/ / Language: Español / Genre:prose

La Concubina Rusa

Kate Furnivall

Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China. La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo. Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura. Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

Kate Furnivall

La Concubina Rusa

Título original: The Russian Concubine, 2007

Traducción: Juanjo Estrella

La Concubina, 1

En memoria de mi madre, Lily Furnivall,

cuya historia ha inspirado la mía.

Con amor

Mapa de Junchow, 1928

Agradecimientos

Agradezco inmensamente, en primer lugar, a Joanne Dickinson, de Little, Brown, por su entusiasmo y compromiso, y a Teresa Chris por su fe inalterable en el libro. Muchas gracias también a Alia Sashniluc por proporcionarme el léxico ruso con tanto ahínco, y a Yeewai Tang por ayudarme tan generosamente con el chino.

Doy muchas gracias a Richard por abrir la puerta de mi mente que me llevó a China, y a Edward y a Liz por su valiosísimo apoyo.

También me gustaría agradecer al Brixham Group por escuchar mis temores y brindarme buenos consejos, y a Barry y a Ann por sacarme a jugar cuando lo necesitaba.

Y, sobre todo, deseo expresar una gratitud inmensa a Norman, por sus ideas, su apoyo y todo el café que me ha preparado.

Capítulo 1

Rusia, diciembre de 1917

El tren chirrió hasta detenerse. La locomotora, jadeante, lanzó al cielo blanco una nube de vapor grisáceo, y los veinticuatro vagones de carga de los que tiraba traquetearon y crujieron hasta quedar inmóviles, silenciosos. En la quietud de aquel paisaje helado, vacío, resonaron cascos de caballos y órdenes pronunciadas a gritos.

– ¿Por qué paramos? -preguntó en un susurro Valentina Friis a su marido.

Su aliento, como una cortina de hielo, dibujó volutas entre ambos. Exhausta, se le ocurrió que aquélla era la única parte de su cuerpo a la que aún quedaban fuerzas para moverse. Volvió a agarrarle la mano con fuerza, no para entrar en calor, sino porque necesitaba saber que seguía ahí, a su lado. El negó con la cabeza, con el rostro azul de frío, pues se había quitado el abrigo para arropar con él a la niña que dormía en sus brazos.

– Este no es el fin -dijo.

– Prométemelo -musitó ella.

Su esposo esbozó una sonrisa, y juntos se arrimaron a los listones de madera basta de un vagón que se usaba para el transporte de reses, y acercaron los ojos a las finas rendijas que quedaban entre tablón y tablón. A su alrededor, otros hacían lo mismo. Ojos desesperados, ojos que ya habían visto demasiado.

– Pretenden matarnos -declaró con voz neutra el hombre de barba que se encontraba a la derecha de Valentina. Llevaba el gorro de astracán calado hasta las orejas, y hablaba con un marcado acento georgiano-. Si no, ¿por qué se habrían detenido en medio de la nada?

– Dios te salve, María, Madre de Dios, protégenos.

Era el lamento de una anciana que seguía acurrucada sobre el suelo sucio, envuelta en tantos chales que parecía un buda pequeño y gordo, aunque debajo de todas aquellas capas de ropa maloliente apenas latía un saco de piel y huesos.

– No, babushha -insistió otra voz masculina, que provenía del fondo del vagón, donde el viento gélido se colaba sin tregua por entre los listones, llenando sus pulmones del hálito de Siberia-. No, tiene que ser el general Kornilov. Él sabe que viajamos en este tren de carga, olvidados de la mano de Dios, hambrientos. Y no permitirá que muramos. Es un gran comandante.

Un murmullo de aprobación recorrió el racimo de rostros demacrados, y a los ojos sin brillo asomó el destello de una esperanza. Un muchacho de pelo rubio muy sucio, que llevaba mucho rato tendido, inerte, en una esquina, se puso en pie y, aliviado, se echó a llorar. Hacía mucho que nadie malgastaba sus fuerzas en llantos.

– Dios te oiga -imploró un hombre tuerto que llevaba un vendaje manchado de sangre sobre el muñón de un brazo. De noche gemía y gemía en sueños, pero de día se mostraba callado y tenso-. Estamos en guerra -añadió, secamente-. El general Kornilov no puede estar en todas partes.

– Insisto. Está aquí. Ya lo verán.

– ¿Tiene razón, Jens? -preguntó Valentina, alzando el rostro para mirar a su marido. A sus veinticuatro años, era menuda y frágil, pero poseía unos ojos oscuros, sensuales, capaces de lograr, durante unos momentos, que un hombre olvidara el frío y el hambre que le devoraba las entrañas, o el peso de una criatura en sus brazos. Jens Friis tenía diez más que ella, y temía que, si los soldados bolcheviques errantes se fijaban en su hermoso rostro, aunque fuera un instante, estuviera perdida. Inclinó la cabeza y le rozó la frente con los labios.

– Pronto lo sabremos -se limitó a responder.

La barba roja de su mejilla sin afeitar rascó los labios cortados de Valentina, que de todos modos agradeció el contacto, y el aroma de su cuerpo sin lavar, pues le recordaba que no había muerto ni estaba en el infierno. Porque eso era exactamente lo que aquello parecía; la idea de que aquel viaje de pesadilla, recorriendo miles de kilómetros a través del hielo y la nieve, durara para siempre, toda la eternidad, y fuera la condena cruel que se había ganado por desobedecer a sus padres, la acechaba de día y de noche, cuando estaba despierta y cuando conciliaba el sueño.

De pronto, la gran puerta corredera del vagón se abrió, y unas voces ásperas gritaron: «Vse is vagona, bistro!» ¡Fuera de los vagones!

La luz cegó a Valentina. ¡Había tanta luz! Después de la penumbra constante del interior, de aquel mundo en perpetuo crepúsculo, la luz corrió hacia ella desde la inmensa bóveda celeste, rebotó en la nieve y la privó de visión. Parpadeó varias veces, y se obligó a fijarse bien en la escena que se desarrollaba a su alrededor.

Lo que vio le heló la sangre.

Una hilera de rifles. Todos apuntando directamente a los pasajeros harapientos que descendían del tren y se apretujaban en grupos, con los abrigos bien pegados al cuerpo, para ahuyentar el frío y el temor. Jens se acercó a la anciana para ayudarla a bajar, pero antes de agarrarle la mano alguien la empujó desde atrás, y la mujer cayó sobre la nieve, boca abajo. No emitió el menor sonido, ni un grito. Pero el soldado que había abierto la puerta del vagón la puso en pie al momento, zarandeándola con la misma indiferencia con que un perro zarandea un hueso.

Valentina intercambió una mirada con su esposo. Sin palabras, bajaron a la niña del hombro de Jens y la colocaron entre los dos, ocultándola entre los pliegues de sus abrigos largos mientras avanzaban, juntos.

– ¿Mamá? -Fue un susurro. Aunque sólo tenía cinco años, la pequeña ya había aprendido la necesidad del silencio. De la quietud.

– Shhh, Lydia -murmuró Valentina, que a pesar de todo no pudo evitar bajar la vista para mirar a su hija. Lo único que vio fueron unos ojos grandes, castaños, en un rostro palidísimo y con forma de corazón, y unos pies calzados con botines, cubiertos de nieve. Se arrimó más a su esposo, y el rostro desapareció. Sólo la manita que se aferraba a la suya le decía que su hija seguía ahí.

Aquel señor de Georgia que iba en el vagón estaba en lo cierto: se hallaban en medio de la nada. Un paisaje olvidado de la mano de Dios, donde no había más que nieve, y hielo, y alguna roca ocasional, azotada por el viento, negra, resplandeciente. En la lejanía, una hilera de árboles esqueléticos se alzaba como recordatorio de que la vida era posible incluso allí. Pero ése no era lugar para vivir. Ni para morir.

Los hombres a caballo no parecían miembros de un ejército. Nada remotamente similar a los oficiales elegantes que Valentina solía encontrarse en los salones de baile y en las troikas de San Petersburgo, o patinando sobre hielo en el Neva, presumiendo de uniforme nuevo y modales impecables. Esos hombres eran distintos, ajenos por completo al mundo de elegancia que ella había dejado atrás. Esos hombres eran hostiles. Peligrosos. Unos cincuenta se habían distribuido a lo largo del tren, al acecho, hambrientos como lobos. Se protegían del frío con abrigos de muy distinto pelaje, algunos negros, otros grises, uno de un verde intenso. Pero todos sostenían los mismos rifles alargados, y observaban con idéntica expresión de odio.

– Bolcheviques -Jens susurró a Valentina, mientras los congregaban en un corro en el que los murmullos de las oraciones resonaban como lágrimas-. Cúbrete bien con la capucha, y esconde las manos.

– ¿Las manos?

– Sí.

– ¿Por qué?

– Al camarada Lenin le gustan las manos ásperas y con cicatrices causadas por años de lo que él llama «trabajo honrado». -Protector, le acarició un brazo-. Y no creo que tocar el piano cuente, amor mío.

Valentina asintió, se cubrió la cabeza con la capucha y metió la mano que le quedaba libre en el bolsillo. Sus guantes, de marta cibelina, hasta no hacía mucho hermosos, se habían convertido en harapos durante los meses pasados en el bosque, los viajes en plena noche, a pie, comiendo gusanos y líquenes de día. Todo aquello le había pasado factura, y no sólo a sus guantes.

– Jens -dijo ella en voz muy baja-. No quiero morir.

Él negó con la cabeza, vehemente, mientras con la mano libre señalaba a un soldado alto, montado a lomos de un caballo, que sin duda ostentaba el mando, y que era el que llevaba el abrigo verde.

– El que debería morir es él… por llevar a los campesinos a esta locura colectiva que está desmembrando Rusia. Hombres como él abren las compuertas de la brutalidad, y la llaman justicia.

En ese instante el oficial emitió una orden, y parte de la tropa desmontó. Las culatas de los rifles golpearon rostros, resonaron contra espaldas. Mientras la locomotora resoplaba pesadamente en la inmensidad callada, los soldados empujaban y zarandeaban su carga de centenares de desplazados, a los que hicieron formar un círculo apretado, a unos cincuenta metros de las vías. Acto seguido, procedieron a confiscar los objetos que quedaban en los vagones.

– ¡No, no, por favor! -gritó un hombre que se hallaba detrás de Valentina al ver que sacaban de uno de ellos un montón de mantas viejas y un hornillo diminuto. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Valentina se sacó la mano del bolsillo. Se la pasó por el hombro. Las palabras no servían. A su alrededor, los rostros desesperados aparecían grises, tensos.

Delante de cada vagón, la escuálida montaña de objetos personales crecía a medida que éstos, tras el meticuloso saqueo, eran arrojados a la nieve, donde se les prendía fuego. Las llamas, alimentadas con el carbón de la locomotora y avivadas con chorros de vodka, devoraban los últimos retazos de su autoestima. Su ropa, las mantas, las fotografías, diez o doce venerados iconos de la Virgen María, e incluso un retrato en miniatura del zar Nicolás II. Todo ennegrecido, quemado, convertido en cenizas.

– Sois traidores. Todos vosotros. Traidores a vuestro país.

La acusación la formulaba el oficial más alto, el de la casaca verde. A pesar de no llevar más distintivo que un escudo de sables cruzados en su gorra de pico, no había duda acerca de su posición de mando. Se mantenía muy erguido sobre su recia montura, que controlaba sin esfuerzo, apenas con un golpe de talón. La impaciencia asomaba a sus ojos oscuros, como si aquel cargamento de rusos blancos supusiera para él una tarea desagradable.

– Ni uno solo de vosotros merece vivir-enunció con frialdad.

Un murmullo grave se elevó de la muchedumbre, que pareció mecerse al unísono, horrorizada. El oficial alzó más la voz.

– Nos habéis explotado. Nos habéis maltratado. Creíais que nunca llegaría el día en que tendríais que rendir cuentas ante nosotros, el pueblo de Rusia. Pero os equivocabais. Estabais ciegos. ¿Dónde están ahora todas vuestras riquezas? ¿Dónde vuestras magníficas casas y vuestros preciosos caballos? El zar está acabado, y yo os juro que…

Una sola voz se elevó de entre la multitud.

– Dios bendiga al zar. Dios proteja a los Romanov.

Se oyó un disparo. El rifle del oficial retrocedió entre sus manos. Alguien, en la primera fila, cayó al suelo; una mancha oscura en la nieve.

– Este hombre ha pagado por vuestra traición. -Su mirada hostil recorrió con desprecio la multitud anonadada-. Vosotros y los que son como vosotros habéis sido parásitos a expensas de los trabajadores famélicos. Creasteis un mundo de crueldad y tiranía en el que los ricos daban la espalda a los gritos de los pobres. Y ahora desertáis de vuestro país, como ratas que abandonan un barco en llamas. Y osáis llevaros con vosotros a la juventud de la patria. -Movió el caballo hacia un lado, y se alejó del racimo de rostros asustados-. Ahora entregaréis vuestros objetos de valor.

Un ligero movimiento de cabeza de su jefe bastó para que los soldados comenzaran a moverse entre los presos; de modo sistemático, fueron apoderándose de todas las joyas, todos los relojes, todas las pitilleras, cualquier objeto que pudiera tener valor, incluido el dinero en todas sus formas. Manos insolentes palpaban ropas, axilas, bocas e incluso pechos, en busca de objetos cuidadosamente escondidos por sus propietarios con la esperanza de que les salvaran la vida. Valentina perdió el anillo de esmeraldas que había ocultado en el dobladillo de su vestido, y a Jens le arrebataron la última moneda de oro que llevaba metida en una bota. Cuando la operación terminó, los presos permanecieron en silencio, un silencio sólo roto por algún sollozo aislado. Privados de esperanza, carecían también de voz.

Pero el oficial parecía satisfecho. El gesto de desagrado había desaparecido de su rostro. Se volvió y emitió una orden brusca al hombre a caballo que se hallaba tras él. Al instante, un puñado de soldados montados se abrió paso entre la multitud, dividiéndola, sumiéndola en la confusión. Valentina se aferró a la manita oculta en la suya, y supo que Jens moriría antes de soltar la otra. La pequeña dejó escapar un grito sofocado al ver que un gran bayo se aproximaba a ellos peligrosamente con sus pezuñas de acero. Exceptuando ese instante, se mantuvo firmemente asida a sus padres, sin pronunciar una sola palabra.

– ¿Qué están haciendo? -preguntó Valentina en un susurro.

– Se llevan a los hombres. Y a los niños.

– ¡Dios mío! ¡No!

Pero Jens tenía razón. Sólo dejaban en paz a los ancianos y a las mujeres. A los demás los separaban y se los llevaban. Gritos de desesperación rasgaban el aire helado de aquel erial, y por la cola del convoy asomó un lobo, que avanzó con el vientre pegado a la nieve, atraído por el olor de la sangre.

– ¡Jens, no! ¡No dejes que te lleven! ¡Ni a la niña! -suplicó Valentina.

– ¿Papá?

Un pequeño rostro surgió entre ellos.

– No hables, mi amor.

La culata de un rifle golpeó el hombro de Jens en el instante mismo en que volvía a cubrir la cabeza de su hija con el abrigo. Se tambaleó, pero logró mantener el equilibrio.

– ¡Tú, ven aquí! -El soldado a caballo parecía estar buscando cualquier excusa para apretar el gatillo. Era muy joven, y estaba muy nervioso.

Jens se mantuvo firme.

– Yo no soy ruso. -Se metió la mano en el bolsillo muy despacio, para no despertar los recelos del soldado, y extrajo el pasaporte.

– ¿Lo ve? -se apresuró a señalar Valentina-. Mi esposo es danés.

El soldado frunció el ceño, sin saber qué hacer. Pero su comandante lo miró con expresión severa, y al instante detectó su vacilación. Espoleó el caballo en dirección al aterrorizado grupo, y se acercó al joven.

– Grodenski, ¿por qué estás perdiendo el tiempo aquí? -inquirió, aunque sin mirarlo a él, sino concentrando toda su atención en Valentina, que había alzado mucho la cabeza para hablar con el soldado a caballo. Al hacerlo, la capucha se le había echado hacia atrás, revelando su larga cabellera castaña, y una frente despejada, de piel pálida, inmaculada. Los meses de escasez habían afilado sus pómulos, y sus ojos parecían ocupar gran parte del rostro.

El oficial bajó del caballo. De cerca, se veía más joven de lo que parecía a lomos de su montura. No llegaba a los cuarenta, aunque su mirada era la de un hombre más viejo. Cogió el pasaporte y lo estudió brevemente, mirando alternativamente a Valentina y a Jens.

– Pero usted -añadió, dirigiéndose groseramente a Valentina-, usted sí es rusa.

Tras ellos se oyeron unos disparos.

– Por nacimiento sí -respondió ella, sin volver la cabeza en dirección al ruido-. Pero ahora soy danesa por matrimonio. -Habría querido acercarse más a su esposo, para esconder mejor a la niña entre ellos, pero no se atrevía a moverse, y sólo sus dedos se aferraron con más fuerza a la manita fría.

Sin previo aviso, el rifle del oficial se clavó en el estómago de Jens, que se dobló de dolor emitiendo un gruñido. Al momento, un segundo golpe, esta vez en la nuca, le hizo caer sobre la nieve. La sangre salpicó la superficie blanca.

Valentina gritó.

Al instante sintió que la manita se soltaba de la suya, y vio que su hija se abalanzaba sobre las piernas del oficial con la ferocidad de un gato montes, y le mordía y le arañaba, encolerizada. Como en cámara lenta, observó que la culata del rifle descendía de nuevo, apuntando a la cabeza de la pequeña.

– ¡No! -exclamó, atrayendo a la niña hacia sí antes de que el impacto la alcanzara. Pero unas manos más fuertes que las suyas le arrebataron a su hija-. ¡No, no! -gritó-. Es una niña danesa. No es rusa.

– Sí es rusa -insistió el oficial, desenvainando el revólver-. Lucha como una rusa -añadió, mientras encañonaba la frente de la pequeña sin inmutarse.

La niña quedó paralizada, y sólo la expresión de sus ojos revelaba el pánico que sentía. Apretaba la boca con fuerza.

– No la mate, se lo ruego -suplicó Valentina-. Por favor, no la mate. Haré… cualquier cosa… cualquier cosa si deja que viva. -A sus pies, el cuerpo de su esposo, retorcido de dolor, emitió un gruñido-. Por favor -insistió, desabrochándose el primer botón del abrigo, sin apartar la mirada del rostro del oficial-. Cualquier cosa.

El comandante bolchevique alargó la mano y le acarició el pelo, la mejilla, la boca. Ella contuvo el aliento, provocando su deseo. Y por un instante creyó que lo lograría. Pero entonces él miró a su alrededor y vio que todos los hombres la observaban con ojos lúbricos, esperando su turno, y negó con la cabeza.

– No. No vale la pena. Ni siquiera los besos de tus labios suaves. Causarías demasiados problemas entre mis hombres. -Se encogió de hombros-. Una lástima.

Acercó el dedo al gatillo.

– Déjeme que se la compre -reaccionó Valentina al momento.

El oficial volvió el rostro y la observó con el ceño fruncido. Ella le repitió la súplica:

– Déjeme que se la compre. A ella y a mi esposo.

Él se echó a reír, y los soldados lo secundaron con sus risotadas.

– ¿Con qué?

– Con esto.

Valentina se metió dos dedos hasta la garganta y se echó hacia adelante, al tiempo que una arcada de bilis tibia ascendía desde su estómago vacío. En el centro del charco de líquido amarillo que cubrió la capa de nieve aparecieron dos pequeños envoltorios de algodón, del tamaño de avellanas. A un gesto del oficial, un soldado con barba los recogió y se los entregó, y él los sostuvo, sucios y húmedos, sobre un guante negro.

Valentina se acercó más a él.

– Son diamantes -anunció, orgullosa.

Él retiró los envoltorios de algodón con movimientos imperiosos, hasta que las dos piezas de hielo resplandeciente se hallaron ante sus ojos.

Valentina se fijó en la avidez de su gesto.

– Uno para comprar a mi hija. Otro, a mi esposo.

– Puedo quedármelos de todos modos. Tú ya los has perdido.

– Lo sé.

De pronto, el oficial sonrió.

– Está bien, llegaremos a un acuerdo. Como tengo los diamantes y como eres bonita, puedes quedarte con la mocosa.

Lydia corrió a los brazos de Valentina, y se aferró a ella con tal fuerza que parecía querer meterse dentro de su cuerpo.

– Y mi esposo -insistió Valentina.

– Nos quedamos con él.

– No, no, por favor, Dios, yo…

Pero en ese momento irrumpieron los caballos, creando una muralla infranqueable entre ellos. Las mujeres y los ancianos fueron conducidos de regreso al tren.

Lydia gritó, sin abandonar los brazos de su madre.

– ¡Papá, papá!

Mientras se lo llevaban a rastras, las lágrimas resbalaban por las mejillas demacradas de la niña.

A Valentina, en cambio, no le quedaban lágrimas. Sólo el vacío helado de su ser, tan mudo e inerte como el paisaje que iban dejando atrás. Sentada en el suelo maloliente de aquel vagón para ganado, con la espalda apoyada en la pared de listones, la noche descendía sobre ellos, y el aire era tan frío que hasta respirar dolía. Pero ella no se daba cuenta. Con la cabeza gacha, sus ojos no miraban. A su alrededor, los sonidos de la tristeza llenaban espacios ocupados hasta hacía muy poco. El muchacho rubio del pelo sucio ya no estaba, como tampoco estaba el hombre que se había mostrado tan seguro de que el ejército blanco había llegado para darles de comer. Las mujeres lloraban la pérdida de sus esposos, el robo de sus hijos e hijas, y observaban con descarnada envidia a la única niña que seguía montada en el tren.

Aunque había cubierto a su hija con el abrigo, y la abrazaba con fuerza, la notaba tiritar.

– Mamá -susurró la pequeña-, ¿va a volver papá?

– No.

Lydia había formulado veinte veces la misma pregunta, como si por repetirla sin cesar fuera a lograr que cambiara la respuesta. En la penumbra, Valentina sentía los temblores de su hija, de modo que le sostuvo el rostro con las dos manos y le habló con gran determinación:

– Pero nosotras sobreviviremos. Tú y yo. Sobrevivir lo es todo.

Capítulo 2

Junchow, norte de China, julio de 1928

El aire, en el mercado, olía a boñiga de mula. El hombre del traje de lino color crema no sabía que le seguían, que unos ojos seguían todos sus movimientos. Se acercó un pañuelo blanco y almidonado a la nariz y se preguntó una vez más cómo había llegado a aquel lugar remoto y olvidado.

Inesperadamente, el rictus inglés, serio, que su boca esbozaba dio paso al atisbo de una sonrisa. Remoto tal vez sí, pero no olvidado por sus propios dioses paganos. El sonido lúgubre de unas enormes campanas de bronce descendía desde el templo hasta la plaza del mercado e, imponiéndose, resonaba en su cerebro, reverberaba allí con su sonido monocorde que parecía no tener fin. En un esfuerzo por distraerse, tomó una pieza de porcelana de uno de los muchos puestos en los que los vendedores voceaban sus productos, y lo levantó para que le diera la luz. Traslúcido como el aliento de un dragón, frágil como el corazón de una flor de loto. El cuenco encajaba a la perfección en la palma de su mano, como si aquél fuera su lugar natural.

– Primera época de la dinastía Ching -murmuró, complacido el europeo.

– ¿Usted compra? -le preguntó el vendedor, que llevaba una túnica de un gris apagado, y lo miraba expectante, con sus ojos negros, fingiendo buen humor-. ¿Gusta?

El inglés se echó hacia delante, cuidándose mucho de evitar todo contacto entre el destartalado tenderete y su inmaculada chaqueta. En un tono educado en extremo, le preguntó:

– Dígame, ¿cómo es que su gente es capaz de producir las creaciones más perfectas de la tierra y a la vez la suciedad más espantosa que he visto en mi vida?

Con la mano libre señaló la maraña de cuerpos que atestaban la plaza del mercado, la recua de mulas que, a sus resistentes lomos, cargaban enormes bloques de sal mientras se abrían paso, ruidosamente, entre la muchedumbre, por entre los puestos de comida, soltando por todas partes sus excrementos, que se secaban al calor sofocante del día. El mulero, con la cara picada por la viruela, ahora que había llegado al fin a Junchow y se sentía a salvo, sonreía como un simio, pero apestaba como un yak. Y luego estaba la suciedad blanca de las aves, que brotaba de los centenares de jaulas de bambú y cubría el empedrado de los suelos, confundiéndose con el hedor de la alcantarilla al aire libre que corría por un lado de la plaza. Dos niños de trenza puntiaguda y negra se acuclillaban junto a ella mientras, indiferentes a todo, daban cuenta a mordiscos de algo verde y jugoso. Dios sabía qué sería. Dios y las moscas, que se arremolinaban sobre todo.

El inglés se volvió hacia el vendedor y, con un atisbo de desesperación, volvió a preguntarle:

– ¿Cómo lo hacen?

El chino alzó la vista para observar mejor al fanqui, el «diablo extranjero». Aunque no había entendido nada, le había prometido a su nueva concubina que le compraría unas zapatillas nuevas, rojas, bordadas, por lo que se resistía a perder una venta. Así que repitió una de las ocho palabras que conocía en el idioma de su interlocutor:

– ¿Compra? -A la que añadió, esperanzado-: Muy bonito.

– No. -El inglés depositó con cuidado el cuenco junto a un bote de té lacado en blanco y negro-. No compra.

Y se alejó, aunque no por ello le dejaron en paz, pues al instante le abordó el vendedor del tenderete contiguo. La incesante cháchara, pronunciada en aquella maldita lengua que no comprendía, sonaba a sus oídos occidentales como una pelea de gatos. Y hacía tanto calor que empezaba a pasarle factura. Se secó la frente con el pañuelo y consultó la hora en el reloj de bolsillo. Debía emprender el regreso. No quería llegar tarde a su almuerzo con Binky Fenton en el Club Ulysses. El viejo Binky era muy estricto para esas cosas. Y hacía bien.

Sintió un golpe en el hombro: un rickshaw se abría paso, traqueteando sobre la calle adoquinada. Los había por todas partes, maldita sea. No deberían estar permitidos. Molesto, clavó la vista en el ocupante del vehículo, y al instante su mirada se ablandó. Sentada muy erguida, delgada, con su cheongsang lila, de cuello alto viajaba una hermosa joven china. Su larga cabellera negra coleaba como una capa de raso, más larga que la espalda, y detrás de una oreja, sostenida con una peineta de madreperla, lucía una orquídea amarilla. No le vio los ojos, pues, discretamente, dirigía la mirada a sus manos diminutas, que apoyaba en el regazo, pero el rostro era un óvalo perfecto, y su piel, exquisita como el cuenco de porcelana que acababa de sostener entre sus manos.

Un grito ronco hizo que su atención se desplazara al esforzado porteador del rickshaw, pero, apenas lo hizo, apartó la mirada, escandalizado. El hombre no llevaba más que unos harapos en la cabeza y un taparrabos sucio atado a la cintura. No era de extrañar que la joven prefiriera mirarse las manos entrelazadas. Era repugnante el modo en que aquellos nativos exhibían sus cuerpos desnudos. Se llevó el pañuelo a la nariz. Qué olor, por Dios. ¿Cómo podían convivir con él?

El súbito chillido de una trompeta lo sobresaltó y terminó de destrozarle los nervios. Se echó hacia atrás, y tropezó contra una joven europea que caminaba detrás de él.

– Por favor, le ruego disculpe mi torpeza. Ese ruido vil ha podido conmigo.

La muchacha llevaba un vestido azul marino y un sombrero de paja, de ala ancha, que le ocultaba el pelo e impedía al inglés verle el rostro. A pesar de ello, su impresión era que aquella europea se reía de él, pues la trompeta resultó no ser más que el modo en que el afilador anunciaba su llegada al mercado. Tras despedirse de ella con una breve inclinación de cabeza, cruzó la calle. En cualquier caso, aquella joven no debería estar allí sola, sin carabina. Sus pensamientos se interrumpieron ante la visión de una imagen tallada de Sun Wu-Kong, el dios-mono de poderes mágicos, que se exhibía en uno de los puestos, y dejó de preguntarse qué motivos tendría una muchacha blanca para recorrer sola un bullicioso mercado chino.

Las manos de Lydia eran rápidas. Su tacto, suave. Era capaz de robar con los dedos la sonrisa del mismísimo Buda sin que ni él se diera cuenta.

Se alejó entre la multitud. Sin mirar atrás. Eso era lo más difícil. El deseo de girarse a comprobar que estaba a salvo era tan intenso que le ardía en el pecho. Pero metió la mano en el bolsillo, se ocultó bajo el extremo gastado del palo del aguador, y se dirigió hacia el arco profusamente labrado que daba acceso al mercado. En los puestos, a ambos lados de la calle, se apilaban pescados y frutas, y en el tramo final, que se estrechaba, la multitud se hacía más densa. Allí se sentía más segura.

Pero tenía la boca seca.

Se pasó la lengua por los labios, y se atrevió a mirar atrás, sólo un instante. Sonrió. El traje color crema seguía en el mismo lugar en que lo había dejado, inclinado frente a un tenderete, abanicándose con el sombrero. Con su vista aguda distinguió a un pilluelo autóctono que llevaba lo que parecía un basto pijama azul, y que merodeaba con malas intenciones frente al extranjero, que no se había percatado en absoluto. Todavía. Pero en cualquier momento podía decidir consultar la hora en su reloj de bolsillo. Eso era lo que hacía cuando ella lo vio por primera vez. ¿Se podía ser más cabeza hueca? ¿Es que no tenía dos dedos de frente?

Y lo supo al instante: iba a ser una presa fácil.

Dejó escapar un suspiro complacido. No era sólo la voz de la adrenalina una vez apresado con éxito el botín. La visión del mercado, extendido ante ella, le causaba gran placer. Adoraba la energía que desprendía. Rebosante de vida en cada esquina, lleno de ruido y estruendo, con los gritos agudos de los vendedores y los amarillos y los rojos vivísimos de palosantos y sandías. Adoraba los aleros de los tejados, su modo de curvarse hacia arriba, como si quisieran salir volando, llevados por el viento, y los ropajes livianos de la gente que se afanaba para comprar cangrejos, o cuencos de anguilas asadas, o un jin [1] de brotes de alfalfa. Era como si el aroma de aquel lugar se le infiltrara en la sangre.

No como en el Asentamiento Internacional. A Lydia le parecía que allí la gente llevaba corsés con ballenas no sólo sobre el cuerpo, sino sobre la mente.

Avanzaba deprisa, pero sin excederse. No quería llamar la atención. Aunque no era raro ver a extranjeros en los mercados locales sí lo era encontrarse con una muchacha de quince años caminando sola. Debía andarse con cuidado. Ante ella se extendía el camino ancho y pavimentado que conducía al Asentamiento Internacional, y allí era donde esperaría encontrarla el hombre del traje color crema si le daba por buscarla. Pero Lydia tenía otros planes, y giró a la derecha.

Allí se topó de cara con un policía.

– ¿Está bien, señorita?

El corazón le latía con fuerza.

– Sí.

Era joven. Y chino. Uno de los agentes municipales que patrullaban, orgullosos, con su elegante uniforme azul marino y su cinturón blanco, lustroso. La observaba con curiosidad.

– ¿Está perdida? Jóvenes damas no vienen aquí. No bien.

Ella negó con la cabeza y le dedicó la más dulce de sus sonrisas.

– No. Voy a reunirme con mi amah aquí.

– Su niñera debería saberlo. -Frunció el ceño-. No bien. Nada bien.

Un grito de indignación resonó en todo el mercado, detrás de Lydia, que se dispuso a emprender la carrera. Pero el policía había perdido interés. Se llevó la mano a la gorra y, apresuradamente, se dirigió a la plaza abarrotada. Apenas se hubo ido, Lydia inició su huida. Subió corriendo los empinados peldaños, dejó atrás el arco que había de introducirla en el corazón de la ciudad vieja, con sus antiguos muros custodiados por cuatro inmensos leones de piedra. No solía internarse en ella, no se atrevía, pero en ocasiones como ésa, merecía la pena correr el riesgo.

Era un mundo de callejones oscuros y odios más oscuros todavía. Las calles eran estrechas, empedradas, de suelos resbaladizos por los restos de verduras pisoteadas. A sus ojos, los edificios presentaban un aspecto secreto, ocultaban sus suspiros tras los altos muros. O bien eran bajos y achatados, parecían encajarse los unos contra los otros formando ángulos raros, junto a los salones de aleros curvados y verandas pintadas con colores alegres. Los rostros grotescos de extraños dioses y diosas la observaban desde hornacinas que aparecían por sorpresa.

La adelantaban hombres que cargaban con sacos, mujeres que llevaban a recién nacidos en brazos. Todos la miraban con ojos hostiles, le decían cosas que no entendía, aunque la palabra que más se repetía era fanqui, diablo extranjero, que le causaba escalofríos. En una esquina, una anciana, envuelta en harapos, pedía limosna en medio de un lodazal, extendiendo una mano que era como una garra, mientras las lágrimas resbalaban sin cesar por entre los surcos profundos de su rostro esquelético. Se trataba de una imagen que Lydia había visto en muchas ocasiones, y que ya había llegado, a veces, a las mismas calles del Asentamiento. Pero no se acostumbraba nunca a ella. Aquellos mendigos la asustaban, y hacían que el pánico se apoderara de su mente. En sus pesadillas, era uno de ellos, vivía en el fango, sola, y sólo tenía gusanos para comer.

Se dio prisa. La cabeza gacha.

Para tranquilizarse, metió la mano en el bolsillo y con los dedos palpó aquel pesado objeto. Parecía caro. Se moría de ganas de echar un vistazo al producto de su saqueo, pero allí habría sido demasiado peligroso. Algún miembro del tong le cortaría la mano apenas la viera, de modo que se obligó a ser paciente. Pero, a pesar de ello, le recorrió un escalofrío por la espalda, y sólo al llegar a Copper Street empezó a respirar más aliviada, y el hormigueo en la base del estómago remitió. Era el miedo. Y siempre la invadía tras un hurto. Las gotas de sudor se deslizaban por su espalda, y ella se decía que era por el calor. Se ladeó el sombrero viejo con gracia, alzó la vista hacia el cielo blanco, plano, que se posaba sobre la ciudad vieja como una manta asfixiante, y se dirigió a la tienda del señor Liu.

El comercio ocupaba el fondo de un porche mugriento. La puerta era estrecha y oscura, pero el escaparate resplandecía, alegre y luminoso, enmarcado por planchas de madera talladas y decorado con láminas pintadas con gran delicadeza. Lydia sabía que era por la necesidad que tenían los chinos de cuidar la apariencia. «La fachada.» Pero lo que tuviera lugar tras ella era un asunto privado. El interior era apenas visible. No sabía qué hora era, pero estaba segura de que ya había gastado el tiempo libre que tenía asignado para almorzar. El señor Theo se enfadaría con ella por llegar tarde a clase, tal vez le pegara con la regla en los nudillos. Sería mejor que se diera prisa.

Pero, mientras abría la puerta de la tienda, no pudo evitar sonreír. Tal vez sólo tuviera quince años, pero sabía bien que cerrar con prisas un trato en China era una esperanza tan absurda como contar las palomas que revoloteaban sobre los tejados grises de Junchow.

En el interior, la luz era tenue, y los ojos de Lydia tardaron un poco en adaptarse a la penumbra. El perfume a jazmín impregnaba el aire, fresco en contraste con la humedad de las calles. La visión de la mesa negra de una esquina, sobre la que reposaba un cuenco con cacahuetes fritos, le recordó que no había comido nada desde que, para desayunar, le habían dado apenas un par de cucharones de gachas de arroz aguadas.

Un hombre flaco, con túnica larga, marrón, salió de detrás de un mostrador de roble. Tenía la cara arrugada como una nuez, y unos pelos largos y ralos le crecían en la punta de la barbilla. Seguía llevando el pelo a la manera manchú antigua, recogido en una trenza que descendía por la espalda como una serpiente. La expresión de sus ojos negros era de astucia.

– Señorita, bienvenida a mi humilde comercio. A mi pobre corazón le hace bien volver a verla. -Cortés, le hizo una reverencia, que ella imitó.

– He venido porque en todo Junchow se dice que el señor Liu es el único que conoce el verdadero valor de las obras de arte más hermosas -abrió fuego Lydia, con voz dulce.

– Es para mí un honor, señorita. -El señor Liu sonrió, complacido, y le señaló una mesa baja colocada en un rincón-. Pero siéntese, por favor. Refrésquese un poco. Las lluvias del verano se muestran crueles este año, y los dioses deben de estar en verdad enfadados, pues desde el cielo nos lanzan fuego por la boca todos los días. Permítame que le traiga un té de jazmín para aliviar el calor de su sangre.

– Gracias, señor Liu, se lo agradezco.

Se sentó en el taburete de bambú y, apenas el vendedor se dio la vuelta, se introdujo un cacahuete en la boca. Mientras el hombre estaba ocupado tras un biombo con pavos reales de marfil taraceados, Lydia se dedicó a observar la tienda.

Se trataba de un espacio oscuro, secreto, lleno de estantes tan atestados de objetos que se apoyaban unos sobre otros. Piezas de porcelana de Jiangxi, de siglos de antigüedad, convivían con los últimos modelos de radios de baquelita, color crema, brillantes. Rollos de papel delicadamente pintados colgaban junto a feroces espadas chinas, y sobre ellas, un peculiar árbol retorcido, hecho de bronce, parecía crecer en lo alto de la cabeza de un mono sonriente. En el extremo opuesto, dos osos de peluche alemanes se apoyaban en una fila de chisteras de seda fabricadas en Jermyn Street. Un artilugio extraño, de madera y con muelles metálicos, estaba apoyado junto a la puerta, y a Lydia le llevó un momento darse cuenta de que se trataba de una pierna ortopédica.

El señor Liu tenía una casa de empeños. Compraba y vendía los sueños de la gente, y lubricaba los engranajes de la existencia diana. Lydia recorrió con la mirada el colgador que ocupaba el fondo de la tienda. Allí era donde le encantaba demorarse. Una vistosa selección de vestidos de noche y abrigos de pieles, tantos y tan pesados que la barra se combaba en su centro, como arqueando la espalda. La mera visión de tanto lujo hacía que el corazón de Lydia latiera de envidia. Antes de abandonar el establecimiento, siempre se acercaba hasta allí y pasaba una mano por entre aquellos abrigos de pelo tupido. Ya fueran visones relucientes o martas cibelinas, había aprendido a distinguirlos. Y se prometía a sí misma que, algún día, las cosas serían distintas. Algún día ella no entraría allí a vender, sino a comprar. Aparecería con un montón de dólares en la mano, y se llevaría alguna de aquellas prendas. Cubriría con ella los hombros de su madre y le diría: «Mira, mamá, mira qué guapa estás. Ya estamos a salvo. Puedes volver a sonreír.» Y su madre soltaría una carcajada gloriosa. Y sería feliz.

Se metió dos cacahuetes más en la boca e, impaciente, empezó a dar golpecitos con el zapato en el suelo.

Al instante, el señor Liu reapareció con una bandeja en la mano, y una sonrisa atenta. Colocó sobre la mesa dos tazas finas como el papel, sin asa, junto con una tetera mate, sin vitrificar, que parecía antiquísima. En silencio, el anciano vertió el té en ellas. Curiosamente, el aroma a jazmín que se elevó en el vapor del líquido caliente alivió la mente acalorada de Lydia, que sintió la tentación de dejar sobre la mesa, en ese preciso instante, el producto de su hurto. Pero no iba a hacerlo. Antes debían charlar un rato. Así era como se hacían los negocios en China.

– Espero que goce usted de buena salud, señorita, y que, en estos tiempos convulsos, todo vaya bien en el Asentamiento.

– Gracias, señor Liu, estoy bien, aunque en el Asentamiento… -se encogió de hombros, en un gesto que esperaba que fuera el de una mujer de mundo- hay siempre problemas.

Los ojos del vendedor se iluminaron.

– ¿No fue un éxito el baile de verano en el Salón Mackenzie?

– Sí, por supuesto. Asistió todo el mundo. Fue de lo más elegante. Todos los coches y los carruajes más distinguidos. Y joyas, señor Liu, usted habría apreciado mucho las joyas. ¡Fue todo tan… -su voz delataba la emoción que sentía- tan perfecto!

– Me alegro de veras de oírlo. Es bueno saber que las muchas naciones que gobiernan este insignificante rincón de China son capaces de reunirse de vez en cuando sin cortarse el cuello las unas a las otras.

Lydia se echó a reír.

– No se crea, que se discutió mucho. Sobre todo en torno a las mesas de juego.

El señor Liu se echó un poco hacia delante.

– ¿Y cuál era el motivo de la disputa?

– Creo que… -deliberadamente, hizo una pausa para dar el último sorbo al té y mantener así el suspense, mientras oía la respiración entrecortada, expectante, de su interlocutor- se trata de algo relacionado con traer a más sijs de la India. Quieren reforzar la policía municipal, ¿sabe?

– ¿Acaso se esperan disturbios?

– El comisionado Lacock, nuestro jefe de policía, comentó que se trataba sólo de una precaución, a causa de los saqueos que tienen lugar en Pekín, y dado que mucha de su gente entra en nuestro Asentamiento Internacional de Junchow en busca de alimentos.

– Ai-ya, no hay duda de que vivimos tiempos terribles. La muerte es tan corriente como la vida. La hambruna y la inanición están por todas partes. -Entre ellos se hizo el silencio, que cayó como una piedra en un estanque-. Pero, explíquemelo, si tiene a bien, señorita, pues yo debo de ser tonto y no lo entiendo. ¿Cómo a alguien tan joven como usted la invitan a asistir a un evento tan ilustre en el Salón Mackenzie?

Lydia se ruborizó al instante.

– Mi madre -respondió con grandilocuencia- era la mejor pianista de toda Rusia, y tocó para el mismísimo zar en su Palacio de Invierno. Actualmente es muy requerida en Junchow. Y yo la acompaño.

– ¡Ah! -exclamó él, respetuoso, con una inclinación de cabeza-. Ahora lo entiendo todo.

A Lydia no terminó de gustarle el tono con que lo dijo. Siempre desconfiaba de su gran dominio del idioma, y le habían comentado que en otro tiempo había sido el capataz de la Compañía Minera Jackson & Mace. No le costaba imaginarlo con un pico en una mano y un puñado de oro en la otra. Pero se rumoreaba que había salido de allí por la puerta trasera. Lydia echó un vistazo a los estantes, y a la vitrina que, cerrada con llave, albergaba las joyas. En la China, los robos no eran infrecuentes.

Ahora le tocaba a ella.

– Espero que el aumento de población en nuestra localidad aporte ventajas a su negocio, señor Liu.

– Ai! Me duele no poder confirmar sus esperanzas. El negocio no va bien. -Entrecerró los ojos pequeños, oscuros, componiendo un gesto exagerado de tristeza-. Ese hijo de serpiente de estercolero, Feng Tu Hong, el jefe de nuestro nuevo Consejo, nos está llevando a todos al arroyo.

– ¡Oh! ¿Y cómo es eso?

– Exige a todos los comercios del viejo Junchow el pago de unos impuestos tan elevados que nos chupa la sangre de las venas. A mis viejos oídos no les sorprende oír que los jóvenes comunistas patrullan de noche pegando sus carteles. Ayer, en la plaza, dos más fueron decapitados. Son tiempos difíciles, señorita. Apenas encuentro ya baratijas con las que alimentarme a mí y a los inútiles de mis hijos. Ai-ya! El negocio va mal, muy mal.

No sin esfuerzo, Lydia consiguió reprimir su sonrisa.

– Lo lamento por usted, señor Liu. Pero le he traído algo que espero que contribuya a que su negocio vuelva a funcionar.

El señor Liu inclinó la cabeza, señal que indicaba que había llegado el momento. Ella se metió la mano en el bolsillo y extrajo su premio. Lo dejó sobre la mesa de ébano, en la que refulgió con el brillo de una luna llena. El reloj era hermoso, incluso a sus ojos inexpertos, y tanto su armazón dorado como su pesada cadena de plata desprendían olor a dinero. Observó con atención al señor Liu. En su rostro no se movió ni un músculo, pero no logró evitar que un destello de deseo recorriera fugazmente su mirada. Con todo, la apartó al momento del reloj y, muy despacio, dio un sorbo más al té. Pero Lydia ya estaba acostumbrada a su estrategia, y conocía bien sus trucos.

Esperó.

Finalmente, el señor Liu lo sostuvo entre los dedos, y de la túnica extrajo un monóculo de aumento para examinarlo. Levantó la tapa delantera, de plata, y la trasera, así como la interior, mientras murmuraba para sus adentros en mandarín y acariciaba delicadamente el metal. Al cabo de unos instantes, lo dejó en la mesa.

– Tiene cierto valor -enunció indiferente-, aunque escaso.

– Yo diría que su valor es más que escaso, señor Liu.

– Ah, pero éstos son tiempos difíciles. ¿Quién tiene dinero para cosas como éstas cuando no hay comida que llevarse a la boca?

– Se trata de una pieza muy bien trabajada.

El vendedor movió un dedo, como si quisiera acariciar la plata una vez más, pero, en lugar de hacerlo, se lo llevó a la barba.

– No está mal-reconoció-. ¿Más té?

Durante diez minutos negociaron, regateando en favor de uno y de otro. En cierto momento Lydia se puso en pie y se guardó el reloj en el bolsillo. Fue entonces cuando el señor Liu aumentó su oferta.

– Trescientos cincuenta dólares chinos.

Ella volvió a dejar la pieza sobre la mesa.

– Cuatrocientos cincuenta -exigió.

– Trescientos sesenta. No puedo permitirme más, señorita. Mi familia pasará hambre.

– Pero vale más. Mucho más.

– No para mí. Lo siento.

Ella aspiró hondo.

– No es bastante.

El vendedor suspiró y meneó la cabeza y la trenza.

– Está bien, no comeré durante una semana. -Hizo una pausa y la estudió con ojos penetrantes-. Cuatrocientos dólares.

Lydia aceptó.

Estaba contenta. Atravesaba deprisa la ciudad vieja, de regreso a casa, con la cabeza llena de todas las cosas buenas que compraría: una bolsa de buñuelos dulces de albaricoque, y sí, un bonito pañuelo de seda para su madre, y unos zapatos nuevos para ella, porque los que tenía le apretaban mucho, y quizás un…

La calle estaba cortada, y la escena que se desarrollaba en ella era de absoluto caos. El centro lo ocupaba un Bentley negro, muy grande, con sus guardabarros anchos y sus remates cromados, relucientes. El vehículo era tan inmenso, tan incongruente en el marco de aquellas callejuelas pensadas para el tráfico de mulas y carretillas, que por un momento a Lydia le pareció que no había visto bien. Parpadeó. Pero sí, el coche seguía en su sitio, aprisionado entre rickshaws, uno de ellos volcado y con una rueda rota, y con un burro con su respectivo carro cerrando el paso por delante. El carro había derramado toda la carga de raíces de loto blanco por el suelo, y el burro rebuznaba en su intento de comérselos. El griterío era general.

Mientras Lydia pensaba cuál era el mejor modo de pasar desapercibida en medio de aquel pequeño drama, la cabeza de un hombre se asomó por la ventanilla del Bentley y habló con el tono de alguien sin duda acostumbrado a emitir órdenes.

– Muchacho, saca de aquí el coche inmediatamente, y toma el camino que va paralelo al río.

– Sí, señor -respondió el chófer uniformado, aunque sin dejar de golpear al carretero con su gorra cónica-. Por supuesto, señor. Ahora mismo, señor. -Se volvió para hacer la reverencia de rigor a su amo, y retiró la vista, al tiempo que añadía-: Pero eso es imposible, señor. Ese camino es demasiado estrecho.

El señor del coche se llevó la mano a la frente, desesperado, y exclamó algo que Lydia no oyó, pues había decidido reanudar la marcha. Tratando de no aparentar la prisa que tenía, dobló al llegar a un callejón lateral. Porque lo conocía. Conocía al hombre del coche. Sabía quién era, al menos. Aquella mata de pelo blanco. Aquel bigote tieso. Aquella nariz aguileña. Sólo podía tratarse de sir Edward Carlisle, el gobernador del Asentamiento Internacional de Junchow. El nombre de aquel demonio bastaba para que los niños que no querían acostarse se metieran derechos en la cama, aterrorizados. Pero ¿qué estaba haciendo él allí? ¿En la ciudad antigua? ¿En el barrio chino? Aquel hombre era conocido por meter sus narices donde no le llamaban, y en ese momento lo que menos falta hacía a Lydia era que la viera.

– ¡Chyort! -maldijo entre dientes.

Era precisamente el intento de evitar el contacto con blancos lo que la llevaba hasta allí, el motivo por el que se arriesgaba a internarse en territorio chino. Vender sus bienes de dudosa procedencia en el Asentamiento habría resultado demasiado peligroso. La policía no dejaba de rondar las casas de empeños y las tiendas de coleccionistas, a pesar de los sobornos que, desde todas las procedencias, acababan en sus bolsillos. Cumshaw, los llamaban. Así funcionaban las cosas por allí. Todo el mundo lo sabía.

Echó un vistazo a la calle en la que se había metido, más estrecha y sórdida que las demás. Y sintió en la nuca un aguijonazo de angustia que era como la mordedura de una araña. Se trataba más de un callejón que de una calle propiamente dicha, y quedaba totalmente en penumbra, porque los edificios de sus dos aceras se alaban a tan poca distancia unos de otros que la luz del sol jamás penetraba en él. A pesar de ello, había ropa tendida en lo alto, prendas que colgaban inertes como fantasmas al calor húmedo, mientras, desde el extremo más alejado, un hombre que llevaba el sombrero característico de los obreros chinos, se acercaba a ella empujando una carretilla en la que había apilado una gran cantidad de hierba seca. Su avance era lento y laborioso, pues se producía sobre un suelo de tierra prensada, y el chirrido de aquella rueda era el único rumor que se oía en toda la calle.

¿Por qué había tanto silencio?

Fue entonces cuando vio a la mujer que lo observaba todo de pie, junto a una puerta. Su rostro se parecía al de las muchachas a las que Polly, la amiga de Lydia, llamaba «Damas de Delicias», con sus ojos muy maquillados de negro, y un toque de carmín en unos labios que asomaban a un rostro cubierto de polvos de arroz. Pero Lydia sospechaba que no era tan joven como parecía. Con un dedo rematado en una uña roja, la mujer llamaba a Lydia. La muchacha vaciló, y se llevó la mano a la boca, en el gesto infantil al que recurría cuando la dominaban los nervios. No debería haberse aventurado por allí, y mucho menos con tanto dinero en el bolsillo. Incómoda, negó con la cabeza.

– Dólares. -La palabra, que brotó de los labios de aquella mujer, descendió por la calle-. ¿Quieres dólares chinos? Sus ojos pequeños se clavaron en Lydia, que seguía sin acercarse.

El silencio pareció volverse aún más denso. ¿Dónde estaban los pillos harapientos que jugaban junto a las alcantarillas? ¿Y los vecinos quisquillosos? Las ventanas de las casas aparecían cubiertas con papeles encerados, más baratos que el cristal, de modo que debería de haberse oído el golpeteo de cazos y sartenes. Pero a sus oídos sólo llegaba, monótono, el chirrido de la carretilla y el zumbido de las moscas negras. Aspiró hondo, y se sorprendió al notarse las palmas de las manos sudorosas. Dio media vuelta, dispuesta a salir corriendo.

Pero de la nada surgió una figura enclenque, vestida de negro, que le cerró el paso.

– Ni zhege yochou yochun de ji! -le gritó a la cara.

Lydia no entendió lo que le decía, pero al ver que escupía en el suelo, y le silbaba, no dudó que aquellas palabras no significaban nada bueno.

Se trataba de un hombre muy flaco que, a pesar del calor sofocante, llevaba una gorra de pieles, con largas orejeras, bajo la que se adivinaban mechones indómitos, canosos. Los ojos, sin embargo, eran brillantes y fieros. Le plantó un puño tatuado frente a la cara y Lydia, como una tonta, se fijó en la suciedad que se acumulaba entre sus uñas. Trataba de pensar racionalmente, pero el corazón le latía con tal fuerza que no lo lograba.

– Déjame pasar, muchacho -logró decirle en un tono que pretendía ser duro, demostrarle que controlaba la situación. Como sir Edward Carlisle. Pero no lo consiguió.

– Wo zhishiyao nide quian, fanqui.

De nuevo aquella palabra. Fanqui. Diablo extranjero.

Intentó rodearlo y seguir su camino, pero él volvió a cerrarle el paso. Tras ella, el chirrido de la carretilla cesó, y al volverse a mirar por encima del hombro vio que la mujer y el obrero estaban juntos, en medio del callejón, bañados en sombras negras, y que observaban todos sus movimientos con gesto hostil.

Una mano delgada se aferró como un alambre a su muñeca.

Lydia fue presa del pánico, y empezó a chillar. Y entonces fue como si los mismísimos demonios del infierno hubieran quedado en libertad. La calle se llenó de ruido, de gritos, mientras la mujer avanzaba con los pies vendados y el hombre soltaba la carretilla y se abalanzaba sobre Lydia, emitiendo un gruñido, con una hoz visible en el costado. Mientras, la presión de la mano de aquel viejo diablo no dejaba de aumentar, y cuanto más forcejeaba ella, más se hundían las uñas en su carne, como afilados dientes.

Sin mediar palabra, una cuarta persona apareció en la calle. Se trataba de un joven, no mucho mayor que Lydia, aunque bastante alto para ser chino, de cuello pálido, esbelto, y pelo corto, que llevaba una camisola de cuello en punta sobre unos pantalones holgados que se mecían al vaivén de sus movimientos. Su mirada era rápida, decidida, pero mientras estudiaba la situación su rostro se mantenía inexpresivo. Al darse cuenta de que el viejo agarraba a la joven por la muñeca sintió ira, y aquello dio a Lydia cierta esperanza. Quiso gritar, pedir ayuda, pero antes de que las palabras asomaran a sus labios, el mundo entero pareció difuminarse en un remolino de movimiento. Un pie veloz se hundió con fuerza en el pecho del viejo. Lydia oyó con nitidez el chasquido de las costillas al romperse, y su captor cayó al suelo emitiendo un chillido de dolor y arrastrándola a ella en su caída.

Lydia retrocedió a trompicones, pero logró mantener el equilibrio. En lugar de huir, permaneció inmóvil, asombrada, con los oros muy abiertos. Los movimientos del joven chino la hipnotizaban, parecía flotar en el aire y quedar suspendido en él antes de extender un brazo o una pierna con la velocidad de una cobra en posición de ataque. Le recordaba a los Ballets Rusos que madame Medinsky la había llevado a ver el año anterior en el Teatro Victoria. Aunque había oído hablar de aquellas artes marciales, nunca hasta entonces las había visto puestas en práctica. Tanta rapidez de movimientos la aturdía, pero vio que el joven se acercaba al hombre de la hoz, y una vez a su altura se echaba hacia atrás, con los hombros levantados y la mano extendida, como un pájaro a punto de levantar el vuelo. Acto seguido dobló todo el cuerpo, dio media vuelta y saltó por los aires. Alargó al brazo, y con la mano golpeó la nuca del hombre sin darle tiempo siquiera a mover la hoz. La boca pintada de la mujer china se abrió, y de ella brotó un grito de horror.

El joven se volvió para mirar a Lydia. Sus ojos eran negros, profundos, almendrados, y mientras ella los observaba, un viejo recuerdo despertó en su interior. Ya había visto aquella mirada, aquella expresión exacta de preocupación en un rostro que la observaba, en la nieve, pero había transcurrido tanto tiempo que casi la había olvidado. Estaba tan acostumbrada a defenderse sola que ver que alguien se ofrecía a luchar por ella produjo un pequeño estallido de asombro en su pecho.

– Gracias, xie xie, gracias -exclamó, con la respiración entrecortada. Él se limitó a encogerse de hombros, como indicando que no le había supuesto el menor esfuerzo; en realidad, y a pesar de lo veloz de su ataque, y del calor sofocante del callejón, no se apreciaba el menor atisbo de sudor sobre su piel.

– ¿No se ha hecho daño? -le preguntó, expresándose a la perfección en su idioma.

– No.

– Me alegro. Esta gente es escoria de alcantarilla, y la vergüenza de Junchow. Pero usted no debería estar aquí, es peligroso para una… -por un momento, a Lydia le pareció que iba a decir fanqui- para una muchacha con el cabello del color del fuego, que valdría elevadas sumas en los cuartos perfumados que se alzan sobre los salones de té.

– ¿El pelo, o yo?

– Ambos.

Con los dedos apartó un mechón indómito que había escapado del sombrero, y mientras lo hacía se fijó en que el desconocido, que seguía mirándola, suspiraba y arqueaba ligeramente las comisuras de los labios. Entonces alargó una mano, y por un instante a ella le pareció que iba a pasarle los dedos por entre las llamaradas de su pelo, pero no, lo que hizo fue señalar al anciano que, gateando, había entrado por una puerta en penumbra. Una vasija de barro ennegrecido se intuía a uno de sus lados, su ancha embocadura cubierta por un tapón de corcho del tamaño de un puño. Doblado de dolor, el hombre alzó el jarrón emitiendo un grito de rabia que le llevó a escupir, y lo estrelló contra el suelo, frente a Lydia y su salvador.

En un acto reflejo, y mientras la vasija se rompía en mil pedazos, ella retrocedió, pero al ver lo que salía de ella sintió que las piernas empezaban a temblarle.

Una serpiente, negra como el azabache, y de un metro de longitud, tardó apenas unos segundos en reptar hacia ella, la lengua bífida percibiendo en el aire el terror que sentía. Con todo, repentinamente, su cabeza describió un arco y desapareció tras meterse por una grieta de la pared. Lydia casi se atragantó de alivio. Jamás olvidaría aquellos pocos segundos.

Miró hacia atrás para observar al joven, y le sorprendió constatar su palidez, y lo rígido de sus miembros. Pero sus ojos no estaban puestos en la serpiente, sino en el viejo diablo que seguía agazapado junto a la puerta y, desafiante, los observaba con un gesto que era mezcla de malicia y triunfo.

Sin apartar de él la mirada, el joven chino le habló con voz impaciente.

– Debe salir corriendo.

Y Lydia corrió.

Capítulo 3

A Theo Willoughby le gustaban sus alumnos. Por eso dirigía una escuela: la Academia Willoughby de Junchow. Le gustaba la avidez indómita y pura de las almas jóvenes, las miradas limpias. Todo inmaculado, sin contaminar. Libres de esa Manzana maldita, con su conocimiento del Bien y del Mal. Y, al mismo tiempo, le fascinaban los cambios que se operaban en ellos durante los años que pasaban bajo su protección, el viaje gradual pero imparable, desde el Paraíso al Paraíso Perdido, que emprendía cada uno de ellos.

– Starkey, deje de comerse la punta de ese lápiz. Es propiedad de la escuela. Y, además, si lo hace le saldrá carcoma en el estómago.

Unas risitas sofocadas se escucharon en el aula. El alumno de la segunda fila de pupitres se metió los dedos manchados de tinta entre los rizos castaños y dedicó al profesor una mirada de puro odio.

A Theo, a sus treinta y seis años, se le daba tan bien como a cualquier jugador chino de póquer mantener el gesto neutro, de modo que logró contener la risa, y se limitó a asentir brevemente.

– Vamos, a trabajar de nuevo.

Esa era otra de las cosas que le gustaba de ellos. Eran tan maleables, y provocarlos resultaba tan sencillo… Como gatitos de zarpas diminutas que apenas pasaban de la superficie. Sus auténticas armas eran sus ojos. Sus ojos podían desgarrarte el corazón si se lo permitías. Pero él no se dejaba. Sí, claro, le caían muy bien, pero sólo hasta cierto punto. No se engañaba. Ellos se encontraban del otro lado de la valla y su misión consistía en hacer que la cruzaran, que llegaran a la vida adulta bien equipados, lo quisieran o no.

– Les recuerdo a todos que mañana deben entregarme el trabajo sobre el emperador Ch'eng Tsu -anunció secamente-. No acepto excusas.

Al instante se levantó una mano en la primera fila. Pertenecía a una muchacha de quince años, rubia, muy bien peinada, y con hoyuelos en las mejillas. Parecía algo nerviosa.

– ¿Qué sucede, Polly?

– Señor, mi padre se opone a que aprendamos historia china. Me dice que le pregunte por qué aprendemos lo que unos bárbaros paganos hicieron hace cientos de años en lugar de…

Theo lanzó sobre la mesa el borrador de gamuza y madera con tal estruendo que toda la clase dio un respingo.

– ¿En lugar de qué? ¿En lugar de estudiar historia de Inglaterra?

Extendió el brazo y señaló a un alumno sentado también en la primera fila.

– Bates, ¿cuál es la fecha de la batalla de Naseby?

– 1645, señor.

El brazo apuntó entonces al fondo de la clase.

– Clara, ¿cómo se llamaba la cuarta esposa de Enrique VIII?

– Ana de Cleves.

– Griffiths, ¿quién inventó la lanzadera volante?

– James Hargreaves.

– ¿Quién era el primer ministro cuando se aprobaron las Leyes de Reforma?

– Lord Grey.

– ¿Cuándo se introdujo el primer asfalto en las carreteras?

– En 1819.

– Lydia… -Hizo una pausa-. ¿Quién introdujo el rickshaw en China?

– Los europeos, señor. Lo trajeron de Japón.

– Excelente.

Theo alzó lentamente los brazos de la silla, y las mangas de su guardapolvo de maestro se agitaron como grandes alas negras. Se acercó entonces al pupitre de Polly y, bajando los ojos, la observó como un cuervo miraría a un gorrión que hubiera quedado metido en una trampa.

– ¿Y bien, señorita Mason? ¿Le parece a usted que nuestro pequeño grupo sufre de falta de conocimientos sobre la historia de nuestro noble y victorioso país? ¿No impresionaría a su padre constatar semejante despliegue de hechos históricos?

Polly se ruborizaba por momentos, y sus mejillas no tardaron en alcanzar el color de las ciruelas. Se miró las manos, jugueteó con un lapicero y balbuceó algo inaudible.

– Lo siento, Polly -dijo Theo sin alterarse-, pero no la he oído bien. ¿Qué ha dicho?

– He dicho «sí, señor» -concedió ella, aunque todavía en un susurro.

Theo alzó la vista para dirigirse a la clase.

– Compañeros de Polly: ¿ha oído alguien su respuesta?

En la última fila, Gordon Trent levantó la mano y sonrió.

– No, señor, yo he oído nada.

– Pasaremos por alto lo incorrecto de la construcción gramatical del señor Trent, y regresaremos a la señorita Mason. Permítame recordarle la pregunta, Polly -prosiguió tranquilamente-. ¿No impresionaría a su padre constatar semejante despliegue de conocimientos históricos?

Sin dar tiempo a Polly a responder, Lydia se puso en pie.

– Señor -terció educadamente-, a mí me parece que, para un inglés, la historia de China no difiere mucho de la historia de Rusia.

Sin perder la calma, Theo se alejó de la joven rubia que tenía delante y regresó a su mesa.

– Ilústrenos, Lydia. ¿En qué sentido afirma que la historia de China se parece a la de Rusia para un inglés?

– En el sentido de que ambas son irrelevantes para un inglés que viva en Inglaterra. Creo que lo que Polly quiere decir es que la historia de China sólo puede interesar algo aquí. Y lo más probable es que todos los que nos encontramos en esta aula nos traslademos pronto a vivir a Inglaterra.

Polly dedicó a su amiga una mirada de agradecimiento, pero Theo no la vio, porque seguía observando a Lydia en silencio. Entornó los ojos grises, y apretó ligeramente las comisuras de los labios. Pero en lugar del estallido de cólera que todos temían, se limitó a suspirar.

– Me decepciona usted. No sólo llega tarde a clase, sino que muestra una enorme falta de comprensión respecto del país en el que vive.

En ese momento, el estruendo de una explosión que provenía a calle rompió la tensión que se respiraba en el aula.

– Petardos -declaró Theo, señalando la ventana con la mano-. Una boda china, o alguna otra celebración. -Se inclinó hacia delante con súbito interés-. ¿Y por qué usan petardos en el transcurso de sus ceremonias, Lydia?

– Para ahuyentar a los malos espíritus, señor.

– Correcto. De modo que, a pesar de relegar la historia de China por considerarla irrelevante, en realidad, al menos, sí sabe algo de ella. -Apuntó a Polly con un dedo-. Dígame, ¿quién inventó la pólvora, señorita Mason?

– Los chinos.

El dedo del profesor volvía a moverse sobre las cabezas de los jóvenes.

– ¿Quién inventó el papel?

– Los chinos.

– ¿Quién inventó las esclusas de los canales y el arco segmentado?

– Los chinos.

– ¿Y la imprenta?

– Los chinos.

– ¿Y la brújula magnética?

– Los chinos.

– ¿Y son irrelevantes todas esas cosas, Lydia? ¿Para una persona que viva en Inglaterra?

– No, señor.

Theo sonrió, complacido.

– Bien. Ahora que ya hemos aclarado este punto, pasemos al estudio de la dinastía Han. ¿Alguna objeción?

Nadie levantó la mano.

Theo sabía que Li Mei lo observaba desde la ventana de arriba. Con las puntas de los dedos daba unos golpecitos a los cristales, como si quisiera acariciarlo a través de ellos. Pero él no se volvió, y ni siquiera alzó la vista para mirarla.

Inmóvil frente a la verja de la escuela, muy tieso, la espalda le ardía por efecto del calor que irradiaba el hierro forjado de la reja, y que el avance de la tarde no daba muestras de querer aliviar. El bochorno resultaba insoportable. Durante todo el verano asfixiaba y robaba toda la energía a la gente, que anhelaba el retorno de los días claros y brillantes del otoño. Pero, un día más, terminaba la jornada escolar, y acababa de peinarse el pelo castaño claro, se había quitado el guardapolvo y lo había sustituido por una chaqueta de lino impecable. Con su sonrisa de director de escuela, distante y a la vez asequible, saludaba a las madres que llegaban a recoger a sus hijos. A las amahs y a los chóferes los ignoraba.

Censuraba a aquellas madres que estaban demasiado ocupadas tomando el té, asistiendo a clases de tenis o jugando interminables partidas de bridge como para ir a buscar personalmente a sus hijos a la escuela, y que enviaban a sus criados a recogerlos, lo mismo que veía mal a los padres que envenenaban la mente de sus hijas. El señor Christopher Mason se contaba sin duda entre ellos. Theo sintió la misma punzada de frustración que otras veces: ¿qué podía esperarse de aquel gran país con hombres como ése, hombres que, a pesar de trabajar para el gobierno, veían la excepcional historia de China como una pérdida de tiempo? ¿Como algo que no merecía la pena aprender? Era algo que lo sacaba de quicio.

– Hola, señor Willoughby. Parece que esta noche va a llover.

– Buenas tardes, señora Mason, creo que tiene usted razón.

La mujer que se había detenido frente a él era bajita y sonriente y, como su hija, lucía un hoyuelo en cada mejilla. Llevaba el pelo recogido con una cinta de terciopelo, y su rostro, redondo, mostraba signos de cansancio. Gotas de sudor asomaban a su labio superior, y brillaban con la luz.

Theo sonrió.

– ¿Ha disfrutado del paseo?

Anthea Mason se echó a reír, apoyada en la bicicleta -un tándem verde-, y sin querer rozó el timbre, que emitió un breve campanilleo.

– No, no, nunca disfruto del paseo hasta aquí. Es todo subida. -Llevaba una blusa fresca, de algodón, y pantalones de ciclista, pero las dos prendas se veían arrugadas y húmedas. Sus ojos azules brillaban de impaciencia-. Lo que significa que el trayecto de regreso es un regalo. Y más con Polly sentada detrás.

Theo decidió abordar el tema de las clases de historia de China.

– Señora Mason, creo que hay algo que deberíamos…

Pero ella seguía escrutando las filas marciales de alumnos, ataviados con sus uniformes azul marino, que ocupaban el patio bajo la supervisión de la señorita Courtney, una de las maestras de primaria.

La escuela ocupaba un edificio elegante, de ladrillo rojo, frente un camino despejado. A un lado se extendía un prado, y al otro, el patio del recreo. Se trataba de un lugar de suelos siempre recién encerados y de pizarras limpias.

– Ah, ahí está mi pequeña. -La señora Mason levantó una mano y le hizo señas-. ¡Hoolaaa, Polly! Hoy tenemos tortitas para merendar, cielo.

Polly se moría de vergüenza, y en esa ocasión Theo se compadeció de ella. La joven se separó de sus compañeros y se acercó arrastrando los pies. La acompañaba Lydia, y las dos caminaban con las cabezas muy juntas, una suave, dorada, y la otra un manojo de rizos ondulados, indómitos, cobrizos, ahuecados bajo su sombrero de paja. Se hablaban en susurros, pero años de práctica habían enseñado al director a descifrar los murmullos apenas audibles de sus pupilos.

– Por Dios, Lyd, podrían haberte matado. O algo peor -musitó Polly, con los ojos muy abiertos, mientras sujetaba el brazo delgado de su amiga con una mano, como queriéndola alejar de la boca del infierno.

– Ojala lo hubieras visto, su manera de… -Lydia se interrumpió en seco al darse cuenta de que Theo las observaba-. Adiós, Polly -se despidió con naturalidad, y se echó a un lado.

– Hola, Lydia -la saludó la señora Mason con voz alegre, aunque al director no le pasó por alto que observaba a la muchacha con ojos de preocupación-. ¿Quieres venir a casa, a merendar con nosotras? Si quieres llamo a un rickshaw.

– No, gracias, señora Mason.

– Hoy tenemos tortitas. Tus preferidas.

– Lo siento, pero es que hoy no puedo. Me encantaría, pero debo hacer unos recados.

– ¿Para tu madre?

– Sí.

Polly la miraba sin disimular sus temores. Theo no entendía qué sucedía, pero su atención se vio desplazada por la petición que formuló Anthea en el instante mismo en que plantaba su elegante zapato bicolor en el pedal:

– Por cierto, señor Willoughby, casi lo olvidaba. Mi esposo me ha pedido que le diga que le gustaría charlar un momento con usted, y que le agradecería que se reuniera con él en el club mañana por la noche. -Coqueta, meneó la cabeza al tiempo que ahogaba una risita, como para quitar hierro al asunto-. ¡Ay, los hombres! ¿Qué sería de ustedes sin sus billares y su coñac?

Y se alejó pedaleando con su hija montada en el sillín de atrás, 1os dos pares de piernas moviéndose al unísono. Theo las vio alejarse al instante, su sonrisa se desvaneció, y se hundió de hombros.

– Maldita sea -murmuró entre dientes.

Se giró y estuvo a punto de tropezarse con Lydia, que se agazapaba tras él. Por un momento, los dos se mostraron confusos, y se disculparon. Ella bajó la cabeza, oculta tras el ala de su sombrero Pero ya era demasiado tarde, pues él se había percatado de la expresión de su rostro. Como él, ella también había permanecido inmóvil, observando el tándem que se alejaba por la concurrida calle entre timbrazos. Pero lo que llamó la atención de Theo fue la expresión de sus ojos ambarinos, el anhelo descarnado que asomaba a ellos, tan intenso que se le clavaba en el corazón, como un eco del dolor que reflejaban.

¿Qué era lo que tanto deseaba? ¿La bicicleta? Sabía bien que la muchacha era pobre. Todo el mundo estaba al corriente de que su madre era una refugiada rusa, viuda, sin modo de ganar un sueldo digno para su familia. Pero aquello no era por la bicicleta. No, Lydia no era de esa clase de niñas. ¿Era por Polly por quien suspiraba? Después de todo, había conocido a más de una niña que se había enamorado de alguien de su mismo sexo, y sin duda las dos compañeras estaban muy unidas. Bajó la mirada y vio el canotier. Se fijó en que amarilleaba, y en que estaba manchado en varios sitios, porque seguramente ella lo habría soltado de cualquier manera, o lo habría cogido con las manos sucias cuando el viento soplaba desde la gran llanura del norte. De haber sido cualquier otra alumna, le habría dicho que le pidiera a sus padres que le compraran otro sin falta. ¿Acaso era aquella madre la que anhelaba tener? No lo creía. La suya, por más que aparecía muy poco por la escuela, a menos que su presencia se reclamara explícitamente, era mucho más hermosa, e infinitamente más seductora que la hogareña señora Mason. Aunque, claro, su gusto por las mujeres siempre tendía a lo moreno, a lo exótico, algo que le venía ya de la infancia, de cuando tenía un penique que gastar en las mirillas de los estereoscopios, o de cuando en secreto abría el libro de su padre con pinturas de Paul Gauguin. Una súbita confluencia de vehículos y padres requirió su atención, una sucesión de sonrisas y corteses apretones de manos, por lo que no fue hasta transcurridos diez minutos, cuando el patio estaba ya casi vacío, que, al volverse, se percató de que la niña rusa seguía a su lado.

– Por el amor de Dios, Lydia, ¿qué hace aún aquí?

– Estaba esperándole. Quería preguntarle algo, director.

Theo se rió para sus adentros. No le había pasado por alto que sus alumnos recurrían siempre a aquel tratamiento de cortesía cuando querían pedirle algún favor. A pesar de ello, sonrió, animándola a hablar.

– ¿De qué se trata?

– Usted sabe cómo son los chinos, cómo funcionan las cosas aquí, así que…

El director no pudo reprimir una carcajada.

– Pero si sólo llevo diez años aquí. Haría falta toda una vida de estudio para conocer China, e incluso en ese caso uno no habría hecho más que arañar levemente su superficie.

– Pero usted habla mandarín, y sabe muchas cosas -insistió ella, mirándole fijamente a los ojos, con una urgencia que le intrigó.

– Sí -admitió él en voz baja-. Sé muchas cosas.

– Entonces, ¿podría decirme el nombre de una cosa, por favor?

– Eso depende de qué sea esa cosa.

– Se trata de la manera china de luchar. Ésa en la que vuelan por los aires y usan los pies. Tengo que saber cómo se llama.

– Ah, sí. Los chinos son famosos por sus artes marciales. Las hay de muchas clases, cada una de ellas con un estilo y una filosofía propias. Mi favorita es el tai chi chuan. Resulta difícil traducirlo, porque significa muchas cosas, pero aproximadamente se trata del Puño Yin Yang. -Se fijó en que la joven escuchaba con un nivel de atención que le habría venido muy bien durante sus clases-. Pero por lo que comenta, creo que se refiere usted al kung fu.

– Kung fu -repitió ella despacio.

– Exacto. Literalmente significa Maestro de Méritos. Los japoneses lo llaman karate, que quiere decir «mano vacía». En otras palabras, se trata de un combate sin armas.

Lydia esbozó una sonrisa de entusiasmo que le iluminó el rostro delgado.

– Sí, es eso.

– ¿Y por qué diablos se interesa usted por los combates sin armas?

Ella le sonrió con descaro y picardía.

– Porque deseo aprender más cosas sobre China, para decidir si son o no son relevantes, señor.

– Bien, me alegro de que se muestre tan dispuesta a adquirir conocimientos sobre la tierra en la que vive, sea cual sea el motivo. Y ahora, váyase, jovencita, que tengo otras cosas que hacer.

Durante una fracción de segundo, Lydia alzó la vista y miró de reojo la ventana que se alzaba sobre ellos. Y entonces, sin despedirse siquiera, se alejó.

Theo dejó escapar un suspiro. Lydia Ivanova no le iba a poner nunca las cosas fáciles. Ese mismo día había tenido que golpearle los nudillos con la regla porque había vuelto a llegar tarde. Aquella muchacha no sentía un gran respeto por las normas. No es que fuera una insolente, pero había algo en ella, en su manera de entrar en el aula, en su porte independiente, su cabeza erguida, su modo de sostenerle la mirada cuando le formulaba alguna pregunta… Era algo que se adivinaba en el fondo de sus ojos. Como si supiera algo que él ignoraba. Y le molestaba.

Pero no tanto como le molestaba el señor Christopher Mason. Se acercó a las pesadas rejas y las cerró con llave, dejando el mundo del otro lado. Sólo entonces se permitió el placer exquisito de alzar la vista y contemplar la ventana.

– No es prudente pellizcar la cola del tigre, amor mío.

– ¿A que te refieres? -Theo le besó el delicioso pliegue que a Li Mei se le formaba en la base del cuello, y sintió el latido de su sangre bajo los labios.

– Me refiero al señor Mason.

– Que se vaya al infierno.

Estaban tendidos en la cama, desnudos, las persianas entrecerradas para protegerse del calor, y sólo un haz de luz se colaba en la habitación y se posaba, semejante a una tela polvorienta, sobre el cuerpo de Li Mei, como si tampoco pudiera apartar los dedos de sus pechos.

– Tiyo, amor mío, te hablo en serio.

Theo levantó la cabeza y le besó la punta de la barbilla.

– Pues yo no. Llevo todo el día hablando en serio, con la escuela llena de monos, y ahora lo que me apetece es ponerme poco serio.

Ella se echó a reír, y su risa era un sonido delicioso, tan dulce y tan suave que él sintió cosquillas en las plantas de los pies. La piel le olía a jacintos y le sabía a miel, pero la adicción que despertaba era infinitamente mayor. Theo le recorrió el cuerpo esbelto con los labios, dejó atrás la curva de la cadera, y apoyó la mejilla en el muslo fino, suspirando de placer.

– ¿Entonces? ¿Vas a ir a ver mañana al señor Mason?

– No. Ese hombre es una amenaza.

– Por favor, Tiyo.

Li Mei le acarició la cabeza, le masajeó suavemente el cuero cabelludo con las yemas de los dedos, hasta que él empezó a sentir que la tensión desaparecía de su cerebro. Le encantaban sus caricias, distintas a las de cualquier otra mujer. Cerró los ojos, para alejarlo todo, todo menos aquella sensación que le daba vueltas, que lo vaciaba.

– Mañana es sábado -murmuró-, así que te llevaré al río. Allí el aire es más fresco, y por la noche pararemos en Hwang a comer colas de gambas y kuo tieh hasta que reventemos. -Se dio la vuelta y la miró, sonriente-. ¿Te apetece?

Ella lo miraba con sus ojos oscuros, solemnes. Con un gesto elegante, se quitó la peineta de madreperla y la orquídea amarilla del pelo, las dejó sobre la mesilla de noche y volvió a mirarlo con gran seriedad.

– Me apetece mucho, Tiyo -dijo-. Pero no mañana.

– ¿Por qué no mañana?

– Porque mañana vas a ver al señor Mason.

– Por el amor de Dios, Li Mei, me niego a salir corriendo hacia allí como un perro cada vez que él me hace una seña con el dedo.

– ¿Quieres perder la escuela?

Theo se apartó. Sin mediar palabra se levantó de la cama y se dirigió a la ventana abierta, donde permaneció, observando, con la espalda desnuda muy rígida.

– Ya sabes que no soportaría perder la escuela -dijo al fin, tras un largo silencio.

Un rumor de sábanas, y ella ya estaba allí, a su lado, apretujándose contra su espalda, rodeándole el pecho con sus brazos, la mejilla apoyada en la clavícula. Ninguno de los dos habló.

Desde lo alto de la colina Theo observaba los tejados de la ciudad que había sido su hogar desde hacía diez años, un hogar que amaba, un refugio de las murmuraciones que había dejado atrás en Inglaterra. Recorrió con la mirada todo el Asentamiento Internacional, una mota insignificante para China, que parecía haberse transformado en una parte más de Europa. Poseía una curiosa mezcla de estilos arquitectónicos, con sus macizas mansiones victorianas que se alzaban junto a avenidas francesas más ornamentadas y a terrazas italianas con sus balcones de hierro forjado y sus exuberantes tribunas.

Los europeos habían robado aquella parcela de tierra a los chinos como parte del tratado de reparación que se firmó tras la Rebelión de los Bóxers de 1900. Habían apartado a un lado la ciudad antigua, amurallada, y habían iniciado la construcción de otra mucho mayor, contigua a aquélla, apoderándose del curso de agua con lanchas bombarderas que se abrían paso como cocodrilos grises río Peiho arriba. El Asentamiento Internacional, pues así lo bautizaron era un pujante centro de intercambio y comercio occidental que entusiasmaba a los patronos en Gran Bretaña, pero que irritaba sobremanera al gobierno chino.

Theo negó con la cabeza. A los británicos se les daba muy bien todo eso de controlar el mundo. Porque aunque el enclave era internacional, no había duda de que eran ellos quienes lo controlaban, sir Edward Carlisle era quien estampaba su firma y su rúbrica en todos los documentos, como también marcaba con el sello de su carácter las reuniones del Consejo Internacional. Oficialmente, la ciudad estaba dividida en cuatro sectores: el británico, el italiano, el francés y el ruso, alineados ordenadamente, uno junto al otro, como viejos amigos. Pero en la práctica las cosas no funcionaban así. Peleaban constantemente. Discutían sobre la distribución de la tierra. Theo los había oído muchas veces en el Club Ulysses. Y, por algún motivo, los ingleses habían terminado por poseer casi la mitad de la ciudad, al tiempo que algunas zonas pequeñas cambiaban de manos, pasando de los rusos a los japoneses y norteamericanos, a cambio de importantes sumas en oro. El dinero siempre mandaba, claro. El dinero y las lanchas bombarderas.

Theo recorría la ciudad con la mirada, y debía reconocer que, comparado con el sector ruso -que quedaba a su izquierda y estaba compuesto en su mayoría por casuchas sórdidas, muy apretujadas, el sector británico resultaba impresionante, lustroso como un gato bien alimentado. Las agujas de las iglesias, la torre del reloj del ayuntamiento, la fachada clásica del Hotel Imperial, los arriates de rosas impecablemente dispuestos en los parques… no era de extrañar que los nativos los llamaran «diablos». Diablos extranjeros. Sólo un diablo es capaz de robarte el alma y convertirla en territorio ajeno. Para los chinos de Junchow, el Asentamiento Internacional era otro planeta. Y sin embargo, en la lejanía, el río reverberaba como un metal bruñido, y los barcos mercantes anclados junto a las hileras de sampanes contribuían a afianzar la falsa impresión de permanencia.

Se dio cuenta de que Li Mei le acariciaba el pecho con los dedos, describiendo círculos concéntricos.

– En el mercado, hoy, Tiyo, he visto a tu amigo. El hombre del periódico.

– ¿A quién te refieres?

– A tu señor Parker.

– ¿A Alfred? ¿Y qué hacía él por esos barrios?

Ella dejó escapar una risita floja que se onduló al contacto con su cuerpo.

– Creo que estaba buscando algo antiguo. Pero me parece que tiene problemas.

– ¿Cómo es eso?

– Es demasiado inglés. No va con los ojos bien abiertos. No es como tú.

Li Mei lo abrazó con más fuerza, y con otra carcajada trató de contagiarle la risa, aunque no lo logró. Decepcionada, meneó la cabeza y el perfume que desprendía la cortina sedosa de sus cabellos impregnó el aire. En algún lugar de la calle un coche hizo sonar la bocina, pero la habitación permaneció en silencio. Unas palomas pasaron deprisa junto a la ventana, y los silbatos que llevaban atados a las colas zumbaron, con un sonido que parecía la risa de los dioses.

– Tiyo -dijo al fin Li Mei-. ¿Quieres que se lo pregunte a mi padre?

Theo se volvió y la miró con una expresión que se había vuelto dura de pronto.

– No, no se lo preguntes nunca.

Capítulo 4

La farola de gas del zaguán no funcionaba -tal vez le hiciera falta una nueva cubierta-, pero Lydia no se dio cuenta. Tras franquear la puerta, avanzaba deprisa por el pasillo, intentando no pisar los huecos en el linóleo. Dejó los paquetes que llevaba al pie de la escalera y llamó a la puerta de la salita de la señora Zarya.

– ¿Quién es?

– Soy yo, Lydia.

La puerta se abrió y una mujer alta, de mediana edad, observó a Lydia con recelo.

– Kakaya sevodnya otgovorkaf.

– Por favor, señora Zarya, sabe muy bien que no hablo ruso.

La mujer se echó a reír, como aceptando que aquella joven acababa de marcarle un tanto, y su carcajada retumbó en las finas paredes. Se trataba de una mujer corpulenta, de rostro ancho y unos senos que evocaban las vastas estepas rusas. A Lydia le inspiraba temor, pues en ocasiones su lengua podía ser tan fiera como sus abrazos, y convenía estar a bien con ella. Olga Petrovna Zarya era su casera, y residía en la planta baja de un edificio pequeño, construido en terrazas. El resto lo alquilaba.

– Entra, gorrioncito, que quiero hablar contigo.

Lydia obedeció. La sala olía a borscht y a cebolla, a pesar de estar abierta la ventana que daba a la estrecha franja de adoquines que ella llamaba «mi patio trasero», y que estaba atestada de pesados muebles, demasiado grandes para un espacio tan pequeño. En un lugar de honor, sobre un tapete bordado que ocultaba las manchas del piano de caoba, destacaba una fotografía enmarcada del general Zarya ataviado con su uniforme blanco del ejército, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada intensa y acusadora.

Lydia evitaba aquellos ojos color sepia siempre que podía. Algo en ellos la hacía sentirse siempre insignificante.

– Mi paciencia se ha agotado -anunció Olga Zarya, plantándose firmemente delante de Lydia-. Dile a esa perezosa madre tuya que se ha aprovechado de mí, de mi buena fe. Díselo. Que dentro de una semana la echo. Da, a la calle. ¿Qué puedo hacer, si no…?

– ¿Pagar el alquiler? -Lydia depositó un montón de billetes de dólar sobre la mesa, y dio un paso atrás.

La señora Zarya permaneció boquiabierta un segundo, antes de coger el dinero con un movimiento brusco y ponerse a contarlo en ruso.

– Bien. Spasibo. Gracias. -La mujer se acercó a ella, y al hacerlo, su vestido negro, holgado, desprendió aquel olor a naftalina. Sus rostros estaban tan cerca que Lydia distinguió con todo detalle el movimiento de su boca, que añadía con dureza-: Aunque llega con retraso.

– Los dos meses que le debemos y este mes. Está todo ahí.

– Da. Está todo.

– Siento que sea con retraso.

– ¿Has vuelto a jugar para ganarlo?

– Sí.

La casera asintió y levantó un brazo carnoso, como si quisiera abrazarla, pero Lydia, alarmada ante la cercanía de aquel pecho, retrocedió en dirección a la puerta.

– Do svidania, señora Zarya.

– Adiós, gorrión. Dile a esa madre tuya que…

Pero Lydia no oyó nada más. Recogió los paquetes y subió corriendo la escalera. No había alfombra que cubriera los peldaños de madera desnuda, polvorienta, y sus pies repicaban contra ellos, por lo que estaba segura de que su madre la oiría desde casa.

– Hola, señora Yeoman -gritó mientras, a la carrera, dejaba atrás las habitaciones de la primera planta, alquiladas por un misionero baptista retirado y su esposa, que habían decidido gastar su pensión en el país al que habían dedicado su vida, algo del todo inexplicable para Lydia.

– Buenas tardes, Lydia -respondió el señor Yeoman, con su habitual tono entusiasta-. Parece que tienes prisa.

– ¿Está mi madre en casa?

Se hizo una breve pausa, pero la joven estaba demasiado emocionada como para percibirla.

– Sí, creo que sí.

Lvdia enfiló de dos en dos el último tramo de escalones, el que inducía al desván, y abrió la puerta con gran ímpetu.

– Mamá, mira lo que tengo. Mamá, he… -Se interrumpió, y la sonrisa que esbozaba se heló en sus labios.

Cerró la puerta con el pie, y notó que la felicidad de todo el día escapaba de su cuerpo y caía al suelo, junto con la vajilla rota, las flores aplastadas y las miles de plumas de almohada que parecían el resultado del ataque de un cisne. A sus pies se esparcían los pedazos de un espejo roto. En medio de aquel caos, tendida, destacaba la figura de Valentina Ivanova, acurrucada sobre la alfombra, como una gata. Dormía profundamente, y su respiración era rítmica, pausada. Bajo la mesa asomaba una botella de vodka vacía.

Lydia permanecía en su sitio, observándolo todo, y hacía esfuerzos por no perder el control. Dejó en el suelo, de cualquier manera, los paquetes y las bolsas de cartón, y se acercó de puntillas a su madre, como si temiera molestarla, cuando sabía muy bien que sólo lograría despertarla si le arrojaba un cubo de agua encima. Se arrodilló a su lado.

– Hola, mamá -susurró-. Ya estoy aquí. No te preocupes, que yo…

Pero no le salían las palabras. Se le había formado un nudo en la garganta, y le parecía que estaba a punto de estallarle la cabeza.

Alargó una mano, le retiró un mechón de pelo castaño del rostro. Valentina solía recogérselo en un moño elegante, o a veces se lo peinaba hacia atrás, en una cola, como una niña, como la propia Lydia, pero esa tarde estaba esparcido sobre la alfombra descolorida, en ondas largas, sueltas. Lydia se lo acarició, pero Valentina seguía sin moverse. Había algo de rubor en sus mejillas, pero incluso en su estado de embriaguez sus hermosos rasgos lograban mantenerse limpios, elegantes. Sólo llevaba puestos un camisón de seda color ostra y unas medias. Y debajo de las pestañas se apreciaban restos de rimel seco, como si hubiera llorado.

Lydia se sentó sobre sus talones, pero siguió acariciándole el cabello una y otra vez, y fue calmándose a medida que sus dedos se pasaban por él. Mientras lo hacía, iba contándole con todo detalle Como había escapado por los pelos en la ciudad vieja, cómo había conocido a su protector chino, cómo se había asustado al ver aquella repulsiva serpiente.

– Así que ya ves, mamá, he estado a punto de no volver a casa hoy. Podría haber caído en las garras de alguna red de trata de blancas, y podría haber acabado metida en un barco rumbo a Shanghai, para convertirme en Dama de Delicias. -Emitió un sonido que pretendía ser una carcajada-. ¿A que habría sido divertido? ¿No te parece, mamá? Muy divertido, ¿verdad?

Silencio.

La habitación olía a rancio, a humo de cigarrillo y a ceniza. Las ventanas estaban cerradas, y el calor resultaba sofocante. Lydia recogió del suelo la botella vacía de vodka y la estampó contra la pared, al tiempo que dejaba escapar un grito de rabia. El vidrio se hizo añicos.

Tardó más de una hora en limpiar la habitación. En barrer las piezas de porcelana, los cristales, los pétalos y las plumas. Lo peor, con diferencia, fueron las plumas, pues parecían cobrar vida y burlarse de sus intentos de capturarlas, flotando, desafiantes, justo fuera de su alcance. Al terminar, se dio cuenta de que se había cortado la pierna al arrodillarse sobre un trozo de porcelana. Le dolía la espalda de tanto barrer, y tenía el pelo lleno de plumas. Por si fuera poco, sentía tanto calor que se había quitado la ropa, y andaba por la casa en corpiño y braguitas azules.

Valentina no despertó. En un determinado momento su hija le colocó una almohada bajo la nuca, en el suelo, y le besó la mejilla. Las ventanas estaban abiertas, aunque apenas se notaba la diferencia, pues el calor del edificio ascendía y se acumulaba en su mal ventilada buhardilla, bajo el tejado. Su desván lo componía sólo una gran estancia de paredes inclinadas, con dos ventanucos, que los muebles baratos y destartalados no contribuían a realzar. Una alfombra deshilachada, que tal vez en su día luciera algún colorido, pero que por entonces era de un gris desgastado, cubría el centro del suelo de tablones. La estancia la dividía en dos una cortina que, corrida, convertía el espacio en dos dormitorios y lograba dar cierta ilusión de intimidad, aunque los sonidos viajaran sin dificultad de un lado al otro, y viceversa. Así, madre e hija practicaban un silencio cortés.

Lydia desenvolvió los paquetes. Con todo, en ese momento la abundancia de buenos alimentos no la tentaba. Ni pensaba ya en la cena que había decidido preparar. No se veía con ánimo, y su estómago tampoco. Mecánicamente, lavó con agua fría las frutas y las verduras pues los chinos, por desgracia, eran aficionados a abonar los campos con excrementos humanos. Pero luego las dejó en el escurridor, sin pelarlas ni cocinarlas.

Se preparó un vaso de leche con una cucharada de miel, acercó una silla a la ventana, apoyó los codos en el alféizar y se puso a contemplar la calle. Una terraza cochambrosa. Casas estrechas, puertas que daban directamente al empedrado. A ojos de Lydia, nada que resultara agradable, nada que lograra sacarla de la desesperación. El barrio ruso, lo llamaban, atestado de refugiados de esa nacionalidad, atrapados allí sin documentos y sin empleo. Los trabajos peor remunerados eran para los chinos, de modo que, a menos que pudieras ejercer de tragasables en el mercado a cambio de unas monedas, o que tuvieras una esposa dispuesta a hacer la calle, te morías de hambre. Así de simple.

Te morías de hambre, o robabas.

Pero ella seguía mirando, seguía observando. Al señor calvo de bastón blanco que vivía al lado, a las dos hermanas alemanas que paseaban agarradas del brazo, al perro famélico que perseguía una mariposa, al bebé que jugaba con un sonajero junto a su puerta, los coches que pasaban de largo, las bicicletas, e incluso a un hombre con gesto de cansancio que cargaba con un cerdo en una carretilla.

La única persona que alzó la vista y la miró fue un hombre corpulento como un oso, inconfundiblemente ruso, con aquella gran mata de pelo rizado y grasiento que sobresalía bajo el gorro de astracán, y la barba poblada que le cubría la mitad inferior del rostro. Un parche negro sobre un ojo le daba un aspecto siniestro, temible. Como la imagen de Barba Azul, el pirata que aparecía en uno de los libros de la biblioteca, aunque éste no llevara el cuchillo centelleante entre los dientes. Cuando pasó de largo, Lydia se fijó en que las botas altas que calzaba parecían llevar un lobo aullante dibujado en los costados. Ella también habría querido aullar, pero siguió observando con interés a todos los transeúntes. Cualquier cosa era mejor que volver la vista al interior del cuarto, y a lo que le esperaba en él.

El cielo se oscurecía por momentos, pues los nubarrones negros del horizonte se acercaban cada vez más, y el aire había empezado a oler a lluvia. Para mantener la mente alejada de lo único que la ocupaba, se preguntó si en ese instante estaría lloviendo en Inglaterra. Polly aseguraba que en Inglaterra llovía siempre, pero no lo creía. Algún día viajaría hasta allí y lo comprobaría por sí misma, estaba convencida. Le resultaba raro que los europeos escogieran trasladarse a China voluntariamente pues, por lo que había leído, en Europa parecía encontrarse todo lo que era hermoso, sofisticado y deseable. En Londres, en París, en Berlín. Bueno, tal vez en Berlín ya no. No desde la guerra. Pero en Londres sí. El Ritz, el Savoy. El palacio de Buckingham, el Albert Hall. Y los clubes, las tiendas, los teatros.

Regent Street y Piccadilly Circus. Todo. Absolutamente todo lo que podías desear. Entonces, ¿para qué irse de allí?

Suspiró, y un escalofrío recorrió su ser mientras una gota de sudor, como una lágrima, abandonaba su oreja y descendía hasta la barbilla. Dios, no sabía qué hacer. Qué decir. El corazón le latía con fuerza, y lo único en lo que pensaba era en si llovía en Inglaterra. Qué tontería. Apoyó la cabeza sobre los brazos y permaneció inmóvil, hasta que la respiración recuperó su ritmo normal.

– Papá, ¿qué debo hacer por ella? Por favor, papá. Dímelo. Ayúdame.

Nadie sabía que, cuando tenía problemas, Lydia hablaba en susurros con el recuerdo de su padre. No lo sabía ni siquiera Polly. Y, desde luego, mucho menos su madre. Su madre jamás lo mencionaba, y ya ni usaba su apellido.

– Papá -volvió a susurrar, tan sólo para oír aquellas dos sílabas brotar de sus labios.

Finalmente se retiró de la ventana y volvió a encontrarse con la habitación. Se trataba de un lugar deprimente para vivir, con sus techos bajos, en pendiente, su hornillo de parafina y su fregadero de porcelana desconchado, pero su madre había hecho todo lo posible por convertirlo en un lugar soportable. Más que soportable. Le había dado un toque de color, de lujo. El sofá y la butaca, que eran de brocado, horrorosos y con los brazos muy desgastados, quedaban ocultos bajo unas telas de maravillosos tonos púrpura, ámbar y magenta que parecían resplandecer de vida. Y gran cantidad de cojines por todas partes, en diferentes tonos de dorado, conferían a la estancia un aspecto bohemio, informal, que su madre denominaba «visque», pero que Olga Zarya consideraba «lascivo». Sobre la mesa de madera de pino había dispuesto un mantón con flecos del color de los cabellos de Lydia, y en su centro una fuente de latón llena de velas, para que las llamas, al arder, se reflejaran en su superficie brillante, sedosa.

Para Lydia, ése era su hogar. Era todo lo que tenía. Se acercó de nuevo a la figura durmiente. A la luz menguante del ocaso, se sentó sobre la alfombra gris y sostuvo entre sus manos la pálida mano de su madre.

– Cielo. -Valentina levantó la cabeza de la almohada dispuesta en el suelo y parpadeó despacio, como una gata que se estirara-. Mi cielo. Me he quedado dormida. ¿Qué hora es?

– La campana del reloj acaba de dar la una -respondió Lydia sin alzar la vista del libro que apoyaba en la mesa.

– ¿De la madrugada?

– A la una del mediodía no está así de oscuro.

– En ese caso, tú deberías estar ya acostada. ¿Qué estás haciendo?

– Deberes -respondió, aún sin mirar a su madre.

Valentina se desperezó para desentumecer las vértebras, se sentó y se dio cuenta de la almohada en el suelo. Cerró los ojos un instante y se estremeció.

– Cariño, lo siento.

Lydia se encogió de hombros, indiferente, y giró la página de su Esbozos de historia de Inglaterra, aunque las palabras que tenía delante se encabalgaban las unas sobre las otras, sin sentido.

– No te hagas la enfadada, Lydia, que no te va.

– A ti tampoco te va tirarte en el suelo.

– Tal vez si estuviera, no encima, sino debajo, bajo tierra, las dos nos sentiríamos mejor.

– No digas eso, mamá.

Valentina dejó escapar una risita.

– Lo siento, mi pequeña.

– Yo no soy tu pequeña.

– No, tienes razón, ya lo sé. -Posó los ojos castaños, profundos, sobre la cabeza inclinada de su hija, sobre sus piernas inquietas, desnudas-. Ya has crecido. Demasiado.

Se puso en pie y volvió a desperezarse, echando hacia delante primero un pie, después el otro, como una bailarina, y agitó la cabellera, que brilló sobre sus hombros, capturando el reflejo de las velas entre sus mechones oscuros, sedosos. Lydia fingía no darse cuenta, pero en lugar de leer sobre la Ley de Asamblea de 1716, miraba de reojo todos y cada uno de los movimientos de su madre, aliviada y furiosa a partes iguales al ver lo serena y descansada que parecía. Mucho más de lo que debería. ¿Dónde estaban los estragos de tanto dolor? La curvatura irreal de las cejas de Valentina se mostraba más pronunciada que de costumbre, como si su vida entera no fuera más que una broma absurda, que no merecía ser tomada en serio.

Valentina se sentó en el sofá y dio unas palmadas en el cojín que le quedaba más cerca.

– Ven a sentarte conmigo, Lydia.

– Estoy ocupada.

– Es la una. Ya estarás ocupada mañana.

Lydia cerró el libro con un golpe seco y se sentó en el sofá, muy tiesa, manteniendo una distancia prudencial entre su madre y ella. Pero Valentina la suprimió al momento, se acercó mucho a ella y le alborotó el pelo.

– Tranquila, cielo. ¿Qué tiene de malo tomarse unas copas de vez en cuando? A mí me sirve para no volverme loca, así que no te enfades.

– No me enfado -dijo, enfadada.

– Dios mío, qué sed tengo…

– Sólo nos queda una taza, y ni un solo platillo.

Valentina soltó una carcajada y, a pesar de sí misma, Lydia esbozó una sonrisa. Su madre echó un vistazo al suelo y asintió.

– ¿Has recogido todo el estropicio?

– Sí.

– Gracias. Supongo que el señor Yeoman, en el piso de abajo, creía que el mundo se ac… -Se interrumpió, y clavó la vista en la pared que quedaba junto a la puerta-. El espejo se ha…

– Roto. Eso son siete años de mala suerte.

– Oh, no. Olga Petrovna Zarya me matará, y nos cobrará el doble de lo que vale. Pero los siguientes siete años no pueden ser peores que los últimos siete, ¿no? -Lydia no respondió-. Lo siento, cariño -musitó su madre, pero ella ya había oído muchas veces aquellas disculpas-. Al menos las tazas y los platillos eran nuestros. Y, además, siempre había odiado ese espejo. Era tan feo… y me hacía parecer vieja.

– He preparado una jarra de limonada. ¿Te apetece un poco?

Valentina le acarició la mejilla.

– Me encantaría. Tengo la boca seca.

Cada vez que daba un sorbo al refresco, que había tenido que servirse en la única taza de té que había quedado entera -los vasos los habían empeñado hacía tiempo-, se llevaba la mano a la frente, como para sostenerla en su sitio.

– ¿Quedan aspirinas? -preguntó, optimista.

– No.

– Ya me lo parecía.

– Pero te he comprado esto. -Esbozando una sonrisa tímida, Lidia hizo aparecer un cruasán relleno de chocolate y un pañuelo de rojo intenso-. Me ha parecido que te quedaría bien.

Valentina dejó la taza en el suelo, cogió el cruasán con una mano y el pañuelo con la otra.

– Querida -dijo, pronunciando la palabra como si fuera una caricia-. Me malcrías. -Observó un instante más los dos regalos, se rodeó el cuello con el pañuelo, entusiasmada, y dio un gran mordisco al dulce-. Maravilloso -susurró, con la boca llena-. De la pastelería francesa. Gracias, querida hija. -Se echó hacia delante y le plantó un beso en la mejilla.

– He estado trabajando un poco para ayudar al señor Willoughby en la escuela, y hoy me ha pagado -explicó Lydia, aunque demasiado atropelladamente. A pesar de ello, su madre no pareció percatarse.

El diminuto músculo de la frente de Lydia que llevaba toda la noche agarrotado se relajó por vez primera. Las cosas iban a ir bien. Su madre se tranquilizaría. No haría más locuras. No seguiría destrozando su mundo frágil. Levantó la taza del suelo y dio un sorbo de limonada para que la lengua se le despegara del velo del paladar.

– ¿Ha sido Antoine otra vez? -preguntó como sin darle importancia, mirando apenas de reojo a su madre.

Pero no tardó en arrepentirse de haber formulado la pregunta.

– Ese cabrón apestoso, podliy ismennikl -explotó Valentina-. No pronuncies su nombre en mi presencia. Es un sapo francés, un mentiroso, una serpiente rastrera que repta por la hierba. No quiero volver a verlo en mi vida.

Lydia sintió de pronto lástima por Antoine Fourget. Adoraba a su madre. La habría llevado al altar ese mismo día de no haber estado casado con una católica francesa que se negaba a divorciarse con la que tenía cuatro hijos que reclamaban sus atenciones y su apoyo económico. Llevaba a Valentina a bailar todos los viernes por la noche y durante la semana le dedicaba una o dos horas, siempre que lograba escaparse del trabajo, y almorzaban juntos mientras Lydia estaba en la escuela. Y, a pesar de no verlo, ella sabía muy bien cuándo aquel hombre había estado allí. La habitación olía de otro modo, desprendía un aroma más interesante, a cigarrillos y brillantina.

– ¿Qué ha hecho esta vez?

Valentina se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro, sujetándose las manos con la cabeza.

– Es su esposa. Está esperando otro hijo.

– Oh.

– El muy cabrón me había jurado que no pensaba acercarse nunca más a su cama. ¿Cómo ha podido ser tan… infiel?

– Mamá, su esposa es ella.

Valentina irguió la cabeza, indignada, y a continuación cerró los ojos, como si sintiera dolor.

– Sólo oficialmente. Me lo prometió.

– Tal vez ella lo ama.

Valentina abrió los ojos al momento y, con gesto desafiante, se llevó las manos a las caderas. Lydia se fijó en lo delgada que se veía bajo el camisón de seda.

– ¿Y no se te ocurre, Lydia, que tal vez yo también lo ame?

En ese momento fue su hija la que se rió.

– No, mamá, no se me ocurre. A ti te cae bien, te lo pasas bien con él, bailas con él, pero no, no le amas.

Valentina abrió la boca para protestar, pero negó con la cabeza, nerviosa, se dejó caer sobre el sofá y se apoyó en los cojines. Se llevó el antebrazo a la frente.

– Creo que me muero, querida.

– Hoy no.

– Y sí que lo amo un poco, ¿sabes?

– Ya lo sé, mamá.

– Pero… -Valentina levantó un poco el brazo para observar a su hija con los ojos entrecerrados. Se fijó en el rostro, en la nariz rotunda, recta, en sus pómulos escandinavos, en los destellos cobrizos de su pelo…-. Pero el único hombre al que he amado es tu padre.

Volvió a cerrar los ojos con fuerza.

El silencio se apoderó de la habitación. Lydia sintió un escalofrío de placer. Una brisa húmeda, cargada de lluvia, entró por las ventanas abiertas y le refrescó las mejillas, pero nada era capaz de refrescar el delicioso calor que brotaba de su cuerpo, tan seductor como el opio.

– Papá -murmuró, y en su mente oyó la risa grave de su padre que resonaba y resonaba, hasta inundarle el cerebro. Volvió a ver el mundo meciéndose en un caleidoscopio enloquecido, mientras unas manos recias la elevaban por los aires. Si se esforzara más, llegaría a invocar su olor masculino, una mezcla embriagadora a tabaco y gomina, que impregnaba las bufandas que rozaban su barbilla y le hacían cosquillas.

¿O acaso se lo inventaba todo?

Le asustaba tanto perder los pocos retazos que le quedaban de él. Suspiró, se puso en pie y fue apagando todas las velas, antes de acostarse de nuevo, rodeada de cojines, junto a su madre. Y se quedó dormida al momento, como una gatita.

El bocinazo de un coche que pasaba por la calle sobresaltó a Lydia. La pálida luz amarilla que se filtraba a través de las cortinas de su diminuto dormitorio le indicó que ya había amanecido, y que era más tarde de lo que debería ser. Los sábados sólo había medio día de clase, pero aun así debía entrar a las nueve. Se incorporó en la cama y, al hacerlo, para su sorpresa, sintió que se le iba la cabeza. Pero entonces recordó que no había comido nada el día anterior, y el corazón se le encogió al recordar por qué.

Pero el día que comenzaba sería mejor. Era su cumpleaños.

El coche volvió a hacer sonar la bocina. Lydia saltó de la cama y se asomó a la ventana más próxima para ver qué pasaba. La lluvia de la noche había cesado, pero todo estaba húmedo, reluciente, y el aire ya volvía a mostrar signos de calentamiento. Las láminas de pizarra del tejado que quedaba frente a su casa empezaban a desprender vapor. Por encima, el cielo era de un gris anodino, inerte, pero más abajo, en la calle, el estallido de color le alegró el ánimo. Vió un coche deportivo, pequeño, aparcado junto a su puerta. Al volante iba sentado un hombre de pelo negro, con un polo amarillo y un gran ramo de rosas rojas en la mano, que en ese instante alzó la vista y la saludó, agitando las flores.

– Hola, ma chérie -dijo-. ¿Está levantada tu maman?

– Hola, Antoine. -Lydia sonrió y, al momento, se llevó la mano al pecho para cubrirse el corpiño de su camisón viejo-. ¿Es ese tu coche nuevo?

– Sí, lo gané ayer, jugando a las cartas. ¿A que es adorable?

Se besó las yemas de los dedos, componiendo aquel extravagante gesto, tan francés, y se echó a reír, mostrando al hacerlo su blanca y saludable dentadura.

Siempre que lo veía, Lydia pensaba que era el hombre más apuesto que había visto en su vida, aunque no es que conociera a muchos. Aun así, no costaba imaginar lo fácil que sería divertirse con él. Según su madre, tenía más de treinta años, aunque a ella le parecía más joven, y estaba lleno de encanto juvenil.

– Voy a ver si ya está despierta -respondió ella levantando la voz, y entró corriendo en casa a espiar a su madre a través de su cortina.

En fuerte contraste con los colores y la sensualidad del salón, Valentina mantenía el rincón en que dormía oscuro y sencillo. Las paredes blancas, sin adornos, las sábanas también blancas, y un armario pintado del mismo color, de puertas abombadas y muy difíciles de abrir. Las cortinas habían sido un par de sábanas que, con los años, habían amarilleado. Se trataba de una celda sin carácter, austera. En ocasiones, Lydia se preguntaba qué penitencia pretendía cumplir su madre en ella.

– ¿Mamá?

Valentina estaba tendida, hecha un ovillo entre las sábanas, con el pelo enredado sobre la almohada, y profundas ojeras. Mantenía los párpados cerrados, pero su hija no creyó ni por un momento que estuviera dormida. Todo en ella indicaba que había pasado la noche en vela, atormentándose.

– Mamá, Antoine está aquí.

Valentina seguía con los ojos cerrados.

– Dile que se vaya al infierno.

– Pero te ha traído flores. -Lydia se sentó al borde de la cama, algo que normalmente no hacía, a menos que su madre la instara a ello-. Parece muy arrepentido, y… -Pensó rápidamente en algo más para tentarla-, y ha venido con un coche deportivo. -Omitió mencionar que era muy pequeño y de aspecto bastante peculiar.

– Así le será más fácil arrojarse al río.

– Eres demasiado cruel.

Valentina abrió mucho los ojos al oírlo, y la miró, ofendida.

– Y tú eres demasiado benévola con él. Sólo porque es un hombre.

Lydia se ruborizó y se puso en pie. Sabía que con el corpiño desgastado y las bragas, su aspecto no resultaba muy digno, pero aun así levantó mucho la barbilla y dijo:

– Bajaré y le diré que sigues durmiendo.

– Si de verdad quieres serme útil, dile que me traiga un poco de vodka.

Lydia descorrió bruscamente la cortina y salió sin decir nada. Se echó agua fría en las manos y la cara, se frotó los dientes con un dedo empapado en sal, y la frente con el reverso de la mano, para intentar eliminar la marca agarrotada de temor que se le formaba en ella. La palabra vodka había bastado para que el pánico se apoderara de su ser. Se vistió con el uniforme del colegio, cogió la cartera y, para el camino, se llevó un par de buñuelos azucarados. Ya salía por la puerta cuando su madre la llamó con voz más dulce.

– Lydia.

– ¿Sí?

– Ven aquí, tesoro.

A regañadientes, volvió a entrar en el dormitorio blanco, pero se quedó junto a la cortina, mirándose las puntas de los zapatos negros, desgastados. Estaba acostumbrada a que le apretaran, como estaba acostumbrada a que le doliera la cabeza.

– Lydia.

Alzó la cabeza. Su madre seguía tendida, lánguida, con la espalda apoyada en las almohadas, el pelo dispuesto sobre ellas, en abanico, y le sonreía con una mano extendida. Lydia estaba demasiado enfadada, y se limitó a permanecer en su sitio.

– Cielo, no he olvidado qué día es hoy. -Lydia se miró los zapatos con odio-. Feliz cumpleaños, cielo. Sdiniom rozhdenia, dochenka. Lo del vodka no lo he dicho en serio, de veras. Ven y dame un beso, mi amor. Un beso de cumpleaños.

Lydia obedeció, acercando la mejilla tibia a la de su madre, más fresca.

– Siéntate un momento, hija.

– Pero es que Antoine está…

– Al cuerno con Antoine. -Valentina agitó una mano, despectiva-. Quiero decirte algo.

Lydia se sentó en la cama. En ese preciso instante constató que tenía hambre, y le dio un bocado a un buñuelo. Con la lengua fue buscando los granos de azúcar que le habían quedado pegados en los labios.

– Cielo escúchame bien. Me alegro de verte comer algo bueno el día de tu cumpleaños, pero me entristece no haber sido yo quien te lo haya regalado.

Lydia dejó de comer, y el dulzor que inundaba su boca quedó amargado por una vaga sensación de culpa.

– No te preocupes, mamá.

– Sí me preocupo. Me entristece. No tengo dinero para comprarte un regalo, las dos lo sabemos. De modo que te invito esta noche al Club Ulysses, a que me oigas tocar. Me ayudarás a girar las páginas de la partitura.

Lydia dio un grito de alegría, y se colgó del cuello de su madre.

– ¡Oh, mamá, gracias! ¡Es el mejor regalo de cumpleaños!

– ¡Cuidado, que me metes el buñuelo en el pelo!

– ¡Llevaba años deseándolo!

– ¿Qué crees? ¿Que no lo sé? No dejabas de insistir una y otra vez en que te llevara conmigo a los recitales, pero hoy cumples dieciséis años, y creo que ya es momento. Además, así no me agotaré contándote después lo que dijo sir Edward, o lo que replicó el coronel Mortimer, ni las ropas que lucían las damas. Pero por favor, cielo, aparta esas manos pegajosas de mí.

Lydia se puso en pie de un salto y se limpió las manos en la falda.

– Estarás orgullosa de mí, mamá. Si quieres, esta tarde practicamos en el piano de la señora Zarya. Ya sabes que le gusta mucho oírte tocar.

– Eso será si esa vieja dragona no nos echa antes.

– Ah, no, no me acordé de decírtelo. Ayer pagué el alquiler que debíamos. Y el dinero del mes que viene está en el cuenco azul, sobre el estante. Así que ya no tienes que preocuparte por la señora Zarya.

– Esos trabajos que haces para el señor Willoughby debe de pagártelos extraordinariamente bien.

Lydia asintió, incómoda.

– Sí. He corregido los trabajos de los más pequeños, ¿sabes? Casi como si fuera yo su profesora. -Recogió la cartera-. Gracias otra vez, mamá.

Y se dirigió a la puerta a toda velocidad.

La voz de su madre la persiguió.

– ¡Y dile a esa rata embustera del coche de abajo que se meta las flores donde guarda las promesas, en la cloaca, que es donde merecen estar!

Lydia cerró la puerta deprisa, para que el señor y la señora Yeoman no la oyeran.

– Pero si sólo tiene tres ruedas -objetó Lydia.

– Es un Morgan, ¿qué esperabas? -Antoine Fourget dio una palmadita a uno de los guardabarros del vehículo, negro, reluciente-. Ha ganado todas las carreras del mundo.

– ¿Es el mismo modelo en el que iba Isadora Duncan el año pasado cuando se mató?

– Non -respondió el al momento, persignándose-. Aquél era un Bugatti. Pero ésta es una damita magnifique. Ayer tuve mucha suerte en las cartas. -Se volvió para contemplar a Lydia, con los ojos llenos de esperanza-. Pero ¿y hoy? ¿Tendré suerte hoy? Eh, bien, ¿qué ha dicho tu madre?

– Nada bueno.

– ¿No quiere verme?

– No, lo siento.

– ¿Y las flores?

Lydia negó con la cabeza.

Antoine se hundió en el asiento del piloto y emitió una especie de gruñido gutural. La joven sintió una necesidad imperiosa de acercarse y acariciarle el pelo negro, revuelto, sentir su suavidad, hacer algo, lo que fuera, para aliviarlo del dolor que su madre le había infligido. Pero no hizo nada.

– ¿Me llevas, Antoine?

No sin esfuerzo, él esbozó una sonrisa.

– Por supuesto, chérie. ¿A la escuela?

– Sí, por favor.

El francés retiró las flores del asiento del copiloto y ella montó al instante, con el sombrero en el regazo.

– Hoy es mi cumpleaños -anunció.

– Ah, bon anniversaire. -Se inclinó sobre ella y le plantó un beso en cada mejilla-. Entonces debes aceptar tú estas flores. De mi parte, por tu cumpleaños.

Le entregó el ramo forzando una reverencia que hizo que Lydia se ruborizara, y acto seguido arrancó el coche. Ella sabía muy bien que su acompañante habría preferido que fuera otra la que viajara a su lado, pero aun así disfrutó del paseo. Lo que no confesó al amante de su madre fue que aquélla era la primera vez que se subía a un coche. El movimiento constante del cambio de marchas y la manipulación de todos aquellos mandos la fascinaban, lo mismo que la distorsión del pavimento, que pasaba volando a toda velocidad, y lo mismo que el viento, que sorteaba el pequeño parabrisas y le azotaba la cara, despeinándola, haciéndola parpadear, casi sin aliento. Cuando el Morgan hizo sonar la bocina al paso de un rickshaw, que se desviaba de su ruta, Lydia sonrió, entusiasmada.

– Lydia.

– ¿Sí?

Las calles se ensanchaban a medida que abandonaban las estrecheces del Barrio Ruso y se acercaban a la zona mejor de la ciudad, donde las tiendas y los cafés empezaban a abrir sus puertas. Policías sijs, tocados con turbantes, se alzaban sobre plataformas en las travesías principales, moviendo las manos enfundadas en sus guantes para dirigir el tráfico. Lydia se apoyó en la portezuela y saludó a uno de ellos por pura diversión.

– Lydia -repitió Antoine, impaciente.

– ¿Sí?

– ¿Crees que me perdonará?

– Oh, Antoine, no lo sé. Ya sabes cómo es. -Él emitió un débil gruñido, y por un momento ella temió que fuera a estrellar el coche, en un gesto galo, grandilocuente, de desesperación, por lo que se apresuró a añadir-: Pero espero que se le pase pronto. Tú dale unos días.

El gran edificio del ayuntamiento, con sus columnas y su bandera británica, quedaron atrás, borrosos, lo mismo que el parque Victoria, invadido por cochecitos de bebé y niñeras. Cuando Antoine pisaba a fondo el acelerador, Lydia sentía que el viento le pellizcaba las mejillas.

– La amo, ¿sabes? -dijo él-. No era mi intención hacerle daño. No debería haberle explicado lo del niño.

– Sí, tal vez haya sido un error.

– ¿Y ella me ama?

– Sí, claro.

– ¿De veras, chérie?

– De veras.

La magnífica sonrisa que esbozó él justificaba por sí sola la mentira. Lydia sintió un cosquilleo que recorrió toda su columna vertebral, hasta los dedos de los pies, y fue entonces cuando se le ocurrió una idea.

– Antoine, ¿sabes lo que creo que podría ayudarte?

– ¿Qué? -Sacó la mano fuera del coche e indicó un giro a la izquierda en Wordsworth Avenue. Al enfilar la cuesta, el motor de dos tiempos del vehículo gruñó.

– Si le regalaras a mi madre algo que realmente quisiera, creo que te perdonaría.

Antoine la miró con el temor dibujado en los ojos.

– No soy rico, ¿sabes? No puedo cubrirla de joyas ni de perfumes, como ella merecería. Y en una ocasión en que le ofrecí una pequeña suma de dinero, sólo para ayudarla, lo rechazó.

Lydia le mostró su sorpresa.

– ¿Por qué?

– Me gritó, me lanzó un libro a la cabeza. Me dijo que ella no era una puta, que no podía comprarla.

Lydia suspiró. «Ah, mamá.» Todo aquel orgullo tenía un precio.

En lo alto de la colina, ya en el sector británico, las casas eran grandes y elegantes, de piedra clara, rodeadas de céspedes bien cortados, y de setos impecables. La escuela apareció ante ellos. Debía darse prisa.

– No, no me refiero a nada caro. Pensaba en algo… que la consuele cuando tú no estés. -Observó a Antoine con cautela-. Cuando estés con tu esposa.

Él frunció el ceño.

– ¿A qué te refieres?

Ella tragó saliva y lo soltó de una vez.

– Un conejo.

– ¿Qué?

– Un conejo blanco, de orejas largas y ojitos rosados.

– ¿Un lapin?

– Exacto. Tenía uno cuando era niña, en San Petersburgo, y siempre ha deseado otro.

Antoine la miró fijamente.

– Me sorprendes.

– Pues es verdad.

– Se lo preguntaré.

– No, no, no lo hagas. Estropearás la sorpresa. -Le sonrió para darle ánimos y, al verlo así, de perfil, pensó en lo hermosa que era aquella nariz romana-. Se acordará de ti cada vez que acaricie su piel sedosa y blanca.

Notaba que el amante de su madre pensaba en ello. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, y se encogió de hombros, en un gesto elocuente, muy francés, que expresaba mucho más que los encogimientos de hombros de los ingleses.

– Tal vez -dijo al fin-. C'est possible.

– Y un lazo rojo también le gustaría. Para el conejo, quiero decir.

No estaba segura de que él hubiera oído aquel último comentario, porque en ese momento se detuvo delante de un gran Humber negro, desde el que tres muchachas vestidas con el uniforme de la Academia Willoughby la observaban con envidia. Aferrada a su gran ramo de rosas, dio un beso en la mejilla a su apuesto acompañante delante de ellas, y se dirigió a la escuela con parsimonia. El día empezaba bien.

Sólo más tarde, cuando, mientras miraba por la ventana del aula y soñaba despierta, se permitió pensar en la figura delgada y fibrosa que acechaba entre las sombras de los rickshaws aparcados delante, en los ojos negros, chinos, que la habían observado mientras franqueaba las rejas de la escuela.

Capítulo 5

El Club Ulysses era tan pretencioso como su nombre. Theo lo odiaba, pues representaba todo lo que él rechazaba de la arrogancia colonial. Era de esos lugares que se daban aires de grandeza y se mostraban desdeñosos. El edificio se alzaba en el corazón del sector británico, algo retrasado respecto de la calle, como si quisiera desvincularse del ruido y el ajetreo de la ciudad tras la espesa barrera de rododendros y la extensión de un césped bien cortado. Exhibía una fachada blanca, imponente, de altas columnas, base y pórtico, todo ello profusamente labrado a mayor gloria del conquistador.

Mientras enfilaba la escalinata que conducía a la entrada le vino a la mente la imagen de un santuario, y en cierto sentido eso es lo que era aquel lugar: un templo erigido al dios del conservadurismo. Al mantenimiento del statu quo. Y no hacía falta ni decir que nadie de piel amarilla, ni un solo miembro de aquella tribu pagana que te mentía a la cara y vendía a sus hijos, podía franquear aquellas puertas sagradas, a menos que fueran las traseras, y siempre que vistieran las ropas de la servidumbre.

A Theo le asqueaba todo aquello. Pero Li Mei tenía razón. Entre los besos que habían prendido fuego a sus ingles, y las dulces palabras que agitaban su cerebro, ella le había enseñado a verlo como un juego. Un juego que debía jugar. Que debía ganar.

– Willoughby, muchacho, me alegro mucho de que haya podido venir.

Christopher Mason venía hacia él con la mano extendida y la sonrisa afable de una serpiente. Pasaba de los cuarenta, pero se mantenía en forma montando a caballo. Se comportaba como un oficial de caballería, aunque Theo estaba seguro de que nunca en su vida había asistido a un desfile de la guardia montada. A una edad temprana, había optado por hacer carrera en los despachos, en el gobierno, y no solicitó un puesto en China hasta que supo de las fortunas que podían amasarse en el país si uno sabía lo que hacía. De ojos redondos, astutos, y pelo castaño oscuro, peinado hacia atrás, lo que resaltaba su pico de viuda, era unos centímetros más bajo que Theo, aunque compensaba esa desventaja hablando en voz muy alta mientras los dos atravesaban el salón.

– ¿Ha oído la noticia? Pone los pelos de punta. Y, en mi opinión, llega antes de tiempo.

– ¿A qué se refiere?

Theo se mostraba escéptico. Sabía que, en aquel hormiguero ajetreado y claustrofóbico en el que vivían, una «noticia» podía ser que Binky Fenton había abandonado un partido de croquet tras ser acusado de tramposo, o que el general Chiang Kai-Chek preparaba una legislación más estricta para despojar a los extranjeros de sus tierras y arrojarlos al mar. Pero las acusaciones de tramposo serían de mal gusto y, por otro lado, nadie esperaba que los chinos cumplieran con sus promesas. Theo esperó a oír lo que teñía de rojo intenso las mejillas de Mason.

– Son nuestras tropas. El segundo batallón de la Guardia Escocesa. Para Año Nuevo abandonarán China a bordo del Ciudad de Marsella, rumbo a casa. Eso es tener cara dura. Nos dejan aquí indefensos en este país tenebroso. ¿Es que no saben que el Ejército Nacionalista del Kuomintang convierte los disturbios en orgías de muerte allí, en Pekín? Por Dios, pero si necesitamos más ejército, no menos. Nosotros somos los que, con los beneficios del comercio, mantenemos a Baldwin y a su maldito gobierno lejos de la bancarrota. ¿Ha visto usted en qué estado se encuentran los mercados financieros?

– En ese caso, tal vez nos convenga aprender a mantenernos por nosotros mismos, ¿no le parece? -observó Theo encogiéndose de hombros, en un gesto que pretendía, deliberadamente, irritar a su interlocutor-. ¿Por qué mantener un ejército en un lugar si aseguramos que deseamos mantener la paz con los chinos? -Mason se detuvo en seco-. Lo que nos hace falta -prosiguió Theo- es un tratado al que todos podamos atenernos de una vez, un tratado que sea razonable, no basado en represalias. Debemos hacer concesiones, si no queremos encontrarnos con otra rebelión como la de Taiping.

Mason lo observo fijamente.

– Maldito pro chino -masculló, antes de dejarlo allí plantado y dirigirse al bar, ajeno a la elegancia de los esbeltos pilares del salón a los candelabros venecianos. Sirvientes autóctonos pasaban por su lado, en silencio, pulcros y dóciles, con sus trajes de faldones blancos abotonados hasta el cuello. Llevaban las bandejas, y sonreían educadamente, con un rictus que parecía congelado en sus rostros. Y, sin embargo, Theo sabía que para los socios del Club Ulysses aquellos hombres no valían más que un periódico de ayer, valían menos, probablemente. Desde el espacioso porche, situado en el ala trasera del edificio, resonó una carcajada repentina, aguda. Lady Carolina bebía ginebra con angostura.

Theo estuvo a punto de darse la vuelta e irse. Salir de allí y dejar plantado a Mason le habría proporcionado un gran placer, pero las palabras de Li Mei seguían resonando en su mente, y lo mantuvieron en su sitio.

«Tienes que jugar el juego, Tiyo. Tienes que ganar.»

Su Li Mei era muy lista. A él le encantaba su modo de aprovecharse de sus debilidades, de apoderarse de su deseo ridículo, típico de la educación británica de los colegios privados, de ver la vida como una especie de juego absurdo en el que debía lograrse la victoria.

Siguió a Mason a través de las puertas de madera labrada, entró en el bar y miró a su alrededor. El local estaba lleno, como siempre a las siete y media de la tarde. Allí se daban cita todos los constructores del Imperio británico. Los grandes, los buenos. Y los no tan buenos. Algunos de ellos tiesos y pagados de sí mismos, vestidos con uniforme militar, sentados en los cómodos chesterfields de cuero, otros apoltronados, puro en mano, en las nuevas butacas de anea Lloyd Loom, más ligeras, llevadas hasta allí para hacer el lugar más atractivo a los ojos de las socias.

Mientras avanzaba entre los congregados, iba saludando con un movimiento de cabeza a los rostros que reconocía, pero no se detenía a hablar con nadie. Por lo que a él respectaba, cuanto antes terminara la reunión a la que había sido convocado, mucho mejor. Pero se le cayó el alma a los pies cuando vio que Mason se dirigía a un grupo de cuatro hombres sentados en torno a una mesa baja de a nube formada por el humo de los cigarrillos parecía suspendida sobre ellos como un halo, a pesar de que los grandes ventiladores de latón giraban sin cesar en los techos, removiendo el calor y las moscas. Para Theo, el rígido cuello de la camisa era como un garrote vil que le oprimía la garganta, pero si debía participar en el juego, tenía que hacerlo con aquella ropa de gala. Se detuvo, encendió un cigarrillo turco y lanzó su primer dado.

– Buenas noches, sir Edward -dijo con tono bondadoso-. He oído que por fin va a echar a los marines de Estados Unidos de Tientsin.

Sir Edward Carlisle apartó la vista del vaso de whisky que sostenía, alzó el rostro -que, en reposo, abandonaba sus rasgos aguileños y se mostraba sorprendentemente plácido-, y sonrió a Theo. Los demás presentes ahogaron unas risitas, aunque Lacock, el comisario de policía, no se sumó a ellos. Binky Fenton, un vivaracho agente de aduanas que siempre se lamentaba de la injerencia de los americanos, levantó su copa y pronunció, muy sentidamente:

– ¡Ya era hora!

Theo tomó asiento junto a Alfred Parker, el único de los allí congregados al que consideraba amigo, y que le dio la bienvenida asintiendo con la cabeza y estrechándole la mano. Alfred era unos años mayor que él, y recién llegado a China. Trabajaba como reportero para el periódico local, el Daily Herald de Junchow. Y no lo hacía nada mal. Su último artículo, un reportaje espeluznante, abordaba la odiosa costumbre de vendar los pies a las mujeres chinas. Aunque ya no se trataba de algo obligatorio desde la caída de la dinastía manchú en 1911, su práctica seguía muy extendida. Afortunadamente, los padres de Li Mei le habían ahorrado aquella barbaridad en concreto. Y Alfred Parker tenía razón. Según él, ¿qué sentido tenía discapacitar a la mitad de la fuerza de trabajo en un país que moría de hambre en la calle? No tenía sentido.

– Buenas tardes, Willoughby -respondió sir Edward, que parecía alegrarse sinceramente de verlo aunque, claro, aquel hombre era un diplomático brillante, y con él nunca se sabía-. Sí, tiene razón, aunque no sé de dónde diablos saca la información. El secretario de la marina estadounidense ha ordenado la retirada inmediata de Tientsin.

– ¿De cuántos hombres hablamos? -preguntó Parker, interesado.

– De tres mil quinientos marines.

Binky Fenton silbó con estridencia y jaleó el dato.

– Adiós, yanquis, feliz expulsión.

– Y nuestra propia Guardia Escocesa se sumará a ellos en enero -masculló Mason, mientras levantaba un dedo. Al momento, un camarero chino se materializó a su lado-. Whisky con soda, muchacho. Sin hielo. ¿Willoughby?

– Whisky solo.

Sir Edward asintió, complacido. Le dolía ver que la gente estropeaba un buen whisky rebajándolo con agua.

– Los nacionalistas del Kuomintang controlan la situación -afirmó con vehemencia el diplomático, aunque sin aclarar si aquel hecho le complacía o no-. Tanto en Pekín como en Nankine, lo que implica que dominan tanto la capital del norte como la del sur. De modo que debemos reconocer que la guerra civil ha terminado al fin, al menos la lucha entre los señores de la guerra, si bien no la que se libra contra los comunistas. El mariscal Chang Tso-lin y su Ejército del Norte han perdido. Y por eso, caballeros, el gobierno británico ha decidido que la necesidad de mantener tantas tropas que protejan nuestros intereses se ha reducido.

– ¿Es verdad que al mariscal Chang Tso-lin y a sus hombres se les están facilitando salvoconductos para Manchuria? -preguntó Alfred Parker, que quería sacar el mayor partido de la primicia.

– Sí.

– ¿Por qué? Los chinos tienen la costumbre de matar a sus enemigos derrotados.

– Eso se lo respondería mejor Chiang Kai-Chek -respondió sir Edward dando una chupada a su puro, con la mirada vivaz, los ojos muy abiertos.

Se trataba de un hombre imponente, de unos sesenta años, alto y elegante, ataviado con un esmoquin entallado, con pajarita blanca y cuello alzado. Su mata de pelo blanco contrastaba con el mostacho militar, que amarilleaba por la dosis diaria de nicotina, taninos y el mejor whisky de las Tierras Altas escocesas. En tanto que gobernador de Junchow, sobre él recaía la imposible tarea de mantener la paz entre las distintas facciones extranjeras: franceses, italianos, japoneses, estadounidenses y británicos, y, peor aún, rusos y alemanes que desde el final de la Gran Guerra, en 1918, había perdido su estatus oficial en China y pasaban penalidades.

Pero la principal piedra en su zapato eran aquellos redomados americanos, que se precipitaban en todo, por su cuenta, y sólo aceptaban discutir la situación cuando el daño ya estaba hecho. De modo que no estaría mal librarse de unos cuantos, aunque ello implicara que Tientsin quedara más expuesta. Con suerte, el contingente de Junchow seguiría el mismo camino, aunque los japoneses seguirían ahí, y a ésos tampoco se les podía quitar el ojo de encima. Cada vez que pensaba en ellos le hervía la sangre.

Desplazó la mirada entre los congregados y se fijó en que Theo Willoughby lo observaba. Una vez más, sir Edward asintió apenas perceptiblemente, en señal de aprobación. Aquel maestro de escuela le caía bien, y le parecía que llegaría lejos. Lo único que debía hacer era renunciar a aquella obsesión suya por todo lo chino. Su aventura con aquella nativa no importaba lo más mínimo. Varios conocidos suyos bebían de aquella fuente amarilla de vez en cuando, aunque sus inclinaciones personales no fueran por ahí. Dios santo, no. Su querida Eleanor se retorcería en su tumba si lo hiciera. Aún echaba de menos a su niña. Era algo parecido a un dolor de muelas, pero en ese caso no había sacamuelas que lo aliviara. A ella también le habría caído bien Willoughby. Habría dicho de él que era un muchacho encantador. Un quebradero de cabeza encantador, de tener que hacer caso a la expresión de Mason. Entre aquellos dos hombres sucedía algo. Demasiada tensión, y era evidente que Mason creía que tenía las de ganar. Pero no debía bajar la guardia, no subestimar a aquel joven con tendencia a mostrarse impredecible. Lo llevaba en la sangre. No había más que ver lo que su padre había hecho en Inglaterra. Aquello sí fue un escándalo. No era de extrañar que el hijo hubiera ido a esconderse en el otro extremo del mundo.

Dio un generoso trago al whisky, y se lo paseó por la lengua, complacido.

– Willoughby -dijo, sin dejar de observarlo con los ojos muy fijos, unos ojos que se asomaban al mundo bajo sus pobladas cejas-. Se quedará usted al concierto que da esta noche la belleza rusa. -No formuló la frase como pregunta.

– Me encantará, señor.

Maldito viejo. Por su culpa, pasaría toda la noche sin ver a Li Mei.

– Qué sorpresa encontrarte aquí, Theo -comentó Alfred Parker con su voz cortés de siempre, con la que sin embargo no logró ocultar la curiosidad que su presencia le suscitaba.

Se encontraban junto a la barra, los dos solos. Se habían acercado hasta allí para pedir otra copa, pero también para librarse un rato de la acalorada discusión sobre los peligros de la extraterritorialidad, y sobre si los nacionalistas se habrían apoderado de Shanghai el año anterior sin la ayuda de Du Yesheng, apodado Orejas Grandes, y su tríada de la Banda Verde.

Theo se sentía siempre incómodo cuando se abordaba la cuestión de las tríadas chinas. Se le erizaba el vello de la nuca. Había oído rumores sobre las actividades a las que se dedicaban en Junchow. Cuellos cortados, negocios de pronto devorados por las llamas, algún cuerpo sin cabeza que aparecía flotando en las aguas del río… Pero era la belleza de China lo que él adoraba. Una belleza que lo dejaba sin aliento. Le había robado el corazón. No era sólo la exquisita delicadeza de Li Mei, sino la curva sensual de un jarrón Ming, el trazo ascendente de una caligrafía realizada con pincel, los significados ocultos de una acuarela en la que se mostraba a un hombre pescando, el luminoso sol poniéndose tras una hilera de sampanes, bañando la mugre apestosa que los cubría con un resplandor dorado, sobrenatural. Todas aquellas cosas inundaban sus sentidos. En ocasiones, la pasión que le despertaban era tan intensa que le faltaba el aliento. Incluso el sudor acre y los dientes rotos de algún porteador de rickshaw le hablaban de la belleza de un país que existía sólo por el esfuerzo sobrehumano al que se sometían los millones y millones de campesinos.

Pero las tríadas… Eran como ratas en un granero; devoraban, corrompían, envenenaban. Theo se pasó por la frente un gran pañuelo rojo y se metió un dedo en el cuello de la camisa, para respirar mejor.

– No he venido por gusto -respondió-. Mason quiere hablar conmigo.

– Ese hombre es demasiado voraz. Está metido en todo.

Theo soltó una carcajada exenta de humor.

– Es un cabrón avaricioso, y va a por todas. Está dispuesto a aplastar a todo el que se interponga en su camino.

– No te interpongas tú, entonces.

– Para eso ya es demasiado tarde, me temo.

– ¿Por qué? ¿Qué has hecho para irritar a ese tipo?

– Juzga tú mismo: no le gusta que su hija aprenda historia de China, ni que haya establecido la obligatoriedad de la asignatura de educación física también para las niñas, no sólo para los niños. Además, he suprimido las clases de tiro al blanco de los sábados por la mañana. Por ello casi muero ahorcado por una turba de padres enfurecidos.

Parker se echó a reír con ganas. Se trataba de un hombre corpulento, ancho de pecho y cordial por naturaleza, aunque esa noche parecía sentirse algo incómodo. Rebuscó en el bolsillo y sacó una pipa. Se tomó su tiempo para encenderla, y sólo entonces meneó la cabeza, en gesto de reproche.

– Tú todo eso lo haces sólo para provocar.

Theo lo miró, sorprendido. El periodista le hablaba en serio. Tal vez a Alfred le quedara mucho por aprender sobre la manera oriental de hacer las cosas, pero tenía instinto para separar el grano de la paja cuando de gente se trataba. Eso lo convertía en buen periodista, y era la razón por la que a Theo le caía bien. Sí, en ocasiones podía ser un necio pomposo, sobre todo en compañía del sexo débil, pero por lo general se trataba de un tipo decente, lo bastante sensato como para vestirse con chaqueta de lino y camisa de verano, en vez de ataviarse con toda la parafernalia de las cenas formales. Con todo, su último comentario le dejó algo perplejo, pues temía que lo creyera de veras.

– Alfred, escúchame. Lo único que yo quiero es abrir las mentes de esos niños y niñas.

– Privarlos de las cosas que les gustan, como el tiro al blanco, no va a llevarte muy lejos, no sé si lo sabes. Más bien todo lo contrario, diría yo.

– Mira, hace muy poco hemos pasado por una contienda horrible en Europa. Y aquí, en China, entre las Guerras del Opio y la Rebelión de los Bóxers llevan casi dos decenios de violencia. Y piensa en lo que está sucediendo en la India en este momento. ¿Cuándo aprenderemos que el ruido de sables no es la respuesta?

– Frena, Theo. Hemos traído la civilización y la decencia moral a estos paganos. Y salvación a sus almas. Nuestros ejércitos de mar y de tierra han sido necesarios para abrirles las puertas.

– No, Alfred. La violencia no es la respuesta. Nuestra única esperanza de futuro es enseñar a nuestros hijos que una piel distinta o una lengua distinta no convierten en enemigo a otro ser humano. -Apoyó la mano en el brazo de su amigo-. Este país necesita nuestra ayuda desesperadamente. Pero no nuestros ejércitos.

– Además de un maldito pro chino, está usted hecho un pacifista, Willoughby.

Era Mason.

Theo no se volvió. Sintió que el pecho se le llenaba de rabia. A través del gran espejo instalado tras la barra, vio que Christopher Mason se encontraba tras él, con la barbilla muy levantada, como pidiendo a gritos que alguien le diera un puñetazo.

– Señor Mason -terció Alfred Parker cortésmente-. Me alegro de contar con la oportunidad de conversar con usted. Llevaba tiempo con ganas de hacerlo. A nuestros lectores del Daily Herald les interesaría conocer sus opiniones en tanto que responsable de educación de Junchow. Estoy preparando un reportaje sobre las oportunidades que tienen los jóvenes hoy. ¿Me concedería una entrevista?

Mason se mostró sorprendido, pareció que la propuesta le pillaba a contrapié, pero al poco esbozó una sonrisa.

– Por supuesto, Parker. Llame a mi oficina el lunes por la mañana.

– Lo haré encantado.

Mason se balanceó sobre sus talones, antes de añadir, bruscamente:

– Y ahora, Willoughby, creo que ya va siendo hora de que hablemos.

– Latín.

– ¿Cómo dice?

– ¿Por qué enseña latín a mi hija?

– Para ampliar su comprensión de la lengua.

– Y le ha hecho mezclar productos químicos peligrosos.

– Señor Mason, todos los alumnos de mi escuela aprenden latín y ciencias, sean niños o niñas. Usted ya lo sabía cuando la inscribió, hace tres años.

– Poesía latina -prosiguió Masón, ignorando el comentario de Theo-. Diseccionar ranas y arrancar patas a escarabajos. Historia de China con todos esos cuentos de concubinas y decapitaciones. Gimnasia que lleva a las niñas a saltar sobre potros y a hacer la carretilla, casi desnudas, mientras los niños las miran con los ojos fuera de sus órbitas. Nada de todo ello es apropiado para una jovencita.

– Los potros no son de verdad. Forman parte del equipo del gimnasio.

– No se burle usted de mí, joven.

– No me burlo. Lo que hago es indicarle que se encuentran en el interior del gimnasio. Los niños y las niñas acuden por separado a esas clases, por lo que los niños no pueden verlas. Y ellas, por cierto, van respetablemente cubiertas con unos vestidos cerrados. Nadie las ve, salvo la señorita Pettifer.

– Le digo que no es apropiado. A la señora Mason y a mí no nos gusta.

Theo tuvo que morderse la lengua para no comentar que la señora Mason llegaba todos los días en tándem a buscar a Polly a la escuela, y que, por tanto, debía de ser acérrima partidaria de que las mujeres practicaran ejercicio intenso. Concentró la mirada en las profundidades ambarinas de su vaso de whisky, tratando de descubrir qué pretendía Mason. Estaban sentados, solos, en un extremo del largo porche. En el otro, entre palmeras plantadas en tiestos, había un grupo de mujeres que conversaban de sus cosas, y emitían al hacerlo un murmullo continuado que no les molestaba.

– Siempre podría enviar a Polly a otra escuela, señor Mason -propuso Theo en voz baja-. Tal vez el centro de secundaria de Saint Francis le resultara más adecuado.

Mason lo miró con desagrado, con los ojos muy abiertos. Pero había algo más en ellos, en su gris profundo, gélido, que no le gustaba nada, y que hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

– No es eso lo que pretendo, Willoughby.

– ¿Y qué es lo que pretende? -preguntó Theo, llevándose el vaso a los labios.

– Estoy pensando en cerrarle la escuela.

El anuncio lo dejó helado. Sintió que la sangre abandonaba su rostro. Con gran esfuerzo, dejó el vaso en la mesa. Parpadeó, recorrió con la vista el campo de croquet, que a esa hora de la tarde era del color de la lavanda, y la superficie plateada del lago, que había adquirido una tonalidad gris, maciza, como de cola de dragón. Le habría venido bien dar otro trago, pero no se atrevía a levantar el whisky. Mason estaba echado hacia delante y lo observaba con mirada dura, penetrante. Theo se obligó a concentrarse. Despacio, se apoyó en el respaldo, cruzó las piernas y le sostuvo la mirada.

– ¿Debo interpretar que pretende retirarle la licencia a la Academia Willoughby? -preguntó fríamente.

– Es una posibilidad.

– Creo que se encontraría la mesa de su despacho llena de quejas de los padres si optara por una medida tan absurda. Es la mejor escuela de Junchow, y usted lo sabe. Una educación más amplia de miras para las chicas no justifica que…

– No es sólo eso.

Theo frunció el ceño.

– ¿Qué más hay?

– Es el dinero.

Fue entonces cuando Theo supo que había perdido.

– Mira a esa mujer de ahí. ¿No te parece un bombón? Cualquier hombre perdería la cabeza por ella. -Aquellas palabras provenían de un corro de oficiales del ejército que acababan de abandonar la sala de billares.

Theo cruzaba el salón en dirección al fumador. Necesitaba estar solo, alejarse de aquel circo de locos. Necesitaba pensar, decidir cuál debía ser su siguiente paso. Le latían las sienes, y en sus oídos zumbaba un rumor de miles de cigarras, pero las palabras del oficial le hicieron levantar la cabeza y mirar atrás.

Era Valentina Ivanova.

De pronto, Theo recordó el concierto, el maldito compromiso que había adquirido con sir Edward, que le había invitado a asistir. Mason estaría presente, por supuesto, con su sonrisa perversa y sus ojos ávidos, dándose golpecitos con los dedos en aquellos grandes dientes de depredador que tenía. Pero la visión de Valentina Ivanova le aclaró las ideas al momento. Le recordó aquello por lo que debía luchar, pues a su lado, al hacer su entrada en el salón, vio a una de sus alumnas. La joven Lydia. La que había mostrado tanto interés en saber más cosas sobre las artes marciales.

Las dos juntas llamaban aún más la atención, y las cabezas se volvían a su paso. Las mujeres apretaban los labios al verlas. La madre se veía magnífica. Era bastante menuda, algo que compensaba con sus andares, el vaivén de sus caderas finas, la curva de la barbilla, que mantenía muy alta. Tenía una piel blanquísima, perfecta, y llevaba el pelo ondulado, castaño, recogido en lo alto de la cabeza, lo que la hacía parecer más alta, más imponente. Con todo, eran sus ojos, oscuros, luminosos, los que con su sensualidad vulnerable eran capaces de hacer que a un hombre le temblaran las rodillas.

Theo la había visto en otras ocasiones, pero nunca así; llevaba un traje de noche de seda azul de Shantung, resplandeciente. De escote bajo, mostraba el inicio de los senos, así como su elegante cuello. Ocultaba las manos bajo unos guantes blancos, largos hasta los codos, y no lucía ni una sola joya. No las necesitaba. La comparó mentalmente con Li Mei, y tuvo que reconocer que la figura de su amante era menos voluptuosa, de un atractivo más discreto, aunque, para él, había una pureza en Li Mei, una especie de sexualidad inmaculada, que ninguna occidental podía igualar. Como la porcelana china comparada con la de Wedgwood. Sólo una te rompía el corazón con su belleza.

– Dios mío, ¿quién es esa maravillosa criatura? -dijo otro de los oficiales.

– Creo que es la pianista -apuntó otro-. El comité del club ha organizado un poco de diversión, y la diversión es ella.

Su comentario fue saludado con risotadas.

– Pues que venga a entretenerme a mí siempre que quiera.

– No, yo me quedo con la más joven, la cachorrita de leona. Parece que ya está crecidita.

– Bueno, a mí me interesaría ver qué tiene debajo del vestido antes de…

Theo se alejó. Demasiado alcohol. Los delataba el aliento. Pero en una comunidad en la que los hombres superaban en número a las mujeres en una proporción de al menos diez a una, lo que acababa de presenciar no era infrecuente. Los burdeles abundaban, llenos sobre todo de jóvenes rusas o eurasiáticas mestizas. En ambos casos se trataba de mujeres repudiadas en unas sociedades de gran rigidez moral. Theo sintió el deseo imperioso de salir de allí corriendo, dejarlos a todos en el infierno que ellos mismos se habían creado, pero no lo hizo. La velada no había terminado. Y todavía debía vérselas con Mason.

En ese momento, Lydia lo vio y le sonrió, tímida y ufana con su atuendo de gala. Un cachorro de leona, sí. Aquel hombre estaba en lo cierto. Ojos pardos, cabellera roja. Había algo indómito en ella. Esa noche parecía una joven encantadora, pero incluso enfundada en su vestido, que era de color albaricoque, y de lo más moderno, con su talle bajo y su dobladillo a la altura de las rodillas, despertaba una punzada de excitación, incluso de peligro. Con todo, cuando él le devolvió la sonrisa, Lydia se ruborizó como una colegiala.

Capítulo 6

En el exterior del Club Ulysses, las farolas de Wellington Road proyectaban círculos de luz amarilla en la oscuridad. Pero la oscuridad, en China, era vasta, densa, y reclamaba para sí el mundo frágil que los extranjeros consideraban suyo.

Esa oscuridad era refugio para el ladrón de ojos almendrados que permanecía de pie, junto a la cuna del niño del joven oficial del ejército, mientras su amah jugaba al mah-jongg en la planta baja; para el apestoso camión séptico, el volquete lleno hasta los topes de excrementos humanos que iba camino de los campos; para el cuchillo que se clavaba en la garganta de un blanco que creyó que las deudas con tahúres chinos no eran vinculantes.

Y para Chang An Lo. A medida que la noche avanzaba, se hacía invisible en la oscuridad, y su perfil oscuro, juvenil, se fundía con el tronco moteado de uno de los plátanos que flanqueaban el camino. No se movía, y siguió sin moverse cuando un relámpago de plata rasgó el cielo, y empezó a llover con fuerza, repicando contra las hojas que se alzaban sobre su cabeza, haciendo que los coches se convirtieran en monstruos negros, brillantes, cada vez que con sus faros iluminaban las verjas de hierro forjado del club, un guarda militar, con gorra de plato y rifle al hombro inspeccionaba a todos los que entraban.

Chang An Lo apoyó la cabeza contra el tronco áspero y cerró los ojos para recordar mejor a la joven en el momento de descender del rickshaw que la había conducido hasta allí. La imaginó de nuevo, el fuego de sus cabellos que se mecía sobre sus hombros, la emoción de su paso apresurado. Vio que su rostro se alzaba para contemplar las inmensas columnas de mármol, y con mirada aguda captó el brevísimo instante de vacilación de sus pies. ¿Seguirían sus ojos tan llenos de asombro -se preguntaba- como cuando la vio el día anterior en aquel hutong cochambroso, en aquella callejuela?

Se había formulado la pregunta varias veces. ¿Se habría perdido sin darse cuenta? Pero ¿cómo iba alguien a entrar en el barrio antiguo sin percatarse de ello? Con todo, los fanqui eran raros, y los senderos de su mente, turbios e indescifrables. Se pasó la mano por la densa mata de pelo negro, sintió en él la humedad de la lluvia y se presionó el cráneo con los dedos, como si de ese modo ejerciendo sólo la fuerza, fuera a obtener una respuesta.

¿Eran los dioses los que la habían llevado hasta él?

Meneó la cabeza, enfadado consigo mismo. Los europeos no eran amigos de los chinos, y los dioses del Reino Medio no tendrían nada que ver con ellos. A Chang An Lo tampoco le interesaba tener nada que ver con ellos, a no ser que fuera para empujar sus almas voraces hasta el mar, que era de donde habían venido, pero lo raro era que cuando la vio a ella en el hutong, el día anterior, no vio a un «diablo extranjero», sino a un zorro asustado y herido. Como el que en una ocasión había liberado de una trampa, en el bosque. Le había clavado los dientes y le había arrancado un pedazo de carne del brazo, pero después huyó, en busca de un lugar seguro. En aquella ocasión, Chang creyó ver en aquel animal un destello de sí mismo, pues también él se consideraba un ser atrapado y fiero que luchaba por conseguir su libertad.

Y ahora aparecía esa muchacha. Igual de indómita, con un fuego que nacía en su interior, y que se mostraba también en el pelo cobrizo, en sus ojos enormes de fanqui. Ella lo quemaría. Estaba tan seguro de ello como lo estuvo de que el zorro enjaulado le atacaría apenas lo tocara. Pero ya estaba atado a ella, sus almas se habían unido, y no tenía elección. Porque él le había salvado la vida.

En su mente se formó la imagen de unos callejones, de unas alcantarillas apestosas por las que nadie se adentraría por gusto. Él habría pasado de largo sin mirarlas siquiera. Pero los dioses le hicieron detenerse y volver la cabeza. Ella iluminó con su fuego todo aquel agujero negro, maloliente. Sus ojos no habían contemplado nunca a nadie como ella.

Sus pensamientos regresaron bruscamente a la lluvia y al cielo oscuro y tormentoso, y en ese momento oyó ruido de pasos, y el golpeteo de un bastón; un hombre pasó muy cerca de donde se encontraba. Llevaba un sombrero de copa y una gabardina gruesa, y se protegía con un paraguas. Pasó de largo a toda prisa, sin ver a Chang. Pero antes de llegar al club, dos sombras se arrojaron a sus pies, sobre el pavimento mojado.

Eran mendigos, un hombre y una mujer. Nativos de la ciudad vieja y le suplicaban con tono agudo, lastimero.

Chang escupió sobre el suelo al verlos.

El hombre les lanzó un puñado de monedas, maldiciendo entre dientes, y los apartó con un golpe de bastón en la espalda. Chang lo vio alejarse, subir por la escalinata blanca, franquear las puertas, tan grandes que parecían las de un palacio de los mandarines No oyó las palabras del hombre, pero conocía perfectamente sus actos. Los había visto durante toda su vida en China.

Durante las siguientes horas no pudo dejar de mirar, una y otra vez los altos ventanales iluminados, como un pájaro atraído ante la visión del maíz maduro. Ella estaba ahí, la muchacha de pelo de zorro. La había visto subir la escalera con otra mujer a su lado, pero entre ellas, el espacio de aire vacío se revolvía con una ira que les agarrotaba los hombros, y les hacía apartar las cabezas la una de la otra.

Sonrió para sus adentros, mientras la lluvia le resbalaba por la cara. Aquella muchacha tenía los dientes afilados, como los zorros.

Capítulo 7

Lydia se movía deprisa por el club. Había poco tiempo, y mucho que ver.

– Quédate aquí, no tardaré. Diez minutos, no más -le dijo Valentina-. No te muevas.

Estaban de pie, a un lado de la escalera de caracol, donde un banco de roble antiguo parecía no encajar del todo con la luminosidad de la lámpara de araña, ni con el remate de la barandilla, en forma de bellota gigante. Todo allí parecía construido a una escala enorme: los cuadros, los espejos, incluso los bigotes de los hombres. Todo era mucho más grande de lo que Lydia había visto jamás. Ni siquiera Polly había entrado nunca en el club.

– Y no hables con nadie -añadió Valentina en tono autoritario, mientras miraba a su alrededor y no le pasaban por alto los ojos interesados, los murmullos que los hombres intercambiaban unos con otros-. Con nadie, ¿lo oyes?

– Sí, mamá.

– Tengo que ir a la oficina para que me informen de la organización de la velada. -Observó con ojos disuasorios a un joven vestido con esmoquin y bufanda de seda que ya empezaba a acercarse-. Tal vez sea mejor que te lleve conmigo.

– No, mamá. Estoy bien aquí. Me gusta observar a todo el mundo.

– El problema, Lydochka, es que a ellos también les gusta observarte a ti. -Vaciló, sin terminar de decidirse, pero Lydia se sentó, coqueta, sobre el banco, con las manos en el regazo, de modo que Valentina le acarició el hombro y se alejó por el pasillo de la derecha. Mientras lo hacía, la oyó murmurar-: No debería haberle comprado ese maldito vestido.

El vestido. Lydia acarició la tela de seda color albaricoque con las yemas de los dedos. Amaba aquella prenda más que a su vida. Nunca había poseído algo tan hermoso. Y los zapatos de raso color crema… Levantó un pie para admirarlo. Ese era el momento más perfecto de su vida, sentada en un lugar hermoso, vestida con ropa bonita, mientras mujeres guapas y hombres apuestos la observaban con ojos de admiración. Porque aquellos ojos expresaban admiración, sí. Eso se notaba.

Eso era vida, y no sólo supervivencia. Eso era… eso era estar viva y no medio muerta. Y por primera vez le pareció comprender parte del dolor que se había alojado en el corazón de su madre, quemándolo. Perder todo aquello… Debía de ser como adentrarse ciegamente, a tientas, en una cloaca, y convertirla en tu hogar, un hogar compartido con las ratas. Tu hogar. Por un momento, Lydia sintió que el corazón le latía con más fuerza. Su hogar era aquel desván, pero ¿por cuánto tiempo más? Tomó una porción de tela del vestido entre los dedos y cerró el puño con fuerza. Metió los zapatos tras el asiento, para ocultarlos a las miradas.

«Mira qué te he traído, cielo. Para esta noche. Por tu cumpleaños.»

Cuando Valentina pronunció aquellas palabras tan llenas de encanto, una vez que Lydia hubo regresado de la escuela esa tarde, ella sonrió, esperando encontrarse con un lazo para el pelo, o tal vez su primer par de medias de seda. Pero no eso. No ese vestido, esos zapatos.

Quedó paralizada. Incapaz de articular palabra, de tragar saliva.

– ¡Mamá! -dijo al fin, con la vista clavada en el vestido-. ¿Con qué lo has pagado?

– Con el dinero del cuenco azul del estante.

– ¿Con el dinero del alquiler y la comida?

– Sí, pero…

– ¿Lo has usado todo?

– Por supuesto. Era caro. Pero no te pongas así, no te enfades. -Valentina se rindió al fin y a sus ojos vivaces acudió una mirada de honda preocupación. Acarició a su hija en la mejilla-. No te preocupes tanto, dochenka -dijo en voz muy baja-. A mí van a pagarme el concierto de esta noche, y tal vez me contraten para alguno más, sobre todo si te llevo conmigo, con lo guapa que vas a ir. Considéralo una inversión de futuro. Sonríe, tesoro, ¿No te gusta el vestido?

Lydia asintió con la cabeza, en un movimiento apenas perceptible, pero por más que lo intentó no logró arrancarle una sonrisa a sus labios.

– Nos moriremos de hambre -musitó.

– Eso son tonterías.

– Nos pudriremos en la calle cuando la señora Zarya nos eche de casa.

– Querida, no seas tan melodramática. Toma, pruébatelo. Y los zapatos también. Los he dejado a deber, pero es que son tan bonitos… ¿No te parece?

– Sí -respondió casi sin aliento.

Pero apenas el vestido pasó por su cabeza, se enamoró de él. Dos delicadas hileras de cuentas bordeaban los ojales y el cuello geométrico. En las caderas, dos toques de satén resplandeciente, y un corte atrevido ascendía a un lado, justo por encima de la rodilla. Lydia giró varias veces sobre sí misma, sintiendo cómo se pegaba a su cuerpo, cómo desprendía un ligerísimo perfume a albaricoques. ¿O eran sólo imaginaciones suyas?

– ¿Te gusta, cielo?

– Me encanta.

– Feliz cumpleaños.

– Gracias.

– Y deja ya de estar enfadada conmigo.

– Mamá -dijo Lydia en voz baja-. Estoy asustada.

– No seas tonta. Te compro el primer vestido elegante de tu vida para que estés contenta, y tú me dices que estás asustada. Tener algo bonito no es ningún crimen. -Apoyó su negra cabellera en Lydia y le susurró-: Disfrútalo, hija mía, preciosa, aprende a disfrutar lo que puedas en esta vida.

Pero Lydia no dejaba de negar con la cabeza. Le encantaba el vestido, y a la vez lo odiaba. Y se despreciaba a sí misma por desearlo tanto.

– Me pones enferma, Lydia Ivanova -le dijo entonces su madre con voz acerada-. No te mereces este vestido. Voy a devolverlo.

– ¡No! -gritó sin querer, poniéndose en evidencia.

Sólo más tarde, cuando Valentina terminó de cepillarle el pelo y empezaba a hacerle un sofisticado recogido en un lado, Lydia se dio cuenta de que su madre llevaba unos guantes nuevos.

Un oficial de marina se acercó a ella cuando ya se alejaba del fumador, adonde se había acercado a echar un rápido vistazo desde la puerta. Los más de diez cigarros encendidos, así como otras tantas pipas, llenaban el aire de humo, de una niebla gris que se le metió en la garganta y le hizo estornudar.

– ¿Puedo ayudarla, señorita? Parece perdida, y no soporto ver sufrir a una joven y hermosa damisela. -El oficial le sonrió, seductor con su uniforme blanco rematado con cordón dorado.

– Bien, yo…

– ¿Me permite que la invite a beber algo?

Tenía los ojos tan azules, y la sonrisa tan pícara… Era una invitación que hasta entonces sólo le habían propuesto en sueños. «¿Me permite que la invite a beber algo?» Era por el vestido, lo sabía. El vestido y los sofisticados rizos de su peinado. Estuvo tentada de aceptar, pero en el fondo de su corazón sabía que aquel oficial elegante, con su ristra de dientes perfectos, esperaría algo a cambio del interés que demostraba. A diferencia de su protector chino del día anterior, que no le había pedido nada, lo que la había conmovido de un modo que no terminaba de comprender. Era algo tan… tan ajeno a ella… ¿Por qué querría un halcón chino rescatar a un gorrión fanqui? La pregunta la devoraba por dentro.

Recordó el destello de ira de sus ojos oscuros, y se preguntó qué había tras ella. Habría querido preguntárselo a él. Pero para eso tendría que encontrarlo, y ni siquiera sabía cómo se llamaba.

– ¿Una copa? -insistió el oficial uniformado.

Lydia volvió la cabeza, desdeñosa, y respondió con frialdad:

– He venido con mi madre, la pianista que da el concierto.

Y el militar se esfumó al momento. Lydia sintió una especie de delicioso cosquilleo que recorría su espalda, y se dirigió a la siguiente puerta, situada en un pequeño entrante, junto a la del salón principal. En ella, una placa anunciaba que se trataba del salón de lectura, y la puerta estaba entornada, de modo que terminó de abrirla y entró. El ritmo acelerado de su corazón sólo disminuyó tras constatar que en la estancia no había más de dos personas: un señor mayor que dormitaba en un sillón orejero -se había cubierto la cara con el Times, y cada vez que roncaba, el periódico ascendía y descendía- y otro hombre, sentado junto a la ventana, donde la lluvia golpeaba los cristales oscuros, y era el señor Theo.

Estaba muy rígido, con los ojos cerrados. De sus labios salía un zumbido constante, que repetía una y otra vez, un «um» monótono, similar, en su reiteración, a las escalas musicales que practicaba su madre. Respiraba profundamente, y tenía las palmas de las manos vueltas hacia arriba, como cuencos de mendigos, sobre los apoyabrazos de la butaca. Lydia lo observaba fascinada. Había visto a algunos nativos hacer lo que él hacía, sobre todo los monjes de cabeza rasurada del templo de la Colina del Tigre, pero nunca a un blanco. Miró a su alrededor. La iluminación de la estancia era tenue y una de las paredes la ocupaba una librería de estantes oscuros atestada de libros encuadernados en piel. A intervalos regulares se alineaban unas mesas de caoba, cubiertas de periódicos, revistas y gacetas. Sobre la más próxima a ella Lydia leyó el siguiente titular: «El capitán de Havilland bate nuevo récord aeronáutico con su Gipsy Moth.»

Se acercó de puntillas a una de las mesas. Muy de tarde en tarde encontraba alguna revista abandonada en Victoria Park, y la leía una y otra vez, durante meses, hasta que prácticamente se desintegraba, pero aquéllas eran nuevas, y no podía resistirse a echarles un vistazo. Cogió una que llevaba por fascinante título Una señora en la ciudad, y que, en la ilustración de cubierta, mostraba a una dama esbelta junto a un galgo de largas extremidades. Lydia se la acercó a la cara para aspirar el aroma de los extraños productos químicos que desprendían las hojas tersas, y sólo entonces pasó la primera página. Al instante se sintió cautivada con la fotografía de dos mujeres posando en la escalinata de la National Gallery de Londres, en Trafalgar Square. Se veían tan modernas, con sus gorras de casquete y sus vestidos, parecidos al que ella llevaba esa noche, que no le costó imaginarse metida en aquel retrato. Creía oír las risas de aquellas jóvenes damas, los arrullos de las palomas a sus pies.

– Salga de aquí.

A Lydia casi se le cayó la revista.

– Salga de aquí.

Era el señor Theo, que se había echado hacia delante y la miraba con ojos fijos. Pero aquel señor Theo no se parecía en nada a que estaba acostumbrada a ver. Estuvo a punto de obedecerlo por pura costumbre, porque en la escuela siempre hacía lo que él ordenaba, pero algo en el sonido de su voz le llamó la atención, y le hizo volverse a mirarlo. El dolor que vio en sus ojos le impacto.

– ¿Señor director?

Todo el cuerpo de Theo pareció retorcerse, como si acabara de meter el dedo en una llaga abierta, y se pasó una mano por el pálido rostro. Pero entonces volvió a mirarla, y pareció recobrar el control de la situación.

– ¿Qué quiere, Lydia?

Ella no tenía ni idea de qué decirle, ni de cómo ayudarle. Se sentía insegura, pero sus pies, metidos dentro de aquellos zapatitos de raso, se resistían a llevársela de allí.

– Señor… -dijo, sin saber bien cómo continuar-. ¿Es usted budista?

– Qué pregunta tan extraordinaria. Y tan personal, diría yo. -Echó la cabeza hacia atrás, pegándola al respaldo de la butaca orejera, y de pronto pareció muy fatigado-. Pero no, no soy budista, aunque muchos de los dichos de Buda me tientan a emprender el camino de la paz y la iluminación. Dios sabe que se trata de dos bienes escasos en este lugar de alma ennegrecida.

– ¿De China?

– No, me refiero a este lugar, a nuestro Asentamiento Internacional. -Soltó una sonora carcajada-. En el que nada se «asienta» si no es a través de la avaricia y la corrupción.

La amargura de sus palabras se alojó en las comisuras de los labios de Lydia, como el sabor del áloe. Meneó la cabeza para librarse de él, y dejó la revista sobre la mesa.

– Pero, señor, a mí me parece que para alguien como usted… bueno… usted lo tiene… todo. Entonces, ¿por qué…?

– ¿Todo? ¿Se refiere a la escuela?

– Sí, y a una casa, y a un coche, y a un pasaporte, y a un lugar en la sociedad, y a… -Estuvo a punto de decir «a una amante», a una amante hermosa y exótica, pero se reprimió a tiempo. Tampoco se refirió al dinero. Porque él tenía dinero. Y se limitó a añadir-: Todo lo que cualquier persona desearía.

– Eso -replicó él, poniéndose en pie bruscamente-, eso no es más que barro. Como señala con claridad Buda, su «lodo» mancha el alma humana.

– No, señor, eso no puedo creerlo.

Él la miró fijamente, entrecerrando un poco los ojos, con una expresión que la intimidaba, pero ella se negó a bajar los suyos. Inesperadamente, esbozó una sonrisa breve que, con todo, no alcanzó a su profesor.

– Pequeña Lydia Ivanova, primorosamente vestida con su ropa de gala, que parece un capullo de magnolia a punto de abrirse. Es tan inocente que no tiene la menor idea de las cosas. Tan pura. Éste es un mundo de corrupción, querida. Y usted no sabe nada de él.

– Sé más de lo que usted cree.

Ante aquel comentario, el director se echó a reír.

– De eso estoy seguro. No la considero un lirón dócil, como algunos de sus compañeros. Pero de todos modos es usted joven y aún conserva la capacidad de creer. -Se desplomó en la silla una vez más y apoyó la cabeza en las manos-. Todavía cree.

Lydia se fijó en los dedos largos, atormentados, enterrados en el pelo fino, castaño claro, y sintió que una oleada de rabia le ascendía por la garganta, y moría en la lengua. Se acercó algo más a la butaca, al tiempo que un ronquido amortiguado llegaba desde el otro extremo del salón, y se echó hacia delante, para hablarle casi al oído.

– Señor, sea cual sea el futuro que quiera, yo soy la única que puedo hacer que suceda. Si eso es creer, entonces, sí, creo.

Pronunció aquellas palabras con una especie de silbido fiero.

Theo Willoughby echó hacia atrás la cabeza para verla mejor, y a pesar del ceño, a su rostro asomó un atisbo de admiración.

– Palabras apasionadas, Lydia. Pero huecas. Porque no sabe usted dónde está. Ni qué es lo que hace que giren los engranajes de esta ciudad pequeña y sórdida. Todo es basura y corrupción, el hedor de la cloaca…

– No, señor. -Lydia, vehemente, negó con la cabeza-. Aquí no. -Gesticuló con la mano, señalando los libros encuadernados en piel, el reloj de pared francés que con su tictac indicaba el inexorable avance de sus vidas, la puerta que conducía al elegante mundo presidido por sir Edward Carlisle, donde todo era estable, sereno.

– Lydia, está usted ciega. Esta ciudad nació de la avaricia. Robada a China y llena de hombres ambiciosos. Se lo advierto, por Dios o por Buda: esta ciudad morirá de avaricia.

– No.

– Sí. La corrupción está en su origen. Y usted más que nadie debería saberlo.

– ¿Yo? ¿Por qué yo? -El pánico se apoderó de su pecho por un instante.

– Porque usted asiste a mi escuela, claro.

Lydia parpadeó, perpleja.

– No le entiendo.

Theo se sumió de pronto en el silencio.

– Márchese, Lydia. Llévese sus cabellos brillantes y sus brillantes creencias y lúzcalas ahí fuera. Nos veremos el lunes. Usted llevara puesto el uniforme de la Academia Willoughby, cuyas mangas le quedarán tan cortas como de costumbre, y yo me habré puesto mi guardapolvo de maestro. Y fingiremos no haber mantenido nunca esta conversación. -Agitó una mano, para indicarle se ausentara, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con una mezcla de quietud y desesperación.

Lydia cerró la puerta, aunque sabía que no olvidaría aquella conversación.

– Lydia, querida, qué guapa estás.

La joven se volvió y vio a la señora Mason, la madre de Polly, que se acercaba a ella. La acompañaba una mujer de unos cuarenta años, alta y elegante, que hacía que Anthea Mason pareciera rechoncha en comparación.

– Condesa, permítame que le presente a Lydia Ivanova. Es la hija de nuestra pianista de esta noche. -Se volvió hacia Lydia-. La condesa Natalia Serova también es rusa, de San Petersburgo, aunque supongo qué debería llamarla señora Charonne.

«Condesa.» Lydia se quedó sin aliento sólo de pensarlo. Su vestido de noche era de organza, de un color borgoña intenso, pero a Lydia le parecía algo anticuado, con su falda hasta los pies y sus mangas abombadas. Su espalda aristocrática se mantenía muy rígida, y echaba la cabeza hacia atrás, luciendo un collar de perlas. Con sus ojos de un azul muy pálido observaba a Lydia con frío interés. Esta no sabía qué se esperaba de ella, de modo que optó por hacerle una ligera reverencia.

– Te han educado muy bien, niña. Devushki ochen redko takie vezhlevie.

Lydia clavó la vista en el suelo, pues no estaba dispuesta a admitir que no había entendido nada.

– No, Lydia no habla ruso -terció Anthea Masón, acudiendo en su rescate.

La condesa arqueó una ceja.

– ¿No habla ruso? ¿Y por qué no?

Lydia deseó que se la tragara la tierra.

– Mi madre me ha enseñado sólo inglés. Y algo de francés -añadió al momento.

– Pues eso está muy mal.

– Oh, condesa, no sea dura con la niña.

– Kakoi koshmar! Debería conocer su lengua materna.

– El inglés es mi lengua materna -insistió Lydia, ruborizándose por momentos-. Me siento orgullosa de hablarla.

– Mejor para ti -terció Anthea Mason-. Apoya al país, querida.

La condesa se acercó más a ella y le levantó la barbilla con un solo dedo.

– Así es como deberías mantenerla -dijo, sonriendo divertida-, si estuvieras en la Corte. -Su acento ruso era más marcado incluso que el de Valentina, y las palabras parecían girar en su boca mientras las pronunciaba. Se encogió ligeramente de hombros, aunque sin dejar de examinar con gran atención a Lydia, que sentía como si la estuvieran pelando, capa a capa-. Sí, eres una niña encantadora, pero… -La condesa Serova le soltó la barbilla y dio un paso atrás-. Pero demasiado delgada para llevar un vestido como ése. Disfruta de la velada.

Y, junto a su acompañante, se alejó de su lado como si se deslizara por el salón.

– Hoy he sabido que Helen Wills ha ganado el torneo de Wimbledon -le contaba Anthea-. ¿No es emocionante? -añadió, moviendo la mano en dirección a Lydia, como disculpándose.

La muchacha permaneció un minuto inmóvil. El salón estaba cada vez más concurrido, pero su madre seguía sin aparecer. Un dolor agudo le oprimía el pecho, y la tristeza había manchado su vestido nuevo. De pronto se daba cuenta de que era todo huesos, de que sus pechos eran demasiado pequeños, de que su pelo debería haber sido de otro color. Demasiado estridente, tanto en su mente como en su cuerpo. Con aquel vestido iba disfrazada, lo mismo que se disfrazaba con su pretensión de ser inglesa. Sí, por supuesto, hablaba la lengua con un acento perfecto, pero ¿a quien pretendía engañar con eso?

Transcurrido un minuto, levantó un poco la barbilla y fue en busca de su madre, porque el concierto debía empezar a las ocho y media.

Dos figuras se hallaban de pie, muy cerca la una de la otra. Demasiado cerca, en opinión de Lydia. Una, pequeña y delgada, con vestido negro, apoyaba la espalda contra la pared del pasillo, y la otra, más corpulenta, más ávida, se inclinaba sobre ella, rozándola con el rostro, como si quisiera comérsela.

Lvdia se quedó helada. Había llegado a la mitad del corredor bien iluminado pero, a la derecha, nacía un pasadizo estrecho que parecía llevar a algo así como las zonas del servicio, o la lavandería. Un lugar apartado. La luz escaseaba, y el aire se notaba caldeado. La palmera de la maceta que ocupaba parte del acceso proyectaba largas sombras que, como dedos, serpenteaban sobre el suelo enlosado. A su madre la reconoció al instante, pero tardó un poco más en darse cuenta de quién era el hombre. Con horror, constató que se trataba del señor Mason, el padre de Polly. Le palpaba todo el cuerpo con las manos, pasándoselas por el vestido de seda azul. Los muslos, las caderas, el cuello, los pechos. Como si la poseyera. Y ella no hacía nada por apartarlo.

Lydia sintió náuseas. Habría querido dar media vuelta, vencer la atracción que la mantenía allí clavada, pero no podía, de modo que allí seguía, sin apartar la vista de la escena. Su madre seguía absolutamente inmóvil, con la espalda, la cabeza y las palmas de las manos apoyadas en la pared, como a punto de traspasarla. Cuando los labios de Mason se apoderaron de los de Valentina, ella lo consintió, pero del mismo modo en que una muñeca deja que le laven la cara. Sin participar del beso, con los ojos abiertos, gélidos. Con las dos manos, Mason atraía hacia él su cuerpo, le pasaba la boca por el cuello, se detenía en el canal que separaba sus senos, y Lydia oía sus gruñidos de placer.

Lydia ahogó un grito sin poder evitarlo. A pesar de lo amortiguado del sonido, bastó para que su madre girara la cabeza. Sus ojos enormes, oscuros, se abrieron más aún al ver a su hija, y separó los labios, aunque no llegó a articular palabra. Al fin, a Lydia le respondieron las piernas, dio un paso atrás y desapareció en el pasillo, por el que inició una carrera que la llevó a doblar primero una esquina y después otra. Tras ella oía la voz de su madre que la llamaba: «¡Lydia, Lydia!»

Fue entonces cuando vio a alguien conocido, a un hombre que estaba segura de haber visto antes. Se dirigía a la salida principal, pero volvió la cabeza en dirección a Lydia. Se trataba del señor al que había robado el reloj de bolsillo en el mercado, el día antes. Sin pensarlo dos veces, abrió a toda prisa la primera puerta que encontró y la cerró tras ella. El espacio al que acababa de acceder era pequeño y silencioso, un armario grande lleno de abrigos y estolas, capas y saharianas, así como de hileras de sombreros de copa y bastones. A un lado se intuía un arco pequeño que daba acceso a una zona separada, donde un empleado atendía al otro lado de un mostrador, para recibir o devolver las prendas de los invitados. En ese momento estaba de espaldas, pero Lydia oyó que hablaba con alguien en mandarín.

Estaba temblando, le flaqueaban las rodillas y le castañeteaban los dientes. Respiró hondo y se acercó a la maravillosa estola de zorro rojo que colgaba junto a ella. Apoyó suavemente la mejilla contra ella y trató de calmarse con el cálido roce de la piel. Pero no sirvió de nada. Se deslizó hasta el suelo y se rodeó las piernas con los brazos, apoyando la frente sobre las rodillas, mientras se esforzaba por comprender lo que estaba sucediendo esa noche.

Todo había salido mal. Todo. No sabía cómo, pero en su mente se había producido un cambio absoluto. Su madre, su escuela, sus planes. Su aspecto. Incluso su manera de hablar. Nada era igual que antes. Y Mason con su madre. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué estaba sucediendo?

Sintió que las lágrimas le quemaban las mejillas, y se las secó, furiosa, con la mano. Ella no lloraba. Nunca. El llanto era para gente como Polly, para gente que podía permitirse el lujo de llorar. Negó con la cabeza, se pasó una mano por la boca, se levantó y se obligó a pensar. Si todo iba mal, entonces le correspondía a ella solucionarlo. Pero ¿cómo?

Con manos aún temblorosas, se alisó las arrugas del vestido y, más por costumbre que por intención, empezó a rebuscar en los bolsillos de los abrigos del guardarropía. Al momento se hizo con unos guantes de piel y un encendedor Dunhill, pero volvió a dejarlos en su sitio, no sin esfuerzo. No tenía dónde escondérselos, no llevaba bolso, ni había bolsillos en su vestido. Con todo, si se llevó un pañuelo calado de señora metido en la ropa interior; podía venderlo fácilmente en el mercado. Revisó luego una gabardina negra, aún mojada de lluvia, y notó un bulto en el bolsillo interior. Lo palpó con los dedos: se trataba de un saquito blando de piel de cabritilla.

«Rápido, antes de que entre alguien.» Desanudó el cordón y lo puso boca abajo, hasta que su mano fue a dar con un collar de rubíes resplandecientes, que se extendieron sobre la palma de su mano como un charco de sangre arrebatada.

Capítulo 8

Chang observaba.

Llegaban como en oleadas. Del corazón del asentamiento. Una marea oscura de policías que inundaba la calle. Con sus armas al cinto y sus insignias orgullosamente exhibidas en lo alto de las gorras, amenazadoras como cabezas de cobra. Descendían de coches y furgones, los faros cortando la noche en rebanadas perfectas, amarillas, y rodeaban el club. Un hombre vestido de blanco y negro, con medallas que tintineaban en su pecho y un monóculo en el ojo derecho, bajaba por la escalinata, a su encuentro. Daba órdenes y gesticulaba con la vehemencia del mandarín que lanza monedas de oro en la boda de su hija.

Chang observaba, sin alterarse, sin darse prisa. Pero sus pensamientos escrutaban la oscuridad, en busca de cualquier peligro. Se echó a un lado. De la sombra del árbol pasó a la negrura absoluta, mientras, a su alrededor, otros se esfumaban. Los mendigos, el vendedor de pipas de girasol, el de té caliente, el muchacho, flaco como una escoba, que exhibía sus acrobacias a cambio de unas monedas, todos desaparecieron apenas husmearon la presencia de las botas de aquellos policías. El aire de la noche se hizo irrespirable para Chang, que casi podía oír la nube de espíritus nocturnos revolotear sobre su cabeza, emprender la huida ante una invasión más bárbara todavía.

La lluvia seguía cayendo, con más fuerza, como si quisiera arrastrarlos a todos. Bruñía las calles, hacía que las cabezas de los diablos uniformados se inclinaran, rayaba sus capas a medida que éstos iban situándose a lo largo de todo el perímetro del Club Ulysses. Chang observaba al hombre del monóculo, que fue engullido por la boca hambrienta del edificio, y vio que tras él se cerraban los portones.

Frente a ellos se plantó un oficial que sostenía un rifle. El mundo quedaba fuera, inaccesible. Los ocupantes, en su interior.

Chang sabía que ella estaba ahí, la muchacha-zorro, que caminaba por las estancias como lo hacía por sus sueños, cuando dormía. Incluso de día se le aparecía en la cabeza, se alojaba en ella y se reía cada vez que él trataba de echarla. Cerraba los ojos y veía su rostro, sus afilados dientes, su pelo encendido, aquellos ojos del color del ámbar líquido, que parecían iluminados desde dentro cuando le miró, tan brillantes, tan curiosos…

¿Y si ella no quería estar encerrada en aquel edificio de los diablos blancos? ¿Presa, enjaulada? Debía acudir a abrirle la trampa.

Se alejó de los ladrillos húmedos que quedaban tras él y, a oscuras, inició un avance lento, tan silencioso e invisible como un gato que, agazapado, avanzara hacia la ratonera.

De cuclillas. Invisible bajo un arbusto de hojas anchas, mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad de la parte trasera del edificio. Un muro alto, de piedra, rodeaba la zona, pero ni una farola perturbaba los hábitos de la noche. Su oído, agudo, captó el chillido desgarrador de alguna criatura presa del dolor, en las garras de un búho, o en las fauces de una comadreja, pero el repicar de la lluvia contra las hojas se imponía sobre casi todos los sonidos. De modo que siguió agazapado, aguardando pacientemente.

No tuvo que esperar mucho. El haz amarillo, circular, de una linterna, anunció la aparición de dos agentes de policía, que se inclinaban hacia delante para protegerse del intenso aguacero, como si éste fuera su enemigo. Pasaron de largo sin apenas mirar, aunque la luz de la linterna saltaba de arbusto en arbusto como una luciérnaga gigante. Chang retiró la cabeza y levantó el rostro en dirección a la lluvia, como hacía de pequeño en las cascadas. El agua era un estado mental. Si la considerabas amiga cuando nadabas en el río o te quitabas con ella la suciedad, ¿por qué creerla enemiga cuando descendía del cielo? Directamente de la copa de los dioses. Esa noche, con ella, los dioses le hacían un regalo, porque lo mantenían a salvo de las miradas bárbaras. Por ello, entre dientes murmuró una oración de agradecimiento a Kuan Yung, la diosa de la misericordia.

Dio un paso al frente y se plantó en el camino, aspiró hondo para unir en él los elementos del fuego y el agua, y atacó el muro. Dio un salto y se agarró con los dedos a los salientes irregulares de la piedra apenas medio segundo, y entonces se retorció en el aire y, con las piernas extendidas por encima de la cabeza, se plantó en lo alto de la pared. Desde allí, de un salto y sin el menor ruido, aterrizó en el suelo, ya del otro lado. Lo ejecutó todo en un movimiento fluido, continuo, que no atrajo ni una sola mirada. Sólo un sapo sorprendido, a sus pies, se puso a croar.

Pero no había dado ni un paso cuando un relámpago partió en dos el cielo e iluminó el club y sus alrededores el tiempo suficiente para deslumbrar a Chang y privarlo de su visión nocturna. Se le agarrotó la garganta, y se le secó la boca. Un presagio. Pero ¿sería bueno o malo? No lo sabía. Por un instante, su cabeza pareció moverse en círculos. Se arrodilló en la oscuridad que siguió, más densa aún, el cuerpo brillante como el de una nutria mojada por la lluvia, temeroso de que el presagio le estuviera diciendo que actuaba ciegamente. Que los dioses quisieran advertirle de que por la muchacha fanqui tendría que pagar un alto precio. El olor a tierra mojada alcanzó sus fosas nasales, y se agachó, arañó un puñado y se lo acercó a la cara; tierra china, el limo amarillo, rico y fértil, robado por los bárbaros. Al aplastarlo entre los dedos lo sintió frío, tanto como si hubiera muerto. La muerte acompañaba a los extranjeros allá por donde iban.

Sabía que debía irse de allí.

Pero negó con la cabeza, impaciente, y sacó la lengua para lamerse la lluvia de los labios. ¿Irse? No era posible. Su alma estaba unida a la de ella. Ya no podía dar media vuelta y salir de aquel lugar, lo mismo que un pez no podía salir del río en que nadaba. Tenía un anzuelo clavado muy adentro. Lo notaba, era un dolor en el pecho. Irse de allí habría sido morir.

Avanzó deprisa, silenciosamente, sobre la hierba mojada, fundiéndose con los árboles, uniendo su sombra a las altas sombras. A su alrededor se extendían vastas extensiones de césped, un estanque, jardines con flores; a un lado unas pistas de tenis, al otro una piscina lo bastante grande como para ahogar a un ejército, todo ello tenuemente iluminado por las luces del edificio. Visto desde atrás, a Chang le parecía más una fortaleza, con dos pequeños torreones, a la que luego los extranjeros hubieran decidido suavizar instalando un porche largo y una escalinata de peldaños anchos, que moría en una terraza semicircular. Una glicina se curvaba, retorciéndose, sobre el tejado de la veranda, pero el interior quedaba oculto por grandes persianas de bambú, que se mantenían bajadas para protegerla de la tormenta. Las oía agitarse, movidas por el viento, crujir y chasquear contra los marcos como los huesos de los muertos.

Sin saber qué camino seguir, Chang optó por el de la derecha. Al hacerlo, algo pequeño y ligero revoloteó hasta posarse en su cara, donde se aferró a la mejilla, impulsado por la lluvia. Lo retiró al momento, y estuvo a punto de arrojarlo al suelo, creyendo que se trataba de una polilla sentenciada; pero antes de hacerlo lo observó con atención. Era un pétalo. Un pétalo de rosa, suave, rosado. Sólo entonces se percató de que se hallaba en medio de una rosaleda en la que el viento y la lluvia intensa arrancaban capullos y flores. Se fijó en el pétalo solitario alojado en la palma de su mano: también aquello era una señal. Una señal de amor. A partir de ese momento supo que la encontraría, y una ardiente impaciencia corrió por sus venas. Los dioses estaban muy cerca esa noche, le susurraban al oído. Ocultó la delicada ofrenda del pétalo entre los pliegues de su túnica, y su piel se estremeció al sentir su roce. El corazón le latía con fuerza.

Bordeó el círculo de luz, manteniéndose siempre entre las sombras, negro sobre negro, hasta toparse con un sendero que sin duda llevaba a las cocinas. Las luces brillaban en las ventanas, y Chang distinguió los perfiles de las superficies atestadas y de las cazuelas humeantes, pero allí no había más que un solitario bárbaro negro, ataviado con su uniforme de policía y apostado junto a la puerta. ¿Dónde se encontraban los empleados, su charla estridente, sus maldiciones? ¿Se los habían comido los extranjeros? ¿Que estaba sucediendo allí esa noche?

En absoluto silencio se acercó más, pegado al edificio, y llego a la ventana de una estancia que no pudo sino observar con envidia, una envidia que le sorprendió a sí mismo, y que trató en vano de reprimir. Pues despreciaba a los occidentales, y todo lo que había traído al este. Todo menos una cosa: sus libros. Le encantaban su libros, y aquella sala contenía una pared llena de ellos, alineado sobre unos estantes, al alcance de quien quisiera acercarse a leerlos. No eran como los delicados rollos con los que se aprendía, y le estaban reservados sólo a los escolares. Éstos eran pesados, encuadernados en piel, y llenos de conocimientos.

Hacía años, Chang había enseñado inglés. Eso fue antes de que decapitaran a su padre tras los muros de la Ciudad Prohibida de Pekín, los días en los que no soportaba pensar, porque convertían sus ideas en aguijones de abeja. Su tutor le había hecho leer la Historia del Imperio Británico, de Munrow, y Chang estuvo a punto de morir de vergüenza al constatar lo pequeña que era Inglaterra, apenas un escupitajo comparado con el gran océano que era China.

El sonido de unas palabras airadas apartó su atención de los libros, y la llevó a los dos hombres que se encontraban en la biblioteca. Uno era Ojo de Cristal, sentado a una mesa, muy estirado, que con un puño cerrado hablaba como si disparara un arma. El otro tenía el pelo blanco y estaba de pie, imponente, en el centro de la habitación, los ojos desafiantes, la nariz ganchuda como el pico de un halcón. No se arredró cuando Ojo de Cristal golpeó la mesa con el puño y gritó en voz tan alta que Chang oyó que le decía: «No pienso consentirlo. Delante de mis propias narices. Como jefe de policía insisto en que todo el mundo sea…»

El ladrido de un perro rasgó el silencio de la noche. A la izquierda de Chang, en algún lugar invisible, tras la cortina de lluvia. Se le erizó el vello de la nuca, y avanzó ágilmente hasta la siguiente esquina, donde las ventanas eran grandes, semicirculares en su parte superior, y permitían observar una cámara inmensa que brillaba y resplandecía como el sol sobre el río Peiho. Por un momento le pareció que aquella estancia estaba llena de pájaros que movían sus hermosas plumas al revolotear, y que silbaban sus canciones, pero cuando su visión se aclaró vio que eran mujeres vestidas de noche, que conversaban y agitaban sus abanicos. Ahí estaría ella, en su jaula de oro, y al pensarlo mil mariposas se agitaron en su pecho.

En aquel salón no había hombres. Había sillas dispuestas en hileras, todas ellas encaradas hacia un objeto situado en un extremo, un objeto que asombró a Chang en cuanto lo vio, pues parecía una tortuga gigante, monstruosa. Se trataba de algo negro, brillante, sostenido por unas patas esbeltas, y junto a él se sentaba una mujer hermosa, de cabello castaño oscuro, que de vez en cuando posaba un dedo sobre los dientes blancos de aquel artilugio, o daba un sorbo a la bebida que sostenía en un vaso lleno de hielo. Por su expresión, parecía aburrida y sola.

La reconoció. La había visto antes, frente a las escalinatas del club, junto a la muchacha-zorro. La respiración de Chang se había vuelto tan superficial que apenas movía el aire, mientras con la mirada buscaba el destello cobrizo de una cabellera entre la multitud. Había algunas mujeres sentadas, pero la mayoría permanecía de pie, en corros, o caminaba por la sala con un vaso o un abanico en la mano, con un rictus de enojo en los labios. Era evidente que algo les desagradaba. Se acercó más, hasta pegarse a las piedras de la fachada, junto a la ventana, y de pronto la vio. En ese instante el mundo pareció venírsele encima, volverse más brillante.

La joven estaba de pie, sola, apoyada en una de las columnas de mármol, casi oculta de la mirada de una mujer gorda tocada con un racimo de plumas de avestruz. En contraste con ella, parecía frágil y pálida, aunque el resplandor del pelo seguía iluminándola. Chang la contempló. Vio que, inquieta, miraba una y otra vez la puerta, y se fijó en que, cuando ésta se abrió y dos mujeres irrumpieron en la sala, su expresión se tornó sombría. A Chang le parecieron dos portadoras de muerte, vestidas de blanco, con aquellos tocados raros, y también blancos, que le recordaban a los de las monjas que, cuando era niño, habían querido obligarlo a comer la carne de su dios vivo, a beber su sangre. Su estómago todavía se retorcía al recordar aquel acto de barbarie. Pero aquéllas no llevaban ninguna cruz colgada al cuello.

Con sonrisas corteses, invitaron a dos de las mujeres jóvenes a abandonar el salón, y sólo cuando la puerta se cerró tras ellas, remitió parte de la tensión que agarrotaba el cuerpo de la muchacha-zorro, que empezó a moverse por los bordes externos de su jaula, aunque con los brazos aún tensos, mientras con una mano se acariciaba la tela del vestido. Vio que dejaba caer al suelo un pañuelo de encaje como sin darse cuenta, aunque a Chang le pareció que sabía perfectamente lo que hacía. Se preguntó por qué. Los extranjeros se comportaban a veces de manera muy rara.

Una mujer alta, con vestido del color de la endrina madura, le habló cuando pasó por su lado, pero la muchacha no le respondió más que con un leve asentimiento de cabeza, y se ruborizó. A continuación se acercó a la ventana, y a Chang se le encogió el corazón al ver que se aproximaba a él. Sus pómulos eran más hermosos de lo que recordaba, y los ojos más grandes y separados, pero la piel de las comisuras de sus labios había adquirido un tono azulado, como la de los niños que se sienten indispuestos.

Dio un paso al frente, alargó la mano y la apoyó en el vidrio mojado, tamborileando en él, con los dedos, un ritmo que podría haber sido lluvia. Ella se detuvo en seco, frunció el ceño y miró por la ventana con la cabeza ladeada, como en otro tiempo hacía el perro de caza de su padre. Sin dar tiempo a que se alejara, Chang avanzó hacia el círculo de luz que la propia ventana proyectaba y le dedicó una respetuosa reverencia.

Lydia, asombrada, abrió mucho los ojos y la boca, redondos como lunas, pero al reconocerlo, sonrió. Durante una fracción de segundo él extendió la palma de la mano, ofreciéndole su ayuda sin palabras, pero en ese momento algo duro y frío le golpeó en un lado de la cabeza. Recorrieron su cuerpo oleadas de negrura, la noche se fragmentó en añicos afilados de cristal negro, pero sus músculos se tensaron al instante, al encuentro de la acción.

Con un movimiento de pierna, podría haber inmovilizado a su atacante, que le lanzaba a la cara su aliento de whisky y sus maldiciones, o haberle partido la tráquea de un golpe seco, dado con el borde de la mano, cortante como el filo de un cuchillo. Pero un sonido le detuvo.

Un gruñido. Un gruñido que hablaba de muerte.

Sobre la hierba húmeda, a sus pies, vio un perro-lobo agazapado, listo para el ataque, que mostraba todos los dientes y emitía ese gruñido grave que le heló la sangre. El perro ansiaba desgarrarle el corazón.

Él no quería matarlo, pero sabía que lo haría si era necesario.

Lentamente, Chang apartó la vista del perro y la fijó en el hombre, que llevaba una capa azul impermeable y era alto, de extremidades largas y pómulos hundidos, como un árbol fácil de abatir. Llevaba un arma en la mano, y él vio su propia sangre derramada. Los labios finos del hombre se movían, pero el viento parecía meterse en los oídos de Chang, que apenas oía sus palabras.

«Mierda amarilla.» «Chino ladrón.» «Mirón.» «No espíes a nuestras mujeres, maldito…» En ese momento el arma se alzó para golpearlo de nuevo.

Chang se echó a un lado y giró la cintura, y con un chasquido de látigo levantó la pierna hacia arriba. Sin embargo, el perro era rápido, y se interpuso entre su amo y el atacante, hundiéndole los dientes en la carne vulnerable del pie. El joven cayó al suelo, de espaldas. El dolor ascendía por la pierna, a medida que las fauces del animal mordían el hueso. Pero aspiró hondo, liberándose de la tensión de su cuerpo, y se concentró en controlar la energía generada por su miedo. La liberó entonces en un solo movimiento que hizo que su otra pierna se estampara contra el morro del perro.

El animal lo soltó y cayó de lado, sin emitir sonido alguno. Al instante Chang ya volvía a estar de pie, corriendo a toda velocidad, sin dar tiempo a la noche a respirar.

– Da un paso más y te meto una bala en tu cochino cerebro.

Chang detuvo sus pensamientos. Sabía que ese hombre iba a matarlo por lo que acababa de hacerle a su perro. Sin él, aquel diablo había perdido toda su agresividad. De modo que tanto daba huir como quedarse, el final sería el mismo. Sintió una punzada de dolor en el pecho al pensar en que estaba a punto de separarse de la muchacha. Despacio, se volvió para encararse a ese hombre, vio la violencia de su gesto, el ojo negro, inmóvil, del cañón de su pistola.

– Dong Po, ¿qué diablos crees que estás haciendo? -La voz resonó a través de la lluvia y cortó el hilo que unía la bala del policía al cerebro de Chang. Era la muchacha-. Te he pedido que esperaras junto a la reja, estúpido. Tendré que pedirle a Li que te azote por desobediente cuando lleguemos a casa -añadió, mirando fijamente a Chang.

En ese instante al joven se le paró el corazón. Debió hacer acopio de todas sus fuerzas para no sonreír, y finalmente logró agachar la cabeza y componer un gesto de humilde disculpa.

– Perdón, señora, mucho perdón. No enfadada. -Señaló la ventana-. Yo la miro para ver si bien. Tanta policía, yo preocupo.

Tras la joven, de pie, había aparecido otro diablo azul. Trataba de cubrirla con un paraguas negro, pero la lluvia y el viento se lo impedían, y su pelo, rojizo, era ahora del color del bronce envejecido, y colgaba en mechones húmedos sobre su rostro. Sobre los hombros llevaba puesta la chaqueta fina de algún sirviente, que ya se veía empapada.

– Ted, ¿qué sucede con el perro? -El segundo policía era de mediana edad, corpulento.

– Se lo digo, sargento, este amarillo imbécil ha matado a mi Rex, yo…

– Tranquilo, Ted. Mira, el perro se mueve. Seguramente sólo está aturdido. -Se volvió para mirar a Chang, y se fijó en la sangre que le cubría el rostro-. No sé bien qué ha sucedido aquí, pero tu señora se ha disgustado mucho al verte aparecer tras la ventana. Según dice, te ha ordenado que esperaras junto a la verja, para escoltarla y ayudarla a ella y a su madre a llamar un rickshaw. Esos porteadores son unos bribones muy peligrosos, así que debería darte vergüenza, decepcionarla así…

Chang mantenía la vista fija en su pie manchado de sangre, y asentía.

– Carecéis de disciplina, ése es vuestro problema -añadió el diablo azul.

Chang se imaginó propinándole un manotazo de tigre en la cara. ¿Le enseñaría eso bastante disciplina? Si hubiera querido matar al perro, lo habría hecho.

– Dong Po. -Él levantó la vista y vio aquellos ojos color ámbar-. Vete a casa de inmediato, desgraciado. No mereces confianza, y mañana recibirás tu castigo.

Lydia mantenía la barbilla muy alta, y por su manera de mirarlo por su gesto de altivo desdén, podría haber sido la gran emperatriz Tzu Hsi.

– Oficial -prosiguió-, le pido disculpas por el comportamiento de mi sirviente. Por favor, haga que vuelva a la verja, si es tan amable.

Dicho esto, emprendió el regreso por el sendero, con la misma parsimonia que si hubiera estado paseando bajo el sol, ajena al violento aguacero de verano que tenía lugar sobre sus cabezas. El sargento azul la seguía con el paraguas.

– ¡Señora! -gritó Chang, que tuvo que elevar la voz para hacerse oír sobre el rugido del viento.

Lydia se volvió.

– ¿Qué quieres?

– No necesario matar mosquito con cañón -dijo-. Por favor tener piedad. Decir dónde recibo castigo mañana.

Ella lo pensó un momento.

– Por tu insolencia añadida, será en el comedor de San Salvador para que se purifique tu alma malvada.

Y prosiguió su camino sin mirar atrás.

La muchacha-zorro era de verbo astuto.

Capítulo 9

– ¿Mamá?

Silencio.

De todos modos, Lydia estaba segura de que su madre estaba despierta. La habitación de la buhardilla seguía oscura como boca de lobo, y la calle tranquila, más fresca tras la tormenta. Bajo la cama de la joven se oían unos débiles arañazos, signo inequívoco de que un ratón, o una cucaracha, habían emprendido su habitual ronda nocturna, así que dobló las piernas y se las acercó a la barbilla, hecha un ovillo.

– ¿Mamá?

Llevaba horas oyendo a su madre agitarse y moverse en su pequeña celda blanca, y en una ocasión la había oído incluso sollozar.

– ¿Mamá? -insistió, rodeada de noche.

– Mmmm.

– Mamá, si tuvieras todo el dinero del mundo para comprarte lo que quisieras, ¿qué sería?

– Un gran piano -respondió ella sin vacilar, como si tuviera las palabras en la punta de la lengua.

– ¿Uno blanco, reluciente, como el que me contaste que tenían en el Hotel Americano de George Street?

– No. Uno negro. Erard.

– ¿Cómo el que tenías en San Petersburgo?

– Sí, igual.

– Tal vez aquí no cupiera.

Su madre se rió flojito, y el sonido llegó amortiguado por la cortina que dividía el desván.

– Si pudiera permitirme un Erard, querida, podría permitir un gran salón donde instalarlo. Un salón con alfombras de Tientsi tejidas a mano, con bellos candelabros de plata inglesa, y con flores en todas todas las mesas, que impregnarían el ambiente de tanto perfume que mi nariz se libraría por fin del hedor de la pobreza.

Sus palabras parecieron llenar todo el espacio, haciendo el aire casi irrespirable, de tan denso. El crujido que había seguido bajo la cama cesó. En el silencio, Lydia enterró la cara en la almohada

– ¿Y tú? -le preguntó Valentina después de una pausa tan prolongada que parecía que se hubiera quedado dormida.

– ¿Yo?

– Si tú. ¿Qué te comprarías?

Lydia cerró los ojos y lo imaginó.

– Un pasaporte.

– Claro. Debería haberlo adivinado. ¿Y adónde viajarías con ese pasaporte tuyo, mi niña?

– A Inglaterra, primero a Londres y después a un sitio que se llama Oxford, y que Polly dice que es tan hermoso que te dan ganas de llorar, y después… -su voz adquirió un tono grave, de ensoñación, como si ya se encontrara en otra parte- a América, a ver dónde hacen las películas, y a Dinamarca, para encontrar el sitio en que…

– Sueñas demasiado, dochenka. Es malo para ti.

Lydia abrió los ojos.

– Tú me has educado como si fuera inglesa, mamá, así que es lógico que quiera ir a Inglaterra. Pero esta noche una condesa rusa me ha dicho…

– ¿Quién?

– La condesa Serova. Me ha dicho que…

– ¡Bah! Esa mujer es una bruja mala. Al infierno con ella y con lo que te ha dicho. No quiero que vuelvas a hablar de ella. Ese mundo ya desapareció.

– No, mamá, escúchame. Me ha dicho que es una vergüenza no sepa hablar mi lengua materna.

– Tu lengua materna es el inglés, Lydia. Recuérdalo siempre.

– Rusia está acabada, muerta y enterrada. ¿Para qué te serviría aprender ruso? Para nada. Olvídalo. Yo ya lo he olvidado. Olvida que Rusia existió alguna vez. -Hizo una pausa-. Así serás más feliz.

Las palabras flotaron en la oscuridad, duras, apasionadas, y resonaron como martillos en el cerebro de Lydia, sumiendo en la fusión sus pensamientos. Una parte de ella deseaba enorgullecerse de ser rusa, lo mismo que la condesa Serova se enorgullecía de su cuna y su lengua materna. Pero, a la vez, anhelaba ser inglesa. Tan inglesa como Polly. Tener una madre que le preparara tortitas para merendar y que fuera a todas partes montada en una bicicleta inglesa, y que le regalara un cachorro para su cumpleaños y le hiciera rezar sus oraciones antes de acostarse, y bendijera al rey todas las noches. Una madre que diera sorbos de jerez, y no tragos de vodka.

Se llevó una mano a la boca para tapar cualquier sonido, pues temía que le saliera algún lamento.

– Lydia.

Lydia no tenía ni idea de cuánto había durado el silencio esa vez pero se puso a respirar profundamente, como si estuviera dormida.

– Lydia, ¿por qué has mentido? -Le dio un vuelco el corazón. ¿Mentir? ¿Cuándo? ¿A quién?-. No hagas como que no me oyes. Esta noche le has mentido al policía.

– No.

– Sí.

– No.

El ruido de muelles que provenía del otro extremo del cuarto le hizo temer que su madre se acercara a mirarla a la cara, pero no, sólo estaba revolviéndose, cambiando de posición, impaciente, en la oscuridad.

– No creas que no sé cuándo mientes, Lydia. Te tiras del pelo. De modo que dime, ¿en qué estás metida para inventarte toda esa historia que le has contado al comisario Lacock? ¿Qué intentas ocultar?

Lydia sintió náuseas, y no era la primera vez esa noche. Parecía como si la lengua se le hinchara por momentos y le llenara la boca. El reloj de la iglesia dio las tres, y se oyó un chillido que venía del fondo de la calle. ¿Un cerdo? ¿Un perro? Parecía más bien una persona. El viento había amainado, pero la quietud no le hacía sentirse mejor. Empezó una cuenta atrás a partir del diez, mentalmente, un truco que había aprendido para protegerse del pánico.

– ¿Qué historia? -preguntó al fin.

– Chyort! Sabes perfectamente de qué hablo. La historia esa de que has visto a un hombre misterioso en el ventanal, cuando estabas en el salón de lectura con el señor Willoughby esta noche dando a entender que ese extraño personaje podría ser el que robó el collar de rubíes del club.

– Ah, eso.

– Sí, eso. Un hombre corpulento, con barba, parche en el ojo, gorro de astracán y botas con dibujos. Eso es lo que tú has dicho.

– Sí -respondió ella en un tono más vacilante del que esperaba.

– ¿Por qué contar esas mentiras?

– Lo vi de verdad.

– Lydia Ivanova, que tus palabras caven huecos en tu lengua.

Lydia no dijo nada. Le ardían las mejillas.

– Lo detendrán, ¿sabes? -exclamó su madre con vehemencia.

– No. ¿Cómo iban a hacerlo?

– En tu descripción lo has señalado claramente como ruso. Registrarán todo este barrio hasta que encuentren a un hombre que encaje con esa descripción. Y entonces, ¿qué?

«Por favor, que no lo encuentren.»

– Ha sido una mentira muy arriesgada, Lydia. Poner en peligro a otras personas…

Pero Lydia seguía sin abrir la boca. Temía que las palabras la delataran.

– Sí, claro, enfádate si quieres. -La voz de Valentina expresaba un profundo enojo-. Dios mío, qué noche más horrible ha sido ésta. No ha habido concierto, por lo que no me han pagado, me ha registrado una enfermera insolente, y ahora mi hija, que no sólo arruina su precioso vestido saliendo al jardín en pleno aguacero, me insulta con sus mentiras y su silencio.

Lydia siguió sin hablar.

– Vamos, vamos, duérmete entonces, y espero que sueñes con tu fantasma barbudo. Tal vez te persiga con una forca para agradecerte tus mentiras.

Lydia se tendió en la cama y contempló la oscuridad, por miedo a cerrar los ojos.

– Hola, querida, te has levantado muy pronto esta mañana. Has venido a contarle a Polly todas las emociones que vivimos ayer noche, ¿verdad? Dios mío, menudo escándalo.

Anthea Mason parecía de lo más complacida ante la presencia de Lydia, como si no se le ocurriera ninguna manera mejor de empezar un domingo por la mañana que con la aparición de la amiga de su hija frente a su puerta antes del desayuno.

– Entra, ven a la terraza con nosotros.

Aquello no era exactamente lo que Lydia había planeado, porque tenía que hablar con Polly a solas, pero mejor eso que nada, de modo que sonrió, agradecida, y siguió a la señora Mason por la casa, una construcción espaciosa y moderna con suelos de madera de haya que siempre parecía inundada de luz, como si, no se sabía cómo, atrapara el sol, que danzaba sobre las paredes color crema y acariciaba el reluciente altavoz de latón del gramófono, que Lydia codiciaba con pasión. Allí el papel pintado no se despegaba nunca, ni había rincones mugrientos propicios para las cucarachas. Además, la casa de Polly siempre olía tan bien… A cera de abeja, a flores, y a algo que siempre se estaba horneando en la cocina. Ese domingo el aroma era a café y a panecillos recién hechos.

Al salir a la terraza, que daba a un césped moteado de sol, salpicado de rosas de té amarillas, constató que la imagen era idílica; sobre la mesa, cubierta con un mantel almidonado y blanco, se esparcían tazas de frágiles asas y ribetes dorados, y una cafetera de plata rodeada de unos cuencos a juego con azúcar, mantequilla, mermelada y miel. El señor Mason leía tranquilamente el periódico en un extremo de la mesa, en mangas de camisa y con las botas de montar puestas. Con una mano pasaba las páginas mientras con la otra sostenía una tostada, y Achules permanecía inmóvil en su regazo. Achules era un gato gordo, de pelo largo y gris, que emitía unos maullidos graves, como de sirena de barco.

– Hola, Lyd -la saludó Polly, sonriente, desde la otra punta de la mesa, tratando de disimular su sorpresa.

– Hola.

– Buenos días, Lydia-dijo el señor Mason-. Un poco pronto para las visitas, ¿no te parece? -inquirió en un tono que le había oído usar con el limpiabotas. No se atrevía a mirarlo, por lo que clavó la vista en el delicado platillo de cristal lleno de agua que se usaba para lavarse los dedos, sorprendida al ver que en él flotaba una rodaja de limón.

– Sí, señor.

– Entonces, ¿por qué estás aquí?

– Oh, Christopher, siempre nos alegra ver a Lydia, sea la hora que sea, ¿verdad, Polly? Siéntate y come algo, querida.

Pero Lydia habría preferido tragarse la lengua a tener que sentarse a la misma mesa que el hombre que la noche anterior había acosado a su madre. Tanto ella como Valentina habían evitado mencionar lo que ambas sabían que Lydia había visto, pero las imágenes seguían muy frescas en su mente.

– No, gracias -respondió cortésmente-, sólo quería hablar un momento con Polly, si es posible.

Mason se reclinó en el respaldo y dejó caer el periódico al suelo.

– Escúchame bien, jovencita -dijo-, lo que tengas que decirle a nuestra hija puedes decírselo delante de nosotros. En esta casa no tenemos secretos.

Aquello era una mentira descarada. Lydia parpadeó, y abrió la boca para emitir una réplica aguda, pero Polly la disuadió. Se puso en pie y sostuvo con la mano la servilleta que le cubría el regazo. Lydia sabía bien que procedía de Londres, de una tienda llamada Givan's, situada en New Bond Street, y que, según le había contado Polly con orgullo, la docena costaba veintinueve chelines con nueve peniques, y era del mejor damasco irlandés. Fuera lo que fuese.

– Papá, vamos a buscar a Toby y lo llevamos a correr al parque.

– Eso le encantará. Llévate su pelota, y no te olvides de ponerte el sombrero -terció Anthea Mason, mirando fijamente a su esposo, que apartó la cara y sonrió al gato que seguía tumbado en su regazo y le observaba atentamente con sus ojos amarillos.

– No tardes -dijo.

– No, vamos y volvemos -concedió Polly.

– La misa es a las once en punto. No quiero llegar tarde por tu culpa.

– No llegaremos tarde, te lo prometo.

Cuando pasó por su lado, el señor Mason alargó la mano y se la pasó por el pelo, pero a Lydia aquel gesto le pareció forzado, como si se tratara de algo que hubiera visto hacer a algún padre y hubiera decidido imitarlo. Polly se ruborizó, pero lo cierto era que en presencia de su padre siempre se veía nerviosa, y que jamás hablaba de el, ni siquiera en privado. Como Lydia no sabía nada de padres, había llegado a la conclusión de que se trataba de algo normal.

– Polly, necesito que me hagas un favor -dijo Lydia agarrando a su amiga del brazo.

– ¿Qué favor es?

– Es un gran favor.

Polly abrió mucho los ojos, y su azul se hizo más intenso.

– Ya me he imaginado que tenía que ser algo muy importante Para que vinieras tan pronto, estando mi padre en casa. ¿De qué se trata? Dímelo rápido -la instó, enrollándose la correa de Toby en la mano.

Estaban sentadas en un banco, al sol, lanzando pelotas al spaniel tibetano de Polly. Habían evitado el parque Victoria, porque en él no se permitía la entrada con perros (ni la colocación de carteles chinos), y habían optado por los Jardines Alexandra, en los que Toby podía correr a sus anchas, siempre que se mantuviera alejado de las flores de caña y del estanque de los peces, donde las ranas aguardaban, agazapadas sobre los nenúfares, y se lanzaban sobre su nariz insaciable.

– Bien… es que… verás… Oh, Polly, tengo que volver al club.

– ¿Cómo? ¿Al Club Ulysses?

– Sí.

– ¿Y por qué?

– Tengo que volver, eso es todo.

– Tu respuesta no me vale. -Polly trató de fruncir el ceño, aunque sin convicción. Nunca conseguía enfadarse con Lydia, aunque intentaba que ella no lo notara.

– A mí me parecía que, después de lo de anoche, no querrías volver a poner los pies en el club el resto de tu vida. Yo no querría, al menos. Que me cacheara una enfermera vieja y horrenda… -Un escalofrío recorrió todo su ser y alcanzó su cabellera rubia, suave-. Qué asco. -Se acercó más a Lydia, y la miró fijamente a los ojos-. ¿Y te registró… ya sabes… de manera muy íntima? -preguntó, conteniendo la respiración.

– Por Dios, sí.

Polly abrió mucho la boca, y ahogó un grito.

– Oh, Lydia, eso es horrible, pobrecita -añadió, abrazando a su amiga.

– ¿Y entonces?

– ¿Entonces qué?

– ¿Hablarás con tu padre por mí?

– Oh, Lydia, no puedo.

– Sí puedes, y lo sabes. Por favor, Polly.

– Pero ¿por qué quieres volver al club? Han registrado a todo el mundo, lo han revisado todo, y no han encontrado el collar robado. ¿Qué puedes hacer tú? -Miró a su alrededor unos instantes y bajó la voz-. ¿Es que viste algo? ¿Sabes quién se lo llevó?

– No, no, claro que no. Si lo supiera, se lo habría dicho a la policía.

– Entonces, ¿por qué quieres ir?

– Porque… porque… Bueno, está bien, te lo diré, pero debes prometerme que mantendrás el secreto.

Polly asintió, impaciente, cruzó dos dedos y se los besó.

– Te lo juro.

– ¿Te acuerdas del joven que me rescató en el callejón el viernes? ¿Con aquellas patadas de kung fu, y todo eso?

– Sí.

– Bien, pues ayer se presentó en el club.

– No.

– Sí.

– ¿Fue él quien robó el collar?

– No seas tonta -se apresuró a responder Lydia-, por supuesto que no. Vino especialmente para hablar conmigo sobre algo. Me dijo que era importante. Pero nos interrumpió la policía en cuanto se descubrió que el collar había desaparecido, de modo que me pidió que volviera hoy… Y la verdad es que estoy en deuda con él, y no sé dónde si no puedo encontrarlo.

Para horror de Lydia, se percató de pronto de que se estaba tirando de un mechón de pelo junto a la oreja derecha. Qué tonta. Su madre tenía razón. Lo soltó al momento, y miró a Polly de reojo para ver si su amiga se había dado cuenta. A continuación, se agachó y recogió la pelota de Toby.

– Hay algo que no entiendo -insistió su amiga. Lydia lanzó la pelota, y el perro salió disparado tras ella-. Dices que tu madre casi nunca te riñe, que te deja hacer todo lo que quieres. A mí me das mucha envidia, ya lo sabes. Ojalá yo tuviera la libertad que ella te permite. -Se volvió y observó, perpleja, a su amiga-. Entonces, ¿por qué tanto secretismo? ¿Es que no puede tu madre… o incluso ese amigo francés suyo, el del Morgan… es que no pueden colarte ellos?

Lydia odiaba tener que mentir a Polly, la única persona en el mundo con la que era sincera, pero tenía que regresar al club ese mismo día para recuperar los rubíes de su escondrijo del salón de lectura. Y Polly se le resistía.

Lydia se puso en pie e, impaciente, echó la cabeza hacia atrás.

– Ni mi madre ni Antoine son miembros del club, como sabes Jen. Pero si te da tanto miedo pedirle a tu padre que me permita el acceso, se lo pediré yo misma.

– Pero es que él querrá conocer el motivo.

– No importa, le diré que ayer perdí un broche, o algo así.

– Lo único que conseguirás será enojarlo, y te dirá que si no eres capaz de cuidar de algo, es que no lo merecías.

– Oh, Polly, qué cría eres -zanjó Lydia, antes de dar media vuelta y dirigirse a las verjas del parque.

Pero Polly se fue tras ella al momento, y Toby las siguió, correteando entre sus piernas.

– Por favor, Lyd, no te enfades.

– No estoy enfadada.

Pero sí lo estaba. Enfadada consigo misma. Se volvió a mirar a Polly, su encantador vestido azul, sus elegantes zapatos de piel legítima, sus ojos enormes, entrecerrados por la preocupación, y se odió a sí misma. No tenía ningún derecho a arrastrar por el lodo a aquella persona tan pulcra, tan inmaculada. Ella estaba tan acostumbrada a arrastrarse que se le olvidaba que a los demás podía resultarles desagradable. Se agarró de su brazo y le dedicó una sonrisa fugaz.

– Lo siento, Polly, a veces me altero demasiado.

– Eso es porque eres pelirroja.

Las dos se echaron a reír, y sintieron que su amistad volvía a su sitio.

– Está bien, se lo pediré a mi padre.

– Gracias.

– De todos modos, no servirá de nada.

– Inténtalo igualmente.

– Lo haré, a condición de que me cuentes más cosas de tu salvador chino cuando lo veas otra vez -dijo. Hizo una pausa, y ató el perro a la correa mientras le acariciaba las orejas-. ¿No crees que puede ser algo peligroso? -le preguntó, sin mirarle a la cara-. Quiero decir, que no sabes nada de él, ¿verdad?

– Sólo sé que evitó que terminara como esclava… o algo peor. -Se echó a reír-. No tengas miedo, tonta. Te prometo que te contaré todo lo que pase.

– Descríbemelo otra vez. ¿Cómo es?

– ¿Mi halcón volador?

– Sí.

Lydia se puso nerviosa. Por una parte deseaba conversar sobre su protector chino, dar voz a las imágenes que poblaban sus pensamientos, hablar sobre el arco elevado de sus cejas, que se alzaba como el ala de un pájaro, de su manera de ladear la cabeza cuando escuchaba, de robarte con los ojos las ideas que asomaban tras las palabras. Sentía en su pecho la impaciencia por volver a verlo, como una piedra que le quemara dentro, y no sabía por qué. Se dijo que lo único que quería era darle las gracias de nuevo, y ver si estaba herido. Nada más. Mera cortesía.

Pero no se le daba mejor mentirse a sí misma que engañar a Polly. Y lo cierto era que le asustaba, le asustaba aquella sensación repentina de perderse en un laberinto de senderos ignotos. Le asustaba y le excitaba. Algo revoloteaba en el fondo de su mente, y ella lo apartaba. Las barreras entre sus dos mundos eran muy altas, y sin embargo, no sabía cómo, se desvanecían cuando estaba junto a él. Polly no lo entendería.

No lo entendía ni ella, y no se atrevía a contarle a su amiga la verdad sobre lo que había sucedido la noche anterior.

– ¿Es guapo? -le preguntó Polly, esbozando una sonrisa.

– No me fijé mucho, la verdad -mintió Lydia-. Lleva el pelo muy corto, y tiene los ojos… no sé cómo decirlo, son como… -«penetran bajo mi piel y ven más allá de ella»-; te miran con fijeza -concluyó pobremente.

– ¿Y es fuerte?

– Se movía deprisa mientras luchaba, como un… como un halcón.

– ¿Y tiene también nariz de halcón?

– No, claro que no. Tiene la nariz muy recta, y cuando no habla su rostro queda tan inmóvil que parece de porcelana fina. Y tiene las manos largas, y unos dedos que…

– Y eso que dices que no te fijaste mucho.

Lydia se ruborizó sin remedio, y no terminó la frase.

– Vamos -dijo, y salió corriendo en dirección a la entrada de los jardines-. Vamos a hablar con tu padre.

– Está bien, pero te advierto que dirá que no.

Christopher Mason dijo que no. Y sin dejar lugar a dudas. Mientras depositaba un montoncito de puré de patata en un plato, en el comedor de San Salvador, volvió a ruborizarse al recordar las Palabras que aquel hombre había usado para emitir su respuesta, habría querido cerrarle la boca a aquel ser engreído mencionando, como de pasada, que le había visto encaramado a los pechos de su madre la noche anterior, usar aquel conocimiento para abrirse puertas, pero ¿cómo iba a hacerlo? Pensaba en la amabilidad constante de Anthea Mason, en los ojos sinceros y azules de Polly, y no podía. No podía. De modo que no dijo nada, y salió de allí corriendo. Pero ahora estaba desesperada.

Sirvió otra cucharada de puré en el plato que se le puso delante. Ni siquiera se fijó en el rostro fatigado que había del otro lado, ni en el del siguiente, pues estaba demasiado ocupada buscando entre la cola de gente, buscando unos hombros anchos, unos ojos negros, brillantes, unas cejas que eran como alas.

– Presta atención, Lydia -dijo la señora Yeoman con voz alegre, a su lado-, te estás excediendo un poco con esos tubérculos, querida, y aunque Nuestro Señor logró repartir cinco panes y tres peces entre cinco mil, a nosotros la multiplicación no se nos da tan bien. No me gustaría quedarme sin existencias antes de tiempo.

La risa alegre de su acompañante modificó las arrugas de su rostro, y le hizo parecer de pronto más joven, a pesar de sus sesenta y nueve años. Exhibía la piel apergaminada de los blancos que pasan la mayor parte de su vida en los trópicos, y aunque en sus ojos apenas quedaba ya color, siempre sonreían. Ahora, permanecieron un instante más fijos en Lydia, y ésta le dio una palmadita en el brazo antes de retomar la tarea de distribuir cuencos de gachas de arroz a la cola incesante de rostros famélicos. A Constance Yeoman no le importaba ni su color de piel ni su credo: todos eran iguales, y todos eran amados por el Señor, de modo que lo que valía para Él valía también para ella.

Lydia llevaba casi un año acudiendo todos los domingos por la mañana al comedor de San Salvador. Se trataba de una especie de granero espacioso en el que incluso los susurros resonaban en el techo alto, rematado con vigas, y en el que gran cantidad de mesas montadas sobre caballetes se alineaban frente a dos cocinas humeantes. El señor Yeoman había subido un día a su casa desde el piso que quedaba debajo del de la señora Zarya y le había sugerido, con su habitual ímpetu misionero, que tal vez le gustara ayudarles de vez en cuando. Valentina, cómo no, declinó la oferta, y comentó algo sobre aquello de que la caridad empieza en casa. Pero, más tarde, Lydia había bajado la escalera de puntillas, había llamado a la puerta, sintió el olor a friegas de alcanfor y a violetas de Parma que ocupaba sus habitaciones con la misma fuerza que los himnos, la imagen triste de Jesús en la puerta, representado con una lámpara en la mano y la corona de espinas en la cabeza, y les ofreció sus servicios en la cocina de caridad. Se le había ocurrido que, al menos, de ese modo, comería caliente una vez por semana.

Tal vez Sebastian Yeoman y su esposa, Constance, estuvieran jubilados de la iglesia, pero trabajaban más que nunca. Pedían limosna para los pobres y pedían dinero prestado, un dinero que les llegaba de los bolsillos más insospechados y que servía para mantener llenas las calderas humeantes del gran comedor que se alzaba tras la iglesia de San Salvador, y que todos los domingos abría sus puertas a pobres, enfermos e incluso criminales que acudían en busca de alimento, de una sonrisa amable y de unas palabras de aliento, que se les ofrecían en una asombrosa variedad de lenguas y dialectos. Para Lydia, los Yeoman eran la versión real de la lámpara de Jesús: una luz brillante en medio de un mundo tenebroso.

– Gracias, señorita. Xie, xie. Usted amable.

Sólo entonces Lydia se fijó mejor en la joven china que tenía delante: era todo huesos, tenía el pelo apelmazado, y en la cadera, en una especie de columpio raro, llevaba a un recién nacido, mientras dos niños más crecidos se pegaban a ella. Todos iban vestidos con harapos malolientes, y tenían la piel tan gris y cuarteada como el polvoriento suelo. La madre poseía el rostro ancho pero demacrado, y los dedos gruesos, marrones, de campesina, de una campesina expulsada de su granja por el hambre y los ejércitos de saqueadores que diezmaban la tierra más que las plagas de langostas. Lydia ya había contemplado aquellos rostros muchas veces, tantas que se le aparecían como calaveras en sueños y la despertaban en plena noche. Por eso había dejado de observarlos.

Tras percatarse de que los Yeoman estaban demasiado ocupados con el estofado y las patatas como para darse cuenta, añadió una cucharada más al cuenco de madera de la mujer. Ésta no dijo nada, pero sus lágrimas calladas le hicieron sentirse peor.

Y entonces lo vio. Separado de los demás, criatura fibrosa y vibrante en medio de aquel edificio de muerte y desesperación. Él era demasiado orgulloso para mendigar.

Cuando salió, y tal como ella sospechaba, él estaba esperándola. A pesar de encontrarse de pie, dándole la espalda, junto al pequeño cementerio que había tras la iglesia, pareció notar el momento en que apareció, porque le habló sin volver la cabeza. ¿Cómo encuentran vuestros muertos el camino a casa?

– ¿Qué?

Entonces sí dio media vuelta y, tras esbozar una sonrisa breve, le hizo una reverencia. Tan educado… Tan correcto… Lydia sintió una punzada de decepción: notaba que el joven mantenía una distancia entre los dos que en las ocasiones anteriores no había existido, y que se mantenía serio, como si ella fuera una desconocida a la que hubiera conocido en la calle. Y, sin duda, era algo más que eso, ¿no?

Lydia levantó la barbilla y le dedicó la sonrisa fría con que el señor Theo castigaba a Polly cuando quería ser sarcástico.

– Has venido -le dijo y, como sin darle importancia, se concentró en el campanario de San Salvador.

– Por supuesto que he venido.

Algo en aquella voz la llevó a fijarse en él que, por su parte, se acercó más, aunque con tanto sigilo que no se oyeron sus pasos. Pero sí, ahí estaba, tan cerca que podría haberlo tocado. Y sus ojos alargados, negros, le hablaban, a pesar del silencio de su boca. Había ladeado ligeramente el rostro, pero seguía observándola fijamente. Ella le sonrió de nuevo, pero esa vez con una sonrisa franca, y vio que él parpadeaba con la lentitud con que los gatos cierran los ojos cuando la luz del sol les resulta excesiva.

– ¿Cómo estás? -le preguntó.

– Estoy bien.

Pero su mirada decía lo contrario, y como si se encontrara al borde de un acantilado, pareció tensar los músculos bajo la túnica negra. Parecía a punto de saltar, pero entonces suspiró de un modo peculiar, y con apenas una sonrisa tímida, fugaz, volvió la cabeza.

Era la primera vez que ella le veía el perfil derecho.

– ¡La cara…! -exclamó, antes de detenerse. Sabía que los chinos consideraban de mala educación los comentarios personales-. ¿Te duele?

– No -respondió.

Pero debía de estar mintiendo. Tenía aquella mitad del rostro abierta, hinchada. Un cardenal negro, al que asomaban restos de sangre seca, le recorría el espacio que separaba la frente de la oreja. Al verlo, Lydia se puso furiosa.

– Ese policía -dijo, colérica-. Lo denunciaré por…

– ¿Cumplir con su deber? -replicó él muy serio-. Creo que no sería una decisión demasiado sensata.

– Pero tienen que curarte eso -insistió Lydia-. Iré a buscar a la señora Yeoman, ella sabrá qué hay que hacer. -Hizo ademán de regresar al comedor, impaciente por conseguir ayuda.

– No, por favor -dijo él con voz amable pero firme.

Ella se detuvo en seco y lo miró, observó con fijeza aquella figura que conocía pero que a la vez no conocía. Él seguía allí, inmóvil, con algo en la mano. ¿Qué? ¿Qué más le ocultaba? En su quietud se mostraba tan elegante como en los movimientos que había ejecutado en el callejón. Los hombros eran musculosos, pero las caderas le parecieron más estrechas que las suyas. Cubrían sus pies unos horribles zapatos de goma.

Ni antes, en el comedor, ni cuando la saludó, se había fijado en el perfil herido de su rostro, y ahora caía en la cuenta de que era porque se lo había mantenido oculto. Tal vez temiera su reacción. Tal vez creyera que se trataba de una muestra de debilidad por su parte, de una incapacidad para cuidar de sí mismo. Lydia meneó la cabeza, consciente de que estaba entrando en un mundo raro y delicado, un mundo que le resultaba tan ajeno como su lengua. Y debía avanzar con pies de plomo. Asintió, acatando sus deseos, y volvió la cara hacia las lápidas, pulcras y adornadas con claveles rojos dispuestos en unos jarrones pequeños. Ese mundo sí lo entendía.

– Sus espíritus van directamente al cielo -dijo, señalando los rectángulos de hierba-. No importa dónde mueran, si son cristianos, pero si son malos van al infierno. O eso es lo que nos dicen los sacerdotes. -Volvió la cabeza para observarlo y descubrió que, en lugar de fijarse en las tumbas, tenía la vista clavada en ella. Lydia le sostuvo la mirada y añadió-: De modo que yo, claro está, me iré derecha al infierno.

Y soltó una carcajada.

El joven pareció escandalizado, pero al cabo de un instante esbozó su sonrisa tímida.

– Creo que te burlas de mí.

Oh, no, la había malinterpretado de nuevo. ¿Cómo se habla con alguien tan distinto? En todos los años que llevaba en Junchow, los únicos chinos con los que había hablado eran dependientes de tiendas y criados, pero conversaciones como «¿Cuánto vale?» y «Una libra de habas de soja» no contaban. Sus tratos con el señor Liu, el encargado de la casa de empeños, eran lo que más se acercaba a una comunicación real con un nativo chino, e incluso estaba salpicada de peligro. Debía volver a empezar. Con gran formalidad, juntando las manos y bajando la mirada, le hizo una reverencia.

– No me burlo de ti. Deseo darte las gracias. Tú me salvaste en el callejón, y te estoy agradecida. Te debo mi agradecimiento.

Él no se movió, ni un solo músculo de su cuerpo, de su rostro, cambió de sitio, pero algo, en lo más profundo de su ser, sí se modificó, y ella se dio cuenta, aunque sin saber exactamente de qué se trataba. Con todo, notó como si un espacio cerrado se hubiera abierto, y sintió una calidez que emanaba de él, y que la pilló por sorpresa.

– No -respondió él, mirándola fijamente a los ojos-. No me debes agradecimiento. -Dio un paso en dirección a ella, y se acercó tanto que Lydia distinguió unas manchas diminutas, rojizas, en sus ojos-. Te habrían cortado el cuello cuando hubieran terminado contigo. Lo que me debes es la vida.

– Mi vida es mía, y sólo me pertenece a mí.

– Y yo te debo la mía. Sin ti, ya estaría muerto. Tendría una bala en la cabeza si no hubieras salido la otra noche a rescatarme. -Le hizo otra reverencia, más pronunciada esta vez-. Te debo mi vida.

– En ese caso, estamos en paz. -Lydia se echó a reír, aunque insegura, pues no sabía lo serio que era todo aquello-. Una vida a cambio de otra vida.

El joven la miró, pero ella no fue capaz de interpretar la emoción que expresaban sus ojos, inmóvil, oscura. No dijo nada, y Lydia empezaba a pensar que tal vez no lo hubiera entendido todo, idea que creyó confirmar cuando él le preguntó:

– ¿Tiene tu señora Yeoman aguja e hilo?

– Supongo que sí. ¿Quieres que vaya a buscarlos?

– Sí, por favor, si eres tan amable.

Ella se fijó en su ropa, en la túnica con el cuello de pico, en los pantalones anchos, pero no vio ningún agujero en ella, de modo que tal vez lo quisiera para llevar a cabo algún ritual de hermandad de sangre, para coser sus vidas. La idea hizo que un calor intenso le recorriera la espalda, y por primera vez desde que el Comisionado Lacock en persona la condujo a la sala de conciertos la noche anterior, el nudo que le oprimía los pulmones se aflojó, y respiró con alivio.

Capítulo 10

– Me llamo Lydia Ivanova.

Le tendió la mano, y él supo al instante lo que esperaba de él, pues se lo había visto hacer a ellos, a los extranjeros. Una costumbre muy desagradable. Ningún chino que se preciara sería tan maleducado como para tocar a otro, y menos a un desconocido. ¿Quién habría deseado sostener una mano que podía acabar de degollar un cerdo, o de acariciar las partes íntimas de una esposa? Aquellos bárbaros eran unas criaturas muy sucias.

Con todo, la visión de aquella mano pequeña, pálida como un lirio, expectante, le resultaba curiosamente tentadora. Quería tocarla, conocer su tacto. Se dieron la mano.

– Y yo me llamo Chang An Lo.

Fue como estrechar un pájaro en la mano, un pájaro tibio, suave. De un solo apretón podría haberle aplastado aquellos huesos frágiles. Pero no quería. Sintió una necesidad poco frecuente de proteger en su mano aquella criaturita salvaje que agitaba las alas. Ella retiró la suya con la misma naturalidad con que se la había ofrecido, y miró a su alrededor. Se habían alejado del asentamiento, habían caminado por la zona trasera del sector americano y habían tomado un camino de tierra que conducía a la Quebrada del Lagarto, un saliente pequeño y boscoso que quedaba al oeste de la nielad. Allí, el sol matinal se demoraba en la superficie del agua, y las hayas proporcionaban una sombra moteada a las rocas grisáceas, lisas. Los lagartos correteaban sobre ellas, brillando como hojas mecidas por la brisa. Más allá de la quebrada, la tierra se extendía, llana y húmeda tras las lluvias de la noche anterior, hasta las montañas lejanas que se alzaban al norte, y que, azules, resplandecían al sol del verano, aunque Chang sabía que, en algún lugar profundo, en el interior del tigre agazapado, se ocultaba un corazón rojo que cada día latía con más fuerza, y que muy pronto inundaría el país con su sangre.

– Este lugar es hermoso -dijo la muchacha-zorro-. No tenía ni idea de que existiera.

Lo dijo sonriendo. Se notaba que estaba contenta, y aquella alegría le llenaba a él el pecho de una emoción extraña. La observaba hundir una mano en la lenta corriente del arroyo, reírse al contemplar a un gorrión sobrevolar el agua. Los insectos zumbaban, y dos cigarras cantaban entre los juncos.

– Yo vengo aquí porque el agua está limpia -le explicó él-. Mira qué clara se ve, oye cómo vive, cómo canta. Fíjate en ese pez. -Un centelleo de plata, y el pez desapareció-. Pero cuando esta agua se une al gran río Peiho, los espíritus la abandonan.

– ¿Por qué? -preguntó ella, desconcertada. ¿Sabía en verdad tan pocas cosas?

– Porque se llena del aceite negro de las bombarderas extranjeras, y de los venenos de sus fábricas. Los espíritus morirían en la mugre marrón del Peiho.

Ella le miró, pero no dijo nada. Se sentó sobre una roca y lanzó una piedra al agua. Estiró las piernas, desnudas, delgadas, en dirección al arroyo, y él se dio cuenta de que la suela de uno de sus zapatos estaba agujereada. Por desgracia para él, llevaba el pelo indómito oculto bajo el sombrero de paja. El sombrero se veía viejo, gastado, como los zapatos, pero el pelo siempre parecía nuevo, y habría querido ver de nuevo las llamaradas que surgían de él. En aquel preciso instante, ella observaba un pajarillo que, a sus pies, tiraba de la hoja de una rama muerta.

– Hablas muy bien mi idioma, ¿sabes?

Lo dijo en voz muy baja, aunque él no supo si lo hacía para no asustar al pájaro o porque, de pronto, se sentía incómoda allí, a solas con un hombre, en un lugar tan aislado. Había demostrado valor al seguirlo hasta allí. Ninguna joven china se habría arriesgado de ese modo. Habrían preferido arrojar sus tortugas a las cobras. Pero no, no le parecía nerviosa en absoluto. Sus ojos brillaban, expectantes.

Chang se acercó al borde del agua, sin acercarse demasiado a ella, pues no quería alarmarla, y se acuclilló sobre la hierba, que todavía estaba mojada.

– Me honra que pienses que mi inglés es aceptable -respondió. Mientras ella seguía atenta a las evoluciones del pájaro marrón, él se quitó el zapato de goma del pie derecho. El dolor le ascendió hasta el cráneo. Empezó a quitarse la venda, empapada en sangre, que le mantenía cerrada la carne del pie-. Tuve un tutor inglés durante años -añadió-. Cuando era joven. Me enseñó bien. -El olor pútrido de la venda le llegó a la nariz-. Y mi tío fue a la universidad en Harvard. Eso está en América. Siempre me insistía en que el inglés es la lengua del futuro, y se negaba a hablarme en otra lengua.

– ¿En serio? Igual que mi madre. Ella habla no sé cuántas lenguas.

– ¿Excepto mandarín?

Lydia se echó a reír, un sonido vibrante que, con sus ondulaciones hizo que el pájaro saliera volando a refugiarse en un árbol. Para Chang, aquella risa se fundió con el canto del río, y alivió el dolor que sentía en el pie.

– Mi madre siempre me dice que el inglés es la única lengua que merece la pena…

Se detuvo y lanzó un grito ahogado.

Chang volvió la cabeza y descubrió que ella, boquiabierta, no le quitaba la vista del pie. Al ver que la miraba, ella alzó los ojos, y durante un largo rato permanecieron así, sosteniéndose la mirada. Fue él quien, al fin, retiró la suya. Cuando levantó el pie de los harapos sucios y lo hundió en el agua del río, ella no dijo nada, se limitó a observarlo en silencio. Él empezó a frotarse las heridas con las manos, debajo del agua, extrayendo de ellas la ponzoña, inoculándoles vida. Algunos coágulos de sangre seca ascendían a la superficie, y al momento eran devoradas por bocas hambrientas que surgían de las zonas más profundas. Un flujo continuo de sangre brillante atrajo un banco veloz de pececillos que destacaban, verdes contra las piedras amarillentas del fondo. El agua era fresca, y su pie parecía beber de su frescura.

Chang oyó un ruido, se giró y la descubrió arrodillándose a su lado, sobre la hierba, el rostro muy blanco bajo el ala del sombrero. Sostenía en la mano la aguja y el hilo. Su proximidad hizo que el aire que los separaba revoloteara como una paloma con las alas extendidas, y le acariciara la mejilla. Deseó rozar su piel europea, cremosa, con las yemas de los dedos.

– Te harán falta -le dijo ella, alargándoselos

Él asintió pero, al acercar la mano para recogerlos, ella se alejó y negó con la cabeza.

– ¿No sería mejor que lo hiciera yo?

Él volvió a asentir, y se dio cuenta de que Lydia tragaba saliva. Su cuello, pálido, pareció temblar en un espasmo, y luego quedó quieto.

– Tiene que verte un médico.

– Los médicos cuestan dinero.

Lydia no dijo nada. Se quitó el sombrero, dejando suelto el espíritu maravilloso e indómito de sus cabellos, igual que él había hecho cuando liberó al zorro de la trampa. Se inclinó sobre el pie. Sin tocarlo, sólo mirándolo. Él oía su respiración, sentir que con ella le rozaba los bordes de su carne dañada, como el beso del dios río.

Vació la mente del ardiente dolor, y la llenó de la visión de la curva suave de su frente despejada, del brillo cobrizo de un mechón de aquel pelo, que se curvaba sobre la piel blanca del cuello. La perfección. No había dolor. Cerró los ojos y ella empezó a coser. ¿Cómo podía decirle que amaba su valentía?

– Eso está mejor -dijo ella, y él oyó el alivio en su voz.

Ella se había quitado la enagua, deprisa y con decisión, la había cortado en tiras, ayudándose del cuchillo de Chang, y le vendó el pie de tal manera que no le había cabido en el zapato. Sin preguntarle nada, cortó también los dos lados del calzado de goma, y se lo ató sobre el vendaje con otros dos pedazos de tela. El resultado era limpio, profesional. El dolor seguía ahí, pero al menos la hemorragia se había interrumpido.

– Gracias -susurró él, acompañando sus palabras de una leve inclinación de cabeza.

– Te harían falta polvos de sulfuro, o algo así. He visto que la señora Yeoman los usa para secar llagas. Podría pedirle que te…

– No, no es necesario. Sé de alguien que tiene hierbas. Gracias otra vez.

Lydia volvió el rostro y hundió las manos en el agua, con los dedos extendidos. Observaba sus movimientos como si pertenecieran a otra persona, como si estuviera sorprendida de lo que habían hecho ese día.

– No me las des -respondió al fin-. Si nos pasamos la vida salvándonos el uno al otro, eso quiere decir que somos responsables el uno del otro, ¿no te parece?

Chang estaba asombrado: le había quitado las palabras de la boca. ¿Cómo podía saber una bárbara algo así, algo tan chino? ¿Saber que aquél era el motivo por el que la había seguido, la había vigilado? Porque él ya era responsable de ella. ¿Cómo podía saberlo aquella muchacha? ¿Qué clase de mente poseía que le permitía ver con tal claridad?

Sintió que ella se alejaba de su lado cuando se puso en pie, se quitó las sandalias y metió los pies en las aguas poco profundas. Un pato de cuello dorado que dormía entre los juncos se sobresaltó y salió nadando deprisa, como si le persiguiera un armiño, pero ella apenas se percató, y siguió echándose agua sobre el dobladillo del vestido. Se trataba de un atuendo ancho, lavado en demasiadas ocasiones.

Hasta ese momento Chang no se fijó en que se le había manchado de sangre. De su sangre, que se había fundido con los hilos de su ropa, con su propio ser. Él, por su parte, también se había fundido con ella.

Lydia seguía en silencio. Preocupada. La observó allí de pie, junto al arroyo, la piel moteada de las estrellas de plata que el agua reflejaba, el sol en el pelo, vivificándolo, abrasándolo. Mantenía los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo, y él se preguntaba qué podía ser. Un rostro con forma de corazón, unas cejas perfectamente arqueadas, y aquellos ojos grandes, ambarinos, ojos de tigre… Se le clavaban dentro y le sacaban el corazón. Era un rostro que ningún chino habría hallado atractivo, de nariz demasiado larga, de boca demasiado grande, de barbilla demasiado prominente. Y sin embargo su mirada se trasladaba hasta el una y otra vez, y daba placer a sus ojos de un modo que no comprendía, pero que le llenaba el corazón de alegría. Y eso que, en aquel rostro, él veía secretos, y los secretos creaban sombras. Así, su rostro estaba lleno de sombras pálidas, asfixiadas.

Chang se echó sobre la hierba tibia, apoyándose en los codos.

– Lydia Ivanova -dijo en voz baja-. ¿Qué es lo que tanto te preocupa?

Lydia alzó la mirada, la clavó en su mirada, y en ese instante, cuando sus ojos se encontraron, él sintió que algo tangible se forjaba entre ellos. Un hilo. Un hilo de plata, brillante, tejido por los dioses. Brillaba entre ellos tan esquivo como una onda del río, y a la vez era tan fuerte como los cables de acero que sostenían el nuevo puente sobre el Peiho.

Levantó una mano y la tendió hacia ella, como si con ese gesto pudiera atraerla hacia sí.

– Dime, Lydia, ¿qué es lo que tanto te pesa en el corazón?

Ella se incorporó, todavía en el agua y soltó el dobladillo del vestido, que flotó alrededor de sus piernas, como una red de pesca. Y Chang fue testigo de que a sus ojos asomaba una decisión.

– Chang An Lo -le dijo-. Necesito tu ayuda.

La brisa soplaba desde el río Peiho, trayendo consigo un hedor a tripas de pescado podridas. Provenía de los cientos de sampanes que atestaban las precarias pasarelas y pantalanes que asfixiaban sus orillas, pero Chang ya estaba acostumbrado a él, y casi no lo notaba, como tampoco notaba el insoportable olor de las pieles de vaca de las curtidurías instaladas en los almacenes que rodeaban el puerto.

Avanzaba deprisa, sin pensar en los cuchillos que sentía clavados en el pie, y se deslizaba por entre el mundo ruidoso, estridente y bullanguero de la orilla, en la que grupos de mendigos y barqueros tenían su hogar. Los sampanes cabeceaban y se rozaban, con sus tejadillos de ratán y sus pasarelas oscilantes, mientras los cormoranes se apostaban, maltrechos y famélicos, sobre las proas de las barcas de pesca. Chang sabía que no debía demorarse. Allí no. Un filo entre las costillas, y otro cuerpo que añadir a la mugre que todos los días terminaba en el Peiho… No era nada insólito, y todo por un par de zapatos.

Allí donde el gran Peiho era más ancho que cuarenta campos, las lanchas bombarderas británicas y francesas navegaban en círculos, sus banderas rojas y azules ondeando en señal de advertencia. Al verlas, Chang escupió en el suelo y pisoteó su propia saliva, para que se hundiera en el barro. Se fijó también en que seis grandes vapores habían atracado en el puerto, y en que unos porteadores medio desnudos subían y bajaban de las pasarelas, doblando la espalda bajo cargas que habrían deslomado a un buey. Se mantuvo alejado del capataz que, con una vara negra y gruesa en la mano, se paseaba profiriendo maldiciones, pero por todas partes gritaban hombres, sonaban campanas, rugían motores y mugían camellos, y en todo momento, en medio de aquel caos, los rickshaws hormigueaban por todas partes, como insectos que se posaran sobre cualquier cosa.

Chang seguía adelante. Dejó atrás los muelles, dobló por un callejón en el que, sobre el polvo, entrevió una mano seccionada. Rajó hasta los almacenes, inmensas construcciones custodiadas por más diablos azules. Con todo, tras ellos había ido surgiendo una hilera de barracas que se apoyaban en su fachada. Más que barracas, se trataba de pocilgas, pues llegaban apenas a la altura de la cintura, y estaban construidas con maderas podridas. Parecía que el batir de las alas de una polilla podría haberlas echado abajo. Se acercó a la tercera de ellas. Su puerta no era más que una lona engrasada, y la retiró con la mano.

– Te saludo, Tan Wah -susurró.

– Que las serpientes del río te muerdan esa lengua miserable -replicó secamente su interlocutor-. Me has robado a mis dulces doncellas, de piel más suave que la miel para mis labios. Seas quien seas, yo te maldigo.

– Abre los ojos, Tan Wah, y abandona ya tus ensoñaciones. Únete a mí en este mundo en el que el sabor a miel es un gran placer para el hombre, y la sonrisa de una doncella se encuentra a un millón de lis [2] de distancia de este montón de estiércol.

– Chang An Lo, hijo menor del lobo. Amigo mío, perdona el veneno de mis palabras. Le pido a los dioses que retiren mi maldición, y te invito a entrar en mi hermoso palacio.

Chang se acuclilló, se metió como pudo en el interior de aquella guarida maloliente y se sentó, con las piernas cruzadas, sobre una estera de bambú que parecía mordida por las ratas. A pesar de la escasa iluminación, distinguió a una figura envuelta en varias capas de papel de periódico, sobre el suelo húmedo, de tierra, con la cabeza apoyada en un viejo asiento de coche, que hacía las veces de almohada.

– Acepta mis humildes disculpas por perturbar tus sueños, Tan Wah, pero he venido a que me informes de algo.

El hombre envuelto en su capullo de periódicos hacía esfuerzos por sentarse. Chang veía que era poco más que un manojo de huesos, que su piel había adquirido el tono amarillo que delataba su adicción al opio. Junto a él, la pipa de barro, de larga embocadura, que era la fuente del olor repugnante que impregnaba aquella choza mal aireada.

– La información cuesta dinero, amigo -respondió con los ojos entrecerrados-. Lo siento, pero es así.

– ¿Y quién tiene dinero hoy en día? -replicó Chang-. A cambio, te he traído esto. -Colocó un salmón grande en el suelo, entre los dos, las escamas brillantes como un arco iris en medio de aquella perrera inmunda-. Se ha acercado nadando hasta mis brazos, esta misma mañana en el arroyo, cuando ha sabido que venía a verte.

Tan Wah no lo tocó, pero las finas ranuras de sus ojos ya calculaban su peso en pasta negra, la pasta negra que traerían hasta su casa la luna y las estrellas.

– Pregunta lo que quieras, Chang An Lo, y yo patearé a mi cerebro inútil hasta que me diga lo que tú deseas saber.

– Tú tienes un primo que trabaja en ese gran club de los fanquis.

– ¿En el Ulysses?

– Sí, en ése.

– Sí, mi primo tonto, Yuen Dun, un cachorro que aún tiene los dientes de leche, pero que sin embargo engorda con los dólares de los extranjeros, mientras que yo… -Cerró los ojos y la boca.

– Amigo, si te comieras el pescado en vez de venderlo a cambio de tus sueños, tal vez también engordaras.

El hombre no dijo nada, se tendió en el suelo, recogió la pipa y la acunó en su pecho, como si de un recién nacido se tratara.

– Dime, Tan Wah, ¿dónde vive ese primo tonto que tienes?

Se hizo el silencio, roto sólo por el rumor de unos dedos que acariciaban la pipa de barro. Chang aguardaba, paciente.

– En la Calle de Cinco Ranas -musitó-. Junto al mercado de cuerdas.

– Mil gracias por tus palabras. Que conserves la salud, Tan Wah. -Con un ágil movimiento, se puso en pie dispuesto a irse-. Mil muertes -dijo, esbozando una sonrisa.

– Mil muertes -respondió su interlocutor.

– Al general de Nanking que bebe meados.

Del montón de periódicos surgió un sonido que parecía una risita ahogada, un gruñido.

– Y a los diablos azules del puerto, a esos malditos burros.

– Conserva la vida, amigo, China necesita a su gente.

Pero, cuando Chang corría la lona, Tan Wah le susurró con apremio:

– Te pisan los talones, Chang An Lo. No te confíes.

– Ya lo sé.

– No es buena idea ofender a la Hermandad de la Serpiente Negra. Y al verte la cara me ha parecido que se la habías arrojado a los chow-chows para que se la comieran. He oído que rescataste a una niña de sus garras, y que arrebataste la vida de uno de sus guardianes.

– Le golpeé en las costillas. Nada más.

En el aire denso se oyó un suspiro.

– Necio. ¿Por qué arriesgar tanto por una miserable babosa, por una muchacha blanca?

Chang salió de la guarida y soltó la lona.

Dejó que fuera su cuchillo quien expusiera sus razones, y lo apretó con fuerza contra el cuello del joven.

– La chapa -exigió Chang.

– Está en mi… en mi cinturón.

El rostro del muchacho, aterrorizado, adquiría por momentos un tono grisáceo. Ya se había orinado encima cuando lo arrastró hasta el callejón oscuro. Al quitarle la chapa identificativa, Chang notó que, en efecto, no pasaba hambre, que su piel brillaba como la de una concubina bien alimentada.

– ¿En qué parte del club trabajas?

– En las cocinas.

– Ah, de modo que robas comida para tu familia.

– No, no. Nunca.

El cuchillo se acercó más al cuello, y una gota de sangre se mezcló con el sudor del muchacho.

– Sí -gritó-, sí, lo admito, a veces lo hago.

– En ese caso, cara de perro, la próxima vez llévale algo a tu primo Tan Wah, o su espíritu vendrá a alimentarse de tu barriga gorda, y se alojará en tu hígado, del que te sacará toda la grasa, hasta que te mueras.

El muchacho empezó a temblar, y cuando Chang lo soltó, vomitó sobre sus caras botas de cuero.

Capítulo 11

– Mira, Theo, ese ruso de ayer noche fue un imprudente dejándolo en el bolsillo de ese modo.

– ¿El collar?

– Sí.

Theo Willoughby y Alfred Parker jugaban al ajedrez en la terraza del Club Ulysses. El director habría preferido las cartas, una partida rápida de póquer, pero era domingo, y Alfred era muy estricto con esas cosas. Nada de jugar en el sabbat. A Theo le parecía absurdo. ¿Por qué no se podían llevar sombrillas los sábados, ni mondarse los dientes con palillos? No tenía sentido. Movió el alfil y se llevó uno de los peones del triángulo defensivo de Alfred.

Éste frunció el ceño. Se quitó las gafas y, meticuloso, se las limpió con un pañuelo blanco, almidonado. Poseía un rostro redondo, bonachón, unos ojos castaños de mirada intensa. Se trataba de un tipo íntegro, que se tomaba su tiempo ante las cosas, algo sorprendente, tratándose de un periodista. Pero había cierta tensión alrededor de la boca, lo que siempre llevaba a Theo a sospechar que su amigo se hallaba al borde del pánico. Tal vez China no era lo que esperaba. Sobre ellos, un cielo azul, fiero, chupaba la energía a la jornada. Incluso las hojas etéreas de la glicina parecían colgar indolentes, fatigadas, pero en la pista de tenis dos mujeres jóvenes ataviadas con sus deliciosos uniformes blancos perseguían una pelota. Theo las observaba de vez en cuando, con discreto interés.

– Le está bien -dijo-. Me refiero al ruso. La verdad es que no me importa lo más mínimo. Ya sé que el viejo Lacock y sir Edward están furiosos por que algo así haya pasado delante de sus narices, pero, la verdad… -Se encogió de hombros y encendió un cigarrillo-. Tengo otras cosas en las que pensar.

Parker alzó los ojos del tablero, observó a su contrincante y asintió, antes de mover el caballo.

– Circulan rumores -dijo- de que el ruso era un agente enviado por Stalin para negociar con el general Chiang Kai-Chek. El general ha llegado desde Nanking, y se dice que en este momento se encuentra en Pekín.

– Aquí siempre hay rumores.

– Se supone que el collar debía ser un regalo para Mai-ling, la esposa de Chiang Kai-Chek. Rubíes de la colección de fabulosas joyas de la zarina muerta.

– ¿Ah sí? Veo que estás muy bien informado, Alfred -dijo Theo, soltando una sonora carcajada-. Tiene sentido que pase de la esposa de un déspota a la de otro, supongo, pero para quienquiera que lo tenga en su poder ahora, su valor es nulo.

– ¿Cómo es eso?

– Bien, nadie, ni siquiera un traficante chino de objetos robados, se arriesgaría a vender esa pieza en estos momentos. Más que un collar, se ha convertido en una soga al cuello. Todo el mundo lo conoce, resulta demasiado peligroso. De modo que el ladrón no podrá venderlo. Se ha corrido la voz, y apenas diga algo sobre los rubíes, su cabeza acabará metida de una de esas jaulas de bambú que cuelgan de las farolas.

– Una práctica de lo más bárbara -comentó Parker, que se estremeció al pensarlo.

– Todavía te queda mucho por aprender.

Jugaron en silencio media hora más. Sólo un reloj de pared, al dar las horas, y el canto de un jilguero, alteraban sus pensamientos. Luego, Theo, nervioso y cansado del juego, tendió su trampa y el rey de Parker cayó.

– Bien hecho, muchacho. Me has pillado. -Parker se apoyó en el respaldo de la silla de ratán, en absoluto afectado por la derrota, y encendió la pipa de brezo con parsimonia-. ¿Para qué me has hecho venir hoy? Sé que odias este lugar. Y no habrá sido sólo para que jugáramos al ajedrez, supongo.

– No.

– ¿Y bien?

– Tengo un problemilla con Mason.

– ¿El jefe del departamento de educación? ¿El bocazas de la mujer silenciosa?

– El mismo.

– ¿Qué pasa con él?

– Alfred, escúchame. Tengo que descubrir algo de él, algo sucio en su pasado. Algo que pueda usar para quitarme de encima a ese cerdo. Tú eres periodista, tienes contactos y sabes escarbar donde hace falta.

Parker parecía escandalizado. Dio una chupada a su pipa, y lentamente exhaló una nube de humo que interceptó una mariposa que pasaba por allí.

– Tiene mala pinta, muchacho. ¿En qué anda metido?

Theo fue al grano.

– Le debo al Banco Courtney una suma considerable. Por la ampliación de la escuela que llevamos a cabo el año pasado. Mason es uno de los directores de la entidad -ya sabes cómo se jacta de todo-, y me ha amenazado con reclamarme el préstamo a menos que…

– ¿A menos que qué?

– A menos que le complazca.

Parker tosió, incómodo.

– Dios mío, ¿qué quieres decir?

Theo apagó el cigarrillo, pisándolo en el suelo.

– Quiero decir que quiere hacer uso de Li Mei.

Alfred Parker se ruborizó al instante, y hasta la punta de la nariz se le puso roja.

– Theo, muchacho, esto no me gusta, creo que no quiero seguir oyendo más. -Apartó los ojos, y con ellos siguió a un sirviente chino ataviado con túnica blanca que se acercaba al porche sosteniendo una bandeja pequeña en la mano.

Theo se echó hacia delante y dio unas palmaditas secas en la rodilla de Parker.

– No seas tonto, Alfred, que no me refiero a lo que estás pensando. ¿Por quién me tomas? Li Mei es mi… -Pero la mirada acusadora de su interlocutor lo detuvo.

– ¿Tu qué, Theo? ¿Tu compañera de adulterio? ¿Tu puta?

Theo permaneció inmóvil, y sólo la blancura de sus labios delataba.

– Eso es un insulto a Li Mei, Alfred. Te pido que lo retires.

– No puedo. Es la verdad.

Theo se puso en pie de un salto.

– Cuanto antes abandonen Inglaterra las camisas de fuerzas racistas y religiosas que paralizan a hombres como tú y sir Edward y a todos los demás fracasados sociales que atestan este club, antes será libre nuestro pueblo y el pueblo de China. Libres para pensar, para vivir, para…

– Para, amigo mío. Todos estamos aquí para cumplir con nuestro deber, por el rey y por el país. Que tú te hayas vuelto nativo no significa que tengas que dar por sentado que el resto de nosotros vamos a olvidar las leyes de Dios, la necesidad de establecer unas líneas claras entre el bien y el mal. Dios sabe que en un país cruel y pagano como éste, Su Palabra es la única esperanza. Su Palabra y el Ejército Británico.

– China ya era un país civilizado cientos de años antes de que se pensara siquiera en la existencia de Gran Bretaña.

– A esto no se le puede llamar civilización.

Theo no replicó nada. Se puso en pie, muy tenso, y miró sin ver a las dos parejas que acababan de aparecer en el jardín dispuestas a iniciar una partida de croquet.

– Siéntate, Theo -le pidió Parker en voz baja, disimulando lo incómodo del momento dándole la vuelta a la pipa y golpeándola suavemente con el índice. Desde el jardín llegó el chasquido de una bola al chocar contra la otra, y una voz que decía:

– Corky, te digo que esto no es normal del todo.

De pronto, Theo se sacudió, como un perro que quisiera librarse del agua que lo empapaba. Bajó los ojos entornados para observar a su acompañante.

– Alfred, si creyera que tienes razón, me iría de Junchow mañana mismo. Pero tengo fe en este pueblo, en lo que tú llamas «país cruel y pagano». -Volvió a sentarse, estirando las piernas largas, como para fingir que se relajaba, e hizo una seña al camarero chino de la bandeja.

»Un whisky, por favor -dijo en perfecto mandarín. Y, volándose hacia Alfred, esbozó una sonrisa y añadió-: Convengamos en diferir. Ya sabes que soy lo que Mason denomina «amante de lo chino».

Se suponía que Alfred debía reírse, pero no lo hizo.

– No puedes tener los dos mundos, Theo. O carne o pescado. Quieres que la gente de bien te envíe a sus hijos a la escuela, pero a la vez no disimulas el desprecio que sientes por sus padres. ¿Cómo puede…? -Hizo una pausa, fijándose en el camarero que se alejaba del porche-. Muchacho, acércate inmediatamente.

– ¿Qué sucede, Alfred?

Pero Parker ya se había puesto en pie.

El sirviente los miraba, pero sin moverse de su sitio. Alfred dio unos pasos hacia él.

– ¿Qué crees que estás haciendo? -inquirió.

El chino no respondió.

Theo se acercó a ellos. ¿Qué diablos le pasaba a Alfred?

– Aquí hay algo que no me cuadra -dijo Alfred, apuntando al criado con la pipa-. Míralo.

Theo hizo lo que le pedía. Túnica blanca, limpia, bandeja en la mano.

– A mí me parece normal.

– No digas tonterías. Se le ven golpes por toda la cara.

– ¿Y?

– Y lleva mal los pantalones. Son negros, sí, pero no los del uniforme. Y el pie vendado, y esos zapatos que son un desastre. El club nunca permitiría el acceso a alguien con ese aspecto, y mucho menos para servir a los socios. Este muchacho es un intruso.

– Yo trabajo. -El criado levantó la bandeja-. Bebidas.

Ahora que se fijaba, veía a qué se refería Alfred. Tenía razón, ese joven no era como los demás. No tenía mirada de criado. Miraba directamente a los ojos, como si quisiera golpearte, colgar tu cabeza en una de aquellas malditas jaulas de bambú.

– ¿Quién eres? -le preguntó Theo en mandarín.

Pero Alfred le señalaba el bolsillo del pantalón, muy abultado.

– Vacíalo. Ahora mismo.

El muchacho, insolente, apartó la mirada del panamá de Parker y la clavó en sus zapatos recios, impecables.

– Haz lo que te ordenan -intervino Theo, de nuevo en mandarín-. Vacíate los bolsillos, o te azotarán como a un perro.

– Vayan a buscar a los guardias de seguridad -gritó Parker -. Ayer hubo un robo aquí mismo, y esta persona es…

– Vacía los bolsillos -insistió Theo secamente. Por un momento le pareció que el muchacho iba a atacarlos. Algo en sus ojos parecía querer liberarse, algo salvaje, colérico, pero entonces aquellas emociones volvieron a quedar enjauladas. Si mediar palabra, le dio la vuelta al bolsillo, y lo que contenía cayó en el suelo enlosado del porche. Un buen puñado de cacahuetes salados rebotaron alrededor de sus pies.

Theo se echó a reír.

– Fíjate en tu ladrón de joyas, Alfred. Lo que el chico tiene es hambre.

Pero Parker no estaba dispuesto a dejarlo en paz tan fácilmente.

– ¿Y los demás bolsillos?

El criado obedeció, y extrajo de ellos un hilo de bambú, un anzuelo de pesca envuelto en barro y una hoja de papel cubierta de caracteres chinos. Theo se la quitó y la observó brevemente.

– ¿Qué es? -preguntó Parker.

– No gran cosa. Un cartel que anuncia un encuentro de algún tipo.

Pero cuando el muchacho se agachaba para recoger sus pertenencias, Theo entrevió el mango de un cuchillo que llevaba oculto al cinto, y de pronto temió por su amigo.

– Deja que se vaya, Alfred. Esto no tiene nada que ver con nosotros. El chico tiene hambre. Casi toda China está hambrienta.

– Un ladrón es un ladrón, Theo, robe cacahuetes o joyas. «No robarás», ¿te acuerdas? -Pero ya no estaba enfadado. Su expresión era más bien triste, con los lentes caídos hasta media nariz-. Se lo debemos. Tenemos que enseñarles a distinguir el bien del mal, y no sólo a construir fábricas y tender líneas férreas.

Se acercó al criado para sujetarle el brazo, pero Theo intervino, interceptándole la muñeca.

– No lo hagas, Alfred. Esta vez no. -Se volvió en dirección a la figura silenciosa de ojos negros, llenos de odio-. Vete -le dijo muy rápido, en chino-. Y no vuelvas.

El muchacho se alejó, perdiéndose con paso renqueante entre los árboles que bordeaban el jardín, y desapareció. Para Theo fue como contemplar la imagen de una criatura que regresaba a la jungla y se preguntó qué le habría llevado a salir de ella. Porque era evidente que no lo había hecho por un puñado de cacahuetes.

– Tal vez lamentes lo que acabas de hacer -le dijo Parker, meneando levemente la cabeza, en señal de indignación.

– «La misericordia descendió como una lluvia mansa» -citó Theo, cínico, y volvió a fijarse en la hoja de papel que aún sostenía, y que, en realidad, era un panfleto comunista.

«Sha! Sha! -rezaba-. Matad, matad a los odiados imperialistas. Matad al traidor Chiang Kai-Chek. Larga vida al pueblo chino.»

Aquellas palabras preocupaban a Theo más de lo que quería admitir. Chiang Kai-Chek y sus nacionalistas del Kuomintang se habían hecho con el control, y merecían una oportunidad, siempre y cuando las potencias occidentales lo apoyaran y lo protegieran de aquellos agitadores. Los comunistas harían con China lo mismo que Stalin estaba haciendo en Rusia: convertirla en una tierra baldía. China poseía tanta belleza, tanta alma, que no merecía ser despojada de todo como una prostituta cualquiera. «Que Dios nos guarde de los comunistas. Dios y el ejército de Chiang Kai-Chek.»

– ¿Ha dicho que sí?

– Sí.

Li Mei le besó la nuca.

– Me alegro por ti, Tiyo. Parker es un buen amigo.

Apoyó la mejilla contra su espalda desnuda, aunque sin dejar de acariciarle ambos lados de la columna con las yemas de los dedos, presionando con fuerza los músculos. Theo se encontraba tendido en el suelo, boca abajo, en el baño, mientras Li Mei le daba un masaje para aliviar la tensión de su cuerpo. A él siempre le asombraba la fuerza de aquellos dedos, la presión exacta que ejercía con la palma de la mano para liberar otro demonio de debajo de su piel.

– Sí, Alfred es un buen amigo, aunque algunas de sus opiniones son tan cerradas que encajarían bien con las de Oliver Cromwell.

– ¿Oliver Cromwell? Dime, ¿quién es? ¿Otro amigo?

Theo se echó a reír, mientras sentía que ella le masajeaba la clavícula con los nudillos.

– Te burlas de mí, Tiyo.

– No, amor mío, te venero.

– Eso es mentira. Tiyo malo. -Le golpeó las nalgas con los puños, hasta lograr que la sangre confluyera en sus ingles. Él se dio la vuelta y la agarró de las muñecas, se puso en pie y atrajo hacia sí su cuerpo desnudo. Olía a sándalo y, no sabía por qué, a helado. Inició el ascenso de la escalera con ella en brazos.

– Alfred se ha puesto furioso al saber lo corrupto que es Mason. Se ha escandalizado al enterarse de que quería obligarme a meterlo en el cártel del opio. Le he jurado a Alfred que el hecho de que tu padre lo dirija no quiere decir que yo esté implicado en modo alguno. Ya sabes lo que opino sobre las drogas.

– Una abominación, así llamas tú al opio.

Theo sonrió y le besó los cabellos oscuros.

– Sí, mi tesoro. Una abominación. De modo que ha aceptado investigar el pasado de ese cabrón para ver si encuentra algo que yo pueda usar para tenerlo en mis manos.

Entró en el aula vacía, acunándola en sus brazos.

– Por suerte es domingo -dijo ella entre carcajadas.

Theo la levantó un poco más y la sentó, mirando hacia él, sobre su mesa, frente a las hileras de pupitres.

– Cuando mañana me plante aquí y hable a mis alumnos del Vesubio, pensaré en esto -dijo, echándose hacia delante y besándole el pecho izquierdo-. Y en esto cuando describa un triángulo equilátero. -Sus labios se aferraron al pezón derecho-. Y en esto cuando explique a esos cabezas huecas cosas sobre el corazón profundo y húmedo de África.

Bajó la cabeza y le besó la mata oscura que le nacía en el extremo del vientre.

– Tiyo -susurró ella, tirándole del pelo-. Tiyo, ten cuidado. Mason tiene poder.

– No es el único que lo tiene -replicó él, echándose a reír.

Y la tumbó despacio, suavemente, sobre el suelo.

Capítulo 12

– ¿Qué es?

Valentina estaba de pie en medio de la habitación, señalando con el dedo muy rígido una caja de cartón en el suelo. Lydia acababa de llegar a casa, y el desván le parecía más asfixiante que de costumbre: las ventanas estaban cerradas, y olía raro, aunque no percibía por qué.

– ¡Tú! -acusó Valentina alzando la voz-. ¡Debería darte vergüenza!

Lydia se revolvió, incómoda, sobre la alfombra, buscando a toda prisa respuestas en su mente. ¿Vergüenza de qué? ¿De Chang? No, de él no. De modo que, una vez más, debería recurrir a las mentiras. Pero ¿a qué mentira?

– Mamá, yo…

Se fijó en su madre. Dos manchas de rojo encendido iluminaban las pálidas mejillas de Valentina, que tenía los ojos muy oscuras, las pupilas dilatadas, las pestañas maquilladas.

– Ha venido a verme Antoine -explicó al fin, como si aquello fuera culpa de Lydia. El dedo acusador volvió a señalar en dirección a la caja-. Mira qué hay dentro.

Lydia se acercó a ella sin darle la menor importancia. Se trataba de una sombrerera a rayas, rodeada de una cinta roja. No entendía por qué demonios su madre estaba tan enfadada y le había organizado aquella escenita ridícula sólo porque alguien le hubiera regalado un sombrero. A ella los sombreros le encantaban. Y cuanto más grandes, mejor.

– ¿Es pequeño? -preguntó, antes de inclinarse sobre la caja y levantar la tapa.

– Sí.

– ¿Y tiene pluma?

– No tiene plumas.

Lydia levantó la tapa. En el interior de la caja se agazapaba un conejo blanco.

– Sun Yat-sen.

– ¿Qué?

– Sun Yat-sen.

– ¿Qué nombre es ése para un conejo?

– Fue el padre de la República. Abrió la puerta a una vida totalmente nueva para el pueblo de China, en 1911 -respondió Lydia.

– ¿Y eso quién te lo ha contado?

– Chang An Lo.

– ¿Mientras le cosías el pie?

– No, después.

– Eres tan valiente, Lydia… Yo me habría muerto antes de meter una aguja en la carne de nadie.

– No, Polly, no te habrías muerto. Si hubieras tenido que hacerlo, lo habrías hecho. Hay muchas cosas que somos capaces de hacer si debemos hacerlas.

– Pero ¿por qué no llamas al conejo Caramelo, o Nube, o incluso Lewis, en honor a Lewis Carroll? Algo bonito.

– No. Se llama Sun Yat-sen.

– Pero ¿por qué?

– Porque va a abrirme la puerta a un mundo nuevo.

– No seas tonta, Lyd. Es sólo un conejo. Te sentarás con él y lo acariciarás, como yo acaricio a Toby.

– A eso me refiero, Polly.

Era la una y media de la madrugada. Lydia se levantó de la silla que había acercado a la ventana. Ya no iba a venir.

Aunque, tal vez sí, tal vez sí viniera. Aún era posible. Podía estar escondido en alguna parte, esperando a que la noche…

No, no iba a venir.

Sentía la lengua y la boca secas. Llevaba horas discutiendo consigo misma, con los ojos vidriosos de cansancio. No por mucho que ella lo deseara iba a aparecer él. «Chang An Lo, confié en ti. ¿Cómo he podido ser tan tonta?»

A oscuras se dirigió al fregadero y se echó agua fría en la boca. Sin querer, emitió un gemido grave, pues no soportaba el dolor que le oprimía el pecho. Chang An Lo la había traicionado. El mero pensamiento de aquellas palabras le causaba una herida. Hacía mucho tiempo había aprendido que la única persona en la que se puede confiar es en uno mismo, pero pensó que él era distinto, que entre ellos existía un vínculo. Se habían salvado la vida el uno al otro, y estaba tan segura de que entre ellos había una… una conexión especial… Y sin embargo parecía que sus promesas no valían más que una boñiga de mono.

Él sabía que el collar era la única oportunidad que tenía para empezar de nuevo, para empezar una nueva vida en Londres, o incluso en América, donde, según se decía, consideraban a todo el mundo igual. Una vida brillante, sin rincones oscuros. Era su oportunidad de devolverle a su madre al menos una parte de lo que los rojos le habían robado. Un gran piano con teclas de marfil que sonara como los ángeles, y el mejor abrigo de visón, no uno de esos que vendía el señor Liu, de segunda mano, sino uno reluciente y nuevo. Todo nuevo. Todo. Nuevo.

Cerró los ojos. De pie en la oscuridad, descalza, cubierta con unas enaguas que habían pertenecido a otra persona, se obligó a aceptar que él se había ido y que, con él, se había ido el collar de rubíes, y la nueva vida, el brillo, la felicidad. Todo se había ido.

El nudo que sentía en la garganta la oprimía cada vez más. Casi no podía respirar, le faltaba el aire. Sin ver, se dirigió a la puerta. Se pilló un dedo con ella, se hizo un rasguño, pero la abrió y bajó los dos tramos de escaleras. Se dirigió a la parte trasera del edificio. A la puerta que daba al patio. Levantó el tirador una y otra vez, hasta que al fin se abrió, y salió como una exhalación, impregnándose del aire fresco de la noche. Aspiró hondo una vez, dos veces. Obligó a respirar a sus pulmones, a seguir respirando, inspirando, exhalando. Pero le costaba. Trató de apartar de su mente la ira, la desesperación, la decepción, el miedo, la furia y todo aquel deseo, aquel anhelo, aquella necesidad. Y eso le costó aún más.

Al fin el pánico remitió. Le temblaba todo el cuerpo, tenía la piel sudorosa, pero al menos volvía a respirar. Y a pensar con claridad. Pensar con claridad era muy importante.

El patio estaba muy oscuro, ocupaba un espacio angosto, rodeado de altos muros, y olía a moho y a cosas viejas. La señora Zarya guardaba en él muebles inservibles que iban pudriéndose y mezclándose con montañas de sartenes oxidadas y zapatos antiquísimos. Era de las que no se decidían nunca a tirar nada. Lydia se subió a un baúl desvencijado puesto de lado, sobre una mesa rota, cuya abertura estaba cubierta por una tela metálica, que hacía las veces de tapa. Acercó mucho la cara a la tela.

– Sun Yat-sen -susurró-. ¿Estás dormido?

Se oyó algo que arañaba, husmeaba, y finalmente una nariz rosada, suave, se apretó contra la suya. Ella desató la tela y sostuvo en sus brazos aquel cuerpecillo inquieto, que al instante quedó inmóvil complacido, sobre sus costillas, la nariz hundida en el hueco del codo. Lydia permaneció allí, acunando al animal soñoliento. De sus labios brotó una canción de cuna rusa que tenía casi olvidada, y alzó la vista para contemplar las pocas estrellas que brillaban sobre su cabeza.

Chan An Lo se había ido. Ella había escondido el collar en el club y le creyó cuando él le dijo que se lo traería. Pero la tentación debía de haber sido demasiado fuerte para él. Había cometido un error, y no estaba dispuesta a cometer otro.

Subió la escalera de puntillas, sin el menor ruido esta vez, pues sus pies hallaron el camino silenciosamente por la casa oscura, el ovillo caliente aún alojado en su brazo, acariciando con las yemas de los dedos la piel sedosa de sus orejas largas y su cuerpo suave, sintiendo su aliento etéreo contra la piel.

Abrió la puerta de la buhardilla y se sorprendió al comprobar que su madre había encendido la vela de su habitación, que brillaba tenuemente tras la cortina. Lydia se dirigió rápidamente a la suya, impaciente por esconder a Sun Yat-sen, pero cuando descorrió la cortina se detuvo en seco.

– Mamá -dijo.

Su madre estaba ahí de pie, con el camisón ladeado, observando la cama de Lydia con ojos muy abiertos. Llevaba el pelo sobre los hombros, muy enredados, y unas lágrimas calladas resbalaban por sus mejillas. Se rodeaba el cuerpo con sus delgadísimos brazos, como si tratara de mantener unidas todas sus partes.

– Mamá -volvió a susurrar Lydia.

Valentina volvió la cabeza y abrió mucho la boca.

– ¡Lydia! -exclamó-. Creía que te habían llevado.

– ¿Quién? ¿La policía?

– Los soldados. Han venido con armas.

A Lydia el corazón le latía cada vez con más fuerza.

– ¿Aquí? ¿Esta noche?

– Te sacaban de la cama y tú gritabas y gritabas, y golpeabas a uno de ellos en la cara. Él te encañonaba la boca y te arrancaba los dientes, y luego te arrastraban hasta la nieve y…

– Mamá, mamá. -Se acercó deprisa a su madre y le pasó un brazo por los hombros temblorosos, atrayéndola hacia sí-. Tranquila, mamá, ha sido sólo un sueño. Una pesadilla, nada más.

Valentina estaba helada, y Lydia sentía los espasmos que recorrían su cuerpo, como si algo estuviera quebrándose en su interior.

– Mamá -musitó, con la boca pegada a sus cabellos sudorosos-. Mírame, estoy aquí, sana y salva. Las dos estamos bien. -Retiró los labios-. ¿Lo ves? Conservo todos mis dientes. -Valentina se fijó en su hija, haciendo esfuerzos por comprender las imágenes que se agolpaban en su mente-. Has tenido una pesadilla, mamá, no ha sido real. Lo real es esto. -Y besó a su madre en la mejilla.

Valentina meneó la cabeza, tratando de desprenderse de la confusión. Acarició el pelo de su hija.

– Creía que estabas muerta.

– Estoy aquí, estoy viva. Tú y yo seguimos juntas en esta ratonera apestosa, con la señora Zarya, que sigue contando los dólares en la planta baja, y la casa de los Yeoman sigue oliendo a alcanfor. No ha cambiado nada. -Imaginó el collar de rubíes pasando de unas manos chinas a otras-. Nada.

Valentina aspiró hondo una vez. Dos veces.

Lydia la condujo hasta su cama, junto a la que una vela chisporroteaba y emitía su luz titubeante. La arropó con las sábanas y, amorosa, le besó la frente. Sun Yat-sen seguía acurrucado contra su cuerpo y tenía los ojos, rosados como ratoncillos de azúcar, muy abiertos, en señal de alarma, de modo que también le besó en la cabeza, aunque Valentina no se percató siquiera.

– Te dejo la vela encendida -susurró, aunque sabía que era un despilfarro que no podían permitirse. Pero su madre lo necesitaba.

– Quédate.

– ¿Que me quede?

– Quédate aquí, conmigo -aclaró Valentina, levantando la sabana.

Sin decir nada, Lydia se metió en la cama y se tumbó boca arriba, con su madre a un lado y el conejo al otro. Se mantenía inmóvil por si su madre cambiaba de opinión, y observaba el humo y las sombras bailar en el techo.

– Tienes los pies helados -dijo Valentina, que parecía más sosegada y apoyaba la cabeza contra la de su hija-. Ya no recuerdo la última vez que estuvimos juntas en la cama.

– Fue cuando te pusiste enferma. Pillaste una infección de oído, y tenías fiebre.

– ¿De veras? Entonces tiene que haber sido hace tres o cuatro años, cuando Constance Yeoman te dijo que tal vez me moriría.

– Sí.

– Vieja bruja. Hace falta algo más que una fiebre, incluso algo más que un ejército de bolcheviques para acabar conmigo. -Apretó la mano de su hija bajo las sábanas, y Lydia se aferró a ella.

– Cuéntame cosas de San Petersburgo, mamá. De cuando el zar fue a visitar tu escuela.

– No, otra vez no.

– Pero si no he oído la historia desde que tenía once años.

– Tienes una memoria rarísima para las fechas, Lydochka.

Lydia no respondió. El instante era muy frágil, y su madre podía volver a levantar la guardia en cualquier momento, y entonces ya estaría fuera de su alcance.

Valentina suspiró y empezó a tararear un pasaje del Nocturno en mi bemol mayor de Chopin. Su hija se relajó al momento, y Sun Yat-sen se apretujó contra ella y apoyó la diminuta barbilla contra su pecho, haciéndole cosquillas.

– Nevaba -empezó su madre-. Madame Irena nos hizo pulir el suelo hasta que quedó reluciente como el hielo que se acumulaba en las ventanas, hasta que vimos nuestras caras reflejadas en él. Lo hicimos durante la clase de francés, que ese día no dimos. Estábamos tan emocionadas… A mí me temblaban mucho los dedos. Estaba asustada, y no podía tocar. Tatiana Sharapova vomitó en el pupitre, y la enviaron todo el día a la cama.

– Pobre Tatiana. Sí, se lo perdió todo.

– Pero la que debería haberse sentido indispuesta eras tú -apuntó Lydia.

– Exacto. A mí me escogieron para tocar para él. El Padre de Rusia, el zar Nicolás II. Era un gran honor, el mayor honor con el que una muchacha de quince años podía soñar en aquellos días. Nos escogió a nosotras porque nuestra escuela era el Instituto Ekaterininsky, el mejor de toda Rusia, mejor incluso que los de Jarkov y Moscú. Éramos las mejores, y lo sabíamos. Orgullosas como princesas, andábamos con las cabezas tan erguidas que casi tocaban las nubes.

– ¿Y habló contigo?

– Por supuesto. Se sentó en una gran silla labrada, en medio del salón, y me pidió que empezara. Yo había oído que Chopin era su compositor favorito, así que toqué el Nocturno, y le puse todo mi corazón. Y, cuando terminé, él tenía lágrimas en los ojos, unas lágrimas que no se molestó en ocultar.

Por la mejilla de Lydia también resbaló una lágrima, que no supo bien de quién era.

– Todas llevábamos nuestras capas blancas, cortas, y nuestros pichis -prosiguió Valentina-, y él vino hasta mí y me besó la frente. Recuerdo que me pinchó la cara con la barba, y que olía a cera de pelo, pero las medallas de la pechera relucían tan intensamente que parecía que las hubiera rozado el dedo de Dios.

– Cuéntame qué te dijo.

– Me dijo: «Valentina Ivanova, eres una gran pianista. Algún día tocarás el piano en la corte, en el Palacio de Invierno, para mí y para la emperatriz, y te codearás con lo mejor de San Petersburgo.»

Un silencio complacido llenó la habitación. Lydia temió que su madre concluyera el relato en ese punto.

– ¿Y el zar fue acompañado de alguien? -le preguntó, como si no lo supiera.

– Sí, con un séquito de cortesanos del más alto rango. Todos permanecieron de pie, junto a la puerta, y aplaudieron cuando finalizó mi actuación.

– ¿Y había alguien especial entre ellos?

Valentina aspiró hondo.

– Sí, había un joven.

– ¿Cómo era?

– Era como un guerrero vikingo. Su pelo relucía más que el sol, iluminaba la habitación entera, y en los hombros podría haber cargado con la gran hacha de Thor. -A Valentina se le escapó una risita que era como un vaivén, y que llevó a su hija a pensar en el mar y en los largos barcos vikingos.

– ¿Te enamoraste?

– Sí -respondió Valentina, en voz muy baja, muy dulce-. Me enamoré de él la primera vez que vi a Jens Friis.

Lydia se estremeció de placer, un placer que apaciguaba el agudo dolor que sentía en el pecho. Cerró los ojos e imaginó la gran sonrisa de su padre, sus brazos fuertes doblados sobre el pecho. Trató no sólo de imaginarlo, sino de recordarlo. Pero no pudo.

– Y también había alguien más -prosiguió Valentina.

Lydia abrió los ojos al momento. Aquello no formaba parte de la historia. La historia terminaba cuando su madre se enamoraba a primera vista.

– Alguien a quien tú conoces. -Valentina parecía decidida a contarle algo más.

– ¿Quién?

– También estaba la condesa Natalia Serova. La única que tuvo las agallas la otra noche de decirte que deberías hablar ruso. Pero ¿adónde ha llegado ella hablando ruso? A ninguna parte. Cuando los perros Rojos empezaron a morder, ella fue la primera en hacer cola para huir del país en el Transiberiano, llevándose todas sus joyas. Y ni siquiera esperó a saber si su esposo, que era moscovita, seguía vivo o estaba muerto, antes de casarse con ese ingeniero de minas francés aquí mismo, en Junchow. Aunque ahora él se ha ido al norte, no sé adónde exactamente.

– ¿Entonces ella tiene pasaporte?

– Sí, claro. Por matrimonio dispone de pasaporte francés. Cualquier día de éstos estará en París, en los Campos Elíseos, bebiendo champán y luciendo a sus perritos de aguas mientras yo me pudro y me muero en este triste infierno.

Acababan de fastidiarle la historia. Lydia sintió que el momento de felicidad se desvanecía. Permaneció inmóvil unos instantes, contemplando el baile de las sombras, antes de hablar.

– Creo que me iré a mi cama, ya estás mejor.

Su madre no dijo nada.

– ¿Estás mejor, mamá?

– Estoy mejor de lo que estaré nunca.

Lydia le dio un beso en la mejilla, sostuvo entre sus brazos al conejo hecho un ovillo y dejó la cama.

– Gracias, cariño. -Valentina seguía con los ojos cerrados, y las sombras parpadeaban sobre su rostro-. Gracias. Apaga la vela cuando salgas.

Lydia aspiró hondo y, de un soplo, mató la llama.

– ¿Lidia?

– ¿Sí?

La palabra reverberó en la oscuridad. ¿Sí?

– No traigas más a ese gusano a mi cama.

Los siguientes cinco días fueron duros. Fuera a donde fuera Lydia no dejaba de buscar a Chang An Lo por todas partes. Entre el mar de rostros chinos rastreaba por si encontraba alguno de mirada despierta, marcado por un cardenal. Cualquier movimiento que se produjera a su alrededor la llevaba a volver la cabeza, expectante. Bastaba un grito lanzado desde el otro lado de la calle, o una sombra en un portal. Pero, al cabo de cinco días de mirar por la ventana de la clase en busca de una figura oscura merodeando junto a la verja de la escuela, sus esperanzas se extinguieron.

En su mente, lo había excusado de todas las maneras posibles: estaba enfermo, la infección del pie le había llegado a la sangre, o estaba oculto en algún lugar, a la espera de que cesara la búsqueda. O incluso no había logrado recuperar el collar, y le daba vergüenza admitirlo. Pero sabía que, de ser así, se lo habría hecho saber de algún modo. Se habría asegurado de que ella no permaneciera en aquella incertidumbre. Sabía lo mucho que el collar representaba para ella. Lo mismo que ella sabía lo mucho que podía representar para él. La imagen del joven azotado, con grilletes, en la cárcel, la asaltaba en sueños, por las noches.

Y peor aún. Mucho peor. Del mismo modo que su padre la había protegido, y por ello había muerto en las llanuras nevadas de Rusia, así también, ahora, Chang había salido en su defensa, y por ese motivo había perdido la vida. Veía su cuerpo inerte arrojado a un río negro y de aguas bravas, y despertaba gimiendo. Pero de día no se engañaba. El Asentamiento Internacional era campo abonado para el rumor y el chisme, de modo que si hubieran detenido al ladrón, y la joya hubiera vuelto a su propietario, ella lo habría oído.

Era un ladrón, así de simple. Se había llevado el collar y había desaparecido. Le daba igual el honor, y que le hubiera salvado la vida. Se sentía tan enfadada con él que habría querido arrancarle los ojos y pisarle el pie que le había suturado con tanto cuidado, para verle sufrir lo mismo que sufría ella. En su mente resonaba un rumor que se parecía al de los dientes de una sierra en contacto con un metal, y no estaba segura de si era cólera o un hambre atroz. El señor Theo no paraba de regañarla en clase por no prestar atención.

– Cien veces, Lydia. Escriba «No soñaré en clase». Quédese a hacerlo a la hora del recreo.

No soñaré en clase.

No soñaré en clase.

Soñaré en clase.

Soñaré.

Soñar.

Las palabras alteraban sus pensamientos, y asumían sus propios tintes sobre el papel blanco, rayado, por lo que a veces aquel «soñaré» se pintaba de rojo intenso, y giraba sobre la página. Pero el «no» seguía siendo negro como la boca de una mina, y a partir de cierto momento fue dejándolo fuera de las frases, lo que creó una profunda sima en ella, hasta el final, momento en que el señor Theo acercó la mano a la hoja para cogerla. Sólo entonces, y a toda prisa, garabateó los «noes» que faltaban. Él no pudo evitar sonreírse, divertido, y aquella sonrisa hizo que el rumor que oía en la cabeza sonara con más fuerza. Por eso no quiso mirarlo, y fijó la vista en la mancha de tinta que la pluma había dejado en su dedo izquierdo. Tan negra como el corazón de Chang.

Al salir de clase se quitó el uniforme y el sombrero, se puso un vestido viejo -no el de las manchas de sangre, ése no podía ni verlo-, y se fue en busca de alimento para Sun Yat-sen. El lugar propicio era el parque. Todas las hierbas que asomaran el tallo en las calles eran automáticamente arrancadas por los vagabundos, pero ella había encontrado un parterre abandonado en el parque Victoria donde crecían los dientes de león. Si seguían en su sitio era porque los chinos tenían vetado el acceso a la zona ajardinada. A Sun Yat-sen le encantaban sus hojas ásperas, y de un salto, como una bola blanca y peluda, se subía a su regazo mientas ellas se las daba, una por una.

Cuando hubo llenado la bolsa de cartón arrugada de hojas y de hierba, se dirigió al mercado de las verduras, en el Strand, con la esperanza de encontrar algunos restos esparcidos por el suelo. El día era caluroso y húmedo, el suelo abrasaba las plantas de sus pies, a pesar de las sandalias, por lo que caminaba por la sombra siempre que podía y observaba a las niñas que hacían girar coquetas sus preciosos parasoles, o que se metían en el Café La Fontaine para pedir un helado, o en el salón de té Buckingham, donde vendían sorbetes y sándwiches de pepino, sin corteza.

Lydia volvió la cabeza. Apartó la mirada, y los pensamientos. Las cosas no iban bien en su casa en ese momento. Nada bien. Valentina llevaba toda la semana sin salir de la buhardilla, desde que se suspendió el concierto en el club, y parecía vivir de su vodka y sus cigarrillos. El aroma intenso de la brillantina de Antoine todavía impregnaba el cuarto, pero nunca estaba ahí cuando ella volvía a casa, donde sólo encontraba los cojines esparcidos desordenadamente por el suelo, y a su madre en diversos estadios de desesperación.

– Querida -le había susurrado el día anterior-, ya va siendo hora de que me vaya con Frau Helga, si es que me acepta.

– No digas esas cosas, mamá. Frau Helga regenta un burdel.

– ¿Y qué?

– Que está lleno de prostitutas.

– Te digo una cosa, niña, si nadie vuelve a pagarme por deslizar los dedos sobre el piano, deberé ganar el dinero deslizándolos sobre otras cosas. En este momento, no valen para mucho más.

Levantó las manos y extendió los dedos como abanicos rotos para que su hija los estudiara.

– Mamá, si los usaras para fregar el suelo o colgarte la ropa, al menos esta casa no parecería una pocilga.

– ¡Bah! -Valentina se pasó las manos por el pelo enredado y se echó de nuevo en la cama. Lydia siguió leyendo junto a la ventana.

Sun Yat-sen se había quedado dormido sobre su hombro, y con la nariz le susurraba sus sueños al oído. El libro lo había sacado de la biblioteca, y se trataba de Jude el oscuro, de Hardy. Era ya la tercera vez que lo leía. Lo abyecto de la miseria que se exponía en él la reconfortaba. A su alrededor, el desorden de la habitación era absoluto, pero ella lo ignoraba. Había llegado a casa del colegio el día anterior y había encontrado la ropa de Valentina esparcida por el suelo, a la espera de que alguien la recogiera. Señales de otra pelea con Antoine. Pero esa vez Lydia se negó a hacerlo, y las esquivó. Era como caminar sorteando cadáveres. En casa no había comida. Las pocas cosas que había comprado ella con el dinero de la venta del reloj ya se habían terminado hacía tiempo.

Lydia sabía que debía llevar su vestido nuevo a la tienda del señor Liu. Sí, el que había llevado al concierto, el de color albaricoque el de la cintura baja, de raso. Pero no lo había hecho. Cada día decía que lo llevaría al día siguiente, pero el vestido seguía colado en el gancho de la pared, y ella estaba cada vez más flaca.

El Strand empezaba a vaciarse cuando Lydia llegó. El calor sofocante había disuadido a mucha gente de salir a la calle, pero en el mercado de verduras, situado en un cobertizo grande y ruidoso, en uno de sus extremos, había más de la que esperaba encontrar a esa hora. El Strand era la principal zona de compras del Asentamiento Internacional, dominado por la fachada gótica de los grandes almacenes Churston, donde las damas adquirían su ropa interior y los caballeros sus puros habanos, y donde Lydia se refugiaba a mirar cuando llovía.

Pero ese día pasó de largo, con prisas, y se dirigió al mercado, en busca de algún puesto que estuviera a punto de cerrar y en el que tiraran a la basura alguna hoja de col rota, o algún durián golpeado, mientras barrían el suelo. Pero, cada vez que daba con uno, una turba de niños de la calle se le adelantaba y saqueaba las sobras, como si fueran cachorros de gato. Al cabo de media hora de concienzuda búsqueda, recogió una mazorca de maíz que algún distraído había echado al suelo de un codazo, y se fue de allí sin esperar más. La metió en la bolsa de cartón, junto con las hojas y la hierba, y acababa de bajar de la acera para cruzar la calle, tras el paso de un carro tirado por un burro, cuando una mano se alargó hacia ella y le quitó la bolsa.

– Devuélvemela -gritó, tratando de aferrarse a la nuca del ladrón.

El pelo, negrísimo, se le levantaba como una escoba a medida que se abría paso entre el tráfico, y aunque no podía tener más que siete u ocho años, se movía con la agilidad de una nutria que se sumergiera, se retorciera, subiera a la superficie. Lydia iba tras él, y al doblar una esquina tropezó con un malabarista y le desbarató los aros. Pero no quitaba los ojos de aquella cabeza que parecía un cepillo. Le dolían los pulmones, pero no se detenía, y sus zancadas doblaban las del muchacho-nutria. No iba a permitir que Sun Yat-sen pasara hambre.

De pronto, el muchacho se detuvo a unos veinte metros de ella, y la miró. Era pequeño, de piernas flacas y mugrientas, y tenía un absceso bajo un ojo, pero se notaba muy seguro de sí mismo. Sostuvo la bolsa en alto un segundo, observándola con sus ojos fijos y entonces separó los dedos y soltó la bolsa, antes de retroceder unos cuantos pasos.

Sólo entonces Lydia paró y miró a su alrededor. La calle estaba tranquila, pero no desierta. Un coche pequeño, de color teja y guardabarros empotrados en la carrocería estaba aparcado a su lado, más adelante, mientras dos ingleses, enfrente, reparaban un motor. Uno le contaba al otro, en voz muy alta, un chiste sobre una suegra y un loro. Se trataba de una calle inglesa. Con cortinas caladas en las ventanas. Aquello no era un callejón de la parte vieja de la ciudad. Allí estaba a salvo. Pero entonces ¿por qué se sentía cada vez más insegura? Se acercó despacio al niño.

– ¡Eh, tú, sucio ladrón! -le gritó.

No obtuvo respuesta.

Sin quitarle los ojos de encima, se agachó deprisa, recogió la bolsa del suelo y la estrechó con fuerza contra el pecho, palpando con los dedos la mazorca. Pero, sin tiempo para comprender qué estaba pasando, una mano surgió desde atrás, le tapó la boca, y unos brazos poderosos la introdujeron en el asiento trasero del vehículo. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, aunque ella no pudiera ni parpadear siquiera. Alguien le acercó la punta de un cuchillo al ojo derecho, y una voz áspera ladró algo en chino.

Una mano le impedía abrir la boca. La sangre se le agolpaba en los oídos, y el corazón le latía con tal fuerza que le dolían las costillas, pero logró estirar una pierna y le dio una patada a una pantorrilla.

– Quieta.

Esa voz era más suave, y le hablaba en su idioma. El rostro del que provenía también lo era. Eran dos hombres, obreros chinos, uno de cara ancha, que apestaba a ajo, y el otro de mirada dura y rasgos menudos, finos. Él era el que sostenía el cuchillo, el que le acercaba la punta al párpado.

– Perderás ojo. No problema. -Hablaba en voz baja, y Lydia oyó a los dos ingleses reírse de su estúpido chiste, al otro lado de la calle-. ¿Comprendes?

Ella parpadeó con el ojo izquierdo.

El otro hombre le retiró de la boca la mano repugnante.

– ¿Qué quieren? -balbució Lydia-. No tengo dinero.

– No dinero. -El más suave de los dos meneó la cabeza-. ¿Dónde Chang An Lo?

Lydia sintió que una gota de sudor le resbalaba por la espalda.

– No conozco a ningún Chang An Lo.

La punta del cuchillo se clavó en su piel, y el párpado empezó a escocerle.

– ¿Dónde él?

– No lo sé, pero no vuelva a cortarme. Es la verdad. Se ha ido. No sé adónde.

– Mientes.

– No, es cierto. -Levantó un dedo-. Córtemelo, y le responderé lo mismo. No sé dónde está.

Los dos rostros vacilaron, y se miraron. Fue entonces cuando vio la serpiente negra, enroscada sobre sí misma, que los dos hombres llevaban tatuada a un lado del cuello. La última vez que vio una serpiente fue en el callejón de la ciudad vieja, y también era negra.

– Pero supongo que podría adivinarlo -añadió, escupiendo en su cara.

El más duro de sus dos captores le escupió a ella, y el más tranquilo se acercó más.

– ¿Dónde?

– En la cárcel.

Desconcierto, ceño fruncido, enfado.

– ¿Por qué cárcel?

– Robó una cosa. En el Club Ulysses. Lo han pillado y lo han encerrado en la cárcel. Seguramente le han enviado a una cárcel de Tientsin. Al menos eso es lo que suelen hacer los ingleses. No volverán a verlo en bastante tiempo.

Los dos hombres se enzarzaron en una acalorada discusión, y entonces el más duro se mostró comprensivo, le gritó algo, la agarró del brazo y la echó del coche. Cayó sobre el asfalto. El cráneo golpeó contra las piedras, pero ella apenas se percató. El coche se alejó, y del muchacho no había rastro. Se apoderó de ella un alivio tan dulce que le impregnó la boca. Como pudo, se puso en pie y, por primera vez, uno de los dos ingleses se percató de su presencia.

– ¿Está bien, señorita?

Ella asintió, y volvió a la calle principal a toda prisa, con la bolsa marrón en la mano.

Capítulo 13

Maldito, maldito, maldito.

Maldito Chang An Lo. Le había salvado su inútil pellejo por segunda vez, y ¿qué había sacado ella? Un golpe en la cabeza y un ojo herido. Nada de collar, nada de gran piano Erard.

Una vez de vuelta en el Strand, Lydia descubrió, para su horror, que estaba temblando. Tenía calor, se sentía sudorosa, enojada. Su boca sabía a tierra, y habría dado lo que fuera por tomarse algo frío, una bebida con hielo y un gajo de mango nadando en ella. Sólo había tomado hielo una vez en su vida, y eso fue cuando Antoine le compró aquel zumo de frambuesa en la heladería del sector francés, mientras esperaban a que su madre escogiera un sombrero. Había chupado los cubitos helados hasta que se le entumeció la lengua.

Abrió las puertas de cristal de los almacenes Churston y se retiró el pelo del cuello. Al menos allí no haría tanto calor. Los ventiladores gigantes del techo, de latón, no eran de hielo, pero le sirvieron para refrescarse. Dentro, los mostradores bullían de actividad. En uno de ellos, una estadounidense de pelo corto compraba un perfume de Guerlain; en otro, un hombre sostenía unos pendientes junto al rostro de su esposa, y sonreía. «Tal vez sea su amante», pensó Lydia.

Sobre sus cabezas, pequeños cartuchos de madera zumbaban por toda la sala y, a través de tubos, transportaban dinero y recibos desde y hasta el cubículo situado en un rincón. Allí, una mujer con cara de cabra, con un pelo en la barbilla, controlaba el dinero y anotaba en una lista, con letra diminuta, las sumas de cada transacción. Por lo general, a Lydia le gustaba observarle las manos, siempre ocupadas, nunca quietas, pero ese día no estaba de humor. Lo cierto era que no estaba de humor para nada de todo aquello.

Contemplar los escaparates con sus bolsos de piel de serpiente y sus cajas de madreperla le hacía sentirse peor.

Dio media vuelta, dispuesta a salir de allí, y casi tropezó con un hombre al que reconoció: se trataba del señor del traje color crema y el panamá, el del mercado chino de la semana anterior, el del reloj, el inglés al que le gustaba la porcelana. Se alejó de él, no sin antes fijarse en que se metía la billetera en un bolsillo lateral de la chaqueta y se dirigía a la salida. Bajo el brazo llevaba un paquete envuelto en papel de seda blanco.

La decisión fue instantánea. Recordó lo fácil que le había resultado la otra vez. Además, sólo un tonto llevaría la billetera tan descuidadamente. Cuando el hombre alcanzó la puerta, ella ya se encontraba allí. Caballerosamente, él la abrió y le cedió el paso, llevándose los dedos al ala del sombrero, y ella le dio las gracias con una sonrisa mientras pasaba por su lado.

Una vez en la calle, de vuelta al calor, dio dos pasos. Ni uno más. Una mano le agarró la muñeca y no la soltaba.

– Jovencita, devuélveme la billetera.

Lo dijo sin gritar, pero la rabia de su voz le rebotó en la cara.

– ¿Cómo dice?

– No empeores las cosas. Mi billetera. Ahora.

Lydia forcejeó para liberarse de aquella mano, se retorció y se volvió, pero él la agarraba con mucha fuerza. Era la tercera vez desde la muerte de su padre que sentía el tacto de la mano de un nombre. La primera, hacía unos días, en el callejón; la segunda, hacia apenas unos minutos, en el interior de aquel vehículo; y ahora esa. Le sorprendió constatar lo fuertes que eran todos.

– Mi billetera.

Ella levantó la bolsa de papel con la mano que le quedaba libre, y extrajo de ella el bien ajeno, devolviéndolo al bolsillo, aunque al interior en esa ocasión. Pero él seguía sujetándola por la muñeca.

Bajó la cabeza. ¿Qué más quería de ella?

– Lo siento -balbució.

– Con sentirlo no basta. A ti hay que enseñarte una lección. Te llevo derechita a la comisaría de policía.

– No.

– Te lo advierto, si me das algún problema, pediré ayuda a un par de agentes del tráfico. No creo que quieras pasar esa vergüenza.

Y se puso en marcha, arrastrándola. Algunas cabezas se volvieron, pero nadie se mostró lo bastante interesado como para intervenir. Una sensación de pánico se apoderaba de Lydia por momentos. Podía resistirse, sentarse en el suelo y negarse a moverse pero ¿de qué iba a servirle?

Ninguno de los dos hablaba; avanzaban en silencio.

– ¿Señor?

– Me llamo señor Parker.

– Señor Parker, no volveré a hacerlo.

– Por supuesto que no. Pienso asegurarme de ello.

– ¿Qué me hará la policía?

– Encerrarte en la cárcel, que es donde merecen estar los ladrones.

– ¿Aunque sólo tenga dieciséis años?

Sin aminorar la marcha, la miró como si hubiera visto un escorpión. Ella le sostuvo la mirada.

– Hace una semana sufrí otro robo -dijo, tenso-. Seguramente fue un mendigo chino, no mayor que tú. Probablemente era pobre, y tenía hambre. Pero eso no es excusa para robar. Nada disculpa un robo. Va contra la Palabra de Dios, y contra los cimientos mismos de nuestra sociedad. Si me hubiera pedido algo, yo se lo habría dado. Eso es la caridad. Pero no el reloj. Por Dios, eso no.

– Si yo le hubiera pedido, señor Parker, ¿me habría dado?

El hombre la miró, y un atisbo de confusión asomó a su rostro.

– No.

– Pero yo también soy pobre.

– Tú eres blanca. Deberías tener más conocimiento.

Lydia no dijo nada más. Tenía que pensar, mantener su cerebro en funcionamiento. En ese instante apareció ante ellos, a la derecha, la iglesia de San Agustín, gris y poco atractiva, y se le ocurrió algo, algo tan tentador que la adrenalina recorrió todo su cuerpo.

– Señor Parker.

El hombre no volvió la cabeza.

– Señor Parker, necesito entrar ahí.

– ¿Qué?

– En la iglesia.

Esa vez sí la miró, desconcertado.

– ¿Por qué?

– Si voy a ir a la cárcel, como usted dice, necesito buscar ante la paz de Dios.

El señor Parker se detuvo en seco.

– ¿Me está tomando el pelo, jovencita? ¿Me tomas por tonto?

– No, señor -musitó, bajando los ojos, modosa-. Sé que lo que he hecho está mal, y debo pedir el perdón del Señor. Le prometo que no tardaremos mucho. -Vio que su captor vacilaba-. Es para lavar mi alma.

Se hizo el silencio. Los ruidos de la calle parecieron remitir, como si sólo ese hombre y ella existieran en toda China. Contuvo la respiración.

El hombre se colocó bien los lentes.

– Está bien, supongo que no puedo negártelo. Pero no creas que vas a escaparte desde ahí dentro.

La condujo por la escalinata de piedra, agarrándole con fuerza la muñeca, y abrió de un empujón la pesada puerta de roble.

Al encontrarse dentro, Lydia quedó petrificada.

El hombre se detuvo e, impaciente, estudió su expresión.

– ¿Y ahora qué?

Ella negó con la cabeza. Era la primera vez que pisaba una iglesia. ¿Y si Dios la fulminaba y caía muerta?

El señor Parker pareció intuir sus temores.

– Dios te perdonará, niña, aunque yo no pueda.

Con los puños muy cerrados, dio unos pasos al frente. No estaba preparada para aquel descenso de temperatura, ni para los techos abovedados que se alzaban sobre ella como los hombres se alzan sobre las hormigas. Se estremeció, y Parker asintió, satisfecho ante su reacción. Ese lugar olía un poco como el patio trasero de la señora Zarya, y el aire húmedo impregnaba su olfato, pero la visión de las vidrieras llenó de emoción sus sentidos. La luz, el fulgor de los colores, eran de una intensidad absoluta, la túnica de la Virgen María más vivida que el pecho de un pavo real, y la sangre de Cristo del tono exacto de los rubíes del collar que Chang le había robado.

– Siéntate.

Lydia obedeció, y lo hizo en un banco largo, cerca del fondo. Alzó la vista para observar a un Cristo de tamaño natural situado por encima del altar, con el temor de que en cualquier momento empezara a brotarle sangre del costado. Había algunas personas sentadas en otros bancos, las cabezas inclinadas, los labios moviéndose al ritmo de las oraciones que murmuraban, pero la iglesia estaba, sobre todo, llena de vacío, y Lydia comprendió por qué la gente acudía a ella. Para alimentarse de aquel vacío. El corazón le latía más despacio, y el pánico que dominaba su mente la abandonó. Allí sí podía pensar.

– Recemos -dijo Parker, que apoyó la cabeza en las manos echándose hacia delante y apoyándose en el respaldo del banco que quedaba frente a ellos.

Lydia lo imitó.

– Señor -murmuró-. Perdónanos a todos, pecadores. Y perdona especialmente a esta joven por su transgresión, y dale la paz que nace de la comprensión. Señor, guíala con Tu Mano Todopoderosa, por la gracia de Jesucristo nuestro Salvador, Amén.

Lydia observaba, a través de su mano entreabierta, que un escarabajo se estaba montando en el zapato reluciente de Parker. Se hizo un largo silencio, y ella valoró la conveniencia de escapar en ese instante, pues el hombre le había soltado la muñeca. Pero no lo hizo, porque sabía que él la atraparía apenas ella moviera un músculo. Además, se estaba bien ahí. El vacío y el silencio.

Cuando cerraba los ojos se sentía como si flotara allí dentro. Miraba hacia abajo. Se despedía de las ratas y el hambre de abajo. ¿Es así como se sienten los ángeles? Ingrávidos, despreocupados y…

Abrió los ojos de golpe. ¿Quién iba a cuidar de su madre y de Sun Yat-sen si se alejaba en una nube blanca de algodón? Dios no parecía haber hecho un gran trabajo con los millones de chinos que morían de hambre, así que, ¿por qué pensar que iba a ocuparse de Valentina y de su conejito blanco?

Dejó que el silencio la rodeara de nuevo, con los ojos entrecerrados.

– Señor Parker.

– ¿Sí?

– ¿Puedo yo también decir una oración?

– Claro. Para eso hemos entrado.

Lydia aspiró hondo.

– Por favor, Señor, perdóname. Perdona mi horrible pecado, y haz que mamá mejore de su enfermedad, y mientras yo estoy en la cárcel, por favor, no dejes que muera, como murió papá. -Entonces recordó algo que había oído decir a la señora Yeoman-. Y bendice a todos tus niños de China.

– Amén.

Al cabo de un instante, volvieron a sentarse. Parker la miraba con una preocupación que parecía haber desplazado a su indignación. Le plantó una mano en el hombro.

– ¿Dónde vives?

– ¿Cómo te llamas?

– Lydia Ivanova.

– ¿Y dices que tu madre está enferma?

– Sí, está postrada en la cama. Por eso he tenido que venir al centro sola, y por eso le he cogido la billetera. Para pagar unos medicamentos.

– Dime la verdad, Lydia. ¿Habías robado alguna vez?

Lydia volvió el rostro hacia él, horrorizada, mientras iban montados en el rickshaw que los llevaba al Barrio Ruso.

– No, señor Parker, nunca. Que se me caiga la lengua si miento.

El hombre asintió, esbozando una sonrisa fugaz. A ella, la forma de su cabeza le recordaba la de un búho: lentes redondos, cara redonda y nariz pequeña y puntiaguda. Confiaba en que, una vez que viera a su madre inconsciente en la cama, y se diera cuenta de que vivían en una especie de leonera, se le ablandaría el corazón y la dejaría ir.

Se olvidaría de la policía, y hasta era posible que les ofreciera unos cuantos dólares para comprar comida. Lo miró de soslayo. Aquel hombre tenía corazón, ¿no?

– ¿Era muy valioso el reloj que le robaron? -le preguntó, mientras el rickshaw enfilaba su calle, que, incluso a sus ojos, parecía cochambrosa y destartalada.

– Sí, lo era. Pero lo grave del caso es que era de mi padre. Me lo regaló antes de partir para India, donde lo mataron, y desde entonces no me había desprendido nunca de él. Saber que lo llevaba siempre en el bolsillo del chaleco era algo muy importante para mí. Y ahora ya no lo tengo.

Lydia apartó la mirada. Al infierno con él.

Subió como una exhalación los dos tramos de escalera. Oía los Pasos del señor Parker tras ella, lo que le sorprendió: debía de estar más en forma de lo que su aspecto daba a entender. Abrió la puerta de la buhardilla de un empujón, se fue derecha a la habitación… Y paró en seco.

No notó que Parker se plantaba a su lado, pero sí oyó la exclamación de sorpresa que no logró reprimir.

– Mamá-dijo-. Estás… mejor.

– Querida, ¿de qué estás hablando? A mí nunca me ha pasado nada. Nada en absoluto.

Nada en absoluto. Valentina estaba de pie en medio de la estancia, y a pesar de lo oscuro del pelo y el vestido, lograba hacer de aquel desván un lugar más luminoso. Su pelo resplandecía sobre los hombros, suave y perfumado, y llevaba un vestido de seda azul marino con cuello blanco, voluminoso, y de escote bajo, que le realzaba el pecho. Se le pegaba a las caderas, pero, excepto ahí, el corte era ancho, muy suelto, y disimulaba muy bien su extrema delgadez. Lydia no se lo había visto nunca puesto. Estaba guapísima. Resplandecía, brillaba.

Pero ¿por qué ese día? ¿Por qué había tenido que escoger ese momento para transformarse en un ave del paraíso? ¿Por qué? ¿Por qué?

Parker carraspeó, incómodo.

– ¿Y quién es nuestro visitante, Lydia? ¿No piensas presentármelo?

– Éste es el señor Parker, mamá. Quiere conocerte.

La sonrisa de Valentina lo engulló y lo llevó a su mundo. Le tendió la mano con un movimiento elegante, y él se la estrechó.

– Encantado de conocerle, señor Parker. -Se rió, con una risa que era sólo para él-. Debe disculpar esta humilde morada nuestra.

Hasta ese momento Lydia no se había fijado en la buhardilla, y al hacerlo constató que había cambiado, que resplandecía. Las ventanas estaban abiertas de par en par, todas las superficies impecables, todos los almohadones en su sitio.

Se había convertido en un lugar lleno de dorados, bronces, luces color ámbar, sin el menor rastro de bichos muertos en el suelo, ni de zapatos desparejados bajo la mesa. El aire olía a lavanda, y no se veía ni un solo cenicero.

Aquello no era lo que Lydia había esperado.

– Señora Ivanova, también para mí es un placer conocerla. Pero lamento comunicarle que no traigo buenas noticias.

Valentina agitó las manos.

– Señor Parker, no me alarme.

– Me disculpo por ser motivo de preocupación para usted, pero su hija se ha metido en un lío. -A pesar de sus palabras, la miraba con gesto benigno, y ella se sentía cada vez más segura de sí misma. Tal vez pasara por alto el episodio de la billetera.

– ¿Lydia? -Valentina meneó la cabeza, indulgente, agitando la negra cabellera-. ¿Qué habrá hecho ahora? No habrá vuelto a nadar en el río.

– No. Me ha robado la cartera.

Se hizo un largo silencio. Lydia esperaba que su madre se escandalizara, pero no lo hizo.

– Le pido disculpas por el comportamiento de mi hija. Hablaré con ella, se lo prometo -dijo con voz grave, disgustada.

– Y me ha dicho que estaba usted enferma. Que le hacía falta dinero para comprarle medicamentos.

– ¿Le parezco enferma?

– En absoluto.

– En ese caso, es que le ha mentido.

– Estoy contemplando la posibilidad de ir a la policía.

– Por favor, no lo haga. Pase por alto esta equivocación suya, por esta vez. No volverá a suceder. -Se volvió para observar a su hija-. ¿Verdad que no, dochenk?

– No, mamá.

– Pídele perdón al señor Parker, Lydia.

– No se preocupe por eso, ya lo ha hecho. Y, lo que es más importante, se ha disculpado ante Dios.

Valentina arqueó una ceja.

– ¿De veras? Me alegro mucho de oírlo. Sé perfectamente lo mucho que le preocupa el estado de su alma juvenil.

Lydia se ruborizó, y dedicó a su madre una mirada asesina.

– Señor Parker -dijo en voz baja-, le pido disculpas por haberle mentido, y por robarle. He hecho mal, pero cuando he salido de aquí mi madre estaba…

– Lydia, querida, ¿por qué no le preparas un té al señor Parker?

– … mi madre había salido, y yo tenía un hambre atroz. No pensaba con la cabeza. Le he mentido porque estaba asustada. Lo siento.

– Muy bien dicho. Acepto tus disculpas, señorita. Olvidemos el asunto.

– Señor Parker, es usted el hombre más amable del mundo. ¿Verdad que sí, Lydia?

La joven hizo esfuerzos por no reírse, y se acercó a una esquina a preparar el té. Lo había visto muchas veces, había sido testigo de cómo los hombres se dejaban el cerebro olvidado en la puerta tan pronto como ponían los pies en la habitación en la que se encontraba su madre. Bastaba un parpadeo de sus ojos resplandecientes. Los hombres eran idiotas. ¿Es que no veían que les engañaban? ¿O acaso no les importaba?

– Venga, siéntese, señor Parker -le invitó Valentina, cambiando sutilmente de tema-, y cuénteme, ¿qué le ha traído a este país extraordinario?

El hombre tomó asiento en el sofá, y ella se instaló a su lado no demasiado cerca, pero sí lo suficiente.

– Soy periodista -dijo-. Y a los periodistas siempre nos atrae lo extraordinario. -Miró a Valentina y dejó escapar una risa algo forzada.

Lydia lo observaba desde su rincón, veía que su cuerpo se aproximaba al de su madre, que incluso sus lentes parecían echarse hacia delante. Tal vez fuera de los que se pierden por unas faldas, pero tenía una risa bonita. Trató de prestar atención a su conversación, pero sus desordenados pensamientos la distraían.

¿Qué había sucedido allí exactamente?

¿Por qué su madre iba vestida con ropa nueva? ¿De dónde la había sacado?

¿De Antoine? Era una posibilidad. Pero aquello no explicaba la limpieza de la habitación, ni el perfume de lavanda que impregnaba el aire.

Sirvió el té en la única taza que les quedaba y se lo llevó al señor Parker, al que dedicó la mejor de sus sonrisas.

– Lo siento, pero no tenemos leche.

El hombre parecía algo indeciso.

– Bébalo solo -terció Valentina, echándose a reír-, como hacemos los rusos. Es mucho más exótico. Le gustará.

– Si lo prefiere, puedo bajar a comprarla -se ofreció Lydia-. Aunque para eso necesitaría dinero.

– ¡Lydia!

Pero Parker estaba mirando a la joven. Su mirada se desplazó hasta su vestido desgastado, pasó por sus sandalias remendadas y llegó a sus muñecas huesudas. Era como si acabara de darse cuenta de que, cuando le había dicho que era «pobre», lo que había querido decirle era que no tenía nada. Ni siquiera dinero para comprar leche. De la billetera extrajo dos billetes de veinte dólares y se los alargó.

– Sí, baja a comprar leche, por favor. Y algo de comer para ti.

– Gracias -respondió ella, y se fue deprisa, por si cambiaba de opinión.

No tardó más de diez minutos en ir a por leche y unas galletas María, pero, cuando regresó, Valentina y Parker ya estaban de pie, listos para ausentarse, y su madre se estaba enfundando unos guantes nuevos.

– Lydochka, si no salgo ahora mismo, llegaré tarde a mi nuevo trabajo.

– ¿Trabajo?

– Sí, empiezo hoy.

– ¿Y qué trabajo es?

– Bailarina.

– ¿Bailarina?

– Así es. No pongas esa cara.

– ¿Y dónde?

– En el hotel Mayfair.

– Pero si siempre has dicho que las bailarinas no eran mejores que las…

– Cállate, Lydia, no seas tonta. A mí me encanta bailar.

– No soportas a los hombres torpes. Dices que son como renos que te pisotean.

– Esta noche quedaré a salvo de esa suerte, porque el señor Parker se ha ofrecido amablemente a acompañarme para asegurarse de que no me pase mi primera noche sentada, como una flor en un florero.

– ¿Baila usted bien, señor Parker? -le preguntó Lydia.

– Aceptablemente.

– En ese caso estás de suerte, mamá.

Su madre le dedicó una mirada difícil de interpretar, antes de salir agarrada del brazo de su acompañante. Cuando llegaron al primer rellano, Lydia oyó que Valentina exclamaba:

– Vaya por Dios, he olvidado algo. ¿Le importaría esperarme aquí un momento? No tardo nada.

Sonido de pasos corriendo escalera arriba, y la puerta que se abrió, antes de cerrarse de golpe.

– Eres tonta, eres una niña tonta e imprudente -masculló su madre con la mano extendida. El bofetón le echó la cabeza hacia atrás-. Podrías estar en el calabozo de la policía en este preciso momento. Entre ratas y violadores. No salgas de casa hasta que vuelva -le ordenó.

Y volvió a salir.

Su madre no le había puesto nunca la mano encima. Jamás. Su estupor era tan grande que empezó a temblar y a agitarse. Se llevó una mano a la mejilla, que le ardía, y emitió un gemido gutural. Empezó a caminar de un lado a otro, buscando alivio en el movimiento, como si de ese modo fuera a ir más deprisa que sus pensamientos, y entonces vio en el suelo el paquete que el señor Parker había comprado en los almacenes Churston, el que llevaba envuelto en papel de seda blanco, y que se había dejado olvidado, concentrado como estaba en su madre. Lo levantó, lo abrió, y encontró una pitillera de plata engastada con lapislázuli y jade.

Se echó a reír. Reía y reía sin poder evitarlo. La risa ascendía desde su pulmones, inagotable, hasta que le pareció que iba ahogarse. Todo era tan absurdo… Primero el collar, y ahora la pitillera. En ambos casos a su alcance, y a la vez fuera de su alcance. Lo mismo que Chang An Lo.

«Chang, ¿dónde estás? ¿Qué estás haciendo?» Todo lo que quería se le escapaba.

Cuando el ataque de risa remitió, se sintió tan vacía que empezó a llevarse galletas a la boca. Primero una, después otra, y otra, y otra más, hasta que sólo quedó una, que aplastó, mezcló con las hojas y las hierbas de la bolsa de cartón. Una vez que lo hubo hecho, bajó a ver a Sun Yat-sen.

Capítulo 14

Los muros eran altos, enlucidos, la valla de roble negro, y en ella, labrado, destacaba el espíritu de Men-shen, que protegía del mal. Un león se agazapaba sobre cada poste. Theo Willoughby observó los ojos de piedra y no sintió más que odio hacia ellos. Cuando un cuervo negro como el carbón fue a posarse en la cabeza de uno de ellos, deseó que con sus garras le arrancara el corazón mineral, que era lo que él quería hacer con sus propias manos: arrancarle el corazón a Feng Tu Hong.

Se acercó al portero.

– El señor Willoughby quiere ver a Feng Tu Hong. -Optó por no expresarse en mandarín.

El portero, con su túnica gris y su calzado de esparto, le hizo una gran reverencia.

– Feng Tu Hong le espera.

La esposa del empleado condujo a Theo a través de los distintos patios. Caminaba con dificultad, pues sus pies no eran mayores que los pulgares de un hombre, y habían sido vendados una y otra vez hasta que, bajo el envoltorio, apestaban a putrefacción, con aquellos pies sucedía lo mismo que con ese país infernal, de podredumbre encubierta. Aquel día los ojos de Theo se revelaban ajenos a la belleza de China, a pesar de estar rodeados de ella por todas partes. Cada uno de los patios que atravesaban acariciaba sus sentidos con nuevas delicias, fuentes frescas que aliviaban el calor de la sangre, campanillas que el viento hacía sonar y que cantaban directamente al alma, estatuas y pavos reales que atraían las miradas, y por todas partes, a la luz oblicua del atardecer, los lirios con su palidez fantasmagórica recordaban al visitante su propia invalidad.

– ¡Tú! ¡Endemoniada puta de alcantarilla!

Las palabras rasgaron la penumbra.

Theo se detuvo abruptamente. A su derecha, en un pabellón profusamente ornamentado, farolillos con forma de mariposas proyectaban una luz tenue sobre las cabezas oscuras de dos mujeres jóvenes que jugaban al mah-jongg. Las dos iban perfectamente peinadas y maquilladas, y ataviadas con magníficas sedas, pero una había hecho trampas, y la otra maldecía como un marinero. «En China el engaño es fácil.»

– Venga -musitó su guía.

Y Theo obedeció. Los patios indicaban el grado de riqueza: a más patios, de más lingotes de plata podía alardear el propietario y, como Theo sabía muy bien, a Feng Tu Hong le encantaban los alardes. Tras pasar bajo un arco profusamente decorado, salpicado de farolillos con forma de dragón, y acceder al último y más lujoso de los patios, una figura surgió de entre las sombras. Se trataba de un hombre de unos treinta años, y el ardor excesivo de la juventud iluminaba todavía su mirada. Apoyaba una mano en el machete que llevaba al cinto.

– Te busco -dijo secamente.

Era ancho de hombros, bajo, de piel fina, y Theo lo reconoció al instante.

– Antes tendrás que clavarme ese machete, Po Chu -respondió Theo en mandarín-. No he venido hasta aquí para que me traten como a un perro. Estoy aquí para hablar con tu padre.

Rodeó al hombre y siguió su camino en dirección al edificio bajo y elegante que se alzaba frente a él, pero antes de llegar al primer peldaño, sintió un filo recortado en forma de zarpa de tigre que se apoyaba entre sus clavículas.

– Te busco -repitió la voz, más áspera.

Theo la ignoró. No pensaba dejarse intimidar, no allí. Se volvió un poco, para que el arma no apuntara directamente al corazón.

– Mátame -masculló.

– Con gusto.

– Po Chu, baja ese machete inmediatamente y pide perdón a nuestro invitado.

Quien hablaba era Feng Tu Hong. Su voz grave había resonado en todo el patio, y provocado que un murmullo general se extendiera por el resto de la casa.

El arma descendió. Po Chu se arrodilló e, inclinándose, rozó el suelo con la frente.

– Mil perdones, padre mío. Sólo pretendía manteneros a salvo.

– Es honor mío mantenerte a salvo a ti, boñiga de mula. Pide perdón a nuestro invitado.

– Honorable padre, no me pidáis eso. Preferiría abrirme las tripas y dejar que las ratas las devoraran a disculparme ante este hijo del diablo.

Feng dio un paso al frente. Bajo su túnica escarlata y holgada, sus piernas, macizas y poderosas, podían matar a un hombre de una patada, y abatir a un buey. Se plantó ante su hijo, cuya frente seguía clavada en el suelo enlosado.

– Pídele perdón -exigió.

Suspiro prolongado.

– Mil perdones, Tiyo Willbee.

Theo bajó la cabeza, burlón, en señal de reconocimiento.

– No vuelvas a cometer el mismo error, Po Chu, si quieres seguir con vida -dijo, y tras extraer un cuchillo con mango de hueso que llevaba metido en la manga, lo arrojó al suelo.

El joven, que seguía postrado en el suelo, ahogó un silbido.

Su padre, complacido, cruzó los brazos sobre el pecho. Entre las sombras oscilantes del ocaso, Feng Tu Hong recordaba a Lei Kung, el gran dios del trueno, aunque en lugar del inmenso martillo ensangrentado, sostenía una serpiente, una serpiente pequeña, negra, con ojos glaucos, más pálidos que la muerte. Se le enroscaba en la muñeca, y olisqueaba el aire, en busca de presas.

– Espero no volver a verte nunca más en esta casa, Tiyo Willbee. No mientras yo viva y conserve las fuerzas para degollarte.

– Yo también esperaba no volver a poner los pies sobre esta alfombra. -Se trataba de una pieza exquisita, de seda color crema, confeccionada por las mejores tejedoras de Tientsin, un regalo que ya hacía cuatro años Theo había ofrecido a Feng Tu Hong-. Pero el mundo cambia, Feng. Nunca sabemos qué nos deparará el futuro.

– Mi odio por ti no cambia.

Theo le dedicó una sonrisa.

– Tampoco el que yo siento por ti. Pero dejemos eso de lado. He venido a hablar de negocios.

– ¿De qué negocios va a saber un maestro de escuela?

– De uno que te llenará los bolsillos y te abrirá el corazón.

Feng ahogó una risotada desdeñosa. Los dos sabían que, cuando se trataba de negocios, no tenía corazón.

– Aunque te vistas como un chino… -apuntó con un dedo grueso la túnica larga, color vino, el chaleco de fieltro, las zapatillas de seda-, hables nuestra lengua y estudies las palabras de Confucio, no creas que puedes pensar como un chino, ni hacer negocios como un chino. Porque no puedes.

– Prefiero vestir con ropas chinas, sencillamente, porque son más frescas en verano, y abrigan más en invierno, y porque, a diferencia de la corbata y el cuello de la camisa, dejan que la sangre me llegue a la mente. Así, mi mente es libre para tomar la senda tortuosa, como cualquier otro chino. Y pienso lo bastante como un chino como para saber que este negocio que te propongo hoy es tan importante para los dos que puede unir los mares negros que nos separan.

Feng soltó una carcajada, una risa estridente, exenta por completo de alegría.

– Bien dicho, inglés, pero ¿quién te ha dicho que necesite hacer negocios contigo? -Recorrió la estancia con sus ojos negros, antes de clavarlos de nuevo en Theo.

El visitante comprendió al momento el sentido de su gesto. El aposento no habría sido más lujoso ni aunque hubiera pertenecido al mismísimo emperador T'ai Tsu, aunque su exceso chocaba con el gusto de Theo por la perfección de las líneas chinas. Allí todo estaba dorado, labrado, engastado con piedras preciosas. Hasta los pájaros cantores, encerrados en sus jaulas de oro, llevaban collares y bebían agua de unos cuencos Ming con esmeraldas incrustadas. La silla en la que Theo había tomado asiento estaba recubierta de pan de oro, y los apoyabrazos tenían forma de dragón, cuyos ojos eran unos diamantes tan grandes como uñas.

Aquella sala era la forma que tenía Feng Tu Hong de exhibirse ante el mundo, además de una advertencia. A ambos lados de puerta se alzaban dos recordatorios de sus orígenes; uno era una armadura, confeccionada con miles de escamas superpuestas, metálicas y de cuero, que semejaban una piel de lagarto, y cuyo guantelete sujetaba una lanza afilada que hubiera podido arrancarle el corazón a cualquiera. Al otro lado se encontraba el oso, un oso negro, asiático, con una franja blanca en el pecho, que se sostenía sobre sus patas traseras, con las fauces abiertas, como a punto de desgarrar el primer cuello que se le pusiera por delante. Era un oso disecado, sí, pero aun así un recordatorio de su poder.

Theo asintió, comprensivo, y en ese preciso instante una muchacha que no tendría más de trece años entró con una bandeja.

– Ah, Kwailin nos trae el té -dijo Feng, que permaneció en silencio observando a la joven, que sirvió el té verde en dos tazas diminutas y se lo ofreció, acompañado de unos dulces aromáticos. A pesar de que sus miembros eran macizos y pequeños, se movía con gracia, y le pesaban los párpados, como si se pasara los días en la cama, comiendo albaricoques y dátiles azucarados. Theo supo al momento que se trataba de la nueva concubina de Feng.

Se tomó el té, pero la bebida no eliminó el sabor amargo que impregnaba su boca.

– Feng Tu Hong -dijo al fin-, el tiempo se retira con la marea.

Su anfitrión hizo un gesto a la muchacha para que se ausentara. Ella, antes de hacerlo, dedicó una tímida sonrisa a Theo, y él se preguntó si aquel gesto le valdría, más tarde, una tanda de azotes.

– Y entonces, inglés, ¿qué negocio es ése?

– Conozco a un hombre de importancia, a un mandarín del Asentamiento Internacional, que desea comerciar contigo.

– ¿Y con qué comercia ese hombre, ese mandarín?

– Con información.

Feng entrecerró aún más los ojos, y Theo sintió que el corazón le latía más deprisa.

– ¿Información a cambio de qué? -quiso saber Feng.

– A cambio, lo que pide es un porcentaje.

– Nada de porcentajes. Una tarifa fija.

– Feng Tu Hong, con ese hombre no se regatea.

Feng cerró los puños y golpeó la mesa con los dos a la vez.

– Aquí las condiciones las pongo yo.

– Pero él es el que conoce el modo de librarse de las lanchas bombarderas.

Feng clavó sus ojos negros en Theo, y durante un largo momento, ninguno de los dos dijo nada.

– El uno por ciento -concedió al fin el anfitrión.

– Me insultas. E insultas a mi mandarín.

– El dos por ciento.

– El diez por ciento.

– ¡Bah! -rugió Feng-. Cree que puede robarme.

– El ocho por ciento de cada cargamento.

– ¿Y qué ganas tú?

– Yo gano el dos por ciento restante por la intermediación.

Feng se echó hacia delante, con la prominente mandíbula abierta, voraz, y al verlo a Theo le vino a la mente el oso asiático.

– El cinco por ciento para el mandarín, y el uno por ciento para ti.

Theo se cuidó mucho de exhibir la menor satisfacción.

– Hecho.

– ¿Ha dicho que sí?

– Ha dicho que sí, y no me ha matado.

Lo dijo en broma, pero Li Mei volvió la cabeza, corriendo el cortinaje de sus cabellos sedosos para alejarse, y se negó a mirarle.

– Amor mío -susurró él-, estoy sano y salvo.

– De momento. -Se asomó a contemplar la neblina que ascendía por el río, asfixiaba la luz de las farolas y se tragaba las estrellas.

– ¿Has visto a mis primas? -preguntó en voz baja-. ¿A mi hermano?

– Sí.

– Tus primas jugaban al mah-jongg en el pabellón.

– ¿Y tenían buen aspecto? -Al fin se volvió hacia él y le miró con ojos brillantes, sin poder disimular la curiosidad-. ¿Se reían, sonreían, parecían contentas?

Theo le rodeó la cintura con el brazo y le besó el pelo. Aspirar su perfume bastó para despertar su deseo.

– Sí, dulce niña, estaban preciosas, con sus peinetas de plata y sus cheongsams [3] color jade y azafrán, sus pendientes de perla y sus sonrisas en la cara. Libres y despreocupadas como pájaros en primavera. Sí, parecían contentas.

Sus palabras la complacieron. Le tomó la mano, se llevó los dedos a los labios y se los besó, uno por uno.

– ¿Y Po Chu?

– Hemos hablado un poco. Ni a él ni a mí nos ha alegrado encontrarnos.

– Ya lo sabía.

Theo se encogió de hombros.

– ¿Y mi padre? ¿Le has transmitido mi mensaje?

– Sí.

– ¿Y qué ha dicho?

En esa ocasión Theo no mintió.

– Me ha dicho -le reveló, atrayéndola hacia sí- «Yo ya no tengo ninguna hija que se llame Mei. Para mí, está muerta.»

Li Mei hundió el rostro en el pecho de su amante, con tal fuerza que él temió que fuera a asfixiarse. Pero no le dijo nada, y se limitó a abrazar su cuerpo tembloroso.

Capítulo 15

Chang An Lo viajaba de noche. Era más seguro. El pie seguía doliéndole, y en las montañas, el avance era lento. Su viaje de regreso duró demasiado. Casi le pillaron.

Oía su respiración, la de sus caballos. El golpeteo de la lluvia en sus capas de cabritilla. Él detuvo los latidos de su corazón y se tumbó boca abajo en el barro, y las pezuñas pasaron a un palmo de su cabeza, pero la oscuridad le salvó. Dio gracias a Ch'ang O, diosa de la luna, por darle la espalda esa noche. Después, robó una mula en un cobertizo sin vigilancia, en un pueblo que se hallaba en el fondo del valle, pero a cambio dejó un puñado de plata.

Acababa de amanecer, y el viento que provenía de las vastas llanuras del norte traía el polvo de limo amarillento, que penetraba en sus fosas nasales y se le metía en la boca. Fue entonces cuando divisó al fin la extensión de edificios que componían Junchow. Desde la distancia, la ciudad parecía desordenada. Lo oriental se fundía con lo occidental, y los destartalados tejados de la ciudad antigua surgían en yuxtaposición con los bloques macizos y las líneas rectas del Asentamiento Internacional. Chang trataba de no pensar en ella, en qué pensaría de él. Quiso escupir, pero aquel polvillo fino le había dejado sin saliva, y por eso se limitó a murmurar.

– Malditos una y mil veces los invasores fanqui. China se meará pronto en los diablos extranjeros.

Y, sin embargo, a pesar de sus maldiciones, una diablilla extranjera lo había invadido a él, y no sentía el menor deseo de expulsarla de su vida. Agazapado entre unos matorrales -su sombra fundida con la de los árboles- deseaba tanto volver a verla que le dolía a pesar de saber que se arriesgaba a perder más de lo que podía permitirse.

Sobre él, las venas rojizas que teñían el cielo parecían rastros de sangre derramada.

El agua estaba fría. Sabía nadar bien, pero las corrientes fluviales eran fuertes, y se enredaban a sus piernas como tentáculos, de modo que tuvo que golpear con fuerza para librarse de ellas. El pie que la muchacha-zorro le había cosido volvía a servirle de mucho, agradeció a los dioses que le hubieran concedido el don de un pulso tan firme. Gracias al paso por el río se ahorraría los centinelas, y todos los pares de ojos que vigilaban los caminos que conducían a Junchow. Había esperado al anochecer. Los sampanes y los juncos que navegaban río abajo con sus velas negras, y sin luces en la proa, lo dejaban atrás, rumbo a sus furtivos destinos y, sobre su cabeza, las nubes impedían la visión de las estrellas. El río guardaba sus secretos.

Cuando llegó a la otra orilla permaneció inmóvil, en silencio, junto al casco carcomido de una barca puesta del revés, atento a los sonidos de la oscuridad, a las sombras cambiantes. Estaba de nuevo en Junchow, cerca de ella una vez más. La alegría se apoderó de él, y al cabo de un rato, acompañado sólo por los crujidos de las ratas al moverse, se puso en marcha y se adentró en la ciudad.

– Ai! Mis ojos se alegran de verte. -El joven de la cicatriz larga que dividía un lado de su cara saludó a Chang con voz de alivio-. Saber que estás de vuelta, vivo, que sigues soltando tus maldiciones, amigo mío, significa que esta noche, al fin, dormiré tranquilo. Toma, bebe esto, parece que lo necesitas.

La luz de la pared parpadeó, la llama de la antorcha chisporroteo y silbó, como dotada de vida.

– Yuesheng, te doy las gracias. Esta vez se han acercado mucho los escorpiones grises de Chiang Kai-Check. Alguien debió de susurrarles algo al oído. -El recién llegado se tomó de un trago el licor de arroz, y sintió que le devolvía la vida a sus huesos helados. Se sirvió otro vaso.

– No importa quién haya sido; le cortaremos la lengua.

Estaban en una bodega. Las paredes de piedra rezumaban agua y aparecían cubiertas de líquenes de colores vivos, pero se trataba de un lugar espacioso, y los sonidos de la imprenta quedaban amortiguados por el grosor de las paredes y los techos. Sobre ellos se alzaba la fábrica textil, y en ella las máquinas no paraban en todo el día. Pero sólo el capataz sabía del mecanismo que, en secreto, trabajaba bajo sus pies. Se trataba de un miembro del sindicato, de un comunista, de un luchador por la causa, y suministraba petróleo y tinta así como cubos de licor de arroz, a los activistas del turno de noche. Desde que los nacionalistas del Kuomintang accedieron al poder y Chiang Kai-Chek juró que borraría a los comunistas de la faz de China, respirar era un peligro, y los panfletos, invitaciones a la espada del verdugo. Media docena de rostros jóvenes, voluntariosos se congregaban alrededor de la imprenta, media docena de vidas que pendían de un hilo.

Yuesheng se sacó del bolso una tira de pescado seco y se la entregó a Chang.

– Come, amigo mío. Necesitas recobrar fuerzas.

Chang obedeció, y probó su primer bocado en tres días.

– Los últimos carteles son buenos. Los que exigen nuevas leyes contra el trabajo infantil -dijo-. He visto varios de camino, uno pegado incluso sobre la puerta del Consejo.

– Sí. -Yuesheng se echó a reír-. Ése es obra de Kuan.

Al oír su nombre, la joven delgada alzó la vista de los panfletos que se dedicaba a amontonar, para meter en sacos, y saludó a Chang con un movimiento de cabeza.

– Cuéntame, Kuan, ¿cómo es que siempre te las apañas para colgar los carteles en los lugares más insultantes, bajo las mismas narices de Feng Tu Hong? -le preguntó, alzando la voz para hacerse oír sobre el estrépito de la maquinaria-. ¿Acaso vuelas con los espíritus de la noche, invisible a los ojos humanos?

Kuan se acercó. Llevaba la chaqueta azul, holgada, y los pantalones de una campesina, a pesar de haberse licenciado recientemente en Derecho, en la Universidad de Pekín. No era partidaria de las sonrisas dóciles que la mayoría de las mujeres de Junchow dedicaban al mundo.

Cuando sus padres la echaron de casa por humillarlos cortándose el pelo y aceptando un trabajo en una fábrica, su deseo de luchar por los derechos de las mujeres no hizo sino crecer. No quería que la mujer siguiera siendo propiedad de padres y maridos, perro al que se podía patear impunemente.

Poseía la valentía de la muchacha-zorro, pero en su interior no ardía ninguna llama, ninguna luz tan brillante que iluminara un espacio, ningún calor tan intenso que los lagartos se acercaran para estar a su lado.

¿Dónde estaría Lydia en ese momento? Lo estaría maldiciendo, de eso no le cabía duda. La imagen de sus ojos astutos, entrecerrados, aguardándolo, llenos de furia, hizo que se le escapara una carcajada, y Kuan, que malinterpretó su alegría, le dedicó una de sus escasas sonrisas.

– Ese presidente de consejo, ese Feng Tu Hong, con su cara de camello, merece un trato especial.

– Cuéntame, ¿qué novedades se han producido en mi ausencia?

La sonrisa se esfumó al instante.

– Ayer ordenó una purga de los obreros de la metalurgia en la fundición, los que pedían mejoras de seguridad en los altos hornos.

– Decapitaron a doce de ellos en el patio, como aviso para el resto -añadió Yuesheng, que se llevó la mano a la cicatriz y se la acarició. Su rostro, tras el gesto, pareció oscurecerse y latir con vida propia.

Un estallido de ira recorrió el cuerpo de Chang. Cerró los ojos y se concentró. Aquél no era el momento. Ese momento estaba envuelto en fuego. Y, con el peligro tan cerca, lo que a él le hacía falta era control.

– El momento de Feng Tu Hong llegará -dijo, sereno-. Eso os lo prometo. Y con esto el momento llegará antes. -Sacó un papel de la bolsa de piel que llevaba atada al cuello.

Yuesheng se lo arrebató, lo leyó a toda prisa y asintió, satisfecho.

– Es una nota prometedora -anunció al resto-. Nos darán rifles. Winchesters. Cien Winchesters.

Seis rostros esbozaron sonrisas al unísono, y un hombre alzó al aire un puño manchado de sangre, a modo de saludo.

– Lo has hecho muy bien -dijo Yuesheng, con orgullo en la voz.

Chang se sentía satisfecho. Yuesheng y él eran tan amigos que se consideraban casi hermanos. Su amistad era la piedra en la que se apoyaban. Le plantó la mano en el hombro y, sin palabras, comprendiéndose, se miraron a los ojos.

– Las noticias que llegan del sur son buenas -le dijo Chang.

– ¿Mao Tse-tung? ¿Nuestro líder sigue evitando las trampas de los barrigas grises?

– Escapó por los pelos el mes pasado. Pero su campamento militar de Jiangxi crece día a día, y desde todo el país acuden a él como abejas a un panal. Algunos con sólo una hoz en la mano, y el corazón lleno de fe. Se acerca la hora en que Chiang Kai-Chek descubrirá que con su traición al país ha firmado su propia sentencia de muerte.

– ¿Es cierto que la semana pasada hubo otra escaramuza cerca de Cantón?

– Sí -respondió Chang-. Hizo explosión un tren lleno de tropas del Kuomintang, y…

Un fuerte estrépito acalló su voz y el ruido de las imprentas, y la puerta metálica, en lo alto de la escalera, se abrió de golpe. Un muchacho se metió en la bodega presa del pánico, con los ojos desbocados.

– ¡Están aquí! -exclamó-. Las tropas están…

Un disparo resonó en el sótano, y el muchacho cayó al suelo de tierra boca abajo, mientras la mancha de un rojo intenso se extendía por la espalda de su chaqueta.

Al instante, el movimiento se apoderó de la bodega. Todos sabían qué tenían que hacer. Yuesheng los había preparado para ese día. Se apagaron las antorchas. En la oscuridad, las botas enemigas atronaban en su descenso de los peldaños, y se emitían órdenes dirigidas a sombras. Silbaron otros dos disparos, que acabaron incrustados en la pared. Pero, en el otro extremo, una escalerilla de mano estaba lista. Unas tuercas bien engrasadas retrocedieron con suavidad. Se abrió una escotilla. Pero el rectángulo de noche era más pálido, y recortó las siluetas contra la abertura cuando, una tras otra, iniciaron la huida.

Ultimo en la cola, junto a la escalera, acompañado de Yuesheng, Chang vio el perfil tenuemente dibujado de un soldado que se aproximaba desde la escalera, y de una patada certera le desencajó la mandíbula. Se oyó un grito de dolor desgarrado. En un abrir y cerrar de ojos, Chang se apoderó del rifle y disparó una ráfaga de balas por todo el sótano.

– Vamos -le gritó a Yuesheng.

– No, sal tú primero.

Chang posó la mano en el brazo de su amigo.

– Sal tú.

Yuesheng no esperó más y ascendió a toda prisa por la escalera de mano. Chang disparó una vez más y notó que, a modo de respuesta, la bala de un Kuomintang le rozaba el pelo. Sin dar tiempo a su amigo a salir, salió disparado tras sus talones. Más balas disparadas desde abajo, y de pronto Chang sintió un peso muerto que se le venía encima. Fue como si le hubieran desgarrado el corazón.

Se cargó el cadáver de Yuesheng a un hombro, salió de la escotilla, y corrió hacia la oscuridad.

Capítulo 16

– ¿Más vino, Lydia?

– Gracias, señor Parker.

– ¿Crees que debe beber, Alfred? Sólo tiene dieciséis años.

– Vamos, mamá, que ya soy mayor.

– No tanto como tú te crees, querida.

Alfred Parker sonrió, indulgente, y los vidrios de sus lentes brillaron al contemplar a Lydia a la luz de las velas.

– Sólo por esta vez. Después de todo, ésta es una noche especial.

– ¿Especial? -Valentina arqueó una elegante ceja-. ¿En qué sentido?

– En el sentido de que es la primera comida que hacemos juntos. La primera de muchas, espero, en las que tendré el honor de acompañar a dos mujeres tan hermosas. -Alzó la copa brevemente, apuntando con ella, sucesivamente, a Lydia primero, y después a Valentina.

Ésta bajó la mirada un instante, se pasó un dedo por la pálida piel del cuello, como sopesando la conveniencia de la proposición, y a continuación lo miró fijamente a los ojos. Al constatar el efecto que aquellos gestos tuvieron en Alfred Parker, Lydia pensó que era como si su madre hubiera activado una trampa. El hombre estaba colorado de placer. Los ojos oscuros y sensuales de su madre; sus labios entreabiertos, le nublaban la mente y le desposeían de mucho más de lo que Lydia jamás pretendió robarle.

– Garçon -llamó-. Otra botella de borgoña, por favor.

Se encontraban en un restaurante del Barrio Francés, y Lydia había pedido filete a la pimienta. El maître francés le había hecho una reverencia, como si se tratara de alguien importante, alguien que pudiera permitirse pagar una cena como ésa. En un restaurante como ése. Se había puesto el vestido, por supuesto, el vestido color albaricoque que había llevado al concierto, y se había propuesto mirar a los demás comensales con indiferencia absoluta, como si acudiera todos los días a locales como aquél.

Nadie podía sospechar que se estrenaba en varias cosas: era la primera vez que iba a un restaurante, la primera vez que comía filete, y la primera vez que bebía vino.

– Espero que escojas algo impactante, querida -había declarado su madre, burlona.

Lydia observaba a Parker atentamente, copiaba los modales que exhibía cuando se trataba de seleccionar el cubierto adecuado de entre el gran despliegue que cubría el mantel blanco, inmaculado, se fijaba en su modo de llevarse la servilleta a la comisura de los labios. Le sorprendió que su madre le anunciara que Alfred la había invitado a cenar con ellos. Otro estreno más. Ningún otro amigo de su madre la había incluido nunca en sus planes, y en su mente sonaron campanas de alarma, pero su deseo de cenar en un restaurante fue mayor que su intuición, que le decía que debía mantenerse lo más alejada que pudiera del señor Parker.

– Está bien -dijo a su madre-. Iré. Pero sólo si no me sermonea.

– No te sermoneará. -Valentina sujetó a su hija por la barbilla y la zarandeó cariñosamente-. Pero pórtate bien. Sé dulce y cariñosa. Esto es importante para mí, cielo.

– ¿Y qué pasa con Antoine?

Hasta ese momento, todo había ido bien. Sólo había cometido un pequeño desliz, cuando Parker, amablemente, le había ofrecido un caracol de su plato para que lo probara. Sin pensarlo, respondió:

– No, gracias, ya he comido tantos caracoles en mi vida que no quiero comer ni uno más.

Valentina le clavó la mirada, y le propinó un puntapié por debajo de la mesa.

– ¿En serio? -Parker parecía sorprendido.

– Sí -respondió Lydia sin vacilar-. En casa de mi amiga Polly. A su madre le encantan.

– No la culpo por ello. ¿Con un poco de mantequilla y ajo?

– Mmmm, deliciosos. -Se echó a reír, maliciosa-. ¿Verdad que sí, mamá?

Valentina alzó los ojos al cielo. No quería recordar las veces que había salido a caminar bajo la lluvia para coger los caracoles que, de noche, poblaban los arbustos y los jardines traseros de las casas. E incluso algún que otro gusano, alguna que otra rana. Y no quería recordar el hedor que desprendía la cacerola en que los cocía.

Lydia dedicó a Alfred Parker una sonrisa dulce y cariñosa.

– Mamá me dice que es usted periodista, señor Parker. Eso debe de ser muy interesante.

Su madre emitió un suspiro de alivio y aprobación.

– Soy periodista, sí, trabajo para el Daily Herald. Nos hallamos en un momento muy convulso de la historia de China, y a la vez crucial. Chiang Kai-Chek ha traído al fin algo de sensatez y orden a este país desgraciado, gracias a Dios. De modo que sí, es un trabajo extremadamente interesante -respondió, dedicándole una sonrisa franca.

Ella se la devolvió.

– Y dime, Lydia, ¿tú lees el periódico?

Lydia parpadeó. ¿Acaso no tenía en cuenta que por el precio de un periódico podía comprarse dos baos y llenarse la barriga?

– Normalmente estoy demasiado ocupada con los deberes de clase.

– Ah, sí, claro, haces muy bien. Pero te sería útil leer el periódico de vez en cuando, para saber qué es lo que sucede por aquí. Ensanchar tu mente, ya sabes, conocer los hechos.

– Mi mente es bastante ancha. Y todos los días aprendo cuáles son los hechos.

Otra patada por debajo de la mesa.

– Lydia estudia en la Academia Willoughby -terció Valentina, dedicando a su hija una mirada asesina-. Le concedieron una beca.

Parker se mostró impresionado.

– Debe de ser muy lista, ciertamente. -Se volvió para mirar a la joven-. Conozco bien al director de tu escuela. Se lo comentaré.

– No hace falta.

Parker se echó a reír, y le dio una palmada en la mano.

– No te alarmes, no le comentaré cómo nos conocimos.

Lydia alzó la copa, enterró en ella la nariz y deseó su muerte.

Valentina acudió en su rescate.

– Creo que tienes razón con lo del periódico, Alfred. Le vendría muy bien ampliar sus conocimientos y, además -esbozó lentamente una sonrisa-, nada me proporcionaría más placer.

– ¿Señor Parker?

A regañadientes, el periodista apartó los ojos de Valentina.

– ¿Sí, Lydia?

– Tal vez yo sepa más cosas que usted sobre lo que sucede en este lugar.

Parker se apoyó mejor en el respaldo y estudió a la joven con una precisión que hizo dudar a Lydia si no lo habría subestimado.

– No se me escapa que tu madre te permite un grado de libertad que te lleva a conocer más que la mayoría de las muchachas de tu edad, pero, aun así, ¿no te parece que exageras? Sólo tienes dieciséis años.

Sabía que debía dejarlo en ese punto, lo sabía. Dar otro sorbo a aquel vino delicioso, y dejar que Parker siguiera poniendo ojos de cordero degollado a su madre. Pero no lo hizo.

– Una de las cosas que sé, por ejemplo, es que su querido Chiang Kai-Chek ha engañado a sus seguidores -dijo-, y ha traicionado los tres principios sobre los que Sun Yat-sen construyó la República de China.

– Chyort vosmi, Lydia!

– Eso es absurdo. -Parker arrugó la frente-. ¿Quién te ha llenado la cabeza con esas mentiras ridículas?

– Un amigo. -¿Se había vuelto loca?-. Un amigo chino.

Valentina se echó hacia delante en su asiento y agarró con fuerza la copa.

– ¿Y quién es ese amigo chino exactamente? -le preguntó con voz gélida.

– Me salvó la vida.

Se hizo un silencio tenso en la mesa, y entonces Valentina soltó una carcajada.

– ¡Cielo, pero qué mentirosa eres! ¿Dónde lo conociste en realidad?

– En la biblioteca.

– Ah, claro -intervino Parker-. Eso lo explica todo. Un intelectual de izquierdas. Todo palabras y nada de hechos.

– Debes mantenerte alejada de él, querida. Mira qué hicieron con Rusia los intelectuales. Las ideas son peligrosas. -Dio unos golpes con los nudillos en la mesa-. Te prohíbo terminantemente que vuelvas a ver a ese chino.

– No te preocupes. Por mí, como si está muerto.

– Lydia Ivanova, si no me equivoco. ¡Qué interesante encontrarte concretamente aquí!

Lydia acababa de salir del tocador de señoras y regresaba a su sitio sorteando mesas, entre el rumor de la gente, cuando oyó tras ella la voz de una mujer. Al volverse, se topó con unos ojos azules pálidos, que la observaban divertidos.

– Condesa Serova -exclamó, sorprendida.

– Veo que todavía llevas el mismo vestido.

– Es un vestido que me gusta.

– Querida, a mí me gusta el chocolate, pero no lo tomo siempre. Permíteme presentarte a mi hijo.

La condesa se echó a un lado para que Lydia viera mejor al joven que la seguía.

Se trataba de un hombre de rostro alargado, alto como su madre, de pelo abundante, rizado, castaño, y con la misma pose altiva, el mismo rictus, la misma manera de entrecerrar los ojos, como si el mundo no estuviera a su altura y no mereciera la pena abrirlos del todo.

– Alexei, ésta es la joven Lydia Ivanova. También es de San Petersburgo. Su madre es pianista.

– Pianista de conciertos, de hecho -puntualizó Lydia.

La condesa esbozó una sonrisa.

– Buenas noches, señorita Ivanova -saludó el joven con voz cristalina, inclinando apenas perceptiblemente la cabeza, y clavando la mirada en un punto indeterminado que quedaba por encima de sus ojos-. Espero que esté disfrutando de la velada.

– Lo estoy pasando estupendamente, gracias. Aquí la comida es excelente, ¿no le parece? -Era la clase de comentario que creía que su madre habría hecho, alegre, desenfadado, trivial.

Pero la respuesta fue breve.

– Sí.

Permanecieron largo rato en aquel silencio incómodo.

– Debo irme -dijo Lydia al fin.

Se volvió hacia la condesa y la vio mirar a Valentina, que había acercado mucho el rostro al de Alfred, y le hablaba en susurros. A Lydia le pareció que su madre estaba más guapa que nunca esa noche, resplandeciente con aquel vestido azul marino y blanco, el peo casi negro, tamizado por la tenue luz, recogido en un moño alto, los labios rojo carmín. Lo que sorprendía a su hija era que todos los presentes en el restaurante la miraran.

– Ha sido un placer volver a verla, condesa. Buenas noches Do svidania.

– ¡Vaya! ¡Esta noche parece que sí sabes ruso!

Lydia no tenía la menor intención de caer en aquella trampa, de modo que se limitó a sonreír y se dirigió a su mesa, recordando las instrucciones que la señorita Roland les daba en clase. «Caminad con las caderas hacia delante, niñas, siempre. Si queréis caminar como damas, debéis caminar con las caderas.» Cuando se sentó, Valentina alzó la vista y se fijó en que la condesa Natalia Serova y su hijo se encontraban en el otro extremo del salón. Lydia se fijó en que su madre abría mucho los ojos, antes de apartar la mirada bruscamente, y cuando los Serova pasaron junto a ella, instantes después, ninguna de las dos mujeres saludó a la otra.

Lydia levantó uno de los bombones de menta que le habían traído con el café, y pensó que, sin duda, no le costaría mucho acostumbrarse a esa vida.

La dejaron frente a la puerta.

– Duerme bien, cielo.

Valentina agitó la mano desde el asiento del acompañante, tras la ventanilla del coche de Parker, antes de retirarla y hacerla desaparecer. El Armstrong Siddeley negro se dirigió a la esquina, demasiado grande y ostentoso para una calle tan estrecha, encendió la luz de freno y se esfumó. Dijeron que iban a una sala de fiestas. Al Silver Slipper. Ella permaneció a solas, en la oscuridad. El reloj de la iglesia dio las once. Contó todas las campanadas. El Silver Slipper. «Si bailas allí hasta después de las doce, ¿te conviertes en calabaza? ¿Y en condesa?»

Apartó de su mente aquellos pensamientos raros, abrió la puerta y enfiló la escalera. Sentía las piernas sin vida, como si se la hubiera dejado toda en el restaurante, y la cabeza le dolía de un modo peculiar. No estaba segura de si era a causa del aire húmedo de la noche, o del vino que se le había subido a la cabeza, y le pesaba como una capa de plomo.

Sabía que debía sentirse contenta. Había vivido una velada emocionante. ¿O no? Alfred Parker se había mostrado atento y cortés. Y, más importante aún, era generoso, exactamente lo que su madre y ella necesitaban. La vida parecía sonreírles. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? ¿Qué diablos le pasaba? ¿Por qué notaba ese peso desagradable y constante en el estómago, como si tuviera la gripe?

Abrió la puerta de la buhardilla. Parker no lo hacía por ella eso lo sabía bien. La había pillado robando, y mintiendo. Era la clase de hombre que tenía principios, lo mismo que su buhardilla tenía cucarachas, de la clase de hombres que se aferraba a sus creencias de lo que estaba bien y lo que estaba mal. Con toda aquella palabrería sobre «la columna vertebral de Inglaterra», por Dios y por el rey Enrique. Un hombre de bien, como solía decirse, un buen tipo. Resopló, irritada. Los hombres como Parker se mantenían siempre en el territorio de la alta moral porque eran condescendientes consigo mismos, porque se daban caprichos como el de cenar en restaurantes franceses caros. No daban su brazo a torcer.

Al menos hasta ese momento. Porque ahora, Parker había conocido a Valentina.

Encendió una cerilla en la oscuridad, alumbró la vela solitaria que reposaba sobre la mesa y al instante se vio rodeada de sombras acechantes que reptaban por las paredes y rodeaban el pequeño círculo de luz. El calor era insoportable. La ventana estaba entreabierta, pero apenas podía respirar. Impaciente, empezó a quitarse el vestido por la cabeza para que el aire pegajoso le rozara la piel, con la esperanza de que aquello aliviara su dolor de cabeza.

– No lo hagas.

Lydia ahogó un grito al oír la voz. Aunque había sido apenas un susurro, la reconoció al momento, y el corazón le dio un vuelco. Se giró al instante, pero no vio a nadie.

– ¿Quién anda ahí? -preguntó con el corazón desbocado.

– Estoy aquí.

La cortina que separaba la sala de su dormitorio se agitó.

Ella dio un paso al frente y la descorrió. Era Chang An Lo, que estaba sentado en la cama.

– Vete.

– Escúchame, Lydia Ivanova. Escucha lo que te digo.

– Ya he escuchado. Me has robado el collar de rubíes, lo has vendido en el sur, no sé dónde, y has entregado el dinero. Lo he escuchado todo. ¿Y esperas que te crea?

– Sí.

– Eres una rata embustera, ladrona, podrida, cómplice, sucia y rastrera. -Lydia no podía dejar de caminar de un lado a otro, totalmente ajena al hecho de que sólo llevaba puesta la ropa interior-. Ojalá hubiera dejado que aquel policía te hundiera la bala en ese corazón podrido que tienes cuando tuve la ocasión.

– He venido a decirte…

– A decirme que me has robado. Pues muchas gracias, eres muy amable. Y ahora vete -añadió, señalando la puerta.

– … a decirte por qué lo he hecho.

Aquel sapo falso seguía de pie en el centro de la buhardilla, igual de calmado y sereno que si acabara de traerle flores, en lugar de mentiras, y ella sentía unas ganas terribles de ahogarlo. Había confiado en él, qué tonta había sido, había confiado en él, ella que no confiaba en nadie. ¿Y qué había hecho él? Él había arrojado su confianza por la alcantarilla, dejándole un gran vacío en las entrañas.

– Vete -le gritó-. Vamos, sal de aquí. Sé por qué lo hiciste, y no quiero oír toda tu sarta de mentiras, de modo que…

Llamaron con fuerza a la puerta, y Lydia se interrumpió en seco.

– ¿Estás bien, Lydia? -preguntó una voz.

Era el señor Yeoman.

Los ojos de la muchacha se clavaron en los de Chang, y por primera vez vio peligro en ellos. Su visitante se había puesto de puntillas, listo para atacar.

– No -le susurró ella, secamente-. No.

– ¿Tienes algún problema, querida? ¿Necesitas ayuda?

El señor Yeoman era un anciano que no podía hacer nada frente a Chang. Lydia se acercó a la puerta y la entreabrió. Su vecino estaba en el rellano, el pelo blanco revuelto, con un atizador de latón en la mano.

– Estoy bien, señor Yeoman, gracias. De verdad, sólo estaba… discutiendo con un amigo. Siento haberle molestado.

Los ojos del viejo la miraron, desconfiados.

– ¿Estás segura de que no puedo ayudarte?

– Sí, estoy segura. Pero gracias de todos modos.

Cerró la puerta, se apoyó en ella y suspiró de alivio. Chang no se movió.

– Tienes buenos vecinos -comentó él en voz baja.

– Sí -replicó ella más calmada-. Vecinos que no tratan de engañarme con palabras astutas. -A la luz mortecina de la vela, se fijó en que la piel del rostro del intruso se tensaba alrededor de los prominentes pómulos, y hacía ademán de hablar, por lo que ella se apresuró a seguir-. Y si mi madre entrara en este momento y te encontrara aquí, te despellejaría vivo, con o sin pataditas de kung fu. Así que… -Recogió el vestido y se lo puso-. Así que saldremos a la calle ahora mismo, y allí podrás decirme qué es lo que has venido a decirme, y luego no quiero volver a verte nunca más ¿Entendido?

Lydia oyó que Chang aspiraba hondo, y le pareció que le arrebataba el aire de los pulmones.

– Entendido.

Lo condujo hasta una casa que quedaba a dos calles de la suya. Se trataba más de un refugio que de una casa, pues se había quemado hacía nueve meses, pero aún permanecía en su lugar, como un colmillo ennegrecido, en medio de la terraza de ladrillo, y se había convertido en hogar de murciélagos y ratas, así como de algunos perros salvajes. Gran parte de lo que había sobrevivido había sido saqueado, pero las paredes externas seguían en pie, y daban al lugar cierta sensación de intimidad, a pesar de la falta de tejado. Había empezado a llover, una llovizna suave que templaba el aire y era un bálsamo para la piel de Lydia.

– ¿Y entonces? -le preguntó, observándolo fijamente.

Chang se tomó su tiempo. En silencio, se fundió con la oscuridad y pareció reptar por las estancias en ruinas, igual de etéreo que el viento que soplaba desde el río y refrescaba los brazos desnudos de Lydia. Tras asegurarse de que no había más personas refugiadas tras las montañas negras de escombros, regresó junto a ella.

– Ahora hablaremos -dijo-. He venido a verte para que pudiéramos hablar.

La claridad tenue de la última farola que alumbraba en la esquina iluminaba el espacio que los separaba, y Lydia se dedicó a observarlo con atención. Había cambiado. No habría sabido decir en qué, ni cómo, pero el cambio era evidente. Lo sentía como sentía la lluvia en el rostro. Había una nueva tristeza en las comisuras de sus labios, una tristeza que tiraba de ella y la llevaba a querer escuchar su corazón, descubrir por qué latía tan despacio. Pero lo que hizo fue levantar mucho la cabeza y recordarse a sí misma que se había aprovechado de ella, que su preocupación por ella equivalía a cero. Que todo eran mentiras y excrementos de rata.

– Habla entonces -le conminó ella.

– Te habría matado.

– El collar.

– Estás loco. -Imaginó que la joya la asfixiaba cuando intentaba ponérsela alrededor del cuello.

– No, mis palabras son verdaderas. Lo habrías llevado a la ciudad vieja de Junchow, a uno de esos antros en los que no hacen preguntas. Ellos roban a los ladrones que acuden a ellos, pero siempre tienen las manos limpias y blancas. Pero nadie habría tocado siquiera ese collar, nadie se habría atrevido.

– ¿Porqué?

– Porque se sabe que fue confeccionado como regalo para la madame Chiang Kai-Chek. De modo que habrías regresado con las manos vacías, y antes de haber llegado a casa te habrían matado y arrojado a una cloaca, sin el collar.

– Tratas de asustarme.

– Si quisiera asustarte, Lydia Ivanova, hay muchas otras cosas que podría contarte.

De nuevo el gesto de su boca reveló una tristeza que el resto de su cara negaba. Lydia observó aquellos labios con atención, y creyó lo que le decían. Allí de pie, bajo la lluvia, en medio de aquellas ruinas mugrientas, rodeados del cielo nocturno, negro como la muerte, sintió una oleada fría de alivio. Y respiró hondo.

– Parece que vuelvo a deberte la vida -dijo, estremeciéndose.

– Estamos comprometidos, tú y yo. -Alargó la mano para vencer el abismo de luz amarillenta que se extendía entre ellos, y le rozó el brazo, apenas una caricia breve, poco más que el ala de una Polilla en la oscuridad-. Nuestros destinos se han unido, están cosidos con la misma firmeza con que tú me cosiste el pie.

Su voz era tan suave como su caricia. Lydia sintió que la bola compacta de ira que sentía en el interior temblaba y empezaba a derretirse. Sintió que le corría por las venas, que abandonaba su cuerpo por los poros de su piel, que se encontraba con una lluvia que la eliminaba. Pero ¿y si aquello también era mentira? Más mentiras pronunciadas por unos labios capaces de lograr que ella creyera en sus palabras. Se rodeó el cuerpo con los brazos, para impedir que toda la ira que sentía lo abandonara. La necesitaba. Era su armadura.

– El compromiso implica compartir, ¿no es cierto? -dijo-. Y, además, no cambia el hecho de que el collar era mío. Si lo has vendido en algún lugar del sur, donde desconocen su verdadera importancia, entonces deberías compartir el dinero conmigo. A mí me suena justo. El cincuenta por ciento para cada uno -zanjó alargando la mano.

Chang soltó una carcajada. Era la primera vez que Lydia le oía reír, y su risa ejerció un efecto raro en ella. Se liberó. Por un instante fugaz, olvidó la interminable lucha.

– Eres como un zorro, Lydia Ivanova, clavas los dientes y ya no sueltas nunca a tu presa.

Ella no estaba segura de si aquello era un insulto o un halago, pero no se detuvo a averiguarlo.

– ¿Cuánto te dieron por él?

Chang escrutó su rostro con aquellos ojos negros, la risa colgada aún en sus labios.

– Treinta y ocho mil dólares.

Lydia se sentó de golpe sobre un muro bajo, destartalado, y apoyó la cabeza entre las manos.

– Treinta y ocho mil dólares. Una fortuna -susurró-. Mi fortuna. -El silencio lo rompió sólo algo que se arrastraba por el suelo, camino de la puerta. Chang le dio un puntapié. Era una comadreja-. Treinta y ocho mil dólares -repitió, despacio, saboreando las palabras con la lengua, como si fueran de miel.

– El mismo número de vidas se han perdido en Shanghai y en Cantón.

¿Cantón? ¿De qué estaba hablando? ¿Qué diablos tenía que ver Cantón con sus treinta y ocho mil dólares? Sentía la mente embotada, pero en ese instante se le encendió una luz en el cerebro. Una masacre, el año anterior. Recordó que todo el mundo hablaba de ella. Y luego estuvo lo de Shanghai, aquella vez que, cumpliendo órdenes de Chiang Kai-Chek, los nacionalistas del Kuortuntang prepararon una emboscada a los comunistas y acabaron con ellos en un sangriento ataque callejero. Pero en China aquello no era nada nuevo. Nada que se saliera de lo corriente. Siempre aparecía un señor de la guerra u otro, como el general Zhang Xuehang o Wu Peifu, que alcanzaban pactos entre ellos, y luego se traicionaban en guerras salvajes. Entonces, ¿qué tenía que ver Cantón en todo aquello? ¿Por qué había mencionado Chang ese incidente concreto?

Alzó la vista para mirarlo y vio que se había retirado aún más hacia las sombras, aunque su voz, llena de ira, lo delataba. De pronto, todo encajó en su mente, y se puso en pie de un salto.

– Eres comunista, ¿verdad?

Chang no respondió.

– Es peligroso -le advirtió ella-. A los comunistas los decapitan.

– Y a los ladrones los encarcelan.

Se miraron en la penumbra. Sus lenguas no pronunciaban las acusaciones que deseaban proferirse. Lydia se estremeció, pero en esa ocasión él no la acarició.

– Robo para sobrevivir -se justificó ella secamente-. No para satisfacer un ideal intelectual. -Se alejó unos pasos de él-. Yo no puedo permitirme tener ideales.

No oyó sus pasos, pero al momento su perfil oscuro volvía a encontrarse a su lado. La lluvia resplandecía sobre sus cabellos negros, muy cortos, y plateaba su piel.

– Mira, Lydia Ivanova, mira esto.

Ella obedeció. Chang sostenía algo pequeño y delgado que colgaba entre sus dedos. Se acercó más, para verlo mejor. Era la comadreja muerta.

– Ésta -dijo- va a ser mi cena de hoy. No soy yo el que come en un restaurante recurriendo a mentiras y a falsas sonrisas. De modo que no me hables del precio de los ideales. A mí no.

Lydia se ruborizó.

– Vamos a zanjar este asunto ahora -dijo, en un tono más brusco del que pretendía usar-. Quiero mi parte del dinero.

– Siempre tienes hambre, como los zorros. Aquí tienes. Aliméntate con esto.

Le alargó la bolsa de piel. Ella la sostuvo entre sus manos, y sintió que no pesaba nada. Se acercó al punto en que la farola iluminaba más, pasando sobre ladrillos rotos, hasta llegar junto a lo que había sido una ventana. Apresuradamente, abrió la bolsa y extrajo su contenido, con los mismos dedos que, no hacía tantos días, habían acariciado el collar de rubíes. En esa ocasión, sin embargo, sólo encontraron unas pocas monedas. ¿Acaso creía que iba a cerrarle la boca con un puñado de dólares? Sintió su tacto suave, cálido, contra la piel. Eran el precio de su traición. ¿Tan poco valía para él? Se volvió, y en tres zancadas volvió a situarse frente a él. Alargando el brazo, le arrojó las monedas a la cara.

– Vete al infierno, Chang An Lo. ¿Qué sentido tiene que hayas salvado la vida, si luego la destruyes?

No regresó a casa. La idea de encontrarse sola en aquel cuarto miserable le resultaba insoportable en aquellos momentos. Así que se puso a caminar. Deprisa, vigorosamente. Como si, al hacerlo fuera a conseguir librarse del calor que le corría por las venas.

Caminar a aquellas horas de la noche era una temeridad. En el Asentamiento Internacional, las historias sobre secuestros y violaciones estaban a la orden del día, pero aquello no la detuvo esa noche. Habría querido acercarse corriendo al río, escapar de los miles de personas que luchaban por su centímetro cuadrado de aire y de espacio en Junchow. Tal vez allí lograra respirar mejor. Pero ni siquiera Lydia estaba tan desesperada. Sabía de la existencia de las ratas de río, los hombres con un cuchillo y un vicio que satisfacer, de modo que se dirigió colina arriba, por Tennyson Road y Wordsworth Avenue, donde las casas eran seguras y respetables, y donde los perros vigilaban, en sus casetas, cualquier paso furtivo.

Estaba muy enfadada con Chang An Lo, pero más enfadada aún consigo misma. Había consentido que se introdujera bajo su piel, y le había hecho sentir… sentir… ¡Demonios! ¿Sentir qué? Trataba de comprender el remolino de emociones que le oprimía el pecho, pero todas se confundían, se mezclaban, y cuando trataba de tirar de ellas, se aferraban a sus pulmones y a su garganta como alambradas. Le dio un puntapié a una piedra y la oyó rebotar contra el guardabarros de un coche aparcado. En algún lugar ladró un perro. Un coche, una casa, un perro. Con treinta y ocho mil dólares habría podido tener las tres cosas. Por una libra esterlina te daban doce dólares chinos, o eso era lo que Parker le había contado esa noche, más que suficiente para lo que ella necesitaba: dos pasaportes, dos billetes en el vapor de Inglaterra, y una pequeña casa de ladrillo, con baño y suelos de madera, para poder bailar sobre ellos. Y un poco de césped para Sun Yat-sen. Al conejo le encantaría.

Se negó a seguir pensando. Era demasiado doloroso. Ahuyentó aquellas imágenes de su mente, pero no logró librarse tan fácilmente de las de Chang, sus ojos intensos, el susurro de su caricia en el brazo. Aquellos recuerdos perduraban en ella, se extendía por su piel, de un miembro a otro.

Trató de establecer qué había de distinto en él esa noche. Estaba más flaco, sí, pero no era eso. Siempre había sido delgado. No. Era algo en su rostro. En sus ojos, en la curva de su boca. Había visto la misma expresión una vez, en la cara de Polly, cuando atropellaron a su adorado Benji. Era un gesto de dolor constante. No el dolor que había sentido cuando ella le suturaba el pie. Se trataba de algo más profundo. Deseaba saber qué le había sucedido, qué era el causante de aquel cambio tan considerable desde aquel día en la Quebrada del Lagarto, pero al mismo tiempo se había jurado que nunca volvería a hablar con él. Esa noche le había hecho sentir… ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

Mal. Le había hecho sentirse mal consigo misma.

Llegó junto a un par de pilares de piedra y una verja de hierro -fácil de escalar-, y sin abandonar la sombra protectora de un alto seto, que rodeaba la propiedad, corrió ágil, bajo la lluvia, en dirección a la parte trasera de la casa.

– ¡Lydia! ¡Estás empapada! -Los ojos azules de Polly, muy abiertos, expresaban perplejidad, pero su rostro mantenía la calma, y mostraba aún el velo del sueño.

– Siento despertarte, pero tenía que venir a contarte…

Polly tiró de ella, le levantó el vestido para quitárselo por la cabeza, y cuando lo hubo hecho lo escurrió, mientras emitía un gemido lastimero.

– Espero que no se haya echado a perder.

– Bah, Polly, qué más da el vestido. Ya se me mojó la primera vez que lo llevé, y no le pasó nada. Bueno, casi nada. Una o dos manchas de agua en la franja de raso, de modo que unas cuantas más no importan.

Con gran cuidado, Polly colocó el vestido en el perchero.

– Ten, ponte esto -dijo, arrojándole un camisón a Lydia. Era blanco, con unos elefantitos de color rosa estampados en las mangas y el dobladillo. A Lydia le pareció infantil, pero se lo puso para tapar su cuerpo huesudo, flaco. El de Polly, en cambio, era redondeado, suave, lleno de curvas, sus pechos ya crecidos, móviles, mientras que los de Lydia eran poco más que dos platillos vueltos del revés. «Cuando comas un poco, cielo, ya verás cómo te crecen, no te preocupes», le había dicho su madre. Pero ella no estaba tan segura.

Polly se sentó en la cama y dio unas palmaditas a su lado, para indicar a su amiga que se sentara.

– Siéntate y cuéntamelo todo.

Esa era una de las cosas que a Lydia le gustaban de Polly, que era adaptable. No le importaba lo más mínimo que la despertaran en plena noche llamando a su ventana, y se mostraba encantada de abrírsela a su visitante nocturna, que aparecía calada hasta los huesos. Sólo había que trepar hasta el primer piso, algo fácil que Lydia había hecho varias veces ya, por la celosía y el tejado del porche desde el que ya sólo había que dar un pequeño salto hasta el alféizar de la ventana. Por suerte Christopher Mason consentía tanto a sus perros que les permitía dormir en el lavadero cuando llovía, de modo que no había corrido el peligro de perder un pedazo de pierna de un bocado.

– ¿Cómo te ha ido? -le preguntó Polly, emocionada, con un gesto que le hacía parecer más joven-. ¿Te ha gustado?

– ¿Quién?

– Alfred Parker. ¿Quién si no? ¿No es de él de quien has venido a hablarme?

– Ah, sí, claro. De la cena en La Licorne.

– ¿Qué ha pasado?

Lydia tuvo que rebuscar mucho en su memoria.

– Ha sido divertido. Yo he tomado gambas con salsa de ajo -dijo, echándole el aliento a su amiga a modo de prueba-, y filete a la pimienta, y…

– No, no, no hablo de la comida. ¿Qué tal él?

– ¿El señor Parker?

– Sí, tonta.

– Ha sido… amable. -La elección de la palabra sorprendió a la propia Lydia, pero al pensar un poco en ella llegó a la conclusión de que era cierto.

– ¡Qué soso!

– Sí, sí, es más soso que una clase de latín. Cree que lo sabe todo, y quiere que pienses lo mismo que él. Me ha dado la impresión de que le gusta que le admiren.

A Polly se le escapó una risita.

– No seas tonta, Lyd, a todos los hombres les gusta que les admiren. De eso se trata con ellos, básicamente.

– ¿De veras?

– Sí, claro. ¿No te has dado cuenta? Eso es lo que se le da tan bien a tu madre, y por eso los hombres siempre revolotean a su alrededor.

– Yo creía que era porque es guapa.

– Con ser guapa no basta. Tienes que ser lista. -Meneó la cabeza, y el pelo rubio osciló de un lado a otro, mientras esbozaba a sonrisa cariñosa-. A mi madre se le da fatal.

– Pero a mí me gusta tu madre precisamente como es.

– A mí también -reconoció Polly, ufana.

– ¿Están tus padres en la cama?

– No, han ido a una fiesta en casa del general Stowbridge. Tardarán bastante en volver. -Polly saltó de la cama-. Aquí sólo quedan los criados, pero están en sus aposentos, de modo que ¿porqué no bajamos y nos preparamos un cacao?

Lydia se levantó de un salto.

– Sí, por favor.

Salieron del dormitorio, bajaron la escalera y se metieron en la cocina. Lydia se sentía más cómoda allí. Para ser sincera consigo misma, el cuarto de Polly no le gustaba. La ponía tensa. Y era por culpa del comportamiento de su amiga. No había tardado en aprender que no debía tocar nada, absolutamente nada. Si levantaba un cepillo del tocador, o sacaba algún libro de la estantería, Polly se inquietaba al momento y corría a ponerlo de nuevo en el mismo lugar, y en la misma posición exacta. Y con sus muñecas era aún peor. Tenía veintitrés preciosas muñecas en fila, sobre una balda, con las caras de porcelana y vestidos bordados a mano. Si cualquiera de ellas cambiaba un solo dedo, o se le movía un mechón de pelo, ella se daba cuenta y se sentía impulsada a quitarlas todas de su sitio y recolocarlas. Y tardaba siglos.

Lydia se mantenía siempre lo más lejos posible de ellas. Lo raro era que aquellas obsesiones raras desaparecían tan pronto como su amiga abandonaba el dormitorio, y su pupitre, en clase, estaba casi siempre más desordenado que el de Lydia. Era como si en la privacidad de su propia habitación se entregara a sus ansiedades y temores, pero en los demás lugares los mantuviera escondidos y sonriera al mundo. Lydia siempre velaba por que nadie la molestara, ni siquiera el señor Theo.

– Voy un momento a ver cómo está Toby -le dijo su amiga-. No tardo nada.

Y desapareció en el lavadero.

Lydia se asomó al recibidor, arrastrando los pies sobre el suelo pulido hasta que chirriaron, y echó un vistazo al salón, para admirar un instante el gramófono, con su cuerno de latón brillante, con la esperanza de que la fragancia de todo aquel lujo apartara su mente de Chang. Pero no, lo que consiguió fue todo lo contrario. Junto al salón se encontraba la puerta del despacho, que el padre de Polly mantenía siempre cerrada con llave. Sólo por probar Lydia giró el pomo. Y la puerta se abrió.

La habitación estaba en penumbra, pero no se atrevió a encender la luz. Un rectángulo de luz amarilla se recortaba desde la puerta e iluminaba una gran mesa de roble plantada en el centro tras la que se alzaban unos archivadores de madera oscura. En la otra pared colgaba el cuadro de un gran caballo gris con una pata negra, y junto a él, el retrato al óleo de un joven de aspecto nervioso, que debía de ser Christopher Mason en su adolescencia. Pero la atención de Lydia no se fijó en las paredes, sino en un gran libro encuadernado en piel que reposaba sobre la mesa. Tras mirar atrás, para ver si Polly se acercaba, entró en el despacho oscuro y se inclinó sobre él, y leyó la palabra «DIARIO» escrita en relieve dorado sobre la cubierta. Lo abrió y pasó muy deprisa las páginas, hasta llegar a la que correspondía al día del baile, encabezada con su correspondiente fecha: «Sábado, 14 de julio.»

La letra del señor Mason era apresurada y grande, un garabato de tinta negra que costaba leer, y que sin embargo ella devoraba a gran velocidad. «Seis de la mañana: monto a caballo con Timberley. Ocho treinta: reunión para desayunar con sir Edward en la Residencia.» A continuación había algo anotado y tachado con unas líneas gruesas, seguido de «almuerzo con MacKenzie», y de «Willoughby, 7.30». Finalmente, escrito con letra más pequeña, al final de la página, podía leerse: «V.I. en el Club.» Y estaba subrayado.

V.I.

Valentina Ivanova.

De modo que el encuentro no había sido casual.

– ¿Lydia? -la llamó Polly desde la cocina.

– Ya voy -respondió ella, que no obstante revisó las páginas anteriores. V.I. VI. V.I. V.I. VI. Una vez cada mes. Desde enero hasta julio. Se adelantó a las fechas que aún estaban por llegar, y descubrió que había un encuentro programado para el dieciocho de agosto.

– ¿Lyd? -La voz la llamaba desde más cerca.

Cerró el diario de golpe y llegó a la puerta en el instante mismo en que su amiga la empujaba para entrar.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -Los ojos azules de Polly reflejaban su horror-. Todos tenemos prohibido entrar aquí, incluso mi madre.

Lydia se encogió de hombros, pero no respondió nada. Sentía la boca demasiado seca.

Las dos muchachas estaban en la cocina, de pie, soplando sobre sus tazas de cacao humeante, y Polly se reía al oír la historia de Lydia, que le contaba que a Alfred Parker casi se le habían caído los lentes cuando Valentina le pidió que le quitara una miga de pan que había ido a caerle en el cuello. En ese momento se oyó el ruido de una llave en la cerradura de la puerta principal. Polly se quedó helada, pero Lydia reaccionó deprisa. Vertió en el fregadero el chocolate que todavía no se había bebido, metió la taza en un armario y se escondió tras la puerta de la cocina. No tuvo tiempo más que para dedicar una mirada tranquilizadora a su amiga, que parecía presa del pánico. «Por favor, por favor, Polly, piensa con la cabeza.»

– Y no, no creo que el viejo deba… -Christopher Mason se detuvo a media frase. Sus pasos resonaban claramente en los suelos de madera, cada vez más cerca-. Polly, ¿eres tú?

Por un momento, Lydia temió que Polly fuera a quedarse ahí, como un conejo asustado al ver los faros de un coche, pero no fue así; se puso en pie en el momento oportuno y salió al vestíbulo a saludarlo.

– Hola, padre. ¿Lo has pasado bien en la fiesta?

– Eso no importa. ¿Qué diablos haces tú levantada a estas horas?

– No podía dormir. Tenía calor, y sed.

A Lydia, la voz de su amiga le sonaba rara, pero Mason no parecía darse cuenta, y arrastraba las palabras al hablar, claro indicio de las copas de coñac que acababa de tomarse.

– Pobre niña -intervino Anthea Mason-. Déjame que te sirva una limonada bien fría, que te ayudará a…

– No, gracias, ya he bebido.

– Bueno, yo sí tomaré un poco. Tengo un dolor de cabeza atroz.

Unos tacones resonaron en dirección a Lydia.

– ¿Mamá?

– ¿Sí?

– Vamos a sentarnos en el salón. Quiero que me cuentes todo lo que ha sucedido en la fiesta, y qué ropa llevaba la señora Lieberstein esta vez. ¿Ha…?

– Es demasiado tarde para esas tonterías. -Era Mason-. Deberías estar en la cama, mi niña.

– ¡Por favor, por favor!

– No. Y no quiero repetírtelo. Vete a la cama ahora mismo.

– Pero…

– Haz lo que dice tu padre, Polly, sé buena. Mañana ya hablaremos de la fiesta, te lo prometo.

Pausa. Y luego, sonido de pasos en el vestíbulo.

Lydia contuvo el aliento.

La puerta de Polly se cerró, arriba, y el chasquido fue como una señal para los dos adultos, que seguían de pie en el vestíbulo.

– Eres demasiado blanda con la niña, Anthea.

– No, yo…

– Lo eres. Si yo no estuviera aquí, le consentirías incluso que asesinara a alguien. Y no pienso consentirlo. Me desautorizas, ¿es que no lo ves? Tu obligación es asegurarte de que aprenda a comportarse como es debido.

– ¿Como te has comportado tú esta noche, quieres decir?

– ¿Qué es lo que estás insinuando exactamente?

Silencio.

– Vamos, exijo saber qué insinúas.

La respuesta tardó en llegar, y vino precedida de un gran suspiro.

– Sabes perfectamente qué es lo que insinúo, Christopher.

– Por el amor de Dios, mujer. No tengo el don de leer las mentes.

– Esa mujer americana. Esta noche, en la fiesta. ¿Es así como quieres que se comporte Polly?

– Por Dios, ¿así que es por eso? ¿Por eso me has hecho volver pronto a casa? No seas ridícula, Anthea. Esa mujer estaba siendo amable, lo mismo que yo, eso es todo. Su esposo y yo hacemos negocios juntos, y si tú fueras un poco más abierta, un poco mas divertida en estas…

– Os he visto en la terraza, muy «amables» los dos.

La madre de Polly lo dijo en voz baja, pero el bofetón que siguió resonó en todo el vestíbulo, y el grito ahogado, dolorido de Anthea sacó a Lydia de su escondite. Dio un paso al frente y se plantó en el quicio de la puerta, pero la pareja estaba demasiado concentrada en sí misma como para fijarse en ella. Mason estaba echado hacia delante, como un toro, el cuello hundido entre los hombros de su chaqueta arrugada, un brazo extendido, dispuesto a golpear de nuevo. Su esposa se echaba hacia atrás, para alejarse de él y se había llevado una mano a la mejilla, donde la marca roja le llegaba casi a la oreja. Se le había caído el pendiente.

Sus ojos azules, enormes, eran como los de Polly, pero estaban tan llenos de desesperación que Lydia no lo soportó más. Se adelantó, pero llegó tarde. Otro bofetón hizo tambalearse a Anthea. Se sujetó en el paragüero y salió corriendo hacia el salón, cerrando la puerta tras ella. Mason se dirigió hecho una furia hacia el comedor, donde Lydia sabía que guardaban el coñac, y también cerró de un portazo. Lydia se quedó en medio del vestíbulo, temblorosa. Del salón le llegaba un llanto amortiguado, y habría querido entrar, pero era lo bastante sensata como para saber que no sería bienvenida. De modo que subió las escaleras, sin importarle si hacía ruido o no, y regresó a la habitación de Polly.

Una mirada al rostro de su amiga le bastó para saber que había oído al menos parte de lo que había ocurrido abajo. Y la parte que importaba. Mantenía los labios tan apretados que la sangre casi no le llegaba a ellos, y se resistía a mirar a Lydia. Sentada al borde de la cama, se abrazaba con fuerza a una de sus muñecas, y respiraba con dificultad. Lydia se acercó a ella, se sentó a su lado, le tomó una mano y se la estrechó entre las suyas. Polly se apoyó en ella, sin decir nada.

Capítulo 17

Chang seguía en el mismo sitio cuando la muchacha-zorro regresó a la casa calcinada. La había esperado en la oscuridad, seguro de que regresaría antes incluso de lo que ella suponía. La lluvia había cesado, y un gajo de luna brillaba en los ladrillos mojados que lo rodeaban, y se reflejaba en el canto de una de las monedas que ella había rechazado sin pensarlo dos veces. Él sabía lo importante que era el dinero para ella, como también que no sería el dinero lo que la haría volver.

Tan pronto como la chica puso los pies en el umbral, se dio cuenta de que ya no cargaba consigo aquella ira, ni deseaba clavarle una espada en el corazón. Y dio gracias a los dioses por ello. Pero sus miembros parecían pesarle mucho, y el perfil de sus hombros abatidos recordaba al lomo de un camello. Verla así le dolía.

Lydia permaneció de pie junto a la puerta vacía, para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad.

– Chang An Lo -llamó-. No te veo, pero sé que estás ahí.

¿Cómo lo sabía? ¿De qué modo captaba su presencia, lo mismo que él captaba la suya? Se apartó del muro y se dejó iluminar por la luna.

– Me honras con tu regreso, Lydia Ivanova. -Le hizo una gran reverencia para darle a entender que no deseaba que entre ellos se alzaran más palabras duras.

– ¿Por qué comunista? -le preguntó ella, sentándose en un bloque de cemento que había formado parte de una chimenea-. ¿Por qué estás tan loco que quieres ser comunista?

– Porque creo en la igualdad.

– Así de fácil.

– Es que es fácil. Son sólo los hombres, con su avaricia, los que lo complican.

Lydia dejó escapar una risotada burlona que lo pilló por sorpresa. Ninguna mujer china emitiría jamás un sonido como aquel en presencia de un hombre.

– Las cosas no son tan fáciles.

– Pueden serlo.

Los mandarines de su mundo occidental le habían llenados cabeza de falsedades y le habían vendado los ojos con la niebla del engaño, y por eso ella veía lo que le decían, y no lo que tenía delante de sus propios ojos. Su lengua se movía deprisa, pero saboreaba sólo la sal de las mentiras. No sabía nada de China, nada que fuera cierto. Se dio la vuelta para volver a acuclillarse junto al muro, los ladrillos sólidos en contacto con su espalda, y se echó hacia delante para verle el rostro con más claridad. Nunca la había visto tan inmóvil, ni había oído su voz tan hueca.

– ¿Sabes -le preguntó con voz amable, para que no se enfadara- que a las mujeres y a los niños siguen vendiéndolos como esclavos? ¿Que unos terratenientes que no viven en el territorio roban a los campesinos la comida de sus mesas y las cosechas en sus campos? ¿Qué el ejército se lleva a los hombres, que abandonan las aldeas y dejan a los débiles y los ancianos morir de hambre en las calles? ¿Sabes todas esas cosas?

Ella lo miró, pero esa noche sus gestos no le decían nada.

– China no va a cambiar -dijo al fin-. Es demasiado graní, demasiado vieja. En la escuela he aprendido que los emperadores han gobernado como dioses durante miles de años. No se puede.

– Sí se puede. -Al pensar en todo lo que quedaba por hacer, sintió que un calor le ardía en el pecho. Quería que ella lo supiera-. Podemos hacer que la gente sea libre, libre para pensar, libre para trabajar a cambio de un salario digno. Libre para poseer tierras. A los obreros chinos se los trata peor que a cerdos. Se los pisotea en el lodo, como escarabajos. Pero los ricos comen en piáis de oro, y en los textos de Confucio estudian cómo ser Hombres Virtuosos. -Escupió al suelo-. Que el Hombre Virtuoso pruebe un solo día de trabajo en los campos, apoyado en sus manos y sus rodillas. Veamos qué le importa más entonces, si la perfección de una palabra en los poemas de Po Chu o un cuenco de arroz en la panza. -Agarró un pedazo roto de ladrillo y lo lanzó contra la pared-. Que se coma su poema

– Pero, Chang An Lo, tú has comido poemas. -Lo dijo serenamente, aunque a él no le pasó por alto la impaciencia que se ocultaba bajo sus palabras-. Tú eres una persona educada, y sabes que la educación es la única manera de avanzar. Tú mismo dijiste que provenías de una familia adinerada, con tutores y…

– Eso fue antes de que abriera los ojos. Vi que mi familia montaba sobre los lomos rotos de los esclavos, y me avergoncé. La educación debe ser para todos. Para las mujeres tanto como para los hombres. No sólo para los ricos. La educación abre la mente al futuro tanto como al pasado.

Pensó en Kuan, con su licenciatura en derecho, tan decidida a abrir las mentes de los obreros que estaba dispuesta a trabajar jornadas de dieciséis horas en una fábrica mugrienta, en la que morían diez empleados al día en accidentes con máquinas, o de agotamiento. La muchacha-zorro no sabía nada de todo eso. Ella era una de aquellas fanqui privilegiadas y voraces que con sus buques de guerra y sus rifles bien engrasados se dedicaban a llevarse grandes pedazos de su país. ¿Qué estaba haciendo con ella? Pedirle que cambiara sus planteamientos mentales era como pedirle a un tigre que renunciara a las rayas de su pelaje.

Se puso en pie. La dejaría allí, con sus monedas esparcidas por el suelo y sus dotes de ladrona. Algún día la pillarían, algún día se descuidaría, por más que él la vigilara.

– ¿Te vas?

– Sí. -Le hizo una reverencia respetuosa y lenta, y sintió que algo se le desgarraba en el pecho.

– No te vayas.

Chang ignoró su petición y le dio la espalda.

– Entonces, al menos, dime adiós. -Lo dijo con voz hueca, como si supiera que él no iba a volver esa vez, y de su garganta escapó un sonido acallado. Le extendió la mano, como hacían los extranjeros.

Se acercó a ella, que seguía sentada sobre el cemento, se inclino para estrechar aquella mano pequeña en la suya, y cuando su cara estuvo más cerca de la de ella, sintió la fragancia de la lluvia en su pelo. Aspiró con fuerza, para que le llegara a los pulmones, y sintió que impregnaba toda su mente, lo mismo que las nieblas que ascendían desde el río impregnaban el cielo nocturno. Su mano reposa en la suya, y no lograba soltarla. La luna se ocultó tras una nube, y dejó de verle la cara, pero siguió sintiendo la calidez de aquella mano.

– ¿Y los extranjeros? -le preguntó Lydia, su voz apenas un susurro en la oscuridad-. Dime, Chang An Lo, ¿qué pretenden hacer los comunistas con los fanqui?

– Muerte al fanqui -dijo, aunque no deseaba la muerte de Lydia más de lo que deseaba la suya propia.

– En ese caso, debo depositar mi fe en Chiang Kai-Chek -concluyó ella.

Lo dijo esbozando una sonrisa. Aunque no la veía con los ojos, lo supo por el sonido de su voz. Aunque dedujo que hablaba en broma, no le gustaba que dijera aquellas cosas, y sintió que una punzada de rabia se posaba en su lengua como una brasa encendida.

– Los comunistas ganarán algún día, Lydia Ivanova, te lo advierto. Vosotros, los occidentales, no veis que Chiang Kai-Chek es un tirano que actúa bajo un nuevo nombre. -Una vez más escupió en el suelo, tras pronunciar el nombre del diablo-. Sólo tiene ansia de poder. Ha proclamado que guiará nuestro país hasta la libertad, pero miente. Y el Comité Central del Kuomintang es un perro que salta cada vez que él agita el látigo. Chiang Kai-Chek causará la destrucción de China. Estrangula cualquier signo de cambio apenas nace, y sin embargo los extranjeros lo alimentan con dólares para que se haga sensato, lo mismo que un emperador alimenta a un tigre con pájaros cantores para que cante.

Le agarraba la mano con tal fuerza que sentía que los dedos de Lydia forcejeaban para liberarse, aunque su rostro no lo reflejara.

– Y eso no sucederá jamás.

– Pero los comunistas son unos asesinos a sangre fría -dijo ella sin retirar la mano-. Cortan la lengua de sus enemigos, y les hacen beber queroseno. Con sus huelgas y sabotajes, interrumpen la producción de las nuevas fábricas e industrias de China. Eso es lo que el señor Parker me ha dicho esta misma noche. Entonces, ¿por qué darles el dinero de mi collar?

– Para que compren armas. Ese Parker retuerce la cola de la verdad.

– No, es periodista. -Meneó la cabeza, y al hacerlo unas gotas de lluvia se desprendieron de su pelo y fueron a aterrizar en la mejilla de Chang, incendiándola-. Él tiene que saber qué pasa, es su trabajo -insistió-. Y cree que Chiang Kai-Chek será el salvador de China.

– Se equivoca. Tu periodista debe de estar sordo y ciego.

– Y también dice que los extranjeros son la única esperanza de futuro para China, si es que el país quiere salir de la Edad de las Tinieblas y modernizarse.

Chang le soltó la mano. La indignación le agarrotaba la garganta al pensar en la arrogancia de aquellos diablos extranjeros, y los maldijo por su avaricia, por su ignorancia, por su dios vengativo, que devoraba todos los demás. Ella le miraba, confundida, con sus ojos dorados. No entendía nada, y jamás lo entendería. ¿Qué estaba haciendo? Chang se retiró deprisa, dejándola a solas con las mentiras del señor Parker, pero sus dedos no atendían las razones de su cabeza, y se sentían más vacíos que un río sin peces.

– ¿Y no te ha contado, Lydia Ivanova, que los extranjeros están amputando los miembros de China? Exigen pagos de reparación por rebeliones pasadas. Seccionan nuestra economía, y nos dejan desnudos.

– No.

– ¿Ni que los extranjeros arrastran la cara ensangrentada de China en las pocilgas con sus derechos extraterritoriales con los que gobiernan en ciudades que nos robaron? Con esos derechos los fanqui ignoran las leyes de China y crean las suyas propias, redactadas para que les beneficien a ellos.

– No.

– ¿Ni que meten la mano en nuestras aduanas y controlan nuestras importaciones? Sus barcos de guerra patrullan por nuestros mares y nuestros ríos como avispas junto a una bandeja llena de mangos maduros.

– No, Chang An Lo. No, no me lo ha contado. -Por primera vez parecía responderle con fuego en la voz-. Pero sí me ha contado que hasta que el pueblo de China no se libere de su adicción al opio, nunca será más que una nación feudal, siempre al servicio de los caprichos de algún señor.

Chang estalló en carcajadas estridentes y ásperas que resonaron entre las paredes rotas.

Lydia no dijo nada, se limitaba a observarlo desde la penumbra, y él no le veía el rostro. Alguna criatura nocturna pasó volando sobre sus cabezas, pero ninguno de los dos alzó la vista.

– Por cierto, tu señor Parker se olvidó de decirte algo más. -Lo dijo en voz tan baja que ella tuvo que echarse hacia delante para oírla y, una vez más, él aspiró el perfume de sus cabellos n medos.

– ¿Qué?

– Que fueron los británicos los que introdujeron el opio en China.

– No te creo.

– Pues es cierto. Pregúntaselo a tu periodista. Lo trajeron en los barcos que llegaban de la India. Cambiaban la pasta negra por nuestras sedas y nuestros tés y especias. Ellos trajeron la muerte a China, y no sólo con sus armas. Eso es tan cierto como que trajeron su dios para que pisoteara los nuestros.

– No lo sabía.

– Son muchas las cosas que no sabes. -Le sorprendió descubrir la tristeza de su propia voz.

En el largo silencio que siguió, Chang comprendió que debía irse, que aquella muchacha no le hacía bien. Tergiversaría sus pensamientos con su astucia de fanqui, y le traería el deshonor. Pero ¿cómo podía alejarse sin arrancarse los puntos que la mantenían cosida a su alma?

– Cuéntame, Chang An Lo -dijo ella, en el momento mismo en que unos faros de coche iluminaban su guarida de ladrillos y la mostraban a ella con la mano aferrada a una moneda, que había debido de recoger del suelo-, cuéntame lo que no sé.

De modo que él se arrodilló frente a ella y empezó a hablar.

Esa noche, Yuesheng se apareció a Chang en sueños. La bala que le había atravesado las costillas y le había desgarrado el corazón ya no estaba ahí, pero el agujero abierto por ella permanecía en su lugar, y su rostro aparecía sano, bien alimentado, tal como él lo recordaba de antes de los malos tiempos.

– Saludos, hermano de mi corazón -dijo Yuesheng a través de unos labios que no se movían. Llevaba una preciosa túnica y se tocaba con una gorra redonda, bordada. Apoyada en el brazo, desecaba un ave de presa encapuchada.

– Me haces un gran honor visitándome antes de que tus huesos reposen en la tierra. Lloro la pérdida de mi amigo, y rezo por que descanses en paz.

– Sí, camino con mis antepasados en campos llenos de grano. Me complace oírlo.

– Pero tengo la boca llena de palabras ácidas, y no podré comer ni beber hasta que las haya expulsado de ella. Deseo oír tus palabras.

– Te arderán los oídos.

– Que ardan.

– Chang An Lo, tú eres chino. Procedes de la gran y muy antigua ciudad de Pekín. No deshonres el espíritu de tus padres ni hagas que la vergüenza recaiga sobre el venerable nombre de tu familia. Ella es fanqui. Es mala. Todos los fanqui traen la muerte y el pesar a nuestro pueblo, y aun así, te tiene los ojos hechizados. Debes ver con precisión, con claridad, en estos tiempos de peligro. La muerte se acerca. Y debe ser para ella, no para ti.

De pronto, acompañada de un borboteo, la sangre negra llenó de nuevo la herida de bala de Yuesheng, una sangre que olía a ladrillo quemado, y de su amigo brotó un sonido agudo. Era el chillido de una comadreja.

Capítulo 18

Theo se acercó a la orilla y profirió una maldición. El río fluía plano, como recién planchado, y la luna, que extendía unos dedos largos sobre su superficie, echaba por tierra sus esperanzas. El barco no vendría. No en una noche como aquélla.

Era la una de la madrugada, y llevaba más de sesenta minutos esperando entre los juncos. La lluvia que había caído antes y los grandes nubarrones proporcionaban el refugio perfecto, una noche negra, cerrada, en la que sólo la luz solitaria, ocasional, de un sampán de pesca destartalado rasgaba el velo de la oscuridad. Pero no había acudido ningún barco. Ni entonces ni ahora. Los ojos se le fatigaban de mirar a la nada. Trató de distraerse pensando en lo que estaba sucediendo a apenas una milla río arriba del puerto de Junchow. Los barcos de costas patrullaban sin cesar, y en una ocasión oyó un disparo de bala que le estremeció.

Se había escondido bajo las ramas colgantes de un sauce llorón, que hundía sus hojas en el agua, entre los cañaverales, y empezó a temer que resultara demasiado invisible. ¿Y si no lo encontraban? La vida, por desgracia, estaba llena de aquellos «y si».

¿Y si hubiera dicho que no? No a Mason, no a Feng Tu Hong. ¿Y si…?

– ¿Señor venir?

El débil murmullo le hizo dar un respingo, pero no vaciló. Aceptó la mano tendida del hombrecillo enjuto, que se encontraba en la barca de remos, y montó en ella. Era un riesgo, pero Theo ya estaba demasiado implicado como para echarse atrás. En un silencio sólo roto por el débil suspiro de los remos en contacto con el agua, viajaron río abajo, pegados a la orilla, buscando la sombra de los árboles. No estaba seguro de la distancia que habían recorrido, ni del tiempo que tardaron, pues de vez en cuando el enclenque barquero chino amarraba el bote entre los juncos hasta que pasara el peligro que le hubiera sobresaltado.

Theo no hablaba. El ruido se propagaba sobre el agua, por el aire sereno de la noche, y no le apetecía lo más mínimo recibir un disparo en la cabeza, de modo que permanecía sentado, inmóvil con las manos apoyadas a ambos lados de la precaria embarcación y esperaba. Como la luna se había apropiado del centro del río, temía que no fuera a producirse el encuentro acordado, pero aquélla era la primera vez, y no quería que saliera mal. La anticipación sabía como un trago de coñac en el estómago, y por más que tratara de sentir repugnancia, no lo lograba. Era demasiado lo que dependía de esa noche. Hundió una mano en el agua para aplacar su impaciencia.

Y de pronto surgió ahí, frente a él, la curva de un gran junco, con la gran vara que, a popa, hacía las veces de timón, y las velas negras a medio enarbolar. Se hallaba, medio oculto por las sombras, en la embocadura de una caleta inesperada, invisible hasta que te acercabas. Theo arrojó una moneda al barquero chino y saltó a bordo.

– Mira, inglés. -El patrón del junco hablaba mandarín, pero con un acento raro y gutural que Theo apenas entendía-. Observa.

Esbozó una sonrisa, una mueca depredadora, de dientes afilados, antes de ensartar dos gambas fritas con la punta de su daga, lanzarlas al aire para que describieran una amplia parábola, y cazarlas al vuelo, con la boca abierta.

Le ofreció el cuchillo a Theo.

– Ahora tú.

El hombre llevaba una chaqueta acolchada, como si hiciera frío, y apestaba a búfalo de agua. Theo seleccionó dos gambas grandes del montón que llenaba el plato de madera que tenía delante, las apoyó en el filo y las lanzó al aire. Una de ellas se introdujo limpiamente en la boca, pero la segunda le golpeó la mejilla antes de caer al suelo. Al instante, una figura gris surgió del interior de una soga enroscada, devoró la gamba y volvió a su lee temporal. Se trataba de un gato. A Theo le llamó la atención pues, en los tiempos que corrían, era una visión atípica. Supuso que debía de vivir permanentemente en el barco, pues si hubiera puesto las patas en tierra, lo habrían despellejado y se lo habrían comido sin darle tiempo a ensuciárselas.

Su anfitrión soltó una carcajada grosera, insultante, dio un puñetazo a la mesa baja que los separaba y apuró el contenido del cuerno del que bebía. Theo lo imitó. El sabor de aquel brebaje resultaba repugnante, pero te daba un picotazo como de serpiente, y al instante sintió que le extraía la vida de sus nervios. Tuvo que bajar la jarra un instante, antes de devolverle la sonrisa al patrón.

– Le pediré a Feng Tu Hong que me sirva tus inútiles orejas en un plato como pago por el trabajo de hoy si no me demuestras respeto -masculló en mandarín, y constató que los ojos estrechos de su interlocutor se abrían, temerosos.

Theo clavó el cuchillo en la mesa y lo dejó ahí, oscilando. Sobre sus cabezas, de un gancho, colgaba una lámpara de aceite, cuya luz, al incidir en el arma, proyectaba una sombra de crucifijo en el regazo de Theo. Tuvo que recordarse a sí mismo que no creía en presagios.

– ¿Cuánto falta para que nos encontremos con el barco? -preguntó.

– Poco.

– ¿Cuándo cambia la marea?

– Pronto.

Theo se encogió de hombros.

– La luna está alta. Los secretos del río puede verlos cualquiera.

– Así, inglés, esta noche veremos si tu palabra vale su peso en lingotes de plata.

– ¿Y si no?

El patrón se echó hacia delante y desclavó el cuchillo de la mesa.

– Si tu palabra no vale más que la promesa de una ramera de callejón, entonces este filo viajará por su cuenta. -Volvió a reírse, y su aliento cargado alcanzó el rostro de Theo-. Desde aquí-dijo, señalándole la oreja izquierda- hasta aquí. -Le acercó la punta a la oreja derecha.

– Esta noche no habrá patrulla. Lo sé de buena tinta.

– Espero que tu lengua no mienta, inglés. O ninguno de nosotros vivirá para ver salir el sol. -Dio otro trago al brebaje, se incorporó pesadamente de su taburete y se alejó por cubierta en silencio.

Un silencio que, por otra parte, brillaba por su ausencia. La embarcación crujía, cabeceaba y gruñía con cada suave embate de una ola, mientras avanzaba río abajo a buen paso. Hasta él llegaba el aroma del agua salada del golfo de Chihli, sentía que su aliento fresco se llevaba el hedor a pescado podrido y queroseno que inundaba el cobertizo de ratán bajo el que aguardaba. Aquella especie de cabaña contaba con un techo curvado, bajo, y el entretejido se veía infestado de insectos que, a intervalos, descendían hasta su pelo, o hasta el plato de gambas fritas. Se fijó en un ciempiés enorme que le subía por la camisa, lo sostuvo con asco y lo arrojó al recipiente del que bebía el patrón.

– ¿No come más?

Era la esposa de su anfitrión, una mujer menuda y tímida, que no alzaba la vista en ningún momento.

– Gracias, pero no. El mar me revuelve el estómago, y no puedo comer nada. Tal vez más tarde, cuando termine todo esto.

Ella asintió, pero permaneció en su sitio. Theo se preguntaba por qué no se iba. Allí, rechoncha, grasienta, con su túnica ancha, el pelo negro recogido en una cola baja, lo observaba todo en silencio, como una gata. A pesar de la espera, la mujer no le dijo nada más. No tenía la menor idea de qué podía querer. ¿Comida? Era improbable, pues cocinaba pescado y arroz en una caldera bajo otro chamizo de ratán, en la proa, donde, a juzgar por su aspecto, se alimentaba bien. Jamás se sentaba a comer con los hombres, porque los chinos consideraban que el acto de ingerir alimentos era feo, y por tanto algo que se hacía en privado, como orinar.

No, aquello no tenía nada que ver con la comida.

– ¿Qué sucede? -le preguntó él cortésmente, y vio que ella tragaba saliva, como si tuviera una espina atravesada en la garganta-. ¿Temes que las armas se disparen esta noche? Yo he prometido que no nos atacarán mientras estemos…

Ella meneó la cabeza, y con sus dedos gruesos se aferraba a las cuentas de ámbar que le rodeaban el cuello, y las retorcía.

– No. Sólo los dioses saben qué sucederá esta noche.

– Entonces, ¿qué es lo que te inquieta?

En cubierta se oyó un grito, y ruido de pasos que corrían por delante del cobertizo. Rápidamente, la mujer se volvió a mirar a Theo. Por primera vez alzó la vista, lo miró, y a él le horrorizó descubrir el sufrimiento que había en ellos.

– Es Yeewai -dijo-. No está a salvo entre estos hombres. Son brutales. Por favor, llévesela al Asentamiento Internacional, donde pueda vivir en paz. Por favor, se lo ruego, señor. -Se acercó tanto a él que hasta Theo llegó el olor a grasa de su pelo, y le acercó una mano cerrada. Al abrirla, cuatro soberanos de oro aparecieron sobre la palma-. Tómelo. Por cuidar de ella. Por favor, es todo lo que tengo.

Observó, nerviosa, en dirección a la abertura del cobertizo, asustada por si volvía su marido, y los ojos de Theo siguieron su mirada. Esperaba ver aparecer en cualquier momento a una joven, a una niña, y ya había empezado a mover la cabeza de un lado a otro, en gesto de rechazo.

– Por favor. -Le tomó la mano y le puso las monedas en ella, antes de volverse y levantar el gato del suelo. Acercó mucho la cara a la del animal, y Theo oyó que de su boca salía un sonido breve, grave, que supuso que sería un ronroneo. A continuación, lo metió en una caja de bambú, que ató con una cuerda para mantener la tapa cerrada, y se la entregó a Theo.

– Gracias, señor -dijo con voz entrecortada y lágrimas en los ojos.

– No -respondió Theo, que quiso desprenderse de la caja pero no lo consiguió, porque la mujer ya había desaparecido. Se encontró en el cobertizo, solo, con una criatura malhumorada que respondía al nombre de Yeewai. «¡Dios santo! Ahora no. Es lo que menos me conviene.» Dejó la caja de bambú sobre el suelo de madera, junto a la soga, y le dio una patada. La respuesta fue un maullido que parecía salir de un horno al rojo vivo, y una garra que se le clavó en el zapato.

El viento soplaba con más fuerza, y la cubierta se movía de modo alarmante bajo sus pies, por lo que tenía que sujetarse de la barandilla de madera, aunque no se lo permitía. Junto a él, el patrón del junco se mantenía firmemente plantado en cubierta, lo mismo que los peñascos que amenazaban con abrir una brecha en el casco si se acercaban más de la cuenta a la costa. Observaban la desembocadura del río, las olas teñidas de plata por la luna, que recortaba también con su luz la silueta de una goleta de dos palos y larga proa oscura. La nave había abandonado sin dificultad la bahía y se dirigía hacia ellos con las velas blancas extendidas, como alas de grulla, en la noche oscura.

– Ahora -balbució Theo entre dientes-. Ahora mediréis el peso de mis palabras.

– Mi vida depende de ellas, inglés -masculló el patrón del junco chino.

El viento se llevó a otra parte su respuesta. De pronto la tripulación hacía descender un pequeño bote con el que echarse al río y a unos cincuenta metros Theo vio que los hombres de la goleta hacían lo mismo. Figuras oscuras intercambiaron susurros apresurados, y luego los dos botes surcaron deprisa las aguas, en dirección al otro, hasta que sus costados se rozaron, como perros que se saludaran. Sobre sus proas se vio pasar una caja. Las dos embarcaciones tardaron apenas diez minutos en regresar a las naves de las que habían salido. Y la caja, finalmente, llegó al cobertizo de ratán cargada en manos furtivas.

Theo no se atrevía a mirarla, de modo que siguió en cubierta, desde donde oyó que el patrón del junco se daba palmadas en los muslos y se reía como una hiena. Mientras remontaban el curso del río, el inglés permaneció en proa, tentado de encender un cigarrillo, aunque no era tan insensato como para hacerlo. Ahora que llevaban el contrabando era cuando el peligro era mayor, y la punta encendida del tabaco podía bastar para delatarlos. Se había dado cuenta de que habían apagado la lámpara de aceite que alumbraba el cobertizo, y surcaban el agua como una sombra oscura. La única luz capaz de traicionarlos era la de la luna. Se llevó un purito turco a la boca y allí quedó, sin encender.

Había decidido confiar en Mason, y en lo más profundo de su corazón, sabía que eso era un error. Si aquel cabrón no cumplía con su parte del pacto, entonces el patrón del junco estaba en lo cierto: ninguno de los dos vería el amanecer.

– Maldito sea -masculló, mordisqueando el puro, sintiendo lo amargo de sus hojas, antes de arrojarlo al mar. La biblia de Mason era el interés propio. Y con ello debía contar Theo.

Mientras avanzaban, el inglés rezaba por que volviera a nublarse.

El bote patrulla surgió de la nada. De la noche. Su motor se puso en marcha de pronto y empezó a perseguirlos desde su refugio detrás de una pequeña ensenada. Con su potente foco iluminaba el junco, y lo rodeaba, levantando altas olas a su paso. La nave chin oscilaba peligrosamente, y dos hombres saltaron por la borda. Theo no los vio, pero oyó el ruido que hicieron al entrar en contacto con el agua. En la locura del momento, se le ocurrió seguir sus pasos, pero ya era demasiado tarde.

Desde el bote patrulla sonó un disparo de aviso, y los agentes de aduanas, con sus uniformes oscuros, parecían dispuestos a volver a usar los rifles.

Theo se metió en el cobertizo, y antes de que los ojos se le acostumbraran del todo a la oscuridad, sintió un cuchillo pegado a la espalda. Nadie dijo nada. No hacía falta. Maldito Mason y sus juramentos: «Nada de patrullas esta noche, chico. Estarás a salvo, te lo juro. Quieren que tú vayas en ese barco.»

– Un rehén, por su propia garantía, supongo.

Mason se había echado a reír, como si Theo acabara de contarle un chiste.

– ¿Vas a culparlos por ello?

No, Theo no podía culparlos por ello.

Se oyó el rasgar de una cerilla, y la lámpara de queroseno volvió a la vida, impregnando el aire con su olor. Para su sorpresa, junto a la luz vio al patrón del junco. El cuchillo lo sostenía la mujer. Su marido mascullaba algo con voz tan ronca y tan áspera que Theo no lo entendía, aunque no le hacía falta. El filo curvo y largo que su anfitrión blandía en la mano derecha no era precisamente para abrir la caja que seguía a sus pies.

– Sha! -le gritó a la mujer-. Mata.

– La gata -dijo sin pensarlo Theo por encima del hombro-. Yeewai. Me la llevaré.

La mujer vaciló apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente. Theo se sacó el revólver del bolsillo y apuntó directamente al corazón del capitán del junco.

– Abajo los cuchillos. ¡Los dos!

El patrón quedó inmóvil un instante, y a Theo no le pasó por alto que, con sus ojos negros, calculaba la distancia que le separaba de la garganta del inglés. Fue entonces cuando supo que tendría que disparar. Uno de los dos iba a morir de un momento a otro, y no iba a ser él.

– Patrón, venga deprisa -llamó uno de los grumetes-. Patrón, venga a ver. Los espíritus del río han ahuyentado el barco patulla.

Y era cierto. El sonido del motor se perdía, y la potente luz del foco había desaparecido. La negrura había regresado al cobertizo. Theo bajó el arma, y el capitán, instintivamente, salió a cubierta.

– Era un farol -balbució Theo-. Los agentes del barco patrulla sólo querían que lo supiéramos.

– ¿Que supiéramos qué? -preguntó la esposa en voz baja.

– Que están al corriente de lo que hacemos.

– ¿Y eso es bueno?

– Bueno o malo, no importa. Esta noche, ganamos nosotros.

La mujer sonrió. Le faltaban varios dientes, pero por primera vez se veía feliz.

Junto a la orilla, la cabaña apestaba, y le faltaba el aire, pero Theo apenas se dio cuenta. La noche casi había terminado. Había salido del agua, y no tardaría en encontrarse en su cuarto de baño, y los dedos de Li Mei le limpiarían el sudor de la espalda. Una sensación de alivio inundó su cerebro, y sintió un deseo súbito de propinarle a Feng Tu Kong una buena patada en los huevos. Pero no lo hizo, y se limitó a la reverencia de rigor.

– ¿Ha ido bien? -preguntó Feng.

– Como un reloj.

– Así que esta noche la luna no te ha robado la sangre.

– Como ves, estoy aquí. Tu barco y tu tripulación están a salvo y podrán trabajar una noche más, en una captura más.

Apoyó el pie en la caja que, desde el suelo, los separaba, como si fuera suya y pudiera entregársela o arrebatársela según su antojo. Eso era una ilusión, y los dos los sabían. Fuera, un carro aguardaba, listo para partir.

– El mandarín de tu gobierno es, ciertamente, un gran hombre -admitió Feng cortésmente, inclinando la cabeza.

– Tanto que habla con los mismísimos dioses -replicó Theo, extendiendo la mano.

Feng separó los labios, componiendo lo que pretendía ser una sonrisa, y de un zurrón de cuero que llevaba al cinto extrajo dos saquitos, que entregó a su interlocutor. En los dos entrechocaban las monedas, pero uno pesaba más que otro.

– No olvides cuál es el tuyo -le advirtió Feng en voz baja.

Theo asintió, satisfecho.

– No, Feng Tu Hong, no olvidaré que esto se lo debo al mandarín, te lo aseguro.

– No te enfades.

– No estoy enfadada.

Pero lo cierto es que seguía junto a la ventana, en silencio, muy tensa.

Theo no esperaba aquella reacción.

– Por favor, Mei.

– Sólo serviría para estofarla.

– No seas tan cruel.

– Mírala, Tiyo, es una criatura muy desagradable.

– Cazará ratones.

– Las trampas también los cazan, y no apestan a pelo de camello.

– La bañaré.

– Pero ¿por qué la has traído?

– Se lo prometí a una mujer.

– Le prometiste que te la llevarías. Eso no quiere decir que no puedas comértela.

– Por el amor de Dios, Mei, eso es de bárbaros.

– ¿De qué nos va a servir? Sólo va a comer, a dormir, y a afilarse las uñas en ti. Es fea, desagradable.

Theo se fijó en la gata gris, acurrucada bajo una silla, los ojos amarillos llenos de odio y pus.

Ciertamente, era fea, le faltaba media oreja y tenía la cara magullada y llena de cicatrices. El pelo no le crecía uniformemente, y parecía que no se había lavado en meses.

Theo suspiró, agotado.

– Tal vez espero que cuando esté viejo, feo y achacoso, alguien haga lo mismo por mí.

Sorprendió a Li Mei sonriendo.

– Oh, Tiyo, eres tan… inglés…

Estaba tumbado en la cama, pero no conseguía dormir. La respiración de Li Mei, su aliento dulce, rebotaba en su cuello, y Theo se preguntaba qué estaría soñando, pues los párpados se le movían muy deprisa.

Él no soñaba; la indignación por lo que había hecho le enfriaba y le endurecía el pecho, y le impedía conciliar el sueño. Tráfico de drogas.

Se recordó a sí mismo la razón por la que había arriesgado su vida en el río, montado en aquel barco que no era más que una cáscara de nuez.

Su escuela.

No pensaba renunciar a la Academia Willoughby. No lo haría No podía.

Pero esas excursiones nocturnas iban a terminar pronto. Se lo prometió a sí mismo.

Capítulo 19

Lydia estaba sentada en su pupitre cuando la policía vino a buscarla, terminando de anotar la lista de las riquezas minerales de Australia en su cuaderno de ejercicios. En aquel país parecía haber mucho oro. La señorita Ainsley escoltó al agente inglés al aula, y antes de que abriera la boca Lydia supo que había venido a detenerla a ella. Habían descubierto lo del collar. Pero ¿cómo? El temor a que, por su culpa, acorralaran también a Chang, se apoderó de todo su ser.

– ¿En qué puedo ayudarle, sargento? -preguntó Theo, que parecía casi tan alterado con su llegada como ella misma.

– Me gustaría conversar un momento con la señorita Lydia Ivanova, si es posible. -El policía, con su uniforme oscuro, dominaba toda la clase: sus anchos hombros, sus pies grandes, parecían llenar el espacio que iba del suelo al techo. Era amable, pero se expresaba con contundencia.

El señor Theo se acercó a Lydia y le apoyó una mano en el hombro, y a ella le sorprendió aquella muestra de apoyo.

– ¿De qué se trata? -preguntó al sargento.

– Lo siento, señor, eso no puedo decírselo, pero tengo que llevármela a comisaría para que le formulen algunas preguntas.

Presa del pánico al oír esas palabras, pensó incluso en escapar, aunque sabía que no tenía la menor posibilidad de éxito. Además, las piernas le temblaban con fuerza. Tendría que mentir, y mentir muy bien. Se puso en pie y dedicó al sargento una sonrisa triada, que le obligó a poner en tensión todos sus músculos fanales.

– Cómo no, señor, encantada de poder serle de utilidad.

El señor Theo le dio unas palmaditas en la espalda, y Polly le dedicó una sonrisa. Sin saber cómo, Lydia logró mover las piernas primero un pie, después el otro, punta-talón, punta-talón, mientras se preguntaba si los demás oían los latidos de su corazón.

– Señorita Ivanova, usted estaba en el Club Ulysses la noche en que robaron el collar de rubíes.

– Sí.

– Y la registraron. No le encontraron nada.

– No.

– Me gustaría disculparme por lo indigno de la situación.

Lydia permanecía en silencio, observando, desconfiada. Aquel agente le estaba tendiendo una trampa, estaba segura de ello, aunque no sabía cómo, y por dónde le vendría.

Se trataba del comisario Lacock en persona, y por eso sabía que estaba metida en un lío muy serio. Que la hubieran llevado a la comisaría ya era grave, pero que la hubieran conducido hasta el despacho del comisario, que le hubieran ordenado sentarse a aquella mesa enorme, brillante, la llevaba a verse ya metida en la celda de la cárcel, a escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse. Encerrada. Entre cuatro paredes. Cucarachas, pulgas y piojos. Sin aire. Sin vida. Estaba tan asustada que temía soltarlo todo, confesarlo, con tal de librarse de aquel hombre.

– Aquella noche hizo usted una declaración.

¿Por qué no se sentaba el comisario? Seguía de pie, tras el escritorio, con un papel en la mano -¿qué habría escrito en él?-, y la escrutaba con unos ojos grises tan duros que notaba cómo perforaban sus mentiras, una capa tras otra. El monóculo no hacía sino empeorar las cosas. Llevaba un uniforme muy oscuro, casi negro, lleno de trenzas de oro y círculos de plata, muy brillantes, que, según ella, estaban pensados para intimidar. Y sí, a ella la intimidaban, aunque no tuviera la menor intención de permitir que él se enterase. Se concentró en los pelos indómitos que le crecían en las orejas, en las feas manchas que salpicaban sus manos. En los puntos débiles.

– Comisario Lacock, ¿ha sido informada mi madre de que me encuentro aquí? -preguntó en tono altivo. Como la condesa Serova y su hijo Alexei.

El comisario frunció el ceño y se pasó la mano por el escaso pelo.

– ¿Lo considera necesario en este momento?

– Sí, quiero que esté aquí.

– En ese caso iremos a buscarla. -Hizo una seña a un policía joven apostado junto a la puerta, que desapareció al instante. Primer objetivo conseguido. A por el siguiente.

– ¿Necesito un abogado?

El comisario dejó la hoja sobre un montón de papeles, en su mesa. Lydia habría querido leerlo del revés, pero no se atrevía a apartar los ojos de los de Lacock, que la miraban con expresión divertida. El gato con el ratón. Juega antes de atacar. Le sudaban las manos.

– No lo creo, querida. Sólo la hemos hecho venir para que escoja a un hombre en una ronda de reconocimiento.

– Sí, el hombre que describió en su declaración. Al que vio merodear desde la ventana de la biblioteca del Club Ulysses. ¿Lo recuerda?

El comisario esperaba una respuesta, pero el alivio la había dejado sin respiración. Asintió.

– Bien, entonces vamos a echarles un vistazo, ¿le parece?

Lacock se acercó a la puerta y Lydia, para su asombro, descubrió que las piernas le respondían, como si fuera fácil.

Era una habitación sencilla, de paredes verdes y suelos de linóleo marrón. Allí había seis hombres en fila, y todos ellos volvieron sus ojos pardos en dirección a ella cuando entró, flanqueada por dos agentes de policía altos y corpulentos, aunque no tanto como los detenidos, de hombros anchísimos y puños como pedazos de carne. ¿De dónde los habrían sacado?

– Tómese su tiempo, señorita Ivanova, y recuerde lo que le he dicho -la instruyó Lacock, conduciéndola al principio de la fila-. Ojos al frente -ordenó con brusquedad, y Lydia tardó unos segundos en darse cuenta que hablaba con los seis hombres.

¿Qué era lo que le había dicho? Trató de recordarlo, pero la imagen de aquella hilera de hombres silenciosos se lo impedía. No lograba quitarles la vista de encima. Todos eran iguales y, a la vez, muy distintos. Algunos más anchos, o más altos, o más viejos. Algunos malcarados y arrogantes, otros sumisos, destrozados. Pero todos lucían barbas cerradas y pelo alborotado, y llevaban bastas túnicas y botas altas. Dos de ellos se cubrían un ojo con un parche, y uno tenía un diente de oro que, al brillar, la señalaba como un dedo acusador.

– No se ponga nerviosa -le recomendó Lacock-. Camine despacio frente a la fila, y observe las caras con atención.

Sí, claro, ahora recordaba las instrucciones, caminar frente a la fila, no decir nada, volver a pasar por delante. Sí, era capaz de hacerlo. Y luego diría que no era ninguno de ellos. Fácil. Aspiró hondo.

El primer rostro era cruel. Ojos fríos, duros, boca torcida. El segundo y el tercero eran la expresión de la tristeza, rostros demacrados, aire de desesperanza, como si sólo les aguardara la muerte. El cuarto se mostraba orgulloso. Llevaba un parche en el ojo y se mantenía muy erguido, sacando pecho, aunque los rizos grasientos no lograban disimular la gran cicatriz que le dividía la frente. Ése la miró fijamente a los ojos, y ella lo reconoció al instante: se trataba de aquel hombre-oso al que había visto en su calle un día antes del concierto. El que llevaba el dibujo de un lobo aullador en las botas. Era el que había descrito a la policía con la esperanza de distraer la atención de sí misma. Se mantuvo impávida, y siguió con la ronda de reconocimiento, aunque en los dos últimos apenas se fijó. Impresiones de corpulencia, músculo, y una nariz rota. El número seis también llevaba un parche en el ojo, en eso sí se fijó. Tensa, regresó al principio de la fila y volvió a examinarlos a todos.

– Tómese su tiempo -le susurró Lacock al oído.

Iba demasiado deprisa, de modo que trató de calmarse y se obligó a mirar todos los rostros oscuros, serios. En esa ocasión, el número cuatro, el de las botas de lobo, arqueó una ceja a su paso, lo que llevó al comisario a golpearle el hombro con la porra.

– Nada de libertades -dijo, con una voz acostumbrada a la obediencia inmediata-, o vas a pasar la noche en el calabozo.

Cuando Lydia creía que ya había terminado y que podría abandonar aquel cuarto verde, deprimente, la cosa no hizo sino empeorar. El último hombre habló. Era más bajo que los demás, aunque aun así corpulento, y llevaba un parche en el ojo.

– No diga que soy yo, señorita, por favor, no lo diga. Tengo esposa e…

La porra que el sargento sostenía en la mano fue a aterrizar e la cabeza del hombre. La sangre que le salió por la nariz salpicó a Lydia en el brazo, y la manga de la blusa de su uniforme se tiñó de rojo. La sacaron de la sala sin darle tiempo a abrir la boca, pero apenas se encontró de nuevo en el despacho del comisario Lacock, empezó a quejarse.

– Ha sido un acto de brutalidad. ¿Por qué…?

– Créame, he tenido que hacerlo -respondió Lacock sin inmutarse-. Le ruego que nos deje a nosotros hacer el trabajo policial. A estos rusos, si les das la mano, te toman el brazo. Ha recibido órdenes de no decir nada, y las ha desobedecido.

– ¿Son todos rusos?

– Rusos y húngaros.

– ¿Habría tratado del mismo modo a un inglés?

Lacock frunció la nariz, y pareció querer replicar con algún comentario agudo, pero se limitó a formularle la pregunta esperada.

– ¿Ha reconocido a alguno de ellos como el rostro del hombre al que vio merodear por el Club Ulysses?

– No -respondió ella, meneando la cabeza.

– ¿Está segura?

– Sí, absolutamente segura.

Los ojos astutos del comisario la estudiaron atentamente, e instantes después se apoyó en el respaldo de la silla, se quitó el monóculo y le habló con tono preocupado.

– No le dé miedo decir la verdad. No permitiremos que ninguno de esos hombres se le acerque, de modo que no tiene por qué ponerse nerviosa. Hable con libertad. Es el ruso ese de la cicatriz en la frente, ¿verdad? Estoy convencido de que ya lo había visto antes.

Sin previo aviso, el despacho daba vueltas alrededor de Lydia, y el rostro del comisario se alejaba, como metido en un túnel. Oía un fuerte latido en el interior de sus orejas.

– Burford -ordenó Lacock-. Traiga a la muchacha un vaso de agua. Está más blanca que el papel.

Sintió una mano en el hombro que detenía la oscilación involuntaria de su cuerpo; una voz le decía algo al oído, pero ella no lo entendía. Le acercaron una taza a los labios. Dio un sorbo y saboreó el té dulce, caliente. Poco a poco, algo empezó a abrirse paso entre la niebla que nublaba su mente. Era un olor, un perfume. La colonia de su madre. Abrió los ojos. Ni siquiera había sido consciente de tenerlos cerrados, pero lo primero que vieron fue el rostro de su madre, tan cerca que podría haberlo besado.

– Querida -le dijo Valentina, esbozando una sonrisa-. Pero tonta eres…

– Mamá. -Tenía ganas de llorar de alivio.

Su madre la estrechó con fuerza en sus brazos, y ella aspiró el perfume hasta que sintió la cabeza despejada. Cuando Valentina la soltó, pudo sentarse bien y aceptó la taza de té con mano firme Sólo entonces miró al comisario Lacock directamente a los ojos.

– Comisario, la noche en que robaron el collar en el club no vi ninguna cara.

– ¿Qué dice, jovencita?

– Me lo inventé.

– Escúcheme bien, no tiene por qué retractarse sólo porque haya visto una habitación llena de rufianes que le han metido el miedo en el cuerpo. Diga la verdad, y al diablo con el miedo, eso…

– Mamá, díselo.

Valentina la miró y compuso una sonrisa tensa que demostraba su enojo.

– Como quieras, dochenka. -Echó la cabeza hacia atrás, y el pelo formó una onda oscura sobre sus hombros, antes de volver los ojos, muy serios, al jefe de policía-. Mi hija es una mentirosa que debería ser azotada por hacer que la policía malgaste su tiempo. Lo cierto es que no vio ningún rostro en la ventana. La niña se inventa historias para llamar la atención. Le pido disculpas por su mal comportamiento, y le prometo que la castigaré con severidad cuando lleguemos a casa. No tenía ni idea de que se tomarían tan en serio su cuento estúpido. De haberlo sabido, habría venido yo antes para advertirle de que no creyera ni una sola palabra. -Bajó las pestañas un segundo, en una muestra de desesperación materna, y alzó la vista despacio, para clavarla de nuevo en los ojos de Lacock-. Ya sabe usted lo tontas que pueden ponerse las adolescentes. Por favor, discúlpela esta vez, su intención no ha sido la de causar daño. -Se giró para observar a su hija-. ¿Verdad que no, Lydia?

– No, mamá -murmuró ella, haciendo esfuerzos por reprimir la risa.

– Te lo digo en serio. Esta noche te daré unos buenos azotes con la fusta del señor Yeoman.

– Sí, mamá.

– Eres una desgracia para mí.

– Lo sé, mamá, lo siento.

– ¿Qué es lo que he hecho mal, por Dios? Eres una salvaje, y mereces que te encierren en una jaula. Lo sabes, ¿verdad?

– Sí, mamá.

– Muy bien. -Se plantó en medio de la calle, con los brazos en jarras, y miró fijamente a su hija-. ¿Qué voy a hacer contigo? -Llevaba un vestido viejo pero elegante, de lino, color vainilla, que confería a su piel pálida un tono como de seda-. Me alegro de que el comisario te haya reñido como lo ha hecho. Tenía toda la razón. ¿No crees?

– Sí, mamá.

De pronto, Valentina se echó a reír, y besó a Lydia en la frente.

– Qué mala eres, dochenka -le dijo, rascando los nudillos de su hija con su bolso de mano-. Vuelve al colegio ahora mismo y no vuelvas a dar motivos para que me llamen de la comisaría. ¿Me oyes?

– Sí, mamá.

– Sé buena, mi cielo. -Valentina volvió a reírse, y extendió la mano para parar un rickshaw-. A la redacción del Daily Herald -le dijo al porteador tras subirse al vehículo, dejando a Lydia sola al pie de la cuesta que conducía al colegio.

Pero no volvió, y se fue a casa. Se sentía demasiado aturdida. Le daba miedo haber estado a punto de señalar al número uno, al hombre de la mirada dura, y decir: «Es él. Ése es el rostro que vi desde la ventana. Él es el ladrón.» Todo habría sido tan fácil. El comisario Lacock habría estado contento, y no enfadado.

Se sentó a la sombra, sobre las losas del patio, y dio a Sun Yat-sen unas tiras de col que le quitó a la señora Zarya. Le rascó la cabeza, como a él le gustaba, y le acarició las orejas peludas. Lo envidiaba por ser capaz de hallar la felicidad más absoluta en unas hojas de col. Aunque, por otra parte, lo comprendía. Valentina había llevado a casa, la noche anterior, una caja de bombones Lindt, una caja grande, blanca y dorada, y se habían comido los pralinés y los cucuruchos de trufa para desayunar. Había sido como volar hasta cielo. No había duda de que Alfred era generoso.

Dobló las rodillas, se las arrimó al pecho, y hundió la cara en ellas. Sun Yat-sen se levantó apoyándose en las patas traseras, le puso una de las delanteras en la pantorrilla y le acercó la nariz al pelo, mientras ella le acariciaba el lomo y se preguntaba hasta donde era capaz de llegar una persona para conservar el amor de alguien. Alfred estaba enamorado de su madre, de eso se habría dado cuenta hasta el más necio. Pero ¿qué sentía Valentina por él? No era fácil decirlo, porque su madre nunca hablaba de lo que le pasaba por la cabeza. Con todo, Lydia creía que no podía amarlo ¿O sí?

Lydia siguió pensando en todo aquello hasta que el sol desapareció por completo tras la línea de los tejados, pensando en lo que significaba exactamente ser amada y protegida. Entonces abrazó al conejo y lo estrechó con fuerza en sus brazos, la mejilla apoyada en su carita blanca. Al animal no parecía importarle lo que le hiciera; ésa era una de las cosas que le encantaban de él, que se dejaba coger y apretujar sin quejarse nunca. Le besó la naricilla rosada y decidió soltarlo en el patio, con la esperanza de que la señora Zarya no se diera cuenta, y dejarlo ahí un rato antes de subir a la buhardilla y sacar un pañuelo anudado que guardaba bajo el colchón.

Llevaba el pañuelo bien guardado en el bolsillo mientras avanzaba por el viejo barrio chino. Iba deprisa, porque no quería encontrarse a Chang en una de aquellas callejuelas empedradas, aunque, de momento, lo único con lo que se encontraba era con miradas frías, hostiles, y con palabras susurradas que despertaban en ella el deseo contrario, es decir, que Chang estuviera a su lado. Le molestaba no saber dónde vivía, pero hasta el momento no se había atrevido a preguntárselo, a rasgar aquel manto raro de secretismo bajo el que se ocultaba. La próxima vez que se vieran, lo haría.

¿La próxima vez? El corazón le latió con más fuerza.

Había cristales rotos sobre los adoquines de Copper Street, y a nadie parecía importarle. Un joven que llevaba una vara larga al cuello, de cuyos extremos colgaban sendas cestas, pasó junto a Lydia, dejando sus huellas de sangre marcadas en el suelo, pero la mayoría de gente caminaba pegada al otro muro, y apartaba la vista. Sólo los porteadores de los rickshaws debían pasar sobre los vidrios. Los que calzaban sandalias de esparto eran afortunados; los que iban descalzos, no lo eran tanto.

Lydia contemplaba con horror la entrada de la tienda del señor Liu. O lo que quedaba de ella, pues el local se había convertido en un hueco desnudo. Todo estaba hecho añicos: el escaparate, los biombos de madera roja, los rollos y grabados, e incluso la puerta el marco que, destrozados, reposaban en el suelo. La cerería y la tienda del vendedor de hechizos, contiguas a aquélla, estaban intactas, abiertas, como de costumbre, por lo que era evidente que quien lo había hecho sabía a quién quería atacar: al señor Liu. Entró en lo que quedaba de la casa de empeños, pero el lugar ya no era oscuro ni misterioso. El sol lo iluminaba todo, mostraba los estantes abigarrados a los transeúntes, y Lydia sintió lástima por el lugar. Ella sabía muy bien lo importantes que eran los secretos. En el centro del espacio, el señor Liu estaba sentado, inmóvil como una piedra, en uno de sus taburetes de bambú. Apoyada sobre las rodillas tenía la espada del Bóxer que hasta ayer colgaba de la pared. Su filo estaba ensangrentado.

– Señor Liu -le preguntó en voz baja-. ¿Qué ha pasado?

El hombre alzó los ojos hacia ella, y Lydia se dio cuenta de que habían envejecido mucho, mucho.

– La saludo, señorita. -Su voz era como un rasguño débil sobre una puerta-. Lo siento, pero hoy está cerrado.

– Cuénteme, ¿qué ha ocurrido aquí?

– Han venido los diablos. Querían más de lo que podía darles.

A sus pies, los joyeros estaba rotos y vacíos. Lydia sintió un atisbo de alarma. Los estantes parecían intactos, pero las cosas de valor habían desaparecido.

– ¿Quiénes son esos diablos, señor Liu?

Él se encogió de hombros y cerró los ojos. Perdió de vista el mundo. Lydia se preguntaba a qué espíritus interiores estaría invocando. Pero lo que más le desconcertaba era que nadie hiciera nada para limpiar todo aquello. Decidió tomar la iniciativa, y franqueando el lugar que hasta hacía poco ocupaba el biombo taraceado, y que ahora yacía tirado en el suelo, cogió la tetera y la colocó sobre el fogón de atrás. Preparó un té de jazmín para los dos, y se lo llevó en una bandeja. El señor Liu seguía con los ojos cerrados.

– Señor Liu, aquí tiene algo que templará su corazón.

Los labios del chino esbozaron algo parecido a una sonrisa, y abrió los ojos.

– Gracias, señorita. Es usted generosa y respetuosa con un pobre viejo.

Hasta ese momento Lydia no se percató de que le habían cortado la larga coleta que bajaba por su espalda, y que estaba tirada en el suelo, lo mismo que la barba larga y esponjosa, reducida ahora a una pelusa gris. Lo indigno de aquel acto pudo con ella. Le parecía mucho peor que el ataque a la tienda. Muchísimo peor.

Acercó el otro taburete al anciano y se sentó en él.

– ¿Por qué no acude nadie en su ayuda? -La gente pasaba por delante, pero todos miraban hacia el otro lado.

– Tienen miedo -respondió él, que, indiferente, dio un sorbo al té caliente-. Y no les culpo.

Lydia observó la espada, la sangre que se tornaba marrón. El ataque debía de haberse producido poco antes de su llegada, porque una parte del filo aún brillaba.

– ¿Quiénes son los diablos?

El silencio se posó en la tienda, junto con el polvo y los cristales rotos, mientras el señor Liu respiraba despacio, repetidamente, en bocanadas largas y lentas.

– Eso es mejor que no lo sepa -respondió al fin.

– Quiero saberlo.

– En ese caso es usted una insensata, señorita.

– ¿Han sido los comunistas? Necesitan dinero para comprar armas, según dicen.

El anciano la miró, sorprendido.

– No, no han sido los comunistas. ¿De dónde saca esas cosas una extranjera como usted?

– No sé, se dice por ahí, se comenta.

El señor Liu la observaba con dureza.

– Vaya con cuidado, señorita. China no es como otros lugares. Aquí rigen otras reglas.

– Entonces, ¿quiénes son los diablos que crean esas reglas? ¿Esas reglas que permiten destruir las tiendas y llevarse el dinero? ¿Dónde está la policía? ¿Por qué no…?

– Nada de policía. No vendrán.

– ¿Por qué no?

– Porque les pagan para que no vengan.

Lydia sintió un escalofrío, a pesar del té. El señor Liu tenía razón: ése no era su mundo. La policía china no era como el comisario Lacock. El jefe de la policía del Asentamiento Internacional, que hacía apenas un par de horas había sido objeto de todo su desprecio, se le aparecía ahora como un personaje razonable y honrado. Alguien respetado, que infundía confianza. Deseó que se personara allí al momento, con su monóculo y su voz autoritaria, y lo solucionar todo. Pero ésa no era su jurisdicción. Eso era el Junchow chino. Siguió ahí sentada, en silencio, un silencio que duró tanto que a Lydia le sobresaltó un poco ver que el señor Liu alzaba la espada con una mano.

– He herido a uno -dijo al fin.

– ¿Gravemente?

– Bastante.

– ¿Dónde?

– Le he rebanado el tatuaje del cuello. -Lo dijo con sereno orgullo.

– ¿El tatuaje? ¿Qué clase de tatuaje?

– ¿Qué mas le da a usted?

– ¿Era una serpiente? ¿Una serpiente negra?

– Tal vez.

Pero ella estaba segura de haber dado en el clavo.

– He visto uno.

– Entonces aparte la vista, o la serpiente negra le morderá el corazón.

– Pertenece a una banda, ¿verdad? A una de las tríadas. He oído hablar de esas hermandades que extorsionan a…

Él se llevó un dedo ganchudo a los labios.

– No hable siquiera de ellos. No si quiere conservar esos preciosos ojos que tiene.

Despacio, Lydia dejó la tacita en la bandeja laqueada que reposaba en el suelo. No quería que el señor Liu le viera la cara; sus palabras la habían asustado.

– ¿Qué piensa hacer? -le preguntó.

El anciano blandió la espada, y de un golpe certero partió la bandeja en dos. Lydia se puso en pie de un salto.

– Les pagaré -musitó-. Encontraré los dólares en alguna parte, y pagaré. Es el único modo de que mi familia tenga un plato caliente en la mesa. Esto ha sido sólo un aviso.

– ¿Quiere que le ayude a recoger los cristales y a…?

– No. -Lo dijo con brusquedad, como si ella se hubiera ofrecido a cortarle los pies-. No, pero gracias, señorita.

Ella asintió, pero no se movió de su sitio.

– ¿Qué quiere, señorita?

– He venido a hacer negocios.

El señor Liu escupió en el suelo.

– Hoy no quiero saber nada de negocios.

Fue como si una llave hubiera hecho girar una cerradura; sus ojos apagados brillaron, y en algún lugar encontró su sonrisa de comerciante.

– ¿Puedo ayudarla? Lamento el estado en que se encuentra todo, pero… -se fijó en el colgador que había al fondo de la tienda- las pieles siguen estando en un estado excelente. Y a usted siempre le han gustado las pieles.

– Nada de pieles. Hoy no. Lo que quiero es desempeñar el reloj de plata que le traje la última vez. -Se llevó la mano al bolsillo donde guardaba el pañuelo-. Tengo dinero.

– Lo siento, ya está vendido.

Lydia no pudo evitar mostrar su decepción, lo que sorprendió al anciano, que estudió su rostro atentamente.

– Señorita, hoy ha sido usted buena con un viejo, cuando ningún compatriota suyo le miraba siquiera. De modo que se ha ganado, a cambio, que yo sea amable con usted. -Se acercó a la cocina negra y cogió un recipiente marrón, esmaltado, del estante en el que guardaba los tarros de té.

– Tome -le dijo-. ¿Cuánto le pagué por el reloj?

Ella no creyó ni por un instante que lo hubiera olvidado.

– Cuatrocientos dólares chinos.

El hombre alargó una mano frágil, parecida a la garra de un pájaro.

Ella se sacó del bolsillo el pañuelo con el dinero, y lo depositó en aquella mano. Los dedos del señor Liu se cerraron rápidamente a su alrededor. Lydia recogió el envoltorio de fieltro y, sin siquiera mirar lo que contenía, se lo guardó en el bolsillo.

El anciano parecía más animado.

– Señorita, usted trae consigo el aliento de los espíritus de fuego. -La observó un instante, y ella, complacida, se pasó un mechón de pelo cobrizo por detrás de la oreja-. Se arriesga viniendo aquí, pero los espíritus del fuego parecen protegerla. Es una de ellos. Pero la serpiente no teme el fuego, le encanta su calor, por lo que debe mirar dónde pisa.

– Lo haré. -Mientras se abría paso entre los escombros, se volvió para mirar atrás-. El fuego puede devorar serpientes- dijo-. Ya lo verá.

– Aléjese de ellas, señorita. Y de los comunistas.

Aquel último comentario la sorprendió.

– ¿Es usted comunista, señor Liu? -le preguntó sin saber porqué, como movida por un impulso.

El rostro del señor Liu apenas cambió, pero Lydia sintió que una puerta se cerraba de golpe entre los dos.

– Si fuera lo bastante insensato como para apoyar a los comunistas y a Mao Tse-Tung -dijo en voz más alta, como si estuviera hablando con alguien de la calle-, merecería que me cortaran la cabeza, la ensartaran en una estaca y la clavaran en una pared bien visible, para que el mundo entero la cubriera de inmundicia.

– Claro -zanjó ella.

El señor Liu le hizo una reverencia, no sin antes esbozar una amplia sonrisa, sólo para ella.

Capítulo 20

Tal vez estuviera muerto. Por ella, Chang ya podía estar muerto. Las palabras resonaban en su mente como una de aquellas malditas campanas de bronce de alguno de sus dioses, cuyas vibraciones la desesperaban. Podían haberle dado caza, haberlo abatido, como al señor Liu, que a ella no le importaba lo más mínimo.

Desanduvo sus pasos por la ciudad vieja, a toda prisa, buscando con la mirada la señal de la Serpiente Negra entre la multitud ruidosa que atestaba las callejuelas. En una esquina se tropezó con un cuentacuentos que, desde su cabina, mantenía hechizadas a las personas que se habían congregado a su alrededor, y que se sentaban en bancos de madera.

Una de ellas alzó la vista y la miró como si la conociera. Lydia estaba segura de que no había visto nunca antes a aquel hombre. Llevaba el cuello envuelto en un pañuelo, y ella habría querido arrancárselo para ver qué había debajo. ¿El dibujo de una serpiente? ¿La sangre de la herida causada por el sable del señor Liu? La mirada silenciosa pareció seguirla calle abajo, y Lydia aceleró el paso. Dejó atrás el arco antiguo y enfiló el Strand, ya en el Asentamiento.

La biblioteca. Allí estaría fresca. Segura. A los chinos no se les permitía la entrada.

Cuando llegó al edificio de piedra ornamentada, con sus ventanales góticos y su acceso abovedado, le faltaba la respiración. Se encontraba en el centro del Asentamiento Internacional, a un lado de la plaza central y, al entrar estuvo a punto de olvidarse de saludar a la señora Barker, que controlaba el acceso desde su mesa. Se apresuró a internarse en uno de los muchos pasillos largos y tenuemente iluminados, separados por estantes y más estantes, alto hasta el techo y llenos de libros, y no paró hasta llegar al fondo, como un zorro que buscara su guarida.

Aspiró hondo. Con dificultad. No controlaba la situación. Los pulmones se negaban a llenarse de aire, y las rodillas le temblaban al compás de los latidos del corazón. «Chang An Lo, ¿dónde estás?»

Era un ataque de pánico. Puro y duro. La mera idea la enojaba. Y el enojo ya era una ayuda. El enojo, que empezó a abrirse paso a codazos entre ideas frenéticas de serpientes y espadas que se arremolinaban en su cerebro. Al fin sintió que algo de aire llegaba hasta allí, y que empezaba a pensar con claridad.

Por supuesto que no estaba muerto. Por supuesto que no. Si lo estuviera, ella lo sentiría. Estaba segura de ello. Pero debía encontrarlo, advertirle.

El hombre que escuchaba al cuentacuentos no era uno de ellos. Claro que no. La había mirado porque no le gustaba encontrar a diablos extranjeros en el barrio chino. Nada más.

«Claro que no. Por supuesto que no. No seas absurda.»

Se sentó en el suelo enlosado, fresco, y apoyó la cabeza en un sólido estante lleno de sólidos libros ingleses. No tenía ni idea de qué libros eran, pero le gustaba el contacto de su cuerpo con ellos. La consolaban de un modo extraño, que no comprendía.

Cerró los ojos.

– Ya es hora de irse, Lydia.

La muchacha parpadeó, cegada por la luz, y se puso en pie de un salto.

– ¿Te has quedado algo adormilada, querida? Supongo que habrás estado trabajando mucho. -La señora Barker tenía un rostro amable, la nariz cubierta de pecas grandes, como gotas de lluvia, y a veces le regalaba algún caramelo-. Cerramos en diez minutos.

– No tardaré -dijo Lydia, que se alejó corriendo hasta otro pasillo.

La cabeza le pesaba más que el plomo. Sus pensamientos todavía se nutrían de retazos de los sueños violentos que la habían asaltado al quedarse dormida, pero reconoció al instante al hombre que tenía frente a ella. Quería coger un libro de uno de los estantes altos, y no se había dado cuenta de su presencia. Lydia se fijó en el título de la obra: Fotografía: El desnudo femenino.

– Hola, señor Mason. No sabía que le interesara la fotografía.

Mason se sobresaltó, y estuvo a punto de soltar el ejemplar, pero casi al momento recobró la compostura y volvió la cabeza, despacio. Su expresión era amable, pero el traje oscuro le daba un aire autoritario y distante.

– ¡Vaya! No esperaba encontrarte aquí, Lydia. Estoy muy sorprendido. ¿No deberías estar en casa haciendo los deberes?

– He venido a buscar unos libros.

– Pues date prisa. La señora Barker quiere cerrar.

– Sí, ahora voy.

Pero pasó los dedos, lentamente, por una hilera de libros de poesía que le quedaban delante, esperando a ver si el señor Mason dejaba el libro de fotografía en su sitio, como, en efecto, hizo.

– ¿Sabe lo que de verdad me apetecería, señor Mason? -Ni siquiera se molestó en mirarle a los ojos.

– ¿Qué?

– Un helado.

Su interlocutor logró esbozar una sonrisa.

– Entonces permíteme que te invite a tomarlo, Lydia.

Había empezado a llover de nuevo, una lluvia fina y afilada, cuando aún no había llegado a casa. En la buhardilla encontró a su madre, que se preparaba para salir esa noche, y sintió una punzada de decepción. Ah, sí, el empleo nuevo. Por un momento lo había olvidado. El trabajo como bailarina. Con él pagaría el alquiler y, además, era lo que quería, ¿no? De modo que no debía quejarse, aunque tampoco le apetecía quedarse sola. Esa noche no. Valentina tenía mucha mano haciéndose nuevos peinados, y los ojos le brillaban de impaciencia.

No podía ser sólo por el trabajo.

– ¿Va a venir Alfred esta noche también? -Lydia recogió del suelo una de las horquillas de su madre y despegó dos largos pelos negros de ella, que se enrolló en un dedo.

Su madre tarareaba un fragmento de la Quinta Sinfonía de Beethoven, pero se calló para aplicarse el carmín en los labios que Lydia tanto le gustaba.

– Sí, cielo, va a pasar a recogerme. -Volvió la cabeza a un lado y a otro, frente al espejo, para ver el resultado-. Viene al hotel siempre que trabajo, y compra todos mis bailes. Es un amor.

– Qué ilusa eres, mamá.

– No seas ridícula -replicó su madre-. Nos está ayudando. ¿De dónde te crees que ha salido la cena de esta noche? -Señaló un gran pedazo de pastel de carne que reposaba en una fuente, junto a un melón y a una barra de pan francés-. Deberías estar agradecida.

Lydia no dijo nada, se sentó a la mesa y abrió uno de los libros de poesía que había sacado de la biblioteca. Hojeó sus páginas y, como si acabara de ocurrírsele, dijo:

– ¿Por qué no le invitas a subir un momento? Quiero darle las gracias personalmente.

Valentina dejó de empolvarse el cuello. Volvía a llevar el vestido azul marino, el que Alfred le había dicho que tanto le gustaba, pero Lydia estaba segura de que, a él, una tela de saco y un poco de ceniza le habrían parecido bien si las hubiera llevado su madre.

– ¿Por qué? -preguntó, desconfiada-. ¿Qué estás tramando?

– Nada.

– Tú siempre tramas algo, dochenka. Mira si no esta tarde, con el comisario. Te hablaba en serio cuando te he dicho que eres tan salvaje que merecerías unos buenos azotes.

– Lo sé, mamá.

Valentina se puso un collar de esmalte.

– ¡Qué bonito, mamá! ¿Es nuevo?

– Mmmm.

– Me portaré mejor, ya lo verás. Invita al señor Parker a casa antes de que os vayáis, por favor.

Valentina se pasó un dedo por la mandíbula, como buscando algún defecto.

– Supongo que tienes razón.

Alfred Parker sonrió a Lydia.

– ¡Qué bien!

Llevaba un traje elegante, gris marengo, y se había untado algo brillante en el pelo, que resplandecía. Por primera vez, a Lydia le pareció bastante aceptable. Lástima lo de las gafas. Estaba tomándose el vodka que ella le había servido, y ni siquiera comentó que lo había hecho en una taza. Lydia había vuelto a sentarse a la mesa, con su libro de poemas.

– ¿Tienes muchos deberes?

– Sí.

Se acercó más a ella y se fijó en el libro. El chaleco le olía a tabaco.

– Veo que es Wordsworth.

– Sí.

– ¿Te gusta la poesía?

– Sí.

– Ah.

– Lydochka -intervino Valentina, con una voz educada en exceso-. Creo que querías decirle algo a Alfred.

– Sí.

El invitado esbozó otra sonrisa.

Lydia aspiró hondo.

– Siento haberme portado mal con usted, y quiero agradecerle lo amable que es conmigo. -Miró el collar de su madre-. Con nosotras. Y por eso quiero entregarle esto.

Lo dijo más deprisa de lo que había ensayado mentalmente. Le alargó el pequeño envoltorio de fieltro, atado con el lazo rojo que había sacado de la sombrerera de Sun Yat-sen. Alfred parecía impresionado.

– Lydia, querida, no necesito ningún regalo, en serio.

– Quiero que lo tenga.

Incluso su madre parecía complacida.

– Gracias, qué bien -dijo, mientras aceptaba el regalo y, algo azorado, le daba un beso en la mejilla. Lydia sintió la aspereza de su barba en la piel. Cuidadosamente, Alfred tiró de la cinta y desenrolló la tela, sin duda esperando alguna baratija casera. Cuando vio el reloj de plata brillar en la palma de su mano, su rostro empalideció del todo, y tuvo que sentarse en el sofá.

Fue Valentina la que habló.

– Por Dios, pequeña, ¿de dónde diablos lo has sacado? Es precioso.

– De una casa de empeños.

Alfred Parker manipulaba el reloj, abría y cerraba la tapa, le daba cuerda, ajustaba las manecillas, parecía no cansarse nunca de tocarlo. Sin apartar la vista de él ni un segundo, dijo, emocionado.

– Es el mío.

– Sí.

– ¿Y cómo has sabido en qué casa de empeños estaba?

– Porque fui yo quien lo llevé ahí.

Valentina dedicó a Lydia una mirada asesina por encima del hombro de Alfred, y giró las dos manos, como si quisiera retorcerle el pescuezo.

Despacio, Alfred alzó la vista y la concentró en la muchacha, comprendiendo al fin.

– ¿Me lo robaste tú?

– Sí.

Parker meneó la cabeza.

– ¿Me estás diciendo que me robaste el reloj de mi padre?

– Sí.

Se llevó una mano a la boca, para reprimir las palabras que estaban a punto de salir de ella.

– Claro, por eso me preguntaste si era de mucho valor.

Lydia se sentía peor de lo que esperaba. Le había devuelto el reloj. Entonces, ¿por qué no se iba? ¿Por qué no se iba a bailar?

Pero no, Alfred se puso en pie y se acercó a ella, tanto que le veía los pelos de la nariz.

– Eres una niña muy, muy mala -le dijo con voz tensa, como si le doliera algo-. Rezaré por tu alma. -Con una mano sujetaba el reloj, mientras con la otra se aferraba a la mesa. Se notaba que habría querido decir muchas más cosas, pero no lo hizo.

– Ahora lo ha recuperado -musitó Lydia, sin bajar la mirada-. El reloj de su padre. Creía que se alegraría.

Sin decir nada, Alfred dio media vuelta y abandonó la buhardilla.

– Dochenka, ¡qué tonta eres! -le susurró Valentina-. ¿Qué has hecho?

Eran más de las doce cuando Lydia oyó regresar a su madre. Sus pasos en la habitación silenciosa y oscura resonaron con fuerza, los altos tacones repiquetearon sobre la tarima, pero Lydia siguió en la cama, de cara a la pared, fingiendo estar dormida. Se negó a abrir los ojos incluso cuando Valentina retiró la cortina y se sentó al borde de la cama, donde permaneció largo rato. Sin decir nada. Pero Lydia oía su respiración irregular, el roce los dedos sobre la falda, como si éstos se movieran tan deprisa como sus pensamientos. El reloj de la iglesia dio las doce y media, y tras lo que pareció una eternidad, la una. Sólo entonces Valentina le habló.

– Tienes suerte de seguir en este mundo, Lydia Ivanova. Tal vez Alfred no te haya despellejado viva, pero ha estado a punto de hacerlo. Me asustas. -Lydia habría querido taparse los oídos, pero no se atrevía a moverse-. He conseguido que se calmara. -Su madre suspiró-. Pero estas cosas no me hacen ninguna falta. Y dos veces en el mismo día. Primero la comisaría, y ahora el reloj. Me parece que te has vuelto loca, Lydia.

El silencio regresó largo rato, y ella albergó la esperanza de que Valentina le hubiera dicho todo lo que tenía que decirle. Pero se equivocaba.

– Todo han sido mentiras, ¿verdad? -Su madre esperaba una respuesta, pero como Lydia seguía sin hablar, prosiguió-. Me has mentido sobre la procedencia del dinero. Cuando pienso en ello veo muchas mentiras. Como cuando me dijiste que la señora Yeoman te daba dinero por los recados que le hacías, o que habías encontrado un monedero en la calle, o que habías ayudado a alguien a hacer los deberes a cambio de una ayuda. Y nunca has ayudado al señor Willoughby en la escuela por una paga, ¿verdad? Todo el dinero salió del reloj de Alfred. Eres mala. Eres una ladrona.

Valentina aspiró hondo, mientras Lydia sentía que se asfixiaba.

– Debes parar. Parar ya. O acabarás en la cárcel. Y eso no pienso consentirlo. No debes robar nunca más. Ni una vez más. Nunca. Te lo prohíbo.

Sus palabras subían de tono. Bruscamente, se levantó de la cama, y Lydia volvió a oír los pasos, y una vela parpadeó en el cubículo de su madre. Sintió náuseas al escuchar el golpe seco de una botella contra el borde de una taza. Acurrucada, hecha un ovillo, se cubrió con la sábana y se mordió los nudillos hasta que le dolieron. Su madre la odiaba. Le había dicho que era mala. Pero, si no hubiera sido mala, llevarían tiempo muertas de hambre en cualquier alcantarilla. ¿Qué era lo que estaba bien, entonces? ¿Qué era lo que estaba mal?

¿Ayudar a los comunistas estaba bien o mal?

Entre dientes, se puso a recitar el poema de Wordsworth que había aprendido esa tarde, mientras hacía los deberes de clase, para dejar de pensar en las palabras que inundaban su cabeza. «Vaga solo, como una nube…» Pero ¿qué sabía una nube de la soledad?

Capítulo 21

Chang casi no oyó los pasos tras él, porque Lydia se acercó en absoluto silencio. Con la astucia de un zorro. Sin embargo, supo que estaba ahí, con la misma certeza con que sabía de los latidos de su propio corazón. Dejó de observar el río y se volvió para mirarla. Su visión le hizo sentir un dulce cosquilleo en las venas. No llevaba sombrero, y los cabellos eran una cascada de cobre ondulado, encendido de sol, pero en sus ojos habitaban las sombras. Parecía más frágil que nunca.

– Esperaba encontrarte aquí -le dijo, tímida. Señaló la quebrada, la estrecha franja de arena en la que le había suturado el pie-. Es un lugar tan tranquilo, tan hermoso… Pero si has venido para estar solo…

– No, por favor. -Chang le hizo una reverencia y alargó la mano, invitándola a quedarse-. Esto era un desierto antes de que llegaras.

Lydia le devolvió la reverencia.

– Es un honor.

La muchacha-zorro empezaba a comportarse a la manera china. La alegría que sintió al constatarlo le pilló por sorpresa.

Lydia se sentó sobre una roca plana, acarició su superficie gris, tibia de sol, y observó a una lagartija que se ocultaba velozmente en una grieta.

– Tengo que advertirte de algo, Chang An Lo. Por eso he venido.

– ¿Advertirme?

– Sí, estás en peligro.

El peso de la palabra le oprimió las costillas.

– ¿Qué peligro ves?

Chang se acuclilló en silencio, junto a la orilla, pero volvió la cabeza para poder seguir mirándola. La muchacha llevaba un vestido marrón claro que se confundía con la vegetación. Los ojos de Lydia se clavaron en los suyos.

– Un peligro que viene de la hermandad de la Serpiente Negra.

Chang mostró su enfado emitiendo un chasquido con la lengua.

– Gracias por avisarme. Ya sé que me amenazan. Pero ¿cómo has oído tú hablar de las serpientes negras?

Lydia le miró de soslayo y sonrió.

– Mantuve una conversación con dos hombres que llevaban serpientes negras tatuadas en el cuello. Me metieron en un coche a la fuerza y me preguntaron dónde estabas.

Aunque la muchacha trataba de quitarle hierro al asunto, a Chang le dio un vuelco el corazón, y hundió la mano en el agua para disimular su súbito temor. Debía controlar la ira, y no dejar que la ira lo controlara a él. La miró con sus ojos negros.

– Lydia Ivanova, escúchame bien. Debes mantenerte alejada del Barrio Chino. No te acerques nunca a sus calles, e incluso en tu asentamiento debes mantenerte alerta en todo momento. Las serpientes negras son de mordedura muy venenosa, y muy fuertes. Matan despacio, y cruelmente, y…

– No te preocupes. Me soltaron. Y no me parecieron tan duros.

Le sonrió, y los latidos de su corazón recobraron la cadencia. Lydia se pasó una mano por el pelo, como para ahuyentar aquellos recuerdos, y Chang sintió en las yemas de sus dedos el deseo de hablar de otras cosas.

– ¿Dónde vives, Chang An Lo?

Él negó con la cabeza.

– Es mejor que no lo sepas.

– Ah.

– Para ti es más seguro no saber nada de mí.

– ¿Ni siquiera en qué trabajas?

– No.

Lydia resopló para demostrar su enojo, hinchando los mofletes, como en ocasiones hacen los lagartos, y acto seguido ladeo cabeza y le dedicó una sonrisa seductora.

– ¿Piensas decirme al menos cuántos años tienes? No creo eso me perjudique, ¿verdad?

– No, claro que no. Tengo diecinueve.

La muchacha formulaba preguntas groseras, demasiado personales, pero él sabía que para ella no lo eran, y no se ofendió. Era su forma de ser. Era una fanqui, y esperar sutilezas de un diablo extranjero era como esperar que los sapos cantaran como las alondras.

– ¿Y tu familia? ¿Tienes hermanos, hermanas?

– Mi familia está muerta. Todos están muertos.

– Oh, Chang, lo siento.

Chang retiró las manos del agua y sacó una rana inmensa del barro.

– ¿Tienes hambre, Lydia Ivanova?

Encendió una hoguera. Asó la rana, así como dos peces pequeños de río, envueltos en hojas. Ella se comió su parte con buen apetito, delante de Chang, que convirtió cuatro ramas en palillos chinos, y pasó un rato divertido enseñándole a comer con ellos. Mientras lo hacía le tocaba los dedos, se los colocaba alrededor de los palillos. Las risas de Lydia cada vez que soltaba sin querer el pescado hacían que las ramas de los sauces susurraran sobre sus cabezas, e incluso Lo-Shen, la diosa del río, debió de detenerse a escuchar.

Lydia estaba tranquila, de un modo que él no había visto nunca en ella. Relajaba brazos y piernas, los ojos surgían de entre las sombras y abandonaban aquella expresión cauta que formaba parte de ella, tanto como sus cabellos incendiados. Y él sabía lo que aquello significaba: que se sentía segura. Lo bastante como para contarle el cuento de cuando tenía ocho años y se rompió el brazo tratando de reproducir las volteretas hacia atrás de un acróbata callejero. Una niña china le ató dos cañas de bambú a los lados para inmovilizarle el brazo hasta que llegara a casa. Su madre la regañó, pero tan pronto como estuvo curada, le pidió a una bailarina rusa que enseñara a su hija cómo se hacían las volteretas hacia atrás. Para demostrarle a Chang que lo había aprendido, Lydia Ivanova se puso en pie, dio un salto y ejecutó una voltereta que hizo que la falda le quedara por encima de la cabeza, algo de lo más indecoroso. Volvió a sentarse y le sonrió, traviesa. A él le encantaba aquella sonrisa. Chang se echó a reír y aplaudió.

– Eres la emperatriz de la Quebrada del Lagarto -dijo, inclinando la cabeza en señal de sumisión.

– Creía que a los comunistas no les gustaban las emperatrices -replicó ella, sin abandonar la sonrisa, y tendiéndose boca arriba sobre la arena, los pies descalzos acariciando el agua fresca.

A Chang le pareció que se burlaba de él, pero como no estaba del todo seguro, no dijo nada, y se contentó con contemplarla allí entre las sombras, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como si saboreara la brisa fresca que nacía del agua. Tenía el cuerpo delgado, los pechos pequeños, y unos pies demasiado grandes para los gustos chinos. Era tan distinta a las mujeres que conocía… Tan extranjera, tan fiera, una criatura que rompía todas las reglas y que, a la vez, extrañamente, le proporcionaba una paz de espíritu que le hacía querer seguir en su compañía.

– Tengo que irme -dijo.

Ella ladeó la cabeza para mirarlo.

– ¿De verdad?

– Sí, debo asistir a un funeral.

Lydia abrió mucho sus ojos ambarinos.

– ¿Puedo ir contigo?

– Eso no es posible -respondió él, secamente.

La osadía de aquella muchacha era capaz de acabar con la paciencia de los mismísimos dioses.

Se situaron al final de la procesión. Las trompetas resonaban. Chang notaba que la muchacha-zorro estaba detrás de él, percibía su emoción al verse cada vez más cerca. Era pequeña y delgada, como una joven china, y las ropas que le había prestado -la túnica blanca, los pantalones holgados, las sandalias de fieltro, el sombrero cónico de paja- lograban que pasara desapercibida. Con todo, su presencia inquietaba a Chang.

¿Objetaría algo Yuesheng? ¿La aparición de una fanqui en su funeral proporcionaría poder a los malos espíritus que las trompetas y los címbalos ahuyentaban? «Oh, Yuesheng, amigo mío, ciertamente estoy endiablado.»

Incluso el cielo se había teñido de blanco, el color del luto, en señal de dolor por la pérdida de Yuesheng. El carruaje con el ataúd, a la cabeza de la procesión solemne, iba cubierto con telas de seda blanca, y tirado por cuatro hombres, vestidos del mismo color que de ese modo proclamaban su tristeza. Sacerdotes budistas, con sus túnicas color azafrán, hacían sonar los tambores mientras lanzaban pétalos a lo largo del tortuoso camino que conducía al templo. Chang sintió que la mejilla de la muchacha le rozaba el hombro, porque la multitud se apretujaba a su alrededor.

– El hombre de la túnica blanca, larga, y el ma-gua [4] -le susurró-, el que se postra en el suelo tras el ataúd, es el hermano de Yuesheng.

– ¿Y quién es el hombre corpulento de la…?

– ¡Shhh! No hables. Y mantén la cabeza baja. -Chang miró por encima del hombro, y constató que nadie les prestaba atención.

– Ese hombre es el padre de Yuesheng.

Los cánticos de los sacerdotes ahogaron sus palabras.

– ¿Qué lanzan al aire esas personas?

– Son billetes falsos. Para aplacar a los espíritus.

– Qué lástima que no sean de verdad -susurró, al ver pasar uno de cincuenta dólares volando sobre su cabeza.

– ¡Shhh!

Lydia no dijo nada más. Tranquilizaba saber que la muchacha-zorro era capaz de mantener la boca cerrada. Mientras avanzaban lentamente hacia el templo, a la mente de Chang acudieron recuerdos de Yuesheng, y del vínculo que compartieron. Siempre le había pesado que su amigo llevara tres años sin hablar con su padre por la rabia que le tenía. Tres largos años. A sus antepasados no les gustaría que no hubiera cumplido con su deber de respeto filial, pero el padre de Yuesheng no era persona fácil de honrar.

Una vez en el templo, frente a las estatuas de Buda y Kuan Yin, colocaron el ataúd en el altar. El incienso impregnaba el aire, y los monjes entonaban sus oraciones. Cintas blancas, flores blancas, delicados alimentos, frutas, dulces, todo dispuesto para Yuesheng. Las plañideras se postraban en el suelo del templo como mantos de nieve. Más tarde empezó la quema. En una gran urna de bronce, los monjes elevaban sus oraciones junto con el humo de los objetos de papel quemados, para que el difunto los usara en la otra vida: una casa, herramientas, muebles, una espada y un rifle, incluso un coche y unas fichas de mah-jongg y, lo más importante de todo, láminas de oro y plata. Todo devorado por las llamas.

Chang observaba el humo elevarse hasta convertirse en el aliento de los dioses, y sintió que una sensación de paz empezaba a apoderarse de él. El dolor, agudo como herida de cuchillo, remitía. Yuesheng había muerto como un valiente. Y ahora su amigo estaba a salvo, y cuidarían de él, pues ya había cumplido con su misión.

En ese instante alzó la vista y vio la figura corpulenta que se alzaba frente a las plañideras, y supo que la suya no había hecho más que empezar.

– Tú fuiste quien me trajo el cuerpo de mi hijo, y por ello estoy en deuda contigo. Pídeme lo que quieras.

El padre llevaba una cinta blanca anudada a la frente. Su casaca acolchada y bordada, del mismo color, y sus pantalones, lo hacían parecer más ancho de hombros y de muslos. El fajín que rodeaba su gran cintura estaba decorado con perlas, que formaban la figura de un dragón.

Chang le hizo una reverencia.

– Ha sido un honor servir a mi amigo.

El hombre lo observó con atención. Su gesto era duro, sus ojos, taimados. A Chang no le parecía ver dolor en ellos, pero el padre de su amigo no era de los que revelaban fácilmente sus emociones.

– Le habrían cortado los miembros y los habrían esparcido por cualquier parte si tú no hubieras cargado con su cuerpo y me lo hubieras traído. El Kuomintang lo hace así para asustar a los demás. El espíritu de mi hijo habría tardado muchos años en encontrarlos todos antes de regresar entero con nuestros antepasados. Por eso te doy las gracias.

Ahora fue él quien le hizo la reverencia.

– Mi corazón se alegra por su hijo. Su espíritu se alegrará al saber que ofrece un regalo a cambio.

El padre entrecerró los ojos.

– Lo que quieras te lo daré.

Chang dio un paso al frente, para acercarse más a él, y bajó la voz.

– Su hijo entregó la vida por aquello en lo que creía, que era abrir las mentes del pueblo de China a las palabras de Mao Tse.

– No me hables de eso. -El padre volvió la cabeza, con gesto displicente, y el músculo de la mandíbula se contrajo-. Y di que quieres.

– Una imprenta. -El resoplido sonó con fuerza-. La de su hijo fue destruida por el Kuomintang.

– He dado mi palabra. La imprenta será tuya.

Chang volvió a bajar la cabeza en señal de respeto.

– Honra grandemente la memoria de su hijo, Feng Tu Hong.

El padre de Yuesheng volvió la espalda a Chang, y se alejó, camino del banquete del funeral.

Debía llevar a casa a la muchacha-zorro. Ya había visto suficiente. Si se quedaba, la descubrirían. Los invitados ya no se lamentaban, moviendo las cabezas, sino que las echaban hacia atrás al dar sorbos de maotai, y charlaban como palomas. No tardarían en darse cuenta de su presencia. Miró hacia atrás para ver si seguía a su lado, y se preguntó qué sucedería si le quitaba el sombrero de paja. ¿Los espíritus de fuego de sus cabellos recorrerían la multitud de invitados y extraerían de sus lenguas la verdad: que no habían sido amables con Yuesheng mientras vivía?

– ¿Se lo has pedido?

Era Kuan, su camarada del sótano. Había aparecido de pronto frente a él, vestida de negro, y no de blanco, con un zurrón a la espalda. Chang no esperaba verla en el funeral, pues su trabajo en la fábrica no le dejaba tiempo libre, y apenas la vio se alejó unos pasos de la muchacha-zorro.

– Sí, le he pedido el regalo, y me lo ha concedido.

Los ojos rasgados, oscuros, de Kuan, se abrieron mucho, incrédulos.

– Tienes suerte de conservar la cabeza sobre los hombros. Podría haber acabado metida en un cubo. -Se acercó a él-. ¿Te ha advertido? ¿Te ha aconsejado que no sigamos imprimiendo carteles y panfletos?

– No. Para qué. Nos odia, como odiaba a su hijo.

Kuan sonrió.

– No te lamentes tanto, Chang An Lo. Yuesheng murió haciendo lo que debía, y ahora es feliz.

– Lo será aún más cuando logremos la libertad para esta desdichada China -murmuró Chang con furia. Aspiró el aire perfumado-. Y el padre de Yuesheng contribuirá a que ese día llegue antes. Lo quiera o no.

Capítulo 22

– Pareces cansado, amigo -le dijo Alfred Parker, deteniéndose para limpiar de restos de tabaco el fondo de la pipa-. Tienes los ojos hinchados.

Theo se pasó la mano por ellos. Los sentía irritados, arenosos.

– Sí, la verdad es que no me encuentro muy bien. Llevo varios días sin dormir bien.

– No estarás preocupado por aquello de Mason, ¿verdad? Creía que me habías dicho que lo habías solucionado.

– Sí, no es por eso. Es que tengo que corregir los exámenes finales, y me quedo trabajando hasta tarde.

Además, las últimas tres noches las había pasado a bordo de barquitas de papel, flotando en el río. Observando la oscuridad horas y horas. La última de ellas había llovido a cántaros. Con todo, las «capturas» nocturnas iban bien, y a Theo le sorprendía constatar lo rápidamente que crecía su parte de plata al final de cada salida. Y eso sólo podía significar una cosa: que cada vez se aventuraban más, que los cargamentos eran mayores, que asumían más riesgos. Confiaban en su palabra. Y él confiaba en la de Mason.

No era de extrañar que pareciera cansado.

Parker y él se encontraban en la tetería preferida de Theo. El periodista le había pedido que se vieran, y había aceptado su propuesta de quedar ahí, venciendo sus escrúpulos sobre higiene y corrección. El té sin leche no era precisamente su idea de lo que debía ser un té, pero comentó que le interesaba conocer una tetería china tradicional, y ampliar de ese modo su comprensión de los nativos. Theo se echó a reír al oírlo. Tal vez su compatriota fuera buen periodista en relación con los asuntos europeos en China, pero jamás llegaría a comprender a los autóctonos. Cuando la joven delgada, vestida con su cheongsam de cuello alto, les trajo la tetera sencilla, de barro cocido, y sirvió la bebida rojiza en las diminutas tazas, Alfred le sonrió tan efusivamente que ella meneó la cabeza y, con ella, señaló hacia el piso de arriba. Theo sabía que a su amigo no le cabía en la cabeza que ella pensara que le estaba proponiendo mantener una relación sexual, y que le estaba indicando que las muchachas de vida alegre se encontraban en las habitaciones de la primera planta, dispuestas a ofrecerle la luna y las estrellas. Por un puñado de dólares, claro está.

A su alrededor, en las mesas bajas, de bambú, zumbaban las voces discordantes de los mercaderes y los banqueros chinos, e incluso las de algunos diplomáticos japoneses, bien vestidos y bien alimentados, todo hombres, a quienes no afectaba la escasez de alimentos.

El lugar era alegre, colorido, y contagiaba a los clientes la sensación de que eran afortunados. Farolillos de un rojo intenso, leones dorados, vistosos pájaros cantores encerrados en jaulas profusamente decoradas, ahuyentaban las preocupaciones, mientras una muchacha de cabellos más negros que un ala de cuervo tocaba una dulce melodía con su chin, el laúd chino. El chasquido de las fichas de mah-jongg no cesaba ni un instante. Por lo general, Theo se sentía en paz allí, pero ese día algo era distinto. No sabía cómo pero parecía haber perdido la calma. La «paz» se encontraba muy lejos de él en ese momento.

– Y dime, Alfred, ¿qué es eso tan urgente? ¿Qué es eso de lo que tanto te interesa hablar?

– Me pediste que indagara en el pasado de Christopher Mason, ¿recuerdas? Ya me has dicho que habéis solucionado vuestras diferencias, pero, aun así…

Theo se echó hacia delante.

– ¿Has encontrado algún esqueleto en su armario?

– No exactamente.

– ¿Entonces qué?

– Sólo unas pocas irregularidades.

– ¿Cómo por ejemplo?

– Para empezar, no es lo que parece. Sus padres regentaban una pequeña ferretería en Beckenham, Kent. De modo que no es el exportador-importador que dice ser.

– Vaya, vaya, de modo que el progenitor de Mason era hombre de delantal. Interesante.

– Y hay más.

Theo sonrió.

– Alfred, eres un diamante de muchos quilates.

Parker volvió a interrumpirse para cargar la pipa.

– Su primer trabajo lo obtuvo en el departamento de aduanas y aranceles de Londres. Y se dice que no hacía ascos a comerciar con ciertos productos de contrabando que confiscaba: coñac francés, perfume, cosas así.

– ¿Por qué será que no me sorprende?

– Finalmente fue trasladado al departamento de planificación, pero sólo tras un conato de escándalo que lo salpicaba a él y a la esposa. Parece que a la mujer le gustaba el trato duro… y él se lo proporcionaba. -Parker, incómodo, arrugó la frente-. No son cosas propias de un tipo decente.

A Theo le conmovió la ingenuidad de su amigo. Había algo tan indefenso en él… Su propia inocencia había muerto de un disparo hacía diez años en una oficina de Kensington, y desde entonces siempre había esperado encontrarse con el lado malo de la gente. Así parecía ser. Invariablemente. Por eso le gustaba enseñar. Los niños eran material en bruto, y para ellos todavía había alguna oportunidad. Y también estaba Li Mei, por supuesto. Li Mei le daba esperanzas.

Pero Parker era un tipo raro, porque sus cantos más brillantes seguían intactos, ni apagados ni desportillados por la realidad. Algo poco frecuente en los tiempos que corrían. Y bastante vivificante, a su modo. Además, ese día se veía distinto, más radiante que nunca.

– Y -Parker prosiguió, bajando la voz- dejó su trabajo en planificación tras sólo dieciocho meses.

– Dame más datos.

– Rumores, nada definitivo, entiéndelo bien.

– Sigue, sigue, hombre.

– Sobornos.

– Ah.

– Dinero por debajo de la mesa. Edificios que se construían donde no debían construirse, y esas cosas. Y dejó el cargo de un día para otro y se embarcó rumbo a Junchow. Sólo Dios sabe cómo consiguió meterse en el departamento de educación aquí, pero al parecer se le da bien lo que hace, aunque quienes están a sus órdenes no lo tengan en buena estima. Con todo, no he logrado sacarles nada más. Tendrán miedo a perder el trabajo, supongo.

– ¿No lo tendrías tú?

Parker pareció sorprendido.

– Por supuesto que no. No si viera que existe corrupción.

La joven llegó entonces con otra tetera humeante, y volvió a llenarles las tazas.

– Xie xie -dijo Parker-. Gracias.

A Theo casi se le atragantó el té.

– ¡Muy bien dicho, Alfred!

– Bueno, me ha parecido que, mientras esté aquí, es buena idea aprender algo de su dialecto. Para mi trabajo va a resultarme útil y, además, quiero impresionar a una persona.

Theo vio que su amigo se ruborizaba.

– Alfred, eres un perro astuto. ¿Quién es la afortunada? ¿La conozco?

– Sí, de hecho creo que sí. Es la madre de una de tus alumnas.

– No será Anthea Mason.

Parker pareció ofendido.

– Por supuesto que no. La dama en cuestión se llama Valentina Ivanova.

Apenas pronunció el nombre, una sonrisa tímida asomó a sus labios.

– Por el amor de Dios, Alfred -exclamó Theo-. Debes estar loco. Estás pidiendo problemas a gritos.

Parker parpadeó, perplejo ante lo inesperado de la respuesta.

– ¿A qué te refieres, Theo? Es una mujer maravillosa.

– Es guapísima, sí, eso seguro. Pero es rusa, rusa blanca.

– ¿Y qué? ¿Qué tiene eso de malo?

Theo suspiró.

– Alfred, todo el mundo sabe que esas mujeres están desesperadas por casarse con un europeo. De donde sea. Las pobres criaturas están aquí atrapadas, sin papeles, sin dinero, sin trabajo. Debe de ser un infierno. Por eso la mitad de las prostitutas en los burdeles de Junchow son mujeres de la Rusia Blanca. No te hagas el escandalizado, porque es un hecho. -Suavizó algo el tono-. Siento pincharte la burbuja, amigo, pero debo decirte que te está utilizando, simplemente.

Parker meneó la cabeza, pero Theo vio que su confianza empezaba a flaquear. El periodista se quitó los lentes y se puso a limpiarlos a conciencia con un pañuelo de un blanco virginal.

– Me pareció que tú lo entenderías -dijo muy serio, sin alzar la vista-. Tú más que nadie. Todo este asunto del amor. Lo que hace sentir a un hombre… -Hizo una pausa.

– ¿Enfermo?

Parker trató de esbozar una sonrisa.

– Sí, me siento enfermo. -Volvió a ponerse las gafas y observó, inmóvil, el pañuelo impecablemente doblado que sostenía entre los dedos-. Veo su rostro en todas partes -añadió, en voz baja-. En el espejo, cuando me afeito, en la página en blanco cuando redacto mis artículos, e incluso en la escribanía vieja de Gallifrey, mi editor, cuando nos reunimos.

– Te ha dado fuerte, amigo. No hay duda de que te ha pescado.

– Creía que tú lo entenderías -repitió Alfred.

– Lo dices porque estoy con Li Mei, supongo. No, Li Mei no está conmigo por dinero, eso te lo aseguro. Para empezar, no lo tengo, por desgracia, y además ella procede de una familia china más que acomodada, que le ha dado la espalda por mi culpa. De modo que la situación es muy distinta. Te lo advierto, mantente alejado de Valentina Ivanova. Se largará en cuanto te la lleves contigo a Inglaterra.

Parker apretaba mucho la boca. Apartó la taza de té, que no había probado siquiera.

– Me preguntaba qué podía haber visto una mujer hermosa y experimentada en un tipo como yo.

– Oh, Alfred, anímate. Como he dicho, eres un diamante de muchos quilates. -El periodista se encogió de hombros, tenso-. ¿Por qué no te limitas a disfrutar de su compañía? Llévatela a la cama unos meses, cánsate de su perfume, y así luego no tendrás que…

– Theo, tal vez tú poseas un corazón pagano y despiadado -dijo Parker sin acritud-, pero yo no, yo soy cristiano, no sé si lo sabes, y como tal intento cumplir con sus mandamientos. De modo que no, no pienso acostarme con ella y luego abandonarla.

– Tonto de ti, amigo mío.

Entre ellos se hizo el silencio. Se acercó una niña a ofrecerles dulces en una bandeja, pero ambos los rechazaron con un movimiento de mano. Tras ellos, un hombre gritó al ganar la partida de mah-jongg. Theo encendió un cigarrillo. Le dolía la garganta; últimamente fumaba demasiado.

– Déjala ahora-le aconsejó, en voz baja-, antes de que te involucres demasiado. Te lo digo por tu bien. Y no te olvides de que tiene una hija. Nada fácil, por cierto.

Parker se pasó la mano temblorosa por la frente, tratando de aclararse las ideas.

– No lo sé, Theo, tal vez tengas razón. A mí me parece que el amor es una fuerza destructiva. El amor a una persona, a un ideal, a un país… Lo borra todo, y causa grandes trastornos. En cuanto a la hija, ni me la menciones. Esa muchacha es incorregible.

Capítulo 23

Chang permanecía inmóvil en la oscuridad. Quieto como una piedra. Estaban ahí, todos a su alrededor. Los oía. El rumor de una manga, el roce de un muslo contra el muro, el crujido de un zapato sobre la gravilla. Había sido temerario por su parte presentarse en el funeral. Sabía que ello implicaba que le siguieran la pista. Pero habría sido un deshonor para él haberse perdido el momento final de Yuesheng, pues era su compañero de sangre, y le debía respeto, sobre todo si pensaba que, la noche del ataque del Kuomintang, podría haber sido su propio cuerpo sin vida el que hubiera acabado tendido en el suelo del sótano. Y ahora, en efecto, los Serpientes Negras estaban ahí. La muerte acechaba en las sombras, esperando darse un banquete.

Se encontraba en una calle empedrada de la ciudad vieja, con la espalda pegada a una puerta de roble repujada, encastrada en un arco. Figuras negras pasaban de una calle a otra, agazapadas, veloces, cruzando en todas direcciones. Movimiento en las entradas. Ojos agudos que lo buscaban. Sin luna que iluminara los filos alojados en los puños, aunque no tenía duda de que estaban ahí, sedientos de sangre.

Contó a seis en total, pero oía a más. Uno estaba de pie, muy rígido, apoyado en una pared a no más de diez pasos a su derecha, custodiando la entrada al estrecho hutong, un callejón que se adentraba en el laberinto de calles traseras. Respiraba con cierta dificultad. De un salto silencioso, y levantando el talón, Chang acabó con él, aunque antes de que el cuerpo llegara al suelo, él ya se encontraba en el hutong, corriendo, agazapado y ágil. Sobre él, en la ventana de una primera planta, se encendió una luz, y detrás de él resonó un grito. Pero no se volvió.

Avanzaba más deprisa. Se internaba en una oscuridad mayor. Los pies le resbalaban al contacto con basuras en diversos estados de descomposición. Él los guiaba a través de las calles, frenándolos en su intento de ganar velocidad. Así, cuando el hombre más rápido se encontró en un cruce, veinte pies por delante de sus compañeros, no supo qué era lo que acababa de surgir de entre las sombras y le golpeaba el pecho, partiendo sus costillas como si fueran ramas, hasta que ya era demasiado tarde, y no podía respirar.

Chang siguió avanzando como una exhalación en la oscuridad. Retorciéndose, girando, emboscándose. A otro de los hombres le inutilizó una pierna, y al otro la visión de un ojo. Pero un camión de la basura, con el volquete lleno de excrementos humanos, y un hedor capaz de asfixiar a cualquiera, le impidió el paso, y se vio obligado a girar a la izquierda, por una pendiente que no descendía a ninguna parte.

Una ratonera.

Altos muros a tres lados, una especie de patio. Una vía de acceso. Y la misma, de salida. Seis hombres se abrieron en abanico tras él, respirando entrecortadamente, escupiendo veneno. Tres de ellos llevaban cuchillos, dos blandían espadas, pero uno cargaba un arma de fuego, que apuntaba directamente al pecho de Chang. Pronunció algo con voz gutural y uno de los que llevaban espadas se adelantó. Se acercó a Chang y el largo filo rasgó el aire con un silbido. Chang dejó de respirar, extrajo la energía que circulaba por sus venas y con un movimiento fluido impulsó una pierna bajo su atacante. Una punzada de dolor le atravesó el costado, pero dio tres pasos rápidos y quedó suspendido en el aire, tratando de agarrarse al muro trasero con los dedos. Resbaló, volvió a intentarlo, y entonces sí, subió los talones por encima de la cabeza, describiendo un arco perfecto. Ya había llegado al tejadillo, pero no estaba a salvo. Una bala le pasó rozando la oreja.

Se oyó un rugido colérico en el patio, y el hombre de la pistola se apoderó del sable del espadachín y le asestó a éste un golpe que lo destripó. El hombre, herido, se hincó de rodillas en el suelo, sujetándose los intestinos, que escapaban de su cuerpo, mientras un chillido agudo brotaba de su garganta. El segundo mandoble lo acalló, y la cabeza seccionada rodó hasta la alcantarilla. La pistola apuntó una vez más en dirección al tejado. Pero Chang ya se había esfumado.

Lydia tenía tiempo para pensar. La franja de más de veinte metros, en el centro del campo, empezaba a amarillear, pero a su alrededor la hierba se extendía como un lago verde, resplandeciente. Recortaban el césped con precisión, y lo trataban con un respeto que a ella le escandalizaba un poco, pues los hombres parecían preocuparse más por su bienestar que por el de sus hijos. Pero le encantaba asistir a los partidos de criquet. Le encantaba imaginar que aquella escena tenía lugar en el otro extremo del mundo, en Inglaterra. En ese mismo momento, en todas las ciudades y pueblos, hombres vestidos de blanco tomaban al asalto el fin de semana con sus bates y sus guantes, golpeando sin piedad aquella pelota pequeña y dura. Era algo tan deliciosamente absurdo… Y más con ese calor. Sólo a unas personas sin nada que hacer en todo el día podía habérseles ocurrido algo tan curioso.

Hombres vestidos de blanco.

Para un país el blanco equivale a un juego; para otro, a la muerte. Mundos distintos. Separados por el océano. Pero ¿qué le sucedía a alguien que se viera atrapado en el medio? ¿Se ahogaba?

– ¿Más té, querida? Pareces estar a muchos kilómetros de aquí.

– Gracias, señora Mason. -Lydia aceptó el té, alejó sus pensamientos de Chang An Lo y se sirvió otro sándwich de pepino, que dejó sobre el plato que se sostenía en precario equilibrio sobre el apoyabrazos de la tumbona.

La madre de Polly llevaba gafas de sol de montura aparatosa y un sombrero de paja, de ala ancha, en el que había trenzado varias rosas de su jardín. Pero ninguna de las dos cosas bastaban para ocultar el cardenal que le oscurecía el ojo izquierdo, ni la hinchazón del pómulo.

– Me tropecé con Achules, el gato de Chistopher, que es un perezoso, y me di contra una puerta. Qué tonta soy.

Lydia la oyó reírse al contarlo a las demás mujeres, pero, a juzgar por la expresión de éstas, nadie la creía. Lydia la contemplaba con respeto renovado. Para presentarse en el partido y soportar la humillación sin perder la sonrisa en ningún momento, para servir el té con pulso firme, hacía falta valor.

– Señora Mason -dijo en voz alta-. ¡Qué vestido tan bonito lleva! Le sienta muy bien. -Se trataba de un modelo vaporoso, de estampado floral, muy inglés.

– Gracias, Lydia -respondió Anthea Mason, y por un instante a la joven le pareció que estaba a punto de echarse a llorar. Pero no, lo que hizo fue esbozar una sonrisa, y servirle a Lydia otro sándwich en el plato.

En el campo, Christopher Mason anotó otros cuatro, pero Lydia se negó a sumarse a la ovación generalizada. Junto a ella, Polly irradiaba satisfacción, y acariciaba la cabeza de su cachorro para animarlo. No le gustaba que lo mantuvieran atado con la correa, precisamente allí, donde la pelota le decía: «Persígueme.»

– ¿A que papá es listo, Toby? Hoy va a estar de muy buen humor.

Lydia no quería ni mirarla.

– Al final te matarán, Lyd.

– No seas exagerada. Fue sólo un funeral.

– Pero ¿por qué? Nadie va a los servicios de los chinos. Los nativos se ocupan de sus asuntos, y nosotros hacemos lo mismo. Y así, todos contentos. Tienes que aceptar que no les caemos bien, Lyd, y que son distintos a nosotros. No podemos mezclarnos con ellos.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque no podemos. Eso lo sabe todo el mundo.

– Te equivocas. Chang y yo somos… -Lydia buscó una palabra que no escandalizara a Polly- amigos. Hablamos sobre… sobre cosas, y no veo ninguna razón por la que no podamos mezclarnos. Fíjate en todos los niños que tienen niñeras chinas, que los cuidan cuando son pequeños, y los adoran. Entonces, ¿por qué tiene que cambiar cuando esos niños crecen?

– Porque sus reglas son distintas a las nuestras.

– Lo que dices es que la cosa sólo funciona si ellos adoptan nuestras reglas y viven como nosotros.

– Sí.

– Pero son personas, Polly. Como nosotros. Deberías haber visto y oído su pena durante el funeral. Les dolía, lo mismo que nos duele a nosotros. Si se cortan, sangran, lo mismo que nosotros. ¿Qué importan las reglas?

– Oh, Lydia, ese Chang An Lo te está confundiendo. Tienes que olvidarte de él. Aunque debo admitir que al señor Theo parece irle bien con su hermosa china.

– Pero no se ha casado con ella, ¿verdad?

– Precisamente.

– Y cuando Anna Calpin era joven, adoraba a su amah, y ahora, en invierno, la hace sentarse en el retrete diez minutos antes de que ella vaya a usarlo, para que se lo caliente.

– Lo sé. Pero tú nunca has tenido criados chinos, Lydia. Tú no lo entiendes.

– No, Polly, no lo entiendo.

La calle parecía normal. Había un vendedor chino apostado en una esquina, tratando de colocar su mercancía -pipas de girasol y agua caliente-; un niño jugaba a las canicas junto a la acera, y una vieja babushka rusa estaba sentada en una mecedora, junto a la puerta de su casa, desplumando una gallina de Guinea. A sus pies, dos pilluelos muy sucios recogían las plumas al vuelo y rellenaban con ellas una almohada. Las grandes ruedas de un rickshaw traquetearon calle abajo, levantando lodo a su paso.

Lydia trataba de comprender qué era lo que la había llevado a detenerse. Aquélla era su calle. Había caminado por ella un millón de veces. Hacía mucho calor, había polvo por todas partes. El vestido se le pegaba a la piel. Se moría de ganas de beber algo frío. Y se encontraba a apenas veinte metros de su casa. Entonces, ¿qué sucedía?, ¿qué le hacía vacilar?

«Cuidado, Lydia Ivanova. No duermas mientras caminas. Te soltaron una vez, pero no te soltarán dos veces.»

Las palabras de Chang. Pero ella ya tenía cuidado, se mantenía alerta, y sin embargo no veía nada que justificara su nerviosismo. Tal vez Polly tuviera razón y él la estaba confundiendo sin motivo. Reanudó la marcha, más deprisa, impaciente consigo misma, pero mientras metía la llave en la cerradura percibió un movimiento detrás de ella. No es que viera ni oyera nada. Fue más un cambio súbito en el aire, a sus espaldas. No se volvió. Se abalanzó hacia el zaguán y cerró la puerta de golpe. Se apoyó con todas sus fuerzas en ella, sin respirar. Escuchando.

Nada. La bocina de un coche, la risa de un niño, el chillido salvaje de una gaviota que pasaba volando.

Inspiró hondo. ¿Lo habría imaginado?

Esperó, mientras transcurrían los minutos y se sentía el pulso acelerado en los oídos.

– Lydia, moi vorobushek, ven aquí, ven. -Era la señora Zarya, que la llamaba desde un extremo del vestíbulo. Llevaba un kimono azul brillante, y rulos en el pelo-. Tengo un boniato para el señor Sun Yat-sen. Ven, cógelo.

Lydia obedeció, pero le pesaban mucho los pies.

– Muy amable, señora Zarya, a Sun Yat-sen le gustará. -Se acordó del manojo de hierba que había recogido en el club de criquet sin que la vieran, y que llevaba escondido en el puño-. ¿Va a algún lugar especial esta noche?

– Da, sí. A una soirée -respondió, ufana, la señora Zarya-. Una lectura poética en la villa del general Manlikov. Era amigo de mi esposo, y se trata de un hombre decente que no se olvida de la viuda de un viejo camarada.

– Que lo pase muy bien -dijo Lydia, iniciando el ascenso de la escalera-. Y gracias por el boniato. Spasibo.

Fue al completar el último tramo de peldaños cuando oyó las voces que provenían de la buhardilla, y parecieron golpearle el rostro. Una de ellas era la de su madre, grave, intensa. La otra pertenecía a un hombre, que la alzaba en algo parecido a la ira. Hablaban en ruso. Ella abrió la puerta sin hacer ruido, y vio a dos figuras sentadas en el sofá, hablando deprisa, gesticulando mucho. Sintió un escalofrío y, horrorizada, quiso irse, pero era demasiado tarde. El interlocutor de su madre era el hombre de la ronda de reconocimiento a la que asistió en comisaría, el gran oso barbudo de rizos grasientos y parche en el ojo, el de las botas de lobo. Junto a él, Valentina parecía una criatura exótica apoyada en el borde del asiento. El hombre observaba a Lydia con su único ojo oscuro, y la joven se ruborizó.

– Lo siento -se disculpó de entrada-. No fue mi intención que la policía le siguiera como lo hizo, es que…

– Lydia -intervino su madre rápidamente-, Liev Popkov no habla inglés.

– Ah… Bueno, pues dile que me disculpe.

Valentina le dijo algo en ruso, atropelladamente.

El hombre asintió despacio y se puso en pie. Al instante el aire de la buhardilla se llenó con sus hombros, y tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con el techo. En ningún momento dejó de observar a Lydia, que no estaba segura de si su gesto era de hostilidad o de curiosidad, pero que en cualquier caso le incomodaba. Con todo, lo que más confusión le causaba era pensar cómo diablos había averiguado dónde vivía. Chyort! Su nerviosismo aumentaba por momentos.

El hombre se desplazó hacia la puerta, junto a la que ella seguía plantada, y se acercó tanto a ella que Lydia temió que fuera a aplastarle la cabeza con sus manazas.

– Lo siento -reiteró, y sin darle tiempo a alargar aquellas garras suyas, le tendió una mano.

Para su sorpresa, el ruso aceptó el saludo, y una de sus manos engulló la de Lydia y la estrechó con suavidad. Sin embargo, aquel ojo único, negro, parecía mirarla con desagrado.

– Do svidania -balbució ella, cortésmente-. Adiós.

El masculló algo y abandonó la buhardilla.

– ¿Qué quería, mamá?

Pero Valentina no la escuchaba, y se dedicaba a servirse un trago. No en taza, como de costumbre, sino en una copa. Lydia supo que se trataba de otra muestra más de la generosidad de Alfred.

Su madre se acercó al espejo, que volvía a colgar de la pared, y contempló su reflejo mientras daba el primer sorbo al vodka.

– Soy vieja -musitó, pasándose la mano por la mejilla y el cuello, por el perfil de los pechos, por las caderas-. Vieja y flaca, como un perro callejero y pulgoso.

– No, mamá, no empieces con eso. Eres hermosa. Todo el mundo lo dice, y sólo tienes treinta y cinco años.

– Este asqueroso clima me destroza la piel. -Acercó más la cara al espejo, y se llevó dos dedos a las comisuras de los párpados.

– El vodka te la destroza aún más deprisa.

Su madre no dijo nada. Echó la cabeza hacia atrás y apuró el trago, tras lo que cerró los ojos un instante.

Lydia se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventana. La anciana del balancín se había quedado dormida, y los dos pillos trataban de robarle la gallina a medio desplumar, aunque ella, a pesar del sopor, la sujetaba con fuerza. Lydia se asomó y les regañó a gritos, y los pequeños salieron corriendo por la calle, llevándose la almohada de plumas.

Sobre los tejados, el cielo se teñía de franjas violetas, pues el sol había empezado a alejarse de China. Con todo, Lydia no lograba distraerse.

– ¿Qué quería ese hombre, mamá?

Valentina se había acercado a la mesa, y llenaba la copa por segunda vez.

– Dinero. ¿Acaso no es eso lo que quiere todo el mundo?

– No se lo habrás dado.

– ¿Cómo iba a dárselo, si no lo tengo?

Lydia se planteó la posibilidad de arrancarle la botella de las manos y arrojarla por la ventana, pero ya lo había intentado en una ocasión, y sabía que no funcionaba, que era como agitar un avispero con un palo, que de ese modo sólo lograría que las cosas empeoraran.

– Creía que esta noche ibas a trabajar en el hotel.

Valentina la miró de un modo que no dejaba lugar a dudas sobre lo que pensaba del trabajo y los hoteles.

– Esta noche no, cielo. Pueden meterse el trabajo por donde les quepa. Estoy harta. Harta y más que harta de esas manos que todo lo soban, y de esas caderas que se restriegan contra mí. Querría cortarlos a todos en pedacitos, y hacer con ellos un steak tartare.

– Es sólo un trabajo, mamá. En realidad no lo odias.

– Sí, lo odio. Esos hombres sudan. Apestan. Me ponen la mano donde no deben, y donde no se atreverían a ponérmela si fuera de los suyos. Lo que quieren es follarme.

– ¡Mamá!

– Y Alfred también. Eso es lo que él quiere también.

– Creía que él iba contigo y compraba todos tus bailes para protegerte de los demás.

– Lo hace cuando puede. -Dio otro trago al vodka. Aquella segunda copa estaba más llena que la primera-. Pero muchas veces tiene que quedarse trabajando hasta tarde en el despacho, debe entregar sus trabajos a tiempo. -Agitó las manos en el aire-. Lo que esa gente escribe es basura. Como si esta colonia fuera el centro del universo.

– ¿Y cómo supo el hombre ruso dónde encontrarme?

Su madre se encogió de hombros.

– ¿Y cómo voy a saberlo yo, querida? Piensa un poco. Se lo dirían en la policía, supongo.

Valentina llevaba un vestido viejo de algodón, que no soportaba pero que aceptaba ponerse en casa, para que los demás, los que reservaba para las ocasiones especiales, le duraran más. Aquel vestido siempre la ponía de mal humor, y Lydia se juró que al día siguíente lo tiraría a la basura. Se acercó a la cocina y empezó a cortar el boniato en pedazos.

– Dochenka, hoy he pensado una cosa.

– ¿Qué? ¿Qué el vodka va a matarte?

– No seas insolente. No, he pensado que no sé de dónde salió el dinero con el que recuperaste el reloj de Alfred de la casa de empeños. Cuéntame de dónde lo sacaste.

Lydia vaciló, y dejó el boniato a medio cortar, el cuchillo suspendido en el aire.

– La verdad, Lydia, no me cuentes más mentiras.

Lydia soltó el cuchillo y miró a su madre, que había regresado frente al espejo y se observaba atentamente y, por lo que se veía, sin obtener la menor satisfacción.

– Sucedió cuando pasaba junto a la casa quemada de Melidan Road -dijo Lydia sin dar importancia a sus palabras-. Había dos personas gritándose, un hombre y una mujer.

– ¿Y? ¿Te dieron el dinero esas personas?

– Más o menos. La mujer le arrojó un puñado de monedas de plata al hombre. Luego se gritaron un rato más, y se fueron. Entonces yo me acerqué y las recogí del suelo. Eso no es robar. Estaban ahí para el que quisiera llevárselas.

Valentina, incrédula, entornó los ojos.

– ¿Es eso cierto?

– De verdad.

– Muy bien. Pero no estuvo nada bien robarle el reloj.

– Lo sé, mamá. Lo siento.

Valentina se volvió y estudió a su hija durante unos largos momentos, antes de menear la cabeza en señal de desaprobación.

– Estás hecha un desastre. Tienes un aspecto horrible. ¿En qué has estado metida hoy?

– He ido a un funeral.

– ¿Con ese aspecto?

– No, me han prestado ropa.

– ¿Y de quién era el funeral? -le preguntó, ya sin tanto interés, regresando al espejo.

– Del amigo de un amigo. No lo conocías.

Lydia terminó de cortar el boniato y lo envolvió en un pedazo de papel encerado. Se llevó entonces un gran cuenco de agua a su dormitorio y se quitó el vestido húmedo y los zapatos viejos. Se lavó a conciencia y se cepilló el pelo hasta estar segura de haberse desprendido de la última mota de polvo y barro. Debía esforzarse más en cuidar de su aspecto, o Chang An Lo jamás la miraría como había mirado a la muchacha china de rasgos finos y pelo corto con la que se había encontrado ese mismo día durante el funeral. Habían unido las cabezas. Como amantes.

– ¿Mejor?

– Estás guapísima, cielo.

Lydia se había puesto el vestido y los zapatos del concierto. No sabía bien por qué.

– ¿Ya no tengo un aspecto horrible?

– No, cariño, te ves preciosa.

Valentina llevaba sólo su combinación de seda color ostra, y el pelo, suelto, le caía sobre los hombros desnudos. Dejó el vaso vacío sobre la mesa, y se acercó a Lydia. Incluso así, medio bebida, se movía con elegancia. Pero tenía los ojos sospechosamente enrojecidos, como si hubiera estado llorando en silencio mientras Lydia se encontraba tras la cortina, aunque también podía ser que hubiera seguido bebiendo vodka. Sostuvo la cara de su hija entre las manos y la observó atentamente. Frunció la nariz, y al hacerlo una arruga asomó entre las cejas.

– Un día te verás bonita de verdad.

– No seas tonta, mamá. Tú siempre serás la guapa de la familia.

Valentina sonrió, y Lydia supo que había acertado de lleno con el comentario.