/ / Language: Español / Genre:detective

Petirrojo

Jo Nesbø

Año 1944. Daniel, combatiente del frente oriental, muere asesinado en las trincheras de Leningrado. En un hospital de Viena, un soldado herido dice ser Daniel. Entre él y la enfermera Helena surge un romance. Año 1999. El investigador Harry Hole dispara por accidente a un agente de los servicios secretos durante la visita a Noruega del presidente norteamericano Clinton. Harry Hole es trasladado a la policía de seguridad ciudadana, donde se le asigna la misión de comprobar la información sobre una red de tráfico de armas relacionada con círculos de viejos y nuevos nazis. Año 2000. Mientras la nieve se funde en las calles de Oslo, entra en escena un asesino con un objetivo muy especial.

Jo Nesbø

Petirrojo

Harry Hole, 1

© 2000, Jo Nesbø

Título original: Rødstrupe

© traducción, Carmen Montes, 2008

«Mas, poco a poco, se fue armando de valor, voló hasta él y extrajo con su pico una espina que se había clavado en la frente del crucificado.

Sin embargo, al tiempo que lo hacía, una gota de la sangre del crucificado cayó sobre el pecho del ave. La gota se expandió enseguida y discurrió por su pecho tiñendo las pequeñas y ligeras plumas que lo cubrían.

El crucificado abrió sus labios y le susurró al pajarillo:

– Gracias a tu compasión, acabas de ganar para tu especie lo que ésta ha deseado desde la creación del mundo.»

Selma Lagerlöf,

Leyendas de Cristo

Parte I. DE TIERRA

Capítulo 1

ESTACIÓN DE PEAJE DE ALNABRU

1 de Noviembre de 1999

Un pájaro de color gris entraba y salía planeando del campo de visión de Harry, que tamborileaba los dedos en el volante. Tiempo lento. El día anterior, alguien había estado hablando en televisión de tiempo lento. Y aquello era tiempo lento. Como las horas que, en la Nochebuena, precedían a la llegada de Papá Noel. O el tiempo que transcurría en la silla eléctrica antes de que conectasen la corriente.

Harry tamborileó los dedos con más fuerza.

Estaban detenidos en la explanada que se extendía detrás de las cabinas de la estación de peaje. Ellen elevó un punto el volumen de la radio. El reportero hablaba con solemnidad y respeto:

– Su avión aterrizó en nuestro país hace cincuenta minutos y, exactamente a las seis treinta y ocho, el presidente pisó suelo noruego. Le dio la bienvenida el portavoz municipal de Jevnaker. Hace un precioso día otoñal aquí, en Oslo, un hermoso marco noruego para esta cumbre. Oigamos de nuevo las declaraciones del presidente a los representantes de la prensa hace media hora.

Aquélla era la tercera retransmisión. Harry volvió a ver ante sí el creciente grupo de periodistas que se agolpaban ante las barreras de control. Los hombres vestidos de gris que había al otro lado de los controles, y que sólo a medias se esforzaban por no parecer agentes de los servicios secretos mientras alzaban los hombros y los relajaban de nuevo, escrutaban a la multitud, comprobaban por duodécima vez que tenían el receptor bien fijado a la oreja, se encajaban las gafas de sol, volvían a escrutar a la multitud, dejaban descansar la mirada un par de segundos en un fotógrafo que llevaba un objetivo demasiado largo, volvían a escrutar, comprobaban, por decimotercera vez, que el receptor estuviera en su sitio. Alguien le dio al presidente la bienvenida en inglés, se hizo un silencio seguido de un carraspeo en el micrófono.

– First let me say I'm delighted to be here… -confesó el presidente por cuarta vez con su ronco y relajado acento estadounidense.

– Según he leído hace poco, un célebre psicólogo estadounidense asegura que el presidente sufre TPM -observó Ellen.

– ¿TPM?

– Trastorno de personalidad múltiple. El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Según la opinión del psicólogo, su personalidad pública no sospechaba que la otra, el animal sexual, había mantenido relaciones sexuales con aquellas mujeres. Y ésa es la razón por la que ningún tribunal podía sentenciarlo por haber mentido al respecto bajo juramento.

– ¡Dios! -exclamó Harry al tiempo que observaba el helicóptero que sobrevolaba sus cabezas.

Una voz con acento noruego hablaba por la radio:

– Señor presidente, ésta es la primera vez que un presidente estadounidense viene a Noruega en visita oficial. ¿Cómo se siente?

Pausa.

– Es una gran satisfacción estar aquí otra vez. Y lo más importante es, en mi opinión, que los dirigentes del Estado de Israel y del pueblo palestino puedan reunirse aquí. La clave de…

– ¿Tiene algún recuerdo de su anterior visita a Noruega, señor presidente?

– Por supuesto. En las conversaciones de hoy, espero que podamos…

– ¿Qué importancia han tenido Oslo y Noruega para la paz mundial, señor presidente?

– Noruega ha desempeñado un papel importante.

Se oye preguntar a una voz sin acento noruego.

– ¿Qué resultados concretos cree el presidente que pueden alcanzarse, desde un punto de vista realista?

La conexión se interrumpió y una voz intervino desde el estudio:

– ¡Ya lo hemos oído! El presidente opina que Noruega ha representado un papel decisivo para…, la paz en Oriente Medio. En estos momentos, el presidente va camino de…

Harry lanzó un gruñido y apagó la radio.

– ¿Qué es lo que le está pasando a este país, Ellen?

La joven se encogió de hombros.

– Punto veintisiete comprobado -resonó en el transmisor del salpicadero.

Él la miró.

– ¿Todos listos en sus puestos? -preguntó.

Ellen asintió.

– Entonces, ya podemos empezar -sentenció Harry.

Ella alzó los ojos al cielo: era la quinta vez que Harry decía lo mismo desde que el cortejo había salido de Gardermoen. Desde el lugar en que estaban estacionados, podían ver la autopista vacía extenderse desde la estación de peaje y discurrir subiendo hacia Trosterud y Furuset. Las luces azules del techo giraban sin cesar lentamente. Harry bajó la ventanilla y sacó la mano para retirar una hoja mustia y amarillenta que se había quedado atascada bajo el limpiaparabrisas.

– Un petirrojo -dijo Ellen al tiempo que señalaba con la mano-. Un ave rara a estas alturas del otoño.

– ¿Dónde?

– Allí. En el techo de aquel expendedor de tickets.

Harry se agachó para mirar al frente por la ventanilla.

– ¡Ah, vaya! ¿Así que eso es un petirrojo?

– Pues sí. Claro, que me imagino que tú no verás la diferencia entre un petirrojo y un tordo de alas rojas, ¿me equivoco?

– Correcto.

Harry entrecerró los ojos. ¿Estaría quedándose miope?

– Es un pájaro extraño, el petirrojo -aseguró Ellen mientras volvía a enroscar el tapón del termo.

– No lo dudo -admitió Harry.

– El noventa por ciento se marcha al sur, pero unos cuantos se arriesgan y se quedan aquí.

– ¿Cómo que se quedan aquí?

De nuevo se oyó el carraspeo de la radio:

– Puesto sesenta y dos al cuartel general. Hay un coche desconocido aparcado en el arcén, a doscientos metros de la salida hacia Lørenskog.

Una voz grave respondió desde el cuartel general en el dialecto de Bergen:

– Un segundo, sesenta y dos. Vamos a comprobarlo.

Silencio.

– ¿Han comprobado los servicios? -preguntó Harry señalando con la cabeza hacía la estación de servicio de Esso.

– Sí, la gasolinera está vacía, no hay ni clientes ni empleados. Salvo el jefe. Lo tenemos encerrado en la oficina.

– ¿Los expendedores de tickets también?

– Comprobados. Relájate, Harry, ya hemos revisado todos los puntos de control. Bueno, pues eso, que los que se quedan prueban suerte por si se presenta un invierno suave, ¿entiendes? Puede que les vaya bien pero, si se equivocan, mueren. Así que, ¿por qué no partir hacia el sur por si acaso, te preguntarás tú? ¿Es simplemente porque los que se quedan son perezosos?

Harry miró en el espejo y vio a los vigilantes apostados a ambos lados del puente del ferrocarril. Iban vestidos de negro y llevaban casco y ametralladoras MP5 colgadas del cuello. Incluso desde donde estaba, Harry podía ver la tensión de sus cuerpos por sus gestos.

– La historia es que, si el invierno se presenta suave, podrán elegir los mejores lugares para anidar antes de que vuelvan los demás -explicó Ellen al tiempo que se esforzaba por encajar el termo en la guantera repleta-. Se trata de un riesgo calculado, ¿comprendes? Puedes ganar a la lotería o joderla del todo. Apostar o no apostar. Si apuestas, puede que una noche te caigas congelado de tu rama y no te descongeles hasta la primavera. Si te rajas, puede que no folles cuando regreses. Vamos, que son ese tipo de eternos dilemas a los que siempre tenemos que enfrentarnos.

– Llevas el chaleco antibalas, ¿verdad? -preguntó Harry girando el cuello para mirar a Ellen.

Ella no respondió, se limitó a mover la cabeza de un lado a otro mientras contemplaba la autovía.

– ¿Lo llevas o no lo llevas?

Ellen se golpeó los nudillos contra el pecho por toda respuesta.

– ¿El ligero?

Ella asintió.

– ¡Joder, Ellen! Di órdenes de llevar chaleco de plomo. No esos de juguete.

– ¿Tú sabes lo que suele llevar aquí la gente del Servicio Secreto?

– Déjame adivinar: ¿chalecos ligeros?

– Exacto.

– ¿Y sabes para quién trabajo yo?

– Déjame adivinar: ¿para el Servicio Secreto?

– Exacto.

Ella sonrió y también Harry estiró los labios en una sonrisa cuando se oyó el carraspeo de la radio.

– Cuartel general a puesto sesenta y dos. El Servicio Secreto dice que el que está aparcado en la salida a Lørenskog es uno de sus coches.

– Aquí puesto sesenta y dos. Recibido.

– ¡Ahí lo tienes! -exclamó Harry dando irritado un puñetazo al volante-. Sin comunicación alguna, esa gente del Servicio Secreto va a lo suyo sin contar con nadie. ¿Qué hace allí ese coche sin que nosotros lo sepamos? ¿Eh?

– Controlar que nosotros hacemos nuestro trabajo -respondió Ellen.

– Según las directrices que ellos nos han dado.

– Bueno, de todos modos, algún poder de decisión sí que tienes, así que deja de quejarte -atajó ella-. Y deja de tamborilear con los dedos en el volante.

Los dedos de Harry cayeron obedientes en su regazo. Ella rió y él lanzó un largo silbido.

– ¡Jajaja!

Sus dedos fueron a dar en la culata de su arma reglamentaria, un revólver Smith & Wesson, calibre 38, de seis proyectiles. En el cinturón llevaba además dos cargadores rápidos con seis balas cada uno. Acarició el revólver sabiendo que, en aquellos momentos, no estaba autorizado a llevar armas. Tal vez fuese cierto que se estaba quedando miope pues, tras el curso de cuarenta horas que había seguido aquel invierno, había fallado en las pruebas de tiro. Aunque aquello no era, desde luego, insólito, sí era la primera vez que le ocurría a él y no lo llevaba nada bien. En realidad, no tenía más que presentarse a las siguientes pruebas y eran muchos los que lo intentaban hasta cuatro y cinco veces pero, por alguna razón, Harry siempre se había librado de repetirla.

Un nuevo carraspeo: «Punto veintiocho, sobrepasado».

– Ése es el penúltimo punto del distrito policial de Romeriket -observó Harry-. El siguiente punto de paso es Karihaugen y, después, son nuestros.

– ¿Por qué no pueden hacer como hemos hecho siempre, simplemente decir por dónde está pasando el cortejo, en lugar de la pesadez de tanto número? -preguntó Ellen en tono quejumbroso.

– ¡Adivínalo!

Ambos respondieron a coro: «¡Cosas del Servicio Secreto!». Y se echaron a reír.

– Punto veintinueve, sobrepasado.

Harry miró el reloj.

– Vale, los tendremos aquí dentro de tres minutos. Cambiaré la frecuencia del transmisor a la del distrito policial de Oslo. Haz el último control

Un sonido áspero y disonante surgió de la radio mientras Ellen cerraba los ojos para concentrarse en las confirmaciones que se sucedían. Finalmente, colgó el micrófono en su lugar.

– Todo el mundo listo y en su puesto.

– Gracias. Ponte el casco.

– ¡¿Como?! De verdad, Harry…

– Ya me has oído. ¡Que te pongas el casco tú también!

– Es que me queda pequeño.

Otra voz se dejo oír: «Punto uno, superado».

– ¡Joder! A veces eres tan… poco profesional.

Ellen se encajó el casco, ajustó la barbillera y cerró la hebilla.

– Yo también te quiero -declaró Harry mientras estudiaba con los prismáticos la carretera que tenían ante sí-. Ya los veo.

En la parte superior de la pendiente que conducía hacia Karihaugen se distinguían destellos de metal. Harry sólo veía de momento el primer coche de la fila, pero conocía bien la continuación: seis motocicletas conducidas por agentes especialmente entrenados de la sección de escoltas de la policía noruega, dos coches de escolta noruegos, un coche del Servicio Secreto, dos Cadillac Fleetwood idénticos, vehículos especiales del Servicio Secreto, traídos en avión desde Estados Unidos, en uno de los cuales viajaba el presidente, aunque se mantenía en secreto en cuál. O tal vez iba en los dos, se dijo Harry. Uno para Jekyll y otro para Hyde. A continuación iban los vehículos de mayor tamaño, el coche del Servicio Médico, el de comunicaciones y varios del Servicio Secreto.

– Todo parece tranquilo -concluyó Harry mientras movía los prismáticos despacio, de derecha a izquierda.

El aire reverberaba sobre el asfalto, pese a que hacía una fría mañana de noviembre.

Ellen vio la silueta del primer coche. Dentro de media hora habrían dejado atrás la estación de peaje y tendrían superada la mitad del trabajo. Y, dos días después, cuando los mismos coches pasaran ante la estación de peaje en sentido contrario, Harry y ella podrían volver a sus tareas policiales habituales. Ella prefería vérselas con cadáveres en el grupo de delitos violentos a tener que levantarse a las tres de la madrugada para sentarse en un frío Volvo junto con un irascible Harry, visiblemente presionado por la responsabilidad que había recaído sobre él.

A excepción de los resoplidos recurrentes de Harry, reinaba en el coche el silencio más absoluto. Ella comprobó que los indicadores de ambos aparatos de radio funcionaban perfectamente. La hilera de coches llegaba ya casi hasta el final. Decidió que, después del trabajo, se iría a Tørst y bebería hasta emborracharse. Había allí un tipo con el que había intercambiado alguna mirada, tenía el cabello negro y rizado y ojos castaños de mirada algo desafiante. Delgado. Con un aire un tanto bohemio, intelectual. Tal vez…

– ¡¿Qué co…?!

Harry ya se había hecho con el micrófono: «Hay una persona en la tercera cabina desde la izquierda. ¿Alguien puede identificarla?».

La radio respondió con un silencio crepitante mientras la mirada de Ellen pasaba rápida por la hilera de cabinas. ¡Allí! Vio la espalda de un hombre tras el cristal marrón de la ventanilla, a tan sólo 45 metros de donde se encontraban. A contraluz, la sombra dibujaba una silueta muy clara. Al igual que la de la breve porción de un cañón que sobresalía por la espalda del individuo.

– ¡Un arma! -gritó Ellen-. ¡Tiene una pistola automática!

– ¡Mierda!

Harry abrió la puerta del coche de una patada, se agarró al marco con las dos manos y salió de un salto. Ellen miraba fijamente la columna de coches, que no podía estar a más de cien metros de allí. Harry asomó la cabeza al interior del coche.

– No es ninguno de los nuestros, pero puede ser alguien del Servicio Secreto -aseguró-. Llama al cuartel general -dijo con el revólver en la mano.

– Harry…

– ¡Vamos! Y quédate donde estás hasta que el cuartel general te confirme que es uno de sus hombres.

Harry empezó a correr hacia la cabina y hacia aquella espalda cubierta por un traje. Parecía el cañón de una ametralladora Uzi. El frío aire de la mañana le hería los pulmones.

– ¡Policía! -gritó-. Police!

Ninguna reacción. Los gruesos cristales de las cabinas estaban pensados para aislar del ruido del tráfico. El hombre había girado la cabeza hacia la hilera de vehículos y Harry pudo ver los cristales oscuros de las gafas de sol Ray-Ban. El Servicio Secreto. O alguien que quería hacerse pasar por uno de ellos.

Estaba a veinte metros.

¿Cómo se habría metido en aquella cabina cerrada, si no era uno de ellos? ¡Demonios! Harry oyó que las motos se acercaban. No alcanzaría la cabina a tiempo.

Quitó el seguro y apuntó mientras rogaba que el claxon del coche quebrantase la calma de aquella extraña mañana en una autopista cortada en la que él, desde luego, en ningún momento había sentido el menor deseo de encontrarse. Las instrucciones eran claras, pero no conseguía dejar de pensar:

Chaleco ligero. Sin comunicación. Dispara, no es culpa tuya. ¿Tendrá familia?

El cortejo aparecía justo detrás de la cabina y se acercaba con rapidez. En dos segundos, los Cadillac estarían a su altura. Por el rabillo del ojo izquierdo vio el leve movimiento de un pajarillo que alzó el vuelo desde el tejado.

Apostar o no apostar…, ese tipo de dilemas eternos.

Pensó en el escaso espesor del chaleco, bajó el revólver un par de centímetros. El rugir de las motocicletas era ensordecedor.

Capítulo 2

OSLO

Martes, 5 de Octubre de 1999

– Ésa es, precisamente, la gran traición -afirmó el hombre bien afeitado mirando sus notas.

La cabeza, las cejas, los musculosos brazos, incluso las grandes manos que se aferraban a la tribuna: todo parecía recién afeitado y limpio. Se inclinó hacia el micrófono, antes de proseguir:

– Desde el año 1945, los enemigos del nacionalsocialismo han sentado las bases, han desarrollado y practicado sus principios democráticos y económicos. Como consecuencia de ello, el mundo no ha visto que el sol se ponga un solo día sin actos bélicos. Incluso en Europa hemos vivido guerras y genocidios. En el tercer mundo, millones de personas mueren de hambre; y Europa se ve invadida por la inmigración masiva con el consiguiente caos y la necesidad de luchar por la existencia.

En este punto se detuvo y echó una ojeada a su alrededor. En la sala remaba un silencio sepulcral y tan sólo uno de los oyentes que ocupaban los bancos a su espalda aplaudió tímidamente. Cuando, reavivado su entusiasmo, decidió continuar, la señal luminosa que había bajo el micrófono parpadeó en rojo, claro anuncio de que las ondas llegaban distorsionadas al receptor.

– Por otro lado, no es muy grande la distancia que separa el despreocupado bienestar en que nos hallamos inmersos y el día en que nos veamos obligados a confiar en nosotros mismos y en la gente que nos rodea. Una guerra, una catástrofe económica o ecológica…, y toda esa red de leyes y reglas que nos han convertido a todos con tanta rapidez en clientes pasivos de los servicios sociales desaparecerá de un plumazo. La otra gran traición fue anterior, la del 9 de abril de 1940, cuando nuestros llamados dirigentes nacionales huyeron del enemigo para salvar su pellejo. Y se llevaron las reservas de oro, claro está, para así poder financiar la lujosa vida que pensaban llevar en Londres. Ahora volvemos a tener al enemigo en casa. Y aquellos que deberían defender nuestros intereses vuelven a traicionarnos. Permiten que el enemigo construya mezquitas entre nosotros, que robe a nuestros ancianos y que mezcle su sangre con la de nuestras mujeres. De modo que, simplemente, es nuestra obligación como noruegos defender nuestra raza y eliminar a nuestros traidores.

Dicho esto, pasó a la página siguiente, pero un carraspeo procedente del podio que tenía ante sí lo hizo detenerse y alzar la vista.

– Gracias, creo que hemos oído suficiente -aseguró el juez mirando por encima de las gafas-. ¿Tiene el fiscal más preguntas que hacerle al acusado?

El sol entraba en diagonal por la ventana e inundaba la sala de vistas número 17 del tribunal de primera instancia de Oslo formando un ilusorio halo luminoso sobre la calva del sujeto. Llevaba una camisa blanca y una corbata muy estrecha, probablemente por consejo de su defensor, Johan Krohn, que precisamente estaba repantigado en la silla jugueteando con un bolígrafo que sostenía entre los dedos índice y corazón. A Krohn le disgustaba casi todo en aquella situación. Le disgustaba el curso que habían tomado las preguntas del fiscal, las abiertas declaraciones programáticas de su cliente, Sverre Olsen, y el hecho de que a éste le hubiese parecido oportuno arremangarse la camisa permitiendo así que tanto el juez como los dos ayudantes pudiesen contemplar los tatuajes en forma de tela de araña que lucía en ambos codos y la serie de cruces gamadas plasmadas en el brazo izquierdo. En el derecho tenía tatuada una cadena de símbolos nórdicos y la palabra valkyria en letras góticas de color negro. Valkyria era el nombre de una de las bandas que había formado parte del entorno neonazi de Sæterkrysset, en Nordstrand.

Pese a todo, lo que más irritaba a Johan Krohn era algo que no concordaba, algo que había caracterizado el curso de todo el juicio, sólo que no se le ocurría qué podía ser.

El fiscal, un hombre menudo llamado Herman Groth, inclinó hacia sí el micrófono con el dedo meñique en el que lucía el sello con el símbolo del colegio de abogados.

– Tan sólo un par de preguntas adicionales, señoría -dijo en tono suave y contenido.

El micrófono mostró luz verde.

– Cuando, el tres de enero, a las nueve de la noche, entraste en el establecimiento denominado Dennis Kebab, de la calle Dronningen, fue, pues, con la clara intención de cumplir con tu parte de ese deber que mencionas de defender, según dices, nuestra raza, ¿no es cierto? [1]

Johan Krohn se lanzó sobre el micrófono:

– Mi cliente ya ha contestado a esa pregunta y ha aclarado que se produjo un altercado entre él y el dueño vietnamita del establecimiento. -Luz roja-. Lo provocaron -sostuvo Krohn-. No hay fundamento alguno que apoye la tesis de la premeditación.

Groth cerró los ojos.

– Si es cierto lo que dice tu defensor, Olsen, hemos de admitir que fue pura casualidad que llevases bajo el brazo un bate de béisbol, ¿cierto?

– Para defenderse -interrumpió Krohn mientras alzaba los brazos en gesto resignado-. Señoría, mi cliente ya ha respondido a esas preguntas.

El juez se acariciaba la barbilla en tanto que observaba al abogado defensor. Todos sabían que Johan Krohn hijo estaba destinado a ser una estrella como abogado defensor; todos, incluido Johan Krohn padre, y, con toda probabilidad, fue esto lo que movió al juez a admitir, con cierto enojo:

– Estoy de acuerdo con la defensa. Si el fiscal no tiene apreciaciones nuevas que hacer, he de pedirle que continúe.

Groth abrió los ojos de modo que quedase una delgada línea blanca en las partes superior e inferior del iris. Después asintió y, con gesto cansado, alzó una mano en la que sostenía un periódico.

– Esto es un ejemplar del diario Dagbladet, del día veinticinco de enero. En la entrevista publicada en la página ocho, uno de los correligionarios del acusado dice…

– ¡Protesto! -comenzó Krohn.

Groth lanzó un suspiro.

– Bien, permítanme que lo modifique sustituyéndolo por un varón que expresa opiniones racistas.

El juez asintió al tiempo que lanzaba a Krohn una mirada de advertencia. Groth prosiguió:

– Este hombre asegura en un comentario al acto de vandalismo sufrido por el establecimiento Dennis Kebab que necesitamos más racistas como Sverre Olsen para recuperar Noruega. En la entrevista se utiliza el término «racista» como si de un calificativo honorable se tratase. ¿Se considera el acusado a sí mismo un racista?

– Así es, soy racista -sostuvo Olsen antes de que Krohn tuviese tiempo de intervenir-. En el sentido que yo le atribuyo a la palabra.

– Y ¿qué sentido es ése? -preguntó Groth con una sonrisa.

Krohn cerró los puños debajo de la mesa y miró hacia la tribuna, a las dos personas que constituían el jurado popular y que ocupaban sendos asientos a ambos lados del juez. Aquellas tres personas eran las que decidirían sobre el futuro de su cliente en los próximos años, así como sobre su propio estatus en el restaurante Tostrupkjelleren en los próximos meses. Dos representantes del pueblo llano, del sentido popular de la justicia. «Jueces legos», los llamaban, pero tal vez ellos considerasen que esa denominación recordaba demasiado a «jueces de juego». El jurado popular que estaba sentado a la derecha del juez era un joven que vestía un traje de chaqueta de aspecto barato y comedido, y que apenas se atrevía a alzar la mirada. La joven, algo entrada en carnes, que ocupaba el asiento de la izquierda, parecía fingir que seguía el juicio mientras aprovechaba para estirar el cuello de modo que su incipiente papada no se advirtiese desde las gradas de la sala. El noruego medio. ¿Qué sabían ellos de gente como Sverre Olsen? ¿Qué querían saber?

Ocho testigos habían visto a Sverre Olsen entrar en el restaurante con un bate de madera bajo el brazo y, tras un breve intercambio de improperios, golpear con él en la cabeza al propietario, Ho Dai, un vietnamita de cuarenta años que había llegado por mar a Noruega como refugiado allá por 1978. Y lo había golpeado con tal violencia que Ho Dai jamás pudo volver a caminar. Cuando Olsen empezó a hablar, Johan Krohn hijo había empezado a dar forma en su mente a la apelación en el tribunal de segunda instancia.

– «Raz-ismo -leyó Olsen una vez que hubo encontrado lo que quería en los documentos-. Es una lucha eterna contra las enfermedades graves, la degeneración y el exterminio, así como el sueño y la esperanza de una sociedad más sana con mejor calidad de vida. La mezcla de razas es una forma de genocidio bilateral. En un mundo en que se planifica la instauración de bancos de genes para conservar al más insignificante escarabajo, se acoge con general aceptación el que se mezclen y aniquilen razas humanas que llevan desarrollándose miles de años. En un artículo de 1971 publicado en la respetada revista American Psychologist, cincuenta científicos estadounidenses y europeos advertían del peligro de silenciar la argumentación de la teoría de la herencia genética.»

Olsen se detuvo en este punto, paseó la mirada por toda la sala 17 y alzó el índice de la mano derecha. Se había vuelto hacia el fiscal, de modo que Krohn pudo ver el tatuaje desvaído del saludo nacionalsocialista que lucía en el pliegue rasurado que se formaba entre su nuca y su cuello, un grito mudo y grotesco, en extraño contraste con la frialdad de su retórica. En el silencio que siguió, Krohn dedujo por el ruido del pasillo que la sala 18 estaba en el receso del almuerzo. Los segundos transcurrían. Krohn recordó algo que había leído sobre el hecho de que, con ocasión de grandes concentraciones, Adolf Hitler solía tomarse pausas artísticas de hasta tres minutos. Cuando Olsen retomó su declaración, empezó a marcar el ritmo con el dedo, como si quisiera grabar cada palabra y cada frase en el auditorio:

– Aquellos de ustedes que intenten fingir que no se está desarrollando una lucha de razas, o bien están ciegos o bien son unos traidores.

Bebió un trago del agua que el ujier había dejado ante él.

Entonces intervino el fiscal:

– Y en esa lucha de razas, tú y tus adeptos, algunos de los cuales están presentes hoy en la sala, sois los únicos que tenéis derecho a intervenir, ¿no es así?

Nuevos abucheos de los cabezas rapadas que ocupaban las gradas del público.

– Nosotros no intervenimos, nos defendemos -precisó Olsen-. Es derecho y obligación de cualquier raza.

Alguien de entre el público gritó algo que Olsen aprovechó y repitió con una sonrisa:

– En efecto, también en un miembro de otra raza podemos hallar la prueba viviente de un nacionalsocialista.

Risas y aplausos entre el público. El juez pidió silencio antes de mirar inquisitivo al fiscal.

– Eso es todo -aclaró Groth.

– ¿Desea la defensa hacer alguna pregunta?

Krohn negó con un gesto.

– En ese caso, que pase el primer testigo de la acusación.

El fiscal hizo un gesto de asentimiento al ujier, que abrió la puerta del fondo de la sala, asomó la cabeza y dijo algo. Se oyó el chirrido de una silla al otro lado, la puerta se abrió por completo y dio paso a un hombre bastante corpulento.

Krohn se percató de que el hombre llevaba una chaqueta que le venía algo pequeña, unos vaqueros negros y unas descomunales botas estilo Dr. Martens. La cabeza, casi rapada al cero, y la complexión atlética y delgada apuntaban a una edad que rondaba los treinta y tantos. Pero los ojos, enrojecidos y ojerosos y la palidez del rostro surcado de finos capilares que, aquí y allá, se abrían en pequeños deltas, hacían pensar más bien en los cincuenta.

– ¿Oficial de policía Harry Hole? -preguntó el juez, una vez que el hombre hubo tomado asiento en el estrado.

– Sí.

– No tenemos la dirección de su residencia, según veo.

– Es secreta -dijo Hole al tiempo que señalaba con el pulgar por detrás de su hombro-. Intentaron entrar en mi casa.

Más abucheos.

– ¿Ha declarado usted con anterioridad, Hole? Que si ha prestado juramento, quiero decir.

– Sí.

La cabeza de Krohn se balanceaba de arriba abajo, como la de esos perritos de plástico que algunos conductores gustan de llevar en la bandeja del coche. Y empezó a hojear febrilmente los documentos.

– Veo que trabajas en el grupo de delitos violentos, como investigador de homicidios -comenzó Groth-. ¿Por qué te asignaron este caso?

– Porque fallamos en nuestra valoración -respondió Hole.

– ¿Y eso?

– No contábamos con que Ho sobreviviese. No es lo normal cuando te rompen el cráneo y se desparrama parte del contenido.

Krohn vio que los rostros de los dos miembros del jurado popular se contraían involuntariamente en un gesto de repulsa. Pero aquello carecía ahora de importancia. Había encontrado el documento con sus nombres. Y allí estaba: el fallo que lo tenía contrariado.

Capítulo 3

CALLE KARL JOHAN

5 de Octubre de 1999

«Vas a morir.»

Aquellas palabras seguían resonando en los oídos del anciano cuando salió al rellano de la escalera y lo cegó el claro sol otoñal. Mientras las pupilas se contraían poco a poco, permaneció agarrado a la barandilla respirando despacio y profundamente. Escuchó la cacofonía de los coches, los tranvías, los silbidos de los semáforos. Y las voces -voces excitadas y alegres que pasaban presurosas al ritmo de los pasos-. Y la música, ¿acaso había oído antes tanta música? Pero nada conseguía acallar el rumor de aquellas palabras.

«Vas a morir.»

¿Cuántas veces había estado allí, en el descansillo de la consulta del doctor Buer? Dos veces al año durante cuarenta años. Ochenta días normales y corrientes, iguales que aquél, pero nunca, hasta ese momento, se había dado cuenta de la animación que había en aquellas calles, la felicidad, las ansias de vivir. Era octubre, pero parecía un día de mayo. El día en que «estalló» la paz. ¿Estaría exagerando? Podía oír la voz de ella, ver su silueta acercarse a la carrera como emanando del sol, perfilada por un rostro que desapareció en un halo de luz blanca.

«Vas a morir.»

Toda aquella blancura cobró color y se convirtió en la calle Karl Johan. Bajó los peldaños, se detuvo y miró a derecha e izquierda, como si no fuese capaz de decidir qué dirección tomar, y se quedó pensativo. De repente, se sobresaltó, como si alguien lo hubiese despertado, y echó a andar en dirección al palacio. El paso era vacilante, la mirada, abatida, y el escuálido cuerpo encogido en el interior de un abrigo de lana que le quedaba algo grande.

– El cáncer se ha extendido -le había anunciado el doctor Buer.

– Ya, bueno -respondió él mientras miraba a Buer, preguntándose si sería algo que les enseñaban en la facultad de medicina, aquel gesto de quitarse las gafas cuando iban a decir algo grave, o si era tan sólo un ademán propio de los médicos miopes para no tener que ver la expresión de los ojos del paciente.

Había empezado a parecerse a su padre, el doctor Konrad Buer, ahora que el cuero cabelludo había emprendido la retirada y que las bolsas que surgían bajo sus ojos le otorgaban parte del aura de seriedad de su padre.

– ¿En pocas palabras? -le preguntó el anciano con una voz que no había oído desde hacía cincuenta años, que surgió como el grito cavernoso y áspero de un hombre en cuyas cuerdas vocales resonaba la angustia.

– Bueno, verá, es una cuestión de…

– Se lo ruego, doctor. Yo ya he visto la muerte cara a cara.

Había pronunciado aquellas palabras reforzando la voz, había elegido unos términos que obligasen a su voz a sonar segura, tal y como deseaba que la oyera el doctor Buer. Tal y como deseaba oírla él mismo.

La mirada del doctor había huido de la mesa, deslizándose por el desgastado parqué hasta la calle, a través del sucio cristal de la ventana. Se había escondido allá fuera durante un instante antes de volver a encontrarse con la suya. Sus manos habían dado con un paño con el que limpiaba las gafas sin cesar.

– Ya sé que tú…

– Usted no sabe nada, doctor. -El anciano se oyó a sí mismo reír con una risa breve y seca-. No se lo tome a mal, se lo ruego, Buer, pero créame: usted no sabe nada.

Advirtió el desconcierto de Buer y, en aquel mismo instante, se dio cuenta de que el grifo del lavabo que había en la pared opuesta de la consulta goteaba persistente, un nuevo sonido, como si, de repente y de forma inexplicable, hubiese recuperado los sentidos de un joven de veinte años. Buer se puso por fin las gafas, tomó un papel, como si las palabras que iba a pronunciar estuviesen allí plasmadas, y carraspeó levemente, antes de declarar:

– Vas a morir.

El anciano habría preferido que lo tratase de «usted».

Se detuvo ante una aglomeración de gente y oyó las notas de una guitarra y una voz que entonaba una canción sin duda antigua para todos los demás, salvo para él. Ya la había escuchado antes, desde luego; seguro que hacía cerca de medio siglo, pero él lo sentía como si hubiese sido ayer. Y lo mismo le sucedía con todo: cuanto más lejano en el tiempo, más cercano y claro lo veía. Ahora era capaz de recordar cosas que no había rememorado desde hacía años o incluso nunca. Aquello que, hasta entonces, se había visto obligado a leer en sus diarios de la guerra, podía evocarlo ahora con tan sólo cerrar los ojos y verlo discurrir por su retina como una película.

– En cualquier caso, debe de quedarte al menos un año de vida.

Una primavera y un verano. Podía ver cada hoja amarillenta de los árboles del parque Studenterlunden como si le hubiesen puesto unas gafas nuevas, más potentes. Los mismos árboles de 1945, ¿o no eran los mismos? En aquella ocasión no los había visto con demasiada claridad; aquel día nada se veía claro. Rostros sonrientes, rostros iracundos, gritos que apenas llegaban a donde él se encontraba, la puerta del coche que se cerró, si él tenía o no lágrimas en los ojos, pues cuando recordó las banderas con que la gente corría por las aceras, las recordaba rojas y difusas. Sus vítores: ¡Ha vuelto el príncipe heredero!

Subió la pendiente hasta el palacio, donde un grupo de personas se habían reunido para ver el cambio de guardia. El eco de las órdenes de la guardia real y los chasquidos de las culatas de las escopetas y de los tacones de las botas resonaba contra el muro amarillento de la fachada. Una joven pareja japonesa abrazada en medio de la gente contemplaba risueña el espectáculo. Él cerró los ojos, intentó evocar el olor de los uniformes y del lubricante de armas. Naderías y decoración, allí no había nada que oliera como había olido su guerra.

Volvió a abrir los ojos. ¿Qué sabían ellos? ¿Qué sabían aquellos soldaditos vestidos de negro, simples figuras de desfile, de unos actos simbólicos que ellos eran demasiado inocentes para comprender y demasiado jóvenes para sentir? Pensó de nuevo en aquel día, en los jóvenes noruegos vestidos de soldados, o en los soldados suecos, como los llamaban. A sus ojos eran soldados de juguete que no sabían cómo llevar un uniforme y menos aún cómo tratar a un prisionero de guerra. Estaban asustados y mostraban una actitud brutal, y, con los pitillos entre los labios y con el aspecto atrevido que les prestaban las gorras ladeadas, se aferraban a sus recién adquiridas armas e intentaban sobreponerse al miedo apretando el cañón contra la espalda de los arrestados.

– ¡Cerdo nazi! -decían mientras los golpeaban, como para obtener en un instante el perdón de sus pecados.

Respiró hondo, saboreó el cálido día otoñal pero, en ese mismo momento, apareció el dolor. Retrocedió un paso con pie vacilante. Agua en los pulmones. Dentro de doce meses, tal vez antes, la inflamación y el dolor harían salir el agua que luego se acumularía en los pulmones. Según decían, eso era lo peor.

«Vas a morir.»

Y entonces vino el ataque de tos, tan violento que quienes se hallaban a su lado se apartaron involuntariamente.

Capítulo 4

MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES, VICTORIA TERRASSE

5 de Octubre de 1999

El consejero de Asuntos Exteriores Bernt Brandhaug atravesó el pasillo a grandes zancadas. Hacía treinta segundos que había dejado su despacho y tardaría otros cuarenta y cinco en llegar a la sala de reuniones. Alzó los hombros bajo la chaqueta y sintió que la rellenaban más que de sobra y que los músculos de la espalda se tensaban contra el tejido. Latissimus dorsi -musculatura de la espalda-. Tenía sesenta años, pero no aparentaba más de cincuenta. No era él hombre que se preocupase por su aspecto, pero estaba convencido de que era un individuo agradable a la vista. Eso sí, sin haberse visto obligado a hacer mucho más que dedicarse al deporte que le gustaba, añadir un par de sesiones de rayos UVA en invierno y quitarse los cabellos grises que de vez en cuando crecían en sus pobladas cejas.

– ¡Hola, Lise! -saludó en voz alta al pasar ante la fotocopiadora.

La joven en prácticas dio un respingo y sólo tuvo tiempo de lanzarle una tímida sonrisa antes de que él desapareciese por la siguiente esquina. Lise acababa de terminar la carrera de derecho y era hija de un compañero de carrera. Había empezado a trabajar allí hacía menos de tres semanas. Y, desde aquel instante, supo que el consejero, el más alto funcionario de aquella casa, la conocía. ¿Podría aquel hombre seducirla? Probablemente. No es que fuese a ocurrir. Necesariamente.

Antes de llegar a la puerta abierta, oyó el murmullo de las voces. Miró el reloj: 75 segundos. Y entró. Lanzó una fugaz mirada por la sala y constató que habían acudido los representantes de todas las instancias convocadas.

– Vaya, de modo que tú eres Bjarne Møller, ¿me equivoco? -preguntó al tiempo que, con una amplia sonrisa, le tendía la mano a un hombre alto y delgado que estaba sentado junto a la comisario jefe Anne Størksen-. Y tú eres JG, ¿verdad, Møller? Tengo entendido que participas en la carrera de relevos de Holmenkollen, ¿no?

Aquél era uno de los trucos de Brandhaug: conseguir cierta información sobre las personas a las que veía por primera vez, algún dato que no figurase en sus currículos. Aquello los hacía sentirse inseguros. El hecho de haber usado las siglas JG -la abreviatura de uso interno para referirse al jefe de grupo- le había causado especial satisfacción. Brandhaug se sentó, le hizo un guiño a su viejo amigo Kurt Meirik, jefe del Centro Nacional de Inteligencia, y escrutó a los demás congregados en torno a la mesa.

Nadie sabía aún quién tomaría el mando, pues se trataba de una reunión de representantes del mismo nivel, al menos en teoría, procedentes del gabinete del primer ministro, el distrito policial de Oslo, el servicio secreto de Defensa, las tropas de la reserva militar y su propio gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores. La reunión la habían convocado desde el GPM -el gabinete del primer ministro-, pero no cabía duda de que serían el distrito policial de Oslo, representado por Anne Størksen y el Centro Nacional de Inteligencia, el CNI, con Kurt Meirik al frente, quienes, llegado el momento, asumirían la responsabilidad operacional. El secretario del gabinete del primer ministro parecía dispuesto a tomar las riendas.

Brandhaug cerró los ojos dispuesto a escuchar.

Dejaron de hablar sobre la última vez que se vieron, el murmullo de voces fue silenciándose poco a poco, se oyó el chasquido de la pata de una mesa. Aún no. Un papel que cruje, el clic de los bolígrafos -en reuniones importantes como aquélla, la mayoría de los jefes tomaban sus propias notas como referencia, ante la eventualidad de que después, si algo salía mal, empezasen a culparse unos a otros-. Alguien carraspeó, pero el sonido procedía del lado equivocado de la sala y, además, no había sonado como cuando uno se prepara para empezar a hablar. Alguien tomó aire.

– Bien, entonces, empezamos -declaró Bernt Brandhaug abriendo los ojos.

Todas las cabezas se volvieron hacia él. Siempre el mismo panorama. Una boca medio abierta, la del secretario del gabinete, una sonrisa forzada, la de la señora Størksen, que dio a entender que sabía lo que estaba sucediendo -pero, por lo demás, rostros vacíos que lo miraban sin sospechar que el asunto ya estaba zanjado.

– Bienvenidos a la primera reunión de coordinación. Nuestro trabajo consiste en lograr que cuatro de los hombres más importantes del mundo entren y salgan de Noruega más o menos vivos.

Vehementes susurros en torno a la mesa.

– El lunes, uno de noviembre, llegarán al país el líder de la OLP, Yasir Arafat, el primer ministro israelí, Edhu Barak, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, y, finalmente, el broche de oro: a las seis y quince minutos, dentro de cincuenta y nueve días exactamente, aterrizará en Gardermoen, en el aeropuerto de Oslo, el presidente estadounidense a bordo del Airforce One. -Brandhaug paseó la mirada por cada uno de los rostros alrededor de la mesa, para detenerse por fin ante el único nuevo, Bjarne Møller-: Si es que no hay niebla, claro está -añadió con una carcajada mientras notaba satisfecho que también Møller, por un instante, olvidaba la tensión y sonreía.

Brandhaug le devolvió la sonrisa dejando ver sus fuertes dientes, que, tras la última sesión cosmética en el dentista, habían quedado más blancos.

– Aún ignoramos cuántas personas vendrán exactamente -prosiguió Brandhaug-. En Australia, el presidente se presentó con un séquito de dos mil personas; en Copenhague, eran mil setecientas.

Un rumor se extendió en torno a la mesa.

– Pero la experiencia me dice que una estimación de unas setecientas será más realista.

Brandhaug había dicho aquello con la certeza de que su «estimación» no tardaría en verse confirmada, puesto que una hora antes, había recibido un fax con la lista de las setecientas doce personas que acudirían.

– Algunos de ustedes se preguntarán sin duda qué hará el presidente con un séquito tan numeroso en una cumbre de tan sólo dos días. La respuesta es bien sencilla. Se trata de la consabida retórica del poder de toda la vida. Si mi aproximación es correcta, el kaiser Federico III llevaba consigo exactamente setecientos hombres cuando visitó Roma en 1468, con la idea de hacerle ver al Papa quién era el hombre más poderoso del mundo.

Más risas de los congregados alrededor de la mesa. Brandhaug le hizo un guiño a Anne Størksen. Había leído la frase en el diario vespertino Aftenposten. Con una palmada, añadió:

– No es necesario que os explique que dos meses es muy poco tiempo, pero sí que a partir de hoy celebraremos reuniones de coordinación todas las mañanas a las diez, en esta misma sala. Hasta que esos cuatro muchachos queden fuera de nuestra zona de responsabilidad, tendrán que dejar de lado todos los demás asuntos que tengan entre manos. Quedan prohibidas las vacaciones y los días de fiesta. Y también las bajas por enfermedad. ¿Alguna pregunta, antes de que sigamos adelante?

– Bueno, parece que… -comenzó el secretario del gabinete.

– Incluidas las depresiones -interrumpió Brandhaug provocando en Bjarne Møller una risa más sonora de lo que él habría deseado.

– Bueno, nosotros… -volvió a empezar el secretario.

– Adelante, Meirik -gritó Brandhaug.

– ¿Qué?

El jefe del CNI alzó su cabeza poco poblada y miró a Brandhaug.

– Tú querías decir algo sobre la estimación del riesgo de amenazas del Centro Nacional de Inteligencia, ¿no? -preguntó Brandhaug.

– ¡Ah, eso! -recordó Meirik-. Sí, hemos traído unas copias.

Meirik era de Tromsø y hablaba en una curiosa e incoherente mezcla de su dialecto y el noruego estándar. Le hizo un gesto a una mujer que tenía a su lado. Brandhaug posó su mirada en ella. La mujer iba, constató, sin maquillar y llevaba una melena de color castaño oscuro, de corte recto, recogida con un pasador poco elegante. En cuanto al traje, una especie de saco azul de lana, era simplemente soso. Sin embargo, pese a que la mujer había adoptado la exagerada expresión que él tan a menudo había visto en las profesionales que temían que no se las tomara en serio, le gustó lo que veía. Tenía los ojos castaños y dulces, y los pómulos marcados le otorgaban un aspecto aristocrático, poco noruego. La había visto antes, pero con otro peinado. ¿Cómo se llamaba? Era un nombre bíblico, ¿Rakel, quizá? Tal vez acabara de separarse: el nuevo peinado podía ser indicio de ello. La mujer se inclinó sobre el maletín que había entre ella y Meirik y la mirada de Brandhaug buscó de forma mecánica el escote, pero la blusa estaba abotonada de modo que no podía mostrarle nada de interés. ¿Tendría hijos en edad escolar?¿Tendría algún reparo en pasar unas horas del día en una habitación de algún hotel céntrico? ¿Le excitaría el poder?

– Ofrécenos sólo un breve resumen, Meirik -dijo Brandhaug.

– Está bien.

– Antes, quisiera señalar… -intervino una vez más el secretario.

– Dejemos que Meirik termine, Bjørn; después, podrás decir todo lo que quieras.

Era la primera vez que Brandhaug llamaba al secretario por su nombre de pila.

– El CNI considera que existe peligro de atentado u otros daños -declaró Meirik.

Brandhaug sonrió. Por el rabillo del ojo, vio que la comisario jefe hacía lo mismo. Una joven inteligente, licenciada en derecho y con una hoja de servicios impecable. Tal vez debiera invitarlos a ella y a su marido a cenar trucha en casa alguna noche. Brandhaug y su mujer vivían en un espacioso chalé de madera en la frontera con Nordberg. No tenían más que ponerse los esquíes en la puerta del garaje. Bernt Brandhaug adoraba su casa. A su esposa le parecía demasiado oscura y decía que aquellos maderos tan negruzcos la asustaban y tampoco le gustaba verse rodeada de tanto bosque. Sí, una invitación a cenar. Sólidos maderos y truchas que hubiese pescado él mismo. Era la imagen adecuada.

– Me atrevo a recordarles que han sido cuatro los presidentes estadounidenses que han muerto víctimas de un atentado -continuó Meirik-. Abraham Lincoln, en 1865; James Garfield, en 1881; John F. Kennedy, en 1963, y… -Dirigió la mirada a la mujer de pómulos marcados, que le sopló el nombre-. ¡Ah, sí! William McKinley. En…

– En 1901 -completó Brandhaug al tiempo que esbozaba una cálida sonrisa y miraba el reloj.

– En fin. Sin embargo, ha habido muchos más atentados a lo largo de los años. Tanto Harry Truman como Gerald Ford y Ronald Reagan fueron víctimas de graves atentados mientras ocuparon el cargo.

Brandhaug se aclaró la garganta:

– Olvidas que el actual presidente fue víctima de espionaje hace unos años. O, al menos, su casa.

– Cierto. Pero no contamos ese tipo de incidentes, pues entonces habría muchos. Estoy en condiciones de asegurar que ningún presidente norteamericano de los últimos veinte años ha cumplido su legislatura sin que se hayan descubierto como mínimo diez intentos de atentado y se haya detenido a los responsables sin que el asunto llegara a los medios.

– ¿Por qué no?

El jefe de grupo Bjarne Møller creía que sólo había pensado la pregunta y quedó tan sorprendido como los demás al oír su propia voz. Tragó saliva al notar que todos lo miraban y se esforzó por mantener la vista fija en Meirik, aunque no pudo evitar dirigirla a Brandhaug. El consejero de Exteriores le hizo un guiño reconfortante.

– Bueno, como usted sabe, es normal que los atentados cuya planificación se descubre se mantengan en secreto -observó Meirik al tiempo que se quitaba las gafas. Eran unas Horst Tappert, ese tipo de gafas que tanto proliferaban en los catálogos de pedidos por correo, que se oscurecen cuando las expones al sol-. Puesto que los atentados han resultado ser tan contagiosos como los suicidios. Y, además, los de nuestra profesión no tenemos el menor deseo de desvelar nuestros métodos de trabajo.

– ¿Cuáles son los planes de vigilancia? -interrumpió el secretario.

La mujer de los pómulos salientes le entregó un documento a Meirik, que volvió a ponerse las gafas antes de empezar a leer.

– El jueves llegarán ocho hombres del Servicio Secreto con los que comenzaremos a revisar los hoteles, las rutas, el control de seguridad de todos los que van a estar cerca del presidente y a instruir a todos los policías cuyos servicios vamos a utilizar. Además, traeremos refuerzos de Romerike, Asker y Bærum.

– Y ¿para qué van a usarse esos servicios? -preguntó el secretario de Estado.

– Principalmente, para vigilancia. En torno a la embajada de Estados Unidos, al hotel en el que se alojará el séquito del presidente, al aparcamiento…

– En definitiva, la vigilancia de todos los lugares en los que no se encontrará el presidente.

– De eso nos encargamos nosotros mismos, los del CNI. Y el Servicio Secreto, claro.

– Vaya, Kurt, yo creía que a vosotros no os gustaba montar guardia -observó Brandhaug con una leve sonrisa.

El recuerdo provocó una mueca forzada en Kurt Meirik. Durante la conferencia sobre las minas antipersona, celebrada en Oslo en 1997, el CNI se negó a prestar servicios de vigilancia remitiendo a su propia valoración del riesgo, donde se concluía que «la amenaza para la seguridad era entre media y baja». El segundo día de la conferencia, la Oficina de Inmigración advirtió al ministerio de Asuntos Exteriores que uno de los noruegos a los que el CNI había dado el visto bueno como chófer de la delegación croata era un musulmán bosnio que había llegado a Noruega en la década de los setenta y era ciudadano noruego desde hacía ya muchos años; pero en 1993, sus padres y cuatro de sus hermanos murieron ejecutados por los croatas en Mostar, en Bosnia-Hercegovina. Cuando revisaron el apartamento del sujeto, hallaron dos granadas de mano y una carta de despedida en la que explicaba los motivos de su suicidio. Ni que decir tiene que la prensa jamás tuvo la menor idea de aquel suceso, pero el fregado que generó salpicó a las más altas esferas del Gobierno y la continuidad de la carrera de Kurt Meirik estuvo pendiente de un hilo hasta que Bernt Brandhaug intervino personalmente. Todo se acalló después de que uno de los funcionarios responsables del control de seguridad firmase su propio despido. Brandhaug había olvidado el nombre del funcionario, pero la colaboración con Meirik se había desarrollado sin contratiempos desde entonces.

– ¡Bjørn! -gritó con una palmada-. Ahora sí que tenemos mucho interés en escuchar lo que tengas que decir. ¡Adelante!

La mirada de Brandhaug se deslizó fugaz hacia la ayudante de Meirik, pero no tan a la ligera que se le escapase el detalle de que también ella lo miraba. O más bien, ella dirigía la vista hacia él, pero sus ojos parecían inexpresivos y ausentes. Sopesó la posibilidad de sostenerle la mirada, de ver qué tipo de expresión surgía de ellos cuando ella descubriese que él se fijaba en ella, pero desdeñó la idea. ¿No era Rakel su nombre?

Capítulo 5

PARQUE SLOTTSPARKEN

5 de Octubre de 1999

– ¿Estás muerto?

El anciano abrió los ojos y contempló la silueta de la cabeza que lo observaba desde arriba, pero el rostro desapareció en un halo de luz blanca. ¿Era ella? ¿Había acudido para llevárselo ya?

– ¿Estás muerto? -volvió a preguntar la cabeza con voz clara.

Él no respondió, pues no sabía si tenía los ojos abiertos o si sólo estaba soñando. O si, tal y como preguntaba la voz, ya estaba muerto.

– ¿Cómo te llamas?

La cabeza se desplazó y, en su lugar, vio las copas de los árboles y un cielo azul. Había estado soñando. Algo que había leído en un poema. «Los bombarderos alemanes han pasado ya.» Nordahl Grieg. Sobre el rey que huyó a Inglaterra. Las pupilas empezaron a habituarse de nuevo a la luz y recordó que se había tendido sobre el césped del parque de Slottsparken para descansar un poco. Y había debido de quedarse dormido. Sentado a su lado había un niño. Un par de ojos castaños lo contemplaban asomando entre un negro flequillo.

– Yo me llamo Ali -se presentó el pequeño.

¿Sería un niño paquistaní? El chico tenía una nariz curiosamente respingona.

– Ali significa Dios -continuó el niño-. ¿Qué significa tu nombre?

– Yo me llamo Daniel -respondió el anciano con una sonrisa-. Es un nombre bíblico que significa «Dios es mi juez».

El pequeño lo miró fijamente.

– ¿Así que tú eres Daniel?

– Así es -confirmó el hombre.

El niño seguía mirándolo, de modo que el anciano se sintió incómodo ante la idea de que tal vez creyese que era un vagabundo, puesto que estaba allí tendido sobre el césped totalmente vestido, con su abrigo de lana como manta, aunque estaba a pleno sol.

– ¿Dónde está tu madre? -preguntó para esquivar la persistente mirada del pequeño.

– Allí -dijo el niño al tiempo que se volvía para señalar.

Algo apartadas del lugar en que ellos se encontraban, había dos mujeres morenas y robustas sentadas en el césped; a su alrededor alborotaban cuatro niños.

– Pues entonces, yo soy tu juez -concluyó el chico.

– ¿Cómo?

– Ali es Dios, ¿verdad? Y Dios es juez de Daniel. Y yo me llamo Ali y tú te llamas…

Extendió la mano y le pellizcó la nariz a Ali. El niño chilló encantado. El anciano vio cómo las dos mujeres volvían la cabeza y una de ellas estaba ya levantándose cuando él soltó la nariz del pequeño.

– Ahí viene tu madre, Ali -dijo al tiempo que señalaba en dirección a la mujer que se les acercaba.

– ¡Mamá! -gritó el niño en urdu.

El viejo dedicó una sonrisa a la mujer, pero ella esquivó su mirada y, en cambio, miró con expresión severa a su hijo, que, finalmente, obedeció y se marchó trotando hacia ella. Cuando se volvieron, los ojos de la mujer pasaron sobre su figura como si fuera invisible. Sintió deseos de explicarle que no era un vagabundo, que él había participado en la construcción de aquella sociedad. Que él había pagado, había despilfarrado, había entregado cuanto tenía hasta que ya no quedó más que entregar salvo su puesto, su renuncia, su esperanza. Pero no tuvo fuerzas, estaba tan cansado que sólo quería llegar a casa. Descansar, y entonces ya vería. Era hora de que otros empezasen a pagar.

Mientras se alejaba, no oyó que el pequeño lo llamaba a gritos.

Capítulo 6

COMISARÍA GENERAL DE POLICÍA

Grønland, 10 de Octubre de 1999

Ellen Gjelten alzó la vista hacia el hombre que acababa de entrar por la puerta.

– Buenos días, Harry.

– ¡Joder!

Harry le propinó una patada a la papelera que había junto a su escritorio y la estrelló contra la pared contigua a la mesa de Ellen, desde donde salió despedida rodando mientras su contenido se esparcía sobre el suelo de linóleo: borradores desechados de informes (el caso de asesinato Ekeberg), un paquete de cigarrillos vacío (Camel, tax-free), un cartón de yogur con sabor a melón de la marca Go'morn, el diario Dagsavisen, una vieja entrada de cine (del cine Filmteateret, película Fear & Loathing in Las Vegas), un boleto de lotería sin rellenar, una piel de plátano, una revista de música (el número 69 de la revista MOJO, de febrero de 1999 con una foto del grupo Queen en la portada), una botella vacía de refresco de cola (de plástico, medio litro) y un post-it amarillo con un número de teléfono al que, durante un rato, había estado pensando si llamar o no.

Ellen levantó la mirada de su ordenador y estudió el contenido diseminado por el suelo.

– Pero, Harry, ¿has tirado el ejemplar de MOJO? -le preguntó.

– ¡Joder! -repitió Harry mientras se quitaba de un tirón la ajustada chaqueta del traje y la arrojaba por los aires a través de los veinte metros cuadrados de despacho que compartía con la oficial Ellen Gjelten.

La chaqueta alcanzó el perchero pero se deslizó hasta caer al suelo.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó Ellen antes de extender el brazo para detener el balanceo del perchero.

– He encontrado esto en mi buzón.

Harry blandía un documento.

– Parece una sentencia.

– Eso es.

– ¿La causa de Dennis Kebab?

– Exacto.

– ¿Y qué?

– A Sverre Olsen le ha caído un buen paquete. Tres años y medio.

– ¡Vaya! En ese caso, deberías estar de un humor excelente.

– Y lo estuve, durante aproximadamente un minuto. Hasta que leí esto.

Harry le mostró un fax.

– ¿Qué?

– Cuando Krohn recibió su copia de la sentencia esta mañana, respondió enviándonos una advertencia de que tenía intención de recurrirla por un defecto de forma.

Ellen adoptó una expresión de dolor de muelas.

– ¡Vaya!

– Quiere que se revoque la sentencia. No te lo vas a creer, pero ese astuto de Krohn nos ha pillado en la prestación del juramento.

– ¿En qué dices que os ha pillado?

Harry se acercó a la ventana.

– Los dos miembros del jurado popular sólo tienen que prestar juramento la primera vez que hacen de jurado, pero han de hacerlo en la sala de vistas y antes de que comience el juicio. Krohn se dio cuenta de que uno de los miembros era nuevo. Y de que el juez no le había tomado juramento en la sala de vistas.

– Se dice juramentado.

– Tanto da. El caso es que ahora resulta que la sentencia dice que el juez había juramentado a la señora en la antesala de la sala de vistas, justo antes de que empezase el juicio. Atribuye la irregularidad a la falta de tiempo y a las nuevas reglas.

Harry arrugó y arrojó el fax, que describió un largo arco antes de caer a medio metro de la papelera de Ellen.

– ¿En resumen? -preguntó Ellen al tiempo que, de una patada, enviaba el fax a la mitad del despacho que le correspondía a Harry.

– Que la sentencia se revocará como nula y que Sverre Olsen será un hombre libre durante medio año, como mínimo, hasta que se celebre un nuevo juicio. Y, en tales casos, suele aplicarse una pena mucho más suave en razón del perjuicio que el aplazamiento haya podido causar al enjuiciado, bla, bla, bla. Tras los ocho meses que ha pasado en prisión preventiva, es muy probable que Sverre Olsen sea, a estas alturas, un hombre libre.

En realidad, Harry no se dirigía a Ellen, que ya conocía todos aquellos detalles. Le hablaba a la imagen que de sí mismo le devolvía el cristal de la ventana; pronunciaba las palabras en voz alta para comprobar si así tenían más sentido. Se pasó ambas manos por la sudorosa coronilla que, hasta no hacía mucho, había estado cubierta por una capa de cabello rubio y corto. Que se lo hubiese cortado al cero se debía a una razón muy concreta: la semana anterior habían vuelto a reconocerlo. Un muchachote con una gorra de lana negra, zapatillas Nike y unos pantalones tan grandes que el tiro le llegaba por las rodillas se le había acercado mientras sus compañeros se agolpaban a unos pasos y le había preguntado a Harry si él era «el que hizo de Bruce Willis en Australia». Hacía ya tres años, ¡nada menos que tres!, desde que la fotografía de Harry había ilustrado las primeras páginas de los periódicos, desde que Harry se había puesto en ridículo en los programas de televisión hablando acerca de los asesinatos en serie que había presenciado en Sidney. Harry fue y se rapó el pelo inmediatamente. Ellen le había sugerido que se lo afeitase.

– Lo peor de todo es que apuesto lo que quieras a que ese jodido abogado conocía la situación antes de que se hubiese dictado sentencia y pudo haber protestado de modo que la jurado pudiese prestar juramento en el momento y lugar adecuados. Pero se limitó a esperar sentado, frotándose las manos.

Ellen se encogió de hombros.

– Cosas que pasan. Un buen trabajo de la defensa, eso sí. Algo hay que sacrificar en el altar de la seguridad judicial. Venga, Harry, serénate.

La oficial pronunció aquellas palabras con una mezcla de sarcasmo y ecuánime constatación.

Harry apoyó la frente contra el cristal refrescante. Hacía otro de aquellos atípicos y calurosos días de octubre. Se preguntaba dónde habría aprendido Ellen, aquella joven oficial de policía de rostro pálido y bonito como el de una muñeca, de boca pequeña y ojos redondos, a hablar con tanto descaro. Era una niña bien que pertenecía a una familia burguesa, según ella misma confesaba, mimada como la hija única que era, hasta el punto de que había asistido a una escuela católica de Suiza, sólo para niñas. A saber si aquella educación no era la idónea para aprender a ser descarada.

Harry echó el cuello hacia atrás y respiró hondo al tiempo que se desabotonaba uno de los botones de la camisa.

– Cuéntame más -susurró Ellen dando suaves palmadas, como marcando el paso.

– En los ambientes nazis se lo conoce como Batman.

– Perfecto. El bate de béisbol: «el hombre del bate».

– No, no me refiero al nazi, sino al abogado.

– Ah, vale. Muy interesante. ¿Quieres decir que es guapo, rico, un loco encantador y que tiene el vientre como una tabla de lavar y un coche fantástico?

Harry sonrió.

– Deberías tener tu propio programa de televisión, Ellen. Es porque gana cada vez que acepta la defensa de uno de ellos. Además, está casado.

– ¿Es ése su único punto negativo?

– No, también lo es que a nosotros siempre nos hunde -dijo Harry mientras se servía una taza del café de casa que Ellen se llevaba al despacho desde el día en que, hacía ya casi diez años, empezó a trabajar allí.

Con la consecuencia negativa de que Harry ya no soportaba el aguachirle normal.

– ¿Llegará a juez del Tribunal Supremo?

– Antes de los cuarenta.

– ¿Te apuestas mil coronas?

– Hecho.

Ambos brindaron con sus tazas de papel y una sonrisa en los labios.

– ¿Puedo quedarme con el MOJO? -preguntó Ellen.

– En las páginas centrales hay fotografías de Freddy Mercury en las peores posturas imaginables. Con el torso desnudo, los brazos en jarras y los dientes salidos. Vamos, todo el equipo. En fin, es toda tuya.

– A mí me gusta Freddy Mercury. O me gustaba.

– Yo no he dicho que no me gustara.

El desinflado sillón azul, que, hacía ya mucho tiempo, se había instalado en la muesca de posición más baja, emitió un quejido de protesta cuando Harry se repantigó en él reflexivo. Tomó un papel amarillo en el que Ellen había anotado algo antes de pegarlo al teléfono que Harry tenía delante.

– ¿Qué es esto?

– ¿No sabes leer? Møller quiere verte.

Harry atravesó diligente el pasillo mientras recreaba en su mente la boca apretada y las dos arrugas de honda preocupación que aparecerían en la frente de su jefe cuando supiese que Sverre Olsen había quedado libre una vez más.

La joven de sonrosadas mejillas que estaba ante la fotocopiadora alzó la vista de repente y sonrió cuando Harry pasó por su lado, pero él no se molestó en devolverle la sonrisa. Sería una de las nuevas administrativas. Su perfume era tan intenso y dulzón que lo llenó de irritación. Miró el segundero del reloj.

Así que empezaban a irritarle los perfumes; en fin. ¿Qué era lo que le estaba ocurriendo? Ellen decía que carecía de impulsos naturales, eso que hace que la gente vuelva a levantarse casi siempre. Después de volver de Bangkok, se sentía tan hundido que sopesó la posibilidad de renunciar a subir de nuevo a la superficie. Todo era frío y oscuro y todas las impresiones que recibía eran como «dejarse caer». Como si se encontrase bajo el agua, a mucha profundidad. Y sentía una paz tan benefactora… Cuando la gente le hablaba, las palabras se le antojaban burbujas de aire que surgían de sus bocas para subir a toda prisa y desaparecer. «De modo que así se siente uno cuando se ahoga», se decía mientras esperaba. Pero nada sucedió. Tan sólo el vacío. De acuerdo. Se había librado.

Gracias a Ellen.

En efecto, durante las primeras semanas después de su vuelta a casa, ella fue quien lo animó cuando él empezó a pensar que debía tirar la toalla y marcharse. Y fue ella quien se ocupó de que no anduviese por los bares, quien le recomendaba que respirase hondo cuando llegaba tarde al trabajo y le decía si estaba o no en condiciones de enfrentarse a la jornada laboral. Quien lo había enviado a casa un par de veces sin reprocharle nunca nada. Le había llevado tiempo, pero Harry no tenía nada urgente que hacer. Y Ellen asintió satisfecha el primer viernes que ambos constataron que había pasado sobrio toda una semana, sin interrupción.

Al final, él le preguntó sin rodeos por qué una mujer como ella, con el título de la Escuela Superior de Policía y la licenciatura en derecho a su espalda y con todo un futuro de posibilidades ante sí, se había atado al cuello aquella piedra voluntariamente. ¿Acaso ignoraba que él no podría aportarle nada positivo a su carrera? ¿O tenía problemas para ganarse amigos normales, gente de éxito?

Ella le dirigió una mirada grave antes de responder que sólo lo hacía para sacar provecho de su experiencia, que él era el mejor investigador criminal del grupo de delitos violentos. Aquello no eran más que palabras, naturalmente, y, pese a todo, él se había sentido halagado al comprobar que ella se atrevía a elogiarlo. Además, Ellen ponía tanto entusiasmo y ambición en su trabajo de investigadora criminal que habría sido imposible no contagiarse. Los últimos seis meses, Harry empezó incluso a volver a hacer un buen trabajo. En algunos casos, muy bueno. Como el que había llevado a cabo con Sverre Olsen.

Y allí estaba, ante la puerta de Møller. Harry le hizo un gesto de pasada a un oficial de uniforme que fingió no verlo.

Pensó que si hubiese participado en La Isla de los Famosos, no habrían necesitado más de un día para percibir su karma negativo y mandarlo a casa tras la primera reunión del consejo. ¿Reunión del consejo? ¡Dios santo! Empezaba a pensar en los términos que solían emplear en los programas de mierda de la cadena TV3. Claro, así terminaba uno cuando se pasaba cinco horas al día ante el televisor. El asunto era que, mientras permaneciese encerrado en la ratonera de la calle Sofie, no podía estar sentado en el restaurante Schrøder.

Golpeó la puerta por dos veces, justo debajo de la placa en la que estaba grabado el nombre de Bjarne Møller, JG.

– ¡Adelante!

Harry echó un vistazo al reloj: 75 segundos.

Capítulo 7

DESPACHO DE MØLLER

9 de Octubre de 1999

El inspector jefe Bjarne Møller estaba más tumbado que sentado en la silla y dejaba sobresalir sus largas piernas por entre las patas de la mesa. Tenía las manos cruzadas por detrás de la cabeza, claro ejemplo de lo que los antiguos estudiosos de las razas llamaban «cabeza alargada», y el auricular del teléfono sujeto entre la oreja y el hombro. Llevaba el pelo corto al modo que Hole había visto recientemente en el peinado que Kevin Costner lucía en la película El guardaespaldas. Møller no había visto El guardaespaldas. En realidad, llevaba quince años sin ir al cine. En efecto, el destino lo había provisto de demasiado sentido de la responsabilidad, de unos días demasiado cortos, de dos niños y de una esposa que lo entendían sólo a medias.

– Bien, quedamos en eso -aseguró Møller, concluyendo la conversación antes de mirar a Harry, del que lo separaba una mesa inundada de documentos, ceniceros a rebosar y vasos de papel.

La fotografía de dos pequeños pintados como indios salvajes marcaba una especie de centro lógico en medio del caos.

– ¡Vaya! Aquí estás, Harry.

– Así es, aquí estoy, jefe.

– Vengo del Ministerio de Asuntos Exteriores, donde hemos celebrado una reunión sobre la cumbre que tendrá lugar en noviembre aquí, en Oslo. Va a venir el presidente de Estados Unidos y…, bueno, tú también lees los periódicos, claro. ¿Un café, Harry?

Møller se había levantado y, con un par de pasos de gigante, había alcanzado un armario sobre el que descansaba un montón de papeles coronado por una cafetera eléctrica cuyo contenido había adquirido una consistencia viscosa.

– Gracias, jefe, pero…

Pero ya era demasiado tarde y Harry tomó la taza humeante que le ofrecía su superior.

– Deseo especialmente recibir la visita de la gente del Servicio Secreto, con quienes, estoy convencido, terminaremos por entablar una cordial relación a medida que los vayamos conociendo.

No había el menor rastro de ironía en las palabras de Møller. Y aquélla era tan sólo una de las cualidades que Harry valoraba en su jefe.

Møller encogió las rodillas hasta que se toparon con la parte inferior de la mesa. Harry se inclinó hacia atrás para alcanzar el paquete de Camel del bolsillo posterior del pantalón al tiempo que, con gesto inquisitivo dirigido a Møller, alzaba una ceja. Su jefe asintió y le tendió un cenicero repleto de colillas.

– Yo seré el responsable de la seguridad en las carreteras desde y hacia Gardermoen. Además del presidente, vendrá también Barak…

– ¿Barak? -interrumpió Harry.

– Sí, Edhu Barak. El primer ministro israelí.

– ¡Dios! ¿Acaso están preparando un nuevo y flamante acuerdo de Oslo?

Møller observaba descorazonado la nube de humo violáceo que ascendía hacia el techo.

– No me digas que no te has enterado, Harry, porque, en ese caso, mi preocupación por ti será mayor de lo que ya es. La semana pasada fue noticia de primera plana en todos los periódicos.

Harry se encogió de hombros.

– La información de la prensa es poco fiable. Le saco más partido a la cultura general. Una seria desventaja para la vida social. -Con cautela, Harry dio otro sorbo al café, pero desistió enseguida y lo dejó sobre la mesa-. Y para la vida amorosa -añadió.

– ¿Ah, sí?

Møller miró a Harry con expresión de no saber si alegrarse u horrorizarse ante la apostilla.

– Lógico. ¿A quién va a parecerle sexy un hombre en la treintena que se sabe la vida de todos los participantes de Supervivientes, pero que apenas si conoce el nombre de un solo ministro? Ni el del presidente de Israel.

– Es primer ministro, no presidente.

– ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Møller se aguantaba la risa. Era muy propenso a la risa. Como lo era a sentir simpatía por aquel subordinado algo maltrecho cuyas grandes orejas sobresalían de la calva como las vistosas alas de un pajarillo. Y eso, a pesar de que Harry le había reportado a Møller más pesares que alegrías. En cuanto llegó al Centro Nacional de Inteligencia aprendió enseguida que la regla número uno para un funcionario público con pretensiones de hacer carrera era cubrirse las espaldas. Møller carraspeó dispuesto a formular las delicadas preguntas que había decidido hacer, aunque con cierto temor, y frunció el entrecejo para hacer ver a Harry que la preocupación era de naturaleza más profesional que amistosa.

– He oído que sigues pasando las horas sentado en el restaurante Schrøder, ¿es cierto, Harry?

– Menos que nunca, jefe. ¡Dan tantos programas buenos por la tele!

– Pero sigues pasando horas allí sentado, ¿no?

– Es que no les gusta que estés de pie.

– ¡Venga ya! ¿Has vuelto a la bebida?

– Lo mínimo.

– ¿Qué mínimo?

– Si bebiera menos, me echarían de allí.

En esta ocasión, Møller fue incapaz de contener la risa.

– Pienso colocar a tres oficiales de enlace para proteger la carretera -explicó-. Cada uno de ellos aportará diez hombres de diversos distritos policiales en Akershus, además de a un par de cadetes del último curso de la Escuela Superior de Policía. Había pensado en Tom Waaler…

Waaler. Racista, un hijo de puta con orientación exclusiva al puesto que no tardaría en anunciarse como vacante en la jefatura. Harry había oído hablar lo suficiente del comportamiento profesional de Waaler como para saber que con él se confirmaban todos los prejuicios que la gente tenía sobre la policía, y algunos más, salvo uno: Waaler no era, por desgracia, ningún idiota. Los resultados que había obtenido como investigador eran tan notables que incluso Harry se veía obligado a admitir que se merecía el inevitable ascenso.

– … en Weber…

– ¿Ese viejo cascarrabias?

– … y en ti, Harry.

– ¿Puedes repetirlo?

– Has oído bien.

Harry hizo un mohín.

– ¿Tienes alguna objeción? -quiso saber Møller.

– Por supuesto que tengo alguna objeción.

– ¿Por qué? Se trata de una especie de misión honorable, Harry. Una palmadita en el hombro.

– ¿Estás seguro de que lo es? -Harry apagó el cigarrillo aplastándolo con fuerza irrefrenable en la montaña de cenizas-. ¿No será sólo un paso más en el proceso de rehabilitación?

– ¿Qué quieres decir? -Bjarne Møller parecía herido.

– Sé que, desoyendo los buenos consejos, te indispusiste con más de uno cuando me acogiste de nuevo en el calor del hogar después de lo de Bangkok. Y te estaré eternamente agradecido por ello. Pero ¿a qué viene esto ahora? ¿Oficial de enlace? Suena como un intento de demostrar a los incrédulos que tú tenías razón y que ellos estaban equivocados. Que Hole está recuperado, que puede asumir responsabilidades y esas cosas.

– ¿Y bien?

Bjarne Møller había vuelto a cruzar las manos por detrás de la cabeza.

– ¿Y bien? -repitió Harry-. ¿De eso se trata? ¿Sólo soy una pieza más?

Møller suspiró con resignación.

– Harry, todos somos eso, simples piezas. Siempre hay una agenda oculta. Ésta no es peor que otras. Haz un buen trabajo y los dos sacaremos provecho. ¿Tan complicado es?

Harry resopló dispuesto a decir algo, se detuvo, quiso comenzar de nuevo, pero desistió. Echó mano del paquete y sacó otro cigarrillo.

– No, es que me siento como un jodido caballo de carreras. Y también que no estoy en condiciones de asumir responsabilidades.

Harry dejó el cigarrillo entre los labios, sin encenderlo. Le debía aquel favor a Møller pero ¿qué pasaría si la cagaba? Oficial de enlace. Llevaba ya mucho tiempo sin beber, pero tenía que andarse con cuidado, ir paso a paso, ¡joder! ¿No era ésa la razón por la que se había convertido en investigador, para no trabajar con subordinados? Y con el mínimo de superiores, por cierto. Harry mordió el filtro del cigarrillo.

Desde el pasillo se oyó a alguien hablando junto a la máquina de café, parecía Waaler. Después, estalló la risa refrescante de una mujer. «La nueva administrativa, seguramente.» Aún tenía el olor de su perfume en las fosas nasales.

– ¡Joder! -exclamó Harry-. ¡Jo-der! -repitió separando las dos sílabas, con lo que el cigarrillo saltó dos veces en su boca.

Møller había mantenido los ojos cerrados durante la pausa que Harry se había tomado para la reflexión y ahora los entreabrió, antes de preguntar:

– ¿Debo interpretarlo como un sí?

Harry se levantó y se marchó sin decir nada.

Capítulo 8

ESTACIÓN DE PEAJE DE ALNABRU

1 de Noviembre de 1999

El pájaro gris entró planeando en el campo de visión de Harry para desaparecer enseguida. Colocó el dedo en el gatillo de su Smith & Wesson, calibre 38, sin dejar de mirar fijamente la espalda estática que se veía detrás del cristal, sobre el borde de la mira. El día anterior, alguien había hablado en la televisión de tiempo lento.

«El claxon, Ellen. Toca el maldito claxon, puede que se trate de un agente del Servicio Secreto.»

Tiempo lento, como el de la noche de Navidad, antes de que llegue Papá Noel.

La primera moto estaba ya a la altura de la cabina y el petirrojo no era ya más que una mancha negra en las inmediaciones de su campo de visión. El tiempo que transcurría en la silla eléctrica antes de que conectasen la corriente…

Harry apretó el gatillo. Una, dos, tres veces.

Y, de repente, el tiempo se aceleró con inusitada violencia. Los cristales ahumados se volvieron blancos antes de caer hechos añicos sobre el asfalto en una lluvia de fragmentos de vidrio, y Harry tuvo el tiempo justo de ver desaparecer un brazo bajo el borde de la cabina antes de que el sonido susurrante de los lujosos coches americanos apareciese para desaparecer enseguida.

Se quedó mirando fijamente la cabina. Un par de hojas amarillas se habían arremolinado surcando el aire al paso del cortejo, antes de volver a posarse sobre un seto de césped sucio y gris. Él seguía mirando la cabina. Volvía a reinar la calma y, por un instante, logró pensar simplemente que se encontraba en una estación de peaje noruega normal y corriente, en un día de otoño normal y corriente y que al fondo se veía una estación de servicio Esso normal y corriente. Incluso el frío aire matutino olía como siempre: a hojas marchitas y a gas de los coches. Y hasta se le ocurrió pensar: cabía la posibilidad de que nada de aquello hubiese sucedido.

Su mirada persistía fija en la cabina cuando el tono quejumbroso y pertinaz de la bocina del Volvo que había a su espalda dividió el día en dos.

Parte II. GÉNESIS

Capítulo 9

1942

Los destellos iluminaron el cielo de la noche, tan gris que parecía una lona sucia tensada sobre el paisaje desolado que los rodeaba. Puede que los rusos hubieran iniciado una ofensiva, puede que sólo quisieran hacerles creer que esas cosas nunca se sabían hasta después. Gudbrand estaba echado sobre el borde de la trinchera con ambas piernas dobladas bajo el cuerpo, agarraba el fusil con las dos manos y escuchaba los sordos estruendos lejanos, mientras miraba los destellos que caían lentamente. Sabía que no debía mirarlos, pues podían producir ceguera nocturna e impedirle así ver a los francotiradores rusos que se deslizaban por la nieve allí, en tierra de nadie. Pero de todos modos no los podía ver, nunca había visto ninguno, solamente había disparado por indicación de los otros. Como ahora.

– ¡Allí está!

Era Daniel Gudeson, el único chico de ciudad del pelotón. Los otros procedían de sitios que terminaban en «-dal», es decir, valle. Unos eran valles anchos, otros eran profundos, sombríos y poco poblados, como el hogar de Gudbrand. Pero Daniel no. No Daniel Gudeson, con su frente alta y despejada, sus brillantes ojos azules y su blanca sonrisa. Daniel parecía recortado de uno de los carteles de captación. Procedía de un lugar con vistas.

– A las dos, a la izquierda de la maleza -dijo Daniel.

– ¿Maleza?

No había un solo matojo en aquel paraje bombardeado. Sí, al parecer sí había maleza, ya que los demás empezaron a disparar. Pum, pum, pum. Cada bala corría como una luciérnaga describiendo una parábola. Un rastro de fuego. La bala salía disparada hacia la oscuridad pero, derepente, parecía cansarse, porque la velocidad disminuía y aterrizaba suavemente en algún lugar allí fuera. O al menos ésa era la sensación que daba. Gudbrand pensaba que era imposible que una bala tan lenta pudiera matar a nadie.

– ¡Se escapa! -se oyó gritar a una voz en tono amargo y lleno de odio.

Era Sindre Fauke. Su cara casi no se distinguía del uniforme de camuflaje, y los ojos pequeños y muy juntos miraban fijamente a la oscuridad. Procedía de una granja perdida al final del valle de Gudbrandsdalen, probablemente un lugar angosto donde nunca llegaba el sol, porque tenía el rostro muy pálido. Gudbrand no sabía por qué se había alistado para luchar en el frente, pero había oído que sus padres y sus dos hermanos eran miembros de la Unión Nacional, que llevaban un brazalete y que delataban a los vecinos por la simple sospecha de ser patriotas normales. Daniel dijo que algún día probarían el látigo, los delatores y aquellos que aprovechaban la guerra para obtener ventajas.

– No -dijo Daniel en voz baja, con la mejilla contra la culata-. Ningún jodido bolchevique se va a escapar.

– Él sabe que lo hemos visto -dijo Sindre-. Piensa meterse en ese hoyo.

– Ni hablar -dijo Daniel apuntando con el arma. Gudbrand miró fijamente a la oscuridad blanquecina. Nieve blanca, trajes de camuflaje blancos, destellos blancos. El cielo se iluminó otra vez. Toda clase de sombras corrían por la nieve endurecida. Gudbrand volvió a mirar hacia arriba. Destellos amarillos y rojos sobre el fondo del horizonte, seguidos de varias detonaciones lejanas. Era tan irreal como en el cine, con la diferencia de que estaban a treinta grados bajo cero, y no había nadie a quien abrazar. ¿A lo mejor era realmente una ofensiva esta vez?

– Eres demasiado lento, Gudeson, ha desaparecido.

Sindre escupió en la nieve.

– ¡Qué va! -dijo Daniel, en voz más baja todavía, y apuntó. Ya casi no le salía vaho de la boca.

Entonces, de repente, se oyó un agudo silbido, un grito de advertencia, y Gudbrand se lanzó al fondo helado de la trinchera con las manos sobre la cabeza. La tierra tembló. Llovían trozos de tierra marrones y congelados, y uno dio en el casco de Gudbrand, que se le escurrió y le tapó los ojos. Esperó hasta estar seguro de que no le caería nada más del cielo y volvió a ajustarse el casco. Reinaba el silencio y un fino velo de partículas de nieve se le pegaba a la cara. Dicen que uno nunca oye la granada que lo alcanza, pero Gudbrand había visto el resultado del silbido de suficientes granadas como para saber que no era verdad. Un destello iluminó la trinchera y contempló las caras pálidas de los otros, y sus sombras, que parecían acercársele encorvadas, gateando pegadas a las paredes de la trinchera mientras caía la luz. Pero ¿dónde estaba Daniel? ¡Daniel!

– ¡Daniel!

– Lo atrapé -dijo Daniel, todavía tumbado arriba, en el borde de la trinchera.

Gudbrand no podía creer lo que oía.

– ¿Qué dices?

Daniel se deslizó dentro de la trinchera, sacudiéndose nieve y trozos de tierra. Y le dedicó una amplia sonrisa.

– Ningún ruso de mierda va a matar a nuestro guardia esta noche. Tormod ha sido vengado.

Clavó los talones en el borde de la trinchera para no resbalar por el hielo.

– Mierda -dijo Sindre-. No le diste, Gudeson. Vi cómo el ruso desaparecía dentro del hoyo.

Sus pequeños ojos saltaban de uno a otro como para preguntar si alguno de ellos creía en la fanfarronería de Daniel.

– Correcto -dijo Daniel-. Pero dentro de dos horas será de día y él sabía que tenía que salir antes de ahí.

– Eso es, y lo intentó demasiado pronto -dijo Gudbrand rápidamente-. Salió por el otro lado. ¿No es verdad, Daniel?

– Pronto o no -sonrió Daniel-, de todas formas lo he atrapado.

– Cierra tu bocaza, Gudeson -bufó Sindre.

Daniel se encogió de hombros, comprobó la recámara y volvió a cargar. Se dio la vuelta, colgó el fusil del hombro, encajó la bota en la pared congelada y saltó otra vez al borde de la trinchera.

– Dame tu pala, Gudbrand.

Daniel cogió la pala y se levantó. Con el uniforme blanco de invierno recortó una silueta en el cielo negro y el destello parecía suspendido como una aureola encima de la cabeza.

«Parece un ángel», pensó Gudbrand.

– ¿Qué cono haces? -Quien gritaba era Edvard Mosken, el jefe del pelotón. Ese chico tan prudente del valle de Mjöndalen. Rara vez levantaba la voz a los veteranos del grupo, como Daniel, Sindre y Gudbrand. Normalmente, eran los recién llegados los que se llevaban las broncas cuando cometían algún error. Y esas broncas les habían salvado la vida a muchos de ellos. Ahora, Edvard Mosken miraba fijamente a Daniel con su ojo siempre abierto. Nunca lo cerraba, ni cuando dormía, eso lo había visto el propio Gudbrand.

– ¡Ponte a cubierto, Gudeson! -gritó el jefe del pelotón.

Pero Daniel sonrió y no tardó ni un segundo en desaparecer; sobre ellos no quedó más que el vaho de su boca suspendido durante un instante. Entonces, el destello descendió detrás del horizonte y otra vez se hizo la oscuridad.

– ¡Gudeson! -gritó Edvard mientras escalaba hasta el borde-. ¡Mierda!

– ¿Lo ves? -preguntó Gudbrand.

– Ni rastro.

– ¿Para qué quería la pala? -dijo Sindre mirando a Gudbrand.

– No lo sé.

A Gudbrand no le gustaba esa mirada penetrante de Sindre, le recordaba a otro granjero que había estado allí. Se había vuelto loco, se meó en los zapatos una noche antes de hacer la guardia y después tuvieron que amputarle todos los dedos de los pies. Pero ahora estaba en Noruega, así que a lo mejor no estaba tan loco después de todo. En cualquier caso, tenía la misma mirada penetrante.

– Puede que sólo quisiera dar una vuelta por tierra de nadie -dijo Gudbrand.

– Ya sé lo que hay al otro lado de la alambrada, sólo pregunto qué es lo que va a hacer allí.

– Puede que la granada le diese en la cabeza -dijo Hallgrim Dale-. Quizá se haya vuelto loco.

Hallgrim Dale era el más joven del pelotón, sólo tenía dieciocho años. Nadie sabía exactamente por qué se había alistado. Afán de aventuras, opinaba Gudbrand. Dale afirmaba que sentía admiración por Hitler, pero que no tenía ni idea de política. Daniel creía saber que Dale había querido escapar de una chica embarazada.

– Si el ruso está vivo, Gudeson recibirá un tiro antes de haber recorrido cincuenta metros -dijo Edvard Mosken.

– Daniel le dio -susurró Gudbrand.

– En ese caso, uno de los otros le pegará un tiro a Gudeson -dijo Edvard, metió la mano por dentro de la casaca de camuflaje y sacó un fino cigarrillo-. Hay muchos esta noche.

Mantuvo la cerilla escondida en la mano cuando la frotó con fuerza contra la caja húmeda. El azufre prendió al segundo intento, Edvard encendió el cigarrillo, dio una calada y lo pasó rápidamente al compañero que tenía al lado. Nadie dijo nada, parecían ensimismados. Pero Gudbrand sabía que, como él, estaban alerta.

Pasaron diez minutos sin que oyesen nada.

– Parece que van a bombardear el lago Ladoga desde los aviones -dijo Hallgrim Dale.

Todos habían oído los rumores sobre los rusos que se escapaban de Leningrado cruzando el hielo del lago Ladoga. Pero lo peor era que el hielo también hacía posible que el general Tsjukov consiguiese provisiones para la ciudad sitiada.

– Parece que allí dentro se están desmayando de hambre por las calles -dijo Dale, indicando con la cabeza hacia el este.

Pero Gudbrand había oído eso desde que llegó, hacía casi un año, y todavía seguían allí fuera pegándote tiros en cuanto sacabas la cabeza por encima del borde de la trinchera. El invierno anterior llegaban a sus trincheras, todos los días, con las manos detrás de la cabeza, los desertores que ya estaban hartos y optaban por cambiar de bando a cambio de un poco de comida y algo de calor. Pero ya no acudían tan a menudo, y los dos desgraciados con los ojos hundidos que Gudbrand había visto la semana anterior los miraban incrédulos cuando vieron que ellos estaban igual de flacos.

– Veinte minutos. No viene -dijo Sindre-. Está muerto. Como un arenque en salmuera.

– ¡Cierra la boca!

Gudbrand dio un paso hacia Sindre, que se puso firme enseguida. Sin embargo, a pesar de que Sindre le sacaba por lo menos una cabeza, era evidente que tenía muy pocas ganas de pelear. Probablemente se acordaba del ruso que Gudbrand había matado hacía unos meses. ¿Quién podría pensar que el bueno y precavido de Gudbrand fuese capaz de tal salvajismo? El ruso había entrado en la trinchera sin ser visto, entre dos puestos de escucha, y masacró a todos los que dormían en los dos bunkeres más cercanos, uno de holandeses y otro de australianos, antes de entrar en el suyo. Los salvaron las pulgas.

Había pulgas por todas partes, pero sobre todo en las zonas más calientes, como debajo de los brazos, debajo del cinturón, en la entrepierna y alrededor de los tobillos. Gudbrand era el que dormía más cerca de la puerta, no podía conciliar el sueño a causa de las picaduras que tenía en las pantorrillas, llagas que podían ser del tamaño de una moneda de cinco öre, alrededor de cuyo borde las pulgas se amontonaban para atiborrarse de sangre. Gudbrand había sacado la bayoneta en un frustrado intento de librarse de las pulgas, cuando el ruso se apostó a la puerta para empezar a tirar. Gudbrand sólo vislumbró la silueta, pero enseguida comprendió que se trataba del enemigo, en cuanto vio en alto el contorno de un rifle Mosi-Nagant. Con la única ayuda de la bayoneta roma, Gudbrand hirió al ruso con tal eficacia que apenas tenía sangre cuando lo trasladaron hasta la nieve más tarde.

– Tranquilos, chicos -dijo Edvard llevándose a Gudbrand a un lado-. Deberías dormir un poco, Gudbrand, hace una hora que te relevaron.

– Voy a salir a ver si lo veo -dijo Gudbrand.

– ¡No, no harás tal cosa! -gritó Edvard.

– Sí, yo…

– ¡Es una orden!

Edvard le zarandeó el hombro. Gudbrand intentó zafarse, pero el jefe del pelotón no lo soltaba.

La voz de Gudbrand se volvió clara y trémula de desesperación:

– ¡Puede que esté herido! ¡Puede que se haya quedado atrapado en el alambre!

Edvard le dio unas palmaditas en el hombro.

– Pronto se hará de día -constató-. Entonces podremos averiguar lo ocurrido.

Miró a los otros hombres que habían seguido el incidente en silencio. Empezaron a patear la nieve otra vez y a hablar en voz baja entre ellos. Gudbrand vio cómo Edvard se acercaba a Hallgrim Dale y le susurraba al oído. Dale escuchó y miró de reojo a Gudbrand, que sabía perfectamente lo que decía. Había orden de vigilarlo. Hacía tiempo que alguien había hecho circular el rumor de que él y Daniel eran algo más que buenos amigos. Y que no eran de fiar. Mosken les había preguntado directamente si tenían planeado desertar juntos. Ellos lo negaron, por supuesto, pero ahora Mosken pensaría seguramente que Daniel había aprovechado la ocasión para escapar. Y que Gudbrand iba «a buscar» al amigo como parte del plan para llegar al otro lado juntos. A Gudbrand le daban ganas de reír. Cierto que podía ser agradable soñar con las dulces promesas de comida, calor y mujeres que los altavoces rusos emitían sobre el árido campo de batalla en un alemán embaucador, pero ¿iban a creerlas?

– ¿Qué apostamos a que vuelve? -propuso Sindre-. Tres raciones de comida, ¿qué dices?

Gudbrand estiró el brazo hacia abajo para asegurarse de que llevaba la bayoneta colgada del cinturón debajo del uniforme de camuflaje.

-Nicht schiessen, bitte! [2]

Gudbrand giró en redondo y allí, justo por encima de él, vio una cara rojiza bajo un gorro de uniforme ruso, que le sonreía desde el borde de la trinchera. El sujeto saltó desde el borde y aterrizó sobre el hielo al estilo de Telemark.

– ¡Daniel! -gritó Gudbrand.

– ¡Hola! -dijo Daniel levantando la gorra del uniforme-. Dobry vetsjer [3].

Los hombres lo miraban petrificados.

– Oye, Edvard -gritó Daniel-. Deberías llamarles la atención a esos holandeses. Tienen por lo menos cincuenta metros entre los puestos de escucha.

Edvard estaba tan callado e impresionado como los otros.

– ¿Has enterrado al ruso, Daniel?

A Gudbrand le brillaba el rostro de pura excitación.

– ¿Enterrarlo? -dijo Daniel-. Hasta le recé el padrenuestro y canté una canción. ¿Sois duros de oído? Estoy seguro de que lo oyeron al otro lado.

Saltó al borde de la trinchera, se sentó, alzó las manos y empezó a cantar con voz cálida y grave:

– «Nuestro Dios es firme como una fortaleza.»

Los hombres gritaban de alegría. Y Gudbrand se rió tanto que se le saltaron las lágrimas.

– ¡Eres un diablo, Daniel! -exclamó Dale.

– Daniel no. Llámame… -Daniel se quitó el gorro del uniforme ruso y leyó en el interior del forro-, llámame Urías. Vaya, también sabía escribir. Bueno, de todos modos, era un bolchevique.

Saltó desde el borde y miró a su alrededor.

– ¿Nadie tiene nada en contra de un buen nombre judío?

Hubo un momento de silencio antes de que estallaran las risas. Y los primeros hombres se acercaron para darle a Urías unas palmaditas en la espalda.

Capítulo 10

LENINGRADO

31 de Diciembre de 1942

Hacía frío en el puesto de guardia de las ametralladoras. Gudbrand llevaba encima toda la ropa que tenía, pero aun así tiritaba y había perdido la sensibilidad en los dedos de pies y manos. Lo peor eran las piernas. Se las había envuelto en los nuevos trapos para los pies, pero no eran de gran ayuda.

Miraba fijamente la oscuridad. No habían oído nada de Ivan aquella noche, tal vez estuviese festejando el Fin de Año. Quizás estuviese degustando una suculenta comida. Cordero con col o carne ahumada. Gudbrand sabía perfectamente que los rusos no tenían carne, pero él no conseguía dejar de pensar en comida.

A ellos no les habían dado otra cosa que la ración habitual de pan y lentejas. El pan tenía un evidente color verdoso, pero ya se habían acostumbrado. Y si llegaba a estar tan mohoso que se deshacía, lo usaban en la sopa.

– Por lo menos en Navidad nos dieron una salchicha -dijo Gudbrand.

– ¡Cállate! -respondió Daniel.

– Esta noche no hay nadie fuera, Daniel. Están comiendo…

– No empieces otra vez con el tema de la comida. No te muevas y quédate atento por si ves algo.

– Pues yo no veo nada, Daniel. Nada.

Se acurrucaron uno al lado del otro, manteniendo las cabezas bajas. Daniel llevaba el gorro del militar ruso. El casco de acero con la insignia de la Waffen-SS estaba a su lado. Gudbrand entendía por qué. Había en la forma del casco algo que hacía que el viento helado y constante pasase por debajo del canto delantero produciendo en el interior un sonido continuo y enervante que resultaba muy molesto cuando estabas en un puesto de escucha.

– ¿Qué te pasa en la vista? -preguntó Daniel.

– Nada. Mi visión nocturna no es muy buena.

– ¿Eso es todo?

– Y también soy un poco daltónico.

– ¿Un poco daltónico?

– Los rojos y los verdes. No puedo distinguirlos, no sé cómo, los colores se mezclan. Por ejemplo, cuando íbamos al bosque a recoger arándanos rojos para el asado del domingo, yo no los veía…

– ¡He dicho que no hables más de comida!

Se quedaron callados. A lo lejos se oyó una ráfaga de metralleta. El termómetro señalaba veinticinco grados bajo cero. El año pasado habían estado a cuarenta y cinco bajo cero varias noches seguidas. Gudbrand se consolaba pensando en que las pulgas se paralizaban con ese frío, no empezaría a sentir la necesidad de rascarse hasta que terminase la guardia y se metiese bajo la manta de la litera. Pero aquellos bichos aguantaban el frío mejor que él. Una vez hizo un experimento, dejó la camiseta fuera, en la nieve, durante tres días seguidos. Cuando se llevó la camiseta dentro, estaba tiesa como un témpano de hielo, pero cuando la calentó delante de la estufa, la vida volvió a despertar en sus costuras y la arrojó al fuego, de puro asco.

Daniel carraspeó:

– Por cierto, ¿cómo os comíais ese asado de los domingos?

Gudbrand no se hizo de rogar:

– Primero mi padre cortaba el asado, solemnemente, como un cura, mientras nosotros, los niños, lo observábamos sentados e inmóviles. Después mi madre servía dos lonchas en cada plato y las cubría con una salsa, marrón tan espesa que tenías que removerla para que no se cuajase del todo. Y estaba aderezado con muchas coles de Bruselas, frescas y crujientes. Deberías ponerte el casco, Daniel. A ver si te va a alcanzar una ráfaga en la cabeza.

– O una granada. Continúa.

Gudbrand cerró los ojos y empezó a sonreír.

– El postre era crema de ciruelas pasas. O pastel de chocolate. No era un postre corriente, era algo que mi madre había traído de Brooklyn.

Daniel escupió en la nieve. Normalmente, las guardias en invierno eran de una hora, pero tanto Sindre Fauke como Hallgrim Dale estaban en cama con fiebre, y Edvard Mosken, el jefe del pelotón, había decidido aumentarla a dos horas hasta que se pudiese contar con todos.

Daniel puso la mano en el hombro de Gudbrand.

– ¿La echas de menos, verdad? A tu madre, digo.

Gudbrand se rió, escupió en la nieve en el mismo sitio que Daniel y miró las estrellas que parecían congeladas allá en el cielo. La nieve crujía y Daniel levantó la cabeza.

– Un zorro -dijo.

Era increíble, pero hasta en aquel lugar, donde cada metro cuadrado había sido bombardeado y las minas estaban más incrustadas que los adoquines de la calle de Karl Johan, había vida animal. No mucha, pero habían visto liebres y zorros. Y algún que otro hurón. Por supuesto, ellos intentaban cazar lo que veían, todo era bien recibido en la olla. Pero desde el día en que los rusos le pegaron un tiro a un alemán cuando intentaba darle caza a una liebre, los jefes creían que los rusos soltaban liebres delante de sus trincheras para hacerles salir hasta tierra de nadie. ¡Pensar que los rusos iban a prescindir voluntariamente de una liebre!

Gudbrand se pasó la mano por los labios doloridos y miró el reloj. Quedaba una hora para el cambio de guardia. Sospechaba que Sindre se había metido tabaco por el ano para provocarse la fiebre, sería capaz.

– ¿Por qué volvisteis de Estados Unidos? -preguntó Daniel.

– La caída de la Bolsa. Mi padre perdió el empleo en los astilleros.

– Ya ves -dijo Daniel-. Así es el capitalismo. La gente humilde trabaja duro, mientras los ricos siguen engordando, ya corran buenos o malos tiempos.

– Bueno, así son las cosas.

– Sí, hasta ahora ha sido así, pero habrá cambios. Cuando ganemos la guerra, Hitler tiene una pequeña sorpresa reservada para esa gente. Y tu padre no tendrá que preocuparse por perder el trabajo. Deberías hacerte miembro de la Unión Nacional.

– ¿De verdad te crees todo eso?

– ¿Tú no?

A Gudbrand no le gustaba contradecir a Daniel, así que intentó limitarse a encogerse de hombros, pero Daniel repitió la pregunta.

– Por supuesto que lo creo -dijo Gudbrand-. Pero, ante todo, creo en Noruega. Y confío en que no se nos metan los bolcheviques en el país. Si lo hacen, nosotros por lo menos, nos volveremos a América.

– ¿A un país capitalista? -La voz de Daniel se había vuelto más incisiva-. Una democracia en manos de los ricos, abandonada al azar y a gobernantes corruptos.

– Mejor eso que el comunismo.

– Las democracias están acabadas, Gudbrand. Fíjate en Europa. Inglaterra y Francia estaban a punto de hundirse mucho antes del comienzo de la guerra, podridas de paro y explotación por todas partes. Sólo hay dos personas lo bastante fuertes como para evitar el caos ahora: Hitler y Stalin. Ésas son las opciones que tenemos. Un pueblo hermano, o unos bárbaros. Casi no hay nadie en Noruega que haya comprendido la suerte que supuso para nosotros que los primeros en llegar fuesen los alemanes y no los matarifes de Stalin.

Gudbrand asintió. No sólo por lo que decía Daniel, sino por el modo en que lo decía, con aquel grado de convicción.

De repente, todo estalló y el cielo se inundó de un resplandor blanco, la pendiente se abrió en dos y los destellos amarillos se tornaron marrones y blancos por la mezcla de tierra y nieve que parecía alzarse del suelo por sí misma cada vez que caía una granada.

Gudbrand estaba en el fondo de la trinchera con las manos sobre la cabeza cuando el ataque terminó, tan pronto como había empezado. Asomó la cabeza y, en el borde, detrás de la ametralladora, vio a Daniel tendido en el suelo y muerto de risa.

– Pero ¿qué haces? -le gritó Gudbrand-. ¡Toca la sirena, pon en alerta a todos los hombres!

Pero Daniel seguía riendo aún más.

– Mi querido amigo -gritó, con lágrimas de risa en los ojos-. ¡Feliz Año Nuevo!

Daniel señaló el reloj y Gudbrand empezó a comprender. Era obvio que Daniel sabía que se oiría la salva de Año Nuevo de los rusos pues, ya más tranquilo, metió la mano en la nieve que había amontonada frente al puesto de guardia para ocultar la metralleta.

– ¡Coñac! -gritó alzando triunfante una botella con un poquito de líquido marrón-. Llevo más de tres meses guardándolo. Toma.

Gudbrand se arrodilló y miró riendo a Daniel, que estaba de pie.

– ¡Tú primero! -gritó Gudbrand.

– ¿Seguro?

– Totalmente, amigo mío, tú eres el que lo ha guardado. ¡Pero no te lo bebas todo!

Daniel le dio un manotazo al corcho, haciéndolo saltar de la botella, y la empinó.

– ¡Por Leningrado! En primavera, podremos brindar en el Palacio de Invierno -proclamó quitándose la gorra del uniforme ruso-. Y este verano, estaremos en casa y seremos vitoreados como héroes en nuestra querida Noruega.

Se acercó la botella a los labios y echó la cabeza hacia atrás mientras el líquido marrón bajaba bailoteando a borbotones. La luz de los destellos que descendían despacio se reflejaba en el cristal y, durante los años siguientes, Gudbrand se preguntaría una y otra vez si no sería aquello lo que vio el francotirador ruso: los destellos de luz en la botella. Un minuto después, Gudbrand oyó un sonido breve y sordo y la botella explotó en la mano de Daniel. Llovieron trozos de cristal y gotas de coñac y Gudbrand cerró los ojos instintivamente. Notó que se le mojaba la cara, algo le fluía por las mejillas y, en un acto reflejo, sacó la lengua y paladeó unas gotas. No sabía prácticamente a nada, sólo a alcohol y a algo más, algo dulce y metálico. Era viscoso, seguramente debido al frío, pensó Gudbrand abriendo los ojos. No podía ver a Daniel en el borde de la trinchera. Se habría agachado detrás de la ametralladora cuando comprendió que los habían visto, pensó Gudbrand. Pero enseguida notó que se le aceleraba el corazón.

– ¡Daniel!

Ninguna respuesta.

– ¡Daniel!

Gudbrand se levantó y gateó hasta el borde. Daniel estaba tumbado boca arriba con la cartuchera debajo de la cabeza y la gorra del uniforme sobre la cara. La nieve aparecía regada de sangre y de coñac. Gudbrand retiró la gorra. Daniel miraba el cielo estrellado fijamente y con los ojos muy abiertos. Tenía un agujero grande y negro abierto en medio de la frente. Gudbrand aún conservaba el sabor dulce y metálico en la boca y sintió náuseas.

– Daniel.

Sólo era un susurro que escapó de entre sus labios resecos. Pensó que Daniel parecía un niño pequeño que fuese a dibujar ángeles en la nieve pero que, de repente, se hubiese dormido. Dejó escapar un sollozo y empezó a tirar de la manivela de la sirena, y mientras los destellos caían despacio, el lamento penetrante de la sirena se elevó hasta el cielo.

«No era así como tenía que terminar», fue cuanto acertó a pensar Gudbrand.

¡Uuuuuuuu-uuuuuuu!

Edvard y los otros habían salido y estaban ya detrás de él. Alguien gritó su nombre, pero Gudbrand no lo oía, simplemente daba vueltas y más vueltas a la manivela. Al final, Edvard se acercó y la detuvo con la mano. Gudbrand la soltó sin volverse y se quedó mirando fijamente hacia el borde de la trinchera y el cielo, mientras las lágrimas se le congelaban en las mejillas. El canto de la sirena disminuía hasta perderse.

– No era así como tenía que terminar -susurró.

Capítulo 11

LENINGRADO

1 de Enero de 1943

Cuando se llevaron a Daniel, tenía cristales de nieve debajo de la nariz, en la comisura de los ojos y en los labios. Muchas veces los dejaban hasta que estuviesen tiesos del todo, entonces eran más fáciles de transportar. Pero Daniel entorpecía el paso a los que tenían que manejar la metralleta, así que dos hombres lo arrastraron hasta un saliente de la trinchera, unos metros más allá, donde lo dejaron sobre dos cajas de munición vacías que habían guardado para hacer fuego. Hallgrim Dale le había puesto un saco de leña en la cabeza para evitar que viesen la máscara de la muerte y su desagradable mueca. Edvard había llamado a la fosa común del sector norte y les había explicado dónde se encontraba Daniel. Le prometieron que enviarían a dos enterradores durante la noche. Entonces el jefe del pelotón ordenó a Sindre que se levantase de la cama y se encargase del resto de la guardia junto con Gudbrand. Lo primero que tenían que hacer era limpiar el fusil manchado.

– Han bombardeado Colonia -dijo Sindre.

Estaban echados uno junto al otro en el borde de la trinchera, en el estrecho hueco desde el que podían observar la tierra de nadie. Gudbrand se dio cuenta de que no le gustaba estar tan cerca de Sindre.

– Y Estalingrado se va a la mierda -continuó.

Gudbrand no notaba el frío, como si tuviese el cuerpo y la cabeza rellenos de algodón, como si ya nada le afectase. Todo lo que sentía era el metal helado que le quemaba el cuerpo y los dedos entumecidos que no querían obedecer. Lo intentó otra vez. La culata y el mecanismo del gatillo de la ametralladora estaban ya en la manta de lana que había a su lado, en la nieve, pero lo peor era aflojar el cerrojo. En Sennheim se habían entrenado en desmontar y montar la metralleta con los ojos vendados. Sennheim, en la bella y cálida Alsacia alemana. Pero cuando no podías sentir los dedos, era distinto.

– No lo has oído -dijo Sindre-. Los rusos nos van a pillar. Igual que pillaron a Gudeson.

Gudbrand se acordaba del capitán alemán de la Wehrmacht que tanto se había reído cuando Sindre le contó que procedía de una granja a las afueras de un lugar llamado Toten.

– Toten? Wie im Totenreich? [4] -dijo entre risas.

Se le escapó el cerrojo.

– ¡Mierda! -exclamó Gudbrand temblando de frío-. Es toda esa sangre, ha hecho que se congelen las piezas.

Se quitó las manoplas, puso la boca de la pequeña botella de lubricante en el cerrojo y apretó. El frío había vuelto el líquido viscoso y espeso, pero sabía que el aceite disolvería la sangre. Cuando se le inflamó el oído, también había utilizado lubricante.

Sindre se inclinó de repente hacia Gudbrand y hurgó en una de las balas con la uña.

– Vaya por Dios -dijo. Miró a Gudbrand y sonrió enseñando los dientes, afeados por unas manchas de color marrón. Su cara pálida y sin afeitar estaba tan cerca que Gudbrand podía oler el aliento podrido que todos despedían después de llevar allí un tiempo. Sindre apartó el dedo-. ¿Quién habría imaginado que Daniel tuviese tanto cerebro?

Gudbrand se volvió. Sindre escrutaba la punta del dedo.

– Pero no lo utilizaba mucho -continuó-. Porque, de haberlo hecho, no habría vuelto de la tierra de nadie aquella noche. Os oí hablar de ir al otro lado. Sí, erais, bueno…, muy buenos amigos, vosotros dos.

Al principio, Gudbrand no lo oía, las palabras parecían venir desde muy lejos. Pero después le llegó el eco y, de repente, sintió que su cuerpo volvía a entrar en calor.

– Los alemanes nunca permitirán que nos retiremos -dijo Sindre-. Vamos a morir aquí, como cabrones. Deberíais haberos marchado. Tengo entendido que los bolcheviques no son tan duros como Hitler con gente como tú y Daniel. Si tienes contactos, quiero decir.

Gudbrand no contestó. Sentía que el calor llegaba hasta la punta de los dedos.

– Hemos pensado largarnos esta noche -dijo Sindre-. Hallgrim Dale y yo. Antes de que sea demasiado tarde.

Se dio la vuelta sobre la nieve y miró a Gudbrand.

– No pongas esa cara de susto, Johansen -dijo sonriente-. ¿Por qué crees que hemos dicho que estábamos enfermos?

Gudbrand encogió los dedos de los pies en las botas. Realmente, podía sentirlos. Era una sensación caliente y agradable. También sentía otra cosa.

– ¿Quieres acompañarnos, Johansen? -preguntó Sindre.

¡Las pulgas! ¡Tenía calor, pero no podía sentir las pulgas! Hasta el zumbido del interior del casco había cesado.

– Así que fuiste tú quien difundió esos rumores -dijo Gudbrand.

– ¿Qué? ¿Qué rumores?

– Daniel y yo hablábamos de ir a América, no de pasarnos al bando ruso. Y no ahora, sino después de la guerra.

Sindre se encogió de hombros, miró el reloj y se puso de rodillas.

– Si lo intentas, te pego un tiro -dijo Gudbrand.

– ¿Con qué? -preguntó Sindre, haciendo un gesto hacia las piezas del arma que había sobre de la manta.

Los rifles estaban en el habitáculo y ambos sabían que Gudbrand no tendría tiempo de ir y volver antes de que Sindre hubiese desaparecido.

– Quédate aquí y muere si quieres, Johansen. Dile a Dale que me siga.

Gudbrand metió la mano por dentro del uniforme y sacó la bayoneta. La luz de la luna brilló en la hoja mate de acero. Sindre negó con un gesto.

– Tú y Gudeson y los hombres como vosotros sois unos soñadores. Es mejor que guardes el cuchillo y te vengas con nosotros. Los rusos recibirán nuevas provisiones por el lago Ladoga dentro de poco. Carne fresca.

– No soy un traidor -dijo Gudbrand.

Sindre se levantó.

– Si intentas matarme con esa bayoneta nos oirá el puesto de escucha de los holandeses y darán la alarma. Usa la cabeza. ¿Quién de los dos piensas que creerán que intentaba impedir que el otro huyera? ¿Tú, cuando ya han corrido rumores de que planeabas fugarte, o yo, que soy miembro del partido?

– Siéntate, Sindre Fauke.

Sindre se rió.

– Tú no eres un asesino, Gudbrand. Me largo; ahora. Dame cincuenta metros antes de dar la alarma, así no te podrán acusar de nada.

Se miraron el uno al otro. Unos copos de nieve ligeros y diminutos empezaron a caer entre los dos hombres. Sindre sonrió:

– Luz de luna y nieve al mismo tiempo, no se ve muy a menudo, ¿verdad?

Capítulo 12

LENINGRADO

2 de Enero de 1943

La trinchera donde se hallaban los cuatro hombres estaba situada a dos kilómetros al norte de su propio pelotón, justo donde las trincheras serpenteaban hacia atrás formando algo parecido a un lazo. El hombre que lucía el grado de capitán estaba de pie delante de Gudbrand pateando la tierra. Nevaba y, encima de la gorra de oficial, se había acumulado una fina capa blanca. Edvard Mosken miraba a Gudbrand junto al capitán, con un ojo muy abierto y el otro medio cerrado.

– So -dijo el capitán-. Er ist hinüber zu den Russen geflohen? [5]

– Ja [6] -afirmó Gudbrand.

– Warum? [7]

– Das weiss ich nicht. [8]

El capitán miraba al aire, se pasaba la lengua por los dientes y pateaba la tierra. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, murmuró unas palabras a su Rottenführer, el cabo alemán que iba con él, e hicieron el saludo militar. La nieve crujía bajo sus pies mientras se alejaban.

– Ya está -dijo Edvard, que seguía mirando a Gudbrand.

– Sí -dijo Gudbrand.

– No ha sido una investigación muy exhaustiva.

– No.

– Quién lo diría.

El ojo muy abierto seguía clavando su mirada huera en Gudbrand.

– Aquí los hombres desertan constantemente -dijo Gudbrand-. No podrían investigar a todos los que…

– Quiero decir, quién iba a pensar tal cosa de Sindre. Que sería capaz de algo así.

– Sí, quién lo iba a decir -admitió Gudbrand.

– Y de una forma tan poco astuta. Tan sólo levantarse y echar a correr.

– Sí.

– ¡Qué pena lo de la metralleta! -La voz de Edvard denotaba un frío sarcasmo.

– Sí.

– Y tampoco tuviste tiempo de alertar a los guardias de los holandeses.

– Grité, pero ya era tarde. Y estaba oscuro.

– Había luna -observó Edvard.

Se miraron fijamente.

– ¿Sabes lo que creo? -dijo Edvard.

– No.

– Sí que lo sabes, lo veo. ¿Por qué, Gudbrand?

– Yo no lo he matado. -Gudbrand tenía la mirada clavada en el ojo de cíclope de Edvard-. Intenté hablarle. No quería escucharme. Se fue corriendo. ¿Qué podía hacer yo?

Ambos respiraban pesadamente, inclinados el uno hacia el otro, expuestos a un viento que no tardaba en borrar el vaho que surgía de sus bocas.

– Recuerdo la última vez que pusiste esa cara, Gudbrand. Fue la noche en que mataste a aquel ruso en el habitáculo.

Gudbrand se encogió de hombros. Edvard posó una manopla helada sobre su brazo.

– Escucha. Sindre no es un buen soldado. Probablemente, tampoco sea buena persona. Pero no somos unos inmorales y debemos intentar mantener cierta dignidad en medio de todo esto, ¿lo comprendes?

– ¿Puedo irme ya?

Edvard miró a Gudbrand. Los rumores de que Hitler ya no estaba ganando en todos los frentes habían empezado a llegar hasta ellos. Aun así, el flujo de voluntarios noruegos seguía aumentando, y Daniel y Sindre ya habían sido sustituidos por dos chicos de Tynset. Caras siempre nuevas y jóvenes. Algunos permanecían en la memoria, otros serían olvidados en cuanto desapareciesen. Daniel era uno de los que Edvard recordaría, lo sabía. Como también sabía que, en poco tiempo, la cara de Sindre se habría borrado de su memoria. Borrada. El pequeño Edvard cumpliría dos años dentro de unos días. Decidió no pensar en ello.

– Sí, puedes irte -le dijo-. Y manten la cabeza baja.

– De acuerdo -contestó Gudbrand-. Doblaré la espalda.

– ¿Te acuerdas de lo que dijo Daniel? -preguntó Edvard con algo parecido a una sonrisa-. Que aquí andamos siempre tan encorvados que, cuando volvamos a Noruega, pareceremos jorobados.

Una metralleta rió repiqueteando a lo lejos.

Capítulo 13

LENINGRADO

3 de Enero de 1943

Gudbrand se despertó bruscamente. Parpadeó en la oscuridad, pero sólo vio las tablas de la litera de arriba. Olía a leña acida y a tierra. ¿Había gritado? Los otros hombres aseguraban que ya no los despertaban sus gritos. Notó que recuperaba el pulso. Le picaba el costado, como si las pulgas no durmiesen nunca.

Era el mismo sueño que lo despertaba siempre y aún podía sentir las patas contra el pecho, ver los ojos amarillos en la oscuridad, los dientes blancos de animal salvaje, con olor a sangre y la baba que goteaba sin cesar. Y la respiración jadeante y aterrada. ¿Era la suya propia o la del animal? Así era el sueño: dormía y estaba despierto al mismo tiempo, pero no podía moverse. La boca del animal se cerraba alrededor de su garganta cuando, desde la puerta, lo despertaban los disparos de una metralleta, llegaba justo a ver cómo alzaban al animal en la manta, lo arrojaban contra la pared de tierra del habitáculo al tiempo que las balas lo destrozaban. Después, silencio, y allí, en el suelo, una masa de piel sangrienta, informe. Un hurón. Entonces el hombre que se ocultaba en el umbral salía de la oscuridad para quedar bajo el delgado haz de luz de la luna, tan delgado que sólo iluminaba una mitad de su cara. Pero esta noche el sueño había tenido un componente nuevo. Seguía saliendo humo de la boca del fusil y el hombre sonreía como siempre, pero tenía un gran agujero negro en la frente. Y cuando se volvió, Gudbrand pudo ver la luna a través del agujero de la cabeza.

Cuando Gudbrand notó la corriente helada que entraba por la puerta abierta, volvió la cabeza y sintió frío al ver la figura oscura que llenaba el umbral. ¿Seguía soñando? La figura entró en la habitación, pero estaba demasiado oscuro para que Gudbrand pudiera ver quién era.

De pronto la figura se detuvo.

– ¿Estás despierto, Gudbrand?

La voz era alta y clara. Era Edvard Mosken. Se oía un murmullo de descontento desde las otras literas. Edvard se acercó a la litera de Gudbrand.

– Tienes que levantarte -dijo.

Gudbrand suspiró.

– Te has equivocado al mirar la lista. Acabo de dejar la guardia. Es Dale…

– Ha vuelto.

– ¿Qué quieres decir?

– Dale acaba de despertarme. Daniel ha vuelto.

Gudbrand no veía en la oscuridad más que la blanca respiración de Edvard. Bajó las piernas de la litera y sacó las botas de debajo de la manta. Solía guardarlas allí cuando dormía para que las suelas mojadas no se congelasen. Se puso el abrigo que estaba encima de la delgada manta de lana, y siguió a Edvard. Las estrellas brillaban, pero el cielo nocturno había empezado a palidecer por el este. Oía unos sollozos de dolor procedentes de algún punto indefinido, pero al mismo tiempo notó un extraño silencio.

– Novatos holandeses -dijo Edvard-. Llegaron ayer, y acaban de regresar de su primera excursión a tierra de nadie.

Dale estaba en medio de la trinchera en una posición un tanto extraña: con la cabeza ladeada y los brazos separados del cuerpo. Se había atado la bufanda alrededor del mentón, y la cara delgada y demacrada con los ojos cerrados y hundidos le otorgaba un aspecto de mendigo.

– ¡Dale! -gritó Edvard.

Dale se despertó.

– Guíanos. Muéstranos el camino.

Dale iba delante. Gudbrand notó que el corazón se le aceleraba. El frío le mordía las mejillas, pero todavía no había conseguido sacudirse la somnolencia que arrastraba desde la litera. La trinchera era tan estrecha que tenían que ir en fila, y sentía la mirada de Edvard en la nuca.

– Aquí -dijo Dale señalando el lugar.

El viento producía un silbido áspero bajo el borde del casco. Encima de las cajas de munición había un cadáver con los miembros rígidos apuntando hacia los lados. Una fina capa de nieve que había caído en la trinchera cubría el uniforme y llevaba la cabeza cubierta por un saco de leña.

– Joder -dijo Dale meneando la cabeza y pateando la tierra.

Edvard no dijo nada. Gudbrand comprendió que estaba esperando a que él dijera algo.

– ¿Por qué no se lo han llevado los enterradores? -preguntó Gudbrand al fin.

– Lo recogieron -dijo Edvard-. Estuvieron aquí ayer por la tarde.

– Entonces, ¿por qué lo han vuelto a traer?

Gudbrand se percató de que Edvard estaba mirándolo.

– Nadie en el Estado Mayor tiene conocimiento de que se haya dado la orden de que vuelvan a traerlo.

– ¿Un malentendido, quizá? -sugirió Gudbrand.

– Puede ser.

Edvard sacó del bolsillo un fino cigarrillo que tenía a medio fumar y lo encendió con la cerilla que llevaba en la mano. Lo pasó después de dar un par de caladas y dijo:

– Los que lo recogieron afirman que lo depositaron en una fosa común en el sector norte.

– Si eso es cierto, debería estar enterrado, ¿no?

Edvard negó con la cabeza.

– No los entierran hasta que no han sido incinerados. Y sólo incineran durante el día para que los rusos no tengan luz para apuntar. Además, durante la noche las fosas comunes nuevas están abiertas y sin vigilancia. Alguien debe de haber recogido a Daniel de allí esta noche.

– Joder -repitió Dale, cogió el cigarrillo y chupó con avidez.

– ¿Así que es verdad que queman los cadáveres? -preguntó Gudbrand-. ¿Por qué, con este frío?

– Yo te lo puedo decir -dijo Dale-. La tierra está congelada. Y los cambios de temperatura hacen que los cadáveres emerjan de la tierra en primavera. -Pasó el cigarrillo a regañadientes-. Enterramos a Vorpenes justo detrás de nuestras líneas el invierno pasado. Esta primavera nos tropezamos con él otra vez. Bueno, al menos, con lo que los zorros habían dejado de él.

– La cuestión es -dijo Edvard-: ¿cómo ha venido Daniel a parar aquí?

Gudbrand se encogió de hombros.-Tú hiciste la última guardia, Gudbrand.

Edvard había cerrado un ojo y lo miró con el otro, con el ojo de cíclope. Gudbrand se tomó su tiempo con el cigarrillo. Dale carraspeó.

– Pasé por aquí cuatro veces -dijo Gudbrand cediendo por fin el cigarrillo-. Y no estaba.

– Te pudo haber dado tiempo de ir hasta el sector norte durante la guardia. Y hay huellas de trineo en la nieve, por allí.

– Pueden ser de los portadores de cadáveres -dijo Gudbrand.

– Las huellas se superponen a las últimas huellas de botas. Y tú dices que has pasado por aquí cuatro veces.

– ¡Demonios, Edvard, yo también veo que Daniel está ahí! -exclamó Gudbrand-. Por supuesto que ha tenido que traerlo alguien y lo más probable es que necesitaran un trineo. Pero si escucharas lo que digo…; tienes que entender que lo hicieron después de que yo pasase por aquí la última vez.

Edvard no contestó pero, claramente irritado, le arrancó a Dale de un tirón lo que quedaba del cigarrillo y vio con disgusto que estaba mojado. Dale se quitó unas briznas de tabaco de la lengua y miró de reojo.

– ¿Por qué, en nombre de Dios, haría yo una cosa así? -preguntó Gudbrand-. ¿Y cómo iba a arrastrar un cadáver desde el sector norte hasta aquí en un trineo sin ser interceptado por los guardias?

– Podrías haber pasado por la tierra de nadie.

Gudbrand movió incrédulo la cabeza.

– ¿Crees que me he vuelto loco, Edvard? ¿Para qué iba yo a querer el cadáver de Daniel?

Edvard dio las dos últimas caladas al cigarrillo, arrojó la colilla en la nieve y la aplastó con la bota. Siempre hacía lo mismo, no sabía por qué, pero no soportaba ver colillas humeantes. La nieve emitió un lamento cuando la aplastó con el tacón.

– No, no creo que hayas arrastrado a Daniel hasta aquí -admitió Edvard-. Porque no creo que sea Daniel.

Dale y Gudbrand se sobresaltaron.

– Claro que es Daniel -dijo Gudbrand.

– O alguien que tiene una complexión parecida -dijo Edvard-. Y la misma identificación de pelotón en la casaca.

– El saco de leña… -adivinó Dale.

– ¿Así que tú sabes distinguir los sacos de leña? -preguntó Edvard con desdén, aunque con la mirada puesta en Gudbrand.

– Es Daniel -afirmó Gudbrand tragando saliva-. Reconozco sus botas.

– Es decir, que según tú, lo único que tenemos que hacer es llamar a los enterradores y pedirles que se lo vuelvan a llevar, ¿no es eso? -preguntó Edvard-. Sin detenernos a mirar. Eso es lo que esperabas que hiciéramos, ¿verdad?

– ¡Vete al diablo, Edvard!

– No estoy tan seguro de que esta vez sea a mí a quien quiere, Gudbrand. Quítale el saco de la cara, Dale.

Dale observó sin comprender a los dos hombres que se miraban como dos toros listos para embestirse.

– ¿Me oyes? -grito Edvard-. ¡Quítale el saco!

– Prefiero no…

– Es una orden. ¡Ahora!

Dale seguía vacilando y mirando a Edvard, a Gudbrand y a la figura rígida que yacía sobre las cajas de munición. Se encogió de hombros, se desabotonó la casaca de camuflaje y metió la mano para buscar la navaja.

– ¡Espera! -gritó Edvard-. Pregúntale a Gudbrand si puede prestarte su bayoneta.

Dale se quedó más perplejo si cabe. Miró inquisitivo a Gudbrand, que negó con la cabeza.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Edvard, sin dejar de mirar a Gudbrand-. Tenemos orden de llevar siempre la bayoneta, ¿y tú no la llevas?

Gudbrand no contestó.

– Tú que eres prácticamente una máquina de matar con esa bayoneta, Gudbrand, ¿no la habrás perdido, verdad?

Gudbrand seguía sin contestar.

– Vaya. Me imagino que entonces tendrás que usar la tuya, Dale.

A Gudbrand le daban ganas de arrancarle al jefe de pelotón aquel ojo enorme de mirada pertinaz. ¡Un Rottenführer, eso es lo que era! Una rata con ojos de rata y cerebro de rata. ¿Es que no entendía nada?

Oyeron un desgarrón cuando la bayoneta cortó el saco de leña. Dale dio un respingo.

Ambos se dieron la vuelta rápidamente. Allí, a la luz roja del nuevo amanecer, una cara blanca con una mueca espantosa los miró con un tercer ojo negro abierto en la frente. Era Daniel, no cabía la menor duda.

Capítulo 14

MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES

4 de Noviembre de 1999

Bernt Brandhaug miró el reloj y frunció el entrecejo: 82 segundos, dos más de lo previsto. Cruzó el umbral de la sala de reuniones, soltó un jovial «buenos días» en el más puro estilo de Nordmarka y sonrió con su célebre y blanquísima sonrisa a las cuatro caras que se volvían hacia él.

A un extremo de la mesa estaba sentado Kurt Meirik del CNI, junto a Rakel, que llevaba en el pelo un pasador nada vistoso, un traje que denotaba ambición y que lucía una expresión severa en el rostro. Brandhaug pensó que aquel traje parecía demasiado caro para una secretaria. Aún se fiaba de su intuición, y ésta le decía que estaba divorciada, pero que tal vez su ex marido fuese un hombre bien situado. ¿O sería hija de padres ricos? El hecho de que apareciese en una reunión que Brandhaug había dado a entender debía celebrarse con la más absoluta discreción, significaba sin duda que ocupaba en el CNI un puesto más importante de lo que él había imaginado en un principio. Decidió indagar más sobre ella.

Al otro lado de la mesa estaba sentada Anne Størksen, junto al comisario jefe, un tal no-sé-cuántos, un tipo alto y delgado. Para empezar, había tardado más de ochenta segundos en llegar a la sala de reuniones y ahora no se acordaba de los nombres, ¿se estaría haciendo mayor?

No acababa de formular aquel pensamiento cuando le vino a la mente lo sucedido la noche anterior. Había llevado a Lise, la joven aspirante de Exteriores, a lo que él llamaba una pequeña cena de horas extras. Después la había invitado a tomar una copa en el hotel Continental, donde Exteriores disponía de una sala destinada a reuniones que requerían especial discreción.

Lise no se había hecho de rogar, era una chica ambiciosa. Pero la tentativa culminó en fracaso. ¿Se estaría haciendo mayor? Bah, un hecho aislado, consecuencia tal vez de una copa de más, pero no porque fuera demasiado mayor. Brandhaug interiorizó esta última idea antes de tomar asiento.

– Gracias por venir a pesar de haber sido convocados con tan poco margen -comenzó-. Doy por supuesto que no debo subrayar la naturaleza confidencial de esta reunión pero, aun así, lo hare, ante la eventualidad de que no todos los presentes tengan la experiencia necesaria en este tipo de asuntos.

Miró fugazmente a todos los presentes, salvo a Rakel, indicando así que el aviso iba por ella. Luego se volvió hacia Anne Størksen.

– ¿Qué tal va vuestro hombre?

La comisario jefe lo miró algo desconcertada.

– ¿Vuestro oficial de policía? -añadió rápidamente Brandhaug-. Se llama Hole, ¿no?

Ella hizo un gesto afirmativo hacia Møller, quien tuvo que carraspear dos veces antes de arrancar.

– Dadas las circunstancias, bien. Está muy afectado, por supuesto. Pero… sí.

Se encogió de hombros, en señal de que no tenía mucho más que añadir.

Brandhaug alzó una ceja recién depilada:

– No tan afectado como para que pensemos que supone un peligro de filtración de información, espero.

– Bueno -dijo Møller. Por el rabillo del ojo vio que la comisario jefe se volvía rápidamente hacia él-. No lo creo. Está al tanto del carácter delicado del asunto. Y, desde luego, lo han informado de que debe mantener en secreto lo ocurrido.

– Otro tanto vale para los demás oficiales de policía que estaban presentes -se apresuró a observar Anne Størksen.

– Entonces, esperemos que todo esté bajo control -dijo Brandhaug-. Ahora, permitidme que os facilite una breve actualización de la situación. Acabo de mantener una conversación con el embajador estadounidense y creo poder afirmar que nos hemos puesto de acuerdo en los puntos principales de este trágico asunto.

Miró a cada uno de ellos. Todos lo observaban intrigados, ansiosos de oír lo que Bernt Brandhaug tuviese que contarles. Era justo lo que necesitaba para aliviar la desazón que había sentido hacía unos segundos.

– El embajador me ha dicho que el estado del agente del Servicio Secreto a quien vuestro hombre -hizo un gesto hacia Møller y la comisario jefe- pegó un tiro en la estación de peaje es estable y que el hombre se encuentra fuera de peligro. Sufrió daños en una vértebra y hemorragias internas, pero el chaleco antibalas lo salvó. Siento que no hayamos podido obtener antes esta información, pero, por razones obvias, se ha procurado reducir al mínimo el intercambio de comunicación al respecto. Tan sólo la información estrictamente necesaria ha circulado entre los conocedores de la misión.

– ¿Dónde está? -preguntó Møller.

– En realidad, Møller, eso es algo que no necesitas saber.

Observó que Møller adoptaba una expresión un tanto extraña. Un embarazoso silencio inundó la sala. Siempre resultaba embarazoso tener que recordarle a alguien que no recibiría más información sobre un asunto que la estrictamente necesaria para realizar su trabajo. Brandhaug sonrió y se disculpó con un gesto, como queriendo decir: «comprendo muy bien que preguntes, pero así son las cosas». Møller asintió con la cabeza y fijó la vista en la mesa.

– En fin -prosiguió Brandhaug-. Puedo deciros que, después de la intervención, lo llevaron en avión a un hospital militar de Alemania.

– Eso…, eh… -Møller se rascó el cogote.

Brandhaug esperó.

– Supongo que no importará que Hole sepa que el agente del SS va a sobrevivir. La situación sería para él… más llevadera.

Brandhaug miró a Møller. Le costaba llegar a entender del todo al jefe de grupo.

– De acuerdo -dijo.

– ¿Qué acordasteis tú y el embajador? -quiso saber Rakel.

– Enseguida llegaré a ese punto -aseguró Brandhaug. En realidad, era el siguiente de su lista, pero lo disgustaba que lo interrumpiesen de esa forma-. En primer lugar, quiero felicitar a Møller y a la policía de Oslo por la rápida actuación en el lugar de los hechos. Si los informes son correctos, sólo transcurrieron doce minutos hasta que el agente recibió los primeros cuidados médicos.

– Hole y su compañera Ellen Gjelten lo llevaron al hospital de Aker -explicó Anne Størksen.

– Una reacción de una rapidez admirable -observó Brandhaug-. Y el embajador estadounidense comparte esta opinión.

Møller y la comisario jefe intercambiaron una mirada elocuente.

– Además, el embajador ha hablado con el Servicio Secreto y se descarta de plano que vayan a presentar cargos. Por supuesto.

– Por supuesto -repitió Meirik.

– También estábamos de acuerdo en que el error fue, principalmente, de los estadounidenses. El agente que estaba en la garita de peaje no debía haberse encontrado allí en ningún momento. Es decir, sí debía estar allí, pero el oficial de enlace noruego que vigilaba el lugar debía haber sido informado de ello. El oficial de policía noruego que se encontraba en el puesto por donde el agente accedió al área, y que debía, perdón, podía, haber informado al oficial de enlace, sólo tuvo en cuenta la identificación que le mostró el agente. Había una orden permanente de que los agentes del SS tuviesen acceso a todas las áreas controladas, y el oficial de policía no vio ninguna razón para informar del hecho. A posteriori, se puede pensar que debería haberlo hecho.

Miró a Anne Størksen, que no hizo amago de querer protestar.

– Las buenas noticias son que, hasta el momento, el suceso no parece haberse difundido. De todos modos, no os he convocado para discutir lo que debemos hacer basándonos en una situación ideal, que sería no hacer nada. Lo más probable es que debamos olvidar las situaciones ideales, pues es una ingenuidad pensar que el tiroteo no salga a luz tarde o temprano.

Bernt Brandhaug movió los dedos de arriba abajo como si quisiera cortar las frases en las porciones adecuadas.

– Además de la veintena de personas del CNI, Exteriores y el grupo de coordinación que conocen el asunto, unos quince oficiales de policía presenciaron lo ocurrido en la estación de peaje. No tengo nada negativo que decir de ninguno de ellos, supongo que sabrán ser discretos, más o menos. Sin embargo, son oficiales de policía corrientes, sin experiencia alguna en el grado de confidencialidad que hay que guardar en este caso. Además, no debemos olvidar al personal del Rikshospitalet, de la Aviación Civil, de Fjellinjen AS, la empresa encargada de la estación de peaje, y el personal del hotel Plaza; todos ellos tienen, en mayor o menor grado, razones para sospechar que pasó algo. Tampoco tenemos ninguna garantía de que nadie haya seguido el cortejo con prismáticos desde alguno de los edificios situados alrededor de la estación de peaje. Una sola palabra de alguno de los que han tenido algo que ver y…

En este punto, infló las mejillas, como para evocar la imagen de una explosión.

Todos guardaron silencio, hasta que Møller carraspeó:

– ¿Y por qué es tan peligroso que se sepa?

Brandhaug hizo un gesto afirmativo, como para demostrar que no era la pregunta más tonta que había oído en su vida, lo que hizo pensar a Møller que, en efecto, sí lo era.

– Estados Unidos de América son algo más que un aliado -comenzó Brandhaug con una velada sonrisa. De hecho, lo dijo del mismo modo en que uno le explica a un extranjero que Noruega tiene un rey y que su capital se llama Oslo-. En 1920, Noruega era uno de los países más pobres de Europa y probablemente lo seguiríamos siendo sin la ayuda de Estados Unidos. Olvida la retórica de los políticos. La emigración. La ayuda del Plan Marshall. Elvis y la financiación de la aventura del petróleo han hecho de Noruega la nación probablemente más proamericana del mundo. Los que estamos aquí hemos trabajado duro para llegar al lugar que hoy ocupamos. Pero si algún político se llegase a enterar de que alguno de los presentes en esta sala es el responsable de que la vida del presidente estadounidense ha corrido peligro…

Brandhaug dejó la frase inconclusa, en el aire, mientras paseaba la mirada por los rostros de los congregados.

– Mejor para nosotros -dijo-. En conclusión, los estadounidenses prefieren admitir un fallo de uno de sus agentes del Servicio Secreto a reconocer un error básico en la cooperación con uno de sus mejores aliados.

– Eso quiere decir… -dijo Rakel, sin levantar la vista del bloc que tenía delante- que no necesitamos ningún chivo expiatorio noruego. -Levantó la mirada y la clavó en Bernt Brandhaug-. Lo que necesitamos, más bien, es un héroe noruego, ¿no?

Brandhaug la miraba con sorpresa e interés. Sorpresa ante el hecho de que ella hubiese entendido sus intenciones con tanta rapidez; interés, porque comprendió que, decididamente, podrían contar con ella.

– Así es. El día que se sepa que un policía noruego le disparó a un agente del SS, tenemos que tener lista nuestra versión -explicó-. Y esa versión tiene que dejar claro que no se cometió ningún error por nuestra parte, que el enlace actuó según las instrucciones y que el único culpable fue el agente del SS. Ésta es una versión aceptable tanto para nosotros como para los norteamericanos. El desafío consiste en conseguir que los medios de comunicación se la crean. Y ahí es donde…

– … necesitamos un héroe -completó la comisario jefe asintiendo con la cabeza, pues también había adivinado lo que él quería decir.

– Sorry -dijo Møller-. ¿Soy el único de los presentes que no entiende lo que está pasando? -añadió con un malogrado intento de emitir una risita.

– El agente demostró capacidad de acción en una situación potencialmente amenazadora para el presidente -dijo Brandhaug-. Si la persona que estaba en la cabina de peaje hubiese tenido la intención de cometer un atentado, tal y como él, según las instrucciones relativas a la situación, tenía el deber de suponer, habría salvado la vida del presidente. Que la intención de esa persona no fuese la de atentar no altera ese hecho.

– Eso es cierto -convino Anne Størksen-. En una situación como ésa, las instrucciones están por encima de una valoración personal.

Meirik no dijo nada, pero hizo un gesto de aprobación.

– Bien -concluyó Brandhaug-. «El asunto», como tú lo llamas, Bjarne, es convencer a la prensa, a nuestros superiores y a todos los que han tenido algo que ver con esto, de que ni por un momento dudamos de que nuestro oficial de enlace hiciera lo correcto. «El asunto» es que desde este mismo instante, tenemos que actuar como si su intervención hubiese sido heroica.

Brandhaug se percató de la incredulidad de Møller.

– Si no premiamos al oficial, habremos reconocido que cometió un error al disparar y, en consecuencia, que las medidas de seguridad desplegadas con motivo de la visita del presidente fallaron.

Los presentes acogieron sus palabras con un gesto de aprobación.

– Ergo… -continuó Brandhaug. Le encantaba esa palabra. Parecía revestida de una armadura, una palabra casi invencible, porque exigía la autoridad propia de la lógica-. Por consiguiente… -tradujo.

– ¿Ergo, le damos una medalla? -terminó Rakel una vez más.

Brandhaug sintió una punzada de irritación. Había sido su forma de decir «medalla», como si estuviesen escribiendo el guión de una comedia y todas las propuestas divertidas fuesen bien recibidas. Como si quisiera indicar que su guión era una comedia.

– No -enfatizó despacio-. Una medalla, no. Las medallas y las distinciones son un recurso demasiado fácil y no se traducen en la credibilidad que buscamos. -Se retrepó en la silla con las manos en la nuca-. Lo ascenderemos. Le concederemos el grado de comisario.

Se produjo un largo silencio.

– ¿Comisario? -Bjarne Møller seguía mirando incrédulo a Brandhaug-. ¿Por haberle pegado un tiro a un agente del SS?

– Puede sonar algo morboso, pero reflexiona un instante.

– Es… -Møller parpadeó atónito y, aunque parecía querer decir mucho más, optó por cerrar la boca.

– Quizá no sea necesario otorgarle todas las competencias que normalmente corresponden a un comisario -apuntó con prudencia la comisario jefe como si estuviese enhebrando una aguja.

– Hemos sopesado esa parte también, Anne -respondió Brandhaug, haciendo hincapié al pronunciar su nombre de pila, que utilizaba por primera vez al dirigirse a ella.

Anne alzó ligeramente una ceja pero, por lo demás, nada indicó que le molestase. De modo que Brandhaug continuó.

– El problema es que, si todos los colegas de este oficial de enlace, aficionado al tiro, opinan que el nombramiento es algo extraño y llegan a darse cuenta de que no es más que una compostura, estaremos en las mismas. Es decir, estaremos peor. Si sospechan que es una operación de tapadera, cundirá el rumor y parecerá que, a sabiendas, intentamos encubrir el hecho de que nosotros (vosotros), ese oficial de policía, en definitiva todos, metimos la pata. En otras palabras: tenemos que darle un puesto en el que nadie sepa muy bien qué hace realmente. Dicho de otra manera: un ascenso combinado con un traslado a un lugar protegido.

– Un lugar protegido. Sin intromisiones -completó Rakel esbozando media sonrisa-. Parece que hayas pensado enviárnoslo a nosotros, Brandhaug.

– ¿Tú qué dices, Kurt? -preguntó Brandhaug.

Kurt se rascó detrás de la oreja riendo entre dientes.

– Bueno -vaciló-. Me figuro que encontraremos el modo de describir adecuadamente el cometido de comisario.

Brandhaug asintió con la cabeza.

– Sería de gran ayuda.

– Sí, debemos ayudarnos mutuamente, siempre que podamos.

– Bien -concluyó Brandhaug con una amplia sonrisa al tiempo que miraba el reloj de la pared para indicar que daba por concluida la reunión, a lo que siguió el alboroto propio de las sillas al moverse.

Capítulo 15

COLINA SANKTHANSHAUGEN

4 de Noviembre de 1999

– Tonight we'er gonna party like it's ninteen-ninty-nine!

Ellen miró a Tom Waaler, que acababa de meter una cinta en el equipo y había subido tanto el volumen que hacía vibrar el salpicadero. La penetrante voz de falsete del vocalista perforaba los tímpanos de Ellen.

– ¿Está muy alto? -gritó él para hacerse oír por encima de la música.

Ellen no quería herir sus sentimientos, de modo que sólo hizo un gesto afirmativo. No es que creyera que fuese fácil herir a Tom Waaler, pero había decidido hacerle la pelota todo el tiempo que fuera posible. O por lo menos, hasta que se disolviese la pareja Tom Waaler-Ellen Gjelten. El jefe de grupo Bjarne Møller había afirmado su carácter exclusivamente temporal. Todo el mundo sabía que en primavera, el nuevo puesto de comisario sería para Tom.

– ¡Negro marica! -gritó Tom.

Ellen no contestó. Llovía con tal intensidad que, aunque los limpiaparabrisas trabajaban a toda pastilla, el agua se mantenía en el parabrisas del coche patrulla como una película, haciendo que los edificios de la calle Ullevål pareciesen redondeadas casas de cuento que ondulaban sin cesar. Aquella mañana, Møller les había encomendado encontrar a Harry. Ya habían llamado a la puerta de su piso de la calle Sofie y constatado que no estaba en casa. O que no quería abrirles. O que no estaba en condiciones de abrir. Ellen se temía lo peor. Miró a la gente que se apresuraba por las aceras. También sus caras aparecían torcidas y con formas extrañas, como reflejadas en los espejos de una feria.

– Tuerce a la izquierda ahí y luego paras -dijo Ellen-. Puedes esperar en el coche, mientras yo entro.

– Con mucho gusto -contestó Waaler-. No me gustan nada los borrachos.

Lo miró de soslayo, pero la expresión de su rostro no revelaba si se refería a la clientela matutina del restaurante Schrøder en general o a Harry en particular. Waaler detuvo el coche en la parada del autobús; al salir, Ellen vio que habían abierto un nuevo café al otro lado de la calle. A lo mejor ya llevaba tiempo allí y ella no se había dado cuenta. Estaba lleno de jóvenes con jerséis de cuello alto que ocupaban los taburetes dispuestos a lo largo de los grandes ventanales y leían periódicos extranjeros o simplemente contemplaban la lluvia, con grandes tazas blancas de café en las manos, pensando quizá si habían elegido la asignatura correcta, el sofá de diseño correcto, la pareja correcta, el club de lectura correcto o la ciudad europea correcta…

En la puerta del Schrøder estuvo a punto de chocar con un hombre que llevaba un jersey islandés. El alcohol había empañado casi todo el azul de su iris y tenía las manos grandes como sartenes y muy sucias. Ellen notó el olor dulzón a sudor y a borrachera añeja cuando pasó a su lado. En el interior había un ambiente de silencio matinal. Sólo cuatro de las mesas estaban ocupadas. Ellen había estado allí antes, hacía mucho tiempo, y, por lo que recordaba, nada había cambiado. Las mismas fotos antiguas de Oslo colgaban de las paredes de color ocre que, junto con el techo de cristal, otorgaban al lugar un leve toque de pub inglés. Muy leve, en su opinión. Lo cierto era que, con las mesas y los asientos de aglomerado, más parecía el salón de fumar de uno de los ferrys de la costa de Møre. Al fondo de la barra fumaba una camarera con delantal que observaba a Ellen con escaso interés. En el rincón del fondo, junto a la ventana, estaba Harry, con la cabeza inclinada. Tenía ante sí una pinta de cerveza vacía.

– Hola -saludó Ellen al tiempo que se sentaba en la silla que había frente a él.

Harry levantó la cabeza e hizo un gesto de asentimiento, como si hubiera estado esperándola, antes de volver a bajar la cabeza.

– Hemos intentado localizarte. Fuimos a tu casa.

– ¡Ajá! ¿Y estaba en casa? -preguntó sin sonreír.

– No lo sé. ¿Estás en casa, Harry? -preguntó ella a su vez, señalando el vaso.

Él se encogió de hombros.

– El agente sobrevivirá -le dijo.

– Sí, eso he oído. Møller dejó un mensaje en mi contestador. -Sorprendentemente, tenía buena dicción-. No dijo nada de la gravedad de la herida. En la espalda hay muchos nervios y esas cosas, ¿verdad?

Ladeó la cabeza, pero Ellen no contestó.

– A lo mejor sólo queda paralítico -aventuró Harry emitiendo un chasquido al ver el vaso vacío-. ¡Salud!

– Tu baja por enfermedad termina mañana -le recordó Ellen-. Queremos verte de vuelta en el trabajo.

Harry levantó la cabeza un poco.

– ¿Estoy de baja?

Ellen empujó una pequeña carpeta transparente que había puesto sobre la mesa y en cuyo interior se veía el reverso de un papel rosa.

– He hablado con Møller. Y con el doctor Aune. Llévale la copia de esta solicitud de baja. Møller dijo que era normal disfrutar de unos días libres para calmarse después que haber tiroteado a alguien durante un servicio. Pero ven mañana.

Su mirada vagó hasta detenerse en la ventana, que tenía un cristal teñido y rugoso. Probablemente para evitar que se viese desde fuera a la gente que había dentro. «Al contrario que en la cafetería nueva», pensó Ellen.

– ¿Entonces, vendrás? -le preguntó a Harry.

– Bueno, verás… -dijo observándola con la misma mirada empañada que ella le recordaba de las mañanas después de que volviese de Bangkok-. Yo en tu lugar, no apostaría por ello.

– Ven, hombre, te esperan un par de sorpresas.

– ¿Sorpresas? -Harry rió suavemente-. ¿Qué será? ¿La jubilación anticipada? ¿Una despedida honrosa? ¿Me concederá el presidente «El Corazón Púrpura»?

Levantó la cabeza lo suficiente para que Ellen pudiera ver sus ojos enrojecidos. Suspiró y se volvió de nuevo para mirar la ventana. Detrás del rugoso cristal pasaban coches informes, como en una película psicodélica.

– ¿Por qué te haces esto, Harry? Tú sabes, yo sé, y todo el mundo sabe que no fue culpa tuya. Hasta el Servicio Secreto reconoce que fue culpa suya, que no estábamos informados. Y que nosotros, que tú reaccionaste correctamente.

Harry habló en voz baja, sin mirarla.

– ¿Crees que su familia lo verá así cuando regrese a casa en una silla de ruedas?

– ¡Por Dios, Harry!

Ellen levantó la voz y vio por el rabillo del ojo que la mujer que había a su lado en la barra los miraba con creciente interés, tal vez esperase presenciar una buena bronca.

– Siempre hay alguien que tiene mala suerte, que no lo consigue, Harry. Estas cosas son así, no es culpa de nadie. ¿Sabías que cada año muere el sesenta por ciento de la población del acentor común? ¡El sesenta por ciento! Si nos detuviésemos a pensar cuál es el sentido de tanta mortalidad, acabaríamos formando parte de ese sesenta por ciento antes de darnos cuenta, Harry.

Harry no contestó, sólo movió la cabeza afirmativamente hacia el mantel de cuadros con cercos negros de quemaduras de cigarrillos.

– Me odiaré a mí misma por decirte esto, Harry, pero si vienes mañana, lo consideraré un favor personal. Preséntate, no te hablaré y no tendrás que echarme el aliento. ¿De acuerdo?

Harry metió el dedo meñique en uno de los agujeros negros del mantel. Movió el vaso vacío y lo puso encima de los otros agujeros, para taparlos. Ellen esperaba.

– ¿Es Waaler el que está en el coche? -preguntó Harry.

Ellen asintió. Sabía perfectamente lo mal que se caían. Entonces, tuvo una idea. Vaciló un instante, pero se animó:

– Por cierto, ha apostado dos talegos a que no vendrás.

Harry rió otra vez con esa risa suave. Levantó la cabeza, la apoyó entre las manos y la miró.

– Eres realmente mala mintiendo, Ellen. Pero gracias por intentarlo.

– ¡Vete a la mierda! -Ellen respiró hondo, estuvo a punto de decir algo, pero cambió de idea. Miró largamente a Harry. Respiró otra vez-. Está bien. En realidad, era Møller quien iba a comunicártelo, pero ahora te lo cuento yo: te quieren dar un puesto de comisario en el CNI.

La risa de Harry volvió a sonar suave, como el motor de un Cadillac Fleetwood.

– Bueno, con un poco de entrenamiento, a lo mejor aprendes a mentir bien, después de todo.

– ¡Pero si es verdad!

– Es imposible.

Su mirada se perdió otra vez por la ventana.

– ¿Por qué? Eres uno de nuestros mejores investigadores, acabas de demostrar que eres un oficial jodidamente resuelto, has estudiado derecho, has…

– Te digo que es imposible. A pesar de que a alguien se le haya ocurrido esa descabellada idea.

– Pero ¿por qué?

– Por una razón muy sencilla. ¿Qué porcentaje de esos pájaros dijiste que moría anualmente? ¿El sesenta por ciento?

Tiró del mantel con el vaso encima.

– Se llama acentor común -dijo Ellen.

– Eso. ¿Y por qué se mueren?

– ¿Adonde quieres ir a parar?

– Supongo que no es simplemente que se tumben y se mueran, ¿no?

– De hambre. En las garras de los predadores. De frío. De agotamiento. Al chocar contra una ventana. Hay muchas razones.

– Muy bien. Porque supongo que a ninguno de ellos le ha pegado un tiro en la espalda un oficial de policía noruego que no tenía permiso de armas al no haber pasado las pruebas de tiro. Un oficial que en cuanto eso se sepa, será acusado y probablemente condenado, a entre uno y tres años de prisión. Un candidato bastante malo para comisario, ¿no te parece?

Alzó el vaso y lo puso en la mesa junto al mantel arrugado dando un fuerte golpe.

– ¿Qué pruebas de tiro? -preguntó Ellen.

Él le dedicó una mirada penetrante que ella acogió con tranquilidad.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Harry.

– No sé de qué hablas, Harry.

– Sabes muy bien que…

– Por lo que yo sé, aprobaste la prueba de tiro este año. Y lo mismo opina Møller. Hasta se dio una vuelta por la oficina esta mañana para comprobarlo con el instructor. Entraron en la base de datos y, según lo que pudieron averiguar, tus resultados fueron más que suficientes. Comprenderás que no ascienden a comisario del CNI a alguien que le pega un tiro a un agente del SS sin tener permiso de armas.

Le sonrió ampliamente a Harry, que parecía ahora más confundido que bebido.

– ¡Pero si yo no tengo permiso de armas!

– Que sí, hombre, lo único que pasa es que lo has perdido. Ya lo encontrarás, Harry, ya lo encontrarás.

– Escucha, yo…

De repente, guardó silencio y se quedó mirando la carpeta de plástico transparente que tenía ante sí sobre la mesa. Ellen se levantó.

– ¿Nos vemos a las nueve, comisario?

A Harry no le quedó otra opción que asentir.

Capítulo 16

HOTEL RADISSON SAS, PLAZA HOLBERG

5 de Noviembre de 1999

Betty Andresen tenía, como Dolly Parton, el pelo rubio y rizado como el de una peluca. Pero no era una peluca, y a eso, a su cabellera, se reducía todo su parecido con Dolly Parton. Betty Andresen era alta y delgada, y cuando sonreía, como en ese momento, sus labios formaban una pequeña abertura que apenas si dejaba ver los dientes. Esa sonrisa tenía por destinatario al hombre mayor que ahora aguardaba al otro lado del mostrador de la recepción del hotel Radisson SAS, situado en la plaza Holberg. No se trataba de un mostrador de recepción corriente, sino que era una de las varias «islitas» multifuncionales provistas de ordenador que permitían atender a varios clientes a la vez.

– Buena mañana -saludó Betty Andresen.

Era algo que había aprendido en la escuela de hostelería de Stavanger; sabía distinguir entre las diferentes partes del día cuando saludaba a los huéspedes. Así, hasta hacía una hora había dicho «buenos días», dentro de una hora diría «buen día», dentro de dos horas, «buen mediodía», y al cabo de otras dos horas, empezaría a saludar con un «buenas tardes». Al final de la jornada, partiría hacia su apartamento de dos habitaciones en Torshov, deseando que hubiera allí alguien a quien poder decirle «buenas noches».

– Me gustaría ver una habitación situada en la planta más alta que pueda ofrecerme.

Betty Andresen miró el abrigo empapado del viejo. Fuera caía una lluvia torrencial. Una gota de agua se aferraba temblorosa al borde del ala de su sombrero.

– Perdón, ¿dice que quiere ver una habitación?

La sonrisa imperturbable de Betty Andresen no se desvanecía. Ella tenía, tal y como le habían inculcado que, hasta que lo contrario quedase irrevocablemente demostrado, había que tratar a todo el mundo como cliente. Pero aun así, sabía que la persona que tenía delante era un ejemplar de la especie «hombre-mayor-visita-la-capital-quiere-contemplar-gratis-la-vista-desde-el-hotel-SAS». Venían a menudo, sobre todo en verano. Y no era sólo para ver las vistas. En una ocasión, una señora preguntó si podía ver la suite Palace del piso vigésimo segundo para poder describírsela a sus amistades cuando les contase que se había alojado en ella. Incluso le ofreció a Betty cincuenta coronas por anotarla en el libro de huéspedes, con el fin de poder utilizarlo después como prueba.

– ¿Habitación sencilla o doble? -preguntó Betty-. ¿Fumador o no fumador?

La mayoría de los hombres mayores empezaban a titubear ante esas preguntas.

– No importa -contestó el viejo-. Lo importante son las vistas. Quisiera ver una que dé al suroeste.

– Sí, desde ese lado puede verse toda la ciudad.

– Exacto. ¿Cuál es la mejor?

– La mejor es, por supuesto, la suite Palace; pero aguarde un momento y veré si tenemos disponible alguna habitación corriente.

Betty empezó a teclear veloz con la esperanza de que el hombre mordiese el anzuelo. Y, en efecto, no se hizo esperar.

– Me gustaría ver esa suite.

«Por supuesto que te gustaría», pensó la joven mirando al viejo. Betty Andresen no era una mujer poco razonable. Si el mayor deseo de un anciano era admirar las vistas desde el hotel de SAS, ella no se lo negaría.

– Vamos a echar un vistazo -dijo ofreciéndole su mejor sonrisa, la misma que, normalmente, reservaba para los clientes fijos.

– ¿Está usted de visita en Oslo? -preguntó por cortesía, ya en el ascensor.

– No -contestó el viejo.

Tenía las cejas blancas y pobladas, igual que su padre, observó la joven. Pulsó el botón, las puertas se cerraron y el ascensor se puso en marcha. Betty no conseguía acostumbrarse a aquella experiencia: era como ser succionada hacia el cielo. Luego, las puertas volvían a abrirse y, como siempre, ella salía con la esperanza de hacerlo a un mundo nuevo y distinto, casi como en un cuento. Sin embargo, el mundo al que la devolvía el ascensor era siempre el mismo. Atravesaron el pasillo, cuyas paredes estaban cubiertas de un papel pintado que hacía juego con el color de la moqueta y adornadas con obras de arte caras y aburridas. Metió la tarjeta en la cerradura de la suite y lo invitó a pasar mientras sujetaba la puerta. El hombre mayor entró en la suite con una expresión que ella interpretó como de expectación.

– La suite Palace tiene ciento cincuenta metros cuadrados -explicó Betty-. Y consta de dos dormitorios con sendas camas dobles y otros tantos baños, ambos con jacuzzi y teléfono.

Entró en el salón, donde se encontró con que el viejo ya se había colocado ante las ventanas.

– Los muebles son del diseñador danés Poul Henriksen -continuó Betty pasando la mano por el finísimo cristal de la mesa-. ¿Querrá usted ver los baños, verdad?

El viejo no contestó. Aún llevaba puesto el sombrero empapado y, en el silencio reinante, Betty pudo oír el golpe seco de una gota al caer sobre el parquet de cerezo. Se acercó a su lado. Se veía desde allí cuanto había que ver: el ayuntamiento, el Teatro Nacional, el palacio, el Parlamento y el fuerte de Akershus. A sus pies se extendía el parque del palacio, cuyos árboles apuntaban a un cielo gris acero, con sus dedos de bruja nudosos y negruzcos.

– Debería usted venir un día de primavera -sugirió Betty.

El viejo se volvió y la miró sin comprenderla y Betty cayó enseguida en la cuenta de lo que acababa de hacer. Era como si le hubiese dicho: «Ya que sólo has venido para disfrutar de las vistas».

Intentó sonreír.

– En primavera la hierba está verde y las copas de los árboles del parque se cubren de hojas. La vista es entonces muy hermosa.

El viejo la miraba, pero daba la sensación de que sus pensamientos estaban en otro lugar.

– Tienes razón -admitió al fin-. Los árboles tendrán hojas, no había reparado en ese detalle.

Señaló la ventana.

– ¿Se puede abrir?

– Sólo un poco -contestó Betty, aliviada ante el cambio de tema-. Hay que hacer girar la manilla.

– ¿Por qué sólo un poco?

– Por si a alguien se le ocurriese alguna tontería.

– ¿Alguna tontería?

Lo miró fugazmente. ¿Estaría senil el viejo?

– Por si a alguien se le ocurriese saltar -aclaró-. Suicidarse. Hay mucha gente desgraciada que…

Hizo un gesto con el que pretendía explicar lo que la gente desgraciada podría hacer.

– ¿Y eso os parece una mala idea? -preguntó el viejo frotándose el mentón. A Betty le pareció ver un amago de sonrisa entre las arrugas de su rostro-. ¿Aunque uno sea desgraciado?

– Sí -respondió Betty con énfasis-. Al menos, en mi hotel. Y sobre todo, durante mi turno.

– «Durante mi turno» -repitió el viejo como en un relincho-. Bien dicho, Betty Andresen.

La joven se sobresaltó al oír su nombre. Claro, lo había leído en la chapa de identificación. Bueno, estaba claro que el viejo no tenía problemas con la vista, pues las letras del nombre eran tan pequeñas como grandes eran las de su cargo de «recepcionista». Intentó mirar discretamente el reloj.

– Sí -adivinó el viejo-. Ya me figuro que tienes otras cosas que hacer que enseñar las vistas.

– Sí, así es -afirmó Betty.

– Me la quedo -declaró el viejo.

– ¿Perdón?

– Que me quedo la habitación. No para esta noche, pero…

– ¿Quiere la habitación?

– Sí. Se puede reservar, ¿verdad?

– Bueno, sí, pero… es muy cara.

– Con mucho gusto pagaré por adelantado.

El viejo sacó una cartera del bolsillo interior del abrigo y extrajo un fajo de billetes.

– No, no quería decir eso, pero son siete mil coronas la noche. No quiere ver…

– Me gusta ésta -insistió el viejo-. Te ruego que cuentes los billetes, para comprobar si están bien.

Betty miró los billetes de mil que le tendía el viejo.

– Será mejor que lo abone cuando venga -propuso-. Bien, ¿para cuándo querrá…?

– Seguiré tu recomendación, Betty -la interrumpió el viejo-. Vendré un día de primavera.

– Muy bien. ¿Alguna fecha en particular?

– Por supuesto.

Capítulo 17

COMISARÍA GENERAL DE POLICÍA

5 de Noviembre de 1999

Bjarne Møller suspiró y miró por la ventana. Últimamente, sus pensamientos escapaban por allí con mucha frecuencia. La lluvia había cesado, pero el cielo que cubría la Comisaría General de Grønland conservaba un color grisáceo.

Vio un perro que cruzaba la hierba muerta allá fuera. En Bergen había un puesto vacante de jefe de grupo. El plazo de presentación de solicitudes expiraba a finales de la próxima semana. Un colega de Bergen le había dicho que, por lo general, allí sólo llovía dos veces cada otoño. Entre septiembre y noviembre y entre noviembre y Año Nuevo. Los de Bergen eran unos exagerados. Él había visitado la ciudad, y le gustaba. Estaba lejos de los políticos de Oslo, y era pequeña. A Møller le gustaba lo pequeño.

– ¿Qué?

Møller se volvió sobresaltado para encontrarse con la mirada abatida de Harry.

– Me estabas explicando que me vendría bien moverme un poco.

– ¿Ah, sí?

– Eso es lo que me estabas diciendo, jefe.

– Ah, sí, eso es. Hay que procurar no anquilosarse en viejas costumbres y rutinas. Avanzar, progresar. Alejarse.

– Bueno, tanto como alejarse… El CNI está tres pisos más arriba, en este mismo edificio.

– Me refiero a alejarse de todo los demás. Meirik, el jefe del CNI, opina que serías perfecto para el puesto vacante.

– ¿No hay que convocar a concurso ese tipo de puestos?

– No pienses en eso, Harry.

– Bueno, pero ¿puedo preguntarme por qué demonios queréis que me incorpore al CNI? ¿Tengo cara de espía?

– No, no.

– ¿No?

– Quiero decir, sí. Quiero decir, no, pero… ¿por qué no?

– ¿Por qué no?

Møller se rascó el cogote con vehemencia. Su semblante había perdido el color.

– Joder, Harry, te ofrecemos un trabajo de comisario, una subida salarial de cinco tramos, nada de guardias nocturnas y un poco de respeto por parte de los chavales. Esto es algo bueno, Harry.

– Me gustan las guardias nocturnas.

– A nadie le gustan las guardias nocturnas.

– ¿Por qué no me ofrecéis el puesto vacante de comisario?

– ¡Harry! Hazme un favor, simplemente, di que sí.

Harry jugueteaba con el vaso de cartón.

– Jefe -dijo al cabo-. ¿Cuánto hace que nos conocemos?

Møller levantó el dedo índice en señal de advertencia.

– No empieces con ésas. No lo intentes con eso de que hemos pasado por todo juntos…

– Siete años. Y durante esos siete años seguro que habré interrogado a personas que, con toda probabilidad, son los seres más estúpidos que caminan a dos patas en esta ciudad; aun así, no me he topado con nadie que sea tan malo mintiendo como tú. Puede que sea tonto, pero todavía me quedan un par de neuronas que hacen lo que pueden. Y me están diciendo que es poco probable que mi hoja de servicios me haya hecho merecedor de este puesto. Como lo es que, de repente, tenga una de las mejores puntuaciones de la unidad en las pruebas de tiro de este año. Más bien tiene que ver con el hecho de que le pegué un tiro a un agente del SS. Y no es preciso que digas nada, jefe.

Møller abrió la boca, pero volvió a cerrarla y cruzó los brazos en un gesto elocuente. Harry continuó:

– Comprendo que no eres tú quien manda aquí. Y aunque no tenga todos los datos, sí tengo la suficiente imaginación para adivinar una parte. Y si tengo razón en lo que digo, significa que mis propios deseos para mi futuro profesional dentro de la policía no son relevantes. Así que contéstame sólo a una pregunta: ¿tengo elección?

Møller parpadeaba sin cesar. Volvió a pensar en Bergen. En inviernos sin nieve. En paseos domingueros por el Fløyen con su mujer y sus hijos. Un lugar donde era posible crecer. Algunas gamberradas de críos y un poco de hachís, nada de bandas ni de niños de catorce años que se meten una sobredosis. La comisaría de Bergen. Buena cosa.

– No -contestó al fin.

– Bien -dijo Harry-. Eso era lo que yo pensaba. -Arrugó el vaso de cartón y apuntó a la papelera-. ¿Has dicho que la subida salarial era de cinco tramos?

– Y un despacho propio.

– Supongo que bien apartado de los demás, ¿no? -Lanzó el vaso arrugado con un movimiento del brazo lento y estudiado-. ¿Horas extras remuneradas?

– En esa categoría no, Harry.

– Entonces tendré que irme corriendo a casa a las cuatro en punto.

– Seguro que eso no será un problema -afirmó Møller con una sonrisa imperceptible.

Capítulo 18

PARQUE SLOTTSPARKEN

10 de Noviembre de 1999

Hacía una noche clara y fría. Lo primero que notó el viejo al salir de la estación de metro fue la cantidad de gente que aún andaba por las calles. Se había hecho a la idea de que el centro estaría casi vacío a una hora tan tardía, pero los taxis transitaban a la carrera por la calle Karl Johan, bajo las luces de neón, y la gente andaba de un lado a otro por las aceras. Se detuvo a esperar que apareciera el hombrecito verde del semáforo junto a un grupo de jóvenes que hablaban un idioma extraño y cacareante. Pensó que procederían de Pakistán. O a lo mejor de Arabia. El cambio del semáforo interrumpió su elucubración y cruzó decidido la calle para seguir por la cuesta que conducía a la fachada iluminada del palacio. También allí había gente, la mayoría jóvenes, en constante ir y venir de quién sabía dónde. Paró para descansar un poco delante de la estatua de Karl Johan que, a lomos de su caballo, miraba con expresión soñadora el edificio del Parlamento, el poder que éste representaba y que él había intentado trasladar al palacio que se alzaba a su espalda. Hacía más de una semana que no llovía y las hojas secas crujieron cuando el viejo giró a la derecha entre los árboles del parque. Miró hacia arriba, por entre las ramas desnudas que se recortaban contra el cielo estrellado. Y recordó unos versos:

Olmo y álamo, roble y abedul,

abrigo negro, muerto y pálido.

Pensó que habría sido mejor que no hubiese habido luna llena aquella noche. Por otro lado, le resultaba más fácil encontrar lo que buscaba: el gran abedul contra el que había chocado el día en que le dijeron que su vida tocaba a su fin. Lo recorrió con la vista de abajo arriba, del tronco a la copa. ¿Cuántos años tendría aquel árbol? ¿Doscientos? ¿Trescientos? Tal vez ya fuese adulto cuando Karl Johan se dejó vitorear como rey noruego. De todos modos, toda vida tiene un final. La suya, la del árbol y, sí, incluso la de los reyes. Se colocó detrás del árbol de modo que no lo viesen desde el sendero y se quitó la mochila. Después, se acuclilló, la abrió y sacó su contenido. Tres botellas de solución de fosfato de glicina de la marca Roundup que le había vendido el dependiente de Jernia, en la calle Kirkeveien, y una jeringa para caballerías con una gruesa aguja de acero que le habían proporcionado en la farmacia Sfinx. Dijo que iba a utilizar la jeringa para cocinar, para inyectarle grasa a la carne, pero fue una excusa innecesaria, porque el dependiente apenas si lo miró con desinterés y, seguramente, había olvidado su cara antes de que él hubiese salido por la puerta del establecimiento.

El anciano miró a su alrededor antes de introducir la gruesa aguja a través del corcho de una de las botellas y tirar despacio, hasta que la jeringa se llenó del líquido blanco. Tanteó el tronco con la mano hasta dar con una abertura en la corteza y clavó en ella la aguja. No resultó tan fácil como él había pensado y tuvo que empujar con fuerza para introducir bien la aguja en la recia madera. De lo contrario, no surtiría el efecto deseado. Tenía que llegar hasta el corazón del árbol, hasta sus órganos vitales. Dejó caer todo su peso sobre la jeringa y la aguja empezó a temblar. ¡Mierda! No podía permitir que se partiese, sólo tenía una. La aguja comenzó a deslizarse despacio hacia dentro pero, tras unos centímetros, se detuvo por completo. Pese a que hacía fresco, empezó a transpirar copiosamente. Tomó un nuevo impulso, y ya estaba a punto de empujar de nuevo con más energía cuando oyó el crujir de hojas en el sendero. Soltó la jeringa. El ruido sonaba cada vez más cerca. Cerró los ojos y contuvo la respiración. Los pasos empezaron a alejarse y entonces abrió los ojos y vio dos figuras que desaparecían tras los arbustos en dirección a la calle Fredrik. Respiró aliviado y volvió a empuñar la jeringa. Decidió arriesgarse y extremó la fuerza de su empuje. Y cuando ya temía que la aguja se partiese, ésta empezó a penetrar en el tronco y se deslizó dentro. El viejo se enjugó el sudor. El resto fue muy fácil.

Diez minutos más tarde ya había inyectado dos de las botellas y estaba a punto de terminar la tercera, cuando oyó unas voces que se aproximaban. Dos personas aparecieron de entre los arbustos y dedujo que debían de ser las mismas que había visto pasar antes.

– ¡Hola! -dijo una voz masculina.

El viejo tuvo una reacción instintiva, se puso de pie y se colocó delante del árbol, de modo que su largo abrigo ocultase la jeringa que seguía incrustada en el tronco. Entonces, quedó cegado por la luz. Alzó las manos y se cubrió los ojos.

– ¡Retira ese foco, Tom! -oyó decir a una mujer.

El haz de luz cambió de dirección y el viejo lo vio bailotear entre los árboles del parque.

El hombre y la mujer estaban ya a su lado cuando ella, una joven que rondaba la treintena, con rasgos bonitos aunque nada extraordinarios, le mostró una tarjeta que sostuvo tan cerca de su rostro que, incluso a la escasa luz de la luna, pudo ver su fotografía, en la que aparecía mucho más joven y con expresión grave. Y su nombre: Ellen no sé cuántos.

– Policía -declaró la mujer-. Sentimos haberlo asustado.

– ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche? -preguntó el hombre.

Los dos iban vestidos de civiles y, bajo el negro flequillo de un joven muy bien parecido, pudo ver un par de ojos de un azul frío que lo miraban curiosos.

– Salí a dar un paseo, simplemente -dijo el viejo confiando en que no notasen que le temblaba la voz.

– ¡Ah, vaya! -dijo el hombre llamado Tom-. Apostado tras un árbol del parque y con un abrigo tan largo. ¿Qué te parece que podemos pensar?

– ¡Venga ya, Tom! -exclamó la mujer-. Lo siento -dijo volviéndose hacia el anciano-. Se ha producido una pelea en el parque hace tan sólo unas horas. Han apaleado a un joven. ¿Ha visto u oído algo?

– No, yo acabo de llegar -dijo el viejo concentrándose en la mujer, para así evitar la penetrante mirada del hombre-. No he visto nada. Tan sólo la Osa Menor y la Osa Mayor -dijo señalando al cielo-. Lo siento por el chico. ¿Está malherido?

– Bastante. Disculpe la interrupción -le sonrió la joven-. Que tenga una buena noche.

Los dos policías desaparecieron y el viejo cerró los ojos apoyado contra el árbol. De repente, alguien lo agarró de la solapa del abrigo y notó el cálido aliento de la voz del joven policía, que le susurraba al oído:

– Si alguna vez te pillo con las manos en la masa, te rajo, ¿me has oído? Odio a los tipos como tú.

Después, sus manos soltaron el abrigo y el policía desapareció.

El viejo se sentó en el suelo y enseguida sintió la humedad de la tierra en sus ropas. Una voz resonaba en su cabeza, canturreando los mismos versos, una y otra vez:

Olmo y álamo, roble y abedul,

abrigo negro, muerto y pálido.

Capítulo 19

PIZZERÍA HERBERT, PLAZA YOUNGSTORGET

12 de Noviembre de 1999

Sverre Olsen entró y saludó con un gesto a los chicos de la mesa de la esquina, pidió una cerveza en la barra y la llevó a la mesa. No a la mesa de la esquina, sino a la suya. A la que había sido su mesa durante más de un año, desde que le dio una paliza al tío amarillo del Dennis Kebab. Era pronto y todavía no había nadie más sentado allí, pero la pequeña pizzería de la esquina de la calle Torggata con la plaza Youngstorget no tardaría en llenarse. Hoy era el día del pago del subsidio. Miró a los chicos de la esquina. Tres de ellos pertenecían al núcleo, pero ya no se hablaba con ellos. Pertenecían al nuevo partido, Alianza Nacional, y podría decirse que se había producido un desacuerdo ideológico. Los conocía desde su participación en las Juventudes del Partido Patriótico, y eran muy patriotas, pero ahora estaban a punto de deslizarse hacia las filas de los disidentes. Roy Kvinset, con la cabeza impecable recién afeitada, llevaba como siempre los vaqueros desgastados y ajustados, botas y una camiseta blanca con el emblema de Alianza Nacional, en rojo, blanco y azul. Pero Halle era nuevo. Se había teñido el pelo de negro y utilizaba aceite para alisar el flequillo y peinarlo pegado a la cabeza. Lo que más provocaba la reacción de la gente era el bigote, tipo cepillo, del mismo color negro y cuidadosamente recortado, una copia exacta del bigote del Führer. Había prescindido de los anchos pantalones y las botas de montar y se había puesto unos de camuflaje de color verde. Gregersen era el único que tenía pinta de ser un joven normal y corriente: chaqueta corta, perilla y gafas de sol en la cabeza. Era sin duda el más inteligente de los tres.

Sverre paseó la mirada por el resto del local. Una chica y un tipo estaban comiéndose una pizza con las manos. No los había visto antes, pero no parecían policías. Y tampoco periodistas. ¿Serían de la ONG Monitor? Había descubierto a un tío de Monitor ese invierno, un tipo de mirada temerosa que había entrado un par de veces de más fingiendo estar bebido para entablar conversación con algunos de ellos. Sverre se había olido la traición. Se lo llevaron fuera y le quitaron el jersey. Tenía un micrófono y una grabadora pegados al estómago con cinta adhesiva. Confesó que era de Monitor antes de que le hubiesen puesto una mano encima. Un cagado. Los de Monitor eran unos imbéciles. Creían que esos juegos de niños, esa vigilancia voluntaria de los ambientes fascistas era algo importante y peligroso, que eran agentes secretos en constante peligro de muerte. Aunque, en fin, tenía que admitir que tal vez no fuesen tan distintos de algunos de los miembros de sus propias filas. De todas formas, el tío estaba convencido de que iban a matarlo y tenía tanto miedo que se meó encima. Literalmente. Sverre se percató enseguida de la raya oscura que serpenteaba por el asfalto, desde la pernera. Eso era lo que mejor recordaba de aquella noche. El pequeño río de orina que discurría hacia el punto más bajo del terreno brillaba en la penumbra del patio interior.

Sverre Olsen decidió que la pareja, efectivamente, eran dos jóvenes hambrientos que habían pasado por allí y se habían detenido a comer al descubrir la pizzería. La velocidad con que comían indicaba que, a aquellas alturas, ya se habían percatado del tipo de clientela, y querían salir de allí lo antes posible. Había un señor mayor con abrigo y sombrero sentado junto a la ventana. Un borracho, quizás, aunque su vestimenta indicaba otra cosa. Claro que ése era el aspecto que tenían los primeros días, después de que Elevator, la tienda de ropa de segunda mano del Ejército de Salvación, les hubiese proporcionado ropa, en general, abrigos de calidad y trajes usados pero cuidados. El hombre mayor alzó la vista y sus miradas se cruzaron. No era ningún borracho. El hombre tenía unos chispeantes ojos azules y Sverre apartó la vista enseguida. ¡Mierda, vaya forma de mirar la de ese viejo!

Sverre se concentró en su pinta de cerveza. Ya era hora de ganar algo de dinero. Dejarse crecer el pelo para que cubriese los tatuajes del cogote, llevar camisa de manga larga y empezar la ronda. Había trabajos de sobra. Trabajos de mierda, eso sí. Los trabajos cómodos y bien pagados los habían cogido los maricones, los ateos y los negrazos de mierda.

– ¿Me puedo sentar aquí?

Sverre alzó la mirada. Era el hombre mayor. Él ni siquiera se había dado cuenta de que se había acercado.

– Ésta es mi mesa -dijo secamente.

– Sólo quiero hablar un poco.

El viejo puso un periódico en el centro de la mesa y se sentó en la silla que había frente a él. Sverre lo miró suspicaz.

– Tranquilízate, soy uno de vosotros -aseguró el viejo.

– ¿Qué «vosotros»?

– Los que frecuentáis este sitio. Los nacionalsocialistas.

– ¿Ah, sí?

Sverre se pasó la lengua por los labios y se llevó el vaso a la boca. El viejo lo miraba imperturbable. Tranquilo, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Y seguro que así era. Tendría unos setenta años, como mínimo. ¿Sería uno de los pertenecientes al Zorn 88? ¿Uno de los cerebros inaccesibles de los que Sverre sólo había oído hablar, pero a los que nunca había visto?

– Necesito un favor -confesó el viejo en voz baja.

– ¿Ah, sí? -respondió Sverre distante, aunque moderando ahora su manifiesta actitud condescendiente de antes. Quizá…

– Se trata de un asunto de armas -dijo el viejo.

– ¿Qué armas?

– Necesito una. ¿Puedes ayudarme?

– ¿Por qué iba a hacer tal cosa?

– Echa una ojeada al periódico. Página veintiocho.

Sverre cogió el diario sin dejar de observar al hombre mayor mientras pasaba las hojas. En la página veintiocho había un artículo sobre los neonazis en España. Escrito por el patriota Even Juul, cómo no. La foto grande en blanco y negro de un hombre joven que sostenía un cuadro del generalísimo Franco quedaba parcialmente cubierta por un billete de mil.

– Si me puedes ayudar… -dijo el viejo. Sverre se encogió de hombros. -… te daré nueve mil más.

– ¿Ah, sí? -contestó Sverre antes de dar otro sorbo. Echó una ojeada al local. La pareja de jóvenes se había marchado, pero Halle, Gregersen y Kvinset seguían en la esquina. Y los demás no tardarían en llegar y resultaría imposible mantener una conversación medianamente discreta. ¡Diez mil coronas!

– ¿Qué clase de arma?

– Un rifle.

– Se podría hacer.

El viejo negó con un gesto.

– Un rifle Märklin.

– ¿Un Märklin?

El viejo asintió.

– ¿Como las maquetas de trenes Märklin?

Una fisura se abrió entre los surcos del rostro del viejo, bajo el sombrero. Como si estuviese sonriendo.

– Si no me puedes ayudar, dímelo ahora. Puedes quedarte con el billete de mil, no hablamos más del tema, yo me largo y no volveremos a vernos nunca más.

Sverre notaba cómo le subía la adrenalina. Aquélla no era una charla corriente sobre hachas, escopetas de caza y algún que otro paquete de dinamita, aquello era algo serio…

Ese tío era serio.

Se abrió la puerta y Sverre miró por encima del hombro del viejo. No era ninguno de los colegas, sólo el borracho del jersey islandés. Podía ponerse un poco pesado cuando quería que lo invitasen a una cerveza, pero por lo demás era inofensivo.

– Veré lo que puedo hacer -prometió Sverre al tiempo que se disponía a coger el billete de mil. Pero, sin saber cómo, la mano del viejo, como la garra de un águila, atrapó la suya clavándola en la mesa.

– No es eso lo que te he preguntado -replicó con voz fría y crujiente como un témpano de hielo.

Sverre intentó liberar su mano, pero no lo consiguió. ¡No podía librarse de la garra de un viejo!

– Te he preguntado si me puedes ayudar y quiero un sí o un no. ¿Comprendes?

Sverre notó cómo despertaba el monstruo de su deseo de vencer, su viejo amigo, y también su enemigo. Pero, de momento, el monstruo no había superado la idea de las diez mil coronas. Y él conocía a un hombre que podría ayudarle, un hombre muy especial. No sería barato, pero tenía la sensación de que el viejo no iba a regatear con la comisión.

– Yo…, sí, puedo ayudarte.

– ¿Cuándo?

– Dentro de tres días. Aquí. A la misma hora.

– Tonterías. No conseguirás un rifle de ese tipo en tres días -dijo el viejo soltándole la mano-. Pero acude a toda prisa a la persona que puede ayudarte a encontrarlo y dile que acuda a toda prisa a la persona que puede ayudarle a él y, después, nos vemos aquí, dentro de tres días, para acordar dónde y cuándo se hará la entrega.

Sverre ejerció con la mano una presión equivalente a los ciento veinte kilos de pesas que solía levantar. ¿Cómo era capaz de resistir ese viejo escuálido…?

– Diles que el rifle se pagará al contado, en coronas noruegas, en el momento de la entrega. Recibirás el resto de tu dinero dentro de tres días.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué pasa si cojo el dinero y…?

– Entonces volveré y te mataré.

Sverre se frotó la muñeca. No pidió más explicaciones.

Un viento gélido barría la acera ante la cabina de teléfonos que había junto a la piscina de la calle Torggaten mientras Sverre Olsen marcaba el número con mano temblorosa. ¡Joder, qué frío! Además, tenía las botas agujereadas. Alguien contestó al teléfono.

– ¿Sí?

– Soy yo, Olsen.

– Habla.

– Hay un tipo que quiere un rifle. Un Märklin.

Se hizo un silencio.

– Como las maquetas Märklin -explicó Sverre.

– Olsen, sé lo que es un Märklin.

La voz que surgía del auricular era plana y neutra, pero a Sverre no le pasó inadvertido el desprecio. Sin embargo, no dijo nada porque, a pesar de que odiaba a aquel hombre con todas sus fuerzas, el miedo que le infundía era más intenso; y no lo avergonzaba admitirlo. Tenía fama de ser peligroso. Sólo unos pocos dentro del entorno habían oído hablar de él, y tampoco Sverre conocía su verdadero nombre. Pero, gracias a sus contactos, había sacado a Sverre y a sus colegas de algún que otro aprieto. Por supuesto que era por la causa, no porque a él le importase Sverre Olsen. Si Sverre hubiese conocido a otra persona capaz de proporcionarle lo que buscaba, habría preferido ese otro contacto.

La voz:

– ¿Quién pregunta y para qué quiere el arma?

– Un tipo viejo, no lo había visto antes. Dijo que era uno de los nuestros. Y no pregunté a quién pensaba darle el paseo, por decirlo de alguna manera. A nadie, quizá. Tal vez sólo lo quiera para…

– ¡Cierra la boca, Olsen! ¿Tenía pinta de tener dinero?

– Iba bien vestido. Y me dio un billete de mil sólo por contestarle si podía conseguírselo o no.

– Te dio un billete de mil para que cerrases el pico, no por contestar.

– Bueno, vale.

– Interesante.

– Volveremos a vernos dentro de tres días. Para entonces quiere saber si podemos arreglárselo.

– ¿Podemos?

– Sí, bueno…

– Si yo lo puedo arreglar, quieres decir.

– Por supuesto. Pero…

– ¿Cuánto te paga por el resto del trabajo?

Sverre vaciló, pero contestó al fin:

– Diez papeles.

– Yo te daré otro tanto. Diez. Si hay trato. ¿Comprendes?

– Comprendo.

– ¿Por qué te doy los diez?

– Por mantener la boca cerrada.

Cuando por fin colgó el auricular, Sverre no sentía los dedos de los pies. Necesitaba un par de botas nuevas. Se quedó mirando una bolsa de patatas fritas que, vacía e indolente, se dejaba arrastrar por el viento y, entre los coches, vagaba a trompicones hacia la calle Storgata.

Capítulo 20

PIZZERÍA HERBERT

15 de Noviembre de 1999

El viejo dejó que la puerta de cristal de la Pizzería Herbert se cerrase despacio a su espalda. Se quedó en la acera, esperando, y mientras aguardaba, vio pasar a una mujer paquistaní que, con la cabeza cubierta por un pañuelo, paseaba un cochecito de niño. Ante él pasaban deprisa los coches y, en las ventanillas laterales, veía el danzante reflejo de su figura y también el de los grandes ventanales de la pizzería que tenía detrás. A la izquierda de la entrada, el cristal estaba parcialmente cubierto por una cruz de cinta adhesiva blanca, reparación provisional de una rotura provocada, le pareció, por una patada. El dibujo que formaban las fisuras blancas se asemejaba a una telaraña.

Al otro lado del cristal se veía a Sverre Olsen, sentado a la misma mesa donde habían ultimado los detalles. El puerto de contenedores de Bjorvika, dentro de tres semanas. Muelle número 4. A las dos de la madrugada. Contraseña: Voice of an Angel. Por lo visto, era el título de una canción moderna. No la conocía, pero el título le pareció muy apropiado. El precio, por el contrario, no lo era tanto: 750.000 coronas. Claro que no iba a discutirlo. La cuestión ahora era si cumplirían su parte del trato o si lo asaltarían allí mismo, en el muelle. Invocó la lealtad y le contó al joven neonazi que había combatido en el frente, pero no estaba seguro de que él hubiese dado crédito a su relato. O de que le concediese importancia. Hasta se había inventado una historia sobre dónde estuvo combatiendo, por si al joven se le ocurría hacer preguntas. Pero no lo hizo.

Los coches pasaban. Sverre Olsen seguía sentado, pero otro tipo acababa de levantarse de una mesa y se dirigía a la puerta con paso inestable. El viejo lo recordaba, pues también estaba allí la última vez. Y hoy no les había quitado la vista de encima ni un instante. Se abrió la puerta. Él seguía esperando. El tráfico cesó un instante y pudo oír lo que le dijo el hombre, que se había detenido justo detrás de él:

– ¿Así que éste es el tipo?

La voz era de esas muy particulares y broncas fruto del abuso del alcohol, de fumar mucho y dormir poco.

– ¿Lo conozco? -dijo el viejo sin darse la vuelta.

– Me parece que sí.

El viejo volvió la cabeza, lo escrutó un segundo y luego apartó la vista de él.

– Lo siento, creo que no lo conozco.

– ¡Pero bueno! ¿No reconoce a un viejo amigo de la guerra?

– ¿Qué guerra?

– Tú y yo luchamos por la misma causa.

– Si tú lo dices. ¿Qué quieres?

– ¿Qué? -preguntó el borracho poniendo una mano detrás de la oreja.

– Te digo que qué quieres -repitió el viejo más alto.

– Bueno, querer, lo que se dice querer… Es normal saludar a un viejo conocido, ¿no? Sobre todo, si no lo has visto en mucho tiempo. Y, más aún, si lo creías muerto.

El viejo se volvió.

– ¿A ti te parece que estoy muerto?

El hombre del jersey islandés le clavó una mirada de un azul tan claro que sus ojos parecían canicas de color turquesa. Era completamente imposible determinar su edad. Podía tener cuarenta u ochenta años. Pero el viejo sabía la edad del borracho. Sí se concentraba y hacía un esfuerzo de memoria, podría recordar hasta su fecha de nacimiento. Durante la guerra, se habían preocupado de celebrar los cumpleaños.

El borracho se acercó.

– No, no pareces muerto. Enfermo, sí, pero no muerto.

Le tendió una mano enorme y sucia y el viejo notó enseguida el hedor dulzón, una mezcla de sudor, orina y alcohol.

– ¿Qué pasa? ¿No quieres estrecharle la mano a un viejo amigo? -Su voz sonaba como un estertor de la muerte.

El viejo estrechó fugazmente la mano que el otro le tendía, sin quitarse el guante.

– Muy bien -dijo-. Pues ya nos hemos dado la mano. Si no quieres nada más, tengo que seguir mi camino.

– Querer, lo que se dice querer… -dijo el borracho balanceándose de un lado a otro al tiempo que intentaba fijar la vista en el viejo-. Me preocupaba saber qué hace un hombre como tú en un agujero como éste. Tal vez no sea tan raro, ¿verdad? La última vez que te vi aquí pensé: «Se habrá equivocado de sitio». Pero luego te vi hablando con ese tipo horrible que dicen que va por ahí matando a la gente con un bate. Y al verte hoy también…

– ¿Sí?

– Pues pensé que debía preguntarle a alguno de los periodistas que vienen por aquí de vez en cuando, ¿sabes? Si saben lo que hace un tipo con una pinta tan respetable como la tuya en un lugar como éste. Ellos están al tanto de todo, ¿sabes? Y si no, se enteran. Por ejemplo, ¿cómo es posible que un tío del que todo el mundo pensaba que había muerto durante la guerra, de repente, esté vivo? Ellos se hacen con la información con una rapidez de la hostia. Así.

Hizo un intento inútil de chasquear los dedos.

– Y entonces, ¿sabes?, van y lo cuentan en los periódicos. '

El viejo suspiró.

– ¿Puedo ayudarte en algo?

– ¿Tú qué crees?

El borracho abrió los brazos y sonrió dejando ver su escasa dentadura.

– Entiendo -dijo el viejo echando una ojeada a su alrededor-. Demos una vuelta. No me gustan los espectadores.

– ¿Qué?

– No, claro, ¿y para qué los queremos?

El viejo posó la mano en el hombro del otro.

– Entremos aquí.

– «Show me the way» [9], compañero -tarareó el borracho con voz ronca antes de soltar una risotada.

Se ocultaron en el callejón que había junto a la pizzería, donde se alineaban un montón de enormes contenedores de basura de plástico llenos a rebosar, de modo que no se los veía desde la calle.

– ¿No le habrás comentado a alguien que me has visto?

– ¿Estás loco? Si al principio creía que estaba viendo visiones. ¡Un fantasma a plena luz del día! ¡En Herbert!

Rompió a reír a carcajadas que desembocaron en una tos honda y borboteante. Se inclinó hacia delante para apoyarse contra la pared, hasta que la tos cedió. Después, se incorporó de nuevo y se limpió la flema que le colgaba del mentón.

– No, desde luego, no se lo he dicho a nadie; en ese caso, ya me habrían internado…

– ¿Qué te parece si te ofrezco un precio justo por tu silencio?

– Justo, lo que se dice justo… Vi al malo coger ese billete de mil que habías ocultado en el periódico…

– ¿Sí?

– Un par de ellos me durarían una temporada, eso está claro.

– ¿Cuántos?

– ¿Cuántos tienes?

El viejo lanzó un suspiro y miró a su alrededor para asegurarse de que no había testigos. Desabotonó el abrigo y metió la mano en el interior.

Sverre Olsen cruzó la plaza Youngstorget a grandes zancadas balanceando la bolsa de plástico verde que llevaba en la mano. Hacía veinte minutos se encontraba en la Pizzería Herbert, sin blanca y con unas botas agujereadas; ahora, en cambio, lucía un par de botas Combat, nuevas y relucientes, de caña alta y con doce pares de remaches, que se había comprado en Top Secret, en la calle Henrik Ibsen. Además, llevaba un sobre en el que aún le quedaban ocho relucientes billetes de mil. Y diez mil más que estaban por llegar. Era extraño lo rápido que podían cambiar las cosas. Ese otoño estuvo a punto de pasar tres años en el talego, cuando su abogado se percató de pronto de que a la mujer gorda que ayudaba al juez la habían juramentado en un lugar equivocado.

Sverre estaba de tan buen humor que consideró incluso la posibilidad de invitar a Halle, Gregersen y Kvinset a su mesa. Invitarlos a una cerveza. Sólo para ver cómo reaccionaban. ¡Sí, coño, eso haría!

Cruzó la calle Pløensgate y pasó ante una mujer paquistaní que llevaba un cochecito de niño y le sonrió, de pura coña. Estaba llegando a la puerta de Herbert cuando pensó que no tenía sentido cargar con una bolsa que contenía unas botas viejas. Así que entró en el callejón, levantó la tapa de uno de los contenedores de basura y la tiró dentro. Cuando se iba descubrió un par de piernas que asomaban entre dos contendores. Miró a su alrededor. No había nadie en la calle. Ni tampoco en el patio trasero. ¿Quién sería? ¿Un borracho, un drogadicto? Se acercó un poco más. Los contenedores tenían ruedas y aquellos dos estaban totalmente juntos. Notó que se le aceleraba el pulso. Algunos drogadictos se cabreaban si ibas a importunarlos. Sverre se alejó un poco y le dio una patada a un cubo para apartarlo.

– ¡Joder!

Era curioso pero Sverre Olsen, que había estado a punto de matar a un hombre, jamás había visto a ninguno muerto. Tan curioso como el hecho de que aquel que ahora estaba viendo casi lo hiciese caer de bruces. El hombre tenía la espalda apoyada contra la pared y los ojos desorbitados. Estaba tan muerto como cabía estar. La causa de la muerte era evidente. El corte del cuello mostraba el lugar por el que le habían rajado la garganta. Aunque la sangre brotaba muy despacio, estaba claro que al principio lo había hecho a borbotones, pues el jersey islandés que llevaba parecía pegajoso y empapado de sangre. El hedor a basura y orina se volvió insoportable y Sverre tuvo el tiempo justo de notar el sabor a bilis antes de vomitar dos cervezas y una pizza. Después, se quedó apoyado en el contenedor escupiendo una y otra vez sobre el asfalto. Las puntas de las botas se pusieron amarillas de vómito, pero él no se dio cuenta. Sólo tenía ojos para el rojo riachuelo que, brillando a la tenue luz de las farolas, buscaba el punto más bajo del terreno.

Capítulo 21

LENINGRADO

17 de Enero de 1944

Un caza ruso YAK 1 tronaba sobre Edvard Mosken mientras él reptaba encorvado por la trinchera.

Esos cazas no solían causar muchos daños; parecía que a los rusos ya no les quedaban bombas. ¡Lo último que había oído era que los pilotos llevaban granadas de mano, con las que intentaban atacar los puestos enemigos cuando los sobrevolaban!

Edvard había estado en la región norte para recoger la correspondencia de sus hombres y enterarse de las últimas novedades. El otoño les había traído un sinfín de noticias deprimentes de pérdidas y retiradas a lo largo de todo el frente oriental. Ya en noviembre, los rusos habían recuperado Kiev, y en octubre el ejército del frente oriental había estado a punto de quedar sitiado al norte del mar Negro. El hecho de que Hitler hubiese logrado debilitar el frente oriental redirigiendo las fuerzas al occidental no mejoró la situación. Pero lo más inquietante era lo que Edvard había oído aquel día. Hacía dos días el teniente general Gusev había iniciado una terrible ofensiva desde Oranienbaum, al sur del golfo de Finlandia. Edvard recordaba Oranienbaum porque era una pequeña cabeza de puente por la que pasaron durante la marcha hacia Leningrado. ¡Se la habían dejado a los rusos porque carecía de importancia estratégica! Ahora, en el más absoluto secreto, Ivan había conseguido reunir un ejército en torno al fuerte de Kronstadt y los informes indicaban que los cañones Katiuska bombardeaban sin tregua los puestos alemanes, y que el bosque de pinos, antaño tan frondoso, había quedado reducido a astillas. La verdad era que algunas noches oían la música de los órganos rusos a lo lejos, pero jamás imaginó que fuese tan horrible.

Edvard había aprovechado para ir al hospital de campaña y visitar a uno de sus chicos que había perdido un pie al estallar una mina en tierra de nadie, pero la enfermera, una minúscula mujer estonia de ojos tan tristes, hundidos y oscuros que parecía llevar una máscara, negó con un gesto al tiempo que pronunciaba una de las palabras alemanas que, seguramente, más había practicado: «Tot», muerto.

Edvard debió de dar la impresión de estar muy afectado, porque la mujer intentó animarlo señalándole una cama donde, al parecer, había otro noruego.

– Éste sí vive -le dijo con una sonrisa, aunque sin borrar la tristeza de sus ojos.

Edvard no conocía al hombre que descansaba en la cama, pero cuando vio el reluciente abrigo de piel colgado de la silla, comprendió quién era: ni más ni menos que el mismísimo jefe de compañía Lindvig, del regimiento Noruega. Toda una leyenda. ¡Y allí estaba, postrado! Decidió ahorrarles la noticia a sus compañeros.

Otro caza rugía sobre su cabeza. ¿De dónde salían, tan de repente, todos aquellos aviones? El otoño pasado tuvieron la impresión de que Ivan se había quedado sin cazas.

Dobló por una esquina y se topó con la espalda encorvada de Dale.

– ¡Dale!

Dale no se volvió. Desde el día de noviembre en que quedó aturdido por el estallido de una granada, ya no oía bien. Tampoco hablaba mucho y tenía la mirada vidriosa e introvertida de quienes habían sufrido la conmoción propia tras el estallido de una granada. Al principio, Dale se quejaba de dolor de cabeza, pero el oficial médico que lo examinó dijo que no se podría hacer mucho por él, que sólo quedaba esperar y ver si se le pasaba. Acusaban demasiado la falta de combatientes y no iban a enviar al hospital a gente sana.

Edvard puso un brazo sobre el hombro del compañero, que se dio la vuelta con tal brusquedad que Edvard patinó en el hielo, resbaladizo a causa del sol. «Por lo menos el invierno se presenta suave», pensó Edvard antes de echarse a reír al verse boca arriba en el suelo. Sin embargo, su risa cesó en cuanto se enfrentó a la boca del fusil que Dale sostenía ante sus ojos.

– Passwort! -gritó Dale.

Edvard vio su ojo muy abierto por encima de la mira del fusil.

– Hola, hola. Soy yo, Dale.

– Passwort! [10]

– ¿Cómo que la contraseña? ¡Aparta el fusil, Dale! Demonios, soy yo, Edvard.

– Passwort!

– Gluthaufen. [11]

Edvard sintió que el miedo se apoderaba de él, cuando vio los dedos de Dale apretar despacio el gatillo. ¿Acaso no lo había oído?

– Gluthaufen -gritó con todas sus fuerzas-. ¡Gluthaufen, demonios!

– Hehl! Ich schiesse. [12]

¡Dios mío, iba a disparar! ¡Dale se había vuelto loco! De repente, Edvard recordó que habían cambiado la contraseña aquella misma mañana. Después de que él partiese para la región norte. El dedo de Dale apretaba el gatillo, aunque no del todo. Frunció el entrecejo. Soltó el seguro y volvió colocar el dedo. ¿Así iba a terminar? ¿Después de todo lo que había superado, iba morir por el disparo de un compatriota perturbado? Edvard clavó la mirada en la boca del fusil, esperando el estallido. ¿Le daría tiempo a verlo? Dios mío. Dirigió la mirada desde la boca del arma hacia el cielo azul en el que se dibujaba la cruz negra de un caza ruso. Volaba a demasiada altura y no podían oírlo. Cerró los ojos.

– Engelstimme! [13] -oyó a alguien gritar a su lado.

Dale bajó el fusil. Le sonrió a Edvard y asintió.

– Engelstimme es la contraseña -repitió.

Edvard volvió a cerrar los ojos y respiró aliviado.

– ¿Correspondencia? -preguntó Gudbrand.

Edvard se levantó y le entregó a Gudbrand los documentos. Dale seguía sonriendo, aunque con el mismo semblante inexpresivo. Edvard agarró con fuerza la boca del fusil de Dale y pegó su cara a la del compañero, antes de preguntar:

– ¿Estás ahí, Dale?

Pretendía hacer la pregunta en un tono de voz normal, pero sólo pudo emitir un susurro bronco y áspero.

– No te oye -explicó Gudbrand mientras ojeaba las cartas.

– No sabía que estuviese tan mal -confesó Edvard agitando una mano ante la cara de Dale.

– No debería estar aquí. Tiene carta de su familia. Enséñasela y comprenderás lo que quiero decir.

Edvard cogió la carta y se la acercó a Dale, pero éste sólo reaccionó con una fugaz sonrisa que tardó en desaparecer lo que Dale en volver a fijar la vista en la eternidad, o en lo que quiera que llamase su atención en el vacío.

– Tienes razón. Está acabado.

Gudbrand le dio una carta a Edvard.

– ¿Qué tal por casa? -preguntó.

– Bueno, ya sabes -le dijo Edvard observando la carta un buen rato.

Pero Gudbrand no sabía nada, porque él y Edvard no habían hablado desde el invierno anterior. Era extraño, pero aun allí, en aquellas circunstancias, dos personas podían evitarse si de verdad lo deseaban. No era que a Gudbrand no le cayese bien Edvard, al contrario, respetaba al chico de Mjøndalen, al que consideraba un tipo sensato, un soldado valiente y un buen apoyo para los jóvenes y los nuevos del grupo. Aquel otoño, Edvard había ascendido a Scharführer, grado equivalente al de sargento en el ejército noruego, pero tenía las mismas responsabilidades que antes del ascenso. Edvard le dijo en broma que lo habían ascendido porque todos los demás sargentos habían muerto y les sobraban gorras de sargento.

Gudbrand había pensado muchas veces que, de ser otras las circunstancias, podrían haber llegado a ser buenos amigos. Pero lo que había ocurrido el invierno anterior, la desaparición de Sindre y la misteriosa reaparición del cuerpo de Daniel creó entre ellos una distancia insalvable.

El sonido sordo y remoto de una explosión, seguido del repiqueteo de un diálogo entre metralletas, vino a romper el silencio.

– ¿Los ataques se recrudecen? -preguntó Gudbrand más en tono interrogativo que de afirmación.

– Así es -confirmó Edvard-. Es la dichosa subida de la temperatura. Nuestras provisiones se quedan atascadas en el barro.

– ¿Tendremos que retirarnos?

Edvard se encogió de hombros.

– Tal vez debamos retroceder unos kilómetros. Pero volveremos.

Gudbrand miró hacia el este. Se hizo sombra con la mano y oteó el horizonte… No sentía el menor deseo de volver. Quería irse a casa y ver si aún podía rehacer su vida.

– ¿Has visto la señal de carreteras noruega que hay en el cruce, cerca del hospital de campaña, la de la cruz solar? -preguntó-. ¿Y la flecha que apunta hacia el este, donde pone «Leningrado 5 kilómetros»?

Edvard asintió.

– ¿Te acuerdas de lo que dice la flecha que apunta hacia el oeste?

– ¿Oslo? -dijo Edvard-. Sí, «Oslo 2611 kilómetros».

– Esos son muchos kilómetros.

– Sí, lo son.

Dale le había dejado el fusil a Edvard y se había sentado en el suelo con las manos hundidas en la nieve. Su cabeza oscilaba entre los estrechos hombros como si fuese una flor con el tallo quebrado. Oyeron otra explosión, más cercana esta vez.

– Te agradezco…

– No hay de qué -atajó Gudbrand enseguida.

– Vi a Olaf Lindvig en el hospital de campaña -dijo Edvard, sin saber por qué.

Tal vez porque Gudbrand era, junto con Dale, el único del pelotón que llevaba allí tanto tiempo como él.

– ¿Estaba…?

– Sólo levemente herido, creo. Vi su capote blanco colgado de una silla.

– Dicen que es un buen hombre.

– Sí, tenemos muchos hombres buenos.

Ambos guardaron silencio.

Edvard carraspeó y se metió una mano en el bolsillo.

– He traído unos cigarrillos rusos del norte. Si tienes fuego…

Gudbrand asintió. Se desabotonó la casaca de camuflaje, encontró las cerillas y encendió una. Cuando levantó la vista, lo primero que se encontró fue el ojo de cíclope de Edvard, abierto de par en par. Miraba fijamente por encima de su hombro. Entonces oyó el silbido.

– ¡A tierra! -gritó Edvard.

Se tumbaron rápidamente sobre el hielo y el cielo se agrietó con un estruendo desgarrador. Gudbrand sólo tuvo tiempo de ver el timón de cola del caza ruso que volaba en picado hacia sus trincheras y las sobrevolaba tan bajo que levantó una nube de nieve. Después desapareció y todo quedó en silencio.

– Estuvo cerca… -susurró Gudbrand.

– ¡Dios mío! -suspiró aliviado Edvard mientras, apoyado sobre el costado, le sonreía a Gudbrand-. Pude ver la cara del piloto. Había retirado la campana de cristal para asomarse por la cabina. Ivan se ha vuelto loco. -Se rió de tal manera que empezó a jadear-. ¡Vaya día!

Gudbrand miró la cerilla que aún sostenía en la mano. Y él también se echó a reír.

– ¡Ja, ja! -corroboró Dale observándolos desde el borde de la trinchera-. ¡Ja, ja!

Gudbrand miró fugazmente a Edvard y ambos se echaron a reír a carcajadas. Se rieron hasta perder el resuello y, al principio, no se percataron del extraño sonido que se aproximaba.

– Toc-toc.

Sonaba como si alguien estuviese dando golpes en el hielo, muy despacio.

– Toc.

Entonces se oyó un golpe metálico. Gudbrand y Edvard se volvieron hacia Dale, que se desplomaba despacio sobre la nieve.

– ¿Pero qué…? -titubeó Gudbrand.

– ¡Una granada! -gritó Edvard.

Gudbrand reaccionó instintivamente al grito de Edvard y se acurrucó enseguida; pero mientras estaba así, encogido, vio girar la varilla de la granada sobre el hielo, a sólo un metro de donde él estaba. Con la sensación de que su cuerpo se congelaba poco a poco, comprendió lo que estaba a punto de suceder.

– ¡Aléjate! -gritó Edvard a su espalda.

¡Era cierto! Los pilotos rusos tiraban granadas de mano desde los aviones. Edvard estaba de espaldas e intentó retirarse, pero se resbalaba en el hielo mojado.

– ¡Gudbrand!

Aquel sonido tan extraño procedía de las granadas de mano que rebotaban sobre el hielo del fondo de la trinchera. ¡Habría alcanzado a Dale directamente en el casco!

– ¡Gudbrand!

La granada giraba sin cesar, saltaba bailoteando sobre el hielo y Gudbrand no podía dejar de mirarla. Cuatro segundos desde que se tiraba de la anilla hasta la detonación, ¿no era eso lo que habían aprendido en Sennheim? Tal vez los rusos tuviesen otro tipo de granadas. ¿Serían seis segundos? ¿Y si eran ocho? La granada giraba y giraba, como uno de esos grandes trompos rojos que su padre le hacía cuando vivían en Brooklyn. Gudbrand lo hacía girar y Sonny y su hermano pequeño miraban y contaban el tiempo que se mantenía en pie. «Twenty-one-twenty-two»… Su madre los llamaba desde la ventana del tercero, la comida estaba lista, tenían que entrar, su padre llegaría en cualquier momento…

– Espera un poco -le gritaba él-. ¡El trompo sigue girando!

Pero ella no lo oía, ya había cerrado la ventana. Edvard había dejado de gritar y, de repente, todo quedó en silencio.

Capítulo 22

SALA DE ESPERA DEL DOCTOR BUER

22 de Diciembre de 2000

El viejo miró el reloj. Llevaba quince minutos en la sala de espera. Antes, cuando estaba el doctor Konrad Buer, nunca había tenido que esperar. Konrad no visitaba a más pacientes de los que podía atender según la hoja de citas.

Había otro hombre sentado al fondo de la sala. De piel oscura, africano. Estaba hojeando una revista y el viejo comprobó que, a pesar de la distancia, podía leer cada letra de la primera página. Algo sobre la familia real. ¿Era eso lo que leía el africano, un artículo sobre la familia real noruega? Se le antojó absurdo.

El africano pasó la página. Llevaba uno de esos bigotes que bajan por los extremos, igual que el mensajero que había visto aquella noche. El encuentro fue breve. El mensajero llegó al puerto de contenedores en un Volvo, probablemente alquilado. Se paró, bajó la ventanilla y dijo la contraseña: «Voice of an Angel». Ese sujeto tenía exactamente el mismo tipo de bigote. Y la mirada triste. Se apresuró a decirle que no llevaba el arma en el coche, por razones de seguridad, que irían a recogerla a otro sitio. El viejo dudó pero luego pensó que, si quisieran robarle, lo habrían hecho allí mismo, en el puerto de contenedores. De modo que subió al coche y se pusieron en marcha en dirección al hotel Radisson SAS de la plaza Holberg. ¡Qué casualidad! Vio a Betty Andresen detrás del mostrador cuando pasaron ante la recepción, pero ella no se dio cuenta.

El mensajero contó el dinero del maletín murmurando las cantidades en alemán. Así que el viejo le preguntó. Y el mensajero le contestó que sus padres procedían de Alsacia y el viejo tuvo la idea de decirle que había estado allí, en Sennheim. Vaya ocurrencia.

Después de haber leído tanto sobre el rifle Märklin en Internet, en la biblioteca de la universidad, el arma lo decepcionó un poco. Parecía una escopeta de caza corriente, sólo que algo más grande. El mensajero le enseñó cómo montarlo y desmontarlo y lo llamó «señor Urías». Después, el viejo colocó el rifle desmontado en una bolsa grande y bajó a la recepción en el ascensor. Por un instante, se le pasó por la cabeza acercarse a Betty Andresen y decirle que le pidiera un taxi. Otra ocurrencia.

– ¡Hola!

El viejo alzó la vista.

– Creo que tendré que hacerte también una prueba de audición.

El doctor Buer estaba en la puerta intentando sonreír jovialmente. Lo condujo hasta la consulta. Las ojeras del doctor aparecían hoy más marcadas aún.

– He dicho tu nombre tres veces.

«Vaya, se me olvida hasta mi nombre -pensó el viejo-. Olvido todos mis nombres.»

De la calurosa palmadita del doctor, dedujo que tenía malas noticias.

– Sí, ya tengo los resultados de las pruebas que hicimos -dijo como de pasada, antes de que él se hubiese acomodado del todo en la silla, como para terminar cuanto antes con las nuevas desagradables-. Por desgracia, se ha extendido.

– Por supuesto que se ha extendido -repitió el viejo-. ¿No forma eso parte de la naturaleza del cáncer? ¿Extenderse?

– Bueno, sí -concedió Buer retirando una invisible mota de polvo del escritorio.

– El cáncer es como nosotros -explicó el viejo-. Hace lo que tiene que hacer.

– Sí -afirmó el doctor Buer con su apariencia de forzosa tranquilidad y su postura algo rígida.

– Uno hace siempre lo que tiene que hacer, doctor.

– Tienes razón -respondió el doctor sonriendo y colocándose las gafas-. Aún no hemos descartado la quimioterapia. Te debilitará, pero puede prolongar…

– ¿La vida?

– Sí.

– ¿Cuánto me queda sin la terapia?

La nuez de Buer se movía alterada.

– Algo menos de lo que habíamos pensado en un principio.

– ¿Y eso significa?

– Significa que el cáncer se ha extendido desde el hígado a través de las vías sanguíneas hasta…

– Calla, y dime cuánto.

El doctor Buer lo miró inexpresivo.

– Odias esta parte del trabajo, ¿verdad? -preguntó el viejo.

– ¿Cómo dices?

– Nada. Una fecha, por favor.

– Es imposible de…

El doctor Buer se sobresaltó: el viejo dio un puñetazo en la mesa con tal violencia, que el auricular del teléfono se descolgó de su sitio. Abrió la boca con la intención de decir algo, pero se contuvo al ver el índice del viejo. Suspiró, se quitó las gafas y se pasó una mano por la cara con gesto cansino.

– Para el verano. Junio. Puede que antes. Como máximo, agosto.

– Bien -dijo el viejo-. Justo lo suficiente. ¿Qué me dices de los dolores?

– Pueden aparecer en cualquier momento. Pero te recetaré analgésicos.

– ¿Podré llevar una vida normal?

– Resulta difícil de decir. Dependerá del dolor.

– Necesito una medicina que me permita llevar una vida normal. Es importante, ¿comprendes?

– Todos los analgésicos…

– Soporto bien el dolor. Sólo necesito algo que me mantenga consciente, que me permita pensar, actuar racionalmente.

Feliz Navidad. Fue lo último que le dijo el doctor Buer. El viejo ya estaba en la escalera. Al principio no entendió por qué había tanta gente en la ciudad, pero ahora, al recordar que se acercaba la fecha de las fiestas, observó el pánico en los ojos de cuantos corrían por las aceras en busca de los últimos regalos de Navidad. La gente se había congregado en la plaza Egertorget, alrededor de una banda de música pop. Un hombre con el uniforme del Ejército de Salvación pasaba su hucha mientras un drogadicto pateaba la nieve con la mirada errante, como una vela cuyallama estuviese a punto de extinguirse. Dos muchachas cogidas del brazo pasaron a su lado, con las mejillas encendidas por la emoción de los secretos que intercambiaban sobre sus novios y sus esperanzas. Y las luces. Brillaba una luz en cada maldita ventana. Alzó el rostro hacia el cielo de Oslo, una cúpula cálida y amarilla por los reflejos de las luces de la ciudad. ¡Dios mío, cómo la echaba de menos! «La próxima Navidad -se dijo-. La próxima Navidad la celebraremos juntos, mi amor.»

Parte III. URÍAS

Capítulo 23

HOSPITAL RUDOLPH II, VIENA

7 de Junio de 1943

Helena Lang caminaba a buen paso mientras empujaba la mesita de ruedas hacia la sala 4. Las ventanas estaban abiertas y respiró, para llenar los pulmones y la cabeza del fresco aroma a césped recién cortado. Ese día no había el más mínimo olor a muerte y destrucción. Hacía un año que Viena había sido bombardeada por primera vez. Las últimas semanas la atacaron todas las noches en que el tiempo estuvo despejado. Aunque el hospital Rudolph II estaba a varios kilómetros del centro, muy por encima de las guerras, allá arriba, en la verde Wienerwald, el olor a humo de los incendios que estallaban en la ciudad había ahogado el perfume estival.

Helena dobló una esquina y le sonrió al doctor Brockhard, que parecía querer pararse a charlar, de modo que ella apremió el paso. Brockhard, con su mirada dura y penetrante tras las lentes, siempre la ponía nerviosa y le incomodaba estar a solas con él. De vez en cuando tenía la sensación de que esos encuentros con Brockhard en los pasillos no eran fortuitos. A su madre se le habría cortado la respiración si hubiera visto cómo Helena evitaba a un médico joven y prometedor, sobre todo porque Brockhard procedía de una muy buena familia vienesa. Pero a Helena no le gustaban ni Brockhard, ni su familia, ni los intentos de su madre de utilizarla como una localidad para entrar en el seno de la buena sociedad. Su madre culpaba a la guerra de lo ocurrido. Ella era la culpable de que el padre de Helena, Henrik Lang, hubiese perdido a sus prestamistas judíos tan deprisa y no hubiese podido pagar a sus prestatarios como tenía pensado. Pero la penuria económica lo había obligado a improvisar y había convencido a sus banqueros judíos de que transfiriesen las rentas de sus pagarés, que el Estado austríaco había confiscado, a nombre de Lang. Y allí estaba ahora Henrik Lang, en la cárcel, por haber conspirado con fuerzas judías enemigas del Estado.

Al contrario que su madre, Helena añoraba a su padre más que la posición social que la familia había gozado. Así, por ejemplo, no echaba de menos en absoluto los grandes banquetes que ofrecían, las conversaciones superficiales y casi infantiles y los continuos intentos de emparejarla con algún jovencito rico y mimado.

Miró el reloj y apremió aún más el paso. Al parecer, un pajarillo se había colado por una de las ventanas abiertas y había ido a sentarse en la tulipa de la lámpara que colgaba del techo, desde donde cantaba despreocupado. Había días en que a Helena se le antojaba incomprensible que la guerra lo arrasase todo. Tal vez porque los bosques y las espesas hileras de abetos les ocultaban la visión de lo que no querían ver desde allá arriba. Pero, al entrar en una de las salas, comprobaba de inmediato que aquella paz era una ilusión. También allí llegaba la guerra, a través de los cuerpos mutilados y las almas destrozadas de los soldados. Para empezar, ella había escuchado sus historias, totalmente convencida de que, con su fuerza y su fe, podría ayudarles a salir de su desgracia. Sin embargo, todos parecían seguir narrando la misma aventura, como una pesadilla coherente, sobre lo que el hombre puede y se ve obligado a soportar en la vida terrenal, sobre las humillaciones que conlleva querer vivir. Que sólo los muertos resultan ilesos. De modo que Helena había dejado de escuchar. Fingía hacerlo, mientras les cambiaba las vendas, les tomaba la temperatura, les administraba los medicamentos y les daba la comida. Y cuando dormía, intentaba dejar de verlos, porque sus rostros seguían hablando, incluso en sueños. Helena leía el sufrimiento en sus pálidos semblantes adolescentes, la crueldad de rostros endurecidos, herméticos, y la añoranza de la muerte en los gestos de dolor de alguno que acababa de saber que tenían que amputarle el pie.

Pese a todo, ella caminaba hoy con paso ligero y presto. Tal vez porque era verano, o porque un médico acababa de decirle lo guapa que estaba aquella mañana. O tal vez a causa del paciente noruego de la sala 4 que no tardaría en decirle «Guten Morgen» [14] con ese acento suyo tan gracioso y particular. Y se tomaría el desayuno sin quitarle la vista de encima mientras ella iba de una cama a otra sirviendo a los demás pacientes y animando a cada uno con algún comentario. Y, cada cinco o seis camas, ella lo miraría a él y, si le sonreía, ella le devolvería la son-risa fugazmente y seguiría como si nada. Nada. Pues eso era todo. Era la idea de esos instantes lo que la hacía seguir adelante día tras día, lo que la hacía sonreír cuando el capitán Hadler, que yacía en la cama más próxima a la puerta con quemaduras graves, bromeaba preguntando si tardarían mucho aún en enviarle sus genitales desde el frente.

Abrió la puerta de la sala 4. La luz del sol que entró a raudales en la habitación hizo que el color blanco de paredes, techo y sábanas resplandeciese de pronto. Debía de ser como entrar en el paraíso, se decía Helena.

– Guten Morgen, Helena.

Ella le sonrió. Estaba sentado en una silla, junto a la cama, leyendo un libro.

– ¿Has dormido bien, Urías? -le preguntó ella como si nada.

– Como un oso -respondió él.

– ¿Como un oso?

– Sí, como un oso en…, ¿cómo llamáis en alemán al lugar en que el oso pasa el invierno durmiendo?

– ¡Ah, la guarida!

– Eso es, como un oso en su guarida.

Ambos se rieron. Helena sabía que los demás pacientes los seguían con la mirada, que Helena no podía invertir más tiempo con él que con los demás.

– ¿Y la cabeza? Cada día mejor, ¿no?

– Sí, va mejorando. Un buen día estaré tan guapo como antes, ya verás.

Helena recordaba el día que lo llevaron al hospital. Parecía contravenir las leyes de la naturaleza que alguien hubiese sobrevivido con aquel agujero en la frente. Rozó con la tetera la taza de té que le había servido y estuvo a punto de volcarla.

– ¡Cuidado! -dijo él entre risas-. Dime, ¿acaso estuviste bailando ayer hasta altas horas de la noche?

Ella alzó la vista y él le lanzó un guiño.

– Pues sí -respondió ella, perpleja al oírse mentir sobre algo tan ridículo.

– ¡Ah! ¿Y qué bailáis aquí en Viena?

– Quiero decir, no. En realidad, yo no bailo. Simplemente, me acosté tarde.

– Bueno, aquí seguro que bailáis el vals. El vals vienes.

– Sí, claro que lo hacemos -respondió ella intentando concentrarse en el termómetro.

– Así -dijo él al tiempo que se levantaba de la cama y empezaba a cantar.

Los demás lo miraban sorprendidos desde sus camas. Cantaba en una lengua desconocida, pero con una voz cálida y hermosa. Y los pacientes que estaban en mejores condiciones empezaron a reír animándolo mientras él daba vueltas en el suelo según los delicados pasos del vals, de modo que los lazos sueltos de la bata se abrieron.

– Vuelve aquí, Urías, o te mando al frente de inmediato -le gritó ella en tono severo.

Él obedeció y se sentó. En realidad, no se llamaba Urías, pero era el nombre que él había insistido en que utilizaran para llamarlo.

– ¿Sabes bailar el Rheinländer?

– ¿Rheinländer?

– Es un baile que hemos tomado prestado de Renania. ¿Quieres que te lo enseñe?

– ¡Tú te quedas ahí sentado hasta que estés curado!

– ¡Sí, y entonces podré salir contigo por Viena y enseñarte a bailar Rheinländer!

Las horas que Urías había pasado en el porche al sol estival los últimos días le habían dado un hermoso tono tostado, y los dientes relucían blancos en su animado rostro.

– Me parece que ya estás lo suficientemente repuesto como para volver al frente -opinó Helena, sin poder refrenar el rubor que acudía a sus mejillas.

Estaba a punto de levantarse para seguir la ronda cuando sintió la mano de él en la suya.

– Di que sí -le susurró.

Ella lo apartó con una sonrisa y continuó su camino hacia la cama siguiente con el corazón gorjeándole en el pecho como un pajarillo.

– ¿Y bien? -preguntó el doctor Brockhard al tiempo que alzaba la vista de sus papeles cuando la oyó entrar en su consulta.

Como de costumbre, Helena ignoraba si aquel «y bien» era una pregunta, la introducción a otra pregunta más larga o simplemente, una frase. De modo que se quedó ante la puerta, sin decir nada.

– ¿Me ha mandado usted llamar?

– ¿Por qué insistes en hablarme de usted, Helena? -suspiró el doctor con una sonrisa-. ¡Por Dios, si nos conocemos desde niños!

– ¿Para qué quería verme?

– He decidido darle el alta al noruego de la sala 4.

– Muy bien.

Ella no acogió la noticia con el menor gesto. ¿Por qué iba a hacerlo? La gente estaba allí hasta que sanaba y, después, se marchaba. La alternativa era que muriesen antes. Así era la vida en el hospital.

– Di el aviso a Wehrmacht hace cinco días. Y ya hemos recibido la notificación de su nuevo destino.

– ¡Qué rapidez! -La voz de Helena sonó firme y tranquila.

– Sí, necesitan desesperadamente gente nueva. Estamos en guerra, como ya sabes.

– Sí -dijo Helena.

No obstante, no expresó lo que pensaba: «Estamos en guerra y aquí, a mil kilómetros del frente, estás tú, a tus veintidós años, haciendo el mismo trabajo que podría realizar un hombre de setenta. Gracias al señor Brockhard sénior».

– Bueno, había pensado pedirte que le entregases la notificación tú misma, puesto que parece que os lleváis muy bien.

Helena notó que el doctor estudiaba su reacción.

– Por cierto, ¿qué es lo que tanto te gusta de él precisamente, Helena? ¿Qué lo distingue de los otros cuatrocientos soldados que tenemos en el hospital?

Ella estaba a punto de protestar, pero él se le adelantó.

– Disculpa, Helena, naturalmente, eso no es de mi incumbencia. Es mi natural curioso. Yo… -haciendo rodar un bolígrafo entre los dedos, se volvió para mirar por la ventana-… simplemente me preguntaba qué puedes ver tú en un aventurero extranjero que traiciona a su propio país para alcanzar el favor de los vencedores. ¿Comprendes lo que quiero decirte? Por cierto, ¿qué tal sigue tu madre?

Helena tragó saliva antes de responder:

– No tiene usted por qué preocuparse por mi madre, doctor. Si me da la notificación, se la haré llegar al interesado.

Brockhard se volvió hacia ella y le tendió una carta que tenía encima del escritorio.

– Lo mandan a la Tercera División Acorazada en Hungría. ¿Sabes lo que significa eso?

Ella frunció el entrecejo.

– ¿La tercera división de infantería? Pero si él es voluntario de las Waffen-SS. ¿Por qué iban a incorporarlo al ejército regular de Wehrmacht?

Brockhard se encogió de hombros.

– En los tiempos que corren, uno debe esforzarse al máximo y enfrentarse a las misiones que se le encomiendan. ¿No estás de acuerdo conmigo en eso, Helena?

– ¿Qué quiere decir?

– Él es soldado de infantería, ¿no? Y eso quiere decir que estará detrás de los tanques en lugar de ir dentro. Un amigo mío que ha estado en Ucrania me contó que allí les disparan a los rusos todos los días hasta que las ametralladoras se recalientan, que los cadáveres se amontonan, pero que ellos siguen disparando, que no tiene fin.

Helena apenas si pudo contener su deseo de arrancarle a Brockhard la carta y romperla en pedazos.

– A una mujer joven como tú más le valdría ser un poco realista y no ligarse demasiado a un hombre al que, con toda probabilidad, no volverá a ver en su vida. Por cierto, ese pañuelo te sienta de maravilla, Helena. ¿Es una prenda de la familia?

– Me sorprenden y me satisfacen sus desvelos, doctor, pero le aseguro que son innecesarios. No siento nada especial por ese paciente. Es hora de servir la cena, así que, si me disculpa…

– Helena, Helena… -Brockhard meneó la cabeza sonriendo-. ¿De verdad crees que soy ciego? ¿Crees que no me rompe el corazón ver el dolor que esto te causa? La amistad que se profesan nuestras familias me hace sentir que hay unos lazos que nos unen, Helena. De lo contrario, no te hablaría con tanta confianza. Puedes confiar en mí, pero, supongo que ya habrás notado que abrigo ciertos sentimientos por ti y…

– ¡Basta!

– ¿Cómo?

Helena cerró la puerta antes de alzar la voz.

– Estoy aquí como voluntaria, Brockhard, no soy ninguna de sus enfermeras contratadas con las que puede jugar como quiera. Así que déme la carta y diga lo que quiera, de lo contrario, me iré ahora mismo.

– Pero, querida Helena… -Brockhard adoptó un gesto de preocupación-. ¿No sabes que esto es algo que está en tus manos?

– ¿En mis manos?

– Un alta es algo muy subjetivo. Sobre todo, tratándose de semejante herida en la cabeza.

– Lo sé.

– Podría prolongarle la baja por tres meses más y, quién sabe, tal vez el frente oriental haya dejado de existir una vez transcurrido ese plazo.

Ella lo miró sin comprender.

– Tú sueles leer la Biblia, Helena. Y conoces la historia de cómo el rey David desea a Betsabé, aunque sabe que ella está casada con uno de sus soldados, ¿no es cierto? Así que le ordena a sus generales que lo pongan en primera línea de fuego, para que muera en la guerra. De ese modo, el rey David podía cortejarla a su antojo.

– ¿Y qué tiene eso que ver con este asunto?

– Nada, nada, Helena. Yo no enviaría a tu amado al frente si no se hubiera recuperado del todo. Ni a ningún otro, desde luego, por semejante motivo. Eso es exactamente lo que quiero decir. Y puesto que tú conoces el estado de salud de ese paciente, como mínimo, tan bien como yo, he pensado que sería bueno oír tu opinión antes de tomar una decisión. Si tú consideras que no está recuperado, tal vez deba enviar otra solicitud de baja a Wehrmacht.

Poco a poco, Helena empezó a verlo claro.

– ¿O no, Helena?

Apenas podía creerlo: Brockhard pretendía utilizar a Urías como una especie de rehén para conseguirla a ella. ¿Habría necesitado pensar mucho tiempo para concebir semejante plan? ¿Habría estado esperando durante semanas a que se presentase el momento idóneo? Y ¿para qué la quería a ella, en realidad? ¿Como esposa o como amante?

– ¿Y bien? -preguntó Brockhard.

Las ideas daban vueltas en la cabeza de Helena, mientras intentaba hallar una salida del laberinto. Pero él le había cerrado todas las salidas. Como era de esperar. No era ningún necio. Mientras Brockhard retuviese a Urías de baja en el hospital a petición suya, ella debería satisfacer sus deseos en todo. Simplemente, el nuevo destino quedaría aplazado. Y Brockhard seguiría teniendo poder sobre ella mientras Urías no se marchase. ¿Poder? Dios, si ella apenas conocía al noruego. Y tampoco sabía lo que él sentiría por ella.

– Yo… -balbució Helena.

– ¿Sí?

Brockhard se inclinó sobre ella con mucho interés. Helena quería continuar, quería decirle lo que sabía que tenía que decirle para liberarse, pero algo se lo impedía. Le llevó un instante comprender qué era. Eran las mentiras. Era mentira que ella quisiera verse libre, mentira que ignorase lo que Urías sentía por ella, mentira que la gente tuviese que someterse y humillarse siempre para sobrevivir, todo mentira. Se mordió el labio inferior, pues notó que empezaba a temblarle.

Capítulo 24

BISLETT

Fin de año de 1999

Eran las doce cuando Harry Hole se bajó del tranvía delante del hotel Radisson SAS en la plaza Holberg y notó que el sol de la mañana se reflejaba por un instante en las ventanas de las plantas de enfermos del Rikshospitalet, antes de volver a ocultarse tras las nubes. Había estado en su despacho una última vez, para hacer limpieza, para comprobar que se lo había llevado todo, se decía a sí mismo. Pero sus escasas pertenencias habían cabido sin problemas en la bolsa de plástico que se había llevado de casa el día anterior. Los pasillos estaban desiertos. Los compañeros que no estaban de guardia, se encontraban en casa preparando la última fiesta del milenio. Una serpentina colgaba aún del espaldar de su silla, como único recuerdo de la pequeña fiesta de despedida del día anterior, organizada por Ellen, naturalmente. Las sobrias palabras de despedida pronunciadas por Bjarne Møller no estuvieron en consonancia con los globos azules y la colorida decoración de la tarta de crema con velas que había llevado su colega, pero aquel breve discurso fue más que suficiente. Probablemente, su jefe de sección sabía que Harry jamás le habría permitido que se hubiese expresado en términos grandilocuentes o sentimentales. Y Harry tenía que admitir que jamás se había sentido tan orgulloso como cuando Møller lo felicitó aludiendo a él con su título de comisario y le deseó suerte en el CNI. Ni siquiera la sarcástica sonrisa y los leves movimientos de cabeza que Tom Waaler hacía desde su puesto de espectador junto al dintel de la puerta lograron estropearlo.

La vuelta que se daba por el despacho aquel día era más bien para sentarse allí por última vez, en la chirriante y abandonada silla de la oficina en la que había pasado casi siete años. Harry desechó la idea. Tanta sensiblería, ¿no sería un indicio más de que se estaba haciendo viejo?

Harry subió la calle Holberg y giró a la izquierda por Sofie. La mayoría de las casas que había en aquella estrecha calleja eran edificios de finales del siglo anterior habitados por obreros y no se contaban precisamente entre los mejor conservados. Pero, desde que subieron los precios de la vivienda y la juventud de clase media, que no podía permitirse vivir en Majorstua, se había mudado allí, el tramo había adquirido un aspecto muy mejorado. Ahora, tan sólo una casa seguía con la fachada sin reformar: la número 83. La de Harry. Pero a Harry no le importaba.

Entró en el portal y abrió el buzón que había en la entrada, al pie de la escalera. Una oferta de una pizzería y un sobre de la agencia tributaria de Oslo que, con toda certeza, contenía una reclamación de pago de la multa que le habían puesto el mes anterior. Lanzó una maldición mientras subía las escaleras. Le había comprado un Ford Escort de quince años de antigüedad a un tío al que se podía decir que no conocía. Un poco oxidado y con el embrague algo desgastado, sí, pero con un fantástico techo descapotable. De momento, le había acarreado más multas y reparaciones en el taller que paseos con la melena al viento. Además, aquella porquería de coche no arrancaba, así que tenía que procurar aparcar cuesta abajo para poder ponerlo en marcha.

Entró en su casa. Era un apartamento de dos habitaciones con decoración espartana. Ordenado, limpio y sin alfombras sobre el parqué reluciente. El único adorno que presentaban las paredes era una fotografía de su madre y de Søs y un póster de El padrino que había robado del cine Symra cuando tenía dieciséis años. No había plantas, velas ni figurillas. En una ocasión, había colgado un corcho sobre el que pensaba fijar tarjetas postales, fotografías y dichos de esos que uno encuentra. Los había visto en las casas de la gente. Pero, cuando descubrió que jamás recibía postales y que, en general, nunca tomaba fotos, recortó una cita de Bjørneboe:

Y esta aceleración de la producción de caballos de vapor no es más que una expresión de la aceleración de nuestro conocimiento de las llamadas leyes naturales. Dicho conocimiento = angustia.

Harry constató de una ojeada que no había mensajes en el contestador (otra inversión innecesaria), se desabotonó la camisa, que dejó en el cesto de la ropa sucia, y tomó una limpia del ordenado montón que tenía en el armario.

Harry dejó puesto el contestador automático (por si lo llamaban de la agencia de estudios de opinión Norsk Gallup) y volvió a salir.

Sin ningún tipo de sentimentalismo, compró los últimos diarios del milenio en la tienda de Ali, antes de tomar la calle Dovregata. En la de Waldemar Thrane la gente se apresuraba hacia sus hogares después de haber hecho las últimas compras de la gran noche. Harry tiritaba, enfundado en su abrigo, hasta que cruzó el umbral de la puerta del Schrøder y recibió como una oleada el calor húmedo que despedían los huéspedes. Parecía bastante lleno, pero vio que su mesa favorita estaba a punto de quedarse libre, de modo que se encaminó hacia ella. El hombre de edad que acababa de levantarse se encajó el sombrero, lanzó a Harry una mirada enmarcada en canosas y pobladas cejas y asintió levemente antes de marcharse. La mesa estaba junto a la ventana y, durante el día, era una de las pocas que tenía suficiente luz para leer el periódico en el penumbroso local. Acababa de sentarse cuando apareció Maja.

– Hola, Harry -dijo la camarera al tiempo que limpiaba el mantel con un paño gris-. ¿El menú del día?

– Si el cocinero está hoy sobrio.

– Sí, lo está. ¿De beber?

– Bueno, a ver -dijo alzando la vista-. ¿Qué me recomiendas hoy?

– Veamos. -La camarera se puso las manos en las caderas y proclamó en voz alta y clara-: En contra de lo que la gente cree, esta ciudad tiene el agua más pura del país. Y las tuberías menos tóxicas se encuentran precisamente en las casas de principios de siglo, como ésta.

– ¿Y quién te ha contado tal cosa, Maja?

– Pues fuiste tú, Harry. -La camarera lanzó una risotada bronca y franca-. Por cierto, te sienta bien la abstinencia.

Hizo aquel comentario en voz baja, tomó nota del pedido y se marchó.

La mayoría de los periódicos estaban llenos de reportajes sobre el fin del milenio, así que Harry leyó el Dagsavisen. En la página seis, fijó su mirada en una gran fotografía de un indicador viario sencillo, hecho de madera y con una cruz solar dibujada en el centro. «Oslo 2611 km», decía en una de las flechas; «Leningrado 5 km», indicaba la otra.

El artículo ilustrado por la imagen llevaba la firma de Even Juul, catedrático de historia. La entradilla era breve: «La situación del fascismo a la luz del creciente desempleo en Europa Occidental».

Harry había visto el nombre de Juul con anterioridad en la prensa, era una especie de eminencia en todo lo relacionado con la historia de la ocupación en Noruega y el partido Unión Nacional. Harry hojeó el resto del diario, aunque sin hallar nada de interés, de modo que volvió al artículo de Juul. Era un comentario sobre un artículo anterior acerca de la fuerte posición de que gozaba el fenómeno neonazi en Suecia. Juul describía cómo los movimientos neonazis, que se habían debilitado claramente con el alza económica de los noventa, resurgían ahora con renovado vigor. Mencionaba además que una de las características de la nueva oleada era el hecho de que gozaba de un fundamento ideológico más consistente. Mientras que el neonazismo de los ochenta se manifestaba básicamente en la moda y en el sentimiento de grupo, con el uniforme como indumentaria, las cabezas rapadas y el hecho de recurrir a expresiones anticuadas como sieg heil, [15] la nueva corriente gozaba de una organización más sólida. Contaba con un aparato de apoyo económico, en lugar de basarse en líderes con grandes recursos y patrocinadores individuales. Además, el nuevo movimiento no era sólo una reacción a ciertos aspectos de la sociedad, como el desempleo o la inmigración, escribía Juul, sino que pretendía también constituirse en alternativa a la socialdemocracia. Su consigna era el rearme -moral, militar y racial-. El retroceso del cristianismo se señalaba como una evidencia de la ruina moral, junto con el sida y el creciente abuso de las drogas. Y la imagen del enemigo era también parcialmente nueva: los partidarios de la UE, que desdibujaban los límites nacionales y raciales, la OTAN, que le tendía la mano a los subhombres rusos y eslavos, y los nuevos capitales asiáticos, que ahora desempeñaban el papel de los judíos como banqueros del mundo.

Maja se acercó con el almuerzo.

– ¿Albóndigas de patata y cordero? -preguntó Harry sin apartar la mirada de las bolas grisáceas con guarnición de col china bañada en salsa rosa.

– Al estilo Schrøder -corroboró Maja-. Son los restos de ayer. Feliz Año Nuevo.

Harry sostuvo el diario en alto para poder comer al mismo tiempo, y no había tomado el primer bocado de aquella bola de plástico cuando oyó una voz procedente del otro lado del diario.

– ¡Vaya, no puede ser!

Harry miró por encima del periódico. En la mesa contigua estaba sentado el Mohicano, que lo miraba fijamente. Cabía la posibilidad de que llevase allí sentado todo el rato, pero Harry no lo había visto entrar. Lo llamaban el Mohicano porque, probablemente, era el último de su clase. Había sido marino de guerra, torpedeado en dos ocasiones, y todos sus compañeros llevaban ya muertos muchos años, según Maja le había contado a Harry. La punta de su larga y rala barba flotaba en el vaso de cerveza y el hombre se había sentado, como solía, ya fuese invierno o verano, con el abrigo puesto. Por su rostro, tan escuálido que se adivinaba el cráneo a través de la piel, cruzaba una red de capilares como los rojizos rayos de una tormenta. Los ojos enrojecidos e hinchados y cubiertos por una flaccida capa de piel miraban fijamente a Harry.

– ¡No puede ser! -repitió.

Harry había oído a bastantes borrachos en su vida como para no prestar demasiada atención a lo que el cliente fijo del Schrøder tuviese que decir, pero en esta ocasión era muy distinto. En efecto, aquéllas eran las primeras palabras inteligibles que le había oído decir al Mohicano en todos los años que llevaba visitando el restaurante. Ni siquiera después de aquella noche del invierno pasado en que lo encontró durmiendo en la calle Dovregata y, a todas luces, lo salvó de morir congelado, el Mohicano lo había obsequiado con más que un gesto de saludo siempre que se veían. Y ahora parecía que el Mohicano ya había dicho lo que tenía que decir pues, con los labios muy apretados, pasó a concentrarse de nuevo en su jarra. Harry miró a su alrededor antes de inclinarse hacia la mesa del Mohicano.

– ¿Te acuerdas de mí, Konrad Åsnes?

El viejo lanzó un gruñido y dejó vagar su mirada por el local, sin responder palabra.

– Te encontré durmiendo en la calle sobre un montón de nieve el año pasado. Estábamos a dieciocho grados bajo cero.

El Mohicano alzó la vista al cielo.

– Allí no hay farolas y a punto estuve de no verte. Podías haber muerto, Åsnes.

El Mohicano cerró su ojo rojizo y miró a Harry con encono, antes de echar mano a su pinta de cerveza.

– Bien, pues te doy todas las gracias habidas y por haber.

El hombre bebía despacio. Después, dejó la jarra en la mesa, apuntando como si fuese importante dejarla en un lugar concreto.

– Deberían haber fusilado a esos sinvergüenzas -declaró.

– ¿Ah, sí? ¿A quiénes?

El Mohicano señaló el periódico de Harry con su índice huesudo. Harry le dio la vuelta. La portada exhibía una gran fotografía de un neonazi sueco con la cabeza rapada.

– ¡Al paredón con ellos!

El Mohicano dio un golpe en la mesa con la palma de la mano, de modo que un par de rostros se volvieron a mirarlo. Harry le indicó con la mano que más le valdría calmarse.

– Pero, Åsnes, si no son más que jóvenes. Intenta pasarlo bien, que es fin de año.

– ¿Jóvenes? ¿Y qué te crees que éramos nosotros? Eso no detuvo a los alemanes. Kjell tenía diecinueve. Oscar, veintidós. Pégales un tiro antes de que se multipliquen, es mi consejo. Es una enfermedad, hay que atajarlo desde el principio. -Hablaba señalando a Harry con su dedo tembloroso-. Antes había uno sentado donde tú estás. ¡No hay cojones de que se mueran! Tú que eres policía, deberías echarte a la calle y cogerlos.

– ¿Y tú cómo sabes que soy policía? -le preguntó Harry perplejo.

– Porque leo los periódicos. Tú le disparaste a un tipo en el sur del país. No está mal, ¿pero qué tal si hicieses lo mismo con un par de ellos aquí también?

– ¡Sí que estás hablador hoy, Åsnes!

El Mohicano cerró la boca, le dedicó a Harry una última mirada hostil antes de volverse hacia la pared y entregarse a estudiar la pintura de la plaza Youngstorget. Harry sabía que la conversación había terminado, le indicó a Maja que le trajese el café y miró el reloj. El nuevo milenio estaba a la vuelta de la esquina. El restaurante Schrøder cerraría a las cuatro, «cierre por preparativos de fin de año», según rezaba el cartel que habían colgado en la puerta. Harry miró a su alrededor, tantos rostros conocidos. Por lo que veía, habían acudido todos los habituales.

Capítulo 25

HOSPITAL RUDOLPH II, VIENA

8 de Junio de 1944

Los sonidos propios del sueño inundaban la sala 4. Aquella noche estaba más tranquila que de costumbre, nadie se quejaba de dolor ni despertaba gritando de una pesadilla. Helena tampoco había oído las alarmas desde Viena. Si no bombardeaban aquella noche, todo sería más sencillo. Se escabulló hacia el interior de la sala y se quedó mirándolo a los pies de la cama. Allí estaba él, bajo el resplandor del flexo, tan absorto en el libro que estaba leyendo que no advirtió su presencia. Y allí estaba ella, en la oscuridad. Con todo lo que ella sabía sobre la oscuridad.

Cuando iba a pasar la página, Urías se dio cuenta de que ella estaba allí. Le sonrió y dejó el libro enseguida.

– Buenas noches, Helena. Creía que esta noche no tenías guardia.

Ella se puso el dedo en los labios, para indicarle que hablase más bajo, y se le acercó.

– ¿Así que sabes quién tiene guardia? -dijo en un susurro.

Él sonrió.

– De los demás no sé nada. Sólo sé cuándo tienes guardia tú.

– Conque sí, ¿eh?

– Miércoles, viernes y domingo, y luego martes y jueves. Después miércoles, viernes y domingo otra vez. No te asustes, es un cumplido. Y aquí no hay mucho más en lo que ocupar el cerebro. También sé cuándo le toca a Hadler la lavativa.

Ella rió en voz baja.

– Lo que no sabes es que te han dado el alta, ¿a que no?

Él la miró atónito.

– Te han destinado a Hungría -susurró-. A la Tercera División Acorazada.

– ¿A la División Acorazada? Pero si eso es Wehrmacht. No pueden mandarme allí, soy noruego.

– Lo sé.

– ¿Y qué voy a hacer en Hungría, yo…?

– Shss, vas a despertar a los demás, Urías. He leído la orden de destino. Y me temo que no hay mucho que hacer al respecto.

– Pero, debe de tratarse de un error. Es…

Sin darse cuenta, tiró el libro de la cama, que cayó al suelo con un golpe seco. Helena se agachó a recogerlo. En la portada, bajo el título Las aventuras de Huckleberry Finn, había dibujado un niño harapiento sobre una balsa de madera. Urías estaba visiblemente indignado.

– Ésta no es mi guerra -dijo con un gesto de exasperación.

– Ya lo sé -le susurró ella mientras guardaba el libro en su bolsa, debajo de la silla.

– ¿Qué haces? -preguntó él en voz baja.

– Tienes que escucharme, Urías, no hay tiempo.

– ¿Tiempo?

– La enfermera de guardia vendrá a hacer la ronda dentro de media hora. Para entonces, tendrás que haber tomado una decisión.

Urías bajó la pantalla del flexo para poder verla mejor en la oscuridad.

– ¿Qué está pasando, Helena?

Ella tragó saliva.

– ¿Y por qué no llevas el uniforme? -insistió Urías.

Eso era lo que más la angustiaba. No haberle mentido a su madre diciéndole que iba a Salzburgo a pasar un par de días con su hermana. Ni tampoco haber convencido al hijo del guarda forestal para que la llevase en coche al hospital y pedirle que esperase ante la puerta. Ni siquiera despedirse de sus cosas, de la iglesia y de una vida segura en Winerwald. Lo que la angustiaba era que llegase ese momento, la hora de contárselo todo, de decirle que lo amaba y que estaba dispuesta a arriesgar su vida y su futuro. Porque podía estar equivocada. No con respecto a lo que él sentía por ella, pues de eso estaba segura. Sino con respecto a la forma de ser de Urías. ¿Tendría el joven el valor y la capacidad suficientes para hacer lo que ella iba a proponerle? Al menos, él tenía claro que no era su contienda la que se libraba en el sur contra el Ejército Rojo.

– En realidad, deberíamos haber tenido tiempo de conocernos mejor -dijo poniendo su mano sobre la de él.

Urías la tomó y la sostuvo con firmeza.

– Pero ése es un lujo que no podemos permitirnos -continuó Helena, apretando también su mano-. Dentro de una hora sale un tren con destino a París. He sacado dos billetes. Allí vive mi profesor.

– ¿Tu profesor?

– Es una historia larga y complicada, pero él nos dará cobijo en su casa.

– ¿Qué quieres decir con que nos dará cobijo?

– Podemos vivir en su casa. Él vive solo y, por lo que yo sé, no sale ni recibe visitas de sus amigos. ¿Tienes pasaporte?

– ¿Cómo? Sí…

Urías parecía desconcertado, como si pensara que se había quedado dormido leyendo el libro sobre el pobre Huckleberry Finn y estuviese soñando aquella conversación.

– Sí, tengo pasaporte.

– Bien. El viaje nos llevará dos días, tenemos billetes numerados y he preparado comida suficiente.

Urías respiró hondo:

– ¿Por qué París?

– Es una gran ciudad, una ciudad en la que es posible perderse. Verás, tengo en el coche algunas prendas que pertenecieron a mi padre, así que puedes cambiar el uniforme por ropas de civil. Él calza un…

– No -atajó Urías alzando la mano e interrumpiendo momentáneamente su encendido y susurrante discurso.

Ella contuvo la respiración sin dejar de observar su expresión meditabunda.

– No -repitió a media voz-. Eso es un error.

– Pero…

Helena sintió de pronto un nudo en la garganta.

– Es mejor que viaje de uniforme -dijo Urías al fin-. Un hombre joven vestido de civil despertaría sospechas.

Helena se sentía tan feliz que no fue capaz de añadir una sola palabra; simplemente, le apretó la mano aún más. El corazón le latía con tal celeridad que se obligó a serenarse.

– Y, una cosa más -añadió él balanceando las piernas.

– ¿Sí?

– ¿Me amas?

– Sí.

– Bien.

Urías ya se había puesto la chaqueta.

Capítulo 26

CNI, COMISARÍA GENERAL DE POLICÍA

21 de Febrero de 2000

Harry miró a su alrededor. Las ordenadas y bien dispuestas estanterías llenas de archivadores cuidadosamente colocados por orden cronológico. Las paredes, adornadas con diplomas y distinciones a una carrera en progreso constante. Una fotografía en blanco y negro donde un Kurt Meirik algo más joven, luciendo el uniforme del ejército con galones de mayor, saludaba al rey Olav, colgaba justo detrás del escritorio, bien a la vista de cualquiera que entrase. Y era aquella fotografía la que Harry estudiaba desde su silla cuando se abrió la puerta a sus espaldas.

– Siento que hayas tenido que esperar, Hole. No te levantes.

Era Meirik. Harry no había hecho amago de levantarse.

– Bien -comenzó Meirik tomando asiento ante su escritorio-. ¿Qué tal ha sido tu primera semana con nosotros?

Meirik mantenía la espalda recta y mostró una serie de grandes dientes amarillentos de un modo que hacía sospechar que sonreír no era un deporte que hubiese practicado mucho en su vida.

– Bastante aburrida -confesó Harry.

– Venga, hombre. -Meirik parecía sorprendido-. No te habrá ido tan mal, ¿verdad?

– Bueno, vuestra máquina de café es mejor que la nuestra.

– ¿Te refieres a la del grupo de delitos violentos?

– Lo siento -se excusó Harry-. Me cuesta acostumbrarme a que ahora el CNI somos «nosotros».

– Claro, claro, hay que tener paciencia, como pasa con todo, ¿verdad, Hole?

Harry asintió. No había motivo para ponerse a combatir contra molinos de viento. Al menos cuando sólo llevaba un mes. Tal y como esperaba, le habían asignado un despacho al fondo de un largo pasillo, lo que le permitía no ver a ninguno de sus compañeros más de lo estrictamente necesario. Su cometido consistía en leer los informes de las oficinas regionales del CNI y, simplemente, valorar si los asuntos que abordaban deberían remitirse a un nivel superior en el sistema. Y las instrucciones de Meirik habían sido bastante claras al respecto: a menos que fuesen auténticos absurdos, todo debía pasar a las instancias superiores. En otras palabras, el trabajo de Harry consistía en actuar de filtro de la basura. Aquella semana habían entrado tres informes. Habían intentado leerlos despacio, pero no le resultó fácil demorarse en ellos el tiempo necesario. Uno de los informes venía de Trondheim y trataba del nuevo equipo de escuchas, cuyo funcionamiento nadie entendía después de que el experto en escuchas se hubiese despedido. Harry lo pasó a la instancia superior. El segundo trataba de un hombre de negocios alemán, al que habían declarado como no sospechoso puesto que ya había entregado la partida de barras de cortina por la que se justificaba su presencia en el país. Harry lo pasó igualmente a la instancia superior. El tercer informe era de la región de Østlandet, de la jefatura de policía de Skien. Habían recibido quejas del propietario de una cabaña de Siljan, que había oído disparos el fin de semana anterior. Puesto que no era época de caza, un agente había ido a inspeccionar el terreno y, durante su reconocimiento, encontró en el bosque varios casquillos de bala de marca desconocida. Enviaron los casquillos al departamento de la policía judicial KRIPOS, [16] que los devolvió con la explicación de que probablemente se tratase de la munición utilizada para un rifle Märklin, un arma bastante rara.

Harry pasó el informe a la instancia superior, pero se quedó con una copia.

– Verás, quería hablar contigo de un panfleto que hemos interceptado. Los neonazis están planeando alborotar en las mezquitas de Oslo el Diecisiete de Mayo. Uno de esos días festivos móviles de los musulmanes coincide este año con esa fecha y algunos padres extranjeros se niegan a que sus hijos salgan en el desfile infantil del Día Nacional de Noruega porque tienen que ir a la mezquita.

– Eid.

– ¿Cómo?

– Eid, así se llama esa fiesta. Es la Nochebuena de los musulmanes.

– ¡Vaya! ¿Así que estás metido en esas cosas?

– No. Pero mi vecino me invitó a cenar el año pasado. Son paquistaníes. Les parecía muy triste que tuviese que cenar solo la noche de Eid.

– ¡Ajá! Mmm.

Meirik se encajó las gafas, unas Horst Tappert.

– Bueno, aquí tengo el panfleto. En él dicen que es un desprecio hacia su país de acogida celebrar otra festividad que la del Día Nacional justo el Diecisiete de Mayo. Y que los inmigrantes gozan aquí de seguridad, pero se libran de las obligaciones de cualquier ciudadano noruego.

– Como lo es gritar sumisos «¡Viva Noruega!» en el desfile -apuntó Harry al tiempo que echaba mano del paquete de tabaco.

Había visto el cenicero en el último estante de la librería, y Meirik asintió con un gesto cuando él le preguntó con la mirada. Harry encendió un cigarrillo, inspiró el humo e intentó imaginarse cómo los capilares sanguíneos de las paredes pulmonares absorbían la nicotina con avidez. Cada vez le quedaban menos años de vida y la idea de que jamás dejaría de fumar lo llenaba de una extraña satisfacción. Obviar las advertencias impresas en el paquete de cigarrillos tal vez no fuese la rebelión más radical a la que un ser humano podía recurrir, pero al menos era un tipo de rebelión que él se podía permitir.

– En fin, a ver qué puedes averiguar -dijo Meirik.

– De acuerdo. Pero te advierto que me cuesta controlar mis impulsos cuando se trata de los cabezas rapadas.

– Vamos, vamos.

Meirik volvió a mostrar sus grandes dientes amarillos y Harry cayó en la cuenta de a qué le recordaba: el hocico de un caballo bien adiestrado.

– Vamos, vamos.

– Hay algo más -observó Harry-. Se trata del informe sobre la munición hallada en Siljan. La del rifle Märklin.

– Sí, tengo la impresión de que he oído hablar de ello.

– He estado haciendo comprobaciones por mi cuenta.

– ¿Y?

A Harry no le pasó inadvertido el tono indiferente de Meirik.

– He comprobado el registro de armas del último año. No hay ningún Märklin registrado en Noruega.

– Bueno, no me sorprende. Lo más probable es que algún otro oficial del CNI haya comprobado ya ese registro, después de recibir tu informe, Hole. Ése no es tu trabajo, ¿sabes?

– Puede que no. Pero quería estar seguro de que el responsable lo haya contrastado con los informes de contrabando de armas de la Interpol.

– ¿La Interpol? ¿Por qué habíamos de hacer tal cosa?

– Nadie importa ese tipo de rifles a Noruega. De modo que tiene que haber entrado de contrabando.

Harry sacó del bolsillo una copia de la impresora.

– Ésta es la lista de envíos que la Interpol encontró en una redada en casa de un comprador de armas ilegal de Johannesburgo este mes de noviembre. Fíjate. Rifles Märklin. Y también figura el destino: Oslo.

– Hmm, ¿de dónde has sacado esto?

– Del archivo digital de la Interpol publicado en Internet. Accesible para todos los miembros del CNI. Para todos los que se molesten en buscarlo.

– ¿Ah, sí?

Meirik mantuvo la mirada fija en Harry un instante, antes de ponerse a estudiar el documento con atención.

– Ya, bueno, esto está muy bien, pero el contrabando de armas no es de nuestra competencia, Hole. Si supieras cuántas armas ilegales decomisa la Sección de Armas en el curso de un año…

– Seiscientas once -declaró Harry.

– ¿Seiscientas once?

– En lo que va de año. Y eso sólo en el distrito policial de Oslo. Dos de cada tres procedentes de delincuentes, principalmente armas cortas, escopetas de repetición y de cañón recortado. Se incauta una media de un arma al día. La cantidad casi se duplica en los noventa.

– Estupendo, en ese caso, sabrás que aquí, en el CNI, no podemos dar prioridad a un rifle ilegal de Buskerud.

Meirik hablaba con una calma forzada. Harry dejó escapar el humo por la boca y se puso a estudiar su ascenso hacia el techo.

– Siljan está en Telemark -señaló.

Meirik hacía trabajar los músculos de sus mandíbulas.

– ¿Has llamado a Aduanas, Hole?

– No.

Meirik echó una ojeada a su reloj, una pieza de acero tosca y poco elegante que Harry adivinó habría recibido como premio a sus muchos años de fiel servicio.

– En ese caso, te sugiero que lo hagas. Esto es cosa suya. En estos momentos, tengo asuntos más urgentes…

– Meirik, ¿tú sabes qué es un rifle Märklin?

Harry vio cómo se disparaban las cejas del jefe del CNI y se preguntó si no sería ya demasiado tarde. En efecto, sentía el soplo de los molinos de viento.

– Pues verás, tampoco eso es competencia mía, Hole. Es algo que tendrás que tratar con…

Se diría que Kurt Meirik acabase de caer en la cuenta de que él era el único superior de Hole.

– Un rifle Märklin -comenzó Harry- es un rifle de caza de fabricación alemana, semiautomático, con munición de 16 mm de diámetro, es decir, de mayor calibre que ningún otro rifle. Está pensado para la caza mayor de, por ejemplo, hipopótamos y elefantes. El primero se fabricó en 1970, pero sólo se produjeron unos trescientos ejemplares, hasta que las autoridades alemanas prohibieron su venta en 1973. La razón de tal prohibición fue que, con un par de ajustes y una mirilla Märklin, ese rifle resulta una excelente herramienta de asesinar para profesionales, y en 1973 se convirtió en el arma para atentados más codiciada. En cualquier caso, de esos trescientos rifles, unos cien se encontraban en manos de asesinos a sueldo y de organizaciones terroristas como Baader-Meinhof o las Brigadas Rojas.

– ¡Vaya! ¿Has dicho cien? -Meirik le devolvió a Harry la copia-. Eso signinca que dos de cada tres propietarios lo utilizan para lo que se fabricó: para la caza.

– No es un arma para cazar alces ni ningún otro tipo de animal de los que tenemos en Noruega, Meirik.

– ¿Ah, no? ¿Por qué no?

Harry se preguntaba qué era lo que movía a Meirik a contenerse, a no pedirle que se fuese al cuerno. Y por qué él mismo ponía tanto empeño en provocar semejante reacción. Tal vez no fuese por nada en especial, tal vez sólo fuese que estaba convirtiéndose en un viejo cascarrabias. Tanto daba; Meirik se conducía como una niñera bien pagada que no se atreviese a regañar a aquel diablo de niño. Harry observaba la ceniza de su cigarrillo, que ya apuntaba hacia la alfombra.

– En primer lugar, en Noruega la caza no es ni ha sido nunca un deporte de ricos. Un rifle Märklin con mirilla incluida cuesta en torno a los ciento cincuenta mil marcos alemanes, es decir, tanto como un Mercedes. Y cada proyectil vale noventa marcos alemanes. En segundo lugar, un alce alcanzado por una bala de 16 mm de diámetro quedaría como si lo hubiese atropellado el tren. Una porquería, vamos.

– Vaya, vaya.

Era evidente que Meirik había resuelto cambiar de táctica, de modo que ahora se retrepó en la silla y cruzó las manos por detrás de la cabeza, sobre la reluciente calva, como para hacer ver que no tenía nada en contra de que Harry lo entretuviese un rato más. Harry se levantó, alcanzó el cenicero que había sobre la librería y volvió a sentarse.

– Naturalmente, siempre es posible que los proyectiles procedan de algún fanático coleccionista de armas cuya única intención era probar su nuevo rifle, ahora colgado en la vitrina de su chalé en algún lugar de Noruega, de donde no volverá a salir jamás. Pero ¿es sensato darlo por supuesto?

Meirik balanceaba la cabeza de un lado a otro.

– En otras palabras, propones que partamos de la base de que en estos momentos tenemos en Noruega a un asesino profesional.

Harry negó con un gesto.

– Lo que propongo es ir yo mismo a dar una vuelta por Skien y echarle un vistazo a ese lugar. Además, dudo mucho de que el que ha estado allí sea un profesional.

– ¿Y eso?

– Los profesionales no dejan huellas. No retirar los casquillos de bala es como dejar una tarjeta de visita. Pero, si el que tiene el Märklin es un aficionado, tampoco me quedo mucho más tranquilo.

Meirik emitió varios sonidos de duda. Hasta que asintió al fin.

– Hecho. Y mantenme informado si averiguas algo sobre los planes de nuestros neonazis.

Harry apagó la colilla. En un lateral del cenicero, que tenía forma de góndola, se leía «Venice, Italy».

Capítulo 27

LINZ

9 de Junio de 1944

Los cinco miembros de la familia bajaron del tren y, de repente, se quedaron solos en el compartimento. Cuando el tren reemprendió la marcha despacio, Helena se sentó junto a la ventana, aunque no veía gran cosa en la oscuridad, tan sólo la silueta de las casas que se alineaban junto la vía. Él estaba sentado enfrente y estudiaba su rostro con una sonrisa en los labios.

– Se os da bien en Austria lo de cegar las ventanas -comentó Urías-. No veo ni una sola luz encendida.

Ella suspiró.

– Se nos da bien obedecer.

Helena miró el reloj. Pronto serían las dos.

– La próxima ciudad es Salzburgo -advirtió-. Está junto a la frontera con Alemania. Y después…

– Munich, Zürich, Basilea, Francia y París. Ya lo has dicho tres veces.

Él se inclinó hacia ella y le cogió la mano.

– Todo irá bien, ya lo verás. Siéntate aquí conmigo.

Ella se cambió de lugar sin soltarle la mano y apoyó la cabeza sobre su hombro. Tenía un aspecto muy distinto con el uniforme.

– De modo que ese tal Brockhard ha enviado una nueva orden de baja para una semana, ¿no es eso?

– Sí, me dijo que iba a enviarla por correo ayer tarde.

– ¿Por qué prolongar la baja sólo en una semana?

– Pues, porque así podía controlar mejor la situación. Y a mí también. Cada semana, me habría visto obligada a darle motivos para prolongar tu baja, ¿comprendes?

– Sí, lo comprendo -contestó Urías mientras ella sentía cómo apretaba los dientes.

– Pero no hablemos más de Brockhard -rogó Helena-. Mejor cuéntame un cuento.

Helena le acarició la mejilla y él lanzó un hondo suspiro.

– ¿Cuál quieres que te cuente?

– Uno cualquiera.

Los cuentos… Así era como él había captado su interés en el hospital Rudolph II. Eran muy diferentes de las historias de los demás soldados. Los cuentos de Urías trataban de valor, camaradería y esperanza. Como aquella ocasión en que volvía de hacer su guardia y descubrió un hurón sobre el pecho de su mejor amigo, dispuesto a arrancarle la garganta de un bocado mientras el joven dormía. Él estaba a una distancia de casi diez metros y las oscuras paredes de tierra del bunker se veían negras como la boca del lobo. Pero no tuvo elección, de modo que se puso el fusil contra la mejilla y disparó hasta vaciar el cargador. Al día siguiente, almorzaron hurón.

Había contado varias historias de ese estilo. Helena no las recordaba todas, pero sí recordaba cómo empezó a prestarles atención. Eran detalladas y entretenidas y había algunas de cuya veracidad dudaba. Pero deseaba creerlas, porque eran como un antídoto contra las otras historias, las que trataban de destinos desafortunados y de muertes absurdas.

Mientras el oscuro tren avanzaba despacio traqueteando a través de la noche por los raíles recién reparados, Urías le refirió la historia de aquella ocasión en que había matado a un francotirador ruso en tierra de nadie, y fue a darle cristiana sepultura a aquel bolchevique ateo, con canto de salmos y todo.

– Desde el lado ruso, los oía aplaudir -aseguró Urías-. Tan hermoso fue mi canto aquella noche.

– ¿De verdad? -preguntó ella sonriendo.

– Más hermoso que ninguno que hayas podido oír en la ópera Staatsoper.

– Mentiroso.

Urías la atrajo hacia sí y le cantó en voz muy baja, al oído:

Ven al círculo de la hoguera en el campamento,

mira la llama roja y dorada,

aquel que nos alienta a avanzar hacia la victoria,

exige fidelidad a vida o muerte.

En la clara hoguera llameante, verás la Noruega de tiempos remotos.

Verás al pueblo camino de su meta,

a tus compatriotas entregados al trabajo y al combate.

Verás que la lucha de tus padres por la libertad

exigirá el sacrificio de hombres y mujeres,

verás miles y miles de ellos, que consagraron su vida

a la lucha por nuestra tierra.

Verás hombres en sus tareas diarias, en el crudo país del norte,

donde el duro trabajo los fortalece para proteger la tierra patria.

Verás a los noruegos cuyos nombres están escritos

en nuestra historia con sonoras palabras,

hombres cuya memoria aún perdura,

a siglos de su muerte, en el norte y en el sur.

Pero grande entre los grandes es el que alzó la bandera roja y amarilla,

por eso la hoguera del campamento siempre

nos recuerda a Quisling, nuestro líder, aún hoy.

Urías guardó silencio con la mirada perdida en el paisaje que se veía a través de la ventana. Helena comprendió que sus pensamientos estaban lejos y decidió dejarlo allí, no distraerlo. Pero le rodeó el pecho con el brazo.

Tacata-tacata-tacata.

Sonaba como si alguien estuviese corriendo tras ellos por las vías, como si quisiera darles alcance.

Helena sintió miedo. No tanto por lo desconocido, por lo que los aguardaba, como por el hombre, también desconocido, al que estaba abrazada. Ahora que lo tenía tan cerca, sentía como si todo lo que había visto y a lo que se había habituado a distancia hubiese desaparecido.

Intentó escuchar los latidos de su corazón, pero el ruido del tren rodando por las vías era demasiado fuerte, de modo que tuvo que dar por supuesto que aquel pecho encerraba un corazón. Sonrió ante sus propios pensamientos y se estremeció de gozo. ¡Qué locura tan encantadora! No sabía absolutamente nada de él, que apenas si hablaba de sí mismo, salvo lo que desvelaba en aquellas historias suyas.

Su uniforme olía a tierra húmeda y, por un instante, se le ocurrió que así debía de oler el uniforme de un soldado que hubiese yacido muerto durante días en el campo de batalla. O de un soldado que hubiese estado enterrado. Pero ¿de dónde surgían aquellas ideas? Llevaba tantos días de tensión acumulada que no se había dado cuenta de lo cansada que estaba.

– Duerme -recomendó él, como respondiendo a sus pensamientos.

– Sí -convino ella.

Le pareció oír a lo lejos una alarma aérea, mientras el mundo se esfumaba a su alrededor.

– ¿Qué?

Oyó su propia voz cuando Urías la despertó y se puso de pie. Lo primero que pensó al ver al hombre uniformado en el umbral de la puerta fue que los habían descubierto, que habían conseguido dar con ellos.

– Los billetes, por favor.

– ¡Oh! -se oyó decir Helena.

Intentaba serenarse, pero no le pasó inadvertida la mirada escrutadora del revisor mientras ella rebuscaba febrilmente en el bolso. Por fin encontró los billetes de color amarillo que había comprado en la estación de Viena y se los entregó al revisor. El hombre los estudió con atención mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás al ritmo del traqueteo del tren. Y, en opinión de Helena, le llevó más tiempo del necesario.

– ¿Van ustedes a París? -preguntó el revisor-. ¿Van juntos?

– Así es -contestó Urías.

El revisor era un hombre de cierta edad que los observaba con curiosidad.

– Deduzco por su acento que no es usted austríaco, ¿verdad?

– No. Soy noruego.

– ¡Ah, Noruega! Dicen que es un país muy hermoso.

– Sí, gracias, lo es.

– Así que se ha presentado usted voluntario para luchar por Hitler, ¿no es así?

– Sí. He estado en el frente oriental. Al norte.

– ¿Ah, sí? ¿Dónde exactamente?

– En Leningrado.

– Ajá. ¿Y ahora va usted a París en compañía de su…?

– Amiga.

– Amiga, eso es. ¿De permiso, quizá?

– Sí.

El revisor picó los billetes.

– ¿De Viena? -preguntó dirigiéndose a Helena al tiempo que le devolvía los billetes.

La joven asintió.

– Veo que es usted católica -comentó el revisor señalando el crucifijo que Helena llevaba sobre la camisa, colgado de una cadena-. Mi esposa también lo es.

El hombre se echó hacia atrás y miró a ambos lados del pasillo, antes de preguntarle al noruego:

– ¿Le ha enseñado su amiga la catedral de San Esteban, en Viena?

– No. Estuve en el hospital, así que, por desgracia, no he visto casi nada de la ciudad.

– Entiendo. ¿Un hospital católico, quizá?

– Sí, Rudo…

– Sí -interrumpió Helena-. Un hospital católico.

– Ajá.

¿Por qué no se iba ya el revisor?, se preguntaba Helena.

El hombre carraspeó un poco.

– Eso es -dijo Urías.

– No es asunto mío, pero espero que se haya acordado de traer los documentos del permiso.

– ¿Los documentos? -preguntó Helena.

Ella había estado de viaje en Francia con su padre en dos ocasiones anteriores y no se le había pasado por la mente pensar que necesitarían otra documentación que el pasaporte.

– Sí, claro, en su caso no hay ningún problema, Fräulein, pero en el de su amigo, que va uniformado, es esencial que lleve la documentación que indique dónde está destinado y adónde se dirige.

– ¡Pues claro que tenemos esos papeles! -exclamó Helena-. ¿No creerá usted que hemos salido de viaje sin ellos?

– No, no, desde luego -se apresuró a contestar el revisor-. Sólo quería recordárselo. Hace tan sólo unos días…

Se interrumpió para centrar su mirada en el noruego.

– … se llevaron a un joven que, al parecer, no tenía permiso para ir a donde se dirigía, por lo que podía considerarse un traidor. Lo sacaron al andén y lo fusilaron en el acto.

– ¿Bromea usted?

– Por desgracia, no. No es mi intención asustarlo, pero la guerra es la guerra. Y usted lo tiene todo en orden, de modo que, cuando lleguemos a la frontera con Alemania, justo después de Salzburgo, no tendrá por qué preocuparse.

El vagón se bamboleó y el revisor tuvo que agarrarse bien al marco de la puerta. Los tres se miraron en silencio.

– ¿Así que ése es el primer control? -quiso saber Urías-. ¿Después de Salzburgo?

El revisor asintió.

– Gracias -respondió Urías.

El revisor se aclaró la garganta una vez más.

– Yo tenía un hijo de su edad. Cayó en el frente oriental, en Dnerp.

– Lo siento.

– En fin. Siento haberla despertado, Fräulein. Mein Herr…

Se tocó la gorra, imitando el saludo militar, y se marchó.

Helena comprobó que la puerta estuviese bien cerrada. Después, se sentó cubriéndose el rostro con las manos.

– ¿Cómo he podido ser tan ingenua? -sollozó.

– Vamos, vamos -la tranquilizó él rodeándola con sus brazos-. Yo debería haber pensado en la documentación. Sé que no puedo desplazarme a mí antojo.

– Pero ¿y si les dices que estás de baja y que quieres ir a París? París forma parte del Tercer Reich, es un…

– Entonces llamarán al hospital y Brockhard les dirá que me he escapado.

Ella se reclinó llorando contra su regazo mientras él le acariciaba el suave cabello castaño.

– Además, debí imaginar que era demasiado fantástico para ser cierto -añadió Urías-. Quiero decir…, ¿la enfermera Helena y yo en París?

La joven sabía que bromeaba:

– No, lo más seguro es que me despierte de pronto en mi cama del hospital pensando, ¡vaya sueño! Y me alegraré cuando vengas con el desayuno. Además, mañana por la noche tienes guardia, no lo habrás olvidado, ¿verdad? Entonces te contaré el día en que Daniel robó veinte raciones de comida de un campamento sueco.

Ella levantó hacia él su rostro, húmedo por el llanto.

– Bésame, Urías.

Capítulo 28

SILJAN, TELEMARK

22 de Febrero de 2000

Harry volvió a echar un vistazo al reloj y aceleró un poco. Tenía la cita a las cuatro, es decir, hacía media hora. Si llegaba después del crepúsculo, habría malgastado el viaje. Lo que quedaba de los clavos de los neumáticos se hundía en el hielo con un crujido. Aunque no había recorrido más de cuarenta kilómetros por el serpenteante camino forestal cubierto de hielo, Harry tenía la sensación de que hacía ya varias horas que había dejado la carretera principal. Las gafas de sol baratas que se había comprado en la estación de servicio Shell no le eran de gran ayuda y el reflejo del sol sobre la nieve le dañaba los ojos.

De pronto, vio a un lado de la carretera el coche de policía con la placa de Skien. Frenó con cuidado, aparcó justo detrás y bajó los esquíes de la baca. Eran de un fabricante de Trøndelag que había quebrado hacía ya quince años, aproximadamente cuando él los enceró por última vez, pues la cera se había convertido en una masa pastosa y gris bajo los esquíes. Halló la pista que iba desde el camino hasta la cabaña, según le habían explicado. Los esquíes se aferraban como adheridos a la pista; no habría resbalado ni aunque lo hubiese intentado. Cuando encontró la cabaña, el sol ya estaba bajo en el horizonte. En la escalera que subía hacia la cabaña de madera tratada con impermeabilizante de color negro había dos hombres sentados con el anorak puesto y, junto a ellos, un muchacho que Harry, que no conocía a ningún adolescente, calculó que tendría entre doce y dieciséis años.

– ¿Ove Bertelsen? -preguntó apoyándose en los bastones mientras recobraba el aliento.

– Soy yo -aclaró uno de los hombres, que se levantó y le tendió la mano-. Y éste es el oficial Folldal.

El otro hombre asintió comedido.

Harry se figuró que el jovencito debía de ser quien había encontrado los casquillos vacíos.

– Me imagino que es una maravilla dejar el aire de Oslo -comentó Bertelsen.

Harry sacó el paquete de tabaco.

– Más maravilla aún debe de ser dejar el aire de Skien, creo yo.

Folldal se quitó la gorra de policía y enderezó la espalda.

Bertelsen sonrió:

– Diga lo que diga la gente, el aire de Skien es más puro que el de ninguna otra ciudad de Noruega.

Harry protegió la cerilla con los dedos y encendió el cigarrillo.

– ¿Ah, sí? Pues lo recordaré para la próxima. ¿Habéis encontrado algo?

– Está por aquí.

Los tres se ajustaron los esquíes y, con Folldal al frente, formaron una fila y pusieron rumbo a una pista que desembocaba en un claro del bosque. Folldal señaló con el bastón una piedra negra que sobresalía veinte centímetros de la delgada capa de nieve.

– El chico encontró los casquillos vacíos en la nieve, junto a la roca. Lo más seguro es que se trate de un tirador que ha estado practicando. Ahí se ven las huellas de los esquíes. Lleva más de una semana sin nevar, así que pueden ser suyas. Parece que ha utilizado esquíes anchos, típicos de Telemark.

Harry se acuclilló. Pasó un dedo por la piedra hasta tocar el borde exterior de la ancha huella del esquí.

– Sí…, o unos viejos esquíes de madera.

– ¿Ah, sí?

Harry sostenía en la mano una pequeñísima astilla de madera de color claro.

– ¡Qué más da! -dijo Folldal mirando a Bertelsen.

Harry se volvió hacia el muchacho, que llevaba unos pantalones anchos de tela recia con bolsillos por todas partes y un gorro de lana encajado hasta las orejas.

– ¿En qué lado de la roca encontraste los casquillos?

El chico señaló el lugar. Harry se quitó los esquíes, rodeó la piedra y se tumbó boca arriba sobre la nieve. El cielo se había vuelto de un color azul claro, como suele ocurrir antes del ocaso en los claros días de invierno. Después se puso de lado y oteó por encima de la roca el lugar por el que habían llegado. En la abertura del claro había cuatro troncos de madera.

– ¿Habéis encontrado las balas o marcas de disparos?

Folldal se rascó la nuca.

– ¿Quieres decir que si hemos inspeccionado todos los troncos de madera en medio kilómetro a la redonda?

Bertelsen se tapó la boca discretamente con la manopla. Harry sacudió la ceniza del cigarrillo y observó la punta incandescente.

– No, quiero decir que si habéis comprobado esos tocones de ahí.

– ¿Y por qué íbamos a comprobar ésos, precisamente? -preguntó Folldal.

– Porque el Märklin es uno de los rifles más pesados del mundo. Una escopeta de quince kilos no está pensada para disparar de pie, así que es lógico suponer que hayan utilizado esta piedra para apoyar la culata. Los casquillos de un Märklin caen por la derecha. Puesto que los casquillos están a este lado de la piedra, el individuo habrá disparado hacia el lugar por el que vinimos. En tal caso, no sería ilógico que hubiese apuntado un par de tiros a uno de los troncos, ¿o sí?

Bertelsen y Folldal se miraron.

– Muy bien, pues los miraremos -concedió Bertelsen.

– A menos que eso sea un escarabajo gigante… -le comentó Bertelsen tres minutos después-… yo creo que es un agujero de bala gigante.

Apoyó las rodillas en la nieve y metió el dedo en uno de los troncos.

– ¡Joder! La bala ha entrado muy adentro, no llego a tocarla.

– Mira por el agujero -sugirió Harry.

– ¿Para qué?

– Para ver si lo ha atravesado -explicó Harry.

– ¿Atravesar este pedazo de tronco de abeto?

– Tú mira si ves la luz del día.

Harry oyó que Folldal resoplaba a su espalda. Bertelsen aplicó el ojo al agujero.

– ¡Pero, por Dios bendito…!

– ¿Ves algo? -gritó Folldal.

– ¡Lo creas o no, veo la mitad del río Siljan!

Harry se volvió hacia Folldal, que a su vez se había girado para escupir.

Bertelsen se puso de pie.

– ¿De qué sirve un chaleco antibalas si te disparan con uno de ésos? -se lamentó.

– De nada -sentenció Harry-. Lo único que sirve es una coraza -dijo antes de aplastar la colilla contra el tronco seco-. Una coraza muy gruesa -se corrigió.

Permaneció de pie frotando los esquíes contra la nieve bajo sus pies.

– Vamos a tener una conversación con las gentes de las cabañas vecinas -dijo Bertelsen-. Puede que alguien haya visto algo. O que se les ocurra confesar que alguno de ellos es propietario de ese rifle del demonio.

– Desde que concedimos el permiso general de armas el año pasado… -comenzó Folldal, que, no obstante, calló enseguida, al ver la mirada de Bertelsen.

– ¿Hay algo más que podamos hacer? -le preguntó Bertelsen a Harry.

– Bueno -dijo Harry lanzando una sombría mirada a la carretera-. ¿Qué os parece si empujáis un poco mi coche?

Capítulo 29

HOSPITAL RUDOLPH II, VIENA

23 de Junio de 1944

Helena Lang tuvo una sensación de déjà-vu. Las ventanas estaban abiertas y el calor de la mañana estival llenaba el pasillo con el aroma a césped recién cortado. Las dos últimas semanas se habían producido bombardeos todas las noches, pero ella no prestó atención al olor a humo. Llevaba una carta en la mano. ¡Una carta maravillosa! Incluso la jefa de las enfermeras, siempre tan huraña, se rió cuando oyó el alegre «Guten Morgen» de Helena.

El doctor Brockhard alzó la vista de sus papeles, sorprendido cuando Helena entró en su despacho sin llamar siquiera.

– ¿Y bien? -preguntó el doctor.

Se quitó las gafas y clavó en ella una fría mirada. Helena atisbo una pizca de su lengua, con la que sujetaba la patilla de las gafas. La joven se sentó.

– Christopher -comenzó, aunque no lo llamaba por su nombre de pila desde que eran niños-. Tengo algo que decirte.

– Bien -dijo el doctor-. Era precisamente lo que esperaba.

Ella sabía muy bien a qué se refería: esperaba una explicación de por qué ella no había acudido aún a su apartamento, situado en el edificio principal de la zona del hospital, pese a que él ya había prolongado dos veces la baja de Urías. Helena había aducido los bombardeos como excusa, asegurando que no se atrevía a salir. De modo que él se había ofrecido a visitarla en el chalé de veraneo de su madre, algo que ella había rechazado de plano.

– Te lo contaré todo -dijo ella.

– ¿Todo? -preguntó él con una sonrisa.

«No, casi todo», se dijo ella.

– La mañana en que Urías…

– Helena, no se llama Urías.

– La mañana en que se fue y vosotros disteis la alarma, ¿recuerdas?

– Por supuesto. -Brockhard dejó las gafas junto al documento que tenía ante sí de modo que la patilla quedó paralela al borde del folio-. Sí, yo estaba pensando en denunciar su desaparición a la policía militar, pero entonces apareció contando aquella historia de que había pasado media noche perdido en el bosque.

– Pues no fue así. Vino de Salzburgo en el tren nocturno.

– ¿Ah, sí?

Brockhard se acomodó en la silla con la mirada serena, claro indicio de que no era un hombre al que le gustase dejar traslucir su sorpresa.

– Tomó el tren nocturno desde Viena antes de la medianoche, se bajó en Salzburgo, donde aguardó hora y media la salida del tren nocturno en el sentido contrario. A las nueve ya estaba en Hauptbahnhof.

– Vaya… -Brockhard concentró la mirada en el bolígrafo que sostenía-. ¿Y qué explicación ha dado a tan absurdo viaje?

– Pues verás -dijo Helena sin darse cuenta de que sonreía-. Tal vez recuerdes que yo también llegué tarde aquella mañana.

– Sí…

– Es que yo también venía de Salzburgo.

– ¿Ah, sí?

– Sí.

– Eso deberías explicármelo, Helena.

Y ella se lo explicó, con la vista clavada en la yema del dedo de Brockhard, justo debajo de la punta del bolígrafo se había formado una gota de sangre.

– Entiendo -dijo Brockhard una vez que ella hubo terminado-. Pensabais ir a París. Y ¿cuánto tiempo creíais poder esconderos allí?

– Bueno, ha quedado claro que no lo pensamos muy bien. Pero según Urías, deberíamos irnos a América, a Nueva York.

Brockhard soltó una risa seca.

– Eres una chica muy lista, Helena. Comprendo que ese traidor a la patria te haya cegado con sus dulces mentiras sobre América, pero ¿sabes qué?

– No.

– Te perdono. -Y, al ver la expresión estupefacta de Helena, prosiguió-: Sí, te perdono. Tal vez debiera castigarte, pero sé bien lo que una inquieta joven enamorada puede llegar a hacer.

– No es perdón lo que…

– ¿Qué tal está tu madre? No debe de ser fácil, ahora que se ha quedado sola. A tu padre le cayeron tres años, ¿no es así?

– Cuatro. ¿Quieres hacerme el favor de escuchar, Christopher?

– Te ruego que no hagas ni digas nada de lo que puedas arrepentirte después, Helena. Lo que has dicho hasta ahora no cambia nada, nuestro acuerdo sigue como antes.

– ¡No!

Helena se había levantado tan aprisa que volcó la silla, y, ya de pie, dejó sobre el escritorio la carta que llevaba en la mano.

– ¡Léelo tú mismo! Ya no tienes poder sobre mí. Ni sobre Urías.

Brockhard miró la carta. Aquel sobre marrón abierto no le decía nada. Sacó el folio, se puso las gafas y empezó a leer:

Waffen-SS

Berlín, 21 de junio

Hemos recibido una petición del jefe superior de la policía noruega, Jonas Lie, de que sea usted reenviado a la policía de Oslo para prestar servicio. Dado que es usted ciudadano noruego, no hallamos razón alguna para no satisfacer este deseo. En consecuencia, esta orden anula cualesquiera órdenes anteriores sobre su destino a Wehrmacht.

La jefatura superior de la policía noruega le hará llegar los datos exactos de día, hora y lugar.

Heinrich Himmler,

Jefe superior de Schutzstaffel (SS)

Brockhard tuvo que mirar la firma dos veces. ¡El mismísimo Heinrich Himmler! Se fue a mirar la carta a contraluz.

Helena le advirtió:

– Puedes llamar e indagar si quieres, pero créeme, es auténtica.

Desde la ventana abierta se oía el canto de los pájaros en el jardín. Brockhard carraspeó un par de veces antes de hablar.

– De modo que le escribiste al jefe de la policía noruega, ¿no?

– No, yo no, fue Urías. Yo sólo busqué la dirección y eché la carta al correo.

– ¿La echaste al correo?

– Sí. Bueno, no, en realidad no. La telegrafié.

– ¿Toda la solicitud?

– Sí.

– Vaya, debió de costar… mucho dinero.

– Pues, así fue, pero era urgente.

– Heinrich Himmler… -dijo el doctor, más para sí que a Helena.

– Lo siento, Christopher.

El doctor volvió a reír secamente:

– ¿Seguro? ¿No has conseguido lo que querías?

Ella obvió la pregunta y se obligó a dedicarle una sonrisa amable.

– Tengo que pedirte un favor, Christopher.

– ¿Ah, sí?

– Urías quiere que me vaya con él a Noruega. Necesito una recomendación del hospital que me permita obtener un permiso para salir del país.

– ¿Y ahora temes que le ponga trabas a esa recomendación?

– Tu padre es miembro del equipo directivo.

– Pues sí, en realidad, yo podría crearte problemas -dijo acariciándose la barbilla, la mirada fija en la frente de Helena.

– De todos modos, no puedes detenernos, Christopher. Urías y yo nos amamos. ¿Lo entiendes?

– ¿Por qué iba a hacerle favores a la puta de un soldado?

Helena se quedó boquiabierta. Pese a que venía de alguien a quien despreciaba y que, sin lugar a dudas, estaba muy alterado, la palabra la alcanzó como una bofetada. Sin embargo, antes de que hubiese tenido tiempo de responder, el rostro de Brockhard cambió de expresión, como si el golpe lo hubiese alcanzado a él.

– Perdóname, Helena. Yo…, ¡mierda! -dijo volviéndole rápidamente la espalda.

Helena sólo quería levantarse y marcharse, pero no hallaba las palabras que la liberasen de su estado de conmoción. El doctor prosiguió, con voz cansada:

– No era mi intención herirte, Helena.

– Christopher…

– No lo entiendes. No creas que soy un pretencioso, pero tengo cualidades que sé que llegarías a valorar con el tiempo. Puede que haya ido demasiado lejos, pero piensa que siempre he tenido en mente tu propio bien.

Helena miraba fijamente su espalda. La bata le quedaba grande sobre los hombros estrechos y caídos. De pronto, pensó en el Christopher al que ella había conocido de niña. Tenía el cabello oscuro y rizado y llevaba un traje de hombre, pese a que sólo tenía doce años. Creyó recordar que un verano incluso estuvo enamorada de él.

Él respiraba tembloroso y con dificultad. Helena dio un paso vacilante hacia él. ¿Por qué sentía compasión por aquel hombre? Sí, ella sabía por qué. Porque su corazón rebosaba de felicidad, sin que ella hubiese hecho gran cosa para que así fuese. Mientras que Christopher Brockhard, que se esforzaba por ser feliz todos los días de su vida, sería siempre un hombre solitario.

– Christopher, tengo que irme.

– Sí, claro. Tú tienes que cumplir con tu deber, Helena.

La joven se levantó y se encaminó a la puerta.

– Y yo con el mío.

Capítulo 30

COMISARÍA GENERAL DE POLICÍA

24 de Febrero de 2000

Wright lanzó una maldición. Había probado todos los interruptores del proyector para que la imagen se viese más definida, pero sin resultado.

Una voz bronca observó:

– Creo que es la imagen la que no está definida, Wright. O sea, que no es fallo del proyector.

– Bien, de todos modos, éste es Andreas Hochner -dijo Wright haciéndose sombra con la mano para ver a los presentes.

La habitación no tenía ventanas y, cuando se apagó la luz, quedó totalmente a oscuras. Según había oído Wright, también era segura contra las escuchas, aunque a saber lo que aquello significaba.

Además de Andreas Wright, teniente de los servicios de información del Ministerio de Defensa, sólo había en la sala tres personas: el mayor Bård Oyesen, de los servicios de información de Defensa, Harry Hole, el nuevo del CNI, y el propio jefe del CNI, Kurt Meirik. Fue Hole quien le envió por fax el nombre del traficante de armas de Johannesburgo. Y, desde entonces, no había dejado de reclamar información sobre él ni un solo día. De hecho, algunos miembros del CNI parecían creer que los servicios de información de Defensa no eran sino una subsección del CNI pero era evidente que no habían leído las disposiciones en las que se señalaba claramente que ambas eran instituciones colaboradoras con el mismo estatus. Wright, en cambio, sí las había leído. De modo que, finalmente, le explicó al nuevo del CNI que aquello que no tenía prioridad debía esperar. Media hora más tarde, el propio Meirik lo llamó por teléfono asegurándole que el asunto tenía prioridad. ¿Por qué no lo habrían dicho desde un principio?

La borrosa imagen en blanco y negro mostraba un hombre que salía de un restaurante y parecía tomada a través de la ventanilla de un coche. El hombre tenía el rostro ancho y tosco, los ojos oscuros y una gran nariz poco definida sobre un espeso bigote negro.

– «Andreas Hochner, nacido en Zimbabue en 1954 de padres alemanes» -leyó Wright en voz alta, en los documentos que llevaba consigo-. Antiguo mercenario en el Congo y Suráfrica, se dedica al tráfico de armas desde mediados de los ochenta, probablemente. A los diecinueve años fue acusado, junto con otras seis personas, del asesinato de un muchacho negro en Kinshasa, pero fue absuelto por falta de pruebas. Casado y divorciado dos veces. El tipo para el que trabajaba en Johannesburgo era sospechoso de vender armamento antiaéreo a Siria y de comprar armas químicas a Irak. Se dice que le vendió a Karadzic rifles especiales durante la guerra de Bosnia y que entrenó a francotiradores durante el sitio de Sarajevo. Esta última información no está confirmada.

– Ahórranos los detalles, por favor -dijo Meirik al tiempo que miraba su reloj, que, aunque iba con retraso, llevaba en el dorso una encantadora inscripción del Estado Mayor del ejército.

– Muy bien -aceptó Wright antes de pasar unas cuantas hojas-. Andreas Hochner fue una de las cuatro personas detenidas en diciembre, durante una redada realizada en Johannesburgo en el domicilio de un traficante de armas. En relación con dicha redada encontraron una lista codificada donde uno de los pedidos, un rifle de la marca Märklin, iba señalado con la palabra Oslo y la fecha 21 de diciembre. Y eso es todo.

Se hizo un silencio sólo interrumpido por el ronroneo del ventilador del proyector. Alguien, tal vez Bård Ovesen, se aclaró la garganta. Wright se hizo sombra con la mano.

– ¿Cómo sabemos que es Hochner precisamente la persona clave en este asunto? -preguntó Ovesen.

Entonces se oyó la voz de Harry Hole:

– Yo estuve hablando con Esaias Burne, un inspector de policía de Hillbrow, Johannesburgo. Me dijo que, después de la detención, registraron los apartamentos de los implicados y que, en el de Hochner, encontraron un pasaporte interesante, con su foto, pero con otro nombre.

– Un traficante de armas con pasaporte falso no tiene nada de… sensacional -observó Ovesen.

– Estaba pensando más bien en uno de los sellos del pasaporte. Oslo, Noruega, 10 de diciembre.

– Es decir, que ha estado en Oslo -concluyó Meirik-. En la lista de clientes figura un nombre noruego y hemos encontrado casquillos de bala vacíos de ese superrifle. De modo que podemos suponer que Andreas Hochner ha estado en Noruega y que participó en una compraventa. Pero ¿quién es el noruego de la lista?

– Por desgracia, esa lista no es una relación normal de pedidos, con el nombre y la dirección de los clientes -se oyó la voz de Harry-. El cliente de Oslo figura con el nombre de Urías, que, seguramente, será un nombre en clave. Y según Burne, el inspector de Johannesburgo, Hochner no tiene el menor interés en hablar.

– Yo creía que los métodos que la policía de Johannesburgo aplica en los interrogatorios eran absolutamente eficaces -dijo Ovesen.

– Seguro que sí pero, al parecer, Hochner corre un riesgo mayor si habla que si calla. La lista de clientes es larga…

– He oído que en Suráfrica utilizan corriente eléctrica -apuntó Wright-. En la planta de los pies, en los pezones y…, bueno, muy doloroso. Por cierto, ¿no podría alguien encender la luz?

– En un asunto que incluye la compra de armas químicas a Sadam, un viaje de negocios a Oslo con un solo rifle resulta bastante insignificante. Además, creo que los surafricanos se guardan la electricidad para cuestiones más importantes, por así decirlo. Por otro lado, no es seguro que Hochner sepa quién es Urías. Y, mientras nosotros no sepamos quién es, hemos de formularnos la siguiente pregunta: ¿cuáles son sus planes? ¿Un atentado? ¿Un ataque terrorista? -señaló Harry.

– O un robo -apuntó Meirik.

– ¿Con un rifle Märklin? -preguntó Ovesen-. Eso es matar hormigas a cañonazos.

– Un atentado relacionado con el narcotráfico, tal vez -propuso Wright.

– Bueno -intervino Harry-. Una pistola bastó para asesinar a Olof Palme, el hombre más protegido de Suecia. Y jamás encontraron al asesino. De modo que, ¿por qué usar un arma de más de medio millón de coronas para matar a alguien aquí?

– ¿Qué sugieres tú, Harry?

– Tal vez el objetivo no sea un noruego, sino alguien de fuera. Alguien que constituya un objetivo constante para los terroristas, pero demasiado bien protegido para ser asesinado en un atentado en su país. Alguien que les parezca más fácil de asesinar en un país pequeño y pacífico donde cuentan con que la seguridad será la mínima.

– ¿Quién? -preguntó Ovesen-. Ahora mismo, no hay en Noruega ningún dignatario extranjero susceptible de amenaza de asesinato.

– Ni ninguno que vaya a venir -añadió Meirik.

– Tal vez sea un plan más a largo plazo -observó Harry.

– Pero el arma llegó hace un mes -objetó Ovesen-. No es lógico que unos terroristas extranjeros vengan a Noruega un mes antes de que tenga lugar la operación.

– Es posible que no sea un extranjero, sino un noruego.

– No hay nadie en Noruega capaz de realizar una misión de esa envergadura -aseguró Wright buscando a tientas el interruptor de la luz.

– Exacto -convino Harry-. Ésa es la cuestión.

– ¿La cuestión?

– Suponed que un conocido terrorista extranjero quiere asesinar a alguien de su propio país y que esa persona va a viajar a Noruega. El despliegue de vigilancia policial de su país sigue cada paso de su objetivo de modo que, en lugar de arriesgarse a cruzar la frontera, se pone en contacto con gente de un entorno noruego que pueda tener los mismos motivos que él mismo para cometer el crimen. Que dicho entorno esté compuesto de aficionados es, en realidad, una ventaja, pues eso le garantiza que la vigilancia policial no se centrará en ellos.

– Sí, los casquillos de bala vacíos pueden indicar que se trata de aficionados -observó Meirik.

– El terrorista y el aficionado acuerdan que el terrorista financia la compra de un arma muy cara y después cortarán todo contacto, no habrá nada que pueda conducirnos hasta el terrorista. Así, él habrá puesto en marcha un proceso sin tener que correr ningún riesgo, salvo el financiero.

– Pero ¿qué ocurrirá si el aficionado no es capaz de llevar a cabo la misión? -preguntó Ovesen-. ¿O si decide vender el arma y largarse con el dinero?

– Naturalmente, ese peligro existe, pero debemos dar por sentado que el terrorista considera que el aficionado está muy motivado. Incluso puede que tenga un motivo personal que lo impulse a estar dispuesto a arriesgar su vida para conseguir el objetivo.

– Es una hipótesis divertida -declaró Ovesen-. ¿Cómo has pensado ponerla a prueba?

– No es posible. Estoy hablando de un hombre del que lo ignoramos todo, no sabemos cómo piensa ni podemos estar seguros de que vaya a actuar de un modo racional.

– Excelente -sentenció Meirik-. ¿Tenemos alguna otra teoría sobre por qué ha venido a parar a Noruega esa arma?

– Montones -dijo Harry-. Pero ésta es la peor que se pueda imaginar.

– Bueno, bueno -suspiró Meirik-. Nuestro trabajo consiste en cazar fantasmas, así que no nos queda otro remedio que intentar tener una charla con ese Hochner. Haré un par de llamadas telefónicas a… ¡Vaya!

Wright acababa de encontrar el interruptor y una luz blanca e intensa inundó la habitación.

Capítulo 31

RESIDENCIA DE VERANO DE LA FAMILIA LANG, VIENA

25 de Junio de 1944

Helena estaba en el dormitorio estudiando su aspecto en el espejo. Habría preferido tener la ventana abierta, para poder oír los pasos en el césped si alguien se aproximaba a la casa, pero su madre era muy estricta con eso de cerrar las ventanas. Miró la fotografía de su padre que estaba en la cómoda, ante el espejo. Siempre le llamaba la atención lo joven e inocente que parecía en ella.

Se había recogido el cabello, como solía, con un sencillo pasador. ¿Debería peinarse de otro modo? Beatrice le había arreglado un vestido de muselina roja de su madre, que ahora se ajustaba bien a la delgada y esbelta figura de Helena. Su madre lo llevaba puesto cuando conoció a su padre. Se le hacía extraña la idea, lejana y, en cierto modo, un tanto dolorosa. Tal vez porque, cuando su madre le habló de aquel día, le dio la sensación de que estuviese hablándole de dos personas distintas, dos personas que creían saber lo que perseguían.

Helena se quitó el pasador y agitó la cabeza de modo que el cabello castaño le cubrió el rostro. Sonó el timbre de la puerta y oyó los pasos de Beatrice en el vestíbulo. Helena se tumbó boca arriba en la cama y notó un cosquilleo en el estómago. No podía evitarlo, era como volver a estar enamorada a los catorce años. Oyó el sonido sordo de la conversación en la planta baja, la voz clara y nasal de su madre, el tintineo de la percha cuando Beatrice colgaba el abrigo en el ropero del vestíbulo. «¡Un abrigo!», pensó Helena. Urías se había puesto abrigo, pese a que hacía una de esas tardes calurosas de verano de las que, por lo general, no solían poder disfrutar hasta el mes de agosto.

Ella esperaba y esperaba…, hasta que oyó la voz de su madre:

– ¡Helena!

Se levantó de la cama, se puso el pasador, se miró las manos repitiendo: «Mis manos no son demasiado grandes, no son demasiado grandes». Echó un último vistazo al espejo: ¡estaba preciosa! Suspiró temblando y cruzó la puerta.

– ¡Hele…!

Su madre dejó el nombre a medias cuando la vio al final de la escalera. Helena colocó un pie en el primer peldaño, con mucho cuidado: los altos tacones con los que solía bajar las escaleras a la carrera le parecían de pronto inseguros e inestables.

– Ha llegado tu invitado -anunció su madre.

«Tu invitado.» En otras circunstancias, Helena tal vez se hubiese irritado por el modo en que su madre subrayaba su postura de no considerar al extranjero, un simple soldado, como un invitado de la casa. Pero aquéllas eran circunstancias excepcionales y Helena habría sido capaz de besar a su madre por no haberse portado peor aún y porque, al menos, había salido a recibirlo antes de que Helena hiciese su aparición.

Miró a Beatrice. La vieja criada sonreía, pero tenía la misma mirada melancólica que su madre. Y entonces volvió la vista hacia él. Sus ojos brillaban con tal intensidad que podía sentir su calor quemándole la piel, y se vio obligada a bajar la vista hacia su cuello, recién afeitado y bronceado por el sol, el cuello con la insignia de las dos eses y el uniforme verde que tan arrugado llevaba durante el viaje en tren, pero que ahora lucía recién planchado. Llevaba en la mano un ramo de rosas. Helena sabía que Beatrice le habría ofrecido colocarlas en un jarrón, pero él le habría dado las gracias y le habría dicho que prefería esperar a que Helena las viese.

Dio un paso más. Su mano, apoyada en la barandilla de la escalera. Empezaba a sentirse más segura. Alzó la vista y los miró a los tres. Y sintió enseguida que, por alguna razón inexplicable, aquél era el instante más hermoso de su vida. Pues sabía qué era lo que veían los demás, se reflejaba en sus miradas.

Su madre se veía a sí misma bajando los peldaños, su propio sueño malogrado y su juventud perdida; Beatrice, por su parte, veía a aquella pequeña a la que ella había criado como a su propia hija, y él, a la mujer a la que amaba tanto que no podía encubrir sus sentimientos tras su timidez escandinava y sus buenos modales.

– Estás preciosa -le dijo Beatrice sólo moviendo los labios.

Helena le contestó con un guiño. Y bajó el último peldaño hasta el vestíbulo.

– ¿Así que has encontrado el camino en medio de la oscuridad? -le preguntó a Urías con una sonrisa.

– Sí -respondió él en voz alta y clara, que retumbó como en una iglesia en el amplio vestíbulo de techo alto.

Su madre hablaba con su aguda voz un tanto chillona mientras Beatrice entraba y salía del comedor como un fantasma amable. Helena no podía apartar la vista de la gargantilla de diamantes que su madre llevaba puesta, su joya más preciada, que sólo lucía en momentos especiales.

En esta ocasión, la mujer había hecho una excepción y había dejado entreabierta la puerta del jardín. La capa de nubes estaba tan baja que cabía la posibilidad de que aquella noche se librasen de los bombardeos. La corriente que entraba por la puerta hacía vacilar las llamas de las velas y las sombras danzaban reflejándose sobre los retratos de hombres y mujeres de expresión grave que habían llevado el apellido Lang. Su madre le explicó a Urías quién era cada uno, a qué se había dedicado y en el seno de qué familias eligieron a sus cónyuges. Urías la escuchaba con una sonrisa que Helena interpretó como algo sarcástica, aunque no podía distinguirlo bien en la semipenumbra. La madre había explicado que sentían tener el deber de ahorrar energía eléctrica debido a la guerra, pero no le reveló, desde luego, la nueva situación económica de la familia, ni que Beatrice era la única criada que les quedaba del habitual servicio doméstico compuesto por cuatro.

Urías dejó el tenedor y se aclaró la garganta. Su madre había colocado a los dos jóvenes uno frente a otro, en tanto que ella misma se había sentado en un extremo, presidiendo la mesa.

– Esto está realmente bueno, señora Lang.

Era una cena sencilla. No tanto que pudiese considerarse insultante, pero en modo alguno extraordinaria, de modo que Urías no tuviese motivo para sentirse un huésped de honor.

– Es cosa de Beatriz -intervino Helena ansiosa-. Prepara el mejor Wienerschnitzel de toda Austria. ¿Lo habías probado ya?

– Sólo una vez, creo. Y no puede compararse con éste.

– Schtvein -dijo la madre de Helena-. Lo que usted ha comido antes estaría preparado con carne de cerdo. Pero en nuestra casa lo cocinamos siempre con carne de ternera. O, a lo sumo, de pavo.

– Lo cierto es que no recuerdo que aquél tuviese carne -aseguró él con una sonrisa-. Creo que sólo tenía huevo y miga de pan.

Helena soltó una risita que mereció una mirada displicente de su madre.

La conversación decayó un par de veces a lo largo de la cena pero, tras las largas pausas, tanto Urías como Helena o su madre conseguían reanudarla. Antes de invitarlo a cenar, Helena había decidido no preocuparse por lo que pensara su madre. Urías era educado, procedía de un sencillo entorno campesino, sin ese modo de ser y esas maneras refinadas de quienes se educan en el seno de una familia de abolengo. Pero comprobó que no tenía por qué preocuparse. Estaba admirada de lo relajado y desenvuelto que parecía Urías.

– ¿Piensa buscar trabajo cuando termine la guerra? -preguntó la madre antes de llevarse a la boca el último bocado de patata.

Urías asintió y aguardó paciente la que debía ser, por lógica, la siguiente pregunta de la señora Lang, mientras ésta terminaba de masticar.

– Y, si me permite la pregunta, ¿qué trabajo sería ése?

– Cartero. Al menos, antes de que estallase la guerra, me habían prometido un puesto de cartero.

– ¿Para llevar el correo? ¿No son terriblemente grandes las distancias en su país?

– Bueno, no tanto. Vivimos donde es posible vivir. Junto a los fiordos, en los valles y en otros lugares protegidos. Y, además, también tenemos algunos pueblos y ciudades grandes.

– Vaya, ¿conque sí? Interesante. Permítame que le pregunte, ¿tiene usted algún capital?

– ¡Madre! -gritó Helena mirándola sin poder dar crédito.

– ¿Sí, querida? -preguntó limpiándose los labios con la servilleta antes de indicarle a Beatrice que podía retirar los platos.

– ¡Haces que esto parezca un interrogatorio!

Las oscuras cejas de Helena se enarcaron en su frente blanca.

– En efecto -contestó su madre al tiempo que alzaba una copa mirando a Urías-. Es un interrogatorio.

Urías alzó también la copa y le devolvió la sonrisa.

– La comprendo, señora Lang. Ella es su única hija. Está usted en su derecho, es más, diría que es su deber averiguar a qué clase de hombre piensa unirse.

Los delgados labios de la señora Lang habían adoptado la postura idónea para beber, formando un pequeño aro, pero la mujer detuvo súbitamente la copa en el aire.

– Yo no soy rico -prosiguió Urías-. Pero soy trabajador, no soy un necio y me las arreglaré para mantenerme a mí mismo, a Helena y seguramente a alguno más. Le prometo que la cuidaré lo mejor que pueda, señora Lang.

Helena sentía unas ganas tremendas de reír y, al mismo tiempo, una extraña excitación.

– ¡Por Dios! -exclamó entonces la madre volviendo a dejar la copa en la mesa-. ¿No va usted demasiado rápido, joven?

– Sí -afirmó Urías antes de tomar un trago y quedarse un rato mirando la copa-. Y he de insistir en que éste es, en verdad, un vino excelente, señora Lang.

Helena intentó darle con el pie bajo la robusta mesa de roble, pero no llegaba.

– Pero resulta que este tiempo que nos ha tocado vivir es un tanto extraño. Y bastante escaso, además. -Dejó la copa, pero sin dejar de mirarla. Del pequeño atisbo de sonrisa que Helena había creído observar antes no quedaba ya ni rastro-. He pasado muchas noches como ésta, señora Lang, hablando con mis compañeros acerca de todo lo que pensábamos hacer en el futuro, sobre cómo sería la nueva Noruega y sobre todos los sueños que deseábamos hacer realidad. Unos, grandes; otros, pequeños. Y, pocas horas más tarde, estaban muertos y su futuro, desvanecido en el campo de batalla.

Levantó la mirada, que clavó en la señora Lang.

– Voy demasiado rápido porque he encontrado a una mujer a la que quiero y que me quiere a mí. Estamos en guerra, y todo lo que puedo decirle de mis planes de futuro son invenciones. No dispongo más que de una hora para vivir mi vida, señora Lang. Y quizás usted tampoco tenga mucho más tiempo.

Helena lanzó una mirada fugaz a su madre, que parecía petrificada.

– He recibido una carta de la Dirección General de la Policía noruega. Debo presentarme en el hospital de guerra de la escuela de Sinsen, en Oslo, para someterme a un reconocimiento médico. Partiré dentro de tres días. Y tengo pensado llevarme a su hija conmigo.

Helena contuvo la respiración. El tictac del reloj de pared inundaba la habitación con su estruendo. Los diamantes de la madre despedían destellos mientras los músculos se tensaban y distendían bajo la arrugada piel de su cuello. Un repentino soplo de aire procedente de la puerta del jardín inclinó las llamas de las velas y, sobre el papel plateado de las paredes, las sombras bailotearon entre los muebles oscuros. Tan sólo la sombra de Beatrice junto a la puerta de la cocina parecía totalmente inmóvil.

– Strudel -dijo la madre haciéndole una seña a Beatrice-. Una especialidad vienesa.

– Sólo quiero que sepa que tengo muchísimas ganas -dijo Urías.

– Hace usted bien -respondió la señora Lang con una forzada sonrisa sardónica-. La preparamos con manzanas de nuestra propia cosecha.

Capítulo 32

JOHANNESBURGO

28 de Febrero de 2000

La Comisaría General de Policía de Hillbrow estaba en el centro de Johannesburgo y su muro, rematado por una alambrada, y las rejas de acero que protegían unas ventanas tan pequeñas que parecían saeteras, le otorgaban el aspecto de una pequeña fortaleza.

– Dos hombres, los dos negros, asesinados anoche, tan sólo en este distrito policial -dijo el oficial Esaias Burne mientras guiaba a Harry a través de un laberinto de pasillos de desgastados suelos de linóleo en cuyas robustas paredes la pintura blanca empezaba a resquebrajarse-. ¿Has visto el inmenso hotel Carlton? Cerrado. Los blancos se fueron ya hace tiempo a las afueras, así que ahora sólo podemos dispararnos entre nosotros.

Esaias se subió los pantalones caídos. Era negro, alto, patizambo y realmente obeso. Su blanca camisa de nailon tenía dos círculos negros de sudor bajo las mangas.

– Andreas Hochner está en una prisión situada a las afueras de la ciudad, un lugar que llamamos Sin City -explicó-. Pero hoy lo hemos traído hasta aquí para los interrogatorios.

– ¿Es que habrá más, aparte del mío? -preguntó Harry.

– Aquí es -dijo Esaias al tiempo que abría la puerta.

Entraron en una habitación donde dos hombres con los brazos cruzados miraban a través de una ventana de color marrón que había en la pared.

– Una sola dirección -susurró Esaias-. Él no puede vernos.

Los dos hombres que había ante la ventana saludaron a Esaias y a Harry con un gesto y se apartaron.

Tenían ante sí una pequeña sala escasamente iluminada en cuyo centro había una silla y una pequeña mesa. Sobre la mesa había un cenicero lleno de colillas y un micrófono sujeto por un soporte. El hombre que ocupaba la silla tenía los ojos oscuros y un espeso bigote negro que le colgaba por las comisuras de los labios. Harry reconoció enseguida al hombre de la borrosa fotografía de Wright.

– ¿El noruego? -murmuró uno de los dos hombres señalando a Harry.

Esaias asintió.

– Ok -dijo el hombre dirigiéndose a Harry pero sin perder de vista ni por un instante al hombre que estaba en la habitación-. Amigo noruego, ahí lo tienes, es tuyo. Dispones de veinte minutos.

– En el fax decía…

– Olvídate del fax, noruego. ¿Sabes cuántos países quieren interrogar a este sujeto? ¿O, directamente, que se lo enviemos?

– Pues, no.

– Date por satisfecho con poder hablar con él -dijo el hombre.

– ¿Por qué ha aceptado hablar conmigo?

– ¿Cómo vamos a saberlo nosotros? Pregúntaselo a él.

Harry intentó respirar con el estómago cuando entró en la angosta y reducida sala de interrogatorios. En la pared, donde chorreones rojos de óxido habían compuesto una especie de dibujo, colgaba un reloj que indicaba las once y media. Harry pensó en los policías que lo vigilaban con los ojos atentos, lo que tal vez fuese la causa de que le sudasen tanto las palmas de las manos. El individuo estaba encogido en la silla y tenía los ojos entrecerrados.

– ¿Andreas Hochner?

– ¿Andreas Hochner? -repitió el hombre de la silla con voz bronca y susurrante, alzó la vista y lo miró como si acabase de ver algo que tuviese ganas de aplastar con el pie-. No, está en casa follándose a tu madre.

Harry se sentó despacio. Le parecía oír las carcajadas al otro lado del espejo negro.

– Soy Harry Hole, de la policía noruega -dijo en voz baja-. Has accedido a hablar con nosotros.

– ¿Noruega? -preguntó Hochner escéptico.

Se inclinó hacia delante, estudió detenidamente el carné que Harry le mostraba y dibujó en su rostro una sonrisa bobalicona:

– Perdona, Hole. No me habían dicho que hoy tocaba Noruega, ¿entiendes? Os estaba esperando.

– ¿Dónde está tu abogado?

Harry dejó su carpeta sobre la mesa, la abrió y sacó un folio con una serie de preguntas y un bloc de notas.

– Olvídalo, no me fío de ese tipo. ¿Está enchufado el micrófono?

– No lo sé. ¿Tienes algo en contra?

– No quiero que esos negros me oigan. Estoy interesado en hacer un trato. Contigo. Con Noruega.

Harry alzó la vista del folio. Las manecillas del reloj avanzaban a la espalda de Hochner. Ya habían pasado tres minutos. Algo le decía que no le permitirían agotar el tiempo acordado.

– ¿Qué clase de trato?

– ¿Está enchufado el micrófono? -dijo Hochner entre dientes.

– ¿Qué clase de trato?

Hochner alzó los ojos, inquisitivo. Después se inclinó por encima de la mesa y susurró apresuradamente:

– Los crímenes de los que me acusan se castigan con la pena de muerte en Suráfrica. ¿Entiendes adónde quiero ir a parar?

– Puede ser. Continúa.

– Puedo contarte algunas cosas del hombre de Oslo si tú me garantizas que tu gobierno le pedirá mi indulto a este gobierno de negros. Porque yo os habré ayudado, ¿verdad? Vuestra primera ministra estuvo aquí; ella y Mandela andaban por ahí dándose abrazos. A los caciques del CNA que gobiernan ahora les gusta Noruega. Vosotros los apoyáis, nos boicoteasteis cuando los comunistas negros así lo quisieron. A vosotros os escucharán, ¿comprendes?

– ¿Por qué no puedes hacer ese trato ayudando a la policía de aquí?

– ¡Joder! -El puño de Hochner cayó sobre la mesa de modo que el cenicero saltó por los aires y las colillas cayeron al suelo-. ¿Es que no entiendes nada, poli de mierda? Ellos creen que he matado a niños negros.

Se aferraba con ambas manos al borde de la mesa y miraba a Harry con los ojos desorbitados. Hasta que su rostro pareció desinflarse, se vino abajo, como un balón pinchado y lo ocultó entre ambas manos.

– Ellos sólo quieren verme colgado, ¿no es así?

Se oyó un terrible sollozo. Harry lo observaba. A saber cuántas horas aquellos dos policías habrían tenido a Hochner despierto en los interrogatorios, antes de que él llegase. Respiró hondo y se inclinó sobre la mesa, tomó el micrófono con una mano mientras lo desconectaba con la otra.

– Deal, Hochner. Nos quedan diez segundos. ¿Quién es Urías?

Hochner lo miraba entre sus dedos.

– ¿Qué?

– Rápido, Hochner, no tardarán en entrar.

– Es… es un viejo, seguro que pasa de los setenta. Yo sólo lo vi una vez, en la entrega.

– ¿Cómo es?

– Viejo, ya te digo…

– ¡Dame una descripción!

– Llevaba abrigo y sombrero. Y fue en plena noche en un almacén de contenedores mal iluminado. Ojos azules, creo, estatura mediana…, en fin.

– ¿De qué hablasteis? ¡Rápido!

– De todo un poco. Al principio hablamos en inglés, pero cambiamos cuando se enteró de que yo hablaba alemán. Le conté que mis padres eran de Lesas. Y él me dijo que había estado allí una vez, en una ciudad llamada Sennheim.

– ¿Cuál es su misión?

– No lo sé. Pero es un aficionado. Hablaba mucho y cuando le di el rifle me dijo que era la primera vez en más de cincuenta años que sostenía un arma en sus manos. Me dijo que odia…

En ese momento se abrió la puerta de la sala.

– ¿Que odia qué? -gritó Harry.

Al mismo tiempo, sintió un puño que le apretaba la clavícula. Una voz masculló en su oído:

– ¿Qué coño estás haciendo, Harry?

Harry no dejó de mirar a Hochner mientras ellos se lo llevaban arrastrando hacia la puerta. Hochner tenía la mirada vidriosa y las venas del cuello a flor de piel. Harry veía que estaba diciendo algo, pero no pudo oírlo.

Y la puerta se cerró en sus narices.

Harry se frotaba la nuca mientras Esaias lo conducía al aeropuerto. Tras unos veinte minutos de trayecto, Esaias rompió el silencio.

– Llevamos seis años trabajando en este caso. La lista de entregas de armas abarca más de veinte países. Y en todo momento nos ha preocupado precisamente lo que ha ocurrido hoy, que alguien viniese a tentarlo con ayuda diplomática para obtener información.

Harry se encogió de hombros.

– ¿Y qué pasa? Vosotros lo habéis atrapado y habéis hecho vuestro trabajo, Esaias, no tenéis más que recoger las medallas. Los acuerdos a los que cualquiera llegue con Hochner y con el gobierno no son cosa vuestra.

– Eres policía, Harry, sabes lo que se siente al ver libre a un criminal, a gente que sacrifica vidas humanas sin pestañear y que sabes que lo retomarán donde lo dejaron tan pronto como se vean otra vez en la calle.

Harry no respondió.

– ¿Lo sabes, verdad? Estupendo. Pues entonces, tengo una propuesta que hacerte. Parece que obtuviste tu parte del trato con Hochner. Lo que significa que tú eliges si cumplir la suya o no cumplirla. Understand?

– Yo sólo hago mi trabajo, Esaias, y Hochner puede serme útil más adelante, como testigo. Lo siento.

Esaias aporreó el volante con tal fuerza que Harry dio un respingo.

– Déjame decirte algo, Harry. Antes de las elecciones de 1994, mientras aún nos gobernaba la minoría blanca, Hochner disparó contra dos niñas negras, ambas de once años, desde un depósito de agua que había a las afueras del jardín del colegio, en un township negro llamado Alexandra. Creemos que detrás del crimen había alguien del Afrikaner Volkswag, el partido del apartheid. Se trataba de un colegio controvertido, pues asistían a él tres alumnos blancos. Utilizó balas Singapore, del mismo tipo que las empleadas en Bosnia. Se abren a los cien metros y perforan como un taladro todo lo que encuentran. A las dos las alcanzó en la garganta así que, por una vez, no tuvo la menor importancia que la ambulancia llegase, como de costumbre en los barrios negros, una hora después de haber llamado.

Harry no respondió.

– Pero te equivocas si crees que es venganza lo que buscarnos, Harry. Ya sabemos que no es posible construir una sociedad sobre la base de la venganza. De ahí que el primer gobierno negro mayoritario instituyese una comisión para esclarecer los abusos cometidos durante la época del apartheid. No se trata de venganza, sino de reconocimiento y perdón. Eso ha curado muchas heridas y sólo le ha reportado beneficios a la sociedad. Pero, al mismo tiempo, estamos perdiendo la batalla contra el crimen, y en especial aquí en «Joeburg», donde las cosas están totalmente fuera de control. Somos una nación joven y vulnerable, Harry, y si queremos progresar, hemos de demostrar que la ley y el orden son importantes, que el crimen no puede recurrir al pretexto del caos. Todos recuerdan los asesinatos de 1994, todos siguen el caso en la prensa. De ahí que esto sea más importante que tu agenda personal, o que la mía, Harry. -Cerró el puño y volvió a golpear el volante-. No se trata de convertirnos en jueces sobre la vida y la muerte, sino de devolverle a la gente corriente la fe en la justicia. Y a veces, es necesaria la pena de muerte para conseguirlo.

Harry sacó un cigarrillo del paquete, abrió un poco la ventanilla y contempló los montículos de residuos de las minas, que rompían la monotonía del paisaje reseco.

– En fin, Harry, ¿qué me dices?

– Que si no aceleras, voy a perder el avión, Esaias.

Esaias volvió a aporrear el volante con tal violencia que a Harry le sorprendió que el eje lo aguantase.

Capítulo 33

PARQUE ZOOLÓGICO LAINZER, VIENA

27 de Junio de 1944

Helena estaba sola en el asiento trasero del Mercedes negro de André Brockhard. El coche se deslizaba despacio entre los castaños de altas copas que flanqueaban el camino. Iban a los establos del parque zoológico Lainzer.

Contemplaba los verdes claros. Tras el vehículo se alzó un remolino de polvo del piso de gravilla reseco, e incluso con la ventanilla abierta, hacía un calor insoportable en el interior del coche.

Una manada de caballos que pacían a la sombra, donde comenzaba el hayedo, alzaron la cabeza al paso del coche.

Helena adoraba el parque Lainzer. Antes de que estallase la guerra, pasaba muchos domingos en aquella inmensa zona boscosa al sur de Wienerwald, de picnic con sus padres, sus tíos y tías, o dando un paseo a caballo con sus amigos.

Se había preparado mentalmente para cualquier cosa cuando, aquella mañana, la gobernanta del hospital le había avisado de que André Brockhard quería tener una conversación con ella y que enviaría un coche a buscarla durante la mañana. Desde que recibió la recomendación de la dirección del hospital, junto con el permiso de salida, estaba encantada, y lo primero que pensó fue que aprovecharía la ocasión para darle las gracias al padre de Christopher por haber intervenido en su ayuda. Lo segundo que pensó fue que no era verosímil que André Brockhard la hubiese convocado para que ella tuviese oportunidad de darle las gracias.

«Tranquila, Helena -se decía-. Ahora ya no pueden pararnos. Mañana temprano estaremos lejos de aquí.»

El día anterior había preparado dos maletas con ropa y sus objetos personales más queridos. El crucifijo que colgaba sobre el cabecero de la cama fue lo último que guardó. La caja de música que le había regalado su padre seguía en el tocador. Objetos de los que nunca creyó que se separaría voluntariamente, y que, por extraño que pudiese parecer, no tenían ya mucho significado para ella. Beatrice le había ayudado y habían hablado de los viejos tiempos mientras escuchaban los pasos de la madre, que trajinaba en la planta baja. Sería una despedida dura y triste. Pero en esos momentos, ella sólo se regocijaba ante la perspectiva de aquella tarde. Urías se había quejado de que era una vergüenza no haber visto nada de Viena antes de marcharse, de modo que la invitó a cenar fuera. Helena no sabía dónde, pues él le había lanzado un guiño misterioso por respuesta y le había preguntado si creía que podrían tomar prestado el coche del guarda forestal.

– Ya hemos llegado, Fräulein Lang -dijo el chófer al tiempo que señalaba al final del camino, donde el paseo terminaba ante una fuente.

En medio del agua, un Cupido dorado hacía equilibrio sobre un pie en la cima de una esfera de esteatita. Detrás de la fuente se alzaba una casa señorial construida en piedra gris. A cada lado de la casa había sendos edificios de madera pintada de rojo, alargados y de techo bajo, que junto con una pequeña construcción de piedra delimitaban un jardín situado detrás del edificio principal.

El chófer detuvo el coche, salió y le abrió la puerta a Helena.

André Brockhard estaba ante la puerta de la casa y se les acercó. Sus botas de montar brillaban relucientes al sol. Brockhard tenía algo más de cincuenta años pero caminaba con la agilidad de un joven. Puesto que hacía calor, se había desabotonado la chaqueta de lana roja, consciente de que así luciría mejor su atlético torso. Los pantalones de montar se ajustaban a sus musculosas piernas. El señor Brockhard no podía parecerse menos a su hijo.

– ¡Helena!

La saludó con una voz tan sincera y cálida como suelen usar los hombres que se saben capaces de decidir cuándo una situación ha de ser sincera y cálida. Hacía mucho tiempo que ella no lo veía, pero a Helena le pareció que tenía el mismo aspecto de siempre: el cabello blanco, la frente despejada y un par de ojos azules que la miraban desde ambos lados de una gran nariz majestuosa. La boca, en forma de corazón, desvelaba cierta dulzura de carácter, aunque éste era un rasgo que muchos no habían experimentado aún.

– ¿Qué tal está tu madre? Espero no haberme excedido recogiéndote del trabajo de este modo -dijo mientras le daba un breve y seco apretón de manos antes de proseguir, sin esperar respuesta-. Tengo que hablar contigo y me temo que el asunto no puede esperar. Bueno, tú has estado aquí antes -comentó señalando con la mano el conjunto de edificios.

– No -corrigió Helena con una sonrisa.

– ¿Ah, no? Di por supuesto que Christopher te habría traído aquí alguna vez; de jóvenes erais uña y carne.

– Creo que lo engaña su memoria, Herr Brockhard. Christopher y yo nos conocíamos, eso es cierto, pero…

– ¡Vaya, no me digas! En tal caso, te enseñaré esto. Bajemos primero a los establos.

Con delicadeza, le puso la mano en la espalda para conducirla hacia los edificios de madera. La grava crujía bajo sus pies.

– Es triste lo que le ha sucedido a tu padre, Helena. Una verdadera lástima. Me gustaría poder hacer algo por tu madre y por ti.

«Podrías habernos invitado a la cena de Navidad este invierno, como solías», pensó Helena, pero no dijo nada. Además, mejor así, pues no había tenido que sufrir los nervios y el ajetreo de su madre ante la invitación.

– ¡Janjic! -gritó Brockhard a un mozo de cabello negro que, ante el muro soleado, lustraba la montura-. Saca a Venezia.

El mozo entró en los establos mientras Brockhard esperaba dándose ligeros golpes con la fusta en la rodilla al tiempo que subía y bajaba los talones. Helena echó una ojeada al reloj.

– Me temo que no podré quedarme mucho tiempo, Herr Brockhard. Mi guardia…

– No, claro, lo comprendo. Bien, vayamos al grano.

Desde los establos oyeron los relinchos iracundos y el pataleo del caballo contra el suelo de madera.

– Resulta que tu padre y yo hicimos algunos negocios juntos. Antes de la quiebra, claro está.

– Lo sé.

– Ya. Y sabrás también que tu padre tenía muchas deudas. Fue una causa indirecta de que pasara lo que pasó. Quiero decir que esa lamentable… -se detuvo buscando el término adecuado, hasta que lo encontró-… afinidad con los prestamistas judíos resultó muy perjudicial para él.

– ¿Se refiere usted a Joseph Bernstein?

– Ya no recuerdo los nombres de aquellas personas.

– Pues debería: estaba entre sus invitados a la cena de Navidad.

– ¿Joseph Bernstein? -André Brockhard rió, pero su risa no se reflejó en sus ojos-. Debe de hacer ya muchos años.

– La Navidad de 1938. Antes de la guerra.

Brockhard asintió y miró con impaciencia hacia la puerta del establo.

– Tienes buena memoria, Helena. Eso está bien. Christopher debe estar con alguien que tenga buena cabeza. Puesto que él pierde la suya de vez en cuando. Por lo demás, es un buen chico, ya lo verás.

Helena sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza. Allí estaba pasando algo. El señor Brockhard le hablaba como a su futura nuera. Pero, en lugar de invadirle el miedo, fue la cólera lo que se impuso. Cuando volvió a tomar la palabra, ella pretendía hacerlo con voz amable, pero la furia se había adherido a su cuello como una soga, otorgándole un tono duro y metálico:

– No quisiera que hubiera malentendidos, Herr Brockhard.

Brockhard debió de notar el timbre de su voz, pues no quedaba ya, cuando le contestó, ni rastro del gesto cálido con que la había acogido al principio.

– En tal caso, hemos de aclarar esos malentendidos. Quiero que veas esto.

Sacó un documento que tenía en el bolsillo de la chaqueta roja, lo desdobló y se lo dio a leer.

«Bürgschaft», se leía en el encabezado del documento, que parecía un contrato. Helena ojeó el escrito sin comprender la mayoría de lo que allí se decía, salvo que mencionaba la casa de Wienerwald y que los nombres de su padre y de André Brockhard figuraban bajo sus respectivas firmas. La joven lo miró inquisitiva.

– Parece un aval -dijo al fin.

– Es un aval -confirmó él-. Cuando tu padre comprendió que los créditos de los judíos iban a ser anulados y, por tanto, también los suyos, acudió a mí para pedirme que le avalase un crédito considerable para la refinanciación en Alemania. Algo a lo que yo, por desgracia, no tuve la suficiente entereza de negarme. Tu padre era un hombre orgulloso y, para que el aval no pareciese pura beneficencia, insistió en que la casa en la que tú y tu madre vivís ahora sirviese de garantía.

– ¿Por qué del aval y no del préstamo?

Brockhard la miró sorprendido.

– Buena pregunta. La respuesta es que el valor de la casa no era suficiente para cubrir el crédito que necesitaba tu padre.

– Pero la firma de André Brockhard sí era suficiente, ¿no?

El hombre sonrió y se pasó una mano por la nuca, robusta como la de un toro y cubierta de sudor por el calor del sol.

– Bueno, tengo alguna que otra propiedad en Viena.

Aquello era quedarse corto, cuando menos. Todos sabían que André Brockhard tenía grandes paquetes de acciones en las dos principales compañías industriales austríacas. Después de la Anschluss, la ocupación de Hitler en 1938, las compañías habían sustituido la producción de herramientas y maquinaria por la de armamento para las fuerzas del Eje, y Brockhard se había hecho multimillonario. Ahora, Helena acababa de enterarse de que también era propietario de la casa en la que ella vivía. Y sintió un nudo en el estómago.

– Pero no te preocupes, querida Helena -la animó Brockhard recuperando su tono cálido del principio-. No tengo intención de arrebatarle a tu madre la casa, como comprenderás.

El nudo que Helena tenía en el estómago seguía creciendo, pues comprendió que habría podido añadir: «ni tampoco pienso arrebatársela a mi futura nuera».

– ¡Venezia! -exclamó Brockhard.

Helena se volvió hacia la puerta del establo por donde el mozo salía de entre las sombras guiando un caballo de un intenso color blanco. Aunque por su mente cruzaba un torbellino de ideas, aquella visión la hizo olvidarlo todo por un instante. Era el caballo más hermoso que había visto en su vida, como si tuviese ante sí una creación sobrenatural.

– Un lipizzano -explicó Brockhard-. La raza mejor amaestrada del mundo. Importada de España en 1562. por Maximiliano II. Naturalmente, tú y tu madre habréis visto sus exhibiciones en el pueblo, en la Escuela Española de Equitación de Viena.

– Naturalmente.

– Es como un espectáculo de ballet, ¿verdad?

Helena asintió, sin poder apartar la vista del animal.

– Tienen vacaciones de verano hasta finales de agosto aquí en el parque. Por desgracia, nadie salvo los jinetes de la Escuela Española pueden montarlos. Un jinete inexperto podría hacerlos adquirir malas costumbres y echar por tierra años de entrenamiento.

El caballo estaba ensillado. Brockhard tomó las riendas y el mozo se hizo a un lado. El animal estaba totalmente inmóvil.

– Hay quien dice que es una crueldad enseñar a los caballos a danzar, que el animal sufre al tener que hacer cosas que van contra su naturaleza. Pero quienes así piensan, no han visto entrenar a estos caballos. Yo, en cambio, sí los he visto. Y, créeme, les encanta. ¿Sabes por qué?

Calló un instante durante el cual acarició el hocico del animal.

– Porque obedece al orden de la naturaleza. Dios, en su sabiduría, ha organizado el mundo de modo que las criaturas inferiores sean más felices cuando pueden servir y obedecer a las superiores. No hay más que observar la relación entre niños y adultos. O entre hombre y mujer. Incluso en los llamados países democráticos, los débiles ceden voluntariamente el poder a la elite, más fuerte e inteligente que ellos mismos. Así son las cosas. Y, puesto que todos somos criaturas de Dios, es responsabilidad de todo ser superior procurar que los inferiores se sometan.

– ¿Para que puedan ser felices?

– Exacto, Helena. Eres muy inteligente, para ser una… mujer tan joven.

Helena no habría sabido decir en cuál de las dos últimas palabras había puesto más énfasis.

– Es importante saber cuál es nuestro lugar, tanto para unos como para otros. Si oponemos resistencia, nunca seremos felices a la larga.

Palmeó el cuello de Venezia mientras contemplaba los grandes ojos castaños del animal.

– Tú no eres de los que oponen resistencia, ¿verdad?

Helena sabía que era a ella a quien dirigía la pregunta, y cerró los ojos al tiempo que intentaba respirar hondo, con ritmo pausado. Comprendía que lo que dijese en aquel momento podía resultar decisivo para el resto de su vida, que no podía permitirse ceder a la ira del momento.

– ¿Verdad?

De repente, Venezia relinchó y cabeceó hacia un lado, de modo que Brockhard resbaló sobre la gravilla, perdió el equilibrio y quedó suspendido de las riendas bajo el cuello del caballo. El mozo acudió corriendo pero, antes de que llegase, Brockhard ya había conseguido ponerse de pie, con el rostro enrojecido y sudoroso por el esfuerzo, y despachó airado al muchacho. Helena no pudo contener una sonrisa que, probablemente, no le pasó desapercibida a Brockhard. El hombre alzó la fusta contra el caballo, pero se contuvo y la bajó de nuevo. Pronunció en silencio, con sus labios en forma de corazón, un par de palabras que divirtieron aún más a Helena. Y entonces se acercó hasta ella, con la mano solícita de nuevo en su espalda:

– Bien, ya hemos visto bastante y tienes un trabajo que atender, Helena. Permíteme que te acompañe hasta el coche.

Se detuvieron junto a la escalera mientras el chófer se sentaba al volante para conducir el vehículo hasta donde ellos estaban.

– Espero y cuento con que te veremos por aquí muy pronto, Helena -le dijo al tiempo que le estrechaba la mano-. Por cierto que mi esposa me pidió que te diese saludos para tu madre. Creo incluso que dijo que quería invitaros a cenar una noche de éstas. No recuerdo cuándo dijo, pero ya os avisará.

Helena aguardó a que el chófer le hubiese abierto la puerta, antes de preguntar:

– ¿Sabe usted por qué el caballo amaestrado estuvo a punto de derribarlo, Herr Brockhard? -La joven vio cómo la calidez de sus ojos volvía a enfriarse-. Porque lo miró directamente a los ojos, Herr Brockhard. Los caballos interpretan la mirada directa como un desafío, como un indicio de que no se los respeta, ni se respeta su rango en la manada. Puesto que no soporta la mirada directa, puede reaccionar rebelándose, por ejemplo. Y sin respeto, tampoco se dejan amaestrar, con independencia de cuan superior sea su especie, Herr Brockhard. Cualquier domador de animales puede decírselo, señor. Hay especies para las que resulta intolerable que no se las respete. En el altiplano de Argentina hay una especie de caballo salvaje que se arroja por el precipicio más cercano antes de consentir que la monte un ser humano. Adiós, Herr Brockhard.

Helena volvió a sentarse en el asiento trasero del Mercedes y respiró temblorosa cuando la puerta del coche se cerró suavemente. Mientras recorrían el paseo del parque Lamzer, cerró los ojos y recreó la figura petrificada de André Brockhard perdiéndose a sus espaldas, en la polvareda.

Capítulo 34

VIENA

28 de Junio de 1944

– Buenas noches, meine Herrschaften. [17]

El pequeño y escuálido maître hizo una profunda reverencia mientras Helena pellizcaba en el brazo a Urías, que no pudo evitar reírse. No habían dejado de reír en todo el camino desde el hospital, a causa del caos que habían originado. En efecto, al comprobar que Urías era un pésimo conductor, Helena le exigió que detuviese el coche cada vez que se encontrasen con otro vehículo en la angosta carretera hacia Hauptstrasse.

Pero, en lugar de seguir su sugerencia, Urías se puso a tocar la bocina, con lo que los coches con que se iban cruzando se apartaban a un lado de la carretera, cuando no se detenían totalmente. Por suerte, no eran muchos los vehículos que aún circulaban por Viena, así que lograron llegar sanos y salvos a Weihburggasse, en el centro, antes de las siete y media.

El camarero miró fugazmente el uniforme de Urías antes de comprobar el libro de reservas, con el entrecejo fruncido. Helena leía por encima de su hombro. La música de la orquesta apenas se superponía al bullicio de la conversación y las risas que se alzaban bajo las arañas de cristal suspendidas de las arcadas de los techos dorados sustentadas por blancas columnas corintias.

«Así que éste es el restaurante Drei Husaren», se dijo satisfecha. Era como si los tres peldaños de la entrada los hubiesen trasladado como por encanto de una ciudad en guerra a un mundo en que las bombas y demás contratiempos careciesen de importancia. Se decía que Richard Strauss y Arnold Schönberg habían sido clientes habituales de aquel establecimiento, puesto que aquél era el lugar donde se reunían los vieneses adinerados, cultos y tolerantes. Tan tolerantes que a su padre nunca se le había ocurrido llevar allí a la familia.

El encargado carraspeó. Helena notó que los galones de cabo de Urías no lo habían impresionado, aunque puede que sí lo hiciese el extraño nombre extranjero que tenía anotado en el libro de reservas.

– Su mesa está lista. Por aquí, si son tan amables -dijo el hombre al tiempo que tomaba dos cartas, les dedicaba una sonrisa insulsa y se adelantaba por el local, que estaba totalmente lleno.

– Señores -dijo el encargado indicándoles el lugar.

Urías miró a Helena con una sonrisa resignada. Les habían dado una mesa aún por preparar, situada junto a la puerta giratoria de la cocina.

– Su camarero vendrá enseguida -dijo el maître antes de esfumarse.

Helena miró a su alrededor y se echó a reír:

– ¡Mira! -exclamó-. Ésa era nuestra mesa.

Urías volvió a mirar. Y, en efecto: ante el escenario de la orquesta, un camarero se afanaba en recoger una mesa para dos que tenían preparada.

– Lo siento -se lamentó Urías-. Se me escapó poner el grado de «mayor» delante de mi nombre cuando llamé para reservar. Supongo que confié en que tu belleza compensaría mi falta de galones de oficial.

Ella le tomó la mano y, en ese preciso momento, la orquesta comenzó a entonar un csardas.

– Tocan para nosotros -dijo Urías.

– Es posible -dijo ella bajando la vista-. Y si no, no importa. La música que estás escuchando es música de gitanos. Es hermosa cuando son los gitanos quienes la interpretan. Pero ¿tú ves alguno por aquí?

Él movió la cabeza, pero sin apartar la vista de ella, estudiando su rostro como si fuese importante grabar en su retina cada rasgo, cada pliegue de su piel, cada cabello.

– Han desaparecido todos. Y los judíos también. ¿Tú crees que son ciertos los rumores?

– ¿Qué rumores?

– Sobre los campos de concentración.

Él se encogió de hombros.

– En tiempos de guerra, circulan todo tipo de rumores. Yo, por mi parte, me sentiría bastante seguro como prisionero de Hitler.

La orquesta empezó a entonar una pieza a tres voces en una lengua extranjera, y algunos de los huéspedes corearon la canción.

– ¿Qué es eso? -preguntó Urías.

– Un Verbunkos -aclaró Helena-. Una especie de canción militar, igual que la canción noruega que me cantaste en el tren. Los compusieron para reclutar jóvenes húngaros para las guerras de los Rákóczi. ¿De qué te ríes?

– De todas las cosas raras que sabes. ¿Entiendes lo que cantan?

– Un poco. ¡Deja de reír! -le recriminó ella con una sonrisa-. Beatrice es húngara y ella solía cantarme, así que aprendí alguna que otra palabra en húngaro. Trata de héroes olvidados y de ideales y cosas así.

– Olvidados -repitió él tomando su mano-. Igual que lo será un día esta guerra.

El camarero se había acercado a la mesa sin que ellos lo notasen, y carraspeó discretamente para que advirtiesen su presencia.

– ¿Desean pedir ya, meine Herrschaften?

– Sí -dijo Urías-. ¿Qué nos recomienda hoy?

– Hähnchen.

– ¿Pollo? Suena bien. Quizá pueda usted elegirnos un buen vino, ¿verdad Helena?

Los ojos de Helena recorrían la carta.

– ¿Por qué no figuran los precios?

– La guerra, Fräulein. Cambian de un día para otro.

– ¿Y cuánto cuesta el pollo?

– Cincuenta chelines.

Helena vio palidecer a Urías por el rabillo del ojo.

– Sopa gulasch -declaró la joven-. No hace mucho que hemos comido y tengo entendido que aquí son expertos en platos húngaros. ¿No quieres probarla, Urías? Cenar dos veces al día no es nada saludable.

– Yo… -comenzó Urías.

– Y un vino ligero -lo interrumpió Helena.

– ¿Dos sopas gulasch y un vino ligero? -preguntó el camarero enarcando una ceja.

– Creo que me ha entendido perfectamente, camarero -dijo Helena con una esplendorosa sonrisa.

Los dos jóvenes no dejaron de mirarse hasta que el camarero hubo desaparecido por la puerta de la cocina, y se echaron a reír.

– ¡Estás loca! -la acusó él entre risas.

– ¿Yo? ¡No he sido yo quien te ha invitado al Drei Elusaren con menos de cincuenta chelines en el bolsillo!

Urías sacó un pañuelo del bolsillo y se inclinó hacia ella.

– ¿Sabe usted una cosa, Fräulein Lang? -dijo mientras le secaba las lágrimas que le habían provocado tantas risas-. La amo. La amo sinceramente.

En ese preciso instante, sonó la alarma.

Cuando Helena evocaba aquella noche, se veía siempre obligada a preguntarse hasta qué punto la rememoraba como había sido, si las bombas cayeron tan seguidas como ella lo recordaba, si después, cuando entraron en la nave central de la catedral de San Esteban, todos se volvieron de verdad a mirar… Pero aunque la última noche que pasaron juntos en Viena quedase envuelta en un velo de irrealidad, su corazón se sentía reconfortado con su recuerdo en los fríos días de invierno. Y cuando pensaba en ese mismo instante de aquella noche de verano, había días que reía y días que lloraba, sin saber por qué.

Cuando sonó la alarma, el ruido cesó de inmediato. Por un segundo, todo el restaurante quedó como en una foto fija, todos quietos y en silencio, hasta que se oyeron las primeras maldiciones que retumbaron bajo los dorados techos del establecimiento.

– Hunde!

– Schesse! ¡Si no son más que las ocho!

Urías meneó la cabeza.

– Los ingleses deben de estar locos -comentó-. Ni siquiera ha anochecido aún.

De repente, todos los camareros corrían de una mesa a otra mientras el maître les gritaba las instrucciones.

– ¡Fíjate! -observó Helena-. Es posible que el restaurante quede en ruinas dentro de unos minutos, y lo único en lo que piensan es en cobrar las notas de todos los comensales antes de que se marchen.

Un hombre con un traje oscuro saltó al escenario, donde los miembros de la orquesta ya recogían sus instrumentos.

– ¡Escuchen! -dijo a voz en grito-. Rogamos a todos aquellos que hayan pagado que se dirijan al refugio más próximo, que se encuentra en el subterráneo de Weihburggasse 20. Por favor, vayan en silencio y presten atención. Cuando salgan, giren a la derecha y caminen unos doscientos metros calle abajo. Busquen a los hombres que llevan brazalete rojo, ellos les indicarán adonde tienen que dirigirse. Y tómenselo con calma, aún tienen tiempo hasta que lleguen los aviones.

En ese mismo instante se oyó el estruendo del primer bombardeo. El hombre que hablaba desde el escenario intentaba decir algo más, pero las voces y los gritos del restaurante ahogaron sus palabras y al final abandonó, se persignó, bajó del escenario y desapareció.

La gente se apresuraba hacia la salida, donde ya se agolpaba un montón de personas aterrorizadas. Una mujer gritaba en el guardarropa: «Mein regenschirm!», ¡mi paraguas!, pero no había nadie en el servicio de guardarropa. Un nuevo estruendo, más cerca en esta ocasión. Helena miró la mesa vecina abandonada, donde dos copas medio vacías tintineaban una contra otra debido a las vibraciones de la sala, emitiendo un sonido como un canto a dos voces. Dos mujeres jóvenes transportaban a un hombre muy borracho, grande como una morsa, hacia la puerta de salida. Llevaba la camisa por fuera y tenía una sonrisa bobalicona.

En no más de dos minutos, el local quedó totalmente vacío y una extraña calma se adueñó del lugar. Lo único que se oía era un leve sollozo procedente del guardarropa, donde la mujer había dejado de gritar pidiendo su paraguas y, rendida, apoyaba la frente sobre el mostrador. Los platos seguían medio vacíos sobre los manteles blancos, al igual que las botellas abiertas. Urías sostenía la mano de Helena. Un nuevo estruendo hizo vibrar las arañas de cristal despertando de su letargo a la mujer del guardarropa, que echó a correr entre gritos.

– Al fin solos -dijo Urías.

La tierra se estremeció bajo sus pies y un montón de partículas doradas llovieron del techo centelleando en el aire. Urías se levantó y le tendió el brazo.

– Nuestra mejor mesa acaba de quedar libre, Fräulein. Si me permite…

Ella tomó su brazo, se levantó y avanzó hacia el escenario. Apenas si percibió el penetrante silbido. El fragor de la explosión fue ensordecedor e hizo que el polvo quedara suspendido en el aire, como una tormenta de arena procedente de las paredes, abriendo incluso las ventanas que daban a la calle Weihburggasse. Se produjo un apagón.

Urías encendió las velas del candelabro que había en la mesa, acercó una silla, tomó una servilleta entre el pulgar y el índice, y la desplegó en el aire para después dejarla aterrizar en el regazo de Helena.

– Hähnchen und Prädikatswein? [18] -preguntó mientras retiraba discretamente los restos de cristal que había esparcidos sobre la mesa, los platos y el cabello de Helena.

Tal vez fuesen las velas y el polvo dorado que brillaba en el aire mientras fuera caía la noche, tal vez el aire refrescante que entraba por las ventanas abiertas ofreciéndoles un respiro en el caluroso estío. O tal vez fuese tan sólo su propio corazón, la sangre que parecía precipitarse por sus venas para vivir aquel instante con más intensidad. Porque ella lo recordaba con música, pero no era posible, pues la orquesta ya se había marchado. ¿Habría sido la música sólo un sueño?

Muchos años después, cuando estaba a punto de tener a su hija, cayó en la cuenta, por casualidad, de qué fue lo que la hizo pensar en aquella música imposible. Sobre la cuna recién comprada, el padre de su hija había colgado un juguete con bolas de cristal de distintos colores, y una noche en que lo vio agitarlo, ella reconoció enseguida la música. Y comprendió.

Habían sido las grandes arañas de cristal del restaurante Drei Husaren las que habían tocado para ellos. Un hermoso tañer como de campanas mientras ellos se mecían al ritmo de las sacudidas de la tierra y Urías entraba en la cocina y salía con una fuente de Salzburger Nockerl y tres botellas de Heuriger de la bodega, donde encontró a uno de los camareros sentado en un rincón con una botella en la mano. El hombre no hizo nada por detener a Urías, sino que, al contrario, asintió animándolo cuando él le mostró las botellas que había elegido.

Después, dejó sus cuarenta chelines bajo el candelabro y ambos salieron a la cálida noche de junio.

En Weihburgasse reinaba el más completo silencio, pero el aire estaba cargado del olor a humo, polvo y tierra.

– Demos un paseo -propuso Urías.

Sin que ninguno de los dos hiciese el menor comentario sobre hacia dónde irían, giraron a la derecha por la calle Kärntner y, de pronto, se vieron en una plaza de San Esteban totalmente desolada.

– ¡Dios santo! -exclamó Urías.

La enorme catedral que tenían ante sí se alzaba imponente en la madrugada.

– ¿Es la catedral de San Esteban? -preguntó atónito,

– Sí.

Helena miró hacia arriba y siguió con la vista la Südturm, la altísima aguja que se elevaba alta hacia un cielo donde empezaban a brillar las primeras estrellas.

Lo siguiente que recordaba Helena era la imagen de ellos dos dentro de la catedral, las caras pálidas de la gente que había buscado refugio allí, el sonido del llanto de los niños y de la música del órgano. Avanzaron hacia el altar, cogidos del brazo, ¿o tal vez también fuese aquello un sueño? ¿No había sucedido aquello, no la había abrazado y le había dicho de repente que ella tenía que ser suya, y que ella le había susurrado que «sí, sí, sí», mientras la gran nave de la iglesia se adueñaba de sus palabras y las elevaba hacia la amplia cúpula, hacia la imagen de la paloma y el crucificado, y que allí esas palabras se repetían una y otra vez hasta que parecía que tenían que ser ciertas? Hubiese ocurrido o no, aquellas palabras fueron más ciertas que las que había estado meditando desde su conversación con André Brockhard:

– No puedo irme contigo.

Eso también lo dijo, pero ¿cuándo? ¿dónde?

Ella se lo había dicho a su madre aquella misma tarde, que no se marcharía; pero no llegó a explicarle la razón. La mujer había intentado consolarla, pero Helena no soportaba su voz, su tono chillón y autosuficiente, y se encerró en el dormitorio. Entonces llegó Urías, llamó a la puerta y ella decidió dejar de pensar, abandonarse sin temor, sin imaginar nada más que un abismo infinito. Puede que él se hubiese percatado de ello en cuanto ella le abrió la puerta, tal vez hubiesen alcanzado un acuerdo tácito allí mismo, en el umbral, un acuerdo según el cual vivirían el resto de sus vidas de las horas que les quedaban hasta que partiese el tren.

– No puedo irme contigo.

El nombre de André Brockhard le había dejado un sabor a hiél en la lengua. Ella lo escupió. También le contó todo lo demás: el documento del aval, el riesgo que corría su madre de quedarse en la calle, la imposibilidad de su padre de volver a una vida decente, Beatrice, que no tenía ninguna familia a la que acudir. Sí, lo dijo todo, pero ¿cuándo? ¿Se lo había dicho allí, en la catedral? ¿O después, cuando recorrieron las calles hasta llegar a Filharmonikerstrasse, cuyas aceras aparecían cubiertas de cascotes y de vidrios rotos?

Las llamas rojizas que salían por las ventanas del viejo edificio de la pastelería les iluminaron el camino cuando entraron corriendo en la suntuosa recepción del hotel, ahora desierto y sumido en la oscuridad. Encendieron una cerilla, tomaron una llave cualquiera de las que colgaban en la pared y subieron a toda prisa las escaleras, cuya moqueta era tan gruesa que amortiguaba el menor ruido, y pudieron avanzar como espectros revoloteando por los pasillos en busca de la habitación 342. Una vez allí, fueron arrancándose la ropa abrazados, como si estuviese también en llamas, y luego, cuando el aliento de él le quemaba la piel, ella lo arañó hasta que brotó la sangre para, después, besarle las heridas. Helena repitió sus palabras hasta que empezaron a sonar como un conjuro: «No puedo irme contigo».

Cuando volvió a sonar la alarma, anunciando que el bombardeo había terminado por esta vez, vio que estaban abrazados sobre las sábanas ensangrentadas y no podía dejar de llorar.

Después, todo se confundió en un torbellino de cuerpos, sueño y ensoñaciones. No sabía cuándo habían estado haciendo el amor de verdad y cuándo había sido un sueño. La despertó a media noche el ruido de la lluvia y la intuición instintiva de que él se había marchado; se dirigió a la ventana y contempló la calle, que la lluvia limpiaba de los restos de tierra y cenizas.

El agua corría por las aceras y un paraguas abierto y sin dueño planeaba en dirección al Danubio. Volvió a la cama y se tumbó de nuevo. Cuando despertó, ya era de día, las calles estaban secas y él estaba a su lado conteniendo la respiración. Helena miró el reloj que había sobre la mesilla de noche. Aún faltaban dos horas para que saliera el tren. Le acarició la frente.

– ¿Por qué no respiras? -le susurró.

– Acabo de despertar. Tú tampoco respiras.

Ella se acurrucó muy cerca de su cuerpo desnudo pero cálido y sudoroso.

– Entonces, estaremos muertos.

– Sí -contestó él.

– Antes no estabas.

– Así es.

Lo sintió estremecerse.

– Pero ya has vuelto -constató Helena.

Parte IV. EL PURGATORIO

Capítulo 35

MUELLE DE CONTENEDORES DE BJØRVIKA

29 de Febrero de 2000

Harry aparcó a un lado de un barracón prefabricado Moelven, en el único lugar en pendiente que encontró en la zona casi totalmente plana del muelle de Bjørvika. Una repentina subida de la temperatura había derretido la nieve, el sol brillaba y, simplemente, hacía un día precioso. Fue caminando entre los contenedores apilados unos sobre otros como piezas de lego gigantes que, expuestas al sol, proyectaban grandes sombras recortadas sobre el asfalto. Las letras y los signos escritos sobre ellos indicaban que procedían de tierras remotas como Taiwan, Buenos Aires y Ciudad del Cabo. Harry cerró los ojos, de pie al borde del muelle, y se imaginó en esos lugares mientras inspiraba la mezcla de agua salada, diesel y brea calentada por el sol. Justo cuando volvió a abrirlos, el barco danés entró en su campo de visión. Parecía un gran frigorífico. Un frigorífico que transportase a las mismas personas de un lado a otro, en un tránsito de absurdo pasatiempo.

Sabía que era demasiado tarde para encontrar el rastro del encuentro entre Hochner y Urías, ni siquiera era seguro que se hubiese producido en aquel muelle de contenedores. Podían haberse visto en Filipstad. Sin embargo, él había acudido allí con la esperanza de que el lugar le dijese algo, de que le diese el empujón que su fantasía necesitaba.

Le dio una patada a un neumático que sobresalía del borde del muelle. Tal vez debería haberse comprado un barco, para poder llevar de paseo en verano a su padre y a Søs.

Su padre necesitaba salir, aquel hombre tan sociable se había convertido en un ser solitario desde la muerte de su madre hacía ya ocho años. Y Søs no se desenvolvía bien sola, aunque resultase fácil olvidar que tenía síndrome de Down.

Un pájaro se zambulló entusiasmado entre dos contenedores. El herrerillo era capaz de volar a una velocidad de 2.8 kilómetros por hora. Se lo había dicho Ellen. El pato silvestre a 72. Los dos se las arreglaban más o menos igual de bien. No, Søs no era el problema. Su padre, en cambio, le preocupaba más.

Harry intentó concentrarse. Había escrito en el informe todo lo que Hochner le había dicho, palabra por palabra, pero ahora se esforzaba por rememorar su rostro, por ver si detectaba en su expresión qué era lo que no había dicho. ¿Qué aspecto tenía Urías? No fue mucho lo que Hochner alcanzó a decir, pero cuando uno se dispone a describir a alguien, comienza generalmente por lo más llamativo de su persona, por aquello que es distinto. Y lo primero que Hochner había dicho de Urías era que tenía los ojos azules. A menos que Hochner pensase que tener los ojos azules era algo extraordinario, aquello podría indicar que Urías no sufría ninguna minusvalía evidente y que no hablaba ni caminaba de un modo especial. Hablaba tanto alemán como inglés y había estado en algún lugar de Alemania llamado Sennheim. Harry siguió con la mirada el barco danés, que se deslizaba por la superficie rumbo a Drøbak. Era un tipo muy viajado. ¿Habría sido Urías marinero, quizás? Harry había mirado un atlas, incluso uno específicamente de Alemania, pero no había encontrado Sennheim. Tal vez Hochner se lo hubiese inventado. Al parecer no tenía importancia.

Hochner le había dicho que Urías sentía odio. De modo que tal vez fuese cierto lo que ellos habían supuesto, que la persona que buscaban tenía un motivo personal. Pero ¿qué era lo que odiaba?

El sol se perdió tras la isla de Hovedøya y la brisa del fiordo de Oslo no tardó en resultar gélida. Harry se envolvió mejor en el abrigo y empezó a caminar en dirección al coche. Y aquel medio millón de coronas…, ¿lo habría recibido Urías de quien lo contrató o se trataría de una carrera en solitario financiada con su propio dinero?

Sacó el móvil, un Nokia diminuto que no tenía más de dos semanas. Se había resistido durante mucho tiempo, pero Ellen terminó por convencerlo de que debía comprarse uno nuevo.

Harry marcó su número.

– Hola, Ellen, soy Harry. ¿Estás sola? De acuerdo. Verás, quiero que te concentres. Vamos a jugar un poco. ¿Estás lista?

Ya habían hecho aquello muchas veces. «El juego» consistía en que él le proporcionaba claves, ninguna información básica, ninguna indicación de dónde se había atascado él, tan sólo breves fragmentos de información de una a cinco palabras en orden aleatorio. Con el tiempo, habían desarrollado el método. La regla más importante era que debía haber un mínimo de cinco fragmentos, pero nunca más de diez. La idea se le había ocurrido a Harry, después de haberse apostado con Ellen una guardia nocturna cuando ella aseguró que era capaz de recordar la posición de las cartas de un castillo formado con una baraja después de haberlas estado observando durante tan sólo dos minutos, es decir, diez segundos por carta. Perdió tres noches de guardia hasta que se dio por vencido. Después, ella le desveló cuál era el método que utilizaba para recordar. No pensaba en las cartas como tales, sino que, de antemano, las había asociado a distintas personas o sucesos y, a medida que iban apareciendo las cartas, iba confeccionando una historia con sus asociaciones. Él había intentado utilizar en el trabajo su capacidad combinatoria. Y, en algunas ocasiones, el resultado había sido espectacular.

– Hombre, setenta años -dijo Harry despacio-. Noruego. Medio millón de coronas. Amargado. Ojos azules. Rifle Märklin. Habla alemán. Sin defectos físicos. Contrabando de armas en muelle de carga. Prácticas de tiro en Skien. Eso es todo.

Se sentó en el coche.

– ¿Nada? Lo suponía. En fin. Pensé que valía la pena intentarlo. Gracias de todos modos. Hasta luego.

Harry había llegado al cruce que había antes del edificio de Correos cuando, de repente, recordó algo más y volvió a llamar.

– ¿Ellen? Soy yo otra vez. Oye, se me había olvidado una cosa. ¿Estás ahí? Lleva cincuenta años sin tocar un arma. Lo repito. Lleva cincuenta años sin…, sí, ya lo sé, son más de cuatro palabras. ¿Nada? ¡Mierda!, ya se me ha pasado la salida que tenía que coger. Bueno, luego hablamos, Ellen.

Dejó el móvil en el asiento del acompañante y se concentró en la conducción. Acababa de salir de la rotonda cuando sonó el móvil.

– Aquí Harry. ¿Cómo? ¿Cómo se te ha podido ocurrir una cosa así? Vale, no te enfades, Ellen, de vez en cuando se me olvida que no sabes lo que sucede en tu propia pelota. En tu cerebro. Tu brillante, maravilloso y gran cerebro, Ellen. Y, sí, ahora que lo dices, es obvio. Gracias.

Colgó el auricular y recordó que aún le debía aquellas tres noches de guardia que perdió en la apuesta. Ahora que ya no estaba en el grupo de delitos violentos, tenía que encontrar otro modo de compensarla. Y durante unos tres segundos, estuvo intentando hallar ese otro modo.

Capítulo 36

CALLE IRISVEIEN

1 de Marzo de 2000

Se abrió la puerta y Harry se vio mirando un par de ojos azules en un rostro arrugado.

– Harry Hole, policía -se presentó-. Yo fui quien llamó esta mañana.

– Muy bien.

El anciano llevaba el cabello gris plateado peinado hacia atrás, tenía la frente amplia y despejada y una corbata bajo el batín. Even y Signe Juul, se leía en el buzón que había a la puerta de la casa adosada de color rojo, situada en una tranquila zona residencial del norte de la ciudad.

– Pase, señor Hole.

Tenía la voz firme y sosegada y había algo en su porte que hacía que el profesor Even Juul pareciese más joven de lo que era en realidad. Harry había hecho sus indagaciones y, entre otros datos, había averiguado que el catedrático de historia había participado en la Resistencia. Y, aunque Even Juul estaba jubilado, se le consideraba el máximo experto de Noruega en historia de la Ocupación y del partido Unión Nacional.

Harry se agachó para quitarse los zapatos. En la pared que tenía ante sí se veían viejas fotografías en blanco y negro que colgaban en pequeños marcos. Una de ellas mostraba a una joven vestida de enfermera y otra a un hombre también joven con una bata blanca.

Entraron en la casa, donde un canoso terrier airdale dejó de ladrar y, cumplidor, empezó a olisquear la entrepierna de Harry, antes de ir a tumbarse de nuevo junto a la butaca de Juul.

– He leído alguno de tus artículos sobre el fascismo y el nacionalsocialismo en el diario Dagsavisen.

– ¡Dios santo! ¿De modo que los publican? -preguntó Juul sonriendo.

– Pareces empeñado en ponernos sobre aviso del neonazismo de hoy.

– No pretendo poner sobre aviso a nadie, simplemente, intento señalar algunos paralelismos históricos. El historiador tiene la responsabilidad de desvelar, no de juzgar.

Juul encendió su pipa.

– Muchos creen que lo correcto y lo incorrecto son absolutos. Pero eso no es cierto, sino que van cambiando con el tiempo. El cometido de un historiador consiste, en primer lugar, en encontrar la verdad histórica, lo que dicen las fuentes, y exponerla de forma objetiva y sin pasión. Si los historiadores se aplicasen a juzgar la locura humana, nuestro trabajo terminaría siendo como encontrar fósiles: la huella de la gente bienpensante de cada época.

Una nube de humo azulado ascendió hacia el techo.

– Pero me figuro que no has venido hasta aquí para preguntarme sobre estas cosas, ¿verdad?

– Nos preguntábamos si podrías ayudarnos a encontrar a un hombre.

– Sí, algo me dijiste por teléfono. ¿Quién es ese hombre?

– No lo sabemos. Pero suponemos que tiene los ojos azules, es noruego y tiene más de setenta años. Y habla alemán.

– ¿Y?

– Eso es todo.

Juul se echó a reír.

– Pues sí, imagino que hay bastantes entre los que escoger.

– Sí. Hay ciento cincuenta y ocho mil hombres de más de setenta años en el país y calculo que unos cien mil tienen los ojos azules y hablan alemán.

Juul alzó una ceja. Harry respondió con una sonrisa bobalicona:

– Anuario de estadística. Suelo ojearlo, por entretenimiento.

– Pero ¿por qué creéis que podría ayudaros?

– Parece que este sujeto le ha dicho a otra persona que lleva más de cincuenta años sin tocar un arma. Y yo pensé, es decir, mi colega pensó, que más de cincuenta es más de cincuenta pero menos de sesenta.

– Lógico.

– Sí, es muy…, eh…, muy lógico. Así que supongamos que hace cincuenta y cinco años. Nos retrotraemos entonces a la Segunda Guerra Mundial. Nuestro hombre tiene veinte años y lleva un arma. Todos los noruegos que tenían licencia privada de armas tuvieron que entregárselas a los alemanes, de modo que ¿dónde estaba él entonces?

Harry mostró tres dedos:

– Pues, o bien está en la Resistencia, o ha huido a Inglaterra o se encuentra en el frente luchando con los alemanes. Y habla alemán mejor que inglés, de modo que…

– Que esa colega suya llegó a la conclusión de que debió de servir en el frente -remató Juul.

– Exacto.

Juul chupó su pipa.

– Muchos de los miembros de la Resistencia se vieron obligados a aprender alemán -observó-. Para poder infiltrarse, para las escuchas y demás. Y olvidas que los noruegos se incorporaron a las fuerzas policiales suecas.

– ¿De modo que la conclusión no se sostiene?

– Permíteme que piense un poco en voz alta -propuso Juul-. En torno a unos quince mil noruegos se presentaron como voluntarios para servir en el frente, pero sólo unos siete mil fueron admitidos y pudieron, pues, usar armas. Son muchos más de los que lograron llegar a Inglaterra para ofrecer sus servicios allí. Y, aunque hubo más noruegos en la Resistencia hacia el final de la guerra, tan sólo unos pocos tuvieron oportunidad de empuñar un arma. -Juul sonrió-. Supongamos de forma provisional que tenéis razón. Pero, como es natural, esos voluntarios no aparecen en la guía telefónica como antiguos soldados de las Waffen-SS. Sin embargo, sospecho que vosotros ya tenéis una idea de dónde buscar, ¿cierto?

Harry asintió.

– El archivo de traidores a la patria. Archivados por nombre con la información de los procesos judiciales. Los estuve revisando ayer; tenía la esperanza de que alguno de ellos hubiese muerto, de modo que tuviésemos que trabajar con una cantidad más o menos manejable. Pero me equivoqué.

– Sí, esos cabrones son bastante duros -rió Juul.

– Y por eso te llamamos a ti. Tú conoces el pasado de los soldados del frente alemán mejor que nadie. Quiero que me ayudes a averiguar cómo piensan esos hombres, qué es lo que los mueve.

– Gracias por confiar tanto en mí, Hole, pero yo soy historiador y no sé más que los demás sobre lo que mueve a los individuos. Como sabrás, estuve en la organización militar Milorg, lo que no me capacita precisamente para ponerme en el lugar de un voluntario del frente alemán.

– Pues yo creo que tú sabes bastante de todos modos, Juul.

– ¿Sí?

– Y creo que sabes a qué me refiero. He realizado una meticulosa expedición arqueológica antes de acudir a ti.

Juul volvió a chupar su pipa sin dejar de observar a Harry. En el silencio que se produjo, Harry se percató de que había alguien en la puerta de la sala de estar. Se volvió y vio a una mujer mayor. Observaba a Harry con mirada afable y serena.

– Estamos hablando, Signe -dijo Even Juul.

Ella asintió risueña, sin dejar de mirar a Harry, abrió la boca como para decir algo pero se detuvo cuando se cruzó con la mirada de Juul. Volvió a asentir, cerró la puerta sin hacer ruido y se marchó.

– ¿Así que lo sabes? -preguntó Juul.

– Sí. Ella era enfermera en el frente oriental, ¿verdad?

– En Leningrado. Desde 1942 hasta la retirada de las tropas en 1943 -confirmó dejando a un lado la pipa-. ¿Por qué persiguen a ese hombre?

– Si he de ser sincero, tampoco nosotros lo sabemos. Pero puede tratarse de un atentado.

– Ajá.

– Pero, dime: ¿qué debemos buscar? ¿A un hombre solitario? ¿A un hombre que sigue siendo un nazi convencido? ¿A un delincuente?

Juul negó con un gesto:

– La mayoría de los soldados que lucharon con los alemanes cumplieron sus sentencias y se reinsertaron después en la sociedad. Muchos de ellos se las arreglaron sorprendentemente bien, pese al sambenito de traidores a la patria. Lo que tal vez no sea tan extraño; suele suceder que son las personas con buenos recursos las que se posicionan en situaciones críticas, como la guerra.

– Es decir, que el hombre al que buscamos puede ser una de esas personas que ha triunfado en la vida.

– Por supuesto.

– Un miembro destacado de la sociedad.

– Bueno, creo que se les cerró la puerta a los puestos importantes de la economía y la política.

– Pero puede ser un empresario independiente, fundador de su propia empresa. En cualquier caso, alguien que haya ganado suficiente dinero como para comprar un arma por medio millón de coronas. ¿Quién podría ser su objetivo?

– ¿Tiene que estar necesariamente relacionado con su pasado como soldado del frente alemán?

– Algo me dice que es así.

– ¿Una venganza?

– ¿Tan descabellado te parece?

– No, desde luego que no. Muchos de esos soldados se ven a sí mismos como los auténticos patriotas de los tiempos de la guerra y consideran que ellos, según estaba el mundo en 1940, actuaron movidos por el bien de la nación. El hecho de que los sentenciáramos como traidores fue, según ellos, un error judicial.

– ¿Ah, sí?

Juul se rascó detrás de la oreja.

– A estas alturas, los jueces de aquellos procesos están en su mayoría muertos. Y otro tanto puede decirse de los políticos que posibilitaron los procesos. De modo que la hipótesis de la venganza no se sostiene.

Harry lanzó un suspiro.

– Tienes razón. En fin, lo único que intento es forjarme una idea a partir de las pocas piezas que tengo del rompecabezas.

Juul echó una rápida ojeada al reloj.

– Te prometo que pensaré sobre el asunto pero, sinceramente, no estoy seguro de poder ayudaros.

– Gracias de todos modos -dijo Harry levantándose. Pero entonces recordó un detalle y sacó un montón de folios que llevaba doblados en el bolsillo-. Por cierto, he traído una copia del informe del interrogatorio que le hice al testigo en Johannesburgo. ¿Podrías echarle un vistazo, por si hay algo que te parezca importante?

Juul dijo que sí, pero negó con la cabeza, como si quisiera decir que no.

Cuando Harry, ya en la entrada, hizo ademán de ponerse los zapatos, señaló la fotografía del joven de la bata blanca:

– ¿Eres tú?

– A mediados del siglo pasado, sí -respondió Juul con una sonrisa-. Fue tomada en Alemania, antes de la guerra. Yo iba a seguir los pasos de mi padre y de mi abuelo y empecé a estudiar medicina allí. Al estallar la guerra, volví a Noruega y, cuando me escondía de los alemanes en el bosque, llegaron a mis manos los primeros libros de historia. Después, ya era demasiado tarde: me había hecho adicto.

– ¿Así que abandonaste la medicina?

– Depende de cómo se mire. Yo quería hallar la explicación de cómo un ser humano, una ideología, era capaz de seducir a tanta gente. Y tal vez, por qué no, encontrar el remedio. -Con una sonrisa, añadió-: Yo era joven, muy, muy joven.

Capítulo 37

RESTAURANTE ANNEN ETAGE, HOTEL CONTINENTAL

1 de Marzo de 2000

– Es estupendo que hayamos podido vernos así -dijo Bernt Brandhaug alzando su copa. Los dos brindaron y Aud Hilde sonrió mirando al consejero de Asuntos Exteriores-. Y no sólo en el trabajo -añadió sosteniéndole la mirada hasta que ella bajó la vista. No era guapa, exactamente, tenía los rasgos demasiado grandes y estaba un tanto rellenita. Pero tenía un modo de ser atractivo y coqueto y estaba rellenita como lo está una joven.

La mujer lo había llamado aquella mañana desde la oficina de personal con un asunto que, decía, no sabían bien cómo tratar, pero antes de que hubiese tenido tiempo de explicarle nada más, él la había invitado a subir a su despacho.

Y en cuanto ella se presentó, él decidió que no tenía tiempo y que mejor sería que lo hablasen durante una cena después del trabajo.

– Algún tipo de beneficio complementario teníamos que tener los funcionarios, ¿no? -le dijo Brandhaug.

Ella pensó que probablemente se refería a la cena.

Hasta ahí, todo había ido bien. El maître les había dado la mesa de siempre y, por lo que pudo ver, no había nadie conocido en el local.

– Pues verás, se trataba de ese asunto tan extraño que se nos presentó ayer -dijo la joven, dejando que el maître le pusiera la servilleta en el regazo-. Recibimos la visita de un hombre de edad avanzada que asegura que le debemos dinero. Bueno, que se lo debe el Ministerio de Asuntos Exteriores. Casi dos millones de coronas, dijo, aludiendo a una carta que había enviado en 1970.

La joven alzó la vista al cielo y Brandhaug pensó que debería ponerse menos maquillaje.

– ¿Y no dijo en concepto de qué le debíamos ese dinero?

– Dijo que durante la guerra había sido marino. Tenía algo que ver con Nortraship, la marina mercante noruega, que le había retenido el sueldo.

– ¡Ah, sí! Creo que ya sé de qué se trata. ¿Dijo algo más?

– Que ya no podía seguir esperando. Que lo habíamos traicionado a él y a todos los que fueron marinos durante la guerra. Y que Dios nos juzgaría por nuestros pecados. No sé si es que había bebido o si estaba enfermo pero, en cualquier caso, tenía mal aspecto. Traía una carta firmada por el cónsul general noruego en Bombay, fechada en 1944, y donde, en nombre del Estado noruego, le garantizaba el pago retroactivo de una compensación por riesgo de guerra durante los cuatro años que trabajó en la marina mercante noruega. De no ser por esa carta, lo habríamos echado a la calle y no te habríamos molestado a ti con semejante nimiedad.

– Puedes acudir a mí cuando quieras, Aud Hilde -dijo al tiempo que, un tanto horrorizado, se preguntaba si sería ése el nombre de la joven-. Pobre hombre -dijo Brandhaug mientras le indicaba al camarero que les sirviese más vino-. Lo triste de este asunto es que, naturalmente, tiene razón. Nortraship se fundó para administrar la sección de la marina mercante noruega que no había sido requisada por los alemanes. Fue una organización con intereses tanto políticos como comerciales. Los británicos, por ejemplo, pagaron a Nortraship grandes sumas en concepto de compensación por riesgo de guerra por utilizar buques noruegos. Pero, en lugar de abonárselo a la tripulación, el dinero fue a parar directamente a las arcas del Estado y de las navieras. Estamos hablando de varios cientos de millones de coronas. Los marinos de guerra intentaron ir a juicio para recuperar su dinero, pero perdieron en el Supremo en 1954. Hasta 1972, el Parlamento no reconoció su derecho a esa compensación.

– Pues este hombre no ha recibido nada. Porque, según dijo, estaba en el mar de China cuando fue torpedeado por los japoneses, y no por los alemanes.

– ¿Te dijo su nombre?

– Konrad Asnes. Espera, te enseñaré la carta. Ha elaborado un cuadro de cuentas con los intereses y los intereses de los intereses…

La joven se inclinó para buscar en el bolso. La carne de los brazos le tembló un poco. «Esta chica debería hacer más ejercicio -se dijo Brandhaug-. Cuatro kilos menos y Aud Hilde sería exuberante en lugar de… gorda.»

– Déjalo -dijo Brandhaug-. No necesito verla. Nortraship depende del Ministerio de Comercio.

Ella le dirigió una mirada inquisitiva.

– El sujeto insistió en que nosotros le debemos ese dinero. Nos dio un plazo de catorce días.

Brandhaug rió de buena gana.

– ¿Conque sí, eh? ¿Y por qué tiene ahora tanta prisa, después de sesenta años de espera?

– Eso no lo dijo. Sólo que, si no pagábamos, nos atuviésemos a las consecuencias.

– ¡Por Dios bendito! -Brandhaug esperó hasta que el camarero los hubo servido, antes de inclinarse hacia ella-. Detesto atenerme a las consecuencias, ¿tú no?

Ella rió algo insegura.

Brandhaug alzó su copa.

– Ya, bueno, pero yo me pregunto qué vamos a hacer con este asunto -dijo la joven.

– Olvídalo -le aconsejó él-. Pero yo también tengo una duda, Aud Hilde.

– ¿Cuál?

– Me pregunto si has visto la habitación que tenemos a nuestra disposición en este hotel.

Aud Hilde volvió a reír y contestó que no, que no había estado allí nunca.

Capítulo 38

GIMNASIO SATS, ILA

2 de Marzo de 2000

Harry pedaleaba y no paraba de sudar. El local disponía de dieciocho bicicletas ergonómicas hipermodernas, todas ellas ocupadas por urbanitas, por lo general guapas, con la vista clavada en los aparatos de televisión que, con el volumen al mínimo, colgaban del techo. Harry miró a Elisa, del programa Supervivientes, que, haciendo mímica, le dijo que no soportaba a Poppe, otro de los participantes. Harry lo sabía. Daban una reposición del programa.

«That don't impress me muck!», se oía a gritos por los altavoces. «No, desde luego», pensó Harry, a quien no le gustaban ni la música chillona ni el sonido ahogado que surgía de algún lugar de sus pulmones. Podía entrenar gratis en el gimnasio de la Comisaría General, pero Ellen lo convenció de que empezase a ir al gimnasio SATS. Él se había dejado convencer, aunque cuando ella intentó que se apuntase a un curso de aeróbic, se negó. Moverse al ritmo del chinchinpum junto con un rebaño de personas que disfrutaban del chinchinpum, mientras un monitor de fingida sonrisa los animaba a esforzarse con eslóganes espirituales del tipo «no pam, tzo gavn», constituía para él una forma incomprensible de humillación voluntaria. La mayor ventaja de entrenar en SATS, según lo veía él, consistía en que allí podía hacer gimnasia y ver el programa Supervivientes al mismo tiempo, sin tener que ver además a Tom Waaler, que se pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el gimnasio de la comisaría. Harry echó una rápida ojeada a su alrededor para constatar que, también aquella tarde, él era el usuario de más edad. La mayoría de los clientes del gimnasio eran jovencitas con auriculares en los oídos que, de vez en cuando, miraban hacia donde él se encontraba. No para verlo a él, sino porque el cómico más famoso de Noruega ocupaba la bicicleta contigua, enfundado en una sudadera gris con capucha y sin una sola gota de sudor bajo el juvenil flequillo. Un mensaje iluminó la pantalla de control de velocidad de Harry: «You are training well».

«Pero me visto mal», sentenció Harry para sí al pensar en los desgastados pantalones de chándal que tenía que subirse constantemente porque el peso del móvil se los bajaba. Y sus zapatillas Adidas no eran ni lo bastante nuevas como para ser modernas ni lo bastante viejas como para resultar fashion. Su camiseta del grupo de rock Joy-Division, que en su día podía otorgar cierta credibilidad, era hoy claro indicio de que no tenía ni idea de lo que sucedía en el frente musical desde hacía años. Pero Harry no se sintió totalmente fuera de lugar hasta que su móvil empezó a sonar y diecisiete miradas displicentes, incluida la del cómico, se clavaron en él. Sacó la pequeña máquina diabólica de la cinturilla del pantalón y contestó:

– Aquí Hole.

«Okay, so you're a rocket scientist, that don't impress…»

– Hola, soy Juul. ¿Llamo en mal momento?

– No, no. Sólo es música…

– Pues parece que respiras como una foca. Llámame cuando te venga bien.

– Ahora me viene bien. Es que estoy en el gimnasio.

– Ah, bueno. Tengo buenas noticias. He leído tu informe de Johannesburgo. ¿Por qué no me dijiste que el individuo había estado en Sennheim?

– ¿Urías? ¡Ah! ¿Eso es importante? Ni siquiera estaba seguro de haber anotado bien el nombre. Además, miré en un atlas de Alemania y no encontré Sennheim por ninguna parte.

– Mi respuesta es sí, es importante. Si dudabas de si el hombre que estáis buscando fue o no soldado en el frente alemán, ya puedes dejar de dudar. Es seguro al cien por cien. Sennheim es un pueblecito y los únicos noruegos, que yo sepa, que han estado allí son los que se encontraban en Alemania durante la guerra. En un campamento de instrucción antes de partir al frente oriental. La razón de que no encontrases Sennheim en el atlas alemán es que no está en Alemania, sino en Alsacia, Francia.

– Pero…

– A lo largo de la historia, Alsacia ha pertenecido a Francia y a Alemania, por eso allí hablan alemán. Que nuestro hombre estuviera en Sennheim reduce drásticamente el número de posibilidades, pues sólo se entrenaron allí soldados de la división Nordland y de la división Norge. Y, lo que es mejor aún, puedo darte el nombre de una persona que estuvo en Sennheim y que no tendrá inconveniente en colaborar.

– ¿Ajá?

– Un soldado de la división Nordland. Se presentó voluntario en el movimiento de la Resistencia en 1944.

– ¡Increíble!

– Creció en una granja bastante aislada, con sus padres y hermanos mayores, todos ellos miembros fanáticos de Unión Nacional, y lo presionaron para que se presentase voluntario para servir en el frente. Nunca fue un nazi convencido y, en 1943, desertó en Leningrado. Fue prisionero de los rusos un tiempo y también luchó en su bando, antes de lograr huir y volver a Noruega a través de Suecia.

– ¿Y se fían de un antiguo soldado del frente alemán?

Juul se rió.

– Desde luego.

– ¿De qué te ríes?

– Es una larga historia.

– Tengo tiempo.

– Le ordenamos que liquidara a un miembro de su propia familia. -Harry dejó de pedalear. Juul carraspeó-: Cuando lo encontramos en Nordmarka, al norte de Ullevålseter, al principio no creímos su historia; pensamos que era un infiltrado y estábamos decididos a fusilarlo. Pero teníamos contactos en el archivo de la policía de Oslo, que nos permitieron comprobar la veracidad de su historia y resultó que, en efecto, constaba allí como desaparecido del frente y sospechoso de deserción. Los datos familiares eran correctos y, además, tenía documentación que acreditaba que era quien decía ser. Sin embargo, y pese a todo, aquello podía ser un montaje de los alemanes, de modo que decidimos ponerlo a prueba.

Juul hizo una pausa.

– ¿Y bien? -preguntó Harry.

– Lo escondimos en una cabaña donde estaría aislado tanto de nosotros como de los alemanes. Alguien propuso que le diésemos órdenes de liquidar a uno de sus hermanos, activista de Unión Nacional. Principalmente, para ver cómo reaccionaba. Cuando recibió la orden, no dijo una palabra; al día siguiente, cuando fuimos a la cabaña, había desaparecido. Estábamos convencidos de que se había echado atrás pero, dos días después, volvió a aparecer. Dijo que se había dado una vuelta por la granja familiar de Gudbrandsdalen. Y, pocos días más tarde, recibimos el informe de los nuestros. A uno de los hermanos, lo encontraron en el establo. Al otro, en el granero. A los padres, en la casa.

– ¡Por Dios! -exclamó Harry-. Debía de estar perturbado.

– Cierto. Todos lo estábamos. Era la guerra. Por lo demás, jamás hablamos de ello, ni entonces ni después. Y creo que tú tampoco deberías…

– Por supuesto que no. ¿Dónde vive?

– Aquí, en Oslo. En Holmenkollen, creo.

– ¿Y se llama?

– Fauke. Sindre Fauke.

– Estupendo. Me pondré en contacto con él. Gracias, Juul.

En la pantalla del televisor, Poppe protagonizaba un lacrimógeno saludo a su familia, en un primer plano exagerado. Harry se colgó el móvil de la cintura del pantalón, volvió a subírselo y se encaminó a la sala de pesas.

«… whatever, that don't impress me much…»

Capítulo 39

HOUSE OF SINGLES, CALLE HEGDEHAUGSVEIEN

2 de Marzo de 2000

– Lana de calidad superior -dijo la dependienta mientras sostenía la chaqueta para que la viese el anciano-. La mejor. Ligera y resistente.

– Es para un solo uso -dijo el anciano con una sonrisa.

– ¡Ah! -respondió la joven algo desconcertada-. En ese caso, tenemos algunas más baratas…

– Ésta está bien -la interrumpió él mirándose en el espejo.

– Corte clásico -le aseguró la dependienta-. El más clásico que tenemos.

La chica miró asustada al anciano al verlo retorcerse de dolor.

– ¿Se encuentra mal? ¿Quiere que vaya…?

– No, no. No ha sido más que una punzada de dolor. Ya se me pasa -dijo el hombre recobrando la compostura-. ¿Cuánto tardarán en subirle el bajo a los pantalones?

– El miércoles de la semana que viene. A menos que sea urgente. Quizá los necesite para una ocasión especial…

– Así es. Pero el miércoles me va bien.

Le pagó el traje con billetes de cien y, mientras los contaba, la joven le aseguró:

– Desde luego, se lleva usted un traje que le durará toda la vida.

La risa que provocó el comentario siguió resonando en los oídos de la joven mucho después de que el anciano se hubiese marchado.

Capítulo 40

HOLMENKOLLÅSEN

3 de Marzo de 2000

En la calle Holmenkollveien de Besserud, Harry encontró el número que buscaba y que correspondía a una gran casa pintada de marrón que surgía a la sombra de unos abetos gigantescos. Un camino de grava conducía hasta la casa y Harry lo siguió con el coche hasta llegar a la explanada, donde dio la vuelta completa con el fin de aparcar cuesta abajo para salir pero, cuando redujo a primera, el coche empezó a toser bruscamente y dejó de respirar. Harry lanzó una maldición e hizo girar la llave de encendido, pero el motor sólo respondió con un quejido.

Salió del coche y se encaminó a la casa cuando una mujer salía por la puerta. Al parecer, no lo había oído llegar y, al verlo, se detuvo en la escalinata con una sonrisa inquisitiva.

– Buenos días -dijo Harry señalando el coche-. No está del todo sano. Necesita… medicina.

– ¿Medicina? -preguntó la mujer con voz cálida y profunda.

– Sí, me temo que ha pillado esa gripe que hay ahora.

La mujer sonrió aún más. Tendría unos treinta años y llevaba un abrigo negro sencillo y elegante de esos que, según Harry intuyó, eran muy caros.

– Iba a salir -dijo la mujer-. ¿Venías aquí?

– Eso creo. ¿Vive aquí Sindre Fauke?

– Casi -respondió ella-. Pero llegas con varios meses de retraso. Mi padre se ha trasladado a vivir a la ciudad.

Harry se había acercado ya lo suficiente como para comprobar que era guapa. Y había algo en su modo relajado de expresarse, en su forma de mirarlo a los ojos, que le indicaba que era, además, una persona segura de sí misma. Una mujer profesionalmente activa, adivinó. Algún trabajo que exija un cerebro frío y racional. En el mundo inmobiliario, como subdirectora de banco, en la política o algo por el estilo. En cualquier caso, con buena posición económica, de eso estaba bastante seguro. No sólo por el abrigo y por las proporciones colosales de la casa de la que acababa de salir, sino por su porte y por sus pómulos salientes y aristocráticos. Bajó los peldaños colocando los pies uno tras otro, como si estuviese haciendo equilibrio sobre una cuerda, con ligereza. «Clases de ballet», pensó Harry.

– ¿Qué puedo hacer por ti?

La pronunciación de las consonantes era definida, el tono de su voz, con énfasis en la primera persona, era tan marcado que parecía teatral.

– Soy de la policía -dijo él al tiempo que buscaba en sus bolsillos la identificación.

Pero ella le hizo una seña, acompañada de una sonrisa, indicándole que no era necesario.

– Me gustaría hablar con tu padre.

Harry notó irritado que empezaba a hablar con más solemnidad de la que solía.

– ¿Por qué?

– Estamos buscando a alguien y espero que tu padre pueda ayudarnos a encontrarlo.

– ¿A quién buscan?

– Me temo que ése es un dato que no puedo revelar.

– De acuerdo -asintió la joven, como si lo hubiese estado sometiendo a una prueba que Harry pareció superar.

– Pero, por lo que me has dicho, ya no vive aquí… -dijo Harry haciéndose sombra con la mano.

Las manos de la mujer eran delicadas. «Clases de piano», pensó Harry. Y tenía arrugas en torno a los ojos, así que tal vez tuviese más de treinta, después de todo.

– Pues no, ya no vive aquí -confirmó la mujer-. Se ha mudado a Majorstuen; la dirección es calle Vibe 18. Si no lo encuentras allí, búscalo en la biblioteca de la universidad.

La biblioteca de la universidad. Pronunció aquellas palabras con total claridad, sin omitir una sola sílaba.

– Calle Vibe número 18. Entiendo.

– Muy bien.

– Sí.

Harry asintió y siguió asintiendo, como uno de esos perros que los conductores llevan en la bandeja del coche. Ella sonreía con los labios apretados y alzó las cejas como para indicar que eso era todo, que la reunión había terminado puesto que no había más preguntas.

– Entiendo -repitió Harry.

La mujer tenía las cejas oscuras y totalmente simétricas. «Depiladas, seguro -se dijo Harry-. Depiladas, aunque no se note.»

– Tengo que irme ya -dijo la mujer-. Voy a perder el tranvía…

– Entiendo -dijo Harry por tercera vez, sin hacer amago de marcharse.

– Espero que lo encuentren. A mí padre, quiero decir.

– Seguro que sí.

– Buenos días.

La mujer echó a andar. La gravilla crujía bajo sus tacones.

– Verás, tengo un pequeño problema… -explicó Harry.

– Muchas gracias -dijo Harry.

– No hay de qué -contestó ella-. ¿Seguro que no es demasiado rodeo para ti?

– Desde luego que no. Como te dije, yo también iba en esa dirección -aseguró Harry mirando preocupado los finos y sin duda carísimos guantes de piel que se habían ensuciado con el barro de la parte trasera del Escort.

– La cuestión es si este coche aguantará hasta allí -le advirtió Harry.

– Sí, parece haber pasado muchas penalidades -convino ella, señalando el agujero que había bajo el salpicadero, donde un montón de cables de color rojo y amarillo sobresalía del lugar en que tendría que haber estado la radio.

– Me robaron -explicó Harry-. Por eso tampoco puedo cerrar la puerta, porque también dañaron la cerradura.

– ¿Así que ahora puede entrar cualquiera?

– Pues sí, es lo que ocurre cuando ya se es lo bastante viejo.

Ella rió.

– ¿Ah, sí?

Volvió a observarla fugazmente. Tal vez fuese una de esas mujeres cuyo aspecto no cambia con la edad, de las que aparentan treinta desde los veinte hasta los cincuenta. Le gustaba su perfil, la delicadeza de sus líneas. Su piel tenía un tono cálido y natural en lugar de ese moreno sin brillo que las mujeres de su edad solían adquirir en el solarium en el mes de febrero. Se había desabotonado el abrigo, de modo que ahora podía ver su cuello, largo y delgado. Miró sus manos, que reposaban en su regazo.

– Está en rojo -le advirtió ella con calma.

Harry dio un frenazo.

– Lo siento -se disculpó.

¿Qué estaba haciendo? ¿Mirarle las manos para ver si llevaba alianza? ¡Por Dios santo!

Miró a su alrededor y, de repente, se dio cuenta de dónde estaban.

– ¿Algún problema? -preguntó ella.

– No, qué va -respondió Harry. El semáforo cambió a verde y pisó el acelerador-. Es sólo que no tengo muy buenos recuerdos de este lugar.

– Yo tampoco -aseguró la mujer-. Hace unos años pasé por aquí en tren justo después de que un coche de la policía, que atravesó las vías del ferrocarril, se estrellase contra aquel muro de allí -dijo señalando el lugar-. Fue horrible. Uno de los agentes seguía colgado del poste de la valla, como un crucificado. Pasé varias noches sin poder conciliar el sueño, después de aquello. Decían que el policía que iba al volante estaba borracho.

– ¿Quién dijo tal cosa?

– Un compañero de estudios. De la Escuela Superior de Policía.

Pasaron la estación de Frøen. La de Vindern ya había quedado atrás; muy atrás, pensó Harry.

– ¿Así que estudiaste en la Escuela Superior de Policía? -le preguntó.

– ¡No! ¿Estás loco? -volvió a reír la mujer. A Harry le gustaba su risa-. Estudié derecho en la universidad.

– Yo también -afirmó Harry-. ¿Cuándo?

«Qué astuto eres, Hole», se felicitó.

– Terminé en el noventa y dos.

Harry sumaba y restaba años… Es decir, por lo menos, treinta.

– ¿Y tú?

– En el noventa -contestó Harry.

– Entonces, recordarás el concierto de Raga Rockers en el festival Justivalen del ochenta y ocho, ¿no?

– Por supuesto. Estuve allí. En los jardines.

– ¡Yo también! ¿No fue fantástico? -dijo ella con una mirada de entusiasmo.

«¿Dónde? -se preguntó Harry-. ¿Dónde estabas?»

– Sí, estuvo bien.

Harry no recordaba gran cosa del concierto, pero de repente se acordó de todas aquellas niñas bien tan simpáticas que solían aparecer cada vez que tocaba Raga.

– Pero, si tú y yo estudiamos más o menos al mismo tiempo, seguro que tenemos amigos comunes, ¿no?

– Lo dudo. Yo era policía entonces y no solía andar mucho en el ambiente estudiantil.

Atravesaron en silencio la calle Industrigata.

– Puedes dejarme aquí -dijo ella.

– ¿Es aquí a donde vas?

– Sí, aquí está bien.

Giró para acercarse a la acera y ella se volvió hacia él. Un fino mechón de su cabello le caía sobre el rostro. Su mirada era dulce y valiente a un tiempo. Ojos castaños. De repente, de la forma más inesperada, se le ocurrió una idea descabellada: quería besarla.

– Gracias -dijo ella con una sonrisa.

Tiró de la manivela para abrir la puerta. Pero no pasó nada.

– Lo siento -se disculpó Harry inclinándose hacia ella e inspirando su aroma-. La cerradura…

Le dio a la puerta un buen empujón hasta que se abrió. Se sintió como si hubiese bebido.

– Bueno, puede que nos veamos otra vez -dijo ella.

– Sí, puede.

Sintió deseos de preguntarle adónde iba, dónde trabajaba, si le gustaba su trabajo, qué otras cosas le gustaban, si tenía novio, si querría ir a un concierto aunque no fuese de Raga. Pero, por suerte, era demasiado tarde: ella ya dirigía sus pasos de bailarina por la acera de Sporveisgata.

Harry suspiró. Hacía media hora que la había conocido y ni siquiera sabía cómo se llamaba. Tal vez se hubiese adelantado a la crisis de los cincuenta.

Miró el espejo retrovisor e hizo un giro totalmente contrario al reglamento. La calle Vibe estaba allí al lado.

Capítulo 41

CALLE VIBE, MAJORSTUA

3 de Marzo de 2000

Cuando Harry llegó jadeante a la cuarta planta, un hombre lo esperaba en el umbral de la puerta con una amplia sonrisa.

– Siento que haya tantos escalones -dijo al tiempo que le estrechaba la mano y se presentaba-. Sindre Fauke.

Sus ojos conservaban la juventud, pero el rostro parecía haber sufrido dos guerras mundiales. Como mínimo. Tenía peinado hacia atrás lo que quedaba de su cabello cano y, bajo el jersey de montaña, llevaba una camisa roja de leñador. Su apretón de manos fue firme y acogedor.

– Acabo de preparar café -le dijo-. Y ya sé lo que quieres.

Entraron en la sala de estar, que estaba decorada como un lugar de trabajo, con un escritorio en el que había un ordenador. Los papeles se apilaban por todas partes y los libros y periódicos se amontonaban cubriendo las mesas y el suelo, a lo largo de las paredes.

– Aún no he terminado de ordenar esto -le explicó a Harry al tiempo que le despejaba un sitio en el sofá.

Harry miró a su alrededor. No había ningún cuadro, tan sólo un almanaque de los supermercados RIMI, con fotografías de Nordmarka.

– Estoy trabajando en un proyecto bastante importante del que, espero, saldrá un libro. Una historia de la guerra.

– ¿No hay nadie que haya escrito ya ese libro?

Fauke rió de buena gana.

– Sí, puede decirse que sí. Aunque aún no lo han hecho como es debido. Y éste, en concreto, trata de mi guerra.

– Ah, muy bien. ¿Por qué lo haces?

Fauke se encogió de hombros.

– Aun a riesgo de sonar pretencioso, te diré que quienes estuvimos allí, tenemos la responsabilidad de transmitir nuestras experiencias a la posteridad antes de dejar este mundo. O al menos, así lo veo yo.

Fauke se fue a la cocina y le gritó desde allí:

– Even Juul me llamó y me avisó de que recibiría una visita. El Centro Nacional de Inteligencia, si no recuerdo mal.

– Sí. Pero Juul me dijo que vivías en Holmenkollen.

– Even y yo no tenemos demasiado contacto y, como el traslado es sólo temporal, hasta que termine el libro, he mantenido el número de teléfono.

– En fin. Fui a la otra casa y allí conocí a tu hija. Ella me dio esta dirección.

– ¿De modo que estaba en casa? Bueno, tendrá algunos días libres.

«¿En qué trabajo los ha pedido?», estuvo a punto de preguntar Harry cuando cayó en la cuenta de que sonaría un tanto extraño.

Fauke volvió con una gran cafetera humeante y un par de tazas.

– ¿Solo? -preguntó mientras colocaba las tazas sobre la mesa.

– Sí, gracias.

– Mejor, porque no hay otra posibilidad -dijo el hombre riendo de tal modo que estuvo a punto de derramar el café mientras lo servía.

A Harry le resultaba sorprendente lo poco que Fauke se parecía a su hija. No tenía ni sus modales exquisitos al hablar o al comportarse ni tampoco ninguno de sus rasgos y sus tonos oscuros. Tan sólo se parecían en la frente. Amplia y despejada, con una gruesa vena roja que la atravesaba de un lado a otro.

– Tienes una casa muy grande -comentó.

– Bueno, un montón de mantenimiento y de trabajo para quitar la nieve -respondió Fauke antes de dar un sorbo a su café y chasquear la lengua satisfecho-. Oscura y triste, y lejos de todo. No soporto Holmenkollåsen. Además, allí sólo vive gente esnob. No es para un campesino como yo.

– ¿Y por qué no la vendes?

– Porque a mi hija le gusta. Ella se ha criado allí. Pero tú querías hablar de Sennheim, ¿no?

– ¿Tu hija vive allí sola?

Harry tenía que haberse mordido la lengua. Fauke tomó otro sorbo de café, lo mantuvo en la boca largo rato.

– Vive con un chico. Oleg.

Su mirada se tornó de pronto ausente y había dejado de sonreír.

Harry sacó rápidamente un par de conclusiones. Demasiado rápido quizá, pero, o mucho se equivocaba, o el tal Oleg era una de las razones de que Sindre Fauke viviese ahora en Majorstua. En cualquier caso, ya se había enterado, aquella mujer tenía pareja y, por tanto, no debía pensar más en ella. En realidad, tanto mejor.

– Lo cierto es, Fauke, que no puedo darte muchos detalles. Como comprenderás, estamos trabajando…

– Lo comprendo.

– Bien. Me gustaría que me hablases de los noruegos que estuvieron en Sennheim.

– ¡Uf! Eramos muchos, ¿sabes?

– Ya, bueno, de los que aún viven.

Fauke sonrió.

– No quisiera sonar macabro, pero eso facilita mucho las cosas. En el frente oriental, caíamos como moscas. Por término medio, al año moría un sesenta por ciento de mi pelotón.

– ¡Caramba! El mismo porcentaje de mortalidad que el acentor común…

– ¿Cómo?

– Lo siento. Continúa, por favor.

Algo abochornado, Harry clavó la mirada en el fondo de su taza.

– La cuestión es que la curva de aprendizaje en la guerra es muy pronunciada -explicó Fauke-. Si sobrevives los seis primeros meses, tus posibilidades de supervivencia se multiplican. No pisas las minas, mantienes la cabeza baja en la trinchera, te despiertas cuando oyes que alguien carga un rifle Mosin-Nagant. Y sabes que no hay lugar para héroes y que el miedo es tu mejor amigo. Después de seis meses, quedamos un pequeño grupo de noruegos supervivientes, y comprendimos que cabía la posibilidad de que sobreviviéramos a la guerra. Y la mayoría de nosotros estuvimos en Sennheim. A medida que avanzaba la guerra, iban trasladando el campo de prácticas hacia el interior de Alemania. O los voluntarios llegaban directamente de Noruega. Y aquellos que llegaban sin ningún tipo de entrenamiento…

Fauke meneó la cabeza.

– ¿Morían? -preguntó Harry.

– Ni siquiera teníamos fuerzas para aprendernos sus nombres cuando llegaban. ¿Para qué? Resulta difícil de entender, pero hasta 1944, llegaron voluntarios en tropel al frente oriental, es decir, mucho después de que los que estábamos allí hubiésemos comprendido ya cómo iba a terminar aquello. Creían que iban a salvar Noruega, pobrecillos.

– Si no lo he malinterpretado, tú ya no estabas allí en 1944, ¿no es cierto?

– Exacto. Deserté. La noche de Fin de Año de 1943. Cometí traición dos veces -declaró Fauke con una sonrisa-. Y, en ambas ocasiones, fui a parar al bando equivocado.

– Creo que luchaste con los rusos, ¿no?

– Bueno, en cierto modo. Fui prisionero de guerra. Nos moríamos de hambre. Una mañana, vinieron a preguntarnos, en alemán, si alguno de nosotros sabía algo de comunicaciones. Yo tenía alguna noción, así que levanté la mano. Resultó que todos sus técnicos de comunicaciones habían caído. ¡Todos y cada uno! Al día siguiente, ya estaba a cargo de las telecomunicaciones del campamento mientras que, a marchas forzadas, perseguíamos a mis antiguos compañeros en dirección a Estonia. Fue en Narva… -Fauke alzó su taza, que sostenía con ambas manos-. Yo estaba en una colina y desde allí vi a los rusos atacar un puesto de ametralladoras alemanas. Los alemanes simplemente los arrasaron. Ciento veinte hombres y cuatro caballos yacían amontonados ante ellos cuando, al final, la ametralladora se recalentó. Los rusos los mataban con bayonetas para ahorrar munición. Desde que comenzó el ataque hasta que terminó, transcurrió media hora, como máximo. Ciento veinte muertos. Y así hasta el siguiente puesto, donde se seguía el mismo procedimiento.

Harry vio cómo movía la taza levemente.

– Pensé que iba a morir. Y por una causa en la que no creía. Yo no creía ni en Stalin ni en Hitler.

– ¿Y por qué te marchaste al frente oriental si no creías en aquella causa?

– Tenía dieciocho años. Había crecido en una granja al norte del valle de Gudbrandsdalen, donde prácticamente no veíamos a nadie, salvo a los vecinos más próximos. No leíamos los periódicos ni teníamos libros: yo no sabía nada. Lo único que sabía de política era lo que me decía mi padre. Eramos los únicos que quedábamos en Noruega de nuestra familia; los demás habían emigrado a Estados Unidos en los años veinte. Mis padres y los vecinos de los alrededores eran fieles partidarios de Quisling y miembros del partido Unión Nacional. Yo tenía dos hermanos mayores a los que admiraba en todo. Ellos pertenecían a Hirden, el brazo militar del partido, y su misión era reclutar jóvenes para el partido aquí en Noruega, si no se habían presentado ellos mismos como voluntarios para el frente. Por lo menos, eso es lo que me contaron. Y yo no supe, hasta mucho después, que los jóvenes a los que reclutaban eran delatores. Pero entonces ya era demasiado tarde y yo ya iba camino del frente.

– ¿De modo que cambiaste de opinión en el campo de batalla?

– Yo no diría que cambié. La mayoría de nosotros, los voluntarios, pensábamos más en Noruega que en la política. El momento crucial para mí fue cuando sentí que estaba combatiendo en la guerra de otro país. En realidad, fue así de sencillo. Y, visto así, no era mucho mejor estar en el bando ruso. En junio de 1944, estaba en un servicio de descarga en el puerto de Tallin, y allí me las arreglé para subir a bordo de un barco de la Cruz Roja sueca. Me oculté en el depósito del carbón, donde permanecí tres días. Me intoxiqué con monóxido de carbono, pero llegué a Estocolmo. De allí seguí hasta la frontera con Noruega, que atravesé sin ayuda. Para entonces, estábamos ya en agosto.

– ¿Por qué sin ayuda?

– Las pocas personas con las que tenía contacto en Suecia no confiaban en mí, mi historia era demasiado fabulosa. Pero estuvo bien, yo tampoco confiaba en nadie.

El hombre volvió a reír.

– Así que procuraba pasar desapercibido y me las arreglaba solo. El paso de la frontera en sí fue pan comido. Créeme, era mucho más peligroso ir a recoger las raciones de comida en Leningrado que pasar de Suecia a Noruega durante la guerra. ¿Más café?

– Sí, gracias. ¿Por qué no te quedaste en Suecia?

– Buena pregunta. Que yo mismo me he planteado muchas veces.

Se pasó la mano por el escaso cabello blanco.

– Pero estaba obsesionado con la idea de venganza, ¿comprendes? Era joven y, cuando eres joven, tiendes a vivir con una idea equivocada de la justicia, creemos que es algo a lo que los hombres debemos aspirar. Yo era un joven con grandes conflictos personales cuando estuve en el frente oriental, y me comporté como un hijo de puta con mis compañeros. Pese a todo, o quizá por eso precisamente, juré vengar a todos aquellos que habían sacrificado sus vidas por las mentiras que nos habían contado en nuestro país. Y vengar mi propia vida destrozada que no creía poder recuperar jamás. Lo único que deseaba era cancelar la cuenta con los que de verdad habían traicionado a la patria. Hoy en día, los psicólogos lo llamarían psicosis de guerra y me habrían ingresado en el psiquiátrico enseguida. Pero entonces, vine a Oslo sin tener un lugar en el que vivir ni nadie que estuviese esperándome, y los únicos documentos que tenía me habrían supuesto la ejecución inmediata por desertor. El mismo día que llegué a Oslo en un camión, fui a Nordmarka. Estuve durmiendo bajo unos abetos y sólo comí bayas durante tres días, hasta que me encontraron.

– ¿Los de la Resistencia?

– Según me dijo Even Juul, él te contó el resto.

– Sí -respondió Harry jugueteando con la taza.

La ejecución de su familia. Era algo que no hacía más comprensible el hecho de haber conocido al autor. Lo había tenido presente todo el tiempo, desde que vio a Fauke sonriendo junto a la puerta y le estrechó la mano. «Este hombre ejecutó a sus dos hermanos y a sus padres.»

– Sé lo que estás pensando -lo interrumpió Fauke-. Yo era un soldado que había recibido órdenes de liquidar a unas personas. Si no me hubiesen dado la orden, no lo habría hecho. Lo que sí sé es que se encontraban entre los que nos habían traicionado.

Fauke miró a Harry a los ojos. Su taza había dejado de moverse.

– Te preguntarás por qué los maté a todos, cuando la orden sólo se refería a uno -continuó-. El problema era que no dijeron quién. Me dejaron a mí la tarea de juzgar y elegir. Y no fui capaz de hacerlo. Así que los maté a todos. En el frente había un tipo al que llamábamos Petirrojo. Igual que el pájaro. Y él me enseñó que la manera más humana de matar era usando la bayoneta. La vena carótida va directamente del corazón al cerebro y, en el momento en que cortas la conexión, el cerebro se vacía de oxígeno y la muerte cerebral es inmediata. El corazón late tres, a lo sumo cuatro veces, antes de dejar de moverse por completo. El único problema es que es muy difícil. Gudbrand, al que llamábamos Petirrojo, era un maestro, pero yo estuve luchando con mi madre durante veinte minutos sin conseguir causarle más que algunas heridas. Al final, tuve que pegarle un tiro.

Harry tenía la boca seca.

– Lo comprendo -dijo.

Su absurda intervención quedó resonando en el aire. Harry dejó la taza en la mesa y sacó un bloc de notas de su cazadora de piel.

– Bien, tal vez podamos hablar de los compañeros de Sennheim.

Sindre Fauke se levantó de pronto.

– Lo siento, Hole. No era mi intención exponerlo de un modo tan frío y crudo. Permíteme que te explique algo más, antes de proseguir: yo no soy un hombre cruel, pero ése es, simplemente, mi modo de enfrentarme a este tipo de cosas. No tenía por qué hablarte de ello, pero lo hago de todos modos. Porque no puedo permitirme eludirlas. Ésa es, también, la razón por la que estoy escribiendo el libro. Tengo que revivir lo sucedido cada vez que el tema sale a relucir, de forma explícita o implícita. Para estar totalmente seguro de que no voy a rehuirlo. El día que lo haga, la angustia habrá ganado su primera batalla contra mí. No sé por qué es así. Es probable que un psicólogo pueda explicarlo.

Fauke lanzó un suspiro.

– Bien, pero ya he dicho todo lo que tenía que decir sobre ese asunto. Lo que, seguramente, es demasiado. ¿Más café?

– No, gracias -declinó Harry.

Fauke volvió a sentarse apoyando la barbilla sobre los puños cerrados.

– Bien. Sennheim. El duro núcleo noruego. Incluyéndome a mí, se trata tan sólo de cinco personas. Y una de ellas, Daniel Gudeson, murió la misma noche que yo me marché. Es decir, cuatro. Edvard Mosken, Hallgrim Dale, Gudbrand Johansen y yo. El único al que he visto desde la guerra es a Edvard Mosken, nuestro jefe de pelotón. Fue el verano de 1945. Le cayeron tres años por traición a la patria. De los otros dos, ni siquiera sé si sobrevivieron. Pero deja que te cuente lo que sé de ellos.

Harry abrió su bloc por una página en blanco.

Capítulo 42

CNI

3 de Marzo de 2000

G-u-d-b-r-a-n-d J-o-h-a-n-s-e-n. Harry pulsó las teclas con índices. Un chico del campo. Según Fauke, un tipo amable, algo pusilánime, que tenía al tal Daniel Gudeson, aquel al que mataron cuando estaba de guardia, como modelo y sustituto del hermano mayor. Harry pulsó la tecla Intro y el programa empezó a trabajar.

Se quedó mirando la pared. Concentrado en una pequeña fotografía de Søs que tenía allí colgada. Hacía un mohín. Como siempre que le tomaban una foto. Era de unas vacaciones de verano de hacía un montón de años. La sombra del fotógrafo se reflejaba en su camiseta blanca. Su madre.

Una leve señal de su ordenador le avisó de que la búsqueda había finalizado, así que volvió a dirigir la vista a la pantalla.

En el censo había inscritos dos Gudbrand Johansen, pero según sus fechas de nacimiento, ambos eran menores de sesenta años. Sindre Fauke le había deletreado los nombres, así que no podía tratarse de un error de ortografía. Lo que significaba que se habría cambiado el nombre. O que vivía en el extranjero. O que estaba muerto.

Harry probó con el siguiente. El jefe de pelotón de Mjøndalen. El padre de familia. E-d-v-a-r-d M-o-s-k-e-n. Rechazado por su familia por haberse ofrecido a prestar servicio en el frente. Doble clic en la palabra «buscar».

De repente, se encendió la luz del techo. Harry se volvió.

– Tienes que encender la luz cuando te quedes trabajando hasta tan tarde.

Kurt Meirik estaba en el umbral con el dedo en el interruptor. Entró y se sentó en el borde de la mesa.

– ¿Qué has encontrado?

– Que debemos buscar a un hombre de más de setenta años, probablemente excombatiente del frente oriental.

– No, me refería a los neonazis y lo del Diecisiete de Mayo.

– ¡Ah! -se oyó la señal del ordenador-. No he tenido tiempo de mirarlo siquiera, Meirik.

Había dos Edvard Mosken en la pantalla. Uno nacido en 1941, el otro en 1921.

– Vamos a celebrar una fiesta en nuestra sección el sábado -anunció Meirik.

– Sí, ya vi la invitación en mi buzón.

Harry hizo doble clic sobre la fecha de 1921 y enseguida apareció la dirección del mayor de los dos Mosken, que vivía en Drammen.

– El jefe de personal me dijo que aún no te habías apuntado. Sólo quería asegurarme de que vendrás.

– ¿Por qué?

Harry tecleó la fecha de nacimiento de Edvard Mosken en el registro de antecedentes penales.

– Queremos que la gente se conozca más allá de los límites de cada sección. Hasta ahora, ni siquiera te he visto en la cantina.

– Me encuentro bien en el despacho.

Ningún resultado. Pasó al registro central de antecedentes penales de la policía, que incluía a todos aquellos que, de uno modo u otro, habían tenido que ver con las fuerzas del orden público no necesariamente como acusados, sino por ejemplo como detenidos y denunciados o como víctimas de un acto delictivo.

– Es estupendo que te entregues tanto al trabajo, pero no puedes encerrarte por completo entre estas cuatro paredes. Dime que estarás allí el sábado, Harry.

Intro.

– Ya veré. Tengo otro compromiso desde hace ya tiempo -mintió Harry.

Ningún resultado, como en el intento anterior. Puesto que ya estaba en el registro central de la policía, tecleó el nombre del tercer combatiente del frente que le había proporcionado Fauke. H-a-l-l-g-r-i-m D-a-l-e. Un oportunista, según Fauke. Confiaba en que Hitler ganaría la guerra y premiaría a quienes habían elegido el bando adecuado. Para cuando llegaron a Sennheim, ya se había arrepentido, pero entonces era demasiado tarde para volverse atrás. Harry tuvo la sensación de que el nombre le sonaba familiar la primera vez que se lo oyó a Fauke; y ahora, esa sensación volvió a repetirse.

– Permíteme entonces que me exprese con más firmeza: te ordeno que vengas.

Harry alzó la vista. Meirik sonreía.

– Era broma -dijo enseguida-. Pero sería un placer verte por aquí. Buenas tardes.

– Buenas tardes -murmuró Harry volviendo la vista a la pantalla.

Un Hallgrim Dale, nacido en 1922. Intro.

La imagen de la pantalla se llenó con un largo texto. Otra página, y una más.

«Así que no a todos les fue tan bien a su regreso», se dijo Harry.

Hallgrim Dale, con domicilio en la calle Schweigaard, en Oslo, era lo que los diarios solían llamar un viejo conocido de la policía. Los ojos de Harry recorrieron la lista: vagabundo, borracho, discusiones con los vecinos, hurtos, una pelea. Muchos delitos, pero ninguno realmente grave. «Lo más asombroso es que siga vivo», pensó Harry, observando que había estado internado para recibir un tratamiento de desintoxicación por consumo de alcohol en agosto del año anterior. Echó mano de la guía telefónica de Oslo, buscó el número de Dale y lo marcó. Mientras esperaba respuesta, buscó de nuevo en el registro central en su ordenador y encontró al otro Edvard Mosken, nacido en 1942. También él vivía en Drammen. Anotó la fecha de nacimiento y pasó al registro de antecedentes penales.

– «El número de teléfono que ha marcado está fuera de servicio. Éste es un mensaje de la compañía telefónica Telenor… El número de teléfono…»

Harry no se sorprendió y colgó el auricular.

Edvard Mosken hijo cumplía una condena. Y una condena larga que aún lo tenía en la cárcel. ¿Por qué motivo? Drogas, aventuró Harry antes de pulsar la tecla Intro. Un tercio de todos los que están en la cárcel en cualquier momento tienen condenas relacionadas con drogas. Ahí lo tenemos. Sí señor. Tráfico de hachís. Cuatro kilos. Cuatro años, incondicional.

Harry se estiró bostezando. ¿Estaba haciendo algún progreso o simplemente estaba allí trajinando porque el único lugar al que le apetecía ir era al restaurante Schrøder y no tenía fuerzas para tomarse un café en aquel momento? Vaya mierda de día. Sintetizó lo que tenía: Gudbrand Johansen no existe, al menos, no en Noruega. Edvard Mosken vive en Drammen y tiene un hijo condenado por tráfico de drogas. Y Hallgrim Dale es un borrachín y desde luego, no alguien que dispone de medio millón de coronas para gastar.

Harry se frotó los ojos.

Dudaba si buscar en la guía el apellido de Fauke por ver si había un número de teléfono a su nombre en la calle Holmenkollveien. Se le escapó un lamento.

«Es una mujer que tiene pareja. Y tiene dinero. Y clase. En pocas palabras: todo lo que a ti te falta.»

Tecleó la fecha de nacimiento de Hallgrim Dale en el registro central. Intro. El aparato emitía su sordo runrún.

Una larga lista. Más de lo mismo. Pobre borrachín.

«Los dos habéis estudiado derecho. Y a ella también le gusta Raga Rockers.»

Un momento. En la última entrada de Dale, figuraba el código «víctima». ¿Le habrían dado una paliza? Intro.

«Olvídate de esa tía. Bien, ya estaba olvidada. ¿Debía llamar a Ellen y preguntarle si tenía ganas de ir al cine y dejar que ella eligiese la película? No, mejor se daba una sesión de gimnasio en SATS. A sudar un poco.»

La luz de la pantalla le dio en la cara:

HALLGRIM DALE, 15-11-99. ASESINATO.

Harry contuvo la respiración. Estaba sorprendido, pero ¿por qué no lo estaba tanto? Hizo doble clic en DETALLES. El aparato volvió a emitir un sonido sordo. Pero, por una vez, su mente fue más rápida que el ordenador y, cuando apareció la imagen en la pantalla, él ya le había puesto el nombre.

Capítulo 43

SATS

3 de Marzo de 2000

– Hola.

– Hola, Ellen, soy yo.

– ¿Quién?

– Yo, Harry. Y no me hagas creer que hay otros hombres que te llaman y te dicen «hola, Ellen, soy yo».

– Vete a la mierda. ¿Dónde estás? ¿Qué porquería de música es ésa?

– Estoy en SATS.

– ¿Cómo?

– Estoy haciendo bicicleta. Pronto habré recorrido ocho kilómetros.

– A ver si te he entendido bien, Harry: estás en SATS, sentado en una bicicleta, mientras hablas por el móvil, ¿es eso? -preguntó incrédula, haciendo hincapié en las palabras SATS y móvil.

– ¿Qué hay de malo en eso?

– Harry, ¡por Dios!

– Llevo toda la tarde intentando hablar contigo. ¿Recuerdas el asesinato que Tom Waaler y tú tuvisteis en noviembre? El nombre era Hallgrim Dale.

– Claro que sí. KRIPOS se lo adjudicó casi de inmediato. ¿Qué pasa?

– No estoy seguro. Puede tener algo que ver con el excombatiente al que busco. ¿Qué puedes decirme de aquello?

– Eso es trabajo, Harry. Llámame mañana a la oficina.

– Venga, Ellen, sólo un poco.

– Uno de los cocineros de Herbert's Pizza encontró a Dale en la puerta de entrada. Estaba tirado entre los contenedores de basura, degollado. El grupo de la policía científica no encontró nada. Aunque el médico que le hizo la autopsia aseguró que el corte era maravillosamente limpio. Una intervención quirúrgica, fueron sus palabras.

– ¿Tú quién crees que lo hizo?

– Ni idea. Claro que pudo ser algún neonazi, pero yo no lo creo.

– ¿Por qué no?

– Si matas a un tipo justo a la puerta de tu bar habitual, o eres un temerario o simplemente, eres estúpido. Sin embargo, todo en aquel asesinato parecía muy limpio, muy pensado. No había indicios de forcejeo, ninguna huella, ningún testigo. Todo indica que el asesino sabía lo que hacía.

– ¿El móvil?

– Difícil de determinar. Seguro que Dale tenía deudas, pero no tanto como para presionarlo hasta ese punto. Por lo que yo sé, no estaba metido en asuntos de drogas. Registramos su apartamento, pero no encontramos nada, salvo botellas vacías. Estuvimos hablando con algunos de sus compañeros de juerga. Por alguna extraña razón, tenía éxito con esas colegas de borrachos.

– ¿Colegas de borrachos?

– Sí, esas que siempre van colgadas de los borrachos. Las has visto, sabes a qué me refiero.

– Sí, pero… ¿por qué no las llamas damas de borrachines?

– Siempre reparas en los detalles más tontos, Harry; llega a ser muy irritante, ¿lo sabías? Tal vez deberías…

– Lo siento, Ellen. Tienes toda la razón y prometo enmendarme radicalmente. ¿Por dónde ibas?

– Pues eso, que en los ambientes de alcohólicos hay mucho cambio de pareja, así que no podemos obviar la posibilidad de que se tratase de un crimen pasional. Por cierto, ¿sabes a quién estuvimos interrogando entonces? A tu viejo amigo Sverre Olsen. El cocinero lo había visto en el local de Herbert's Pizza en torno a la hora del asesinato.

– ¿Y bien?

– Tenía coartada. Se había pasado el día entero allí sentado y sólo salió un par de minutos para comprar algo. El dependiente de la tienda nos lo confirmó.

– Pudo haberle dado tiempo…

– Sí, ya sé. A ti te gustaría que hubiese sido él. Pero oye, Harry…

– Puede que Dale no tuviese dinero, pero sí otra cosa.

– Harry…

– Puede que tuviese información. Acerca de alguien, por ejemplo.

– Sí, ahí en la sexta planta, os gusta barajar hipótesis de conspiraciones, ¿verdad? Pero, Harry, ¿no podríamos hablar de esto mañana?

– ¿Desde cuándo eres tan estricta con el horario laboral?

– Es que ya me había acostado.

– ¿A las diez y media?

– Es que no me he acostado sola.

Harry dejó de pedalear. No se le había ocurrido pensar que la gente que había en la sala podía escuchar la conversación. Miró a su alrededor. Por suerte, no eran muchos los que entrenaban tan tarde.

– ¿Es el artista ese de Tørst? -preguntó en un susurro.

– Ajá.

– ¿Y desde cuándo compartís la cama?

– Desde hace un tiempo.

– ¿Y por qué no me dijiste nada?

– Porque no me preguntaste.

– ¿Lo tienes ahora tumbado a tu lado?

– Ajá.

– ¿Es bueno?

– Ajá.

– ¿Te ha dicho ya que te quiere?

– Ajá.

Pausa.

– ¿Piensas en Freddie Mercury cuando…?

– Harry, buenas noches.

Capítulo 44

DESPACHO DE HARRY

6 de Febrero de 2000

El reloj de la recepción indicaba las 8:30 horas cuando Harry llegó al trabajo. No era una auténtica recepción, sino más bien una entrada que funcionaba como una esclusa. Y el jefe de aquella esclusa era Linda, que apartó la vista de la pantalla para desearle alegre los buenos días. Linda llevaba más tiempo en el CNI que ninguno de ellos, y era prácticamente la única persona con la que Harry necesitaba tener contacto para realizar su trabajo diario. De hecho, aparte de ser «jefe de la esclusa», aquella mujer de cincuenta años, respondona y diminuta, funcionaba además como una especie de secretaria común, recepcionista y chica para todo. Harry había pensado en ello un par de veces; se decía que si él fuese espía al servicio de un Estado extranjero y tuviese que sacarle información a alguien del CNI, elegiría a Linda. Además, era la única persona del CNI, a excepción de Meirik, que sabía con qué estaba trabajando Harry en el CNI. No tenía idea de qué creían los demás. En las escasísimas visitas que había hecho a la cantina para comprarse un yogur o un paquete de tabaco, que, por cierto, no vendían, había observado las miradas que le dedicaban desde las mesas. Pero nunca se había molestado en interpretarlas, sino que se apresuraba a volver a su despacho.

– Te han llamado por teléfono -anunció Linda-. Alguien que hablaba en inglés. A ver…

Despegó una nota de color amarillo que tenía en el marco de la pantalla del ordenador.

– Se apellida Hochner.

– ¡¿Hochner?! -exclamó Harry.

Linda miró la nota, algo insegura.

– Sí, eso me dijo la mujer.

– ¿La mujer? Querrás decir el hombre.

– No, era una mujer. Me dijo que volvería a llamar… -Linda se volvió para mirar el reloj que tenía a su espalda, colgado de la pared-… ahora. Me dio la impresión de que le urgía ponerse en contacto contigo. Por cierto, ya que te tengo aquí, Harry, ¿te has dado ya una vuelta por los despachos para presentarte?

– No he tenido tiempo, Linda. La semana que viene.

– Ya llevas aquí un mes. Ayer mismo, Steffensen me preguntó quién era «ese tipo alto y rubio» con el que se había cruzado en los servicios.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué le dijiste?

– Le dije que no necesitaba saberlo -respondió Linda con una sonrisa-. Y tienes que venir a la fiesta de la sección este sábado.

– Sí, ya me he dado cuenta -masculló Harry al tiempo que recogía dos folios del buzón.

Uno contenía un recordatorio de la fiesta, el otro, una circular sobre la nueva normativa de enlaces sindicales. Ambos fueron a parar a la papelera tan pronto como hubo cerrado tras de sí la puerta de su despacho. Después, se sentó y pulsó los botones REC y PAUSA del contestador y esperó. Tras unos treinta segundos aproximadamente, sonó el teléfono.

– Harry Hole speaking -respondió Harry.

– ¿Herri? ¿Spikin? -lo imitó Ellen.

– Perdón. Creía que era otra persona.

– Es un animal -atajó ella antes de que Harry tuviese tiempo de seguir hablando-. «Faquín anbilivibol», vamos.

– Si te refieres a lo que yo creo, prefiero que lo dejes ya, Ellen.

– Lerdo. Bueno, ¿quién esperas que te llame?

– Una mujer.

– ¡Por fin!

– Olvídalo, al parecer es un familiar o la esposa de un tipo al que interrogué.

Ellen suspiró.

– ¿Cuándo piensas conocer a alguien tú también, Harry?

– Estás enamorada, ¿verdad?

– ¡Premio! ¿Tú no?

– ¿Yo?

El grito entusiasta de Ellen le estalló en el oído.

– ¡No me has contestado! ¡Te he pillado, Harry Hole! ¿Quién, quién?

– Venga ya, Ellen.

– ¡Dime que tengo razón!

– Que no, Ellen, que no he conocido a nadie.

– A mamá no se le miente.

Harry no pudo por menos de reír.

– Mejor dime algo más acerca de Hallgrim Dale. ¿Cómo va la investigación?

– No lo sé. Tendrás que hablar con KRIPOS.

– Lo haré, pero ¿qué te dijo tu intuición sobre el asesino?

– Que es un profesional, no un homicida impulsivo. Y, pese a lo que te dije de que el asesinato parecía limpio, no creo que fuese premeditado.

– ¿Cómo que no?

– El crimen se cometió de forma eficaz y no dejaron huellas, pero la elección del lugar no fue muy acertada: podían haberlo visto desde la calle o desde el patio trasero.

– Está sonando la otra línea. Luego te llamo.

Harry pulsó el botón REC del contestador y comprobó que el reproductor empezaba a girar antes de pasar la llamada de la otra línea.

– Aquí Harry.

– Hola, mi nombre es Constance Hochner -oyó decir en inglés.

– ¿Cómo está, señora Hochner? -dijo Harry en el mismo idioma.

– Soy la hermana de Andreas Hochner.

– Ya veo.

Pese a la mala conexión, Harry notó que la mujer estaba nerviosa. Aun así, fue derecha al grano:

– Usted hizo un trato con mi hermano, mister Hole. Y no ha cumplido su parte.

La mujer tenía un acento extraño, el mismo que Andreas Hochner. Sin darse cuenta, Harry intentaba imaginársela, siguiendo un hábito que, como investigador, había adquirido hacía ya tiempo.

– Verá, señora Hochner, no puedo hacer nada por su hermano hasta que no haya verificado la información que nos proporcionó. Por el momento, no hemos encontrado nada que confirme lo que nos dijo.

– Pero, señor Hole, ¿por qué iba a mentir un hombre en la situación en que él se encuentra?

– Precisamente por eso, señora Hochner. Aunque no sepa nada, podría estar lo bastante desesperado para fingir que no es así.

Se hizo una pausa en la débil línea desde… ¿desde dónde? ¿Johannesburgo?

De nuevo se oyó la voz de Constance Hochner.

– Andreas ya me advirtió de que usted diría algo así. Por eso lo llamo, para decirle que tengo más información de mi hermano que tal vez sea de su interés.

– ¿Ah, sí?

– Pero no se la daré si su gobierno no se implica antes en la causa de mi hermano.

– Haremos lo que podamos.

– Volveré a llamarlo cuando comprobemos que está ayudándonos.

– Como usted comprenderá, estas cosas no funcionan así, señora Hochner. Tenemos que ver los resultados de la información proporcionada antes de empezar a ayudarle.

– Pero mi hermano tiene que contar con alguna garantía. El juicio contra él empieza dentro de dos semanas y…

A la mujer se le quebró la voz en medio de la frase y Harry notó que estaba a punto de echarse a llorar.

– Sólo puedo darle mi palabra de que haré cuanto esté en mi mano, señora Hochner.

– Yo no lo conozco a usted. Y usted no me entiende. Van a condenar a Andreas a la pena de muerte. Usted…

– Aun así, eso es cuanto puedo ofrecerle.

La mujer rompió a llorar. Harry aguardó y, tras unos minutos, la señora Hochner recuperó la calma.

– ¿Tiene usted hijos, señora Hochner?

– Sí -contestó entre sollozos.

– ¿Y sabe usted cuál es el delito del que está acusado su hermano?

– Por supuesto.

– En ese caso, comprenderá también que necesita todo el perdón que pueda encontrar. Puesto que, a través de usted, podrá ayudarnos a detener a un hombre que pretende perpetrar un atentado, habrá hecho algo bueno. Y usted también, señora Hochner.

La mujer respiró hondo en el auricular. Por un instante, Harry creyó que iba a echarse a llorar de nuevo.

– ¿Me promete que hará todo lo que pueda, señor Hole? Mi hermano no es culpable de todos los delitos de los que se lo acusa.

– Se lo prometo.

Harry oyó su propia voz. Tranquila y firme. Pero al mismo tiempo, apretó nervioso el auricular.

– De acuerdo -dijo al fin Constance Hochner en voz baja-. Andreas dice que la persona que se llevó el arma y le pagó aquella noche no es la misma persona que la encargó. Quien la encargó fue un cliente casi fijo, un hombre joven. Habla buen inglés con acento escandinavo. Y siempre insistía en que Andreas lo llamase el Príncipe. Andreas me dijo que usted debería buscar en entornos con fijación por las armas.

– ¿Eso es todo?

– Andreas no lo ha visto nunca, pero dice que, si le envía una grabación, reconocerá su voz enseguida.

– Estupendo -dijo Harry con la esperanza de que no se le notase la decepción.

Se puso derecho en la silla, como preparándose antes de servirle la siguiente mentira:

– En cuanto encuentre algo, empezaré a mover los hilos.

Sus palabras le escocían en la boca como un trago de sosa cáustica.

– Se lo agradezco, señor Hole.

– No lo haga, señora Hochner.

Después de colgar, se repitió la última frase mentalmente, dos veces.

– ¡Vaya mierda! -gritó Ellen después de oír toda la historia sobre la familia Hochner.

– A ver si ese cerebro tuyo es capaz de olvidar por un rato que está enamorado y puede hacer alguno de sus trucos -bromeó Harry-. Ya tienes los fragmentos.

– Importación ilegal de armas, cliente fijo, el Príncipe, ambiente con fijación por las armas. Son sólo cuatro.

– Pues es lo que tengo.

– ¿Por qué me presto a estas cosas?

– Porque me adoras. Ahora tengo que salir corriendo.

– Espera. Háblame de esa mujer…

– Espero que tu intuición funcione mejor con los delitos, Ellen. Que te vaya bien.

Harry marcó el número de la casa de la ciudad de Drammen que le habían dado en información.

– Mosken -respondió una voz firme.

– ¿Edvard Mosken?

– Sí. ¿Con quién hablo?

– Comisario Hole, información. Tengo algunas preguntas que hacerle.

Harry cayó en la cuenta de que era la primera vez que se presentaba como comisario. Por alguna razón, también eso se le antojaba una mentira.

– ¿Algún asunto relacionado con mi hijo?

– No. ¿Le viene bien que le haga una visita mañana a las doce, Mosken?

– Soy jubilado. Y vivo solo. No hay ninguna hora del día que no me vaya bien, oficial.

Harry llamó a Even Juul y lo informó de lo sucedido.

Pensó en lo que Ellen le había dicho sobre el asesinato de Hallgrim Dale mientras iba a la cantina a comprar un yogur. Pensó llamar a KRIPOS, para que le actualizasen la información, pero tenía la firme sensación de que Ellen ya le había contado todo lo que merecía la pena saber sobre el asunto. De todos modos, la probabilidad estadística de morir asesinado en Noruega era de en torno a un diez por mil. Cuando la persona a la que buscas aparece cadáver en una investigación de asesinato de cuatro meses de antigüedad, resulta difícil creer que se trate de una coincidencia. ¿Guardaría aquel crimen alguna relación con la compra del rifle Märklin? Apenas si eran las nueve y a Harry ya le dolía la cabeza. Esperaba que a Ellen se le ocurriese algo relacionado con el Príncipe. Cualquier cosa. Por lo menos, tendría por dónde empezar.

Capítulo 45

SOGN

6 de Marzo de 2000

Después del trabajo, Harry se dirigió a los apartamentos de la Seguridad Social de Sogn. Cuando llegó, Søs ya estaba esperándolo en la puerta. Había engordado algo el último año, pero ella aseguraba que a Henrik, su novio, que vivía unas puertas más allá en el mismo pasillo, le gustaba así.

– Pero si Henrik es mongo.

Eso era lo que Søs solía decir cuando quería explicar a la gente las pequeñas rarezas de Henrik. Ella, en cambio, no era mongo. Al parecer, había una distinción invisible, pero muy definida, en algún sitio. Y a Søs le gustaba explicarle a Harry quiénes de los residentes eran mongo y quiénes eran casi mongo.

Solía hablarle a Harry de las cosas más corrientes, lo que Henrik le había dicho aquella semana (y que, de vez en cuando, podía resultar bastante sorprendente), lo que habían visto en la tele, lo que habían comido y lo que habían planeado hacer en vacaciones. Henrik y Søs siempre estaban haciendo planes para las vacaciones. En esta ocasión, su objetivo era Hawai, y Harry no pudo por menos de sonreír al imaginarlos a los dos con camisas hawaianas en el aeropuerto de Honolulu.

Le preguntó si había hablado con el padre de ambos y ella le contestó que la había visitado hacía dos días.

– Muy bien -comentó Harry.

– Creo que ya ha olvidado a mamá -dijo Søs-. Y eso es bueno.

Harry se quedó un instante reflexionando sobre lo que su hermana acababa de decir cuando apareció Henrik aporreando la puerta para avisarle de que la serie Hotel Caesar empezaba en TV2 dentro de tres minutos y Harry se puso el abrigo para marcharse, no sin antes prometerle que la llamaría pronto.

El tráfico discurría lento, como de costumbre, en el cruce de Ullevål Stadion y, demasiado tarde, descubrió que tenía que girar a la derecha por la calle Ringveien, por las obras. Pensaba en lo que le había revelado Constance Hochner. Que Urías había utilizado a un intermediario, al parecer noruego. Lo que significaba que en algún lugar del país había alguien que sabía quién era Urías. Ya le había pedido a Linda que buscase en los archivos secretos a alguien apodado el Príncipe, pero estaba bastante seguro de que no encontraría nada. Tenía la firme sensación de que ese sujeto era más listo que el delincuente medio. Si lo que le había dicho Andreas Hochner era cierto y el Príncipe era un cliente fijo, significaría que éste había logrado crearse un grupo de clientes propio sin que el CNI ni nadie lo descubriese. Esas cosas llevan su tiempo y exigen cautela, sagacidad y disciplina, características por las que no destacaba ninguno de los delincuentes que conocía Harry. Desde luego que el sujeto podía haber tenido más suerte de la cuenta, puesto que no lo habían cogido. O tal vez ocupaba un puesto que lo protegía. Constance Hochner le había dicho que hablaba bien inglés. De modo que podía ser diplomático, por ejemplo. Alguien con posibilidad de entrar y salir del país sin que lo detuviesen en la aduana.

Harry tomó el desvío de Slemdalsveien en dirección a Holmenkollen.

¿Y si le pedía a Meirik que trasladase a Ellen al CNI por un breve periodo de trabajo en colaboración? Rechazó la idea enseguida. Meirik parecía más interesado en que él contase neonazis o en que participase en acontecimientos sociales que en cazar fantasmas de los días de la guerra.

Antes de darse cuenta siquiera de adonde se dirigía, ya había llegado a la casa de la mujer. Paró el coche y miró entre los árboles. Desde la carretera principal había unos cincuenta o sesenta metros hasta la casa. Había luz en las ventanas de la planta principal.

– ¡Idiota! -barbotó en voz alta, y dio un respingo al oír su propia voz.

Estaba a punto de volver a ponerse en marcha cuando vio que se abría la puerta y que la luz del vestíbulo iluminaba la escalinata de la entrada. La idea de que ella lo viese y reconociese su coche le produjoun pánico instantáneo. Metió la marcha atrás para retroceder discretamente y salir del campo de visión, pero pisó tan poco el acelerador que se le ahogó el motor. Se oían voces. Un hombre con un abrigo largo y de color oscuro salía a la escalinata. El hombre hablaba, pero la persona a la que se dirigía quedaba oculta por la puerta. Después, el hombre se acercó al umbral y Harry dejó de verlo.

«Están besándose -pensó-. He venido en coche hasta Holmenkollen para espiar cómo una mujer con la que he estado hablando durante quince minutos se besa con su pareja.»

La puerta se cerró y el hombre se sentó en un Audi, se puso en marcha en dirección a la carretera principal y pasó por delante de su coche.

De camino a casa, Harry se preguntaba cómo castigarse a sí mismo. Tenía que ser un castigo duro, algo que lo disuadiese de tentaciones futuras. Una sesión de aerobic en SATS.

Capítulo 46

DRAMMEN

7 de Marzo de 2000

Harry nunca comprendió por qué Drammen, precisamente, recibía tantas críticas. Desde luego que la ciudad no era una belleza, pero ¿qué tenía Drammen que no tuviesen la mayoría de los pueblos noruegos que habían crecido demasiado deprisa? Sopesó la idea de parar a tomar un café en Børsen, pero miró el reloj y comprendió que no le daba tiempo.

Edvard Mosken vivía en una casa de madera pintada de rojo con vistas al hipódromo. Delante del garaje había aparcada una vieja furgoneta Mercedes. Mosken lo esperaba con la puerta abierta. Estudió durante un buen rato la identificación de Harry antes de decir:

– ¿Nacido en 1965? Aparentas más edad de la que tienes, Hole.

– Malos genes.

– Pues lo siento por ti.

– Bueno, cuando tenía catorce, entraba a las películas de mayores de dieciocho.

Fue imposible ver en la expresión de Mosken si había sabido valorar o no el chiste. El hombre le indicó a Harry que entrase.

– ¿Vives solo? -preguntó Harry mientras Mosken le indicaba el camino hasta la sala de estar.

El apartamento tenía un aspecto limpio y cuidado, pero apenas si había objetos personales decorativos y reinaba en él exactamente ese orden extremo que desea disfrutar cualquier hombre capaz de decidir por sí mismo. A Harry le recordaba a su propio apartamento.

– Sí, mi esposa me dejó después de la guerra.

– ¿Cómo que te dejó?

– Se marchó. Se largó. Partió para siempre.

– Entiendo. ¿Hijos?

– Tenía uno.

– ¿Tenías?

Edvard Mosken se detuvo y se volvió.

– ¿Es que no me explico con claridad, Hole?

Había formulado la pregunta con una de sus blancas cejas levantada formando un ángulo bien definido en la ancha frente.

– No, es culpa mía -explicó Harry-. Sólo me entra la información en pequeñas dosis.

– De acuerdo. Tengo un hijo.

– Gracias. ¿A qué te dedicabas antes de jubilarte?

– Era propietario de varios camiones. Mosken Transport. Vendí la empresa hace siete años.

– ¿Te iba bien?

– Lo suficiente. Los compradores conservaron el nombre.

Se sentaron cada uno a un lado de la mesa de la sala de estar. Harry presintió que no le pondría café. Edvard estaba sentado en el sofá, inclinado hacia delante, con los brazos cruzados, como diciendo: acabemos con esto cuanto antes.

– ¿Dónde estabas la noche del 22 de diciembre?

Harry había decidido por el camino que empezaría con esa pregunta. Entre jugarse la única carta que tenía antes de que Mosken tuviese ocasión de estudiar el terreno y comprender que no tenía nada más, Harry eligió lo primero con la esperanza de provocar una reacción elocuente. Si es que Mosken tenía algo que ocultar.

– ¿Soy sospechoso de algo? -preguntó Mosken con una expresión que no denotaba más que cierta curiosidad.

– Estaría bien que te limitases a responder a las preguntas, Mosken.

– Como quieras. Estuve aquí.

– Vaya, qué rapidez.

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que no has tenido que pensarlo mucho.

Mosken hizo un mohín de esos con los que la boca parodia el gesto de una sonrisa mientras que los ojos miran resignados.

– Cuando uno llega a mi edad, recuerda las noches que no pasa solo.

– Sindre Fauke me dio una lista de los noruegos que estuvieron en el campo de prácticas de Sennheim: Gudbrand Johansen, Hallgrim Dale, tú y el propio Fauke.

– Te olvidas de Daniel Gudeson.

– ¿Cómo? ¿Pero él no murió antes de que terminase la guerra?

– Sí.

– Entonces, ¿por qué lo nombras?

– Porque él también estaba con nosotros en Sennheim.

– Por lo que me dijo Fauke, había más noruegos en Sennheim, pero vosotros cuatro fuisteis los únicos supervivientes.

– Así es.

– Bien, en ese caso, ¿por qué mencionas precisamente a Gudeson?

Edvard Mosken miró a Harry fijamente antes de quedar con la mirada perdida.

– Porque él resistió tanto que creíamos que iba a sobrevivir. De hecho, creíamos que Daniel Gudeson era inmortal. No era una persona normal.

– ¿Sabías que Hallgrim Dale está muerto?

Mosken negó con un gesto.

– Pues no pareces muy sorprendido.

– ¿Por qué iba a estarlo? A estas alturas, me sorprende más oír que siguen vivos.

– ¿Y si te digo que murió asesinado?

– Bueno, eso es otra cosa. ¿Por qué me cuentas eso?

– ¿Qué sabes de Hallgrim Dale?

– Nada. La última vez que lo vi, fue en Leningrado. Entonces estaba conmocionado por la explosión de una granada.

– ¿No volvisteis juntos a Noruega?

– Ignoro cómo llegaron a casa Dale y los demás. A mí me hirieron el invierno de 1944 con una granada de mano que lanzó a la trinchera un caza ruso.

– ¿Un caza? ¿Desde un avión?

Mosken asintió sonriendo con amargura.

– Cuando desperté en la enfermería, estábamos en plena retirada. A finales del verano del cuarenta y cuatro, fui a parar a la enfermería del colegio de Sinsen, en Oslo. Después, llegó la rendición.

– De modo que, después de que te hirieran, no volviste a ver a ninguno de los demás, ¿no es así?

– Sólo a Sindre. Tres años después de la guerra.

– ¿Cuando ya habías cumplido tu condena?

– Sí. Fue un encuentro fortuito, en un restaurante.

– ¿Qué opinas tú de su deserción?

Mosken se encogió de hombros.

– Sus razones tendría. De todos modos, cambió de bando en un momento en el que aún no se sabía cuál sería el desenlace. Y eso es más de lo que puede decirse de la mayoría de los noruegos.

– ¿A qué te refieres?

– Era un dicho que teníamos durante la guerra: aquel que esperaba demasiado para elegir bando, elegía siempre el bando correcto. La Navidad de 1943 ya comprendimos que estábamos de retirada, pero no sospechamos la gravedad real de la situación. Así que, de todos modos, nadie podría tachar a Sindre de veleta. Como los que se habían quedado en casa a mirar y, de repente, les entraron las prisas por alistarse en la Resistencia los últimos meses de la guerra. Los llamábamos «Los santos de los últimos días». Algunos de ellos se cuentan hoy entre los que hablan en público sobre la heroica aportación de los noruegos en el bando correcto.

– ¿Tienes en mente a alguno en particular?

– Siempre es fácil pensar en alguno que otro que ha sido tocado después con la reluciente gloria de héroe. Pero eso carece de importancia.

– ¿Y qué me dices de Gudbrand Johansen? ¿Lo recuerdas?

– Por supuesto que sí. Él me salvó la vida al final. Él…

Mosken se mordió el labio inferior. Como si hubiese hablado más de lo debido, pensó Harry.

– ¿Qué pasó con él?

– ¿Con Gudbrand? Que me aspen si lo sé. Aquella granada… En la trinchera estábamos Gudbrand, Hallgrim Dale y yo cuando apareció rodando por el hielo y fue a dar en el casco de Dale. Lo único que recuerdo es que, cuando estalló, Gudbrand era el que estaba más cerca. Cuando desperté del coma, nadie supo decirme qué les había ocurrido a Gudbrand ni a Dale.

– ¿Qué quieres decir? ¿Habían desaparecido?

Mosken volvió la vista hacia la ventana.

– Aquello ocurrió el mismo día en que los rusos emprendieron en serio su ofensiva; la situación era, cuando menos, caótica. La trinchera en cuestión había caído ya hacía tiempo en manos rusas cuando yo desperté, y el regimiento se había desplazado a otro lugar. Si Gudbrand hubiese sobrevivido, lo más probable es que hubiese ido a parar al hospital del regimiento de Nordland, en la región norte. Y lo mismo habría sido de Dale, si lo hubiesen herido. Yo creo que también debí de estar allí. Pero ya te digo, cuando desperté, me encontraba en otro lugar.

– Gudbrand Johansen no está en los registros del censo.

Mosken volvió a encogerse de hombros.

– Pues lo mataría aquella granada. Eso fue lo que supuse entonces.

– ¿Y nunca has intentado localizarlo?

Mosken negó con la cabeza.

Harry miró a su alrededor en busca de algo que pudiese indicar que Mosken tenía café en casa, una cafetera, una taza. Sobre la chimenea se veía la foto de una mujer, enmarcada en un portarretratos dorado.

– ¿Estás amargado por lo que te ocurrió a ti y a los demás combatientes del frente oriental después de la guerra?

– En lo que se refiere a las penas…, no. Soy realista. El juicio fue como fue por necesidades políticas. Yo había perdido una guerra. No me quejo.

De repente, Edvard Mosken se echó a reír como una urraca, sin que Harry comprendiese el porqué. Pero volvió a ponerse serio enseguida.

– Lo que más me dolió fue que me tachasen de traidor a la patria. Pero me consuela pensar que los que estuvimos allí sabemos que defendimos nuestra patria con la vida.

– Tus ideas políticas de entonces…

– ¿Quieres saber si son las mismas de hoy?

Harry asintió y Mosken respondió con una sonrisa amarga, antes de añadir:

– La respuesta es bien sencilla, comisario. No. Entonces estaba equivocado. Así de simple.

– ¿Y no has tenido después ningún contacto con entornos neo-nazis?

– ¡Dios me libre! ¡No! En Hokksund hubo algunas reuniones hace un par de años. Uno de esos idiotas me llamó entonces para preguntarme si quería acudir y hablarles de la guerra. Creo que se hacían llamar Blood and Honour. O algo así.

Mosken se inclinó sobre la mesa. En uno de los extremos había un montón de revistas cuidadosamente ordenadas y colocadas de forma que coincidían a la perfección con la esquina.

– ¿Qué es lo que busca el CNI exactamente? ¿Localizar a los neo-nazis? Porque, en ese caso, habéis venido al lugar equivocado.

Harry no estaba muy seguro de cuánto quería revelar por el momento. Pero su respuesta fue bastante sincera:

– La verdad es que no sé bien qué buscamos.

– Sí, ése es el CNI que yo conozco.

Volvió a reír con su risa de urraca, estentórea y desagradable.

Harry llegaría después a la conclusión de que debía de ser la combinación de aquella risa y el hecho de que no le hubiese puesto un café lo que determinó que formulase la siguiente pregunta en los términos en que lo hizo:

– ¿Cómo crees que han llevado tus hijos el hecho de tener un padre con un pasado nazi? ¿Crees que ha sido determinante para que Edvard Mosken hijo esté ahora en la cárcel condenado por tráfico de drogas?

Harry se arrepintió enseguida, en cuanto vio la rabia y el dolor aflorar a los ojos del viejo. Sabía que habría podido averiguar lo que quería sin asestarle un golpe tan bajo.

– ¡Ese juicio fue una farsa! -masculló Mosken-. El abogado defensor de mi hijo es nieto del juez que me juzgó a mí después de la guerra. Se empeñan en castigar a mis hijos para ocultar su propia vergüenza por lo que hicieron durante la guerra. Yo…

Mosken se interrumpió de improviso. Harry aguardó una continuación que, no obstante, no se produjo. De repente y sin previo aviso, sintió que el perro que tenía en el estómago empezaba a ladrar… No había emitido el menor ruido desde hacía un buen rato. Ahora necesitaba un trago.

– ¿Uno de los «santos de los últimos días»? -preguntó Harry.

Mosken se encogió de hombros otra vez. Harry intuyó que no podría sacarle más sobre el tema en esta ocasión.

Mosken miró el reloj.

– ¿Tienes alguna cita? -quiso saber Harry.

– Pensaba darme una vuelta por la casa de campo.

– ¿Ah, sí? ¿Está lejos?

– En Grenland. Necesito aprovechar las horas de luz antes del anochecer.

Harry se levantó. Ambos se detuvieron en el pasillo, como buscando alguna frase adecuada con la que despedirse, cuando a Harry se le ocurrió algo de pronto:

– Has dicho que te hirieron en Leningrado, el invierno de 1944, y que te llevaron a la enfermería del colegio de Sinsen a finales del verano. ¿Dónde estuviste entre tanto?

– ¿A qué te refieres?

– Acabo de terminar de leer uno de los libros de Even Juul. Es historiador especializado en la guerra.

– Sé perfectamente quién es Even Juul -atajó Mosken con una sonrisa indescifrable.

– Según él, el regimiento Norge quedó disuelto en Krasnoje Selo en marzo de 1944. ¿Dónde estuviste desde el mes de marzo hasta que llegaste a Sinsen?

Mosken se quedó mirando a Harry un buen rato. Después, abrió la puerta y miró afuera.

– Casi cero grados -declaró al fin-. Conduce con cuidado.

Harry asintió. Mosken se estiró un poco, se hizo sombra con la mano y oteó el hipódromo vacío, cuyas pistas cubiertas de grava describían un óvalo gris sobre la nieve sucia.

– Me encontraba en lugares que una vez tuvieron nombre -respondió Mosken-. Pero que habían cambiado tanto que ya nadie los reconocía. En nuestros mapas no habían señalado más que las carreteras, los ríos, los lagos y los campos de minas, pero ningún nombre. Si te digo que estuve en Estonia, en un lugar llamado Parnu, puede que sea verdad, pero ni yo ni nadie lo sabe con certeza. Pasé la primavera y el verano de 1944 postrado en una camilla escuchando las ametralladoras y pensando en la muerte. No en dónde me encontraba.

Harry conducía despacio junto al río y se detuvo al ver el semáforo en rojo antes del puente. El segundo puente, el E18, parecía una prótesis dental de proporciones gigantescas a través del paisaje e impedía ver el fiordo de Drammen. De acuerdo, no todo estaba bien hecho en Drammen. Harry había decidido parar a tomar café en Børsen en el camino de vuelta, pero cambió de idea al recordar que sólo servían cerveza.

El semáforo se puso en verde y Harry aceleró.

Edvard Mosken había reaccionado con vehemencia a su pregunta acerca de su hijo. Harry resolvió que investigaría a fondo quién había sido el juez en el proceso contra Mosken. Mientras conducía, echó un último vistazo a Drammen en el retrovisor. Desde luego que había ciudades peores.

Capítulo 47

DESPACHO DE ELLEN

7 de Marzo de 2000

A Ellen no se le había ocurrido nada.

Harry se había pasado por su despacho y estaba ahora sentado en su vieja silla, que no dejaba de crujir. Habían contratado a un nuevo agente, un joven oficial de Steinkjer, que se incorporaría dentro de un mes.

– ¿Qué te creías, que soy adivina? -preguntó al ver la decepción en el rostro de Harry-. Además, les he preguntado a los demás en la reunión de esta mañana, pero nadie había oído hablar de ningún Príncipe.

– ¿Y qué tal con el Registro de Armas? Ellos deberían tener datos completos sobre los traficantes.

– ¡Harry!

– ¿Sí?

– Yo ya no trabajo para ti.

– ¿Para mí?

– Bueno, pues contigo. Aunque yo tenía la sensación de que trabajaba para ti. Eres un bruto.

Harry se dio impulso con el pie e hizo girar la silla. Cuatro vueltas. Jamás había conseguido hacerla girar más de cuatro veces. Ellen alzó la vista al cielo, con resignación.

– De acuerdo. También llamé al Registro de Armas -admitió al fin-. Pero ellos tampoco habían oído hablar del Príncipe. ¿Por qué no te asignan un ayudante en el CNI?

– No es un caso prioritario. Meirik me permite dedicarme a ello, pero lo que quiere en realidad es que me dedique a averiguar qué están tramando los neonazis antes del Eid musulmán.

– Una de las frases que me diste era «entorno con fijación por las armas». La verdad es que no se me ocurre un ambiente más obsesionado por las armas que los ambientes neonazis. ¿Por qué no empezar por ahí? Matarías dos pájaros de un tiro.

– Sí, ya lo había pensado.

Capítulo 48

CAFÉ RYKTET, GRENSEN

7 de Marzo de 2000

Even Juul estaba en la escalinata cuando Harry aparcó el coche ante su casa.

Burre estaba a su lado, tironeando de la cadena.

– ¡Qué rapidez! -comentó Juul.

– Me puse en marcha en cuanto colgué el auricular -explicó Harry-. ¿Burre viene con nosotros?

– No, sólo lo he sacado un poco, mientras esperaba. Entra, Burre.

El perro miró a Juul con expresión suplicante.

– ¡Venga! ¡Adentro!

Burre dio un paso atrás y entró como una flecha en la casa. También Harry se sobresaltó ante el inesperado grito de Juul.

– Bien, podemos irnos -declaró Juul.

Harry atisbo un rostro tras la cortina de la cocina cuando se marchaban.

– Hay más claridad -dijo Harry.

– ¿Ah, sí?

– Me refiero a los días. Son más largos.

Juul asintió sin responder.

– He estado pensando en una cosa -confesó Harry-. La familia de Sindre Fauke, ¿cómo murieron?

– Ya te lo dije. Él los mató.

– Sí, pero ¿cómo?

– De un tiro. En la cabeza.

– ¿Los cuatro?

– Sí.

Por fin encontraron un aparcamiento en Grensen, desde el que se encaminaron al lugar que Juul había insistido en mostrarle a Harry cuando hablaron por teléfono.

– Así que esto es Ryktet -dijo Harry cuando entraron en el café apenas iluminado y casi desierto.

Tan sólo dos de las viejas mesas de fórmica estaban ocupadas. Harry y Juul pidieron café y se sentaron a una de las que había junto a la ventana. Dos hombres de edad avanzada que ocupaban una mesa en el interior del local interrumpieron su conversación para observarlos.

– Me recuerda a un café al que voy de vez en cuando -dijo Harry señalando hacia los dos ancianos.

– Son fieles creyentes -explicó Juul-. Viejos nazis y excombatientes que siguen pensando que ellos tenían razón. Aquí se desahogan de su amargura por la gran traición y critican al gobierno de Nygaards vold y el estado general de la situación. Eso hacen, claro, los que aún viven. Porque ya veo que van quedando menos.

– ¿Siguen estando políticamente comprometidos?

– Desde luego que sí, siguen furiosos. Por la ayuda a los países en vías de desarrollo, por las reducciones del presupuesto de Defensa, por las mujeres sacerdotes, por las parejas de hecho de homosexuales, por nuestros nuevos compatriotas, de origen extranjero; todas esas cosas que seguro que te imaginas encienden a estos tipos. En el fondo, siguen siendo fascistas.

– ¿Y tú crees que es posible que Urías sea asiduo de este local?

– Si lo que Urías pretende poner en práctica es algún tipo de acto de venganza contra la sociedad, aquí encontrará gente que piensa como él. Claro que hay otros lugares donde también se reúnen los excombatientes. Por ejemplo, todos los años celebran encuentros de camaradas aquí en Oslo, adonde acuden correligionarios de todo el país, soldados y otros que estuvieron en el frente oriental. Pero esos encuentros tienen un carácter muy distinto al ambiente de este agujero; son auténticos actos sociales en los que recuerdan a los caídos y está prohibido hablar de política. No, si yo estuviese buscando a un excombatiente con planes de venganza, empezaría por este lugar.

– ¿Tu esposa ha asistido a alguno de esos, cómo los has llamado…, encuentros de camaradas?

Juul clavó en Harry una mirada inquisitiva antes de negar despacio con un gesto.

– Se me ha ocurrido de pronto -explicó Harry-. Pensé que tal vez ella tuviese algo que contarme.

– Pues no, no tiene nada que contarte -atajó Juul con acritud.

– Estupendo. ¿Existe alguna relación entre los neonazis y los que tú llamas fieles creyentes?

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Me han dado un soplo. Parecer ser que Urías se sirvió de un intermediario para hacerse con el Märklin, alguien que se mueve en un ambiente obsesionado por las armas.

Juul volvió a negar con la cabeza.

– La mayoría de los excombatientes sentirían un gran disgusto si te oyesen llamarlos correligionarios de los neonazis. Aunque éstos abrigan un profundo respeto por los excombatientes, para ellos, representan el sueño más deseado: defender la patria y la raza empuñando las armas.

– De modo que si un excombatiente quisiera agenciarse un arma, podría contar con el apoyo de los neonazis, ¿no?

– Seguro que sería bien acogido, sí. Pero tendría que saber a quién dirigirse. Cualquiera no podría conseguirle un arma tan potente y avanzada como la que buscas. Por ejemplo, no hace mucho que la policía de Hønefoss hizo un registro en el garaje de unos neonazis y encontró un viejo Datsun oxidado, cargado de mazos de fabricación casera, jabalinas de madera y un par de hachas romas. La mayor parte de los pertenecientes a este círculo se encuentra, literalmente, en la Edad de Piedra.

– Entonces, ¿dónde debo empezar a buscar a una persona del entorno que tenga contactos con traficantes de armas internacionales?

– El círculo no es demasiado grande, ése no es el problema. Cierto que Fritt Ord, el diario nacionalista, asegura que en todo el país hay unos mil quinientos nacionalsocialistas y nacionaldemócratas; pero si llamas a Monitor, la organización no gubernamental que se encarga de mantener vigilados los entornos fascistas, te dirán que tan sólo un máximo de cincuenta están activos. No, el problema es que las personas con recursos, las que realmente mueven los hilos, no se ven. No se pasean por ahí con las botas y las esvásticas tatuadas en el antebrazo, por así decirlo. Son personas con una posición social que pueden utilizar para servir a la causa pero, para ello, tienen que mantenerse en la sombra.

A su espalda, de repente, se oyó una voz grave:

– ¡Even Juul! ¿Cómo te atreves a venir a este lugar?

Capítulo 49

CINE GIMLE, PASEO DE BYGDØY

7 de Marzo de 2000

– Bueno, ¿qué crees que hice? -le preguntó Harry a Ellen mientras lo empujaba con suavidad para que avanzase en la cola-. Justamente estaba allí sentado, preguntándome si no debería levantarme y preguntarle a alguno de los malhumorados viejos si por casualidad no conocían a alguien que estuviese planeando perpetrar un atentado y que, por esa razón, hubiese adquirido una escopeta mucho más cara que la media. Y, en ese preciso momento, uno de ellos se coloca detrás de la mesa y grita con su vozarrón: «¡Even Juul! ¿Cómo te atreves a venir a este lugar?».

– Vale, ¿y qué hiciste? -quiso saber Ellen.

– Nada. Simplemente, seguí sentado mientras que a Even Juul se le desencajaba el rostro. Como si hubiese visto un fantasma. Estaba claro que se conocían. Por cierto, que es la segunda persona que me encuentro hoy que resulta que conoce a Juul. Edvard Mosken también me dijo que lo conocía.

– No es de extrañar, ¿no? Juul suele escribir en los periódicos, sale en televisión, es un personaje público.

– Sí, claro, tienes razón. Pero bueno, continúo: Juul se levanta y se va derecho a la calle. Lo único que yo puedo hacer es seguirlo. Cuando me reúno con él en la calle, está blanco como la cera. Sin embargo, cuando le pregunto por el hombre, asegura que no sabe quién es. Después, lo llevo a casa y apenas si se despide de mí antes de bajarse del coche. Se le veía muy afectado. ¿Te parece bien la fila diez?

Harry se agachó hacia la ventanilla y pidió dos entradas.

– Tengo mis dudas -confesó Harry.

– ¿Por qué? -quiso saber Ellen-. ¿Porque soy yo quien ha elegido la película?

– Es que, en el autobús, oí a una chica que comía chicle decirle a una amiga que Todo sobre mi madre es bonita. O sea, bonita.

– ¿Qué quieres decir?

– Que cuando las chicas dicen que una película es bonita, experimento una sensación del tipo Tomates verdes fritos. Cuando a las mujeres os sirven un pastel decorado con algo más de brillantez que los espectáculos de Oprah Winfrey, os parece que habéis visto una película cálida, inteligente. ¿Palomitas?

La fue guiando hasta la cola del quiosco.

– Eres un caso perdido, Harry. Un caso perdido. Por cierto, ¿sabes que Kim se ha puesto celoso cuando le he dicho que iba al cine con un colega?

– Enhorabuena.

– Antes de que se me olvide -añadió Ellen-. Tal y como me pediste que hiciera, encontré el nombre del abogado defensor de Edvard Mosken hijo. Y el de su abuelo, que presidió los juicios por traición.

– ¿Y?

Ellen sonrió.

– Johan Krohn y Kristian Krohn.

– Sorpresa.

– Estuve hablando con el fiscal de la causa contra Mosken hijo. Al parecer, Mosken padre perdió los nervios al oír que el tribunal juzgaba a su hijo culpable y llegó a agredir a Krohn. Además, dijo en voz alta que Krohn y su abuelo conspiraban contra la familia Mosken.

– Interesante.

– Me he ganado una grande de palomitas, ¿no crees?

Todo sobre mi madre fue mucho mejor de lo que Harry se había temido. Aun así, en medio de la escena donde entierran a Rosa, no tuvo más remedio que molestar a una llorosa Ellen para preguntarle dónde estaba Grenland. Ellen le contestó que era la zona en torno a Porsgrunn y Skien. Después, la dejó ver la película sin más interrupciones.

Capítulo 50

OSLO

8 de Marzo de 2000

Harry veía que el traje le quedaba pequeño. Lo veía, pero no comprendía por qué. No había engordado desde que tenía dieciocho años y el traje le quedaba perfecto cuando lo compró en Dressmann, para la fiesta de graduación en 1990. Como quiera que fuese, ahora comprobaba claramente en el espejo del ascensor que, entre los pantalones y los zapatos negros Dr. Martens, asomaba la franja de los calcetines. Aquél era, sin duda, uno de esos misterios irresolubles.

Las puertas del ascensor se abrieron y Harry empezó a oír la música, la charla altanera de los hombres y el parloteo de las mujeres, que escapaba por las puertas abiertas de la cantina. Miró el reloj. Eran las ocho y cuarto. Hasta las once podía pasar. A esa hora, se iría a casa.

Contuvo la respiración, entró en la cantina y echó un vistazo a su alrededor. Era como todas las cantinas noruegas, un local cuadrado con un mostrador de cristal en un extremo, para pedir la comida, muebles de color claro de madera procedente de algún fiordo de Sunnmøre, y carteles de prohibido fumar.

Los organizadores habían hecho lo posible por camuflar la cotidianidad con globos y manteles rojos. Aunque había muchos hombres, el reparto de sexos era, pese a todo, más equitativo que en las fiestas de la policía judicial. Parecía que la mayoría ya había tenido tiempo de ingerir bastante alcohol. Linda había mencionado algo acerca de unas copas previas en casa de alguien, y Harry se alegró de que no lo hubiesen invitado.

– ¡Qué elegante estás con traje, Harry!

Era Linda. Apenas si pudo reconocerla con aquel vestido tan ajustado que realzaba sus kilos de más, pero también su femenina lozanía. Llevaba una bandeja con bebidas de color naranja que, solícita, sostenía ante él.

– Eh…, no gracias, Linda.

– No seas soso, Harry. ¡Es una fiesta!

«Tonight we're gonna party like it's nineteen-ninety-nine…», cantaba Prince a gritos.

Ellen se inclinó en el asiento delantero y bajó el volumen.

Tom Waaler le lanzó una mirada fugaz.

– Es que estaba un poco alto -se disculpó ella mientras pensaba que sólo faltaban tres semanas para que llegase el oficial de Steinkjer; a partir de entonces, no tendría que volver a trabajar con Waaler.

No era la música. Waaler tampoco le hacía la vida imposible. Y, desde luego, no era un mal policía.

Eran las llamadas telefónicas. Y no porque Ellen Gjelten no fuese comprensiva con la atención debida a la vida sexual, pero la mitad de las llamadas que recibía su colega eran de mujeres que, según ella deducía por la conversación, Waaler estaba abandonando, había abandonado o estaba a punto de abandonar. Las conversaciones con estas últimas eran las más desagradables. Eran las que mantenía con las mujeres a las que aún no había destrozado; con ellas utilizaba un tono de voz especialísimo que hacía que Ellen sintiese deseos de gritar: «¡No lo hagas! ¡No le importas lo más mínimo! ¡Huye!». Ellen Gjelten era una persona generosa capaz de excusar las debilidades humanas. En el caso de Tom Waaler no había detectado muchas debilidades, pero tampoco demasiada humanidad. Simplemente, no le gustaba lo más mínimo.

Pasaron ante el Tøyenparken. A Waaler le habían dado un soplo de que alguien había visto a Ayub, el jefe de la banda de palestinos tras cuya pista llevaban desde la agresión que protagonizó en diciembre, en el restaurante persa Aladdin, en la calle Hausmannsgate, cerca del Slottsparken. Ellen sabía que llegaban demasiado tarde y que no les quedaba más que preguntar por allí si alguien sabía dónde estaba Ayub. No obtendrían ninguna respuesta, pero al menos habrían dado a entender con su presencia que no pensaban dejarlo en paz.

– Espera en el coche, voy a mirar -dijo Waaler.

– De acuerdo.

Waaler se bajó la cremallera de la cazadora de piel.

«Para exhibir los músculos que había conseguido a base de hacer pesas en el gimnasio de la comisaría -se dijo Ellen-. O quizá más bien para que se vea parte de la funda de la pistola y sepan que va armado.» Los oficiales del grupo de delitos violentos tenían permiso para llevar armas, pero ella sabía que Waaler no utilizaba el arma reglamentaria, sino un cacharro de gran calibre por el que ella no había tenido fuerzas para preguntarle. Después de los coches, el tema de conversación favorito de Waaler eran las armas y, ante eso, Ellen prefería los coches. Ella en cambio no llevaba ningún arma, a menos que se lo exigieran, como ocurrió el otoño anterior, con motivo de la visita del presidente.

Algo murmuraba en lo más recóndito de su cerebro. Pero el murmullo se vio interrumpido por una zumbona version digital de Napoleon med sin hær? [19]. Era el móvil de Waaler. Ellen abrió la puerta para llamarlo, pero él ya estaba entrando en el restaurante Aladdin.

Había sido una semana muy aburrida. Ellen no podía recordar otra tan tediosa desde que empezó en la policía. Y temía que tal sensación se debiera a que ahora tenía una vida privada que atender. De repente tenía sentido volver a casa antes de que se hiciese demasiado tarde, y las guardias de los sábados, como la de aquella noche, se le antojaban un sacrificio. El móvil dejó oír su Napoleon… por cuarta vez.

¿Sería una de las abandonadas o una que aun no lo había probado? Si Kim la dejase ahora… Pero no lo haría. Simplemente, estaba convencida de ello.

Napoleon med sin hær, por quinta vez.

Dentro de dos horas terminaría su guardia y se marcharía a casa, se daría una ducha e iría luego a casa de Kim, en la calle Helgesen, a tan sólo cinco minutos de marcha supercachonda a pie: los suficientes para ponerse cachonda. Ellen contuvo la risa.

¡La sexta vez! Agarró el móvil, que estaba debajo del freno de mano.

«Éste es el servicio de contestador de Tom Waaler. Lamentamos comunicarle que el señor Waaler no se encuentra disponible. Pero puede dejar su mensaje después de oír la señal.»

Tenía pensado gastar una broma y decir su nombre después pero, por alguna razón, se quedó en silencio con el móvil en la mano, escuchando la pesada respiración del interlocutor. Tal vez porque le resultaba emocionante, o quizá por curiosidad. Como quiera que fuese, entendió que la persona que había al otro lado creía que hablaba un contestador y ¡estaba esperando el pip! De modo que Ellen pulsó una de las teclas numéricas. Pip, se oyó.

– Hola, soy Sverre Olsen.

– Hola, Harry, ésta es…

Harry se volvió hacia Meirik, pero el resto de su frase se perdió en el estrépito, pues el autoelegido pinchadiscos de la fiesta subió el volumen de la música que bombeaba de los altavoces situados a la espalda de Harry:

«That don't impress me much…»

Harry no llevaba en la fiesta más de veinte minutos, ya había mirado el reloj dos veces y había tenido tiempo de preguntarse a sí mismo hasta cuatro veces: ¿guardaría el asesinato de aquel excombatiente alguna relación con la compra del rifle Märklin? ¿Quién era capaz de cometer un asesinato con un cuchillo, tan rápida y limpiamente, a plena luz del día en un portal del centro de Oslo? ¿Quién era el Príncipe? ¿Tenía algo que ver con todo aquello la sentencia contra el hijo de Mosken? ¿Qué había sido de Gudbrand Johansen, el quinto combatiente noruego? ¿Y por qué no se había tomado Mosken la molestia de buscarlo después de la guerra, si era cierto que Gudbrand Johansen le había salvado la vida?

Y allí estaba, en la esquina, al lado de uno de los altavoces, con una cerveza sin alcohol, en una copa, eso sí, para que nadie le preguntase por qué no bebía alcohol, mientras observaba a dos de los empleados más jóvenes del CNI que bailaban en la pista.

– Lo siento, no te he oído -se disculpó Harry.

Kurt Meirik removía en su copa una bebida de color naranja. Pese a todo, parecía andar más derecho que de costumbre en su traje de rayas azul que le quedaba como un guante, por lo que Harry pudo ver. Se tiró de las mangas de la chaqueta, consciente de que los puños de su camisa se veían muy por encima de los gemelos. Meirik se le acercó un poco.

– Estaba intentando decirte que ésta es la jefa de nuestra sección internacional, la comisario…

Harry se percató entonces de la presencia de la mujer que Meirik tenía a su lado. Complexión delgada. Falda roja, sencilla. Tuvo un presentimiento.

«So you got the looks, but have you got the touch…», continuaba la música.

Ojos castaños. Pómulos salientes. Tono de piel tostado. El cabello corto y oscuro, enmarcando un rostro delgado. La mujer sonreía con los ojos. Harry la recordaba guapa, pero no tan… encantadora. Aquélla era la única palabra que se le ocurría para calificar lo que tenía ante sí. Sabía que el hecho de que ella estuviese allí, delante de él, debía dejarlo mudo de sorpresa, pero de algún modo, lo encontró lógico, lo que hizo que, para sus adentros, asintiese como reconociendo la situación.

– … Rakel Fauke -dijo Meirik.

– Sí, ya nos hemos visto antes -dijo Harry.

– ¿Ah, sí? -preguntó Meirik sorprendido.

Ambos miraban a la mujer.

– Así es -dijo ella-. Pero creo que no llegamos a presentarnos.

Rakel Fauke le tendió la mano con la muñeca ligeramente flexionada que, una vez más, le hizo pensar a Harry en las clases de piano y de ballet.

– Harry Hole -se presentó.

– ¡Ajá! -respondió ella-. Por supuesto que eres tú. De delitos violentos, ¿no es cierto?

– Exacto.

– Cuando nos vimos, no sabía que tú eras el nuevo comisario del CNI. Si lo hubieras dicho…

– ¿Qué? -preguntó Harry.

Ella ladeó ligeramente la cabeza.

– Pues sí, ¿qué? -remató entre risas.

Su risa provocó que aquella palabra ridícula volviese a la mente de Harry: encantadora.

– Bueno, al menos te habría dicho que trabajamos en el mismo lugar -concluyó Rakel Fauke-. En condiciones normales, no suelo contarle a la gente dónde trabajo. Te hacen unas preguntas tan raras… A ti seguro que te pasa lo mismo.

– Y que lo digas -contestó Harry.

La mujer volvió a reír y Harry se preguntó qué era lo que había que hacer para que riese de ese modo constantemente.

– ¿Cómo es que no te he visto antes en el CNI? -le preguntó Rakel Fauke.

– El despacho de Harry está al fondo del pasillo -aclaró Kurt Meirik.

– Ya veo -asintió ella en tono comprensivo, sin dejar de sonreír con la mirada-. Así que el despacho al fondo del pasillo, ¿eh?

Harry asintió sombrío.

– Bueno, bueno -intervino Meirik-… íbamos al bar, Harry.

Harry aguardó una invitación que no llegó.

– Ya hablaremos -se despidió Meirik.

«Comprensible», se dijo Harry. Seguro que eran muchos los que esperaban aquella noche la palmadita en la espalda del jefe del CNI y de la comisario. Se colocó de espaldas a los altavoces, pero les lanzó una mirada furtiva mientras se alejaban. Ella lo había reconocido. Y recordaba que no se habían presentado la primera vez que se vieron. Apuró su copa de un trago; pero no le supo a nada.

«There's something else: the afterworld…»

Waaler cerró la puerta del coche tras de sí.

– Nadie ha hablado con Ayub, ni lo ha visto ni ha oído hablar siquiera de él -sintetizó-. Nos vamos.

– Muy bien -dijo Ellen antes de mirar el retrovisor y girar para apartarse de la acera.

– Veo que Prince está empezando a gustarte a ti también.

– ¿Tú crees?

– Por lo menos, has subido el volumen mientras yo estaba fuera.

– Ah.

Ellen recordó que tenía que llamar a Harry.

– ¿Hay algún problema?

Ellen miraba fijamente ante sí, escrutando el asfalto gris y húmedo, centelleando a la luz de las farolas.

– ¿Un problema? ¿Qué problema?

– No sé. Tienes una expresión…, como si hubiese ocurrido algo…

– No, no ha pasado nada, Tom.

– ¿Ha llamado alguien? ¡Oye! -gritó Tom dando un salto en su asiento y apoyando ambas manos en el salpicadero-. ¿Es que no has visto el coche o qué?

– Lo siento.

– ¿Quieres que conduzca yo?

– ¿Que conduzcas tú? ¿Por qué?

– Porque tú conduces como…

– ¿Como qué?

– Olvídalo. Te preguntaba si ha llamado alguien.

– No, Tom, no ha llamado nadie. Si alguien hubiera llamado, te lo habría dicho, ¿no?

Tenía que llamar a Harry.

Rápido.

– ¿Y entonces, por qué has apagado mi móvil?

– ¿Qué? -preguntó Ellen mirándolo aterrada.

– No quites la vista de la carretera, Gjelten. Te preguntaba que por qué…

– Te estoy diciendo que no ha llamado nadie. ¡Lo habrás apagado tú mismo!

Ellen había alzado la voz sin darse cuenta, hasta el punto de que a ella misma le sonó chillona.

– De acuerdo, Gjelten -la tranquilizó su colega-. Relájate. Sólo era una pregunta.

Ellen intentó seguir su consejo, respirar acompasadamente y pensar sólo en el tráfico que discurría ante su vehículo. Giró a la izquierda en la rotonda después de la calle Vahl. Era sábado por la noche, pero las calles de aquella parte de la ciudad estaban casi desiertas. Luz verde. A la derecha por la calle Jens Bjelke. A la izquierda bajando por la calle Tøyengata. Al aparcamiento de la comisaría. Durante todo el trayecto, no dejó de sentir la mirada inquisitiva y curiosa de Tom.

Harry no había mirado el reloj una sola vez desde que le presentaron a Rakel Fauke. Incluso se había dado una vuelta con Linda para saludar a algunos colegas. La conversación no fluía. Le preguntaban cuál era su rango y, una vez que había contestado, moría el diálogo. Probablemente se debía a una regla tácita del CNI: no preguntar demasiado. O simplemente les traía sin cuidado. Tanto mejor, porque él tampoco tenía ningún interés especial en ellos. Al cabo de un rato, estaba de vuelta junto al altavoz.

Había atisbado el rojo de la falda de Rakel Fauke un par de veces; por lo que pudo deducir, se dedicaba a circular por la sala sin detenersea hablar demasiado con nadie. Y aún no había bailado, de eso estaba seguro.

«¡Dios santo!, me estoy comportando como un adolescente», se recriminó.

Así que miró el reloj. Las nueve y media. Podía acercarse a ella, intercambiar unas palabras, por ver qué pasaba. Y, si no pasaba nada, siempre podía seguir su camino y quitarse de encima el baile que le había prometido a Linda antes de marcharse a casa. ¿Si no pasaba nada? Pero ¿qué se había creído? ¡Con una comisario que estaba prácticamente casada! Necesitaba un trago. No. Volvió a mirar el reloj. Sintió escalofríos ante la idea del baile al que se había comprometido. Debía irse a casa. Casi todos estaban ya bastante borrachos. Pero ni estando sobrios se darían cuenta de que el nuevo comisario del fondo del pasillo se había marchado. Podría simplemente salir por la puerta y tomar el ascensor. Incluso tenía el Escort que, fiel, lo aguardaba fuera. Y Linda parecía estar divirtiéndose en la pista de baile, donde se había aferrado a un joven oficial que la hacía dar vueltas con una sonrisa bobalicona.

– El concierto de Raga en el Justivalen fue más movido, ¿no crees? -preguntó Rakel Fauke.

Al oír tan cerca su voz grave, sintió que el corazón se le aceleraba en el pecho.

Tom estaba en el despacho de Ellen, junto a su silla.

– Siento haber sido un poco pesado antes, en el coche -se disculpó.

Ellen no lo había oído entrar y dio un respingo en la silla. Tenía el auricular en la mano, pero aún no había marcado el número.

– Bah, no te preocupes -dijo ella-. Soy yo que estoy un poco…, ya sabes.

– ¿Premenstrual?

Ellen alzó la vista como un rayo y supo enseguida que no era una broma: su colega pretendía realmente ser comprensivo.

– Es posible -mintió ella.

¿Por qué habría entrado Tom en su despacho así, sin más? Era algo que no solía hacer.

– Bueno, Gjelten, la guardia se ha terminado -dijo Tom al tiempoque señalaba el reloj de la pared, que indicaba las diez-. Tengo el coche abajo. Te llevo a casa.

– Gracias, pero antes tengo que hacer una llamada. Vete y no me esperes.

– ¿Una llamada privada?

– ¡Qué va! Es sólo…

– Bueno, entonces te espero aquí.

Waaler se dejó caer en el viejo sillón de Harry, que emitió un crujido de protesta. Sus miradas se encontraron. ¡Mierda! ¿Por qué no le habría dicho que sí, que era una conversación privada? Ahora ya era demasiado tarde. ¿Sospecharía que ella había descubierto algo? Ellen intentó leer su mirada, pero era como si su capacidad hubiese desaparecido a causa de los nervios. ¿Nervios? Sabía bien por qué nunca se había sentido cómoda con Tom Waaler. No era por su visión de las mujeres, las personas de otra raza, los jóvenes activistas y los homosexuales, ni por su tendencia a aprovechar cualquier razón plausible para recurrir a la violencia. De hecho, era capaz de nombrar en un momento a otros diez agentes de policía que superaban a Tom Waaler en ese tipo de actitudes. Pese a todo, había logrado detectar en ellos algún que otro rasgo positivo que le hacían posible relacionarse con ellos. Pero en el caso de Tom Waaler, había algo más, y ya sabía lo que era: le tenía miedo.

– En realidad, puedo dejarlo para el lunes -se le ocurrió decir por fin.

– Estupendo -dijo el colega levantándose de nuevo-. Pues nos vamos.

Waaler tenía uno de esos deportivos japoneses que a Ellen se le antojaban imitaciones baratas de Ferrari. Tenía unos asientos como cubos que aprisionaban los hombros del ocupante, y los altavoces parecían abarcar la mitad del vehículo. El motor emitía un mimoso ronroneo y las luces de las farolas envolvían el interior mientras ellos avanzaban por la calle Trondheimsveien. Una voz en falsete que ella había aprendido a reconocer surgió de los altavoces:

«… I only wanted to be some kind of a friend, I only wanted to see you hathing…»

Prince. El Príncipe.

– Puedes dejarme aquí -dijo Ellen intentando adoptar un tono de voz natural.

– Nada de eso -dijo Waaler mirando al retrovisor-. Servicio de puerta a puerta. ¿Adónde vamos?

Ellen reprimió el impulso de abrir la puerta y saltar a la calzada.

– Aquí a la izquierda -dijo señalando la calle.

«Ojalá estés en casa, Harry.»

– Calle Jens Bjelke -leyó Waaler en voz alta al tiempo que giraba.

La iluminación era más escasa allí que en las calles que habían dejado atrás, y las aceras estaban desiertas. Por el rabillo del ojo, Ellen veía deslizarse por el rostro de Tom pequeños haces de luz. ¿Sabría él que ella lo sabía? ¿Habría visto que tenía la mano en el bolso, aferrada al aerosol de gas que había comprado en Alemania y que le había enseñado el otoño pasado, cuando Tom le dijo que se ponía en peligro a sí misma y a sus colegas al negarse a llevar armas? ¿Y no le había insinuado discretamente en alguna ocasión que él podía procurarle un arma corta de fácil manejo que podría ocultar en cualquier parte del cuerpo, que no estuviese registrada y que, por tanto, nadie relacionaría con ella en caso de que ocurriese una «desgracia»? Ellen no lo interpretó de forma tan directa en aquella ocasión, pues pensó que era una de esas macabras bromas machistas con que solía dejarse caer y le quitó importancia.

– Detente junto a ese coche rojo.

– ¡Pero si el número cuatro está en la próxima manzana! -exclamó Tom.

¿Le habría dicho ella misma que vivía en el número cuatro? Tal vez. Y seguramente lo había olvidado. Se sintió transparente, como una medusa de cristal, sintió que él podía ver su corazón latiendo desbocado.

El motor ronroneaba en ralentí. Tom había detenido el coche. Ella buscaba febrilmente la manivela de la puerta. ¡Jodidos ingenieros de pacotilla estos japoneses! ¿Por qué no podían colocar en la puerta simplemente una manilla normal, fácil de distinguir?

– Nos vemos el lunes -oyó decir a Waaler a su espalda al mismo tiempo que encontraba la manilla, salía de golpe e inhalaba el tóxico aire invernal de Oslo como si hubiese emergido a la superficie después de haber estado mucho tiempo bajo las frías aguas.

Lo último que oyó antes de cerrar la pesada puerta del portal fue el suave sonido del motor engrasado del coche de Waaler, que seguía en ralentí.

Subió atropelladamente las escaleras, pisando fuerte en cada peldaño empuñando las llaves como si llevase una varita mágica. Y entró en el apartamento. Mientras marcaba el número del apartamento de Harry, rememoró palabra por palabra el mensaje de Sverre Olsen: «Soy Sverre Olsen. Sigo esperando los diez mil de comisión por la pipa para el viejo. Llámame a casa».

Y después, colgó.

A Ellen le llevó una fracción de segundo comprender la situación. La quinta frase de la adivinanza de quién era el intermediario en el negocio del Märklin. Un policía. Tom Waaler. Naturalmente. Diez mil coronas de comisión para un imbécil como Olsen: debía de ser algo grande. El viejo. Un entorno obsesionado por las armas. Simpatizantes de la extrema derecha. El Príncipe que no tardaría en convertirse en comisario. Estaba más claro que el agua, tanto que, por un instante, le chocó que, pese a su capacidad para detectar lo que se les ocultaba a los demás, no se hubiese dado cuenta antes. Era consciente de que la paranoia se había apoderado de ella pero, mientras esperaba a que saliera del restaurante, no pudo evitar pensar que Tom Waaler tenía todas las posibilidades de ascender, de mover los hilos desde puestos cada vez más importantes, al abrigo de las alas del poder, y sólo los dioses sabían con quién se habría aliado ya en la comisaría. Pensándolo bien, había varios de los que jamás sospecharía que estuviesen implicados. Pero el único en el que estaba segura de que podía confiar al cien por cien, al cien por cien, era Harry.

Por fin daba la señal. No comunicaba. Jamás comunicaba. ¡Vamos, Harry!

Sabía además que sólo era cuestión de tiempo, hasta que Waaler hablase con Olsen y descubriese lo sucedido; y no le cabía la menor duda de que, a partir de ese momento, su vida correría peligro. Tenía que actuar con rapidez, pero no podía permitirse un solo paso en falso. Una voz interrumpió sus pensamientos:

– «Éste es el contestador automático de Hole. ¡Háblame!»

Pip.

– ¡Púdrete, Harry! Soy Ellen. Ya lo tenemos. Te llamo al móvil.

Sujetó el auricular con la barbilla mientras marcaba la H en la agenda del teléfono, que se le cayó al suelo con estrépito. Ellen lanzó una maldición hasta que, por fin, encontró el número de móvil de Harry. «Por suerte, él nunca se separa del móvil», pensó mientras lo marcaba.

Ellen Gjelten vivía en la tercera planta de un bloque recién reformado, en compañía de un pájaro carbonero domesticado llamado Helge. Los muros del apartamento tenían un grosor de medio metro y doble acristalamiento. Pese a todo, Ellen habría jurado que podía oír el persistente ronroneo de un coche en ralentí.

Rakel Fauke dejó oír su risa.

– Si le has prometido un baile a Linda, no te librarás de sacarle brillo a la pista.

– Bueno. La alternativa es largarse.

Se hizo una pausa durante la cual Harry cayó en la cuenta de que lo que acababa de decir podría malinterpretarse. De modo que se apresuró a preguntar:

– ¿Y cómo es que empezaste en el CNI?

– Fue por el ruso -explicó ella-. Me admitieron en un curso de ruso a cargo del Ministerio de Defensa y estuve en Moscú dos años, trabajando como intérprete. Kurt Meirik me reclutó entonces. Cuando terminé mis estudios de derecho, entré en el CNI, directamente en el nivel salarial treinta y cinco. Y creí que había puesto una pica en Flandes.

– ¿Y no fue así?

– ¿Estás loco? Mis compañeros de carrera ganan hoy tres veces más de lo que yo ganaré jamás.

– Podrías haberlo dejado y empezar a trabajar en lo mismo que ellos.

Rakel Fauke se encogió de hombros.

– Me gusta lo que hago. No se puede decir lo mismo de todos mis compañeros.

– Sí, hay algo de verdad en lo que dices.

Pausa.

«Hay algo de verdad en lo que dices.» ¿Acaso no era capaz de decir nada mejor?

– ¿Y qué tal tú, Harry? ¿A ti te gusta lo que haces?

Seguían mirando la pista de baile, pero Harry se había percatado de su mirada, de cómo lo estudiaba. Por su cabeza se cruzaban ideas de muy diversa índole. Que Rakel Fauke tenía pequeñas arrugas en torno a los ojos y la boca; que la cabaña de Mosken estaba lejos del lugar en el que habían encontrado los casquillos vacíos del Märklin; que, según el diario Dagbladet, el cuarenta por ciento de las mujeres noruegas del entorno urbano eran infieles; que tenía que preguntarle a la esposa de Even Juul si ella recordaba a tres soldados noruegos del regimiento Norge que habían resultado heridos o muertos por una granada de mano lanzada desde un caza, y que debería haberse comprado un traje de Dressmann durante la oferta de Año Nuevo que anunciaban en la cadena de televisión TV3. Pero ¿si le gustaba lo que hacía?

– A veces -respondió al fin.

– ¿Qué es lo que te gusta de tu trabajo?

– No lo sé. ¿Te parece una respuesta anodina?

– No lo sé.

– No es que no haya reflexionado sobre por qué soy policía. Claro que lo he hecho. Pero sigo sin saberlo. Tal vez simplemente porque me gusta atrapar a los malos.

– Ya. ¿Y qué haces cuando no te dedicas a atrapar a los malos?

– Ver La Isla de los Famosos.

Ella volvió a reír. Y Harry sabía que sería capaz de decir cualquier estupidez con tal de hacerla reír de aquel modo. Hizo un esfuerzo para hablar con cierta seriedad de cuál era su situación existencial en aquel momento pero, una vez excluidos los detalles desagradables, no le quedó mucho que decir. Sin embargo, puesto que ella parecía interesada en seguir escuchándolo, añadió algo acerca de su padre y de su hermana Søs. ¿Por qué, cuando alguien le pedía que hablase de sí mismo, terminaba siempre hablando de Søs?

– Parece una chica estupenda -opinó ella.

– La mejor -aseguró Harry-. Y la más valiente. No le tiene miedo a nada. Un piloto de pruebas de la vida.

Harry le habló de una ocasión en que Søs presentó una oferta verbal para la compra de un apartamento en la calle Jacob Aall; había visto la fotografía en las páginas de anuncios inmobiliarios del diario Aftenposten. Sólo porque el papel pintado de la fotografía le recordaba al de su habitación de la infancia en Oppsal. Y se lo adjudicaron por dos millones de coronas, un precio récord alcanzado aquel verano para el metro cuadrado en Oslo.

Rakel Fauke se echó a reír de tal modo que salpicó de tequila la chaqueta de Harry.

– Lo mejor de Søs es que, cuando se estrella, simplemente se levanta, se sacude un poco el polvo y enseguida está lista para la siguien