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El Primer Beso

Julia Quinn

Ecos de la Sociedad de Lady Whistledown, mayo 1816. Un huidizo cazador de fortunas es cautivado por la debutante más deseada de la temporada… y debe demostrar que está decidido a robar el corazón de la dama, sin su dote. Peter Thompson hizo una promesa lecho de muerte a su mejor amigo: que debía velar por su hermana menor. Pero cuando este condecorado soldado finalmente conoce a la señorita Matilde Howard, descubre que sus sentimientos son cualquier cosa menos fraternos.

Julia Quinn

El Primer Beso

Dentro de la Antología Lady Whistledown Strikes Back

The First Kiss (2004)

***

CAPÍTULO 01

La invitación más codiciada de esta semana parece ser la próxima cena de lady Neeley, que se realizará la noche del martes. La lista de invitados no es larga, ni notablemente exclusiva, pero se han divulgado cuentos de la cena del año pasado o, para ser más específica, del menú, y todo Londres (y más especialmente aquellos de mayor circunferencia) está ansioso por participar.

Esta Autora no fue obsequiada con una invitación y por lo tanto debe sufrir en casa con una jarra de vino, una hogaza de pan, y esta columna, pero ay, no sientas pena, Querido Lector. A diferencia de aquellos que asistirán al próximo espectáculo gustatorio, ¡esta Autora no tiene que escuchar a lady Neeley!

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 27 de mayo de 1816

Tillie Howard suponía que la noche podía empeorar pero, a decir verdad, no podía imaginar cómo.

No había deseado asistir a la cena de lady Neeley, pero sus padres habían insistido, así que aquí estaba, intentando ignorar el hecho de que su anfitriona -la ocasionalmente- temida, ocasionalmente- burlada lady Neeley- tenía una voz bastante parecida a uñas sobre pizarra.

Tillie también estaba intentando ignorar los ruidos de su estómago, que había esperado alimento al menos una hora antes. La invitación había dicho a las siete de la tarde, así que Tillie y sus padres, el conde y la condesa de Canby, habían llegado puntualmente media hora más tarde, con la expectativa de ser conducidos a la cena a las ocho. Pero allí eran casi las nueve, y no había señales de que lady Neeley pretendiera privarse de hablar para comer en ningún momento pronto.

Pero lo que Tillie más intentaba ignorar, por lo que en realidad hubiese huido de la habitación para evitar si hubiese sido capaz de deducir la manera de hacerlo sin provocar una escena, era al hombre parado a su lado.

– Un tipo alegre era -bramó Robert Dunlop, con esa jovialidad que surge haber consumido un poquito más de vino del que uno debía-. Siempre listo para un poco de diversión.

Tillie sonrió tensamente. Él estaba hablando de su hermano Harry, que había muerto casi un año atrás, en el campo de batalla en Waterloo. Cuando ella y el señor Dunlop habían sido presentados, ella había estado entusiasmada por conocerlo. Había querido desesperadamente a Harry, y lo extrañaba con una ferocidad que a veces la dejaba sin respiración. Y había pensado que sería maravilloso oír historias de sus últimos días, de uno de sus camaradas.

Excepto que Robert Dunlop no estaba diciéndole lo que ella quería escuchar.

– Hablaba sobre usted todo el tiempo -continuó él, aunque ya había dicho lo mismo diez minutos atrás-. Excepto…

Tillie no hizo más que parpadear, sin querer alentar más aclaraciones. Esto no podía terminar bien.

El señor Dunlop la miró con los ojos entrecerrados.

– Excepto que siempre la describió como todo codos y rodillas con trenzas torcidas.

Tillie tocó suavemente su rodete expertamente peinado con la mano. No pudo evitarlo.

– Cuando Harry se marchó al Continente, sí tenía trenzas torcidas -dijo ella, decidiendo que sus codos y rodillas no necesitaban más discusión.

– Él la quería mucho -dijo el señor Dunlop.

Su voz era sorprendentemente suave y atenta, suficiente para captar la atención completa de Tillie. Tal vez no debería ser tan rápida para juzgar. Robert Dunlop tenía buenas intenciones.

Era ciertamente de buen corazón, y bastante apuesto, formando una figura bastante elegante en su uniforme militar. Harry siempre había escrito sobre él con afecto, e incluso ahora, a Tillie le costaba pensar en él de otro modo que como “Robbie.” Tal vez era un poquito diferente. Tal vez era el vino. Tal vez…

– Hablaba elogiosamente sobre usted. Elogiosamente -repitió Robbie, probablemente para dar énfasis extra.

Tillie simplemente asintió. Extrañaba a Harry, aunque estuviese dándose cuenta de que él había informado aproximadamente a mil hombres de que ella era una boba flacucha.

Robbie asintió.

– Decía que usted era la mejor de las mujeres, si uno podía mirar bajo las pecas.

Tillie comenzó a buscar las salidas, buscando una escapatoria. Seguramente podía fingir un ruedo desgarrado, o una horrible tos de pecho.

Robbie se acercó para observar sus pecas.

O la muerte. Su dramático fallecimiento seguramente terminaría como la historia principal en el Whistledown de mañana, pero Tillie casi estaba lista para intentarlo. Tenía que ser mejor que esto.

– Nos contó a todos que tenía pocas esperanzas de que usted se casara alguna vez -dijo Robbie, asintiendo de un modo muy amistoso-. Siempre nos recordaba que usted tenía una dote tremenda.

Eso era suficiente. Su hermano había estado usando su tiempo en el campo de batalla para rogar a los hombres que se casaran con ella, usando su dote (a diferencia de su apariencia o, Dios no lo permita, su corazón) como el atractivo principal.

Era típico de Harry haber muerto antes de que ella pudiera matarlo por esto.

– Tengo que irme -se le escapó.

Robbie miró alrededor.

– ¿Adónde?

A cualquier sitio.

– Afuera -dijo Tillie, esperando que eso fuera explicación suficiente.

El ceño de Robbie se frunció con confusión mientras seguía la mirada de ella a la puerta.

– Oh -dijo-. Bien, supongo…

– ¡Allí estás!

Tillie se dio vuelta para ver quién había logrado apartar la atención de Robbie de ella. Un caballero alto vistiendo el mismo uniforme que Robbie caminaba hacia ellos. Excepto que, a diferencia de Robbie, se veía… peligroso.

Su cabello era rubio miel oscuro, y sus ojos eran… bien, no podía decir de qué color eran a dos metros y medio de distancia, pero realmente no importaba, porque el resto de él era suficiente para aflojar las piernas de cualquier joven dama. Sus hombros eran anchos, su postura era perfecta, y su rostro se veía como si debiera ser tallado en mármol.

– Thompson -dijo Robbie-. Es condenadamente bueno verte.

Thompson, pensó Tillie, asintiendo mentalmente. Debía ser Peter Thompson, el mejor amigo de Harry. Harry lo había mencionado en casi todas las misivas, pero claramente nunca lo había descrito en realidad, o Tillie hubiese estado preparada para este dios griego parado frente a ella. Por supuesto, si Harry lo hubiese descrito, simplemente se hubiera encogido de hombros y dicho algo como “Un tipo de apariencia regular, supongo”.

Los hombres nunca prestaban atención a los detalles.

– ¿Conoces a lady Mathilda? -dijo Robbie a Peter.

– Tillie -murmuró él, tomando la mano ofrecida de ella y besándola-. Perdóneme. No debería tomarme tanta libertad, pero Harry siempre la llamaba así.

– Está bien -dijo Tillie, sacudiendo apenas la cabeza-. Ha sido bastante difícil no llamar Robbie al señor Dunlop.

– Oh, debería hacerlo -dijo Robbie afablemente-. Todos lo hacen.

– ¿Entonces Harry escribía sobre nosotros? -inquirió Peter.

– Todo el tiempo.

– Él la quería mucho -dijo Peter-. Hablaba sobre usted con frecuencia.

Tillie se estremeció.

– Sí, eso ha estado contándome Robbie.

– No quería que pensara que Harry no había estado pensando en ella -explicó Robbie-. Oh, miren, ahí está mi madre. -Tanto Tillie como Peter lo miraron sorprendidos, ante el repentino cambio de tema-. Será mejor que me oculte -murmuró él, y luego se ubicó detrás de una planta en maceta.

– Ella lo encontrará -dijo Peter, con una sonrisa irónica en sus labios.

– Las madres siempre lo hacen -acordó Tillie.

El silencio se impuso en la conversación, y Tillie casi deseó que Robbie regresara y llenara el vacío con su cháchara amistosa, aunque un poquito vacua. No sabía qué decir a Peter Thompson, qué hacer en su presencia. Y no podía dejar de preguntarse -una peste al alma seguramente risueña de su hermano-, si él estaría pensando en su dote, y el tamaño de la misma, y en las muchas ocasiones que Harry la había mencionado como su atributo más brillante.

Pero entonces él dijo algo completamente inesperado.

– La reconocí desde el momento en que entró.

Tillie parpadeó con sorpresa.

– ¿De veras?

Los ojos de él, que ahora se daba cuenta de que eran de un fascinante tono gris-azulado, la observaban con una intensidad que hacía que quisiera retorcerse.

– Harry la describió bien.

– Nada de trenzas torcidas -dijo ella, incapaz de mantener el dejo de sarcasmo fuera de su voz.

Peter rió entre dientes.

– Veo que Robbie ha estado contando historias.

– Varias, en realidad.

– No le preste atención. Todos hablábamos sobre nuestras hermanas, y estoy bastante seguro de que todos las describimos como eran cuando tenían doce años.

Tillie decidió allí y entonces que no había razones para informarle que la descripción de Harry le había cuadrado siendo mucho mayor. Mientras todas sus amigas habían estado creciendo y cambiando, y necesitando ropas nuevas, más femeninas, la figura de Tillie había permanecido obstinadamente infantil hasta sus dieciséis años. Incluso ahora era delgada como un niño, pero tenía algunas curvas, y Tillie estaba emocionada con cada una de ellas.

Ahora tenía diecinueve años, casi veinte, y por Dios que ya no era “toda codos y rodillas”. Y nunca volvería a serlo.

– ¿Cómo me reconoció? -preguntó Tillie.

Peter sonrió.

– ¿No puede adivinarlo?

El cabello. El espantoso cabello Howard. No importaba si sus trenzas torcidas habían dejado paso a un lustroso rodete. Ella y Harry, y su hermano mayor, William, poseían el infame cabello Howard rojo. No era rubio rojizo, y no era tiziano. Era rojo, o anaranjado en realidad, un cobre brillante que Tillie estaba bastante segura de que había hecho que más de una persona entornara los ojos y apartara la mirada a la luz del sol. De algún modo, su padre había escapado a la maldición, pero había regresado con fuerzas sobre sus hijos.

– Es más que eso -dijo Peter, sin que ella necesitara decir las palabras para saber lo que estaba pensando-. Usted se parece mucho a él. Su boca, creo. La forma de su rostro.

Y lo dijo con una intensidad tan serena, con semejante oleada de emoción controlada, que Tillie supo que él también había querido a Harry, que lo extrañaba casi tanto como ella. Y eso hizo que quisiera llorar.

– Yo…

Pero no pudo decirlo. Su voz se quebró, y para su horror, se sintió lloriquear y jadear. No era propio de una dama y no era delicado; era un desesperado intento de evitar sollozar en público.

Peter también lo vio. La tomó del codo y la movió expertamente para que quedara de espaldas al gentío, entonces sacó su pañuelo y se lo entregó.

– Gracias -dijo ella, dándose toquecitos en los ojos-. Lo siento. No sé qué me sucedió.

Dolor, pensó él, pero no lo dijo. No había necesidad de exponer lo obvio. Ambos extrañaban a Harry. Todos lo extrañaban.

– ¿Qué la trae a casa de lady Neeley? -preguntó Peter, decidiendo que era necesario un cambio de tema.

Ella le ofreció una mirada agradecida.

– Mis padres insistieron. Mi padre dice que el chef de ella es el mejor en Londres, y que no nos permitiría rehusarnos. ¿Y usted?

– Mi padre la conoce -dijo él-. Supongo que ella se apiadó de mí, tan recién llegado a la ciudad.

Había muchos soldados recibiendo el mismo tipo de compasión, pensó Peter irónicamente. Muchos hombres jóvenes, terminados con el ejército o a punto de estarlo, con cabos sueltos, preguntándose qué se suponía que hicieran ahora que no tenían rifles ni galopaban a la batalla.

Algunos de sus amigos habían decidido permanecer en el ejército. Era una ocupación respetable para un hombre como él, el hijo más joven de un aristócrata menor. Pero Peter había tenido suficiente de la vida militar, suficiente de los asesinatos, suficiente muerte. Sus padres lo alentaban a entrar en el clero, que era, a decir verdad, la única otra vía aceptable para un caballero de pocos medios. Su hermano heredaría la pequeña casa solariega que iba con la baronía; no quedaba nada para Peter.

Pero de algún modo el clero parecía erróneo. Algunos de sus amigos habían salido del campo de batalla con una fe renovada; para Peter había sido lo opuesto, y se sentía sumamente incompetente para conducir a cualquier rebaño por el sendero de la rectitud.

Lo que realmente deseaba, cuando se permitía soñar con eso, era vivir tranquilamente en el campo. Un caballero granjero.

Sonaba tan… pacífico. Tan completamente diferente a todo lo que su vida había representado durante los últimos años.

Pero una vida semejante requería de tierras, y las tierras requerían dinero, y eso era algo de lo que Peter escaseaba. Tendría una pequeña suma una vez que vendiera su comisión y se retirara oficialmente del ejército, pero no sería suficiente.

Lo que explicaba su reciente llegada a Londres. Necesitaba una esposa. Una con una dote. Nada extravagante; ninguna heredera tendría permitido casarse con alguien como él, de cualquier modo. No, sólo necesitaba una muchacha con una modesta suma de dinero. O, mejor aún, una extensión de tierra. Estaría dispuesto a establecerse en casi cualquier parte de Inglaterra mientras eso significara independencia y paz.

No parecía una meta inalcanzable. Había montones de hombres que estarían felices de casar a sus hijas con el hijo de un barón, y un soldado condecorado por si fuera poco. Los padres de las verdaderas herederas, de las muchachas con lady u honorable frente a sus nombres, esperarían por algo mejor, pero para el resto, él sería considerado un partido bastante decente.

Miró a Tillie Howard; lady Mathilda, se recordó. Ella era exactamente el tipo con el que él no se casaría. Rica más allá de lo imaginable, era la única hija de un conde. Probablemente ni siquiera debería estar hablando con ella. La gente lo llamaría caza-fortunas, y aunque eso es exactamente lo que era, no quería ese rótulo.

Pero ella era la hermana de Harry, y él había hecho una promesa a Harry. Y además, estar allí con Tillie… era extraño. Debería haberlo hecho extrañar a Harry más, ya que se parecía tan condenadamente a él, desde los ojos verde hoja y el gracioso ángulo en que ponían la cabeza cuando escuchaban.

Pero en cambio, simplemente se sentía bien. Relajado incluso, como si allí fuera donde debía estar, si no con Harry, entonces con esta muchacha.

Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, y algo se apretó dentro de Peter, algo extraño, bueno y…

– ¡Aquí está! -chilló lady Neeley.

Peter se dio vuelta para ver qué había precipitado el alarido más fuerte que lo normal de su anfitriona. Tillie dio un paso a la derecha -él había estado bloqueando su visión- y entonces soltó un pequeño grito ahogado de “Oh.”

Un papagayo grande y verde estaba posado en el hombro de lady Neeley, y graznaba:

– ¡Martin! ¡Martin!

– ¿Quién es Martin? -preguntó Peter a Tillie.

– La señorita Martin -lo corrigió ella-. Su dama de compañía.

– ¡Martin! ¡Martin!

– Si fuera ella, me ocultaría -murmuró Peter.

– No creo que pueda -dijo Tillie-. Lord Easterly fue sumado a la lista de invitados a último momento, y lady Neeley presionó a la señorita Martin a asistir para igualar los números. -Lo miró, con una sonrisa pícara cruzando sus labios-. A menos que usted decida huir antes de la cena, la pobre señorita Martin está atascada aquí mientras esto dure.

Peter se estremeció al ver al papagayo lanzarse fuera del hombro de lady Neeley y revolotear por la habitación hacia una mujer delgada de cabello oscuro, que claramente quería estar en cualquier sitio excepto donde se encontraba. Ella batió las manos al ave, pero la criatura no la dejaba en paz.

– Pobrecita -dijo Tillie-. Espero que no la picotee.

– No -dijo Peter, observando la escena con asombro-. Pienso que se cree enamorado.

Y en efecto, el papagayo hocicaba a la pobre mujer, arrullando: “Martin, Martin”, como si acabara de entrar por las puertas del cielo.

– Milady -suplicó la señorita Martin, frotando sus ojos cada vez más inyectados en sangre.

Pero lady Neeley sólo rió.

– Pagué cien libras por ese pájaro, y lo único que hace es hacer el amor a la señorita Martin.

Peter miró a Tillie, cuya boca estaba cerrada en una furiosa línea.

– Esto es terrible -dijo ella-. Ese ave está enfermando a la pobre mujer, y a lady Neeley no le importa un comino.

Peter entendió que eso significaba que se suponía que él hiciera de caballero con brillante y armadura, y salvara a la pobre acompañante atribulada de lady Neeley, pero antes de que pudiera dar un paso, Tillie había atravesado la sala. La siguió con interés, viendo cómo estiraba un dedo y alentaba al ave a abandonar el hombro de la señorita Martin.

– Gracias -dijo la señorita Martin-. No sé porqué actúa de ese modo. Nunca antes me había prestado atención.

– Lady Neeley debería encerrarlo -dijo Tillie severamente.

La señorita Martin no dijo nada. Todos sabían que eso jamás sucedería.

Tillie llevó el pájaro de regreso a su dueña.

– Buenas noches, lady Neeley -le dijo-. ¿Tiene una percha para su ave? O tal vez deberíamos ponerlo nuevamente en su jaula.

– ¿No es dulce? -dijo lady Neeley. Tillie sólo sonrió. Peter se mordió el labio para evitar soltar una risita-. Su percha está aquí -dijo lady Neeley, señalando con la cabeza un lugar en el rincón-. El lacayo llenó su plato con semillas; no irá a ninguna parte.

Tillie asintió y llevó el ave a su percha. En efecto, comenzó a picotear furiosamente su comida.

– Usted debe tener pájaros -dijo Peter.

Tillie sacudió la cabeza.

– No, pero he visto a otros manejarlos.

– ¡Lady Mathilda! -exclamó lady Neeley.

– Me temo que ha sido llamada -murmuró Peter.

Tillie le disparó una mirada sumamente irritada.

– Sí, bien, usted parece haber adoptado el puesto de mi escolta, así que también tendrá que venir. ¿Sí, lady Neeley? -completó, su tono instantáneamente transformado en pura dulzura y luz.

– Ven aquí, niña, quiero mostrarte algo.

Peter siguió a Tillie por la habitación, manteniendo una distancia segura cuando su anfitriona estiró el brazo.

– ¿Te gusta? -Preguntó, tintineando su brazalete-. Es nuevo.

– Es encantador -dijo Tillie-. ¿Rubíes?

– Por supuesto. Es rojo. ¿Qué otra cosa podría ser?

– Eh…

Peter sonrió mientras veía a Tillie intentando deducir si la pregunta era retórica o no. Con lady Neeley, uno nunca podía estar seguro.

– También tengo un collar a juego -continuó lady Neeley alegremente-, pero no quería exagerar. -Se inclinó hacia delante y dijo en un tono que en cualquier otro no hubiese sido descrito como discreto-: No todos aquí tienen los bolsillos tan gordos como nosotras dos.

Peter podría haber jurado que ella lo miró, pero decidió ignorar la afrenta. Uno realmente no podía ofenderse por ninguno de los comentarios de lady Neeley; hacerlo atribuiría demasiada importancia a su opinión y, además, uno siempre estaría sintiéndose insultado.

– ¡Pero sí me puse mis aretes!

Tillie se acercó y admiró diligentemente los aros de su anfitriona, pero entonces, justo cuando estaba enderezando los hombros, el brazalete de lady Neeley, por el que había hecho tanto alboroto, se deslizó de su muñeca y aterrizó sobre la alfombra con un delicado golpe.

Mientras lady Neeley chillaba consternada, Tillie se agachó y recuperó las joyas.

– Es una pieza encantadora -dijo Tillie, admirando los rubíes antes de devolverlos a su dueña.

– No puedo creer que eso haya sucedido -dijo lady Neeley-. Tal vez es demasiado grande. Mis muñecas son muy delicadas, ya sabes.

Peter tosió en su mano.

– ¿Podría examinarlo? -dijo Tillie, pateándole el tobillo.

– Por supuesto -dijo la mujer mayor, pasándoselo nuevamente-. Mis ojos no son lo que solían ser.

Una pequeña multitud se había reunido, y todos esperaban mientras Tillie entrecerraba los ojos y toqueteaba el brillante mecanismo dorado del cierre.

– Creo que tendrá que hacerlo arreglar -dijo Tillie finalmente, devolviendo el brazalete a lady Neeley-. El cierre es defectuoso. Seguramente volverá a caerse.

– Tonterías -dijo lady Neeley, estirando el brazo-. ¡Señorita Martin! -rugió.

La señorita Martin corrió a su lado y volvió a fijar el brazalete.

Lady Neeley soltó un “hmmf” y llevó su muñeca hacia su rostro, examinando el brazalete una vez más antes de bajar el brazo.

– Compré esto en Asprey's, y te aseguro que no hay mejor joyero en Londres. No me venderían un brazalete con un cierre defectuoso.

– Estoy segura de que no fue su intención -dijo Tillie-, pero…

No necesitó terminar. Todos se quedaron mirando el punto en la alfombra donde el brazalete aterrizó por segunda vez.

– Definitivamente el cierre -murmuró Peter.

– Esto es una atrocidad -anunció lady Neeley.

Peter estuvo bastante de acuerdo, especialmente porque ahora habían desperdiciado minutos preciosos en el brillante brazalete cuando lo único que todos querían a esta altura era ir a cenar y comer. Tantas barrigas rugían que no podía decir cuál era cuál.

– ¿Qué haré con esto ahora? -dijo lady Neeley, luego de que la señorita Martin hubiese recuperado el brazalete de la alfombra y se lo entregase.

Un hombre alto de cabello oscuro, a quien Peter no reconoció, hizo aparecer una pequeña bombonera.

– Tal vez esto bastará -dijo, estirándolo.

– Easterly -murmuró lady Neeley, bastante de mala gana en realidad, como si no quisiera particularmente reconocer la ayuda del caballero. Dejó el brazalete sobre el plato y lo puso en una credenza cercana-. Allí está -dijo, acomodando el brazalete en un ordenado círculo-. Supongo que todos pueden admirarlo igualmente allí.

– Tal vez podría servir como centro en la mesa mientras cenamos -sugirió Peter.

– Hmm, sí, excelente idea, señor Thompson. Es casi hora de ir a cenar, de cualquier modo.

Peter podría haber jurado que oyó a alguien susurrar “¿Casi?”

– Oh, muy bien, comeremos ahora -dijo lady Neeley-. ¡Señorita Martin!

La señorita Martin, que de algún modo había logrado poner varios metros entre ella y su empleadora, regresó.

– Ocúpate de que todo esté listo para la cena -dijo lady Neeley.

La señorita Martin salió, y entonces, en medio de múltiples suspiros de alivio, el grupo pasó de la sala de estar al comedor.

Para su placer, Peter descubrió que estaba sentado junto a Tillie. Normalmente no se encontraría al lado de la hija de un conde y, a decir verdad, sospechó que se suponía que estuviera emparejado con la mujer a su derecha, pero ella tenía a Robbie Dunlop del otro lado, y él parecía estar conversando bastante bien con ella.

La comida era, como los chismes habían prometido, exquisita, y Peter estaba bastante feliz metiendo cucharadas de sopa de langosta en su boca cuando oyó un movimiento a su izquierda, y cuando se dio vuelta, Tillie estaba mirándolo, con los labios abiertos como si estuviera a punto de decir su nombre.

Él se dio cuenta de que era encantadora. Encantadora de un modo que Harry nunca podría haber descrito, de una manera que él, como su hermano, nunca podría haber visto. Harry nunca hubiese sido capaz de ver a la mujer más allá de la niña, nunca se hubiera dado cuenta de que la curva de su mejilla rogaba por una caricia, o que cuando abría la boca para hablar, a veces se detenía primero, sus labios se fruncían apenas, como esperando un beso.

Harry nunca hubiese visto nada de eso, pero Peter sí, y eso lo agitó hasta el centro de su ser.

– ¿Quería preguntarme algo? -le dijo, sorprendido de que su voz saliera sonando bastante normal.

– Así era -dijo ella-, aunque no estoy segura cómo… no sé…

Peter esperó que ella ordenara sus pensamientos.

Después de un momento, ella se inclinó hacia delante, miró alrededor de la mesa, como para asegurarse de que nadie estuviera mirándolos, y preguntó:

– ¿Estaba usted allí?

– ¿Dónde? -preguntó él, aunque sabía exactamente a qué se refería ella.

– Cuando él murió -dijo Tillie en voz baja-. ¿Estaba usted allí?

Él asintió. No era un recuerdo que quisiera volver a visitar, pero le debía esa honestidad.

El labio inferior de ella tembló, y susurró:

– ¿Él sufrió?

Por un momento Peter no supo qué decir. Harry había sufrido. Había pasado tres días en lo que tenía que haber sido un tremendo dolor, con ambas piernas quebradas, la derecha tanto que el hueso había atravesado la piel. Podría haber sobrevivido a eso, quizá incluso sin la extremidad -su cirujano era bastante hábil para encajar huesos-, pero entonces la fiebre se había declarado, y no había pasado mucho tiempo antes de que Peter se diera cuenta de que Harry no ganaría su batalla. Dos días más tarde estaba muerto.

Pero cuando había escapado de la vida, había estado tan indiferente que Peter no había estado seguro de si sentía dolor o no, especialmente con el láudano que él había robado a su comandante y vertido por la garganta de Harry. Entonces, cuando finalmente respondió la pregunta de Tillie, sólo dijo:

– Un poco. No fue indoloro, pero creo… al final… fue en paz.

Ella asintió.

– Gracias. Siempre me lo he preguntado. Siempre me lo hubiese preguntado. Me alegra saber.

Él devolvió su atención a la sopa, esperando que un poquito de langosta, harina y caldo pudieran desterrar el recuerdo de la muerte de Harry, pero entonces Tillie dijo:

– Se supone que sea más fácil porque es un héroe, pero no lo creo. -Peter la miró, con la pregunta en sus ojos-. Todos dicen que debemos estar tan orgullosos de él -explicó ella-, porque es un héroe, porque murió en un campo de batalla en Waterloo, su bayoneta en el cuerpo de un soldado francés, pero no creo que eso lo haga más fácil. -Sus labios temblaron trémulamente, el tipo de sonrisa extraña, indefensa que uno hace cuando se da cuenta de que algunas preguntas no tienen respuesta-. Todavía lo extrañamos, tal como lo hubiésemos hecho si él hubiese caído de su caballo, o contagiado el sarampión, o si se hubiese ahogado con un hueso de pollo.

Peter sintió que sus labios se abrían mientras digería las palabras de ella.

– Harry era un héroe -se oyó decir, y era la verdad.

Harry había probado ser un héroe más de una docena de veces, luchando con valor, y salvando la vida de otro más de una vez. Pero Harry no había muerto como un héroe, no del modo en que a la mayoría de la gente le gustaba pensar. Harry ya estaba muerto para el momento en que lucharon contra los franceses en Waterloo, su cuerpo irremediablemente destrozado en un estúpido accidente, atrapado durante seis horas bajo un carro de suministros que alguien había intentado reparar demasiadas veces. La maldita cosa debería haber sido cortada para leña semanas antes, pensó Peter ferozmente, pero el ejército nunca tenía suficiente de nada, incluyendo los humildes carros de provisiones, y su comandante de regimiento se había negado a darlo por muerto.

Pero claramente esa no era la historia que habían contado a Tillie, y probablemente también a sus padres. Alguien había intentado suavizar el golpe de la muerte de Harry pintando sus últimos minutos con los profundos colores rojos del campo de batalla, en toda su horrible gloria.

– Harry era un héroe -dijo Peter otra vez, porque era verdad, y hacía mucho tiempo que había aprendido que aquellos que no habían experimentado la guerra, jamás podrían comprender esa verdad.

Y si ofrecía consuelo pensar que alguna muerte podía ser más noble que otra, él no pensaba romper la ilusión.

– Usted era un buen amigo -dijo Tillie-. Me alegra que él lo tuviera.

– Le hice una promesa -se le escapó. No había querido decírselo, pero de algún modo no pudo evitarlo-. En realidad, los dos hicimos una promesa. Fue algunos meses antes de que él muriera, y los dos… Bueno, la noche anterior había sido espeluznante, y habíamos perdido a muchos de nuestro regimiento.

Ella se acercó, con los ojos muy abiertos y brillando con compasión, y cuando Peter la miró, vio el tono rosado lechoso de su piel, el suave espolvoreado de pecas sobre su nariz… más que nada, quiso besarla.

Buen Dios. Justo allí en la cena de lady Neeley, quiso tomar a Tillie Howard por los hombros, tirarla contra él y besarla con todo su ser.

Harry lo hubiese regañado allí mismo.

– ¿Qué sucedió? -preguntó ella, y las palabras deberían haberlo sacudido de vuelta a la realidad, recordarle que estaba diciéndole algo bastante importante, pero lo único que podía hacer era mirar fijamente sus labios, que no eran del todo rosados, sino más bien un poco color durazno, y se le ocurrió que nunca antes se había molestado en observar la boca de una mujer -al menos no de este modo- antes de besarla.

– ¿Señor Thompson? -preguntó ella-. ¿Peter?

– Lo siento -dijo él, sus dedos formando un puño bajo la mesa, como si el dolor de las uñas contra sus palmas de algún modo pudiera obligarlo a regresar al asunto que los ocupaba-. Hice una promesa a Harry -continuó-. Estábamos hablando sobre el hogar, como hacíamos con frecuencia cuando las cosas eran particularmente difíciles, y él la mencionó a usted, y yo mencioné a mi hermana que tiene catorce años, y nos prometimos mutuamente que si algo nos ocurría, cuidaríamos a la hermana del otro. La mantendríamos a salvo.

Por un momento ella no hizo nada más que mirarlo, y entonces dijo:

– Eso es muy bondadoso de su parte, pero no se preocupe, lo absuelvo de su promesa. No soy una muchacha ingenua, y aún tengo un hermano, William. Además, no necesito un reemplazo para Harry.

Peter abrió la boca para hablar y rápidamente lo pensó mejor. No se sentía fraternal hacia Tillie, y estaba bastante seguro de que no era esto lo que Harry tenía en mente cuando le había pedido que cuidara de ella.

Y lo último que quería era ser su hermano de reemplazo.

Pero el momento parecía exigir una respuesta, y de hecho Tillie estaba observándolo con curiosidad, con la cabeza inclinada a un lado como si estuviese esperando que él dijera algo significativo e inteligente o, si no eso, algo que le permitiera ofrecer una réplica en broma.

Por eso fue que, cuando la espantosa voz de lady Neeley chilló por la habitación, a Peter no le molestó el sonido, aunque fuera para decir:

– ¡Ha desaparecido! ¡Mi brazalete ha desaparecido!

CAPÍTULO 02

La invitación más codiciada de la semana es ahora el evento más comentado. Si es posible que usted, Querido Lector, todavía no haya escuchado la noticia, esta Autora la narrará aquí: los hambrientos invitados de lady Neeley ni siquiera habían terminado su sopa cuando se descubrió que el brazalete de rubí de su anfitriona había sido robado.

Hay, con seguridad, algunas discrepancias acerca del destino de las joyas preciosas. Un número de invitados mantiene que el brazalete simplemente fue extraviado, pero lady Neeley afirma un recuerdo claro como el agua de esa noche, y dice que fue un robo, sin duda.

Aparentemente, el brazalete (cuyo cierre se descubrió que era defectuoso por lady Mathilda Howard) fue colocado en una bombonera (seleccionada por el esquivo lord Easterly) y ubicado en una mesa en la sala de estar de lady Neeley. Lady Neeley pretendía llevar la bombonera al comedor, para que sus invitados pudieran admirar su evidente fulgor, pero en la prisa por llegar a la comida (para ese momento, se dijo a esta Autora que la hora era tan tardía que los invitados, famélicos todos, abandonaron el decoro y corrieron locamente hacia el comedor), el brazalete fue olvidado. Cuando lady Neeley recordó las joyas en la otra habitación, envió al lacayo a buscarlas, pero él regresó sólo con la bombonera.

Entonces, por supuesto, fue cuando comenzó el verdadero alboroto.

Lady Neeley intentó hacer que todos sus invitados fuesen registrados, pero realmente, ¿alguien piensa que una persona como el conde de Canby consentiría que su persona fuese registrada por un lacayo de la baronesa? Se sugirió que el brazalete había sido robado por un sirviente, pero lady Neeley mantiene una lealtad admirable hacia sus sirvientes (quienes, sorprendentemente, corresponden al sentimiento), y se negó a creer que alguien de su personal, ninguno de los cuales ha estado empleado por ella por menos de cinco años, la hubiese traicionado de semejante manera.

Al final, todos los invitados partieron de mal humor. Y tal vez más trágicamente, todos los alimentos -excepto la sopa- quedaron sin ser comidos. Uno sólo puedo esperar que lady Neeley estimara pertinente ofrecer el banquete a sus sirvientes, a quienes tan recientemente había defendido contra el ataque.

Y uno puede estar seguro, Querido Lector, de que esta Autora continuará comentando sobre este último dato. ¿Es posible que un miembro de la alta sociedad no sea más que un ordinario ladrón? Tonterías. Uno tendría que ser totalmente singular para haber llevado como por arte de magia una pieza tan valiosa, justo bajo las narices de lady N.

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 29 de mayo de 1816

– Y entonces -dijo con efusividad un joven caballero elaboradamente vestido, hablando en el tono de quien está seguro de que siempre está al tanto de los últimos chismes-, obligó al señor Brooks, su propio sobrino, a quitarse el abrigo y permitir que dos lacayos lo registraran.

– Escuché que eran tres.

– No fue ninguno -dijo Peter lentamente, de pie en la entrada de la sala de estar Canby-. Estuve allí.

Siete caballeros se volvieron para enfrentarlo. Cinco se veían molestos, uno aburrido y uno divertido. En cuanto a Peter, estaba profundamente irritado. No estaba seguro de qué había esperado cuando había decidido viajar a la opulenta residencia Canby en Mayfair para visitar a Tillie, pero no había sido esto. La espaciosa sala de estar estaba a rebosar de hombres y flores, y el pequeño ramo de lirios en su mano parecía bastante superfluo.

¿Quién hubiese sabido que Tillie era tan popular?

– Estoy bastante seguro -dijo el primer caballero-, de que fueron dos lacayos.

Peter se encogió de hombros. No le importaba si el petimetre tenía la verdad o no.

– Lady Mathilda también estaba allí -dijo-. Pueden preguntarle, si no me creen.

– Es verdad -dijo Tillie, sonriéndole como saludo-. Aunque el señor Brooks sí se quitó el abrigo.

El hombre que había afirmado que los tres lacayos habían estado registrando invitados se volvió hacia Peter e inquirió, con un aire de superioridad:

– ¿Usted se quitó su abrigo?

– No.

– Los invitados se sublevaron luego de que el señor Brooks fue registrado -explicó Tillie, y cambió de tema, preguntando a sus pretendientes reunidos-: ¿Conocen ustedes al señor Thompson?

Sólo dos lo conocían; Peter todavía era nuevo en la ciudad, y la mayoría de sus conocidos estaban limitados a amigos de la escuela de Eton y Cambridge. Tillie hizo las presentaciones necesarias, y entonces Peter quedó relegado a la octava mejor posición en la sala, ya que ninguno de los otros caballeros estaba dispuesto a trasladarse y permitir ninguna ventaja a otro para cortejar a la encantadora -y rica- lady Mathilda.

Peter leyó Whistledown; sabía que Tillie era considerada la mayor heredera de la temporada. Y recordó a Harry diciendo -con bastante frecuencia, en realidad- que iba a tener que repeler a los caza-fortunas con un palo. Pero Peter no se había dado cuenta hasta ese momento de lo aplicadamente que estaban luchando los jóvenes de Londres por su mano.

Era repugnante.

Y, a decir verdad, él debía a Harry asegurarse de que el hombre que ella escogiera (o como era más probable, el hombre que su padre escogiera para ella) la tratara con el afecto y respecto que merecía.

Así que se dio a la tarea de inspeccionar, y cuando fuera adecuado, ahuyentar a los jóvenes enfermos de amor que lo rodeaban.

El primer caballero fue fácil. Le llevó minutos apenas decidir que su vocabulario no llegaba a mucho, y lo único que Peter tuvo que hacer fue mencionar que Tillie le había dicho que la actividad que disfrutaba más que ninguna era leer tratados filosóficos. El pretendiente corrió con prisa a la puerta, y Peter decidió que aunque Tillie no le hubiese mencionado realmente tal predilección la noche anterior, seguía siendo cierto que sin dudas era lo bastante inteligente como para leer tratados filosóficos si eso quisiera, y eso solo podía incapacitar la unión.

El siguiente caballero era conocido a Peter por reputación. Un jugador empedernido, lo único que necesitó para despedirse fue la mención de una inminente carrera de caballos en Hyde Park. Y, pensó Peter con satisfacción, llevó a otros tres con él. Era algo bueno que esa carrera de caballos no fuese ficticia, aunque los cuatro jóvenes podían decepcionarse un poco cuando se dieran cuenta de que Peter había confundido la hora del evento y, además, que todas las apuestas habían sido realizadas sesenta minutos antes.

Oh, bueno.

Sonrió. Estaba divirtiéndose bastante más de lo que hubiese imaginado.

– Señor Thompson -llegó una voz seca, femenina, a su oído-, ¿está usted ahuyentando a los pretendientes de mi hija?

Él se giró para enfrentar a lady Canby, que estaba mirándolo con una expresión divertida, por lo cual Peter estuvo inmensamente agradecido. La mayoría de las madres hubiesen estado furiosas.

– Por supuesto que no -respondió-. No con los que usted querría verla casada, de ningún modo. -Lady Canby sólo levantó las cejas-. Cualquier hombre que prefiera tirar dinero en una carrera de caballos que permanecer aquí en su presencia, no merece a su hija.

Ella rió, y cuando lo hizo, se pareció mucho a Tillie.

– Bien dicho, señor Thompson -dijo la mujer-. No se puede ser demasiado cuidadosa cuando una es madre de una gran heredera.

Peter se quedó callado, inseguro de si ese comentario pretendía ser más mordaz de lo que podía implicar el tono de ella. Si lady Canby sabía quién era él, y así era -había reconocido su nombre inmediatamente cuando habían sido presentados la noche anterior- entonces también sabía que tenía poco más que peniques a su nombre.

– Prometí a Harry que la cuidaría -dijo, su voz impasible y resuelta.

No podía haber confusión de que pretendía cumplir con su juramento.

– Ya veo -murmuró lady Canby, inclinando apenas la cabeza a un lado-. ¿Y es por eso que está aquí?

– Por supuesto.

Y lo decía en serio. Al menos se dijo a sí mismo que lo decía en serio. No importaba si había pasado aproximadamente las últimas dieciséis horas fantaseando con besar a Tillie Howard. Ella no era para él.

La observó conversando con el hermano menor de lord Bridgerton, apretando los dientes al darse cuenta de que no había una sola cosa inaceptable en ese hombre. Era alto, fuerte, claramente inteligente, y de buena familia y fortuna. Los Canby estarían emocionados con esa unión, aun si Tillie quedaba reducida a una mera señora.

– Estamos bastante encantados con ese -dijo lady Canby, moviendo una mano pequeña y elegante hacia el caballero en cuestión-. Es un artista bastante talentoso, y su madre ha sido mi amiga íntima durante años. -Peter asintió con fuerza-. Desgraciadamente -dijo lady Canby encogiéndose de hombros-, me temo que hay pocas razones para tener esperanzas en ese lugar. Sospecho que él está aquí sólo para apaciguar a la querida Violet, que ha perdido la esperanza de ver casados a sus hijos alguna vez. El señor Bridgerton no parece preparado para sentar cabeza, y su madre cree que está enamorado en secreto de otra. -Peter recordó no sonreír-. Tillie, querida -dijo lady Canby, una vez que el fastidiosamente apuesto y agradable señor Bridgerton besó su mano y partió-, aún no has conversado con el señor Thompson. Es tan amable de su parte visitarnos, y todo por su amistad con Harry.

– No diría que todo -dijo Peter, sus palabras salieron un poquito menos afables y practicadas de lo que había pretendido-. Siempre es un placer verla, lady Mathilda.

– Por favor -dijo Tillie, saludando con la mano al último de sus enamorados-, debe seguir llamándome Tillie. -Se volvió hacia su madre-. Era del único modo que me llamaba Harry, y aparentemente hablaba de nosotros con frecuencia mientras estaba en el Continente.

Lady Canby sonrió con tristeza ante la mención del nombre de su hijo menor, y parpadeó varias veces. Sus ojos adoptaron una expresión vacía, y aunque Peter no creía que fuese a estallar en lágrimas, pensó que quería hacerlo. Inmediatamente le ofreció su pañuelo, pero ella negó con la cabeza y rechazó el gesto.

– Creo que buscaré a mi esposo -dijo, poniéndose de pie-. Sé que a él le gustaría conocerlo. Estaba en algún otro lugar anoche cuando fuimos presentados, y yo… Bien, sé que le gustaría conocerlo a usted.

Salió rápidamente de la sala, dejando la puerta bien abierta y ubicando a un lacayo justo al otro lado del pasillo.

– Se fue a llorar -dijo Tillie, no de modo de hacer sentir culpable a Peter. Era sólo una explicación, una triste declaración de los hechos-. Aún lo hace, bastante.

– Lo siento -dijo él.

Ella se encogió de hombros.

– Parece que no hay manera de evitarlo. Para ninguno de nosotros. Creo que nunca pensamos realmente que él podía morir. Parece bastante estúpido ahora. No debería haber sido semejante sorpresa. Se fue a la guerra, por el amor de Dios. ¿Qué otra cosa deberíamos haber esperado?

Peter sacudió la cabeza.

– No es para nada estúpido. Todos pensamos que éramos un poquito inmortales hasta que realmente vimos la batalla. -Peter tragó con dificultad, sin querer sentir el recuerdo. Pero una vez evocado, era difícil contenerlo-. Es imposible entenderlo hasta que uno lo ve. -Los labios de Tillie se tensaron apenas, y Peter se preocupó de poder haberla insultado-. No quiero ser condescendiente -dijo.

– No lo hizo. No es eso. Sólo estaba… pensando. -Se inclinó hacia delante, con una nueva luz luminosa en sus ojos-. No hablemos de Harry -dijo-. ¿Cree que podremos? Estoy tan cansada de estar triste.

– Muy bien -dijo él.

Ella lo miró, esperando que Peter dijera algo más. Pero no lo hizo.

– Eh, ¿cómo estaba el clima? -le preguntó finalmente.

– Un poquito de llovizna -respondió él-, pero nada fuera de lo común.

Tillie asintió.

– ¿Estaba cálido?

– No especialmente. Pero sí un poquito más cálido que anoche.

– Sí, estaba un poco frío, ¿verdad? Y estamos en mayo.

– ¿Desilusionada?

– Por supuesto. Debería ser primavera.

– Sí.

– Claro.

– Claro.

Oraciones de una palabra, pensó Tillie. Siempre el deceso de cualquier buena conversación. Seguramente tenían algo más en común, aparte de Harry. Peter Thompson era apuesto, inteligente y, cuando la miraba con esa expresión misteriosa, de párpados pesados suya, le daba un escalofrío por la columna.

No era justo que de lo único que parecía que hablaban le hiciera dar ganas de llorar.

Le sonrió alentadoramente, esperando que él dijera algo más, pero no lo hizo. Tillie volvió a sonreír, aclarándose la garganta.

Él captó el mensaje.

– ¿Lee usted? -preguntó él.

– ¡Sí leo! -repitió ella, incrédula.

– Pero le gusta, ¿verdad? -aclaró él.

– Sí, por supuesto. ¿Por qué?

Peter se encogió de hombros.

– Podría habérselo mencionado a uno de los caballeros que estaban aquí.

– ¿Podría?

– Lo hice.

Ella sintió que sus dientes se apretaban. No tenía idea de por qué debería estar enojada con Peter Thompson, sólo sabía que debía. Claramente él había hecho algo para merecer su desagrado, o no estaría allí sentado con esa expresión de satisfacción, simulando estudiar sus uñas.

– ¿Qué caballero? -le preguntó finalmente.

Él levantó la mirada, y Tillie resistió el impulso de agradecerle por encontrarla más interesante que su manicura.

– Creo que su nombre era señor Berbrooke -dijo él.

Nadie con quien quisiera casarse. Nigel Berbrooke era un tipo de buen corazón, pero también era tonto como un burro y probablemente estaría aterrado de pensar en una esposa intelectual. Se podría decir, si se sintiera particularmente generosa, que Peter le había hecho un favor espantándolo, pero igualmente Tillie no apreciaba que se entrometiera en sus asuntos.

– ¿Qué dijo que me gustaba leer? -le preguntó, manteniendo la voz suave.

– Eh, esto y aquello. Tal vez tratados filosóficos.

– Ya veo. ¿Y le pareció adecuado mencionarle eso porque…?

– Parecía el tipo de persona que estaría interesado -dijo él, encogiéndose de hombros.

– Y, sólo por curiosidad, si no le molesta… ¿qué sucedió cuando le dijo eso?

Peter ni siquiera tuvo la cortesía de verse avergonzado.

– Salió corriendo directamente por la puerta -murmuró-. Imagínelo.

Tillie quería permanecer con un aire de superioridad y cortante. Quería mirarlo irónicamente bajo unas cejas delicadamente arqueadas. Pero no era tan sofisticada como deseaba ser, porque lo miró absolutamente enojada mientras decía:

– ¿Y qué le dio la idea de que me gusta leer tratados filosóficos?

– ¿No le agrada?

– No importa -respondió ella-. No puede andar por ahí, asustando a mis pretendientes.

– ¿Es eso lo que piensa que estaba haciendo?

– Por favor -bufó ella-. Luego de vender mi inteligencia al señor Berbrooke, no intente insultarla ahora.

– Muy bien -dijo Peter, cruzando los brazos y observándola con el tipo de expresión que su padre y su hermano mayor adoptaban cuando pretendían regañarla-. ¿Realmente desea comprometerse con el señor Berbrooke? ¿O -añadió-, con uno de los hombres que salieron corriendo para tirar dinero en una carrera de caballos?

– Claro que no, pero eso no significa que lo quiero a usted espantándolos.

Él simplemente la miró como si fuera idiota. O mujer. Según la experiencia de Tillie, la mayoría de los hombres pensaban que todas eran iguales.

– Mientras más hombres vengan de visita -le explicó, un poco impaciente-, más hombres vendrán de visita.

– ¿Perdón?

– Ustedes son ovejas. Todos ustedes. Sólo interesados en una mujer si alguien más lo está.

– ¿Y su propósito en la vida es acumular una veintena de caballeros en su sala de estar?

Su tono era condescendiente, casi insultante, y Tillie estaba a punto de hacerlo echar a patadas de la casa. Sólo la amistad de él con Harry -y el hecho de que estaba actuando como semejante mojigato porque pensaba que era lo que Harry hubiese deseado- evitaban que llamara al mayordomo inmediatamente.

– Mi propósito -le dijo forzadamente-, es encontrar un esposo. No ponerle un cepo, no atraparlo, no arrastrarlo al altar, si no encontrar uno, preferiblemente uno con quien quiera compartir una vida larga y contenta. Siendo una muchacha práctica, me pareció sensato conocer la mayor cantidad de caballeros solteros posible, para que mi decisión pueda estar basada en una amplia base de conocimiento, y no por, como muchas jóvenes son acusadas, una fantasía. -Se recostó, cruzó los brazos y echó una dura mirada en dirección a él-. ¿Tiene alguna pregunta?

Peter la observó con una expresión perpleja por un momento y luego preguntó:

– ¿Quiere que vaya y los arrastre a todos de regreso?

– ¡No! Oh -agregó ella, cuando vio la sonrisa astuta de él-. Está bromeando.

– Sólo un poquito -objetó él.

Si hubiese sido Harry, ella le hubiera arrojado una almohada. Si hubiese sido Harry, se hubiera reído. Pero si hubiese sido Harry, sus ojos no se hubieran quedado fijos en la boca de él cuando sonreía, y no hubiera sentido ese extraño calor en su sangre, o ese cosquilleo en su piel.

Pero más que nada, si hubiese sido Harry, ella no sentiría esta espantosa desilusión, porque Peter Thompson no era su hermano mayor y lo último que quería era que él se viera como tal.

Pero, aparentemente, así era exactamente como se sentía. Había prometido a Harry que cuidaría de ella, y ahora ella no era nada más que una obligación. ¿Le gustaba, siquiera? ¿La encontraba remotamente interesante o divertida? ¿O sufría su compañía sólo porque era la hermana de Harry?

Era imposible saberlo… y era una pregunta que nunca podría hacer. Y lo que realmente quería era que él se marchara, pero eso la señalaría como cobarde, y no quería ser cobarde. Había llegado a comprender que eso era lo que le debía a Harry. Vivir su vida con el valor y la determinación que él había exhibido al final de la suya.

Enfrentar a Peter Thompson parecía una comparación más bien pálida con los valientes actos de Harry como soldado, pero nadie iba a enviarla a luchar por su país, así que, si quería continuar en su búsqueda para enfrentar sus miedos, esto iba a tener que ser suficiente.

– Está perdonado esta vez -le dijo, cruzando las manos sobre su regazo.

– ¿Me disculpé? -dijo él lentamente, lanzándole una vez más con esa sonrisa lenta, perezosa.

– No, pero debería haberlo hecho. -Le devolvió la sonrisa con dulzura… con demasiada dulzura-. Fui criada para ser caritativa, así que pensé que le otorgaría la disculpa que usted nunca ofreció.

– ¿Y la aceptación también?

– Por supuesto. De otro, modo, sería grosera.

Él estalló en carcajadas, un sonido rico, cálido, que tomó a Tillie por sorpresa, y luego la hizo sonreír.

– Muy bien -dijo él-. Usted gana. Absolutamente, totalmente, indudablemente…

– ¿Incluso indudablemente? -murmuró ella con deleite.

– Incluso indudablemente -concedió él-. Usted gana. Me disculpo.

Ella suspiró.

– La victoria nunca supo tan dulce.

– Ni debería -dijo él con las cejas arqueadas-. Le aseguro que no ofrezco disculpas con ligereza.

– ¿Ni con semejante buen humor? -preguntó ella.

– Nunca con semejante buen humor.

Tillie sonreía, intentando pensar en algo terriblemente ingenioso que decir, cuando el mayordomo llegó con un servicio de té no pedido. Su madre debía haberlo pedido, pensó Tillie, lo que significaba que regresaría pronto, lo que significaba que su tiempo a solas con Peter estaba llegando a su fin.

Debería haber prestado atención a la profunda desilusión que apretaba su pecho. O al aleteo en su vientre que aumentaba cada vez que lo miraba. Porque si lo hubiese hecho, no se hubiera sorprendido tanto cuando le pasó una taza de té, y sus dedos se tocaron, y entonces lo miró, él la miró a ella, y sus ojos se encontraron.

Y sintió como si estuviera cayendo.

Cayendo… cayendo… cayendo. Una cálida ráfaga de aire la envolvió, robándole la respiración, el pulso, incluso el corazón. Y cuando todo terminó -si de hecho había terminado y no simplemente decaído- lo único que pudo pensar fue que era una maravilla que no hubiese dejado caer la taza de té.

¿Habría notado él en ese momento que ella se había transformado?

Prestó mucha atención a la preparación de su propia taza, salpicando leche antes de añadir el té caliente. Si tan sólo pudiera concentrarse en las tareas triviales a mano, no tendría que sopesar qué acababa de sucederle.

Porque sospechaba que realmente había caído.

Ante el amor.

Y sospechaba que, al final, sería su perdición. No tenía mucha experiencia con los hombres; su primera temporada en Londres había sido interrumpida por la muerte prematura de Harry, y había pasado el año anterior apartada en el campo, de duelo con su familia.

Pero aun así, podía notar que Peter no pensaba en ella como una mujer deseable. Pensaba en ella como una obligación, como la hermanita de Harry. Tal vez incluso como una niña.

Para él, ella era una promesa que debía ser cumplida. Nada más, nada menos. Hubiese parecido frío y clínico, si no la conmoviese tanto la devoción de él por su hermano.

– ¿Sucede algo?

Tillie levantó la mirada ante el sonido de la voz de Peter y sonrió irónicamente. ¿Sucedía algo? Más de lo que él jamás sabría.

– Claro que no -le mintió-. ¿Por qué lo pregunta?

– No ha bebido su té.

– Lo prefiero tibio -improvisó, llevando la taza a sus labios. Tomó un sorbo, fingiendo cautela-. Ahí está -dijo alegremente-. Mucho mejor ahora.

Él la miraba con curiosidad, y Tillie casi suspiró ante su desgracia. Si iba a tener un capricho no correspondido por un caballero, haría mucho mejor en no escoger a uno de tan evidente inteligencia. Cualquier otro error como este y él ciertamente percibiría sus verdaderos sentimientos.

Lo cual sería horroroso.

– ¿Planea asistir al gran baile Hargreaves el viernes? -le preguntó, decidiendo que un cambio de tema era el mejor proceder.

Él asintió.

– ¿Asumo que usted también irá?

– Por supuesto. Será un tumulto, estoy segura, y no puedo esperar a ver a lady Neeley llegando con su brazalete en la muñeca.

– ¿Lo ha encontrado? -preguntó él con sorpresa.

– No, pero así debe ser, ¿no lo cree? No puedo imaginar que nadie en la fiesta realmente lo robara. Probablemente cayó bajo la mesa, y nadie ha tenido la sagacidad de mirar.

– Concuerdo con usted en que la suya es la teoría más probable -dijo él, pero sus labios se apretaron un poco al quedarse callado, y no se veía convencido.

– ¿Pero…? -lo instó a decir.

Por un momento, no creyó que él fuera a responder, pero entonces Peter dijo:

– Pero usted nunca ha sabido lo que es tener necesidades, lady Mathilda. Nunca podría comprender la desesperación que podría llevar a un hombre a robar.

No le gustó que la llamase lady Mathilda. Eso inyectaba una formalidad en la conversación de la que ella había pensado que habían prescindido. Y sus comentarios parecían subrayar el simple hecho de que él era un hombre de mundo, y ella una jovencita protegida.

– Claro que no -dijo ella, porque no tenía sentido simular que su vida no había sido privilegiada-. Pero igualmente, es difícil imaginar que alguien tenga la audacia de robar el brazalete debajo de la nariz de ella.

Por un momento él no se movió, sólo la miró con atención, de un modo incómodamente evaluador. Tillie tuvo la sensación de que él pensaba que ella era terriblemente provinciana, o al menos ingenua, y detestó que su creencia en la bondad general de los hombres la hiciera quedar como tonta.

No debería ser de ese modo. Uno debía confiar en sus amigos y vecinos. Y ella ciertamente no debería ser ridiculizada por hacerlo.

Pero Peter la sorprendió, y simplemente dijo:

– Probablemente tenga razón. Hace tiempo me di cuenta de que la mayoría de los misterios tienen soluciones perfectamente benignas y aburridas. Lady Neeley probablemente estará aceptando la derrota antes de que termine la semana.

– ¿No cree que soy tonta por ser tan confiada? -preguntó Tillie, casi pateándose por hacerlo.

Pero no parecía poder dejar de hacer preguntas a este hombre; no podía recordar a nadie cuyas opiniones le importaran tanto.

Él sonrió.

– No. No estoy necesariamente de acuerdo con usted. Pero es agradable compartir el té con alguien cuya fe en la humanidad no ha sido herida irreparablemente.

Un sombrío dolor la inundó, y se preguntó si Harry también había sido cambiado por la guerra. Se dio cuenta de que así debía haber sido, y no pudo creer que no lo hubiese pensado antes. Siempre había imaginado al mismo Harry de siempre, riendo, bromeando y haciendo travesuras a cada oportunidad.

Pero cuando miraba a Peter Thompson, se daba cuenta de que había una sombra tras sus ojos que nunca desaparecía del todo.

Harry había estado al lado de Peter durante la guerra. Sus ojos habían visto los mismos horrores, y sus ojos hubiesen tenido las mismas sombras si no estuviera enterrado en Bélgica.

– ¿Tillie?

Ella levantó la mirada rápidamente. Había estado callada más tiempo del que quería, y Peter la miraba con expresión curiosa.

– Lo siento -dijo reflexivamente-, sólo soñaba despierta.

Pero mientras bebía su té, observándolo disimuladamente sobre el borde de su taza, no era en Harry en quien estaba pensando. Por primera vez en un año, finalmente, emocionantemente, no era Harry.

Era Peter, y en lo único que podía pensar es que no debería tener sombras tras los ojos. Y ella quería ser quien las desterrara para siempre.

CAPÍTULO 03

…y ahora que esta Autora ha hecho pública la lista de invitados de la Cena que Salió Mal, esta Autora les ofrece, como un delicioso regalito, un análisis de los sospechosos.

No se sabe mucho sobre el señor Peter Thompson, aunque es generalmente reconocido como un valiente soldado en la guerra contra Napoleón. La sociedad detesta ubicar a un renombrado héroe de guerra en una lista de sospechosos, pero esta Autora sería descuidada si no se señalara que el señor Thompson también es reconocido como un poco caza-fortunas. Desde su llegada a la ciudad, ha estado buscando de manera bastante obvia una esposa, aunque como esta Autora cree firmemente en dar crédito donde se debe, él lo ha hecho de un modo decididamente modesto y de buen gusto.

Pero es bien sabido que su padre, lord Stoughton, no se encuentra entre los más ricos barones, y además, el señor Thompson es un segundo hijo, y como su hermano mayor ya ha creído pertinente procrear, es meramente cuarto en línea por el título. Así que, si el señor Thompson espera vivir con algo de estilo una vez que salga del ejército, tendrá que casarse con una mujer de medios.

O, podría especularse, si uno lo deseara, obtener fondos de alguna otra manera.

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 31 de mayo de 1816

Si Peter hubiese conocido la identidad de la escurridiza lady Whistledown, la hubiese estrangulado en el acto.

Caza-fortunas. Detestaba ese apodo, lo veía más como un epíteto, y ni siquiera podía pensar las palabras sin casi escupir con indignación. Había pasado el último mes en Londres comportándose con el mayor cuidado, todo para asegurarse de que ese rótulo no le era aplicado.

Había una diferencia entre un hombre que buscaba a una mujer con una dote modesta y uno que seducía por dinero, y el diferencial podía ser resumida en una palabra.

Honor.

Era lo que había gobernado su vida entera, desde el momento en que su padre lo había sentado a la terriblemente tierna edad de cinco años y le había explicado qué distinguía a un verdadero caballero, y por Dios, Peter no iba a permitir que una cobarde columnista de chismes manchara su reputación con un solo golpe de su pluma.

Si la maldita mujer tuviese un gramo de honor propio, pensó ferozmente, no encubriría evasivamente su identidad. Sólo los temerosos usaban el anonimato para insultar y cuestionar.

Pero él no sabía quién era lady Whistledown, y sospechaba que nunca nadie lo sabría, no en esta vida, de cualquier modo, así que tenía que contentarse con desquitar su pésimo humor con todos los demás con quienes entrara en contacto.

Lo que significaba que probablemente debería una disculpa bastante grande a su ayuda de cámara por la mañana.

Tiró de su corbata mientras navegaba por el salón de baile demasiado atestado en casa de lady Hargreaves. No podía rechazar esta invitación; hacerlo hubiese dado demasiado crédito a las palabras de lady Whistledown. Mejor negarlo sin vergüenza y reírse de ello, y encontrar algún consuelo en el hecho de que él no era el único criticado en la edición de esa mañana; lady W había dedicado un buen espacio a cinco invitados en total, incluyendo a la pobre atribulada señorita Martin, contra quien la alta sociedad seguramente se volvería, ya que era meramente la dama de compañía de lady Neeley y no, como ya había oído decir a alguien, una de los suyos.

Además, había tenido que ir esa noche. Ya había aceptado la invitación y, además, cada joven soltera en Londres asistiría. No podía permitirse olvidar que había un propósito para su presencia en la ciudad. No podía permitirse terminar la temporada sin un compromiso; como estaban las cosas, apenas lograba pagar la renta en su humilde alojamiento de soltero al norte de Oxford Street.

Imaginaba que los padres de esas señoritas casaderas podrían observarlo con más cuidado esa noche, y varios no permitirían que sus hijas se relacionaran con él, pero esconderse en casa sería, a los ojos de la sociedad, equivalente a admitir la culpa, y estaría mucho mejor actuando como si no hubiese pasado nada.

Aunque quisiera desesperadamente atravesar una pared con el puño.

Lo peor de todo era que la única persona con la que absolutamente no podía relacionarse era Tillie. Ella era universalmente reconocida como la más grande heredera de la temporada, y su belleza y personalidad vivaz la habían convertido sin dudas en el mejor partido. Era difícil para cualquiera cortejarla sin ser catalogado como caza-fortunas, y si Peter fuera visto colgado tras ella, nunca se desharía de la mancha en su reputación.

Pero claro que Tillie era la única persona -la única- a la que quería ver.

Ella venía a él en sus pensamientos, en sus sueños. Sonreía, reía y luego se ponía seria, y parecía entenderlo, calmarlo con su sola presencia. Y él quería más. Lo quería todo; quería saber qué tan largo era su cabello, y quería ser quien lo soltara del remilgado rodetito en su nuca. Quería conocer el olor de su piel y la curva exacta de sus caderas. Quería bailar con ella más cerca de lo que permitía el decoro, y quería llevársela, donde ningún otro hombre pudiera mirarla siquiera.

Pero sus sueños iban a tener que seguir siendo sólo eso. Sueños. No había manera de que el conde de Canby aprobara una unión entre su única hija y el hijo menor sin dinero de un barón. Y si él se escapaba con Tillie, si se fugaban sin el permiso de la familia de ella… Bueno, ella sería desheredada sin dudas, y Peter no la arrastraría a una vida de refinada pobreza.

No era, pensó Peter fríamente, lo que Harry había tenido en mente cuando le había pedido que la cuidara.

Así que simplemente se encontraba de pie en el perímetro del salón de baile, simulando estar muy interesado en su copa de champagne, y más bien contento de no poder verla. Si supiera dónde estaba Tillie, entonces no sería capaz de contenerse para no observarla.

Y si lo hacía, entonces seguramente alcanzaría a verla. Y una vez que eso sucediera, ¿realmente pensaba que podría apartar los ojos de ella?

Ella lo vería, por supuesto, y sus ojos se encontrarían, y entonces él tendría que acercarse a saludarla, y entonces ella podría querer bailar…

Se le ocurrió en un súbito destello de ironía que había abandonado la guerra precisamente para evitar la amenaza de tortura.

Bien podía arrancarse las uñas ahora.

Peter cambió sutilmente su postura para estar más de espaldas a la gente. Entonces se dio un golpe mental, al atraparse mirando sobre el hombro.

Había encontrado a un pequeño grupo de hombres que conocía del ejército, todos los cuales, estaba seguro, habían venido a Londres por la misma razón que él, aunque con excepción de Robbie Dunlop, ninguno de ellos había tenido la desgracia de haber sido invitado a la infortunada cena de lady Neeley. Y Robbie no había sido escogido por lady Whistledown para el escrutinio; parecía que incluso esa arrugada vieja bruja sabía que Robbie no tenía la astucia para tramar -mucho menos llevar a cabo- un robo tan atrevido.

– Qué mala suerte lo de Whistledown -comentó uno de los ex soldados, sacudiendo la cabeza con sincera conmiseración.

Peter sólo gruñó y levantó un hombro en un gesto ladeado. A él le parecía una buena respuesta.

– Nadie lo recordará la próxima semana -dijo otro-. Ella tendrá algún nuevo escándalo que informar, y además nadie piensa realmente que tú hayas robado ese brazalete.

Peter se volvió hacia su amigo con creciente horror. Nunca se le había ocurrido que alguien realmente pudiera pensar que era un ladrón. Simplemente había estado preocupado por la parte acerca de que era un caza-fortunas.

– Eh, no quise mencionarlo -tartamudeó el tipo, dando un paso atrás ante lo que debía haber sido una expresión feroz en el rostro de Peter-. Estoy seguro de que terminará siendo esa dama de compañía. Esa muchacha nunca ha tenido siquiera dos peniques a la vez.

– No fue la señorita Martin -dijo Peter mordazmente.

– ¿Cómo lo sabes? -Preguntó uno de los hombres-. ¿La conoces?

– ¿Alguien la conoce? -preguntó otro.

– No fue la señorita Martin -dijo Peter con voz dura-. Y es indigno de ustedes especular con la reputación de una mujer.

– Sí, ¿pero cómo sab…?

– ¡Me encontraba justo a su lado! -dijo Peter bruscamente-. La pobre mujer estaba siendo atacada por un papagayo. No tuvo la oportunidad de tomar el brazalete. Claro -agregó cáusticamente-, no sé quién confiará en mi palabra sobre el asunto ahora que he sido catalogado como el sospechoso principal.

Los hombres se apresuraron en asegurarle que seguían confiando en su palabra respecto a cualquier cosa, aunque uno fue lo bastante tonto como para señalar que Peter difícilmente fuera el principal sospechoso.

Peter sólo lo miró con furia. Principal o no, parecía que gran parte de Londres ahora pensaba que podría ser un ladrón.

Maldito infierno.

– Buenas noches, señor Thompson.

Tillie. Sólo le faltaba esto a la noche.

Peter se dio vuelta, deseando que su sangre no corriera con tanta energía ante el mero sonido de su voz. No debería mirarla. No quería mirarla.

– Qué bueno verlo -dijo ella, sonriendo como si tuviera un secreto.

Estaba hundido.

– Lady Mathilda -dijo él, haciendo una reverencia y tomando su mano ofrecida.

Ella se dio vuelta y saludó a Robbie, y luego dijo a Peter:

– ¿Tal vez podría presentarme al resto de sus compatriotas?

Él lo hizo, frunciendo el ceño mientras todos caían bajo su hechizo. O posiblemente, se le ocurrió, el hechizo de su dote. Harry no había sido exactamente circunspecto cuando había hablado de eso en el Continente.

– No pude evitar oír su defensa de la señorita Martin -dijo Tillie, una vez que las presentaciones habían sido completadas. Se volvió hacia el resto de la gente y agregó-: Yo también estaba allí, y les aseguro que ella no podría haber sido la ladrona.

– ¿Quién cree que robó el brazalete, lady Mathilda? -preguntó alguien.

Los labios de Tillie se apretaron una fracción de segundo, lo suficiente para informar a cualquiera que la observara con mucha atención que estaba irritada. Pero para los demás -que consistían en todos excepto Peter- su expresión soleada nunca flaqueó, especialmente cuando dijo:

– No lo sé. Prefiero pensar que será encontrado bajo una mesa.

– Seguramente lady Neeley ya ha revisado la habitación -dijo uno de los hombres lentamente.

Tillie movió una de sus manos en el aire, un gesto despreocupado que Peter sospechaba que estaba destinado a calmar a los demás caballeros y hacerles creer que ella no se molestaría en pensar en cuestiones tan serias.

– No importa -dijo ella con un suspiro.

Y eso era todo, pensó Peter con admiración. Nadie volvió a hablar del tema. Un “no importa” y Tillie había llevado la discusión exactamente donde ella quería.

Peter intentó ignorar el resto de la conversación. Eran principalmente tonterías sobre el clima, que había estado un poco más fresco que lo normal para esta época del año, salpicadas con el ocasional comentario respecto al atuendo de alguien. Su expresión, si tenía algún control sobre ella, era cortésmente aburrida; no quería parecer demasiado interesado en Tillie, y aunque no se ilusionaba pensando que él era el tema principal de chismes en el baile, ya había visto más de una vieja señalando en su dirección y luego susurrando algo tras la mano.

Pero entonces todas sus buenas intenciones fueron arruinadas cuando Tillie se volvió hacia él y dijo:

– Señor Thompson, creo que ha comenzado la música.

No había manera de malentender ese comentario, y aun cuando el resto de los caballeros se apresuraron a llenar los espacios subsiguientes en su tarjeta de baile, él se vio obligado a doblar el brazo e invitarla a la pista de baile.

Era un vals. Tendría que ser un vals.

Y cuando Peter le tomó la mano, luchando contra el impulso de entrelazar sus dedos, tuvo la inconfundible sensación de que estaba cayendo por un precipicio.

O peor, arrojándose por el costado.

Porque por mucho que intentara convencerse de que esto era un terrible error, que no deberían verlo con ella -diablos, que no debería estar con ella, y punto- no pudo acallar del todo el cosquilleo de alegría puro, casi incandescente que creció y dio vueltas dentro suyo cuando la tomó en sus brazos.

Y si los chismes querían catalogarlo como el peor de todos los caza-fortunas, que así fuera.

Valdría la pena por este único baile.

Tillie había pasado los primeros diez minutos del gran baile Hargreaves intentando escapar de las garras de sus padres, los siguientes diez buscando a Peter Thompson, y los terceros de pie a su lado mientras conversaba sobre nada con los amigos de él.

Iba a pasar los siguientes diez minutos con la atención completa de él, aunque eso la matara.

Seguía un poco irritada por haber tenido prácticamente que rogarle para que bailara con ella, y frente a una docena de otros caballeros. Pero no parecía tener mucho sentido darle vueltas ahora que él la tomaba de la mano y la hacía dar vueltas elegantemente por la pista de baile.

¿Y por qué era, se preguntó, que la mano de él sobre su espalda podía provocar un torrente tan extraño de deseo directo al centro de su ser? Uno podría pensar que si fuera a sentirse seducida, sería por los ojos de él, que después de diez minutos de ignorarla deliberadamente, ardían en los suyos con una intensidad que le quitaba la respiración.

Pero a decir verdad, si estaba preparada para arriesgarse a cualquier cosa, si ahora requería de cada gramo de su fortaleza para no suspirar, caer contra él y rogarle que tocara sus labios con los de ella, era debido a esa mano en su espalda.

Tal vez era la ubicación, en la base de su columna, a sólo centímetros a través de su cuerpo de su parte más íntima. Tal vez era el modo en que se sentía atraída, como si en cualquier momento fuera a perderse a sí misma, y su cuerpo estaría apretado contra el de él, caliente y escandaloso, y anhelando algo que no comprendía del todo.

La presión era implacablemente tierna, atrayéndola hacia él, lenta, inexorablemente… y sin embargo, cuando Tillie bajó la mirada, la distancia entre sus cuerpos no había cambiado.

Pero el calor dentro de ellos había explotado.

Y ella ardía.

– ¿He hecho algo para disgustarlo? -le preguntó, intentando desesperadamente poner sus pensamientos en cualquier cosa aparte del deseo embriagador que estaba amenazando con adueñarse de ella.

– Claro que no -dijo Peter ásperamente-. ¿Por qué pensaría algo tan absurdo?

Ella se encogió de hombros.

– Parecía… oh, no lo sé… un poco distante, supongo. Como si no le agradara mi compañía.

– Eso es ridículo -gruñó él, de esa manera que los hombres lo hacían cuando sabían que una mujer tenía razón pero no tenían intención de admitirlo.

Ella había crecido con dos hermanos, sin embargo, y sabía que no le convenía presionar, así que en cambio dijo:

– Estuvo magnífico cuando defendió a la señorita Martin.

La mano de él se tensó sobre la suya, pero tristemente, sólo por un segundo.

– Cualquiera la hubiese defendido -dijo él.

– No -dijo Tillie lentamente-. No lo creo. En realidad, diría lo opuesto, y creo que usted sabe que tengo razón.

Lo miró, con ojos desafiantes, esperando que Peter la contradijera. Como era un hombre inteligente, no lo hizo.

– Un caballero nunca debería causar estragos con la reputación de una mujer -dijo con rigidez, y ella se dio cuenta con una pequeña y extraña burbuja de placer que adoraba esa pequeña muestra de pesadez, adoraba que él realmente se sintiera avergonzado por su propio y estricto código de ética.

O tal vez no era tanto el código como el hecho de que ella lo hubiese atrapado. Era mucho más elegante ser un calavera insensible, pero Peter nunca podría ser tan cruel.

– Una mujer no debería causar estragos con la reputación de un caballero tampoco -dijo Tillie suavemente-. Lamento lo que escribió lady Whistledown. No estuvo bien de su parte.

– ¿Y usted tiene influencia sobre nuestra estimada columnista de chismes?

– Claro que no, pero sí apruebo sus palabras con gran frecuencia. Esta vez, sin embargo, creo que puede haber cruzado el límite.

– Ella no acusó a nadie.

Peter se encogió de hombros como si no le importara, pero su tono no podía mentir. Estaba furioso y dolorido por la columna de esa mañana, y si Tillie hubiese sabido quién era lady Whistledown, la hubiese atado como a un ganso felizmente.

Era una sensación extraña e intensa, esa furia de que él hubiese sido herido.

– Lady Mathilda… Tillie.

Ella lo miró sorprendida, inconsciente de que había estado perdida en sus propios pensamientos.

Él le ofreció una sonrisa divertida y miró las manos de ambos.

Ella siguió su mirada, y fue sólo entonces que se dio cuenta de que estaba agarrando los dedos de él como si fueran el cuello de lady Whistledown.

– ¡Oh! -Soltó ella con sorpresa, seguida por el más farfullado-: Lo siento.

– ¿Tiene la costumbre de amputar los dedos de sus compañeros de baile?

– Sólo cuando tengo que retorcer sus brazos para lograr que me inviten a bailar -le devolvió en el acto.

– Y yo que pensaba que la guerra era peligrosa -murmuró Peter.

Ella se sorprendió de que pudiera bromear al respecto, se sorprendió de que lo hiciera. No estaba muy segura de cómo responder, pero entonces la orquesta terminó el vals con un floreo sorprendentemente vivaz, y se salvó de tener que responder.

– ¿La regreso a sus padres? -Preguntó Peter, llevándola fuera de la pista de baile-. ¿O con su siguiente pareja?

– En realidad -improvisó ella-, estoy bastante sedienta. ¿Tal vez la mesa de limonada?

La cual, había notado, estaba al otro lado de la habitación.

– Como desee.

Su progreso era lento; Tillie mantuvo el paso inusitadamente tranquilo, esperando prolongar su tiempo juntos otro minuto o dos.

– ¿Ha estado disfrutando del baile? -le preguntó.

– Algunas partes -dijo él, manteniendo la mirada directamente adelante.

Pero ella vio que la comisura de su boca se curvaba hacia arriba.

– ¿Alguna de mis partes? -le preguntó audazmente.

Él se detuvo.

– ¿Tiene alguna idea de lo que acaba de decir?

Demasiado tarde, Tillie recordó haber oído a sus hermanos hablando sobre partes femeninas…

Su rostro enrojeció.

Y entonces, que Dios los ayudara, ambos rieron.

– No le diga a nadie -susurró ella, recobrando el aliento-. Mis padres me encerrarán durante un mes.

– Eso ciertamente…

– ¡Lady Mathilda! ¡Lady Mathilda!

Lo que sea que Peter hubiese querido decir se perdió cuando la señora Featherington, amiga de la madre de Tillie y una de las mayores chismosas de la sociedad, se acercó rápidamente al lado de ellos, arrastrando consigo a su hija Penelope, que estaba vestida en un tono bastante desgraciado de amarillo.

– Lady Mathilda -dijo la señora Featherington. Entonces agregó, con voz decididamente glacial-: Señor Thompson.

Tillie había estado a punto de hacer las presentaciones, pero entonces recordó que la señora Featherington y Penelope habían estado presentes en la cena de lady Neeley. De hecho, la señora Featherington era una de los desafortunados cinco en ser retratados por lady Whistledown en la columna de esa mañana.

– ¿Saben sus padres dónde está usted? -preguntó la señora Featherington a Tillie.

– ¿Disculpe? -preguntó Tillie, parpadeando con sorpresa.

Se volvió hacia Penelope, quien siempre había pensado que era del tipo bastante agradable, aunque callada.

Pero si Penelope sabía en qué andaba su madre no dio ninguna indicación, aparte de una expresión dolorida que llevó a Tillie a creer que si un agujero se hubiera abierto de repente en medio del piso del salón de baile, Penelope hubiese saltado en él felizmente.

– ¿Saben sus padres dónde está? -repitió la señora Featherington, esta vez con más mordacidad.

– Vinimos juntos -respondió Tillie lentamente-, así que sí, asumo que están conscientes de…

– La regresaré con ellos -la interrumpió la señora Featherington.

Y entonces Tillie comprendió.

– Le aseguro -dijo heladamente-, que el señor Thompson es más que capaz de regresarme con mis padres.

– Madre -dijo Penelope, agarrando la manga de su madre.

Pero la señora Featherington la ignoró.

– Una muchacha como usted -le dijo a Tillie-, debe tener cuidado con su reputación.

– Si se refiere a la columna de lady Whistledown -dijo Tillie, con voz atípicamente helada-, entonces debo recordarle que usted también fue mencionada allí, señora Featherington.

Penelope quedó boquiabierta.

– Sus palabras no me preocupan -dijo la señora Featherington-. Sé que no tomé ese brazalete.

– Y yo sé que el señor Thompson tampoco lo hizo -le contestó Tillie.

– Nunca dije que lo hubiera hecho -dijo la señora Featherington, y entonces sorprendió a Tillie al volverse hacia Peter y decir-: Me disculpo si di ese indicio. Nunca llamaría ladrón a alguien sin pruebas.

Peter, que había estado tensamente quieto al lado de Tillie, no hizo nada más que asentir ante la disculpa. Tillie sospechaba que era lo único que podía hacer sin perder los estribos.

– Madre -dijo Penelope, su tono casi desesperado entonces-: Prudence se encuentra junto a la puerta, y está saludando con la mano como loca.

Tillie pudo ver a la hermana de Penelope, Prudence, que parecía felizmente ocupada en conversación con una de sus amigas. Tillie hizo una nota mental para hacerse amiga de Penelope Featherington, quien era bien conocida como un florero, en la próxima ocasión posible.

– Lady Mathilda -dijo la señora Featherington, ignorando por completo a Penelope-, debo…

– ¡Madre!

Penelope tiró con fuerza de la manga de su madre.

– ¡Penelope! -La señora Featherington se volvió hacia su hija con evidente irritación-. Estoy intentando…

– Debemos irnos -dijo Tillie, tomando ventaja de la distracción momentánea de la señora Featherington-. Me aseguraré de comunicar sus saludos a mi madre.

Y entonces, antes de que la señora Featherington pudiera desenmarañarse de Penelope, quien tenía un firme agarre sobre su brazo, Tillie hizo su escapatoria, prácticamente arrastrando a Peter detrás de ella.

Él no había dicho una sola palabra durante el intercambio. Tillie no estaba del todo segura de qué significaba eso.

– Lo lamento terriblemente -dijo ella una vez que estuvieron fuera del alcance del oído de la señora Featherington.

– Usted no hizo nada -dijo él, pero su voz era tensa.

– No, pero, bueno… -Ella se detuvo, insegura de cómo proceder. No quería aceptar la culpa por la señora Featherington en particular, pero no obstante, parecía que alguien debería disculparse con Peter-. Nadie debería llamarlo ladrón -dijo finalmente-. Es inaceptable.

Él le sonrió sin humor.

– Ella no me estaba llamando ladrón -dijo Peter-. Estaba llamándome caza-fortunas.

– Ella nunca…

– Confíe en mí -dijo él, interrumpiéndola con un tono que la hizo sentir como una niña tonta.

¿Cómo podía haber ignorado semejante trasfondo? ¿Realmente estaba tan inconsciente?

– Eso es lo más tonto que jamás haya oído -murmuró ella, más que nada para defenderse.

– ¿De veras?

– Por supuesto. Usted es la última persona que se casaría con una mujer por su dinero.

Peter se detuvo, mirándola a la cara con dureza.

– ¿Y usted ha llegado a esa conclusión en los tres días que nos hemos conocido?

Los labios de ella se tensaron.

– No hizo falta más tiempo.

Peter sintió sus palabras como un golpe, casi tambaleándose por la fuerza de la fe de Tillie en él. Ella lo miraba con atención, su mentón tan decidido, sus brazos como varas a sus costados, y él fue poseído por una extraña necesidad de asustarla, de apartarla, de recordarle que los hombres eran, por encima de todo, sinvergüenzas y tontos, y que ella no debía confiar con un corazón tan abierto.

– Vine a Londres -le dijo, sus palabras deliberadas y cortantes-, para el único propósito de conseguir una novia.

– No hay nada raro en eso -dijo ella con displicencia-. Estoy aquí para encontrar un esposo.

– Apenas tengo un centavo a mi nombre -declaró él. Los ojos de ella se abrieron mucho-. Soy un caza-fortunas -le dijo sin rodeos.

Ella sacudió la cabeza.

– No lo es.

– No puede sumar dos y dos y esperar que sean sólo tres.

– Y usted no puede hablar con enigmas tan ridículos y esperar que yo comprenda una palabra de lo que dice -replicó ella.

– Tillie -dijo Peter con un suspiro, odiando que casi lo hubiese hecho reír.

Eso hacía extraordinariamente más difícil espantarla.

– Podrá necesitar dinero -continuó ella-, pero eso no significa que seduciría a alguien para obtenerlo.

– Tillie…

– Usted no es un caza-fortunas -dijo ella convincentemente-, y se lo diré a cualquiera que se atreva a insinuar que lo es.

Y entonces él tuvo que decirlo. Tenía que dejarlo en claro, hacerla entender la verdad de la situación.

– Si busca reparar mi reputación -dijo él lentamente, y un poco cansado también-, entonces tendrá que evitar mi compañía. -Los labios de ella se separaron, con sorpresa. Él se encogió de hombros, intentando quitarle importancia-. Si debe saberlo, he pasado las últimas tres semanas intentando con bastante desesperación evitar ser llamado un caza-fortunas -dijo Peter, sin poder creer del todo que estaba contándole todo esto-. Y lo logré bastante bien hasta el Whistledown de esta mañana.

– Todo caerá en el olvido -susurró ella, pero su voz carecía de convicción, como si estuviese intentando convencerse a sí misma también.

– No si me ven cortejándola.

– Pero es eso horrible. -En pocas palabras, pensó él. Pero no tenía sentido decirlo-. Y usted no está cortejándome. Está cumpliendo una promesa a Harry. -Ella se detuvo-. ¿Verdad?

– ¿Importa?

– A mí sí -murmuró Tillie.

– Ahora que lady Whistledown me ha rotulado -dijo él, intentando no preguntarse por qué le importaba a ella-, no podré siquiera pararme a su lado sin que alguien especule que voy tras su fortuna.

– Ahora está parado a mi lado -señaló ella.

Y era una maldita tortura. Peter suspiró.

– Debería regresarla con sus padres. -Ella asintió.

– Lo siento.

– No se disculpe -le dijo él bruscamente.

Estaba enojado consigo mismo, y enojado con lady Whistledown, y enojado con toda la maldita alta sociedad. Pero no con ella. Nunca con ella. Y lo último que quería era su lástima.

– Estoy arruinando su reputación -dijo ella, su voz se quebró con una impotente risa triste-. Eso es casi gracioso. -Él la miró con aire burlón-. Las jóvenes doncellas somos quienes tenemos que cuidar cada movimiento que hacemos -explicó Tillie-. Ustedes pueden hacer lo que desean.

– No del todo -dijo él, moviendo su mirada sobre el hombro de ella, para que no cayera en lugares más maduros.

– Cualquiera que sea el caso -dijo ella, moviendo la mano en ese gesto despreocupado que había usado tan exitosamente al comienzo de la noche-, parece que soy el obstáculo en su camino. Usted quiere una esposa y, bueno…

Su voz perdió su despreocupación, y cuando sonrió, había algo que faltaba allí.

Peter se dio cuenta de que nadie más lo notaría. Nadie se daría cuenta de que su sonrisa no estaba del todo bien.

Pero él sí. Y eso le rompía el corazón.

– A quien quiera que elija… -continuó Tillie, reforzando esa sonrisa con una risita apagada-, no la obtendrá conmigo cerca, parece.

Pero él se dio cuenta de que no sería por ninguna de las razones que ella pensaba. Si no podía encontrar una esposa con Tillie Howard cerca, sería porque no podría quitar los ojos de ella, ni siquiera podría empezar a pensar en otra mujer cuando pudiera percibir su presencia.

– Debería irme -dijo ella, y él supo que tenía razón, pero no podía obligarse a decirle adiós.

Había evitado su compañía precisamente por esta razón.

Y ahora que tenía que mandarla a volar de una vez y para siempre, era aun más duro de lo que había pensado.

– Está rompiendo su promesa a Harry -le recordó ella.

Peter sacudió la cabeza, aunque ella nunca comprendería lo bien que estaba cumpliendo con su promesa. Le había prometido a Harry que la protegería.

Tillie tragó con dificultad.

– Mis padres están allí -dijo, haciendo un gesto hacia la izquierda y detrás.

Él asintió y la tomó del brazo, haciéndola dar vuelta para que pudieran dirigirse con el conde y la condesa.

Y se encontraron cara a cara con lady Neeley.

CAPÍTULO 04

Uno sólo puede preguntarse qué acontecimientos ocurrirán en el gran baile Hargreaves esta noche. Esta Autora sabe de buena fuente que lady Neeley planea asistir, como todos los principales sospechosos, con la posible excepción de la señorita Martin, que recibió una invitación sólo por deseo de la propia lady Neeley.

Pero el señor Thompson ha contestado afirmativamente, al igual que el señor Brooks, la señora Featherington, y lord Easterly.

Esta Autora descubre que sólo puede decir: “¡Que comiencen los juegos!”

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 31 de mayo de 1816

– ¡Señor Thompson! -chilló lady Neeley-. ¡Justo la persona que he estado buscando!

– ¿De veras? -preguntó Tillie con sorpresa, antes de poder recordar que en realidad estaba bastante molesta con lady Neeley y que había pretendido ser amablemente glacial la próxima vez que se encontraran.

– Así es -dijo severamente la mujer mayor-. Estoy furiosa por esa columna de Whistledown de esta mañana. Esa mujer infernal nunca tiene más que la mitad bien.

– ¿A qué mitad se refiere? -preguntó Peter fríamente.

– La mitad respecto a que usted es un ladrón, por supuesto -dijo lady Neeley-. Todos sabemos que usted está a la caza de una fortuna -echó un vistazo bastante obvio a Tillie-, pero no es ningún ladrón.

– ¡Lady Neeley! -exclamó Tillie, incapaz de creer que pudiera ser tan grosera.

– ¿Y cómo -dijo Peter-, llegó usted a esa conclusión?

– Conozco a su padre -dijo lady Neeley-, y eso es suficiente para mí.

– ¿Los pecados del padre al revés? -preguntó él con sequedad.

– Exactamente -replicó lady Neeley, pasando su tono completamente por alto-. Además, sospecho de Easterly. Está demasiado bronceado.

– ¿Bronceado? -repitió Tillie, intentando deducir cómo se relacionaba eso con el robo de unos rubíes.

– Y -agregó lady Neeley oficiosamente-, hace trampas en las cartas.

– Lord Easterly me pareció un buen hombre -Tillie se sintió obligada a interceder.

No tenía permitido apostar, por supuesto, pero había pasado suficiente tiempo en la sociedad como para saber que una acusación de hacer trampas era una acusación seria, sin dudas. Más serio, dirían algunos, era una acusación de robo.

Lady Neeley se volvió hacia ella con un aire condescendiente.

– Tú, querida niña, eres demasiado joven para conocer la historia.

Tillie apretó los labios y se obligó a no responder.

– Debería asegurarse de tener pruebas antes de acusar a un hombre de robo -dijo Peter, con su columna recta como un poste.

– Bah. Tendré toda la prueba que necesito cuando encuentre mis joyas en su apartamento.

– Lady Neeley, ¿ha hecho revisar la habitación? -interrumpió Tillie, ansiosa por difuminar la conversación.

– ¿La habitación de él?

– No, la suya. El comedor.

– Por supuesto que sí -replicó lady Neeley-. ¿Crees que soy una tonta? -Tillie se negó a hacer comentarios-. Hice revisar la habitación dos veces -declaró la mujer mayor-. Y luego la revisé yo misma una tercera vez, sólo para asegurarme. El brazalete no está en el comedor. Puedo decirlo con seguridad.

– Estoy segura de que tiene razón -dijo Tillie, intentando todavía arreglar las cosas. Habían atraído un gentío, y no menos de una docena de espectadores estaban acercándose, ansiosos de escuchar el intercambio entre lady Neeley y uno de sus principales sospechosos-. Pero sea como sea…

– Será mejor que cuide sus palabras -la interrumpió Peter cortante, y Tillie se quedó boquiabierta, aturdida por su tono, y luego aliviada cuando se dio cuenta de que no se dirigía a ella.

– Disculpe -dijo lady Neeley, echando los hombros atrás ante la ofensa.

– No conozco bien a lord Easterly, así que no puedo responder por su carácter -dijo Peter-, pero sí sé que usted no tiene pruebas con las cuales apuntar una acusación. Está pisando terreno peligroso, milady, y haría bien en no ensuciar el buen nombre de un caballero. O podría descubrir -añadió convincentemente, cuando lady Neeley abrió la boca para seguir discutiendo-, que su propio nombre es arrastrado por el mismo lodo.

Lady Neeley jadeó, Tillie quedó boquiabierta y entonces un extraño silencio cayó sobre el pequeño público.

– ¡Esto estará en el Whistledown de mañana sin dudas! -dijo alguien finalmente.

– Señor Thompson, olvida su lugar -dijo lady Neeley.

– No -dijo Peter con gravedad-. Eso es lo único que nunca olvido.

Hubo un momento de silencio, y entonces, justo cuando Tillie estaba casi segura de que lady Neeley iba a escupir veneno, la mujer rió.

Rió. Ahí mismo en el salón de baile, dejando a todos los espectadores boquiabiertos de sorpresa.

– Tiene usted coraje, señor Thompson -dijo-. Le concedo eso. -Él asintió cortésmente, lo cual Tillie encontró bastante admirable bajo las circunstancias-. No cambio mi opinión de lord Easterly, para que usted sepa -continuó ella-. Aun si él no tomó el brazalete, se ha comportado terriblemente mal con la querida Sophia. Ahora, bien -dijo ella, cambiando de tema con una rapidez desconcertante-, ¿dónde está mi dama de compañía?

– ¿Ella está aquí? -preguntó Tillie.

– Por supuesto que está aquí -dijo lady Neeley enérgicamente-. Si hubiese permanecido en casa, todos pensarían que ella es una ladrona. -Se dio vuelta y miró con perspicacia a Peter-. Al igual que usted, espero, señor Thompson.

Él no dijo nada, pero inclinó la cabeza ligeramente.

Lady Neeley sonrió, un estiramiento bastante aterrador de los labios en su rostro, y entonces se dio vuelta y rugió:

– ¡Señorita Martin! ¡Señorita Martin!

Y se marchó, con remolinos de seda rosada volando detrás de ella, y lo único que Tillie pudo pensar fue que la pobre señorita Martin seguramente merecía una medalla.

– ¡Estuvo magnífico! -Dijo Tillie a Peter-. Nunca conocí a nadie que le hiciera frente de ese modo.

– No fue nada -dijo él en voz baja.

– Tonterías -dijo ella-. No fue nada menos que…

– Tillie, basta -dijo él, claramente incómodo por la continuada atención de los demás invitados a la fiesta.

– Muy bien -accedió ella-, pero nunca tomé mi limonada. ¿Sería tan amable de acompañarme?

Él no podía rechazar un pedido directo frente a tantos espectadores, y Tillie intentó no sonreír con deleite cuando él le tomó el brazo y la condujo de regreso a la mesa de refrescos. Se veía casi insoportablemente apuesto con su atuendo de noche. Ella ni siquiera sabía cuándo o por qué él había decidido renunciar a su uniforme militar, pero igualmente componía una figura gallarda, y era un placer embriagador estar tomada de su brazo.

– No me importa lo que diga -le susurró-. Estuvo maravilloso, y lord Easterly le debe gratitud.

– Cualquiera hubiese…

– Cualquiera no hubiese, y usted lo sabe -lo cortó Tillie-. Deje de estar tan avergonzado por su propio sentido del honor. Me resulta bastante atractivo.

El rostro de Peter se ruborizó, y se veía como si quisiera dar un tirón a su corbata. Tillie hubiese reído con placer si no estuviera tan segura de que eso sólo lo incomodaría más.

Y ella se dio cuenta -había pensado que era cierto dos días atrás, pero ahora lo sabía- de que lo amaba. Era una sensación asombrosa, impresionante, y se había convertido, de manera bastante espectacular, en una parte de quien ella era. Lo que sea que hubiese sido antes, ahora era algo más. No existía por él, y no existía debido a él, pero de algún modo él se había convertido en un pequeño pedazo de su alma, y Tillie sabía que nunca sería la misma.

– Vayamos afuera -le dijo impulsivamente, tirando de él hacia la puerta.

Peter resistió el movimiento, manteniendo el brazo firme contra la presión de la mano de ella.

– Tillie, sabe que es una mala idea.

– ¿Para su reputación o para la mía? -bromeó ella.

– Ambas -respondió él con energía-, aunque podría recordarle que la mía se recuperaría.

Y también la suya, pensó Tillie aturdida, si él se casaba con ella. No era que quisiera atraparlo en matrimonio, pero de cualquier modo era imposible no pensar en eso, no fantasear allí mismo en medio del baile sobre estar parada a su lado en el frente de una iglesia, con todos sus amigos detrás suyo, escuchando mientras ella pronunciaba sus votos.

– Nadie nos verá -dijo ella, tirando de su brazo lo mejor que podía sin llamar la atención-. Además, mire, la gente ha salido al jardín. No estaremos ni un poquito solos.

Peter siguió su mirada hacia las puertas ventana. Efectivamente, había varias parejas pululando, suficientes para que la reputación de nadie sufriera manchas.

– Muy bien -dijo él-, si insiste.

Ella sonrió de manera encantadora.

– Oh, insisto.

El aire nocturno era frío pero bienvenido luego del húmedo tumulto en el salón de baile. Peter intentó mantenerlos a plena vista de las puertas, pero Tillie seguía tirando hacia las sombras, y aunque debería haberse mantenido firme y haberla sujetado en aquel mismo sitio, Peter descubrió que no podía.

Ella conducía y él la seguía, y sabía que estaba mal, pero no había nada que pudiera obligarse a hacer.

– ¿Realmente cree que alguien robó el brazalete? -preguntó Tillie una vez que estaban apoyados contra la balaustrada, observando el jardín iluminado con antorchas.

– No quiero hablar sobre el brazalete.

– Muy bien -dijo ella-. Yo no quiero hablar sobre Harry.

Peter sonrió. Hubo algo en el tono de ella que le resultó divertido, y ella también debía haberlo oído, porque le estaba sonriendo.

– ¿Hemos dejado algo sobre lo que hablar? -preguntó ella.

– ¿El clima?

Tillie le ofreció una expresión vagamente recriminadora.

– Sé que no quiere discutir sobre política ni religión.

– Claro -dijo ella descaradamente-. Ahora no, de ninguna manera.

– Muy bien, entonces -dijo él-. Es su turno de sugerir un tema.

– Muy bien -dijo ella-. Me animo. Cuénteme sobre su esposa.

Él se ahogó con lo que debía ser la mota de polvo más grande en la creación.

– ¿Mi esposa? -repitió.

– La que afirma estar buscando -explicó Tillie-. Bien podría contarme qué es lo que está buscando, ya que claramente tendré que ayudarlo en la búsqueda.

– ¿Lo hará?

– Claro. Dijo que yo no hago más que hacerlo parecer un caza-fortunas, y acabamos de pasar los últimos treinta minutos juntos, varios de ellos a plena vista de los peores chismosos de Londres. Según sus argumentos, lo he retrasado un mes entero. -Ella se encogió de hombros, aunque el movimiento fue ocultado por el suave chal azul que había ajustado sobre sus hombros-. Es lo mínimo que puedo hacer.

Peter la observó un largo rato, perdió su batalla interior y cedió.

– Muy bien. ¿Qué quiere saber?

Ella sonrió con placer ante su victoria.

– ¿Ella es inteligente?

– Por supuesto.

– Muy buena respuesta, señor Thompson.

Él asintió con elegancia, deseando ser lo suficientemente fuerte como para no disfrutar del momento. Pero no había esperanzas; no podía resistirse a ella.

Tillie golpeteó su dedo índice contra su mejilla mientras reflexionaba sobre sus preguntas.

– ¿Es compasiva? -preguntó.

– Eso espero.

– ¿Bondadosa con los animales y los niños pequeños?

– Bondadosa conmigo -dijo él, sonriendo perezosamente-. ¿No es eso lo único que importa?

Ella hizo una expresión de malhumor y él rió entre dientes, apoyándose un poquito más contra la balaustrada. Un letargo extraño y sensual estaba apoderándose de él, y se estaba perdiendo en el momento. Podían ser invitados en un gran baile en Londres pero, en ese momento, nada existía excepto Tillie y sus burlonas palabras.

– Podría descubrir -dijo Tillie, mirándolo por encima de su nariz con mucha suficiencia-, que si ella es inteligente… ¿y creo que planteó eso como un requisito? -Él asintió, concediéndole amablemente ese punto-… que su bondad dependa de la suya. Trata a los demás como te gusta que te traen, y todo eso.

– Puede estar segura -murmuró él-, de que seré muy bueno con mi esposa.

– ¿Lo será? -susurró ella.

Y Peter se dio cuenta de que ella estaba cerca. No sabía cómo había sucedido, si había sido él o ella, pero la distancia entre ambos había sido reducida. Tillie estaba cerca, demasiado cerca. Podía ver cada peca en su nariz, captar cada destello de la luz titilante de las antorchas en su cabello. Los encendidos mechones habían sido apartados en un elegante rodete, pero algunos mechones se habían librado del peinado y se rizaban alrededor de su rostro.

Se dio cuenta de que el cabello de ella era rizado. No había sabido eso. Le parecía inconcebible no haber sabido algo tan básico, pero nunca la había visto de este modo. Su cabello siempre estaba atado a la perfección, cada mechón en su sitio.

Hasta ahora. Y no pudo evitar sentirse soñador y pensar que, de algún modo, esto era para él.

– ¿Qué apariencia tiene?

– ¿Quién? -preguntó Peter distraídamente, preguntándose qué sucedería si tiraba de uno de esos rizos.

Se veía como un tirabuzón, elástico y suave.

– Su esposa -respondió ella, con la diversión haciendo parecer música su voz.

– No estoy seguro -dijo él-. Todavía no la he conocido.

– ¿No? -Peter negó con la cabeza. Casi se había quedado sin palabras-. Pero, ¿qué desea? -La voz de ella era suave ahora, y le tocó la manga con el dedo índice, la pasó por la tela del abrigo de él, desde el codo a la muñeca-. Seguramente tiene alguna imagen en mente.

– Tillie -dijo él roncamente, mirando alrededor para ver si alguien había visto.

Había sentido el toque de ella a través de la tela de su abrigo. No quedaba nadie en el patio, pero eso no significaba que fueran a permanecer sin interrupciones.

– ¿Cabello oscuro? -murmuró ella-. ¿Claro?

– Tillie…

– ¿Rojo?

Y entonces él ya no pudo soportarlo. Era un héroe de guerra, había luchado y asesinado a incontables soldados franceses, arriesgado su vida más de una vez para apartar a un compatriota herido de la línea de fuego, y sin embargo no era inmune a esta muchachita, con su voz melodiosa y palabras insinuantes. Había sido llevado a su límite y no había encontrado murallas ni muros, ninguna última y desesperada defensa contra su propio deseo.

La atrajo hacia él y luego en círculo a su alrededor, moviéndose hasta que estuvieron ocultos por un pilar.

– No deberías presionarme, Tillie.

– No puedo evitarlo -dijo ella.

Él tampoco. Sus labios encontraron los de ella, y la besó.

La besó aunque nunca sería suficiente. La besó aunque nunca podría tener más.

Y la besó para arruinarla para todos los demás hombres, para dejar su marca y que cuando finalmente su padre la casara con otro, ella tuviera este recuerdo, y la acechara hasta el día de su muerte.

Era cruel y era egoísta, pero no podía evitarlo. En algún lugar, profundo en su interior, supo que ella era suya, y era un cuchillo en su vientre saber que su conciencia primitiva no significaba nada en el mundo de la alta sociedad.

Ella suspiró contra su boca, un suave sonido parecido a un maullido que se movió dentro de él como una llama.

– Tillie, Tillie -murmuró él, deslizando las manos hacia la curva de su trasero.

La tomó, la apretó contra él, duro y tenso, marcándola a través de las gruesas ropas.

– ¡Peter! -gritó ahogadamente, pero él la silenció con otro beso.

Ella se retorció en sus brazos, su cuerpo respondiendo al ataque de él. Con cada movimiento, su cuerpo se frotaba contra el de Peter, y el deseo de él se volvía más duro, más caliente, más intenso, hasta que estuvo seguro de que iba a explotar.

Debía detenerse. Tenía que detenerse. Y sin embargo, no podía.

En algún lugar dentro suyo, él sabía que esta podría ser su única oportunidad, el único beso que posaría sobre los labios de ella. Y no estaba listo para ponerle fin. Todavía no, no hasta que hubiera tenido más. No hasta que ella conociera más de su toque.

– Te deseo -le dijo, su voz ronca de necesidad-. Nunca dudes de eso, Tillie. Te deseo como deseo el agua, como deseo el aire. Te deseo más que todo eso, y…

Le falló la voz. No le quedaban palabras. Lo único que podía hacer era observarla, mirar profundo dentro de sus ojos y temblar al ver el eco de su propio deseo. La respiración de ella pasaba entre sus labios en breves jadeos, y entonces le tocó los labios con un dedo y susurró:

– ¿Qué has hecho? -Peter sintió que sus cejas se elevaban en pregunta-. A mí -aclaró ella-. ¿Qué me has hecho?

Él no podía responder. Hacerlo sería dar voz a todos sus sueños frustrados.

– Tillie -logró decir, pero eso fue todo.

– No me digas que esto no debería haber sucedido -susurró ella.

No lo hizo. No podía. Peter sabía que era verdad, pero no podía forzarse a lamentar el beso. Podría más tarde, cuando estuviera acostado en su cama, ardiendo de necesidad insatisfecha, pero no ahora, no cuando ella estaba tan cerca, su aroma en el viento, su calor atrayéndolo cerca.

– Tillie -dijo nuevamente, porque parecía la única palabra que sus labios podían formar.

Ella abrió la boca para hablar, pero entonces ambos oyeron el sonido de alguien más aproximándose, y se dieron cuenta de que ya no estaban solos en el patio. El instinto protector de Peter tomó el mando, y la llevó más lejos detrás del pilar, apretando un dedo sobre sus labios en señal de silencio.

Se dio cuenta de que era lord Easterly, discutiendo en voz baja con su esposa, a quien, si Peter sabía bien la historia, él había abandonado bajo circunstancias misteriosas unos doce años atrás. Estaban bastante involucrados en su propio drama, y Peter era optimista de que nunca notarían que tenían compañía. Dio un paso atrás, intentando envolverse más profundo en las sombras, pero entonces…

– ¡Aw!

El pie de Tillie. Maldición.

El vizconde y la vizcondesa se dieron vuelta bruscamente, sus ojos abriéndose mucho al darse cuenta de que no estaban solos.

– Buenas noches -dijo Peter resueltamente, ya que parecía no tener más opción que no mostrar vergüenza.

– Eh, buen clima -dijo Easterly.

– Sin dudas -respondió Peter, casi al mismo tiempo que el alegre “¡Oh, sí!” de Tillie.

– Lady Mathilda -dijo la esposa de Easterly.

Era una mujer alta y rubia, del tipo que siempre se veía elegante, pero esa noche parecía nerviosa.

– Lady Easterly -la saludó Tillie-. ¿Cómo está usted?

– Muy bien, gracias. ¿Y usted?

– Muy bien, gracias. Estaba, eh, un poquito acalorada. -Tillie movió la mano como para indicar el aire fresco de la noche-. Pensé que un poco de aire fresco podría reanimarme.

– Claro -dijo lady Easterly-. Nosotros sentimos exactamente lo mismo.

Su esposo gruñó de acuerdo.

– Eh, Easterly -dijo Peter, ahorrando finalmente a las dos damas su incómoda charla-, debería advertirle algo. -Easterly inclinó la cabeza en interrogación-. Lady Neeley ha estado acusándolo públicamente por el robo.

– ¿Qué? -exigió saber lady Easterly.

– ¿Públicamente? -preguntó lord Easterly, cortando cualquier otra exclamación de su esposa.

Peter asintió secamente.

– Muy claramente, me temo.

– El señor Thompson lo defendió -comentó Tillie, con ojos ardientes-. Estuvo magnífico.

– Tillie -murmuró Peter, intentando hacerla callar.

– Gracias por su defensa -dijo lord Easterly, luego de un amable asentimiento a Tillie-. Sabía que ella sospechaba de mí. Lo ha dejado perfectamente claro. Pero aún no había ido tan lejos como para acusarme públicamente.

– Ahora sí -dijo Peter con gravedad.

A su lado, Tillie asintió.

– Lo siento -dijo. Se volvió hacia lady Easterly y agregó-: Ella es bastante horrorosa.

Lady Easterly asintió.

– Nunca hubiese aceptado su invitación si no hubiera oído tanto acerca del chef.

Pero su esposo estaba claramente desinteresado en el renombre del chef.

– Gracias por la advertencia -le dijo a Peter.

Peter aceptó el agradecimiento con un solo asentimiento y dijo:

– Debo devolver a lady Mathilda a la fiesta.

– Tal vez mi esposa sería una mejor escolta -dijo lord Easterly, y Peter se dio cuenta de que estaba devolviéndole el favor.

Los Easterly nunca mencionarían que habían encontrado a Peter y Tillie a solas, y además, la impecable reputación de lady Easterly aseguraría que Tillie no fuera sujeto de chismes difamatorios.

– Tiene muchísima razón, milord -dijo Peter, tirando suavemente el brazo de Tillie y conduciéndola hacia lady Easterly-. La veré mañana -dijo a Tillie.

– ¿De veras? -preguntó ella, y él pudo ver en sus ojos que no estaba siendo tímida.

– Sí -respondió, y para gran sorpresa suya, se dio cuenta de que lo decía en serio.

CAPÍTULO 05

Debido a que no hay nuevos acontecimientos que informar respecto al Misterio del Brazalete Desaparecido, esta Autora debe contentarse con sus temas más ordinarios, a saber las debilidades cotidianas de la alta sociedad, mientras continúan en su búsqueda de riqueza, prestigio y la esposa perfecta.

Principal entre los temas de esta Autora es el señor Peter Thompson, quien, como cualquiera con una mirada perspicaz habrá notado, ha estado cortejando diligentemente a lady Mathilda Howard, única hija del conde de Canby, durante más de una semana. La pareja fue casi inseparable en el gran baile Hargreaves, y en la semana siguiente, se ha sabido que el señor Thompson visita Canby House casi todas las mañanas.

Tales actividades sólo pueden llamar la atención. El señor Thompson es conocido por ser un caza-fortunas, aunque para su crédito, debe notarse que antes de lady Mathilda, sus aspiraciones monetarias habían sido modestas y, para los estándares de la sociedad, indignos de reproche.

La fortuna de lady Mathilda, sin embargo, es un premio bastante grande, y ha sido aceptado por la sociedad hace mucho tiempo que ella debería casarse con no menos que un conde. De hecho, esta Autora sabe de las mejores fuentes que el libro de apuestas en White's pronostica que ella se comprometerá con el duque de Ashbourne, quien, como todos saben, es el último duque soltero en Bretaña.

Pobre señor Thompson.

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 10 de junio de 1816

Pobre señor Thompson, sin dudas.

Peter había pasado la semana anterior alternando entre la miseria y la dicha, su humor totalmente dependiente de si era capaz de olvidar que Tillie era una de las personas más ricas en Bretaña y él, para ser franco, no lo era.

Los padres tenían que saber sobre su interés en ella. Había visitado Canby House casi todos los días desde el baile Hargreaves, y ninguno de ellos había intentando disuadirlo, pero también sabían de su amistad con Harry. Los Canby nunca rechazarían a un amigo de su hijo, y lady Canby en particular parecía disfrutar de su presencia. Le gustaba hablar con él acerca de Harry, escuchar historias de sus últimos días, especialmente cuando Peter le contaba cómo Harry podía hacer reír a cualquiera, aun mientras estaban rodeados de las peores degradaciones de la guerra.

De hecho, Peter estaba bastante seguro de que a lady Canby le gustaba tanto escuchar sobre Harry que le permitiría andar sin esperanzas tras Tillie, aunque él fuera, clarísimamente evidente, un prospecto totalmente inadecuado para el matrimonio.

Finalmente llegaría el momento en que los Canby se sentarían con él y tendrían una pequeña conversación, y dirían a Peter muy claramente que aunque era un tipo admirable, respetable, y ciertamente un excelente amigo para su hijo, era una cosa totalmente diferente formar una pareja con su hija.

Pero ese momento aún no había llegado, así que Peter había decidido sacar lo mejor de su situación y disfrutar el tiempo que le era permitido. Con ese fin, él y Tillie habían arreglado encontrarse esa mañana en Hyde Park. Ambos eran ávidos jinetes, y como el día lucía el primer trozo de sol en una semana, no pudieron resistirse a una salida.

El sentimiento parecía ser compartido por el resto de la alta sociedad. El parque era un tumulto, con jinetes retrasados al más reposado de los trotes para evitar enredos, y mientras Peter esperaba pacientemente a Tillie cerca del Serpentine, observaba distraídamente la multitud, preguntándose si habría algún otro tonto enamorado en sus filas.

Tal vez. Pero probablemente ninguno tan enamorado -o tan tonto- como él.

– ¡Señor Thompson! ¡Señor Thompson!

Él sonrió ante el sonido de la voz de Tillie. Ella siempre tenía cuidado de no dirigirse a él por su nombre de pila en público, pero cuando estaban solos, y especialmente cuando él le robaba un beso, siempre era Peter.

Nunca antes había pensado en la elección de nombres de sus padres, pero desde que Tillie había tomado la costumbre de susurrarlo en el calor de la pasión, él había llegado a adorar cómo sonaba, y había decidido que Peter era una elección espléndida, sin dudas.

Le sorprendió ver a Tillie a pie, moviéndose por el sendero con dos sirvientes, un hombre y una mujer, siguiéndola.

Peter desmontó inmediatamente.

– Lady Mathilda -le dijo con un asentimiento formal.

Había muchas personas cerca, y era difícil saber quién estaba lo bastante cerca para escuchar. Por lo que él sabía, la mismísima maldita lady Whistledown podía estar oculta detrás de un árbol.

Tillie hizo una mueca.

– Mi yegua pisa mal con una pata -le explicó-. No quería sacarla. ¿Le importa si caminamos? Traje a mi mozo de cuadra para que cuide de su caballo. -Peter entregó las riendas mientras Tillie le aseguraba-: John es muy bueno con los caballos. Roscoe estará más que bien con él. Y además -agregó en un susurro, una vez que se habían alejado algunos metros de los sirvientes-, él y mi doncella están bastante enamorados. Estaba esperando que pudieran distraerse fácilmente.

Peter se volvió hacia ella con una sonrisa divertida.

– Mathilda Howard, ¿planeaste esto?

Ella se retrajo como si estuviese ofendida, pero sus labios estaban estirados.

– No soñaría con mentir respecto a la lesión de mi yegua. -Él rió entre dientes-. Realmente estaba pisando mal con una pata -dijo Tillie.

– Seguro -dijo él.

– ¡De veras! -protestó ella-. En serio. Simplemente decidí aprovechar la situación. No hubieses querido que cancelara nuestra excursión, ¿verdad? -Ella miró sobre su hombro, a su doncella y el mozo de cuadra, que estaban parados uno junto al otro cerca de un pequeño grupo de árboles, conversando alegremente-. No creo que lo noten si desaparecemos -dijo Tillie-, siempre y cuando no vayamos lejos.

Peter levantó una ceja.

– Desaparecer es desaparecer. Si estamos fuera de su vista, ¿realmente importa qué tan lejos nos aventuramos?

– Claro que sí -contestó Tillie-. Es el principio del asunto. No quiero meterlos en problemas después de todo, especialmente cuando están haciéndose los tontos tan atentamente.

– Muy bien -dijo Peter, decidiendo que no tenía sentido seguir la lógica de ella-. ¿Ese árbol servirá?

Él señaló un enorme olmo, a mitad de camino entre Rotten Row y Serpentine Drive.

– ¿Justo en medio de las dos vías principales? -dijo ella, frunciendo la nariz-. Es una idea terrible. Vayamos allí, al otro lado del Serpentine.

Así que pasearon, sólo un poquito fuera de vista de los sirvientes de Tillie pero, para simultáneo alivio y consternación de Peter, no fuera de vista de todos los demás.

Caminaron varios minutos en silencio, y entonces Tillie dijo, en un tono bastante casual:

– Escuché un rumor sobre ti esta mañana.

– No algo que habrás leído en el Whistledown, espero.

– No -dijo ella pensativamente-, fue mencionado esta mañana. Por otro de mis pretendientes. -Y entonces, cuando él no picó su cebo, agregó-: Cuando no me visitaste.

– No puedo visitarte todos los días -dijo él-. Se comentaría, y además, ya habíamos hecho planes para reunirnos esta tarde.

– Tus visitas a mi hogar ya han sido comentadas. No creo que una más atrajera atención adicional.

Él se sintió sonriendo… una sonrisa lenta, perezosa, que lo calentó de adentro hacia afuera.

– Bien, Tillie Howard, ¿estás celosa?

– No -respondió ella-, pero, ¿tú no lo estás?

– ¿Debería?

– No -admitió ella-, pero ya que estamos en el tema, ¿por qué yo debería estar celosa?

– Te aseguro que no tengo idea. Pasé la mañana en Tattersall's, mirando caballos que no puedo comprar.

– Eso suena bastante frustrante -comentó ella-, ¿y no quieres saber cuál fue el rumor que escuché?

– Casi tanto -dijo él lentamente-, como sospecho que deseas decírmelo.

Tillie le hizo una mueca y luego dijo:

– No soy de chismosear… mucho, pero escuché que llevaste una vida algo desenfrenada cuando regresaste a Inglaterra el año pasado.

– ¿Y quién te dijo eso?

– Oh, nadie en particular -dijo ella-, pero sí surge la pregunta…

– Surgen muchas preguntas -masculló él.

– ¿Cómo es que -continuó ella, ignorando sus gruñidos-, nunca escuché sobre este libertinaje?

– Probablemente -dijo él con bastante rigidez-, porque no es adecuado para tus oídos.

– Se vuelve más interesante a cada segundo.

– No, se volvió menos interesante a cada segundo -declaró él, en un tono destinado a acabar con más discusiones-. Y por eso es que he reformado mis costumbres.

– Lo haces sonar enormemente excitante -dijo ella con una sonrisa.

– No lo era.

– ¿Qué sucedió? -preguntó Tillie, probando de una vez por todas que cualquier intento que él hiciera para intimidarla a rendirse sería infructuoso.

Peter dejó de caminar, incapaz de pensar con claridad y moverse al mismo tiempo. Uno pensaría que había dominado ese arte en la batalla, pero no, no parecía visible. No aquí en Hyde Park, de cualquier modo.

Y no con Tillie.

Era gracioso… había logrado olvidar a Harry gran parte de la semana pasada. Habían estado las conversaciones con lady Canby, seguro, y la innegable punzada que sentía cada vez que veía a un soldado con uniforme, cada vez que reconocía la sombra vacía en sus ojos.

La misma sombra que había visto tantas veces en el espejo.

Pero cuando estaba con Tillie -era extraño, porque ella era la hermana de Harry, y tan parecida a él en tantos sentidos- pero cuando estaba con ella, Harry desaparecía. No era olvidado, exactamente, pero simplemente no estaba allí, no colgaba sobre él como un espectro culpable, recordándole que él estaba vivo y Harry no, y que así sería el resto de su vida.

Pero antes de haber conocido a Tillie…

– Cuando regresé a Inglaterra -le dijo, con voz suave y lenta-, no fue mucho después de la muerte de Harry. No fue mucho después de la muerte de muchos hombres -agregó cáusticamente-, pero la de Harry fue la que sentí más hondo. -Ella asintió, y él intentó no notar que sus ojos brillaban-. No estoy seguro de qué sucedió realmente -continuó-. No creo haberlo planeado, pero parecía tan fortuito que yo estuviera vivo y él no, y entonces una noche salí con algunos amigos, y de pronto sentí como si tuviera que vivir por los dos.

Había estado perdido durante un mes. Tal vez un poco más. No lo recordaba bien; había estado ebrio la mayor parte de las veces. Había apostado dinero que no tenía, y sólo por pura suerte no se había enviado a la casa de caridad. Y había habido mujeres. No tantas como podría haber habido, pero más de las que debería, y ahora, al mirar a Tillie, la mujer que estaba seguro de que adoraría hasta el día de su muerte, se sentía indecente e impuro, como si hubiese ridiculizado algo que debería haber sido precioso y divino.

– ¿Por qué paraste? -preguntó Tillie.

– No lo sé -dijo él, encogiéndose de hombros.

Y no lo sabía. Había estado en una casa de juegos una noche y, en un momento de rara sobriedad, se había dado cuenta de que toda esa “vida” no estaba haciéndolo feliz. No estaba viviendo por Harry. No estaba viviendo por sí mismo. Simplemente estaba evitando su futuro, alejando cualquier razón para tomar una decisión y seguir adelante. Había salido esa noche y nunca había mirado atrás. Y se daba cuenta de que debía haber sido un poquito más cauteloso en su disolución de lo que había pensado, porque hasta ahora, nadie lo había mencionado. Ni siquiera lady Whistledown.

– Yo me sentí igual -dijo ella suavemente, y sus ojos tenían una suavidad extraña, ausente, como si estuviera en otro lugar, en otro momento.

– ¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros.

– Bien, no ando por ahí bebiendo y apostando, por supuesto, pero después de que fuimos notificados de… -Se detuvo, se aclaró la garganta y miró a otro lado antes de continuar-. Alguien vino a nuestra casa, ¿sabías eso?

Peter asintió, aunque había estado al tanto de esa información. Pero Harry era hijo de una de las casas más nobles de Inglaterra. Era lógico que el ejército informara a su familia del fallecimiento con un mensajero personal.

– Era casi como si simulara que él estaba conmigo -dijo Tillie-. Supongo que así era, en realidad. Todo lo que veía, todo lo que hacía, pensaba “¿Qué pensaría Harry?” O… “Oh, sí, a Harry le gustaría este budín. Hubiese comido dos porciones y no hubiera dejado nada para mí”.

– ¿Y comías más o menos?

Ella parpadeó.

– ¿Perdón?

– Del budín -explicó Peter-. Cuando te dabas cuenta de que Harry hubiese tomado tu parte, ¿comías la porción o la dejabas?

– Oh. -Tillie se quedó callada, lo pensó-. La dejaba, creo. Luego de algunos bocados. No parecía bien disfrutarlo tanto.

De repente, él le tomó la mano.

– Caminemos un poco más -dijo él, su voz extrañamente insistente.

Tillie sonrió ante su apremio y aceleró el paso para alcanzar el de Peter. Él caminaba con un paso de piernas largas, y ella se encontró casi dando saltitos para mantenerse a su ritmo.

– ¿Adónde vamos?

– A cualquier sitio.

– ¿A cualquier sitio? -preguntó ella perpleja-. ¿En Hyde Park?

– A cualquier sitio excepto aquí -aclaró él-, con ochocientas personas alrededor.

– ¿Ochocientas? -No pudo evitar sonreír-. Yo veo aproximadamente cuatro.

– ¿Cientas?

– No, sólo cuatro. -Peter se detuvo, mirándola con una expresión vagamente paternal-. Oh, muy bien -concedió ella-, tal vez ocho, si estás dispuesto a contar el perro de lady Bridgerton.

– ¿Te animas a una carrera?

– ¿Contigo? -preguntó Tillie, sus ojos bien abiertos por la sorpresa.

Él actuaba muy raro. Pero no era preocupante, sólo divertido, en realidad.

– Te daré una ventaja.

– ¿Para compensar mis extremidades más cortas?

– No, por tu débil complexión -dijo él provocadoramente.

Y funcionó.

– Eso es una mentira.

– ¿Lo crees?

– Lo sé.

Peter se apoyó contra un árbol, cruzando los brazos de un modo irritantemente condescendiente.

– Tendrás que probármelo.

– ¿Frente a todos los ochocientos espectadores?

Él levantó una ceja.

– Yo veo sólo cuatro. Cinco con el perro.

– Para ser un hombre al que no le gusta llamar la atención, estás excediéndote ahora mismo.

– Tonterías. Todos están más que enfrascados en sus propios asuntos. Y, además, todos están disfrutando demasiado del sol como para darse cuenta.

Tillie miró alrededor. Él tenía razón. Las demás personas en el parque -y eran considerablemente más de ocho, aunque ni cerca de los cientos que él había clamado – reían, bromeaban y, en general, actuaban de modo casi indecoroso. Ella se percató de que era el sol. Tenía que serlo. Había estado nublado durante lo que parecían años, pero hoy era uno de esos días perfectos de cielo azul, con rayos de sol tan intensos que cada hoja en cada árbol parecía dibujada más concisamente, cada flor pintada con una paleta más vívida. Si había reglas que seguir -y Tillie estaba bastante segura de que las había; sin duda habían sido machacadas en ella desde el nacimiento-, entonces la alta sociedad parecía haberlas olvidado esta tarde, al menos las que determinaban el comportamiento formal en un día soleado.

– Muy bien -dijo resueltamente-. Acepto tu desafío. ¿Hacia dónde corremos?

Peter señaló un grupo de árboles altos en la distancia.

– Aquel árbol allí mismo.

– ¿El cercano o el lejano?

– El del medio -dijo él, claramente sólo para ser contrario.

– ¿Y cuánta ventaja recibo?

– Cinco segundos.

– ¿Cronometrados o contados en tu cabeza?

– Buen Dios, mujer, eres un poquito rigurosa.

– He crecido con dos hermanos -le dijo con una mirada desapasionada-. He tenido que serlo.

– Contados en mi cabeza -dijo él-. No tengo un reloj aquí, en cualquier caso. -Ella abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo, Peter agregó-: Despacio. Contados despacio en mi cabeza. También tengo un hermano, ¿sabes?

– Lo sé, ¿alguna vez te dejó ganar?

– Ni siquiera una.

Los ojos de ella se entrecerraron.

– ¿Me dejarás ganar?

Él sonrió lentamente, como un gato.

– Tal vez.

– ¿Tal vez?

– Depende.

– ¿De qué?

– Del premio que recibiré si pierdo.

– ¿No se supone que uno reciba un premio por ganar?

– No cuando uno pierde la carrera a propósito.

Ella dio un grito ahogado de indignación, y entonces replicó:

– No tendrás que perder nada a propósito, Peter Thompson. ¡Te veré en la línea de llegada!

Y entonces, antes de que él pudiera recobrar el equilibrio, ella partió, corriendo por la hierba con un abandono que seguramente la atormentaría al día siguiente, cuando todas las amigas de su madre fueran de visita por su dosis diaria de té y chismes.

Pero en ese mismo momento, con el sol brillando sobre su rostro y el hombre de sus sueños mordiéndole los talones, Tillie Howard no logró obligarse a que le importara.

Era rápida; siempre había sido rápida, y reía al correr, con una mano bombeando al costado y la otra sosteniendo su falda a pocos centímetros de la hierba. Podía oír a Peter detrás suyo, riendo mientras sus pasos retumbaban cada vez más cerca. Ella iba a ganar; estaba segura de eso. O ganaba en buena ley, o él perdería a propósito y se lo recordaría durante toda la eternidad, pero no le importaba demasiado.

Una victoria era una victoria, y ahora mismo Tillie se sentía invencible.

– ¡Atrápame si puedes! -se burló, mirando sobre su hombro para evaluar el progreso de Peter-. ¡Nunca… Uff!

La respiración escapó de su cuerpo con contundente velocidad, y antes de que Tillie pudiera hacer otro sonido, estaba extendida sobre la hierba, enredada con -¡gracias al cielo!- otra mujer.

– ¡Charlotte! -jadeó, reconociendo a su amiga Charlotte Birling-. ¡Lo siento tanto!

– ¿Qué estabas haciendo? -exigió saber Charlotte, enderezando su sombrero, que había quedado tambaleadamente torcido.

– Una carrera, en realidad -murmuró Tillie-. No se lo digas a mi madre.

– No tendré que hacerlo -replicó Charlotte-. Si crees que no se enterará de esto…

– Lo sé, lo sé -dijo Tillie con un suspiro-. Espero que lo apunte a demencia inducida por el sol.

– ¿O tal vez ceguera por el sol? -dijo una voz masculina.

Tillie levantó la mirada para ver a un hombre alto, de cabello color arena, a quien no conocía. Miró a Charlotte, que rápidamente hizo las presentaciones.

– Lady Mathilda -dijo Charlotte, poniéndose de pie con ayuda del extraño-, este es el conde Matson.

Tillie murmuró su saludo justo cuando Peter se detenía resbalando a su lado.

– Tillie, ¿se encuentra bien? -exigió saber.

– Estoy bien. Mi vestido podrá estar arruinado, pero el resto de mí no está nada maltratado. -Aceptó su servicial mano y se puso de pie-. ¿Conoce a la señorita Birling?

Peter sacudió la cabeza en negativa, y Tillie los presentó. Pero cuando se volvió para presentarlo al conde, él asintió y dijo:

– Matson.

– ¿Ya se conocen? -preguntó Tillie.

– Del ejército -informó Matson.

– ¡Oh! -Los ojos de Tillie se ensancharon-. ¿Conocía usted a mi hermano? ¿Harry Howard?

– Era un buen tipo -dijo Matson-. Nos agradaba mucho a todos.

– Sí -dijo Tillie-, a todos les agradaba Harry. Era bastante especial en ese sentido.

Matson asintió, de acuerdo con ella.

– Lamento mucho su pérdida.

– Todos lo lamentamos. Agradezco su sentimiento.

– ¿Estaban en el mismo regimiento? -preguntó Charlotte, mirando del conde a Peter.

– Sí, así era -dijo Matson-, aunque Thompson aquí fue afortunado de permanecer durante la acción.

– ¿No estuvo usted en Waterloo? -preguntó Tillie.

– No. Fui llamado a casa por razones familiares.

– Lo siento tanto -murmuró Tillie.

– Hablando de Waterloo -dijo Charlotte-, ¿tiene intenciones de ir a la reconstrucción la semana próxima? Lord Matson estaba quejándose de haberse perdido la diversión.

– Yo no lo llamaría diversión -masculló Peter.

– Bueno -dijo Tillie alegremente, ansiosa de evitar un encuentro desagradable.

Sabía que Peter detestaba la glorificación de la guerra, y pensaba que él no sería capaz de seguir siendo amable con alguien que realmente lamentaba haberse perdido semejante escena de muerte y destrucción.

– ¡La reconstrucción de Prinny! Ya casi lo había olvidado. Será en Vauxhall, ¿verdad?

– Dentro de una semana -confirmó Charlotte-. En el aniversario de Waterloo. He oído que Prinny no cabe en sí de emoción. Habrá fuegos artificiales.

– Porque queremos que sea una fiel representación de la guerra -dijo Peter con mordacidad.

– O la idea de Prinny de lo que es fiel, al menos -dijo Matson, su tono era notablemente frío.

– Tal vez están destinados imitar los disparos -dijo Tillie rápidamente-. ¿Irá usted, señor Thompson? Agradecería su compañía. -Él se quedó callado un momento, y ella supo sin dudas que él no quería hacerlo. Pero, aun así, no pudo acallar su egoísmo y dijo-: Por favor. Quiero ver lo que Harry vio.

– Harry no… -Él se detuvo y tosió-. No verá lo que Harry vio.

– Lo sé, pero igualmente, será lo más cercano que veré. Por favor, diga que me acompañará.

Los labios de él se tensaron, pero dijo:

– Muy bien.

Ella sonrió abiertamente.

– Gracias. Es muy generoso de su parte, especialmente porque…

Tillie se quedó callada. No necesitaba informar a Charlotte y al conde que Peter no deseaba asistir. Podían haberlo deducido solos, pero Tillie no tenía que explicarlo con detalle.

– Bueno, debemos marcharnos -dijo Charlotte-, eh, antes de que alguien…

– Tenemos que marcharnos -dijo el conde suavemente.

– Lamento muchísimo lo de la carrera -dijo Tillie, acercándose y apretando la mano de Charlotte.

– No te preocupes -respondió Charlotte, devolviendo el gesto-. Imagina que soy la línea de llegada, así que ganaste.

– Una idea excelente. Debería haberlo pensado.

– Sabía que encontrarías la manera de ganar -murmuró Peter una vez que Charlotte y el conde se habían alejado.

– ¿Alguna vez estuvo en duda? -bromeó Tillie.

Él sacudió la cabeza lentamente, sus ojos nunca abandonaron el rostro de ella. La observaba con una extraña intensidad, y de pronto ella se dio cuenta de que su corazón estaba latiendo demasiado rápido, y su piel cosquilleaba, y…

– ¿Qué sucede? -preguntó, porque si no hablaba, estaba segura de que olvidaría respirar.

Algo había cambiado en el último minuto; algo había cambiado dentro de Peter, y ella tenía la sensación de que, fuera lo que fuera, cambiaría su vida también.

– Tengo que hacerte una pregunta -dijo él.

El corazón de Tillie se elevó. ¡Oh, sí, sí, sí! Esto podía ser una sola cosa. Toda la semana había estado conduciendo a esto, y Tillie supo que sus sentimientos por este hombre no eran unilaterales. Asintió, sabiendo que su corazón estaba en sus ojos.

– Yo… -Él se detuvo y se aclaró la garganta-. Debes saber que me importas mucho.

Ella asintió.

– Eso esperaba -murmuró.

– ¿Y creo que respondes a mis sentimientos?

Peter lo dijo como una pregunta, lo cual ella encontró absurdamente conmovedor. Así que asintió nuevamente, y luego se despojó de la cautela y agregó:

– Mucho.

– Pero también debes saber que una unión entre nosotros dos no es nada que tu familia o, de hecho, cualquiera, hubiese esperado.

– No -dijo Tillie prudentemente, no muy segura adónde iba él con esto-. Pero no logro ver…

– Por favor -le dijo él, interrumpiéndola-, permíteme terminar.

Ella permaneció callada, pero esto no se sentía correcto, y su humor, que había estado lanzándose hacia las estrellas, tuvo una caída brutal de regreso a la tierra.

– Quiero que me esperes -dijo Peter.

Ella parpadeó, insegura de cómo interpretar eso.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero casarme contigo, Tillie -dijo él, su voz era insoportablemente solemne-. Pero no puedo. No ahora.

– ¿Cuándo? -susurró ella, esperando que dijera dos semanas, dos meses o incluso dos años.

Cualquier cosa, siempre y cuando él pusiera una fecha.

Pero lo único que Peter dijo fue:

– No lo sé.

Y lo único que ella pudo hacer fue quedarse mirándolo. Y preguntarse por qué. Y preguntarse cuándo. Y preguntarse… y preguntarse… Y…

– ¿Tillie? -Ella sacudió la cabeza-. Tillie, yo…

– No, no lo hagas.

– Que no haga… ¿qué?

– No lo sé.

La voz de ella era desolada y herida, y atravesó a Peter como un cuchillo.

Podía notar que ella no comprendía lo que le estaba pidiendo. Y la verdad era que él tampoco estaba completamente seguro. Nunca había pretendido que esto fuera más que un paseo por el parque; sólo debía ser otro en esta serie de compromisos que componían su inútil cortejo a Tillie Howard. El matrimonio había sido lo último en su mente.

Pero entonces algo había sucedido; no sabía qué. Había estado observándola, y ella había sonreído, o tal vez no había sonreído, o tal vez sólo había movido los labios de alguna manera cautivadora, y entonces era como si hubiese sido disparado por Cupido, y de algún modo estaba pidiéndoselo, las palabras estallando desde un rincón atrevido, poco práctico de su alma. Y no podía detenerse, aunque sabía que estaba mal.

Pero tal vez no tenía que ser imposible. Tal vez no del todo. Había una manera en que él podría hacerlo suceder. Si tan sólo pudiera hacerle entender…

– Necesito un poco de tiempo para establecerme -intentó explicarle-. Tengo muy poco ahora, casi nada en realidad, pero una vez que venda mi comisión, tendré una pequeña suma para invertir.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó ella.

– Necesito que esperes un par de años. Que me des algo de tiempo para hacer mi fortuna más segura antes de que nos casemos.

– ¿Y por qué lo haría? -preguntó Tillie.

El corazón de él golpeaba en su pecho.

– Porque me quieres. -Ella no habló; él no respiró-. ¿Verdad? -susurró Peter.

– Por supuesto que sí. Acabo de decirte cuánto. -Ella sacudió apenas la cabeza, como si intentara refrescar sus pensamientos, forzarlos a unirse en algo que pudiera comprender-. ¿Por qué esperar? ¿Por qué simplemente no podemos casarnos ahora?

Por un momento Peter no pudo hacer más que mirarla. Ella no lo sabía. ¿Cómo podía no saberlo? Todo ese tiempo él había vivido en un estado de agonía, y ella ni siquiera lo había pensado.

– No puedo mantenerte -dijo él-. Debes saberlo.

– No seas tonto -dijo Tillie con una sonrisa aliviada-. Está mi dote, y…

– No voy a vivir de tu dote -dijo él mordazmente.

– ¿Por qué no?

– Porque tengo orgullo -dijo él rígidamente.

– Pero viniste a Londres para casarte por dinero -protestó ella-. Eso me dijiste.

La mandíbula de él se apretó en una línea resuelta.

– No me casaré contigo por tu dinero.

– Pero no estarías casándote conmigo por mi dinero -dijo ella suavemente-. ¿Verdad?

– Claro que no. Tillie, sabes cuánto te quiero…

La voz de ella se volvió más cortante.

– Entonces no me pidas que espere.

– Mereces más de un hombre de lo que puedo ofrecerte.

– Deja que yo juzgue eso -siseó Tillie, y él se dio cuenta de que estaba enojada.

No molesta, no irritada, sino total y verdaderamente furiosa.

Pero también era ingenua. Ingenua como sólo alguien que nunca había enfrentado privaciones podía ser. Ella no conocía nada más que la completa admiración de la alta sociedad. Era agasajada y adorada, admirada y querida, y ni siquiera podía concebir un mundo en el que la gente susurraba tras su espalda o la miraba por encima de la nariz.

Y ciertamente nunca se le había ocurrido que sus padres pudieran negarle cualquier cosa que ella deseara.

Pero le negarían esto y, más específicamente, se negarían a él. Peter estaba seguro de eso. No había manera de que le permitieran casarse con él, no como estaba su fortuna actualmente.

– Bien -dijo ella finalmente, el silencio entre ambos se había prolongado demasiado-, si no aceptas mi dote, que así sea. No necesito mucho.

– Oh, ¿de veras? -preguntó él.

No había pretendido reírse de ella, pero sus palabras salieron vagamente burlonas.

– No -le contestó ella-, no lo necesito. Preferiría ser pobre y feliz antes que rica y miserable.

– Tillie, nunca has sido más que rica y feliz, así que dudo que comprendas cómo ser pobre podría…

– No me trates con condescendencia -le advirtió ella-. Puedes negarme y puedes rechazarme, pero no te atrevas a ser condescendiente conmigo.

– No te pediré que vivas con mis ingresos -dijo Peter, cada sílaba cortada-. Dudo que mi promesa a Harry incluyera forzarte a la pobreza.

Ella quedó boquiabierta.

– ¿De esto se trata? ¿De Harry?

– ¿Qué diablos estás…?

– ¿De esto se ha tratado todo? ¿Alguna tonta promesa en el lecho de muerte de mi hermano?

– Tillie, no…

– No, ahora tú permíteme terminar. -Los ojos de ella relampagueaban y sus hombros temblaban, y se hubiese visto magnífica si el corazón de él no se estuviera rompiendo-. Jamás vuelvas a decirme que me quieres -dijo Tillie-. Si lo hicieras, si siquiera comenzaras a comprender esa emoción, entonces te importarían más mis sentimientos que los de Harry. Él está muerto, Peter. Muerto.

– Sé eso mejor que nadie -dijo él con voz grave.

– No creo que sepas siquiera quién soy -dijo ella, todo su cuerpo temblaba por la emoción-. Soy sólo la hermana de Harry. La tonta hermanita de Harry, a quien juraste cuidar.

– Tillie…

– No -dijo ella enérgicamente-. No digas mi nombre. Ni siquiera me hables hasta que sepas quién soy.

Él abrió la boca, pero sus labios quedaron callados. Por un instante, no hicieron más que mirarse con un extraño horror silencioso. No se movían, tal vez esperando que todo esto fuera un error, que si permanecían allí un momento más, todo simplemente se esfumaría, y quedarían como habían estado antes.

Pero no sucedió, por supuesto, y mientras Peter sólo estaba allí parado, mudo e impotente, Tillie giró sobre sus talones y se marchó, su paso era una dolorosa combinación de paso y carrera.

Pocos minutos más tarde, el mozo de cuadra de Tillie apareció con el caballo de Peter, entregándole las riendas sin palabras.

Y mientras Peter las tomaba, no pudo evitar sentir una cierta irrevocabilidad en la acción, como si le estuvieran diciendo “Tómalas y vete. Vete”.

Era, se dio cuenta con sorpresa, el peor momento de su vida.

CAPÍTULO 06

¡Pobre señor Thompson! Pobre, pobre señor Thompson.

Todo cobra un nuevo significado, ¿verdad?

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 17 de junio de 1816

No debería haber ido.

Peter estaba seguro de que no deseaba ver una reconstrucción de la Batalla de Waterloo; la primera había sido suficientemente infernal, muchas gracias. Y aunque no creía que la versión de Prinny -actualmente rugiendo a su izquierda- fuese particularmente espantosa o fiel, lo ponía bastante enfermo darse cuenta de que la escena de tanta muerte y destrucción estuviese siendo convertida en entretenimiento para la buena gente de Londres.

¿Entretenimiento? Peter sacudió la cabeza con indignación al observar londinenses de todas las condiciones sociales riendo y disfrutando mientras paseaban por los Jardines Vauxhall. La mayoría ni siquiera prestaba atención al simulacro de batalla. ¿No comprendían que habían muerto hombres en Waterloo? Hombres buenos. Hombres jóvenes.

Quince mil hombres. Y eso ni siquiera era contando al enemigo.

Pero pese a todos sus recelos, aquí estaba. Peter había pagado sus dos peniques y se abría paso en los jardines… no para observar esta parodia de una batalla o comentar sobre las espectaculares lámparas de gas, o siquiera la maravilla de los fuegos artificiales, que, le habían dicho, eran los mejores jamás montados en Bretaña.

No, había venido a ver a Tillie. Originalmente iba a escoltarla, pero dudaba que ella hubiese cancelado sus planes sólo porque ya no se hablaban. Ella le había dicho que necesitaba ver la reconstrucción, aunque fuera para despedirse finalmente de su hermano. Tillie estaría allí. Peter estaba seguro de eso. Sin embargo, de lo que estaba menos seguro era de si podría ubicarla. Miles de personas ya habían llegado a los Jardines, y cientos más seguían llegando en avalancha. Los senderos estaban abarrotados de juerguistas, y a Peter se le ocurrió que si había algo en esta noche que era una fiel representación de la batalla, era el olor. Faltaba el penetrante olor a sangre y muerte, pero ciertamente tenía ese hedor distintivo de demasiadas personas demasiado amontonadas.

La mayoría de las cuales, pensó Peter mientras giraba en un camino para evitar a una pandilla de rufianes dirigidos hacia él, no se habían bañado en meses.

¿Y quién decía que uno tenía que abandonar los placeres del ejército al retirarse?

No sabía qué iba a decir a Tillie, asumiendo que pudiera encontrarla. No sabía si iba a decir algo. Sólo quería verla, por patético que sonara. Ella había rechazado todos sus intentos de acercamiento desde su discusión en Hyde Park la semana anterior. La había visitado dos veces, pero en ambas ocasiones había sido informado de que ella no estaba “en casa”. Sus notas habían sido devueltas, aunque sin abrir. Y finalmente ella le había enviado una carta, diciendo simplemente que a menos que él estuviera preparado para hacer una pregunta muy específica, no necesitaba volver a contactarla.

Tillie no se andaba con rodeos.

Peter había oído el rumor de que la mayoría de la alta sociedad planeaba congregarse en la parte norte de la pradera, donde Prinny había montado un área de observación para la batalla. Tenía que bordear el perímetro del campo, y mantuvo su distancia de los soldados, sin confiar en que todos poseyeran la diligencia suficiente para asegurarse de que sus armas carecían de balas reales. Peter se abrió paso entre las multitudes, maldiciendo en voz baja mientras se dirigía a la pradera del norte. Era un hombre al que le gustaba caminar rápido, con andar de piernas largas, y el tumulto en Vauxhall era su versión del infierno en la tierra. Alguien pisó sus dedos del pie, otro lo codeó en el hombro, y un tercero… Peter le golpeó la mano cuando el tipo intentaba robarle.

Finalmente, luego de casi media hora de abrirse paso batallando a través de los enjambres, Peter salió a un claro; los hombres de Prinny evidentemente habían evacuado a todos excepto los invitados más nobles, dando al príncipe una visión perfecta de la batalla. La cual, notó Peter agradecidamente, parecía estar llegando a su fin.

Recorrió la muchedumbre con la vista, buscando un destello familiar de cabello rojo. Nada. ¿Era posible que ella hubiese decidido no asistir?

Un cañón tronó cerca de su oído. Él se estremeció.

¿Dónde diablos estaba Tillie?

Una explosión final, y entonces… Buen Dios, ¿era eso Handel?

Peter miró a su izquierda con indignación. En efecto, una orquesta de cien personas había tomado sus instrumentos y comenzado a tocar.

¿Dónde estaba Tillie?

El ruido empezó a crisparlo. La audiencia rugía, los soldados reían, y la música… ¿por qué diablos había música?

Y entonces, en medio de todo, la vio, y podría haber jurado que todo quedó en silencio.

La vio, y no hubo nada más.

Tillie deseaba no haber ido. No había esperado disfrutar de la reconstrucción, pero había pensado que podría… oh, no sabía… tal vez aprender algo. Tener alguna sensación de unión con Harry.

No toda hermana tenía la oportunidad de ver una reconstrucción del escenario de muerte de su hermano.

Pero en cambio sólo deseaba haber llevado algodón para sus oídos. La batalla era ruidosa, y peor aún, se encontraba junto a Robert Dunlop, quien evidentemente pensaba que era su deber ofrecer un comentario en directo de la escena.

Y lo único que ella podía pensar era “debería haber sido Peter”. Debería haber sido Peter parado a su lado, Peter explicándole qué significaban las estratagemas de la batalla, Peter advirtiéndole que cubriera sus oídos cuando se volvía demasiado ruidoso.

Si hubiese estado con Peter, podría haber tomado discretamente la mano, y haberla apretado cuando la batalla se volviera demasiado intensa. Con Peter se hubiese sentido cómoda preguntándole el momento en que Harry había caído.

Pero en cambio tenía a Robbie. Robbie, que pensaba que todo esto era una gran aventura, que realmente se había inclinado y gritado:

– ¿Una diversión genial? ¿Eh?

Robbie, quien, ahora que la batalla había terminado, conversaba sobre chalecos y caballos, y probablemente algo más también.

Era demasiado duro escucharlo. La música era fuerte y, sinceramente, Robbie siempre era un poco difícil de seguir.

Y entonces, justo cuando la música llegó a un momento tranquilo, él se acercó y dijo:

– A Harry le hubiese gustado esto.

¿Le hubiese gustado? Tillie no lo sabía, y de algún modo eso le molestaba. Harry hubiese sido una persona diferente si hubiera llegado a casa después de la guerra, y le dolía nunca saber el hombre en que se habría convertido en sus últimos días.

Pero Robbie tenía buenas intenciones, y tenía un buen corazón, así que Tillie simplemente sonrió y asintió.

– Una pena lo de su muerte -dijo Robbie.

– Sí -respondió Tillie, porque, realmente, ¿qué más se podía decir?

– Qué modo absurdo de partir.

Ante eso, ella se dio vuelta y lo miró. Parecía un comentario extraño para Robbie, que no era bueno para las delicadezas o sutilezas.

– Toda guerra es absurda -dijo Tillie lentamente-. ¿No lo cree?

– Bueno, sí, supongo -dijo Robbie-, aunque alguien tenía que salir y deshacerse de Boney. No creo que decirle “por favor, si no le molesta” hubiese funcionado.

Tillie se dio cuenta de que era la frase más compleja que jamás había escuchado de Robbie, y se preguntó si podía haber algo más en él, cuando de pronto… lo supo.

No era que hubiese escuchado algo, y no era que hubiese visto algo. Más bien, simplemente supo que él estaba allí, y efectivamente, cuando inclinó el rostro a su derecha, lo vio.

Peter. Justo a su lado. Parecía sorprendente que no hubiese percibido antes su presencia.

– Señor Thompson -le dijo con frialdad.

O al menos intentó ser helada. Dudaba haberlo logrado; sólo estaba tan aliviada de verlo.

Seguía furiosa con él, por supuesto, y no estaba del todo segura de querer hablar con él, pero la noche se sentía tan extraña, y la batalla había sido incómoda, y el rostro solemne de Peter era como una cuerda de salvamento a la cordura.

– Estábamos hablando sobre Harry -dijo Robbie jovialmente. Peter asintió-. Es una pena que se haya perdido la batalla -continuó Robbie-. Quiero decir, todo ese tiempo en el ejército, ¿y luego te pierdes la batalla? -Sacudió la cabeza-. Una pena, ¿no lo crees?

Tillie se quedó mirándolo con confusión.

– ¿Qué quiere decir con que se perdió la batalla?

Se volvió hacia Peter justo a tiempo de verlo sacudiendo la cabeza frenéticamente a Robbie, quien respondía con un fuerte:

– ¿Eh? ¿Eh?

– ¿Qué quiere decir -repitió Tillie, con fuerza esta vez-, con que se perdió la batalla?

– Tillie -dijo Peter-, debes entender…

– Me dijeron que él murió en Waterloo. -Miró de hombre a hombre, estudiando sus rostros-. Vinieron a mi casa. Me dijeron que él murió en Waterloo.

Su voz se volvía aguda, aterrada. Y Peter no sabía qué hacer. Podría haber matado a Robbie; ¿no tenía juicio ese hombre?

– Tillie -dijo, repitiendo su nombre, intentando hacer tiempo.

– ¿Cómo murió? -insistió ella-. Quiero que me lo digas ahora mismo. -Él la miró; ella empezaba a temblar-. Dime cómo murió.

– Tillie, yo…

– Dime…

¡BUM!

Los tres dieron un salto cuando una explosión de fuegos artificiales despegó a menos de veinte metros de donde se encontraban.

– ¡Un espectáculo terriblemente bueno! -gritó Robbie, de cara al cielo.

Peter levantó su mirada hacia los fuegos artificiales; era imposible no mirar. Rosado, azul, verde… explosiones estelares en los cielos, chisporroteando, astillándose, regando aguaceros de chispas sobre los jardines.

– Peter -dijo Tillie, tirando de su manga-, dímelo. Dímelo ahora.

Peter abrió la boca para hablar, sabiendo que debería darle toda su atención, pero de algún modo era incapaz de apartar los ojos de los fuegos artificiales. La miró de reojo, luego otra vez al cielo, luego a…

– ¡Peter! -casi gritó ella.

– Fue una carreta -dijo Robbie de pronto, mirándola durante una pausa en la pirotecnia-. Le cayó encima.

– ¿Fue aplastado por una carreta?

– Un carro, en realidad -dijo Robbie, corrigiéndose-. Él estaba… -¡BUM!-. ¡Wow! -gritó Robbie-. ¡Miren ese!

– Peter -rogó Tillie.

– Fue estúpido -dijo Peter, obligando finalmente a sus ojos a apartarse del cielo-. Fue estúpido, horrible e imperdonable. Debería haber sido roto para leña semanas atrás.

– ¿Qué sucedió? -susurró ella.

Y él se lo contó. No todo, no cada mínimo detalle; no era el momento ni el lugar. Pero lo bosquejó, lo suficiente para que ella entendiera la verdad. Harry era un héroe, pero no había tenido la muerte de un héroe; al menos no del modo en que Inglaterra veía a sus héroes.

No debería haber importado, por supuesto, pero podía notar por la expresión de ella que sí importaba.

– ¿Por qué no me lo dijiste? -preguntó ella, con voz baja y temblorosa-. Me mentiste. ¿Cómo pudiste mentir?

– Tillie, yo…

– Me mentiste. Me dijiste que él había muerto en batalla.

– Yo nunca…

– Me dejaste creerlo -gritó ella-. ¿Cómo pudiste?

– Tillie -dijo él desesperadamente-. Yo… -¡BUM! Los dos levantaron la mirada; no pudieron evitarlo-. No sé porqué te mentí -dijo Peter una vez que la explosión había disminuido a chispas verdes en espiral-. No sabía que tú no sabías la verdad hasta la cena de lady Neeley. Y no supe qué decir. No…

– No lo hagas -dijo ella con voz entrecortada-. No intentes explicar.

Acababa de pedirle que explicara.

– Tillie…

– Mañana -dijo ahogadamente-. Háblame mañana. Ahora mismo yo… ahora mismo…

¡BUM!

Y entonces, mientras chispas rosadas llovían desde arriba, ella se marchó, agarrando sus faldas, corriendo ciegamente a través del único lugar vacío en la multitud, justo al lado de Prinny, justo tras la orquesta.

Justo fuera de su vida.

– ¡Idiota! -siseó Peter a Robbie.

– ¿Eh?

Robbie estaba demasiado ocupado mirando al cielo.

– Olvídalo -le dijo Peter bruscamente.

Tenía que encontrar a Tillie. Sabía que ella no quería verlo, y normalmente hubiese respetado sus deseos, pero maldita fuera, esto era los Jardines Vauxhall, y había miles de personas pululando, algunas para entretenerse y otras con intenciones más maliciosas.

No era lugar para una dama sola, especialmente una tan evidentemente angustiada como Tillie.

La siguió por el claro, murmurando una disculpa al toparse con uno de los guardias de Prinny. El vestido de Tillie era de un verde pálido, muy pálido, casi etéreo a la luz de las lámparas de gas, y una vez que fue retrasada por la multitud, fue fácil de seguir. Él no podía alcanzarla, pero al menos podía verla.

Ella se movía rápidamente entre el gentío, al menos más rápido de lo que Peter podía. Tillie era pequeña y podía apretujarse en espacios en los cuales él sólo podía abrirse paso aporreando. La distancia entre ambos crecía, pero Peter aún podía verla, gracias a la ligera inclinación que ambos intentaban descender.

Y entonces…

– Ah, maldición -suspiró Peter.

Ella se dirigía a la pagoda china. ¿Por qué diablos haría eso? No tenía idea de quién estaba dentro, si es que había alguien. Sin mencionar el hecho de que probablemente había múltiples salidas. Sería endemoniadamente difícil seguirla una vez que entrara.

– Tillie -refunfuñó, redoblando sus esfuerzos por cerrar el espacio entre ellos.

Ni siquiera creía que ella supiera que estaba persiguiéndola, y sin embargo había escogido el único camino seguro para perderlo.

¡BUM!

Peter se estremeció. Otro fuego artificial, sin dudas, pero este sonaba extraño, silbando justo sobre su cabeza, como si hubiese sido apuntado demasiado bajo. Levantó la mirada, intentando deducir qué había sucedido, cuando…

– Oh, Dios mío.

Las palabras cayeron sin control de sus labios, graves y estremecidas de terror. Todo el lado este de la pagoda china había explotado en llamas.

– ¡Tillie! -gritó, y si había pensado que antes intentaba meterse con fuerza entre la gente, ahora sabía que no.

Se movía como un loco, derribando gente, pisoteando pies y codeando costillas, hombros, incluso rostros, mientras luchaba por llegar a la pagoda.

A su alrededor la gente reía, señalando la pagoda en llamas, obviamente pensando que era parte del espectáculo.

Al fin llegó a la pagoda, pero cuando intentó subir corriendo los escalones, fue bloqueado por dos guardias fornidos.

– No puede entrar ahí -dijo uno de ellos-. Demasiado peligroso.

– Hay una mujer allí -rugió Peter, luchando por liberarse de su agarre.

– No, hay…

– La vi -casi gritó Peter-. ¡Suéltenme!

Los dos hombres se miraron, y entonces uno murmuró:

– Es su propia cabeza -y lo dejó ir.

Él irrumpió en el edificio, sosteniendo un pañuelo sobre su boca contra el humo. ¿Tendría Tillie un pañuelo? ¿Estaba siquiera viva?

Revisó el piso inferior; estaba llenándose de humo, pero hasta entonces el fuego parecía estar contenido en los niveles superiores. Tillie no estaba en ninguna parte.

El aire estaba llenándose de crujidos y pequeñas explosiones, y a su lado un trozo de madera cayó al suelo. Peter levantó la mirada; el techo parecía estar desintegrándose ante sus ojos. Otro minuto y estaría muerto. Si iba a salvar a Tillie, tendría que rogar que ella estuviera consciente y colgando de una ventana de arriba, porque no creía que las escaleras pudieran soportarlo para un ascenso.

Ahogándose con el humo acre, salió tambaleándose por la puerta trasera, mirando frenéticamente las ventanas de arriba, mientras buscaba una ruta para subir al lado oeste del edificio, que seguía totalmente intacto.

– ¡Tillie! -gritó, una última vez, aunque dudaba que ella pudiera oírlo sobre el rugido de las llamas.

– ¡Peter!

Su corazón golpeó en su pecho al darse vuelta hacia el sonido de la voz de ella, para encontrarla parada fuera, luchando contra dos hombres grandotes que intentaban evitar que corriera hacia él.

– ¿Tillie? -susurró.

De algún modo ella se liberó y corrió hacia él, y fue sólo entonces que él emergió de su trance, porque seguía demasiado cerca del edificio en llamas, y en aproximadamente diez segundos, ella también lo estaría. La levantó en brazos antes de que ella pudiera rodearlo con los suyos, sin frenar el paso hasta que ambos estuvieron a una distancia segura de la pagoda.

– ¿Qué estabas haciendo? -gritó ella, aún aferrada a sus hombros-. ¿Por qué estabas en la pagoda?

– ¡Estaba salvándote! Te vi entrar corriendo en…

– Pero salí corriendo enseguida…

– ¡Pero yo no sabía eso!

Se quedaron sin palabras, y por un momento ninguno habló, y entonces Tillie susurró:

– Casi morí cuando te vi dentro. Te vi por la ventana.

Los ojos de Peter seguían escociendo y llorosos por el humo, pero de algún modo, cuando la miró, todo estaba claro como el cristal.

– Nunca en mi vida entera me asusté tanto como cuando vi que ese misil golpeaba la pagoda -dijo él, y se dio cuenta de que era verdad.

Dos años de guerra, de muerte, de destrucción, y sin embargo nada había tenido el poder de aterrarlo como pensar en perderla.

Y supo, allí mismo, supo hasta las puntas de sus pies que no podría esperar un año para casarse con Tillie. No tenía idea de cómo haría que los padres de ella aceptaran, pero encontraría la manera. Y si no… Bien, una boda escocesa había sido bastante buena para muchas parejas antes de ellos.

Pero una cosa era segura. No podía enfrentar la idea de una vida sin ella.

– Tillie, yo…

Había tantas cosas que quería decir. No sabía dónde empezar, cómo comenzar. Esperaba que ella pudiera verlo en sus ojos, porque las palabras simplemente no estaban. No existían palabras para expresar lo que había en su corazón.

– Te amo -le susurró, e incluso eso no pareció suficiente-. Te amo, y…

– ¡Tillie! -chilló alguien, y ambos giraron para ver a la madre de ella corriendo hacia ellos con más velocidad que nadie -incluyendo a la propia lady Canby- jamás hubiese soñado que poseía-. Tillie, Tillie, Tillie -seguía repitiendo la condesa, una vez que llegó a su lado y asfixió a su hija con abrazos-. Alguien me dijo que estabas en la pagoda. Alguien dijo…

– Estoy bien, mamá -le aseguró Tillie-. Estoy bien.

Lady Canby se detuvo, parpadeó y luego se volvió hacia Peter, asimilando su apariencia cubierta de hollín y despeinada.

– ¿Tú la salvaste? -le preguntó.

– Ella sola se salvó -admitió Peter.

– Pero él lo intentó -dijo Tillie-. Entró a buscarme.

– Yo… -La condesa parecía haberse quedado sin palabras y entonces, al final, simplemente dijo-: Gracias.

– No hice nada -dijo Peter.

– Creo que lo hiciste -replicó lady Canby, sacando un pañuelo de su ridículo y dando golpecitos a sus ojos-. Yo… -Miró nuevamente a Tillie-. No puedo perder otro, Tillie. No puedo perderte.

– Lo sé, mamá -dijo Tillie, con voz tranquilizadora-. Estoy bien. Puedes ver que lo estoy.

– Lo sé, lo sé, yo… -Y entonces algo pareció romperse dentro suyo, porque se apartó rápidamente, agarró a Tillie por los hombros y comenzó a sacudirla-. ¿Qué creíste que estabas haciendo? -gritó-. ¡Escapando sola!

– No sabía que iba a prenderse fuego -jadeó Tillie.

– ¡En los Jardines Vauxhall! ¡Sabes lo que sucede a las jóvenes en lugares como este! Voy a…

– Lady Canby -dijo Peter, apoyando una mano serena en su hombro-. Tal vez ahora no es el momento…

Lady Canby se detuvo y asintió, mirando alrededor de ellos para ver si alguien había presenciado su pérdida de compostura.

Sorprendentemente, no parecían haber atraído un público; la mayoría seguía demasiado ocupada viendo el gran final de la pagoda. Y, de hecho, incluso ellos tres fueron incapaces de apartar los ojos de la estructura cuando finalmente implosionó, colapsando al suelo en un infierno abrasador.

– Buen Dios -susurró Peter, tomando aire.

– Peter -dijo Tillie, ahogándose con su nombre.

Fue una sola palabra, pero él entendió perfectamente.

– Irás a casa -dijo lady Canby severamente, tirando la mano de Tillie-. Nuestro carruaje está al otro lado de esa verja.

– Mamá, necesito hablar con el señor…

– Puedes decir lo que quieras decir mañana. -Lady Canby miró bruscamente a Peter-. ¿Correcto, señor Thompson?

– Por supuesto -dijo él-. Pero las acompañaré a su carruaje.

– Eso no es…

– Es necesario -afirmó Peter.

Lady Canby parpadeó ante su tono firme, y entonces dijo:

– Supongo que lo es.

Su voz era suave, y sólo un poquito pensativa, y Peter se preguntó si acababa de darse cuenta de cuánto quería él a su hija.

Las llevó hasta su carruaje, observó cómo se alejaba rodando de su vista, preguntándose cómo esperaría hasta la mañana. Era absurdo, realmente. Le había pedido a Tillie que lo esperara un año, tal vez incluso dos, y ahora no podía aguantarse por catorce horas.

Se volvió hacia los Jardines y suspiró. No quería regresar allí, aun si significaba tomar el camino largo a donde los coches de alquiler hacían cola para los clientes.

– ¡Señor Thompson! ¡Peter!

Se dio vuelta para ver al padre de Tillie corriendo a través de la verja.

– Lord Canby -dijo-. Yo…

– ¿Has visto a mi esposa? -lo interrumpió frenéticamente el conde-. ¿O a Tillie?

Peter relató rápidamente los eventos de la noche y le aseguró que estaban a salvo, notando cómo se aflojaba con alivio el hombre mayor.

– Se marcharon hace dos minutos -le dijo al conde.

El padre de Tillie sonrió con ironía.

– Olvidándose completamente de mí -dijo-. Supongo que no tienes un carruaje a la vuelta de la esquina.

Peter sacudió la cabeza con pesar.

– Vine en un coche de alquiler -admitió.

Eso revelaba su espantosa falta de fondos, pero si el conde no estaba ya al tanto del estado de los fondos de Peter, pronto lo estaría. Ningún hombre tomaría en cuenta una proposición matrimonial para su hija sin investigar la situación económica del pretendiente.

El conde suspiró, sacudiendo la cabeza ante la situación.

– Bien -dijo, plantando sus manos en las caderas mientras miraba por la calle-. Supongo que no se puede hacer otra cosa más que caminar.

– ¿Caminar, milord?

Lord Canby lo miró de una manera evaluadora.

– ¿Te animas?

– Claro -dijo Peter rápidamente.

Sería un paseo a Mayfair, donde vivían los Canby, y luego un poco más hasta su apartamento en Portman Square, pero no era nada comparado con lo que había hecho en la península.

– Bien. Te pondré en mi carruaje una vez que lleguemos a Canby House.

Caminaron con rapidez pero en silencio cruzando el puente, deteniéndose sólo para admirar el esporádico fuego artificial que aún explotaba en el aire.

– Uno pensaría que los habrían disparado todos a esta altura -dijo lord Canby, inclinándose de costado.

– O parado totalmente -dijo Peter con aspereza-. Después de lo que sucedió con la pagoda…

– Así es.

Peter pretendía retomar la caminata -estaba bastante seguro de que eso quería-, pero de algún modo, en cambio, dijo sin querer:

– Quiero casarme con Tillie.

El conde giró y lo miró directo a los ojos.

– ¿Perdón?

– Quiero casarme con su hija.

Ahí está, lo había dicho. Incluso dos veces.

Y, por lo menos, el conde no se veía preparado para mandar a que lo mataran.

– Debo decir que esto no es una sorpresa -murmuró el hombre.

– Y quiero que usted se quede con su dote.

– Eso, sin embargo, sí lo es.

– No soy un caza-fortunas -dijo Peter.

Una esquina de los labios del conde se curvó… no era exactamente una sonrisa, pero algo similar, al menos.

– Si estás tan decidido a probarlo, ¿por qué no eliminar la dote totalmente?

– Eso no sería justo para Tillie -dijo Peter, parándose rígidamente-. Mi orgullo no vale su comodidad.

Lord Canby se quedó callado por lo que parecieron los tres segundos más largos de la eternidad, y preguntó:

– ¿La amas?

– Con todo mi ser.

– Bien. -El conde asintió con aprobación-. Ella es tuya. Siempre y cuando tomes la dote entera. Y si ella dice sí. -Peter no podía moverse. Nunca había soñado que podría ser tan sencillo. Se había preparado para una pelea, se había resignado a una posible fuga-. No te veas tan sorprendido -dijo el conde con una carcajada-. ¿Sabes cuántas veces Harry escribió a casa sobre ti? Con todos sus hábitos de sinvergüenza, Harry tenía un ojo perspicaz para las personas, y si él dijo que no había nadie con quien prefiriera ver casado a Tillie, me siento inclinado a creerlo.

– ¿Él escribió eso? -susurró Peter.

Le escocían los ojos, pero esa vez no podía culpar al humo. Sólo al recuerdo de Harry, en uno de sus raros momentos de seriedad. Harry, cuando había pedido a Peter la promesa de cuidar de Tillie. Peter nunca había interpretado que eso significara matrimonio, pero tal vez eso era lo que Harry había tenido en mente todo el tiempo.

– Harry te quería, hijo -dijo lord Canby.

– Yo también lo quería. Como a un hermano.

El conde sonrió.

– Bien, entonces. Esto parece bastante adecuado, ¿no lo crees? -Se volvieron y comenzaron a caminar nuevamente-. ¿Visitarás a Tillie por la mañana? -preguntó lord Canby mientras salían del puente hacia la ribera norte del Támesis.

– A primera hora -le aseguró Peter-. A primerísima hora.

CAPÍTULO 07

La reconstrucción de la Batalla de Waterloo anoche fue, en palabras de Prinny, un “espléndido éxito”, llevando a uno a preguntarse si nuestro Regente simplemente no notó que una pagoda china (de las cuales tenemos pocas en Londres) se quemó hasta los cimientos.

Se rumorea que lady Mathilda Howard y el señor Peter Thompson estuvieron atrapados dentro, aunque no (increíblemente, en opinión de esta Autora) al mismo tiempo.

Ninguno de los dos fue herido, y en un intrigante giro de los eventos, lady Mathilda partió con su madre, y el señor Thompson partió con lord Canby.

¿Podrían estar recibiéndolo en su rebaño? Esta Autora no se atreve a especular, pero en cambio promete informar sólo la verdad, en cuanto esté disponible.

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 19 de junio de 1816

Había muchas interpretaciones de “a primera hora”, y Peter había decidido tomar la que significaba las tres de la mañana.

Había aceptado la oferta del carruaje de lord Canby, y había llegado a casa mucho más temprano, pero una vez allí, lo único que podía hacer era dar vueltas inquieto, contando los minutos hasta que pudiera presentarse nuevamente al umbral de los Canby y pedir formalmente a Tillie que se casara con él.

No estaba nervioso; sabía que ella aceptaría. Pero estaba emocionado… demasiado emocionado para dormir, demasiado emocionado para comer, demasiado emocionado para hacer más que dar vueltas por su pequeña morada, echando el puño al aire de vez en cuando con un triunfante “¡Sí!”

Era tonto y era infantil, pero no podía contenerse.

Y por esa misma razón se encontraba parado bajo la ventana de Tillie en medio de la noche, lanzando guijarros a su ventana expertamente.

Pam. Pam.

Siempre había tenido buena puntería.

Pam. Pum.

Ups. Probablemente esa era demasiado grande.

Pa…

– ¡Aw!

Uuups.

– ¿Tillie?

– ¿Peter?

– ¿Te golpeé?

– ¿Era una piedra?

Ella se frotaba el hombro.

– Un guijarro, en realidad -aclaró él.

– ¿Qué estás haciendo?

Él sonrió.

– Cortejándote.

Ella miró alrededor, como si alguien de pronto fuera a aparecer para llevarlo cargado a Bedlam.

– ¿Ahora?

– Eso parece.

– ¿Estás loco?

Él miró alrededor en busca de un enrejado, un árbol… cualquier cosa para trepar.

– Baja y déjame entrar -le dijo.

– Ahora sé que estás demente.

– No lo suficientemente loco como para intentar escalar la pared -dijo él-. Ve a la entrada de los sirvientes y déjame entrar.

– Peter, no…

– Tillie.

– Peter, tienes que ir a casa.

Él inclinó la cabeza a un lado.

– Creo que me quedaré aquí hasta que toda la casa despierte.

– No lo harías.

– Lo haré -le aseguró.

Algo en su tono debe haberla impresionado, porque se detuvo para evaluar eso.

– Muy bien -dijo en una voz bastante parecida a una maestra de escuela-. Bajaré. Pero no creas que vas a entrar.

Peter sólo la saludó antes de que ella desapareciera dentro de su habitación, metiendo las manos en los bolsillos y silbando mientras iba tranquilamente a la puerta de los sirvientes.

La vida era buena. No, era más que eso.

La vida era espectacular.

Tillie casi había perecido de sorpresa al ver a Peter parado en su jardín trasero. Bueno, tal vez eso era exagerar un poquito, pero ¡santo cielo! ¿Qué creía que estaba haciendo?

Y sin embargo, aunque lo había regañado, aunque le había dicho que se fuera a casa, no había podido sofocar el aturdido regocijo que había sentido al verlo allí. Peter era remilgado y convencional; no hacía cosas como esta.

Excepto tal vez por ella. Lo hacía por ella. ¿Podría haber sido más perfecto?

Se puso una bata pero dejó sus pies descalzos. Quería moverse lo más rápido y silenciosamente posible. La mayoría de los sirvientes dormían en la parte superior de la casa, pero el mozo estaba abajo, cerca de las cocinas, y Tillie tendría que pasar directamente junto al dormitorio del ama de llaves también.

Luego de un par de minutos de corretear, llegó a la puerta trasera y giró la llave con cuidado. Peter estaba justo al otro lado.

– Tillie -le dijo con una sonrisa, y entonces, antes de que ella tuviera la oportunidad siquiera de decir su nombre, él la levantó en sus brazos y capturó su boca con la suya.

– Peter -jadeó ella, cuando él finalmente la dejó-, ¿qué haces aquí?

Los labios de él se movieron por su cuello.

– Decirte que te amo. -Todo el cuerpo de ella cosquilleó. Se lo había dicho antes esa noche, pero se emocionó como si fuese la primera vez. Y entonces él se apartó, con ojos serios mientras decía-: Y esperar que digas lo mismo.

– Te amo -susurró ella-. Sí, sí. Pero necesito que…

– Necesitas que te explique -terminó él por ella-, porqué no te conté lo de Harry.

No era lo que Tillie había estado a punto de decir; asombrosamente, no había estado pensando en Harry. No había pensado en él en toda la noche, no desde que había visto a Peter dentro de la pagoda en llamas.

– Desearía tener una respuesta mejor -le dijo-, pero la verdad es que no sé porqué nunca te lo dije. Supongo que nunca era el momento correcto.

– No podemos hablar aquí -dijo ella, consciente de pronto de que seguían de pie en el umbral. Cualquiera podría escucharlos y despertar-. Ven conmigo -le dijo, tomando su mano y tirando de él hacia adentro.

No podía llevarlo a su habitación, eso no podía ser. Pero había un pequeño salón un tramo más arriba, que estaba lejos de los dormitorios de todos. Nadie los escucharía allí.

Una vez que llegaron a su nuevo lugar, ella se volvió hacia Peter y dijo:

– No importa. Entiendo lo de Harry. Exageré.

– No -dijo él, tomándole las manos-, no exageraste.

– Sí lo hice. Fue la sorpresa, supongo. -Él llevó sus manos a los labios-. Pero tengo que preguntar -susurró-. ¿Me lo hubieses contado?

Peter se quedó quieto, con las manos de ella entre las suyas, sostenidas entre sus cuerpos.

– No lo sé -dijo con calma-. Supongo que hubiese tenido que hacerlo, con el tiempo. -Hubiese tenido que hacerlo. No eran las palabras que ella había pensado oír-. Cincuenta años es mucho tiempo para guardar un secreto -agregó él.

¿Cincuenta años? Ella levantó la mirada. Él sonreía.

– ¿Peter? -preguntó, su voz temblorosa.

– ¿Te casarás conmigo? -Los labios de ella se abrieron. Intentó asentir, pero parecía que no podía hacer funcionar nada-. Ya pregunté a tu padre.

– Tú…

Peter la acercó más.

– Él dijo sí.

– La gente te llamará caza-fortunas -susurró Tillie.

Tenía que decirlo; sabía que eso era importante para él.

– ¿Tú lo harás? -Ella sacudió la cabeza. Él se encogió de hombros-. Entonces nada más importa. -Y entonces, como si el momento no fuese lo suficientemente perfecto, él se apoyó sobre una rodilla, sin soltarle las manos-. Tillie Howard -dijo, su voz solemne y sincera-, ¿te casarás conmigo?

Ella asintió. Entre sus lágrimas, asintió, y de algún modo logró decir:

– Sí. ¡Oh, sí!

Las manos de él apretaron las suyas, se puso de pie, y entonces ella estuvo en sus brazos.

– Tillie -murmuró él, sus labios cálidos contra el oído de ella-, te haré feliz. Prometo, con todo mi ser, que te haré feliz.

– Ya lo haces. -Ella sonrió, levantando la mirada hacia su rostro, preguntándose cómo se había vuelto tan conocido, tan preciado-. Bésame -le dijo impulsivamente.

Peter se agachó, depositando un suave beso sobre sus labios.

– Debería irme -dijo él.

– No, bésame.

Él respiró con dificultad.

– No sabes lo que pides.

– Bésame -dijo ella nuevamente-. Por favor.

Y él lo hizo. No creía que debiera hacerlo; Tillie lo veía en sus ojos. Pero no pudo controlarse. Ella tembló con un estremecimiento de poder femenino cuando los labios de él encontraron los suyos, hambrientos y posesivos, prometiendo amor, prometiendo pasión.

Prometiendo todo.

Ahora no había marcha atrás; ella lo sabía. Peter era como un hombre poseído, sus manos vagaban sobre ella con una intimidad arrebatadora. Había poco entre la piel de ambos; ella sólo llevaba su camisón de seda y la bata, y cada toque provocaba una presión y un calor excitantes.

– Aléjame ahora -rogó Peter-. Aléjame ahora y oblígame a hacer lo correcto.

Pero la agarró más fuerte mientras lo decía, y sus manos encontraron la curva del trasero de ella y la presionaron escandalosamente contra él.

Tillie simplemente sacudió la cabeza. Deseaba demasiado esto. Lo deseaba a él. Peter había despertado algo dentro suyo, algo poderoso y primitivo, una necesidad que era imposible de explicar o negar.

– Bésame, Peter -susurró-. Y más.

Él lo hizo, con una pasión que le robó hasta el alma. Pero cuando se apartó, le dijo:

– No te tomaré ahora. No aquí. No de este modo.

– No me importa -casi gimió ella.

– No hasta que seas mi esposa -juró él.

– Entonces, por el amor de Dios, busca una licencia especial mañana -le dijo ella bruscamente.

Él apretó un dedo contra sus labios, y cuando ella observó su rostro, se dio cuenta de que Peter sonreía. Bastante diabólicamente.

– No te haré el amor -reiteró, sus ojos se volvieron pícaros-. Pero haré todo lo demás.

– ¿Peter? -susurró ella. Él la levantó en sus brazos y la depositó sobre el sofá-. Peter, ¿qué estás…?

– Nada que hayas escuchado -le dijo con una risita.

– Pero… -Ella jadeó-. ¡Oh, santo cielo! ¿Qué estás haciendo?

Los labios de él estaban en el interior de sus rodillas, y se movían hacia arriba.

– Lo que tú crees, imagino -murmuró él, su boca caliente contra el muslo de Tillie.

– Pero…

De repente él levantó la mirada, y perder esos labios sobre su piel fue devastador para ella.

– ¿Alguien notará si arruino este camisón?

– Cielos… no -dijo ella, demasiado aturdida como para decir algo más completo.

– Bien -dijo él, y entonces le dio un tirón, ignorando el jadeo de Tillie cuando la tira izquierda se separó del canesú.

– ¿Tienes alguna idea de cuánto tiempo he estado soñando con este momento? -murmuró Peter, moviendo su cuerpo sobre el de ella hasta que su boca encontró los senos.

– Yo… ah… ah…

Tillie esperaba que él realmente no esperara una respuesta. Los labios de Peter habían encontrado su pezón, y no tenía idea de cómo era posible, pero juraría que lo sentía entre sus piernas.

O tal vez era su mano, que la tocaba de la manera más perversa posible.

– ¿Peter? -jadeó.

Él levantó la cabeza, sólo el tiempo suficiente para mirarle la cara y decir lentamente:

– He estado distraído.

– Tú…

Si ella tenía intenciones de decir más, se perdió cuando él volvió a descender, sus labios reemplazando los dedos en su lugar más íntimo. Docenas de palabras inundaron la mente de ella, la mayoría involucrando el nombre de él y frases como “no deberías”, “no puedes”, pero lo único que parecía poder hacer era gemir, lloriquear y soltar un “¡oh!” de placer.

– ¡Oh! ¡Oh! -Y entonces otra vez, cuando la lengua de él hizo algo particularmente perverso-, ¡Oh, Peter!

Él debió oír el chillido en su voz, porque volvió a hacerlo. Y entonces una y otra vez, hasta que algo muy extraño sucedió, y ella simplemente explotó debajo de él. Jadeó, se arqueó, vio las estrellas.

Y en cuanto a Peter, simplemente se levantó, sonrió mirándola a la cara, se pasó la lengua por los labios y dijo:

– Oh, Tillie.

EPÍLOGO

¡Triunfo!

Para esta Autora, eso es.

¿No fue insinuado justo en estas páginas que podría realizarse una unión entre lady Mathilda Howard y el señor Thompson?

Una noticia apareció en el Times de ayer, anunciando su compromiso. Y en el baile Frobisher de anoche, lord y lady Canby se declararon encantados con la pareja. Lady Mathilda estaba absolutamente radiante, y en cuanto al señor Thompson… esta Autora está alegremente complacida de informar que se lo oyó murmurar “será un compromiso breve.”

Bien, ahora, si tan sólo esta Autora pudiera resolver el misterio Neeley…

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 21 de junio de 1816.

Julia Quinn

Tras flirtear con la medicina, Julia Quinn decidió dedicarse a su vocación de escritora y se ha convertido en una de las autoras de novela romántica de más éxito. Entre sus obras más populares están las series de novelas protagonizadas por la familia Bridgerton. Titania, hasta ahora, ha publicado seis de sus títulos, y están pendientes de programación otros seis títulos más.

Las novelas de Julia se han ganado rápidamente la reputación de cálidas y divertidas, y sus diálogos están considerados entre los mejores de la industria. Cada año trae consigo más premios; en el 2001 fue doble finalista a los prestigiosos premios RITA en la Romance Writers of America (RWA) por "El duque y yo" y "El vizconde que me amó ", y más tarde, ese mismo año, hizo su debut en la lista de los más vendidos del New York Times con "Te doy mi corazón". El 2002 vio el lanzamiento del muy esperado "Seduciendo a Mr. Bridgerton", que fue votado como uno de los mejores diez libros del año por los miembros del RWA y fue finalista a los premios RITA, en la categoría de Romance Histórico. Su última novela, "A Sir Phillip, con amor" recibió una excepcional calificación en el Publishers Weekly, la revista comercial de la industria editorial, y más tarde fue nombrada por esa publicación como una de las seis mejores novelas originales de ventas del año. Este año es finalista a los Romantic Times como Mejor novela histórica de amor y humor con "On the way the wedding". Y esa misma novela es así mismo finalista para los RITA 2007 en la categoría de Históricas.

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