/ Language: Español / Genre:thriller

Ciega como la Furia

John Saul

John Saul is an American author. His horror and suspense novels appear regularly on the New York Times Best Seller List.

John Saul

Ciega como la Furia

Título original Comes the blind fury

Traducción Ariel Bignami

PROLOGO

Ella andaba lentamente por el sendero, con paso cuidadoso, aunque no vacilante. El sendero le era familiar; sabía casi por instinto cuándo moverse a la izquierda, cuándo doblar a la derecha, cuándo permanecer cerca del medio del sendero. Desde cierta distancia, con su negro vestido y su bonete, se parecía más a una anciana que a una niña de doce años; y el bastón que siempre llevaba consigo no hacía nada por disminuir la impresión de vejez.

Tan solo su rostro era joven, sereno y sin arrugas; sus ojos sin vista con frecuencia parecían ver lo que era invisible para quienes la rodeaban.

Era una niña solitaria; su ceguera la situaba aparte y la colocaba en un mundo oscuro del cual ella sabía que no podía escapar. Sin embargo, había aceptado su desgracia como lo aceptaba todo -serena, pacíficamente-, todo procedente de un Dios cuyos motivos quizás pareciesen turbios, pero cuya sabiduría no se debía cuestionar.

Al principio había sido difícil, pero al sucederle eso ella era todavía lo bastante pequeña para que su adaptación fuera casi natural. Ahora se acordaba apenas tenuemente de lo que había visto, y su dependencia respecto de sus ojos estaba totalmente olvidada. Sus demás sentidos se habían aguzado. Ahora oía cosas que nadie más oía, olía en el aire marino, perfumes que habrían sido desconocidos para cualquiera menos ella, y conocía por el tacto las flores y los árboles.

El sendero por donde andaba ese día era uno de sus favoritos, que serpenteaba junto a la orilla de un risco junto al mar. En ese sendero, su bastón era casi innecesario, pues lo conocía tan bien como conocía el hogar de sus padres, pocos cientos de metros hacia el sur. Contaba sus pasos automáticamente; su marcha jamás variaba. No había sorpresas en aquel sendero, pero igual su bastón iba delante de ella, oscilando de un lado a otro, con su blanca punta como un dedo exploratorio, buscando eternamente cualquier cosa que pudiese bloquear su camino. El sonido del océano llenaba sus oídos, y la niña vestida de negro se detuvo un momento, volviendo la cara hacia el mar, mientras una imagen de gaviotas volando se formaba confusamente en las remotas extensiones de su memoria. Entonces, a sus espaldas, oyó otro ruido… un ruido que para otros oídos que no fueran los suyos se habría perdido en el graznido de las golpeteantes marejadas.

Era un sonido de risas.

Lo había oído todo el día y sabía lo que significaba. Significaba que sus condiscípulos se habían aburrido de sus juegos e iban a enfocar su atención en ella por un rato.

Sucedía todos los años durante el otoño. A ella le parecía que cada verano, cuando la escuela estaba cerrada y ella casi nunca se aventuraba más allá de la playa y el risco, los niños se olvidaban de ella. Después, al llegar setiembre, ella se convertía por un tiempo en una rareza a la que se miraba, en la que se pensaba con extrañeza, de la que se hablaba.

Y se la atormentaba.

El primer día de escuela ella oía el susurro en el aula cuando entraba lentamente, golpeando su bastón, familiarizándose de nuevo con los escalones, los pasillos, las puertas, las filas de pupitres. Luego vendría el terrible momento, el momento que ella siempre esperaba que nunca llegara, cuando la maestra le preguntaba dónde le gustaría sentarse y disponía el aula para su conveniencia.

Era entonces cuando solía comenzar su tormento.

Nunca duraba mucho… en una semana, a veces dos, se olvidarían de ella pasando a cosas más interesantes, pero el daño ya estaría hecho: ella se pasaría el resto del año en soledad, yendo y volviendo sola de la escuela.

Con frecuencia solía haber una época, durante el año, cuando ella tenía acompañante por un tiempo. Uno de los demás niños se quebraba un brazo o una pierna, y durante unas semanas, mientras la lesión se componía, la niña tenía entonces compañía, alguien con quien hablar, alguien que de pronto se interesaba en su problema. Pero después la herida se curaba y ella volvía a quedarse sola.

En ese momento, mientras el sonido de las risas flotaba hacia sus oídos, ella supo que ésta era la ocasión que ellos habían elegido para seguirla hasta su casa, comentando en susurros que uno de esos días -un día que nunca había llegado- ellos pondrían un tronco en el sendero, a ver si ella podía encontrar su camino en torno a él.

Trató de cerrar sus oídos a los sonidos burlones, trató de concentrarse en el confortante rugir de la marejada, pero detrás de ella las risas aumentaron. Finalmente se volvió para enfrentarlos.

– Déjenme tranquila -dijo suavemente-. ¿Por favor?

No hubo ninguna respuesta; solo una risita ahogada desde algún lugar a su derecha. Con alivio se volvió hacia el sur y empezó a andar lentamente hacia su casa. Pero entonces le llegó una voz desde adelante.

– ¡Ten cuidado! ¡Hay una piedra en el sendero!

La niña se detuvo y hurgó el sendero con su bastón. Al no encontrar nada dio un paso hacia adelante, deteniéndose otra vez para investigar el sendero con su bastón. Nada todavía. Había dejado que la hicieran caer en su trampa.

Empezó a avanzar otra vez, pero cuando la misma voz le llegó desde las tinieblas, diciéndole que estaba por tropezar, se detuvo otra vez y volvió a examinar el sendero con la punta de su bastón.

Esta vez cuando ella exploró el sendero, la risa de ellos estalló a su alrededor y comprendió que estaba en aprietos.

Eran cuatro y se habían colocado cuidadosamente, uno delante de ella, uno detrás y dos más impidiéndole salir del sendero para cruzar el campo hasta el camino. Ella se detuvo y esperó, inmóvil.

– No podrás quedarte siempre quieta -le dijo una voz-. Tarde o temprano tendrás que moverte, y cuando lo hagas tropezarás y caerás del risco.

– ¡Déjenme tranquila! -repitió la niña-, ¡Solo déjenme tranquila!

Y empezó a andar un paso, pero de nuevo la detuvo una voz, previniéndole, mofándose de ella.

– Por allí no… es la dirección equivocada.

No era la dirección equivocada, de eso estaba segura. Pero ¿cómo podía estar segura? Ahora estaba confusa y comenzaba a asustarse.

El mar. Si pudiera estar segura de hacia dónde estaba el mar sabría en qué dirección ir. Empezó a darse vuelta, escuchando cuidadosamente. Si soplaba el viento sería fácil. Pero el aire estaba quieto ese día; el sonido del mar parecía rodearla, viniendo de todas las direcciones, mezclándose con la risa infantil de sus perseguidores, confundiéndola.

Tendría que tratar. Mientras ella permaneciese allí, escuchándoles, dejándoles molestarla, ellos se quedarían, gozando de su juego.

No hacerles caso.

Eso era lo que debía hacer. Simplemente no hacerles caso. El bastón trazó un arco delante de ella, luego otro. Los nervios de sus dedos controlaron la lisura del sendero, y el desnivel donde la orilla del sendero se fundía con el campo.

La niña tomó una decisión y echó a andar.

Inmediatamente empezaron los gritos:

– ¡Cuidado! ¡Hay una piedra delante de ti!

– Estás yendo en la dirección equivocada. ¡Si quieres llegar a tu casa, más vale que des la vuelta!

– ¡Para allá no! Te caerás por la orilla.

– Y si se cae, ¿qué importa? ¡Ni siquiera verá lo que le va a suceder!

– ¡Pongamos algo en el sendero! ¡A ver si logra darse cuenta de lo que es!

Sin hacerles caso, la niña siguió andando resueltamente por el sendero, mientras su bastón exploraba el camino para ella, asegurándole que no estaba cometiendo ningún error. A su alrededor, las voces incorpóreas le seguían el paso, vituperándola, desafiándola. Se obligó a no responderles, diciéndose que pronto se detendrían, se darían por vencidos, la dejarían tranquila.

Y entonces una de las voces, la de un niño, llegó hasta ella.

– ¡Mejor que vayas a casa! ¡Quizá tu mamá tenga compañía!

La niña quedó paralizada. Dejó de mover con la mano el bastón, que se detuvo en el aire, estremeciéndose con indecisión.

– No digas eso -pidió la niña, con voz queda-. Nunca digas eso.

Las risas cesaron, y la niña pensó que tal vez los demás se hubiesen ido.

No se habían ido. En cambio, sus risas se hicieron más crueles.

– ¿Vas a casa a ver a la prostituta?

– Apresúrate a volver, quizá tu madre te enseñe a hacerlo.

– ¡Dice mi madre que habría que echarla de la ciudad!

– Mi papá dice que la próxima vez que tenga dos dólares irá a tu casa!

– ¡Basta! -gritó la niña-. ¡No digan eso! ¡No es verdad! ¡No es verdad!

Súbitamente alzó el bastón, lo tomó con ambas manos y empezó a balancearlo. Mientras el bastón silbaba en el aire, los niños la hostigaban con sus burlas.

– ¡Tu mamá es una prostituta!

– ¡A tu papá no le importa!

– ¡Me dijeron que él cobra el dinero!

– Cuando tenga dieciséis años ¿puedo visitar a tu madre?

La niña, con su negro vestido arremolinado en torno a ella, las cintas de su bonete volando alrededor de su cabeza, empezó a moverse hacia las voces, azotando el aire con su bastón, tratando de acallar sus burlas. Tropezó, empezó a caer, luego se contuvo. Todo en torno a ella, las voces sonaban en sus oídos, sin hacer caso ahora de su ceguera, y concentrándose en los pecados de su madre.

No era verdad.

Ella lo sabía. Su madre no haría lo que ellos estaban diciendo que hacía. ¿Por qué iban a decirlo? ¿Por qué? ¿Por qué la odiaban? ¿Por qué odiaban a su madre y su padre?

El bastón se agitaba cada vez más violentamente, cortando el aire de manera inofensiva mientras los niños se apartaban saltando, arreciando en sus risas frente al espectro de la víctima ciega, que azotaba la nada, impotente, sin poder defenderse ni huir.

Empezaron a acercársele mientras ella retrocedía, sosteniendo el bastón delante de sí como para resguardarse de ellos.

Cuando el suelo se niveló bajo sus pies, supo que estaba de nuevo en el sendero. Trató de dar vueltas, pero sin la ayuda de su bastón, no tenía idea de en qué dirección iba,

A su alrededor, los cuatro niños se acercaban más, sus mofas se volvían más malignas, sus risas más horribles, disfrutaban de su juego.

La niña seguía retrocediendo. Entonces sintió algo bajo el pie derecho. Una piedra. Empezó a mover el pie, pero de pronto la obstrucción se apartó de ella. Sin saber que había sucedido, puso el pie donde había estado la piedra.

Ahora no había nada allí.

Demasiado tarde, comprendió dónde estaba.

Permaneció en equilibrio durante un segundo, con una expresión de terror en la cara.

En sus manos, el bastón se movió desesperadamente mientras ella trataba de encontrar algún punto de apoyo.

Después, mientras perdía el equilibrio y empezaba a sentirse caer, soltó el bastón, que cayó en el sendero.

Los cuatro niños se miraron un momento con fijeza; luego sus ojos se posaron en el bastón que yacía en el sendero. Al principio, ninguno de ellos se movió. Luego el mayor de ellos se adelantó, levantó el bastón y lo arrojó al mar. En cuanto a ellos concernía, ella había simplemente desaparecido…

Supo lo que estaba sucediendo. Supo que iba a morir. El tiempo pareció hacerse más lento para ella; oyó la marejada, cuyo estruendo se le acercaba cada vez más. ¡Iba a morir! ¿Por qué? ¿Qué había hecho ella? ¿Qué había hecho su madre? Nada de ello estaba bien. Nada de ello debía haber ocurrido.

El bramar en sus oídos ya no era la marejada. En cambio oía las voces de los niños, atormentándola, gritándole, repercutiendo en su mente, estallando en su cabeza.

Por primera vez en su vida, la ira penetró en su alma. Todo eso estaba mal. Ella no debía haber sido ciega. No debía haber tenido que escuchar lo que los niños le dijeron. Debía haber podido verlo ella misma.

Verlo, y enmendarlo.

Y vengarlo.

Su furia creció mientras daba vueltas hacia el mar, y cuando las aguas se cerraron en torno a ella, ya no tenía conciencia de lo que le estaba ocurriendo. Ya no tenía conciencia de que su vida estaba terminando.

De lo único que sabía era de su ira.

Su ira y su odio…

LIBRO PRIMERO

CAPITULO 1

El sol de agosto brillaba luminoso cuando los Pendleton llegaron a Paradise Point, y mientras lentamente cruzaban en auto la población, todos los Pendleton se encontraron mirándola con nuevos ojos. Antes siempre había sido simplemente un lugar notablemente lindo. Ahora era su hogar, y June Pendleton, cuyos luminosos ojos azules resplandecían de anhelo, se encontró de pronto más interesada en la ubicación del supermercado y de la droguería que en las fachadas cuidadosamente restauradas de la hostería y las galerías que rodeaban la plaza.

Paradise Point había sido correctamente bautizado; al visitante casual le parecía que su medio circundante era su principal razón de ser. La población andaba en lo alto, sobre el Atlántico, encaramada sobre el brazo norte de unos afloramientos gemelos de tierra que protegían una pequeña caleta. Demasiado pequeña para servir como algo más que un fondeadero temporario para embarcaciones de tamaño reducido, la caleta permanecía casi oculta desde el mar. Los brazos que la custodiaban tenían una cualidad egoísta: abarcaban la caleta, apretándola contra el bosque circundante, dejando solamente una angosta laguna de aguas embravecidas como andarivel hacia el océano. La población actual había mirado desde lo alto la caleta y el mar durante casi doscientos años, y por anuencia común de todos los que allí vivían, siguió siendo una aldea. No había ninguna industria digna de mención, ni flotilla pesquera: solamente un puñado de predios arrancados a los bosques interiores. Sin embargo, Paradise Point sobrevivía, sustentándose con los misteriosos recursos de las poblaciones diminutas en todas partes, con su modesta producción de servicios, sobreviviendo, en gran parte, gracias a los veraneantes que afluían todos los años para gozar de su belleza y "escapar de todo aquello". Dispersos por todo el pueblo había algunos artistas y artesanos, que se mantenían con la venta de una serie de colchas, mocasines, cerámicas, esculturas y pinturas que iban saliendo de Paradise Point en los asientos traseros y baúles de quienes no eran lo bastante afortunados como para vivir allí.

El doctor Calvin Pendleton y su esposa estaban por volverse parte de Paradise Point, y se consideraban por eso muy afortunados. Igual su hija, Michelle.

Aunque jamás habían planeado mudarse a Paradise Point. A decir verdad, hasta pocos meses antes de su llegada, no se le había ocurrido a nadie de la familia que pudieran vivir en otra parte que Boston. Para los Pendleton, Paradise Point había sido un hermoso lugar adonde ir por una tarde, apenas un par de horas al noreste de la ciudad, un lugar donde Cal podría estar tranquilo, June podía pintar y Michelle podía entretenerse con el bosque y la costa del mar. Después, al finalizar el día, podrían regresar en auto a Boston y a sus ordenadas vidas.

Salvo que sus vidas no habían seguido siendo ordenadas.

Ahora, cuando Cal doblaba a la derecha para salir de la playa e iniciar la ruta que los llevaría fuera de la aldea y bordeando la caleta hacia su nuevo hogar, vio que varias personas miraban con fijeza el coche, de pronto sonreían y luego saludaban con ademanes.

– Parece que nos esperan -comentó.

En el asiento contiguo al suyo, June se movió pesadamente. Estaba en las últimas semanas del embarazo y le parecía que jamás iba a terminar.

– Se acabó la impersonalidad de la ciudad grande -replicó-. Supongo que el doctor Garson tiene el furgón de bienvenida ya preparado para recibirme.

– ¿Qué es un furgón de bienvenida? -preguntó Michelle desde el asiento de atrás.

A los doce años, Michelle presentaba un marcado contraste con sus padres, que eran ambos rubios de ojos azules, con rasgos de belleza nórdica. Michelle era precisamente lo contrario. Era morena, de cabello casi negro, y sus profundos ojos pardos tenían una ligera inclinación que le daba aspecto de pilluelo. Estaba inclinada hacia adelante, con los brazos apoyados en el asiento delantero, su reluciente cabello cayéndole en cascada sobre los hombros, devorando con los ojos cada detalle de Paradise Point. Era todo tan distinto de Boston y, pensaba ella, todo perfectamente maravilloso.

June se movió para mirar a su hija, pero el esfuerzo fue excesivo para su dilatado cuerpo. Mientras se hundía de nuevo en su asiento, reflexionó que, de cualquier manera, podía ser difícil explicar la vieja costumbre aldeana de los furgones de bienvenida a una niña de ciudad de doce años. En cambio, cuando pasaban frente a la escuela de Paradise Point, tocó la mano de su hija, preguntándole:

– ¿No se parece mucho a Harrison, verdad?

Michelle contempló fijamente el pequeño edificio de tablas blancas, rodeado por un herboso campo de juego; luego sonrió ampliamente, mientras su cara de diablillo reflejad placer por lo que veía.

– Siempre creí que empedraban automáticamente el campo de juego -dijo-. Y mira, árboles. ¡Realmente es posible sentarse bajo los árboles mientras se come la merienda!

Dos manzanas más allá de la escuela, Cal desaceleró el automóvil hasta casi detenerlo.

– ¿Te parece que debiera detenerme y hablar con Carson? -preguntó pensativo.

– ¿Esa es la clínica? -inquirió Michelle. Su voz reveló que no le parecía gran cosa.

– Comparada con la Clínica General de Boston no es mucho, ¿verdad? -dijo Cal. Luego con voz apenas audible, agregó-: Pero quizás sea mi lugar adecuado.

June miró a su esposo con rapidez; luego se estiró para apretarle la mano.

– Es lo adecuado -le aseguró.

El automóvil se detuvo del todo y los tres Pendleton miraron el edificio de una sola planta, no mayor que una casa pequeña, que albergaba a la clínica de Paradise Point. En el despintado cartel de adelante, apenas si pudieron leer el nombre de Josiah Carson, pero el nombre del mismo Cal resaltaba con claridad en letras negras recién pintadas.

– Tal vez simplemente me asome para avisarle que llegamos bien -sugirió Cal. Estaba por bajar del coche cuando la voz de June lo detuvo.

– ¿No puedes ir más tarde? El camión ya está en la casa y hay tanto por hacer. El doctor Carson no esperará que vayas hoy.

"Tiene razón", se dijo Cal, aunque sintió una punzada de culpa. Debía tanto a Carson. Pero de todos modos, el día siguiente sería lo bastante pronto. Cerró la portezuela y puso en marcha el automóvil.

Un momento más tarde la clínica desapareció de la vista, la aldea quedó repentinamente detrás de ellos y estaban en el camino paralelo a la caleta.

June se permitió tranquilizarse. Ese día, al menos, no tendría que ver al anciano doctor que de pronto se había convertido en una fuerza tan determinante en su vida, una fuerza que no le gustaba y en la cual no confiaba. Había crecido un vínculo entre su marido y Josiah Carson, que parecía volverse más sólido cada día. Habría querido entenderlo mejor… lo único que sabía, en realidad, era que se relacionaba con aquel muchacho.

Aquel muchacho que había muerto,

Resueltamente, dejó de pensar en eso. Por el momento se concentraría en Paradise Point.

Era un lindo paseo, con profundos bosques del lado interior, y una estrecha extensión de hierbas y heléchos separando el camino de la cresta de los riscos que se extendían vertiginosamente a la diminuta bahía de abajo.

– ¿Esa es nuestra casa? -preguntó Michelle.

En silueta contra el horizonte, una casa resaltaba vividamente del paisaje, con el contorno de su buhardilla y su galería alta como grabada sobre el cielo azul.

– Esa es -replicó June-. ¿Qué te parece?

– Desde aquí se la ve magnífica. Pero, ¿cómo es por dentro?

– Más o menos igual que por fuera -intervino Cal, riendo entre dientes-. Te encantará.

Mientras se acercaban a la casa que iba a ser el nuevo hogar de ellos, Michelle dejó que sus ojos se pasearan por el paisaje. Era hermoso, pero extraño en cierto modo. Le resultaba difícil imaginarse viviendo realmente con tanto espacio. Y los vecinos… en vez de estar del otro lado de la pared, iban a estar a casi medio kilómetro de distancia. Y además, advirtió entusiasmada, con un cementerio en el medio. Un camposanto de veras, a la antigua, ruinoso. Cuando el automóvil pasaba frente al cementerio, Michelle se lo señaló a su madre. June lo miró con interés, luego preguntó a Cal si sabía algo a su respecto. El se encogió de hombros.

– Josiah me dijo que es el viejo solar de su familia, pero que ya no lo usan más. O bien, supongo, él no se propone usarlo. Dice que lo van a sepultar en Florida y que le importa un cuerno si nunca vuelve a ver Paradise Point.

June lanzó una carcajada.

– Esto es lo que dice ahora. Pero espera a que llegue allá. Te apuesto un níquel a que se vuelve aquí corriendo.

– ¿Y tratará de comprarme otra vez la clientela? ¿Y la casa? No, me parece que realmente ansia alejarse de aquí. -Hizo una pausa, luego agregó-: Creo que este accidente lo conmovió más de lo que deja ver.

De pronto la voz de June dejó de ser risueña.

– Nos conmovió a todos, ¿o no? -dijo con voz queda-. Y ni siquiera conocíamos a ese muchacho. Pero aquí estamos. Es raro, ¿verdad?

Cal no respondió nada.

El nuevo hogar de ellos… el antiguo hogar de Josiah Carson.

Su nueva vida… la antigua vida de Josiah Carson.

¿Quién, se preguntó Cal en silencio, estaba huyendo de qué?

Cuando el automóvil se detuvo por fin frente a la casa, Michelle bajó de un salto y observó arrobada su ornato Victoriano, sin hacer caso de la pintura descascarada y la gastada carpintería, que daban a la casa un aspecto curiosamente siniestro.

– Parece un sueño -susurró-. ¿Realmente vamos a vivir en esto?

De pie junto a su hija, Cal le rodeó los hombros con un brazo y la apretó afectuosamente.

– ¿Te gusta, princesa?

– ¿Gustarme? ¿Cómo podría no gustarle a alguien? Parece algo salido de un libro de cuentos.

– Querrás decir que parece algo salido de un dibujo de Charles Adams -dijo June, saliendo por su lado del automóvil. Miró con atención el alto tejado de la casa de tres pisos y sacudió la cabeza-. Sigo teniendo la sensación de que allá arriba debe de haber murciélagos.

Michelle miró ceñuda a su madre.

– Si no te agrada, ¿por qué la compramos?

¿-No dije que no me agradara -se apresuró a agregar June-. A decir verdad, me encanta. Pero debes admitir que no se parece nada a un condominio en Boston. -Se interrumpió un momento y luego-: Espero que hayamos hecho lo correcto.

– Claro que sí -dijo Michelle-. Sé que lo hicimos.

Y dejando a sus padres de pie junto al auto, subió de un brinco al pórtico y desapareció por la puerta principal. Cal tendió una mano para tomar la de su esposa.

– Todo irá bien -dijo; era la primera vez que alguno de ellos reconocía los temores que habían compartido acerca de la mudanza-. Bueno, vamos a dar una ojeada.

Habían comprado la casa amueblada, y después de muy poca discusión, habían decidido no tratar de vender el moblaje que venía con ella. En cambio habían vendido el suyo. Sus muebles habían sido sencillos y bajos, y aunque habían encajado perfectamente en su apartamento de Boston, el ojo artístico de June le había dicho en seguida que estaba mal para los altos cielorrasos y aparatosos decorados del período Victoriano. Habían decidido que un cambio en el estilo de vida, bien podría traer consigo un cambio de gustos, y ahora exploraron juntos la casa, preguntándose cuánto tardarían en acostumbrarse a su nuevo ambiente.

En la sala de recibo, cuidadosamente instalada tras un pequeño cuarto de recepción a la derecha de la puerta principal, se amontonaban las cajas que contenían sus vidas. Una rápida ojeada bastó para sacudir la confianza de June sobre la sabiduría de su proyecto, pero Cal, leyendo los pensamientos de su esposa, le aseguró que podría tranquilizarse… él y Michelle se harían cargo de desempacar; lo único que tenía que hacer ella era indicarles dónde poner las cosas. June le sonrió con alivio y ambos pasaron al comedor.

– ¿Qué vamos a poner en todos esos armarios para vajilla? -preguntó June, sin esperar realmente una respuesta.

– Vajilla, por supuesto -respondió Cal con soltura-. Siempre oí decir que las posesiones se expanden para llenar espacio. Ahora lo averiguaremos. ¿Tendremos que comer aquí?

La melancólica expresión con que contemplaba la formal mesa de comedor con sus doce sillas hizo reír a June.

– Ya lo tengo calculado. Convertiremos la despensa en otro comedor.

Lo condujo a través de una puerta de vaivén; Cal sacudió la cabeza.

– ¿Cómo podía vivir alguien así? Es obsceno.

La despensa, que contenía un fregadero y un refrigerador, era más grande que lo que había sido el comedor de ellos en Boston.

– Es particularmente obsceno cuando se tiene en cuenta que esta casa fue construida por un clérigo -comentó June sutilmente.

Las cejas de Cal se alzaron de sorpresa.

– ¿Quién te dijo eso?

– El doctor Carson, por supuesto. ¿Quién, si no?

Antes de que Cal pudiese responder, June había pasado a la cocina. Ya había decidido que allí viviría la familia.

Era un cuarto enorme, con una chimenea que dominaba una pared, dos fogones grandes y un refrigerador donde se podía entrar, que había sido desconectado años atrás. Cuando los había acompañado a recorrer la casa, Josiah Carson había sugerido que lo arrancaran, pero Cal había pensado que el antiguo refrigerador sería una bodega ideal, perfectamente aislado, aunque su costo era prohibitivo si se usaba para su fin originario.

June se acercó al fregadero y probó el grifo. Los caños traquetearon algunos segundos, tosieron dos veces, luego soltaron un borboteante chorro de agua clara, sin cloro.

– Encantador -murmuró June. Sus ojos se dirigieron a la ventana y su rostro se iluminó con una sonrisa.

Del otro lado de la ventana, a unos quince metros de la casa, había un viejo edificio de ladrillo, con techo de pizarra, que antes era utilizado como bodega. Era la bodega lo que había convencido a June de que la casa sería perfecta para ellos. Una sola mirada le había dicho que se la podía transformar fácilmente en un estudio… un estudio donde ella podría pasar infinitas horas de bienaventuranza con sus telas, desarrollando un estilo que sería auténticamente suyo, algo que nunca había podido lograr en Boston.

Viendo la sonrisa en su cara, Cal volvió a leer los pensamientos de su esposa.

– Veamos -dijo pensativo, apartándose el cabello de la frente-. Hay que convertir la despensa en comedor, y la bodega en un estudio. Después supongo que podría transformar el granero en taller, el locutorio de adelante en un baño sauna y el estudio en sala de operaciones. Una vez terminado eso…

– ¡Vamos, calla! -exclamó June-. Te lo prometo, yo misma haré todo lo del estudio, y también la mayor parte de la despensa. Basta con que tú desempaques… ¡Y luego empieza a comportarte como un médico rural!

– ¿Lo prometes?

– Lo prometo -repuso June suavemente, introduciéndose entre sus brazos y apretándolo contra sí-. Todo irá bien ahora. Estoy segura de ello.

Deseó creer realmente en sus propias palabras.

Cal besó a su esposa; luego dejó que sus manos se posaran por un segundo sobre su redondeado vientre. Bajo los dedos, pudo sentir moverse al pequeño.

– Mejor será que subamos y pensemos dónde va a estar el cuarto de los niños. A mí me parece que esta criaturita está por hacer su presentación.

– Todavía faltan por lo menos seis semanas -replicó June. Pero muy contenta siguió a su esposo arriba, ansiosa por decidir cuál habitación se podría transformar mejor en cuarto para niños. "Allí está de nuevo esa palabra" pensó. "Este parece ser nuestro año de transformaciones"

Encontraron a Michelle en la planta alta, en un dormitorio situado en una esquina, desde donde veía un amplio panorama de la bahía, el Paso del Diablo y más allá, el océano. Hacia el noreste, la aldea de Paradise Point se destacaba en silueta, con los campanarios de sus tres diminutas iglesias elevándose en el aire, mientras sus pulcros edificios blancos, de madera, se apretujaban como para protegerse de la furia constantemente desencadenada en las aguas que los circundaban. June y Cal se acercaron a su hija, y por un momento la pequeña familia permaneció junta, examinando su nuevo mundo. Se ciñeron con los brazos y, por un largo instante, gozaron de una cercanía y una cordialidad que no habían sentido en mucho tiempo. Fue June quien finalmente los llevó de vuelta a la realidad.

– Habíamos pensado que ésta podría ser la nursery -dijo tentativamente.

Michelle, que parecía salir de un trance hipnótico, se volvió hacia ella diciendo:

– Oh, no. Yo quiero esta habitación ¿Por favor?

– Pero hay un cuarto mucho más grande del otro lado de la casa -contestó June-. Este es tan pequeño…

– Pero lo único que necesito es mi cama y una silla -imploró Michelle-. ¿No puedo ocupar éste? Sería capaz de estar siempre sentada en la ventana, mirando afuera, nada más.

June y Cal se miraron indecisos, sin poder pensar ninguno en una objeción razonable. Entonces Michelle fue hacia el armario y la cuestión quedó resuelta. Estirándose, Michelle buscó a tientas en el fondo del estante del armario.

– Aquí hay algo -dijo triunfante-. Tenía la sensación de que en este armario había algo y tenía razón. ¡Miren!

En la mano, Michelle sostenía una muñeca. Vieja y polvorienta, tenía un rostro de porcelana, enmarcado por cabellos casi tan oscuros como el de la niña, y un bonetito de encaje. Su vestido gris, desteñido y roto, debía de haber estado antes cubierto de volantes fruncidos, y en los pies tenía un minúsculo par de abultados zapatos de charol. June y Cal la miraron sorprendidos.

– ¿De dónde suponen que habrá venido? -se maravilló June en voz alta.

– Apuesto a que ha estado allí durante siglos -dijo Michelle-. Pero alguna vez habrá pertenecido a alguna niña y éste debe de haber sido su cuarto. ¿Puedo tenerla yo? ¿Por favor?

– ¿La muñeca o la habitación? -preguntó Cal.

– ¡Las dos! -exclamó Michelle, segura de que su padre estaba a punto de aceptar.

– Pues no veo por qué no -dijo Cal-. Probablemente nos vendría mejor tener la nursery al lado mismo de nuestra habitación, de todos modos. Supongo que podremos convertir una de las tres alcobas -agregó con una mirada burlona para June. Luego tomó la muñeca de manos de Michelle y la examinó con cuidado-. Se parece mucho a ti -observó-. Igual cabello castaño, iguales ojos pardos. ¡Iguales ropas harapientas!

Michelle arrebató la muñeca a su padre y le sacó la lengua.

– Si mis ropas son harapientas, es culpa tuya. ¡Si no podías darte el lujo de vestirme, debiste dejarme en el orfanato!

– ¡Michelle! -exclamó June-. Que cosas dices. Tú no saliste de un orfanato…

Hasta que su marido y su hija comenzaron a reír, no se dio cuenta de que era una broma entre ellos; entonces se tranquilizó. En ese momento, el niño que tenía adentro se movió, y June se encontró de pronto preguntándose qué sucedería cuando llegase el pequeño. Michelle había sido hija única durante tanto tiempo. ¿Cómo sería para ella? ¿Se sentiría acaso amenazada? June recordó todo lo que había leído últimamente sobre la rivalidad entre hermanos. ¿Y si Michelle odiaba al nuevo crío? June desalojó de su mente esa idea. Sus ojos se posaron en el mar, del otro lado de la ventana, las gaviotas que volaban en lo alto, el sol que brillaba luminoso. En un impulso momentáneo, decidió pasar el mayor tiempo posible disfrutando del sol. Después de todo, no duraría eternamente. Se avecinaba el otoño, y después el invierno, pero, por el momento, había calidez en el aire. Impulsivamente, dejó que Cal y Michelle empezaran a desempacar mientras ella salía a explorar lo que iba a ser su estudio.

Aunque trabajaron lo más rápido posible, la montaña de cajas parecía seguir siendo tan alta como antes.

– ¿Quieres descansar un rato, princesa? -preguntó finalmente Cal-. Hay dos o tres gaseosas en el refrigerador.

Con presteza, Michelle dejó la Caja con la que estaba forcejeando y adelantándose a su padre, cruzó el comedor, la despensa y entró en la cocina. Allí se dejó caer en una silla, sonriendo muy contenta.

– Imagínate… ¡Una despensa! ¿Tenía mayordomo el doctor Carson cuando vivía aquí?

– Me parece que no -replicó Cal, mientras hábilmente hacía saltar las tapas de dos botellas y ofrecía una a Michelle-. Creo que vivía aquí él solo.

Los ojos de Michelle se dilataron.

– ¿De veras? Debe de haber sido siniestro.

– ¿No te da miedo este sitio? -preguntó Cal, con un tono burlón que hizo sonreír a Michelle.

– Todavía no. Pero si esta noche algo viene arrastrándose hacia mí por la puerta, las cosas podrían cambiar.

Desvió la mirada hacia la ventana y quedó callada un momento.

– ¿Piensas en algo, princesa? -inquirió su padre.

Michelle asintió con la cabeza, y cuando miró a su padre, en sus ojos había una seriedad que a Cal le pareció superior a su edad.

– Me alegro de que hayamos venido aquí, papá – dijo finalmente-. No quiero que sigas siendo desdichado.

– No he sido desdichado… -empezó Cal, pero Michelle no le dejó terminar.

– Sí que lo has sido -insistió-. Siempre me di cuenta. Por un tiempo creí que estabas enojado conmigo, porque nunca venías a casa desde el hospital…

– Estaba muy ocupado…

Michelle volvió a interrumpirlo.

– Pero entonces comenzaste a venir de nuevo a casa, y seguías siendo desdichado. No fue hasta que decidimos mudarnos aquí que empezaste a ser feliz de nuevo. ¿No te gustaba Boston?

– No era Boston -empezó a decir Cal, sin saber bien cómo explicar a su hija lo que había sucedido. La imagen de un niño pasó veloz por su mente, pero Cal la apartó en el acto-. Era simplemente yo, me parece. No… no puedo explicarlo en realidad. -De pronto sonrió-. Creo que simplemente quiero conocer a las personas con quienes trato.

Michelle examinó mentalmente la cuestión; por último asintió con la cabeza.

– Me parece que sé lo que quieres decir. La Clínica General de Boston era horripilante.

– ¿Horripilante? ¿A qué te refieres?

Michelle se encogió de hombros mientras buscaba las palabras adecuadas.

– No sé. Era como si nunca supieran quiénes eran. Y cuando mamá y yo íbamos allí, jamás sabían siquiera que éramos tu familia. Esa mujer tan altanera del vestíbulo principal siempre quería saber por qué queríamos verte. Se diría que después de tantos años tendría que habernos reconocido… -Michelle guardó silencio y miró a su padre, preguntándose si la entendería. Cal movió la cabeza afirmativamente.

– Eso es -dijo, aliviado por no tener que decirle la verdad-. Eso es, exactamente. Y lo mismo pasaba con las personas a quienes yo trataba. Si las veía tres días más tarde, yo mismo no las reconocía. Si voy a ser médico, creo que debo tener el placer de saber a quién estoy ayudando. -Sonrió a Michelle y decidió cambiar de tema-. ¿Y tú? ¿Estás arrepentida de algo?

– ¿De qué? -preguntó Michelle a su vez.

– De venir aquí. De dejar a tus amigos. De cambiar de escuela. Todas las cosas por las que se supone se preocupan las niñas de tu edad.

Michelle sorbió su gaseosa, luego miró la cocina a su alrededor.

– Harrison no era una escuela tan maravillosa -dijo por fin-. La de Paradise Point es mucho más linda.

– Y mucho más pequeña -hizo notar Cal.

– Y probablemente tampoco haya en ella un hato de chicos que se lo pasen destrozándola -agregó Michelle-. Y si de amigos se trata, el año que viene habría tenido que hacerlos nuevos de todos modos, ¿verdad?

Cal la miró sorprendido.

– ¿A qué te refieres?

Con aire culpable, Michelle fijó la vista en su vaso.

– Los oí hablar a ti y a mamá. ¿De veras iban a enviarme a un internado?

– No estaba realmente decidido todavía… -empezó él débilmente, pero cuando miró los ojos de Michelle, renunció a mentir-. Pensamos que sería mejor para ti -dijo-. Harrison se estaba volviendo demasiado difícil, tú misma nos dijiste que ya no estabas aprendiendo nada. Y de todos modos no era un internado… Habrías venido a casa todos los días.

– Bueno, esto es mejor -repuso Michelle-. Haré amigos aquí, y no tendré que hacer nuevos amigos el año próximo. ¿Verdad?

En sus ojos hubo una repentina ansiedad que impulsó a Cal a querer tranquilizarla.

– Por supuesto que no. A menos que lo detestes. Pensándolo bien, será mejor que no lo detestes, porque no estoy seguro de que podamos enviarte a una escuela privada con lo que voy a ganar aquí. Pero quiero que seas feliz, princesa. Eso es muy importante para mí.

De pronto Michelle sonrió, rompiendo la seriedad del momento.

– ¿Cómo podría no ser feliz? Todas las personas que conozco harían cualquier cosa por vivir aquí. Tenemos el océano, y el bosque, y esta maravillosa casa. ¿Qué más podría desear?

En un repentino estallido de afecto, Michelle se arrojó a los brazos de su padre y lo besó.

– Te quiero, papá, realmente te quiero.

– Y yo te quiero también, princesa -replicó Cal, cuyos ojos se humedecieron de cariño-. También yo te quiero. -Luego se desprendió de los brazos de Michelle y se incorporó-. Bueno, ¡Volvamos a esas cajas antes de que tu madre nos envíe a los dos de vuelta al orfanato!

– ¡La encontré! -exclamó triunfante Michelle. Era una caja grande, marcada por todos lados con el nombre de Michelle-. Subámosla ahora, papá, por favor -imploró-. Adentro está todo lo que poseo. ¡Todo! ¿No puedo abrirla ahora? Quiero decir, de todos modos no sabemos adonde quiere poner mamá todo, y yo podría acomodar estas cosas por mi cuenta. ¿Por favor?

Cal asintió con un gesto y la ayudó a arrastrar la inmensa caja arriba, hasta el cuarto de la esquina, que Michelle había reclamado como propio.

– ¿Quieres que te ayude a desempacar? -ofreció. Michelle sacudió la cabeza con vehemencia.

– ¿Y dejarte ver lo que hay adentro? Si supieras lo que hay aquí, me obligarías a tirar la mitad.

Con los ojos de su pensamiento, Michelle vio el revoltijo de viejas revistas de cine (precisamente la clase de cosas que sus padres no aprobaban) y los recuerdos surgidos de su pasada niñez, que no había logrado abandonar.

– Y no te atrevas a contarle a mamá que dije eso -agregó, enredando a su padre en una conspiración de silencio para ayudarla a proteger sus infantiles tesoros.

Después, cuando Cal la dejó sola en la habitación, Michelle se puso a abrir la caja para desempacar todas sus cosas, primero sobre la cama, luego cuidadosamente ocultas en el ropero y el tocador. Hasta que hubo guardado el último juguete viejo, no advirtió a la muñeca, todavía apoyada en el alféizar de la ventana donde ella la había dejado pocas horas atrás. Se acercó a la ventana y levantó la muñeca, sosteniéndola a la altura de sus ojos.

– Tendré que pensar un nombre para ti -dijo en voz alta-. Algo anticuado, tan anticuado como tú. -Pensó un momento, luego sonrió-. ¡Amanda! -exclamó-. Eso es. Te llamaré Amanda. Mandy para abreviar.

Luego, complacida con el nombre elegido, Michelle puso otra vez la antigua muñeca en la ventana y bajó a ver qué hacía su padre.

Mientras la luz de la tarde iba apagándose en el cuarto de la esquina, la muñeca parecía estar mirando por la ventana, con sus ciegos ojos de vidrio fijos en la bodega, abajo.

CAPITULO 2

En la bodega reinaba una atmósfera sólida, una robustez que hizo preguntarse a June qué se había propuesto exactamente su constructor. Al explorarla por cuarta vez, le pareció que debía de haber sido destinada para algo más que simple bodega y taller. Las ventanas desde donde se veía el océano estaban demasiado cuidadosamente espaciadas; el suelo, con sus tablas de roble apenas desgastadas después de un siglo de uso, demasiado bien instalado; y sus proporciones eran demasiado perfectas para que hubiese sido utilizada simplemente por un jardinero. No, decidió, quien hubiese diseñado ese cuarto, se había propuesto usarlo él mismo. Era casi como si hubiese sido diseñado como estudio. Las ventanas que daban al mar estaban situadas tan cerca del norte como lo permitía el risco, y debajo de ellas, un largo mostrador con armario de almacenaje bellamente fabricado cubría todo el largo de la habitación. Junto a una punta del mostrador se había instalado un fregadero grande. Las paredes de ladrillo, chorreadas con suciedad de años, habían estado antes blanqueadas, y el ribete de madera que rodeaba las puertas y ventanas, ahora descascarado, estaba pintado de un verde suave, como si alguien hubiera tratado de armonizarlo con el matiz del follaje exterior. En una punta de la habitación había un armario grande. Por el momento, June decidió dejar su puerta cerrada e imaginar en cambio qué podría haber allí escondido. Reliquias, pensó deliciosamente. Reliquias del pasado, esperando simplemente ser descubiertas.

Depositó su cuerpo en un taburete y contó automáticamente los días que faltaban para que naciera su hijo. Treinta y siete años, reflexionó, era una edad muy tonta para tener un hijo. No solo tonta, sino posiblemente peligrosa, tanto para ella como para el niño. "Ten cuidado", se recordó. Pero ese pensamiento no permaneció con ella… en cambio, sintió el impulso de empezar a limpiar los años de descuido que llenaban la pequeña habitación. Se puso de pie sin hacer caso de la pesadez de su cuerpo, preguntándose cómo era posible que un edificio tan abandonado durante tantos años pudiera haberse llenado tanto de basura.

En un rincón descubrió un barril para desechos que estaba milagrosamente vacío. Minutos más tarde ya estaba lleno, y June pensó en la conveniencia de subir también ella en él, para así compactar su contenido.

Felicitándose por su discreción, descartó la idea, sabiendo que si Cal la sorprendía en eso, quedaría escandalizado por su descuido. Además, sería muy propio de ella romperse una pierna y provocar un parto prematuro al mismo tiempo. En ese momento tenía demasiado que hacer para arriesgar semejante cosa. En cambio, se conformó con empujar el revoltijo del barril tan abajo como le fue posible y luego agregar más, hasta que estuvo en peligro de reventar. Luego se puso a buscar algo con lo cual limpiar el suelo.

Dentro mismo del armario, decepcionantemente vacío de tesoros ocultos por mucho tiempo, encontró una escoba, un balde y un estropajo. Entreabriendo un poco la ventanilla con la esperanza de renovar el aire viciado, June comenzó a barrer el polvo, amontonándolo. Estaba casi por la mitad del piso cuando de pronto la escoba se atascó en algo. June hurgó la suciedad apelotonada. Al ver que no se deshacía, se detuvo para mirarla con más atención.

Era una mancha quién sabe de qué, que cubría unos sesenta centímetros cuadrados en el suelo. Evidentemente lo volcado allí había sido dejado secar, y al secarse, se le había asentado polvo encima, introduciéndose hasta que ahora la escoba no podía penetrar en el revoltijo, que tenía tal vez un cuarto de pulgada de grosor. Irguiéndose, June echó mano al estropajo, preguntándose qué posibilidades habría de encontrar la vieja cañería aún en funcionamiento. Pero antes de que tuviera ocasión de experimentar, Cal y Michelle aparecieron en el vano.

Cal miró a su alrededor y sacudió la cabeza diciendo:

– Pensé que ibas sólo a dar una ojeada y hacer algunos planes.

– No pude resistir -contestó June irónicamente-. Es una habitación tan bonita, y el revoltijo era tan grande. Creo que sentí compasión por ella.

Michelle paseó su mirada por la revuelta habitación, e involuntariamente se apretó el cuerpo con los brazos como si la hubiera dominado un repentino escalofrío. Todavía de pie junto a la puerta, con una expresión de desagrado en el rostro, habló.

– Este lugar es siniestro… ¿Para qué lo usaban?

– Es una bodega -explicó su madre-, y probablemente el centro de operaciones del jardinero, donde guardaba todas sus herramientas, cultivaba retoños y esa clase de cosas. -Se detuvo un momento como reflexionando sobre algo, luego continuó-. Pero tengo la extrañísima sensación de que también usaron esto para otra cosa.

Cal arqueó las cejas.

– ¿Jugando a la detective?

– En realidad, no -respondió June-. Pero mira. El suelo es de roble sólido. ¡Y ese armario! ¿Quién iba a construir algo así sólo para el jardinero?

– Hasta unos cincuenta años atrás, muchas personas lo habrían hecho -replicó Cal riendo entre dientes-. Solían construir las cosas para que duraran, ¿recuerdas?

June sacudió la cabeza.

– No sé. Simplemente parece demasiado lindo para ser un simple cobertizo. Debe de haber habido algo más…

– ¿Qué es esto? -preguntó Michelle. Señalaba la mancha en la que había estado trabajando June al entrar

– Ojalá lo supiera. Creo que alguien debe de haber volcado un poco de pintura. Precisamente iba a tratar de limpiarla.

Michelle se acercó a la mancha y, arrodillándose junto a ella, la examinó con cuidado. Iba a extender la mano para tocarla, pero de pronto la retiró diciendo:

– Parece sangre. Apuesto a que alguien fue asesinado aquí -agregó incorporándose y enfrentando a sus padres.

– ¿Asesinado? -exclamó June-. ¿Cómo se te ocurre algo tan morboso?

Sin hacer caso a su madre, Michelle se dirigió en cambio a su padre.

– Mírala, papá, ¿no te parece sangre?

Con una sonrisita jugueteando en torno a la boca, Cal se acercó a Michelle y examinó la mancha con más cuidado todavía que ella. Cuando se enderezó su rostro estaba serio.

– Indudablemente es sangre -anunció con solemnidad-. No cabe suponer otra cosa. -Luego no pudo contener su sonrisa-. Por supuesto, podría ser pintura o algún tipo de arcilla, o Dios sabe qué. Pero si quieres sangre, lo acepto.

– Esto es repugnante -dijo June, deseosa de descartar tal idea-. Es un cuarto hermoso, que será un magnífico estudio, y por favor, no insistan en decirme que aquí sucedieron cosas horribles. ¡No quiero creerlo!

Michelle se encogió de hombros, miró una vez más en torno y sacudió la cabeza.

– Te regalo este lugar… yo lo odio. ¿Está bien si bajo a la playa? -agregó, dirigiéndose ya hacia la puerta.

– ¿Qué hora es? -preguntó June, dubitativa.

– Todavía falta mucho para que oscurezca -le aseguró Cal-. Pero ten cuidado, princesa. No quiero que te caigas tu primer día aquí… necesito pacientes que paguen, no mi propia familia.

Cuando Michelle echó a andar hacia el sendero que la llevaría abajo, a la caleta, las palabras de su padre resonaban en su cabeza: "no quiero que te caigas". Pero ¿por qué iba a caerse? Nunca se había caído en su vida. Entonces comprendió. Era aquel muchacho. Su padre estaba pensando todavía en aquel muchacho. Pero eso no había sido culpa suya. Y aunque lo hubiera sido, no tenía nada que ver con ella. Muy contenta empezó a bajar por el sendero.

Cal aguardó a que Michelle se perdiera de vista; luego tomó a su esposa entre sus brazos y la besó. Un instante más tarde, cuando la soltó, June escudriñó su rostro con expresión intrigada.

– ¿A qué vino todo eso?

– A nada en particular y a todo en general -respondió Cal-. Simplemente estoy aquí, contento de estar casado contigo, contento de tener a Michelle por hija, y contento de tener a lo que sea que esté en camino -agregó, palmeando con afecto el vientre de June-. Pero ojalá fueras un poco más cuidadosa con lo que haces -agregó-. No dejemos que nada les suceda a ti ni a nuestro hijo.

– Me porto bien -contestó June-. Te comunico que, por decoro, no me metí en ese barril para apisonar la basura.

Cal lanzó un gemido.

– ¿Y crees que eso me hace feliz?

– Vamos, deja de preocuparte. Voy a estar muy bien y nuestro hijo también. A decir verdad, la única que me preocupa es Michelle.

– ¿Michelle?

June asintió con la cabeza.

– Me pregunto, nada más, cuánto la afectará nuestro hijo. Quiero decir que ha tenido toda nuestra atención durante tanto tiempo, ¿no crees que podría molestarle la competencia?

– A cualquier otra niña tal vez, supongo -reflexionó Cal-. Pero, a Michelle, no. Es la niña más repulsivamente equilibrada que conozco. Debe ser algo genético… Dios sabe que no puede ser el hogar que le hemos brindado.

– Oh, basta -protestó June con un matiz de seriedad oculto tras su tono burlón-. Eres demasiado duro contigo mismo. Siempre lo has sido. -Luego dejó de lado la burla y su voz se volvió apagada-. Sólo temo que ella pueda sentirse amenazada por un hijo natural. Te diré que no sería algo fuera de lo común.

Cal se sentó pesadamente en el taburete y cruzó los brazos sobre el pecho, en una actitud que June relacionaba con su modo de hablarle a un paciente.

– Vamos, escucha -dijo-, Michelle absorbe bien las cosas. Dios mío, tan solo mira cómo ha reaccionado

a nuestra mudanza aquí. Cualquier otra niña habría chillado como un demonio, habría amenazado con fugarse, habría hecho toda clase de cosas. Pero Michelle, no. Para ella es solo una nueva aventura.

– ¿Y entonces?

– Entonces, así será también con nuestro hijo. Solo un nuevo miembro de la familia para conocer, para jugar y disfrutar de él. Tiene precisamente la edad adecuada para convertirse en niñera. Si conozco a Michelle, ella se hará cargo de la parte materna y te dejará con tus cuadros.

June sonrió sintiéndose un poco mejor.

– Reservo el derecho de hacer de madre para mi propio hijo. Que Michelle espere hasta tener uno suyo. -De pronto sus ojos se posaron en la extraña mancha del suelo y arrugó el entrecejo-. ¿Qué crees que será? -preguntó a Cal cuando su mirada siguió la de ella.

– Sangre -respondió él alegremente-. Tal como dijo Michelle.

– Habla en serio, Cal -insistió June-. No es sangre y tú lo sabes.

– ¿Por qué te preocupa., entonces?

– Simplemente me gustaría saber qué es, así sabré qué usar para sacarlo -dijo June.

– Pues te diré qué -ofreció Cal-. Veré lo que puedo hacer con una espátula y luego probaremos con un poco de trementina. Lo más probable es que sea simplemente pintura, y la trementina la disolverá.

– ¿Tienes una espátula? -preguntó ansiosamente June.

– ¿Aquí conmigo? Imposible. Pero hay una entre las herramientas, si alguna vez la encuentro.

– Vamos a buscarla -dijo June con decisión.

– ¿Ahora?

– Ahora mismo.

Decidiendo que lo mejor era seguir la corriente a su esposa grávida, Cal siguió a June al interior de la casa. Estaba seguro de que June ante el revoltijo de cajas en la sala de recibo, abandonaría el intento, pero en cambio ella escudriñó el montículo con cara experta y de pronto señaló diciendo:

– Esta.

– ¿Cómo puedes saberlo? -inquirió Cal, perplejo El rótulo de la caja decía claramente: "Objetos varios".

– Confía en mí -dijo dulcemente June.

Cal arrastró la caja desde su sitio cerca de lo alto del montón y le arrancó la cinta adhesiva. Allí, debajo mismo de la tapa, estaba su caja de herramientas.

– ¡Increíble!

– Rotulado de precisión -contestó June, un poco socarronamente-. Ven.

Lo condujo de vuelta al estudio y se instaló en el taburete mientras Cal empezaba a descascarar la mancha ofensiva. Pocos minutos más tarde alzó la vista diciendo:

– No sé.

– ¿No quiere salir? -preguntó June.

– Ya saldrá, claro -replicó Cal-. Solo que no estoy seguro de lo que-es.

– ¿A qué te refieres?

Bajando del taburete, June se agachó junto a su marido. Lo que había sido el cuerpo de la mancha en el suelo, era ahora un montoncito de polvo pardusco disgregado y disperso en torno a los pies de ella. Tendió una mano y, vacilando, recogió un poquito, frotando el polvo entre los dedos, sintiendo su textura.

– ¿Qué es?

– Podría ser pintura -repuso él con lentitud-. Pero más parece sangre seca. Es posible que Michelle haya tenido razón, después de todo -agregó, mirando en los ojos a su esposa antes de incorporarse y ayudar a June a levantarse-. Sea lo que fuere, hace años y años que está allí. Por cierto que no tiene nada que ver con nosotros, y no llevará mucho tiempo sacar esa mancha. Cuando esté eliminada, podrás olvidar todo a su respecto.

Pero cuando salían del estudio, June se volvió y miró de nuevo el revoltijo pardusco en el suelo.

Deseaba estar tan segura como Cal de que iba a olvidar todo al respecto.

Michelle se detuvo en el sendero, tratando de calcular a qué altura estaba de la playa. Decenas de metros. Por un momento jugó con la idea de buscar otra ruta para bajar. No; al menos por el momento se atendría al sendero. Más tarde habría tiempo de sobra para abrirse paso trepando entre las rocas y malezas que se pegaban a la faz del risco.

El sendero era fácil de transitar, abierto en zig-zag, alisado por años de uso. En algunos lugares se estrechaba donde las tormentas invernales lo habían carcomido. En el pasto había algunas piedras que Michelle arrojaba por sobre el borde con el pie, y luego observaba mientras reunían ímpetu en su caída hasta la playa de abajo, desapareciendo de su línea de visión antes de que ella las oyese llegar al fondo con estruendo.

El sendero terminaba muy cerca de la línea de marea alta, pero esta tarde la marea estaba lejos, y una rocosa extensión de playa, irregularmente interrumpida por una serie de bajos afloramientos de granito, se abría ante ella, curvándose hacia afuera en ambas direcciones, rumbo a los brazos del Paso del Diablo. El agua, atrapada en la ceñida caleta, borboteaba y remolineaba; su corriente giratoria deformaba la superficie con diseños enfurecidos, que hasta para los ojos inexpertos de Michelle parecían peligrosos. Empezó a andar hacia el norte, empeñada en descubrir si sería posible seguir la playa todo el trecho hasta el pie de Paradise Point. Sería un modo sensacional de ir a la escuela… bordear la playa, luego subir el risco y atravesar la aldea. ¡Mucho más agradable que tomar el colmado autobús hasta Harrison, en Boston!

Había recorrido tal vez medio kilómetro cuando advirtió que no estaba sola en la playa. Alguien se hallaba agazapado sobre un charco de marea, tan absorto que no notaba su presencia. La niña se acercó a esa figura cautelosamente, sin saber bien si debía hablar, seguir de largo, o tal vez inclusive dar la vuelta. Pero antes de que pudiera decidirse, aquella persona alzó la vista, la vio y la saludó con un ademán.

– ¡Hola!

La voz parecía amistosa, y cuando se incorporó, Michelle vio que era un muchacho, más o menos de su misma edad, con cabello oscuro rizado, ojos asombrosamente azules y amplia sonrisa. Tímidamente respondió a su saludo y gritó un "Hola"

El muchacho fue hacia ella brincando entre las rocas.

– ¿Eres la muchacha que se mudó a la casa de los Carson? -preguntó.

Michelle asintió con la cabeza.

– Aunque ahora es nuestra casa -le corrigió-. Se la compramos al doctor Carson.

– Ah -exclamó el muchacho-. Yo soy Jeff Benson. Vivo allá arriba. -Señaló vagamente hacia el risco y los ojos de Michelle siguieron su ademán aunque no se veía nada-. Desde aquí no se ve nuestra casa -explicó él-. Está demasiado lejos del acantilado. Mamá dice que el risco caerá al mar tarde o temprano de todos modos, pero yo no lo creo. ¿Cómo te llamas?

– Michelle.

– ¿Cómo te llama la gente? -insistió Jeff. Michelle arrugó el entrecejo, desconcertada.

– Michelle -repitió-. ¿De qué otro modo iban a llamarme?

Jeff se encogió de hombros.

– No sé. Simplemente parece un nombre algo fantasioso, nada más. Suena como si pudieras ser de Boston.

– Lo soy -replicó Michelle.

Jeff la contempló un momento con curiosidad; luego volvió a encogerse de hombros, dejando de lado el asunto.

– ¿Bajaste a ver los charcos de marea?

– Solo bajé a mirar por aquí -repuso la niña-. ¿Qué hay en ellos?

– Toda clase de cosas -le dijo Jeff con entusiasmo-. Y ahora la marea está lejos, así que se puede llegar a los mejores. ¿Nunca viste antes un charco de marea?

– Solamente los de la caleta -respondió Michelle, sacudiendo la cabeza-. Solíamos ir allí a merendar.

– Esos no sirven -se burló Jeff-. Hace mucho que se sacó de ellos todo lo bueno, pero aquí no viene casi nadie. Ven… te mostraré.

Comenzó a guiar a Michelle por sobre las rocas, deteniéndose cada pocos minutos para esperar a que ella lo alcanzara.

– Deberías ponerte zapatos de tenis -sugirió-. No resbalan tanto en las rocas.

– No sabía que iba a ser tan resbaladizo -dijo Michelle, sintiéndose torpe de pronto, aunque sin saber bien por qué.

Un momento más tarde llegaban a la orilla de un gran charco y Jeff se arrodillaba junto a él. Michelle se puso en cuclillas a su lado y fijó la vista en las poco profundas aguas.

El charco se extendía ante ella, claro e inmóvil. Michelle se dio cuenta de que era como mirar otro mundo a través de una ventana. En el fondo bullían extraños seres: estrellas y erizos, anémonas que ondulaban suavemente en la corriente y cangrejos ermitaños que correteaban de un lado a otro con sus viviendas adoptadas. Siguiendo un impulso, Michelle introdujo la mano en el agua y sacó uno.

Con su diminuta pinza, el cangrejo le pellizcó ineficazmente el dedo; luego se refugió en su caparazón, de donde solo asomaba, vacilante, un bigote.

– Pon la mano bien chata y dalo vuelta para que no pueda verte -le indicó Jeff-. Luego espera no más; en dos o tres minutos saldrá.

Michelle siguió sus instrucciones. Un instante más tarde el animalito empezó a salir de su caparazón, las patitas primero.

– Me hace cosquillas -dijo Michelle cerrando involuntariamente el puño. Cuando lo volvió a abrir, el cangrejo se había retirado de nuevo.

– Échalo en una de esas anémonas marinas -le dijo Jeff.

Obedeciendo, Michelle vio que el extraño animal, semejante a una planta, apretaba sus tentáculos en torno al aterrado cangrejo. Un momento más tarde la anémona estaba cerrada y el pequeño cangrejo había desaparecido.

– ¿Qué le sucederá? -inquirió Michelle.

– La anémona se lo comerá, después se abrirá y soltará la caparazón -explicó Jeff.

– ¿Quieres decir que yo lo maté? -preguntó Michelle, consternada al pensarlo.

– De todos modos, algo se lo habría comido -respondió Jeff-. Mientras no te lleves nada ni pongas algo que no debiera estar aquí, no haces ningún daño en realidad.

Aunque Michelle jamás había pensado antes en tal cosa, las palabras de Jeff le resultaron lógicas. Algunas cosas corresponden a un lugar; otras no. Y hay que tener cuidado en cuanto a qué se pone con qué. Sí, era lógico.

Juntos, ambos niños comenzaron a pasearse en torno al charco, examinando el extraño mundo subacuático. Jeff arrancó de las rocas una estrella de mar y mostró a Michelle las miles de ventosas succionadoras que formaban sus patas, y la peculiar boca pentagonal que tenía en medio del estómago.

– ¿Cómo es que sabes tanto sobre esto? -le preguntó finalmente Michelle.

– Crecí acá -repuso Jeff. Vaciló un momento; luego continuó-: Además, algún día quiero ser biólogo marino. Y tú, ¿qué quieres ser?

– No lo sé -replicó Michelle-. Nunca pensé en eso.

– Tu papá es médico, ¿verdad? -preguntó Jeff.

– ¿Cómo lo sabías?

– Todos lo saben -repuso afablemente Jeff-. Paradise Point es un pueblo pequeño. Todos se conocen.

– Vaya, en Boston no era así, por cierto -respondió Michelle-. Nadie conocía a nadie. Lo odiábamos.

– ¿Por eso se mudaron aquí?

– Supongo -dijo Michelle con lentitud-. Por lo menos, esa fue parte de la razón. -De pronto quiso cambiar de tema-, ¿Alguien fue asesinado en nuestra casa?

Jeff la miró sobresaltado, como si no la hubiera oído bien. Luego, casi con demasiada rapidez, se levantó y sacudió la cabeza diciendo:

– Que yo sepa, no. -Se volvió y emprendió el regreso a través de la pedregosa playa. Como Michelle no dio señales de seguirlo, la llamó-: ¡Ven! Está subiendo la marea. ¡Ya se pone peligroso!

Al incorporarse Michelle, una rara sensación la dominó. Se sintió repentinamente mareada y su visión pareció esfumarse. Fue como si una densa niebla se posara sobre ella. Rápidamente se arrodilló otra vez.

Adelante, Jeff se volvió y la miró extrañado.

– ¿Te sientes bien? -le gritó.

Después de asentir con la cabeza, Michelle se incorporó de nuevo, esta vez con mayor lentitud.

– Creo que me levanté demasiado rápido. Me mateé y me pareció que oscurecía.

– Pues pronto oscurecerá -dijo Jeff-. Más vale que volvamos arriba.

Se encaminó hacia el norte y Michelle le preguntó adonde iba.

– A casa -replicó él-. Hay un sendero que lleva a nuestra casa, tal como a la de ustedes.

Tras una pausa, le preguntó si quería ir con él.

– Será mejor que no -replicó la niña-. Dije a mis padres que no estaría mucho tiempo ausente.

– Bueno, hasta pronto -dijo Jeff.

– Hasta pronto -repitió Michelle.

Apartándose de Jeff, echó a andar por la playa. Cuando llegó al pie del sendero que la llevaría a su casa, se detuvo y miró atrás, en la dirección por donde había venido. Ya no se veía a Jeff Benson. La playa estaba desierta y la niebla se estaba asentando.

CAPITULO 3

– La semana que viene modificaremos la despensa.

En la voz de June, un tono decidido reveló a Cal Pendleton que su período de gracia había concluido. Y sin embargo, durante las dos semanas transcurridas desde que estaba en esa casa, había llegado a quererla tal como era, y se encontraba cada vez menos dispuesto a cambiarla en nada. Había llegado inclusive a apreciar el cavernoso comedor, aunque la enorme mesa tenía algo de impersonal que impulsaba a la pequeña familia a congregarse en la punta más cercana a la puerta de la cocina. Al parecer, el tamaño de la habitación no afectaba en nada a Michelle. En efecto, mientras su madre hablaba, ella miraba en torno apreciativamente.

– Me gusta -declaró-. Simulo que estamos en la sala de un castillo y que los criados vienen a atendernos.

– Cualquier día -exclamó Cal-. Al paso que vamos, tendré que empezar a buscarte empleo afuera como criada. -Hizo un guiño a su hija, que se lo devolvió.

– Las cosas mejorarán -afirmó June, aunque su voz tensa desmentía las palabras optimistas-. No puedes esperar que todos los habitantes del pueblo empiecen a venir a consultarte. Al menos mientras Carson siga estando aquí -agregó con amargura, dejando su tenedor y enfrentando a su marido-. Ojalá abandonara todo y se marchara. ¿Cuánto tardará en entregarte toda la clientela?

– Mucho tiempo, espero -replicó Cal. Después, interpretando la expresión de June, procuró tranquilizarla-. No te pongas así… Ya no está cobrando nada. Dice que ahora soy dueño de la clientela y él está oficialmente retirado. Dice que sólo quiere mantenerse en forma. Y gracias a Dios. Sin él, es probable que ya me hubieran echado del pueblo.

– Oh, vamos… -protestó June, pero Cal levantó una mano para interrumpirla.

– Es cierto. Debiste haberme visto ayer. Entró la señora Parsons y yo, siendo médico, me disponía ya a examinarla. Si Josiah no me lo hubiera impedido, la habría hecho ponerse una túnica enseguida. Pero parece que ella no quería que la examinara… lo único que deseaba era tener una breve "charla". Josiah la escuchó, cloqueó comprensivamente y le dijo que si sus síntomas persistían él la examinaría la semana que viene.

– ¿Qué le pasaba? -preguntó Michelle.

– Nada. Resulta que su pasatiempo es leer sobre diversos achaques, y le gusta hablar de ellos, pero como no le parece correcto ir al consultorio solamente para hablar, afirma tener los síntomas.

– Se diría que es una hipocondríaca -comentó June.

– Eso pensé yo también, pero Josiah dice que no. No es que realmente sienta los síntomas. Tan solo dice sentirlos. Además -continuó Cal-, parece que la señora Parsons habla no solamente de sus síntomas, sino también de los de otras personas. Dice Josiah que en el pueblo hay por lo menos tres personas que hoy están vivas solamente porque la señora Parsons le contó a él cosas que ellos mismos no querían decirle.

– ¿Qué hace él entonces? -interrumpió Michelle-. ¿Sale y las arrastra al consultorio?

– Exactamente, no -dijo Cal, riendo entre dientes-. Pero sí va a visitarlas y las revisa. Evidentemente la señora Parsons tiene un ojo especialmente bueno para ataques cardíacos potenciales.

– Eso no suena muy profesional -murmuró June.

Cal se encogió de hombros.

– Hasta hace una semana habría estado de acuerdo contigo. Pero ya no estoy tan seguro. -Levantando su copa, sorbió el Chablis; luego continuó hablando-. Me he estado preguntando cuántas personas estarían todavía vivas si hubiésemos tenido una señora Parsons en la Clínica General de Boston, donde teníamos tiempo solamente para curar enfermedades específicas. Josiah dice que hay muchas cosas sobre las cuales las personas no se quejan… en cambio se mueren, simplemente, pensando que las cosas mejorarán.

– Esto es siniestro -dijo Michelle estremeciéndose.

– Lo sé -admitió Cal-. Pero no sucede con tanta frecuencia aquí, porque Josiah ha tenido siempre tiempo para llegar a conocer a sus pacientes y averiguar qué les pasa antes de que eso llegue demasiado lejos. Es un buen creyente en la medicina preventiva.

– ¿Acaso es un médico brujo? -inquirió June. Aunque trató de que el tono fuese ligero, se estaba

cansando de las alabanzas de Cal para el otro médico, más viejo. "¡Josiah dice!". Cal parecía estar pendiente de cada palabra que Carson emitía. En ese momento sin hacer caso de la pregunta de June se volvió hacia Michelle, pero antes de que pudiera continuar sonó la campanilla de la puerta. Agradecida por la ocasión de poner fin a la conversación de Josiah Carson, June se incorporó con rapidez para acudir al llamado. Pero cuando abrió la puerta principal, vio enmarcada en el portal la figura alta y delgada de Josiah Carson, cuya melena casi blanca brillaba en la creciente oscuridad del atardecer. June se sintió lanzar una leve exclamación ahogada; luego se recobró con rapidez.

– Vaya, hablando del diablo…

Carson sonrió apenas.

– Espero no interrumpir su cena. Me temo que sea realmente urgente. -Y entrando en el vestíbulo, cerró la puerta detrás de sí.

Antes de que June pudiese contestar nada, apareció Cal en la sala.

– ¡Josiah! ¿Qué hace usted por aquí?

– Voy a una visita domiciliaria. Habría telefoneado pero estaba ya en el automóvil antes de pensar en usted. ¿Quiere venir conmigo?

– Deduzco que no es una emergencia -observó June.

– Bueno, por cierto que no es nada que requiera una ambulancia. A decir verdad dudo de que sea gran cosa. Se trata de Sally Carstairs. Se queja de dolor en un brazo y su madre me pidió que la viera. Y entonces se me ocurrió algo -hizo una pausa mirando hacia el comedor-. ¿Está aquí Michelle?

La voz de Cal delató su curiosidad al repetir el nombre de su hija.

– ¿Michelle?

– Sally Carstairs tiene la misma edad que Michelle, y se me ocurrió que su hija podría beneficiarla más que usted o yo. Con frecuencia, conocer una nueva amiga hace que un niño olvide el dolor.

Entre los dos médicos pasó una mirada que casi se le escapó a June. Fue como si Carson hubiese hecho una pregunta a su marido y Cal hubiese contestado. Sin embargo hubo algo más, una silenciosa comunicación entre ambos que inquietó a June. Y entonces Michelle apareció en el vestíbulo y de pronto quedó todo resuelto.

– ¿Quieres ir en una visita a domicilio? -oyó June que Carson preguntaba a su hija.

– ¿De veras? -Michelle miró a su madre, luego se volvió hacia su padre con los ojos resplandecientes.

– Según parece, el doctor Carson cree que podrías ser terapéutica para una de nuestras pacientes.

– ¿Quién? -preguntó ansiosamente Michelle.

– Sally Carstairs. Tiene más o menos tu misma edad y le duele un brazo. El doctor Carson quiere usarte como analgésico.

Michelle miró a su madre como pidiendo permiso. Pero June vaciló un momento.

– ¿No está enferma?

– ¿Sally? -dijo Carson-. Dios santo, no. Solamente le duele el brazo, pero si usted quiere que Michelle se quede aquí…

– No… llévenla, por supuesto. Es hora de que conozca a una niña de su misma edad. En las dos últimas semanas, la única persona a quien ha visto es Jeff Benson.

– Que es un muchacho muy correcto -señaló Cal.

– No dije que no lo fuera, pero una muchacha necesita también amigas.

Michelle se dirigió a la escalera.

– Enseguida vuelvo.

Desapareció escaleras arriba y un momento más tarde reapareció con su cartapacio verde bajo el brazo.

– ¿Qué es eso? -preguntó Josiah Carson.

– Una muñeca -explicó Michelle-. La encontré arriba, en mi ropero. Pensé que tal vez a Sally le guste verla.

– ¿Aquí? -preguntó Carson-. ¿La encontraste aquí?

– Sí. Es realmente vieja.

– De pronto la cara de Michelle se nubló, y preocupada miró a Carson-. Supongo que pertenecerá a su familia, ¿verdad?

– Pues no lo sé -replicó Carson-. ¿Por qué no me dejas verla?

Michelle abrió el cartapacio y sacando la muñeca, la ofreció a Carson, quien la miró, pero no la tomó.

– Interesante -comentó-. Tal vez haya pertenecido a algún miembro de la familia, pero es la primera vez que la veo.

– Si la quiere, se la doy -dijo Michelle, con evidente expresión de desilusión.

– ¿Y qué podría hacer yo con ella? -replicó Carson -. Guárdatela y disfruta de ella. Y mantenla en casa.

June miró bruscamente al anciano doctor.

– ¿Que la mantenga en casa? -repitió.

Estaba segura de que Carson vaciló, pero cuando éste habló, su tono fue ingenuo.

– Es una hermosa muñeca, y evidentemente una antigüedad. No creo que Michelle quiera que le ocurra nada, ¿verdad?

– Se apenaría mucho -admitió Cal-. Llévala de vuelta a tu cuarto, linda, y entonces partiremos. Josiah, ¿lo seguimos?

– Perfecto. Aguardaré en mi automóvil.

Se despidió de June y luego dejó solos a los Pendleton. Cal abrazó rápidamente a June.

– Ahora, no hagas nada indebido. No quiero estar toda la noche levantado, contigo de parto.

– No te preocupes, lavaré los platos y luego me iré a la cama con un buen libro -respondió June, mientras Cal iba hacia la puerta y Michelle bajaba de nuevo las escaleras.

– Tengan cuidado -agregó de pronto y Cal se volvió.

– ¿Que tengamos cuidado? ¿Qué podría ocurrir?

– No sé -replicó June -. Nada, supongo. Pero de todos modos tengan cuidado, ¿de acuerdo?

Esperó junto a la puerta abierta hasta que ellos se marcharon; luego comenzó a despejar lentamente la mesa. Cuando terminó, ya sabía qué la estaba importunando.

Era Josiah Carson.

A June Pendleton simplemente no le agradaba él, pero aún no sabía con certeza por qué.

Josiah Carson conducía con rapidez, tan familiarizado con las calles de Paradise Point que no necesitaba concentrarse en la ruta. En cambio, se preguntaba qué iba a ocurrir cuando Cal Pendleton tuviera que examinar a Sally Carstairs. Sabía que Cal venía evitando a los niños desde aquel día en Boston, la primavera anterior. Pero esa noche, Josiah iba a averiguar cuan deteriorado estaba Cal Pendleton. ¿Se dejaría llevar por el pánico? ¿Lo paralizarían los recuerdos de lo sucedido en Boston? ¿O habría recobrado su confianza? Josiah lo sabría pronto. Se detuvo frente a la casa de los Carstairs y esperó a que Cal se detuviera detrás de él.

Encontraron a Fred y Bertha Carstairs, una pareja de poco más de cuarenta años y aspecto próspero, nerviosamente sentados junto a la mesa de su cocina. Carson hizo las presentaciones; luego se frotó las manos con vivacidad.

– Bueno, empecemos -dijo-. Michelle, ¿por qué no haces compañía a la señora Carstairs aquí en la cocina, por si acaso tenemos que cortarle el brazo a Sally?

Y sin esperar respuesta se volvió, conduciendo a Cal hacia un dormitorio situado en los fondos de la casa.

Sally Carstairs estaba sentada en su cama, con un libro en precario equilibrio en el regazo y el brazo derecho flojamente extendido al costado. Cuando vio a Josiah Carson, sonrió débilmente.

– Me siento muy tonta -empezó.

– Estabas tonta el día en que te traje al mundo -respondió Carson, impertérrito-, ¿por qué iba a ser distinto hoy?

Sin hacer caso de sus bromas Sally se volvió hacia Cal.

– ¿Es usted el doctor Pendleton?

Cal asintió con la cabeza, sin poder hablar momentáneamente. Su visión pareció nublarse, y en la cama el rostro dé Sally Carstairs fue reemplazado de pronto por otro… el rostro de un niño de la misma edad, también en cama, también dolorido. Cal sintió que el estómago le daba vueltas, y los inicios del espanto brotaron en su interior. Pero se defendió de él obligándose a guardar calma, mientras procuraba concentrarse en la niña acostada.

– Tal vez usted pueda enseñar a tío Joe a ser médico -estaba diciendo ella-. Y luego obligarlo a jubilarse.

– Ya te jubilaré yo, jovencita -rió Carson-. Ahora dime, ¿qué pasó?

Sally dejó de sonreír y se mostró pensativa.

– No estoy segura. Tropecé en el patio y me pareció que golpeaba el brazo en una piedra… -empezó.

– Pues veámoslo -dijo Carson tomando suavemente el brazo de Sally con sus grandes manos. Enrolló la manga de la niña y escudriñó con cuidado su brazo. No había rastros de contusión-. No debe de haber sido una piedra muy grande -comentó.

– Por eso me siento tonta -dijo Sally-. No había ninguna piedra. Yo estaba en el prado.

Carson se apartó y Cal Pendleton se inclinó para examinar el brazo. Hurgó con vacilación, sintiendo los ojos de Carson que lo observaban.

– ¿Te duele aquí? Sally asintió con la cabeza.

– ¿Y aquí, qué me dices?

Una vez más, Sally asintió. Cal continuó hurgando. Todo el brazo de Sally desde el codo hasta el hombro, estaba dolorido al tocarlo él. Finalmente se enderezó y se obligó a mirar a Carson.

– Podría ser una tercedura -dijo con lentitud.

Carson elevó las cejas, sin comprometer opinión. Luego volvió a bajar cuidadosamente la manga de Sally.

– ¿Te duele mucho? -preguntó. Sally lo miró enfurruñada.

– Pues no me voy a morir -dijo-. Pero no puedo hacer nada, tampoco.,

Carson le sonrió, apretándole la mano sana.

– Te diré qué haremos. El doctor Pendleton y yo hablaremos un rato con tus padres, y para ti trajimos una sorpresa.

De pronto Sally se mostró ansiosa.

– ¿De veras? ¿Qué es?

– No qué… sino quién. Parece que el doctor Pendleton trajo consigo a su ayudante, y resulta ser de tu misma edad.

Y acercándose a la puerta del dormitorio, llamó a Michelle. Un instante más tarde Michelle entraba en la habitación, vacilante. Al entrar se detuvo y miró tímidamente a Cal. Su padre presentó a las dos niñas; luego los adultos las dejaron solas para que trabaran conocimiento.

– Hola -dijo Michelle algo indecisa.

– Hola -replicó Sally. Hubo un silencio, y luego: – Puedes sentarte en la cama si quieres.

Michelle se apartó de la puerta, pero antes de llegar a la cama se detuvo de pronto, con los ojos fijos en la ventana.

– ¿Qué pasa? -preguntó Sally.

Michelle sacudió la cabeza.

– No sé. Me pareció ver algo.

– ¿Afuera?

– Aja.

Sally trató de darse vuelta en la cama pero el dolor se lo impidió.

– ¿Qué era?

– No sé -respondió Michelle. Luego se encogió de hombros-. Fue como una sombra.

– Ah, eso es el olmo. Me asusta a cada rato.

Sally palmeó la cama y Michelle se instaló cautelosamente a los pies. Pero sus ojos permanecieron fijos en la ventana.

– Debes de parecerte a tu madre -dijo Sally.

– ¿Eh? -Sorprendida por la observación, Michelle apartó finalmente la mirada de la ventana y encontró los ojos de Sally.

– Dije que debes de parecerte a tu madre. Por cierto que no te pareces a tu padre.

– Tampoco me parezco a mamá. Soy adoptada.

– ¿De veras? -exclamó Sally boquiabierta. En su voz hubo un tono de respetuoso asombro que casi hizo reír a Michelle.

– Bueno, no es gran cosa.

– Creo que sí -dijo Sally-. Me parece sensacional.

– ¿Por qué?

– Bueno, quiero decir, podrías ser cualquiera, ¿verdad? ¿Quiénes crees que fueron tus verdaderos padres?

Era una conversación que Michelle había tenido antes con sus amigos en Boston y jamás había podido comprender el interés de ellos por el tema. Por cuanto a ella se refería, sus padres eran los Pendleton y nada más. Pero en vez de tratar de explicar todo esto a Sally cambió de tema.

– ¿Qué le pasa a tu brazo?

Sally, fácilmente distraída del tema de los ancestros de Michelle, giró los ojos hacia arriba en una expresión de disgusto.

– Tropecé y me lo torcí o algo así, y ahora todos están alborotando mucho por eso.

– Pero ¿no te duele? -preguntó Michelle.

– Un poquito -admitió Sally sin querer demostrar su dolor-. ¿Realmente eres ayudante de tu padre?

Michelle sacudió la cabeza.

– El doctor Carson le pidió que me trajera -sonrió-. Me alegro de que lo haya hecho.

– También yo -admitió Sally-. El tío Joe es sensacional en eso.

– ¿Es tu tío?

– En realidad, no. Pero todos los chicos lo llaman tío Joe. El ayudó a traernos al mundo a casi todos. -Tras una pausa Sally miró tímidamente a Michelle.- ¿Podría ir alguna vez a tu casa?

– Claro. ¿Nunca estuviste en ella?

Sally sacudió la cabeza.

– Tío Joe nunca recibió a nadie allí. Realmente era muy misterioso con respecto a esa casa… decía siempre que la iba a demoler, pero nunca lo hizo. Y luego, después de lo sucedido la primavera pasada, todos estaban seguros de que la demolería. Pero supongo que sabes todo sobre eso, ¿o no?

– ¿Saber sobre qué? -preguntó Michelle.

Los ojos de Sally se dilataron.

– ¿Quieres decir que nadie te habló de Alan Hanley? Alan Hanley. Así se llamaba aquel muchacho en el hospital de Boston.

– ¿Qué pasa con él?

– Tío Joe le pagó para que hiciese algo en el techo… arreglar unas tejas o algo así, creo. Y él se cayó. Lo llevaron a Boston, pero igual se murió.

– Ya sé -respondió lentamente Michelle. Luego agregó:- ¿Ese muchacho, se cayó de nuestra casa?

Sally asintió con un movimiento de cabeza.

– Nadie me lo dijo -murmuró Michelle.

– Nadie dice nunca nada a los niños -comentó Sally-. Pero igual nos enteramos siempre. -Se encogió de hombros dejando de lado la cuestión, ansiosa por volver al tema de la casa de los Pendleton.- ¿Cómo es por dentro?

Michelle se esmeró por describir la casa a Sally, que la escuchaba fascinada. Cuando Michelle terminó, Sally se reclinó en su almohada, suspirando.

– Parece como si fuera tal como siempre pensé que sería. Creo que es la casa más romántica que he visto en mi vida.

– Lo sé -admitió Michelle-. Me gusta hacer de cuenta que es solamente mi casa, y que vivo allí sola y… y…

Su voz se apagó, y Michelle se ruborizó, turbada.

– ¿Y qué? -la apremió Sally-. ¿Tienes acaso… amoríos?

Michelle asintió con la cabeza, avergonzada.

– ¿No te parece terrible? ¿Imaginarse cosas así?

– No sé, yo hago lo mismo.

– ¿De veras? ¿Cómo es el muchacho cuando lo imaginas?

– Es Jeff Benson -respondió Sally-. Vive cerca de tu casa.

– Ya sé -dijo Michelle-. Lo conocí el día en que nos mudamos aquí, en la playa. Es realmente simpático, ¿verdad? -De pronto se le ocurrió una idea:- ¿Es tu novio?

Sally sacudió la cabeza.

– Me gusta, pero creo que es el novio de Susan Peterson. Por lo menos eso dice ella.

– ¿Quién es Susan Peterson?

– Una de las chicas de la escuela. En realidad es un poco altanera, se cree algo especial. -Sally hizo una pausa, luego agregó:- Oye, tengo una idea sensacional…

Su voz descendió hasta convertirse en un susurro y Michelle se acercó para oír lo que le decía Sally. Las dos comenzaron a reír entre dientes mientras cada una agregaba detalles al plan de Sally. Cuando media hora más tarde Bertha Carstairs entró en la habitación, las niñas cambiaron una mirada conspirativa.

– ¿Se están portando bien las dos? -preguntó Bertha.

– Estamos hablando, nada más, mamá -repuso Sally con exagerada inocencia.- ¿Está bien si voy mañana a casa de Michelle?

Bertha miró a su hija, dubitativa.

– Bueno, eso depende de cómo esté tu brazo. El doctor cree posible que te lo hayas torcido.

– Por la mañana estaré bien -la interrumpió Sally-. No duele tanto. De veras que no.

En su voz había un tono implorante que Bertha Carstairs optó por ignorar.

– No fue eso lo que dijiste cuando me hiciste llamar al doctor, que estaba cenando -dijo con severidad.

– Pues ya está mejor -anunció Sally.

– Ya veremos cómo está por la mañana -replicó la señora Carstairs antes de volverse hacia Michelle-. Dice tu papá que ya es hora de irse a casa.

Michelle se levantó de la cama, se despidió de Sally y se dirigió a la cocina en busca de su padre.

– ¿Fue linda la visita? Michelle asintió con la cabeza.

– Si mañana está mejor, Sally irá a nuestra casa.

– Magnífico -replicó Cal, antes de volverse hacia Carson-. ¿Nos veremos por la mañana?

El anciano doctor asintió con la cabeza; un momento más tarde Cal y Michelle se despedían de los Carstairs. Pero cuando abrían la portezuela del automóvil, Cal tuvo una sensación peculiar y volvió a mirar hacia la puerta principal de los Carstairs. Allí, como una oscura sombra contra las luces de adentro, se alzaba la alta figura de Josiah Carson. Aunque no podía ver en la oscuridad los ojos del anciano, Cal supo que estaban fijos en él. Podía sentirlos penetrar en él, examinándolo. Presa de un repentino escalofrío, entró en el automóvil con rapidez y cerró con fuerza la portezuela. Puso el motor en marcha. Luego, impulsivamente, se estiró y palmeó una pierna a Michelle.

– No te desilusiones demasiado si Sally no viene mañana, princesa -dijo con suavidad.

– ¿Por qué? -preguntó Michelle con cara llena de preocupación-. ¿Realmente le pasa algo malo?

– No lo sé -replicó Cal-. Ninguno de nosotros pudo hallar nada particularmente mal.

– Puede que se lo haya torcido, como dijiste tú -sugirió Michelle.

– Eso dañaría el codo o el hombro, según cuál se hubiera torcido. Pero el dolor parece estar entre las articulaciones, no en ellas.

– ¿Qué van a hacer?

– Esperar hasta la mañana -repuso Cal-. Si no mejora mucho, cosa que no creo, le haremos algunas radiografías. Me temo que podría haber una fractura muy fina.

Aceleró el motor y partió. Michelle se dio vuelta para contemplar la casa.

Algo atrajo su mirada… un movimiento, o una sombra, muy cerca de la casa. Tuvo una sensación… la misma sensación que había tenido antes en el cuarto de Sally. La sensación de que alguien estaba allí. Nada que ella pudiera ver ni oír, pero algo que podía intuir. Y no era, de eso estaba segura, ningún olmo.

– ¡Papá! ¡Deten el automóvil!

De modo reflejo, el pie de Cal se movió hacia el freno. El auto se detuvo con rapidez.

– ¿Qué ocurre?

Michelle seguía con la vista fija en la casa de los Carstairs. Los ojos de Cal Pendleton siguieron a los de su hija. En la oscuridad no pudieron ver nada.

– ¿Qué pasa? -volvió a preguntar.

– No estoy segura -dijo Michelle-. Me pareció ver algo.

– ¿Qué cosa?

– No lo sé -repuso Michelle, vacilante-. Me pareció que había alguien allí…

– ¿Dónde?

– En la ventana. En la ventana de Sally. Por lo menos creo que era la ventana de Sally.

Cal Pendleton arrimó el automóvil y detuvo el motor.

– Quédate aquí. Iré a mirar -bajó del coche, cerró la portezuela y empezó a recorrer los pocos pasos que lo separaban de la casa; luego volvió al automóvil-. Princesa… cierra bien la portezuela ¿quieres? y quédate en el coche.

Michelle lo miró con disgusto.

– Oh, papá, por amor de Dios, esto es Paradise Point, no Boston.

– Pero creíste ver algo.

– Está bien -dijo Michelle a regañadientes. Estirándose, trabó la portezuela del lado del conductor, luego la suya.

Cal dio unos golpecitos en el vidrio, señalando la portezuela de atrás. Haciéndole una mueca, Michelle se estiró sobre el asiento y oprimió los botones que trababan las portezuelas del auto. Sólo entonces, Cal fue a investigar el patio de los Carstairs.

Pocos segundos más tarde regresaba; Michelle, obediente, le abrió la portezuela.

– ¿Qué era?

– Nada. Debe de haber sido una sombra.

Otra vez puso en marcha el auto e inició el trayecto de regreso. Michelle iba sentada junto a él, silenciosa.

Finalmente preguntó a su hija, si le pasaba algo.

– En realidad, no -repuso Michelle-. Solo pensaba en Sally… realmente quiero que venga mañana a casa.

– Bueno, como te dije, no cuentes con eso, princesa -respondió Cal, mientras de nuevo palmeaba cariñosamente a su hija-. ¿Te gusta este sitio, verdad? -preguntó.

– Me encanta -respondió suavemente Michelle.

Se acurrucó junto a su padre olvidando rápidamente la extraña :sombra que había visto junto a la ventana de Sally.

"Y a mí también me gusta esto", se dijo Cal Pendleton en silencio. "Me gusta muchísimo". La visita domiciliaria había salido muy bien. El no había hecho gran cosa, pero al menos no había cometido ningún error. Y eso, reflexionó, era un paso en la dirección correcta.

A la mañana siguiente, Sally Carstairs se presentó en la puerta de calle de los Pendleton. Explicó que el dolor de su brazo había desaparecido totalmente de la noche a la mañana, pero Cal le revisó igual el brazo y la interrogó cuidadosamente.

– ¿No te duele nada?

– Está muy bien, doctor Pendleton -insistió Sally-. Realmente lo está.

– Bueno -suspiró Cal, cediendo a regañadientes-. Anda entonces, y que se diviertan.

Cuando Sally abandonó el salón de adelante, Cal se rascó la cabeza y luego fue hacia el teléfono.

– ¿Josiah? ¿Habló usted con Bertha Carstairs esta mañana?

– No, en este momento iba a llamarla.

– No se moleste -dijo Cal-. Sally se encuentra aquí, y está muy bien. El dolor ha desaparecido totalmente.

– Vaya, excelente -replicó Josiah Carson.

– Pero no tiene sentido -dijo Cal-. Si era una contusión, o una tercedura o una fractura, le seguiría doliendo. Simplemente no tiene sentido.

Hubo un largo silencio en la otra punta. Por un momento, Cal no supo con seguridad si Josiah Carson seguía estando allí. Después el anciano doctor habló.

– A veces las cosas no tienen sentido, Cal -dijo con voz queda-. Eso es algo que usted tendrá que aceptar. A veces las cosas simplemente no tienen sentido.

CAPÍTULO 4

Michelle devoraba con los ojos todos los detalles de la escuela de Paradise Point, mientras esperaba la llegada de Sally Carstairs. No se parecía en nada a Harrison… absolutamente en nada. No había rastros, como en Harrison, de pintura sucia, ni inscripciones insultantes en los pasillos; y los recipientes de basura, espaciados en orden a todo el largo del corrredor, no estaban encadenados a las paredes; en cambio, Michelle se encontró en un corredor brillantemente iluminado, pintado de un blanco inmaculado con rebordes verdes, colmado de niños que parloteaban felices… niños que parecían ansiosos de comenzar un nuevo año escolar. Entre el gentío buscó el rostro conocido de Sally, y al divisarla, la saludó con un ademán. Sally respondió al saludo, luego hizo señas a Michelle.

– Ven aquí -la llamó Sally-. ¡Estamos en el aula de la señorita Hatcher!

Michelle sintió ojos curiosos que la observaban al dirigirse hacia Sally, pero al encontrar las miradas de uno o dos de sus nuevos condiscípulos vio solamente amistad en sus rostros… nada de la desconfiada hostilidad que flotaba como una negra nube sobre la antigua escuela de Boston. Cuando llegó junto a Sally, Michelle ya estaba segura de que todo iba a salir muy bien.

– Ahora, ¿recuerdas a Jeff? -preguntó Sally; Michelle asintió con la cabeza-. Bueno, entremos. Jeff ya está aquí, pero no he visto a Susan… siempre llega tarde.

Iba a entrar en el aula, pero Michelle la detuvo.

– ¿Cómo es la señorita Hatcher?

Sally la miró, luego sonrió al ver la súbita expresión de incertidumbre en el rostro de Michelle.

– Es sensacional. Trata de fingir que es una maestra solterona, pero tiene novio y todo. Y nos deja sentarnos donde queremos. Entra.

Sally entró con Michelle en el aula, como ambas habían planeado. Fueron directamente a la fila delantera, donde Jeff Benson se había sentado en el centro del recinto. Simulando mucha inocencia, Sally ocupó el asiento a la izquierda de Jeff y Michelle el de su derecha. Jeff las saludó a las dos; luego se puso a conversar con Sally mientras Michelle trataba de observar subrepticiamente a su nueva maestra.

Corinne Hatcher parecía ser la imagen de una maestra de pueblo. Peinaba sus cabellos castaño claros en un apretado rodete, y de una cadena que le rodeaba el cuello colgaban unas gafas. Aunque Michelle no lo sabía aún, nadie la había visto jamás usar las gafas… simplemente colgaban ahí. Pero Michelle advirtió, en cambio, que había algo tras el aspecto de solterona de la señorita Hatcher. Su cara era bonita, y en sus ojos había una tibieza que suavizaba su dura apariencia. Michelle estaba segura de saber por qué la señorita Hatcher era gran favorita entre sus alumnos.

Desde su escritorio, Corinne Hatcher percibió la minuta curiosa de Michelle pero no tomó ninguna actitud que lo evidenciara. Mejor era dejar que la nueva alumna se diera cuenta sola de las cosas. En cambio, fijó los ojos en Sally Carstairs procurando deducir que se proponía. Evidentemente Sally y la nueva niña, de quien sabía el nombre pero no mucho más, ya eran amigas, pero ¿por qué no se sentaban juntas?

Corinne no se dio cuenta de cuál era el juego hasta que entró Susan Peterson: Susan se dirigió al frente del aula, con los ojos fijos en Jeff Benson. Michelle y Sally cambiaron una mirada. Sally asintió con la cabeza y las dos empezaron a reírse entre dientes. Al oír las risitas malvadas, Susan se detuvo, advirtiendo que a ambos lados de Jeff los asientos ya estaban ocupados, y que esto no era una coincidencia. Susan miró furiosa a Sally, lanzó una mirada despectiva a la desconocida, y luego ocupó el asiento inmediatamente detrás de Jeff.

Y Michelle, al ver la cólera instantánea de Susan, empezó a lamentar el haber seguido el plan de Sally. En ese momento había parecido gracioso mantener a Susan alejada del muchacho junto a quien quería sentarse, pero ahora Michelle comprendía que había cometido un error. Y además, Susan no parecía ser la clase de muchacha capaz de olvidarlo. Michelle comenzó a preguntarse qué podría hacer para corregir la situación.

Al sonar la campana, Corinne se levantó y enfrentó a la clase.

– Este año tenemos con nosotros una nueva alumna -dijo-. Michelle, ¿quieres ponerte de pie? -Sonrió alentadoramente a Michelle que enrojeció, vaciló un momento y luego, titubeando, se incorporó junto a su asiento-. Michelle viene de Boston y me imagino que esta escuela debe parecerle muy extraña.

– Es agradable declaró Michelle-. No se parece en nada a las escuelas de Boston.

– ¿Quieres decir que esas no son agradables? -se burló Sally.

Michelle enrojeció todavía más.

– No quise decir eso… -empezó-. Señorita Hatcher -suplicó-, no quise decir que no me gustara la escuela en Boston…

– Estoy segura de que no quisiste decir eso -intervino Corinne con rapidez-. ¿Por qué no te sientas, así dejamos que todos se te presenten?

Con gratitud Michelle se hundió de nuevo en su asiento y se inclinó para mirar furiosa a Sally quien a su vez le sonreía traviesamente. Cuando su sentido del humor superó a su vergüenza, Michelle empezó a reírse entre dientes, pero se detuvo con presteza al oír una voz detrás de ella.

– Dije que me llamo Susan Peterson -repitió sonoramente la voz.

Michelle se volvió, y al ver la expresión enojada de Susan, se sintió enrojecer de nuevo. Rápidamente miró al frente del aula, segura de haberse hecho accidentalmente una enemiga, y deseando otra vez no haberse dejado atrapar en la artimaña de Sally.

"Pero yo no quise perjudicar a nadie" se dijo. Procuró concentrarse en lo que decía la señorita Hatcher, pero durante la primera hora no hizo más que recordar los ojos coléricos de Susan Peterson clavados en ella. Cuando finalmente sonó la primera campana de recreo, Michelle vaciló, luego se acercó al escritorio de la maestra.

– ¿Señorita Hatcher? -titubeó. Corinne la miró sonriendo.

– ¿Ocurre algo? -preguntó, inquieta al ver la expresión preocupada de Michelle.

– Estaba pensando… ¿podría cambiar de asiento?

– ¿Ya? Pero sólo has estado en él dos horas.

– Lo sé -repuso Michelle. Arrastró los pies, incómoda, preguntándose cómo decir a la maestra lo sucedido; luego soltó toda la historia-. Iba a ser una broma… es decir, Sally me dijo que a Susan Peterson le gusta Jeff Benson y pensó que sería gracioso que ocupáramos los asientos junto a Jeff para que Susan no pudiera sentarse al lado de él. Y yo le hice caso -continuó Michelle, a punto de llorar-. No quise que Susan se enojara conmigo… es decir, ni siquiera la conozco y… y…

Su voz se apagó désvalidamente.

– Está bien -le dijo Corinne con dulzura-. Sé cómo pueden ocurrir cosas así, especialmente cuando todo es nuevo y desconocido. Ve afuera y cuando vuelvas, cambiaré de asiento a todos. -Hizo una pausa un momento y luego agregó:- ¿Con quién te gustaría sentarte?

– Pues… con Sally, creo, o con Jeff. Son las únicas personas que conozco.

– Veré qué puedo hacer -prometió Corinne Hatcher-. Ahora, anda… quedan solo diez minutos.

Nada segura de haber hecho lo debido, Michelle salió lentamente al patio de la escuela. Bajo un arce grande, en un grupo, Sally Carstairs, Susan Peterson y Jeff Benson parecían estar discutiendo acerca de algo. Sintiéndose terriblemente avergonzada, Michelle se acercó al grupo, y no se sorprendió cuando, al aproximarse ella, dejaron de hablar. Sally sonrió y la llamó, pero Susan Peterson, sin hacerle caso, se fue rápidamente en la dirección opuesta.

– ¿Susan está enojada conmigo? -preguntó ansiosamente Michelle. Sally se encogió de hombros.

– ¿Y qué, si lo está? Ya se le pasará. -Luego, antes de que Michelle pudiera decir algo más al respecto, Sally cambió de tema-. ¿No te parece sensacional la señorita Hatcher? ¡Y espera hasta que veas a su novio! Es un sueño, no hay palabras.

– ¿Quién es?

– El señor Hartwick. Es psicólogo -le dijo Sally-. Aquí viene una sola vez por semana, pero vive en el pueblo. Su hija está en sexto grado. Se llama Lisa y es horrenda.

Michelle no oyó el comentario sobre Lisa; le interesaba más el padre. Lanzó un gemido, recordando los innumerables tests que ella y sus condiscípulos habían sido obligados a soportar cada año en Boston.

– ¿Todos tendremos que hacer tests?

– No -intervino Jeff-. El señor Hartwick no hace nada, salvo que alguien se vea en aprietos. Entonces hay que hablar con él. Dice mamá que antes uno hablaba con el rector cuando estaba con aprietos. Ahora se habla con el señor Hartwick. Dice mamá que era mejor cuando uno hablaba con el rector y recibía unos azotes.

Se encogió de hombros con elocuencia, para comentar a cualquier interesado que el asunto era para él de una indiferencia suprema.

Cuando pocos minutos más tarde sonó la campana que los llamaba de vuelta a clase, Michelle había olvidado casi su turbación, pero la recordó rápidamente cuando la señorita Hatcher les mostró un diagrama de asientos en blanco. Entre los alumnos hubo un murmullo alarmado, que Corinne acalló con presteza.

– Voy a probar algo nuevo con esta clase -anunció afablemente-. Ustedes saben, siempre pensé que los alumnos de séptimo grado eran lo bastante grandes como para decidir solos dónde quieren sentarse. -Michelle se retorció, segura de que todos la miraban y de que lo que la señorita Hatcher estaba por hacer era cosa suya-. Lamentablemente, esto no parece justo para los últimos en entrar. Por eso voy a distribuir papelitos, y quiero que todos ustedes anoten junto a quién les gustaría sentarse. Tal vez podamos satisfacer a todos.

Sin poderse resistir, Michelle miró por sobre su hombro. El rostro de Susan Peterson mostraba una sonrisa relamida.

Corinne se puso a distribuir papeles, y durante algunos minutos hubo silencio en el aula. Después Corinne juntó los papeles y los estudió. Luego comenzó a trabajar en su diagrama de asientos, mientras los niños cuchicheaban, prediciendo los resultados.

Empezó la redistribución. Cuando terminó, Michelle se encontró sentada con Sally y Jeff, con Susan del otro lado de Jeff. En silencio, Michelle envió un mensaje de gratitud a la señorita Hatcher.

Al sonar la última campana, Tim Hartwick salió de la oficina que se reservaba para su uso en la escuela de Paradise Point. Cómodamente apoyado en la pared del corredor, contempló a los niños que pasaban a su lado en remolinos, apresurados por escapar hacia las cálidas tardes de fines de verano. No tardó mucho en divisar el rostro que había estado buscando. Michelle Pendleton cruzaba de prisa el pasillo con otra muchacha, a quien él reconoció como Sally Carstairs, y al pasar lo miró tímidamente. Cuando ella salió del edificio, la pudo ver susurrando algo a su amiga.

Con pensativa expresión, Tim volvió a entrar en su oficina, tomó una carpeta, la puso en su archivo, después cerró con llave la puerta de la oficina antes de encaminarse al aula de Corinne Hatcher.

– Y así comienza -dijo con voz solemne-. Otro año de jóvenes mentes que moldear, futuros a los cuales dar forma…

– Oh, cállate -rió Corinne-. Ayúdame a ordenar esto, así podremos salir de aquí.

Tim se dirigió al frente de la habitación; luego se detuvo bruscamente al ver el diagrama de asientos, apoyado todavía en la pizarra.

– ¿Qué es esto? -exclamó con voz levemente burlona-. ¿Un diagrama de asientos en el aula de Corinne Hatcher, defensora de la libertad de elección? Una ilusión más destrozada.

– Hoy hubo un problema -suspiró Corinne-. Este año tenemos una nueva alumna, y al parecer, estuvo por comenzar mal. Por eso traté de corregir la situación antes de que las cosas se salieran de su cauce.

Le dio los detalles de lo sucedido esa mañana. Cuando terminó, Hartwick dijo: -Acabo de verla.

– ¿La viste? -preguntó Corinne, mientras apilaba los papeles sobre su escritorio-. Es bonita, ¿verdad? y además, parece ser inteligente, ansiosa por agradar y cordial. No es lo que se esperaría viniendo de Boston en esta época. -Repentinamente arrugó el entrecejo, mirando a Tim con curiosidad-. ¿Cómo dices que acabas de verla? ¿Acaso sabes cuál es su aspecto?

– Esta mañana encontré en mi escritorio un legajo… la documentación de Michelle Pendleton. ¿Quieres verla?

– De ninguna manera -repuso Corinne-. Trato de no ver nunca la documentación hasta que hay alguna razón para hacerlo.

Pensaba que Tim dejaría el tema, pero no lo hizo.

– Es casi demasiado buena para ser verdad -dijo él-. No presenta ni una sola marca en contra.

Corinne se preguntó adonde quería llegar él.

– ¿Es tan raro eso? Recuerdo muchos alumnos de aquí cuyos antecedentes son inmaculados.

Tim asintió con la cabeza.

– Pero esto es Paradise Point, no Boston. Es casi como si Michelle Pendleton hubiese estado viviendo sin percibir lo que la rodea. ¿Sabías que es adoptada? -agregó tras una pausa.

Corinne cerró los cajones de su escritorio. ¿Adonde quería llegar él?

– ¿Debía saberlo acaso?

– En realidad, no. Pero lo es. Y además, lo sabe.

– ¿Eso es inusitado?

– Un poco. Pero lo decididamente inusitado es que evidentemente ella nunca ha tenido ninguna reacción al respecto. Por cuanto pudieron ver sus maestros, siempre lo ha aceptado como una simple circunstancia de la vida.

– Pues me alegro por ella -dijo Corinne, mostrando en su voz algunas huellas del fastidio que empezaba a sentir. ¿Adonde diablos quería llegar Tim? La respuesta vino casi inmediatamente.

– Creo que deberías mantenerla en observación -dijo Tim. Antes de que Corinne pudiera protestar, continuó arremetiendo-. No digo que vaya a pasar nada. Pero hay una diferencia entre Paradise Point y Boston… Por lo que sé, Michelle es la única hija adoptiva que viene acá.

– Entiendo -dijo Corinne con lentitud. Técnicamente todo se le estaba volviendo claro-. ¿Te refieres a los otros niños?

– Exacto -repuso Tim-. Ya sabes cómo pueden ser los chicos cuando uno de ellos es distinto de los demás. Si se les ocurriera, podrían hacer la vida muy desdichada para Michelle.

– Quisiera pensar que no lo harán -dijo suavemente Corinne.

Sabía en qué pensaba Tim. Pensaba en su propia hija, Lisa, que tenía once años pero tan diferente de Michelle Pendleton, que la comparación era casi imposible.

Tim prefería creer que los problemas de Lisa derivaban del hecho de que era "diferente" de sus amigos en la escuela: su madre había muerto cinco años atrás. Con generosidad Corinne admitía que eso era cierto, en parte. La muerte de su madre había sido dura para Lisa, más dura todavía que para Tim.

A los seis años había sido demasiado pequeña para entender lo sucedido; hasta el final se había negado a creer que su madre se estaba muriendo, y cuando por último sucedió lo inevitable, había sido casi demasiado para ella. Había culpado a su padre, y Tim, angustiado, había empezado a malcriarla. De una feliz niña de seis años, Lisa se había convertido en una de once huraña, rebelde, indiferente y solitaria.

– ¿Tienes que ir a tu casa esta tarde? -preguntó cuidadosamente Corinne, esperando que Tim no siguiera la cadena de pensamientos que la habrían llevado a una pregunta que parecía fuera de lugar.

Repentinamente, como si los pensamientos de Corinne la hubiesen convocado, Lisa entró en el aula. Lanzó una rápida mirada a Corinne. Su cara, que habría debido ser bonita, estaba fruncida en una expresión de sospecha y hostilidad. Corinne se obligó a sonreírle, pero los oscuros ojos de Lisa, casi ocultos bajo un flequillo demasiado largo, no mostraron la menor inclinación de amistad. Se volvió con presteza hacia su padre. Cuando habló, sus palabras sonaron, para Corinne, más como un ultimátum que como un pedido.

– Voy a casa de Alison Adams, y cenaré allí. ¿Tienes inconveniente?

Aunque arrugó el entrecejo, Tim aceptó los planes de Lisa. Con una sonrisita de satisfacción, Lisa abandonó el aula tan rápido como había entrado. Cuando se hubo marchado, Tim se mostró pesaroso.

– Bueno, parece que dispongo del resto del día -dijo.

Había querido compartir la tarde con su hija, pero en su voz no había amargura, solamente tristeza y derrota.

Entonces, viendo la expresión desaprobatoria de Corinne, procuró salir del paso.

– Por lo menos me dijo qué se propone -comentó irónicamente. Sacudió la cabeza-. Soy bastante buen psicólogo, pero como padre no soy gran cosa, ¿eh?

Corinne decidió no hacer caso de la pregunta. De no ser por Lisa y por su evidente antipatía hacia Corinne, era probable que Tim y ella se hubieran casado dos años atrás. Pero Lisa manejaba a Tim y, con gran regocijo, había logrado convertirse en un punto sensible entre Corinne y Tim.

– Compré unos filetes -dijo con animación, enlazando un brazo con el de Tim y conduciéndolo hacia la puerta-, por si acaso podías venir esta noche. Bueno, salgamos de aquí.

Juntos abandonaron el edificio de la escuela. Cuando salieron a la clara tarde estival, Corinne aspiró profundamente el aire dulce y cálido, contemplando feliz los robles y arces que se extendían con hojas todavía de un verde brillante.

– Esto me encanta -exclamó-. ¡De veras que sí!

– Esto me encanta… ¡de veras que sí! -exclamó Michelle, repitiendo, sin saberlo, las palabras que acababa de pronunciar su maestra.

Junto a ella, Sally Carstairs y Jeff Benson cambiaron una mirada y giraron los ojos hacia arriba, disgustados.

– Este pueblo es un estanque -se quejó Jeff-. Aquí nunca pasa nada.

– ¿Adonde preferirías vivir? -lo interpeló Michelle.

– En Wood's Hole -anunció Jeff sin vacilar.

– ¿Wood's Hole? -repitió Sally-. ¿Qué es eso?

– Quiero ir a la escuela allá -dijo plácidamente Jeff-. Al instituto de Oceanografía.

– ¡Qué aburrido! -exclamó Sally con vivacidad-. Y probablemente no sea diferente de Paradise Point. Estoy impaciente por irme de aquí.

– Lo más probable es que no lo hagas -se burló Jeff-. Seguramente morirás aquí, como todos los demás.

– No, yo no -insistió Sally-. Tú espera, nada más, ya verás.

Los tres iban caminando por el risco. Cuando estaban cerca del domicilio de los Pendleton, Michelle preguntó a Jeff si quería ir con ella a su casa.

Al mirar hacia la suya, Jeff vio a su madre de pie en la puerta observándolos. Entonces desvió la mirada, que pasó por el antiguo cementerio hasta detenerse en el techo de la casa de los Pendleton, apenas visible detrás dé los árboles. Recordó todo lo que su madre le había dicho con respecto al cementerio y a aquella casa.

– Me parece que no -decidió-. Prometí a mamá que cortaría el césped esta tarde.

– Oh, vamos -le insistió Michelle-. Nunca vienes a mi casa.

– Lo haré -repuso Jeff-. Pero hoy no. Es que… es que no tengo tiempo.

Un brillo travieso apareció en los ojos de Sally, que codeó a Michelle antes de preguntar con voz cuidadosamente inocente:

– ¿Qué ocurre? ¿Acaso le tienes miedo al cementerio?

– No, no le tengo miedo al cementerio -respondió bruscamente Jeff.

Ya estaban frente a su casa y él se disponía a entrar por la calzada. Sally lo detuvo con sus palabras hirientes, aunque las dirigió a Michelle.

– Se supone que hay un fantasma en el cementerio. Es probable que Jeff le tenga miedo.

– ¿Un fantasma? -repitió Michelle-. Nunca oí decir eso.

– De todos modos, no es cierto -le dijo Jeff-. He vivido acá toda mi vida, y si hubiera un fantasma, yo lo habría visto, y no lo vi, así que no hay ningún fantasma.

– Que tú lo digas no quiere decir que sea así -adujo Sally.

– Y que tú digas que hay un fantasma tampoco quiere decir que lo haya -replicó Jeff-. Hasta mañana.

Dándose vuelta, entró por la calzada; luego saludó con la mano a Michelle cuando ella le gritó "adiós". Cuando él desapareció dentro de su casa, las dos niñas continuaron su paseo, saliendo del camino, a instancias de Sally, para seguir la senda que bordeaba la orilla del risco. De pronto Sally se detuvo y sujetó a Michelle con un brazo mientras con el otro señalaba-. ¡Allí está el camposanto! ¡Entremos!

Michelle contempló el diminuto cementerio, cubierto de maleza. Hasta ese día, apenas si lo había visto desde el automóvil.

– Pues no sé -dijo, escudriñando inquieta los descuidados sepulcros.

– Oh, vamos -insistió Sally -. Entremos.

Y echó a andar hacia un sitio donde la baja cerca de estacas que rodeaba el cementerio se había caído al suelo. Michelle iba a seguirla cuando se detuvo diciendo:

– Tal vez no deberíamos.

– ¿Por qué no? ¡Puede que veamos al fantasma!

– Los fantasmas no existen -declaró Michelle-. Pero me parece simplemente que no deberíamos entrar. ¿Quiénes están sepultados allí, de todos modos?

– Muchísima gente. Principalmente la familia de tío Joe. Todos los Carson están enterrados aquí. Salvo los últimos… que están sepultados en el pueblo. Ven… las lápidas son sensacionales.

– Ahora no -repuso Michelle, buscando en su mente algún modo de distraer a Sally. Aunque no estaba segura del por qué, el camposanto la atemorizaba-. Tengo hambre. Vamos a mi casa y comamos algo. Después, quizá más tarde, podemos volver aquí.

Sally se mostró reacia a abandonar la expedición, pero ante la insistencia de Michelle, aceptó. Las dos niñas siguieron un rato por el sendero, en un silencio inquieto que finalmente Michelle rompió.

– ¿Realmente se supone que hay un fantasma?

– No estoy segura -replicó Sally-. Algunos dicen que lo hay y algunos dicen que no.

– ¿Quién se supone que es el fantasma?

– Una niña que vivió aquí hace mucho tiempo.

– ¿Qué le pasó? ¿Por qué está todavía aquí?

– No lo sé. Creo que nadie lo sabe. Nadie está seguro siquiera de si ella está realmente aquí o no.

– ¿La viste alguna vez?

– No -repuso Sally, con un titubeo tan leve, que Michelle no supo con certeza si realmente había existido.

Pocos minutos más tarde, las dos niñas penetraron ruidosamente por la puerta del fondo a la enorme cocina, donde June amasaba un pan.

– ¿Tienen hambre? -preguntó.

– Sí, sí.

– Hay bizcochitos en el frasco y leche en el refrigerador. Pero antes lávense las manos. Las dos.

June volvió a su masa, sin hacer caso de la mirada de exasperación que cambiaron Michelle y Sally ante ese recordatorio de la infancia que ya tenían prisa por dejar atrás. Sin embargo, ninguna de ellas pensó en la posibilidad de desconocer la orden. Un instante después, June oyó correr el agua en el fregadero de la cocina.

– Estaremos arriba, en mi cuarto -anunció Michelle, mientras llenaba dos vasos con leche y amontonaba bizcochitos en un plato.

– Con tal que no llenen todo de migas -dijo plácidamente June, sabiendo que ellas se miraban de nuevo.

– ¿Tu madre es así también? -preguntó Michelle mientras subían la escalera.

– Peor -declaró Sally-. La mía aún me obliga a comer en la cocina.

– ¿Qué se puede hacer? -suspiró Michelle sin esperar respuesta.

Condujo a Sally a su habitación y cerró la puerta. Sally se echó sobre la cama exclamando:

– Me encanta esta casa. Y este cuarto, y los muebles y… -Su voz se detuvo de pronto y sus ojos se fijaron en la muñeca instalada en el alféizar de la ventana.- ¿Qué es eso? -susurró-. ¿Es nueva? ¿Cómo es posible que no la haya visto antes?

– Estaba allí mismo la última vez que estuviste aquí -replicó Michelle.

Sally se levantó y cruzó el cuarto.

– ¡Michelle, parece antiquísima!

– Lo es, creo -asintió Michelle-. La encontré en el armario cuando nos mudamos. Se hallaba en un estante, bien atrás.

Sally levantó la muñeca, examinándola cuidadosamente.

– Es hermosísima -dijo con suavidad-. ¿Cómo se llama?

– Amanda.

Sally miró a Michelle con ojos dilatados.

– ¿Amanda? ¿Por qué la bautizaste así?

– No lo sé. Solo quería un nombre a la antigua, y el de Amanda… bueno, se me ocurrió, creo.

– Qué misterioso -dijo Sally, sintiendo que se le hacía piel de gallina-. Así se llama el fantasma.

– ¿Qué? -preguntó Michelle. No tenía sentido.

– Así se llama el fantasma -repitió Sally-. El nombre está en una de las lápidas. Ven conmigo, te lo mostraré.

CAPITULO 5

Sally iba adelante cuando las dos niñas abandonaron el sendero y se dirigieron hacia la ruinosa cerca que rodeaba el cementerio.

Era un solar diminuto, de apenas quince metros cuadrados, y las tumbas parecían olvidadas. Muchas lápidas habían sido derribadas, o habían caído, y casi todas las que seguían en pie tenían un aspecto inestable, como si solo esperaran una buena tormenta para abandonar su solitaria custodia de los muertos. Un roble dañado por los rayos, seco desde hacía mucho, se erguía esqueléticamente en el centro del solar, extendiendo desamparadamente sus ramas hacia el cielo. Era un lugar siniestro, y Michelle vacilaba en entrar.

– Ten cuidado -advirtió Sally a Michelle-. Hay clavos que sobresalen y no se los ve entre la maleza.

– ¿Nadie se ocupa de este lugar? -preguntó Michelle-. Los cementerios de Boston nunca tienen este aspecto.

– No creo que a nadie le importe ya -respondió Sally-. Tío Joe dice que a él ni siquiera lo enterrarán aquí… dice que hacerse enterrar es una pérdida de tiempo y no hace más que ocupar mucho terreno que podría usarse para otra cosa. Una vez amenazó inclusive con retirar todas las lápidas y dejar que el pasto creciera aquí.

Michelle se detuvo mirando a su alrededor.

– Más valdría que lo hubiera hecho -comentó-. Esto da escalofríos.

Michelle esquivó la maraña de malezas al cruzar el camposanto.

– Espera a ver lo que hay por aquí.

Michelle estaba por seguirla cuando de pronto sus ojos se posaron en una de las lápidas. Se alzaba en un ángulo extraño, como si estuviese por caer bajo su propio peso. Lo que había atraído los ojos de Michelle era la inscripción. La volvió a leer:

LOUISE CARSON Nacida 1850

MUERTA EN EL PECADO 1880

– ¿Sally?

Delante de ella, Sally Carstairs se detuvo y se volvió para ver qué había ocurrido.

– ¿Alguna vez viste esto? -continuó Michelle, señalando una lápida.

Ya antes de regresar a mirar, Sally supo cuál era. Segundos más tarde estaba de pie junto a Michelle, contemplando con fijeza la extraña inscripción.

– ¿Qué significa? -preguntó Michelle.

– ¿Cómo voy a saberlo?

– ¿Lo sabe alguien?

– Lo ignoro -repuso Sally-. Una vez le pregunté a mi madre pero tampoco ella sabía. Fuera lo que fuese, sucedió hace cien años.

– Pero es horripilante -dijo Michelle-. ¡"Muerta en el pecado"! ¡Suena tan… tan puritano!

– Y bueno, ¿qué esperabas tú? ¡Esto es Nueva Inglaterra!

– Pero, ¿quién fue ella?

– Una antepasada del tío Joe, supongo. Todos los Carson lo fueron. -Tomó el brazo a Michelle y la tironeó diciendo:- Ven conmigo… la que yo quería mostrarte está allá, en el rincón.

De mala gana, Michelle se dejó apartar de la extraña sepultura, pero mientras se abría paso a través del cementerio, seguía pensando en la peculiar inscripción. ¿Qué podía querer decir? ¿Quería decir algo? Entonces Sally se detuvo señalando.

– Allí -susurró a Michelle-. Mira eso.

Los ojos de Michelle exploraron el terreno adonde señalaba Sally. Al principio no vio nada. Luego, casi perdida bajo las zarzas, vio una pequeña losa de piedra. Se arrodilló y apartó a un costado las espinosas ramas, quitando el polvo de la piedra con la mano libre.

Era un simple rectángulo de granito, sin adornos y gastado por los años. En él se leía una sola palabra:

AMANDA

Michelle aspiró bruscamente el aliento; después examinó la piedra con más atención, pensando que debía tener grabado algo más que solamente el nombre. No lo tenía.

– No comprendo -susurró-. No dice cuándo nació, y cuándo murió, ni su apellido ni nada. ¿Quién era?

Con ojos dilatados Michelle miró fijamente a Sally quien se arrodilló con presteza junto a ella.

– Era una niña ciega -repuso Sally en voz baja-. Debe de haber sido de la familia Carson. Y debe de haber vivido aquí hace mucho tiempo. Dice mi madre que cree que se cayó un día del risco.

– Pero ¿por qué en la lápida no figura su apellido, ni cuándo nació, ni cuándo murió? -insistió Michelle, cuyos ojos, que reflejaban su fascinación, estaban fijos en la gastada losa de granito.

– Porque no está enterrada aquí -susurró Sally-. Jamás encontraron su cuerpo. Debe haber sido arrastrada al mar o algo así. De todos modos, mamá me contó que pusieron esta piedra aquí tan solo como cosa temporaria. Pero como nunca encontraron su cuerpo, jamás colocaron una verdadera lápida.

Michelle sintió que un escalofrío la atravesaba.

– Ahora jamás encontrarán el cuerpo -dijo.

– Lo sé. Por eso dicen que el fantasma estará siempre por aquí. Los chicos dicen que Amanda no se irá hasta que se encuentre su cuerpo. Y como el cuerpo nunca será encontrado…

La voz de Sally calló, mientras Michelle procuraba absorber lo que acababa de escuchar. Casi involuntariamente extendió la mano y la posó un momento sobre la piedra; después la retiró con rapidez y se incorporó diciendo:

– Los fantasmas no existen. Ven, vamos a casa.

Decidida, se dispuso a salir del cementerio, pero cuando advirtió que Sally no la seguía, se detuvo y miró atrás. Sally estaba todavía arrodillada junto al extraño monumento, pero cuando Michelle la llamó, se puso de pie y corrió hacia ella.

Ninguna de las niñas habló hasta que estuvieron fuera del cementerio y de regreso a la casa de los Pendleton.

– Tendrás que admitir que es misterioso -dijo Sally.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Michelle evasivamente.

– A que hayas elegido ese nombre para tu muñeca. Quiero decir que esa habría podido ser la muñeca de ella, olvidada muchos años en ese estante, esperando solamente a que tú la encontraras.

– Qué estupidez -exclamó categóricamente Michelle, pues no quería admitir que lo dicho por Sally era exactamente lo que ella misma había estado pensando-. Habría podido darle cualquier nombre a esa muñeca.

– Pero no lo hiciste -insistió Sally-. La llamaste Amanda. Debe haber habido una razón.

– Fue solamente una coincidencia. Además, Jeff ha vivido aquí toda su vida, y si hubiera un fantasma, él lo habría visto.

– Tal vez lo vio -dijo Sally pensativa-. Tal vez por eso no quiere ir a tu casa.

– No viene porque está ocupado. Tiene que ayudar a su madre -se apresuró a decir Michelle. Su voz se estaba volviendo estridente, y se sintió encolerizada. ¿Por qué hablaba así Sally?- ¿No podemos hablar de otra cosa? -inquirió.

Sally la miró con curiosidad, luego sonrió.

– Bueno. De todos modos, empiezo a asustarme yo misma.

Agradecida por la comprensión de su amiga, Michelle extendió una mano y apretó amistosamente el brazo de Sally.

– ¡Ay! -chilló Sally, dando un respingo y apartándose de Michelle.

"Su brazo", pensó Michelle. "Otra vez le duele el brazo, igual que la semana pasada. Pero, no le sucedió nada, hoy no". Michelle se estremeció, aunque tuvo cuidado de no demostrar su repentina inquietud.

– Perdona -dijo, frotando ligeramente el brazo de Sally-. Pensé que ya estaba mejor.

– Yo también lo pensé -replicó Sally, mirando hacia el cementerio-. Pero parece que no. -Repentinamente quiso alejarse de ese lugar-. Volvamos a tu casa -pidió-. Esto me está dando escalofríos.

Las dos niñas se encaminaron de prisa a la antigua casa en el risco. Cuando llegaron a la puerta trasera, Michelle se estremeció un poco, mirando la niebla de la tarde que se juntaba en el aire, sobre el mar. Después abrió la puerta de un tirón y entró en pos de Sally.

– Papá…

Los Pendleton se hallaban reunidos en la sala delantera, en una habitación que habían adoptado rápidamente como guarida familiar, debido a que la sala de recibo por ser demasiado grande y oscura, no era de su agrado. Cal Pendleton estaba sentado en su sillón grande, con los pies apoyados en un escabel, y Michelle estirada en el suelo, cerca de él, con un libro abierto delante. Estaba apoyada en los codos, con la barbilla descansando en las palmas de sus manos; Cal no podía entender cómo no le dolía el cuello. "La flexibilidad juvenil", decidió. En un sillón antiguo de aspecto espantosamente duro, al lado de la chimenea, June tejía laboriosamente un abrigo para el futuro hijo, alternando las rayas -azules y rosadas- para mayor seguridad.

– ¿Qué? -repuso Cal, todavía concentrado en la revista médica que estaba leyendo.

– ¿Crees en los fantasmas?

Cal apartó la mirada de la página que venía leyendo. Mirando a su esposa, vio que June había abandonado su tejido. Con una sonrisa vacilante, se volvió hacia su hija.

– ¿Si creo en qué? -preguntó.

– ¿Crees en fantasmas?

La sonrisa de Cal se apagó al comprender que Michelle hablaba en serio. Cerró entonces la revista, preguntándose qué había originado una pregunta tan extraña.

– ¿No hablamos de eso hace cinco años? -preguntó con indulgencia-. ¿Alrededor de -la misma época en que hablamos de Santa Claus y el conejo de Pascua?

– Bueno, tal vez no fantasmas -titubeó Michelle-. No como esos, de todas maneras. Espíritus, supongo.

– ¿De qué estás hablando? -intervino June. Michelle empezó a sentirse tonta. En ese momento, en la tibieza y la comodidad del cuchitril, las ideas que la habían preocupado toda la tarde parecían necias. Tal vez no habría debido mencionarlas para nada. Reflexionó un momento, luego decidió contarles lo sucedido.

– ¿Conocen ese viejo camposanto que está entre aquí y la casa de los Benson? -empezó-. Sally me lo mostró hoy.

– No me digas que viste fantasmas en el camposanto -exclamó Cal.

– No, no los vi -repuso Michelle desdeñosamente-. Pero allí hay una lápida extraña. Tiene… tiene el nombre de mi muñeca antigua.

– ¿Amanda? -dijo June-. Sí que es extraño.

Michelle asintió con la cabeza.

– Y dice Sally que en esa tumba no hay ningún cuerpo. Dice que Amanda fue una niña ciega que se cayó del risco hace mucho tiempo.

Vaciló un instante, sin saber bien si debía continuar. Intuyendo su indecisión, Cal la apremió.

– ¿Qué más dijo Sally?

– Dijo que algunos chicos creen que el fantasma de Amanda sigue estando por aquí -respondió Michelle con voz queda.

– No le creíste, ¿o sí? -preguntó CaL

– No… -repuso Michelle, pero en su tono de voz se notó que río estaba segura.

– Pues puedes creerme, princesa -declaró Cal-. No existen fantasmas, espíritus, cucos, aparecidos, poltergeists ni otros desatinos semejantes, y no debes permitir que nadie te diga que los hay.

– Pero es misterioso que yo haya bautizado Amanda a la muñeca -protestó Michelle-. Sally piensa que la muñeca inclusive puede haberle pertenecido.

– Es una mera coincidencia, cariño -June levantó su tejido, contó velozmente sus puntos y reanudó su labor-. Esas cosas pasan a cada rato. Así empiezan los cuentos de fantasmas. Algo extraño sucede, por pura coincidencia, pero hay personas que se niegan a creer que haya sido por simple casualidad. Quieren creer que hay otra cosa… suerte, fantasmas, destino, lo que sea. -Al ver que Michelle seguía sin estar convencida, June abandonó de nuevo su tarea-. Está bien -dijo-. ¿Cómo fue que elegiste el nombre para tu muñeca?

– Bueno, quería un nombre que sonara anticuado… empezó Michelle.

– Bien. Así quedan fuera muchos nombres. El tuyo, el mío, y muchos otros que no suenan anticuados. Los anticuados como Agatha, Sophie y Prudence…

– Son todos feos -protestó Michelle.

– Lo cual reduce todavía más la lista -razonó June-. Ahora bien: querías un nombre que fuera "anticuado" pero no feo, y si empiezas con la A, como hacemos casi todos, casi el primero que se te ocurre es…

– ¡Amanda! -terminó Michelle, sonriendo-. Y yo creí que se me había ocurrido, simplemente -murmuró.

– Bueno, en cierto modo así fue -dijo June-. La mente funciona tan rápido, que ni siquiera te diste cuenta de que había pasado por tanto razonamiento. Y así, encanto, es como nacen los cuentos de fantasmas… ¡por coincidencias! Ahora vete a la cama o mañana te quedarás dormida en la escuela.

Michelle se puso de pie y se acercó a su padre. Le deslizó los brazos en torno al cuello y lo abrazó diciendo:

– A veces soy realmente tonta, ¿verdad?

– No más que el resto de nosotros, princesa -repuso Cal. La besó dulcemente, luego le dio una palmada en el trasero-. Vamos, vete a la cama.

Escuchó subir a Michelle, luego miró a su esposa con afecto.

– ¿Cómo lo haces? -preguntó admirado.

– ¿Cómo hago qué? -respondió distraída June.

– Pensar explicaciones lógicas de cosas que no parecen lógicas.

– Talento -replicó June-. Solo talento. Además, si te hubiera dejado pensar una explicación, habríamos estado levantados toda la noche, y habríamos terminado creyendo todos en fantasmas.

Se puso de pie y empujó las brasas, acomodándolas abajo, sobre la parrilla, mientras Cal apagaba las luces. Después, tomados de la mano, también ellos subieron la escalera.

Acostada en su cama, Michelle escuchaba los sonidos de la noche… el oleaje que golpeaba la playa, abajo; los últimos grillos del verano que chirriaban felices en la oscuridad, la ligera brisa murmurando en los árboles, alrededor de la casa. Pensaba en lo que había dicho su madre. Tenía sentido. Y sin embargo… parecía haber algún error en la explicación. Tenía que haber algo más. "Qué tontería", se dijo. "No hay nada más”. Pero mientras los ruidos nocturnos la arrullaban al dormirse, Michelle tuvo la sensación de que sí había otra cosa.

Algo nefasto.

Acaso no debía haber bautizado Amanda a la muñeca…

Cuando Michelle despertó, los ruidos nocturnos habían cesado. Permaneció quieta en la cama, escuchando. En torno a ella, el silencio era casi palpable.

Y entonces lo sintió.

Algo la estaba observando.

Algo que estaba en su habitación. Quiso estirarse las cobijas sobre la cara y ocultarse de aquello que había venido hasta ella, pero supo que no podía.

Fuera lo que fuese, tenía que mirarlo.

Lentamente, Michelle se sentó en su cama, escudriñando con ojos dilatados y asustados, los oscuros rincones del dormitorio.

Junto a la ventana.

Estaba en el rincón, junto a la ventana… una negra silueta, algo de pie allí, de pie e inmóvil, observándola.

Y entonces, mientras ella miraba, empezó a acercársele.

Penetró en el cuarto, en la luz de la luna cuyo brillo plateado entraba por la ventana.

Era una niña, no mayor que ella misma.

Inexplicablemente, el temor comenzó a abandonar a Michelle y fue reemplazado por la curiosidad. ¿Quién era ella? ¿Qué quería?

La niña se acercó más a ella, y Michelle pudo ver que estaba ataviada de manera extraña. Su vestido era negro y llegaba casi al suelo, con grandes mangas abullonadas que terminaban ajustadas en sus muñecas. Sobre la cabeza, casi ocultándole la cara, tenía puesto un bonete negro.

Michelle observaba, paralizada, a la extraña figura que se le aproximaba. A la luz de la luna, la niña volvió la cabeza, y Michelle vio su rostro…

Era un rostro blanco, con la boca pequeña y una naricilla respingada.

Entonces Michelle vio los ojos.

De un blanco lechoso, y brillando tenuemente a la luz de la luna, miraron a Michelle sin verla; y cuando los ojos sin vista se fijaron en Michelle, la niña levantó un brazo y la señaló.

De nuevo inundada por el miedo, Michelle empezó a gritar.

Sus propios gritos la despertaron.

Aterrada, miró a su alrededor el dormitorio vacío, buscando la extraña figura negra que había estado allí apenas un segundo atrás.

El cuarto estaba desierto.

En torno a ella, continuaban monótonos los ruidos nocturnos; la marejada golpeando abajo, incesante, la brisa pulsando siempre los pinos.

Entonces se abrió la puerta de su habitación y allí estaba su padre.

– Princesa… princesa ¿te sientes bien? -Sentado en su cama, con los brazos alrededor de ella, la consolaba.

– Fue una pesadilla, papá -susurró Michelle-. Era espantoso, papá, y tan real. Había alguien aquí. Aquí mismo, en la habitación.

– No, pequeña, no -la consoló Cal Pendleton-. Aquí no hay nadie más que yo. Solamente tú y yo y tu madre. Fue tan solo un sueño, preciosa.

Cal permaneció con ella largo rato, hablándole, tranquilizándola, finalmente, casi al amanecer la besó suavemente y le dijo que se durmiera. Le dejó la puerta abierta.

Michelle permaneció un rato tendida, inmóvil, procurando olvidar el sueño aterrador. No pudiendo dormirse, se levantó de la cama y se acercó al asiento de la ventana. Levantó la muñeca y se sentó en la ventana, contemplando la oscuridad de los últimos momentos de la noche. Cuando la niebla empezaba a levantarse, Michelle creyó de pronto ver algo… una figura de pie en el risco, hacia el norte, cerca del antiguo cementerio.;

Miró de nuevo, esforzando los ojos, pero las brumas giraban en el viento y no pudo ver nada.

Llevándose consigo su muñeca antigua, Michelle volvió a su cama. Cuando el primer gris de la aurora penetraba lentamente en el cielo, se durmió de nuevo.

Junto a ella, con la cabeza apoyada en la almohada, la muñeca ciega miraba hacia arriba inexpresivamente.

Al salir de la habitación de Michelle, Cal no fue directamente a acostarse. En cambio se puso una bata, buscó su pipa y su tabaco y bajó la escalera.

Por un rato anduvo sin rumbo por la casa; luego se instaló finalmente en la pequeña sala de recibo formal, al frente de la planta alta. Con los pies apoyados en alto, encendió su pipa y dejó que sus pensamientos flotaran a la deriva.

Estaba otra vez en Boston, la noche en que aquel niño había muerto… la noche en que su vida había cambiado.

Ahora ni siquiera podía recordar el nombre de aquel niño.

No podía o no quería.

Esa era parte del problema. Había demasiados cuyos nombres no podía recordar y que habían muerto.

¿Cuántos habían muerto por culpa suya?

Del último, el niño llegado de Paradise Point estaba seguro. Pero tal vez hubiese habido otros. ¿Cuántos otros? En fin, ya no habría más.

Sus pensamientos volvían constantemente a ese niño.

Alan Hanley. Así se llamaba. Cal pudo recordar el día en que Alan Hanley había sido llevado a la Clínica General de Boston.

La ambulancia había llegado al caer la tarde, con Alan Hanley inconsciente y Josiah Carson atendiéndolo. El niño se había caído de un tejado.

Ese mismo tejado, como Cal sabía ahora, aunque en ese momento no había tenido importancia.

Josiah Carson había hecho lo que pudo, pero cuando comprendió que las heridas del muchacho eran demasiado graves para ser tratadas en la Clínica de Paradise Point, lo había llevado a Boston.

Y Cal Pendleton lo había atendido.

Al principio había parecido un caso bastante sencillo… algunos huesos rotos y probables lesiones craneanas. Cal había hecho lo mejor posible, inmovilizando la rotura y buscando lesiones internas. Fue entonces cuando había encontrado algo que creyó era un coágulo de sangre formándose dentro de la cabeza del niño. Le había parecido que era una emergencia, y por eso, con Josiah Carson a su lado, observando, había operado.

Alan Hanley murió en la mesa de operaciones.

Y no había ningún coágulo de sangre, ninguna razón para operar.

Aquel incidente había alterado seriamente a Cal, lo había alterado más que cualquier otro suceso de su vida.

No era, y lo sabía, la primera vez que había diagnosticado algo equivocadamente. Casi todos los médicos diagnostican mal de vez en cuando. Pero para Cal Pendleton la muerte de Alan Hanley fue un punto de viraje.

Desde ese momento, jamás había dejado de preguntarse si cometería otro error, y si otro niño iba a morir por culpa suya.

En el hospital todos le decían que lo estaba tomando demasiado en serio, pero la muerte de ese niño continuaba atormentándolo.

Finalmente se había tomado un día libre, yendo en auto a Paradise Point para hablar con Josiah Carson acerca de Alan Hanley…

Josiah Carson lo recibió con indiferencia, y al principio Cal creyó que estaba perdiendo el tiempo. Carson lo culpaba por la muerte de Alan Hanley; pudo verlo en los penetrantes ojos azules del anciano, pero mientras hablaban, algo empezó a cambiar en Carson. Cal tuvo la seguridad de que el viejo doctor le estaba diciendo cosas que no le había dicho a nadie más.

– ¿Alguna vez vivió solo? -le preguntó súbitamente Carson. Pero antes de que él pudiera contestar nada, Carson empezó de nuevo a hablar-. He vivido aquí solo durante años, atendiendo a la gente de por aquí, y manteniéndome casi siempre aislado. Supongo que habría debido seguir así, seguir tratando de hacer yo mismo todos los arreglos de la casa. Pero estoy envejeciendo y pensé… bueno, no importa lo que pensé.

Cal se movió incómodo, preguntándose qué estaba tratando de decirle el anciano.

– ¿Qué pasó ese día? -preguntó-. Quiero decir, antes de que llevara a Alan Hanley a Boston.

– Es difícil decirlo -replicó Carson en voz baja -. Venía teniendo problemas con el techo; hacía falta reemplazar algunas tejas. Iba a hacerlo yo mismo, pero entonces cambié de idea. Pensé que sería mejor buscar a alguien un poco más joven -continuó, mientras su voz se apagaba hasta convertirse en un mero susurro-. Pero Alan era demasiado joven. Debí haberlo sabido… tal vez sí lo sabía. Tenía solo doce años… Bueno, como sea, lo dejé subir allí.

– ¿Y qué pasó?

Carson lo miró con fijeza, vacíos los ojos, el rostro caído de cansancio.

– ¿Qué pasó en la sala de operaciones? -preguntó.

Cal se retorció.

– No lo sé. Todo parecía estar yendo tan bien. Y entonces él murió. No sé qué pasó.

Carson asintió con la cabeza.

– Y eso es lo que ocurrió en el techo. Yo lo estaba mirando y todo parecía estar yendo muy bien. Y entonces se cayó. -Hubo un largo silencio, roto por Carson-. Ojalá lo hubiera salvado usted.

Una vez más, Cal se retorció, pero de pronto Carson le sonrió diciendo:

– No es culpa suya. No es culpa suya, y no es culpa mía. Pero supongo que podría usted decir que, juntos, es nuestra culpa. Hay ahora un lazo entre nosotros, doctor Pendleton. ¿Qué sugiere que hagamos?

Cal no tuvo respuesta. Las palabras de Josiah Carson lo habían atontado.

Y entonces, como si comprendiera los problemas que habían estado atormentando a Cal desde el día en que Alan Hanley había muerto, Josiah había formulado una sugerencia. Tal vez Cal debiera pensar en abandonar a su clientela de Boston.

– ¿Y hacer qué cosa? -inquirió Cal con voz hueca.

– Véngase aquí. Hágase cargo de una clientela pequeña, poco exigente, que le entregará un viejo médico cansado. Aléjese de la presión de la Clínica General de Boston. Usted está asustado ahora, doctor Pendleton…

– Me llamo Cal.

– Cal, pues. Como quiera que sea, está asustado. Cometió un error y cree que cometerá más. Y si se queda en la Clínica General de Boston, los cometerá. El mismo miedo lo obligará a hacerlo. Pero si viene usted aquí, podré ayudarlo. Y usted podrá ayudarme a mí. Quiero abandonar, Cal. Quiero abandonar a mi clientela y quiero abandonar mi casa. Y quiero vendérselo todo a usted. Créame; haré que valga la pena para usted.

Para Cal, todo eso tenía sentido. Una clientela tranquila, con la cual no sucedía gran cosa.

Y no había gran cosa que pudiera andar mal.

Ni mucho espacio para cometer errores.

Tiempo de sobra para pensar cada caso y para asegurarse de que lo manejara bien.

Y nadie cerca para darse cuenta de que ya no se sentía competente para ser médico. Nadie, salvo Josiah Carson, c|ue lo comprendía y simpatizaba con él.

Así habían llegado a Paradise Point, aunque inicialmente June había estado en contra. Cal recordó sus palabras cuando él le había explicado la idea.

– Pero, ¿por qué la casa? Entiendo por qué quiere ceder su clientela, pero ¿por qué insiste en que tomemos la casa también? Es demasiado grande para nosotros… ¡No necesitamos tanto lugar!

– Lo sé -replicó Cal-. Pero nos la vende barata y es un excelente negocio. Creo que deberíamos considerarnos afortunados.

– Es que no tiene ningún sentido -se quejó June-. A decir verdad, es casi morboso. Estoy segura de que él quiere desprenderse de esa casa debido a lo que le sucedió a Alan Hanley. ¿Por qué está tan ansioso de que la ocupemos nosotros? Para lo único que servirá es para que tú también recuerdes constantemente a ese niño. Es una locura, Cal. El pretende algo de ti. No sé qué es, pero recuerda lo que te digo. Algo va a suceder.

Pero hasta entonces no había sucedido gran cosa.

Un mal momento con Sally Carstairs, pero él lo había superado.

Y ahora su hija empezaba a tener pesadillas.

CAPITULO 6

De pie frente a su caballete, June procuraba concentrarse en su labor. Era difícil. No era el cuadro lo que la inquietaba… en realidad, le complacía lo que había logrado: estaba surgiendo un paisaje marino, un tanto abstracto, pero reconocible, sin embargo, como la vista desde su estudio. No, el problema no estaba en el trabajo.

El problema era Michelle, pero June aún no había podido determinar por qué estaba preocupada. La pesadilla de la noche anterior no había sido la primera. Por cierto Michelle había tenido su porción normal de malos sueños. Pero cuando Cal había vuelto a la cama poco antes del amanecer, y le había contado el sueño de Michelle, June había tenido una sensación de inquietud. La había seguido teniendo aún cuando se durmió otra vez; la seguía teniendo en este momento.

Con un suspiro de frustración, June dejó a un lado sus pinceles y se acomodó en el taburete, su asiento favorito.

Sus ojos se pasearon intranquilos por el estudio. Estaba satisfecha con lo que había logrado en tan poco tiempo: los últimos desechos viejos ya no estaban, las paredes habían sido fregadas y vueltas a pintar, y el ribete verde había recuperado su alegría originaria. Sus utensilios estaban ordenadamente guardados bajo el mostrador, y en el armario había instalado un bastidor que le permitía tener sus telas verticales y separadas. Ahora, lo único que le hacía falta era dejar de preocuparse y empezar a pintar.

Estaba por intentarlo una vez más, cuando hubo un fugaz movimiento del otro lado de la ventanita que había en el costado del edificio; después un golpecito en la puerta.

– ¿Hola? -preguntó una voz de mujer, vacilante, casi tímida, como si la persona que había llegado a la puerta hubiera estado a punto de irse otra vez sin anunciarse en absoluto.

June iba a levantarse para abrir la puerta, luego cambió de idea.

– Entre -gritó-. Está abierto.

Hubo una ligera pausa; después la puerta se abrió y una mujer menuda, con el cabello pulcramente recogido en un rodete y el vestido cubierto con un delantal floreado, entró titubeante en el estudio.

– Ah, ¿está trabajando? -preguntó la mujer, disponiéndose a retroceder y salir-. Lo lamento terriblemente… no quise molestarla.

– No, no -protestó June poniéndose de pie-. Entre, por favor. La verdad es que estaba solamente pensando.

Una extraña expresión pasó por el rostro de la mujer. ¿Era desaprobación? Luego desapareció rápidamente. Avanzó treinta o cuarenta centímetros en la habitación.

– Soy Constance Benson -dijo-. La madre de Jeff. De la casa vecina…

– ¡Por supuesto! -replicó June con entusiasmo-. En realidad habría ido a verla antes, pero temo que… -Interrumpió la frase, mirando irónicamente su hinchado vientre de embarazada-. Pero realmente eso no es ninguna excusa, ¿verdad? Quiero decir que en realidad debería caminar cantidades enormes de kilómetros cada día, y en cambio me quedo aquí sentada, pensando cosas. Bueno, tres semanas más y el crío debe llegar. ¿Quiere usted sentarse?

Señaló un sofá que había sido rescatado del desván de la casa, pero la señora Benson no se acercó a él. En cambio miró el estudio a su alrededor sin ocultar su curiosidad.

– Por cierto que usted ha hecho maravillas con esto, ¿verdad? -comentó.

– Principalmente limpieza, nada más, y un poco de pintura -repuso June. Entonces vio que la señora Benson miraba el suelo con fijeza-. Y por supuesto, todavía me falta sacar esa mancha -agregó, en tono casi de disculpa.

– No cuente con ello -le dijo Constance Benson-. No sería usted la primera que lo intentó, y no sería tampoco la última que fracasará.

– ¿Cómo dice? -preguntó June, confusa.

– Esa mancha estará allí, mientras este edificio esté aquí -dijo la señora Benson enfáticamente.

– Pero ya ha desaparecido casi toda -protestó June-. Mi marido raspó la mayor parte y parece estar desapareciendo con el fregado.

Constance Benson sacudió la cabeza dubitativamente.

– No sé -dijo-. Tal vez ahora que no hay ningún Carson aquí…

No dijo más, pero siguió arrugando el entrecejo.

– No entiendo -repuso June débilmente-. ¿Qué es la mancha? ¿Acaso sangre?

– Tal vez -replicó Constance Benson-. No creo que nadie pueda decirlo con seguridad, después de tantos años. Pero si alguien lo sabe, habría que preguntárselo al doctor Carson.

– Comprendo -dijo June, sin comprender nada en realidad-. Supongo que entonces debo preguntárselo a él, ¿no es así?

– A decir verdad, vine a verla con respecto a esas niñas -anunció la señora Benson.

Ahora tenía los ojos firmemente clavados en June. En ellos había algo casi acusatorio, y June se preguntó si Michelle y Sally habrían molestado de algún modo a Constance Benson.

– ¿Se refiere usted a Michelle y a Sally Carstairs?

Al ver la expresión preocupada de June, la señora Benson sonrió levemente; era la primera vez que expresaba afecto desde su llegada al estudio. De pronto su cara fue casi linda.

– No se preocupe -se apresuró a decir-. Ellas no han hecho nada malo. Solo quise prevenirla.

– ¿Prevenirme? -preguntó June, ya totalmente desconcertada.

– Se trata del cementerio -continuó Constance-. El viejo cementerio de los Carson que está entre esta casa y la mía…

June asintió con la cabeza.

– Vi a las niñas jugando allí ayer por la tarde. Niñas tan bonitas las dos.

– Gracias.

– Estaba por salir a hablarles yo misma cuando se fueron, por eso decidí no ocuparme del asunto hasta esta mañana.

– ¿Ocuparse de qué? -preguntó June, deseosa de que se explicara.

– Para los niños no es seguro jugar allí.-declaró Constance Benson-. No es nada seguro.

June miró extrañada a la señora Benson. Esto, decidió, era un poco demasiado. Evidentemente, Coínstance Benson era la entrometida local. Eso debía hacer difícil la vida a Jeff. Podía imaginarse a Constance planeando una objeción a todo lo que Jeff quisiera hacer. Por su parte, ella podía simplemente ignorar a esa mujer.

– Bueno, admito que no creo que jugar en un cementerio sea la cosa más alegre del mundo -dijo-. Pero no podría ser especialmente peligroso…

– Oh, no se trata del cementerio -dijo Constance con demasiada rapidez-. Se trata de la tierra donde está el cementerio. No es estable.

– Pero ¿no es granito acaso? -preguntó June con soltura, sin dar indicios de que había captado el evidente miedo de la otra mujer-. ¿Como éste, precisamente?

– Pues supongo que sí -repuso Constance, indecisa-. No sé mucho acerca de esas cosas. Pero esa parte del risco caerá al mar uno de estos días, y yo no querría que haya niños allí cuando eso ocurra.

– Entiendo -dijo June con voz indiferente-. Bueno, por cierto que diré a las niñas que no jueguen más allí. ¿Quisiera usted una taza de café? Hay un poco en el fogón.

– Creo que no -Constance miró el reloj que llevaba firmemente sujeto a la muñeca izquierda-. Debo regresar a mi cocina. Estoy haciendo conservas, usted sabe.

Lo dijo de un modo que dio a June la nítida impresión de que Constance Benson estaba muy segura de que June no lo sabía pero debía saberlo.

– Bueno, venga usted cuando tenga más tiempo -dijo débilmente June-. O tal vez podría ir yo a visitarla.

– Pues eso sería agradable. -Las dos mujeres se hallaban entonces de pie, junto a la puerta abierta del estudio, y Constance contemplaba con fijeza la casa-. Linda casa ¿verdad? -comentó. Antes de que June pudiese responder agregó:- Pero nunca me gustó realmente. No, nunca me gustó.

Y luego, sin despedirse, echó a andar resueltamente el sendero hacia su propio hogar. June aguardó un momento, observándola; luego cerró suavemente la puerta. Tenía la inequívoca sensación e que había terminado de pintar por ese día.

El sol del mediodía era cálido, y Michelle, a la sombra de un gran arce, comía su merienda junto a Sally, Jeff, Susan y algunos condiscípulos más. Aunque Michelle se empeñaba en hacerse amiga de Susan, ésta no quería saber nada. Ignoraba completamente a Michelle, y cuando hablaba con Sally, era habitualmente para criticarla. Pero Sally, con su carácter apacible, no parecía afectada por el manifiesto rencor de Susan.

– Deberíamos hacer una merienda campestre -estaba diciendo Sally-. El verano casi ha terminado, y dentro de un mes será demasiado tarde.

– Ya es demasiado tarde -declaró Susan Peterson con un tono de superioridad que fastidió a Michelle aunque todos los demás parecieron no hacerle caso -. Mi madre dice que cuando pasó el Día del Trabajo, ya no se hacen meriendas campestres.

– Pero el tiempo sigue siendo bueno -insistió Sally-. ¿Por qué no hacemos uno este fin de semana?

– ¿Dónde? -preguntó Jeff.

Si iba a ser en la playa, él iría sin falta. Fue como si Michelle hubiese oído sus pensamientos.

– ¿Qué les parece la caleta, entre la casa de Jeff y la mía? -dijo-. Es pedregosa, pero nunca hay nadie allí, y es tan linda. Además, si llueve, estaremos cerca de casa, así podremos entrar.

– ¿Quieres decir bajo el camposanto? -preguntó Sally-. Eso sería siniestro. Allí hay un fantasma.

– No lo hay -objetó Jeff.

– Tal vez lo haya -intervino Michelle. De pronto fue el centro de la atención; hasta Susan Peterson se dio vuelta para mirarla con curiosidad-. Anoche soñé con el fantasma -continuó, iniciando una vivida descripción de su extraña visión.

En la luminosidad del día, su terror la había abandonado, y quería compartir el sueño con sus nuevos amigos. Absorta en el relato, no advirtió el silencioso cambio de miradas de los demás. Cuando terminó nadie habló. Jeff Benson se concentró en su emparedado, pero los demás niños seguían mirando fijamente a Michelle. De pronto se sintió inquieta, preguntándose si debía haber mencionado siquiera la pesadilla.

– Bueno, fue solo un sueño -dijo al prolongarse el silencio.

– ¿Estás segura? -le preguntó Sally-. ¿Estás segura ce que no estabas despierta todo el tiempo?

– Vamos, por supuesto que no -replicó Michelle. Auvirtió que algunos niños cambiaban miradas suspicaces.- ¿Qué ocurre?

– Nada -dijo Susan Peterson con indiferencia-. Salvo que cuando Amanda Carson se cayó del risco llevaba puesto un vestido negro y un bonete negro, igual que la niña con que tú soñaste anoche.

– ¿Cómo lo sabes? -quiso saber Michelle.

– Cualquiera lo sabe -respondió Susan en un tono complaciente-. Siempre vistió de negro, todos los días de su vida. Me lo dijo mi abuela, y a ella se lo dijo su madre. Y mi bisabuela conoció a Amanda Carson -agregó Susan, triunfante.

Sus ojos desafiaban a Michelle. De nuevo se hizo silencio en el grupo. ¿Le estaría diciendo la verdad Susan o todos se estaban burlando de ella? Michelle miró de una cara a la otra, procurando ver qué estaba pensando cada uno de ellos. Solamente Sally le sostuvo la mirada y se limitó a encogerse de hombros cuando Michelle buscó ayuda en ella. Jeff Benson siguió comiendo su emparedado, mientras eludía cuidadosamente la mirada de Michelle.

– iFue un sueño! -exclamó Michelle mientras juntaba sus cosas y se ponía de pie-. Fue solo un sueño, y si hubiera sabido que iban a alborotar tanto por eso, jamás lo habría mencionado.

Antes de que alguno de ellos pudiera formular una respuesta, Michelle se alejó enojada. Del otro lado del campo de juego pudo ver un grupo de niños más pequeños jugando a saltar la cuerda. Un momento más tarde se reunió con ellos.

– ¿Qué le pasa a ésa? -dijo Susan Peterson una vez segura de que Michelle no podía oírla.

Ahora sus amigos la miraron con extrañeza.

– ¿Qué quieres decir con "qué le pasa a esa"? -preguntó Sally Carstairs-. ¡No le pasa nada!

– ¿De veras? -dijo Susan, aparentemente fastidiada por la respuesta-. Ayer te delató, ¿verdad? ¿Por qué crees tú que la señorita Hatcher cambió la distribución de asientos? Fue porque Michelle le contó lo que hicieron ustedes ayer por la mañana.

– ¿Y qué? -replicó Sally-. Simplemente no quería que estuvieses enojada con ella, nada más.

– Me parece que es hipócrita -dijo Susan-. Y no creo que debamos tener nada que ver con ella.

– Eso es una maldad.

– No, no lo es. En ella hay algo realmente extraño.

– ¿Qué cosa?

La voz de Susan bajó hasta un susurro conspirativo.

– El otro día la vi con sus padres y los dos son rubios. Y cualquiera sabe que los rubios no pueden tener hijos morenos.

– Gran cosa -dijo Sally-. Si quieres saberlo, es adoptada. Ella misma me lo dijo. ¿Qué tiene eso de tan raro? Susan Peterson cerró los ojos.

– Vaya, eso lo explica.

– ¿Explica qué? -preguntó Sally.

– La explica a ella, por supuesto. Quiero decir que nadie sabe de dónde vino en realidad, y mi madre dice que si no sabe nada sobre la familia de alguien, no sabe nada sobre esa persona.

– Yo conozco a su familia -hizo notar Sally-. Su madre es muy simpática y su padre me curó el brazo junto con tío Joe.

– Me refiero a su verdadera familia -insistió Susan, mirando con desprecio a Sally-. El doctor Pendleton no es su padre. ¡Su padre podría ser cualquiera!

– Bueno, a mí me agrada -insistió Sally. Susan la miró con enojo.

– Pues claro… tu padre es portero, nada más. El padre de Susan Peterson era dueño del banco de Paradise Point, y Susan nunca dejaba que sus amigos lo olvidaran.

Lastimada por la bajeza de Susan, Sally Carstairs hizo silencio. No era justo que Susan le tuviese antipatía a Michelle solo porque era adoptada, pero Sally no sabía con seguridad qué decir. Al fin y al cabo había conocido a Susan Peterson durante toda su vida, y apenas empezaba a conocer a Michelle. "Bueno" decidió Sally, "no diré nada. Pero tampoco dejaré de ser amiga de Michelle."

June terminó su merienda y dejó los platos en el fregadero. Por el momento dejaría la cocina y procuraría terminar de bosquejar el paisaje marino.

Salió de la casa, rumbo hacia el estudio, y se encontró mirando hacia el norte y pensando lo que le había dicho Constance Benson esa mañana. Y entonces se le ocurrió algo.

Si Constance Benson estaba preocupada por la posibilidad de que esa parte del risco se derrumbara en el mar, ¿por qué no había dicho a June que mantuviera a Michelle alejada también de la playa? Y ¿por qué no mantenía a Jeff lejos de la playa? Apresuró su andar.

Deteniéndose en el sendero, contempló con fijeza el antiguo camposanto. Sería un cuadro magnífico. Podría emplear colores melancólicos, azules y grises, con un cielo plomizo, y exagerar la cerca derruida, el árbol seco y las hiedras que cubrían todo. Hecho de manera correcta, podía ser inequívocamente aterrador. No lograba explicarse por qué Michelle y Sally habrían querido ir allí.

Curiosidad, decidió. Pura y simple curiosidad.

Esa misma curiosidad que había atraído a las niñas al cementerio, la arrastró entonces a ella. Abandonó el sendero y, con sumo cuidado, pasó por sobre la ruinosa cerca.

Las viejas lápidas, con sus anticuadas inscripciones y sus extraños nombres, la fascinaron; eran una serie de monumentos que relataban algo. Empezó a reconstruir la historia de la familia Carson, cuyos miembros habían vivido y muerto sobre el risco. No tardó en olvidar totalmente el estado del terreno, percibiendo únicamente las lápidas.

Entonces llegó a la tumba de Louise Carson.

MUERTA EN EL PECADO -1880

¿Y qué diablos podía significar eso? Si la fecha hubiera sido 1680, ella habría presumido que la mujer había muerto quemada como bruja, o alguna cosa parecida. Pero ¿en 1880? Una cosa era segura: la de Louise Carson no podía haber sido una muerte feliz.

Mientras, inmóvil contemplaba la tumba, June empezó a sentir compasión hacia esa mujer, muerta mucho tiempo atrás. Probablemente hubiera nacido antes de tiempo, pensó June. "Muerta en el pecado". Un epitafio para una mujer deshonrada.

Al darse cuenta de las palabras que había elegido, rió entre dientes. Qué anticuadas sonaban. Y qué insensibles.

Sin darse cuenta bien de lo que hacía, se apoyó en las manos y los pies y comenzó a arrancar las hierbas que cubrían el sepulcro de Louise Carson. Sus raíces eran muy profundas. Tuvo que tirar de ellas con fuerza hasta lograr que se soltaran.

Casi había despejado de malezas la base de la lápida, cuando sintió el primer dolor.

No fue más que una punzada, pero en seguida la siguió la primera contracción.

"Dios mío, no puede ser", pensó.

Incorporándose con esfuerzo, se apoyó pesadamente en el tronco del roble seco.

Tenía que regresar a su casa.

Su casa estaba demasiado lejos.

Al empezar la siguiente contracción, miró frenéticamente hacia el camino.

Estaba desierto.

La casa de los Benson. Tal vez pudiera llegar a casa de los Benson. Tan pronto como disminuyera el dolor, partiría.

Sentándose cuidadosamente en el suelo, esperó. Después de un lapso que pareció eterno, sintió que sus músculos empezaban a aflojarse, y el dolor a mitigarse. De nuevo empezó a incorporarse.

– Quédese donde está -se oyó una voz.

June se dio vuelta y vio a Constance Benson, que acudía de prisa por el sendero. Suspirando agradecida, se dejó caer de nuevo al suelo.

Allí esperó, tendida sobre la tumba de Louise Carson, orando para que el pequeñuelo esperara, para que su primer hijo no naciera en un cementerio.

Luego, mientras Constance Benson se arrodillaba a su lado y le tomaba la mano, June se reclinó.

Otra abrumadora contracción la convulsionó; sintió extenderse la humedad al brotar sus aguas. "Dios santo, aquí no", imploró.

En un camposanto, no.

CAPITULO 7

Sonó la campana de las tres y diez. Michelle juntó sus libros, los introdujo en su bolsa de lona verde y se dispuso a salir del aula.

– ¡Michelle! -Era Sally Carstairs, y aunque Michelle trató de no hacerle caso, Sally le tomó un brazo para retenerla, diciéndole en tono quejumbroso-: No estés enojada. Nadie quiso ofenderte.

Michelle observó a su amiga con desconfianza. Cuando vio la expresión preocupada de Sally, bajó un poco la guardia.

– No entiendo por qué todos seguían insistiendo en que vi algo que no vi -dijo-. Estaba dormida y tuve una pesadilla, nada más.

– Salgamos al pasillo -dijo Sally, mientras desviaba la vista hacia Corinne Hatcher.

Interpretando la mirada de Sally, Michelle la siguió al corredor.

– ¿Y bien? -le preguntó esperanzada.

Sally eludió su mirada. Incómoda, cambió su peso de un pie a otro. Después, clavando los ojos en el suelo, dijo con voz tan queda que Michelle apenas pudo oírla:

– Tal vez tú hayas tenido un sueño solamente. Pero también yo vi a Amanda, y creo que lo mismo Susan Peterson.

– ¿Qué? ¿Quieres decir que tuvieron el mismo sueño que yo?

– No lo sé -respondió Sally, pesarosa-. Pero la vi y no fue un sueño. ¿Recuerdas el día en que me lastimé el brazo?

Michelle asintió con la cabeza: ¿cómo podía olvidarlo? Ese fue el día en que también ella había visto algo. Algo que Sally había procurado dejar de lado diciendo que era "tan solo el olmo".

– ¿Cómo se explica que no me lo hayas contado antes?

– Pensé que no me creerías -respondió Sally como disculpa-. Pero, de todos modos, la vi. Al menos eso creo. Yo estaba afuera, en el patio, cuando de pronto sentí que algo me tocaba el brazo. Al volverme a mirar, tropecé y caí.

– Pero ¿qué viste? -insistió Michelle, repentinamente segura de que aquello, fuera lo que fuese, era importante.

– No… no estoy segura -replicó Sally-. Fue solo algo negro. En realidad, apenas logré vislumbrarlo, y después de que me caí, eso había desaparecido.

Michelle permaneció callada, mirando con fijeza a Sally y recordando esa noche, cuando ella y su padre salían de la casa de los Carstairs y ella había mirado atrás.

Había visto algo junto a la ventana… algo oscuro, como una sombra. Algo negro.

Antes de que pudiera decir a Sally lo que había visto esa noche, Jeff Benson apareció al fondo del pasillo, haciéndole señas.

– Michelle… ¡Michelle! ¡Mamá está aquí y necesita hablar contigo!

– Un segundo… -empezó a decir Michelle, pero Jeff la interrumpió bruscamente.

– ¡Ahora! Se trata de tu madre…

Sin esperar a que él terminara, Michelle se apartó de Sally y echó a correr.

– ¿Qué ocurre? ¿Ha sucedido algo? -preguntó.

Pero Jeff ya la conducía fuera del edificio, hacia el automóvil de su madre. Junto a la acera esperaba un destartalado sedán con el motor en marcha y Constance Benson muy agitada tras el volante.

– ¿Qué ocurre? -preguntó de nuevo Michelle mientras subía al coche.

– Se trata de tu madre -respondió brevemente la señora Benson mientras hacía los cambios de marcha-. Está en la clínica dando a luz.

– ¿Dando a luz? -repitió Michelle en un susurro-. Pero el parto no debía ser hasta dentro de tres semanas. ¿Qué pasó?

Sin hacer caso de su pregunta, Constance Benson apretó el acelerador, soltó el embrague y se apartó de la acera. Yendo hacia la clínica se mordía el labio inferior, concentrándose en conducir y manteniendo silencio.

Michelle estaba sentada en el borde de su asiento, sosteniendo una revista en su regazo, pero sin tratar siquiera de mirarla. En cambio observaba la puerta por la cual, tarde o temprano, entraría su padre. Y entonces, como respondiendo a sus deseos, la puerta se abrió y Cal le sonrió diciendo:

– Felicitaciones. Tienes una hermanita.

Incorporándose de un salto, Michelle se arrojó en los brazos de su padre.

– Pero, ¿qué hay de mamá? ¿Está bien ella? ¿Qué ocurrió?

– Está perfectamente -la tranquilizó Cal-. Y la pequeña también. Parece que para tu madre y tu hermana, el tiempo no es esencial. Dice el doctor Carson que fue el parto más rápido que ha visto en su vida.

Aunque tuvo cuidado de hablar con tono ligero, Cal estaba preocupado. El parto había sido demasiado rápido. Anormalmente rápido. Se preguntaba qué lo había provocado. Entonces oyó que Michelle preguntaba por la pequeña y dejó de lado el parto.

– ¿Una hermana? ¿Tengo una hermana?

Cal asintió con un movimiento de cabeza.

– ¿Puedo verla? ¿Ahora mismo? Por favor…

Miró implorante a Cal, que la estrechó contra sí.

– Dentro de unos minutos -prometió-. En este momento, me temo que no esté demasiado presentable. ¿No quieres saber qué ocurrió? -suavemente Cal empujó a Michelle a un sillón; luego se sentó junto a ella-. Tu hermana estuvo a punto de nacer en el cementerio -declaró.

Michelle lo miró con fijeza, sin entender, y su sonrisa se borró un poco.

– Tu madre decidió dar un paseo continuó él-. Estaba en el viejo cementerio cuando le empezaron los dolores.

– ¿En el cementerio? -repitió Michelle en voz baja-. ¿Qué estaba haciendo allí?

– ¿Quién lo sabe? -preguntó Cal irónicamente-. Ya conoces a tu madre… nunca se sabe lo que es capaz de hacer.

Entonces Michelle se volvió a la señora Benson.

– Pero ¿dónde estaba cuando usted la encontró? ¿En qué parte del cementerio?

Constance Benson vaciló, pues no quería decir a Michelle dónde había encontrado a June. Pero ¿por qué no?

– Estaba sobre la tumba de Louise Carson – respondió con voz queda.

– ¿Sobre la tumba? -repitió Michelle. "Qué siniestro" pensó para sí, mientras apretaba la mano de su padre.- ¿La pequeña está bien? Quiero decir, es una especie de presagio, ¿verdad? ¿Una niña que nace sobre una tumba?

Cal le apretó la mano, luego deslizó un brazo en torno a ella diciéndole con dulzura:

– No seas tonta. Tu hermana nació aquí mismo, no sobre la tumba de nadie. -Se incorporó atrayendo a Michelle hacia sí.- Ven, vamos a ver a la pequeña, luego a ver cómo sigue tu madre.

Sin decir palabra a Constance Benson, condujo a su hija fuera de la sala de recepción.

– Oh, mamá, qué hermosa es -susurró Michelle, contemplando la diminuta cara que reposaba al lado de June.

Como si respondiera, la pequeña abrió un solo ojo, escudriñó inexpresivamente a Michelle por un momento, luego se durmió otra vez. June sonrió a Michelle.

– ¿Te parece que debemos conservarla?

La cabeza de Michelle se agitó de arriba a abajo con entusiasmo.

– Y llamarla Jennifer, tal como pensábamos.

– A menos -intervino Cal- que quieran llamarla Louise, para conmemorar el sitio donde causó su primer alboroto.

– No, gracias – repuso June con voz baja, pero enfática-. En esta familia no habrá ningún Carson.

Sus ojos buscaron los de Cal, pero éste rompió el momento con rapidez. Sin embargo, Michelle había visto sus extrañas expresiones.

– Madre – preguntó con voz pensativa-. ¿Qué estabas haciendo allí?

– ¿Por qué no iba a estar allí? -replicó June con voz forzadamente alegre-. ¿Acaso no debía caminar todos los días? Por eso caminé hacia el cementerio y luego decidí entrar. Además – agregó, viendo que ni su esposo ni su hija creían que esa fuera toda la verdad-, Constance Benson me dijo que el cementerio no era un lugar seguro, quise verlo con mis propios ojos. Sostenía que estaba por caerse en el mar.

– Me parece que esa mujer está llena de disparates rió entre dientes Cal-. Igual que ésta.

Agachándose, acarició la frente de Jennifer. La pequeña abrió los ojos, miró a su padre con fijeza un momento, luego empezó a llorar.

– ¿Cuándo podremos llevarla a casa? -preguntó Michelle, tendiendo una mano vacilante para tocar a la niñita. Ansiaba desesperadamente levantar a Jennifer, pero no se atrevía a pedirlo.

– La llevaré a casa esta noche -repuso June. Los ojos de Michelle se dilataron de sorpresa.

– ¿Esta noche? ¿De veras? Pero yo pensé… quiero decir…

– ¿Quieres decir que pensaste que debía quedarme en el hospital? ¿Por qué? Aquí tendría solamente una enfermera nocturna para cuidarme, y también a Jennifer. Pero en casa los tengo a ti y a tu padre para darles órdenes.

Michelle se volvió hacia su padre en busca de confirmación.

– No veo motivo para que no vaya a casa.

– Pero la nursery no está lista, ¿o sí?

June sonrió a su hija con ojos alegres.

– Y ¿adivinas quién la preparará?

Mientras Michelle escuchaba, June empezó a enumerar cosas que deberían hacerse en la nursery antes de que ella y la pequeña fueran llevadas a casa. Al estirarse la lista, Michelle se volvió hacia su padre, fingiendo exasperación.

– ¿No tendría que estar débil o dormida, o algo así?

– Así es tu madre… cuando decide hacer algo, lo hace… sin desorden, ni alborotos ni molestias. Tengo la sensación de que inclusive mantenerla en cama dos o tres días va a ser muy difícil.

June terminó la lista y tendió los brazos a su hija diciendo:

– Ahora, dame un beso y vete. La señora Benson te llevará a casa y nosotros llegaremos después de cenar. Tú puedes comer con Jeff y la señora Benson. Ya lo arreglé.

– Pero ni siquiera hablaste con ella… -empezó Michelle.

– En el trayecto hasta aquí -dijo June en tono satisfecho-. Y te diré algo… tener un hijo no es tan difícil como yo creía ni mucho menos.

Abrazó a Michelle con rapidez y luego la despidió.

Momentos más tarde, mientras Cal la miraba, empezó a amamantar a Jennifer por primera vez. Los flamantes padres se miraron contentos.

– ¿Es un ángel o no lo es? -preguntó June.

– Es perfecta -admitió Cal.

– ¿Quieres que nos quedemos contigo? -preguntó la señora Benson al detener su automóvil frente a la casa de los Pendleton.

Fijó en la antigua mansión una mirada dubitativa, como si le costara imaginar que alguien de la edad de Michelle estuviera dispuesta a aventurarse adentro, sola. Pero Michelle ya estaba bajando del vehículo.

– No, gracias. Tengo muchísimas cosas por hacer antes de que mamá y papá traigan a Jenny a casa.

– Quizá podríamos ayudarte -ofrecióla señora Benson.

– Oh, no me molesta -respondió inmediatamente Michelle. Se trata principalmente de arreglar la nursery, nada más: será divertido.

Luego, antes de que la señora Benson pudiera seguir insistiendo, Michelle preguntó a qué hora la esperaban a cenar.

– Siempre comemos a las seis -le contestó Jeff-. ¿Quieres que venga y te acompañe? A veces hay niebla alrededor de esa hora.

– No te preocupes -respondió Michelle un tanto fastidiada… ¿acaso Jeff la tomaba poruña niñita pequeña?- Estaré allí a las seis o un poco antes.

Despidiéndose con un ademán, subió corriendo los escalones y desapareció por la puerta principal.

Michelle cerró la puerta a sus espaldas y subió a sus habitaciones, arrojando su cartapacio en la cama, su suéter en una silla. Después se acercó a la ventana y levantó a su muñeca.

– Tenemos una hermana, Amanda -susurró. Al pronunciar el nombre de la muñeca, recordó de pronto su sueño de la noche anterior y las cosas que le habían dicho sus amigos-. Tal vez debería cambiarte de nombre -dijo a la muñeca, contemplando pensativa sus ciegos ojos pardos. Después lo pensó mejor-. ¡No! Te bauticé Amanda, eres Amanda, ¡y basta! ¿Quieres ayudarme a limpiar la nursery?

Llevando consigo a la muñeca, se dirigió por el pasillo al cuarto contiguo al de sus padres, que iba a ser el de Jennifer. Entró preguntándose qué hacer primero.

Allí estaba todo el moblaje: una camita y una cuna, una cómoda diminuta, cuya tapa podía convertirse en mesa para cambiar. Las paredes estaban recién pintadas, y en las ventanas había cortinas cubiertas de figuras infantiles. En el único sillón grande de la habitación había un animal de paño: el canguro Kanga, con su cachorro espiando tímidamente desde su bolsillo. Michelle colocó a Amanda al lado de los juguetes y se puso a trabajar. No tardó en darse cuenta de que no había tanto por hacer. Encontró una cobija rosada (con rebordes azules por si acaso) y la acomodó cuidadosamente en la cuna. Luego, recogiendo su muñeca, fue al cuarto de sus padres, donde cambió la cama para que June la encontrara limpia y fresca.

Una vez que repasó mentalmente la lista de June varias veces y decidió que había hecho todo lo que podía recordar, tomó a Amanda y volvió a su propio cuarto, donde volcó sus libros escolares del cartapacio. Los contempló con fastidio. Era un insulto que se le exigiera hacer sus tareas escolares el mismo día en que había nacido su hermana menor. Decidiendo que la señorita Hatcher entendería, volvió a su asiento de la ventana, con su muñeca cómodamente sostenida en su regazo.

Mirando por la ventana, la mente de Michelle empezó a vagar. Se preguntaba cómo habían sido las cosas al nacer ella. ¿Tendría acaso una hermana que habría preparado un cuarto para ella? Probablemente no. Con tristeza pensó que probablemente ni siquiera la habrían llevado a casa desde el hospital, por lo menos hasta que los Pendleton fueron en su busca. Los Penedleton.

Nunca pensaba en ellos sino como mamá y papá. Pero por supuesto, comprendió sobresaltada, en realidad no eran sus padres ni nada. ¿Cómo había sido su madre verdadera? ¿Por qué no habría querido a su hija? Mientras daba vueltas mentalmente a la cuestión, apretó más la muñeca, pues empezaba a sentirse sola. De pronto deseó no haber dicho a Jeff y a su madre que la dejaran sola.

– Me estoy portando como una tonta dijo en voz alta, sobresaltada por el sonido de su propia voz en el silencio de la casa-. Tengo una madre maravillosa, y un padre maravilloso, y ahora tengo también una hermana. ¿A quién le importa cómo era mi verdadera madre?

Resueltamente, abandonó el asiento de la ventana y tomó uno de sus libros de estudio. Más valía hacer sus tareas que ponerse tan triste. Se acomodó en la cama, con Amanda bajo el brazo, y empezó a leer sobre la guerra de 1812.

A las cinco y media, Michelle dejó sus libros y echó a andar por el sendero que bordeaba el risco. Aún era de día, pero en el aire había un frío húmedo. La niebla se desprendería del mar mucho antes de que ella llegara a la casa de los Benson. No estaba muy segura de querer andar por el sendero entre la niebla. Desandando sus pasos, regresó a la casa y por la calzada bajó al camino. A su alrededor, los árboles empezaban a cambiar; los atisbos de rojo y dorado entre el verde parecían neutralizar el gris de las brumas que se estaban juntando sobre el mar. Entonces, cuando llegaba frente al viejo cementerio, miró hacia el este. En efecto, la niebla había llegado silenciosamente al risco, y remolineaba despacio hacia ella, mientras su ondulante blancura se convertía en un dorado brillante donde todavía le daba el sol, cada vez más débil, y luego daba paso al frío gris de la masa costanera que tenía atrás.

Deteniéndose, Michelle observó la niebla que se le acercaba lenta e incesantemente, desbordando sobre el camposanto cuyo único rasgo visible, desde donde se encontraba ella, era el retorcido roble. Ante su mirada, la niebla devoró el árbol, que desapareció en lo gris.

De pronto, algo pareció moverse en la niebla.

Al principio fue confuso, apenas una oscura sombra contra el gris.

Titubeando, Michelle dio un paso adelante, abandonando el camino.

La sombra se movió hacia ella, mientras empezaba a oscurecerse y cobrar forma.

La forma de una niña, vestida de negro, cubierta la cabeza con un bonete.

La niña a quien Michelle había visto la noche anterior en su sueño.

¿O acaso no había sido un sueño?

Un miedo incipiente comenzó a hacer presa de Michelle; una sensación de frío la envolvió.

La extraña figura se desplazaba junto con la niebla, avanzando hacia ella. Michelle permanecía inmóvil, como hipnotizada, sin saber bien qué estaba viendo.

La niebla flotaba en torno de la niña vestida de negro, y por un momento ésta desapareció, hasta que el viento cambió y las brumas se abrieron de pronto.

Aún estaba allí, silenciosa, totalmente inmóvil ahora, sus vacíos ojos fijos en Michelle con esa misma mirada lechosa, ciega, que Michelle había visto la noche anterior.

Aquella figura alzó un brazo envuelto en negra tela y la llamó con una seña.

Casi involuntariamente Michelle dio un paso adelante.

Y la extraña visión desapareció.

Michelle se quedó totalmente inmóvil, aterrorizada.

La niebla, ya muy cerca de ella, estaba empezando a rodearla; suaves tentáculos de bruma, fríos y húmedos, se extendían hacia ella, igual que momentos antes de que la oscura aparición la llamara.

Lentamente, Michelle empezó a retroceder en la niebla.

Cuando su pie tocó el empedrado del camino, la firme sensación del pavimento debajo de ella pareció quebrar el hechizo. Apenas unos segundos antes, la niebla parecía haberse convertido casi en una cosa viviente. Ahora volvía a ser tan solo niebla.

Mientras la luz cada vez más tenue de la tarde se filtraba entre la bruma, Michelle corrió por el camino hacia el refugio de la casa de los Benson.

– ¡Hola! -exclamó Jeff al abrir la puerta-. Iba a ir en tu busca… tenías que estar aquí a las seis.

– ¡Pero no pueden ser las seis todavía! -protestó Michelle-. Salí de casa a las cinco y treinta y cinco y tardé apenas unos minutos en llegar aquí.

– Ya son las seis y media -repuso Jeff, señalando el reloj de pared que dominaba la sala de los Benson -. ¿Acaso te detuviste en el cementerio?

Michelle fijó en Jeff una mirada penetrante, pero nada vio en sus ojos, salvo curiosidad. Estaba por contarle lo sucedido cuando volvió a recordar la conversación de ese día a la hora de la merienda. Bruscamente cambió de idea.

– Parece que nuestro reloj está mal -dijo-. ¿Qué hay de cena?

– Carne asada – respondió Jeff, haciendo una mueca antes de conducir a Michelle al comedor, donde su madre estaba esperando.

Cuando Michelle entró en la habitación, Constance Benson la observó críticamente.

– Nos estábamos inquietando, iba a enviar a Jeff en tu busca.

– Disculpe -replicó Michelle, deslizándose en su silla-. Creo que nuestro reloj debe estar atrasado.

– O eso, o estuviste perdiendo el tiempo -declaró severamente Constance-. No me gusta que se pierda el tiempo.

– Fue la niebla -contestó Michelle-. Cuando vino la niebla, me detuve a mirarla.

Michelle tendió la mano y se sirvió asado sin advertir que tanto Jeff como su madre la miraron con fijeza, desconcertados.

Constance miró hacia la ventana. Si había habido niebla, ella no la había visto, por cierto. El atardecer le parecía perfectamente despejado.

CAPITULO 8

Cal tendió la mano para apretar cariñosamente la de June. Ya casi habían llegado a su casa. Conducía lentamente, yendo de un lado a otro para eludir los peores hoyos del camino. Respiró aliviado cuando por fin entraron en la calzada de su casa.

Detuvo el automóvil lo más cerca posible de la vivienda y tomó a la pequeña de los brazos de su esposa.

– Déjame instalar a Jennifer en su cuarto, después volveré a buscarte.

– No soy una inválida repuso June, mientras bajaba del coche y se encaminaba hacia la puerta principal-. "Un poco vacilantes, pero estamos de pie". ¿De dónde es eso?

– De Quién le teme a Virginia Woolf. Salvo que la cita no es oportuna: el personaje esfaba ebrio.

– Me vendría bien un trago -señaló June sin entusiasmo-. Supongo que no puedo beber vino…

– Supones bien -repuso Cal, mientras sostenía a Jennifer con un brazo y ofrecía el otro a June, quien lo aceptó agradecida.

– Está bien, tener un hijo no fue tan fácil como yo sostenía. La cama me hará sentir bien.

Entraron en la casa a oscuras. June aguardó al pie de la escalera mientras Cal llevaba arriba a Jennifer. Un instante más tarde regresaba. Apoyándose pesadamente en él, June subió con lentitud.

– Ojalá no tenga que hacer nada -dijo fatigada cuando ya estaba arriba-. ¿Está todo listo?

– Solo falta que te metas en la cama, que está ya preparada. Además, Michelle nos dejó un mensaje. Quiere que la llamemos a casa de los Benson tan pronto como lleguemos aquí.

– Como si no fuéramos a hacerlo -rió June entre dientes-. A Michelle no se le olvida nada.

Se quitó la bata y la túnica de hospital que le habían dado en la clínica. Luego, antes de ponerse su cómodo camisón de franela, se miró en el espejo.

– Dios mío, ¿estás seguro de que ya terminé? ¡Parece que estuviera todavía embarazada!

– Te verás así dos o tres semanas -le aseguró Cal-. No es nada anormal. Solo una cantidad de tejidos extra que debe volver al lugar de donde vino. Ahora acuéstate.

– ¡Sí, señor! -replicó June, haciendo la venia débilmente. Acomodándose en la cama, se reclinó en las almohadas.- Y bien, aquí estoy -dijo, sonriendo a su esposo-, ¿Por qué no me traes a Jennifer y luego llamas a Michelle? Sin duda nos habrá visto pasar.

Después de traer a la pequeña del cuarto contiguo, Cal tomó el teléfono.

– Hasta dejó el número de los Benson en el mensaje -comentó.

– Me habría sorprendido que no lo hiciera -June bajó la parte superior de su camisón y acomodó a la niñita contra su pecho. Ávidamente Jennifer comenzó a mamar.

– ¿Señora Benson? ¿Está allí Michelle? -preguntó Cal por teléfono, sin dejar de mirar cariñosamente a su esposa y su pequeña hija.

Tendió una mano para tocar la diminuta cabeza de Jennifer mientras esperaba a que Michelle acudiera al teléfono.

– ¿Papa? ¿Ya están en casa? ¿Mamá está bien?

– Estamos en casa y todos nos hallamos muy bien. Puedes regresar cuando quieras. Y date prisa. Tu hermana come y crece, y si quieres verla pequeñita, mejor será que vengas antes de los diez próximos minutos.

Hubo un breve silencio en la otra punta. Cuando Michelle volvió a hablar había en su voz un elemento de inseguridad que a Cal le pareció inusitado.

– Papá… ¿podrías venir a buscarme?

Cal arrugó el entrecejo, y June, advirtiendo su cambio de expresión, lo miró con curiosidad.

– ¿A buscarte? Pero estás a solo algunos cientos de metros de distancia…

– Por favor -imploró Michelle-. Solamente esta vez…

– Aguarda un segundo -repuso él. Tapando la bocina con una mano, se dirigió a June.- Quiere que la vaya a buscar.

Se lo notaba perplejo, pero June se limitó a encogerse de hombros.

– Pues ve a buscarla.

– No estoy seguro de que deba dejarte sola -dijo Cal.

– Estaré perfectamente bien. No estarás ausente más de cinco minutos. ¿Qué puede ocurrir? Me quedaré aquí acostada alimentando a Jennifer.

Cal retiró la mano de la bocina.

– Muy bien, preciosa. Estaré allí en dos o tres minutos. ¿Estarás lista?

– Te esperaré junto a la puerta principal -replicó Michelle con voz mucho más vigorosa.

Cal se despidió de ella y volvió a colocar el auricular en la horquilla.

– No lo entiendo. Tan independiente que es, y de repente quiere que la vaya a buscar a menos de medio kilómetro de distancia.

– No me parece tan sorprendente -repuso June con-indulgencia-. Afuera está oscuro, hay que pasar cerca de un cementerio y, admitámoslo, casi no le hemos hecho caso en todo el día y probablemente quiera algo de atención. Dios mío, querido, tiene apenas doce años. A veces creo que lo olvidamos.

– Pero esto no es habitual en ella. Sabe que hay muchísimas cosas por hacer…

– Ya las hizo ella -señaló June-. Vamos, no te demores más y ve a buscarla. Ya habrías podido ir y estar de vuelta.

Cal se puso la chaqueta, dejó a su esposa y a su hijita y salió de la casa.

Antes de que Cal pudiera tocar la bocina del automóvil, se abrió la puerta principal de los Benson. Un instante más tarde, Michelle estaba en el auto, junto a él.

– Gracias por venir -dijo mientras su padre hacía los cambios de marcha.

Cal Pendleton la miró con curiosidad.

– ¿Desde cuándo le tienes miedo a la oscuridad?

Michelle se retiró al otro lado del asiento, y Cal lamentó en el acto su crítica implícita.

– No hay problema -se apresuró a añadir-. Tu madre está en cama, alimentando a la pequeña y todo está muy bien. Pero, ¿qué fue lo que te afectó?

Apaciguada, Michelle se acercó más a su padre.

– No lo sé -esquivó, pues no quería decirle lo que había visto esa tarde en la bruma-. Creo que simplemente no quise pasar de noche junto al cementerio.

– ¿Acaso Jeff ha estado contándote cuentos de fantasmas? -inquirió Cal.

Michelle sacudió la cabeza.

– No cree en fantasmas. Por lo menos eso dice -agregó, subrayando apenas la última palabra-. Pero esta noche es tan oscura que no quise andar sola. Lo siento.

– Está bien.

Hicieron el resto del corto trayecto en silencio.

– Trabajaste mucho esta tarde.

Con Jennifer tranquilamente dormida en el hueco de su brazo, June sonrió a su hija mayor, indicándole con un ademán que se acercara y se sentara en el borde de la cama.

– Todo estaba perfecto. Debes de haber trabajado toda la tarde.

– No llevó mucho tiempo -repuso Michelle con los ojos clavados en la recién nacida-. ¡Qué pequeña es!

– Es el único tamaño en que vienen. ¿Te gustaría sostenerla?

– ¿Puedo? -exclamó Michelle con voz llena de ansiedad.

– Toma -June alzó a la niñita, la entregó a Michelle y luego se acomodo de nuevo contra las almohadas-. Debes sostenerla como a las muñecas -le aconsejó-. Sostenía con el codo y deja que se apoye en tu brazo.

Mientras Michelle contemplaba el diminuto rostro que depositaba contra su pecho, Jennifer abrió los ojos y eructó.

– ¿Está bien ella?

– Está perfectamente bien. Si se pone a llorar, dámela. Mientras no llore, no ocurre nada.

Como para demostrar la afirmación de su madre, Jennifer cerró los ojos y se volvió a dormir.

– Cuéntame todo -dijo de pronto Michelle, apartando finalmente sus ojos de la pequeña y mirando a su madre con ansiedad.

– Pues no hay mucho que contar. Estaba dando un paseo cuando me empezaron los dolores. Eso fue todo.

– Pero, ¿en el cementerio? -insistió Michelle-. ¿No te dio escalofríos?

– ¿Por qué motivo?

– Pero Jenny no debía nacer todavía. ¿Qué ocurrió?

– Nada ocurrió. Simplemente Jenny decidió que ya era tiempo, nada más.

Hubo un silencio mientras Michelle daba vueltas a las cosas en su mente. Cuando por último volvió a hablar, su voz fue vacilante.

– ¿Por qué estabas junto a la tumba de Louise Carson?

– Tenía que estar junto a una tumba, ¿verdad? Después de todo, estaba en el cementerio -replicó june con cuidado de que su voz fuese tranquila y convincente. Y se preguntó el por qué.

– ¿Viste su lápida? -preguntó Michelle.

– Por supuesto que sí.

– ¿Qué te parece que querrá decir?

– Estoy segura de que no quiere decir absolutamente nada -repuso June tendiendo los brazos para recibir a Jennifer que estaba otra vez despierta y empezaba a llorar. Casi de mala gana, Michelle devolvió la pequeña a su madre.- Hay que alimentarla -explicó June-. Después podrás tenerla de nuevo.

Michelle se incorporó, sin saber si debía permanecer en la habitación mientras su madre amamantaba a la recién nacida.

– ¿Por qué no preparas té? -sugirió June-. Y dile a tu padre que suba ¿De acuerdo?

June observó a Michelle que salía de la habitación mientras Jennifer empezaba a chuparle ávidamente el pecho. Trató de imponerse tranquilidad, pero le fue imposible. Algo le había pasado a Michelle. No lograba imaginarse qué era aunque estaba casi segura de que se relacionaba con el cementerio, pero ¿qué?

Michelle estaba despierta en su cama escuchando el silencio de la casa. Le parecía demasiado silenciosa.

Por eso, estaba segura, era que no podía dormir.

Por eso, y por el hecho de hallarse totalmente sola en esa parte de la casa.

En el otro extremo del pasillo.

Allí estaban todos los demás.

Su padre y su madre, y su hermanita menor. Todos menos ella.

Salió de la cama, se puso su bata sobre los hombros y salió de su cuarto.

Se detuvo un momento junto a la habitación de sus padres, escuchando luego abrió silenciosamente la puerta y entró.

– Mamá…

June se dio vuelta y abrió los ojos, sorprendida al encontrar a Michelle de pie junto a su cama.

– ¿Qué hora es?

– Son apenas las once -repuso defensivamente Michelle. June se sentó con esfuerzo.

– ¿Qué ocurre? -Es que… es que no podía dormir.

– ¿No podías dormir? ¿Por qué?

– No lo sé -respondió Michelle en voz baja sentándose en la cama-. Tal vez haya bebido demasiado té.

– Eso pasa con el café, cariño -repuso June.

Sintió que Cal se movía a su lado, entonces, de pronto la pequeña comenzó a llorar. Despertando bruscamente, Cal encendió la luz. Entonces vio a Michelle.

– ¿Qué haces aquí? ¿Por eso llora la pequeña?

Viendo a Michelle súbitamente a punto de llorar, June procuró calmar la situación.

– La niña tiene hambre y Michelle no podía dormir. ¿Por qué no me alcanzas a Jenny y después bajas y calientas de nuevo el té? Michelle puede quedarse conmigo mientras yo alimento a esta gritona.

Hizo un guiño a Michelle, que de pronto se sintió mejor.

– Yo traeré a Jenny -ofreció.

Suspirando pesadamente, Cal se puso la bata y bajó la escalera. June aguardó a que se alejara. Luego trató de disculparse por él.

– No quiso decir que era culpa tuya que Jenny estuviera llorando. Solo estaba dormido, nada más.

– Está bien -repuso Michelle con indiferencia-. Creo que me sentía sola, simplemente.

– Bueno, la casa es muy grande -repuso june. Se le ocurrió una idea y sin esperar a meditarla, sugirió:- Tal vez deberíamos trasladarte a esta punta, más cerca de nosotros.

– Oh, no -se apresuró a responder Michelle-. Me encanta mi cuarto. Tengo la sensación de que mi lugar es allí. Desde que encontré a Mandy…

– ¿Mandy? Creía que se llamaba Amanda.

– Bueno, así es. Pero Mandy es lo mismo, igual que algunas personas abrevian mi nombre llamándome Mickey. ¡Ay! Pero Mandy es lindo.

Cal volvió a entrar en la pieza trayendo una bandeja con tres humeantes tazas de té.

– Solo por esta vez – anunció-. De ahora en adelante, solo porque Jennifer tiene hambre no significa que hagamos una merienda. Y tu, jovencita, tendrías que estar acostada. Mañana tienes que ir a la escuela.

– No te preocupes. Me sentí sola, nada más. -Bebió un sorbo de su té; luego se incorporó. ¿Me vas a arropar?

Cal le sonrió al responder.

– Hace años que no lo hago.

– ¿Solo esta noche? -insistió Michelle, suplicante.

Cal miró a su esposa: luego asintió con la cabeza.

– Muy bien -dijo. Termina tu té y vamos.

Después de vaciar su taza, Michelle se inclinó para besar a su madre: luego siguiendo a su padre, salió del cuarto y se dirigió a su propio dormitorio.

Introduciéndose en la cama, se acomodó las cobijas en torno a la barbilla y ofreció la mejilla a su padre. Cal se inclinó, la besó, luego se irguió.

– Te dormirás en seguida – prometió.

Estaba por apagar la luz para regresar junto a June y la pequeña cuando de pronto Michelle le pidió su muñeca.

– Está en el alféizar de la ventana. ¿Podrías alcanzármela?

Cal levantó la antigua muñeca y contempló su rostro de porcelana.

– No parece muy real, ¿verdad? -comentó mientras entregaba la muñeca a Michelle.

En actitud protectora, ésta la arropó bajo las mantas, con la cabeza apoyada en su hombro.

– Es muy real – dijo a su padre.

Este le sonrió después apagó las luces. Cerrando despacio la puerta al salir, echó a andar por el pasillo.

Una vez más Michelle quedó sola en su habitación, escuchando el silencio de la casa. Mientras la oscuridad se acumulaba opresivamente a su alrededor, acomodó más a la muñeca y le susurró suavemente:

– No es como yo creía que iba a ser. Anhelaba tanto tener aquí a Jenny. Pero ahora que llegó, todo es tan distinto. Ellos están todos allí, juntos, y yo estoy sola. Ahora mamá tiene que cuidar a Jennifer. Pero yo ¿a quién tengo? -Entonces se le ocurrió algo.- Yo podría cuidarte, Mandy. Realmente podría… -Estrechó más a la muñeca mientras una lágrima le goteaba por la mejilla.- Cuidaré de ti tal como mamá cuida de Jenny. ¿Te gustaría eso? Yo seré tu madre, Amanda, y te daré todo lo que desees. Y tú te quedarás conmigo, ¿verdad? Para que nunca vuelva a estar sola.

Llorando silenciosamente, con la muñeca apretada muy junto a ella, Michelle se quedó dormida.

CAPITULO 9

Michelle despertó el sábado de mañana con el suave rumor de los pájaros gorjeando. Se quedó quieta en la cama, disfrutando al saber que esa mañana no tenía que darse prisa, esa mañana podía permanecer acostada unos minutos y gozar del sol que inundaba su cuarto, cuyo calor se filtraba a través de las cobijas, colmándola de una sensación de bienestar. Aquel iba a ser un buen día.

Aquel era el día de la merienda en la caleta.

Hasta aquella mañana, Michelle no había estado segura de que iría a esa merienda al aire libre.

El dolor causado por los sarcasmos de Susan Peterson había empezado a desvanecerse al cabo de tres días; hasta el recuerdo de la extraña niña que había aparecido primero en su sueño, luego el martes en el camposanto, se estaba desvaneciendo. Y desde la llegada de Jennifer, Michelle había tenido la mente demasiado llena de otras cosas para dedicarse mucho a la imagen vestida de negro que había parecido pedirle algo.

Ahora, rodeada por la luz del sol, se preguntó por que se había preocupado; por que la noche anterior, al llamarla Sally Carstairs, le había dicho que tal vez no pudiera ir. Por supuesto que iría. Y si Susan Peterson trataba de fastidiarla, ella se negaría simplemente a dejar que eso la afectara.

Tomada la decisión, Michelle abandonó la cama y se puso unos gastadísimos pantalones de pana, una camisa rústica y sus zapatos de gimnasia. Cuando se disponía a bajar, sus ojos se fijaron de pronto en su muñeca, todavía reposando en la almohada donde ella siempre la dejaba de noche. Levantándola, Michelle la apoyó cuidadosamente en el alféizar de la ventana.

– Ya está -dijo suavemente-. Ahora puedes pasarte el día sentada al sol. Pórtate bien.

Se inclinó y besó levemente a la muñeca, tal como había visto a su madre besar a su hermana. Luego salió de su habitación, cerrando la puerta. Cuando Michelle entró en la habitación, June dijo:

– Parece que alguien piensa ayudar a su padre. -Apartó la vista de los huevos que estaba friendo, y al ver la expresión de Michelle le sonrió-. No me mires así… me acostaré tan pronto como termine el desayuno. Pero debo empezar a levantarme. Necesito ejercicio. Hace tres días que estoy en cama y estoy enloqueciendo allá arriba! – Luego, para impedir las protestas de Michelle, señaló el refrigerador diciendo -: Allí hay jugo de naranja.

Michelle abrió el refrigerador y sacó el jarro de jugo.

– ¿Ayudar a papá en que? -preguntó.

– La despensa. Hoy comienza la remodelación.

– Oh…

– ¿Acaso no quieres ayudarle? -preguntó June, intrigada.

Por lo general, era imposible mantener a Michelle lejos de su padre, pero esta mañana parecía casi desilusionada por la perspectiva.

– No es eso replicó Michelle vacilante-. Es solo que algunos de nosotros preparábamos una merienda al aire libre…

– ¡Una merienda al aire libre! No dijiste nada al respecto.

– Es que no sabía con seguridad si iría. A decir verdad, me decidí recién, al levantarme. ¿Puedo… puedo ir, verdad?

– Claro que puedes – replicó June-. ¿Qué tienes que llevar?

– ¿Llevar adonde? -preguntó Cal, saliendo de la escalera que conducía al sótano.

– Hoy habrá una merienda al aire libre -explicó Michelle-. Yo, Sally, Jeff y algunos chicos más. Algo así como el último día de playa, supongo.

– ¿Quieres decir que no me vas a ayudar en la despensa?

– ¿Acaso tú renunciarías a una merienda al aire libre? -preguntó June mientras distribuía los huevos en tres platos y conducía a su marido y a su hija al comedor-. Tal vez yo lleve a Jenny y participe.

– Pero somos solamente nosotros, los chicos -protestó Michelle.

– Estaba bromeando, nada más -se apresuró a decir June-. ¿Qué tal si preparo unos huevos con salsa picante?

– ¿Lo harías?

– Claro… ¿A qué hora será la merienda?

– Nos reuniremos todos en la caleta a las diez.

– Ah, magnífico gimió June. Realmente, Michelle ¿no habías podido advertirme un poco antes? Apenas si tendré tiempo para preparar los huevos, y mucho menos congelarlos.

– No los prepararás anunció Cal antes de volverse hacia Michelle-. Permití a tu madre que se levantara a preparar el desayuno, solo si prometía volver en seguida a la cama. Si quieres huevos con salsa picante tendrás que prepararlos tú misma.

– Es que no sé.

– Entonces tendrás que aprender. Ya eres una muchacha grande y tu madre tiene que cuidar a una niña pequeña -declaró Cal, pero al ver la expresión consternada de Michelle, se ablandó-. Te propongo algo. Después del desayuno, enviaremos a tu madre de vuelta a la cama. Tú lavarás los platos y yo veré qué puedo hacer en cuanto a los huevos. ¿De acuerdo?

La cara de Michelle se iluminó: Al fin y al cabo, todo iba a estar bien. “Pero todo es distinto", pensó mientras empezaba a levantar la mesa. "Ahora que ellos tienen a Jenny, todo es distinto".

Decidió que esto no le agradaba mucho.

Con andar apresurado, Michelle bajó por el sendero hacia la caleta. Eran ya las diez y media y ella iba a ser la última en llegar. En una mano apretaba la bolsa que contenía los huevos con salsa picante. Aún estaban tibios, tal como su madre había previsto. Tal vez nadie se diera cuenta. Podía verlos, cien metros al norte, trepando sobre las rocas, siguiendo la marea menguante, permaneciendo cerca de Jeff que se desplazaba con soltura sobre los afloramientos de granito. Una sola persona estaba todavía sobre la playa, pero ya desde el sendero Michelle reconoció el cabello rubio de Sally Carstairs. Al llegar a la playa, Michelle empezó a correr.

– ¡Hola! -gritó. Sally alzó la vista y la saludó con un ademán.- Lamento llegar tarde. Papá terminó recién los huevos. ¿Crees que alguien se dará cuenta de que no están fríos?

– ¿A quién le importa eso? Temía que no vinieras.

Michelle miró a Sally tímidamente.

– Estuve a punto de no venir. Pero es un día tan lindo…

Su voz se apagó y Sally la vio mirar el reborde de granito donde Susan Peterson estaba arrodillada junto a Jeff.

– No te preocupes por ella – dijo Sally-. Si empieza a fastidiarte de nuevo, no le hagas caso simplemente. Se burla de todo.

– ¿Cómo sabías que es eso lo que me preocupaba?

Sally se encogió de hombros.

– También yo solía preocuparme por ello. Solo porque su padre es un personaje importante, ella cree serlo también.

– ¿No te agrada ella?

– No lo sé -repuso Sally pensativa-. Creo que en realidad no pienso en ello. Quiero decir, la conozco de toda mi vida y siempre ha sido mi amiga.

– Sensacional – dijo Michelle.

Sentándose en una manta, junto a Sally, tomó una botella de bebida gaseosa.

– ¿Puedo beber un sorbo de esto?

– Bébetela toda -repuso Sally-. Yo ya no puedo beber más. ¿Qué es lo sensacional?

– Conocer a alguien de toda la vida. No hay nadie a quien haya conocido toda mi vida -explicó Michelle. Su voz descendió casi hasta un susurro.- A veces me pregunto quién soy en realidad.

– Tú eres Michelle Pendleton. ¿Quién ibas a ser, si no?

– Es que soy adoptada -dijo lentamente Michelle. Bueno, ¿y qué? Sigues siendo tú.

Súbitamente deseosa de cambiar de tema, Michelle se puso de pie.

– Bueno, vamos a ver qué encontraron ellos.

A lo lejos, en las rocas, todos se apretujaban en torno a Jeff, quien sostenía algo en la mano.

Era un pulpo diminuto, de apenas siete centímetros de diámetro, que se retorcía indefenso en la palma de Jeff. Al acercarse Michelle y Sally, Jeff lo ofreció sonriendo.

– ¿Quieren tenerlo?

Era un desafío. Sally se encogió, retrocediendo. Pero Michelle extendió la mano, al principio titubeante, y tocó la resbaladiza superficie de la piel del pulpo.

– No muerde -le aseguró Jeff, lanzando una mirada desdeñosa a Susan Peterson.

Vacilante. Michelle tomó al pequeño ser marino y le dio vuelta cuidadosamente. El diminuto pulpo estiró un tentáculo, se afirmó contra el dedo de ella y se enderezó.

– ¿No se morirá fuera del agua? -preguntó Michelle.

– Por un rato, no – repuso Jeff-. ¿Se aferra a ti?

Michelle tomó uno de los tentáculos y tiró con suavidad. Hubo una ligera sensación de cosquilleo cuando las ventosas de susción se desprendieron de la piel de ella.

– ¡Oh! ¡Cómo puedes hacer eso!

Era Susan. Se apartó de Michelle, con las manos en la cara, fruncida por la repugnancia. Con traviesa sonrisa, Michelle arrojó el serpenteante ser a Susan, que lanzó un grito y lo esquivó. El pulpo cayó de nuevo en el agua, donde inmediatamente desapareció, dejando al huir un rastro de arena agitada, remolineante.

– ¡No hagas eso! -exclamó Susan, mirando furiosa a Michelle.

– No es más que un pulpito -rió Michelle-. ¿Quién puede temerle a un pulpo tan pequeño?

– Es horrible -declaró Susan.

Volviéndose, echó a andar hacia la playa. Lamentando repentinamente lo que había hecho, Michelle intentó disculparse, pero Susan no le hizo caso. Los demás niños miraron primero a Susan, luego a Michelle, como si procuraran decidir qué hacer. Luego, al ver que Susan continuaba alejándose sobre las rocas, todos comenzaron a seguirla. Solamente Salí y Carstairs se quedó atrás.

– Tal vez no debieras hacer cosas así -dijo suavemente Sally-. La enfurecen.

– Lo siento -replicó Michelle -. Sólo quise hacer una broma. ¿No es capaz de aceptar una broma?

– Ella no cree que las cosas son graciosas cuando son a costa de ella. Solamente cuando son a costa de otras personas. Es probable que ahora empiece a fastidiarte.

– Y si lo hace ¿qué? -preguntó Michelle, sintiéndose de pronto muy valiente-. Sabré aguantar. Ven conmigo… más vale que volvamos a la playa.

El sol estaba alto en el cielo, y los niños, dispersos por la playa, masticaban emparedados, regándolos con una provisión aparentemente infinita de bebidas gaseosas. Michelle estaba sentada con Sally Carstairs, pero percibía incómodamente a Susan Peterson que, a poca distancia, compartía una manta con Jeff Benson. Aunque no le había hablado, Susan había estado observándola, como si la juzgara. En ese momento dejó en el suelo su gaseosa y lanzó a Michelle una mirada maliciosa.

– ¿Viste últimamente al fantasma? – preguntó.

– No hay ningún fantasma – repuso Michelle con voz apenas audible.

– Pero lo viste la otra noche, ¿verdad? -La voz de Susan era ya más sonora e insistente.

– Fue un sueño – dijo Michelle-. Solamente un sueño.

– ¿Lo fue? ¿Estás segura?

Michelle miró furiosa a Susan, pero ésta le devolvió la mirada sin pestañear. Michelle sintió que la cólera se acumulaba en su interior. u¿Qué es?", se preguntó. “¿Por qué siempre la hago enojarse conmigo?"

– ¿No podemos hablar de otra cosa? -preguntó.

– A mí me gusta hablar del fantasma -respondió serenamente Susan.

– ¡Pues a mí no! -exclamó Sally Carstairs-. ¡Creo que hablar del fantasma es tonto! Quiero oír algo sobre la hermanita de Michelle.

Michelle sonrió agradecida a Sally.

– Es hermosa, y se parece mucho a mi madre -declaró.

– ¿Cómo puedes saberlo? -preguntó Susan Peterson con voz helada; en sus ojos brillaba una gozosa malicia.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó a su vez Michelle-. Jennifer se parece mucho a mi madre. Todos lo dicen.

– Pero tú ni siquiera sabes quién es tu madre -dijo Susan-. Eres adoptada.

Súbitamente Michelle sintió que todos los niños la miraban, preguntándose qué diría luego ella.

– No por eso mis padres dejan de ser mis padres -repuso cuidadosamente.

– ¿Quién dijo lo contrario? -replicó Susan-. Salvo que los Pendleton no son realmente tus padres, ¿verdad? No sabes quiénes son tus padres, ¿o lo sabes?

– Claro que son mis padres -replicó Michelle. Se incorporó haciendo frente a Susan-. Ellos me adoptaron cuando yo era muy pequeñita y siempre han sido mis padres.

– Eso fue antes -dijo Susan, sonriendo ahora al ver cómo aumentaba la cólera de Michelle.

– ¿Qué quieres decir, antes?

– Antes de que tuvieran su propia hija. La única razón por la cual hay personas que adoptan niños, es porque no pueden tener uno propio. Entonces, ¿para qué te necesitan ya tus padres?

– No digas eso, Susan Peterson -gritó Michelle-. Jamás digas eso. Mis padres me quieren tanto como los tuyos a ti.

– ¿De veras? dijo Susan, con una dulce voz que desmentía la expresión de su cara. ¿De veras te quieren?

– ¿Qué se supone que quiere decir eso?

Tan pronto como esas palabras salieron de su boca, Michelle deseó no haberlas pronunciado. Debía simplemente ignorar a Susan… recoger simplemente sus cosas y marcharse. Pero ya era demasiado tarde. Todos los otros niños escuchaban a Susan, pero miraban a Michelle.

– ¿Acaso no pasan más tiempo con la pequeña que contigo? ¿No la quieren más en realidad? ¿Y por qué no? Jenny es su verdadera hija. ¡Tú no eres más que una huérfana cualquiera que ellos recogieron cuando creyeron que no podían tener hijos propios!

– Eso no es cierto -exclamó Michelle.

Pero al hablar, supo que no estaba tan segura como procuraba aparentar. Las cosas eran diferentes ahora. Lo habían sido desde que naciera Jenny. Pero eso era solo porque Jenny era pequeñita y necesitaba más que ella. No significaba que sus padres no la quisieran. ¿O sí? Por supuesto que no. Ellos la amaban. ¡Sus padres la amaban!

De pronto Michelle quiso estar en casa… en casa con su madre y su padre, en casa donde estaría cerca de ellos, sería parte de ellos. Aún era su hija. Ellos aún la querían… aún la aceptaban… ¡por supuesto que sí! Sin molestarse en recoger sus cosas, Michelle se volvió y empezó a correr por la playa hacia el sendero.

Sally Carstairs se incorporó de un salto y se dispuso a correr en pos de Michelle, pero la voz de Susan Peterson la detuvo.

– Déjala ir -dijo Susan-. Si no es capaz de soportar algunas bromas… ¿quién la necesita?

– Pero eso fue una maldad, Susan -declaró Sally -. Fue una maldad pura y simple.

– ¿Y qué? -replicó descuidadamente Susan-. Tampoco fue muy amable de su parte arrojarme ese pulpo.

– Pero ella no sabía que te afectaría tanto.

– Sí que lo sabía -replicó Susan-. Y aunque no lo supiera, no debió haberlo hecho. No hice más que desquitarme.

Sally volvió a sentarse en su manta, preguntándose qué hacer. Quería ir tras Michelle y traerla de vuelta, pero lo más probable era que de nada sirviera hacerlo. Susan no iba a dejarla tranquila… ahora que sabía como afectar a Michelle, seguiría simplemente haciéndolo. Y si Sally continuaba siendo amiga de Michelle, Susan se la tomaría con ella también. Sally sabía que no era capaz de soportar eso.

– Sí que sabe correr, ¿verdad?

Al oír que los otros niños se reían de la pregunta de Susan, Sally alzó la vista. Michelle estaba casi al pie del sendero. Sally decidió que, aunque los demás niños fueran a mirar, ella no lo haría. Además, no podía. Sabía que, si lo hacía, empezaría a llorar, y no quería hacer eso. No delante de Susan.

Las palabras de Susan Peterson castigaban los oídos de Michelle al correr por la playa.

¿Para qué te necesitan?

¿No la quieren más a ella, en realidad?

No era cierto, se dijo. Nada de eso era cierto. Pero al correr, las palabras parecían seguirla. Arrastradas por el viento, punzándola, hostigándola.

Al llegar al sendero inició la subida.

Su respiración, ya trabajosa debido a su furia y por haber corrido, era cada vez más dificultosa. Pronto empezó a jadear; sentía que el corazón le golpeaba el pecho

Quería detenerse, quería descansar, quería sentarse un minuto apenas para tomar aliento, pero sabía que no podía hacerlo.

Ellos estarían allá, en la playa, observándola. Casi podía oír la voz de Susan, dulce y maliciosa:

– Ni siquiera puede subir por el sendero.

Se obligó a mirar arriba para saber hasta dónde tenía que llegar antes de encontrarse a salvo en la cima, donde no podían verla desde la playa.

Lejos.

Demasiado lejos.

Y ahora estaba llegando la niebla.

Al principio fue tan solo una cosa gris, una leve nebulosidad que enturbiaba su visión.

Pero después, mientras ella subía el sendero poniendo con esfuerzo un pie tras otro, se juntó en torno a ella, fría y húmeda, aislándola, dejándola sola, ya no a la vista de sus atormentadores de la playa, pero también lejos de casa.

Debía estar cerca de la cima. ¡Tenía que estarlo!

Era como una pesadilla, un sueño en el cual uno tiene que correr, pero sus pies, atascados en una especie de fango, se niegan a moverse. Michelle sintió que el pánico la iba dominando.

Fue entonces cuando resbaló.

Durante una fracción de segundo, pareció que no era nada… apenas una leve tercedura cuando su pie derecho golpeó una piedra suelta y se dobló hacia afuera.

De pronto, no hubo bajo su pie nada que la sostuviera. Fue como si el sendero hubiera desaparecido.

Se sintió empezar a caer a través de la aterradora niebla gris.

Lanzó un grito, una sola vez, luego la niebla pareció apretarse en torno a ella, y el gris se volvió negro…

– ¡Doctor Pendleton! ¡Doctor Pendleton!

Cal oyó la voz que lo llamaba. El terror que esa voz trasmitía, le hizo soltar su martillo y precipitarse a la cocina. Llegó a la puerta trasera en el preciso instante en que Jeff Benson llegaba de un salto a la galería.

– ¿Que ocurre? ¿Qué ha sucedido?

– Es Michelle -gritó Jeff, con el pecho agitado; el aliento le salía en fuertes jadeos-. Estábamos en la playa y ella volvía a casa, y… y…

Se le quebró la voz y se desplomó en el escalón más alto, tratando de recobrar el aliento.

– ¿Que sucedió? -De pie junto a Jeff, Cal trató de no gritar.- ¿Está bien ella?

Jeff sacudió la cabeza, desesperado.

– Estaba en el sendero, todos la estábamos mirando cuando de pronto resbaló y… oh, doctor Pendleton, venga pronto.

Cal sintió la primera arremetida de pánico, ese mismo pánico que había sentido al ver a Sally Carstairs, el pánico que tenía sus raíces en Alan Hanley. Y ahora se trataba de Michelle.

Había caído, tal como había caído Alan Hanley.

A través de su repentino terror, oyó la voz de Jeff Benson que le imploraba:

– Doctor Pendleton, por favor… ¿Doctor Pendleton?…

Se obligó a moverse, a salir de la galería, a cruzar el césped hacia el borde del risco. Miró abajo, pero en la playa no pudo ver nada salvo un grupo de niños congregados abajo.

"Dios querido, haz que ella esté bien"

Empezó a bajar el sendero, al principio con lentitud, después temerariamente, aunque cada paso parecía durar una eternidad. Detrás de sí oía a Jeff, tratando de contarle lo sucedido, pero las palabras del muchacho no tenían sentido para él. En lo único que podía pensar era en Michelle, su cuerpo ágil yaciendo en las rocas, al pie del risco, quebrado y retorcido..

Por fin llegó a la playa y se abrió paso entre el grupo de niños que permanecían impotentes alrededor de Michelle.

Cal se arrodilló junto a su hija, le tocó la cara.

Pero no fue su cara lo que vio. Tal como había ocurrido con Sally Carstairs, vio en cambio la cara de Alan Hanley, moribundo, mirándolo con fijeza, azuzándolo.

Su mente vaciló. No era culpa suya. Nada de todo eso era culpa suya. Entonces, ¿por qué se sentía tan culpable? Culpable… y furioso. Furioso contra estos niños que lo hacían sentir incompetente, ineficaz. Y culpable, siempre culpable.

Casi sin darse cuenta de lo que hacía, puso los dedos en la muñeca de Michelle.

Su pulso latía con firmeza.

Entonces, mientras él se inclinaba contra ella, sus ojos parpadearon y se abrieron. Lo miró con sus inmensos ojos pardos asustados y llenos de lágrimas.

– ¿Papá? ¿Papá? ¿Estoy bien?

– Estás perfectamente, pequeña, perfectamente. Ya te pondrás bien.

Pero al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, sabía que eran falsas.

Sin detenerse a pensar, Cal levantó a Michelle en sus brazos. Ella gimió suavemente, luego cerró los ojos.

Cal empezó a subir el sendero acunando a su hija contra su pecho.

uSe pondrá bien", se decía. "Estará perfectamente".

Pero mientras subía el sendero, los recuerdos volvían a él. Los recuerdos de Alan Hanley.

Alan Hanley había caído y se lo había puesto a su cuidado. Y él le había fallado a Alan… el niño había muerto:

No podía fallarle a Michelle. No a su propia hija. Pero ya mientras la llevaba a la casa, sabía que era demasiado tarde.

Ya le había fallado.

LIBRO SEGUNDO

CAPITULO 10

La oscuridad era casi como una cosa viva, que se enroscaba alrededor de ella, sujetándola, estrangulándola.

Tendió las manos, tratando de luchar contra ella, pero era como tratar de luchar contra el agua: por más que lo intentara, la oscuridad pasaba a través, se derramaba sobre ella, hacía difícil el respirar. Estaba sola, ahogándose en la oscuridad.

Y entonces, como si un diminuto destello de luz hubiera aparecido en las tinieblas, supo que no estaba sola.

Algo más estaba allí, extendiéndose hacia ella, tratando de encontrarla en la oscuridad, tratando de ayudarla.

Sintió que la rozaba, apenas una tenue sensación de cosquilieos en los límites de su conciencia.

Y una voz.

Una voz suave llamándola como desde gran distancia.

Quiso responder a esa voz, gritar, pero su propia voz le falló.

Sus palabms murieron en su garganta.

Se concentró en sentir aquella presencia, trató de atraerla, trató de buscarla y acercarla a ella.

Entonces de nuevo la voz, ya más clara aunque todavía lejana.

– Ayúdame… por favor, ayúdame…

Pero era ella quien necesitaba ayuda, ella quien se estaba hundiendo en el negro abismo. ¿Cómo podía ayudar? ¿Cómo podía hacer nada?

La voz se apagó a lo lejos; la oscuridad empezó a iluminarse.

Michelle abrió los ojos.

Se quedo muy quieta, sin saber con seguridad dónde estaba. Arriba de ella había un cielorraso.

Lo examinó cuidadosamente, buscando los diseños familiares que ella había identificado en la pintura resquebrajada.

Sí, allí estaba la jirafa. Bueno, no una jirafa en realidad, pero si se empleaba la imaginación, podía ser casi una jirafa. A la izquierda, solo un poquito, debía estar el pájaro con su ala extendida en vuelo, la otra extrañamente doblada, como si estuviera rota.

Movió muy levemente los ojos. Estaba en su propia cama, en su habitación. Pero esto no tenía sentido. Era en la caleta. Recordó. Estaba merendando en la caleta con Sally, Jeff y Susan. Susan Peterson. Había algunos otros, pero fue a Susan a quien recordó cuando lo sucedido esa mañana volvió de pronto a ella. Susan la había estado fastidiando, diciéndole cosas horribles, diciéndole que sus padres ya no la querían más.

Había decidido volver a casa. Estaba en el sendero y podía oír la voz de Susan repercutiendo en su mente.

Y entonces… ¿y entonces? Nada.

Salvo que ahora estaba en casa y en cama.

Y había tenido un sueño.

En el sueño había habido una voz que la llamaba.

– ¿Mamá?

Su propia voz pareció repercutir extrañamente en la habitación; por un instante deseó no haber llamado. Pero la puerta se abrió y apareció su madre. Todo iba a estar bien.

– ¿Michelle? -June se acercó apresuradamente a la cama, se inclinó sobre la niña, la besó con dulzura-. Michelle, ¿estás despierta?

Con ojos dilatados y perplejos, Michelle miró a su madre, viendo el temor que cubría el rostro de June como una máscara obsesionante.

– ¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en cama?

Michelle iba a sentarse, pero una punzada de dolor le atravesó el costado izquierdo, arrancándole una exclamación ahogada. Al mismo tiempo, June puso las manos en los hombros de Michelle y la empujó con suavidad diciendo:

– No intentes moverte. Solo quédate muy quieta, acostada, yo iré en busca de papá.

– Pero ¿que ocurrió? -suplicó Michelle-. ¿Qué me sucedió?

– Tropezaste en el sendero y caíste -le contestó June-. Ahora quédate acostada y deja que llame a papá. Entonces te contaremos todo al respecto.

June se apartó del lecho acercándose a la puerta.

– ¡Cal! -llamó-. ¡Cal, ya está despierta! -Sin esperar a que él respondiera entró de nuevo en la habitación para detenerse junto a la cama de Michelle.- ¿Cómo te sientes, cariño?

– No lo sé balbuceó Michelle-. Me siento como… – vaciló, buscando la palabra correcta-. Entumecida, creo. ¿Cómo llegué aquí?

– Te trajo tu padre – le dijo June -, Jeff Benson vino a buscarlo, luego…

Cal apareció en el vano, y cuando los ojos de Michelle se cruzaron con los de su padre, supo que algo había cambiado. Era el modo en que la miraba, como si ella hubiese hecho algo… algo malo. Pero lo único que había hecho ella era tener un accidente. ¿Era posible que él estuviese enojado con ella por eso?

– ¿Papá?

Cuando susurró la palabra, ésta pareció repercutir en la habitación, y vio que su padre retrocedía levemente. Pero luego se acercó a ella, le tomó la muñeca, contó su pulso y procuró sonreír.

– ¿Te duele mucho? -preguntó con suavidad.

– Si me quedo quieta, no es más que una especie de dolor sordo -replicó Michelle.

Quería tenderle los brazos, abrazarlo y sentirse abrazada por él. Pero sabía que no podía hacerlo.

– Procura no moverte -le aconsejó el-. Solo quédate acostada, perfectamente inmóvil, y yo te daré algo para el dolor.

– ¿Qué ocurrió? -volvió a preguntar Michelle-. ¿Caí de muy alto?

– Todo va a ser perfecto, preciosa -le contestó Cal, eludiendo su pregunta.

Con mucha suavidad, echó atrás las cobijas y comenzó a examinar a Michelle, moviendo lentamente los dedos sobre su cuerpo, deteniéndose cada pocos centímetros, hurgando, apretando. Cuando se acercó a la cadera izquierda de Michelle, ésta lanzó un repentino grito de dolor. Instantáneamente, Cal retiró las manos.

– Trae mi maleta, ¿quieres, querida?

Al hablar, mantuvo los ojos fijos en Michelle y procuró no dejar que su voz delatara los temores que estaban creciendo en su interior. June salió del cuarto. Mientras aguardaba su regreso, Cal habló tranquilamente con Michelle, procurando calmar los temores de ella y también los suyos.

– Nos diste un susto. ¿Recuerdas lo que sucedió? ¿Cualquier cosa?

– Yo volvía a casa -empezó Michelle-. Subía por el sendero, corriendo un poco, creo, y… y debo de haber resbalado.

Con los ojos azules nublados de preocupación, Cal observaba a Michelle atentamente.

– Pero ¿por qué volvías a casa? ¿Había terminado la merienda al aire libre?

– No… -titubeó Michelle-. Es que… es que no quería quedarme más tiempo. Algunos chicos me estaban fastidiando.

– ¿Fastidiándote? ¿Fastidiándote acerca de qué?

"Acerca de ustedes'', quiso exclamar ella. "Acerca de que tú y mamá ya no me quieren más". Pero en lugar de expresar sus pensamientos, Michelle se limitó a sacudir la cabeza con incertidumbrc.

– No recuerdo -susurró-. No recuerdo nada.

Cerrando los ojos, procuró expulsar de su mente el sonido de la voz burlona de Susan Peterson. Pero allí permaneció, resonando fuertemente en su cerebro, casi tan dolorosa como el sordo malestar que impregnaba su cuerpo.

Cuando June volvió a entrar en la habitación, Michelle abrió los ojos y vio que su madre sacaba del maletín un frasquito, llenaba con él una aguja hipodérmica y luego le frotaba el brazo con alcohol.

– Esto no te dolerá -le prometió con forzada sonrisa -. Por lo menos comparado con lo que ya soportaste. – Administró la inyección, luego se irguió diciendo:- Ahora, quiero que te duermas. La inyección hará que se vaya el dolor, pero quiero que te quedes acostada y procures dormir.

– Pero si ya estuve durmiendo -protestó Michelle. -Has estado inconsciente -la corrigió Cal, mientras una sonrisa suavizaba las arrugas de preocupación que parecían grabadas en su rostro -. Una hora inconsciente no cuenta como un sueñecito. Tómate entonces un sueñecito.

Con un guiño para ella, se volvió y se dispuso a salir de la pieza.

– ¿Papá? -La voz de Michelle, clara en el súbito silencio de la habitación, lo detuvo. Con expresión interrogante se volvió hacia ella. Michelle lo miró con ojos nublados por el dolor.- Papá – repitió con voz que ahora fue poco más que un susurro-. ¿Me quieres mucho?

Cal guardó silencio un momento; luego regresó junto a su hija. Inclinándose sobre ella, le besó dulcemente la mejilla.

– Por supuesto que sí, preciosa. ¿Por qué no iba a quererte así?

Michelle lo miró con gratitud. No hay razón – repuso-. Pensaba, nada más.

Al salir Cal de la habitación. June se acercó y con mucho cuidado se sentó en el borde de la cama. Tomando una mano de Michelle entre las suyas, dijo:

– Los dos te queremos mucho. ¿Algo te hizo pensar que no?

Michelle sacudió la cabeza, pero sus ojos, ahora húmedos de lágrimas, permanecieron fijos en la cara de June, como preguntando algo. June se inclinó y besó a Michelle, demorando los labios en la mejilla de su hija.

– Me pondré bien, mamá -dijo de pronto Michelle-. ¡De veras que sí!

– Por supuesto que te pondrás bien, querida -respondió June antes de incorporarse y acomodar las cobijas sobre Michelle-. ¿Quieres que te traiga algo?

Michelle sacudió la cabeza; luego cambió de idea.

– Mi muñeca dijo. ¿Podrías traerme a Mandy? Está en el alféizar de la ventana.

June recogió la muñeca, la llevó a la cama y la puso en la almohada, junto a Michelle. Aunque el rostro se le retorció de dolor por el esfuerzo, Michelle dio vuelta a Mandy, la arropó bajo las cobijas y luego se recostó, con la carita de porcelana como la de un niño pequeño contra rl hombro. Cerró los ojos.

June se quedó observando un momento a Michelle; luego, creyendo que su hija ya se había dormido, salió del cuarto en puntas de pie, cerrando la puerta con cuidado.

Sentado a la mesa de la cocina, Cal miraba por la ventana, fijando sus ojos en el horizonte, sin ver.

Todo iba a suceder de nuevo.

Solo que esta vez la víctima de su incompetencia no iba a ser un extraño, alguien a quien él apenas conocía. Esta vez iba a ser su propia hija.

Y esta vez no habría excusas fáciles, no podría calmar su conciencia diciéndose que cualquiera podía cometer tal error.

Sin darse cuenta bien de lo que hacía, Cal se levantó y se sirvió un alto vaso de whisky.

June entró en la cocina cuando él había bebido su primer trago de licor. Por un momento no estuvo segura de que él advirtiera su presencia. Después él habló.

– Es mi culpa.

June supo instantáneamente que estaba pensando en Alan Hanley y conectando su muerte con el accidente de Michelle.

– No es tu culpa -repuso ella-. Lo que le pasó a Michelle fue un accidente, y aunque sé que tú no lo crees, la muerte de Alan Hanley también fue un accidente. Tú no lo mataste, Cal, y tampoco empujaste a Michelle del risco.

Fue como si él no la hubiese oído.

– No debí haberla traído arriba – dijo con voz apagada, sin vida-. Debí haberla dejado en la playa hasta que pudiera conseguir una camilla.

June lo miró con fijeza.

– ¿De qué estás hablando? Cal, ¿qué estás diciendo? ¡Ella no está tan gravemente herida! -Esperó una respuesta. Cuando no la obtuvo, empezó a sentir que el miedo que había disminuido al reaccionar Michelle, la atravesaba de nuevo, oprimiéndole el estómago, ahogándola-. ¿Lo está? -Preguntó con voz que se elevó bruscamente.

– No lo sé -respondió Cal Pendleton. Sus ojos vacíos se encontraron con los de ella, luego se desviaron hacia la botella. Volvió a llenar el vaso; después lo contempló con fijeza, como si por primera vez comprendiera que estaba bebiendo.- No debería estar tan dolorida. Debería estar magullada, y debería sentir un dolor sordo, pero no debería tener esos dolores agudos cuando se mueve.

– ¿Tiene algo roto?

– No, por lo que puedo ver.

– Y entonces, ¿qué está causando el dolor?

La mano de Cal golpeó con fuerza la mesa.

– ¡No lo sé, maldición! ¡Simplemente no lo sé!

June se tambaleó ante ese estallido; después, viendo que él estaba al borde de algún tipo de colapso, se obligó a guardar calma.

– ¿Qué opinas? -preguntó cuando sintió que podía confiar en sus fuerzas.

Los ojos de Pendleton cobraron una ferocidad que June nunca había visto antes; su mano empezó a temblar:

– No lo sé. Ni siquiera deseo suponer. Pero es posible que haya toda clase de lesiones, y será todo culpa mía.

– No puedes saber eso -objetó June- Ni siquiera sabes que pase algo grave.

Fue como si no la hubiera oido.

– No debí haberla movido. Debí haber esperado.

Estaba por servirse más whisky cuando se oyó un golpe en la puerta de atrás y Sally Carstairs asomó la cabeza para preguntar:

– ¿Puedo entrar?

– ¡Sally! -exclamó June. Creía que los niños se habían ido mucho antes. Miró a Cal quien parecía haberse tranquilizado un poco… al menos lo suficiente como para que ella pudiera fijar su atención en Sally-. ¿Están todos allí afuera? Entren.

– Estoy yo sola -respondió Sally, medio disculpándose mientras se introducía en la cocina-. Todos los demás se fueron a casa. -Se detuvo indecisa, luego preguntó: – ¿Michelle está bien?

– Lo estará -respondió June con una seguridad que no sentía. Ofreció a Sally un vaso de limonada y la invitó a sentarse. Mientras se la servía, empezó:- Sally, ¿qué pasó allí en la playa? ¿Por que Michelle volvía a casa tan temprano?

Sally toqueteó la mesa; luego decidió que no había motivo para no contar lo sucedido.

– Algunos chicos la estuvieron fastidiando. Principalmente Susan Peterson.

– ¿Fastidiándola? -June mantuvo la voz serena, curiosa, pero no condenatoria-. ¿Respecto de qué?

– Respecto de que ella es adoptada. Susan dijo que… que…

Se quedó callada, llena de turbación.

– ¿Qué dijo? ¿Que no la querríamos más ahora que tenemos a Jennifer?

Los ojos de Sally se dilataron de sorpresa.

– ¿Cómo lo supo?

June se sentó a la mesa, sosteniendo la mirada de Sally.

– Es lo primero que se les ocurre pensar a todos -dijo con voz queda-. Pero no es cierto. Ahora tenemos dos hijas y las queremos a las dos.

Sally fijó la mirada en su vaso, aparentemente muy interesada en su contenido.

– Ya lo sé -susurró-. Yo nunca le dije nada de nada, señora Pendleton, de veras que no.

June sintió que perdía la calma. Deseaba apoyar la cabeza en la mesa y llorar. Pero no podía permitírselo. Ahora no. Todavía no. Tratando de mantener su autocontrol se incorporó, obligándose a sonreír a Sally.

– Tal vez deberías volver mañana -sugirió -. Estoy segura de que mañana Michelle querrá verte.

Sally Carstairs terminó su limonada y se marchó. June se desplomó en su sillón y miró con fijeza la botella, deseando atreverse a beber un trago, deseando que hubiera alguna manera de hacer ver a Cal que lo sucedido a Michelle no era culpa suya. Lo observó llenar otra vez su vaso, empezó a decirle algo. Pero cuando estaba por hablar, tuvo de pronto la sensación de que la estaban observando. Se volvió con rapidez.

Josiah Carson estaba de pie en la puerta de la cocina. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí? June no lo sabía. La saludó con un movimiento de cabeza: luego entró en el cuarto y puso la mano sobre el hombro de Cal.

– ¿Quiere contarme que sucedió? -preguntó.

Cal se removió levemente, como si el contacto de Carson lo hubiera devuelto a alguna clase de realidad.

– Yo le hice daño -dijo con voz casi infantil-. Traté de ayudarla, pero le hice daño.

June se incorporó y deliberadamente empujó la mesa contra Cal. El súbito movimiento lo distrajo de lo que estaba diciendo. June se apresuró a hablar.

– Está dolorida, doctor Carson -dijo manteniendo neutra la voz-. Dice Cal que sufre más de lo que debería.

– Cayó de un risco -dijo sin rodeos Josiah-. Por supuesto que está dolorida-. Sus ojos pasaron de June a Cal -. ¿Acaso trata de ahogar en alcohol el dolor de su hija, Cal?

Sin hacer caso de la pregunta, Pendleton dijo:

– Es posible que yo mismo la haya lastimado, Josiah.

– Tal vez, o tal vez no. ¿Qué le parece si subo y le echo mu ojeada? ¿Y qué cree usted precisamente que le hizo?

– La traje a casa, no esperé una camilla.

Carson asintió bruscamente con la cabeza y se apartó, pero cuando el rostro de él desaparecía de su línea visual, creyó ver algo.

Creyó verlo sonreír.

Michelle permanecía despierta en cama, escuchando las voces abajo. Poco antes había oído a Sally y en ese momento podía oír al doctor Carson.

Se alegraba de que Sally no hubiera subido, y esperaba que el doctor Carson tampoco lo hiciera. No quería ver a nadie, al menos por el momento.

Quizás nunca.

Entonces la puerta de su habitación se abrió y entró el doctor Carson. Cerró la puerta y acercándose a la cama, se inclinó sobre la niña.

– ¿Quieres decirme qué pasó? -preguntó.

Michelle la miró y se encogió de hombros.

– No recuerdo.

– ¿No recuerdas nada?

– Poca cosa. Solamente… -Vaciló, pero el doctor Carson le estaba sonriendo, sin obligarse a hacerlo, como antes su padre, sino realmente sonriendo.- No sé que pasó. Subía el sendero corriendo y de pronto todo se nubló. No podía ver y… y tropecé, creo.

– Así que fue la niebla, ¿verdad?

Había habido niebla el día en que Alan Hanley cayó. Carson lo recordaba con claridad. Había llegado súbitamente, tal como a veces ocurría con cambios repentinos de temperatura. Michelle movió la cabeza asintiendo.

– Tu padre cree que te lastimó. ¿Lo crees tú?

Michelle sacudió la cabeza.

– ¿Por qué motivo?

– No lo se -respondió Carson con suavidad. Sus ojos se fijaron en la muñeca que estaba sobre la almohada junto a Michelle-. ¿Tiene nombre?

– Amanda… Mandy.

Tras una pausa, Josiah Carson sonrió, más para sí mismo que para Michelle.

– Bien, te propongo algo. Quédate acostada y deja que Amanda te cuide. ¿De acuerdo?

Después de palmear la mano de Michelle se incorporó. Un instante más tarde se había ido y Michelle quedó de nuevo sola. Atrajo más hacia ella a su muñeca.

– Ahora tendrás que ser mi amiga, Mandy susurró en el cuarto vacío-. Ojalá fueras una niñita de verdad. Yo podría cuidarte, y podríamos ser amigas, y mostrarnos cosas, y hacer cosas juntas. Y tú nunca me dirías maldades, como lo hizo Susan. Solo me querrías y yo solo te querría y nos cuidaríamos. -Luchando contra el dolor, movió a la muñeca hasta que la tuvo sobre el pecho, con el rostro a pocos centímetros del suyo.- Me alegro de que tengas ojos pardos -dijo con suavidad-. Ojos pardos como los míos, no azules, como los de Jenny, los de mamá y los de papá. Seguro que mi madre… mi verdadera madre, tenía ojos pardos, y seguro que la tuya también. ¿Te quería tu mamá, Mandy?

De nuevo guardó silencio, procurando escuchar, procurando oír las voces que pudieran estar hablando en la casa. Luego se puso a desear que Jenny estuviera en la habitación con ella. Jenny no podía hablar, pero por lo menos estaba viva, respiraba, era real.

Ese era el problema con Mandy. No era real. Por más que lo intentara, Michelle no podía convertirla en otra cosa que en una muñeca. Y entonces, postrada y sola, con todo el cuerpo vibrando de dolor, Michelle quiso tener a alguien… alguien que fuera solo suyo, que le perteneciera, que fuera una parte de ella.

Alguien que nunca la traicionara.

Lentamente, la droga empezó a surtir efecto. Michelle no tardó en volver de nuevo a la oscuridad.

La oscuridad y la voz.

La voz que estaba allí afuera, llamándola.

Ahora, mientras dormía, la oscuridad ya no la asustaba. Ahora solo quería encontrar la voz. O lograr que la voz la encontrara a ella.

CAPITULO 11

Para los Pendleton, había una atmósfera de esperar algo… algo imprevisto e imposible de conocer, algo que los devolvería a todos al mundo real, y que les diría que la vida iba a ser otra vez lo que antes había sido. Así había sido ya durante diez días, desde que Michelle fuera traída de vuelta desde el hospital de Boston, viajando al pueblo en una ambulancia, efectuando el tipo de entrada que le habría encantado apenas un mes atrás.

Pero algo había cambiado dentro de ella. Era algo más que el accidente… tenía que serlo.

Al principio se había negado a salir de la cama. Cuando June, con el apoyo de los médicos, había insistido en que era tiempo de que Michelle empezara a cuidarse sola, habían descubierto que ya no podía caminar sola.

Se la había sometido a todos los exámenes posibles, y por cuanto pudieron determinar los médicos, no le ocurría nada, salvo algunos magullones que habían empezado a curarse mucho tiempo atrás.

Le dolía la cadera izquierda y su pierna izquierda estaba casi inútil.

Le habían hecho más pruebas: una y otra vez le tomaron radiografías del cerebro y la columna vertebral, inyectaron tintura en su corriente sanguínea, le examinaron el espinazo, verificaron los reflejos… la examinaron hasta que deseó poder morirse simplemente. Sin poder todavía determinar la causa de su cojera, los médicos habían llamado a un terapeuta físico, que había trabajado con Michelle hasta que, diez días atrás, había podido finalmente caminar aunque penosamente y apoyándose pesadamente en un bastón.

Entonces la habían traído a su casa. June se repetía que el tiempo lo modificaría todo.

Con el tiempo, Michelle se recuperaría, empezaría a recuperarse de los sobresaltos del hospital, empezaría a echar a un lado su cojera, con el mismo humor con que siempre había echado de lado cualquier problema que había enfrentado.

Michelle fue llevada arriba, a su cuarto, y puesta en su cama.

Pidió su muñeca.

Y allí permaneció tendida durante diez días, con la muñeca acomodada en el doblez de su brazo, contemplando ociosamente el cielorraso. Respondía cuando se le hablaba, llamaba pidiendo ayuda cuando necesitaba ir al baño, y se sentaba en una silla, sin quejarse durante los pocos minutos que June tardaba cada día en cambiar su cama.

Pero por lo general, permanecía simplemente en la cama, callada, con la mirada fija en el vacío.

June estaba segura de que en eso había algo más que el accidente, el dolor o la disminución física. No; era algo más, y June estaba segura de que tenía que ver con Cal.

Ese día, el sábado de mañana, June miró por sobre la mesa del desayuno a Cal, que clavaba la vista en su taza de café, con rostro inexpresivo. Sabia en qué estaba pensando él, aunque no se lo había dicho. Estaba pensando en Michelle y en el restablecimiento que, según él, estaba teniendo.

Había empezado el día siguiente a la llegada de Michelle a casa, cuando Cal había anunciado que, en su opinión, la niña estaba mejorando, y cada día, mientras June estaba horriblemente consciente de que para Michelle nada había cambiado, Cal había hablado de lo bien que seguía.

June sabía la causa de eso… Cal estaba convencido de que lo que le pasaba a Michelle era culpa suya. Para que él pudiera vivir consigo mismo, Michelle debía mejorar.

Y por eso él insistía en que estaba mejorando.

Pero no era cierto.

Mientras lo observaba, June empezó a enfurecerse.

– ¿Cuándo vas a poner fin a esta charada? -se oyó preguntar.

Al ver que Cal levantaba la cabeza y entrecerraba los ojos, ella comprendió que había elegido mal las palabras.

– ¿Quisieras decirme de qué estás hablando?

– Estoy hablando de Michelle -replicó June-. Estoy hablando del hecho de que todos los días dices que está mejor, cuando es obvio que no lo está.

– Sigue muy bien -insistió Cal en voz baja. June estaba segura de haber oído un tono de desesperación en sus palabras.

– Si tan bien sigue, ¿por qué está todavía en cama?

Cal se movió en el asiento: sus ojos eludieron a los de June.

– Necesita recobrar sus fuerzas, necesita descansar.

– ¡Necesita abandonar la cama y enfrentar la vida! ¡Y tú necesitas dejar de engañarte solo! No importa lo que haya sucedido ni de quién sea la culpa. El hecho es que ella está lisiada y lo seguirá estando, ¡y ustedes dos tienen que hacer frente a ese hecho y seguir adelante!

Cal se levantó de su silla, con los ojos desencajados: por un instante, June temió que pudiera golpearla. En cambio, se dirigió al pasillo.

– ¿Adonde vas?

– Voy a hablar con Josiah Carson -respondió él, volviéndose-. ¿Te opones?

Ella se oponía, se oponía mucho. Habría querido que él se quedara en casa, y aunque no hiciera otra cosa, por lo menos terminara la reconstrucción de la despensa. Pero Cal estaba pasando cada vez más tiempo con Josiah, aferrándose a él, y June sabía que no había modo de detenerlo.

– Si necesitas hablar con él, habla con él -dijo-. ¿A qué hora regresarás?

– No lo sé -replicó Cal.

Un momento más tarde June oyó cerrarse con fuerza la puerta de calle al salir él de la casa. Se quedó sola junto a la mesa, preguntándose qué hacer. Y entonces se le ocurrió una idea. Ese día buscaría comunicarse con Michelle, hacerle ver que su vida no estaba terminada.

Cuando se disponía a subir la escalera, se oyó un suave golpe en la puerta de la cocina. Al abrirla encontró a Sally Carstairs y Jeff Benson.

– Vinimos a ver a Michelle -anunció Sally. Parecía levemente indecisa, como si no estuviera segura de que habrían debido venir.- ¿Hay inconveniente?

June sonrió y la tensión la abandonó en parte. Cada día había tenido la esperanza de que los amigos de Michelle vinieran. Por un tiempo había jugado con la idea de llamar a la señora Carstairs, o a Constance Benson, pero cada vez la había rechazado. Los visitantes obligados a venir serían peor que no tener visitantes.

– Claro que no hay inconveniente -repuso-. Debieron haber venido hace mucho.

Instaló a los niños junto a la mesa de la cocina, dio a cada uno un bollo de canela y luego subió.

– ¿Michelle? -preguntó con voz suave; Michelle estaba despierta, con los ojos fijos como de costumbre en el ciclorraso.

– ¿Que?

– Tienes visitantes… Sally y Jeff han venido a verte. ¿Quieres que los traiga?

– Me… me parece que no -respondió Michelle con voz apagada.

– ¿Por que no? ¿Acaso no te sientes bien? -June procuró ocultar su irritación, pero no lo consiguió. Michelle escudriñó a su madre.

– ¿Por que han venido? -preguntó. Parecía asustada.

– Porque quieren verte. Son tus amigos. -Como Michelle no contestaba, June insistió:- ¿No lo son?

– Supongo -replicó Michelle.

– Entonces los traeré.

Sin dar tiempo a Michelle para protestar, June fue a lo alto de la escalera y desde allí llamó a los niños que estaban abajo. Un momento más tarde los introducía en la habitación de Michelle. Michelle estaba forcejeando para sentarse en la cama. Cuando Sally hizo un movimiento dispuesta a ayudarla, Michelle la miró con furia.

– Yo puedo hacerlo -dijo. Recurriendo a todas sus fuerzas, se levantó con una sacudida, luego se dejó caer sobre la almohada, dando un respingo por el esfuerzo.

– ¿Estás bien? -preguntó Sally con los ojos dilatados al advertir la gravedad de las lesiones de Michelle.

– Lo estaré -repuso Michelle. Hubo una pausa.- Pero duele -agregó, mirando a Sally y a Jeff con una acusación silenciosa en los ojos.

June titubeó en la entrada, observando la conversación entre los tres niños. Tal vez era un error… tal vez no habría debido llevar arriba a Sally y Jeff. Pero Michelle debía hacerles frente, debía hablar con ellos. Eran sus amigos. Sin decir palabra salió del cuarto, cerrando la puerta.

Cuando June salió, hubo un incómodo silencio mientras cada uno de los niños esperaba que algún otro hablara primero. Jeff movía los pies, inquieto, y eludía la mirada de Michelle.

– Bueno, por lo menos no estoy muerta -dijo por fin Michelle.

– ¿Puedes caminar? -preguntó Sally. Michelle asintió con la cabeza.

– Pero no muy bien. Me duele y cojeo una barbaridad.

– Mejorarás, ¿verdad? -preguntó Sally mientras se sentaba cuidadosamente en el borde de la cama procurando no sacudir a Michelle.

Michelle no contestó.

Los ojos de Sally se llenaron de lágrimas. Aquello simplemente no parecía justo. Michelle no había hecho nada. Si alguien había debido lastimarse, debía haber sido Susan Peterson.

– Lo lamento -dijo en voz alta-. Nadie quiso que te sucediera nada. Susan estaba bromeando, nada más…

– Resbalé -dijo de pronto Michelle-. No fue culpa de nadie. Solo resbalé. Y me pondré bien… ¡ya verán! iEstaré perfectamente!

Apartó la cabeza, pero no antes de que Sally viera las amargas lágrimas que empezaban a formarse.

– ¿Nos odias a todos? -preguntó Sally-. Yo odio a Susan…

Michelle miró a Sally con curiosidad.

– Entonces, ¿por qué no la hiciste callar? ¿Por qué no me ayudaste?

Las lágrimas brotaron y corrieron por sus mejillas; en silencio Sally empezó a llorar también. Jeff procuró no hacer caso de las niñas, deseando no haber venido. Aborrecía que las niñas lloraran… eso siempre lo hacía sentir como si hubiera hecho algo malo. Decidió cambiar de tema.

– ¿Cuándo volverás a la escuela? ¿Quieres que te traigamos tus deberes?

Michelle aspiró profundamente por la nariz.

– No tengo ganas de estudiar.

– Pero te atrasarás mucho -protestó Sally.

– Tal vez no regrese a la escuela.

– Tienes que regresar -dijo Jeff-. Todos deben ir a la escuela.

– Tal vez mis padres me envíen a otra escuela.

– Pero ¿por qué? -preguntó Sally, cuyas lágrimas habían desaparecido.

– Porque soy inválida.

– Pero puedes caminar. Lo dijiste.

– Cojeo. Todos se reirán de mí.

– No lo harán -le aseguró Sally-. Nosotros no los dejaremos, ¿verdad, Jeff?

Jeff asintió con la cabeza aunque su expresión era indecisa.

– Susan Peterson lo hará -dijo Michelle con voz inexpresiva, como si no le importara.

Sally hizo una mueca.

– Susan Peterson se ríe de todo. Tú no le hagas caso.

– ¿Como hicieron todos en la merienda al aire libre? -preguntó Michelle, ahora con voz amarga, mientras su rostro expresaba cólera-. ¿Por qué no me dejan tranquila? ¿Por qué todos ustedes no me dejan simplemente tranquila?

Confundida por el estallido de Michelle, Sally se incorporó con rapidez.

– Lo… lo siento -tartamudeó mientras su cara enrojecía-. Solo tratábamos de ayudar.

– Nadie puede ayudar -respondió Michelle con voz temblorosa-. Tengo que hacerlo yo sola. ¡Sola!

Y apartando el rostro, cerró los ojos. Jeff y Sally la contemplaron un momento; luego se dirigieron hacia la puerta.

– Volveré a venir -ofreció Sally, pero cuando no hubo respuesta de Michelle, siguió a Jeff al pasillo.

June los estaba esperando abajo. En seguida supo que,algo había andado mal.

– ¿Les habló ella?

– Más o menos -contestó Sally con voz insegura.

Viendo que la niña estaba a punto de llorar, la rodeó con un brazo y la apretó suavemente.

– Procura no dejar que ella te preocupe -le aconsejó-. Esto ha sido terrible para ella y ha estado continuamente dolorida. Pero se pondrá bien. Solo llevará tiempo.

Sally asintió con la cabeza sin hablar. Entonces sus lágrimas desbordaron y hundió el rostro en el hombro de June.

– Oh, señora Pendleton, tengo la sensación de que es culpa nuestra. Todo culpa nuestra.

– No es culpa tuya ni de nadie. Y estoy segura de que Michelle no lo cree así.

– ¿Realmente van a enviarla a otra escuela, lejos? -preguntó de pronto Jeff.

June lo miró sin entender.

– ¿Lejos? ¿A qué te refieres?

– Michelle dice que tal vez vaya a otra escuela. Creo que una escuela para… inválidos -terminó, tropezando con la palabra como si le disgustara utilizarla-. ¿Es cierto? – Sally escudriñó la cara de June, pero ésta permaneció cuidadosamente inexpresiva.

– Bueno, hemos hablado sobre eso -mintió, preguntándose de dónde había sacado Michelle semejante idea. Ni siquiera había sido mencionado.

– Espero que pueda quedarse aquí -dijo Sally con voz ansiosa-. Nadie se reirá de ella… ¡De veras! No lo harán…

– Vamos, ¿de dónde sacaron semejante idea? -exclamó June. Empezaba a preguntarse qué había acontecido exactamente arriba, pero sabía bien que no debía tratar de sonsacar a Jeff y Sally.- Bueno, ¿por qué no se van los dos y vuelven dentro de dos o tres días? Estoy segura de que Michelle se sentirá mucho mejor.

June observó a los dos niños que se alejaban bordeando el risco. Pudo verlos conversar animadamente. Cuando Jeff se volvió para mirar la casa, June lo saludó con un ademán, pero él sin hacerle caso, se apartó de manera casi culpable.

El ánimo de June, levantado por la aparición de Sally y Jeff, volvió a decaer. Subió la escalera para tener una charla con Michelle. Pero cuando estaba por entrar en la pieza de su hija, Jennifer comenzó de pronto a llorar. Por un momento, June se detuvo en la puerta de Michelle, indecisa. Al aumentar los alaridos de Jennifer, decidió ocuparse primero de la pequeña. Después enfrentaría a Michelle y tendría una charla con ella, una verdadera charla.

Michelle yacía en cama, con los ojos abiertos, clavados sin ver en el ciclorraso, escuchando.

Era más cercana, ahora, más cercana que nunca. Aún tenía que escuchar cuidadosamente para entender las palabras pero estaba perfeccionándose en eso.

Era una voz agradable, casi musical. Michelle estaba casi segura de saber de dónde venía.

Era la niña.

La niña del vestido negro. La que ella había visto primero en su sueño, luego aquel día en el cementerio. El día en que había nacido Jennifer.

Al principio la niña se había limitado a llamarla, clamando por ayuda. Pero ahora estaba diciendo otras cosas. Tendida en su cama Michelle escuchaba.

– Ellos no son tus amigos -canturreaba la voz-. Ninguna de ellos lo es.

– No le creas a Sally. Es amiga de Susan, y Susan te odia.

– Todos ellos te odian.

– Ellos te empujaron.

– Ellos te empujaron del sendero.

– Quieren matarte.

– Pero eso no sucederá. Yo no permitiré que suceda.

– Soy tu amiga y cuidaré de ti. Te ayudaré.

– Nos ayudaremos mutuamente…

La voz se apagó y Michelle advirtió un suave golpeteo en su puerta. Esta se abrió y entró su madre, sonriéndole, con Jennifer en los brazos.

– ¡Hola! ¿Cómo va todo?

– Bien, creo.

– ¿Fue linda la visita de Sally y Jeff?

– Creo que sí.

– Pensé que tal vez te gustaría saludar a tu hermanita.

Michelle contempló a la pequeña con rostro inexpresivo.

– ¿Qué vinieron a decirte Sally y Jeff? -insistió June, que empezaba a sentirse desesperada. Michelle apenas si respondía a sus preguntas.

– Poca cosa. Solo querían saludar.

– Pero debes haber hablado con ellos.

– En realidad, no.

Un pesado silencio cayó sobre la habitación. June se puso a juguetear con la manta de Jennifer mientras procuraba decidir qué táctica emplear con Michelle. Finalmente, de mala gana, se decidió.

– Bueno, creo que es tiempo de que salgas de la cama -dijo sin rodeos.

Por fin hubo una reacción de Michelle. Sus ojos pestañearon, y por un momento June pensó que se inundaban de temor. Se encogió todavía más bajo las cobijas.

– Pero no puedo… -empezó a decir.

Tranquilamente June la interrumpió.

– Por supuesto que puedes -dijo con soltura-. Sales de la cama todos los días. Y te conviene… Cuanto antes puedas abandonar la cama y empezar a ejercitarte, más pronto podrás volver a la escuela.

– Es que no quiero volver a la escuela -dijo Michelle. Ahora, de pronto, estaba sentada erguida, mirando a su madre con intensidad-. No quiero volver jamás a esa escuela. Todos me odian allí.

– No seas tonta -dijo June -. ¿Quién te dijo eso?

Michelle miró desesperadamente en torno como si buscara algo. Sus ojos fueron a posarse en su muñeca, sentada en su lugar habitual, junto a la ventana.

– Mandy -dijo-. ¡Amanda me lo dijo!

June quedó boquiabierta de sorpresa. Miró fijamente primero a Michelle, después a la muñeca. ¡Seguramente ella no creía que fuese real! No, imposible. Entonces June comprendió lo sucedido. Una amiga imaginaria. Michelle había inventado una amiga imaginaria para que le hiciera compañía. Y sin embargo, allí estaba la muñeca: sus ojos de vidrio, grandes y oscuros como los de Michelle, parecían ver a través de ella. June cerró la boca y se puso de pie.

– Entiendo -dijo con voz hueca-. Bien.

"Dios querido, ¿qué le está pasando?", pensó. "¿Qué nos está pasando a todos?" Tratando de ocultar su confusión y obligándose a sonreír a Michelle como si iodo estuviera bien, se puso de pie.

– Más tarde hablaremos de eso.

Inclinándose, besó ligeramente a Michelle en la mejilla. La única reacción de Michelle fue recostarse, de modo que otra vez quedó tendida en la cama.

Mientras June la observaba, toda expresión pareció borrarse del rostro de Michelle. Si sus ojos no hubieran permanecido abiertos, June habría jurado que se había dormido.

Apretando más a Jennifer contra sí, June abandonó la habitación retrocediendo con lentitud.

Cal llegó a casa al mediar la tarde, y se pasó el resto del día leyendo y jugando con Jennifer. Habló sólo brevemente con June y no subió para nada al cuarto de Michelle.

Cuando June terminó de poner la mesa para cenar y se disponía a llamar a Cal a la cocina, se le ocurrió una idea. Sin detenerse a reflexionar sobre ella, se dirigió a la sala de recibo, donde estaba sentado Cal con Jennifer en las rodillas.

– Haré que Michelle baje para cenar -anunció.

Notó que Cal se sobresaltaba, pero se repuso con rapidez.

– ¿Esta noche? ¿A qué viene esto?

Su voz fue cautelosa y June se preparó para otra discusión.

– Ella está pasando demasiado tiempo sola. Tú nunca subes a verla…

– Eso no es cierto -empezó a protestar Cal, pero June no lo dejó terminar.

– No se trata de si es cierto o no. Se trata de que ella está pasando demasiado tiempo sola, compadeciéndose, y no voy a permitir que eso continúe. Voy a subir y a decirle que se ponga su bata y que baje. Y no aceptaré una respuesta negativa.

Tan pronto como June salió de la habitación, Cal puso a Jennifer en la cuna extra que habían instalado en la sala de recibo y se preparó un trago. Cuando regresó June, él ya lo había bebido y había empezado otro, que se llevó consigo cuando June lo llamó a la mesa.

Permanecieron sentados en silencio, aguardando a Michelle. Mientras el reloj del pasillo seguía con monótono su tic-tac, Cal empezó a retorcer su servilleta.

– ¿Cuánto tiempo vas a esperar? -preguntó.

– Hasta que baje Michelle.

– ¿Y si no baja?

– Lo hará -dijo June con firmeza-. Sé que vendrá.

Pero interiormente no sentía la seguridad que sugerían sus propias palabras.

Los minutos transcurrieron con lentitud. June tuvo que esforzarse para permanecer sentada, para no subir, para no rendirse. Y entonces comprendió.

Tal vez Michelle no podía bajar. Levantándose de la mesa, corrió al pasillo.

En lo alto de la escalera Michelle, con su bata apretada alrededor de la cintura, oprimía la balaustrada con una sola mano, mientras con la otra probaba con su bastón el escalón más alto.

– ¿Puedo ayudarte? -ofreció June.

Michelle la miró; luego sacudió la cabeza al responder:

– Yo lo haré. Lo haré yo sola.

De pronto June sintió liberarse la tensión que se había venido acumulando en ella. Pero luego cuando Michelle volvió a hablar, el nudo de miedo que la había tenido sujeta toda la tarde se ajustó de nuevo, más apretado que nunca.

– Mandy me ayudará -dijo Michelle con voz queda-. Ella me lo dijo.

Con sumo cuidado, Michelle empezó a bajar la escalera.

CAPITULO 12

El sol matinal, chisporroteante de luminosidad otoñal, penetraba a raudales por las ventanas del estudio, introduciéndose con sus rayos en cada rincón, dotando con su brillo de un nuevo estado de ánimo a la tela que había sobre el caballete. June la había empezado varios días atrás. Reproducía el panorama visto desde el estudio. Pero era triste, sombrío, volcado en densos matices azules y grises que reflejaron con fidelidad su propio estado de ánimo durante las últimas semanas. Pero esa mañana, inundada de sol, sus colores parecían haber cambiado, reavivándose, captando el regocijo de un viento que repentinamente soplaba con fuerza, agitando la caleta en un día oscuro. Introduciendo su pincel en pintura blanca, June empezó a agregar burbujas al hirviente mar que veía en su tela.

En un rincón del estudio, Jennifer permanecía acostada en su cunita, murmurando y borboteando en su sueño, aferrando su cobija con sus manos diminutas, June se apartó de su labor el tiempo suficiente para sonreír a Jenny. Cuando estaba por volver a la tela, un movimiento afuera atrajo su mirada.

Dejando a un lado su paleta y su pincel, se acercó a la ventana y miró afuera.

Pesadamente apoyada en un bastón, Michelle se encaminaba hacia el estudio. Mirándola, June trató de controlar su emoción, luchando contra un impulso casi avasallador de acudir a Michelle, de ayudarla.

El dolor que sentía Michelle estaba profundamente escrito en su rostro: sus rasgos, parejos y delicados, se fruncían en una máscara de concentración mientras se obligaba a seguir avanzando constantemente, moviendo su pierna derecha sana con facilidad, casi con prisa, mientras su pierna izquierda se arrastraba atrás, de mala gana, como atascada en el fango, impulsada a pura fuerza de voluntad.

June sintió brotarle lágrimas en los ojos. El contraste entre esta niña frágil que cojeaba valerosamente hacia ella, y la Michelle robusta, ágil, de apenas unas semanas atrás, la desgarraba.

"No lloraré", se dijo. "Si Michelle puede soportarlo, yo también". De manera extraña, June extraía fuerzas del cuerpo contorsionado por el dolor que se acercaba sin detenerse. Después, sintiéndose de pronto avergonzada por observar a Michelle volvió a su caballete. Cuando, pocos minutos más tarde, Michelle apareció en la puerta, June pudo fingir sorpresa,

– ¡Vaya, miren quién vino! -exclamó, forzando su voz hasta un nivel de alegría que no sentía. En un movimiento, dio un paso hacia Michelle, pero ésta sacudió la cabeza.

– Lo conseguí -dijo triunfante, depositándose en la banqueta de June, de modo que su pierna izquierda colgaba casi rígida hasta el suelo. Suspiró con fuerza; luego sonrió a su madre, con el rostro brevemente iluminado por un rastro de su antiguo humor-. Si me diera prisa, apuesto a que hubiera podido hacerlo el doble de rápido.

– ¿Duele terriblemente? -preguntó June, dejando caer su máscara de alegría.

Michelle pareció meditar cuidadosamente su respuesta; June se preguntó si iba a oír la verdad o alguna evasión eme Michelle pensara que tal vez a ella le gustara escuchar.

– No tanto como ayer -dijo Michelle.

– No estoy segura de que debías haber tratado de venirte hasta aquí…

– Necesitaba hablar contigo -explicó Michelle.

Su rostro se puso serio; movió su peso en el taburete. Aun este ligero movimiento le causó agudas puntadas de dolor. Dio un leve respingo, esperando a que pasara el espasmo antes de hablar de nuevo.

– ¿De que se trata? -preguntó finalmente June.

– No… no estoy segura. Es…

Titubeó un momento; después sus ojos se humedecieron y una lágrima empezó a correrle lentamente por la mejilla. Con rapidez, June rodeó con sus brazos a Michelle y la estrechó diciendo;

– ¿Que pasa, querida? Dímelo, por favor.

Michelle hundió la cara contra su madre, mientras los sollozos sacudían de pronto su cuerpo. Con cada sollozo, June podía sentir que el cuerpo de Michelle se ponía tieso por el dolor que sentía en la cadera. Durante varios minutos June la sostuvo, hasta que lentamente la tortura de Michelle pasó.

– ¿Tan fuerte es? ¿Tanto te duele? -inquirió June, ansiando que hubiera algún modo de tomar sobre sí el dolor.

Pero Michelle sacudía la cabeza negativamente.

– Es papá -dijo por fin.

– ¿Papá? ¿Que hay con él?

– Ha… ha cambiado -dijo Michelle suavemente, tan suavemente que June tuvo que esforzarse para oírla.

– ¿Que ha cambiado? -repitió June-. ¿De qué manera?

Pero al mismo tiempo que hacía esa pregunta supo la respuesta.

– Desde que me caí -empezó Michelle, pero entonces se desató en ella otra tempestad de llanto-. Ya no me quiere más -gimió-. Desde que me caí, él no me quiere.

June la acunó con dulzura, procurando consolarla.

– No, querida, eso no es cierto, tú sabes que no es cierto. El te quiere mucho, muchísimo.

– Pues no lo parece -sollozo Michelle-. El… él ya nunca juega conmigo, ni me habla, y cuando trato de hablarle… se va a otra parte.

– Vamos, eso no es cierto -dijo June, aunque sabía que lo era.

Había temido ese momento, segura de que tarde o temprano Michelle se daría cuenta de que algo le había sucedido a Cal y que tenía que ver con ella. Sintió que Michelle temblaba en sus brazos, aunque el estudio era cálido.

– Es cierto -decía Michelle con su voz apagada en los pliegues de la blusa de June-. Esta mañana le pregunté si podía ir al consultorio con él. ¡Yo solo quería sentarme en la sala de recibo y leer las revistas! Pero no me lo permitió.

– Estoy segura de que no fue porque no quisiera tenerte con él -mintió June-. Probablemente tuviera un día muy atareado y no creyó tener mucho tiempo para ti.

– Nunca tiene tiempo para mí. ¡Ya no!

Sacando un pañuelo de su bolsillo, June secó los ojos de Michelle.

– Te propongo algo -dijo-. Esta noche hablaré con él y le explicaré que para ti es importante salir de la casa, entonces quizás él te lleve mañana. ¿De acuerdo?

Michelle aspiró un poco por la nariz, se la sonó en el pañuelo y se encogió de hombros.

– Tal vez -respondió enderezándose y tratando de sonreír-. El me quiere todavía, ¿verdad?

– Por supuesto que sí -volvió a asegurarle June-. Estoy segura de que no ocurre nada malo. Ahora hablemos de otra cosa -agregó, buscando rápidamente en su cerebro-. Como la escuela, por ejemplo. ¿No te parece que ya es tiempo de que pienses en volver?

Michelle sacudió la cabeza, indecisa.

– No quiero volver a la escuela. Todos se reirán de mí. Siempre se ríen de los inválidos.

– Tal vez lo hagan al principio -admitió June-. Pero tú simplemente presentas la otra mejilla y no haces caso. Además, no eres inválida. Tan solo cojeas un poco. Y pronto ni siquiera cojearás más.

– Sí -respondió con calma Michelle-. Cojearé durante el resto de mi vida.

– No -protestó June-. Te pondrás bien, estarás perfectamente.

– No, no es verdad -replicó Michelle sacudiendo la cabeza mientras penosamente se ponía de pie-. Me acostumbraré, pero no estaré perfectamente. ¿Puedo salir a caminar?

– ¿A caminar? -repitió June, dudando-. ¿Dónde?

– Bordeando el risco. No iré muy lejos -repuso la niña, escudriñando el rostro de su madre-. Si voy a volver a la escuela, mejor será que practique, ¿verdad?

¿Volver a la escuela? Un minuto antes había dicho que no quería volver a la escuela. Llena de confusión, June aprobó con un movimiento de cabeza.

– Por supuesto. Pero ten cuidado, preciosa. Y por favor, no intentes bajar a la playa, ¿de acuerdo?

– No lo haré -prometió Michelle.

Se dirigía a la puerta del estudio cuando de pronto se detuvo, con los ojos fijos en la mancha del suelo-. Creí que esto había desaparecido.

June sacudió la cabeza.

– Lo intentamos, pero no salió. Tal vez si yo supiera qué es…

– ¿Por qué no le preguntas al doctor Carson? Probablemente lo sepa.

– Quizá lo haga -replicó June-. ¿Cuánto tiempo estarás ausente?

– Todo el que sea necesario -dijo Michelle. Apoyándose en su bastón, salió lentamente al sol.

Con la mirada fija en el cielorraso, Josiah Carson se pasó una mano por la espesa cabellera casi blanca, mientras con la otra tamborileaba sobre el escritorio que tenía delante. Como siempre cuando estaba solo, pensaba en Alan Hanley.

Las cosas habían ido bien hasta ese día en que Alan había caído del techo. ¿O acaso no había caído?

Josiah estaba seguro de que no. En el transcurso de los años, demasiadas cosas habían ocurrido en su casa, demasiadas personas habían muerto.

Con la mente volvió a su esposa, Sarah, y a los días en que la vida le había parecido perfecta. El y Sarah iban a tener una familia… una gran familia… pero no había resultado así. Sarah había muerto dando a luz a su hija. No debía haber muerto… no existían motivos para eso. Había estado sana. El embarazo había sido fácil, pero al nacer su hija, Sarah había muerto. Josiah había sobrevivido a la pérdida volcando su amor en su hija, la pequeña Sarah. Y entonces, cuando Sarah tenía exactamente doce años, había sucedido aquello.

Carson no sabía aún cómo había sucedido.

Una mañana bajó la escalera y abrió el enorme refrigerador empotrado en la cocina.

En el suelo, sosteniendo una muñeca que Josiah nunca había visto antes, encontró a su hija muerta.

¿Por qué había entrado en el refrigerador? Josiah nunca lo supo.

Sepultó a la pequeña Sarah y con ella sepultó a la muñeca.

Después de eso había vivido solo y al transcurrir los años, más de cuarenta, había empezado a creer que estaba a salvo, que nada más iba a suceder, y entonces Alan Hanley había caído.

En su fuero interno estaba convencido de que Alan no había perdido simplemente pie. No: había algo más que eso, y la prueba era la muñeca.

La muñeca que él había sepultado junto con su hija.

La muñeca que él había encontrado bajo el quebrado cuerpo de Alan.

La muñeca que Michelle Pendleton le había mostrado.

Josiah hubiera querido hablar con Alan sobre la muñeca, pero el muchacho nunca había recobrado el sentido: Cal Pendleton lo había dejado morir.

Lo había matado, en realidad.

Si Cal no lo hubiera matado, Josiah habría podido averiguar lo que realmente había sucedido aquel día en el tejado… lo que Alan había visto, sentido y oído. Habría podido averiguar qué estaba sucediendo en su casa. Qué le había sucedido a su familia. Ahora nunca lo sabría. Cal Pendleton le había arruinado esa posibilidad.

Pero él se desquitaría.

Ya estaba empezando a desquitarse.

Había sido tan fácil, una vez que descubrió cuan culpable se sentía Cal respecto de Alan. A partir de allí, fue fácil. Venderle la casa. Venderle la clientela. Había dado resultado.

El había introducido a Cal Pendleton en la casa y la muñeca estaba de vuelta.

Ahora la hija de Cal tenía la muñeca.

Y lo que estaba ocurriendo, fuera lo que fuese, ya no le estaba ocurriendo a los Carson.

Ahora le estaba ocurriendo a los Pendleton.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por ruido de voces que venían de la sala de examen, contigua al consultorio donde Cal estaba examinando a Lisa Hartwick.

Cal había tratado de eludir el examen de Lisa, pero Josiah no se lo había permitido. Sabía lo asustado que Cal estaba ahora de los niños, que tenía la sensación, razonable o no, que cualquier cosa que él hiciera con un niño iba a ser errónea y que él iba a dañar al niño.

Josiah Carson comprendía estos sentimientos.

En la sala de examen, Lisa Hartwick miraba a Cal fijamente, con ojos desconfiados casi ocultos por un flequillo castaño claro. Cuando él le pidió que abriera la boca, la niña se enfurruñó.

– ¿Para qué?

– Para que pueda verte la garganta -le dijo Cal-. Si no puedo verla, no podré saber por qué te duele, ¿no te parece?

– No me duele, solo se lo dije a papá para no tener que ir a la escuela.

Cal dejó de lado el bajalengua; mientras una sensación de alivio lo inundaba. Con esta niña, por lo menos, no había amenaza inmediata. Sin embargo, no era la niña más simpática con la que se había encontrado en su vida. A decir verdad, descubrió que le desagradaba intensamente.

– Entiendo – respondió-. ¿No te agrada la escuela?

Lisa se encogió de hombros.

– No está mal. Solo que no soporto a esos chicos engreídos de por acá. Si alguien no nació aquí, nunca quieren ser sus amigos.

– Oh, no sé -replicó Cal-, Michelle se ha hecho algunos amigos.

– Eso es lo que ella cree. Espere a que vuelva a la escuela -dijo Lisa. Luego ladeando la cabeza, contempló impertinentemente a Cal-. ¿Es cierto que no puede caminar?

Cal se sintió enrojecer. Cuando respondió, su voz fue áspera.

– Ella puede caminar muy bien. No le pasa nada grave, y muy pronto estará como nueva. Simplemente se golpeó un poco.

Sabía que estaba mintiendo, pero no podía evitarlo… las cosas se hacían más fáciles si fingía que Michelle iba a quedar bien. Y tal vez -solo tal vez- fuera así.

– Pues, no es eso lo que oí decir -comentó Lisa mientras bajaba de la mesa de examen. Su expresión cambió de pronto, apareciendo en su rostro una vulnerabilidad que Cal no había visto desde su aparición en el consultorio-. Tampoco yo tengo madre -dijo con suavidad.

Por un momento Cal no supo bien a qué se refería. Pero luego comprendió.

– Pero Michelle tiene madre -dijo-. Nosotros la adoptamos cuando era muy pequeña.

– Oh, -exclamó Lisa, y Cal creyó ver desilusión en sus ojos.

– Sin embargo -continuó Cal sin alterarse, supongo que ustedes dos tienen algunas cosas en común. Ninguna de las dos nació aquí y aunque Michelle es huérfana del todo, tú lo eres a medias, ¿verdad? Quizá deberías ir a visitar a Michelle alguna vez. -Deliberadamente dejó la sugerencia flotando en el aire. Por un momento creyó que Lisa iba a recogerla, pero no lo hizo del todo.

– Es posible que lo haga -dijo con poco entusiasmo-. Pero también es posible que no.

Antes de que Cal pudiera responder a su grosería, ella se había marchado.

Cuando Cal entró en el consultorio que ambos compartían, Josiah Carson fingió estar absorto en una revista médica. Solo levantó la mirada cuando Cal estuvo sentado junto a su improvisado escritorio.

– ¿Todo fue bien? -preguntó.

– Es una niña difícil -respondió Pendleton, encogiéndose de hombros.

– Es una mocosa -afirmó Carson. -Bueno, la vida no es fácil para ella.

– La vida no es fácil para ninguno de nosotros -dijo intencionadamente Josiah.

Cal dio un respingo visible; luego buscó la mirada de Carson.

– ¿Qué se supone que signifique eso?

El anciano doctor se encogió de hombros aparatosamente.

– Interprételo como quiera.

Fue como si hubiera sacado un tapón. Cal se desplomó en su sillón con ojos tan faltos de vida como su postura. Miró lúgubremente a Carson.

– Josiah, ¿qué voy a hacer? No puedo hacer frente a Michelle, no puedo hablar con ella, no puedo ni siquiera tocarla. Constantemente pienso en Alan Hanley, y me pregunto qué error cometí, y qué error cometí con ella.

– Todos nos equivocamos, Cal -respondió Josiah-. No podemos culparnos por demostrar un mal criterio bajo presión. Simplemente debemos aceptar nuestras limitaciones y vivir con ellas.

Hizo una pausa, procurando evaluar la reacción de Cal. Tal vez lo hubiese empujado demasiado lejos. Pero Cal lo estaba observando, concentrándose en lo que él decía. Josiah sonrió y tomó otro rumbo.

– Quizá sea todo culpa mía. Seguramente lo sucedido a Michelle es culpa mía. Si yo no le hubiera vendido esa casa maldita…

Cal lanzó a Josiah una mirada penetrante.

– ¿"Casa maldita"? ¿Por qué dijo usted eso?

Josiah se agitó en su sillón.

– Probablemente no debí decirlo. Llámelo un desliz de la lengua.

Pero Cal no se dejó convencer.

– ¿Hay algo que yo debería saber acerca de esa casa?

– En realidad, no -dijo cuidadosamente Carson-. Tal vez yo crea simplemente que es una casa desdichada. Primero Alan Hanley. Ahora Michelle… -Su voz se apagó.

Cal lo miró con fijeza, sintiéndose estafado. Amaba a esa casa, cada día más, y no quería oír nada malo sobre ella.

– Lamento que se sienta usted así -dijo-. Para mí es una buena casa.

Se quitó la chaqueta blanca dispuesto a irse para almorzar. Estaba en la puerta cuando de pronto se volvió.

– Josiah -dijo. Carson lo miró inquisitivamente.- Josiah, solo quiero que usted sepa… agradezco todo lo que hizo por mí. No sé cómo habría pasado por todo esto sin usted. Me considero muy afortunado de tener un amigo como usted.

Luego, turbado por sus propias palabras, Cal abandonó de prisa el consultorio.

De nuevo solo, Carson volvió a pensar en las palabras que habían atraído la atención de Cal Pendleton.

"Casa maldita".

“Y eso es lo que es", pensó. En su mente surgió una imagen, la imagen de una mancha escondida en el suelo del cobertizo.

Una mancha que nadie había logrado eliminar jamás.

Una mancha que lo había perseguido toda su vida. Irracionalmente, estaba convencido de que se conectaba de algún modo con la muñeca de Michelle Pendleton.

Ahora, estaba seguro de que perseguiría a los Pendleton.

A decir verdad, ya estaba empezando.

Josiah Carson no pretendía saber con exactitud qué tenía esa casa que hacía que ocurrieran cosas a las personas que allí vivían, pero tenía sus sospechas. Y estaba empezando a parecerle que sus sospechas eran acertadas. Para Michelle ya había empezado. Y seguiría más, y más, y más…

De pie en el cementerio, inmóvil, Michelle contemplaba con fijeza la diminuta piedra con una sola palabra escrita:

AMANDA

Procuró tener la mente en blanco, como si dejando afuera sus pensamientos pudiera oír mejor la voz. Dio resultado.

Pudo oír la voz, lejana, pero acercándose.

Al aproximarse la voz, la brillante luz del sol se esfumó y la niebla del mar se cerró alrededor de ella.

Pronto Michelle tuvo la sensación de hallarse sola en el mundo.

Entonces, como si algo la hubiera tocado, supo que no estaba sola.

Se volvió. De pie tras ella vio a la niña.

Su negro vestido llegaba casi hasta el suelo. Y su cabeza estaba cubierta por un gorro. Sus ciegos ojos lechosos estaban fijos en Michelle. Sonreía.

– Tú eres Amanda -sugirió Michelle. Sus palabras flotaron en la niebla, ahogadas. Luego la niña asintió con la cabeza.

– Te estuve esperando. -La voz era suave, musical y tranquilizadora para Michelle.- Estuve esperándote mucho tiempo. Voy a ser tu amiga.

– Yo… yo no tengo amigos -murmuró Michelle. -Lo sé, tampoco yo tengo amigos. Pero ahora nos tendremos la una a la otra y todo será perfecto.

Michelle permaneció inmóvil contemplando la extraña aparición en la niebla, vagamente asustada. Pero las palabras de Amanda la atraían y consolaban. Y ansiaba tener una amiga.

Silenciosamente, aceptó a Amanda.

CAPITULO 13

– Bueno, ¿seguro que estarás bien?

– Si necesito ayuda te llamare o lo hará la señorita Hatcher o alguien -respondió Michelle.

Abrió la portezuela del automóvil, posó el pie derecho en la acera, se apoyó en el bastón y se irguió. Ansiosamente June la observó tambalear, pero Michelle recobró el equilibrio con rapidez y cerró la portezuela con fuerza. Sin saludar con un gesto ni una palabra, comenzó a cojear lentamente hacia el edificio escolar. June se quedó donde estaba, mirando, incapaz de alejarse hasta que Michelle estuvo adentro del edificio.

Cuidadosamente, tomándose de la barandilla con la mano izquierda, mientras con la derecha manejaba el bastón, Michelle subió los peldaños, apoyando primero el pie derecho, luego arrastrando la pierna izquierda detrás de sí. El procedimiento era lento, pero constante. Cuando hubo llegado a lo alto de los siete escalones, se volvió, saludó con un ademán a su madre y luego entró en la escuela. Suspirando, June puso en marcha el automóvil y se apartó de la acera.

Durante el trayecto a casa, rezó porque todo fuese bien. Y sintiendo una punzada de remordimiento, empezó a pensar con agrado en pasar un día -todo un día- con su hijita y su trabajo.

Corinne Hatcher había iniciado ya la lección cuando se abrió la puerta y apareció Michelle, apoyada en su bastón, con expresión indecisa, como si acaso estuviera en el aula equivocada. La clase quedó silenciosa. Los alumnos se movieron en sus asientos para mirarla con fijeza.

Tratando de no hacerles caso, Michelle avanzó cojeando, sin apartar sus ojos de su mesa: el asiento vacío en la fila de adelante, entre Sally y Jeff que evidentemente se había reservado para ella. Cuando llegó al asiento y cuidadosamente se depositó en él, se permitió mirar a la señorita Hatcher y sonreír, diciendo con timidez:

– Lamento llegar tarde.

– Está bien -la tranquilizó Corinne-. Ni siquiera hemos empezado. Me alegro mucho de que hayas vuelto. ¿Nadie quiere saludar a Michelle?

Miró a la clase con expectativa. Al cabo de un momento, empezó un murmullo, cuando cada niño, sin saber bien que se esperaba de el, masculló un saludo. Estirándose sobre su pupitre, Sally Carstairs apretó la mano de Michelle, pero esta se apresuró a retirarla. Oyó que del otro lado Jeff le hablaba, pero cuando se volvió hacia él vio que Susan Peterson le daba un codazo y rápidamente apartó la mirada. Michelle sintió que la cara se le enrojecía de vergüenza.

No podía concentrarse en sus lecciones. En cambio, estaba terriblemente conciente de los demás niños, sintiendo que sus ojos le perforaban la espalda, oyendo sus cuchicheos, tan bajos que ella no podía distinguir las palabras.

Por un rato Corinne Hatcher pensó interrumpir la lección, encarar de frente la cuestión del accidente de Michelle, pero descartó tal idea, sería demasiado embarazoso para Michelle. Por eso continuó, procurando que los niños pensaran en su tarea y no en su condiscípula. Al sonar la campana del primer recreo, Corinne, aliviada, dejó salir a los alumnos. Todos, salvo Michelle.

Cuando el aula quedó vacía, excepto ellas dos, acercó su silla al pupitre de Michelle.

– No fue tan malo, ¿verdad? -preguntó, con toda la naturalidad posible. Michelle la miró con cxtrañeza como si no entendiera la pregunta.

– ¿Qué cosa?

– Pues… pues tu primera mañana en la escuela.

– Está muy bien -dijo Michelle-. ¿Por qué no iba a estarlo?

En su voz había un tono altivo que desconcertó a Corinne. Era como si Michelle la estuviera desafiando a hablar sobre los cuchicheos que habían impregnado el aula durante las dos últimas horas.

– Quizá deberíamos repasar algo de las tareas que te perdiste -decidió, invitando a Michelle. Si ésta no quería hablar sobre la reacción de la clase hacia ella, no se hablaría.

– Puedo adelantar sola -dijo Michelle-. ¿Me permite ir a la sala de descanso?

Corinne miró con fijeza a la niña, tan serena, tan aparentemente segura de sí. Pero no debería estarlo… debería estar nerviosa, debería estar sintiéndose insegura, debería estar inclusive llorando… pero no debería estar preguntando si podía ir a la sala de descanso. Suprimiendo las preguntas que inundaban su mente y deseando que Tim Hartwick estuviese allí ese día, Corinne observó a Michelle que iba hacia la puerta. Corinne Hatcher estaba muy preocupada.

Michelle quedó complacida al encontrar desierto el pasillo… por lo menos no había nadie que la viera avanzar con lentitud hacia el excusado, golpeando el suelo de madera con su bastón.

Deseaba poder desaparecer.

Se estaban riendo de ella tal como ella pensó que lo harían.

Sally apenas si le había hablado y los demás no habían sabido qué decir.

Pero ella no se rendiría ante ellos.

Abrió la puerta y entró en la sala de descanso, donde se miró con fijeza al espejo, preguntándose si el dolor se evidenciaba en su cara.

Era importante que no se notara, que nadie supiera cómo se sentía, cuánto era el dolor.

Cuan enfurecida estaba ella.

Especialmente contra Susan Peterson.

Susan había dicho algo a Jeff.

Le había dicho algo que impidió que el le hablara a Michelle.

Amanda tenía razón… no eran sus amigos, ya no. Después de lavarse la cara Michelle se miró al espejo.

– No importa -dijo en voz alta-. No los necesito. Amanda es mi amiga. ¡Al infierno con ellos!

Luego, sorprendida por haber utilizado esa blasfemia, dio un paso hacia atrás y estuvo a punto de caer. Tomándose del borde del fregadero, se sostuvo. Una oledada de frustración la inundó y quiso llorar, pero no quería darse por vencida… "Yo les enseñaré", prometió en silencio. "Les enseñaré a todos".

Penosamente emprendió el regreso al aula.

Después del recreo algo cambió en el aula. El cuchicheo cesó y los niños parecieron ocupar sus mentes en sus tareas.

Salvo que de vez en cuando uno de los niños miraba a escondidas, primero a Michelle, luego a Susan Peterson. Si dichas niñas percibieron lo que estaba ocurriendo, no dieron señales de ello.

Sally Carstairs estaba pasando un mal rato. Cada pocos minutos apartaba la vista de su tarea, miraba a Michelle, luego, rápidamente, miraba tanto a Michelle y Jeff Benson como a Susan Peterson. Cuando sus miradas se encontraron, Susan apretó los labios y sacudió la cabeza casi imperceptiblemente. Sally volvió a su trabajo, mientras su rostro se ruborizaba de culpa.

Cuando sonó la campana de la merienda, ni siquiera Sally Carstairs esperó a Michelle. En cambio, en pocos segundos el aula quedó vacía, salvo Michelle y Corinne. Michelle buscó su cartapacio bajo su pupitre y sacó su merienda. Luego se incorporó, disponiéndose a salir del aula.

– ¿Por qué no te quedas y comes conmigo? -sugirió Corinne.

Por un breve instante, Michelle vaciló. Luego sacudió la cabeza diciendo:

– Iré afuera.

– ¿Estás segura? -insistió Corinne. Michelle asintió con la cabeza.

– Me sentaré en lo alto de la escalera, desde donde puedo ver todo. -Estaba casi fuera del recinto cuando de pronto se detuvo y se volvió haciendo frente a Corinne -. Poder ver es importante. ¿Lo sabía usted, señorita Hatcher?

Sin esperar respuesta, Michelle salió del aula.

Michelle estaba sentada en el escalón más alto, con la pierna izquierda rígidamente extendida, la derecha recogida contra el pecho. Con la barbilla apoyada en la rodilla derecha, observaba a los niños que estaban en el patio de la escuela.

Bajo el arce grande podía ver a sus propios condiscípulos, Susan, Jeff y Sally… todos… apiñados en un grupo.

Estaban hablando de ella. Y ella lo sabía.

En particular Susan Peterson.

Michelle podía verla, inclinándose para susurrar algo al oído de alguien; después los dos, Susan y la persona a quien había hablado, mirando a Michelle y riendo por lo bajo.

En una ocasión, Susan empezó a decir algo a Sally, pero Sally se limitó a mover la cabeza e inmediatamente se puso a hablar con otra persona.

Michelle se obligó a no mirarlos más. Sus ojos recorrieron el campo de juego. Allá, junto a la cerca de atrás, algunos alumnos de cuarto grado jugaban a la pelota; Michelle sintió una punzada de envidia al mirarlos correr. Ella solía jugar antes a la pelota. Había sido una de las corredoras más veloces de su escuela.

Pero eso había sido antes.

Del otro lado del patio, cerca de la entrada, Michelle vio a Lisa Hartwick sentada sola. Durante un segundo deseó que Lisa se acercara y se sentara en los escalones con ella, pero entonces recordó… los otros niños no simpatizaban con Lisa, y aun cuando no le hablaban, no iba a empeorar las cosas mostrándose amistosa con ella.

Cerca de ella, al pie de los escalones, tres niñas -que tal vez tuvieran ocho años- estaban absorbidas en una partida de boliche, sin advertir la presencia de Michelle. Esta contempló la partida por un rato, recordando cuando ella tenía esa edad. Jamás había sido hábil para el boliche… las pequeñas piezas siempre se le habían resbalado entre los dedos. Y sin embargo, ese juego no requería correr, ni saltar, ni ninguna de las cosas que Michelle ya no podía hacer. Tal vez si les pidiera…

Sonó la campana. La hora de la merienda había terminado.

Poniéndose de pie, Michelle volvió a entrar en el edificio. Se aseguró de ser la primera en entrar al aula. Tan pronto como entró, se deslizó en un asiento situado al fondo del salón.

Un asiento, donde ninguno de ellos pudiera verla, a menos que se dieran vuelta y la miraran francamente.

Pero ella sí podría verlos.

Vigilarlos.

Saber quien se estaba riendo de ella…

Cuando sonó la campana de las tres y diez, Corinne Hatcher volvió a pedirle a Michelle que esperara, y le hizo señas de que se acercara a su escritorio, al frente del salón vacío.

– Quiero pedir disculpas en nombre de la clase.

Michelle permanecía inmóvil frente a ella, inexpresiva, con el rostro hecho una máscara de indiferencia.

– ¿Disculpas? ¿Porqué?

– Por el modo en que te trataron hoy. Fue muy grosero.

– ¿Lo fue? No me di cuenta de nada respondió Michelle con voz inexpresiva.

Reclinándose en su silla, Corinne golpeteó el escritorio con un lápiz.

– Noté que no merendabas con tus amigos.

– Ya le dije… era más fácil no tratar de bajar los escalones. ¿Puedo irme ahora? Hay una larga caminata hasta mi casa.

– ¿Irás caminando? -Corinne quedó espantada. Michelle no podía ir caminando… era demasiado lejos. Pero la niña asentía tranquilamente.

– Me hace bien -dijo afablemente. Corinne advirtió que ahora, cuando el tema nada tenía que ver con sus condiscípulos, Michelle parecía serenarse.- Además, me gusta caminar. Y ahora que no puedo caminar tan rápido como solía hacerlo, veo mucho más. Se sorprendería usted.

En la mente de Corinne resonaron las palabras de Michelle: ”Es importante ver".

– ¿Que ves? -preguntó la maestra.

– Oh, toda clase de cosas. Flores, y árboles y rocas… cosas así. -Bajó un poco la voz.- Cuando se está solo, realmente se mira todo.

Corinne sintió mucha tristeza por Michelle. Cuando habló su voz reflejó sus emociones.

– Sí -dijo-, estoy segura de que es así.

Se puso de pie y comenzó a juntar sus cosas. Caminando muy despacio para que Michelle pudiera seguirla, salió del salón y cerró con llave la puerta.

– ¿Estás segura de que yo no podría llevarte a casa? -ofreció Corinne cuando llegaron a los escalones delanteros.

– No, gracias. De veras estaré perfectamente.

Michelle parecía distraída: sus ojos exploraron el patio de la escuela, como si buscara a alguien.

– ¿Alguien te iba a acompañar?

– No… no, solo pensé… – Michelle calló, se interrumpió y empezó a bajarlos peldaños-. Hasta mañana, señorita Hatcher, dijo por sobre el hombro.

Al llegar al pie de la escalera, se colgó del hombro su cartapacio y cojeó hacia la acera.

Corinne Hatcher la observó hasta verla desaparecer al doblar la esquina; luego se encaminó hacia su automóvil.

"El habría podido esperarme", pensó amargamente Michelle.

Caminaba lo más rápido posible, pero no tardó en dolerle la cadera, obligándola a disminuir el paso.

Trató de no pensar en Jeff Benson, pero mientras caminaba, cada cosa que veía le recordaba los días en que habían vuelto a casa caminando juntos. Ahora, pensó, probablemente haya acompañado a casa a Susan Peterson.

Dejando atrás el poblado, tomó por el camino, permaneciendo bien lejos del empedrado. Aunque el sendero era áspero y resultaba más fácil caminar por el pavimento, sabía que no podría apartarse si llegara un automóvil… el sendero era mucho más seguro.

Se detenía cada pocos metros, en parte para descansar, pero también para mirar alrededor, para examinar todo cuidadosamente, como si lo estuviera viendo por primera vez, o quizá por última vez. Una o dos veces se quedó totalmente inmóvil, cerró bien los ojos y procuró imaginarse cómo sería estar ciega. Con el bastón hurgaba los objetos en torno a ella, viendo si podía identificarlos por el contacto.

Casi nunca lo conseguía.

"Sería espantoso", pensó. Ser ciego sería la cosa más espantosa del mundo.

Estaba casi a mitad del trayecto cuando oyó una voz que la llamaba.

– Michelle… ¡oye, Michelle, espérame!

Estoicamente, sin hacer caso de aquella voz, Michelle siguió andando. Un minuto más tarde, Jeff Benson la alcanzo.

– ¿Por qué no esperaste? -la interrogó-. ¿No me oíste acaso?

– Te oí.

– Pues ¿por qué no te detuviste?

– ¿Por que tú no me esperaste después de la escuela? -replicó a su vez Michelle.

– Prometí a Susan que la acompañaría.

– ¿Y sabías que podías alcanzarme?

Jeff enrojeció al responder:

– No dije eso.

– No era necesario -hubo un silencio y Michelle prosiguió su camino, mientras Jeff le seguía el paso-; si quieres irte a casa no hace falta que me esperes – agregó ella.

– No tengo inconveniente.

Siguieron caminando. Michelle deseaba que Jeff se marchase, finalmente se lo dijo.

– iMe haces sentir como si fuera un fenómeno! exclamó-. ¿Por que no te vas a casa y me dejas tranquila?

Jeff se detuvo de pronto, mirándola extrañado. Abrió la boca, luego la volvió a cerrar. Se le enrojeció la cara y se le crisparon los puños.

– Bueno, si eso es lo que piensas, tal vez lo haga -dijo por fin.

– ¡Me alegro!

Michelle sintió que las lágrimas le brotaban en los ojos y por un momento temió llorar. Pero entonces Jeff se apartó de ella y se alejó rápidamente. Cuando estaba a pocos metros de distancia, de pronto miró atrás, saludó con la mano y echó a correr. Para Michelle fue como una bofetada.

Jeff entró ruidosamente en su casa, gritando para comunicar a su madre que había vuelto. Arrojó los libros sobre una mesa y entró en la sala de recibo donde se dejó caer en el sofá, apoyando los pies en la mesita baja. ¡Esas niñas! ¡Que fastidiosas eran!

Primero Susan Peterson diciéndole que no debía hablar más con Michelle: luego Michelle diciéndole que no quería que la acompañara más. Era una locura simplemente. Miró por la ventana.

Allí estaba ella, totalmente sola. Jeff vio que Michelle pasaba frente a su casa y se disponía a pasar frente al cementerio. De pronto se detuvo y clavó la vista en el camposanto. Como si estuviese observando algo. Pero no había nada que observar. Para Jeff el cementerio tenía el mismo aspecto de siempre… tapado por las malezas, con las lápidas cayéndose, abandonadas. ¿Qué estaba mirando Michelle?

Cuando Michelle llegó frente al cementerio, el luminoso sol de la tarde se desvaneció. En torno a ella comenzó a formarse la niebla. Ya se había habituado a eso y no se sorprendió cuando la fría humedad se cerró de pronto alrededor de ella, borrando el resto del mundo, dejándola sola entre la bruma. Sabía que no estaría mucho tiempo sola. Cuando venía la niebla, también venía Amanda. Michelle empezaba a esperar, la niebla con ansia, anhelando ver a su amiga.

Allí estaba ella, acercándose desde el cementerio, sonriéndole y saludándola con la mano.

– Hola -dijo Michelle en voz alta.

– Estuve esperándote -respondió Amanda al atravesar la cerca rota-. ¿Fue tan malo como yo pensaba?

– Sí. Se rieron de mí y no dejaron de cuchichear unos con otros.

– No importa -dijo Amanda -. Caminaré contigo y podrás mostrarme cosas.

– ¿No puedes ver cosas tú misma?

Los blancos ojos lechosos de Amanda se clavaron en el rostro de Michelle.

– No puedo ver nada a menos que estes conmigo -dijo.

Tomando la mano de Amanda, Michelle echó a andar por el sendero.

Notó que, por algún motivo, era más fácil caminar con Amanda. Junto a ella, no le dolía tanto la cadera y apenas cojeaba.

Amanda la condujo cruzando el cementerio y bordeando la senda del risco. Pronto llegaron a casa de los Pendleton; instintivamente Michelle fue hacia ella.

– No -dijo Amanda. Michelle sintió que le apretaba más la mano.- El cobertizo. Lo que quiero ver está en el cobertizo.

Michelle vaciló; luego, despierta ya su curiosidad, permitió que Amanda la condujese hacia el estudio de su madre.

Amanda llevó a Michelle del otro lado de la esquina del pequeño edificio y se detuvo junto a la ventana.

– Mira adentro -susurró a Michelle.

Obediente, Michelle espió por la ventana.

La densa niebla que la rodeaba parecía haber impregnado también el estudio. Había adentro una nebulosidad; todo era confuso.

Y nada tenía el aspecto de siempre.

Allí estaba el caballete de su madre, pero el cuadro que estaba apoyado en él no era de su madre.

Michelle contempló el cuadro con fijeza durante un segundo; luego un movimiento atrajo su mirada, que se desvió. En el estudio había gente, pero ella no podía verlos con claridad. La bruma remolineaba en torno a ellos, impidiéndole ver sus caras.

Entonces Michelle oyó los sonidos.

Era Amanda, junto a ella.

– Es verdad -susurró Amanda, cuya voz oprimida era un susurro-. Es una prostituta… ¡una prostituta!

Los ojos de Michelle se dilataron de miedo por la furia que expresaba la voz de su amiga. Trató de retirar la mano que Amanda le tenía apretada, pero ésta no se lo permitió.

– ¡No! -imploró-. ¡No te alejes! ¡Déjame ver! ¡Tengo que ver! -Su cara se retorció de furia, y apretaba tanto la mano de Michelle, que se la hacía doler.

Súbitamente Michelle logró zafarse. Retrocedió, apartándose de Amanda; al separarse sus manos, la ciega mirada de Amanda se fijó en ella.

– No -repitió -. Por favor… no te vayas. Déjame ver. Soy tu amiga y te ayudaré. ¿No quieres ayudarme también?

Pero Michelle ya se había apartado. Se encaminó hacia la casa. La niebla pareció disiparse un poco.

Cuando llegó a la casa, la bruma se había despejado.

Su cojera la había obligado casi a detenerse, y la cadera le palpitaba otra vez de dolor.

CAPITULO 14

Michelle dejó que la puerta de la cocina se cerrara violenta y ruidosamente tras ella, arrojó su cartapacio sobre la mesa y fue hacia el refrigerador. Terriblemente conciente de que su madre la observaba, luchó por controlar el temblor de sus manos. June no le habló hasta que la niña se sirvió un vaso de leche.

– Michelle… ¿te sientes bien?

– Estoy perfectamente -replicó Michelle, mientras volvía a guardar la leche y sonreía a su madre. June contempló cautelosamente a su hija. Algo andaba mal. Se la notaba asustada. Pero ¿que podía haberla asustado? June la había visto llegar por el sendero, vacilar un momento y luego continuar hasta el estudio, donde se había detenido brevemente junto a la ventana. Cuando se dirigió hacia la casa, fue como si hubiera visto algo.

– ¿Qué estabas mirando?

– ¿Mirando? -repitió Michelle. June se sintió casi segura de que procuraba ganar tiempo.

– En el estudio. Te vi mirando por la ventana del estudio.

– Pero no pudiste… -empezó Michelle. Luego se contuvo y. miró por la ventana.

El sol brillaba luminoso.

La niebla había desaparecido.

– Nada agregó Michelle-. Solamente miré para ver si estabas trabajando.

– Hum -dijo June sin comprometerse. Luego agregó: -¿Cómo te fue en la escuela?

– Bien, muy bien.

Michelle terminó su vaso de leche y se incorporó trabajosamente, con la cadera dolorida. Recogió su cartapacio y se encaminó hacia la despensa.

– Pensé que tal vez trajeras a Sally esta tarde -sugirió June.

– Ella… ella tenía algunas cosas que hacer -mintió Michelle. Además, yo quería caminar sola.

– ¿Quieres decir que Jeff ni siquiera te acompañó?

– Lo hizo por un rato. Acompañó a casa a Susan Peterson, después me alcanzó.

June fijó en Michelle una mirada penetrante. Había algo que su hija no le estaba diciendo. La expresión de Michelle era inocente. Y sin embargo, June estaba segura de que la niña ocultaba algo.

– ¿Estás segura de que no pasó nada malo? -insistió.

– Fue perfecto, mamá -replicó Michelle con cierta irritación, por lo cual June decidió abandonar el tema.

– ¿Quieres ayudarme con el pan?

Michelle lo pensó un momento: luego sacudió la cabeza diciendo.

– Tengo mucho que repasar. Creo que mejor subiré a mi cuarto.

June la dejó ir, luego volvió a su masa para el pan. Mientras trabajaba, sus ojos se desviaron hacia el estudio. afuera. "¿Que fue? ¿Qué vio ella allí? Algo que la asustó, de eso estoy segura'*. Retiró los dedos de la masa, se los frotó en el delantal, luego abandonó la casa. Lo que hubiera visto Michelle debía de estar todavía en su estudio…

Michelle cerró la puerta de su dormitorio y se desplomó en la cama. Se preguntaba si debía haber hablado con su madre sobre las personas del estudio. Pero algo le había indicado no hacerlo. Lo que había visto era un secreto. Un secreto entre ella y Amanda. Pero había sido algo atemorizados. Al recordarlo, un estremecimiento recorrió su cuerpo.

Levantándose de la cama, se acercó a la ventana y levantó la muñeca que estaba allí apoyada en el alféizar. Alzándola a la altura de sus ojos, contempló su rostro de porcelana.

– ¿Qué quieres, Amanda? -preguntó con suavidad-. ¿Qué quieres que yo haga?

– Quiero que me muestres cosas -susurró la voz en su oído-. Quiero que me muestres cosas y que seas mi amiga.

– Pero ¿qué quieres ver? ¿Cómo puedo mostrarte cosas si no sé qué quieres ver?

– Quiero ver cosas que sucedieron hace mucho tiempo. Cosas que entonces nunca pude ver… hace tanto que te esperaba… por un tiempo creí que jamás podría ver. Lo intenté. Traté de intentar que otras personas me mostraran pero nunca pudieron y entonces llegaste tú.

El susurro fue interrumpido por un sonido.

– ¿Qué es eso? -susurró la voz.

– Solo Jenny. Está llorando.

Desde el cuarto infantil, del otro lado del pasillo, los lamentos de la pequeña aumentaron. Michelle aguardó un momento, segura de que oiría el paso de su madre en la escalera. Entonces la voz le volvió a susurrar:

– Muéstramela.

– ¿A la niñita?

– Quiero verla.

Los gritos de Jennifer se habían convertido en un sollozante berrido. Michelle se acercó a la puerta.

– ¿Mamá? -llamó; no hubo respuesta-. ¡Mamá, Jenny está llorando!

Al no tener tampoco respuesta, Michelle se encaminó por el pasillo hacia la nursery. Estaba segura de que Amanda iba con ella, junto a ella. Aunque no la podía ver, podía sentir una presencia. Decidió que esa sensación le gustaba.

Abrió la puerta de la nursery. De pronto los llantos de Jennifer fueron más ruidosos. Michelle levantó a la pequeña que lloraba, acunándola contra su pecho como le había enseñado su madre.

– ¿No es hermosa? -susurró, dirigiéndose a Amanda.

– Hazle algo -contestó a su vez Amanda.

– ¿Hacerle algo? ¿Porqué?

– Es como los otros… no es tu amiga…

– Es mi hermana -protestó Michelle, indecisa.

– No es tal cosa -le contestó Amanda-. Es la hija de ellos, no tu hermana. Ellos la quieren a ella, no a ti.

– Eso no es verdad.

– Es verdad. Tú sabes que es verdad. Debes hacer algo.

El susurro se volvió intenso, apremiando a Michelle, imponiéndosele.

Al contemplar la cara de la pequeña, Michelle vio los diminutos rasgos de Jenny, haciendo muecas de insatisfacción. De pronto, irracionalmente, quiso apretarla, quiso obligarla a que dejara de llorar, quiso castigarla.

Apretando los brazos, oprimió a Jennifer contra su pecho.

Los gritos de Jennifer cobraron un tono de dolor.

Michelle apretó más fuerte. Los clamores parecieron apagarse, mientras el sonido de la voz de Amanda se volvía más fuerte.

– Eso es -canturreaba la voz en sus oídos-. Más fuerte. Apriétala más fuerte…

Los ojos de Jenny empezaron a saltársele; sus bracitos se agitaron al tratar de respirar. El llanto se volvía más suave, convirtiéndose en un gimoteo.

– Solo un poco más… -susurraba la voz.

Y entonces apareció June en la puerta de la nursery.

– Michelle… Michelle ¿qué ocurre?

Fue como si alguien hubiera hecho girar un interruptor. La voz dejó de sonar en la cabeza de Michelle. Esta miró primero a su madre, luego la cara de Jennifer. Se dio cuenta de que estaba apretando a la pequeña, apretándola tan fuerte que le hacía daño. Entonces aflojó la presión. Repentinamente Jennifer dejó de llorar y boqueó un poco. El tinte levemente azulado de su piel desapareció, y sus ojos parecieron recuperar una posición normal.

– La… la oí llorar -dijo Michelle-. Como tú no subías, vine a ver que pasaba. Lo único que hice fue levantarla…

June tomó a Jenny que había empezado de nuevo a sollozar, y la acunó contra el pecho diciendo:

– Estaba afuera, en el estudio. No podía oírla. Pero ya todo está bien -dijo mientras acariciaba a la pequeña que lloraba, haciendo ruidos tranquilizadores-. Yo me haré cargo de ella -agregó June -. Vuelve a tu habitación. ¿De acuerdo?

Por un momento, Michelle vaciló. No quería regresar a su cuarto, quería quedarse allí. Con su madre y su hermanita. La voz de Amanda volvió a ella, recordándole que Jenny no era su hermana. Y esta mujer no era su madre. En realidad, no. Con la mente llena de imágenes y pensamientos confusos, Michelle salió cojeando de la nursery y se encaminó a su cuarto por el pasillo.

Tendida en la cama, acunando en sus brazos a su muñeca, clavó la mirada en el ciclorraso.

Todo empezaba a explicarse para ella ahora…

Amanda tenía razón.

Ella estaba sola.

Salvo por Amanda.

Amanda era su amiga.

– Te quiero -susurró a la muñeca. Te quiero más que a nada en el mundo.

Esa tarde, cuando Cal Pendleton llegó a casa, June estaba sentada en la cocina, sosteniendo en su regazo a Jenny, contemplando el mar. Se detuvo en la puerta de la cocina y la observó. La luz indirecta de la tarde arrojaba sobre ella un suave resplandor. Por un momento. Cal quedó abrumado por la belleza de la escena… la madre y la niña, su esposa y su hija, con la ventana y más allá la caleta enmarcándolas, casi como una aureola. Pero cuando June se volvió hacia él, su sensación de bienestar quedó destruida.

– Siéntate Cal. Tengo que hablar contigo -empezó June. No hizo falta decirle que quería hablar sobre Michelle -. Algo anda mal. No es solo su cojera, y Dios sabe que eso ya es bastante malo. Hoy sucedió algo en la escuela, o después de la escuela. No quiso decirme qué, pero la asustó.

– Bueno, fue su primer día… -empezó a decir Cal, pero June no le permitió terminar.

– Hay más. Esta tarde estaba yo en el estudio, trabajando. Oí llorar a Jenny y cuando subí a cuidarla, Michelle estaba allí. Sostenía a Jenny y tenía en el rostro una extrañísima expresión. Y estaba apretando a Jenny…

Su voz se apagó: el recuerdo de la tarde aún era vivido en su mente. Cal permaneció un momento silencioso. Cuando finalmente habló, su voz fue tensa.

– ¿Qué tratas de decir? ¿Crees que algo le pasa a Michelle?

– Sabemos que le pasa algo comenzó June.

Pero esta vez Cal no la dejó terminar.

– Cayó, sufrió algunas contusiones, y se perdió unas cuantas clases. Pero está mejorando cada día.

– No está mejorando. Eso querrías tú, pero si pasaras algún tiempo con ella, verías que no es la misma niña que solía ser -insistió June. Contra su voluntad, empezó a levantar la voz-. Algo le está pasando, Cal. Se está convirtiendo en una reclusa, que se pasa todo el día sola con esa maldita muñeca, y yo quiero saber por qué. Y en cuanto a ti, vas a dedicarle algo de tiempo, Cal. Irás conmigo cuando la lleve a la escuela mañana, y también irás conmigo cuando pase a buscarla. Y por las noches dejarás de esconderte en Jenny y en tu periódico, y empezarás a dar alguna atención a Michelle. ¿Está claro?

Cal se incorporó, con el rostro sombrío, la mirada pensativa.

– Déjame manejar mi vida a mi manera, ¿de acuerdo?

– No es tu vida -replicó June-. ¡Es mi vida, y también la vida de Jenny! Lamento todo lo que ha ocurrido, y querría ayudarte. Pero, Dios santo. Cal, ¿qué hay de Michelle? Es una niña y nos necesita. Tenemos que estar presentes para ella. ¡Los dos!

Pero Cal no oyó estas últimas palabras. Ya había salido de la cocina, encaminándose hacia la sala de recibo, donde cerró la puerta, se sirvió un trago y procuró olvidar las palabras de su esposa, acusándolo, siempre acusándolo.

Tendría que demostrar que ella se equivocaba.

Demostrarle que todo estaba perfecto, que Michelle se hallaba muy bien. Que él mismo se hallaba muy bien.

Esa noche, después de la cena, Michelle se presentó en la sala de recibo, con su juego de ajedrez bajo el brazo.

– ¿Papá?

Cal estaba sentado en su sillón, leyendo una revista, mientras June tejía, sentada frente a él.

– ¿Qué quieres? -preguntó él, obligándose a sonreír a su hija.

– ¿Quieres jugar una partida? -continuó la niña, haciendo sonar la caja de piezas.

Cal estaba por negarse amablemente, cuando June le lanzó una mirada de advertencia.

– Está bien -dijo sin entusiasmo-. Prepáralo mientras yo me sirvo un trago.

Michelle se depositó cuidadosamente en el suelo, con la pierna izquierda torpemente extendida, y empezó a colocar el tablero de ajedrez. Cuando su padre regresó, ella ya había hecho su primera jugada. Cal se acomodó en el suelo.

Michelle esperó.

El parecía estar estudiando el tablero, pero Michelle no estaba muy segura. Finalmente habló.

– Te toca a ti, papá.

– Ah, disculpa.

Automáticamente, Cal tendió la mano para responder a la apertura de Michelle. Esta arrugó un poco el entrecejo, preguntándose qué pasaba con el juego de su padre. Tentativamente, comenzó a prepararle una trampa.

De nuevo Cal permaneció silencioso, con la mirada fija en el tablero, bebiendo su copa, hasta que Michelle le recordó que le tocaba jugar. Cuando hizo su jugada, Michelle alzó la vista para mirarlo, asombrada. ¿Acaso él no veía lo que se proponía ella? Antes, nunca le dejaba salirse con la suya en esto. La niña adelantó su reina.

June dejó de lado su tejido y se acercó a mirar el tablero. Al ver la estrategia de Michelle, hizo un guiño a su hija; luego esperó a que Cal estropeara el gambito. Pero Cal no parecía advertir lo que le estaba sucediendo.

– Cal… te toca jugar.

El no respondió.

– No creo que le importe -susurró Michelle. Cal no dio muestras de oírla.- Papá -dijo -, si no quieres jugar, no tienes que hacerlo.

– ¿Que?

Cal salió de su ensueño y tendió la mano para hacer una jugada. Michelle, tentada por la falta de concentración de el, preparó rápidamente su trampa y esperó a que su padre escapara de ella. Estaba segura de que él la había estado azuzando. Ahora saldría con algo ingenioso, y empezaría la verdadera contienda. Michelle empezó a esperar con interés el resto de la partida.

Pero Cal se limitó a vaciar su vaso, hizo con indiferencia una jugada inútil y se encogió de hombros cuando Michelle colocó su reina y anunció el jaque mate.

– Ordena las piezas y lo haremos de nuevo -ofreció.

– ¿Para qué? -preguntó Michelle, fijando en su padre una mirada tempestuosa-. ¡No es nada divertido si tú ni siquieras vas a luchar!

Rápidamente arrojó las piezas dentro de la caja, se incorporó con esfuerzo y subió la escalera.

Tan pronto como ella se fue, habló June.

– Supongo que debería reconocerte el mérito de intentarlo. Aunque no la miraste, no le hablaste ni reaccionaste, al menos te sentaste frente a ella. ¿Qué sentiste?

Cal no dio respuesta alguna.

CAPITULO 15

Después de que Michelle desapareció dentro del edificio escolar, Cal permaneció largo rato sentado en su automóvil. Observaba la llegada de los otros niños, niños robustos, sanos, que iban brincando en la mañana otoñal, riendo unos con otros.

¿Acaso se reían de él?

Podía verlos desviar la mirada hacia él de vez en cuando. Sally Carstairs hasta le hizo un ademán de saludo. Pero después se alejaban riendo por lo bajo y cuchicheando entre sí, tal como si, de algún modo, supieran lo afectado que él estaba. Pero no podían saberlo. Eran solo niños. Y él era un médico. Alguien en quien confiar, a quien admirar.

Todo eso era una impostura. No confiaba en sí mismo ni se admiraba, y estaba seguro de que ellos lo sabían, sabía todo sobre los instintos de los niños… su capacidad para captar las vibraciones que los rodeaban. Inclusive los crios muy pequeños, cuidadosamente protegidos de la realidad, reaccionan a la tensión de sus padres. Estos niños, los niños por cuya, salud él quería ser responsable… ¿Qué pensaban de él? ¿Sabían acaso cómo era él en realidad? ¿Sabían que él les tenía miedo? ¿Sabían que el miedo se estaba conviniendo en odio?

Estaba seguro de que lo sabían.

Un automóvil se detuvo en el parque de estacionamiento contiguo a la escuela y Cal vio que Lisa Hartwick bajaba, lo miraba, lo saludaba y luego subía los escalones en pos de los últimos retrasados. Hizo girar la llave en la ignición, puso en marcha el automóvil y estaba por alejarse cuando vio que un hombre le hacía señas. El padre de Lisa, evidentemente. Cal puso el auto en neutro y esperó.

– ¿Doctor Pendleton? -Inclinándose junto al automóvil, el psicólogo introducía la mano por la ventanilla-. Soy Tim Hartwick.

Obligándose a sonreír jovialmente, Cal aceptó la mano que se le ofrecía.

– Por supuesto. El padre de Lisa. Tiene usted una hija maravillosa.

– ¿Aun cuando miente diciendo estar enferma?

– Todos lo hacen -respondió Cal-. Hasta Michelle hizo lo imposible por quedarse en cama unos días más.

– Pero a Michelle le pasaba algo -recordó Tim-. Lisa fingía directamente. Gracias por no permitirle salirse con la suya.

Cal se encogió de hombros.

– En realidad, ella misma lo confesó. Yo iba a meterle un bajalengua en la boca, y ella decidió que era mejor decir la verdad que atragantarse con la mentira.

– ¿Cómo sigue Michelle?

La pregunta tomó descuidado a Cal, que vaciló durante un segundo. Luego, con demasiada rapidez, replicó:

– Muy bien. Sigue muy bien,

Tim Hartwick arrugó la frente…

– Me alegro de oírlo. Corinne… la señorita Hatcher, la maestra de Michelle, estaba un poco preocupada. Dijo que el día de ayer fue difícil para Michelle. Pense que tal vez yo podría conversar con ella.

– ¿Con Michelle? ¿Por qué lo pide?

– Bueno, soy el psicólogo de la escuela, y si algún niño tiene un problema…

– Su propia hija es el problema, señor Hartwick. Ella miente, ¿recuerda usted? En cuanto a Michelle, está muy bien, perfectamente bien. Y ahora, si no tiene inconveniente, tengo algunos pacientes esperándome.

Sin esperar respuesta, puso el automóvil en marcha y partió.

Tim Hartwick se quedó pensativo en, la acera, viendo desaparecer calle abajo el automóvil de Cal. Evidentemente, aquel hombre estaba bajo presión. Demasiada presión. Si en verdad Michelle tenía problemas, Tim estaba seguro de saber cuáles eran sus raíces. Mentalmente tomó nota de hablar con Corinne al respecto y. si era necesario, con la madre de Michelle.

Este día fue peor aún. Michelle se sentía como una intrusa, un monstruo. Cuando sonó la última campana, se alegró de que sus padres fueran a buscarla.

Lentamente recorrió el pasillo. Cuando llegó a los escalones delanteros, todos sus condiscípulos habían desaparecido. Deteniéndose en lo alto de la escalera, miró alrededor.

Había todavía un grupo de niñas pequeñas, las de tercer grado, que jugaban saltando a la cuerda. Como no se veía por ninguna parte a sus padres, Michelle se instaló en el escalón más alto para mirarlas. Repentinamente una de las niñas pequeñas se separó del grupo, fue al pie de la escalera y desde allí miro a Michelle.

– ¿Quieres jugar con nosotras?

– No puedo -respondió Michelle ceñuda.

– ¿Por que no?

– Yo no puedo saltar.

La niñita pareció reflexionar sobre esta información. Luego animada, insistió:

– Bueno, podrías dar vuelta la cuerda, ¿verdad? Así yo tendría más vueltas.

Michelle lo pensó. Esa niña no parecía estar burlándose de ella. Finalmente se incorporó.

– Bueno. Pero prométeme no pedirme que trate de saltar.

– No lo haré. Me llamo Annie Whitmore. ¿Y tú?

– Michelle.

Annie aguardó mientras Michelle bajaba lentamente la escalera.

– ¿Te lastimaste?

– Me caí del risco, allá en la caleta -repuso Michelle. Observó cuidadosamente a Annie,- pero en los ojos de la niña no había otra cosa que curiosidad.

– ¿Te dolió?

– Creo que sí -replicó Michelle-. No recuerdo. Me desmayé.

Entonces los ojos de Annie se le saltaron casi de agitación.

– ¿De veras? -exclamó -. ¿Cómo fue?

Michelle sonrió a la asombrada niña.

– No lo se… ¡estaba atontada!

Entonces Annie se alejó corriendo, brincando adelante de ella, y volvió a reunirse con sus amigas. Al acercarse a las niñitas, Michelle oyó que Annie decía con entusiasmo.

– Se llama Michelle. Se cayó del risco, y se desmayó, y no puede saltar, pero dará vuelta a la cuerda para nosotras. ¿No les parece sensacional?

Ahora todas las niñitas miraron con fijeza a Michelle. Por un momento temió que fueran a reírse de ella.

No lo hicieron.

En cambio parecían pensar que ella tenía suerte al haberle sucedido algo tan interesante. Pocos minutos más tarde, Michelle estaba de pie, con la espalda apoyada en un árbol, dando vueltas a la cuerda y entonando los versos junto con las demás.

June había dejado que el silencio entre su marido y ella permaneciera ininterrumpido mientras penetraban en Paradise Point. Podía intuir la hostilidad de Cal y no necesitaba oírle decir que, en su opinión, ella se estaba portando estúpidamente. Por su parte, él no dijo nada hasta que el automóvil llegó frente a la escuela, y cuando habló, lo hizo con voz triunfante.

– Fíjate en eso, ¿quieres? Y dime si piensas que ella es una "reclusa" -dijo escupiendo la palabra como si fuese algo amargo.

Siguiendo su mirada, June vio a Michelle que, apoyada en un árbol, hacía girar alegremente la cuerda para las niñas más pequeñas. Oyeron su voz, más fuerte que las demás, entonando una canción infantil.

June contempló fijamente la escena, sin poder casi creer lo que estaba viendo. “Me equivoqué" se dijo. "Todo va a ir muy bien. Reaccioné de manera excesiva". Ese día, a la clara luz de la tarde otoñal, todo parecía perfectamente normal.

Al verlos, Michelle saludó con la mano y entregó su punta de la soga a Annie Whitmore. Luego echó a andar hacia ellos. Cuando llegó al automóvil se detuvo, mientras una sonrisa iluminaba su cara.

– ¡Hola! ¿Por qué tardaron tanto? Me estaba preocupando. Pero no mucho – agregó, subiendo al asiento trasero del coche.

– Todo está muy bien, preciosa -dijo Cal -. No hay motivo para que te preocupes.

Pero mientras él hablaba, June meditaba. Su voz temblaba, aunque ella sabía que trataba de controlarla. No mucho, pero sí lo suficiente como para que ella supiera que mentía. Sus preocupaciones volvieron a dominarla: tal vez Michelle estuviera mejorando. Pero ¿y su esposo?

Michelle daba vueltas dormida, inquieta. Gimió un poco; luego despertó.

No fue un despertar lento, como el que hace que uno se pregunte por unos instantes si está todavía dormido. Fue, en cambio, el despertar instantáneo que es provocado por un tumulto, un sonido insólito en la noche.

Y sin embargo, no se había oído ningún sonido. La niña permaneció inmóvil, escuchando. Podía oír solamente el constante retumbo del mar contra el risco, y uno que otro susurro cuando los vientos otoñales hacían rozar las ramas contra las casas. Y la voz de Amanda.

Ese sonido fue consolador para Michelle, que se arropó más en la cama, escuchando.

– Ven conmigo -susurraba Mandy. Después, en tono más urgente:- Ven conmigo afuera.

Apartando las cobijas, Michelle salió de la cama. Se acercó a la ventana y miró afuera.

La luna, casi llena, arrojaba sobre el mar un resplandor etéreo. Michelle dejó que sus ojos se pasearan por la escena. Finalmente fueron a fijarse en el estudio, pequeño y solitario al borde del risco. Entonces, mientras sus ojos seguían fijos en el estudio, una nube pareció pasar sobre la luna, impidiéndole ver.

– Ven -susurró Mandy -. Tenemos que ir afuera.

Michelle sintió que Mandy tironeaba de ella. Se puso la bata ajustándola en la cintura, calzó sus chinelas, luego salió de su cuarto, caminando lenta, cuidadosamente, escuchando la voz de Amanda.

En su habitación, su bastón estaba todavía apoyado junto a su cama.

Atravesando la casa a oscuras, salió por la puerta trasera. Firmemente guiada por la voz de Mandy, cruzó el césped y entró en el estudio de su madre.

En el caballete había una tela, el paisaje marino en que su madre había estado trabajando tanto tiempo. Michelle lo contempló en la penumbra; sus colores se presentaban atenuados en tonos grises, las burbujas aparecían como extraños puntos luminosos en el sugestivo cuadro.

Sintiéndose atraer lejos del caballete, se acercó al armario.

– ¿De qué se trata? -preguntó con voz apenas audible. Abrió la puerta del armario y penetró en él.

– Hazme un retrato -le susurró Amanda.

Obediente, Michelle tomó una tela y la llevó hasta el caballete. Depositando en el suelo el cuadro de su madre, lo reemplazó por la tela que acababa de sacar del armario.

– ¿Un retrato de qué? -preguntó.

En la oscuridad hubo un silencio: después la voz de Amanda, de pronto más clara, le habló de nuevo.

– Lo que me mostraste. Hazme un retrato de lo que me mostraste.

Michelle tomó un carboncillo de dibujo y comenzó a bosquejar.

Detrás de sí podía sentir la presencia de Amanda, mirándola trabajar por sobre su hombro.

Dibujaba con rapidez, como si alguna fuerza invisible guiara su mano.

Como si alguna fuerza invisible guiara su mano.

Las figuras surgían en la tela.

Primero la mujer: apenas los contornos escuetos, sus piernas lánguidamente estiradas sobre un diván de estudio.

Después el hombre, encima de ella, acariciándola.

Mientras dibujaba, Michelle empezó a sentir cierto entusiasmo, una energía que fluía a ella desde fuera de sí.

– Sí -susurró Amanda-. Así es como fue. Ahora puedo verlo. Por primera vez, puedo realmente verlo…

Una hora más tarde Michelle retiró la tela del caballete, la puso de nuevo en el armario y volvió a colocar el cuadro de su madre exactamente como había estado antes.

Cuando salió del estudio, no quedaban señales de que ella hubiese estado alguna vez allí. Ninguna señal, salvo el boceto al carboncillo sepultado en el revoltijo al fondo del armario.

Cuando se despertó a la mañana siguiente Michelle se preguntó por que todavía se sentía cansada.

Había dormido bien esa noche.

Estaba segura de ello.

Y sin embargo sentíase fatigada, y la cadera le palpitaba de dolor.

CAPITULO 16

Cuando Michelle entró en la cocina, los ojos de June se llenaron de preocupación. En silencio advirtió el marcado aumento en la cojera de su hija. En los ojos de la niña había un cansancio que la inquietó.

– ¿Te sientes bien esta mañana?

– Estoy muy bien. Me duele la cadera.

– Tal vez no deberías ir a la escuela sugirió June.

– Puedo ir. Viajaré de nuevo con papá. Y si esta tarde mi cadera no está mejor te llamare. ¿De acuerdo?

– Pero si estás demasiado fatigada…

– Estoy bien -insistió Michelle.

Apartando la vista del diario que estaba leyendo, Cal Pendleton lanzó una mirada de advertencia a June, como diciendo: "Si ella dice que está bien, está bien… no insistas''. Interpretando la mirada, June volvió su atención a los huevos que estaba revolviendo. Michelle se acomodó en un sillón, frente a su padre.

– ¿Cuándo vas a terminar la despensa?

– Cuando pueda ocuparme. No hay ninguna prisa.

– Yo podría ayudarte -ofreció Michelle.

– Ya veremos.

Aunque el tono de Cal fue evasivo, Michelle sintió que rechazaba su ofrecimiento. Abrió la boca para protestar; luego lo pensó mejor y decidió abandonar el tema. Arriba Jenny empezó a llorar. Desde el fogón, June miró hacia lo alto; después se volvió hacia su esposo y su hija.

– Michelle ¿crees que podrías…?

Pero Cal ya estaba de pie, encaminándose hacia la escalera.

– Yo me ocuparé de ella. Volveré en un minuto.

June vio que los ojos de Michelle seguían a su padre al salir de la cocina. Pero cuando su hija desvió la mirada y pareció disponerse a hablar, June se apresuró a ocuparse de los huevos. Simplemente no había nada que ella pudiera hacer. Se sentía impotente, ineficaz y furiosa… consigo misma y con Cal.

– Aquí está mi pequeña -dijo Cal cuando regresó a la cocina, sosteniendo en un brazo a Jenny. Sentándose frente a la mesa, se puso a hacer saltar suavemente a la niñita, haciéndola sonreír y gorgotear de placer.

– ¿Puedo tenerla yo? -preguntó Michelle. Después de mirarla, Cal sacudió la cabeza.

– Está contenta donde está. ¿No es hermosa?

Sin contestar, Michelle se levantó repentinamente de la mesa.

– Olvidé algo arriba. Llámame cuando sea hora de salir, ¿de acuerdo?

Cal asintió distraídamente, todavía absorto en Jenny.

– Eso fue cruel -dijo June cuando Michelle hubo salido de la cocina.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Cal, sorprendido por la expresión en el rostro de June. ¿Qué había hecho él?

– ¿Al menos no habrías podido dejarla tener a Jenny?

– No te entiendo -replicó Cal. Su expresión perpleja indicó a June que no tenía la más vaga idea de lo que ella quería decir.

– Oh, no importa -dijo June mientras empezaba a servir los huevos.

Mientras viajaban por Paradisc Point es¿i mañana, ni Cal ni Michelle hablaron. No era un silencio cómodo, no era el tipo de silencio íntimo, cordial, que ambos habían disfrutado allá en Boston; en cambio era como si entre los dos hubiese un abismo, un abismo que se estaba ensanchando y que ninguno de ellos sabía trasponer.

Sally Carstairs trataba de no escuchar la monótona voz de Susan Peterson.

Estaban sentadas bajo el árbol, comiendo su merienda, y a Sally le parecía que Susan no callaría jamás. Ya hacía casi quince minutos que hablaba sin parar.

– Bien podría irse a otra escuela -había empezado Susan. Todos habían comprendido de quién hablaba, ya que tenía los ojos fijos en Michelle que estaba sola sentada en lo alto de los escalones. – Quiero decir, ¿realmente tenemos que mirarla renquear de un lado a otro como un fenómeno cualquiera? ¿Por qué no la envían a una de esas escuelas para niños especiales? Si es que se puede llamar especial a una retardada.

– Ella no es retardada -objetó Sally -. Solamente es coja.

– ¿Cuál es la diferencia? -preguntó Susan airosamente-. La que es un fenómeno es un fenómeno.

Y así siguió, con voz vibrante de malicia, enumerando sus objeciones a que Michelle estuviera en la misma escuela que los demás, y mucho menos en la misma aula.

Sally siguió tratando de no escuchar, pero la voz de Susan era como una abeja zumbando en sus oídos. Cada pocos segundos miraba a ver si Michelle podía oír lo que Susan estaba diciendo. Pero Michelle parecía no hacerles ningún caso. Entonces, en el momento en que Sally decidió que ya había oído bastante y se disponía a levantarse y acercarse a Michelle, vio que Annie VVhitmorc corría a su lado. Pudo verlas conversar: luego Annie tomó a Michelle por la mano, tirando de ella para ponerla de pie. Cuando los demás integrantes del grupo que estaban delante del arce advirtieron lo que sucedía, Susan guardó silencio. Vieron que Annie bajaba los escalones conduciendo a Michelle y luego se dirigía con ella hacia un lugar situado a pocos metros de distancia, donde estaban reunidas las demás alumnas de tercer grado. Un momento más tarde Michelle sostenía una punta de la cuerda de saltar, Annie la otra, y las niñas más pequeñas empezaron a turnarse en el medio.

– No me digas que no es retardada -comentó Susan Peterson.

Alrededor de ella, sus amigos comenzaron a reír por lo bajo.

Michelle procuró no hacer caso de esos sonidos, diciéndose que ellos se reían de otra cosa. Pero sabía que no era verdad. Podía sentirlos: mirándola, cuchicheando entre sí, riendo. Mientras la primera punzada de furia le apretaba el estómago, sujetó mejor la cuerda de saltar, obligándose a concentrarse en Annie Whitmorc cuyos pies brincaron hábilmente al ritmo del canto cuando empezó su turno.

Pero al aumentar las risas desde el grupo de Susau 'eterson, Michelle encontró cada vez más difícil no hacerles aso. Su ira aumentó: sintió que el rostro se le acaloraba, xcrró un momento los ojos, con la esperanza de que al bstruir de su visión a sus condiscípulos, pudiera excluirlos. e sus pensamientos.

Cuando abrió de nuevo los ojos, algo parecía haber

ocurrido. El sol tan brillante unos segundos atrás, se estaba

cabando en una bruma gris. Y sin embargo era demasiado

emprano para que entrara la niebla. La niebla siempre

entraba al caer la tarde, no a la hora de la merienda…

En sus oídos, las burlas de Susan Peterson se tornaron

más sonoras, atravesando la niebla, atormentándola.

"Haz irirar la cuerda", se decía. "Sólo haz iiirar la

o o

cuerda y finge que no ocurre nada".

Su visión se esfumaba rápidamente: pronto no percibió nada más que la soga en su mano. Redobló el ritmo del canto, haciendo girar la cuerda más rápido para seguirlo.

En el rostro de Annie, la sonrisa feliz empezó a apagarse, mientras procuraba seguir el ritmo de Michelle, súbitamente furioso. Brincaba cada vez más rápido y pronto renunció a emplear el saltito intermedio que llenaba el tiempo entre las rotaciones de la soga. Ahora saltaba de frente a Michelle, procurando decidir si debía continuar o tratar de escaparse. Pero la soga iba demasiado rápido. Annie no podía escapar ni tampoco continuar.

Cuando la soga le fustigó los tobillos, Annie gritó de dolor, tropezó y cayó al suelo.

Fue el grito lo que llegó hasta Michelle.

Ahogando las risas de Susan Peterson, atravesó la bruma, perforando la niebla como un relámpago.

La soga, arrancada de su mano al golpear a Annie, yacía a los pies de Michelle. No recordaba haberla soltado: no recordaba qué había ocurrido exactamente. Pero allí

estaba Annie, frotándose el tobillo y minando a Michelle con más reproche que temor.

– ¿Por que hiciste eso? -inquirió Annie-. No puedo saltar tan rápido.

– Disculpa -respondió Michelle. Dio un paso adelante pero Annie pareció encogerse apartándose de ella. No quise hacerla girar tan rápido. De veras que no. ¿Te sientes bien?

De nuevo se movió hacia Annie, y la nifiita, al no ver otra cosa que preocupación en el rostro de Michelle, dejó que la ayudara a levantarse.

– Duele -se quejó-. ¡Me arde!

En su pierna se estaba formando una roncha que ella frotó de nuevo antes de incorporarse. Se había congregado un pequeño gentío que observaba con curiosidad, señalando primero a Annie y luego a Michelle. Al ver acercarse a Susan Peterson, Michelle se alejó renqueando lo más rápido que podía. Estaba al pie de los escalones cuando oyó, detrás de sí, la voz de Sally Carstairs.

– Michelle.,. ¿que pasó?

Michelle se volvió hacia Sally. Aunque en sus ojos no había más que curiosidad, Michelle desconfió. Después de todo, solo unos instantes atrás Sally había estado bajo el árbol junto con Susan y los demás.

– Nada -declaró-. Solo que hice girar la cuerda demasiado rápido y Annie tropezó.

Mientras hablaba, Sally la observaba cuidadosamente, preguntándose si Michelle estaba diciendo la verdad. Pero al sonar la campana que los llamaba a todos después de la merienda, decidió no apremiar a Michelle. – ¿Quieres que entre contigo? -preguntó. -No -respondió Michelle en tono brusco-. ¡Solo quiero que me dejes tranquila!

Ofendida, Sally retrocedió; luego subió de prisa los escalones. Cuando Michelle se arrepintió de sus palabras

era demasiado tarde… Sally estaba ya dentro del edificio. Lentamente, Michelle empezó a subir la escalera, aliviada al ver que los demás niños pasaban en tropel por su lado, parloteando, olvidados ya del incidente con Annie.

– Yo vi lo que hiciste -siseó Susan Peterson a su oído.

Sobresaltada, Michelle estuvo por perder el equilibrio y tuvo que aferrarse a la barandilla para no caerse.

– ¿Qué?

– Lo vi -insistió Susan, cuyos ojos brillaban de malicia-. Vi que deliberadamente trataste de hacer caer a Annie y se lo diré a la señorita Hatcher. ¡Es probable que te expulsen!

Sin aguardar respuesta, se apresuró a entrar. Súbitamente sola en el patio escolar, Michelle se detuvo y miró el campo de juego, como si de algún modo pudiera ver lo que realmente había sucedido. Ella no lo había hecho de intento. Estaba segura de que no. Pero en realidad no podía recordar qué había sucedido hasta que Annie Whitmore gritó. Suspirando profundamente, empezó de nuevo a subir los escalones. "Ojalá que ella estuviera muerta" pensó. "Ojalá Susan Peterson estuviera muerta".

Al llegar a lo alto de los escalones, Michelle se detuvo. Dentro de su cabeza podía sentir la voz de Amanda, muy suave, hablándolc.

– Yo la mataré -susurraba Mandy-. Si ella habla, yo la mataré…

June colocó a Jennifer en su cunita, acomodó cuidadosamente una cobija en torno a ella; luego volvió a su caballete y examinó el paisaje marino. Estaba casi concluido. Era tiempo de empezar con otra cosa. Abriendo la puerta del armario, tiró de la cuerdita que colgaba de

la lamparilla sin pantalla instalada adentro y tendió la mano hacia la tela más cercana. Al ver que su tamaño no le convenía, se internó más en el armario para revolver entre la maraña de marcos y telas que se apilaban en desorden al fondo. Finalmente, vio una que le convenía y la apartó de las demás.

Al llevarla al estudio, se dio cuenta de que no estaba en blanco.

Arrugando la frente, miró con fijeza el boceto al carboncillo. No recordaba haber hecho ese boceto, y sin embargo debía de haberlo hecho. Colocó la tela en el caballete. Luego se apartó y la miró de nuevo. Era algo extraña.

El boceto de dos figuras desnudas haciéndose el amor, no era malo.

Pero no era de ella. No correspondía el estilo ni el tema. Durante años ella había bosquejado muchos cuadros; luego, insatisfecha con ellos, los había apartado, pensando rehacerlos o borrarlos.

Cuando encontraba alguno de ellos, invariablemente recordaba la imagen, o por lo menos la reconocía como propia: por su técnica o por un tema que le interesaba. Pero este cuadro era diferente. Los trazos eran audaces, más audaces que los suyos y más primitivos. Y sin embargo las figuras estaban bien… las proporciones eran correctas; casi parecían moverse sobre la tela. Pero ¿quién podía haberlas hecho?

La obra tenía que ser de ella. ¡Tenía que ser! Y sin embargo no podía recordarla en absoluto. Estaba por limpiar la tela cuando cambió de idea. Sintiendo una extraña inquietud, la volvió a guardar en el armario.

Michelle empezó a juntar sus libros, sin quitar los ojos del suelo mientras el resto de la clase salía de prisa al corredor. La tarde había sido desdichada para ella: itormcntada, ella había esperado el recreo. Estaba segura ie que la señorita Hatcher querría hablar con ella. Pero recreo había pasado sin que la señorita Hatcher dijera lada. Ahora había terminado el día. Se puso de pie, tomó el bastón y se dirigió a la puerta.

– Michelle… ¿quieres aguardar un minuto, por favor?

Lentamente se volvió hacia la maestra. La señorita Hatcher la estaba mirando. Pero en vez de enojada parecía preocupada.

– Michelle, ¿qué pasó hoy a la hora de la merienda?

– ¿Se… se refiere usted a Annie?

Corinne Hatcher asintió con la cabeza.

– Tengo entendido que hubo un accidente -dijo en un tono que expresaba inquietud, pero no enojo.

Michelle se permitió tranquilizarse un poco.

– Parece que hice girar la soga un poco rápido. Annie tropezó y la soga le golpeó la pierna. Pero dice que se siente bien.

– Pero ¿cómo ocurrió eso? -insistió la señorita Hatcher.

Michelle habría deseado saber qué le había dicho Susan Peterson.

– Pues… pues sucedió, simplemente -respondió Michelle, desvalida -. Creo que no estaba prestando atención -hizo una pausa, luego, vacilando preguntó:- ¿Qué dijo Susan?

– Poca cosa, solo que vio que la cuerda golpeaba a Annie.

– Dijo que yo lo hice de intento, ¿verdad?

– ¿Por qué iba a decir eso? -replicó la maestra. Eso era exactamente lo que había dicho Susan.

– Dijo que me iban a expulsar por eso -contestó Michelle, le temblaba la voz y luchaba por contener las lágrimas.

– Bueno, aunque lo hubieras hecho de intento, no creo que te echaríamos por eso. Tal vez te haríamos escribir "No haré caer a Annie Whitmore" en la pizarra cien veces. Pero ya que fue un accidente no parece merecer castigo, ¿verdad?

– ¿Quiere decir que me cree? -respiró Michelle.

– Por supuesto que sí.

Toda la tensión abandonó a Michelle, Después de todo, las cosas iban a estar bien. Entonces miró a la señorita Hatcher con expresión implorante.

– Señorita Hatcher, ¿por qué diría Susan que yo hice eso de intento?

"Porque es una mentirosilla maligna y detestable" pensó para sí Corinne.

– A veces algunas personas ven las cosas de modo diferente a otras -respondió con serenidad-. Por eso es importante averiguar lo que otras personas dicen sobre esas cosas. Por ejemplo, Sally Carstairs dijo que tú no hiciste nada deliberadamente. También ella dijo que fue un accidente.

– Sí, fue un accidente -asintió Michelle-. Yo no haría daño a Annie. Me agrada y yo le agrado a ella.

– Agradas a todos, Michelle -respondió Corinne palmeándole el hombro afectuosamente-. Solo dales una oportunidad y ya verás.

Eludiendo su mirada, Michelle preguntó:

– ¿Puedo irme ya?

– Por supuesto. ¿Vendrá a buscarte tu madre?

– Puedo caminar.

El modo en que lo dijo Michelle hizo pensar a Corinne que era casi un desafío.

– Estoy segura de que puedes -admitió con dulzura. Michelle se dirigió hacia la puerta pero la maestra volvió a detenerla-. Michelle… -La niña se detuvo, pero no se volvió, obligando a Corinne a hablarle a su espalda-. Michelle, lo que te ocurrió también fue un accidente, no debes estar encolerizada por ello ni culpar a nadie, fue un accidente, tal como lo sucedido hoy a Annie.

– Ya lo sé -replicó Michelle. Su voz fue apagada; las palabras sonaron como una réplica automática.

– Y los niños se acostumbrarán a ti. Con los de más edad llevará un poco de tiempo, nada más. Pronto dejarán de burlarse.

– ¿Dejarán? -preguntó Michelle. Pero no esperó una respuesta.

Cuando salió de la escuela, los alrededores estaban desiertos. Michelle cojeaba lentamente, entre contenta de que no hubiera nadie viéndola y desilusionada de que no hubiera nadie con quien hablar. Casi había esperado que Sally la estuviera esperando. Pero ¿por qué iba a hacerlo?, reflexionó Michelle. ¿Por qué iba a desperdiciar Sally su tiempo con una lisiada?

Procuró convencerse de que lo dicho por la señorita Hatcher era lo cierto, que pronto sus condiscípulos se acostumbrarían a su cojera y encontrarían otra cosa de que hablar, otra persona de quien reírse. Pero al andar, con la cadera más dolorida a cada paso, supo que no era verdad. Ella no mejoraría… iba a empeorar.

Cuando llegó al camino del risco se detuvo y se apoyó un rato en su bastón, contemplando el mar, observando las gaviotas que se remontaban fácilmente sobre el viento.

Deseó ser un pájaro para poder volar también, volar en alto sobro el mar, volar lejos y nunca volver a ver a nadie. Pero no podía volar, ni siquiera podría correr jamás otra vez. Echó a andar con una cojera más pronunciada que nunca.

Al pasar por el cementerio, oyó una voz:

– ¡ Lisiada… lisiada… lisiada!

Antes ya de mirar, supo quién era. Se quedó inmóvil, luego finalmente se volvió para enfrentar a Susan Peterson.

– Termina con eso.

– ¿Por qué? -gritó Susan con voz burlona-. ¿Qué harás para evitarlo? ¡Lisiada!

– No tendrías que estar en el cementerio -comentó Michelle, procurando contener la furia que crecía en ella.

– Puedo ir adonde quiera y hacer lo que quiera -se mofó Susan-. ¡Yo no soy renga como algunas personas!

Las palabras resonaron en los oídos de Michelle, aguijoneándola, lastimándola, penetrando en ella. En su interior creció la furia, y de nuevo la niebla empezó a cerrarse alrededor de ella. Pero entonces con la niebla llegó Amanda. Pudo sentir a Amanda antes de oírla, pudo sentir su presencia junto a ella, sosteniéndola. Y luego Mandy empezó a susurrarle.

– No le permitas decir cosas como esas -decía Mandy-. Hazla callar. ¡Haz que tenga la boca cerrada!

Michelle penetró en el cementerio, enredándose los pies en la maleza, con su bastón más de estorbo que de ayuda. Pero a su lado podía sentir a Mandy, fortaleciéndola, dándole bríos.

Y a través de la niebla podía ver la cara de Susan Peterson que ya no sonreía, muerta en sus labios la risa.

– ¿Qué estás haciéndo -susurró-. No te me acerques.

Michelle siguió andando, arrastrando su pierna coja, olvidando su dolor, golpeando con su bastón las zarzas y piedras a su paso, sin hacer caso de lo que decía Susan, escuchando solamente las palabras de aliento de Mandy.

Al acercarse Michelle, Susan empezó a retroceder.

– Apártate de mí -clamó-. Déjame tranquila. ¡Déjame tranquila!

Con el rostro contraído en una máscara de miedo, se volvió de nievo y echó a correr a través del camposanto, huyendo hacia la arremolinada niebla gris. Implacable, Michelle se lanzó tras ella.

– Quédate aquí -le susurró Amanda-. Tú quédate aquí y déjame hacerlo. Quiero hacerlo…

Entonces también ella desapareció y Michelle quedó repentinamente sola, inmóvil en el abandonado cementerio, apoyada en su bastón mientras la gris humedad de la bruma flotaba a su alrededor.

Cuando se lo oyó, el grito fue apagado, flotando casi suavemente a través de la niebla, después, de nuevo, solo hubo silencio.

Michelle permaneció quieta, escuchando, aguardando. Cuando de nuevo oyó la voz de Amanda, pudo sentir a la extraña niña otra vez cerca de ella, casi dentro de ella.

– Lo hice -susurró Mandy-. Te dije que lo haría y lo hice.

Con estas palabras repercutiendo en su cabeza, Michelle echó a andar lentamente hacia su casa. Cuando llegó a la vieja morada, el sol brillaba otra vez desde un claro cielo otoñal, y el único ruido que oyó fue el de las gaviotas al chillar.

CAPITULO 17

En la Clínica había sido un día tranquilo. El último paciente se había marchado y ahora estaban los dos solos. Josiah Carson sacó una botella de whisky de un cajón del escritorio y llenó dos vasos. Este era uno de sus rituales favoritos… un trago a la tarde en días tranquilos.

– ¿Alguna novedad en casa? -preguntó como al descuido.

– No sé con seguridad a qué se refiere -respondió Cal Pendleton.

"Eres un hombre sereno", pensó para sí Carson. "Pero te está afectando. Puedo verlo en tus ojos". Cuando habló lo hizo con voz amistosa.

– Pensaba en Michelle. ¿Alguna idea nueva sobre lo que está causando esa cojera?

Antes de que Pendleton pudiera contestar, sonó el teléfono en la oficina exterior. Carson maldijo en voz baja.

– Lo de siempre… se va la enfermera y suena el telefono -comentó. Como no dio señales de atenderlo, Cal se estiró y levantó el auricular.

– Aquí la Clínica -dijo.

– ¿Está allí el doctor Carson? -inquirió una agitada voz. Cal tuvo la seguridad de reconocer a la que llamaba.

– Habla el doctor Pendleton, señora Benson. ¿Puedo serle útil?

– Pregunté por el doctor Carson -respondió secamente Constance Benson, con voz amplificada por la irritación-. ¿Se encuentra allí?

Tapando la bocina, Cal entregó el teléfono a Josinh.

– Es Constance Benson, está alterada y solo quiere hablar con usted.

Josiah recibió el teléfono.

– Constance, ¿cuál es el problema?

Mientras el anciano doctor escuchaba a la señora Benson, Cal observaba su rostro. Al verlo palidecer, el miedo empezó a dominar a Cal.

– Llegaremos enseguida -oyó decir a Carson-. No haga usted nada… cualquier cosa que intentara hacer podría empeorar más las cosas.

Colgó el teléfono y se incorporó.

– ¿Le pasa algo a Jeff?

Carson sacudió la cabeza al responder.

– Susan Peterson. Llama una ambulancia y partamos. Te lo contaré en el camino.

– Ruego a Dios que la ambulancia llegue aquí a tiempo -dijo sombríamente Cal Pendleton.

Salieron velozmente de la aldea; los neumáticos de su automóvil chirriaron al tomar al sur por el camino de la caleta.

– Dudo de que la necesitemos -replicó Carson con el rostro inmovilizado en torvas arrugas-. Si es cierto lo que dijo Constance, no habrá mucho que podamos hacer.

– Pero ¿qué ocurrió? -quiso saber Pendleton.

– Susan cayó del risco. Salvo que, por lo que dijo Constance, no cayó exactamente. Según Constance, cruzó corriendo el borde.

– ¿Corriendo? ¿Quiere usted decir… corriendo? -tartamudeó Cal. ¿Qué podía haber querido decir esa mujer?

– En efecto. A menos que yo no le haya entendido bien. Es posible… Está muy alterada.

Antes de que Carson pudiera decir a Pendleton todo lo que había dicho Constance, llegaron a casa de los Benson. Constance los esperaba en la galería, pálida, retorciendo nerviosamente su delantal con las manos.

– Está en la playa -gritó mientras ellos bajaban del automóvil-. Por favor… jdense prisa! No sé si… si…

Su voz, desvalida, se apagó. Josiah Carson se acercó a ella diciendo a Cal que fuese a la playa y viese qué podía hacer por Susan Peterson.

– Detrás de la casa hay un sendero. Es el camino más rápido para bajar, y Susan debe de estar unos cien metros al sur.

Automáticamente los ojos de Cal escudriñaron el risco hacia el sur.

– ¿Quiere usted decir por el cementerio? -preguntó. Josiah asintió con la cabeza.

– No se sorprenda por lo que encuentre… el risco baja en línea recta por allí.

Echando mano a su maletín, Cal se puso en marcha. Ya podía sentir que el pánico lo dominaba. Se defendió de él, repitiéndose una y otra vez: "Ella ya está muerta. No puedo hacerle daño. No puedo hacerle nada. Ya está muerta". A medida que introducía estas palabras en su conciencia, el pánico comenzó a disminuir. El sendero, muy parecido al que había en su propia vivienda, era empinado y áspero, describiendo varias curvas cerradas, al pasar serpenteando a la playa. Medio corriendo, medio resbalando Cal bajó por el sendero, mientras involuntariamente sus pensamientos evocaron otra tarde, apenas cinco semanas atrás, cuando también había pasado corriendo una senda hacia la playa.

Este día no cometería los mismos errores que entonces había cometido.

Este día haría lo que era necesario hacer y lo haría bien.

Salvo que ese día no había nada que hacer. Llegó a la playa y finalmente pudo echar a correr. Habia recorrido cincuenta metros cuando la vio, inerte e inmóvil.

Sabiendo que era inútil apresurarse, comenzó a trotar; los últimos pasos los dio caminando.

Susan Peterson, con el cuello roto, la'cabeza retorcida en un ángulo violentamente forzado, tenía la mirada fija en el cielo, los ojos abiertos, los rasgos aún contraidos por una expresión de terror. Sus brazos y piernas flojamente extendidos en torno a ella, parecían grotescos en su inutilidad. La marea entrante la estaba lamiendo ávidamente, como si el mar estuviese ansioso por devorar esos extraños restos que poco tiempo atrás habían sido una niña de doce años.

Arrodillándose junto a ella, Cal le tomó la muñeca, apretó su estetoscopio junto a su pecho. Era un gesto inútil, que verificaba simplemente lo que él ya sabía.

Estaba por alzarla cuando algo lo detuvo. Sus músculos quedaron paralizados, negándose a obedecer las órdenes que su cerebro les enviaba. Lentamente se incorporó, con los ojos fijos en la cara de Susan, pero viendo con la mente el rostro de Michelle. “No puedo moverla", pensó. "Si la muevo podría hacerle daño". Este pensamiento era irracional, y Cal sabía que era irracional. Y sin embargo, allí inmóvil en la playa, solo con los despojos de Susan Peterson, no logró obligarse a levantarla, a llevarla alzada por el sendero como había llevado a su propia hija tan poco tiempo atrás. Con la mente entumecida por la vergüenza, Cal emprendió el regreso, dejando sola a Susan con la ondulante marea.

– Está muerta.

Cal Pendleton pronunció esas palabras en un tono positivo, tal como el que habría podido emplear para anunciar la muerte de un gato a sus dueños que se lo hubieran llevado para eliminarlo.

– Dios querido -murmuró Constance Benson, desplomándose en un sillón de su sala de recibo-. ¿Quién se lo dirá a Estelle?

– Yo lo haré -fue la respuesta automática de Josiah Carson, aunque tenía los ojos fijos en Cal Pendleton-. ¿No la trajo?

– Me pareció mejor que esperáramos a la ambulancia -mintió éste, sabiendo que no engañaba al viejo doctor-. Tiene el cuello roto, y parece que algunas otras cosas también. -Desvió su atención hacia Constance Benson-. ¿Qué ocurrió? Josiah dijo que al correr cayó del risco.

Vaciló un poco en la palabra "correr", como si aún le costase creer que semejante cosa pudiese haber sucedido.

En vez de responder, Constance miró a Josiah Carson, quien asintió levemente con la cabeza.

– Creo que será mejor que se lo diga -sugirió.

Cal sintió que una punzada de miedo lo atravesaba. Antes de que la señora Benson empezara, supo que en el relato había algo más, algo terrible. Pese a ello, no estaba preparado para lo que oyó.

– Yo estaba junto al fregadero, pelando unas manzanas -dijo Constance Benson. Mantenía los ojos fijos en un lugar del suelo como si el mirar a cualquiera de los dos médicos le hiciera imposible repetir el relato-. Miré por la ventana y vi a Susan Peterson en el cementerio. No sé qué estaría haciendo… he dicho a Estelle que debía mantener a Susan alejada de allí, tal como dije a su esposa, doctor Pendleton, que debía mantener alejada a Michelle, pero supongo que simplemente no me escuchan. Bueno, tal vez ahora lo hagan. Como sea, yo estaba medio vigilando mis manzanas y medio vigilando a Susan, sin prestar demasiada atención. Entonces, de pronto, apareció Michelle por el camino. Susan debe de haberle dicho algo, porque se detuvo y miró fijo a Susan.

– ¿Qué le dijo? -inquirió Cal.

Por primera vez desde que iniciara su recitación, Constance levantó la vista del suelo.

– No pude oír. La ventana estaba cerrada y hay cierta distancia hasta el cementerio. Pero ellas estaban hablando, sin duda, y Susan debe haber querido mostrar algo a Michelle porque Michelle empezó a internarse en el cementerio. Pasó trepando sobre la cerca, casi enredándose en la maleza… no me explico cómo lo hizo con esa cojera suya, pero lo hizo. Susan la esperaba, al menos eso parecía. Salvo lo que ocurrió después. Esa es la parte que no logro entender para nada.

Se interrumpió, sacudiendo la cabeza como si tratara de juntar las piezas de un rompecabezas sin conseguirlo.

– Bueno, ¿qué pasó? -la apremió Cal.

– Fue algo extrañísimo -meditó Constance, luego clavó en Cal una mirada helada-. Michelle debe haberle dicho algo a Susan. No pude oírlo, por supuesto, pero fuera lo que fuese, debe haber sido algo muy espantoso. Porque de pronto vi en la cara de Susan una expresión tal como ojalá no vuelva nunca a ver. Miedo, eso es lo que era. Miedo puro y simple.

Una imagen de Susan atravesó la mente de Cal Pendleton. La "expresión descripta por Constance Benson concordaba exactamente con la que Pendleton había visto en el rostro de la niña muerta.

– Y entonces echó a correr -oyó que decía la señora Benson-. Simplemente echó a correr como si el mismo demonio la persiguiera. Y corriendo pasó por la orilla del risco.

Las últimas palabras fueron susurradas, apenas audibles, pero quedaron flotando en la sala de recibo, congelando la atmósfera.

– ¿Pasó corriendo la orilla del risco? -repitió Cal estúpidamente, como si no pudiera dar crédito a sus oídos-. ¿Se fijaba adonde iba? No es posible.

– Se fijaba. Miraba derecho adelante, pero ni siquiera se detuvo.

– Dios santo -murmuró Cal cerrando los ojos en un inútil esfuerzo por borrar la imagen que estaba viendo. Entonces recordó que su propia hija también había visto lo sucedido. Volvió a abrir los ojos y casi temerosamente enfrentó a Constance Benson-. Y ¿qué me dice de Michelle? ¿Qué hizo?

El rostro de Constance Benson se endureció; lo miró ceñuda y fríamente.

– Nada -respondió escupiendo la palabra.

– ¿Qué quiere decir, nada? -preguntó Cal, sin hacer caso de su tono-. Debe de haber hecho algo.

– Se quedó allí de pie. Simplemente se quedó allí de pie como si ni siquiera hubiese visto lo sucedido. Y entonces, cuando Susan gritó, ella esperó un minuto y luego echó a andar hacia su casa, caminando.

Cal se quedó clavado al suelo, sin poder moverse, sin poder absorber lo que aquella mujer estaba diciendo.

– No lo creo -dijo finalmente.

– Puede usted creerlo o no, como le parezca conveniente -respondió Constance Benson -. Pero es la verdad de Dios y nada más. Ella obró como si no hubiese ocurrido absolutamente nada.

Cal se volvió hacia Josiah Carson como si pudiese apelar a él, pero Josiah estaba sumido en sus pensamientos. Cuando Cal pronunció su nombre, volvió a la realidad. Tendiendo una mano, apretó el brazo de Cal, pero cuando habló, lo hizo con voz extraña, como si estuviese pensando en otra cosa.

– Tal vez sea mejor que se vaya a casa -dijo-. Yo puedo ocuparme de las cosas aquí. Más vale que vaya a ver si Michelle se encuentra bien. Ya sabe que podría estar sufriendo una conmoción.

Asintiendo en silencio, Cal se dispuso a salir del cuarto. Se detuvo un momento. Se dio vuelta como para decir algo. Ante la helada expresión de Constance Benson, pareció cambiar de idea. Luego se marchó.

Josiah Carson y Constance Benson aguardaron en silencio hasta que llegó la ambulancia. Entonces, cuando Carson estaba por partir, Constance habló repentinamente.

– Ese hombre no me agrada -dijo.

– Vamos, Constance, ni siquiera lo conoce.

– Ni quiero conocerlo. Creo que cometió un error al traer a su familia aquí -continuó, fijando en Carson una mirada casi hostil-. Y tampoco creo que le haya hecho usted ningún favor vendiéndole esa casa. Debió usted haber demolido esa casa años atrás.

Ahora la expresión del mismo Carson se endureció.

– Está diciendo tonterías, Constance, y lo sabe. Esa casa nada tiene que ver con lo sucedido aquí.

– ¿Que no? -Apartándose de Carson, Constance Benson se acercó a la ventana, donde se quedó mirando hacia el cementerio. A la distancia, como grabadas contra el cielo, se dibujaban las líneas victorianas de la casa de los Pendleton.- No comprendo cómo pueden vivir allí -murmuró la mujer-. Ni siquiera usted pudo vivir allí después de lo de Alan Hanley. No tiene sentido alguno. Si yo fuera June Pendleton, empacaría mi ropa, tomaría a mi hijita y saldría de allí mientras aún pudiera hacerlo.

– Pues lamento que opine usted así -dijo bruscamente Josiah Carson-. Por mi parte creo que se equivoca, y me alegro de que los Pendleton estén aquí. Y espero que se queden, a pesar de lo sucedido. Ahora mejor será que vaya a ver a Estelle y Henry Peterson.

Cuando el médico salió de su casa, sin despedirse, Constance Benson estaba todavía de pie junto a la ventana, mirando a la distancia, sin revelar sus pensamientos.

Cal Pendleton subió corriendo los escalones hasta la galería delantera, abrió la puerta, luego la cerró con violencia al entrar.

– ¿Cal? ¿Eres tú?

La voz de June, desde la sala de recibo, expresó alarma, pero no tanta como la que sintió Cal cuando la encontró tranquilamente sentada en un sillón, bordando.

– Dios santo -exclamó él-. ¿Qué estás haciendo? ¿Cómo puedes quedarte allí sentada? ¿Dónde está Michelle?

June lo miró boquiabierta, sorprendida por el tono estrangulado de su esposo.

– Estoy bordando -respondió vacilante-. ¿Y por qué no iba a estar aquí sentada? Michelle está arriba, en su habitación.

– No puedo creerlo -declaró Pendleton.

– ¿Que es lo que no puedes creer? Cal, ¿qué ocurre?

El médico se desplomó en un sillón, tratando de poner en orden sus ideas. Repentinamente ya nada tenía sentido.

– ¿Cuándo llegó Michelle a casa? -preguntó por fin.

– Hace unos cuarenta y cinco minutos, una hora tal vez -repuso June, dejando a un lado su bordado-. ¿Ha ocurrida algo?

– No puedo creerlo -murmuró Cal-. Simplemente no puedo creerlo.

– ¿No puedes creer queé cosa? -interrogó June-, ¿Quieres decírmelo, por favor?

– ¿No te contó Michelle lo que ocurrió hoy?

– No dijo gran cosa de nada -replicó June-. Entró, bebió un vaso de leche, dijo que la escuela estuvo "muy bien"… lo cual no estoy muy segura de creer… luego subió.

– ¡Jesús! – Era una locura, igual que una pesadilla. – Michelle debe de haber dicho algo. ¡Debe de haberlo dicho!

– Cal, ¡si no me dices qué está pasando, empezaré a gritar!

– ¡Susan Peterson está muerta!

Por un momento, June se limitó a mirarlo con fijeza como si no encontrara sentido a esas palabras. Cuando finalmente habló, fue en un susurro.

– ¿Qué quieres decir?

– Simplemente lo que dije. Susan Peterson está muerta, y Michelle lo vio suceder. ¿Realmente no te lo dijo?

Lo mejor que pudo, Cal repitió lo sucedido en casa de los Benson, y lo que había dicho Constancc Benson.

Mientras escuchaba, June sintió que en ella penetraba como un puñal el miedo, afilándose con cada palabra. Cuando Cal terminó, June apenas si pudo contenerse de temblar. No era posible que Susan Peterson estuviese muerta, y no era posible que Michelle hubiera visto algo.

De ser así lo habría dicho. Por supuesto que sí.

– ¿Y realmente Michelle no dijo nada cuando llegó a casa esta tarde?

– Nada. Ni una palabra. Es… es increíble.

– Es lo que me repito -Cal se puso de pie-. Mejor será que suba y hable con ella. No puede simplemente fingir que nada ocurrió.

Iba a salir del cuarto cuando June se levantó para seguirlo.

– Más vale que vaya contigo. Debe de estar horriblemente alterada.

Encontraron a Michelle tendida en su cama, con un libro apoyado en el pecho, su muñeca acomodada en la curvatura de su brazo izquierdo. Cuando sus padres aparecieron en la puerta, alzó la vista mirándolos con curiosidad. Cal fue directamente al grano.

– Michelle, creo que mejor nos dices que pasó esta tarde.

Michelle arrugó un poco la frente, después se encogió de hombros.

– ¿Esta tarde? No ocurrió nada. Volví simplemente a casa.

– ¿No te detuviste en el cementerio? ¿No hablaste con Susan Peterson?

– Tan solo un minuto -repuso Michelle.

Su expresión reveló a June que evidentemente no creía que valiera la pena hablar de eso. Cuando Cal empezó a exigir los detalles de la conversación, June lo interrumpió.

– No me dijiste que habías visto a Susan -dijo cuidadosamente, procurando no delatar nada.

Por alguna razón, parecía importante oír la versión de Michelle de lo sucedido desde su propio punto de vista y no como respuesta al impaciente interrogatorio de Cal.

– La vi solo durante uno o dos minutos -declaró Michelle-. Andaba correteando por el cementerio, y cuando le pregunte qué hacía, se puso a burlarse de mí. Me… me Ilamó lisiada y dijo que yo renqueaba.

– ¿Y qué hiciste tu? -preguntó June con suavidad. Sentándose en la cama, tomó en la suya la mano de Michelle, apretándola de manera tranquilizadora.

– Nada, iba a entrar en el camposanto, pero entonces Susan huyó corriendo.

– ¿Huyó corriendo? ¿Hacia adonde?

– No lo sé. Solo desapareció en la niebla.

Los ojos de June fueron hacia la ventana. Como durante todo el día, el sol resplandecía sobre el mar.

– ¿Niebla? Pero hoy no ha habido ninguna niebla.

Michelle miró perpleja a su madre; luego desvió la mirada hacia su padre. Parecía estar enojado. Pero ¿qué había hecho de malo? No lograba entender que pretendían de ella. Se encogió de hombros, desvalida.

– Lo único que sé es que cuando estaba en el cementerio, la niebla cayó de pronto. Era realmente espesa y no pude ver gran cosa. Y cuando Susan huyó corriendo, simplemente desapareció entre la niebla.

– ¿Oíste algo? -preguntó June.

Michelle pensó un momento; luego asintió con la cabeza.

– Hubo algo… una especie de grito. Creo que Susan debe de haber tropezado o algo así.

"Dios mío", pensó June. "No sabe. Ni siquiera sabe qué ocurrió".

– Entiendo -dijo con lentitud-. Y después de que oíste gritar a Susan, ¿qué hiciste?

– ¿Qué hice? Pues… pues me vine acá.

– Pero, querida -insistió June-. Si la niebla era tan densa ¿cómo pudiste encontrar el camino a casa.

Michelle le sonrió al responder:

– Fue fácil. Mandy me guiaba. La niebla no molesta a Mandy para nada.

Solo por pura fuerza de voluntad, June se contuvo de gritar.

CAPITULO 18

Esa noche, la cena fue casi intolerable para June. Michelle permanecía plácidamente sentada, evidentemente no afectada por lo que había sucedido esa tarde. El silencio de Cal, un silencio que había comenzado al contarle Michelle lo ocurrido esa tarde, flotaba sobre la mesa como una mortaja. Durante toda la comida la mirada de June voló desde su esposo a su hija mayor. Constantemente cautelosa, constantemente vigilante, a la espera de algo -cualquier cosa- que prestara a la atmósfera cierta normalidad.

Ese era el problema, comprendió mientras limpiaba la mesa cuando por fin terminó la comida… la situación se presentaba demasiado normal, y al parecer, era ella la única persona conciente de que no lo era. Mientras apilaba los platos en el fregadero, se encontró empezando a cuestionar su propia cordura. Dos veces se dispuso a salir de la cocina y se detuvo. Finalmente la tensión fue tanta, que no pudo soportarla.

– Creo que debemos hablar -dijo a Cal, entrando en la sala de recibo.

No se veía a Michelle en ninguna parte: June presumió que estaba en su habitación. Cal sostenía a Jennifer en las rodillas, haciéndola saltar suavemente y hablándole. Al oír a June, levantó la vista y observó cautelosamente a su esposa.

– ¿Hablar sobre que? -inquirió Cal, mirándola con fijeza. June pudo ver que ante sus ojos se alzaba un muro, un muro que amenazaba con dejarla totalmente afuera. El arrugó levemente el entrecejo, mientras la piel en torno a sus ojos se plegaba en profundas arrugas. Cuando habló lo hizo secamente.- No se que haya nada que hablar.

June movió un momento la boca; después recobró la voz.

– ¡Que no lo sabes! -exclamó, luego repitió la frase en voz más alta-. ¿Que no lo sabes? Dios mío, Cal, debemos buscar ayuda para ella.

¿Qué estaba haciendo él? ¿Acaso cerraba los ojos ante todo lo que estaba ocurriendo? Por supuesto que estaba haciendo eso. Ella pudo verlo en su expresión.

– No creo que haya nada tan terriblememente grave.

Eso era. Por eso él había estado tan silencioso desde que Michelle les relatara su versión de lo ocurrido por la tarde… simplemente estaba bloqueándolo todo. Pero June debía encontrar un modo de comunicarse con él.

– ¿Cómo puedes decir eso? -preguntó, esforzándose por mantener la voz calma y razonable -. Hoy Susan Peterson murió, y Michelle estuvo allí, lo vio, o por lo menos debió haberlo visto. Si realmente no lo vio, entonces tenemos más problemas de los que realmente yo misma pensé. No tiene ningún amigo, salvo Mandy, que es una muñeca, por amor de Dios. Y ahora está este asunto con la niebla. Cal, hoy no hubo ninguna niebla… lo sé, estuve aquí todo el día, y el sol brilló. ¡Cal, ella debe de estar perdiendo la vista! ¿Y dices que no crees que ocurra nada tan grave? ¿Acaso estás ciego tú? -June se interrumpió de pronto, dándose cuenta de que su voz se estaba poniendo chillona. Pero no importaba. Los ojos de Cal estaban helados ahora; June supo lo que iba a decir antes de que hablara.

– No quiero oír esto, June. Tú pretendes que crea que Michelle se ha vuelto loca. No es cierto. Ella está muy bien. Esta tarde sufrió un shock y lo bloqueó. Esa es una reacción normal. ¿Entiendes? ¡Es normal!

Aturdida, June se dejó caer en un sillón, mientras procuraba ordenar sus pensamientos con alguna coherencia. Cal tenía razón: no quedaba nada de que hablar… era necesario hacer algo.

– Ahora escúchame -oyó que decía Cal con voz calmada y palabras maniáticamente razonables-. Tú no estuviste allá esta tarde: yo sí. Oí lo que dijo Constance Benson, y oí lo que dijo Michelle, y no importa mucho a quién creas… Michelle nada tuvo que ver con lo ocurrido a Susan. Ni siquiera la señora Benson dijo que Michelle haya hecho algo… solo dijo que Michelle no reaccionó ante lo que pasaba. Y ¿cómo habría podido hacerlo? Debe de haberse hallado en estado de shock. ¿Cómo podía reaccionar entonces?

Con la mitad de su mente, June escuchaba lo que decía Cal, pero la otra mitad clamaba su protesta. El estaba deformando las cosas, obligándolas a parecer lo que él deseaba que parecieran.

– Pero ¿y la niebla? -insistió ella-. Michelle dijo que hubo niebla ¡y no la hubo! Maldito sea, no la hubo.

– No dije que la hubiera -respondió pacientemente Cal-. Tal vez Michelle sí vio lo que le pasó a Susan, y su reacción… la reacción que la señora Benson dijo que no huboo… fue simplemente cerrar su mente ante ello. Es posible que su mente haya inventado la niebla para ocultar lo que no quería ver.

– ¿Tal como tu mente está ocultando lo que tú no quieres ver? -June lamentó sus palabras tan pronto como las pronunció, pero no había modo de retirarlas. Parecieron golpear con fuerza física a Cal: hundió el cuerpo en su sillón y levantó apenas a Jenny, como si la pequeña fuese un escudo.- Lo siento -se disculpó June-. No debí haber dicho eso.

– Si eso es lo que piensas, ¿por qué no decirlo? -replicó Cal-. Subiré a acostarme. No veo mucho sentido en continuar con esto.

Observándolo irse, June no intentó retenerlo ni proseguir la conversación. Se sentía pegada a su sillón, incapaz de reunir fuerzas para levantarse. Escuchó mientras Cal subía las escaleras. Luego esperó hasta que sus pasos se apagaron rumbo al dormitorio de ambos. Entonces, cuando la casa quedó en silencio, trató de pensar, trató de obligarse a concentrarse en Michelle, y en lo que debía hacer por ella. Acorazándose por lo que podía estar por suceder, June tomó una decisión. No se dejaría disuadir.

El tiempo parecía haberse detenido para Estelle y Henry Peterson. Ahora, casi a la medianoche, Estelle permanecía silenciosamente sentada con las manos en el regazo, sin decir nada. Mostraba una expresión levemente perpleja, como si se preguntara dónde estaba su hija. Henry se paseaba de un lado a otro, con la cara muy enrojecida, mientras su indignación aumentaba a cada minuto. Si Susan estaba realmente muerta, alguien tendría la culpa.

– Dígamelo otra vez, Constance -pidió-. Dígame de nuevo qué pasó. Simplemente no puedo creer que no haya olvidado usted nada.

Incómodamente instalada en uno de los mejores sillones de Estelle, Constance Benson sacudió la cabeza, fatigada.

– Ya le conté todo, no queda nada por decir.

– Mi hija no habría corrido hasta caer por el borde de un risco -proclamó Henry, como si diciéndolo pudiera hacerlo cierto-. Esa niña tiene que haberla empujado. Tiene que haberlo hecho.

Constance mantuvo los ojos firmemente fijos en sus manos, mientras las retorcía nerviosamente en su regazo, deseando poder decir a Henry Peterson lo que éste quería escuchar.

– No lo hizo, Henry. Supongo que debe de haber dicho algo, pero no pude oírlo desde mi cocina. tY ni siquiera estaba muy cerca de Susan. Fue… bueno, fue muy extraño, nada más.

– Demasiado extraño, diría yo -murmuró Henry. Se sirvió un trago de whisky, lo bebió, luego se ajustó el sombrero en la cabeza diciendo: -Iré a hablar con Josiah Carson. Es médico… debe saber qué pasó.

Con paso majestuoso, salió de la habitación. Un momento más tarde la puerta de calle se cerró con violencia y se oyó ponerse en marcha el motor de un automóvil.

– Dios mío -suspiró Estelle-. Espero que no vaya a cometer ninguna imprudencia. Tú ya lo conoces. Susan se enoja tanto con él a veces… -Calló al comprender que Susan ya nunca volvería a enojarse con su padre. Miró a Constance Benson con expresión suplicante.- Oh, Constancc, ¿qué haremos? Simplemente no puedo creerlo. Sigo teniendo la sensación de que en cualquier instante Susan entrará por esa puerta y de que todo habrá sido un sueño. Un horrible sueño.

Acercándose al sofá, Constance atrajo hacia sí a Estelle, quien con el brazo consolador de Constance rodeándola, se abandonó a las lágrimas. Le temblaba el cuerpo y se enjugaba inútilmente los ojos con un pañuelo arrugado.

– Deja salir el llanto -le dijo Constance-. No puedes contenerlo y Susan no querría que lo hicieras. En cuanto a Henry, no te preocupes… se tranquilizará. Tiene que alborotar, eso es todo.

Estelle aspiró por la nariz y se enderezó un poco, tratando de sonreír a Constance, pero fue demasiado esfuerzo para ella.

– Constance, ¿estás segura de habernos contado todo? ¿No hubo algo que tal vez no quisiste decir frente a Henry?

– Ojalá lo hubiera -suspiró pesadamente Constance-. Ojalá hubiese algo que diera sentido a todo. Pero no lo hay. Lo único que sé es lo que dije tantas veces a la gente: no dejen que los niños jueguen cerca de ese cementerio. Es peligroso. Pero nadie me creyó y ahora mira lo que ha ocurrido.

Los ojos de Estelle se cruzaron con los de Constance Benson. Por un rato, las dos mujeres se miraron simplemente como si entre ellas hubiese una comunicación muda. Cuando por fin Estclle habló, lo hizo en voz baja y sumamente contenida.

– Fue esa niña, ¿verdad? ¿Michelle Pendleton? Susan nos contó que le pasa algo.

– Es lisiada -repuso Constance-. Se cayó del risco.

– Ya lo sé -respondió Estelle-. No me refiero a eso. Había otra cosa. Susan me lo contó ayer, pero no puedo recordar qué era.

– Pues no veo que importe mucho -resopló Constance-. Me parece que lo que hay que hacer es ocuparse de que todos estén prevenidos. Creo que deberíamos advertir a todos que mantengan a sus hijos lejos de ese cementerio y lejos de Michelle Pendleton. No sé qué dijo, pero sé que dijo algo.

Estelle Peterson asintió con la cabeza.

La noticia no tardó mucho en difundirse por todo Paradise Point. Constance Benson llamó a sus amigas,y sus amigas llamaron a las de ellas. Mientras avanzaba la noche, en toda la aldea hubo pequeños grupos familiares, reunidos en cocinas y salas de recibo, hablando en voz baja a sus adormilados hijos, previniéndoles sobre Michelle. Los niños mayores asentían sabiamente.

Pero para los más pequeños, eso no tenía sentido…

En casa de los Carstairs, fue Bertha quien conversó brevemente con la señora Benson y luego murmuró algunas palabras de compasión para la señora Peterson antes de colgar el teléfono y mirar a su marido. Fred la estaba observando.

– ¿No es un poco tarde para llamadas telefónicas? preguntó sentándose en la cama. Le disgustaba que lo molestaran en plena noche.

– Era Constance Benson -respondió Bertha con tranquilidad-. Parece creer que Michelle Pendleton tiene algo que ver con lo que ocurrió hoy.

– Siempre la misma Constance -refunfuñó Fred, somnoliento, aunque con expresión cautelosa -. ¿Qué cree Constance que hizo Michelle?

– No lo dijo. Ni creo que lo supiera con exactitud. Pero dijo que nosotros deberíamos tener una charla con Sally, advirtiéndole que no se acerque a Michelle.

– Yo no advertiría a un hombre que no se acerque a una trampa para osos porque lo diga Constance Benson -murmuró Fred-. Se lo pasa hablando de ese cementerio, pero casi nunca sale de su casa. Debe de ser duro para ese hijo suyo.

Bertha estaba por apagar la luz cuando se oyó un suave golpecito en la puerta y entró Sally. Evidentemente bien despierta, fue a sentarse en la cama de sus padres.

– ¿Quién llamó por teléfono? -preguntó.

– Solo la señora Benson -respondió Bertha-. Quería hablar sobre Susan, y sobre Michelle -agregó.

– ¿Michelle? ¿Qué hay con ella?

– Bueno, ya sabes que Michelle estuvo hoy con Susan -hizo notar Bertha. Sally asintió con la cabeza, pero se mostró desconcertada.

– Ya sé -respondió-. Pero es raro. Susan odiaba a Michelle. ¿Qué podía estar haciendo Susan con alguier a quien odiaba?

Bertha no hizo caso de la pregunta; en cambio formuló una a su vez.

– ¿Por qué odiaba Susan a Michelle?

Sally se encogió de hombros, inquieta; luego decidió que era hora de decir a alguien lo que venía sintiendo.

– Porque es coja. Susan actuaba siempre como si Michelle fuese una especie de monstruo… se lo pasaba llamándola retardada y cosas así.

– Oh, no… -murmuró Bertha-. Qué terrible para ella.

– Y… y todos nosotros le hicimos caso -continuó Sally acongojada.

– ¿Le hicieron caso? ¿Quieres decir que todos estuvieron de acuerdo con Susan?

Sally movió la cabeza asintiendo, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

– Yo no quise hacerlo… de veras que no quise. Pero entonces… bueno, Michelle parecía no querer que siguiéramos siendo amigas, y Susan… bueno, Susan actuaba como si quien quisiera ser amigo de Michelle no pudiera serlo de ella. Y yo… yo conozco a Susan de toda la vida. -Se puso a llorar mientras su madre la abrazaba diciendo:

– Vamos, preciosa, no llores más. Todo saldrá bien…

– Pero ahora Susan está muerta -gimió Sally. Al ocurrírscle una idea, se apartó de su madre-. Michelle no la mató, ¿verdad?

– Por supuesto que no -respondió enfáticamente Bertha. Estoy segura de que fue solo un accidente.

– Bueno, ¿y qué dijo la madre de Jeff? -preguntó Sttlly.

– Dijo… dijo… -titubeó Bertha, luego buscó ayuda en su marido.

– No dijo nada -declaró éste redondamente-. Susan debe de haber tropezado y caído, tal como Michelle hace poco tiempo. Michelle fue simplemente más afortunada que Susan, es todo. Y si me preguntan, pienso que lo que Susan y ustedes, los demás niños, hicieron a Michelle, es una porquería. Pienso que deberías decirle que lo Iamentas y que quieres ser otra vez su amiga.

– Pero ya le dije eso -objetó Sally.

– Pues díselo de nuevo -insistió Fred Carstairs-. Esa niña ha pasado un mal rato y si Constance Benson está haciendo lo que yo creo que está haciendo, las cosas se pondrán todavía peores para ella. Y no quiero que nadie diga que mi hija fue partícipe de ello. ¿Está claro?

Sally asintió en silencio con la cabeza. En cierto sentido, lo que acababa de decirle su padre era exactamente lo que ella quería oír. Pero ¿y si realmente Michelle no quería ser más su amiga? ¿Qué podía hacer ella entonces? Aquello era muy desconcertante para Sally, que cuando volvió a su cama no pudo dormir.

Algo estaba mal.

Algo estaba muy mal.

Pero ella no lograba imaginar qué era.

Aunque nadie había llamado a los Pendleton esa noche, Cal podía sentir una tensión en el aire. A veces pensaba que venir a Paradise Point había sido un error. ¿Qué había obtenido él? Estar endeudado hasta las orejas, con una clientela que apenas le permitía vivir, una nueva hija y otra que estaría inválida por el resto de su vida.

Pero todos los problemas se resolverían. Es que, al transcurrir las semanas, Cal había llegado a comprender algo. Por alguna razón, una razón que solo entendía vagamente, su lugar estaba en Paradise Point. Su lugar era esta casa, y sabía que no la abandonaría. Por nada, ni siquiera por su hija.

Claro que en realidad, no era su hija. La habían adoptado. No era una verdadera Pendleton.

Al ocúrrírsele eso, Cal se agitó en la cama, más inquieto aún por el remordimiento que le causaba semejante idea. Y sin embargo era cierto, ¿o no? De todos sus problemas, ¿por qué el peor tenía que provenir de alguien que ni siquiera era su hija?

Dándose vuelta procuró pensar en otra cosa.

En cualquier otra cosa.

Por su mente empezaban a pasar imágenes, imágenes de niños. Allí estaba Alan Hanley, y Michelle, y ahora también Susan Peterson. Rostros, rostros torcidos de miedo y dolor, fundiéndose unos con otros, todos mirándolo con fijeza, todos acusándolo.

Y había otros, Sally Carstairs, y Jeff Benson y las pequeñas, las niñas con quienes Michelle había estado jugando… ¿cuándo? ¿ayer? ¿Realmente había sido apenas ayer? En realidad no tenía importancia. Todos estaban allí y todos lo estaban mirando, interrogándolo.

– ¿Nos harás daño a nosotros también?

El sueño comenzó a dominarlo, pero no le fue fácil dormir. Ellos estaban siempre allí, indefensos, suplicantes.

Y acusadores.

Durante la noche aumentó la confusión de Cal, y con ella su cólera. De todo esto nada era culpa suya. ¡Nada! ¿Por qué entonces lo estaban acusando?

La noche, y sus propias emociones lo dejaron exhausto.

La luna entraba en su última fase, había alcanzado su cima cuando despertó Michelle; su luz fantasmagórica llenaba la habitación. La niña se sentó en su cama, segura de que Amanda estaba junto a ella.

– ¿Mandy?

Susurró el nombre de su amiga después aguardó una respuesta en la quietud de la noche iluminada por la luna. Cuando llegó, la voz de Amanda fue tenue, lejana, pero sus palabras fueron claras.

– Afuera. Ven afuera, Michelle…

Bajando de su cama, Michelle se acercó a la ventana. El mar rutilaba a la luz de la luna, pero Michelle apenas lo miró; luego desvió la vista hacia el claro de abajo, buscando en las sombras algún fugaz movimiento que le indicara dónde estaba Amanda.

Y entonces la vio. Una sombra, más oscura que las demás penetró súbitamente en el prado.

Con la cara inclinada hacia atrás, recibiendo la extraña luz de la luna que se deslizaba, Amanda la llamó con una seña.

Michelle se cubrió con su bata y sigilosamente abandonó su habitación. En el pasillo se detuvo, escuchando. Cuando no oyó ningún sonido en la habitación de sus padres, empezó a bajar las escaleras.

Afuera la esperaba Amanda.

Al acercarse, Michelle sintió la presencia de su amiga que la arrastraba, la guiaba.

Bajó el sendero y luego, bordeando el risco, se dirigió al estudio.

Al entrar, Michelle no intentó encender la luz. En cambio, sabiendo lo que Amanda quería, fue al armario y sacó una tela.

La puso en el caballete, tomó un trozo de carboncillo de su madre y esperó.

Cualquier cosa que Amanda quisiera ver, Michelle sabía que podía dibujarla. Un momento más tarde empezó. Como antes, sus trazos eran audaces, rápidos y seguros, como si la guiara una mano invisible. Y mientras trabajaba, su rostro fue cambiando. Sus ojos, sus ojos pardos que siempre habían parecido tan vivaces, se enturbiaron y luego parecieron ponerse vidriosos. En cambio los ciegos ojos pálidos y lechosos de Amanda cobraron vida, revoloteando ávidamente sobre la tela, paseándose por todo el estudio, absorbiendo las imágenes que durante tanto tiempo le fueron negadas.

El cuadro surgía rápidamente, con los mismos trazos audaces que Michelle había utilizado la noche anterior.

Solo que esa noche Michelle dibujó a Susan Peterson con la cara deformada por el miedo, en la orilla del risco. Susan parecía estar suspendida en el aire, con el cuerpo lanzado hacia adelante, agitando los brazos. Y sobre el risco, con la boca curvada con una siniestra sonrisa, había otra niña, vestida de negro, con la cara casi tapada por su gorro. Era Mandy. Parecía observar a Susan con ojos sin luz, los brazos extendidos, no de temor, sino como si acabara de empujar algo.

Su sonrisa, aunque carente de alegría, parecía de algún modo victoriosa.

Michelle puso fin al dibujo; luego se apartó. Detrás de sí sentía la presencia de Amanda, que respiraba suavemente, escudriñando la tela por sobre su hombro.

– Sí -susurró en su oído la voz de Amanda-. Así es como fue.

Casi de mala gana, Michelle volvió a guardar la tela en el armario, obedeciendo la orden susurrada por Amanda: esconderla bien al fondo, en un rincón alejado, donde no se la encontraría.

Después, dejando el estudio tal como había estado al entrar ella, Michelle emprendió el regreso hacia la casa. Mientras cruzaba el prado, Amanda le susurró:

– Ahora te odiarán todos, pero no importa. También me odiaban a mí y se reían. Pero no importa, Michelle, yo cuidaréde ti. Ellos no se reirán de ti. Nunca se reirán de ti. Yo no les permitiré que lo hagan.

Y entonces Amanda desapareció en la noche…

LIBRO TERCERO

CAPITULO 19

El día había sido una dura prueba para todos. Corinne Hatcher miró el reloj, sin duda por sexta o séptima vez por lo menos. Durante toda la jornada, los niños habían cuchicheado unos con otros, mientras sus ojos iban constantemente a posarse aunque fuese un instante en Michelle Pendleton, y luego se desviaban a otra parte, culpables, cuando advertían que la señorita Hatcher los estaba observando.

Corinne no sabía más que cualquier otra persona. Había oído todas las hipótesis. La noche anterior la habían llamado varias mujeres, todas proclamando su deseo de asegurarse de que la maestra de sus hijos supiese "la verdad", todas ansiosas por decirle que esperaban que ella se ocuparía de que Michelle Pendleton fuera "separada" de la clase. Por último ella, desesperada, había llamado a Josiah Carson pidiéndole la versión autentica de lo sucedido.

Luego dejó su telefono descolgado.

Y ahora, mientras se acercaban las tres de la tarde, aún estaba tratando de decidir si mencionaría o no a Susan Peterson. Pero mientras iban pasando lentamente los últimos minutos del día escolar, supo que no lo haría… simplemente no había nada que pudiera decirles, y por cierto que no había nada que quisiera decirles estando presente Michelle Pendleton.

Michelle.

Michelle había llegado esa mañana, como todas las mañanas recientes, apenas a tiempo para deslizarse discretamente en su asiento, al fondo del salón. De todos los niños, ella parecía ser la única capaz de concentrarse en todas sus lecciones. Mientras los demás cambiaban miradas y cuchicheos, Michelle permanecía sentada tranquilamente (¿o acaso estoicamente?) al fondo del salón, como si no advirtiese lo que estaba pasando en torno a ella. La reacción de Michelle ante la situación había puesto el ejemplo para la suya propia. Si Michelle podía obrar como si nada hubiese ocurrido, ella también. "Dios sabe que para Susan no tendrá ya importancia" pensó para sí "y tal vez si me desentiendo de la situación, los niños harán lo mismo".

Cuando sonó la campana final, Corinne lanzó un silencioso suspiro de alivio, mientras se hundía en su sillón para observar a los niños que se precipitaban al pasillo. Notó que ninguno de ellos hablaba a Michelle, aunque le pareció ver que Sally Carstairs se detenía un instante, vacilaba como si fuera a decir algo, después cambiaba de idea y salía con Jeff Benson.

Cuando en el salón no quedó nadie salvo ellas dos, Corinne sonrió a Michelle.

– Bueno -dijo con la mayor animación posible-. ¿Qué tal fue tu día?

Si Michelle quería hablar al respecto, Corinne le había dado la oportunidad. Pero Michelle no quería hablar.

– Muy bien -respondió con indiferencia. Se había pursto de pie y estaba juntando sus libros. Poco antes de salir del cuarto sonrió brevemente a Corinne.- Hasta mañana -dijo, y se marchó.

Al salir del aula, Michelle miró al otro lado del corredor. Viendo que Sally Carstairs y Jeff Benson conversaban junto a la puerta principal, tomó hacia el otro lado.

Cuando llegó a la escalera de atrás, se permitió descansar por primera vez en ese día: ninguno de sus condiscípulos estaba en el patio. Allí estaba Annie Whitmore jugando con sus amigas. Pero ese día no saltaban a la cuerda, sino que jugaban a la "pata coja". Michelle las observó un momento, preguntándose si tal vez ella podría hacerlo, saltando con su pierna sana. Tal vez lo intentaría, después de que las niñas se fueran.

Empezó a bajar la escalera, pensando salir del patio por la entrada de atrás, pero cuando pasaba frente a los columpios, un niño de segundo grado la llamó.

– ¿Quieres empujarme?

Michelle se detuvo y miró al niñito.

Tenía siete años y era pequeño para su edad. Encaramado en un columpio, contemplaba pensativamente a sus amigos que se mecían de un lado a otro. Su problema era inmediatamente obvio. Como sus piernas no llegaban al suelo, no podía poner en movimiento el columpio. Miraba a Michelle con ojos pardos, grandes y confiados, ojos de cachorrito.

– ¿Por favor? -imploró.

Michelle dejó su cartapacio en el suelo y, con esfuerzo, se apostó detrás del niñito.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó mientras le daba un empujóncito.

– Billy Evans. Yo sé quién eres… eres la niña que se cayó del risco. ¿Te dolió?

– No mucho. Quedé desmayada.

Billy pareció aceptar esto como algo perfectamente normal.

– Ah -respondió-. Empújame más fuerte.

Michelle empujó un poco más fuerte. Pronto Billy se columpiaba muy contento, lanzando hacia afuera las piernecitas, mientras sus infantiles chillidos resonaban en el campo de juego.

Sally Carstairs y Jeff Benson bajaron lentamente los escalones delanteros, renuentes a volver a casa, prolongando su consoladora camaradería. Entre ellos se había formado un vínculo… nada explícito, pero sí algo que, sin embargo, existía. Si se les hubiera preguntado, ninguno de ellos habría podido explicarlo… a decir verdad, quizás ninguno de ellos lo habría admitido. No obstante, cuando llegaron al patio delantero, se demoraron.

Se detuvo un automóvil y los dos niños vieron bajar a June Pendleton. Tímidamente, cada uno de ellos murmuró un tenue saludo cuando pasó junto a ellos, pero June no pareció oírlos. La vieron desaparecer dentro de la escuela.

– No creo que Michelle haya tenido nada que ver con lo sucedido -dijo repentinamente Sally.

Aunque no habían estado hablando de Michelle y de Susan, Jeff supo a qué se refería.

– Mi madre dijo que ella estaba presente -respondió Jeff.

– Pero eso no quiere decir que haya hecho nada -objetó Sally.

– Bueno, lo cierto es que no le gustaba Susan.

– ¿Por qué iba a gustarle? -inquirió Sally, cuya voz cobró calor por primera vez-. Susan fue malvada con ella. Desde el primer día de escuela Susan fue siempre Malvada con ella.

Jeff arrastró los pies, incómodo, pues aunque sabía que lo dicho por Sally era cierto, no quería aceptarlo.

– Bueno, todos nosotros le hicimos caso, más o menos.

– Lo sé. Tal vez no debimos hacerlo.

Jeff miró bruscamente a Sally.

– ¿Quieres decir que si no lo hubiéramos hecho, Susan no estaría muerta ahora?

– ¡No dije eso! -exclamó Sally, aunque se preguntó en silencio si eso había querido decir-. ¿Está bien si te.u ompaño hasta tu casa?

– Si quieres -respondió Jeff encogiéndose de hombros-. Pero después tendrás que volver caminando al pueblo.

– No importa.

Los dos echaron a andar por la acera; luego doblaron la esquina por la calle que pasaba frente al campo de juego.

– Tal vez vaya a ver a Michelle -dijo Sally indecisa.

Jeff se detuvo y la miró.

– Mi madre dice que no debemos tener ninguna relación con ella. Dice que es peligroso.

– Qué tontería -replicó Sally-. Mis padres me dijeron que tenía que volver a ser su amiga.

– No veo por qué. Ella ya no puede hacer nada más. En mi opinión, su pierna no fue lo único que se lastimó al caer. ¡Creo que debe de haber caído de cabeza!

– ¡Jeff Benson, termina con eso! -exclamó Sally-. Esa es precisamente la clase de cosas que Susan solía decir. ¡Y mira lo que le ocurrió!

Entonces Jeff se detuvo, y sus ojos se clavaron en Sally.

– Tú sí crees que Michelle hizo algo, ¿verdad? -preguntó. Sally se mordió los labios y miró,el suelo.- Bueno, si lo crees está bien -continuó Jeff-. En el pueblo todos creen que ella le hizo algo a Susan. Salvo, creo, que nadie? sabe exactamente qué.

Estaban ya cerca del campo de juego; de pronto Sally experimentó una sensación pavorosa, como si la estuvieran observando. Al darse vuelta, contuvo el aliento súbita e involuntariamente: a pocos metros de distancia, del otro lado de la cerca estaba Michelle, frente a ella, empujando suavemente un columpio, mientras Billy Evans sonreía contento y rogaba que lo empujase más fuerte.

Durante una fracción de segundo, los ojos de Sally se encontraron con los de Michelle. En ese instante tuvo la certeza de que Michelle había oído lo dicho por Jeff. En los ojos de Michelle había una expresión que aterró a Sally. Tendiendo una mano, tomó la de Jeff.

– Ven -dijo, con voz apenas más fuerte que un susurro-, ¡Ella te oyó!

Jeff arrugó el entrecejo, luego miró en torno para ver por qué Sally susurraba de pronto.

Vio a Michelle que lo miraba fijamente.

Su primer impulso fue sostenerle la mirada, y entrecerró los ojos. Pero la mirada de Michelle jamás vaciló, y su cara permaneció inexpresiva. Jeff sintió que perdía el control. Cuando finalmente se dio por vencido y apartó la vista, procuró simular que lo había hecho de intento.

– Vamos, Sally -dijo en voz alta, asegurándose de que Michelle lo oyera-. Si Michelle quiere jugar con los crios ¿qué nos importa?

Echó a andar, dejando sola a Sally. Esta esperó unos segundos, confusa, queriendo alcanzarlo. Sin embargo, una parte de ella se demoraba, deseando poder disculparse con Michelle de algún modo. Incapaz de resolverlo, corrió tras la figura de Jeff que se alejaba.

Corinne Hatcher alzó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo. Su sonrisa automática de bienvenida se convirtió en una expresión preocupada cuando vio a June Pendleton enmarcada en la puerta del aula. Se la veía ojerosa, aguardando indecisa, con un malestar que era evidente en ella, desde su despeinado cabello hasta su falda, un poco arrugada. Levantándose de su sillón, Corinne, con un ademán, invitó a June a entrar.

– ¿Está usted bien?

Cuando ya era demasiado tarde se dio cuenta de que sus palabras no podían sino aumentar la evidente incomodidad de June. Esta, sin embargo, no pareció ofenderse.

– Mi aspecto debe de corresponder a cómo me siento dijo. Trató de sonreír, pero no lo consiguió.- Necesito… necesito hablar con alguien, y al parecer no hay otra persona con quien hacerlo.

– Supe lo de Susan Peterson -declaró Corinne-. Debe de haber sido terrible para Michelle.

Agradecida por la inmediata comprensión de la maestra, June se dejó caer en el asiento de uno de los pupitres; luego se volvió a incorporar con rapidez: no podía tolerar la sensación de corpulencia que le daba el diminuto escritorio.

– Esa fue una de las razones por la que vine -anunció-. Notó… bueno, ¿notó usted algo en Michelle hoy? Quiero decir, ¿algo fuera de lo común?

– Temo que el de hoy no haya sido uno de los mejores días para ninguno de nosotros -respondió Corinne-. Los niños estaban todos… ¿cómo puedo decirlo? ¿Preocupados? Creo que es el mejor modo de expresarlo.

– ¿Le dijeron algo a Michelle?

Corinne vaciló: luego decidió que no había motivo para ocultar la verdad a June.

– Señora Pendleton, ellos no le dijeron nada, absolutamente nada.

June captó inmediatamente lo que la maestra quería decir.

– Tenía el temor de que ocurriera eso -dijo, más para sí que a Corinne-. Señorita Hatcher… no sé qué hacer.

June volvió a sentarse, repentinamente demasiado cansada, demasiado derrotada por toda la situación para que le importara el aspecto que pudiera tener.

Esta vez fue Corinne quien la hizo levantarse.

– Venga conmigo. Vamos al cuarto de los maestros y bebamos una taza de café. Usted parece necesitar algo más fuerte. Pero lamento que las reglas sean todavía rígidas por aquí. Y creo que es tiempo de que empecemos a llamarnos June y Corinne, ¿no le parece?

Asintiendo con desánimo, June se dejó conducir fuera del aula y por el corredor.

– ¿Cree usted que su amigo podrá ayudar? -preguntó June.

Había relatado a Corinne lo sucedido el día anterior, y lo absurdo que todo eso había parecido. Primero Michelle regresando a casa… calmada, aparentemente sin problemas, y luego la vuelta de Cal y el comienzo de la pesadilla.

June repitió todo tal como había sucedido, procurando trasmitir a la maestra la sensación de irrealidad que todo tenía para ella, era, dijo por fin, como si su mundo todo hubiera sido convertido en algo salido de "Alicia en el país de las maravillas"… sucedían las cosas más horribles, y alrededor de ella todos actuaban como si no ocurriera absolutamente nada. En realidad, no estaba segura de si le preocupaba más su esposo o su hija, pero la noche anterior, ya tarde, había decidido que primero debía estar Michelle.

Corinne Hatcher escuchó todo el relato, sin interrumpir, sin preguntar, intuyendo que June necesitaba simplemente contarlo, externalizar el caos que había estado agitándose en su mente. Ahora, al terminar June, movió pensativa la cabeza, asintiendo.

– No veo por qué Tim no podría ayudar -declaró. Levantándose, fue en busca de la cafetera, meditando mientras volvía a llenar su taza y la de June. Al encararse otra ve, con June, procuró que su tono fuese alentador.- Tal vez las cosas no sean tan graves como parecen -titubeó un momento, sin saber bien qué decir-. Sé que todo parece aterrador -continuó suavemente-, pero creo que se preocupa usted demasiado.

– ¡No! -Fue casi un chillido. Los ojos de June se llenaron de lágrimas.- Dios mío, si pudiera usted oírla, cómo habla de esa muñeca. Lo juro, creo que realmente está convencida de que Mandy… ahora la llama Mandy… es real.

Su voz era tan lúgubre que atemorizó a Corinne. Esta tomó una mano de June en la suya y trató de hablar con tono confiado.

– Es aterrador, pero todo saldrá bien. De veras que sí.

En su fuero interno no estaba tan segura como trataba de aparentar, ni mucho menos. En la profundidad de su ser, Corinne tenía una sensación… una sensación de que lo sucedido a Michelle, fuera lo que fuese, estaba más allá de lo que ambas podían comprender. Y esa sensación la aterrorizaba.

Viendo que Sally desaparecía calle abajo, Michelle procuró olvidar las palabras de Jeff. Pero ellas persistían en su mente, resonando en su cabeza, burlándose de ella, atormentándola. Vagamente percibía a Billy Evans, que le gritaba para que lo empujara más fuerte, pero su voz parecía lejana, como si le llegara a través de una niebla.

Dejó que el columpio se detuviera y, cuando Billy protestó, le dijo que estaba cansada, que lo empujaría un poco más en otra ocasión. Después se dirigió penosamente al árbol y se sentó en la hierba. Aguardaría un rato, hasta que Jeff y Sally se hubieran alejado mucho, antes de iniciar la larga caminata de regreso a casa.

Estirándose en la hierba, fijó la mirada en las hojas del árbol, que estaban cambiando de color con la llegada del otoño. Cuando estaba así, totalmente sola sin nadie en torno a ella, no era tan malo. Solo cuando podía oírlos o verlos, sus voces atormentándola, sus ojos burlándose de ella, Michelle realmente odiaba a los niños que habían sido sus amigos.

Excepto a Sally. Michelle aún no estaba segura con respecto a Sally. Sally parecía mejor que los demás. Más bondadosa. Michelle decidió hablar con Amanda sobre Sally. Tal vez, si Amanda lo aceptaba, pudieran ser amigas otra vez. Michelle esperaba que sí… Realmente, en lo profundo, le agradaba Sally. De todos modos, Amanda decidiría.

Desde la ventana de su aula, Corinne observó a June que cruzaba el campo de juego. Le pareció que en June había cierta renuencia a molestar a Michelle, como si mientras estuviera dormida bajo el árbol se hallara a salvo del caos desatado en su mente. Pero luego Corinne vio que June se arrodillaba y dulcemente despertaba a Michelle.

Michelle se incorporó rígidamente; el dolor que sentía en la cadera era visible en su rostro, aún desde el otro lado del patio. Al ver a June pareció sorprendida, pero al mismo tiempo agradecida. Tomando la mano de su madre, Michelle dejó conducir hasta que, al doblar la esquina del edificio, Corinne las perdió de vista.

Aun después de que ambas desaparecieron, Corinne permaneció en la ventana, con la imagen de Michelle grabada en su mente: sus hombros agobiados, su cabello colgante y lacio, su ánimo derrotado por el accidente que la había dejado inválida.

Mucho tiempo parecía haber pasado desde aquel primer día de escuela, cuando Michelle había entrado brincando en su aula, brillante la mirada, sonriente, ansiosa por iniciar su nueva vida en Paradise Point.

Y ahora, apenas unas semanas más tarde, todo eso había cambiado. ¿Paradise Point, Punta Paraíso? Bueno, para algunas personas tal vez, pero no para Michelle Pendleton.

Ahora no. Y de pronto Corinne estuvo segura, probablemente nunca más.

CAPITULO 20

La tarde era fresca, y Corinne caminaba con rapidez, pensando más en la visita de June Pendleton que en la dirección que ella misma había tomado. Hasta que vio delante de sí el edificio, en medio de un bosquecillo, los muros cubiertos de rosas trepadoras, no se dio cuenta de que la clínica había sido su meta desde el primer momento. Se detuvo un instante, leyendo el cartel pulcramente escrito, con el nombre desteñido de Josiah Carson y sobre el recién estampado, el de Cal Pendleton. Por algún motivo la inscripción le pareció triste, y tardó unos segundos en comprender por que. Era un signo del antiguo orden dando lugar al nuevo. Josiah Carson había estado allí desde que Corinne podía recordarlo. Resultaba difícil imaginarse a la clínica sin el.

Penetró en la sala de espera y sintió alivio al ver a Marion Perkins sentada tras el escritorio, trabajando en los libros. Por lo menos Marión iba a estar todavía allí, suavizando la transición entre el doctor Carson y el doctor Pendleton. Al tintinear suavemente la campanita adherida a la puerta, Marion alzó la vista.

– ¡Corinne! -exclamó. Al reconocer a la maestra su expresión fue de bienvenida, mezclada con preocupación y algo de sorpresa.- Sabe usted, tenía la sensación de que tal vez hoy vendría por aquí. Es raro… bueno, quizá no tan raro en realidad, teniendo en cuenta lo sucedido. Hoy han estado aquí casi todos, deseosos de hablar sobre Susan Peterson -continuó la enfermera, chasqueando compasivamente la lengua-. Es terrible, ¿verdad? Semejante perdida para Estelle y Henry. Y por supuesto, todos parecen creer que la pequeña Michelle Pendleton tuvo algo que ver con ello. -Inclinándose un poco bajó la voz hasta un susurro confidencial.- Francamente no querría repetir algunas de las cosas que la gente ha estado diciendo.

– Entonces no lo haga -dijo Corinne, atemperando la brusquedad de sus palabras con una sonrisa cordial-. ¿Está aquí el tío Joe?

Súbitamente avergonzada por la indiscreción que había estado por cometer, Marión echó mano al telefono.

– Lo llamaré a ver si está ocupado -dijo mientras oprimía el botón intercomunicador-. ¿Doctor Joe? Una sorpresa para usted… Corinne Hatcher está aquí.

Un momento más tarde se abría la puerta interior y aparecía Josiah Carson con los brazos extendidos, el rostro arrugado por una ancha sonrisa, aunque por un instante Corinne creyó ver en sus ojos otra cosa. ¿Tristeza? Cuando moría uno de sus pacientes, en particular un niño, Josiah Carson lo tomaba muy mal. Desde la muerte de su propia hija, mucho antes de nacer Corinne, Carson había volcado sus instintos paternales sobre los niños de Paradise Point. Pero este día había en sus ojos algo más que tristeza. Algo que ella no pudo identificar del todo.

Abrazando a Corinne dijo:

– ¿Qué te trae aquí? ¿Te sientes bien?

– Estoy perfectamente -respondió Corinne, soltándose-. Creo… bueno, creo que simplemente estaba preocupada por usted. Se cómo se pone cuando algo ocurre a uno de sus niños.

Carson asintió con la cabeza.

– Nunca es fácil -dijo-. Entra en el consultorio, te invitaré a un trago.

El médico le señaló una silla y cerró la puerta, luego sacó una botella de whisky del último cajón de su escritorio y sirvió un poderoso trago para cada uno, mientras observaba cuidadosamente a Corinne.

– Muy bien -dijo mientras servía-. ¿Qué pasa?

Corinne probó el whisky, hizo una mueca y lo dejó de lado. Luego, sosteniendo la mirada de Carson, dijo:

– Michelle Pendleton.

– No me sorprende -asintió Carson-. A decir verdad, pensé que vendrías antes. ¿Las cosas empeoran?

– No estoy segura -respondió Corinne-. El día de hoy debe de haber sido horrible para ella… ningún niño quiso tener nada que ver con ella. Hasta ayer, pensé que se debía solamente a su cojera… Pero ahora… bueno, usted sabe cómo puede ser este pueblo. Se culpa a alguien por algo, aunque sea inocente, y nadie olvida jamás. Tío Joe -agregó de pronto-, ¿está bien Michelle?

– Depende de a qué te refieras. Hablas de su mente, ¿verdad?

Corinne se movió en su silla.

– No estoy segura -dijo-. A decir verdad, no sabía realmente que vendría hasta que me encontré aquí. Pero supongo que mi subconciente trataba de decirme algo. -Hizo una pausa momentánea y, súbitamente, bebió la mitad de su whisky.- ¿Ha oído hablar de la amiga imaginaria de Michelle? -preguntó con toda la naturalidad posible.

Carson arrugó el entrecejo.

– ¿Amiga imaginaria? -repitió como si estas palabras no tuvieran sentido para él-. ¿Te refieres a la clase de cosas que hacen los niños muy pequeños?

– Exactamente -repuso Corinne-. Parece ser que todo empezó con una muñeca. No sé con exactitud de que clase, pero la señora Pendleton me dijo que es vieja… muy vieja. Michelle la encontró en el armario del dormitorio cuando se mudaron.

Carson se rascó la cabeza como si estuviera desconcertado, luego asintió diciendo:

– Sé qué aspecto tiene. Es vieja, sí. Cara de porcelana, ropa anticuada, un pequeño gorro. La tenía consigo en la cama cuando la vi, poco después del accidente. ¿Quieres decir que ha decidido que es real?

– Evidentemente -asintió con sobriedad Corinne -. Y ¿sabe usted cómo la ha bautizado?

– Según me dijo, la bautizó Amanda.

– Amanda -repitió Corinne-. ¿No significa eso nada para usted? -terminó de beber y tendió su vaso-. ¿Tengo edad suficiente para otro trago?

Sin decir palabra, Carson volvió a llenar el vaso de ella y el suyo.

– Bien -dijo bruscamente-. Es evidente que ella ha oído algunos relatos acerca de Paradise Point.

Corinne sacudió la cabeza.

– Eso pensé yo. Pero June me dijo que bautizó la muñeca tan pronto como la encontró. El mismo día que ellos llegaron.

– Entiendo -declaró Carson-. Entonces fue solo una coincidencia.

– ¿Lo fue? -preguntó suavemente Corinne-. Tío Joe, ¿quién fue Amanda? Quiero decir, ¿existió? ¿O se trata de cuentos, nada más?

Carson se reclinó en su sillón. Nunca había hablado de Amanda, y no quería empezar entonces. Pero evidentemente la conversación ya había comenzado, como sabía que iba a ocurrir. Era necesario conducirla.

– A decir verdad, fue mi tía abuela, o lo habría sido de haber vivido -dijo cuidadosamente.

– ¿Y qué le ocurrió? -preguntó Corinne.

– ¿Quién lo sabe? Era ciega y un día tropezó y cayó del risco. Por cuanto se sabe, eso fue todo.

Pero en su voz hubo algo (¿una vacilación tal vez?) que hizo preguntarse a Corinne si no había algo más.

– Parece que supiera más que eso -sugirió ella, y al no responder Carson, insistió-. ¿Es así?

– ¿Quieres decir que creo en cuentos de fantasmas?

– No. ¿Cree usted que eso fue todo?

– No lo sé. Mi abuelo, que fue hermano de Amanda, estaba convencido de que había algo más.

Corinne no dijo nada. Carson se reclinó otra vez en su sillón y se volvió a mirar por la ventana.

– Mira -dijo con lentitud-. Cuando los Carson bautizaron Paradise Point a este pueblo, no pensaban realmente en el paisaje. Fue más bien una idea, creo que podría llamársela. Una idea de Paraíso aquí mismo, en la Tierra. -Llenaba su voz una ironía que no escapó a Corinne.

– Sabía qque los Carson fueron clérigos -comentó.

– Fundamentalistas -asintió Josiah-. De esos que siempre hablan del demonio y el infierno. Pero mi bisabuelo, Lemuel Carson, fue el último de ellos.

– ¿Qué pasó? _

– Muchas cosas, por lo que me dijo mi abuelo. Empezó cuando Amanda perdió la vista. El viejo Lemuel decidió que era un acto de Dios y trató de presentar a Amanda como una mártir. Siempre la hacía vestirse de negro. Pobre niñita. Tiene que haber sido duro para ella… siendo ciega y todo. Debe de haber sido muy solitaria.

– ¿Y estaba totalmente sola cuando se cayó del risco?

– Aparentemente. Mi abuelo nunca lo dijo. Jamás hablaba mucho de eso. Sin embargo, siempre tuve la idea de que había en ello algo extraño. Por supuesto él nunca hablaba mucho sobre la familia… en el paraíso de Lemuel había demasiadas serpientes.

– ¿No las hay siempre acaso? -observó Corinne, pero Josiah no pareció oírla.

– Fue la esposa de Lemuel -continuó-. Al parecer era un poco casquivana. Mi abuelo pensó siempre que era una una reacción contra los constantes sermones de Lemuel sobre el infierno y la condenación eterna.

– ¿Quiere usted decir que su bisabuela tuvo amoríos?

– Debe de haber sido una mujer extraordinaria -sonrió Carson-. Mi abuelo decía que era hermosa, pero que jamás debía haberse casado con el padre de él.

– Louise Carson -susurró Corinne-. "'Muerta en el pecado".

– Asesinada -dijo suavemente Josiah. Los ojos de Corinne se dilataron de sorpresa-. Sucedió allá, en ese edificio que June Pendleton utiliza como estudio. Allí la encontró Lemuel con uno de sus amantes. Los dos estaban muertos. Apuñalados.

– Dios mío -suspiró Corinne. Sintió que se le apretaba el estómago y por un momento pensó que se iba a descomponer.

– Por supuesto, todos presumieron más o menos que Lemuel lo había hecho -continuó Josiah-, pero tenía a todo el pueblo bastante dominado, y en esa época no se tenía una consideración especialmente alta por una esposa infiel. Probablemente hayan pensado que ella había recibido su merecido. Lemuel ni siquiera quiso ofrecerle un funeral.

– Siempre imaginé que la inscripción de la lápida quería decir algo parecido -declaró Corinne-. Cuando yo era pequeña solíamos ir allá y leer las lápidas.

– ¿Y buscar al fantasma?

Una vez más Corinne asintió con la cabeza.

– ¿Y alguna vez lo vieron?

La maestra meditó largo rato su respuesta. Por último de mala gana, sacudió la cabeza. Carson notó su vacilación.

– ¿Estás segura, Corinne? -preguntó con voz muy suave.

– No lo se -respondió ella. De pronto se sintió estúpida, pero un recuerdo flotaba en su mente, un poco fuera de su alcance-. Hubo algo -agregó-. Sucedió una sola vez. Yo estaba allá, en el cementerio, con una amiga… ni siquiera recuerdo quién… y entró la niebla. Bueno, usted sabe lo fantasmal que puede ser un cementerio en la niebla. No sé… tal vez me dejé llevar por la imaginación, pero de pronto sentí algo. Nada que pueda señalar, en realidad… tan solo la sensación de que allí había algo, cerca de mí. Me quedé totalmente inmóvil, y cuanto más tiempo permanecía allí, más parecía acercarse lo que fuera.

Guardó silencio y se estremeció un poco por el frío que le causaba el recuerdo de aquella tarde brumosa.

– ¿Y tú crees que fue Amanda? -inquirió el médico.

– Bueno, algo fue -repuso Corinne.

– Tienes razón -admitió Carson con acritud-. Fue algo. Fue tu imaginación. Una niñita en un cementerio, en un día de niebla, y que ha crecido oyendo todos esos cuentos de fantasmas. ¡Me asombra que no hayas tenido una larga conversación con Amanda! ¿O la tuviste?

– Por supuesto que no -dijo Corinne, sintiéndose tonta ahora-. Ni siquiera la vi.

Carson la observaba.

– ¿Y tu amiga? ¿Sintió lo mismo que tú?

– ¡Por cierto que sí! -exclamó Corinne, sintiendo que se enfurecía. No creerle era una cosa… burlarse de ella era otra.- Y si quiere usted saberlo, no fuimos las únicas. Muchas tuvieron la misma sensación. Y éramos todas niñas, y teníamos todas doce años. Igual que Amanda. Y, por si no lo sabía, igual que Michelle Pendleton.

La mirada de Carson se endureció.

– Corinne -dijo con lentitud -, ¿sabes lo que estás diciendo?

Y súbitamente Corinne lo supo.

– Estoy diciendo que quizá los cuentos de fantasmas sean ciertos, y la razón por la cual todos dicen que no, es que antes nadie vio realmente a Amanda. Las únicas que sintieron siquiera su presencia fueron niñas de doce años y ¿quién cree en lo que ellas dicen? Todos saben que las niñas tienen imaginaciones desatadas, ¿verdad? Tío Joe, ¿y si no fue mi imaginación? ¿Y si algunas de nosotras sentimos realmente su presencia? ¿Y si Michelle no solo la sintió, sino que realmente la vio?

La expresión con que la miraba Josiah Carson indicó que había tocado un nervio.

– ¿Usted cree en el fantasma, verdad? -preguntó.

– ¿Y tú? -replicó él, y entonces Corinne tuvo la certeza de que se estaba poniendo nervioso.

.-No lo sé -mintió Corinne. ¡Sí que lo sabía! – Pero ¿no es lógico acaso? Quiero decir, ¿de una manera extraña? Si puede usted aceptar que realmente hay un fantasma y que es Amanda, lo más probable sería que la viera una niña de doce años, una niña igual que ella.

– Bueno, ha tenido más de cien años para encontrar a alguien -dijo Carson-. ¿Por qué ahora? ¿Por qué Michelle Pendleton? Corinne -prosiguió con voz queda, apoyando los codos en el escritorio-, sé que estás preocupada por Michelle. Sé que parece raro que haya inventado una amiga imaginaria llamada Amanda. Parece una gran coincidencia… demonios, es una gran coincidencia. ¡Pero no es nada más que eso!

Corinne Hatcher se incorporó, ya verdaderamente furiosa.

– Tío Joe -dijo con voz tensa-. Michelle es mi alumna, y estoy preocupada por ella. De paso sea dicho, estoy preocupada también por todos los otros miembros de mi clase. Susan Peterson ha muerto, y Michelle está lisiada y se conduce de manera muy extraña. No quiero que suceda nada más.

Carson miró con fijeza a Corinne. La maestra estaba de pie frente a su escritorio, con la espalda muy tiesa, la expresión intensa. Se dispuso a ir hacia ella para consolarla, pero antes de que abandonara su sillón, ella se había dado vuelta y había escapado.

Lentamente Josiah se sentó. Permaneció solo largo rato. Aquello no estaba yendo bien. El no había querido que Susan Peterson muriera. Debía de haber sido Michelle… debía de haber sido la hija de Cal Pendleton. Una vida por otra, un niño por otro. Pero no uno de sus niños.

Ahora lo único que podía hacer era esperar. Tarde o temprano, como siempre, la tragedia volvería a la casa y a quienes estuvieran viviendo allí. Entonces, cuando la casa hubiera vengado a Alan Hanley en nombre suyo, todo terminaría. Entonces él podría marcharse y olvidarse para siempre de Paradise Point. Sirviéndose otro trago de whisky, clavó la vista en la ventana. A la lejos podía ver las revueltas aguas del Paso del Diablo. Su nombre, pensó, era adecuado. ¿Cuánto tiempo hacía que el Diablo había llegado para vivir con los Carson? Y ahora, al cabo de tantos años, el último de los Carson iba a utilizar al Diablo. En cierto modo, pensó Josiah Carson, era patético.

Sólo esperaba que en el proceso no tuvieran que morir demasiados de sus propios niños, los niños de la aldea.

Entrada ya la tarde, Michelle se encaminó hacia el antiguo cementerio. Torpemente se asentó en el suelo, cerca del extraño monumento a Amanda y aguardó, segura de que su amiga iría por ella. Pero antes de que la ya familiar niebla gris se cerrase en torno de sí, sintió que alguien la observaba. Al volverse, reconoció a Lisa Hartwick que, de pie a pocos metros de ella, la miraba fijamente.

– ¿Estás bien? -preguntó Lisa.

Michelle asintió con la cabeza, y Lisa dio un paso titubeante hacia ella.

– Te… te estaba buscando -dijo Lisa. Parecía casi asustada, y Michelle se preguntó qué ocurría.

– ¿A mí? ¿Por qué motivo? -preguntó mientras empezaba a incorporarse.

– Quería hablar contigo.

Michelle miró a Lisa con desconfianza. Nadie simpatizaba con Lisa… todos decían que era una mocosa insoportable. ¿Qué quería? ¿Acaso iba a burlarse de ella? Pero Lisa se acercó más y se sentó junto a ella. Aliviada Michelle se dejó caer de nuevo en la blanda tierra.

– ¿Es verdad que eres adoptada? -preguntó de pronto Lisa.

– ¿Y qué?

– No estoy segura -replicó Lisa. Luego agregó:- Mi madre murió hace cinco años.

Ahora Michelle estaba intrigada. ¿Por qué había dicho eso Lisa? ¿Acaso trataba de trabar amistad con ella? ¿Por qué razón?

– No sé qué pasó con mis padres -aventuró -. Es posible que hayan muerto. O tal vez simplemente no me quisieron.

– Mi padre no me quiere -dijo Lisa con voz queda.

– ¿Cómo lo sabes? -Michelle se permitió tranquilizarse: Lisa no iba a burlarse de ella.

– Está enamorado de tu maestra. Desde que la conoció ella le ha gustado más que yo.

Michelle reflexionó sobre esto. Tal vez Lisa tuviera razón Tal vez las cosas hubieran ocurrido para ella de igual modo que habían ocurrido para Michelle cuando nació Jenny.

– A veces pienso que nadie gusta de mí -dijo.

– Sé que se siente. Nadie gusta de mí tampoco. Quizá podríamos ser amigas -sugirió Michelle.

Entonces los ojos de Lisa parecieron nublarse.

– No se. He… he oído cosas acerca de ti.

Michelle se puso tensa.

– ¿Qué clase de cosas?

– Bueno, que desde que te caíste del risco te ocurre algo malo.

– Soy coja -respondió Michelle-. Eso lo saben todos.

– No me refiero a eso. Oí decir… bueno, dicen que tú crees haber visto al fantasma.

Michelle se volvió a tranquilizar.

– ¿Te refieres a Amanda? No es un fantasma. Es mi amiga.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Lisa-. Por aquí no hay nadie que se llame Amanda.

– Sí que la hay -insistió Michelle-. Es mi amiga. ¿Adonde vas?

De pronto Lisa se puso de pie y empezó a alejarse de Michelle.

– Tengo… tengo que volver a casa ya -dijo nerviosamente Lisa.

Michelle se incorporó trabajosamente, con la mirada furiosa fija en Lisa.

– Me crees loca, ¿verdad?

Lisa sacudió la cabeza, indecisa.

Repentinamente la niebla empezaba a cerrarse alrededor de Michelle. Desde muy lejos podía oír la voz de Amanda llamándola.

– No estoy loca -dijo a Lisa en tono desesperado-, Amanda es real, y ahora está llegando. ¡Podrás conocerla!

Pero Lisa seguía retrocediendo ante ella. Poco antes de que las grises brumas la rodearan, Michelle la vio darse vuelta y echar a correr.

Igual que había corrido Susan Peterson.

CAPITULO 21

El funeral de Susan Peterson se llevó a cabo el sábado.

Estelle Peterson estaba sentada en el primer banco de la Iglesia Metodista, con la cabeza inclinada y los dedos retorciendo compulsivamente un pañuelo húmedo.

El ataúd de Susan estaba a solo unos metros de distancia, cubierto de flores con la tapa abierta. Junto a Estelle, Henry tenía la mirada estoicamente fija adelante, con el rostro cuidadosamente impávido.

Un murmullo bajo empezó a correr lentamente por la congregación. Estelle procuró no hacerle caso, pero cuando oyó cjue la voz de Constance Benson atravesaba los ininteligibles sonidos, finalmente se volvió.

Michelle Pendleton, ataviada con un traje gris y pesadamente apoyada en su bastón avanzaba lentamente por el pasillo central. La seguían sus padres, June llevando a la pequeña. Durante una fracción de segundo, los ojos de Estelle se encontraron con los de June. Rápidamente apartó la mirada. Volvió a oír la voz de Constance Benson.

– Vaya lugar para que ellos se presenten… -empezó a decir ésta, pero Bertha Carstairs, sentada junto a ella, le dio un codazo y Constance calló. Cuando los Pendleton se sentaron en un banco situado entre la puerta y el altar, comenzó la ceremonia por Susan Peterson.

Michelle podía sentir la hostilidad en torno a ella.

Era como si, en la iglesia, todas las miradas estuvieran fijas en ella, vigilándola, acusándola. Quería irse, pero sabía que no podría hacerlo. Si tan solo no fuera inválida… si tan solo pudiera levantarse y escabullirse en silencio. Su bastón, golpeteando en el suelo de madera dura, resonaría en toda la iglesia: el clérigo interrumpiría sus oraciones y entonces todos la mirarían abiertamente. Por lo menos mientras ella estaba sentada y quieta, ellos procuraban fingir que no la observaban, aunque ella sabía que lo hacían.

También June tuvo que obligarse a permanecer inmóvil, a mantener el rostro impasible, a soportar la interminable ceremonia. Ir al funeral había sido un error. Si Cal no hubiera insistido, ella jamás hubiera ido. Había discutido con él, pero inútilmente. El había insistido rígidamente en que Michelle no había tenido nada que ver con la muerte de Susan; por consiguiente no había motivos para que ellos no asistieran al funeral. June había tratado de razonar con él, había tratado de hacerle ver que para Michelle sería muy difícil sentarse en la iglesia, rodeada por todos los niños que habían sido sus amigos y escuchar la ceremonia. ¿Acaso Cal no se daba cuenta de eso? ¿No comprendía que no importaba que Michelle no le hubiera hecho nada a Susan? Lo que importaba era lo que la gente creía.

Pero Cal fue inconmovible. Por eso habían ido todos. June había oído a Constance Benson y estaba segura de que también Michelle la había oído. Había visto en los ojos de Estelle Peterson esa expresión de congoja, acusación y perplejidad.

Finalmente la ceremonia tocó a su fin. La congregación se puso de pie mientras el féretro era lentamente llevado por el pasillo, seguido por Estelle y Henry Peterson. Cuando pasaron frente a los Pendleton, Henry miró a Cal ceñudo, con ojos duros y desafiantes; Cal sintió una opresión en el estómago. Tal vez, pensó, June tuvo razón… tal vez no habríamos debido venir. Pero entonces, mientras los bancos empezaban a vaciarse en el pasillo, Bertha Carstairs se detuvo y le estrechó la mano.

– Yo… yo solo quiero que sepan -tartamudeó- que mi familia y yo lamentamos tanto todo eso. Parece que desde que ustedes vinieron a Paradise Point las cosas han… bueno… -Se le apagó la voz, pero se encogió de hombros de modo elocuente.

– Gracias -respondió Cal con suavidad-. Pero no importa. Ahora todo irá bien. A veces ocurren accidentes…

– ¡Accidentes! -Era Constance Benson, que apretaba con fuerza la mano de su hijo Jeff-. ¡Lo sucedido a Susan Peterson no fue ningún accidente!

Luego salió de la iglesia tempestuosamente, mientras el rostro de Cal se ponía mortalmentc pálido.

De pronto los Pendleton quedaron solos. June miró en torno, desvalida, buscando una cara amistosa, pero no la encontró. Hasta los Carstairs habían desaparecido, perdidos en la multitud alrededor de los Peterson.

– Vamonos -dijo-. ¿Por favor? Vinimos. Estuvimos aquí. Ahora, ¿no podemos irnos a casa?

Frente a ella, Michelle permanecía inmóvil, en silencio, mientras las lágrimas le corrían por la cara.

Corinne Hatcher se había escabullido de la iglesia con Tim y Lisa Hartwick, poco antes de terminar la ceremonia. A Corinne Hatcher no se le había ocurrido dejar de ir al funeral, pero sí se le había ocurrido que, si se quedaba después de la ceremonia, podía verse en una posición insostenible. Se esperaría de ella (en realidad, se la obligaría) que admitiera que en Paradise Point había muchas personas que pensaban que Michelle había "hecho" algo a Susan. Además, quizá hubiera que alinearse ya fuese con los Peterson o con los Pendleton. Pero por fin eso había terminado.

– Me pregunto si Michelle mató a Susan -dijo Lisa desde el asiento posterior del auto de Tim.

– No seas tonta -empezó Corinne, pero Lisa la interrumpió con presteza.

– Pues yo creo que lo hizo. Creo que los chicos tienen razón… está loca.

– Ya te lo he dicho antes, Lisa -dijo Tim con calma-. No hables de cosas sobre las cuales no sabes nada.

– Pero sí sé sobre ella. -La voz de Lisa empezó a cobrar ese tono lloriqueante que tanto irritaba a Corinne. Esta se volvió para mirar a la niña.

– Ni siquiera la conoces.

– ¡Sí que la conozco! Hablé con ella el otro día, allá en esc viejo cementerio, junto a su casa.

– Creí haberte dicho que no fueras allá -aunque la voz de Tim fue indulgente. Lisa no desconoció la reprimenda.

– No fui a su casa -declaró-. Solo fui al cementerio. ¿Qué culpa tengo si ella estaba allí?

– ¿Y por qué piensas que ella está loca? -preguntó.Tim.

– Solo por su modo de hablar. Cree que el fantasma que, según se dice, hay allí, es su amiga. Dijo que yo podía conocerla si quería.

– ¿Conocerla? -repitió Corinne, arrugando la frente-. ¿Quieres decir que Michelle creía que el fantasma estaba realmente allí?

Lisa se encogió de hombros.

– No sé. No vi nada. Pero cuando dije a Michelle que Amanda era un fantasma, se enojó de veras. -Lisa empezó a reírse entre dientes-. Está loca -agregó y se puso a repetir esta palabra con un extraño canturreo-. ¡Lo-ca, lo-ca, lo-ca!

Corinne, harta ya de escucharla, exclamó secamente:

– ¡Basta ya, Lisa!

Lisa quedó callada, como si la hubieran golpeado. Tim lanzó a Corinne una mirada de reproche, pero nada dijo hasta que llegaron a su casa y Lisa se fue a su cuarto.

– Corinne -dijo cuando se quedaron solos-. Quisiera que dejes la disciplina en mis manos.

– Está consentida -respondió enseguida Corinne-. Y tú lo sabes. Si no haces algo al respecto, terminará en aprietos. -La tristeza en la mirada de Tim la hizo retroceder. El tema de Lisa era demasiado doloroso para él. Y por el momento había un tema de interés más inmediato.- Quiero que hables con Michelle acerca de esa amiga imaginaria suya -dijo.

Tim quedó pensativo un instante; después asintió con la cabeza.

– Una amiga imaginaria a su edad… de donde quiera que venga… es anormal sin duda. No quiero emplear las palabras de Lisa, pero es posible que Michelle esté muy trastornada.

– Tim -dijo Corinne con lentitud-. ¿Supon que Michelle no esté… trastornada, como dices tú, y supon que en realidad no haya inventado una amiga imaginaria? ¿Supon que Amanda sea realmente un fantasma?

Tim Hartwick la miró extrañado.

– Pero eso es imposible, claro está -dijo. Su tono no dejó lugar para la discusión.

Michelle cerró el libro y lo apartó. Por más que se esforzaba, no lograba olvidarse del funeral. La manera en que la había mirado la gente. La había hecho sentirse como un fenómeno. Estaba cansada de sentirse como un fenómeno.

Torpemente se levantó de su sillón. Se desperezó, luego fue cojeando hasta la ventana. La luz del crespúsculo otoñal, apagándose con rapidez, coloreaba el mar de un gris metálico, y el cielo, cuyo tinte rojizo se esfumaba en el azul oscuro del anochecer, parecía estar bajo esa noche. Abajo se veía el estudio de su madre, cuyos contornos se enturbiaban con la creciente oscuridad. Michelle lo contempló fijamente, casi como si esperara que sucediese algo. Y sin embargo, ¿qué podía suceder? El estudio estaba desierto… abajo oía las voces de sus padres, ocasionalmente puntuadas por los alegres chillidos de Jennifer.

Jennifer.

Michelle pronunció el nombre para sí, y se preguntó cómo podía haber pensado que era un lindo nombre. Después lo dijo en voz alta, escuchando las sílabas. Decidió que detestaba ese nombre. Súbitamente, como si su hostilidad hubiese fluido de manera directa hasta la pequeña, Jenny empezó a llorar.

Michelle escuchó un momento los sonidos; después, cuando se aquietaron, levantó su libro y se estiró sobre la cama. Lo abrió en el pasaje que había dejado pocos minutos antes y empezó a leer.

De nuevo oyó berrear a Jennifer.

Dejando el libro en su mesa de noche, Michelle maniobró cuidadosamente para salir de la cama y, tomando su bastón, abandonó su cuarto y empezó a bajar la escalera.

Apartando la vista de su bordado, June escuchó el ruido del bastón de Michelle; luego habló en voz baja a su esposo.

– Está bajando.

Cal, que tenía a Jennifer en las rodillas y estaba jugando con los dedos de sus pies, no contestó nada.

Mientras el golpetear del bastón de Michelle se acercaba incesantemente, June volvió a levantar su bordado. Cuando Michelle apareció en el pasaje abovedado que separaba la sala de recibo del pasillo de entrada, June fingió sorpresa.

– ¿Ya terminaste tus tareas escolares? -preguntó. Michelle asintió con la cabeza.

– Estaba tratando de leer, pero no pude concentrarme. Pensé que tal vez papá y yo podríamos jugar a algo.

A Cal se le endureció el rostro. Recordaba la ultima vez que habían intentado eso.

– Ahora no. Estoy enseñando a tu hermana lo referente a sus pies.

Desconoció el dolor en la mirada de Michelle, pero June no pudo hacerlo.

– ¿No crees que es hora que Jenny se acuesta? -decidió. Cal miró el reloj que estaba sobre la chimenea.

– ¿A las siete y media? Estará toda la noche despierta y tú también.

– Igual está toda la noche despierta -argüyó June-. Cal, realmente pienso que deberías llevarla arriba.

No estaba dispuesta a ceder. Cal se incorporó y sostuvo a la pequeña en alto, sobre su cabeza. Mirando su sonriente carita, le hizo un guiño.

– Vamos, princesa, la reina dice que es hora de acostarse.

Iba a salir del cuarto cuando Michelle lo detuvo.

– ¿Podemos jugar una partida cuando bajes? Siempre sin mirarla Cal siguió andando hacia la escalera.

– No se -respondió por sobre el hombro-. Esta noche estoy bastante cansado. Tal vez en otra ocasión.

Como le daba la espalda, no vio las lágrimas que brotaban de los ojos de Michelle. En cambio, June las vio y se apresuró a dejar su labor.

– Ven… ¿Qué te parece su preparamos una hornada de pastelillos?

Pero era demasiado tarde. Michelle ya salía de la habitación.

– No tengo apetito -respondió con indiferencia-. Volveré a subir y leeré un rato. Buenas noches.

– ¿No me vas a besar?

Desanimada, Michelle se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla. June la rodeó con los brazos y trató de atraerla, pero sintió que su hija se ponía rígida.

– Lo siento -dijo June-. Realmente él está cansado esta noche.

– Ya lo sé -respondió Michelle mientras se zafaba de los brazos de su madre.

Sintiéndose impotente, June la dejó ir. Nada que ella pudiera decir haría que Michelle se sintiese mejor. Solamente Cal podía brindarle la tranquilidad que ella necesitaba, y June estaba segura de que eso no iba a suceder. A menos que ella lo obligara.

Treinta minutos más tarde, como Cal no había vuelto a bajar aún, June recorrió la planta baja, cerrando puertas y apagando luces. Después subió la escalera, asomó la cabeza para dar las buenas noches por última vez a Michelle, y se encaminó por el pasillo al dormitorio principal. Encontró a su esposo ya en la cama, apoyado en las almohadas, leyendo un libro. A su lado, tranquilamente dormida en su cunita, estaba Jennifer. Por un instante, la escena conmovió a June, pero pronto se dio cuenta de lo que estaba haciendo Cal.

– No estás tan cansado -anunció.

– ¿Qué? -respondió Cal mirándola con extrañeza

– Dije que nostás tan cansado. No finjas que no me oíste. -Su voz temblaba de cólera, pero Cal seguía mirándola perplejo.

– Ya te oí. Es que no sé a que te refieres.

– Muy sencillo -dijo fríamente June-. Hace media hora, cuando te pedí que trajeras aquí a Jennifer para que pudieras jugar con Michelle… parecías pensar que era demasiado temprano. Y hete aquí, muy satisfecho, arropado en la cama.

– June -empezó a decir Cal, pero ella lo interrumpió.

– Oh, vamos. ¿Crees realmente que no sé lo que está pasando? Subiste aquí para ocultarte. ¡Para ocultarte de tu propia hija! Por amor de Dios, Cal, ¿acaso no sabes lo que le estás haciendo?

– ¡No estoy haciéndo nada! -exclamó Cal con desesperación-. Solo que… solo que…

– Solo que no puedes hacerle frente. Pues tendrás que hacerlo, Cal. Lo que hiciste allá abajo fue cruel. Ella solo quería jugar una partida contigo. Tan solo una simple partidita. Dios mío, si tanto te pesa tu culpa, yo habría creído que estarías ansioso de jugar con ella, aunque solo fuese para dejarle ganar. Y luego llamar princesa a Jenny. ¿No te diste cuenta de lo que eso le haría a Michelle? ¡Siempre la llamaste con ese apodo!

– Ni siquiera se dio cuenta -respondió Cal.

– ¿Cómo puedes saberlo? Ya ni siquiera. Pues déjame decirte que sí se dio cuenta, Cal. Casi se puso a llorar. Creo que el único motivo por el cual no lo hizo fue el temor de que a nadie le importara. Dios mío, ¿no puedes entender lo que le estás haciendo?

Súbitamente su cólera se disolvió en frustración. Estalló lágrimas y se desplomó en la cama. Cal la tomó en sus brazos, meciéndola suavemente mientras el cerebro le d;iba vueltas por sus acusaciones.

– No llores, querida -susurró-. Por favor, no llores.

Con un esfuerzo, June se abandonó en sus brazos. Era su marido y lo amaba. En realidad, lo que estaba ocurriendo no era más culpa suya que de Michelle. Era algo que había sucedido, nada más. Algo que tendrían que superar.

Juntos.

Sentándose, se enjugó los ojos con un kleenex que tomó de la mesa de noche.

– He hecho algo -anunció-. No te va a gustar, pero debemos hacerlo.

– ¿Dices que has hecho algo? ¿Qué cosa?

– Pedí a Corinne Hatcher que nos fijara una entrevista con su amigo, el psicólogo de la escuela.

– ¿Para todos nosotros?

– Sí -asintió June.

– Comprendo.

La preocupación que June había visto en sus ojos pocos minutos atrás se esfumó bruscamente, igual que un telón al correrse. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz helada.

– ¿Estás segura de que todos necesitamos ir? -preguntó mientras se estiraba las cobijas.

– ¿A qué te refieres? -La voz de June fue cautelosa; sentía que algo se avecinaba, pero no sabía con seguridad qué era.

– Ojalá hubieras podido escucharte hace algunos minutos -dijo Cal con soltura -. No sonabas del todo… bueno, creo que la palabra es "racional".

June quedó boquiabierta de asombro. Por un momento solo pudo mirarlo con fijeza. ¿Estaba diciendo él realmente lo que ella creía? No parecía posible.

– Cal, no puedes hacer esto -le dijo. Tenía la sensación de perder el control. De nuevo le brotaban lágrimas y la cólera que ella había creído disipada la estaba dominando otra vez.

– No dije nada, June -contestó razonablemente Cal-. Lo único que hice fue traer aquí a Jenny, acostarla y luego acostarme yo. Y de pronto entras tú, desvariando como una demente, insistiendo en que soy no se que monstruo y diciéndome que necesito una terapia ¿Eso te parece racional?

Con los ojos llameantes, June se levantó de la cama.

– ¿Cómo te atreves? -gritó-. Has perdido totalmente la razón. ¿Realmente vas a hacer eso? ¿Realmente piensas seguir defendiéndote, tratando de simularque todo va bien? Pues escúchame, Calvin Pendleton. No lo toleraré. O aceptas ahora mismo ir conmigo a ver a Tim Hartwick o, lo juro, me llevaré a Michelle y Jennifer y te abandonaré. Ahora mismo. ¡Esta noche!

Se quedó inmóvil en medio de la habitación, aguardando a que él hablara. Durante largo rato, los ojos de ambos permanecieron clavados en furioso desafío. Cuando por fin llegó el momento en que uno de ellos tendría que rendirse, fue Cal.

Sus ojos parpadearon. Luego se alejaron de ella. Pareció hundirse en la cama, al liberarse de pronto la tensión de su cuerpo.

– Está bien -dijo suavemente-. No puedo perderte. No puedo perder a Jennifer. Iré.

Michelle emprendió el regreso a su habitación. Le dolía mucho la cadera: apenas lograba que funcionara su pierna lisiada.

Había oído que su madre le gritaba a su padre. Al principio había procurado no escuchar, pero luego, al interrumpirse de pronto los gritos de su madre, se había levantado saliendo sigilosamente al pasillo. Como seguía no oyendo nada, había recorrido penosamente el pasillo, hasta detenerse solo cuando estuvo junto a la puerta de ellos.

Y había escuchado.

Al principio había oído solamente un bajo murmurar (Ir voces, pero no pudo distinguir las palabras.

Luego su madre empezó a gritar, amenazando con irse, diciendo a su padre que se las llevaría lejos.

Desde el pasillo, Michelle no había oído entonces nada, salvo el fuerte latir de su propio corazón; no había sentido nada, salvo el agudísimo dolor en su cadera.

Finalmente había oído a su padre, cuyas palabras resonaron en sus oídos: uNo puedo perderte. No puedo perder a Jennifer".

Sobre ella, nada.

Se arrastró de nuevo a su cuarto y se acostó. Ajustó las cobijas en torno a su cuello y allí se quedó tendida, mientras su pequeño cuerpo temblaba y su mente daba vueltas.

Era cierto. El ya no la quería.

No la quería desde ese día en que ella se había caído del risco.

Ese era el día en que las buenas cosas habían terminado, y las malas cosas habían empezado.

Lo único que le quedaba era Amanda.

En el mundo entero estaba solamente Amanda.

Deseó que Amanda llegara a ella, le hablara, le dijera que todo iría bien.

Y Amanda llegó.

Su tenebrosa figura, como una sombra en la noche, surgió desde un rincón del cuarto, flotó hacia Michelle, tendiendo la mano, buscándola, tocándola.

El contacto hacía bien. Michelle sintió que su amiga la atraía hacia sí.

– Estaban peleando, Mandy -susurró-. Estaban peleándose por mí.

– No -respondió Amanda-. No se estaban peleando por ti. No les importa nada, ahora solo quieren a Jennifer.

– No -protestó Michelle.

– Es verdad -susurró la voz de Amanda, suave, pero insistente-. Todo esto sucede a causa de Jennifer. Si no fuese por Jennifer, ellos te querrían. Si no fuese por Jennifer, tú no habrías caído. ¿Recuerdas cómo se burlaban de ti? Fue por Jennifer. Todo es culpa de Jennifer.

– ¿Culpa de Jennifer? Pero… es tan pequeña…

– Eso no importa -susurró Amanda-. Así será más fácil. Michelle, será tan fácil, y cuando ella ya no exista… cuando Jennifer no exista… todo será como solía ser. ¿No te das cuenta?

Mentalmente, Michelle dio vueltas a las palabras, mientras escuchaba la suave voz de Amanda, susurrándole, tranquilizándola. Todo empezó a cobrar sentido.

Sí, era culpa de Jennifer.

Si no existiera Jennifer…

Michelle se quedó dormida con Amanda junto a ella, canturreándole, susurrándole.

Y cuando estuvo dormida, Amanda le mostró lo que tenía que hacer.

Entonces, todo tuvo sentido para Michelle.

Todo…

CAPITULO 22

A medida que la semana transcurría lentamente, June se sintió cada vez más alterada. Varias veces estuvo tentada de pedir a Tim Hartwick que cambiara sus horarios para recibir antes a la familia. Pero resistió esta tentación, diciéndose que se estaba poniendo histérica.

Cuando llegó el viernes, se preguntó si sería demasiado tarde. Ya casi no se podía llamar familia a los Pendleton. Michelle se había replegado más aún; cada día se iba a la escuela en silencio y luego regresaba a casa solo para desaparecer en su habitación.

June se encontró deteniéndose con demasiada frecuencia en el pasillo de arriba, frente a la puerta de Michelle, escuchando.

Solía oír la voz de Michelle, suave, apenas audible, las palabras indescifrables. Luego había pausas, como si Michelle estuviera escuchando a otra persona, aunque June sabía que estaba sola en su cuarto.

Sola, salvo por Amanda.

En varias ocasiones, durante esos días, June trató de franquear el abismo que se ensanchaba entre ella y su marido, pero Cal parecía impermeable a sus insinuaciones. Todas las mañanas salía rumbo a la clínica temprano, y todas las noches se quedaba hasta tarde, llegando a casa apenas a tiempo para jugar unos minutos con Jennifer, para luego acostarse temprano.

Y Jennifer.

Era como si Jennifer intuyera la tensión que reinaba en la casa. Su risa, el satisfecho murmullo al cual tanto se había acostumbrado June, había desaparecido totalmente. Inclusive casi nunca lloraba, como si temiera causar cualquier clase de disturbios.

June pasaba todo el tiempo posible en el estudio, tratando de pintar, pero lo más frecuente era que se quedara mirando su tela vacía, sin verla en realidad. Varias veces empezó a revolver el armario, en busca del extraño boceto que, lo sabía, no había hecho ella. Algo la detuvo… el miedo.

Temía que, si lo miraba el tiempo suficiente, pensaba en él con suficiente empeño, llegaría a imaginarse de dónde provenía. No quería hacerlo.

Cuando por fin llegó la mañana del viernes, June se sintió repentinamente liberada. Ese día, por fin, ellos verían a Tim Hartwick. Y ese día, quizás, las cosas empezarían a mejorar.

Por primera vez en esa semana, June rompió el silencio que tanto había pesado sobre la mesa del desayuno.

– Hoy iré a buscarte a la escuela -dijo a Michelle. La niña la miró inquisitivamente. June trató de que su sonrisa fuese tranquilizadora.- Hoy me encontraré con tu padre después de la escuela. Iremos todos a hablar con el señor Hartwick.

– ¿El señor Hartwick? ¿El psicólogo? ¿Por qué?

– Solo creo que sería una buena idea, nada más -declaró June.

Cuando Michelle entró en su consultorio, Tim Hartwick Ie sonrió y le señaló una silla. Después de instalarse en ella, Michelle inspeccionó la habitación.

Tim aguardó en silencio hasta que los ojos de la niña volvieron finalmente a él.

– Pensé que mis padres iban a estar también aquí.

– Con ellos hablaré un poco más tarde. Antes pensé que podíamos conocernos.

– No estoy loca -declaró Michelle -. No me importa lo que le haya dicho cualquiera.

– Nadie me dijo nada -le aseguró Hartwick-. Pero supongo que sabes lo que hago aquí.

Michelle asintió.

– ¿Cree usted que le hice algo a Susan Peterson?

Tim quedó sorprendido.

– ¿Lo hiciste? -preguntó.

– No.

– Entonces, ¿por qué iba a pensar que sí?

– Todos los demás lo creen -Michelle hizo una pausa, luego agregó:- Excepto Amanda.

– ¿Amanda? -repitió el psicólogo-. ¿Quién es Amanda?

– Es mi amiga.

– Creía conocer a todos aquí -dijo Tim cuidadosamente-. Pero no conozco a nadie que se llame Amanda.

– Ella no va a la escuela, -respondió Michelle.

Tim la observó cautelosamente, procurando interpretar su expresión, pero no había nada que interpretar. Por lo que pudo darse cuenta, Michelle estaba muy tranquila.

– ¿Por qué no va a la escuella ella? -inquirió Tim.

– No puede, es ciega. -¿Ciega?

Michelle asintió de nuevo.

– No puede ver nada, salvo cuando está conmigo. Sus ojos son raros, todos lechosos.

– ¿Y dónde la conociste?

Michelle pensó largo rato antes de contestarle; finalmente se encogió de hombros.

– No estoy segura. Creo que debo de habérmela encontrado cerca de nuestra casa. Por allí vive.

Hartwick decidió abandonar un momento el tema.

– ¿Cómo está tu pierna? ¿Te duele mucho?

– Está bien. -Hizo una pausa, luego pareció cambiar de idea.- Bueno, algunas veces duele más que otras. Y a veces casi no me duele.

– ¿Cuándo ocurre eso?

– Cuando estoy con Amanda. Creo… creo que ella me hace olvidar. Me parece que por eso somos tan buenas amigas. Ella es ciega, y yo, renga.

– ¿No eran amigas antes de la tu caída? -preguntó Tim, intuyendo algo importante.

– No. La vi un par de veces, pero no llegué realmente a.conocerla hasta después del accidente. Entonces comenzó a visitarme.

– ¿No tenías una muñeca llamada Amanda? -preguntó de pronto el psicólogo. Michelle se limitó a mover la cabeza asintiendo.

– Todavía la tengo. Aunque no es verdaderamente mía. En realidad era de Mandy, pero ahora la compartimos.

– Entiendo.

– Me alegro de que alguien entienda.

– ¿Quieres decir que algunas personas no entienden?

– Mi madre no. Ella cree que yo inventé a Amanda.

Supongo que lo cree así porque se llaman igual. Quiero decir, la niña y la muñeca.

– Bueno, eso podría causar confusiones.

– Tal vez -admitió Michelle-. A decir verdad, al principio también yo creía que eran iguales. Pero no lo son, Amanda es real, la muñeca no.

– ¿Qué hacen juntas tú y Amanda?

– Principalmente hablar, pero a veces vamos a caminar juntas.

– ¿De qué hablan?

– De toda clase de cosas.

Tim decidió hacer un intento a ciegas.

– ¿Estaba Amanda contigo el día en que Susan Peterson ‹,iyó del risco?

– Sí -respondió Michelle.

– ¿Estaban en el cementerio?

– Sí -repitió la niña-. Susan me estaba diciendo maldades, pero Mandy la hizo callar.

– ¿Cómo lo consiguió?

– La echó de allí.

– ¿Quieres decir que la echó del risco?

– No lo sé -respondió Michelle con lentitud. Jamás se le había ocurrido pensarlo.- Es posible. No pude ver… ese día había niebla… mamá dijo que no, pero la había.

Tim se inclinó hacia adelante poniéndose serio.

– Michelle, ¿siempre hay niebla cuando Amanda está contigo?

Michelle pensó un momento: luego sacudió la cabeza.

– No. A veces sí, pero no siempre.

– ¿Y qué me dices de tus otros amigos? ¿Conocen ellos a Amanda?

– No tengo ningún otro amigo.

– ¿Ninguno?

Michelle bajó la voz. Sus ojos parecieron nublarse.

– Desde que me caí del risaco, nadie quiere ser mi amigo.

– ¿Y tu hermana, qué? -preguntó Hartwick-. ¿Acaso tu hermanita no es tu amiga?

– Es muy pequeña -respondió Michelle. Hubo un largo silencio, pero el psicólogo no quería interrumpirlo, seguro de que la niña estaba por decir algo. Tenía razón.

– Además -agregó Michelle con voz un poco más fuerte que un susurro-, ella no es mi hermana, en realidad.

– ¿No lo es?

– Soy adoptada. Jenny no lo es.

– ¿Te molesta eso?

– No lo se -respondió Michelle evasiva-. Amanda dice…

– ¿Qué dice Amanda? -la apremió Tim.

– Amanda dice que desde que Jenny nació, mamá y papá ya no me quieren.

– ¿Y tú le crees?

Michelle adoptó una expresión belicosa.

– Bueno, ¿y por qué no? Papá ya casi no me habla, mamá se pasa todo el tiempo ocupándose de Jenny y… y…

Se le apagó la voz, y una lágrima resbaló por la mejilla.

– Michelle -preguntó Tini con suavidad-. ¿Quisieras que Jenny nunca hubiera nacido?

– No… no lo sé.

– Si es así, no te preocupes -le dijo Tim -. Sé lo enojado que estaba yo cuando nació mi hermanita. Simplemente parecía injusto. Había tenido a mis padres para mí solo durante tanto tiempo y entonces, de repente, aparecía alguien más. Pero luego comprobé que mis padres me querían tanto como antes.

– Pero usted no era adoptado – objetó Michelle-. No es lo mismo. ¿Puedo irme ahora? -agregó incorporándose.

– ¿Ya no quieres hablar más conmigo?

No. Al menos ahora. Y sobre Jenny no. menos ahora. Y sobre Jenny no. ¡Odio a Jenny!

– Está bien -repuso Hartwick tratando de calmarla-. No hablaremos más de Jenny.

– ¡No quiero hablar más de nada! -exclamó Michelle mirándolo ceñuda, con expresión empecinada.

– ¿Y qué quieres hacer?

– Quiero irme a casa -dijo Michelle-. ¡Quiero irme a casa y encontrar a Amanda!

– Está bien -replicó Tim-. Te propongo algo… debo hablar unos minutos con tus padres. Te conseguiré gaseosa, y cuando la hayas terminado, ya habré concluido con tu padre y con tu madre. ¿Qué te parece eso?

Michelle pareció estar a punto de discutir con él, pero de pronto su cólera se disipó, y encogiéndose de hombros repuso:

– Está bien, supongo.

Tim le abrió la puerta del consultorio y sonriendo alentadoramente a June y Cal Pendleton, les dijo:

– Vamos a buscar una gaseosa para Michelle. Ustedes pueden entrar… en seguida vuelvo.

– Gracias -murmuró June. Cal no contestó nada.

Cuando él regresó, estaban esperando; June sentada nerviosamente en el sillón ocupado por Michelle pocos minutos atrás, Cal de pie junto a la ventana, muy rígido. Aunque le daba la espalda, Hartwick intuyó su enojo. Sentándose en su sillón, tocó el legajo de Michelle.

– ¿Qué pasó? -preguntó June. -Tuvimos una larga conversación.

– ¿Y está de de acuerdo con mi esposa? ¿Cree que Michelle está loca? -intervino Pendleton.

– Jamás dije eso, Cal -protestó June.

– Pero es lo que crees. -Se dirigió al psicólogo.- Mi esposa cree que tanto Michelle como yo estamos locos.

La expresión de June, donde se combinaba la exasperación y la piedad, dijo a Tim todo lo que necesitaba saber.

– Señor Hartwick -empezó June. Luego se interrumpió, confusa.

– ¿Por qué no me llama Tim? Así será todo más fácil. ¿Doctor Pendleton? ¿Me permite ofrecerle un asiento?

– Me quedaré de pie -contestó rígidamente Cal, manteniendo su posición frente a la ventana. June se encogió de hombros, levantando el rostro hacia él, y Tim Hartwick comprendió el gesto. Por el momento decidió no presionar a Pendleton.

– Hablamos acerca de esa amiga de ella… Amanda -dijo a June.

– ¿Y?

– Bueno, por cuanto puedo advertir, ella parece creer que Amanda es verdadera. No necesariamente verdadera en lo físico, pero sí indudablemente una persona que no es ella misma. Una persona que existe independientemente de ella.

– ¿Eso es… eso es normal?

– En una niña pequeña, digamos de tres años, es bastante común.

– Entiendo… -dijo June-. Pero para Michelle, no. ¿Estoy en lo cierto?

– Es posible que no sea tan grave -empezó Tim, pero Cal, que se había apartado de la ventana, lo interrumpió.

– ¡No es nada grave! -dijo con brusquedad-. Lo único que ella hizo es inventarse una amiga para sobrellevar un momento difícil. Francamente no entiendo por qué tanto alboroto.