explicarse, se quedó como alelado.

– Parece que la muerta llevaba el abrigo puesto, pero nada debajo -aventuró el Quique.

No se habla de otra cosa durante algún tiempo, especulando sobre la personalidad de la víctima y los motivos del asesino; que si la habría matado por celos, que si ella vivía en lo alto de la calle Verdi y tenía un hijo, que no era una puta china sino aragonesa, y también que la vieron muchas veces entrando o saliendo de la comisaría de policía de la Travesera. Hasta que se agota el tema y el animado coloquio de los parroquianos deriva en otros asuntos, y lo mismo ocurre con el chismorreo sobre la recuperada estabilidad mental de Ramón Mir atribuida a su reciente y decidida adicción al jolgorio y al puterío, de modo que todo acaba nuevamente diluido en el limo invernal por el que resbalan los días, en la grisura uniforme que el barrio y la ciudad soportan como un estigma, y uno vuelve a pensar que las cosas que de verdad importan en la vida han de ser otras y pasan lejos de aquí, lejos de nosotros. A ver sino, chicos: Larry Darrell renuncia a la bellísima Isabel y emprende la ruta del Himalaya en busca de la fuente de la sabiduría sobre el filo de la navaja, el joven Nick Adams contempla las truchas que mueven las aletas afrontando la corriente veloz del río de los dos corazones, Jay Gatsby rema afanosamente en su pequeño bote hacia el lujoso yate de un gángster, hacia un sueño que será su perdición, y Ringo se instala una vez más en su mesa de la taberna junto a la ventana y observa el declive de la tarde sobre la calle que, al igual que todos los domingos a esta hora, parece repentinamente inhóspita y abandonada.

Al poco rato, la señora Mir y Violeta salen de casa y bajan por el centro de la calzada cogidas del brazo, peinadas de peluquería y endomingadas. Caminan con nerviosa premura, cuchicheando y apoyándose la una en la otra. Una vez más, la madre acompaña a la hija al baile del Verdi, o quizá al de la Cooperativa La Lealtad. Según comentarios de la pandilla, la elección del local era cosa de la madre y depende siempre de las expectativas que el domingo anterior pudieran haber suscitado las atenciones y buenas maneras de algún joven para con Violeta; cuántas veces la había sacado a bailar, si la había invitado o no a un refresco, si el chico era bienhablado, si le daba conversación o si solamente quería arrimarse y restregar el nabo. La madre tiene ojos en el cogote, decía el Quique, antes de que te empalmes ya sabe a qué vas.

Como cada domingo, al pasar por delante del Rosales la señora Mir suelta el brazo de Violeta y entra a saludar a la señora Paquita. A veces, después de la pregunta habitual, se queda conversando con ella unos minutos y se toma una copita de coñac. Violeta la espera en la calle, paseando arriba y abajo por la acera con aire pensativo y luciendo un sorprendente pelo escarolado alrededor de su tez pálida, un abriguito de paño gris con solapas y puños de terciopelo, guantes de lana roja y zapatos lila de medio tacón. Una vez más, su madre le ha dicho que enseguida sale, que es cuestión de un minuto, pero ella sabe que no. Sabe que si la primera copa la apura de un trago, pedirá la segunda para vaciarla a sorbitos y perder la noción del tiempo.

– Ponme otra, Paqui -dice la señora Mir acodada en la barra-. Estoy maltratando el hígado, pero no temas, reina, aguantará. Y así voy con el corazón más calentito. Hasta la calle Montseny hay una buena tirada y hace mucho frío.

– ¿Por qué no vais al Salón Verdi, que está más cerca?

– Es que en La Lealtad toca la orquesta de Mario Visconti. El vocalista es encantador, y muy melódico… Bueno, a mi hija le gusta.

Lo dice tosiendo y sin mirar a su amiga, hoy no quiere verse reflejada en sus ojos criticones. Va vestida y pintada de modo tan llamativo que da la impresión de llevar encima más cosas de las que uno puede captar a primera vista. Embutida en un chaquetón de lana gris con cuello de piel de conejo, deja entrever una blusa de color rojo cereza que hace juego con el furioso carmín de sus labios, y se muestra nerviosa, friolera y vulnerable, con la voz ronca y enfermiza, recompuesta toda ella mediante un maquillaje primoroso que le habrá llevado horas pero que no ha conseguido borrar las profundas ojeras ni el rictus amargo de la boca, y tampoco rescatar la viveza de los ojos, la chispa alegre e imprevisible de la mirada, que fue siempre su más elocuente respuesta al mundo. Su rostro ya no consigue aquella radical transformación que suscitaba crueles burlas, y debajo de los laboriosos afeites asoma ahora la mujer atada a los pormenores cotidianos de la vida y a un matrimonio roto. El chaquetón le huele a cordero mojado y lleva colgado del hombro un gran bolso de piel con flecos de trencilla. A tirones y ansiosamente se quita los guantes y tintinean los pesados brazaletes cuando con mano temblorosa acerca la copita a los labios, ocultándola con la otra mano ahuecada, como si la protegiera del viento o de miradas ajenas.

– ¿Te has mirado al espejo, Vicky?

– Más de lo que quisiera, bonita. No me regañes. Después de cada sorbo se queda unos segundos pensativa.

– No tienes buena cara -dice la tabernera-. Deberías guardar cama. ¿Por qué no dejas que Violeta vaya sola?

– ¡Huy, sola! ¿Cuántos años hace que no vas a bailar, ricura? Hay mucho gamberro por ahí, ¿sabes? Me da un repelús nada más verlos. -Entorna los ojos tiznados de rímel y fatalidad y añade-: Hoy la juventud es cruel, Paqui.

Levanta el hombro y se frota con él la oreja en un gesto mimoso que sugiere suntuosas pieles acariciando su cuello, suspira y hurga afanosamente en su bolso hasta sacar un paquete de Chesterfield. Se queda con el cigarrillo pinzado entre los dedos, pero no lo enciende. Lo balancea hábilmente, ensimismada.

– Tu hija se está helando en la calle -dice la señora Paqui-. Dile que entre, mujer.

– Prefiere esperar ahí fuera.

– No comprendo por qué no la dejas entrar.

– Yo sí la dejo. Es ella que no quiere.

– Dile que la invito a un cortadito, anda.

– ¿Yo? Díselo tú. Sal y díselo, verás lo que te contesta.

– ¿Por qué? ¿Qué le pasa?

– Creo que es por esa pandilla del futbolín. Dice que se burlan de ella, que son unos guarros. No quiere ni verlos, y con razón. Los chicos de hoy en día son pura caca.

– Pero ya no están. Hace rato que se fueron.

– Es igual. Es muy tozuda, ya lo sabes.

– Yo diría que no le gusta verte aquí, Vicky. -Le llena el vasito de sifón hasta el borde-. Toma. Esto es lo único que deberías beber.

– Oh, ya lo puedes tirar. -Y con la risita nerviosa-: He suprimido el sifón de mi dieta, cariño, me da acidez.

– Mira, no le veo la gracia.

– ¡Ay, Paqui, me aburres! Servidora tiene sus obligaciones, ¿comprendes? Mi marido en el hospital, no saben si tendrán que operarle, y yo de aquí para allá todo el santo día. Y si supieras las malditas ganas que tengo de ir al baile, con este frío. Pero hay que alegrarle un poco la vida a esta niña. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Es tan rarita, la pobre. ¿Cómo vamos a encontrarle novio, si nunca sale de casa?-Observa a su hija en la calle a través del vidrio empañado de la puerta-. Mírala. Cuando se arregla un poco está mona, ¿no te parece, Paqui? A que sí.

Con muy pocas variantes, con o sin permanentes, con o sin imaginarias pieles de lujo en los hombros, pero siempre con Violeta esperándola en la calle, la escena se repite cada domingo, un preludio habitual antes de acudir al baile. También en días de entre semana y a cualquier hora. Siempre que la señora Mir pasa por delante de la taberna, yendo o viniendo de sus asuntos, se para y entra, y la consabida pregunta, la única y verdadera razón por la cual ha entrado, la pregunta que no parece dispuesta a dejar de formular por muchos chascos que se lleve, a menudo precede al saludo y a cualquier otra forma de cortesía, incluso a la urgente petición de bebida:

– ¿Alguna novedad, Paqui?

Por vez primera, la señora Paquita deja traslucir en la respuesta una hostilidad mal controlada, a pesar del trato cariñoso.

– ¿Novedad? ¿Qué novedad, tesoro?

– ¡Cachis la mar! ¡Mi carta, qué otra novedad va a ser!

– ¿Ya estamos otra vez? No, no ha llegado ninguna carta.

– ¿Qué te pasa, reina? ¿Estás enfadada conmigo?

– Estoy… cansada, Vicky.

– Sólo te he hecho una pregunta. ¿Es que ya no voy a poder ni preguntar?

– Te avisé, te dije que no te hicieras muchas ilusiones…

– ¡Ah, vaya, esta sí que es buena! Lo que me dijiste es que había que esperar, ¿no te acuerdas? Eso es lo que me dijiste… ¿O es que sabes algo más y te lo callas?

– Claro que no, Vicky. Pero yo que tú me olvidaba de esa carta de una vez por todas… Vamos, que no la esperaría. Ya no.

– ¡Ah, pero yo no soy tú, bonita!

Lo dice desafiante y zalamera, sonriendo con el cigarrillo rubio sin encender oscilando entre las uñas rojas y centelleantes, pero su amiga sabe que detrás de esta sonrisa hay un hondo desconsuelo, una persistente congoja, inexplicable después de tanto tiempo de inútil espera, cuando ya el desencanto y la resignación deberían prevalecer. Nada en su terca actitud ha cambiado en los últimos seis meses, nada salvo su aspecto, muy desmejorado a pesar del maquillaje y la diversidad y variedad de permanentes. Muy tiesa sobre los finos tacones de aguja, reprimiendo un leve estremecimiento en la nuca, una mano en el borde del mostrador y la otra en la cintura, como un pájaro que se dispusiera a emprender el vuelo, mira por encima del hombro a los parroquianos que juegan a la manilla o al subastado bajo el velo suavemente ondulado de humo azul que flota sobre sus cabezas inclinadas, atentas a los designios de la baraja; los mira y pilla alguna mueca socarrona que acaso le hace pensar que chismorrean de nuevo a su costa, pero no hay agravio ni amargura ni resentimiento en su mirada, sólo una mezcla de desencanto y risueño estupor; los ojos azules muy abiertos son los de una mujer que ha sufrido una suerte de alucinación, satisfactoria en algún sentido, pero de naturaleza indescifrable.

Un poco más allá de la partida de dominó, sentado a otra mesa y con el libro abierto ante sí, el chico de Berta aparta intencionadamente los ojos de ella para mirar la calle a través de la ventana con obstinada fijación, y por un instante la mirada de la señora Mir languidece. Muchacho, muchacho, por favor, un poco de formalidad, podría leer él en su cara si se atreviera a mirarla, ¿es que no piensas cumplir tu promesa? ¿Es por eso que ahora no quieres mirarme?

– ¡Qué canción más bonita, Paqui! -exclama de pronto parando la oreja-. ¡Ay, mira, me gusta porque… porque…!, ¡no sé por qué!

– ¿Qué canción?

– ¿Estás sorda? Esa que dan por la radio.

Su mirada conmovida permanece un rato colgada en el aire, el corazón y la memoria conectados a un hilo musical que sólo ella percibe. La radio está muda en un extremo del mostrador, con una servilleta y un palillero encima.

– Qué tonterías dices, Vicky. La radio está apagada.

– ¡Tú sí que estás apagada!

La colipava oye la canción porque lleva la canción en sus rumbosas caderas todo el rato, pensarían seguramente los jugadores de dominó cercanos a la barra si aún prestaran alguna atención a lo que dice, si aún compitieran en la burla cafre y el vulgar chascarrillo que tantas veces prodigaron a su costa el pasado verano. La cabeza de chorlito luce hoy una gran escarola rubia, profusamente rizada y juvenil. Mírala bien, mira su boca brillante de carmín rojo amapola, el colorete en las sobradas mejillas, las pestañas pringadas de rímel. Como una mona de Pascua.

– Lo único que quiero para mi hija es que un día pueda valerse por sí misma -dice después de otro sorbito de coñac-. Es lo único que quiero, Paqui. Que para ser feliz no tenga que esperar a que a un zángano sin corazón le entren las ganas de acostarse con ella, ¿me entiendes? Hoy en día las chicas no saben lo que quieren, no tienen criterio. -Otro lengüetazo a la copa y añade-: Sé muy bien de qué hablo, porque yo también pasé por eso… ¿Te acuerdas de Ricardo, Paqui? El guapetón aquel, Ricardo Taltavull, el hombre de los chasquidos asquerosos. ¿Cómo pude fijarme en un hombre que se hurga las orejas con una cerilla y que hace extraños ruidos con la boca, como si dentro tuviera siempre un gargajo…? ¡Demasiada porquería junta, ¿no te parece?! ¡Había que estar ciega para no verlo! Pues mira, coladita estuve por él durante casi un año. Son cosas que una no se explica, pero ocurren.

– Solamente a ti, Vicky -se lamenta la señora Paquita-. A ti solamente le ocurren estas cosas.

– Ay, chica, quién no ha amado alguna vez a quien no le conviene. -Otra pausa y otro trago-. Y encima, cada vez hay menos trabajo, no sé por qué. Debe ser que ya nadie se duele de nada. A la clínica ya no voy hace la tira, ya no me llaman… Claro, dicen que ahora la penicilina lo cura todo. ¿Sabes qué pienso, Paqui? Que esta puñetera penicilina me está dejando sin clientela.

– Tonterías. Ni que fuera la purga de Benito. Verás como este invierno se anima la cosa y te viene más gente…

– Ya no quedan hombres herniados, Paqui. Mujeres con dolor de espalda, las que quieras. Pero hombres herniados, ni uno. Yo tenía una buena clientela de hombres herniados… En cuanto a la carta, a lo mejor tu hermano sabe algo…

La tabernera prueba a cambiar de tema:

– Oye, creo que me vendrían bien unas friegas, Vicky.

– ¿Has preguntado a Agustín?

– El problema es que no paro en todo el día, y no me queda tiempo para nada.

– ¿Quieres callarte mientras hablo, Paqui, por favor?

Cierra los ojos un rato y luego dirige una mirada lastimera al guapo patizambo del calendario, al futbolista que debería haberse arrodillado para la foto. Con todo, no puede dejar de admirar una vez más el soberbio entramado muscular por encima de sus robustas rodillas, así como el gesto altanero de la cabeza con la frente vendada, el agreste desafío al porvenir. Apura la copa, paga y se despide de la tabernera, que insiste en que debería volver a casa. Ya con la puerta abierta, antes de salir, se vuelve y sus ojos buscan por segunda vez al hijo de Berta agazapado junto a la ventana con su carita de sueño: ¿qué hay de la promesa que me hiciste, muchacho?

Bajo la pesadez de los párpados capta el mudo reproche de la mujer. Este domingo tampoco, señora, lo siento. Desde que trabaja de noche arrastra sueño todo el día, y encima el aroma a torrefacto que desprenden su chaqueta y su bufanda lo adormece aún más, obrando como un somnífero. Y como los ojos también se le cierran sobre las páginas del libro, frota con la mano el cristal empañado de la ventana y recupera la imagen de Violeta esperando en la calle. Ahora está en el bordillo de la acera de enfrente, muy quieta y con los pies juntos, las manos enguantadas apretando contra el vientre un monedero barato de plexiglás amarillo, y sobre todo con la cabeza gacha, evitando así que los transeúntes la miren a los ojos. Cuando ve a su madre salir del bar, se reúne con ella y se cuelga de su brazo con aire sumiso, y las dos se alejan calle abajo por el centro de la calzada, muy juntitas y dándose calor mutuamente, como dos jóvenes amigas que van al baile en busca de emociones. La madre camina no muy segura sobre los altos tacones y susurrando algo al oído de la hija, que escucha cabizbaja y en silencio, con aquella incongruencia sensual que Ringo verifica una vez más, incluso de lejos y viéndola de espaldas: unas piernas francamente bonitas y una cara fea, unos andares precavidos y un trasero brioso.

Media hora después consigue fijar la atención en el joven Michael Furey plantado en un remoto jardín de Galway, aterido bajo la lluvia y mirando la ventana de su amada. El aura fatalista de la escena le desvela durante un buen rato, hasta que de nuevo el sueño y otro ramalazo de mala conciencia acaban por aturdirle y opta por cerrar el libro. Se levanta y sale del bar, quedándose parado en la acera. Son algo más de las cinco y está anocheciendo. ¿Pero por qué?, se pregunta, ¿quién te obliga a cumplir una estúpida promesa a una mujer medio chiflada que busca novio para una hija fea? Nuevamente entra en el bar, le pide a la señora Paquita favor de guardarle el libro y sale liándose la bufanda al cuello, mirando en la acera de enfrente el balcón de la señora Mir invadido ya por las sombras. Se para un instante y piensa: es lo menos que puedo hacer, pero no se decide a dar el primer paso. En el balcón, la desflecada palma pascual uncida a la herrumbre de la barandilla desde hace casi dos años, reseca y maltrecha por la larga exposición al sol y a la intemperie, está parcialmente desprendida y amenaza con caerse a pedazos en la calle. Ringo cree ver una luz que se enciende detrás de los cristales del balcón y una sombra cruzando fugazmente el comedor. Y algo que no llega a ser un sentimiento, solamente ese leve escozor en la conciencia, lo pone finalmente en marcha diciéndose por enésima vez es lo menos que puedes hacer, chaval, dejarte caer por allí con el único propósito de avisarlas.

Nunca antes había estado en la Cooperativa La Lealtad, pero al terminar de subir las escaleras y enfrentarse a la pista de baile, en el primer piso, todo le resulta familiar, de tantas veces como ha oído al Quique y a Roger hablar del local y de sus condiciones tan propicias para apalancarte una chavala, sobre todo en las calurosas noches de verano, cuando la balconada sobre la calle Montseny está abierta y algunas parejas salen a tomar el fresco y de paso a meterse mano. La orquesta toca una rumba, el vocalista viste una chaqueta azul celeste con solapas de purpurina plateada y agita las maracas. La pista está abarrotada de parejas bailando y a su alrededor pequeños grupos de jóvenes charlan y dan voces, de pie o sentados en sillas plegables. Corbatas vistosas, tupés y brillantina, americanas con mucha guata en las hombreras, muchachas con rebecas, con medias y calcetines. No ve al Quique ni a los demás, habrán ido al Verdi. Tarda un poco en localizar a Violeta. No es de esas que se quedan al borde de la pista esperando que las saquen a bailar, sumisas o mirando a los chicos con descaro y arqueando la cadera; sabe que alineada con ellas tiene pocas opciones, aunque a juzgar por donde se halla ha renunciado a cualquier posibilidad. Ocupa una silla en la pared del fondo, cerca de una de las salidas al larguísimo balcón, ahora cerrado, y está diciéndole que no a un chico flaco y orejudo plantado chulescamente ante ella con los brazos en jarra. Sujetando los guantes y el pequeño monedero de plexiglás en el regazo, niega con la cabeza una y otra vez, y ni siquiera le mira. Las luces enmarañadas del local no la favorecen nada. Ahora, sin el abrigo, luce una falda plisada color naranja y bastante corta, una blusa malva de satín y una cinta negra y estrecha alrededor del cuello. Antes de quedarse otra vez sola, ya ha visto a Ringo abriéndose paso al borde de la pista, malcarado y esquivo, con la americana sin abrochar y las manos en los bolsillos, el pelo alborotado sobre la frente y la bufanda marrón cruzada sobre el pecho como dos cananas.

– Hola, Violeta.

– Hola.

– ¿Y tu madre?

– ¿Qué…?-ladeando la cabeza para oírle mejor.

– Tu madre. ¿No ha venido contigo?

– ¿Te importa mucho?

– Es que vengo a decirle una cosa… He visto algo muy extraño.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Hay que avisar a tu madre enseguida… En serio. ¿Dónde está?

La orquesta toca de forma tan estridente que ahoga sus palabras. Pasea la vista por los alrededores, sin resultado. Recuerda el cachondeo de la pandilla en el Rosales: la madre se queda colgada en la barra del bar y la hija se deja magrear en el balcón o en los lavabos: es pan comido, chaval. Violeta cruza las piernas muy despacio y con la mano recompone aplicadamente un pliegue de la falda plisada. Luego le mira con dureza.

– Quítate la bufanda, ¿quieres? Sólo de verla me da calor. ¿Qué tienes que decirle a mi madre?

– Que alguien ha entrado en vuestra casa. Ahora mismo hay luz en el comedor, se ve desde la calle. ¡Te lo juro! Me di cuenta al salir del bar. Hay alguien dentro, seguramente un ladrón… ¿Dónde está tu madre?

Ella lo mira en silencio, pensativa, sin el menor síntoma de alarma.

– ¿Luz en el comedor?

– ¡Te lo juro!

– ¿Cuándo lo has visto?

– Ahora mismo, hace un cuarto de hora. El tiempo de venir aquí andando.

– ¿Ah, sí?-De nuevo se queda pensando, tranquila y con media sonrisa, mientras endereza otro pliegue en la falda-. ¿Y has venido por eso, porque piensas que hay un ladrón en casa?

– Bueno, a ver, yo sabía que estabais aquí, ¿no? Os vi salir de casa, a ti y a tu madre… ¿Qué quieres que piense, si hay luz y allí no queda nadie?

– Mamá se olvidaría de apagarla.

Ringo se quita la bufanda, coge una silla y se sienta a su lado.

– ¿Estás segura? Alguien ha podido entrar por el balcón, agarrándose a la barandilla… La palma se ha desprendido, está a punto de caer.

– ¿Ah, sí?

– Podría ser que hubiera vuelto, y si no tiene llave…

– ¿Que hubiera vuelto quién?

– El cojo, aquel amigo de tu madre.

– ¡No me hables de ese hombre! ¡Ojalá se haya muerto!

– Pues hay luz en el comedor, Violeta, te lo juro. Tenemos que avisar a tu madre. ¿Dónde está?

– Dónde va a estar. En el bar. -Y mirándole maliciosamente-: Ya entiendo. Quieres que mamá te vea, ¿verdad?, que sepa que has venido… aunque sea con la excusa de haber visto a un ladrón.

– ¿Yo?

– Tú, sí. Porque te hizo prometer que vendrías, ¿crees que no lo sé? Yo los trucos de mi madre me los sé todos.

– ¿Pero qué dices? He venido porque he querido. A mí no me obliga nada ni nadie. Yo esta tarde pensaba ir al cine Verdi, conque ya ves… PonenLa bestia de nueve dedos, ¿la has visto?, va de un pianista al que le cortan un dedo y se convierte en un asesino, por venganza, pero sigue siendo el mejor pianista del mundo… Es Peter Lorre. Iba a sacar la entrada cuando me dije, nano, no está bien lo que haces, deberías ir a avisar a Violeta y a su madre de que alguien ha entrado en su casa.

– No me digas. Pues vale, ya estamos avisadas. Ahora explícame esto: ¿por qué le prometiste a mi madre que vendrías a bailar conmigo, si no te gusta bailar, que yo lo sé?

El porqué de ningún modo piensa decírselo. Él mismo no está seguro. Violeta sonríe burlonamente y añade:

– Pero tranquilo, hombre. No tienes que sacarme, si no quieres.

– Pues claro, qué te crees. He venido por lo que te he dicho -insiste, escrutando el perfil descreído, mientras la orquesta ataca los primeros compases de un mambo que provoca en la pista de baile una explosión de júbilo y chillidos femeninos-. ¿Es que no te importa que un extraño se haya colado en tu casa?

Violeta se vuelve despacio y se encara con él.

– Pero bueno, ¿es que no lo sabes?

– ¿Saber qué?

– ¿De verdad no estás enterado?-inquiere con sorna, mirándole fijamente a los ojos desde muy cerca, como si quisiera hipnotizarle-: ¿De verdad de verdad no sabes nada? No puedo creerlo…

– ¡Te repito que he visto una luz en tu casa! ¡Que me muera aquí mismo si miento!

– Está bien, había luz. Y ahora dime una cosa… ¿Qué hay de tu padre, qué sabes de él?

– Mi padre está en Francia -dice rápido-. ¿Y qué tiene que ver…?

– Pues da la casualidad que tiene mucho que ver. Si yo te dijera que esa luz podría haberla encendido él, ¿me creerías? Porque tiene llave del piso. Mamá se la dio, y últimamente se ha visto allí con tu madre más de una vez, siempre de noche. No me digas que no lo sabías. Listo. -Descruza las rodillas y vuelve a cruzarlas de forma brusca y resolutiva, y por un instante la sugestión del gesto puede más en él que la mal simulada sorpresa por lo que acaba de oír. Enseguida reacciona como pillado en falta y traslada la mirada a las manos que descansan en el regazo. Los dedos largos y delicados, de movimientos pausados y envolventes, juguetean con el monedero de plexiglás-. ¿Por qué se veían en mi casa y como en secreto?, eso yo no lo sé. Pregúntale a tu madre.

– Mi padre está en Francia, te digo. Seguramente con tu tío. Y yo sé por qué…

– No quiero que me expliques nada -corta Violeta-, no quiero saber nada más. Menos mal que fueron unos pocos días, y casi ni me enteré. Estuvo todo el tiempo encerrado en su cuarto, sólo salía de noche, así que no me preguntes nada, porque no sé nada.

Mueve displicentemente los párpados, un tanto abultados, de espesas y rojizas pestañas, mientras Ringo, un poco aturdido por lo que acaba de oír, todavía está pensando en el balcón iluminado. Así que el Matarratas, de vez en cuando, aún se deja ver por aquí… En cualquier caso lo que ahora importa es que esa luz en el balcón, aunque empieza a no estar seguro de haberla visto, justifica su presencia en el baile, no la puñetera mala conciencia. Lo demás a mí qué hostias me importa. Y obedeciendo a un repentino impulso, desvela un íntimo anhelo, una fantasía que ha tramado secretamente alguna vez.

– Un día me iré a Francia, ¿sabes? Un día mi padre nos mandará llamar a mi madre y a mí, y nos iremos de este culo del mundo para siempre.

Violeta le mira con expresión incrédula.

– ¿Ah sí? Qué bien. ¿Y cuándo ocurrirá eso?

– No lo sé, depende de muchas cosas. -Baja la voz, y, en plan misterioso-: Habrá que esperar, y sobre todo no ir por ahí diciéndolo, ¿entiendes? Mucho ojo. Pero bueno, ya que estoy aquí…

Ya que ha venido, quiere decir, ya que él ha cumplido la promesa y ella está sola y tan disponible, con sus pechitos duros bajo la blusa y sus rodillas de manzana, sentada muy tiesa en la silla y siguiendo el compás de la música con un leve balanceo de la cabeza…

– ¿Quieres bailar?

– Uf. Estoy cansada. Además, a ti no te gusta bailar.

– Bueno, eso depende.

Se ha quitado la bufanda y no sabe qué hacer con ella. Después del mambo, el cantante melódico dirige con la mano los primeros compases de un lento y ladea la cabeza frente al micrófono ahuecando la voz empalagosa.

– El vocalista es una birria -dice Ringo.

– Es muy guapo.

– Tiene cara de cabra.

– Pues a mí me gusta.

– Y el pianista toca con un palo metido en el culo, se cree José Iturbi o algo así… Y mira el batería. Esta orquesta no vale un pito.

– Es la mejor. El mes pasado tocaba en el Salón Cibeles.

Permanecen otro rato callados, mirando las parejas que giran lentamente al borde de la pista. Un chico con una gran narizota y una repeinada cabeza de zepelín se planta ante Violeta con las manos en los bolsillos y la invita a bailar. Es todavía más feo que el otro, piensa Ringo. Ella le dice que no y el chico da media vuelta y se va cabizbajo. De pronto, Violeta le quita a Ringo la bufanda de las manos para colgarla en el respaldo de la silla.

– Qué bien huele esta bufanda -dice-. A café tostado, ¿verdad?

Él se encoge de hombros. La bufanda es una prolongación olorosa de sus noches secretas. Hace apenas doce horas colgaba de una percha en un rincón del tostadero mientras él le daba vueltas a la manivela sentado junto al fuego. Pero con Violeta no quiero hablar de ese fuego ni de esas noches.

– Anda, vamos -dice Violeta levantándose de pronto-. Que mamá vea que has venido. Está en el bar. Vamos, a qué esperas.

– ¡Que no, hostia, que no he venido por eso!

– ¿Ah, no?

– No. En cambio tú… ¿Me dejas que te diga una cosa? Tú no deberías dejarla sola, a tu madre, y menos en el bar. No deberías.

Aplausos para la orquesta. Violeta se queda mirándole, se deja caer en la silla de golpe y suspira cabizbaja, hociqueando en su propio descontento.

– Ya lo sé -dice con la voz repentinamente deprimida-. Pero es que no hay manera… Nada más llegar hemos vuelto a discutir, para variar. Se queda en el bar y no hay quien la saque de allí. Se ha quemado la mano con el cigarrillo y dice que ha sido un chico que estaba a su lado, que ella no ha sido, de ningún modo… Que estuvo a punto de caerse porque el chico se estaba burlando de ella y de mí. Seguramente se mareó. Siempre le pasa algo. Últimamente parece el pupas. Y es que, de verdad, no está bien, nada bien… ¿Y sabes por qué? ¡Todavía espera noticias del futbolista! ¡Mira si llega a ser boba!

– ¿Qué futbolista…?

– El cojo, quién va a ser. Ese viejo que dice que se rompió la pierna hace años, el señor Alonso -añade con la voz destemplada-. Menudo cuento se lleva con la pierna. Y eso de una carta, que la señora Paquita le contó a mamá, otra mentira del cojo. Seguro que nunca pensó en escribirle ni una postal.

– ¿Una carta?

– No me digas que no lo sabes. ¡Si es la rechifla en todo el barrio!

La orquesta sigue con boleros. Ringo se mira las manos, pensativo.

– Sí, bueno, algo he oído… ¿Qué crees tú que le diría el señor Alonso en esa carta?

– Vete a saber. Mentiras para hacer las paces, para volver a verla… Dios no lo quiera. Cada día que pasa, mamá está peor. Ya no sé qué hacer. Es como… como una enfermedad. El otro día discutió con la señora Grau, la llamó cotilla y la insultó, le dijo que estaba metiéndose en lo que no debía, y la mujer se vistió y se marchó furiosa y sin pagar. Seguro que no vuelve. Y no es la primera vez que pasa una cosa así… Habría que hacer algo, ¿sabes? Alguien debería decirle que este hombre está casado, por ejemplo, porque seguro que está casado, y con hijos, ocho hijos por lo menos. Y que estuvo en la cárcel… ¿Sabías que estuvo en la cárcel?

– No.

– Pues sí. Cuando conoció a mamá no tenía donde caerse muerto, acababa de salir de la Modelo o de un campo de concentración…

– ¿Cómo lo sabes?

– Le regaló a mamá un anillo muy bonito que él mismo había hecho con un hueso de cordero, o de no sé qué. Todos los prisioneros lo hacen. El tío Ramiro, antes de irse a Francia, también hacía anillos de hueso con una lima cuando estaba en la cárcel. Se lo recordé a mamá, pero no quiso escucharme. A mí nunca me escucha. Pero alguien debería convencerla de que este hombre es un presidiario…

– ¿Y por qué estuvo preso?

– ¡Qué más da! Por ladrón, o estafador, o estraperlista. Vete a saber. Sobre todo por rojo.

– No es lo mismo.

– Bueno, más o menos. -Violeta se encoge de hombros-. El caso es que es un embustero, un gorrón y una mala persona. ¡Mira que enredarse con un hombre así! ¡Es todo lo que papá odiaba! Un perdulario, un malhechor, un puñetero rojo…

– Pero no es una mala persona, Violeta. No lo es.

– ¿Tú qué sabes?

– Si le dices eso a tu madre, le causarás un gran disgusto.

– Bueno, y qué. Que sufra un desengaño. Porque, a ver, ¿quién es, de dónde ha salido ese individuo, por qué se nos metió en casa…? Seguro que es un barraquista. Juraría que vive en una barraca de Montjuich, por ahí por Can Tunis, o peor aún, en el Campo de la Bota. Una señorita catequista de Las Ánimas que va mucho al Somorrostro por obras de caridad lo vio un día con una pandilla de chicos jugando al fútbol en la playa, allá por las barracas de Pequin. Eso no se lo he dicho a mamá, sería capaz de ir a buscarlo en aquel basurero… ¿Tú has ido por allí alguna vez? ¡No hay más que ratas y mierda! Pero claro, el farsante nunca lo admitirá… ¿Cómo es aquello de antes se coge a un mentiroso que a un cojo? Pues mira, no es verdad.

– ¿Y qué piensas hacer?

– Me gustaría convencerla de que este hombre nunca volverá, y tampoco le escribirá ni nada de eso. Que se ha ido a trabajar al Brasil, por ejemplo, bien lejos, y que no piensa volver… Podrías decírselo tú. Decirle que viste cómo un día se despedía de todos en el bar.

– Eso es mentira. ¿Por qué no se lo dices tú?

– A mí no me creería. Desde el día que riñeron y lo echó a la calle, mamá no se cree nada de lo que le digo.

– ¿Y eso por qué?

Violeta calla y se queda mirando con ojos fríos las parejas que abarrotan la pista, las cabezas girando rendidas y sumisas al ritmo lento de melodiosos boleros.

– ¡Gggaaarrggg…! -gargajea hastiada-. Porque ella es así.

Aquí, esperando sentada que la saquen a bailar, bajo esta luz cruda y mecida por esta música insinuante, el desajuste entre sus piernas bonitas y su cara feúcha es más chocante y desalentador. Pero cuanto más llamativo es el desarreglo, más persistente es la atracción. Tal vez por ello, decide probar suerte otra vez:

– ¿Qué? ¿Bailamos?

Violeta hace un vago gesto con la cabeza que tanto podría querer decir que sí como que no, y se queda pensando unos segundos antes de contestar.

– No.

De nuevo se entretiene manoseando el monedero y corrigiendo los pliegues de la falda, moviendo los dedos con rapidez y delicadeza. Y de pronto se levanta.

– Bueno, sí -concede desdeñosa-. Porque has venido por eso, ¿no?

Con sólo rodear su cintura, rozando apenas con los dedos el suave repliegue de la espalda debajo de la blusa, la mano adivina el vigor de las nalgas poniéndose en movimiento. Incluso el dedo amputado detecta ese leve respingo que alegra el corazón. Ella ofrece la mano derecha alzada, húmeda y cálida, y, con los primeros pasos, él cierra esa mano con la suya y la retiene en su pecho propiciando la fricción más o menos casual. La otra mano de la muchacha descansa sobre su hombro, rozando la nuca, pero sujetando el pequeño monedero y los guantes y por tanto sin posibilidad de respuesta efusiva. Aun así, aun estirando ella el cuello y apartando la cara, él constata la docilidad del cuerpo dejándose atraer inmediatamente. Violeta le entrega el muslo izquierdo y lo mueve entre los suyos, aprisionado como sin querer y siempre un poco retardado con respecto a sus evoluciones, y él convoca la cálida oleada de la sangre en las ingles: necesita creer que está aquí por eso, por estos achuchones, que ha venido sólo a eso, ¿a qué si no, Quique, Roger, Rafa, muchachos, qué otra cosa podía traerle aquí, qué otro sentimiento podía llevarme a complacer a una cacatúa que busca novio para su hija?¿A qué podría venir uno sino a restregar el boniato en estos muslos, aunque sólo sea para verificar una vez más que a Violeta le da igual, que no responde a ningún estímulo, que no parece enterarse de la calentura de uno y que, con la mayor indiferencia, se pone a tararear la canción al compás de la orquesta, ajena por completo al sigiloso ritual de maniobras en su entrepierna y con la misma flojera en el cuerpo que el año pasado en el baile de la fiesta mayor?

Al cabo de un rato, resentido ante la falta de respuesta, acerca la boca a la oreja sorda:

– Oye, Violeta, explícame una cosa. Cuando aquel follón de tu madre en mitad de la calle, el verano pasado, tú estabas en casa, ¿verdad? Oí cómo tu madre se lo decía a la señora Paquita… ¿Cómo no bajaste a ayudarla?

– ¿Por qué lo preguntas? ¿Te importa mucho?

– Me importa un rábano. Pero a ver, tu madre allí tirada, y tú ni siquiera te asomaste al balcón.

– De eso no me enteré. Estaba en la cama con un chichón en la cabeza.

– ¿Un chichón?

– Me había caído en el baño. Menos mal que llevaba la toalla liada a la cabeza, que si no…

– Pues alguien quería ir a buscarte y tu madre dijo que no estabas en casa, que habías ido a la playa con una amiga. ¿Por qué mintió?

– No sé… No quiso que yo la viera en aquel estado, supongo.

El vocalista melódico canta con sus labios de pez pegados al micrófono y su voz nasal sale por los altavoces convertida en chatarra.Cabaretera, mi dulce arrabalera. De vez en cuando, en los pasos hacia adelante, en su afán por arrimarse a ella, Ringo anticipa torpemente la pierna y no puede evitar el pisotón. Piensa un poco en mis pies, murmura ella burlonamente. Pero el patoso no puede pensar en sus pies, porque la está viendo en el cuarto de baño con la toalla liada a la cabeza a modo de turbante y mirándose desnuda en el espejo, antes de resbalar; porque la está viendo en el suelo y está considerando la turgencia de la entrepierna que ahora presiona suavemente contra el muslo sin conseguir nada, sin recibir la menor señal de complacencia por parte de ella. Es como refregarse cariñosamente contra un saco de patatas.

– Vaya con la mosquita muerta -masculla-. Así que ese día, cuando tu madre y el cojo tuvieron la bronca, estabas allí… ¿Qué pasó? ¿Por qué riñeron?

Ella no responde y rinde la frente sobre su hombro. Por una tontería, dice al cabo de un rato, tenía que ocurrir, y yo me alegré, y se aprieta contra él rodeándole el cuello con el brazo, aplasta la boca en la solapa de la americana y farfulla algo que no se entiende, pero que suena como una palabrota, seguida de un balbuceante rosario de reproches: fue un malentendido, una burrada de mamá, una pifia de la que no se ha repuesto todavía, pero de la que me alegro. Lo cuenta en un tono desabrido y monótono, como si lo estuviera leyendo en la solapa con cierta dificultad, con muchas pausas y vacilaciones: si ese domingo hubiese ido a la playa con su amiga Merche, tal como había planeado, si la señora Terol no tuviera celulitis y mamá no hubiese ido a visitarla, si aquel hombre no se hubiera quedado en casa a esperarla, si me hubiese duchado media hora después… Una breve relación de hechos encadenados por una fatalidad. Una voz extraña bajo un rumor de lluvia. Ringo cierra los ojos para verla mejor: detrás de las mortecinas palabras hay un cuarto de baño coqueto y ella está mirándose desnuda en el espejo mientras se lía la toalla a la cabeza. Descalza, mojada todavía, se inclina y luego se yergue bruscamente con el turbante ya puesto. Se confirman los pechos pequeños y las caderas sobradas. Al ir a coger el albornoz resbala y cae de espaldas golpeándose la nuca con el borde de la bañera. Pudo ser peor, dice, el turbante atenuó el golpe, pero aun así se me nubló la vista y me quedé casi sin voz. En ese momento aquel hombre estaba en el comedor poniendo la mesa, le gustaba ayudar, lo hacía siempre que se quedaba a comer de gorra, y debió de oírla gritar. Acudió y la cogió en brazos, la tapó con el albornoz, la llevó a su cuarto y la tendió en la cama turca, pero de todo eso ella se entera un poco después.

– No digo que me tocara, ¿eh? Pero quién sabe…

– ¿Sí? ¿Por qué lo dices?

– Quiero decir tocarme de esa manera, ya sabes. Si lo hizo, no me enteré, no me di cuenta.

– ¡Hala! Una chica siempre se da cuenta de eso.

¿Cuánto tiempo ha pasado?, se preguntaría al volver en sí. Y no afirma que la tocara, eso no, pero de pronto se encuentra tendida en la cama, mal tapada y medio atontada todavía, sólo con la toalla como turbante, y, claro está, indefensa. ¿Cuánto tiempo ha estado así?, y él tratando de reanimarla con unos cachetes y llamándola, Violeta, niña, y de todos modos esta voz y estas manos queman, y ella qué podía hacer si no era capaz de reaccionar, si no sabía lo que estaba pasando, si ninguno de los dos oyó la puerta del piso ni los pasos en el corredor, hasta que la vimos parada en el umbral del cuarto con su bata blanca y su neceser con sus cremas y potingues…

Le gustaría verle la cara mientras la escucha, ya que la voz, extraña y ahogada al mantener la boca pegada a su pecho, no deja entrever ningún sentimiento. Acto seguido afloja el brazo alrededor del cuello y levanta la cabeza. Ha sido como soltar una confidencia de manera abrupta y rápida, y como si hubiese necesitado refugiarse en él para hacerlo, escondiendo la cara y tomando prestada otra voz.

– Él quiso explicárselo -añade-. Aunque no se esforzó mucho, la verdad. Pero mamá no le escuchó, y le dijo cosas terribles. Terribles. Que se fuera de casa y no volviera nunca más. Lo abofeteó y le tiró a la cabeza todo lo que había en la mesa, platos y vasos y una botella, todo lo que él había dispuesto para comer los tres. Lloraba sin parar y de pronto salió a todo correr por el pasillo y se fue escaleras abajo… Y él recogió sus cosas y también se fue. Pensé que iba tras ella para hacerla volver y convencerla, pero qué va. Se las piró totalmente y para siempre.

– ¿Y tú qué hiciste?

– Nada. Me encerré otra vez en el baño, y me callé.

– ¿Te callaste? ¿Por qué?

– Porque en el fondo me alegré de que se fuera. Porque de todos modos la habría dejado. Por eso.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque ya no la quería. Ella no se daba cuenta, pero yo sí. Llegó a decirle: prometo perdonarte, y te escribiré, o algo así le dijo, pero aprovechó la ocasión para dejarla plantada. -Calla un rato y luego añade-: Todo esto te lo he contado para que veas que no te engaño. Para mamá aquello fue terrible.

Y no quiere entenderlo, además, añade con desgana, la voz enredada en una rencorosa complacencia, esta mujer no puede o no quiere entenderlo, siempre fue así, confía demasiado en los demás y la engañan y nunca escarmienta, es puñeteramente tonta y cándida, siempre andará buscando alguien que la mime y la proteja, alguien que sea amable y atento con ella. Siempre estuvo necesitada de eso, y por eso precisamente ha acabado perdiendo la autoestima. Desde hace tiempo papá es apenas un recuerdo en su memoria, un recuerdo no muy grato, así que su único pensamiento es para este hombre. Los primeros días, después que este sinvergüenza la dejó, decía cosas imposibles de soportar.

– ¿Sabes qué dijo un día? Dijo que lo peor de todo, lo que más le había dolido, no fue que yo estuviera medio desnuda en la cama y él casi encima, sino verme con su toalla en la cabeza, ¡porque era su toalla, la que usaba él! ¡Para que veas hasta qué punto llegó a perder la chaveta! Porque la toalla era mía, siempre lo fue.

Suena un lento, pero él no escucha ni sigue ningún ritmo, sólo gira lentísimamente, empujando con la pelvis, excitándose a ratos. Esta chica ya traga, seguro, le dijo Roger un día que miraban a Violeta saliendo del bar con una botella de vino y un sifón. ¿Cómo se puede saber si una chica ya lo ha hecho?, había preguntado él, y rápido el Quique respondió por Roger: Fácil, chaval, se nota por sus ojeras y por su manera de caminar, van tiesas, como si se hubiesen tragado una escoba.

– Patoso -susurra Violeta, sintiendo la mano resbalando poco a poco por su espalda, muy abajo, los cuatro dedos tanteando como al descuido el remonte inicial de la nalga-. Y esta mano más arriba, por favor. No creas que me da grima porque le falte un dedo, no es por eso…

– Claro. ¿Salimos al balcón?

– ¿Con el frío que hace? No, gracias. Déjame ver. -Le coge la mano y la levanta hasta su pecho, y, sin dejar de bailar, examina atentamente el muñón-. ¿Puedes abrocharte la camisa con esta mano? ¿Puedes coger bien la cuchara, puedes peinarte?

– Esta mano puede hacer cualquier cosa. Hasta puede coger esto, mira.

Los cuatro dedos se liberan de la mano de Violeta y reptan como una tarántula por la botonadura de la blusa, se desplazan a un lado y apresan el pecho izquierdo con delicadeza. Sin presionar, ahuecando la mano. Ella le dedica una mirada expectante, animada súbitamente por una luz apacible, y se aparta con suavidad, coge de nuevo la mano mutilada y tira de él dando media vuelta y tratando de abrirse paso entre las parejas que bailan embelesadas. Ringo se deja llevar, pero la pista está abarrotada y, ante las dificultades, decide tomar la delantera y la iniciativa. Avanza a empellones y con dificultad, y enseguida siente a Violeta abrazada a su espalda, como un náufrago. Aún no han salido del tumulto y ya se ve con ella en el balcón, a pesar del frío, solos y en lo más oscuro, besándose…

– Vamos un momento a ver a mamá -dice Violeta cuando logran salir de la pista.

Ya no está en el bar. El encargado, un hombre de mediana edad, cachazudo y atento, dice que se ha ido hace más de media hora, poco después de discutir en la barra con un chico que calzaba botas de futbolista en lugar de zapatos, el muy gamberro. ¿Por qué discutieron? No sabe cómo empezó, no estaba al tanto, parece que hizo un comentario sobre las botas que no gustó al chico. Seguramente ella sólo quería ser amable, bromear un poco, ya sabemos cómo es Vicky, pero este chaval es un tarugo, le conozco, tiene mala hostia. Dijo que había ganado un balón de fútbol y unas botas en una tómbola parroquial y que había hecho una apuesta con un amigo: venir a bailar con las botas puestas. Se estaba pitorreando de ella, pero ella no se daba cuenta, sólo parecía interesada en saber en qué parroquia había conseguido esas botas. Parecía obsesionada. Insistió tanto en saberlo y suplicó de tal modo que finalmente el chico, para rematar la burla, acabó por darle unas señas confusas, allá por la Barceloneta. Era para no creerle, pero ella le creyó.

– Y después de eso se fue. Me dijo que te verá en casa, y que se iba tranquila porque te veía bien acompañada…

– ¿Ha quedado a deber algo, señor Pedro?-pregunta Violeta.

– Nada.

– Seguramente se aburría -comenta Ringo-. Y se ha ido por eso.

– Nunca lo había hecho. Me va a oír.

– Bah. Estará en casa cuando llegues, ya verás…

– No puede entrar. La llave está en mi bolso. -Tantea su mano con la suya, se la aprieta-. ¿Vienes conmigo?

Son poco más de las siete cuando salen, pero ya es noche cerrada y empieza a lloviznar. Caminan hombro con hombro por las calles estrechas y mal alumbradas de Gracia. Ringo sugiere que seguramente su madre la estará esperando en la taberna, charlando con la señora Paquita; o a lo mejor se le ha ocurrido visitar a alguna de sus amigas o clientas. En todo caso no andará lejos y volverá pronto a casa, adónde va a ir si no. Pero Violeta permanece largo rato callada. Luego habla como pensando en voz alta: Ahora tiene poco trabajo, pero tampoco necesita mucho, estamos cobrando una buena pensión por lo de papá, y además yo me pondré a trabajar enseguida, el mes que viene. Contenta, empieza a zigzaguear repentina y caprichosamente delante de él, casi bailando, buscando refugio bajo los balcones para evitar la llovizna, parándose de vez en cuando y consintiendo algún arrumaco. En un portal oscuro de la calle de la Perla se deja besar sin oponer resistencia, como dormida. Cinco minutos después, de espaldas contra el muro del jardín del colegio de los Salesianos, en la plaza del Norte, bajo el húmedo entramado de una buganvilla empapada, se deja levantar la falda y él se desabrocha la bragueta precipitada y temerariamente, pero en ningún momento obtiene de ese tosco y desesperado fregoteo algo más que un consentimiento pasivo. Sus manos porfían durante un rato con los pechos, hasta que se siente otra vez como si se encaramara a un saco de patatas y opta por dejarlo cuando ya nota en el hombro la presión de la mano enguantada y disuasoria. Ni siquiera se ha alterado su respiración. Nunca lo había hecho, la oye susurrar, pero es posible que se refiera nuevamente a su madre.

Al acercarse al Rosales, Ringo se adelanta y entra en el bar. Están los habituales de las tardes del domingo y el ambiente es cálido y acogedor. La señora Mir no ha vuelto. Al fondo, el tabernero parece muy entretenido ajustando un muñeco en una de las barras del futbolín. No, no han visto a Vicky desde que se fue al baile, dice la señora Paquita. ¿Ocurre algo? Nada, señora Paquita. Él recoge el libro que dejó al irse y da las gracias. Se escabulle hacia la puerta y desde allí, volviéndose, se dispone a añadir algo cuando advierte la mirada pícara y elocuente de la tabernera, que contiene la risa:

– Chato, lleva más cuidado o se te va a escapar el pajarito.

¡Oh, mierda! Se revuelve y se abrocha apresuradamente antes de salir a la calle. Habría jurado que lo hizo con la mayor rapidez y discreción después que Violeta, de espaldas contra la tapia, mirándole a los ojos con repentina dureza, se cerrara de piernas y lo rechazara con mano suave pero decidida. En vista del persistente infortunio con la bragueta, está por creer que se trata de una maldición gitana. ¡¿Por qué me han de pasar estas cosas?!

– No está -le dice a Violeta, que lo ha esperado en la acera-. Y no la han visto. Pero no te preocupes, no tardará en volver, ya verás. Seguro.

Intenta cogerle la mano, pero ella simula no darse cuenta. Ocultando el gesto, mientras la acompaña calle arriba hasta su casa, recorre con el dedo fantasma todos y cada uno de los botones de la bragueta, porque de repente cree tenerla abierta otra vez, y hasta siente que se le mete dentro el frío de la noche. Ahora el balcón de la señora Mir no deja entrever ninguna luz interior. Cuando ya casi llegan al portal, empieza a llover con cierta intensidad. Violeta se adelanta corriendo, abre la puerta de la calle y se escabulle en el zaguán, y él, sorprendido, se queda inmóvil y callado en la acera, escrutando las sombras al pie de la escalera. Mientras hurga en el monedero buscando la llave del piso, antes de empezar a subir a toda prisa, ella se vuelve y le dedica una sonrisa triste y fugaz.

Pero aunque la sonrisa hubiera significado otra cosa, tampoco habría ido tras ella. Y ahora sabe de cierto por qué permanece aquí, en medio de la calzada y bajo la lluvia, hasta ver encenderse la luz en el balcón para acto seguido cobijarse en el portal con las manos en los bolsillos, decidido a esperar. Ha dejado el portal abierto para su madre, piensa, no para mí. La calle está desierta y las farolas son grumos de algodón amarillento y emborronado suspendidos en la oscuridad. A lo largo de casi una hora sólo acierta a pasar un taxi con un rumor de seda rasgada sobre la calzada y un solo faro encendido que alumbra ráfagas de lluvia y también, súbitamente, un recodo de la memoria tan frío y tan poco acogedor como este portal. Frustrado y con los pies chapoteando dentro de los zapatos, en este momento se siente muy poco dispuesto a aceptar ningún otro signo misterioso que pretenda orientar su vida, pero tan sólo unos minutos después, cuando decide trasladar la vigilancia al Rosales y corre hacia allí con la bufanda sobre la cabeza, comprueba la terca persistencia de los signos, pues el aroma de la lluvia en la cara mientras corre parece empeñado en seguir siendo, como cuando era niño, una promesa de futuro.

Se sienta a su mesa y frota con la mano el cristal empañado de la ventana. En la mesa contigua el señor Agustín está comiendo una tortilla de espárragos trigueros y juega a las damas con un parroquiano. Mientras él escurre el agua de la bufanda, la señora Paquita sale de la cocina llevando un cuenco de ensaladilla rusa y se para a su lado con una sonrisa burlona: -¿Quién es ese Romeo atontolinado que se queda bajo la lluvia mirando embobado a una chica? Servidor, señora Paquita. Tienes las orejas mojadas y te caes de sueño, deberías irte a casa y cambiarte de ropa. La escucha medio dormido. Estoy bien, señora Paquita. Te he visto haciendo el ganso ahí afuera. ¿Esperabas que Violeta saliera al balcón, o querías coger una pulmonía? Eso, quería coger una pulmonía, señora Paqui. Tu madre te estará esperando para cenar. Mi madre tiene turnos de noche hasta final de mes, en casa no me espera nadie. La tabernera le da la espalda y se aleja, deposita la ensaladilla en la mesa de su hermano y regresa con los brazos en jarras, tomarás un vaso de leche caliente. No quiero leche, gracias. Pues un cacaolat. Mejor un coñac doble, señora Paquita, así me emborracho más deprisa. ¡Oye, oye, no te hagas el gracioso conmigo! Vaya una calamidad de chico, mira cómo te has puesto, mira esta bufanda, mira estos zapatos, y él, con voz débil y desganada, estoy bien, señora Paqui… La mujer ya está detrás del mostrador, donde abre un botellín de cacaolat y lo vierte en un vaso, lo calienta en el chorro de vapor de la cafetera, le echa un poco de coñac de una botella y vuelve.

– Lo hemos alegrado un poquito. -Deja el vaso sobre la mesa-. Te lo bebes y pitando para casa -ordena antes de volver a la cocina.

Bebe adormilado y medita. ¿Quién es el gilipollas que baila con un saco de patatas sólo porque su madre se lo pide por favor? Servidor y picapedrero, hostia. De vez en cuando frota el cristal empañado con la mano, vigilando el portal de la señora Mir. Ha amainado, y ahora persiste una llovizna. Por fin, hacia las nueve y media, la distingue subiendo trabajosamente en medio de la calle, pisando con cautela destellos fugaces y afilados reflejos igual que cristales rotos en el asfalto húmedo. Avanza encogida y trastabillando sobre los altos tacones, la falda mojada pegada a los robustos muslos y cubriéndose la cabeza con el chaquetón de pieles chafadas por la lluvia, perladas de lucecitas goteantes al pasar por debajo de la farola, como si la pelambre cobijara luciérnagas. Al llegar al portal se para y parece dudar, mira a un lado y a otro y permanece un rato inmóvil con la cabeza gacha. Parece un gran pajarraco de papel desinflado y chorreando agua. Con la barbilla clavada sobre el pecho, da un paso adelante y dos atrás, sacude el chaquetón y se queda parada otra vez. Cuando finalmente se decide a entrar, Ringo cierra el libro, se levanta de la mesa y se asoma a la cocina para anunciar con voz segura y fuerte:

– Me voy, señora Paqui. Gracias y buenas noches.

– Adiós, tontaina.

14 Palabras rescatadas

Dice el señor Carmona que la encontró recostada en la escalera, en el rellano del segundo piso, con la ropa mojada y la cabeza apoyada en el peldaño más próximo a la puerta de su propia casa. Estaba amaneciendo y había poca luz, tropecé con ella y casi ruedo escaleras abajo, explicó en la taberna. Daba grima verla allí tirada, hasta pensé que estaba muerta. Se había quitado los zapatos, tenía las medias rotas en las rodillas y churretones de pintura en la cara, blanca como el papel. El señor Carmona trabaja de estibador en los muelles y cada día sale de casa muy temprano. Dice que tocó el timbre hasta despertar a Violeta, que abrió sobresaltada y enrabietada con su madre, y entre los dos trataron de reanimarla y la entraron en casa.

Así pues, deduce Ringo, no llamó a la puerta y se quedó allí tirada; estaría borracha y no acertó con el timbre, o se sentía tan avergonzada que no quiso que Violeta la viera así; o quizá sí llamó, pero su hija ya dormía y no pudo oírla. ¿Cómo no la esperó despierta, sabiendo que no tenía llave del piso? Pero no desea hacerse más preguntas, prefiere pensar en otra cosa o dormitar sobre sus partituras y su libro. El trabajo nocturno y clandestino en el tostadero le tiene sumido en una especie de duermevela todas las mañanas, matando las horas en la mesa del Rosales.

Quince días después sabrá que la incursión nocturna de la señora Mir ha sido el inicio de un rosario de sobresaltos para Violeta, la primera de una serie de escapadas sin avisar y de caprichosos vagabundeos más allá del barrio, mientras el descuido de su persona y de la casa, el culto a la soledad y al desamparo y el paulatino abandono de sus pacientes, iniciado unas semanas antes, había empezado ya a no tener vuelta atrás. Un domingo soleado a mediados de febrero salió de casa a primera hora y no se presentó a comer. Por la tarde, después de buscarla en algunas tabernas del barrio, incluso en el bar del Salón Cibeles y en el de La Lealtad, Violeta supo por la peluquera Rufina que la habían visto de buena mañana remontando como sonámbula la carretera del Carmelo. Anochecía cuando su hija la encontró en la ladera oriental de la Montaña Pelada, sentada en los tres peldaños de la escalinata trunca labrada en la roca. Sujetando con fuerza su capacho lleno de espliego reseco, miraba con mucha atención unas volutas de humo negro subiendo hasta el cielo desde las miserables techumbres de las chabolas del Carmelo, y no quería levantarse. Se mostró lúcida y tranquila, dijo que había subido a buscar flor de saúco.

– Me ha prometido no volver a escaparse, señora Paqui -dice Violeta mientras se toma un café con leche en la barra del Rosales-. Ahora está en la cama. La abuela Aurora vendrá a verla esta tarde o mañana… No creo que se mueva, pero si usted o el señor Agustín la ven salir de casa, me mandan aviso al hospital, por favor -y mirando a Ringo parece incluirle en la petición.

Encontrarse a Violeta en la taberna, y verla además charlando amistosamente con la señora Paquita, es toda una novedad. Lleva un jersey blanco de cuello de cisne y un abrigo que le queda corto, el pelo recogido en un moño, zapatos y medias blancas y una bata nueva de enfermera doblada en el brazo. La tabernera la escucha con expresión apenada, pues ve llegar calamidades sin fin para esta chica: no tiene más familia que su padre y su madre y la abuela paterna -que desde hace años no quiere saber nada de su hijo Ramón-, y puede sentirse muy sola.

Él en cambio no sabe qué pensar; sumido en otra de las hipnosis que le provoca la muchacha, la mira y la remira y no acaba de ver a la misma Violeta que hace apenas quince días se dejó levantar la falda y acariciar las nalgas debajo de una buganvilla cuajada de lluvia. Agazapado detrás del libro, parapetado una vez más frente a una realidad voluble e inaprensible, cree percibir en ella un perfil repentinamente adulto, como si el nuevo trabajo y las preocupaciones que vive estos días hubiesen acelerado su paso de muchacha a mujer. Con una vaga sensación de pérdida, la mirada desciende hasta las piernas enfundadas en medias blancas y considera la quietud formal de las pantorrillas juntas, dóciles y maduras, y se pregunta por qué el aroma de sus cabellos mojados persiste en el recuerdo con más intensidad que lo demás, y por qué ese aroma es más punzante que el deseo, por qué ahora al hablar con la tabernera deprisa y bajando la voz, reprimiendo mal un sentimiento de hostilidad más afilado que de costumbre, o mientras escucha algún consejo ladeando la cabeza y ofreciendo el oído bueno con aire displicente, por qué de repente esta chica parece tener más de dieciocho años. A él apenas le ha prestado atención, pegado como está al zócalo igual que una sombra, una más entre esa penumbra de la taberna, tan cotidiana y familiar que es casi un estado de ánimo.

– Ten un poco de paciencia, Violeta, y verás como todo se arregla -dice la tabernera-. Nos tienes aquí para lo que haga falta.

En tono seco, como queriendo dejar sentado que no está aquí por gusto, Violeta informa a la señora Paquita: desde hace tres días está trabajando de enfermera en el hospital del Mar gracias a la recomendación de la madre Josefina, una monja amiga de su madre, tiene un contrato laboral renovable cada seis meses y está contenta porque, los ratos que las labores de asistencia a los enfermos la dejen libre, podrá atender a su padre, que sigue ingresado en el hospital. Además, a pesar de todas las dificultades, sigue con los cursillos y aspira a trabajar en el quirófano como enfermera instrumentista.

Consciente de lo que se le viene encima a la muchacha, la señora Paquita reitera su apoyo.

– Estaremos al tanto, vete tranquila. ¿Quieres que te traiga algo del mercadillo?

– Hoy no hace falta. Pero esta noche le dejaré las cartillas de racionamiento, y si me hace usted el favor…

– Pues claro. Cuanto menos salga tu madre a la calle, mejor. ¿Quieres que luego me acerque a verla, por si necesita…?

– Ahora no quiere ver a nadie -corta Violeta. Termina su café con leche y hurga en el monedero-. Bueno, me tengo que ir.

– Pobre Vicky, es terrible lo que le ocurre. Mira que se lo venía diciendo. La de veces que he discutido con ella por esa cosa tan tonta…

– Se le pasará. -Y de nuevo con ese aire de suficiencia-: Pero si se escapa otra vez, ahora ya sé adónde ir a buscarla. Voy a llegar tarde al trabajo. Adiós.

Cada mañana, desde ese día, saliendo de casa temprano para coger el tranvía 39 que la lleva al hospital del Mar, Violeta para unos minutos en la taberna para confiarle a la señora Paquita las últimas novedades y algún encargo, y allí está siempre él, invariablemente solo y volcado sobre un libro, con su aroma a torrefacto, su incurable somnolencia y su resquemor, preparado no sabe todavía para qué. Algunos días Violeta le dice hola y poco más, y otros parece no verle siquiera. Ella se toma su café con leche deprisa, responde en voz baja a las preguntas de la tabernera y se va. Si está el señor Agustín, se muestra discreta. Su frialdad y su autocontrol se harán más evidentes conforme pasen los días y su madre vaya acelerando su pulsión autodestructiva, resbalando cada vez más hacia un desengaño todavía no asumido ni consumado.

Desde la primera escapada, desde la noche que la sanadora se acostó borracha en la escalera, Violeta parece tenerlo muy claro: un sistema de referencias ha trastocado la vida de su madre, apoderándose de su voluntad, pero ella conoce las coordenadas de esa voluntad, y mediante un secreto entramado de asociaciones adivina sus vagabundeos en los escenarios que fueron predilectos, y allí es donde hay que ir a buscarla: la entrada lateral del parque Güell y el descampado de enfrente, la ladera sur de la Montaña Pelada, las cercanías del Cottolengo y la sinuosa carretera del Carmelo, sobre todo en su tramo último y más alto, el que va de la calle Pasteur a Gran Vista e incluye el predilecto bar Delicias, donde podría pasarse horas bromeando con viejos andaluces, trasegando coñac de garrafa y esperando conocer a alguien que tal vez sabría de alguien que podría conocer… La paranoia y la fabulación la llevan a veces a abordar a desconocidos y a emprender amables requisitorias en peñas deportivas y centros parroquiales, esperando obtener alguna referencia sobre el paradero del ex futbolista o ex tranviario Abel Alonso, generoso mentor y entusiasta entrenador de agrupaciones juveniles marginales, ligeramente cojo pero de buena presencia, que al parecer ha vivido o podría estar viviendo todavía por aquí. La indumentaria un tanto estrafalaria, el maquillaje cada vez más fantasioso y una cortesía risueña que suele derivar en un galimatías verbal y alcohólico hacen que algunas personas la compadezcan o se burlen de ella, pero no parece importarle mucho. Siempre lleva consigo el capacho con manojos de hierbas. Si aparece Violeta, se coge de su brazo y se deja llevar a casa sin una queja.

La mañana del sábado 23 de febrero la señora Mir estuvo atendida por su suegra, una anciana pequeña y malcarada que se dejó ver en la taberna comprando un cuartillo de coñac. No quiso darle a la señora Paquita ninguna explicación sobre el estado de su nuera, ni para quién era el coñac. Se fue antes del mediodía, dejando aviso en el bar de que se iba a su casa de Badalona, y poco después la señora Mir estaba podando pacientemente unos geranios en el balcón de su casa, en bata y zapatillas, sin pintar y embozada en una gruesa bufanda. Pero ese mismo día, a primera hora de la tarde, nuevamente emperifollada y rubicunda, con sus gafas de sol de montura blanca, sus sonoros brazaletes y su capacho de palma para hierbas, la ven salir de casa y remontar la calle trabajosamente hasta encontrarse de cara con la señora Grau, que luego explicaría que al verla le dio tanta pena y tanta lástima que intentó convencerla para que volviera a casa, sin conseguirlo. La señora Mir ni siquiera la miró, siguiendo su camino calle arriba hasta desaparecer en la Travesera de Dalt.

Al atardecer, Violeta se acerca a la taberna a preguntar si han visto a su madre. Desde el umbral, manteniendo la puerta vidriera abierta, su mirada indolente busca a la señora Paquita, que no está en el local. El señor Agustín, agachado frente a un barril, llena botellas de vino con un embudo, y en la mesa del fondo cuatro viejos muy parlanchines juegan al julepe. No, a su madre no se la ha visto por aquí en todo el día, dice el tabernero. Acto seguido Ringo nota la mirada de la muchacha interrogándole también a él, y hace un gesto negativo y tristón con la cabeza. Está sentado a su mesa con la americana sobre los hombros, la sien apoyada en la pared y los ojos vencidos por el sueño; los cierra, pero después de un rato sabe que ella sigue todavía allí, sujetando la puerta y mirándole. Hasta que le llega su voz ligeramente afónica:

– ¿Estás dormido, niño?

– ¿Yo?-Endereza el cuello-. Qué va. Estaba pensando en ti.

– Sí, que me lo voy a creer.

No se decide a entrar, juega moviendo la puerta.

– Mi madre se ha escapado otra vez.

– ¿Quieres que te ayude a buscarla?

Violeta se muerde el labio y se queda pensando.

– Aún no son las seis, y ya es de noche. Ahora oscurece pronto.

Ringo tarda un poco en reaccionar:

– Pues sí. ¿Y no te da miedo ir sola…? ¿Adónde vas a ir, tú sola?

– No sé, por ahí.

– Bueno, ¿quieres que vaya contigo, sí o no?

Ahora sus miradas se tropiezan.

– No, gracias.

– Vale. Mejor. Mi madre tiene otra vez el turno de noche y he de acompañarla, y luego he de hacer varios recados… La verdad es que tampoco podría. -Se incorpora despacio, con las greñas tapándole los ojos, y se pone la americana y la bufanda-. Habrá ido a ver a la abuela. Volverá, no te preocupes. Siempre vuelve.

No ha terminado de decirlo cuando oye el golpe de la puerta cerrándose. Portazo a la mentira. Pero ciertamente él ya tenía un plan que no incluía a Violeta. Antes de salir a la calle deja pasar unos minutos para no encontrarse con ella y poco después entra en la papelería de la calle Providencia donde la muchacha había trabajado. Lo atiende la nueva dependienta, Merche, una morena mofletuda y con gafas que vive en la calle de Sors y fue amiga inseparable de Violeta el año pasado. Se volvió muy rara, dice, ya no me es amiga. No, no tiene sobres de color rosa. ¿No le gustan de color violeta, o verde pálido, o azul claro, forrados por dentro con papel de seda? No, gracias. Acude a otra papelería, con idéntico resultado, y finalmente encuentra lo que busca en el estanco de la plaza Rovira.

Por la noche, solo en casa y sentado a la mesa del comedor, en el mismo sitio y en la misma silla que había ocupado su padre la última vez que lo vio, el papel se ofrece ante sus ojos con su desnudez rosada y nada de cuanto se le ocurre le parece convincente. Al cabo de una hora se levanta, se lía la bufanda al cuello y acude al tostadero del señor Huguet corriendo bajo una noche estrellada y con luna llena. Mientras le da vueltas a la manivela, el turbio remolino de agua de lluvia gira otra vez vertiginoso en la boca de la alcantarilla, y al introducir la mano, tardíamente y sin convicción, se chamusca los dedos. Alivia la mano en el agua de un cubo y el señor Huguet le regaña: si quiere apartar un leño porque hay demasiado fuego, debe usar las tenazas o ponerse los guantes.

De madrugada vuelve a casa, deposita la bolsita de café en el aparador, y, sin quitarse la bufanda, se sienta de nuevo a la mesa empuñando la pluma con el resquemor todavía en las yemas de los dedos. Todo lo que ha estado pensando acuclillado frente al fuego, mientras con una mano hacía girar el tambor lleno de café y azúcar y metía los dedos de la otra en el agua fría, lo tiene ahora ante los ojos. En el sobre escribe el nombre despacio, la V inicial con un rizo alegre a la derecha, tal como recordaba haber visto fugazmente en la fatídica noche de náuseas en las Ramblas.

Duerme tres horas de bruces sobre la mesa. A las ocho de la mañana su madre regresa de la Residencia con la mitad de una tarta de nata y hojaldre que le han ofrecido las monjas de la cocina. Él ya ha hecho café, ha calentado la leche y ha tostado el pan en el hornillo eléctrico. Desayunan juntos y una vez más su madre le regaña por levantarse tan temprano.

– Deberías estar durmiendo. Ahora trabajas.

– No tengo sueño.

– El café puedo hacerlo yo. Además, ya tomo bastante durante la noche.

– Pero el café que te dan las monjas no es tan bueno como este, a que no. -La ve tan pensativa, calentándose las manos alrededor de la taza, que se queda mirándola en silencio. Al cabo, añade-: ¿Qué vamos a hacer, madre?

– ¿A qué te refieres?-Escruta los ojos del chico y comprende-. Esperar. Otra cosa no podemos hacer.

Como todos los días, viene cansada y con ganas de meterse en la cama, pero hace lo posible por alargar esta improvisada conversación matutina. Es la hora del día, tan propensa al sueño, en la que siente a su hijo más cerca y más lejos. Cinco o diez minutos más para levantar su ánimo.

– Esta mala racha no va a durar siempre -añade-. No temas, no te vas a pasar la vida tostando café…

– No, si no me importa.

– El señor Huguet está buscando algo mejor para ti. Un cuñado suyo tiene un colmado en la calle Aragón, es un establecimiento muy importante que sirve a domicilio, y dice que dentro de poco necesitará otro dependiente, o repartidor… Sé que no es lo mejor, hijo, pero siempre será menos cansado que trabajar de noche.

– Me da lo mismo una cosa que otra.

– Bueno, lo vamos a pensar, ¿verdad? Cuéntame cosas, anda. ¿Qué se dice por ahí…? ¿Sabes que el otro día me encontré a Violeta en la calle? Está mona con el uniforme y la cofia, ¿no te parece?

Y comenta que vio a la chica muy ilusionada con su trabajo, a pesar de los disgustos que dice que le da su madre, que al parecer lleva un descontrol tremendo con la bebida y cada día está peor. Siente pena por su amiga Victoria y su comportamiento la tiene confundida. Le cuesta creer que el simple desamor de un hombre pueda llevar a una mujer a esta terrible situación de inconsciencia y desamparo, sobre todo a una mujer que nunca dio síntomas de flaqueza ante la adversidad. Ciertamente hay que tener en cuenta todo lo que ha tenido que aguantar del tarugo de su marido desde hace años… Se propone ir a verla uno de estos días, añade levantándose de la mesa y recogiendo, le llevará ropa usada y una bolsita de torrefacto como obsequio. Y sugiere ir juntos.

– Pero yo, ¿para qué, madre?-dice él, inquieto-. ¿Qué iba a decirle…? Deja esto, hoy me toca a mí.

Lleva las tazas y lo demás a la cocina, y poco después, fijando distraídamente los ojos en el desagüe de la bañera, mientras se ducha, el agua jabonosa que gira entre sus pies ralentiza su vorágine un instante, y en esta ocasión, el sobre que da vueltas parece dejarse coger antes de sumergirse por enésima vez en el oscuro sumidero. Se viste y recupera el aroma de la noche en el jersey y la bufanda. Antes de irse se acerca a la puerta del cuarto de su madre aguzando el oído. Dos estornudos le dicen que aún no está dormida. Seguro que le está rezando al Niño Jesús de Praga en la mesilla de noche, pidiéndole protección para el Matarratas, dondequiera que ahora se encuentre. ¿Su Niño la habrá escuchado alguna vez?

– Me voy, madre. ¿Necesitas algo?

– No.

Guarda un breve silencio antes de la siguiente pregunta.

– ¿Cuándo nos iremos a Francia, madre?

– ¿Cómo dices?

– Que cuándo nos iremos de aquí…

Ahora es ella la que tarda un poco en responder.

– ¿Irnos de aquí? ¿Por qué habríamos de irnos, hijo?-Y otro silencio, esta vez más largo-. ¿Por qué lo preguntas?

– Por nada. Que descanses.

Lo ha estado pensando detenidamente y durante tres días no se ha acercado al bar Rosales para no encontrarse con Violeta. Y al volver a la rutina tabernaria ha hecho algo que antes nunca había hecho, ha pedido una baraja al señor Agustín y empieza un solitario mientras espera que la señora Paquita vuelva del mercadillo de la calle Camelias y sustituya a su hermano en la barra. Piensa que sería mejor hacer lo que se propone por la tarde a primera hora, cuando la tabernera pasa más tiempo en la cocina que despachando, pero no quiere esperar más. El vecino señor Frías acaba de abrir la barbería y ha entrado en el bar para tomarse de pie su cortado matutino, y el señor Agustín, hojeando el periódico sobre el mostrador, satisface la curiosidad del cliente con desgana: Sí, señor, la sanadora fue ingresada en el hospital de San Pablo ayer a última hora de la tarde. Unos chavales del Guinardó la encontraron acurrucada detrás de unos matorrales, cerca de la carretera del Carmelo, y avisaron al personal del cercano Cottolengo del Padre Alegre. Le robaron el bolso, los pendientes, los brazaletes y un capazo con hierbas. O lo perdió, no se sabe. ¿Allí tirada toda la noche, durmiendo la mona, hasta pie la encontraron esos niños? El señor Agustín no sabe gran cosa más y aún no acaba de creerse lo ocurrido, no la ve durmiendo a la intemperie toda la noche, con este frío… Ringo sí la ve, no es difícil imaginarla: recostada con cierto recato, de lado, aceptando lo que venga, las sonrosadas rodillas juntas, las manos regordetas bajo la mejilla, los párpados de largas y untuosas pestañas cubriendo su quimera. En urgencias de San Pablo, dice el señor Agustín, una monja que la conoce mandó aviso a su hija, y también a la suegra. Una herida en la cabeza y moratones en las piernas, por fortuna nada grave, parece que mañana mismo la traen a casa, y la abuela de Badalona ya está aquí para echar una mano. Al volver en sí se mostró tan campante, ¿y qué crees que pidió la puñetera, eh? ¡Exacto, un coñaquito! No quería hablar con nadie. Y cuando explicó lo ocurrido, lo hizo de forma atropellada y confusa, pero lo que dijo, según su propia hija, tenía sentido: esa tarde estuvo visitando a su marido en el manicomio, le llevó tabaco rubio y un pijama nuevo, le limpió las uñas y luego se fue a Badalona a ver a la suegra en el mercado, en el puesto de flores que tiene allí, y finalmente se acercó al Cottolengo, adonde había prometido llevar ropa para niños. Y que al salir era de noche y a partir de ahí no recuerda nada más. ¿Y sabes qué dijo, para terminar llorando?, concluye socarrón el señor Agustín: que no le importaba nada que le robaran el bolso ni los brazaletes, que lo único que lamentaba era haber perdido un anillo de hueso de pollo, o de cerdo, o de vete a saber qué.

– Ya ves tú -cabecea meditabundo el barbero.

– Sí. Qué mujer esta, ¿verdad?

Ringo se pone la mano en el pecho para oír el leve crujido del papel debajo de la camisa y el jersey. El barbero se despide y el señor Agustín prosigue la lectura deEl Mundo Deportivo acodado en el mostrador. Hace un rato ha eructado sonoramente y se ha excusado diciendo que lleva una semana con un terrible dolor de muelas. Ha bromeado con su barrigón feliz y se ha servido una copita de licor de menta, paladeándolo y sonriendo al chico con sus ojitos de rata ocultos detrás de los altos pómulos sanguíneos.

Cuando ve entrar a su hermana con la compra, deja el diario abierto sobre el mostrador y carga con el capacho hasta la cocina. Quejándose de los pies, ella pasa junto a Ringo sin mirarle y mientras se quita el abrigo anuncia que sube a su cuarto a cambiarse de zapatos.

– Pon el pescado en la nevera y vete al dentista, yo me ocuparé de lo demás -añade alzando la voz para que su hermano la oiga-. El bacalao es para Violeta y su abuela.

Mientras ella está arriba aparece el señor Agustín con gabardina y boina. ¡Me voy, Paqui!, grita desde la puerta de la calle, y le hace a Ringo la seña habitual: vigila si entra alguien. Una vez solo, Ringo se levanta del taburete, se sube el borde del jersey y se abre la camisa. Le bastan tres rápidas zancadas para dejar el sobre encima del periódico desplegado. Es lo primero que ve la tabernera cuando poco después se sitúa detrás del mostrador poniéndose el delantal. Lo coge y le da vueltas, una y otra vez, como si no acabara de reconocerlo. El sobre está cerrado y lleva la letra V en la cara y nada en el dorso.

– ¿Quién lo ha traído?-pregunta a Ringo-. ¿Por qué no me has llamado…? ¿Es que el señor Alonso ha estado aquí, ahora?

– Ha venido un chico, señora Paqui -se apresura a decir él, sin levantar los ojos del solitario-. Acaba de irse. No es del barrio, yo nunca le había visto por aquí… Ha preguntado por usted, y tenía mucha prisa. Le he dicho que bajaría enseguida, pero no ha querido esperar. Me ha dicho que el recado era de parte del señor Alonso, y que usted se haría cargo…

– Vaya. -No sabe si debe alegrarse o no. Enseña los dientes pequeños y oscuros en un amago de sonrisa, y hay una luz risueña en sus ojos negros-. ¿Eso te ha dicho?

– Sí señora. Me ha dicho: traigo una carta para la dueña del bar. Y me ha enseñado el sobre antes de dejarlo ahí encima. Para la señora Paquita de parte del señor Alonso, ella ya sabe, ha dicho. Y después se ha ido.

Sostiene en el aire una sota de copas que no hay dónde meter.

– Pues hay que avisar a Violeta -dice para sí misma la tabernera, y se queda pensando, sin dejar de mirar el sobre-. Aunque no sé… Vaya un caradura. Pero ahora la chica debe saberlo. Sí, y que ella decida lo que hay que hacer…

– ¿Es algo importante, señora Paquita?-No obtiene respuesta-. ¿Quiere que vaya a avisar a Violeta?

– No está en casa -dice distraída-. Vendrá luego a recoger la compra.

Vendrá poco después, muy cansada y con prisas. Ha pasado la noche al lado de su madre en el hospital y la abuela Aurora la espera en casa. Lleva un gran sobre con radiografías y resultados de análisis. Su madre no acaba de estar bien, tiene la tensión muy alta y le han descubierto un principio de diabetes. Se hace cargo del bacalao y dice que seguramente no va a necesitar nada más del mercadillo porque la abuela Aurora quiere que vaya a vivir con ella a Badalona, por lo menos hasta que su madre salga del hospital.

– Creo que es lo mejor -dice la señora Paquita. Duda un instante antes de añadir-: ¿Quieres tener a tu madre contenta? Pues dale esto. Ella no quería que la vieras, pero… -Saca la carta de debajo del delantal-. Pero tienes que dársela. Seguro que le llevas una alegría.

– ¿Una alegría?-Antes de coger la carta, la mira en la mano de la señora Paquita con recelo, pensativa-. Ah, eso. A buena hora. -Y fijando su mirada despectiva en la V grande en tinta azul-: Y ni siquiera se atreve a escribir su nombre.

Rasga el sobre y extrae las dos hojas de papel rosado, que desdobla con lentitud, como si tocara una materia infectada.

– Quizá no deberías leerla, hija… -insinúa la tabernera.

Ella se ha apartado un poco y empieza a leer. Con expresión hosca, con evidente desagrado. Su pupila severa y descreída recorre las líneas una tras otra, deprisa, mientras el impostor, quieto en su refugio predilecto junto a la ventana y barajando para un nuevo solitario, la observa y con el pensamiento la acompaña en la lectura, la asiste palabra tras palabra y sin olvidarse de ninguna, todas las palabras tan escrupulosamente escogidas y con tanta premura cargadas de sentido, y sin embargo, ahora, de repente, sonando tan vacuas, desvalidas y vulnerables en la voz interior de Violeta:

Canfranc, 7 de diciembre de 1948

Querida Vicky:

Espero que a la recepción de esta carta te encuentres bien de salud. Perdóname, porque tenía que haberte escrito hace mucho tiempo. Enseguida te explicaré el motivo del retraso, pero antes has de saber que no he dejado de pensar en ti.

Te escribo desde Francia, desde un remoto lugar sin nombre perdido en la cordillera de los Pirineos y bajo una noche estrellada, sentado en el suelo junto a mi mochila. Frío, hielo y silencio. Las colinas nevadas brillan bajo la luz de la luna. Ventisca en los picos más altos y huellas en la nieve del sendero. Confío esta carta a mensajeros de confianza, una cadena de manos amigas, pero no sé cuándo te llegará.

Me dicen que me buscas, que te han visto vagando por la Montaña Pelada, por los parajes más solitarios del parque Güell y por el Monte Carmelo; que preguntas por mí de día y de noche, que te han visto esperándome donde solíamos vernos, sentada durante horas bajo el tilo florecido en las ruinas de Can Xirot. No debes hacerlo, Vicky. Por el amor que te tengo te pido que no lo hagas. Porque ya no ando por donde solía andar, flor de mi vida, porque yo no soy como te figuras, porque ya nada es exactamente lo mismo, calabacín con patas; porque, aunque mi amor sigue intacto, ya no soy el que era ni estoy donde estaba. Hazte la cuenta que soy un impostor, que todos vivimos en un espejismo y nadie sabe cuándo nos libraremos de él, pero nuestro amor es verdadero.

Una inesperada jugarreta del destino, que está contra mí en todos mis proyectos, me ha obligado a ausentarme por algún tiempo de esta ciudad que aborrezco, llena de ratas y promesas azules, pero cuento con tu perdón. Asuntos urgentes de suma importancia, que por tu seguridad no debo explicarte, porque lo que uno no sabe no puede decirlo, me han traído a Francia huyendo de la justicia y no sé cuándo podré volver. Pero tú has sido y sigues siendo mi buena estrella, y sé que no me perderé. Me gustaría vivir en las palabras, porque en ellas te seré fiel siempre, hasta más allá de la muerte.

Es posible que esta carta no sea la que tú esperabas, la del pronto y tan ansiado reencuentro. Tal vez debería pedirte que me olvides, tal vez lo mejor sería decirnos adiós, no lo sé, nunca había vivido un amor tan grande como este y nunca me había sentido tan confuso… ¿Qué pensaría una mujer tan generosa como tú si supiera que su hombre tan querido, que siempre ha presumido de ideales, hoy ya no es más que un cantamañanas, un tarambana, un culo de mal asiento y un contrabandista de tres al cuarto que algún día puede acabar en la cárcel?¿No te parece que lo nuestro no tiene futuro en Barcelona? Sólo puedo decirte esto: No me esperes, deja que yo te espere en todas partes, en todas las cosas. Al país adonde voy ahora lo llaman Shangrilá y dicen que es un país de fantasía. Pero qué importa si lo hemos soñado, qué importa que sea mentira.

Escucha: No salgas sola de noche, no te aventures por barrios que no conoces. No me encontrarás en las tabernas ni en los centros deportivos, no me busques en la asfixiante ciudad de los muchachos sin hogar y sin padres, la maldita ciudad de las ratas azules.

Lamento tener que decirte todo esto, pero es que cerrar los ojos y encogerme de hombros otra vez, como he hecho hasta hoy, siento que ya no me vale. Ya te hice bastante daño con eso. Me embarga un extraño sentimiento de culpa por el dolor que te causé involuntariamente… No sé si sabré explicártelo algún día. No importa. Mañana parto de aquí hacia lejanas montañas nevadas y valles de sombra y no sé amor mío cuándo podré volver, así que no puedo ni debo pedirte que me esperes. Quiero que te cuides, que no bebas como lo haces, que no arruines tu vida, que no des que hablar en el barrio para que no se burlen ya más de ti. Y que le hagas caso a tu hija, y verás como todo se arregla. Allá arriba, cerca de la cumbre de la Montaña Pelada, en los matorrales de espliego y tomillo donde silba el viento, volveremos algún día a ser felices. Volveré a coger hierbas aromáticas para ti. En la primavera bailarán otra vez las cometas de colores en el cielo azul, y tú y yo volveremos a verlo, volveremos a subir alegremente cogidos de la mano por la falda de la colina cuajada de ginesta.

Con este pensamiento te dejo. Buena suerte, Vicky querida. Te envío un millón de besos y que los ángeles velen tus sueños. Te quiere y no te olvida tu

Abel Alonso

Leída de un tirón y sin una sola mueca de incredulidad o desagrado, de sorpresa o de complacencia, sin alzar los ojos del papel y sin dejar escapar un leve parpadeo en ningún párrafo, en ninguna palabra. Dos cuartillas cubiertas por una caligrafía apresurada, tosca y picuda, vencida violentamente hacia la derecha como por efecto de un vendaval o como si quisiera escapar más allá de los márgenes del papel, dos páginas de un rosa pálido e inmaculado que él preservó del olvido y que Violeta ahora termina de leer y dobla de nuevo y mete deprisa en el sobre. A Ringo ni siquiera una mirada, ni de reojo. Y acto seguido, con media sonrisa afilada, vengativa, sujeta la carta con ambas manos, cierra los ojos, y, durante unos segundos interminables, parece decidida a romperla en pedacitos.

– Tu madre no quería que la leyeras -dice la tabernera-. Pero claro, ahora, después de lo que ha pasado… -Y sin poder reprimir cierta curiosidad-: No serán malas noticias, eso espero.

Violeta se encoge de hombros.

– Llegan demasiado tarde, señora Paqui. Mamá no necesita ya nada de eso.

Pero las manos permanecen quietas y finalmente no rompe la carta. Con gestos bruscos se desbotona el abrigo y la guarda en el amplio bolsillo de su bata de enfermera. No sabe si dejará que su madre la lea, ya veremos, dice disponiéndose a irse. Opina que ahora lo que necesita la enferma es olvidar, y además, añade en tono desdeñoso, lo que a fin de cuentas le ofrece la dichosa carta no es más que un montón de mentiras, asquerosos recuerdos y falsas promesas, como no podía ser de otra manera tratándose del farsante muerto de hambre que la había escrito.

– Adiós y gracias, señora Paqui. Dentro de unos días nos vamos a vivir con la abuela. Mamá va a necesitar muchos cuidados a partir de ahora, y yo sola no puedo atenderla. Me dará mucha pena cuando nos tengamos que ir…

– Está bien, hija. Ten ánimo. Todo se arreglará.

La misma tabernera le abre la puerta, y Violeta, cruzando el umbral, dedica a Ringo una mirada fugaz.

Tres días después y desde primera hora de la mañana, delante del portal 117 del Torrente de las Flores, un cubo y dos viejas cajas de madera rebosantes de manojos de hierbas secas atadas con cintas, frascos con hojas y raíces y tarros conteniendo pomadas y aceites, esperan sobre la acera el carro del basurero. Más tarde, mientras dos hombres cargaban en una camioneta algunos muebles y enseres y Violeta entraba en el bar Rosales a despedirse de la señora Paquita y de su hermano, Ringo ya no estaba allí para ver ni escuchar, pero supo que la muchacha iba en compañía de un joven celador del hospital del Mar, que la ayudó en la mudanza y al que la tabernera invitó a un vermut con olivas. Menos huraña y esquiva que otras veces, Violeta contó que su madre había sido trasladada directamente del hospital de San Pablo a la casa de su suegra en Badalona, que allí guardaba cama y estaba bien atendida, aunque seguía muy enferma, y que le había pedido que le dijera a la señora Paqui que le daba mucha pena dejar el barrio, que echaría de menos la taberna y los buenos ratos de charla con ella, y que, en fin, qué se le va a hacer, ella había previsto que el hígado aguantaría, pero ya ves, tampoco en eso hubo suerte, así es la vida.

Ese mismo día, a las ocho de la mañana, estrenando un guardapolvo a rayas y guantes grises de lana, Ringo empieza a trabajar en Ultramarinos J. Casadesus y Hnos., una tienda centenaria de la calle Aragón esquina con Bruch, cargando sobre el hombro un gran cesto de comestibles y bebidas a repartir entre una selecta clientela del Ensanche generosa en propinas.

Será por poco tiempo, le ha dicho su madre, no hay mal que cien años dure. Por poco tiempo, sí, cuántas veces ha oído él estas bienintencionadas palabras, en casa y en la taberna y en tantos sitios, pero la verdad es que finalmente todo dura hasta dejarle a uno para el arrastre; más que nada, más que la cotidiana carga de deseos y carencias, incluso más que el temor o la incertidumbre del mañana, es esta vaga desazón por no haber hecho lo debido, lo más conveniente y lo mejor, aun sabiendo que lo mejor y más conveniente igual no habría servido para una mierda.

Desde entonces el impostor ha evocado no pocas veces aquellos ojos pintureros leyendo la tan esperada carta, ha imaginado el frenético pestañeo y la mimosa disposición de los labios fruncidos y besucones al pararse en alguna oración, al suspender el aliento sobre alguna frase, sobre alguna palabra que acaso logró ofrecerle algo de aquello que su corazón apasionado había perseguido con tanto anhelo, fuera o no lo mejor y más conveniente para ella. A veces ha pensado que acaso es preferible no saber si la carta llegó finalmente a sus manos, no saber si la contentó o la decepcionó, si apaciguó su corazón y lo dejó indiferente, o si propició cuando menos el consuelo del olvido.

Epílogo

Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer. Y todo lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado.

JOSEPH ROTH

15 Los pasos erráticos del mensajero

En la mañana de un domingo de agosto de 1958, el joven al que algunos amigos todavía llamaban Ringo entró en el Club Natación Cataluña para informarse sobre las ventajas de hacerse socio de la entidad. El club se hallaba en los bajos de un edificio junto al cine Delicias, en el 218 de la Travesera de Gracia, y se servía de las instalaciones y la piscina de la empresa Baños Populares de Barcelona. El joven pensaba ir a nadar tres o cuatro veces por semana, en horas que la piscina no se viera muy concurrida. Había cumplido veinticinco años y podía permitirse ese pequeño dispendio. Tenía trabajo fijo en una librería, recientemente le habían publicado dos relatos en una revista literaria y se proponía escribir su primera novela. Su madre seguía cuidando ancianos en la Residencia de la calle Sors, ahora en horarios más llevaderos, y su padre, después de cumplir tres años en la cárcel Modelo y volver a casa muy flaco, con un enfisema pulmonar y las fuerzas mermadas -aunque mostrándose igual de lenguaraz y cantamañanas, según pudo constatar, aliviada, su Alberta flor de mi vida-, había obtenido, gracias a una gestión de la madre superiora del convento de las Darderas, el puesto de guardián en el patio de un colegio de los Hermanos Maristas y tutelaba a los menores durante el recreo, controlando de paso la entrada de extraños.

Lo primero que hizo Ringo fue echar un vistazo a la piscina desde la galería superior, en cuyos bancos de madera alborotaba un grupo de chavales del barrio. Había finalizado un partido de waterpolo entre equipos juveniles y algunos jugadores seguían en el agua peloteando frente a una portería. El alegre chapoteo y las exclamaciones eran constantes y resonaban en el ámbito cerrado del local. Al borde de la piscina, a punto de tirarse de cabeza al agua con las manos juntas y las rodillas dobladas, un convulso grupo de niñas reclamaba a gritos la atención de alguien. Tres muchachos competían buceando para sacar algo del fondo, una moneda tal vez, y en el lado opuesto un hombre de piel bronceada y escueto bañador instruía a niños pequeños en fila india, todos con flotadores. Desde la galería, algunos matrimonios endomingados admiraban las proezas natatorias de sus hijos consumiendo refrescos y bolsas de patatas fritas. Detrás de ellos se movía un viejo con mono blanco y gorrita de ciclista metiendo la escoba por debajo de los bancos, barriendo lo que habían tirado.

Ringo se sentó en el banco, colgó los brazos por encima de la barandilla y miró el fondo azuloso y transparente de la piscina, tres o cuatro metros más abajo. El agua limosa y con ranas saltarinas en las balsas de regadío que jalonaron sus veranos en el Panadés volvió a su memoria, y por un instante el recuerdo le hizo sentirse como pillado en falta, como si alguien le adivinara el pensamiento y le recriminara su secreta querencia por las ranas y las aguas turbias. Entonces reparó en el viejo: había dejado de barrer y le miraba levantando la visera de la gorra con el dedo para fijarse mejor. No le reconoció hasta verle dar el primer paso bruscamente, como si desenroscara el pie del suelo, y acercarse a él sonriendo y con la mano tendida.

– Vaya vaya, mira quién ha venido.

Ringo se levantó con un sentimiento de malestar, simulando no ver la mano.

– Qué tal, cómo está.

El pelo amarillento y todavía abundante, que la gorrita apenas podía retener, la barba rala y entrecana, la voz más apagada por el asma y el perfil más afilado, pero el mismo gris fatigado en los ojos y la misma hermosa simetría de las profundas arrugas del rostro. También conservaba algo de aquella tensión en los hombros altos y en la nuca, un aire de disponibilidad servicial y amistosa.

– Vamos tirando, muchacho. Sólo tirando. Siéntate, no hagas cumplidos. -Se sentó a su lado despacio, apoyándose en la escoba. Al disponerse a decir algo cogía aire con cierta ansia y soltaba un carraspeo nervioso-. Vaya sorpresa verte por aquí, en el Cata.

– Quizá me apunte. Para nadar un rato.

– Buena idea. ¿Te interesa el waterpolo?

– Sólo estaba mirando… No sabía que trabajaba usted aquí.

– Pronto hará dos años. -Ringo no sabía qué decir, y el señor Alonso añadió-: ¿Quieres beber algo? ¿Una cerveza? Te la traigo en un periquete, abajo hay servicio de bar…

– No quiero nada, gracias.

Hacía calor y se quitó la chaqueta, dejándola colgada en la barandilla. Abel Alonso permanecía muy quieto y con la boca abierta, cogiendo aire unos segundos antes de empezar a hablar.

– Vinieron malos tiempos, ¿sabes? El club me echó una mano. Tareas de mantenimiento y así. Fíjate, resulta que mi mejor portero, hace años, un chaval que vivía en las barracas de Can Tunis y andaba siempre buscando jarana, hoy es aquí el plusmarquista de los cien mariposa. -Sonrió, prodigando lentas y seniles afirmaciones con la cabeza-. Y el empleo se lo debo a él. Ya ves, siempre hay algún muchacho agradecido.

Ringo se sentía confuso. Miró en torno.

– Mucho griterío, ¿no?

– Aquí todo resuena.

– Parece que hay buen ambiente.

– Ambiente familiar, sobre todo los domingos. Y gritan como demonios, sí. Es un síntoma de la buena salud mental de los chavales. Siempre lo he creído. ¿Quieres uno?

Había sacado un caramelo del bolsillo y empezaba a despegar el papel con parsimonia. Ringo dijo que no. Luego habló solamente para romper el silencio, que le incomodaba más que la conversación:

– De todos modos, no ha pasado tanto tiempo.

– Diez años. Demasiados para mí. -Daba vueltas al caramelo dentro de la boca, ruidosamente y sin remilgos, junto con la saliva y algunas palabras que le amargaban. Sí, ahora ya es un viejo de verdad, por dentro y por fuera, pensó Ringo-. Tú ya habrás hecho la mili.

– Sí.

– Eso está bien. Bueno, y qué te cuentas. ¿Cómo van las cosas por allá, qué dice la gente?-Carraspeó y luego, con la voz más oscura-: ¿Qué sabes de Violeta, aquella chica que no te gustaba…?

– No he vuelto a verla desde que se fue del barrio con su madre.

– Ah, ¿finalmente se marcharon? Enfermera de quirófano, eso es lo que ella quería ser, ¿no?-Más cabezadas, lentas y reflexivas, como afirmándose algo-. Sí, estudiaba para eso. De modo que no has vuelto a verla. Vaya. ¿Y a su madre tampoco?

Ringo demoró unos segundos la respuesta.

– La señora Mir murió hace tiempo.

– ¿Sí? ¿Se murió Victoria? ¿Cuándo?

– Hará unos cinco años. Se lo oí decir al Agustín en la taberna. Parece que estuvo muy enferma.

– Ya. Lo siento. La pobre Victoria era una alcohólica…

– No fue sólo la bebida -cortó con un resoplido impaciente-. Nunca se repuso de una noche que salió en busca de usted, y se extravió. Pilló una pulmonía y lo pasó muy mal.

– No sabía nada de eso. ¿Se extravió dónde…?

– Usted ya se había desentendido del asunto.

El tonillo de reproche alertó al viejo. Cabeceó pensativo, con expresión resignada, y sonrió un poco:

– Si no recuerdo mal, querido muchacho, la última vez que nos vimos estabas bastante más alegre.

– Estaba borracho. Aquella noche no debió usted confiar en mí para nada.

El señor Alonso se dio tiempo para responder.

– Ah, ya. Supongo que tienes razón. Fui un chico malo, ¿sabes?, y a mi edad esa clase de malicia no se perdona… Además fue una cobardía, debía haber resuelto aquello yo mismo… Por cierto, luego no tuve ocasión de darte las gracias. Sí, es verdad, hicimos un frente común en aquel peliagudo asunto. -El coro escandaloso de chillidos infantiles abajo en la piscina llamó su atención. Una ristra de corchos flotando en el agua delimitaba la zona donde nadaban los más pequeños, vigilados de cerca por su instructor. Ringo también miró. Ranitas braceando con flotadores-. De todos modos, no estabas tan borracho aquella noche, no señor, pero andabas muy excitada explorando los bajos fondos, te sentías un hombre hecho y derecho. Tan serio, tan enamoradizo… -Su rostro se contrajo al sonreír, congraciándose con el recuerdo-. ¿Te acuerdas, en la tabernucha de la calle San Ramón…? ¿Te acuerdas o no?

– Claro -admitió él con desgana, prestando atención preferente a lo que ocurría en la piscina, a las trifulcas de los waterpolistas y al chapoteo de las ranitas.

– Estabas un poco achispado, es verdad, pero sabiendo lo que hacías, de lo contrario no te habría confiado el encargo. Yo siempre te tuve aprecio, ¿sabes?, siempre confié en ti, y no me preguntes por qué. Un chico tan observador, tan formal y responsable… Llegaste bien a casa, supongo, y al día siguiente llevarías la carta al bar Rosales. Supongo, porque la verdad es que yo nunca supe nada más…

– Sí, llegué bien.

– Así pues -cabeceó complacido-, todo salió conforme a lo previsto. Y cuando entregaste la carta a la señora Paquita, tú ya sabías para quién era, claro. Porque te fijaste en el sobre…

– No hizo falta, señor Alonso.

– No me digas que no te picó la curiosidad… -Cortó al verle un gesto contrariado-. ¿Qué pasa? ¿Hubo algún problema?

– Ningún problema. -Ringo soltó otro resoplido de impaciencia. ¿Por qué mierda quiere ahora este hombre volver sobre aquel deplorable asunto?-. Mire, no se lo tome a mal, pero sus conquistas me tenían sin cuidado… Además, no era difícil adivinar el mensaje, estaba cantado.

– ¿Ah, sí?-El señor Alonso lo miró con ojos escrutadores-. ¿Quieres decir que tú ya sabías de antemano para quién era la carta?

– Claro que lo sabía -dijo Ringo mientras recuperaba la chaqueta y se la ponía-. Había pasado el tiempo y usted no pensaba volver a verla, así que el mensaje estaba claro…

– ¿Qué haces? ¿Te vas ya?

– Se me ha hecho tarde.

– Espera un momento, hombre. Quisiera aclararte algo…

El señor Alonso vaciló. Un repentino gesto contrito le hundió la cabeza entre los hombros, y Ringo volvió a sentarse para escuchar unas tartajosas y confusas disculpas. El hombre arrancó a hablar con tantos meandros, toses y carraspeos que parecía el motor de un Biscuter. Admitió que fue efectivamente un error, y una temeridad además, yo debía estar loco, dijo, figúrate, una súplica desesperada de alguien que no se atreve a dar la cara, una llamada por escrito que había de pasar primero por las manos de un muchacho de quince años y luego por las de una tabernera solterona… La Paqui no debía enterarse de dónde vivía él, añadió, ni ella ni nadie, así que las señas, la fecha Y la hora de la cita iban dentro del sobre, junto con la demencial propuesta. ¡Escapar juntos, nada menos! Que fue el más grande e imperdonable error de su vida, y que no pasaron ni dos días sin que encima se arrepintiera de haberse servido de un chico tan juicioso y cumplidor como él, y que entonces lo pasó muy mal, porque la loca pasión por esa niña persistía; que intentó olvidarla, y que se empleó en ello durante mucho tiempo sin conseguirlo, y que de todos modos al final tampoco recibió ninguna respuesta de ella y ya nunca supo nada más, nunca supo si no quiso contestar a su llamada o no pudo hacerlo, y que de todos modos fue lo mejor… Afortunadamente, añadió, porque cuando un hombre comete la infamia que él cometió, no merece otra cosa que el desprecio y el olvido. Evocó la generosa hospitalidad de Victoria y la fatalidad que eso propició, la fatalidad de entrar en la intimidad de aquella criatura tan extraña, tan infeliz, reservada y huraña y al mismo tiempo tan llena de vida, con una sensualidad furtiva tan intensa que podía haberles llevado a ambos a la perdición…

– Seguramente se rió de mí y rompió la carta -concluyó con un bufido de alivio-. Tanto mejor. Era tremenda, en verdad. El último día que la vi simuló una caída en el baño para retenerme.

– Pero…

Había empezado prestando una atención distraída a esa penosa retahíla de culpas, errores y mezquindades, hasta que captó un desfallecimiento en la voz oscura del viejo; para entonces la incertidumbre ya se había instalado en su ánimo, pero ahora la evidencia acababa de golpearle el corazón y el entendimiento y se quedó mirándole como un alucinado que no acaba de creerse lo que ve. Se levantó despacio y sin saber por qué y con los ojos fijos en el vacío, como queriendo descifrar las imágenes que de pronto acudían en tropel a su mente.

– Pero qué dice -murmuró, sentándose de nuevo.

– Quise evitarlo, puedes creerme.

– No puede ser. La señora Paquita esperaba una carta para la señora Mir. Desde un principio dijo que era para ella… ¡La carta era para la señora Mir!

– Yo nunca le dije tal cosa. De ningún modo. ¡Vaya con la tabernera chismosa! Entiendo que debió de sorprenderse mucho al recibir la carta, pero naturalmente… ¿Me escuchas?

Pero naturalmente, explicó, él no podía decirle a la señora Paqui quién iba a ser la destinataria, le habría faltado tiempo para ir a contárselo a la madre de Violeta y se habría armado la de Dios es Cristo; sólo podía pedirle que esperara y fuera discreta.

– Pero usted… -A Ringo se le atragantaban las palabras-. Usted sabía lo amigas que eran la señora Mir y la señora Paquita, sabía que les gustaba chismorrear, fantasear…

– Sí, eso también es verdad -admitió con un deje guasón en la voz-. Eran tal para cual. En fin, cometí tantos errores… Qué quieres, yo estaba obnubilado, no me daba cuenta de nada, sólo pensaba en una cosa… De todos modos, no deberías prestar oídos a los cotilleos de una solterona, ¿no te parece? Palabrería, mucha palabrería es lo que tenía esa mujer. Pero bueno, todo eso ya qué importa.

Ringo no salía de su asombro. En medio de varias preguntas que acudían en tropel a su cabeza, a cuál más deprimente, prevalecía la sensación de haber caído en una trampa. Finalmente el ratón mordió el queso.

– Vaya. Fue usted bastante miserable, ¿no le parece? Era casi una niña…

El señor Alonso levantó el dedo índice, negando con gesto admonitorio y una vaga sonrisa:

– No, su madre era una niña. ¡Oh, sí, ella sí que lo era, puedo jurarlo! Por cierto que sí -dijo cerrando los ojos. Los abrió al instante al presentir la reacción de Ringo-. ¿Qué haces, ya te vas?

– Adiós, señor Alonso.

Se había levantado otra vez y ahora parecía decidido a irse. El hombre también se levantó.

– En fin, espero volver a verte… Estaría bien que te apuntaras al club. El abono es de veinticinco pelas al mes. Barato, ¿eh? Y puedes invitar a la novia… -Finalmente optó por tenderle la mano con un imperceptible guiño de complicidad en los ojos, una tímida solicitud de comprensión y olvido-. Te deseo lo mejor, muchacho.

Ringo aceptó su mano con gesto adusto, simulando un severo desafecto. Aquella disposición natural del adolescente al fingimiento y a la impostura, aquello que años atrás era un gratificante ir y venir de la verdad a la mentira, y que ahora empezaba a trenzar fabulación y memoria en sus tanteos con la escritura -pero todavía sin ningún sentimiento de culpa-, le dictó cuatro convencionales palabras de despedida y acto seguido se encaminó hacia la escalera que daba al vestíbulo. Bajó los primeros peldaños sintiendo en la nuca la mirada afable y condescendiente del viejo fauno, y antes de alcanzar la salida el guirigay de voces y chillidos sobre el agua se fue apagando a su espalda, mientras empezaba a reflexionar sobre los buenos propósitos y su flagrante inanidad. No tenía nada que reprocharse, ciertamente, pero entonces, ¿por qué persistía el resquemor?

Una vez fuera, la violenta luz de agosto que encendía las animadas calles de Gracia le cegó por un instante, cuando todavía el comentario de Abel Alonso resonaba en sus oídos, pero ahora con el apropiado y merecido sarcasmo:

Un chico tan observador, tan formal y responsable.

Juan Marsé

***