/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Bajo El Brillo De La Luna

Julia Quinn

Victoria, la hija del vicario de Bellfield, conoce muy bien la desolación y tristeza de un corazón roto. Su alma ha estado vagando desorientada desde que Robert, el futuro conde de Macclesfield, la cautivara con sus encantos para luego rechazarla. Ahora, siete años después del amargo final de su romance, sus caminos vuelven a cruzarse. Sin embargo, Victoria no ha sido la única en sufrir de mal de amores. El aristócrata, prendado de la candidez y dulzura de la doncella, no ha podido olvidarla y esconde su melancolía y pesadumbre tras una bien forjada máscara de mujeriego y conquistador. Cuando sus miradas se encuentren, surgirán antiguos rencores y agravios nunca expresados, pero también las pasiones selladas durante casi una década, el orgullo maltrecho y los vestigios de un amor más fuerte que el tiempo y las convenciones que deberá luchar nuevamente contra cualquier obstáculo. UN AMOR A PRIMERA VISTA… Victoria ha tenido que acostumbrarse a vivir sin Robert, a olvidar su olor, la música de su voz, los profundos ojos que la acariciaban con simplemente mirarla. Su existencia ahora se limita a cuidar de un mocoso malcriado y a sufrir el desprecio y los ataques de aquellos que se creen por encima de una solitaria doncella de provincias. Nunca había imaginado volverlo a ver, y de pronto, el futuro conde de Macclesfield ha regresado a su vida como un torbellino. Pero esta vez, Victoria ha aprendido la lección. Robert ya le rompió el corazón en el pasado, y ella no permitirá que lo haga de nuevo. … CONVERTIDO EN AMARGA TRAICIÓN Robert Kemble, conde de Macclesfield, únicamente necesitó posar los ojos en la graciosa muchacha que saltaba las rocas del arroyo para enamorarse perdidamente, y una simple noche para convertirse en el hombre más infeliz de la Tierra. Victoria Lyndon, la hija del vicario y la damisela más dulce y cautivadora del condado, le partió el alma en dos cuando le dejó plantado mientras esperaba con entusiasmo juvenil la huída que les permitiría iniciar una vida juntos. Y ahora, casi una década después, vuelve a encontrarla, justo delante de sus ojos, su furia latente, su belleza irresistible… ¿Cómo olvidar a quien le robó el corazón por primera vez?

Julia Quinn

Bajo El Brillo De La Luna

Everything and the moon.

1° de la Serie Las Hermanas Lyndon

Capítulo 1

Inglaterra, Kent, junio 1809

Robert Kemble, conde de Macclesfield, nunca se había dado a los vuelos de la fantasía, pero cuando vio a la chica en el lago, se enamoró al instante.

No era su belleza. Con su pelo negro y nariz impertinente era realmente atractiva, pero él había visto mujeres muchas más hermosas en los salones de Londres.

No era su inteligencia. No tenía motivos para creer que ella era una tonta, pero como no había compartido dos palabras con ella, no podía dar fe de su intelecto tampoco.

Ciertamente no era su gracia. La primera vez que la vio ella agitaba los brazos y caía desde una roca mojada. Ella aterrizó en otra roca con un fuerte golpe, seguido por un igualmente fuerte – Oh, Dios, – se puso de pie y se frotó el trasero dolorido.

No podía poner el dedo en la llaga. Lo único que sabía era que ella era perfecta.

Él se movió hacia delante, manteniendo escondido en los árboles. Ella estaba en el proceso de pasar de una piedra a otra, y cualquier tonto podía ver que se iba a resbalar, porque la piedra que estaba por pisar estaba resbaladiza por el musgo, y…

¡Zas!

– ¡Ay Dios mío, ay Dios mío!

Robert no pudo evitar sonreír mientras ella ignominiosamente se trasladada a la costa. El borde de su vestido estaba empapado, y sus zapatillas debían que estar arruinadas.

Se inclinó hacia delante, notando que las zapatillas estaban descansando al sol, probablemente donde ella las había dejado antes de saltar de piedra en piedra. Chica inteligente, pensó con aprobación.

Ella se sentó en la orilla cubierta de hierba y comenzó a exprimir su vestido, ofreciendo a Robert una deliciosa vista de sus pantorrillas desnudas.

¿Dónde había escondido sus medias?, se preguntó. Y luego, como guiada por ese sexto sentido femenino sólo parecía poseer, ella volvió la cabeza bruscamente y miró a su alrededor. -¿Robert? – Dijo en voz alta. -¡Robert! Sé que estás ahí.

Robert se quedó inmóvil, seguro de que nunca había conocido antes, seguro de que nunca se habían presentado, e incluso algunos más que incluso si lo hubieran hecho, no sería lo llamaba por su nombre.

– Robert -dijo ella, bastante le gritaba ahora. -Insisto en que te muestres.

Dio un paso adelante. -Como usted quiera, mi lady. -Dijo haciendo una reverencia cortés.

Ella parpadeó abriendo su boca y se puso de pie. Luego se debió dar cuenta de que estaba todavía con el dobladillo de su vestido en sus manos, dejando al descubierto sus rodillas para todo el mundo las vea. Dejó caer el vestido. -¿Quién diablos es usted?

Él le ofreció su mejor sonrisa torcida. -Robert.

– No es Robert -farfulló ella.

– Lamento diferir con usted-, dijo, ni siquiera tratando de contener su diversión.

– Bueno, usted no es mi Robert.

Un inesperado ataque de los celos corrió a través de él. -¿Y quién es su Robert?

– Él es… Él es… No veo cómo eso sea de su incumbencia.

Robert ladeó la cabeza, simulando cavilar en el asunto. -Uno podría ser capaz de abordar este asunto sosteniendo que como esta es mi tierra y sus faldas están empapadas con agua de mi estanque, entonces sí es mi incumbencia.

El color desapareció de su rostro. -Oh, querido Señor, usted no es su señoría.

Él sonrió. -Soy su señoría.

– ¡Pero, pero su señoría se supone que es viejo!- Ella se veía más perpleja que angustiada.

– Ah. Veo nuestro problema. Soy el hijo de su señoría. El otro “Su señoría”. ¿Y usted es…?

– Un gran problema-, espetó ella.

Le tomó la mano, que no se la había ofrecido a él, y se inclinó sobre ella. -Me siento muy honrado de conocerla, señorita problemas.

Ella soltó una risita. -Mi nombre es Señorita gran Problema, por favor.

Si Robert había tenido alguna duda sobre la perfección de la mujer que estaba delante de él, desaparecieron bajo la fuerza de su sonrisa y sentido del humor evidente.

– Muy bien-, dijo. -Señorita gran Problema. No quisiera ser descortés y privarla de su nombre completo. -Tiró de su mano y la condujo de nuevo al banco. -Vamos, sentémonos un rato.

Ella pareció vacilar. -Mi madre, Dios la bendiga, murió hace tres años, pero tengo la sensación de que ella me hubiera dicho que esta es una idea aconsejable. Parece como si usted fuera un libertino.

Esto llamó su atención. -¿Y ha conocido muchos libertinos?

– No, por supuesto que no. Pero si tuviera que conocer a alguno, me parece que se vería más bien como usted.

– ¿Y por qué es eso?

Ella arqueó los labios en una expresión más bien saber. -Vamos, ¿buscas cumplidos, mi lord?

– Por supuesto.-Sonrió hacia ella, se sentó y le acarició el suelo junto a él. -No hay necesidad de preocuparse. Mi reputación no es tan negra. Más bien es un gris oscura.

Se rió de nuevo, haciendo que Robert se sintiera como el Rey del Universo.

– Mi nombre es en realidad la señorita Lyndon-, dijo ella, sentada a su lado.

Se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos.

– ¿Señorita gran Problema Lyndon, supongo?

– Mi padre seguramente piensa que sí-respondió ella alegremente. Luego su cara se cayó.-Me debo ir. Si él me sorprendiera aquí con ustedes…

– Tonterías-dijo Robert, de repente desesperado por mantener allí a su lado. -No hay nadie alrededor.

Ella se echó hacia atrás, su actitud siguió siendo un tanto vacilante. Después de una larga pausa dijo finalmente, -¿Es tu nombre realmente Robert?

– De verdad.

– Me imagino que el hijo de un marqués que tiene una larga lista de nombres.

– Me temo que sí.

Ella suspiró dramáticamente. -Pobre de mí. No tengo más que dos.

– ¿Y son ellos?

Lo miró de reojo, con expresión definitivamente coqueta. El corazón de Robert se disparó.

– Victoria María,-respondió ella-.¿Y tú? Si se me permite el atrevimiento de preguntar.

– Phillip Robert Arthur Kemble.

– ¿Ha perdido el título?- le recordó.

Se inclinó hacia ella y le susurró: -Yo no quiero asustarte.

– Oh, yo no soy de las que se asustan tan fácilmente.

– Muy bien. Conde de Macclesfield, pero es sólo un título de cortesía.

– Ah, sí -, dijo Victoria. -Usted no consigue un título real hasta que su padre muera. Los aristócratas son gente extraña. -Levantó las cejas.

– Estos sentimientos probablemente aún podrían ser causa de un arresto en algunas partes del país.

– Oh, pero no aquí, – dijo con una sonrisa socarrona. -en su tierra, al lado de su lago.

– No-dijo él, mirándola a los ojos azules y encontrando el cielo. -Ciertamente no aquí.

Victoria no parecía saber cómo reaccionar ante el hambre en su mirada, y ella apartó la mirada. Hubo un minuto de silencio antes de que Robert volviera a hablar.

– Lyndon. Hmmm. -Él ladeó la cabeza en el pensamiento. -¿Por qué ese nombre tan familiar?

– Papa es el vicario de la nueva Bellfield.- Victoria respondió. -Tal vez su padre le mencionó.

El padre de Robert, el marqués de Castleford, estaba obsesionado con su título y sus tierras, y con frecuencia daba conferencias a su hijo sobre la importancia de ambos. Robert no tenía ninguna duda de que la llegada del nuevo vicario había sido mencionada como una parte de uno de los sermones diarios del marqués. También no tenía ninguna duda de que él no había estado escuchándolo.

Se inclinó hacia Victoria interesadamente. -¿Y disfrutar de la vida aquí en Bellfield?

– Oh, sí. Estábamos en Leeds antes. Echo de menos a mis amigos, pero es mucho más hermosa esta parte del país.

Hizo una pausa. -Dime, ¿quién es su misterioso Robert?

Ella ladeó la cabeza. -¿Está usted verdaderamente interesado?

– En verdad-. Cubrió su pequeña mano con la suya. -Me gustaría saber su nombre, ya que parece que debo causarle gran daño corporal si alguna él intenta encontrarse, vez otra, contigo a solas en el bosque.

– Oh, no siga.- Ella se echó a reír. -No sea tonto.

Robert llevó su mano a los labios y le dio un beso ardiente en el interior de la muñeca.

– Lo digo en serio.

Victoria hizo un débil intento de sacar su mano, pero su corazón no estaba en ello. Había algo en la forma en que este joven señor la miraba, con los ojos brillantes con una intensidad que la asustaba y la excitaba. -Fue Beechcombe Robert, mi lord.

– ¿Y él tiene derechos sobre usted?-, Murmuró.

– Robert Beechcombe tiene ocho años de edad. Habíamos quedado en ir a pescar. Pero supongo que él desistió. Me había dicho que su madre podría tener alguna tarea para que él haga.

Robert de pronto se echó a reír. -Estoy más que aliviado, la señorita Lyndon. Detesto los celos. Es una emoción muy desagradable.

– No-no me imagino porque debería sentir celos, Señor-, balbuceó Victoria. -Usted no me ha prometido nada.

– Pero tengo la intención.

– Y yo no le he prometido nada a usted,- ella dijo, su tono firme finalmente en crecimiento.

– Una situación que tendrá que rectificar-, dijo con un suspiro. Él levantó la mano, esta vez la besó los nudillos. -Por ejemplo, me gustaría mucho tu promesa de que nunca más volverás a tan siquiera mirar a otro hombre.

– No sé lo que estás hablando-, dijo Victoria, totalmente desconcertada

– No me gustaría compartir.

– ¡Mi Lord! ¡Acabamos de conocernos!

Robert se volvió hacia ella, mostrando en sus ojos una asombrosa dulzura. -Lo sé. Sé, en mi mente, que apenas hace diez minutos te conozco, pero mi corazón te ha conocido toda mi vida. Y mi alma, incluso hace más tiempo.

– Yo no sé qué decir.

– No digas nada. Simplemente siéntate aquí a mi lado y disfrutar del sol.

Y así que se sentaron en la orilla cubierta de hierba, mirando las nubes y el agua. Permanecieron en silencio durante varios minutos hasta que los ojos de Robert se centraron en algo en la distancia, y de repente se puso de pie.

– No te muevas-le ordenó, con una sonrisa tonta desmintiendo la dureza de su voz. -No se mueva ni un centímetro.

– Pero.

– ¡Ni una pulgada!-Llamó por encima del hombro, corriendo por el descampado.

– Robert-, protestó Victoria, olvidando por completo que se le debe a llamarle -mi lord.

– ¡Ya casi he terminado!

Victoria estiró el cuello, tratando de entender lo que estaba haciendo. Se había escapado a un lugar detrás de los árboles, y todo lo que pudo ver era que él se inclinaba hacia abajo. Miró a su muñeca, casi sorprendida al ver que no ardía roja donde la había besado.

Había sentido ese beso a lo largo de su cuerpo.

– Aquí estamos.- Robert salió del bosque e hizo en una reverencia cortés con un pequeño ramo de violetas silvestres en su mano derecha. -Para mi lady.

– Gracias-susurró Victoria, sintiendo las lágrimas picar sus ojos. Se sentía increíblemente emocionada, como si este hombre tuviera el poder de llevarla a través del mundo, a través del universo.

Él dejo a todas, excepto una violeta, en su mano. -Esta es la verdadera razón por la que las recogí,- murmuró, metiendo los últimos flor detrás de la oreja. -Ya está. Ahora está perfecto.

Victoria se quedó mirando el ramo de flores en la mano. -Nunca he visto nada tan bonito.

Robert miró a Victoria. -Yo tampoco.

– Huelen celestial.- Ella se inclinó y olió nuevamente. -Adoro el olor de las flores. Hay cada vez más madreselva a las afueras de mi ventana, en casa.

– ¿De verdad?-, Dijo distraídamente, casi tocando su rostro, pero retiró la mano justo a tiempo. Ella era inocente, y él no quería asustarla.

– Gracias,- dijo Victoria, de repente mirando hacia arriba.

Robert se puso de pie. -¡No te muevas! Ni una pulgada.

– ¿Otra vez?- Se echó a su rostro en erupción en la más amplia de las sonrisas. -¿A dónde vas?

Él sonrió. -Para encontrar a un artista del retrato.

– ¿Un qué?

– Quiero que este momento sea capturado por la eternidad.

– Oh, mi lord-, dijo Victoria. Su cuerpo se estremecía de risa cuando ella se puso de pie.

– Robert-corrigió.

– Robert.- Ella era terriblemente informal, pero su nombre cayó con tanta naturalidad de sus labios. -Eres tan divertido. No puedo recordar la última vez que me reí tanto.

Él se inclinó y puso un beso sobre su mano.

– ¡Dios mío,- dijo Victoria, mirando al cielo. -Es muy tarde. Papa podría venir a buscarme, y si él me encontró a solas contigo.

– Lo único que podía hacer es obligarnos a casarnos-, Robert interrumpió con una sonrisa perezosa.

Ella lo miró fijamente. -¿Y eso no es suficiente para enviarle apresuraran a viajar al condado vecino?

Se inclinó hacia delante y acarició suavemente sus labios con un beso. -Shhhh. Yo ya he decidido que voy a casarme contigo.

La boca de ella se abrió en sorpresa. -¿Estás loco?

Él retrocedió con una expresión mezcla entre diversión y asombro. -En realidad, Victoria, no creo que jamás haya estado más cuerdo que en este mismo momento.

* * *

Victoria abrió la puerta de la casa que compartía con su padre y su hermana menor.

– ¡Papá!- Gritó. -Lo siento, llego tarde. Yo estaba explorando. Todavía hay mucho de la zona no he visto.

Ella asomó la cabeza en el estudio. Su padre estaba sentado detrás de su escritorio, trabajando duro en su próximo sermón. Agitó la mano en el aire, presumiblemente señalándole que todo estaba bien y que él no quería ser molestado.

Salió de puntillas de la habitación.

Victoria se dirigió a la cocina a preparar la cena. Ella y su hermana, Eleanor, se turnaban para hacer la cena, y esta noche era su turno. Probó el caldo de res que, antes, había puesto en la estufa, añadió un poco de sal, y a continuación, se dejó caer en una silla.

¡Quería casarse con ella!

Seguro que había estado soñando. Robert era un conde. ¡Un conde! Y él se convertiría en un marqués. Los hombres de títulos elevados no se casaban con la hija de un vicario.

Sin embargo, él la había besado.

Victoria se tocó sus labios, sin sorprenderse que le temblaran las manos. Ella no podía imaginarse si el beso habría sido tan importante para él como lo había sido para ella. Él era, después de todo, mucho mayor que ella. Él habría besado, sin duda, a decenas de mujeres antes que a ella.

Sus dedos trazaron círculos y corazones en la mesa de madera, mientras su mente soñadora rememoraba lo ocurrido esa tarde. Robert. Robert. Ella pronunció su nombre, entonces lo escribió sobre la mesa con el dedo.

Phillip Robert Arthur Kemble. Trazó todos sus nombres.

Él era terriblemente apuesto. Su cabello oscuro y ondulado era un poquito demasiado largo para la moda. Y sus ojos, uno supondría que un hombre de cabello oscuro tendría ojos oscuros, pero su mirada había sido clara y azul. Azul claro, parecían de hielo, pero su personalidad se había mantenido caliente.

– ¿Qué estás haciendo, Victoria?

Victoria alzó la vista para ver a su hermana en la puerta. -Oh, hola, Ellie.

Eleanor, tres años más joven que Victoria exactamente, cruzó la habitación y tomó la mano de Victoria sacándola de la mesa.

– Te vas a clavar alguna astilla.- Ella soltó la mano de Victoria y se sentó frente a ella.

Victoria miró la cara de su hermana, pero sólo vio a Robert. Sus labios finamente moldeados, siempre con una sonrisa, una sombra de barba insinuada en el mentón. Se preguntó si tenía que afeitarse dos veces al día.

– ¡Victoria!

Victoria levantó la vista sin comprender. -¿Has dicho algo?

– Te preguntaba, por segunda vez, si querías venir conmigo mañana para llevar alimentos a la señora Gordon. Papá está compartiendo nuestro diezmo con su familia mientras ella está enferma.

Victoria asintió con la cabeza. Como vicario, su padre recibía una décima parte de la décima parte de lo que producían las la granjas de la zona. Gran parte de esta se vendió a la iglesia del pueblo, pero siempre había más que suficiente comida para la familia Lyndon.

– Sí, sí-dijo distraídamente. -Por supuesto que iré.

Robert. Ella suspiró. Tenía una risa encantadora.

– ¿… más?

Victoria levantó la vista. -Lo siento. ¿Me estabas hablando?

– Yo decía,- dijo Ellie con una definitiva falta de paciencia, -que he probado el estofado y necesita sal. ¿Quieres que le ponga más?

– No, no. He añadido un poco hace unos minutos.

– ¿Qué te sucede, Victoria?

– ¿Qué quieres decir?

Ellie exhaló en un gesto exasperado. -No has oído dos palabras de lo que he dicho. Sigo tratando de hablar contigo, y todo lo que haces es mirar por la ventana y suspirar.

Victoria se inclinó hacia delante. -¿Sabes guardar un secreto?

Ellie se inclinó hacia delante. -Tú sabes que puedo.

– Creo que me estoy enamorando.

– No te creo ni por un segundo.

La boca de Victoria se abrió con consternación. -¿Te he dicho que he sido objeto de las más asombrosa transformación en la vida de una mujer, y no me crees?

Ellie se burló. -¿De quién se te ocurre enamorarte en Bellfield?

– ¿Sabes guardar un secreto?

– Ya dije que podía.

– El señor Macclesfield.

– ¿El hijo del marqués?- Ellie casi gritó. -Victoria, es un conde.

– ¡Baja la voz!- Victoria miró por encima del hombro para ver si había llamado la atención de su padre. -Y yo soy muy consciente de que es un conde.

– Ni siquiera lo conozco. Él estaba en Londres cuando el marqués nos trajo hasta Castleford.

– Lo conocí hoy.

– ¿Y tú crees que estás enamorada? Victoria, sólo los tontos y los poetas se enamoran a primera vista.

– Entonces, supongo que soy una tonta -, dijo Victoria con altanería-, porque Dios sabe que no soy poeta.

– Estás loca, hermana. Completamente loca.

Victoria alzó la barbilla y miró por encima del hombro a su hermana. -En realidad, Eleanor, no creo que jamás haya estado más cuerda que en este mismo momento.

* * *

Le tomó horas a Victoria poder conciliar el sueño esa noche, y cuando lo hizo ella soñó con Robert.

Él la estaba besando suavemente en los labios y luego viajó a lo largo de los planos de su mejilla. Él pronunció en voz baja su nombre.

– Victoria… Victoria…

Ella se despertó de repente.

– Victoria…

¿Estaba todavía soñando?

– Victoria…

Se arrastró de debajo de la cubrecama y se asomó por la ventana que se cernía sobre su cama. Él estaba allí.

– ¿Robert?

Él sonrió y la besó en la nariz. -El mismo. No puedo decirte cuánto me alegro de que tu casa sea sólo de un piso de altura.

– Robert, ¿qué estás haciendo aquí?

– ¿Enamorándome locamente?

– ¡Robert!- Ella se esforzó por dejar de reír, pero su buen humor era contagioso.-Realmente, mi lord. ¿Qué estás haciendo aquí?

Recorrió su cuerpo en una galante reverencia. -He venido a hacerle la corte, señorita Lyndon.

– ¿En medio de la noche?

– No puedo pensar en un mejor momento.

– Robert, ¿qué pasa si hubieras ido a la habitación equivocada? Mi reputación estaría hecha trizas.

Se apoyó en el alféizar de la ventana. -Hablaste de madreselva. Olí hasta que encontré la habitación. -Hizo una demostración oliendo el aire. -Mi sentido del olfato es muy refinado.

– Eres incorregible.

Él asintió con la cabeza. -Eso, o quizá tan sólo enamorado.

– Robert, no me puedes amar. -Pero incluso mientras decía las palabras, Victoria escuchó su corazón diciéndole lo contrario.

– ¿No puedo? -Entró por la ventana y le tomó la mano. -Ven conmigo, tonita.

– N-nadie me llama tonita-, dijo, tratando de cambiar de tema.

– Me gusta-, susurró. Movió la mano a la barbilla y la atrajo hacia él. -Voy a besarte ahora.

Victoria asintió con la cabeza temblorosa, incapaz de negar el placer que había estado soñando toda la noche.

Sus labios se rozaron en una caricia ligera como una pluma. Victoria se estremeció contra el hormigueo que le recorrió por la espalda.

– ¿Tienes frío?-Susurró sus palabras con un beso en los labios.

En silencio, ella sacudió la cabeza.

Se echó hacia atrás y acunó su rostro entre las manos. -Eres tan bella.- Tomó un mechón de pelo entre los dedos y examinó su sedosidad. Luego acercó de nuevo sus labios a los de ella, acercándose y alejándose, lo que le permitió a ella acostumbrarse a su proximidad. Él se volvió a acercar, podía sentir su temblor, pero ella no hizo ademán de retirarse, y él sabía que ella estaba tan excitada como él.

Robert movió la mano sobre la nuca de ella, hundiendo los dedos en su grueso pelo mientras su lengua trazaba el contorno de los labios femeninos. Ella sabía a menta y limón, y era todo lo que él podía hacer para no sacarla a través de la ventana y hacer el amor allí mismo, sobre la blanda hierba. Nunca en sus veinticuatro años se había sentido esa manera particular de necesidad. Era deseo, sí, pero con un pico increíblemente poderoso de ternura.

A regañadientes él se apartó, consciente de que él quería mucho más de lo que podía pedirle que por la noche. -Ven conmigo-, le susurró.

Ella se llevó la mano a los labios.

Él le tomó la mano y tiró de ella hacia la ventana abierta.

– Robert, es la mitad de la noche.

– El mejor momento para estar solos.

– ¡Pe-pero yo estoy en camisón!- Ella miró hacia abajo, a sí misma, como si recién entonces se diera cuenta de lo indecentemente vestida que estaba. Agarró sus mantas y trató de envolverla alrededor de su cuerpo.

Robert hizo su mejor esfuerzo para no reírse. -Ponte la capa-, le ordenó con suavidad. -Y date prisa. Tenemos mucho que ver esta noche.

Victoria vaciló un segundo, ir con él era el colmo del absurdo, pero ella sabía que si cerraba la ventana se preguntaría por el resto de su vida lo que podría haber sucedido esa noche de luna llena.

Ella salió corriendo de la cama y sacó un manto largo y oscuro de su armario. Era demasiado pesada para el clima cálido, pero podía muy bien enrollarlo alrededor de su camisón. Se abotonó el abrigo, se subió de nuevo en su cama, y con la ayuda de Robert se arrastró por la ventana.

El aire nocturno era fresco y cargado con el olor de la madreselva, pero Victoria sólo tuvo tiempo de tomar una respiración profunda antes de que Robert tiró de la mano y echó a correr. Victoria se rió en silencio mientras corrían por el césped y en el bosque. Nunca se había sentido tan vivo y libre. Ella quería gritar su alegría a la copa de los árboles, pero era consciente de la ventana abierta la recámara de su padre.

A los pocos minutos salieron a un pequeño claro. Robert se detuvo en seco, causando que Victoria tropezara con él. La sostuvo con firmeza, la longitud de su cuerpo indecentemente presionado contra el suyo.

– Torie,- murmuró. -Oh, Torie.

Y él volvió a besarla, la besó como si fuera la última mujer que quedara en la tierra, la única mujer que había nacido.

Eventualmente, ella se apartó, con sus ojos azul oscuro centelleando nerviosamente. -Todo esto es tan rápido. No estoy segura si lo entiendo.

– Yo no lo entiendo, tampoco,- dijo Robert con un suspiro de felicidad. -Pero no quiero hacerme preguntas.- Se sentó en el suelo, tirando de ella para que se sentara con él. Luego se recostó de espalda.

Victoria estaba todavía en cuclillas, lo miraba con un dejo de duda.

Él palmeó el suelo a su lado. -Acuéstese y mira al cielo. Es espectacular.

Victoria miró su rostro iluminado por felicidad, y se recostó en el suelo. El cielo parecía enorme desde esa posición.

– ¿No son las estrellas de la cosa más asombrosa que hayas visto?-Preguntó Robert.

Victoria asintió y se acercó a él, encontrando el calor de su cuerpo extrañamente convincente.

– Ellas están ahí para ti, ya sabes. Estoy convencido de que Dios las puso en el cielo sólo para que se las pueda ver esta noche.

– Robert, eres tan imaginativo.

Rodó a su lado y se apoyó en un codo, usando su mano libre para cepillar un mechón de pelo de la cara. -Yo nunca fantaseaba antes de este día, -dijo con voz grave. -Nunca lo quise ser. Pero ahora…-hizo una pausa, como buscando esa mezcla imposible de palabras que, precisamente, transmitiera lo que había en su corazón. -No puedo explicarlo. Es como si pudiera decírtelo todo.

Ella sonrió. -Por supuesto que puedes.

– No, es más que eso. Nada de lo que diga suena extraño. Incluso con mis amigos más cercanos no puedo ser completamente yo mismo. Por ejemplo, -De repente se levantó de un salto. -¿No resulta sorprendente que los seres humanos puedan balancearse en sus pies?

Victoria intentó incorporarse, pero su risa la forzó hacia abajo.

– Piense en ello-, dijo, meciéndose con la punta del talón. -Mira tus pies. Son muy pequeños en comparación con el resto de ti. Uno podría pensar que te caerías cada vez que intentas ponerse de pie.

Esta vez, ella fue capaz de sentarse, y ella observó detenidamente a sus propios pies. -Supongo que tienes razón. Es bastante asombroso.

– Nunca he dicho eso a nadie, -dijo. -Lo he pensado toda mi vida, pero yo nunca se lo dije a nadie hasta ahora. Supongo que temía que la gente creyera que fuera una estupidez.

– Yo no creo que seas estúpido.

– No- Él se agachó junto a ella y le tocó la mejilla. -No, suponía que no.

– Creo que eres brillante por haber, siquiera, considerado la idea, -dijo ella con lealtad.

– Torie. Torie. No sé cómo decir esto, y ciertamente no lo entiendo, pero creo que te amo.

Ella volteó su cabeza para mirarlo.

– Yo que te amo-dijo con mayor fuerza. -Nada como esto me había sucedido antes, y que me condenen si me dejara regir por la precaución.

– Robert-ella susurró. -Creo que también te amo.

Él sintió el aliento abandonar su cuerpo, se sintió superado por una felicidad tan poderosa que no podía estarse quieto. Tiró de ella obligándola a parase. -Dímelo otra vez.

– Te amo.- Ella estaba sonriendo ahora, atrapada en la magia del momento.

– Una vez más.

– Te quiero-, fueron las palabras mezcladas con la risa.

– Oh, Torie, Torie. Te haré muy feliz. Te lo juro. Quiero darte todo.

– ¡Yo quiero la luna!-, Gritó de repente creyendo que tal fantasía eran en realidad posible.

– Te voy a dar todo y la luna-, dijo con fiereza.

Y entonces él la besó.

Capítulo 2

Pasaron dos meses. Robert y Victoria se reunieron en cada ocasión, explorando el campo, y siempre que sea posible, explorando a sí mismos.

Robert le contó de su fascinación por la ciencia, su pasión por los caballos de carreras, y sus temores de que nunca llegar a ser el hombre que su padre quería que fuera.

Victoria le habló de su debilidad por las novelas románticas, su habilidad para coser una costura más recta que una vara de medir, y sus temores que nunca fuera capaz de cumplir las estrictas normas morales de su padre.

A ella le encantaban los pasteles.

Él odiaba los guisantes.

Él tenía la atroz costumbre de poner los pies sobre una mesa, una cama, lo que sea… cuando se sentaba.

Ella siempre ponía las manos en las caderas cuando estaba nerviosa, y nunca era capaz de mirar tan severa como deseaba.

A él le encantaba la forma en que apretaba sus labios cuando estaba enfadada, la forma en que siempre consideraba las necesidades de los demás, y la forma maliciosa en que se burlaba de él cuando actuaba demasiado engreído.

A ella le encantaba la forma en que él se pasaba la mano por el pelo cuando estaba exasperado, la forma en que le gustaba detenerse y examinar la forma de una flor silvestre, y la forma en que a veces actuaba dominante sólo para ver si podía sacarla de quicio. Tenían de todo, y absolutamente nada, en común.

Entre ellos encontraron sus propias almas, compartieron secretos y pensamientos que, hasta entonces, habían sido imposibles de expresar.

– Todavía busco a mi madre-, dijo en una ocasión Victoria.

Robert la miró de manera extraña. -¿Cómo?

– Yo tenía catorce años cuando murió. ¿Cuántos años tenía?

– Yo tenía siete años. Mi madre murió al dar a luz.

El rostro suave de Victoria se suavizó aún más. -Lo siento mucho. Apenas tuviste la oportunidad de conocerla, y has perdido un hermano. ¿Fue un hermano o una hermana?

– Una hermana. Mi madre vivió lo suficiente para llamarla Anne.

– Lo siento.

Sonrió con melancolía. -Recuerdo lo que se sentía cuando ella me abrazaba. Mi padre le decía que estaba malcriando, pero ella no le hacía caso.

– El doctor dijo que mi madre tenía cáncer-. Victoria tragó dolorosamente. -Su muerte no fue pacífica. Me gusta pensar que ella está en algún lugar allá arriba -, señaló con la cabeza hacia el cielo-, donde ella no tiene ningún tipo de dolor.

Robert tocó su mano, profundamente conmovido.

– Pero a veces todavía la necesito. Me pregunto si alguna vez dejaré de necesitar a nuestros padres. Y hablo con ella. Y espero por ella.

– ¿Qué quieres decir?-, Preguntó.

– Vas a pensar que soy tonta.

– Sabes que yo nunca pensaría eso.

Hubo un momento de silencio, y luego Victoria dijo: -Oh, digo cosas como: “Ma si está escuchando, y deja que el viento mueva las hojas de esa rama”. O, “Mamá, si me estás viendo, haz que el sol se oculte detrás de esa nube. Sólo para saber que estás conmigo.

– Ella está contigo-, le susurró Robert. -Lo puedo sentir.

Victoria se acurrucó en la cuna de sus brazos. -Nunca he hablado a nadie sobre eso. Ni siquiera Ellie, y sé que ella echa de menos Mama tanto como yo.

– Tú siempre serás capaz de decirme todo.

– Sí-dijo ella alegremente, -Lo sé.

* * *

Era imposible mantener su noviazgo sin que el padre de Victoria se enterara. Robert llamaba a la casa del vicario casi todos los días. Le dijo al vicario que le estaba enseñando a montar Victoria, que era técnicamente la verdad, como cualquier persona que la vio cojeando por la casa después de una lección podía dar fe.

Sin embargo, era evidente que la joven pareja compartía sentimientos más profundos. El reverendo Lyndon vehemente disgustado con el noviazgo, y le decía a Victoria en todas las ocasiones posibles.

– ¡Él nunca se casará contigo!- El vicario usaba su mejor voz de sermón. Un tono que nunca dejaba de intimidar a sus hijas.

– Papá, me ama-, protestaba Victoria.

– No importa si lo hace o no. Él no se casará contigo. Él es un conde y algún día será un marqués. No se casará con la hija de un vicario.

Victoria respiró hondo, tratando de no perder los estribos. -Él no es así, padre.

– Él es como cualquier hombre. Él va a utilizarte y luego te desechará.

Victoria se sonrojó en un lenguaje sincero de su padre. -Papá, yo…

El vicario saltaron encima de sus palabras, diciendo: -No estamos viviendo en una de sus novelas tontas. Abre tus ojos, niña.

– No soy tan ingenua como parece.

– ¡Tienen diecisiete años de edad!-, Gritó. -No podrías ser más que ingenua.

Victoria resopló y puso los ojos en blanco, consciente de que su padre odiaba tales gestos poco femeninos. -Yo no sé por qué me molesto en hablar de esto contigo.

– ¡Es porque soy tu padre! Y por Dios, me obedecerás -. El párroco se inclinó hacia delante. -He visto el mundo, Victoria. Yo sé qué es qué. Las intenciones del conde no pueden ser honradas, y si le permites que te corteje aún más, te encontrarás siendo una mujer caída. ¿Me entiendes?

– Mamá lo habría entendido-, murmuró Victoria.

La cara de su padre se puso rojo. -¿Qué has dicho?

Victoria se ingiere antes de repetir sus palabras. -Deje que mamá lo habría comprendido.

– Tu madre era una mujer temerosa de Dios que conocía su lugar. Ella no me hubiera cruzado ningún límite.

Victoria pensó en cómo su madre solía contar chistes tontos a ella y Ellie cuando el párroco no estaba prestando atención.

La señora Lyndon no había sido tan seria y grave como su marido había pensado. No, Victoria decidió, su madre la habría entendido.

Miró a la barbilla de su padre por un buen rato antes de que finalmente levantar los ojos y preguntar: -¿Usted me prohíbe verlo?

Victoria pensó la mandíbula de su padre se partiría en dos, tan tensa fue su expresión facial.-Sabes que no puedo prohibírtelo-, respondió. -Una palabra de disgusto a su padre, y me lanzará de aquí sin una referencia. Debe romper con él.

– No lo haré,- dijo Victoria desafiante.

– Tienes que romper.- El vicario no dio muestras de haberla oído. -Y hay que hacerlo con tacto supremo y con gracia.

Victoria lo miró meticulosamente. -He quedado en encontrarme con Robert en dos horas. Voy a ir a caminar con él.

– Dile que no puedes verlo otra vez. Hazlo esta misma tarde, o por Dios te arrepentirás.

Victoria sintió que se debilitaba. Su padre no la había golpeado durante años, no se desde que era una niña, pero él parecía furioso como para perder los estribos por completo. Ella no dijo nada.

– Bien-dijo su padre satisfecho, confundiendo su silencio con aceptación. -Y asegúrate de llevar a Eleanor contigo. No debes salir de esta casa sin la compañía de tu hermana.

– Sí, papá.- En esa medida, al menos, Victoria obedecería. Pero sólo eso.

* * *

Dos horas más tarde, Robert llegó a la casa de campo. Ellie se abrió la puerta tan rápidamente que ni siquiera logró bajar a la aldaba para un segundo golpe.

– Hola, mi lord-dijo ella, su sonrisa un poco descarada. Y no era sorpresa ya que Robert había estado pagándole una libra para que en cada salida se las arreglara para desaparecer. Ellie siempre había creído sinceramente en el soborno, un hecho que Robert fue indudablemente agradecido.

– Buenas tardes, Ellie -, respondió. -Confío en su día ha sido agradable.

– Oh, mucho, mi lord. Espero que se vuelva aún más agradable dentro de poco.

– Pequeña impertinente-murmuró Robert. Pero no lo dijo en serio. Más bien le gustaba la hermana menor de Victoria. Compartían un cierto pragmatismo y una inclinación para la planificación para el futuro. Si hubiera estado en su posición, habría estado exigiendo dos libras por salida.

– Oh, estás aquí, Robert.- Victoria llegó bulliciosa en la sala. -No me di cuenta que habías llegado.

Sonrió. -Eleanor abrió la puerta con presteza notable.

– Sí, supongo que lo hizo. -Victoria disparó a su hermana una mirada un poco sarcástico. -Ella siempre es muy rápida cuando tú estás llamando.

Ellie levantó la barbilla y se dejó una media sonrisa. -Me gusta cuidar de mis inversiones.

Robert se echó a reír. Extendió el brazo para Victoria. -¿Vamos a estar fuera?

– Sólo necesito conseguir un libro-, dijo Ellie. -Tengo la sensación de que voy a tener una gran cantidad de tiempo para leer esta tarde.- Ella se lanzó por el pasillo y desapareció en su habitación.

Robert miró a Victoria como ella se ataba el sombrero. -Te quiero-, Dijo.

Sus dedos se trabaron en las cintas del sombrero.

– ¿Debo decirlo más fuerte?-Susurró, una sonrisa maliciosa cruzó la cara.

Victoria sacudió la cabeza con vehemencia, con los ojos como dardos hacia la puerta cerrada del estudio de su padre. Él había dicho que Robert no la amaba, dijo que no podía amarla. Pero su padre estaba equivocado. De eso estaba segura Victoria. Bastaba con mirar los centellantes ojos azules de Robert a conocer la verdad.

– ¡Romeo y Julieta!

Victoria parpadeó y miró hacia el sonido de la voz de su hermana, pensando por un momento que Ellie se había referido a ella y a Robert como los amantes de la infortunada novela. Entonces vio el delgado volumen de Shakespeare en la mano de su hermana. -Una lectura bastante deprimente para una tarde de sol-, dijo Victoria.

– Oh, no estoy de acuerdo-, respondió Ellie. -Me parece de lo más romántico. Excepto por el pequeño detalle que todo el mundo muere al final, por supuesto.

– Sí-murmuró Robert. -Puedo ver por que no lo encuentras un poquito romántico.

Victoria sonrió y le empujó al costado. El trío caminó hacia afuera, cruzando el campo de Oden entrando en el bosque.

Después de unos diez minutos Ellie suspiró y dijo: -Supongo que aquí es donde yo me escabullo-. Extendió una manta en el suelo y miró a Robert con una sonrisa de complicidad.

Él le lanzó una moneda al aire y dijo, -Eleanor, tienes el alma de un banquero.

– Sí, es así realmente, ¿no? -Murmuró. Luego se sentó y fingió no darse cuenta que Robert tomaba la mano de Victoria precipitándose fuera de su vista.

Diez minutos más tarde llegaron a la orilla cubierta de hierba de la laguna donde se habían conocido. Victoria apenas tuvo tiempo para extender una manta antes de que Robert la hiciera sentar en el suelo.

– Te amo-, dijo, besando la comisura de sus labios. -Te amo-, repitió besando a la otra esquina. -Te amo-, dijo, tirando de su sombrero. -Te am…

– ¡Lo sé, lo sé! -Victoria finalmente se echó a reír, tratando de que dejara de tirar de algunas de sus horquillas.

Se encogió de hombros. -Bueno, es así.

Pero las palabras de su padre aún resonaban en su cabeza. Él te va a usar.

– ¿De verdad?-Le preguntó, mirando fijamente a los ojos. -¿De verdad me quieres?

Él la agarró por la barbilla con una fuerza inusitada. -¿Cómo puedes preguntarme eso?

– No lo sé-susurró Victoria, llegando a tocar su mano, que de inmediato suavizó su agarre. -Lo siento, realmente lo siento. Sé que me quieres. Y te amo.

– Demuéstramelo-, dijo, con voz apenas audible.

Victoria se lamió los labios nerviosamente, luego movió su rostro hasta estar a centímetros de la cara de él.

En el momento en que sus labios lo tocaron, Robert estalló en llamas. Hundió sus manos en su pelo, atrayéndola contra él. -Torie Dios. – con voz áspera agregó. -Me encanta la sensación del olor tuyo…

Ella respondió besándolo con renovado fervor, trazando sus gruesos labios con la lengua como él le había enseñado a hacer.

Robert se estremeció, sintiendo una dura y caliente necesidad atravesarlo. Quería sumergirse en ella, mientras sus piernas se enroscaban alrededor de su cintura, y nunca dejarla ir. Sus dedos encontraron los botones de su vestido, y empezó a desabrocharlos.

– ¿Robert?- Victoria se retiró asustada por esa nueva intimidad.

– Shhh, querida-dijo, la pasión volvía su voz más áspera. -Yo sólo quiero tocarte. He estado soñando con esto durante semanas. -Le tomó el pecho a través de la fina tela de su vestido de verano y se lo apretó.

Victoria gimió de placer y se relajó, permitiéndole completar su tarea.

Los dedos de Robert estaban temblando de expectación, pero de alguna manera se las arregló para desabrochar suficientes botones como para que se abriera el corpiño. Las manos de Victoria volaron de inmediato a cubrir su desnudez, pero él las apartó suavemente.

– No-susurró-. Son perfectos. Eres perfecta.

Y luego, como para ilustrar ese punto, movió su mano hacia adelante y rozó la punta de su pecho. Girando y girando, su mano se movió en pequeños círculos, conteniendo el aliento cuando el pezón se endureció como un capullo maduro.

– ¿Tienes frío?-Susurró.

Ella asintió, y luego negó con la cabeza y asintió de nuevo, diciendo: -No lo sé.

– Voy a hacerte entrar en calor.- Su mano envolvió el pecho femenino, marcándola con el calor de su piel. -Quiero besarte-, dijo con voz ronca. -¿Me dejas que te bese?

Victoria trató de humedecer su garganta, que se le había secado bastante. Él la había besado cien veces antes. Mil, posiblemente. ¿Por qué de repente le pedía permiso?

Cuando su lengua perezosa dibujó un círculo alrededor de su pezón, ella se dio cuenta el porque. -¡Oh, Dios mío!- gritó, sin apenas poder creer lo que estaba haciendo. -¡Ah, Robert!

– Te necesito, Torie.- Hundió la cara entre sus pechos. -No puedes imaginarte cómo te necesito.

– Yo-Yo creo que debes parar-, dijo. -No puedo hacer esto… Mi reputación… -No tenía idea de como poner sus pensamientos en palabras. La advertencia de su padre sonó sin cesar en los oídos. Él te va a utilizar y luego a desechar.

Vio la cabeza de Robert en el pecho. -¡Robert, no!

Robert respiró agitadamente tratando de cerrar el corpiño. Trató de abotonarlo, pero sus manos temblaban.

– Yo lo haré-, dijo Victoria y se volvió rápidamente para que él no viera lo colorada que estaba. Sus dedos también temblaban, pero resultó ser más ágil, y, finalmente, logró recuperar algo de su compostura.

Pero él vio sus mejillas sonrosadas, y casi se sintió morir al pensar que estaba avergonzada de su comportamiento. -Torie-, dijo en voz baja. Cuando ella no se volvió usó dos dedos para empujar suavemente la barbilla hasta que ella lo miró.

Tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

– Oh, Torie-, dijo él, queriendo tenerla desesperadamente en sus brazos, pero se conformó con tocarle su mejilla. -Por favor, no te reproches.

– No debería haberte dejado.

Él sonrió suavemente. -No, probablemente no debería haberlo hecho. Y yo probablemente no debería haberlo intentado. Pero estoy enamorado. Aunque no es excusa, pero no pude evitarlo.

– Ya lo sé-susurró-. Pero yo no debería haberlo disfrutado tanto.

Robert soltó una carcajada tan alta que Victoria estaba segura que Ellie se les vendría encima para investigar. -Oh, Torie-, dijo, con respiración jadeante. -No te culpes por disfrutar de mi contacto. Por favor.

Victoria intentó dispararle una mirada de amonestación, pero la mirada masculina era demasiado caliente. Dejó que su buen humor subiera de nuevo a la superficie. -Con tal de no pedir disculpas por disfrutar de la mía.

Él tomó su mano y la atrajo hacia sí en un instante. Sonrió seductoramente, viéndose como el seductor que Victoria, una vez, le había acusado de ser. -Eso, mi querida, nunca ha sido un peligro.

Ella se rió en voz baja, sintiendo la tensión de su cuerpo apaciguarse. Ella se movió, colocando su espalda contra el pecho masculino. Él se distrajo jugando con su pelo, sintiéndose como en el cielo.

– Nos casaremos pronto.- Susurró, sus palabras vinieron con una urgencia que no esperaba.-Nos casaremos pronto, y entonces yo te mostraré todo. Te voy a demostrar cuánto te amo.

Victoria se estremeció de anticipación. Él estaba hablando sobre su piel, y ella podía sentir su aliento cerca de su oído.

– Nos casaremos-, él repitió. -Tan pronto como nos sea posible. Pero hasta entonces no quiero que te sientas avergonzada de lo que hemos hecho. Nos amamos, y no hay nada más hermoso que dos personas que expresan su amor. -Él le dio la vuelta hasta que sus ojos se encontraron. -Yo no lo sabía que antes de conocerte. -tragó audiblemente. -Yo he estado con mujeres, pero no lo sabía.

Profundamente conmovida, Victoria le tocó la mejilla.

– Nadie nos va a detener para amarnos antes de que estemos casados-, continuó.

Victoria no estaba seguro de si “amar” se refería a lo espiritual o a lo físico, y todo lo que se le ocurrió decir fue: -Nadie, excepto mi padre.

Robert cerró los ojos. -¿Qué ha dicho?

– Me advirtió que no te viera más.

Robert maldijo en voz baja y abrió los ojos. -¿Por qué?-Preguntó, con voz que salía un poco más dura de lo esperado.

Victoria consideró varias respuestas, pero finalmente optó por la honestidad. -Él dijo que no te casarás conmigo.

– ¿Y cómo sabe eso?-Replicó Robert.

Victoria se apartó. -¡Robert!

– Lo siento. Yo no tenía intención de levantar la voz. Es sólo que tu padre… ¿Cómo podría ser posible que conociera mis pensamientos?

Ella puso su mano sobre la suya. -Él no lo sabe. Pero él piensa que lo sabe, y me temo que es lo único que importa en este momento. Eres un conde. Yo soy la hija de un vicario. Hay que reconocer que es una unión muy inusual.

– Inusual-, dijo con fiereza. -Pero no es imposible.

– Para él lo es-, respondió ella. -Nunca va a creer que tus intenciones son honorables.

– ¿Qué pasa si yo hablo con él, pedirle tu mano?

– Eso podría apaciguarlo. He dicho que deseas casarte conmigo, pero creo que él cree que me lo estoy inventando.

Robert se puso de pie, atrayéndola con él, y galantemente le besó la mano. -Entonces, tendré que pedirle formalmente tu mano mañana.

– ¿Hoy no?-, preguntó Victoria con una mirada burlona.

– Debo informar a mi padre de mis planes-respondió Robert. -Yo le debo esa la cortesía.

* * *

Robert todavía no le había hablado a su padre acerca de Victoria. No era que el marqués pudiera prohibirle estar juntos. A sus veinticuatro años Robert estaba en edad de tomar sus propias decisiones. Pero él sabía que su padre podía hacer su vida difícil con su desaprobación. Y teniendo en cuenta la frecuencia con que el marqués instaba a Robert para comprometerse con la hija de este conde, u el otro duque, suponía que la hija de un vicario no resultaría lo que su padre tenía en mente para él.

Y así que fue, con determinación firme y cierto temor, que Robert llamó a la puerta del despacho de su padre.

– Entre-. Hugh Kemble, el marqués de Castleford, estaba sentado detrás de su escritorio. -¡Ah, Robert. ¿Qué necesitas?

– ¿Tiene usted un momento, señor? Necesito hablar con usted.

Castleford miró con ojos impacientes. -Estoy bastante ocupado, Robert. ¿No puede esperar?

– Es de gran importancia, señor.

Castleford dejó su pluma a un costado con un gesto de fastidio. Cuando Robert no comenzó a hablar inmediatamente, preguntó impaciente, -¿Y bien?

Robert sonrió, con la esperanza de mejorar el estado de ánimo de su padre. -He decidido casarme.

El marqués sufrió una transformación radical. El último vestigio de irritación desapareció de su expresión, sustituido por pura alegría. Él se puso en pie y abrazó cordialmente a su hijo. -¡Excelente! Excelente, mi muchacho. Usted sabe que es lo que he querido desde hace mucho.

– Lo sé.

– Usted es joven, por supuesto, pero sus responsabilidades son graves. Sería el final si el título se fuera de la familia. Si no produjeras un heredero…

Robert se negó a mencionar que si el título se fuera de la familia, su padre ya estaría muerto, así que no sabría de la tragedia. -Lo sé, señor.

Castleford se sentó en el borde de su escritorio y se cruzó de brazos genialmente.

– Entonces, dime. ¿Quién es? No, déjame adivinar. Es hija de Billington, el ángel rubio.

– Señor, yo…

– ¿No? Entonces debe ser lady Leonie. Eres un cachorro inteligente. -Él dio un codazo a su hijo.-Ella es la única hija del viejo duque. Va a atrapar en una porción bastante grande.

– No, señor -, dijo Robert, tratando de ignorar el resplandor en los ojos avaros de su padre.-Usted no la conoce.

La cara Castleford quedó en blanco por la sorpresa. -¿No? Entonces, ¿quién diablos es ella?

– La señorita Victoria Lyndon, señor.

Castleford parpadeó. -¿Por qué me resulta conocido el nombre?

– Su padre es el nuevo vicario de Bellfield.

El marqués no dijo nada. Entonces se echó a reír. Pasaron varios minutos antes que él pudiera exclamar, -¡Dios mío, hijo, me habías asustado por un momento! La hija de un vicariota has superado con esto.

– Estoy hablando en serio, Señor-, Robert de suelo.

– Un vicario… je, je… ¿Qué has dicho?

– He dicho que estoy hablando en serio. -Hizo una pausa. -Señor.

Castleford se quedó mirando a su hijo, buscando desesperadamente un tono de broma en su expresión. Cuando se encontró ninguno sencillamente gritó, -¿Estás loco?

Robert se cruzó de brazos. -Estoy completamente cuerdo.

– Yo lo prohíbo.

– Disculpe, señor, pero no veo cómo me lo puede prohibir. Soy mayor de edad. Y… -, añadió en el último momento, la esperanza de atraer más suave junto a su padre:- estoy enamorado.

– ¡Carajo, hijo! Te voy a desheredar.

Al parecer, su padre no tenía un lado más suave.

Robert alzó una ceja y prácticamente sintió que los ojos de azul claro a gris acero.

– Hágalo.-Dijo con indiferencia.

– ¿Hágalo?- Castleford farfulló. -¡Te cortaré hasta tus pantalones! ¡No te quedará ni un céntimo! Te dejaré sin…

– Lo que hará es quedarse sin heredero.- Robert sonrió con una férrea determinación que nunca había sabido que poseía. -¡Qué desgracia para usted que madre nunca fuera capaz de darle otro hijo! Ni siquiera una hija.

– ¡Tú! ¡Tú! -El marqués empezó a enrojecer de ira. Tomó unas cuantas respiraciones profundas y continuó de manera más tranquila. -Tal vez tú no ha reflexionado adecuadamente sobre lo inadecuada que esta muchacha resulta.

– Ella es perfectamente adecuadas, señor.

– Ella no lo es…- Castleford se contuvo al darse cuenta que estaba gritando de nuevo. -Ella no sabe cómo cumplir con los deberes de una mujer noble.

– Ella es muy brillante. Y no se puede encontrar ninguna falta en sus modales. Ha recibido una educación adecuada. Estoy seguro que será una condesa excelente. -La expresión de Robert se suavizó. -Su propia naturaleza traerá honor a nuestro nombre.

– ¿Ya le has preguntado a su padre?

– No. Pensé que le debía la cortesía de informarle de mis planes primero.

– Gracias a Dios-suspiró Castleford. -Aún tenemos tiempo.

Las manos de Robert se contrajeron en puños duros, pero se mordió la lengua para no contestar lo que pensaba.

– Prométeme que no va a pedir su mano todavía.

– Lo voy a hacer.

Castleford consideró la firme voluntad en los ojos de su hijo y se encontró con una mirada dura. -Escúchame bien, Robert-dijo en voz baja. -Ella no puede amarte.

– No veo cómo podría saber eso, señor.

– Maldita sea, hijo. ¡Lo único que quiere es tu dinero y el título!

Robert sintió la rabia brotar en su interior. No se parecía a nada de lo que había conocido.-Ella me ama-, masculló.

– Nunca sabrás si ella te ama.- El marqués cerró sus manos sobre el escritorio para dar énfasis a lo que decía. -Nunca.

– Ya lo sé ahora -, dijo Robert en voz baja.

– ¿Qué tiene esta chica? ¿Por qué ella? ¿Por qué no una de las docenas que se han reunido en Londres?

Robert se encogió de hombros con impotencia. -No lo sé. Ella saca lo mejor de mí, supongo. Con ella a mi lado, puedo hacer cualquier cosa.

– Buen Dios-, su padre se quebró. -¿Cómo fui capaz de criar a un hijo que borbotea tantas tonterías románticas?

– Puedo ver que esta conversación no tiene sentido-, dijo Robert tieso, dando un paso hacia la puerta.

El marqués suspiró. -Robert, no te vayas.

Robert se dio la vuelta, incapaz de mostrarle a su padre la falta de respeto al no acatar una orden directa.

– Robert, por favor, escúchame. Tú debe casarse dentro de tu propia clase. Esa es la única forma en que podrás estar seguro que no se ha casado contigo por tu dinero y posición.

– Ha sido mi experiencia que las mujeres de la alta sociedad sólo se interesan en casarse por dinero y posición.

– Sí, pero es diferente…

Robert pensó que se trataba de un argumento bastante débil, y así lo dijo.

Su padre se pasó la mano por el pelo. -¿Cómo puede esta chica saber lo que siente por ti?¿Cómo podía puedes estar seguro que no está deslumbrada por tu título, tu riqueza?

– Padre, no es así.- Robert se cruzó de brazos. -Y me casaré con ella.

– Ti vas a cometer el más grande…

– ¡Ni una palabra más! -Explotó Robert. Era la primera vez que levantaba la voz a su padre. Se volvió a salir de la habitación.

– ¡Dile que te he dejado sin un céntimo!- Gritó Castleford. -A ver si ella tendrá tanto interés entonces. A ver si ella te ama cuando no tengas nada.

Robert se volvió, con los ojos entrecerrados ominosamente. -¿Me estás diciendo que he sido desheredado?-Preguntó, su voz escalofriantemente suave.

– Estás peligrosamente cerca de eso.

– ¿Estoy o no?- Tono Robert exigió una respuesta.

– Puede muy bien estarlo. No te enfrentes conmigo.

– Eso no es una respuesta.

El marqués se inclinó hacia delante, con los ojos fijos en Robert. -Si tuviera que decirte que este matrimonio con ella es, casi sin duda alguna, una pérdida extensa de tu fortuna, no te estaría mintiendo.

Robert odiaba a su padre en ese momento. -Ya veo.

– ¿Y tú?

– Sí.- Y entonces, casi como una ocurrencia tardía, agregó, -Señor.- Fue la última vez que se dirigió a su padre con ese título de respeto.

Capítulo 3

Tap, tap, tap, tap. Victoria se despertó, y se sentó en menos de un segundo.

– Victoria- llegó el susurro entre dientes desde su ventana.

– ¿Robert?- Ella se arrastró fuera de la cama y se asomó.

– Necesito hablar contigo. Es urgente.

Victoria miró a su alrededor, rápidamente determinado que el hogar estaba profundamente dormido, y le dijo: -Muy bien. Pasa.

Si Robert pensó que era extraño que ella lo invitara a su habitación, algo que nunca había hecho antes, él no lo mencionó. Subió por la ventana y se sentó en su cama. Curiosamente no hizo ningún intento por besarla o abrazarla, que era su manera habitual de saludarla cuando estaban solos.-Robert, ¿qué pasa?

Él no dijo nada al principio, se limitó a mirar por la ventana hacia la estrella polar.

Ella le puso la mano en la manga. -¿Robert?

– Debemos fugarse-, dijo sin rodeos.

– ¿Qué?

– He analizado la situación desde todas las direcciones. No hay otra solución.

Victoria le tocó el brazo.

Él siempre desmenuzaba la vida casi con frialdad científica, trataba cada decisión como un problema a resolver. El enamorarse de ella era, probablemente, la única cosa ilógica que había hecho en su vida, y eso la hacía enamorarse de él aún más. -¿Que sucede, Robert? -Preguntó en voz baja.

– Mi padre me ha cortado todos los fondos.

– ¿Estás seguro?

Robert miró a los ojos, miró a esas profundidades azules fabulosas, y después tomó una decisión que no estaba orgulloso. -Sí,- dijo, -estoy seguro-, dejando de mencionar que su padre sólo dijo: -Casi con toda seguridad.- Pero tenía que estar seguro. Él no creía que fuera posible, pero ¿y si Victoria estaba, en realidad, más deslumbrada por sus posesiones que por él mismo?

– Robert, eso es intolerable. ¿Cómo puede un padre hacer tal cosa?

– Victoria, debes prestarme atención.- Tomó las manos entre las suyas, agarrándolas con una intensidad feroz. -No me importa. Tú eres más importante para mí que el dinero. Tú eres todo.

– Pero tu derecho de nacimiento… ¿Cómo puedo pedirle que renuncies a eso?

– Es mi decisión, no la tuya y yo te elijo a ti.

Victoria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Nunca se hubiera imaginado que le hiciera perder tanto a Robert. Y ella sabía lo importante que era para él, el respeto de su padre. Había trabajado toda su vida para impresionarlo, tratando arduamente y siempre le faltaba algo. -Tienes que prometerme una cosa.-Susurró.

– Cualquier cosa, Torie. Sabes que haría cualquier cosa por ti.

– Tú me tienes que prometer que vas a intentar hacer las paces con su padre después de que nos casemos. -Ella tragó saliva y casi sin poder creer que ella estaba poniendo una condición en la aceptación de su propuesta. -No me casaré contigo a menos que lo hagas. Yo no podría vivir conmigo misma sabiendo que soy la causa de la ruptura.

Una extraña expresión cruzó el rostro de Robert. -Torie, él es el más obstinado. Él…

– Yo no he dicho que tienes que hacerlo-, dijo ella rápidamente. -sino intentarlo.

Robert se llevó sus manos a los labios. -Muy bien, mi lady. Lo prometo.

Ella le ofreció una sonrisa que pretendía ser severa. -Yo no soy tu lady todavía.

Robert sólo sonrió y la besó de nuevo en la mano. -Me gustaría irme contigo esta noche si pudiera-, dijo, -pero voy a necesitar un poco de tiempo para reunir algunos fondos y suministros. No tengo la intención de arrastrarte a través del campo con nada más que la ropa que llevamos puesta.

Ella le tocó la mejilla. -Eres un planificador.

– No me gusta dejar nada al azar.

– Lo sé. Es una de las cosas que más me gustan de ti. -Ella sonrió tímidamente. -Yo siempre me olvido de las cosas. Cuando mi madre estaba viva siempre decía que no me olvidaba de mi cabeza por que está agarrada al cuello.

Eso le provocó una sonrisa. Robert dijo: -Me alegro de que tengas un cuello. Soy bastante aficionado a él.

– No seas tonto-, ella dijo. -Yo estaba simplemente tratando de decir que es bueno saber que voy mantener mi vida en orden.

Se inclinó hacia delante y dio el más apacible de los besos en los labios. -Es todo lo que quiero hacer es sólo hacerte feliz.

Victoria lo miró con los ojos húmedos y acomodó su rostro en el hueco de su hombro.

Robert dejó que el mentón descansara encima de la cabeza. -¿Puedes estar lista dentro de tres días?

Victoria asintió con la cabeza, y pasaron la siguiente hora de hacer planes.

* * *

Robert se estremeció contra el viento de la noche, mirando el reloj de bolsillo por vigésima vez. Victoria tenía cinco minutos de retraso. Nada alarmante, era terriblemente desorganizada y con frecuencia llegaba cinco o diez minutos tarde a la sus salidas.

Pero no se trataba de una salida normal.

Robert había planeado su fuga hasta el último detalle. Había tomado su carruaje de los establos de su padre. Hubiera preferido un vehículo más práctico para el largo viaje a Escocia, pero el carruaje le pertenecía a él, no a su padre, y Robert no quería sentirse en deuda con él.

Victoria debería reunirse con él en ese sitio, al final de la carretera que conduce a su casa. Habían decidido que ella tendría que escaparse por su cuenta. Sería demasiado ruidoso si Robert conducía el carruaje a su casa, y él no quería dejarlo solo. Sería cuestión de cinco minutos para que Victoria pudiera hacer su camino hacia él, y el área había sido siempre muy segura. Pero maldita sea, ¿dónde estaba?

* * *

Victoria observaba su habitación, controlando que no se olvidara nada. Llegaba tarde. Robert la esperaba hacía cinco minutos, pero en el último momento decidió que ella podría necesitar un traje más caliente, así que tuvo que rehacer su bolso. No todos los días una mujer joven salía de su casa en medio de la noche. Ella como mínimo, debía estar segura que empacaba correctamente sus pertenencias.

¡La miniatura! Victoria se golpeó en la frente al darse cuenta de que no podía salir sin la pequeña pintura de su madre. Había dos miniaturas de la señora Lyndon una para Victoria y otra para Ellie, el señor Lyndon se las había prometido para cuando ellas se casaran, así nunca se olvidaría de su madre. Eran cuadros pequeños; cabía en la palma de la mano de Victoria.

Aún agarrando su bolso, Victoria salió de puntillas de su habitación y entró en el hall. Se dirigió a la sala de estar, silenciosamente cruzando la alfombra sobre la cual descansaba una mesa, donde el pequeño retrato Reposaba. Ella lo tomó, lo metió en su bolso, y luego dio la vuelta para regresar a su habitación, donde había planeado salir por la ventana. Pero cuando se volvió, su bolsa chocó con una lámpara de bronce que se estrelló contra el suelo.

En cuestión de segundos el reverendo Lyndon llegó por la puerta. -¿Qué diablos está pasando aquí?- Sus ojos se posaron en Victoria, que se congeló de miedo medio de la sala de estar. -¿Por qué estás despierta, Victoria? ¿Y por qué estas vestida?

– Yo… Yo… -Victoria temblaba de miedo, no podía sacar ni una palabra de su boca.

El vicario espiado su bolso. -¿Qué es eso? -En dos pasos cruzó la habitación y se los arrebató de ella. Tiró la ropa, una Biblia… y entonces su mano se posó sobre la miniatura. -Estás huyendo-, susurró. Levantó la vista hacia ella, mirándola como si no pudiera creer que una de sus hijas, se atreviera a desobedecerle. -Estás huyendo con ese hombre.

– No, papá-gritó ella-. ¡No!

Pero nunca había sido una mentirosa muy buena.

– ¡Por Dios! -Gritó el señor Lyndon. -Vas a pensar dos veces antes de que me desobedezcas de nuevo.

– ¡Papá!-Victoria no pudo terminar la frase, la mano de su padre se había encontrado con la cara con tanta fuerza ciega que ella cayó al suelo. Cuando levantó la vista vio a Ellie, de pie, inmóvil en la puerta, su expresión petrificada. Victoria envió a su hermana una mirada suplicante.

Ellie se aclaró la garganta. -Papá,- dijo en un tono gentil. -¿Pasa algo malo?

– Tu hermana ha elegido desobedecerme-, gruñó. -Ahora ella va a aprender las consecuencias.

Ellie se aclaró la garganta de nuevo, como si ese fuera el único modo de reunir el valor para hablar. -Papá, estoy segura que ha sido un grave malentendido. ¿Por qué no llevo a Victoria a su habitación?

– ¡Silencio!

Ninguna de las dos chicas hizo un sonido.

Después de una pausa interminable, el vicario agarró el brazo de Victoria y violentamente la hizo poner de pie. -Tú-, dijo acompañando con un feroz tirón, -no vas a ninguna parte esta noche. – La arrastró a su cuarto y la empujó sobre la cama. Ellie los siguió a pesar de su miedo, guareciéndose en la esquina del cuarto.

El Sr. Lyndon golpeó en el hombro de Victoria con el dedo y gruñó: -No te muevas.- Él dio unos pasos hacia la puerta, y fue el instante necesario que aprovechó Victoria para correr locamente hacia la ventana abierta. Pero el vicario fue más rápido, y su fuerza se vio impulsada por la rabia. Él le empujó nuevamente a la cama, dándole otra bofetada en la cara. -Eleanor- ladró. -Tráeme una sábana.

Ellie parpadeó. -¿Como?

– ¡Una sábana!- Rugió.

– Sí, papá-dijo, se apresuró a ir hasta el armario. En pocos segundos ella salió, llevando un lienzo blanco limpio. Se lo entregó a su padre, que entonces comenzó a metódicamente romperla en tiras largas. Luego ató a los tobillos de Victoria, luego le ató las manos delante de ella. -Ya está-dijo, observando su obra. -Ella no se va a ninguna parte esta noche.

Victoria lo miró desafiante. -Te odio-, dijo en voz baja. -Yo te odiaré siempre por hacer esto.

Su padre negó con la cabeza. -Me lo agradecerás algún día.

– No. No lo haré. -Victoria tragó, tratando de calmar el temblor de su voz. -Yo solía pensar que usted seguía en importancia a Dios, que era todo lo bueno, puro y bondadoso que una persona puede ser. Pero ahora… Ahora veo que no es más que un pequeño hombre con mente pequeña.

El Sr. Lyndon tembló con rabia, y alzó la mano para golpearla de nuevo. Pero en el último instante se detuvo y dejó caer su mano al costado.

Ellie que había estado escondida en la esquina, mordiéndose el labio inferior, entró tímidamente y le dijo: -Ella se puede resfriar, papá. Déjeme que la cubra. -Sacó las mantas de debajo del cuerpo tembloroso de Victoria, e inclinándose al oído, susurró- Lo siento mucho.

Victoria le ofreció a su hermana una mirada de agradecimiento, y luego se volvió hacia la pared. Ella no quería darle a su padre la satisfacción de verla llorar.

Ellie se sentó en el borde de la cama y miró a su padre con lo que ella esperaba que fuera una expresión amable. -Voy a sentarme con ella, si no le importa. No creo que deba estar sola en este momento.

Los ojos del señor Lyndon se entornaron con recelo. -¿Oh, eso te gustaría, no es cierto? – él dijo.-No voy a dejar que la desates y para que se escape con ese hijo de puta que miente.- Tiró del brazo de Ellie y forzó a pararse. -Como si se le ocurriera casarse con ella alguna vez-, agregó, disparando una mirada mordaz a su hija mayor.

Luego sacó a Ellie de la habitación y procedió a atarla, también.

* * *

– ¡Maldita sea,- Protestó, Robert. -¿Dónde diablos está?

Victoria llevaba más de una hora de retraso. Robert se la imaginaba violada, golpeada, asesinada, todas ellas eventos poco probables en un trayecto tan corto, pero su corazón todavía estaba helado de miedo.

Por fin se decidió tirar al viento cualquier precaución, y dejó su carruaje y pertenencias sin vigilancia mientras corría por el camino hacia la casa de ella. Las ventanas estaban oscuras, y se deslizó al lado de la pared exterior hasta su ventana. Estaba abierta, agitando suavemente sus cortinas en la brisa.

Una sensación enferma se formó en el estómago mientras se inclinaba hacia adelante. Allí, en la cama, estaba Victoria, de espaldas a él, pero no cabían dudas que era su glorioso pelo negro. Cómodamente agrupados bajo sus mantas, ella parecía estar dormida.

Robert cayó al suelo, aterrizando en un montón de silencio.

Dormida. Se había ido a la cama dejándolo esperando en la noche. Ni siquiera había enviado una nota.

Se sentía descompuesto del estómago al darse cuenta que su padre había tenido razón todo el tiempo. Victoria había decidido que él no valía la pena sin su dinero y titulo.

Pensó en la forma en que le había pedido hacer las paces con su padre, para que le restituyera su fortuna. Él pensó que ella se lo había pedido preocupada por su bienestar, pero ahora se daba cuenta de que nunca le había interesado otro bienestar que el suyo propio.

Él había dado su corazón, su alma. Y no fue suficiente.

* * *

Dieciocho horas después, Victoria estaba corriendo por el bosque. Su padre la había mantenido prisionera durante la noche, la mañana y hasta bien entrada la tarde. La había desatado con un sermón sobre como debía comportarse y rendir homenaje a su padre, pero transcurridos sólo veinte minutos ella trepó por la ventana y salió corriendo.

Robert debía estar frenético. O furioso. Ella no lo sabía, y estaba más que un poco aprensiva a descubrirlo.

Divisó Castleford Manor, y Victoria se obligó a reducir la velocidad. Ella nunca había estado en casa de Robert, que siempre había venido a llamar a su casa. Se dio cuenta ahora, después de la vehemente oposición del marqués a su compromiso, que Robert había tenido miedo de su padre trataría a Victoria con rudeza.

Con mano temblorosa llamó a la puerta.

Un criado de librea respondió, y Victoria le dio su nombre, diciéndole que ella deseaba que el conde de Macclesfield.

– No está aquí, señorita-fue la respuesta.

Victoria parpadeó. -¿Cómo?

– Se fue a Londres a principios de esta mañana.

– ¡Pero eso no es posible!

El criado le dirigió una mirada condescendiente. -El marqués me dijo que quería verla si usted aparecía.

¿El padre de Robert, que quería hablar con ella? Esto era aún más increíble que el hecho de que Robert se hubiera ido a Londres. Aturdida Victoria se dejó conducir a través de un gran hall hasta una pequeña sala de estar. Miró a su alrededor. Los muebles eran mucho más opulentos que cualquiera que ella y su familia hubieran tenido nunca, y sin embargo ella sabía instintivamente que esa no debía ser la mejor parte de la casa.

Unos minutos más tarde el marqués de Castleford apareció.

Era un hombre alto y se parecía mucho a Robert, a excepción de las pequeñas líneas blancas alrededor de la boca que aparecían con su ceño fruncido. Y sus ojos eran diferentes, más planos, de alguna manera.

– Usted debe ser la señorita Lyndon-, dijo.

– Sí-respondió ella, sosteniendo la mirada. Su mundo podía estar cayéndose a pedazos, pero ella no iba a dejar que este hombre lo viera. -Estoy aquí para ver a Robert.

– Mi hijo se ha ido a Londres.- El marqués se detuvo. -Para buscar una esposa.

Victoria se estremeció. Ella no pudo evitarlo. -¿Le dijo a usted esto?

El marqués no habló, prefiriendo tomar un momento para evaluar la situación. Su hijo había admitido que él había planeado fugarse con esta chica, pero que ella había demostrado ser falsa. La presencia de Victoria en Castleford, combinado con su actitud casi desesperada, parecía indicar lo contrario. Es evidente que Robert no había estado en posesión de todos los hechos cuando había preparado frenéticamente sus maletas y prometió nunca más volver al distrito. Pero el marqués sería un tonto si dejara a su hijo desperdiciar su vida con una don nadie.

Y así le dijo:-Sí. Ya es hora se case, ¿no le parece?

– No puedo creer que me esté diciendo eso.

– Mi querida señorita Lyndon. Usted no eran más que una desviación. Seguramente ya lo sabes.

Victoria no dijo nada, simplemente lo miró con horror.

– Yo no sé si mi hijo logró su diversión con usted o no. Francamente no me interesa.

– No puede hablarme de esa manera.

– Mi querida niña, puedo hablarle de cualquier manera que se me dé la real gana. Como iba diciendo, usted fue un desvío. No puedo tolerar esas acciones de mi hijo, por supuesto, es un problemilla desagradable desflorar a la hija del párroco local.

– ¡Él no hizo tal cosa!

El marqués la miró con una expresión condescendiente. -Sin embargo, es su problema mantener intacta su virtud, no de él. Y si fracasó en ese empeño, bueno, entonces eso es su problema. Mi hijo no le hizo ninguna promesa.

– Pero lo hizo-, dijo Victoria en voz baja.

Castleford enarcó una ceja. -¿Y usted le creyó?

Las piernas de Victoria inmediatamente se entumecieron, y tuvo que agarrase de la parte de atrás de una silla. -Oh, mi buen Señor,-susurró. Su padre había estado en lo cierto. Robert nunca había querido casarse con ella. De otra forma, hubiera esperado a ver por qué no había podido reunirse con él. Probablemente la habría seducido en alguna parte del camino hacia Gretna Green y, a continuación…

Victoria no quería ni pensar en el destino que casi cayó sobre ella. Recordó la forma en que Robert le había pedido “mostrar” cuánto lo amaba, cómo sinceramente que había intentado convencerla de que sus intimidades no eran pecaminosas.

Se estremeció, perdiendo su inocencia en el espacio de un segundo.

– Sugiero que deje el distrito, querida-dijo el marqués. -Le doy mi palabra de que no voy a hablar de su asunto, pero, no puedo prometer que mi hijo cierre su boca como lo hago yo.

Robert. Victoria tragó. La idea de volver a verlo era una agonía. Sin una palabra se volvió y salió de la habitación.

Más tarde esa noche, extendiendo un periódico abierto sobre la cama, buscó los anuncios de trabajo. Al día siguiente envió varias cartas, solicitando el puesto de institutriz.

Dos semanas después, ella se había ido.

Capítulo 4

Norfolk, Inglaterra

Siete años más tarde

Victoria estaba persiguiendo, a través del césped, al niño de cinco años, tropezando con el borde de su falda con tanta frecuencia que finalmente la agarró en sus manos, sin importarle que sus tobillos estuvieran expuestos a la vista de todo el mundo. Las gobernantas debían comportarse con el mayor decoro, pero ella había estado persiguiendo al diminuto tirano durante casi una hora, y estaba a punto de abandonar cualquier vestigio de propiedad.

– Neville-gritó ella-. ¡Hollingwood Neville! ¡Detente en este mismo instante!

Neville no mostró la menor inclinación de desaceleración. Victoria volvió a la esquina de la casa y se detuvo, tratando de discernir qué camino había tomado el niño.

– ¡Neville!- Dijo en voz alta. -¡Neville!

No hubo respuesta.

– Pequeño monstruo-, murmuró Victoria.

– ¿Cómo dice, señorita Lyndon?

Victoria se dio la vuelta para mirar a Lady Hollingwood, su empleadora. -¡Oh! Le pido perdón, señora. No me di cuenta de estuviera aquí.

– Obviamente-, dijo la señora mayor acritud -, o si no hubiera llamado a mi hijo con un nombre tan desagradable.

Victoria no pensaba que “pequeño monstruo” calificaba como desagradable, pero se tragó cualquier réplica y respondió en su lugar, -Lo dije como una expresión de ternura, Lady Hollingwood. Seguramente usted debe saber eso.

– Yo no apruebo sarcásticas ternuras, Señorita Lyndon. Le sugiero que reflexione, esta noche, lo presuntuoso de su comportamiento. No ocupa un lugar que le permita asignar apodos a sus superiores. Buenos días.

Victoria se esforzó por no bostezar cuando Lady Hollingwood giró sobre sus talones y se marchó. No le importaba si el marido de lady Hollingwood era un barón. No había manera en este mundo que considerara a Neville Hollingwood, un mocoso de cinco años, como su superior.

Apretó los dientes y gritó: -¡Neville!

– ¡Señorita Lyndon!

Victoria gimió para sus adentros. No de nuevo.

La lady Hollingwood dio un paso hacia ella, luego se detuvo, levantando el mentón imperiosamente en el aire. Victoria no tuvo más remedio que caminar hacia ella y decir: -¿Sí, mi lady?

– Yo no apruebo su manera tosca de gritar. Una dama nunca levanta la voz.

– Lo siento, mi lady. Sólo estaba tratando de encontrar al pequeño amo Neville.

– Si lo hubiera estado observando correctamente, no se encontraría en esta situación.

En opinión de Victoria, el muchacho era tan escurridizo como una anguila y ni el mismísimo almirante Nelson hubiera podido retenerlo durante más de dos minutos, pero mantuvo esos pensamientos en privado y finalmente dijo: -Lo siento, mi lady.

Los ojos de Lady Hollingwood se estrecharon, indicando claramente que no creía, ni por un momento, que la disculpa de Victoria fue sincera. -Espero que se comporte con más decoro esta noche.

– ¿Esta noche, mi lady?

– La fiesta en casa, la señorita Lyndon-. La mujer suspiró como si se tratara de la vigésima vez que había tenido que explicar esto a Victoria, cuando en realidad ella nunca lo había mencionado antes. Además, los criados inferiores, nunca hablaban con Victoria, por lo que rara vez estaba al tanto de los chismes.

– Vamos a tener invitados para los próximos días-, continuó la Señora Hollingwood. -Muy importante huéspedes. Varios barones, algunos vizcondes, e incluso un conde. Lord Hollingwood y yo nos movemos en altos círculos.

Victoria se estremeció al recordar el momento que ella había tenido ocasión de relacionarse con la nobleza. Ella no lo había encontrado particularmente noble.

Robert. Su cara vino espontáneamente a su mente.

Siete años y que todavía podía recordar cada detalle. La forma en que sus cejas se arqueaban. Sus comisuras cuando sonreía. La forma en que siempre le decía que la amaba cuando menos se lo espera.

Robert. Sus palabras habían sido probados ser falsas, por cierto.

– ¡Señorita Lyndon!

Victoria salió de su ensoñación. -¿Sí, mi lady?

– Yo preferiría que no se encontrara en el camino de nuestros invitados, pero si ello resultara imposible, trate de conducirse con el decoro apropiado.

Victoria asintió con la cabeza, realmente deseando que ella no necesitara tan desesperadamente ese trabajo.

– Eso significa que usted no debe levantar la voz.

Como si algún otro, que no fuera el desagradable Neville, le diera motivos para levantar la voz. -Sí, mi lady.

Victoria, vio como Lady Hollingwood se marchaba de nuevo, asegurándose de que estuviera fuera de su vista. Luego, a medida que reanudó la búsqueda de Neville, se complació en decir: -Te voy a encontrar, pequeña bestia sanguinaria.

Ella entró pesadamente en el jardín oeste, cada paso que daba estaba marcado por una leve maldición mental… ¡Oh, si su padre pudiera oír sus pensamientos! Victoria suspiró. No había visto a su familia en siete largos años. Todavía se carteaba con Eleanor, pero nunca había vuelto a Kent. No podía perdonar a su padre por haberla atado esa noche fatídica, y ella no podía soportar mirarlo a la cara, sabiendo que había tenido razón en su opinión de Robert.

Pero no su trabajo no había resultado ser fácil, y Victoria había tenido tres posiciones en los últimos siete años. Al parecer la mayoría de las señoras no les gustaba que las institutrices de sus hijos tuvieran el cabello sedoso y ojos azul oscuro. Y, ciertamente, no les gusta que fuera tan joven y bonita. Victoria se había vuelto muy hábil para defenderse de las atenciones no deseadas.

Ella negó con la cabeza mientras escaneaba el césped en busca de Neville. Desde esa perspectiva, al menos, Robert había demostrado no ser muy diferente de los otros jóvenes de su clase. Todos parecían estar interesados en atraer a cualquier mujer joven a su cama. Sobre todo cualquier mujer joven cuyas familias no fueran lo suficientemente poderosa como para exigir el matrimonio después del acto.

La posición Hollingwood parecía un regalo venido del cielo. Señor Hollingwood no estaba interesado en nada aparte de sus caballos y sus perros, y no había hijos mayores que se transformaran en plaga durante sus visitas a la casa, en el receso de la universidad.

Desafortunadamente estaba Neville, quien había resultado ser terrorífico desde el primer día. Maleducado y de malos modales, prácticamente mandaba en el hogar, y lady Hollingwood le había prohibido Victoria el disciplinarlo.

Victoria suspiró mientras caminaba por el césped, rezando para que Neville no hubiera entrado en el laberinto de setos. -¡Neville!- Dijo en voz alta, tratando de mantener su voz.

– ¡Aquí, Lyndon!

El desgraciado siempre se negaba a llamarla Señorita Lyndon. Victoria había llevado el asunto con lady Hollingwood, quien sólo se había reído, comentando sobre lo original e inteligente que su hijo era.

– ¿Neville?- Por favor, que no esté no el laberinto. Nunca había aprendido la manera de salir.

– ¡En el laberinto, cabeza dura!

Victoria se quejó y murmuró: -No me gusta ser una institutriz.- Y era verdad. Ella lo odiaba. Odiaba cada segundo de esta sumisión bestial, odiaba tener que complacer a los niños malcriados. Pero más que nada odiaba el hecho de que había sido obligada a ello. Nunca había tenido una elección. En realidad no. Ella no había creído ni por un momento que el padre de Robert no iba a correr rumores viciosos de ella. Él quería que ella se fuera del distrito.

Era trabajar de gobernanta o la ruina. Victoria entró en el laberinto. -Neville-, preguntó ella con cautela.

– ¡Por aquí!

Sonaba como si estuviera a su izquierda. Victoria dio algunos pasos en esa dirección.

– ¡Oh, Lyndon!- Gritó él. -Apuesto a que no me puedes encontrar.

Victoria corrió a una esquina, y luego otro, y otro. -Neville-gritó ella-. ¿Dónde estás?

– Aquí estoy, Lyndon.

Victoria casi gritó de frustración. Sonaba como si estuviera directamente a través de la cobertura a su derecha. El único problema era que no tenía ni idea de cómo llegar al otro lado. Tal vez si rodeaba la esquina…

Ella dio un par de giros y vueltas, terriblemente consciente de que estaba completamente perdida. De pronto se escuchó un ruido horrible. Neville se reía. -¡Ya salí, Lyndon!

– ¡Neville!-gritó ella, su voz cada vez estridente. -¡Neville!

– Me voy a casa ahora-, se burló. -¡Que tenga una buena noche, Lyndon!

Victoria se dejó caer al suelo. Cuando saliera, ella iba a matar a ese mocoso. E iba a

disfrutar haciéndolo.

* * *

Ocho horas más tarde, Victoria todavía no había encontrado la salida. Después de dos horas de búsqueda, finalmente se sentó y lloró. Lágrimas de frustración eran cada vez más comunes en esos días. No podía imaginar que en la casa no hubieran notado su ausencia, pero ella no dudaba que Neville no confesaría que la había guiado dentro del laberinto. El desgraciado muchacho probablemente mandaría en sentido opuesto a cualquiera que la buscara.

Victoria tendría suerte si ella sólo tuvo que pasar una noche allí afuera.

Ella suspiró y miró hacia el cielo. Era probablemente las nueve de la noche, pero aún el crepúsculo flotaba en el aire. Gracias a Dios Neville no había pensado en jugar su travesura en invierno, cuando los días eran cortos.

El tintineo de la música flotaba en el aire, una señal de que la fiesta había comenzado, obviamente, sin un pensamiento a la institutriz que faltaba.

– Odio ser una institutriz-murmuró Victoria por duodécima vez, ese mismo día. No la hizo sentirse mejor decirlo en voz alta, pero lo hizo de todos modos.

Y finalmente, después de que ella había empezado a fantasear sobre el escándalo que se produciría una vez que el Hollingwoods encontraran su cadáver en el laberinto tres meses después, Victoria oyó voces.

Oh, gracias a los cielos. Ella se había salvado. Victoria se puso de pie y abrió la boca para gritar un saludo.

Entonces oyó lo que las voces decían.

Cerró la boca. ¡Oh, Maldición!

– Ven aquí, mi gran semental.- Una voz de mujer se rió.

– Siempre tan original, Helena.

La voz masculina personificaba el aburrimiento civilizado, pero sonaba un poco interesado en lo que la dama tenía para ofrecer.

Oh, esto culmina su suerte. Ocho horas en el laberinto y los primeros en encontrarla eran un par de pretendidos amantes. Victoria y no dudaba que no les agradaría saber de su presencia. Conociendo a la nobleza, probablemente encontrarían alguna manera de hacer hacerla responsable por la incómoda situación.

– Odio ser una institutriz,- jadeó acaloradamente, sentándose en el suelo. -Y odio a la nobleza.

La voz femenina interrumpió sus risitas el tiempo suficiente para decir: -¿Has oído algo?

– Cállate, Helena.

Victoria suspiró y golpeó con la mano su frente. La pareja estaba empezando a sonar muy amorosa, a pesar de la rudeza algo perezosa del hombre.

– No, estoy seguro de haber oído algo. ¿Y si es mi marido?

– Tu marido sabe lo que eres, Helena.

– ¿Acabas de insultarme?

– No lo sé. ¿Lo hice?

Victoria pudo imaginarse al hombre con los brazos cruzados y apoyado en el cerco.

– Eres muy atrevido, ¿lo sabías? -, Dijo Helena.

– Desde luego, siempre te encanta recordármelo.

– Tú me haces sentir atrevida, también.

– No creo que alguna vez necesitaras asistencia en ese empeño.

– Oh, señor, yo voy a tener que castigarte.

Oh, por favor, Victoria pensó, deslizando su mano para cubrirse los ojos.

Helena dejó escapar otro trino de risa estridente. -¡Atrápame si puedes!

Victoria escuchó el taconeo de pies que corrían y suspiró, pensando que estaría atrapada en el laberinto con esa pareja, por un importe incomodo montón de tiempo. A continuación, los pasos se acercaban cada vez más. Victoria levantó la vista justo a tiempo para ver a una mujer rubia dar la vuelta en la esquina. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de Helena tropezara con ella y aterrizara sin gracia sobre el terreno.

– ¿Qué demonios?- Gritó Helena.

– Ahora, ahora, Helena,- dijo la voz masculina de vuelta de la esquina. -Este lenguaje es impropio de tu linda boca.

– Cállate, Macclesfield. Hay una muchacha aquí. Una niña -. Helena se volvió hacia Victoria. – ¿Quién diablos es usted? ¿Mi marido te ha enviado?

Pero Victoria no la oyó. ¿Macclesfield? ¿Macclesfield? Cerró los ojos en agonía. ¡Oh, Dios mío. No Robert. Por favor, cualquiera excepto Robert.

Pasos pesados doblaron la esquina. -Helena, ¿qué diablos está pasando?

Victoria levantó la vista lentamente, sus ojos azules enormes y aterrorizados.

Robert.

Su boca se secó, no podía respirar. ¡Oh, Dios, Robert!

Parecía mayor. Su cuerpo todavía se veía duro y fuerte como una roca, pero había líneas en su rostro que no había estado allí siete años atrás, y su mirada estaba más triste.

Él no la vio en un primer momento, su atención aún estaba en la enojada Helena. -Ella probablemente es la niñera despistada que los Hollingwood estaban hablando.- Se volvió para mirar a Victoria. -Has estado desaparecida desde…

La sangre fue drenada del rostro masculino. -Tu.

Victoria tragó nerviosamente. Ella nunca había pensado en volver a verlo, ni siquiera había tratado de prepararse por si eso alguna vez ocurría. Su cuerpo se sentía extraño, más bien raro, y ella no quería nada más que cavar un hoyo en la tierra y enterrarse allí mismo.

Bueno, eso no era del todo cierto. Una parte de ella tenía muchas ganas de gritar su furia y clavar sus uñas en las mejillas de él.

– ¿Qué diablos estás haciendo aquí?- masculló al cabo.

Victoria hizo acopio de todo su orgullo y le devolvió una mirada desafiante. -Yo soy la institutriz perdida.

Helena le pegó a Victoria en la cadera. -Será mejor que le llames “mi lord” si de verdad valoras tu posición, muchacha. Él es un conde, y tú harías bien en no olvidarlo.

– Soy muy consciente de lo que es.

Helena sacudió la cabeza en la dirección de Robert. -¿Conoces a esta muchacha?

– La conozco.

Le tomó toda la voluntad de Victoria para no encogerse ante el hielo en su voz. Ella era más sabia ahora que hacía siete años. Y más fuerte, también. Ella se puso de pie, erguida, lo miró a los ojos, y dijo: -Robert.

– Eso es buena manera de saludar,- él arrastró las palabras.

– ¿Qué significa todo esto?-Preguntó Helena. -¿Quién es ella? Que estás… -Su cabeza pasó de Victoria a Robert. -¿Ella te llamó Robert?

Robert ni una sola vez apartó los ojos de Victoria. -Será mejor que te vayas, Helena.

– Por supuesto que no. -Ella cruzó sus brazos.

– Helena-, repitió, con voz baja mezclada con una clara advertencia.

Victoria escuchó la furia velada de su voz, pero aparentemente Helena no se daba cuenta, porque ella dijo: -No me puedo imaginar lo que tendría que decir de esto… esta persona en una institutriz.

Robert se volvió a Helena y rugió,-¡He dicho que nos dejes!

Ella parpadeó. -No sé la salida.

– A la derecha, dos a la izquierda, y derecha otra vez.

Helena abrió la boca como si quisiera decir algo más, entonces, evidentemente, se lo pensó mejor. Dirigió una última mirada desagradable a Victoria y abandonó la escena.

Victoria estaba más que tentada a seguirla. -A la derecha, dos izquierdas, y otra vez a la derecha-, susurró para sí misma.

– No vas a ninguna parte-, ladró Robert.

Su tono imperioso fue suficiente para convencer a Victoria de que era inútil intentar siquiera una conversación cortés con él. -Si me disculpa-, dijo, pasando junto a él.

Su mano cayó sobre su brazo como si fuera una tormenta. -¡Vuelve aquí, Victoria!

– No me des órdenes,- se explotó girando hacia él. -Y no me hables en ese tono de voz.

– Por Dios-, se burló. -Tales demandas de respeto parece extraño viniendo de una mujer cuya idea de la fe…

– ¡Basta!-, Gritó ella. No estaba segura de lo que estaba hablando, pero ella no podía soportar escuchar el tono mordaz de la voz. -¡De una vez, basta!

Sorprendentemente, lo hizo. Él parecía bastante conmocionado por su arrebato. Victoria no se sorprendió. La muchacha que había conocido hace siete años nunca había gritado así. Ella nunca había tenido motivos para ello. Ella tiró de su brazo diciendo: -Por favor, déjame en paz.

– No quiero.

Victoria levantó la cabeza sorprendida. -¿Qué has dicho?

Él se encogió de hombros y aseguró con rudeza. -Me encuentro bien interesados en lo que me perdí hace siete años. Estás muy bonita.

Su boca se abrió. -Como si yo fuera…

– Yo no me apresuraría a rechazarme-, me interrumpió. -Por supuesto que no podrías esperar una propuesta de matrimonio, pero no hay amenaza de ser desheredado. Y yo, querida, soy terriblemente rico.

El padre de él la había llamado “mi querida. Y él había usado el mismo tono condescendiente. Victoria se tragó las ganas de escupirle en el rostro y dijo: -Qué conveniente para ti.

Él siguió como si no la hubiera oído. -Debo decir que nunca pensé que nos volveríamos a encontrar en estas circunstancias.

– Tuve la esperanza que nunca sucediera-, replicó ella.

– La institutriz-, dijo, usando un tono extrañamente reflexivo de la voz. -Una posición interesante y precaria en esta casa. Ni familia ni sierva.

Victoria giró los ojos. -No tengo dudas sobre lo bien informado que estés, al igual que yo, sobre “la precaria posición” de una institutriz.

Él ladeó la cabeza de una manera aparentemente amistosa. -¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? Me parece bastante divertido que la elite de Inglaterra le está confiando la educación moral de sus hijos.

– Indudablemente puedo hacer un mejor trabajo que tú.

Soltó una risa brusca. -Pero nunca fingí ser bueno y puro. Nunca simulé ser el sueño de un hombre joven. -Se inclinó hacia delante y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Su tacto era suavemente escalofriante. -Nunca he pretendido ser un ángel.

– Sí-dijo en voz alta se atragantó. -Tú lo hiciste. Eras todo lo que yo había soñado, todo lo que había querido. Y todo lo único que quería…

Sus ojos brillaban peligrosamente cuando él la atrajo hacia sí. -¿Qué es lo que quería, Victoria?

Giró la cabeza hacia un lado, negándose a contestarle.

Él la soltó bruscamente. -Supongo que no hay ningún punto en reiterar todas mis esperanzas tontas.

Ella se rió sordamente. -¿Tus esperanzas? Bueno, siento mucho que no fueras capaz de acostarte conmigo. Eso debió haberte, sin duda, roto tu corazón.

Se inclinó hacia delante, con los ojos amenazantes. -Nunca es demasiado tarde para soñar, ¿verdad?

– Esto es un sueño que nunca ceras cumplido.

Se encogió de hombros, con una expresión diciéndole que no le importaba mucho lo uno u lo otro.

– Dios, yo significaba tan poco para ti, ¿no es cierto?-Susurró.

Robert la miró fijamente, sin poder dar crédito a sus palabras. Ella había significado todo para él. Todo. Le había prometido la luna, y estaba decidido a cumplirlo. Él la había amado tanto que habría encontrado la manera de sacar esa esfera del cielo y servírsela en un plato si se lo hubiera exigido.

Pero ella nunca realmente lo había amado. Ella había amado tan sólo la idea de casarse con un conde rico. -Torie…-, dijo, preparándose para retrucar.

Pero ella nunca le dio la oportunidad. -¡No me llames Torie!- explotó.

– Me parece recordar que yo era el único que te di ese apodo en particular-, le recordó.

– Tú perdiste cualquier derecho hace siete años.

– ¿Perdí los derechos?-, Dijo, apenas podía creer que ella estaba tratando de echarle la culpa a él. Los recuerdos de esa noche patética atravesaron su cabeza. Él la había esperado en el aire de la noche fría. Esperado más de una hora, cada fibra de su ser vivo con amor, deseo y esperanza. Y ella había ido simplemente a dormir. Ido a dormir sin importarle nada de él.

Furia explotó en su cuerpo, y él la atrajo hacia sí, con las manos mordiendo su carne. -Parece que has olvidado convenientemente los hechos de nuestra relación, Torie.

Tiró de su brazo librándose del agarre de él con una fuerza que lo sorprendió. -He dicho que no me llames así. Yo ya no soy “ella”. No lo he sido durante años.

Sus labios retorcidos con perverso humor. -¿Y quién eres, entonces?

Ella lo miró por un momento, obviamente tratando de decidir si quería o no contestar su pregunta. Finalmente dijo: -Yo soy la Señorita Lyndon. O en estos días soy más comúnmente sólo Lyndon. Ni siquiera ya soy Victoria.

Sus ojos recorrieron su rostro, no conociendo exactamente lo que veía. Había una cierta fuerza en ella que no estaba presente a los diecisiete años. Y sus ojos tenían una dureza que lo desconcertó. -Tienes razón-, dijo encogiéndose de hombros fingiéndose aburrido. -Tú no eres Torie. Tú probablemente nunca lo hayas sido.

Victoria apretó los labios y se negó a contestar.

– Y por eso te doy las gracias-, continuó con una atronadora voz burlona.

Los ojos de ella volaron a su cara.

Él levantó la mano como si hiciera un brindis. -¡Para Lyndon Victoria María! Por brindarme una educación que no debe faltar en ningún hombre.

Victoria sintió revolverse su estómago y dio un paso atrás. -No hagas esto, Robert.

– Por mostrarme que las mujeres son inútiles y vanas

– Robert, no.

– Que sirven para un único objetivo.- Él pasó su pulgar por los labios de ella con una lentitud agonizante. -Aunque debo decir que lo llevan a cabo muy bien-.

Victoria se quedó inmóvil, tratando de controlar los saltos de su corazón por el tacto de sus dedos en sus labios. -Pero sobre todo, la señorita Victoria Lyndon, debo darle las gracias por mostrarme la verdadera medida del corazón. El corazón, como ves, no es lo que yo pensaba que era.

– Robert, no quiero escuchar esto.

Se movió con una rapidez sorprendente, agarrándola violentamente por los hombros y la sostuvo contra el seto. -Pero me oirás Victoria. Tú escucharás todo lo que tengo que decirte.

Como ella no podía cerrar los oídos, cerró los ojos, pero esto hizo poco para bloquear su abrumadora presencia.

– El corazón, he aprendido, sólo existe para el dolor. El amor es el sueño de un poeta, pero el dolor-Sus dedos se cerraron alrededor de sus hombros. -El dolor es muy, muy real.

Sin abrir los ojos, le susurró: -Yo sé más sobre el dolor de lo que nunca podrías aprender.

– ¿El dolor de no haber conseguido una fortuna, Victoria? Eso no es lo que estoy hablando. -Alzó las manos con un gesto exagerado liberándola. -Ya no siento dolor.

Victoria abrió los ojos. Se quedó mirándolo a la cara.

– Ya no siento nada.

Ella le devolvió la mirada, sus ojos casi tan duro como los suyos. Este había sido el hombre que la había traicionado. Le había prometido la luna, y en su lugar la había robado el alma. Tal vez no era una persona tan noble, porque ella se alegraba de que se había vuelto tan amargo, contenta que la suya fuera una vida infeliz.

¿Ya no sentía nada? Dijo exactamente lo que sentía. -Bien.

Él levantó una ceja ante el placer malicioso en su voz. -Puedo ver que no te juzgue mal.

– Adiós, Robert.- A la derecha, dos izquierdas, y otro derecho. Ella giró sobre sus talones y se alejó.

* * *

Robert estaba en el laberinto hacía una hora, con los ojos fuera de foco, con el cuerpo flojo.

Torie. Solo el sonido de su nombre en su mente le hacía temblar.

Le había mentido cuando dijo que ya no sentía nada. Cuando la había visto por primera vez, increíblemente sentada en el laberinto, había sentido una oleada de placer y alivio, como si ella pudiera llenar el vacío que le había sumido en estos últimos siete años. Pero, por supuesto que ella era la que había labrado ese hueco en su corazón.

Había tratado de borrarla de su memoria con otras mujeres, aunque nunca, para gran consternación de su padre, del tipo que podría considerarse para casarse. Había convivido con viudas, cortesanas, y cantantes de ópera. Inclusive él había buscado compañeras con singular parecido a Victoria, como si la espesa cabellera negra o unos ojos azules pudieran reparar la fisura en su alma. Y a veces, cuando el dolor en su corazón era particularmente fuerte, se olvidaba y gritaba su nombre en el calor de la pasión. Era vergonzoso, pero ninguna de sus amantes fue tan indiscreta como para mencionarlo. Ellas siempre se recibían una señal adicional de gratitud cuando aquello sucedía, y se limitan a redoblar sus esfuerzos para complacerlo.

Pero ninguna de esas mujeres le había hecho olvidar. No hubo un día en que Victoria no bailara a través de su cerebro. Su alegría, su sonrisa. Su traición. La única cosa que jamás podría perdonar.

Torie.

Ese pelo negro y espeso. Los brillantes ojos azules. La edad sólo la había hecho más hermosa.

Y él la deseaba.

Señor le ayuda, él aún la quería.

Pero también quería venganza.

Él no sabía que era lo que él quería más.

Capítulo 5

Victoria se despertó a la mañana siguiente con una sola idea en su cabeza: quería permanecer lo más lejos Robert Kemble, Conde de Macclesfield, como fuera posible.

Ella no quería venganza. Ella no quería una disculpa. Ella no quería verlo. Ella no esperaba que Robert sintiera lo mismo. El Señor sabía que le había parecido raro el enfadado con ella la noche anterior. Ella se encogió de hombros, no muy segura de por qué habría estado tan furioso. Supuso que había pinchado a su ego masculino. Ella era probablemente su único fracaso en su continua seducción.

Victoria se vistió rápidamente, preparándose mentalmente para el desayuno con Neville, que siempre era una tarea desagradable. El niño había aprendido a quejarse siguiendo el ejemplo de su madre. Si los huevos no estaban demasiado fríos, el té estaba demasiado caliente, o la…

Un golpe seco sonó en la puerta, y Victoria se dio la vuelta, su corazón golpeando de pronto triple tiempo. Sin duda, Robert no tendría la osadía de acercarse a su habitación. Ella se mordió el labio inferior, recordando su actitud hosca. Probablemente seguiría adelante y haría algo tonto.

Furiosa se levantó en su interior. Este comportamiento podría costarle su trabajo, y a diferencia de Robert no no le sobraba el dinero. Cruzó la habitación con pasos rápidos y abrió la puerta con un enojada: -¿Qué?

– ¿Sucede algo, señorita Lyndon?

– Oh, Lady Hollingwood, lo siento mucho. Pensé que eras… Es decir… -miserablemente, Victoria dejó caer sus palabras.

A este paso no sería necesario que Robert le hiciera perder su puesto. Ella estaba haciendo un buen trabajo por sí misma.

Lady Hollingwood inclinó la cabeza imperiosamente y entró en la habitación sin tener que esperar una invitación. -Estoy aquí para hablar con usted sobre su desaparición desafortunada noche de ayer.

– El joven Neville me metió en el laberinto, mi lady. No pude encontrar mi camino.

– No trate responsabilizar a un niño de sólo cinco años a aceptar la culpa por sus acciones.

Las manos de victoria se transformaron en puños a los costados.

– ¿Se da cuenta-prosiguió Lady Hollingwood,- hasta que punto usted me produce inconvenientes? Yo tenía una casa llena de invitados que atender, y me vi obligada a tomar tiempo lejos de ellos para poner a mi hijo a la cama. Usted debería haber estado allí para hacerlo.

– Hubiera estado, mi lady,- dijo Victoria, tratando de no apretar los dientes. -Pero yo estaba atrapada en el laberinto. Seguramente usted…

– Usted puede considerar esta última advertencia, Señorita Lyndon. Estoy muy descontenta con su rendimiento. Un incidente más y me veré obligada a pedirle que se vaya. -Lady Hollingwood giró sobre sus talones y salió de nuevo al corredor. Entonces ella se volvió para decir: -Sin referencias.

Victoria se quedó mirando la puerta abierta durante varios segundos antes de que finalmente dejó escapar un profundo suspiro. Tendría que encontrar una nueva posición. Esto era inaceptable. Insoportable. Era…

– Victoria.- La silueta de Robert llenó el umbral.

– Como si el día no podría ser peor-, murmuró.

Robert alzó una ceja insolente, mirando el reloj de la mesilla de noche. -Realmente, ¿cómo podría tu día complicarse a esta hora de la mañana?

Ella trató de esquivarlo. -Tengo que ir a trabajar.

– ¿Y alimentar al joven Neville?- Su mano se cerró alrededor de su brazo, y pateó la puerta cerrándola detrás de él. -No es necesario. Neville ha ido a montar con mi buen amigo Ramsay, quien amablemente se ha ofrecido para entretener al mocoso toda la mañana.

Victoria cerró los ojos por un momento y suspiró, un torrente de memoria la abrumó. Él siempre había sido tan organizado, siempre atendiendo a los más pequeños detalles. Ella debería haber sabido que iba a encontrarse una manera de ocupar a Neville si quería verla a solas.

Cuando ella abrió los ojos él estaba ocioso examinando un libro sobre la mesilla de noche. -¿No hay más novelas románticas?-, Preguntó, sosteniendo el libro, un debate más bien seco del estudio de la astronomía.

Su barbilla se levantó una fracción de una pulgada. -Ya no disfruto de las novelas románticas.

Robert siguió hojeando las páginas del libro. -No tenía idea de que tanto te gustara la astronomía.

Victoria tragó, jamás le diría que la luna y las estrellas la hacían sentirse más cerca de él. O, mejor dicho, más cerca de la persona que ella había pensado que él había sido. -Mi lord- ella preguntó con un suspiro. -¿Por qué haces esto?

Se encogió de hombros y se sentó en la cama pequeña. -¿Haciendo qué?

– ¡Esto!- Ella levantó abruptamente sus brazos. -Venir a mi habitación. Sentarse en mi cama. -Ella parpadeó, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo. -Estás en mi cama. Por el amor de Dios, sal de mi cama.

Él sonrió lentamente. -Oblígame.

– Yo no soy tan infantil que me puede sacar de quicio con ese desafío.

– ¿No?- Él se inclinó hacia atrás contra la almohada y cruzó los tobillos. -No te preocupe. Mis botas están limpias.

Los ojos de Victoria se redujeron, y luego cogió el recipiente lleno de agua que utiliza para el lavado y se lo tiró en la cabeza y el pecho. -Me retracto-, dijo con acritud. -Puedo ser bastante infantil, cuando la ocasión lo requiere.

– ¡Dios, mujer!- Robert escupía, saltando de la cama. El agua le corría como riachos por la cara, empapando la corbata y la camisa.

Victoria se apoyó contra la pared y cruzó los brazos, muy satisfecha con su obra.

– Sabes,- dijo con una sonrisa de satisfacción, -pero creo que todo puede estar mejor en el mundo después de todo.

– ¡No te atrevas-, rugió, -a intentar un truco como eso otra vez!

– ¿Y qué? ¿Impugnar su honor? No sabía que tenía alguno.

Avanzó hacia ella con pasos amenazantes. Victoria probablemente se habría acobardado y retirado, pero su espalda ya estaba contra la pared. -Tú-, dijo salvajemente, -vas a arrepentirte terriblemente de haber hecho eso.

Victoria no podía evitarlo, soltó una risita. -Robert-dijo ella, cayendo en lo familiar. -Nada podría hacer que me arrepienta de lo que acabo de hacer. Posiblemente atesore este momento por el resto de mi vida. De hecho, esto puede muy bien ser la única cosa de la que no me arrepentiré jamás.

– Victoria-, dijo, su voz mortal. -Cállate.

Ella lo hizo, pero siguió sonriendo.

Él cerró el espacio entre ellos hasta que fue sólo un latido de distancia. -Si me vas a mojar- dijo, dejando caer su voz en un murmullo ronco, -entonces muy bien podrías secarme.

Victoria se estiró hacia el costado. -Tal vez una toalla… Yo estaría encantada de prestarte la mía.

Él se movió de modo que estuvo justo frente a ella de nuevo, y le tocó la barbilla con los dedos. Su cuerpo estaba caliente, pero sus ojos estaban aún más caliente. -He esperado toda una vida por esto-, le susurró, apretando su cuerpo contra el suyo.

El agua de la ropa empapaba el vestido de Victoria, pero ella no sentía nada, excepto el calor de su cuerpo.

– No, -susurró-. No hagas eso.

Sus ojos tenían una extraña desesperación. -No puedo evitarlo-dijo con voz ronca. -Que Dios me ayude, no puedo evitarlo.

Sus labios bajaron hacia ella con una lentitud agonizante. Ubicándose, por un instante, a sólo un suspiro de distancia, como si estuviera tratando de frenarse al último momento. Luego, con una rapidez impresionante, sus manos abandonaron los brazos moviéndose a la parte posterior de la cabeza de ella, y elevando sus labios a los suyos.

Robert plantó sus manos en su pelo grueso, atento a la forma en que sus horquillas se caían al suelo. Se sentía igual, sedoso y pesado, y el olor de ella era suficiente para que volverlo salvaje. Murmuró su nombre una y otra vez, olvidando por un momento que él la odiaba, que lo había abandonado hace años, que ella era la razón de que su corazón había estado muerto por siete largos años. Él confiaba sólo en su instinto, y su cuerpo no podía hacer nada, excepto reconocer que ella era su Torie, que ella estaba en sus brazos, que ella pertenecía a ellos.

La besó salvajemente, tratando de beber lo suficiente de su esencia para compensar todos sus años perdidos. Sus manos se aferraron a ella, itinerante por todo su cuerpo, tratando de recordar y memorizar cada curva.

– Torie-, murmuró, detrás de los labios por la línea de su cuello. -Nunca he… Ninguna otra mujer…

Victoria dejó colgar la cabeza hacia atrás, cualquier vestigio de razón había huido con el primer toque de sus labios. Ella había pensado que había olvidado cómo se sentía

estar entre sus brazos, sentir el roce de sus labios en su piel. Pero no, cada contacto era dolorosamente familiar y sorprendentemente emocionante. Y cuando él la bajó sobre la cama, ella ni siquiera podía pensar en protestar.

El peso de su cuerpo la apretó contra el colchón, y una de sus manos alrededor de sus pantorrillas, apretando y acariciando su camino hasta el pasado de su rodilla.

– Voy a amarte, Torie-, dijo Robert ferozmente. -Voy a amarte hasta que no te puedas mover. Voy a amarte hasta que no puedas pensar. -Su mano viajó cada vez más alto, llegando a la piel caliente de su muslo superior, donde terminó sus medias. -Voy a amarte como yo debería haber antes.

Victoria gimió con placer. Había pasado siete largos años sin siquiera un abrazo, y ella estaba hambrienta de afecto físico. Ella sabía lo que era ser tocada y besada, y ella no tenía idea de lo mucho que había perdido hasta ese momento. Su mano se movió, y ella apenas se dio cuenta de que estaba buscando a tientas con sus pantalones, a ellas, y…

– ¡Oh, Dios, no!-Gritó ella, empujando sus hombros. En su mente podía verlos desde arriba. Tenía las piernas abiertas, y Robert estaba entre ellas. -No, Robert,-dijo de nuevo, retorciéndose de debajo de él. -No puedo.

– No lo hagas.- Él advirtió, la pasión cristalizándose en sus ojos. -No te burles de mí y…

– Esto es todo lo que quería, ¿no?- Le preguntó, saliendo de la cama. -Todo lo que quería de mí.

– Fue sin duda una cosa-, murmuró, mirando como si sintiera dolor.

– Dios, soy tan estúpida.- Ella cruzó los brazos sobre su pecho en una maniobra defensiva. -Uno pensaría que ya debería haber aprendido la lección.

– Como uno pensaría que yo habría aprendido la mía-dijo con amargura.

– Por favor, vete.

Se detuvo camino a la puerta, sólo para llevar la contraria. -¿Por favor? Estos buenos modales.

– Robert, te estoy pidiendo lo más cortésmente que puedo que te vayas.

– ¿Pero por qué me pides que me vaya?- Dio un paso hacia ella. -¿Por qué luchar contra esto, Torie? Ya sabes que me deseas.

– ¡Ese no es el punto!- Horrorizada, Victoria se dio cuenta de lo que había revelado. Ella no estaba segura de cómo se las arregló para sacar las palabras, pero se obligó a bajar la voz y dijo: -Por el amor de Dios, Robert, ¿entiendes lo que estás haciendo? Estoy en un tris de ser despedida de este puesto. No puedo darme el lujo de perderlo. Si te encuentran en mi habitación, me despedirán.

– ¿En serio?-Miró intrigado por la perspectiva.

Hablaba despacio, midiendo cuidadosamente sus palabras. -Me doy cuenta de que no albergabas gran cantidad de buenos sentimientos hacia mí. Pero por el bien de la decencia, por favor, ¡vete!

Odiaba que sonara como si estuviera pidiendo limosna, pero ella no tenía otra opción. Al final de la fiesta, Robert seguiría con su vida y ella debería enfrentar la suya.

Se inclinó hacia delante, sus ojos azules afilados y la intención. -¿Por qué te importa? No es posible que ames este trabajo.

Victoria se quebró. Ella simplemente se rompió. -Por supuesto yo no quiero este trabajo. ¿Crees que me gusta asistir las necesidades de un monstruoso de cinco años de edad? ¿Crees que me gusta que su madre me hable como si yo fuera un perro? Usa la cabeza, Robert. Lo que quede de ella, por lo menos.

Robert hizo caso omiso de sus insultos. -Entonces, ¿por qué te quedas?

– ¡Porque no tengo otra opción! -ella explotó. -¿Tiene alguna idea de lo que es no tener ninguna opción? No, por supuesto que no. -Ella se volvió de espaldas a él, incapaz de mirarlo a la cara mientras ella temblaba de emoción.

– ¿Por qué no te casas?

– Porque yo…-Ella se tragó las palabras. ¿Cómo podía decirle que ella nunca se había casado porque que ningún podía compararse con él? Aunque su cortejo había sido completamente falso, había sido perfecto, y sabía que nunca encontraría a nadie que pudiera hacerle tan feliz como había sido los dos cortos meses.

– Sólo tienes que irte-, dijo, su voz apenas audible. -Vete.

– Esto no ha terminado, Torie.

Hizo caso omiso de su uso en punta de su apodo. -Tiene que terminar. Nunca debería haber comenzado.

Robert la miró durante un minuto completo. -Eres distinta.-Dijo finalmente.

– Yo no soy la misma chica de la que trataste de aprovecharte, si eso es lo que quieres decir.- Se mantuvo recta y alta. -Han sido siete años, Robert. Soy una persona diferente ahora. Como, al parecer, lo eres tú.

Robert salió de la habitación sin decir una palabra, rápidamente cruzando el ala de la servidumbre hasta el ala de los invitados, donde le habían dado una habitación.

¿Qué demonios había estado pensando?

No había estado pensando Esa tenía que ser la única explicación. ¿Por qué si no había arreglado mantener ocupado a la peste que cuidaba Victoria y luego escabullirse en su habitación?

– Porque ella me hace sentir vivo -, se susurró a sí mismo.

No podía recordar la última vez que sus sentidos habían estado tan bien afinados, la última vez que había sentido como un pico exquisitamente embriagador. No, eso no era del todo cierto. Lo recordaba muy bien. Había sido la última vez que había la sostuvo en sus brazos. Hacía siete años.

Era un consuelo saber que los años no le había traído la felicidad, tampoco. Ella había sido una aventurera intrigante, decidida a casarse y formar una fortuna, pero todo lo que había encontrado era una posición miserable como una institutriz.

Las circunstancias la habían llevado sin duda en baja. Él podría estar muerto en su interior, pero al menos tenía la libertad de hacer lo que quería cuando quería hacerlo. Victoria estaba tratando desesperadamente de aferrarse a un medio de vida que odiaba, siempre temerosa de ser expulsada sin ninguna referencia.

Fue entonces cuando se le ocurrió. Podría tenerla a ella y a su venganza, también.

Su cuerpo cantó ante la idea de celebrar en sus brazos, de besar cada centímetro de ese cuerpo delicioso.

Su mente daba vueltas a la idea de que pudieran ser descubiertos por los patrones de Victoria, que nunca se le permita velar por su precioso Neville.

Victoria vería en la deriva. Dudaba que ella volviera con su padre. Ella tenía demasiado orgullo para eso. No, estaría sola, sin nadie a quien recurrir.

Excepto él.

* * *

Él necesitaría un muy buen plan esta vez.

Robert había pasado dos horas inmóvil en su cama, ignorando los golpes en la puerta, ignorando el reloj que le dijo que el desayuno yo no era servido. Había simplemente puesto las manos detrás de la cabeza, mirado al techo, y se había puesto a complotar.

Si él iba a atraer a Victoria a su cama, él tendría que hechizarla allí. Eso no era un problema. Robert había pasado los últimos siete años en Londres, y sin duda sabía como ser encantador.

Había sido, de hecho, ampliamente reconocido como uno de los hombres con mayor encanto de toda Gran Bretaña, y era por eso que nunca le había faltado compañía femenina.

Pero Victoria presentaba un nuevo reto. Ella desconfiaba de él y parecía pensar que lo único que él quería era seducirla. Lo que no estaba lejos de la verdad, por supuesto, pero no ayudaría a su causa que la dejara seguir creyendo que sus motivos eran tan impuros.

Primeramente debería recuperar su amistad. El concepto era extrañamente atractivo, incluso mientras su cuerpo se endurecía ante la sola idea de estar con ella.

Ella trataba de alejarlo. Estaba seguro de ello. Hmm. Tendría que ser encantador y persistente. De hecho, probablemente tendría que ser más persistente que encantador.

Robert saltó de la cama, salpicó su rostro con agua muy fría, y abandonó la habitación con un solo objetivo: encontrar a Victoria.

* * *

Ella estaba sentada bajo un árbol con sombra, se la veía desgarradoramente hermosa e inocente, pero Robert trató de ignorar este segundo pensamiento. Neville estaba a unos veinte metros de distancia, gritando sobre Napoleón y esgrimía un sable de juguete violentamente por el aire. Victoria tenía un ojo en el niño y un ojo en una pequeña libreta en la que escribía lentamente.

– No parece ser un trabajo tan horrible-, dijo Robert, sentándose en el suelo junto a ella. -Sentado bajo la sombra de un árbol, disfrutando del sol por la tarde…

Ella suspiró. -Pensé que había que te había dicho que me dejaras en paz.

– No precisamente. Creo que lo que me dijiste fue que dejara la habitación. Y lo hice.

Ella lo miró como si fuera el tonto más grande del mundo. -Robert…-dijo ella, sin necesidad de terminar la frase. Su tono asediado lo decía todo.

Se encogió de hombros. -Te extrañé.

Ante eso, ella abrió su boca sorprendida. -Trata de decir algo que suene al menos creíble.

– ¿Disfrutando del aire del campo?- Él se echó hacia atrás y se apoyó sobre sus codos.

– ¿Cómo se puede venir aquí y entablar una conversación cortes?

– Pensé que éramos amigos.

– No somos amigos.

Sonrió insolente. -Podríamos serlo.

– No-dijo ella con firmeza. -No podemos.

– Ya, ya, Torie, no te pongas irritable.

– No ESTOY…-Se interrumpió, dándose cuenta de que ella se estaba enojando. Se aclaró la garganta y luego se obligó a bajar cuidadosamente su tono de voz. -No me estoy irritando.-Él le sonrió en una manera molestamente condescendiente. -Robert.

– Me gusta el sonido de mi nombre en tus labios.-Suspiró-.Siempre me agradó.

– Mi lord- gruñó.

– Eso es aún mejor. Implica una subordinación de que es aún más atractiva.

Ella renunció a tratar de comunicarse y se giró todo su cuerpo para alejarse de él.

– ¿Qué estás escribiendo?- Le preguntó, mirando por encima del hombro.

Victoria se puso rígida al sentir su aliento en su cuello. -Nada de su interés.

– ¿Es un diario?

– No. Vete.

Él eligió ser persistente que encantador en ese momento y estiró el cuello para ver mejor. -¿Estás escribiendo acerca de mí?

– Te dije que no es un diario.

– Yo no te creo.

Ella se dio la vuelta. -¿Te dejas de molestar?- Sus palabras se detuvieron en seco cuando se encontró cara a cara con él. Ella se apartó.

Él sonrió.

Ella se apartó aún más lejos.

Él sonrió aún más ampliamente.

Ella se apartó aún más lejos y cayó al suelo.

Robert de inmediato se puso en pie y le ofreció su mano. -¿Quieres un poco de ayuda?

– ¡NO!- Victoria se incorporó, recogió su manta, y se marchó a otro árbol. Se acomodó con la esperanza que él entendería la indirecta, pero dudaba que realmente lo hiciera.

No, por supuesto que él no. -Nunca me dijiste lo que estabas escrito.- Pronunció mientras se sentaba a su lado.

– ¡Oh, por el amor de Dios!- Ella empujó el cuaderno en sus manos. -Léelo si es necesario hacerlo.

Echó un vistazo a las directrices y alzó una ceja. -Los planes de lecciones.

– Yo soy una gobernanta.- Fue quizá el tono más sarcástico que había usado nunca.

– Estás muy bien-, reflexionó.

Ella puso los ojos en blanco.

– ¿Cómo sabes cómo ser una institutriz?-, él preguntó. -No es como si uno pudiera asistir a la escuela de institutrices.

Victoria cerró los ojos por un momento, tratando de luchar contra la ola de nostalgia. Ese era exactamente el tipo de pregunta que Robert habría preguntado cuando eran más jóvenes. -No sé cómo otros lo hacen-, respondió finalmente. -Pero trato de emular a mi madre. Ella nos enseñaba a Ellie y a mí antes de morir. Y después me hice cargo de la educación de Ellie hasta que ya no me quedó nada más que enseñar.

– No me puedo imaginar que te hayas quedado sin cosas para enseñar.

Victoria sonrió. -Cuando Ellie cumplió los diez años, ella me estaba enseñando matemáticas. Ella siempre ha sido…-se interrumpió, horrorizada por lo cómoda que se había sentido con él en estos últimos minutos. Ella se puso rígida y dijo: -No tiene importancia.

Una de las esquinas de la boca de Robert se levantó en una sonrisa de complicidad, como si supiera exactamente lo que ella había estado pensando. Él volvió a mirar su cuaderno y volvió una página. -Obviamente, te enorgulleces de lo que haces-, dijo. -Pensé que odiabas esta posición.

– Sí es cierto. Pero eso no significa que voy a hacer menos de lo que puedo. Eso sería injusto para Neville.

– Neville es un malcriado.

– Sí, pero se merece una buena educación.

Él la miró, sorprendido por sus convicciones. Ella era una hermosa intrigante cuyo único criterio para casarse era que el marido tuviera una fortuna. Y, sin embargo ella trabajaba duro para asegurarse de que un niño detestable recibiera una buena educación.

Le entregó el cuaderno de nuevo a ella. -Ojalá hubiera tenido una institutriz como tú.

– Probablemente fuiste peor que Neville-, replicó ella. Pero sonreía mientras lo decía.

Su corazón saltó, y él tuvo que recordarse que no le gustaba, que estaba allí para seducirla y arruinarla. -No me puedo imaginar que haya algo mal en un chico que con un poco de disciplina no se pueda reparar.

– Si sólo fuera tan fácil. Lady Hollingwood me ha prohibido disciplinarlo.

– Lady H es una cabeza hueca, como mi joven prima Harriet suele a decir.

– ¿Por qué has venido a la fiesta de su casa, entonces? Ella quedó anonadada que un conde asistiera.

– No lo sé. -Hizo una pausa y se inclinó hacia delante. -Pero estoy contento de haberlo hecho.

Ella no se movió durante unos segundos, no lo hubiera podido hacer ni siquiera si su vida dependiera de ello. Podía sentir su aliento en la mejilla, que era dolorosamente familiar. -No hagas eso-, susurró.

– ¿Esto? -Él se inclinó hacia adelante, y sus labios rozaron la mejilla como una ligera caricia de una pluma.

– No hagas eso-, dijo ella secamente, recordando la angustia por su abandono tantos años antes. No necesitaba un corazón roto nuevamente. Ni siquiera estaba completamente remendado desde su último encuentro. Ella se apartó y se levantó, diciendo: -Tengo que atender a Neville. No se sabe qué tipo de problemas va a meterse.

– Es propenso-, murmuró.

– ¡Neville! ¡Neville!

El muchacho llegó galopando. -¿Sí, Lyndon? -, Dijo con insolencia.

Victoria apretó los dientes por un momento, tratando de ignorar su grosería. Había renunciado hacía mucho a que la llamara señorita Lyndon. -Neville, que…

Pero ella no llegó a terminar su frase, porque en el espacio de un segundo, Robert se puso de pie y se ciernió sobre el muchacho. -¿Qué has dicho? -, exigió. -¿Cómo has llamado a tu institutriz?

Neville abrió la boca sorprendido. -La llamé… Yo la llamaba…

– Usted acaba de llamarla Lyndon, ¿no es cierto?

– Sí, señor, lo hice.

– ¿Se da cuenta jovencito que es una falta de respeto?

Esta vez fue la boca de Victoria la que se abrió.

– No, señor, no lo hice.

– La Señorita Lyndon trabaja muy duro para cuidar de usted y darle una educación, ¿no es así?

Neville trató de hablar, pero no salió nada.

– A partir de ahora se dirigirá a ella como Señorita Lyndon. ¿Entendido?

En este punto Neville estaba mirando a Robert con una expresión que oscilaba entre el asombro y el terror. Él asintió con la cabeza vigorosamente.

– Bien-dijo Robert con firmeza. -Ahora estrechemos la mano.

– ¿Es-estrechar su mano, señor?

– Sí. Al darme la mano, oficialmente prometes responder a la señorita Lyndon correctamente, y un caballero nunca reniega de sus promesas, ¿verdad?

Neville metió la manita hacia adelante. -No, señor.

Los dos hombres se estrecharon la mano y, a continuación, Robert le dio al muchacho una palmadita en la espalda. -Anda de nuevo a la guardería, Neville. La señorita Lyndon te seguirá en un momento.

Neville casi salió corriendo a la casa, dejando a Victoria con la boca abierta por completo. Se volvió hacia Robert, casi estupefacta. -Lo que hizo… ¿Cómo lo hiciste…?

Robert sonrió. -Sólo te ofrecí un poco de ayuda. Espero que no te importe.

– ¡No!-, Dijo Victoria con gran emoción. -No, no me importa. Gracias. Gracias.

– Ha sido un placer, te lo aseguro.

– Será mejor que vaya a ver a Neville.- Victoria dio varios pasos hacia la casa, se dio la vuelta, su expresión todavía aturdida. -¡Gracias!

Robert se apoyó contra el tronco del árbol, totalmente satisfecho con su progreso. Victoria no podía dejar de darle las gracias. Fue una situación completamente satisfactoria.

Tendría que haber disciplinado hace siglos al muchacho.

Capítulo 6

Un día entero pasó hasta que Victoria volvió a verlo. Un día completo de espera, de preguntarse, de soñar con él, aun cuando sabía que era absolutamente incorrecto.

Robert Kemble le había roto el corazón una vez, y ella no tenía razones para creer que no lo volvería a hacer.

Robert.

Ella debía que dejar de pensar en él de esa manera. Era el conde de Macclesfield, y su título dictaba su comportamiento en una forma que ella nunca podría aspirar a entender.

Esa había sido la razón por la que la había rechazado, el motivo por el cual nunca había considerado seriamente la posibilidad de casarse con la hija de un vicario pobre. Fue probablemente la razón por la que había mentido. Victoria, durante los últimos años, había aprendido que seducir a jóvenes inocentes se consideraba una especie de deporte entre los nobles. Robert no había hecho más que seguir las reglas de su mundo.

Su mundo. No el suyo.

Y sin embargo, había resuelto sus problemas con Neville. Desde luego, no tenía por qué hacerlo. El joven ahora la trataba como si fuera la reina. Victoria nunca había tenido un día tan tranquilo en toda su carrera.

Oh, ella sabía que los héroes tenían que matar a dragones como se citaban en los versos y todo eso, pero tal vez, sólo tal vez, todo lo que se necesitaba era un héroe para que enseñara a comportarse a un difícil niño de cinco años de edad.

Victoria negó con la cabeza. No podía darse el lujo de colocar Robert en un pedestal. Y si trataba de verla a solas de nuevo, tendría que rechazarlo otra vez. No importaba si su corazón se disparataba cada vez que lo veía, o si su pulso aceleraba, o si su…

Se obligó a detenerse en medio del pensamiento y forzó a su mente a volver de nuevo a la cuestión importante. Ella y Neville estaban tomando su paseo diario por los terrenos Hollingwood. Por primera desde que recordaba, que no la había pisado en un pie o le mostraba algún pobre insecto clavado en un palo. Y él la llamaba señorita Lyndon en cada oportunidad que tenía. Victoria se congratulaba de que finalmente había aprendido una lección de modales. Tal vez podría haber esperanza para el niño después de todo.

Neville corrió por delante, y luego dio media vuelta y volvió corriendo a su lado. -Señorita Lyndon-, dijo con mucha gravedad, -¿Tenemos planes especiales para hoy?

– Me alegro que lo preguntes, Neville,- contestó ella. -Vamos a jugar un nuevo juego de hoy.

– ¿Un nuevo juego?- La miró con un poco de recelo, como si hubiera descubierto ya todos los juegos que valían la pena de Gran Bretaña.

– Sí-dijo con fuerza – Hoy vamos a hablar de los colores.

– ¿Los colores?-, Dijo con esa manera particular que tienen los niños de cinco años de transmitir su displicencia. -Ya sé los colores. – y comenzó a enumerarlos. -Rojo, azul, verde, amarillo…

– Vamos a aprender nuevos colores-, lo interrumpió.

– … púrpura… -él gritaba ahora.

– ¡Neville Hollingwood!- Victoria habló con su voz más severa.

Él chico se calmó, algo que probablemente no lo habría hecho antes de la intervención de Robert.

– ¿Tengo tu atención ahora?-, Preguntó Victoria.

Neville asintió con la cabeza.

– Excelente. Ahora bien, hoy vamos a estudiar el color verde. Hay muchos diferentes tonos de verde. Por ejemplo, la hoja de ese árbol de allá no es exactamente el mismo color de la hierba sobre la que estamos parados, ¿verdad?

La cabecita de Neville se movió arriba y abajo observando la hoja y la hierba. -No-dijo, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. -No lo es.- Levantó la vista con entusiasmo. -¡Y no es absolutamente el mismo color que la franja de su vestido!

– Muy bien, Neville. Estoy muy orgullosa de ti. – Sonrió.

– Vamos a ver cuántos diferentes tonos de verdes que podemos encontrar. Y una vez que hayamos terminado vamos a encontrar los nombres de todos estos verdes.

– No es el musgo en las piedras en el estanque.

– Sí, desde luego. Lo llamaremos verde musgo.

– ¿Cuál es el verde de su vestido se llama?

Victoria bajó la vista y contempló su vestido gris. -Creo que se llama verde del bosque.

Él entornó los ojos con recelo. -Es mucho más oscuro que el bosque.

– No por la noche.

– Nunca he estado fuera en el bosque por la noche.

Victoria sonrió. -Yo si.

– ¿En serio?- Él la miró con más respeto.

– Mmm, hmm. Ahora bien, ¿qué otros colores puedes encontrar?

– ¿Qué pasa con el vestido que mi mamá llevaba esta mañana? Era un color repulsivo, pero era verde.

Victoria se mostró de acuerdo con su evaluación de vestir de lady Hollingwood, pero ella no iba a decirlo. -El vestido de tu madre no era “repulsivo” Neville -, dijo diplomáticamente. -Y pedimos que el color…er, supongo que podría llamarse verde salobre.

– Salobre.- Él dejó rodar la palabra en su boca por un momento antes de señalar con su dedo regordete a la derecha de Victoria.

– ¿Qué pasa con el abrigo de su señoría? Eso es verde, también.

Victoria sintió que su estómago se desplomaba a algún lugar en las cercanías de sus pies cuando ella volvió la cabeza. Ella gimió. Tenía que ser Robert. Había por lo menos una docena de “su señoría” en la propiedad para la fiesta, pero no, tendía que ser Robert caminando hacia ellos.

No es que ella pensaba que esto fuera una coincidencia.

– Buenos días, señorita Lyndon, joven Neville. -Robert los saludó con una reverencia cortés.

Victoria asintió con la cabeza, tratando de ignorar la forma en que su corazón se alzaba en una desesperante carrera. Dejó escapar un bufido, profundamente disgustada consigo misma.

– Eso es ciertamente un saludo agradable-, dijo Robert, sonriendo ante su reacción.

Su mirada se cruzó con la suya, y Victoria sintió el aliento salir de su cuerpo. Probablemente habría quedó inmóvil toda la tarde, mirando sus ojos, si Neville no les hubiera interrumpido.

– ¡Mi lord! ¡Mi lord!-Dijo la voz desde abajo.

A regañadientes, Victoria y Robert bajaron sus cabezas.

– Estamos practicando colores-, dijo Neville con orgullo.

– ¿Es así?- Robert se agachó al nivel del niño. -¿Sabía usted que los objetos tienen su color debido a ciertas propiedades de la luz? Uno no puede ver los colores en la oscuridad. Los científicos llaman a este concepto de la teoría ondulatoria de la luz. Es una teoría relativamente nueva.

Neville parpadeó.

– Mi lord, -dijo Victoria, incapaz de reprimir una sonrisa. Siempre había sido tan apasionado por las ciencias. -Puede que esto vaya un poco más allá del alcance de un niño de cinco años de edad.

Él la miró con timidez. -Oh, sí, por supuesto.

Neville tosió, claramente queriendo dirigir la conversación hacia el asunto en cuestión.

– Hoy-dijo con firmeza,- estamos hablando de verde.

– ¿Verde, dice usted?- Robert levantó el brazo y fingió mirar la manga con gran interés. Estoy vestido de verde.

Neville sonrió ante la atención que estaba recibiendo de Robert. -Sí, estábamos hablando de ti.

Robert dirigió una mirada inquisidora en dirección a Victoria. -¿En serio?

– Sí-. Neville se volvió hacia Victoria. -¿Señorita Lyndon, no estábamos hablando abrigo de su señoría?

– Por supuesto que sí:- Victoria replicó, no se divertía en lo más mínimo.

El muchacho le tiró de la manga. -¿Qué tipo de verde que es?

Victoria observó el abrigo de Robert, una prenda de vestir tan expertamente cortada que muy bien podría haber sido clasificada como una obra de arte.

– Verde botella, Neville. Se llama verde botella.

– Verde botella-, repitió. -. Hasta ahora he aprendido el verde musgo, el verde botella, el verde salobre, que realmente debería llamarse verde asqueroso.

– ¡Neville!- lo reprendió Victoria.

– Muy bien.-Suspiró-. No voy a llamarlo verde asqueroso. Pero- El chico levantó la mirada escrutadora hasta Robert. -¿Sabe usted de qué color es la banda sobre el vestido de Señorita Lyndon?

Robert se puso de pie, dejando que sus ojos se posaran sobre la línea, que resultó estar en su corpiño. -No-dijo, sin mirar hacia abajo a Neville. -No lo sé.

Victoria contuvo el impulso para cubrir sus pechos con las manos. Era absurdo, lo sabía, porque estaba completamente vestida. Pero ella se sentía como si Robert pudiera ver directamente su piel.

– Es de color verde bosque-, proclamó Neville. -Y la señorita Lyndon lo sabe, porque ella ha estado en el bosque por la noche.

Robert arqueó una ceja. – ¿Realmente?

Victoria tragó con dificultad, tratando de no recordar la noche mágica que había escapado de su habitación y paseado a través del bosque en Kent con Robert. Era imposible, por supuesto. Esos recuerdos jugaban conmovedoramente en su mente todos los días.

– Uno no puede ver los colores en la oscuridad-, dijo malhumorada. -El conde lo ha dicho.

– Pero usted dijo que el verde bosque era tan oscuro como el bosque de noche-insistió Neville.

– Tal vez si la luna estuviera en lo alto-, se dijo Robert. -Uno podía ver un poco de color, y sería tan romántico.

Victoria lo miró fijamente antes de volver al muchacho. -Neville-, dijo, su voz que sonaba extraña a sus oídos. -Estoy segura que el conde no está interesado en nuestros juegos de color.

Robert sonrió lentamente. -Estoy interesado en todo lo que haces.

Victoria tomó la mano de Neville. -En realidad no deberíamos entretener a su señoría. Estoy segura de que tiene muchas cosas importantes que hacer. Cosas que no nos involucran.

Neville no se movió. Miró a Robert y le preguntó: -¿Está usted casado?

Victoria tosió y se las arregló para salir del paso diciendo -, Neville, estoy segura de que no es de nuestra incumbencia

– No, Neville, yo no lo estoy-respondió Robert.

El chico ladeó la cabeza. -Tal vez deberías pedírselo a la señorita Lyndon. Entonces, puede venir a vivir aquí con nosotros.

Robert lo miró como si estuviera tratando realmente de no reír. -Ya se lo pedí una vez.

– Oh, Dios.- Victoria se quejó. La vida no podía complicarse mucho más después de eso.

– ¿En serio?-, Dijo Neville.

Robert se encogió de hombros. -Ella no me quería.

Neville volvió si cabeza hacia Victoria. -¿Usted le ha dicho que no?- Su voz se convirtió en un grito horrorizado en la última palabra.

– Y-y-yo-Victoria balbuceaba, incapaz de decir una palabra.

– ¿Señorita Lyndon?- Robert la pinchó, evidentemente divirtiéndose como no lo había hecho en muchos años.

– Yo no dije…¡Por el amor de Dios.- Victoria le dirigió a Robert, una expresión feroz. -Debería avergonzarse de sí mismo, mi lord.

– ¿Avergonzarme?- Dijo con fingida inocencia.

– Usar a un niño para satisfacer sus… su…

– ¿Mi qué?

– Su necesidad de hacerme daño. Es inconcebible.

– ¿Por qué, señorita Lyndon, me ha insultado usted creyendo que me rebajaría a esos niveles.

– No hay necesidad de rebajarse-, dijo con frialdad-.Usted siempre ha estado en algún lugar entre el fango y el infierno.

– ¿Ha dicho el infierno?- Gritó Neville.

Robert comenzó a temblar de risa silenciosa.

– Neville, vamos a volver a la casa en este instante-, dijo Victoria con firmeza.

– ¡Pero mis colores! Quiero terminar con el verde.

Cogió su mano y empezó a tironearlo hacia la casa. -Tendremos el té en el salón verde.- Victoria no se molestó en mirar hacia atrás. Lo último que quería ver era Robert encorvado sobre sí por la risa.

* * *

Si la intención de Robert era torturarla hasta la locura, pensó con ironía Victoria más tarde ese día, estaba haciendo un trabajo bastante bueno.

Nunca se imaginó que se atrevería a buscarla en su cuarto otra vez, ella le había dejado muy en claro que tal comportamiento era inaceptable. Pero, obviamente, a él no le importaba, porque a la una en punto, mientras que Neville estaba tomando su lección equitación, él se metió en su cuarto sin la mínima culpa.

– Robert-exclamó Victoria.

– ¿Estas ocupada?- Le preguntó, su rostro era la viva imagen de la inocencia mientras cerraba la puerta detrás de él.

– Ocupada- estuvo a punto de chillar.-¡Fuera!

– Si no querías compañía, deberías haber cerrado con llave la puerta.

– Puedes estar seguro de que voy a adoptar ese hábito en el futuro.- Victoria hizo una pausa, tratando no tensar sus mandíbulas, sin tener éxito. -¿Qué estás haciendo aquí?- masculló finalmente.

Levantó un plato. -Trayéndote un pedazo de pastel de chocolate. Sé lo mucho que te encanta, y yo no creo que lady H sea la clase de dama que comparta sus golosinas con la institutriz.

– Robert, tienes que irte.

Él le hizo caso omiso. -Aunque no puedo imaginar que lady H. no sepa que tú eres mucho más bella que ella, y yo no dudaría que ella intentara hacerte engordar.

– ¿Te has vuelto loco?

– En realidad, Victoria, eres muy desagradecida. Muy malos modales. Me sorprende de ti.

Victoria creía estar en medio de un sueño muy extraño. Esa podría ser la única explicación. ¿Robert, dando conferencias sobre como comportarse?

– Debo estar loca-, murmuró. -Si a ti no te falta un tornillo, entonces debo ser yo.

– Tonterías. ¿Qué podría estar mal con dos amigos que disfrutan de su mutua compañía?

– Esa no es nuestra situación, y bien lo sabes.- Victoria puso las manos en las caderas. -Y voy a tener que pedirte que no vuelva a repetir tus juegos tontos conmigo delante de Neville más. No es justo.

Él levantó la mano como si hiciera un juramento solemne. -No más juegos delante de Neville.

– Gracias.

– ¿A pesar de convencerle que te llame Señorita Lyndon, no?

Victoria dejó escapar un suspiro. Ella estaba más que molesta con él por la payasada de esa tarde, pero su sentido del juego limpio exigió que le diera las gracias. -Sí, Robert, yo te agradezco tu intervención con Neville ayer, pero…

Él agitó la mano. -No fue nada, te lo aseguro.

– Sin embargo, debo darte las gracias

– El niño necesita una mano firme.

– Estoy de acuerdo contigo, pero…

– Es realmente una lástima que tuviera que ser yo el que lo haga, ya que esa tarea debería ser responsabilidad de los padres.

Ella se puso las manos en las caderas de nuevo. -¿Por qué me aparece que estás tratando de evitar que yo hable?

– Puede ser-, se apoyó, casualmente, contra el marco de la puerta-, porque sé que estás tratando de despedirme.

– Exactamente.

– Mala idea.

– ¿Cómo?

– He dicho que es una mala idea. Completamente desaconsejable.

Ella parpadeó desconfiada. -Es muy posible que sea la mejor idea que he tenido en mucho tiempo.

– Pero no te gustaría ser privada de mi compañía -, retrucó él.

– Eso es, precisamente, lo que estoy tratando de lograr.

– Sí, pero estarías triste sin mí.

– Estoy bastante segura de que puedo juzgar mis propias emociones con mayor claridad que tú.

– ¿Te gustaría saber cuál es tu problema con Neville?

– ¿Quieres decirme?-Preguntó ella, con no poco de sarcasmo.

– Tu no sabes cómo ser severa.

– ¿Cómo dices? Yo soy una gobernanta. Me gano la vida al ser severa.

Él se encogió de hombros. -No eres muy buena en eso.

La boca de ella se abrió en consternación. -He pasado los últimos siete años trabajando como institutriz. Y en caso de que no lo recuerdes, fue ayer cuando dijiste que yo era bastante buena en ello.

– En los planes de lección y ese tipo de cosas.- Él agitó la mano con indiferencia en el aire.-Pero la disciplina… Bueno, tu nunca sobresaliste en eso.

– Eso no es cierto.

– Nunca has sabido ser adecuadamente severa.- Él se rió y le tocó la mejilla. -Lo recuerdo con tanta claridad. Si, tratabas de regañarme, pero tus ojos estaban siempre muy calientes. Y tus labios siempre se curvaban un poco en las esquinas. Yo no creo que no sabes cómo hacer un gesto osco.

Victoria lo miró con recelo. ¿Que estaba haciendo? Había estado tan furioso con ella ayer por la mañana cuando él se deslizó hasta su cuarto. Pero desde entonces había sido positiva agradable. Absolutamente encantador.

– ¿Estoy en lo cierto?- Le preguntó, irrumpiendo en sus pensamientos.

Ella le dirigió una mirada sagaz en su dirección. -Estás tratando de seducirme de nuevo, ¿no es cierto?

Robert no estaba comiendo ni bebiendo pero se atragantó lo mismo. Victoria tuvo que darle un fuerte golpe en la espalda. -No puedo creer que hayas dicho eso,- finalmente pudo decir.

– ¿Pero es cierto?

– Por supuesto que no.

– Así que es cierto.

– Victoria, ¿estás escuchando alguna palabra de lo que estoy diciendo?

Antes de que pudiera responder, sonó un golpe en la puerta. Victoria al instante entró el pánico. Echó una mirada angustiada a Robert, que respondió poniendo su dedo índice sobre sus propios labios, tomó el plato de torta y de puntillas se dirigió al su armario y se escondió dentro. Victoria parpadeó con incredulidad mientras lo veía acurrucarse el interior. Lo miró más incómoda.

– ¡Señorita Lyndon! ¡Abra la puerta de una buena vez! -Lady Hollingwood sonaba más disgustada. -Sé que estás ahí.

Victoria corrió hacia la puerta, dándole las gracias, en silencio a Dios, porque Robert había sido lo suficientemente grosero como para trabar la puerta al cerrarla. -Lo siento mucho, señora Hollingwood-, dijo mientras abría la puerta. -Yo estaba tomando una siesta. Lo hago a menudo, mientras que Neville está en los establos.

Los ojos de Lady Hollingwood se estrecharon. -Estoy segura de haberla oído hablar.

– Debe haber sido en sueños-, dijo Victoria rápidamente. -Mi hermana me decía que yo la tenía la mitad de la noche despierta con mis murmullos.

– Que bizarro- dijo con disgusto.

Victoria apretó los dientes en una sonrisa. -¿Hay algo en particular que quiera discutir lady Hollingwood? ¿Alguna actualización sobre las lecciones de Neville, tal vez?

– Ya le haré las preguntas pertinentes el miércoles, como es nuestra costumbre. Estoy aquí por una razón mucho más grave.

El corazón de Victoria se detuvo. Lady Hollingwood iba a despedirla. Seguramente ella la había visto con Robert. Tal vez incluso lo había visto entrar en su habitación hacía menos de diez minutos. Victoria abrió la boca para hablar, pero no podía pensar ninguna palabra en su defensa. Por lo menos ninguna que Lady Hollingwood tomara en consideración.

– La Señorita Hypatia Vinton ha enfermado-, anunció Señora Hollingwood.

Victoria parpadeó. ¿Eso era todo? -Confío en que no es serio.

– No, en absoluto. Está descompuesta del estómago, o algo por el estilo. Es mi opinión estará bien por la mañana, pero ella insiste en ir a su casa.

– Ya veo-, dijo Victoria, preguntándose qué tenía eso que ver con ella.

– Ahora necesitamos a una señorita para completar la mesa de mi cena mañana por la noche. Usted tendrá que tomar su lugar.

– ¿Yo?-Chilló Victoria.

– Es la peor de las situaciones posibles, pero no puedo pensar en ningún otro curso de acción.

– ¿Qué pasa con la cena de esta noche? Seguramente tendrá alguna otra dama.

Lady Hollingwood fijó una mirada desdeñosa sobre Victoria. -No es el caso, ya que uno de mis invitados se ha ofrecido a escoltar a su casa a la señorita Hypatia, por lo que en este momento no hay problema. No es necesaria otra invitación, la señorita Lyndon. No quiero que molestar a mis invitados más de lo necesario.

Victoria se preguntó por qué lady Hollingwood se molestaría en solicitar su presencia si ella representaba tal inconveniente. Murmuró: -Era sólo una pregunta, mi lady.

Su empleadora frunció el ceño. -¿Usted sabe cómo comportarse adecuadamente, no?

Victoria aseveró fríamente: -Mi madre era todo una dama, Lady Hollingwood. Como soy lo yo.

– Si me decepciona en esta tarea, no voy a dudar en echarla. ¿Me entiendes?

Victoria no veía cómo podía hacer otra cosa que entenderla. Ladya Hollingwood amenazaba con despedirla todos los días. -Sí, por supuesto, lady Hollingwood.

– Bien. No creo que tenga nada que ponerse.

– Nada apropiado para tal ocasión, mi lady.

– Puedo enviarle alguno de mis vestidos viejos. Creó que será suficiente.

Victoria obvió mencionar que lady Hollingwood poseía una figura más gruesa que la de ella. Simplemente no le pareció conveniente decirlo. En lugar de eso optó por un -Mi lady

– Estará algunos años atrasada en la moda, -Lady Hollingwood reflexionó-, pero nadie va a hacer comentarios al respecto. Tú eres la institutriz, después de todo.

– Por supuesto.

– Bien. Estaremos sirviendo las bebidas a las ocho, y la cena treinta minutos después. Por favor, ven a las siete y veinticinco. No quiero que mis invitados se vean obligados a socializar contigo por más tiempo del necesario.

Victoria se mordió la lengua para forzarse a no contestar.

– Buenos días, entonces. -Lady Hollingwood caminó hacia la sala.

Victoria apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando Robert salió del armario.

– ¿Qué vaca desgraciada!-, Exclamó. – ¿Cómo puedes soportarla?

– No tengo otra opción-, ella gruñó.

Robert la miró con aire pensativo. -No, parece que no la tienes.

Más que nada, Victoria quería darle una bofetada en ese momento. Una cosa era que ella sea consciente de su miserable suerte en la vida. Pero otra muy diferente para él hiciera comentarios al respecto. -Creo que es mejor que te vayas-, dijo.

– Sí, por supuesto -, estuvo de acuerdo él. -Hay cosas que debes hacer, estoy seguro, cosas de gobernanta.

Ella se cruzó de brazos. -No vengas aquí otra vez.

– ¿Por qué no? El ropero no fue incómodo.

– Robert… -, Le advirtió.

– Muy bien. Pero primero una pequeña muestra de agradecimiento por el pastel de chocolate.

Él se inclinó besándola fuerte y rápido. -Eso deberá ser suficiente hasta la tarde.

Victoria se limpió la boca con el dorso de la mano y espetó, -cerdo despreciable.

Robert sólo se rió entre dientes. -La espero mañana por la noche, la señorita Lyndon.

– No me busques.

Levantó una ceja. -No veo cómo vas a ser capaz de evitarme.

Capítulo 7

Cuando la noche y la mañana siguiente pasaron sin ningún tipo de contacto con Robert, Victoria comenzó a pensar que quizás él podría haber decidido dejarla en paz.

Estaba equivocada.

Lo encontró unas horas antes de la cena comenzara. Victoria estaba caminando rápidamente por un pasillo cuando Robert, de pronto, se materializó ante ella. Ella saltó sobre un pie, sobresaltada. -Robert-exclamó, una de sus manos presionando contra su esternón hasta calmar su corazón desbocado. Ella respiró hondo y miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que no había nadie más alrededor. -Por favor no te me aparezcas de esa manera otra vez.

Sus labios formaron una sonrisa masculina. -Me gusta sorprenderte.

– Realmente me gustaría que no-murmuró.

– Yo sólo quería saber cómo van los preparativos para tu gran debut.

– No es mi gran debut-, le espetó ella. -Si quieres saberlo, me aterra cada vez que lo pienso. No me agrada la nobleza, y la idea de pasar varias horas en sus filas hace que mi sangre corre fría.

– ¿Y qué han hecho la nobleza para justificar tal disgusto? ¿No se ha podido casar contigo? – Sus ojos se redujo a rendijas. -Es una lástima que tus planes hayan ido tan mal. Has trabajado arduamente para lograr tu objetivo.

– No tengo idea de qué estás hablando-, dijo ella, totalmente desconcertada.

– ¿No?-Se burló él.

– Me tengo que ir.- Ella se movió hacia su izquierda para tratar de pasar alrededor de él, pero él le bloqueó. -¡Robert!

– Me encuentro reacios a desprenderme de tu compañía.

– Oh, por favor-dijo con desdén. Eso era una mentira que ya había oído anteriormente. Sus ojos estaban mostrando claramente su disgusto para ella.

– ¿No me crees?-, Preguntó.

– Tus palabras y tus ojos no están de acuerdo. Además, aprendí hace mucho, a no confiar en las palabras que salgan de tu boca.

Robert desató con furia. -¿Qué diablos significa eso?

– Tu lo sabes muy bien.

Avanzó, obligándola a aplastar la espalda contra la pared. -No fui el que mintió-, dijo en voz baja, apuntando un el dedo índice sobre su hombro.

Victoria lo miró. -¡Fuera de mi camino!

– ¿Y que me pierda esta conversación muy edificante? No lo creo.

– Robert! Si alguien nos ve…

– ¿Por qué diablos estás siempre tan preocupada por las apariencias?

La ira de Victoria creció hasta el punto donde ella estaba temblando. -¿Cómo te atreves a preguntar eso?-Siseó ella.

– Me atrevo a mucho, querida.

Su mano le picaba. Su mejilla estaba muy cerca, y se vería muy bien con una mancha rojiza en ella-Voy a hacerle una última vez.

– ¿Sólo una vez más? Bien. Te estás volviendo más tediosa.

– Voy a gritar.

– ¿Y alerta a las masas la que estás tan asiduamente tratando de evitar? No lo creo.

– Robert…

– ¡Por el amor de Dios-. Él fustigó una puerta abriéndola, le agarró la mano, y tiró de ella hacia una habitación, cerrando la puerta detrás. -No hay problema. Ahora estamos solos.

– ¿Estás loco?- Gritó ella. Miró salvajemente alrededor, tratando de averiguar dónde estaba.

– Intenta calmarte-, dijo él, de pie delante de la puerta, mirando mucho si fuera un dios implacable.-Este es mi cuarto. Nadie nos vera.

Victoria soltó un bufido. -Esta no es el ala de invitados.

– Lady H. salió corriendo de la habitación-, dijo encogiéndose de hombros. -Ella me puso cerca del ala familiar. Porque soy un conde.

– Soy muy consciente de tu rango y todo lo que conlleva-, dijo, su voz de hielo puro.

Robert dejó pasar su aseveración. -Como he dicho, ahora estamos solos, y podemos terminar esta conversación sin tu incesante preocupación que seamos descubiertos.

– ¿Se te ha ocurrido pensar que tal vez simplemente me gustes? ¿Qué sea eso tal vez el motivo por el que no quiere estar a solas contigo?

– No.

– Robert, tengo tareas que debe atender. No puedo estar aquí.

– No veo cómo vas a salir-, dijo él, apoyándose contra la puerta.

– Deja de poner en peligro mi posición. Tú puedes regresar a tu vida privilegiada en Londres sin problemas-, dijo con voz furiosa, baja,- pero yo no tengo esa opción.

Él acarició su mejilla insolentemente. -Podría haber una opción, si tu la eliges…

– ¡No!- Ella se alejó de él, odiándose a sí misma por anhelar su contacto, lo odiaba por tocarla. Ella le dio la espalda. -Tú me insultas.

Las manos masculinas bajaron hasta apoyarse ligeramente en los hombros de ella. -Sencillamente te estaba haciendo un cumplido.

– ¡Un cumplido!- Se echó hacia atrás, alejándose de él una vez más. -Tienes una noción muy torcida de la moral.

– Eso ciertamente es una declaración extraña, viniendo de ti.

– Yo no soy la que pasa todo su tiempo libre, seduciendo a los inocentes.

Él respondió con: -Yo no soy el que trató de vender mi vida y el cuerpo por una fortuna y un título.

– Eres bueno para hablar. Tú, que ya has vendido tu alma.

– Explícate-, dijo al cabo de unos segundos.

Y entonces, sólo porque le molestaba el tono tanto, dijo, -No.

– No me desafíes, Victoria.

– No te desafío-, se burló ella. -Tú no estás en posición de darme órdenes. Hubieras podido… -Su voz se quebró, y la tomó un momento para recuperar la compostura. -Es posible que lo hayas tenido alguna vez, pero renunciaste a ese derecho.

– ¿Es eso un hecho?

– Es inútil hablar contigo. Yo no sé por qué siquiera lo intentó.

– ¿No es cierto?

– No me toques-, Victoria retrocedió un poco más. Ella podía sentirlo cerca. Irradiaba calor y cierta masculinidad… Su piel comenzó a sentir un hormigueo.

– Sigues intentando-, dijo en voz baja, -porque sabes que las cosas entre nosotros nunca han sido resueltos.

Victoria sabía que era verdad. Su relación terminó de manera abrupta. Probablemente tuviera razón y fuera el motivo que después de tantos años le resultara tan difícil estar delante de él. Pero ella no quería enfrentarse a eso ahora. Ella quería esconderse la alfombra y olvidarse de él.

Por encima de todo, ella no quería un corazón roto de nuevo, y estaba bastante segura que eso pasaría si se seguía con él un tiempo más.

– Niégalo-, susurró. -Atrévete a negarlo.

Ella no dijo nada.

– No puedes, ¿verdad?- Cruzó la habitación y puso sus brazos alrededor de ella, apoyando su barbilla en la parte superior de la cabeza. Fue un abrazo que habían compartido un centenar de veces antes, pero nunca lo había sentido tan agridulce. Robert no tenía idea de por qué la abrazaba. Sólo sabía que no podía evitar hacerlo.

– ¿Por qué haces esto? – Ella susurró-.¿Por qué?

– No lo sé. -Y Dios le ayudara, era la verdad. Se había dicho que quería su ruina. Una parte de él todavía quería venganza. Ella había cortado su corazón en trozos. La había odiado durante años por eso.

Pero su explotación estaba tan bien. En realidad no era otra palabra para ello. Ninguna otra mujer había nunca encajan tan perfectamente en sus brazos, y él había pasado los últimos siete años llenándolos con otras mujeres, tratando desesperadamente de borrar ésta de su memoria.

¿Era realmente posible amar y odiar al mismo tiempo? Robert siempre había burlado de la idea, pero ya no estaba tan seguro. Dejó su rastro a lo largo de los labios la piel caliente de su templo. -Se ha formado a otros hombres que poseen esta manera?-, Susurró, temiendo la respuesta. Ella había querido sólo su fortuna, pero su corazón sigue corriendo por los celos ante la idea de ella con otro hombre.

Ella no respondió por un momento, y se puso tenso todo el cuerpo de Robert. Y, meneando la cabeza.

– ¿Por qué?-Preguntó, con sólo un toque de desesperación. -¿Por qué?

– No sé.

– ¿Fue el dinero?

Ella se puso rígida. -¿Qué?

Movió los labios a su cuello y la besó con una gracia salvaje. -Nadie lo suficientemente rico como para mantenerle satisfecha

– ¡No!- Se echó a. -Yo no soy así. Tu sabes que yo no soy así.

Su única respuesta fue una risa, y Victoria sintió que su risa directamente sobre su piel.

– Oh, Dios mío – susurró ella, poniéndose fuera de su alcance. – Pensaste… Pensaste…

Él se cruzó de brazos y la miró, era la imagen de la elegancia urbana. -¿Que es lo que pensé, Victoria?

– Creías que quería tu dinero. Que yo era una aventurera.

No hizo ningún movimiento, salvo el arco que levantó su ceja derecha.

– Tú… Tú… -Siete años de la ira estallaron en Victoria, y ella se lanzó hacia él, golpeando su pecho con los puños. -¿Cómo te atreves a pensar eso? ¡Monstruo! Te odio. Te odio.

Robert alzó los brazos para defenderse de su ataque inesperado, entonces atrapó sus muñecas con una mano. -Es un poco tarde para fingir indignación, ¿no te parece?

– Nunca quise dinero,- dijo ella con vehemencia. -Nunca me importó.

– Oh, vamos, Victoria. ¿Crees que no me acuerdo cómo me rogaste para que resolviera mis diferencias con mi padre? Incluso dijiste que no te casarías conmigo a menos que tratara de reparar la falla.

– Eso fue porque… Oh, ¿por qué pierdo el tiempo en tratar de explicarte?

Él se movió acercando su rostro al de ella. -Estás tratando de explicarme porque quieres atrapar lo que te perdiste hace siete años.

– Estoy empezando a darme cuenta de que nunca fueron tan espectaculares para empezar,- soltó ella exasperada.

Se rió con dureza. -Tal vez no. Eso explicaría tu ausencia la noche de nuestra fuga. Ya no estaban ni mi dinero y ni el título.

Victoria tiró de sus muñecas con fuerza, sorprendida cuando él cedió tan fácilmente. Se sentó en la cama, hundió la cara entre las manos. Los fragmentos de su vida empezaban a caer en su lugar. Cuando ella no había aparecido, el había asumido que era porque su padre lo había desheredado. Oh, Dios, ¿cómo podría haber pensado de ella?

– Nunca me conociste-, susurró, para si apenas dándose cuenta. -Realmente nunca me conociste.

– Yo quería…-, dijo con dureza. -Señor, cómo quería yo. Y Dios me ayude, yo todavía lo hago.

No tenía sentido tratar de explicarle la verdad, ella se dio cuenta. La verdad ya no importaba. No había tenido ninguna fe en ella, y nada podría reparar ese incumplimiento. Se preguntó si había confiado alguna vez en alguna mujer.

– ¿Contemplando tus pecados?- Él arrastrando las palabras a través del cuarto.

Ella levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos brillaban de manera extraña. -Eres un hombre frío, Robert. Y solitario, también.

Se puso rígido. Sus palabras lo cortaron en lo más vivo, pues eran demasiado reales. Con una velocidad cegadora llegó hasta ella.-Yo soy lo que soy gracias a ti.

– No-dijo ella, sacudiendo la cabeza con tristeza. -Tu te has hacho esto para ti mismo. Si hubieras confiado en mí…

– Nunca me diste la maldita oportunidad-, explotó.

Ella estaba temblando. -Te di todas las oportunidades-, respondió ella. -Sólo optaste por ignorarlas.

Disgustado, Robert se apartó de ella. Estaba comportándose como una especie de noble víctima, y no tenía paciencia con tal hipocresía. Sobre todo cuando cada fibra de su ser gritaba su deseo por ella.

Eso fue lo que le horroriza más. Él era un hipócrita tan grande como ella. La deseaba tanto… Deseaba a Victoria, de todas las personas, la mujer que él debería haber tenido el suficiente sentido común para evitar como la peste.

Pero estaba aprendiendo que esta necesidad era algo que simplemente no podía controlar. Y el infierno, ¿por qué habría de hacerlo? Ella lo deseaba exactamente igual que como él a ella. Ahí estaba, en sus ojos cada vez que ella lo miraba.

Pronunció su nombre, su voz ronca con la promesa y el deseo.

Victoria se puso de pie y caminó hacia la ventana. Apoyó la cara contra el cristal, no confiaba en ella si lo miraba. De alguna manera, el saber que él nunca había confiado, le dolía más, incluso, que cuando ella creyó que era sólo quería seducirla.

Él pronunció su nombre de nuevo, y esta vez ella percibió que estaba muy cerca. Lo suficientemente cerca como para sentir su aliento en el cuello.

Él la hizo dar vuelta quedando uno frente al otro. En sus ojos brillaba una llama azul que le llegó hasta lo más profundo de su alma. Victoria fue hipnotizada.

– Voy a besarte ahora-, dijo lentamente, sus palabras marcada por la respiración entrecortada.-Voy a besarte, y no voy a parar. ¿Entiendes?

Ella no se movió.

– Una vez que toque tus labios…

Sus palabras sonaban vagamente como una advertencia, pero Victoria no parecía escucharlas. Se sentían tibias, calientes en realidad, y sin embargo ella temblaba. Sus pensamientos estaban corriendo a la velocidad del rayo, pero su mente estaba, de alguna manera, completamente en blanco. Todo en ella era una contradicción, y probablemente esa fuera la razón por la que, de repente, el beso no parecía ser una idea tan terrible.

Un pequeño viaje al ayer, era todo lo que quería. Sólo una pequeña muestra de lo que podría haber sido.

Ella se inclinó hacia adelante, y esa fue toda la invitación lo que él necesitó.

Le aplastó contra él en un abrazo impresionante, devorando los labios de ella. Podía sentir su excitación presionando contra ella, y fue totalmente emocionante. Él podría ser un canalla y un mujeriego, pero ella no podía creer que él siempre hubiera deseado a otra mujer como él la deseaba este ese mismo momento.

Victoria se sentía como la mujer más poderosa de la tierra. Era una sensación embriagadora, y ella se arqueó contra él, temblando con sus pechos aplastados contra el pecho.

– Necesito más-. Gimió, con las manos agarrando frenéticamente en su parte trasera. -Necesito de todo.

Victoria no pudo haber dicho que no, si el mismo Dios hubiera bajado y se lo hubiera dicho. Y ella no tenía ninguna duda que se habría entregado completamente a Robert si una voz no hubiera sonado de repente en la habitación.

– Disculpen.

Ambos volaron apartándose, girando hacia la puerta. Un caballero muy bien vestido, se quedó allí. Victoria nunca lo había visto antes, aunque ella no tenía ninguna duda de que era un miembro de la nobleza. Ella miró hacia otro lado, totalmente mortificada por haber sido atrapada en una posición tan comprometedora.

– Eversleigh-, dijo Robert, su voz fría.

– Le pido perdón, Macclesfield,- dijo el caballero. -Pero pensé que este era mi cuarto.

Los ojos de Victoria volaron a la cara de Robert. ¡Hijo de puta mentiroso! Probablemente ni siquiera tenía ni idea en que habitación se encontraban todo el tiempo. Había querido estar con ella a solas. No había pensado en su reputación. O la amenaza a su puesto como institutriz.

Robert cogió la mano de Victoria y la arrastró hacia la puerta. -Vamos a seguir nuestro camino, Eversleigh.

Victoria sabía que Robert no le gustaba este Señor Eversleigh, pero estaba demasiado furiosa con él en ese momento para reflexionar sobre las ramificaciones.

– La institutriz, ¿eh?- Eversleigh dijo sarcásticamente, evaluando inmediatamente a Victoria. -Sería muy difícil para usted si Hollingwoods se enterara de su pequeña indiscreción.

Robert se detuvo en seco y se volvió hacia Eversleigh con una expresión de trueno. -Si menciona a alguien, siquiera a su maldito perro, le voy a rasgar su garganta de lado a lado.

Eversleigh cacareó. -Lo que debe hacer es resolver sus asuntos en su propia habitación.

Robert tironeó de Victoria de vuelta al pasillo y cerró la puerta. Inmediatamente, ella liberó su brazo y se volvió hacia él. -¿Tu habitación?- prácticamente le gritó. -¿Tu habitación? Eres un miserable mentiroso.

– Eras tú la que no estaba ansiosa de estar en el pasillo. Y harías bien en mantener baja la voz ahora si de verdad no quieres llamar la atención.

– No te atrevas a tratar de darme lecciones.- Victoria respiró hondo, tratando de calmar su cuerpo que temblaba. -Yo ya ni siquiera sé quién eres. Ciertamente no quedó nada del chico que conocí hace siete años. Tu eres implacable, y sin valor, y amoral, y…

– Creo que entiendo la idea general.

La soltura civilizada de Robert sólo sirvió para hacerla enojar más. -No te acerques más a mi-, dijo en un temblor, la voz baja. -Nunca.

Ella se alejó, deseando que hubiera una puerta para cerrársela en la cara.

Capítulo 8

Victoria no tenía idea de cómo iba a terminar aquella noche. Pasar varias horas en compañía de Robert era bastante malo, pero ahora también tendrían que hacer frente al Señor Eversleigh, que seguramente pensaba que ella era una mujer caída.

Ella consideró brevemente inventarse una descomposición de estómago también. Podría decir que se habían encontrado con la señorita Hypatia Vinton el día anterior, no era imposible para ella haber contraído la misma enfermedad. Seguramente Lady Hollingwood no obligaría a asistir a una cena mientras esté enferma. Pero entonces otra vez Lady H. asumiría que Victoria tendría náuseas sólo para molestarla. Sería, seguramente, un motivo de despido. Con Señora Hollingwood, cualquier cosa era motivo de despido.

Con un suspiro de Victoria observó el vestido en la cama. No era tan feo como ella había temido, pero era demasiado grande y colgaba sobre su cuerpo como un saco. Además, era amarillo, un color que no le quedaba bien. Dejando su femenina la vanidad de lado, decidió no hacerse mala sangre, después de todo, lo mejor era no llamar la atención.

Victoria estaba más que feliz con su rol de florero en esta velada especial. Ese comportamiento manso probablemente impresionaría favorablemente en su jefe, una bendición añadida.

Victoria miró el reloj en su cuarto. Eran las ocho menos cuarto, debía empezar a prepararse para arribar a las ocho y veinticinco, Ni un segundo más o un segundo menos, pensó con una mueca. A Victoria no le cabía duda alguna que su trabajo dependía de ello.

Se arregló el pelo lo mejor que pudo. No estaría tan elegante como las otras damas, no tenía criada a su disposición que le arreglara los rizos tan a la moda. Un moño sencillo y elegante fue lo mejor podía hacer.

Una mirada al reloj le dijo que ya era hora de bajar, y ella salió de su habitación, cerrando la puerta tras de si. Cuando llegó a la sala, los invitados de los Hollingwoods, estaban todos presentes, bebiendo sus bebidas y charlando amigablemente. Señor Eversleigh estaba en un rincón, de espaldas, gracias al cielo, coqueteando con una rubia mujer joven. Victoria dejó escapar un suspiro de alivio, ella se sentía mortificada aún por el incidente.

Robert estaba apoyado contra una pared, con una expresión premonitoria suficiente para asustar inclusive al más tonto de la alta sociedad. Sus ojos estaban fijos en la puerta cuando ella entró. La había estado esperando, obviamente, se la quedó mirando.

Victoria echó un vistazo a su alrededor. Nadie parecía dispuesto a acercarse a él. Evidentemente esta noche los representantes de la alta sociedad estaban menos tontos que de costumbre.

Robert dio un paso hacia Victoria, pero Lady Hollingwood la interceptó primero. -Gracias por ser puntual-le dijo. -El señor Percival Hornsby la escoltará a cenar. Se lo voy a presentar ahora.

Victoria siguió a su empleadora, apenas podía creer que la mujer había efectivamente pronunció las palabras “gracias” y “usted” en la misma frase.

Entonces, justo cuando ella y Hollingwood Señora había cruzado casi la habitación, oyó la voz de Robert. -¿Señorita Lyndon? ¿Victoria?

Victoria se dio la vuelta, el temor llenando su estómago.

– ¡Realmente, eres tú!- La cara de Robert era la imagen de incredulidad mientras cerraba la distancia entre ellos con pasos rápidos

Victoria entornó los ojos. ¿Qué demonios estaba haciendo?

– ¡Lord Macclesfield!-Dijo Lady Hollingwood, sin aliento. -No me diga que usted conoce a la Señorita Lyndon.

– La señorita Lyndon y yo nos hemos conocido muy bien.

Victoria se preguntó si alguien más podía oír el doble sentido en su voz. Se moría de ganas de dejar que su genio se soltara y decirle exactamente lo que pensaba de sus juegos.

Lady Hollingwood se volvió hacia Victoria con expresión acusadora. -Señorita Lyndon, usted no me dijo que conocía a Lord Macclesfield.

– Yo no sabía que él era un invitado, mi lady.- Si él podía mentir, desgraciado, ella podía hacer lo mismo.

– Hemos crecido juntos-, añadió Robert. -En Kent.

Bueno, Victoria tuvo que reconocer, que no era del todo falso. Aunque se había trasladado a Kent a la edad de diecisiete años, ella había, sin duda alguna, crecido mucho después de conocerlo a él… El engaño y la traición eran una manera de hacer crecer a una persona.

– ¿Así es?-Preguntó lady Hollingwood, mirando muy interesada y un poco desconcertada que su institutriz. Hubiera podido moverse una vez en los mismos círculos como un conde.

– Sí, nuestras familias son grandes amigos.

Victoria tosió tan fuerte que tuvo que excusarse para conseguir algo para beber.

– Oh, no, permítame-, dijo Robert grandilocuente. -No puedo pensar en nada mejor que prefiera hacer.

– Puedo pensar en muchas cosas que preferiría hacer-, murmuró Victoria en voz baja. Pisarle el pie sería bueno, al igual que tirar una copa de vino sobre su cabeza. Ella ya lo había hecho con una palangana de agua, y han demostrado ser más que agradable. El vino tenía la ventaja, además, de ser rojo.

Mientras Robert estaba trayendo un vaso de limonada para Victoria, Lady Hollingwood se volvió hacia ella. -¿Usted conoce a Macclesfield?- siseó. -¿Por qué no me lo dijo?

– Como dije antes, yo no sabía que él era un invitado.

– Sea él o no un invitado es irrelevante. Cuando la contratamos, usted debió informarme que lo conocía… Oh, hola, Lord Macclesfield.

Robert asintió con la cabeza mientras sostenía dos vasos. -Lady Hollingwood, me tomé la libertad de traer limonada para los dos.

Lady Hollingwood agradeció sonriendo tontamente. Victoria no dijo nada, consciente de que si abría la boca, diría algo inadecuado para gente tan fina. En ese momento, lord Hollingwood vino, preguntando a su esposa si era el momento de pasar al comedor.

– Ah, sí- Lady Hollingwood dijo. -Presentaré a la señorita Lyndon al Sr. Hornsby…

– Tal vez yo podría escoltar a Señorita Lyndon a cenar-, dijo Robert.

La boca de Victoria se abrió. Seguramente él se había dado cuenta del insulto terrible que era para lady Hollingwood. Como el caballero de más alto rango, era su deber escoltar a la anfitriona.

Victoria cerró la boca en el momento que lady Hollingwood abrió la suya con consternación. -Pero… pero…

Robert le ofreció una cálida sonrisa. -Ha pasado tanto tiempo, la Señorita Lyndon y yo tenemos mucho que conversar para ponernos al día. Quisiera saber como se encuentra su hermana.-Se volvió hacia Victoria con una expresión consternada. -¿Y cómo está la querida Leonor?

– Ellie está muy bien,- gruño Victoria.

– ¿Sigue tan impertinente como siempre?

– No tan impertinente como usted-, replicó Victoria. Luego se mordió la lengua.

– Señorita Lyndon-exclamó lady Hollingwood. -¿Cómo te atreves a hablar a lord Macclesfield en ese tono. Recuerde su lugar.

Pero Robert era todo sonrisas. – La Señorita Lyndon y yo siempre nos hemos hablado con franqueza el uno al otro. Es una de las razones por las que siempre disfruté de su compañía.

Victoria seguía reprochándose a sí misma por dejar que la aguijoneara con su réplica anterior, por lo que se mordió la lengua, a pesar de que ella realmente quería declarar que ella no disfrutaba de su compañía en lo más mínimo.

Es evidente Lady Hollingwood parecía un poco perdida sin saber como manejar esta situación tan irregular. Ella ciertamente no parecía ni remotamente satisfecha ante la idea de que su institutriz fuera reclamada por el huésped de mayor rango como compañera de mesa.

Victoria, que se había dado cuenta rápidamente que este pequeño desliz podría derivar en una ofensa incalculable, intercedió. -Estoy segura de que no es necesario que el conde y yo nos sentemos juntos.

– Oh, pero es necesario-, Robert interrumpió ofreciendo a las damas una sonrisa devastadoramente afable. -Ha sido más de una década…

– Pero Lady Hollingwood ya ha arreglado las ubicaciones…

– No somos un grupo tan inflexible. El Sr. Hornsby estará encantado de ocupar mi lugar cerca de la cabecera de la mesa, estoy seguro.

Lady Hollingwood se puso verde. El Sr. Hornsby no era y nunca sería una persona de importancia. Pero antes de que pudiera objetar Robert había llamado el caballero en cuestión.

– ¿Percy-, dijo en su tono más amable-, le importaría acompañar a Lady Hollingwood a la mesar? Le estaré muy agradecido si usted pudiera tomar mi lugar allí.

Percy parpadeó. -pe-pero yo son s-simplemente un…

Robert le dio un fuerte golpe en la espalda interrumpiendo su tartamudeo.-Pasará una velada sensacional Lady Hollingwood con este conversador increíble.

Percy se encogió de hombros y le ofreció a Lady Hollingwood su brazo. Ella lo aceptó, de hecho, no había otra cosa que pudiera hacer sin insultar a un conde, pero sin antes lanzarle una mirada furiosa por encima del hombro a Victoria.

Victoria cerró los ojos en agonía. No había manera que Lady Hollingwood pudiera creer que este desastre no había sido obra suya. No importaba que Robert hubiera hecho toda la conversación, que él fuera el que había estado tan insistente. Lady H encontraría una manera de endilgárselo a la institutriz.

Robert se inclinó y sonrió. -¿No fue tan difícil, no?

Ella le fulminó con la mirada. -Si yo tuviera un tridente, te juro por Dios que te atravesaría

Él sólo se rió entre dientes. -¿Un tridente? Debe ser tu crianza campestre. La mayoría de las mujeres que conozco hubieran optado por una daga. O tal vez un abrecartas.

– Ella va a pedir mi cabeza-, susurró Victoria, viendo como las otras parejas paseaban en el comedor de acuerdo a su rango. Dado que Robert había intercambiado lugares con el Sr. Hornsby, él sería el último en entrar en el comedor y se sentaría en el extremo inferior de la mesa.

– El cambio en la disposición de los asientos no es el fin del mundo-, dijo Robert.

– Para lady Hollingwood lo es-, replicó Victoria. -Yo te conozco por el cretino que eres, pero lo único que ella ve es a un noble conde.

– Eso la hace muy útil en algunas ocasiones.- Murmuró.

Eso le valió otra mirada furiosa. -Ella ha estado haciendo alarde de tu presencia en la fiesta durante los últimos dos días-, agregó Victoria. -No estará feliz que te sientes al lado de la institutriz.

Robert se encogió de hombros. -Me senté con ella la noche anterior. ¿Qué más quieres?

– ¡Yo ni siquiera quería sentarme contigo en primer lugar! Hubiera sido completamente feliz con el Sr. Hornsby. Hubiera sido aún más feliz con una bandeja en mi cuarto. Encuentro despreciable la compañía de ustedes los nobles.

– Sí, ya has dicho lo mismo antes.

– Voy a tener suerte si sólo me despide. Estoy segura de que, mientras hablamos, ella está fantaseando acerca de alguna otra forma muy dolorosa de tortura.

– Ánimo, Torie. Es nuestro turno. -Robert la tomó del brazo y la condujo al comedor, donde ocuparon sus lugares. Los otros invitados parecieron sorprendidos al ver a Robert en la final de la mesa. Él sonrió suavemente y le dijo: -Lady Hollingwood me concedió este capricho. La Señorita Lyndon es una vieja amiga de la infancia, y yo quería charlae con ella.

Los otros invitados asintieron enfáticamente, aliviados al contar con una explicación de esta flagrante violación de la etiqueta.

– Señorita Lyndon-, Alzó la voz un hombre corpulento de mediana edad. -No creo que hemos sido presentados.¿Quiénes son sus padres?

– Mi padre es el vicario en Bellfield, en Kent.

– Muy cerca de Castleford-, añadió Robert. -De chicos jugábamos juntos.

Victoria apenas contuvo un bufido. De niños, ja. De hecho, habían hecho cosas que ningún niño debería hacer.

Mientras estaba sentada allí echando humo, Robert le presentó a la gente que estaba sentada en su extremo de la mesa. El hombre que estaba a la derecha de Victoria era el capitán Charles Pays, de la marina de Su Majestad. Victoria pensó que era bastante guapo aunque no como Robert. El hombre corpulento era el Sr. Thomas Whistledown, y la dama a su derecha era la señorita Lucinda Mayford, quien, el Capitán Pays rápidamente informó a Victoria, era una gran heredera que buscaba enganchar un título. Y, por último, al otro lado de Robert estaba la viuda de William Happerton, que no había perdido el tiempo pidiéndole a Robert que la llamara Celia.

Victoria pensaba que la Sra. Happerton estaba mirando a Robert con demasiada atención, motivo suficiente para ella le prestara atención al capitán Pays. Pero no era por celos, no, se justificó. No obstante era razón suficiente para darle la espalda a Robert, lo cual resultaba atrayente de por si.

– Dígame, capitán Pays -, ella hablaba con una sonrisa-, ¿ha estado en la marina hace mucho tiempo?

– Cuatro años, señorita Lyndon. Es una vida peligrosa, pero lo disfruto.

– Si le gusta tanto-, cortó Robert, -¿por qué diablos no está en el continente haciendo su trabajo?

Encrespada, Victoria se dirigió a Robert y le dijo: -El capitán Pay está en la marina, lo que implica que sirve en un barco. Sería bastante difícil manejar un barco en el continente, mi lord. Los barcos tienden a necesitar agua. -Y entonces, mientras todo el mundo la miraba boquiabierto, ella añadió,- Además, yo no era consciente de que se lo haya incluido en nuestra conversación.

La señorita Mayford se ahogó con la sopa y el Sr. Whistledown tuvo que palmearle la espalda. Parecía como si él gozara de esa tarea.

Victoria se volvió hacia el capitán Pay. -Decía usted…

Él parpadeó, claramente incómodo con la ceñuda manera en que Robert lo miraba por sobre la cabeza de Victoria. -¿Yo decía?

– Sí-dijo ella, tratando de sonar como una dama dulce y amable. Pronto descubrió, sin embargo, que era difícil hacer un sonido dulce y suave con los dientes apretados. -Me encantaría saber más sobre lo que hace.

Robert estaba teniendo problemas similares con su temperamento. Él no encontraba divertidos los coqueteos de Victoria con el guapo capitán. No importaba que él supiera que ella lo estaba haciendo para irritarlo a él, y su plan de trabajo era un completo éxito. Le estaba dejando un desagradable sabor, y lo que realmente quería hacer era tirarle el plato de guisantes en la cabeza del capita pays.

Probablemente lo habría hecho, si ellos no estuvieran aún con la sopa. En su lugar, apuñalaba la sopa con la cuchara, que no ofrecía mucha resistencia y por lo tanto no hacía nada para reducir su tensión.

Miró a Victoria de nuevo. Su espalda se volvió resueltamente a él. Se aclaró la garganta.

Ella no se movió.

Carraspeó nuevamente.

Todo lo que ella hizo fue inclinarse aún más hacia el insoportable capitán.

Robert miró hacia abajo y vio ponerse cada vez más blancos los nudillos de la mano que sostenía la cuchara. No quería a Victoria, pero tampoco quería que nadie más tuviera.

Bueno, eso no era del todo cierto. La quería que ella. La deseaba. Él no quería desearla. Se obligó a recordar cada momento humillante y patético de su traición. Fue la peor clase de aventurera.

Y todavía la deseaba.

Él se quejó.

– ¿Algo está mal?-Preguntó la viuda alegre a su lado.

Robert volvió la cabeza hacia la señora Happerton. Ella había estado haciéndole ojitos toda la noche, y él estaba tentado a aceptar su propuesta silenciosa. Ella era sin duda lo suficientemente atractiva, aunque probablemente sería más atractiva si su pelo fuera más oscuro. Negro, para ser más preciso. Al igual que Victoria.

No fue hasta que miró hacia abajo cuando se dio cuenta que había roto la servilleta en dos.

– ¿Mi lord?

Ël levantó su mirada. – Señora Happerton, debo pedir disculpas. No he sido adecuadamente sociable.-Sonrió diabólicamente. -Usted debería amonestarme.

Oyó algo que Victoria murmuraba en voz baja. Lanzó una mirada en su dirección. Su atención no estaba tan solo sobre el capitán Pay como ella le gustaba hacerle creer.

Un lacayo apareció a la derecha de Robert, sosteniendo un plato de… ¿podría ser?…Guisantes.

Victoria se sirvió una cucharada y exclamó: -Adoro a los guisantes.-Se volvió hacia Robert. -Si no recuerdo mal, Tu los detestabas. Lástima que no se sirvan sopa de guisantes.

Señorita Mayford volvió a toser, y luego se sacudió a su izquierda para evitar el golpe del Sr. Whistledown en su espalda.

– En realidad-, dijo Robert, sonriendo, -he desarrollado una afición repentina por los guisantes. Por sólo esta noche, eso es un hecho.

Victoria carraspeó y volvió su atención al Capitan Pays. Robert se deslizó algunos guisantes en el tenedor, se aseguró de que ninguno estaba mirando, apuntó y disparó. Y erró. Los guisantes salieron volando en todas direcciones, pero ninguno de ellos consiguió pegarle ni Victoria ni a Pays.

Robert soltó un gruñido de decepción. Ésa era la clase de la tarde que estaba teniendo. Y que había comenzado tan bien. Torturar a Victoria y a Lady H. en el salón había sido muy divertido.

La comida transcurría. Nadie se divertía, con la posible excepción del Sr. Whistledown, que parecía ajeno a las púas lanzadas hacia atrás y adelante. De hecho, una vez que la comida fue servida, permaneció ajeno a todo.

Para el momento en que el postre fue servido, cinco de los seis invitados sentados al final de la mesa parecían exhaustos. El sexto, el Sr. Whistledown, sólo parecía lleno.

Victoria nunca había estado tan agradecida como cuando Lady Hollingwood sugirió que las señoras se retiran de la sala. Ella no tenía ningún deseo de prolongar su contacto con su jefa, que era seguramente ya decidía la mejor forma de despedirla. Pero incluso Lady H. era preferible a Robert, cuya última contribución a la conversación general fue: -Es realmente difícil encontrar una buena ayuda. Gobernantas especialmente.

En el salón las señoras murmuraban sobre esto y aquello. Victoria, como una institutriz, no había tenido acceso a “esto” o “aquello”, por lo que permaneció en silencio. Las más frecuentes miradas enviadas por Lady Hollingwood la convenció para que se callara.

Después de aproximadamente media hora, los señores volvieron al salón para más conversación. Victoria se dio cuenta que Robert no estaba presente y suspiró con alivio. Ella simplemente no tenía ganas de argumentar con él por más tiempo. Tan pronto como ella, cortésmente, pudiera excusarse y retirarse a su habitación, lo haría.

Una oportunidad se le presentó a los pocos minutos. Todos, excepto Victoria se habían sentado en pequeños grupos de conversación. Ella enfiló hacia la puerta, pero cuando tenía apenas tres pasos de distancia, una voz masculina la detuvo.

– Sería para mí un placer poder conocerla más, señorita Lyndon.

Victoria se dio vuelta, su cara completamente roja. -Señor Eversleigh.

– Yo no sabía que usted nos estaría adornando con su presencia esta noche.

– Yo fui un reemplazo de último minuto.

– Ah, sí, el estómago pútrido de la señorita Vinton.

Victoria forzó una sonrisa y dijo: -Si me disculpa, debo volver a mi cuarto.- Con un breve movimiento de cabeza ella se despidió y salió de la sala.

Desde el otro lado de la habitación, Robert entornó los ojos mientras miraba al Señor Eversleigh hacer una reverencia vagamente burlona. Robert había tardado en regresar a la sala de dibujo, pues había tenido que ir al baño de su habitación. Al llegar había encontrado a Eversleigh arrinconando a Victoria.

Y la manera que él la miraba le hizo hervir la sangre de Robert. El capitán Pays, con su buena apariencia era relativamente inocuo. Eversleigh carecía completamente de moral o escrúpulos.

Robert comenzó a cruzar la sala, con ganas de separar la cabeza Eversleigh de sus hombros, pero decidió cruzar una o dos palabras de advertencia. Pero antes tenía que llegar hasta él, lady Hollingwood se puso de pie y anunció el espectáculo de la noche.

Cantar y tocar en la sala de música o, si los caballeros lo preferían, jugar a las cartas.

Robert trató de ubicar a Eversleigh cuando la multitud se dispersó, pero Lady Hollingwood descendió sobre él con una expresión que sólo podría ser llamado con un propósito, y se encontró atrapado en una conversación durante la mayor parte de hora.

Capítulo 9

Robert estaba en la periferia de la sala de música, tratando de no escuchar la forma en que la Señorita Mayford apabullaba en el clavicordio. Pero sus esfuerzos musicales no eran responsables de la sensación de malestar en el estómago. Era curioso cómo la conciencia de uno surge a la superficie en el maldito momento menos indicado.

Había pasado los últimos días soñando con la ruina de Victoria.

No estaba seguro que disfrutaría más, la destrucción misma, que prometía ser un asunto de lo más embriagador, o el hecho de saber que había producido su caída.

Pero que algo había sucedido esa noche en el corazón de Robert. No quería que alguien mirara a Victoria con el tipo de burla lasciva que había visto en los ojos de Eversleigh. Y tampoco le agradaba particularmente el interés amable que había visto en la expresión del buen capitán.

Y él sabía que la quería para él. Si los últimos siete años habían sido una buena indicación, él no la había pasado bien sin ella. Él no podría confiar totalmente, pero aún la quería en su vida.

Pero antes había otros asuntos que atender. Eversleigh. El hecho de que la hubiera buscado en el salón era una mala señal, por cierto. Robert tenía que asegurarse de que Eversleigh comprendiera que él había hablado muy en serio respecto a cualquier rumor vicioso en contra de Victoria.

Los dos hombres se conocían desde hace muchos años, desde que habían asistido juntos a Eton. Eversleigh había sido un matón entonces, y seguía siendo un matón ahora.

Robert miró a su alrededor. El parloteo incesante de lady Hollingwood le había hecho llegar tarde al recital improvisado, y ahora no veía a Eversleigh por ningún lado.

Robert se apartó de la pared y se dirigió al gran salón. Él iba a encontrar al bastardo y asegúrese de que se mantuviera en silencio.

* * *

Victoria trataba de trabajar sobre los planes de la lección, pero no podía concentrarse. Maldito fuera. Si bien ella veía ahora claramente que Richard había sido serio respecto a su noviazgo hace siete años, en esos momentos sus acciones no eran otra cosa que deplorables.

Él había tratado de seducirla. Peor aún, lo había hecho en la habitación de un desconocido, consciente de que podían ser descubiertos en cualquier momento. Y entonces él había tenido la audacia tratar de engatusarla delante de su empleadora y sus invitados. Y, finalmente, la había puesto en una posición imposible, obligándola a aceptarlo como compañero en la cena. Lady Hollingwood nunca la perdonaría por ello.

Podía, perfectamente, comenzar a preparar sus maletas esa misma noche.

Pero lo peor de todo fue que él había hecho que lo deseara de nuevo. Con una intensidad que la asustó.

Victoria negó con la cabeza, tratando de cambiar la dirección de sus pensamientos. Volvió a los planes de la lección, decidida a hacer al menos un poco de trabajo. Neville había disfrutado del ejercicio de colores esa tarde. Tal vez continuaría con el azul por la mañana. Podrían tomar el té en el salón azul. Se podrían a discutir sobre el azul y el cobalto, la media noche y el cielo. Tal vez ella llevaría un espejo para poder comparar los colores de sus ojos. Victoria tenía azul oscuro, mientras que Neville eran más claros, como los de Robert.

Suspiró, preguntándose si, alguna vez, podría alejar a ese hombre de sus pensamientos.

Ella levantó su cuaderno de nuevo, resuelta a leer las entradas de los días anteriores. Se pasó diez minutos mirando las palabras sin leer, y luego sonó un golpe en la puerta.

Robert. Tenía que ser.

Tenía casi decidido hacer caso omiso de los golpes, pero sabía que no iba a detenerse. Se levantó para abrir la puerta, diciendo: -Estoy deseando oír que excusas pone para justificar su comportamiento, mi lord.

Pero fue Eversleigh el que apareció en el umbral, con sus ojos burlones. -Veo que estás esperando a otra persona. ¿Macclesfield, tal vez?

Victoria se puso rojo, mortificada. -No, yo no lo estoy esperando. Pero yo…

Se abrió paso junto a ella, dejándola de pie junto a la puerta.

– Cierra la puerta-, le ordenó en voz baja.

– ¿Cómo dice, mi lord?

– La puerta.

Ella no hizo más que parpadear, tomando conciencia de la posición en que se encontraba. Dio un paso tentativo hacia el pasillo, sin saber muy bien a donde correr, pero no estaba dispuesta a darle una oportunidad.

Pero él se movió como un gato, y antes de que ella lo supiera, había cerrado la puerta y se apoyado el ella cortando cualquier salida. -Eres una mujer muy hermosa-, dijo.

– Creo que usted tiene una idea equivocada, mi lord-dijo ella rápidamente.

Él se movió hacia delante, al acecho. -Me enorgullezco de tener siempre la idea correcta.

– No, lo que quiero decir es… Lord Macclesfield… Él y yo… Nosotros…

Le tocó la mejilla. -¿Acaso Lord Macclesfield encuentra atractiva estas fingidas protestas? Le aseguro que no hay necesidad de escenificar tales pantomimas. Estoy muy satisfecho con lo que veo. Algunos productos estropeados suelen ser muy sabroso.

Victoria se estremeció con repugnancia. -Mi lord-dijo ella, tratando de razonar con él. -Yo le ruego…

Él se rió entre dientes. -Me gusta escuchar rogar a una mujer. Creo que voy a disfrutar mucho, Señorita Lyndon -. Alargó la mano, tomó situ muñeca y tiró de ella con dureza haciéndola chocar contra él. -Sólo quiero una muestra de lo que a él le ha dado con tanta libertad. Te prometo que no se arrepentirás. Soy un hombre muy generoso.

– No quiero su dinero-, gruñó, girando la cabeza hacia un lado. -Sólo quiero que se vaya.

– Podemos hacer esto de dos maneras-, dijo, con los ojos cada vez amenazadora oscuridad. – Puedes dejar de fingir y tener un poco de diversión, o me puedes luchar hasta el final. No me importa lo que elijas, de cualquier manera, me aseguraré un buen momento.

Ella le abofeteó la cara.

– Eso-, masculló, -fue un error.- La tiró en la cama y luego la sujetó allí con el peso de su cuerpo.

Victoria comenzó a luchar. Y entonces ella empezó a gritar.

* * *

Lo primero que hizo Robert fue buscar a Eversleigh en su cuarto, pero no se sorprendió cuando no lo encontró. Luego lo buscó en el ala de los huéspedes, pensando que podría estar entretenido con alguna invitada femenina. No hubo suerte, aunque lo hizo descubrir que esposa de lord Winwood estaba teniendo una aventura con el marido de la amante de Lord Winwood.

Robert ni siquiera pestañó. Tal comportamiento era bastante común entre sus pares, aunque lo estaba empezando a disgustar.

Trató luego en la sala de juego, sabiendo que Eversleigh tenía afición por los juegos de azar.

– ¿Eversleigh?- Uno de los jugadores, dijo. -Él estuvo aquí antes.

– ¿De verás? – Robert preguntó, tratando de ignorar las miradas especulativas de sus amigos. Era bien sabido que los dos los hombres no eran amigos. -¿Sabe usted dónde se fue?

– Lo vi subir por las escaleras-, dijo alguien.

Robert ahogó un gemido. Tendría que buscar en el ala de invitados nuevamente.

– Lo más extraño-, agregó otro. – es que usó la escalera de servicio.

La sensación de malestar que daba vuentas en estómago de Robert durante toda la noche explotó con cegador terror. Salió corriendo por las escaleras dando pasos de a tres escalones.

Y entonces oyó los gritos.

Victoria.

Si él le fallaba ahora…

Robert ni siquiera pudo completar el pensamiento.

* * *

Victoria se negó a resignarse a su suerte. Luchó como una loca, con garras como una tigresa. Ella sabía que sus acciones sólo harían enojar más a Eversleigh, pero ella no podía permitirse que la violara sin defenderse.

Pero él era fuerte. Mucho más fuerte que ella, y no le fue difícil sujetarla mientras desgarraba la ropa.

Levantó la mano de la boca para dar un tirón en el escote de su vestido, y ella aprovechó la oportunidad para gritar alto.

– Cállate, puta-susurró él, girando la cabeza hacia un lado y forzando la mejilla en la almohada. Victoria le mordió la mano.

– ¡Maldita pequeña puta!- Gritó. Cogió otra almohada y la presionó contra su rostro.

De pronto, Victoria no podía respirar. ¿Dios mío, quería matarla?

Su terror aumentó hasta creyó que iba a enloquecer. Ella pateó y arañó, pero no podía ver nada, y estaba cada vez más débil.

Y entonces, justo cuando el mundo comenzó a volverse negro, ella oyó madera romperse, seguido de un grito de rabia más allá de su propia comprensión.

Eversleigh fue sacado abruptamente de encima de ella e inmediatamente después Victoria lanzó al costado la almohada, incorporándose en la revuelta cama. Corrió hacia un rincón, sus pulmones le ardían con cada respiración, tenía que moverse y bajar la cama.

La habitación se llenó con el ruido. Algo se estrelló, alguien gritó. Se oyó un ruido escalofriante que sólo podía ser la carne contra el hueso. Pero Victoria no levantó la vista. Ni siquiera podía abrir los ojos. Todo lo que ella quería hacer era bloquear el terror.

Finalmente, sin embargo, se obligó a enfrentar sus demonios, y cuando lo hizo vio a Robert. Él había tirado a Eversleigh al suelo. Estaba sobre él, descargando sin piedad en la cara de Eversleigh.

– Robert-, dijo ella, su voz apenas un susurro. -Gracias a Dios.- Robert no dio ninguna indicación de que la había oído. Siguió golpeando a Eversleigh.

– Robert-dijo, esta vez más fuerte. Ella todavía estaba mareada, como en las nubes, y no podía dejar de temblar. Ella lo necesitaba.

Pero Robert estaba más allá de cualquier comunicación. No dijo nada, apenas un gruñido y le gritó, y cuando por fin levantó la vista hacia Victoria, había algo salvaje y primitivo en sus ojos. Por último, todavía sobre un Eversleigh inconsciente, se detuvo un instante para recobrar el aliento y dijo: -¿Te lastimó?

Su boca se abrió una fracción de una pulgada, pero no podía decir nada.

– ¿Te lastimó?- Ojos de Robert ardían de furia, y Victoria se dio cuenta en ese instante que si ella dijo que sí, él iba a matar a Eversleigh. Ella negó con la cabeza frenéticamente. No era una mentira. En realidad no. Eversleigh no la había lastimado. No de la manera Robert quería decir.

Robert dejó caer el hombre inconsciente y se precipitó a su lado. Se agachó junto a ella y le tocó la mejilla. Su mano temblaba. -¿Estás bien?

Ella sacudió la cabeza otra vez.

– Victoria, yo…

Fue interrumpido por un gemido proveniente del centro de la habitación. Robert maldijo entre dientes y luego murmuró una rápida -Disculpa-. Él se acercó de nuevo a Eversleigh, lo levantó por el cuello y el cinturón de sus pantalones, y lo arrojó al pasillo, donde aterrizó como un muñeco arrugado. Robert cerró la puerta suavemente y volvió al lado de Victoria.

Ella estaba temblando violentamente, los estremecimientos sacudían todo su cuerpo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no emitió ningún sonido. Robert sintió pánico erigirse dentro de él de nuevo. ¿Qué le había hecho ese hijo de puta?

– Shhhh-, no tenía idea de lo que iba a decir o hacer para que se sintiera mejor.-Shhhh.

– Robert-, ella jadeó. -Robert.

– Estoy aquí, mi amor.- Él se agachó y la levantó. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello con una rapidez sorprendente. Ella lo estaba agarrando desesperadamente, como si dejarlo ir significaría la diferencia misma entre vida y muerte.

Él caminó hasta la cama, con la intención de sentarse y sostenerla hasta que se calmara, pero de repente ella se tensó en sus brazos.

– ¡No en la cama!-, Dijo con desesperación. -No allí.

Robert miró las sábanas revueltas y sintió ascender una ola de nauseas. Cuando él entró en la habitación, Eversleigh tenía una almohada sobre la cara de Victoria. Ella podría haber muerto. La idea fue como un puñetazo en el estómago.

Robert miró a su alrededor. Había pocos muebles, así que se sentó en el suelo, apoyándose contra el lado de la cama.

Sostuvo a Victoria en silencio durante varios minutos.

Finalmente alzó la vista, sus ojos suplicantes. -Traté de luchar contra él-, dijo. -Lo hice.

– Ya lo sé, Torie.

– Era demasiado fuerte.- Parecía como si estuviera tratando de convencerlo de algo que fuera muy importante para ella. -Era más fuerte que yo.

– Actuaste bien-, dijo, tratando de ignorar las lágrimas que pinchaban sus ojos.

– Pero él puso una almohada sobre mí. Y entonces yo no podía respirar. Y no podía pelear. -Ella empezó a temblar de nuevo. -Yo no quería dejar que él… Yo no lo quería. Te juro que no lo quería.

Él la agarró por los hombros y la acercó hasta que estuvieron nariz con nariz. -No fue tu culpa, Torie-, dijo con fiereza. -No culpes a ti misma.

– Si no hubieras venido…

– Pero lo hice.- Robert acomodó la espalda de ella en sus brazos y la abrazó con fuerza. Pasó mucho tiempo antes de que ella dejara de temblar, mucho tiempo hasta que la cara Eversleigh ya no estuviera grabada en su cerebro.

También él necesitaba tiempo, se dio cuenta. Él era consciente que este incidente era, al menos en parte, su propia culpa. Si no hubiera estado tan condenadamente enfadado con ella esa tarde y tan condenadamente ansioso por estar a solas con ella, no la habría arrastrado por el pasillo hasta la habitación más cercana. Un cuarto que pertenecía a Eversleigh. Y en la tarde… alardeó al insistir en que Victoria lo acompañara a la cena. La mayoría de los invitados habían creído su historia de que eran amigos de la infancia, pero Eversleigh sabía que había más.

Por supuesto, el hijo de puta creyó que Victoria era una mujer fácil. Eversleigh siempre había sido el tipo de hombre para el cual, cualquier mujer sin la protección de una poderosa familia, era presa lícita. Robert debía haberse dado cuenta de eso desde el principio, y tomado medidas para protegerla.

No sabía cuánto tiempo se sentó en el suelo, acunando en sus brazos a Victoria. Podría haber sido una hora, que podría haber sido sólo diez minutos. Pero con el tiempo su respiración se niveló, y sabía que ella se había dormido. No quiso especular sobre cuáles podrían ser los sueños que tendría esa noche; oró para que no tuviera ningún sueño en absoluto.

Suavemente le depositó en la cama. Él sabía que ella tenía aversión al lugar después del intento de violación de Eversleigh, pero no sabía dónde ponerla. No podía llevarla a su habitación. Esta acción sólo podía llevarla a su ruina, y Robert se había dado cuenta de que, independientemente de lo que ella hubiera hecho siete años atrás, él no se atrevía a destruir su vida por completo. La ironía de ello casi lo desarma. Todos estos años había soñado con ella, fantaseaba con la venganza que podría llevar a cabo si la volvía a ver.

Pero ahora, con la venganza a su alcance, él simplemente no podía hacerlo. Algo dentro de ella todavía habla a su corazón, y sabía que nunca podría vivir consigo mismo si intencionalmente le causaba dolor.

Robert se inclinó y depositó un beso suave en la frente. -Hasta mañana, Torie-, susurró. -Ya hablaremos mañana. Yo no voy a dejar que me dejes de nuevo.

Cuando salió de la habitación se dio cuenta de que Eversleigh se había ido. Con total determinación, salió a buscarlo. Tenía que asegurarse de que el bastardo entiende un simple hecho: si Eversleigh tan siquiera respiraba una sílaba del nombre de Victoria, la paliza que Robert no se detendría hasta quitarle el último centímetro a su mugrosa vida.

* * *

Victoria se despertó a la mañana siguiente y trató de hacer su rutina diaria como si nada hubiera sucedido. Se lavó la cara, se puso su vestido, desayunó con Neville.

Pero de vez en cuando notaba pequeños temblores en las manos. Y se encontró tratando de no parpadear, por que cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Eversleigh mientras él descendía sobre ella.

Llevó a cabo su lección de la mañana con Neville, y luego acompañó al niño hasta los establos para su lección de montar. Normalmente ella disfrutaría de sus breves descansos, pero hoy se resistía a separarse de la compañía del pequeño.

Lo último que quería era estar a solas con sus pensamientos.

Robert la vio del otro lado del césped, y salió corriendo para intersecarla antes de que ella volviera a entrar en la casa. -¡Victoria!- Gritó, su voz con un toque sin aliento por correr.

Ella lo miró con los ojos encendidos de terror, pero inmediatamente se llenaron de alivio.

– Lo siento-, dijo de inmediato. -No fue mi intención asustarte.

– No lo has hecho… Bueno, en realidad si lo hiciste, pero yo me alegro que seas tú.

Robert sintió una nueva ola de furia crecer en su interior. Detestaba verla tan temerosa.-No te preocupes por Eversleigh. Se marchó a Londres temprano en la mañana. Yo me aseguré de ello.

Todo su cuerpo se hundió, como si toda la tensión que llevaba la hubiera drenado.

– Gracias a Dios-suspiró ella-.Gracias.

– Victoria, tenemos que hablar.

Tragó saliva. -Sí, por supuesto. Debo darte las gracias correctamente. Si tu no hubieras…

– ¡Deja de darme las gracias!- Explotó. Ella parpadeó, confusa. -Lo que sucedió anoche fue mi culpa tanto como cualquier otra persona-, dijo con amargura.

– No-exclamó ella-.No, no digas eso. Tú me salvaste.

Parte de Robert quería dejarla pensar que él era un héroe. Ella siempre lo había hecho sentir grande, fuerte y noble. Sentimiento que había perdido después de su separación. Pero su conciencia no le permitía aceptar la gratitud que no debía.

Soltó un suspiro tembloroso. -Vamos a discutir eso más adelante. En este momento hay asuntos más urgentes.

Ella asintió y se dejó llevar de la casa. Ella levantó la vista con ojos inquisitivos cuando se dio cuenta que se dirigían a el laberinto vallado.

– Vamos a tener privacidad-, explicó.

Se permitió una leve sonrisa, la primera que había sentido durante todo el día. -Con tal que pueda hallar el camino de salida.

Él se rió entre dientes y prosiguió a través del laberinto hasta llegar a un banco de piedra. -Dos izquierdas, un derecho, y dos izquierdas más-, susurró.

Ella volvió a sonreír mientras se alisa la falda hacia abajo y se sentó. -Está grabado en mi cerebro.

Robert se sentó junto a ella, su expresión de repente un poco vacilante.

– Victoria…Torie.

El corazón de Victoria revoloteó por la forma en que él utilizó su apodo.

El rostro de Robert se contrajo, como si estuviera buscando las palabras justas. Finalmente dijo: -No puedes quedarte aquí.

Ella parpadeó. -Pero pensé que habías dicho que Eversleigh había ido a Londres.

– Él lo ha hecho. Pero eso no tiene importancia.

– Tiene mucha importancia para mí-, dijo.

– Torie, no puedo dejarte aquí.

– ¿Qué estás diciendo?

Se pasó una mano por el pelo. -No puedo dejarte sabiendo que no estás debidamente protegida. Lo qué pasó anoche fácilmente podría ocurrir de nuevo.

Victoria lo miró fijamente. -Robert, ayer por la noche no fue la primera vez que he sido objeto de atenciones no deseadas por parte de un caballero.

Todo su cuerpo se tensó. -¿Y eso se supone que me tranquiliza?

– Nunca antes había sido atacado de manera tan brutal-, continuó. -Simplemente estoy tratando de decir que he llegado a ser muy hábil para defenderme de los avances no deseados.

Él la agarró por los hombros. -Si yo no hubiera intervenido la noche anterior, él te habría violado. Es posible que incluso te matara.

Ella se estremeció y desvió la mirada. -No puedo imaginarme que algo como… como eso llegará a ocurrir de nuevo. Puedo protegerme contra pellizco mal intencionados y palabras obscenas.

– ¡Eso es inaceptable!- Explotó. -¿Cómo te dejas degradar de esa manera?

– Nadie puede menospreciarme, sino yo misma-, dijo en voz muy baja. -No te olvides de eso.

Él dejó caer las manos de los hombros y se levantó. -Ya lo sé, Torie. Pero tu no deberías tener que permanecer en esta situación intolerable.

– ¿En serio?- Ella soltó una carcajada hueca. -¿Y cómo se supone que debo salir de esta situación, ya que tan delicadamente lo has expuesto? Tengo que comer, mi lord.

– Torie, no seas sarcástica.

– ¡No estoy siendo sarcástica! Nunca he sido más seria en mi vida. Si yo no trabajo como institutriz, voy a morir de hambre. No tengo otra opción.

– Sí, la tienes-, le susurró con urgencia, cayendo de rodillas ante ella. -Podrías venir conmigo.

Ella lo miró fijamente en estado de shock. – ¿Contigo?

Él asintió con la cabeza. -A Londres. Podemos salir hoy mismo.

Victoria tragó nerviosamente, tratando de suprimir el impulso de echarse en sus brazos. Algo estalló en su interior, y de pronto recordé exactamente cómo se había sentido hace muchos años cuando él había dicho que quería casarse con ella. Pero la angustia le había hecho desconfiar, y midió sus palabras cuidadosamente antes de preguntar: -¿Qué es exactamente lo que usted me propone, señor?

– Te voy a comprar una casa. Y contratar a un personal.

Victoria sintió evaporarse la última gota de esperanza en un futuro. Robert no le estaba proponiendo matrimonio. Y él nunca lo haría. No si la hacía su amante primero. Los hombres de su clase no se casaban con sus amantes.

– Tendrás todo lo que quieras-, agregó.

Salvo el amor, pensó Victoria miserablemente. Y la respetabilidad. -¿Qué tengo que hacer yo a cambio?-, Preguntó ella, porque ella no tenía la menor intención de aceptar su oferta insultante. Ella sólo quería oírle decirlo.

Sin embargo, parecía anonadado, sorprendido de que ella había manifestado a la pregunta.

– Bueno tu… Ah…

– ¿Yo qué, Robert?-, Preguntó secamente.

– Sólo quiero estar contigo-, dijo, juntando las manos y evadiendo su mirada, como dándose cuenta de lo lamentables que sonaban sus palabras.

– Pero no te casarás conmigo-, dijo, con voz apagada. ¡Qué tontería de su parte haber pensado, ni por un momento, que podría ser feliz de nuevo.

Él se puso de pie. -Seguramente no pensaste que…

– Obviamente no. ¿Cómo iba a pensar que usted, el conde de Macclesfield, se dignaría a casarse con la hija de un vicario? – Su voz se hizo aguda. -Por Dios, probablemente he estado conspirando por siete años para obtener su fortuna…

Robert hizo una mueca ante su ataque inesperado. Sus palabras hurgaron en algo desagradable dentro de su corazón, algo que se sentía un poco como culpa. La imagen de Victoria como una aventurera codiciosa nunca había sonado del todo cierto, pero ¿qué otra cosa podía pensar por él? Él la había visto por sí mismo, acostada en la cama, durmiendo en la noche se suponía que debían fugarse. Sintió que la armadura protectora alrededor de su corazón se erigía en su lugar y le dijo: -El sarcasmo no te queda bien, Victoria.

– Está bien. -Ella agitó su brazo hacia él. -Entonces, nuestra discusión se llegó a su fin.

Su mano salió disparada como una bala y envuelto alrededor de su muñeca. -No del todo.

– Suéltame-, ella dijo en voz baja.

Robert respiró hondo, tratando de aprovechar el tiempo para superar el fuerte impulso de sacudirla. Él no podía creer que la pequeña imbécil prefiriera quedarse aquí, en un trabajo que detestaba, en vez de irse con él a Londres. -Yo voy a decir esto una vez más-, dijo, su mirada dura. -Yo no me voy a irme de aquí para que cualquier hombre inescrupuloso te moleste

Ella se echó a reír, lo que realmente lo enfurecía. -¿Está usted diciendo,- preguntó, -que el único hombre inescrupuloso con el que debo estar eres tú?

– Sí. ¡No! Por el amor de Dios, mujer, no puedes quedarte aquí.

Ella alzó la barbilla con orgullo. -Yo no veo ninguna otra opción.

Robert apretó los dientes. -Acabo de decirte que…

– Ya lo dije,- declaró enfáticamente, -que yo no veo ninguna otra opción. No voy a ser la amante de nadie.- Ella liberó su brazo y se alejó de él, saliendo del laberinto. Y él de percató que también había salido de su vida.

Capítulo 10

Robert regresó a Londres y trató de sumergirse en su rutina usual. Sin embardo él se sentía miserable, tan miserable que ni siquiera se molestó en tratar de convencerse de que él no se preocupaba por el rechazo de Victoria.

No podía comer, no podía dormir. Se sentía como un personaje en un, muy malo, el poema melodramático. Veía a Victoria en todas partes, en las nubes, en las multitudes, incluso en la maldita sopa.

Si él no se hubiera sentido tan terriblemente patético, Robert reflexionó más tarde, probablemente no se habría molestado en responder la citaciones de su padre.

Cada pocos meses, el marqués de Castleford enviaba a Robert una carta solicitando su presencia en Manor. Al principio las notas eran órdenes concisas, pero últimamente se habían vuelto más conciliadoras, el tono casi suplicante. El marqués quería que Robert mostrara un mayor interés en sus tierras, quería que su hijo mostrara orgullo en el Marquesado que un día sería suyo. Pero principalmente quería que se casase y produjera un heredero que perpetúe el nombre de Kemble.

Todo estaba escrito con toda claridad, y con gracia, en sus cartas, pero Robert se limitaba a mirarlas y luego tirarlas a la chimenea. No había vuelto a Castleford Manor en más de siete años, no desde aquel tremendo día en que cada uno de sus sueño se habían hecho añicos, y su padre, en vez de confortarlo con palmaditas en la espalda, le había gritado parapetado detrás de su escritorio de caoba.

La memoria todavía se hacía apretar la mandíbula con furia. Cuando se tenía hijos había que ofrecerles apoyo y comprensión. Desde luego, no se reiría de sus derrotas.

Niños. Ahora ese era un concepto divertido. No era muy probable que dejara su huella en el mundo en forma de herederos.

No se atrevía a casarse con Victoria, y se fue dando cuenta de que no podía imaginarse a sí mismo casado con nadie más.

¡Qué porquería!

Y así, cuando la última nota de su padre llegó, diciendo que él estaba en su lecho de muerte, Robert decidió seguirle la corriente al viejo. Esta fue la tercera nota que había recibido en el último año, ninguna de ellos había resultado ser ni remotamente veraz. Sin embargo, Robert hizo sus maletas y se fue a Kent de todos modos. Cualquier cosa para conseguir alejar su mente de ella.

Cuando llegó a la casa de su infancia, no se sorprendió al descubrir que su padre no estaba enfermo, aunque él se veía bastante mayor de lo que recordaba.

– Es bueno tenerte en casa, hijo-dijo el marqués, bastante sorprendido de que Robert hubiera respondido a su citación y dejado Londres.

– Te ves bien-, dijo Robert, enfatizando la última palabra.

El marqués tosió.

– ¿Un pecho frío, tal vez?-Preguntó Robert, alzando una ceja de un modo insolente.

Su padre le lanzó una mirada molesta. -Estaba limpiando mi garganta, como tu bien sabes.

– Ah, sí, sano como un caballo, Los Kembles somos saludables como mulas, y apenas tercos como ellas también.

El marqués dejó el vaso casi vacío de whisky sobre la mesa. -¿Qué te ha ocurrido, Robert?

– ¿Cómo dice?- Dijo Robert tirándose en el sofá y poniendo los pies sobre la mesa.

– Eres una miserable excusa como hijo. ¡Y saca sus pies fuera de la mesa!

El tono de su padre era tal como había sido siempre, cuando Robert era un niño y había cometido alguna trasgresión terrible. Sin pensarlo, Robert obedeció y puso los pies en el suelo.

– Mirate-dijo con disgusto Castleford. -Holgazaneando en Londres. Copas, prostitutas, te juegas tu fortuna.

Robert sonrió sin humor. -Soy un jugador de cartas terriblemente bueno. He doblado mi porción.

Su padre se volvió lentamente alrededor. -No me importa nada, ¿verdad?

– Una vez hice-, susurró Robert, de repente sentía muy vacía.

El marqués se sirvió otro vaso de whisky y lo bebió. Y luego, como si hiciera un último esfuerzo, dijo, -Tu madre se avergonzaría de ti.

Robert alzó bruscamente la cabeza y le secó la boca. Su padre rara vez mencionaba a su madre. Pasaron varios minutos antes que él fuera capaz de decir: -No sé cómo se habría sentido. En realidad, nunca la conocí. Usted no sabe qué es el amor.

– ¡Yo la amé!- Rugió el marqués. -Yo amaba a tu madre en maneras que nunca lo sabrás. Y por Dios, yo sabía cuales eran sus sueños. Ella quería que su hijo fuera fuerte, honesto y noble.

– No te olvides de mis responsabilidades con el título-, dijo Robert ácidamente.

Su padre se volvió. -Ella no se preocupaba por eso-, dijo. -Sólo quería que fueras feliz.

Robert cerró los ojos en agonía, preguntándose cómo su vida hubiera sido diferente si su madre hubiera estado viva cuando había cortejado Victoria. -Veo que usted ha hecho una prioridad para ver sus sueños hechos realidad.- Él se rió con amargura. -Está claro que soy un hombre muy feliz.

– Nunca quise decir que lo seas-, Castleford, con el rostro mostrando cada uno de sus sesenta y cinco años, sacudió la cabeza y se desplomó sobre una silla. -Nunca quise esto. Dios mío, ¿qué he hecho?

Un sentimiento muy extraño comenzó a difundirse en el estómago de Robert. -¿Qué quieres decir?-, Preguntó.

– Ella vino aquí, ¿sabes?

– ¿Quién vino?

– Ella. La hija del vicario.

Robert apretó los dedos alrededor del brazo del sofá hasta que sus nudillos se puso pálido.

– ¿Victoria?

Su padre asintió con un cortante movimiento de cabeza.

Mil preguntas corrían por la mente de Robert. ¿Acaso Hollingwoods la había echado? ¿Estaba enferma? Debía de estar enferma, decidió. Algo debía estar terriblemente mal si ella hubiera buscado a su padre. -¿Cuándo estuvo ella aquí?

– Inmediatamente después que te fuiste a Londres.

– Inmediatamente después de… ¿De qué demonios estás hablando?

– Hace siete años.

Robert se puso de pie. -¿Victoria estuvo aquí hace siete años y nunca me lo dijiste?- Él comenzó a avanzar sobre su padre. -¿Nunca me has dicho ni una palabra?

– Yo no quería verte desperdiciar tu vida-. Castleford dejó escapar una risa amarga. -Pero lo hiciste de todos modos.

Robert apretó los puños a los costados, sabiendo que sino corría el riesgo de saltar sobre la garganta de su padre. -¿Qué te dijo? – Su padre no respondió con la suficiente rapidez. -¿Qué te dijo?- Bramó Robert.

– No recuerdo exactamente, pero…- Castleford respiró hondo. -Pero ella se puso bastante mal cuando supo que te habías ido a Londres. Creo que en realidad ella quería cumplir con su cita contigo.

Un músculo se contrajo con violencia en la garganta de Robert, y dudaba que era capaz de formar palabras.

– Yo no creo que estuviera detrás de tu fortuna.- El marqués dijo en voz baja. -Todavía no creo que una mujer de su rango pueda se una condesa adecuada, pero tengo que admitir-Se aclaró la garganta. Él no era un hombre al que le gustaba mostrar debilidad. -Voy a admitir que podría haber equivocado con ella. Probablemente te quería.

Robert se quedó espantosamente inmóvil por un momento, y luego de repente se dio la vuelta y dio un puñetazo contra la pared. El marqués dio un paso atrás, nervioso, consciente de que su hijo muy probablemente había querido plantar el puño de lleno en su rostro.

– ¡Maldito seas!- Explotó Robert. -¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

– En ese momento pensé que era lo mejor. Ahora veo que estaba equivocado.

Robert cerró los ojos, el rostro agónico. -¿Qué le has dicho a ella?

El marqués se volvió, incapaz de enfrentarse a su hijo.

– ¿Qué le has dicho a ella?

– Le dije que nunca habías querido casarse con ella.- Castleford gestionó incómodo. -Le dije que sólo perdías el tiempo con ella.

– Y pensó… ¡Oh, Dios, pensó… -Robert se sentó sobre sus cuartos traseros. Cuando ella descubrió que él se había ido a Londres, Victoria debió haber pensado que le había estado mintiendo el tiempo, que nunca la había amado.

Y entonces él la había insultado al pedirle que se convirtiera en su amante.

La vergüenza se apoderó de él, y preguntó si alguna vez sería capaz de mirarla a los ojos de nuevo. Se preguntó si ella incluso le permitiría el tiempo suficiente en su presencia para pedir disculpas.

– Robert-, dijo su padre. -Lo siento.

Robert se levantó lentamente, apenas consciente de sus movimientos. -Yo nunca te perdone por esto-, dijo, con voz monótona.

– Robert-gritó el marqués.

Pero su hijo ya había abandonado la habitación.

* * *

Robert no se dio cuenta por dónde iba hasta la casa del párroco apareció a la vista.

¿Por qué había estado Victoria en la cama esa noche?

¿Por qué no fue como había prometido?

Estuvo parado delante de la casa por más de cinco minutos, sin hacer nada, pero mirando a la aldaba de bronce en la puerta principal. Sus pensamientos corrían en todas direcciones, y sus ojos estaban tan fuera de foco que no vio levantarse a las cortinas en la ventana del salón.

La puerta se abrió de repente y apareció Eleanor Lyndon. -Mi lord-dijo ella, obviamente, sorprendida al verlo.

Robert parpadeó hasta que fue capaz de centrarse en ella. Parecía casi la misma, excepto que su pelo rubio rojizo, que siempre había sido como una nube alrededor de su rostro, estaba atrapado en un moño. -Ellie-, dijo con voz ronca.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Yo no lo sé.

– No te ves bien. -ella tragó -¿Quieres entrar?

Robert asintió con la cabeza vacilante y la siguió hasta la sala.

– Mi padre no está aquí-, dijo. -Está en la iglesia.

Robert se la quedó mirando.

– ¿Estás seguro de que no estás enfermo? Te ves más bien raro.

Dejó escapar un suspiro poco elegante, que habría sido una risa si no hubiera estado tan aturdido. Ellie siempre ha sido refrescante directa.

– ¿Mi lord? ¿Robert?

Él permaneció en silencio durante unos instantes más, y luego de repente se preguntó: -¿Qué pasó?

Ella parpadeó. -¿Cómo dice?

– ¿Que pasó esa noche?-Repitió, su voz adquirió una urgencia desesperada.

La comprensión iluminó la cara de Ellie y ella apartó la mirada. -¿No lo sabes?

– Creía que lo sabía, pero ahora… Ya no sé nada.

– Le ataron.

Robert sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. -¿Qué?

– Mi padre-, dijo Ellie con una golondrina nervioso. -Se despertó y encontró Victoria con sus maletas. Luego la ató. Dijo que sería su ruina.

– Oh, Dios mío.- Robert no podía respirar.

– Fue horrible. Papá estaba tan furioso. Nunca lo he visto así. Yo quería ayudar, realmente quería ayudarla. La cubrí con sus mantas para que no se resfriara.

Robert pensaba en ella estaba durmiendo en la cama. Estaba tan furioso con ella, y todo el tiempo que había estado atada de pies y manos.

De pronto se sintió intensamente enfermo.

Ellie continuó su relato. -Pero él también me amarró. Creo que él sabía que yo la habría liberado para que pudiera irse contigo. Así fueron las cosas, ella se escabulló de la casa y corrió a Castleford Manor tan pronto como estuvo libre. Cuando regresó, su piel estaba arañada de correr por el bosque.

Robert miró hacia otro lado, su boca que se movía, pero no para formar palabras.

– Ella nunca se lo perdonó, ¿sabes?,- dijo Ellie. Sus hombros temblaron con un encogimiento triste. -He hecho las paces con mi padre. No creo que lo que hizo estuvo bien, pero hemos llegado a un cierto equilibrio. Pero Victoria…

– Dime, Ellie -, instó Robert.

– Ella nunca volvió a casa. No la he visto en siete años.

Se volvió hacia ella, sus ojos azul intenso. -Yo no sabía, Ellie. Te lo juro.

– Nos quedamos muy sorprendidos cuando nos enteramos de que había dejado el distrito,-dijo ella secamente. -Pensé que Victoria podría haber muerto de un corazón roto.

– No lo sabía-, repitió.

– Ella pensó que había estado planeando acostarse con ella, y que cuando no lo logró, se aburrió y se fue.- Ellie mirada cayó al suelo. -No sé qué más pensar. Era lo que mi padre había previsto desde el principio.

– No-murmuró Robert. -No. Yo la quise.

– ¿Por qué te fuiste, entonces?

– Mi padre me había amenazado con cortar mis fondos. Al no aparecer esa noche, yo asumí que ella había decidido que ya no valía la pena. -Sentía vergüenza diciendo las palabras. Como si Victoria alguna vez se hubiera preocupado por una cosa así. Se puso de pie de pronto, sintiendo tan fuera de balance que tuvo que aferrarse a la final a la mesa por un momento para recobrar el equilibrio.

– ¿Te gustaría una taza de té?- Ellie le preguntó mientras se levantaba. -En realidad no te ves del todo bien.

– Ellie.-Dijo, con voz cada vez más segura por primera vez durante la conversación,- No he estado bien durante siete años. Si me disculpas.

Se fue sin decir una palabra, y con mucha prisa.

Ellie no tenía duda de a dónde iba.

* * *

– ¿Qué quieres decir con que la ha despedido?

– Sin una referencia-, dijo Lady Hollingwood con orgullo.

Robert respiró hondo, consciente de que por primera vez en su vida, estaba tentado de trompear a una mujer en la cara.

– Usted ha dejado que…-se detuvo y se aclaró la garganta, necesitaba un momento para mantener su temperamento bajo control. -Usted despidió a una mujer de buena cuna sin aviso? ¿Dónde esperaba que ella pudiera ir?

– Puedo asegurarle que no es mi preocupación. Yo no quería a una ramera cerca de mi hijo, y habría sido inconcebible que le diera referencias para que pudiera corromper a otros niños con su influencia indeseable.

– Yo le aconsejaría no llamar ramera a mi futura condesa, Lady Hollingwood-, dijo Robert con fiereza.

– ¿Su futura condesa?- Las palabras de Lady Hollingwood brotaron con pánico.-¿ La Señorita Lyndon?

– Desde luego. -Robert hacía mucho tiempo había perfeccionado el arte de la mirada glacial, y clavó en Lady Hollingwood una de sus mejores.

– ¡Pero usted no puede casarse con ella!

– ¿Realmente?

– Eversleigh me dijo que ella casi se le arrojó.

– Eversleigh es una mierda.

Lady Hollingwood se puso rígida ante su lenguaje soez. -Señor Macclesfield, debo pedirle que…

Él la cortó. -¿Dónde está ella?

– Ciertamente no lo sé.

Robert avanzó hacia ella, sus ojos fríos y duros. -¿No tienes ni idea? ¿Ni un solo mísero pensamiento en su cabeza?

– Ella, ah, ella puede ser que haya contactado a la agencia de empleo que usé cuando la contraté.

– Ah, ahora estamos llegando a alguna parte. Sabía que no era completamente inútil.

Lady Hollingwood tragó incómodamente. -Tengo la información aquí mismo. Déjame copiarlo para usted.

Robert asintió con brusquedad y se cruzó los brazos. Había aprendido a utilizar su tamaño para apabullar, y justo lo que pretendía era intimidar a la mierda de lady Hollingwood. Ella se escabulló de la habitación y sacó una hoja de papel de un escritorio. Con las manos temblorosas copió una dirección.

– Aquí tiene,- dijo ella, tendiéndole el papel. -Espero que este pequeño malentendido no afectará a nuestra amistad en el futuro.

– Mi querida señora, no puedo concebir ninguna cosa que pueda hacer que me diera ganas de mirarla siquiera otra vez.

Lady Hollingwood palideció, viendo todas sus aspiraciones sociales desvanecerse en llamas.

Robert miró la dirección de Londres en el papel en la mano, luego abandonó de la habitación sin tan siquiera un gesto hacia la dueña de casa.

* * *

Victoria había venido a buscar un trabajo, la mujer de la agencia de empleo le dijo con un gesto antipático, pero ella la había despedido. Era imposible poner una institutriz sin una referencia de carácter.

Las manos de Robert empezaron a temblar. Nunca se había sentido tan condenadamente impotente. ¿Dónde diablos estaba?

* * *

Varias semanas después, Victoria tarareaba alegremente mientras llevaba sus elementos de costura para trabajar. Ella no podía recordar la última vez que se había sentido tan feliz. Oh, todavía estaba el dolor persistente sobre Robert, pero había llegado a aceptar que sería siempre una parte de ella.

Pero estaba contenta. Hubo un momento de pánico desgarrador cuando la señora de la agencia de empleo le había declarado que era imposible hallarle otro empleo, pero Victoria se había acordado de la costura que había hecho mientras crecía. Si había una cosa que podía hacer, era una puntada de costura perfecta, y pronto encontró trabajo en un taller de costura.

A ella le pagaban por pieza, y encontró el trabajo inmensamente satisfactorio. Si ella hacía una buena costura, hacía un buen trabajo, y nadie podía decirle lo contrario. No había Ladys Hollingwoods inclinadas sobre su hombro quejándose de que sus hijos no pudieran recitar el alfabeto con la suficiente rapidez y luego culpar a Victoria cuando se tropezara con la M, la N, o la O. Y a Victoria le gustaba el aspecto de impersonal de su nuevo trabajo. Si cosía una costura recta, nadie podría decir que estaba torcida.

Así que, a diferencia de cuando era institutriz, Victoria no podía estar más contenta.

Había sido un golpe terrible cuando Lady Hollingwood la despidió. Esa rata de Eversleigh había reaccionado rencorosamente y propagó cuentos que, por supuesto, Lady H. no tardó en tomar como verdad. Jamás la palabra de una institutriz valdría más que la de un mentiroso par del reino.

Y Robert se había ido, así que no pudo defenderla. No es que ella quisiera o esperara eso de él. Ella no esperaba nada de él después de que la insultara terriblemente al pedirle que fuera su amante.

Victoria negó con la cabeza. Trató de no pensar en ese encuentro horrible. Sus esperanzas se habían volado tan alto y, a continuación cayeron tan bajo. Ella nunca, nunca le perdonaría por ello.

¡Ja! Como si alguna vez volvería ese gamberro a pedirle perdón.

Victoria encontró que la hacía sentir mucho mejor pensar en él como Robert, el gamberro.

Lamentó no haber pensado en ello, siete años antes.

Victoria, equilibrando sus elementos de costura en la cadera, abrió la puerta trasera de la tienda de Madame Lambert.

– ¡Buenos días, Katie! -Gritó, saludando a la otra costurera.

La rubia la miró con alivio en los ojos. -Victoria, estoy tan contenta de que finalmente estés aquí.

Victoria bajó su paquete. -¿Hay algo mal?

– La señora es… -Katie se detuvo, miró por encima del hombro, y luego continuó en un susurro:-La señora está desesperada. Hay cuatro clientes adelante, y ella…

– ¿Victoria está aquí?- Madame Lambert entró a la trastienda, sin molestarse en adoptar el acento francés que utilizaba con los clientes. Ella espió a Victoria, que organizaba los elementos de costura que había traído la noche anterior. -Gracias al cielo. Te necesito adelante.

Victoria rápidamente bajó la manga sobre la que estaba trabajando y salió apresuradamente. Madame Lambert le gustaba usar a Victoria en la parte delantera del la tienda porque hablaba con un acento culto.

Madame Victoria la llevó hasta una muchacha de unos dieciséis años quien estaba haciendo todo lo posible por ignorar a una mujer, muy probablemente su madre, de pie junto a ella.

– Viictoria-, dijo la señora, de repente con acento francés, -esstas ess la Señorrita Harriet Brightbill. Su madre-se le señaló a la otra dama – necessita asistencia parra el vestido de essta joven.

– Sé exactamente lo que quiero,- dijo Lady Brightbill.

– Y sé exactamente lo que quiero-, agregó Harriet, las manos firmemente plantados en las caderas.

Victoria contuvo una sonrisa. -Tal vez podría ser capaz de encontrar algo que le guste a las dos.

Lady Brightbill dejó escapar un suspiro sonoro, lo que causó que Harriet adquiriera una expresión atribulada al quejarse: -¡Madre!

Durante la hora siguiente, Victoria mostró rollo a rollo de sedas, satenes, muselinas y todos fueron inspeccionados con gran atención. Prontamente fue evidente que Harriet tenía un gusto mucho mejor que su madre, y Victoria se encontró tratando de convencer a Lady Brightbill que los volantes no eran necesarios para el éxito social.

Finalmente Lady Brightbill, que realmente amaba a su hija y estaba, obviamente, tratando de hacer lo que ella creía era el mejor, se excusó y se fue a la sala de retiro. Harriet se hundió en una silla cercana con un gran suspiro.

– Es agotador, ¿no?-le preguntó a Victoria.

Victoria se limitó a sonreír.

– Gracias a Dios mi primo se ha ofrecido a llevarnos a una pastelería. No sería capaz de soportar otra pelea de compras en este momento. Y todavía tenemos que ir a la modista y al fabricante de guantes.

– Estoy segura de que la pasarás muy bien-, dijo Victoria diplomáticamente.

– El único momento hermoso que tendré será cuando todos los paquetes lleguen a casa y pueda abrirlos… ¡Oh, mira! Es mi primo asomándose por la ventana. ¡Robert! ¡Robert!

Victoria ni siquiera se detuvo para reaccionar. El nombre de Robert hizo cosas extrañas en ella, y de inmediato se escondió detrás de una maceta. El timbre de la puerta sonó, y ella se asomó entre las hojas.

Era Robert, su Robert.

Ella casi gruñó. Su vida sólo necesitaba esto. Justo cuando había empezado a tener un poco de alegría, que tenía que aparecer y poner su mundo patas arriba nuevamente. Ya no podía estar segura de lo que sentía por él nunca más, pero una cosa estaba segura, no quería un enfrentamiento en ese lugar y en ese momento.

Comenzó como a retroceder hacia la puerta de la habitación trasera.

– El primo Robert.- Harriet oyó decir cuando se agachó detrás de una silla, -gracias a Dios que estás aquí. Declaro que Madre va a volverme loca.

Él se rió entre dientes, un sonido rico y cálido que le hizo doler el corazón a Victoria.

– Si ella no te ha vuelto loca hasta el momento, yo diría que ya eres inmune, querida Harriet.

Harriet dejó escapar un suspiro cansado, del tipo que sólo una adolescente de dieciséis años de edad, que no ha visto el mundo, puede hacer. -Si no hubiera sido por la encantadora vendedora de aquí -Hubo una pausa incomoda, y Victoria se escurrió detrás de la parte trasera del sofá.

Harriet puso las manos en las caderas. -Yo digo, ¿qué pasó con Victoria?

– ¿Victoria?

Victoria tragó saliva. No le gustaba el tono de su voz. Sólo cinco metros más allá estaba la puerta de salida. Ella lo podía hacer. Poco a poco se puso de pie detrás de un maniquí que llevaba puesto un vestido de raso verde oscuro, y, escrupulosamente se mantuvo de espaldas a la sala, esquivó los últimos metros a la trastienda.

Ella lo podía hacer. Ella sabía que podía…

Su mano se extendió para tomar el picaporte. Ya estaba allí. Era casi demasiado fácil.

¡Lo había hecho! Respiró un gran suspiro de alivio y se hundió en la pared dando las gracias al Señor. Tratar con Robert hubiera sido terrible.

– ¿Victoria?-, Dijo Katie, mirándola cuestionadoramente. -Creía que ibas a ayudar…

La puerta se abrió con estrépito atronador. Katie gritó. Victoria se quejó.

– ¿Victoria?-, Gritó Robert. -¡Gracias a Dios, Victoria!

Saltó sobre un montón de rollos de tela y derribó un maniquí. Se detuvo cuando apenas estaba a un pie de ella.

Victoria lo miró, desconcertada. Respiraba con dificultad, su rostro estaba demacrado, y parecía desconocer por completo que un trozo de encaje español estaba encima de su hombro derecho.

Y luego, sin importarle el público presente, o simplemente sin darse cuenta que Katie, Madame Lambert, Harriet, Lady Brightbill, y otros tres clientes lo estaban mirando, él extendió la mano como un hombre muerto de hambre y tiró de ella aprisionándola.

Entonces comenzó a besarla en todas partes.

Capítulo 11

Robert pasó sus manos por los brazos, sobre los hombros, por la espalda, todo sólo para asegurarse de que ella estaba realmente allí.

Hizo una pausa por un momento para mirarla a los ojos, y luego tomó su rostro entre las manos y la besó.

La besó con toda la pasión que él había guardado durante siete años.

La besó con toda la angustia que había experimentado en estas últimas semanas, sin saber si estaba viva o muerta.

La besó por todo lo que él era y todo lo que quería ser. Y hubiera seguido besándola si una mano no le hubiera agarrado su oreja izquierda y tironeado fuertemente.

– ¡Robert Kemble!- Gritó su tía. -Deberías avergonzarse de ti mismo.

Robert miró suplicantemente a Victoria, que parecía bastante aturdida y avergonzada.

– Necesito hablar contigo-le dijo con firmeza, señalando con el dedo.

– ¿Qué significa todo esto?-Preguntó Madame Lambert, con ningún un rastro de acento francés.

– Esta mujer-, dijo Robert, -es mi futura esposa.

– ¿Qué?- Gritó Victoria.

– Cielos-. Respiraba Lady Brightbill.

– ¡Oh, Victoria!- Katie dijo con entusiasmo.

– Robert, ¿por qué no nos dijiste?-, Exclamó Harriet.

– ¿Quién diablos es usted? -, Preguntó Madame Lambert, y nadie estaba seguro de si la pregunta iba dirigida a Robert o a Victoria.

Todo comenzaron a hablar más o menos al mismo tiempo, llevando a la confusión de tal manera que finalmente Victoria gritó: -¡Alto! ¡Todos ustedes!

Cada cabeza giró en dirección a Victoria. Ella parpadeó, no muy segura de qué hacer ahora que todos le prestaban atención. Finalmente se aclaró la garganta y le levantó la barbilla. -Si todos ustedes me disculpan-, dijo ella, con lo que sabía que era una muestra patética de orgullo, -No me siento muy bien. Creo que me iré a casa un poco más temprano hoy.

Y en ese momento el infierno se desató de nuevo. Todo el mundo tenía una opinión firme y vocal de la situación poco común. En medio del pandemónium Victoria intentó deslizarse por la puerta trasera, pero Robert fue más rápido. Su mano asió su muñeca, y la empujó de nuevo al centro de la habitación.

– No vas a ninguna parte-, dijo, su voz, de alguna manera, feroz y tierna al mismo tiempo. -No hasta que hable contigo.

Harriet se escabulló de su madre agitando frenéticamente los brazos y se lanzó al lado de Victoria. -¿De verdad te vas a casar con mi primo?- Preguntó ella, su rostro una imagen romántico placer.

– No,- dijo Victoria, moviendo la cabeza débilmente.

– Sí-gritó Robert.

– Pero tú no quieres casarte conmigo.

– Obviamente si, o no lo habría declarado en frente de la más grande chismosa de todo Londres.

– Está hablando de mi madre-acotó Harriet amablemente.

Victoria se sentó en un rollo de raso verde y dejó caer su rostro en sus manos.

Madame Lambert caminó hacia su lado. -No sé quién es usted-, dijo, apuntando con el dedo en el hombro de Robert, -pero no puedo permitir que ataque a mi dependienta.

– Yo soy el conde de Macclesfield.

– El conde de…- Sus ojos se agrandaron. -¿Un conde?

Victoria gemía, queriendo estar en cualquier lugar, menos allí dónde estaba.

La señora se agachó junto a ella. -Realmente, mi niña, es un conde. ¡Y te dijo que quería casarse contigo!

Victoria se limitó a sacudir su cabeza, su rostro aún escondido en las manos.

– ¡Por el amor de Dios!-, Exigió una voz imperiosa. -¿Puede que ninguno de ustedes note que la pobre muchacha está angustiada?

Una señora mayor vestida de púrpura se abrió paso hasta llegar a Victoria y depositó su brazo sobre los hombros en forma maternal.

Victoria levantó la vista y parpadeó. -¿Quién es usted?-, Preguntó ella.

– Yo soy la duquesa viuda de Beechwood.

Victoria miró a Robert. -¿Otro pariente suyo?

La viuda respondió en su lugar. -Puedo asegurarte que ese malvado no es pariente mío. Estaba pensando en mis cosas, en comprar un vestido nuevo para el primer baile de mi nieta, y…

– Oh, Dios-, se quejó Victoria, dejando caer la cabeza nuevamente en sus manos.

Ahora la palabra “mortificación” acababa de tener un nuevo significado cuando gente extraña que no conocía sentía la necesidad de compadecerse de ella…

La viuda frunció el ceño dirigiéndose a Madame Lambert. -¿No ve que la pobre necesita una taza de té?

Madame Lambert vaciló, claramente no queriendo perder ni un minuto de la acción, a continuación, dio un codazo en las costillas Katie. La dependienta corrió a preparar un té.

– Victoria-, dijo Robert, tratando de parecer tranquilo y paciente, una tarea difícil teniendo en cuenta su audiencia. -Necesito hablar contigo.

Ella levantó la cabeza y se secó sus ojos húmedos, sintiendo un poco envalentonada por la simpatía y la indignación femenina que la rodeaban. -No quiero tener nada que ver contigo-, dijo con un ligero resfriado. -Nada.

La tía de Robert se puso del lado de Victoria que no ocupaba la duquesa viuda y también la abrazó.

– Tía Brightbill, -Robert dijo en voz exasperada.

– ¿Qué le hiciste a la pobre muchacha?- Exigió la tía.

La boca de Robert se abrió con incredulidad. Ahora era evidente que todas las mujeres en Gran Bretaña, con la posible excepción de la odiosa Lady Hollingwood, se alineaban contra él. -Estoy tratando de pedirle que se case conmigo-, Él masculló. -Sin duda eso cuenta para algo.

Lady Brightbill se dirigió a Victoria con una expresión que oscilaba entre preocupación y sentido práctico. -Él se te está declarando, mi pobre querida niña.- Su voz se convirtió en una octava. -¿Hay una razón por la cual se imperativo que lo aceptes?

La boca de Harriet se abrió, inclusive ella sabía lo que eso significaba.

– ¡Por supuesto que no!-, Dijo Victoria en voz alta. Y entonces, sólo porque ella sabía que iba a meterlo en un gran problema, con su audiencia femenina convencional, y, por supuesto, porque ella estaba todavía bastante furiosa con él, añadió: -Trató de comprometerme, pero yo no se lo permití.

Lady Brightbill se puso de pie con una velocidad sorprendente teniendo en cuenta su grosor y aplastó a su sobrino con su bolso. -¿Cómo te atreves! -Gritó. -La pobre es claramente una muchacha de buena crianza, aunque las circunstancias le hayan sido adversas.- Hizo una pausa, claramente se había dado cuenta que su sobrino, un conde, ¡por amor de Dios! Se había declarado a una empleadita de una tienda, y se volvió hacia Victoria. -Dije… En verdad eres una chica de buena crianza, ¿no? Quiero decir, hablas como una chica de buena crianza.

– Victoria es toda gentil y amable-, dijo Robert.

La mujer de la que hablaba sólo olfateó e ignoró el cumplido.

– Su padre es el vicario de Bellfield-, añadió, y luego le dio un recuento muy breve de su historia.

– ¡Oh, qué romántico!- Suspiró Harriet.

– No fue romántico en lo más mínimo.- Victoria se quejó. Luego añadió un poco más suavemente, -Para que te quites de la cabeza cualquier tonta idea romántica acerca de la fuga.

La madre de Harriet le dio unas palmaditas de aprobación a Victoria en el hombro. -Robert-, anunció a la sala en general -, serás un caballero con muy buena suerte si puedes convencer a esta hermosa y práctica joven de aceptarte.

Él abrió la boca para decir algo, pero fue interrumpido por el aullido de la tetera. Después las mujeres rotundamente lo ignoraron mientras llegaba el té. Victoria tomó un sorbo de su taza, mientras recibía más palmadas de aprobación de varios interesados -Pobre querida muchacha.

Robert no estaba seguro de cuando había pasado, pero el equilibrio de poder había cambiado definitivamente en su contra. Sólo era un hombre contra… Sus ojos recorrieron la habitación, ocho mujeres.

¿Ocho? Maldita sea. La sala comenzó a sentirse muy apretada. Él se tiró de la corbata.

Por último, cuando una mujer en un vestido de color rosa, no tenía ni idea de quién era y sólo podía deducir que era otra inocentes transeúnte, se movió para permitirle ver la cara de Victoria, él dijo por lo que parecía ser la centésima vez, -Victoria, necesito hablar contigo.

Ella tomó otro sorbo de su té, recibió otra palmadita materna de la duquesa viuda de Beachwood, y dijo: -No.

Él dio un paso hacia adelante y su tono se hizo vagamente amenazante. -Victoria…

Él hubiera dado otro paso, pero al mismo tiempo ocho mujeres le clavaron sus miradas desdeñosas. Aún no era lo suficientemente hombre como para soportar eso. Él alzó los brazos y murmuró: -Demasiado gallinas cluecas alrededor.

Victoria se quedó allí sentada en medio de su nueva banda de admiradoras, viéndose desagradablemente serena.

Robert respiró hondo y agitando el dedo en el aire aclaró. -Este no es el final, Victoria. Voy a hablar contigo.

Y luego, con otro comentario incomprensible acerca de gallos y gallinas, salió de la Tienda

***

– ¿Está todavía allí?

A petición de Victoria, Katie miró una vez más a través de la vidriera de la tienda. -¿Está en el transporte… y no se mueve.

– ¡Maldición!-, murmuró Victoria.

Y Lady Brightbill la miró diciendo: -Pensé que habías dicho que tu padre era vicario.

Victoria miró el reloj. El carruaje de Robert había estado estacionado frente a la tienda durante dos horas, y él no daba señales de abandonar. Lo mismo que las damas que habían sido testigos de su extraño reencuentro. Madame Lambert ya había hecho hervir cuatro teteras más de té.

– Él no puede permanecer en la calle todo el día-, dijo Harriet. -¿No es cierto?

– Él es un conde,- su madre le respondió con un tono de es-lógico. -Él puede hacer lo que quiera.

– Y ese-, declaró Victoria, -es el problema.- Cómo se atrevía a importunar su vida, suponiendo que se ella caería agradecida a sus pies, sólo porque, de pronto, a él se le había pasado por la cabeza que, otra vez, quería casarse con ella.

¡Quería casarse con ella! Victoria negó con la cabeza, porque no podía creerlo. Una vez había sido su sueño más profundo, y ahora parecía más bien una burla cruel del destino.

¿Él quería casarse con ella? ¡Ja! Era demasiado tarde para eso.

– ¿Acabas de maldecir otra vez?- Harriet susurró, lanzando una mirada furtiva a su madre.

Victoria la miró sorprendida. No se había dado cuenta que había voceado sus pensamientos.-Eso es lo que provoca él en mi-gruñó ella.

– ¿El primo Robert?

Victoria asintió con la cabeza. -Él cree que puede manejar mi vida.

Harriet se encogió de hombros. -Trata de controlar la vida de todos. Por lo general hace un trabajo estupendo, en realidad. Nunca hemos estado tan buen como desde que comenzó a gestionar nuestro dinero.

Victoria la miró de manera extraña. -¿No está mal considerado en la alta sociedad hablar de dinero?

– Sí, pero eres de la familia. -Esto fue dicho con un movimiento exagerado del brazo de Harriet.

– Yo no soy de la familia,- Victoria contradijo.

– Lo serás-respondió Harriet,- si el primo Robert tiene algo que decir de ello. Y por lo general consigue lo que quiere.

Victoria puso las manos en las caderas y miró por la ventana a su carroza. -No esta vez.

– Eh… Victoria-dijo Harriet, con un toque de ansiedad,- No te conozco desde hace mucho tiempo, por lo que está bastante más allá de mí conocer los entresijos de tus expresiones faciales, pero debo decir que no me gusta esa mirada en tus ojos.

Victoria se volvió lentamente desconcertada. -¿De qué demonios estás hablando?

– Sea lo que sea lo que estás pensando de hacer, debo desaconsejarte hacerlo.

– Voy a hablar con él-, dijo Victoria resueltamente y, a continuación, antes de que nadie pudiera detenerla, ella salió de la tienda.

Robert saltó de su coche en un instante. Abrió la boca como para decir algo, pero Victoria lo interrumpió.

– ¿Querías hablar conmigo?- Ella dijo, su voz aguda.

– Sí, yo…

– Bien. Quiero hablar contigo, también.

– Torie, yo…

– No pienses, ni por un segundo, para que puedes manejar mi vida. No sé lo que te ha llevado a ese notable cambio de opinión, pero no soy una marioneta que puedas manejar a tu voluntad.

– Por supuesto que no, pero…

– Tu no me puedes insultarme de la manera que lo hiciste y esperar que me olvide de eso.

– Me doy cuenta de eso, sino que…

– Además, estoy muy contenta sin ti. Tú eres prepotente, arrogante e insufrible.

– Y tú me amas-, Robert la interrumpió, viéndose muy contento de haber llegado, por fin, a decir, al menos, unas palabras.

– ¡Por supuesto que no!

– Victoria-, dijo en un irritante tono pacificador -, siempre me amarás.

Su boca femenina se abrió con espanto. -Estás loco.

Él hizo una reverencia cortés y levantó la mano petrificada hasta sus labios. -Nunca he estado más cuerdo que en este mismo momento.

El aliento de Victoria quedó atrapado momentáneamente en su garganta. Fragmentos de recuerdos pasaron por su cabeza, y ella volvió a tener diecisiete años otra vez.

Diecisiete, totalmente enamorada, y desesperada para que la besara. -No- se dijo, ahogándose en sus palabras. -No. Tú no me vas a hacer esto a mí otra vez.

Sus ojos chispearon. -Victoria, Te quiero.

Ella arrancó su mano. -No puedo escuchar esto.- Y entonces ella entró nuevamente en la tienda.

Robert vio como se retiraba y suspiró, preguntándose por qué estaba tan sorprendido que no hubiera caído en sus brazos y apasionadamente declarado su eterno amor por él. Por supuesto, ella iba a estar enojada con él por mucho tiempo. Furiosa. Había estado tan loco de preocupación y tan atormentado por la culpa de que no se había detenido a pensar cómo podrían reaccionar ante su repentina aparición en la vida de ella.

No tuvo tiempo para reflexionar sobre esto, sin embargo, porque su tía llegó asaltando la tienda de ropa.

– ¿Qué-, gritó la susodicha-, qué le has dicho a esa pobre chica? ¿No te parece que has hecho lo suficiente por un día?

Robert empaló a su tía con la mirada. Realmente, toda esta interferencia se estaba convirtiendo en lo más molesto. -Le dije que la amo.

Eso pareció desinflarla un poco. -¿En serio?

Robert ni siquiera se molestó a cabecear.

– Bueno, lo que hayas dicho, no lo digas de nuevo.

– ¿Quiere que le diga que yo no la quiero?

Su tía se puso las manos en las caderas. -Ella está muy molesta.

Robert había tenido más que suficiente de mujeres entrometidas. -Maldita sea, yo también.

Lady Brightbill retrocedió y se colocó una mano sobre su pecho a modo de afrenta.

– ¿Robert Kemble, acabas de maldecir en mi presencia?

– He pasado los últimos siete años completamente miserable a causa de una estúpida confusión producida por la interferencia de nuestros malditos padres. Francamente, tía Brightbill, tu sensibilidad ofendida no está primera en mi lista de prioridades en este momento.

– ¡Robert Kemble, nunca he sido más insultada…!

– …En toda tu vida.-Suspiró él, moviendo los ojos.

– En toda mi vida. Y no me importa si eres conde, voy a aconsejar que la pobre, pobre, querida niña no se case contigo. -Alzando aún más su chillona voz, Lady Brightbill giró sobre sus talones y pisando fuerte entró nuevamente en la tienda de ropa.

– ¡Gallinas cluecas!- Robert le gritó a la puerta. -¡Todas ustedes no son más que una parva de gallinas cluecas!

– Disculpe, señor,- dijo el cochero apoyado en el lado del vehículo, -pero no creo que sea justo el momento para ser un gallito.

Robert se volvió con una mirada fulminante hacia el hombre. -MacDougal, si no fuera malditamente bueno con los caballos…

– Lo sé, lo sé, me habría echado hace años.

– Siempre hay una oportunidad de ello-, gruñó Robert.

MacDougal sonrió con la confianza de un hombre que se ha hecho más amigo que siervo.

– ¿Te fijaste con qué rapidez ella dijo que no te amaba?

– Me di cuenta,- gruñó Robert.

– Sólo quería hacerlo notar. En caso de que no se diera cuenta.

Robert giró su cabeza mirando alrededor. -¿Te das cuenta de que eres más bien impertinente para ser un sirviente?

– Es por eso que sigo con usted, mi lord.

Robert sabía que era verdad, pero no le hizo sentir mucho mejor admitirlo en ese momento, por lo que dirigió su atención de nuevo a la tienda. -Puede parapetarte todo lo que quieras-, le gritó, agitando el puño en el aire. -¡Yo no me voy!

* * *

– ¿Qué ha dicho?-Preguntó Lady Brightbill, revitalizándose con la séptima taza de té.

– Dijo que no se va-, respondió Harriet.

– Yo podría haber dicho eso-, murmuró Victoria.

– ¡Más té, por favor!- dijo Lady Brightbill, agitando la taza vacía en el aire. Katie se apresuró con más bebida humeante. La señora mayor se bebió la taza y luego se levantó, alisando su falda con las manos. -Si todos ustedes me disculpan-anunció a la sala en general. Luego se dirigió a la sala de retiro.

– Madame va a tener que comprar otro orinal-murmuró Katie.

Victoria le lanzó una mirada de desaprobación. Había estado tratando de enseñarle modales y comportamiento durante semanas. Aún así, fue una señal que tenía sus nervios en punta que ella respondió: -No más de té. Ni una gota más para cualquiera de ustedes.

Harriet miró con una expresión de lechuza y la taza con firmeza hacia abajo.

– ¡Esto es una locura!- Victoria anunció. -Él nos tiene atrapadas.

– En realidad-dijo Harriet, -sólo te ha atrapado a ti. Yo podría salir en cualquier momento, y probablemente ni se daría cuenta.

– Oh, él se daría cuenta-murmuró Victoria. -Se da cuenta de todo. Nunca he conocido a alguien más tenaz y asquerosamente organizado.

– Estoy segura que eso es más que suficiente, querida-lo interrumpió Madame Lambert, consciente de que su empleada podía estar insultando a su clienta. -Después de todo, su señoría es el primo de la señorita de Brightbill.

– Oh, no se preocupe por mí-, dijo Harriet con entusiasmo. -Yo estoy disfrutando inmensamente.

– Harriet- Victoria exclamó de pronto.

– ¿Sí?

– Harriet.

– Creo que ya has dicho eso.

Victoria miró a la muchacha, su cerebro zumbando a triple velocidad. -Harriet, sólo podrías ser la respuesta a mis oraciones.

– Tengo bastantes dudas de que sea la respuesta a las oraciones de nadie-, respondió Harriet.-Estoy para siempre metiendo la pata y hablando sin pensar primero.

Victoria sonrió y le acarició la mano. -Me resulta de lo más entrañable.

– ¿De verdad? Qué encantadora. Me encanta tenerte como mi prima.

Victoria se obligó a no apretar los dientes. -No voy a ser tu prima, Harriet.

– Realmente me gustaría que sepas que mi primo Robert no resulta tan malo una vez que lo conoces.

Victoria se abstuvo de señalar que ella ya conocía bastante bien al hombre en cuestión.

– Harriet, ¿me harías un favor?

– Me encantaría.

– Necesito que seas una distracción.

– Oh, eso será fácil. Mamá siempre me dice que soy una distracción.

– ¿Te importaría mucho salir corriendo por la parte delantera de la tienda y distraer a su señoría? ¿De modo que yo podría escaparme por la puerta trasera?

Harriet frunció el ceño. -Si hago eso, no él tendrá la oportunidad de cortejarte.

Victoria se contuvo para no gritar “¡Exactamente!” En lugar de eso dijo en tono amable, -Harriet, no voy a casarme con tu primo bajo ninguna circunstancia. Pero si yo no escapo de esta tienda en breve, puedes muy bien estar atrapada aquí durante toda la noche. Robert no da señales de irse.

Harriet parecía indecisa.

Victoria decidió jugar su última carta y susurró:-Tu madre podría ponerse irritable.

Harriet se puso verde. -Muy bien.

– Dame un momento para prepararme.- Victoria rápidamente comenzó a recoger sus cosas.

– ¿Qué le digo?

– Lo que quieras.

Harriet frunció los labios. -No estoy segura de que se trata de un plan sensato.

Victoria se detuvo en seco. -Harriet, te lo estoy rogando.

Con un fuerte suspiro y un dramático encogimiento de hombros, la muchacha abrió la puerta de la tienda y salió.

– Brillante, brillante, brillante-, susurró Victoria, corriendo a través de la trastienda. Se puso su capa ajustándola a los hombros y se deslizó por la puerta trasera.

¡Libertad! Victoria se sintió casi mareada.

Era consciente de que ella se estaba divirtiendo quizás demasiado, y había algo increíblemente satisfactorio en burlar a Robert. Eventualmente, ella tendría que enfrentarse a sus emociones y afrontar el hecho de que el hombre, que había roto su corazón dos veces, estaba de vuelta; pero por ahora golpearlo en su propio juego sería suficiente.

– ¡Ah!-, Dijo sonriendo como una idiota parapetada en la pared de ladrillo de un edificio vecino. Todo lo que tenía que hacer era hacer caminar por la callejuela, girar a la izquierda, y ella se libraría de sus garras. Al menos por hoy.

Victoria se escurrió por las escaleras de vuelta a la tienda. Pero cuando su pie tocó el empedrado del callejón, sintió una presencia.

¡Robert! Tenía que ser.

Pero cuando se volvió ella no vio a Robert, sino un hombre enorme de pelo negro con una cicatriz espantosa surcando su mejilla

La detuvo sosteniendo su brazo.

Victoria dejó caer su bolso y comenzó a gritar.

– Cállate, muchacha-, dijo el villano. -No voy a hacerte daño.

Victoria no veía ninguna razón para creerle, y le dio una fuerte patada en la espinilla antes de salir corriendo y tratar de llegar a la final del callejón, donde rezó para desaparecer en la multitud de Londres.

Pero él fue más rápido, o tal vez simplemente no sabía cómo patear bastante fuerte, porque él la cogió por la cintura y la alzó en brazos hasta que sus pies no tocaron el suelo. Ella gritaba, pateaba, gruñía y no estaba dispuesta a permitir que ese matón se la llevara sin infligir un poco de dolor en el proceso.

Se las arregló para conseguir golpearlo en el costado de su cabeza, y él la dejó caer, dejando escapar una exclamación en voz alta en el proceso. Victoria se puso en pie, pero ella sólo había ganado unos metros cuando sintió acercarse a su agresor, la mano asió la punta del abrigo que ella vestía.

Y entonces oyó las palabras que más temía.

– ¡Su señoría!- Gritó el villano.

¿Señoría? el corazón de Victoria se hundió. Ella debería haberlo sabido.

El hombre grande le gritó de nuevo. -Si usted no da la vuelta rápido a la esquina, voy a dejar irme antes de que pueda despedirme otra vez!

Victoria se dejó caer, cerrando los ojos para no ver la sonrisa satisfecha de Robert al dar la vuelta a la esquina.

Capítulo 12

En el momento en Victoria abrió los ojos, Robert estaba de pie delante de ella. -¿Vienen detrás de ti?-, Exigió.

– ¿Quién?

– Ellas, las mujeres -, dijo, sonando muy parecido a como si se hubiera referido a una nueva generación de insectos.

Victoria intentó dar un tirón del brazo de su mano. -Todavía están tomando el té.

– Gracias a Dios.

– Tu tía me invitó a venir a vivir con ella, por cierto.

Robert murmuró algo entre dientes.

El silencio reinó por un momento, y luego Victoria dijo: -Realmente tengo que llegar a casa, así que suelta por favor mi brazo…- Ella sonrió forzadamente, decidida a ser cortés aunque la matara.

Él se cruzó de brazos, separó los pies, y dijo: -Yo no voy a ninguna parte sin ti.

– Bueno, yo no voy a ninguna parte contigo, así que realmente no veo…

– Victoria, no fuerces mi temperamento.

Sus ojos se agrandaron. -¿Qué acabas de decir?

– He dicho…

– ¡Escuché lo que dijiste!- Ella le dio una palmada en el hombro. -¿Cómo te atreves siquiera a decirme que no pierda los estribos? ¡Tú que enviaste a ese matón en pos de mí! Un villano. Yo podría haber sido herida.

El hombre fornido protestó. -Milord-, dijo, -Realmente debo protestar.

A Robert le temblaron los labios. -Victoria, a MacDougal le desagrada ser llamado villano. Creo que has herido sus sentimientos.

Victoria lo miró, incapaz de creer la dirección que había tomado la conversación.

– Yo fui todo lo gentil con ella que pude-, dijo MacDougal.

– Victoria-, dijo Robert. -Tal vez una disculpa debería ser dada.

– ¡Una disculpa!- Gritó ella, habiendo pasado por varios grados su punto de ebullición. -¡Una disculpa! No lo creo.

Robert se volvió a su criado con una expresión un tanto sufrida. -No creo que ella vaya a pedirte disculpas.

MacDougal suspiró magnánimamente. -La chica ha tenido un día complicado.

Victoria trató de determinar a quien de ellos noquearía primero.

Robert le dijo algo a MacDougal, y el Escocés salió de escena, presumiblemente para preparar el carruaje esperándolo a la vuelta de la esquina.

– Robert-, dijo Victoria con firmeza. -Me voy a casa.

– Una buena idea. Te voy a acompañar.

– No necesito compañía.

– Es demasiado peligroso para una mujer sola-, dijo con energía, obviamente tratando de mantener su temperamento bajo control en virtud de una fachada de eficiencia.

– He logrado admirablemente llegar sola estas últimas semanas, muchas gracias.

– Ah, sí, las últimas semanas -, dijo, un músculo se contrajo en su mejilla.-¿Quieres que te diga cómo he pasado las últimas semanas?

– Estoy segura de que no puedo impedir que lo hagas.

– He pasado las últimas semanas en un estado total de terror. No tenía ni idea de tu paradero.

– Te puedo asegurar-agregó mordazmente,- que no tenía ni idea que me estabas buscando.

– ¿Por qué, quisiera saber, no le informaste a nadie de tus planes?

– ¿Y a quien se supone que debía decirle? ¿A lady Hollingwood? Oh, sí, fuimos las mejores de amigas. ¿A ti? Tú, que has demostrado tanto interés en mi bienestar…

– ¿Y tu hermana?

– Yo se lo dije a mi hermana. Me escribió su nota la semana pasada.

Robert pensó en el último mes. Había ido a ver a Eleanor hacía dos semanas. Ella no podía haber oído de Victoria para entonces. Reconoció que gran parte de su temperamento volatil se debía al temor sufrido estas últimas semanas, y suavizó el tono de su voz. -Victoria, ¿podrías venir conmigo? Te llevaré a mi casa, donde podríamos hablar en privado.

Ella le hizo frente. -¿Es este otro de tus horribles e insultante ofertas? Oh, lo siento, ¿quizás debería llamar a tus propuestas: asquerosa, degradante?

– Victoria-, arrastró las palabras, -te vas a quedar sin adjetivos muy pronto.

– ¡Oh!- espetó, sin podía pensar en nada mejor, y luego levantó los brazos con desesperación. -Me voy.

Él cerró la mano alrededor del cuello de su capa, y la forzó a retroceder -Creo que te dije-, dijo con frialdad-, que no vas a ninguna parte sin mi. -Él comenzó a arrastrarla de vuelta a la esquina donde aguardaba su carruaje.

– Robert-siseó ella. -Estás haciendo una escena.

Él arqueó una ceja. -¿Me veo como si me importara?

Ella trató de una táctica diferente. -Robert, ¿qué es lo que quieres de mí?

– Pensé que había dejado claro que quiero casarme contigo.

– Lo que quedó bien claro-, ella dijo con furia, -es que quieres que sea tu amante.

– Eso-, dijo con firmeza, -fue un error. Ahora te pido que seas mi esposa.

– Muy bien. Me niego.

– Esa respuesta no es una opción.

Parecía como si fuera a saltar sobre la garganta de él en cualquier momento. -Que yo sepa, la Iglesia anglicana no celebra matrimonios sin el consentimiento de ambas partes.

– Torie-, dijo con dureza: -¿tienes alguna idea de lo preocupado que he estado por ti?

– En absoluto-dijo ella con un brillo falso. -Pero yo estoy cansada y realmente me gustaría llegar a casa.

– Desapareciste de la faz de la maldita tierra. Dios mío, cuando Lady Hollingwood me dijo que te había despedido…

– Sí, bueno, los dos sabemos quién tiene la culpa de eso -, le espetó. -Pero resulta que, ahora estoy muy contenta con mi nueva vida, así que supongo que debo darle las gracias.

Él hizo caso omiso de lo que ella había dicho. -Victoria, me enteré… -Detuvo y se aclaró la garganta. -Hablé con tu hermana.

Ella se puso blanca.

– No sabía que tu padre te había atado. Juro que no lo sabía.

Victoria tragó saliva y miró hacia otro lado, dolorosamente consciente de las lágrimas que pinchaban sus ojos. -No me hagas pensar en eso-, dijo ella, que odiaba el sonido ahogado de su voz. -No quiero pensar en ello. Ahora estoy contenta. Por favor, dame un poco de estabilidad.

– Victoria-. Su voz era suave y dolorosa. -Te amo. Siempre te he amado.

Ella sacudió la cabeza con furia, todavía no se confiaba en poder mirarlo a la cara.

– Te quiero-, repitió. -Quiero pasar mi vida contigo.

– Es demasiado tarde-, susurró.

Él le dio la vuelta. -¡No digas eso! No somos mejores que los animales si no podemos aprender de nuestros errores y seguir adelante.

Ella alzó la barbilla. -No es eso. Yo no quiero casarme contigo. -Y no lo hacía, se dio cuenta. Una parte de ella siempre lo amaría, pero ella había encontrado una independencia embriagante desde que se había trasladado a Londres. Finalmente era ella misma, y estaba descubriendo que tener el control sobre su vida era una sensación embriagadora, de hecho.

Él palideció y le susurró: -Tú lo dices por decir.

– Lo que digo en serio, Robert. No quiero casarme contigo.

– Estás enojada-, razonó. -Estás enojada, y quieres hacerme daño, y tienes todo el derecho a sentirse de esa manera.

– No estoy enojada.- Hizo una pausa. -Bueno, sí, lo estoy, pero no es por eso que te estoy rechazando.

Se cruzó de brazos. -¿Por qué, entonces? ¿Por qué no me puedes escuchar siquiera?

– ¡Porque ahora soy feliz! ¿Es tan difícil de entender? Me gusta mi posición y me encanta mi independencia. Por primera vez en siete años estoy plenamente satisfecha, y yo no quiero romper ese equilibrio.

– ¿Tú eres feliz aquí?- Agitó la mano en la entrada principal. -¿Aquí, como una empleada de una tienda?

– Sí-dijo con frialdad: -Lo soy. Me doy cuenta de que esto podría ser demasiado difícil de entender para tu refinado gusto.

– No seas sarcástica, Torie.

– Entonces, supongo que no puedo decir nada. -Ella apretó los labios cerrando su boca.

Robert comenzó a tirar suavemente de ella hacia su carruaje. -Estoy seguro que estaremos más cómodos si podemos discutir esto en privado.

– No, significa que estarás más cómodo.

– Quiero decir que ambos…- La poca paciencia que le quedaba mostraba signos de desgaste.

Ella comenzó a luchar contra él, vagamente consciente de que estaba haciendo una escena, sino más allá de cuidar de ella. -Si piensas que voy a entrar en un coche contigo…

– Victoria, te doy mi palabra de que no sufrirás daño.

– Eso depende de tu propia definición de «daño», ¿no te parece?

De repente, la soltó e hizo un gran gesto con sus manos en el aire, en forma no amenazante. -Te doy mi palabra de que no voy a poner ni un dedo sobre tu persona.

Ella entrecerró los ojos. -¿Y por qué he de creerte?

– Porque-, gruñó, claramente perdiendo la paciencia con ella, -Nunca he roto una promesa.

Ella dejó escapar un bufido, y no uno particularmente delicado. -Oh, por favor.

Los músculos masculinos se agarrotaron en su garganta. El honor siempre había sido de suma importancia para Robert, y sabía que Victoria acababa de acertarle justo donde más le dolía.

Cuando finalmente habló, su voz era baja e intensa. -Ni tu ni nadie puede afirmar que haya roto alguna vez una promesa que yo haya hecho. Puede que no te tratara…- él tragó convulsivamente -, con el respeto que te merecías, pero nunca he roto una promesa.

Victoria exhalado, sabiendo que él decía la verdad. -¿Tu me llevarás a casa?

Él asintió con brusquedad. -¿Dónde vives?

Ella le dio su dirección, y él se la repitió a MacDougal.

Alargó la mano hacia ella, pero Victoria alejó el brazo de su alcance y lo rodeó para subirse ella al transporte.

Robert exhaló ruidosamente, resistiendo el impulso de darle una palmada en las nalgas y empujarla dentro del carro. Maldita sea, pero ella sabía cómo probar su paciencia. Dio otra profunda respiración pensando que suspiraría mucho durante el viaje y se subió al coche sentándose junto a ella.

Él hizo grandes esfuerzos para evitar tocarla al entrar, pero su olor estaba en todas partes. Ella siempre se las arreglaba para oler como la primavera, y Robert fue golpeado por una abrumadora sensación de nostalgia y el deseo. Tomó otra respiración profunda, tratando de ordenar sus pensamientos. De alguna manera se le había concedido una tercera oportunidad, y él estaba decidido a no arruinar las cosas esa vez.

– ¿Qué querías decir?- Preguntó ella con recato.

Él cerró los ojos por un momento. Ella ciertamente no pensaba hacerle más fácil la tarea.

– Todo lo que quería decir es que lo siento.

Los ojos femeninos volaron sorprendidos hasta su rostro. -¿Lo sientes?- repitió a modo de eco.

– Por creer lo peor de ti. Dejé que mi padre me convenciera de cosas que en realidad sabía que no eran ciertas. – Ella permaneció en silencio, lo que le obligó a continuar con su discurso doloroso. -Yo te conocía tan bien, Torie-susurró-.te conocía como me conocía a mi mismo. Pero cuando no llegaste a nuestra cita…

– Pensaste que yo era una aventurera.- Ella dijo con voz plana.

Miró por la ventana por un momento antes de volver los ojos a su pálido rostro.

– Yo no sé qué más pensar-, dijo sin convicción.

– Quizás deberías haberte quedado en el distrito de tiempo suficiente para preguntarme qué había pasado-, dijo. -No había necesidad de sacar conclusiones tan desagradables.

– Fui a buscarte, llegue a la ventana…

Ella contuvo la respiración. -¿En serio? Nunca te vi.

Cuando Robert habló, su voz era temblorosa. -Estabas de espaldas a la ventana, acostada en la cama. Te veías muy tranquila, como si nada te preocupara en el mundo.

– Yo estaba llorando-, dijo con voz sorda.

– Yo no podía saber eso.

Un centenar de emociones se dibujaron en el rostro de ella, y por un momento Robert estaba seguro que iba a inclinarse y poner su mano sobre la suya, pero al final se limitó a cruzar los brazos y decir: -Te has portado mal.

Robert olvidó sus promesas de controlar su temperamento. -¿Y tu no?-Respondió él.

Ella se puso rígida. -¿Cómo?

– Los dos somos culpables de la desconfianza, Victoria. No se puedes echar toda la culpa a mi puerta.

– ¿De qué estás hablando?

– Tu hermana me dijo lo que pensaba de mí. Que sólo había querido seducirte. Que nunca había hablado en serio sobre nuestro noviazgo. -Se inclinó hacia delante y se detuvo una fracción de segundo antes de agarrar las manos entre las suyas. -Mira en tu corazón, Victoria. Sabes que te amaba. Sabes que todavía te amo.

Victoria respiró hondo y exhaló. -Supongo que te debo una disculpa también.

Robert dejó escapar un descosido suspiro, a través de él creció una exquisita sensación de alivio. Esta vez se dejó que sus manos se posaran sobre las de ella. -Entonces,

podemos comenzar de nuevo -, dijo con fervor.

Victoria trató de decirle que mantuviera las manos a distancia, pero la sensación era demasiado dolorosamente tierna. Su piel estaba caliente, y era una tentación inclinarse esperando que la abrazara. No sería tan terrible sentirse amada una vez más, para sentirse valorada.

Ella lo miró. Sus ojos azules la miraban con una intensidad que la asustó y emocionó. Sintió que algo tocaba sus mejillas, luego se dio cuenta que era una lágrima. -Robert, yo…-Se interrumpió, dándose cuenta de que ella no sabía qué decir.

Él se inclinó hacia delante, y Victoria vio que tenía la intención de besarla. Y luego, para su horror, se dio cuenta que ella quería que a sus labios en la de ella. -¡No!- Se echó atrás tanto para su propio beneficio como para el de él. Desvió su mirada y alejó sus manos.

– Victoria…

– Detente-. Ella resopló y fijó su mirada en la ventana. -Tú ya no me entiendes.

– Entonces dime lo que necesito saber. Dime lo que tengo que hacer para hacerte feliz.

– ¿No lo entiendes? ¡Tu no me puede hacer feliz!

Robert se estremeció, incapaz de creer como lo hería esa declaración. -¿Te importaría explicarte?- dijo con frialdad.

Ella soltó una carcajada hueca. -Tú me diste la luna, Robert. No, tu hiciste algo más que eso. Tu me ascendiste y me colocaste justo sobre ella. -Hubo una pausa larga y dolorosa, y entonces ella continuó:- Y entonces me dejaste caer. Y dolió demasiado cuando aterricé. No quiero volver a sentir eso otra vez.

– No volverá a suceder. Yo soy más viejo y más sabio ahora. Somos ambos mayores y más sabios.

– ¿No lo ves? Ya ha sucedido dos veces.

– ¿Dos veces?- Se hizo eco, pensando que mucho no quería escuchar lo que tenía que decir.

– En Hollingwoods-, dijo ella, con voz extrañamente plana. -Cuando se me pediste que fuera tu…

– No lo digas.- Su voz fue cortante.

– ¿No digas qué? ¿Amante'? Interesante momento que tienes para desarrollar en forma tan repentina escrúpulos.

Él palideció. -Nunca supe que podría ser tan vengativa.

– No estoy siendo vengativa. Estoy siendo honesta. Y no sólo me caí de la luna en aquel momento. Tú me empujaste.

Robert tomó un hondo y quebrado aliento. No estaba en su naturaleza mendigar, y parte de él quería desesperadamente defenderse. Pero su necesidad por Victoria era más fuerte, y así que dijo: -Entonces permítame hacer las paces, Torie. Déjame que nos casemos y darte hijos. Permíteme dedicar todos los días de mi vida adorando el suelo que pisas.

– Robert, por favor no… -Su voz era débil, casi un susurro cuando el mencionó los niños.

– No, ¿qué?-Trató de bromear. -¿No adorar el suelo que pisas? Ya es demasiado tarde. Yo ya lo hago.

– Robert, no lo hagas aún más difícil-, dijo, su voz sonó un poco más alto que un susurro.

Sus labios se abrieron con asombro. -¿Y por qué diablos no? ¿Dime por qué he de facilitarte que vayas de mi vida otra vez?

– Nunca me fui-, ella replicó. -Tú te fuiste. Tu.

– Ninguno de nosotros está libre de culpa. Tu te apresuraste a creer lo peor de mí.

Victoria no dijo nada.

Se inclinó hacia delante, sus ojos intensos. -No perderé la confianza en ti, Victoria. Te perseguiré día y noche. Voy a hacerte admitir que me amas.

– No-, susurró.

El carruaje se detuvo, y Robert dijo: -Parece que hemos llegado a tu casa.

Victoria de inmediato recogió sus pertenencias y llegó a la puerta. Pero antes de tocar la madera pulida, la mano de Robert descendió a la suya.

– Un momento-, dijo, con voz ronca.

– ¿Qué quieres, Robert?

– Un beso.

– No

– Sólo un beso. Para que me dure toda la noche.

Victoria lo miró a los ojos. Eran azules como el hielo caliente, le quemaba directamente en su alma. Se humedeció los labios, no podía evitarlo. La mano de Robert se trasladó a la parte posterior de la cabeza. Su tacto era dolorosamente suave. Si hubiera aplicado presión o tratado de forzarla, sabía que podía haberse resistido. Sin embargo, su dulzura la desarmó, y no pudo retirarse.

Sus labios la rozaron suave e insistentemente hasta que la sintió rendirse debajo él. Su lengua humedeció la esquina de su boca, luego la otra, a continuación se asomó al borde de sus labios carnosos.

Victoria pensó que podría derretirse, pero se apartó. A él le temblaban las manos. Ella miró hacia abajo y se dio cuenta de que la suyas también estaban temblando.

– Conozco mis límites-, dijo él en voz baja.

Victoria parpadeó, dándose cuenta que ella no conocía sus propios límites. Otro segundo de esta tortura sensual y ella hubiera descendido al piso del carruaje, rogándole que le hiciera el amor. La vergüenza coloreó su rostro y ella salió del coche, dejando a MacDougal tomar su mano temblorosa para ayudarla a bajar.

Robert la siguió inmediatamente después, y comenzó a maldecir con saña cuando se dio cuenta de dónde estaba.

Victoria no estaba viviendo en la peor parte de la ciudad, pero estaba malditamente cerca. A Robert le llevó unos diez segundos calmarse lo suficiente como para decir: -Por favor, dime usted que no vives aquí.

Ella le dio una mirada extraña y señaló a una ventana del cuarto piso. -Ahí mismo.

La garganta de Robert se contrajo con violencia. -Tu… no… no te vas a quedar aquí -, dijo, apenas capaz de articular palabra.

Victoria no le hizo caso y comenzó a caminar hacia su edificio. Robert tenía su brazo alrededor de su cintura en cuestión de segundos. -No quiero oírte decir una palabra-, gritó. -Te vienes a casa conmigo en este instante.

– ¡Suéltame!- Victoria se retorció en sus manos, pero Robert mantuvo su pulso firme.

– No voy a permitir que te quede en un vecindario peligroso.

– No puedo imaginarme que estuviera más segura contigo-, replicó.

Robert suavizó su agarre, pero se negó a soltarla. Entonces sintió algo en su pie y miró hacia abajo.

– ¡Santos infiernos sangrantes!- Pateó salvajemente y envío a la calle a una rata demasiado grande.

Victoria se aprovechó para zafarse de su brazo, y corrió a la relativa seguridad del edificio.

– ¡Victoria!- Gritó Robert, corriendo detrás de ella. Pero cuando él tiró para abrir la puerta, todo lo que vio fue a una enorme mujer vieja y gorda con los dientes ennegrecidos.

– ¿Y uste es? -Preguntó ella.

– Yo soy el conde de Macclesfield,-rugió-, y salga de una maldita vez de mi camino.

La mujer puso las manos sobre su pecho. -No tan rápido, su señoría.

– Quite sus sucias mano de mi persona, por favor.

– Mejor quite su sucio culo de mi casa, por favor,- se rió ella-.No permitimos que los hombres entren aquí. Esta es una casa respetable.

– La señorita Lyndon,- poco a Robert, -es mi prometida.

– Yo cero que no se veía de esa manera. De hecho, parecía que ella no quería tener nada que ver contigo.

Robert alzó la vista y vio a Victoria mirándolo a través de una ventana. La rabia corrió a través de él. -¡No toleraré esto, Victoria!- Rugió.

Ella se limitó a cerrar la ventana.

Por primera vez en su vida Robert realmente aprendió el significado de ver todo rojo. Cuando él había pensado que Victoria lo había traicionado siete años antes, había estado demasiado aturdido para sentir furia. Maldita sea, había estado frenético por dos semanas, sin saber qué demonios le había sucedido. Y ahora que por fin la había encontrado, no sólo había lanzado al tacho su propuesta de matrimonio, sino que insistía en que vivir en un barrio de borrachos, ladrones y prostitutas.

Y las ratas.

Robert miró cuando un pilluelo de la calle sacaba la billetera del bolsillo de un hombre desprevenido al otro lado de la calle. Exhaló entrecortado. Él iba a tener que sacar a Victoria fuera de este barrio, si no fuera por el bienestar de ella sería por su propia cordura.

Era un milagro que ella no hubiera sido violada o asesinada ya.

Se volvió hacia la dueña de la casa justo a tiempo para ver el portazo en la cara y escuchar la llave cerrando la cerradura. Cruzó la corta distancia hasta estar justo debajo de la ventana de Victoria y se puso a la vista lateral del edificio, en busca de puntos de apoyo posible para su ascenso a su habitación.

– Milord-. MacDougal lo llamó suave pero insistente.

– Si puedo hacer pie hasta ese umbral, debería ser capaz de subir…- gruñó Robert.

– Milord, ella está lo suficientemente segura para pasar la noche.

Robert se dio la vuelta. -¿Tienes alguna idea de qué tipo de barrio es este?

MacDougal se puso rígido ante su tono. -Disculpe, señor, pero me crié en un barrio como este.

La cara de Robert de inmediato se suavizó. -Maldita sea. Lo siento, MacDougal, yo no quería decir…

– Lo se.- MacDougal agarró el brazo de Robert y suavemente empezó a llevárselo. -Tu dama necesita cocinar su propio estofado durante esta noche, mi lord. Déjala un poco en paz. Podrás hablar con ella mañana por la mañana.

Robert miró por última vez haciendo una mueca. -¿De verdad crees que va a estar bien en la noche?

– Ya has oído la cerradura de la puerta. Ella esta tan segura como si estuviera escondida en Mayfair contigo. Probablemente más segura.

Robert frunció el ceño a MacDougal. -Vendré a la mañana.

– Por supuesto que sí, mi lord.

Robert le puso la mano sobre el transporte y exhaló. -¿Estoy loco, MacDougal? Estoy totalmente, completamente, incurablemente locos?

– Bueno, ahora, mi lord, eso no es mi lugar decirlo.

– ¿Cuan deliciosamente irónico es que ahora elijas el momento en que finalmente decides ejercer un poco de cautela verbal.

MacDougal se limitó a reír.

* * *

Victoria se sentó en su estrecha cama y puso sus brazos alrededor de su cuerpo, como si haciéndose una pequeña bola fuera posible que toda su confusión desaparezca.

Ella, finalmente, había comenzado a forjarse una vida con la cual podía contentarse. ¡Por fin! ¿Era mucho querer un poco de estabilidad, de permanencia?

Ella había soportado siete años de empleadores groseros amenazándola, a cada paso, con despedirla. Al fin había encontrado seguridad en la tienda de Madame Lambert. Y la amistad. Madame cacareaba como una gallina clueca, siempre preocupada por el bienestar de sus empleadas, y Victoria adoraba la camaradería entre las vendedoras.

Victoria tragó al darse cuenta de que estaba llorando. Ella no había tenido un amigo en años. No podía contar el número de veces que se había dormido sosteniendo las cartas de Ellie contra su pecho. Pero las cartas no podían dar una suave palmada en el brazo, y las cartas nunca sonreían.

Y Victoria se había sentido tan sola.

Siete años atrás, Robert había sido más que el amor de su vida. Había sido su mejor amigo. Ahora estaba de vuelta, y él aseguraba que la amaba.

Victoria se atragantó con un sollozo. ¿Por qué tenía que hacer esto ahora? ¿Por qué no podía dejar las cosas como estaban? ¿Y por qué todavía se preocupaba tanto? No quería tener nada que ver con él, y mucho menos casarse con él, y todavía su corazón palpitaba con cada toque. Podía sentir su presencia a través de una habitación, y una sola mirada tenía el poder de hacer que su boca se secara completamente.

Y cuando él la besó…

En lo profundo de su corazón, Victoria sabía que Robert tenía el poder de hacerla feliz más allá de sus sueños más salvajes. Pero también tenía el poder para aplastar su corazón, y él ya había hecho lo que una vez… no, dos veces. Y Victoria estaba cansada del dolor.

Capítulo 13

Robert estaba esperando en la puerta cuando ella salía a trabajar a la mañana siguiente.

Victoria no se sorprendió; él no era nada más que un terco. Probablemente había planificado su regreso durante toda la noche.

Ella dejó escapar un profundo suspiro. -Buenos días, Robert. -Parecía infantil pretender ignorarlo.

– He venido para acompañarte a lo de Madame Lambert,- dijo.

– Es muy amable de tu parte, pero por completo innecesario.

Él se paró directamente en su camino, obligándola a mirarlo. -No estoy de acuerdo contigo. Nunca es seguro para una mujer joven caminar sin escolta por Londres, pero es especialmente peligroso en este área.

– He conseguido llegar sin problemas a la tienda todos los días durante el mes pasado-,ella le aseguró.

En la boca masculina se instaló en una línea sombría. -Puedo asegurarte que eso no tranquiliza a mi mente.

– Tranquilizar a tu mente nunca ha estado en mi lista de prioridades.

Él hizo ruidos desaprobatorios. -Mmm, mmm, parece que nosotros tenemos la lengua afilada esta mañana…

Su tono condescendiente la carcomió. -¿Alguna vez te he dicho lo mucho que detesto el uso del "nosotros"? Me recuerda a todos los empleadores odiosos que tuve todos estos años. No hay nada como un buen "nosotros" para poner a la institutriz en su lugar.

– Victoria, no estamos discutiendo acerca de institutrices, ni estamos hablando de pronombres, ya sea singular o plural

Ella trató de forzar el paso, pero él se mantuvo firme en su camino.

– Yo sólo voy a repetirte esto una vez más-, dijo. -No permitiré que permanezcas en este lugar infernal otro día más.

Ella respiró hondo y contó hasta tres antes de contestar: -Robert, no eres responsable por mi bienestar.

– Alguien tiene que hacerlo. Obviamente, no sabes cómo cuidar adecuadamente de ti misma.

Ella volvió a contar hasta cinco y dijo: -Voy a pasar por alto ese comentario.

– No puedo creer que te alojes aquí. ¡Aquí! -Robert movió su cabeza con disgusto.

Esta vez ella contó hasta diez antes de decir: -Esto es todo lo que puedo pagar, Robert, y estoy muy contenta con él.

Él se inclinó hacia delante en forma intimidatoria. -Bueno, yo no lo estoy. Déjame decirte como pasé ayer la noche, Victoria.

– Por favor-, murmuró. -Como si yo pudiera detenerte.

– Me pasé la noche pensando en cuantos hombres han tratado de atacarte este último mes.

– Ninguno desde Eversleigh.

O bien no la oyó o no quiso escucharla. -Entonces me pregunté cuántas veces tuviste que cruzar la calle para evitar a las prostitutas en las esquinas.

Ella sonrió con malicia. -La mayoría de las prostitutas son muy agradables. Tomé el té con una de ellas el otro día. -Eso era una mentira, pero ella sabía que eso lo pincharía.

Él se estremeció. -Entonces me pregunté cuántas ratas comparten ese maldito cuarto contigo.

Victoria intentó forzarse a sí misma a contar hasta veinte antes de responder, pero su temperamento no se lo permitió. Podía soportar sus insultos y su actitud arrogante, pero un ataque contra su pulcritud, bueno, eso era realmente demasiado.

– Se puede comer en el suelo de mi habitación.- Siseó.

– Estoy seguro de que las ratas lo hacen-, respondió con un toque mordaz de sus labios.-Realmente, Victoria, no puedes permanecer en este área infestada de sabandijas. No es seguro, ni saludable.

Ella se puso tiesa como un palo, sujetó sus manos rígidamente en su costado conteniéndose para no pegarle. -Robert, ¿has notado que estoy empezando a irritarme un poco contigo?

Hizo caso omiso de ella. -Yo te di una noche, Victoria. Eso es todo. Vuelves a casa conmigo esta noche.

– No lo creo.

– Entonces, vas a vivir con mi tía.

– Valoro mi independencia por encima de todas las cosas-, dijo.

– Bueno, yo valoro tu vida y tu virtud -, explotó-, y perderás ambas cosas si insistes en vivir aquí.

– Robert, estoy perfectamente segura. No hago nada para llamar la atención, y la gente me deja en paz.

– Victoria, tú eres una mujer hermosa y respetable, obviamente. No puedes dejar de llamar la atención cada vez que pones un pie fuera de la casa.

Ella soltó un bufido. -Eres muy bueno hablando. ¡Mírate!

Él se cruzó de brazos y esperó una explicación.

– Yo estaba haciendo un buen trabajo manteniéndome a mi misma mucho antes que te dignaras a aparecer.- Ella agitó la mano señalando su carruaje. -Este barrio nunca se ha visto un vehículo tan grande. Y estoy segura de que al menos una docena de personas ya están planeando la forma de hacerse con tu cartera.

– ¿Así que admites que esta es una zona de mal gusto?

– Por supuesto que sí. ¿Crees que soy ciega? Si más, esto debería demostrarte lo mucho que no quiero tu compañía.

– ¿Qué demonios quieres decir con eso?

– Por el amor de Dios, Robert, yo prefiero quedarme aquí en este barrio que estar contigo. ¡Aquí! Eso debería decirte algo.

Él dio un respingo, y ella supo que lo había herido. Lo que ella no esperaba era lo mucho que la lastimaba ver como sus ojos se llenaban de dolor. Contra su mejor juicio, ella puso su mano sobre el brazo de él. -Robert-dijo en voz baja-, déjame explicarte algo. Estoy contenta ahora. Puede que me falten cosas materiales, pero por primera vez en años tengo mi independencia. Y tengo mi orgullo.

– ¿Qué estás diciendo?

– Tú sabes que a mí nunca me gustó ser una institutriz. Me sentí insultada constantemente por mis empleadores, tanto hombres como mujeres.

La boca de Robert se tensó.

– Los clientes en la tienda no siempre son amables, pero Madame Lambert me trata con respeto. Y cuando hago un buen trabajo no trata de robarse el crédito. ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que alguien me ha ofrecido una alabanza?

– Oh, Victoria.- Había un mundo de angustia en esas dos palabras.

– He hecho buenos amigos, también. Realmente disfruto el tiempo que paso en la tienda. Y nadie toma las decisiones por mí. – Ella se encogió de hombros con impotencia. -Son placeres simples, pero los atesoro, y no quiero romper ese equilibrio.

– No tenía idea-, susurró. -ni idea.

– ¿Cómo hubieras podido?- Sus palabras no eran una réplica, sino una cuestión real y honesta.-Siempre has tenido el control completo sobre tu vida. Siempre has sido capaz de hacer lo que querías. -Sus labios se curvaron en una sonrisa nostálgica. -Tu y tus planes. Siempre he amado esa cualidad en ti.

Los ojos de él volaron al rostro de ella. Dudaba que ella se diera cuenta que había usado la palabra "amor".

– La forma en que enfrentas un problema-, continuó, sus ojos cada vez más nostálgicos. -Siempre es muy divertido de ver. Tú estudias la situación de los cuatro costados, desde arriba, abajo, al derecho y al revés. Siempre encuentras la ruta más corta a una solución, y luego vas y lo haces. Siempre imaginé que conseguirías todo lo que quieres.

– Excepto tú.

Sus palabras quedaron flotando en el aire durante un largo minuto. Victoria miró hacia otro lado y, finalmente, ella dijo: -Debo ir a trabajar.

– Deja que te lleve.

– No-su voz sonaba extraña, como si fuera a llorar. -No creo que sea una buena idea.

– Victoria, por favor no hagas que me preocupe por ti. Nunca me he sentido tan impotente en toda mi vida.

Ella se volvió hacia él con los ojos sabios. -Me sentí impotente durante siete años. Ahora estoy en control. Por favor, no me quites eso. -Enderezó los hombros y empezó a caminar hacia la tienda de ropa.

Robert esperó hasta que estuvo cerca de diez pies de distancia y luego comenzó a seguirla. MacDougal esperó hasta que Robert estuviera a unos veinte metros de distancia y luego comenzó a seguirlo en el transporte.

En definitiva, se trataba de una extraña y solemne procesión a hacia lo de Madame Lambert.

* * *

Victoria estaba de rodillas ante un maniquí con tres agujas entre los dientes cuando la campana sobre la puerta sonó al mediodía.

Ella levantó la vista.

Robert.

Ella se preguntó por qué se sorprendía. Él llevaba una caja en sus manos y una mirada familiar en su rostro.

Victoria conocía esa mirada. Él estaba tramando algo. Él había pasado maquinando probablemente toda la mañana.

Cruzó la habitación hasta encontrarse parado delante de ella. -Buenos días, Victoria -, dijo con una sonrisa cordial. -Debo decir que estás bastante aterradora con esos alfileres colgando de tu boca a modo de colmillos.

Victoria sintió el deseo de quitarse de esos "colmillos" y clavárselos a él. -No es suficiente el miedo. -, murmuró.

– ¿Cómo dices?

– Robert, ¿por qué estás aquí? Pensé que habíamos llegado a un acuerdo esta mañana.

– Lo hicimos.

– ¿Entonces por qué estás aquí? -masculló.

Él se agachó junto a ella. -Creo que llegaron a acuerdos diferentes.

¿De qué demonios estaba hablando? -Robert, estoy muy ocupada-, dijo.

– Te he traído un regalo -, dijo, tendiéndole la caja.

– No puedo aceptar un regalo de ti.

Él sonrió. -Es comestible.

El estómago traidor de Victoria comenzó a gruñir. Con una maldición entre dientes se volvió dándole la espalda y comenzó a atacar el dobladillo del vestido en el que había estado trabajando.

– Mmmmm,- dijo Robert tentadoramente. Abrió la caja y agitó el contenido antes de ella.-Pasteles.

Se le hizo agua la boca. Pasteles. Su mayor debilidad. Supuso que habría sido demasiado esperar que él lo hubiera olvidado.

– Me aseguré de conseguir el que no tiene nueces-, agregó.

¿Sin nueces? El hombre nunca olvidaba un detalle, maldito sea. Victoria levantó la vista para observar a Katie estirando el cuello, examinando los pasteles por sobre el hombro de Robert. Katie estaba mirando a los dulces con una expresión que sólo podía denominarse gran anhelo. Victoria se imaginaba que para Katie no era usual probar las delicias de confitería más exclusiva de Londres.

Victoria sonrió a Robert y aceptó la caja. -Gracias-dijo con cortesía. -¿Katie? ¿Te gustaría una?

Katie estuvo a su lado en menos de un segundo. Victoria le entregó toda la caja y volvió a trabajar en la línea del dobladillo, tratando de ignorar el olor del chocolate que ahora invadía la habitación.

Robert acercó una silla y se sentó a su lado. -Ese vestido se vería preciosa en ti.-, comentó.

– ¡Ay de mí!- Victoria respondió, clavando brutalmente el alfiler en el material -, pero está reservado para una condesa.

– Me gustaría decir que te compraría uno igual, pero no creo que me gane ningún punto a favor.

– Cuan astuto es usted, mi lord.

– Estás enojada conmigo-, declaró.

La cabeza de Victoria giró lentamente hasta que ella lo enfrentó. -Te has dado cuenta.

– ¿Es porque creñiste librarte de mí esta mañana?

– Era una esperanza.

– Estás ansiosa para que tu vida vuelva a un curso normal.

Victoria dejó escapar un sonido divertido parte risa, parte suspiro, y parte rezongo.-Tú pareces ser muy diestro en afirmar lo obvio.

– Hmmm.- Robert se rascó la cabeza, pareciendo un hombre sumido en sus pensamientos. -Tu lógica es errónea.

Victoria no se molestó en contestar.

– Mira, tú piensas que esto es lo normal.

Victoria clavó alfileres un poco más en el ruedo, se dio cuenta de que su irritación estaba haciéndola descuidada, y tuvo que sacarlas y volver a colocarlas en distinta posición.

– Pero esto no es una vida normal. ¿Cómo podría serlo? Sólo has vivido aquí durante un mes.

– Yo fui cortejada por ti durante dos meses-, se vio obligada a señalar.

– Sí, pero pasaste los siguientes siete años pensando en mí.

Victoria no vio ningún sentido negarlo, pero dijo, -¿no que estabas escuchando todo lo que he dicho esta mañana?

Él se inclinó hacia delante, con sus ojos azul claro sorprendentemente intensos. -He escuchado todo lo que dijiste. Y luego pasé toda la mañana pensando en ello. Creo que entiendo tus sentimientos.

– ¿Entonces por qué estás aquí? -gruñó.

– Porque creo que estás equivocada.

Victoria dejó caer los alfileres.

– La vida no se trata de arrastrarse por debajo de una roca y mirando el mundo pasar, desesperadamente esperando a que nos toque.- Él se arrodilló y empezó a recoger los alfileres. -La vida es acerca de tomar riesgos, tratar de llegar a la luna.

– Tuve esa posibilidad-, ella afirmó rotundamente. -y perdí.

– ¿Y vas a dejar que gobiernen tu vida para siempre? Victoria, solo tienes veinticuatro años. Tienes muchos años por delante. ¿Me estás diciendo que vas a tomar el camino seguro para el resto de tu vida?

– Con respecto a ti, sí.

Se puso de pie. -Puedo ver que tendré que darte un tiempo para reflexionar sobre esto.

Ella lo miró fijamente, esperando que no se diera cuenta cómo le temblaban las manos.

– Volveré al final del día que te acompañarte a casa-, dijo, y ella se preguntó si se refería a la casa de ella o la de él.

– No voy a estar aquí-, dijo.

Él sólo se encogió de hombros. -Te voy a encontrar. Siempre voy a encontrarte.

Victoria fue salvada de tener que ponderar esa declaración ominosa por la campana en la puerta. -Tengo que trabajar-, murmuró.

Robert ejecutó una reverencia elegante y agitó la mano hacia la puerta. Su gesto cortés vaciló, sin embargo, cuando vio quienes eran los clientes.

Lady Brightbill entró tirando de Harriet quien la seguía detrás. -Ah, ahí estás, señorita Lyndon -, trinó. -Y Robert, también.

– Tuve la sensación de que podría encontrar aquí, primo-dijo Harriet.

Victoria hizo una reverencia. -Lady Brightbill. Señorita Brightbill.

Harriet hizo un gesto con la mano. -Por favor llámame Harriet. Vamos a ser parientes, después de todo.

Robert sonrió a su prima.

Victoria frunció el ceño mirando el suelo. Por mucho que le hubiera gustado regañar a Harriet, la política de la tienda no le permitía hacer caras a ningún cliente. ¿Acaso no había ella pasado toda la mañana tratando de convencer a Robert que ella quería mantener su posición en la tienda?

– Hemos venido a invitarte a tomar el té-, anunció Harriet.

– Me temo que debo rechazar vuestra atenta invitación -, dijo Victoria recatadamente. -No sería apropiado.

– Tonterías-declaró Lady Brightbill.

– Mi madre es considerada una autoridad en lo que es correcto o no-dijo Harriet.-Así que si ella dice que es correcto, puedes estar segura de que lo es.

Victoria parpadeó, necesitó un segundo extra para recorrer el intrincado laberinto de las palabras de Harriet.

– Me temo que debo estar de acuerdo con Harriet, por mucho que me duela hacerlo -, dijo Robert. -Yo mismo he sido, con frecuencia, objeto de largas conferencias, por parte de tía Brightbill, respecto al decoro.

– No encuentro particularmente difícil de creer-, dijo Victoria.

– Oh, Robert puede ser un canalla,- dijo Harriet. Esto le valió una mirada de desaprobación de su primo.

Victoria se volvió hacia la muchacha más joven con interés. -¿Es así?

– Oh, sí. Me temo que era su corazón roto le obligó a recurrir a otras mujeres.

Una sensación desagradable empezó a desarrollarse en el estómago de Victoria.

– ¿Exactamente de cuantas otras mujeres estamos hablando?

– Muchas-, dijo Harriet seriedad. -Legiones.

Robert comenzó a reírse.

– No te rías,- siseó Harriet. -Estoy tratando de ponerla celosa en tu nombre.

Victoria tosió, ocultando una sonrisa detrás de su mano. En realidad, Harriet era muy dulce.

Lady Brightbill, que había estado conversando con Madame Lambert, se reincorporó a la conversación. -¿Está usted lista, Señorita Lyndon? -Su tono implicaba claramente que ella no esperaba otra negativa.

– Es muy amable de su parte, Lady Brightbill, pero yo estoy terriblemente ocupada aquí en la tienda, y…

– Acabo de hablar con Madame Lambert, y ella me aseguró podrías tomarte un receso de una hora.

– Podrías ya rendirte con gracia-, dijo Robert con una sonrisa. -Mi tía siempre se sale con la suya.

– Evidentemente es cosa de familia-, murmuró Victoria.

– Ciertamente espero que sí- él contestó.

– Muy bien-, dijo Victoria. -Una taza de té suena bastante agradable, en realidad.

– Excelente-dijo Lady Brightbill, frotándose las manos. -Tenemos mucho que discutir.

Victoria parpadeó un par de veces y adoptó una expresión inocente. -Su señoría no se unirá a nosotros, ¿verdad?

– No, si usted no lo desea, querida.

Victoria se volvió hacia el hombre en cuestión y le ofreció una sonrisa ácida. -Buenas tardes, entonces, Robert.

Robert sólo se apoyó contra la pared y sonrió mientras ella se marchaba. Estaba dispuesto a dejarla creer que ella le había engañado.

¿Acaso Victoria no había dicho que anhelaba la normalidad? Él se rió entre dientes. No existía persona más aterradoramente normal que la tía Brightbill.

El té resultó ser, finalmente, una experiencia bastante agradable. Lady Brightbill y Harriet le obsequiaron a Victoria una cantidad abundante de historias sobre Robert, de los cuales a unas pocas Victoria se inclinaba a creer. La forma en que ensalzaba su honor, valentía y bondad, se podría pensar que era un candidato a la santidad.

Victoria no estaba del todo segura de por qué estaban tan decididas a darle la bienvenida a su familia, el padre de Robert ciertamente no se había entusiasmado con que su hijo se casase con la hija de un vicario. ¡Y ahora era una empleadita de tienda común! Era inaudito que un conde se casara con alguien como ella. Sin embargo, Victoria sólo podía deducir que las frecuentes declaraciones de Lady Brightbill, diciendo-¡Caramba, casi nos habíamos desistido de ver casado a nuestro querido Robert,- y constantemente agregaba -Tú eres la primera dama respetable que ha mostrado interés en años-, evidencia de lo ansiosa que estaba por emparejarlos.

Victoria no dijo mucho. Ella no sentía que había mucho que añadir a la conversación, e incluso si lo hubiera intentado, Lady Brightbill y Harriet no le hubieran dado muchas oportunidades para hacerlo.

Después de una hora, la madre y la hija depositaron a Victoria de nuevo en la tienda. Victoria asomó la cabeza por la puerta con desconfianza, convencida de que Robert iba a saltar, en cualquier momento, desde atrás de un maniquí.

Pero él no estaba allí. Madame Lambert dijo que él había tenido negocios que atender en otra parte de la ciudad.

Victoria se horrorizó al darse cuenta de que ella estaba sintiendo algo que se parecía vagamente a una punzada de decepción. No porque lo echara de menos, racionalizó con presteza, sino porque se perdía de una buena batalla de ingenios.

– Pero, sin embargo, te dejó esto-dijo Madame, sosteniendo una caja de pasteles recién hechos. -Dijo que esperaba que te dignaras a comerlos.

Ante la mirada aguda de Victoria, Madame agregó: -Sus palabras no las mías.

Victoria se volvió para ocultar la sonrisa que tiraba de sus labios. Luego se obligó fruncir el ceño. Él no iba a ganarle. Ella le había dicho que valoraba mucho su independencia, y lo había dicho de verdad. Él no iba a ganar su corazón con gestos románticos.

Aunque, pensó de manera pragmática, un pastel en realidad no hacía daño a nadie.

* * *

La sonrisa de Robert creció mientras miraba como Victoria comía el tercer pastel. Ella, obviamente, no sabía que él la observaba por la ventana, sino ni siquiera hubiera olfateado los pequeños pasteles.

A continuación ella recogió el pañuelo que él había dejado en la caja y examinó el monograma. Entonces, después de una exploración rápida ojeada alrededor para asegurarse que nadie la veía, levantó el trozo de tela y aspiró su aroma.

Robert sintió que las lágrimas invadían sus ojos. Ella se estaba suavizando hacia él. Ella moriría antes de admitirlo, pero era evidente que se estaba suavizando.

Vio cómo ella guardaba el pañuelo en el corpiño. El simple gesto le dio esperanza. Él iba a conseguirla de nuevo; estaba seguro de ello.

Sonrió por el resto del día. No pudo evitarlo.

* * *

Cuatro días más tarde, Victoria estaba lista para partirle la cabeza de un golpe. Y a ella no gustaba la idea de hacerlo con una caja de bombones caros. Cualquiera de las otras cuarenta que le había enviado podría servir sin problemas.

Él también le había regalado tres novelas románticas, un telescopio en miniatura y un pequeño ramo de madreselvas, con una nota que decía, “Espero que te recuerde a tu hogar”. Victoria estuvo a punto de gritar allí mismo en la tienda cuando leyó esas palabras. El desgraciado recordaba todo lo que le gustaba y lo que no le gustaba, y lo estaba usando para tratar de doblegarla a su voluntad.

Se había convertido en su sombra. Él le daba tiempo suficiente para terminar el trabajo encargado por Madame Lambert, pero siempre parecía materializarse a su lado cada vez que ponía su pie fuera del negocio. No le gustaba que ella caminara sola, le había dicho, especialmente en ese barrio.

Victoria había señalado que él la seguía a todas partes, no sólo a su vecindario. La boca de Robert se había apretado en una línea sombría y murmuró algo sobre su seguridad personal y los peligros de Londres. Victoria estaba bastante segura de que había oído las palabras “maldita” y “tonta” en la oración también.

Ella le decía una y otra vez que valora su independencia, que quería estar sola, pero él no le hacía caso. Pero al finalizar la semana el tampoco hablaba. Todo lo que hacía era mirarla frunciendo el ceño.

Los regalos Robert siguieron llegando a la tienda de ropa con una regularidad alarmante, pero ya no desperdicia palabras tratando de convencerla de casarse con él. Victoria le preguntó por su silencio, y lo único que dijo fue: -Estoy tan furioso contigo que trato de no decir nada para temor de arrancarte la cabeza de un mordisco.

Victoria consideró el tono de su voz, notó que estaban caminando por un área particularmente desagradable de la ciudad en ese momento, y decidió no decir nada más. Cuando llegaron a la casa de huéspedes, se deslizó en el interior sin una palabra de despedida. Hasta que llegó a su habitación y se asomó por la ventana. Él la miró tras las cortinas durante más de una hora. Fue muy desconcertante.

* * *

Robert estaba delante del edificio de Victoria y evaluando con el ojo de un hombre que no deja nada al azar. Había llegado a su punto límite. No, él ya lo había sobrepasado por mucho, mucho más allá. Había intentado ser paciente, había cortejado a Victoria no con regalos caros, sino con significado. Había tratado de hacerla entrar en razón hasta que se quedó sin palabras.

Pero esa noche había sido la gota que había colmado el proverbial vaso. Victoria no se daba cuenta, pero cada vez que Robert la acompañaba hasta su casa, MacDougal los seguía a los dos, diez pasos atrás. Por lo general, MacDougal esperaba para ir a buscarlo, pero esa noche se había acercado a su patrón en el momento que Victoria se metió en su casa de huéspedes.

– Un hombre ha sido apuñalado, -MacDougal dijo. Había ocurrido la noche anterior, justo en frente de la pensión de Victoria.

Robert sabía que su edificio tenía una cerradura resistente, pero hizo poco por calmar su mente cuando él consideraba las manchas de sangre en los adoquines. Victoria tenía que ir y venir a trabajar todos los días; tarde o temprano alguien iba a tratar de aprovecharse de ella.

A Victoria ni siquiera le gustaba pisar hormigas. ¿Cómo diablos se suponía que tenía que defenderse de un ataque?

Robert levantó la mano a la cara, los dedos presionando contra el músculo temblaba espasmódicamente en sus sienes. Respirar profundamente hizo poco por calmar la furia y la sensación de impotencia que crecía dentro de él. Se hacía obvio que no iba a ser capaz de proteger adecuadamente a Torie, siempre y cuando ella insistiera en permanecer en ese lugar infernal.

Era evidente que él no podía permitir que continúen las cosas como estaban hasta ese momento.

* * *

A la mañana siguiente Victoria notó que Robert actuaba de forma muy extraña. Estaba más silencioso y melancólico que de costumbre, pero parecía tener un montón de cosas que discutir con MacDougal.

Victoria comenzó a sospechar.

Él la estaba esperando, como siempre, al finalizar el día. Victoria hacía tiempo que había renunciado a discutir con él cuando él la obligó a aceptar su escolta. Se requería demasiada energía, y esperaba que con el tiempo se diera por vencido y la dejara en paz.

Sin embargo, cada vez que ella meditaba esa posibilidad sentía una extraña punzada de soledad en su corazón. Le gustara o no, se había acostumbrado a tener tras ella a Robert. Sería bastante extraño una vez que él se hubiera ido.

Victoria apretada chal sobre los hombros preparándose para la caminata de veinte minutos que tenía por delante. Era finales de verano, pero el tiempo estaba fresco. Cuando ella salió por la puerta vio el transporte de Robert estacionado afuera.

– Pensé que podría conducir a casa-, explicó Robert.

Victoria levantó una ceja interrogativamente.

Él se encogió de hombros. -Parece como si fuera a llover.

Ella levantó la vista. El cielo no estaba muy nublado, pero tampoco particularmente despejado. Así que decidió no discutir con él. Se sentía un poco cansada, había pasado toda la tarde atendiendo a una muy exigente condesa.

Le permitió a Robert que la ayudara a subir al coche, y se recostó contra los respaldos de felpa. Dejó escapar un suspiro audible cuando sus músculos cansados se relajaron.

– ¿Un día ocupado en la tienda?-Preguntó Robert.

– Mmmm, sí. La condesa de Wolcott vino hoy. Ella era bastante exigente.

Robert alzó las cejas. -¿Sarah Jane? ¡Buen Dios mío, te mereces una medalla si te contuviste de abofetearla en la cabeza.

– ¿Sabes creo que me la hubiera ganado-, dijo Victoria, sonriéndose un poco.-Es la mujer más vana que nunca he conocido. Y tan grosera. Me llamó un cabeza hueca.

– ¿Y qué le dijiste?

– Yo no podía decir nada, por supuesto.- La sonrisa de Victoria se volvió sarcástica. -En voz alta.

Robert se echó a reír. -Entonces, ¿qué le has dicho en tu mente?

– Oh, un número bastante grande de cosas. Comparé la longitud de la nariz y el tamaño de su intelecto.

– ¿Pequeño?

– Diminuto-, agregó Victoria sonriendo socarronamente. -Su intelecto, no es su nariz.

– ¿Larga?

– Muy larga.- Ella se rió. -Incluso estuve tentada a reducir la longitud de semejante protuberancia.

– Me hubiera gustado haber visto eso.

– Me hubiera gustado haberlo hecho-, replicó Victoria. Entonces ella se echó a reír, sintiéndose más despreocupada de lo que había estado en mucho tiempo.

– Bueno-, dijo Robert con ironía. -Uno podría pensar que te estabas divirtiendo. Aquí conmigo. Imagínate…

Victoria cerró su boca.

– Yo estoy disfrutando-, dijo. -Es bueno escucharte reír. Ha pasado tanto tiempo.

Victoria se quedó en silencio, sin saber cómo responder. Negar que se había estado divirtiendo sin duda, habría sido una mentira. Y sin embargo era tan difícil de admitir, incluso a ella misma, que su compañía le trajo alegría. Así que hizo lo único que podía pensar que hacer, bostezó.

– ¿Te importa si me duermo durante uno o dos minuto?, – Preguntó ella, pensando que el sueño era una buena manera de ignorar la situación.

– En absoluto-respondió-.Voy a cerrar las cortinas para que no te moleste.

Victoria dejó escapar un suspiro y se quedó dormida, sin darse cuenta de la amplia sonrisa que había estallado en la cara de Robert.

Fue el silencio lo que la despertó. Victoria siempre había estado convencida de que Londres era el lugar más ruidoso en la tierra, pero no oyó ningún un ruido, salvo para el trap-trap de los cascos de los caballos.

Se obligó a abrir los párpados.

– Buenos días, Victoria.

Ella parpadeó. -¿Buenos días?

Robert sonrió. -Sólo es una expresión. Caíste dormida.

– ¿Por cuánto tiempo?

– Oh, una media hora más o menos. Debes haber estado muy cansada.

– Sí-dijo ella distraídamente. -bastante…- Entonces ella parpadeó de nuevo. -¿Dijiste media hora? ¿No deberíamos estar en mi casa ahora?

Él no dijo nada.

Con una sensación muy inquietante en su corazón, Victoria se trasladó a la ventana y tiró de la cortina. La penumbra colgaba del aire, pero podía ver los árboles y los arbustos con claridad, y hasta una vaca…

¿Una vaca?

Se volvió de nuevo hacia Robert, entrecerrando los ojos. -¿Dónde estamos?

Él fingió que sacaba una pelusa de la manga. -Pues en nuestro camino hacia la costa, me imagino.

– ¿La costa?- Su voz se elevó en casi como un chillido.

– Sí.

– ¿Es eso todo lo que vas a decir al respecto? -Gruñó ella.

Él solo sonrió. -Supongo que podría señalar que te he secuestrado, pero me imagino que ya te has dado cuenta.

Victoria saltó a su garganta.

Capítulo 14

Victoria nunca se había visto como una persona especialmente violenta. De hecho, ni siquiera tenía mucho genio, pero Robert, después de su casual declaración, había sobrepasado todo límite.

Su cuerpo reaccionó sin ninguna dirección de su cerebro, y ella se lanzó sobre él, con las manos engarfiadas peligrosamente cerca del su cuello. -¡Tú maldito demonio!- Gritó. -¡Tú espantosa, sangrienta, criatura del averno!

Si Robert quiso hacer algún comentario sobre que su lenguaje no era el propio de una dama, se lo guardó para sí mismo. O tal vez su reticencia tenía algo que ver con la forma en que los dedos de ella estaban presionando sobre su tráquea.

– ¿Cómo te atreves? -continuó Gritando. -¿Cómo te atreves? Todo ese tiempo que estabas fingiendo escucharme hablar de independencia.

– Victoria-, él jadeó, tratando de hacer soltar los dedos aferrados en su garganta.

– ¿Has estado tramando esto todo el tiempo?- Cuando él no contestó ella comenzó a temblar. -¿Lo hiciste?

Cuando Robert finalmente logró sacarla de encima de él, lo que requirió tanta fuerza que Victoria salió despedida hacia atrás. -¡Por el amor de Dios, la mujer! -él exclamó, todavía abriendo la boca para tomar aire-, ¿estas tratando de matarme?

Victoria lo miró desde su posición en el suelo. -Parece un plan de meritorio.

– Algún día vas a darme las gracias por esto -, dijo, a sabiendas de que tal declaración la haría enfurecer más.

Estaba en lo cierto. Vio cómo su rostro se ponía más colorado. -Nunca he estado tan furiosa en toda mi vida,- finalmente ella refunfuñó entre dientes.

Robert se frotó la garganta y dijo con gran sentimiento, -Te creo.

– Tú no tenías derecho a hacer esto. No puedo creer que me respetes tan poco. Tú…-se interrumpió y por su cabeza pasó un horrible pensamiento. -¡Oh, Dios mío! ¿Me has drogado?

– ¿De qué demonios estás hablando?

– Yo estaba muy cansada. Me quedé dormida con tanta rapidez…

– Eso no fue más que una afortunada coincidencia,- dijo haciendo una pequeña onda con la mano.-Una de la que estoy muy agradecido. Realmente no lo podría haber hecho contigo gritando todo el camino a través de las calles de Londres.

– No te creo.

– Victoria, no soy el villano que pareces pensar que soy. Además, ¿acaso estuve cerca de tu comida hoy? Ni siquiera te di una caja de pasteles.

Eso era cierto. El día anterior, Victoria le había dado una diatriba urticantes respecto al despilfarro de tanta comida para una sola persona, y había conseguido la promesa de Robert que él donaría todos los pasteles comprados a un orfanato. Y por más furiosa que estuviera con él, tuvo que admitir que él no era el tipo de utilizar veneno.

– Si hace alguna diferencia.- él añadió, -Yo no tenía planes para secuestrarte hasta ayer. Yo tenía la esperanza de que recuperaras el sentido pero esta medida drástica fue necesaria.

– ¿Es tan difícil para ti creer que yo considero una vida sin ti en ella?

– Cuando este tipo de vida implica vivir en el peor tugurio de los barrios bajos, sí.

– No es el “peor” tugurio de los barrios bajos-, dijo malhumorada.

– ¡Victoria, un hombre fue asesinado a puñaladas en frente de tu edificio hace dos noches!-, Gritó desesperado.

Ella parpadeó. -¿En serio?

– Sí, en serio, -él siseó. -Y si crees que voy a quedarme sin hacer nada hasta que lo inevitable te suceda y te conviertas en la próxima víctima…

– Perdóname si te digo, pero parece que soy una víctima. De secuestro por lo menos.

Él la miró con una expresión irritada. -¿Por lo menos?

– Violación-, replicó ella.

Se echó hacia atrás con aire de suficiencia. -No sería una violación.

– Yo nunca podría quererte de nuevo después de lo que me has hecho.

– Siempre me has querido. Puede que no desees quererme pero me quieres, lo haces.

El silencio reinó por un momento. Por último, con los ojos se estrecharon como rendijas y Victoria dijo: -Tú no eres mejor que Eversleigh.

La mano de Robert se cerró en el hombro de ella con una fuerza impresionante. -Nunca se te ocurra compararlo conmigo.

– ¿Y por qué no? Creo que la comparación es válida. Ambos abusaron de mí usando la fuerza…

– No he utilizado la fuerza.-, Dijo con los dientes apretados.

– No he visto abrir la puerta de este carro y darme la opción de salir.- Ella se cruzó de brazos en un intento de aparecer resuelta, pero era difícil mantener la dignidad, mientras estaba en el suelo.

– Victoria-, Robert dijo en un tono espantosamente paciente de voz, -estamos en medio de la Ruta a Canterbury. Está oscuro, y no hay nadie alrededor. Te puedo asegurar que no deseas salir del carro en este momento.

– ¡Maldito seas! ¿Tiene alguna idea de lo mucho que odio cuando te atreves a decirme lo que quiero?

Robert se agarró al borde del banco con tanta fuerza que sus dedos temblaron. -¿Quieres que detenga el coche?

– No lo harías aunque te lo pidiera.

Con un movimiento que hablaba de violencia apenas contenida, Robert dio un puñetazo contra la pared frontal en tres ocasiones. En cuestión de segundos el carro se detuvo. -¡Ahí tienes!-, Dijo.-Sal.

La boca de Victoria se abrió y cerró como un pez moribundo.

– ¿Quieres que te ayude a bajar?-, Robert abrió la puerta de una patada y saltó fuera. Luego le tendió la mano a ella. -Vivo para servirte.

– Robert, yo no pienso…

– No has estado pensando en toda la semana-, espetó.

Si ella hubiera podido llegar, lo habría abofeteado.

El rostro de MacDougal apareció al lado del de Robert. -¿Pasa algo malo, mi lord? ¿Señorita?

– La señorita Lyndon ha expresado su deseode alejarse de nosotros-, dijo Robert.

– ¿Aquí?

– Aquí no, idiota, -Victoria siseó. Y luego, porque MacDougal parecía tan ofendido, se vio obligada a decir: -Me refiero a Robert, no a usted.

– ¿Bajas o no?-Preguntó Robert.

– Sabes que no. Lo que me gustaría es regresar a mi casa en Londres, no que me abandones aquí…-Victoria se volvió hacia MacDougal. – ¿Dónde diablos estamos, de todos modos?

– Cerca de Faversham, yo creo.

– Bien-dijo Robert. -Vamos a pasar allí la noche. Hemos hecho un excelente tiempo, pero no tiene sentido agotarnos corriendo hasta Ramsgate.

– Bien-. MacDougal hizo una pausa y luego dijo a Victoria, -¿No estaría más cómoda en el banco, señorita Lyndon?

Victoria sonrió con acritud. -Oh, no, estoy muy a gusto aquí en el piso, Sr. MacDougal. Prefiero sentir íntimamente cada hoyo y cada bache del camino.

– Lo que ella prefiere es ser un mártir-, murmuró en voz baja Robert.

– ¡Escuché eso!

Robert no le hizo caso y le dio algunas instrucciones a MacDougal, quien desapareció de la vista. Luego volvió a subir al coche, cerró la puerta, e ignoró a Victoria, que todavía humeaba en el suelo.

Finalmente ella preguntó: -¿Qué hay en Ramsgate?

– Soy dueño de una casa de campo en la orilla del mar. He pensado que podríamos disfrutar de un poco de privacidad allí.

Ella soltó un bufido. -¿Privacidad? He allí una idea aterradora.

– Victoria, estás comenzando a poner a prueba mi paciencia.

– Usted no es el que ha sido secuestrado, mi lord.

Él arqueó una ceja. -¿Sabes, Victoria? Estoy empezando a pensar que te estás divirtiendo.

– Evidentemente sufres de demasiada imaginación-, replicó ella.

– No estoy bromeando-, dijo él, pensativo acariciándose la barbilla. -Creo que debe haber algo atractivo en ser capaz de dar rienda suelta a toda esa sensiblería ofendida.

– Tengo todo el derecho de estar enojada-gruñó ella.

– Estoy seguro de que lo crees.

Ella se inclinó hacia delante en lo que esperaba que fuera una manera amenazante.-Realmente creo que si yo tuviera un arma en este momento te dispararía…

– Y yo que pensabas que te gustaba usar los tridentes…

– Me gustaría utilizar cualquier cosa que te hiciera daño corporal.

– No lo dudo -, dijo Robert, riéndose entre dientes.

– ¿No te importa que te odie yo?

Dejó escapar un largo suspiro. -Quiero dejar una cosa clara. Tu seguridad y bienestar son mis más altas prioridades. Si el dejar ese barrial, al que insistes en llamar casa, significa que tengo que vivir con tu odio durante unos días, pues que así sea.

– No va a ser sólo unos pocos días.

Robert no dijo nada.

Victoria se volvió a sentar en el piso del carro, tratando de ordenar sus pensamientos. Las lágrimas de frustración le pinchaban en los ojos, y ella comenzó hacer respiraciones frecuentes y poco profundas, cualquier cosa para evitar derramar las lágrimas de mortificación que pudieran rodar por sus mejillas.

– Tú hiciste la única cosa…-comenzó a decir, sus palabras teñidas con la risa nerviosa de quien sabe que ha sido golpeado. -la única cosa…

Él volvió la cabeza para mirarla. -¿Te gustaría levantarte?

Ella negó con la cabeza. -Todo lo que quería era un poco de control sobre mi propia vida. ¿Era eso mucho pedir?

– Victoria.

– Y luego hizo la única cosa que podría quitarme eso de mí-le interrumpió ella, su voz cada vez más fuerte. -¡La única cosa!

– Actué en el mejor de tu int…

– ¿Tienes alguna idea de lo que se siente que alguien te quite la posibilidad de decidir por ti?

– Yo sé lo que se siente ser manipulado-, dijo en voz muy baja.

– No es lo mismo,- dijo ella, volviendo la cabeza para no viera llorar.

Hubo un momento de silencio cuando Robert trató de componer sus palabras.

– Hace siete años tuve mi vida planeada hasta el mínimo detalle. Yo era joven, y estaba enamorado, loca y perdidamente enamorado. Todo lo que quería era casarme contigo y pasar el resto de mi vida tratando de hacerle feliz. Tendríamos hijos -, dijo con nostalgia.-Siempre me imaginaba que se parecían a ti.

– ¿Por qué me dices eso?

Él la miró perforándola con la mirada, aunque ella se negó a devolvérsela.

– Porque yo sé lo que se siente que te arranquen los sueños. Éramos jóvenes y estúpidos, y si hubiéramos tenido algún sentido común nos habríamos dado cuenta de los que nuestros padres estaban haciendo para separarnos. Pero no fue nuestra culpa.

– ¿No lo entiendes? No me importa lo que pasó hace siete años. Ya no me interesa.

– Yo creo que sí.

Ella se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared. -No quiero hablar de ello por más tiempo.

– Muy bien. -Robert tomó un periódico y comenzó a leer.

Victoria se sentó en el piso y trató de no llorar.

* * *

Veinte minutos más tarde, el carruaje se detenía frente a una pequeña posada junto a la carretera de Canterbury en Faversham. Victoria esperó en el coche mientras que Robert fue a adquirir habitaciones.

Unos minutos después salió. -Todo está arreglado-, dijo.

– Espero que tenga mi cuarto propio-, dijo ella con frialdad.

– Por supuesto.

Victoria se negó vehementemente a que la ayudara a descender y saltó del carruaje por sus propios medios. Terriblemente consciente de su mano en la parte baja de la espalda, fue conducida al interior del edificio. Al pasar por el hall hacia las habitaciones, el posadero gritó: -Espero que usted y su esposa disfruten de su estancia, mi lord.

Victoria esperó sólo hasta que habían doblado la esquina en el camino hacia la escalera.-Pensé que habías dicho que teníamos habitaciones separadas, -dijo entre dientes.

– Así es. No tenía otra opción que decirle que tú eres mi esposa. Está claro que tú no eres mi hermana -. Tocó un mechón de su pelo negro con exquisita ternura. -Y yo no quiero que nadie piense que eres mi amante.

– Pero…

– Me imagino que el mesonero, simplemente piensa que somos una pareja casada que no disfrutan de su mutua compañía.

– Por lo menos parte de esa afirmación es cierta-, murmuró.

Se volvió hacia ella con una sonrisa sorprendentemente radiante. -Siempre disfruto de tu compañía.

Victoria se detuvo en seco y se lo quedó mirando, completamente anonadada por su buen humor evidente.

Finalmente dijo: -No puedo decidir si eres loco, terco, o simplemente estúpido.

– Yo optaría por terco, si me permitieras opinar.

Ella dejó escapar un suspiro exasperado y caminó por delante de él. -Voy a mi cuarto.

– ¿No te gustaría saber cuál es?

Victoria positivamente podía sentir su sonrisa a sus espaldas. -¿Te importaría decirme-, dijo entre dientes, -el número de mi habitación?

– Tres.

– Gracias,- ella dijo, y luego se arrepintió de su usual cortesía que pululaba en ella desde pequeña. Como si él se merecía su agradecimiento.

– Yo estoy el número cuatro,-acotó él amablemente. -Sólo en caso de que quiera saber dónde encontrarme.

– Estoy segura de que no será necesario.- Victoria alcanzó lo alto de la escalera, dobló la esquina, y empezó a buscar su habitación. Ella podía oír a Robert unos pasos detrás de ella.

– Uno nunca sabe.- Cuando ella no hizo ningún comentario, el añadió, -Puedo pensar en una serie de razones por las que deberías ponerte en contacto conmigo.- Como ella siguió ignorándolo, agregó, -Un ladrón puede tratar de invadir tu habitación. Puede ser que tengas una pesadilla.

Los únicos malos sueños que podría llegar a tener, Victoria pensó, serían con él.

– La posada podría estar encantada-, él continuó. -Sólo piensa en todos los fantasmas que están al acecho.

Victoria fue incapaz de pasar por alto ese último comentario. Se volvió lentamente -Esa es la idea más inverosímil que he escuchado.

Él se encogió de hombros. -Podría suceder.

Ella se limitó a quedarse mirándolo como si estuviera tratando de determinar cómo conseguir que lo admitieran en un manicomio.

– O-, añadió, -puedes extrañarme.

– Corrijo mi declaración anterior-, le espetó ella. -Esa es la idea más inverosímil que he escuchado.

Él se llevó la mano al corazón gimiendo dramáticamente. -Me has herido, mi lady.

– Yo no soy tu lady.

– Lo serás.

– Ah, mira-dijo con brillo patentemente falso. -Aquí está mi habitación. Buenas noches. -Sin esperar a Robert respondiera, Victoria entró en su habitación y le cerró la puerta en las narices.

Entonces oyó girar la llave en la cerradura.

Ella contuvo la respiración. ¡La bestia la había encerrado allí!

Victoria se permitió descargar su frustración en una patada al suelo, luego se dejó caer en la cama con un fuerte gemido. Ella no podía creer el descaro de encerrarla en su cuarto.

Bueno, en realidad, ella si lo podía creer. El hombre la había secuestrado, después de todo. Y nunca Robert dejaba un detalle al azar.

Victoria hechó humo sentada en su cama durante varios minutos. Si intentaba de escapar de Robert, tendría que ser esa misma noche. Una vez que llegaran a la cabaña junto al mar, ella dudaba que la pudiera estar fuera de su vista ni un segundo. Y sabiendo de la afición de Robert por la privacidad, con seguridad podría suponer que su casa estaba bien aislada.

No, tendría que ser ahora. Por suerte Faversham no estaba tan lejos de Bellfield, donde su familia aún vivía. Victoria no quería visitar a su padre, ella nunca lo había perdonado por lo que le había hecho en aquel momento. Pero el reverendo definitivamente parecía ser un mal menor comparado con Robert.

Victoria cruzó la habitación hacia la ventana y se asomó. Era una enorme distancia al suelo. No había manera de que saltara sin lesiones. Luego sus ojos se detuvieron en una puerta, y no la que daba a la sala.

Era una puerta de conexión. Tenía una buena idea a que habitación debía conectarse. ¡Qué terriblemente irónico que la única manera de escapar era a través de la habitación de él.

Ella se agachó y miró el picaporte. Luego examinó el marco de la puerta. Parecía como si la puerta fuera de roble. No sería fácil abrirla y Robert se despertaría probablemente. Si se despertaba antes de que ella llegara a la sala, nunca podría escapar. Tendría que encontrar una manera de dejar la puerta ligeramente abierta la conexión sin levantar sospechas.

Entonces se le ocurrió.

Victoria respiró hondo y abrió la puerta golpeándola. -¡Tendría que haber sabido que tendrías tan poco respeto por mi privacidad! – gritó siendo consciente de que ella estaba invadiendo su privacidad al irrumpir en su habitación, pero parecía que la única manera de conseguir abrir esa maldita la puerta.

Contuvo el aliento, olvidando lo que fuera que había estado pensando.

Robert estaba parado en el centro de la sala, con el pecho desnudo. Tenía las manos en los botones de los pantalones. -¿Quieres que continúe? -, dijo con suavidad.

– No, no, eso no será necesario -, tartamudeó, tiñendo de siete distintos tonos de rojo, su rostro.

Él sonrió perezosamente. -¿Estás segura? Yo estaría feliz de complacerte.

Victoria se preguntó por qué ella no parecía poder apartar los ojos de encima de él. Era realmente magnífico, pensó en un extraño arranque de objetividad. No había estado inactivo durante los años que había pasado en Londres.

Él aprovechó su aturdido silencio para entregarle un pequeño paquete.

– ¿Qué es esto?-Ella preguntó con suspicacia.

– Se me ocurrió cuando estaba haciendo mis planes que podías necesitar algo para dormir. Me tomé la libertad comprarte un camisón.

El pensamiento de él comprando ropa interior para ella era tan sorprendentemente íntimo que Victoria por poco se le cae el paquete. -¿De dónde has sacado esto? -, preguntó ella.

– No es de otra mujer, si eso es lo que quieres saber.- Dio un paso adelante y le tocó la mejilla. -Aunque debo decir que estoy conmovido al verte tan celosa.

– No estoy celosa.- Gruñó. -Es que… si lo compraste en lo de Madame Lambert, yo debería estar…

– No lo compré en la casa de Madame Lambert.

– Bien. Sería muy desagradable saber que uno de mis amigos te ayudó en esta nefasta tarea.

– Me pregunto cuánto tiempo más vas a estar tan enojada conmigo-, dijo en voz baja.

Victoria sacudió su cabeza cambiando de tema. -Me voy a la cama.- Dio dos pasos hacia la puerta, se dio la vuelta. -No voy a modelar este vestido para ti.

Él le ofreció una sonrisa seductora. -Nunca soñé que lo harías. Sin embargo estoy muy contento de escuchar que al menos contemplas la idea.

Victoria dejó escapar un gruñido y se marchó a su habitación. Ella estaba tan furiosa con él en que estuvo a punto cerrar la puerta. Pero entonces, recordando su plan inicial, agarró el picaporte y cerró la puerta de modo que sólo tocaba la jamba. Si Robert notaba que no estaba bien cerrada, no pensaría que ella la dejó abierta como una invitación. Ella había dejado bien claro que estaba furiosa parea que él arribara a esa conclusión. No, probablemente asumirías que, en su distracción, ella había pasado por alto ese detalle.

Y si tenía suerte él no se daría cuenta.

Victoria lanzó el problemático paquete en su cama y examinó su plan para el resto de la noche. Tendría que esperar varias horas antes de intentar escapar. Ella no tenía idea de cuánto tiempo le tomaría a Robert quedarse dormido. No tenía más que una oportunidad así que, parecía prudente darle suficiente tiempo para dormitar.

Se quedó despierta recitando mentalmente todos los pasajes que menos le gusta de la Biblia. Su padre siempre había insistido en que ella y Ellie aprendieran de memoria grandes porciones del libro. Pasó una hora, luego otra, luego otra. Después pasó otra hora, y Victoria se detuvo a mitad de un salmo cuando se dio cuenta de que eran las cuatro de la mañana. Seguramente Robert dormía profundamente.

Dio dos pasos de puntillas hacia la puerta, luego se detuvo. Sus botas de suela eran muy ruidosas al caminar. Ella se las tendría que sacar. Sus huesos dejaron escapar un fuerte crujido cuando ella se sentó en el suelo y desató sus zapatos. Por último, con el calzado en la mano, ella continuó su caminata en silencio hacia la puerta de conexión.

Su corazón latía fuerte, colocó la mano sobre el pomo. Como ella no había cerrado bien la puerta, no tuvo que torcerla. Dio un tirón con movimientos muy controlados, y la puerta se abrió.

Ella asomó la cara en la habitación, y luego dejó escapar un silencioso suspiro de alivio. Robert estaba durmiendo profundamente. Por Dios, parecía no estar usando nada debajo de las sábanas, pero rápidamente Victoria decidió que no era sabio ese tren de pensamientos en esos precisos momentos.

Se acercó de puntillas hacia la puerta, dando las gracias mentalmente a quien hubiera decidido poner una alfombra en la habitación. Hizo su procesión un tanto más tranquila. Finalmente llegó a la puerta. Robert había dejado la llave en la cerradura. Ah, ésta sería la parte más complicada. Tendría que hallar la puerta sin llave y salir sin despertarlo.

Se le ocurrió entonces que era realmente muy bueno que Robert durmiera desnudo. Si ella le despertara, llevaría una buena ventaja, mientras el se vestía. Él podría estar decidido a tenerla en sus garras, pero ella dudaba de que su determinación lo llevara a correr como dios lo trajo al mundo por las calles de Faversham.

Ella envolvió sus dedos alrededor de la llave y volvió su cabeza. La cerradura hizo un chasquido fuerte. Ella contuvo la respiración y miró por encima del hombro. Robert hizo un somnoliento, sordo ruido y se dio vuelta, pero aparte de eso no hubo ninguna señal de que se hubiera despertado.

Con la respiración contenida, Victoria lentamente abrió la puerta, orando para que las bisagras no crujiesen. Hizo un ruido pequeño, causando que Robert se moviera un poco más lamiéndose los labios de una manera curiosamente atractiva. Finalmente ella consiguió abrir la puerta hasta la mitad y se deslizó fuera.

¡Libre! Era casi demasiado fácil, el triunfo que Victoria había esperado sentir simplemente no estaba allí. Corrió por el pasillo y deshizo su camino por las escaleras. Nadie estaba de guardia, así que ella fue capaz de deslizarse por la puerta principal desapercibida.

Una vez a la intemperie, sin embargo, se dio cuenta que ella no tenía idea de a dónde ir. Estaba a unas quince millas al Bellfield; demasiado lejos para caminar, inclusive si hubiera estado determinada a hacerlo. Pero en realidad, Victoria no tenía especial interés en transitar por la carretera de Canterbury por la noche.

Probablemente sería mejor encontrar un lugar para esconderse cerca de la posada y esperar a Robert partiera.

Victoria miró alrededor mientras se ponía sus zapatos de nuevo. Los establos podría hacer, y hay algunas tiendas cercanas que podría haber lugares donde esconderse. Tal vez…

– Bueno, bueno, ¿qué tenemo’ aquí?

El corazón de Victoria se hundió en su instantáneamente revuelto estómago. Dos (grandes, sucios, y por sus miradas, bastante borrachos) hombres se acercaban a ella. Dio un paso hacia atrás hacia la posada.

– Oy todavía tengo uno’ cuanto’ centavo’ -, dijo uno de ellos. -¿Qué precio tiene chica?

– Me temo que usted tiene una idea equivocada -, dijo Victoria, su palabras salieron a raudales.

– Vamo’, cariño, -dijo el otro, extendiendo la mano y agarrándole el brazo. -Sólo queremos un poco de deporte. Y tu nos dara’ un poco de cariño…

Victoria dejó escapar un grito de sorpresa. La mano del hombre mordía su piel.

– No, no,-dijo, comenzando a entrar en pánico -Yo no soy esa clase de…- Ella no se molestó en terminar la frase, evidentemente no le estaban prestando atención. -Soy una mujer casada-, mintió, utilizando un tono más alto y arrogante de su voz.

Uno de ellos arrancó los ojos, momentáneamente, de sus pechos, miró hacia arriba, parpadeó y sacudió la cabeza.

Victoria contuvo el aliento. Obviamente no tenían escrúpulos sobre la santidad del matrimonio. Por último, en su desesperación, ella aulló: -¡Mi marido es el conde de Macclesfield! Si me tocas un pelo, él te matará. Juro que lo hará.

Esto les hizo detener. Entonces uno de ellos dijo: -¿Qué esposa de un maldito conde estaría caminando en medio de la noche?

– Es una historia muy larga, se lo aseguro,- Victoria improvisaba, aún retrocediendo hacia la posada.

– Creo que ella está inventando-, dijo el que la sostenía del brazo. Y a pesar de estar como una cuba tiró de ella con sorprendente fuerza para su estado. Victoria contuvo las arcadas por el mal aliento del hombre. Luego cambió de idea, el vómito puede ser justo lo que necesitaba para amortiguar su ardor.

– Sólo queremo’ un poco de diversión esta noche-, susurró. -Tú y yo y…

– Yo no lo intentaría-, Tronó una voz que Victoria conocía demasiado bien. -No me gusta cuando tocan a mi mujer.

Ella levantó la vista. Robert estaba de pie junto al hombre. ¿De donde había salido tan rápido? Y tenía una pistola apuntado a la sien. No llevaba camisa, ni siquiera zapatos, y tenía otra arma metida en la pretina de sus pantalones. Miró al borracho, sonrió humorísticamente, y dijo: -Ella me pone un poco irracional.

– Robert-, dijo Victoria con voz temblorosa, por una vez desesperadamente alegre de verle.

Él torció la cabeza hacia un lado, indicándole que se dirigiera hacia la puerta de la posada. Por primera vez ella obedeció prontamente

– Yo voy a empezar a contar-, dijo Robert con una voz mortal. -Si alguno de ustedes dos no están fuera de mi vista en el momento que llegue a diez… voy a disparar. Y no voy a apuntar a sus pies.

Los villanos empezaron a correr antes de que Robert incluso llegara a dos.

Él contó hasta diez, de todos modos. Victoria lo miraba desde la puerta, tentada de correr de regreso a su habitación y parapetarse en el interior mientras él enumeraba los números. Pero se encontró clavada en el suelo, incapaz de apartar los ojos de Robert.

Cuando hubo terminado él se dio media vuelta. -Te sugiero que no incites mi temperamento más lejos esta noche-, masculló.

Ella asintió con la cabeza. -No, sólo voy a ir a dormir. Podemos discutir esto en la mañana, si lo deseas.

No dijo nada, sólo dejó escapar un gruñido mientras subían las escaleras de atrás hasta sus aposentos. Victoria no se sentía particularmente alentada por esta reacción.

Llegaron a la puerta, que había sido claramente abierta a toda prisa. Robert prácticamente la arrastró por la puerta y cerró la puerta. Él la soltó para girar la llave en la cerradura, y Victoria aprovechó esa oportunidad para correr a la puerta de conexión. -Voy a ir a la cama-dijo ella rápidamente.

– No tan rápido. – La mano de Robert se cerró alrededor del antebrazo de ella y la jaló nuevamente hacia dentro -¿De verdad crees que voy a permitirte pasar el resto de la noche ahí dentro?

Ella parpadeó. -Bueno, sí. Creía que preferías…

Él sonrió, pero era una especie peligrosa de sonrisa. -Incorrecto.

Ella pensó en sus rodillas cederían -¿Incorrecto?

Antes de que ella supiera lo que pasaba, él la alzó en sus brazos y dejó caer sobre la cama. -Tu, mi tortuosa amiga, pasará la noche aquí. En mi cama.

Capítulo 15

– Estás loco-, dijo Victoria, saltando de la cama con una velocidad impresionante.

Él avanzó hacia ella con pasos lentos y amenazadores. -Si no lo estoy, estoy bastante cerca ahora.

Eso no la tranquilizaba. Ella dio unos pasos atrás, dándose cuenta, con un estómago revuelto, que estaba en la pared. Ningún escape parecía probable.

– ¿Te he dicho lo mucho que me gustó oír que te referías a mí como tu marido?-, preguntó en voz engañosamente perezosa.

Victoria conocía aquel tono. Eso significaba que estaba furioso y lo mantenía todo en su interior. Si su mente hubiera estado un poco más calma y clara probablemente hubiera mantenido la boca cerrada y no hubiera hecho nada para provocar su mal genio. Pero le preocupaba demasiado su propio bienestar y su virtud, así que contestó, -Es la última vez que lo escucharás.

– Es una lástima.

– Robert-dijo en lo que ella esperaba que fuera un tono gentil. – Tiene todo el derecho de estar enojado…

Él comenzó a reírse.

¡Se estaba riendo! A Victoria no le hizo ninguna gracia.

– La palabra enojado no puede describirlo.-, Dijo. -Permítame que le cuente una historia.

– No seas gracioso.

Hizo caso omiso de ella. -Estaba durmiendo en mi cama, disfrutando de un sueño particularmente vívido… Tú estabas en el. – las mejillas de Victoria flamearon. Él sonrió socarronamente. -Creo que tenía una mano en tu pelo, y tus labios estaban… Hmmm, ¿cómo lo describirlo?

– ¡Robert, es suficiente!- Victoria comenzó a temblar. Robert no era del tipo de avergonzar a una dama hablando con ella en estos términos. Debía estar mucho, pero mucho más enojado de lo que ella había imaginado.

– ¿Dónde estaba yo?- Reflexionó. -Ah, sí. Mi sueño. Imagínate, si puedes, mi angustia cuando me desperté de este sueño delicioso por unos gritos-. Se inclinó hacia delante con los ojos estrechos de furia. -Tus gritos.

A Victoria no se le ocurría nada que decir. Bueno, eso no era del todo cierto. Pensó en varios cientos de cosas que decir, pero la mitad de ellas no eran adecuadas, y la mitad eran francamente peligrosas para su bienestar en ese momento.

– ¿Sabías que nunca antes me había puesto los pantalones con tanta rapidez?

– Estoy segura de que constituye un talento útil-, improvisó.

– Y tengo astillas en los pies-, agregó. -Estos pisos no son adecuados para que uno los recorra descalzo.

Ella intentó sonreír, pero descubrió que sus bravuconadas brillaban por su ausencia. -Yo estaría feliz de curar tus lesiones.

Las manos masculinas cayeron sobre sus hombros en un movimiento deslumbrantemente rápido. -Yo no estaba caminando, Victoria. Yo estaba corriendo. Corrí como si fuera a salvar mi propia vida. Pero no lo era. -Se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes con furia. -Estaba desesperado por salvar la tuya.

Su garganta convulsionó tragando nerviosa. ¿Qué quería que le dijera? Finalmente, ella abrió la boca y se desmoronó, -¿Gracias?- Fue más una pregunta que una declaración.

Él la soltó bruscamente y se alejó, claramente disgustado por su reacción. -Oh, por el amor de Dios-, farfulló.

Victoria luchó contra la sensación de ahogo que subía por la parte posterior de su garganta. ¿Cómo había descendido hasta este punto? Ella estaba peligrosamente cerca de las lágrimas, pero se negó a llorar delante de ese hombre. Le había roto el corazón en dos ocasiones, dándole la lata durante una semana, y ahora la había raptado. Seguramente se le permitía una pequeña medida de orgullo. -Quiero volver a mi propia cama-, dijo ella, su voz pequeña.

No se molestó en dar la vuelta cuando él respondió: -Ya te dije que no te permitirá volver a ese infierno en Londres.

– Me refiero en la habitación de al lado.

Hubo un largo silencio. -Te quiero aquí-, dijo él finalmente.

– ¿Aquí?- Ella chilló.

– Creo que ya he dicho lo mismo dos veces.

Ella decidió probar otra táctica y apelar a su profundo sentido del honor. -Robert, sé que no eres el tipo de hombre que toma a una mujer en contra de su voluntad.

– No es eso-, dijo con una mueca de antipática. -No confío en que te quedes ahí.

Victoria se tragó la réplica punzante que se formó en sus labios. -Te prometo que no intentaré escapar de nuevo esta noche. Yo te doy mi más solemne promesa.

– Perdóneme si no me siento inclinado a tomar en serio tu palabra.

Eso picaba, y Victoria recordó el momento en que él había resoplado con desdén que él nunca había roto una promesa.

Era notable lo desagradable que era recibir una muestra de su propia medicina. Ella hizo una mueca. -Yo no prometí no intentar escapar antes. Lo estoy haciendo ahora.

Se volvió y miró con ojos incrédulos. -Usted, señora, debería haber sido un político.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Simplemente, que posees una capacidad impresionante para usar las palabras para bailar alrededor de la verdad.

Victoria se rió, no pudo evitarlo. -Y ¿qué es exactamente la verdad?

Dio un paso adelante a propósito. -Tú me necesitas.

– Oh, por favor.

– Realmente, me necesitas en todos los sentidos que una mujer necesita a un hombre.

– No digas nada más, Robert. No me gustaría ser conducida a la violencia.

Él se rió de su sarcasmo. -El amor, el compañerismo, afecto. Tú necesitas todo eso. ¿Por qué crees que eras tan miserable como institutriz? Estabas sola.

– Podría tener un perro. Un Spaniel sería una compañía más inteligente que tú.

Él se rió de nuevo. -Mira lo rápido que se me reclamaste como marido esta noche. Tú pudiste haber inventado un nombre, pero no, me elegiste a mí.

– Te estaba usando-, ella espetó. -Use tu nombre para protegerme. ¡Eso es todo!

– Ah, pero incluso eso no era suficiente, ¿no es cierto, mi dulce?

Victoria no le gustó la forma en que dijo “mi dulce”.

– Tu necesitabas al hombre, también. Esos hombres no te creían hasta que llegué a la escena.

– De lo que te estaré agradecida por siempre-, soltó de una manera que no sonaba especialmente amable. -Tú tiene un instinto especial para rescatarme de situaciones desagradables.- Él hizo una mueca. -Ah, sí, soy siempre útil.

– Situaciones desagradables que causas-, replicó ella.

– ¿En serio?-, Dijo, su voz chorreando sarcasmo. -Supongo que me levanté de la cama, en mi sueño, nada menos, te arrastré desde tu habitación, te empujé por las escaleras, y luego te puse frente a la posada para ser abordada por dos borrachos marcados de viruela.

Ella frunció los labios en una expresión formal. -Robert, te estás comportando de una manera por más indigna.

– ¡Ah, ya salió la institutriz.

– Me secuestraste-chilló, perdiendo totalmente las riendas de su temperamento.-¡Me secuestraste! Si me hubieran dejado sola, como te he pedido en repetidas ocasiones, habría estado sana y salva en mi propia cama.

Él dio un paso adelante y la pinchó con el dedo en el hombro. -¿Sana y salva?-, Repitió. -¿En tu barrio? Hay cierta contradicción en ambos términos, me parece.

– Ah, sí, y por supuesto tú tenías magnánimamente que encargarte de rescatarme de mi locura.

– Alguien tenía que hacerlo.

La mano de ella salió disparada para darle una bofetada, pero él le agarró la muñeca con facilidad. Victoria arrancó las manos. – ¿Cómo te atreves? -, siseó. -¿Cómo te atreves a tratarme condescendientemente? Tú que dices amarme, pero me tratas como a una criatura. Tú…

Él la cortó tapando su boca con la mano. -Vas a decir algo que lamentaras.

Ella le pisoteó el pie. Fuerte. Otra vez él le estaba diciendo lo que ella quería, y lo odiaba por ello.

– ¡Eso es todo!- Rugió él. -¡He demostrado tener, contigo, más paciencia que Job! ¡Me merezco una maldita santidad! -Antes que Victoria tuviera la oportunidad de reaccionar al uso de “maldita” y “santidad” en la misma frase, Robert la levantó y la echó sin esfuerzo sobre la cama.

La boca de Victoria se abrió. Entonces ella comenzó a deslizarse fuera del colchón. Robert cogió el tobillo, sin embargo, ella se mantuvo firme. -Suéltame-, chilló ella, agarrando el extremo de la cama con las manos y tratando de safarse de su agarre. Ella no tuvo éxito. -Robert, si no sueltes mi tobillo…

El gamberro de hecho tuvo el descaro de reírse. -Dime Victoria ¿Qué vas a hacer?

En plena ebullición de frustración e ira, Victoria dejó de tirar y en su lugar usó su otro pie para darle una patada profundamente en el pecho. Robert lanzó un gruñido de dolor y le soltó el tobillo, pero antes de que Victoria podría escapar fuera de la cama, ya estaba en encima de ella, su peso clavándola contra el colchón.

Se lo veía furioso.

– Robert- ella empezó a decir, tratando de usar un tono conciliador.

Él se quedó mirándola, sus ojos con fuego y algo que no era del todo deseo, aunque había una buena dosis de eso, también. -¿Tiene usted alguna idea de cómo me sentí cuando vi a los dos hombres toqueteándote?-Preguntó, con voz ronca.

En silencio, ella meneó la cabeza.

– Sentí rabia-, dijo, el agarre en su brazo superior se fue aflojando tornándose en lo que se podría llamar una caricia. -Primitiva, caliente y pura.

Victoria abrió los ojos como platos.

– Furia porque debían tocarte, furia porque debían asustarte.

Su boca se secó, y se dio cuenta de que estaba teniendo dificultades para dejar de mirarle los labios.

– ¿Sabes qué más me sentí?

– No-respondió ella con voz casi como un susurro.

– Miedo.

Ella elevó sus ojos hasta los de él. -Pero sabías que no me habían herido.

Él soltó una risa hueca. -No eso, Torie. El temor de que tu sigas corriendo, que nunca admitas lo que sientes por mí. Miedo a que me odies para siempre de manera que te encuentres con el peligro sólo por huir de mí.

– Yo no te odio.- Las palabras salieron antes de que ella se diera cuenta de que estaba contradiciendo todo lo que ella le había dicho en el últimos doce horas.

Le tocó el pelo y luego acunó la cabeza con sus manos fuertes. – ¿Entonces por qué, Victoria? -, Susurró. -¿Por qué?

– No lo sé. Ojalá lo supiera. Sólo sé que no puedo estar contigo en este momento.

Bajó su rostro hasta estar nariz con nariz. Entonces sus labios rozaron los de ella, ligeros como plumas y sorprendentemente eróticos.

– ¿Ahora? ¿O nunca?

Ella no contestó. Ella no pudo responder, la boca de él ya había tomado posesión de ella en forma feroz. Su lengua se precipitó dentro, su sabor con hambre palpable. Sus caderas presionaron suavemente contra ella, recordándole su deseo. Su mano subió por la longitud de su cuerpo y se instaló en la curva de su pecho. Amasó y apretó, el calor de su piel la quemaba a través de la tela del vestido. Victoria sintió elevarse debajo de su contacto.

– ¿Sabes lo que siento en este momento?- Susurró.

Ella no contestó.

– Deseo.- Sus ojos brillaban. -Te quiero, Victoria. Quiero finalmente hacerte mía.

Presa del pánico, Victoria se dio cuenta de que le estaba dejando la decisión a ella. ¡Qué fácil sería dejarse llevar por el calor del momento! Qué conveniente para poder decirse a sí misma al día siguiente, la pasión me obligó a hacerlo, yo no pensaba con claridad.

Pero Robert la estaba obligando a enfrentarse a sus sentimientos y admitir el enorme deseo que corría por su cuerpo.

– Dijiste que querías tomar tus propias decisiones – susurró al oído. Su lengua delicadamente trazado su contorno. -No tomaré la iniciativa.

Ella dejó escapar un gemido frustrado.

Robert viajó con sus manos por la longitud de su cuerpo, haciendo una breve pausa en sus caderas suavemente redondeadas. La apretó, y Victoria pudo sentir la huella de cada uno de sus dedos.

Sus labios se curvaron en una sonrisa masculina. -Tal vez debería ayudarte a aclarar la cuestión-, dijo, tocándole con los labios la delicada la piel de su cuello. -¿Me deseas?

Ella no dijo nada, pero su cuerpo se arqueó contra él, sus caderas rozándolo. Él deslizó las manos bajo su falda y las subió por las piernas hasta llegar a la piel caliente en la parte superior de sus medias. Un dedo pasó por debajo del borde, dibujando círculos perezosos en su piel desnuda. -¿Me deseas?-, Repitió.

– No-ella susurró.

– ¿No?-, Movió entonces sus labios sobre la oreja y la mordisqueó suavemente.-¿Estás segura?

– No

– No, ¿Tú no estás segura o no, no me deseas?

Ella dejó escapar un gemido frustrado. -No sé.

Él la contempló durante un buen rato, mirando como si quisiera aplastarla contra él. Su rostro tenía hambre, y sus ojos ardían bajo la luz de las velas. Pero al final lo único que hizo fue rodar fuera de ella. Se puso de pie y cruzó la habitación, la evidencia

de su deseo se apretaba debajo de los pantalones. -No voy a tomar esta decisión por ti-, repitió.

Victoria se sentó, completamente aturdida. Su cuerpo temblaba de necesidad, y en ese momento lo odiaba por haberle dado la única cosa que había estado pidiendo todo el tiempo, control.

Robert se detuvo ante la ventana y se apoyó en el alféizar. -Toma tu decisión-, dijo en voz baja.

El único sonido que hizo ella fue un grito ahogado.

– ¡Hazlo!

– No lo sé-, dijo, con palabras sonaban lamentables y patéticas incluso a sus propios oídos.

Él se dio la vuelta. -Entonces lárgate de mi vista

Ella se estremeció.

Robert se acercó a la cama y tiró del brazo de ella. -Dime que sí o dime que no-, expresó -, pero no me exijas que te deje elegir y luego no lo haces.

Victoria estaba demasiado asustada para reaccionar, y antes de que se diera cuenta había sido empujada nuevamente a su propia habitación, la puerta se cerró de golpe. A ella le faltó el aire, sin poder creer lo miserable y rechazada se sentía en ese momento. ¡Dios, era tan hipócrita! Las palabras de Robert la había lastimado profundamente. Ella le había pedido una y otra vez que no tratara de controlar su vida, pero cuando por fin tenía una decisión en sus manos, ella fue incapaz de actuar.

Se sentó en la cama durante varios minutos hasta que sus ojos se posaron sobre el paquete que había arrojado a un lado de manera inconsciente varias horas antes.

Parecía que toda una vida había pasado desde entonces. ¿Cual, se preguntó con una risa temblorosa, sería la idea de Robert de un camisón de dormir apropiado?

Desató las cintas de alrededor de la caja y levantó la tapa. Incluso en la tenue luz de su vela, pudo ver que la ropa interior era de la más fina seda. Con los dedos Victoria levantó cuidadosamente la prenda de la caja.

Era de color azul oscuro, una sombra parpadeante entre real y medianoche. Victoria no creía que fuera un accidente que la seda sea del color exacto de sus ojos.

Con un suspiro se sentó en la cama. Su mente pintó a Robert examinando un centenar de camisones, hasta encontrar el que él consideraba perfecto. Él hacía todo con mucho cuidado y precisión.

Ella se preguntó si él haría el amor con la misma callada intensidad.

– ¡Basta!-, Se ordenó en voz alta, como si eso sostuvieran las riendas de sus pensamientos díscolos. Ella se puso de pie y cruzó la habitación hacia la ventana. La luna estaba alta, y las estrellas brillaban de una manera que sólo podía ser llamado amistoso. De pronto, más que nada, Victoria necesitaba a una mujer a su lado con quien hablar. Sus amigas de la tienda, su hermana, incluso la tía Robert Lady Brightbill o su prima Harriet.

Sobre todo, necesitaba a su madre, que había muerto muchos años antes. Se quedó mirando a los cielos y le dijo: -Mamá, ¿me estás escuchando?- Luego se reprendió por la tonta esperanza de que una estrella parpadeara en la noche. Sin embargo, había algo tranquilizador en hablar con el cielo oscurecido.

– ¿Qué debo hacer?- Dijo en voz alta. -Creo que podría amarlo. Pienso que realmente no dejé de amarlo. Pero lo odio, también.

Una estrella destelló con simpatía.

– A veces pienso que sería tan hermoso tener a alguien que cuide de mí. Para sentirme protegida y amada. Estuve tanto tiempo sintiéndome desprotegida. Sin siquiera un amigo. Pero también quiero ser capaz de tomar mis propias decisiones, y Robert me está quitando eso de mí. No creo que lo haga apropósito. Simplemente no puede evitarlo. Y entonces me siento tan débil e impotente. Todo el tiempo que fui una institutriz estaba a merced de los demás. Dios, cómo odiaba eso.

Hizo una pausa para limpiarse una lágrima de la mejilla. -Y entonces me pregunto, ¿todas estas preguntas significan nada, o solo estoy asustada? Tal vez no soy más que una cobarde, con demasiado miedo a aferrarme a una oportunidad.

El viento le susurraba en su rostro, y Victoria respiró profundamente el aire limpio y fresco. – Si le permito amarme, ¿va a romper mi corazón otra vez?

El cielo nocturno no respondió.

– Si me permito amarlo, ¿podré ser yo misma?

Esta vez una estrella centelleó, pero Victoria no estaba segura de cómo interpretar ese gesto. Se puso de pie ante la ventana durante varios minutos más, simplemente contenta de que la brisa acariciara su piel. Por último el agotamiento la reclamó, y completamente vestida se metió en la cama, sin darse cuenta de que estaba aún sostenía en entre sus dedos el camisón azul que Robert le había dado.

* * *

A diez metros de distancia Robert se instaló en su propia ventana, contemplando en silencio lo que había oído. El viento había traído las palabras de Victoria hasta él, y, por mucho que fuera en contra de su naturaleza científica, no podía evitar creer que algún espíritu benevolente había empujado el viento.

Su propia madre. O a lo mejor la madre de Victoria. O tal vez ambas trabajando juntos desde el cielo para darles a sus hijos otra oportunidad de felicidad.

Había estado tan cerca de perder las esperanzas, pero entonces le habían dado un regalo más precioso que el oro, un breve vistazo a el corazón de Victoria.

Robert alzó los ojos al cielo y dio las gracias a la luna.

Capítulo 16

La mañana siguiente fue casi surrealista. Victoria no se despertó sintiéndose particularmente fresca. Todavía se sentía agotada, tanto emocional como físicamente, y ella seguía muy confundida respecto de sus sentimientos por Robert.

Después de lavarse la cara y alisar su ropa, ella llamó suavemente a la puerta. No hubo respuesta. Decidió entrar de todos modos, pero lo hizo con cierto grado de aprensión. Recordaba el acceso de cólera de la noche anterior.

Mordisqueando su labio inferior, ella abrió la puerta, sólo para encontrar a MacDougal, dormitando cómodamente en la cama de Robert.

– ¡Dios mío!- Se las arregló para pronunciar después de gritar de sorpresa. -¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y dónde está Macclesfield?

MacDougal le sonrió de forma amistosa y se puso de pie. -Fue a ver a los caballos.

– ¿No es ese su trabajo?

El escocés asintió con la cabeza. -Su señoría es bastante particular, respecto a sus caballos.

– Lo sé.- Victoria dijo, su mente viajó nuevamente siete años atrás para ver a Robert intentado, sin éxito, enseñándole a montar.

– A veces le gusta inspeccionar él mismo a los animales. Por lo general, cuando él está pensando en algo.

Probablemente la forma más eficaz a mi azotarme, fue el pensamiento de Victoria. Hubo un compás de silencio y luego dijo: -¿Hay alguna razón particular por la que se encuentre en esta habitación?

– Él quería que yo lo acompañe a desayunar.

– Ah, sí-dijo ella con un ligero tinte de amargura. -Mantener el prisionero vigilado en todo momento.

– De hecho él mencionó algo acerca de que fue abordada ayer a la noche. Que usted no se sintiera incómoda, una mujer sola y todo eso…

Victoria esgrimió una tensa sonrisa, humillada debidamente. -¿Podemos salir, entonces? Estoy hambrienta.

– ¿Tiene algo que le gustaría llevar con usted, mi lady?

Victoria estuvo a punto de corregirlo y decirle que ella no era lady de nadie, pero ya no tenía la energía. Robert había probablemente ya dicho a su criado que estaban prácticamente casados de todos modos. -No-respondió ella-.Su señoría no me dio tiempo para empacar, si usted recuerda.

MacDougal asintió con la cabeza. -Mu’ bien, entonces.

Victoria dio un par de pasos hacia la puerta, pero luego recordó el camisón azul recostado en la cama en la habitación de al lado. Tendría que dejarlo, pensó maliciosamente. Ella debería haberlo roto en pedazos la noche anterior. Pero ese hermoso trozo de seda le dio una rara especie de consuelo, y no quería abandonarlo.

Y, ella especuló, si lo hacía, Robert probablemente volvería para recuperarlo antes de marcharse.

– Un momento, MacDougal -dijo, corriendo a la habitación contigua. Ella agarró el camisón y se lo puso bajo el brazo.

Ella y MacDougal bajaron las escaleras. El escocés la condujo hacia un comedor privado, donde dijo que Robert se reuniría con ella para desayunar más tarde. Victoria estaba terriblemente hambrienta, y se puso la mano sobre su estómago en un vano intento de ocultar su gruñido. Los buenos modales dictaban que debía esperar a Robert, pero dudaba de que ningún libro de etiqueta contemplara las particularidades de su situación poco común.

Victoria esperó un minuto más o menos, y luego, cuando su estómago protestó por tercera vez, ella decidió no preocuparse por los buenos modales, y agarró el plato de pan tostado. Después de unos minutos, dos huevos, y una rebanada de pastel sabroso de riñón, oyó la puerta que se abría y la voz de Robert. -¿Disfrutando de la comida?

Ella levantó la vista. Lo miró, estar más amigable, cortés y alegre sería imposible. Victoria inmediatamente sospechó algo. ¿Era este el mismo hombre que la había expulsado de su habitación la noche anterior?

– Me muero de hambre.- Robert declaró. -¿Cómo está la comida? ¿Es de tu agrado?

Victoria bañó un poco de pan tostado con té. -¿Por qué estás siendo tan agradable conmigo?

– Me gustas.

– Ayer por la noche no te agradaba.- Murmuró.

– Anoche estaba, digamos, mal informado.

– ¿Mal informado? Supongo que tropezaste con una gran cantidad de información en las últimas diez horas

Él sonrió con malicia. -Lo hice, por cierto.

Victoria puso su taza de té en el platillo con movimientos lentos y precisos. -¿Te molestaría compartir conmigo tu nueva fuente de conocimientos?

Él la miró fijamente por un instante y luego dijo: -¿Serías tan amable de pasarme una tajada de ese pastel de riñones?

Los dedos de Victoria asieron el borde de la bandeja, sacando el plato fuera de su alcance. -Todavía no.

Él se rió entre dientes. -Usted juega sucio, mi lady.

– Yo no soy tu lady, y quiero saber por qué estás actuando tan malditamente alegre esta mañana. Tienes todo el derecho de estar echando espuma en la boca.

– ¿Todo el derecho? ¿Entonces piensas que anoche mi enojo estuvo justificado?

– ¡No!-, La palabra salió un poco más enérgica de lo que Victoria le hubiera gustado.

Él se encogió de hombros. -No importa, ya no estoy enojado.

Victoria lo miró, estupefacta.

Él hizo una seña a la tarta de pan. -¿Te importaría?

Ella parpadeó un par de veces y luego cerró su boca cuando se dio cuenta que aún la tenía abierta. Un poco irritada suspiró empujando la bandeja en su dirección y pasó los siguientes diez minutos viéndolo comer el desayuno.

El viaje de Faversham a Ramsgate debería haber tardado alrededor de cuatro horas, pero apenas había comenzado cuando la cara de Robert de pronto adquirió una expresión de tengo-una-maravillosa-idea y golpeó en la parte delantera del carro como señal que de MacDougal parara.

El coche se detuvo, y Robert saltó con lo que Victoria consideró irritante energía y buen humor. Intercambió un par de palabras con MacDougal y luego volvió a entrar en el coche.

– ¿Qué fue todo eso?- Victoria preguntó.

– Tengo una sorpresa para ti.

– Yo más bien creo que he tenido suficientes sorpresas la semana pasada-, murmuró.

– Oh, vamos, debes admitir que tu vida es más emocionante.

Ella soltó un bufido. -Si uno considera ser secuestrado emocionante, supongo que usted tiene un punto a favor, mi lord.

– Prefiero cuando me llamas Robert.

– Es una lástima para usted, entonces, que yo no haya sido puesta en esta tierra para satisfacer sus preferencias.

Él se limitó a sonreír. -Me gusta discutir contigo.

Victoria apretó las manos a los costados. Era propio de él encontrar satisfacción en sus insultos. Se asomó por la ventana y se dio cuenta de que MacDougal había salió del camino de Canterbury. Se volvió de nuevo a Robert. -¿Dónde vamos? Pensaba íbamos a Ramsgate.

– Vamos a Ramsgate. Estamos haciendo un pequeño desvío a Whitsable.

– ¿Whitsable? ¿Por qué?

Él se inclinó hacia adelante y sonrió con desenfado. -Ostras.

– ¿Ostras?

– Las mejores del mundo.

– Robert, no quiero ostras. Por favor, llévame directamente a Ramsgate.

Él alzó las cejas. -No me di cuenta que estabas tan ansiosa por estar unos días a solas conmigo. Voy a tener que encargar a MacDougal que se dirija a toda prisa a Ramsgate.

Victoria casi saltó de su asiento sobresaltada. -¡No es eso lo que quise decir, y tú lo sabes bien!

– ¿De manera deberíamos proseguir a Whitsable?

Victoria se sintió un poco como un gato que se encontraba irremediablemente enredado en un carrete de hilo. -No me escuchas, no importa lo que diga.

El rostro de Robert se volvió al instante sombrío. -Eso no es cierto. Yo te escucho siempre.

– Tal vez, y si lo haces, entonces tiras mis opiniones y peticiones sobre el hombro y haces lo que quieras de todos modos.

– Victoria, la única vez que he hecho eso fue por tu ilógico deseo de vivir en el peor de los tugurios de Londres.

– No es el peor de los tugurios-, espetó ella, más por costumbre que por otra cosa.

– Me niego seguir discutiendo.

– ¡Porque, de cualquier manera, no te interesa escuchar lo que tengo que decir!

– No-dijo, inclinándose hacia adelante, -es porque hemos discutido este tema hasta la muerte. No voy a permitir que te expongas a un constante peligro.

– No tienes nada que “permitir” o no.

– Tu no estas generalmente tan mentalmente confundida como para ponerte en peligro sólo por despecho.- Se cruzó de brazos, con la boca en una línea sombría. -Hice lo que pensé era lo mejor.

– Así que me secuestraste-, dijo con amargura.

– Si tú recuerdas, te ofrecí la opción de vivir con mis parientes. Tú te negaste.

– Yo quiero ser independiente.

– Uno no tiene que estar solo para ser independiente.

Victoria no podía pensar en una réplica adecuada a esa declaración, por lo que permaneció en silencio.

– Cuando me case contigo,- Robert dijo en voz baja: -Yo quiero que lo nuestro sea una sociedad en todos los sentidos de la palabra. Quiero consultarte sobre los asuntos de gestión de la tierra y el cuidado de los inquilinos. Quiero que decidamos juntos cómo criar a nuestros hijos. No sé por qué estás tan segura de que amarme significa perderte a ti misma.

Se dio la vuelta, pues no quería que él viera la emoción que brotaba de sus ojos.

– Algún día te darás cuenta de lo que significa ser amado.- Lanzó un suspiro cansado. -Sólo deseo que sea pronto.

Victoria ponderó aquella declaración el resto del camino a Whitsable.

* * *

Se detuvieron a comer en una posada alegre, con comedor al aire libre. Robert escaneó el cielo y dijo: -Parece como si fuera a llover, pero no creo que suceda en la próxima hora. ¿Te gustaría comer fuera?

Ella le ofreció una sonrisa tentativa. -El sol se siente bonito.

Robert la tomó del brazo y la escoltó hasta una pequeña mesa con vista al agua. Se sentía muy optimista. Intuía que él había conseguido llegar a ella de alguna manera con su conversación en el coche. Ella no estaba lista aún para admitir que lo amaba, pero él pensó que podría estaba un poco más cerca de ella de lo que había estado el día anterior.

– El pueblo de Whitsable ha sido famoso por sus ostras desde la época de los romanos-dijo él cuando se sentaron.

Ella tiró de la servilleta con los dedos nerviosos. -¿En serio?

– Sí. No sé por qué nunca vinimos aquí cuando estábamos noviando.

Ella sonrió con tristeza. -Mi padre no lo hubiera permitido. Y habría sido un largo viaje hasta la costa norte desde Kent.

– ¿Te has preguntado alguna vez como hubiera resultado nuestras vidas si nos hubiéramos casado hace siete años?

Los ojos de ella se deslizaron a su regazo. -Todo el tiempo-susurró.

– Desde luego, ya habría habíamos cenado aquí-, dijo él. -Yo no hubiera dejado pasar siete años sin una buena comida de ostras frescas.

Ella no dijo nada.

– Me imagino que ya habríamos tenido un hijo. Tal vez dos o tres. -Robert sabía que estaba siendo un poco cruel. A pesar del desagrado de Victoria para la vida de una institutriz, tenía una veta maternal de una milla de ancho. Él había tirado de sus fibras sensibles a propósito al mencionar a los niños que hubieran podido tener juntos.

– Sí-dijo ella-, probablemente tengas razón.

Estaba tan triste que Robert no tuvo el corazón para continuar. Plantó una brillante sonrisa en su rostro y dijo: -Ostras, tengo entendido que tienen ciertas propiedades afrodisíacas.

– Estoy segura de que te gustaría creer eso.- Victoria parecía visiblemente aliviada de haber cambiado de tema, a pesar de que el nuevo tema fuera escandaloso.

– No, no, es de dominio público.

– Gran parte de lo que se considera de dominio público no tiene base en hechos,- respondió ella.

– Buen punto. Teniendo en cuenta mi propia inclinación científica, no me gusta aceptar nada como verdadero a menos que haya sido sometido a una experimentación rigurosa.

Victoria se rió entre dientes.

– De hecho-, dijo Robert, aproyando el tenedor en el mantel, -Creo que un experimento puede ser justo lo que necesitamos.

Ella lo miró con recelo. -¿Qué estás proponiendo?

– Simplemente que comas algunas ostras esta noche. Entonces te monitorearé bien de cerca-movió sus cejas en una forma cómica-para ver si me quieres un poco más.

Victoria se rió, no pudo evitarlo. -Robert-, dijo, consciente de que estaba empezando a divertirse a pesar de su mejores intenciones de seguir siendo una cascarrabias -, es el proyecto más descabellado que he oído.

– Quizás, pero incluso si no funciona, sin duda gozaré del monitoreo…

Ella se volvió a reír. -Siempre y cuando no pruebes de las ostras tú mismo. Si tú me quisieras un poco más seguramente terminaría acarreada hasta Francia.

– He ahí un pensamiento interesante.- Pretendía dar a la cuestión una seria consideración. -Ramsgate es un puerto continental, después de todo. Me pregunto si uno puede casarse más rápido en Francia.

– Ni siquiera pienses en ello-, le advirtió.

– Mi padre tendría probablemente un ataque de apoplejía si yo fuera a casarse en una ceremonia católica-, reflexionó. -Nosotros los Kembles siempre hemos sido militantes protestantes.

– ¡Ay, Dios-, dijo Victoria, riéndose hasta las lágrimas. -¿Puedes imaginar lo que mi padre haría? ¡El bien vicario de Bellfield! Él fallecería en el acto. Estoy segura de ello.

– O insistiría en casarnos él mismo-, dijo Robert. -Y probablemente Eleanor cobraría derecho de admisión para entrar a la capilla.

La cara de Victoria se suavizó. -Oh, Ellie. La echo de menos.

– ¿No has tenido la oportunidad de visitarla?- Robert se echó hacia atrás para permitir que el posadero, colocara un plato de ostras en la mesa.

Victoria negó con la cabeza. -Desde que, bueno, ya sabes. Pero nos escribimos con regularidad. Ella es la misma de siempre. Ella me contó que había hablado contigo.

– Sí, fue una conversación bastante seria, pero pude ver que ella seguía siendo totalmente irreprimible.

– Oh, por cierto. ¿Sabes lo que hizo con el dinero que te había esquilmado a ti cuando estábamos de novios?

– No, ¿qué?

– Primero lo invirtió en una cuenta para que genere intereses. Luego, cuando ella decidió que debería conseguir una mejor tasa de rendimiento, estudió la parte financiera en el Times y empezó a invertir en acciones.

Robert se echó a reír en voz alta mientras se ponía unas ostras en un plato para la Victoria. -Tu hermana nunca deja de sorprenderme. Yo pensaba que a las mujeres no se les permitía, por lo general, intervenir en el comercio de cambio.

Victoria se encogió de hombros. -Le dijo a su hombre de negocios que actuaba en nombre de mi padre. Creo que dijo que papá era algo de un recluso y no salía de casa.

Robert se reía tanto que tuvo que dejar la ostra que estaba a punto de comer. -Tu padre pediría su cabeza si se enterara las cosas que dice de él.

– Nadie es capaz de guardar un secreto mejor que Ellie.

Una sonrisa nostálgica cruzó el rostro de Robert. -Lo sé. Quizás debería consultarla sobre algunos asuntos financieros.

Victoria levantó bruscamente. -¿Lo harías?

– ¿Hacer qué?

– Pedir su consejo.

– ¿Por qué no? Nunca he conocido a nadie con la habilidad para manejar mejor el dinero que tu hermana. Si se tratara de un hombre probablemente estaría al frente del Banco de Inglaterra. -Robert se sirvió otra ostra. -Después de que nos casemos… No, no,

no, ni siquiera te molestes en recordarme que aún no has aceptado mi proposición, porque soy muy consciente de ello. Yo sólo quería enfatizar que puedes decirle que se quede con nosotros.

– ¿Tú me dejarías hacer eso?

– No soy un ogro, Victoria. Yo no sé que te llevó a pensar que voy gobernar con mano de hierro una vez que estemos casados. Créame, estoy más que feliz de compartir contigo algunas de las responsabilidades del condado. Puede ser una tarea titánica.

Victoria lo miró pensativa. Nunca se había dado cuenta de que el privilegio de Robert también podría ser una carga. A pesar de su título, que sería sólo honorario hasta que su padre falleciera, él todavía tenía muchas responsabilidades con su tierra y sus inquilinos.

Robert hizo un gesto señalando su plato. -¿No disfrutar las ostras?-Sonrió con malicia. -¿O tal vez tienes miedo de que mi experimento científico pueda resultar satisfactorio?

Victoria parpadeó hasta salir de su ensueño. -Nunca comí ostras antes. No tengo la menor idea de cómo se come.

– No tenía idea que había una brecha en tu educación culinaria. Aquí, permítanme preparar una para ti. -Robert tomó una ostra de la bandeja central, añadió un chorrito de jugo de limón y un toque de rábano picante, y se la entregó a ella.

Victoria miró el molusco con aire dubitativo. -¿Y ahora qué hago?

– Lo llevas a tu boca y lo bebes.

– ¿Beber esto? ¿Sin masticar?

Él sonrió. -No, lo masticas un poco, también. Pero primero tenemos que hacer un brindis de ostras.

Victoria miró a su alrededor. -No creo que nos trajeron ningún brindis.

– No, no, una especie de brindis. Para la felicidad. Ese tipo de brindis.

– ¿Con una ostra?- Ella entrecerró los ojos con recelo. -Estoy segura de que esto no puede ser una costumbre.

– Entonces lo haremos nuestra costumbre.- Robert levantó la ostra en el aire. -Tú también.

Victoria levantó su ostra. -Me siento muy tonta.

– No te preocupes. Todos nos merecemos un poco de diversión de vez en cuando.

Ella sonrió con ironía. Diversión. Era, ciertamente, un concepto nuevo. -Muy bien. ¿Por qué vamos a brindar?

– Por nosotros, por supuesto.

– Robert…

– Eres una aguafiestas. Muy bien, ¡por la felicidad!

Victoria chocó su concha contra la suya. -Por la felicidad.- Ella vio que Robert se comía su ostra, y luego, después de murmurar -Sólo se vive una vez, creo,- ella hizo lo mismo y la chupó.

Robert la miraba con una expresión divertida. -¿Cómo te ha gustado?

Victoria se acercó farfullando. -Dios mío, creo que fue la experiencia culinaria más extraña que he tenido.

– Estoy teniendo dificultades para discernir si es una declaración positiva o negativa-, dijo Robert.

– Estoy teniendo dificultades para discernirlo yo misma -, respondió ella, viéndose un poco sobresaltada. -No puedo decidir si esa fue la mejor comida que he probado o la peor.

Él se rió en voz alta. -Tal vez deberías probar con otra.

– ¿No creo que sirvan estofado de ternera aquí, si?

Robert negó con la cabeza.

– Bueno, entonces, supongo que necesitaré otra ostra si no quiero morir de hambre durante el día.

Le preparó otra para ella. -Tus deseos son mis órdenes.

Ella le lanzó una mirada incrédula. -Yo voy a pagar esa pequeña bondad y no hacer una réplica adecuada a ese comentario.

– Creo que lo acabas de hacer.

Victoria comió otra de ostras, se secó los labios con la servilleta, y sonrió con malicia. -Sí, lo hice, ¿no?

Robert se quedó en silencio por un momento, luego dijo: -Creo que está funcionando.

– ¿Qué?

– Las ostras. Creo que ya te gusto un poquito más.

– No-dijo ella, tratando de ocultar su sonrisa.

Él llevó su mano a su pecho en gesto exagerado. -Tengo el corazón destrozado, afligido completamente.

– Deja de actuar como tonto.

– O tal vez… -Se rascó la cabeza en un intento de parecer serio y pensativo. -Tal vez la razón por la que no te pueda gustar más radica en que ta te gustaba demasiado desde el principio.

– ¡Robert!

– Lo sé, lo sé. Me estoy divirtiendo a tus expensas. Pero resulta divertido, también.

Ella no dijo nada.

– ¿Todavía estás enojada que nos desviamos a Whitsable?

Hubo un largo silencio, y luego Victoria negó con la cabeza.

Robert no se dio cuenta que había estado conteniendo el aliento hasta que salió en un silbido largo. Se estiró través de la mesa y colocó su mano sobre la de ella. -Siempre puede ser así-, susurró. -Siempre puedes estar así de contenta.

Ella abrió la boca, pero él no la dejó hablar. -Lo vi en tus ojos-, dijo. -Tú disfrutaste más esta tarde que en estos últimos siete años.

La mente de Victoria obligó a su reacio corazón a retirar su mano. -No estabas conmigo durante los últimos siete años. Tú no puedes saber lo que sentí o dejé de sentir.

– Lo sé.- Hizo una pausa. -Y se me rompe el corazón.

Ellos no hablan por el resto de la comida.

* * *

El viaje a Ramsgate llevó más de tres horas. Robert se sorprendió de que Victoria se quedó dormida en el coche. Había pensado que estaba demasiado tensa, pero de nuevo tal vez simplemente estaba agotada. Él no se molestó por su falta de atención, le gustaba mirarla mientras ella dormía.

También le dio la oportunidad de llevarla a la casa cuando llegaron. Ella era cálida y suave, todo lo que él podía desear. La puso suavemente en la cama del segundo dormitorio de la casa de campo y la tapó con una manta. Podría estar durmiendo incómoda en sus ropas, pero supuso que ella preferiría que él no la desnudara.

Él, por supuesto, lo hubiera preferido… Se estremeció y sacudió la cabeza. No importaba lo que él hubiera preferido. Él estaba tan caliente pensando en ello, y su corbata de repente se sintió extraordinariamente estrecha.

Robert salió de la habitación con un gemido, firmemente resuelto a tomar un baño en el mar helado tan pronto como fuera posible.

Capítulo 17

Victoria se despertó con el olor del aire salado. Bostezó y parpadeó, momentáneamente confundida por su entorno. Esto debía ser la casa de Robert, se dio cuenta. Se preguntó si la había comprado. No tenía esta propiedad cuando la había cortejado muchos años antes.

Se sentó en la cama e hizo un balance de la habitación. Era muy hermosa, en realidad, con tonos azules y melocotón. No era una sala especialmente femenina, pero tampoco era masculina, y ella no tenía ninguna duda de que no era la recámara de Robert. Dejó escapar

un suspiro de alivio. No había pensado realmente que iba a ser tan osado como para ponerla en su habitación, pero había sido un temor persistente.

Victoria se puso en pie y decidió explorar la casa.

La casa estaba en silencio. Robert estaba dormido o afuera. Lo que le daba una oportunidad perfecta para espiar. Ella caminó hacia el hall, sin molestarse en ponerse los zapatos. Era una casa pequeña y robusta, con gruesos muros de piedra y techo de madera. El segundo piso era acogedor y contenía sólo dos habitaciones, cada una con una chimenea.

Victoria se asomó a la otra habitación y comprobó que se trataba de la de Robert. La cama con dosel era sólida y masculina, estaba frente a un gran ventanal, lo que permitía disfrutar de una maravillosa vista del Estrecho de Dover. Un telescopio estaba de pie junto a la ventana.

Robert había amado siempre a mirar las estrellas.

Regresó a la sala y bajó las escaleras. La casa era muy acogedora. No había un comedor formal, y la sala de estar parecía cómoda y agradable. Victoria estaba haciendo su camino de regreso a través del área de comedor, con la intención de inspeccionar la cocina, cuando vio a una nota sobre la mesa. Ella la recogió y al instante reconoció la letra de Robert.

V- He ido a nadar. -R

¿Un baño? ¿Estaba este hombre chiflado? Por supuesto, era verano, pero no era un día particularmente soleado, y el agua debía estar casi al punto de congelación. Victoria se aproximó a una ventana para ver si podía ver a Robert en el nadando, pero el agua estaba muy por debajo como para observar la playa.

Corrió escaleras arriba y se puso los zapatos. Porque ella no tenía un chal, de hecho, ella ni siquiera tenía una muda de ropa aparte del seductor camisón de seda. Así que tomó una manta fina para envolverla alrededor de sus hombros. El viento parecía estar aumentando, y el cielo se oscurecía. Dudaba que su vestido la mantuviera caliente lo suficiente como para desafiar a los elementos. Pero de igual manera Victoria se lanzó escaleras abajo y salió por la puerta principal.

A su izquierda podía ver el camino que conducía a la fuerte pendiente de la playa rocosa. El camino era muy angosto, por lo que caminó con mucho cuidado cuando comenzó su descenso. Con una mano para sostener la manta sobre los hombros y la otra para mantener su equilibrio. Después de varios minutos de descender cuidadosamente, llegó a la final

y escaneó el horizonte para ver si encontraba a Robert.

¿Dónde demonios estaba?

Ella rodeó con sus manos la boca y gritó el nombre de él. No oyó respuesta salvo el sonido silbante de las olas. Ella no había esperado que él le gritara también, pero un saludo o un movimiento para demostrar que estaba vivo habría sido agradable.

Apretó la manta más contra su cuerpo, para proteger su ropa mientras se sentaba.

El viento recrudeció, y el aire salado empezó a picar sus mejillas. Tenía el pelo bailando sobre su frente, las manos heladas. Maldita sea, ¿donde estaba Robert?

No podía estar segura de que aún estuviera nadando. Se puso de pie de nuevo, ojeó el horizonte, y gritó su nombre. Entonces, justo cuando decidió que su situación no podía empeorar más, una gota de lluvia apuñaló fuerte su mejilla.

Victoria bajó la mirada, vio que sus brazos temblaban, y luego se dio cuenta de que no era a causa del frío. Ella estaba aterrorizada.

Y si Robert se ahogó…

Ni siquiera podía completar el pensamiento. Ella todavía estaba enojada con él por su comportamiento despótico de la semana pasada, y no estaba del todo segura que quisiera casarse con él, pero el pensamiento de él se hubiera ido para siempre de este mundo estaba más allá de la comprensión.

La lluvia se espesaba. Victoria continuó gritando el nombre de Robert, pero el viento se negó a llevar sus palabras al mar. Ella se sentía incompetente e impotente. No tenía ningún sentido aventurarse en el agua para salvarlo, era un mucho mejor nadador que ella, y además, ella no tenía ni idea de dónde podía estar. Así que sólo gritó su nombre una vez más. No es que pudiera oírla, sino era lo único que ella podía hacer. Ya que no hacer nada era pura agonía.

Ella vio cómo el cielo se oscureció ominosamente, escuchó gritar al viento y se obligó a respirar de manera uniforme ya que su corazón se aceleró por el pánico. Y entonces, justo cuando ella estaba segura de que iba a explotar de frustración, vio un destello de color rosa en el horizonte.

Corrió a la orilla del agua. -Robert-gritó ella. Pasó un minuto, y luego por fin pudo ver que el objeto en el agua era de hecho un hombre. -Oh, gracias a Dios, Robert-susurró ella, corriendo por el agua. Todavía estaba demasiado lejos para que ella sea de alguna utilidad, pero no pudo evitar correr hacia él. Además, le pareció una tontería preocuparse por los tobillos húmedos, cuando la lluvia había empapado ya su ropa.

Ella se metió más adentro hasta que las olas le pegaban a sus rodillas. La corriente era fuerte, tiraba de ella hacia el horizonte, y ella temblaba de miedo. Robert luchaba contra esa corriente. Podía verlo más cerca ahora, sus golpes seguían siendo fuertes, pero fueron creciendo de manera desigual. Él se estaba cansando.

Ella gritó su nombre una vez más, y el tiempo se detuvo y miró hacia arriba, mientras iba pisando el agua. La boca de él se movió, y en su corazón Victoria supo que había dicho su nombre.

Él agachó su cabeza y nadó hacia adelante. Podría haber sido la imaginación de Victoria, pero parecía como si estuviera moviéndose un poco más rápido ahora. Ella apretó sus brazos y tomó otro paso adelante. Sólo diez metros más o menos los separaban ahora.

– ¡Ya casi has llegado!- Ella lo animó. -¡Puedes hacerlo, Robert!

Tenía agua en la cintura y de repente una ola gigante pasó encima de ella. Ella cayó en un rodando, y por un momento no tenía idea de qué camino había terminado. Y entonces, milagrosamente, sus pies tocaron el suelo, y su rostro encontró el aire. Ella parpadeó, se dio cuenta de que ella se enfrenta ahora a la costa, y se volvió justo a tiempo para ver a Robert. Tenía el pecho desnudo y sus pantalones estaban pegados a sus muslos.

Prácticamente cayó sobre ella. -Dios mío, Victoria-, alcanzó a murmurar. -Cuando te vi caer…- Ciertamente incapaz de terminar la frase, se dobló por la cintura, respirando jadeante.

Victoria lo tomó del brazo y comenzó a tirar. -Tenemos que llegar a la orilla-, suplicó.

– ¿Estas ¿estás bien?

Ella quedó asombrada mirándolo a través de la lluvia. -Me estás preguntando eso a mí? ¡Robert, estabas a más de una milla de la costa! No te podía ver. Yo estaba aterrorizada. Yo…-Se detuvo. -¿Por qué estoy discutiendo eso ahora?

Tropezaron en la orilla. Victoria estaba fría y débil, pero sabía que él debía estar más débil, por lo que se obligó forzar sus piernas. Él se aferró a ella, y ella podía sentir sus piernas debajo de él tambaleándose.

– Victoria-, alcanzó a murmurar.

– No digas nada-. Se concentró en la orilla, y cuando ella llegó se concentró en el camino.

Él, sin embargo, la obligó a detenerse. Le tomó la cara entre las manos, haciendo caso omiso de la lluvia y el viento, y miró a los ojos. -¿Estás bien?-, Repitió.

Victoria lo miró fijamente, sin poder creer que se detenía en medio de la tormenta para preguntarle eso. Le cubrió una de sus manos con la suya y dijo: -Robert, estoy bien. Tengo frío, pero estoy bien. Tenemos que ir adentro.

¿Cómo pudieron subir por el camino empinado? Victoria nunca lo sabría. El viento y la lluvia había aflojado la tierra, y más de una vez uno de ellos tropezó y cayó, sólo para ser arrastrado por el otro. Por último, con las manos y piernas raspadas, Victoria se detuvo al borde de la colina y cayó sobre la hierba verde de césped de la casa. Un segundo después, Robert se unió a ella.

La lluvia caía torrencial en ese momento, y el viento aullaba como un centenar de furias. Ambos, se tambalearon hasta la puerta de la cabaña. Robert agarró el picaporte y abrió la puerta de un golpe, y empujó a Victoria al calor del interior.

Una vez que estuvieron dentro, ambos quedaron inmóviles, paralizados de alivio.

Robert fue el primero en recuperarse, y le extendió la mano y agarró a Victoria, aplastándola contra él. Sus brazos temblaban descontroladamente, pero todas tenían su firma. -Pensé que te había perdido-le susurró, apretando los labios contra las sienes de ella. -Pensé que te había perdido.

– No seas tonto, yo…

– Pensé que te había perdido-, repitió, continuó abrazándola fuerte. -Primero pensé que me iba que no podía lograrlo, y yo no quería… Dios, yo no quería morir, no cuando estábamos tan cerca – Sus manos se trasladaron a la cara de ella, sosteniéndola inmóvil mientras se aprendía de memoria todos sus rasgos, cada peca, y cada pestaña. -Entonces, cuando te hundiste…

– Robert, fue sólo por un momento.

– Yo no sabía si podías nadar. Nunca me dijiste si sabías nadar.

– Puedo nadar. No tan bien como tu, pero puedo… No importa. Estoy bien. -Ella agarró las manos pegadas a sus mejillas y trató de tirar de él hacia la escalera. -Tenemos que meterte en la cama. Vas a engriparte si no te secas.

– Tú también-murmuró, dejando que ella lo guiara.

– No estuve sumergida en el Estrecho de Dover, sólo Dios sabe por cuánto tiempo. Una vez que te cuide, te prometo que me iré a poner ropa seca. -Ella prácticamente lo empujó por las escaleras. Tropezó varias veces, él nunca parecía levantar la pierna lo suficientemente alta

para llegar al siguiente escalón. Al llegar al segundo piso, ella le dio un codazo hacia adelante.

– Supongo que ésta es tu habitación-dijo ella, llevándolo dentro.

Él asintió brevemente.

– Quítate la ropa -, ordenó.

Robert tuvo fuerza suficiente para reír. -Si supieras cuántas veces he soñado contigo diciendo eso… -Él miró hacia abajo a sus manos, que temblaban violentamente por el frío. Tenía las uñas moradas casi azules.

– No seas tonto-, dijo Victoria con severidad, corrió por la habitación para encender las velas. No era tan tarde, pero la tormenta se había llevado gran parte de la luz del sol. Ella se giró y vio que el no había logrado avanzar mucho en su ropa.

– ¿Qué te pasa?- Ella lo reprendió. -Ya te dije que te desnudaras.

Él se encogió de hombros con impotencia. -No puedo. Mis dedos…

Los ojos de Victoria cayeron sobre sus manos, que eran torpes en los cierres de los pantalones. Sus dedos temblaban violentamente, y él no parecía poder hacer que se cerraran en torno a los botones. Con paso ligero que le recordaba a la determinación de sus días no tan lejanos como institutriz, se acercó y le desabrochó el pantalón, tratando de no mirar cuando tiró de ellos hacia abajo.

– Suelo ser un poco más impresionante -, bromeó Robert.

Victoria no podía mantener los ojos en sí misma después de ese comentario. -¡Oh!-, Dijo, sorprendida. -Eso no es lo que esperaba en absoluto.

– Ciertamente, no es como me gusta verme-, murmuró.

Ella se sonrojó y se alejó. -Dentro de la cama contigo-dijo, tratando de que su voz sonara normal, pero no con mucho éxito.

Él trató de explicar mientras ella acomodaba la cama. -Cuando un hombre tiene frío, él…

– Eso es más que suficiente, gracias. Más de lo que necesito saber, estoy segura.

Él sonrió, pero el castañeteo de sus dientes empañó el efecto. -Sientes vergüenza…

– Te has dado cuenta,- ella dijo, cruzando hacia el armario. -¿Tienes alguna mantas extra?

– Hay uno en tu habitación.

– Me la llevé conmigo al bajar a la playa. Debo haberla perdido en el agua. -Cerró la puerta del armario y se volvió.

– ¿Qué estás haciendo?- Estuvo a punto de chillar. Él estaba sentado en la cama, sin intentar siquiera taparse, con los brazos cruzados. Abrazándose a si mismo.

Él se la quedó mirando, sin parpadear. -No creo que haya tenido tanto frío en mi vida.

Ella lo tapó hasta la barbilla. -Bueno, no vas a conseguir calentarte si no utilizas estas mantas.

Él asintió con la cabeza, todavía temblando incontrolablemente. -Tienes las manos heladas.

– No están ni remotamente tan mal como las tuyas.

– Ve a cambiarte-, ordenó.

– Quiero asegurarme que…

– Ve-. Su voz era tranquila, pero no carecía de autoridad.

Ella hizo una pausa, y luego asintió con un gesto breve. -Pero no te muevas.

– Ni una manada de caballos salvajes podría moverme ahora…

– Lo digo en serio!-, Le advirtió.

– Victoria-, dijo con voz suena infinitamente cansada. -No me podría mover, incluso si yo quisiera, que, por cierto, no quiero.

– Bien.

– ¡Vete!

Ella levantó los brazos. -Me voy, me voy.

Robert se dejó hundir más en la ropa de cama una vez que ella se fue. ¡Dios mío, tenía frío! Cuando él se había ido a nadar, nunca se imaginó que el cielo se transformaría en semejante tormenta feroz. Apretó los dientes, pero castañetearon de todos modos. Odiaba ser tan dependientes de la Victoria, especialmente cuando ella también tenía frío. Había querido ser siempre su caballero de brillante armadura, fuerte, valiente, y verdadero. Ahora él estaba húmedo, frío y patético. Y para colmo de males, ella finalmente lo había visto desnudo, y no tenía mucho que mostrar por sí mismo.

– ¿Todavía está bajo las mantas?-, Gritó Victoria de la habitación de al lado. -Si te levantas de la cama, yo…

– ¡No me he movido!

Oyó un gruñido que sonaba algo así como -Bien-.

Sonrió. Si bien no le gusta depender de Victoria, era agradable ser mimado.

Apretó más las mantas en torno a él y se frotó los pies en las sábanas en un vano intento para entrar en calor. Apenas podía sentir sus manos, por lo que les empujó debajo de las nalgas, pero como su retaguardia estaba igualmente fría, esto no hizo mucho para ayudar. Se tapó con las mantas hasta la cabeza y sopló profundamente en sus manos. Esto trajo algo de alivio momentáneo.

Escuchó pisadas crepitar en la sala antes de oír a Victoria: -¿Qué estás haciendo ahí abajo?

Él asomó la cabeza lo suficiente como para verla. -Hace más calor aquí abajo.- Luego, la miró con más detenimiento.

– ¿Qué llevas puesto?

Ella hizo una mueca. -Como recordarás, no he tenido tiempo de traer una muda de ropa.

Él hubiera querido que su rostro tuviera suficiente calor como para sonreír.

– Todo lo que tenía-, continuó ella, -fue este camisón que me diste. Y este edredón que quité de la otra cama, en aras de la decencia. -Inhaló fuerte a modo de colérica matrona y apretó la colcha más contra su cuerpo.

Robert puso los ojos en blanco y gimió: -Debo estar aún peor de lo que pensaba.

– ¿Qué quieres decir?- Victoria corrió a su lado, se sentó en el borde de la cama, y puso su mano sobre la frente de él. -¿Estás con fiebre?

Él sacudió la cabeza, su expresión más allá de dolor.

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– Eres tú-, le gruñó.

Sus ojos se abrieron. – ¿Yo?

– Tú… en ese vestido.

Ella frunció el ceño. -Es todo lo que tenía a mano.

– Yo lo sé-, se quejó. -Es mi más salvaje fantasía hecha realidad. Y estoy demasiado malditamente débil para reaccionar.

Ella se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. -Te está bien empleado, en mi opinión.

– Tuve la sensación de que esa sería su opinión,- murmuró.

– ¿Estás algo más tibio?-Le preguntó, evaluándolo sin contemplaciones.

Él negó con la cabeza.

Victoria puso en pie. -Voy a bajar a preparar un caldo. Supongo que hay comida en la cocina.

Él la miró sin comprender.

– ¿Comida?-, Repitió ella. -¿En la cocina?

– Creo que sí-dijo, pero no sonaba del todo seguro.

Ella lo miró con incredulidad. -Me secuestraste y se te olvidó las provisiones?

Sus labios se estiraron en una sonrisa decididamente débil. -Puede ser.

– Robert, esto es tan increíblemente atípico de ti, no sé qué pensar. Nunca has olvidado un detalle en tu vida.

– Envié un mensaje avisando que yo iba a llegar, pidiéndole que prepararan la casa. Estoy seguro de que hay comida. -hizo una pausa y tragó saliva. -Por lo menos espero que haya…

Victoria se incorporó y puso su mejor rostro de institutriz.

– ¿Sabes cocinar?-, Preguntó Robert esperanzado.

– Soy una maravilla cuando tengo comida.

– Vas a tener comida.

Ella no dijo una palabra mientras salía de la habitación.

Robert permaneció en la cama, temblando y con el sentimiento de que todo estaba mal. No había sido tan malo cuando Victoria estaba allí. Ella, y ese diabólico camisón que estaba empezando a desear no haberlo comprado, alejaba su mente del hecho que diez agujas congeladas, las que solía llamar dedos, estaban atascados en sus pies.

Unos minutos más tarde Victoria reapareció en la puerta, con dos humeantes tazas en las manos.

Todo el rostro de Robert se iluminó. -¿Caldo?- No podía recordar si alguna vez el caldo hubiera sonado tan apetitoso.

Victoria sonrió con dulzura. Un poco demasiado dulce. -Este es tu día de suerte, Robert.

Robert olfateó el aire, en busca de un aroma. -Gracias, Victoria, por…-se detuvo cuando ella le entregó una taza. -¿Qué es esto?

– Agua caliente.

– ¿Me trajiste agua caliente? ¿No se supone que uno tiene que recibir un plato caliente cuando está enfermo?

– Tú no estás enfermo, sólo tienes frío. Y el agua caliente es, por definición, caliente. Estoy segura de que te va a hacer entrar en calor.

Él suspiró. -No había ningún alimento, ¿verdad?

– Ni siquiera una galleta.

Él tomó un sorbo de agua, temblando de alegría ya una ola calórica viajó a través de su cuerpo. Mirándola desde el borde de su taza. -¿No había té?

– Ni una hoja.

Bebió un poco más y luego dijo: -Nunca pensé que vería el día en que en un hogar Inglés faltara el té.

Victoria sonrió. -¿Ahora te sientes más templado?

Él asintió con la cabeza y le tendió la taza vacía. -Supongo que no hay más…

Ella tomó su taza e hizo una seña a la ventana. La lluvia seguía lanzándose contra la casa con furia. -No creo que estemos en ningún peligro de quedarnos sin agua. Puse a calentar más en la estufa y hay un cubo exterior para atrapar más.

Él levantó la vista bruscamente. -Supongo que no tienes intención de salir afuera con este tiempo. Yo quiero que te quedes seca.

Ella sonrió e hizo un gesto despreocupado. -No hay necesidad de preocuparse. La puerta tiene una saliente que me mantendrá seca. Sólo mi

mano se mojará. -Empezó a salir.

– ¡Victoria, espera!

Ella se dio vuelta.

– ¿Todavía tienes frío? Tu no hsa hecho más que cuidar de mí. No quiero verte resfriada

– El agua caliente me ha ayudado. Yo…

– Tus manos siguen temblando.- Sonaba casi como una acusación.

– No, estoy bien. En serio. Solo necesito un poco de tiempo para calentarme hasta la médula.

Él frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir nada más, ella se precipitó fuera de la habitación. Ella reapareció unos minutos después.

La manta sobre los hombros se deslizó, y Robert trató de ignorar la forma en la que la camisa de dormir de seda azul se aferraba a sus curvas. Fue la cosa más rara que había sentido en su vida. Su mente estaba imaginando toda clase de fantasías eróticas, pero su cuerpo se negaba a responder.

Robert maldijo al frío con fluidez notable.

Cuando Victoria le entregó el agua caliente, le preguntó: -¿Ha dicho algo?

– Nada para tus oídos-, murmuró.

Ella alzó las cejas, pero aparte de eso no hizo ninguna pregunta. Se sentaron en silencio durante varios minutos, Victoria encaramada en el lado opuesto de la cama.

De pronto ella se incorporó con brusquedad casi tirando su propia taza.-¿Dónde está MacDougal?-Espetó apretando la manta más fuerte contra ella.

– Lo envié de vuelta a Londres.

Ella se relajó visiblemente. -Oh. Bien. No quisiera que nadie me viera en este estado.

– Mmm, sí, por supuesto. Pero si estuviera aquí MacDougal podría enviarlo a buscar comida.

El estómago de Victoria gruñó en voz alta en respuesta.

Robert le lanzó una mirada de soslayo. -¿Tienes hambre?

– Oh, sólo un poco-dijo, evidentemente mintiendo.

– ¿Todavía sigues enojada conmigo?

– Oh, sólo un poco-, dijo en el mismo tono.

Él se echó a reír. -Yo nunca tuve la intención de matarte de hambre, ya sabes.

– No, estoy segura que la seducción estaba al comienzo de tu lista de prioridades.

– El matrimonio era mi objetivo principal, como tu bien sabes.

– Hmmph.

– ¿Qué se supone que significa eso? Sin duda, no dudas de mis intenciones.

Ella suspiró. -No, no dudo de ti. Has sido más que entusiasta.

Hubo un largo silencio. Robert la miraba mientras dejó la taza sobre la mesa de noche y se frotó las manos. -Todavía hace frío, ¿no?-, Preguntó.

Ella asintió, arropando sus piernas debajo de su cuerpo para conservar su calor.

– Métete en la cama-, él dijo.

La cabeza de ella giró lentamente en su dirección. -Seguramente bromeas.

– Vamos a estar más caliente, si reunimos el calor de nuestros cuerpos.

Para su sorpresa, ella se echó a reír. -No tenía idea que te habías vuelto tan creativo.

– Yo no estoy inventando esto. Tú sabes que he estudiado ampliamente las ciencias en la universidad. La dinámica de calor fue uno de mis temas favoritos.

– Robert, me niego a comprometer mi…

– Oh, vamos, Torie, no podrías estar más comprometida.- Se dio cuenta de lo incorrecto de sus palabras al ver la expresión del rostro de ella. -Lo que quise decir-, continuó, -es que si alguien se enterara de que has pasado la noche aquí conmigo, van a suponer lo peor. No importa si nos comportamos con propiedad. A nadie le importará.

– A mi me importará…

– Victoria, no te voy a seducir. No podría aunque lo quisiera. Mi cuerpo está tan condenadamente frío que puedes confiar en mí, no estoy exactamente en mi mejor estado.

– ¿Todavía Tienes frío?-Preguntó ella.

Él se esforzó por no sonreír. Debía saberlo, ella no se acurrucaría en la cama con él por su propio beneficio, pero tenia un corazón suficientemente grande para sacrificarse por el bien de él. Así que, por prevención el aseguró – Congelado- y para asentar el efecto dejó que sus dientes castañetearan.

– ¿Y mi meterse en la cama te ayudará a entrar en calor?- Parecía dudosa.

Él asintió con la cabeza, capaz de mantener una sincera expresión de su rostro, porque no estaba técnicamente mintiendo. Estaría más caliente con el calor de otro cuerpo en la cama junto a él.

– ¿Y voy a estar más tibia, también?- Ella dejó escapar un escalofrío.

Los ojos de él se estrecharon. -Tu me has estado mintiendo, ¿no? Sigues estando congelada. Tu has estado corriendo por la casa, cuidando de mis necesidades sin pensar en tu propio bienestar. -Él se movió rápido extendiendo su mano por debajo de las frazadas, que se deslizaron un poco dejando al descubierto su pecho musculoso.

– ¡Robert!

La mano masculina se cerró alrededor del pie descalzo. -Dios mío-exclamó-.Estás más fría que yo.

– Es sólo mis pies. Las tablas del suelo…

– ¡Ahora!- Él rugió.

Victoria se escurrió debajo de las mantas. El brazo de Robert la envolvió y la acercó a su lado de la cama.

– Estoy segura que esto no es necesario-protestó Victoria.

– Oh, es necesario.

Victoria tragó saliva como él la atrajo hacia sí. La espalda de ella estaba pegada al torso masculino, y la única cosa entre su piel desnuda era una fina capa de seda. Ella no estaba del todo segura de cómo había acabado en esa posición. Robert la había manipulado de alguna manera sin que ella ni siquiera se diera cuenta. -Todavía tengo frío-, dijo malhumorada.

Cuando él habló, sus palabras se encendieron contra el oído de ella. -No te preocupes. Teneemos toda la noche.

Victoria le dio un duro codazo en las costillas.

– ¡Ay!- Se tambaleó hacia atrás y él se frotó la sección media. -¿Qué fue eso?

– ‘Todos hemos noche’- ella lo imitó. -Realmente, Robert, no puedes ser más insultante. Te estoy haciendo un favor…

– Lo sé.

– … estando aquí a tu lado, y…- Ella levantó la vista. -¿Qué has dicho?

– Dije: 'Lo sé. Tú me estás haciendo un favor maravilloso. Ya me siento más caliente.

Eso la desinflo un poco, y todo lo que ocurrió decir fue: -Grmmph. -No es que estuviera en su momento más ingenioso.

– Tus pies, sin embargo, siguen estando congelados.

Victoria hizo una mueca. -Ellos parecen irradiar frío, ¿no?

– No se puede irradiar frío-, dijo él en un tono por demás académico. -Los objetos absorben calor del aire circundante, lo que hace sentir como si se irradia el frío, pero en realidad uno sólo puede irradiar calor.

– Oh-, dijo Victoria, más que nada para que él pensara que lo estaba escuchando.

– Es un error común.

Ese parecía ser el final de la conversación, que dejó a Victoria, justo donde había empezado, acostada en la cama junto a un hombre que no llevaba ninguna ropa. Y ella con un escandalosamente escotado camisón, era demasiado para cualquiera. Victoria trató de alejarse unos cuantos centímetros de él, pero el brazo, aunque frío, parecía admirablemente fuerte. Robert no tenía ninguna intención de dejarla deslizarse hacia el otro lado de la cama.

Victoria apretó los dientes con tanta fuerza que pensó que su mandíbula podría quebrarse.-Voy a dormir-, declaró con firmeza y a continuación cerró los ojos.

– ¿En serio?- Robert arrastró las palabras, era evidente por el tono de su voz que él no creía que ella fuera capaz de hacerlo.

– En serio-dijo, los ojos todavía cerrados. Dudaba que pudiera dormirse pronto, pero ella siempre había sido buena en fingir.

– Buenas noches.

* * *

Veinte minutos más tarde Robert la miró sorprendido. Sus pestañas se apoyaban ligeramente en sus mejillas, y su pecho subía y bajaba en un suave y rítmico movimiento-No puedo creer que ella se durmiera-, murmuró. No quería renunciar a su abrazo, pero su brazo se estaba quedando dormido, por lo que se dio vuelta con un suspiro y cerró los ojos.

A pocos centímetros de distancia, Victoria al fin abrió los ojos y dejó escapar una pequeña sonrisa.

Capítulo 18

Cuando Victoria se despertó a la mañana siguiente, había un brazo desnudo tirado sobre su hombro y una pierna igualmente desnuda sobre su cadera. El hecho de que ambas partes pertenecieran a un hombre igualmente desnudo produjo que su corazón se acelerase.

Cuidadosamente se desenredó, y salió de la cama llevándose una manta para cubrir la parte de la piel que el camisón azul dejaba al descubierto.

Ella acababa de llegar a la puerta cuando oyó que Robert se movía. Tomó el picaporte con la esperanza de poder salirse antes que él abriera los ojos, pero ni siquiera llegó a torcer la mano cuando escuchó un atontado -Buenos días- a sus espaldas.

No había más remedio que darse la vuelta. -Buenos días, Robert.

– Espero que hayas dormido bien.

– Como un bebé-, mintió. -Si me disculpas, voy a cambiarme la ropa.

Él bostezó, se desperezó y dijo: -Me imagino que tu vestido se arruinó ayer.

Ella tragó saliva, habiéndose olvidado de su arruinada y única prenda. El viento, la lluvia, piedras y agua salada la había arruinado completamente. Aun así, era sin duda más adecuado y respetable que lo que llevaba puesto ahora, y ella se lo dijo.

– Lástima-el respondió. -El camisón azul se ve tan bien en ti.

Ella soltó un bufido y ajustó la manta con más fuerza a su alrededor. -Es una indecencia, y estoy segura que es exactamente lo que querías cuando lo compraste.

– En realidad-dijo pensativo-, Tu lo llenas aún más deliciosamente de lo que yo había soñado.

Victoria tomó el "deliciosamente" como un eufemismo para referirse a algo completamente distinto, y rápidamente salió de la habitación. Ella no quería ser objeto de los dobles sentidos de Robert. Peor aún, ella estaba aterrada de que empezara a ablandarse. Odiaba pensar qué podría hacer si él trataba de besarla de nuevo.

Podría probablemente responderle. ¡Qué pesadilla!

Se escabulló a su habitación, donde el vestido arruinado estaba sobre la cama. El agua salada lo había dejado tieso, y ella tuvo que hacer fuerza y estirar el material hasta que fue suficientemente flexible para que ella se lo pusiera. Se dejó el camisón azul como camisa, ya que su propia picaba como el diablo y tenía un trozo de alga enredada en la correa.

Cuando finalmente se puso delante del espejo, ella no pudo reprimir un gemido. Asustaba. Su cabello estaba más allá de toda esperanza. No había manera de que ella fuera capaz de peinarlo correctamente sin lavar la sal, y en su inspección superficial de la casa no había encontrado ningún tipo de jabón. Su vestido estaba insoportablemente arrugado, rasgado en cuatro lugares, no, eran cinco, otro en el dobladillo. Aún así, la cubría mejor que lo que había estado usando antes.

Y no quería precisamente verse de lo mejor ante Robert, bueno, el hombre la había raptado. Se lo merecía.

Robert, hombre sincero como era, no hizo ningún intento por ocultar el hecho de que su aspecto no estaba en su nivel habitual. -Parece como si te hubieran atacado los perros-, dijo cuando se cruzaron en el vestíbulo. Él se había vestido, pero a diferencia de Victoria parecía inmaculado. Ella ssupuso que guardaba una muda de ropa aquí en la casa para no preocuparse de las maletas en viajes como este.

Ella puso los ojos en blanco y dijo: -La adulación no te llevará a ninguna parte-, y luego continuó caminando delante de él por las escaleras.

Él la siguió hasta la cocina con una expresión alegre. -¿Es así? Entonces, ¿Cuál es el camino a tu corazón? Acepto felizmente cualquier y todos los consejos.

Victoria rápidamente dijo, -Comida.

– ¿Comida? ¿En serio? ¿Eso es todo lo que se necesita para impresionarte?

Era difícil permanecer de mal humor cuando él estaba siendo tan jovial, pero ella hizo un gran esfuerzo. -Sin duda sería un buen comienzo. Entonces, como para acentuar lo dicho, su estómago soltó un fuerte rugido.

Robert hizo una mueca. -Soy de la misma opinión-, dijo, acariciando su abdomen. Miró a su vientre. Parecía plano, pero se sentía cóncavo. Ayer por la noche había tenido demasiado frío para tratar de seducir a Victoria, esta mañana estaba demasiado hambriento. Elevó los ojos hasta el rostro de ella que lo miraba expectante, como si hubiera dicho algo a él y él no la había estado escuchando. -Er, ¿me estabas hablando?

Ella frunció el ceño y repitió: -No puedo salir de esta manera.

Él parpadeó, sin dejar de reírse de su propia imagen y la de Victoria, por fin hacían el amor pero se desmayaban en la mitad muertos de hambre.

– Robert-, dijo con impaciencia-, ¿Vas o no vas a ir a la ciudad? Necesitamos comida, y necesito algo que vestir.

– Muy bien-dijo, de alguna manera quejándose y sonriendo al mismo tiempo. -Voy a ir. Pero tengo que reclamar el pago.

– ¿Estás loco?-, Exclamó, levantando la voz a medio camino de un grito. -Primero me secuestras, ignorando por completo mis deseos, luego casi me ahogo tratando de salvarte, ¿y ahora tienes el descaro de decirme que debo pagar para comer?

Uno de los lados de la boca masculina se elevó perezosamente en una sonrisa. -Sólo un beso-, dijo. Entonces, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, la atrajo hacia él y la besó profundamente.

Había querido que fuera un beso simple, una especie de broma, pero en el momento que sus labios tocaron los de ella, fue atrapado por el hambre que eclipsaba cualquier asunto del estómago. Ella era perfecta en sus brazos, pequeña, suave, cálida y todo lo que había soñado alguna vez que una mujer podía ser.

Él tocó la lengua con la suya, maravillado por el calor suave de la misma. Ella cedía, no, ella ya había cedido, y ahora regresaba sus afectos.

Robert sintió aquel beso en el alma. -Tu me amas otra vez-, susurró. Y entonces él apoyó la barbilla en la cabeza y abrazándola fuertemente. A veces eso era suficiente. A veces, sólo sentirla en sus brazos era todo lo que necesitaba. Su cuerpo no despertó al deseo. Él sólo necesitaba abrazarla.

Se quedaron así durante un minuto completo. Luego se apartó y vio la confusión en el cauteloso rostro de ella. Antes de que pudiera decir algo que él no quería oír, le obsequió una sonrisa alegre y dijo: -Tu pelo huele a algas.

Eso le valió un golpe en el costado de su cabeza con un saco de azúcar, vacío, que había estado llevando. Robert se echó a reír, agradecido de que ella no hubiera estado llevando un palo de amasar.

* * *

Alrededor de una hora después de que Robert se fue para ir de compras, Victoria se dio cuenta de que habían pasado por alto un punto importante.

MacDougal se había llevado el carruaje nuevamente a Londres. Por lo que ella sabía, no había ni siquiera un caballo para que Robert pudiera montar hasta la ciudad. Ella no había inspeccionado la propiedad con mucho cuidado el día anterior, pero ciertamente no había visto ningún edificio en el que podría haber un caballo.

Victoria no estaba particularmente perturbada por que Robert tuviera que caminar a la ciudad. Era un día perfectamente hermoso fuera, sin rastro de la tormenta de ayer, y el ejercicio probablemente le haría bien. Pero ella se preguntaba cómo iba a ser capaz de traer las compras a casa. Los dos estaban muertos de hambre, por lo que tendría que comprar un montón de alimentos. Y, por supuesto, necesitaba un vestido nuevo o dos.

Con un movimiento de cabeza ella decidió no preocuparse por ello. Robert estaba lleno de recursos, y le gustaba planear.

No podía imaginar que no fuera a encontrar la manera de resolver este pequeño dilema.

Vagó sin rumbo por la casa, inspeccionando más de cerca de lo que había podido hacer el día anterior. La casa de campo era encantadora, y ella no entendía cómo podía soportar Robert vivir en otro sitio. Ella supuso él estaba acostumbrado a sus grandiosos alojamientos. Victoria dejó escapar un suspiro de pesar. Una casita como ésta era todo lo que ella quería. Limpia, ordenada, hogareña, con una hermosa vista del agua. ¿Cómo se podía pedir algo más?

Consciente de que se estaba volviendo demasiado sensiblera, Victoria continuó con su inspección. Sabía que estaba invadiendo la privacidad de Robert por rebuscar en sus cajones y armarios, pero ella no se sentía particularmente culpable por ello. Él la había secuestrado, después de todo. Tenía unos cuantos derechos como víctima en este extraño escenario. Y, por mucho que no disfrutara de confesárselo a sí misma, sabía que ella estaba buscando pedazos de sí misma. ¿Robert había guardado recuerdos de su noviazgo, recuerdos de su amor? No era realista pensar que él hubiera traído esas cosas a esta casa, pero no pudo evitar mirar.

Ella se estaba enamorando de nuevo de él. Él estaba haciendo que ella bajara sus defensas, tal como dijo que lo haría. Se preguntó si había alguna forma de revertir la marea. Ella no quería amarlo.

Regresó a su dormitorio y abrió la puerta a lo que ella supuso que era su armario. En la esquina había una bañera, y en la bañera… ¿podría ser? Se acercó un poco más. Efectivamente, pegado al fondo de la bañera había una barra medio derretida de jabón que alguien, probablemente Robert, se había olvidado de limpiar. Victoria nunca en su vida había estado tan agradecida por la falta de habilidades de orden y limpieza que alguien pudiera tener. La última vez que había intentado correr la mano por el pelo, se había quedado atascada allí. Ser capaz de lavar la sal era lo más cercano al cielo que podía imaginar.

Robert seguramente estaría afuera por varias horas. Tendría tiempo de sobra para disfrutar de un baño caliente. Con un gruñido de esfuerzo, Victoria sacó la bañera del vestidor y la colocó donde la luz del sol se filtraba por las ventanas. Entonces, de repente se sintió muy incómoda ante la idea de bañarse en la cámara privada de él, así que sacó la tina por el pasillo hacia su propia habitación. Ella intentó despegar al jabón del metal, pero se sentía como si hubiera sido atornillado. Ella decidió dejarlo. El agua caliente probablemente lo aflojaría.

Le tomó casi media hora y varios viajes arriba y abajo de las escaleras, pero al final Victoria tenía la bañera llena de agua hirviendo. Sólo mirarla la hacía temblar de anticipación. Se desnudó lo más rápido que pudo y se metió en el agua. Estaba lo suficientemente caliente como para picar la piel, pero estaba mojada y limpia y se sentía como el cielo.

Victoria suspiró con satisfacción mientras lentamente se sentó en la tina de metal. Ella vio como las manchas blancas de sal que se aferraban a su piel se disolvían en el agua caliente, luego se sumergió bajo la superficie para mojarse el pelo. Después de bastante tiempo de remojo feliz, ella utilizó su pie izquierdo para empujar el jabón que seguía pegado al fondo.

No se movía.

– Oh, vamos-murmuró-.Has tenido tus buenos veinte minutos.- Se le ocurrió que ella estaba hablando con una pastilla de jabón, pero después de lo que había pasado en las últimas cuarenta y ocho horas, pensó que tenía derecho a actuar un poco extraña, si le venía en gana.

Ella cambió a su pie derecho y empujó con más fuerza. Seguramente se soltaría ahora.

– ¡Muévete!- Le ordenó, su talón presionaba contra el lateral del jabón. Era astuto y escurridizo, y todo lo que sucedió fue que su pie se deslizó sobre la parte superior.

– Oh, maldición-, gruñó, sentándose. Iba a tener que usar las manos para hacer fuerza y logar que se suelte. Ella clavó las uñas y tiró. Entonces se le ocurrió una mejor y retorcida idea. Por último sintió al jabón moverse, y después de unos segundos más de torcer y tirar, una parte de la barra terminó en sus manos.

– ¡Ajá!-, Gritó ella triunfal, aunque su enemigo no era más que una barra de jabón-Yo gano. Yo gano.

– ¡Victoria!

Ella se congeló.

– Victoria, ¿con quien estás hablando?

¡Robert! ¿Cómo diablos pudo haber viajado a la ciudad y vuelto en tan poco tiempo? Por no hablar de hacer todas sus compras. Había estado fuera sólo una hora. ¿O dos?

– Sólo a mí misma-gritó ella estremeciéndose. Santo Dios, ya estaba de regreso, y ella ni siquiera se había lavado el pelo. Maldición. Ella, realmente, quería lavarse el cabello.

Los pasos de Robert sonaban en la escalera. -¿Ni siquiera quieres saber lo que he comprado?

No había nada que hacer. Ella tenía que acabar limpia. Haciendo una mueca ante su propio juego de palabras, Victoria gritó, -No entres!

Los pasos se detuvieron. -¿Victoria, está todo bien?

– Sí, estoy… Sólo estoy…

Después de un largo latido, Robert dijo desde detrás de la puerta, -¿Tienes algún plan para completar esa frase?

– Estoy tomando un baño.

Más silencio, y luego, -ya veo.

Victoria tragó saliva. -Preferiría que no lo hicieras.

– ¿No hiciera qué?

– Mirar…me, eso.

Él dejó escapar un gemido que Victoria oyó perfectamente. Era imposible no pensar en él, allí parado, y ella en la bañera.

– ¿Necesita una toalla?

Victoria suspiró, más que alarmada por la ruta de sus propios pensamientos que la interrupción de él.-No-respondió ella-.Tengo una aquí.

– ¡Qué desgracia!

– La encontré con la ropa de cama,- explicó ella, sobre todo porque sentía como si tuviera que decir algo.

– ¿Necesitas jabón?

– Encontré uno pegado a la bañera.

– ¿Necesitas comida? Yo traje media docena de empanadas.

El estómago de Victoria retumbó, pero ella dijo: -Voy a comerlas más tarde, si no te importa.

– ¿Necesita algo?- Sonaba casi desesperado.

– No, en realidad, aunque…

– ¿Aunque?-,Dijo él, muy rápidamente. -¿Qué necesitas? Me encantaría llevártelo. Cualquier cosa para hacer sentirse más cómoda.

– ¿Por casualidad compraste un vestido nuevo? Voy a necesitar algo para cambiarme. Supongo que podría ponerme esto de nuevo, pero es terriblemente picante con la sal.

Ella le oyó decir: -Sólo un momento. No te muevas. No vayas a ningún sitioo.

– Como si yo tuviera a donde ir así-, se dijo, mirando su cuerpo desnudo.

Un momento después oyó a Robert corriendo por el pasillo. -¡Estoy de vuelta!-, Dijo. -Tengo tu vestido. Espero que se ajuste.

– Cualquier cosa sería mejor que…- Victoria contuvo el aliento cuando vio a la perilla de la puerta girar. -¿Qué estás haciendo?- Gritó ella.

Gracias a Dios el picaporte se congeló en su lugar. Se supone que incluso Robert sabía cuándo iba demasiado lejos. -Lo que me pediste, tu vestido – Pero hubo un indicio de una pregunta en su voz.

– Basta con abrir la puerta unos centímetros y colocarlo dentro,- indicó ella.

Hubo un momento de silencio y luego: -¿Yo no puedo entrar?

– ¡No!

– Oh.- Él sonó como un colegial decepcionado.

– Robert, seguro que no pensabas que te permitiría entrar aquí mientras estoy me baño.

– Tenía la esperanza…- Sus palabras se apagaron en un suspiro sincero y grande.

– Sólo tienes que arrastrar el vestido dentro.

Él hizo lo que ella le pidió.

– Ahora cierra la puerta.

– ¿Quieres que deje caer la comida en el interior, también?

Victoria juzgó la distancia entre la bañera y la puerta. Tendría que salir de la bañera con el fin de obtener los alimentos. No es un concepto atractivo, pero de nuevo su estómago rugió ante la idea de un pastel de carne. -¿Podrías deslizarlo por el suelo? -, preguntó ella.

– ¿No se ensuciaría?

– No me importa.- Y no lo hizo. Así estaba de hambrienta.

– Muy bien. -Su mano entró en su perímetro de visión, alrededor de una pulgada por encima del suelo.

– ¿En qué dirección?

– ¿Cómo?

– ¿En qué dirección debo empujar la empanada? No me gustaría enviarla fuera de tu alcance.

Victoria pensó que lo que debería haber sido una tarea muy sencilla se estaba convirtiendo en una tarea demasiado complicada, y se preguntó si él había encontrado alguna mirilla. Tal vez estaba haciendo tiempo mientras la miraba. Tal vez podía ver su cuerpo desnudo. Tal vez…

– ¿Victoria?

Entonces pensó en la precisión científica con la que concebía todo lo que hacía. Probablemente, el loco, quería saber de qué lado estaba para enviar correctamente la comida. -Estoy en alrededor de la una en punto-dijo, levantando la mano izquierda de la tina y agitándola para que se seque.

La mano de Robert se torció ligeramente a la derecha, y envió a la carena pastosa por el suelo de madera. Se detuvo cuando chocó contra el lado de la tina de metal. -¿Ojo de buey!- Le dijo Victoria. -Ya puedes cerrar la puerta ahora.

Nada.

– He dicho que puedes cerrar la puerta ahora-volvió a repetir, su voz un poco más severa.

Se escuchó un suspiro, y luego la puerta cerrarse. -Voy a esperar en la cocina-, él dijo, con voz débil.

Victoria le habría respondido, si su boca no hubiera estado ocupada masticando.

* * *

Robert se sentó en un taburete y dejó caer, abatido, su cabeza sobre la mesa de madera en la cocina.

Primero había estado con demasiado frío, después con demasiado hambre. Pero ahora, bueno, para ser sinceros, ahora su cuerpo estaba en perfecto estado de funcionamiento, e imaginar a Victoria desnuda en una tina, y había sido…

Él se quejó. No se sentía cómodo.

Se forzó a ocuparse de la cocina, ordenar la comida que había traído a la casa. Él no estaba acostumbrado a la tarea, pero rara vez traía muchos siervientes con él a la casa de Ramsgate, por lo que estaba un poco más como en casa de lo que él estaba en Castleford o en Londres. Además, no había mucho para desempaquetar, había hecho los arreglos para el dueño de las tienda trajera mas tarde la mayoría de sus compras. Había traído con él lo indispensable para consumir inmediatamente.

Robert acabó sus tareas al colocar dos hogazas en la caja de pan, y puso una de sus rodillas sobre la banqueta, haciendo un gran esfuerzo para no imaginar lo que Victoria estaba haciendo en ese momento.

No tuvo éxito, y empezó a sentirse tan caliente que se sintió la necesidad de abrir una ventana.

– Mantén tu mente lejos de ella-, murmuró. -No hay necesidad de pensar en Victoria. Hay millones de personas en este planeta, y ella es sólo una de ellas. Y hay un gran número de planetas, también. Mercurio, Venus, Tierra, Marte…

Robert se quedó sin planetas en el corto plazo y, desesperado por mantener su mente en otra cosa que no fuera Victoria, comenzó a enunciar el sistema taxonómico de Linneo. -Reino, filo, clase… – Hizo una pausa. ¿Era un paso lo que había oído? No, debía haberlo imaginado. Suspiró, y luego reanudó. -… clase, orden, familia y, a continuación… y entonces… Maldita sea, ¿qué venía después? Empezó a golpear la mesa con el puño en un intento de forzar a su memoria. -Maldita sea, maldita sea, maldita sea-dijo, golpeando con el dedo cada palabra. Él era muy consciente de que esa molesta actitud por su incapacidad para recordar un simple término científico, estaba llegando a niveles ilógicos. Pero Victoria estaba arriba en la bañera, y…-Género-gritó triunfal. -¡Género y especie!

– ¿Cómo has dicho?

Él giró violentamente su cabeza. Victoria estaba de pie en la puerta, con el cabello todavía húmedo. El vestido que le había comprado era demasiado largo y lo arrastraba por el suelo, pero aparte de eso le sentaba muy bien. Él se aclaró la garganta. -Te ves- Tuvo que aclararse la garganta de nuevo. -Te ves guapa.

– Muchas gracias-, dijo de forma automática. -Pero ¿sobre qué estabas gritando?

– Nada.

– Yo podría haber jurado que estaba diciendo algo sobre el género de los tres mares.

Él la miró fijamente, seguro de que sus partes bajas habían drenado toda la energía de su cerebro, porque realmente no tenía idea de lo que estaba hablando. -¿Qué significa eso?-, Se preguntó.

– No lo sé. ¿Por qué lo dices?

– Yo no lo dije. Yo dije, 'género y especie.'

– Oh.- Ella hizo una pausa. -Eso lo explica todo, supongo, si yo supiera lo que significa.

– Significa…-Miró para arriba. Ella tenía una expresión expectante y divertida un poco en la cara.-Es un término científico.

– Ya veo-dijo lentamente. -¿Y había alguna razón por lo que la estuvieras gritando desaforadamente?

– Sí-dijo, centrándose en la boca de ella. -Sí, una razón había.

– ¿Había una razón?

Él dio un paso hacia ella, y luego otro. -Sí. Verás, yo estaba tratando de mantener mi mente alejada de algo perturbador.

Ella nerviosamente mojó sus labios y se ruborizó. -Ah, ya entiendo.

Se más cerca. -Pero no funcionó.

– ¿Ni siquiera un poco?

Él sacudió la cabeza, tan cerca de ella ahora que su nariz casi rozó la de ella. -Todavía te deseo-. Se encogió de hombros como disculpándose. -No puedo evitarlo.

Ella no hacía más que mirarlo. Robert decidió que era mejor que un rechazo total y movió la mano sobre la espalda de ella. -Busqué una mirilla en la puerta-, dijo.

Ella no pareció sorprendida ni siquiera cuando susurró, -¿Encontraste una?

Él negó con la cabeza. -No. Pero tengo una imaginación muy buena. No…- él se inclinó hacia delante y rozó ligeramente los labios de ella- tan buena como la realidad, me temo, pero fue suficiente para llevarme a un incómodo, extremo y prolongado estado de malestar.

– ¿Malestar?- Coreó ella, sus ojos cada vez más abiertos y fuera de foco.

– Mmm-hmm.- Él la besó de nuevo, otro suave caricia destinada a estimular, no a invadir.

Otra vez ella no hizo ningún ademán de retirarse. La esperanza de Robert se disparó, al igual que su excitación. Pero mantuvo su deseo bajo control, seguro de que ella tenía que dejarse seducir por las palabras así como las acciones. Le tocó la mejilla cuando le susurró, -¿Puedo besarte?

Ella se quedó perpleja ante el pedido de él. -Lo acabas de hacer.

Él sonrió perezosamente. -Técnicamente supongo que esto-rozó ligeramente su boca -Califica como beso. Pero lo que quiero hacerte es tan diferente que parece un crimen contra la palabra llamarlos de la misma manera.

– ¿qu-qué quieres decir?

Su curiosidad lo emocionó. -Creo que lo sabes-, dijo sonriendo. -Pero para refrescar tu memoria…

Él inclinó su boca contra la de ella y la besó profundamente, mordisqueando sus labios y luego la exploró con su lengua -Esto está más en la línea de lo que pensaba.

Él podía sentir como ella era arrastrada por la ola de su pasión. Su pulso corría y su aliento se aceleraba. Debajo de la mano, podía sentir su piel quemando a través de la fina tela de su vestido. La cabeza de ella cayó hacia atrás mientras él le besaba el cuello, dejando una línea de fuego caliente a lo largo de su garganta.

Ella se estaba derritiendo. Podía sentirlo. Sus manos se movieron hacia abajo a la curva de su trasero, apretándola contra él.

No se podía negar su excitación, y cuando ella no se alejó de inmediato, lo tomó como un signo de asentimiento.

– Vamos arriba-, le susurró al oído. -Ven y déjame amarte ahora.

Ella no se congeló en sus brazos, pero se mantuvo demasiado quieta.

– ¿Victoria?- El susurro sonó severo.

– No me pidas que haga esto-, dijo, ella volviéndose para mirarlo a la cara.

Él maldijo en voz baja. -¿Hasta cuándo me vas a hacer esperar?

Ella no dijo nada.

Sus dedos apretaron más. -¿Hasta cuándo?

– Tu no estás siendo justo conmigo. Tú sabes que no puedo simplemente… Esto no es correcto.

Él la soltó tan bruscamente que ella se tropezó. -Nada ha sido nunca más correcto, Victoria. Tu simplemente no quieres verlo.

Él la miró por un momento, con hambre, por última vez, sintiéndose demasiado enojado y rechazado para prestar atención a la expresión angustiada de ella.

Luego se volvió sobre sus talones y abandonó la habitación.

Capítulo 19

Victoria había cerrado los ojos contra la amargura de él, pero no pudo cerrar sus oídos. Sus pasos se alejaron, enojados, por la casa, terminando con el golpe fuerte de la puerta de su dormitorio. Ella se apoyó contra la pared de la cocina. ¿Por qué estaba tan asustada? Ya no podía negar que se preocupaba por Robert. Nada tenía el poder para levantar su corazón como una de sus sonrisas. Pero dejarle que le hiciera el amor era algo demasiado permanente. Tendría que renunciar a ese pequeño pedazo de ira que había tirado interiormente de ella durante muchos años. En algún momento, la ira se había convertido en una parte de quién era, y no había nada más aterrorizante que perder el sentido de sí misma. Ese sentido que había sido el palo al que ella se había aferrado cuando era institutriz. Soy Victoria Lyndon, ella se decía a sí misma después de un día particularmente difícil. Nadie puede quitarme eso.

Victoria cubrió su rostro con las manos y exhaló. Tenía los ojos aún cerrados, pero lo único que podía ver era cálida expresión de Robert. Ella podía oír su voz en su mente, y él decía, una y otra vez, -Te amo-. Y entonces ella aspiró. Sus manos olían a él, a sándalo y a cuero. Era abrumador.

– Tengo que salir de aquí-murmuró, luego cruzó la habitación hasta la puerta que daba al jardín trasero de la casa. Una vez fuera, tomó una profunda bocanada de aire fresco. Se arrodilló en la hierba y tocó las flores. -Mamá-susurró-. ¿Me estás escuchando?

Un rayo surcó el cielo aún no estrellado, pero un sexto sentido le dijo que se volviera, y fue entonces cuando vio a Robert en la ventana de su habitación. Estaba sentado en su ventana, de espaldas a ella. Por su postura ella supo que estaba desolado y sombrío.

Le estaba haciendo daño.

Ella se aferraba a su enojo, porque era lo único en que podía confiar, pero lo único que hacía era lastimar a la única persona que…

La flor en su mano se quebró en dos. ¿Acaso había estado a punto de decir amado?

Victoria se puso de pie como si la levantara alguna fuerza invisible. Había algo más en su corazón ahora. Ella no estaba segura de que fuera amor, pero era algo dulce y bueno, y había empujado a un lado la ira. Se sintió más libre de lo que había estado en años.

Miró de nuevo a la ventana, la cabeza de Robert estaba escondida en sus manos. Eso no estaba bien. Ella no podía seguir dañándolo de esa manera. Era un buen hombre. Un poco dominante, a veces, pensó con una sonrisa vacilante, pero un buen hombre.

Victoria volvió a entrar en la casa y en silencio se dirigió a su habitación.

Ella permaneció inmóvil delante de su cama durante un minuto entero. ¿Podría realmente hacer esto? Cerró los ojos y asintió. Luego, tomando una honda bocanada de aire. Movió sus manos para desabrochar su vestido.

Se puso el camisón azul, deslizando las manos por su sedosa longitud. Se sentía transformada.

Y finalmente admitió para sí misma lo que había sabido todo el tiempo, deseaba a Robert. Ella lo deseaba, y quería saber que él la deseaba. La cuestión del amor era todavía demasiado aterradora para que ella la confrontara, pero su deseo era fuerte e imposible de negar. Con una firmeza de propósito que no había sentido en mucho tiempo, Victoria se acercó a la puerta de su recámara para girar el picaporte.

Estaba cerrado con llave.

Su boca se abrió. Trató de girarlo de nuevo, sólo para estar segura. Definitivamente, estaba cerrada.

Ella casi se cayó al suelo en señal de frustración. Ella había hecho una de las decisiones más trascendentales en su vida, y él había cerrado la maldita puerta.

Victoria tenía casi decidido a dar la vuelta y regresar a su habitación, donde podría ahogarse en su propia rabia. Nunca sabría él lo que se había perdido, el maldito hombre. Pero entonces se dio cuenta de