/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Cuando brilla el sol

Kate Hoffmann

LO ÚNICO QUE PUEDE HACER DOBLEGARSE A UN QUINN ES UNA MUJER… El fotógrafo Liam Quinn no podía creer que le fueran a pagar por espiar a una sospechosa de desfalco. En realidad, él preferiría meter a la bella Eleanor en su cama en lugar de entre rejas. Liam no tardó en darse cuenta de que alguien le había tendido una trampa a aquella mujer y estaba seguro de que era completamente inocente… Las cosas no le podían ir peor a Eleanor Thorpe: no conseguía encontrar empleo, acababan de abandonarla una vez más y ahora parecía que alguien quería verla muerta. Sin embargo, el sol comenzó a brillar con la aparición de Liam Quinn. En los fuertes brazos de aquel hombre se sentía segura, protegida, deseada…

Kate Hoffmann

Cuando brilla el sol

Serie: 5°- Los audaces Quinn

Título original: Liam (2003)

Prólogo

Los tres chicos, encorvados bajo la ventana del recibidor, asomaron la vista entre las cortinas.

– ¿Qué hacemos? -susurró Liam-. No podemos dejarla entrar.

– Contesta a la puerta -le ordenó su hermano Brian-. Tenemos que fingir que todo está bien.

– Se marchará -les dijo Sean a los dos-. Es mejor esperar -añadió. Era el hermano gemelo de Brian y nunca estaban de acuerdo entre los dos.

– No -susurró Liam-. No se va a ir. Esta vez no.

Sintió un nudo en el estómago y contuvo la respiración. Tanto él como sus cinco hermanos llevaban suficiente tiempo enfrentándose a trabajadoras sociales como para saber el aspecto que tenían. Esta llevaba un abrigo gris, casi del mismo color que la nieve sucia que se derretía a cada lado de la calle. Pero era esa expresión tenaz y el maletín a rebosar lo que de veras la delataba.

– Contesta la maldita puerta -espetó Brian-. Dile que estás enfermo y que papá está echándose la siesta.

Liam se giró hacia los gemelos, ambos mayores que él. Su voto era el decisivo, circunstancia muy difícil para un niño de diez años.

– ¿Y qué pasa si quiere hablar con él, genio?

– Pues la convences de que no se le puede molestar -contestó Brian-. Dile que tiene una gripe muy contagiosa… y que está tosiendo y estornudando… y el médico le ha dicho que tiene que dormir. Vamos, Li, puedes hacerlo -Brian le dio una palmada de ánimo en un hombro.

Un nuevo golpe de timbre sobresaltó a Liam. Los trabajadores sociales llevaban amenazándolos toda la vida. Siempre agazapados en la sombra, esperando saltar encima para separar a la familia, eran como los míticos dragones de las historias que su padre contaba sobre los increíbles antepasados Quinn.

El invierno era la peor época para los ataques de los dragones. En invierno no podían escudarse en ningún padre presuntamente responsable. A finales de octubre, Seamus Quinn zarpaba en el Increíble Quinn hacía el Caribe, en busca de aguas cálidas donde pescar peces espada. Dado que no regresaría hasta principios de abril, todavía les faltaban unas cuantas semanas por su cuenta.

Liam no tenía una familia perfecta, pero no le quedaba más remedio que conformarse. Aunque sus hermanos mayores recordaban un tiempo en que todo iba mejor, Liam no había conocido otra cosa. Conor, Dylan, Brendan y los gemelos. Sean y Brian, habían nacido los cinco en Irlanda, país que para Liam no era más que una isla en un mapa. Pero, según decían, Irlanda había sido un país lleno de magia, misterio y días felices.

Liam había intentado imaginar cómo sería tener una familia normal, un padre que volviera a casa cada noche y una madre que les hiciera la comida y les contara cuentos. Pero todo eso había terminado para cuando Liam llegó al mundo. Su padre, Seamus, había llevado a su esposa y sus cinco hijos a Estados Unidos antes de que él naciese. Había comprado el barco pesquero del tío Padriac y se dedicaba a faenar lejos de Boston durante semanas, meses seguidos en ocasiones.

Liam había sido el primer miembro de la familia Quinn que había nacido en Estados Unidos. Siempre se había sentido culpable de haber podido ser la causa de los problemas de su familia. Había reconstruido información suficiente de las conversaciones susurradas entre sus hermanos para saber que todo se había estropeado al nacer él. Su padre había empezado a beber y a apostar, su madre se encerraba a menudo a llorar y, cuando estaban juntos, no hacían otra cosa que discutir.

Y luego se había muerto. Conor tenía entonces ocho años, suficiente para recordarla. Dylan, con seis años, apenas se acordaba de ella y Brendan, con cinco, no conservaba más que alguna imagen muy vaga. En cuanto a los gemelos, de tres años en aquel entonces, no podían sino imaginarse a la bella mujer morena que les había cantado nanas y los arropaba en la cama.

– Fiona -murmuró Liam, pronunciando el nombre como un conjuro contra el diablo. Si estuviese allí, no estaría asustado. Ella también era una Quinn y sería suficientemente fuerte para vencer al dragón que esperaba en el porche-. Parece que se marcha.

La trabajadora social se giró, empezó a bajar los escalones, pero de pronto volvió a la puerta y esa vez la golpeó con el puño.

– Sé que está ahí -gritó-. Señor Quinn, si no me deja pasar, tendré que dar parte a la policía. Sus tres hijos pequeños no han ido al colegio hoy. Han vuelto a hacer novillos.

Liam no entendía por qué tenían que entrometerse. Sus hermanos y él se las arreglaban bien. Conor ya tenía diecisiete años y un trabajo a media jornada que ayudaba a pagar las facturas. Y Dylan y Brendan se ocupaban de las cosas de casa mientras su padre estaba fuera, y aceptaban algún que otro trabajillo cuando podían para contribuir al erario familiar. Y los gemelos, Sean y Brian, también hacían tareas del hogar.

Se las arreglaban bastante bien mientras no se metían en líos. Maldijo para sus adentros. Podía ser que saltarse las clases no hubiese sido la decisión más inteligente, pero los gemelos podían resultar muy persuasivos en ocasiones. Además, casi nunca lo invitaban a que compartiera sus aventuras, de modo que se había sentido halagado por la invitación.

Liam devolvió la atención al porche. Sabía el verdadero motivo por el que lo habían incluido en sus planos ese día. Les servía de excusa. Si Conor los pillaba, Sean y Brian lo convencerían para que mintiese a Conor, inventándose que le dolía el estómago o la cabeza y que los gemelos se habían ofrecido a hacerle compañía en casa.

– Llamará a la policía -murmuró Sean-. Derribarán la puerta y nos llevarán a rastras.

– Está bien, abriré -accedió Liam-. Pero me debéis una.

– Lo que tú digas -dijo Sean.

– Diez cromos de la colección de béisbol cada uno. Los que yo elija. Nada de repetidos.

– ¡Ni hablar! -protestó Brian.

– Dale lo que quiera -insistió Sean-. Se librará de ella. Seguro que le creerá. La gente siempre cree a Liam.

Aunque indirecto, agradeció el halago. Era verdad que la gente parecía confiar en él y que sabía cómo engatusar a la mayoría de los adultos. ¿No era esa la razón por la que los gemelos se lo llevaban siempre con ellos cuando iban a la tienda de la esquina a robar caramelos? Si los atrapaban, Liam siempre suavizaba al dueño de la tienda para que los soltara.

– Seis cada uno -dijo Brian.

– Diez -insistió Liam-. Y tenéis que ayudarme con los ejercicios de Matemáticas y Lengua durante un mes. Y tenéis que hacer todo lo que quiera durante el resto del día -añadió. Sabía que estaba forzando la situación, pero eran tan pocas las veces que tenía algún tipo de poder en aquella familia…

– Ni hablar -se negó Brian.

– Trato hecho -afirmó Sean.

– ¿Desde cuándo eres el jefe? -Brian le dio un empujón a Sean y, un segundo más tarde, este había tirado al suelo al primero y lo tenía inmovilizado, con una rodilla sobre su espalda-. Está bien, trato hecho.

– Vosotros meteos en el cuarto -dijo Liam entonces-. Cerrad las cortinas, meteos dentro de la cama y fingid que sois él. Puede que tenga que demostrar que está en casa. Y no ronquéis. Hacedlo en serio.

– Tú quítatela de encima y que se largue antes de que vuelvan a casa Conor, Dylan y Brendan. Como se enteren de que la hemos dejado entrar, nos matarán.

– Vosotros haced vuestra parte -insistió Liam, camino de la puerta-. Y yo haré la mía.

Cuando los gemelos se hubieron escondido, Liam espero unos segundos antes de abrir la puerta una rendija. Intentó parecer asustado.

– ¿Qué quiere? Llamaré a la policía si no se marcha.

La mujer lo miró con expresión severa.

– Soy la señora Witchell, de los servicios sociales del condado. Me gustaría ver a tu padre, el señor Seamus Quinn.

– Está durmiendo -dijo Liam-. Y me ha dicho que no deje entrar a desconocidos.

– ¿Qué haces en casa, que no estás en el colegio?

– Estoy malo. Tengo fiebre.

– Puedes dejarme pasar -la señora Witchell le enseñó el carné de trabajadora social-. No voy a hacerte daño. Solo quiero ayudar.

Liam cerró la puerta, luego agarró el abrigo de un montón de ropa que había frente al radiador. Salió de casa y cerró.

– No puedo dejar entrar a desconocidos, pero supongo que no pasa nada por hablar contigo afuera -dijo mientras se sentaba el escalón de arriba. Dio una palmadita a su lado instándola a que se sentara allí y la señora Witchell esbozó una sonrisa antes de hacerlo-. ¿Por qué quiere hablar con mi padre?

– Algunos de los vecinos están preocupados. Dicen que estáis solos. Que no han visto a tu padre desde el día de Acción de Gracias.

– Está aquí -contestó Liam-. Tiene un trabajo por la noche, así que de día está durmiendo.

– Eso no es lo que me cuentan -repuso ella-. Dicen que está fuera pescando.

– Pues se equivocan -Liam se encogió de hombros.

– Necesito hablar con tu padre, de verdad – insistió la mujer y Liam trató de que se le saltaran las lágrimas.

– Se enfadará conmigo si la dejo entrar – contestó cuando logro que le resbalara una por la mejilla-. Y si lo despiertas, se enfadará más todavía. ¿No puede llamarla él por teléfono? Le diré que la llame en cuanto se despierte.

– Me temo que no es suficiente.

Liam se paró a pensar el siguiente movimiento. Tenía la sensación de que no era fácil engatusar a la señora Witchell, pero también de que empezaba a ablandarse.

– ¿Quiere una taza de café? Supongo que no pasará nada si espera dentro hasta que se despierte. Y así no se enfadará conmigo.

– Una idea estupenda.

Liam se puso de pie. Dejarla entrar era un riesgo, pero tenía que hacerla creer que no ocultaba nada. Le abrió la puerta, le cedió el paso y la mujer asintió con la cabeza, patentemente impresionada por sus buenos modales. Una vez dentro, Liam la ayudó a quitarse el abrigo y la condujo al salón. Por suerte, Conor y Dylan habían limpiado la casa la noche anterior. Aunque el mobiliario era viejo, la pieza parecía ordenada.

– Voy a prepararle el café -dijo antes de desaparecer camino de la cocina y poner la tetera al mego. Luego fue de puntillas a la habitación de su padre. Notó, en la oscuridad, un bulto grande bajo las sábanas-. Seguid en la cama. Está dentro de casa -susurró.

– ¿La has dejado pasar? -protestó Brian-. Sabía que no podíamos confiar en ti para esto. ¿Qué está haciendo?

– Le estoy preparando un café.

– Genial.

– Vosotros fingid que sois papá. La sacaré de casa lo antes que pueda -Liam cerró la puerta con sigilo. Al girarse, vio que la señora Witchell lo estaba mirando desde el final del pasillo-. Sigue dormido. Voy por su café.

La mujer lo siguió a la cocina y la examinó con atención. Al igual que el salón, era un poco antigua, pero estaba limpia.

– ¿Quién cocina?

– Mi padre -dijo Liam mientras ponía una buena cucharada de café instantáneo en una taza-. Le encanta cocinar. Y es muy bueno.

– ¿Y cuando está fuera pescando?

– Entonces nos cuida la señora Smalley. También cocina bien -contestó él, rezando por que la trabajadora social no insistiera en hablar con la señora Smalley, Aunque Seamus le pagaba un salario pequeño por hacer de canguro, no solía presentarse, Y cuando lo hacía, siempre estaba borradla. Conor le había dicho hacía mucho que no necesitaban su ayuda, aunque Seamus siguiera pagándole.

Cuando la tetera pitó, la quitó del fogón. Había visto a Conor preparar café cientos de veces, pues era lo que más bebían sus hermanos cuando tenían que quedarse estudiando hasta tarde. Agarró el bote del azúcar, echó otra cucharada en la taza y la llenó con agua caliente.

– ¿Leche? -le preguntó Liam.

– No, así está bien -la señora Witchell sonrió cuando el chico le entregó la taza. Dio un sorbo y puso una mueca-. Está muy bueno… En fin, tengo que ir yéndome. Tengo otra cita en media hora. No me queda más remedio que hablar con tu padre -añadió tras dejar la taza de café.

– Pero no está despierto -contestó él en tono implorante.

La mujer lo miró un buen rato. Luego suspiró.

– Está bien. ¿Por qué no me dejas que entre un momento en su cuarto, solo para asegurarme de que está en casa? Luego te dejo mi tarjeta y le dices que me llame cuando se despierte.

Liam esbozó una sonrisa radiante. La clase de sonrisa que parecía gustar a todas las chicas del colegio.

– De acuerdo -aceptó encantado-. Pero tiene que prometerme que no hará ruido.

Luego le agarró una mano y la guió hasta la habitación. Abrió la puerta, la dejó entrar. El bulto de la cama respiraba con ligeros ronquidos, imitación perfecta de los gemelos. Liam sacó a la trabajadora social de la habitación al segundo y volvió a cerrar la puerta.

– Está bien -murmuró ella.

Cuando se despidió de la señora Witchell, apenas podía contener su alivio. Liam la miró bajar los escalones frontales y bajar por la acera hasta su coche. Solo entonces soltó un grito de victoria y, segundos después, Sean y Brian salieron de la habitación.

– ¡Se ha ido!

– ¡Sabía que podías hacerlo! -Sean agarró a Liam por la cintura y le dio un abrazo fuerte-. ¿Qué ha dicho?

– Que papá la tiene que llamar. Hoy -Liam le entregó la tarjeta. Luego se dirigió a Brian-. Ve por los cromos.

Los gemelos intercambiaron una mirada. Brian frunció el ceño.

– Hicimos un trato -reconoció Sean. Liam se acomodó en el sofá y los gemelos regresaron con sus respectivos tacos. Fue pasándolos en silencio, considerando el valor de los que quería escoger.

– Hazme un chocolate -le pidió a Sean-. Y tú cuéntame una historia -le dijo a Brian.

– Paso -se negó Brian.

– Me lo has prometido. Si no cuentas una historia sobre los Increíbles Quinn, os quito el doble de cromos.

– Cuéntale una historia -le ordenó Sean.

– Cuéntasela tú -replicó Brian.

– Yo le voy a preparar el chocolate. Y a ti se te da mejor contar historias.

– Quiero la del chico de las piedras rosas.

– Érase una vez un niño que se llamaba Riagan Quinn -empezó Brian-. Era huérfano…

– Su padre había muerto en una batalla -interrumpió Liam.

– Y su madre se estaba muriendo y lo abandonó en el bosque -continuó Brian, molesto por la interrupción-. Nadie sabía su nombre, ni de dónde venía. Las hadas lo llamaron Riagan porque significaba pequeño rey. Aunque el bosque estaba lleno de lobos, las hadas cuidaban de él y lo alimentaban con gotas de rocío de sus varitas.

– Gotas de rocío mágicas -añadió Liam.

– Sí, pero eso viene después. Esa parte no la tengo que contar todavía.

Liam se acurrucó en el sofá, mirando los cromos mientras oía la historia. Le encantaban las historias de los Increíbles Quinn. Sobre todo esa. Cuando su padre o alguno de los hermanos mayores decidía contar una historia, casi podía ver el paisaje de Irlanda. Brendan era el que mejor las contaba, seguido por su padre. Pero en las historias de su padre, las mujeres siempre eran el enemigo y Liam no estaba seguro de que eso le gustara.

– Un día, una pobre vagabunda iba por el bosque en busca de comida para su familia y se encontró con el niñito. Pero, ¿dónde estaban los padres del bebé?, se preguntó. Probablemente estarían haciendo lo mismo que ella, recogiendo comida en el bosque. Así que se sentó a esperarlos.

– Pero nunca volvieron porque Riagan no tenía padres.

– Sí los tenía. Lo que pasaba era que nadie sabía quiénes eran -contestó Brian.

– No los tenía. Era huérfano -dijo Liam.

– Si tan bien te la sabes, ¿por qué no la cuentas tú? -Brian miró el cromo que su hermano acababa de escoger-. Ese ni hablar.

– Cuando oscureció, la mujer empezó a asustarse -dijo Liam, instando a su hermano a que siguiera, sin soltar el cromo de los Boston Celtics.

– No podía dejar al bebé solo, porque los lobos se lo comerían -continuó Brian tras resignarse a perder el cromo-. Pero ella ya tenía siete niños a los que alimentar en casa. Se marchó, pero no podía olvidar la sonrisa tan dulce de Riagan y al final volvió por él y lo sacó del bosque. Las hadas lo vigilaban desde las sombras, contentas de que Riagan hubiese encontrado un hogar.

Justo entonces se abrió la puerta y Conor entró en casa. Se quitó el abrigo y miró con cara de sospecha a sus hermanos.

– ¿Qué hacéis? Se supone que deberíais estar con los deberes.

– Me está contando una historia. De los Increíbles Quinn. Cuéntala tú. Brian no lo hace bien. Es la de Riagan y las piedras rosas -dijo Liam. Conor gruñó, pero no se negó. Casi nunca le negaba nada a su hermano Liam-. La vagabunda lo ha encontrado en el bosque y se lo ha llevado a casa. Vamos por ahí.

Conor se sentó entre Brian y Liam, extendió los brazos sobre el sofá. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y empezó a narrar una de esas aventuras con las que pasaban las tardes juntos. Había muchísimas historias sobre los Increíbles Quinn para elegir, todas protagonizadas por algún antepasado lejano, todas emocionantes y heroicas.

– Riagan se integró en la nueva familia -dijo Conor-. Y en seguida les cambió la suerte. Todos los habitantes del pueblo iban a ver al bebé y se quedaban tan maravillados con él, que siempre dejaban algún alimento o ropa de regalo. Riagan creció y se convirtió en un joven cada vez más guapo. Y gracias a las gotas de rocío mágicas, tenía un pico de oro con el que conseguía convencer a cualquier persona de lo que se propusiese.

Liam se pegó al cuerpo de su hermano, más tranquilo tras el susto de la trabajadora social. Todo iría bien. Conor lo arreglaría.

– Entonces, un día el rey se murió y la Reina Comyna asumió el poder sobre los habitantes de Irlanda. Era codiciosa y quería poseer todas las cosas bellas y de valor, convencida de que debían reservarse a las personas de cuna noble. A diferencia del rey, que había sido generoso con los pobres, la reina no lo era. Fue por todo el reinado, despojando a sus súbditos de todos sus objetos de valor. Fue una época dura y mucha gente pasó hambre.

– Pero Riagan era muy listo -continuó Liam.

– Lo era. Un día, mientras estaba pescando en un río, vio que en el fondo había unas piedras rosas muy bonitas y suavizadas por la corriente. Las recogió y, al volver al pueblo, buscó a una mujer con fama de cotilla. Riagan le enseñó una de las piedras y le dijo que se la había dado un hada y que valía más que el oro.

De repente, Dylan y Brendan irrumpieron en casa, bromeando y riendo.

– ¿Qué hacéis? -preguntó Dylan a ver sus cuatro hermanos en el sofá.

– Me está contando una historia -dijo Liam-. Sigue tú, Brendan.

De todos los Quinn, Brendan tenía un don especial con las palabras y, si Liam cerraba los ojos y solo escuchaba a su hermano, podía representarse la historia en su cabeza como si estuviera viendo una película.

Conor le dio el pie para que continuase:

– Por supuesto, el rumor sobre la piedra rosa se difundió en seguida por el reino y, unos días después, los soldados de la Reina Comyna aparecieron en casa de Riagan para exigirle las piedras rosas que había encontrado. Pero Riagan les dijo que el hada solo le había dado una.

Brendan se sentó en el suelo y estiró las piernas antes de seguir con la historia:

– Al día siguiente, Riagan sacó otra piedra de su escondite, se la llevó al pueblo y le dijo a la cotilla que el hada había vuelto a visitarlo. Esa vez, un mercader le pagó una suma considerable de dinero por la piedra; pero, como era de esperar, los soldados de la reina no tardaron en pedírsela. El tiempo pasaba y, una y otra vez, Riagan llevaba piedras mágicas al pueblo. Y siempre había un comerciante dispuesto a comprárselas, convencidos de que si le interesaban a la reina, tenían que ser muy valiosas.

– Me encanta esta historia -murmuró Liam.

– Por fin, un día los soldados de la reina volvieron a la casa de Riagan y se lo llevaron al palacio -continuó Bren-. La Reina Comyna le ordenó que le entregara todas las piedras que poseía, pero Riagan le dijo que el hada solo le daba una piedra por visita, porque eran unas piedras con poderes mágicos. Si alguien llegaba a poseerlas todas, se le concedería cualquier cosa que deseara: salud, belleza, juventud, felicidad.

Liam se preguntó dónde podría encontrar un río en Boston. Lo único que sus hermanos y él necesitaban eran unas pocas piedras rosas. Podrían usarlas para proteger a la familia. Y para conseguir comida y pagar las facturas de la calefacción.

– El caso era que nadie del pueblo sabía cómo consiguió Riagan engañar a la reina con aquella historia, aunque se creó la leyenda de que había sido gracias a que tenía un pico de oro por las gotas de rocío mágicas de las varitas de las hadas. No solo eso: la mayoría pensaba que Riagan era un joven muy listo, ya que además de convencer a la reina de que las piedras tenían más valor que el oro o los diamantes, la convenció de que, si cambiaba todos sus bienes por las piedras que quedaban, multiplicaría su riqueza por cien.

– Y la princesa era tan codiciosa, que le ofreció todo lo que tenía -dijo Liam.

– Riagan fue a casa en busca de las piedras que quedaban y, de camino, tuvo que pasar por el bosque donde lo habían abandonado de bebé. Allí se le apareció un hada envuelta en un halo de luz.

– Riagan, has vuelto -interrumpió Dylan con voz chillona-. Has demostrado ser un joven amable e inteligente, pero ha llegado el momento de que te conviertas en un hombre y te conviertas en rey. Dale las piedras a Comyna y ella te entregará todo lo que posee. Acéptalo. Te pertenece por derecho, pero debes gobernar como el Rey Ailfrid, con generosidad y compasión.

Aquella era la parte en la que su padre se embarcaba en una perorata sobre lo traidoras que eran las mujeres, que eran avariciosas y no se podía confiar en ellas, y sobre cómo se había arruinado la vida Ailfrid por enamorarse de Comyna y no ver su lado perverso. Pero Conor y Brendan solían saltarse esos incisos.

– Así que Riagan ocupó el trono y, durante su reinado, el reino floreció -continuó Brendan-. Mientras tanto, en una casita situada en el bosque, la codiciosa Comyna pasaba los días contando las piedras rosas, consciente de que el joven con el pico de oro la había engañado. ¿Te ha gustado? -añadió tras finalizar, haciéndole una caricia a Liam en el pelo.

– Mucho -murmuró Liam sonriente-. Ahora me siento mejor.

– ¿Qué te pasaba antes? -Conor frunció el ceño.

Liam notó que Sean estaba conteniendo la respiración y Brian le dio un codazo en el costado, rogándole en silencio que mantuviera la boca cerrada. Pero Conor era el único que podía protegerlos. Era el increíble Quinn y encontraría la forma de impedir que los dragones atacaran su casa.

– No hemos ido al colegio esta mañana – contestó Liam-. Y ha venido a visitarnos una trabajadora social.

Capítulo 1

Liam Quinn sintió un cosquilleo en la nariz al entrar en el desván, húmedo, polvoriento. Olía a madera vieja y las tablas del suelo crujían bajo sus pies. Un sofá ruinoso ocupaba una esquina y en la pared opuesta vio una pequeña chimenea, probablemente usada por algún criado antiguo de la casa. Las primeras tres plantas del edificio estaban en pleno proceso de reforma, convertidas en apartamentos, como había sucedido en tantos otros edificios de aquel viejo barrio de Boston. Pero el desván del ático conservaba huellas de un pasado diferente, de cuando las familias de inmigrantes irlandeses habían sustituido a los primeros habitantes del barrio.

Liam miró hacia las sombras, entre telarañas. Sabía que, en algún rincón oscuro, había murciélagos preparados para atacarlo. ¡Odiaba los murciélagos!

– ¿No podía hacer un poco menos de frío?

– La suite presidencial del hotel Four Seasons no estaba libre -contestó Sean con ironía.

– Resulta que esta noche tenía una cita. Se suponía que había quedado en el pub con Cindy Wacheski a las diez.

– Se te van a acabar las mujeres de Boston – murmuró Sean.

– Por suerte, no hay día que no lleguen nuevas -dijo Liam-. Podría presentarte alguna. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última? Pareces necesitado de sexo -añadió tras levantar la cámara que le colgaba del cuello, mirar a su hermano por el objetivo y disparar.

El flash iluminó el desván y Sean maldijo al tiempo que se cubría los ojos con una mano.

– ¿Qué haces? ¡Cualquiera puede ver el flash desde la calle!

– Seguro que hay decenas de turistas contemplando este edificio. No me extrañaría que formase parte de las visitas guiadas de Boston – se burló Liam-. ¿No podías haber encontrado un sitio con calefacción?, ¿qué puede haber aquí que merezca la pena fotografiar?

– No es aquí. Es en la calle de enfrente. Mira. Liam sacó el teleobjetivo de la funda y lo puso en lugar del que había en la cámara. Se acercó a la mugrienta ventana del desván y echó un vistazo a la calle. No advirtió nada especial. La acera de abajo estaba vacía y la calle, flanqueada de coches aparcados.

– Es un caso importante -dijo Sean-. Si te metes, te metes hasta el final. Nada de rajarse luego.

– Al menos podías fingir que me aprecias más -murmuró Liam-. Soy tu hermano y tu compañero de habitación. Pago la mitad del alquiler, limpio lo que ensucias y tomo nota de tus mensajes cuando estás fuera de la ciudad. No tengo por qué ayudarte en este caso. Ya tengo mi propio trabajo. ¿Y si el Globe me hace un encargo? Necesito estar disponible. ¿Viste la foto que me publicaron la semana pasada en la página tres de la sección de deportes?

– Te pagan dos duros. Y hace tres meses que no pagas el alquiler.

– Bueno, sí, estoy pasando una mala racha.

– Si me ayudas en este trabajo, dividiré mis honorarios a medias contigo.

Sean llevaba cuatro años trabajando intermitentemente como detective privado, desde que había dejado la academia de policía o, para ser exactos, desde que lo habían expulsado por insubordinación crónica. De los seis hermanos, Sean era el raro: tranquilo, reservado, muy celoso de su intimidad. Solo se sentía realmente a gusto con sus hermanos y la mitad de las veces estos no conseguían imaginar qué tendría en la cabeza; sobre todo, en el último año más o menos.

La mayoría de los casos consistía en seguir la pista a cónyuges adúlteros. Completaba sus ingresos sirviendo en el pub de su padre y, cuando necesitaba ayuda, acudía a su hermano pequeño, A Liam siempre le venía bien ganarse unos dólares extra.

Sean era un detective fantástico. Siempre le había gustado observar en silencio a quienes lo rodeaban. Su hermano mayor, Conor, era el estable, y Dylan, el fuerte. Brendan siempre había sido un soñador, un aventurero. Y al gemelo de Sean, Brian, le gustaba ser protagonista, era sociable y muy seguro de sí mismo.

Y luego estaba él. Le habían puesto su etiqueta en los últimos tiempos: Liam era el seductor, el chico guapo que iba por la vida con más amigos y admiradoras de los que podía contar. Aunque siempre había creído que sus habilidades sociales eran corrientes, la gente se sentía atraída hacia él. Desde pequeño, había aprendido a engatusar a los demás. Les leía el pensamiento y comprendía exactamente lo que querían de él. Y si tenía que darles algo a cambio, les daba lo que querían. A veces no era más que una sonrisa, un halago o unas simples palabras de ánimo.

Y quizá por eso fuera tan buen fotógrafo: le bastaba mirar a través de la cámara para ver la historia que se escondía detrás de las personas a las que fotografiaba: todos sus temores, dudas y conflictos. Sabía lo que el público quería ver en una fotografía y se lo daba. Por desgracia, los directores del Globe consideraban su trabajo demasiado artístico para un periódico.

– Quiero fotos de prensa -le decía su jefe-, no una maldita obra de arte.

– ¿Y cuánto dinero es eso? -preguntó Liam volviendo a la realidad.

– Estamos trabajando para un banco -contestó Sean-. La junta directiva ha descubierto un agujero de un cuarto de millón de dólares. Creen que se trata de un caso de malversación de un par de empleados. Agarraron el dinero y se largaron. Después de localizar a uno de ellos en Boston, me llamaron. Si encontramos el dinero, nos llevamos el diez por ciento.

Liam pestañeó asombrado. Dividido entre dos, ¡eran más de doce mil dólares! Era más de lo que ganaba en un año como fotógrafo.

– ¿Por qué no llaman directamente a la policía?

– Cuestión de imagen. Centran sus campañas de publicidad en la seguridad y les perjudicaría reconocer que los han engañado.

– Está bien. Me apunto. ¿Qué estamos buscando?

– Vive ahí -dijo Sean tras retirar las cortinas apolilladas, apuntando hacia una ventana de enfrente.

– ¿Quién? -preguntó Liam. Cuando Sean le entregó la foto de una mujer, la ladeó hacia la luz procedente de una farola de la calle. Tenía un aspecto muy normal, tenía gafas, llevaba el pelo recogido hacia atrás, una camisa muy formal y un pañuelo enrollado al cuello con arte-. Se parece a mi profesora de tercero, la señorita Pruitt.

– Eleanor Thorpe, veintiséis años, licenciada con honores en Harvard, Empresariales. Entró de contable en el Banco Intertel de Manhattan nada más licenciarse. Una empleada ejemplar. Hace mes y medio dimitió sin dar explicaciones y vino a Boston. Está buscando otro trabajo en el mismo sector. Llamó a Intertel para pedir una carta de recomendación.

– ¿No es un poco raro para ser una malversadora?

– Puede ser una estrategia para que no sospechen de ella. Vive en el tercer piso, el último. Todas las ventanas son de su apartamento: el dormitorio a la derecha, el salón en la izquierda. Vigílala, toma nota de las visitas que recibe, apunta sus movimientos -Sean le entregó una segunda fotografía, esa de un hombre de aspecto conservador-. Es su cómplice, Ronald Pettibone, treinta y un años, trabajaban juntos en el banco. Quiero saber si viene a buscarla. Necesito fotos en las que aparezcan juntos.

– ¿Y ya?, ¿solo tengo que esperar a que venga?

– Exacto. Si cometieron la estafa juntos, tendrán que ponerse en contacto para repartirse el botín. Cuando vuelva de Atlantic City…

– ¿Qué pasa en Atlantic City?

– Hay un marido adúltero -dijo Sean-. Rico. Y una cláusula de indemnización por infidelidad en un contrato prematrimonial. La mujer necesita pruebas.

– ¿Por qué no me dejas que haga yo ese trabajo y tú te quedas aquí, helándote en el desván?

– Quiero saber a quién ve, dónde va -continuó Sean.

– ¿Por qué no le pinchas el teléfono o le pones micros dentro de casa?

– Te pueden encarcelar por eso.

– ¿Y por espiar no?

– No.

– ¿Qué tiempo estarás fuera? Si yo fuese a Atlantic City, me divertiría un poco, conocería a algunas mujeres, iría a algún casino. Conozco a una señorita con un trasero impresio…

– Es un viaje de trabajo -atajó Sean.

– Cuesta creer que seas un Quinn -Liam rió-. Está claro que te pasaron por alto cuando estaban repartiendo los genes de la familia.

– Tengo mejores cosas que hacer que dedicarme a perseguir mujeres -murmuró Sean.

– Oye, que yo no persigo mujeres. Son ellas las que me siguen. Lo que no entiendo es por qué te siguen persiguiendo a ti. Quizá les guste ese aire distante que tienes. O se lo toman como un reto. Estoy deseando que la maldición de los Quinn te atrape.

– No pasará si me mantengo alejado de las mujeres -contestó Sean-. Eres tú quien debería preocuparse.

– ¿Por qué? -Liam frunció el ceño-. Yo amo a las mujeres. A toda clase de mujeres. Si sigo yendo de una a otra, no me atrapará ninguna.

En cualquier caso, a ninguno de los hermanos les gustaba excederse bromeando sobre la maldición de los Quinn. Durante toda la infancia, su padre los había prevenido contra los peligros del amor, ocultando su propia desconfianza hacia las mujeres con las historias de los Increíbles Quinn. Pero después de que tres de los hijos cayeran en las redes de una mujer, Seamus había declarado que habían sido víctimas de una maldición lejana.

Les había contado aquella nueva historia una noche, estando todos reunidos en la barra del pub. Y aunque a los tres hermanos mayores les parecía una bobada, los tres pequeños no eran tan escépticos. Liam no estaba dispuesto a caer en la misma trampa en la que habían caído Conor, Dylan y Brendan. De hecho, sabía el secreto, la razón por la que Olivia, Meggie y Amy se las habían arreglado para capturar a uno de los Quinn.

– Nunca vayas al rescate de una damisela en apuros -murmuró. Por algún motivo, una vez que un Quinn acudía en auxilio de una mujer este quedaba condenado.

Miró la hora. De haber sido un viernes normal, estaría detrás de la barra, examinando a las mujeres del pub y decidiendo a cuál seducir esa noche, Aunque los tres hermanos Quinn mayores estaban fuera del mercado, las mujeres seguían detrás de los tres más jóvenes.

– Te he comprado cerveza y unos sandwiches -dijo Sean-. Están en la nevera. Hay un chino con comida para llevar justo abajo. Una cafetería en la esquina. Si tienes que salir, deja grabando la cámara. Volveré el domingo por la noche, lunes por la noche como muy tarde.

– ¿Qué hago si el tipo aparece?, ¿lo sigo a él o a ella?

– Me llamas. Tienes mi móvil. Luego consigue todo lo que puedas de él: modelo del coche, matrícula, cualquier cosa que nos sirva para localizarlo. Como si tienes que forzar la puerta de su coche, qué diablos.

– ¿Y no me encarcelarán por eso? -preguntó sonriente Liam.

– Solo si te arrestan -dijo Sean camino de la salida.

Liam miró a su hermano abandonar el desván y cerrar la puerta. Luego se centró en el trabajo que le habían encomendado. Aunque no se daban las condiciones ideales, sus colaboraciones con Sean solían ser sencillas. Se giró hacia la ventana y orientó el teleobjetivo al apartamento del tercero. Había luz en todas las habitaciones y el objeto de su vigilancia estaba sentado en el salón. A pesar de que le daba la espalda, Liam intuía que la mujer estaba leyendo un libro.

De pronto se puso de pie, sujetando el libro con una mano y haciendo aspavientos con la otra. Liam aguzó la vista, tratando de averiguar con quién demonios estaba hablando. Pero estaba sola.

– Aquí control, tenemos a una chiflada – murmuró.

Liam deslizó el objetivo a lo largo de su cuerpo. Era una mujer alta, esbelta, de melena oscura hasta media espalda. Unos vaqueros se ceñían a su trasero y la camiseta era suficientemente ajustada para marcar unos hombros delicados y una cintura estrecha.

– Vamos, Eleanor -dijo Liam-. Date la vuelta, que te eche un vistazo. No estoy acostumbrado a pasar viernes por la noche sin compañía femenina.

Pero no se giró. Sino que dejó el libro y echó a andar hacia el dormitorio, demasiado rápido para enfocarle el perfil. Cuando volvió a tenerla encuadrada, estaba de pie frente al armario. Luego, con un movimiento lento y sinuoso, se sacó la camiseta por encima de la cabeza. Liam contuvo la respiración un segundo antes de soltarla.

– Guau -murmuró. Aunque se sentía como un voyeur, no podía retirar la vista del teleobjetivo-. Date la vuelta, date la vuelta -añadió mientras le hacía una fotografía.

Pero, como si estuviera provocándolo, continuó de espaldas. Lo siguiente en caer fueron los pantalones. Los empujó caderas abajo y sacó los pies de las perneras. Sin más ropa que el sostén y las braguitas, se agachó para recoger los vaqueros del suelo, ofreciéndole a Liam un panorama tentador de su trasero.

– Ropa interior negra. Un tanto atrevido para ser contable -murmuró al tiempo que le hacía otra foto.

De repente, el frío y la humedad del desván no parecían molestarlo. La sangre le circulaba un poco más rápido, avivada por el objeto de sus pesquisas. Liam acercó la cámara todavía más contra el cristal mugriento de la ventana.

– Ahora el sostén. O las bragas -murmuró él-. Soy de fácil conformar. Lo que tú prefieras.

Momento en el que la mujer se dio la vuelta y pareció mirarlo directamente a él, con aquel cabello negro enmarcando un rostro de facciones exquisitas.

Liam soltó un exabrupto y se retiró de la ventana de un brinco, dejando caer la cámara sobre el pecho. Era muy bella, nada que ver con la fotografía que le había enseñado Sean.

– Maldición -Liam se pasó una mano por el pelo. Debía de haberse equivocado de ventana. Agarró la cámara, la enfocó al edificio y volvió a contar los pisos mientras repasaba la descripción que le había dado su hermano.

Pero no parecía haberse confundido y cuando se fijó de nuevo en la mujer, se había vuelto a girar y tenía una mano en el cierre del sujetador. Liam tragó saliva. Había estado en locales de striptease más de una vez y había visto cómo se desnudaban las mujeres para deleite de los clientes. Pero eso era algo más que un simple cuerpo fabuloso. Tenía algo… íntimo. De modo que cuando se cubrió con una bata de seda, Liam respiró aliviado.

¿Quién sería? Desde luego, no era la mujer de la fotografía, de aspecto conservador y eficiente. Pero quizá fuera parte del plan. Sean había dicho que Eleanor Thorpe era sospechosa de una malversación de un cuarto de millón de dólares.

¿Qué mejor manera de llevar a cabo un delito así que hacerse pasar por la típica empleada de fiar?

– No -murmuró cuando la mujer se acercó a la ventana-. Las cortinas no. Déjalas abiertas -pidió Liam. Pero en vano.

Luego arrastró una silla vieja hacia la ventana, se sentó y puso los pies en el alféizar. Permaneció atento al apartamento un buen rato, imaginándose a la mujer de dentro. Y cuando las luces se apagaron horas después, dio un trago largo a la cerveza que había abierto.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, preparándose para una larga noche. La veía en su cabeza, girándose hacia él, dejando caer la bata al suelo. Se imaginó su cuerpo, de pechos perfectos, cintura estrecha y largas piernas torneadas. Luego empezaba a moverse a un ritmo provocativo registrado por el teleobjetivo de la cámara.

Liam no sabía cuánto tiempo había estado dormido ni qué lo había despertado: si un ruido en la calle o quizá la intuición de que algo pasaba. Se frotó los ojos, miró el reloj. Era casi medianoche, el desván estaba helado por el viento húmedo que soplaba afuera.

Se puso recto sobre la silla, se calentó los brazos, se peinó con los dedos. El apartamento de enfrente seguía a oscuras, pero Liam agarró la cámara y observó a través del teleobjetivo de todos modos. En algún lugar lejano se oía una sirena y, más cerca, sonó el ladrido de un perro. Después se encendió una luz extraña en la ventana del apartamento de Eleanor Thorpe.

Liam se levantó, ajustó el objetivo. La luz parecía proceder de un punto móvil, pues proyectaba sombras inusuales contra las ventanas del apartamento.

– ¿Qué diablos…?

Arrimó el ojo a la cámara, tratando de ver algo en medio de la oscuridad de la habitación. La luz se acercó a la ventana y Liam comprendió que había alguien más en el apartamento; alguien vestido de negro y con una linterna en la mano.

¿Sería el hombre al que estaba esperando, el cómplice de Eleanor Thorpe?, ¿o estaba a punto de ser víctima de un robo? Liam no tenía intención de quedarse de brazos cruzados esperando a averiguarlo. Mientras salía del desván y bajaba corriendo las escaleras, sacó del bolsillo el móvil y llamó a la policía.

– Se está cometiendo un robo -informó Liam-. Summer Street seis diciesiete. Manden una patrulla de inmediato.

Liam encontró el portal abierto y subió de dos en dos escalones, extremando el sigilo a medida que se acercaba. Sabía que la policía tardaría varios minutos en llegar y deseó no encontrarse con algún loco armado con una pistola.

Cuando llegó a la tercera planta, empujó la puerta despacio y esperó a que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad. Luego vio una silueta de estatura y peso normal recorriendo el salón, con la cara tapada con un gorro de esquiar. Liam respiró profundo. Debía aprovechar el elemento sorpresa para reducir a aquel tipo. Si conseguía desequilibrarlo y tirarlo al suelo, él era más grande y terminaría ganando al intruso en el forcejeo.

Se armó de valor y rezó para que el tipo no tuviera un arma. Luego se lanzó contra el ladrón, arrollándolo por la espalda y haciéndolo caer al suelo.

Eleanor Thorpe abrió los ojos de golpe y, por un momento, no supo dónde estaba… ni qué la había despertado de su sueño profundo, Pero al oír el golpe procedente del salón, se incorporó como un resorte y se desperezó de inmediato.

Contuvo la respiración mientras se preguntaba si el ruido habría procedido del exterior. Había echado el cerrojo antes de acostarse y vivía en un tercero, demasiado alto para que entraran por la ventana. Pero era muy fácil colarse por la entrada de atrás. Tras marcharse de Manhattan, sabía de sobra tos peligros de vivir en una ciudad, ¡Y era evidente que alguien cataba en el apartamento!

La cabeza empezó a darle vueltas: ¿debía llamar a la policía y echar el pestillo del dormitorio después?, ¿o ponerse a salvo primero? Estiró un brazo hacia la mesilla de noche y recordó que allí no tenia teléfono, solo en el antiguo apartamento de Nueva Cork.

Salió de la cama, avanzó de puntillas hasta la puerta. ¡Y descubrió que no tenía cerrojo' ¿Qué podía hacer? Ellie respiró profundo. Tenía dos opciones; buscar un teléfono o enfrentarse a quienquiera que estuviese rondando por el salón. Y una tercera: esconderse debajo de la cama. O gritar hasta que alguien acudiera en su auxilio: esa era la cuarta,

Hizo acopio de valor y echó a andar por el pasillo. Entró en el salón y agarró una lámpara. De pronto vio una figura en medio de la oscuridad. Ellie gritó tan alto como pudo y luego le dio con la lámpara en la cabeza. La base de cerámica se resquebrajó y el hombre maldijo mientras se caía de rodillas.

– ¿Qué haces? -preguntó él, frotándose la cabeza-. ¡Me has hecho polvo!

Ellie apretó la lámpara, dispuesta a rematar al intruso. La levantó.

– Túmbate y pon las manos detrás de la cabeza.

– ¿Qué! He venido a…

– Hazlo -lo amenazó ella-. O te dejo inconsciente.

– Yo no soy el ladrón -dijo mientras apuntaba a un lado con un dedo- Era él.

Ellie miró en la dirección que le señalaban y vio una silueta arrastrándose hacia la salida del apartamento. Su primer impulso fue encontrar otra lámpara y tirársela a la cabeza. Pero ya tenía a uno de los ladrones. Cuando confesara, la policía conseguiría detener al otro.

Por el rabillo del ojo intuyó un movimiento, justo cuando el hombre del suelo se lanzaba contra ella. Soltó un pequeño grito de alarma y le estampó los restos de la lámpara sobre la cabeza. El hombre se desplomó contra el suelo mientras el otro intruso huía por las escaleras. Luego, con la respiración acelerada, Ellie corrió al interruptor y encendió la luz.

El hombre que estaba tumbado sobre la alfombra oriental no parecía tan intimidante como a oscuras. Le dio un pequeño golpecito con el pie para asegurarse de que estaba desmayado y corrió en busca de algo para atarle las manos y los pies. Se tuvo que conformar con cinta de embalar y unas medias.

Lo ató como si fuese un pavo en el día de Acción de Gracias, sentada sobre su espalda, uniéndole los pies a las manos. Luego exhaló un suspiro y le registró los bolsillos en busca de algún documento que lo identificara. Si conseguía escapar, al menos tendría su nombre.

El hombre emitió un ligero gruñido y Ellie se retiró sobresaltada. Agarró el auricular y marcó el teléfono de la policía.

– Estoy llamando a la policía -le gritó-. No intentes escapar.

– No te molestes -murmuró él-. Ya llamé yo mientras venía.

– ¿Qué quieres decir?

– He venido a ayudarte. Vi que el tipo ese se estaba colando en tu apartamento y lo seguí.

– No te creo -Ellie frunció el ceño.

– Pues no me creas -dijo Liam-. Ya te lo dirá la policía.

La operadora de urgencias respondió y cuando Ellie le indicó la dirección, le comunicaron que la policía ya estaba de camino. Ellie le dijo que había atado al ladrón y que permanecía a la espera de los agentes. Luego colgó y miró a su presa. Decidió que necesitaba otro arma, así que corrió a la cocina y agarró el cuchillo más grande que encontró. Se sentó sobre el brazo del sofá y lo observó con precaución.

El ladrón puso una mueca de fastidio mientras giraba en busca de una posición más cómoda.

– Estos nudos están un poco fuertes.

– Cállate -dijo ella.

Y ambos se quedaron en silencio. Ellie intentó serenar el ritmo de sus latidos y no desfallecer todavía.

– ¿Qué crees que buscaba? -preguntó el ladrón.

– ¿Quién?

– El tipo al que has dejado escapar. ¿Te falta algo? Cuando entré, estaba revolviendo tu escritorio. ¿Tienes dinero dentro?

– No pienso decirte dónde guardo el dinero -contestó Ellie. Para ser un delincuente, se preocupaba muchísimo por su bienestar. Un hombre tan guapo no debería tener que vivir al margen de la ley. Le abrió la cartera y empezó a husmear-. Dime… Liam Quinn, ¿qué te hizo meterte en el mundo de la delincuencia?

– ¿Por qué estás tan segura de que soy un delincuente?

No lo estaba. Pero los delincuentes no eran famosos por su sinceridad. Y no se dejaría engañar así como así.

– Sí no lo eres, ¿a qué te dedicas entonces?

– Soy fotógrafo -respondió-. Colaboro con Globe y una agencia de noticias. En la cartera hay un recorte, junto al dinero. Es la primera foto que publiqué.

Ellie sacó el recorte de periódico doblado y lo extendió sobre su rodilla. En la foto aparecía una niña pequeña vestida con una chaqueta enorme de bombero, agarrada a un osito de peluche. Miró el pie de foto y comprobó que el autor era Liam Quinn.

– La hice hace tres años. La casa se incendió. Su familia lo perdió todo.

– Parece tan triste -murmuró Ellie.

– Sí. Lo estaba. Pero esa foto les dio mucha publicidad. La gente empezó a mandar dinero y, al terminar la semana, se había creado un fondo para ayudar a la familia a recuperar lo que habían perdido. Sentí que había hecho una buena obra – Liam trató de liberarse, suspiró impacientado-. ¿Te importa aflojarme los pies? Noto un tirón en el muslo que me está matando. Prometo que no intentaré huir.

Ellie dudó, miró la foto. Echó un vistazo al resto de la cartera. Encontró un pase de prensa del Globe, tres tarjetas de crédito y una fotografía de una familia en una boda: una pareja mayor estaba de pie junto a la novia, preciosa, y un novio apuesto. Estaban flanqueados por seis hombres altos, morenos y atractivos. Uno de ellos era Liam Quinn.

La cosa no encajaba. Realmente parecía un hombre agradable. Quizá fuera verdad que había ido a ayudarla.

– Tengo un cuchillo -le dijo-. Y quiero que sigas en el suelo.

– Trato hecho.

Ellie se acercó, le desató los pies. Luego retrocedió. El hombre se puso boca arriba, avanzó hacia el sofá y se recostó contra él. Por primera vez, pudo verle la cara claramente y la foto de la cartera no le hacía justicia. Delincuente o no, era el hombre más guapo que jamás había visto. Y tenía una brecha en la frente de la que goteaba sangre.

– Estás herido -murmuró.

– No me extraña -Liam sonrió-. Me has dado un buen golpe.

Ellie sabía que no debía fiarse, pero el hombre no parecía intranquilo por la inminente llegada de la policía. Se levantó del sofá y fue hacia la cocina.

– No te muevas -le ordenó. Luego sacó unas vendas del cajón junto al fregadero y humedeció un pañuelo. Cuando volvió al salón, lo encontró justo donde lo había dejado-. Voy a vendarte la brecha de la frente. Al menor movimiento, te ensarto con el cuchillo. ¿Entendido?

– Entendido.

Se arrodilló a su lado, dejando el cuchillo junto a ella, en el suelo. Luego se acercó y limpió la brecha con el pañuelo húmedo.

– No parece profunda -dijo-. No creo que hagan falta puntos.

Hizo un pequeño movimiento cuando Ellie apretó sobre la brecha para cortar la hemorragia.

– Ha sido una reacción al dolor -dijo él. Ellie miró sus ojos, de una mezcla extraña entre el color verde y dorado. Lo contempló durante varios segundos y el corazón le dio un vuelco. No vio malicia en su rostro. Más bien una expresión cálida… ¿y divertida?

– No sigas -murmuró ella.

– ¿El qué?

– Nada -dijo Ellie. Ya estaba metiéndose en líos. Como siempre, le bastaba encontrarse un hombre atractivo para, sin saber nada de él, inventarle una personalidad romántica y admirable. Estaba enamorada de los enamoramientos. Era como una enfermedad. De hecho, acababa de leer un libro de autoayuda en el que el autor recomendaba contrastar las fantasías con la realidad todos los días.

El amor había sido lo que la había obligado a dejar Nueva York y un trabajo que le encantaba. O, para ser precisos, la falta de amor. No por su parte, sino… Maldijo para sus adentros. Ellie se había jurado no volver a pronunciar ni pensar su nombre. De acuerdo: Ronald Pettibone. Al presentárselo, le había parecido un nombre aristocrático. Y tenía una nariz a juego con el nombre.

Y luego…

– Quizá deberías llamar a la policía de nuevo -dijo Liam-. Para haber avisado al servicio de urgencias, están tardando bastante. Podría haber tenido una pistola. Ahora mismo podrías estar muerta en medio del salón. Mi hermano es policía y tengo entendido que están sometidos a mucha presión, pero esto es ridículo: se me están empezando a dormir las manos.

– Supongo que no pasará nada si te desato y tú… -Ellie dudó-. No, no. Ya estoy otra vez. No puedo creerlo. Después de lo de Ronald, juré que no quería volver a saber nada de los hombres y ahora… Eres muy guapo. Estoy segura de que lo sabes. Y te estoy agradecida si me has salvado la vida. Pero he confiado demasiado en los hombres y no puedo seguir así.

– ¿Quién es Ronald? -preguntó Liam.

– ¡No es asunto tuyo!

– Oye, que solo era por charlar un poco, Eleanor.

– ¿Cómo sabes mi nombre? -Ellie frunció el ceño.

– Se lo dijiste a la policía al llamar -contestó él tras una pequeña pausa.

– Dije Ellie.

– Pues eso. Es el diminutivo de Eleanor, ¿no? ¿O es que te llamas Elfreida? -bromeó Liam.

– Ellie -contestó mientras le ponía la venda en la brecha.

– ¿Y quién es Ronald?

Ellie se sentó sobre los talones y agarró el cuchillo.

– Mi ex novio. Pero no quiero hablar de él. De hecho, no creo que debamos hablar de nada.

– Siempre podemos hablar de ti.

– Ah, no -Ellie le apuntó con un dedo- No intentes ablandarme con tu encanto. No colará. Soy de acero. Una roca.

– Está bien -Liam sonrió-. Entonces, ¿te importa darme un vaso de agua? Tengo un poco de…

Las pisadas de las escaleras interrumpieron su petición y Ellie se levantó, ansiosa por poner tanta distancia como pudiera entre Liam Quinn y ella. Era el tipo de hombre del que siempre se enamoraba. A decir verdad, era mucho más apuesto que los que había conocido hasta entonces. Y si realmente era fotógrafo, también sería más interesante que ellos. Y tenía mejor cuerpo y gusto vistiendo. Y eligiendo colonia.

– ¡Policía!

Ellie se giró hacia la puerta, dejó el cuchillo sobre una mesita cercana. Dos agentes entraron en el salón con las armas desenfundadas. Ellie se sentó en el sofá mientras los policías levantaban a Liam y lo empujaban cara a la pared para cachearlo.

– ¿Qué tal si nos dice qué hacía en el apartamento de esta señorita?

– Iba por la calle y vi que un intruso se colaba en el portal.

– Sí, claro, ¿y cómo sabe que era un intruso y no su marido?, ¿o un vecino cualquiera?

– No estoy casada -dijo Ellie.

– Llevaba un gorro de esquiar y me dio mala espina -explicó Liam-. Mi hermano es inspector de policía en la comisaría del centro. Llamad y lo comprobaréis. Conor Quinn.

– Somos de esa comisaría -dijo el agente más alto al tiempo que le daba la vuelta a Liam- y no conozco a ningún…

– Yo sí -dijo el otro agente-. Conor Quinn. De homicidios. Alto, moreno. Su mujer acaba de tener un bebé. De hecho, se parece mucho a este tipo.

– El DNI lo tiene ella -Liam apuntó hacia Ellie, la cual le entregó al agente la cartera.

– Dice la verdad. Se llama Liam Quinn y es fotógrafo. Y… creo que me he equivocado.

El agente bajo esposó a Liam y lo empujó hacia la puerta.

– Lo llevaré al coche mientras le tomas declaración a la víctima -dijo.

– ¡Adiós! Encantada de conocerte -se despidió Ellie mientras se llevaban a Liam-. Agente, asegúrese de que un médico le mira la brecha que tiene en la frente. Puede necesitar puntos.

– ¿Por qué no se sienta y tratamos de averiguar qué ha pasado? -sugirió el agente.

– De acuerdo. Pero quiero que sepan que ha sido muy amable y correcto mientras ha estado aquí. Y es verdad lo que dice. Había otra persona en el apartamento. Lo vi escaparse. Creía que eran socios, no que estuviera intentando salvarme.

– Sus intenciones no están muy claras, señorita. Ahora cuénteme su versión de los hechos. Ellie apoyó las manos en el regazo y empezó a narrar los hechos de aquella noche desde que se había despertado. Mientras lo hacía, no dejaba de recordar el momento en que había posado los ojos sobre los de Liam, la intensa corriente de electricidad que había fluido de uno a otro. ¿Se lo había imaginado o la atracción era mutua? Se obligó a no pensar al respecto mientras hablaba.

Podía tratarse de un ladrón y acabar en prisión. Aunque, en el fondo, esperaba que no fuera así. Esperaba que fuese cierto lo que le había dicho: que un apuesto desconocido había acudido a rescatarla sin pararse a pensar en su propia seguridad.

– ¿Lo meterán en la cárcel? -preguntó.

– ¿Quiere que vaya a la cárcel? -replicó el agente.

– Sinceramente, creo que ha dicho la verdad. Si ustedes también lo creen, deberían soltarlo.

– ¿Le falta algo?

– Liam dijo que el tipo estaba registrando mi escritorio cuando llegó -contestó Ellie mirando a su alrededor-. Pero ahí no tengo nada de valor. No se ha llevado el ordenador, ni el televisor ni la cadena de música.

– Bueno, si echa algo en falta, llámeme y lo incluiré en el informe -el agente le entregó una tarjeta antes de ponerse de pie-. Y más vale que cambie la cerradura. Los ladrones repiten algunas veces.

Ellie acompañó al policía hasta la puerta, luego la cerró y se aseguró de echar la cadena. Después agarró el cuchillo, se sentó en el sofá. Le daba miedo volver a la cama, miedo de que quienquiera que hubiese entrado regresara. Se levantó, tomó una silla y la puso bajo el pomo de la puerta. Pero lo cierto era que no quería que su seguridad dependiera de una cadena, una silla y un cuchillo de cocina.

¿De qué le servía tener un caballero de brillante armadura en la cárcel?

– Debería haberlo dejado atado en el suelo -murmuró Ellie. Pero, de alguna manera, sospechaba que no habría permanecido atado mucho tiempo. Liam Quinn la habría convencido para que lo soltara… ¿y quién sabía lo que habría ocurrido después?

Capítulo 2

Liam estaba tumbado sobre el frío banco de la celda. Había estado atestada de delincuentes de poca monta hasta hacía unos minutos, pero se los habían ido llevando a lo largo de la noche hasta dejarle para él solo aquellos aposentos tan espartanos como malolientes.

Y todo por su culpa. De pequeño había pasado demasiado tiempo oyendo estúpidas historias sobre los Increíbles Quinn y en cuanto tenía ocasión, se prestaba para el rescate. Podía haber esperado a que llegase la policía, o haber avisado a algún vecino, o haber armado ruido en la calle para asustar al intruso y que se diera a la fuga. Pero se había sentido impulsado a allanar el apartamento de Eleanor Thorpe para salvarla del peligro.

De pronto la recordó con aquel camisón casi transparente. Tras encender la luz del salón, había podido ver a través del delicado tejido.

Liam gruñó, se tapó los ojos con un brazo, intentando borrar aquella imagen de su cabeza. Pero, incapaz de expulsarla, decidió recrearse en ella, en vez de combatirla. Tenía unas piernas increíblemente largas, esbeltas, perfectas, y unas caderas con un contoneo muy seductor. Por no hablar de sus pechos. Sus pechos eran… Tragó saliva y cerró las manos en puño.

Tampoco era la mujer más guapa que había visto en su vida. Ni de lejos. De hecho, sus facciones no eran tan especiales. Aunque tenía ojos bonitos, su boca era un poco ancha, los labios demasiado gruesos. Y el pelo le caía sobre la cara como si acabase de levantarse de la cama… lo que, de hecho, había sucedido.

Mientras repasaba el encuentro, comprendió que no solo se había sentido atraído por su aspecto. Pero, ¿qué más le había llamado la atención?, ¿la forma susurrante de hablar cuando estaba nerviosa?, ¿o su modo de moverse, casi divertido de puro extraño?

Quizá fuese que no había reaccionado como las demás mujeres lo tenían acostumbrado. No había coqueteado con él ni había buscado la menor excusa para tocarlo. No había agitado las pestañas ni le había dedicado miradas coquetas. No. Ellie Thorpe le había dado en la cabeza con una lámpara y luego lo había atado como si fuese un esclavo en una fantasía sadomasoquista. Ni siquiera tras estar seguro de haberla convencido de su inocencia, había sucumbido a su encanto.

– Porque no me lo he propuesto -murmuró Liam.

Se oyó un portazo en una celda cercana y se incorporó; un agente lo observaba a través de los barrotes. Se puso de pie y cruzó la celda.

– ¿Puedo hacer mi llamada telefónica?

– Ya la has hecho.

Liam había pensado que Conor era su única oportunidad de aclarar aquel lío. Pero al telefonearlo, había saltado el contestador automático y Liam había coleado sin dejarle mensaje.

– No pude ponerme en contacto con mi hermano. Si no hablas con nadie, no cuenta.

– ¿Ahora resulta que eres tú el que pone las reglas?

– No, solo digo que…

– Te pillamos allanando una casa. Deberías estar pensando en el juicio y cómo vas a pagar la fianza para salir.

– No tenia pensado pasar la noche del viernes así -Liam apoyó la frente contra las frías barras de la celda-. Cancelé una cita con una mujer. Debería haber ido a esa cita en vez de molestarme en salvar la vida de Eleanor Thorpe. Espero que al menos se sienta agradecida.

– Supongo que lo está -el policía abrió la puerta de la celda-. Su versión concuerda con la tuya. Y hemos localizado a tu hermano. Está abajo, hablando con los dos agentes que te detuvieron,

– ¿Puedo irme?

– No te vamos a fichar. Pero ándate con cuidado. La próxima vez que veas a alguien colándose en una casa, llama a la policía y espera a que llegue.

– Lo haré -Liam sonrió-. Prometido. El policía abrió la puerta. Sin perder tiempo, Liam agarró su chaqueta y fue hacia la salida. Pero, en el ultimo momento, se giró para echar un último vistazo. A veces se preguntaba qué clase de ángel le guardaba las espaldas. Su infancia no había sido la mejor de las posibles. Su vida podría haberse torcido muy fácilmente con tomar un par de decisiones equivocadas.

Pero, en vez de convertirse en delincuente, se había vuelto un adulto responsable. La clase de adulto que intentaba salvar a una mujer de un allanador. Quizá, después de todo, las historias de los Increíbles Quinn no fuesen tan perjudiciales. Claro que tampoco tenía intención de hacer carrera como superhéroe.

– Está abajo -dijo el agente mientras salían de la zona de prisión preventiva-. Tienes que firmar para recoger tus cosas.

– Gracias.

Liam vio a Conor antes de bajar del todo las escaleras. Su hermano mayor estaba de píe, de brazos cruzados, con los ojos desorbitados de furia. Liam sonrió mientras corría a abrazarlo, pero en seguida notó que no estaba de humor.

– Hola, hermanito -dijo, dándole una palmada en un hombro-. Sabía que podía contar contigo.

– Calla -lo advirtió Conor-. Más vale que lo siguiente que salga de tu boca sea una disculpa si no quieres que te encierre otra vez y te pudras.

– Perdón -murmuró Liam-. No sabía a quién más llamar.

Conor se dio la vuelta, echó a andar hacia la salida, saludando con un gesto brusco al agente situado en la zona de recepción.

– Gracias, Willie. Te debo una.

Cuando llegaron al coche de Conor, Liam se puso el cinturón de seguridad y miró a su hermano en silencio mientras se incorporaban al tráfico.

– Tengo el coche en Charlestown. Si me puedes acercar…

– No te voy a acercar al coche. Ya lo recogerás mañana.

– ¿Adonde vamos?

– A ver a papá.

– Buena idea -dijo Liam-. Me apetece una copa.

– Yo me voy a tomar una copa y tú me vas a explicar por qué me has sacado de la cama a la una de la mañana un viernes por la noche. Olivia y yo no dormimos más de tres horas desde que nació Riley y, cuando sonó mi busca, se despertó y rompió a llorar.

– ¿Cómo está? -preguntó Liam.

– Supongo que despierto todavía. No hace otra cosa que dormir y comer. Y si no, es que está llorando. Olivia está agotada.

El ambiente siguió tenso y Liam se alegró cuando por fin llegaron al pub. Los viernes por la noche siempre había movimiento y el bar seguía abarrotado cuando entraron. Dos chicas bonitas lo llamaron nada más verlo y Liam las saludó con la mano tratando de recordar sus nombres. Se sorprendió comparando su belleza, evidente, con la de Eleanor Thorpe, mucho más sutil.

No era guapa en el sentido tradicional. No tenía labios de puchero, ojos sensuales ni un cuerpo diseñado para una revista de hombres. Más bien era todo lo contrario al tipo de mujer en el que solía fijarse. Pero tenía algo que le resultaba innegablemente atractivo.

Quizá fuese el hecho de que había reducido a un intruso ella sola. No se había acobardado detrás de una esquina ni se había encerrado en el baño. Había agarrado una lámpara y le había dado con ella en la cabeza. Liam se frotó las muñecas, todavía rozadas por las ataduras. Eleanor no había sabido quién había entrado ni con qué intención. Podía haber sido un asesino en serie, pero había salido a defenderse.

Seamus, que estaba atendiendo en la barra, sirvió sendas pintas de Guinness a sus hijos y estos se sentaron en un extremo de la barra.

– No esperaba verte esta noche, Con -dijo. Luego se dirigió a Liam-. Y tú, ya podías haber venido a echarme una mano. Tu hermano Brian es el único que me ha ayudado esta noche y se fue con una rubia hace una hora. ¿Dónde está Sean cuando lo necesito?

– No está en la ciudad -dijo Liam.

Seamus se encogió de hombros. Luego se fue a hablar con un cliente.

– ¿Qué hacías en el apartamento de esa mujer? -le preguntó entonces Conor tras dar un sorbo a la Guinness y lamerse el labio superior.

– Justo lo que le he dicho a la policía. Intentaba protegerla.

– Empieza por el principio.

– Vi que el tipo se había colado en el apartamento.

– ¿Desde la calle?

– No, desde el ático del edificio de enfrente.

– ¿Y qué hacías en el…? -Conor paró-. No me lo digas. Estabas ayudando a Sean en uno de sus casos, ¿verdad? Sabes de sobra que siempre se mueve al borde de la ley. ¿Qué es esta vez?, ¿otro de sus divorcios?

– Bueno, como diría Sean, sus clientes esperan la máxima confidencialidad. Solo puedo decir que estaba vigilando el apartamento. Le dije al poli que estaba paseando y se lo tragó.

– ¿Pudiste ver al ladrón?

– Estaba a oscuras y llevaba un gorro de esquiar -Liam negó con la cabeza-. No era muy alto. Un metro setenta o algo así. Ni muy grande. Y era algo patoso. No parecía un camorrista. Ya se lo he dicho a los polis.

– ¿No me vas a decir en qué clase de caso estáis trabajando?

– Creo que es mejor que no preguntes. Y no hemos infringido ninguna ley… al menos de momento. Lo juro.

– Aparte de que estabas en la calle, ¿le has dicho a la policía alguna otra mentira? -quiso saber Conor.

– No.

– Bien. Si la mujer no insiste en presentar cargos, no creo que pase nada.

– Eleanor. Ellie Thorpe. Es muy agradable. Algo nerviosa, pero agradable.

– ¿Qué? -Conor enarcó una ceja-. ¿Hablaste con ella?

– No pude hacer mucho más después de que me atara. Se me hizo eterno hasta que llegó la policía.

– ¡Santo cielo! -Conor soltó una carcajada-. ¿Te cuelas en la casa de una mujer, te ata y, aun así, consigues ligártela? ¿Te dio su teléfono?

– No -Liam se encogió de hombros y sonrió-. Pero sé dónde vive.

Conor dio un trago largo de cerveza. Luego se levantó de la banqueta y sacó las llaves.

– Sabes lo que esto significa, ¿verdad? Cuando un Quinn acude en auxilio de una mujer, está acabado. Has caído en sus garras, Li. No hay vuelta atrás.

– No pensarás que me creo toda esa basura de los Increíbles Quinn, ¿verdad? -contestó Liam-. He hecho una buena obra, nada más. No volveré a verla.

No le daba miedo exponerse al amor. Sabía arreglárselas para que no lo cazaran del todo y siempre era él quien rompía antes de que las relaciones se consolidaran. Además, no tenía intención de tener una relación con una presunta malversadora.

– Mantente alejado de ella. Podría decidir presentar cargos en tu contra y solo tengo influencia con los chicos de esta comisaría -Conor suspiro-. Por cierto, estamos pensando en reunimos para el bautizo de Riley. Olivia te mandó una invitación. ¿La has recibido?

– Sí, me acercaré. ¿Quién más se pasará?

– Todos.

– ¿Mamá también?

– Por supuesto -dijo Conor-. Es la abuela de Riley. Y también los padres de Olivia, de Florida.

Desde que Fiona había reaparecido en sus vidas hacía algo más de un año, las reuniones familiares se habían sucedido. Primero la boda de Keely y luego habían celebrado el cumpleaños de Seamus en el pub. En mayo había sido la boda de Dylan y Meggie. Habían celebrado las navidades en casa de Keely y Rafe. Y todos se habían juntado en el hospital la noche en la que había nacido Riley, una familia grande y ruidosa, que todavía estaba aprendiendo a portarse como tal.

Aunque el padre de Liam iba reconciliándose con su esposa fugitiva, no se habían cerrado todas las viejas cicatrices. Conor había aceptado a su madre de vuelta sin hacer preguntas, al igual que Dylan y Brian. Pero Brendan había mantenido una actitud de distanciamiento, mientras que Sean se mostraba abiertamente hostil con Fiona. Liam no sabía qué sentir todavía. Aunque quería conocer a su madre, no tenía un pasado que lo uniera a ella. Se había marchado cuando solo tenía un año.

– Cuenta conmigo -dijo por fin.

– De acuerdo. Y mira a ver si puedes convencer a Sean para que venga -le pidió Conor-. No le digas que Fiona irá. Ah, tráete la cámara.

– ¿Algo más?

– Solo asegúrate de no meterte en líos hasta entonces.

– Oye, no le cuentes nada de esto a Sean, ¿de acuerdo? Me va a pagar un buen pico por ayudarlo con este caso y me vendría bien el dinero.

– No te preocupes -Conor sonrió. Luego echó a andar y, tras despedirse de Seamus, salió del pub.

Liam se terminó la cerveza y siguió a Conor afuera. Se subió la cremallera de la chaqueta y caminó calle abajo. Compartía un piso con Sean a siete manzanas del pub. Podía ir a casa y descansar o volver al desván y echar un ojo a Ellie Thorpe.

Liam sacudió la cabeza mientras se dirigía hacia la parada del autobús. No volvía por ella. Le habían encargado un trabajo y le había prometido a Sean que lo haría. Que no hubiera podido quitarse a Ellie de la cabeza desde que la había conocido no significaba nada en absoluto.

– ¡Descafeinado de máquina!

Un hombre con traje de negocios apartó a Ellie para recoger su café de la encimera. Ellie se pasó la mano por el pelo y bostezó. Contó el número de personas que tenía delante y decidió que pediría cuatro cucharadas de café, en vez de las dos de costumbre. Desde su encuentro con Liam Quinn hacía tres noches, no había conseguido dormir bien ni un día.

Lo recordó tumbado, atado sobre el suelo del salón. Sintió calor en las mejillas. Nunca había imaginado que su siguiente encuentro con un hombre atractivo incluiría un numerito sadomasoquista. Solo pensar en juegos sexuales con un hombre como Liam Quinn le bastaba para que la sangre bombeara con mucha más eficiencia que mediante cualquier dosis de cafeína.

Por suerte, la policía se lo había llevado antes de considerar más seriamente ese tipo de pensamientos. Al marcharse de Nueva York se había jurado olvidarse de los hombres durante una temporada. No porque no le gustaran, sino porque ella no parecía gustarles nunca a ellos lo suficiente. Había tenía cinco relaciones serias en otros tantos años y todas habían terminado por motivos que se le escapaban. Un día todo era perfecto y al siguiente volvía a estar sola.

Después de la segunda ruptura, Ellie había decidido que los hombres eran inconstantes. Tras la tercera, había tomado la decisión de ser más cuidadosa con los hombres que elegía. A la cuarta había empezado a preguntarse si se debía a ella. Y después de cortar con Ronald Pettibone, había llegado a la conclusión de que no estaba hecha para tener relaciones de pareja.

Ronald había sido un hombre tranquilo, modesto, entregado a su trabajo en el banco. No bebía, no fumaba, ni siquiera tenía muchos amigos masculinos. Desde que se habían conocido, solo había tenido ojos para ella. Ellie había tenido la certeza de que por fin había encontrado un hombre digno de amar. Y luego, de pronto, se había vuelto a terminar, sin razón alguna. Incapaz de seguir trabajando con él, había decidido marcharse de Nueva York y empezar de cero en Boston.

Pero no había supuesto que se sentiría tan sola. No conocía a nadie en la ciudad y, a falta todavía de trabajo, no tenía forma de hacer amigos. La única persona que la reconocía era la chica de pelo rizado que le servía el café cada mañana.

– Un café con leche en taza grande con cuatro cucharadas de café, Erica -dijo Ellie con una sonrisa radiante.

Erica la miró con extrañeza, como tratando de ubicar su cara.

– Un dólar veinte, señorita.

Ellie miró el reloj. Solo eran las siete. Empezaba el día dos horas antes de lo habitual. Tal vez Erica no estuviese acostumbrada a verla tan temprano. Ellie se dijo que debía releer uno de sus libros de autoayuda. Esa semana tenía cuatro entrevistas de trabajo y no podía permitir que la chica de los cafés hiciera mella en su seguridad.

Sacó el monedero del bolso. Ya se había presentado a otros seis bancos y le extrañaba que no la hubieran llamado de ninguno. Aunque había dejado su trabajo en Nueva York de forma precipitada, se había marchado amistosamente. Su jefe anterior no tenía motivos para dar de ella más que buenas recomendaciones. Ellie suspiró. Quizá no había muchos puestos vacantes en el sector.

Ellie pagó el café, agarró el vaso de plástico y se lo llevó a la mesa donde estaban los sobrecitos de azúcar. Echó dos y, una vez satisfecha, se giró hacia la puerta. Frenó en seco. El objeto de sus sueños insomnes estaba haciendo cola para el café, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros y una chaqueta de cuero realzando la envergadura de sus hombros.

Miró hacia la puerta y se preguntó si debía limitarse a salir. Él no la había visto todavía y podía marcharse de forma inadvertida. Pero se sentía obligada a decirle algo. Debía darle las gracias. Probablemente, le había salvado la vida.

De modo que se situó detrás de él y le dio un toquecito sobre un hombro. Cuando se giró y la miró a los ojos, Ellie notó que el corazón le temblaba. De nuevo, se quedó embelesada con aquel increíble color de ojos, una mezcla extraña de verde y dorado. Tragó saliva.

– Hola -lo saludó.

– ¡Hola! -exclamó sorprendido Liam. Le lanzó una mirada de extrañeza, al igual que antes Erica, y, por un momento, se preguntó si recordaría quién era. Se obligó a sonreír.

– Soy Ellie -explicó-. Eleanor Thorpe. De…

– Ya -dijo él-. Sé quién eres. No es fácil olvidar a la mujer que me ató y me mandó arrestar.

– Lo siento -se disculpó Ellie-. Llamé a la comisaría el sábado por la mañana y me explicaron todo. Que no eras un ladrón ni estabas fichado por nada. Que era verdad que habías ido a rescatarme. Creo que te tengo que estar agradecida.

Liam miró a su alrededor con cierto nerviosismo, luego fijó la vista en el menú que había sobre la encimera. Ellie se preguntó por qué se mostraba tan distante. ¿Se sentía violento por lo que le había hecho?, ¿o simplemente no le apetecía hablar por hablar? La otra noche había estado encantador y, de pronto, parecía como si quisiera estar en cualquier lugar antes que allí, con ella.

– Bueno, tengo que irme.

– Sí -murmuró él-. En realidad no te salvé. El tipo solo querría algo de dinero, joyas…

– No, no, claro que me salvaste -insistió Ellie-. En comisaría me dijeron que era una suerte que hubieses aparecido. Muchos ladrones van armados y, si lo hubiera sorprendido en mi apartamento, podría haberse puesto nervioso y dispararme. Lo cual te convierte en… un caballero de brillante armadura.

– No, no, para nada.

Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Por fin, Ellie resolvió que había llegado el momento de despedirse.

– Bueno, me voy -dijo encogiéndose de hombros-. Gracias de nuevo.

– No hay de qué.

Ellie echó a andar hacia la puerta con paso indeciso. Luego paró. ¿Estaba tonta? No tenía ni un amigo en Boston y Liam Quinn era la primera persona interesante que había conocido allí. Aunque fuese un hombre y se hubiese jurado prescindir de ellos durante al menos un año, al menos podía intentar ser su amiga.

Ellie se giró, volvió hasta él y respiró profundamente antes de hablar:

– ¿Te gustaría cenar conmigo? -le preguntó sin reparar siquiera en que le estaba hablando a la espalda. Lo rodeó para que pudiera verla-. ¿Te gustaría cenar conmigo?

– ¿Yo?

– Siento que debería hacer algo por ti. En señal de agradecimiento.

– En realidad no fue nada.

– ¿Te caigo mal por alguna razón? -preguntó ella con el ceño fruncido.

– No te conozco -se limitó a responder Liam.

– Pero te noto incómodo. ¿Es porque te até? Si hubiera sabido que querías ayudarme, no lo habría hecho -Ellie se aclaró la voz-. No soy de esas mujeres que se sienten obligadas a dominar a los hombres. Te pegué en la cabeza porque tenía miedo y te até porque no quería que te escaparas.

– Entiendo.

– De acuerdo. Quería que quedase claro – Ellie tragó saliva y sonrió-. Encantada de volver a verte. Suerte con tus fotos.

Ellie se dio la vuelta con la sensación de que acababa de hacer el ridículo. Sabía suficiente de hombres para intuir cuándo alguien no estaba interesado en ella. Y Liam Quinn no podía haberse mostrado más indiferente. Tal vez irradiara algún tipo de aura extraño que los hombres encontraran repulsivo. Según el autor de “Lo que de verdad piensan los hombres”, el libro que había leído tras romper con Ronald, las mujeres que no estaban interesadas en una relación emitían señales sutiles de indiferencia que solo podían captar los hombres.

– ¿Ellie?

Se paró, giró la cabeza hacia Liam.

– ¿Sí?

– Me encantaría cenar contigo. ¿Cuándo?

– ¿Qué… qué tal esta noche?

– Perfecto. ¿A qué hora?

– ¿A las siete te va bien?

– Te veo a las siete -contestó Liam al tiempo que asentía con la cabeza-. Sé dónde vives.

Ellie sonrió y salió del café a toda velocidad, antes de que Liam cambiara de opinión. Por primera vez desde que estaba en Boston, tuvo la sensación de que podría gustarle vivir ahí. Había hecho un amigo y, aunque era el hombre más atractivo que jamás había visto, solo iba a disfrutar de su compañía, no a embarcarse en una aventura.

Ya en la calle, miró hacia atrás con la esperanza de verlo una última vez. Pero cuando se giró y siguió camino a casa, se chocó contra un hombre en la acera. Ambos pararon. Ellie se quedó de piedra.

– ¿Ronald?

– ¿Eleanor?, ¿qué haces aquí?

– ¿Yo? Ahora vivo aquí -contestó Ellie mirando a la cara del hombre que había sido su amante. Estaba muy cambiado. Llevaba el pelo mucho más largo de lo que recordaba y parecía haberse dado reflejos. Y no llevaba gafas. Y estaba moreno-. Casi no te reconozco. ¿Qué haces en Boston?

– Es increíble. Eres la última persona que esperaba encontrar hoy.

– ¿Entonces no has venido a verme?

– No, ni siquiera sabía que estabas aquí. He venido a ver a un compañero de la universidad. Vive a un par de manzanas de aquí. Me iba a tomar un café antes -contestó Ronald-. Pero quizá el destino haya querido que nos crucemos. He pensado mucho en ti últimamente. Me preguntaba qué tal te iba -añadió mientras le pasaba la mano a lo largo de un brazo.

– Me va bien -contestó Ellie con sequedad.

La sorprendía, pero no sentía la menor atracción hacia él. Al romper se había preguntado si sería capaz de superarlo. Al menos ya sabía la respuesta.

– Deberíamos vernos -sugirió Ronald-. ¿Qué haces esta noche?

– Ronald, he empezado una vida nueva – Ellie suspiró-. Lo que teníamos no funcionó y he seguido adelante. Creo que tú deberías hacer lo mismo. Me alegro de haberte visto, pero ahora tengo que irme.

La agarró por la muñeca y la obligó a parar.

– Venga, Eleanor. No seas así. Todavía podemos ser amigos.

– Fuiste tú quien cortó conmigo, Ronald. Me pediste que te devolviera el collar de perlas que me compraste por mi cumpleaños. Y luego te plantaste en la oficina con tu nueva novia cuando no había pasado ni una semana. No creo que podamos ser amigos.

– ¡No digas eso! -exclamó enfurecido-. No hay ninguna razón por la que no podamos…

– ¡No! -atajó Ellie, tratando de soltarse.

– ¿Algún problema?

Ronald miró hacia arriba, dejó caer el brazo. Ellie nunca se había fijado en lo bajo y escuálido que era Ronald. Comparado con Liam Quinn, parecía un gnomo.

– Estoy bien -dijo ella.

– Ten… tengo que irme -dijo Ronald-. Nos vemos.

Se escabulló y Ellie lo miró mientras doblaba la esquina más cercana. Luego se giró hacia Liam.

– Gracias.

– ¿Quién era ese tipo?

– Nadie.

– Parecía enfadado contigo -Liam la miró como si no la creyese.

– No, apenas nos conocemos.

– ¿Qué quería?

– Nada -Ellie sonrió-. Saludarme. Estoy bien, de verdad.

– De acuerdo -cedió Liam-. Entonces hasta esta noche.

Lo dejó alejarse en sentido contrario y se encaminó hacia su apartamento. Contuvo las ganas de mirar atrás, pues no quería parecer tan ensimismada con él. Pero acabó girándose para buscarlo de nuevo con la mirada. Había desaparecido. Ellie sonrió. Al menos, esa vez sabía que su caballero de brillante armadura volvería.

Ellie levantó la tapa de la cacerola y miró el reloj de pared de la cocina. Habían quedado en cenar, pero no sabía si Liam Quinn querría comer nada más llegar o preferiría charlar antes un rato.

Lo había invitado arrastrada por un impulso.

Después de pararse a pensarlo, comprendía que la cita suscitaba toda clase de problemas. ¿Debían cenar fuera o quedarse en casa? Si salían, ¿insistiría Liam en pagar? Dado que era ella quien había propuesto la invitación, tendría que elegir el restaurante. Y todavía no conocía casi ningún sitio en Boston. No, había tomado la mejor decisión. Había preparado una cena estupenda. Se quedarían a solas… y lo tendría todo para ella, sin distracciones.

– ¡No te hagas esto! -murmuró Ellie mientras volvía a poner la tapa en la cacerola. Se apartó de los ojos un mechón de pelo y fue al salón. Encontró el libro sobre la mesita del café y lo agarró. Se había comprado “Cómo ser amiga de un hombre” esa misma tarde, decidida a no volver a caer en la misma trampa.

La autora destacaba las ventajas de las relaciones de amistad entre hombres y mujeres, pero avisaba de que, en cuanto surgía la atracción por parte de uno de los dos, solían echarse a perder para siempre. Si no tuviera un historial tan desastroso con los hombres, tal vez habría considerado tener una aventura con Liam Quinn. Pero en esos momentos necesitaba más un amigo que un amante.

– ¡Venga!, ¿a quién pretendes engañar! -Ellie cerró el libro de golpe y abrió otro titulado: “Sinceridad: cómo tomar conciencia de tus propias necesidades”, en el que la doctora Dina Sanders aseguraba que el peor defecto que podía sufrir una persona era la tendencia a auto engañarse. Y si no era capaz de reconocer que se sentía atraída por Liam, estaba claro que era la reina del autoengaño.

– De acuerdo, está como un tren. Tiene una cara bonita, unos ojos increíbles y una sonrisa muy sensual. Y un cuerpo de pecado. Lo reconozco. Cuando se mueve, solo puedo mirarlo e imaginármelo desnudo -Ellie se paró a pensar lo que acababa de decir. Soltó una risilla y volvió a dejar el libro sobre la mesita de café-. No busques las respuestas en un libro. Busca en tu corazón -se recordó.

Era lo que recomendaba la psicóloga Jane Fleming en “Escucha a tu corazón”. Aunque no dejaba de ser paradójico, puesto que el consejo venía de un libro. En cualquier caso, era un buen consejo.

– Eso es. Seguiré mi corazón -se dijo-. Pero me aseguraré de escuchar también a mi cabeza.

Cuando el sonido estridente del timbre quebró el silencio del apartamento, Ellie se llevó una mano al pecho, sobresaltada. Notó, bajo los dedos, que el corazón se le había disparado, así que respiró profundamente para serenarse.

– Tranquila, solo es una cena de amigos -se recordó. Entonces, ¿por qué se había pasado dos horas peinándose y maquillándose-. Una cena de amigos -se repitió.

Pulsó el botón del telefonillo, luego abrió la puerta y esperó a que subiera los tres tramos de escaleras. Al llegar al rellano, advirtió que llevaba una lámpara. Entonces se cruzaron sus miradas y, por un momento, Ellie se quedó sin respiración. ¿Por qué parecía más guapo cada vez que lo veía?

– Hola -murmuró ella-. Una lámpara.

– Es para ti -dijo Liam.

Ellie se echó a un lado para dejarlo pasar. Después cerró con suavidad y se tomó unos segundos para contemplar su trasero.

– Gracias. Aunque no hacía falta.

– Sé que los hombres suelen traer flores o bombones. Pero pensé que, después de que me rompieras tu lámpara en la cabeza, te debía una.

– Gracias -Ellie sonrió mientras la agarraba-. Voy a ver si encuentro un jarrón para ponerla en agua.

– Vale. Y yo la enciendo -repuso Liam, también sonriente, antes de sacar una bombilla del bolsillo-. He estado a punto de comprar una lámpara con una base maciza, pero al final he decidido que, si se te vuelve a ocurrir golpearme, no quiero acabar en el hospital.

– ¿Cómo va la cabeza?

– Me salió un chichón, pero ya está bajando.

– Lo siento mucho, de verdad -Ellie sintió que se ruborizaba.

– ¿Por qué? Hiciste lo que debías.

– Tienes un enchufe detrás del sofá -dijo ella entonces, apuntando hacia la otra pared.

Liam puso la lámpara en la mesa, se quitó la chaqueta y dejó al descubierto una camisa blanca bien planchada y ajustada a sus hombros anchos y cintura estrecha. Ellie le agarró la chaqueta.

– La pondré en mi cuarto -dijo y pensó que podría malinterpretarla-. No es que piense que vayamos a acabar en… Es que no tengo un armario para los abrigos. Estos edificios antiguos son…

– Ponía encima de la cama -dijo Liam-. Estoy seguro de que no le dará ninguna idea.

Ellie contuvo un gruñido y corrió hacia el dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y se apretó la chaqueta de Liam contra el pecho.

– Calma -se dijo antes de acercarse la chaqueta a la cara y aspirar-. Dios, qué bien huele -murmuró, dejó la chaqueta y volvió al salón.

Cuando llegó, Liam ya había encendido la lámpara. Si era sincera, era mucho más bonita que la que le había roto en la cabeza.

– Queda genial -comentó. Luego entrelazó los dedos y los retorció. De pronto, se le había olvidado cuál era el siguiente paso-. ¿Te apetece beber algo? Tengo vino, cerveza, zumo de naranja, Coca-Cola…

– Una cerveza, por favor.

– De acuerdo. Siéntate, en seguida te la traigo -Ellie fue a la cocina, abrió la nevera y metió la cara dentro para enfriar la temperatura de las mejillas. Sacó una botella de cerveza y luego revolvió en un cajón hasta encontrar un abridor.

– Huele muy bien.

La voz de Liam, de pie bajo el umbral de la cocina, la sorprendió mientras estaba abriendo la botella y se le escapó de las manos. Dio dos vueltas sobre la encimera antes de caerse. Por suerte, cayó en la alfombra que había delante del fregadero y, en vez de romperse, solo se le derramó encima de los zapatos.

En dos zancadas, Liam estaba a su lado. Se agachó, recogió la botella y se volvió a incorporar justo cuando ella se inclinaba para secar aquel desastre con un trapo. La barbilla de Ellie pegó con la coronilla de Liam, de modo que se mordió la lengua y gritó de dolor.

Liam le quitó el trapo, puso una esquina bajo un chorro de agua fría y se lo devolvió.

– Toma, póntelo en la lengua y aprieta fuerte.

Ellie obedeció, totalmente abochornada por su comportamiento. ¡Debía de pensar que estaba para que la encerraran en un psiquiátrico!

– Gracias -dijo ella.

– Supongo que todavía no te has recuperado del susto de la otra noche -comentó Liam.

– ¿É? -Ellie frunció el ceño- ¿or é ices eo?

– ¿Que por qué digo eso? Porque estás un poco tensa. Eso o soy yo, que te pongo nerviosa. ¿Te pongo nerviosa?

Ellie se sacó el trapo de la boca y negó con la cabeza.

– No -mintió. Debía de ser la mentira más grande de toda su vida-. Es que… no estoy acostumbrada a tener invitados. Eres la primera persona que conozco en Boston y quería hacer las cosas bien.

– No tienes que esforzarte tanto -dijo Liam al tiempo que le quitaba el paño de la mano con suavidad. Luego le tomó la mano con delicadeza, se la llevó a la boca y le dio un beso suave-. Relájate.

Ellie miró el punto donde se habían posado sus labios y soltó el aire de los pulmones muy despacio. Podía ir despidiéndose de cualquier plan platónico, pensó.

– ¿Hay más cerveza en la nevera? -preguntó Liam.

– Sí -contestó ella con voz quebrada-. Yo la saco.

– La saco yo -respondió Liam.

Ellie decidió ocuparse con el fogón, comprobó la temperatura de la salsa para la pasta que había preparado y saló el agua de otra cacerola.

– Espero que te guste la pasta.

– Como de todo, sobre todo si es comida casera. Sean y yo nos alimentamos casi de comidas para llevar y pizzas congeladas. Eso o tomamos algo en el pub de mi padre cuando le echamos una mano en la barra. No recuerdo la última vez que comí algo cocinado en casa.

– ¿Sean es tu compañero de piso? -preguntó Ellie.

– Compañero de piso y hermano -Liam dio un sorbo de cerveza-. Tenemos una casa en el barrio de Southie, cerca de donde crecimos. Mi padre tiene un pub allí y mis hermanos y yo lo ayudamos cuando podemos.

– ¿Tienes más de un hermano?

– Somos siete -Liam asintió con la cabeza-. Conor, Dylan, Brendan, Brian, Sean y yo. Y una hermana, Keely.

– ¿Eres el pequeño?

– De los chicos sí. Keely es la benjamina. ¿Dónde está tu familia?

– No tengo, aparte de mi madre -dijo Ellie tras suspirar-. Y ni siquiera sé dónde está. Se marchó cuando tenía tres o cuatro años. Nunca conocí a mi padre. Me educaron mis abuelos y murieron cuando yo estaba en la universidad. Así que estoy sola.

– Parece que tuviste una infancia dura -comentó Liam.

– No creas. En realidad fue maravillosa. Mi abuela era bibliotecaria y siempre que no había colegio estaba con ella. Me encantaban los libros. Me siguen encantando. Existe una respuesta para cualquier pregunta en algún libro. Solo tienes que encontrarlo -Ellie se paró, consciente de lo tontas y simples que debían sonar sus palabras.

– ¿A qué te dedicas? -preguntó Liam. Ellie agarró un puñado de pasta y lo soltó en el agua. Luego removió con una cuchara de madera.

– Ahora mismo no hago nada. Estoy buscando trabajo. Acabo de venir de Manhattan.

– ¿Y allí qué hacías?

– Trabajaba en un banco. Soy contable.

– ¿Por qué Boston?

– Tenía que irme de Nueva York. No podía seguir trabajando ahí.

– ¿Por?

Ellie no tenía ganas de entrar en una conversación sobre sus problemas con los hombres; sobre todo, cuando pretendía impresionar a Liam.

– La verdad es que no me apetece hablar del tema. Es parte del pasado. He venido a empezar una nueva vida -dijo y trató de cambiar el rumbo de la conversación-. No creía que fueses a aceptar mi invitación a cenar. Pensé que quizá estaba siendo demasiado directa.

– ¿Y eso es malo? A mí no me importa.

– A algunos hombres sí. Siempre he tenido problemas con eso. Nunca me he comportado como realmente soy con los hombres con los que quedo… aunque esto no es una cita, claro. Pero siento que contigo puedo ser yo misma. Me salvaste la vida.

– Hablando de lo cual, he notado que no tienes un cerrojo decente en la puerta. Y podías poner unas cadenas en las ventanas que dan a la entrada de atrás. Si quieres, puedo pedir un par de cosas en la ferretería.

Ellie asintió con la cabeza, agradecida por el ofrecimiento. ¿Cómo era posible que un hombre como Liam Quinn siguiera soltero? De pronto, la asaltó un pensamiento: ¿y si no era soltero? ¿Y si tenía novia? Claro que entonces no habría aceptado su invitación a cenar. Por otra parte, ¿se habría sentido obligado a aceptarla?

– Lo más probable es que solo estuviese buscando dinero -continuó él-. No guardarás mucho dinero en casa, ¿no?

– No tengo mucho dinero en ninguna parte -contestó Ellie-. ¿Empezamos con la ensalada mientras se hace la pasta?

Se giró para sacar los platos de la nevera, los puso en la mesa del salón y Liam le corrió la silla para que tomara asiento. Luego se acomodó frente a ella.

– Creo que deberíamos brindar -dijo tras agarrar la botella de vino y servir a Ellie-. Por el ladrón que hizo que nuestros caminos se cruzaran.

– Y por el caballero de blanca armadura que acudió en mi auxilio -añadió ella con una risilla.

La expresión de Liam se alteró ligeramente y, por un segundo, Ellie pensó que había dicho alguna inconveniencia. Pero luego Liam sonrió e hizo chocar su copa contra la de ella.

Ellie dio un sorbo, mirándolo por encima del borde de la copa. El líquido corrió con suavidad por la garganta, le calentó un poco la sangre, ayudándola a relajarse. Pero sabía que no debía tomar más de una copa. Ya le estaba costando bastante mantener las distancias. Sobre todo, estando bajo los efectos de Liam Quinn.

Capítulo 3

– ¿Más vino? -Liam agarró la botella y llenó la copa de Ellie sin esperar a que respondiera, Estaba guapísima bebida. Tenía la cara sonrojada, los ojos encendidos y no dejaba de inclinarse hacia adelante sobre la mesa, ofreciéndole una vista generosa de sus pechos, bajo el escote pronunciado del jersey.

– No debería beber más -dijo ella con una risilla-. Mi límite son dos copas.

Liam tuvo la delicadeza de no señalar que había alcanzado su límite hacia tres horas. La botella estaba vacía y lo más probable sería que Ellie Thorpe despertara con una resaca de campeonato al día siguiente.

Por lo general, no le gustaba aprovecharse de una mujer que había bebido de más. Pero esa noche no tenía la cabeza en el sexo… aunque no podía negar que había pensado en levantar a Ellie y llevársela al dormitorio. Le resultaba muy atractiva la forma en que una mujer se comportaba cuando no tenía conciencia de su sexualidad.

Su sonrisa, el modo de estirar la mano para tocarlo cada dos por tres, la manera de pasarse la lengua por los labios después de un sorbo de vino… todo en conjunto lo estaba volviendo un poco loco. Pero Ellie actuaba con absoluta inocencia, sin advertir el efecto que estaba provocando en él,

Liam la miró meter el dedo en el pastel de chocolate que había servido de postre y luego llevárselo a la boca. No pudo evitar imaginar lo que esa boca podría hacer por él, lo que esos labios harían sobre su cuerpo, el sabor de su lengua, Tragó saliva. Estaba siendo una prueba demasiado dura. Sabía lo suficiente de mujeres como para tener la certeza de que podría acostarse con Ellie esa noche con que se lo pidiera.

Pero antes de dar ese paso tenía que resolver un par de cosas… y eso si llegaba a darlo. Toda vez que había conseguido achisparla, necesitaba hacerla hablar. Sobre su trabajo en el banco. Sobre Ronald Pettibone. Y sobre los doscientos cincuenta mil dólares que Sean sospechaba que había robado.

– Háblame de tu trabajo en Nueva York. ¿Qué le llevó a dejar una ciudad con tantos atractivos para venir a Boston? -preguntó con naturalidad.

– No quiero hablar de Nueva York -contestó ella-. Tengo malos recuerdos de un hombre muy malo. O de cuatro o cinco hombres malos… he perdido la cuenta.

– ¿Y el tipo de esta mañana? -preguntó Liam, incapaz de contener la curiosidad. Había notado algo entre los dos, algo que sugería algún tipo de relación anterior. No había parado de preguntarse quién podría ser aquel hombre. Lo había mirado con atención, pero no se parecía a la foto que tenía de Pettibone-. ¿Era uno de los hombres malos?

– Era… No es nadie -contestó Ellie con el ceño fruncido. Luego esbozó una sonrisa perversa-. ¿Los hombres de Boston son mejores? Dime que sí, por favor.

– No lo sé. Quizá tengas que contarme un poco más de los de Nueva York para poder comparar.

– ¿De quién quieres que te hable? Si te cuento, ¿prometes ir a Nueva York y pegarles una paliza a todos?

– Lo pensaré -Liam rió-. ¿Por qué no me hablas del hombre por el que decidiste marcharte?

– Ese era Ronald -dijo arrugando la nariz-. Ronald Pettibone. Y te digo una cosa: no sé por qué siempre me fijo en tipos estúpidos. Mejorando, lo presente, por supuesto.

– ¿Qué te hizo?

– Hizo que me enamorara de él. Después me convirtió en algo que nunca he querido ser. Y luego me dejó tirada. Y luego tuvo la cara de pedirme que le devolviese todos los regalos que me había hecho.

Liam la miró a la cara. No parecía una delincuente en absoluto. Pero sí parecía una mujer capaz de hacer cualquier cosa por amor. Y, a veces, esa clase de mujer podía ser más peligrosa que una con tendencias delictivas.

– Cualquier hombre que te deje tirada tiene que ser un estúpido.

– Gracias -Ellie esbozó una sonrisa luminosa y le dio un pellizquito en la mano-. Eres muy amable. ¿A ti te han dejado tirado alguna vez?

– Unas cuantas -mintió Liam.

– Deberías leer un libro buenísimo que tengo -Ellie se levantó y fue hacia una librería que tenía en la pared opuesta. Pero el vino y la rapidez del movimiento hicieron que las rodillas le fallaran. Liam saltó de la silla y la sujetó antes de que se cayera al suelo.

– Creo que será mejor que dejemos el libro para otra ocasión -murmuró mientras se la acercaba al cuerpo hasta dejar su boca a escasos centímetros de la de él. Al sentir el calor de su aliento contra la barbilla, tuvo que refrenar el impulso de apoderarse de sus labios.

A Ellie se le cerraron los ojos, cabeceó.

– ¿Estamos bailando? -dijo mientras entrelazaba las manos tras la nuca de Liam-. Venga, vamos a bailar.

– Mejor no. Será mejor que te lleve a la cama.

– De acuerdo. Aunque estoy un poco borracha. Puede que no me acuerde de todo por la mañana… pero sé que estará bien.

– No habrá nada que recordar -Liam se agachó y la levantó en brazos, Ellie apoyó la cabeza sobre su hombro mientras la llevaba al cuarto-

La posó en la cama. Ellie suspiró, se hizo un ovillito y apretó la cara a la chaqueta de Liam.

– Hueles bien -dijo.

Liam dio un tirón para rescatar la chaqueta de debajo de su cabeza y se la puso. Luego la descalzó y la tapó con una manta. Mientras le retiraba un mechón de pelo, se aproximó y le dio un beso fugaz sobre los labios.

– Buenas noches, princesa. Te estaré vigilando.

Luego se dio la vuelta y salió del apartamento. La calle estaba a oscuras y vacía. Miró en ambos sentidos y cruzó la calle. Pasar la noche con Ellie habría sido mucho más agradable… y práctico. Pero Liam nunca seducía a una mujer que no quería ser seducida. Y, en esos momentos, Ellie no estaba en condiciones de saber lo que quería.

Aunque no había conseguido las respuestas que buscaba, había conseguido más. Había aprendido suficiente de Ellie Thorpe como para saber que no era codiciosa, ni capaz de cometer un delito de malversación- Era una mujer bella, dulce y romántica, una seductora con risilla infantil. Y Liam sabía que el beso que le había dado no sería el último.

Subió los escalones al ático de dos en dos, empujó la puerta y esperó a que los ojos se ajustaran a la oscuridad del desván.

– Sé dónde has estado.

Liam dio un brinco al oír la voz que salía de entre las tinieblas. Nada más girarse vio a Sean, sentado en el sofá, con las piernas estiradas y las manos entrelazadas detrás de la cabeza.

– ¡Me has asustado! -exclamó Liam. Su hermano se levantó y cruzó la habitación hasta la ventana. Miró por el teleobjetivo de Liam.

– No estabas observando y pensé en vigilar un poco. Vi a un hombre en el apartamento de Eleanor Thorpe- Pensé que sería Pettibone.

– Y hasta habrás hecho fotos -dijo Liam tras callarse una palabrota,

– Sí, pero eras tú el que estaba en el apartamento.

Liam esperó a que Sean le diera una de sus charlas, pero no parecía que fuera a echarle la bronca.

– Está bien, he cometido un error- Solo estaba aprovechando una oportunidad. En realidad es casi culpa tuya.

– ¿Culpa mía?

– Yo no soy detective -dijo Liam, Sacó de una nevera una botella de agua y la abrió-. No puedes esperar que me sepa todas las reglas. Hace unas noches entró un tipo en su casa mientras la estaba vigilando.

– ¿Lo fotografiaste?

– No, fui corriendo a su apartamento y atrapé al intruso antes de que la atacase. Ella pensó que yo era el ladrón y me golpeó en la cabeza, me ató y llamó a la policía.

– ¿La policía está al corriente de esto? -preguntó Sean, cuya cara iba pasando del rojo al morado por segundos.

– No saben nada del desván -dijo Liam-. Conor suavizó las cosas. Por cierto, me pidió que te recordara lo del bautizo de Riley.

– No cambies de tema. Esto no explica qué hacías en su apartamento esta noche.

– Esta mañana pasé por una cafetería de aquí cerca y me crucé con ella. Supongo que la policía le contó que la había salvado y que, en realidad, soy un buen chico, así que me invitó a cenar y tuve que aceptar.

– ¿Se puede saber en qué estabas pensando? Podrías haberte negado -Sean se mesó el pelo. Sacudió la cabeza-. Claro que estoy hablando con Liam Quinn. Liam Quinn no dice no a una mujer.

– Estaba pensando que sería mucho más fácil vigilarla desde dentro de su apartamento, donde hay calefacción, ya que estamos, que desde aquí. Este sitio es un congelador y no hay nada que hacer. Llevo tres días espiándola y no ha pasado nada.

– Se coló un intruso.

– Ya, pero quizá fuera un delincuente cualquiera.

– Y quizá fuera Pettibone, que había ido a hacerle una visita. Quizá lo estuviera esperando. ¿No te has parado a pensar esa posibilidad? No volverá mientras estés rondando.

– Quizá deberías seguir tú solo con el caso.

Sean lo sopesó un buen rato. Finalmente, negó con la cabeza.

– Ahora que te ha descubierto, deberías seguir viéndola.

– ¿Quieres que salga con ella?

– Que la veas. Si eso supone tener una cita, pues tienes una cita. A la primera oportunidad que tengas, le registras el apartamento.

– ¿Eso no va en contra de la ley? -Liam frunció el ceño.

– No exactamente. Si ella te invita a entrar, no pasa nada por que abras un par de cajones.

– Conor me aconsejó que me mantuviera alejado de ella. Se imaginó que estaba trabajando para ti.

– Estupendo.

– Bueno, ¿qué? ¿Quieres que siga viéndola o que me retire?

– No sé.

– Pues dímelo cuando lo sepas -Liam volvió a la nevera y sacó un sandwich. Se había empleado tanto en hacer hablar a Ellie durante la cena que apenas había comido. Dio un mordisco al sandwich y regresó junto a la ventana-. Tuvo otro contacto. Cuando salí de la cafetería, estaba hablando con un tipo. Parecía que estaban discutiendo, pero lo negó. Cuando le pregunté quién era, me dio largas. No quise presionarla.

– ¿Era Pettibone?

Liam sacó la foto de Ronald Pettibone y la contempló un rato.

– No… no sé. Puede. Si lo era, no se parece nada al de esta foto. Pero Ellie tampoco se parece a la mujer de la foto.

– Si es él, volverá -dijo Sean, uniéndose a su hermano en la ventana.

– Deja las cortinas abiertas cuando se desnuda -murmuró Liam, con los ojos clavados en el apartamento de enfrente.

– ¿De veras?

– No seas pervertido -dijo Liam al tiempo que cerraba las cortinas del desván.

– ¿Tú no has mirado?

– Sí, pero por motivos estrictamente profesionales.

– ¿Y qué te pensabas que iba a hacer yo?

– Tiene buen cuerpo -comentó Liam-. Un cuerpazo. Y habría que amputarle el dedo a quienquiera que le hizo la foto del banco.

– ¿Qué más has averiguado?

– No creo que sea una delincuente -Liam se encogió de hombros.

– Es una mujer -dijo Sean-. Una mujer bonita. Y tú estás cegado por su belleza.

– Acabo de conocerla -contestó Liam-. Nunca me ciego hasta la cuarta o la quinta cita.

– ¿De qué habéis hablado?

– De la vida. Amores, trabajo, nada en particular.

– Preséntamela. Saldré yo con ella. La haré hablar.

– Seguro. La seducirás con tus chistes agudos -contestó Liam con sarcasmo-. Además, no estamos saliendo. Solo he cenado con ella, nada más.

– ¿Cómo se llama?

– Ya sabes cómo se llama -respondió Liam con el ceño fruncido-. Eleanor Thorpe.

– Te estás enamorando. Lo noto en la forma de decir su nombre. Has sonreído. Ya he visto esa sonrisa antes y siempre significa lo mismo.

– No quiero saber nada más de esto -dijo Liam-. A partir de ahora la vigilas tú.

– No puedo. Tengo que continuar con el caso de Atlantic City. El marido se marcha a un viaje de negocios y tengo que seguirlo.

– Ni hablar. No pienso pasar un día más en este desván.

– Entonces pasa todo el tiempo que puedas con ella. Te doy permiso -Sean anduvo hacia la puerta, pero, en el último segundo, se giró. Metió la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes y se lo lanzó a Liam-. Tres mil dólares. Es la mitad de la señal que me han dado. Son tuyos. Pero no la fastidies.

Luego se marchó y cerró la puerta. Liam se quedó quieto, mirando el fajo de dinero que tenía en la mano. Tres mil dólares. No habría pedido un solo dólar por estar con Ellie. Pero tras recibir el dinero, Liam comprendió que no se trataba de un juego. Sean esperaba que la investigase a fondo, aunque ello implicara tener que acabar encarcelando a Ellie Torpe para enfrentarse a los aparatos electrónicos.

Se guardó el dinero en el bolsillo. Hasta ese momento, las mujeres que habían pasado por su vida habían sido conquistas, desafíos y, a veces, amantes. Las había seducido de forma instintiva, espontáneamente. Pero con Ellie Thorpe sería diferente. Seducirla era su trabajo. Un trabajo por el que le habían pagado. Nunca había hecho nada así.

– Supongo que siempre hay una primera vez -murmuró.

Ellie miró el panel de seguridad instalado junto a la puerta del apartamento.

– Creía que me ibas a poner un cerrojo nuevo.

Liam sonrió y le pasó un brazo sobre el hombro con naturalidad.

– ¿Te acuerdas de esa conversación? Sintió que las mejillas se le encarnaban al recordar la cena. Y el rubor aumentó por la presión de la sangre al contacto con Liam. Ellie sabía que no era más que un gesto amistoso, pero el roce del brazo contra la nuca le aflojó las rodillas y la mareó un poco.

No podía negar que se sentía atraída hacia él. ¿Qué mujer no se sentiría atraída? Ese pelo negro que no parecía conocer un peine. Y esos ojos con aquel brillo constante que lo hacían parecer todavía más peligroso. Ellie sabía que no debía sucumbir a sus encantos, pero a veces le flaqueaban las fuerzas.

– Me acuerdo de casi todo -contestó por fin-. Sobre todo, de la jaqueca que tenía cuando me levanté al día siguiente.

Aunque había acabado algo más que achispada, el vino no había afectado a su memoria. Nada más la había ayudado a desinhibirse. Todavía se sentía violenta por las cosas que le había dicho y lo que había hecho. Recordaba haberlo abrazado y pedirle que bailase con ella. Y recordaba que la había levantado en brazos y la había llevado a la cama. Tampoco olvidaba las ganas que había tenido de que la besara. Después, los recuerdos se tornaban imprecisos.

Pero daba igual. Recuerdos o no, al despertar totalmente vestida a la mañana siguiente, había comprobado que no había ocurrido nada. Liam Quinn se había portado como un perfecto caballero. Quizá fuese mejor de ese modo, pensó Ellie. Si tenía que pasar algo entre Liam Quinn y ella, quería estar en plena posesión de sus facultades cuando sucediera.

– No volveré a beber vino. Y nunca aprenderé a usar esto. ¿Qué son todos esos botones y luces?

– Es mejor que un cerrojo nuevo -Liam le entregó el manual-. Es un sistema de seguridad integral. Mantendrá alejados a los ladrones.

Ellie se tragó un gruñido mientras se acercaba al sofá, manual en mano. Cada vez que tenía que programar el vídeo, tenía que pasarse media hora consultando el manual de instrucciones… Hasta había encontrado un libro de autoayuda escrito para las personas con miedo a los ordenadores, los vídeos o los despertadores incluso. Pero no le había servido de nada.

Y a partir de ese momento, un puñado de cables, circuitos y una alarma muy ruidosa la retendrían prisionera en su propia casa. No tenía nada claro que fuese a querer salir de nuevo.

– Pero no necesito un sistema de seguridad. Bastaría con comprarme un perro.

Un perro que ladrara mucho. Pero entonces tendría que alimentarlo y sacarlo a pasear. Ellie suspiró. Lo mejor sería tener a un hombre en casa. Si tuviese a un hombre en la cama todas las noches, podría dormir algo… o quizá no. Sobre todo, si se trataba de un hombre como Liam Quinn. Ellie se obligó a no seguir echando leña al fuego de aquellas fantasías, cerró los ojos y apretó los párpados para expulsarlas de la cabeza.

– ¿Cuánto me va a costar? Ahora mismo no puedo permitírmelo.

Liam miró al técnico de seguridad, que estaba terminando de recoger las herramientas.

– Ed es amigo de mi hermano Conor. Nos instaló este sistema en el pub. El de tu casa nos lo hace como un favor.

– Bueno, aquí están las llaves de los nuevos cerrojos -dijo Ed-. En el manual de instrucciones viene todo muy claro. Es más fácil que programar un vídeo. He cableado todas las ventanas y la puerta, así que si se abre alguna cuando la alarma esté puesta, se disparará. También he instalado sensores de rotura de cristales. La alarma avisará a la compañía de seguridad, que a su vez llamará a la policía.

– Perfecto. Gracias, Ed.

– Sí, gracias, Ed -repitió Ellie.

– No hay de qué -dijo el técnico-. Dame un toque y quedamos para que vengas a hacer esas fotos.

Cuando Ed se marchó, Liam cerró la puerta, se giró hacia Ellie y sonrió.

– ¿Qué fotos?

– Quiere unas fotos de él montando en su nueva moto. Le dije que se las haría.

– Entonces no ha sido gratis.

– Es un buen trato. Y ahora estás segura. Créeme, si alguien intenta entrar, se le quitarán las ganas en cuanto la alarma empiece a sonar.

– No estoy segura de que vaya a saber arreglármelas con todo esto.

– Ven, yo te enseño. Es muy fácil -dijo Liam y Ellie se levantó del sofá y fue hasta la puerta sin apenas convicción-. Solo tienes que cerrar, dar dos vueltas y esperar a que se encienda la luz roja. Luego introduces el código que elijas en el panel. Con ese código activas y desactivas la alarma. Haré una copia de las llaves para dejarla en la compañía de seguridad. Si la alarma salta cuando estás fuera, vendrán a comprobar qué ocurre.

– No sé… Todo esto me asusta un poco.

– Es para que estés a salvo -contestó Liam.

– ¿A salvo de qué?, ¿crees que ese ladrón volverá?

– Lo más probable no. Pero más vale prevenir.

– Eso es verdad -dijo Ellie. Luego, miró el panel de seguridad con cierta desconfianza. ¿Y si se presentaba el ladrón y Liam no estaba allí para protegerla? Porque era evidente que no se había llevado lo que había ido a buscar.

– No tienes que tener miedo de nada -le dijo él tras ponerle un dedo bajo la barbilla y levantarla para que lo mirase a los ojos.

– Lo sé. Gracias.

Liam echó el cuerpo hacia adelante y le rozó los labios con el más delicado de los besos. La había besado como si fuese la cosa más natural del mundo, como si ni siquiera se lo hubiera pensado antes de actuar, movido por el impulso.

– ¿Mejor?

– No mucho. ¿Puedes hacerlo otra vez? – Ellie no se dio cuenta de lo que acababa de decir hasta que sus palabras hubieron salido de la boca.

– Lo intentaré -dijo Liam. La rodeó por la cintura y la atrajo hacia él. En cuanto posó los labios sobre su boca, el corazón de Ellie empezó a latir tan rápidamente, que pensó que sufriría un ataque de hiperventilación.

Por la forma en que la estaba besando, era obvio que Liam tenía mucha experiencia. Ellie trató de no pensar en cuántas mujeres habría besado para que se le diera tan bien, aunque no le quedaba más remedio que aceptar que debían de haber sido muchas las que habrían contribuido a perfeccionar ese talento tan formidable.

Cuando deslizó la lengua entre sus labios, Ellie entendió que la estaba invitando a que abriese la boca. Lo hizo y Liam la besó con más fuerza. Solo entonces tomó conciencia de que no estaba preparada para aquello. Sintió una llamarada de deseo en la boca del estómago. Jamás había sentido una necesidad tan intensa, una urgencia que se agravaba con el sabor y el tacto de Liam.

Ellie plantó las manos sobre su torso, trazó con los dedos el contorno de sus pectorales. Era perfecto, mejor de lo que ella se merecía. Por un momento, pensó en el golpe de suerte que lo había llevado a su apartamento. Pero no quiso perder el tiempo en conjeturas. Más valía que aprovechase el tiempo. Una chica como ella no solía tener oportunidades con un hombre como Liam.

Este se retiró despacio y le robó un último beso antes de hablar.

– Tengo que irme -murmuró. A Ellie se le cayó el alma a los pies. Había creído que podría seguir besándolo toda la tarde y hasta bien entrada la noche-. Tengo que hacer unas fotografías… algo sobre el trabajo… en los países del Tercer Mundo -añadió intercalando besos entre las palabras.

– Un problema serio -murmuró ella, poniéndose de puntillas para besarlo de nuevo.

– Me han llamado del Globe esta mañana. Es un buen encargo -Liam reposó los labios sobre la curva del cuello de Ellie.

– Yo tengo que escribir un par de currículos y cartas de presentación -dijo ella-. Y voy a acercarme a la biblioteca para conectarme a Internet. Voy a colgar mi currículo en algunas páginas web.

– ¿Cómo va la búsqueda de trabajo? -preguntó Liam.

– No muy bien. Ya me he puesto en contacto con los bancos más importantes. Ahora me toca llamar a la puerta de los pequeños. No sé, llevo cuatro años especializada en bancos, pero quizá sea el momento de considerar dar un giro a mi carrera. Podría hacer auditorías. O buscarme un hueco en una empresa pequeña.

– Algo encontrarás -dijo Liam al tiempo que le acariciaba la mejilla-. Eres lista, eficiente y un regalo para los ojos.

– Y si vuelves a besarme, te prometo que me lo creo -murmuró Ellie.

Hizo lo que le pedía. Luego agarró su chaqueta y se despidió, no sin antes asegurarle que la llamaría por la noche. Ellie cerró la puerta y sonrió. Se tocó los labios, todavía húmedos por los besos, e intentó registrar la sensación maravillosa de sentir su boca encima de la de ella. Quería memorizarla con precisión para poder revivirla en el futuro.

Era agradable volver a sentirse deseada. Que la besaran, la acariciaran y abrazaran. Aunque había intentado resistirse, Ellie sabía que estaba exponiendo su corazón a nuevas heridas. Porque estaba enamorándose hasta la médula de Liam Quinn y no parecía poder controlarlo.

No lograba determinar qué tenía que lo hacía tan irresistible, pero poseía cierto encanto que resultaba increíblemente atractivo. Siempre sabía lo que decir, no la hacía sentirse presionada. A veces le parecía que estaba enamoradísimo de ella y otras parecía distanciarse. Era como un baile en el que cada uno avanzaba y se retiraba siguiendo ritmos distintos, tratando de descifrar sutilezas en cada palabra y movimiento.

Había ido a Boston para librarse de su desastroso historial con los hombres. Y de pronto, contra todo pronóstico, se había topado con el que perfectamente podía ser el hombre de sus sueños. Ellie corrió a la estantería y deslizó los dedos sobre los lomos de los libros hasta encontrar el que quería.

– Encuentra al hombre de tus sueños -dijo mientras sacaba un ejemplar que había comprado hacía tres años.

Se sentó en el sofá, doblando los pies debajo de ella. Una vez que lo había encontrado, tendría que encontrar la forma de conservarlo. Quizá descubriera algún consejo en el libro.

La imagen apareció despacio. Los grises fueron cobrando fuerza mientras Liam vigilaba la máquina de revelado. Era lo que más le gustaba de la fotografía. El momento previo de anticipación, mientras esperaba a ver lo que la cámara había captado.

Se había encerrado en la habitación libre del apartamento que compartía con Sean. Hacía las veces de cuarto oscuro y quería ver el resultado de un carrete que había gastado hacía unas semanas. Al fin y al cabo, no podía hacer gran cosa una vez que Ellie se había acostado. Estaba a salvo en el apartamento, con el sistema de seguridad instalado para protegerla contra cualquier intruso. Pero en vez de revelar el carrete para el encargo del Globo, había agarrado el que había hecho la primera noche que había estado en el desván.

– Vamos, corazón -susurró mientras aparecía una silueta de mujer-. Muéstrate.

Había hecho la foto aquella primera noche y desde entonces no había pensado en revelarla. Pero, tras una semana junto a Ellie, no había podido resistirse.

Sacó la foto de la máquina de revelado, se sentó en un taburete y contempló la imagen. Era preciosa. La había fotografiado en un momento de absoluta vulnerabilidad, con el pelo enredado y ese cuerpo increíble cubierto por la bata, el tejido cayendo libremente sobre sus curvas deliciosas, con la cabeza un poco inclinada hacia un lado.

Detuvo la mirada sobre su boca y recordó los besos que habían compartido, el sabor de sus labios, cálidos y dulces. Liam sintió una punzada de deseo en lo más hondo de sus entrañas. Gruñó. No había querido besarla. De hecho, había tratado de contenerse. Pero siempre se había dejado guiar por el instinto y la boca de Ellie había resultado demasiado tentadora.

Intentó racionalizar lo atraído que se sentía hacia ella y la única explicación que se le ocurrió fue que era el fruto prohibido. El mismo hecho de no deber estar con ella hacía imposible resistirse. Luego estaba la foto que Sean le había enseñado, la de la empleada correcta y remilgada. Liam había visto la otra cara de Ellie y sospechaba que detrás de su fachada se ocultaba una mujer apasionada.

– No puedo seguir así -murmuró Liam mientras se masajeaba la nuca. Ellie Thorpe podía resultar peligrosa. Además, aquello no era más que un trabajo. Y besarla formaba parte del trabajo, no era sino una estrategia para ganarse su confianza.

Llamaron a la puerta del cuarto oscuro. No esperaba a su hermano hasta uno o dos días más tarde.

– ¿Sean?

– Soy Brian. ¿Sabes dónde está Sean? Liam suspiró, soltó la foto.

– Está fuera de la ciudad. En Hatford, me parece. Con un caso.

– ¿Puedo pasar?

– Sí -contestó Liam-. Adelante -añadió al tiempo que le abría la puerta.

Como siempre, Brian iba impecablemente vestido. Su vestuario de trajes a medida había pasado a formar parte de su imagen como el periodista de investigación más destacado de uno de los canales de televisión de Boston. Su cara aparecía en vallas publicitarias de toda la ciudad y, cada pocas noches, intervenía en el noticiero de las once, informando sobre algún escándalo que conmocionaba a la ciudad. En esos momentos, con la corbata floja y el cuello de la camisa desabotonado, era evidente que había terminado la jornada por esa noche.

– Estás horrible -comentó Brian.

– Gracias. Nada como un hermano para recibir piropos -dijo Liam mientras Brian se situaba bajo la luz roja de seguridad que iluminaba el cuarto oscuro. Como buen periodista, miró a su alrededor en busca de algo que llamara su atención-. ¿Qué necesitas? -preguntó.

– Tengo una historia -Brian se encogió de hombros-. Quiero que Sean me localice a una persona.

– Está ocupado con un caso de divorcio. Yo lo estoy relevando aquí.

– ¿En qué estáis trabajando? Liam miró hacia la foto que acababa de revelar de Ellie. Brian siguió la dirección de sus ojos.

– ¿Quién es?

– Nadie.

– Pues es una monada para no ser nadie. Deja que adivine. Es demasiado guapa para ser la esposa infeliz, así que debe de ser la otra.

– Bingo -mintió Liam mientras colgaba la foto-. ¿Qué haces fuera a estas horas? Es casi la una.

– Ya te digo: estoy trabajando en una historia y he descubierto que la gente habla más si los pillo después de unas copas por la noche. Así que he seguido a mis fuentes de bar en bar – Brian se sentó en un taburete y empezó a hojear una pila de fotografías. Se detuvo en una de un vagabundo-. Me gusta. A veces me paso días para conseguir una declaración interesante, pero nunca tiene la misma fuerza que un instante capturado por una cámara.

– Te estás poniendo filosófico -se burló Liam-. ¿No tendrás problemas con alguna mujer?

– Ojalá.

– La única otra explicación posible es tu trabajo y estás en todas las paradas de autobús. El trabajo te va bien.

– No creas. No como había planeado. Quieren ficharme como presentador. Tengo buena imagen, los hombres confían en mí, a las mujeres les gusta mirarme. Puedo conseguir audiencia. Al menos eso me dicen.

– ¿Y qué tiene de malo?

– No estaría dando noticias -contestó Brian-. Leería las de los compañeros. Me estoy planteando dejarlo, pasarme a la prensa. Mi cara dará igual en los periódicos. O podría probar como autónomo. Hay muchas revistas que publican reportajes de investigación.

– Venga, hombre. Tienes un trabajo fijo bien pagado. Te conoce todo el mundo. Estás en contacto con mujeres con mucha clase. ¿Lo vas a tirar todo por la borda?

– Dicho así suena un poco estúpido -reconoció Brian.

Liam salió del cuarto oscuro seguido por su hermano. Aunque notaba que tenía ganas de hablar de sus problemas de trabajo, Liam no estaba de humor. Bastante tenía con sus propios problemas. A diferencia de Brian, él nunca sabía cuándo le llegaría el siguiente cheque. A nadie le interesaban las fotos que hacía. Y para una mujer por la que se sentía atraído, probablemente fuera una delincuente.

– Tengo que irme -dijo por fin.

– ¿Al pub?

– No, tengo que pasarme por otro sitio.

– ¿Cuándo vuelve Sean? -preguntó Brian.

– No sé. No soy su secretaria. Llámalo al móvil. El número está encima de la nevera. Echa la llave antes de irte.

Liam cerró la puerta y bajó las escaleras al trote, directo hacia el coche. No estaba seguro de adonde iba. Se limitaría a conducir para despejar la cabeza un poco. Arrancó, maniobró para poner rumbo al centro de Boston. Pero, en vista de que no podía dejar de pensar en Ellie Thorpe, bajó la ventanilla para que el aire le sacudiera las ideas. Cruzó el puente de Chinatown. Luego, de pronto, decidió girar hacia la avenida del Atlántico y se dio cuenta de que había estado conduciendo hacia el apartamento de Ellie.

Paró en la acera de enfrente y aparcó el coche. Después se apoyó en el respaldo del asiento, miró hacia las ventanas apagadas del tercero e intentó imaginársela dentro, acurrucada en la cama, con el pelo negro extendido sobre la almohada.

Apretó los puños al recordar el tacto sedoso de su cabello entre los dedos. Maldijo en voz baja, abrió la puerta del coche y salió a la calle. Paseó de un extremo a otro del coche varias veces. No quería limitarse a subir al desván y mirar por el teleobjetivo a un apartamento a oscuras.

– Maldita sea -murmuró. Volvió a meterse en el coche, arrancó, respiró profundamente mientras ponía la primera. Tal vez la idea de Brian fuese buena. El pub seguiría abierto al menos una hora más.

Si con unas cuantas pintas no conseguía dejar de preocuparse por Ellie Thorpe, tendría que tomarse unas cuantas más.

Capítulo 4

Liam miró la luna delantera del coche. Llovía. Las gotas rebotaban contra el cristal.

– Lo dejo -murmuró-. Me da igual el dinero. Tómate el tiempo que le he dedicado al caso como un regalo.

– No puedes irte ahora -contestó Sean-. Estamos demasiado cerca. Antes o después, Pettibone tiene que aparecer.

– ¿Cómo sabes que no tiene él el dinero? – preguntó Liam-. ¿Cómo sabes que no fue todo cosa de él?

– Tú mismo lo has dicho. Eran amantes. Ella te lo ha reconocido. Pettibone se llevó el dinero, así que tiene que estar implicada. Se lo están tomando con calma. No se ven para no despertar sospechas.

– No me gusta -dijo Liam-. Parece una persona agradable.

– Hay delincuentes agradables -contestó Sean-. Para malversar fondos hay que ganarse la confianza de los jefes primero. Es parte del modus operandi.

– ¿No sería más fácil abordarla directamente? Podría preguntarle si robó el dinero y ver cómo reacciona. Soy buen observador; me daré cuenta si me miente.

– ¿Y luego qué?, ¿crees que te lo entregará y ya está? -Sean soltó una risotada-. Un plan estupendo.

– Puede que devolviera el dinero a cambio de retirar los cargos que pesen en su contra.

– Li, ¿se puede saber qué te pasa con esta mujer?

– No me pasa nada.

– Entonces haz el trabajo y no le des más vueltas. Es tu turno, me voy a casa -Sean abrió la puerta del coche, salió a la lluvia. En el último momento, se agachó para añadir-: No la fastidies. Estamos cerca.

Luego cerró de un portazo y echó una carrerita hasta su coche. Liam apoyó la nuca sobre el reposacabezas, suspiró. El asunto se le había ido de las manos. Aunque estaba acostumbrado a seducir mujeres, su objetivo siempre había sido compartir una noche apasionada, seguida por un desayuno a la mañana siguiente. Ambas partes quedaban satisfechas, contentas y nadie salía herido.

Pero aquello era distinto. El objetivo era meter a Ellie Thorpe entre rejas. Y cuanto más tiempo pasaba con ella, más convencido estaba de que, fuera lo que fuera lo que hubiese hecho, no se merecía pasar veinte años en la cárcel.

Liam maldijo, se pasó la mano por el pelo húmedo. Después de besarla, se sentía como si fuese él quien estaba preso. No dejaba de pensar en ella, de recordar el sabor de su lengua, el calor de estrecharla contra su cuerpo y la reacción instantánea de este. Siempre había disfrutado besando mujeres, pero con Ellie había sido diferente. Besar a Ellie había sido conmovedor, perturbador y desconcertante al mismo tiempo.

Y no había sido un único beso. En los últimos días, habían empleado bastante tiempo a perfeccionar el primer contacto. Siempre que estaban juntos, el aire parecía cargarse de una tensión que solo podía descargarse con un beso profundo y prolongado.

– No aguanto más -murmuró Liam al tiempo que abría la puerta. Tal como le había dicho a Sean, le bastaría con preguntarle y obtendría la respuesta que necesitaban. Pero camino del apartamento de Ellie pensó que, una vez hallada dicha respuesta, las preguntas serían más complicadas todavía. Hasta ese momento, Ellie era una mujer bonita, ingeniosa, atractiva y divertida. Había conocido a muchas mujeres con virtudes similares, pero Ellie las reunía todas en una combinación especial.

¿Pero qué era lo que la hacía distinta?, ¿serían los secretos que ocultaba? ¿Se sentía atraído hacia ella porque, por una vez en su vida, no conseguía adivinar los pensamientos de una mujer? Había veces en las que le entraban ganas de desnudarle el corazón, como si fueran prendas de ropa. Cuanta más intimidad compartían, más se acercaba a la verdad.

Liam miró si pasaban coches antes de cruzar la calle hacia el apartamento de Ellie. Si daba ese paso, tal vez no hubiera marcha atrás. Dada la intensidad con que se besaban, era obvio que estaría de maravilla junto a Ellie. En ese preciso instante, podía imaginar la sensación de su piel bajo las manos, el peso de su cuerpo sobre el propio, el calor con que herviría su sangre cuando estuviera dentro de ella. Si llegaban a ese punto, tal vez no hubiese posibilidad de retorno.

Sacó del bolsillo el móvil y marcó el número de Ellie. Luego levantó la cabeza hacia las ventanas del tercer piso. Cuando descolgó, Liam se sorprendió con una sonrisa en la boca.

– Hola.

– ¿Qué tal? -respondió Ellie. Liam se la imaginó sonriente, con los ojos iluminados.

– ¿Qué estás haciendo?

– Escribiendo cartas de presentación, leyendo ofertas de trabajo. He llamado a un par de sitios en Washington y Chicago.

Liam se puso tenso. No quería pensar que Ellie saldría de su vida tan rápidamente como había entrado.

– ¿Por qué no lo dejas y sales conmigo?

– ¿Adonde? -preguntó ella.

– No sé. Se me había ocurrido enseñarte la ciudad, ya que has llegado hace poco. Pasaré a recogerte en diez o quince segundos. Estate lista.

Pulsó el botón de fin de llamada y cubrió los escalones que subían al portal de dos en dos. Cuando llegó al tercero, Ellie había abierto la puerta del apartamento y lo estaba esperando en el rellano. Iba vestida con unos vaqueros gastados y un jersey de lana voluminoso. Llevaba el pelo negro recogido atrás con un pañuelo y, aunque apenas llevaba maquillaje, estaba preciosa.

– ¿Dónde estabas? -preguntó Ellie.

– Justo abajo -dijo y, sin pararse a pensarlo, la rodeó por la cintura y le dio un beso fugaz. Nada más rozarse las lenguas, se sintió embriagado.

– Parece que tienes mucha seguridad en ti mismo, ¿no? -murmuró mientras pegaba las palmas al torso de Liam.

– Nadie se resiste a mi encanto -bromeó él-. Ponte el abrigo. Está lloviendo.

Regresó al interior del apartamento, pero Liam decidió quedarse en el pasillo. Le habría resultado imposible resistir la tentación de pasar la tarde besuqueándose con Ellie en el sofá. Cuando volvió, se había puesto una cazadora y un gorro de lluvia. Le entregó el paraguas para que lo sujetase mientras se subía la cremallera de la cazadora.

– No nos va a hacer falta -dijo él.

– Sí, vamos a dar un paseo. Quiero ver esa cosa con la punta tan grande y hace un día perfecto para pasear.

– Está lloviendo.

– Anoche estaba leyendo “Vive la vida”. Iba todo sobre vivir el momento. Un paseo bajo la lluvia puede ser refrescante.

– Yo diría húmedo más bien.

– Puede purificar el alma. Todo el mundo necesita purificar su alma de vez en cuando.

– Está bien -accedió Liam. Suponía que a su alma no le iría mal un buen baño-. Iremos a la cosa de la punta grande, que no es ni más ni menos que el famoso monumento de Bunker Hill.

– Genial. Así aprenderé algo de Historia con el paseo.

Liam le agarró una mano, se la puso en el pliegue interior del codo y echaron a andar hacia la Plaza de los Monumentos, que tantas y tantas veces había visitado de pequeño con el colegio. Pero no habían doblado la primera esquina cuando se acordó de la cámara. Había una luz inusual, el sol se filtraba entre la niebla a ratos y la lluvia brillaba sobre la acera, elementos suficientes para conseguir una foto estupenda.

– Espérame -le dijo a Ellie-. Voy en una carrera por la cámara y vuelvo.

Se dio la vuelta, enfiló hacia el coche y sacó una de las cámaras viejas que tenía en el maletero. Estaba cargada con un carrete de blanco y negro, pero se guardó un segundo en color por si acaso. Luego se colgó la cámara del cuello, se giró, volvió por Ellie y al doblar la esquina y verla, se paró, pensando en la foto tan bonita que podía hacerla. Ellie avanzó hacia Liam, que levantó la cámara para mirarla a través del objetivo.

No supo con certeza lo que le hizo desviar la mirada. Probablemente, el motor del coche mientras avanzaba a velocidad de vértigo por la calzada mojada. Alcanzó un movimiento por el rabillo del ojo y le gritó a Ellie que parase. Como si el mundo entero pasara a moverse a cámara lenta, Liam observó la expresión confundida de Ellie, la cual miró hacia la izquierda y vio el sedán negro que se abalanzaba hacia ella.

Se quedó helada y a Liam se le paró el corazón al comprender que iban a atropellarla y no podía llegar a tiempo de empujarla para esquivar el golpe. Pero los reflejos de Ellie fueron superiores a los que esperaba, se giró y se lanzó sobre el capó del coche que había aparcado tras ella. Luego se cayó rodando al suelo mojado y el coche se alejó a la misma velocidad vertiginosa, salpicándola de agua sucia al pasar sobre un charco.

Tras asegurarse de que estaba bien, Liam dirigió la cámara hacia el coche y tomó varias fotos de la matrícula. Aunque Ellie había cruzado la calle de forma inesperada, tenía la corazonada de que el coche había intentado atropellarla adrede.

Se giró hacia ella. Estaba tratando de ponerse de pie. Le caían gotas grises por la cara y las rodillas de los vaqueros estaban sucias y rasguñadas. Liam le ofreció una mano, tiró de ella con delicadeza y la abrazó para comprobar que seguía de una pieza.

– ¿Estás bien?

– No lo he visto venir. Había mirado, pero apareció de repente. Si no me hubieras avisado, me habría atropellado -dijo con voz trémula. Apoyó las manos sobre su torso y lo miró a la cara-. Me has salvado la vida… otra vez.

Liam le acarició el pelo con una mano, la apretó con fuerza y le dio un beso en la frente. Aunque no tenía claro que le hubiese salvado la vida la primera vez, en esa ocasión no podía negarlo. Era verdad: si no hubiese oído el motor del coche, en esos momentos estaría tirada en la calle, herida de gravedad… o peor todavía.

– Vamos a que te limpies -murmuró con los labios pegados a la sien derecha de Ellie. El corazón seguía disparado, de modo que se obligó a serenarse por miedo a que Ellie intuyera el pánico que sentía. Si realmente habían intentado arrollarla, removería cielo y tierra hasta averiguar por qué.

Le pasó un brazo sobre los hombros y regresaron hacia el apartamento de Ellie. Pero, mientras andaban, Liam tuvo el inquietante pensamiento de que el ladrón y el conductor del coche estaban relacionados de alguna forma. Y que el caso en el que estaba trabajando para Sean encerraba la respuesta a esas dos experiencias casi mortales.

Ellie sacó del bolsillo las llaves y, con las manos todavía temblorosas, intentó introducir la llave en la cerradura. Pero, por más que lo intentaba, no conseguía que entrase. Por un instante, sintió que se desmayaría, o vomitaría, o rompería a llorar sin control. Pero no pudiendo decidirse por una cosa u otra, se quedó quieta frente al portal, con las llaves colgándole de los dedos.

– Deja -murmuró Liam. Agarró las llaves, abrió y la empujó con suavidad para que entrase. Subieron las escaleras sin hablar y, al llegar al tercer piso, fue él quien abrió esa puerta también, tras asegurarse de desactivar la alarma.

Ellie fue directa hacia el sofá, pero Liam la detuvo para ayudarla a que se quitara la cazadora. Luego se giró para mirarla a la cara:

– ¿Seguro que estás bien?

– Sí… -Ellie asintió con la cabeza-. Solo necesito un momento.

– Vamos. ¿Por qué no te quitas esa ropa y te pones algo seco y limpio? -dijo Liam sonriente mientras le acariciaba una mejilla con el pulgar-. O quizá prefieras darte un baño caliente.

– Sí…

Liam la estrechó entre los brazos y ella apoyó la cabeza sobre su torso. Sintió que podría quedarse allí para siempre, que Liam conseguiría desvanecer todos sus miedos. El coche había pasado a centímetros de ella y no lo había visto llegar. Ellie se imaginó lo que podría haber ocurrido y cerró los ojos para expulsar aquellas imágenes terribles.

– Antes no estaba segura en mi apartamento y ahora tampoco lo estoy fuera.

– No ha sido culpa tuya -dijo Liam al tiempo que le acariciaba el pelo con suavidad-. Lo que pasa es que el coche y tú queríais ocupar el mismo espacio a la vez.

– Estoy teniendo una mala racha -comentó Ellie-. En “Los secretos de actuar con decisión” dice que la mala suerte no existe. Que cada uno crea las situaciones que le ocurren. Pero no estoy de acuerdo. El ladrón, por ejemplo, ¿por qué tenía que escoger mi casa? Los vecinos de abajo tienen un televisor mucho mejor. Y me está costando horrores encontrar trabajo. Y yo no hice nada para que el ladrillo del tejado se cayera.

– ¿Qué ladrillo? -preguntó Liam.

– Fue hace unos días. Salía a una entrevista cuando de pronto apareció el ladrillo del cielo y casi me abre la cabeza. Era idéntico a los del edificio, así que llamé al casero y le dije que el tejado no era seguro.

– ¿Qué problema había?

– Ninguno. Encontró un par de ladrillos en el tejado, pero supuso que sería algún niño que se habría colado a la azotea -Ellie esbozó una sonrisa débil-. Quizá debería darme ese baño, a ver si me calmo un poco.

– ¿Quieres algo? -preguntó Liam-. ¿Te preparó un té?

– Sí, por favor.

Ellie entró en el baño, se sentó en el borde de la bañera. Pero, de repente, se sentía demasiado agotada, incapaz de moverse. Aunque hacía solo diez días que conocía a Liam, ya formaba parte importante de su vida. Si hubiese estado sola en la calle… Si no la hubiese avisado… Si no estuviera en esos momentos con ella en el apartamento para hacerla sentirse segura…

– Mi caballero de brillante armadura -murmuró mientras se giraba a abrir el grifo.

Mientras la bañera se iba llenando, Ellie se quitó los zapatos húmedos, las medias caladas. Luego se sacó el jersey por encima de la cabeza. El agua sucia no había llegado a la camisola de algodón que llevaba debajo, pero la humedad se le había metido hasta los huesos. Ellie se frotó los brazos y miró hacia la bañera.

– Ten.

Ellie levantó la cabeza y vio a Liam, que la estaba mirando desde la puerta del baño con la taza de té preparada.

– Gracias.

– No me gusta mucho el té, así que solo he calentado el agua y le he metido la bolsa. Espero que esté bien.

Ellie dio un sorbo, enseguida empezó a entrar en calor.

– Está perfecto -Ellie respiró profundamente antes de mirarlo a la cara-. ¿Te puedo hacer una pregunta?

– Claro.

– ¿Crees que ese coche quería atropellarme? Una expresión de preocupación ensombreció la cara de Liam antes de ocultarla tras una sonrisa cálida.

– ¿Por qué iba nadie a querer atropellarte?

– No… no lo sé. Es que… -Ellie dio por terminada la frase con un gesto de la mano. Luego colocó la taza junto a la bañera. Se puso de pie y colgó una toalla en el toallero.

Liam se situó tras ella y puso las manos sobre sus hombros. Ellie echó la cabeza hacia atrás, suspiró mientras él le hacía un masaje suave en el cuello. Le gustaba sentir sus manos firmes y seguras. Emitió un pequeño gemido mientras los dedos de Liam pasaban por sus hombros y la espalda. Pero cuando apartó el tirante de la camisola y pegó los labios al hombro, se quedó helada, sin respiración.

Luego, como si hubiesen desaparecido todos sus miedos, se giró hacia él. Lo miró a los ojos, bajó a la boca y recordó cada beso que habían compartido. Quería repetir, quería que algo dulce ocupara sus pensamientos.

Ellie se puso de puntillas y rozó sus labios. Pero no le bastaba con un beso corto, quería más. Con cierta inseguridad, entrelazó las manos tras la nuca de Liam, lo atrajo hacia ella hasta que sus lenguas se anudaron.

Liam la apretó al pecho, exploró su boca, saboreándola y retirándose, provocándola, demorándose sobre sus labios. Ellie sabía que debían parar. Apenas se conocían. Aunque después de los últimos días, había aprendido a confiar en Liam. ¿Cómo iba a hacerle daño un hombre que le había salvado la vida no una vez, sino dos?

Liam metió las manos bajo la camisola al tiempo que hacía el beso más intenso. Ellie había querido besarlo para borrar cualquier preocupación de su cabeza, pero también la estaba dejando sin sentido común. Se había jurado mantenerse lejos de los hombres durante al menos un año. Solo llevaba sesenta y siete días y unas seis horas y, después de un par de besos extraordinarios, ya estaba dispuesta a tirarlo todo por la horda.

Liam Quinn no era Ronald Pettibone. Ni Brian Keller, el analista de Bolsa con el que había estado antes. Ni Steve Wilson, el gestor financiero. Ni ninguno de los hombres a los que había creído amar. Liam era… distinto. Era un hombre en el que podía confiar.

– Una vez leí que las personas que tienen experiencias cercanas a la muerte se vuelven más apasionadas a veces. ¿Crees que tiene que ver con lo que está pasando aquí?

– No lo sé. ¿Te parece mal?

– Creo que no -Ellie negó con la cabeza-. Solo es un comentario del autor.

– Quizá deberíamos parar.

– Quizá no -contestó ella después de subirse unos centímetros la camisola. Luego lo miró a los ojos, a la espera de alguna pista, algo que le indicara que él la deseaba tanto como ella a él. Liam deslizó una mano por su costado, se apoderó del pecho izquierdo, le frotó el pezón con el pulgar hasta que se irguió contra el suave tejido de la camisola.

– Eres tan bonita… He pensado en este momento desde la primera vez que te vi… Estabas bailando -Liam frenó a tiempo de rectificar-. El camisón te bailaba. ¿Sabes? Cuando encendiste la luz, se te transparentaba.

– ¿Me estabas mirando?

– No pude evitarlo.

Ellie se subió la camisola un poco más, justo hasta debajo de los pechos.

– Menos mal que te até -bromeó-. No sabía lo peligroso que eras.

– ¿Te gusta el peligro? -contestó Liam mientras terminaba de sacarle la camisola por encima de la cabeza, para tirarla al suelo a continuación.

Cuando volvió a tocarle el pezón, el contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió todo su cuerpo.

– Mucho -murmuró Ellie-. Me encanta el peligro.

Liam emitió un gruñido gutural, la agarró, la levantó hasta sentarla sobre el borde del lavabo. Cubrió su boca con un beso abrumador y Ellie no tuvo más remedio que responder. Liam parecía saber exactamente lo que quería. Sus labios parecían moverse allá donde necesitaba que la acariciaran.

Aunque era indudable que lo deseaba, se trataba de una necesidad irracional. Con los demás hombres, medía con cuidado las semanas, meses incluso, que precedían a aquel momento, como si estuviera siguiendo un programa establecido. Pero con Liam no le importaba descuidarse. ¿Qué más daba si hacía solo diez días que lo conocía?, ¿y qué si había seducido a decenas de mujeres bellas antes? Le daba igual.

Lo único que contaba en esos momentos era que lo deseaba. Ellie alcanzó los botones de su camisa, luchó con ellos hasta conseguir desabrocharlos. Luego apartó el tejido de algodón, puso las palmas planas sobre su torso, perdida en la belleza masculina de su cuerpo.

Tenía pecho ancho, de músculos definidos, una línea de vello bajaba entre los pectorales hasta más allá de la cinturilla de los vaqueros. Ellie recorrió la línea como si fuese el mapa hacia el siguiente punto de la seducción. Cuando llegó al botón de los vaqueros, Liam le retiró la mano.

Bajó la cremallera de los vaqueros de Ellie hasta que estos se aflojaron. Luego la levantó para bajárselos, llevándose en el movimiento las braguitas. Cuando la sentó sobre el lavabo de nuevo, no le importó estar totalmente desnuda y que él estuviese vestido. De alguna manera, añadía picante a la situación. Pero no podía imaginar lo picante que llegaría a ser.

Esperaba que Liam empezara a despojarse de su ropa, pero se dedicó a explorar su cuerpo con los labios y la lengua, muy despacio. Apoyada sobre el canto del lavabo, tenía la sensación de que podría resbalar en cualquier momento y caerse al suelo. Pero las manos de Liam la sujetaban con firmeza.

Este deslizó la lengua de un pezón al ombligo. Luego se paró a separarle las piernas con suavidad. Cuando la boca llegó al siguiente punto de destino, Ellie se quedó sin respiración. El placer era tan intenso que estaba segura de que, si se movía, se derretiría. No sentía el peso de las extremidades y era incapaz de dar forma a un solo pensamiento coherente. Solo podía experimentar el placer que le estaba proporcionando.

Ellie pasó los dedos sobre su pecho, arqueándose hacia él cada vez que Liam la saboreaba. Quería parar, temerosa de mostrarse tan vulnerable. Pero necesitaba dar salida a la presión que crecía en su interior. Segundo a segundo, Liam fue acercándola al abismo, poniendo a prueba sus límites con la lengua. Hasta que, como si algo dentro de ella explotase, gritó.

Una sacudida espasmódica estremeció su cuerpo entero y tuvo que agarrarse al lavabo, convencida de que si se caía en ese momento, quedaría desintegrada por aquel orgasmo tan increíble. Pero Liam la bajó con cuidado al suelo.

– ¿Estás mejor? -murmuró, apretando los labios contra la curva de su cuello-. La bañera está casi llena -añadió entonces.

Pero ya no quería bañarse. En ese instante, lo que quería era arrastrar a Liam Quinn a la cama y terminar lo que habían empezado. Hacerle al amor hasta enloquecerlo el resto de la tarde. Pero no estaba segura de cómo pedirle lo que quería, de modo que se limitó a asentir con la cabeza.

– Me vendrá bien relajarme un poco, sí.

Las paredes del cuarto de baño brillaban a la luz de las velas. Ellie emitió un suspiro delicado mientras se sumergía en el agua humeante hasta la barbilla. Liam la miraba desde la puerta con una copa de vino en la mano.

Estaba tan guapa, tan relajada, que estuvo tentado de sacarla de la bañera y llevarla al cuarto para hacerle el amor. Pero se frenó por una razón: aunque no había nada que quisiera tanto como dar placer a Ellie, sabía que si él también se abandonaba a esos placeres, estaría asumiendo un riesgo que podría costarle muy caro.

Una y otra vez, tenía que recordarse que seguía trabajando para Sean. Tenía que llevar a cabo un encargo y, por intensos que fuesen sus sentimientos hacia Ellie, cabía la posibilidad de que esta hubiese cometido un delito.

Pero, ¿de veras era eso lo que le daba miedo? En el fondo, estaba seguro de que no era capaz de haber robado ese dinero. Pero sí de algo mucho más peligroso. Podía robarle el corazón, conseguir que se enamorara de pies a cabeza de ella. Y eso era lo último que quería.

Por fin, se acercó a la bañera y se puso en cuclillas.

– Toma.

Ellie abrió los ojos y se giró a mirarlo. Sonrió mientras aceptaba la copa de vino.

– Supongo que el té se me ha quedado frío.

– El vino te relajará -dijo Liam asintiendo con la cabeza.

– No creo que necesite relajarme más -dijo Ellie. Se incorporó y el agua le llegó hasta los pechos, lamiéndolos y retirándose de los pezones con la agitación del movimiento. Dejó la copa en el suelo y pasó una mano sobre el pelo de Liam-. Estoy bien.

– ¿Seguro?

– Solo ha sido… un accidente -Ellie asintió con la cabeza-. El conductor no me vio. Yo no lo vi. Ha sido una tontería. Tengo que prestar más atención. Y a partir de ahora pienso hacerlo.

– Perfecto -dijo Liam justo antes de inclinarse para darle un beso sobre los labios, húmedos-. No puedo estar viniendo a rescatarte siempre.

Pero Liam sabía que no descansaría hasta averiguar quién era el conductor del coche. A pesar de lo rápidamente que se había ido, le había dado tiempo a fotografiar la matrícula. Si existía alguna relación entre el conductor y Ronald Pettibone, lo descubriría… y se lo haría pagar.

– ¿Quieres que te lave el pelo? -le ofreció él y Ellie aceptó.

Liam introdujo las manos en cuenco dentro del agua, las llenó y la vertió con cuidado sobre la cabeza de Ellie. Esta le acercó un bote de champú. Después de empaparle el pelo, Liam se echó un chorrito en las manos y empezó a masajeárselo.

Nunca había compartido un momento así con una mujer. El hecho de atenderla en el baño tenía cierta intimidad indiscutible. De alguna manera, le parecía más íntimo incluso que lo que habían compartido antes. Eso había sido cuestión de deseo y necesidad, pero aquello tenía que ver con el cariño y un placer más sereno.

El teléfono sonó y Ellie abrió los ojos.

– ¿Quieres que responda? -preguntó él.

– No, deja que salte el contestador.

– De acuerdo -Liam movió los dedos por la nuca de Ellie y frotó con delicadeza. Al cabo de cuatro pitidos, el mensaje de presentación del contestador automático resonó en todo el apartamento. Luego sonó el bip y una voz masculina sustituyó a la de Ellie.

– Eleanor, soy Ronald. Oye, te llamo para pedirte disculpas por lo del otro día. Es que me sorprendió verte. No esperaba sentir… bueno, lo que quiero decir es que necesito volver a verte. Pronto. Tenemos que hablar. Tengo un par de contactos en algunos bancos de la ciudad y… bueno, ya lo hablaremos cuando nos veamos. Estoy en el hotel Bostonian, habitación 215. Llámame -dijo y se oyó otro bip al terminar el mensaje.

Los dedos de Liam bajaron despacio hacia los hombros. ¿Ronald Pettibone? Maldita fuera, ¿cuándo había visto a Ronald Pettibone? Había estado con ella casi todo el tiempo en los últimos diez días. Y cuando no había estado a su lado, Sean o él la habían estado vigilando.

– En realidad no creo que me llame por el trabajo -comentó Ellie y soltó una risilla-. Qué embarazoso que me llame un hombre cuando estoy en la bañera con otro.

Durante un rato, casi había olvidado lo que lo había unido a Ellie. Y, de pronto, sentado en su cuarto de baño, con ella desnuda en el agua, se dio cuenta del error colosal que había cometido. Sean se lo había avisado y él se había negado a hacerle caso, convencido de que lo tenía todo bajo control. Pero debería haber sabido que se había metido en un lío nada más ver a Ellie. Y si no entonces, el primer beso debería haber valido como pista. Nunca debería haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.

– ¿Quién es Ronald? -preguntó tras aclararse la voz, tratando de sonar indiferente. Ya sabía la respuesta, pero era lógico mostrar interés al respecto dadas las circunstancias.

– Te hablé de él, no sé si te acuerdas. Trabajaba conmigo en Nueva York -explicó Ellie-. Éramos… algo más que compañeros.

– ¿Quieres decir que salíais juntos?

– Sí. Pero no lo sabía nadie. Lo llevábamos en secreto. Ronald tenía miedo de que se enteraran en el banco y perjudicara nuestras carreras. Luego me dejó tirada. Supongo que nunca le importé en realidad.

– ¿Y ahora está aquí?

– Sí. De hecho, lo viste el otro día fuera de la cafetería. Estábamos hablando cuando saliste, ¿te acuerdas?

Liam dejó escapar el aire de los pulmones muy despacio. Dios, ¿cómo podía haber sido tan tonto? Ellie no se parecía nada a la foto que le había dado su hermano, ¿por qué había supuesto que Ronald Pettibone lo haría? Quizá fuera parte del plan, pensó Liam. Vida nueva, aspecto nuevo. Pero Ellie parecía sincera: estaba buscando un trabajo nuevo, haciendo nuevos amigos, sin intentar ocultar su identidad en absoluto. No era el comportamiento de una persona que hubiera infringido la ley.

¿Podría decirse lo mismo de Ronald Pettibone? Liam estaba seguro de que su cambio de imagen en Boston no era casual. Había ido allí por una razón y, una de dos, o era el dinero que habían robado o era la propia Ellie. Y ninguna de las dos posibilidades le agradaba.

– Quizá deberías devolverle la llamada -sugirió Liam.

– ¿Ahora?

– Ahora mismo no. Pero después de bañarte.

– Lo nuestro ha terminado -dijo Ellie mientras trazaba un círculo en el agua con la mano-. No quiero que pienses que…

– No -interrumpió Liam, al que ya le desagradaba el mero nombre de Ronald. Así se llamaba el gusano más chismoso del colegio. Y el empollón que siempre sacaba las mejores notas en el instituto.

Liam empezó a aclarar el pelo de Ellie. Durante un rato prolongado, permanecieron en silencio. No sabía qué decir. Sabía que Ellie había conocido a otros hombres, seguramente menos que las mujeres que había conocido él. Pero Ronald Pettibone era algo más que un simple ex novio. Si habían cometido un delito juntos, compartían algo más profundo que una cierta atracción física.

Maldijo para sus adentros, se puso de pie y agarró una toalla.

– El agua se está enfriando.

Ellie lo miró durante unos cuantos segundos, como si estuviera intentando adivinar sus pensamientos. Luego se incorporó despacio, dejando que el agua resbalara por su cuerpo desnudo. Liam la cubrió de inmediato para no sucumbir a mayores tentaciones. Estaba deseando tumbarla y hacerle el amor en el mismo cuarto de baño.

– No estás enfadado por que haya llamado, ¿verdad?

– ¿Por qué lo dices?

– Pareces un poco… alterado.

– Puede que lo esté… un poco -reconoció Liam-. Pero no tienes por qué dejar de verlo. Quizá te pueda ayudar a encontrar trabajo.

– Es verdad -Ellie sonrió-. Creo que tiene un par de contactos en Boston.

– ¿Por qué no terminas de secarte mientras voy por algo de comer? -preguntó Liam-. Bajo por unos sandwiches y nos los tomamos aquí tranquilamente.

– El sol está poniéndose -dijo Ellie-. Podíamos cenar fuera y dar una vuelta. Ya me siento totalmente bien. Y me apetece pasear.

En realidad, Liam estaba ansioso por salir del apartamento para poner al corriente a Sean de las novedades. Ronald Pettibone estaba en la ciudad y sabía cómo encontrarlo. Si las cosas iban bien, Liam tendría las respuestas a todas sus preguntas muy pronto. Y luego podría saber en qué situación se hallaba su relación con Ellie Thorpe.

Capítulo 5

La fiesta del bautizo estaba en plena efervescencia cuando Sean llegó. Liam lo vio entrar en el apartamento de Conor y Olivia. A decir verdad, no esperaba que se personara, sabiendo Sean como sabía que Fiona estaría presente. Al salir de casa, había dejado a su hermano tirado en el sofá, viendo un partido de baloncesto.

La relación entre la madre, tantos años desaparecida, y su hijo se había ido tensando desde que había regresado a sus vidas, y Sean la evitaba siempre que podía. A Liam le hubiera dado igual que Sean no fuese. Quizá hasta habría preferido que su hermano le dejara olvidarse un rato del caso que investigaban.

Liam miró a Ellie. Estaba junto a una tarta con forma de cochecito para bebés, charlando con la prometida de Brendan, Amy. Se había preguntado qué tal encajaría en la familia Quinn, teniendo en cuenta lo abrumadora que esta podía resultar en ocasiones. Y había estado a punto de no pedirle que lo acompañara. Pero al final había decidido que sería más sencillo echarle un ojo si estaba cerca.

Llevar a una mujer a una fiesta de familia había provocado más de un gesto de curiosidad, pero nadie había hecho el menor comentario en voz alta. Keely, la hermana de Liam, había sido la primera en presentarse a Ellie, invitando a continuación a su marido Rafe a que se uniera a la conversación. Hacía un año que se habían casado y aunque Rafe y los Quinn tenían algunos asuntos pendientes del pasado, todos podían ver que hacía a Keely muy feliz. Al igual que Olivia, Meggie y Amy, Rafe se había convertido en parte del creciente clan de los Quinn.

Olivia y Conor iban de unos invitados a otros, dando a conocer a su bebé, Conor con una sonrisa de oreja a oreja y Olivia más guapa que nunca. Llegaron a Amy y Ellie y, un segundo después, esta estaba con el bebé en brazos. Liam notó que se le hacía un nudo en la garganta al ver la dulzura con que sonrió a Riley, para besar a continuación el pelito del bebé,

Por más tiempo que pasara, seguía asombrado por las circunstancias que lo habían unido a Ellie. Si la hubiera visto tomando una copa en el pub o andando por cualquier acera, probablemente no habría reparado en ella. Pero algo le había pasado cuando Ellie lo había golpeado con la lámpara en la cabeza, algo que le había aflojado el cerebro y lo había dejado, desde aquella primera noche, embelesado.

– ¿Has visto? -susurró Brendan tras situarse junto a Liam-. Sean ha decidido hacer acto de presencia. Conor me había dicho que no vendría.

Sean frenó en seco cuando vio que Fiona se acercaba. Giró con destreza y se desvió hacia la mesa. Pero se paró de nuevo, esa vez por otra persona a la que no esperaba encontrarse: Ellie Thorpe. Liam se temió lo peor.

– Deberías presentarle a tu nueva novia -le sugirió Brendan.

– No es mi novia. Además…

– ¿Se puede saber qué hace aquí? -murmuró Sean tras llegar junto a Liam.

– Te noto con ganas de comer un poco más, Bren -dijo Liam, para desembarazarse de su hermano-. Voy por unos sandwiches -añadió y enfiló hacia la cocina. Pero no pudo impedir que Sean lo siguiera y lo acorralara contra la nevera.

– Contéstame -le ordenó.

– Come un poco y relájate -dijo Liam tras sacar dos sandwiches y ofrecerle uno a Sean. Este lo devolvió al plato-. Te advierto que está muy rico. Deberías probarlo.

– Te dije que estuvieras cerca de ella. Pero no tanto -Sean lo miró a los ojos-. ¿Te estás acostando con ella?

– Ahora mismo no. Estoy hablando contigo y

– Encantada de conocerte -dijo Ellie.

– Igualmente.

Lo miraron regresar al apartamento. Después, Liam se giró hacia Ellie.

– No te lo tomes a mal. Es un poco tímido.

– ¿Me estás diciendo que no todos los Quinn son tan seductores como tú?

– Sean tiene su estilo con las mujeres. No les hace caso y ellas no resisten el desafío -Liam pasó un brazo sobre los hombros de Ellie-. ¿Te parece si nos vamos? Creo que ya he hecho fotos de sobra para llenar varios álbumes. Nadie dirá que no afronto mis obligaciones familiares.

– Por mí no hay prisa. La comida tiene buena pinta. Y Olivia me iba a enseñar los regalos que le han hecho al bebé -Ellie levantó su copa de champán-. Y quiero un poco más.

– Ahora te traigo otra copa -dijo Liam, inclinándose para darle un besito rápido en los labios. Le entraron ganas de prolongarlo, pero sabía que ya había despertado suficiente curiosidad sin necesidad de añadir más leña al fuego. Dejó a Ellie con Olivia en la cocina y fue al salón por el champán, donde encontró a Sean mirando la tarta con cara de perplejidad.

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Una tarta.

– Eso ya lo sé.

– Un cochecito para bebés.

– Creía que era una almeja con ruedas.

– Cuidado, no te oiga Olivia. Conor dice que se ha pasado dos días preparándola -Liam miró a su hermano mientras se pensaba lo que le iba a decir a continuación. Había sopesado las opciones una y otra vez en los últimos días, tratando de decidir cómo manejar la situación-. Tengo que decirte una cosa más: Ronald Pettibone está en la ciudad. Lleva en Boston una semana más o menos. Era el que estaba fuera de la cafetería. Con el que te dije que la encontré discutiendo.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Sean, notablemente interesado.

– Me lo ha dicho ella. No lo reconocí por la foto. Ahora no lleva gafas y se ha cambiado el peinado. Y está moreno. Se aloja en el hotel Bostonian, habitación 215. No es mal sitio para un tipo sin trabajo, ¿no te parece?

– ¿Cómo te has enterado de todo esto?

– Le dejó un mensaje en el contestador cuando estaba en su apartamento.

– ¿Con ella?

– Pues claro que con ella -dijo Liam-. Estábamos… juntos.

– ¿Cómo reaccionó? -preguntó Sean tras lanzarle una mirada sospechosa.

– No te sabría decir. Me estaba dando la espalda. Pero la animé a que le devolviera la llamada y dijo que lo haría. Creo que deberías echarle un ojo al tipo ese. Y averiguar si alquiló un sedán negro hace un par de días.

– ¿Crees que la intentó atropellar él? Entonces es que está implicada. ¿Por qué iba a querer matarla si no? A no ser que no quiera dividir el botín.

– Antes eran novios. Quizá sea un maniaco. Tú vigílalo -contestó Liam. Luego se paró, se preguntó cuál debía ser su siguiente movimiento. Echó una mano al bolsillo y sacó un juego de llaves-. Toma

– ¿Qué es esto?

– Las llaves del apartamento de Ellie. Le he instalado un sistema de seguridad por si Pettibone intenta hacerle otra visita. El código es 3554. Asegúrate de introducirlo bien o te saltará la alarma.

– De acuerdo. Tres, cinco, cinco, cuatro -repitió Sean.

– El martes tengo que hacer unas fotografías en el partido de presentación de los Red Sox. Iré con Ellie. Estará a salvo en la cancha, delante de miles de personas.

– Perfecto. Con eso tendré tiempo de sobra.

– No le pongas la casa patas arriba. No quiero que se lleve otro disgusto -dijo Liam y Sean asintió con la cabeza-. Bueno, voy a hablar un rato con mamá. ¿Por qué no vienes conmigo?

– No, hoy no.

– ¿Por qué no? Es un día tan bueno como cualquier otro. Sean, no puedes guardarle rencor el resto de tu vida. Papá la ha perdonado. Y Keely… los dos tenían muchos más motivos que nosotros para seguir enfadados.

– Nos abandonó. Tú eras un bebé y yo solo tenía tres años. Dice que tuvo que marcharse y lo hizo. Pero, ¿por qué no volvió?

– ¿Por qué no se lo preguntas?

– Porque no quiero oír la respuesta.

– Haz lo que quieras -Liam se encogió de hombros. Luego agarró una botella de champán y decidió volver en busca de Ellie. Necesitaba oír su voz, recordar lo que habían compartido en su cuarto de baño y lo bien que se sentía cuando la tocaba. No quería preocuparse de si deseaba a una delincuente ni de si su ex novio quería hacerle daño.

La vio en la entrada del salón y le hizo una seña para que se marcharan. Ellie le lanzó una sonrisa tímida, luego frunció el ceño. Pero Liam no estaba dispuesto a rendirse. Salió del apartamento, se apoyó en la pared del pasillo a esperarla. Segundos después, Ellie asomó la cabeza. Liam la rodeó, tiró de ella hacia el portal y cerró la puerta.

– Venga -dijo mientras se giraba hacia las escaleras. Bajaron dos tramos hasta llegar a la calle. Liam se quitó el abrigo y se lo puso a Ellie por encima de los hombros. Tras sentarse en el escalón de acceso al portal, descorchó la botella de champán-. No he traído copas. Tendremos que beber de la botella -añadió antes de darle un sorbo.

Luego se la entregó a Ellie. Arrugó la nariz al tragar, luego tosió ligeramente. Liam aprovechó la oportunidad para estrecharla entre los brazos.

– No debería haberte traído -dijo, apretando la boca contra su cuello.

– ¿Por qué?

– Porque prefiero besarte siempre que me apetezca.

– Pues más vale que te des prisa -lo provocó Ellie-. Si estamos mucho tiempo aquí fuera, nos echarán de menos.

Liam se echó hacia atrás unos centímetros para poder mirar su bonita cara. Había veces en que tenía la sensación de que podía ver todos los rincones de su alma. Y otras se preguntaba si no estaría engañándose. Pero cuando se apoderó de su boca, saboreando en sus labios el champán, las dudas se disiparon. De momento, Ellie solo era la mujer por la que le corría la sangre por el cuerpo y el corazón le palpitaba contra el pecho.

De momento, bastaba con eso.

– Ya te puedes considerar una bostoniana – dijo Liam mientras le ajustaba la gorra de los Boston Red Sox-. Lástima que hayamos perdido el partido.

– Nunca he sido muy aficionada al béisbol – comentó ella mientras esperaban a que el semáforo se pusiera verde-. No soy de ningún equipo.

– A mí me encanta -dijo Liam mientras se desviaba hacia la avenida Charlestown-. Desde pequeño. Siempre me ha encantado.

– ¿Veías muchos partidos en directo? -preguntó Ellie.

– No. No teníamos dinero para las entradas. Pero Conor tenía unos amigos que vendían palomitas en el aparcamiento y, si el estadio no se llenaba, nos dejaban pasar cuando ya estaba empezado. Nunca vimos un partido entero, pero luego nos quedábamos para que los jugadores firmaran nuestros cromos.

– Suena divertido.

– Lo era. No éramos ricos, pero divertirnos nos divertíamos -Liam soltó una risilla-. La primera vez que fui a un campo de béisbol creí que era Irlanda.

– ¿Qué?

– Mis hermanos y mi padre siempre hablaban de lo verde que era Irlanda. Nacieron todos allí. Y el campo de Fenway era la cosa más verde que había visto en mi vida, así que pensé que era Irlanda. No se me daba muy bien la geografía.

– Yo, de pequeña, creía que los profesores vivían en el colegio. Que dormían todos juntos en alguna habitación y hablaban de libros día y noche. Pensaba que por eso no me los encontraba por la ciudad. Porque no les dejaban salir.

Liam torció hacia la calle de Ellie y buscó con la mirada un lugar donde aparcar. Encontró sitio justo enfrente y, cuando paró el motor, esperó a que lo invitase a subir. Desde el encuentro en el cuarto de baño, los dos estaban un poco indecisos. Liam no se arrepentía de lo que habían hecho, pero debía reconocer que ese acto había cambiado sus sentimientos hacia ella.

Con otras mujeres, no habría sido más que el principio de una aventura tan apasionada como breve. Pero con Ellie le daba miedo repetir, miedo a contar con un número limitado de noches antes de que todo acabara. Razón por la que quizá fuese mejor racionarlas.

Liam no había pensado en el futuro. Mientras no descubriera quién había robado el dinero del banco, no podría estar seguro de que no había sido ella. Razón por la que no sería inteligente dejarse enredar en esos momentos.

– ¿Quieres subir?

Pensó en rechazar el ofrecimiento, pero le habría costado negarse sin que Ellie se preguntara por qué.

– Claro. Pero solo un rato. Tengo que pasarme por el Globo antes de la siete a ver cómo han salido las fotos.

– Haré un chocolate para calentarnos.

Caminaron hasta el portal, subieron las escaleras. Al llegar al tercero, Ellie frenó en seco. La puerta del apartamento estaba entornada. Hizo ademán de empujarla, pero Liam se le adelantó, entró primero.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó ella. Era evidente que habían registrado la casa entera. Liam extendió un brazo a modo de barrera.

– Espera -le dijo-. Quédate ahí. Entró despacio en el vestíbulo, examinó cada habitación, encendiendo las luces a medida que pasaba de una a otra. Todas estaban en el mismo estado caótico. Cuando se hubo asegurado de que estaban solos, miró a su alrededor. No sabía qué buscar. Sean era detective; Conor, policía. Pero él no tenía experiencia en situaciones de ese tipo.

Cuando volvió al salón, encontró a Ellie desplomada sobre el sofá, todavía aturdida.

– ¿Falta algo? -le preguntó.

– ¿Cómo voy a saberlo? -dijo ella, descorazonada.

– Bueno, vamos a ir ordenando todo. Quizá descubras si echas algo en falta -Liam suspiró-. Aunque no deberíamos tocar nada hasta que la policía eche un vistazo.

– No, no quiero recoger. No quiero esperar a la policía. No quiero quedarme aquí -contestó Ellie poniéndose de pie-. Es la segunda vez que entran en el apartamento y ya no me siento segura. Tenemos que marcharnos.

– No entiendo cómo han podido entrar sin que se dispare la alarma.

Ellie se mordió el labio inferior tras lanzar una mirada furtiva hacia el panel de seguridad que Liam le había instalado.

– ¿No la activaste?

– Iba con prisa, me estabas esperando… No quería llegar tarde al partido.

– En fin -Liam cerró los ojos y exhaló un suspiro prolongado-. Al menos no estabas aquí.

– Ni pienso estarlo esta noche. Me iré a un hotel, con cerrojos enormes y guardias de seguridad en recepción.

– No -dijo él-. Ven conmigo a casa. Allí estarás segura.

Ellie parpadeó, visiblemente sorprendida por el ofrecimiento.

– No… no puedo aceptarlo.

Liam volvió a mirar el aspecto del apartamento. Una idea lo atormentaba: Sean tenía una copia de las llaves. ¿Habría sido él quien había dejado así la casa? No podía creer que su hermano fuese capaz de algo así… a no ser que hubiese querido asustarla adrede.

– Claro que puedes -dijo Liam justo antes de estrecharla contra el pecho y darle un beso en la frente.

– Quizá mi destino no esté en Boston -murmuró ella mientras se dejaba acariciar la espalda-. Quizá debería irme a otra ciudad. El otro día estaba leyendo un libro que…

Sin darle tiempo a acabar la frase, Liam posó la boca sobre sus labios, ahogando las palabras antes de que llegara a articularlas. Fue un beso suave, reconfortante. Ellie abrió la boca para darle la bienvenida; pasó las manos por las mejillas de Liam mientras la besaba.

– Ya hablaremos de libros luego -dijo este cuando se separó-. Anda, ¿por qué no recoges lo que necesites y te vienes a mi apartamento? Mañana organizamos este desastre.

– Gracias -Ellie asintió con la cabeza.

– ¿Por?

– Por estar aquí. Por cuidar de mí. Liam esperó mientras Ellie llenaba una mochila. De pronto reparó en el teléfono. Estaba tirado en el suelo, debajo de un cojín del sofá. Aunque estuvo tentado de llamar a Sean, decidió dejarlo para más adelante y devolvió el auricular a la base.

– Han registrado el armario -comentó Ellie cuando volvió al salón un par de minutos después-. Pero no han tocado el joyero. No… no puede ser él -añadió sacudiendo la cabeza.

– ¿Quién?

– Nadie. Me estoy volviendo paranoica.

– ¿Quién? -insistió Liam al tiempo que le agarraba la mochila. Luego activó la alarma, cerró la puerta y echó el cerrojo.

– Ronald -contestó cuando terminaron de bajar las escaleras.

No supo cómo reaccionar. O realmente estaba desconcertada con lo que había pasado o era muy habilidosa inculpando a su cómplice.

– ¿Ronald Pettibone?

– No… no estoy segura.

– ¿Por qué iba a ser él?

– Rompió conmigo. Y estaba claro que no quería que siguiéramos como amigos. Por eso dejé el banco. Y luego, de pronto, aparece en Boston. Dice que tiene algunos amigos, pero un mes antes de romper pasamos un fin de semana aquí y no mencionó nada de amigos. ¿Crees que me está acosando?

– No lo sé. Pero pienso descubrirlo -aseguró Liam.

Miró en ambas direcciones antes de cruzar la calle y se fijó en un sedán negro aparcado unos metros más abajo. ¿Estaría él paranoico?

Mientras conducían por la ciudad, mantuvo la mirada en el retrovisor. De tanto en tanto, hacía algún giro para asegurarse de que no los seguían.

Cuando se convenció de que el sedán negro no iba tras ellos, se encaminó hacia la casa que compartía con Sean.

Habría preferido no coincidir con él al llegar, pero nada más entrar se lo encontró con Brian, los dos sentados en el sofá, comiendo pizza y viendo la televisión. Ambos se sorprendieron al ver a Ellie de nuevo, aunque por razones distintas.

– Hola, Ellie -lo saludó Brian mientras se ponía de pie y se sacudía las migas del jersey-. ¿Qué tal el partido?

– Genial -contestó sonriente-. Aunque perdieron los Red Sox.

– Si sigues así, vas a tener que empezar a pagar parte del alquiler -dijo Liam, celoso de su hermano Brian, que había sujetado la mano de Ellie un poco más de lo necesario.

– Te lo recordaré la próxima vez que vengas a hacer la colada gratis.

– ¿Qué hacéis aquí? -preguntó Sean tras ponerse de pie.

– Han entrado en el apartamento de Ellie – dijo Liam.

– Otra vez -añadió ella.

– ¿Otra vez? -preguntó Brian-. No pensaba que en Charlestown hubiese tantos robos.

– Creo que me están acosando -contestó Ellie-. Eso o tengo muy mala suerte.

– Se va a quedar aquí hasta que averigüemos qué pasa -Liam le agarró un brazo y la condujo hacia su habitación-. Instálate. Luego salimos a cenar… ¿Has puesto tú la casa patas arriba? -le preguntó a Sean susurrando después de dejar a Ellie en el dormitorio.

– No, lo registré, pero lo puse todo en su lugar antes de marcharme. Tiene que haber entrado alguien después que yo. No debe de haberle costado mucho: no pude activar la alarma porque Ellie no la había puesto. Se habría dado cuenta.

– Un momento -interrumpió Brian-, ¿Sean se ha colado en su apartamento?

– No exactamente. Tenía una llave -dijo Sean-. El que se ha colado es el ladrón.

– ¿Cómo tenías la llave?

– Me la dio Liam.

– Me estoy perdiendo algo, ¿verdad? -Brian frunció el ceño.

– Es un caso en el que estamos trabajando – dijo Liam.

– Ellie ha robado en el banco en el que trabajaba -comentó Sean.

– No fue ella -replicó Liam.

– Quizá sí -repuso Sean.

– Creo que no quiero estar en medio de esto -Brian se puso de pie y agarró su abrigo-. Me bajo al pub a tomarme una pinta, a ver si me despeja un poco la cabeza.

– Voy contigo -dijo Sean.

– De eso nada -se opuso Liam-. Ahora mismo te pones a averiguar qué pasa con Ronald Pettibone. ¿Has localizado la matrícula que te di? Estoy seguro de que fue él quien intentó atropellarla.

– ¿Alguien ha intentado atropellar a Ellie? – preguntó Brian-. Paso de cerveza. Esto parece una buena historia.

– Tú y tus historias -Sean agarró a su hermano gemelo por un brazo-. Anda, te dejo conducir. A ver si encontramos a este Pettibone.

– Y no vuelvas esta noche -dijo Liam-. Quédate en casa de Brian.

Cuando se hubieron marchado, se dejó caer sobre el sofá, tomó un triangulito de pizza y empezó a mordisquearlo con aire distraído. ¿Cómo iba a mantener a salvo a Ellie si Sean no hacía sus deberes? Era su caso y, en vez de haciendo su trabajo, se lo encontraba en el salón comiendo pizza.

Echó la cabeza hacia atrás. Había momentos en los que maldecía el día en que había aceptado ayudarlo con aquel caso, así como el impulso de ir al apartamento de Ellie a su rescate.

– La suerte está echada -murmuró. La maldición de los Quinn lo había atrapado. Más valía que empezaran a pensar en la lista de invitados, porque la boda no podía quedar muy lejos.

Ellie se miró en el espejo del baño y se obligó a sonreír. Sentía un nudo en el estómago y se preguntaba si no sería mejor quedarse dentro del baño toda la noche. Pero el momento de más intimidad con Liam había tenido lugar justo en el cuarto de baño de su casa. Quizá fuese mejor encerrarse en el armario de la entrada.

Se alisó la camiseta que Liam le había dejado para dormir. Era tan tonta que había recogido todo lo que necesitaba… salvo un camisón. Y lo último que quería era que Liam pensase que lo había hecho adrede, con la esperanza de que no pudiese resistir la tentación de compartir la cama estando ella desnuda.

Sexo. Eso era todo. Si se presentaba la oportunidad, ¿cómo iba a negarse? Liam era demasiado atractivo. Pero su historial con los hombres había minado su confianza. ¿En qué se había equivocado?, ¿había sido demasiado agresiva o no lo bastante? ¿Se quedaban insatisfechos? Ellie se apretó la camiseta contra los pechos. Quizá fuese su cuerpo.

Solo tendría una oportunidad con Liam y no quería desperdiciarla. Era la clase de hombre que conseguiría sacar su lado más apasionado. La hacía sentirse atractiva, desinhibida y hasta un poco descarada. Miró el lavabo y el corazón le dio un vuelco al recordar la escena de su cuarto de baño.

Aquel primer encuentro había sido… abrumador. Ellie respiró profundamente, se atusó el pelo y empujó por fin la puerta. Cuando salió, vio que Liam estaba extendiendo una sábana sobre el sofá.

Esbozó una sonrisa forzada. No habían acordado cómo dormirían, pero era evidente que no compartirían cama. Trató de ocultar su decepción.

– No te molestes. Ya la extiendo yo.

– No, quédate tú la cama -contestó él.

– Anda, no seas tonto. Estaré bien en el sofá. Encima de que me rescatas…

– De acuerdo -accedió él, intranquilo con la conversación-. Pero si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

La miró de reojo un instante, de sobra para que Ellie advirtiera la chispa de deseo que brillaba en sus ojos. Pero, por alguna razón, había decidido que esa noche no se dejaría arrastrar por el deseo. ¿Qué había cambiado?

– Que duermas bien -murmuró él tras acercarse, ponerle un dedo bajo la barbilla y darle un besito en los labios-. Hasta mañana -añadió justo antes de girarse para encerrarse en su habitación.

Ellie se sentó en el sofá y se cubrió los hombros con una manta. Con lo bien que iban las cosas. Aunque no habían pasado una sola noche juntos, tenía la sensación de que la relación avanzaba. Pero, de pronto, había frenado de golpe.

– No es más que un hombre como otro cualquiera -murmuró al tiempo que se tumbaba. Apagó la luz y se tapó hasta la barbilla-. Nada especial.

Cerró los ojos, pero, aunque intentó relajarse, no pudo dejar de pensar en Liam. Se lo imaginó tumbado en la cama, desnudo, con una sábana un poco por debajo de la cintura. Nunca lo había visto totalmente desnudo, pero sabía lo que había debajo de su camisa: un pecho ancho, una cintura estrecha, brazos musculosos y una espalda suave. Casi podía sentir la piel de Liam bajo los dedos, de modo que apretó los puños en un intento de borrar la sensación. Y, desde luego, podía adivinar lo que había bajo los vaqueros.

Por más que intentó relajarse, no lo consiguió. Al principio pensó que era el disgusto por el apartamento, pero, después de considerar todo lo que había pasado ese día, Ellie decidió que la razón por la que no podía conciliar el sueño estaba en una cama a unos pocos pasos de distancia.

Al cabo de una hora de dar vueltas, Ellie tiró la manta, se incorporó y maldijo en voz baja. Se encaminó hacia la cocina y abrió la puerta de la nevera. Nada como un poco de helado en las noches de insomnio.

– ¡Vaya! -exclamó Ellie. La mitad del congelador estaba llena de pizzas y la otra mitad de una variedad de helados. Sacó todas las tarrinas-. Vainilla, fresa, chocolate con menta. Este está rico -añadió antes de sacar una cuchara. Luego abrió la primera tarrina, dejando el congelador entornado para poder ver todo el surtido.

Nunca se había atrevido a tener más de una tarrina en el congelador. La tentación era demasiado grande y, cuando se deprimía por su vida social, acababa siendo adicta a los helados. Hundió la cuchara en el de chocolate con menta y dejó que se le derritiera en la boca.

– Esto es mejor que el sexo -murmuró.

– ¿No podías dormir?

Ellie dio un gritito mientras se giraba hacia la voz. Se le cayó la cucharita al suelo. Liam estaba en la cocina, sin más ropa que unos calzoncillos. Se sintió abochornada y corrió a devolver la tarrina al congelador.

– Lo siento -se disculpó-. Pensé que comiendo algo quizá…

– No pasa nada -Liam se mesó el cabello, se acercó a ella y le rozó un brazo con el pecho-. Yo he venido a lo mismo.

Abrió el congelador, le devolvió la tarrina de chocolate con menta y escogió la de vainilla para él. Ellie le dio una cuchara limpia. Liam la hundió en su helado y la acercó a Ellie, que acabó metiéndosela en la boca a pesar de dudar unos segundos.

– ¡Qué rico!

– ¿Tú qué tienes? -preguntó Liam, sonriente, tras probar su tarrina.

Luego metió la cuchara en el helado de chocolate con menta y se la ofreció de nuevo a Ellie. Pero al llevársela a los labios, se le cayó un poco por la barbilla. Liam limpió el hilillo con un dedo y lo puso delante de la boca.

Ellie se lo chupó y, de pronto, pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Lo miró a los ojos y se retiró despacio. Permanecieron en silencio unos segundos, esperando, preguntándose cuál sería el siguiente paso. Hasta que, de repente, Liam tiró su tarrina al suelo, agarró la de Ellie y la tiró también. Un segundo después, se había apoderado de su cuerpo, la estaba apretando por el talle, metiendo las manos bajo la camiseta y deslizándolas por su piel desnuda.

La besó como si su boca fuese lo único que pudiera satisfacer su apetito, hundiéndose, saboreándola a fondo. Ellie notó que la cabeza le daba vueltas y se le aflojaban las piernas. Era como si el beso fuese una droga que acababa con sus inhibiciones. Nunca había deseado a un hombre tanto como a Liam. Era una necesidad tan intensa, que la asustaba. Cuando notó sus labios sobre el cuello, echó la cabeza hacia atrás y emitió un suspiro suave al tiempo que le acariciaba el pelo.

Luego bajó hacia el torso, se deleitó con sus formas masculinas. Siempre había admirado el físico de los hombres, pero nunca había estado con uno tan perfecto como Liam Quinn. Cada centímetro de su cuerpo era músculo y fibra.

Liam se echó atrás un segundo y ella aprovechó para explorar. Le besó el cuello, descendió hacia el pecho arrastrando la lengua, le envolvió una tetilla. Quería dejarle claro lo que esperaba de él.

Lo oyó suspirar. Un instante después, Liam la besó de nuevo, se apretó. Ellie notó su excitación, dura y caliente bajo los calzoncillos. Movió las caderas a propósito, tentándolo con los placeres que aun estaban por llegar. No la rechazaría. Cada movimiento, cada sutil reacción le indicaban que no podría negarse.

Aunque nunca se había considerado una mujer entregada al sexo, con Liam se sentía descarada. Lo deseaba, quería tener su cuerpo encima, debajo y dentro de ella. Quería perderse en el ritmo de cabalgar juntos y recoger su explosión, su rendición definitiva. Pero no se atrevía a decírselo con palabras.

Paseó una mano por su vientre, pero Liam la apartó en el último momento y volvió a subirla al torso.

– Deberíamos irnos a la cama -murmuró sin resuello.

Sintió una punzada de decepción. Pero luego pensó que quizá estaba formulándole una invitación, en vez de poner fin a la seducción. Respiró profundamente y tragó saliva.

– ¿En tu cama o en la mía?

Capítulo 6

Liam la miró, advirtió las dudas que asomaban a sus ojos. No podía negar el deseo irracional de poseerla. Pero no era una simple necesidad física, algo que pudiera satisfacer con cualquier mujer. Tenía que ser Ellie Thorpe.

Para él no había ninguna más bella ni lista ni interesante en el horizonte. Había encontrado a la mujer que lo satisfacía en todos los sentidos. Y quería satisfacerla a ella. Pero se sentía inseguro. Ya no se trataba de sexo únicamente. Era algo nuevo… desconocido e inesperado.

– ¿Estás segura? -murmuró. Ellie dibujó una sonrisa dulce mientras le acariciaba el vello del pecho.

– ¿De que te deseo? No me cabe duda. Creo que nunca he estado más segura de nada en mi vida. Si tú estás seguro, claro.

Liam le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.

– Estoy seguro.

– Estamos hablando de sexo, ¿no? -preguntó entonces ella, con el ceño fruncido-. ¿No de dormir en la misma cama?

– Lo uno suele llevar a lo otro -contestó Liam-. Pero sí, estamos hablando de lo mismo.

– De acuerdo -Ellie suspiró-. Entonces decidido: creo que deberías llevarme a la cama.

Era increíble. Le encantaba lo directa que era, que no perdiera el tiempo con los jueguecitos habituales de las mujeres que había conocido hasta entonces. Con Ellie era muy fácil saber lo que estaba pensando, solía decirlo según le pasaba por la cabeza. Liam le puso las manos en las caderas y la acercó.

Se enrolló el bajo de la camiseta alrededor de los puños mientras volvía a besarla, demorándose sobre los labios para darle oportunidad de responder. A diferencia del encuentro en el cuarto de baño, Liam estaba decidido a ir despacio, a disfrutar de cada instante… de cada caricia… de cada beso largo y profundo.

La oyó emitir un débil gemido y pensó que perdería el control. De hecho, dudó si sería capaz de controlarse lo más mínimo una vez que entraran en el dormitorio. Quizá debieran quedarse en la cocina. El cuarto de baño había funcionado y la cocina no tenía por qué ser menos. Pero, al final, la levantó y, con las piernas de Ellie rodeándole la cintura, la llevó a la habitación, sujetándola con ambas manos bajo el trasero.

Nunca había llevado a una mujer a su cama. Siempre había sido como una regla no escrita. Pero Ellie estaba trastocando toda su vida… y Liam se alegraba del cambio.

La posó con suavidad en la cama, luego se agachó y le sacó la camiseta por encima de la cabeza. Se quedó sin respiración al ver sus hombros estrechos, aquellos pechos perfectos, el modo en que la piel le brillaba bajo la luz de la luna, que se filtraba por la ventana. Lentamente, paseó una mano por un hombro, brazo abajo. Ellie le agarró la mano y tiró de él con suavidad para que se pusiera encima.

Ya estaba duro, preparado, así que tenía que ir con cuidado. Y cuando Ellie se apoderó de su erección con la mano, palpándolo a través de los calzoncillos, Liam supo que estaba perdido. Gruñó, ella lo tomó como una invitación y empezó a masajearlo. De pronto, Liam se alegró de la prenda interior que lo separaba de las caricias de Ellie.

Apretó la boca contra su cuello, se deslizó hacia un hombro y luego bajó por su cuerpo, explorando cada centímetro, estimulándole los pezones con la lengua. Pero esa vez Ellie no se abandonó a su placer exclusivamente, sino que le devolvió cada beso, cada caricia.

Se iban turnando, trazando mapas erógenos alternativamente, bajo el ombligo, alrededor de los pezones, detrás del lóbulo de la oreja. Liam nunca le había dedicado tanto tiempo a los preliminares y estaba excitadísimo, al borde del precipicio a cada instante.

Y, entre tanto, Ellie no dejaba de pronunciar su nombre, de provocarlo, de decirle lo que le gustaba y preguntarle qué quería. Al principio le había dado vergüenza dar voz a sus necesidades, pero al cabo de un rato la excitación alcanzó tal punto, que no pudo contenerse.

Cuando introdujo la mano bajo las braguitas, Ellie gimió.

– Sí… ahí…, -murmuró casi sin aliento. Mientras la tocaba, Ellie estiró el elástico de los calzoncillos y metió los dedos. Liam encontró la entrada húmeda entre sus piernas y ella le frotó la erección de arriba abajo. Se obligó a contenerse, pues, de lo contrario, se habría desbordado sobre su mano. Y no era así como quería acabar. Le quedaban muchas cosas por compartir con Ellie esa noche y quería llevarlas todas a cabo.

– Despacio -le dijo-. Por Dios, Ellie, estoy al límite.

Resuelto a prolongar el acto, Liam no tuvo más remedio que poner fin a aquel tormento. Le apartó la mano, la agarró por la cintura y la volteó hasta ponérsela encima. Luego la miró a los ojos fijamente mientras recorría su cuerpo con las manos. Ellie sonrió, se inclinó hacia adelante y los pezones le rozaron el torso al besarlo.

– Dime qué quieres -murmuró ella.

– A ti. Entera.

– Creo que llevamos demasiada ropa encima.

– Puede que sí.

Ellie esbozó una sonrisa picara, metió los dedos bajo el elástico de los calzoncillos y los fue bajando, retrocediendo hasta estar sentada sobre sus pies. Luego volvió donde estaba, restregándose contra su cuerpo. Cuando le frotó la erección entre las piernas, Liam gimió. Pero Ellie tomó distancia para martirizarlo con los labios y la lengua.

Trató de serenarse, pero aquel tormento era excesivo.

– Ellie… no…

Pero era como si calibrase el punto justo de excitación, cuando debía frenar o pararse del todo. Luego volvió a acariciarlo con la boca y Liam se arqueó hacia ella como un náufrago arrastrado por una oleada de sensaciones. Hasta que, una vez más, Ellie se retiró, dejándolo al borde, a punto de explotar sin más avisos.

– Ellie, no… no me hagas esto…

Y, sin embargo, lo hizo. Lo dejó enfriarse unos segundos y volvió a calentarlo. Era como si quisiera demostrarse que podía devolverle todo el placer que le había proporcionado Liam en el cuarto de baño. Este apretó los dientes y contuvo la respiración. En el momento preciso en el que pensó que se derramaría, paró en seco.

– Estoy un poco cansada -lo provocó, escalando el colchón para tumbarse a su lado-. Deberíamos dormirnos ya.

– Eres la clase de mujer con la que mi padre me decía que no debía juntarme -contestó él en broma, apretando la erección contra su ombligo.

– ¿Siempre haces caso a tu papi?

– Nunca -dijo él.

– Entonces hazme el amor, Liam Quinn. Liam abrió el cajón de la mesilla de noche, sacó una caja de preservativos y se la entregó.

– Antes tenemos que protegernos.

Ellie sacó un paquete y lo rasgó con los dientes antes de enfundárselo, muy despacio. Liam le bajó las braguitas. Cuando por fin estuvieron completamente desnudos, supo que no podría esperar más. Volvió a colocarla encima de él, ansioso por que se sentara.

Ellie se agachó a besarlo al tiempo que se introducía hasta el fondo la erección. Y Liam le sujetó las caderas para que no empezase a moverse de inmediato. Pero ella no quería esperar. Se alzó y, con lentitud insoportable, bajó de nuevo hasta el final. Se le escapó un suave gemido y cerró los ojos.

Siguieron así un buen rato y Liam la contempló mientras en el rostro de Ellie se dibujaba una sonrisa. Sintió que se le hacía un nudo en el pecho y se incorporó para tocarla. La sonrisa de Ellie se expandió, luego empezó a moverse, sin prisa al principio, acelerando poco a poco.

Liam notaba el pulso en las sienes, un calor que lo estaba llevando al umbral. Pero quería aguantar. Quería poseerla, tocarle el corazón y compartir la liberación final.

A pesar de la pasión del momento, Liam era muy consciente de lo que estaba sintiendo. Y no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Aquel acto iba más allá del sexo. Habían derrumbado todas las barreras y eran dos almas fundiéndose en una.

Ellie emitió un gemido delicado, luego murmuró su nombre. Liam supo que estaba cerca de alcanzar el orgasmo y quiso esperar y sentirlo antes de desbordarse él. Pero entonces llegaron los espasmos, la notó estremecerse sobre su erección y supo que no podría esperar más.

Murmuró su nombre, la agarró por la cintura y la subió y bajó una última vez. La descarga fue tan potente, tan descomunal, que creyó que no terminaría nunca. Un mar de latigazos sacudió de placer su cuerpo y le hizo perder el sentido. No sabía quién era, qué estaba haciendo.

Y cuando Ellie se derrumbó sobre él, le acarició la nuca e intentó apaciguar el ritmo de la respiración. Nunca, jamás, en toda su vida había sentido nada igual. Quiso decírselo, explicarle lo que acababan de compartir, pero no encontró las palabras.

– Eres la clase de hombre con la que mi abuela me decía que no debía juntarme -susurró ella, cabeceando con la punta de la nariz sobre su cuello.

– ¿Y qué clase de hombre es esa?

– La clase de hombre que me hace olvidar que soy una buena chica -contestó sonriente.

– Eres una chica muy buena -contestó él-. Pero puedes ser muy, muy mala.

– Y puedo ser mucho peor -Ellie soltó una risilla-. Espera unos minutos, que me recupere.

Notó los labios de Liam sobre el hombro, en el cuello después. Ellie abrió los ojos despacio a la luz del amanecer. Liam estaba a su lado, tumbado en la cama, con unos vaqueros y una camiseta. Lo miró a los ojos y sonrió.

– Buenos días -dijo con alegría.

– Buenos días -Liam le dio un besito rápido en los labios.

– ¿Qué hora es?

– Las nueve y pico. Sigue durmiendo -contestó mientras le retiraba un mechón de pelo que le caía sobre los ojos-. Dios, qué bonita estás por la mañana.

Ellie se ruborizó. Sabía muy bien la pinta que tenía al despertar y él sí que estaba irresistible. Pero eso era lo que le encantaba de Liam. La hacía sentirse la mujer más bella del mundo.

– Hasta que me peino y me tomó un café, soy un monstruo -bromeó.

– Entonces más vale que te traiga un café. Y algo de comer.

– Voy a darme una ducha. Liam la agarró por la cintura y se puso encima. Luego le dio un beso delicado.

– Si me esperas, te enjabono la espalda.

– Hecho.

– Vuelvo en seguida -dijo después de darle otro besito-. No te muevas.

Ellie lo miró salir de la habitación. Luego, suspiró contra la almohada. Había sido una noche maravillosa. Tal como había imaginado. ¿Cómo no iba a serio con un hombre tan fascinante? Era tan guapo y atractivo, y le había hecho unas cosas tan…

Ellie gimió, se incorporó sobre la cama y se retiró el pelo de la frente. Liam la encontraría en la cama cuando volviese, pero al menos tenía tiempo de cepillarse los dientes y peinarse. Salió de la cama, se puso la camiseta que Liam le había dejado el día anterior, agarró el neceser y se metió en el cuarto de baño.

Pero, en vez de abrir la segunda puerta de la izquierda, abrió la primera y entró en una habitación iluminada únicamente con una luz roja en la pared del fondo. Se dio la vuelta para salir, pero, en el último momento, le pudo la curiosidad. Había fotos colgadas y la única ventana estaba pintada de negro. ¡Estaba en el cuarto oscuro de Liam!

Intrigada, examinó las fotografías que se extendían de pared a pared. Los retratos de personas anónimas eran los más llamativos: camareras, basureros, guardias de tráfico. Había ido a más de una galería de arte en Nueva York y la obra de Liam era tan buena como la que se exponía en aquellas salas.

Tenía talento y, a través de sus fotos, pudo intuir algo de su personalidad. A través del objetivo, era capaz de ver cosas que un observador normal no captaba, la belleza de la vida cotidiana, una integridad que hablaba más de él que de los objetos retratados.

Se giró hacia unas fotos que colgaban sobre la mesa. Estaban tomadas de lejos y un poco desenfocadas. Se acercó e intentó averiguar qué le llamaba tanto la atención. De pronto, sintió un nudo en el estómago. Agarró una de las fotografías, fue a la entrada y encendió la luz.

– ¡Dios'. -murmuró. Aquella no era una foto de una persona cualquiera. ¡Era una foto de ella!, ¡en bata'., ¡en el apartamento!

Corrió de vuelta a la mesa y empezó a descolgar hasta la última foto. Todas de ella, algunas en el apartamento, otras delante del portal, con más o menos ropa. Pasó un buen rato hasta que logró respirar con normalidad. Tenía la cabeza obturada, el corazón detenido. Podía ser que tuviera talento, ¡pero también era un voyeur pervertido!

Ellie respiró profundamente, tratando de serenarse. Agarró las fotos y los negativos, resuelta a robar hasta la última imagen de ella. Cuando terminó, regresó al dormitorio.

Había estado tan preocupada por su seguridad que no había reconocido el auténtico peligro. En menos de dos minutos, se vistió y guardó sus cosas en la mochila, fotografías y negativos incluidos. Entonces oyó que se abría la puerta de la entrada, unas pisadas en el salón. Maldijo en voz baja. Habría preferido marcharse sin tener que hacerle frente. Al fin y al cabo, un hombre que la fotografiaba a escondidas podía ser realmente de temer. Haría trizas las fotos, se las tiraría a la cara y se iría, amenazándolo con llamar a la policía si intentaba volver a acercarse.

– Así aprenderá.

Pero no fue a Liam con quien se encontró en el salón, sino a Sean. Parecía sorprendido, a pesar de que sabía que había pasado la noche allí. Ellie le puso las fotos delante de las narices.

– Quiero que le digas al psicópata de tu hermano que sé lo que ha hecho. Si no quiere terminar en la cárcel o en algún centro psiquiátrico, más vale que se aleje de mí.

Sean abrió la boca, luego la cerró sin decir palabra.

– De acuerdo.

Ellie se guardó las fotos, abrió, salió y cerró de un portazo. Pero al llegar a la acera, no supo qué hacer. No tenía coche, no veía ningún taxi ni parada de autobús alguna y no sabía bien dónde se encontraba.

– No debería haber venido a Boston -murmuró mientras echaba a andar calle abajo-. Debería haberme quedado en Nueva York, seguir con mi trabajo y soportar a Ronald Pettibone. Este viaje estaba maldito desde el principio.

No le había costado tanto superar los dos allanamientos, el intento de atropellamiento o el incidente del ladrillo teniendo a Liam Quinn al lado, como premio de consolación. Pero de pronto tenía que añadirlo a la lista de desastres que la habían perseguido desde que había llegado a Boston.

– No puedo creer que haya confiado tanto en él -Ellie se mordió el labio inferior para que no le temblara-. No puedo creer que me haya acostado con él.

Su historial con los hombres había pasado de malo a absolutamente lamentable. Se había jurado no tener aventuras en un año, darse un tiempo para recuperarse. Pero Liam Quinn había resultado demasiado dulce y encantador, increíblemente heroico.

Mientras andaba, empezó a repasar los acontecimientos de los anteriores días desde otra perspectiva. Sí, era verdad que la había rescatado más de una vez. Pero quizá lo había planeado todo para llevársela a la cama.

– Maldita sea -murmuró-. Podría ser un psicópata pervertido.

Aceleró el paso, encaminándose hacia una calle ancha con tráfico. Cuando por fin vio a una pareja de ancianos, se acercó, les explicó adonde quería ir y le indicaron la parada más cercana para ir al centro de Boston.

Pero una vez en el autobús, dudó si de veras quería volver al apartamento. Quizá debía irse de Boston, dejarlo todo atrás y empezar de cero en cualquier otra ciudad. En Chicago o San Francisco. Hasta podía volver a Nueva York. Allí tenía amigos, le resultaría más fácil encontrar trabajo. Y volvería a la rutina de antes… sin Ronald Pettibone, sin hombres. Llevaba encima el bolso y las tarjetas de crédito. El resto de las cosas le daban igual.

No paró de darle vueltas a la cabeza. Podía hacerlo. Y de ese modo se aseguraría de no volver a ver a Liam. Miró por la ventanilla el tráfico de una mañana de lunes. Quizá fuera hora de dar otro giro a su vida.

Liam abrió la puerta con el pie y entró. Llevaba dos tazas de café en una mano y una bolsa con donuts sujeta entre los dientes. Sacó las llaves de la cerradura con la mano libre, cerró. Al llegar al salón, lo sorprendió encontrarse con Sean.

– Buenos días -dijo Liam tras dejar la bolsa de donuts sobre la mesa.

– Buenas.

– No sabía que fueras a venir tan pronto. Te habría traído un café. ¿Cuándo has llegado?

– Hace un rato.

– ¿Algo nuevo sobre Pettibone? -susurró Liam.

– No de momento.

– Bueno, me encantaría quedarme, pero tengo que servir un desayuno -dijo Liam, camino del dormitorio.

– Se ha ido.

– ¿Se ha ido? -Liam frenó en seco y se giró hacia su hermano-. ¿Qué le has dicho?

– Nada. Pero ella tenía un montón de cosas que decirte. Me da que entró en el cuarto oscuro.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué es lo que ha visto?

– Revelé las fotos que le había hecho desde el desván y estaba muy… ligera de ropa.

– ¿Estaba desnuda?

– No, ¿me tomas por un pervertido?

– Ella sí. Cree que eres un psicópata. Un gusano.

– ¿Ha dicho eso? -Liam cerró los ojos y gruñó.

– No, pero estoy seguro de que lo piensa. ¿Cómo has podido fastidiarlo todo de esta manera?

Liam le lanzó la bolsa de donuts con todas sus fuerzas, pero Sean la agarró al vuelo con reflejos.

– Gracias. Me muero de hambre.

– Tengo que encontrarla -dijo Liam-. Tengo que explicárselo.

– ¿No irás a decirle la verdad?

– No sé lo que le voy a decir -Liam se encogió de hombros-. Pero tengo que encontrar alguna forma de explicárselo.

– Te gusta mucho, ¿verdad? -dijo Sean.

– Eso es poco -murmuró mientras sacaba del bolsillo las llaves y salía del apartamento.

Condujo de Southie a Charlestown en tiempo récord, sorteando el tráfico mientras trataba de decidir qué le diría a Ellie. Al principio pensó en contárselo todo y confiar en que su instinto no le fallara. Pero si resultaba que al final sí había robado en el banco, Ellie no tendría más remedio que huir y no volvería a verla.

Con las demás mujeres siempre había sido todo muy sencillo. Pero Ellie era distinta. Lo hacía sentirse confundido, emocionado, frustrado y satisfecho todo a la vez. Y la idea de perderla le revolvía el estómago.

Se había enamorado de muchas mujeres… o había creído que lo estaba. Pero nada era comparable con lo que había llegado a sentir por Ellie en tan poco tiempo. ¿Sería amor de verdad la sensación perturbadora que lo invadía siempre que estaba con ella?

Apenas habían pasado dos semanas desde que la había conocido. La gente no se enamoraba tan rápidamente. Liam se acordó de las historias de su padre sobre la maldición de los Increíbles Quinn. Seamus Quinn los había prevenido contra los peligros de sucumbir al poder de una mujer. Y, por primera vez en su vida, Liam comprendía a qué se refería su padre. Todo apuntaba a que aquello acabaría fatal y se le partiría el corazón.

Tenía que ser realista. Ellie podía ser procesada por malversación un mes después. Y al siguiente estar en la cárcel. Quizá por eso se había confiado. De alguna manera, había sabido que todo podía acabar en cualquier momento.

Aparcó frente al apartamento de Ellie en Charlestown y salió del coche. Corrió hasta el portal, apretó el botón del telefonillo y rezó en silencio para que lo dejara entrar. Pero no obtuvo respuesta. O se negaba a contestar o no había llegado aún.

– O se ha esfumado ya -murmuró. Maldijo para sus adentros y se sentó en el escalón superior de la entrada, decidido a esperarla.

Solo llevaba un par de minutos cuando empezó a llover. Liam se levantó y cruzó la calle. La esperaría en el desván. Así, cuando Ellie volviera, ya le habría dado tiempo a pensar lo que quería decirle.

Mientras subía las escaleras, no pudo evitar recordar la noche anterior. Se había sentido tan bien junto a ella. Era como si sus cuerpos hubiesen sido diseñados para estar el uno con el otro. Cada curva, cada centímetro de su piel se había adaptado a la perfección. Todavía podía sentir su piel bajo las manos, el pelo entre los dedos, su calor mientras se movía dentro de ella. E, incluso en esos momentos, deseó volver a poseerla.

Abrió la puerta del desván y entró. La pieza seguía tan fría y húmeda como recordaba. Sean había instalado una cámara de vídeo y Liam la enfocó hacia el apartamento de Ellie. Luego agarró una silla, la arrimó a la ventana y se sentó a esperarla. Pasó una hora. Y luego otra. Liam empezó a preocuparse. Quizá se hubiera dado a la fuga. Tal vez hubiera llamado a Ronald y hubieran decidido que había llegado el momento de largarse.

Era frustrante. Estaba convencido de que no era una malversadora, pero no lo habría jurado sin una pizca de duda. Maldijo en voz baja y fijó la vista en el principio de la calle. Cuanto más esperaba, más tonto se sentía.

Hasta que vio a una persona doblando la esquina. La reconoció por los andares, por ese paso firme y rápido. Llenó los pulmones de aire y lo expulsó. Aunque llegaba dos horas tratando de decidir cómo explicarse, de pronto no sabía si lo conseguiría.

¿Pero qué tenía que perder? Si de verdad era una delincuente, daba igual lo que le explicara. Y si no lo era, había metido la pata de tal modo, que sería muy difícil arreglarlo. Ellie no volvería a confiar en él.

La vio subir los primeros escalones de acceso al portal. Y, de pronto, se paró. Se dio la vuelta despacio y alzó la vista hacia el edificio en que se encontraba él. Liam contuvo la respiración y esperó.

Pensó en apartarse de la ventana, pero luego se le ocurrió abrir la cortina del todo, exponerse a la vista y rezar para que Ellie aceptara el desafío. Esta cruzó la calle. Cuando oyó pisadas por las escaleras, se giró hacia la puerta. Segundos después la vio entrar.

Estaba tan bella, con el pelo mojado y las mejillas encendidas, y tan enfadada. Los ojos le brillaban de furia. Fijó la mirada en la cámara de vídeo, cruzó el desván y miró por el objetivo.

– Debes de tener una colección estupenda -dijo con sarcasmo-. Fotos y vídeo.

– No es lo que piensas, Ellie.

– ¿Ah, no? No tienes ni idea de lo que pienso.

– Puedo imaginarlo -contestó él-. Pero no es tan terrible.

– Ah, estupendo -dijo Ellie con los ojos anegados de lágrimas-. Porque a mí me parece espantoso. A mí me parece que has estado espiándome, haciéndome fotos, invadiendo mi intimidad ¡como un pervertido! ¿Qué clase de fotos has hecho?, ¿piensas ponerlas en Internet?, ¿o solo son para tu disfrute particular? -añadió al tiempo que agarraba la cámara, trípode y todo.

Liam sintió que el corazón se le encogía. Nunca se le había dado bien tratar con mujeres emotivas. Y una vez que empezaban a llorar, se quedaba sin palabras.

– Ellie, si pudieras…

– Confiaba en ti. Te dejé entrar en mi casa. Y en mi cuerpo -Ellie sacó la cámara y el trípode por la ventana y los dejó caer al vacío.

– No era mía -dijo Liam-. Era la cámara de Sean. Aunque supongo que da igual.

– ¿Por qué me has hecho esto? -preguntó y le impidió responder-. No, no te molestes. No quiero saberlo. A partir de ahora, desaparece de mi vida.

Luego se dio la vuelta y echó a andar hacia la puerta. Pero Liam se adelantó para bloquearle el paso.

– Déjame que te explique.

– No sé por qué pensé que eras distinto. Pero jamás imaginé que fueras… raro. Estás enfermo, necesitas ayuda -dijo Ellie sin dejar de llorar. Luego intentó sortear a Liam, pero este no se lo permitió-. Deja que salga o me pondré a gritar.

– Maldita sea, Ellie, quiero explicártelo.

– Adelante. Dime que no eres un pervertido. Dime que…

– Te estaba vigilando -la interrumpió Liam-. Sean es detective privado y me pidió que le echara una mano con un caso. Lo contrató el banco Intertel de Manhattan.

– E… era mi banco.

– Lo sé. Y nada más irte, descubrieron un agujero de doscientos cincuenta mil dólares. Malversación de fondos. Y creen que eres la responsable. Ronald Pettibone y tú.

– ¿Crees que he robado doscientos cincuenta mil dólares?

– Ellos lo creen. El banco. Y mi hermano – Liam respiró hondo-. Si me dices que no lo has hecho, te creeré.

Lo miró un buen rato, dubitativa. Luego sacudió la cabeza.

– No tengo por qué decirte nada. No te debo ninguna explicación. No después de lo que me has hecho -contestó. Luego le dio un empujón y aprovechó para escapar.

Pero Liam no estaba dispuesto a dejar las cosas así. Necesitaba una respuesta. Corrió tras ella, bajando los escalones de dos en dos, hasta que le dio alcance en el rellano del segundo piso.

– Dime la verdad, Ellie. ¿Robasteis el dinero?

– No vuelvas a acercarte a mí. Si te vuelvo a ver en la calle o en este desván, llamaré a la policía. Y esta vez no te librarás de la cárcel.

Echó a correr de nuevo y Liam maldijo cuando oyó la puerta de abajo cerrarse. Contuvo las ganas de perseguirla. Quizá fuese mejor darle tiempo. Pero no estaba de humor para esperar. En ningún momento había llegado a decir que no hubiera robado el dinero. ¿De veras había pensado que lo admitiría? Pero, ¿habría cambiado algo si lo hubiese hecho?

Suspirando, empezó a bajar las escaleras. Cuando llegó a la calle, recogió la cámara: tenía un lado destrozado, y el trípode estaba doblado. Un precio bajo por el daño que su hermano le había hecho a Ellie Thorpe.

Sacudió la cabeza. ¿Y qué pasaba con el engaño de ella? No había negado que estuviese involucrada. Ni siquiera se había excusado. ¿Cuánto le costaría?, ¿diez, quince años en la cárcel? ¿Y cuánto tiempo tardaría él en olvidarla? De alguna manera, sospechaba que lo mismo.

– Nunca debí aceptar ayudarlo -murmuró-. Debería haber dejado que Sean hiciera el trabajo solo.

Aunque ya se había gastado parte del adelanto que Sean le había dado, conservaba la mayor parte del dinero en su cuenta corriente. Si se lo devolvía, descontando el precio de una cámara de vídeo nueva, quizá pudiera retomar su vida con normalidad. Pero antes se pasaría la tarde y la noche haciendo lo que mejor sabía: ocupando un taburete en el pub.

Se olvidaría de Ellie y de todo lo que había ocurrido entre los dos… aunque tuviera que acabar con todas las existencias de Guinness.

Capítulo 7

– Entonces, ¿la quieres?

Liam estaba sentado en un extremo de la barra con Brian. Había bastantes clientes para ser un día de diario. El pub había aparecido en la última edición de la guía turística de Boston de la editorial Roamer y Seamus se había visto favorecido por el empujón de turistas y nuevos clientes habituales.

Esa tarde Dylan estaba atendiendo detrás de la barra y Brian se había acercado a picar algo de cena. Había pedido un sandwich de lomo, mientras que Liam se había decantado por una hamburguesa con patatas fritas.

– ¿No vas a responderme? -lo presionó Brian.

– ¿Es que no puedes dejar de hacer de periodista?

– Estoy acostumbrado a sacarle la verdad a la gente y creo que tú no me la estás diciendo – contestó Brian sonriente.

– No sé -respondió Liam tras dar un sorbo a su Guinness-. Supongo que no me había parado a pensarlo hasta ahora.

– La quieres o no. Es muy sencillo.

– Nunca es sencillo. Ya me conoces. Necesito caerle bien a la gente, sobre todo a las mujeres. Sé lo que quieren y yo se lo doy. Incluso después de terminar, cuando me voy con otra, siguen queriendo mantener la amistad.

– Hablas como si estuvieras en un psicólogo -bromeó Brian y Liam apuntó hacia un libro que había encima de la barra.

– Se lo dejó en el apartamento. Siempre está leyendo libros de estos. De autoayuda. “El amor verdadero en diez pasos”. Lo he estado leyendo. Según el libro, estoy en la categoría cuatro de hombres: el seductor consumado -Liam abrió el libro por una página y leyó-: «El seductor consumado siente una necesidad casi patológica de aprobación femenina. Dirá y hará lo que sea para llevar a cabo la conquista. Luego cambiará de pareja y buscará a otra mujer para seguir alimentado su ego".

– Tú no eres así -dijo Brian con el ceño fruncido.

– ¿Verdad que suena fatal? -Liam suspiró-. Al parecer, tiene que ver con la infancia. He estado pensando mucho y lo que nos pasó de pequeños nos ha convertido en los hombres que somos ahora.

– Ahora pareces el propio psicólogo -contestó Brian-. Somos Quinn. Se supone que no tenemos que autoanalizarnos.

– Puede. Pero fíjate: Conor tuvo que responsabilizarse de mantenernos unidos y ahora se pasa la vida intentando proteger a los ciudadanos, como nos protegía a nosotros. Dylan rescata a quienes se sienten indefensos en un incendio y nosotros estábamos indefensos de pequeños.

– Y Brendan siempre quería escaparse y ahora no es capaz de quedarse quieto en un sitio más de un mes -añadió Brian-. Amy y él viven como nómadas.

– Todavía no he visto el paralelismo en tu vida y la de Sean -dijo Liam-. Pero acabo de empezar en esto.

– Supongo que tienes razón -comentó Brian-. Es normal que nuestra infancia influya en nuestra forma de ser. Papá se pasaba meses fuera de casa, mamá se marchó cuando éramos unos críos. Nos tuvieron que criar entre Conor, Dylan y Brendan. Y luego están todas esas historias de los Increíbles Quinn.

– Pero nuestros hermanos lo han superado. Conor, Dylan, Brendan, todos se han enamorado. Así que podría ser.

– Puede -concedió Brian.

Liam se quedó pensando al respecto mientras terminaba de cenar en silencio. ¿Estaba enamorado de Ellie Thorpe? Se había sentido atraído hacia ella desde que la había visto a través del objetivo. Y luego, tras conocerla, no había conseguido sacársela de la cabeza.

Una y otra vez, había tratado de racionalizar sus sentimientos. ¿En qué se diferenciaba de las demás mujeres que habían entrado y salido de su vida?, ¿cómo se las había arreglado para hacerse un hueco en su corazón? Sus hermanos quizá dijeran que era la maldición de los Quinn. Que si no quería amarla, no debería haber ido en su rescate al colarse el ladrón en su apartamento.

Pero Liam sabía que no era eso. Algo había cambiado en su interior. Ya no quería huir, evitar el compromiso a toda costa. Por primera vez en su vida, quería tener una relación que durase más de unos cuantos meses.

– Podrías intentarlo -comentó Brian.

– ¿Tú crees?

– Para mí solo hay una oportunidad. Y si la dejamos escapar, nos pasamos el resto de la vida buscando otra. Mira papá. Después de tantos años, sigue enamorado de mamá. Está encantado de que haya vuelto veinticinco años más tarde.

– No todos se alegran de verla -comentó Liam.

– ¿Qué le pasa a Sean? -preguntó Brian y su hermano se encogió de hombros.

– ¿Por qué no se lo preguntas tú? -respondió al ver que Sean estaba entrando en el pub.

Saludó a Dylan con la mano, se sentó en un taburete y se dio cuenta de que sus hermanos estaban en el otro extremo. Agarró su cerveza y echó a andar hacia ellos. Liam contuvo las ganas de marcharse.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó Sean en tono de reproche.

– No me agobies -contestó Liam.

– Deberías estar vigilando a Ellie Thorpe.

– Se acabó. No necesito el dinero y no quiero saber nada de este caso. Si quieres vigilarla, vigílala tú.

– Pettibone sigue en la ciudad. Estamos cerca. No puedes dejarlo ahora.

– Puedo hacerlo y lo voy a hacer. Además, ya sabe que la estamos vigilando. Si robó el dinero, lo más probable es que ya haya volado.

– ¿Lo sabe? -preguntó Sean tras soltar un exabrupto.

– Sí. Esta mañana fui a su apartamento. Se lo conté todo.

– ¿Por qué?

– Creía que era un pervertido. Tenía que aclarar las cosas.

– La hemos perdido -dijo Sean tras exhalar un suspiro tenso.

– Puede que no -repuso Liam-. Das por sentado que está involucrada en esto. Yo no lo creo.

– Está enamorado de ella -dijo Brian con la boca llena de lomo.

– ¡Genial! -exclamó Sean-. Debería haber sabido que acabaría pasando.

– No estoy enamorado de ella -contestó Liam-. En absoluto. Pero no me interesa hacerte el trabajo sucio. Si quieres vigilarla, adelante. Si quieres perseguir a Ronald Pettibone, tú mismo. Yo solo digo que me retiro -Liam se levantó del taburete-. Voy a echar un billar. Seguro que hay alguna mujer bonita que necesita compañía.

Acto seguido se dio la vuelta y se acercó a la parte trasera del pub. Dos chicas con camisetas y vaqueros ajustados ocupaban la mesa de billar y reían y coqueteaban con los hombres que las miraban jugar. Liam puso una moneda sobre la esquina de la mesa.

– Juego con la ganadora -dijo.

Ambas se giraron hacia él y le dedicaron la mejor de sus sonrisas. Había dado por supuesto que, si seducía a otra mujer, se quitaría de la cabeza a la anterior. Pero mientras las miraba terminar la partida, no dejó de compararlas con Ellie Thorpe… y salían perdiendo.

No hacía mucho que conocía a Ellie, no lo suficiente para estar seguro de si la quería. Pero sí tenía algunos datos importantes: era sincera, agradable, testaruda y decidida. Era apasionada, ingenua, espontánea y optimista. Y tenía una belleza natural que no se ajaría con el tiempo. De hecho, Liam habría podido seguir y no terminar la lista de cualidades que admiraba de ella.

Se acercó a una pared y agarró un taco. Quizá fuera eso: no solo la necesitaba y la deseaba, no era una mera cuestión de atracción, sino que además la admiraba. Había dejado su vida en Nueva York para empezar de cero en Boston.

Aunque había tenido mala suerte con los hombres, seguía creyendo en el amor y la pasión. No estaba amargada, ni era cínica ni rencorosa. Simplemente era… Ellie.

– Así que eres uno de los famosos hermanos Quinn.

– ¿Qué?

– ¿Cuál de los hermanos eres?

– Liam -reaccionó por fin-. Liam Quinn.

– Yo soy Danielle -se presentó ella.

– ¿Y tu amiga? -preguntó Liam, girándose hacia la pelirroja.

– No es mi amiga. Y no necesitas saber su nombre. Va a perder la partida -contestó la rubia. Estiró una mano y le rozó un brazo, dando inicio a un coqueteo que Liam se sabía de memoria. Primero, un toque inocente. Luego se suponía que debía ser él quien la tocara. Después, poco a poco, los roces serían más frecuentes e íntimos. Hasta que, al cabo de unas horas, terminaría besándola. Primero un beso fugaz, después… Liam maldijo para sus adentros. De pronto, todo parecía una tontería. ¿Cuántos sábados había desperdiciado seduciendo a mujeres como esas dos?, ¿y qué había conseguido?

Danielle se contoneó hacia la mesa, golpeó la bola blanca y metió la número nueve en una de las troneras laterales.

– ¿Y son verdad las historias?

– ¿Qué historias?

– Las de los chicos Quinn. Las mujeres comentan cosas, ya sabes.

– ¿Y qué es lo que comentan?

– Que sois los mejores -respondió echándose el cabello hacia un lado y lanzándole una sonrisa seductora.

Liam gruñó para sus adentros. Estaba demasiado cansado para entrar en el juego esa noche. O quizá demasiado aburrido. O demasiado preocupado.

– La verdad es que se nos da bien jugar – dijo mientras ponía tiza a la punta del taco-. En cuanto a los demás rumores, no son más que eso: rumores.

Cuando la pelirroja metió la negra en el agujero equivocado, Liam agarró la moneda que había puesto sobre la esquina de la mesa y la introdujo en la ranura. Las bolas cayeron una tras otra y Liam agarró el triángulo.

Una partida de billar. Y si no le parecía… interesante, se marchaba. Después de colocar las bolas, colgó el triángulo en un gancho de la pared. Y si conseguía pasar quince minutos sin pensar en Ellie, lo consideraría un triunfo.

Ellie estaba frente al Pub de Quinn, mirando los neones de las ventanas. Una brisa húmeda le llevaba el olor salado del mar. Se apretó el abrigo con más fuerza y respiró hondo.

No estaba segura de qué hacía allí, pero sí de que tenía que hablar con Liam. Había observado el desván frente a su apartamento y no había advertido movimiento alguno. Luego lo había buscado en su casa y tampoco estaba. El pub era la siguiente parada.

¿Qué hacía allí?, ¿quería que se explicase?, ¿que le presentara disculpas? ¿O solo quería asegurarse de que todo había terminado con Liam?

Durante la discusión en el desván, había estado tan rabiosa y dolida, que no había sido capaz de pensar. Solo había querido insultarlo. Pero una vez en su apartamento, después de organizar un poco el desbarajuste, comprendió que daba igual lo que Liam creyese o dejara de creer. La junta directiva del banco Intertel pensaba que ella había robado un cuarto de millón de dólares.

Antes de empezar una nueva vida, tendría que acabar con la anterior. Y para eso tendría que demostrar su inocencia… y averiguar la forma de racionalizar su apasionada pero breve relación con Liam Quinn. Ellie miró antes de cruzar la calle, subió las escaleras que daban al pub y se recordó que debía permanecer serena mientras hablaba con él.

Cuando se sintió preparada, empujó la puerta y entró. La primera persona a la que reconoció fue a su padre, Seamus Quinn. Luego vio a Dylan, el bombero, también detrás de la barra. Lo saludó con una mano y este se acercó a recibirla.

– ¡Hola, Ellie!

– ¿Qué tal? -contestó ella, devolviéndole la sonrisa, alzando la voz por encima de la música.

– Así que has decidido aventurarte a entrar en el pub de los Quinn. ¿Qué quieres?, ¿te pongo una Guinness?, ¿o prefieres algo más propio para los gustos de una dama?

– La verdad es que no me apetece nada. Estaba buscando a Liam. ¿Sabes dónde está?

– Estaba ahí con Sean y Brian -dijo tras girarse hacia el extremo de la barra-. Pero no lo veo. Voy a…

– No, ya les pregunto yo. Gracias.

Se acercó a los hermanos. Cuando la vieron, Sean miró hacia un hueco que había al fondo. Una multitud se había reunido en torno a la mesa de billar, donde localizó a Liam junto a una rubia de curvas peligrosas y vaqueros ajustados. Ellie sintió una punzada de celos y rabia al mismo tiempo. ¡No había tardado mucho tiempo en olvidarla!

Lo miró unos segundos mientras Liam se inclinaba sobre la mesa y tiraba. Tenía una complexión atlética que hacía provocador el mero hecho de estar empuñando el taco. Ellie se dio cuenta en que la rubia que lo acompañaba le estaba mirando el trasero. Que estuviera o no con ella no cambiaba lo que había ido a decir.

Se acercó a la mesa y esperó a que Liam la viese. Después de tirar otra vez, levantó la mirada y sus ojos la encontraron. Ellie sintió que se quedaba sin respiración y tuvo que obligarse a tomar aire. Al principio pareció sorprendido, luego le sonrió. Sin dejar de mirarla, dejó el taco sobre la mesa de billar y la rodeó hasta estar frente a Ellie.

– Estás aquí -murmuró, registrando cada facción de su cara como si hiciese años que no la veía-. Pensé que quizá te hubieras ido de la ciudad.

– ¿Puedo hablar contigo?

– Sí.

– ¿En privado?

– Liam, ¿no vas a terminar la partida?

– No puedo -se disculpó él, mirando la cara de puchero de la rubia-. Búscate otro Quinn. Aquí hay muchos.

– Creo que también tengo que hablar con Sean -comentó Ellie.

Liam llamó a su hermano y lo instó a que se acercara. Se reunieron en una mesa situada en un rincón sombrío y se sentaron, Sean y Liam a un lado y Ellie enfrente.

– No sé si seguís buscando a Ronald Pettibone -arrancó sin rodeos-. O sea, sé que sabéis dónde está, pero creo que yo sé lo que quiere – añadió al tiempo que sacaba del bolso una cajita de música.

– ¿Qué es eso? -preguntó Liam al tiempo que estiraba una mano para agarrar la cajita.

– Me la dio Ronald unas semanas antes de cortar conmigo. Y luego, justo antes de que me fuera de Nueva York, me pidió que se la devolviera. Dijo que la había heredado. Pero no es tan antigua. Estaba tan enfadada con él, que no se la di. Luego me vine a Boston. Y, de repente, Ronald se presentó aquí. Creo que puede ser él quien ha estado entrando en mi apartamento.

– Y yo -dijo Liam. Sean también asintió con la cabeza.

– Y creo que busca esto. La tenía guardada en el trastero del casero. A Ronald no se le ocurrió mirar ahí -Ellie le agarró la cajita de música a Liam y le dio la vuelta-. Tiene doble fondo – añadió al tiempo que echaba adelante un botón.

– Hay una llave -dijo Liam.

– Es de una caja fuerte de un banco de Boston -explicó Ellie-. Vinimos un puente y coincide con el día que me dio la cajita de música. No pasamos todo el tiempo juntos, así que quizá estuvo en el banco. Es el banco Rawson. Tienen una sucursal a unas manzanas del hotel donde nos alojamos. Creo que, sea lo que sea lo que haya en esa caja fuerte, tiene que ver con el dinero robado.

– Si pudiéramos ver el contenido…

– Imposible -atajó ella-. A no ser que pusiera la caja fuerte a mi nombre, no podremos abrirla.

– Lo comprobaremos -Liam le entregó la llave a Sean.

– No -dijo Ellie.

– ¿No? -preguntó Sean.

– Tengo un plan. Voy a llamarlo y le voy a decir que sé lo de la malversación y que quiero parte del dinero a cambio de la llave.

– Ellie, no quiero que…

– Voy a hacerlo -Ellie levantó una mano interrumpiendo la objeción de Liam-. Lo haré con vosotros o por mi cuenta. Pero, si no aclaro esto, siempre pensarán que tuve algo que ver en el asunto.

Liam se levantó, agarró una mano de Ellie y tiró con delicadeza para que se pusiera de pie.

– Discúlpanos, necesito hablar con Ellie a solas.

Mientras la conducía hacia a la cocina, Ellie trató de soltarse.

– Lo voy a hacer -insistió.

Una vez en la cocina, Liam la acorraló contra la encimera y le puso las manos en la cintura, bloqueándole cualquier intento de escapada.

– Ellie, este tipo ya ha demostrado que está dispuesto a matar por dinero. No quiero que estés en peligro. Sean y yo encontraremos el dinero y avisaremos a las autoridades.

– No -dijo Ellie.

– Si no lo hacemos bien, Ronald acabará echándote la culpa y podrías acabar en la cárcel cumpliendo la condena que le corresponde a él. ¿Es eso lo que quieres?

– Yo no he robado el dinero -afirmó Ellie.

– Lo sé.

– ¿Sí?

– Ellie, nunca llegué a creerme que estuvieras implicada -dijo Liam tras suspirar-. Pregúntale a Sean. Desde el momento en que te conocí, puse en duda que hubieras participado en esto. ¿Crees que habría salido contigo si de veras pensase que eres una delincuente?

– ¿Y por qué has salido conmigo?

– Porque… no sé… no he podido evitarlo.

– ¿Quizá porque era parte de tu trabajo?

– Sé que estás dolida y que sientes como si te hubiera engañado, pero…

– Es que me has engañado.

– Lo siento -Liam la miró a los ojos y Ellie parpadeó para que no se le saltaran las lágrimas. Cuando le acarició una mejilla y se agachó, supo que estaba a punto de besarla. En el último momento, Ellie giró la cabeza y lo esquivó.

– Bueno… ¿qué vamos a hacer?

– No sé qué quieres que diga.

– Me… me refiero con Ronald. Creo que debería llamarlo e invitarlo a casa. Pero no quiero enseñarle la llave allí. Podría…

– Maldita sea, Ellie, no puedes…

– Para -atajó ella-. Podía decirle que tengo la llave en un lugar seguro. Luego ir por ella, después ir al banco y, cuando lleguemos, lo detienes.

– Yo no puedo detenerlo. Y Sean tampoco. Según mi hermano, primero hay que avisar al banco. Luego, ellos llaman a las autoridades. Después se envía una orden de detención y por último lo detienen. Es más complicado de lo que parece.

– Puedo hacerlo -aseguró Ellie-. Puedo conseguir que confiese.

Esa vez no dudó. Liam la agarró por los hombros, se la acercó y le dio un beso largo y prolongado. Ellie no se apartó. Apoyó las manos sobre su torso y luego las entrelazó detrás de su nuca. Cuando comprendió que Liam no pararía mientras ella no lo hiciera, se echó hacía atrás. Quiso decirle que le había hecho mucho daño, cuánto lo quería y lo vulnerable que se sentía.

Pero no estaba dispuesta a abrirle su corazón. Si Liam no le correspondía, sabía que se le partiría en mil pedacitos. Y esa vez no podría recomponerlo. Estaba enamorada de Liam Quinn, de verdad, por primera vez en su vida.

– Tengo que irme -dijo.

– No. Tenemos que tomar una decisión. Si vas a seguir adelante, quiero estar seguro de que estás a salvo -murmuró Liam.

– ¿Qué debo hacer? Dímelo tú.

– Llama a Ronald esta noche y dile que quieres verlo. Pero tiene que ser en algún sitio donde podamos vigilaros. Y oíros -arrancó él-. No le digas de qué quieres hablar. Si te pregunta, dile que es por lo de esos contactos para encontrar trabajo. Sé simpática, hazle creer que tiene una oportunidad.

– No puedo creerme que haya podido gustarme. Debería haberlo plantado antes de que él cortara conmigo -Ellie frunció el ceño-. Lo que no entiendo es por qué rompió antes de que le devolviera la llave.

– Supongo que confiaría en que podría recuperarte cuando quisiera. Pero trastocaste sus planes cuando dejaste el banco y te viniste a vivir a Boston -dijo Liam-. Quizá debería estar contigo cuando lo llames.

Aunque habría preferido contar con su apoyo, no quería retomar la relación con Liam tan rápidamente. Era muy fácil quererlo, depender de él. Pero, por una vez en la vida, se iba a quitar las gafas de color de rosa y vería al hombre que era en realidad: un hombre que la había engañado y traicionado.

– Yo te llamaré -contestó por fin.

– Te llevo a casa -Liam le rozó los labios con un dedo antes de que pudiese protestar-. Solo quiero asegurarme de que estás a salvo.

Ellie asintió con la cabeza. Se sentía mucho más segura junto a él… al menos físicamente. Emocionalmente, sabía que bastaría un solo beso más para arriesgarse a perder el corazón. Liam había acudido en su rescate antes, pero en ese momento era ella quien debía rescatarse.

Ellie se alisó el vestido de noche, luego se subió el escote para no mostrar tanta piel. Había comprado el vestido hacía casi tres años para una cita con un corredor de Bolsa de Wall Street, pero en el último momento la había llamado para cancelarla y nunca había vuelto a tener noticias de él.

Al menos podría sacarle provecho esa noche. Estaba decidida a atrapar a un hombre y, de paso, limpiar su nombre. Debía estar asustada, pero desde que había conocido a Liam, había aprendido que era capaz de explotar su sensualidad a su favor. Tal vez no fuese una mujer fatal, pero había ganado seguridad en sí misma.

Dio un tirón al bajo de la falda, que le llegaba hasta medio muslo, pero al hacerlo se le bajó el escote.

– Déjalo así -se dijo mientras se ajustaba el sostén. Luego se examinó con ojo crítico frente al espejo-. Estoy… muy guapa. Haré con él lo que se me antoje.

– ¿Vas a ir con ese vestido?

El corazón le dio un vuelco al oír la voz de Liam. Sean y él habían llegado a su apartamento hacía unas horas para poner un micrófono. Desde entonces, Liam había estado revoloteando a su alrededor, viendo cómo se preparaba para la cita, observándola en silencio y volviéndola un poco loca. Sean se había limitado a desearle buena suerte y había regresado al desván del edificio de enfrente.

– ¿Qué tal estoy? -le preguntó Ellie al reflejo de Liam en el espejo.

– ¿No vas un poco… ligera de ropa? Ellie se giró hacia él. Estaba celoso. Sonrió para sus adentros, secretamente complacida.

– Quiero provocar a Ronald, demostrarle que no soy una mosquita muerta. Y para eso necesito mostrarme sexy y atractiva, la clase de mujer capaz de lo que sea para conseguir lo que quiere.

– ¿Y no puedes hacer eso con otro vestido?

– ¿Qué pasa?, ¿quieres que esto salga bien o no? -contestó ella. Liam soltó un exabrupto, se dio media vuelta y regresó al salón. Ellie lo siguió-. ¿Qué es lo que te molesta?, ¿que el vestido sea demasiado atrevido o que Ronald vaya a ver más piel de lo que te parece apropiado?

– Ellie, Ronald ya ha intentado matarte. No me parece conveniente que lo provoques.

– Pero… tú vas a estar aquí para protegerme si pasa algo. Y Sean está vigilando desde el desván. No tengo miedo. Solo me preocupa meter la pata…

– Recuerdas en qué hemos quedado, ¿verdad? Si en algún momento no te sientes segura, pronuncia la palabra «hambre». Pregúntale si tiene hambre, lo que sea. Yo saldré de la habitación de inmediato.

– De acuerdo. Pero, ¿qué pasa si quiere que le entregue la llave aquí mismo?

– Dile que has guardado la cajita de música en otra caja fuerte y que no puedes recuperarla hasta mañana por la mañana. La recogerás, quedarás con él en su banco y os llevaréis el dinero.

– Y ahí es cuando lo pilláis con las manos en la masa, ¿no?

– Exacto. Sean ha llamado a Intertel y han avisado a las autoridades de que Ronald está aquí. Lo detendrán en cuanto se haga con el dinero.

– ¿Y yo?

– Tendrás que contarles la verdad. Pero es evidente que no has tenido nada que ver con todo esto -Liam le agarró una mano y le dio un pellizquito-. Puedes hacerlo, Ellie.

– No me queda otra.

Ellie respiró profundamente, sintió como si el nudo que tenía en el estómago se le apretara. Cuando se solucionara todo, se había jurado empezar otra vez de cero, marcharse a otra ciudad, dejar el pasado atrás. Pero al pensar en una vida sin Liam el nudo del estómago se le trasladaba al corazón.

– Ronald -dijo después de sonar el telefonillo-. Se ha adelantado.

– Voy al dormitorio. Desde allí lo oiré todo.

– ¿Y si quiere entrar en el dormitorio? O sea, si tengo que…

– Si quiere entrar en el dormitorio, lo mandas a paseo -contestó Liam tajantemente-. Ya puede querer…

– ¡No! Quiero decir, si quiere que le enseñe el apartamento.

– Ah -Liam suspiró-. Bueno, intenta evitarlo. Si insiste, me esconderé en el armario.

Ellie asintió con la cabeza, se acercó a la entrada y pulso el botón de entrar. Liam le agarró la mano, le dio un pellizquito de ánimo. Luego se la llevó a la boca y le dio un beso en la muñeca.

– ¿Recuerdas la palabra?

– Hambre -contestó Ellie.

Esperó hasta que Liam se hubo ocultado en el dormitorio. Después abrió la puerta y salió al rellano a esperar a Ronald. Cuando lo vio subiendo por las escaleras, esbozó una sonrisa forzada.

– Hola, Ronald -lo saludó.

– Hola, guapa -contestó él.

– Pasa, siéntate.

– Una casa acogedora -comentó Ronald mientras entraba.

– Gracias -Ellie apretó los dientes. ¡Como si no la hubiese visto antes!-. ¿Quieres beber algo? Tengo un vino muy bueno.

– Estupendo.

Fue a refugiarse a la cocina. Necesitaba unos segundos para respirar y serenarse. Hasta el momento todo iba bien.

– ¿Tienes… -Ellie se paró antes de decir la palabra clave- ganas de comer algo?, ¿queso?

– No -contestó Ronald-. Con el vino vale. Cuando volvió al salón, lo encontró de pie frente a las estanterías, examinando los objetos decorativos.

– Gracias -dijo él tras tomar la copa de vino-. Estaba mirando, no veo la cajita de música que te di.

– Curioso que la menciones -contestó ella.

– ¿Por?

– Siéntate, Ronald. Tenemos que hablar – Ellie se sentó, dio un sorbo de vino para ganar unos segundos mientras reunía fuerzas-. Hace una semana hablé con Daña, del banco. ¿Te acuerdas de ella? Bueno, da igual. El caso es que me dijo que ya no trabajabas allí. Y que alguien había robado un cuarto de millón de dólares, ¿puedes creértelo?

Ronald negó con la cabeza y su rostro compuso una expresión de inquietud.

– ¡No me digas!, ¡qué horror!

– Pues sí. Y lo peor de todo es que tienen dos sospechosos.

– ¿Y qué tiene eso de malo?

– Que uno soy yo. Y el otro tú. Ahora bien, yo sé que yo no he robado el dinero, así que solo se me ocurre una respuesta: que fuiste tú.

– Ellie, no puedo creer que pienses…

– Ahórrate el teatro, Ronald. He encontrado la llave de la cajita de música. Sé lo que intentas. Entraste en mi apartamento hace unas semanas para recuperar la caja. Me has intentado atrepellar y has querido abrirme la cabeza con un ladrillo para mandarme al hospital y tener más tiempo para registrar mis cosas. Y en vista de que no lo conseguiste, volviste a entrar en mi apartamento y lo pusiste todo patas arriba.

– De verdad, Ellie, no sé de qué me hablas.

– Tengo la llave -dijo ella-. Tiene que interesarte mucho… si has llegado a estos extremos por conseguirla. De modo que, si la quieres, tú y yo vamos a tener que hacer un trato.

Ronald la examinó durante unos segundos, tanteando la situación y la decisión de Ellie.

– Supongamos que robé ese dinero. ¿Qué quieres sacar de esto?

– Pediría la mitad, dado que ya te has encargado de que parezca que he sido yo quien lo ha robado. Pero no soy tan codiciosa. Me conformaría con cincuenta mil dólares. Suficiente para tener algo de dinero que me permita empezar de cero en San Francisco, o quizá Chicago.

– ¿Tienes la llave aquí?

– No, la tengo en un sitio seguro. Si aceptas el trato, iré por ella, nos reuniremos en el banco y me entregarás mi parte.

Ronald abrió la boca, como si fuese a negarse. Luego soltó una risotada.

– Creo que te he subestimado, Ellie.

– Le pasa a la mayoría de los hombres. No se dan cuenta de lo que tenían hasta que lo han perdido -Ellie dejó la copa de vino y se puso de pie-. Entonces, ¿trato hecho?

– Supongo que sí -Ronald se levantó y dio un paso adelante-. ¿Sellamos el trato con un beso? Por los viejos tiempos.

No se le ocurría nada más desagradable que besar a Ronald Pettibone, aparte, quizá, de ir al dentista sin anestesia. Pero tenía que interpretar un papel y no quería que Ronald sospechase nada.

– De acuerdo -Ellie le lanzó una sonrisa coqueta-. Por sellar el trato.

Capítulo 8

Liam maldijo para sus adentros. Jamás debería haber dejado que Ellie hiciera eso, ponerla en peligro. Le entraron ganas de abrir la puerta y ver qué clase de beso se estaban dando exactamente. Pero sabía que no debía. Además, Sean estaba vigilando desde el desván. Si pensara que Ellie estaba en apuros, lo habría llamado al móvil, tal como habían quedado.

Liam esperó impaciente a que empezaran a hablar de nuevo, preguntándose cuánto tiempo iba a durar el beso. Por fin, le llegó el sonido de sus voces a través de la puerta.

– Está claro que te subestimé -dijo Ronald-. Has cambiado, Eleanor.

– Es posible -contestó ella, provocativa.

– ¿Sabes? Tú y yo podíamos tener un futuro muy agradable.

– No sé, Ronald. Un cuarto de millón de dólares no da para tanto en los tiempos que corren.

– Si es por eso, tengo mucho más -Ronald rió-. ¿No te has preguntado cómo lo he hecho tan fácilmente?

– La verdad es que sí.

Sobrevino una pausa prolongada. De pronto, Liam también sentía curiosidad.

– Ya lo he hecho antes. Tres veces en tres bancos distintos. Empecé con una cantidad pequeña en un banco de Omaha, Nebraska. Luego cambié de identidad. Ese es el secreto. Haces el trabajo y desapareces. Es increíble lo que se puede conseguir si se tiene el dinero suficiente -contestó con satisfacción-. Después de Omaha, estuve en otros dos bancos en Seattle y Dallas. Con las inversiones que he hecho a lo largo de los años, tengo dos o tres millones netos.

– ¡Ronald! -Ellie paró-. Si es que te llamas Ronald. Es una historia alucinante.

– ¿Y sabes lo que sería más alucinante? Que te vinieras conmigo. Podríamos formar un equipo.

– ¿Y para qué me necesitas cuando puedes utilizar a cualquier empleada para echarle la culpa?

– Bueno, eso seguiríamos haciéndolo. Tendría que enrollarme con alguna para que no sospecharan de nosotros. Pero entre dos podríamos conseguir sumas más grandes.

– Solo dime una cosa -murmuró Ellie. Liam supo que lo estaba tocando. Quizá había apoyado una mano sobre el torso de Ronald. O le estaba rodeando la nuca con un brazo. Pero el tono de voz era elocuente: ese tono profundo y seductor que empleaba cuando coqueteaba con él.

– ¿Qué quieres saber?

– Cómo te llamas de verdad.

Soltó una risotada y Liam se imaginó que era Ronald quien la tocaba de pronto, la sujetaba por la cintura o le daba un beso en el cuello. Contuvo el impulso de irrumpir en el salón e interponerse entre los dos. ¡Las cosas estaban yendo demasiado lejos!

– Cuando me digas que estás de acuerdo, te diré mi nombre.

– Tengo que pensármelo -contestó Ellie-. ¿Puedo responderte dentro de unos días?

– O esta noche si quieres. Después de que recuperemos el tiempo perdido.

Esa vez, tuvo la certeza de que se estaban besando. Oyó a Ronald gruñir, un suspiro de Ellie. Estaba que explotaba. Se preguntó hasta dónde llegaría Ellie. Ya había quedado con Ronald para el día siguiente. ¿Lo estaba haciendo solo para atormentarlo, sabedora de que estaba escuchándolo todo detrás de la puerta?

– Creo que será mejor que vayamos con calma -respondió Ellie-. Es un paso importante.

– No tenemos mucho tiempo -dijo Ronald con cierta tensión.

– El dinero no va a moverse de donde está, Ronald. Además, las cosas que merecen la pena se hacen esperar. Piensa en lo que puedes conseguir: el dinero… y a mí -Ellie abrió la puerta del apartamento-. Yo te llamaré, Ronald.

– Buenas noches, Eleanor.

La puerta chirrió mientras cerraba. Liam la oyó echar el cerrojo. Esperó unos segundos y por fin salió del dormitorio, casi corriendo, mientras ella iba hacia el cuarto de baño. La siguió dentro sin esperar a que la invitase.

– ¡Puaj! -dijo Ellie mientras agarraba el cepillo de dientes-. Creía que iba a vomitar -añadió mientras se limpiaba los dientes y la lengua.

– ¿Se puede saber qué estabais haciendo?

– ¿Has oído lo que ha dicho? -preguntó con el cepillo colgándole en la boca.

– Claro que lo he oído. He oído cada palabra y cada silencio.

– Ya lo había hecho tres veces más -continuó Ellie-. Y no se llama Ronald Pettibone. No ha querido decirme su verdadero nombre, pero quizá podamos conseguir averiguarlo. Ha tocado la copa de vino. Podemos enviarla para que analicen las huellas dactilares.

– Claro, ahora mismo la enviamos a una tienda de análisis de huellas en una hora, a ver qué nos dicen.

– No hace falta que seas tan sarcástico -Ellie llenó un vaso de agua y se enjuagó la boca-. He conseguido unos días de margen. ¿Crees que Sean lo habrá grabado todo? No se ha acercado a las flores, pero era el lugar perfecto para esconder el micro… Lo he hecho bien, ¿verdad? Ahora Sean podrá presentar las pruebas al banco y ellos harán que lo detengan -añadió tras limpiarse la boca con la toalla, girándose hacia Liam.

– Te has arriesgado mucho -contestó irritado.

– ¿Qué dices? Le he sacado que no era su primer delito de malversación. He conseguido que reconozca que robó el dinero de Intertel y de otros tres bancos. ¡Y ahora quiere que me vaya con él para que sigamos saqueando más bancos!

El móvil sonó. Era Sean.

– Déjame hablar con Ellie -dijo.

Liam le pasó el teléfono y la miró mientras Ellie oía a Sean. Primero sonrió, luego rió hasta dos veces antes de darle las gracias y despedirse.

– Dice que lo he hecho muy bien. Y que lo ha grabado todo. Y que dejes de quejarte y me des las gracias.

Liam salió del baño, encontró el pequeño micrófono oculto en el florero, lo agarró y se giró hacia la ventana que daba al desván:

– Desconecta el condenado micrófono ahora mismo -dijo. Luego tiró de las cortinas y cerró para que Sean no pudiera verlos.

– ¿Se puede saber qué te pasa? -preguntó Ellie con las manos en las caderas-. ¿Tienes algún problema?

– Sí, tú. Tú eres el problema -respondió al tiempo que recogía su abrigo del sofá.

– ¿Yo? ¡Encima! Que yo sepa, soy yo la que debería estar enfadada. Yo no he hecho nada. Yo no he robado al banco. Yo no he mentido acerca de mis motivos para empezar esta relación. Yo no he espiado a alguien a quien no tenía por qué espiar. Aquí la inocente soy yo.

– Sí, inocentísima. ¿Y quieres que me lo crea después de cómo te has portado con Ronald Pettibone?

– Eso ha sido estrictamente profesional – contestó ella.

– La profesión más vieja del mundo, sí.

A Ellie se le desorbitaron los ojos al oír aquel insulto velado. Se acercó hasta estar a escasos centímetros de Liam.

– Debería darte una bofetada.

– Adelante -la desafió él.

Los ojos le brillaron de furia, pero Ellie no entró en la provocación. Apretó los puños y se giró. Pero, un segundo después, Liam la había agarrado por la cintura, le había dado la vuelta y la estaba besando con voracidad.

Al principio se resistió, pero al sentir su lengua dentro de la boca, fue aflojándose entre sus brazos, sometiéndose al calor de las caricias. Liam le puso las manos por detrás y la atrajo contra el cuerpo para que sintiese su erección contra el ombligo.

No pudo evitar gemir, rodearle la nuca con ambas manos, rendirse al beso. Liam sabía que, si la levantaba en brazos y se la llevaba a la habitación, no encontraría oposición. Pero quería que Ellie lo necesitase tanto como ella a él, que lo deseara hasta tal punto que no fuese capaz de sobrevivir sin él. Así que puso fin al beso, se apartó, dejándola con las rodillas temblando, se dio la vuelta y abrió la puerta.

– ¿Qué… qué haces? -preguntó confundida Ellie.

– Demostrarte lo que te perderías si decidieras irte con Ronald Pettibone -contestó Liam Luego salió al rellano y cerró. Estaba en la segunda planta cuando oyó un cristal roto contra el suelo. Y luego otro-. Parece que me ha entendido -murmuró sonriente.

– ¿Estás lista?

Ellie miró a Sean Quinn, sentado al volante del coche, con la vista clavada en la fachada del banco Rawson.

– Creo que sí -contestó-. Un poco nerviosa.

– No tienes por qué. Liam dice que Pettibone ya está dentro esperándote. También hay agentes del FBI.

– ¿Ha venido el FBI?

– Ronald ha infringido unas cuantas leyes federales -explicó Sean.

– ¿Cómo sabré quiénes son?

– No te hace falta. Ellos te conocen. Si surge algún problema, no tienes más que dar un grito.

– ¿Problemas?

– No te preocupes. Es un lugar público. No pasará nada.

– Está bien -Ellie asintió con la cabeza-. Repasemos: entro, le doy a Ronald la llave y espero a que abra la caja fuerte. Cuando salga, lo detienen. Y me marcho.

– Exacto. Ya te han tomado declaración, aunque quizá te pidan más detalles los federales. Y luego está el juicio de Ronald. O los juicios, según cuántos decidan denunciarlo.

– ¿Tendré que testificar? -preguntó Ellie.

– Probablemente.

– ¿Y si no va a la cárcel? ¿Crees que irá por mí?

– Irá a la cárcel -aseguró Sean-. Serás abuela para cuando termine de cumplir condena.

– Dado mi historial con los hombres, eso es tanto como una cadena perpetua para Ronald – Ellie sonrió.

Sean le devolvió la sonrisa, la primera sonrisa sincera que le había visto. Por lo general estaba muy tenso, muy preocupado siempre. Pero cuando sonreía, su rostro se transformaba y se convertía en el segundo hombre más guapo del planeta. Ellie le estaba agradecida por todo su apoyo durante los últimos días, con los interrogatorios, las declaraciones y explicaciones. Aunque Liam se había mostrado distante, Sean siempre había estado cerca para tranquilizarla.

– Sé que parece enfadado, pero no lo está – dijo de pronto.

– ¿Liam?

– Nada de esto es culpa suya -contestó Sean-. Lo convencí para que me ayudara en este caso. Nunca creyó que hubieras robado el dinero.

– ¿Te ha pedido que me lo digas?

– Liam es encantador, pero no tanto -respondió él, negando con la cabeza-. Nunca digo cosas que no pienso.

– Eso me lo creo, ya ves tú.

– Bueno -Sean respiró profundo-, ¿lista para entrar?

– Sí.

– Entonces venga. Estaré unos metros detrás de ti.

Ellie abrió la puerta del coche, salió y echó a andar hacia el banco. Mientras caminaba, se repitió las palabras de Sean. Deseaba creer en Liam, confiar en tener un futuro a su lado. Pero ya había salido escaldada muchas veces con hombres mucho menos encantadores. ¿Qué pasaría si lo perdonaba?, ¿cuánto tardaría en volver a traicionarla? Y en tal caso, ¿conseguiría superarlo alguna vez?

Sí, por supuesto que era maravilloso, dulce, guapo y seductor. Pero esas cualidades atraían a todas las mujeres. ¿Cuánto tiempo tardaría en encontrar a otra más interesante que Eleanor Thorpe, contable y detective privada amateur?

Ellie sabía que no era una supermodelo ni tenía mucha experiencia en la cama. No era más que una chica corriente que quería que un chico corriente la amara. El problema era que se había topado con un hombre increíble y no estaba segura de qué hacer con él.

Soltó una palabrota. ¡No era el momento de considerar su vida amorosa! Tenía un trabajo que hacer, una obligación antes de poder marcharse de Boston y empezar una nueva vida en cualquier otra parte. Ellie cruzó la calle y redujo el paso a medida que se acercaba a la entrada del banco.

– Estoy en la puerta -dijo.

Uno de los guardias de seguridad, de pie en el interior, se la abrió y ella le sonrió mientras pasaba. ¿Sería uno de los agentes del FBI o un empleado que se limitaba a hacer su trabajo? Una vez en el vestíbulo, se giró en busca de Liam. Lo encontró sentado en un banco, leyendo un tríptico publicitario. Sus miradas se cruzaron un segundo y el corazón le dio un vuelco. Luego siguió escudriñando el vestíbulo.

Ronald la esperaba en un extremo. Llevaba una maleta en una mano y zapateaba contra el suelo con impaciencia.

– Llegas tarde. Pensé que quizá no vinieras.

– No tengo coche. He tenido que llamar a un taxi y se ha retrasado.

– ¿Tienes la llave?

Ellie metió la mano en el bolso y se la entregó. Ronald sonrió y ella suspiró aliviada. Había cumplido su parte.

– Bueno, ¿qué?, ¿has pensado en mi oferta, Eleanor?

– Sí -contestó ella-. Y es muy tentadora. Pero creo que esperaré a tomar mi decisión hasta que hayamos terminado esta transacción. Tengo que estar segura de si puedo confiar en ti.

– ¿Por qué no me acompañas y te enseño el botín? -Ronald le agarró una mano y la condujo hacia una escalera ancha-. Las cajas fuertes están en la segunda planta.

No pudo negarse. De haberlo hecho, lo habría hecho sospechar. ¿Y qué podía hacerle en un sitio público? Había mucha gente vigilándolos y bastaría con que diese un grito para que corrieran en su auxilio.

– De acuerdo. Nos repartimos el dinero arriba.

Ronald se lo pensó unos segundos. Era evidente que había planeado algo para no entregarle su parte. Y tenía que decidir si mantenerla a su lado o tomar el dinero y echar a correr.

– Pensándolo bien, algunos bancos no permiten entrar a las cajas fuertes más que a la persona que las tiene a su nombre. Quizá sea mejor que esperes fuera.

– No pienso salir del banco sin mi parte -lo advirtió-. Te espero.

Ronald asintió con la cabeza antes de subir las escaleras. Ellie lo miró hasta que desapareció tras una puerta, incapaz de entender cómo podía haber estado tan enamorada de él.

– Ha subido -dijo. Luego se quedó un buen rato al pie de las escaleras, esperando, sin saber qué hacer. Tenía miedo de moverse, de que estuviera mirándola desde arriba.

Por fin se giró, vio a Liam acercarse a ella con expresión preocupada.

– Venga -dijo después de darle la mano-. Acaban de detenerlo. Vámonos.

– No -contestó Ellie-. Quiero quedarme. Quiero que sepa quién ha hecho esto.

Segundos después, Ronald reapareció en las escaleras, flanqueado por dos hombres con uniformes oscuros. Llevaba las manos esposadas a la espalda y uno de los agentes llevaba el maletín. La miró con odio y se paró junto a ella al llegar abajo.

– Sabía que no debía confiar en ti.

– Parece que sí me subestimaste, Ronald.

Los agentes lo agarraron por los brazos y lo arrastraron fuera. Ellie miró cómo se lo llevaban, pictórica de satisfacción. Había hecho lo que tenía que hacer y por fin era libre para seguir con su vida en otra parte.

– Bueno, ya está -dijo Liam.

– Sí… -Ellie lo miró. No quería despedirse, pero tenía que tomar una decisión-. Muchas gracias… por todo lo que has hecho. Y dale las gracias a Sean también.

– Puedes dárselas tú. Había pensado que podíamos acercarnos al pub a celebrarlo.

Ellie sabía que, si lo acompañaba, no tendría fuerzas para separarse luego. Y tenía que aceptar la realidad: Liam la había engañado. No era distinto a los demás hombres que habían pasado por su vida. Pero sí más peligroso, pues tenía su corazón en sus manos.

En las últimas semanas había fantaseado mucho con compartir su vida con Liam, pero su instinto le decía que debía alejarse. Sus anteriores parejas le habían hecho daño, pero Liam Quinn podría destrozarla.

– Prefiero irme a casa -contestó finalmente, justo antes de echar a andar hacia la puerta.

– Ellie, tienes que darme una oportunidad.

– ¿Por qué?

Le agarró una mano y entrelazó los dedos con los de ella.

– No lo sé -Liam hizo una pausa-. Sí, sí lo sé. Te necesito, Ellie. Eres lo primero en lo que pienso cuando me despierto por la mañana y lo último en lo que pienso antes de dormirme. Y, entre medias, no dejo de pensar en ti. No sé por qué, pero tiene que tener algún sentido.

– Ahora lo tiene -contestó ella-. Pero créeme: desaparecerá. Eres un hombre. Antes o después, querrás cambiar de mujer.

– No me compares con Ronald y los demás tipos que te han herido.

– ¿Por qué voy a creer que eres distinto? – preguntó Ellie, deseando oír una respuesta convincente.

– ¿Quizá porque es posible que esté enamorado? -preguntó Liam.

Ellie tragó saliva, lo miró a los ojos. Ya había oído esas palabras con anterioridad y la experiencia le decía que anunciaban el final de una relación, más que el principio. Una vez que el hombre las pronunciaba, no se esforzaba por complacerla, el aburrimiento se instalaba y un día todo acababa.

Nunca se había dado cuenta de lo escéptica que se había vuelto. ¿Seguiría siendo capaz de amar a un hombre y atreverse a confiar en él?

Llevaba casi toda su vida de adulta buscando a esa persona especial que la hiciera sentir que no estaba sola en el mundo.

– Es un sentimiento muy bonito, pero no cambia nada con decirlo.

– Maldita sea, Ellie, no puedes marcharte así.

– Sí puedo -contestó, controlando la emoción que le oprimía el pecho-. Adiós, Liam. Cuídate.

Ellie reanudó la marcha hacia la puerta, rezando para que esa vez él le dejara alcanzarla. Al mismo tiempo, estaba deseando darse la vuelta y lanzarse a sus brazos. Pero había tomado una decisión y viviría en consecuencia. Recuperaría el control de su vida y pensaría qué quería aparte de una relación romántica.

Con todo, al salir a la calle, no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Quizá estuviera despidiéndose del mejor hombre que jamás había conocido. Quizá estuviera cometiendo el mayor error de su vida. Pero nunca podría saberlo salvo que, de veras, se marchara.

Respiró profundamente y siguió andando. Fue lo más difícil que había hecho en su vida.

Liam estaba en el bar, sentado frente a una pinta de Guinness. Era la hora de comer y en el pub solo había algunos de los clientes habituales. Seamus estaba tras la barra, charlando con uno de ellos, mientras Liam echaba un vistazo al último número del Globe.

Le había hecho una buena foto al gobernador en la inauguración de una fábrica de Woburn, pero parecía que no se la habían publicado. Al menos se la habían pagado. Y tenía en el bolsillo el dinero por el caso de malversación.

Había pensado en comprarse un objetivo nuevo, o quizá otra cámara. O gastarse el dinero en unas buenas ampliaciones e intentar exponerlas en alguna galería. Pero había otra posibilidad: darle el dinero a Sean y pedirle que encontrase a Ellie Thorpe.

Se había ido de Boston el mismo día que habían detenido a Ronald Pettibone. Liam se había acercado a su apartamento por la noche para intentar convencerla de que se quedara y el casero le había dicho que se había marchado. Había encargado que llevaran sus cosas a un almacén hasta que se instalara en algún sitio. Pero no había podido indicarle dónde.

Desde entonces, no sabía cómo localizarla. No conocía a ningún familiar, ningún amigo. Había hablado de San Francisco o Chicago, pero eran ciudades grandes y sería muy fácil perderse.

No le quedaba más remedio que aceptar que todo había acabado. No volvería a verla. A no ser que se le ocurriera una forma de encontrarla. No había tardado en comprender el error que había cometido y reconocer lo que sentía por ella. Estaba enamorado de Ellie Thorpe.

– Hola, hermano.

Liam se giró hacia la entrada al oír la voz de Keely. Cerró el periódico y lo puso en un taburete vacío.

– Hola, hermanita. ¿Cómo te va?

– Te estaba buscando.

– Pues me has encontrado.

Se sentó en un taburete junto a él. Seamus se acercó y Keely le pidió un refresco de limón. Seamus le guiñó un ojo mientras le servía. Aunque solo hacía un año que había descubierto a su hija, había aprendido a disfrutar del cariño que Keely le profesaba.

– Tomarás algo de comer también.

– Un filete con patatas fritas -contestó ella.

– Marchando -dijo Seamus tras anotarlo en su libreta.

– Bueno, ¿de qué querías hablar? -le preguntó Liam.

– De unas fotos.

– ¿Cuándo y dónde?

– No, de unas fotos que ya has hecho. ¿Te acuerdas de las que le hiciste a Rafe sobre lugares típicos de Boston para la sala de conferencias?

– Sí.

– Pues hay una mujer que está escribiendo un libro sobre Boston y le gustaría ilustrarlo. Parece que está muy interesada en tus fotos. Quizá quiera comprar alguna -Keely le entregó una tarjeta de trabajo-. Su número. Espera tu llamada.

– Gracias. Qué sorpresa.

– Siempre he creído que tus fotos eran muy especiales. Me alegra no ser la única.

Liam le pasó un brazo por los hombros y le dio un abrazo.

– ¿Sabe Rafe lo afortunado que es?

– No dejo de recordárselo -bromeó Keely. Luego se le borró la sonrisa-. Sean le contó a Conor lo de tu amiga Eleanor. Y Conor se lo ha dicho a Olivia y Olivia a mí. Siento que no sigáis juntos. Parecía una chica estupenda.

– Supongo que la maldición de los Quinn no ha funcionado. Seguí las reglas: fui a su rescate. Se suponía que Ellie tenía que haberse enamorado de mí, pero ha sido al revés. Me he enamorado yo de ella.

Keely parpadeó sorprendida. Luego soltó una risotada.

– ¡Vaya!, ¡estás enamorado! ¿Te tomaste la molestia de decírselo?

– Sí. Más o menos. No me planté y se lo dije directamente, pero…

– ¿Se puede saber qué os pasa a los hombres? -atajó Keely-. ¿Por qué os cuesta tanto expresar lo que sentís?

– ¿De verdad necesitas preguntarlo? -Liam apuntó con la barbilla hacia Seamus-. Supongo que no has oído suficientes historias sobre los Increíbles Quinn. Se supone que no debemos enamorarnos. Las mujeres son perversas y su misión es destrozarnos la vida.

– ¡Eso son chorradas! Y si crees que vas a conseguir olvidarte de la mujer de la que te has enamorado, ya te digo yo que no va a pasar.

– Gracias por los ánimos -contestó Liam.

– Soy una Quinn. Decimos la verdad como la vemos -Keely le agarró una mano-. Venga, encuéntrala. Dile lo que sientes y conseguirás arreglarlo. No dejes escapar la oportunidad por unas leyendas estúpidas.

Liam emitió un gruñido y puso la frente sobre la barra.

– ¿Qué estoy haciendo? Debería ir por ella, convencerla para que vuelva. Pero me da miedo que me rechace otra vez y saber que se ha acabado definitivamente. Prefiero seguir en este limbo, con la esperanza de que todavía tengo una oportunidad.

– No te engañes -replicó Keely-. ¿De verdad crees que vas a conseguir lo que quieres sentado en la barra del bar?

– Pero no sé dónde está -dijo Liam. De pronto, se puso de pie-. No sé dónde está ahora. Pero sí dónde estará. Tiene que testificar para el juicio de Ronald Pettibone. Y nosotros tenemos que ir a Nueva York para hablar con los fiscales el mes que viene. Seguro que estará allí.

– Entonces tienes un mes para decidir qué vas a decirle. Un mes para pintarle un futuro tan irresistible, que no pueda decir que no.

Liam bajó del taburete y agarró su abrigo.

– Gracias, Keely.

Luego sacó el móvil del bolsillo y llamó a Sean mientras andaba hacia la salida. Pero no respondió. Sabía que no estaba fuera de la ciudad ni trabajando, de modo que estaría en casa.

Liam le había hecho muchos favores y había llegado el momento de que le devolviese uno.

Solo necesitaba saber dónde se encontraba, asegurarse de que estaba bien. Entonces podría volver a dormir por las noches. Por primera vez desde hacía casi una semana, Liam miró el futuro con optimismo. Tenía dinero en la cuenta del banco y una persona interesada en comprar algunas de sus fotos. Y había conocido a la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Ya solo le quedaba encontrar la forma adecuada de decírselo.

Capítulo 9

La librería Manhattan era un refugio tranquilo para resguardarse del tráfico y los peatones que congestionaban la calle a la hora de la comida. Ellie se preguntó si le daría tiempo a picar algo. Consultó el reloj. Tenía media hora antes de ir a la oficina del fiscal para hablar sobre su testimonio en el caso de malversación de Ronald Pettibone… o David Griswold. El fiscal la había informado de que Ronald no era más que uno de los cinco nombres que su ex novio había utilizado.

El juicio tendría lugar el mes siguiente y le habían dicho que tendría que declarar. Pero en esos momentos no estaba pensando en el juicio, ni siquiera en la entrevista con la fiscal. Ese día era más que probable que volviese a ver a Liam.

Sintió un cosquilleo por el cuerpo y se paró a respirar profundamente para serenarse. Había pensado en ese momento desde que se había marchado de Boston hacía un mes, preguntándose qué sentiría al verlo de nuevo, intrigada por descubrir si la atracción habría desaparecido. Hasta se había tomado el día libre para prepararse y se había pasado casi toda la mañana revolviendo el armario y peinándose.

Había creído que no le costaría olvidarlo. Se había ido muy dolida, confundida y enfadada. Decidida a empezar de cero. Pero el banco Intertel la había llamado desde Nueva York para ofrecerle otro puesto, como recompensa por su colaboración para atrapar a Ronald. Ante la perspectiva de tener que pelearse por encontrar trabajo en una ciudad nueva, había aceptado la oferta, consistente en un ascenso y un incremento en el sueldo.

Era como si hubiese retrasado las manecillas del tiempo a cuando no conocía a Liam Quinn ni se había fijado en Ronald Pettibone. Su vida había vuelto a la normalidad: tenía amigos, un apartamento agradable en una ciudad en la que se sentía a gusto. Pero a Ellie ya no le interesaba esa normalidad. Lo normal era aburrido.

Cada vez que pensaba en su futuro, no podía evitar imaginarse junto a Liam Quinn. Al principio había tratado de racionalizarlo: había sido el último hombre con el que había estado y su imagen seguía rondándole por la cabeza. Luego había decidido que Liam Quinn era el hombre que más se había acercado a su ideal de perfección. Pero, al final, se había visto obligada a reconocer que seguía enamorada de él.

Sacudió la cabeza, incapaz de concentrarse en los libros de ficción que ocupaban la estantería frente a la que estaba. Había quedado a las once y media. Pero nada le impedía llegar antes. Tal vez Liam estuviese esperando también.

Ellie salió a la calle, se abrió paso entre la multitud, encaminando sus pasos hacia la plaza Foley. Ni siquiera sabía con certeza que Liam tuviese que estar en Nueva York ese día. Albergaba esa esperanza por un pequeño comentario de la fiscal. Leslie Abbott había dicho que intentaría entrevistarlos a todos el mismo día.

– Lo quiero -murmuró Ellie. Pero había pasado por suficientes rupturas como para saber que sus sentimientos podían no ser correspondidos. Liam podía haberse fijado en otra mujer durante ese mes.

Ellie abrió la puerta de acceso al vestíbulo, entró. Solo pensar que Liam pudiera estar con alguien distinto le partía el corazón. ¿Cómo lo había dejado escapar? Se había dejado dominar por la rabia y había estropeado algo que podía haber sido maravilloso.

Un guardia de seguridad estaba sentado tras una mesa cerca del ascensor.

– Firme, por favor.

Ellie tomó el bolígrafo que le ofreció, pero, antes de firmar, miró la lista de personas que lo habían hecho antes. El corazón le dio un vuelco al reconocer el nombre de Liam Quinn.

– ¿A quién viene a ver? -preguntó el guardia.

– A Liam Quinn -murmuró ella. En seguida se dio cuenta del error-. Perdón. Vengo a ver a Leslie Abbott.

– Planta siete.

El ascensor tardó una eternidad. Ellie pensó que Liam estaría bajando mientras ella subía y no se encontrarían. Trató de decidir qué le diría cuando lo viese.

– Hola, por ejemplo -dijo Ellie. Pero luego qué más.

Las puertas del ascensor se abrieron y salió a una pequeña salita. La recepcionista la saludó, anotó su nombre y la invitó a tomar asiento.

– ¿Ellie?

Esta se giró y sonrió, sorprendida al ver a Keely Quinn junto a una maceta.

– Hola, ¿qué haces aquí?

– He venido esta mañana con Sean y Liam. Tengo una tienda de tartas aquí que estoy trasladando a Boston poco a poco. Pero sigo teniendo muchos clientes en Manhattan. Supongo que has venido por la entrevista.

– Sí. ¿Están con Sean?

– No, terminó hace un rato y volvió a la estación de tren. Están entrevistando a Liam -Keely miró la hora-. Dijeron que habría terminado a mediodía. Habíamos pensado en comer juntos. ¿Te apuntas?

– No… no sé. Quizá quieran hablar conmigo a continuación -Ellie respiró profundo-. ¿Qué tal todo por Boston?, ¿cómo le va… a Rafe?

– Bien. Pero, ¿no te interesa más cómo le va a Liam? -preguntó Keely, enarcando una ceja.

– Yo… bueno… -Ellie tragó saliva-. ¿Cómo está?

– Bien -dijo Keely-. Ha estado ocupado. Ha vendido algunas fotos y va a exhibir una colección en una galería. Está pensando en hacer un libro con Brendan. También ha presentado sus fotos a National Geographic. No le han ofrecido un puesto, pero no descartan que cuenten con él en el futuro.

– Parece que le va muy bien.

– No está con nadie -dijo Keely sin rodeos-. No ha salido con ninguna mujer desde que te fuiste.

– Ya… No tardará mucho. Es un tío estupendo. Seguro que habrá muchas mujeres interesadas.

– Sí. Pero lo que importa es lo que él quiere -contestó Keely crípticamente.

Se quedaron en silencio varios segundos. Ellie se obligó a reprimir el impulso de preguntarle qué intentaba decirle. ¿Hablaba Liam de ella?, ¿estaba contento?, ¿creía que todavía tenían una oportunidad?

– ¿Y tú qué has hecho? -preguntó por fin Keely.

Ellie respiró hondo. No podía con aquella charla insustancial.

– Tengo trabajo nuevo. Y acabo de encontrar un apartamento genial. Me va muy bien. Ya me he olvidado de todo lo que pasó en Boston. Bueno, de todo no: todavía queda lo del juicio y… eso, no de todo.

Keely asintió con la cabeza y se puso de pie.

– Voy a ver si encuentro una taza de café. ¿Quieres algo?

– No, gracias.

Miró a Keely marcharse. Luego puso las manos sobre el regazo, intentando que no le temblasen. La verdad era que estaba tan nerviosa, que no estaba segura de si podría beber un sorbo de agua siquiera.

– ¿Señorita Thorpe? La están esperando. Al final del pasillo, la última puerta a la izquierda.

Ellie se levantó de inmediato y echó a andar a paso ligero. El corazón le martilleaba contra el pecho.

– Tranquila -murmuró-. Todo irá bien. Entonces lo vio. Liam salió de la sala de conferencias y sus ojos se cruzaron un instante. Se mantuvieron la mirada. Ellie sabía que seguía caminando, pero, al mismo tiempo, era como si estuviese congelada. ¡Estaba tan elegante con aquellos pantalones color caqui, chaqueta deportiva y corbata!

– Hola, Ellie -la saludó él sonriente.

– Hola, Liam.

La fiscal, que estaba de pie detrás de Liam, carraspeó:

– Señorita Thorpe, puede pasar cuando quiera,

– ¿Qué tal estás? -preguntó Ellie, haciendo caso omiso a la invitación de la fiscal.

– He estado…

– Señor Quinn, me temo que no debería hablar con la señorita Thorpe en estos momentos. No debería hablar con ninguno de los testigos hasta que la hayamos entrevistado -Leslie Abbott avanzó unos metros y agarró a Ellie por un brazo con suavidad-. Vamos a empezar si no le importa.

La puerta se cerró. Ellie notó que el corazón, tan agitado segundos antes, le dejaba de latir. ¿Ya estaba?, ¿unas pocas palabras, un saludo y se acabó? Se había depilado las cejas y las piernas para ese momento y había terminado antes de empezar siquiera.

– Siéntese, por favor -le pidió la fiscal. Ellie obedeció. Leslie Abbott tomó asiento a su lado y sacó un cuaderno-. Bueno, tengo entendido que Liam Quinn y usted eran amantes.

– ¿Qué?

– Ya me ha oído. ¿Es consciente de que esto puede afectar al caso? Mírelo desde el punto de vista del abogado defensor. Tenemos a un detective privado que pide ayuda a su hermano, que a su vez se acuesta con la ex novia del sospechoso… que también era sospechosa.

– Pero yo no sabía quién era Liam cuando… intimamos. Y me enfadé muchísimo cuando me dijo la verdad. Cuando me enteré de que era sospechosa, fui a él y a Sean y les dije que los ayudaría a atrapar a Ronald, quiero decir a David -Ellie plantó las manos sobre la mesa-. ¿Cuál es el problema?

– No sé, solo digo que Griswold intentará echarle culpa a usted probablemente. Hará que parezca que fue usted quien lo organizó todo. Será una pelea dura, señorita Thorpe. ¿Está preparada?

– ¿Tengo otra opción? -replicó Ellie.

– Me temo que no.

Ellie cerró los ojos. Estaba claro: mientras no resolviera aquel enredo, jamás podría empezar una nueva vida… con o sin Liam.

Y, a juzgar por la cara de Leslie Abbott, la cosa iba a durar bastante más de lo que había supuesto.

– Brindo por Ronald Pettibone. O David Griswold -Liam alzó la pinta de Guinness hacia Sean-. Que tengas muchos más delincuentes como él que perseguir. Y que me pidas que te eche una mano cuando necesite un empujón de dinero.

Sean tomó su vaso y lo chocó contra la pinta de su hermano.

– Diez años. Sin juicio. Está bastante bien. El banco ha recuperado su dinero y nos ha pagado lo convenido. Caso cerrado.

– Hace unos meses me preguntaba cómo iba a sacar el dinero para pagar el alquiler. Parece que las cosas van mejorando.

– ¿Qué vas a hacer con el dinero? -preguntó Sean mientras agarraba unos cacahuetes del platito que tenía delante.

– No sé. Le he echado el ojo a una cámara nueva. Y he pensado que podía viajar un poco, ver si puedo hacer algunas fotos buenas para presentarlas a National Geographic.

– ¿Algo más?

– ¿A qué te refieres?

– No sé -Sean se encogió de hombros-. Pensaba que…

– ¿Ellie?

– Sí. Ellie.

– La verdad es que me sentí aliviado cuando Pettibone aceptó el acuerdo -dijo Liam-. No quería que Ellie tuviera que pasar el tormento de declarar. No se merecía que airearan su vida privada. Ha sido un buen acuerdo. Por otra parte, me habría gustado poder hablar con ella. Tenía un discurso preparado. De cuánto lo sentía y lo mucho que significa para mí.

– ¿Y ahora?

– No sé -contestó Liam-. Supongo que tengo que encontrar otra forma de recuperarla.

– Y, mientras te lo piensas, ella estará siguiendo adelante con su vida.

– ¿Qué quieres decir?

– Si no lo sabes, no te lo voy a decir yo – Sean dio otro sorbo de cerveza y se levantó-. Tengo que irme. Dile a papá que le echaré una mano en la barra mañana por la noche.

– Hemos quedado en buscar un regalo de boda para Brendan y Amy mañana, ¿no? Y tenemos que ver lo de los esmóquines.

Sean asintió con la cabeza y saludó con la mano mientras salía del pub. Seamus se acercó a Liam y agarró la jarra casi vacía de su hijo.

– ¿Otra?

– No, creo que me voy. Sean dice que te echará una mano mañana por la noche. Yo me pasaré el fin de semana.

– Tienes que hacer algo, chaval -comentó Seamus mientras pasaba un trapo por la barra-. Te pasas las noches aquí sentado, echando de menos a esa chica. ¿Qué consigues con eso?

– Papá, no necesito que me des consejos sobre mi vida amorosa. Todos sabemos tu opinión sobre las mujeres. A excepción de mamá, claro está.

– Solo digo que tienes que levantarte y comportarte como un hombre. Dedícate a vivir o dedícate a amar. Pero no puedes seguir así.

– ¿Me vas a contar una de esas historias de los Increíbles Quinn? -Liam se levantó.

– Quizá te viniese bien.

Liam negó con la cabeza y echó a andar hacia la puerta, pero oyó que Seamus lo llamaba. Se giró y vio que su padre apuntaba con la barbilla hacia el otro extremo de la barra. Ellie estaba junto a un taburete, cerca de la puerta. Se paró en seco. Se quedó sin respiración. En el último mes, solo la había visto una vez, durante esos pocos segundos al salir de la entrevista con la fiscal. Pero no había dejado de soñar con ese instante, calculando con cuidado lo qué podría decirle.

Se acercó despacio, mirándola fijamente a los ojos. Estaba preciosa. El pelo le caía ondulado sobre los hombros.

– Has venido -dijo él.

– No sabía si debía.

– Me alegro… me alegro mucho, Ellie.

– Solo voy a estar un día y quería decirte un par de cosas. Pensé que podría verte en el juicio.

– Sí. Supongo que me alegro de que al final no hayamos tenido que pasar por eso.

– A eso venía -Ellie se arriesgó a mirarlo a la cara-. Quería que supieras que no te guardo ningún rencor. Entiendo que estabas haciendo tu trabajo y que tu única preocupación era llevar a Ronald Pettibone a la cárcel.

– No era mi única preocupación -Liam le rozó un brazo-. Y no era solo un trabajo. Estaba contigo porque deseaba estar contigo, no porque me hubiese visto obligado.

– No tienes por qué suavizarlo -Ellie sintió que se ruborizaba-. Ya lo he asumido.

– Pero es que no estoy suavizando nada. Ellie, no puedo dejar de pensar en ti.

Lo miró durante varios segundos y Liam creyó que se daría la vuelta y saldría corriendo. Por fin, tragó saliva y acertó a esbozar una sonrisa.

– Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti – reconoció Ellie-. Cometí un error y…

– No, yo soy quien se equivocó -se adelantó emocionado Liam. ¡Todavía sentía algo por él!-. Nunca debí dejar que te marcharas.

– Nunca debí haberme ido.

Liam lanzó una mirada alrededor del pub, luego le agarró una mano y salieron al sol del atardecer. Soplaba una brisa cálida y el verano se palpaba en el aire.

– ¿Qué significa esto? -preguntó él cuando se hubo asegurado de que nadie los oía.

– No sé -contestó Ellie con voz trémula-, pero siento que dejamos las cosas a medias.

– Yo también. Creo que, si tuviéramos un poco más de tiempo, nos daríamos cuenta de lo bien que estábamos.

– ¿Qué quieres decir?

– Digo que quiero estar contigo, Ellie. Quiero ver adonde nos lleva esto -Liam agarró su cara entre las manos y la besó-. Te quiero. Creo que no lo he sabido con seguridad hasta ahora mismo. Pero no puedo pensar en un futuro sin ti.

– Eso está bien -contestó ella con una cálida sonrisa en los labios-. Porque acabo de aceptar un puesto en una nueva sucursal de Intertel en Boston. Y, para que lo sepas, yo también te quiero -añadió al tiempo que le retiraba el flequillo de los ojos.

Liam echó la cabeza hacia atrás, rió. Y esa vez la abrazó y la besó como un hombre enamorado.

– Te voy a pedir que te cases conmigo -dijo Liam-. Y vamos a formar una gran familia y vamos a ser felices para siempre. ¿Te parece bien?

– Esta no es la proposición, ¿no? -preguntó Ellie, un poco alarmada.

– No, solo te estoy avisando. Y va a ser genial. No podrás negarte.

– Pareces muy seguro, ¿eh?

– Lo estoy -aseguró Liam.

– ¿Sabes? Después de tanto libro de autoayuda, he decidido que lo único importante es escuchar a tu corazón.

– ¿Y qué dice tu corazón?

– Que me alegro de que vinieras a rescatarme esa noche. Y me alegro de haber decidido venir a Boston hoy.

Liam rió. Se acordó de las viejas historias de los Increíbles Quinn que le habían contado de pequeño, de la maldición que había atrapado ya a sus tres hermanos mayores. Acarició los hombros de Ellie y la besó de nuevo. Ya entendía por qué se echaban a reír Conor, Dylan y Brendan cuando su padre hablaba de la maldición. En realidad no lo era. En realidad era una bendición.

Y se iba a pasar el resto de la vida dando gracias por ella, por los azarosos sucesos por los que Ellie Thorpe había pasado a formar parte de su vida… y por el amor que la mantendría a su lado.

Epílogo

– ¿Estás ya?

Ellie se miró al espejo. Luego se llevó la mano al collar de perlas que le adornaba el cuello. Liam se lo había dado como regalo por el mes que llevaban juntos. Sonrió. Habían cambiado muchas cosas en un mes. La carrera de Liam había empezado a despegar, ella tenía un trabajo nuevo para la sucursal de Intertel en Boston y estaban viviendo juntos en casa de Liam mientras buscaban el apartamento perfecto. Y, sobre todo, estaba todavía más enamorada del hombre de sus sueños.

– Perfecto -dijo, complacida por cómo combinaba el collar con el vestido.

– Vamos a llegar tarde -dijo Liam tras dar un toquecito impaciente a la puerta del cuarto de baño.

Ellie le quitó los tirantes y le sacó la camisa. Jugaron a desnudarse mutuamente y cuando se quitaron la última prenda, Liam emitió un gruñido cavernícola y la arrastró hasta la cama. Se puso encima de ella, sobre sus caderas. Luego se agachó a tocar el collar de perlas.

– Te sientan bien -comentó-. Mejor así, sin el vestido. Pero, ¿no te parecen un poco vulgares?

– ¡No! -Ellie acarició las perlas-. ¡Es un collar precioso!, ¡no se me ocurre un regalo mejor!

Liam metió una mano bajo la almohada y sacó un estuche de terciopelo.

– Entonces no debería darte esto.

Ellie miró el estuche durante varios largos segundos, sorprendida por el giro que acababa dar la situación. Extendió la mano para agarrar el estuche, pero Liam cerró la palma antes.

– Debería hacerlo como es debido -dijo y bajó de la cama de repente. Luego se arrodilló a los pies, totalmente desnudo, y le ofreció el estuche, alzándolo sobre el colchón-. Ellie, ¿quieres casarte conmigo? -añadió tras abrir el estuche y sacar el anillo.

Ellie miró el diamante, que relució como si estuviera animándola a decir que sí. Sabía que todos los pasos iban abocados a eso, pero, con todo lo que le había ocurrido en el pasado, no terminaba de creerse que por fin hubiera encontrado un hombre que quisiera pasar su vida con ella.

El hombre más maravilloso del mundo, la respuesta a todos sus sueños y el héroe que le había robado el corazón. Ellie se mordió el labio inferior. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

– Sí, por supuesto que quiero casarme contigo -murmuró.

Liam le puso el anillo en el dedo. Después volvió a la cama, la estrechó contra el pecho y le dio un beso largo y apasionado.

– Parece que la maldición de los Quinn no falla -murmuró, rozándole el cuello con la nariz.

– ¿La maldición de los Quinn?

– Es una historia muy larga -dijo él-. Muchas historias. Y tenemos muchos años por delante para que las oigas todas. Ahora lo único que quiero de verdad es besarte.

Ellie le rodeó la nuca con ambas manos y posó los labios sobre los de él. Mientras se abandonaba al sabor de su boca, al calor de su cuerpo junto al de ella y al sonido de su voz, Ellie supo que no necesitaba nada más en la vida, Que por fin brillaba el sol.

Kate Hoffmann

***