/ Language: Español / Genre:thriller

Sin tiempo para soñar

Jordi SierraIFabra

¿Qué se esconde detrás de una noticia cualquiera de un periódico? Es lo que tratan de averiguar Julia y Gil, dos estudiantes de periodismo en un trabajo a simple vista rutinario. La noticia es la del asesinato de Marta, una adolescente cargada de antecedentes penales. Pero la investigación les llevará a descubrir mucho más: su vida, sus sueños… ¿Por qué murió Marta? ¿Cuál es la verdad? ¿Quién la asesinó? Esta novela es el retrato generacional de una adolescencia marcada que lucha por salir de la desesperanza.

Jordi Sierra i Fabra

Sin tiempo para soñar

A todas las personas anónimas

que son noticia cada día

en los periódicos.

Y a los que buscan la verdad.

.

PRIMERA PARTE

La noticia

Capítulo 1

Las clases de Benigno Massagué siempre eran distintas.

Y aquel día lo estaban confirmando.

– ¿Habéis traído todos el periódico?

Hubo un asentimiento general. Alguno incluso lo agitó en el aire, para dar fe de que así era.

– ¿Todos el mismo, como os dije ayer? -insistió el profesor.

Alguien, al fondo, dijo «¡ostras!», y alguien más, a la derecha, le espetó a su compañero más inmediato: «¡Si es que se había agotado! Pensé que daba lo mismo otro». Los dos comentarios resultaron bastante nítidos por encima del silencio del aula, así que Benigno Massagué se limitó a decir:

– Compartid la experiencia con el que tengáis más cerca, venga.

Julia sonrió.

La experiencia. Le gustaba la palabra. Hasta ahora, el primer curso de periodismo había sido bastante aburrido, y el segundo transcurría por los mismos derroteros, si exceptuaba los escasos alicientes que les proporcionaban clases como las del profesor Massagué. Por Navidad les había hecho trabajar de lo lindo, y ahora, con la Semana Santa por delante, las expectativas no parecían haber cambiado. Algunos estudiantes de los cursos superiores le llamaban «el sorpresas»; otros, «el loco». A Julia no se lo parecía. Con mucho, era el mejor de los profesores de la facultad. El más directo y profesional, porque no les preparaba para ser meros curritos de redacción, sino verdaderos periodistas. Lo dijo el primer día:

– El periodismo no es un trabajo, es una forma de vida. Ser periodista no es solo ganarse esa vida, sino merecerla. A un lado suceden noticias, y en el otro lado está la gente, el mundo. Vosotros estaréis en medio. Debéis contar esas noticias a la gente, con dignidad, orgullo, verdad y criterio. Eso no significa que no podáis opinar, tener ideales, buscar un compromiso. Pero la noticia siempre es la noticia. No os confundáis. Como decía mi abuelo, hay tres profesiones en la vida que son sagradas: médico, maestro y periodista. Un error del médico mata. Un error de un maestro puede hundir la vida de un chico o una chica. Un mal periodista engaña y miente a miles de personas.

Julia se había rendido a él, incondicionalmente. Le adoraba.

Miró a Gil y le guiñó un ojo.

– Abrid todos el periódico, venga. Página 2 -ordenó Benigno Massagué-. Hay tres titulares y una foto. Léelos, Martín.

– «Mueren 27 personas en un avión indonesio de carga al estrellarse poco después de despegar», «Violentos choques entre tropas rusas y chechenas en el sur de Chechenia», «La catástrofe ferroviaria de Sicilia deja un saldo de 19 muertos y 94 heridos».

– ¿Veis la fotografía? -dejó que la apreciaran-. Un hombre llora frente a la reja del depósito de cadáveres de Palermo, que está custodiada por dos policías, uno de los cuales sostiene la reja con la mano. Empecemos por la foto. ¿Qué te sugiere, Peláez?

– Pues…, el pie dice que un familiar llora ante la puerta…

– No te pregunto qué dice, sino qué te sugiere a ti.

– El tío está destrozado.

– Mira al policía sujetando la reja con la mano -dijo el profesor.

– Es como si no le dejara entrar -dijo una de las chicas.

– Exacto, Gallofré -la apuntó con un dedo-. Eso es lo que sugiere. En primer plano, el hombre llora, pero es más importante el efecto secundario: parece que no le están dejando entrar. Hay una puerta cerrada y un hombre uniformado que la sujeta. Es evidente que, en este caso, una fotografía equivale a mil palabras, se ciñe a la verdad. Por supuesto que no tiene nada que ver con la noticia en sí, pero en el subconsciente del lector, esa imagen pesa. El fotógrafo sabe que las imágenes de los trenes convertidos en chatarra salieron ayer. Hoy les toca el turno a las víctimas. Y no solo lo sabía él, sino también el redactor que montó esta página o el jefe de redacción que la escogió. El dolor frente a la burocracia y el rostro implacable de la ley. Eso grita la foto. Ahora veamos esos titulares. ¿Qué sabes de la guerra de Chechenia, Argensó?

– Que lleva años en danza.

– Por tanto, la noticia es una más, un eslabón perdido para muchos. Tú ni siquiera recuerdas cuándo empezó esa guerra, y a lo peor ni por qué. ¿La habrías leído?

– El titular.

– Tú eres estudiante de periodismo; deberías leerte el periódico de cabo a rabo, y no uno, sino dos o tres, para comparar los diferentes enfoques según sus tendencias políticas. Sin embargo, lo que has dicho es cierto. El periódico te habla de lo que sucedió ayer, y el domingo, a lo sumo, estudiará a fondo algunos temas buscando un alcance más global. Pero en el día a día, las noticias se convierten en un rosario de gotas aisladas, a veces sin aparente relación. Al lector medio se le hace imposible ver la dimensión de cada tema.

– La mayoría de las personas lee el periódico de atrás hacia delante. Empiezan por la tele, los deportes…

– Es una buena observación, López -le dijo a la chica que había hablado-. Pero no digas «la mayoría». Lo hace mucha gente y ya está. Estamos de acuerdo en que casi nadie devora todo lo que pone el periódico. Cada cual busca lo que le interesa, y probablemente Chechenia, no esté entre sus predilecciones porque es una guerra lejana, que no entiende, y que aquí, en España, le resbala. Claro que si tú fueras corresponsal de guerra en Chechenia, no opinarías lo mismo. Para ti sería lo más importante, como lo es para los chechenos. Ahora pasemos al accidente en Indonesia. Una noticia importante, en la página 2, que habla de una tragedia, pero fijaos en la página 8 -esperó a que la encontraran y continuó-: Aquí, en letra pequeña, nos dice: «Confirmada la hipótesis del fallo humano en el accidente de aviación de las islas Fidji». ¿Cuándo sucedió esto?

– Hace dos años, lo pone en el texto.

– Dos años -dijo Benigno Massagué-. Eso nos hace ver que tal vez dentro de otros dos años podamos saber las causas del accidente en Indonesia. Y entonces será una noticia pequeña en la página 8. ¿Cómo llamaríais a eso?

– Contraste -contestó Gil Parada.

– Muy bien -sonrió el profesor-. Yo lo llamo incertidumbre. ¿Sabéis por qué? ¿Montornés?

Julia se mordió el labio inferior.

– Porque lo que genera la primera noticia, aparte del efecto de la tragedia, es la incertidumbre de no saber qué sucedió en realidad, y la certeza de que pasará tiempo antes de que se sepa.

– Bien visto -lo aprobó Benigno Massagué-. Miraos el resto del periódico y comentadme lo que se os ocurra.

Comenzaron a pasar las páginas, despacio. Algunos marcaron titulares o fotografías con el bolígrafo. Cuando acabaron, se alzaron tres manos.

– ¿Peralta? -preguntó el profesor.

– La fotografía de la página 7 también tiene una doble lectura -comentó la muchacha-. Un grupo de inmigrantes albaneses detenido en un pabellón deportivo en Italia, y delante aparece el policía que les habla. Ellos parecen desesperados, y él lleva una mascarilla de hospital, como las de los médicos. Es como si el policía les dijera: «Apestáis. No quiero que me contaminéis».

– Buena observación. De nuevo hay una segunda lectura feroz con esa imagen. ¿Estebaranz?

– El chiste de la página 10 y el de la 3 del cuadernillo central son ácidos. Dicen más que diez noticias.

– Porque el humor gráfico es una de las mejores pruebas de la presencia de la libertad de prensa en una democracia. Si alguno o alguna sabe dibujar, yo le aconsejaría que dejara esto y se pasara a lo otro -hubo algunas risas-. Venga, Martínez, acaba tú.

– Aquí dice que la campaña de intoxicación informativa mundial generada por el gobierno de Estados Unidos…

– Hijo -lo interrumpió él-, los estadounidenses llevan toda la vida manejando a la opinión pública, así que eso no es nuevo, aunque ahora encima les dé por anunciarlo.

– Entonces, ¿cómo sabemos que lo que leemos es cierto?

– No lo sabemos.

Hubo un murmullo de perplejidad.

– Siempre nos está diciendo que nos debemos al público, que tenemos que ser honrados…

– Introduce un simple granito de arena en una máquina y acabarás rompiéndola. Lanza un rumor, por minúsculo que sea, y puede llegar a desencadenar un escándalo. Ese es el poder de la prensa. Por desgracia, en ocasiones, una mentira repetida diez, mil veces, llega a convertirse en una verdad. Por esta razón hablamos de honradez. Tú mismo puedes caer en la trampa. Puedes estar seguro de lo que escribes sin saber que alguien lo ha orquestado todo antes. De ahí que la misión del buen reportero sea investigar, investigar e investigar. Y no publicar nada de lo que no esté seguro al cien por cien, aunque eso sea muchas veces imposible, por falta de medios, tiempo… Hay que ser valientes, pero también dudar de todo. ¿Creéis que hay verdades absolutas?

– Este avión se ha caído. Eso es una verdad absoluta -dijo Julia mientras señalaba el periódico.

– Esa es la verdad más absoluta -reconoció él-. Pero de los tres grandes interrogantes conocemos solo dos, el qué y el cuándo, no el cómo. A partir de eso…

Hubo un silencio general hasta que el propio profesor retomó la palabra.

– Veréis, actualmente hay un teatro de la humillación representado por la televisión y, en menor medida, por la radio. Es una reflexión constante sobre el desprecio de uno mismo. Tele-realidad, lo llaman. Pero, a escala global, existe una falsa realidad dirigida y orquestada por los grupos de presión, las grandes multinacionales y los servicios secretos de cada país; y otra realidad que ni siquiera es falsa o verdadera, sino creada, recreada, manipulada e impuesta desde la Casa Blanca como árbitro del mundo. Todo, y cuando digo todo, digo todo, tiene una doble lectura, lo que se ve y lo que se esconde, lo que es y lo que no es. ¿Cómo diferenciarlo? Es muy difícil, a no ser que nos metamos de cabeza en ello. Se dice que lo que no sale por la tele no existe. Yo digo que lo que no se publica no ha sucedido. Pero aunque haya sucedido y se publique, el árbol de la noticia suele tapar el bosque de la gran verdad.

Algunos anotaron estas últimas frases. Benigno Massagué hizo una pausa dramática, muy en su papel de director de aquella orquesta formada por todos ellos, y eligió aquel momento para anunciar el objetivo de sus palabras.

– Esta Semana Santa vais a trabajar en esto -mostró una sonrisa de lo más sardónica-. No digo que no os toméis vacaciones ni nada de eso. Cada cual se lo puede montar como quiera. Pero dentro de diez días, cuando nos volvamos a ver, quiero que me traigáis vuestros trabajos, y me da igual cómo y cuándo los llevéis a cabo, ¿entendido?

Algunas caras mostraron estupefacción; otras, resignación; las menos tenían los ojos abiertos a la espera de algo interesante. Julia y Gil eran de estos últimos.

– El domingo quiero que todos compréis este periódico. ¡Todos el mismo! -lo dejó claro-. Escogeréis una noticia, la que os dé la gana, y la investigaréis a fondo. Si es internacional, os documentáis en hemerotecas, Internet, enciclopedias, etc. Si es local, podéis incluso hacer un trabajo de campo, in situ, entrevistando a personas relacionadas con el tema y desarrollando en todos los sentidos esa noticia. Tenéis toda la Semana Santa. ¿Que lo hacéis en un par de días? Pues vale. No importa el tiempo, sino el resultado. ¿Que os vais fuera? De acuerdo. Montáoslo como os venga en gana. ¿Que queréis iros al Camerún a seguir una pista, en plan detectives? Por mí, fantástico. Quiero un trabajo periodístico y de investigación sobre la noticia que escojáis. Quiero que le deis la vuelta y la desnudéis. Y no solo puntuará ese trabajo en sí, su calidad o densidad, sino también la originalidad, el contenido, la forma, el resultado de lo que investiguéis, la dificultad en la elección…, porque no es lo mismo un tipo de noticia que otro, es evidente.

– ¿Usted se irá de vacaciones?

– Yo me voy a Varadero, Cuba, a tomar el sol. ¿Pasa algo, Solana?

– ¡Jo! -remachó su observación el chico.

– Podéis trabajar de forma individual o en parejas, pero no en tríos, cuartetos o quintetos -continuó el profesor-. ¿Alguna pregunta?

– ¿Vale todo?

– Todo -insistió-. Mientras sea noticia en el periódico del domingo, me sirve.

– ¿Lo que hemos estado hablando…?

– Es la base, por supuesto -dijo Benigno Massagué-. Ha quedado claro que una cosa es lo que vemos, lo que sabemos, lo que entendemos al leer una noticia, y otra muy distinta lo que hay detrás, el trasfondo. Vosotros vais a intentar averiguar qué es lo que hay detrás de la noticia que escojáis. Será como quitarle capas a una cebolla para ver su corazón.

– Las cebollas hacen llorar -dijo, como siempre ocurrente, Laura Pi.

– ¿Te ha dicho alguien que los periodistas se pasen el día riendo? -le contestó el profesor Massagué.

Capítulo 2

Julia y Gil se reunieron a la salida de la clase. A ella le brillaban los ojos. Él parecía más tranquilo. Ambas actitudes se correspondían perfectamente con sus temperamentos.

– Interesante, ¿no? -dijo la chica.

– Sí -reconoció su compañero-. Por fin algo que rompe un poco la monotonía, aunque en las vacaciones de Pascua… Vaya palo.

– Son diez días.

– Ya, pero… ¿tú te vas fuera?

– ¿Yo? No.

– Yo tampoco.

– ¿Lo ves? -Julia se lanzó a fondo sin poder esperar más-. ¿Quieres que lo hagamos juntos, o prefieres trabajar solo?

– Iba a proponerte lo mismo.

– ¡Genial!

– Lo que no sé es por qué no ha puesto una noticia de mañana mismo.

– Los domingos siempre hay más para elegir -dijo ella-. El periódico, los suplementos, la revista… ¿Qué crees que será mejor, algo internacional, nacional o local?

– Ni idea.

– Yo preferiría local.

– ¿Por qué?

– Porque así puedes moverte un poco, entrevistar a personas y todo eso. Si es internacional, acabaremos sacando la información de Internet o de alguna hemeroteca. Y terminará siendo un trabajo más, como los que hacíamos a final de curso.

– ¿Y si es nacional? En Semana Santa también podemos desplazarnos por España, si fuera necesario.

– No estaría mal -Julia le guiñó un ojo cargado de ironía.

– ¡Oh!-dijo Gil.

Los dos eran mayores de edad, tenían diecinueve años, ella nueve días más que él, pero viajar solos, aunque fuese para llevar a cabo un trabajo, siempre habría motivado preguntas, especialmente en las familias. Como decía el profesor Massagué, la verdad a veces no era creíble, o resultaba lo menos jugoso. Julia pensó que su madre, aunque era liberal, no dejaría de preguntarle si eran novios o algo parecido, «si había algo más».

Gajes de ser hija única.

Miró de refilón a su compañero mientras caminaban por los pasillos de la Universidad Pompeu Fabra, en dirección a la puerta exterior. Era el camarada perfecto, honesto, minucioso, inteligente, capaz, rápido e incluso divertido. Como ella, estudiaba periodismo porque creía que era lo mejor: tener una vocación y sentir un compromiso con la libertad. No se había matriculado «por hacer algo», ni tampoco por conseguir «un trabajo más» o «una forma como otra cualquiera de ganarse la vida». Gil Parada era su mejor amigo desde que había empezado a estudiar en la facultad. Un amigo de verdad, sincero, con el que poder hablar de todo, sin manías ni malos rollos. Pero no se lo había imaginado más allá de eso, aunque alguna de las otras chicas lo creía porque siempre iban juntos.

Y no estaba mal.

Metro setenta y cinco, rostro noble, cabello negro y enmarañado, que a veces le confería aire de científico despistado; gafas, un pequeño pendiente en la oreja izquierda, ojos marrones, nariz prominente y con carácter, labios firmes, manos fuertes. Los nueve días de diferencia que se llevaban les hacían casi iguales en todo salvo en el signo. Ella era Leo. Él, Virgo. Solían bromear sobre eso.

También compartían algunos sueños: llegar a ser periodistas de calle, corresponsales internacionales, dirigir su propia revista…

Sueños.

Y estaban seguros de que lo conseguirían. Esa era su fuerza.

Si algo sabían, si de algo estaban seguros, era de que tenían tiempo para soñar.

– Entonces, ¿cómo nos lo montamos? -se detuvo un instante Julia.

– El domingo nos leemos el periódico y decidimos.

– ¿Juntos?

– Yo lo haría por separado, libremente. Cada uno escoge tres noticias, y si coincidimos en alguna…, esa será la buena, ¿qué me dices?

– Perfecto, socio -asintió ella.

– ¿Dónde quedamos?

– ¿Nos llamamos? -propuso Julia-. No sea que le dé por llover o algo así.

– De acuerdo, pues -concluyó-. ¡Hasta el domingo!

– Chao, Gil.

Gil la vio alejarse con su cautivadora belleza juvenil envolviéndola como si se tratara de una capa invisible. En la misma clase había tres o cuatro chicas mucho más guapas con respecto al físico, seductoras y arrebatadoras, pero, para él, Julia poseía esa belleza pura, genuina, inocente, que era la que realmente le gustaba e interesaba. Además, ninguna tenía lo que a ella más le sobraba: corazón.

A unos diez metros de distancia, su compañera se volvió de pronto y le gritó:

– ¿Qué tal tu padre?

– Mejor.

– ¡Vale!

La vio sonreír, con aquellos labios dibujados por una mano maestra en su rostro abierto y limpio, de mirada siempre risueña y clara. Julia tenía los ojos grises, la nariz recta y los labios perfectos. El óvalo de su rostro se afilaba en la barbilla. Medía casi un metro setenta, dependiendo del calzado, y su cuerpo apenas si tenía mayores atributos que los normales: pecho pequeño, esbeltez, caderas anchas… Nunca le había visto las piernas porque siempre vestía vaqueros. Llevaba el cabello relativamente corto, una media melena azabache, y ningún colgante en el pecho o en las manos. Ni siquiera un anillo. Y tenía las manos más bonitas que pudiera recordar, con los dedos largos y afilados.

Se alegraba de poder hacer aquel trabajo con ella.

Julia tenía instinto, era una periodista de pura raza, por vocación y por efecto de la genética. Su padre había sido fotógrafo, un gran fotógrafo, premiado internacionalmente por sus trabajos. Su madre, periodista. Por lo que sabía después de algunas conversaciones mantenidas con ella, se habían casado ya mayores y la tuvieron casi cuando ya no lo esperaban, a los cuarenta y tres años su madre y casi los cincuenta su padre. Gil tenía muchas ganas de conocerlos.

Julia desapareció de su vista.

– ¡Vaya marrón, tío! -oyó rezongar a alguien a su lado.

Era Mateo Prats, uno de los elementos menos activos de la clase.

– Puedes elegir alguna noticia de fútbol, que es lo tuyo.

– ¿Cómo lo sabes? -puso cara de malo-. Y tú ¿qué?

– A mí me apetece.

– ¿Te lo harás con ella? -el chico señaló hacia el lugar por el que había desaparecido Julia.

– ¡Qué bestia eres!

– Digo el trabajo, que si lo harás con ella.

– ¡Ah, sí!

– Pensando en lo otro, ¿eh? -le dio un codazo cómplice.

– En lugar de una noticia de fútbol, podrías investigar en las páginas de anuncios, los de contactos y todo eso -propuso Gil con fastidio.

– Vale -su compañero le palmeó el hombro e inició la retirada-. Que te lo pases bien, y no trabajes mucho. ¡Hasta dentro de diez días!

Gil se quedó solo.

Despacio, echó a andar hacia el lugar en el que tenía aparcada la moto.

A veces se preguntaba si realmente estaba interesado en Julia, o más bien deslumbrado por todo lo que valía como persona y por lo que representaba al ser la hija de Juan Montornés Mata y Valeria Rius Sala.

Capítulo 3

Julia abrió la puerta de su casa sin hacer ruido, todavía excitada por el trabajo que les había propuesto Benigno Massagué y con la cabeza llena de ideas y anhelos. Lo de entrar sigilosamente venía a ser algo más que una costumbre. Cuando era niña, el silencio formaba parte de su hogar por razones tan diversas como que su madre estuviese trabajando o leyendo, o que su padre anduviese trasteando material en su cuartito de revelado y archivo. Claro que de eso hacía mucho tiempo. Su madre tenía ya sesenta y dos años y, salvo artículos esporádicos que le pedían algunos medios, como experta en tal o cual tema o por su prestigio, no escribía otra cosa que una novela interminable con la que llevaba desde hacía tres años. Su padre también estaba retirado, a sus sesenta y nueve años, aunque nunca perdía de vista la cámara. Dos años antes había inaugurado una exposición con sus mejores trabajos, y se había editado un libro maravilloso con ellos. Ahora, lo que intentaba era poner un poco de orden en sus fabulosos archivos, con miles y miles de negativos. Toda su vida estaba en ellos.

Por la puerta de la sala vio a su padre dormido en la butaca, con un libro caído sobre el regazo. El silencio seguía siendo una bendición en su hogar.

Julia sonrió con ternura. Los adoraba, a los dos. Y no solo era por su trabajo, sus antecedentes, la fiebre que le habían transmitido hasta convertirse en pasión. También era por haberle inculcado muchas otras cosas como la libertad, la independencia, el placer por la lectura, los viajes, la honradez. Quería y admiraba a sus padres, a pesar de que cada vez los viese más como a unos abuelos. Unos abuelos entrañables, justos, pero ya un poco alejados de su mundo y de su tiempo.

Todo era muy distinto ahora.

Incluso los medios de trabajo, las normas de comportamiento, el respeto…

Fue a su habitación y dejó la mochila con los apuntes. Después extrajo de ella el periódico del día, el mismo que antes habían estado desmenuzando con Massagué. Si fuera domingo, ¿qué noticia escogería para trabajar en ella? ¿Tal vez la del chico al que ETA había cortado media vida segándole las dos piernas? ¿O quizá la de los inmigrantes encerrados en aquella iglesia, en demanda de una solución para su problema? ¿O la de las eternas pateras cargadas de magrebíes y subsaharianos que morían en el estrecho de Gibraltar tratando de alcanzar la parte rica del mundo?

Ojalá el domingo sucedieran muchas cosas.

Dejó el periódico y salió de su habitación. Oyó a su madre teclear algo en el estudio y miró por el hueco de la puerta entornada. La vio sentada delante del ordenador, con sus gafas en la punta de la nariz, leyendo algo conectada a Internet.

Julia volvió a sonreír con ternura.

Se preguntó por qué dos personas tan valiosas y fuertes como sus padres tenían que hacerse viejas.

No podía imaginarse su vida sin hacer nada, retirada o jubilada a causa de algo tan incierto como la edad.

Ella lo tenía todo por delante, pero ellos le recordaban lo efímero del tiempo. Algo en lo que, sin duda, debía pensar.

Fue al baño y, justo al salir, después de tirar de la cadena y que las tuberías hicieran el consabido ruido característico de una casa vieja a la que le crujían las entrañas, escuchó la voz de su padre:

– ¿Julia?

– ¿Sí, papá?

Entró en la sala, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

– No te he dicho nada al llegar porque dormías.

– Yo no dormía -refunfuñó él-. Que una persona tenga los ojos cerrados no significa que duerma.

– Ya, tú meditabas -dijo Julia.

– ¡Pues mira, sí!

Le revolvió su todavía espléndida mata de pelo, ahora gris. Su última herida de batalla no había sido precisamente en una guerra, sino en un triste y anodino accidente de coche, diez años antes. Un loco borracho le había embestido tras saltarse una señal de stop. Todavía se le notaba la rigidez en determinados movimientos de su brazo izquierdo, el más dañado.

– ¿Sabes qué nos han propuesto hoy en clase de Redacción Periodística?

– ¿Quién, ese Massagué del que tanto hablas?

– Sí.

– Vaya -su madre también entró en la sala-. Volvemos a hablar de él.

– Qué queréis que os diga, es un tío genial.

– ¿No te habrás enamorado del profe? -bromeó Valeria Rius.

– ¡Mamá, que tiene cuarenta años!

– Y tú diecinueve, ya ves. Hoy en día, estas cosas…

– Bueno, ¿os lo cuento o no os lo cuento? -se cruzó de brazos Julia.

– ¿Me va a gustar? -preguntó su madre, con aquel característico tono ácido tan suyo.

– A ti, no sé. A mí, mucho.

A su padre le encantaba oírlas discutir. Decía que era mejor que un programa de televisión. Julia también había aprendido a manejar la lengua con rapidez.

Su madre se sentó en el respaldo de la butaca, al lado de su marido.

– Nos ha pedido que el domingo leamos el periódico y escojamos una noticia, la que queramos, que la investiguemos y desarrollemos durante las vacaciones de Semana Santa.

– ¿Una noticia internacional, nacional o local?

– Si escojo una internacional, ¿me pagaríais el viaje a donde sea para hacer el trabajo?

– Local -respondió Juan Montornés.

– Yo creo que sí -Julia volvió a hablar en serio-. Todo está más a mano y puedes hablar con la gente. Podremos desarrollar el tema a fondo.

– ¿Podremos?

– Massagué nos ha dicho que si queremos trabajar en equipos de dos le parecerá bien, y yo voy a hacerlo con Gil Parada. También os he hablado a veces de él, ¿recordáis?

– No está mal -consideró su padre-. Pero ten cuidado.

– ¿Cuidado? -Julia alzó las dos cejas con extrañeza-. ¿Por qué?

– Porque aún eres un tanto desmedida en todo, y esta actitud, cuando seas periodista, puede ser mala, pero lo que es ahora… A ti te proponen un trabajo y eres capaz de meterte de cabeza en él, y dejar de comer y de dormir.

– Caray, no sabía que eso fuera malo.

– A veces, sí -dijo su padre.

– Casi siempre, sí -agregó su madre.

– O sea, que, como es un trabajo de clase, tengo que hacerlo a medio gas -se picó Julia.

– No te estamos diciendo eso -la corrigió Valeria Rius.

– Pero te conocemos -la pinchó Juan Montornés.

– Pues sí que… -se cruzó de brazos-. ¡Menudos ánimos! -y se puso a imitarlos, pero en plan muy diferente al que se encontraban-: ¡Oh, hija, qué bien! ¿Vas a hacer un trabajo de campo? ¡Qué excitante! ¿Quieres algún consejo de dos veteranos? ¿No? ¡Claro, Julia, con lo que tú vales! ¿Ayuda? ¿Ese chico? ¡Qué tonta, pero si podrías hacerlo sola! ¡Después de todo, eres nuestra hija, cariño!

– Julia -la detuvo él-. Seguro que escoges la noticia más complicada y comprometida.

– Y si es así, ¿qué?

– Deberías fundar una ONG -propuso su madre.

– Pero ¡será posible! -empezó a enfadarse de veras-. ¿Vosotros erais periodistas, o es que lo he soñado?

– Tu padre era capaz de estar tres horas quieto en una trinchera para hacer una foto -dijo Valeria Rius.

– Y tu madre, de recorrer mil kilómetros por un desierto para realizar una entrevista -continuó Juan Montornés.

– ¡Bueno, pues yo puedo moverme perfectamente por Barcelona para ampliar una noticia que aparezca el domingo en el periódico!, ¿vale? ¡No le veo el problema por ninguna parte!

– El problema no es la noticia: eres tú.

– ¿Qué me pasa a mí? -acabó de estallar.

– Te falta pragmatismo.

– Y paciencia.

– Y objetividad.

– Y distancia para…

Hablaban de uno en uno, y los ojos de Julia saltaban de él a ella, y viceversa. Era como si, de pronto, recordaran que eran sus padres antes que sus maestros, aunque lo que le decían tuviera sentido. Demasiado sentido.

– ¡Ya vale!, ¿no?

Se callaron.

– ¡Y yo que estaba tan contenta! -exclamó Julia.

– Cariño, nos conocemos.

– Hace diecinueve años y ocho meses, papá.

– Eso implica que, definitivamente, no vas a venirte de vacaciones con nosotros al Pirineo -suspiró su madre.

– Mamá, si ya no pensaba ir -puso cara de fastidio.

– Qué manía con quedarte aquí, sola.

– ¿Barcelona en Semana Santa? ¡Una maravilla! A mí, esas huidas masivas del personal…

Sus padres se miraron.

– Hemos creado un monstruo -exageró Juan Montornés.

– Dímelo a mí -convino Valeria Rius.

– ¡Anda, que lo vuestro…! -Julia unió los dedos de su mano derecha hacia arriba y los agitó, en un gesto muy a la italiana.

– Recuerda que, antes de ser frailes, fuimos monaguillos -dijo su madre.

– ¡Vosotros nacisteis frailes, directamente!

– Venga, ayúdame a levantarme -le pidió su padre-. Voy a prepararos una cena de primera.

– ¿Te ayudo a abrir latas?

La fulminó con una mirada total. Si de algo estaba orgulloso, era de sus dotes culinarias. Y con razón. Julia le tendió las dos manos y tiró de él. Ya en pie, el hombre no la soltó y la atrajo hacia sí.

– Es broma -la besó en la frente-. Bueno, casi.

– Ya -se dejó querer ella.

– Lo del pragmatismo, y la paciencia, y la objetividad, y la distancia…

– Mamá, dile a tu marido que se calle -le pidió a ella.

– Marido, cállate -le ordenó su mujer.

Juan Montornés echó a andar hacia la puerta.

– A lo mejor aún podría trabajar para National Geographic -suspiró, siguiendo con su tono crepuscularmente irónico-. Les diré que mi propia hija me ha echado de casa.

Desapareció de su vista.

– Mamá, no digas nada -la previno.

Valeria Rius levantó ambas manos, con las palmas por delante, en un gesto de inocencia.

– Ya eres mayorcita.

– Exacto.

– Pues, hala, tienes permiso para vivir -ella también emprendió el camino de la puerta de la sala, aunque siguió hablando de espaldas-. Pero recuerda que, si la noticia tiene que ver con la mafia, mejor pasa. Son mala gente. Y rencorosos.

Julia se quedó sola.

Siempre estaban de broma, de buen humor, jugueteando con la vida, pero no hablaban por hablar. Y la conocían bien. Por lo general, todo lo que decían riendo era verdad, y lo que decían serios había que tomárselo a broma. Eran felices. Habían vivido felices. Podían sentirse orgullosos.

Tenían un pasado.

Y ella, un futuro.

Los quería, y lo que más deseaba, aparte de salir adelante, era ofrecerles la felicidad que merecían en los últimos años de su vida. Hacer que se sintieran orgullosos de ella. Aún más de lo que ya lo estaban.

Era viernes por la noche, pero de lo único que tenía ganas era de que llegara la mañana del domingo.

Capítulo 4

El profesor Massagué les había dicho que compraran y se centrasen específicamente en un periódico y solo en ese, pero Gil los compró todos, para cotejar la noticia en los demás, una vez elegida la que Julia y él tendrían que investigar. Se tomó un café y un bollo en el bar de la esquina, subió a su minúsculo apartamento de estudiante, en el que apenas cabía su cama, y pasó la primera media hora de aquel domingo luminoso leyendo de arriba abajo el diario elegido. Tardó en decidirse, pero finalmente no vaciló. Marcó sus tres noticias con rotulador rojo y casi se las aprendió de memoria, buscando calidades y cualidades ocultas. No sabía si telefonear o no a Julia, así que esperó a que fuera una hora más decente. A las diez en punto sonó su teléfono móvil y, al otro lado de la línea, escuchó la voz alegre de su compañera.

– Despierta ya, dormilón, a ver si voy a tener que hacer yo todo el trabajo.

– Llevo en pie desde las ocho de la mañana. Ya me he leído el periódico. Iba a llamarte ahora.

– Eso se llama sincronización -dijo Julia-. Yo he hecho lo mismo.

– Por eso estamos en el mismo equipo.

– Puedes jurarlo -cantó ella-. ¿No me digas que también los has comprado todos para cotejar la noticia con los demás?

Gil miró la pequeña montañita de periódicos, con sus correspondientes regalos dominicales. Se puso rojo y casi estuvo a punto de decir que no. Pero comprendió que era una estupidez y una galantería fuera de lugar.

– Sí -admitió.

– ¡Genial! -era una de sus expresiones favoritas. Al pronunciarla, a Julia se le encendía la mirada. A veces incluso apretaba los puños.

– ¿Cuándo nos vemos?

– Ahora mismo, ¿no?

– Voy a buscarte. Con la moto son cinco minutos.

– Te espero abajo.

Gil cortó la comunicación, metió los periódicos en la bolsa que a veces llevaba colgada del hombro y recogió su casco y el del pasajero; casi nunca llevaba a nadie, y menos a una chica, por lo que estaba nuevo. Desde su llegada a Barcelona para estudiar en la Pompeu Fabra, había tenido que concentrarse al cien por cien en la carrera y controlar sus gastos. Su padre estaba enfermo y su economía era limitada. Salir con alguien representaba un exceso. Así que, los fines de semana que no subía al pueblo, como mucho, iba al cine.

Nunca le había pedido a Julia que le acompañara.

A veces no estaba seguro de nada, salvo de sí mismo.

Tardó los cinco minutos previstos y, al doblar la esquina de su calle, divisó a Julia en su portal. No se veía un alma a lo largo y ancho de aquel tramo de acera. Detuvo la moto, se quitó el casco y los dos se quedaron mirando con una sonrisa en los labios, sin saber muy bien qué hacer, hasta que ella rompió el hielo:

– ¡Comienza la aventura!

– ¿Adónde vamos?

– Yo no he desayunado y ahí hay una cafetería. ¿Te parece?

– Yo sí, pero te acompaño, claro.

Recogió la bolsa y los dos cascos. Julia no llevaba más que el periódico elegido.

– He pensado que los otros ya los traerías tú y que, si no lo hacías, subiría a buscarlos.

– Claro.

– Oye -le detuvo-. Sé que estás estudiando en Barcelona y que no eres hijo de millonario, así que, antes de empezar, dejemos claro que en los gastos vamos a medias, ¿de acuerdo?

– Bien.

– Y si hay algún extra, yo puedo…

Se puso algo roja por si él se molestaba.

– Siempre he querido que una chica me invite a algo. Es uno de mis sueños -bromeó Gil.

– Ah, bueno -suspiró Julia-. Entonces vale.

Cruzaron la calle y se metieron en la cafetería. Parecía antigua, una de las de antes. Se sentaron en una mesa junto al ventanal que daba a la calle y ella pidió una taza de chocolate con nata y dos cruasanes. Mientras esperaban, Julia propuso:

– Dame el periódico con tus tres noticias seleccionadas y tú mira el mío. A ver qué tal.

Se los intercambiaron. Justo habían terminado de leer sus noticias cuando el chocolate y los cruasanes aterrizaron en la mesa. Su aspecto era magnífico, y Julia pasó incluso del periódico para concentrarse en su desayuno. El olor a cacao, fuerte y puro, los invadió con su magia. Gil se arrepintió de no haberse apuntado.

– Coincidimos en dos noticias, y luego cada uno ha escogido una tercera distinta -dijo Julia-. Eso es bueno. Empieza tú, que yo ahora me voy a poner ciega.

– ¿Eliminamos ya la noticia sobrante de cada cual?

– No, discutámoslas también -dijo mientras se llevaba a la boca el primer pedazo de cruasán-. Y haz el favor de no mirarme, porque me voy a poner hasta arriba de chocolate, nata y cruasanes.

– Tú no eres coqueta.

– ¿Y tú qué sabes?

Siempre tenía la adrenalina a tope, pero esa mañana la encontraba diferente, más combativa que nunca, llena de dinamismo y empuje. Gil se daba cuenta de que, pasara lo que pasara, era cierto que formaban un buen equipo. Algo así como los de Expediente X.

Incluso en lo personal.

– Has elegido la de los cinco chicos que murieron la madrugada del sábado en un accidente de carretera, la de la chica que identificaron tras encontrarla muerta el día anterior, y la de la mujer asesinada por el marido -recapituló Gil.

– Mucho muerto, lo sé -consiguió decir Julia-. Morbosa que soy.

– Yo he elegido las dos primeras y la de los ancianos de ochenta años que se han casado en un asilo.

– ¿Por qué te gustó la de los ancianos?

– Podríamos escarbar en sus vidas, su historia, sus familias, si es que las tienen; cómo han llegado a ese asilo, cómo se enamoraron y qué esperan ahora de la vida. Un tema de carácter humano.

– Todos son de carácter humano -consideró Julia.

– Imagino que escogiste la noticia de la mujer asesinada por el marido por lo mismo, para investigar en su historia, conocer su pasado, cuándo y cómo se enamoraron, qué pasó para que ese amor se convirtiera en odio.

– Sí.

– Veamos las noticias coincidentes.

– Sigue tú -dijo ella, que comía a toda velocidad más por hambre que por prisa.

– He escogido la de los cinco chicos muertos para poder hablar de las discotecas, las fiestas, el éxtasis, el alcohol y todo eso. Por qué cinco tíos sanos y con toda una vida por delante se ponen ciegos y se matan en una carretera yendo a ninguna parte.

– ¿Cómo sabes que iban ciegos?

– Porque en otro periódico dice que han encontrado pastillas.

– Bien. ¿Y la de la chica asesinada?

– Es la más misteriosa. Aquí dice que tenía quince años, que llevaba una semana fuera de casa y que nadie denunció su desaparición. La encontraron muerta anteayer y la identificaron ayer. Según el periódico, tenía antecedentes, pese a su edad. O sea, que era una buena pieza. Además, fue hallada desnuda, como una muñeca rota. No hay muchos datos, pero… Me pregunto por qué una adolescente acaba así.

– También es morboso -reconoció Julia.

– Voy a hacer de abogado del diablo -reflexionó él-. Escogemos la de los cinco chavales. ¿Te imaginas hablando con los cinco padres y madres, sus amigos y todo eso?

– Duro.

– Mucho. En cambio, en este caso solo hay una víctima. Y existe un aliciente más, se trata de un asesinato, no de un giro del destino en cualquier curva de una carretera. Las preguntas son múltiples: ¿en qué andaba metida?, ¿por qué la mataron?, ¿por qué los padres, o la familia, si la tenía, no denunciaron el hecho…? Creo que podemos retratar un ambiente, posiblemente una marginalidad; realizar un análisis humano e incluso social, generacional, no sé. Ver si era un demonio o una víctima.

– Oye, muy bueno -dijo Julia mientras rebañaba su taza con el último pedazo de cruasán.

– ¿Te refieres al chocolate, o a lo que he dicho?

– A lo que has dicho, hombre -se sorprendió ella-. Aunque me tomaría otro, ¿qué quieres que te diga? Estaba… -puso los ojos en blanco-. ¿Te animas?

– ¿Te tomarías otro, en serio?

– Aja.

– Entonces vale, pero solo con un cruasán.

Julia levantó la mano y llamó a la camarera. Se lo indicó por señas: dos chocolates con nata y dos cruasanes.

– ¿Así que te parece bien? -preguntó Gil cuando ella volvió a mirarle.

– Sí, decidido: esa es la noticia.

– ¿Has visto los demás periódicos?

– Sí.

– No hay mucho por dónde empezar. No sabemos ni el nombre de ella ni dónde vivía; solo sus iniciales. En uno de los diarios ni siquiera le dan cinco líneas a la noticia. Parece poco.

– ¿Qué sugieres?

– Buscar los periódicos de ayer, que fue cuando salió la noticia del hallazgo del cadáver, para ampliar la información. Un vecino mío los guarda siempre. Iré a verle ahora.

– Esa será tu misión -aceptó ella, risueña-. Yo iré a ver a mi padrino.

– ¿Quién es?

– Pablo Barrios. Está en la Jefatura Central de Policía -le guiñó un ojo-. Él me dirá el nombre y las señas, amén de otros detalles.

– ¡Sopla! -se quedó boquiabierto.

– ¿A que no te lo esperabas? Tengo golpes secretos.

– Eso es genial -se animó Gil-. ¿Cuándo empezamos?

– Lo de los periódicos de ayer y lo de mi padrino, hoy mismo. Lo otro, mañana -Julia hizo un gesto de fastidio-. Mis padres se van fuera el martes o el miércoles, y hoy toca comida familiar en casa de mis tíos.

– De acuerdo.

– ¿No estás nervioso?

– No.

– Yo estoy excitada. Me siento…

– Entonces, lo mejor sería que nos lo tomemos con calma -dijo él-, o perderemos la perspectiva por exceso de ganas.

– ¿Y qué propones, que me tome una tila?

– De momento, que nos tomemos ese chocolate que viene por ahí -señaló Gil.

La camarera apareció ante la mesa con las dos tazas y los dos cruasanes, les sonrió a ambos y desapareció dejándolos de nuevo solos.

Capítulo 5

Julia vio cómo la moto se alejaba calle abajo. Levantó la mano para despedirse y, todavía con la sonrisa colgada de los labios, llamó al timbre exterior de la vivienda de su padrino. Sabía que estaba en casa porque previamente le había telefoneado para no hacer el trayecto en balde. La esperaban.

– ¿Julia?

– Sí.

El zumbido liberó el cierre de la puerta. La empujó, llegó al ascensor y subió al ático. Cuando abandonó el camarín se encontró con su tía Cinta. No es que hubiera el menor parentesco, pero nunca le gustó llamarla madrina. Su padrino era él, Pablo Barrios, uno de los mejores amigos de sus padres, sobre todo en los años en que unos y otros vivían peligrosamente sus respectivas profesiones. De hecho, como policía, su padrino andaba ya medio jubilado. En el trabajo no podían pasar sin él porque tenía una memoria enciclopédica y una experiencia envidiable, así que no era cuestión de desaprovecharlas.

– ¡Hola, cariño! -la abrazó la mujer.

– ¿Qué tal, tía Cinta?

– Hija, nos has dejado sorprendidísimos con tu llamada.

– Ah, para que veas.

Entraron en el piso, y la esposa de su padrino cerró la puerta.

– ¿Te quedarás a comer?

– No puedo, lo siento -lo lamentó ella-. Papá y mamá se van de vacaciones a media semana y hoy toca comida familiar.

– Ya me gustaría a mí irme de vacaciones -refunfuñó tía Cinta-. Y tú, ¿vas a quedarte toda la Semana Santa sola?

– Tengo trabajo.

Su padrino estaba en el estudio, dedicado a su pasión dominical: los sellos. Tenía abiertos una docena de álbumes con las estampillas insertadas en sus huecos, un par de catálogos, más de cincuenta sellos repartidos por encima de la mesa y, además, la pantalla del ordenador mostraba que estaba conectado a Internet. Levantó la cabeza y, al verla, su rostro se iluminó con una gran sonrisa.

– ¡Hola, cielo!

– ¡Hola! -lo abrazó Julia.

Besó al hombre y, mientras él cortaba la conexión a Internet, se llevó una mano a la nariz y fingió que iba a estornudar sobre los sellos. Pablo Barrios se puso pálido y se apresuró a taparlos. Julia se echó a reír.

– ¡No seas mala! -protestó su padrino-. ¡Anda, salgamos de aquí, que me das un miedo…!

De niña le había cogido varios sellos para jugar a los carteros. Los pegó en sobres usados y tuvieron que ponerlos todos al baño María para recuperarlos. Menos mal que no eran excesivamente valiosos. Siempre se lo recordaban.

Se sentaron en la sala, y Julia se dispuso a contarles el motivo de su visita dominical.

– ¿Quieres comer algo, cariño? -se adelantó tía Cinta.

– Me acabo de tomar dos chocolates, gracias -se llevó una mano al estómago para mostrar que estaba llena, y por fin se enfrentó a su padrino-: Estoy siguiendo una noticia del periódico, para un trabajo de la facultad -le informó-. He pensado que tú podrías ayudarme.

– ¿Qué noticia?

– La de la chica que encontraron asesinada, desnuda.

– Sí, lo leí ayer.

– Hoy dicen que ya la han identificado.

– Todavía no he visto…

Julia le tendió el ejemplar del periódico que llevaba encima, doblado por la página de sucesos en la que se hablaba del caso. Pablo Barrios se puso las gafas que llevaba colgando del cuello y pasó los siguientes dos minutos leyendo. Cuando volvió a alzar la vista, dijo:

– Es un caso de asesinato.

– Ya.

– ¿Qué quieres hacer con ello?

– Ya te lo he dicho: un trabajo para la facultad. Nos han pedido que seleccionemos una noticia de hoy y que la ampliemos.

– ¿Solo es eso?

– Pues claro -Julia mostró extrañeza-. ¿Qué iba a ser?

– Eres bastante aficionada a meterte en líos… -dejó caer el hombre.

– ¡Padrino!

No fue una exclamación de enfado, sino de pesar. Puso aquella carita de niña mala que tanto lograba conmover.

– Sea como sea, no sé nada -le devolvió el periódico.

– ¿Nada?

– Hija, ¿te crees que estoy al tanto de todos los delitos de la ciudad?

– Pero puedes averiguarlo, ¿no?

– ¿Para cuándo?

– ¿Para ayer? -arrugó la cara, dando sensación de pena.

– Pareces el jefe -rezongó su padrino-. También lo quiere todo para ayer.

– Es el signo de los tiempos.

– ¡Qué sabrás tú de eso! -se burló él.

Alargó la mano derecha y atrapó el teléfono. Descolgó el auricular y marcó un número de memoria. Mientras esperaba, volvió a dirigirse a ella:

– Y no saques mi nombre en tu trabajo, por si las moscas. Solo faltaría que fuera una tesis o algo así y lo publicases.

– Tranquilo.

– ¡Oh, sí, tranquilo! -al otro lado, alguien se puso al habla, y él cambió el tono para decir-: ¿Germán? Soy yo, Pablo -hubo una primera pausa, breve-. Nada, que me he dicho: ¿a quién puedo molestar un domingo a mediodía? -la segunda pausa hizo que se riera-. Oye, sí, mira, es una consulta. ¿Sabes algo del caso de esa chica que encontraron asesinada? -otra pausa aún más corta-. La que estaba desnuda, sí -miró a Julia y exclamó-: Ah, ¿que lo lleva tu gente?

Ella fingió la mayor de las correcciones, como si acabase de decirle que se había comprado un traje.

– Solo curiosidad -seguía hablando Pablo Barrios-. Claro, claro. Puede que acabe escribiendo un libro… -las pausas se sucedían-. Tomo nota, sí -le hizo un gesto con la mano derecha a su mujer y ella se levantó, aunque no fue muy lejos. Había un bloc y un bolígrafo al otro lado del teléfono. Se lo pasó todo a él-. Dime.

Empezó a escribir con rapidez, concentrado. De vez en cuando murmuraba algo.

– Sí… ¿Cómo? Menudo angelito… ¿En serio…? ¡Qué barbaridad…! ¿Por fax? No, dame solo lo más jugoso, el nombre, dónde vivía… Aja… Bien…

– Pregúntale si la violaron -cuchicheó Julia.

Pablo Barrios apenas si tuvo tiempo de tapar el auricular con la mano. Le lanzó una mirada de reconvención.

– Una verdadera princesa, sí… Robo, drogas, una denuncia por agresión con arma blanca, internada en el tutelar de menores… -de nuevo miró a su ahijada-. ¿Se sabe si la violaron? -otra breve pausa-. No hay indicios. Bien.

Continuó escribiendo casi un minuto más. Luego dejó el bolígrafo e inició la retirada.

– De acuerdo, sí… Claro… Nada, hombre. Y perdona, ¿eh? ¿Por Semana Santa? No, ni hablar. Que se vayan todos los demás. Vale, un abrazo.

Colgó el auricular.

Julia miró la hoja de papel, emocionada.

– Caray, padrino -suspiró-. Eres genial.

– Ya lo sé -admitió él.

Ella alargó la mano para coger aquel tesoro. Pero Pablo Barrios puso la suya encima.

– Prométeme que es solo un trabajo de la facultad.

– Padrino, que sí -abrió los ojos, extrañada.

– Prométemelo.

– Te lo prometo.

– Esto es información policial, ¿sabes?

– Sí.

– ¿Qué habrías hecho de no darte yo estos detalles?

– Pues habría ido mañana al periódico para hablar con los que han publicado la noticia. Siendo hija de quien soy…

El hombre miró a su mujer.

– A eso lo llamo yo tener recursos -sonrió, cansino-. Y pensar que, cuando yo tenía su edad, aún investigábamos con lupa, como Sherlock Holmes…

Tía Cinta había estado callada todo el rato.

– Anda, dale todo eso -dijo-. ¿Es que no la conoces?

– Demasiado -le tendió la hoja de papel-. ¿Entiendes mi letra?

– Sí.

– ¿Has leído o has visto El informe Pelícano?

– No.

– En la película, Julia Roberts hace un trabajo periodístico, descubre un pastel gordo y se le lanzan encima todos los malos, a cañonazos. Denzel Washington le echa una mano.

– Yo también tengo a mi Denzel Washington -contestó ella-. Se llama Gil Parada y es mi compañero en este trabajo. Pero yo no soy Julia Roberts, descuida.

– Lo único que cambia es el apellido, cariño -manifestó su padrino poniéndose en pie-. Por lo demás…, sois un calco.

Capítulo 6

El señor Ismael, su vecino del primero, era un tipo de lo más afable. Sesentón, viudo, tranquilo, le había cogido cariño por aquello de estar solo en la gran ciudad y ser de pueblo. Y por más que Gil le decía que no era de pueblo, sino de Vic, y que se trataba de una ciudad solo un poco más pequeña que Barcelona, el hombre se echaba a reír y le insistía en que Barcelona era un monstruo, como todas las capitales de más de un millón de almas.

– ¿Qué hay, hijo? -le hizo entrar con toda naturalidad, dispuesto a pasar un buen rato hablando.

– Tengo un poco de prisa -le detuvo Gil-. Necesito solo los periódicos de las últimas dos semanas.

– ¡Menos mal que no tiro nada!

Y era cierto. Amontonaba los periódicos en dos pilas, y únicamente cuando alcanzaban metro y medio de altura, bajaba los de la primera al contenedor de cartón y papel. Él lo llamaba deformación profesional. Su pasión, desde siempre, eran los crucigramas y las críticas de cine. Completaba los primeros con virtuosa paciencia de santo, y archivaba las críticas con anotaciones después de ver cada película, una vez en el cine, adonde iba casi cada noche, y otra en el vídeo de casa, en caso de que le hubiera gustado mucho y quisiera una segunda revisión. Su casa estaba llena de pósters de películas famosas y de fotografías de actrices, sobre todo de los años cuarenta y cincuenta.

– Se los devolveré, no se preocupe -le tranquilizó Gil.

– Ya he cortado las críticas y he hecho los crucigramas, tranquilo.

– Bueno, por si acaso.

– ¿Y para qué los quieres?

– Un trabajo de la facultad.

– Ah, te envidio -le palmeó la espalda-. Me habría gustado ser periodista. Debe de ser apasionante.

– El que hace las necrológicas también es periodista, y no creo que tenga nada de apasionante.

– Las lee mucha gente, así que…, quién sabe.

Tenía sus teorías y a veces merecía la pena escucharle. Pero no en esa ocasión.

– Gracias, señor Ismael.

– ¿No te vas a casa por Semana Santa?

– Tengo trabajo aquí, de momento.

– Vente una noche a cenar, aunque me imagino que tendrás planes mejores.

– Gracias, de verdad. Ya sabe que me encanta charlar con usted -se despidió.

Regresó a su estudio y empezó a buscar la primera noticia, la que hacía referencia al hallazgo del cuerpo de la chica. La encontró en el periódico del día anterior, en las páginas de sucesos, resumida en catorce líneas. Un excursionista que observaba pájaros con sus prismáticos había localizado el cadáver en un lugar bastante inaccesible. Pura casualidad. La muchacha llevaba muy pocos días muerta, tal vez estrangulada en el mismo momento de su desaparición. Volvió a leer la noticia del periódico del domingo, que complementaba la anterior con la identificación policial. El círculo rojo que la enmarcaba ya empezaba a tener otro significado.

Todavía no estaban metidos de lleno en el trabajo, y ya podía entenderlo.

Porque por primera vez, Gil se dio cuenta de que no era «una noticia», sino de que se trataba de una persona, un ser humano como Julia y como él, una chica asesinada, una adolescente con sus sueños arrebatados, tuviera el pasado que tuviera; alguien con una vida propia, un alma, un futuro.

Eso lo aturdió.

Fue un pequeño golpe, un choque. Tardó uno o dos minutos en recuperarse. De pronto era como si todo adquiriese una nueva consistencia, y se sintió incluso avergonzado de la frivolidad con la que Julia y él habían enfocado el tema en la cafetería, al escoger aquella noticia y no cualquiera de las otras.

Y no era un juego.

Un trabajo para la facultad sí, pero no un juego.

Deberían tener muy en cuenta eso para empezar.

Hojeó los periódicos uno a uno, hasta llegar al que tenía la fecha más alejada. Nada. Tal como se decía, la desaparición de la muchacha no había sido denunciada. Regresó a los dos esenciales, el del día anterior y el de ese domingo, y recortó las páginas. Las iniciales de la menor eran M. J. C.

Pensó en ellas.

Entonces sonó el móvil.

Tuvo un sobresalto. Cuando abrió la línea, ya sabía que era Julia.

– Hola -escuchó su voz.

– ¿Qué tal te ha ido?

– De primera -se la notaba satisfecha-. Marta Jiménez Campos. Quince años cumplidos hace tres semanas. Su madre se llamaba Eulalia. Muerta. Ella vivía con una abuela. No hay indicios del padre. Hija única, y con un historial de aquí te espero que incluye detenciones por robo, consumo y tráfico de drogas. Un angelito.

– Julia.

– ¿Qué?

– Hace un momento… -sus palabras vacilaron sin saber cómo explicárselo-. No sé, tuve… un sobresalto.

– ¿Por qué?

– Porque, desde este mismo instante, ya no es una noticia, ¿comprendes? Si vamos a investigar su historia y a meternos en su mundo, debemos entender que se trata de algo más, de alguien que, para bien o para mal, estaba vivo hace unos días, y tenía unos sentimientos, un corazón, unas ideas.

Del otro lado de la línea le llegó un grave silencio.

– ¿Julia?

– Sí, sí, perdona.

– Me gustaría explicártelo mejor, pero no sé cómo hacerlo.

– ¿Sabes una cosa? -la voz de su compañera estaba ahora revestida de nuevas cadencias-. Hace un minuto, por la calle, mientras iba hacia casa, estaba pensando algo parecido. Es… extraño que tú hayas pensado y sentido lo mismo. Tenía su nombre en el bolsillo, sus señas. Es como…, como si de repente…

– A ti también te cuesta explicarlo, ¿verdad?

– ¿No dicen que implicarnos emocionalmente en el trabajo, el reportaje o la noticia es malo?

– No siempre. Un periodista sin corazón no es nada.

– Gil.

– ¿Sí?

– ¿Qué crees que nos encontraremos?

– Una historia triste, te lo aseguro.

– Aún estamos a tiempo, podemos cambiar de noticia. La de los dos ancianos del asilo sigue siendo la más tranquila.

– No, yo no quiero cambiar -dijo él-. Ya no.

– Es como si la noticia nos hubiera elegido a nosotros, ¿verdad?

– Lo que me asombra es que los dos hayamos sentido lo mismo, y casi en el mismo momento.

– A eso se le llama compenetración -suspiró Julia.

– ¿Tú qué crees que pasó, así, de pronto?

– Un novio, una venganza, un chantaje, una pelea entre bandas…; quizá se quedó con dinero que no era suyo, por vender drogas, por ejemplo.

– ¿Y si es algo más sencillo?

– Probablemente será así. La vida real no tiene nada que ver con las películas. ¿Has visto algo en el periódico de ayer?

– No mucho. La encontró un joven aficionado a la ornitología, y apenas si dice nada más.

– ¿Te imaginas que no seamos los únicos de la clase que hayamos elegido esto para trabajar?

– No lo había pensado -Gil vaciló un momento-. ¿Tú crees…?

– ¿Por qué no?

– Bueno, ya lo veremos.

– ¿A qué hora empezamos mañana?

– Estamos de vacaciones. Si quieres dormir…

– Yo estoy en pie cada día a las ocho de la mañana.

– ¿Quedamos a las diez? -De acuerdo.

– ¿En tu cafetería, para un chocolate con cruasanes?

– ¡Bien!

– Entonces, hasta mañana. Que tengas un buen día.

– Tú también.

Gil no le dijo que el suyo sería básicamente aburrido, solitario.

Eso se lo guardó para sí mismo.

SEGUNDA PARTE

Las sospechas

Capítulo 1

Con el sabor de los chocolates endulzándoles la boca y el peso de los cruasanes en el estómago, el trayecto hasta llegar al barrio de Marta Jiménez Campos fue agradable, aunque luego se convirtió en un primer atisbo de viaje a los infiernos de la gran ciudad. De hecho, Santa Coloma de Gramenet formaba parte del cinturón industrial que envolvía Barcelona. A veces se la calificaba como un municipio más, distinto de la capital, pero con el mismo tratamiento que l'Hospitalet, Sant Adriá de Besos, Esplugues y los demás. El conjunto formaba parte de un todo indivisible separado por invisibles líneas que atravesaban calles con la ironía del absurdo, como si alguien se hubiese puesto a jugar con la geografía. Había calles cuya numeración par correspondía a Barcelona y la impar a l'Hospitalet, por ejemplo. El caso de Santa Coloma no era diferente. La realidad vista desde el aire decía que Barcelona era una ciudad de casi tres millones de almas. A pie de calle, no.

Llevaban un callejero y se orientaron gracias a él, parando tres veces hasta dar con su destino. La zona a la que finalmente llegaron era de las más degradadas y extremas, situada en la falda de la montaña. Casas bajas y ruinosas, suciedad, pintadas por todas partes, ropa tendida en las ventanas, cercanos tendidos eléctricos cruzando las alturas, una sensación de abandono generalizado que se hacía más y más deprimente al ver a los niños jugando en la calle aprovechando las vacaciones, o a los grupos de jóvenes ociosos reunidos en cualquier esquina o descampado.

– Nunca había estado por aquí -fue sincera Julia.

– Solemos conocer más las calles de Nueva York que las nuestras -dijo Gil.

Aparcaron la moto frente a la puerta de la dirección que ella llevaba anotada en una libreta. Todo lo que había conseguido su padrino el día anterior estaba allí, minuciosamente desgranado. También llevaba una grabadora, por si acaso. Gil le puso el candado al vehículo, pero no dejaron los cascos unidos a él. Se los llevaron colgados del brazo. El número de la calle era el 27, un edificio de tres plantas, lleno de desconchados en el estuco exterior; la planta baja, lo que presumiblemente debía de ser una tienda, estaba tapiada, y las ventanas del primer piso tenían rejas. No necesitaron llamar desde abajo, porque la puerta exterior no cerraba bien. Subieron por una escalera que olía a cocido, como si cada hueco tuviera impresa la huella milenaria de todos los sabores dispersos, y alcanzaron la planta intermedia con un primer nudo en el estómago.

Se miraron en el rellano.

Entonces se dieron cuenta de que, fuera lo que fuera lo que estaban haciendo, ya habían dado el pistoletazo de salida.

Sin vuelta atrás.

– ¿Dispuesta? -quiso saber Gil.

Julia asintió. Le dolía el pecho. Los dos recordaban sus sentimientos del día anterior.

Con ellos en los extremos de sus terminaciones nerviosas, el chico llamó al timbre de la puerta.

Al otro lado, un sonido agudo esparció su eco por un continente en apariencia vacío. Se dieron cuenta de que ni respiraban cuando hubieron transcurrido varios segundos, y comprendieron que allí no había nadie.

Gil lo intentó de nuevo.

Y el resultado fue el mismo.

No tuvieron tiempo de dar media vuelta y marcharse. La puerta del piso de enfrente se abrió de golpe y por ella apareció una mujer de edad indefinida que llevaba puesto un delantal sucio y mojado, el pelo revuelto y agitado y que calzaba unas espantosas zapatillas de color rosa. Con la penumbra de la escalera, rota por el resplandor que provenía de su propio piso, su imagen resultaba todavía más espantosa.

– ¿Qué quieren? -les espetó sin mucho cariño.

– Ver a la señora… -empezó Gil.

– ¿Carmela? -le interrumpió-. No está.

– Ya nos hemos dado cuenta -dijo Julia.

– Ayer enterraron a su nieta. La vi muy mal, yo.

– Queríamos hablarle de Marta, precisamente -continuó Julia.

– ¡Pobre señora Carmela! -la mujer se cruzó de brazos-. ¡No sé cómo no la mató a disgustos! ¡Esa niña…!

– ¿Tan mala era?

– ¿Mala? -puso una cara feroz-. ¡El demonio! ¡Y se lo digo yo, que he criado a cinco! No hay derecho a… -frunció el ceño de golpe y los miró de hito en hito antes de agregar-: Oigan, ¿y ustedes quiénes son?

– Periodistas -dijo Gil.

Ella alzó las cejas.

– ¿Voy a salir en los papeles?

– Tal vez -lo dejó en suspenso Julia.

– Háblenos de ella, de Marta -la invitó Gil con aquel tono de voz tan característico, amable pero directo a la vez.

– ¿Qué quieren que les diga? Yo no salgo de mi casa, ¿saben? Lo que pasa es que aquí las paredes son de papel, y quieras que no… Marta era un bicho, una pena de chica, tan guapa, ella. La señora Carmela bien que la defendía, pero es lo que yo digo: dime con quién andas y te diré quién eres. Estaba perdida desde mucho antes.

– ¿Era conflictiva?

– Conflictiva es poco. Un pendón, oigan. Y al morir su madre…

– ¿De qué murió?

– Un cáncer muy malo, de por aquí -se tocó el bajo vientre.

– ¿Y el padre?

– ¿Padre? ¿Qué padre? -soltó un bufido de sarcasmo-. La Lali iba con un montón de hombres. Si hubo un padre, eso ya no lo sé. Al morir la Lali, ¿qué iba a hacer Marta? Pues lo que hizo, venirse a vivir con su abuela. O eso, o la metían en algo de la Generalitat, por ser menor.

– ¿Dónde puede estar la señora Carmela? -preguntó Julia.

– No sé; a lo mejor arreglando papeles. Hoy no la he visto -su cara se tornó amarga-. Le dije que, si quería, yo la acompañaba, pero ella es tozuda y muy orgullosa. Nunca quiere molestar a nadie. ¡Pobre mujer, a sus años! También puede que esté en el cementerio, porque ayer no regía muy bien de aquí -se tocó la cabeza.

– ¿No tenían más familia?

– No, que yo sepa.

– ¿Y la policía, no le hizo preguntas?

– Sí, estuvieron aquí, hablando con ella, pero ya me dirán qué podía decirles.

– Y Marta, ¿tenía amigos por aquí, en el barrio?

– Andaba siempre con la hija del Bartolo. Otra pieza de encargo.

– ¿Dónde podríamos encontrarla?

– En el Bartolo.

– ¿Qué es eso?

– El bar. Ya se lo he dicho, ella es la hija del Bartolo, el dueño.

– ¿Cómo se llama? La chica, quiero decir -puntualizó Gil.

– Úrsula.

– ¿Y ese local?

– Saliendo a la izquierda, todo recto, dos calles más arriba. Hace esquina.

– ¿Algún novio?

– Eso ya no lo sé. Yo solo la veía entrar y salir, y nunca llevó a nadie a su casa -señaló el piso de enfrente-, salvo a Úrsula. Las peleas con su abuela no eran precisamente por chicos.

– ¿Se peleaban mucho?

– A ver -movió la cabeza-. No traía más que problemas. Se pasaba días sin aparecer. Una vez estuvo fuera dos semanas. La señora Carmela ya no sabía qué hacer.

– ¿Por eso no denunció su desaparición a la policía?

– Pues claro, ¡como si hubiera sido la primera vez! No la habrían hecho caso. Pensó que ya volvería, como otras veces.

– ¿Era una chica agresiva?

La vecina miró a Julia.

– No, eso no, ¿por qué?

– Tal como la describe usted…

– He dicho que era mala, por conflictiva, porque siempre se metía en problemas; pero, según su abuela, era un trozo de pan, una buena nieta, y muy cariñosa.

– ¿Y según usted?

– A mí nunca me hizo nada. Incluso era educada. Buenos días por aquí, buenas noches por allá…

– Es una contradicción, ¿no?

– ¿A mí qué me cuentan? No era mi nieta, ni mi problema. Salgan por este barrio y verán. Aquí, todas son iguales, y ellos… -puso cara de rendición-. ¿Qué puede esperarse, tal como están las cosas?

– ¿Marta vivía ya aquí cuando la detuvieron…?

Desde el fondo del piso les alcanzó el llanto de un niño. Gil se quedó a media pregunta. El grito de la mujer debió de retumbar por todo el edificio:

– ¡Carmen, mecagüen tu madre que soy yo! ¿Qué has hecho ahora, maldita sea? ¡Te voy a pegar!, ¿eh?

El interrogatorio podía darse por terminado.

– Gracias, señora -se despidió Julia.

– ¿Volverán?

– Para ver a la señora Carmela, sí.

El llanto del interior del piso arreció y se acompañó esta vez por algún estropicio rabioso y desesperado. Ya no hubo más. Toque de queda. La puerta se cerró de golpe y, mientras bajaban las escaleras, escucharon la trifulca con toda su intensidad, incluidas dos secas bofetadas que hicieron que la niña aumentara todavía más las revoluciones de sus gritos, rivalizando con la regañina de su madre.

En la calle, hasta el sol, que anunciaba la primavera, tenía sombras amarillas en su destello mortecino.

Capítulo 2

El bar Bartolo era un antro absolutamente integrado en el perfil del barrio, a un paso de la montaña, alejado de un mundo que no por cercano parecía más civilizado. Muy al contrario, era como si ese mundo les diera la espalda a sabiendas, buscando el olvido y la ignorancia. Ello no impedía que, en la misma calle, hubiera un par de coches considerados caros para aquel ambiente.

El local era angosto, pequeño, y estaba densamente cargado de humo, atiborrado de mesas y sillas, con las tapas sobre el mostrador, frente a los cigarrillos de los que fumaban, que eran casi todos; las estanterías, llenas de botellas de cualquier tipo de bebidas alcohólicas; una cafetera decimonónica, una plancha grasienta en la que debía de cocinarse cuanto allí fuera cocinable, y poco más. Las paredes, amarillentas y pringosas a primera vista, estaban cubiertas con motivos futbolísticos, cuadros, banderas, pósters, retratos, pero no de los habituales, del Barca o del Madrid, del Sevilla o del Betis, del Athletic o de cualquiera de los considerados mucho más masivos. Allí eran de la UD Salamanca. En un hueco imposible, justo en la entrada, había una máquina expendedora de tabaco, y al otro lado, con más espacio, una tragaperras apenas visible por la cantidad de personal atrapado en sus inmediaciones. Alguien echaba monedas y los demás miraban. La cantinela característica de sus combinaciones danzantes era tan monótona como odiosa.

Lo primero que destacaba de ese ambiente y de su decoración era que allí solo había hombres y que, pese a la hora matutina, estaba lleno.

– Mucho paro -susurró Gil.

– Y ellas, haciendo labores de hogar -se sintió súbitamente furiosa Julia.

– Con suerte -agregó él.

No siguieron murmurando. Su presencia podía ser tan insólita como cuando en las películas del Oeste aparecía el clásico forastero en la cantina del pueblo. Allí no había sheriff, pero sí miradas que los siluetearon de arriba abajo, en especial a ella, aunque vestía con la mayor de las discreciones. Luego, cada cual volvió a lo que estuviera haciendo antes de su llegada: beber, fumar, hablar, jugar al dominó o a las cartas -en las mesas, o limitarse a mirar su distancia más inmediata, casi siempre interior.

Y había muchos ojos perdidos.

– Allá vamos -dijo Gil.

Buscaron un hueco en la barra y lo encontraron al fondo, junto a la puerta de los servicios. Bastaba con verla para no atreverse a entrar. Otra puerta comunicaba con la cocina. Viendo la comida y las condiciones higiénicas, se preguntaron en qué andaría trabajando la Conselleria de Sanitat. El único camarero era un hombre de unos cuarenta y algunos años, cabello revuelto y nariz de patata, picada de viruela. Se acercó a ellos después de discutir con uno de sus parroquianos sobre las posibilidades de que le tocara la primitiva.

– ¿Qué van a tomar? -les preguntó.

Gil iba a pedir dos refrescos, para no precipitarse, pero, por lo visto, Julia tenía ganas de marcharse de allí cuanto antes, así que, sin darle tiempo a decir nada, preguntó:

– ¿Está Úrsula?

El hombre frunció el ceño. Con eso, su cara adquirió un aspecto de lo más feroz.

– ¿Qué ha hecho?

– Nada, solo queríamos hablar con ella -quiso tranquilizarlo Julia.

Demasiado tarde.

– ¿De qué?

– Bueno… -vaciló la muchacha.

– De Marta Jiménez -fue directo Gil.

– ¿Sois de la policía? -lo dijo como si dudara, a causa de su juventud.

– No, periodistas.

– ¿Vais a pagarle algo?

– No, tan solo…

– Largaos -se echó hacia atrás y se cruzó de brazos.

– Oiga, lo único que…

– Lo único que vais a conseguir es nada, ¿de acuerdo? -le cortó en seco-. Ahora salid por donde habéis entrado y adiós.

– Sí, dejadla en paz -masculló el hombre que estaba sentado más cerca de ellos, en la barra.

– Usted no puede…

Fue la última insistencia. Gil tiró del brazo de Julia, cortándola casi al mismo tiempo que lo hacía la reacción del hombre:

– ¿Queréis daros el piro de una vez, so mierdas? ¡Andando! ¡Ya!

Sus gritos hicieron que todo el personal del bar callara de golpe y le mirara. El único sonido que permaneció en el aire fue el de la máquina tragaperras, con su cantinela estúpida. Solo le faltaba una letra en la que se mofara de los ludópatas que vertían monedas en su ciega ranura con la esperanza imposible de vencerla, porque ella, a la larga, siempre ganaba.

El ambiente era todo menos favorable.

Y, además, no eran periodistas de verdad. Solo aprendices.

La salida fue un poco vergonzante, al pasar entre las miradas y los rostros de indiferencia, entre algún resentimiento y entre el humo que, de pronto, parecía haberse espesado más. Julia volvió a sentir varios ojos hundidos en su cuerpo juvenil.

La libertad que les dio el mundo al otro lado de la puerta del bar fue reconfortante, aunque la imagen de aquel barrio extremo, duro y singular tuviera poco de ello.

– Ven -dijo Gil.

Fue el primero en caminar de nuevo por la calle perpendicular. El bar Bartolo hacía esquina con ella, así que lo dejaron atrás a los pocos pasos. Gil miraba el muro de ladrillos medio roto de ese lado.

– ¿Qué buscas? -preguntó Julia.

– Esto.

A unos quince metros de la esquina, al terminar la pared de ladrillos, había un patio vecinal, más bien una callecita interior, sin salida por el otro lado, con puertas a ambos lados y pequeños porches que daban una sensación distinta, como de pueblo escondido. El bar debía de tener la vivienda por aquel lado, presumiblemente la primera de la izquierda.

– ¿Probamos? -volvió a animarse Julia.

– Sí.

Entraron. Cada porche era distinto en su variopinta decoración, a pesar de la igualdad arquitectónica. Unos tenían infinidad de macetas con flores; otros, cachivaches amontonados; un par de ellos guardaban motos. En total había diez. Dos niños sucios jugaban al fondo, y la única persona adulta visible, una mujer mayor, limpiaba judías verdes sentada en una silla, en la segunda casa de la derecha. Se dirigieron hacia ella.

– Perdone, señora -dijo Julia con exquisita corrección-. Estamos buscando a Úrsula, la del bar Bartolo.

Los miró con fijeza, primero a ella, luego a él. Era Semana Santa, no había escuelas, así que las probabilidades de que una adolescente estuviera en su casa a media mañana del lunes eran bastante altas. La mujer debió de decidir que eran de fiar, o que no se trataba de algo que le importase.

– ¡Úrsula! -gritó-. ¡Aquí te buscan!

Julia y Gil volvieron la cabeza. Por la puerta de la primera casa de la izquierda, tal como habían deducido, vieron aparecer a una chica de quince o dieciséis años. La edad era indeterminada porque ella también lo era. Vestía de negro absoluto, en plan moda siniestra: cabello, maquillaje de ojos, labios, uñas, vestido, calcetines y zapatos, con el ombligo al aire, tal vez para poder lucir allí el tatuaje del que hacía gala, una figura esotérica que se lo envolvía y desaparecía hacia la pelvis. El pelo estaba cortado más o menos a lo punki, todo de punta. Llevaba una oreja, la derecha, repleta de piercings, así como otros en la nariz, la ceja izquierda, el hueco entre la barbilla y el labio inferior y el propio ombligo. Diez anillos en los diez dedos de las manos. Lo que más destacaba en ella, aparte de su imagen, eran sus pechos, abundantes en exceso para su edad, y la oscura belleza que se empeñaba en disimular con su aspecto.

Se encontraron en mitad de la callejuela interior, ella desafiante, mostrando incertidumbre con la mirada, ellos sin saber muy bien cómo atacarla.

– ¿Qué queréis? -les preguntó.

– Me llamo Julia -volvió a tomar la iniciativa por aquello de ser del mismo género-. Él es Gil.

– Vale, ¿y qué? -Úrsula no varió su gesto.

– Queríamos hablar de Marta.

Percibieron algo más que el tono hosco de su reacción. Vieron irritabilidad, cansancio, frustración…, miedo.

– Marta está muerta -les dijo-. Ya no vale la pena hablar de ella.

– Pensamos que sí vale la pena, porque…

Dejó a Gil con la palabra en la boca. Se dio media vuelta y regresó a su casa, caminando despacio, destilando rencor. Antes de desaparecer, percibieron dos detalles: su puño izquierdo cerrado con furia y su mano derecha volando hacia su cara, tal vez para apartar de allí una lágrima inquieta.

– ¿Qué hacemos?

– Ahora, nada.

Regresaron a la calle, abandonando aquel microcosmos. Al salir, vieron a la mujer limpiando sus judías, a los niños jugando, y también un movimiento en una de las ventanas de la casa en la que vivía la amiga de Marta Jiménez Campos.

– ¿Me equivoco, o esa cara expresaba miedo? -dijo Julia.

– No, no te equivocas -se lo confirmó Gil.

Sintieron el primer peso de su derrota.

– Siempre estamos a tiempo de ir a ese asilo y ver a los que se casaron.

Gil la miró y supo que ella no se rendiría. -¿Y ahora? -preguntó Julia. -Vamos por la moto -dijo él.

Capítulo 3

La moto seguía aparcada delante de la casa de la abuela de Marta. Un niño la observaba con detalle. La prueba de que su inspección llevaba unos minutos en danza era visible por las marcas de sus dedos pringosos dejadas en todas partes. No se marchó precisamente asustado por su aparición, sino molesto por tener que abandonar el examen. Julia y Gil miraron el edificio.

– ¿Crees que habrá vuelto?

– Subo en un momento y lo compruebo -se ofreció Julia.

La esperó sentado en la moto, paseando de nuevo sus ojos por aquel submundo real del que muchos solo tenían noticia cuando lo veían en las películas de ambientes marginales, o en programas televisivos si alguien decidía retratar con su cámara «la cara oculta de la ciudad». Claro que en todas las grandes urbes había barrios o zonas marginales, a veces una simple calle diferente. A eso también debían de llamarlo globalización.

Julia salió al minuto.

– Nada -le informó.

– Sube, vamos a dar una vuelta por ahí.

Gil arrancó la moto y, sin rumbo aparente, enfiló de nuevo la misma calle por la que se acababan de mover. Pasaron por delante del bar Bartolo, el callejón, y luego llegaron a los límites de la montaña. Entre unas ruinas vieron preservativos por el suelo y también jeringuillas. Territorio de yonquis.

– Esto me pone enferma -dijo Julia.

– ¿Te refieres al ambiente?

– No, existen barrios humildes y ya está; yo me refiero a que la gente se drogue y les hagan el juego a los que se enriquecen a su costa.

La inspección del barrio, o mejor dicho, el «enclave» urbano, porque no parecía muy grande y tenía como frontera una avenida de nuevo cuño con casas más dignas, se prolongó durante cinco minutos. Hasta que Gil frenó y apagó el motor.

– ¿Qué? -Julia se inclinó sobre su hombro.

– Eso -señaló él.

Era un centro escolar bastante degradado, con el muro lleno de pintadas a medio camino entre la originalidad de los graffitis y la suciedad del simple emborronamiento de una pared. Su nombre les llamó la atención: El Fortín. Nada de bautizarlo con el nombre de un escritor o un santo. El Fortín. Y tal vez lo fuera.

Estaba cerrado por las vacaciones de Semana Santa.

Julia entendió el razonamiento de su compañero.

– ¿Crees que iba a ese instituto? -pregunto él.

– No parece que fuese a ninguno -reflexionó ella-, pero si iba, desde luego este tiene todos los números, por proximidad.

En la otra acera, a unos quince metros, vieron a dos chicas más o menos de la misma edad que Marta y Úrsula, hablando animadamente. Estaban apoyadas en la pared de una casa. Fumaban de forma mecánica, repitiendo el ritual del que probablemente ya no sacaban placer alguno pese a su temprana edad. Una llevaba unas impresionantes alzas, pantalones anchos en los que cabían dos como ella y una camisa por encima. La otra era todo lo contrario, muy ceñida por arriba y por abajo, con el ombligo adornado por un piercing. La primera era de facciones gruesas y ampulosas; la segunda, de una delgadez peligrosa.

Gil fue el primero en moverse.

Las dos amigas no dejaron de hablar hasta que los tuvieron casi encima. Entonces repararon en su presencia. El tema de su conversación era el más eterno: chicos.

Lo último que escucharon fue:

– … Y le dije que no fuera burra, que se pirara, porque lo único que haría sería pringarla, como su hermana.

– Es un cerdo. Yo le cortaba los huevos.

Se hizo el silencio.

– Hola -las saludó Gil.

Las dos le miraron a él, pasando de ella.

– ¿Podemos hablar con vosotras un minuto?

– Depende -dijo la de la ropa holgada.

– ¿Vais a ese instituto?

– Sí -manifestó sin ningún entusiasmo-. ¿Por qué?

– ¿Conocíais a Marta Jiménez Campos?

Eso las hizo reaccionar, tomar un nuevo interés por su presencia. Intercambiaron una rápida mirada, y aún apoyadas en la pared, se pusieron de cara a ellos.

– Sí -dijo una.

– Ella también venía aquí -la otra señaló el instituto-. Por lo menos de vez en cuando.

– ¿Erais amigas?

La primera se encogió de hombros. La segunda respondió con vaguedad.

– Bueno, nos conocíamos del barrio y todo eso.

– ¿Nos podríais contar algo de ella?

– ¿Por qué?

– Tenemos interés.

– ¿Quiénes sois?

– Periodistas.

Eso las hizo volver a reflexionar un par de segundos, con nuevo intercambio de miradas incluido. No fue tanto la sorpresa como la emoción que se perfiló en sus semblantes. Ahora sí observaron a Julia con atención, aunque volvieron a él de inmediato.

– ¿Le estáis haciendo un reportaje? -preguntó la de los pantalones anchos.

– Puede, aún no está claro.

– ¿Será famosa? -inquirió la más delgada.

– Ya lo es -intervino Julia por primera vez-. La mataron.

Eso las impactó. Fue el recordatorio justo en el momento preciso. Duró otros dos o tres segundos, no más. A la primera caída de ojos, ensombrecida por la tristeza de aquella realidad, siguió una reacción opuesta, casi rabiosa, de supervivientes natas.

Toda la dureza de su universo se concentró en aquella pregunta formulada por la primera, la de los pantalones.

– ¿Vais a pagarnos algo?

– No, lo siento -dijo Gil.

– Creíamos que os interesaría ayudar -manifestó Julia-. Tratar de saber por qué y quién la mató.

– Y nos interesa -musitó la otra, la delgada.

– Tampoco es que podamos contar mucho -se rindió su compañera.

– Cualquier cosa puede ser útil. Solo queremos hacer un perfil de Marta, saber cómo era, cómo llegó hasta donde llegó.

– No llegó muy lejos -mantuvo su tristeza la chica delgada.

– Hemos estado con Úrsula -dijo Julia.

– Sí, andaban juntas casi siempre, ya sabéis -asintió la primera.

– Aunque cuando Marta se lió con Paco… -no terminó el comentario la segunda.

– ¿Quién es Paco? -preguntó Gil.

– Su ex.

– Marta tuvo un novio y luego rompió -quiso aclararlo Julia.

– Sí.

– ¿Cuándo fue eso?

– No hace mucho, no sé.

– ¿Sabéis dónde vive el tal Paco?

– Claro -la delgada giró el cuerpo y señaló hacia un grupo de edificios bajos-. Ahí detrás, en la calle que corta, una casa con las cortinas verdes.

– Pero a esta hora debe de estar trabajando -intervino su amiga-. Es mecánico. ¿Conocéis la plaza?

– Acabamos de pasar por ella.

– Pues el taller está en la calle que baja.

Julia temió que Gil diera por terminado el interrogatorio. Su comentario sembró de silencio el espacio abierto entre los cuatro:

– Dicen que era una chica conflictiva.

La de los pantalones anchos apretó las mandíbulas. La delgada puso cara de fastidio. Fue la que habló primero.

– Era una tía legal.

– Sí, fijo -asintió la otra-. Seguro que por eso la mataron.

– ¿Por ser legal? -insistió Gil.

– Mirad -la delgada seguía expresando fastidio-, con todos los marrones que le cayeron encima…

– ¿Como cuáles?

– Muchos, no sé.

– Su madre era puta -dejó ir la de los pantalones.

– ¿Eso la marcó?

– Un día, uno de los tíos con los que se enrollaba le dio una paliza, y Marta le hundió unas tijeras en la espalda. Casi lo mata. Pero, ¿sabéis?, encima, su madre se cabreó con ella.

– Hubo mucho lío, por eso conocemos la historia -corroboró su amiga.

– ¿Así que por eso la denunciaron por agresión con arma blanca? -Julia miró a Gil.

Quedaba lo de las drogas, el robo…

– ¿Tenéis idea de qué hacía?

– No.

– ¿En qué andaba metida, con quién…?

– No -repitió la delgada.

– La conocíamos del barrio, y del insti, pero nada más. Todo lo que no os cuente Úrsula…

– Aquí, cada cual va a su rollo. Bastante trabajo da eso.

Buscaron más preguntas, pero la mayoría eran redundantes, así que sintieron una impotencia de la que no sabían cómo salir. El instituto, cerrado; la tal Úrsula, también cerrada en banda. Aunque disponían de otro eslabón. Paco.

– Habéis sido muy amables, gracias -inició la retirada Gil.

– Ella se llama Elena -dijo la de los pantalones-. Yo soy Leti.

– Lo tendremos en cuenta -sonrió Julia por primera vez.

Se alejaron y regresaron hasta la moto. La distancia volvía a ser corta. Gil arrancó y, a velocidad reducida, para orientarse, se apartaron de las inmediaciones del centro escolar, el ÍES El Fortín. Elena y Leti no dejaron de observarlos.

Julia levantó una mano para despedirse de ellas. Empezaba a tener un nudo en la boca del estómago.

Capítulo 4

El taller mecánico se llamaba +Turbo. Original. Gil no detuvo la moto en la misma puerta porque estaba llena de coches mal aparcados, y también había alguna que otra motocicleta atravesada. Paró a unos diez metros y retrocedieron a pie hasta asomarse al interior. Había dos operarios, uno mayor y otro joven, casi adolescente. Se dirigieron a este último, ocupado en insertar algo en un motor extraído de su lugar primitivo. No dejó de manipular la pieza ni cuando le hablaron.

– ¿Paco?

– Ahora le aviso, un momento.

Habían creído que era él, así que retrocedieron hasta la calle. No tuvieron que esperar mucho. El chico se fue a la parte de atrás y soltó un latigazo verbal:

– ¡Paco, te buscan!

Tendría unos diecinueve años, aunque cualquier cosa era posible debido al mono de trabajo y la grasa que le cubría de pies a cabeza. Salió frotándose las manos con un paño que en otro tiempo debió de haber sido blanco y, tras mirar a su compañero, se encaminó hacia la puerta, donde le aguardaban Julia y Gil.

Cuando ya estaba casi encima, ella murmuró:

– Déjame a mí.

Posiblemente, limpio, fuese de guaperas. Pelo largo, cejas pobladas, ojos vivos, labios gruesos y piel morena. El holgado mono no llegaba a ocultar del todo lo que parecía ser un buen cuerpo, cultivado en algún gimnasio, o regalo de la madre naturaleza. La cremallera no cerraba hasta arriba, así que se perfilaba un pecho bien surtido de vello largo y negro. Gil comprendió por qué Julia le pedía la iniciativa.

– Hola -les saludó el ex novio de Marta.

– ¿Cómo estás? -le sonrió Julia-. Mira, él es Gil, y yo me llamo Julia, ¿sabes? -su acento casi rozaba la pijería-. Te estábamos buscando.

– ¿Me buscáis a mí?

– Sí, aunque no quisiéramos molestar, y si tienes trabajo… Bueno, nada, que podemos volver después.

– ¿No es por algo del taller?

– No, es por Marta.

Ni todo el encanto de Julia logró frenar su cambio de expresión, el envaramiento de su cuerpo y, sobre todo, el endurecimiento de la mirada. Los extremos de su mandíbula, a ambos lados de la cara y por debajo de las orejas, se crisparon en un instintivo gesto de autodefensa. Echó el trapo a un lado, sobre un coche, y se metió las manos en los bolsillos. Su desafío quedó fijado en su voz.

– ¿De qué va esto? -quiso saber.

– Somos periodistas -Julia mantuvo su sonrisa.

– ¿Y qué queréis que os diga?

– Algo, cualquier cosa -dijo imprecisamente ella.

– Estamos haciendo un reportaje de tipo humano -intervino Gil-. Pensamos que nos ayudarías.

– Ya no salíamos juntos, así que tampoco tenía ni idea de lo que hacía.

– Pero querrás que le quitemos de encima toda esa porquería que le están echando -aventuró Julia.

Se lo pensó. Quedaba bastante claro que le daba igual, que estaba resentido. Pero la pregunta, más bien la aseveración, había sido inteligente. No tuvo más remedio que quedar bien.

– Sí, claro.

– ¿Hace mucho que no la veías?

– Desde que cortamos.

– Pero aquí la gente se ve casi a diario. Quiero decir que el barrio es pequeño y…

– Uno ve a quien quiere ver y nada más -fue seco Paco.

– ¿Cuándo lo dejasteis? -tomó el relevo Gil.

– Hace unos tres meses. De todas formas, duró poco.

– Ella era muy joven, ¿no?

Paco se enfrentó a la aparente docilidad de Julia. La muchacha sintió sus ojos escarbándole el alma, atravesándola de lado a lado. Era una mirada fría, tan dura como lasciva. Se sintió casi desnuda ante ella.

– Aquí, la edad no importa mucho -dijo Paco. Y agregó con toda intención-: Marta era más mujer que otras a los veinte.

– ¿Por qué cortasteis?

– Ella no sabía lo que quería.

Había que arrancarle las palabras, pero lo estaban consiguiendo. Entre los dos estaban logrando mantener una cadencia en la que el muchacho iba cayendo poco a poco. Le tocó el turno a Gil.

– ¿A qué te refieres cuando dices que ella no sabía lo que quería?

– Tenía sueños.

– ¿Sueños? -repitió Julia.

– ¿Qué sueños? -no perdió el ritmo Gil.

– Los típicos, sobre todo al morir su madre. Fue como si tocara fondo. Quería salir del barrio, estudiar…

– ¿Estudiar?

– Sí. Parecía una esponja, leía libros, una pasada.

– ¿No odiaba el instituto, el orden, la disciplina y todo eso?

– ¿Marta? -soltó un bufido de sarcasmo-. Al contrario. Era un bicho raro, mitad ángel, mitad demonio. Tenía tantas ganas de vivir, de hacer cosas… A veces era inaguantable.

– ¿No te gustaba que fuera así?

– Tenía su gracia al principio, porque no se rendía por nada. Me gustó su inconformismo, la hacía ser distinta. Pero de ahí a echar a volar, así, sin más… Joder -rezongó-. No sé de dónde sacaba tanta energía, ni esas ganas de romper sus cadenas, ni esa prisa por correr y correr. Su madre le hizo un favor muriéndose, pero entonces se quedó sola, con su abuela, que tampoco es que sirva para nada. Tuvo que espabilarse.

– ¿Cuándo murió su madre?

– Hace medio año. El cáncer se la llevó en un abrir y cerrar de ojos. Entonces, Marta se vino a vivir con su abuela.

– ¿Su madre trabajaba en la calle?

– ¿La Lali? Bueno, sí, pero más bien estaba en un puticlub, el Aurora, ahí mismo, en la carretera, saliendo hacia Nou Barris. No es que yo vaya por allí -quiso dejarlo claro-. Yo no necesito de eso -volvió a mirar a Julia con aquellos ojos como puñales desnudos-. Me lo contó Marta.

– Hemos leído que tuvo problemas con las drogas y que fue detenida por robo.

– Lo de las drogas pasó antes de que yo la conociera.

– ¿Te lo contó?

– Hablaba poco de sus cosas, sobre todo de las pasadas o de las que no le gustaban. Yo solo sé que estaba limpia, que en este sentido era decente.

– ¿Mientras salíais no…?

– No -fue rápido-. Ni un chute. Ni un porro. Ni una pastilla. Nada.

– ¿Y su detención por robo?

– Su madre acababa de morir. Estaba sin blanca y desesperada. Metió la pata, ¿y qué?

– ¿No te pidió ayuda a ti?

– Era demasiado orgullosa. Una de sus manías era no llegar a depender nunca de un tío.

– Inteligente -comentó Julia.

Paco le lanzó otra mirada, esta vez envenenada.

– ¿Qué pensaste de su muerte? -preguntó Gil, cambiando el sesgo de la conversación.

El ex novio de Marta se encogió de hombros.

– ¿Te afectó?

– Sí -por primera vez bajó los ojos al suelo.

– ¿La querías?

– Cuando estuvimos juntos, sí. Era capaz de volverte loco. Tan especial, tan vital y apasionada, tan guapa…

Julia y Gil se dieron cuenta de que ni siquiera sabían cómo era Marta Jiménez Campos. Ni la menor idea. Por alguna razón habían supuesto que era como todas las chicas de quince años, es decir, un microcosmos indefinido, como habían sido ellos mismos a esa edad. Una infancia dejada atrás precipitadamente y un futuro incierto por delante, aprisionando como un bocadillo un presente cargado de incertidumbres, problemas, complejos, dudas, preguntas.

Paco decía que era guapa.

– ¿No tendrás alguna fotografía suya?

– Aquí no.

– Al ser menor, los periódicos no han publicado su imagen.

– Se parecía mucho a Natalie Portman, la que hizo León, el profesional y lo de las galaxias. Los mismos ojos profundos, los mismos labios sensuales -se dio cuenta de que hablaba con algo más que indiferencia, y que ella ya nunca miraría con aquellos ojos ni besaría con aquellos labios. Eso le hizo retroceder y encerrarse de nuevo en su caparazón-. Por lo menos, era así cuando estuvimos juntos.

– ¿Sabes por qué la mataron?

– ¿Yo? -se envaró-. ¿Cómo queréis que sepa eso?

– Ni quién, claro.

– Ayer ya hablé con la poli y les dije lo que sabía, o sea, nada. Lo mismo que os estoy contando a vosotros.

– ¿Estuvo la policía aquí?

– Aquí no, en mi casa. Ayer era domingo. No se van a chupar el dedo si es un asesinato. Ya que andan siempre tocando los huevos, que hagan su trabajo por una vez. Y ojalá cojan al hijo de puta que la mató y la dejó por ahí desnuda.

– ¿Fuiste a su entierro?

– No.

– ¿Conoces a Úrsula?

– Claro.

– Nos han dicho que eran amigas íntimas.

– Culo y mierda -una vez más, miró a Julia con provocación, estudiando su reacción ante su grosería.

Tal vez las conquistara yendo de duro.

– Nos han dicho que Úrsula no es muy simpática.

– Úrsula es un encanto de tía. Mucha fachada y nada más. ¿Quién os ha dicho eso?

– Unos colegas han querido entrevistarla hoy.

– Puede que esté afectada, ¿no? Era su amiga. Siempre iban juntas, ellas y la Patri, al menos antes.

– ¿La Patri?

– Otra del barrio.

– ¿Dónde podemos verla?

– No tengo ni idea. Ya os he dicho que eso fue antes.

– ¿Antes de qué?

– De que la Patri se fuera.

– ¿Sabes…?

– ¡No! ¡Yo qué voy a saber, coño! -hizo un gesto de fastidio.

El diálogo había vuelto a ser breve, nervioso, un juego del escondite fugaz. Aquella explosión fue premonitoria. Julia y Gil comprendieron que tocaba a su fin. Y fue antes de lo esperado.

– ¡Paco, leches!, ¿qué pasa? -gritó de pronto el encargado del taller.

– Escuchad -el muchacho ya se había sacado las manos de los bolsillos y casi parecía amenazador, inclinado hacia delante, gesto hosco, rostro huraño-: Dejaos de marear la perdiz, ¿vale? Menos artículos y más buscar al cabrón que lo hizo. Ahora es fácil largar de ella, escribir esto y aquello, pero cuando pedía una oportunidad, nadie se la dio. La jodieron siempre, así que no vengáis ahora con capulladas.

– No pretendíamos… -trató de decir Julia.

– ¡Bah, iros a la mierda! -Paco les dio la espalda y se metió en el taller.

Lo último que vieron de su rostro fue la afectación que lo cubría.

Capítulo 5

Gil detuvo la moto dos calles más allá, con sus correspondientes esquinas. Paró el motor y se volvió hacia su compañera.

– ¿Qué opinas?

– No sé -dijo Julia.

– Yo creo que miente -reveló él.

– Bueno, eso por supuesto. O que habla con medias verdades y medias mentiras, receloso.

– ¿Y si aún salían juntos?

– No -Julia arrugó la cara-. Eso, seguro que no.

– ¿Por qué estás tan convencida?

– Instinto.

– Pues vale -Gil la observó con sorna.

– Si hubieran sido novios, él habría ido al entierro, se le vería de otra forma, lo habría acusado más. Lo que está es resentido. Me juego lo que quieras a que ya tiene un relevo desde hace semanas, y que por esa razón no fue a despedir a su ex. Esa clase de guaperas nunca están solos. Chasquean los dedos y salen como setas.

– ¿Experiencia?

– No seas burro. Llámalo psicología. El tal Paco debe de usar los coches del taller para sus cosillas, como todos los mecánicos, con la excusa de probarlos; es un durillo, se mueve por aquí como el rey del mambo, ganará su dinerito… ¿Qué quieres? Lo que está claro es que no la ha olvidado, ni la olvidará. ¿Has visto la cara que ponía al decir que era guapa?

– Sí.

– Algo más: ha dicho que lo de las drogas fue antes de salir con él, pero de su detención por robo ni una palabra, salvo que ella estaba desesperada después de morir su madre.

– ¿Y qué?

– ¿Marta roba teniendo un novio?

– ¿Y lo del orgullo? -consideró Gil.

– ¿Tanto? ¿Con quince años?

– Entonces catorce. No olvides que cumplió los quince hace poco.

Fue como si eso la hiciera más niña, más indefensa, más vulnerable.

– ¡Jesús! -se estremeció Julia.

– Desde luego, parece distinta a como la imaginábamos, ¿no?

– Y aún no la conocemos, solo hemos empezado a escarbar. Me parece que esto va a ser un gran trabajo.

– Retrato de una adolescente manchada.

– Buen título.

– ¿Seguimos investigando?

– ¡Pues claro! -le miró desconcertada-. ¿Quieres dejarlo?

– No, solo quería estar seguro.

– Presiento que vamos a encontrar algo más.

– En eso estamos de acuerdo -convino Gil.

– Y te juro que ya tengo ganas de empezar a escribir. ¿Tú no?

– También.

– ¿Qué hacemos ahora?

La respuesta les resultó obvia.

– Tenemos que ver a la abuela -dijo él-. Es imprescindible.

– Andando -Julia se puso el casco.

Ya no inspeccionaban el barrio. Fueron directamente a la calle en la que vivían Marta y su abuela tras orientarse un poco para no hacerse un lío y perderse. Aparcaron la moto y subieron los dos, cruzando los dedos. Por desgracia, el resultado fue el mismo: nadie en el piso.

La vecina, esta vez, tampoco abrió la puerta.

Bajaron a la calle despacio y se quedaron un instante como peces fuera del agua.

– ¿Úrsula? -Julia puso cara de muy serias dudas.

– Tal vez después, o mañana -calculó Gil.

– Pues ya me dirás.

– En la información que te dio tu padrino consta el lugar en que estuvo recluida Marta cuando la detuvieron, ¿no? Eso del tutelar de menores.

– Sí.

– Era menor de edad, y eso no es una cárcel, pero al no tener madre… Puede que pasara allí unos días, unas semanas, unos meses antes de que la soltaran. Tenía a su abuela, digo yo. En fin, no sé muy bien cómo funcionan estas cosas, pero tiene sentido.

– Es una posibilidad.

– Nos servirá para hacernos una idea mejor de cómo era.

– Me parece bien -asintió Julia.

– Pero antes, ya que estamos aquí… -Gil puso cara de malo.

– ¿Qué se te ha ocurrido ahora?

– ¿Qué tal el Aurora?

– ¿El puticlub? -se extrañó ella-. ¿Para qué?

– Tenemos que escribir un reportaje, ¿recuerdas? Su madre trabajaba ahí, por tanto, no nos irá mal conocerlo, para hacernos una idea y explicar cómo es.

– ¿Quieres entrar? -alucinó aún más ella.

– No, mujer -dijo Gil-. En primer lugar, a estas horas de la mañana no creo que esté abierto. Y en segundo lugar, yo solo hablo de ver su aspecto. Creo que te has olvidado de que eres periodista y, de repente, te has convertido en policía. Y no es eso.

– ¿Parezco de la pasma? -arqueó las cejas Julia.

– Tampoco hay mucha diferencia -manifestó él-. Todos hacemos lo mismo: preguntar.

– Es que cuando te metes…

– Ya -sonrió Gil.

Julia inundó su rostro con una sonrisa tan dulce como sentida.

– ¿Sabes? Lo que pasa es que, desde que hemos empezado…, y cuanto más vamos avanzando, aunque sea poco… -hizo uno de sus gestos indecisos y ambiguos-. Siento un frío raro en el cuerpo.

– Estoy de acuerdo. Y algo aquí -se tocó el estómago.

– Es como si… -se quedó sin una palabra que explicara su estado.

– Tranquila, te entiendo.

– Tenías razón ayer cuando me dijiste que no era una noticia, sino algo de verdad que le había sucedido a un ser humano. Puede que sea eso. Ahora, Marta es cada vez… más real.

Sus miradas les dieron valor, fuerzas y coraje. Fue algo más que una alianza. De pronto, se sintieron comprometidos.

Esa era la palabra justa: compromiso.

– Venga, vamos -reaccionó él.

Olvidaron el desánimo por el tercer intento fallido de ver a la abuela de Marta y se montaron en la moto después de que Gil comprobara en el callejero su situación y la de la carretera a la que se dirigían. En el plano no parecía un trayecto largo, pero luego comprobaron que sí lo era.

El Aurora se divisaba de lejos en mitad de una de las escasas rectas, y estaba ubicado a la derecha de la cinta de asfalto, entre árboles. Por delante y a ambos lados tenía un amplio aparcamiento que lo rodeaba. Era un edificio rectangular, pintado de rosa estridente, con los marcos de las contraventanas blancos y cortinas tras los cristales. Tenía dos plantas, aunque la primera de la parte frontal quedaba reservada para el bar, o lo que fuera. El rótulo era visible desde cualquier distancia, y más debía de serlo de noche, cuando las luces de neón brillaran como un reclamo en la oscuridad. Las letras de la palabra «Aurora» estaban formadas por haces de tubos de colores y, por debajo de ellas, se ofrecía el logotipo del local, una especie de horizonte con un sol a medias que tanto podía indicar que atardecía como que amanecía.

Gil no detuvo la moto.

Pasaron a velocidad reducida por delante, observándolo, y al llegar a la curva retrocedieron para echar un segundo vistazo, ya de regreso. Contaron tres coches aparcados, pero bien podían ser de los propietarios o del personal como de algún cliente tempranero. En ninguna de las dos veces que pasaron vieron un alma.

– ¿Damos otra vuelta? -le gritó Gil a Julia.

– ¡Por mí no! -le respondió ella.

Aceleró la moto y ya no se detuvieron hasta alcanzar el primer semáforo, rumbo al siguiente punto de su periplo investigador.

TERCERA PARTE

Las certezas

Capítulo 1

Lo primero que desprendía el tutelar de menores era sordidez, no por ser una cárcel infecta y deprimente, sino por la clase de personas que pasaban por allí: chicas en la frontera de la legalidad, víctimas sociales o delincuentes puras. Cada una cargaba con su historia humana y personal, como lo hizo la propia Marta, de quien empezaban a averiguarlo todo. Se cruzaron con tres o cuatro adolescentes cuyos ojos se quedaron enganchados a los suyos. Una de las muchachas transmitía con su mirada lo más fuerte, odio; otra, la pérdida de la inocencia, recelo y defensa; una tercera, resignación y derrota, como si le hubiesen arrancado el orgullo a golpes; una cuarta, desafío, animadversión. Para muchas, tal vez la mayoría, la salida representaba una utopía. Para algunas pocas, la reinserción significaba una lucha en la que naufragarían si se encontraban solas. Y casi siempre lo estaban, de una u otra forma. La soledad personal, única y dramática ante la vida.

El hombre se llamaba Salvador Ponsá y tendría unos cuarenta y cinco años, alto y delgado, con una barba corta y ya blanca adornando sus facciones. No tenía aspecto de carcelero, sino de médico paciente o de psiquiatra lúcido. Su mirada era dulce, y sus gestos, medidos y acompasados. Les estrechó la mano, les preguntó para qué periódico trabajaban, y cuando le contaron la verdad, no les cerró la puerta ni les echó a patadas; al contrario, sonrió y les invitó a sentarse.

– Me alegro de que alguien cuente la realidad, aunque seáis aficionados. Algún día, cuando os convirtáis en periodistas, espero que volváis por aquí otra vez.

– Se lo prometemos -dijo Gil.

– ¿Por qué os interesa el caso de Marta Jiménez Campos?

– Primero, porque el asesinato de una chica de quince años nos pareció… monstruoso, y más aún abandonar su cuerpo desnudo… -Julia se estremeció-. Pero, en segundo lugar, el tratamiento de la noticia era de lo más clásico y vulgar. Venía a decir que seguramente sería una delincuente más, que tenía antecedentes y que, por tanto, no merecía mucha más atención. Ni siquiera tuvo un enfoque de noticia importante, sino todo lo contrario.

– Yo pensé lo mismo ayer -reconoció el hombre, ensombreciendo sus facciones-. Había leído el sábado lo del hallazgo del cuerpo, y me quedé con mal sabor de boca, sin saber muy bien por qué. Pero ayer, cuando vi las iniciales y hablaron de esos antecedentes, comprendí que se trataba de ella, que no podía ser una casualidad. Entonces me sentí… impotente. Fue lo primero que le dije a la policía.

– ¿Ya han venido a verle?

– No, les llamé yo.

– ¿Por qué se sintió impotente?

– Porque Marta era un ángel.

Gil y Julia intercambiaron una mirada rápida, aunque no tanto como para que el director del centro no se apercibiera de ella.

– ¿Os sorprende?

– La distancia entre un ángel y un demonio es bastante grande -dijo Gil.

– Veréis -Salvador Ponsá se arrellanó en su asiento-: Por aquí pasan muchas chicas, y yo las veo a todas, hablo con todas. Trato de saber, comprender, entender lo que les pasa, lo que sienten y cómo lo sienten. No es fácil. La mayoría llegan quemadas, recelosas, aisladas y llenas de animadversión hacia el mundo entero. Se sienten engañadas por él y traicionadas por la vida. Aunque sea su primera visita, no representa el primer paso en su camino hacia la degradación y la destrucción. Unas vienen de ambientes marginales; otras, de familias desestructuradas; otras, traumatizadas por sucesos que han alterado su equilibrio. Esto es lo más normal. Sumad a eso el no haber estudiado, no saber apenas leer en muchos casos, carecer de la menor oportunidad… El resultado es descorazonador. Drogas, sexo temprano, embarazos no deseados a los catorce o quince años, delincuencia como supervivencia, prostitución; el rosario es infinito. Y de vez en cuando, solo de vez en cuando, aparece una Marta.

– ¿Ella era diferente?

– Por completo.

– Pero ¿en qué sentido?

– En todos -continuó el hombre-. La primera vez que me la trajeron ya lo noté. Era una cría, pero siempre confió en mí, y yo en ella. Nunca me engañó, lo sé. Supe ganármela. La apoyé. Yo mismo abogué para que pudiera volver a casa, primero con su madre, y después, al faltar ella, con su abuela. No quise que se contaminara al tener que convivir diariamente con las otras, así que aquí permaneció muy poco tiempo cada vez. La última, hasta que se clarificó su situación, quedó pendiente de juicio y pudo irse con su abuela. Se integró rápido, fue muy responsable, tenía ganas de aprender. Me di cuenta de que afuera se sentía muy presionada, pero ella misma supo comprender que esto era una puerta para saltar al futuro, no una cárcel que se lo bloquease. No es fácil luchar contra un pasado, ni contra un ambiente.

– ¿Pudo fingir?

– No. Ni siquiera un poco.

– Una amiga suya nos dijo que quería estudiar.

– ¿Lo veis? -sonrió Salvador Ponsá-. Eso es muy poco frecuente.

– Por lo visto, usted habló mucho con ella -inquirió Gil.

– Lo suficiente. Se hacía querer y tenía cualidades importantes.

– ¿Como cuáles?

– Era muy amiga de sus amigas. Leal, capaz de pelearse por ellas, generosa, nada egoísta. Un bicho raro.

– ¿La última vez que la detuvieron…? -tanteó Julia.

– Robaba piezas de coches y motos.

– ¿Por qué precisamente eso?

– No lo sé. Supongo que podría darles fácilmente una salida. No me lo dijo. Era muy reservada. Jamás hubiera traicionado a nadie, ni por salvarse ella misma. Tenía su propio código ético. Confiaba para todo en mí, excepto para delatar a nadie. Y es raro, porque con todo lo que pasó esa cría…

– ¿Lo dice por su madre?

– Por su madre, su violación y muchas otras cosas. Supongo que eso fue el detonante principal.

– ¿La violaron? -Julia enderezó la espalda.

– Ahora ya da igual -suspiró Salvador Ponsá-. Ha muerto, así que no se trata de protegerla, sino de denunciar la verdad -hizo un gesto de resignada tristeza antes de confesar-: Sí, lo hicieron, pobrecilla.

– ¿Cuándo fue eso?

– A los doce años.

Julia estaba pálida.

– Lo confesó aquí mismo, en este despacho, donde estáis sentados vosotros. Nadie lo sabía. Lo ocultó siempre, y de pronto…, estalló y me lo dijo a mí. ¿Podéis entender lo que es pasar un trago así en soledad, sin ayuda? Nadie es tan fuerte. Una persona puede vivir con una bala o una esquirla de metralla incrustada en su cuerpo, en un hueso o donde sea, pero ello no significa que esté bien, porque eso sigue ahí, y ahí seguirá siempre si no se extirpa. Ella vivió tres años con esa carga, cada día, cada noche. Y aun así, nunca he conocido a nadie con más ganas de seguir y salir adelante.

– ¿Le contó quién la violó?

– Un cliente de su madre.

– Ha dicho que ese hecho fue el detonante principal del resto.

– ¿Por qué creéis que empezó a tomar drogas?

– ¿Para luchar contra eso, para olvidar? -dijo Gil.

– Por supuesto -se lo confirmó el hombre-. Ya os he dicho que es muy difícil llevar una vida normal después de pasar un trago como ese. No pudo soportarlo, así que un día de debilidad, cansada de luchar, debió de tomarse una dosis, un chute, o lo que fuera, y cuando vio que de esa forma se evadía…, cayó. Luego, una cosa le llevó a la otra. ¿Cómo se pagaba esas drogas? La cadena siempre es la misma: primero, consumo; después, venta. Y quedó atrapada en el círculo vicioso.

– Pero ahora ya no se drogaba.

– Eso os demuestra su fuerza de voluntad. Se metió sola y salió sola. En el fondo, siempre lo estuvo. Cuando vino aquí, ya estaba concienciada para limpiar esa parte de su vida. Sin embargo, no pudo evitar que la detuvieran. Fue su primer encuentro con la ley.

– El segundo, la agresión al hombre que pegaba a su madre.

– Le hundió unas tijeras en la espalda, sí -convino Salvador Ponsá-. Puede que fuera por defender a su madre, puede que fuera por el odio que sentía hacia todos sus clientes, porque no en vano uno de ellos la violó. El caso es que el tipo acabó en el hospital y la denunció. Segunda detención y una ficha que va engrosando su historial: consumo y venta de drogas, agresión con arma blanca… Luego, la sentencia por lo del robo de piezas de coches la pilló con su madre ya muerta y con su abuela como única familia.

– ¿Por qué tendría que robar?

– Necesidad tal vez. Desesperación quizá.

– ¿Amor?

– ¿Por qué no? -sonrió-. El amor verdadero la habría salvado.

– Tuvo un novio.

– Sí, lo sé, un tal Paco. Creo que perdió la cabeza por él, pero acabó dejándolo. Una vez más, como cuando lo de las drogas, comprendió que no debía de ser bueno para ella. Era como si tuviera una fuerza interior que le avisase de lo que le convenía y lo que no.

– Después de salir la última vez, ¿no le siguió el rastro?

– No fue necesario. Ella me llamaba a menudo. Era parte de nuestro trato, y de lo que pacté con la policía y el juez. Por lo menos, una llamada al mes. Me contaba cómo le iba. Me gané su confianza, como ya os he dicho -lo proclamó con un deje de orgullo-. Creo que fui lo más parecido al padre que jamás tuvo o, por lo menos, me convertí en uno de los pocos adultos en los que confiaba. La última de sus llamadas tuvo que ser en los mismos días en que desapareció.

– ¿En serio? -dijo Julia.

– Fue otro de los motivos por los que llamé a la policía. Esa llamada puede que fuera importante, y por desgracia…

– ¿Qué? -le alentaron a seguir al ver que se detenía.

– Yo no estaba aquí -lamentó Salvador Ponsá-. Había salido para hacer unas gestiones y cuando regresé me dijeron que me había telefoneado, y que parecía muy tensa y nerviosa. Más aún, asustada. Insistía en saber dónde estaba y cuándo podría hablar conmigo.

– Entonces, ¿ella sabía que iba a sucederle algo, o que se encontraba en peligro? -manifestó Gil.

– Es posible -asintió el hombre-. Desde luego, quería decirme algo importante sobre sí misma. Algo que, tal vez luego…, le costó la vida. No lo sé.

– ¿No le extrañó que no volviera a telefonearle?

– Sí -bajó la cabeza en señal de culpabilidad-. Pero pensé… -no pudo concluir la frase-: ¿Qué más da ya? Aquí viven tantas que necesitan ayuda…

Ni Gil ni Julia le preguntaron si había hecho algo al respecto, buscarla, interesarse por ella. No era necesario. Posiblemente allí vivieran otras Martas, todas reales, con sus propios dramas personales.

El silencio se instaló entre los tres.

Parecía no haber más preguntas ni quedar más respuestas.

Solo restaban los interrogantes finales.

La clave de una muerte no anunciada, pero omnipresente.

– Me temo que debo dejaros -anunció Salvador Ponsá, abriendo las manos como si lo sintiera en el alma-. Se ha hecho bastante tarde y tampoco hay mucho más que decir.

Capítulo 2

Incapaz de hablar mientras todavía se encontrasen dentro de aquellas paredes, Julia liberó sus sentimientos al salir y recibir la primera bocanada de aire libre.

– Tengo el estómago revuelto -admitió.

– Y yo, el cerebro del revés -confesó Gil.

– Se suponía que estábamos investigando el oscuro pasado de una delincuente juvenil, para hacer un retrato humano, ambiental y social, y de pronto… ¿Por qué será que, cuanto más preguntamos, y llevamos solo una mañana, parece que la Marta que íbamos a encontrar no tiene nada que ver con la que era en realidad?

– Benigno Massagué tiene razón: lo que hay detrás de una noticia a veces no guarda relación con lo que se publica.

– Pero es que esto es muy fuerte, ¡mucho! -se excitó Julia.

– Hay gente que salta a la piscina, y hay gente a quien la empujan -suspiró Gil-. A Marta es evidente que la empujaron.

– Debemos hablar con su abuela -ella apretó los puños, decidida-. Es crucial. Cada vez más.

– Tranquila.

– Y no solo con ella -prosiguió, sin contar con él-. También con Úrsula y con la otra, Patri.

– ¿Has visto la hora que es?

– ¡Jesús! -se sorprendió al mirar su relojito de pulsera.

– ¿Comemos algo y volvemos a la carga?

– De acuerdo -se rindió Julia-. Aunque no tengo nada de hambre.

– Te llevaré a un lugar que conozco no lejos de aquí. Se come bien y es económico.

Montaron en la moto y, aprovechando que el tráfico ya había descendido un poco a pesar de que el éxodo se iniciaba entre el miércoles y el Jueves Santo, llegaron en menos de diez minutos a su destino, un pequeño restaurante casi escondido en pleno barrio gótico, de puerta minúscula y espacio ínfimo. Dada la hora, los que habían comido primero ya se marchaban y les tocaba el turno a los tardones como ellos. El dueño conocía a Gil, porque le guiñó un ojo y les ofreció una mesita apartada, bajo el arco de una escalera de piedra que conducía a la parte superior del local. La comida era casera, y Julia pudo constatar que, además, era buena. El hambre reapareció con los olores, y después con su imagen. Ya no hablaron del caso hasta que hubieron concluido el segundo plato. Ella no pidió postre. Él sí.

Mientras Gil saboreaba una deliciosa tarta de chocolate negro, Julia sonrió y soltó un leve bufido de sarcasmo.

– ¿Por qué te ríes?

– No me río -confesó-. Pensaba en lo que me dijo mi padre, y también mi padrino.

– ¿Qué te dijeron?

– Me advirtieron que no me metiera hasta el fondo de la cuestión, porque suelo ser demasiado apasionada y me comprometo con las cosas.

– Eres de las que se involucran, sí -admitió Gil.

– ¿Y tú no?

– También, pero creo que sé medir mis reacciones un poco más que tú. Pienso que hay que guardar siempre una distancia prudencial, para no perder la objetividad.

– Pero es difícil no tomar partido.

– Entonces no estudies periodismo. Hazte socia de una ONG.

– Muy gracioso -le hizo una mueca de desagrado.

– Tal como está el mundo…

– ¿Tú qué clase de periodista quieres ser? -preguntó Julia.

– Ya lo sabes. De investigación.

– ¿Corresponsal de guerra?

– Viajar sí, por todo el mundo. Pero jugarme la vida… No soy un héroe, lo confieso. Te veo más capaz a ti.

– No sé qué decirte. Todo este asunto de Marta me está empezando a parecer descomunal, tan intenso y duro que… Habrá que escribirlo con mucho cuidado y mucho tacto. ¿Te das cuenta? No hemos hecho nada más que empezar y ya tenemos…

– Tenemos parte de una verdad desconocida que todavía no lo es todo.

– Ya lo sé -Julia le vio devorar el último pedazo de tarta-. ¿Qué crees que saldrá de lo que estamos investigando?

– Redactaremos un testimonio directo, incluso reivindicativo, y contaremos quién era la verdadera Marta.

– ¿Y quién lo sabrá?

– Nadie.

– ¡Jo! -ella endureció el gesto-. ¿Y si lo llevamos luego a un periódico?

– No nos lo publicarán.

– Se lo regalamos. No quiero nada. Solo les ofrecemos la información para que la publiquen. O se lo cuento a mi madre. Ella todavía mantiene todos los contactos del mundo. Por lo menos eso.

– No está mal. Pero olvidas algo.

– ¿Qué?

– Algo en lo que no estamos pensando.

– ¿En qué? -repitió ella.

– El asesino de Marta sigue por ahí, libre.

Julia se calló.

– Nunca sabremos por qué la mataron -dijo Gil.

– Nosotros no, pero la policía espero que sí.

– Puede que no se muevan tanto si piensan que ella era carne de cañón.

– ¡Claro que se moverán!

– ¿Y si piensan que ha sido lo que dijimos al comienzo, un asunto de pandillas, una venganza, malas compañías?

– No son tontos. Averiguarán lo mismo que nosotros. Y si no, se lo doy a mi padrino. Te puedo parecer tonta, pero aún creo en el sistema, supongo que por ser hija de quién soy y tener a un padrino en la policía. Por supuesto que cuestiono siempre todo, pero hay que mantener la esperanza, porque de lo contrario…

– Eres increíble -asintió Gil.

– No -ella hizo un gesto de desagrado-. Lo que pasa es que, cuanto más hablo de Marta, cuanto más sé o intuyo, cuanto más me meto… Dios, hiciera lo que hiciera, o fuera quien fuera, era una cría.

– Una cría que ha vivido más que tú y que yo juntos.

– No hace ni cuatro días yo tenía su edad, y lo único que me preocupaba era estudiar, divertirme, ver dónde pasaba las vacaciones y dudar entre comprarme unos pantalones o una blusa -soltó otro bufido de sarcasmo-. Era admiradora de un par de gilipollas guapos, tenía la habitación llena de pósters y creía que todo era posible, como dice mi escritor favorito.

– Y yo vivía en Vic, ayudando a mi padre antes de que se pusiera enfermo.

– Hemos dado un buen paso.

– Un pequeño gran salto, diría yo.

– Y hoy hemos trabajado bastante, ¿no?

– Sí -reconoció Gil-. La conversación con la abuela de Marta nos ayudará a cerrar una buena parte de la investigación, y si encima logramos que Úrsula nos cuente algo hoy o mañana… Lo escribimos el miércoles, y el jueves aún podremos irnos de vacaciones.

– No me apetece irme a ninguna parte -confesó Julia-. Y te olvidas de la otra chica: Patri. Ella tiene que saber algo. Las amigas lo saben todo unas de otras. Si callan es porque tienen miedo, y si tienen miedo…

– Julia.

– ¿Sí? -se quedó en suspenso al ver la seriedad de la cara de Gil.

– ¿No estarás tratando de saber quién la mató?

– ¿Yo? No.

– Julia…

– En serio, hombre. ¿Cómo quieres que tú y yo…? Sé que esto es un trabajo de la facultad y nada más, aunque espero que sea lo mejor que haya hecho en mi vida.

– De acuerdo -no pareció muy convencido, pero no insistió.

Levantó la mano para pedir la cuenta. Julia ya tenía su bolso a mano, para calcular su parte. De pronto, se quedó embobada con sus pensamientos.

– ¿No te extraña que Marta robara recambios de coches y motos, y que su ex, del que nos han dicho que se enamoró a fondo, trabaje en un taller de reparaciones?

– Creí que se te había pasado por alto.

– Ese Paco…

Llegó la cuenta, la dividieron entre dos, pagaron y salieron del local, dispuestos a seguir con su investigación. Al llegar a la moto, Gil le entregó las llaves.

– ¿Te apetece llevarla? -la invitó.

– ¿Me dejas?

– Si sabes, sí.

– ¡He ido en moto desde los catorce, aunque solo en vacaciones, por el pueblo!

– Pues es tuya.

No tuvo que decírselo dos veces. Julia se sentó delante y él detrás. Con el primer rugido del motor, ella le oyó decir:

– Hay un problema.

– ¿Cuál?

– Que no sé por dónde diablos agarrarte.

– ¡Tonto!

Arrancó de golpe, obligándole a cogerla por el primer lugar que pudo, que resultó ser la cintura, para no caerse.

Capítulo 3

El cuarto intento dio resultado. A la llamada al timbre de la puerta siguió un inmediato ruido parecido al de una silla desplazándose por el suelo y una voz quejumbrosa anunciando:

– ¡Voy!

La abuela de Marta Jiménez Campos, Carmela, era una mujer enjuta, bajita y discreta. Vestía una bata que conoció tiempos mejores, algo deshilachada ya, y calzaba unas zapatillas tan viejas como grandes. Con el cabello blanquecino firmemente sujeto en un moño, su rostro daba la sensación de estar igualmente estirado a causa de él. Completaba sus rasgos más destacados con unas mejillas sonrosadas, el inmenso pecho, una buena circunferencia presidiendo su ecuador y unos ojos castigados pero limpios, orlados por una tristeza que, más que fluir de ellos, daba la sensación de estar pegada desde hacía tiempo a su retina. Se les quedó mirando con sensación de desconcierto.

– ¿Señora Carmela? -habló en primer lugar Julia.

– ¿En qué puedo servirles?

– Somos periodistas. Querríamos hablar con usted…

Creían que les pondría objeciones, que les diría que estaba cansada, que acababa de enterrar a su nieta hacía 24 horas, que…

Y en lugar de eso, como si fuera lo más normal y natural del mundo, lo que hizo fue apartarse y decir:

– Ah, bueno, sí. Pasen.

Julia y Gil se quedaron de una pieza.

Les precedió por el piso, pequeño, paredes llenas de marcas y raspaduras en la pintura, algunos cuadros baratos, un pasillo angosto con dos puertas a la derecha y una a la izquierda. La salita, con la cocina visible a través de otra puerta sin cerrar, tenía dos butaquitas de piel marrón, una mesa redonda con tres sillas y un televisor lleno de imágenes en la parte superior. Un aparador con fotografías encima de su repisa completaba la decoración. La ventana daba a un patio de luces en el que otras ventanas se abrían como ojos mirando la intimidad de cada cual.

La mujer se sentó en una de las sillas y volvió a mirarles con seriedad, incluso algo cohibida. Julia y Gil hicieron lo mismo en las otras dos. Se daban cuenta de la sencillez no ya del ambiente, sino de su interlocutora. Ella no dudaba de que tenía que responder sus preguntas, así de fácil. Eran periodistas. Su reparto social, tal vez incluso su escala de valores, no incluía el derecho al respeto por la memoria de su nieta o a la preservación de su intimidad. La señora Carmela no entendía de esas cosas. Era como cuando en televisión le enchufaban el micrófono a una testigo con rulos y bata en la puerta de su casa, y ella hablaba sin rodeos y sin tapujos, soltando lo que tenía en la cabeza. La dictadura de la información.

– No querríamos molestarla, señora -se excusó Julia.

– No, si tampoco es que pueda contarles mucho, ¿saben? -se excusó aún más la mujer.

– Imaginamos que le habrán hecho tantas preguntas…

– La policía -asintió-. Pero ustedes son los primeros periodistas.

Temieron que les preguntara de qué medio informativo eran. No fue así. Julia sacó su bloc para dar impresión de profesionalidad. Hasta ese momento no habían tomado una sola nota. Fue como si se dieran cuenta de ello los dos al alimón.

– ¿Le importa que la grabe?

– No, no, hija. Lo que haga falta.

Julia sacó la grabadora, la puso en marcha y miró a Gil.

La paciencia y serenidad de la señora Carmela eran increíbles.

– Háblenos de Marta -inició el interrogatorio él.

– ¿Qué quieren que les diga? -puso cara de no saber por dónde empezar-. Lo que hablen los demás, o lo que oigan por ahí… Era una buena chica, ¿saben? Nada que ver con su madre -desplazó una mirada hacia las fotografías y pareció detenerse en una en la que se veía a una mujer joven y guapa, sonriente-. Mi pobre hija nunca fue… -se santiguó con gestos medidos y volvió a centrar su atención en ellos dos-. No tuvo ninguna oportunidad, y era tan guapa… Marta también era preciosa, ¿saben?

– ¿Quién era el padre de Marta?

– Un mal nacido que engañó a mi hija. El diablo lo confunda.

– ¿La engañó? -dijo Julia.

– Estaba casado -cerró y abrió los ojos con parsimonia-. Yo se lo dije, la advertí, pero ella no me hizo caso. Era joven, y decía que yo no tenía ni idea. Pero yo sí tenía idea, ¿saben? -por lo visto, era su cantinela-. Ese hombre la engatusó: que si le iba a poner un piso y viviría como una reina, que si la tendría en un pedestal, que si era maravillosa, que si iba a dejar a su mujer en un par de años, cuando sus hijos fueran un poco mayores, y luego…

– ¿La dejó en estado?

– Sí, y mi Lali tuvo a Marta. Creía que él recapacitaría y se iría con ella.

– Así que él pasó.

– Todo mentira, ¿saben? Le dio un dinero y si te he visto no me acuerdo. La dejó con la niña y eso fue todo. Una completa cochinada.

– ¿No les pasó nada en los años siguientes?

– ¿Dinero? No. Lali tuvo que espabilarse sola.

– ¿Y su hija no reaccionó?

– ¿Qué querían que hiciera? Nunca me lo contó, pero creo que acabó teniéndole miedo, no sé. Tal vez la amenazara. Tal vez… Para mí que era un hombre importante, o lo fue después.

– Así que Lali se hundió.

– Creyó que podría con todo ella sola. Tenía mucho carácter. Ni siquiera se quedó aquí, conmigo, aunque me dejaba a Marta constantemente para…, bueno -bajó los ojos a la mesa, donde tenía las manos unidas e inmóviles-. Yo una vez le dije que se guardara de su belleza, ¿saben? Se lo dije. Le dije: «Mira, Lali, la belleza mal empleada no es un don, sino una perdición». Ella se me reía. Decía que, siendo guapa, un día lo tendría todo. Pero no fue así. Nunca tuvo nada. Y fue de mal en peor, de mal en peor, de mal en peor hasta el fin. Señor…

Apareció en sus ojos un primer destello de humedad. Fue breve. Julia estuvo al quite para no dejarla sumirse en su dolor.

– ¿Sabe quién es, o dónde podemos encontrar a ese hombre?

– Nunca supe su nombre. Lali se guardó de contarme nada. Era muy suya, ¿saben? Mucho -volvió a mirar las fotografías y agregó-: Y tan guapa. Tanto. Como mi Marta.

– ¿Marta se vino a vivir definitivamente con usted al morir su madre?

– En las últimas semanas, cuando el cáncer se estaba comiendo a Lali, ya vivía aquí. Tenía una habitación preciosa.

– ¿Sabe en qué andaba metida su nieta?

– ¿Cómo quieren que lo sepa? -se puso seria y circunspecta-. Ella tenía su vida, hablaba mucho conmigo, pero de sus cosas no, nunca. Y yo no me metía. Me bastaba con ver que era distinta de su madre.

– Pero tuvo problemas con la ley.

– Por el barrio, el ambiente… -la defendió con un primer punto de vehemencia-. Si robó es porque la obligaron.

– ¿Quién?

– No lo sé.

– ¿Paco? -preguntó Julia.

– No lo sé -repitió la señora Carmela-. Aquí solo subía esa amiga suya, Úrsula.

– ¿Y Patri?

– A veces, pero menos. Patri también estaba sola.

– Hemos ido a ver a Úrsula y no quiere hablar con nosotros -dijo Gil.

– ¿Sabe usted el motivo? -preguntó Julia.

– No -lo acompañó con un gesto de cabeza-. Aquí, la gente es muy suya, ¿saben? Y más con los extraños.

– ¿Ha visto a Úrsula hoy?

– No. Ayer, en el entierro.

– ¿Le pareció extraña?

– No sé. Lloraba. Bueno, llorábamos todos…

– ¿Había mucha gente?

– Del barrio, de la escalera, de su instituto… -empezaba a hundirse por segunda vez en el océano de su recobrada tristeza-. En el fondo, Marta tenía poco en común con todos ellos.

– ¿Qué quiere decir?

– Pues que ella formaba parte de todo esto, sí, pero… -clavó en Julia y en Gil sus ojos cansados-. Mi nieta era muy lista -lo pronunció con admiración y orgullo-. Tenía de aquí -se tocó la frente-, y de aquí -se llevó el dedo al pecho, sobre el corazón-. Yo creo que hubiera hecho grandes cosas, y que no la han dejado.

– ¿Quién?

– ¡Ay, no lo sé! -gimió-. Pero el que le hizo esto a mi pequeña…

Ya no pudieron evitar las lágrimas. Fue como si se desintegrara, desmenuzándose delante de ellos. Una roca convertida en arenisca suave. Julia desplazó su mano hasta el encuentro de las suyas; primero se las acarició, para después apretárselas con ternura. La mujer lo agradeció forzando una sonrisa en sus labios.

– ¿Por qué ha dicho que Patri también estaba sola? -preguntó Gil.

– Pobrecilla -suspiró la señora Carmela.

– ¿Tuvo problemas esa chica?

– Cuando era niña, su madre la abandonó, a ella y a su padre. Estaba loca. Entonces él se juntó con otra que tampoco es que fuera trigo limpio, y cuando fue a parar a la cárcel por un asunto muy feo, la mujer echó de casa a Patri porque no se aguantaban. La chica lo pasó muy mal, vivió aquí y allá, en la calle y en casa de amigas, todo con tal de no tener que ir a un centro de acogida. Mi Marta y Úrsula cuidaron de ella muchas veces y la ayudaban en lo que podían.

– ¿Así que no sabe dónde puede estar?

– Hace mucho que no la veo.

– ¿Lo sabrá Úrsula?

– Es lo lógico. Ayer tampoco la vi en el entierro de Marta, y eso sí me extrañó.

– Señora Carmela -cada vez que preguntaba Julia después de algún silencio, su voz sonaba dulce-: Los últimos días, antes de que Marta desapareciera, ¿notó algo raro?

– No, nada. Ya les he dicho que era muy reservada. Yo la veía normal.

– ¿Por qué no denunció su ausencia a la policía?

– Porque no era la primera vez que estaba fuera unos días, aunque siempre solía avisarme, llamar… -volvieron las lágrimas-. ¿Cómo podía yo saber que…?

– Las otras veces que lo hizo, ¿por qué era?

– Se iba a la playa, o a hacer algún trabajo durante dos o tres días, o se quedaba en casa de Úrsula a pasar la noche, o el fin de semana… Por lo menos, es lo que me decía. Sin su madre… Aunque no es que antes, en vida de Lali, las cosas fuesen mejor o Marta estuviese más controlada. Mi hija acabó como loca, rabiosa.

– ¿Por algo en particular?

– Contra el mundo en general -manifestó la señora Carmela-. Quería a Marta, pero una vez me dijo que la odiaba, que era la culpable de lo mal que le había ido en la vida. De pronto, creyó estar segura de que, de no haberse quedado preñada, seguiría con ese hombre. Le dio por ahí.

– ¿Así que aún le quería?

– Estaba obsesionada con él.

– ¿Pudo decirle en alguna ocasión a Marta dónde estaba su padre?

– Pudo. No lo sé -se encogió de hombros-. ¿Desde cuándo las abuelas contamos para algo? Yo no era más que la tonta, la pobre que…

Gil capturó el fugaz brillo en la mirada de su compañera. Sintió de nuevo lo mismo: que la estaban perdiendo, que ahora ya, más que responder preguntas, se estaba metiendo en su caparazón de dolor, cubriéndose con él, justificando sus propias preguntas y su impotencia. Quizá todavía estuviera bajo la catarsis de la noticia, sin acabar de creérselo, sin digerirlo del todo. Su edad, aunque no era muy vieja, y su soledad pronto actuarían como una cuña hundida en su razón.

– Señora -dijo Julia-, ¿podemos ver la habitación de Marta?

– ¡Ay, no sé! -su cara se descompuso-. Miren, es que yo…, todavía no he entrado, ¿saben? Ni con la policía, cuando la registraron. Y antes tampoco, aunque pasara días fuera, porque mi nieta me tenía prohibido que…

– No tocaremos nada, se lo prometo -insistió Julia-. Solo miraremos. Por favor.

Era persuasiva. Su voz, sus ojos, la caricia de aquella mano presionando las de la señora Carmela. La mujer acabó rindiéndose sin mucho más esfuerzo.

– Es esa puerta -señaló el pasillo-. La primera de la izquierda.

Cuando los dos se levantaron, la dueña de la casa continuó sentada.

Sabían que no les molestaría.

Capítulo 4

Era muy posible que la habitación de Marta Jiménez Campos estuviese desordenada, como la de la mayoría de los adolescentes en este mundo occidental excesivo y abundante, pero el paso de la policía, lo mismo que el de un elefante en una cristalería, era evidente en muchos detalles. Había desorden por encima del desorden, objetos caídos sobre la ropa que Marta debió de tirar al suelo antes de salir por última vez.

El lugar no era muy grande, pero estaba bien aprovechado. Una cama elevada con cajones por debajo, una mesa de trabajo, un armarito con las puertas abiertas y sensación de apreturas, y estantes hasta el techo repletos a rebosar de libros, cajas y discos compactos. En lo poco que quedaba de paredes había pósters y fotografías de algunos grupos y cantantes, pero también de animales: focas, ballenas y tigres. Gil recordó lo que le dijo Julia al hablar de su habitación y se lo señaló. La muchacha esbozó una sonrisa breve. Nada más.

Primero examinaron el armario. Solo había ropa mal colocada. Luego abrieron los cajones de debajo de la cama y, además de algún que otro cachivache, encontraron zapatos y más ropa, aunque esta ya pareciese fuera de uso, vieja o pasada de moda.

Se concentraron en dos aspectos de aquel universo con nombre propio: los estantes y la mesa. En los primeros se apretaban decenas de libros, usados, viejos, de segunda o tercera mano. Libros diversos, novelas antiguas y recientes, buenas y malas. Todo un tesoro cultural que se correspondía con la imagen que les habían dado ya de Marta: la chica que hubiera querido estudiar; la chica que esperaba algo más de la vida que verla pasar sin tener una sola oportunidad. Los compactos no eran distintos de los libros, ya que, aunque había de todo, el noventa y cinco por ciento eran piratas.

Julia abrió el primer cajón de la mesa.

– Espera -cuchicheó Gil.

Fue a la puerta, la abrió un poco y atisbo fuera. La señora Carmela seguía en el mismo sitio, sentada a la mesa, con las manos unidas y la mirada extraviada. Gil le hizo una seña a Julia para que siguiera y luego se acercó hasta su lado.

Lo primero que extrajo su compañera fueron unas fotografías.

En la mayoría de aquel par de docenas de imágenes diversas se veía a una chica intensa, siempre sonriente, de enormes ojos ávidos de vida y labios dotados de una exuberancia poco común. Fuera invierno o verano, fuera vestida o luciendo un biquini, era una Marta feliz, de cabello negro y fuerte, cuerpo esbelto, manos firmes y piernas hermosas. Ni en las fotos más recientes parecía tener quince años.

– Dios mío, fíjate -suspiró Julia-. ¿Verdad que era guapa?

– Mucho -reconoció Gil.

Era la primera vez que la veían. De hecho, unos minutos antes, al hablar con su abuela, cuando ella miraba de cuando en cuando al aparador, ya habían intuido que la más joven de las protagonistas de aquellas instantáneas no era Lali, su madre, sino ella misma. Pero ahora lo constataban.

Conocían por fin a la protagonista de su pequeña odisea. Marta ya no sería una noticia, ni siquiera alguien real.

Ahora era algo más.

Demasiado.

La mano de Julia tembló. Parecía incapaz de dejar de mirarla. Era como si estuviese penetrando en su alma. Fue Gil el que cogió ahora las fotografías y las examinó con mayor celeridad. Se quedó con otras dos además de la que aún sostenía ella. En una, torcida, tomada de lejos y muy mal encuadrada, algo desenfocada incluso, se veía a un hombre que salía por la puerta de una casa. En otra, tomada en la playa, había tres chicas de las cuales ya conocían a dos: Marta y Úrsula. Les dio la vuelta.

En el reverso de la fotografía del hombre había escrita una sola palabra: «Papá».

En la de las tres chicas, la frase: «Úrsula, Patri y yo, último verano».

– ¿Qué hacemos? -le hizo reaccionar la voz de Julia.

– ¿Nos las llevamos?

– Le hemos prometido…

– Se las devolveremos, ¿verdad?

– Sí.

Gil se las metió en el bolsillo, las dos suyas más la que sostenía Julia. Dejaron el resto y continuaron con su inspección. En el primer cajón encontraron unas postales; en otro, recuerdos de adolescente: un posavasos, un anillo de plástico, la entrada de un concierto, unas figuritas de plástico, unos dados, un par de llaveros de propaganda, una llave, varios pins y poco más. En el último cajón vieron unos cuadernos.

Julia sacó uno y lo abrió.

– ¡Poemas! -exclamó, boquiabierta.

– ¿Suyos?

– ¿De quién, si no?

– Más sorpresas.

– Escucha esto -leyó Julia-: «Alguien puso las calles mientras tú y yo mirábamos la luna. Y la noche, que había salido de alguna parte, nos envolvió en el silencio. Alguien pintó las primeras luces en esas calles llenas de sombras. Y la gente, que esperaba el momento, salió cargando sus sonrisas de paz. Alguien».

– Es bonito.

– Lo escribió hace dos años, a los trece.

– Entonces es más que bonito.

– Todos estos cuadernos… -Julia los pasó uno a uno, venciendo el nudo que acababa de albergarse en su garganta-. Este debe de ser el último.

– ¿Qué haces? -se asustó al ver que lo metía en su bolso.

– Lo devolveremos con las fotos -le ignoró ella-. Quiero leerlo.

– Estás loca.

– Vale.

Se enfrentó a su mirada de censura ya con el cuaderno oculto en su bolso y el resto en el cajón de la mesa.

– ¿Qué hacemos ahora? -quiso saber él.

– Irnos -Julia se sintió agotada.

Gil regresó a la puerta. La abrió y esperó a que su amiga cruzara el umbral. Los dos echaron una última ojeada a aquel pequeño espacio que hasta hacía unos días había sido cuanto tenía su dueña. Un universo unipersonal, único y propio. Se quedaron con el amargo sabor de boca de sus pensamientos, y con la culpa de su pequeño «préstamo». Luego, él cerró la puerta.

La señora Carmela seguía tal cual.

– Era solo su habitación -dijo, en un intento de justificar algo.

– Ha sido muy amable, señora -comenzó la retirada Gil.

– Volveremos -prometió Julia.

– Cuando quieran -la mujer se levantó-. No les he ofrecido nada, ni siquiera un vaso de agua.

– No importa, en serio.

– Por favor -les cogió a ambos de las manos de pronto-, escriban algo bonito de Marta. La gente dirá tantas cosas malas de ella…

– La gente no sabe nada.

– No, ¿verdad? Hasta mi vecina, que es una buena mujer, siempre anda empeñada en que… Bueno, qué se le va a hacer -se encogió de hombros, víctima de sus propias limitaciones, y siguieron andando-. Ustedes parecen buenas personas, y tan jóvenes.

– Gracias.

Habían llegado ya al pequeño recibidor. Un paso más y saldrían de aquella opresión. Julia se sintió ladrona, como si el cuaderno estuviese gritando por su cuenta desde su bolso. Gil, culpable, por la huida y los fantasmas que le empujaban.

Ella se inclinó sobre la señora Carmela y la besó en la mejilla. Le bastó con mirarla a los ojos para darse cuenta de cómo se lo agradecía.

Y cuánto.

– Vayan con Dios -les deseó la abuela de Marta.

Capítulo 5

Volvían a estar en la moto, todavía atenazados por lo que acababan de ver y oír, con sus cabezas dándoles vueltas y más vueltas, girando sobre el mismo punto: Marta. En un solo día, que aún no había terminado, empezaba a obsesionarles.

– No es el monstruo que decían los periódicos, ¿vale? -aseguró Julia.

– Estoy bastante alucinado, la verdad -confesó Gil.

– Vamos por Úrsula. Si no nos cuenta algo, te juro…

– ¿Vas a obligarla?

– ¡Ella sabe algo!

– ¿Y nos lo dirá a nosotros, por nuestra cara bonita? Eso ya es cosa de la policía.

– ¿Y la otra, Patri? ¿Dónde puede estar?

– Julia…

– ¿Qué? -se mostró irritada.

– No hagas de detective.

– Sí, ya, de acuerdo, somos periodistas.

– Ni eso.

La irritación se hizo furia.

– ¿Tú de qué lado estás? -se enfadó.

– Aquí no hay lados, ¿recuerdas?

Se puso el casco y esperó a que él hiciera lo mismo. Gil arrancó la moto y recorrieron la escasa distancia que les separaba del bar Bartolo y de la casa de Úrsula a velocidad muy reducida y sin hacer ruido, como si no quisieran alarmar al barrio a aquella primera hora de la tarde. Vieron a niños jugando en la calle, a media docena de chicas maquilladas y con ropas muy ajustadas yendo a alguna parte, a hombres y mujeres que trabajaban o se movían al compás de sus problemas, y de alguna forma se sintieron perdidos, fuera de aquello, en un mundo que, por primera vez, les golpeaba la razón enseñándoles una de sus múltiples caras.

Gil no detuvo la moto frente al callejón en el que habían hablado con Úrsula por la mañana, ni tampoco en las inmediaciones del bar. Bajó un poco más y paró a unos veinte metros de la siguiente esquina. Echaron a andar y entraron en la calle en la que nacía el patio de viviendas, con el bar a su izquierda, al que ni siquiera miraron, por si las moscas. Justo en el acceso al callejón vieron un coche impresionante, un Audi de color negro metalizado. Primero no le dieron importancia al detalle, pero al entrar en el lugar para dirigirse a la puerta de la casa de Úrsula, se detuvieron en seco.

– Cuidado…

No era necesario que la advirtiera, pero lo hizo y tiró de ella. Los dos se parapetaron en la propia pared de la calle.

La puerta de la vivienda estaba abierta, y también la ventana más próxima, aunque una cortina la cubría parcialmente. Úrsula estaba de pie, con los brazos cruzados y la cabeza caída sobre el pecho. Su cara apenas si era visible, pero no mostraba precisamente felicidad, sino más bien todo lo contrario: ira sazonada con miedo. La negritud con la que se vestía y maquillaba le confería un aspecto desolado. Frente a ella vieron a un hombre joven, de camiseta blanca muy ajustada, todo musculitos, porque le abultaban los pectorales, los hombros y los brazos. Tenía aspecto de duro, cabello negro mojado, mandíbula cuadrada.

– ¿De acuerdo? -le decía a Úrsula.

– Sí.

– ¿De acuerdo? -le pegó en la cara, no muy fuerte, con la mano abierta.

– ¡Sí!

– Úrsula… -volvió a darle, un poco más fuerte.

– ¡Que sí, joder!

El musculitos levantó la mano por tercera vez, y Úrsula se encogió sobre sí misma a la espera del golpe que no llegó, aunque no se protegió con las manos o los brazos. La espera se hizo crispada, ella temerosa y él dejando que la idea del dolor la penetrara. Lentamente, la mano fue bajando de nuevo.

– Sé inteligente, ¿vale?

La chica no contestó.

– Úrsula, no me hagas repetírtelo.

– Lo seré -prometió ella.

– Júralo.

– Te lo juro.

– Di «te lo juro, Lenox», por lo que más quieras.

– Te lo juro, Lenox.

– Por lo que más quieras.

– Por mi gata.

El musculitos sonrió. Pareció creerla. Todo el diálogo no había sido más que una forma de dominio, una cresta en la ola de la crispación. Ahora, la mano derecha, la de las bofetadas, llegó hasta la cabeza de la chica y se la acarició. Cada segundo se convirtió en un minuto. Luego bajó por la mejilla hasta llegar a la barbilla, y la obligó a levantarla y mirarle.

– ¿Por qué te pintas de esta forma? -le preguntó.

– Me gusta.

– Veamos a qué sabe…

El llamado Lenox se le acercó despacio y la besó. Úrsula continuó inmóvil. Luego, él le pasó la lengua por los labios. La mano descendió hasta el pecho. Se lo presionó.

Al separarse, nada había cambiado. Úrsula continuaba con la misma expresión de ira y miedo, y él sonreía.

– Buenas tetas -le dijo él-. Pero eso no sabe a nada.

Se apartó de su lado.

Era el fin de la conversación.

Gil tiró de Julia. Retrocedieron hasta salir de aquel espacio en el que serían descubiertos nada más aparecer el musculitos. Rebasaron el Audi y corrieron hacia la moto, sin detenerse ni para volver la cabeza. Al llegar a ella, intercambiaron una rápida mirada de complicidad.

No hizo falta decir ni una sola palabra.

Se pusieron los cascos y se montaron en la moto. Lenox ya estaba en el coche. Despacio, enfiló la calle, y ellos hicieron lo propio a unos veinte o veinticinco metros de distancia. No se acercaron más hasta que otro coche, una camioneta blanca, se interpuso entre ellos y su objetivo.

Afortunadamente, el Audi no aceleró en ningún momento.

A los dos minutos, por la dirección tomada, ellos ya sabían casi con toda seguridad hacia dónde se dirigía. A no ser que fuera una de aquellas casualidades en las que no creían.

Capítulo 6

Lenox y su Audi aparcaron en la misma entrada del Aurora. Seguía siendo de día, y temprano, pero ahora, en lugar de los coches de la mañana, había otra media docena. Gil y Julia pasaron de largo, por si las moscas, y en la misma curva que la primera vez retrocedieron para dar media vuelta. Pasaron por delante del club hasta la siguiente curva, y entonces él detuvo la moto y apagó el motor.

– ¿Qué piensas? -fue el primero en hablar.

– No lo sé -fue sincera Julia.

– ¿Alguna idea?

– ¿De periodista, de policía, de detective, de haber visto muchas películas?

– Vamos, Julia, aquí está pasando algo.

– ¿Te crees que no lo veo? Debieron de matarla por algo.

– ¿Y si su madre les dejó a deber dinero al morir? -señaló hacia el Aurora-. Debieron de ir por Marta.

– No me parece muy probable.

– Pues Úrsula, desde luego, está en el ajo.

Dejaron que sus pensamientos se atemperaran, pero lo único que consiguieron fue llenarse la cabeza de ideas, desde peregrinas hasta otras más lógicas, pero igualmente complicadas. Benigno Massagué solía decirles que «la verdad es siempre lo más simple».

¿Dónde estaba allí la sencillez de la verdad?

– ¿Qué hacemos?, ¿entramos? -propuso Julia.

– ¿A estas horas?, ¿los dos? -Gil arrugó la cara-. A un puticlub no creo que vayan parejas.

– Sí, si son dos viciosos o algo así, digo yo.

– ¿Tenemos tú y yo pinta de viciosos? -ahora Gil sonrió.

– Pues entra tú.

– ¿Y qué digo? «Hola, busco a Lenox. ¿Sabes algo de la muerte de Marta, tío?».

– Vale, yo solo digo que ahí dentro hay algo.

– Siempre estamos a tiempo de volver, cuando tengamos más pruebas.

– ¿Crees que las tendremos?

Gil no le respondió. No era necesario. Tampoco hacía falta decir qué iban a hacer a continuación, pero Julia lo expresó con palabras:

– Volvamos a casa de Úrsula.

– No hablará, y menos después de esto -Gil hizo de abogado del diablo-. El tal Lenox la estaba amenazando.

– Sabe algo, y Marta era su amiga.

Julia ya estaba sentada en la parte de atrás de la moto. No se habían quitado el casco, así que su cara tenía una expresión de chiste, con las mejillas apretadas y los labios algo salidos, en plan besucón. Gil la miró con aquella ternura que en las últimas horas parecía haber olvidado, o mejor dicho, aparcado. En los ojos de su compañera brillaba aquella férrea determinación que tanto le gustaba pero que, al mismo tiempo, le asustaba también.

Se lo dijo:

– ¿Crees que nos estamos metiendo en un lío?

– ¿Lo dices por Lenox, el puticlub…?

– Sí.

– ¡No! -movió una mano en plan pijo, de arriba abajo.

– Ah, vale -suspiró Gil, cargado de ironía.

Se hizo con el control de la moto e iniciaron el camino de regreso al barrio de Marta y Úrsula, a más velocidad. Volvieron a aparcar en el mismo lugar que unos minutos antes y recorrieron a pie el camino hasta el callejón. La puerta de la casa estaba cerrada, y también la ventana. Llamaron dos veces, sin éxito, y se enfrentaron a su desaliento.

– ¿El bar?

– Habrá que ver -se resignó él-. Tú espera aquí.

Gil caminó hasta el Bartolo, visible perfectamente desde su posición. Salvo que existiera una puerta posterior que comunicase con la vivienda, que debía de haberla, la del bar era el único acceso lógico. Al ver alejarse a su compañero, Julia se preguntó cómo se habían metido tan a fondo en todo aquello en solo unas horas, más aún después de prometer a sus padres y a su padrino que se trataba de un trabajo para la facultad y que no…

Gil no llegó a entrar en el bar. Se acercó a la cristalera y rápidamente dio media vuelta, como si hubiese visto un fantasma. Julia ya conocía la respuesta antes de formularle la pregunta.

– Está ahí -la informó-, detrás de la barra, ayudando.

– ¿Qué hacemos?

– Volvemos mañana, o esperamos.

– ¿Tienes algo que hacer?

– No.

– Entonces esperamos -fue determinante.

– A la orden, jefa.

– Oh…, lo siento, es que…

– Tranquila, no seas tonta. Yo también iba a proponértelo.

– ¿Dónde nos metemos? Aquí cantamos mucho.

– Lo ideal sería en un bar, pero el único que hay es este -Gil esbozó una sonrisa de resignación.

– Entonces nos quedamos aquí.

– Y si vienen los malos, ¿nos besamos para despistar?

Julia le devolvió la sonrisa. No fue perversa, solo picara.

– Aquí no hay malos -dijo, abarcando la calle.

– Ya me parecía -se encogió de hombros él.

Se sentaron en el castigado bordillo. Julia le observaba de reojo. Gil fingía mirar la rueda trasera de su moto. La calle tenía baches impresentables. De algún lado a su izquierda fluía una música crispada, hiriente, sin melodía alguna, más propia de una discoteca a altas horas de la madrugada que de allí; y de algún otro lado, a su derecha, un cantaor flamenco rasgaba el aire con su quebranto emocional. El resultado era un caos acústico ininteligible e inarmónico, pero demostraba que, allí, la vida ofrecía sus contrastes. Por la acera de enfrente pasaron dos subsaharianos cargados con fardos de ropa, y otro con lo que parecían ser discos compactos con destino a la venta callejera ilegal. Dos mujeres obesas hablaban por sus respectivas ventanas. De una tienda de verduras llegaban de vez en cuando sus aromas hasta ellos.

Una hora.

Hablaron de la facultad, del caso, de Marta, de todos los personajes vistos hasta ese momento.

Dos horas.

Hablaron de Gil y de Vic, de Julia y de la historia de sus padres, de sí mismos, aunque sin abordar algunos de los sentimientos que le dominaban a él o la hacían sentirse hipersensible a ella. Y de nuevo de Marta y su mundo, de aquellas fotos, de aquellos poemas. Cada vez que Julia abría el cuaderno y deslizaba la vista por uno, las lágrimas aparecían en sus ojos y el nudo de su garganta se clonaba con otro en la boca del estómago. Casi tres horas.

Ya no hablaban, solo esperaban, sintiéndose ridículos, perdidos.

Quedaban los poemas, y no bastaban. -Escucha -dijo Julia-: Tantas películas que no veré. Tantos libros que no leeré. Tantas noches que serán eternas cuando muera.

Tantos hombres que no amaré. Tantos rostros que olvidaré. Tantos días que pasarán cuando muera. Tantos amores que perderé. Tantas pasiones que dejaré. Tantos misterios por descubrir cuando muera.

– ¿Cuándo escribió eso? -preguntó Gil.

– La fecha es de hace seis meses -se enfrentó a sus ojos y agregó-: Más o menos cuando murió su madre.

– ¿No te sientes como si estuvieras leyendo su diario privado?

– Intento… -Julia no encontró las palabras, vencida por la emoción.

– Intentas meterte en su alma, en su corazón, en su mente, pero eso no te ayudará a escribir el trabajo; al contrario, te confundirá. Ya sabemos que no es lo que decía el periódico o creía la policía, de acuerdo, pero sigue pesando la causa de su muerte: la mataron por algo que hizo o que sabía. Puede que no fuera un demonio, pero hay que demostrar que era ese ángel del que nos habló Salvador Ponsá. Olvídate de sus fotos, su belleza o esa sonrisa. Incluso de esos poemas -señaló el cuaderno.

– Ya no puedo -confesó Julia.

Tampoco pudieron seguir hablando. Anochecía, -y la calle estaba mal iluminada, pero cada vez que alguien entraba o salía del bar Bartolo, ellos miraban hacia allá. Le tocó el turno a Úrsula.

Finalmente.

Se pusieron en pie los dos.

La chica seguía vestida de negro, pero iba un poco más arreglada, como si se dispusiera a ir a dar una vuelta o a verse con alguien. Sujetaba dos enormes bolsas de basura y se dirigía al contenedor ubicado en la otra esquina, un poco más abajo, cerca de donde ellos habían estado esperando. La alcanzaron justo cuando introducía las dos bolsas en su interior.

Úrsula los vio al volverse. Los reconoció de inmediato. Su rostro expresó el fastidio y la rabia que sentía. Pero también miró a derecha e izquierda con temor, como si buscase algo.

– ¡Joder! -exclamó agotada, sin énfasis.

– Úrsula, escucha… -empezó a hablar Julia.

– ¿Qué cono queréis? ¿Eh? ¡Dejadme en paz! ¡Piraos! -gritó.

– Hemos hablado con la abuela de Marta, con Paco, con el señor Ponsá…

– Y a mí, ¿qué? -se les enfrentó-. Ella está muerta, ¡muerta! Eso es todo, ¿entendéis?

– Por favor -suplicó Julia.

– ¡Que os den, joder!

Trató de pasar por en medio de los dos. Gil fue más rápido e intuitivo. Le mostró las tres fotografías robadas de la habitación de Marta: la de su dueña, la del hombre que salía de una casa y que tenía escrito «Papá» por detrás, y la de ellas tres sonriendo felices.

– ¿De dónde habéis sacado eso? -los fulminó Úrsula, aún más rabiosa.

– Nos las ha dado su abuela.

– ¡No tenía derecho a…! -quiso atrapar la suya, y Gil lo evitó guardándosela en el bolsillo junto con la de Marta sola.

– Erais amigas, las tres.

Úrsula apretó las mandíbulas por toda respuesta.

Gil seguía con la tercera fotografía en la mano.

– Es el padre de Marta, ¿verdad?

– ¡Y yo qué sé!

– ¿Lo es? -el chico endureció también su voz.

Julia estaba sorprendida.

– ¡Sí, es su jodido padre! -gritó Úrsula-. ¡El puto cabrón!, ¿vale? ¡Se la hizo un día saliendo de su casa! ¡Dijo que quería tener un recuerdo suyo! ¡Mierda! -apretó los puños-. ¡El tío pasa de ella cuando le apetece y ella va y…! ¡Joder, joder, joder! -se desesperó.

– ¿Cómo se llama?

– ¡José María no sé qué más!

– ¿Cómo supo dónde encontrarlo?

– ¡Se lo dijo su madre antes de morir!

Seguían hablando a gritos, así que la gente los miraba cada vez más. Ahora, Julia no intervenía en la refriega verbal. Por lo menos, las fotos habían conseguido que Úrsula se detuviera.

De ahí a que hablara más…

– ¿Qué le pasó a Marta?

La chica vestida y maquillada de negro cerró la boca de golpe. En sus ojos aleteó aquel miedo atroz que ella dominaba y vencía a base de desesperación.

– ¿Dónde está Patri?

El miedo acabó por estallar en sus pupilas. Reaccionó violentamente. Le empujó con todas sus fuerzas, y si Gil se hubiera resistido, le habría golpeado, con los puños o con las botas. Echó a andar pisando fuerte, dominada por aquella furia incontenible.

– ¿Quién es Lenox, Úrsula? ¿Qué tiene que ver el Aurora con todo esto?

Pareció a punto de detenerse. Lo notaron. Perdió el ritmo, se descompuso, intuyeron un estremecimiento bajo la leve iluminación callejera, que ya rivalizaba con la primera oscuridad de la noche. Luego siguió caminando, sin volver la vista atrás.

– ¡No puedes esconderte siempre, Úrsula! ¡Tienes que confiar en alguien!

Su cuerpo joven y agresivo se perdió calle abajo.

Era una mancha negra, como un funeral andante, que se desvaneció en la distancia.

Capítulo 7

El bar era distinto al Bartolo, más alegre, con menos humo, otra clase de clientela, parejas que reían o se miraban a los ojos sin casi hablar, grupos de amigos y amigas esperando la hora de cenar o pasando el rato, ejecutivos tardíos tomándose una cerveza o una tapa en la barra, después de acabar su larga jornada laboral. La televisión emitía para nadie.

Julia y Gil, sentados en una mesa, ordenaban ideas y anotaban cuanto recordaban de lo ocurrido a lo largo del día. La libreta con los poemas de Marta y aquellas tres fotografías sustraídas de su habitación descansaban a un lado de la mesa. De sus dos cervezas apenas si quedaba el último sorbo. Algo les impedía separarse, irse cada cual a su casa.

– Voy a probar una cosa -dijo ella, y sacó el móvil.

Marcó un número que extrajo de su agenda personal y esperó. Reaccionó al escuchar la voz de tía Cinta.

– Hola, soy yo, Julia -le anunció-. ¿Está el padrino?

– Dicho así, parece que llames a alguien de la mafia -bromeó Gil.

Le dio un golpe en el brazo con la mano.

– ¿Padrino?

– ¿Qué hay, cariño?

– Oye, es sobre lo que hablamos ayer, ya sabes, el caso de esa chica asesinada.

– Sabía que llamabas por eso. ¿En qué andas?

– En nada, escribiendo un poco el trabajo con mi compañero -le quitó importancia al asunto-. Solo quería saber si había algo más. Ya sabes, extraoficialmente.

– Ni extraoficial, ni oficial -manifestó el hombre-. Ya te dije que no sé nada de eso. El caso es del inspector Germán Rocamora.

– Marta tenía una amiga íntima, una tal Úrsula.

– Pues supongo que la habrán interrogado.

Julia puso cara de resignación. Aun así lo intentó una segunda vez.

– ¿Te suena un puticlub llamado Aurora? Lo digo porque, como eres poli, a lo mejor…

– ¿Un putiqué? ¿Desde cuándo hablas así?

– Venga, padrino.

– ¿Qué tiene que ver ese lugar con esa chica muerta?

– Su madre trabajaba en él.

– ¿Y?

– No, nada -arrugó la cara, como si hubiera metido la pata, y se mordió el labio inferior.

– Julia, te lo advertí -la voz de su padrino sonó más que seria-. Espero que no te dé por meterte en un lío.

– Que no, hombre, que no -se defendió ella-. Pero es que, hablando con la abuela de Marta y con una vecina… En fin, que han salido nombres, y era por si sabías algo.

– Una cosa es hacer un trabajo escolar, y otra muy distinta, jugar a policías y ladrones.

– ¡Padrino…!

– Mira que te conozco, te lo dije. ¡Eres hija de tus padres, por Dios!

– ¡Estamos reconstruyendo la vida de Marta, solo eso!

– ¿Estamos?

– Somos dos, un compañero de la facultad y yo.

– Pues menos mal -y preguntó con toda intención-: ¿Sois algo más?

– No -se puso roja.

Gil no reparó en ese detalle. Volvía a mirar las fotografías, especialmente la del padre de Marta.

Era el momento de iniciar la retirada. Se arrepintió de haber llamado.

– Te dejo, que nos traen ya la cena.

– ¡Hala, diviértete y no te vuelvas loca con tu trabajo! -suspiró Pablo Barrios-. ¡Seguro que, si te fijas bien en tu amigo, hasta lo encuentras guapo y con posibilidades!

– ¡Te odio! -se despidió riendo.

Cortó la comunicación, se guardó el móvil y miró a Gil, absorto en la imagen de su padre tomada subrepticiamente por Marta.

¿Guapo? No se había dado mucha cuenta de ello, y desde luego lo era. Bueno, guapo, lo que se dice guapo… Gil era interesante, resultón, con un atractivo que trascendía la simple belleza masculina.

De lo que estaba segura era de que él sí estaba interesado en ella.

Más que interesado.

Se lo notaba.

Siendo tan dulcemente tímido en ese sentido…

– ¿Quieres que vayamos a hablar con el padre de Marta? -su compañero le interrumpió los pensamientos.

– No sabemos dónde vive -se olvidó de ellos para concentrarse de nuevo en el caso-; solo que se llama José María.

– Yo sí sé dónde vive. Mira… -le puso la fotografía delante del rostro, sosteniéndola con sus dos manos-. Fíjate en esa hamburguesería que hay al lado.

Úrsula les había dicho que Marta le hizo esa foto cuando él salía de su casa. La hamburguesería de al lado se llamaba Mallorca Dosochosiete.

– ¡Genial! -exclamó Julia.

– No está mal para un detective aficionado, ¿eh?

– Periodista -le rectificó ella.

Gil arrugó la cara.

– Mierda -musitó.

– Venga, vámonos -se puso en pie Julia, sin tomárselo en cuenta.

– ¿Ahora?

– Pasamos y vemos qué tal, nada más.

Se resignó. Comprobaron la nota y dejaron las monedas sobre la mesa. Julia se guardó la libreta de los poemas, y esta vez también las fotografías. Salieron a la calle poniéndose los cascos y subieron a la moto sin decir nada más. La distancia volvía a ser breve, así que en menos de diez minutos se detuvieron frente a la hamburguesería de la foto, que seguía tal cual, como si la imagen hubiera sido tomada el día anterior. La puerta del edificio por la que salía el hombre estaba cerrada.

– ¿Llamamos a algún piso para que nos abran? -vaciló Julia.

– Espera -Gil pulsó un timbre y aguardó unos segundos, hasta que se oyó una voz. Entonces dijo-: Oiga, traigo un sobre para el señor José María.

– ¿José María? ¿Qué José María?

– No lo sé, es el nombre que pone en el sobre.

– Pues aquí no es.

Lo intentó de nuevo, y en esta ocasión, al menos tuvo más suerte.

– ¿El señor José María? Será José María Ponce, ¿no?

– Sí, sí.

– Pues el cuarto segunda.

Le dio las gracias y eso fue todo, porque la vecina no le abrió la puerta.

Ya no insistieron más.

Tres o cuatro minutos después salió un hombre con un perro. Aprovecharon para colarse dentro del vestíbulo y acercarse a los buzones. En el del cuarto segunda leyeron cinco nombres: José María Ponce, Ágata Grabulosa, Pilar Ponce, Ignacio Ponce y Gisela Ponce. No había ningún José María más en los restantes buzones.

– Familia numerosa -dijo Julia.

– La oficial, sí -convino Gil.

– Es inútil subir -admitió ella-, y a esta hora, menos. Además, no podemos preguntarle por su hija ilegítima así, a lo bestia. No en su casa.

– ¿A qué hora debe de salir para ir a trabajar?

– Tendremos que madrugar, por si acaso.

Volvieron a la calle, a la moto, y comprendieron que allí terminaba su primera jornada de investigación periodística en torno al caso de Marta Jiménez Campos. Los dos se resistieron a aceptarlo, atrapados por el vértigo de lo que ya les dominaba la mente de arriba abajo. Gil trató de retenerla.

– ¿Quieres que vayamos a cenar?

A Julia le gustó que lo intentara.

– Esta noche no, pero cuando mis padres se hayan ido y esté sola, encantada, ¿hace?

– Bien -aceptó él.

– ¿Me llevas a casa?

– Claro, mujer.

Le abanicó varias veces con las pestañas, de cerca, sonriendo y mostrando una coquetería ficticia que, sin embargo, resultó muy convincente.

– ¿Puedo… -la inflexión fue definitiva-… conducir yo?

Gil le tendió las llaves, sujetándolas en lo alto por el llavero.

– Comediante -rezongó.

Julia las atrapó y se sentó delante.

– ¡Agárrate al casco, chico! -gritó, feliz.

Capítulo 8

A salvo en su habitación, en su hogar, rodeada por el mundo en el cual se sentía segura y protegida, Julia pasó la película del día por su mente y se detuvo en algunos momentos singulares, algunas escenas puntuales, en los ecos de determinadas expresiones y en los rostros de cuantos habían conocido a Marta y ahora hablaban de ella desde la distancia impuesta por su muerte. Dejó que el bombardeo de sensaciones la azotara y la inundara hasta calarla, se impregnó de la triste soledad de la señora Carmela, del miedo de Úrsula, de la sinceridad de Salvador Ponsá, incluso de la fría sequedad de Paco o el desasosiego visceral emanado de la presencia del musculoso llamado Lenox. Hizo con todo una masa que trató de masticar despacio y digerir sin más prisa que la de su inquietud. El resultado le creó aún más incertidumbre, más recelo, más misterio añadido al que estaban empezando a vislumbrar.

Marta robaba recambios y Paco trabajaba en un taller.

Úrsula era amenazada por el hombre del Aurora.

Marta había llamado al señor Ponsá antes de desaparecer y ser asesinada.

¿Por qué?

¿Qué había sucedido en su vida para llegar al extremo de que alguien se la arrebatara?

Extendió una mano y cogió una vez más dos de aquellas fotografías, la de Marta sola y la de las tres chicas felices y sonrientes en la playa. En la primera, Marta estaba de medio cuerpo, sentada en una tumbona espantosa, de color verde, que realzaba la luminosidad de su rostro por el contraste. Tenía una media sonrisa cabalgando en su rostro diáfano, los ojos medio abiertos, un mucho de ingenuidad y un poco de malicia para compensarla. Alucinó por esa extraña combinación: ingenuidad y malicia. El yin y el yang de un carácter, como la parte masculina y femenina de todo ser humano. La ingenuidad le daba un tono de afectuoso cariño, de dulzura a flor de piel. La malicia la hacía intensa, mujer pese a su adolescencia. Una combinación explosiva, con un ligero toque sensual, con una parte de morbo añadido. Una fotografía con muchas facetas, como las caras de un diamante. En la segunda, Marta destacaba por ser la más guapa de las tres, pero la desconocida, Patri, no le iba mucho a la zaga. Más alta, un poco más mujer, luciendo un tipo perfecto, su desafío en la sonrisa era mayor. En este sentido, Úrsula era el patito feo, generosa de cuerpo, blanca de piel, menos risueña que las otras dos, aunque las tres parecieran igual de felices.

El último verano. Nunca mejor dicho.

¿Quién querría matar a una niña de quince años, ex drogadicta, ex convicta, ex ladrona, cuando para la mayoría era un simple desperdicio social?

Solo un ser humano cuando se escarbaba un poco en toda aquella falsedad que la envolvía.

Un poco, porque en el fondo, nadie quería escarbar nunca.

Dejó las fotografías a un lado y tomó por enésima vez el cuaderno de los poemas. Había leído un montón, dominando emociones y conteniendo amargos sentidos de culpabilidad. Tenía incluso sus favoritos. Como, por ejemplo, el último, escrito el día de su decimoquinto cumpleaños. Se llamaba así, «15».

15, y aún espero
ese sol que tanto quiero.
Y ese canto
que me libere del espanto.

15, y aún sueño
que el amor me da el empeño.
Corazón rojo
que de cárdeno parece roto.

15, y aún sé
que la vida no te da un porqué.
Solo grita
lo que despacio te quita.

15, y aún no entiendo
lo que el futuro acaba siendo.
Extraña danza
que arde y quema la esperanza.

15, y aún sonrío
queriendo alargar el desafío.
Que ni la muerte
pueda darme mejor suerte.

La mayoría de las chicas escribían poemas en la adolescencia, pero estaba segura de que pocos dejaban entrever aquella honesta profundidad, ni poseían tanta brevedad en los conceptos, ni tanta fuerza en las ideas, atrapando así los sentimientos para verterlos con sencillez sobre el papel. La frase final le hacía estremecer…

«Que ni la muerte pueda darme mejor suerte».

Hablaba del «espanto», de su «corazón roto», de «esperanza», de lo efímera que era la vida. ¡Con quince años!

Marta había madurado a golpes.

Pasó las hojas del cuaderno hacia atrás. La letra era menuda pero nerviosa, legible pero voraz, con detalles con los que cualquier grafólogo hubiera disfrutado, como los palos de las tes y las bes por arriba o los de las pes y las cus por abajo, los finales de las aes o las sinuosas curvas de las eses.

Iba a leer otro de sus poemas favoritos cuando llamaron a la puerta de su habitación. Tuvo tiempo de cerrar el cuaderno, pero no de guardar las fotografías. Su padre apareció por el quicio.

– Pensaba que ya dormías -dijo-. Iba a apagar la luz.

– Ven, pasa -le invitó.

Juan Montornés obedeció a su hija. Llegó hasta la cama, donde estaba sentada en cuclillas y descalza, y se colocó a su lado. Julia le enseñó las dos fotografías en las que aparecía Marta. La de su padre quedó a un lado, junto al cuaderno.

– ¿Qué te dice esta cara? -le preguntó.

– Que es una chica preciosa -reconoció él.

– Eres fotógrafo. Sabes reconocer el alma de una persona a través del objetivo. Dime qué ves en ella.

– ¿Quién es?

– Aquí tenía catorce años.

– ¿Tenía?

– Es la chica de mi trabajo -le costaba llamarla así, pero supuso que era necesario para tranquilizar a su padre.

– ¿De dónde las has sacado?

– Me las ha dado su abuela -mintió.

Juan Montornés ladeó la cabeza. Hizo un silencioso gesto de reconocimiento, y continuó pendiente de aquellas sonrisas, la que compartía con sus dos amigas y la de la imagen en solitario.

– ¿Cómo se llamaba?

– Marta.

– ¿Qué has averiguado?

– No, primero tú.

Su padre tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era pausada, analítica, dominada por una calma surgida de la experiencia. Había vivido media vida a través del ojo de sus cámaras. Había visto medio mundo a través de sus objetivos.

– Veo a una chica despierta, muy bella, consciente, inconsciente, mujer, niña, enérgica, llena de fuerza, pero también de desesperación, con unas ganas tremendas de vivir y un enorme lago seco en su corazón.

– ¿De veras ves todo eso? -alucinó Julia.

– Sí.

– Y has dicho… ¿desesperación?

– Mira esas manos -indicó su padre-. Cómo sujeta a sus dos amigas. No se apoya, las une, las atrae hacia sí misma, en una especie de equilibrio formal. No se limita a estar, las posee. Y en esa posesión reside la síntesis de su desesperación. Hay mucha soledad en la forma, mucha intensidad en el fondo. ¿Ves los dedos crispados? No existe relajamiento en ellos.

– Puede ser porque se están riendo.

– Puede, pero mira la otra -le mostró la individual-. Esa mirada mitad cansina, mitad salvaje; esa dejadez corporal que la hace incluso sexy pese a su adolescencia. Hay mucho fuego en sus ojos, y ella misma se encarga de canalizarlo entrecerrándolos, tal vez inconscientemente. No está sentada, ni caída en esa tumbona. Está en un trono, aunque es posible que ni supiera tampoco eso.

– Qué fuerte -reconoció Julia.

– ¿Quiénes son estas dos?

– Una se llama Patri, y la otra, Úrsula. A la primera no la hemos encontrado. A Úrsula, sí. Va de siniestra.

– ¿De qué?

– Toda de negro, ritual satánico, calaveras y ese rollo.

– ¿Está tu amigo Gil contigo en esto?

– Sí.

– Mejor.

– ¿Por qué?

– Acabas de empezar y ya te estás comiendo el coco.

– ¡Papá!

Fue a levantarse, y entonces Valeria Rius apareció por la puerta. Eso le detuvo.

– ¿Qué hacéis? -se interesó la recién llegada.

– Jugábamos a colegas -respondió su marido.

– ¿Puedo jugar yo también?

Juan Montornés le pasó las dos fotografías.

– ¿Qué te sugiere esa cara?

– Tristeza -la madre de Julia fue rápida.

– ¿Qué? -ella no pudo creerlo-. ¡Pero si está riéndose!

– A mí no me parece una risa, sino un grito.

– ¿Por qué?

– Porque le está diciendo a la cámara que quiere vivir, ser feliz, y lo hace con rabia, con… -buscó la palabra.

Julia supo justo cuál iba a pronunciar. La conocía. Acababa de decírsela su padre. Se estremeció al oírla.

– … desesperación.

CUARTA PARTE

Las revelaciones

Capítulo 1

Llevaban apostados treinta minutos delante de la casa de José María Ponce, con la moto a un lado y los cascos dispuestos. Las posibilidades que tenían habían sido desmenuzadas antes:

– ¿Y si va en coche y la salida del aparcamiento da a otra calle?

– Habremos perdido el tiempo.

– ¿Y si coge el metro?

– Tú lo sigues y luego me llamas por el móvil desde donde estés para que me reúna contigo.

– ¿Y si ya…?

– Julia.

– Vale, vale.

Treinta y cinco minutos. Cuarenta. Cincuenta.

– Ese no es un currante, a no ser que trabaje al lado de casa -indicó Gil-. Son las nueve menos veinte.

– ¿Y si preguntamos por su número a la Telefónica?

– Esa sí es una buena idea -reconoció él-. ¡Maldita sea!

Julia sacó su móvil dispuesta a marcar. No llegó a hacerlo.

– ¡Julia!

José María Ponce salía por la puerta de su casa, reconocible a pesar de que la fotografía de Marta había sido tomada de lejos y no tenía calidad. Incluso parecía llevar el mismo traje, oscuro, regio y sobrio. Sostenía una cartera en la mano y llevaba gafas.

Quedaron tensos, a la espera de ver qué hacía.

El hombre cruzó la calle, pasó cerca de donde se encontraban y se metió en un aparcamiento situado a unos diez metros. Julia y Gil intercambiaron una mirada, y fue ella la que echó a andar tras sus pasos mientras él se ponía el casco, por si acaso.

Julia no estuvo en el aparcamiento ni dos minutos. Salió a la carrera.

– ¡Va a salir en su coche, por aquí mismo! ¡Es el único acceso!

Se puso el casco, se montó detrás de Gil y, con la moto en marcha, aguardaron a que el automóvil del padre de Marta hiciera su aparición. Cuando sacó el morro y se sumergió en el tráfico, se pusieron casi tras él para no perderle. Después de todo, no tenía por qué sospechar nada. El vehículo era un BMW de lujo.

La persecución les llevó hacia la parte norte de la ciudad, hasta la Diagonal, para luego enfilar rumbo al sur y tomar la autopista de Tarragona y Lleida. El miedo de que saliera de viaje quedó abortado casi de inmediato porque el hombre tomó el primer desvío, el que llevaba a Sant Just Desvern, que resultó ser su destino. A velocidad más reducida, por una zona de oficinas, se metió en el aparcamiento de un edificio acristalado de color azulado y de unas cinco plantas de altura. Julia y Gil dejaron la moto al otro lado del mismo aparcamiento y esperaron a que su objetivo entrara.

– De acuerdo, vamos allá -dijo Julia, transcurridos cinco minutos de lenta espera.

Preguntaron por él en recepción. Una morena espléndida les indicó que subieran a la tercera planta. Una segunda recepcionista, esta rubia, a modo de contraste visual, e igualmente espléndida, les dijo que aguardaran en una zona reservada para las visitas. La nueva espera fue breve. Una tercera mujer, más discreta, aunque también perfectamente maquillada y vestida, se les acercó con una sonrisa colgada de sus labios.

– ¿Han preguntado por el señor Ponce?

– Sí, queríamos verle, por favor.

– ¿Tenían cita concertada?

– No.

– En este caso, me temo que no sé si…

– Dígale que es para hablar de Marta Jiménez Campos.

– ¿Perdonen?

– Usted limítese a decirle ese nombre.

No le gustó el misterio. Dejó de sonreír, y entonces apareció la secretaria perfecta y feroz que escondía su postura inicial. Retrocedió y, durante tres minutos, no supieron si iban a salir en globo o qué. Cuando volvió la secretaria, notaron que estaba aún más seria. No debían de gustarle nada los secretos que no controlaba.

– Por favor, si quieren seguirme…

Les precedió por un pasillo hasta llegar a un despacho cuya puerta abrió ella misma. Julia y Gil oyeron cómo la cerraba a sus espaldas y les dejaba solos con el dueño de aquel lugar. José María Ponce estaba sentado detrás de su mesa, en el centro de un cubículo tan pragmático que, si les hubieran preguntado a qué creían que se dedicaba, no habrían sabido responder. En un ángulo de la repisa abierta a su espalda vieron la clásica fotografía familiar: hombre, mujer y tres hijos, todos sonrientes. Parecía antigua.

No les gustó su cara, y aún menos la forma en que los miraba. Tampoco les gustó que les tuteara.

– Perdonad, pero habéis dicho un nombre que no me suena. No entiendo…

– Marta Jiménez Campos -dijo Gil.

José María Ponce abrió sus manos y arqueó las cejas.

– Sigo sin…

– ¿No recuerda el nombre de su hija, señor? -venció su miedo Julia.

– Yo no tengo ninguna hija llamada Marta, y si los apellidos son Jiménez Campos…

– Señor Ponce -Gil mostraba una enorme seguridad-. Usted tuvo una historia con una mujer llamada Lali, hace dieciséis años. La dejó en estado y luego pasó de ella.

– ¿De dónde habéis sacado esa tontería? ¿Quiénes sois vosotros?

– Escuche, señor Ponce -habló Julia-. Lo único que queremos…

– ¡Será posible! -el hombre se puso en pie-. ¿Esto es una broma, o qué? ¡Haced el favor de…!

– No juegue con nosotros -le advirtió Gil.

José María Ponce había rodeado la mesa y ahora se encontraba cara a cara con ellos. La seguridad que mostraba quedaba traicionada por el temblor de sus pupilas, que saltaban de uno a otra mientras una venita se agitaba en su sien derecha. Tendría unos sesenta años, se conservaba decentemente, lucía la clase habitual que suele proporcionar el dinero cuando es suficiente como para disfrutar de la vida sin agobios.

– ¡No, hijo! -le previno-. ¡No juegues tú conmigo, o saldrás de aquí con el rabo entre las piernas! -su furia fue en aumento-. ¡Vais a marcharos de aquí pero ya!

– Lo sabemos todo, señor Ponce -se limitó a decir Gil.

Los siguientes cinco segundos fueron tensos. Julia temió que el hombre golpeara a su compañero. Su rabia creció, llegó al límite y, como si pesara demasiado, se vino abajo, desparramándose hasta dominarle y vencerle. Se agotó igual que una batería, de forma fulminante, y sus ojos se inundaron de sombras y crepúsculos.

– Yo no embaracé a nadie -se resistió por última vez.

Gil le sostuvo la mirada. Ya no dijo nada. Esperó. Julia estaba fascinada por aquella serenidad.

José María Ponce tocó fondo.

– ¿Es un chantaje? ¿Es eso?

– No es un chantaje -dijo Gil tan despacio como pudo-. Veníamos a decirle que Marta murió el otro día.

Un parpadeo.

– ¿Qué?

– La asesinaron.

Tuvo que apoyarse en la mesa, no porque sus piernas se doblaran, sino porque el peso y el cansancio siguieron venciéndole. Frunció el ceño de perplejidad, aunque no dio muestras de estar asustado.

– La policía no ha venido a verle, claro -convino Gil.

– No.

– Puede que lo haga.

– ¿Por qué?

– Era su padre, aunque, cuando vino a verle, usted la echó.

– Yo no…

– Sí, usted sí -asintió Gil-. Usted pasó de ella. Debió de presentársele al morir su madre, para conocerle, nada más, o tal vez para pedirle ayuda para estudiar, para salirse de su mundo, y usted hizo lo que cabía esperar: darle la patada, como todos.

La venita de su sien se disparó. Parecía un gusano atrapado, buscando una salida, desesperado.

– ¿Quiénes sois vosotros?

– Periodistas.

Se puso blanco, como la cera. Y, de nuevo, reapareció la rabia.

– ¿Vais a publicar toda esta mierda?

– Esta mierda es la muerte de su hija, señor -dijo Julia.

– La encontraron desnuda, tirada en un monte -la secundó Gil-. Acababa de cumplir quince años.

– ¿Sabía que, cuando usted se la quitó de encima, Lali acabó ejerciendo la prostitución y arrastró a su hija a un infierno? -le dio ella la puntilla.

El vértigo de José María Ponce podía escucharse, ensordecía, y también podía medirse con un sismógrafo. Su quietud no era más que una pantalla. Allí dentro, en su pequeña geografía, ríos de sangre corrían desbocados y vientos huracanados barrían y agitaban hasta los recovecos más ínfimos. Sus ojos ya estaban muertos antes de que se les enfrentara por última vez.

– ¿Queréis marcharos, por favor?

– No nos quedaríamos por nada del mundo, ¿sabe? -Gil fue el primero en moverse.

Julia siguió mirándole.

– Vámonos -le dijo él.

– Espero que alguno de sus hijos valga la mitad de lo que valía ella -le disparó la muchacha al corazón.

Cuando salieron de allí, el vértigo era suyo.

Capítulo 2

Rodearon Barcelona por la ronda de Dalt hasta Santa Coloma. Les quedaba una última tentativa: Patri. El tráfico se hizo abigarrado al acercarse a su destino a causa de un accidente, pero ellos iban en moto y lograron superar el tapón hasta llegar a la salida. El salto desde Sant Just Desvern, con sus chaletitos, sus edificios de oficinas y su lujo, contrastaba con el barrio de Santa Coloma, que ya empezaba a resultarles habitual y familiar pese a que solo era su segundo día de investigación. Gil detuvo la moto frente al ÍES El Fortín, el mismo lugar en el que el día anterior habían hablado con aquellas dos chicas, la de la ropa amplia y la delgada, Leti y Elena.

Una mujer que salía del edificio en aquel momento fue la candidata idónea para la pregunta que le formuló Julia, con su sonrisa de confianza incluida.

– Perdone, señora. Estamos buscando a unas chicas que se llaman Leti y Elena. Creo que viven aquí.

La mujer los miró a fondo. Debió de concluir que eran normales y pacíficos. Movió la cabeza señalando hacia arriba.

– Elena vive en el quinto tercera.

– Gracias -se despidió ella.

Subieron en el ascensor, un poco castigado por dentro con pintadas, como algunos servicios. Había cuatro puertas en el rellanito y pulsaron el timbre de la tercera. Les abrió la misma chica, Elena. Llevaba incluso la misma ropa, aunque ahora no fumaba.

– ¿Vosotros? -alucinó al reconocerlos.

– ¿Podemos hablar contigo unos minutos?

– ¿Vais a poner mi nombre en lo que escribáis?

– Claro, mujer -la tranquilizó Gil.

– Me llamo Elena Gómez. ¿Lo tenéis?

– Elena Gómez -Julia sacó su bloc de notas y lo apuntó.

– ¿Podemos pasar? -preguntó Gil.

– No -hizo un gesto desabrido-. Mejor vamos abajo -volvió la cabeza y gritó-: ¡Salgo un momento!

– Pero ¿adónde vas ahora? -gimió una voz quejumbrosa.

– ¡Que ya subo, joder! -insistió la chica.

Cerró la puerta y emprendió el camino del descenso por la escalera, pasando del ascensor. Les explicó el porqué entre su planta y la siguiente:

– No es la primera vez que, de bajada, me he quedado colgada, así que ya no me la juego. El día menos pensado, igual se suelta y todo.

Llegaron a la calle y, en el mismo lugar que el día anterior, algo así como un punto de encuentro, se apoyó en la pared y se cruzó de brazos. Recordó algo y les dijo:

– ¿Tenéis un veneno?

– No fumamos -le explicó Julia.

– ¡Jo! -pareció echarles encima su desprecio-. Pero si la vais a palmar igual. ¿De qué queréis hablar?

– De Patri.

– Esa es del barrio, pero no iba al insti -miró El Fortín, convertido ahora en un edificio vacío y silencioso al otro lado de la calle.

– ¿Es esta? -Julia sacó la fotografía de su bolso.

– Sí, qué tope -sonrió Elena-. ¡Las tres juntas!

– ¿Sabes dónde vive Patri? -preguntó Gil.

– Exactamente, no, pero conozco a una que sí puede que lo sepa.

– Creía que aquí todo el mundo se conocía.

– Hombre, tío, tampoco tanto. Hay mucha gente.

– ¿Puedes darnos la dirección de esa persona?

– No la sé, pero sé el lugar. Os acompaño.

– No querríamos molestarte.

– Anda ya -se encogió de hombros-. Tampoco tengo nada que hacer. Igual me haces famosa.

Coqueteaba con Gil. Julia se dio cuenta. A ella casi ni la miraba. A su compañero, en cambio…

– ¿Es lejos?

Llevaban los cascos en la mano, una vez más. Elena les tranquilizó.

– Cinco minutos -dijo-. Dejad aquí la moto.

Tomó la iniciativa, situándose en medio de los dos, y los tres enfilaron una calle descendente que se dirigía más o menos hacia el núcleo central de Santa Coloma. Gil no perdió el tiempo.

– Eres una tía estupenda, ¿sabes?

– Oh, sí -Elena soltó una carcajada-. ¡Elena, la estupenda!

– No, en serio. Después de lo reservada que nos pareció Úrsula…

– ¿La Ursu, reservada?

– No quiere hablar con nosotros.

– ¿En serio? -mostró su extrañeza-. Bueno, a lo mejor es por la muerte de Marta, o por ese rollo necrófilo que se ha montado. Está como una puta cabra.

– ¿No te cae bien?

– Ni bien ni mal -le dio una patada a una lata de cola, que salió despedida hacia la mitad de la calzada esparciendo sus ecos metálicos en la mañana-. Tiene su rollo y yo el mío, eso es todo. ¿Visteis a Paco?

– Sí.

– ¿Qué tal?

– También estuvo algo seco.

– ¿El taller es suyo? -intervino Julia.

– No, de su padre.

– ¿Es un negocio serio?

– ¿Cómo que si es un negocio serio?

– ¿Han tenido problemas con la policía?

– Ni idea -dejó de mirar a Julia para volver a girar la cabeza hacia Gil-. ¿Es que sabéis algo que yo no sepa?

– Solo son preguntas al azar -dijo él con aplomo-. Solemos trabajar así.

– Chachi -asintió la adolescente.

– ¿Te suena de algo un lugar llamado Aurora?

– No, ¿qué es?

– Un local de alterne.

– Pues vaya rollo.

– ¿Y un chico musculoso llamado Lenox? ¿Es de por aquí?

– ¿Lenox? Ni idea.

Camino cortado. Gil se internó por otro.

– Tenías razón sobre lo de que Marta era una tía legal.

– Ya, fijo.

– Siempre tuvo mala suerte.

– Es que esto es una puta mierda -levantó la cabeza abarcando con la mirada casi todo el barrio. Su voz sonó como la de una vieja de noventa años.

– ¿No te gusta? -inquirió Gil.

– ¿A mí? ¿Estás de guasa, tío? En cuanto acabe el muermo del insti, me abro, me busco un curro guapo y punto. Una amiga mía es cajera de Caprabo y me ha dicho que me coloca, seguro. No veas la de ganas que tengo -de pronto, en seco, anunció-: Es ahí.

Miraron en la dirección que ella señalaba. Se trataba de otra casita baja, de dos plantas, vieja y pequeña, sucia y discreta. Elena no llamó a ningún timbre. Desde la calle, gritó:

– ¡Manu!

Otra chica, también joven, adolescente, sacó la cabeza por una de las ventanas del segundo piso. Reconoció a su compañera y agitó la mano.

– ¿Qué pasa?

– Baja, quieren hablarte.

– Voy -desapareció de la ventana sin preguntar nada más.

Elena miró de nuevo a Gil.

– Se llama Manu, de Manuela -le informó-. Ahora está en el paro porque no le renovaron su contrato temporal, pero se lo monta de puta madre.

Manu apareció al momento por la puerta de la calle. De cerca, vieron que ya no era como Elena, Marta o Úrsula. Parecía haber rebasado los dieciséis de sobra. Mascaba chicle con ferocidad, llevaba el pelo alborotado y de punta, sujeto irregularmente con media docena de pincitas de colores, las uñas pintadas de oscuro, pero sin pizca de uniformidad, y lucía una minifalda tan mini que sus largas piernas semejaban ser dos pilares rosas sosteniendo la mitad superior del cuerpo en un frágil equilibrio. La boca era excesiva, y más cuando sonreía.

– ¿Qué hay? -besó a Elena-. ¡Cuánto tiempo!

– Ya ves -la chica plegó los labios dándole a entender que no había mucho-. Estos amigos míos son periodistas y quieren hablarte.

– ¿Periodistas? -abrió los ojos al límite.

Gil le tendió la mano. Manu se la estrechó. Hizo lo mismo con Julia, pero, al igual que Elena, fue como de pasada. Estaba claro que Gil era el centro de su atención.

– Hola, ¿qué hay? -se quedó expectante.

– Estamos escribiendo un reportaje sobre la muerte de Marta -dijo él.

A Elena le cambió la cara.

– La pobre -exclamó.

– Hemos intentado hablar con su amiga Úrsula, y ahora estamos buscando a otra, Patri.

– ¿La Patri? -asintió con la cabeza-. Ah, ya.

– Nos ha dicho Elena que tal vez tú…

– Pues hace como tres o cuatro semanas que no la veo ni sé de ella, a lo mejor incluso más, no sé -sus mandíbulas iban de arriba abajo sin parar, implacables-. Como va por libre…

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que va y viene, eso -quiso ser explícita sin lograrlo.

– ¿Por su trabajo? -trató de ayudarla Gil.

– ¿Trabajo? ¡No! -lo dijo con generosa expresividad-. La Patri se busca la vida como puede mientras espera ser mayor de edad y todo ese rollo.

– ¿Por qué?

– Porque si la pillan, igual la envían a un orfanato o donde sea que metan a la gente que no tiene a nadie. Y con lo libre que ha sido siempre ella…

– Así que Patri es huérfana.

– Sí, perdió a su madre hace unos meses, y después de lo que les pasó a la Neli y la Carolina…

– ¿Quiénes son esas?

– Dos de por aquí -abarcó el entorno.

– ¿Y qué les pasó a ellas?

– Ni idea.

Gil se impacientó. Parecía ser el denominador común de la mayoría: la parquedad oral. Miró a Julia en demanda de ayuda, pero se encontró con una fría ironía en sus ojos, como diciéndole que ya lo estaba haciendo bastante bien. Manu se ocupó en formar una enorme pompa con su chicle.

– Veamos, has dicho «después de lo que les pasó» -trató de centrar él sus palabras.

La pompa desapareció sin llegar a estallar.

– Bueno, les pasó que desaparecieron, pero no sé nada más.

– ¿Desaparecieron… desaparecieron? -insistió Gil.

– De la noche a la mañana.

– ¿Y eso no es raro?

– ¿Por qué iba a serlo? -Manu hizo un gesto lleno de naturalidad-. Si yo me quedo huérfana, sin nadie, no voy a ir por ahí contándole a todo el mundo lo que voy a hacer, y más si pienso que van a venir los de la Administración o los de la asistencia social, o los que sean. Así que, o las trincaron ellos y se las llevaron por ser menores, o se dieron el piro y estarán por ahí.

– Así que Patri también se quedó sola y, vistos los antecedentes, crees que no quiso jugársela.

– Fijo.

– ¿Alguien del barrio podría saber…?

– No sé -dobló las comisuras de los labios hacia abajo-. Podéis preguntar.

Era como dar palos de ciego.

Julia sacó su bloc. Era la primera vez que abría la boca en todo aquel rato.

– ¿Podríais darnos los apellidos de todas?

– Patri González…; bueno, en realidad es Petra, pero la llamaban Patri -Manu se dirigió a ella, ahora convertida en la estrella del momento-. Neli era Analía García, y Carolina… -hizo memoria hasta que lo recordó-. Sí, Carolina Santaclara. Yo me llamo Manu Pérez. ¿Lo tienes?

– Manuela Pérez. Lo tengo.

– Manu -la corrigió.

– Manu -asintió Julia.

La muchacha volvió a dirigirse a Gil.

– Lo de esa chica, Marta, fue todo un golpe, ¿eh? Yo es que, cuando lo supe, aluciné en colores. Un asesinato, tú. Hay gente bestia, pero eso… Oye, ¿y para qué periódico trabajáis?

No quería dar excesivas explicaciones, así que no se lo pensó dos veces.

– Para el Avui.

– Ah, en catalán, claro.

No iban a sacar mucho más. Lo comprendieron al ver aparecer por la boca de Manu otro globo de color rosa. Este sí llegó a estallar. Ella devoró el chicle y retiró los restos con la lengua. Daba la sensación de estar encantada y de ser una chica despreocupada, abierta y cargada de fresca inocencia.

– Yo tengo que volver a casa -dijo Elena-. ¿Os quedáis, o venís conmigo a buscar la moto?

Capítulo 3

No se alejaron demasiado del ÍES El Fortín, ni de la casa de Elena, ni de la zona. Gil detuvo la moto a unos doscientos metros y los dos pusieron pie en tierra para hacer una valoración de los últimos acontecimientos. Escogieron un lugar sombreado porque el día estaba siendo caluroso. Les bastó una mirada de inteligencia para darse cuenta de que ambos se encontraban en la misma sintonía. Aun así, Julia lo expresó con palabras:

– ¿Piensas lo mismo que yo?

– Tres chicas desaparecidas y Marta muerta.

– ¿Casualidad?

No hubo respuesta. Julia siguió hablando.

– Ninguna de ellas tenía familia.

– Marta sí.

La muchacha rebuscó en el interior de su bolso hasta dar con el móvil. Lo tenía desconectado, así que lo primero que hizo fue insertar su código personal y abrir la línea.

– ¿A quién llamas? -quiso saber Gil.

– A mi padrino.

El chico asintió con la cabeza y esperó. Julia acabó de marcar el número y se enfrentó a sus ojos. Por extraordinario que pareciera, empezaban a sentirse como verdaderos profesionales, como si aquello no fuese un trabajo escolar, sino un auténtico reportaje. La determinación de sus gestos, sus miradas, todo confluía en un vértice muy agudo que actuaba igual que una cuña: el rompehielos de su destino.

– ¿Tía Cinta? Soy yo, ¿está el padrino?

– Se ha pasado por la Central, hija.

– Le llamo allí. Si cuando llegue no hemos hablado, dile que me llame, ¿de acuerdo?

– A saber en qué lío te estarás metiendo.

– Que no, mujer. ¿Tienes su número?

– Apunta.

Julia sacó su bloc con la otra mano y se lo tendió a Gil. Su compañero tomó nota y luego ella cortó la comunicación. Marcó de nuevo los nueve dígitos facilitados por la mujer de su padrino y esperó. La voz del otro lado fue ahora mucho más aséptica.

– ¿Pablo Barrios, por favor?

– Ahora mismo está ocupado, ¿quién le llama?

– Su ahijada, Julia Montornés. ¿Podrían decirle que me telefonee, que es… urgente? Le dejo el número de mi móvil.

El dueño de la voz apuntó las nueve cifras y, tras ello, Julia volvió a guardar el teléfono en su bolso. La mirada de Gil y la suya convergieron en un profundo y críptico silencio.

– Aquí está pasando algo -suspiró ella.

– Y la dichosa Úrsula no quiere hablar.

– ¿La secuestramos y la torturamos? -se enfadó Julia.

– Serías capaz.

Había animación por la calle, así que se sintieron islas en mitad del bullicio que los envolvía. Dos pedazos de nada, cargados de preguntas sin respuestas, buscando la forma de encontrar un paso en el laberinto, o la forma de apartar las brumas que se cerraban en torno a la vida de Marta Jiménez Campos.

Al menos su vida inmediata, de la que nadie les había hablado.

– Esto ya no es un trabajo escolar, ¿verdad? -preguntó de pronto Gil.

– No, ya no -se rindió Julia.

– ¿Crees que conseguiremos algo?

– No lo sé, pero no voy a rendirme así como así.

– ¿Alguna idea brillante?

– ¿Y si seguimos a Úrsula? -propuso ella.

– ¿Con qué objeto?

– Tal vez nos lleve a alguna parte, hasta Patri o…, no sé.

– Por mí, de acuerdo. Lo malo es saber cuándo va a salir. O trabaja en el bar, como ayer por la tarde, o está en su casa del callejón.

– Anoche daba la impresión de ir a alguna parte. Puede ser cuestión de paciencia. No tiene clases; estamos en vacaciones de Pascua… Seguro que sale a tomar algo, o a ver a un chico.

– ¿Qué hacemos hasta la noche?

– ¿Insistir con Paco?

– No -fue categórico Gil-. Era su ex y no dirá nada si es que sabe algo o andaba metido en lo del robo de recambios.

– La obligó, seguro -dijo Julia-. Ella se enamoró, se aferró a él, él la hizo robar y reaccionó de la misma manera que cuando le pasó lo de las drogas. Al ver el lío en el que estaba metida después de que la detuvieran, le dejó.

– Tiene sentido.

– Fijo -bromeó sin ganas Julia-, como decían esas dos.

– Podemos probar otra vez con la abuela. Tenemos que devolver esas fotos y el cuaderno de los poemas.

– Pobre mujer… -Julia endulzó su rostro-. Seguro que no entiende nada, ni lo entenderá nunca. Una hija prostituta, una nieta asesinada… ¿De veras quieres devolverle ya los poemas?

– ¿Por qué?

– Me gustaría copiarlos. Las fotos quizá nos hagan falta si damos todo el material que consigamos a mi madre o a algún periodista que ella nos aconseje. Anoche se las enseñé, a los dos.

– ¿En serio?

– Sí.

– ¿Y qué dijeron?

– Que Marta refleja desesperación.

Le contó su diálogo, con palabras exactas. Gil la escuchó con algo más que atención. Por espacio de unos segundos, ella llegó incluso a percibir una cálida andanada de sentimientos procedente de él. Una declaración de amor silenciosa y dulce. Lo vio en sus ojos, lo percibió en su sonrisa, lo capturó con su energía mientras hablaba.

No se sintió extraña, ni incómoda.

Se sintió en paz, bien.

Feliz.

– Y te diré más -concluyó sus palabras manteniendo su equidad-: Si de algo entienden mis padres, es de eso.

– Debe de ser genial tener unos padres así -confesó Gil.

– Todos los padres tienen su parte positiva si uno se lleva bien con ellos.

– Ya, pero los tuyos hablan tu mismo lenguaje, han sido periodistas. Los míos, en cambio…

– Según tú, son buena gente.

– Claro que lo son -sonrió-. Normales, tranquilos, pero desde que él está enfermo… Antes ya no entendían mi vocación, así que ahora, menos. Me ven en Barcelona, solo, viviendo en un minúsculo cubículo… Piensan que me voy a echar a perder, que me monto unas orgías tremendas.

– ¿Las montas?

– ¿Yo?

– Es que, si es así, me gustaría que me invitaras. Nunca he ido a una orgía.

– No te veo yo en un desmadre así.

– Porque no me conoces, pequeño -se puso chula Julia.

– Eso es cierto -dijo él, y en su voz hubo una soterrada carga de tristeza-. No te conozco.

La posible respuesta murió sin llegar a nacer. El móvil sonó dentro del bolso con su musiquilla incordiante, y Julia lo tomó para ver quién la llamaba.

– Es mi padrino -anunció. Abrió la línea y gritó-: ¡Hola, superpoli!

– A ver, ¿qué es eso tan urgente que no puede esperar? -le endilgó la voz de Pablo Barrios.

– ¿Puedes preguntar si están en algún centro de acogida, en menores, en un orfanato, correccional o lo que sea, unas chicas en concreto?

– Puedo, si me dices para qué.

– Tienen que ver con Marta Jiménez Campos.

– Lo sabía -el suspiro al otro lado del aparato sonó largo y cargado-. ¿Qué estás haciendo, Julia?

– ¿Yo? Nada. Preguntar aquí y allá, por lo del trabajo.

– ¿Dónde estás preguntando, en el barrio de la chica?

– Pues…

– ¿Crees que si quien la mató os ve u oye hablar de vosotros, y tiene miedo o se siente acorralado, va a quedarse tal cual?

– Venga, padrino.

– No, Julia: venga tú. ¿Te has vuelto loca?

– ¿Finjo quedarme sin batería, o sin cobertura, y cuelgo? ¿O te digo los nombres? -se mordió el labio inferior y cerró los ojos, asustada por su descaro.

– ¡Igual que tu madre, por Dios! -se enfadó su padrino-. ¿Qué nombres son?

– Analía García, aunque la llaman Neli; Carolina Santaclara y Petra González, aunque la llaman Patri.

– ¿Y qué les pasa a esas chicas?

– Han desaparecido.

– ¿Las tres?

– Es lo que intento averiguar. La última era amiga de Marta y nadie la ha visto desde hace poco más o menos un mes. Otra amiga de Marta, Úrsula, cuyo padre tiene un bar llamado Bartolo, no quiere hablar con nosotros, y la ha visitado un matón llamado Lenox que trabaja en un club de alterne que se llama Aurora.

– ¡Julia!

Era demasiado, hasta ella se daba cuenta.

– ¡Me quedo sin batería, en serio! ¡Adiós, padrino!

– ¡Julia!

Apagó el móvil y se quedó mirando a Gil, absolutamente flipada.

– ¡Genial! -exclamó sin apenas voz.

Capítulo 4

Cuando detuvieron la moto frente al portal del edificio en el que Marta había vivido sus últimos meses, casi les resultó como volver a su propia casa, o al menos a un lugar ya habitual y conocido. Subieron al piso y llamaron a la puerta, solo para darse cuenta a los tres segundos de que, una vez más, la señora Carmela no se encontraba en su domicilio.

Tuvieron la sensación de que, desde la puerta de enfrente, la vecina les espiaba por la mirilla.

Bajaron hasta el nivel de la calle y salieron por la puerta sin tener mucha idea de qué hacer hasta que llegara la noche, cuando, con suerte, podrían seguir a Úrsula. Al contrario de otras zonas del barrio, por allí no se veía a nadie a esas horas del día.

Un chico que conducía una moto pequeña pero estruendosa, sin llevar puesto el casco, fumando y con aires de chulo, atravesó su horizonte como única muestra de vida a lo largo y ancho de la calle.

– Por lo menos una cosa parece que está clara: ninguno de nuestra clase ha escogido la noticia de la muerte de Marta para el trabajo -dijo Julia.

– Desde luego, no hemos visto a nadie.

– Lo que me extraña de verdad es que tampoco hayamos visto a la policía.

– ¿Esperabas encontrarte el barrio tomado por la ley?

– Es un asesinato.

– De una chica que para ellos tal vez no merezca ni una simple investigación -le recordó Gil-. Carne de cañón.

– No digas eso.

– Pues es lo que hay, a no ser que investiguen más en secreto de lo que pensamos, y no como nosotros.

– Calla -Julia se estremeció-. Me recuerdas a mi padrino. Me la voy a cargar como llame a mis padres.

– ¿Lo haría?

– Sí, si me cree en peligro.

– ¿Piensas de veras que corremos peligro?

La mañana era agradable, el cielo no tenía ni una nube, y la tarde se presentaba casi igual. Un día en el que parecía que no pudiera suceder nada malo en ninguna parte, ni en el cielo ni en el infierno. Y, sin embargo, sabían que era una ilusión.

Lo veían desde el poder y la fuerza de sus diecinueve años.

Y desde su vida.

Julia volvió la cabeza y miró los destartalados buzones de la casa. Fue al del piso de la señora Carmela y metió la mano en el interior.

– ¿Qué haces? -le preguntó Gil.

– No sé -confesó ella.

Extrajo un montón de propaganda, casi toda procedente de pizzerías, y tres cartas. Una era de Telefónica, otra del banco y la tercera de una entidad llamada Fundación ASH, siglas de Ayuda Social Humanitaria. Las dos primeras iban dirigidas a la abuela de Marta. La tercera, a la propia adolescente asesinada.

Julia no se lo pensó dos veces y lo metió todo en su bolso.

– No -advirtió él.

– Pues ya lo he hecho. Vámonos.

– Julia…

Ella ya estaba otra vez en la puerta, poniéndose el casco.

– ¡No puedes llevarte la correspondencia de una persona, y menos aún abrirla! ¡Es un delito!

– Le pediré perdón a Marta, descuida.

– ¡Eres…!

Gil sabía que era inútil, así que optó por callarse. Por lo menos, nadie los había visto. Se puso el casco, arrancó la moto y, con Julia sujeta con los dos brazos alrededor de su pecho, se marcharon de allí. Era casi la hora de comer, por lo que buscaron un lugar en lo más céntrico de Santa Coloma. Encontraron un mesón casero con un menú de seis euros y Julia le dio el visto bueno golpeando el casco de Gil con los nudillos.

Cada vez que paraban la moto y bajaban, a él le parecía que perdía algo más que aquel contacto, el abrazo de su compañera, su calor corporal.

Se sentaron en una mesa próxima a la entrada, porque había más luz, y antes de que pudieran decir nada, se encontraron con una chica pecosa, tan quinceañera como Marta, que les puso dos servilletas de papel envolviendo los cubiertos y una cestita con seis rebanadas de pan. Les soltó de carrerilla los tres primeros y los tres segundos del menú, como si lo recitara por millonésima vez. Escogieron, y luego les preguntó qué iban a beber. Pidieron agua.

La chica se retiró disparada por invisibles motores de propulsión, y Julia sacó los tres sobres.

– Espera, ¿no?

No le hizo caso. Abrió primero los dos de la señora Carmela. El del banco era un extracto de cuentas, con el ingreso de la pensión correspondiente. Un saldo tan exiguo que Julia se preguntó cómo alguien podía vivir decentemente con aquello. El de la Telefónica era el habitual resumen bimensual de llamadas. Teniendo en cuenta que las metropolitanas no constaban individualmente, el mayor interés radicaba en los posibles números provinciales, interprovinciales, internacionales o a móviles, a los que la señora Carmela o Marta habían telefoneado en aquellas fechas. Ninguno era interprovincial o internacional, pero sí había un par de provinciales y cinco correspondientes a móviles. De estos últimos, tres no se repetían, uno lo hacía en dos ocasiones, y el último aparecía una docena de veces, justo en los días de la posible desaparición y asesinato de Marta.

Obviamente, ella no tenía móvil. Era llamada y llamaba desde su casa.

– Puede ser algo importante -hizo constar Julia-. Después telefonearemos a este número, a ver qué tal.

Gil la dejaba hacer, superado por sus nervios.

Reapareció la chica con los dos primeros platos, el agua y dos vasos, que colocó con movimientos precisos. Les deseó buen provecho y se marchó a por otra mesa. Un puro nervio desatado.

Ahora, Gil ya no dijo nada; sabía que era inútil.

Julia abrió el tercer sobre, el que iba dirigido a Marta y procedía de aquella fundación desconocida. Como estaban sentados uno frente al otro, la que primero leyó el contenido de la carta fue ella. Sus ojos se dilataron por la sorpresa.

– ¿Qué, qué? -ya no pudo más él.

– Escucha esto -anunció Julia, consternada-: «Habiendo sido aprobada por nuestra Junta su amable solicitud de una beca para estudios y desarrollo de programas de formación en nuestros centros académicos, le rogamos que se ponga en contacto con nosotros a la mayor brevedad posible con el objeto de tramitar…» -no pudo seguir leyendo, porque el asombro le hizo levantar los ojos del papel para centrarlos en su compañero.

– Marta había solicitado una beca -exclamó sin muchas fuerzas Gil.

– Y se la acababan de dar -concluyó Julia, agotada.

De pronto, ya no tenían hambre. Los platos humeaban delante de ellos, pero sus estómagos habían empequeñecido hasta convertirse en dos bolas compactas. Les zumbaban las sienes. Una nueva dimensión de la tragedia se abría bajo sus pies sin que todavía entendieran su simbolismo, aunque se deslizaba como una serpiente hacia su razón.

– Iba a conseguir…

Gil tomó la carta de sus manos y la leyó. No decía mucho más. La fundación estaba en el centro, en la calle Enrique Granados. Se la devolvió a Julia para que la guardara. El teléfono sonó tan intempestivamente que les sobresaltó.

– Es mi padrino -suspiró ella-. ¿Qué hago?

– Contesta la llamada.

Se resignó, abrió la línea y cruzó los dedos. Esperaba que él siguiera con la bronca de antes, pero fue todo lo contrario.

– Julia, esas chicas no están en ningún centro de la Generalitat.

– ¿Y eso qué significa?

– Pues que si han desaparecido…, han desaparecido -fue explícito-. Nadie las ha metido en ninguna parte. ¿Eran menores?

– Creo que sí.

– ¿Quién te ha dado sus nombres?

– Unas compañeras del instituto de Marta.

– Es que tampoco hay denuncias por esas desapariciones.

– Ya, porque no tenían a nadie.

– ¿A nadie?

– Estaban solas, sin familia.

– ¿Me estás diciendo que tres menores del entorno de Marta Jiménez Campos se han volatilizado?

– Sí.

Siguió un silencio. Gil intentaba comer la sopa que tenía delante, pero sin apartar sus ojos de Julia.

– ¿Padrino?

– Voy a hablar con Germán Rocamora de una vez. Estaremos en contacto, Julia -se despidió él-. Y ten cuidado.

Se quedó con el móvil en la mano.

– Creo que a él tampoco le ha gustado nada -manifestó.

– Será mejor que comas algo -le sugirió Gil-. Está bueno.

– Espera.

Julia cogió el recibo de Telefónica y marcó el número del móvil que se repetía tantas veces, casi a diario, sobre todo en la parte final de la factura. No tuvo que esperar demasiado, ni tampoco saltó un buzón de voz. Una voz juvenil, masculina, adolescente, surgió a través del auricular, adentrándose en su mente.

– ¿Sí?

– Hola, ¿quién eres?

– ¿Yo? David. ¿Y tú?

– Me llamo Julia.

– ¿Nos conocemos?

– No.

– ¿Quién te ha dado el número de mi móvil?

– Marta.

A través de la línea abierta pudo percibir el choque, igual que si el nombre acabase de golpear a su interlocutor. La reacción fue inmediata:

– ¿Marta? ¿Dónde está?

– Llamaba por lo mismo; no lo sé.

– ¡Mierda!

– ¿Cuánto hace que no sabes de ella?

– Más de una semana -lo dijo con un profundo desaliento-. No entiendo nada, ¿sabes? Yo creo que le ha pasado algo; no puede ser que no me llame, ni vaya por su casa…

– ¿Podríamos vernos, David?

– ¿Por qué?

No supo qué decirle y no quería perderle, ni tener que llamar otra vez a su padrino para que le identificara el número al que acababa de llamar. Eso ya sería demasiado. Tenía una corazonada.

– Estamos haciendo una investigación y te necesitamos.

– ¿Qué clase de… investigación? -balbuceó el tal David.

– Te lo diré en persona. Marta y tú erais…

– Amigos -dijo demasiado rápido-. Oye, ¿qué está pasando aquí? ¿De qué investigación hablas, y cómo es que Marta te ha dado mi número si yo no consigo dar con ella?

– ¿Cuándo podemos vernos, David?

– ¡Ahora mismo!

– ¿Dónde?

– Lanzarote con Joan Torras. Te espero abajo.

– ¿Eso está por…?

– Torras i Bages.

Hizo un cálculo mental. No estaba lejos, al otro lado del Besos. Aun así, Gil estaba intentando comer, y ella necesitaba hacerlo porque acababa de acordarse de que no habían desayunado por culpa del seguimiento de José María Ponce.

– Media hora, David.

– Oye, ella… Marta…

– Media hora, esquina de Lanzarote con Joan Torras.

Cortó la comunicación y apagó el móvil. Luego se enfrentó a la mirada de Gil.

– ¿Vas a contármelo? -dijo él.

– Creo que hemos dado con algo más que un amigo de Marta -fue lo único que acertó a decir Julia.

Capítulo 5

Lo vieron al pasar con la moto. Unos diecisiete años, de estatura normal y aspecto agradable, ligeramente rubio, vestido con mucha corrección. Se movía nervioso, haciéndose ver para que le reconocieran, y le echó un vistazo al reloj cuando subieron la moto a la acera para acercarse a él.

Se les quedó mirando sin entender nada, a lo mejor porque esperaba a una sola persona, y de más edad que ellos.

– ¿Julia? -preguntó.

– Sí. Él es Gil.

Se estrecharon la mano.

– ¿Podemos hablar en algún sitio?

– Ahí hay unos bancos -señaló hacia abajo, al otro lado de la parada de metro de Sant Andreu.

– Mejor -dijo ella.

Fue una larga distancia para tanto silencio. Como recorrer un kilómetro bajo el peso de la incertidumbre.

La mano de Julia rozó una vez la de Gil. En un segundo roce, uno de sus dedos se agarró a él. A la tercera, se la cogió del todo y se la presionó. Su compañero supo entenderla.

Tenían que decirle al muchacho que Marta estaba muerta.

Y si era lo que ella pensaba…

Llegaban a un banco absolutamente libre, porque estaba en la sombra, cuando David ya no pudo más.

– ¿Quiénes sois vosotros?

– Periodistas -fue la respuesta de Julia.

– ¿Periodistas? -los miró frunciendo el ceño-. ¿Qué tiene que ver Marta con…?

– ¿Podemos hacerte unas preguntas? Luego te contaremos el resto.

Se sentaron, David a un lado, Julia en medio y Gil en el extremo opuesto, pero ellos dos vueltos hacia el muchacho y él hacia ellos. Su ansiedad se hacía más y más evidente. Era guapo, un chico a la altura de la belleza de Marta. Probablemente habrían hecho una buena pareja. Probablemente.

Julia se quedó sin fuerzas.

– ¿Cuándo fue la última vez que viste a Marta? -preguntó Gil.

– Hace diez días.

– ¿Y por teléfono?

– Lo mismo. La he estado llamando sin parar y su abuela me decía que no estaba en casa, que no sabía nada de ella y que, cuando volviera, ya le daría el recado. Yo no podía creerlo, pero… Me dijo que no era la primera vez que pasaba unos días fuera sin avisarla. Es… increíble.

– No tenía móvil, ¿verdad? -quiso confirmarlo.

– No.

– ¿Por qué no fuiste a su casa?

– Porque Marta me prohibió que lo hiciera. Tengo sus señas, pero… Ella me dijo que si una vez, una sola vez, me veía en su casa, en su calle, en su barrio, cortaba conmigo. Y lo decía en serio. Le juré que no lo haría.

– ¿Cuándo fue la última vez que llamaste y hablaste con su abuela?

– El viernes pasado. Me dijo que no volviera a telefonear, que la estaba poniendo aún más nerviosa de lo que estaba. Me soltó unos gritos y…, ¿qué iba a hacer yo? Desde entonces me he vuelto loco.

– ¿Te extrañó?

– ¿Que si me extrañó? ¿Estáis de coña, o qué? ¡Estoy muy preocupado! ¿Adónde puede haber ido? ¡Por Dios, solo tiene quince años, y a nadie más que a su abuela y a mí! ¡Ella no se habría ido sin decírmelo!

– ¿Erais muy amigos?

David se puso rojo ante la primera pregunta de Julia. No hacía falta una respuesta. Bajó la cabeza y entonces se dio cuenta de que la fórmula para hacerla había sido empleando el pasado, no el presente. Hundió en la muchacha sus ojos repentinamente pequeños.

– ¿Erais?

Se lo dijo Gil. Ya no esperó más. Ninguno de los dos sabía si existía una forma de decir algo como aquello, porque nunca habían tenido que hacerlo. Su voz se llenó de crepúsculos cargados de dulzura.

Como si pudiera lanzarse una bomba atómica rodeada de flores.

– Marta ha muerto, David.

Se quedó muy quieto. Lo único que se movió en él fueron las pupilas, inundadas a una velocidad abismal. Una súbita marea que las desbordó. Cuando cayeron las dos primeras lágrimas, saltando hacia abajo en un torrente que laceró sus mejillas, se hundió sobre sí mismo. Julia lo estaba esperando, así que le abrazó. Fue un gesto instintivo.

Y David, igual que un androide sin resistencia, se fundió con ella.

La escena se congeló unos segundos, quizá un minuto.

– Dios mío -gimió el chico.

El mundo se movía a su alrededor, el tráfico era una locura, la gente entraba y salía del metro convertido en un hormiguero, prisas, carreras, olores, sensaciones. Y en su isla, la otra realidad.

Estaba abrazando y consolando a una persona a la que acababa de conocer.

– Ayúdanos, David -le pidió Julia.

– ¿A… qué?

– Dinos lo que sepas.

David se separó de ella. Se pasó la mano por los ojos. Su cara expresaba ahora el desconcierto y el dolor que le estaban destrozando por dentro.

– ¿Yo?

– ¿La querías?

– Sí, desde que nos conocimos…

– ¿Cuándo fue eso?

– No… hace mucho -llegó a sonreír con su primera evocación-. Mañana hubiera hecho… un mes.

– ¿Cómo fue?

– El día de la tromba de agua -se sumió en ese recuerdo y bajó los ojos-. Yo estaba cobijado en un portal cuando llegó ella, empapada y calada hasta los huesos. Nos pusimos a hablar y luego…, estornudó y le ofrecí mi chaqueta, para que se tapara. Estábamos aquí cerca, así que, al parar de llover, le sugerí que subiera a mi casa a secarse. Después…, bueno, quedamos en vernos aquel sábado y…

– ¿En este mes habéis hablado mucho?

– Si os referís a si me contó su historia, sí, lo hizo. Sé que apuñaló a aquel hombre, que tomó drogas después de que la violaran y que estuvo detenida por robo. Lo sé todo -volvió a levantar sus ojos con orgullo.

– Así que confió en ti.

– Sí.

– ¿Te contó por qué cometió esos robos?

– Salía con uno que la obligó. Un hijo de… -crispó los puños-. Marta es la persona más dulce, cariñosa y romántica que he conocido. Se vuelca siempre en lo que hace. Creo que tiene tanta necesidad de ser amada como de amar. Es un volcán en constante erupción, y tan llena de vida…

Hablaba de ella en presente. Todavía. La palabra «vida» le hizo darse de bruces con la muerte. La idea ya era una realidad, pero ahora tenía que aceptarla, y eso no era fácil. Penetraba en su mente igual que un taladro, causando mucho dolor.

– ¿Llegasteis a acostaros?

– ¡No!

Julia comprendió que era una pregunta estúpida. Y que él, incluso por aquella vehemencia, podía haber mentido. La idea de que estuviese embarazada o algo así se esfumó tan rápido como acababa de surgirle en la mente. Dejó que Gil continuara el interrogatorio mientras pudieran.

– ¿La notaste extraña los últimos días?

– Estaba muy feliz, ilusionada, contenta… Decía que su vida iba a cambiar.

– ¿Por qué?

– No lo sé. No quiso decírmelo. Era un misterio. Supuse que jugaba conmigo, pero no; la verdad es que nunca quería soñar despierta, sino basarse en realidades. Desde luego, estaba esperando algo. Y algo maravilloso.

– ¿Tú qué pensabas?

– Yo no pensaba nada. Era una chica sencilla, risueña, tan guapa… Siempre estaba riendo -ahora sí hablaba en pasado, y fue consciente de ello-. Ni siquiera me habéis dicho cómo… ha…

Volvió a llorar.

Y ni Julia ni Gil pudieron decirle la verdad.

– La policía lo está investigando -quiso ser evasivo él.

– ¿La policía?

– Aún es un misterio. La encontraron… muerta, ¿comprendes?

No, no lo comprendía. Era imposible. Se preguntaron cuánto lograrían sostenerle mínimamente consciente.

– No… es… justo… -gimió más y más destrozado.

– David, por favor. Solo unas preguntas más.

Lloraba erguido, sin volver a derrumbarse y sin que Julia le tendiera sus brazos. Ahora, algo les separaba. Los mensajeros siempre eran decapitados cuando traían malas noticias. Y ellos acababan de hundirle la vida.

– ¿Qué queréis que… os diga?

– ¿Te habló de una fundación llamada ASH, Ayuda Social Humanitaria?

– No.

– ¿Y de sus amigas?

Intentó regresar de su más allá del dolor.

– Patri… y Úrsula…

– ¿Qué decía de ellas?

– De Úrsula… -frunció el ceño, aturdido-. De Úrsula, que cuando me la presentase… alucinaría. No quería contarme más. De Patri decía que… que tenía mala suerte y que… lo sentía… por ella. La última semana estaba preocupada porque… -se llevó una mano a la sien-. Me comentó que… Sí, que había desaparecido, que llevaba días sin saber… nada de ella. Y luego…

– Luego, ¿qué?

– La última noche que hablamos… por teléfono… me dijo que ya sabía dónde estaba.

– ¿Nada más?

– No.

– ¿Te pareció distinta?

– No lo sé… Bueno, sí…, algo extraña.

– ¿Seguía preocupada?

– Sí, pero no quiso…

Ya no pudo más. Le habían mantenido en pie casi a la fuerza. Ahora se les deshizo, se hundió en sí mismo de forma más que irremisible. Quedó sepultado por aquel horror tenebroso, aplastado por toneladas y toneladas de escombros llamados incomprensión, vértigo, miedo, soledad…

Julia recordó una frase de otro de sus profesores, Aniceto Monterde, el más viejo de todos los que les daban clases. Un auténtico cerebro, lleno de reflexión y saber. Les dijo: «Vosotros, los jóvenes, no sabéis lo que significa la muerte. No tenéis ni idea».

Lo estaban comprobando. David se había enamorado de Marta justo un mes antes de la tragedia. Pero nunca la olvidaría. Quedaría como un icono, un mito de su adolescencia, eternamente joven y hermosa. Una Marilyn Monroe o un James Dean incorruptos en la memoria universal.

– Lo sentimos, David -Julia le puso la mano en la rodilla.

– Dejadme, por favor.

– ¿No quieres que…?

– ¡No!

La impotencia les crispó, pero no pudieron hacer otra cosa. Se levantaron y se apartaron del banco, dejándole solo. Más solo de lo que nadie pudiera imaginar jamás, ni él mismo. Quien hubiese asesinado a Marta, también había asesinado una parte suya.

A los diez pasos, volvieron la cabeza.

David lloraba doblado sobre sí mismo mientras el mundo, inalterable, danzaba a su alrededor.

Capítulo 6

No estaban del mejor de los humores, ni se sentían con el mejor de los ánimos, pero comprendieron que detenerse era como ceder al mismo impulso que acababa de destrozar a David, y recrearse en un dolor que, no por ajeno, les resultaba ya menos impactante. En cuarenta y ocho horas, Marta y su mundo habían pasado a formar parte de ellos. Eso ya no podía cambiarse.

Necesitaban seguir.

Y allí estaban, en la puerta de una misteriosa organización llamada Fundación ASH, por delante de la cual Julia había pasado decenas de veces, yendo y viniendo por Barcelona, sin haber reparado jamás en su existencia.

Preguntaron por la persona responsable de las solicitudes de becas o de la junta que las concedía. La mujer que les abrió la puerta les observó sin alterársele el rostro y les preguntó si era para solicitar una beca, una ayuda o si era por cualquier otra causa. Entonces se identificaron como periodistas. De tanto repetirlo empezaban a creérselo. Y le aclararon que investigaban un caso policial.

Eso hizo que, cuando menos, la recepcionista arqueara una circunspecta ceja. Solo una. Debía de estar curada de espantos. Su aspecto difería del de las recepcionistas-escaparate de la empresa en la que prestaba sus servicios José María Ponce. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, rostro grave y talante muy profesional y entregado. Estaba acorde con la fundación para la que trabajaba, puesto que toda ella, la entrada, la recepción, los muebles, los cuadros, las paredes forradas de noble madera y los restantes objetos decorativos, destilaban un añejo regusto, un sabor pretérito, casi arcaico, aunque no exento de calor y paz.

Era como si un pedazo de bien, suponiendo que el bien tuviera forma y aspecto más o menos sólidos, estuviese allí en medio, colgado de las lámparas, o flotando en su apariencia gaseosa.

Aguardaron en una sala-biblioteca repleta de libros más o menos antiguos. La espera no fue excesiva: tres minutos. Seguían de pie, inspeccionando los lomos de aquellos libros, cuando se abrió de nuevo la puerta y la recepcionista les condujo hasta un despacho. Al otro lado de una mesa tan hermosa como el resto del mobiliario les esperaba, ya puesta en pie, una mujer más joven que la primera, como de cuarenta años. Vestía con esa nobleza característica de la gente adinerada y con clase, aquella que ha nacido en el seno de una familia con historia y tradición. Nada en ella era superfluo, la ropa elegante, el peinado minuciosamente esculpido sobre su cabeza, el discreto collar de perlas que ceñía su cuello, la hermosura de sus facciones, la bondad de su mirada no exenta de firmeza…

– Me han dicho que son ustedes… ¿periodistas? -preguntó tras estrecharles la mano y serles presentada como «señora Álvarez».

– Sí -Julia sonrió con el mayor de sus encantos, cruzando los dedos para parecer sincera y que ella no les pidiera una credencial.

La señora Álvarez no lo hizo.

– ¿Es para algo relativo a nuestra fundación? ¿Una entrevista? ¿Una encuesta?

– Trabajamos en un reportaje sobre una muchacha: Marta Jiménez Campos.

– Oh, sí -afirmó con medido énfasis, sin un destello situado por encima de su normalidad.

– ¿La recuerda?

– Ayudamos a muchas personas, especialmente a jóvenes -asintió la señora Álvarez-. Pero el caso de Marta por supuesto que lo recuerdo, por ella misma, ya que no pasa inadvertida, y porque ha sido una de nuestras aprobaciones más recientes. El viernes le enviamos la feliz noticia de que había sido aceptada en uno de nuestros programas y le había sido concedida una beca. ¿Por qué le están haciendo un reportaje?

No querían mostrar sus cartas tan pronto, pero era absurdo andarse por las ramas.

– Marta fue asesinada recientemente -dijo Julia.

Una sombra helada pasó por sus facciones.

– ¿Cómo… dicen?

– Desapareció hace unos diez días. Fue encontrada el viernes pasado. La noticia no se hizo pública hasta el sábado, y en el periódico del domingo se informó de su identificación, aunque solo aparecieron sus iniciales, claro.

– Dios… -permaneció inmóvil, aplastada en su butaca, con los ojos súbitamente descentrados y la mirada perdida-. Ella.

– ¿Llegó a conocerla bien?

– ¿Perdón…?

– Preguntaba si llegó a conocerla bien -se lo repitió Gil.

– Tuvimos… -le costó centrarse de nuevo, pero lo consiguió, aunque a duras penas. Se pasó la mano por los ojos y trató de mantener la compostura-. Tuvimos algunas charlas, sí, aquí mismo -señaló la butaca en la que estaba sentada Julia-. Disculpen…

La vieron levantarse, afectada. Caminó hacia una puerta y, al abrirla, descubrieron que había un pequeño servicio. Escucharon el ruido de un grifo y luego el de un vaso al colocarlo en una repisa. La señora Álvarez reapareció, blanca como la cera, y regresó a su butaca. No les ofreció tomar nada. Probablemente no estaba para formalidades. Se sentó y tragó saliva antes de proseguir con la conversación.

– Lo siento -se excusó.

– Un golpe, ¿verdad?

– Mucho -miró a Julia y llegó a esbozar una tímida sonrisa-. Esa muchacha me causó una impresión maravillosa… -movió la cabeza horizontalmente un par de veces.

– ¿Cómo llegó hasta aquí?

– Alguien le habló de nuestros programas de ayuda.

– Exactamente, ¿qué hacen ustedes? -siguió preguntando Gil.

– Hay muchas personas como Marta Jiménez -dijo la señora Álvarez, recuperando la entereza-. Crecen y viven en ambientes marginales, parecen condenadas a mantener unas existencias duras, en muchos casos a terminar irremisiblemente en la cárcel o a sufrir tales humillaciones que socavan su voluntad, su naturaleza humana. Entre la población adolescente nos encontramos con embarazos no deseados, drogadicción, malos tratos, prostitución, ausencia de una cultura porque en la escuela no hallan el menor arraigo ni interés… Nuestra fundación intenta paliar algunas lacras en esos segmentos de la población. Ayudamos a personas mayores y a jóvenes. Nuestros programas principales van encaminados precisamente a ellos, a los ancianos y los adolescentes. En el caso de los ancianos, les procuramos compañía, un servicio de limpieza, una ayuda que les haga sentirse mejor, que les recuerde que todavía forman parte de la sociedad. En el caso de los jóvenes que solicitan nuestra ayuda, depende de sus circunstancias. Unos quieren salir de la droga, otras están embarazadas, unos están enfermos, otros quieren estudiar, como fue el caso de Marta.

– ¿Vino para eso?

– Sí -asintió un poco más entera pasados unos segundos-. Nunca les damos dinero, es obvio, pero conseguimos trabajos para quienes quieren uno, o una adopción para aquella niña que no puede o no quiere hacerse cargo de su hijo. A veces son adopciones compartidas, es decir, la adolescente no pierde del todo a su bebé, y los padres entienden que se harán cargo de él sin apartar a la madre biológica de su lado. Marta quería estudiar en un buen colegio, así que nos pidió exactamente eso: una beca de estudios. Analizamos su solicitud, le hicimos unos exámenes, pasó unas pruebas y se la concedimos.

– ¿Conocían sus antecedentes?

– Por supuesto. Exigimos transparencia plena. Si nos hubiera mentido, en lo que fuera, ya no hubiéramos seguido hablando. En algunos casos, nosotros también investigamos el entorno o hacemos preguntas. Marta nos contó su historia. Terrible, por cierto.

– ¿Le dijo que su madre no la quería, que ejerció la prostitución después de tenerla, que la violaron, que tomó y vendió drogas, que apuñaló a un hombre y que recientemente estuvo detenida por robo?

– Sí.

– ¿Se lo justificó?

– No era necesario. Nosotros no juzgamos el pasado, sino que ponemos un punto de inflexión en el presente y formamos un futuro. Sin embargo, ella se sinceró conmigo y me explicó el porqué de cada uno de esos hechos. Su último novio la hizo robar para él, por ejemplo. Y cuando la cogieron, no lo denunció, prefirió cargar con las culpas; pero entonces abrió los ojos y le abandonó. Eso denota mucho carácter, se lo aseguro.

– ¿Qué sensación le dio?

– Marta era inteligente, muy válida, lúcida, capaz. Sus quince años físicos no tenían nada que ver con su edad mental. Tenía unas enormes ganas de aprender, de valer para algo, de poder tener una vida decente… Pedía a gritos una oportunidad -unió sus manos en un gesto que casi pareció un rezo y agregó-: Recuerdo que me dijo algo que me pareció muy hermoso. Cuando le pregunté qué era lo que más deseaba ahora mismo, me dijo que quería tiempo para soñar.

Julia tragó la bola de su garganta.

– Ni siquiera le han dejado ese tiempo -suspiró la señora Álvarez. Sus ojos se empequeñecieron al preguntar-: ¿Se sabe quién…?

– Ni quién, ni por qué -dijo Gil.

– Tenía una abuela.

– Estuvimos ayer con ella -manifestó Julia.

– ¿Le habló de su gente, David, Úrsula, Patri…?

– No, nunca mencionó un solo nombre, ni el de ese novio suyo que la obligó a robar.

Otra puerta cerrada. Otro camino que les devolvía al punto de partida. Otra persona a la que acababan de dar la peor de las noticias: la muerte de alguien que se hacía más y más especial a medida que transcurrían las horas.

– Lamentamos mucho esto, se lo aseguramos -se puso en pie Gil.

– Sean justos con ella -la señora Álvarez secundó su gesto.

Julia fue la última en levantarse. Buscaba preguntas que hacer, interrogantes donde solo había dudas. Se rindió al comprender que era inútil.

El resto fue rápido. Apretones de manos, el regreso hasta la puerta y el aterrizaje en la calle, en plena realidad, enfrentados a sí mismos.

– Estas últimas dos horas han sido… -Julia se dejó arrastrar por la tensión.

– Antes no me has dicho qué opinabas de David.

– ¿Qué quieres que te diga? Marta fue a encontrar al chico perfecto un mes antes de su muerte. Parece una broma pesada.

– ¿Y de esos? -Gil señaló el edificio del que habían salido.

– Marta buscaba una oportunidad.

– Se la acababan de dar.

– El cabrón hijo de puta que la mató… -Julia apretó los puños.

– Quería tiempo para soñar -suspiró él.

Volvían a estar al lado de la moto, aún más desconcertados.

– Estaba limpia -Julia miró a su compañero con los ojos vidriosos-. Justo ahora estaba limpia, no tenía nada, ninguna carga del pasado. Iba a estudiar, tenía a David… ¿Te das cuenta de que su muerte carece de sentido?

– Porque nos falta algo.

– ¿Qué puede faltarnos?

– Tal vez no la dejaran salirse.

– ¿Salirse de qué, de dónde? Estaba preocupada por Patri, eso fue lo último que le dijo a David.

– Y que sabía dónde estaba.

– ¿Sabes qué pienso? -Julia se estremeció-. Creo que Marta era otra señorita ONG.

– No te entiendo.

– Tú me dijiste que me hiciera de una, que no estudiara periodismo, y mi madre, que fundara otra.

Gil hizo algo que ella agradeció, sobre todo por lo inesperado. De la misma forma que Julia había abrazado a David cuando el chico se echó a llorar al enterarse de la muerte de Marta, levantó los brazos, la atrapó, la atrajo hacia sí y la estrechó con tierna consistencia. La muchacha se convirtió en un tallo flexible, maleable, pura gelatina amparada por el cuerpo de su amigo.

Los dos, bajo el súbito silencio que los envolvió de pronto, pudieron escuchar los latidos del corazón que aplastaban.

No se movieron.

Continuaron abrazados un tiempo que jamás fue eterno, porque a los dos se les antojó de lo más efímero al separarse, pero que los alimentó y nutrió más que ninguna otra cosa en sus actuales circunstancias.

Había un amor puro y sencillo en la mirada de Gil.

Y Julia lo devoró con la suya.

– Anda, vamos a buscar a Úrsula. Es la clave de todo este marrón -logró reaccionar él primero.

Capítulo 7

Llevaban ya dos horas apostados en las cercanías del bar Bartolo, preguntándose una vez más si no estarían perdiendo miserablemente el tiempo por tratar de hablar con Úrsula, o mejor dicho, por intentar que Úrsula hablara con ellos. Dos horas de repasar lo que tenían, de comentar una y otra vez los indicios, de analizar los aristados vértices del caso y deslizarse por las inquietantes vertientes de esas aristas. Habían devuelto la correspondencia al buzón de la señora Carmela, pero seguían con las tres fotografías y el cuaderno que, de vez en cuando, Julia abría y leía. Como en aquella ocasión.

Su voz atravesó muy despacio el breve aire que les separaba:

Tengo cientos de palabras.

Tengo mil sueños.

Tengo ganas de empezar.

Tengo prisa por ganar.

Tengo furias que me llenan.

Tengo kilos de amor.

Tengo una lágrima.

Tengo tanto por dar.

Tengo 99 años.

Guardó el cuaderno y quedó a merced de la mirada de Gil.

Desnuda.

– Benigno Massagué tenía razón -dijo.

– Nada es lo que parece.

– Y detrás de cada noticia hay un mundo. Ella no es más que la puerta que nos conduce a él.

– Pero ¿cómo íbamos a esperar encontrar todo esto? -Gil soltó un leve bufido.

– ¿Cuánta gente debe de morir dejando una huella errónea a su alrededor?

– Mucha -Gil le sonrió con dulzura-. ¿Te sientes una heroína por haber descubierto quién era la verdadera Marta?

– No -hizo un mohín amargo con el rostro-, pero me alegro de saber lo que sé. No vamos a desperdiciarlo.

– Massagué estará orgulloso.

– Tenemos mucho que discutir con él -asintió Julia.

Gil deslizó una mano al encuentro de la suya. Primero jugueteó con sus dedos, sus uñas, las yemas, los nudillos. La muchacha no la retiró. Las de su compañero eran suaves. Cuando él iba a retirarla de nuevo, ella se la retuvo; con las dos.

– ¿Crees que se sentía como si tuviera noventa y nueve años, como dice ese poema? -le preguntó.

– Conozco gente de veinte que es como si tuviera setenta, y gente de setenta que está como si tuviera veinte. Supongo que en cierto modo sí, aunque no es más que un poema hecho en un momento determinado y bajo unas circunstancias concretas. Yo me quedo más con esas otras expresiones, lo de las ganas de empezar, lo de la prisa por ganar, lo de la furia y lo de los kilos de amor. Ahora sé que Marta tenía un corazón así de grande.

– Dios mío -desgranó Julia-, nuestro primer trabajo casi en serio y nos ha dado…

– Nunca seremos buenos periodistas.

– Yo creo que sí.

Continuaba con la mano de Gil entre las suyas.

Ya había oscurecido. El día anterior, Úrsula sacó mucho antes la basura.

– Tengo que llamar a mis padres. Finalmente se marchaban esta tarde.

Le soltó la mano y cogió su bolso. Con el móvil en la mano, marcó el número del de su madre. La conversación fue trivial. Ellos ya estaban de camino y Julia le comentó que cenaría fuera, con Gil.

Se estaban despidiendo cuando Úrsula salió del bar, cargando dos enormes bolsas de basura y vestida totalmente de negro, como siempre, pero tan arreglada como la noche anterior. Gil tocó a su compañera con discreción para que acelerara el final de su charla. Julia lo hizo.

Desconectó el móvil antes de guardarlo.

– Allá vamos -musitó.

La amante del estilo siniestro dejó las dos bolsas de basura al pie del contenedor, sin meterlas dentro esta vez, y luego caminó por la calle siguiendo la misma dirección que la noche pasada. Gil y Julia la siguieron a una distancia prudencial de unos treinta metros, con los cascos colgados de sus brazos porque no se fiaban de dejarlos en la moto, aunque estuvieran atados con la cadena. La persecución les alejó del barrio, fuera de aquel pequeño universo donde la vida tenía otra dimensión.

Úrsula caminaba a buen ritmo, sin prisas, pero también sin que pudiera considerarse que estuviera dando un paseo. Iba a alguna parte. Cruzó calles, atravesó calzadas, pasó por lugares desérticos, por lugares animados y, a los* diecisiete minutos de iniciada la marcha, la vieron meterse en un bar muy distinto al de su familia. Un bar moderno, de diseño. Llegaron hasta los ventanales sin atreverse a entrar y la vieron en la barra, hablando con dos chicas y un chico. Durante los veinte minutos siguientes no hubo cambios; mientras charlaba se tomó dos cervezas, y no precisamente sin alcohol.

Salió del bar con una de las chicas y la marcha se reanudó, aunque ahora ya no fue muy larga. Apenas tres minutos después entraron en lo que parecía ser una discoteca juvenil, de tarde-noche. Dos docenas de chicos y chicas, entre los catorce y los dieciocho años, pululaban por sus inmediaciones.

– ¿Y ahora?

– Entramos -dijo Julia.

Esperaron un par de minutos y caminaron hacia la puerta con mucha precaución. Pagaron la entrada, recogieron su vale para la consumición y dejaron los cascos en el guardarropa. Una vez dentro, resistieron el primer envite de la música a todo volumen y buscaron a Úrsula de forma discreta, sin hacerse notar, desde el tercer nivel del que constaba el espacio. Fue Gil el que la localizó en la barra, sola, pidiendo su primera bebida.

– ¿Cómo ha podido cambiar tanto esto? -gritó Julia, para hacerse oír por encima de la catarsis decibélica.

– ¿Cambiar? -se extrañó Gil.

– ¡Hace menos de tres años, yo también iba de marcha, a discotecas, y me ponía ciega de tanto bailar! ¡Pero esta música…!

– ¡Te has hecho vieja! -se burló Gil.

– ¡Y que lo digas! ¿Yo hacía esto?

Miró consternada a los chicos y las chicas que bailaban sincopadamente, siguiendo el ritmo frenético que imponía el pinchadiscos, riendo, fumando, bebiendo.

– ¡Me estoy deprimiendo! -confesó.

Gil le pasó un brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia sí. Le besó el pelo pensando que ella no lo notaría. Julia lo notó y se quedó quieta.

Tembló un instante, como si tuviera frío, y se pegó un poco más a él.

– ¿Qué hacías en Vic a los quince o dieciséis años?

– ¡Trabajar!

– ¿No te divertías?

– ¡No tenía tiempo!

Se echaron a reír y dejaron de hablar, porque hacerlo a gritos era espantoso y, encima, se ensordecían el uno al otro. Úrsula ya bailaba con los ojos cerrados.

Bailó casi media hora, sola, borracha de ritmo.

– ¡No parece estar muy triste por la muerte de su amiga! -dijo Gil.

– ¡Yo creo que es todo lo contrario! -anunció Julia-. ¡En primer lugar, aún no ha soltado toda la mierda que debe de llevar dentro! ¡En segundo lugar, está intentando no pensar! ¡Creo que se está dejando llevar!

Úrsula dejó de bailar cinco minutos después. Regresó a la barra, pidió una segunda bebida y esta ya la pagó. Como la primera, intuyeron que no se trataba de un simple refresco, a pesar de la prohibición de servir alcohol a menores de edad. Se tomó el contenido del vaso hablando con una chica, bailó otros diez minutos más y luego la vieron enfilar hacia los servicios.

– ¡Voy a ver! -dijo Julia.

Bajó al primer nivel y la sorprendió a menos de tres metros por delante. Vestida de negro y en la penumbra, lo único que destacaba de ella era su piel blanca. Úrsula no llegó a meterse en el servicio de chicas. A un lado, en el pasillo, habló con un chico alto y espigado, mayor. Julia la vio darle dinero y recibir a cambio una pastilla. En lo primero que pensó fue en el éxtasis. Luego sí, la amiga de Marta entró en los servicios y salió a los tres o cuatro minutos.

En esta ocasión bailó casi cuarenta y cinco minutos, sin parar.

Hizo algo más, empujar a un chico que se le acercó demasiado y besarse con otro durante un minuto, con absoluta pasión, antes de reírse de él y marcharse a la barra por tercera vez.

Nuevo vaso de bebida presuntamente alcohólica.

El chico de los besos revoloteó por sus inmediaciones. Úrsula ya estaba bajo los efectos de lo que se hubiera tomado. Reía sin parar, se movía sin parar. El chico, de su estatura, joven, cabello largo por detrás, logró capturar de nuevo su atención y llevársela hacia una zona oscura. Los besos allí se prolongaron por espacio de diez o quince minutos. Nadie les prestó atención. Cada cual iba a lo suyo. Finalmente, ella volvió a reírse y decidió pasar de su rendido colega. El chico tuvo que marcharse a los servicios para echarse agua.

Úrsula se tomó su cuarta bebida.

– ¿Cuándo cerrará esto? -le preguntó Julia a Gil.

– ¡No muy tarde! -examinó su reloj-. ¡Antes de una hora, calculo! ¡Luego abrirán a partir de la una, más o menos, para los de la noche!

– ¡Me estalla la cabeza!

– ¡Y a mí!

La música no había dejado de sonar, alta, contundente, histriónica, muy ceñida a un estilo determinado en el que la melodía carecía de importancia, porque lo que verdaderamente importaba eran el ritmo y los efectos de sonido. Allí detrás no había un grupo, ni siquiera un puñado de músicos, sino el mero artificio de la electrónica, puro laboratorio, programas, cajas de ritmos y un largo etcétera del que no sabían nada.

Úrsula visitó el servicio una segunda vez para tomarse otra pastilla. Bebió su quinta, su sexta y su séptima copa en los siguientes cuarenta minutos. Hasta que, en medio de una fanfarria estridente, se encendieron las luces y se anunció el final de la sesión.

– ¡Voy a buscar los cascos antes de que salga! -tomó la iniciativa Gil.

Se reunieron en la calle, agradeciendo el silencio, haciendo gestos con los ojos y la boca, como si tuvieran los sentidos embotados. Tuvieron que bostezar varias veces para desatascarse los pabellones auditivos. Parecían víctimas de un ataque nuclear. Llegaron a reírse porque, en el fondo, sus diecinueve años les acercaban demasiado a los congéneres que salían de la discoteca, y sin embargo…

El tiempo, sus vidas, había dado ya un salto. El salto.

Úrsula fue de las últimas en salir, tambaleándose, moviéndose de forma anárquica, con la mirada extraviada, sudada y muy desarreglada. El chico de los besos lo intentó por última vez. Ella le empujó, le soltó cuatro gritos y luego le dio la espalda. El chico le dijo algo grosero. Ella, sin girarse, le mostró el dedo corazón de su mano derecha en alto.

Se alejó por la calle, cautiva de su estado.

– No podrá llegar por su propio pie -consideró Julia.

– Yo creo que sí, aunque no lo tendrá fácil -repuso Gil.

– ¿Qué hacemos?

– Seguirla. Además, tenemos la moto allí.

Julia se sintió frustrada.

– Hemos perdido el tiempo -masculló.

– Espera.

– ¿A qué?

– Cuando estemos cerca, la abordamos.

– No quiso decirnos nada estando sobria, ¿lo hará ahora con lo que lleva encima?

– Precisamente por eso. Depende del grado de culpa que arrastre, de lo que le pese, de si ya está a punto de estallar o no… Tú misma lo has dicho, y tenías razón. Lo que ha hecho esta noche no es más que una huida, una forma de escapar y evadirse de la mierda que lleva dentro.

– ¿Tan buena soy?

– Ya sabes que sí.

Volvieron a seguirla, aunque ahora a la inversa, de vuelta al barrio y a su casa. Pero lo que antes había sido un camino recto y firme, ahora se convirtió en un pequeño calvario, un sendero de espinas que Úrsula inició mal y acabó peor, trastabillando a cada momento, dando tumbos, bamboleándose como una muñeca desarticulada. Se le cruzó un hombre, le dijo algo, y ella le soltó sapos y culebras por la boca, un torrente de insultos y palabrotas. Dos chicos jóvenes la siguieron unos metros y ella les lanzó una piedra que había recogido de la acera. Julia y Gil creyeron que los dos chicos iban a devolverle la pedrada o a asaltarla, pero se marcharon tras insultarla y ser insultados por la muchacha.

A menos de cinco minutos de su casa, Úrsula tropezó, cayó, y cuando quiso levantarse, ya no pudo.

Vomitó sus siete bebidas de la discoteca, las dos cervezas del bar, los restos de las dos pastillas y hasta la cena, la comida y su primera papilla.

Luego siguió sin poder levantarse, y gateó unos metros para alejarse de su vómito y de aquel hedor. Se quedó sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, despierta y consciente.

Miró al cielo.

Y entonces se derrumbó.

Se echó a llorar.

Capítulo 8

Julia y Gil la dejaron llorar unos segundos, para que se vaciara y limpiara, para que sintiera más y más el peso de su soledad y la carga de su dolor. Después llegaron hasta ella y se colocaron uno a cada lado. Úrsula entreabrió los ojos y los miró. Primero a ella. Luego a él.

En sus pupilas titiló un brillo de miedo.

Sin embargo, dijo:

– Hola, guapo.

– Hola, Úrsula -Gil le pasó una mano por la cabeza.

– No vas a darme el coñazo, ¿verdad?

– No.

– Bien -se relajó.

– Pero puedo hablar, decirte lo que sé, y tú me escuchas.

– Joder…

– No tienes nada mejor que hacer -Gil continuó acariciándole la cabeza-. Tú no puedes moverte, y nosotros no vamos a irnos.

– ¿Por qué?

– Ya ves. Resulta que Marta era tu amiga y, sin embargo, los que estamos aquí luchando por ella somos nosotros, dos desconocidos. ¿No te parece curioso?

Julia le tendió un pañuelo que sacó de su bolso. El muchacho se lo pasó por la frente, perlada de sudor. Úrsula se estremeció y cerró los ojos.

– Eres… demasiado guapo para ser… tan borde -le dijo.

– Y tú no eres tan fuerte como para callar más tiempo.

Úrsula hundió sus ojos en Julia.

– Tu novio es idiota, nena -le endilgó.

– Vamos, Úrsula, lo sabemos todo -dijo Julia.

– ¡Vosotros no sabéis una puta mierda!

– Para empezar, sabemos que Marta era una tía legal.

– Y está muerta.

Se le escapó de lo más profundo, y llegó a sus labios, envuelto en un estertor que a duras penas contuvo sus lágrimas.

– Te diré por qué está muerta -Gil hablaba despacio, marcando pausas e inflexiones-: Todos le dieron la espalda, hasta tú misma.

– ¡Yo no!

– Has dejado que la mataran.

– ¡Cono, cono, cono…! -quiso golpearle, como antes al chico de los besos o a los de la calle.

Gil atrapó sus manos sin esfuerzo.

– Ahora estás dejando que su muerte sea inútil.

– ¿Ves cómo no sabes nada? ¿De dónde salís vosotros? ¿Quién os creéis que sois?

– Al comienzo fue el barrio, esta trampa que os atrapa a todas y a todos -comenzó a decir él-. Un rodar por la pendiente y ya está. Ningún asidero. Ninguna oportunidad.

Ni siquiera para Marta, que era diferente porque era más sensible, más inteligente, y estaba llena de esperanzas, con ganas de estudiar… Su madre no la quería, la culpaba por haber perdido a su amante al quedar en estado. Y cuando se vio obligada a lanzarse a la desesperada para poder comer, se hundió y la arrastró con ella. A Marta la violó un cliente. No se lo dijo a nadie -Úrsula estaba ahora muy quieta, absorta en sus palabras-. Puede que ni te lo dijera a ti. Fue tan duro de soportar que empezó a tomar drogas. Luego las vendió para costearse sus dosis. Su única evasión y su único medio de supervivencia. Pero siguió siendo lista, comprendió que eso la conduciría tan solo a un final rápido, y logró dejarlo. Un gran mérito. Claro que, para entonces, ya tenía su primera cruz en una ficha policial. La segunda fue la agresión a un cliente que estaba pegando a su madre. La defendió, pero el tipo la denunció, y volvió a tener problemas con la justicia. Su madre le dio la espalda una vez más. Y también su padre de verdad, al que fue a ver para darse con una puerta cerrada en las narices. Entonces aparece el amor: Paco. Y aquí tenemos a Marta rendida, entregada. El amor lo puede todo, y encima Paco es un guaperas. Está tan enamorada que, cuando él le pide que robe algunas cosillas…, ella lo hace. Paco es listo, y… ¿cuánto, cinco años mayor que ella? Primero debió de ser una matrícula, después un guardabarros, más tarde unas luces, finalmente algún que otro reproductor de compactos… Cuando la policía la detuvo, ella se comió el marrón. Puede que supieran que Paco estaba detrás, pero sin su testimonio…, no tuvieron pruebas. Así que él se libró, pero Marta, lo mismo que en lo de las drogas, despertó. Y logró pasar de él, a pesar de sus sentimientos. De vuelta a la soledad.

– No estaba sola -dijo Úrsula.

– Oh, sí, claro. Os tenía a ti y a Patri, y más recientemente, a David.

– ¿También sabes… lo de… David?

– Hemos hablado con él. ¿Sabías tú lo de la fundación ASH?

Úrsula no respondió.

– ¿Qué ha sido de Patri? -preguntó Gil.

Ahora sí, volvió el miedo, se impuso al dolor y a la derrota. Un miedo inmenso, asfixiante, tan devorador que la hizo temblar una vez más y se apoderó de sus escasas fuerzas, inundándole la razón.

– Marta…

– ¿Sí, Úrsula?

– Aquel cabrón… -sus ojos perdieron concentración, la vieron replegarse en sí misma, ahogarse en su desconcierto-. Le hizo… mucho daño… Muchísimo, ¿vale?

– ¿A quién te refieres?

– Al que… la violó -desgranó con esfuerzo-. Claro que yo… lo sabía. Me lo dijo. Éramos amigas… ¡Amigas! Casi… la reventó, y… Pero no se rindió, ¿sabéis? Ella nunca…, nunca se rendía. Decía que cada día era distinto. Sí, eso decía. «Mañana vuelve a salir el sol. Es lo único seguro». Mañana…

– ¿No la creías? -le dio cuerda Gil.

– ¿Yo? -se encogió de hombros. Otra vez asomaron nuevas lágrimas en sus ojos, y las contuvo con rabia-. La soñadora… era ella. Siempre creía que las cosas… iban a cambiar. Yo no sé de dónde sacaba tantas fuerzas, ni tanta energía, ni…

– De la esperanza -intercaló Julia.

– Joder… -suspiró Úrsula, rindiéndose al nuevo acceso de lágrimas-. ¿De dónde… salís vosotros, de un… cuento… de hadas?

– ¿Cómo podíais ser amigas? Marta, llena de fe, y tú, de espaldas a todo.

– ¡Porque todo es una mierda, tío! ¡Todo!

– ¡No es verdad!

– ¡Sí!

La aceleración y la pérdida del control provocaron una nueva arcada. Se venció hacia el lado de Julia y ella apenas si tuvo el tiempo justo de apartarse para no quedar salpicada por el nuevo vómito, que en esta ocasión tuvo más de bilis que de papilla. Gil le sujetó la cabeza.

No sabían cuánto más conseguirían mantenerla así, dialogando, aunque todavía no hubiera dicho nada.

– Háblanos de Patri, Úrsula.

Una mirada. Un jadeo. El silencio.

– Patri había desaparecido, como Neli y Carolina, ¿verdad?

Nada, solo sus ojos, que reflejaban una mirada entre dura e inestable.

– Marta buscaba a Patri, y le dijo a David que ya sabía dónde estaba justo antes de desaparecer ella y ser asesinada.

Úrsula cerró los ojos.

– ¿Por qué había desaparecido Patri? ¿Qué le sucedió?

No iba a hablar. Además de los ojos, cerró los labios, con firmeza. Su respiración por la nariz se hizo agitada. Gil miró a Julia con desesperación, harto de darse golpes contra una pared.

– ¿Por qué te amenazó Lenox? -preguntó inesperadamente Julia.

Lo consiguió. Úrsula volvió a abrir los ojos y la boca, como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el plexo solar, hurtándole el aire de los pulmones. Hundió su vista en ella y la atravesó mostrando un profundo pánico.

– Es el Aurora, ¿verdad? -dejó escapar lentamente Julia-. Un puticlub, chicas que desaparecen… Patri…

Mientras lo decía, comprendía que estaba acertando en la diana. Vaciló un instante y se encontró con la sorpresa de Gil. Puede que ya lo intuyeran, o lo supieran y no quisieran creerlo, pero ahora, dicho en voz alta…

– Chicas que se quedan solas… -musitó Julia-. Marta lo comprendió y supo que Patri tenía que estar en… el Aurora…, y en contra de su voluntad.

No lo esperaban, así que les sorprendió la reacción de Úrsula. La creían agotada, demasiado mal y débil para hacer otra cosa que resistir su bombardeo de preguntas.

Se equivocaron de nuevo.

La chica empujó de pronto a Gil con los dos brazos, echándole hacia atrás, y se puso en pie de un salto, con dificultad, pero también con más agilidad de la que cabía esperar, dadas sus condiciones. Julia le vio la cara, azotada por aquel inmenso pánico. Quiso detenerla, pero, al sostener el casco de la moto con una mano, fracasó ante aquella furia desatada.

La vieron correr sin mucha elegancia, desacompasada, trastabillando y a punto de caer un par de veces, aunque de forma milagrosa logró mantener el equilibrio y seguir, seguir, seguir.

Hubieran podido alcanzarla.

Pero ya no era necesario.

Se quedaron quietos viendo cómo la noche la devoraba.

QUINTA PARTE

Las decisiones

Capítulo 1

El cajero automático expulsó los 120 euros por la ranura. Seis billetes de 20. Julia los recogió y se los entregó a Gil. Luego recuperó la tarjeta de crédito.

– Siento que tengas que… -lamentó él.

– No seas tonto.

– Vale -se resignó y los guardó en su cartera.

– Espera -dijo ella-. Puede que sea poco dinero.

– No saques más, mujer.

– Haz que abulten, que parezca que hay la tira -cogió algunos de los impresos para ingresos depositados junto al cajero y los dobló con cuidado antes de dárselos a él.

Gil los introdujo junto a los billetes de 20 euros.

– Así está bien. Tampoco hará falta que los saques todos.

– No está mal.

Julia lo miró con renovada aprensión.

– La pregunta es: ¿seguro que quieres hacerlo? -insistió.

– Sí.

– Puede ser peligroso.

– Para mi integridad anímica, tal vez -sonrió Gil-. Voy a tener que actuar de una forma que no sé yo si…

– Eh, eso te saldrá bien, hombre -le dio un golpe en el brazo-. Deja suelta la bestia que llevas dentro.

– ¿Bestia? ¿Qué bestia?

– Todos llevamos una bestia aquí -se tocó el pecho.

– Pues sí que… -sonrió él.

– Dormida, pero bestia al fin y al cabo. De todas formas, no creo que en esos lugares nadie mire mucho a nadie. Cada cual debe de ir a lo suyo, y ellas, a sacarles el dinero a los clientes. Ya sé que nunca has estado en un sitio así, pero imagino que hay que actuar a las bravas. Tú pagas. Tú mandas.

– No sé -Gil se mostró inseguro-. Yo más bien creo que hay que ir de pardillo, de primerizo. ¿Quién va a pensar que tengo experiencia? Y con esta cara…

– Tendrás que improvisar -Julia no supo qué más decirle.

– Bueno, ¿vamos? -se impacientó él.

Ella fue la primera en ponerse el casco. Montaron en la moto y enfilaron el camino del club Aurora. Cuando llegaron allí, las manecillas del reloj se acercaban a las dos menos cuarto de la madrugada, así que el local brillaba como un ascua en la noche. Bajo la luna, casi llena, las luces de neón rosa ponían un acento extravagante en la oscuridad. La recta de la carretera no tenía tráfico, pero en el aparcamiento del local ahora había casi dos docenas de coches discretamente distribuidos. Gil no metió la moto allí, sino que la detuvo al otro lado, entre los árboles, para que quedara fuera de cualquier mirada.

– ¿Estarás bien? -le preguntó a Julia.

– Yo sí, tranquilo.

La noche era agradable, no hacía frío. Se miraron por última vez.

– Deja el móvil encendido, por si acaso.

– Y tú ten el tuyo a mano.

– Vale.

Fue ella la que le abrazó, la que le dio un beso en la mejilla, la que se apartó luego para dejarle libre. Gil asintió con la cabeza, curvó las comisuras de los labios hacia arriba y después…

Se dio la vuelta y cruzó la carretera.

Cuando entró en el Aurora, el silencio del exterior quedó borrado de un plumazo por la música que sonaba en el interior, no muy alta, pero contundente. Bajo una coloración rojiza, enardecida, vio una barra que ocupaba la mitad izquierda del local, y un puñado de mesas y sillas repartidas por la parte de la derecha. En medio quedaba una pequeña pista de baile en la que no había nadie bailando. Las chicas de detrás de la barra iban con los pechos al aire, pero las que hablaban con los clientes no; ellas llevaban mínimas prendas de ropa interior. A primera vista, todas eran de diferentes colores y razas.

Dominando sus nervios, su inquietud, Gil se acercó a la barra. Una de las mujeres con los pechos al aire se dirigió hacia él ofreciéndole una sonrisa de confianza. Tendría unos treinta años, quizá más, y seguramente en algún momento de su vida había sido atractiva. Intentó no mirar más abajo de la barbilla, y cuando ella le preguntó qué iba a tomar, le contestó:

– Una coca-cola.

La mujer enarcó una ceja y proclamó con socarronería:

– Cuidado, tigre.

No le dio tiempo a más, porque otra ya estaba a su lado. También rondaba la treintena, con mirada de mujer fatal, pechos grandes, labios muy rojos y manos con venas muy marcadas. Fumaba y olía a perfume barato mezclado con nicotina.

– Vaya -le dijo-, no todos los chicos guapos se han ido de vacaciones esta semana.

– Soy agnóstico -respondió Gil.

– Ay, amigo, no sé lo que es eso, pero espero que no tenga nada que ver con esto otro, salvo que sea bueno.

Le puso la otra mano en la entrepierna.

Gil no pudo evitar un intento de retroceso.

Y la mujer no ocultó su dulce ironía.

– Pero bueno… -musitó, coqueta.

– Espera -la detuvo-. Es que a mí me gustaría algo… especial.

– Yo puedo hacerte lo que quieras -volvió a acercarse.

– No se trata de eso, sino de… -buscó algo que desatascara su mente y no lo echara todo a perder-. Es que tengo mis manías, ¿sabes?

– ¡Huy, míralo! Y parecías tímido. ¿Qué clase de manías tienes tú, muñeco?

– Me gustan más jóvenes -logró decir sin ponerse del todo rojo.

– ¿Y la experiencia?

Gil se encogió de hombros.

– ¿Qué edad tienes, campeón? -quiso saber ella.

– Diecinueve.

– Así que quieres una de dieciocho.

– No, más… -hizo un gesto con la mano plana, hacia abajo.

La mujer se le quedó mirando un par de segundos. Ya no sonreía, ya no le provocaba. Solo calculaba. Se mordió la comisura del labio y, tras dar una larga chupada a su cigarrillo, le dijo:

– Espera.

Gil la vio alejarse. Por primera vez se preguntó qué demonios estaba haciendo, y por qué no habían llamado a la policía, al padrino de Julia. Sin pruebas, no era más que un disparo al azar, claro, pero él… La mujer desapareció tras una cortina de pedrería y él paseó su mirada por el local. Los hombres que hablaban con las mujeres sonreían, las tocaban o se dejaban tocar; eran mayores, el que menos andaría en la treintena. Eso lo descolocó aún más.

Se bebió prácticamente toda la coca-cola que le había dejado en la barra la otra mujer.

Su contacto reapareció con un hombre de cincuenta y muchos años, calvo pero con melena por la nuca, bajo, desagradable, cara porcina y ojos siniestros, lo mismo que su boca, caída a ambos lados. Lucía un buen traje, pero con la camisa abierta y mucho oro colgándole por encima del vello pectoral. La chica de alterne le señaló y guió a su compañero hasta él. El hombre se le quedó mirando con el ojo derecho empequeñecido, como si le estuviese valorando.

– ¿Algo especial? -se limitó a decir.

Era el momento de la verdad.

– Catorce o quince años -dijo Gil.

– Eso es ilegal -repuso el hombre.

– Me han dicho…

– ¿Quién te ha dicho…?

– Un amigo.

– ¿Lo conozco?

– No sé. Pepe.

Siempre había algún Pepe. O eso creía.

Otra mirada. Otra valoración. Gil intentó no temblar, ni sudar, mantener sus ojos fijos en los del hombre, parecer lo que no era, o por lo menos parecer lo suficientemente vicioso como para que sus nervios tuvieran una explicación.

– ¿Traes dinero? -quiso saber el hombre.

Sacó su cartera, le mostró el bulto que formaban los billetes de 20 euros con los impresos del banco doblados dentro. Volvió a guardársela. El hombre tardó todavía cinco segundos largos en asentir con la cabeza.

– Llévale al nueve -le dijo a la mujer.

Dio media vuelta y se marchó por donde había venido.

– Ven, cariño -la mujer le tomó del brazo.

También ellos pasaron por la cortina de pedrería. Tras ella había un pasillo largo, con luz muy tenue, también rojiza, y con puertas a ambos lados. El hombre se metió en la más alejada, al fondo. Delante nacía una escalera que conducía al piso superior.

El nueve también estaba casi al final, y era un cuartito de proporciones armónicas, cuadrado, con una cama grande, una mesita, dos sillas y una puerta entreabierta tras la cual se veía un pequeño servicio. La mujer lo dejó allí y, sin decirle nada más, cerró al marcharse. Gil no se sentó en la cama, fue a la ventana, pero resultó que tenía cristales opacos y una reja de protección. No estuvo solo demasiado tiempo. La puerta volvió a abrirse.

Ahora era una mulata de generosas proporciones, alta, labios muy gruesos, ojos intensos, cabello muy largo y piel brillante. Vestía una simple combinación de seda blanca. Desde luego, no tenía catorce o quince años; ni siquiera era menor de veinte, aunque tampoco alcanzaba la treintena.

Gil tragó saliva.

– Hola, mi amó -lo saludó con un marcado acento caribeño.

– Tú no eres…

Ya estaba frente a él, mostrando su más cautivadora sonrisa.

– Reía 'ate, mi amó. Va a vé tú lo que é gosá -trató de echarle los brazos alrededor del cuello.

– Espera, espera… -Gil retrocedió un paso, pero tropezó con la cama.

– ¿No te gut'to? -puso carita de pena la mujer.

– ¿Conoces a una chica llamada Patri? -preguntó a la desesperada.

– ¡Ay, yo no sé de qué cosa tú et'tá hablando!

Aquello era un callejón sin salida. El hombre le había endilgado a una de sus chicas y nada más. Ya no tenía sentido seguir, pero tampoco delatarse hasta el punto de que…

– ¿Te importa esperar un momento?

– ¿A'onde va, mi amó?

Se zafó de ella y alcanzó la puerta en dos saltos. Se volvió para tranquilizarla.

– Voy un momento al coche y vuelvo enseguida. Tú desnúdate y ponte cómoda, ¿vale? Es que… me he dejado algo. Los… ya sabes… Son especiales…

Salió de la habitación.

Tenía dos caminos: uno, de vuelta al exterior; otro, por los recovecos del Aurora. Salir era ahorrarse problemas. Quedarse era tentar la suerte, pero luchar tal vez por lo mismo que lo había hecho Marta. Si encontraba a Patri…

Contuvo la respiración y abrió la puerta de enfrente. Una habitación vacía. Abrió otra puerta con el corazón encogido, y se encontró con una pareja en plena labor. Cerró sin hacer ruido, antes de que lo notaran.

Delante nacía la escalera que conducía al piso superior. A la derecha, el lugar por el que se había metido aquel hombre. La puerta estaba ahora entornada. Miró dentro y no vio a nadie. Era un despacho nada cómodo, impersonal, con un sofá y la mesa llena de papeles.

Entró sin pensárselo dos veces y cerró tras de sí.

No sabía qué estaba buscando, pero lo buscó. Revolvió los papeles, buscó datos, pruebas, indicios… En la pared lateral había un mapa de España con más de dos docenas de chinchetas de colores repartidas por su superficie, preferentemente sobre la costa mediterránea.

Podía pasarse allí una hora y no encontrar nada.

Así que le entró el pánico.

Pero le dominó mucho más cuando, antes de que pudiera salir por la puerta, el tirador se movió y al otro lado escuchó la voz del hombre anunciando su entrada, hablando con alguien.

Gil se tumbó detrás del sofá.

Su única alternativa.

Capítulo 2

Vio dos pares de zapatos, dos hombres. La voz del que le había atendido en el bar era una. La otra tardó en reconocerla.

Lenox.

El musculitos.

Gil tragó saliva y se quedó muy quieto, porque el ruido que hizo su garganta estaba seguro de que había sido lo bastante fuerte como para dar la alarma en cien metros a la redonda.

No pasó nada.

Los dos hombres hablaban de algo.

Intentó no perder la calma, concentrarse.

– Siento algo, no sé -decía en ese instante el que parecía ser el encargado o el dueño del Aurora.

– Está nervioso, señor Palacios.

– Cuando algo se complica… ¿Por qué te crees que me ha ido bien en la vida, eh, Lenox? Porque tengo instinto. Huelo las cosas.

– En unos días…

– En unos días puede que sea tarde, ¿vale? Esa cría casi lo jodió todo, y aún no estoy seguro de que no lo hiciera -hubo una pausa y luego ordenó-: Llámame a Eloy.

– Sí, jefe.

Gil escuchó cómo Lenox descolgaba un teléfono y marcaba un número. Él mismo preguntó por el tal Eloy. Luego le pasó el auricular al otro.

– Soy Froilán -tras una leve pausa, continuó-: Oye, mira, tengo malas vibraciones, veo fantasmas por todas partes y…, no me gusta, ¿entiendes? No me gusta nada -la siguiente pausa fue igual de corta-. Me da lo mismo. Vamos a terminar con esto por la vía rápida, así que será mejor que te cargues a la chica -otra pausa más larga-. ¡Cono, vale, pero como la relacionen con la muerte de esa imbécil…! -hubo una cuarta pausa, más breve que la anterior-. ¡Sí, nos descuidamos, se metió aquí y descubrió el pastel, de acuerdo! -gritó el llamado Froilán-. ¡Y también sé que Lenox metió la pata, porque ese cadáver no tenía que haber aparecido nunca!

– Yo no metí la pata -intervino Lenox-. Fue mala suerte…

– ¡Cállate! -gritó Froilán Palacios. Y volvió a hablar con Eloy-: Escucha, no pasa nada, ¡será por crías! ¡El mundo está lleno de crías más perdidas y solas que la una! Tú ocúpate de esa, yo llamaré a los demás. Vamos a esperar a que pase la tormenta y ya está -otra pausa más dramática-. ¡Que se jodan esos babosos! ¡Hazlo, Eloy! ¡Yo me ocuparé de limpiar esto, pero no quiero cabos sueltos! ¡Si la tienes comprometida esta noche, hazlo mañana, pero hazlo y que no encuentren más cadáveres!

Colgó el auricular.

Gil seguía inmóvil, detrás del sofá.

– ¿Y qué hacemos con la otra, Úrsula? -preguntó Lenox.

– ¿Sabe algo?

– No, pero no es tonta.

– Me dijiste que no era como la Martita esa de los cojones.

– Y no lo es. Además, la tengo contenta.

– Podrías darle algo fuerte y…

– Podría.

– O que escriba una carta diciendo que se larga a ver mundo.

– No sé.

Froilán Palacios debió de dar un puñetazo sobre la mesa. Gil tuvo una sacudida.

– Dime una cosa, y no la cagues, ¿vale? ¿Es de fiar?

– Está asustada.

– Pero no es más que una cría, y ya sabes el dicho: quien con niños se acuesta…

– Si la matamos, será peor. Ella tiene familia, y era amiga de la otra. Puede que sumen dos y dos.

– ¿Y qué quieres que haga? -volvió a gritar el hombre.

Su voz murió al nacer otra muy cerca, en el pasillo. Alguien llamó a la puerta. Gil ya había reconocido a su amiga, la caribeña.

– ¿Y ahora qué coño pasa? -rezongó Froilán Palacios.

Fue Lenox el que abrió la puerta. Desde su escondite, Gil vio la parte inferior de las piernas de la mujer.

– ¡S'ha ío!

– ¿Qué?

– ¡Mi chico! ¡No et'tá! ¡S'ha ío!

Gil apretó los puños.

– ¡Maldita sea! ¡La madre que me…! -empezó a gruñir el dueño del Aurora-. ¿Es que aquí nadie puede hacer bien su trabajo? ¿Dónde coño…?

Fue el primero en salir por la puerta, empujando a la caribeña. Lenox le siguió. Ella iba repitiendo las mismas frases, y que no tenía la culpa. Por un momento, Gil apenas pudo creerse su suerte.

No se lo pensó dos veces.

Se puso en pie, se acercó a la ventana, solo para comprobar que también tenía barrotes al otro lado, y luego echó a correr hacia la puerta. No tenía más que decir que había ido al coche a buscar…

Ni siquiera llegó a meterse del todo en el pasillo.

La mano de Lenox le cayó encima desde la parte de la derecha. Le empujó hacia el interior del despacho y, antes de que Gil pudiera abrir la boca, el musculitos se la cerró de un puñetazo.

Froilán Palacios apareció entre las estrellitas que de pronto empezaron a danzar por el interior de su cabeza.

– ¿Y este quién coño es? -se preguntó, alucinado.

– Estaba aquí, jefe -fue explícito Lenox-, así que lo habrá oído todo.

El dueño del Aurora se arrodilló a su lado. Le cogió por el pelo.

– ¿Tú de qué vas? -le escupió a la cara.

Gil le mostró todo su miedo.

Intentó hablar, mentir, decir la verdad, lo que fuera… Pero no pudo.

– ¡Joder! ¿Qué está pasando aquí? -volvió a levantarse Froilán Palacios-. ¿De dónde mierda están saliendo tantos críos?

Le tocó el turno a Lenox.

– Habla.

Gil tenía la garganta seca y los ojos vidriosos.

– ¡Habla!

Fue un golpe tonto. Un puñetazo fuerte, pero no destinado a dejarle inconsciente. Lo malo fue que la cabeza le salió rebotada contra el canto más duro del sofá.

Gil se alegró de marcharse de allí, aunque fuera para adentrarse en aquella fría y oscura noche interior.

Capítulo 3

Julia se preguntaba cuánta adrenalina era capaz de soportar el cuerpo antes de dispararse y pasar a la fase de ataque de nervios incontrolado y total.

A la media hora ya estaba impaciente; a los cuarenta y cinco minutos, tan asustada que por dos veces tuvo el móvil en la mano para llamar a Gil, o a su padrino. Al cumplirse la hora, no podía más. O su compañero se lo estaba pasando de muerte, y daba por descontado que no era así, o… ¿O qué?

No tenía respuesta.

Solo aquella sensación de agobio en la que le costaba incluso respirar.

Le dolían el pecho, la cabeza y cada uno de sus músculos.

Salió de entre los árboles que la protegían a ella y a la moto, y caminó primero a lo largo de la carretera, por la que apenas había tráfico. En aquella hora, cuatro coches se habían parado en el Aurora, y dos clientes se habían marchado con los suyos. Cuando se cansó de aquella inutilidad, cruzó la calzada y contempló más de cerca el club, sin saber qué hacer.

Si esperar o… De nuevo la misma pregunta: ¿O qué?

Rodeó el edificio por la parte de la derecha, con cuidado, intentando pasar inadvertida, aunque si alguien salía y la sorprendía, no tenía la menor forma de justificar su presencia allí, salvo, quizá, decir que había seguido a su novio porque sospechaba de él.

Paso a paso, fue rodeando el local, que por la parte de atrás era más bien feo e insulso.

Llegaba a la parte izquierda, para salir de nuevo a la carretera, cuando se abrió una puerta por ese lado y lo único que pudo hacer fue ocultarse detrás de dos bidones vacíos y herrumbrosos. Casi no le extrañó ver a Lenox, iluminado por una luz cenital, al que reconoció sin esfuerzo por su pinta de generosa musculatura. El hombre se acercó hasta una camioneta aparcada en solitario, se subió a ella y la puso en marcha, maniobrando hasta situar la parte trasera de cara a la puerta por la que él había salido. Bajó, volvió a entrar en la casa y no tardó en reaparecer.

Cargando un bulto.

Una persona.

Inconsciente o muerta.

– ¡Gil…!

Ahogó el grito en su garganta y, asustada hasta el límite, contempló el final de la escena, cómo Lenox dejaba a su amigo en la parte de atrás, sin miramiento alguno, y después, cómo entraba de nuevo en la casa, dejando la puerta abierta con la clara intención de volver a salir.

Iba a llevárselo. Iba a…

Reaccionó. Se jugó el todo por el todo. Salió de su escondite y echó a correr hacia la carretera. La cruzó sin mirar, alcanzó la moto y se puso el casco. Su bolso estaba en el compartimento de debajo del sillín. Aún no había arrancado cuando la camioneta salió del aparcamiento del club Aurora y enfiló hacia su izquierda.

Julia puso en marcha la moto.

Y cuando la camioneta se encontraba a unos treinta metros de distancia, salió de su escondite y fue tras ella.

– ¡Mierda! -tuvo ganas de llorar.

¿Por qué le había dejado hacerlo? ¿Por qué no habían llamado a su padrino? ¿Por qué, al ver que no salía, no hizo algo antes? ¿Por qué…?

– Gil, no… No, por Dios.

No podía parar la moto para llamar. Si lo hacía, adiós contacto visual. Ni conducirla y telefonear al mismo tiempo, porque a duras penas lograba mantener una velocidad de crucero para no perder a la camioneta. Y menos mal que Gil le había dejado llevar su precioso vehículo un par de veces. De no haber sido por eso…

La camioneta rodaba a una velocidad bastante buena, aunque no excesiva, de espaldas a Barcelona. Había muchas curvas y, aunque el asfalto estaba seco por la ausencia de lluvias, algunas eran tan cerradas que se convertían en peligrosas, y más para ella. No podía acercarse mucho, so pena de despertar sospechas, ni mantener una cierta distancia porque si la camioneta se salía por algún desvío y no se daba cuenta…

Miró el cuentakilómetros.

Dos, tres, cinco, diez…

– ¿Adónde vas? -le preguntó al aire.

Ahora sí tenía frío, mucho frío. No llevaba la ropa adecuada. Yendo detrás de Gil, él la protegía, pero conduciendo ella, el viento la golpeaba y la helaba. Si la camioneta iba lejos, a cincuenta o cien kilómetros, tal vez no lo resistiese, o se acabase la gasolina.

No se cruzó con un solo coche de policía, y ningún otro hubiera parado.

Estaba sola.

Sola con un maníaco, y sin saber si Gil estaba vivo o muerto.

Ningún pueblo, ninguna casa. No tenía ni idea de dónde se encontraba, pero, desde luego, Lenox evitaba cualquier núcleo habitado. Recordó el hallazgo del cadáver de Marta, en una montaña perdida. De no ser por aquel loco de los pájaros, nadie la habría encontrado jamás, o al menos en muchos meses.

No pudo permitirse el lujo de llorar. Y menos llevando el casco y la visera bajada. Si encima no veía nada, se mataría.

Se aferró al manillar con rabia.

Dos kilómetros después, la camioneta se salió por fin de la carretera y enfiló un camino vecinal de tierra. Julia se detuvo al ver sus luces traseras avanzar en la oscuridad. Había llegado el momento de jugársela y pensar algo rápido. Si la seguía, Lenox lo notaría. Si no lo hacía, la perdería.

Apagó la luz, miró la luna, se encomendó a todos los santos del cielo y se internó por el camino de tierra.

La camioneta rodaba ahora a velocidad mínima, así que no la perdió de vista. Entre observar el suelo, para no meter la rueda en un agujero y caer, y mantener aquel conecto, pasó unos minutos angustiosos. Ni siquiera pudo sa-3er cuántos.

Luego, la camioneta se detuvo.

Julia hizo lo mismo.

La distancia debía de ser de unos veinte o veinticinco metros. Suficiente en todos los sentidos. Se quitó el casco y lo dejó en el suelo. El otro estaba sujeto atrás. No se llevó las llaves, por si acaso, y las dejó insertadas en el contacto. Cuando echó a correr por el camino, lo hizo calculando todas sus posibilidades, y al final, ya cerca de la camioneta, agudizó los sentidos y se movió mucho más despacio.

La camioneta enfocaba con sus luces un puñado de árboles y de maleza abigarrada.

Lenox abría en ese momento la parte de atrás. Agarró una pala y se la colocó entre las piernas. Después sacó el cuerpo de Gil, arrastrándolo hasta el borde, y se lo cargó a la espalda. Cogió la pala con la otra mano y echó a andar.

Gil llevaba una cinta adhesiva muy gruesa en la boca, y las manos y los pies, atados también con ella. Seguía inmóvil.

Julia volvió a seguirlos, ahora a pie.

Más o menos a unos diez metros de la camioneta, Lenox se puso la pala bajo el brazo y extrajo una linterna de su bolsillo. Con ella iluminó la montaña. Por allí no había senda alguna.

Julia empezó a arañarse por todas partes, a cruzar por en medio de hilos invisibles que la hicieron estremecer, sin poder acercarse más a Lenox, pero más y más perdida, con solo el resplandor de la linterna que oscilaba por delante.

Hasta que su perseguido volvió a detenerse.

Entonces le oyó hablar.

– Tranquilo, chico, que esto ya se acaba.

Julia temía hacer ruido, partir una rama a su paso, tropezar y caer. Tuvo cuidado, o suerte, o todo a la vez. Cuando llegó a la escena, se le encogió el corazón. La linterna estaba sujeta entre las dos ramas de un árbol, apuntando al lugar en que se encontraban ellos dos. Gil se movía, con los ojos desorbitados, pataleando sin fortuna, y Lenox le observaba desde arriba. Julia casi gritó al verle vivo.

– ¿Quieres que te mate como a la estúpida aquella, o a ti te entierro vivo, por gilipollas? -dijo Lenox.

La pala.

La pala estaba detrás del matón.

Cuando la cogiera y empezase a cavar, Gil estaría perdido. Y ella.

Nunca lograría hacerle nada, salvo que…

La pala. Su única oportunidad.

Lenox seguía disfrutando con su papel.

– Podrías cavar tú, ¿qué te parece? ¿Sí? Oh, crees que así tendrías una oportunidad, ¿verdad? Lo malo es que yo tengo algo más que tú no tienes, chaval. Tengo una pistola, de esas que hacen «¡pum!». ¿Qué dices?

Julia salió de entre los árboles.

En su mente se desataba una tormenta. Parecía imposible que Lenox no la oyera decirse a sí misma: «No te vuelvas», «Por favor, que no tropiece», «Por favor, que no haya ninguna rama», «Quieto», «Gil, no mires, no hagas nada, ni un gesto»…

Todas aquellas voces. Cinco metros, cuatro, tres…

Lenox le dio unos cachetes a Gil.

– Tenía que haberla enterrado, como a ti, pero ya ves. Tranquilo, te voy a traer a Úrsula para que te haga compañía. Y créeme que lo siento. Es todo un carácter, demasiado para un idiota como tú, chico. Claro que estaréis tan muertos que poco vais a poder hacer.

Dos metros, uno.

Lenox alargó la mano hacia la pala, sin mirar. Gil se agitó un poco más.

Esa fue la clave.

Lenox dejó de buscar la pala. Julia ya estaba casi encima. Se agachó para cogerla.

Cuando sus dedos la asieron, Lenox volvió la cabeza.

Pudo haberse quedado paralizada, llorar, desmayarse, echar a correr. Pero Gil estaba allí, en el suelo, mirándoles a ambos, alucinado y sorprendido, con los ojos fuera de las órbitas.

Y Julia sabía que todo dependía de ella.

Giró la pala, puso todas sus fuerzas en el gesto y la abatió sobre la cara del desconcertado Lenox.

Se escuchó un sonoro «¡clang!» en la noche cuando el hierro impactó contra los huesos. También un gemido ahogado y, en menor medida, un crujido proveniente de esos mismos huesos. Lenox cayó de lado, como un fardo.

Y ya no se movió.

Julia, temblando, todavía con la pala entre las manos, dispuesta a asestar otro golpe, o los que hicieran falta, miró primero al caído, y después a su compañero.

– Gil… -vaciló.

Lenox ya no volvería a ser guapo.

– ¡Mmm…! -se agitó Gil.

Se abalanzó sobre él, y primero le liberó la boca.

– ¡Julia! -fue lo primero que gritó.

– ¡Por Dios, me has dejado sorda! ¡Estoy aquí! -se dio cuenta de su aspecto tumefacto y abrió los ojos-. ¿Qué te han hecho?

– ¡Estoy bien! ¡Desátame, rápido…! Pero ¿cómo…?

– Os he seguido.

– ¿Estás loca?

– ¿Qué querías que hiciera, dejar que te matase?

Con las manos libres, el propio Gil se quitó la cinta adhesiva de los pies. Era hora de salir corriendo.

– ¡Tengo la moto aquí cerca!

– ¡Espera! -la detuvo el muchacho.

– ¡Ni hablar, vamos! -tiró de él.

No podían atar a Lenox. No tenían nada. De cualquier forma, el musculitos parecía tener un sueño bastante profundo. Julia cogió la linterna y abrió la marcha. Las luces de la camioneta guiaron el camino de regreso. No se detuvieron hasta llegar a ella. Gil fue a la parte de atrás y salió con una caja de herramientas. Encontró un destornillador.

– ¿Qué… haces? -balbuceó Julia, que estaba despertando poco a poco de su propio miedo.

– Por si las moscas.

Perforó las cuatro ruedas.

Luego volvieron a correr, hacia la moto. No se pusieron los cascos. Julia arrancó y recorrió el camino de tierra hasta la carretera. Se detuvo al llegar a ella y entonces sí, se abrazaron, él temblando y ella llorando. Hasta que Gil consiguió hablar.

– Es una red de prostitución infantil -dijo-. Secuestran a chicas que están solas, sin familia y cuya desaparición nadie va a denunciar. Se llevaron a Patri, y Marta sospechó algo con su desaparición, por Úrsula tal vez, que debía de conocer ya a Lenox, o… vete tú a saber. Su propia madre había trabajado en el Aurora, así que de alguna forma pudo enterarse de algo, o hablarle ella de cómo funcionaban allí las cosas. Lo cierto es que investigó y acertó. Quiso salvar a su amiga, solo eso. Llamó a Salvador Ponsá, porque solo podía confiar en él. No lo encontró, quiso hacerlo sola, o no tuvo más remedio porque quizá fueran a llevarse a Patri. La pillaron y la mataron.

– Oh, Gil…

– Julia -la sujetó por los brazos-. ¡También van a matar a Patri, y a otras chicas! ¡Todas las que son menores de edad! ¡Vi un mapa, tienen una red por toda la costa! ¡Hay que hacer algo! ¡Se sienten amenazados!

Julia le miró un segundo, dos. Gil tenía una ceja partida, sangre seca por toda la cara, el ojo ya medio cerrado, el labio roto y una mejilla roja que pronto sería violácea. Fue el despertar final. Levantó el sillín de la moto, cogió su bolso, su móvil, y marcó el número.

Al otro lado, una voz somnolienta protestó:

– ¿Sí?

– ¡Padrino! -se puso a gritar, y a llorar, y a…-. ¡Padrino, ven, pronto, por favor…! ¡Ven!

Capítulo 4

El nicho no tenía nombre.

No era más que una losa de piedra manchada, medio gris, medio negra, todavía con los restos de cemento en sus cuatro lados. El cemento puesto hacía apenas unos días.

Pero al otro lado estaba ella: Marta Jiménez Campos.

No hacía falta más.

Había gente en el cementerio, más de la que esperaban tratándose de un Jueves Santo, primer día de vacaciones de Pascua para miles de personas que no podían haber salido antes de la gran ciudad. Sin embargo, ellos estaban solos en aquella calle.

Gil puso los periódicos en el borde del nicho, en un espacio de unos diez centímetros de ancho en el que quedaron más o menos quietos, aunque alguna hoja era agitada por la suave brisa que jugaba entre las paredes donde vivían el sueño eterno sus moradores. Los titulares eran visibles todavía en sus conciencias.

«Desarticulada red de prostitución infantil», «El grupo secuestraba adolescentes solas, sin familia, a menudo con problemas, para obligarlas a todo», «El asesinato de una menor, clave en la trama», «Dos estudiantes de periodismo destapan uno de los mayores escándalos de prostitución en España», «Heroína infantil muerta por salvar a una amiga», «Catorce menores rescatadas en toda España», «Red de clubes de alterne clausurada por la policía»…

– ¿Cómo es posible algo así? -musitó Julia.

– La pregunta es: ¿cómo puede alguien pagar por una niña?

Ella se estremeció.

Se habían pasado todo el día anterior declarando, contando su historia, identificando a Froilán Palacios, a Lenox, o lo que quedaba de él y su cara, a Patri, a Úrsula… Su padrino no se movió de su lado, pero el que llevó todo el peso de la operación fue el inspector encargado del caso, Germán Rocamora. Se lo dijo él mismo:

– No creáis- que nos estábamos chupando el dedo. Les seguíamos de cerca. Sospechábamos de Palacios y de toda su red. Buscábamos pruebas. Pero, sin duda, vuestra intervención ha acelerado las cosas. Relacionar a Marta con lo otro habría sido difícil. Sois dos locos, aunque…

– ¿Y todo por una desconocida? -les preguntó Pablo Barrios.

– Primero era una delincuente, tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas, padrino? «Un buen elemento», «Un angelito»… Y resultó ser todo lo contrario. Eso fue lo que nos impulsó a investigar. Lo que nos atrapó. Fue como entrar en una espiral. Era lo que nos dijeron algunas personas: una tía legal. Era generosa, nada egoísta, una amiga capaz de luchar por otra, justo cuando ella misma estaba logrando tener su gran oportunidad. Alguien a quien la sociedad puso en un lugar y ya no quiso apartarla de él, por más que Marta lo intentó.

– Pero casi os matan.

– Casi.

Julia tenía los ojos muy fijos en la lápida. Las voces resonaban en el interior de su cabeza, pero nada en ella se movía, solo los párpados, de vez en cuando, abriéndose y cerrándose por encima de esos ojos aún castigados. Podía verla. Sentirla. Allí, al otro lado.

Tan hermosa, tan joven, tan especial.

– Julia -susurró Gil.

– Me siento… extraña -confesó.

– Yo también.

Le miró. No tenía buen aspecto, con el ojo cerrado, los apósitos en la ceja y la comisura de la boca, el tono ya violáceo de su mejilla.

– Ni siquiera sé cómo vamos a escribirlo, porque tenemos que escribirlo antes del martes, claro. Ahora más que nunca.

– Estamos juntos. No tenemos más que… contarlo -sugirió él.

– No es tan fácil.

– Pero de lo que se trata, siempre, es de decir la verdad, tal como la hemos visto y la hemos vivido. No hace falta ser retóricos, ni demagógicos, ni buscar la forma de lucirnos o… Solo tenemos que ser honestos.

– La conocimos. No podemos ser honestos, ni objetivos.

– Entonces hablemos de una amiga.

Una amiga. Una superviviente de la calle. Alguien que había luchado sola y había muerto sola, creyendo en un mundo mejor. Quince años de dureza y un solo instante de luz.

En alguna parte debía de existir algo más que la palabra «justicia».

– ¿Recuerdas a la señora Álvarez?

– Sí.

– Nos dijo…

– No ha tenido tiempo de soñar.

– Vamos a llamarlo así, ¿te parece?: «Sin tiempo para soñar».

– Bien.

El gesto partió de ambos, el roce fue común. Sus manos se encontraron con fuerza, entrelazando sus dedos. Esta vez no fue un apoyo, ni compartir un sentimiento de piedad o de abatimiento.

Fue algo más.

Fue el comienzo de algo que aún no se atrevían a calificar.

Siguieron frente a la tumba de Marta unos minutos más, en silencio, sin soltarse.

Hasta que Julia dio un paso, depositó en el alféizar del nicho, al lado de los periódicos, una hoja de papel doblada que extrajo del bolsillo de su cazadora, y regresó junto a Gil.

– Adiós, Marta -se despidió.

– Suerte -le deseó él.

Los dos empezaron a andar, despacio.

A su espalda, la brisa agitó la hoja de papel, levantando la parte superior lo suficiente para que se vieran las breves estrofas de aquel poema extraído del cuaderno de quien descansaba para siempre al otro lado.

Tengo un todavía, tengo mil todavías.
Me estallan fuera, me arden dentro.

Todavía abrigo esperanzas a gritos.
Cobijos quietos de mi garganta.

Todavía espero futuros plenos,
que de mi paz fluyan hacia la luna.

Todavía quiero vivir en el cielo,
de espaldas al suelo, cantando susurros.

Todavía anhelo los dulces murmullos,
que de tu boca mojen mi cuerpo herido.

Todavía persigo ese amanecer tuyo,
crepúsculo rojo quebrado y loco.

Todavía consigo abrir la mirada,
ver la distancia, romper cada noche.

Todavía canto canciones de amor,
que olvido al momento para seguir siendo yo.

Todavía escribo poemas sin rima,
cuchillos sin filo retando al destino.

Todavía sueño palabras sin voces,
espinas de plata, un roce en mi frente.

Todavía tengo todos mis todavías.
En ellos vivo, por ellos sigo.

Jordi Sierra i Fabra

***